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La Tierra permanece

George Stewart

En esta novela, que fue calificada como verdadera suma antropológica de un posible futuro, Stewart narra con admirable verosimilitud y una minuciosa precisión —donde la ciencia aparece a veces en breves intermedios de insólito y poético dramatismo— la historia de una colonia humana en una Tierra de pronto casi desierta. El mundo antiguo carece de significado, es un mundo mítico que inspira nuevas cosmogonías: y sin embargo, aunque las generaciones pasan, “la tierra permanece”.

George R. Stewart

La Tierra permanece

Los hombres van y vienen

pero la Tierra permanece

ECLESIASTÉS, 1, 4

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MUNDO SIN FIN

Si hoy apareciera por mutación un nuevo virus mortal… nuestros rápidos transportes podrían llevarlo a los más alejados rincones de la tierra, y morirían millones de seres humanos.

W.M. Stanley, Chemical and Engineering News, 22 de diciembre de 1947

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Y, en esta emergencia cesa desde ahora, excepto en el distrito de Columbia, el Gobierno de los Estados Unidos. Los funcionarios y los oficiales de las Fuerzas Armadas pasan a depender de los gobernadores de Estado, o de cualquier otra autoridad local. Por orden del Presidente. Dios salve al pueblo de los Estados Unidos…

Es un comunicado del Consejo de Emergencia del Territorio de la Bahía. El Centro de hospitalización de Oakland ha sido abandonado. Sus funciones, comprendidos los sepelios en el mar, se concentran ahora en el Centro de Berkeley.

Sintonicen esta estación, actualmente la única en el norte de California. Informaremos a ustedes mientras sea posible.

Subía apoyándose en el borde de la roca, cuando oyó el cascabeleo. El colmillo se le hundió en la carne. Instantáneamente retiró la mano derecha; se volvió y vio la serpiente, enroscada, amenazadora. No era muy grande. Llevándose la mano a los labios, succionó con fuerza la base del dedo índice, donde asomaba una gota roja.

No perder tiempo en matar a la serpiente, recordó.

Se dejó caer, succionándose el dedo. Vio el martillo al pie de la roca, y pensó si lo dejaría allí. Pero aquello se parecía al pánico. Lo recogió con la mano izquierda y avanzó por el áspero sendero.

No se apresuró. La prisa le aceleraba el corazón, y el veneno circulaba entonces con mayor rapidez. Aunque el corazón le latía de tal modo, por la excitación o el miedo, que apresurarse o no parecía indiferente. Al llegar a unos árboles, sacó el pañuelo y se lo ató en la muñeca derecha. Con una ramita arrolló el pañuelo en un torniquete.

Echó a caminar, y se sintió más tranquilo. El corazón se le apaciguaba. No debía preocuparse demasiado. Era un hombre joven, y sano y fuerte. La mordedura no sería fatal.

Al fin la cabaña apareció ante él. La mano le colgaba dura e insensible. Poco antes de llegar, se detuvo y soltó el torniquete. Dejó que la sangre le circulara por la mano, y luego volvió a atársela.

Abrió la puerta con el hombro, dejando caer el martillo. La herramienta se balanceó un momento sobre su pesada cabeza, y al fin se detuvo, con el mango hacia arriba.

En el cajón de la mesa buscó el botiquín. Rápidamente siguió las instrucciones. Con la hoja de afeitar trazó unas cruces sobre la marca de los colmillos, y aplicó la bomba de succión. Luego se tendió en el camastro y observó la ampolla de goma que la sangre hinchaba lentamente.

No temía morir. Todo aquello era sólo una molestia. La gente le había dicho y repetido que no anduviese solo por las montañas. «Lleve un perro por lo menos», añadían. Siempre se había reído. Los perros peleaban constantemente con los jabalíes o los zorrillos, y además no le gustaban. Ahora los consejeros se sentirían satisfechos.

Se revolvió en la cama, como afiebrado. «Quizá», les diría, «me atrae el peligro». Eso parecería heroico. Podía decir también, más sinceramente: «Amo esta soledad, lejos de los problemas de la vida en común».

Sin embargo, por lo menos ese año último sólo el trabajo lo había llevado a las montañas. Preparaba una tesis: La Ecología de la zona de Black Creek. Debía investigar las relaciones, pasadas y presentes, entre los hombres, plantas y animales de la región. Buscar un compañero ideal le hubiese llevado demasiado tiempo. Además, nunca le pareció que hubiese allí grandes peligros. Aunque en un radio de ocho kilómetros no vivía un solo ser humano, difícilmente pasase un día sin que se apareciera algún pescador que subía en coche por la carretera rocosa, o simplemente remontaba la corriente.

Sin embargo, pensándolo un poco, ¿cuándo había visto a algún pescador? Desde luego, no esa semana. No tampoco en las dos semanas últimas. Había oído un automóvil, una noche. Le sorprendió que alguien subiese en la oscuridad por esa carretera. Comúnmente acampaban abajo a la caída de la tarde, y partían a la mañana. Pero quizá deseaban llegar cuanto antes a algún río favorito, e iniciar la pesca al amanecer.

No, realmente, no había hablado ni visto a nadie en las dos últimas semanas.

Una punzada de dolor lo devolvió al presente. Tenía la mano hinchada. Soltó el torniquete y la sangre circuló otra vez.

Sí, su aislamiento era total. No tenía radio. Podía haber ocurrido una catástrofe en la Bolsa, u otro Pearl Harbor. Quizás eso explicaba la escasez de pescadores. De cualquier modo, no podía esperar que viniesen a ayudarlo.

Sin embargo, aquella perspectiva no lo alarmaba. En el peor de los casos seguiría allí acostado. Tenía agua y comida para dos o tres días. Luego, cuando la mano se le deshinchase, iría en el coche al rancho de Johnson, el más cercano.

Pasó la tarde. A la hora de cenar, sin ganas, preparó café y bebió unas cuantas tazas. Sufría bastante, pero a pesar del dolor y el café, se quedó dormido…

Se despertó de pronto, con la luz, advirtiendo que alguien había abierto la puerta. Dos hombres en traje de calle, casi elegantes, escudriñaban a su alrededor de una manera extraña, como asustados.

—¡Estoy enfermo! —dijo desde la cama.

El miedo de los hombres se transformó en pánico. Se volvieron rápidamente y sin cerrar la puerta echaron a correr. Momentos después se oyó el ruido de un motor, que se perdió en seguida en las montañas.

Sintió miedo, entonces, por primera vez. Se incorporó y miró por la ventana. El coche había desaparecido en el recodo. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa huida?

La luz venía de oriente. Había dormido hasta el amanecer. La mano le dolía aún. Pero no se sentía enfermo. Calentó el jarrito de café, preparó un poco de avena y se acostó otra vez. Iría en seguida a casa de Johnson… si antes no pasaba alguien que quisiera detenerse y ayudarlo.

Sin embargo, pronto empezó a empeorar. Se trataba, sin duda, de una recaída. A media tarde estaba realmente asustado. Tumbado en la cama, redactó una nota, explicando lo que había ocurrido. No pasaría mucho tiempo sin que alguien lo encontrase. Sus padres, sin noticias, telefonearían a Johnson. Logró garabatear con la mano izquierda unas pocas palabras. Luego firmó: Ish. El esfuerzo de escribir el nombre completo, Isherwood Williams, le pareció inútil, y además, todo el mundo le conocía por aquel diminutivo.

A medianoche, como el náufrago que ve pasar a lo lejos, desde una balsa, un buque trasatlántico, oyó un ruido de coches, dos coches, que subían por la carretera. Se acercaron, y luego siguieron adelante, sin detenerse. Los llamó, pero se sentía muy débil, y su voz, estaba seguro, no atravesaba aquellos doscientos metros.

Antes del crepúsculo, no sin esfuerzo, se incorporó tambaleándose, y encendió la lámpara. No quería quedarse a oscuras.

Se inclinó luego, aprensivamente, hacia el espejito que colgaba del techo inclinado. El rostro no parecía más largo y flaco que antes, pero tenía las mejillas encendidas. Los grandes ojos azules, congestionados, que lo miraban con un ardor febril, y el hirsuto cabello castaño completaban el retrato de un hombre muy enfermo.

Se volvió a la cama, sin miedo, pero seguro casi de que iba a morir. De pronto se sentía helado; en seguida, devorado por la fiebre. La lámpara sobre la mesa iluminaba los rincones de la cabaña. El martillo seguía en el suelo, con el mango hacia arriba, en un precario equilibrio. Si hiciese testamento, un testamento como los de antes, divagó, en el que se describían todos los bienes, diría: «Un martillo de minero; peso de la cabeza, cuatro libras; mango, treinta centímetros; madera rajada, dañada por la intemperie; metal enmohecido, aún utilizable.» Había hallado el martillo poco antes de encontrarse con la serpiente, recibiendo con alegría aquel legado del pasado, de una época en que los mineros blandían el martillo con una mano y sostenían el buril con la otra. Cuatro libras es casi el peso máximo que un hombre puede manejar de ese modo. En aquel delirio febril, pensó que una fotografía del martillo podía ilustrar muy bien su tesis.

La noche fue una larga pesadilla: torturado por accesos de tos, sofocado, consumido primero por el frío, y luego por la fiebre. Una erupción similar al sarampión le cubrió el cuerpo.

Al alba se hundió otra vez en un sueño profundo.

«Nunca ha ocurrido» no es igual a «No ocurrirá»… Sería como decir: «Nunca he muerto, por lo tanto soy inmortal.» Se asiste aterrado a una invasión de langostas o saltamontes, y estos mismos insectos, que han pululado de un modo alarmante, desaparecen de pronto de la faz de la tierra. Los animales superiores están sujetos a fluctuaciones parecidas. Los lemmings tienen ciclos regulares. Las liebres de la montaña se multiplican durante años, y se cree que van a invadir el mundo. Luego, rápidamente, una epidemia acaba con ellas. Algunos zoólogos han sugerido incluso una ley biológica: el número de individuos de una especie no es constante, baja y sube. Cuanto más elevada sea la especie, más lenta es la gestación, y más prolongadas las fluctuaciones.

Durante la mayor parte del siglo XIX, el búfalo abundó en las estepas africanas. Era un animal resistente, con escasos enemigos naturales, y un censo realizado cada diez años hubiese demostrado que seguían propagándose.

Luego, a fines de siglo, cuando eran más numerosos, fueron atacados repentinamente por la peste bovina. El búfalo se convirtió en una curiosidad en aquellos territorios. Desde hace cincuenta años, reconquista lentamente su supremacía.

En cuanto al hombre, no debe esperarse que escape, en su larga trayectoria, a la suerte de los animales inferiores. Si hay una ley biológica de flujo y reflujo, su situación es ahora muy peligrosa. Durante diez mil años su número ha aumentado constantemente a pesar de las guerras, las pestes y las hambres. Biológicamente, la prosperidad del hombre es demasiado larga.

Ish despertó a media mañana con una inesperada sensación de bienestar. Había temido lo peor, pero se encontraba casi curado. Ya no se ahogaba, y la hinchazón de la mano había desaparecido. El día anterior se había sentido muy enfermo, y no había pensado en la mordedura. Ahora, la mano y su enfermedad eran sólo recuerdos, como si una hubiese curado a la otra. A mediodía había recobrado la lucidez, y casi todas sus fuerzas.

Después de un ligero almuerzo, decidió que podía ir a casa de Johnson. No se molestó en empacar sus cosas. Llevaría su importante libro de notas y su cámara fotográfica. En el último momento, obedeciendo a un impulso, recogió también el martillo. Subió al coche y se puso lentamente en marcha, tratando de no utilizar la mano derecha.

En el rancho de Johnson reinaba el silencio. Detuvo el coche junto a la bomba de gasolina. Nadie salió a atenderlo, pero eso no era raro, pues la bomba de Johnson, como otras muchas en las montañas, se utilizaba pocas veces. Tocó la bocina, y volvió a esperar.

Al cabo de un rato saltó del coche y subió las destartaladas escaleras que llevaban a la habitación-almacén. Allí los pescadores podían comprar cigarrillos y conservas. Entró, pero no había nadie.

Se sorprendió un poco. Como le ocurría a menudo en sus períodos de soledad, no sabía exactamente qué día era. Miércoles, creía. O martes, o jueves. Cualquier día de la semana, pero no domingo. Los domingos, y a veces algún sábado, los Johnson cerraban el almacén y salían de excursión. Era gente desinteresada, que no mezclaba los placeres con los negocios. Sin embargo, vivían de las ventas del almacén en la temporada de pesca y no podían ausentarse mucho tiempo. Y si hubieran salido de vacaciones, habrían cerrado la puerta con llave. Pero aquellos montañeses eran a veces desconcertantes. El incidente bien podía merecer un párrafo en su tesis. De cualquier modo, el depósito del coche estaba casi vacío. Echó en el tanque treinta litros de gasolina y no sin esfuerzo garabateó un cheque. Lo dejó sobre el mostrador, con una nota: «No encontré a nadie. Llevo treinta litros. Ish».

Mientras descendía por la carretera, lo asaltó una vaga inquietud: los Johnson fuera, un día de trabajo; la puerta sin llave, ningún pescador, un auto en la noche, y, algo todavía más extraño, aquellos hombres que habían huido al encontrarse con un enfermo en una cabaña solitaria. Sin embargo, brillaba el sol, y la mano casi no le dolía. Y aquella fiebre rara, admitiendo que no se debiera a la acción del veneno, había desaparecido.

La carretera descendía entre bosquecillos de pinos, bordeando un riachuelo tormentoso. Al llegar a la central eléctrica de Black Creek, Ish se sintió otra vez sereno y lúcido.

En la central todo estaba como siempre. Las dínamos zumbaban; el agua bullía. Una luz brillaba en el puente. Ish pensó que estaría continuamente encendida. Había allí exceso de electricidad.

Durante un instante, pensó en cruzar el puente y llegar al edificio. Vería allí a alguien y se libraría de aquel extraño temor. Pero el ruido de los generadores lo tranquilizaba. Al fin y al cabo, la central trabajaba como siempre. Cierto, no se veía a nadie; pero aquellos mecanismos automáticos necesitaban de pocos hombres, y éstos no salían casi nunca.

Se alejaba ya, cuando un perro ovejero salió del edificio. Separado de Ish por el riachuelo, ladró furiosamente, corriendo de un lado a otro, excitado.

¡Qué perro raro!, pensó Ish. ¿Qué le pasará? ¿Pensará que voy a robarme la central? Realmente, la gente sobrestima la inteligencia de los perros.

Dobló una curva y los ladridos se perdieron a lo lejos. Pero la cólera del perro había sido otra prueba de normalidad. Ish comenzó a silbar alegremente. Quince kilómetros y llegaría al primer pueblo, un pequeño pueblo llamado Hutsonville.

Consideremos el caso de la rata del Capitán Maclear. Este interesante roedor habitaba la isla de Christmas, un nido tropical a unos trescientos kilómetros al sur de Java. La especie había sido descrita científicamente por primera vez en 1667. En el cráneo, muy desarrollado, sobresalían notablemente los arcos supraorbitales y la arista anterior de la placa cigomática.

Un naturalista observó que las ratas poblaban la isla «en miríadas», alimentándose de frutas y raíces tiernas. La isla era su universo, su paraíso terrenal. Sin embargo, en aquella vegetación no necesitaban pelear entre ellas. Todos los ejemplares estaban bien alimentados, y hasta demasiado gordos.

En 1903 las atacó una enfermedad nueva. Excesivamente numerosas, vulnerables a causa del mismo bienestar, las ratas no pudieron resistir el contagio, y pronto morían por millares. A pesar de su número, a pesar de su facilidad para reproducirse, la especie se ha extinguido.

Llegó a lo alto de la cuesta y vio Hutsonville a sus pies, a un kilómetro de distancia. Descendía ya, cuando vislumbró algo que le heló la sangre. Frenó automáticamente. Saltó del coche y corrió hacia atrás, incrédulo. Allí, junto a la carretera, a la vista de todos, yacía el cadáver de un hombre en traje de calle. Las hormigas le cubrían la cara. El cadáver llevaba allí un día o dos. ¿Cómo no lo habían visto? Ish no se acercó a examinarlo. Había que avisar en seguida al comisario de Hutsonville. Volvió al coche rápidamente.

Sin embargo, ya en el coche, tuvo la curiosa impresión de que aquello no concernía al comisario, y que posiblemente ni siquiera habría comisario. No había visto a nadie en el rancho de Johnson ni en la central, y no había encontrado ningún coche en la carretera. Los únicos restos del pasado eran, al parecer, la luz en el puente y el tranquilo rumor de los generadores.

Las primeras casas se alzaban ya a lo largo del camino. Ish respiró aliviado. Allí, en un solar vacío, una gallina escarbaba el suelo, rodeada de media docena de pollitos. Un poco más lejos, un gato blanco y negro se paseaba tranquilamente por la acera, como si aquel día de junio fuese igual a cualquier otro.

El calor del mediodía pesaba sobre la calle solitaria. Como en una ciudad mexicana, pensó Ish, «todo el mundo duerme la siesta». Luego, de pronto, comprendió que su pensamiento había sido como un silbido, para darse ánimo. Llegó al centro del pueblo, detuvo el coche junto a la acera, y bajó. No había nadie.

Empujó la puerta de un pequeño restaurante. Estaba abierto. Entró.

—¡Hola! —llamó.

Nadie salió a su encuentro. Ningún eco vino a tranquilizarlo.

El banco estaba cerrado, a pesar de la hora. Y aquel día sólo podía ser (estaba ahora más seguro) martes o miércoles, o jueves. ¿Quién soy, en verdad?, pensó. ¿Rip van Winkle? Y aun así, Rip van Winkle, después de dormir veinte años, había encontrado un pueblo animado y con gente.

La puerta de la ferretería, detrás del banco, estaba abierta. Entró y volvió a llamar. Silencio. Probó en la panadería vecina. Esta vez oyó un leve ruido. Un ratón, sin duda.

¿Un partido de béisbol había atraído a toda la población? Aun así, habrían cerrado las tiendas. Regresó a su coche, se sentó al volante, y miró alrededor. ¿Estaría delirando, acostado aún en la cabaña? No se atrevía a seguir investigando. Advirtió de pronto que había varios coches detenidos a lo largo de la calle, espectáculo común en un mediodía. No podía irse, decidió, antes de informar sobre el cadáver.

Tocó la bocina, y el sonido violó impúdicamente el silencio de la calle desierta. Tocó dos veces, esperó y volvió a tocar dos veces más. Y otra vez, y otra, con creciente pánico. Miraba mientras tanto a su alrededor, esperando que alguien se asomase a una puerta o sacara la cabeza por una ventana. Se detuvo, y se encontró otra vez en aquel silencio de muerte sólo interrumpido por el cacareo de una gallina. El miedo le ha hecho poner un huevo, pensó.

Un perro gordo apareció en la esquina y avanzó pesadamente; el perro inevitable que se pasea por las aceras de todos los pueblos. Ish bajó del coche y se acercó al animal. No han olvidado alimentarse, por lo menos, se dijo. En seguida se le hizo un nudo en la garganta pensando en lo que el perro podía haber comido. El perro parecía dispuesto a entablar relaciones amistosas; lo esquivó, manteniéndose a distancia, y siguió calle abajo. Ish lo dejó ir. Al fin y al cabo el perro nada podía decirle.

Podría entrar en todos esos negocios buscando algún indicio como un detective, pensó. Luego tuvo otra idea. En la acera de enfrente había un quiosco donde compraba a veces algún diario. Cruzó la calle. La puerta estaba cerrada, pero a través de los vidrios se veían unas pilas de periódicos. El reflejo de la luz en los vidrios molestaba bastante, pero alcanzó a leer un título. Los caracteres eran tan grandes como los del día de Pearl Harbor:

GRAVE CRISIS

¿Qué crisis? Volvió rápidamente al coche y recogió el martillo. Un instante después lo alzaba ante la puerta.

Pero se detuvo, como si la civilización misma se hubiese movilizado reteniéndole el brazo y diciéndole: no puedes hacerlo. Un ciudadano honesto no fuerza una puerta. Miró a derecha e izquierda como si esperara que un policía o un destacamento de gendarmes cayeran sobre él.

La calle solitaria lo devolvió a la realidad, y el miedo barrió sus escrúpulos. Demonios, pensó, si es necesario pagaré la puerta.

Sintiendo que quemaba las naves, que dejaba atrás el mundo civilizado, alzó el pesado martillo, y golpeó con fuerza la cerradura. La madera se hizo añicos, la puerta se abrió, e Ish entró en el quiosco.

Tomó el periódico y recibió la primera sorpresa. El Chronicle tenía habitualmente veinte o treinta páginas. Este ejemplar parecía un semanario pueblerino, una simple hoja doble. La fecha era el miércoles de la semana anterior.

Los titulares revelaban lo esencial. Una epidemia desconocida que se propagaba con una velocidad sin precedentes, llevando la muerte a todas partes, había devastado los Estados Unidos, de costa a costa. Las cifras recogidas en algunas ciudades, y de valor relativo, indicaban que había muerto del 25 al 35 por ciento de la población. No había noticias de Boston, Atlanta y Nueva Orleáns. Los servicios informativos de esas ciudades parecían interrumpidos. Examinó rápidamente el resto del diario, obteniendo así una impresión general, aunque muy confusa. Por los síntomas, la enfermedad parecía un sarampión… un sarampión mortal. Nadie conocía sus orígenes. El ir y venir de los aviones la había hecho aparecer casi simultáneamente en los centros más importantes, desbaratando todo intento de cuarentena.

En una entrevista, un célebre bacteriólogo señalaba que la posibilidad de nuevas enfermedades preocupaba desde hacía mucho a los hombres de ciencia. En el pasado había habido ejemplos curiosos, aunque de escasa importancia, como la fiebre inglesa y la fiebre Q. En cuanto a su origen, tres hipótesis eran posibles: alguna enfermedad animal; algún microorganismo nuevo, un virus posiblemente producido por mutación; un accidente —quizá provocado— en un laboratorio de guerra bacteriológica. Esto último, parecía, era la creencia popular. Se presumía que el aire mismo transmitía la enfermedad, posiblemente con las partículas de polvo. El aislamiento del enfermo no servía de nada.

En una entrevista telefónica un viejo y un hosco sabio inglés había comentado: “Durante varios miles de años el hombre ha desarrollado su estupidez. No derramaré una lágrima sobre su tumba.” En el otro extremo, un crítico americano igualmente hosco había dicho: “Sólo la fe nos puede salvar ahora; yo me paso las horas rezando.”

Se señalaban algunos saqueos, sobre todo de licorerías. En general, sin embargo, el miedo había ayudado a mantener el orden. En Louisville y Spokane los incendios barrían la ciudad, pues no había bomberos.

Aun en aquella edición que (los periodistas no podían haberlo ignorado) sería la última, se habían incluido algunas noticias pintorescas. En Omaha un fanático había corrido desnudo por las calles, anunciando el fin del mundo y la apertura del Séptimo Sello. En Sacramento, una loca había abierto las jaulas del circo, temiendo que los animales muriesen de hambre, y había sido devorada por una leona. Seguía una nota de mayor interés científico. Según el director del zoológico de San Diego, los monos morían como moscas, pero los otros animales no estaban afectados.

Ish sintió que desfallecía ante aquel cúmulo de horrores. Su soledad lo aterraba. Sin embargo, siguió leyendo, como hipnotizado.

La civilización, la raza humana… había desaparecido, por lo menos, elegantemente. Muchos habían escapado de las ciudades, pero los otros —y de acuerdo con aquellas noticias de la semana anterior— no habían sido arrastrados por el pánico. La civilización se había batido en retirada, pero cargando con sus heridos, y sin dejar de defenderse. Los médicos y las enfermeras habían seguido en sus puestos, y muchos miles se habían ofrecido como voluntarios. Ciudades enteras habían servido de hospitales y puntos de concentración. Había cesado todo comercio, pero los alimentos se distribuían aún, como en una ciudad sitiada. Aunque la población había disminuido en una tercera parte, el servicio telefónico, el agua, la luz y la energía eléctrica seguían funcionando. Para evitar ciertos horrores, que hubiesen llevado a una completa desmoralización, los muertos debían enterrarse inmediatamente en fosas comunes. Ish llegó a la última línea y volvió a releerlo todo con más cuidado. Le sobraba tiempo. Luego salió y se sentó en su coche. No había ningún motivo, reflexionó, para que se sentara en su propio coche y no en otro cualquiera. Los derechos de propiedad habían desaparecido, y sin embargo se sentía allí más cómodo. El perro gordo volvió a pasar por la calle, pero Ish no lo llamó. Se quedó allí un rato, ensimismado. Apenas podía pensar; la mente le daba vueltas y vueltas, sin llegar a ninguna parte.

Caía ya la tarde, cuando encendió el motor y llevó el coche calle abajo, deteniéndose de cuando en cuando a tocar la bocina. Dobló por una calle lateral, y dio una vuelta al pueblo, llamando regularmente. Pasó así un cuarto de hora y se encontró otra vez en el punto de partida. No había visto a nadie, ni había recibido ninguna respuesta. Había encontrado cuatro perros, algunos gatos, varias gallinas desperdigadas, una vaca que pacía en un solar vacío con un pedazo de cuerda en el pescuezo, y una rata que husmeaba en un umbral.

Ish se dirigió entonces a una casa de las afueras que (le había parecido) era la mejor de la ciudad. Saltó del coche, con el martillo en la mano. Esta vez no vaciló un instante. Golpeó tres veces con fuerza, y la puerta cedió. Tal como suponía, había en el vestíbulo un gran aparato de radio. Inspeccionó rápidamente la planta baja y el piso de arriba. No encontró a nadie, y regresó al vestíbulo. La electricidad todavía funcionaba. Esperó unos instantes y luego buscó cuidadosamente. Sólo oyó unos débiles ruidos parásitos. Probó la onda corta, pero sin éxito. Metódicamente, exploró todas las longitudes. Desde luego, pensó, si alguna estación funciona aún, no transmitirá probablemente las veinticuatro horas del día.

Dejó la radio en una longitud que correspondía —o había correspondido— a una potente emisora. Luego se echó en el sofá.

A pesar de aquellos horrores, sentía la curiosidad desinteresada de un espectador, como si asistiese al último acto de una tragedia. Seguía siendo lo que era, o había sido —el tiempo de verbo no importaba—: un intelectual, un sabio incipiente, más inclinado a observar los acontecimientos que a participar en ellos.

Así ocurrió que llegase a contemplar la catástrofe —con una satisfacción irónica, aunque momentánea— como la demostración de un aforismo, enunciado un día por su profesor de economía política: «El desastre temido no llega nunca, la teja cae donde menos se espera». Se había temido una guerra destructora, la pesadilla de ciudades arrasadas, hecatombes de hombres y animales, tierras estériles. Pero, en realidad, sólo la humanidad había sido suprimida, y casi con limpieza, con un mínimo de trastornos. Los sobrevivientes, si los había, serían los reyes de la tierra.

Se instaló cómodamente en el sofá. La noche era cálida. Agotado físicamente por la enfermedad y tantas emociones, no tardó en dormirse.

Allá arriba, en el cielo, la luna, los planetas y las estrellas recorren sus largas y tranquilas órbitas. No tienen ojos, y no ven. Sin embargo, el hombre había imaginado alguna vez que miraban la tierra.

Pero si viesen realmente, ¿qué verían esta noche?

Ningún cambio. Aunque el humo de las chimeneas ya no enturbia la atmósfera, pesadas humaredas surgen aún de los volcanes y los bosques incendiados. Visto desde la luna, el planeta tendrá esta noche su resplandor de costumbre; ni más brillante, ni más oscuro.

Se despertó en pleno día. Abrió y cerró la mano. El dolor de la mordedura era ahora una pequeña molestia local. Sentía la cabeza despejada, y comprendió que la otra enfermedad, si había habido otra enfermedad, también desaparecía. Se le ocurrió algo. La explicación era evidente: había padecido aquella enfermedad, combatiéndola con el veneno que tenía en la sangre. Microbio y veneno se habían destruido mutuamente. Aquello, por lo menos, explicaba que siguiese vivo.

Siguió en el sofá, tranquilo e inmóvil, y los fragmentos aislados del rompecabezas comenzaron a ordenarse. Los hombres que había visto en la cabaña… eran sólo unos pobres fugitivos, que huían de la peste. El coche que había subido por la carretera, en medio de la noche, llevaba quizás a otros fugitivos, posiblemente los Johnson. El excitado ovejero había intentado comunicarle los sucesos de la central.

Sin embargo, la idea de ser el único sobreviviente no le perturbaba demasiado. Había vivido solo durante un tiempo. No había asistido a la tragedia, ni había visto morir a sus semejantes. A la vez no podía creer (y no había por qué creerlo) que fuese el último hombre sobre la tierra. Según el periódico, la población había disminuido en un tercio. El silencio que reinaba en Hutsonville demostraba solamente que sus habitantes se habían dispersado o refugiado en otra ciudad. Antes de llorar el fin del mundo, y la muerte del hombre, tenía que descubrir si el mundo ya no existía, y si el hombre había muerto. Ante todo, evidentemente, debía volver a la casa paterna. Quizá sus padres vivían aún. Así, con un plan definido para el día, sintió la tranquilidad que seguía siempre a sus decisiones, aun temporales.

Al levantarse, buscó otra vez en ambas ondas de la radio, sin resultado.

Exploró la cocina. La nevera aún funcionaba. En la despensa había algunos alimentos, aunque no tantos como podía esperarse. Las provisiones, aparentemente habían escaseado en los últimos días. Aun así, había media docena de huevos, una libra de manteca, un poco de jamón, algunas lechugas y unas pocas sobras. En un armarito encontró una lata de jugo de pomelo, y, en un cajón, un pan duro de unos cinco días atrás; la fecha, sin duda, en que la ciudad había sido abandonada.

Estas provisiones, y un fuego al aire libre, le hubiesen bastado para prepararse una buena comida, pero abrió las llaves de la cocina eléctrica y advirtió que las planchas se calentaban. Se preparó un copioso desayuno, y transformó el pan en unas tostadas aceptables. Cuando volvía de las montañas, siempre sentía necesidad de comer legumbres frescas, y al acostumbrado desayuno de huevos, jamón y café, añadió una abundante ensalada de lechuga.

Volvió al sofá. En una mesita había una caja de laca roja; la abrió y extrajo un cigarrillo. Hasta ahora, reflexionó, la vida material no ofrece problemas.

El cigarrillo estaba bastante fresco. Con un buen desayuno y un buen cigarrillo, el humor de Ish cambió sensiblemente. En realidad, había apartado todas las inquietudes, dejándolas para más tarde, si descubría que estaban justificadas.

Cuando acabó de fumar, pensó que no valía la pena lavar los platos; pero, como era naturalmente cuidadoso, comprobó si había cerrado la nevera y las llaves de la cocina. Luego recogió el martillo, que le había sido tan útil, y salió por la puerta destrozada. Se metió en el coche y partió hacia la casa paterna.

A casi un kilómetro de la ciudad, pasó delante del cementerio, y le asombró que el día anterior no hubiese pensado en él. Sin bajar del coche, advirtió una nueva y larga hilera de tumbas, y una excavadora junto a un montón de tierra. Las gentes que habían abandonado Hutsonville, pensó, no eran quizá muy numerosas.

Más allá del cementerio, la carretera atravesaba un terreno llano. Ante aquel espacio desierto, Ish se sintió otra vez deprimido. Hubiera deseado oír, por lo menos, el traqueteo de un camión cuesta arriba; pero no hubo tal camión.

En un campo, algunos novillos y caballos movían la cola espantando los insectos, como en cualquier mañana de verano. Más lejos, las aspas de un molino giraban lentamente, y delante del abrevadero, en un suelo húmedo, crecían las hierbas. Y eso era todo.

Sin embargo, aquella carretera no era muy transitada, y en cualquier otro día Ish hubiera podido recorrer varios kilómetros sin ver a nadie. Al fin llegó a la carretera principal. Las luces rojas del cruce estaban encendidas. Frenó automáticamente.

Pero las cuatro calzadas, donde había corrido un río de camiones, autobuses y coches, estaban desiertas. Después de detenerse un momento ante las luces rojas, Ish se puso otra vez en marcha.

Un poco más lejos, mientras corría libremente por la carretera, se sintió envuelto en una atmósfera lúgubre y espectral. Se inclinó sobre el volante, como dominado por un sopor. De cuando en cuando, algún espectáculo insólito parecía despertarlo.

Algo saltó ante él, en el camino. Aceleró rápidamente. ¿Un perro? No; advirtió unas orejas puntiagudas, y unas patas flacas, de color claro, un gris amarillento. Era un coyote, que corría tranquilamente por la carretera, en pleno día. Un instinto misterioso le había advertido que el mundo había cambiado, y que podía tomarse nuevas libertades. Ish se acercó, tocando la bocina, y el animal dio media vuelta, pasó al otro lado de la carretera y se alejó sin parecer demasiado asustado…

Dos coches volcados, en un ángulo extravagante, bloqueaban parcialmente el camino. Ish se detuvo. El cadáver aplastado de un hombre asomaba debajo de uno de los autos. No había otros cuerpos, pero la sangre cubría la carretera. Aunque le hubiese parecido necesario, no habría podido levantar el coche para sacar el cuerpo y darle sepultura. Siguió adelante…

En una ciudad importante (Ish no registró su nombre) se detuvo para abastecerse de gasolina. Había aún electricidad. Llenó el depósito en una estación de servicio. Como el coche había andado mucho tiempo por las montañas, revisó el radiador y la batería, y echó un litro de aceite. Un neumático necesitaba aire. Apretó la válvula compresora y oyó el ruido del motor. Sí, el hombre había desaparecido, pero todos sus ingeniosos aparatos marchaban todavía, sin su vigilancia…

En la calle principal de otra ciudad, tocó largo rato la bocina. Realmente, no esperaba ninguna respuesta, pero esa calle, sin saber por qué, le parecía más normal. Los coches se alineaban a lo largo de las aceras. Parecía un domingo por la mañana, con los negocios cerrados, cuando la gente no ha iniciado aún sus idas y venidas. Pero no era tan temprano, pues el sol había subido en el cielo. De pronto comprendió por qué se había detenido, y por qué la calle parecía ilusoriamente animada. Frente a un restaurante llamado The Derby funcionaba aún un letrero luminoso: un caballito que movía las patas, galopando. A la luz del día, sólo el movimiento llamaba la atención; la luz rosada era apenas visible. Ish miró un rato y advirtió el ritmo: uno, dos, tres. Y las patas del caballo se recogían casi debajo del tronco. Cuatro… las patas reaparecían y el vientre parecía tocar el suelo. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Galopaba frenéticamente, y esa carrera sin testigos no llevaba a ninguna parte. Era un caballo valiente, pensó Ish, aunque insensato e inútil. Símbolo quizá de esa civilización que había enorgullecido al hombre, y que, lanzada al galope, no alcanzaba ninguna meta, destinada algún día, ya sin fuerza, a detenerse para siempre…

Una humareda se elevaba en el aire. Ish sintió que el corazón le saltaba en el pecho. Dobló rápidamente por una calle lateral. Pero antes de llegar, supo ya que no encontraría a nadie. En efecto, era sólo una granja que empezaba a arder. Aun en un lugar deshabitado, muchas cosas podían provocar un incendio. Un montón de grasientos desperdicios que se inflamaban espontáneamente, o algún aparato eléctrico aún enchufado, o el motor de una nevera. La granja estaba condenada. No había modo de apagar el fuego, ni motivos para molestarse. Dio media vuelta y volvió a la carretera…

Conducía lentamente, y a menudo se detenía a investigar, sin muchas esperanzas. A veces veía algunos cadáveres, pero, en general, sólo encontraba soledad y vacío. La incubación, parecía, había sido bastante lenta, y los enfermos no habían caído en las calles. Una vez atravesó una ciudad donde el olor de los cuerpos putrefactos envenenaba la atmósfera. Recordó haber leído en el diario que ciertas zonas habían servido de puntos de concentración, transformándose así en enormes morgues. Todo hablaba de muerte en aquella ciudad. No era necesario detenerse.

Al caer la tarde, llegó a lo alto de las lomas, y la bahía se abrió ante él, envuelta en el esplendor del sol poniente. En distintos puntos de la ciudad, que se extendía hasta perderse de vista, se alzaban algunas columnas de humo. Fue hacia la casa de sus padres. No tenía esperanzas. Sólo un milagro lo había salvado a él. ¡Milagro de milagros si la epidemia había perdonado a su familia!

Salió del bulevar y dobló hacia la avenida San Lupo. Todo tenía el mismo aspecto, aunque las aceras no estaban muy limpias. Pero la calle mantenía aún su decoro. No había cadáveres, aunque eso era inimaginable en la avenida San Lupo. Vio a la vieja gata gris de los Hatfields que dormía al sol en los escalones del porche, como tantas otras veces. Despertada por el ruido del motor, se levantó estirándose perezosamente.

Se detuvo frente a la casa. Tocó dos veces la bocina, y esperó. Nada. Salió del coche y subió las escaleras. Sólo después de entrar advirtió que no habían cerrado la puerta.

La casa estaba en orden. Echó una ojeada, aprensivamente, pero todo era normal. Quizá le habían dejado una nota, indicándole adónde habían ido. Buscó en vano en la sala.

Arriba no había tampoco nada raro; pero en la habitación de sus padres, las dos camas estaban sin hacer. Sintió un vahído, y salió de la habitación, tambaleándose.

Agarrándose a la barandilla, volvió a bajar las escaleras. La cocina, pensó, y la cabeza se le despejó un poco ante la perspectiva de algo concreto.

Al abrir la puerta, tuvo una impresión de vida y movimiento. Era sólo el segundero del reloj eléctrico. En ese instante dejaba la vertical, iniciando su descenso hacia el seis. Casi en seguida lo sobresaltó un ruido repentino. El motor de la nevera había comenzado a zumbar, como si la llegada de un ser humano hubiese turbado su reposo. Ish, sacudido por un violento malestar, se inclinó rápidamente sobre la pileta y vomitó.

Ya repuesto, volvió a salir y se sentó en el coche. No se sentía enfermo, pero sí débil y tremendamente abatido. Si hiciera una especie de investigación policíaca, revolviendo armarios y cajones, probablemente descubriese algo. Pero ¿de qué serviría torturarse así? La historia, en sus líneas principales, era demasiado clara. No había adentro ningún cadáver; por fortuna. Tampoco habría espectros, imaginaba… Aunque el reloj y la nevera casi lo parecían.

¿Debía regresar a la casa, o continuar el viaje? Pensó en el primer momento que no se atrevería a entrar otra vez en aquellos cuartos vacíos. Se le ocurrió luego que sus padres, si por rara fortuna seguían con vida, volverían como él a la casa. Al cabo de media hora, venciendo su repugnancia, franqueó el umbral.

Recorrió otra vez las habitaciones, donde se oía el lenguaje patético de las casas abandonadas. De cuando en cuando algún objeto le hablaba con más fuerza… la costosa enciclopedia que su padre había comprado recientemente, después de muchas dudas… la maceta de geranios de su madre, que ahora necesitaba agua… el barómetro que su padre consultaba todas las mañanas, antes del desayuno. Sí, era una sencilla casa de un humilde profesor de historia que vivía entregado a sus libros, y de una mujer —secretaria de la YWCA— que había hecho de ella un hogar.

Al cabo de un rato, se sentó en la sala. Entre los muebles, los cuadros y los libros familiares, fue sintiéndose poco a poco menos abatido.

Al caer el crepúsculo, recordó que no había comido desde la mañana. No tenía apetito, pero su debilidad podía deberse a la falta de alimento. Revisó un armario y abrió una lata de sopa. No había más pan que un mendrugo mohoso. En la nevera encontró manteca y un poco de queso. Descubrió unas galletas en otro armario. La presión del gas era débil, pero alcanzó a calentar la sopa.

Después se sentó en el porche, en la oscuridad. A pesar de la comida, apenas se tenía en pie, y comprendió que había sufrido un rudo golpe.

Desde la avenida San Lupo, en la falda de la loma, se veía una gran parte de la ciudad. Y nada parecía haber cambiado. La producción de electricidad era sin duda automática. En las fábricas hidroeléctricas, el agua alimentaba aún los generadores. Y alguien había ordenado, cuando todo empezó a empeorar, que no se apagaran las luces. Allá abajo brillaba el puente de la bahía, y, más lejos, el resplandor de San Francisco y el marco luminoso del Golden Gate disipaban las nieblas de la noche. Las señales de tránsito funcionaban aún, pasando del verde al rojo. De lo alto de las torres, los reflectores enviaban silenciosos avisos a aviones que no volarían más. Lejos, hacia el sur, en algún lugar de Oakland, había, sin embargo, una zona oscura. Un conmutador descompuesto quizás, o un fusible quemado… Los anuncios luminosos, algunos por lo menos, seguían encendidos. Lanzaban patéticamente sus reclamos publicitarios a un mundo sin clientes ni vendedores. Un enorme cartel, que una casa cercana ocultaba en parte, seguía transmitiendo: Beba… Pero Ish no veía qué debía beber.

Siguió mirando, casi hipnotizado. Beba… oscuridad. Beba… oscuridad. Beba… Bueno, ¿por qué no?, pensó. Fue a buscar la botella de coñac de su padre.

Pero el coñac era débil y no encontró en él ningún consuelo. No soy hombre, pensó, de buscar la muerte en el alcohol. El anuncio que brillaba allá abajo era más interesante. Beba… oscuridad. Beba… oscuridad. Beba. ¿Cuánto tiempo brillarían esas luces? ¿Cómo se apagarían? ¿Qué mecanismos seguirían funcionando? ¿Qué destino tendría esa obra, edificada lentamente a lo largo de los siglos, y que ahora sobrevivía a su creador?

Supongo, pensó Ish, que la mejor solución sería el suicidio. Pero no, es demasiado pronto. Estoy vivo, y hay quizás otros sobrevivientes. Somos como moléculas de gas que flotan sin encontrarse en un vacío neumático.

Cayó otra vez, lentamente, en un desaliento cercano a la desesperación. Sí, podía vivir, alimentándose como un necrófago de los víveres de los almacenes. Podía unirse a otros hombres. ¿Y luego? Si se hubiera encontrado con media docena de amigos todo sería diferente. Pero ahora no podría evitar a los imbéciles, o aún a los canallas. Alzó los ojos y vio otra vez el anuncio que brillaba a lo lejos: Beba… oscuridad. Beba… oscuridad. Beba. Y volvió a preguntarse cuánto tiempo brillarían aún esas inútiles letras de fuego. Y aquello que había visto durante el día. ¿Qué sería del coyote que corría a saltos por la carretera? Las vacas y los caballos paseaban lentamente alrededor del abrevadero, bajo las aspas del molino. ¿Durante cuánto tiempo giraría el molino, sacando agua de las honduras de la tierra?

De pronto, se sobresaltó. Parecía que el deseo de vivir despertaba en él. No sería un actor, quizá; no quedaban papeles para él en el mundo, pero sería por lo menos un espectador más; un espectador habituado ya a observar el mundo. El telón había caído, era cierto; pero ahora, ante su mirada de investigador, iba a desarrollarse el primer acto de un drama insólito. Durante miles de años el hombre había sido el amo indiscutido de la tierra. Y he aquí que ese rey de la creación desaparecía ahora, quizá por mucho tiempo, quizá para siempre. Aunque la raza humana no se hubiera extinguido del todo, los sobrevivientes tardarían siglos en retomar las riendas del poder. ¿Qué sería del mundo y sus criaturas sin el hombre? Y bien, él, Ish, iba a verlo.

2

Sin embargo, cuando se acostó no pudo dormirse. El frío abrazo de la niebla estival envolvió la casa, y la conciencia de su soledad se transformó en miedo y en pánico. Se levantó, y poniéndose una bata fue a sentarse ante el aparato de radio. Buscó frenéticamente en todas las ondas. Sólo oyó unos débiles ruidos.

De pronto pensó en el teléfono. Levantó el tubo y oyó el zumbido familiar. Discó un número; cualquier número. La campanilla resonó en una casa lejana. Ish creyó oír un despertar de ecos en las habitaciones vacías. A la décima llamada, colgó el tubo. Probó un segundo número, y un tercero… y dejó de llamar.

Se le ocurrió entonces otra idea. Añadió un reflector a la lámpara y, de pie, en el porche, lanzó un mensaje a la ciudad nocturna: tres puntos, tres rayas, tres puntos, el S.O.S. en que habían puesto sus últimas esperanzas tantos hombres amenazados por la muerte. Pero no hubo respuesta. Comprendió al cabo de un rato que entre las luces de la ciudad sus modestas señales pasarían inadvertidas.

Entró en la casa, temblando de frío. Abrió una llave y el motor de la calefacción se puso en marcha.

La electricidad funcionaba todavía, y en el tanque había aún combustible. En ese aspecto no había problemas. Se sentó y a los pocos minutos apagó las luces con la curiosa sensación de que eran demasiado visibles. La niebla y la oscuridad lo protegerían con sus velos impenetrables. Sin embargo, angustiado por la soledad, puso el martillo al alcance de la mano.

Un grito espantoso desgarró la oscuridad. Temblando de pies a cabeza, Ish tardó en reconocer la llamada de amor de un gato, sonido familiar en las noches de estío, aun en el aristocrático San Lupo. Los aullidos siguieron un tiempo, y al fin los ladridos de un perro interrumpieron el idilio. El silencio volvió a apoderarse de la noche.

Para ellos también termina un mundo de veinte mil años. Yacen en las perreras, con las lenguas hinchadas, muertos de sed. Perdigueros, ovejeros, pequineses, lebreles. Los más afortunados vagan por la ciudad y los campos, bebiendo en los arroyos, en las fuentes, en los estanques poblados de peces rojos. Buscan por todas partes algo que comer, persiguen una gallina, atrapan una ardilla en un parque. Y poco a poco las torturas del hambre borran siglos de servidumbre. Furtivamente se acercan a los cadáveres insepultos.

El animal de raza no se distingue ya por la altura, la forma de la cabeza o el color del pelo. Fuera de concurso, Príncipe de Piamonte IV no supera al último cuzco callejero. El premio, el derecho a sobrevivir, lo obtiene el de más ingenio, mayor vigor, una mandíbula más fuerte, o aquel que sabe adaptarse a las nuevas condiciones de vida, y que, de vuelta al salvajismo, vence a sus rivales asegurándose su subsistencia.

Durazno, el perro de aguas color miel, permanece echado, triste y afligido, debilitado por el hambre, poco inteligente, de patas demasiado cortas para perseguir las presas… Spot, el mestizo predilecto de los niños, tiene la suerte de encontrar una camada de gatitos y los mata, no por crueldad, sino para comérselos… Ned, el terrier de pelo duro, independiente por naturaleza y amigo de correrías, corretea sin dificultades… Bridget, el setter rojo, se estremece, y de cuando en cuando lanza al cielo un aullido que termina en una queja. Su alma bondadosa no tolera un mundo sin dioses.

Aquella mañana se trazó un plan. En un distrito urbano de dos millones de habitantes, debían de haber sobrevivido otros. La solución era evidente; tenía que encontrar a alguien, en cualquier parte. Pero ¿cómo?

Recorrió toda la vecindad, esperando descubrir algún conocido. Pero las casas parecían deshabitadas. Las flores se marchitaban en los jardines resecos.

Regresó, cruzó el parque de sus juegos infantiles, y trepó a las rocas. Dos de ellas se tocaban en la cima, formando una especie de pequeña gruta; un refugio natural, primitivo, donde Ish se había escondido a menudo. Miró. No había nadie.

En una ancha superficie rocosa que seguía la inclinación de la colina, los indios habían abierto unos hoyos con sus martillos de piedra. El mundo de los pieles rojas ha desaparecido, pensó Ish. Y ahora desaparece también otro mundo. ¿Seré yo su último representante?

Subió al coche y se trazó mentalmente la ruta que podría seguir para que la bocina se oyese en casi toda la ciudad. Se puso en marcha tocando la bocina a cortos intervalos, y deteniéndose a esperar una posible respuesta.

Las calles tenían el aspecto de las primeras horas de la mañana. Había muchos coches estacionados, y poco desorden. De cuando en cuando encontraba un cadáver; algún enfermo a quien la muerte había sorprendido en la calle. Dos perros merodeaban cerca de un cuerpo. En una esquina, el cadáver de un hombre colgaba de la cruz de un poste telefónico, con un cartel en el pecho que decía: Ladrón. Ish entró luego en una zona comercial, y vio entonces algunas señales de violencia. El escaparate de una licorería estaba hecho trizas.

Salió de la zona comercial tocando otra vez la bocina. Medio minuto más tarde se oyó otra bocina lejana y débil. Pensó por un momento que los oídos lo engañaban.

Tocó otra vez y la respuesta llegó inmediatamente. El corazón le dio un salto. El eco, pensó. Llamó con un bocinazo corto y otro largo y escuchó. La respuesta fue un sonido breve y único.

Dio media vuelta y fue hacia el lugar de donde venía el sonido, a no más de setecientos u ochocientos metros. Tres calles más allá tocó de nuevo y esperó. Más a la derecha se metió en un callejón cerrado, volvió atrás y probó otra calle. Lanzó la llamada y la contestación llegó desde más cerca. Avanzó rápidamente en línea recta y la respuesta siguiente sonó a sus espaldas. Retrocedió y entró en una callejuela bordeada de tiendas. Había largas filas de coches junto a las aceras, pero no vio a nadie. Era raro que aquel otro sobreviviente no estuviese en medio de la calle haciendo señas. Tocó la bocina y la respuesta casi lo ensordeció. Detuvo el coche, saltó a tierra y echó a correr. El hombre estaba dentro de un auto. Cuando Ish se acercó, se desplomó sobre el volante, y cayó luego de costado. La bocina emitió un largo quejido. Una vaharada de whisky llegó a las narices de Ish. El hombre de barba larga e hirsuta, y una cara sucia y roja, estaba completamente borracho.

Ish, de pronto furioso, sacudió el cuerpo caído. El hombre entreabrió los ojos y gruñó como preguntando qué ocurría. Ish sentó el cuerpo inerte, y la mano del hombre buscó a tientas la botella de whisky, en un rincón del asiento. Ish se adelantó y arrojó la botella a la calle, donde se rompió ruidosamente. Se sentía amargado y furioso. Había allí una terrible ironía. Había encontrado un único sobreviviente, y era un pobre viejo borracho, que no servía para nada en este mundo, ni en ningún otro. Los ojos del hombre se abrieron entonces, y la ira de Ish se transformó en enorme piedad.

Aquellos ojos habían visto demasiado. Había en ellos espanto y horror. El cuerpo sucio y enfermo ocultaba de algún modo una mente sensible, que ahora sólo deseaba olvidar.

Ish se sentó junto al borracho. Los ojos del hombre miraron aquí y allá, como extraviados, y la tragedia pareció crecer en ellos. Ish le tomó de pronto la muñeca y buscó el pulso. Era débil e irregular. No le quedaban quizá sino unas horas de vida.

Bien, pensó Ish. El sobreviviente podía haber sido una muchacha, o un hombre inteligente, pero era este borracho, a quien nadie podía ayudar.

Al cabo de un rato Ish salió del coche y entró en el bar. Había un gato en el mostrador. Ish creyó que estaba muerto, pero de pronto el animal se movió. Había estado durmiendo, simplemente. El gato miró a Ish con la fría insolencia con que una duquesa mira a su camarera. Ish se sintió incómodo y tuvo que recordar que los gatos habían sido siempre así. El animal parecía contento y bien alimentado.

Ish miró los estantes y advirtió que el borracho no se había molestado en elegir su botella. Un whisky cualquiera le había bastado.

Salió y vio que el hombre había encontrado en alguna parte otra botella y bebía a grandes tragos. No había mucho que hacer, pero Ish decidió intentarlo.

Se apoyó en la ventanilla. El hombre, quizás animado otra vez por el alcohol, parecía más lúcido. Miró a Ish y sonrió patéticamente.

—Ho… ho… ah —dijo con voz pastosa.

—¿Cómo se siente? —preguntó Ish.

—Bar… el…’low —balbuceó el otro.

Ish intentó descifrar aquellos sonidos. El hombre esbozó otra vez su patética sonrisa infantil y repitió con una voz un poco más clara:

—No… Bar’l… low.

Ish comprendió a medias.

—¿Su nombre es Barelow? —preguntó—. ¿No? ¿Barlow?

El hombre asintió, sonrió, y antes que Ish pudiese impedirlo tomó otro trago. Ish se sintió más triste que furioso. ¿Qué importaba ahora un nombre? Y no obstante, el señor Barlow, sumergido en las nieblas del alcohol, intentaba cumplir con una norma de civilizada cortesía.

En seguida, muy lentamente, el señor Barlow se desplomó otra vez en el asiento, y la botella cayó y se vació en el piso del coche.

Ish vacilaba. ¿Uniría su suerte a la del hombre intentando curarlo y reformarlo? El señor Barlow parecía un caso sin esperanza. Y si se quedaba, podía perder la oportunidad de encontrar a algún otro.

—Quédese aquí —le dijo al hombre tumbado, quizás inconsciente—. Volveré.

Los gatos habían vivido dominados por el hombre sólo cinco mil años, y nunca habían aceptado de buen grado esa dominación. Los ejemplares encerrados en las casas, pronto murieron de sed. Pero los que quedaron en la calle se las arreglaron mejor que los perros. La caza del ratón dejó de ser un juego para transformarse en una industria. Los gatos cazan pájaros, rondan por calles y avenidas buscando alguna lata de desperdicios que las ratas no hayan saqueado aún. Salen de los límites de la ciudad e invaden las guaridas de codornices y conejos. Allí se encuentran con otros gatos realmente salvajes, y el fin es sangriento y rápido, pues los vigorosos habitantes de los bosques despedazan a los gatos ciudadanos.

Esta vez el sonido era más insistente. El hombre que tocaba la bocina no parecía borracho. Ish se acercó y vio a un hombre y una mujer. Reían y le hacían señas. Bajó del coche. El hombre era corpulento y vestía una deslumbrante chaqueta deportiva. La mujer era joven y bonita. Se había pintado la boca con una espesa capa de carmín. En los dedos le relumbraban varios anillos.

Ish dio unos pasos, y de pronto se detuvo. Dos son una pareja, y tres una multitud. La mirada del hombre era decididamente hostil. La mano derecha no dejaba el abultado bolsillo de la chaqueta.

—¿Cómo están? —dijo Ish, sin moverse.

—Oh, muy bien —dijo el hombre. La mujer se rió con una risita tonta y miró a Ish provocativamente. Ish se sintió otra vez en peligro—. Sí —prosiguió el hombre—, sí, lo pasamos muy bien. Mucha comida, mucha bebida y muchísimo… —Hizo un ademán obsceno y sonrió a la mujer con una mueca. La mujer se rió otra vez.

Ish se preguntó qué habría sido la mujer en la vieja vida. Parecía ahora una prostituta acomodada. Llevaba en los dedos bastantes diamantes como para instalar toda una joyería.

—¿Hay otros sobrevivientes? —preguntó.

El hombre y la mujer se miraron. La mujer se rió. No parecía conocer otro lenguaje.

—No —dijo el hombre—, no en los alrededores. —Hizo una pausa y echó una mirada a la mujer—. No hasta ahora, por lo menos.

Ish miró la mano del hombre, aún en el bolsillo de la chaqueta. La mujer movía las caderas y entornaba los párpados, como diciendo que se quedaría con el vencedor. En los ojos de la pareja no había huellas de aquel dolor que nublaba los ojos del borracho. Y sin embargo, quizás habían sufrido demasiado también, y de algún modo habían perdido la razón. Ish comprendió de pronto que nunca había estado tan cerca de la muerte.

—¿Adónde va? —preguntó el hombre.

—Oh, sólo daba una vuelta —dijo Ish.

La mujer se echó a reír. Ish se volvió y caminó hacia el coche pensando que en cualquier momento recibiría un tiro en la espalda. Llegó al coche, subió y se alejó…

Esta vez no oyó ningún sonido, pero al volver la esquina, allí estaba ella, plantada en medio de la calle: una adolescente de piernas largas y melena rubia. Durante un momento no se movió, como un ciervo sorprendido en un claro del bosque. Luego, con la rapidez de un temeroso animal acosado, se dobló en dos, y protegiéndose de la luz del sol trató de ver detrás del parabrisas. En seguida echó a correr, como un animal, y se escabulló entre las tablas de una cerca.

Ish bajó del coche, fue hasta la empalizada y llamó varias veces. No hubo respuesta. Si hubiera oído una risita burlona en una ventana, o hubiese visto el revoloteo de una falda en una esquina, quizás habría seguido buscando. Pero, evidentemente, la huida de la muchacha no era un coqueteo. Quizás había aprendido dolorosamente que sólo así podía salvarse. Ish esperó un rato, pero como la muchacha no reaparecía, se puso otra vez en marcha…

Oyó otras bocinas, pero callaban antes que pudiese localizarlas. Al fin vio un viejo que salía de un almacén, con un cochecito de niño donde se apilaban latas y cajas. Ish se acercó y vio que no era tan viejo. Sin la barba blanca y enmarañada no hubiese representado más de sesenta años. Llevaba un traje arrugado y sucio. Debía de dormir vestido desde hacía un tiempo.

Ish descubrió que el viejo era más comunicativo que los otros, pero no mucho. Llevó a Ish a su casa, no muy lejos. En las habitaciones se amontonaban toda clase de cosas: algunas útiles, otras totalmente inútiles. Dominado por una manía posesiva, el viejo se transformaría pronto en un ermitaño y un avaro. Antes del desastre había tenido mujer y había trabajado en una ferretería; aunque probablemente siempre se había sentido desgraciado y solo, con muy pocos amigos. Ahora era en verdad más feliz que nunca, pues no había nadie que estorbase sus ansias de rapiña ni que le impidiese retirarse a vivir rodeado de pilas de mercancías. Guardaba alimentos envasados; a veces cajones enteros, o simples montones de latas. Pero había también una docena de cestos de naranjas, que no podría consumir antes que se pudrieran. Algunos sacos de celofán se habían roto, y los guisantes cubrían el piso. Ish vio además varias cajas de lámparas eléctricas y tubos de radio, un violonchelo —aunque el hombre no sabía música—, más de cien ejemplares de una misma revista, una docena de despertadores y otras muchas cosas que el viejo había reunido, no con la idea de utilizarlas un día, sino porque esa acumulación le daba una agradable sensación de seguridad. El viejo era a veces simpático, pero no pertenecía ya, pensó Ish, al mundo de los vivos. La catástrofe había transformado a un hombre taciturno y solitario en un maníaco a un paso de la locura. Seguiría en el futuro apilando cosas a su alrededor, y encerrándose cada vez más en sí mismo.

Sin embargo, cuando Ish se levantó para irse, el viejo, presa del pánico, lo tomó por el brazo.

—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó, excitado—. ¿Por qué se me perdonó la vida?

Ish contempló el rostro descompuesto por el terror, la boca abierta de donde colgaba un hilo de baba.

—Sí —respondió irritado y aliviado a la vez por poder dar rienda suelta a su cólera—. Sí. ¿Por qué vive usted y han muerto tantos hombres capaces?

El viejo miró involuntariamente alrededor. Su terror era abyecto, casi animal.

—Eso mismo me asusta —gimió.

Ish lo compadeció.

—Vamos —dijo—. No hay motivo para asustarse. Nadie sabe por qué ha sobrevivido. ¿No lo mordió alguna serpiente de cascabel?

—No.

—Bueno, no importa. La cuestión de la inmunidad natural es un misterio. Las epidemias más graves no atacan a todo el mundo.

Pero el otro sacudió la cabeza.

—Debo de haber sido un gran pecador —dijo.

—En ese caso lo hubieran castigado.

—Quizás… —El viejo se interrumpió y miró alrededor—. Quizá me reservan un castigo especial.

Y el viejo se estremeció de pies a cabeza.

Al acercarse a la barrera de peaje, Ish se preguntó maquinalmente si tendría monedas. En un segundo de extravío imaginó una escena absurda donde deslizaba una moneda imaginaria en una mano imaginaria. Pero aunque tuvo que aminorar la marcha para cruzar el estrecho pasaje, no sacó la mano por la ventanilla.

Había decidido llegar a San Francisco. Pero luego comprendió que lo había atraído la idea de ver el puente. Era la más audaz y la más grande de las obras del hombre en aquella región. Como todos los puentes, era un símbolo de unidad y seguridad. San Francisco sólo había sido un pretexto. Había deseado realmente renovar alguna suerte de comunión con el símbolo del puente.

Ahora el puente estaba desierto. Donde seis líneas de coches habían corrido hacia el este y el oeste, las franjas blancas se prolongaban hasta unirse. Una gaviota que se había posado en la barandilla sacudió perezosamente las alas al acercarse el coche y descendió al agua planeando.

Ish tuvo el capricho de cruzar hacia la izquierda y avanzó sin encontrar obstáculos. Atravesó el túnel, y las altas y magníficas torres y las largas curvas del puente colgante se alzaron ante él. Como de costumbre, se habían estado pintando algunas partes; un cable rojo anaranjado se destacaba sobre el gris plateado común.

De pronto, vio algo raro. Un coche, deportivo verde, estaba estacionado junto al parapeto, apuntando al este.

Ish lo miró al pasar. Adentro no había nadie, nada. Siguió adelante. En seguida, cediendo a la curiosidad, describió una larga curva y fue a detenerse junto al cupé.

Abrió la portezuela y examinó los asientos. No, nada. ¿El conductor, desesperado, atacado por la enfermedad, se habría arrojado al agua saltando por encima de la barandilla? O quizás el motor se había descompuesto y él, o ella, había detenido a otro coche, o había continuado a pie. Las llaves estaban aún en el tablero; la licencia de conductor colgaba del volante: John Robertson, número tal, calle Cincuenta y cuatro, Oakland. Nombre y dirección comunes. El coche del señor Robertson era ahora dueño del Puente.

De vuelta en el túnel, Ish pensó que podría haber resuelto parte del problema intentando poner en marcha el motor. Pero en realidad no importaba… como no importaba, tampoco, que marchase otra vez hacia el este. Habiendo dado media vuelta para acercarse al cupé, Ish siguió simplemente en línea recta. San Francisco, estaba seguro, nada podía ofrecerle…

Algo más tarde, como había prometido, Ish volvió a la calle donde había hablado —si aquello podía llamarse hablar— con el borracho.

Encontró el cuerpo caído en la acera, frente al bar. Después de todo, reflexionó Ish, el cuerpo humano sólo puede absorber una cantidad limitada de alcohol. Ish recordó los ojos del borracho, y no pudo sentir pena.

No había perros en los alrededores, pero Ish no podía dejar allí el cuerpo. Al fin y al cabo había conocido al señor Barlow, y había hablado con él. Aunque no sabía cómo o dónde enterrarlo. Sacó unas mantas de una tienda, y envolvió el cuerpo cuidadosamente. Luego lo llevó al auto y cerró las ventanillas. Sería un mausoleo hermético y duradero.

Las oraciones fúnebres parecían fuera de lugar. Pero al observar desde afuera el rollo de mantas, pensó que el señor Barlow había sido sin duda un buen hombre, que no había podido sobrevivir al derrumbe del mundo. Se sacó entonces el sombrero y se quedó así unos instantes…

Ahora, como en la antigüedad, cuando la caída de un poderoso monarca alegraba a los pueblos sometidos, se regocijan los abetos, y entonan los cedros: «Has caído y el hacha no amenaza ya nuestra existencia». Y los ciervos, zorros y codornices cantan: «Eres ahora como nosotros. ¿Es éste el hombre que estremeció la tierra?»

(«La tumba ha devorado tu soberbia, y la música de tus violas; los gusanos se mueven bajo tu cuerpo, y te cubren. »)

No, nadie dice estas palabras, nadie las piensa, y el libro de Isaías se confunde con el polvo. El gamo, sin saber por qué, se atreve a salir de la espesura; los zorros juegan junto a la fuente seca de la Plaza; la codorniz empolla sus huevos en las hierbas altas, cerca del reloj de sol.

Hacia el fin del día, después de dar un largo rodeo para evitar un lugar nauseabundo donde se amontonaban los cadáveres, Ish volvió a la casa de San Lupo.

Había aprendido mucho. El Gran Desastre —así llamaba ahora a la epidemia— no había despoblado enteramente el mundo. No había por qué comprometer el futuro uniéndose a cualquiera. Era preferible buscar y elegir. Por otra parte, todos los que había encontrado hasta ahora estaban en los límites de la locura.

Se le ocurrió una nueva idea, que podía expresarse con una nueva fórmula: el Golpe de Gracia. La mayoría de los que habían escapado al Gran Desastre caerían víctimas de algún mal que habían evitado hasta entonces. Muchos se matarían bebiendo. Se habían cometido, sospechaba, algunos asesinatos, y habían abundado, seguramente, los suicidas. Algunos hombres que habían arrastrado en otro tiempo una existencia normal, como el viejo, no podrían sobreponerse y enloquecerían. Muchos heridos y enfermos morirían por falta de cuidados. De acuerdo con una ley biológica, toda especie debe contar con un número mínimo de representantes. Por debajo de ese número está irremediablemente condenada.

¿La humanidad sobrevivirá? Punto capital, que podía animar a Ish. De acuerdo con los resultados de la jornada, las esperanzas eran pocas. ¿Y quién puede desear que sobreviva una humanidad de fantoches?

Había empezado la mañana como un verdadero Robinsón Crusoe, dispuesto a aceptar al primer Viernes. Terminaba el día pensando que se resignaría a la soledad si no encontraba un amigo aceptable. Sólo una mujer parecía haber deseado su compañía, y había habido allí una amenaza de traición y muerte. Si Ish hubiese eliminado al hombre, habría encontrado en ella una mera compañía física. En cuanto a la adolescente, hubiera debido recurrir a un lazo o una trampa de osos. Y probablemente, como el viejo, ella había perdido la razón.

No, el Gran Desastre no había dejado con vida a los mejores, y las pruebas que habían soportado los sobrevivientes no habían acrecentado sus virtudes.

Se preparó una cena, y comió, sin apetito. Luego intentó leer, pero las palabras tenían tan poco sabor como la comida. Pensaba aún en el señor Barlow y los demás. De un modo o de otro, cada uno a su manera, todos los que había visto aquel día estaban derrumbándose. ¿Y él mismo? ¿Conservaba todas sus facultades? Tomó lápiz y papel y escribió una lista de cualidades que podían permitirle seguir viviendo, y aún ser feliz donde los otros habían fracasado.

1) Voluntad de vivir. Deseo de ver lo que será la tierra sin el hombre. Geógrafo.

2) Amor a la soledad. Poco hablador.

3) Haberse extirpado el apéndice.

4) Habilidad manual. Pero mal mecánico. Vida al aire libre.

5) No haber visto morir a la familia y los otros.

Se interrumpió con los ojos fijos en la última línea. Esperaba que fuese cierto.

Reflexionó unos minutos. Podía añadir otras cualidades a la lista. Su educación, que le permitía adaptarse a las nuevas circunstancias. Le gustaba leer, y podía así distraerse y olvidar. No era además un lector común. Podía investigar en los libros y buscar allí los medios de reconstruir el mundo.

Con los dedos crispados sobre el lápiz, pensó si podría anotar que no era supersticioso. Podía ser importante. Si no, presa como el viejo de un abyecto terror, llegaría a pensar quizá que el desastre era obra de la ira de Dios, que había arrasado a su pueblo con una peste, como antes con el diluvio. Y él, aunque no tenía aún mujer e hijos, sería un nuevo Noé, encargado de repoblar el mundo desierto. Pero divagaciones semejantes llevaban a la locura. Sí, si un hombre se cree mensajero de Dios no está lejos de creerse Dios mismo, y de enloquecer.

No, pensó Ish. Pase lo que pase, nunca me creeré un dios. No seré nunca un dios.

Abandonándose así al curso de sus pensamientos, comprobó, no sin sorpresa, que la perspectiva de una vida solitaria no dejaba de darle una sensación de seguridad, y aun de euforia. Las relaciones sociales habían sido en el pasado una de sus mayores preocupaciones. La idea de ir a un baile lo había hecho transpirar más de una vez; nunca había pertenecido a una asociación de estudiantes. En los viejos días este modo de ser era un defecto; ahora, al contrario, parecía una ventaja. Se había quedado siempre en un rincón en las reuniones sociales, entrando muy pocas veces en la conversación, contentándose con escuchar y observar objetivamente, y ahora, del mismo modo, podía soportar fácilmente el silencio, y observar como espectador el curso de las cosas. Su debilidad se había transformado en una fuerza. Como un ciego en un mundo de pronto privado de luz. En esas tinieblas donde la gente normal andaría a los tropezones, él se encontraría muy cómodo, y los otros vendrían a colgársele del brazo, implorándole que les sirviera de guía.

Sin embargo, cuando se encontró en cama, en la oscuridad, la imagen de esa vida solitaria perdió todo su encanto. Las frías manos de la niebla cruzaron la bahía y se cerraron sobre la casa de San Lupo Drive. Ish sintió otra vez aquel miedo. Acurrucado entre las mantas, con el oído atento a todos los ruidos de la noche, pensó en su soledad, y en el Golpe de Gracia, que pendía sobre él, amenazante. Lo asaltó un violento deseo de huir, con la mayor rapidez posible, de aquellos enigmáticos peligros. Invocó entonces el auxilio de la razón, y se dijo que la epidemia no podía haber devastado todo el país, que en alguna parte debía de haber quedado con vida alguna comunidad, y que él la encontraría.

3

El pánico murió con la noche, pero el miedo, tenaz, siguió alojado en el corazón de Ish. Se levantó con cuidado, y tragó aprensivamente saliva, pensando qué ocurriría si enfermaba de la garganta. Bajó lentamente las escaleras. Una cadera dislocada podía significar la muerte.

Empezó en seguida a preparar la partida, y como siempre que seguía un plan determinado, aunque no fuese un plan razonable, se sintió satisfecho y tranquilo.

Su auto era viejo. Podía elegir algún otro entre los centenares de coches abandonados. En la mayoría faltaban las llaves. Pero al fin encontró en un garaje una camioneta con llaves, que respondía a sus deseos. Encendió el motor; funcionaba perfectamente. Se preparaba a partir cuando lo asaltó una sensación de malestar. No era la pena de abandonar su viejo auto. De pronto recordó. Regresó a su coche y recogió el martillo. Lo llevó a la camioneta y lo puso en el piso, a sus pies. Luego, salió del garaje.

En un almacén desayunó un poco de queso y unos bizcochos mientras elegía en los estantes algunas provisiones. Los víveres abundarían en todas las ciudades. Pero convenía llevar unas reservas en el coche. Otras tiendas le proporcionaron un saco de dormir, un hacha, una pala, un impermeable, cigarrillos, una botellita de coñac. Recordando las aventuras de la víspera, entró en una armería y eligió un fusil liviano, una carabina de repetición, una pistola automática que podía llevar fácilmente en el bolsillo, y un cuchillo de caza.

Ya en la camioneta, y listo para partir, vio al perro. Había visto muchos perros en los últimos días, apartándolos siempre de su mente. Ofrecían un patético espectáculo, y aparentemente no les gustaba lo que ocurría. A veces parecían famélicos, o demasiado bien alimentados. Algunos se encogían, asustados, otros mostraban los dientes, muy seguros de sí mismos. Éste era un pequeño perro de caza, blanco y parduzco, de orejas largas y caídas. Un sabueso, probablemente, aunque sabía muy poco de razas caninas. Sentado prudentemente a unos tres metros de distancia, el perro miró a Ish, movió la cola, y lloriqueó débilmente.

—¡Fuera! —gritó Ish, sintiendo como si levantara un muro contra lazos de afecto que sólo podían terminar con la muerte—. ¡Fuera! —repitió. Pero el perro avanzó unos pasos, se tendió en la acera con el hocico entre las patas, y fijó en Ish unos ojos suplicantes. Las largas orejas caídas le daban una expresión de infinita tristeza, como si Ish le partiera el corazón. De pronto, sin querer, Ish sonrió, y pensó que era su primera sonrisa sin ironía desde el día de la serpiente.

Se dominó, pero el perro, que había visto en seguida su cambio de humor, se le restregaba ya contra las piernas. Ish lo miró y el animal se escurrió, con un temor fingido o real, describió un círculo interrumpido por dos saltos de costado, se dejó caer otra vez con la cabeza entre las patas, y lanzó un corto ladrido ansioso que terminó en un gemido. Ish sonrió de nuevo, esta vez abiertamente, y el perro comprendió sin duda que había ganado la partida. Echó a correr otra vez, cambiando rápidamente de dirección, como si persiguiera un conejo. Al fin se arrojó osadamente a los pies de Ish, y alargó la cabeza como esperando una caricia y diciendo: «¿No estuve bien?» Ish comprendió y le puso la mano en la cabeza y le acarició el lustroso pelaje. El perro lanzó un pequeño gruñido de satisfacción, y movió con tanta fuerza la cola, que se le estremecieron las orejas. Puso los claros ojos en blanco. Era la imagen misma de la adoración. Unas arruguitas le cruzaban la frente. Un caso de amor a primera vista. Parecía que el perro dijera: «No hay otro hombre en el mundo para mí».

Ish confesó su derrota. Se agachó y acarició francamente al nuevo amigo. Bueno, pensó, quiéralo o no, tengo un perro. Es decir, el perro me tiene a mí.

Abrió la puerta de la camioneta y el perro saltó y se instaló en el asiento como si estuviese en su casa.

En un almacén, Ish encontró una caja de galletas para perro. Le dio una. El perro la aceptó sin demostrar cariño o agradecimiento. El hombre tenía el deber de alimentarlo, y toda muestra de gratitud era por lo tanto superflua. Ish notó entonces por primera vez que en realidad el animal no era un perro sino una perra. Bien, pensó, he hecho una verdadera conquista.

Volvió a su casa y recogió algunas cosas: trajes, un par de anteojos de campaña, libros. Se preguntó si necesitaría algo más. El viaje podía llevarlo a la otra orilla del continente. Al fin se encogió de hombros.

En la cartera tenía diecinueve dólares, en billetes de cinco y de uno. Era más que suficiente. Pensó en tirar la cartera, pero al fin la guardó. Estaba tan acostumbrado a llevarla en el bolsillo que sin ella se sentiría incómodo. El dinero no molestaba.

Sin muchas esperanzas, escribió una nota y la dejó bien a la vista en la sala. Si sus padres regresaban, sabrían que podían esperarlo, o dejarle un mensaje.

De pie junto al auto, echó una mirada de despedida a la avenida San Lupo. La calle estaba desierta. Las casas y los árboles no habían cambiado, pero notó otra vez en el césped y los jardines la falta de riego y cuidados. A pesar de las nieblas nocturnas, el seco verano californiano marchitaba las plantas.

Era media tarde. Pero Ish decidió partir en seguida. Deseaba alejarse y pasar la noche en otra ciudad.

Las plantas y flores que el hombre había cuidado mueren como los gatos y los perros. Tréboles y hierbas inclinan la cabeza, y los dientes de león amarillean. Las ásteres, que aman el agua, se marchitan en los macizos. Florecen las cizañas. La savia se consume en los tallos de las camelias; no habrá capullos la primavera próxima. En las enredaderas y los rosales las hojas se retuercen luchando contra la sequía. Las calabazas silvestres extienden sus brazos sobre jardines y terrazas. Como los bárbaros que en otro tiempo, desaparecidos los ejércitos romanos, invadieron las delicadas provincias, así las malezas silvestres avanzan y destruyen las plantas regaladas que había mimado el hombre.

Un zumbido firme y regular subía del motor. La mañana del segundo día Ish manejó con exagerada prudencia, temiendo siempre que se le reventara un neumático, que se le descompusieran los frenos, o que alguna vaca se le cruzara en el camino. Con los ojos fijos en el velocímetro, trataba de no superar los sesenta kilómetros por hora.

Pero el motor era poderoso, y la aguja subía a cada instante a los setenta y los ochenta.

La velocidad lo fue sacando poco a poco de aquella depresión. El mero cambio era ya un alivio; la huida, un solaz. Pero Ish sabía que escapaba sobre todo, por un tiempo, a la necesidad de decidir. Inclinado sobre el volante, viendo cómo se alzaba a cada momento el telón de un nuevo decorado, no hacía planes para el futuro, no pensaba cómo iba a vivir, ni si iba a vivir. Sólo le preocupaba cómo doblar la próxima curva.

La perra estaba echada en el asiento. De cuando en cuando ponía la cabeza en las rodillas de su nuevo amo; en general dormía apaciblemente, y su presencia era también un alivio.

El espejo retrovisor no mostraba nunca un auto. Ish, por costumbre, lo miraba a menudo, y veía las imágenes de la carabina y el fusil, el saco de dormir y las latas de conserva en el asiento de atrás. Era como un marino en alta mar, con su barca llena de provisiones, preparada para cualquier emergencia; y sentía, también, esa profunda desesperación del náufrago, la desolación de la inmensidad.

Siguió la carretera 99, que cruzaba el valle de San Joaquín. No se apresuraba, pero la velocidad media era excelente. No había camiones que lo obligasen a aminorar la marcha, y no era necesario detenerse obedeciendo a las luces del tránsito —aunque la mayoría funcionaba aún—, ni disminuir la velocidad en las ciudades. En realidad, y a pesar de sus temores, debía reconocer que la carretera 99 era ahora más segura que antes, con su tránsito denso y alocado.

No vio ningún hombre. Si buscara en las ciudades y pueblos, quizá pudiera descubrir a alguien; pero ¿para qué? Podía encontrar a algún individuo aislado en cualquier momento. Quería comprobar ahora si no había alguna ciudad con vida.

La amplia llanura se extendía hasta el horizonte: viñedos, huertas, campos de melones, sembrados de algodón. El ojo experimentado de un campesino habría podido descubrir quizá los efectos de la desaparición del hombre, pero para Ish no había ningún cambio.

En Bakesfield dejó la carretera 99 y tomó el tortuoso camino que llevaba al paso de Tehachapi. Los campos se transformaron en laderas cubiertas de robles, y luego en pinares parecidos a parques. La soledad pesaba menos en estos sitios, que habían estado casi siempre deshabitados. Ish llegó al extremo del desfiladero. El desierto asomaba en el horizonte. Sintió miedo, otra vez. Aunque el sol estaba todavía muy alto, se detuvo en el pueblo de Mojave y empezó a prepararse.

Para atravesar aquellos trescientos kilómetros de desierto, aun en la vieja época, el automovilista debía llevar su provisión de agua. En algunos lugares, si el coche sufría una avería había que caminar todo un día para encontrar un puesto caminero. Ish, que sólo podía contar consigo mismo, debía multiplicar las precauciones.

Encontró una ferretería. La puerta maciza estaba cerrada con dos vueltas de llave. Ish rompió un escaparate con el martillo y entró. Tomó tres grandes cantimploras y las llenó en un grifo de donde salía aún un débil hilo de agua. De un almacén sacó una garrafa con cinco litros de vino tinto.

Todo esto no le pareció, sin embargo, suficiente. Los peligros del desierto lo obsesionaban. Sin saber muy bien qué quería, retrocedió por la calle principal hasta que se encontró con una motocicleta. Era negra y blanca, como las de los guardias de tránsito. A pesar de sentirse asustado y desanimado, sintió ciertos escrúpulos. Robarle la motocicleta a un policía era algo demasiado insólito.

Al fin, después de algunos titubeos, saltó del coche y probó la motocicleta, dando algunas vueltas por la calle.

Bajo el pesado calor de las últimas horas de la tarde, trabajó una hora preparando unas tablas. Quería subir la motocicleta al portaequipajes. No sería sólo un marino en su barca; tendría también una chalupa en caso de naufragio. Sin embargo, sus temores crecían constantemente y se sorprendió varias veces echando una ojeada por encima del hombro.

El sol se puso. Agotado, Ish se preparó una cena fría y comió sin apetito. Pensó hasta en los peligros de una indigestión. Luego fue a buscar una lata de comida para perros. La perra aceptó impasible el regalo, y se acomodó otra vez en el asiento delantero. Ish buscó entonces el mejor hotel del pueblo, y se instaló en un cuarto seguido por la perra. Apenas salía agua de los grifos. Parecía que en aquel pueblo el suministro de agua no era automático, como en las ciudades. Se lavó lo mejor que pudo, y se acostó. La perra se acurrucó en el piso.

Pero Ish, aterrorizado casi, no podía dormir. La perra gemía en sueños sobresaltándolo. El miedo se le hizo casi intolerable. Se levantó para asegurarse de que había cerrado bien la puerta, sin saber exactamente qué temía o contra qué enemigo quería protegerse. Pensó en ir a buscar un somnífero a una farmacia, pero la idea de un sueño demasiado profundo lo asustó. El recuerdo del señor Barlow, por otra parte, le impedía recurrir al coñac. Se durmió al fin, con un sueño agitado.

Despertó con la cabeza pesada. Hacía mucho calor, y dudó en atravesar el desierto. Se le ocurrió que podría retroceder hacia el sur, hasta Los Ángeles. No era mala idea echar una ojeada por allí. Pero estos argumentos, lo sabía muy bien, eran simples pretextos. Conservaba aún bastante amor propio para no volverse atrás mientras no hubiera un impedimento serio; pero decidió, de todos modos, no meterse en el desierto antes de la caída del sol. Era, se dijo, una precaución elemental. Aun en tiempos normales se acostumbraba cruzar el desierto de noche, para evitar el calor.

Pasó el día en Mojave, nervioso, inquieto, preguntándose qué otras precauciones podría tomar. Al fin, cuando el sol bajó sobre las montañas del oeste, emprendió la marcha, con la perra a su lado.

No había recorrido dos kilómetros cuando sintió que el desierto lo envolvía. Con los últimos rayos del sol, los árboles de Judea proyectaban largas y extrañas sombras. Al fin el crepúsculo lo anegó todo. Ish encendió los faros, que iluminaron el camino solitario, siempre solitario. A veces buscaba en el retrovisor el reflejo de unas luces gemelas que indicaran que se acercaba otro coche. La oscuridad fue pronto total, y se sintió aún más angustiado. A pesar de que el motor ronroneaba regularmente, pensó en todos los accidentes posibles: el estallido de un neumático, el motor recalentado, una interrupción en el paso de la gasolina. Redujo la velocidad. Ni siquiera podía confiar en la motocicleta. Algunas horas más tarde —marchaba ahora muy lentamente— llegó a un puesto del desierto donde anteriormente uno podía proveerse de gasolina, neumáticos o bebidas. La casa estaba a oscuras. Ish pasó de largo. Los rayos blancos de los faros recortaban claramente la carretera. El motor rugía suavemente. ¿Qué sería de él si se detenía?

Estaban ya en pleno corazón del desierto, cuando la perra empezó a gruñir y a agitarse.

—Cállate —dijo Ish, pero el animal siguió con sus gemidos y sacudidas—. Oh, bueno —continuó él, y detuvo el coche, sin molestarse en salir a un costado del camino.

Ish descendió y la perra salió detrás de él. Describió rápidamente varios círculos, y levantando de pronto la cabeza lanzó un ladrido, demasiado sonoro para un animal tan pequeño, y echó a correr.

—¡Aquí! ¡Aquí! —gritó Ish. Pero la perra no le prestó atención. Sus ladridos se perdieron a lo lejos.

Siguió un profundo silencio. Ish se sobresaltó al notar de pronto que había cesado también otro ruido: el ronroneo del motor. Se metió apresuradamente en el coche y apretó el arranque. El motor ronroneó otra vez. Ish suspiró. El corazón le golpeaba el pecho. Sintió de pronto como si lo miraran miles de ojos invisibles. Apagó los faros y se quedó allí, sentado en la oscuridad.

A lo lejos, muy débilmente, se oyeron otra vez los ladridos. El sonido subía y bajaba, como si la perra diese vueltas persiguiendo una presa. Ish pensó en seguir viaje y dejarla allí. Después de todo, era ella quien lo había buscado. Y si ahora lo olvidaba para correr detrás del primer conejo, él no podía sentirse responsable. Puso en marcha el coche, pero se detuvo a los pocos metros. Era abandonarla cruelmente. El animal, sin agua, encontraría una muerte horrible. En cierto modo, tenía ya ciertas obligaciones con la perra, aunque ella lo utilizase. Ish se sintió deprimido y solo, y se estremeció.

Al cabo de un rato, un cuarto de hora quizás, advirtió que la perra había vuelto sin hacer ruido. Se había echado en el suelo y jadeaba con la lengua afuera. Ish se sintió furioso. Pensó en los vagos peligros a que podían exponerlo aquellas tonterías. Dejarla morir de sed en el desierto hubiera sido cruel, pero podía librarse de ella rápidamente y sin hacerla sufrir. Bajó del auto con el fusil en la mano.

Vio entonces a la perra, echada a sus pies, con la cabeza entre las patas, jadeando aún. No se levantó para recibirlo, pero Ish alcanzó a ver que lo miraba. Después de una buena caza de conejos, volvía junto a su amo, el hombre que había adoptado y que cumplía tan bien sus funciones sirviéndole sabrosas conservas y llevándola a lugares donde había auténticos conejos. Ish cedió de pronto y se echó a reír.

Con la risa, algo se rompió en su interior. Sintió como si se hubiera desembarazado de un terrible peso. Después de todo, pensó, ¿qué temo? Nada puede ocurrirme peor que la muerte. Y en esto casi todos se me han adelantado. ¿Por qué asustarse? Es la suerte común.

Se sintió increíblemente aliviado. Dio algunos pasos por la carretera para que su cuerpo se asociara a la alegría de su alma.

No se contentó con dejar caer un fardo que en cualquier momento podía sentir otra vez sobre los hombros. Pronunció, podría decirse, su Declaración de Independencia. Avanzó audazmente hacia el destino, le abofeteó la cara y le desafió a que respondiese al golpe. Juró que si vivía, viviría libre de todo temor. ¿No había escapado a un desastre casi universal?

En dos zancadas llegó a la parte trasera del auto, deshizo los nudos y dejó caer la motocicleta. Al diablo con aquellas excesivas precauciones. Quizás el destino sólo atacaba a los demasiado prudentes. Desde ahora aceptaría su suerte, y, por lo menos, disfrutaría de la vida hasta el último día. ¿No vivía acaso un simple aplazamiento?

—Bueno, vamos, Princesa —dijo con un tono irónico—. En marcha.

Y advirtió en seguida que al fin había dado un nombre a la perra. Era un buen nombre; su vulgaridad evocaba la serena existencia de otros tiempos. La perra sería la Princesa, una bestia que esperaría siempre los más atentos cuidados; y como recompensa lo ayudaría a pensar en otra cosa que sus propias desgracias.

Sin embargo, pensándolo bien, no viajaría más esa noche. Orgulloso de su reconquistada libertad, le complacía exponerse a nuevos peligros. Sacó del auto el saco de dormir y lo instaló al precario abrigo de un mezquite. Princesa se echó a su lado y se durmió en seguida profundamente, fatigada por la caza.

Ish despertó en medio de la noche, pero no sintió ningún miedo. Después de tantas pruebas había alcanzado al fin un puerto de paz. Princesa gemía en sueños y agitaba las patas como si cazase aún el conejo. Al fin se tranquilizó. Ish se durmió también.

Cuando despertó de nuevo, el alba coloreaba de un amarillo limón las lomas desérticas. Hacía frío, y Princesa se había recostado contra el saco de dormir. Ish se incorporó, y vio la salida del sol.

Esto es el desierto, la soledad que empezó con los primeros días del mundo. Más tarde aparecieron los hombres. Acamparon a orillas de los arroyos, y dejaron aquí y allá unos bloques de piedra, y sus caminos atravesaron las apretadas filas de mezquites, pero uno no podía asegurar realmente que hubiesen estado allí. Más tarde aún, pusieron vías de ferrocarril, tendieron líneas eléctricas y trazaron largas y rectas carreteras. Sin embargo, en la inmensidad del desierto, el espacio conquistado se veía apenas, y a diez metros de las vías o el asfalto reinaba aún la naturaleza salvaje. Luego, la raza humana se extinguió dejando atrás su obra.

No hay tiempo en el desierto. Mil años son un día. La arena vuela, los vientos desplazan los guijarros; pero los cambios son imperceptibles. De cuando en cuando, quizás una vez por siglo, el cielo deja escapar una tromba de agua, y el agua bulle en los cauces de los falsos arroyos, y los cantos rodados se entrechocan en la corriente. Diez siglos más, y quizá las grietas de la tierra se abran otra vez y vuelva a surgir la lava.

Con la misma lentitud con que cedió a los hombres, el desierto borrará las huellas humanas. Pasarán los años y se verán aún los bloques de piedra en la arena, y la larga carretera se extenderá hasta las lomas acuchilladas del horizonte. Los rieles estarán en su sitio, con un poco de herrumbre. Tal es el desierto, la soledad; da lentamente, quita lentamente.

La aguja del velocímetro quedó un rato en los ciento diez. Ish disfrutó de su libertad, sin pensar en accidentes. Más tarde, aminoró un poco la marcha y miró alrededor con nuevo interés. Su ojo experimentado de geógrafo intentó reconstruir el drama de la desaparición del hombre. Allí nada había cambiado.

En Needles, el indicador de gasolina señalaba casi el cero. No había electricidad, y las bombas no funcionaban. Después de algunas búsquedas, Ish descubrió un depósito de gasolina en un barrio apartado, y llenó el depósito. Luego volvió al camino.

Cruzó el río Colorado, entró en Arizona, y la carretera subió entre rocosos y afilados desfiladeros. Una media docena de bueyes y dos vacas con sus terneros pastaban en una cañada. Ish detuvo el auto y los animales alzaron perezosamente la cabeza. Aquellas bestias del desierto, cuando no se acercaban a la ruta, pasaban meses sin ver a un hombre. Los vaqueros venían a juntarlas sólo dos veces por año. La desaparición de la especie humana pasaría aquí casi inadvertida; los rebaños se reproducirían quizá más rápidamente. Después de algún tiempo, las praderas devastadas no podrían alimentar a todos, y pronto el lobo aullaría en las hondonadas y limitaría el número de los rebaños. Al fin, sin embargo, Ish no lo dudaba, vacunos y lobos llegarían a un acuerdo inconsciente, y el rebaño, libre de amos, crecería y engordaría como antes.

Más lejos, cerca de la villa minera de Oatman, Ish vio dos burros. No podía saber si en los días de la catástrofe estaban ya en los alrededores del pueblo, o eran burros salvajes. De todos modos, parecían contentos con su suerte. Descendió del coche e intentó acercarse, pero los animales escaparon manteniéndose a distancia. Ish permitió entonces que Princesa dejara el auto y arremetiera contra los extraños animales. El macho, con las orejas bajas y mostrando los dientes, la enfrentó alzando las patas. Princesa dio media vuelta y corrió a buscar la protección de su amo. El burro, pensó Ish, podría medirse favorablemente con un lobo, y hasta el puma podía lamentar el ataque.

Atravesó la cumbre de Oatman, y del otro lado se encontró por vez primera con el camino parcialmente bloqueado. Hacía uno o dos días una violenta tormenta debía de haber devastado la región. Torrentes de agua habían descendido sin duda por la pendiente arrastrando arena al camino. Ish bajó a examinar los daños. En tiempos normales, una cuadrilla de peones camineros hubieran sacado rápidamente los detritus, abriendo las zanjas de desagüe y poniendo todo en orden. Ahora una capa de arena cubría la carretera. Más abajo, el agua había roto el asfalto en los bordes. Pasarían unos años y el asfalto se agrietaría, y la arena y los pedruscos formarían una barrera infranqueable. El obstáculo era por ahora poco serio, e Ish pasó sin dificultades.

Basta que se rompa un eslabón, y toda una carretera es inservible, pensó Ish, preguntándose durante cuánto tiempo sería posible pasar. Aquella noche durmió otra vez en cama, en el mejor hotel de Kingman.

Los vacunos, los caballos, los asnos han vivido libremente miles de siglos errando por bosques, estepas y desiertos. Luego el hombre conquistó el poder y empleó para sus propios fines a vacunos, caballos y asnos. Ahora, acabado el reino del hombre, los animales recuperaban la libertad.

Encerradas en los establos, las vacas, torturadas por la sed, mugieron un tiempo y al fin callaron. Los caballos murieron en las cuadras, lentamente.

Los asnos recorren ahora los desiertos, como en los viejos días. Huelen el viento del este, trotan por los lechos de los lagos secos, suben las lomas pedregosas y se alimentan de espinos, acompañados por los borregos de largos cuernos.

Pero los Hereford de cara blanca encontraron cómo subsistir en las praderas, y aun en las granjas el ganado rompió los cercados y recobró la libertad, uniéndose a caballos y asnos…

Los caballos prefirieron la extensión ilimitada de las llanuras. Comen el pasto verde de la primavera, y el pasto seco del otoño, y en invierno buscan bajo la nieve algunas briznas marchitas, acompañados por rebaños de cuernos afilados.

Las vacas buscan las tierras más verdes y los bosques. Ocultan en los matorrales a los recién nacidos, hasta que éstos pueden seguir a las madres. Los bisontes son sus compañeros y sus rivales. Entre los machos estallan sangrientas peleas. Vencen los más fuertes, y los bisontes recuperan sus antiguos dominios. Entonces el ganado se refugia en las profundidades de los bosques.

En Kingman no había electricidad, pero el agua corría aún. Un depósito de gas líquido alimentaba la cocina del hotel y la presión era normal. La falta de refrigeración eléctrica privó a Ish de huevos, manteca y leche. Pero después de asaltar un almacén pudo prepararse un excelente desayuno: pomelos en su jugo, salchichas en lata, mermeladas. Preparó una buena cantidad de café y le añadió leche condensada y azúcar. Princesa se hartó de carne de caballo en conserva. Después del desayuno, y con la ayuda del martillo y un cincel, Ish agujereó el tanque de un camión, recogió la gasolina en una lata y pasó el combustible a su coche. En la ciudad había algunos cadáveres, pero el calor seco de Arizona los había momificado.

Más allá de Kingman, unos densos pinares se perdían a lo lejos. La carretera era casi el único testimonio de la actividad del hombre. No había hilos telefónicos; las cercas eran raras. Las praderas se extendían a derecha e izquierda, verdes por las lluvias del verano y salpicadas de arbustos. El pastoreo había cambiado el aspecto de los campos, y la desaparición del hombre traería otras modificaciones. Libres de la amenaza de los mataderos, los rebaños se multiplicarían, y antes que sus enemigos pudieran diezmarlos habrían devorado las hierbas hasta las raíces, cambiando la faz de la tierra. O era posible también que la fiebre aftosa cruzase la frontera de México acabando con los vacunos. Y quizá los lobos y pumas se propagarían muy rápidamente. De todos modos, al cabo de veinticinco o cincuenta años, la situación se estabilizaría, y el mundo sería otra vez como antes de la llegada del hombre blanco.

Los dos primeros días, Ish había sentido miedo; el tercero había reaccionado lanzándose por los caminos a toda velocidad. Hoy no había en él más que serenidad y calma. Se sentía penetrado por el silencio que había caído sobre el mundo. En el tiempo que había pasado en las montañas, había gustado del silencio sin analizarlo, y no había advertido que el ruido era una invención humana. Había muchas definiciones del hombre, y él añadiría otra: «El animal que creó el ruido». No oía ahora sino el ronroneo casi imperceptible del motor, y no necesitaba recurrir a la bocina. No había camiones con ruidosos tubos de escape, silbidos de trenes, rugidos de aviones en el cielo. Todo había callado. Los pueblos habían enmudecido también, sin sirenas, campanas, vociferantes aparatos de radio, voces de seres humanos. Aquella era quizá la paz de la muerte, pero de todos modos era la paz.

Ish conducía lentamente, pero no por miedo. Cuando tenía ganas, se detenía a mirar algo, y a veces se entretenía tratando de oír algún sonido. A menudo, callado el motor, reinaba un silencio total, aun en las ciudades. Otras veces oía sólo el aleteo de un pájaro, o el débil zumbido de un insecto, o el murmullo del viento en las hojas. En una ocasión, y con una sensación de alivio, oyó el apagado rumor de una tormenta lejana.

Ahora, en las primeras horas de la tarde, había llegado a una meseta cubierta de pinos. Al norte asomaba un pico nevado.

Llegó a Williams. En la estación había un aerodinámico tren de acero. En Flagstaff, un incendio había destruido gran parte de la ciudad. No encontró a nadie.

Poco más allá de Flagstaff, después de una curva, vio dos cuervos que alzaban vuelo, abandonando su presa. Se acercó un poco atemorizado, pero era sólo un carnero. El animal yacía tiesamente en el camino, con el cuello ensangrentado. Había otros cadáveres a orilla de la carretera. Ish contó veintiséis.

¿Perros o coyotes? No podía decirlo, pero no era difícil reconstruir la escena. Acorralados, los carneros habían huido por la pradera, y los que se encontraban a los lados del rebaño habían sido separados de sus compañeros.

Un poco más lejos se le ocurrió tomar el camino que llevaba al monumento nacional de Walnut Canyon. La casa del conservador dominaba el profundo cañón, sembrado de ruinas, vestigio de moradas trogloditas. Faltaba una hora para la puesta del sol, e Ish se entretuvo en seguir el estrecho sendero y contemplar con una sonrisa sin alegría aquellos escombros donde habían vivido otros hombres. Volvió sobre sus pasos, y pasó la noche en la casa a orillas del cañón. El agua de una tormenta había entrado por debajo de la puerta, estropeando el piso. Caerían otras lluvias, año tras año, y muy pronto la hermosa casa no sería muy distinta de aquellos otros refugios al pie de los acantilados. Y se confundirían las ruinas de las dos civilizaciones.

Las ovejas resistirán también un cierto tiempo. Aunque las fieras las ataquen sin descanso, no es posible exterminar millones de ovejas en un día o un mes, y miles de corderos seguirán viniendo al mundo. ¿Qué significan algunos cientos entre millones? Sin embargo, no sin motivo, «las ovejas sin pastor» fueron para los hombres símbolo de un pueblo condenado a la extinción. Pasará el tiempo, y las ovejas desaparecerán…

En el invierno vagan sin rumbo, cegadas por la nieve; en el verano se alejan del agua y no saben volver; en la primavera, las inundaciones las sorprenden y cientos se ahogan. Caen estúpidamente en los precipicios, y los cuerpos en descomposición se amontonan en las hondonadas. Y los asesinos se multiplican: perros que vuelven al estado salvaje, coyotes, pumas, osos. De los grandes rebaños sólo quedarán algunos grupos desperdigados. Un poco más, y los corderos habrán desaparecido de la faz de la tierra.

Hace miles de años, aceptaron la protección del pastor y perdieron su agilidad e independencia. Ahora, desaparecido el pastor, las ovejas lo siguen a la muerte.

Al día siguiente, Ish atravesó las altas llanuras de las Montañas Rocosas. Era una región dedicada a la cría de ovejas, y había más cadáveres. Muy lejos, en la falda de una loma, creyó ver unas ovejas que huían rápidamente, pero no podía asegurarlo.

Pero vio, otra vez, una escena aún más extraña. En un prado verde, a orillas de un arroyo, algunas ovejas pacían tranquilamente. Ish miró, casi buscando al pastor. Sólo vio dos perros. El pastor había desaparecido, pero los perros seguían con su acostumbrada tarea, juntaban los animales, no permitían que se alejaran del agua y, sin duda, mantenían a distancia a los merodeadores nocturnos. Ish detuvo el coche y sujetó a Princesa para que no perturbara la pacífica escena. Los dos perros, al oír el auto, ladraron furiosamente y devolvieron al rebaño a algunos animales dispersos. En las ciudades, la electricidad corría aún por los cables después de la desaparición del hombre. Del mismo modo, en las grandes praderas, los perros guardaban aún los rebaños. Pero, pensó Ish, eso no duraría mucho.

La carretera atravesaba amplias llanuras. U.S. 66, se leía en los mojones. Había sido en otro tiempo una ruta importante, el camino de los Okies a California, como decía la canción. Ahora la carretera estaba desierta. Ningún autobús iba a Los Ángeles; los camiones no corrían hacia el este y el oeste; no había carromatos cargados de muebles y gentes que iban a la recolección de frutas; no pasaban bruñidos autos de turistas, ni siquiera carretas tiradas por escuálidos caballos.

Ish descendió al valle del río Grande, franqueó el puente y subió por el largo camino de Albuquerque. Albuquerque era la más grande de las ciudades que había cruzado hasta entonces. Tocó la bocina y prestó atención. Nadie respondió y le pareció inútil retrasarse.

Aquella noche durmió en un hotel de las afueras de Albuquerque, en lo alto de una cuesta que bajaba a la ciudad. El hotel estaba en sombras. No había ya corriente eléctrica.

Al día siguiente, subió a la montaña y se encontró ante unos picos separados por vastas planicies. Sintió otra vez el frenesí de la velocidad y echó a correr por la recta carretera. Los picos desaparecieron a lo lejos. Texas se abrió ante él con la monotonía del Panhandle. El calor se hizo de pronto tórrido. A su alrededor se extendían hasta el infinito los campos de rastrojos. Los segadores habían segado el trigo poco antes que los alcanzara la muerte. Aquella noche durmió en los suburbios de Oklahoma.

Por la mañana bordeó la ciudad y tomó la ruta 66 hacia Chicago. Pero al cabo de unos kilómetros encontró un árbol que bloqueaba la carretera. Bajó a estudiar la situación. Una tromba huracanada había cruzado sin duda la llanura. El álamo cerraba la ruta en una confusión de ramas y hojas. Se necesitaría medio día de trabajo para limpiar el camino. Ish sintió de pronto que el episodio era como un símbolo del drama que se había propuesto observar. ¡La famosa carretera 66! ¡Bloqueada por un árbol! Aunque lo quitara del camino, habría habido otros accidentes similares, o los habría pronto. Las tormentas cubrirían la ruta de barro, los taludes se desmoronarían, una crecida se llevaría un puente. Pocos años más, y sólo un pionero en una carreta podría tomar la ruta 66 de Chicago a Los Ángeles.

Ish pensó en dar un rodeo por el campo, pero las lluvias recientes habían ablandado la tierra. El mapa indicaba que a quince kilómetros había un camino que lo devolvería a la ruta principal. Dio media vuelta y partió.

Pero después de recorrer quince kilómetros comprendió que no necesitaba volver a la carretera 66. El camino lateral lo llevaba directamente al este, y esta dirección era tan buena como cualquier otra. Ese árbol caído, pensó, ha cambiado quizás el curso futuro de la historia humana. Quién sabe qué podría hacer yo en Chicago. Ahora ocurrirá algo distinto.

Cruzó, pues, Oklahoma hacia el este. Los campos estaban desiertos. Las lomas onduladas, con verdes robles achaparrados, eran las de siempre. En las llanuras se sucedían los sembrados de trigo y algodón. El cereal estaba alto, y las espigas asomaban sobre los matorrales. Pero el algodón se marchitaba rápidamente.

El calor era aplastante, y poco a poco destruía en Ish los hábitos de la vida civilizada. Se afeitaba aún todos los días, porque se sentía así más cómodo, no porque le preocupara su propio aspecto. Pero el cabello, mal recortado, le caía en largas mechas. Vestía un par de pantalones y una camisa de cuello abierto. Todas las mañanas tiraba la camisa y se ponía una limpia. Había perdido su sombrero de fieltro gris, y en un bazar de Oklahoma había tomado uno de esos ordinarios sombreros de paja que usaban los cosechadores para protegerse del sol.

Aquella misma tarde entró en Arkansas, y le pareció notar un cambio. El tiempo era cálido y húmedo. La vegetación lo invadía todo, carreteras y edificios. Las hiedras y rosales trepadores tapaban las ventanas y colgaban ya de los techos y porches. Las casas más pequeñas parecían retroceder y esconderse en los bosques. Las cercas desaparecían también. La carretera se confundía con el campo. La hierba y las malezas asomaban en las grietas minúsculas del cemento. Los largos brazos de algunas trepadoras llegaban hasta la línea blanca que dividía la ruta, y se unían a los que venían del otro lado.

Los duraznos estaban maduros, e Ish animó un poco su menú de conservas con una incursión a una huerta. Unos cerdos que comían la fruta caída escaparon al verlo. Aquella noche durmió en North Little Rock.

Algunos cerdos mueren en sus resguardadas porquerizas, y las crías gruñen reclamando alimento. Pero otros se pasean libremente. No necesitan al hombre. Los días calurosos buscan el barro a orillas de los ríos, y se instalan allí, satisfechos. Los días frescos se internan en los bosques de robles y se alimentan de bellotas. Las futuras generaciones tendrán patas más ágiles, un cuerpo más delgado y colmillos más largos. La furia de los machos espantará al lobo y al oso. Como el hombre, los puercos comen carne, tubérculos, nueces, frutas. Vivirán.

A la mañana siguiente, en las afueras de una aldea, Ish saltó casi en el asiento. El espectáculo era sorprendente: un jardín sin malezas, bien regado y cuidado. Detuvo el coche, descendió, y se encontró por primera vez con lo que podría llamarse, generosamente, un grupo social. Era una familia de negros: un hombre, una mujer de mediana edad y un niño. La abultada cintura de la mujer prometía la llegada de un cuarto ciudadano.

Eran gente tímida. El chico se mantenía aparte, curioso, pero asustado, rascándose la cabeza. La mujer guardaba silencio y no hablaba sino cuando se le preguntaba algo. El hombre se había sacado el sombrero de paja y estrujaba nerviosamente el ala gastada y rota. Unas gotas de transpiración, debidas al calor o el nerviosismo, le corrían por la frente negra y brillante.

Ish comprendía apenas el oscuro dialecto, que la turbación hacía aún más ininteligible. Dedujo, sin embargo, que no había por allí otros sobrevivientes. En realidad, sabían muy poco, pues después del desastre no habían hecho más que cortos paseos a pie, sin alejarse del lugar. No eran una familia, sino una asociación fortuita de tres sobrevivientes, tres seres humanos que escapando a la ley de probabilidades se habían salvado en un mismo villorrio.

Ish comprendió pronto que estaban aún afectados por la catástrofe, y que conservaban los arraigados hábitos de su existencia anterior. Apenas se atrevían a hablar en presencia de un blanco, y no alzaban nunca los ojos.

A pesar de la evidente mala disposición de aquella gente, Ish examinó el lugar. Aunque habían podido elegir entre todas las casas de la aldea, se habían contentado con la cabaña donde vivía la mujer antes del desastre. Ish vio desde la puerta la cama y las sillas desvencijadas, la cocina de hierro, la mesa con un mantel de hule y las moscas que zumbaban sobre unos comestibles. El exterior tenía mejor aspecto. El jardín era casi exuberante, había un buen campo de trigo, y cultivaban también algodón. Ish se preguntó qué diablos pensarían hacer con aquel algodón. Aparentemente, habían continuado con las viejas tareas, obteniendo así una sensación de seguridad.

Tenían también pollos y algunos cerdos en un corral. Se turbaron tanto cuando Ish miró los cerdos, que era evidente que los habían sacado de alguna porqueriza ajena. Ahora el hombre blanco los obligaría a devolver los animales.

Ish pidió unos huevos frescos, y les dio un dólar por una docena. Al cabo de un cuarto de hora, agotados todos los temas de conversación, volvió a su auto, con gran alivio de sus huéspedes.

Se quedó un momento ante el volante, sumergido en sus pensamientos. Si me quedara aquí, reflexionó, podría ser un verdadero rey. No les haría mucha gracia, pero con la colaboración de los viejos hábitos acabarían por resignarse. Cultivarían mis legumbres, cuidarían mis gallinas, y hasta tendríamos una o dos vacas. Harían, en fin, todo el trabajo. Yo sería verdaderamente un rey, aunque en pequeña escala.

Pero la idea se le borró en seguida, y se puso en marcha pensando que los tres negros habían solucionado mejor que él el problema de la nueva vida. Como un necrófago, él vivía de los despojos de la civilización. Ellos, por lo menos, llevaban una existencia estable y creadora, pegados a la tierra, y satisfacían sus necesidades con el propio trabajo.

De las seiscientas mil especies de insectos, sólo unas pocas docenas advirtieron la desaparición del hombre, y de éstas las únicas condenadas realmente a la extinción fueron las tres especies de parásitos humanos. Tan antigua, si no honorable, era esta asociación que se la había citado para apoyar la teoría del origen único del hombre. Los antropólogos, en efecto, han señalado que aun en las tribus más aisladas el hombre tiene siempre los mismos parásitos, concluyéndose así que estos insectos nos fueron legados por nuestros antepasados, los primeros hombres-monos.

Desde tiempos muy remotos, a través de miles y miles de siglos, estos parásitos se adaptaron cuidadosamente a su universo: el cuerpo del hombre. Formaban tres tribus que tenían como respectivos dominios la cabeza, los vestidos y las partes sexuales. De este modo, a pesar de sus diferencias de raza, observaron los términos tácitos de una alianza tripartita, dando a su anfitrión un ejemplo que él hubiera debido seguir. Pero esa perfecta adaptación al ser humano les quitó la posibilidad de explotar a otro huésped.

La caída del hombre provocó su ruina. Cuando sintieron que el universo se enfriaba, buscaron otro; no lo encontraron y murieron. Billones de criaturas tuvieron así un triste fin.

Pocos lamentos acompañaron el funeral del Homo Sapiens. El Canis familiaris, como individuo, lanzó quizás algunos tristes aullidos; pero como representante de una especie alimentada con azotes y puntapiés, volvió a unirse alegremente a sus hermanos salvajes. Que el Homo Sapiens se consuele sin embargo, pues hubo tres que lo lloraron sinceramente.

Ish llegó al puente que franqueaba el caudaloso río de aguas pardas. Un camión atascado bloqueaba la carretera de Memphis.

Sintiéndose como un niño que desafía alguna prohibición paterna, Ish cruzó a la izquierda de las vías del ferrocarril, y se lanzó a toda velocidad hacia Tennessee por el camino que lleva a Arkansas.

Nadie lo detuvo. Memphis parecía tan desierta como las otras ciudades, pero el viento del sur traía un vaho fétido desde los que habían sido los populosos barrios de Seale Street. Ish decidió olvidar las ciudades sureñas y volvió otra vez al campo.

No había ido muy lejos cuando al viento sucedió una lluvia. Ish tenía poca prisa y se detuvo en un hotel, al extremo de un pueblo. No se molestó en averiguar el nombre. En la cocina había gas, y se preparó una cena con los huevos. Era un verdadero festín, y sin embargo no se sintió satisfecho. Se preguntó si estaría comiendo lo necesario. Quizá debería proveerse de vitaminas en alguna farmacia.

Más tarde desató a Princesa y la perra desapareció bajo la lluvia con un largo ladrido, como si hubiese encontrado un rastro. Pensó fastidiado que quizá tendría que esperar una hora a la señorita. Pero Princesa volvió casi en seguida, oliendo espantosamente a zorrillo. Ish la encerró en el garaje y la perra se quedó allí, ladrando y quejándose amargamente.

Ish se acostó con la impresión de que le faltaba algo. Quizá la conmoción había sido mayor de lo que había creído. Pensó también que podía pesarle la soledad, o que el instinto sexual estaba haciendo de las suyas.

Una emoción violenta, sabía, tiene a veces curiosos efectos. Recordó la historia de un hombre que había visto cómo su mujer moría en un accidente, y que había quedado impotente durante meses.

Pensó en los negros que había visto por la mañana. La mujer, ya cerca de los cuarenta, muy adelantada en el embarazo, y que sin duda nunca había sido una belleza, no podía haber despertado en él ninguna inquietud. No, aquellas gentes lo habían perturbado por la seguridad de que parecían gozar, gracias al contacto con la tierra. Princesa ladró en ese momento en el garaje. Ish le lanzó una maldición y se echó a dormir.

Por la mañana seguía descontento e inquieto. La tormenta no había cesado del todo, pero ya no llovía. Decidió hacer un paseo a pie por la carretera. Antes de partir, miró dentro de la camioneta y vio el rifle en el asiento. Hasta ahora apenas lo había tocado. Sin saber muy bien por qué, se lo puso bajo el brazo, y echó a andar.

Princesa lo siguió unos pocos metros, luego descubrió un nuevo rastro y, a pesar de la experiencia de la noche anterior, desapareció de prisa entre las lomas ladrando animadamente.

—Buena suerte —le gritó su amo.

En cuanto a él mismo, sólo deseaba estirar las piernas o encontrar un árbol con fruta madura. De pronto vio una vaca y un ternero. El espectáculo no tenía nada de notable. En todos los campos de Tennessee podía ver algo parecido. Lo excepcional era que ahora llevaba el rifle bajo el brazo. Comprendió entonces qué había estado rumiando, de algún modo.

Apoyó el rifle sobre un poste de la cerca y apuntó cuidadosamente a la testuz del ternero. La distancia era suficientemente corta. Oprimió el gatillo y el rifle retrocedió golpeándolo. Cuando el estruendo se apagó Ish oyó que el ternero lanzaba un largo y ronco gemido. Estaba todavía en pie, con las patas separadas, pero se tambaleaba y un hilo de sangre le brotaba del hocico. Al fin se derrumbó.

La vaca, asustada por la detonación, había corrido unos cuantos metros. Ahora miraba, indecisa. Ish ignoraba si lo atacaría en defensa del ternero. Apuntó otra vez y la alcanzó con una bala detrás del cuello. La vaca cayó e Ish la remató con otros dos tiros.

Fue al coche a buscar el cuchillo de caza y aprovechó para cargar el rifle. Estaba asombrado. Hasta entonces apenas había usado un arma. Ahora declaraba la guerra a la naturaleza y temía que le aplicaran la ley del talión. Sin embargo, cuando llegó al sitio donde yacían la vaca y el ternero, no encontró ninguna resistencia. Descubrió, consternado, que el ternero respiraba aún. Aunque la operación le repugnaba, lo degolló. La caza nunca le había gustado, y nunca había faenado un animal. Aquello fue, pues, una lamentable carnicería. Cubierto de sangre, logró separar el hígado, y advirtió que no tenía en qué llevárselo. Dejó la masa sanguinolenta en las entrañas del ternero y fue a buscar un recipiente. Cuando volvió, un cuervo picoteaba los ojos de la bestia.

Al fin llegó con el hígado a la cocina, pero había perdido el apetito. Se lavó lo mejor que pudo, y ambuló sin rumbo por el hotel, pues llovía otra vez. Princesa ladró en la puerta. El chaparrón le había quitado el olor a zorrillo. Ish la dejó pasar. La perra estaba mojada, embarrada, cubierta de arañazos. Se tendió en el piso y se limpió con la lengua. Ish se echó en una cama. Las emociones lo habían agotado, pero sin embargo ya no sentía aquella inquietud. Afuera arreciaba la lluvia. Al cabo de una hora, por primera vez desde el desastre, Ish sentía algo nuevo: se aburría.

Descubrió en el cuarto una revista vieja, de seis meses atrás, y leyó una historia donde una pareja de jóvenes enamorados afrontaba uno de los problemas de los tiempos modernos: la escasez de vivienda. Un relato sobre la construcción de las pirámides no hubiera parecido más envejecido. Leyó otros cuentos, pero la publicidad le parecía mucho más divertida. Examinó diez anuncios; ninguno tenía actualidad. No estaban dirigidos a individuos aislados, sino a miembros de un grupo. El mal aliento, por ejemplo, era perjudicial no porque fuera síntoma de una caries o trastornos digestivos, sino porque el atacado del mal sería rechazado por las muchachas en los bailes y ninguna querría casarse con él.

No obstante, el periódico tuvo la virtud de distraerlo. Al mediodía sintió hambre, y cuando miró el hígado, ahora en una cacerola, advirtió que el recuerdo del ternero ensangrentado no era ya una obsesión. Frió una lonja, y comió ávidamente. Tenía simplemente necesidad de carne fresca, concluyó. Princesa participó del festín.

Después de comer, se sintió satisfecho y aliviado. Matar un ternero no era una heroica hazaña, y no podía decirse que ahora se ganaba la comida. Sin embargo, era mejor que abrir una lata de conservas, y más real. Había dejado de dedicarse al pillaje, aprovechando el ejemplo de los negros. Entendía ahora la paradoja de que un acto destructor puede equivaler a un acto creador.

Una cerca es un hecho y a la vez un símbolo. Entre los rebaños y los cereales, la cerca se eleva como un hecho; pero entre el centeno y el maíz, es sólo un símbolo, pues el centeno y el maíz no se devoran entre ellos. Las cercas dividían la tierra. De este lado de la cerca estaban las cosechas, y del otro, el camino. Y más allá del camino, otra cerca, y luego un huerto, y la casa detrás de una nueva cerca, y al fin el corral, también con su cerca. Destruidas las cercas —hechos y símbolos—, ya no existen separaciones, divisiones, ni cambios bruscos; todo es una llanura de ondulaciones imprecisas y colores indistintos donde las plantas y las flores se confunden como al principio de los tiempos.

Ish perdió otra vez la noción del tiempo. No viajaba mucho por día, pues llovía frecuentemente, y las carreteras no eran tan rectas y lisas como en el Oeste. Había perdido además el gusto por la velocidad. Se dirigió hacia el noroeste, por entre las lomas de Kentucky, atravesó Ohio, y entró en Pennsylvania.

Ish se alimentaba ahora de maíz verde que cortaba en los campos invadidos por las malezas, y de bayas maduras y frutas que arrancaba de árboles y arbustos. De cuando en cuando encontraba, en alguna huerta, unas plantas de lechuga que los gusanos habían respetado, o zanahorias que no se molestaba en cocinar. Una vez mató un lechón y dos perdices. Otro día, con Princesa encerrada en el coche, pasó dos horas persiguiendo a unos pavos que escapaban cuando estaban a tiro. Al fin, logró acercarse y mató un macho. Unas semanas atrás, el pavo era aún sin duda huésped de un gallinero; pero ahora, acostumbrado a protegerse de los zorros, se había convertido en un verdadero y sagaz habitante de los bosques.

Entre una lluvia y otra, el tiempo era siempre caluroso, e Ish se bañaba desnudo en arroyos y ríos. Como el agua corriente tenía ya mal sabor, bebía de pozos y fuentes, aunque en los grandes ríos, pensaba, las aguas correrían limpias y libres de desperdicios y residuos.

Acostumbrado ya a estudiar ciudades, podía saber en seguida, con alguna certeza, si estaban deshabitadas, o si podría encontrar a uno o dos sobrevivientes. Muy a menudo los bares y almacenes de bebidas habían sido saqueados. Las otras casas, en general, permanecían intactas. De cuando en cuando, sin embargo, algún banco mostraba señales de haber sido asaltado. Alguien había seguido confiando en el dinero. Por las calles erraban a veces cerdos o perros, menos frecuentemente algún gato.

Aun en esas regiones antaño populosas, los cadáveres eran relativamente escasos, y el hedor no era tan nauseabundo como él había temido. Casi todas las granjas y aldeas habían sido abandonadas. Los últimos habitantes se habían ido a las ciudades en busca de cuidados médicos, cuando no habían huido a las montañas con la esperanza de escapar a la epidemia. En los barrios de las ciudades importantes, unos grandes montones de tierra señalaban los lugares donde habían trabajado las excavadoras hasta el último día. Al fin, como podía esperarse, muchos cuerpos habían quedado sin sepultura, pero esto había ocurrido principalmente en los alrededores de los hospitales. Ish, prevenido por el olfato, evitaba esas zonas o pasaba velozmente.

Los sobrevivientes, en general, vivían solos, más raramente en parejas. No dejaban sus antiguas casas. A veces parecía que deseaban retener a Ish, pero nunca se ofrecían a acompañarlo. Ish no había encontrado aún el compañero ideal. Si era necesario, pensaba, podía volver.

El campo cambiaba más rápidamente que las ciudades, aunque esos cambios fueran al principio apenas visibles. Las malezas lo invadían todo. En esta región el desastre había ocurrido antes de la cosecha, y de las cargadas espigas caía ya una lluvia de granos de trigo. Las vacas y los caballos erraban libremente; las empalizadas empezaban a caer. Aquí y allá se veía algún campo de trigo intacto, con sus cercas sólidas, pero más a menudo los animales habían logrado abrir alguna brecha.

Una mañana Ish atravesó el río Delaware y se internó en Nueva Jersey. En las primeras horas de la tarde entraría en Nueva York.

4

Llegó a Pulaski Skyway alrededor del mediodía. A los quince años había pasado por allí con sus padres. El torrente del tránsito lo había aterrorizado entonces; los camiones y coches pasaban rugiendo en todas direcciones, y en seguida desaparecían rápidamente hundiéndose en los túneles. Recordó que su padre miraba ansiosamente las señales luminosas y que su madre, nerviosa y asustada, daba continuos consejos. Ahora Princesa dormía plácidamente a su lado, y ningún coche le cerraba el camino.

Vio a lo lejos las altas torres de los rascacielos, de un gris perla contra el cielo nublado. Había llovido recientemente y el tiempo era fresco.

La aparición de los rascacielos lo emocionó de un modo curioso. Entendía ahora por qué había ido a Nueva York. La ciudad era para él el centro del mundo. Lo que había ocurrido en Nueva York debía de ser muestra de lo que había ocurrido en otros sitios.

Cuando llegó al cruce de Jersey City, se detuvo en medio de la carretera a estudiar las señales. Detrás de él no hubo un repentino chirriar de frenos, ni bocinazos, ni insultos de conductores furiosos, ni voces de policías en los altavoces.

Por lo menos, pensó Ish, la vida es más tranquila.

Muy alto en el cielo, un pájaro, quizás una gaviota, graznó dos veces. El motor ronroneaba con un zumbido de abeja.

En el último momento, Ish temió entrar en uno de los túneles. Si las aguas los habían invadido, quizá no pudiera salir. Dio media vuelta, cruzó el puente George Washington y llegó a Manhattan.

Tendida entre los brazos de sus ríos, la ciudad resistiría muchos años. El tiempo no ataca fácilmente la piedra, el ladrillo, el cemento, el asfalto, el vidrio. El agua deja manchas negras, el moho las verdea, en las grietas asoman unas briznas; pero sólo en la superficie. El viento destroza un vidrio, o se lleva unas tejas. Una pared se inclina, con los cimientos carcomidos por las lluvias. Unos años más tarde, cae, y los ladrillos cubren la calle. Las heladas hacen su trabajo, en marzo, y con el deshielo la piedra se descascara. El desgaste es lento. Las aguas de las lluvias corren por los desagües a las cloacas, y si las cloacas se atascan, corren por las calles hasta los ríos. La nieve se amontona en los sitios bajos y las esquinas; nadie la barre. En la primavera se funde y desaparece también en las alcantarillas. Lo mismo que en el desierto, un año es como una hora nocturna; un siglo, como un día.

En verdad, la ciudad se parece mucho al desierto. Por el suelo, revestido de cemento y asfalto, las aguas de la lluvia se dividen para alcanzar los ríos. Aquí y allá crece alguna hierba; pero no hay árboles, o vides, o altas gramíneas. Los árboles de las avenidas mueren faltos de cuidados. Los ciervos y conejos evitan las calles desiertas. Hasta las ratas se van. Sólo las criaturas aladas encuentran allí refugio. Los pájaros anidan en las altas cornisas; a la mañana y a la noche los murciélagos salen y entran por las ventanas rotas. Sí, la ciudad resistirá mucho, muchísimo tiempo.

Ish dobló por Broadway, con la intención de llegar a Battery. Pero en la calle 170 un letrero decía CALLE CERRADA, y una flecha apuntaba hacia el este. Nada le impedía pasar, pero esta vez obedeció. Entró en la avenida Ámsterdam, y luego siguió hacia el sur. El olor le indicó que el Centro Médico debía de haber sido uno de los últimos puntos de concentración, y que la señal desviaba el tránsito.

La avenida Ámsterdam estaba desierta. En algún lugar de aquella vasta acumulación de cemento, ladrillos, argamasa, yeso, debía de haber alguien con vida. La catástrofe había sido casi universal, y en el superpoblado Manhattan había hecho seguramente más estragos que en ninguna otra parte. Y lo que él llamaba el golpe de gracia debía de haberse sentido más en una población urbana. Por otra parte, había visto que en todas las ciudades se había salvado alguien, y lo mismo debía de haber ocurrido entre los millones de Manhattan. Pero no se molestó en tocar la bocina. Un individuo aislado no le interesaba.

Siguió cruzando calles sin advertir ningún signo de vida. Las nubes se habían dispersado, y el sol brillaba en el cenit, pero parecía como si fuesen las tres de la madrugada. En otro tiempo, aun a esa hora hubiera encontrado a alguien: un policía que hacía su ronda o algún taxi nocturno. Pasó ante un desierto campo de deportes.

Había en las calles algunos coches estacionados. Recordó que su padre le había mostrado Wall Street en la quietud de una mañana de domingo. El silencio era ahora aún más abrumador.

Cerca del estadio Lewisohn, dos perros flacos olfateaban la puerta de un garaje. Más allá, dos palomas alzaron vuelo. Eso fue todo.

Siguió adelante, pasó ante el edificio de ladrillos rojos de la Universidad de Columbia y se detuvo frente a la alta catedral. No había sido terminada y así seguiría hasta el fin de los días. Bajó del coche, empujó la puerta y entró. Horrorizado, pensó un instante que en la nave principal encontraría los cadáveres de miles de fieles, que seguramente se habían reunido allí para pasar en oración sus últimas horas. Pero sus temores eran infundados. Se paseó por las naves laterales y entró en las capillas del ábside donde ingleses, franceses, italianos y otros habitantes de aquella ciudad políglota y bullente venían a visitar a sus santos. El sol atravesaba los vitrales. El recuerdo que guardaba de una lejana visita anterior era bastante fiel. Sintió deseos de arrodillarse ante un altar. No hay ateos en los cráteres de los obuses, recordó. Y ahora el mundo entero era un inmenso cráter. Pero lo que había ocurrido no parecía demostrar que a Dios le interesara mucho la humanidad, o sus individuos.

Bajó por la nave principal, se detuvo en la puerta, y contempló el hermoso interior. Sintió que se le cerraba la garganta. Este era, pues, el fin de las luchas y aspiraciones del hombre… Salió a la calle desierta y se metió otra vez en el coche.

En la avenida de la catedral dobló hacia el este y desdeñando las señales de tránsito entró en el Central Park y tomó el East Drive. En aquel día de verano las gentes habrían ido quizás al parque como en otros tiempos. Pero no vio a nadie. Recordó las ardillas. Los perros y gatos hambrientos habían acabado con ellas. Un bisonte pacía en un claro del parque; mas allá se veía un caballo. Ish pasó ante el museo Metropolitano y el obelisco de Cleopatra, ahora doblemente huérfano. Llegó a la estación de Sherman, tomó la Quinta Avenida y recordó el estribillo de un salmo: «¿De qué te sirven ahora tus victorias?».

Isla en el interior de otra isla, el rectángulo verde del parque no morirá. Su suelo descubierto recibe los beneficios de las lluvias y el sol. El primer año crece la hierba; las semillas caen de árboles y matorrales, y los pájaros traen otras. Dos o tres años más y brotarán árboles nuevos. Veinte años más y el parque se habrá transformado en monte salvaje, donde cada árbol trata de crecer por encima de sus compañeros, para alcanzar la luz. Las vigorosas especies indígenas, los fresnos y arces, han ahogado las delicadas plantas exóticas cuidadas por el hombre. El camino de herradura se ha borrado; una espesa alfombra de hojas muertas cubre los senderos. Cien años más y el monte será un bosque espeso donde no habrá otra huella humana que el arco de piedra que cruza el arroyo. Los gamos corren entre los árboles, el gato salvaje salta sobre el conejo, y las cabezas de las percas asoman en el lago.

En los altos escaparates de las casas de modas, los maniquíes posaban aún con sus alegres vestidos y sus joyas brillantes. Ish miraba el desierto de la Quinta Avenida, silenciosa como una calle aldeana una mañana de domingo. Alguien había roto el escaparate de una joyería. Espero que el hombre haya encontrado sabrosos los diamantes, pobre diablo, pensó Ish. Aunque quizá se había sentido atraído por la belleza de las piedras, como el niño que recoge guijarros en la playa. Quizá los zafiros y rubíes lo habían ayudado a morir.

Sin embargo, en la Quinta Avenida reinaba en general el orden. Ish pensó que la muerte había sido misericordiosa, y la Quinta Avenida era un hermoso cadáver.

En Rockefeller Center, asustadas por el ruido del motor, alzaron vuelo algunas palomas. A la altura de la calle 42 se detuvo en mitad de la avenida y bajó dejando a Princesa en el auto.

La acera de la calle 42 parecía ridículamente ancha. Entró en la estación Grand Central y se detuvo a contemplar la inmensidad de la sala de espera.

—¡Oooh! —gritó y con una alegría infantil escuchó el eco que bajaba de la alta bóveda y llenaba la sala desierta.

De vuelta en la calle, una puerta giratoria atrajo su atención. La empujó distraídamente, y se encontró en el amplio vestíbulo de un hotel con butacas y sofás adosados a los muros.

Durante un instante tuvo la idea de acercarse al escritorio y entablar una imaginaria conversación con el empleado. Había telegrafiado desde… bueno, Kansas City sería un buen lugar… para reservar una habitación. Sí, y su reserva había sido confirmada. ¿Qué eran ahora esas excusas? Pero estas fantasías se desvanecieron rápidamente. Tantos cuartos vacíos, y el empleado quién sabe dónde. La broma, decididamente, no era muy divertida.

En ese momento, advirtió algo. Sobre butacas, sillones, ceniceros y el piso de baldosas había una capa de polvo gris.

Poco experto en tareas domésticas, no se había fijado antes en el polvo. O quizás había más polvo allí que en otras partes. De un modo o de otro, el polvo sería desde entonces parte de su vida.

Volvió al coche, lo puso en marcha, cruzó la calle 42 y continuó hacia el sur. En los escalones de la Biblioteca se había tendido un gato gris, con las patas estiradas, como imitando los leones de piedra.

Más allá entró en Broadway y no se detuvo hasta llegar a Wall Street. Bajó con Princesa, y la perra se interesó en un rastro que corría a lo largo de la acera. ¡Wall Street! Se paseó por la calle desierta. Mirando con atención, descubrió que aquí y allí brotaban unas hierbas entre las grietas del arroyo. Recordó que según la tradición familiar, uno de sus antepasados, un colono holandés, había tenido una granja en aquellos parajes. Su padre solía decir en los tiempos difíciles: «Lástima que no nos quedamos en la isla de Manhattan». Ahora, Ish podía recuperar los dominios ancestrales. Nadie se los disputaría. Aquel desierto de cemento armado, acero y asfalto no era muy atractivo. Cambiaría con gusto la granja de Wall Street por diez acres en el valle de Napa, o aun un rinconcito en Central Park.

Regresó al coche, y recorrió los pocos kilómetros que lo separaban de la Battery. Allá abajo golpeaba el océano cerrándole el camino.

Quizá en Europa, América del Sur, algunas islas, había grupos de sobrevivientes. Pero él no podía saberlo. En aquella misma costa, hacía trescientos años, había desembarcado su antepasado holandés. Y bien, ahora él cerraba el círculo.

La estatua de la Libertad se alzaba hacia el cielo. Libertad, pensó irónicamente Ish. Me sobra ahora. La dama de la antorcha no había exigido tanto.

Un gran trasatlántico había encallado en la playa, cerca de la isla del Gobernador, empujado sin duda por la marea. Ahora que las aguas se habían retirado, era una masa enorme curiosamente inclinada. Había dejado Europa, con el germen de la enfermedad misteriosa en los flancos, y cargado de pasajeros y tripulantes muertos o moribundos había intentado desesperadamente llegar a puerto, un puerto que no enviaba señales. Ningún remolcador había salido a su encuentro. Quizá no había habido bastantes marineros para echar el ancla, y el capitán, agonizante, con los ojos nublados, había dirigido el barco hacia los bancos de arena. El trasatlántico seguiría allí un tiempo. Las olas cubrirían de limo el casco, y un siglo más tarde, casi invisible, sería una islita coronada de árboles.

Ish dio media vuelta, cruzó la orilla sur, recibió en pleno rostro el hedor que venía del hospital Bellevue, encontró el mismo aire pestilente en los alrededores de la estación Pennsylvania y al fin tomó la Undécima Avenida, hacia el norte. En la Riverside advirtió que el sol se ponía detrás de las chimeneas apagadas de Jersey. Se preguntaba dónde pasaría la noche, cuando oyó una voz que llamaba:

—¡Eh, aquí!

Princesa estalló en furiosos ladridos. Ish frenó y miró hacia atrás. Un hombre salía de un edificio. Ish descendió yendo a su encuentro. Princesa se quedó adentro, ladrando.

El hombre avanzaba con la mano extendida. Era una figura convencional, de la cabeza a los pies. Bien afeitado, con traje de verano y la chaqueta puesta. Ni joven ni viejo, de vientre un poco abultado. Sonreía amablemente. Ish casi esperaba oír la fórmula ritual del comerciante: «¿Qué desea, señor?».

—Me llamo Abrams —respondió el hombre—. Milt Abrams.

Ish acertó apenas a mascullar su propio nombre. Casi lo había olvidado. Hechas las presentaciones, Milt Abrams lo hizo entrar en la casa y lo llevó a unas agradables habitaciones del segundo piso. Una rubia de unos cuarenta años, bien vestida, casi elegante, estaba sentada junto a una mesa de cóctel, con una coctelera al alcance de la mano.

—Le presento a la señora… —empezó a decir Abrams, e Ish comprendió en seguida el porqué del titubeo. La catástrofe debería haber dejado con vida a muy pocas parejas, y desde entonces no había habido oportunidad para ceremonias matrimoniales. Milt Abrams tenía bastantes prejuicios como para que eso lo turbara.

La mujer dedicó a Ish una sonrisa que desconcertó aún más a Milt.

—Llámeme Ann —dijo—. ¿Quiere tomar algo? ¡Martinis calientes, no puedo ofrecerle otra cosa! ¡Ni pizca de hielo en toda Nueva York!

A su modo, la mujer era tan típicamente neoyorquina como Milt.

—Se lo repito continuamente —dijo Milt—: No bebas eso. El martini caliente es un veneno…

—Pasar todo el verano en Nueva York sin una pizca de hielo… —se quejó Ann.

Parecía no obstante que a pesar de su desagrado había consumido ya varios martinis calientes.

—Le ofreceré algo mejor —declaró Milt. Abrió un armario y exhibió un estante con botellas de amontillado, coñac Napoleón, y selectos licores—. Estos no necesitan hielo —comentó.

Milt era, evidentemente, un buen catador. A la hora de la cena abrió una botella de Chateau-Margaux.

El Chateau-Margaux exigía algo más que carne en conserva. Pero el vino corría liberalmente, e Ish se hundió en una ligera y feliz embriaguez. Ann parecía a aquellas horas bastante mareada.

La velada pasó agradablemente. Los tres jugaron al bridge, a la luz de unas velas. Bebieron licores. Escucharon discos en un fonógrafo portátil que no necesitaba de energía eléctrica. Cambiaron las frases comunes de tres personas reunidas en una mesa de juego:

—Ese disco chirría.

—No he hecho aún una baza…

—Tomaría otra copa…

La comedia estaba bien interpretada. Nadie insinuaba que detrás de los vidrios no hubiese un mundo; se jugaba a las cartas a la luz de las velas porque era más divertido; no había recuerdos ni alusiones inconvenientes. Ish comprendió que así era mejor. La gente normal, y Milt y Ann eran ciertamente normales, no se interesaba mucho en el lejano pasado o el lejano futuro. Vivía sobre todo en el presente.

Pero algunas observaciones fortuitas en las pausas del juego informaron suficientemente a Ish. Milt había sido propietario de una pequeña joyería. Ann había estado casada con un tal Harry, y había tenido bastante dinero como para veranear a orillas del Maine. Sólo había trabajado una vez: vendiendo perfumes en una tienda de lujo, en Navidad. Ahora compartían una morada que en otro tiempo hubiera sido demasiado suntuosa para los recursos de Milt. La electricidad había faltado bruscamente, pues las dinamos de Nueva York eran de vapor, pero el servicio de agua corriente seguía funcionando y no había problemas sanitarios.

La pareja vivía en Riverside como unos náufragos en una isla desierta. Pacíficos habitantes de Nueva York, no habían tenido nunca un auto y no sabían conducir. Un automóvil era para ellos un enigma. Con la desaparición de los transportes públicos sólo podían contar con sus propias piernas, y no habían sido nunca aficionados a las largas caminatas. El límite este era para ellos Broadway, con tiendas donde abundaban los comestibles y los vinos finos. Al oeste corría el río. Un radio de cinco kilómetros bastaba para sus paseos. Ése era todo su mundo.

En ese estrecho dominio no había, creían, otros seres vivos. Del resto de la ciudad sabían tanto como Ish. La orilla izquierda estaba tan lejos como Filadelfia. Brooklyn era una región tan fabulosa como Arabia.

De cuando en cuando escuchaban unos autos que cruzaban la avenida, y alguna vez veían alguno. Pero no se acercaban. La soledad y el desamparo los inclinaban a la desconfianza, y temían a los posibles malhechores.

—Pero al fin la soledad empezaba a pesarme —explicó Milt, no sin cierta turbación—. Y usted no corría. Vi que iba solo, me pareció simpático, y además la matrícula de su coche decía que no era de Nueva York.

Ish abrió la boca para ofrecerle el revólver, y se contuvo. Las armas de fuego podían resolver dificultades, pero también crearlas. Milt, probablemente, no había disparado un arma en su vida. En cuanto a Ann, era una de esas mujeres nerviosas que con un revólver en la mano pueden ser tan peligrosas para los amigos como para los enemigos.

Sin cine, ni radio, ni el espectáculo de una ciudad animada, Milt y Ann no parecían sin embargo muy aburridos. Jugaban interminablemente a las cartas por sumas astronómicas, y Ann debía ahora a Milt varios millones de dólares. Ponían discos durante horas, jazz, folklore, música de baile, en el ronco fonógrafo. Leían innumerables novelas policiales que sacaban de las bibliotecas circulantes de Broadway y que dejaban en cualquier lugar de la casa. Y, advirtió Ish, se atraían físicamente.

Pero, aunque no se aburrían, tampoco sentían el placer de vivir. Era una existencia sin sentido. Iban de un lado a otro como estupidizados. Habían perdido toda esperanza. Nueva York, su mundo, había muerto, y no lo verían vivo otra vez. No mostraron ningún interés cuando Ish quiso hablarles del resto del país. Si Roma perece, perece el mundo.

A la mañana siguiente, Ann se desayunó con otro martini y lamentó nuevamente la falta de hielo. Ella y Milt le pidieron a Ish que no se fuera en seguida; hasta le suplicaron que se quedara para siempre. En algún lugar de Nueva York encontraría sin duda una muchacha que los acompañaría a jugar al bridge. Ish no había encontrado desde la catástrofe gentes más simpáticas. Sin embargo, no tenía ningún deseo de compartir su destino… ni siquiera con una compañera para jugar al bridge y otras cosas. No. Había decidido volver al Oeste.

Pero cuando se puso en marcha, y la pareja lo despidió desde la puerta, sintió deseos de quedarse un tiempo. Milt y Ann le inspiraban a la vez simpatía y piedad. No quería pensar qué sería de ellos cuando llegara el invierno y la nieve cubriera las hondonadas, entre los edificios, y el viento del norte aullara en el desfiladero de Broadway. No habría calefacción central el próximo invierno en Nueva York. Pero habría en cambio muchísimo hielo, y Ann podría enfriar sus martinis.

Ish dudaba que la pareja soportase los rigores invernales, aunque transformara los muebles en leña. Estaban a merced de cualquier accidente, o de una pulmonía. Eran como los perros de aguas o los pequineses que en otro tiempo habían ambulado por las calles, pero al extremo de una cadena. Los ciudadanos Milt y Ann no sobrevivirían a la ciudad. Pagarían el precio que la naturaleza exige siempre a los organismos demasiado especializados. Milt y Ann —el joyero y la vendedora de perfumes— eran incapaces de adaptarse a nuevas condiciones de existencia. En cambio, aquellos negros de Arkansas habían redescubierto casi sin esfuerzo la vida primitiva.

La avenida describía una curva, e Ish sintió que aunque volviera la cabeza ya no los vería. Se le humedecieron los ojos. Adiós, Milt y Ann.

5

El regreso al Oeste —al hogar, pensaba Ish— fue un verdadero viaje de placer. Un hombre y su perro en auto. Los días se deslizaron sin incidentes notables.

En los campos de Pennsylvania el trigo era castaño dorado, y las espigas le llegaban a Ish al hombro. Cuando vio la barrera de peaje apretó con todas sus fuerzas el acelerador y corrió por las curvas a ciento veinte y ciento treinta kilómetros por hora, ebrio de velocidad, sin pensar en el peligro. Entró así en Ohio.

En las ciudades y pueblos ya no había gas, pero Ish había encontrado un calentador de querosén de dos picos. Los días de buen tiempo acampaba en los bosques y encendía una hoguera. Las conservas eran aún su principal alimento, aunque en los campos cosechaba espigas de maíz y, cuando podía, legumbres y frutas.

Le hubiese gustado comer unos huevos, pero las gallinas habían desaparecido completamente, y lo mismo los patos. Comadrejas, gatos y ratas habían exterminado sin duda a aquellas volátiles, que no podían vivir sin protección. Una vez, sin embargo, Ish oyó la ronca llamada de una pintada, y en dos ocasiones vio unas ocas que nadaban en las acequias. Mató una, pero descubrió que era un animal demasiado viejo y duro para una marmita de campamento. Los pavos no faltaban en los bosques, y de cuando en cuando cazaba alguno. Con un perro de caza hubiese podido conseguir, quizás, algunas perdices y faisanes. Princesa se lanzaba a menudo tras el rastro de innumerables conejos, pero nunca traía ninguno. Ish terminó por preguntarse si esos conejos, siempre invisibles, no serían imaginarios.

En los campos abundaba el ganado, pero las labores de carnicero le desagradaban y el tiempo caluroso no invitaba además a comer carne. De vez en cuando se veían unas ovejas. Cuando el camino cruzaba algún terreno pantanoso, debía cuidarse de los cerdos tendidos a la sombra en el fresco cemento. Algunos perros famélicos erraban aún por las ciudades. No se veían muchos gatos pero de noche estallaban a veces coros de maullidos; habían vuelto a sus hábitos nocturnos.

Evitando las grandes ciudades, Ish corría hacia el oeste —Indiana, Illinois, Iowa— y atravesaba campos de trigo, y pueblos soleados y desiertos de día, y oscuros y desiertos de noche. La naturaleza salvaje seguía apoderándose del mundo: aquí, entre las hierbas de una acera asomaba un retoño de álamo; allí, un hilo telefónico cruzaba el camino; más allá, unas huellas de barro revelaban que un coatí había abrevado en la fuente de una plaza, al pie de una estatua a un soldado de la guerra civil.

Encontró otros seres humanos, en parejas o tríos. Las moléculas aisladas se reagrupaban. En general todos se aferraban al lugar donde habían vivido antes del desastre. Nadie manifestó deseos de seguirlo; a veces lo invitaban a quedarse. El ofrecimiento no tentaba a Ish. Aquellas pobres gentes arrastraban una vida corporal, pero le parecían a Ish mentalmente muertas. Había estudiado bastante antropología como para saber que había habido anteriormente otros casos. Un individuo no suele sobrevivir al cuadro de su existencia. Privado de familia, amigos, oficios religiosos, placeres, hábitos, e incluso esperanza, no es más que un cadáver animado.

La catástrofe no había concluido. Un día Ish encontró a una mujer loca. Sus ropas revelaban que había sido rica, pero ahora no era capaz de atender a sus necesidades, y el primer invierno acabaría con ella. Muchos sobrevivientes decían que los suicidas habían sido numerosos.

Pero las emociones y la soledad no habían trastornado de ningún modo a Ish. Se sorprendía a veces. Lo atribuía a su curiosidad, su carácter, la lista de cualidades que había redactado un día y que debían ayudarlo en esta nueva vida.

A veces, sentado en el auto, o ante el fuego, se sentía asaltado por imágenes eróticas. Pensaba en Ann, la neoyorquina, con su belleza rubia, fresca y limpia. Pero Ann era una excepción. En general las mujeres iban desarregladas y sucias, y sólo dejaban su apatía para reír histéricamente. Sin duda, muchas eran asequibles, pero no le inspiraban ningún deseo. Quizá su actitud era un efecto de la catástrofe. Pero no se preocupaba, con el tiempo todo volvería a la normalidad.

En las ardientes llanuras de Nebraska, el trigo seguía en pie. El oro de la espiga estaba oscureciéndose, y los granos empezaban a caer. El año siguiente habría una cosecha espontánea; pero aparecerían también hierbas y malezas que ahogarían el trigo con un espeso manto.

El parque de Estes ofrecía agradables refugios de sombra, después del calor de las llanuras. Ish se quedó allí una semana. Las truchas no habían visto un anzuelo en todo el verano y la pesca era excelente.

Luego vinieron las altas montañas, a las que sucedieron el desierto y las tierras de artemisa. Apretando el acelerador, Ish tomaba rápidamente las curvas de la carretera 40, hacia el paso de Donner.

Cruzó el paso y vio que unas espesas cortinas de humo cubrían los campos. ¿En qué mes estamos?, se preguntó. ¿Agosto? Quizá principios de setiembre. La época de incendios en los bosques. Y no había nadie para combatir el fuego.

Al acercarse al paso de Yuba se encontró bruscamente con el siniestro. Las llamas se alzaban a ambos lados de la ruta. Decidió ir adelante. La carretera era ancha y se podía pasar sin peligro. Pero tras una curva descubrió que un tronco envuelto en llamas bloqueaba la carretera. El terror que había vivido una mañana en el desierto —parecía que habían transcurrido años— cayó otra vez sobre él. Se sintió desesperadamente solo, incapaz de afrontar una emergencia, recobrarse de un accidente.

Había una única solución: retroceder. Dio marcha atrás bruscamente y se le bloqueó el motor. Al cabo de un rato consiguió ponerse otra vez en marcha, y huyó del fuego.

Ya fuera de peligro, recobró la calma. Decidió probar la carretera 20. Los incendios no la habían perdonado, pero estaban casi extinguidos. Avanzó lentamente, evitando los árboles caídos. Pero cuando llegó a una cima se estremeció al ver detrás de él la extensión del fuego. Había tenido suerte.

Había planeado pasar la noche entre los árboles de la montaña, pero pensando que el fuego podía rodearlo, siguió camino y acampó en la plaza de un pueblo, al pie de unas lomas. No había ni una farola encendida. Se sintió decepcionado, pues esperaba encontrar luces en California. Los incendios habían destruido sin duda las líneas eléctricas, por lo menos en aquella región.

Acostado en el suelo, incómodo, sintiendo el acre olor del humo en la nariz, intentó conciliar el sueño; pero tenía la impresión de haber caído en una trampa. Aunque todos los incendios se hubieran extinguido, los árboles quemados y los desprendimientos de las laderas vecinas debían de haber obstruido el camino de la sierra.

A la mañana, como de costumbre, se sintió más animado. California, si no podía salir, era por lo menos una prisión espaciosa y cómoda, y si era imposible cruzar la sierra, podía tomar la carretera del desierto.

Se preparaba para partir, cuando Princesa, con su acostumbrado espíritu de contradicción, se puso a ladrar y desapareció tras un rastro. Irritado, Ish se resignó a esperarla, y como la perra tardaba en reaparecer, alteró sus planes y pasó la mayor parte del día tendido a la sombra de los árboles, semidesnudo. Reanudó su viaje en las últimas horas de la tarde.

Llegó a la cima de la montaña al anochecer. La bahía se abría en abanico ante sus ojos, con su corona de ciudades. Sonrió al advertir que en las calles había aún muchas luces encendidas. Había olvidado el espectáculo. Las centrales de vapor se habían detenido casi inmediatamente, y las pequeñas fábricas hidroeléctricas no habían funcionado mucho tiempo. Sintió un curioso orgullo: aquellas luces eran quizá las últimas.

Durante un instante se preguntó si no habría sido víctima de una alucinación y se encontraba ahora en una ciudad donde todo funcionaba normalmente.

La larga carretera desierta lo devolvió a la realidad. Las manchas negras indicaban que la electricidad faltaba en algunos barrios. Las luces del puente Golden Gate se habían apagado también. O quizá las ocultaba la niebla que subía de la bahía.

Entró en la avenida San Lupo. Nada parecía haber cambiado. Siempre habrá una avenida San Lupo, pensó, y recordó a los otros sobrevivientes. Él también había decidido refugiarse en un sitio familiar, y regresaba con la fidelidad de una paloma.

Abrió la puerta y encendió la luz. Todo estaba como antes. No esperaba otra cosa, y sin embargo… Sintió una sorda melancolía.

Las amarillentas hojas secas, pensó. Era una línea que había oído en un teatro, no recordaba en qué obra. En otro tiempo, en el pasado…

Princesa se lanzó hacia la cocina, resbaló en el linóleo, lanzó un cómico chillido, y se enderezó. Ish la siguió, agradeciéndole la interrupción. La perra olfateaba el zócalo, pero no era posible descubrir qué le interesaba tanto.

Bueno, pensó Ish volviendo a la sala, parece que me he insensibilizado, pero al menos no hay espectadores y no tengo que fingir. Todo esto es consecuencia, sin duda, de tantas pruebas.

La nota que había dejado sobre el escritorio seguía allí, intacta. La tomó, arrugándola, la arrojó a la chimenea, y encendió un fósforo. Titubeó un momento. Al fin acercó la llamita al papel y observó cómo ardía. Otro episodio terminado.

Esa generación no conocerá padres, esposas, hijos o amigos. Será como en épocas fabulosas, cuando los dioses, para poblar la tierra, recurrían a las piedras o los dientes del dragón, y eran todos extraños, de rostro extraño, y nadie conocía el rostro de sus semejantes.

A la mañana siguiente decidió ordenar su vida. La comida, como ya lo había comprobado, no era un problema. Examinó las tiendas del barrio. Las ratas habían destrozado cajas y roído alimentos que cubrían los pisos de baldosas. De pronto, vio en un escaparate cajones de frutas de brillantes colores y legumbres apetitosas y frescas que parecían recién cosechadas. Incrédulo, acercó la cara al vidrio polvoriento. En seguida, primero irritado y luego divertido, descubrió que aquellas naranjas, manzanas, tomates y peras relucientes eran frutos de cartón con que el comerciante había decorado en otro tiempo su vitrina.

Un poco más allá encontró una tienda que, aparentemente, los ratones no habían podido asaltar. Abrió con cuidado una ventana y entró.

El pan no era ya comestible, y los gusanos pululaban en cajas de bizcochos herméticamente cerradas. Pero la fruta seca y todos los alimentos guardados en recipientes de vidrio o latón estaban intactos. Mientras sacaba unos frascos de aceitunas, oyó el zumbido de un motor eléctrico. Abrió la nevera y encontró manteca perfectamente conservada, carne fresca, vegetales congelados. Salió con su botín y cerró cuidadosamente la ventana para evitar, por lo menos, una invasión de ratas.

De regreso a su casa examinó nuevamente la situación. La vida material, y por mucho tiempo, no presentaría dificultades. En las tiendas abundaban los alimentos y las ropas, no había más que servirse. El agua salía aún de los grifos. Ya no había gas, y con otro clima hubiese tenido que conseguir algún combustible. Pero el calentador de querosén le bastaba para cocinar. Encendería la chimenea en invierno, y si eso no bastaba podía recurrir a toda una batería de calentadores. Se sintió tan orgulloso de no necesitar ayuda, que temió transformarse en ermitaño, como el viejo que había encontrado hacía un tiempo.

En aquellos días, cuando el aire mismo transmitía la muerte, y la civilización vivía sus últimos instantes, los hombres encargados del suministro del agua se miraron y dijeron: «Podemos enfermar y morir, pero la gente seguirá necesitando agua». Recordaron entonces los planes que se habían trazado en otra época, cuando se vivía con el temor de los bombardeos. Abrieron válvulas y canales. El agua que bajaba de las montañas serpenteó en los largos sifones, entró en las tuberías subterráneas, y al fin en los depósitos, presta a salir por todos los grifos. «Ahora —dijeron los hombres—, podemos desaparecer, pues el agua correrá hasta que el óxido roa las tuberías, y eso no ocurrirá en vida de nuestros hijos.» Luego murieron. Pero como hombres de honor, que cumplieron hasta el fin su tarea.

El agua seguía, pues, brindando sus beneficios, y nadie sufría sed. Corría aún en abundancia cuando los últimos sobrevivientes erraban tristemente por las calles.

Al principio, Ish temía morirse de aburrimiento, Pero pronto encontró en qué ocuparse. La fiebre de actividad que había mostrado en el viaje al Este había desaparecido. Dormía mucho. Se pasaba largas horas sentado, con los ojos abiertos, sumido en una profunda apatía. Pero cuando salía de estos estados, sentía miedo, y se lanzaba a la acción con renovado ardor.

Por fortuna, el cuidado de la vida material, aunque poco complicado, le absorbía gran parte del tiempo.

Comía en la casa, y pronto comprendió que si dejaba amontonar los platos las hormigas le aumentaban el trabajo. Por la misma razón llevaba lejos los desperdicios. Alimentaba a Princesa, y cuando la perra olía mal, la bañaba.

Un día, para sacudir la modorra, fue a la biblioteca pública, hizo saltar la cerradura de un martillazo, después de ambular un poco salió, sonriendo, con Robinsón Crusoe y Los Robinsones suizos bajo el brazo.

Pero estos libros no le interesaron mucho. Las preocupaciones religiosas de Crusoe le parecieron aburridas y tontas. En cuanto a la familia suiza —ya había tenido esa impresión en la infancia—, el barco náufrago era una especie de saco sin fondo que servía todas las necesidades. A falta de radio, tenía el fonógrafo y los discos de sus padres. Al cabo de un tiempo encontró en una tienda de música un aparato mejor. Era pesado, pero logró subirlo al coche y lo instaló en el vestíbulo de su casa. Se llevó también gran cantidad de discos. Se regaló además un hermoso acordeón. Con ayuda de un manual, logró sacar algunos sonidos patéticos que Princesa saludaba con terribles aullidos. Reunió también algunos materiales de pintura, aunque nunca los utilizó.

Pero le interesaba, sobre todo, observar lo que ocurría en un mundo liberado del yugo del hombre. Recorría en auto la ciudad y el campo vecino. A veces, se paseaba por las lomas con sus prismáticos de larga distancia. Princesa lo abandonaba de pronto para lanzarse en persecución de su eterno conejo invisible.

Un día salió a buscar al anciano que amontonaba tantos objetos heteróclitos. No sin trabajo, encontró la casa: un desordenado nido de ratas. Pero el viejo no estaba allí, y nada indicaba que viviera aún. Ish, descorazonado por tantas decepcionantes tentativas, no buscó otros compañeros.

El aspecto de las calles cambiaba lentamente. La sequía de verano seguía aún, pero los vientos traían polvo, hojas muertas, detritus y los amontonaba aquí y allá. No había en la ciudad muchos animales, perros, gatos o ratas. En algunos barrios, sin embargo, sobre todo en los muelles, pululaban los perros, pero pertenecían todos a la misma raza: terriers o mestizos de terrier, pequeños y activos. Habían abandonado ya sus viejos hábitos e iniciado una nueva vida. Siguiendo quizás el ejemplo de las ratas, asaltaban y asolaban las tiendas. Las ratas roían las cajas de cartón, y luego entraban los perros y se comían las galletas. Pero se alimentaban también de ratas. Así se explicaba su número en las zonas donde siempre habían abundado los roedores, aun antes de la catástrofe. Los perros habían perseguido o matado a los gatos, y a costa sin duda de algunos arañazos habían logrado satisfacer su hambre.

Esos perros divertían a Ish. Se paseaban con la despreocupación tradicional de los terriers, y hasta con un aire fanfarrón. Aunque sucios y flacos, parecían vigorosos y seguros de sí mismos, como si pensaran haber solucionado el problema de la comida. Eran sin duda los ejemplares más independientes de la especie, los que nunca se habían preocupado mucho de los hombres. Ish no les interesaba y se mantenían a distancia sin buscarlo ni rehuirlo. Un día Princesa se peleó a dentelladas con una perra, y desde entonces, en aquellos barrios, Ish la tenía siempre atada o la encerraba en el coche.

En los parques y los lugares arbolados de los alrededores, veía a veces algún gato, casi siempre subido a una rama, quizá para cazar pájaros o porque temía a los perros.

En el curso de sus paseos por las lomas, Ish nunca había encontrado un perro, pero un día lo sorprendió una algarabía de chillidos y ladridos. Se subió a una altura y vio, en un viejo campo de golf, unos ocho o diez perros que perseguían a media docena de vacas. Se llevó los prismáticos a los ojos y notó que los perros, aunque de razas distintas, eran todos de alta estatura. La jauría estaba formada por un danés, un ovejero escocés, un dálmata y varios mestizos, todos de patas largas y robustos. Se habían unido indudablemente para la caza y no parecía aquél su primer ataque. Trataban de aislar un ternero. Pero las vacas contraatacaban vigorosamente, con cornadas y coces. Al fin alcanzaron a refugiarse entre unos espesos matorrales, a orillas del campo de golf, y los asaltantes se batieron en retirada.

El espectáculo había terminado. Ish llamó a Princesa y se dirigió hacia el auto, que había dejado a algo más de un kilómetro. De pronto, los ladridos de la jauría estallaron de nuevo. Se acercaban cada vez más e Ish comprendió que le seguían la pista.

Sintió pánico. Echó a correr. Pero eso era incitarlos. Se tranquilizó, y recogió algunas piedras y una rama caída que podría servirle como lanza. Luego siguió caminando hacia el coche. Los ladridos se oían más cerca. De pronto los perros callaron e Ish comprendió que lo habían visto. Esperaba que un resto de miedo ancestral les impidiese atacar a un hombre, pero se preguntó de pronto qué le habría ocurrido al viejo y a los otros que había encontrado en aquellos parajes. Y he aquí que uno de los perros, un horroroso mestizo negro, saltó a la carretera, ante él. Se detuvo a unos cincuenta metros, se sentó sobre los cuartos traseros y lo miró. Ish levantó el brazo como si fuese a tirarle una piedra. El perro dio un salto, se lanzó hacia el borde de la carretera y desapareció entre unos matorrales. La maleza se movía como si los perros estuviesen preparándose para saltar sobre él. Princesa, como siempre, mostraba una exasperante indecisión. Con la cola entre las patas se apretaba contra su amo, o de pronto corría a derecha e izquierda y ladraba como desafiando al mundo entero.

El auto estaba a la vista. Ish se acercó con un paso regular, sin malgastar sus piedras, y echando de cuando en cuando una ojeada por encima del hombro. Princesa le avisaría, en caso de ataque por la espalda. De pronto el danés se lanzó por una brecha, entre los matorrales. Era un perro magnífico, pesado como un hombre. Aullando, Princesa se precipitó hacia él en un reto suicida. El danés le salió al encuentro y a la vez el ovejero escocés apareció a la derecha. Pero Princesa se escabulló con la agilidad de una liebre. Los dos perrazos chocaron uno contra otro, y rodaron por el suelo, gruñendo. Princesa regresó a frotarse contra las piernas de Ish. Apareció entonces el dálmata. Cruzó la carretera y se detuvo, mostrando una lengua roja. Ish no se apresuró ni aminoró la marcha. El recién venido era de aspecto menos feroz que sus compañeros, e Ish estaba decidido a hacerle frente. Un hermoso collar con una placa de metal le rodeaba aún el cuello pelado. No sin inquietud, Ish advirtió que a pesar de su flacura y sus salientes costillas, el animal no había perdido su vigor. Evidentemente, a los perros no les faltaba comida: conejos, terneros, o cualquier carroña. Esperaba que no se devoraran aún entre ellos, y que ignorasen el gusto del hombre.

Cuando llegó a unos seis metros del dálmata, Ish, sin detenerse, alzó el brazo en un ademán de amenaza. El perro metió la cola entre las patas y huyó. El auto estaba muy cerca e Ish suspiró, aliviado.

Abrió la portezuela, hizo subir a Princesa y, reprimiendo una última ola de pánico, la siguió con dignidad. Cerró la portezuela y se sintió fuera de peligro. La mano se le crispó sobre el mango del martillo que yacía a sus pies.

El hermoso danés se había echado al borde de la carretera. Los otros habían desaparecido. Ahora, a salvo, Ish examinó la situación más imparcialmente, Los perros no le habían hecho ningún mal; ni siquiera lo habían amenazado. Se le habían aparecido como fieras sedientas de sangre, pero ahora le inspiraban piedad. Quizá los había atraído el recuerdo nostálgico de suculentas comidas, la leña que crepitaba en la chimenea, las caricias y palabras cariñosas. Y se puso en marcha deseando sinceramente que trituraran un conejo, o tumbaran algún ternero.

A la mañana siguiente, el drama se transformó en comedia. Princesa, evidentemente, requería un compañero. Como Ish no quería cachorros, la encerró en el sótano.

Pero, a pesar de todo, ignoraba las verdaderas intenciones de la jauría. Perecer entre los dientes de los perros le parecía la menos envidiable de las suertes. Desde entonces no se aventuró otra vez en las montañas sin un revólver en el cinturón o una carabina.

Dos días después, una invasión de hormigas le hizo olvidar el peligro de los perros. Ya había tenido algunas dificultades con aquellos bichos; pero ahora aparecían por todos lados e invadían la casa. La lucha no era nueva. Ish recordaba el grito consternado de su madre cuando una columna negra atravesaba la cocina, la irritación de su padre, las discusiones sobre cómo destruirlas. Las hormigas venían ahora con ejércitos cien veces más poderosos, y sin encontrarse con molestas amas de casa dispuestas siempre a combatirlas y aun llevar la guerra a los mismos nidos. En algunos meses se habían multiplicado increíblemente. La comida, sin duda, no les faltaba.

Salían de todas partes. Ish deploraba que los límites de sus conocimientos entomológicos no le permitieran desvelar el misterio de este crecimiento. A pesar de sus búsquedas, nunca supo si las hormigas tenían en alguna parte su metrópoli, o si se multiplicaban un poco en todas partes.

Nada escapaba a sus exploraciones. Ish se convirtió muy pronto en una furibunda y escrupulosa ama de casa, pues la más minúscula partícula de comida o aun una mosca muerta atraía inmediatamente una columna de tres centímetros de ancho. Se paseaban como pulgas por el pelaje de Princesa, pero no la picaban. Las descubrió en sus propias ropas. Una madrugada despertó con una horrible pesadilla y descubrió un cortejo de hormigas que le cruzaba la cara. No pudo saber qué las había atraído.

Pero la casa era sólo una tierra extranjera, abierta a sus incursiones. Las fortalezas de los hormigueros se alzaban afuera, en todas partes. Si Ish daba vuelta un terrón, miles de hormigas surgían de galerías subterráneas. Era posible que acabasen con todos los otros insectos, al quitarles los medios de subsistencia. Trajo de una droguería formol y DDT y convirtió la casa en una isla fortificada. Las invasoras no se arredraron. Muchas morían sin duda en el campo de batalla, pero algunos millones más o menos no era una gran diferencia. Intentó calcular cuántas hormigas habría en el barrio y llegó a unas increíbles cifras astronómicas. ¿No tenían enemigos naturales? ¿Seguirían multiplicándose? Desaparecido el hombre, ¿heredarían la tierra?

No. Al fin y al cabo eran las mismas atareadas hormiguitas que habían puesto a prueba a las pacientes amas de casa californianas. Hizo algunas investigaciones y descubrió que la plaga no se extendía mucho más allá de los límites ciudadanos. Como los perros, los gatos, las ratas, estas hormigas eran también animales domésticos, que dependían del hombre. Este pensamiento lo animó. Si sólo le hubiera preocupado su comodidad, se habría ido, pero prefería, aun a costa de ciertos inconvenientes, observar qué ocurría.

Luego, una mañana, no más hormigas. Miró atentamente a su alrededor, y no descubrió una sola. Dejó unas migas en el piso y fue a sus ocupaciones. Cuando volvió, el festín seguía intacto. Sorprendido, presintiendo que había ocurrido algo insólito, salió al jardín. Dio vuelta un terrón y no vio la agitación habitual. Siguió buscando. Aquí y allá encontró algunos ejemplares que vagaban aturdidos, pero eran tan pocos que hubiese podido contarlos. Sin embargo, no había cadáveres. Las hormigas habían desaparecido como por arte de encantamiento. Si hubiera conocido la estructura de los hormigueros, habría podido descubrir quizá sus cementerios. Lamentó su ignorancia y se resignó a no enterarse.

Nunca resolvió el misterio, pero adivinaba la verdad. Cuando una especie se propaga demasiado, es casi siempre víctima de algún cataclismo. Era posible que las hormigas hubiesen agotado los víveres que habían permitido su crecimiento. Aunque quizá fuera más probable que las hubiese atacado alguna enfermedad. En los días siguientes, sintió, o creyó sentir, un hedor débil, pero penetrante, que atribuyó a la descomposición de aquellos millones de cadáveres.

Tiempo después, después de una jornada dedicada a la lectura, sintió hambre. Fue a la cocina y buscó en la nevera un poco de queso. Miró casualmente el reloj eléctrico y se sorprendió. Las nueve y treinta y siete. Creía que era más tarde. Mientras volvía a la sala, masticando el primer bocado de queso, consultó su reloj de pulsera: las agujas señalaban las diez y nueve minutos. Al fin el viejo reloj se ha descompuesto, pensó. No era raro. Recordó cómo se había sorprendido al llegar después de la catástrofe y ver que las manecillas se movían.

Retomó el libro. Un viento del norte con un acre olor a humo sacudía las ventanas. Pero el olor no le llamaba la atención. Muy a menudo el humo de los bosques incendiados era negro y espeso como una nube de tormenta. Al cabo de un rato parpadeó y acercó los ojos a la página. Este humo me hace lagrimear, pensó. Casi no veo. Acercó el libro a los ojos y le pareció que toda la habitación se oscurecía. Con un sobresalto se volvió hacia la lámpara eléctrica, sobre la mesa de bridge.

En seguida, se levantó de un salto, con el corazón palpitante, y salió al porche. Miró la amplia perspectiva de la ciudad. Las luces brillaban aún en las calles. La guirnalda de globos amarillos seguía encendida en el puente, y en lo alto de los pilones parpadeaban las luces rojas. Miró con más atención. Las luces parecían menos brillantes que de costumbre. ¿Sería efecto de su imaginación? ¿O las velaba la humareda? Volvió a su sillón y trató de leer para olvidar sus temores.

Pero en seguida parpadeó otra vez. Miró la lámpara, perplejo. Y recordó de pronto el reloj de la cocina. Bueno, pensó, era inevitable.

En el reloj de pulsera eran ahora las diez cincuenta y dos. Fue a la cocina. El reloj indicaba las diez y catorce. Sacó cuentas rápidamente. El resultado confirmaba sus temores. El reloj eléctrico había atrasado seis minutos en tres cuartos de hora.

Sabía que el reloj de pared marchaba con impulsos eléctricos: una frecuencia de sesenta por minuto. Ahora estos impulsos se habían espaciado. Un técnico hubiera calculado fácilmente la frecuencia actual. Él hubiese podido hacerlo también, pero no le serviría de nada. Se sintió de pronto descorazonado. El sistema eléctrico se deterioraría cada vez más rápidamente.

Regresó a la sala. Esta vez era indiscutible. La luz había palidecido. Las sombras invadían los rincones de la habitación.

Las luces se apagan. Las luces del mundo, pensó, y conoció el terror de un niño abandonado en la oscuridad.

Princesa dormitaba en el piso. La disminución de la luz no la molestaba, pero se le contagió la inquietud de su amo y se incorporó gimiendo.

Ish salió otra vez al porche. De minuto en minuto, las largas guirnaldas de luces eran menos y menos claras, más y más amarillentas. El viento apresuraba aquella muerte, cortando aquí unos cables, interrumpiendo allá un circuito. El fuego que se extendía por las lomas vecinas quemaba las líneas, y hasta quizás alguna central.

Al cabo de un momento las luces dejaron de palidecer y se mantuvieron en un vago resplandor. Ish regresó a la sala, y acercando otra lámpara pudo leer cómodamente. Princesa volvió a su sueño. A pesar de la hora, Ish no tenía deseos de acostarse. Era como si estuviese velando el cadáver de su más caro y viejo amigo. «Hágase la luz. Y la luz se hizo», recordó. Parecía que el mundo hubiera llegado al otro extremo de su historia.

Poco después fue a mirar el reloj. Se había parado. Las dos agujas en lo alto del cuadrante señalaban las once y cinco.

Las manecillas del reloj de pulsera, en cambio, habían pasado la medianoche. Las luces se extinguirían totalmente dentro de unas pocas horas, o se mantendrían así algunos días.

Ish no se decidía a acostarse. Trató de leer y al fin se quedó dormido en el sillón.

En cuanto a la electricidad, los dispositivos de las centrales eléctricas eran tan ingeniosos que aun en pleno desastre no fue necesario ningún cambio. Los hombres habían sido vencidos por la enfermedad, pero las dínamos hacían correr aún a lo largo de los cables sus regulares vibraciones. Después de la breve agonía de la humanidad, las luces no perdieron nada de su brillo. Cuando caía un cable privando de electricidad a todo un pueblo, otro en seguida se encargaba de su tarea. Si se detenía una dínamo, sus hermanas, a lo largo de una línea de centenares de kilómetros, redoblaban sus esfuerzos.

Sin embargo, todo sistema, cadena o camino, tiene su punto débil El agua puede correr durante años, las grandes dínamos pueden girar sobre sus bien aceitados cojinetes; pero hay un punto débil: los reguladores que gobiernan las dínamos y que no son totalmente automáticos. Anteriormente se los examinaba cada diez días. Se los aceitaba una vez por mes. Pasaron dos meses sin que se presentaran los inspectores, y las reservas de aceite se agotaron; uno a uno, a lo largo de las semanas, los reguladores dejaron de funcionar.

Cuando un regulador se detiene, el grifo cambia automáticamente de ángulo y no fluye el agua. La dínamo se para entonces y no produce más electricidad. Muchas dínamos, una tras otra, quedan así inactivas. Las otras deben hacer un trabajo demasiado grande, y pocos días más tarde se detiene totalmente el sistema.

Cuando Ish despertó, las lámparas apenas alumbraban. Los filamentos eran de un rojo anaranjado. En la habitación reinaban las sombras.

¡Las luces se apagan! Cuántas veces, en el curso de los siglos, se había oído esa frase, pronunciada a veces con indiferencia, otras con pánico, literal o simbólicamente. ¡Cuánto había significado la luz en la historia del hombre! La luz del mundo. La luz de la vida. La luz del conocimiento.

Ish se estremeció. Pero, al fin y al cabo, la electricidad había sobrevivido al hombre gracias a los sistemas automáticos. Recordó el día en que había descendido de las montañas, sin saber nada del desastre. Había pasado ante una central eléctrica y concluyó que todo era normal porque el agua seguía corriendo por las esclusas y las dínamos zumbaban regularmente. Y quizás en otras partes la oscuridad era ya total. Quizás estas lámparas eran las últimas en extinguirse, y ya no habría más luz en el mundo.

No tenía ganas de dormir. Era su deber quedarse despierto. Pero esperaba que el último acto del drama fuese breve. La luz disminuyó todavía más. Es el fin, se dijo. Pero las lámparas seguían encendidas. El filamento era ahora de un rojo cereza.

Y otra vez se ensombrecieron. La obra de la destrucción se aceleraba, como un trineo que desciende una colina, lentamente al principio, luego más y más rápido. Durante un segundo, las luces parecieron brillar con más fuerza, y luego desaparecieron.

Princesa se agitó y ladró en sueños. ¿Era un toque de difuntos?

Ish salió de la casa, diciéndose, sin convicción, que había habido un desperfecto en el sistema del barrio. Escudriñó la oscuridad. Detrás de las tinieblas, que el humo hacía más densas aún, brillaba débilmente una luna anaranjada. No se veía otra luz, ni en las calles ni en el puente: era, pues, el fin. «Apáguese la luz. Y la luz se apagó.»

Basta de melodrama, se dijo. A tientas entró en la casa y buscó en el armario donde su madre guardaba las velas. Encontró una sola y la puso en el candelero. La llama era pequeña, pero recta y clara. Ish se dejó caer débilmente en el sillón.

6

La desaparición de las luces trastornó a Ish. Aun en pleno día creía ver unas sombras que acechaban en los rincones. Volvía la Edad de las Tinieblas.

Almacenó fósforos, linternas, velas, casi contra su voluntad, pero sintiéndose curiosamente protegido.

Aunque no tardó en descubrir que la luz no era el producto eléctrico más importante. La nevera era ahora inútil, y la carne fresca, la manteca y las legumbres se transformaban en una masa putrefacta y maloliente.

Luego cambió la estación. Ish había perdido la cuenta de las semanas y los meses, pero su ojo ejercitado de geógrafo sabía descifrar los mensajes de la naturaleza. Era sin duda octubre; la primera lluvia confirmó sus presunciones. No se trataba de una tormenta pasajera. Fina y continua, la lluvia parecía eternizarse.

No salió en ese tiempo y trató de distraerse en la casa. Tocaba el acordeón, leía libros que hasta entonces no se había atrevido a mirar por falta de tiempo. De cuando en cuando se asomaba a la ventana y miraba la lluvia y las nubes bajas que parecían rozar los techos.

Una mañana salió a ver qué ocurría, qué nuevos episodios se habían añadido al drama. Al principio no advirtió nada nuevo. Luego vio en la avenida que las hojas muertas habían tapado una alcantarilla. El agua bullía en la calle e invadía las aceras; cruzaba la selva de hierbas que había sido el jardín de los Hart, entraba en la casa por debajo de la puerta y empapaba sin duda pisos y alfombras. Un poco más abajo, el río invadía la rosaleda y se perdía en una alcantarilla de la otra calle. Los destrozos no eran muy grandes, pero éste era sólo un ejemplo de lo que ocurría en miles de otros sitios.

Los hombres habían construido carreteras, alcantarillas, diques y otros obstáculos para oponerse al curso natural de las aguas. Estos trabajos necesitaban de cuidados constantes. Dos minutos le hubieran bastado a Ish para sacar la hojarasca y desatascar la alcantarilla, pero no le parecía necesario. Zanjas, alcantarillas y diques habían sido construidos para uso del hombre. El hombre había desaparecido y ya no tenían utilidad. Que el agua siguiese su curso y cruzara la rosaleda. Empapadas de agua y barro las alfombras de los Hart desaparecerían muy pronto. Tanto peor. Afligirse sería seguir viviendo en el mundo del pasado.

Ish volvía a su casa cuando tropezó con una cabra que comía tranquilamente el seto del señor Osmer, en otro tiempo tan cuidado. Divertido y curioso, se preguntó de dónde vendría la intrusa. Nadie había tenido animales semejantes en aquel barrio. La cabra, quizá también divertida e intrigada, dejó de comer y miró a Ish. Los hombres eran ahora bichos raros. Después de haberlo examinado sin temor ni respeto, la cabra juzgó que los suculentos brotes del seto eran más interesantes que aquel bípedo.

Princesa, que volvía de una de sus expediciones, apareció de pronto y se lanzó hacia la desconocida con frenéticos ladridos. La cabra bajó la cabeza y la amenazó con los cuernos. Princesa no era un animal combativo y saltando hacia un costado corrió hacia su protector. La cabra dio una dentellada al seto.

Algunos minutos más tarde Ish la vio pasearse por la acera como si toda la avenida San Lupo le perteneciese. ¿Y por qué no?, pensó. Quizás así es. El mundo cambia de amos.

Cuando la lluvia lo retenía en la casa, la mente de Ish se volvía hacia la religión, como el día en que había visitado la catedral. Hojeaba frecuentemente la voluminosa Biblia que su padre había cubierto de anotaciones. Los Evangelios lo decepcionaron, probablemente porque trataban de los problemas del hombre en la sociedad. «Dad al César…» Era una orden superflua, pues no había ni siquiera un inspector de tributos que representara al César.

«Vended vuestros bienes y repartid el dinero entre los pobres… Haz a otros lo que deseas te hagan a ti… Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Todos esos preceptos sólo podían aplicarse a multitudes. En ese mundo reducido a su más simple expresión, un fariseo o un saduceo hubiesen podido cumplir aún los ritos de una religión formalista; pero, basada en la caridad, la doctrina cristiana carecía ahora de sentido.

Retrocedió al Antiguo Testamento, comenzó por el Eclesiastés, y lo encontró más actual. El viejo, el predicador, Cohelet lo llamaban en una nota al pie de página, tenía el arte de pintar con crudeza y realismo la lucha del hombre contra el universo. A veces, sus palabras se aplicaban exactamente a Ish. «Y que el árbol caiga hacia el sur o el norte, allí quedará.» Ish recordó aquel tronco de Oklahoma que cerraba la carretera 66. Más adelante leyó: «Más vale vivir acompañado que solo, pues si uno cae, el otro puede levantar al compañero, pero desgraciado de aquel que cae y está solo». E Ish recordó su terror cuando se sintió solo, sin nadie que pudiera ayudarlo en caso de accidente. Leyó sin descanso, maravillado ante aquella comprensión realista, y aun clarividente, de las leyes del universo. Hasta encontró esta frase: «Muerde la serpiente cuando no está encantada».

Llegó al final del primer capítulo y sus ojos se posaron en unos versículos del Cantar de los cantares, que es de Salomón. «Que él me bese con besos de su boca, pues mejores son sus amores que el vino», leyó.

Se agitó nerviosamente. En el curso de aquellos largos meses, se había sentido así en muy raras ocasiones. Comprendía ahora, otra vez, que el desastre lo había afectado más de lo que imaginaba. Así, en las antiguas leyendas de encantamientos, un rey miraba pasar el cortejo de la vida sin poder unirse a él. Otros hombres habían buscado una solución al problema. Aun aquellos que habían buscado la muerte en el alcohol habían participado de algún modo de la vida. Pero él, el observador, había rechazado la vida.

¿Y qué era la vida? Millones de hombres se habían hecho la misma pregunta. Cohelet, el predicador, no había sido el primero. Y todos habían encontrado una respuesta diferente. Salvo aquellos para quienes la pregunta no tenía respuesta.

Él, por ejemplo, Isherwood Williams, era una rara fusión de deseos y reacciones, realidades y quimeras. Afuera se extendía la vasta ciudad desierta, donde la lluvia golpeaba las largas avenidas solitarias, ya en las sombras del crepúsculo. Y entre los dos, el hombre y el mundo, había un raro e invisible vínculo. Cambiaba uno, y cambiaba el otro.

Era aquélla una vasta ecuación de varios términos y dos grandes incógnitas. De un lado estaba Ish, llamémosle X, y del otro Y, el mundo y sus pertenencias. Y las dos incógnitas buscaban un equilibrio que sólo se alcanzaba en la muerte. Éste era probablemente el pensamiento del desilusionado Cohelet cuando escribía: «Los vivos saben que morirán, pero los muertos nada saben». Mas de este lado de la muerte el equilibrio era siempre inestable. Si X cambiaba, si alguna glándula afectaba su humor, si Ish se sentía conmovido, o simplemente se aburría, hacía un gesto; y ese gesto modificaba la ecuación, aunque fuera ligeramente, estableciendo un provisorio equilibrio. Si, al contrario, cambiaba el mundo, si una catástrofe destruía la raza humana, o más simplemente, si la lluvia dejaba de caer, Ish, es decir X, se transformaba también, y nuevos actos ordenaban un nuevo y precario equilibrio. ¿Quién podía decir cuál de las incógnitas se imponía a la otra?

Casi inconscientemente dejó el sillón, y comprendió que ese movimiento traducía su inquietud. El equilibrio de la ecuación se había roto, y él se había levantado para restablecerlo. Pero su estado de ánimo cambiaba también el mundo. Princesa, arrancada de su sueño, dio un salto y corrió por la sala. Ish oyó que la lluvia golpeaba con más fuerza los vidrios. Alzó los ojos al cielo. Así se le presentaba el mundo, obligándolo a actuar. Fue a la cocina a preparar la cena.

La desaparición casi completa de la raza humana, catástrofe sin precedentes en la historia del mundo, no alteró las relaciones de la tierra y el sol, la extensión y la distribución de océanos y continentes, los períodos de lluvia y buen tiempo. Así, la primera tormenta de otoño, que partió de las islas Aleutianas para batir la costa de California, fue como muchas otras. La humedad apagó los incendios de los bosques; la lluvia lavó el humo y el polvo del aire. Llegó el viento del noroeste, fresco y de una cristalina pureza. La temperatura descendió rápidamente.

Ish se agitó en sueños y despertó, lentamente. Tenía frío. La otra incógnita de la ecuación ha cambiado, pensó, y se cubrió con una manta. Oh, hija de reyes, murmuró soñadoramente, tus pechos son… Y se durmió otra vez.

A la mañana la casa estaba helada. Se puso un chaleco de lana mientras preparaba el desayuno. Pensó en encender la chimenea, pero el frío parecía haberlo reanimado y decidió que ese día no se quedaría en la casa.

Después del desayuno salió al porche y admiró la escena. Lavado por la lluvia, el cielo era más limpio. El viento había amainado. A varios kilómetros de distancia, los pilones rojos del Golden Gate, sobre el fondo del cielo azul, casi parecían al alcance de la mano. Ish se volvió hacia el norte para mirar el pico de Tamalpais y se sobresaltó. Entre la montaña y él, a orillas de la bahía, se alzaba una delgada cinta de humo. Quizás aquella columna se había elevado cien veces sin que él pudiera verla en la atmósfera de humo y brumas. Ahora era una señal.

Sí, el fuego podía ser espontáneo. Anteriormente, otras columnas de humo habían atraído inútilmente a Ish. Sin embargo, el diluvio de los días pasados tenía que haber apagado los incendios.

De todos modos, este humo no estaba a más de tres kilómetros, e Ish pensó en meterse en seguida en el coche e ir a investigar. En el peor de los casos, sólo perdería unos minutos, y el tiempo sobraba. Pero un recuerdo lo detuvo. Había intentado ya acercarse a otros hombres y siempre había fracasado. Sintió uno de aquellos accesos de salvajismo, tan frecuentes en otra época, cuando la perspectiva de un baile lo hacía transpirar. Buscó algún pretexto. Así hacía antes: alegaba un trabajo urgente o se enfrascaba en un libro en vez de ir al baile.

¿Robinsón Crusoe deseaba realmente dejar la isla desierta donde era monarca absoluto? La pregunta no era nueva. Y aunque Robinsón amara la sociedad humana, ¿por qué él, Ish, debería parecérsele? Quizá él amaba su isla. Quizá temía los lazos humanos.

Casi con miedo, como si huyera de una tentación, llamó a Princesa, subió al coche, y salió en dirección opuesta.

Durante horas erró sin rumbo por las montañas. Los efectos de la lluvia eran ya evidentes. No se podía saber con claridad dónde terminaba la carretera y donde empezaban los campos. Los vientos del otoño habían hecho caer las hojas. En el cemento se veían algunas ramas muertas. El agua había arrastrado barro. A lo lejos, oyó, o creyó oír, los ladridos de una jauría. Pero los perros no aparecieron, y en las primeras horas de la tarde volvió a la casa. Del lado de las montañas, ningún humo rayaba el cielo. Sintió cierto alivio, pero también una gran decepción.

La otra incógnita de la ecuación había cambiado, y él había respondido huyendo. El hilo de humo reaparecería quizá a la mañana siguiente, pero no era seguro. O quizá aquel ser humano, quien quiera que fuese, había pasado simplemente por la ciudad, y no volvería.

En las primeras horas del crepúsculo miró otra vez y vio una luz débil, pero inconfundible. No vaciló. Llamó a Princesa, saltó al coche, y fue hacia la señal.

Marchaba lentamente. La ventana iluminada parecía mirar a su porche. Los árboles la habían ocultado, hasta que cayeron las hojas. Pero cuando Ish se alejó unos metros, la luz desapareció. Erró media hora a la aventura; al fin volvió a verla, descendió lentamente la calle y pasó ante la casa. Las persianas estaban bajas, pero algunos rayos de luz llegaban a iluminar la acera. Parecía la luz de una lámpara de petróleo.

Ish paró el motor en el otro lado de la calle y esperó. No apareció nadie. Titubeó un minuto. Luego, en un repentino impulso, abrió la portezuela y bajó del coche. Pero Princesa se le adelantó y corrió hacia la casa ladrando furiosamente. Su olfato le revelaba quizás una presencia desconocida. Con un juramento, Ish la siguió. Esta vez la perra lo obligaba a actuar. Se detuvo un segundo, pensando que no llevaba armas. Las normas de cortesía recomendaban no presentarse en casa ajena empuñando un revólver. Recogió impulsivamente el viejo martillo y cruzó la calle. Detrás de la persiana se perfilaba una sombra.

Pisaba la acera, cuando la puerta se abrió unos centímetros y el haz de una linterna cayó sobre él. Ish, enceguecido, se detuvo y esperó. Princesa, muda de miedo, se batió en retirada. Ish tuvo la desagradable impresión de que le apuntaban con un revólver. Y aquella luz, que no lo dejaba ver. Se había apresurado. La llegada de un desconocido en medio de la noche siempre asusta a la gente. Felizmente se había afeitado aquella mañana y llevaba un traje bastante limpio.

El silencio no terminaba nunca. Ish esperaba la pregunta, inevitable, pero un poco ridícula: «¿Quién es?», o la orden: «¡Arriba las manos!» Se sorprendió realmente cuando oyó una voz de mujer que decía solamente:

—¡Qué hermoso perro!

La voz era suave y modulada. Ish se sintió invadido por una cálida ternura.

La linterna eléctrica bajó al fin e iluminó la acera. Princesa correteó por el charco de luz, moviendo alegremente la cola. La puerta de la casa se abrió de par en par, y recortada contra la vaga luz del vestíbulo, Ish vio la silueta de una mujer arrodillada que acariciaba a la perra. Dio un paso adelante, llevando en la mano el ridículo martillo.

Princesa, excitada, dio un salto y se metió en la casa. La mujer se incorporó con un grito que era también una risa y se lanzó en su persecución. ¡Dios mío, tiene un gato!, pensó Ish, acercándose.

Pero cuando entró, Princesa corría simplemente alrededor de la mesa, olfateando las sillas, y la mujer protegía una lámpara de petróleo de los saltos del animal.

Era una mujer alta, morena, de unos treinta años. Observaba las cabriolas de Princesa y en su risa vibraba el eco del paraíso perdido. De pronto, algo se quebró en el corazón de Ish, y rió alegremente.

Cuando la mujer volvió a hablar, no hizo preguntas ni dio órdenes:

—Es magnífico ver a alguien —dijo.

Ish no encontró nada mejor que excusarse por el martillo, que aún tenía en la mano.

—Perdón por la herramienta —dijo, y la dejó en el piso, con el mango hacia arriba.

—No se preocupe, lo entiendo muy bien —dijo ella—. He conocido eso. Hay que llevar algo. La moneda de la suerte o la pata de conejo, ¿recuerda? No hemos cambiado mucho.

Ish temblaba ahora. Se sentía sin fuerzas. Tenía la impresión casi física de otras barreras que se derrumbaban: esas indispensables barreras defensivas que había elevado en meses de soledad y desesperanza. Dominado por el deseo irresistible de un contacto humano, hizo el viejo ademán convencional y tendió la mano derecha. La mujer se la apretó, y advirtiendo que Ish temblaba, lo llevó hacia una silla y casi lo obligó a sentarse. Luego le palmeó ligeramente la espalda.

—Le prepararé algo de cenar —dijo.

Ish no protestó, a pesar de que había cenado antes de salir. El propósito de la invitación tan serena no era calmar una exigencia corporal. La comida en común era un símbolo: sentarse a la misma mesa, compartir el pan y la sal, el primer lazo que unía a los seres humanos.

Ahora estaban sentados uno frente a otro. Comieron un poco, sin apetito, como cumpliendo un rito. El pan era fresco.

—Lo hice yo misma —dijo ella—, pero es cada vez más difícil encontrar harina sin gusanos.

No había manteca, pero sí miel y mermelada para el pan, y una botella de vino tinto.

Y como un niño, Ish se puso a hablar. Esta vez no era como en Nueva York, con Ann y Milt. En aquel tiempo se había refugiado tras sus barricadas. Ahora, y por primera vez, contaba su vida después del desastre. Hasta mostró la cicatriz de los dientes de la serpiente y las marcas más grandes donde había aplicado la ventosa. Describió su terror, su huida, y esa soledad que ahora su imaginación y su pensamiento rechazaban. Y de cuando en cuando ella interrumpía para murmurar:

—Sí, ya sé. Pasé por eso. Continúe.

La mujer había asistido a la catástrofe. Y sin embargo, adivinaba Ish, la había afectado menos. No parecía sentir la necesidad de hablar, pero invitaba a Ish a que contara sus experiencias.

Y mientras hablaba, Ish comprendió que, para él al menos, no era aquél un encuentro fortuito, un breve paréntesis. Todo su futuro estaba allí. Había encontrado en su camino hombres y mujeres, y nunca había querido unirse a ellos. Quizá el tiempo había curado las heridas. O quizá aquella mujer era diferente.

Además era una mujer. Esta idea penetraba cada vez más profundamente en Ish, y no pudo impedir un estremecimiento. Entre dos hombres, partir el pan era una realidad, y sentarse a la misma mesa, un símbolo suficiente. Pero entre un hombre y una mujer, la partición, realidad y símbolo, debía ir más lejos.

De pronto advirtieron que no sabían sus nombres. Sólo Princesa había tenido el honor de una presentación.

—Isherwood —declaró él—. Era el apellido de soltera de mi madre. Terrible, ¿no es cierto? Todos me llamaban Ish.

—Yo me llamo Em —dijo ella—. Es decir Emma. Ish y Em. No son nombres muy poéticos.

La mujer se rió, e Ish se unió a esa risa. Reír juntos, otro acto de comunión. Pero no el acuerdo último. Había una técnica para llegar a ese acuerdo. Ish había conocido hombres experimentados, los había visto actuar. Pero él, Ish, no era de esa especie. Todas aquellas virtudes que le habían permitido sobrevivir lo embarazaban ahora. Aunque las técnicas de antes, reflexionó, estaban fuera de lugar. Habían servido en otro tiempo, cuando había muchachas en todos los bares, en busca de aventuras. Pero ahora la vasta ciudad era sólo un desierto, y esta mujer había soportado la catástrofe, el miedo, la soledad. Sí, y después de tantas pruebas aún había valor en sus ojos, y determinación, y alegría.

En su desvarío, Ish se preguntó si no deberían celebrar alguna suerte de ceremonia matrimonial. Los cuáqueros se casaban sin sacerdote. ¿Por qué no ellos también? Por ejemplo, de pie, juntos, mirarían hacia el este, esperando la salida del sol. Y adivinó que el contacto de las rodillas bajo la mesa parecería menos inconveniente que palabras y juramentos. Advirtió que habían callado desde hacía un rato. La mujer lo miraba serenamente, e Ish supo que ella había entendido su silencio.

Turbado, se incorporó tan bruscamente que volcó la silla. La mesa ya no era un símbolo de unión, sino un obstáculo. Fue hacia ella. Em se incorporó también y los brazos de Ish se cerraron sobre aquel cuerpo cálido.

Cantar de Cantares. Son tiernos tus ojos, amor mío, y tus labios dulces y firmes. Tu cuello es marfil, y tus hombros pulidos como el marfil. Tus pechos son suaves como la lana. Tus muslos firmes y fuertes como cedros. Oh Cantar de los Cantares.

Em había pasado al cuarto vecino. Ish, el corazón palpitante, esperaba. Sólo tenía un temor. En un mundo donde no había médicos ni otras mujeres, ¿podían correr ese riesgo? Pero ella estaba en el cuarto. Había visto también el peligro, y había decidido afrontarlo.

Oh Cantar de Cantares. Amor mío, tu lecho es fragante como las ramas del pino y tibio es tu cuerpo. Eres Astarté. Eres Afrodita, que guarda el templo del amor. En mí está la fuerza. Los torrentes están contenidos. Ha llegado mi hora. Oh, recíbeme en tu ser infinito.

7

Em dormía a su lado. Los pensamientos se agolpaban en la mente de Ish impidiéndole conciliar el sueño. Recordaba las palabras que ella había dicho horas antes: poco importaban los sucesos que habían cambiado el mundo; él no había cambiado, y seguiría siendo igual a sí mismo. Sí, era cierto. A pesar de la tragedia, que lo había sacudido profundamente, él era siempre el investigador, el espectador que un poco apartado observa los fenómenos, sin confundirse con ellos. Era algo raro. En el mundo de otro tiempo no hubiera ocurrido nunca. Para él el amor había nacido de las ruinas.

Se durmió. Al despertar, era de día, y estaba solo. Paseó alrededor una mirada asustada. Sí, el cuarto era pobre y estaba mal arreglado. Quizá lo que él suponía una notable experiencia de amor no hubiera sido en otro tiempo más que una vulgar aventura en la habitación de cualquier hotel barato. Ella… no era ciertamente una diosa, una ninfa de los bosques que asoma entre las sombras del crepúsculo. Excepto en el momento del deseo, nunca sería Astarté o Afrodita. Quién sabe cómo es a la luz del día, se preguntó estremeciéndose. Era mayor que él; quizá no había buscado en ella sino un poco de ternura maternal. Oh, tanto peor, se dijo. La perfección no es de este mundo. El universo no va a trastornar sus leyes para complacerme. Recordó entonces que las primeras palabras de Em no habían sido ni una pregunta ni una orden, sino una afirmación. Sí, estaba bien así. Es necesario aceptar sin protestas los dones del destino.

Se levantó y vistió. Y mientras se arreglaba, un aroma llegó al dormitorio. ¡Café! Era también un símbolo… un poco más moderno, nada más.

Em había puesto la mesa del desayuno en el comedor, como la mujer de un empleado cualquiera. Ish la miró, casi con timidez. Y a la luz de la mañana vio aún más claramente los grandes ojos negros y apartados en el rostro moreno, los carnosos labios, la curva de los senos bajo la bata verde clara.

Ish no se adelantó a besarla, y ella no hizo ningún movimiento. Pero cambiaron una sonrisa.

—¿Dónde está Princesa? —preguntó Ish.

—La dejé salir un momento.

—Perfecto. Será un hermoso día, me parece.

—Sí, creo que sí. Lo siento, pero no hay huevos.

—No importa. Oh, jamón.

—Sí.

Estas frases no significaban mucho, pero los colmaban de alegría; más quizá que si se hicieran grandes promesas de amor. Una tranquila felicidad embargó a Ish. No, no había sido una aventura cualquiera en una habitación alquilada. Interrogó a aquellos ojos serenos, y sus incertidumbres se disiparon. Sería algo duradero.

Algunas horas más tarde se instalaron en la casa de San Lupo. Ish tenía más bienes, libros sobre todo, que ella. Parecía menos complicado unirse a los libros que llevarlos a casa de Em.

Desde entonces los días pasaron más rápidos y tranquilos. Había mucho que compartir. Sí, recordó Ish. «Un amigo dobla las alegrías, y reduce las penas.»

Em no recordaba nunca el pasado. Una o dos veces Ish le hizo alguna pregunta, pensando que ella quizá necesitaría hablar. Pero Em le respondió entrecortadamente, e Ish pensó que ella se había adaptado ya a la nueva vida y sólo pensaba en el porvenir.

Sin embargo, ella no se envolvía en ningún misterio. Por observaciones casuales, Ish supo que había tenido un marido, a quien había querido sin duda, y dos hijos. Había estudiado en el liceo, pero no había frecuentado la universidad. Su sintaxis no era siempre perfecta. El acento que lo había sorprendido desde las primeras frases recordaba a Kentucky o Tennessee. Sin embargo, ella nunca mencionaba que hubiese vivido fuera de California.

Su nivel social, suponía Ish, debía de haber sido inferior al suyo. Pero ahora los viejos prejuicios eran verdaderamente ridículos. Aquellas viejas tonterías ya no contaban. Y los días se sucedían apaciblemente.

Una mañana Ish fue a buscar provisiones. Subió al auto y apoyó el pulgar sobre el botón de arranque. Se oyó un leve ruidito metálico, y nada más. Probó otra vez, sin resultado.

Ningún melodioso ronroneo, ningún golpecito tranquilizador indicó que los fríos cilindros se pusieran a funcionar. Sintió pánico. Apretó el botón varias veces y sólo obtuvo el mismo ruido. La batería se ha agotado, pensó.

Bajó del coche, destapó el motor y contempló con desesperación el complicado orden de cables y piezas. Era demasiado para él. Descorazonado, regresó a la casa.

—El coche no marcha —dijo—. Se agotó la batería o algo similar.

Había hablado en un tono tan lúgubre que cuando Em estalló en una carcajada no podía dar crédito sus oídos.

—No nos esperan en ninguna parte —dijo ella—. Viéndote, uno creería que todo está perdido.

Ish también se rió. La contrariedad, compartida, le pareció de pronto sin importancia. Era cómodo tener un coche para recorrer las tiendas y transportar los paquetes. Pero podían vivir sin él. Em tenía razón: nadie los apuraba.

Había imaginado una jornada exasperante, con largas horas pasadas en elegir un coche nuevo o reparar el antiguo. Pero la búsqueda fue como un juego, aunque encontraron lo que necesitaban sólo al concluir la mañana. La mayor parte de los coches no tenían llaves. Ish hubiese podido servirse de algún alambre, pero le pareció que no sería muy cómodo. En otros no funcionaban las baterías. Al fin encontraron en una loma un coche casi completo. La carga de la batería era demasiado débil para poner en marcha el motor, pero los faros llegaban a encenderse, e Ish pensó que la corriente haría funcionar las bujías.

Lo empujaron loma abajo y al cabo de un rato los cilindros golpearon y chisporrotearon. Ish y Em rieron alegremente. Al fin circuló la gasolina, se calentó el motor, y se puso en marcha. Descendieron por la avenida desierta a noventa kilómetros por hora. Em se inclinó hacia Ish para besarlo. Y de pronto Ish sintió, asombrado, que nunca había sido más feliz en su vida.

El auto no era tan bueno como la camioneta, pero permitía ampliar el área de exploraciones. Buscaron en la guía telefónica la dirección de los comercios de baterías. Al fin forzaron la entrada de un depósito y encontraron docenas de baterías y reservas de ácido. Aunque poco sabían de mecánica, se arriesgaron a verter el ácido en una batería apropiada y luego la pusieron en la camioneta. Las primeras pruebas fueron un éxito.

El motor ronroneaba suavemente, tan pronto como Ish apoyaba el pie en el acelerador. Ish se dijo alegremente que había resuelto dos problemas. Ante todo había aprendido a reparar un automóvil. Y, lo que era más importante, había comprobado que no necesitaba un coche para vivir feliz y sin miedo.

Al día siguiente la nueva batería había dejado de funcionar. Estaba en mal estado, o habían cometido algún error al instalarla. Esta vez, sin embargo, no sintió pánico, y no se apresuró. Dos días después, decidió solucionar el problema. Lo ayudó la suerte, o puso más cuidado, pero al fin las baterías funcionaron satisfactoriamente.

Vestidos de lacas bruñidas y cromo brillante, las piezas del motor dispuestas en un orden milimétrico, los conmutadores exactos como cronómetros, habían sido el orgullo de una civilización, y su símbolo.

Y ahora están encerrados ignominiosamente en los garajes, abandonados en los parques de estacionamiento o junto a las aceras. El viento los cubre de hojas muertas y polvo. Y la lluvia transforma este polvo y estas hojas en un barro donde caen otros polvos y otras hojas. Los parabrisas son cristales opacos.

En el interior, los cambios son más lentos. Las superficies aceitadas resisten a la herrumbre. Las bobinas, los conmutadores, los carburadores y las bujías se mantienen en buen estado.

En las baterías, noche y día, operan lentas reacciones químicas, descomponiendo y neutralizando. Pasan algunos meses y los acumuladores mueren. Pero, separados, los acumuladores y ácidos no se alteran, y poner el ácido y adaptar el nuevo acumulador no es tarea difícil. Los acumuladores no son, pues, el punto débil.

El punto débil son sobre todo los neumáticos. El caucho se descompone lentamente. Los neumáticos viven un año, cinco años, pero llevan en sí el principio de la muerte. Las cámaras se desinflan, y los neumáticos, aplastados por el peso del coche, son pronto inútiles. El caucho se altera aún bajo techo. Los neumáticos almacenados durarán diez, veinte años, quizá más aún. Pero entonces ya no habrá rutas, y los hombres no sabrán conducir un automóvil, y hasta habrán perdido el deseo de hacerlo.

La cabeza de Em reposaba sobre el brazo plegado de Ish, y él le miraba los límpidos ojos negros. Estaban acostados en el diván de la sala. El rostro de Em parecía aún más oscuro a la luz del crepúsculo.

Un problema, pensaba Ish, estaba aún sin solución. Y ella lo había sacado a la luz.

—Sería maravilloso.

—No estoy tan seguro.

—Oh, sí.

—No me gusta.

—¿Por mí?

—Sí, sería peligroso. Sólo cuentas conmigo y yo no te serviría de mucho.

—Pero puedes leer todos los libros.

—Los libros —repitió Ish con una breve risa—. La comadrona práctica, Patología del parto. No, no me gustaría, aunque tú pienses de otro modo.

—También podrías buscar los libros y leerlos. Sería útil. Y yo en verdad no necesitaría mucha ayuda. Pasé por eso dos veces, ya sabes. No fue nada terrible.

—Quizá. Pero sería diferente sin médicos y hospitales. ¿Por qué piensas tanto en eso?

—Es una ley biológica, supongo. Algo natural.

—¿Crees que es necesario perpetuar la vida, que es nuestro deber asegurar el porvenir?

Em calló. Ish adivinó que ella reflexionaba, y que la reflexión no era una de sus virtudes. Sus decisiones nacían espontáneamente, de lo más profundo de su ser.

—No sé —dijo ella al fin—, no sé si es necesario que la vida continúe. ¿Por qué debería continuar? No, es puro egoísmo. Quiero un hijo, eso es todo. Oh, me es difícil explicártelo. Quiero un beso, también. —Ish la besó—. Me gustaría saber hablar —continuó ella—. Me gustaría poder expresar lo que pienso.

Alargó un brazo hacia la mesa y sacó un fósforo de la caja. Fumaba más que él, e Ish supuso que tomaría también un cigarrillo. Pero se engañó. Era un fósforo grande de cocina. Em lo hizo girar entre el pulgar y el índice, sin hablar. Luego lo frotó contra la caja.

Se alzó una llama, que se debilitó en seguida y corrió por la madera del fósforo. De pronto, Em sopló y lo apagó.

Ish comprendió vagamente que Em, a falta de palabras, había intentado —quizás inconscientemente— expresar algo que no sabía decir. Y creyó haber adivinado. El fósforo no vivía en la caja, sino sólo cuando ardía… y no podía arder siempre. Lo mismo era para los hombres y las mujeres. Vivir era consumir la vida.

Recordó entonces su terror de los primeros días y el momento en que había vencido ese terror, cuando había sacado la motocicleta del coche, dejándola caer al borde del camino. Recordó con qué exaltación había desafiado a la muerte y las potencias tenebrosas.

El cuerpo de Em se estremeció entre sus brazos. Sí, pensó Ish con humildad, de cuando en cuando él representaba el papel de héroe, pero para ella el heroísmo era pan cotidiano.

—Muy bien —dijo—. Supongo que tienes razón. Leeré libros.

—Sí —dijo ella—. Quizá necesite realmente un poco de ayuda.

Ish sintió el contacto del cuerpo tibio de Em y se sintió golpeado otra vez por la soledad y el terror. ¿Quién era él para llevar a la humanidad por el largo e incierto camino del futuro? Pero esto duró muy poco. El coraje de Em lo animó. Sí, pensó, ella será la madre de las naciones. Sin valor, todo está perdido.

Y entonces, de pronto, fue otra vez consciente del cuerpo de Em.

Y tuya será la gloria, pues en el amor de la vida tu rostro brilla de tal modo que borra las tinieblas y el miedo de la muerte. Eres Deméter, Hertha, Isis, Cibeles de los Leones, y la madre Montaña. De tus hijos nacerán las tribus, y de tus nietos las naciones. Tu nombre es la Madre, y serás bendita.

Habrá otra vez cantos y risas. Los adolescentes se pasearán por las praderas; los jóvenes saltarán los arroyos. Los hijos de tus hijos serán tan numerosos como los retoños de los pinos en la falda de la montaña. Serás bendita, pues en las horas oscuras tu rostro estará vuelto hacia la luz.

Titubeaban aún, cuando una mañana Em miró hacia afuera y dijo:

—¡Oh, ratas!

Ish miró. Dos ratas corrían a lo largo del seto, buscando algo de comer, o investigando. Em le mostró las ratas a Princesa a través de la ventana y abrió la puerta. Fiel a los instintos de su raza, la perra se precipitó afuera ladrando y las ratas desaparecieron.

A mediodía vieron otras ratas cerca de la casa, en la calle y los jardines.

A la mañana siguiente, era una invasión. Había ratas en todas partes.

Eran ratas comunes, ni más pequeñas ni más grandes que antes, ni flacas ni gordas. Ish recordó la invasión de hormigas y se estremeció.

Decidió emprender una investigación científica; el mejor remedio para vencer aquel horror era estudiarlo.

Recorrieron la ciudad en coche, aplastando aquí y allá alguna rata que caía bajo las ruedas. La primera vez el horrible ruido los estremeció, pero el incidente se repitió tantas veces que pronto se acostumbraron. Las ratas ocupaban casi toda la ciudad, pero llegaban también al campo y habían conquistado más terreno que las hormigas.

La situación era clara. Ish recordaba estadísticas donde se afirmaba que el número de ratas en una ciudad es aproximadamente igual al número de habitantes.

—Ya ves —le explicó a Em—, esto nos da un millón de ratas como número inicial, o sea unas quinientas mil hembras. Algunas tiendas y almacenes son aún inaccesibles para los roedores, pero deben de disponer desde hace tiempo de comida en abundancia.

—¿Cuántas ratas habrá en la ciudad?

—No puedo calcularlo ahora. Lo intentaré más tarde.

De noche, en la casa, se abocó al problema. La enciclopedia de su padre le informó que las ratas daban a luz casi todos los meses una camada de diez. A los dos meses de reproducción habría en la ciudad diez millones de ratas. Las hijas hembras, a su vez, eran fecundas a la edad de dos meses. Sí, el promedio de mortalidad era sin duda bastante elevado, e Ish no pudo determinar cuántas ratas llegarían a la edad adulta. Pero de todos modos el crecimiento era prodigioso. Renunció a seguir calculando.

Aun admitiendo que el número de ratas sólo se duplicara cada mes —apreciación ridículamente moderada—, habría ya unos cincuenta millones de ratas. Si el número se triplicaba, ya habrían llegado al billón.

¿Y por qué, se preguntó Ish, disponiendo de cantidades casi ilimitadas de comida, no se cuadruplicarían todos los meses? En la vieja época, el hombre, único enemigo de las ratas ciudadanas, había luchado constantemente para impedir su multiplicación. Desaparecido el hombre, sólo quedaban como adversarios algunos perros ratoneros y los gatos. Pero las circunstancias las favorecían. Los perros ratoneros, había notado Ish, se lanzaban solos al combate sin ayuda de los gatos. Sin duda los habían matado, antes de dedicarse a las ratas, eliminando así el más eficaz medio de destrucción. Y los perros mismos habían caído al fin bajo esta marea. No se los veía más. Las ratas no habían podido matarlos, aunque con aquellos dientes puntiagudos habrían dado cuenta, quizá, de muchos cachorros. Probablemente, los perros se habían batido en retirada, aterrorizados por el número de roedores, refugiándose en las afueras.

Un billón de ratas o cincuenta millones, qué importaba. Lo cierto era que había demasiadas, e Ish y Em se sentían sitiados. Vigilaban cuidadosamente las puertas. Una rata, venida no supo de dónde, apareció en la cocina, y hubo una persecución alocada. Ish tomó una escoba y la aplastó contra el suelo, no sin que antes la rata trepara por la escoba y dejara en el mango la marca de sus dientes.

Algunos días después, sin embargo, se advirtió un cambio en el aspecto y actitud de los roedores. Aparentemente los víveres, a pesar de su abundancia, no alcanzaban a satisfacer el apetito de las asaltantes. Parecían más flacas y correteaban febrilmente en busca de alimento. Se pusieron a excavar en el jardín. Desenterraron ante todo los bulbos de los tulipanes, que parecían encontrar particularmente sabrosos. Luego se lanzaron sobre otras raíces y bulbos. Se subían a las ramas de los árboles, donde comían insectos o restos de semillas y frutas. Llegaron a roer la corteza de los troncos como si fuesen conejos.

Ish acercaba el coche a la casa, y protegido por sus altas botas, salía o entraba precipitadamente. Pero en realidad, las ratas nunca intentaron atacarlo. Princesa quedaba en la casa, aunque no habían intentado tampoco nada contra ella.

Ish no se sobresaltaba ya cuando un sordo crujido le anunciaba que las ruedas pasaban sobre un roedor. Tenía la impresión de dejar detrás de él una larga hilera de ratas aplastadas. Una vez, vio en el ángulo de dos muros un raro objeto blanco. Detuvo el auto para mirar desde más cerca y reconoció el cráneo de un perrito. Los dientes aún largos y brillantes eran de terrier. Las ratas habían acorralado al perro, o él mismo se había refugiado allí para defenderse mejor. ¿Habrían osado atacar a un perro vigoroso y sano? Quizás el terrier era viejo, o estaba enfermo, o había sufrido algún accidente. De todos modos, por una vez, los roedores habían dado cuenta del ratonero. Sólo quedaban los huesos mayores; los otros habían sido roídos o llevados a alguna guarida. En los alrededores, algunos cráneos diminutos indicaban que el animal había vendido cara su vida. Ish imaginó unos cuerpos grises que rodeaban al perro, incapaz de desprenderse de los que le habían saltado encima. Otras ratas mientras tanto le habrían cortado los tendones, como los lobos que atacan a los bisontes viejos. Una docena, una cincuentena de roedores había caído en la lucha; los otros, enfurecidos por el hambre, habían roído la piel y los músculos, y el perro había renunciado a defenderse. Ish se alejó pensativo y decidido a cuidar de Princesa con más atención.

Recordó, esperanzado, que las hormigas habían desaparecido casi en una noche. A estas ratas les ocurriría lo mismo, pero nada anunciaba ese fin.

—¿Las ratas serán dueñas del mundo? —le preguntó Em—. ¿Ocuparán el lugar de los hombres?

—No sé —contestó Ish—, pero no lo creo. Cuentan con las reservas de víveres de la ciudad y se reproducen muy rápidamente. Pero en el campo deberán buscar alimento, y serán perseguidas por zorros, serpientes y búhos, que el hombre ya no destruye.

—Nunca lo había pensado —dijo Em—. ¿Es decir que las ratas son animales domésticos porque los hombres les proporcionaban comida y mataban a sus enemigos?

—Parásitos del hombre, en realidad, me parece —dijo Ish, y luego notando que Em parecía interesada añadió—: A propósito de parásitos, no les faltan a las ratas. Como las hormigas. Cuando una especie crece demasiado, siempre cae sobre ella alguna peste… quiero decir… —De pronto, había recordado algo. Tosió para ocultar su titubeo y terminó con un tono indiferente—: Sí, alguna peste caerá sobre ellas.

Parecía que Em, no había notado nada.

—Entonces —dijo—, sólo nos queda cruzarnos de brazos y esperar el triunfo de los parásitos de las ratas.

Ish no le transmitió sus inquietudes. La peste que había recordado era aquella peste bubónica tan común entre las ratas. Y la peste la transmitían las pulgas, unas pulgas infectadas que dejaban gustosamente las ratas muertas por los hombres. La perspectiva de vivir rodeados de millones de ratas que podían propagar la peste era horrible, y podía enloquecer a cualquiera. Ish bañó la casa con DDT y hasta roció sus ropas y las de Em. Naturalmente, ella se sorprendió y él le confesó sus temores.

Em no pareció impresionada. Era de un coraje capaz de enfrentar pruebas aún más duras que la peste, y quizás había también en ella una sombra de fatalismo. La prudencia indicaba que debían dejar la ciudad en seguida, e instalarse en cualquier sitio —el desierto, por ejemplo— donde las ratas no pudieran vivir.

Sin embargo, ambos habían decidido ya que no podrían vivir una vida cimentada en el miedo. Pero Em era más valiente que Ish. Las ratas horrorizaban tanto a Ish que a veces, dominado por el pánico, quería arrastrar a Em al coche y huir rápidamente. En esos momentos, la energía de Em lo sostenía.

Ish examinaba atentamente las ratas, todos los días, buscando en ellas algún síntoma de enfermedad. Pero parecían más activas que nunca.

Un día, temprano, Em lo llamó desde la ventana:

—¡Mira, se pelean!

Ish se acercó sin mucho interés. Se trataba, probablemente, de alguna especie de juego amoroso. Pero no era así.

Una rata grande se había lanzado sobre otra más pequeña. Esta se defendía y paraba los golpes con la energía de la desesperación. Iba a meterse en un agujero demasiado pequeño para la otra, cuando una tercera rata, todavía más grande, apareció de pronto y la atacó. De la garganta de la víctima salió un hilo de sangre y la atacante se la llevó a rastras, mientras la que había iniciado la lucha la seguía de cerca.

Con botas, guantes, y armado de un palo, Ish salió en busca de comestibles. Le sorprendió encontrar pocas ratas en las tiendas, pero luego descubrió que no había quedado nada que los roedores pudieran llevar o comer. El suelo estaba sembrado de papeles, cartones rotos y excrementos. Hasta habían roído los marbetes de las latas de conserva, y a veces era difícil saber qué contenían. Por ahora el hambre amenazaba a aquellas hordas más que la enfermedad. Llevó las nuevas a Em.

A la mañana siguiente soltaron a Princesa para que diese su paseo cotidiano. Algunos minutos más tarde, la vieron regresar precipitadamente, aullando, perseguida por una vanguardia de ratas, y ya con dos o tres en el lomo. Le abrieron la puerta y tres o cuatro ratas aprovecharon para entrar. Princesa se ocultó bajo el diván, temblando y gimiendo. Abandonados por el principal protagonista del drama, Ish y Em pasaron un cuarto de hora persiguiendo a las intrusas. Luego examinaron toda la casa, de arriba abajo, ayudados esta vez por Princesa que apenas había salido de su susto, para asegurarse que no había quedado ninguna rata detrás de un armario o la biblioteca. Desde entonces no dejaron salir a Princesa, y hasta le pusieron un bozal por si enfermaba de hidrofobia.

Pero ya no había dudas: las ratas se devoraban entre ellas. A veces muchas unían sus fuerzas contra una sola. Parecían menos numerosas. Aunque se ocultaban de ellas mismas.

A pesar del disgusto que no lograba vencer, la invasión ofreció a Ish un interesante estudio de ecología, casi un problema de laboratorio. Las provisiones que había acumulado el hombre se habían transformado en alimentos para ratas. Luego, al agotarse los cereales, los frutos secos y los sacos de habas, aún les quedaba el recurso de devorarse entre ellas. Y la especie seguiría viviendo sin que nadie sufriera de hambre.

—Primero desaparecerán las viejas, las enfermas y las débiles —comentó Ish—; luego, aquellas un poco menos enfermas, menos viejas y débiles, y así sucesivamente…

—Y al fin —concluyó Em, que mostraba a veces una lógica desconcertante—, no quedarán más que dos grandes ratas para pelear, lo mismo que los gatos de Kilkenny[1].

Ish explicó que, sin llegar a ese caso extremo, las ratas, ya más escasas, encontrarían otros medios de subsistencia.

Era indudable que las ratas no destruían la especie en beneficio de algunos individuos; en realidad salvaban la especie. Si hubiesen sido animales sentimentales, resignándose a morir de hambre antes que devorar a un compañero, habrían corrido un gran peligro. Pero eran realistas, y el porvenir de la especie estaba asegurado.

El número de ratas disminuía día a día. Una mañana pareció que no había quedado una sola. Pero Ish sabía que aún había muchas en la ciudad y que su desaparición aparente era un fenómeno común. En épocas normales, las ratas vivían ocultas, y habitaban preferentemente en agujeros y zanjas cubiertas de escombros. Sólo cuando se propagaron demasiado, y los viejos refugios fueron insuficientes, salieron a la luz.

Probablemente, pensó Ish, alguna enfermedad había contribuido a su desaparición, pero esto era sólo una conjetura. Gracias a su ferocidad fratricida, los cadáveres eran poco numerosos. Ish sospechaba que las ratas habían servido de tumbas vivientes a muchos seres humanos víctimas de la epidemia.

Le asombraba la discreción de los ratones. Primero habían aparecido las hormigas, luego las ratas. Entre los dos, podían haberse presentado los ratones. Las circunstancias los favorecían, y se reproducían más rápidamente que las ratas. Ish nunca se explicó el fenómeno y se contentó con felicitarse.

Tanto a Ish como a Em les costó recobrarse de aquel horror. Decidieron al fin que Princesa no había contraído la rabia. La soltaron, y la vida recuperó su normalidad, y olvidaron el continuo ajetreo de aquellos cuerpos grises.

Las fábulas nos han inducido a error. El rey de los animales no era el león, sino el hombre. Y su reino fue a menudo cruel y tiránico.

Pero cuando se oyó el grito de «El rey ha muerto», nadie respondió: «¡Viva el rey!».

En otro tiempo, cuando un monarca moría sin dejar herederos, sus capitanes se disputaban el trono, y si alguno de ellos no superaba en fuerza a los otros, el reino se desmembraba. Y así pasaba ahora, pues la hormiga, la rata, el perro y la abeja son de inteligencia similar. Durante cierto tiempo, habrá luchas, rápidos encumbramientos, bruscas caídas, luego la tierra disfrutará de una calma y una paz que no conoce desde hace veinte mil años.

Otra vez la cabeza de Em se apoyaba en el hueco del brazo de Ish, y él miraba tiernamente los ojos negros.

—Bueno —dijo ella—, es hora de que empieces con esos libros de medicina.

Ish no tuvo tiempo de decir una palabra. Em se estremeció y se echó a llorar. Él nunca había imaginado que el miedo pudiera dominarla. Sintió de pronto su propia debilidad. ¿Qué ocurriría si ella se acobardaba?

—Querida —dijo Ish—. Quizás hay tiempo aún de hacer algo. ¿Por qué sufrir esa prueba?

—Oh, no es eso, ¡no es eso! —protestó Em, estremeciéndose aún—. Te he mentido. No con mis palabras, sino con mi silencio. Pero es lo mismo. Eres tan bueno… Me dices que tengo manos hermosas. Ni siquiera te has fijado en el azul de las lúnulas.

Ish no pudo ocultar su desconcierto. Ahora todo se explicaba: la tez morena, la limpidez de los ojos negros, la blancura de los dientes, la sonoridad de la voz, la flexibilidad del carácter.

—Sí —susurró ella—, al principio no parecía importante. No eres el primer hombre que ama a una mulata. Pero la raza de mi madre nunca tuvo mucha suerte en la tierra. No quisiera que los niños que deben repoblar la tierra lleven esa maldición. Aunque siento, sobre todo, que no he sido leal contigo.

Ish ya no la oía; las convenciones del mundo civilizado parecían ahora una farsa desopilante. No pudo dominarse y se echó a reír, y entonces ella se rió con él, abrazándolo.

—Querida —dijo Ish al fin—, todo ha acabado. Nueva York es un desierto, y ya no hay gobierno en Washington. Senadores, jueces y presidentes no son más que polvo. Los que perseguían a judíos y negros se pudren con ellos. Somos sólo dos pobres náufragos, que viven de los restos de la civilización e ignoran si no serán presa de las hormigas, las ratas u otras bestias. Quizá dentro de mil años la gente pueda ofrecerse el lujo de preocuparse y molestarse otra vez por esas cosas. Pero lo dudo. Por ahora, sólo somos dos, o quizá tres.

Ish besó a Em, que seguía llorando en silencio. Y comprendió que esta vez, por lo menos, había sido más perspicaz, y más fuerte, que ella.

8

Al día siguiente fue a la universidad y detuvo el coche frente a la biblioteca. No había estado allí desde el Gran Desastre, y se había contentado con los libros de la biblioteca municipal. El edificio estaba intacto. Los arbustos y árboles de alrededor no habían crecido apreciablemente en aquellos meses. Los tubos de desagüe parecían estar en perfecto estado, pues no se veía una mancha en los blancos muros de granito. Ish, sin embargo, tuvo una impresión general de suciedad, desorden y abandono.

No deseaba abrir un agujero en un vidrio por donde entrarían los animales y la lluvia. Pero debió resignarse. Dio unos leves martillazos y logró abrir una brecha pequeña que le permitió pasar la mano y alcanzar el pestillo de la ventana. Más tarde taparía la abertura con unas maderas, y el edificio quedaría protegido otra vez de las ratas y la lluvia.

Sus estudios lo habían llevado cientos de veces a esta biblioteca. Entró ahora sintiendo a la vez miedo y respeto. Allí se almacenaba la sabiduría, que había creado la civilización, y que podía reconstruirla. Futuro padre, el porvenir se le presentaba bajo una luz nueva. Su hijo no sería educado como un parásito; no viviría de las ruinas de un mundo muerto. No, no sería necesario. Todo estaba aquí. Todo el saber humano.

Había venido a buscar unos libros de obstetricia, pero se contentó con examinar algunos estantes de la gran sala de lectura, y se fue. La obstetricia podía esperar.

Volvió a la casa como hipnotizado. ¡Los libros! Todos los conocimientos científicos estaban en esos libros, y sin embargo, los libros no bastaban. Ante todo se necesitaban hombres capaces de leer y utilizarlos. Y era necesario también salvar otras cosas. Las semillas, por ejemplo. Ish se prometió vigilar la preservación de las principales plantas del país.

Comprendió de pronto que la civilización no dependía sólo del hombre, sino de todos los parientes, amigos y compañeros que lo escoltaban. Como san Francisco, que había saludado en el sol a un hermano, ¿por qué no diría él «Oh, mi hermano el trigo», «Oh, mi hermana la avena»? Ish sonrió. Sí, esta letanía podía prolongarse indefinidamente: «Oh, abuela la rueda; oh, primo el compás; oh, amigo el teorema de Newton». Todos los descubrimientos de la ciencia y la filosofía podían personificarse y transformarse en aliados del hombre, aunque esas invocaciones fuesen un poco ridículas.

Pisó a fondo el acelerador, animado por un entusiasmo juvenil; quería comunicar en seguida sus pensamientos a Em. Em trataba, sin mucho éxito, de que Princesa aprendiese a cobrar una pieza.

—¡La civilización! —dijo Em—. Oh, los aviones que vuelan más y más alto y más rápido.

—Sí. Pero también el arte. La música, la literatura, la cultura.

—Ah, sí. Las novelas policiales y esas orquestas de jazz que me lastiman los oídos.

Ella bromeaba, indudablemente, pero Ish se sentía un poco decepcionado.

—A propósito de civilización —dijo Em—, estamos perdiendo la cuenta del tiempo. Ya no sabemos en qué mes estamos. Sería necesario fijar las fechas, si no no podremos festejar el cumpleaños del pequeño.

He aquí la diferencia, pensó Ish. La diferencia entre el hombre y la mujer. A Em sólo le interesa lo inmediato. El porvenir de la civilización le parece menos importante que una fecha de nacimiento. Se sintió otra vez muy superior a ella.

—No he leído un solo libro de obstetricia —dijo—. Lo siento. Pero no hay prisa, ¿verdad?

—Oh, no. Y quizás es inútil. En los viejos tiempos, ¿recuerdas?, había nacimientos en los taxis y los ascensores. Cuando quieren salir, nada los detiene.

Más tarde, hubo de confesarse que la sugerencia de Em tenía su importancia. Sí, era indispensable medir el paso del tiempo. Al fin y al cabo, el tiempo, la historia, la tradición y la civilización eran una sola cosa. Perder la continuidad del tiempo, era perder algo irreemplazable. Quizá ya se había perdido, si otros sobrevivientes no habían sido más cuidadosos. Los siete días de la semana, con su día de descanso, eran una valiosa tradición. Existía desde hacía por lo menos cinco mil años, y nadie sabía si no se remontaba a épocas anteriores. ¿Podría situar alguna vez exactamente el domingo?

Encontrar el primer día del año no sería difícil. Conocía bastante astronomía, y si descubría el día del solsticio y lo relacionaba con el calendario del año anterior, llegaría quizás a establecer la fecha y el día de la semana.

Era tiempo de abocarse al problema. De acuerdo con las condiciones atmosféricas, y el tiempo que había pasado desde la catástrofe, imaginaba que estarían a mediados de diciembre. Observando las puestas de sol podría descubrir el día del solsticio.

Al día siguiente se procuró un anteojo meridiano, y aunque no sabía muy bien cómo emplearlo, lo instaló en el porche de cara al oeste. Oscureció los lentes con hollín, para protegerse los ojos de la luz, y sus primeras observaciones le mostraron que el sol desaparecía detrás de las montañas de San Francisco, al Sur del Golden Gate. Creía recordar que el extremo meridional del tránsito no estaba muy lejos. Inmovilizó el anteojo y registró el ángulo de la puesta.

A la mañana siguiente el sol declinó un poco más al Sur. Luego su sistema, como ocurre con todos los sistemas, se hizo añicos. Una violenta tempestad vino del océano, e Ish debió interrumpir sus observaciones toda una semana. Cuando el cielo se aclaró, el sol se ponía ya al norte.

—Bueno —declaró Ish—, el error no puede ser muy grande. Si añadimos un día a la hora de la última puesta, estaremos muy cerca del solsticio. Y si le añadimos diez días habremos entrado en el nuevo año.

—¿No es estúpido? —preguntó Em.

—¿Por qué?

—¿No debería comenzar el año cuando el sol se dirige otra vez hacia el norte? ¿No se pensó eso en un principio, y luego hubo una confusión y se perdieron diez días?

—Sí, creo que ocurrió algo parecido.

—Y bien, ¿por qué no hacer coincidir nuestro nuevo año con eso que tú llamas… el solsticio? Sería más simple.

—Sí, pero uno no puede tomarse libertades con el calendario. Es muy antiguo. No vamos a cambiarlo ahora.

—¿No lo cambió un tal Julio? Hubo algunas dificultades, creo recordar, pero los cambios se hicieron.

—Sí, tienes razón. Podríamos reformarlo, si quisiéramos. Me siento, realmente, un hombre importante.

Luego, dejando que la imaginación se desbordara, decidieron que en la loma donde vivían había todo un calendario. Los meses, las semanas y los días no tenían mucha importancia, pues el sol describía ante ellos todo su arco. Para fechar los acontecimientos sólo tenían que observar si el sol se ponía en medio del Golden Gate, si alcanzaba la primera cima del norte, o los otros puntos de la montaña. ¿Para qué dividir el tiempo en meses?

—Espera —dijo Em de pronto—. Las navidades no pueden estar muy lejos. No lo había pensado. ¿Crees que podré bajar a la ciudad antes que cierren las tiendas para comprarte una corbata?

Ish la miró sonriendo.

—Estas navidades deberían ser bastante lúgubres, y sin embargo estoy contento.

—El año próximo —dijo Em— será mejor. Le regalaremos el primer árbol.

—Sí, y un sonajero, ¿no te parece? Pero más hermoso será cuando tenga un tren eléctrico, que yo manejaré. No, pobrecito. No habrá para él trenes eléctricos. Aunque quizá nuestros nietos, dentro de veinticinco años, puedan disfrutar otra vez de la electricidad.

—¡Veinticinco años! En ese entonces seré una vieja. Pienso ahora en el porvenir más que en el pasado. Hasta hace poco tiempo el pasado me obsesionaba. Pero ahora… ¿Y los años? Habrá que señalar los años. Los náufragos en las islas desiertas hacen unas marcas en las cortezas de los árboles, ¿no es así? El niño querrá saber qué día ha nacido. Le servirá para votar, o sacar un pasaporte. Aunque quizá tú no quieras establecer estas formalidades. ¿En qué año estamos realmente?

Es algo bien femenino, pensó Ish, subordinar ideas tan importantes al futuro de un niño que aún no ha nacido. Sin embargo, como siempre, o casi siempre, el instinto de Em era infalible. Sería una lástima que se rompiera el hilo de la historia. Los arqueólogos, sin duda, podrían retomarlo alguna vez, pero podría evitárseles desde ahora ese trabajo.

—Tienes razón —dijo—. Por otra parte, es muy simple. Sabemos en qué año estamos, y cuando decidamos que ha empezado otro, grabaremos la fecha en una roca.

—¿No es tonto comenzar por un año de cuatro cifras? —dijo Em—. Para mí… —Se interrumpió y paseó a su alrededor una de aquellas calmas miradas que daban a veces la impresión de una dramática intensidad—. Para mí, este año será el año uno.

Aquella tarde dejó de llover. Las nubes estaban aún muy bajas, pero el aire era claro y limpio. Habrían podido verse las luces de San Francisco, si hubiesen estado encendidas.

Ish, de pie en el porche, miraba el oscuro oeste, y aspiraba profundamente el aire fresco y húmedo. Sentía aún aquella exaltación.

Hemos terminado con el pasado, se dijo. Estos últimos meses, esta cola de año, son sólo pasado. Es la hora cero, y estamos entre dos eras. Comienza una nueva vida. Comienza el año uno. ¡El año uno!

Ahora, ante él, en la oscuridad, ya no se extendía un mundo desierto, y en perpetuo cambio. En los años próximos se asistiría a la lucha de una sociedad que renacía de sus cenizas, y se ponía otra vez en camino. Y él, Ish, no sería el único espectador, o no sería sólo eso. Sabía leer. Tenía ya bastantes conocimientos. Añadiría otros, técnicos, psicológicos, políticos, si fuese necesario.

Otros sobrevivientes se unirían a él, hombres de valor, que colaborarían en la creación del mundo nuevo. Se prometió buscarlos. Buscaría con cuidado, apartando a todos los desequilibrados y enfermos.

Pero en lo más hondo de su ser acechaba aún un profundo terror. Em podía morir, y el espíritu del futuro desaparecería con ella. Y sin embargo, este terror no era real. El corazón de Em era una llama demasiado clara. Em era la vida misma. Era imposible asociarla a la idea de la muerte. Era la luz del futuro y sus hijos participarían de esa gloria. Oh, madre de las naciones. Tus hijos te bendecirán.

Él, solo, hubiera seguido viviendo, sintiendo que la muerte se acercaba furtivamente, como la oscuridad que una vez, al desaparecer las luces, lo había asaltado desde todos los rincones. Pero Em, con su esfuerzo, rechazaba la muerte, y la vida renacía ya en su seno. En aquella claridad, no había temores.

Era raro, y aun lógico, que el pensamiento de un niño cambiara así todas las cosas. Ish había conocido la desesperación, ahora lo iluminaba la esperanza. Imaginó el día en que el sol se pondría otra vez en el extremo meridional de su arco, y los dos —o los tres— irían a esculpir en una roca el número que conmemoraría el fin del año uno. No todo había terminado. La llama de la vida seguiría encendida.

Oh, mundo sin fin, pensó. Y con los ojos fijos en el extremo oriental de la ciudad desierta, aspiró a bocanadas el aire fresco y húmedo, y escuchó las palabras que cantaban en su interior: Oh, mundo sin fin. ¡Mundo sin fin!

Años fugitivos

No lejos de San Lupo había habido un jardín público. Unas grandes rocas componían un pintoresco escenario, y dos de ellas, unidas en la cima, formaban una gruta estrecha y alta. Una superficie rocosa, lisa y espaciosa como el piso de una pequeña habitación, y donde uno podía sentarse cómodamente, recubría la falta de la loma. En otro tiempo, muy anterior a lo que llamaban ahora los viejos días, había habitado allí una tribu, y en la superficie rocosa se veían aún unos agujeros donde los indios maceraban los granos con piedras.

Las estaciones habían cumplido su ciclo, y el sol, por segunda vez, declinaba al sur del Golden Gate, cuando un día Ish y Em subieron por la colina hacia las rocas. Era una serena y soleada tarde de invierno. Em llevaba al bebé, envuelto en una manta suave. Aunque ya otra vez embarazada, conservaba su ligereza de movimientos. Ish cargaba un martillo y un cincel. Princesa había salido con ellos, pero, como de costumbre, había desaparecido detrás de alguno de sus conejos.

Cuando llegaron a las rocas, Em se sentó al sol para alimentar al bebé, e Ish golpeó con el martillo y el cincel la lisa superficie. La roca era dura, mas pronto trazó una línea recta. Pero sería divertido adornarla un poco, y la conmemoración del primer circuito del sol, de sur a sur, bien merecía alguna ceremonia.

Añadió, pues, un trazo en la base de la línea recta y un gancho en la cabeza, y la figura se pareció así a una I de los viejos tiempos de la imprenta.

Terminada su obra, Ish se sentó al sol, junto a Em. El satisfecho bebé reía feliz. Jugaron con él.

—Bueno, ha pasado el año uno —dijo Ish.

—Sí —respondió Em—, pero yo lo llamaría el año del bebé. La memoria recuerda mejor los nombres que los números.

Así, desde el principio, llamaron a veces a un año no con un número sino por algún acontecimiento.

En la primavera del segundo año, Ish sembró su primer huerto. La horticultura nunca le había gustado, y por eso quizás a pesar de sus buenos propósitos, y dos tentativas poco entusiastas, no obtuvo nada el primer año. No obstante, al revolver con su azada el suelo húmedo y negro, sintió que el contacto con la tierra lo satisfacía de algún modo.

Ésta fue, por otra parte, la única alegría que le dio su huerto. Algunas semillas —costaba mucho encontrarlas a causa de las depredaciones de las ratas— eran viejas y no germinaban. Pronto aparecieron los caracoles y las babosas. Una caja de veneno los eliminó rápidamente. Pero cuando las lechugas empezaban a brotar, una cabra saltó la cerca y sólo dejó unas pocas hojas. Ish reforzó la cerca. Entonces aparecieron los conejos con sus galerías subterráneas. Más destrozos y más trabajo. Una tarde, Ish oyó unos ruidos y llegó justo a tiempo para ahuyentar una vaca que intentaba derribar la empalizada.

De noche, Ish despertaba con pesadillas de cuervos voraces, conejos y vacas que rondaban el huerto y miraban sus legumbres con ojos brillantes como ojos de tigre.

En junio les llegó el turno a los insectos. Roció las legumbres con insecticidas, hasta que se preguntó si se atrevería a comerlas luego, cuando alcanzaran la madurez.

Los cuervos fueron los últimos en encontrar el huerto, en julio, aunque compensaron la tardanza con el número. Ish mató algunos. Pero parecía como si pusiesen centinelas: cuando él les daba la espalda, caían sobre los macizos. Ish no podía vigilarlos todo el día. Los espantapájaros y los espejos los alejaron unas horas, pero los cuervos pronto perdieron el miedo.

Al fin, Ish decidió proteger las legumbres con cortinas de alambre, y cosechó una planta de lechuga, y algunas cebollas y tomates raquíticos. Dejó granar algunas plantas y guardó las semillas para el futuro.

Su labor de horticultor aficionado lo había descorazonado profundamente. Cultivar legumbres cuando otros miles de ciudadanos hacen lo mismo, es relativamente fácil; pero no ocurre así cuando vuestra huerta es la única en muchos kilómetros a la redonda, y todos los vegetarianos del mundo animal, mamíferos, pájaros, moluscos, insectos llegan al galope o por el aire, a rastras o a saltos, y aparentemente llamando a sus compañeros con el grito universal de: «¡A comer!».

Hacia fines del verano, nació el segundo hijo. La llamaron Mary, como habían llamado John al primero, para que los viejos nombres no desaparecieran de la faz de la tierra.

La recién venida sólo tenía algunas semanas cuando se produjo otro acontecimiento memorable.

En el curso de estos primeros años, Ish y Em, que llevaban una vida doméstica y feliz, habían recibido de cuando en cuando la visita de algún forastero que pasaba en automóvil y veía el humo de San Lupo. Estos sobrevivientes, con una excepción, parecían sufrir aún la conmoción de la catástrofe. Parecían abejas que habían perdido la colmena, corderos sin rebaño. Sin duda, concluía Ish, los pocos que habían logrado adaptarse se habían afincado ya en algún sitio. Por otra parte, hombre o mujer, la presencia de un tercero era siempre molesta. Ish y Em se alegraban cuando el intruso decidía seguir su camino.

La excepción fue Ezra. Ish nunca olvidó el cálido día de septiembre en que Ezra apareció calle arriba: el rostro rubicundo, el cráneo medio calvo más rojo aún, el mentón puntiagudo. Vio a Ish de pronto, y sonrió descubriendo los dientes cariados.

—¡Buen día, amigo! —gritó, con una pizca de acento inglés. Se quedó hasta después de las primeras lluvias. Siempre estaba de buen humor, incluso cuando lo torturaban los dientes, y poseía el don inestimable de que la gente se sintiese cómoda. Los niños tenían siempre una sonrisa para Ezra.

Ish y Em hubiesen querido retenerlo, pero temían la vida en triángulo, aun con alguien tan discreto como Ezra. Un día en que la vida sedentaria parecía pesarle, lo despacharon entre bromas, diciéndole que se buscara una hermosa muchacha y viniese a vivir cerca de ellos. Su partida dejó un gran vacío en la casa.

El sol iba ya hacia el sur. Y cuando fueron a grabar el número 2 en la roca, recordaban aún a Ezra, aunque se había ido sin esperanzas de regresar. Era, pensaban, un amigo dispuesto siempre a ayudar, un buen compañero. En su memoria, el año se llamó año de Ezra.

El año 3 fue el año de los incendios. En pleno verano, el humo ocultó el cielo, y más o menos espeso y no se disipó durante tres largos meses. Los niños despertaban a veces con ataques de tos y los ojos irritados y llorosos.

Ish imaginó sin esfuerzo qué ocurría. No había ya, en aquellos sitios, vastos bosques de árboles gigantescos que el fuego apenas podía dañar. En las regiones boscosas, explotadas y saqueadas por el hombre, abundaba sobre todo la vegetación secundaria, espesa y muy inflamable, y montones de ramas dejadas por los leñadores. Esos bosques eran creación del hombre, necesitaban de él, y sólo habían sobrevivido merced a su vigilancia. Ahora las mangueras estaban enrolladas, y se oxidaban los depósitos. El verano era particularmente seco, y en todo el norte de California, y sin duda también en Oregón y Washington, los incendios provocados por el rayo se propagaban rápidamente, transformando en braseros los troncos muertos. Toda una horrible semana, Ish y Em, consternados, vieron de noche, al norte del golfo, unas llamas altas y vivas que devastaban los flancos de la montaña y sólo morían cuando no tenían más que devorar. Por suerte, un brazo de mar los separaba de las montañas del norte, y en el sur no hubo tormentas eléctricas. Todo pasó al fin, e Ish pensó que los daños alcanzarían a la mayoría de los bosques de California. Pasarían siglos antes que recobraran su perdido esplendor.

Ese año, nuevo síntoma de adaptación, Ish retomó el hábito de la lectura. Por ahora, la biblioteca municipal le bastaba; guardaba en reserva, para más tarde, el millón de volúmenes de la universidad. Quizá lo más útil era acrecentar sus conocimientos de medicina, agricultura, mecánica, pero sólo la historia de la humanidad lo atraía. Devoró innumerables obras de antropología e historia, y luego pasó a la filosofía, especialmente a la filosofía de la historia. Pero leyó también novelas, poemas, obras de teatro que de un modo u otro le desvelaban los misterios del alma humana.

Leía a la noche, y Em tejía. Los niños dormían en un cuarto del primer piso; Princesa se desperezaba ante el fuego; de cuando en cuando Ish alzaba la cabeza y pensaba que sus padres habían pasado así muchas noches. Luego posaba los ojos en la lámpara de petróleo y los alzaba hacia las otras lámparas muertas.

El año 4 fue el año de la llegada… Un hermoso día de primavera, alrededor del mediodía, Princesa se precipitó a la calle ladrando con todas sus fuerzas y una bocina lanzó una sonora llamada. Ezra había partido hacía más de un año, y ya nadie pensaba en él. Pero allí estaba… en un auto destartalado, lleno de viajeros y utensilios domésticos. Ish no pudo dejar de pensar en aquellos camiones que en la época de la recolección de frutas llegaban en otros tiempos a California.

Después de Ezra, bajaron del coche una mujer de unos treinta y cinco años, otra más joven, una muchachita asustada y un niño. Ezra presentó a las dos mujeres: la mayor se llamaba Molly; la segunda, Jean, y después de cada nombre añadió naturalmente y sin ningún embarazo: «mi mujer».

Aquella confesión de bigamia no impresionó mucho a Ish. Había tenido ya muchas experiencias, y no ignoraba que en el pasado la pluralidad de mujeres había sido común en muchas grandes civilizaciones. Lo mismo podía ocurrir en el futuro. Era sin duda la mejor solución, en una sociedad destruida donde había dos mujeres y un solo hombre. Por otra parte, Ezra era capaz de desenvolverse cómodamente en las situaciones más embarazosas.

El niño, Ralph, era hijo de Molly. Había nacido algunas semanas antes del Gran Desastre, y la leche de su madre o la herencia lo habían inmunizado. Ish no había visto nunca entre los sobrevivientes dos miembros de una misma familia.

En cuanto a la niña, la llamaban Evie, pero nadie sabía su verdadero nombre. Ezra la había encontrado sola y sucia; se alimentaba de conservas, de caracoles, y hasta de lombrices. Debía de haber tenido cinco o seis años en la época del Gran Desastre. Nadie podía decir si era idiota de nacimiento o si el horror y la soledad le habían alterado la mente. Temblaba y gimoteaba casi sin cesar, y sólo Ezra podía arrancarle alguna sonrisa de cuando en cuando. Balbuceaba algunas pocas palabras. Al cabo de un tiempo, tranquilizada por la bondad de sus nuevos compañeros, empezó a hablar un poco más; pero nunca se desarrolló normalmente.

El mismo año, más adelante, Ish y Ezra hicieron un viaje en la vieja camioneta de Ish. No fue un viaje de placer; tuvieron muchas dificultades con los neumáticos y el motor, y los caminos estaban en mal estado. Pero cumplieron al menos la misión que se habían propuesto.

Encontraron a George y Maurine, pareja que Ezra había descubierto en sus vagabundeos. George era alto, de movimientos lentos, canoso, y estaba siempre de buen humor. No tenía la palabra fácil, pero era hábil en su oficio, la carpintería. Lástima, pensó Ish, un mecánico o un granjero nos hubiera sido más útil. Maurine, de unos cuarenta años de edad, y diez años más joven, era su calco. Las tareas domésticas la entusiasmaban tanto como a George la carpintería. George era de una inteligencia poco brillante, y Maurine, totalmente estúpida.

Ish y Ezra discutieron en privado el caso de George y Maurine, y concluyeron que la pareja, gente de buena voluntad, era aceptable. Ish pensó sonriendo que era como admitir a un nuevo socio en un club, pero los candidatos eran tan escasos, que no se podía ser demasiado exigente. Llevaron a George y Maurine a San Lupo.

Ish y Maurine descubrieron que les había ocurrido algo parecido. Cuando Maurine era niña, y vivía en Dakota del Sur, la había mordido una serpiente de cascabel.

A finales de año, Em dio a luz otro hijo al que llamaron Roger. Los habitantes de San Lupo eran ahora siete adultos y cuatro niños, sin contar a Evie. En ese entonces, al principio en broma, empezaron a llamarse a sí mismos la Tribu.

El año 5 no trajo ningún acontecimiento extraordinario. Molly y Jean tuvieron cada una un hijo. Ezra, dos veces padre, estaba muy contento. Ese año fue bautizado el año de los toros. En efecto, los bovinos se multiplicaron como anteriormente las hormigas y las ratas. Se veía pocas veces un caballo, raramente un carnero. Pero en las aún intactas praderas el número de cabezas de ganado vacuno alcanzó proporciones catastróficas. Los miembros de la Tribu podían comer carne a discreción, aunque a veces dura como suela. Pero uno salía de paseo y corría el peligro de encontrarse cara a cara con un toro furioso. Un tiro de revólver podía terminar con el problema, pero luego había que arrastrar el cadáver lejos de las casas, o aguantar el hedor. Todos se hicieron expertos en el arte de esquivar los cuernos puntiagudos. Esto al fin se convirtió en un deporte al que llamaron «el juego del toreo».

El año 6 fue memorable. En el curso de los doce meses, las cuatro mujeres dieron a luz. Aun Maurine, que parecía tener demasiados años. Em había predicado con el ejemplo, y ahora tener hijos era un honor. Todos los miembros de la Tribu habían vivido algún tiempo solos, y habían conocido lo que llamaban la Gran Soledad. El recuerdo de aquellas horas de horror todavía no se había borrado. Aun ahora, la Tribu no era más que una llamita, amenazada por las tinieblas. Cada nuevo niño parecía reanimar aquella claridad vacilante, y afirmar la esperanza de vencer la oscuridad y la muerte. Al terminar el año el número de niños se elevaba a diez y superaba ya al de adultos. Sin contar a Evie, que no participaba de ningún grupo.

Pero fue un año memorable también por otras razones. Hubo una gran sequía, y pocos pastos, y los flacos bovinos, demasiado numerosos, iban de un lado a otro en busca de comida. Enloquecidos por el hambre, una noche echaron abajo la cerca del huerto. El ruido despertó a los hombres, que descargaron sus fusiles casi a bocajarro contra las asustadas bestias. Pero el huerto quedó arrasado y, amarga ironía, sin que un solo animal satisficiera su hambre.

Luego aparecieron las langostas. Cayeron del cielo un día y devoraron todo lo que había escapado al ganado. Comieron las hojas de los árboles, y las frutas, hasta que los carozos colgaron de las ramas desnudas de los árboles. Poco después las langostas murieron y un olor nauseabundo apestó la atmósfera.

Y cientos de cadáveres de vacas cubrían los lechos secos de ríos y pantanos. El hedor se hizo intolerable. Y la tierra estaba tan oscura y desnuda que parecía que nunca se recobraría.

La colonia estaba horrorizada. Ish intentaba explicar a sus compañeros que eran calamidades naturales en aquel período de transición. En condiciones atmosféricas adecuadas, la invasión de langostas, por ejemplo, era inevitable, pues los insectos proliferaban en campos donde nadie los perseguía. Pero la fetidez y el aspecto desolado de la tierra los hacía sordos a todas las explicaciones. George y Maurine buscaron consuelo en los rezos. Jean se burló abiertamente y declaró que los sucesos de los últimos años no invitaban a confiar en Dios. Molly, presa de una verdadera neurastenia, sufría crisis de llanto. A pesar de la lógica de sus razonamientos, Ish desesperaba del porvenir. Sólo Ezra y Em parecían resignarse.

Los niños mayores no se mostraban muy afectados. Bebían con entusiasmo su leche condensada, y el hedor de la descomposición no parecía quitarles el apetito. John —a quien llamaban Jack—, de la mano de su padre, miró distraídamente una vaca que agonizaba al sol. El espectáculo le parecía natural.

Pero los niños de pecho, salvo el último bebé de Em, parecían absorber con la leche la angustia de sus madres. Se agitaban y lloriqueaban. Las madres se inquietaban todavía más. Era un círculo vicioso.

Octubre fue una larga pesadilla.

Y luego ocurrió un milagro. Dos semanas después de las primeras lluvias, una alfombra verde cubrió las colinas. Renació la felicidad. Molly y Maurine lloraron de alegría. Ish mismo se sintió aliviado, pues la desesperación de los otros había hecho tambalear su confianza en el poder de recuperación de la tierra. Hasta se había preguntado si no habrían muerto todas las semillas.

Cuando llegó el solsticio de invierno, todos se reunieron otra vez al pie de las rocas para grabar un número y bautizar el año. Titubearon un momento. Si se quería guardar un buen recuerdo, podían llamarlo el año de los cuatro niños. Pero era también el de las vacas muertas y el de las langostas. Al fin y al cabo, había sido un año de desgracias, así que se lo llamó simplemente el año malo.

El año 7 no fue mejor. De pronto, los pumas invadieron toda la región. No se podía salir sin un fusil y un perro que daba la alarma y no se separaba de las piernas del amo. Los pumas no se atrevían a atacar al hombre, pero mataron a cuatro perros, y uno nunca podía saber si alguna fiera no le caería encima desde la rama de un árbol. Los niños vivieron encerrados en las casas. Ish adivinaba sin esfuerzo las causas de la invasión. El año de los toros había sido un buen año para los pumas, y se habían multiplicado. La sequía había diezmado luego los rebaños, y las fieras carniceras bajaban de las montañas.

Un día ocurrió el accidente que todos temían. Ish apuntó mal con su fusil a un puma, y sólo le rozó el lomo. El animal, furioso, saltó sobre él y lo hirió seriamente antes que Ezra pudiese intervenir. Ish cojeó desde entonces un poco, y no podía quedarse sentado mucho tiempo en la misma posición. Se cansaba mucho al conducir el coche, pero por ese entonces las carreteras estaban ya muy estropeadas, los coches se descomponían fácilmente, y no había muchos lugares donde ir. Aquel año fue bautizado el año de los pumas.

El año 8 fue relativamente tranquilo. Se lo llamó el año de la visita a la iglesia. El nombre divertía a Ish, pues implicaba que el experimento había comenzado y terminado al mismo tiempo.

Aquellos siete americanos pertenecían a muy distintos cultos, y no había entre ellos ningún fervoroso creyente. Ish había estudiado el catecismo en la infancia, pero cuando Maurine le preguntó a qué religión pertenecía, dijo que era escéptico. Ella, que nunca había oído la palabra, no la entendió, y desde entonces llamó a Ish miembro de la iglesia escéptica.

En cuanto a Maurine, era católica, como Molly. Las dos mujeres se persignaban de cuando en cuando, o rezaban un Ave María, pero no podían confesarse ni asistir a misa. Aparentemente, pensaba Ish, la Iglesia católica no había previsto que un día no habría nadie en el trono de San Pedro, y que los fieles sólo serían dos ovejas sin pastor.

George era metodista, y diácono. Pero carecía de elocuencia, y era incapaz de organizar una congregación. Ezra toleraba cualquier creencia, pero rehusaba toda profesión de fe. Sus convicciones no eran, pues, muy profundas. Jean había sido miembro de una vociferante secta moderna, los Hijos de Cristo. Pero en el momento del Gran Desastre, las plegarias de los fieles habían quedado sin respuesta, y había perdido la fe. Em, que no recordaba voluntariamente el pasado, era reticente. A Ish le parecía que no rezaba nunca. Pero de cuando en cuando, y aparentemente sin entusiasmo religioso, entonaba algunos cánticos y spirituals con su cálida voz de contralto.

George y Maurine, olvidando la larga enemistad de sus iglesias, fueron los primeros en hablar de oficios religiosos, «a causa de los niños». Apelaron a Ish, que era una especie de jefe, sobre todo en las cuestiones intelectuales. Maurine, mostrando un amplio criterio, declaró que no se opondría a que los servicios se celebraran «a la manera escéptica».

Ish se sintió tentado. Poco le costaba fundar una religión mezclando los ritos de distintos cultos. Daría así a sus compañeros una sensación de comodidad y confianza que en verdad necesitaban a menudo, y la comunidad sería más unida y fuerte. George, Maurine y Molly se adherirían con entusiasmo; Jean se convertiría; Ezra no haría objeciones. Pero la mentira repugnaba a Ish, y Em, no lo olvidaba, no se dejaría engañar.

Al fin celebraron un oficio todos los domingos. George había llevado cuenta exacta de los días de la semana. Cantaban cánticos, leían pasajes de la Biblia, y de pie, con la cabeza desnuda, alzaban al cielo una plegaria silenciosa.

Pero durante esos minutos de silencio, Ish nunca rezó. Em y Ezra hicieron probablemente lo mismo. Jean, resueltamente hostil, no se unió a sus compañeros. Con más fervor, o más hipocresía, Ish hubiera podido convencerla. Pero en realidad aquellos oficios dominicales favorecían más las querellas que la unidad, y la impostura más que la religión. Un día, de pronto, Ish decidió interrumpir los oficios. Diplomáticamente, declaró que los rezos en silencio se prolongarían indefinidamente, pues «cada uno los diría en su corazón según su deseo».

Molly opinó que la idea era conmovedora, y derramó unas lágrimas. Así el experimento religioso tuvo buen fin.

A principios del año 9, la colonia se componía de siete adultos, incluida Evie, y trece niños de distintas edades, desde los recién nacidos hasta Ralph, el hijo de Molly, que tenía nueve años, y Jack, el hijo de Ish y Em, de ocho.

Todos miraban con optimismo el porvenir de la Tribu, nombre que habían adoptado definitivamente. Los nacimientos eran recibidos siempre con gran regocijo, como si las sombras retrocedieran un poco más, y se ampliara el círculo de luz.

Poco después de año nuevo, un anciano de buen aspecto llamó una mañana a casa de George. Era uno de esos viajeros que de cuando en cuando, pero cada vez más raramente, venían a pedir asilo.

Lo recibieron con los brazos abiertos, pero, como otros, no pareció emocionarse con esa hospitalidad. Sólo se quedó una noche y partió sin despedirse.

Casi en seguida, todos se sintieron mal, e irritables. Los bebés lloraban. De pronto se declararon anginas, y resfriados, y dolores de cabeza. Una epidemia había caído sobre la Tribu.

En los últimos años, la salud de toda la comunidad había sido increíblemente buena. A Ezra y algunos otros les habían dolido las muelas. George se quejaba de dolores articulares a los que daba el viejo nombre de reumatismo. A veces una herida se infectaba. Pero hasta los resfriados no eran más que un recuerdo, Y sólo dos enfermedades aparecían de cuando en cuando. Una de ellas atacaba a los niños; mostraba muchos síntomas del sarampión, y quizá lo era. La otra empezaba con un violento dolor de garganta, pero las sulfamidas la hacían desaparecer tan rápidamente que nadie conocía su curso. Mientras hubiese sulfamidas en las farmacias, Ish no creía necesario permitir que la enfermedad evolucionara para satisfacer una mera curiosidad científica.

Esta ausencia casi total de enfermedades era para las gentes inclinadas a la superstición, como George y Maurine, un verdadero milagro. Imaginaban que Dios había castigado a la raza humana con una terrible epidemia, y que ahora, a guisa de compensación, había decidido suprimir los males menores… Del mismo modo, después del Diluvio había mostrado en el cielo el más hermoso de los arcos iris, señalando así que su ira se había calmado.

Para Ish la explicación era más simple. La muerte de tantos seres humanos había roto la cadena de la mayoría de las infecciones, y muchas enfermedades habían muerto, podía decirse, junto con sus bacterias. Seguían existiendo, desde luego, las enfermedades de los organismos gastados, como el aneurisma, o el cáncer, o el reumatismo de George. Y los animales transmitían también algunos males, como la tularemia. Aquí y allá, algún sobreviviente afectado de alguna enfermedad crónica la transmitía a los otros. Así, sin duda, había sobrevivido el sarampión.

El viejo, recordaron todos un poco tarde, se sonaba la nariz muy frecuentemente. Tenía probablemente infectados los senos frontales y había pasado a sus huéspedes aquella afección que se creía desaparecida, y que en otro tiempo se conocía como «resfriado de cabeza».

De todos modos era un espectáculo casi cómico ver a aquellas gentes que habían disfrutado hasta entonces de una salud tan extraordinaria, tosiendo, estornudando, sonándose la nariz y lloriqueando.

Afortunadamente, el resfriado siguió su curso, sin complicaciones, y algunas semanas más tarde todos habían curado. El resto del año, Ish vivió temiendo otra epidemia. La infección, latente, podía rebrotar y propasarse a toda la Tribu. Pero el calor de aquel verano, particularmente seco, terminó con los últimos microbios. Ish se felicitó. En los viejos días se había resfriado muy a menudo, y ahora decía, no totalmente en broma, que la desaparición del resfriado compensaba ampliamente la pérdida de la civilización.

El otoño, sin embargo, trajo desgracias mayores. Sin que se supiera exactamente por qué, tres niños sufrieron unas fuertes diarreas y murieron. Probablemente habían ido a jugar a alguna casa de los alrededores y habían encontrado algún veneno, un insecticida quizá. Lo habían probado por curiosidad, lo habían encontrado dulce, y se lo habían repartido. Aun muerta, la civilización tendía sus trampas.

Entre esos niños se encontraba un hijo de Ish. Ish había temido siempre una desgracia semejante y había pensado en el dolor de Em. Em lloró a su hijo, pero Ish no conocía aún toda su fortaleza. Su amor a la vida era tan apasionado que llegaba a aceptar la muerte como parte de la vida. Molly y Jean, madres de los otros niños, manifestaron ruidosamente su dolor y rechazaron todo consuelo. Habían nacido dos nuevos niños; no obstante, por primera vez, el número total de la Tribu había disminuido en el curso de doce meses. Ese año se llamó el año de los muertos.

El año 10 pasó sin incidentes y tuvieron dificultades en encontrarle un nombre. Pero cuando llegaron a la roca, e Ish tomó el martillo y el cincel para grabar los números, los niños, por primera vez, manifestaron su voluntad, y decretaron que ese año sería el año de la pesca. Algunos meses antes, habían descubierto que en la bahía abundaban unos magníficos róbalos, y habían organizado alegres partidas de pesca. Estos peces eran un buen alimento, y habían sido auténtica fuente de diversión. En general, pensaba Ish bastante sorprendido, nadie parecía buscar distracciones. Había tanto que hacer para asegurar el bienestar material, y esta tarea brindaba tantas satisfacciones, que los juegos no los tentaban.

En el año 11, Molly y Jean tuvieron niños, pero el hijo de Molly no sobrevivió al parto. Fue una gran desgracia; era el primer niño que moría al nacer. Ahora todas las mujeres eran hábiles comadronas. Quizá Molly tenía demasiados años.

Cuando llegó la hora de bautizar el año, hubo una discusión entre viejos y jóvenes. Los padres habían elegido un nombre: el año de la muerte de Princesa… La perra había muerto después de algunos meses de enfermedad. Nadie conocía su edad exacta; cuando Ish la había recogido, tanto podía tener un año como tres o cuatro. Había sido hasta el fin la misma Princesa, con la que se tenían todos los miramientos, caprichosa, siempre dispuesta a seguir la pista de algún conejo imaginario cuando uno la necesitaba. A pesar de tantos defectos, sabía hacerse querer, y durante un tiempo había vivido en San Lupo casi como un ser humano.

Ahora tenían docenas de perros, casi todos hijos, nietos y bisnietos de Princesa, que desaparecía de cuando en cuando para encontrar un viejo amigo entre los perros salvajes o elegir un nuevo pretendiente. Después de tantos cruces, sus descendientes eran de una raza incierta, y no se le parecían ni por la talla, ni por el color, ni por el carácter.

Pero para los niños Princesa era sólo una vieja perra, no muy interesante, con la que no se podía contar. Según ellos el año debía llamarse el año de las esculturas de madera, y después de algunas dudas Ish se mostró de acuerdo, aunque Princesa había sido su amiga. Lo había arrancado a tantos tristes pensamientos, lo había librado del miedo, y lo había llevado con saltos y ladridos a la casa donde había encontrado a Em. Y quizá sin ella hubiera continuado su camino. Pero Princesa había muerto ahora, pertenecía al pasado.

Pronto los niños ni siquiera recordarían su nombre. Princesa se hundiría en el olvido. A Ish se le heló el corazón. Él también envejecería, y sería una sombra del pasado. Lo llamarían un tiempo vieja momia, luego moriría y lo olvidarían. Así ocurría siempre. Y luego, mientras los otros discutían, pensó en las esculturas en madera. Habían llegado a ser una manía como las pompas de jabón o el mah-jongg de los viejos tiempos. De pronto, todos los niños habían invadido los aserraderos en busca de hermosas maderas de abeto para tallar en ellas bueyes, perros u hombres. Los primeros ensayos fueron torpes, pero algunos niños pronto se mostraron muy diestros. El entusiasmo se apagó con los días, aunque siguió siendo un pasatiempo agradable para las tardes de lluvia.

Ish había estudiado bastante antropología para saber que todos los pueblos tratan de expresarse artísticamente, y le preocupaba que la Tribu no manifestara ningún talento especial, y se contentara con vivir a la sombra del pasado: escuchando discos en los fonógrafos de cuerda y mirando viejos libros ilustrados. Le alegró por lo tanto aquella moda de la escultura.

Aprovechó una pausa en la discusión para apoyar a los chicos. El año se llamó año de la escultura en madera. Según Ish, ese año tenía un valor simbólico, pues señalaba una ruptura con el pasado y un paso hacia el porvenir. Sin embargo, el nombre no tenía quizá tanta importancia, y él exageraba su significado.

El año 12, Jean dio a luz un niño muerto. Em, como compensación, tuvo el primer par de mellizos. Se los llamó Joseph y Josephine, y luego Joey y Josey. Aquél fue, pues, el año de los mellizos.

El año 13 vio nacer a dos niños robustos. Fue un año tranquilo y agradable, sin sucesos de importancia. A falta de algo mejor, se lo llamó el año bueno.

El año 14 se pareció al 13 y fue el segundo año bueno.

El año 15 fue excelente y pudo haber sido el tercer año bueno. Pero había algunas diferencias. Ish y todos los mayores sintieron otra vez la vieja soledad y la amenaza de las tinieblas. No aumentar es disminuir, y aquél era el primer año sin nacimientos. Todas las mujeres —Em, Molly, Jean y Maurine— envejecían, y las niñas eran todavía demasiado jóvenes para casarse, excepto Evie, la idiota, que nunca debería tener descendencia. El año no había sido, pues, enteramente bueno, y no merecía ese título. Los niños recordaron que Ish había encontrado su viejo y asmático acordeón. Agrupados a su alrededor, habían cantado juntos viejas canciones como El hogar de la montaña y Ella vendrá por la colina, y los niños propusieron el nombre del año que cantamos. Nadie sino Ish pareció advertir en el nombre una confusión gramatical.

El año 16 se celebró el primer matrimonio. Los novios fueron Mary, hija mayor de Ish y Em, y Ralph, hijo de Molly, nacido poco antes del Gran Desastre. En los viejos tiempos, un matrimonio entre criaturas tan jóvenes hubiera parecido prematuro y hasta poco decente. Pero las antiguas normas no tenían ya vigor. Ish y Em, en la intimidad, pesaron el pro y el contra. Mary y Ralph no estaban perdidamente enamorados; pero desde un principio habían sido destinados el uno al otro. Era un matrimonio de conveniencia, como las antiguas bodas reales. El amor romántico, pensó Ish, había caído también víctima de la epidemia.

Maurine, Molly y Jean querían «una verdadera boda», según su propia expresión. Separaron un disco de Lohengrin y prepararon un vestido de novia de seda blanca con velo y corona. Pero para Ish estos ritos hubieran sido una horrible parodia del pasado. Em, con su reserva habitual, se mostró de acuerdo. Mary era, al fin y al cabo, hija de ellos, e impusieron su voluntad. Como toda ceremonia, Mary y Ralph se presentaron ante Ezra, que pronunció un discurso sobre los deberes y responsabilidades de los esposos. Mary tuvo un bebé antes de fines de diciembre, y el año fue el año del nieto.

El año 17 los niños sugirieron que se lo llamara año de la casa derrumbada. Una de las casas vecinas, en efecto, se hundió estrepitosamente ante los niños, que habían acudido a los primeros ruidos. Después de un examen, el accidente pareció normal. Las termitas eran dueñas del edificio desde hacía diecisiete años y habían carcomido los cimientos. Este suceso impresionó mucho a los niños, y a pesar de su escasa importancia, designó el año.

El año 18 Jean tuvo otro hijo. Fue el último niño nacido de la vieja generación, pero se habían celebrado nuevos matrimonios y nacieron dos niños más.

Éste fue el año de los estudios. En cuanto los primeros niños alcanzaron la edad escolar, Ish intentó enseñarles a leer y escribir y transmitirles algunas nociones de aritmética y geografía. Pero le era difícil reunir a sus alumnos, ocupados en sus tareas o juegos, y los estudios no habían adelantado mucho. Sin embargo, los de más edad sabían leer casi correctamente, o habían sabido leer en otra época. Ish se preguntaba si la mayoría —por ejemplo Mary, madre ahora de dos niños— sabría deletrear polisílabos. Mary era su hija mayor, y aunque la quería mucho, debía reconocer que no era, en verdad, una intelectual.

En ese año 18, Ish hizo otro esfuerzo y trató de reunir a todos los niños en edad de aprender, para que no fueran totalmente ignorantes. Tuvo éxito un tiempo; luego, los escolares lo abandonaron. No supo jamás si había obtenido algún resultado y sufrió una amarga decepción.

El año 19 fue llamado el año del alce a causa de un incidente que impresionó a los niños. Una mañana, Evie, asomada a la ventana, gritó algo con su rara voz ronca, señalando afuera con el dedo. Miraron y vieron un animal desconocido. Era un alce, el primero que se había aventurado en esos parajes. Sin duda los rebaños se habían multiplicado y ahora bajaban del norte a recuperar las posesiones que el hombre les había arrebatado.

Para el año 20 todos estuvieron de acuerdo: el año del terremoto. El viejo volcán de San Leandro había vuelto a la actividad, y una madrugada, una violenta sacudida, seguida de un estrépito de chimeneas que caían, despertó a la Tribu. Las casas habitadas soportaron el fenómeno gracias a George, que las mantenía en excelente estado. Pero las que habían sido roídas por las termitas, minadas por las aguas de las lluvias o carcomidas por el moho, se derrumbaron rápidamente. Los escombros cubrieron las calles, y el terremoto acabó así el lento trabajo del tiempo.

Para el año 21 Ish había elegido un nombre: el año de la mayoría de edad. Los miembros de la Tribu eran ahora treinta y seis: siete abuelos, Evie, veintiún hijos, y siete nietos.

Sin embargo, ese año, como muchos otros, conmemoró un incidente sin importancia. Joey, uno de los mellizos —los más jóvenes de los hijos de Ish y Em— era un muchacho despierto, aunque menudo para su edad, y menos dotado para los juegos que la mayor parte de los otros niños. Como benjamín, era el favorito de sus padres. Sin embargo, en aquella tropa de niños pasaba un poco inadvertido, y acababa de cumplir los nueve años. Pero a final de año se advirtió que Joey sabía leer, no lenta y trabajosamente como los otros chicos, sino con facilidad y gusto. Ish se sintió invadido por una ola de ternura y orgullo. Sólo en Joey ardía realmente la llama de la inteligencia.

Los otros lo admiraron también, y todos de acuerdo declararon que el año sería llamado el año en que Joey leyó.

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EL AÑO 22

Sus lazos sociales han de ser sin duda de una fuerza singular, muy superiores a los que tanto nos enorgullecen; pues miles de europeos son indios, y no hemos visto nunca que uno solo de estos aborígenes se hiciera voluntariamente europeo.

J. HECTOR ST. JOHN DE CRÉVECOEUR, Cartas de un granjero americano

1

Después de la ceremonia de la roca, cuando Ish acabó de grabar los números 2 y 1 en la lisa superficie, los miembros de la Tribu regresaron a las casas. Los niños corrían delante, gritando, excitados, pensando en la hoguera tradicional que coronaba los festejos del nuevo año.

Ish marchaba junto a Em, pero los dos guardaban silencio. Como todos los años en esa época, Ish se hundía en sus reflexiones y se preguntaba qué traería el año próximo. Oyó a los niños, que gritaban:

—Vamos a la casa que se derrumbó. Hay muchas maderas secas…

—Yo sé dónde encontrar una lata de petróleo…

—Yo iré a buscar papel higiénico, que arde muy bien.

Los adultos, como de costumbre, se reunieron en casa de Ish y Em, y se sentaron a conversar un rato. Ish descorchó una botella de oporto y todos brindaron, incluso George, que comúnmente no bebía alcohol. Como momentos antes en la roca, todos convinieron que el año 21 había sido un buen año, y que el 22 se anunciaba bien.

Sin embargo, en medio de la alegría general, Ish sintió renacer en su interior un vago descontento.

¿Por qué?, pensó, sobreexcitado, como si quisiese convencer a un adversario. ¿Por qué he de ser yo quien prevé o intenta prever lo que pasará en los próximos cinco, diez, veinte años? En ese entonces quizá yo ya no viva. Nuestros descendientes… deberán solucionar sus propios problemas.

Aunque no era así, enteramente. Todas las generaciones contribuyen a crear o resolver los problemas de las generaciones futuras.

De todos modos, no podía dejar de preguntarse qué ocurriría con la Tribu en los años próximos. Después del Gran Desastre había imaginado que los sobrevivientes resucitarían poco a poco el mundo civilizado.

Había soñado con el día en que se encenderían otra vez las lámparas eléctricas. Pero sus esperanzas se habían desvanecido, y la pequeña comunidad vivía aún de los despojos del pasado.

Paseó la mirada alrededor, como hacía a menudo, y examinó a sus compañeros. Ellos eran, podía decirse, los ladrillos que servirían para levantar una nueva civilización. Ezra, por ejemplo. Ish se sentía inundado por la simple alegría de la amistad cada vez que miraba aquel rostro delgado y encendido, de sonrisa tan agradable, a pesar de los dientes cariados. Ezra tenía talento, sin duda, pero era el talento de vivir cordialmente con sus semejantes, y no la fuerza que crea las nuevas civilizaciones. No, no Ezra.

Junto a Ezra estaba George, el bueno de George… pesado, de andar vacilante, vigoroso aún, a pesar las canas. George, a su manera, no carecía de valor. Era un excelente carpintero, y había aprendido plomería y pintura y todos los oficios que pueden tener utilidad en el cuidado de una casa. Era un hombre indispensable, y gracias a él habían sobrevivido los oficios manuales. Sin embargo, Ish no lo ignoraba, George era muy poco inteligente, y probablemente no había abierto un libro en su vida. No, no George.

Al lado de George se había sentado Evie, la débil mental. Molly cuidaba de su apariencia, y Evie, esbelta y rubia, parecía bonita si uno no se fijaba mucho en su rostro inexpresivo. Allí estaba, mirando a derecha e izquierda, como si se interesara en la conversación, aunque Ish sabía que no entendía nada o casi nada. Evie no sería esa piedra angular. No, no Evie.

Los ojos de Ish se posaron en seguida en Molly, la mayor de las dos mujeres de Ezra. Sin ser tonta, Molly tenía poca instrucción, y ningún don intelectual. Por otra parte, como las otras mujeres, había consagrado todas sus energías a dar hijos al mundo y educarlos. Tenía cinco hijos. Había desempeñado su papel, y no podía exigírsele más. No, no Molly.

¿Em? Ish la miró y sintió que una inmensa ternura le colmaba el pecho. Cualquier juicio que hiciese sobre ella no tendría mucho valor. Em había decidido que tuviesen un hijo. La catástrofe no había debilitado su coraje ni su confianza. A ella se volvían todos en los momentos de dolor. Sin su apoyo, nada se hubiese hecho. Sin embargo, su fuerza sólo obraba en el terreno de la acción material e inmediata. Aunque capaz de devolver a sus compañeros la esperanza y el coraje, raramente ofrecía una idea. Ish la sentía a menudo superior a él, y tenía necesidad de su ayuda; pero sabía también que no podía contarse con ella para modelar el futuro. No, no Em.

Detrás de Em, Ralph y Roger estaban sentados en el piso. Se los llamaba siempre «los muchachos», aunque estuviesen casados y fueran padres de familia. Ralph, hijo de Molly, se había casado con Mary, hija de Ish. Jack y Roger eran hijos de Ish. Sin embargo, se sentía muy alejado de ellos. Sólo eran veinte años más jóvenes, pero a Ish esos años le parecían siglos. Ellos no habían conocido los viejos tiempos y no podían imaginar una civilización en el futuro. No, probablemente tampoco los muchachos.

La mirada de Ish había completado el círculo y se posaba ahora en Jean, la más joven de las esposas de Ezra. Había dado a luz diez hijos, de los que aún vivían siete. No le faltaba personalidad, ni voluntad. Su negativa a asistir a los oficios religiosos era una prueba. Pero no tenía ideas nuevas. No, no Jean.

En cuanto a Maurine, la mujer de George, no se había tomado el trabajo de venir a la reunión. De la roca había ido directamente a su casa para barrer, fregar o cumplir cualquiera de las mil tareas domésticas que eran su vida. Cualquier otro, pero no Maurine.

Había otros tres mayores ausentes: Mary, Martha y la pequeña Jeanie, esposas de los tres muchachos. Mary había sido siempre la menos expresiva de las hijas de Ish, y el paso de los años y las sucesivas maternidades parecían haber aumentado su apatía. Martha y Jeanie eran también madres y sólo pensaban en sus hijos. No, ninguna de las tres.

Presentes o ausentes, doce adultos en total. Ish no podía creer que no hubiera más reservas humanas.

Una media docena de niños se había sentado con sus padres o corría alrededor de la mesa. Habían preferido la reunión en casa de Ish a la hoguera, y aunque se aburriesen sentían el orgullo de imitar a los mayores. Ish los miró, pensativo. De cuando en cuando dejaban de atender a la conversación para empujarse o golpearse. Sin embargo, por despreocupados que pareciesen, no había otra esperanza que ellos. Los mayores se contentarían, probablemente, con seguir los viejos hábitos, y así hasta el día de la muerte, pero los niños tendrían que hacer un esfuerzo y adaptarse. ¿Brotaría de alguno de ellos la chispa inicial?

De pronto, mientras aún miraba a los niños, Ish vio a uno que en vez de pelear con sus camaradas no perdía una palabra de la conversación; en sus grandes ojos brillaban la inteligencia y la curiosidad. Era Joey.

Vivaz y alerta, la mirada de Joey no tardó en encontrar la de su padre, y el rostro se le iluminó con la radiante sonrisa de los nueve años. Ish le guiñó disimuladamente un ojo. La sonrisa de Joey, que ya le llegaba a las orejas, se hizo aún más amplia, y, como respuesta, la acompañó un parpadeo. Luego Ish, para no intimidar al niño, desvió la mirada. George, Ezra y los muchachos proseguían una lenta discusión. Ish conocía ya el tema, y no tenía ningún interés en intervenir.

—No debe de pesar más de doscientos kilos —decía George.

—Quizá —replicó Jack—, pero ya es bastante para traerla hasta aquí.

—Oh, no es tanto —añadió Jack, que gustaba de exhibir su fuerza.

Ish había oído muchas veces la misma discusión. George proponía buscar una nevera de gas y llevarla a San Lupo. Las reservas de gas envasado no faltaban, y dispondrían de hielo. Todo quedaría en palabras, y no porque el proyecto fuese irrealizable o presentara extraordinarias dificultades. Pero nadie sentía la necesidad de un cambio, y en aquel clima templado no había tanta necesitad de hielo. No obstante, sin saber exactamente por qué, Ish sintió que la vieja discusión lo molestaba.

Miró otra vez a Joey. El niño era bajo para su edad. Su mirada vivaz interrogaba todos los rostros y, advertía Ish, hasta adivinaba el pensamiento del que hablaba, particularmente cuando éste era George, que tenía la palabra lenta. Aquel día era memorable para Joey. El año que acababa de terminar llevaba su nombre: el año en que Joey leyó. Ningún otro niño había recibido tal honor. Quizá lo haría demasiado orgulloso. Pero la idea había nacido espontáneamente de los otros niños, como homenaje a su inteligencia.

La discusión continuaba tibiamente. George hablaba ahora.

—No, no reportaría muchas ventajas conectar las tuberías.

—Pero, George —interrumpió la voz rápida de Ezra, que a pesar de los años conservaba aún algo del acento de Yorkshire—, ¿no habrá perdido presión el gas después de tanto tiempo? Yo creo que…

Su protesta se perdió en el ruido de una pelea entre dos niños. Weston, el hijo de Ezra, de doce años, le pegaba a Betty, su hermanastra.

—Basta, Weston —ordenó Ezra—. Basta, he dicho, o te calentaré los pantalones.

La amenaza carecía de convicción, e Ish creía recordar que el pacífico Ezra jamás le había pegado a un niño. No obstante, la pelea terminó y Weston se contentó con lloriquear:

—Fue Betty quien empezó…

—¿Y para qué necesitas hielo, George? —preguntó Ralph.

Así terminaba siempre la discusión. Los muchachos, que nunca habían visto para qué servía tener hielo, no entendían tampoco por qué debían tomarse tanto trabajo en procurárselo.

George había oído la misma pregunta muchas veces. Debería de tener preparada una respuesta, pero no era hombre que se apresurara. Se quedó un rato con la boca abierta, ordenando las palabras, e Ish miró otra vez a Joey. El niño miraba al titubeante George, Ezra y Jack como queriendo leerles el pensamiento. Al fin sus ojos se encontraron otra vez con los de Ish. Padre e hijo intercambiaron un silencioso mensaje de camaradería y comprensión. Joey parecía decirse que él o su padre ya habrían encontrado la respuesta.

Algo estalló entonces en la mente de Ish. No oyó las palabras que brotaban al fin lentamente de la boca de George.

¡Joey!, pensó, y el nombre pareció despertar mil ecos en su espíritu. ¡Joey! ¡Él es el indicado!

«No sabes», escribió Cohelet en su sabiduría, «cómo se forman los huesos del niño en el seno de la madre.» Pasaron siglos desde que Cohelet observó las cosas del mundo, y las encontró tan inconstantes como el viento, y no conocemos aún el secreto del destino humano. Ignoramos, particularmente, por qué la mayoría sólo ve el mundo visible, y por qué son tan raros los elegidos que más allá de las cosas materiales ven lo que aún no es, e imaginan así lo que podría ser. Sin estas raras criaturas, sin embargo, los hombres son semejantes a bestias.

En las sombrías y húmedas profundidades se unen las dos mitades, y cada una de ellas lleva en sí la perfecta mitad del genio. Pero esto no es aún suficiente. El niño debe venir al mundo en tiempo y lugar propicios para cumplir su tarea. Y eso no es todo. En el mundo donde vive el niño, la muerte cabalga día y noche.

Cuando nacen millones de niños, todos los años, se cumple alguna vez el raro milagro, y un profeta aparece entre los hombres. Pero ¿qué esperanza puede haber cuando la humanidad ha sido diezmada y los niños son pocos?

Ish advirtió de pronto que se había incorporado sin saber por qué ni cómo. Hablaba. En realidad, pronunciaba un discurso.

—Escuchad —decía—, ha llegado la hora de actuar. Hemos esperado bastante.

Estaba en la sala de su casa, y se dirigía a un grupo de amigos. Y sin embargo, le parecía estar en un estrado, en un anfiteatro inmenso, y dirigiéndose a toda una nación, la humanidad entera.

—Hay que acabar con esto —continuó—. No podemos seguir en esta vida cómoda, hurgando en los restos de los viejos días, no creando ni haciendo nada nosotros mismos. Estos tesoros se agotarán un día, si no en nuestra época, en la de nuestros hijos, o nuestros nietos. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Qué será de ellos si nada producen? Encontrarán siempre de qué alimentarse, supongo. Las vacas y conejos no desaparecerán de la noche a la mañana. Pero ¿y los objetos manufacturados, las herramientas? ¿Cómo encenderán fuego cuando no haya más fósforos?

Se interrumpió para pasear a su alrededor una mirada. Todos sonreían, aprobando. Joey lo miraba excitado, con los ojos brillantes.

—Esa nevera de que hablabais hace un rato —siguió Ish— es un buen ejemplo. Discutimos y nos cruzamos de brazos. Nos parecemos a aquel viejo rey encantado, que veía el ir y venir de las gentes. Pero él nunca podía moverse para no romper el encantamiento. Parecería que aún pesara sobre nosotros el Gran Desastre. Así pudo haber sido al principio. Unos seres humanos que han visto desaparecer el mundo no pueden recobrarse rápidamente. Pero han pasado veintiún años, y hay jóvenes aquí que no conocieron la catástrofe.

»Hay mucho que hacer. Necesitaríamos más animales domésticos, y más perros. Deberíamos alimentarnos de nuestros propios cultivos, en vez de asaltar los viejos almacenes. Deberíamos enseñar a los niños a leer y escribir correctamente. Ninguno de vosotros me ha apoyado. Pero no podemos vivir como parásitos. Es necesario avanzar.

Hizo una pausa, buscando palabras que renovasen el viejo aforismo, «el que no avanza, retrocede», y hubo un coro de aplausos. Ish pensó que los había entusiasmado con su elocuencia, pero vio en seguida que en casi todas las caras había una sonrisa irónica.

—Un discurso viejo, pero bueno, papá —señaló Roger.

Ish lo miró con furia. Jefe de la Tribu desde hacía veintiún años, no le agradaba que se burlasen de él. Pero Ezra se echó a reír, y la tensión desapareció en seguida.

—Bueno, ¿haremos algo? —preguntó Ish—. Quizás el discurso es viejo, pero sigue siendo tan verdadero como antes.

Esperó. Jack, su hijo mayor, sentado en el piso, se incorporó pesadamente. Era ya más alto y más fuerte que su padre, y tenía varios hijos.

—Lo siento, papá —dijo—, pero tengo que irme.

—¿Por qué? ¿Adónde vas? —preguntó Ish, un poco irritado.

—Tengo algo que hacer esta tarde.

—¿No puede esperar?

Jack iba ya hacia la puerta.

—Sí, quizá podría esperar —dijo poniendo la mano en el picaporte—. Pero será mejor que me vaya.

Hubo un momento de silencio. Se oyó el ruido de la puerta que se abría y se cerraba. Ish sintió que se le encendía el rostro.

—Continúa, Ish —dijo alguien, y a pesar de su ira Ish reconoció la voz de Ezra—. Dinos qué debemos hacer. Me gustan tus ideas.

Sí, era la voz de Ezra, y Ezra, como de costumbre, trataba de restablecer la paz, pensó Ish, y hasta lo halagaba.

Ish se serenó. ¿Cómo negarle a Jack su independencia? Jack era un hombre ahora, y no el niño que debe obedecer a su padre. Pero Ish se sentía inquieto aún, y tenía necesidad de hablar. El incidente, por lo menos, podía convertirse en tema de meditación.

—La actitud de Jack —dijo— es un verdadero símbolo. Hemos vivido día a día todos estos años, sin esforzarnos en producir alimentos, ni resucitar la civilización material. No es éste, sin duda, el único aspecto de la cuestión. La civilización no era solamente una colección de artefactos. Era también una organización social, un conjunto de normas, leyes, hábitos individuales y sociales. De todo eso, sólo hemos conservado la familia. Es natural, supongo. Pero cuando nuestro número aumente, la familia no bastará. Si un niño va por mal camino, los padres lo corrigen. Pero cuando el niño crece, escapa a nuestra tutela. No tenemos leyes, no somos ni una democracia, ni una monarquía, ni una dictadura, ni nada. Si alguien, Jack por ejemplo, decide no asistir a una reunión importante, nadie puede impedírselo. Aunque votáramos y decidiésemos llevar a cabo algún trabajo, no habría modo de asegurar su ejecución. Sólo podemos contar con la buena voluntad.

Había terminado su discurso, pensó Ish, sin llegar a ninguna conclusión. Sólo la cólera nacida de la partida de Jack había inspirado sus palabras. Ignoraba las reglas de la elocuencia, y rara vez improvisaba un discurso.

Sin embargo, todos habían escuchado con simpatía. Ezra fue el primero en expresar su aprobación.

—¡Así es! —dijo—. Qué tiempos maravillosos aquellos. ¡Qué no daría yo por encender el gran aparato de radio de George y escuchar de nuevo a Charlie McCarthy! ¿Recuerdas cómo el hombrecito se burlaba del otro, y cómo éste le contestaba?

Ezra sacó el penique victoriano que era su amuleto. Lo lanzó al aire y lo atrapó al vuelo, entusiasmado con el recuerdo de los viejos cómicos.

—Y el cine —continuó—. Uno pagaba y se sentaba tranquilamente. Y las canciones de las películas, y en la pantalla se veía a Bob Hope o Dotty Lamour. ¡Qué tiempos aquellos! ¿No podríamos encontrar aquellas películas y pasárselas a los chicos? ¡Cómo se reirían! ¡Quizás hasta podamos descubrir alguna película de Chaplin!

Ezra sacó un cigarrillo, frotó una cerilla, y brotó una llamita clara. Conservados en lugares secos, los fósforos parecían no estropearse nunca. Sin embargo, nadie sabía cómo se fabricaban y cada vez que se encendía una llamita, había un fósforo menos. Y Ezra pensaba que el retorno de la civilización era resucitar el cinematógrafo, y al mismo tiempo encendía un fósforo.

—Si dos o tres de los muchachos me ayudaran —intervino George— podríamos tener aquí la nevera dentro de unos pocos días.

George calló. Ish supuso que no tendría más que decir, pues no era muy elocuente. Ante la sorpresa de todos, prosiguió:

—Pero esas leyes de que hablabas… No sé. No me disgusta vivir en un lugar sin leyes. Uno puede hacer ahora lo que quiera. Puedes detener el auto donde se te antoje, hasta junto a una bomba de incendio. Ningún policía vendrá a molestarle. Bueno, puedes dejar el coche junto a esa bomba si tienes un coche que funcione.

Era la primera vez, pensó Ish, que George se permitía una broma. George se festejaba ahora su gracia con un débil cloqueo. Los otros le hicieron coro. En la Tribu, el nivel del humor nunca había sido muy alto.

Ish abrió la boca, pero Ezra se le adelantó.

—Muy bien, propongo un brindis —dijo—. ¡Por la ley y el orden!

Los viejos recibieron con una risa la vieja fórmula, pero para los jóvenes no significaba nada.

Todos bebieron, y la conversación volvió a la trivialidad que convenía a una reunión mundana.

Después de todo, pensó Ish, ésta es una reunión mundana, y la discusión de los problemas serios está fuera de lugar. Su vehemente discursito daría quizá sus frutos en el futuro. Pero lo dudaba. En otro tiempo se decía que para reparar el techo hay que esperar a que llueva. Y ahora la gente era menos previsora que antes. Seguirían así hasta que un día algún suceso desagradable, o aun grave, los obligara a actuar.

Ish brindó con los otros y escuchó distraídamente la conversación, mientras seguía el hilo de sus propios pensamientos. Había sido un día importante. Había grabado el número 21 en la superficie lisa de la roca, y había comenzado el año 22. Y el nombre dado al año 21 parecía prometer un brillante futuro a su benjamín.

Se volvió hacia Joey y vio que el chico lo miraba con admiración. Sí, sólo Joey lo comprendía realmente.

En aquel sistema inmenso y complejo de presas y túneles, de acueductos y diques, que llevaba el agua de las montañas a las ciudades, un segmento de tubería fue la falla fatal. Aun en la fábrica, ya podían haberse notado sus imperfecciones, pero el inspector había revisado el tubo al fin de una agotadora jornada, cuando la fatiga oscurecía ya sus sentidos y su juicio.

El daño no fue muy grande. Los obreros instalaron la tubería y ésta cumplió sus funciones. Poco antes del Gran Desastre, un capataz advirtió en aquella sección una pequeña pérdida. Soldaron el caño y no hubo más dificultades.

Luego pasaron años sin que nadie inspeccionara la sección. El delgado hilo de agua que brotaba de la fisura creció poco a poco. Aun en los veranos más secos las hierbas crecían junto al caño; los pájaros y otros animalitos iban allí a beber. La herrumbre roía mientras tanto la superficie exterior, y en el interior actuaba la acción corrosiva del agua. Al fin se abrieron unos minúsculos orificios en la dura piel de acero.

Cinco años, diez años… El agua brota de la tubería en una docena de finos chorros. Ahora el charco sirve de abrevadero a las bestias.

Cinco años más, y nace un arroyo de la tierra, el único curso de agua en aquellas áridas regiones. La herrumbre ha agujereado el caño como una colmena.

Debajo, el suelo es desde hace mucho tiempo blando y fangoso, y los pies de los animales han abierto una pequeña zanja. Al fin la erosión concluye su tarea: el suelo donde se apoyaba el pilar de cemento que sostenía el acueducto es ahora un pantano. El pilar se hunde y la cañería desgastada no soporta el peso del agua. Una larga grieta se abre en el acero y un torrente llena la zanja. El pilar desciende un poco más. La cañería se abre otra vez, y el agua que escapa del acueducto corre ahora como un río.

Ish acababa de acostarse, aquella misma noche, cuando se oyeron unos disparos de armas de fuego. Se incorporó de un salto. Se oyó otra detonación, y en seguida un estruendo de fusilería atronó la noche.

La cama se estremeció suavemente. Em se reía.

—La trampa de siempre —dijo Ish más tranquilo.

—Esta vez te asustaste realmente.

—He estado pensando demasiado en el futuro. Sí, tengo los nervios a flor de piel.

Se oyó una descarga cerrada, como si se estuviese librando una lucha de guerrillas. Ish se acostó otra vez. Como en años anteriores, cuando ya no había nadie junto a la hoguera, uno de los muchachos había arrojado a las cenizas calientes unas cajas de cartuchos. Las cajas se habían quemado, y ahora los cartuchos estallaban. La broma no era totalmente inofensiva, aunque en aquella época la hierba verde evitaba todo peligro de incendio. Las gentes, advertidas de antemano, se mantenían lejos de las brasas. Probablemente, pensó Ish, la broma le estaba dedicada, y todos los otros estaban enterados.

Y bien, había mordido el anzuelo. Se sintió irritado, pero por razones más serias.

—Bueno —le dijo a Em—, seguimos como siempre. Cajas enteras de cartuchos desperdiciados, y nadie sabe fabricarlos. Vivimos en una región infestada de pumas y toros salvajes, y sólo las armas de fuego pueden protegernos. Y nos alimentamos de vacas, conejos y codornices que matamos a tiros.

Em no respondió, e Ish, enojado, pensó en las hogueras. Imaginó las maderas sacadas de un aserradero y los rollos de papel higiénico. Las cajas de fósforos daban hermosas llamas azules. En otro tiempo aquella hoguera hubiese costado diez mil dólares. Hoy esos materiales eran aún más preciosos, pues no podían reemplazarse.

—No te atormentes, querido —susurró Em—. Es hora de dormir.

Ish se acercó a ella, y apoyó la cabeza en su pecho, y le pareció como otras veces que Em le comunicaba fuerza y confianza.

—No me atormento demasiado —dijo—. Quizá me divierta ver el futuro muy negro, e imaginar que vivimos peligrosamente.

Calló un momento. Em no replicó, e Ish pensó en voz alta:

—¿Recuerdas? Yo decía lo mismo hace mucho tiempo. Debemos crear, y no vivir del pillaje. No nos conviene, incluso psicológicamente. Lo decía antes de que naciese Jack.

—Sí, recuerdo. Lo repetiste bastantes veces. Sin embargo, es mucho más fácil abrir latas de conservas, mientras haya latas en almacenes y tiendas.

—Pero cualquier día se agotarán las reservas. ¿Qué harán entonces las gentes?

—Las gentes resolverán entonces ellas mismas el problema. Querido, te lo ruego, no te atormentes tanto. Sería distinto si hubiera aquí otros hombres como tú, hombres que prevén siempre el futuro. Pero todos somos gente común: Ezra, George, yo. Darwin, me parece, dijo que descendíamos del chimpancé o del orangután. Y creo que los chimpancés no piensan mucho en el porvenir. Si descendiéramos de abejas u hormigas seríamos más previsores, y si nuestros antepasados fueran las ardillas, almacenaríamos nueces para el invierno.

—Quizá. Pero en los viejos tiempos todos pensaban en el futuro. Piensa en la civilización que llegaron a edificar.

—Y disfrutaban con Dotty no sé cuántos y Charlie McCarthy, como dice Ezra. —Em cambió de tema—: Y ese pillaje, como lo llamas, ¿por qué te atormenta tanto? ¿Era tan diferente antes? Si necesitas cobre, entras en una ferretería y te lo llevas. En los viejos tiempos sacaban el cobre de las montañas. Mineral de cobre, es cierto, pero era lo mismo un pillaje. En cuanto a los alimentos, se explotaban las riquezas del suelo y se las transformaba en trigo. Nosotros obtenemos lo que necesitamos en los almacenes. No veo una gran diferencia.

Este razonamiento desconcertó por un rato a Ish. Pero en seguida volvió a la carga.

—No, no era así —dijo—. Nuestros predecesores creaban más que nosotros. El mundo estaba en continua actividad. Producían lo que consumían.

—No estoy tan segura —replicó Em—. Recuerdo haber leído en los suplementos dominicales de los diarios que un día se acabarían el cobre y el petróleo, y que se agotaría el suelo y no tendríamos qué comer.

Una larga experiencia le decía a Ish que Em deseaba dormir. No replicó. Pero no pudo conciliar el sueño y se puso a pensar. Recordó las horas que habían seguido al Gran Desastre, cuando imaginaba cómo resucitar la civilización. Y sus reflexiones filosóficas sobre la transformación del mundo. Unas veces el hombre luchaba tenazmente contra el medio; otras, el medio cambiaba al hombre. Sólo una inteligencia muy poderosa podía imponerse al mundo.

Recordó entonces al pequeño Joey, el niño precoz de clara mirada, el único que parecía comprenderlo enteramente. Imaginó a Joey adolescente, a quien podría hablarle sin reticencia. Y hasta preparó su discurso.

Tú y yo, Joey, le diría, somos de la misma rama. Ezra, George y todos los demás son buena gente. Gente simple y normal. La humanidad necesita muchos como ellos, pero les falta la chispa que enciende el fuego. ¡Nosotros somos esa chispa!

Y de Joey, la cima, Ish pasó revista, rápidamente, a los otros, hasta llegar a Evie, lo más bajo. ¿No se habían equivocado al conservar a Evie con ellos? Había un remedio para esos casos, recordó. La eutanasia. La muerte misericordiosa, como decían antes. Pero, en aquel grupito, ¿quién podía arrogarse el derecho de suprimir a un ser como Evie, aunque ella no conociese la felicidad, ni hiciera feliz a nadie? La responsabilidad de esta decisión sólo podía recaer sobre un jefe supremo. La simple autoridad de un padre americano, la opinión de un grupo de amigos no bastaban. El problema se resolvería más tarde. No con relación a Evie quizá. Pero nacería una organización, y se actuaría enérgicamente.

Vio con tanta claridad aquel mundo futuro, que se agitó bruscamente, como si ya ordenase hacer frente a alguna eventualidad.

Em no se había dormido aún, o el movimiento de Ish la había despertado.

—¿Qué te pasa, querido? —preguntó—. Das saltos como un cachorro que sueña con un león.

—Algún día cambiarán las cosas —dijo Ish, como si Em hubiera seguido sus pensamientos.

—Sí, ya lo sé —dijo ella—. Habrá que hacer algo. “Organizarse” creo que es la palabra. Prevenirse para el futuro.

—¿Adivinas el pensamiento?

—Bueno, querido, lo has dicho tantas veces… Es como una idea fija. Siempre que llega un nuevo año, George habla de la nevera y tú hablas de los cambios y los peligros. ¡Y nada ha cambiado aún!

—Sí, pero algo ocurrirá un día. Es inevitable. Verás como tengo razón.

—Tienes razón, querido. Sigue atormentándote. No puedes vivir sin preocupaciones. Y esta preocupación, me parece, no te hará daño.

Em no dijo nada más. Abrazó a Ish y lo apretó contra su cuerpo. Ish se tranquilizó y se durmió.

De la cañería rota sigue manando agua, que forma un río. Ni una sola gota llega a los depósitos. Al mismo tiempo, por mil fisuras que aparecieron en el curso de los años, por los grifos que nadie cerró en el momento del Gran Desastre, por las grietas que abrió el temblor de tierra, se escurre constantemente el agua, y el nivel desciende en los depósitos.

2

Como Ish había anunciado, nada se hizo. Pasaron las semanas. Ningún hombre jadeó tratando de llevar la nevera a lo alto de la loma, ninguna azada golpeó volcando la tierra. De cuando en cuando, Ish se inquietaba, pero en general la vida seguía su camino, y él mismo se dejaba arrastrar por la despreocupación de sus compañeros. Con sus viejos hábitos de observador científico, aun manteniéndose aparte, seguía preguntándose qué iría a ocurrir.

Pensaba a veces que la brusca desaparición de la sociedad secular seguía afectando a todos sus compañeros. La antropología citaba muchos ejemplos similares. Los cazadores de cabezas y otros indios, privados de sus ocupaciones tradicionales, habían perdido hasta la voluntad de vivir. Las nuevas leyes les prohibían robar caballos o cazar cabelleras, y ya nada deseaban. Otras veces, un clima suave y abundancia de alimentos quitaban al hombre toda idea de progreso. Así, en los trópicos, en algunas islas de los mares del Sur, los isleños se alimentaban exclusivamente de bananas. ¿O habría aquí otra causa?

Ish intentaba en realidad resolver un problema que intrigaba a los filósofos desde los albores de la civilización humana: el de las fuerzas dinámicas de la sociedad. ¿Por qué la sociedad se transforma? El estudioso Ish era más afortunado que Cohelet, Platón, Malthus o Toynbee. Tenía ante los ojos una sociedad reducida que podía someterse a verdaderas experiencias de laboratorio.

No obstante, cada vez que alcanzaba este punto de su razonamiento, Ish sentía que esa simplicidad era sólo aparente. Dejaba de ser un sabio para convertirse en un hombre, y adoptaba una actitud no muy distinta de la de Em. Esta sociedad de San Lupo no era el macrocosmos puro y simple de un filósofo, un pequeño acuario arrebatado al océano de la humanidad. No. Era un grupo de individuos. Era Ezra, Em, los muchachos… y sí, Joey. Si cambiaran los individuos la situación ya no sería la misma. Bastaría cambiar un solo individuo. Por ejemplo, en lugar de Em… Dotty Lamour. O bien, en lugar de George, uno de los grandes pensadores que había conocido en la universidad, el profesor Sauer. Todo sería también diferente.

Pero ¿podía asegurarlo? Quizá no. Quizás el ambiente se impusiera a todos, incluso a los gigantes.

Sin embargo, Em se equivocaba cuando temía que las preocupaciones le trajesen a Ish alguna úlcera o una enfermedad nerviosa. Al contrario, apasionándose con sus observaciones, Ish se interesaba aún más en la vida. Desde los días del Gran Desastre se había asignado el papel de testigo en un mundo que había perdido a sus dueños. Habían pasado veintiún años, y los cambios eran aún demasiado lentos para que fuesen visibles de un día a otro, o aun de un mes a otro. El problema de la sociedad —su adaptación, su renacimiento— ocupaba ahora toda su atención.

Y otra vez debía corregir su pensamiento. No podía, ni debía, limitarse a ser un observador, un sabio. Platón y los otros filósofos habían podido permitirse mirar el mundo y hacer comentarios más o menos sarcásticos. Sus obras habían influido en las generaciones futuras, pero no habían sido responsables del desarrollo y crecimiento de la sociedad. Raramente el pensador había sido también un jefe: Marco Aurelio, Tomás Moro, Woodrow Wilson. Ish no se creía un jefe, en el sentido exacto del término, pero era el intelectual, el pensador de una pequeña comunidad. Inevitablemente, los otros recurrían a resolver las dificultades; en caso de grave peligro todos le pedían protección.

Obsesionado por esta idea, había buscado muchas veces en la biblioteca municipal biografías de pensadores que hubiesen sido también jefes. La suerte de estos hombres no era envidiable. Marco Aurelio había agotado, en cuerpo y alma, en sangrientas e infructuosas campañas en las fronteras del Danubio. Tomás Moro había subido al cadalso, y más tarde, destino irónico, había sido canonizado como mártir de la Iglesia. A los ojos de sus biógrafos, Wilson había sido también un mártir, pero ninguna Iglesia de la paz lo había declarado santo. No, el intelectual no se había distinguido en el poder. Sin embargo, en una sociedad que sólo contaba con treinta y seis miembros, Ish podía influir en el futuro más que un emperador, un canciller o un presidente de los viejos días.

La primera semana del año, unas lluvias torrenciales ayudaron a mantener el nivel del agua en los tanques. Luego, un poco antes que de costumbre, se inició el período de sequía de mediados de invierno.

Como la sangre de un leviatán que brotase por miles de orificios, diminutos como pinchazos de alfiler, el agua vital se escurre por los grifos abiertos, las conexiones flojas y los agujeros de las tuberías.

Y ahora en el tanque, donde el indicador inmóvil señalaba un nivel de seis metros, sólo había una delgada capa de agua.

Aquella mañana Ish despertó y vio que era un hermoso día de sol. Había dormido bien y se sentía descansado. Em se había levantado ya, y los ruidos familiares que venían de la cocina anunciaban que el desayuno no tardaría. Se quedó acostado algunos minutos, disfrutando de su bienestar. Le agradaba quedarse así en cama, y no sólo los domingos como antes. En la nueva vida no se consultaban ansiosamente los relojes, y nadie se apresuraba a tomar el tren de las 7,53. Esta libertad, desconocida en los viejos tiempos, convenía a la independencia de su carácter.

Al fin se levantó y afeitó. No había agua caliente, aunque no la necesitaba. Un mentón hirsuto no hubiera molestado a nadie, pero después de afeitarse sentía una agradable sensación de limpieza y bienestar.

Se puso luego una camisa limpia y unos pantalones de sarga azul, se calzó unas cómodas zapatillas, y bajó a desayunar.

Cuando entraba en la cocina, Em, con una voz más alta que de costumbre, decía:

—Josey, mi pequeña, ¿por qué no abres más ese grifo?

—Pero, mamá, no se puede abrir más.

Ish entró y vio a Josey con la tetera debajo del grifo. El agua caía gota a gota.

—Buenos días —saludó—. Le diré a George que revise las tuberías. Josey, ve a buscar agua a un grifo del jardín.

Josey echó a correr e Ish besó a Em y le habló de sus planes para el día. Pasó un rato y al fin Josey volvió con la tetera llena.

—Salió mucha agua al principio —dijo—, pero se acabó en seguida.

—¡Qué fastidio! —se quejó Em—. No tenemos agua para lavar los platos.

Ish reconoció el tono de voz. La situación era crítica y Em esperaba que los hombres la ayudaran.

Sirvieron el desayuno en el comedor. Ish se sentó a la cabecera y Em enfrente. Ahora sólo quedaban cuatro hijos en la casa. Robert, de dieciséis años, casi un hombre según las normas de la Tribu, estaba en un extremo; a su lado se sentaba Walt, de doce años, alto y activo, y enfrente, cerca de la puerta de la cocina, Joey y Josey, que ayudaban a preparar el desayuno, poner la mesa, servir, y lavar la vajilla.

Ish no pudo dejar de pensar que esta escena familiar no era muy distinta de otras de los viejos días. En su juventud, ciertamente, no había deseado tantos hijos. Pero la familia seguía siendo la misma, como en todos los tiempos y todas las sociedades: el padre, la madre y los hijos; una célula básica y biológica más que social. Al fin y al cabo, pensó, la familia era la más duradera de todas las instituciones. Había precedido a la civilización, y ahora la sobrevivía.

Había jugo de pomelo… envasado, por supuesto. Ish dudaba que aquellos jugos insípidos conservaran alguna vitamina. Pero aun así, eran refrescantes, y por lo menos no hacían daño. No había huevos, pues gallinas no habían sobrevivido al Gran Desastre. No había tampoco jamón, difícil de encontrar, y no se veían cerdos en los alrededores. El jamón había sido reemplazado, ventajosamente, aun para el gusto de Ish, por sabrosas y doradas costillas de buey. Los niños las preferían a cualquier otro alimento. Acostumbrados desde su infancia a alimentarse de carne, eran resueltamente carnívoros. Ish y Em, en cambio, preferían las tostadas y los cereales. Pero como las ratas y gusanos habían devorado los paquetes de harina y avena, se contentaban con sopas de sémola de maíz. Echaban a la sémola leche condensada, y la endulzaban con algún jarabe, pues las ratas y la humedad habían acabado con el azúcar. Los adultos bebían también café. Ish ponía en el suyo leche y jarabe; Em lo prefería amargo y negro. El café, como el jugo de pomelo, había perdido casi todo su aroma.

Este desayuno tipo había sido adoptado poco a poco. Era bastante satisfactorio, y para añadirle vitaminas comían fruta fresca. Aunque las heladas, los insectos y los conejos habían devastado las huertas, y había que recurrir a fresas y frambuesas silvestres, manzanas no muy agusanadas y ciruelas ácidas que crecían en árboles silvestres.

Cuando Ish acabó de desayunar, se echó en un sillón, sacó un cigarrillo y lo encendió. Pero los cigarrillos no habían soportado bien la prueba del tiempo. No se encontraban ya latas de cigarrillos, y los de los paquetes comunes estaban muy secos. Había que humedecerlos, pero entonces parecían a veces demasiado húmedos. Así ocurría con el que Ish tenía en los labios. Por otra parte, no tenía la conciencia tranquila, y no podía fumar en paz. En la cocina, Em y los mellizos parecían quejarse y dedujo que no tenían agua.

Será mejor que vaya a ver a George y le pida que limpie esa tubería, pensó. Se incorporó y salió a la calle.

Pero antes de ir a buscar a George se detuvo en casa de Ezra. No porque Ezra supiera arreglar algo, o lo necesitara para tratar con George; pero le agradaba su compañía. Llamó, y Jean acudió a la puerta.

—Ez no está —dijo la mujer—. Esta semana vive en casa de Molly.

Ish se turbó un poco, como cada vez que se encontraba con la práctica real de la bigamia. Asombrosamente, Jean y Molly eran grandes amigas y se ayudaban en los quehaceres domésticos. Era un triunfo de aquella virtud de Ezra, capaz de entenderse con todos, y crear a su alrededor una atmósfera de afabilidad.

Ish dio media vuelta, pero luego recordó el propósito de su visita a George, y se volvió otra vez.

—Jean —dijo—, ¿hay agua en tus grifos?

—No —respondió Jean—. No. Un hilo nada más.

Jean cerró la puerta. Ish bajó los escalones del porche y fue hacia la casa de Molly. Sintió un leve escalofrío.

Molly no tenía dificultades con sus grifos. Pero su casa estaba en una calle más baja, y podía haber un poco de agua en las tuberías.

Ish y Ezra fueron juntos a ver a George, que vivía en una casa elegante y cuidada, protegida por una verja blanca pintada recientemente. Maurine los hizo pasar a la sala y los invitó a sentarse mientras iba a buscar a George, que arreglaba algo. Ish se sentó en mullida butaca tapizada de terciopelo. Luego, como siempre, miró alrededor, sintiendo otra vez el mismo asombro y un placer casi perverso. Esta sala de George y Maurine correspondía exactamente a los ideales de un próspero carpintero de los viejos días. Había lámparas eléctricas, con rosadas pantallas de abalorios, un lujoso reloj eléctrico, un magnífico aparato de radio de cuatro bandas de frecuencia, un aparato de televisión. En las dos mesas había unas carpetas artísticamente dispuestas, y en una de ellas se veía una pila de revistas populares.

Las lámparas no alumbraban, pues no había electricidad, y las agujas del reloj eléctrico marcaban eternamente las 12.17. Las revistas eran por lo menos de veintiún años atrás. El aparato de radio nada podía transmitir, aunque hubiera habido corriente.

Sin embargo, todos esos objetos eran símbolos de prosperidad. En los viejos días, George había sido carpintero. La posición económica del marido de Maurine debía de haber sido similar. Habían deseado siempre tener lámparas, relojes eléctricos, aparatos de radio, y ahora que estaban a su alcance los habían traído a la casa. A la noche, Maurine encendía una lámpara de petróleo y ponía un disco en el fonógrafo de mano. Era ridículo, y un poco emocionante. Ish se acordó de un comentario de Em:

—En los viejos tiempos, recuerda —había dicho Em—, las gentes ponían un piano en la sala, y a veces un piano de cola, aunque nadie en la casa supiese una palabra de música. Y tenían una colección de aquellos libros… los clásicos de Harvard, que no leían jamás. E instalaban un hogar sin chimenea. Querían mostrar que podían permitirse esos lujos. Eran el símbolo del éxito. Esas lámparas de George y Maurine no son otra cosa, aunque no den luz.

Las pisadas de George resonaron en el vestíbulo y su silueta maciza apareció en la puerta. Traía una llave inglesa en la mano, y estaba vestido con su acostumbrado traje de carpintero, arrugado y manchado de pintura. Hubiera podido ponerse un traje nuevo todos los días, pero se sentía más cómodo con ropa usada.

—Hola, George —dijo Ezra, que siempre hablaba antes que nadie.

—Buenos días, George —dijo Ish.

George movió la boca un rato, como si buscase las palabras más adecuadas. Al fin se decidió:

—Buen día, Ish… Buen día, Ezra.

—Escucha, George —prosiguió Ish—. No hay agua en mi casa, ni en casa de Jean. ¿Y aquí?

Una pausa.

—Aquí tampoco —respondió al fin George.

—Y bien —dijo Ish—, ¿qué opinas?

George titubeó. Movió la boca como si tuviese entre los labios un cigarro imaginario. Su estupidez era exasperante. Pero Ish dominó su irritación. George era un buen hombre, siempre dispuesto a ayudar.

—Y bien —repitió—, ¿qué opinas, George?

George movió el imaginario cigarro hacia una comisura de la boca, y luego dijo:

—Bueno, si arriba tampoco hay agua, es inútil que trate de destapar mis cañerías. Algo ha pasado en el caño principal.

Ezra miró a Ish de reojo, y una sombra de sonrisa se le dibujó en los labios. La conclusión de George era demasiado obvia, o por lo menos parecía muy notable.

—Quizá tengas razón, George —dijo Ish—, pero ¿qué haremos?

Antes de responder, George movió el cigarro hasta el otro lado de la boca.

—No sé.

Como Em, George consideraba que esta dificultad no era de su incumbencia. Si le pidieran que arreglase un grifo flojo o un vertedero atascado, se pondría en seguida a trabajar. Pero no era un mecánico, y menos un ingeniero. Como siempre, Ish era el indicado.

—¿De dónde venía el agua? —preguntó Ish, de pronto.

Los otros callaron. Era curioso. Habían usado el agua veinte años, sin preguntarse de dónde salía. Era un don del pasado, tan gratuito como el aire, las cajas de habas y las botellas de salsa de tomate que se apilaban en los mercados. Ish se había preguntado alguna vez, vagamente, cuánto tiempo correría el agua, y qué deberían hacer para asegurarse nuevas reservas. Pero no había tomado ninguna decisión. El agua no se acabaría de la noche a la mañana, y no había prisa. Por primera vez tenía una razón inmediata para decirse: «Hay que ocuparse de las reservas de agua».

Interrogó sucesivamente con la mirada a George y Ezra y no obtuvo respuesta. George se apoyaba ora en un pie, ora en el otro. Los ojos maliciosos de Ezra parecían decir que aquél no era su terreno. Ezra conocía a la gente. Vendedor en una tienda de vinos, sabía sin duda bromear con los clientes y venderles las marcas que más favorecían a la casa, pero, en cuanto a las ideas, Ish era superior a él. E Ish comprendió que debía responder a su propia pregunta.

—El agua viene seguramente de la vieja red de la ciudad —dijo—. Es decir, venía. Lo mejor, creo, será subir a los depósitos y ver si todavía hay agua.

—Muy bien —dijo Ezra, siempre de acuerdo—. ¿Y si hablásemos con los muchachos?

—No —dijo Ish—. Si se tratara de una partida de caza o de pesca, perfectamente. Pero no saben nada de reservas de agua.

Salieron, llamaron a los perros, y prepararon los arneses. Los depósitos estaban a unos mil quinientos metros, pero desde su encuentro con el puma, Ish no hacía largas caminatas, y a George los años le habían endurecido las piernas. Los preparativos fueron bastante largos. En ocasiones semejantes, Ish lamentaba que el arte de domar caballos se hubiera perdido. No había caballos salvajes en las cercanías, pero debían de abundar en el valle de San Joaquín. Por desgracia, los tres hombres eran gente acostumbrada a los automóviles, y no sabían tratar a los caballos. Los perros eran más convenientes; exigían menos cuidados y comían cualquier trozo de carne. Los caballos, en cambio, necesitaban buenos pastos y había que protegerlos contra los zorros y los pumas. En fin, a falta de automóviles, los carritos tirados por perros satisfacían las modestas necesidades de la Tribu, y George se sentía feliz haciendo los carritos y reparándolos. Durante un tiempo, cuando se sentaba en uno de aquellos vehículos, arrastrados por cuatro perros, Ish creía participar en una grotesca cabalgata y ofrecer un risible espectáculo. Pero los otros no tenían tantos escrúpulos, y, poco a poco, se había habituado. ¿No había habido antes trineos de perros? ¿Por qué no carritos?

Dejaron los perros al pie de la última ladera y subieron por el viejo sendero abriéndose camino entre las zarzas. Se inclinaron sobre el depósito. Había sólo una pequeña capa de agua en dos o tres lugares bajos, y la tubería de desagüe había quedado al aire. La miraron largamente y Ezra suspiró:

—Era esto.

Hicieron algunos planes, pero sin interés ni convicción. La estación de las lluvias llegaba a su fin, y había pocas posibilidades de que el agua llenara otra vez el depósito. Descendieron por el sendero, subieron a los carritos y regresaron a las casas.

Al acercarse, los perros de los carritos se pusieron a ladrar, y los que habían quedado en las casas les hicieron coro. Toda la colonia se había reunido en casa de Ish. Cuando Ish comunicó la noticia, los rostros de los mayores se ensombrecieron, y un niño, demasiado joven para apreciar la gravedad de las circunstancias, se echó a llorar. Todos hablaban a la vez. Nadie temía morir de sed, pero las mujeres no podían admitir que no hubiera más agua en los baños y no un solo día, sino nunca más. Era volver al estado salvaje.

Sólo Maurine aceptó resignada la catástrofe.

—Pasé mis primeros dieciocho años en una granja de Dakota —declaró—. Nunca vi un inodoro, excepto algún domingo en la ciudad, y teníamos que salir de la casa. Al fin papá nos llevó a todos a California, en el viejo auto, pero yo pensaba que eso no podía durar y que pronto tendríamos que salir otra vez, aun bajo la lluvia o la nieve. Los inodoros estaban muy bien, pero eso se acabó. Agradezco a Dios que el tiempo no sea aquí tan frío como en Dakota.

El problema del agua potable preocupaba sobre todo a los hombres. Al principio, como viejos ciudadanos, pensaron en reunir todas las botellas de agua mineral que podían encontrarse en los almacenes y tiendas. Pero pronto comprendieron que, aun en verano, no faltaría el agua. A pesar de los largos períodos de sequía, la región no era un desierto y había arroyos en las cañadas, a los que nadie hasta entonces había prestado atención, donde abrevaban las vacas y otros animales.

Precisamente en este punto asomó una diferencia entre la vieja generación y la nueva. Ish, un geógrafo, no sabía si había un manantial o un río en los alrededores, aunque pudiera localizar cualquier sitio por los nombres de las calles. Los jóvenes, al contrario, podían indicar ríos, lagunas y fuentes. Ignoraban el nombre de las calles, pero se orientaban sin titubear.

Ish descubrió de pronto que su propio hijo, Walt, le señalaba la existencia de un arroyo que él nunca había advertido, pues sus aguas se perdían en una alcantarilla, bajo San Lupo.

Pronto la consternación inicial se transformó en alegría febril. Los más jóvenes fueron con los carritos a llenar latas de veinte litros al manantial vecino. Los mayores se pusieron a cavar pozos que reemplazarían a los inodoros.

El entusiasmo duró varias horas y la obra realizada fue considerable. Pero nadie estaba acostumbrado a manejar el pico y la pala, y al mediodía todos se quejaban de ampollas y cansancio. Cuando se separaron para almorzar, Ish comprendió que nadie volvería al trabajo. Tenían otros proyectos: partidas de pesca, matar un toro que podía ser peligroso, cazar codornices para la cena. Por otra parte los jóvenes habían traído bastante agua para satisfacer las necesidades inmediatas. Psicológicamente por lo menos, había una enorme diferencia entre un poco de agua y nada de agua. La presencia de un recipiente de veinte litros en la cocina borraba todas las inquietudes.

Después del almuerzo, Ish se echó otra vez en el sillón con un cigarrillo. No tenía ningún deseo de continuar solo el trabajo. En un manual de moral podría ser un buen ejemplo. Pero en la práctica, se cubriría de ridículo.

El pequeño Joey se le acercó balanceándose nerviosamente sobre uno y otro pie.

—¿Qué quieres, Joey? —preguntó Ish.

—¿No vamos a trabajar un poco más?

—No, Joey, no esta tarde.

Joey siguió balanceándose. Su mirada se paseó por la sala y se fijó otra vez en su padre.

—Vete a jugar, Joey —dijo Ish dulcemente—. Todo está bien. Te daré la lección a la hora de siempre.

Joey se fue, pero su muda simpatía había emocionado a Ish. El niño no podía comprender todos los problemas, pero su vivaz inteligencia le decía que su padre no estaba satisfecho, aunque no hubiera discutido con los otros. Sí, Joey era el predestinado.

Desde que Ish había tenido esta idea, el día de año nuevo, había multiplicado las lecciones, y Joey estudiaba con avidez. Hasta podía temerse que se transformara en un pedante. No mostraba, además, ninguna de las virtudes del jefe, e Ish dudaba a menudo.

Este pequeño incidente, por ejemplo. Podía revelar intuición y previsión, o el simple deseo de rehuir a los niños de su edad, más hábiles que él en los juegos, y sentirse seguro junto a su padre. Ish esperaba que los otros niños no advirtieran su cariño por Joey. Un padre no tiene derecho a preferencias, pero su benjamín —como se le había revelado de pronto— era la encarnación misma de sus sueños. Oh, por qué preocuparse tanto, pensó. Y de repente fue como si estuviese explicándole todo a Em. «El día de año nuevo me pareció que Joey era el elegido. Ahora no estoy tan seguro. Quizá sean sólo los sentimientos de un padre hacia su hijo menor. Es posible que un día me pelee con él como con Walt. Sin embargo, tengo esperanzas. Los otros no han mostrado nunca esta inteligencia, esta vivacidad de espíritu. No sé. Quisiera saber. Seguiré probando.»

Encendió otro cigarrillo y de pronto se sintió irritado. Él mismo no había mostrado mucha inteligencia. Desde hacía años repetía que algo grave iba a ocurrir. Los otros se reían de él, profeta de las desgracias y de sus oráculos que nunca se cumplían. ¡Y aquella mañana había ocurrido! De pronto había caído un rayo sobre la Tribu. Podía recordar las caras espantadas, cuando Ezra, George y él habían traído las noticias. Había sido el momento de recordar sus profecías, de meter el dedo en la llaga. Hubiese debido pintar el porvenir con los más negros colores. Quizás así se hubiera conseguido algo.

En realidad —y quizás él había compartido la consternación de los otros—, todos habían buscado las soluciones más fáciles, y se habían ocultado la realidad, con la despreocupación de costumbre. O, recurriendo a una vieja comparación, quizá bastante adecuada, el problema había resbalado sobre ellos «como agua sobre el lomo de un pato». Cuatro o cinco horas después, todos habían olvidado la amenaza para dedicarse a los placeres de siempre.

En apariencia por lo menos. Seguramente todos estaban aún sorprendidos e inquietos. Unos habían ido a pescar, otros a cazar codornices. Ish había oído ya dos disparos de escopeta. Pero sentían probablemente un malestar, un remordimiento. Regresarían al atardecer, fatigados, y el momento sería favorable. Ish los reuniría. El hierro no estaría ya al rojo vivo, pero sería posible calentarlo un poco.

Entonces, con cierta inconsecuencia, aplastó el segundo cigarrillo y se abandonó al descanso; libre de toda preocupación, cómodamente estirado en el sofá.

Qué agradable, pensó. Es como…

En esos días, los hombres miran el mar, y gritan de pronto:

—¡Un buque! ¡Un buque! ¿No ves el humo de la chimenea? ¡Sí, viene hacia aquí! —Y todos se regocijan y dicen alegremente—: ¿Por qué desconfiamos? La civilización no podía haberse perdido totalmente, era insensato… Sí, siempre lo dije… En Australia, o África del Sur, en alguna región solitaria del norte, o alguna de las islas…

Pero no es ningún navío sino una nubecita en el horizonte.

O bien alguien despierta de su siesta y alza los ojos.

—¡Sí! ¡Sabía que no tardaría! Es el motor de un avión… No me engaño.

Pero son las langostas en las malezas. No hay aviones en el cielo.

O algún otro equipa con baterías un aparato de radio y con los auriculares puestos busca una estación.

—¡Sí! —exclama de pronto—. Callad… ¡Aquí está! ¡Justo en la frecuencia 920! Alguien habla… Lo escucho muy bien, parece español… Ah, ahora se perdió…

Pero no hay voces en el aire, sino el eco de una lejana tormenta.

Sí, qué agradable, pensó Ish estirado en el sofá. ¡Y de pronto un sobresalto! En la calle se oyen dos detonaciones; el tubo de escape de un poderoso camión que ocupa la mitad de la calle. Es un hermoso camión pintado de rojo con adornos azules, y en la carrocería hay unas grandes letras blancas: U.S. GOVT. Baja un hombre, es el conductor, y sin embargo lleva… la ropa que conviene a su jerarquía: traje de etiqueta y sombrero de copa. El recién llegado no ha pronunciado una sílaba, pero Ish sabe que es el gobernador de California. Y siente una inefable felicidad. Ese hombre representa la seguridad, la autoridad constituida. Viene a socorrer a unas pobres gentes hundidas en las tinieblas. Ish ya no es más un niño débil y abandonado en un mundo hostil.

Esta felicidad, excesiva, lo despierta. Tiene las palmas húmedas; el corazón le golpea el pecho. Está en la sala familiar. Su felicidad se extingue como la llama de una vela, y siente una indecible desolación.

Al fin pareció despertar del todo, y la desolación también desapareció. Cuántas veces, en el curso de aquellos veintiún años, había tenido ese sueño, en distintas formas. Aunque no en los primeros años; la sensación de soledad e inseguridad parecía haber crecido progresivamente. Y el nacimiento de los niños no había podido impedirlo.

Sí, el símbolo era claro. Las circunstancias cambiaban, pero su significado era evidente. Aparecía casi siempre como un retorno del gobierno. Ish estaba un poco sorprendido. Nunca había sido excesivamente patriota, y nunca había pensado en los posibles beneficios de su ciudadanía. Pero para pensar en el aire que se respira, es necesario que la asfixia le apriete a uno la garganta. En los viejos días, la inmensidad y los recursos del país debían de haber afectado de algún modo a todos los ciudadanos.

Se sintió otra vez en la realidad y se movió en el sillón. De acuerdo con la posición del sol juzgó que había dormido una hora. Se oyeron otros disparos. Los cazadores de codornices, se dijo con una débil sonrisa. De ahí habían nacido los ruidos del camión. Bueno, convocaría a una reunión esa noche.

Los recipientes de agua estaban casi vacíos al terminar el día, pero por lo menos nadie había pasado sed. A la noche, los mayores, y además Robert y Richard, de dieciséis años, acudieron a la invitación de Ish. Nadie parecía muy inquieto. Casi todos opinaban que la mejor solución era cavar un pozo en San Lupo antes que mudarse cerca de un manantial. Sí, sería necesario vigilar la higiene e instruir a los niños.

La asamblea no tenía presidente. De cuando en cuando alguien le pedía consejo a Ish, reconociendo su superioridad intelectual, o simplemente por cortesía al dueño de casa. Nadie tomaba notas. Por otra parte, no se había presentado ninguna moción, ni se había votado ningún proyecto. La reunión era mundana más que parlamentaria. Ish escuchaba.

—Pero ¿cómo saber si el pozo dará agua?

—No sería un pozo si no diese agua.

—Bueno, ese agujero en la tierra, si prefieres.

—¡Es cierto!

—Quizá sea mejor traer un caño desde un río o un manantial y unirlo a nuestras viejas tuberías.

—¿Qué opinas, George? ¿Te parece bien?

—Sí, sí… supongo… Sí… creo que podría…

—Lo malo es que necesitamos agua ahora mismo.

—Sería necesario levantar una represa de tierra para contener las aguas del manantial.

—No es imposible.

—No, pero sería un buen trabajo.

La conversación saltaba de un tema a otro, e Ish se sentía cada vez más perturbado. Aquel día se había dado un paso atrás, quizá definitivo. De pronto advirtió que se había incorporado y que estaba dirigiendo un verdadero discurso a las diez personas del grupo.

—Este accidente no debería haber ocurrido —declaró—. Nos hemos dejado sorprender. En estos últimos seis meses deberíamos haber advertido que el agua bajaba en los depósitos, pero no nos molestamos en mirar. Y aquí estamos, atrapados. Hemos retrocedido varios siglos, y quizá no podamos nunca recuperar lo perdido. Hemos cometido demasiados errores. Es necesario que los niños aprendan a leer y escribir. Nadie me ha apoyado. Es necesario enviar una expedición para saber qué ocurre en el mundo. No es prudente ignorar qué sucede del otro lado de la montaña. Deberíamos tener más animales domésticos, gallinas por ejemplo. Deberíamos producir lo que comemos…

En ese momento, cuando Ish empezaba a sentirse arrebatado por su propia oratoria, alguien aplaudió. Ish calló complacido. Pero oyó entonces que todos reían alegremente y comprendió otra vez que el aplauso era puramente irónico.

—¡El bueno del viejo! ¡Otra vez con su discurso! —dijo uno de los muchachos.

Y otro entonó:

—¡George va a hablar de la nevera!

Ish rió con los demás. Esta vez no se sentía irritado, pero le apenaba haberse repetido. Había fracasado otra vez. Ezra se apresuró a tomar la palabra. El bueno de Ezra, siempre dispuesto a ayudar a sus amigos.

—Sí —dijo—, es el viejo discurso, pero con algo nuevo. ¿Qué os parece lo de enviar una expedición?

Ante la sorpresa de Ish, se inició una acalorada discusión. Decididamente, pensó Ish, las reacciones de los seres humanos, sobre todo cuando pertenecen a un grupo, son imprevisibles. La idea de la expedición se le había ocurrido espontáneamente, y había nacido quizá de los acontecimientos del día y los tristes resultados del descuido general. Era, para él, la menos importante de sus sugerencias, pero había despertado la imaginación del grupo. Todos la aceptaron, e Ish se unió a ellos. Era, por lo menos, un modo de sacudir la apatía de la Tribu.

Pronto se dejó ganar por el entusiasmo. Su idea original era simplemente la de explorar la región en unos ciento cincuenta kilómetros cuadrados, pero los otros le habían atribuido proyectos más ambiciosos, y él los apoyó. Pronto todos hablaban de una expedición transcontinental.

Lewis y Clark al revés, pensó Ish, pero no dijo nada. ¿Cuántos de los presentes conocían los nombres de Lewis y Clark?

La conversación continuó animadamente.

—¡Demasiado lejos para ir a pie!

—O aun con los perros.

—Los caballos serían más útiles, si tuviéramos alguno.

—Seguramente hay muchos en el valle.

—Habría que capturarlos y domarlos.

De pronto, Ish recordó su sueño habitual, el que había tenido aquella misma tarde. ¿Cómo podían saber realmente si el gobierno había desaparecido? Quizá se había formado otra vez. Pequeño y débil, no había podido comunicarse con la costa oeste. Pero la Tribu podía intentar algún contacto.

Curiosamente, todos querían ir. Los hombres, al parecer, no podían estarse quietos, siempre ansiosos por ver nuevos escenarios. Pero era necesario elegir. Ish fue eliminado, y no protestó, pues desde que lo había lastimado el puma le costaba moverse. George tenía demasiados años. Ezra, a pesar de sus protestas, no fue aceptado, pues no sabía disparar un fusil e ignoraba el arte de vivir en el campo. En cuanto a los muchachos, todos, excepto ellos mismos, declararon a coro que sus mujeres y sus hijos los necesitaban. Al fin la elección recayó en Robert y Richard, aún adolescentes, pero capaces de cuidar de sí mismos. Las madres, Em y Molly, no parecían muy convencidas, pero el entusiasmo general borró cualquier objeción. Robert y Richard estaban contentísimos.

Había que resolver aún dos cuestiones: el itinerario y el medio de transporte. Desde hacía años, nadie andaba en automóvil, y a lo largo de la avenida San Lupo se veía una fila de coches con los neumáticos desinflados donde jugaban los niños. En calles y avenidas había árboles caídos y restos de chimeneas, recuerdo del último terremoto. Por otra parte, los jóvenes no conocían el placer de devorar kilómetros sin otro trabajo que mover unos dispositivos. ¿Y a dónde ir, aun con un Rolls Royce? No esperaba ningún amigo en los otros barrios de la ciudad, ni ningún cinematógrafo. Para llevar cajas de conserva y botellas, o para las partidas de pesca a orillas de la bahía, bastaban los carritos de perros.

Sin embargo, los fundadores de la Tribu afirmaban que era posible reparar un automóvil, y hacerlo recorrer largas distancias, incluso con los neumáticos desinflados. Bastaba marchar a poca velocidad, cuarenta kilómetros por hora, algo enorme si se lo comparaba con la velocidad que alcanzaban los perros. En una palabra, se podía llegar a Nueva York, por lo menos si las carreteras estaban transitables.

Sólo había que solucionar la segunda dificultad: el itinerario. Ish se encontró en su elemento y desplegó sus conocimientos geográficos. Al este, en la sierra Nevada, los árboles y los deslizamientos de tierra habrían obstruido todos los caminos; las rutas del norte no estaban probablemente mejor. El sur ofrecía más posibilidades. Era la ruta que había elegido Ish para llegar a Nueva York, veintidós años antes. Los caminos del desierto no habrían cambiado mucho. Los puentes del Colorado podían haberse hundido. Sólo había un modo de saberlo: ir hasta allí.

Con una creciente emoción, ayudado por viejos mapas camineros, Ish trazó el itinerario. Luego del Colorado, los viajeros no encontrarían montañas muy escarpadas ni grandes ríos. Sólo el río Grande en Albuquerque. En seguida, franqueadas las montañas llegarían a las altas planicies, y podrían elegir entre varios caminos. La gasolina no era un problema. La encontrarían en todas partes. Una vez en las llanuras cruzarían sin dificultades el Missouri y el Mississippi. Los grandes puentes de acero eran sólidos, según lo probaba el puente de la bahía.

—¡Qué aventura! —exclamó Ish—. Daría no sé qué por acompañaros. Buscaréis sobrevivientes. No uno o dos, sino comunidades. Veréis cómo los otros grupos han resuelto sus dificultades y han empezado a vivir.

Más allá del Mississippi, volviendo al itinerario, empezaban las conjeturas. Era un país de bosques, y los caminos estarían quizás obstruidos. A menos que los incendios no hubieran acabado con los árboles, sobre todo en Illinois. Una vez allí, decidirían.

Las velas se habían consumido. El reloj señalaba las diez, lo que correspondía aproximadamente a la vieja hora. De cuando en cuando Ish ponía su reloj de acuerdo con el sol, y todos lo consultaban para poner en hora sus propios relojes. Era bastante tarde para gente privada de electricidad, y acostumbrada a acostarse y levantarse con el sol.

De pronto todos se pusieron de pie y se despidieron. Cuando se quedaron solos, Ish y Em mandaron a Robert a la cama y ordenaron un poco el salón. Ish sintió cierta nostalgia. Tantos cambios, y sin embargo las apariencias eran las mismas. Volvían los viejos días. El chico que se había ido a acostar era él y no Robert. Tantas veces, espiando entre los barrotes de la escalera, como Robert sin duda, había mirado a sus padres que vaciaban ceniceros, golpeaban almohadones, ponían todo en su sitio, para no ver a la mañana siguiente el triste espectáculo de una habitación en desorden. Era un agradable y pequeño intermedio familiar que terminaba la jornada y calmaba los nervios después del zumbido de la charla.

Concluida la tarea, se sentaron en el diván para fumar un último cigarrillo. Ish no podía olvidar los acontecimientos del día. Las conclusiones no habían estado de acuerdo con sus planes, pero sentía que había logrado una victoria.

—Las comunicaciones —dijo—. Las comunicaciones son lo esencial. Lo prueba la historia. Cuando una nación o una sociedad se aíslan, dejan de progresar y degeneran. Son como George y Maurine que amontonan toda clase de objetos, sin ningún propósito. Así ocurrió en China y Egipto. Pero cuando se aseguran las comunicaciones el mecanismo del progreso se pone otra vez en marcha. Lo mismo nos pasará a nosotros.

Em calló e Ish pensó que ella no aprobaba totalmente su discurso.

—¿Qué piensas, querida?

—Pienso que a los indios no les alegró mucho poder comunicarse con los blancos, ni a mis antepasados de la costa africana conocer a los negreros.

—Sí, pero quizás eso también me da la razón. ¿Qué dirías si una mañana bajaran de la montaña unos negreros, sin que nosotros hubiésemos sospechado su existencia? ¿No habría sido mejor que los indios hubieran enviado exploradores a Europa, preparándose para recibir a los hombres blancos que llegaron con caballos y fusiles?

Ish se sentía orgulloso de su respuesta. La política de Em consistía en dejar pasar las cosas y vivir en la ignorancia. Esta filosofía debía llevar al desastre.

—Oh, quizá, quizá —murmuró Em.

—¿Recuerdas? —dijo Ish—. Lo digo desde hace mucho tiempo. Es necesario crear y no vivir del pillaje. Ya lo decía cuando esperábamos el primer hijo.

—Sí, recuerdo. Lo dijiste mil veces. Y sin embargo, es más fácil abrir latas de conserva.

—Pero las latas se acabarán un día. Y no debe encontrarnos desprevenidos, como la falta de agua.

3

Cuando Ish despertó a la mañana siguiente, Em ya se había levantado. Descansó un tiempo, inmóvil, tranquilo y feliz. Luego, de pronto, se encontró reflexionando y haciendo planes.

Al cabo de un rato, se sintió de mal humor. Piensas demasiado, se dijo.

¿Por qué no podía él, como los otros, sentirse satisfecho y feliz, sin atormentarse con el futuro e imaginar constantemente qué pasaría en las próximas veinticuatro horas, o los próximos veinticuatro años? ¿Por qué no podía disfrutar de sesenta segundos de calma? No, su mente era un continuo torbellino, una máquina. ¿Una máquina? Era tiempo justamente de pensar en máquinas.

Aquella serena felicidad, entre vigilia y sueño, se había desvanecido. De un manotazo, apartó la manta.

La mañana era clara y soleada. Aunque casi hacía frío, salió al balconcito y se quedó mirando al oeste. Con el curso de los años los árboles habían crecido, pero veía aún la cima de la montaña y la bahía con los dos grandes puentes.

¡Los puentes! ¡Sí, los puentes! Eran para él la más emocionante reliquia del pasado. Para los niños los puentes no eran muy distintos de las lomas o los árboles. Estaban ahí, y eso era todo. Pero para él, Ish, los puentes eran testimonios del poder y la gloria de la civilización muerta. Así en otro tiempo, algún bárbaro, burgundio o sajón, habría contemplado un acueducto o un arco de triunfo romanos.

No, la comparación no era exacta. El bárbaro se había contentado con sus tradiciones; era dueño de su propio mundo. Él, Ish, se parecía más a un último sobreviviente del mundo romano —senador o filósofo— confundido entre los bárbaros, que medita ante las ruinas de una ciudad desierta, ansioso e indeciso, pues sabe que no se encontrará otra vez con sus amigos en los baños, ni verá desfilar por las calles las cohortes.

La historia se repite, pensó, pero siempre con variantes.

Sí, a menudo pensaba en el lejano pasado. La historia no se repetía como un niño torpe repite una y otra vez su tabla de multiplicar. Como un artista conservaba la idea, pero cambiaba los detalles; como un compositor que desarrolla variaciones sobre un mismo tema, lo susurraba en un tono menor, lo retomaba en un tono más grave, lo hacía cantar en los violines, o estallar en las trompetas.

Estaba de pie, en pijama, en el balconcito, y sentía la brisa que le acariciaba la cara. Aspiró profundamente, y advirtió que el olor mismo del aire había cambiado. En los viejos días uno no advertía casi nunca el olor característico de la ciudad: gasolina, comidas, desperdicios, y hasta sudor humano. Ahora el aire tenía esa pureza de los campos y las praderas montañosas.

¡Pero los puentes! Los miró como si buscara una luz en las tinieblas. No iba desde hacía años al Golden Gate. A pie, o aun en carrito, la distancia era considerable, y habría que descansar una noche.

El aspecto del puente de la bahía no había cambiado. Recordó cómo había sido en otro tiempo: seis filas de automóviles, camiones, autobuses, trenes eléctricos que corrían ruidosamente por el nivel inferior. Ahora sólo había un coche en el puente, la cupé abandonada en el extremo oeste. La licencia del conductor colgaba aún del volante: John S. Robertson (o quizá James T., no se acordaba), calle tal, número cual, de Oakland. Los neumáticos se habían desinflado, y la pintura, antes de un verde brillante, era ahora gris como el musgo.

A simple vista, los cambios son evidentes. Los pilones que esconden las cabezas en las nubes de verano, los cables de varios kilómetros de longitud, las vigas de acero ya no brillan al sol como la plata. La herrumbre los ha recubierto de un oscuro sudario. Pero los pájaros han manchado de blanco la cima de los pilones.

Sí, desde hace más de veinte años, las aves marinas —gaviotas, pelícanos, cormoranes— se posan en el puente. Y en los muelles corren las ratas, se pelean, animan y multiplican, y en la marea baja se alimentan de mejillones y cangrejos.

En la amplia calzada, por donde nadie pasa ahora, hay muy pocos cambios: sólo unas pocas grietas y asperezas. Arrastrado por el viento, el polvo se ha depositado en las rendijas y rincones, y allí crecen las hierbas y el musgo.

La estructura interior del puente está intacta. La herrumbre ha roído apenas la capa protectora. En el lado oeste, durante las tempestades, las olas golpean los despintados pilones de acero, y la sal acelera la obra de la corrosión. Un ingeniero, si hubiera ingenieros, menearía la cabeza y ordenaría el cambio de algunas piezas.

Pero nada más. En la resistente estructura del puente, la civilización desafía aún los ataques del mar y el aire.

Ish salió de su ensueño y fue a afeitarse. El limpio contacto del acero era agradable y estimulante a la vez. Animado por las perspectivas del día, trazó sus planes. Haría que se reanudase el trabajo en los pozos. Dirigiría los preparativos de la expedición al interior, como el presidente Jefferson, que había aconsejado a Lewis y Clark. Intentaría poner en marcha un coche. Quizá, pensó alegremente, tomarían otra vez el camino —en el sentido literal, pero también en el sentido figurado—, un camino que llevaba al renacimiento de la civilización.

Acabó de afeitarse, pero la operación había sido muy agradable. Se enjabonó otra vez y se repasó las mejillas… Ahora los treinta y tantos miembros de la Tribu tenían en sus manos el germen del porvenir. Eran gente común, no muy inteligentes, pero honestos. Los de mayor edad, a pesar de sus imperfecciones, eran realmente ejemplares notables; pues, al fin y al cabo, habían sido sacados al azar de una enorme arca humana. Ish los examinó otra vez, uno a uno, y al fin se consideró a sí mismo. ¿Qué era él entre los otros?

Sí, recordaba, hacía muchos años, en aquella misma casa, había hecho una lista de sus aptitudes, las que podían ser más útiles en la nueva vida. Había anotado, con satisfacción y entre otras cosas, que lo habían operado de apendicitis. Se alegraba aún, aunque ninguno de sus compañeros tuviese dificultades con el apéndice.

Pero otras características habían dejado de ser una ventaja. Por ejemplo, su amor a la soledad. Ya no parecía más una virtud, y hasta quizás era un vicio. Aunque él, Ish, había cambiado en el curso de los años. Si hiciese otra vez la lista, no sería la de antes. Había leído mucho, y había aprendido mucho. Y algo más importante, había vivido con Em y era ahora padre de familia. Había madurado y envejecido. Tenía más voluntad que George y Ezra. Si se presentaba alguna dificultad, recurrían a él. Sólo él pensaba en el futuro.

Desmontó la máquina de afeitar, sacó la hoja y la echó en un cajón del botiquín. Nunca utilizaba dos veces la misma hoja, había miles y la economía aquí no contaba. Y sin embargo, como en otros tiempos, no sabía qué hacer con las hojas usadas. Recordaba viejos chistes con este tema. Era raro que una pequeñez semejante persistiera después de tantos cambios.

Después del desayuno, Ish fue a ver a Ezra. Se sentaron en los escalones del porche. Pronto llegaron otros. Se habló de una cosa y otra, se hicieron bromas, que entre los jóvenes terminaban a golpes. De común acuerdo, todos decidieron concluir el trabajo, pero nadie mostró mucha prisa. Esta demora irritó a Ish, especialmente cuando George, con su parsimonia habitual, recordó el viejo asunto de la nevera.

Al fin, Ezra y los tres jóvenes, escoltados por una tropa de niños y niñas, se encaminaron al lugar del trabajo. De pronto, como arrastrados por un entusiasmo frenético, todos, incluso Ezra, echaron a correr. Ish vio que Evie corría también, con el rubio cabello al viento. No supo quién había ganado la carrera, Pero pronto la tierra empezó a volar a un lado y a otro. Ish se sentía entre inquieto y divertido. Los miembros de la Tribu confundían siempre el juego con el trabajo. Él pensaba que no era posible lograr ningún resultado sin un esfuerzo penoso. Media hora más y aquel ardor se enfriaría; los golpes de pico se harían más lentos. Luego, primero los niños, los padres después, todos buscarían una ocupación más agradable.

Para el hombre primitivo, perseguir al ciervo, acurrucarse en el pantano a esperar la bandada de patos, arriesgar la vida en los despeñaderos, refugio de las cabras, cercar al jabalí en los bosques… no era trabajo, a pesar del sudor, la respiración jadeante, y la fatiga. Lo mismo para las mujeres dar a luz, errar por los bosques en busca de fresas y hongos, alimentar el fuego a la entrada de la caverna.

Pero el canto, la danza, el amor no eran juegos. Con los cantos y danzas aplacaban los espíritus de las aguas y el bosque. Y el amor, con la protección de los dioses, aseguraba el futuro de la tribu. Así en los primeros días de la tierra, trabajo y juego se confundían, y una misma palabra los designaba.

Pero los siglos sucedieron a los siglos, y hubo cambios y transformaciones. El hombre creó la civilización, y sintió un inmenso orgullo. Y uno de los primeros cuidados de la civilización fue el de separar el trabajo del juego. Esta división fue pronto más profunda que la anterior entre el sueño y la vigilia. Desde entonces el sueño fue sinónimo de descanso, y «dormirse en el trabajo», una horrible falta. El timbre del reloj registrador y el clamor de la sirena —más que el ademán de encender la luz y apagar el reloj despertador— señalaron las dos partes de la vida humana. Los obreros declararon huelgas, tiraron piedras, recurrieron a la dinamita para desplazar una hora y hacerla pasar de una categoría a otra. Y el trabajo se hizo cada vez más penoso y detestable, y el juego, más artificial y febril.

Ish y George se habían quedado solos en el porche de Ezra. Ish adivinó que George se preparaba a hablar. Es raro, pensó, en general la gente no hace una pausa hasta que ha dicho algo. George hace una pausa antes de hablar.

—Y bien —dijo George, e hizo otra pausa—. Y bien, buscaré unos tablones… para las paredes de los pozos… cuando sean más profundos.

—Perfecto —aprobó Ish.

George haría su trabajo. En los viejos días había adquirido el hábito del trabajo, y quizá nunca había jugado realmente.

George fue a buscar sus tablones, e Ish se unió a Dick y Bob, que habían estado preparando los perros.

Los dos jóvenes lo esperaban ante su puerta con tres cochecitos, listos para partir. En uno de los carruajes asomaba el cañón de un rifle.

Ish reflexionó un momento. ¿No olvidaba nada? Le parecía que le faltaba algo.

—Oye, Bob —dijo—, ve a buscar mi martillo, ¿quieres?

—¿Para qué?

—No sé. Puede servir para abrir una puerta.

—Un ladrillo bastaría —objetó Bob, pero obedeció.

Ish tomó el rifle y revisó el cargador. Nadie se alejaba de las casas sin un arma. Había pocas probabilidades de tropezar con un toro enfurecido o una osa con su cría, pero era mejor ir prevenido. A veces Ish despertaba sobresaltado en medio de la noche recordando la vez que lo habían perseguido los perros.

Bob llegó con el martillo y se lo dio a su padre. Ish lo tomó por el mango y sintió en seguida una rara sensación de seguridad. El peso de la herramienta, el viejo martillo que había descubierto poco antes que lo mordiera la serpiente, era tranquilizador. Ish pensaba a veces en ponerle un mango nuevo. Aunque hubiera podido buscar también otro martillo. En realidad la herramienta no era muy práctica. Lo empleaba, por tradición, todos los años para grabar los números en la roca, pero aun entonces hubiera sido más útil un martillo más liviano.

Echó el martillo en el coche, a sus pies, y le pareció que todo estaba bien ahora.

—¿Listos? —les preguntó a Dick y Bob, y en ese instante algo le llamó la atención.

Un niño, oculto apenas entre los matorrales, observaba los preparativos de partida. Ish reconoció la menuda silueta.

—Joey —llamó impulsivamente—, ¿quieres venir?

Joey salió de los matorrales, pero no se adelantó.

—Tengo que ayudar en los pozos —dijo.

—Tanto peor, cavarán sin ti.

Es decir, añadió Ish mentalmente, no cavarán, ni contigo ni sin ti.

Joey no esperó más. Era, evidentemente, lo que deseaba. Corrió al cochecito de Ish y se acurrucó a sus pies con el martillo en las rodillas.

Los perros partieron a toda velocidad, con su habitual explosión de ladridos. Los otros dos carritos se lanzaron detrás. Los muchachos gritaban, y los perros hacían coro. Los dogos que guardaban las casas ladraban también. Parecía que hubiese estallado un motín. Encogido, detrás de sus seis perros, Ish se sintió ridículo como en una carroza de carnaval.

Ya en marcha, los perros no malgastaron el aliento en ladridos y adoptaron un paso más lento. Ish repasó sus planes.

Hicieron el primer alto en un viejo puesto de gasolina. En el interior, el sol era de un amarillo mortecino. Después de veintiún años de manchas de moscas y polvo, los vidrios habían perdido su transparencia.

La guía de teléfonos colgaba de un clavo junto al mudo aparato. Ish la abrió y una lluvia de papeles amarillos cayó al suelo. Buscó la dirección del agente local de jeeps. Sí, con las carreteras estropeadas, lo mejor era un jeep.

Media hora más tarde llegaron al lugar. Ish miró a través del escaparate y el corazón le dio un vuelco. Un jeep esperaba.

Los muchachos ataron los perros, que se echaron en el suelo ordenadamente, sin enredar las riendas.

Dick probó la puerta; estaba cerrada con llave.

—Toma el martillo y haz saltar la cerradura —dijo Ish.

—Oh, prefiero un ladrillo —declaró Dick, y corrió hacia los restos de una chimenea, derribada por el terremoto. Bob lo siguió.

Ish no pudo dominar su irritación. ¿Qué mosca les había picado? Nada mejor que un martillo para abrir una puerta. Lo sabía por experiencia. Lo había hecho muchas veces.

En tres zancadas cruzó la acera, blandiendo rítmicamente el martillo, y con el último paso dio un golpe que hizo saltar la cerradura. ¡Una buena lección! No había traído el martillo para nada.

El jeep de la sala de exposición tenía sus cuatro neumáticos desinflados, y estaba cubierto de polvo, pero bajo la espesa capa se veía aún la brillante pintura roja. En el tablero se leía quince kilómetros. Ish sacudió la cabeza.

—No —dijo—. Es demasiado nuevo. Quiero decir que era demasiado nuevo. Necesitamos uno más usado.

En el garaje de atrás había varios jeeps. Todos los neumáticos estaban desinflados. Un jeep tenía la cubierta del motor levantada y sus entrañas diseminadas por el piso para una reparación que no se terminaría nunca. No había muchas diferencias entre los demás. Uno de ellos había recorrido nueve mil kilómetros, e Ish decidió probarlo.

Los muchachos seguían todos sus movimientos e Ish sintió que su prestigio estaba en juego.

—Escuchadme bien —dijo en un tono agresivo—. No sé si podré poner en marcha esta antigualla. No sé si algún otro podría. No soy un mecánico, y como casi toda la gente de mi época, conduje mucho tiempo un auto sin saber cambiar un neumático o una bujía. No esperéis milagros. Veamos primero si podemos moverlo.

Se aseguró de que no estuviera puesto el freno de mano y que la palanca de cambio se encontrase en punto muerto.

—Bien —dijo—. Los neumáticos están desinflados y el lubricante se ha solidificado en los cojinetes. Quizá los cojinetes mismos se han aplastado después de veinte años de inmovilidad. Lo empujaremos desde atrás. No costará mucho… ¡Vamos! Todos juntos… ¡Ahora!

El coche se movió unos centímetros.

Los muchachos gritaron y los perros respondieron afuera. Sin embargo, no se había ganado aún la partida. Sólo sabían que las ruedas giraban.

Luego, Ish metió la segunda marcha, y empujaron otra vez. El jeep no se movió.

Faltaba saber si el motor y los engranajes funcionaban o si los había estropeado la herrumbre. Alzó el capó y comprobó que el motor estaba bien lubricado. La herrumbre no había tocado la superficie, pero no se sabía qué había ocurrido en el interior.

Los muchachos lo miraban, expectantes. Ish pensó, buscando una solución. Podía probar otro coche. Podía atar los perros al jeep. Se le ocurrió otra idea.

El jeep del motor desarmado estaba a unos tres metros, en línea recta. Utilizándolo como catapulta quizá pudieran mover el otro jeep. Podían también romperle algo. Pero eso no importaba.

Acercaron el jeep sin motor a unos sesenta centímetros del otro, y tomaron aliento. Luego empujaron todos a la vez.

Hubo un satisfactorio estruendo metálico. Fueron a ver y comprobaron que el otro jeep se había desplazado unos centímetros. Empujaron de nuevo y lograron moverlo un poco más. Ish empezó a sentir que había triunfado.

—¿Veis? —dijo—, lo más difícil es ponerlo en movimiento. El resto no cuesta mucho.

Se preguntó si el principio se aplicaría a los hombres tanto como a las máquinas.

Los acumuladores, naturalmente, estaban descargados, pero este problema podía solucionarse fácilmente. Ordenó a los muchachos que quitaran el aceite y pusieran otro más liviano.

Luego subió a un cochecito y se alejó. Media hora más tarde traía acumuladores nuevos. Los instaló y giró la llave de contacto con los ojos fijos en la aguja del amperímetro. La aguja no se movió. Quizá los cables estaban rotos.

Golpeó con la punta de los dedos el amperímetro, y la aguja, tanto tiempo inmóvil, saltó de pronto, osciló, más allá de Descarga. El jeep resucitaba.

Buscó el botón de arranque.

—Bueno, muchachos —dijo—, ahora la prueba principal. Ver cómo funciona la batería.

Los muchachos sonrieron, inexpresivamente; nunca habían oído aquella palabra. Ish apretó el botón de arranque. Se oyó un gruñido. Y luego el zumbido del motor, cada vez más rápido.

El depósito de gasolina estaba casi vacío, como en todos los otros coches. Quizá los tanques no eran realmente impermeables, o bien la gasolina escapaba por el carburador. Ish lo ignoraba.

Encontraron un surtidor de gasolina y echaron veinte litros en el depósito. Ish reemplazó las bujías. Cebó el carburador, orgulloso de su habilidad. Luego se sentó ante el tablero, hizo girar la llave de contacto y apretó el botón de arranque.

El motor zumbó, en un tono cada vez más agudo, y al fin con un rugido volvió a la vida.

Los muchachos gritaron. Ish pisaba complacido el acelerador. Se sentía orgulloso de esta victoria del mundo civilizado, del trabajo honesto y consciente de los mecánicos e ingenieros que habían creado un motor que aún funcionaba después de veintiún años.

Pero cuando se agotó la gasolina del carburador, el motor se detuvo bruscamente. Lo cebaron y lo pusieron en marcha varias veces, y al fin la vieja bomba succionó gasolina del depósito y el motor funcionó sin detenerse. Los neumáticos eran ahora la mayor dificultad.

En el salón de ventas había una barra metálica horizontal de donde colgaban varios neumáticos. Pero al cabo de tanto tiempo, su mismo peso los había deformado, y el caucho conservaba la impresión de la barra. Podrían servir durante varios kilómetros, pero no para largos trayectos. Ish separó los mejor conservados, pero aun en éstos el caucho se había agrietado y endurecido, perdiendo toda elasticidad.

Con la ayuda de un gato, levantaron una rueda. Sacarla no fue tarea fácil, pues las tuercas estaban herrumbradas.

Bob y Dick no estaban acostumbrados a manejar herramientas, y el pequeño e inquieto Joey era más un estorbo que una ayuda. Aun en los viejos días, Ish sólo había desmontado una rueda en una o dos oportunidades, y había perdido la mano, si la había tenido alguna vez. Tardaron mucho tiempo en sacar el primer neumático. Bob se despellejó un nudillo, y Dick se arrancó la mitad de una uña. Poner el neumático fue aún más difícil, a causa de la rigidez del caucho. Al fin, agotados y exasperados, concluyeron la tarea.

Mientras descansaban, triunfantes pero sin fuerzas, Ish oyó que Joey lo llamaba desde el garaje.

—¿Qué te pasa, Joey? —preguntó, algo impaciente.

—Ven a ver, papá.

—Oh, Joey, estoy cansado —protestó Ish.

Se incorporó sin embargo y acudió a la llamada, y los dos muchachos lo siguieron arrastrando los pies. Joey señaló con un dedo la rueda de repuesto de un jeep.

—Mira, papá. ¿Por qué no usamos esta rueda?

Ish se echó a reír.

—Bueno, muchachos —les dijo a Bob y Dick—, hay que confesar que fuimos unos tontos.

En efecto, les bastaba sacar las ruedas de recambio, inflarlas y ponérselas al jeep. Habían trabajado inútilmente.

Pero Ish, aun avergonzado de su estupidez, sentía una rara y nueva alegría. Era Joey quien había encontrado la solución.

Se acercaba la hora del almuerzo.

Habían traído unas cucharas y los indispensables abrelatas. Sólo faltaba encontrar una tienda de comestibles.

En la tienda, como en todas las otras, reinaban el desorden y la suciedad. El espectáculo entristeció a Ish, aunque lo hubiese visto muchas veces. A los muchachos, al contrario, no les llamaba la atención, pues no habían visto nunca una tienda en otro estado. Las ratas y ratones habían roído todas las cajas de cartón, y el piso era una confusión de papeles y excrementos. Hasta habían roído el papel higiénico, probablemente para hacer los nidos.

Pero los dientes habían atacado en vano el latón y el vidrio. Las botellas y latas seguían intactas, y su limpieza parecía más notable en medio de aquella suciedad. Pero desde más cerca se advertía que esa limpieza era sólo una ilusión. Las ratas habían cubierto de excrementos los estantes y habían roído casi todos los marbetes, quizás atraídas por el sabor de la goma. En otras latas, las imágenes habían perdido su color, y los tomates, antes de un rojo vivo, eran ahora de un amarillo terroso; los rosados melocotones apenas se veían.

Algunas inscripciones, sin embargo, eran aún legibles. Por lo menos Ish y Joey eran capaces de descifrarlas. Los otros miraban perplejos las palabras difíciles, como melocotones o espárragos, y elegían guiándose por los dibujos.

Los muchachos hubiesen almorzado sin inconvenientes en medio de la basura. Ish los arrastró afuera y se sentaron en la acera al sol.

No se molestaron en encender un fuego y comieron un almuerzo frío, de distintas conservas: guisantes, sardinas, salmón, paté de foie, corned beef, aceitunas, frutos secos, espárragos. Era una comida rica en proteínas y grasas, pensó Ish, y pobre en hidratos de carbono. Pero los alimentos con hidratos de carbono eran raros y exigían alguna preparación, como la sémola de maíz o los macarrones. El postre fue melocotón y ananás en su jugo.

Cuando acabaron de comer, limpiaron las cucharas y los abrelatas y se los metieron en el bolsillo. Las latas vacías quedaron allí. Había tanta basura en la calle que nada importaba un poco más.

Los muchachos, advirtió Ish complacido, estaban ansiosos por volver al trabajo. Parecían entusiasmados por aquella victoria sobre el mundo de la materia. A Ish, aún un poco cansado, se le había ocurrido algo nuevo.

—Muchachos —dijo—, ¿os creéis capaces de cambiar vosotros solos las ruedas?

—Claro que sí —dijo Dick, algo perplejo.

—Bueno, Joey es muy chico para ayudaros, y yo me siento cansado. La biblioteca municipal está muy cerca. Joey podría acompañarme. ¿Quieres, Joey?

Joey, encantado, ya se había puesto de pie. Los otros sólo querían volver a sus neumáticos.

Ish se encaminó hacia la biblioteca. Joey, impaciente, corría adelante. Era ridículo, pensó Ish, que nunca se le hubiese ocurrido llevar allí a Joey. Pero no había previsto el rápido desarrollo intelectual del niño.

Pensando siempre en reservar la biblioteca universitaria para más tarde, Ish sacaba los libros que necesitaba de la biblioteca municipal, y había forzado la cerradura hacía ya muchos años. Empujó la pesada puerta y entró orgullosamente. Joey lo siguió pisándole los talones.

Entraron en la gran sala de lectura y caminaron ante los estantes. Joey no decía nada, pero sus ojos devoraban los títulos. Llegaron otra vez al vestíbulo e Ish rompió el silencio.

—Bueno, ¿qué te parece?

—¿Son todos los libros del mundo?

—Oh, no, sólo algunos.

—¿Puedo leerlos?

—Sí, puedes leer lo que quieras. Devuélvelos siempre y ponlos en su lugar para que no se desordenen ni extravíen.

—¿Qué hay en los libros?

—Oh, un poco de todo. Si leyeses todos éstos, sabrías bastantes cosas.

—Los leeré todos.

Ish sintió que una repentina sombra empañaba su felicidad.

—Oh, no, Joey, eso sería imposible. Además hay libros aburridos, estúpidos, y hasta malos. Pero yo te ayudaré a elegir los buenos. Ahora, hay que irse.

Tenía prisa por sacar a Joey a la calle. El espectáculo de tantos volúmenes podía hacer daño al niño. Ish se alegró de no haberlo llevado a la biblioteca universitaria. Eso llegaría más tarde.

Regresaron al garaje. Esta vez Joey no corría delante. Caminaba junto a su padre, reflexionando. Al fin se decidió a hablar.

—Papá, ¿cómo se llaman esas cosas que cuelgan del techo en casa? Esas bolas brillantes. Un día me dijiste que antes se encendían y alumbraban.

—Sí, lámparas eléctricas.

—Si leo todos los libros, ¿podré encenderlas otra vez?

Ish sintió una emocionada alegría, y en seguida un estremecimiento de temor. ¿No iban demasiado rápido?

—No sé, Joey —dijo en un tono que quería ser indiferente—. Quizá sí, quizá no. Se necesita tiempo, el trabajo de mucha gente. No hay que apresurarse.

Siguieron caminando, en silencio. Ish se sentía orgulloso de que Joey satisficiera sus ambiciones, pero a la vez aquella victoria lo asustaba. El niño se adelantaba demasiado. La inteligencia no debía superar a los años. Joey necesitaba mayor vigor físico y energía moral. Iría lejos.

Un ruido lo sacó de su ensimismamiento. Joey vomitaba sobre un montón de restos.

Ese almuerzo, pensó Ish, sintiéndose culpable. He dejado que se hartara de cosas indigestas. Ya le ocurrió otras veces.

Pero en seguida pensó que la causa eran quizá las emociones y no el almuerzo. Joey se sintió muy pronto mejor, y cuando llegaron al garaje descubrieron, que los muchachos habían cambiado las ruedas e inflado los neumáticos. Ish sintió un nuevo interés por el jeep y la proyectada expedición.

Sentándose al volante, puso otra vez el motor en marcha. Los neumáticos aguantaban, al menos por el momento. Quedaban pendientes los problemas del embrague, la transmisión, la dirección, los frenos, y todos los órganos misteriosos y esenciales, ocultos en las entrañas de un coche y que él sólo conocía de nombre. Bob y Dick habían echado agua al radiador, pero podía haber una tubería obstruida y eso bastaría para inmovilizar el jeep. Otra vez se preocupaba por el futuro.

—Perfecto —dijo—. Vamos.

El motor ronroneaba alegremente. Ish pisó el acelerador y el auto se sacudió como si una larga inactividad lo hubiera paralizado. Sin embargo, avanzaba, obedeciendo las órdenes de Ish. Ish frenó y el jeep se detuvo. Pero se había movido, y lo que era también importante, se había detenido.

La alegría de Ish se transformó en exaltación. ¡No era un sueño! Si en un solo día un hombre y tres muchachos habían devuelto la vida a un jeep, ¿qué no podría hacer la Tribu en algunos años?

Los muchachos soltaron un tiro de perros y ataron el cochecito a uno de los otros. Ish, con Joey a su lado, arrancó valientemente.

En las calles había montones de escombros, que el viento había cubierto con polvo y hojas. Después de las lluvias invernales, esos montones, donde crecía una hierba espesa, parecían bancos y montículos naturales. Ish marchaba en zigzag. Se acercaba a la meta cuando chocó con un ladrillo y se oyó un estallido. El neumático trasero de la izquierda había reventado. Ish siguió dando tumbos, y al fin llegó poco antes que los cochecitos. A pesar de ese último accidente, el viaje había sido un éxito.

Detuvo el jeep frente a su casa y se reclinó en el asiento, aliviado. Tocó la bocina y después de un silencio de tantos años se oyó el viejo sonido estridente.

Esperaba que grandes y pequeños acudirían de todas partes atraídos por el raro sonido; pero no apareció nadie. Sólo respondió un concierto de ladridos. Los perros de los coches, que alcanzaban en ese momento la cima de la loma, se unieron al coro.

Ish sintió un raro desasosiego. Una vez, hacía muchos años, había entrado en una ciudad desierta y había hecho sonar la bocina. Y ahora parecía que la pesadilla se repetía otra vez. Pero la impresión duró unos pocos segundos.

Mary, con su bebé en brazos, salió sin prisa de una casa en el extremo de la calle, y saludó con la mano.

—¡Se fueron a la corrida de toros! —gritó.

Los muchachos sólo pensaron entonces en unirse al juego. Soltaron los perros y se fueron corriendo sin pedirle permiso a Ish. Joey, curado de su indigestión, los siguió. Ish se sintió bruscamente solo y abandonado. Sólo Mary vino a admirar el coche. Lo contempló, muda, con los ojos muy abiertos, tan inexpresivamente como el bebé.

Ish saltó del jeep y se desperezó. Tenía las piernas entumecidas, y los tumbos le habían dejado dolorida la espalda enferma.

—Bueno —dijo, con orgullo en la voz—, ¿qué te parece, Mary?

Mary era hija suya, pero no se parecía a él ni a Em, y su estupidez lo irritaba a menudo.

—Muy bien —respondió ella con su habitual falta de entusiasmo.

—¿Dónde es la corrida? —preguntó Ish.

—Cerca del nogal grande.

Se oyeron unos gritos lejanos. Alguien, sin duda, había esquivado una embestida del toro.

—Y bueno, iré a admirar el deporte nacional —dijo Ish, aunque sabía que era una ironía malgastada.

—Sí —dijo Mary, y con el niño en brazos se volvió hacia su casa.

Ish descendió la loma y atravesó un prado que en otro tiempo había sido el patio de alguien. ¡El deporte nacional! Su entrada triunfal había sido un fracaso, y no podía dejar de sentir cierta amargura. Otro grito indicó que alguien acababa de escapar apenas a los cuernos del toro.

El juego era peligroso, aunque nadie había muerto todavía, ni había sido herido de gravedad. Ish lo desaprobaba, pero no se atrevía a oponerse. Los muchachos tenían exceso de energías y quizá sentían la necesidad del peligro. La existencia era en San Lupo demasiado serena y monótona. Recordó a Mary. ¿Cómo no volverse insensible en aquellas condiciones? Los niños atravesaban las calles sin temor a los autos, y habían desaparecido también muchos otros peligros de la vida cotidiana; los resfriados, por ejemplo, y las bombas atómicas. Naturalmente, como gente que vivía al aire libre, y usaba hachas y cuchillos, conocían las magulladuras y heridas. Mary se había quemado una vez las manos, y un día un niño de tres años se había caído del muelle, ahogándose casi.

Ish llegó a un espacio que en otro tiempo había sido un parque, cerca de la roca que servía de calendario. El toro estaba en el centro de un prado que apenas merecía ese nombre. La hierba, de treinta centímetros de altura, no conocía otros jardineros que los ciervos y las vacas.

Harry, el hijo de Molly, de quince años, era el torero. Lo secundaba Walt, que “jugaba en la retaguardia”, término deportivo heredado de los viejos días. Ish no era un experto, pero le bastó una mirada para saber que el toro no era peligroso. Era un Hereford de raza casi pura, rojo, y con manchas blancas en la frente. Estos toros vivían en libertad desde hacía varias generaciones y eran ahora de patas más largas, más delgados, y de cuernos más grandes. En ese momento el juego languidecía un poco. El toro, fatigado, miraba indeciso a Harry, que lo provocaba sin éxito.

Los espectadores, la Tribu casi completa, incluso Jean y su bebé, estaban sentados a orillas del claro. Los árboles los protegerían del toro, si el animal decidía dejar el césped. En caso de necesidad se soltarían los perros y Jack tenía un fusil en las rodillas.

De pronto, el toro volvió a la vida y embistió pesadamente con bastante fuerza como para derribar a veinte muchachos. Pero Harry saltó a un costado y el toro se detuvo, desconcertado.

Una niña —Betty, la hija de Jean— se incorporó y gritó que ahora era su turno. Parecía una pequeña salvaje, con las faldas recogidas sobre los muslos, las largas piernas bronceadas. Harry cedió su lugar a su hermanastra. El toro estaba fatigado y la niña no corría peligro. Ayudada por Walt, Betty provocó algunas embestidas que esquivó fácilmente. Y entonces un niño gritó con todas sus fuerzas:

—¡Yo ahora!

Era Joey. Ish frunció el ceño, pero sabía que no necesitaría ejercer su autoridad. Joey sólo tenía nueve años, y las leyes del juego le prohibían intervenir. Los niños mayores se impusieron amablemente, pero con firmeza.

—No, Joey —dijo Bob, de dieciséis años—, eres muy pequeño. Espera un par de años.

—Soy tan bueno como Walt —protestó Joey.

Ish creyó adivinar que Joey había practicado por su cuenta, en secreto, con algún toro bonachón, y quizás ayudado por Josie, su hermana gemela, y su devota esclava. Ish se estremeció ante la idea de que Joey pudiese sufrir un accidente… Joey, entre todos los niños… Después de algunas débiles protestas, el chico cedió.

El toro, gordo, había combatido bastante. Se contentaba con rascar la tierra mientras Betty bailaba a su alrededor. La corrida había terminado y los espectadores empezaron a dispersarse. Los muchachos llamaron a Betty y Walt. El toro, aliviado sin duda, quedó solo en el claro.

Ish fue a inspeccionar el trabajo del día. El pozo sólo tenía unos pocos centímetros. Palas y picos yacían alrededor. La indolencia de los trabajadores y la atracción de la corrida había terminado con las buenas intenciones. Ish miró el agujero y sonrió con una mueca.

Sin embargo, habían llevado a las casas agua suficiente para atender a las necesidades inmediatas. Em había preparado para la cena un sabroso asado de ternera. Por desgracia, el Napa Gamay, de veinticinco años atrás, si uno podía creer en la etiqueta, se había avinagrado.

4

Ish decidió que los muchachos saldrían cuatro días más tarde. Había aquí otra diferencia con los viejos tiempos. Antes todo era tan complicado, que un viaje largo exigía muchos preparativos. Ahora se decidía algo y se hacía. Por otra parte, la estación era favorable, y las postergaciones podían enfriar el entusiasmo que despertaba la expedición.

Mientras llegaba el día de la partida, trabajó con los muchachos. Les enseñó a conducir. Volvió con ellos al garaje y les mostró cómo debían cambiar algunas piezas, como la bomba de aceite y las bujías.

—Si os encontráis en dificultades —aconsejó— mejor será deteneros en un garaje y tratar de poner en marcha otro auto. Perderéis menos tiempo.

Luego, planeó, entusiasmado, el itinerario. En las estaciones de gasolina encontró unos mapas camineros amarillentos y descoloridos. Los estudió atentamente y, ayudado por sus conocimientos geográficos, trató de imaginar los cambios que las inundaciones, los vientos y el rápido crecimiento de los árboles podían haber provocado en los caminos.

—Primero iréis hacia el sur, hacia Los Ángeles —concluyó—. Era un gran centro poblado en los viejos días. Es posible que encontréis allí sobrevivientes, quizá hasta alguna comunidad. —Siguió con la mirada las líneas rojas—. Probad ante todo la ruta 99. Creo que podréis pasar. Si tropezáis con obstáculos en las montañas, volved hacia Bakersfield, tomad la 466, y cruzad el desfiladero de Tehachapi.

Se interrumpió. Sintió que la nostalgia le cerraba la garganta y le humedecía los ojos. ¡Aquellos nombres evocaban tantos recuerdos! Burbank, Hollywood, Pasadena… Antes ciudades vivas y prósperas que él había conocido. Ahora los coyotes perseguían a las liebres en los parques y jardines devastados. Sin embargo, los nombres estaban aún allí, en los mapas, en grandes letras negras.

Se dominó, pues los dos muchachos lo miraban estupefactos.

—Perfecto —dijo rápidamente—. Desde Los Ángeles, o desde Barstow, si no podéis llegar a Los Ángeles, tomad la 66. Yo tomé ese camino. Atravesaréis fácilmente el desierto. No olvidéis las provisiones de agua. Si el puente del Colorado existe aún, tanto mejor. Si no, volved hacia el norte y probad la ruta que atraviesa la presa de Boulder. Seguramente la encontraréis intacta.

Les enseñó a leer los mapas por si debían cambiar de itinerario. Pero sin duda les bastaría con apartar de cuando en cuando un árbol caído, o trabajar con pico y pala una hora o dos para quitar algún montón de tierra. Al fin y al cabo, veintiún años de abandono no bastaban para que desapareciesen las carreteras.

—Tendréis algunas dificultades en Arizona —continuó Ish—. En las montañas. Pero…

—¿Arizona? ¿Qué es eso?

Era Bob quien hacía la pregunta, bastante natural. Ish no supo qué decir. ¿Qué había sido Arizona? ¿Un territorio, una entidad, una abstracción? ¿Cómo explicar en pocas palabras lo que era «un Estado»? ¿Y cómo explicar lo que era Arizona ahora?

—Oh —dijo al fin—, Arizona es el nombre de esta región de aquí abajo, del otro lado del río. —Se le ocurrió algo—. Mirad aquí en el mapa. Este territorio rodeado de una raya amarilla.

—Ah —dijo Bob—. Hay una cerca alrededor.

—Bueno, me parece que no.

—Es cierto. No tienen necesidad de cerca, pues está el río.

Inútil insistir, pensó Ish. Cree que Arizona es una especie de patio grande.

Evitó desde entonces referirse a los Estados y se contentó con mencionar las ciudades. Una ciudad, para los muchachos, era una confusión de calles bordeadas de casas en ruinas. Vivían en una ciudad y podían imaginar otras, con comunidades similares a la Tribu.

El itinerario de Ish pasaba por Denver, Omaha, Chicago. Quería saber qué había ocurrido en las grandes ciudades. Llegarían allá en primavera. Les aconsejó que fueran en seguida a Washington y Nueva York por la carretera que pareciese más transitable.

—Podréis franquear las montañas por el paso de Pennsylvania. Es difícil que una carretera tan ancha haya quedado obstruida o que se hayan cerrado los túneles.

Ellos mismos podían elegir por dónde volver. Para ese entonces conocerían mejor que él el estado de los caminos. Les aconsejaba, sin embargo, que intentasen viajar por el sur. Quizás habría allí gentes que habían escapado al invierno.

Todos los días hacían un paseo en jeep, y después de algunas pruebas, consiguieron unos neumáticos que parecían bastante resistentes.

Al cuarto día, partieron, con el jeep cargado de acumuladores, neumáticos y piezas de repuesto. Los muchachos desbordaban de alegría; las madres no podían contener las lágrimas ante la perspectiva de una separación tan larga; Ish, muy nervioso, no ocultaba que su deseo hubiera sido acompañar a los viajeros.

Las fronteras eran líneas de demarcación tan duras, tan inflexibles como las cercas. Eran también obra del hombre, abstracciones que se hacían reales. Atravesabais una frontera y cambiaba la superficie del suelo. Una nueva vibración os decía que habíais dejado la suave carretera de Delaware por la más áspera de Maryland. Los neumáticos entonaban otra canción. FRONTERA DEL ESTADO, señalaba el pilón. ENTRADA A NEBRASKA. VELOCIDAD MÁXIMA 90 KILÓMETROS. Los reglamentos mismos eran distintos, y uno apretaba con más fuerza el acelerador.

A ambos lados de una frontera nacional, agitadas por los mismos vientos, flotaban banderas de colores diferentes. Os sometíais a las formalidades de la aduana y del servicio de inmigración y erais de pronto un extraño, un desconocido. Notabais que los policías llevaban otro uniforme. Cambiabais vuestro dinero, y los sellos que poníais en las cartas mostraban una cara distinta. Será mejor conducir prudentemente, pensabais. No tengamos dificultades con la policía. Curiosa historia. Atravesabais una línea invisible y os transformabais en otro hombre: un extranjero.

Pero las fronteras desaparecen más rápidamente que las cercas. Las líneas imaginarias no son atacadas lentamente por la herrumbre. El cambio es aquí muy rápido, y quizá menos desconcertante. Se dirá desde entonces, como en el principio de los siglos: «En el lugar donde los robles empiezan a clarear y crecen los pinos». Se dirá: «Allá abajo… no sé exactamente dónde, en las lomas arcillosas, donde crecen unos matorrales de salvia».

Después de la partida de los muchachos, comenzó un largo período sin incidentes que se llamó el año bueno. Los días sucedían a los días, y las semanas a las semanas. Las lluvias se prolongaron. Fueron lluvias torrenciales, seguidas de días despejados, días en que las lejanas torres del Golden Gate se alzaban precisas y majestuosas contra el cielo azul.

Por las mañanas, Ish lograba que la gente trabajara en los pozos. En el primer ensayo, tropezaron pronto con una capa de roca. El segundo pozo fue más profundo, y encontraron un buen manantial. Revistieron con maderas las paredes del pozo e instalaron una bomba manual. Pero por ese entonces ya se habían acostumbrado a no usar los inodoros, así que renunciaron a hacerlos funcionar.

En esa época, los peces abundaban en la bahía, y se prefería la pesca al trabajo.

A la tarde, todos se reunían para cantar canciones, que Ish acompañaba al acordeón. Ish propuso que se organizara un coro. No faltaban las hermosas voces, y George era un buen bajo. Pero todos preferían el camino del menor esfuerzo.

Decididamente, la Tribu no gustaba mucho de la música, como Ish había comprobado hacía tiempo. Algunos años antes había puesto algunos discos de sinfonías en el fonógrafo. No se oía muy bien, pero se podían seguir los temas. Los niños permanecieron indiferentes. A veces, atraídos por la melodía, abandonaban los juegos o la escultura en madera y escuchaban con atención. Pero no tardaban en volver a sus ocupaciones. Bueno, ¿qué podía esperarse de unas pocas gentes comunes y sus descendientes? Estaban un poco por encima de lo común, se corregía, pero carecían de cultura musical. En los viejos días, diez norteamericanos de cada mil sabían apreciar realmente a Beethoven, y esos pocos, como los perros de pura raza, no habían sobrevivido al Gran Desastre.

Probó también con el jazz. El sonido de los saxofones atrajo otra vez a los niños, pero el interés no duró mucho. ¡El jazz hot! Sus intrincados ritmos no podían atraer a mentes simples, sino a oídos educados. Era como pedirles que admirasen a Picasso o Joyce.

En realidad —y había aquí algo alentador— los jóvenes detestaban el fonógrafo. Preferían cantar ellos mismos. El papel pasivo de oyentes les disgustaba.

Jamás, sin embargo, intentaban componer una melodía o unos versos. Ish, de cuando en cuando, inspirado por algún acontecimiento importante, improvisaba una estrofa, pero carecía de genio poético y sus extrañas tentativas no eran bien recibidas.

Cantaban, pues, a una sola voz. Preferían las melodías más simples: Llévame otra vez a Virginia, aunque nadie sabía qué era Virginia, o quién quería ir allí, o Aleluya, soy un vagabundo, sin preguntarse qué era un vagabundo. Cantaban también las quejas de Bárbara Allen, aunque ninguno de ellos sufriese penas de amor.

Ish pensaba constantemente en los dos muchachos del jeep. Los niños pedían Mi hogar en la llanura e Ish tocaba la melodía sintiendo un nudo en la garganta. Quizás en aquel mismo instante Dick y Bob erraban por aquellos sitios. ¿Qué ocurriría en las vastas llanuras? ¿Habría aún ciervos y antílopes? ¿Ganado? ¿Habrían vuelto los bisontes?

Pero recordaba a los muchachos sobre todo en las negras horas de la noche. Se despertaba de pronto sobresaltado, y se pasaba las horas rumiando sus inquietudes.

¿Cómo había permitido semejante aventura? Imaginaba inundaciones y tormentas. ¡Y el coche! Qué locura confiar un jeep a muchachos tan jóvenes. No corrían el peligro, ciertamente, de chocar con otro vehículo, pero podían caer en un pozo. Los caminos eran malos; los peligros, innumerables.

¿Y los pumas, los osos, los toros salvajes? Los toros que incluso parecían despreciar al hombre, como en otros tiempos.

No, los hombres eran el mayor peligro. Un sudor frío cubría entonces la frente de Ish. ¿Con qué hombres podían tropezar los muchachos? ¿Y con qué sociedades deformadas por las circunstancias, libres del freno de las tradiciones? Quizás había en ellas bárbaros ritos religiosos, ¡sacrificios humanos, canibalismo! Quizá, como Ulises, los muchachos se encontrarían con resucitados lotófagos, sirenas, lestrigones. La Tribu, aferrada a la falda de la loma, era estúpida, y carecía de poder creador; pero por lo menos conservaba cierta dignidad. Nada garantizaba que otros hubiesen hecho lo mismo. Pero con la luz del día desaparecían los fantasmas. Ish pensaba entonces en los muchachos y los imaginaba felices, entusiasmados con nuevos paisajes, quizá con nuevos amigos. En caso de accidente, si no encontraban otro coche, volverían a pie. No les faltarían los víveres. A treinta kilómetros por día —o por lo menos ciento cincuenta por semana—, aunque tuviesen que caminar quince mil kilómetros, regresarían antes del otoño. Y si el jeep aguantaba, volverían mucho antes. Ante este pensamiento, Ish apenas podía reprimir su excitación. ¿Qué novedades traerían?

Pasaron las semanas, y cesaron las lluvias. La hierba de las lomas germinó y amarilleó. Por las mañanas, las nubes eran tan bajas que rozaban las torres de los puentes.

5

Con el correr del tiempo, las inquietudes de Ish se atenuaron. La ausencia prolongada de los viajeros demostraba que habían llegado muy lejos. Si habían atravesado el continente, tardarían aún en regresar, y no había por qué atormentarse. Se dejó arrastrar por otros pensamientos y otras preocupaciones.

Había reorganizado la escuela. Sentía que era su deber enseñar a los niños a leer, escribir y contar, para que se conservasen en la Tribu las bases primeras de la civilización. Pero los desagradecidos escolares se revolvían en sus asientos y volvían unos ojos impacientes hacia las ventanas. No pensaban en otra cosa, advertía Ish, que correr por las faldas de la loma, jugar a los toros, pescar. Trataba inútilmente de atraerlos recurriendo a los sistemas pedagógicos más famosos de los viejos días.

La talla en madera, único arte que practicaba la Tribu, era herencia del viejo George. A pesar de su escasa inteligencia, George había logrado transmitir a los niños su afición a la ebanistería. Ish no tenía ninguna habilidad de esa especie. Pero se le ocurrió utilizar aquel interés de los niños para sus propios fines.

Les enseñó algunos principios de geometría y a servirse del compás y la regla para dibujar en la madera.

Los niños mordieron el anzuelo, se entusiasmaron con los círculos, triángulos y hexágonos, y pronto esculpieron figuras geométricas. El propio Ish talló con su cuchillo una vieja y gruesa rama de pino.

Pero el entusiasmo se apagó pronto. Mover la hoja del cuchillo a lo largo de una regla de acero para obtener una línea recta, era fácil y aburrido. Seguir el contorno de un círculo era más difícil, pero uno se cansaba pronto de ese trabajo maquinal y monótono. Una vez terminadas —Ish mismo debía reconocerlo—, las esculturas parecían malas imitaciones de los adornos que en otro tiempo se hacían a máquina.

Los niños decidieron volver de nuevo a la fantasía y la improvisación. Era más divertido, y las esculturas tenían mejor aspecto.

El escultor más hábil era Walt, que leía a trompicones. Con mano firme, grababa un friso de animales sobre la lisa superficie de una plancha sin necesidad de medidas ni de principios geométricos. Si sus tres vacas no cubrían el espacio disponible, añadía un ternero. Y la obra guardaba, sin embargo, un perfecto equilibrio. Trabajaba con igual habilidad en bajo relieve, medio relieve, o alto relieve. Los otros niños no le escatimaban su admiración.

La estratagema de Ish terminó, pues, en un fracaso, y se encontró otra vez a solas con el pequeño Joey. Joey no tenía ningún talento para la escultura, pero era el único que se había entusiasmado con las eternas verdades de las líneas y los ángulos. Un día, Ish sorprendió al niño que cortaba triángulos de papel de diversas formas, les recortaba luego los vértices y los ponía uno junto a otro para formar una línea recta.

—¿Resulta? —preguntó Ish.

—Sí, tú dijiste que siempre resulta.

—Entonces ¿por qué pruebas?

Joey calló, pero Ish comprendió que el niño rendía así homenaje a las verdades inmutables y universales. Era un desafío a los poderes de la casualidad y el cambio. Y cuando estos tenebrosos poderes se declaraban vencidos, la inteligencia podía atribuirse una nueva victoria.

Ish se quedó a solas con el pequeño Joey… en el sentido literal y el figurado. Cuando los otros escolares huían lanzando gritos de alegría, Joey se inclinaba sobre algún libraco con mayor aplicación aún, y hasta con un aire de superioridad.

Los otros niños eran fornidos gigantes y superaban a Joey en todos los juegos al aire libre. La cabeza de Joey era demasiado grande para su cuerpo, o así le parecía a uno, pues se sabía que estaba atiborrada de conocimientos. Tenía unos ojos grandes y vivaces.

Sólo él, entre todos los niños, sufría de dolores de cabeza y frecuentes indigestiones. Ish suponía que esos malestares eran de origen nervioso, pero no podía recurrir a un médico clínico, o un psiquiatra, y debía contentarse con hipótesis. Pero Joey pesaba menos que lo normal y cualquier ejercicio físico lo agotaba.

—Esto me preocupa —le decía Ish a Em.

—Sí —convenía Em—, pero te alegra que se apasione por la geometría. Quizás es inteligente porque es débil.

—Sí, quizá. Tiene sus alegrías. Pero me gustaría que fuese más robusto.

—No sé. Me parece que te gusta tal como es.

E Ish reconocía, una vez más, que Em tenía razón.

Sí, se decía, los mocetones no nos faltan. Y aunque Joey sea debilucho, o neurótico o pedante, en él se conservará la tradición intelectual.

Joey seguía siendo, pues, el preferido de Ish. Veía en él la esperanza del futuro, le hablaba largamente y le enseñaba todo lo que sabía.

Las horas de clase siguieron arrastrándose mientras se esperaba el regreso de Dick y Bob. Hasta Ish las encontraba interminables. Aquel verano tenía once alumnos, a los que intentaba inculcar algunas nociones elementales.

Las clases se daban en la sala de Ish, y los niños venían de distintas casas. Se comenzaba a las nueve y se terminaba a las doce, con un largo recreo. Ish había advertido que no podía exigirles más.

No habiendo logrado dorarles la píldora de la geometría, enseñaba ahora aritmética. Pero al enunciarles los problemas tropezaba con dificultades prácticas. «Si Pedro levanta una cerca de nueve metros…» decía el viejo libro. Nadie levantaba cercas ahora, y había que explicarles para qué habían servido las cercas… algo bastante complicado. Pensó en seguir los métodos de la escuela progresiva e instalar una tienda donde los alumnos comprarían, venderían y llevarían cuentas. Pero ya no había tiendas y hubiese sido necesario explicarles todo el viejo sistema económico.

Trató entonces de interesarles en la matemática pura. Fracasó, pero se convenció por lo menos a sí mismo de que la matemática era la base misma de la civilización. Aunque no podía expresarlo claramente, la relación que había entre los números le parecía maravillosa. Dos y dos eran eternamente cuatro, y nunca cinco. Eso no había cambiado… aunque los toros salvajes pelearan ahora en las calles. Hacía juegos con progresiones aritméticas, encadenando números. Pero, excepto Joey, ningún niño parecía interesado, y las miradas de reojo a las ventanas demostraban la inutilidad de sus esfuerzos.

Probó entonces con la geografía, materia que dominaba. Los niños se divertían en dibujar mapas de los alrededores. Pero nadie se interesó en la geografía del mundo. ¿Quién podía acusarlos? La vuelta de Bob y Dick despertaría quizá su curiosidad. Pero por el momento sólo se interesaban en un área de unos pocos kilómetros. ¿Qué importaba la forma de Europa, con todas sus penínsulas? ¿Qué importaban las islas diseminadas en el mar?

Tuvo un poco más de éxito con la historia y la antropología. Les habló del desarrollo del hombre, ese luchador que lentamente, durante miles de años, había creado y aprendido, y a pesar de sus errores, sus crueldades, había llegado, antes de la catástrofe, a ofrecer el espectáculo de una magnífica victoria. Los niños escucharon con cierto entusiasmo.

Ish insistió entonces en la lectura y la escritura, llaves del saber. Pero sólo Joey era aficionado a leer, y dejaba atrás a todos sus condiscípulos. Entendía rápidamente el significado de cualquier palabra, y hasta el significado de los libros.

Ci-vi-li-za-ción. El tío Ish habla siempre de eso. Hoy hay muchas codornices cerca del río. ¿Dos y seis? Ya lo sé. ¿Para qué decirlo? ¿Dos y nueve? Es difícil. No tengo bastantes dedos. El tío George es más divertido que el tío Ish. Nos enseña escultura. Mi papá es todavía más divertido. Dice cosas divertidas. Pero el tío Ish tiene el martillo. Ahí está, sobre la chimenea. Joey cuenta muchas historias del martillo. Me parece que las inventa. No estoy seguro. Tengo ganas de pellizcar a Betty, pero el tío Ish se enojaría. El tío Ish lo sabe todo. Me da miedo. Si pudiese decirle cuánto es siete y nueve, volvería la civilización y podría ver las figuras que se mueven. ¿Las vio papá? Sería divertido. ¿Ocho y ocho? Joey lo sabe en seguida. Joey no sabe buscar nidos de codornices. Falta poco para que termine la clase.

A pesar de los repetidos fracasos, Ish redoblaba sus esfuerzos y aprovechaba cualquier ocasión para estimular el interés de sus alumnos.

Un día, después de una excursión más larga que de costumbre, los niños llevaron a la escuela unas nueces de una especie bastante rara. Ish vio en seguida un pretexto para dar una lección de historia natural, que los niños escucharon complacidos. Ordenó a Walt que fuese a buscar dos piedras para romper la gruesa cáscara. Walt trajo dos ladrillos. En su pobre vocabulario no había diferencia entre piedras y ladrillos.

Ish no lo corrigió, pero pensó que si intentaba romper las nueces con aquellos ladrillos podía aplastarse un dedo. Miró alrededor y vio el martillo sobre la chimenea.

—Tráeme el martillo, Chris —le dijo al niño más cercano.

Habitualmente, Chris inventaba cualquier excusa para dejar su asiento. Pero esta vez no se movió. Miró a sus vecinos Walt y Weston con aire embarazado y asustado.

—Tráeme el martillo, Chris —repitió Ish, pensando que el niño, distraído, sólo había oído su nombre.

—No… no… quiero —balbuceó Chris.

Chris, de ocho años, no lloraba fácilmente, pero esta vez apenas podía retener las lágrimas. Ish no insistió.

—Traedme el martillo, cualquiera de vosotros —dijo.

Weston se volvió hacia Walt, y Bárbara y Betty, las dos hermanas, se miraron. Eran los mayores. Los cuatro abrían mucho los ojos, pero no hicieron ademán de levantarse. Los más pequeños tampoco se movieron. Pero Ish notó que se echaban furtivas ojeadas.

Intrigado, Ish deseó evitar una escena, e iba a dejar su silla cuando ocurrió un incidente singular.

Joey se levantó. Fue hacia la chimenea. Todos los niños lo siguieron con los ojos. En la habitación había un silencio de muerte. Joey se detuvo ante la chimenea, estiró la mano, y tomó el martillo. Una niñita lanzó un grito. Siguió un silencio, y Joey volvió, le entregó el martillo a su padre, y se sentó otra vez.

Nadie había pronunciado una palabra y los niños, contemplaban a Joey con la boca abierta. Ish quebró el silencio rompiendo una nuez de un martillazo. La tensión, cualquiera fuese su causa, se disipó en seguida.

Al mediodía, después de despedir a sus alumnos, Ish pensó en el incidente, y descubrió sobresaltado que era un caso de superstición pura. Los niños veían en el martillo un símbolo misterioso y místico del lejano pasado. Sólo se lo empleaba en las grandes ocasiones, y el resto del tiempo descansaba en la chimenea. En general nadie lo tocaba, salvo Ish. Bob mismo, recordó ahora Ish, se lo había llevado de mala gana el día que fueron a buscar el jeep. Era, a los ojos de los niños, un emblema todopoderoso… desgraciado el imprudente que osara tocarlo. Al principio, quizás, había sido una simple broma; pero luego la idea había sido tomada en serio. E Ish comprendió otra vez que Joey se distinguía de los otros. Joey no podía estar seguro de que el martillo de Ish no fuese como los otros martillos. Pero su superstición alcanzaba un nivel más elevado. Le complacía creer que participaba de las funciones sagradas de su padre. ¿No leía acaso como él? Hijo del gran sacerdote, hijo del elegido, podía impunemente tocar las reliquias que fulminarían a otros. Hasta era capaz de haber alimentado el temor de sus amigos para darse importancia. Sería fácil, pensó Ish, destruir aquella tonta superstición.

Pero al empezar la tarde, su certidumbre se transformó en duda. Los niños jugaban ante la casa, en la acera. Saltaban de una losa a otra cantando a voz en cuello una vieja cantinela.

Ish la había oído a menudo en los viejos días. Las palabras no significaban nada; era sólo una cantinela infantil. Y los mismos niños no tardaban en reírse. Pero ¿no les parecería ahora una fórmula mágica? Era aquélla una sociedad sin tradiciones, y no había posibilidad de que la lectura las resucitase.

Sentado en su sillón, en la sala, oía a los niños que jugaban y cantaban. Observó el humo del cigarrillo que subía en volutas, y recordó otros perturbadores ejemplos de superstición. Ezra llevaba siempre en el bolsillo una moneda con la efigie de la reina Victoria, y para los niños no era sin duda muy distinta del martillo. Molly se pasaba el día «tocando madera», e Ish recordó no sin inquietud que los niños la imitaban. ¿Comprenderían un día que era una costumbre pueril, que no podía conjurar la mala suerte?

Sí, concluyó de mala gana, el problema era grave. En los viejos días las creencias de los niños de una familia, o un pequeño grupo de familias, tenían importancia; pero el contacto con otras creencias traía cierto equilibrio. Por otra parte, había muchas tradiciones —el cristianismo, la civilización occidental, el folklore indoeuropeo, la cultura angloamericana— y nadie, para bien o para mal, podía sustraerse a esas influencias.

Pero ahora aquel tesoro humano se había perdido. Siete sobrevivientes —Evie no contaba— no habían bastado para salvarlo. Y durante mucho tiempo la Tribu sólo había sido un grupo de padres y niños, sin generaciones intermedias. Los padres habían enseñado a jugar a los pequeños. La Tribu era, pues, maleable, y podía cambiar con cualquier influencia. Era una ventaja, pero también una responsabilidad, y un peligro.

Sería peligroso, por ejemplo —e Ish se estremeció—, permitir que actuara en la Tribu alguna fuerza nefasta. Un demagogo no encontraría oposición.

Aunque evidentemente, e Ish sonrió con una mueca, los niños no se habían mostrado muy maleables como escolares.

En cuanto a la superstición, reemplazaría quizás a la religión ausente. Los niños parecían sentir la necesidad de creer en algo sobrenatural, y hasta quizá tenían el deseo inconsciente de encontrar una explicación al origen de la vida.

Algunos años antes, había organizado servicios religiosos que pronto parecieron una absurda parodia. Los habían interrumpido, pero quizás habían cometido un error.

Ish comprendió, más claramente que nunca, que podía fundar una religión. Su palabra era ley. Con un poco de insistencia podía grabar cualquier idea en la mente de sus alumnos. Podía decirles que Dios había hecho el mundo en seis días. Lo creerían. Podía declarar, como en la antigua leyenda india, que el mundo era obra de un viejo coyote. Lo creerían.

Pero ¿qué podía enseñarles sinceramente? Una de las teorías de su profesor de cosmogonía. La aceptarían sin resistencia, aunque la tradición cristiana o la leyenda india fuesen más poéticas y atrayentes.

En realidad, cualquier sistema podía dar origen a una religión. Otra vez, como hacía veinte años, rechazó la idea. No podía renegar de su sincero escepticismo.

Más vale, pensó recordando alguna de sus lecturas, no creer en Dios, que tener de él una idea indigna.

Encendió otro cigarrillo y se hundió en el sillón… Sin embargo, había allí un vacío. Si no se lo colmaba, en tres o cuatro generaciones sus descendientes evocarían quizá los demonios, obedecerían servilmente a presuntos brujos, practicarían los ritos de la antropofagia. El vudú, el chamanismo, los tabúes se extenderían entre ellos.

Se sobresaltó. Sí, la Tribu tenía ya sus tabúes, y sin quererlo, él mismo había sido el instigador.

El caso de Evie, por ejemplo. Lo había discutido hacía tiempo con Em y Ezra. Los pequeños que Evie podía dar a luz serían siempre una carga para la Tribu. Y ahora ella era para los muchachos algo así como una intocable. Evie, de cabellos rubios y grandes ojos azules, era quizá la muchacha más hermosa de la Tribu. Pero, sabía Ish, ninguno de los jóvenes se había acercado a ella. No temían ser alcanzados por un rayo, no; simplemente, nunca se les había ocurrido. No se necesitaba ninguna ley. Evie era tabú.

Había otro problema parecido. Temiendo que los celos terminaran en desórdenes, habían hecho de la fidelidad conyugal más que una virtud una necesidad. Los jóvenes se casaban en la adolescencia. Ezra, como bígamo, no había tenido discípulos. La fidelidad era ciertamente una ventaja en aquellas circunstancias, pero se la aceptaba más como una cuestión de fe que de razón. La primera infracción —y seguramente la habría— podía conmover terriblemente a la Tribu.

Tercer ejemplo, aunque de menor importancia. La biblioteca universitaria era tabú, y se la consideraba un templo sagrado. Un día, cuando los muchachos eran pequeños, Ish los había llevado a pasear, y habían llegado así al parque universitario. Mientras él dormía la siesta, dos de los niños habían desclavado una madera que reemplazaba a un vidrio roto, habían entrado en la sala de lectura y jugando habían tirado algunos libros al suelo. Aterrado ante esa profanación del santuario del pensamiento, Ish los había castigado de tal modo que más tarde no podía recordarlo sin vergüenza y remordimiento. Su furia y su horror, sin proporción con los destrozos, habían producido más efecto que los golpes. Advertidos por sus mayores, los otros niños habían respetado desde entonces la biblioteca, con gran satisfacción de Ish. Sólo ahora descubría qué clase de temor los alejaba del edificio.

Había un cuarto ejemplo, que lo llevó al punto de partida. Se incorporó y se acercó a la chimenea.

El martillo estaba allí, donde lo había dejado. No le había pedido a nadie, ni siquiera a Joey, que lo volviera a su sitio.

El martillo estaba allí, en equilibrio sobre la cabeza de acero herrumbrado, de dos kilos. Ish lo tenía desde hacía años. Lo había encontrado poco antes que lo mordiera la serpiente de cascabel. Era, pues, su más viejo amigo, anterior a Em y Ezra.

Lo examinó con curiosidad y atención. El mango estaba estropeado. Mostraba las huellas del tiempo y un golpe que había recibido antes que Ish lo encontrase. ¿Qué madera era aquélla? No lo sabía. Quizá fresno o nogal. Más probablemente nogal blanco.

Lo más simple, concluyó de manera impulsiva, sería deshacerse del martillo. Arrojándolo al mar, por ejemplo.

No, eso sería tratar los síntomas, y no la enfermedad. Los niños no se librarían así de la superstición, que podría fijarse sobre otros objetos, y tomar formas más siniestras.

La destrucción del martillo sería quizás una lección simbólica, pues probaría que era sólo una herramienta desprovista de poder. Pero ¿cómo lograrlo? Quemar el mango sería fácil, pero no podría destruir la cabeza. Podía recurrir a unos ácidos, mas los niños pensarían que deseaba librarse de un enemigo peligroso.

E Ish tuvo entonces la impresión de encontrarse ante un objeto de maléfico poder. Sí, aquella unión de madera y acero reunía todas las cualidades necesarias para convertirse en símbolo: solidez, permanencia, entidad. La significación fálica era evidente. ¿Cómo no se le había ocurrido nunca darle un nombre? Los hombres se complacían en personificar las armas, que son, de algún modo, emblemas de fuerza. Durendal, por ejemplo. Ya se conocía el martillo como atributo divino, Thor, y habría otros seguramente. Y no había que olvidar a aquel rey franco que había rechazado a los sarracenos y al que sus guerreros apodaban Martel. ¡Carlos del Martillo! ¡Ish del Martillo!

Cuando los niños llegaron a clase, a la mañana siguiente, Ish prefirió no tocar el asunto de la superstición. Esperaría el momento propicio, observándolos atentamente un día o dos, o una semana. Y sobre todo sondearía los pensamientos de Joey.

Pasaron algunas semanas, e Ish concluyó que Joey no era como los otros. Había cumplido diez años aquel verano. Su precocidad dejaba a veces una triste impresión. Era, como se decía en otro tiempo, «demasiado grande para sus pantalones». Por la edad se encontraba entre Walt y Weston, de doce años, y Chris, de ocho. Pero buscaba siempre la compañía de los mayores. Le costaba, sin duda, competir con muchachos de mayor desarrollo físico. En cuanto a Josey, su hermana melliza, la hacía a un lado con ese desprecio que los niños de su edad muestran por las niñas. Josey, por otra parte, carecía de dones intelectuales.

De ese modo, Joey, comprobó Ish tristemente, vivía en una continua tensión nerviosa. Sus camaradas no osaban tocar la herramienta, pero habían creído natural que Joey se expusiera al peligro. O quizá lo creían invulnerable. Ish recordaba haber leído que los salvajes atribuían a algunos de ellos una fuerza sobrenatural. Mana, así llamaban a esa fuerza los antropólogos. A los ojos de los niños, Joey estaba protegido por el mana, y Joey se imaginaba al abrigo de todo peligro.

Ish no dejaba de advertir, ciertamente, los defectos de Joey, pero ponía aún en él todas sus esperanzas. Joey representaba el futuro. La civilización era obra de la inteligencia humana, y sólo la inteligencia lograría resucitarla un día. Y Joey tenía inteligencia, y hasta era posible que tuviese, también, aquel otro poder. El mana no era quizá más que una invención de mentes primitivas. Sin embargo, aun los pueblos más evolucionados reconocen a ciertos hombres, marcados por el destino, como jefes indiscutidos. Y nadie había explicado nunca ese misterio.

¿Joey se sabía elegido por el destino? Ish se lo preguntaba a menudo. No lo sabía, pero fue convenciéndose cada vez más, y al fin del verano creía ver ya en Joey el signo de los elegidos.

Pero aunque rechazara la idea de la predestinación, o el mana, sólo Joey, indudablemente, era capaz de alzar la antorcha que alejaría las tinieblas. Sólo él era capaz de recoger el tesoro de tradiciones humanas y transmitirlo a sus descendientes.

Pero Joey no se distinguía únicamente en la adquisición de conocimientos. A la edad de diez años, tenía sus propias experiencias, y hacía sus propios descubrimientos. Había aprendido a leer casi solo. Aunque desde luego, su genio sólo se revelaba en el terreno de la experiencia infantil.

Los rompecabezas, por ejemplo. Los niños, entusiasmados de pronto con los juegos de paciencia, habían desvalijado las tiendas. Ish, que se entretenía mirándolos, comprobó que Joey era menos hábil que los otros. Parecía carecer de sensibilidad para las formas y trataba de juntar piezas que indudablemente no podían adaptarse. Sus camaradas no le ocultaban su indignación. Joey, humillado, abandonó durante un tiempo el juego.

Pero de pronto se le ocurrió algo. No se guiaría por las formas, sino por los colores. Logró armar así su rompecabezas con mayor rapidez que los otros.

Confesó orgullosamente el secreto de su éxito, pero los otros rehusaron adoptar el sistema.

—¿Para qué? —preguntó Weston—. Tu método es más rápido, pero menos divertido. No tenemos prisa.

—Sí —añadió Betty—. No tiene gracia juntar primero los pedazos amarillos, luego los rojos, luego los azules.

Joey no supo qué replicar, pero Ish leyó en el fondo de su pensamiento. En verdad, la rapidez no era una de las reglas del juego; pero Joey se complacía en hacer un trabajo rápido y bien. Prefería correr a caminar. Parecía tener ese espíritu de empresa y competencia que había distinguido alguna vez a sus antepasados. Poco hábil en distinguir las formas, sin vigor físico, había recurrido a su inteligencia. «Usaba la cabeza», como se decía antes.

Sólo la edad de Joey hacía notable el descubrimiento, pero Ish no dejaba de decirse, complacido, que el niño había intuido las leyes de la clasificación, instrumento fundamental del progreso humano. La clasificación era la base de la lógica, y del lenguaje, con nombres y verbos que agrupaban y separaban objetos y actos. Gracias a la clasificación, el hombre había podido ordenar el aparente desorden del mundo físico.

Y Joey apreciaba realmente el lenguaje. No sólo se servía de él para expresar deseos y sentimientos. Le parecía el entretenimiento más apasionante. Hacía juegos de palabras y buscaba rimas. Las adivinanzas lo fascinaban.

Un día, Ish lo oyó mientras planteaba una adivinanza a los otros niños.

—La inventé yo mismo —dijo Joey orgullosamente—. ¿En qué se parecen un hombre, un toro, un pez y una serpiente?

—En que todos comen —le dijo Betty maquinalmente.

—Eso es demasiado fácil —dijo Joey—. También los pájaros comen.

Los niños pensaron un momento, y luego buscaron otra distracción. Con la amenaza de perder su auditorio, Joey se apresuró a decir:

—Se parecen en que ninguno tiene alas para volar.

En el primer momento, Ish no descubrió nada extraordinario en esa adivinanza. Pero luego, pensando, le asombró que a un niño de diez años le hubieran llamado la atención semejanzas negativas. Una vieja definición le vino a la memoria: «El genio es la capacidad de ver lo que no hay». Claro, esta definición del genio, como tantas otras, no era muy exacta, pues podía incluir también a los locos. Sin embargo, encerraba cierta verdad. Los grandes pensadores habían intuido un mundo que no se revelaba siempre, y lo habían buscado hasta descubrirlo. El primer requisito para hacer un descubrimiento, a no ser que se cuente con la casualidad, es indudablemente notar que algo falta.

Joey tuvo otras aventuras aquel verano. Un día volvió a la casa tambaleándose, oliendo a alcohol. Se descubrió más tarde que había visitado con Walt y Weston una licorería de la zona comercial. Era un peligro ya previsto por Ish. Una vez se había puesto a vaciar las botellas de un depósito. Al cabo de una hora, comprobó que las reservas apenas habían disminuido. La tarea era enorme, y los niños deberían resistir la tentación. Algo similar le había ocurrido a él en su juventud. Su padre había tenido siempre un poco de whisky, coñac y jerez, y a Ish poco le hubiese costado hacer una visita clandestina al aparador. Se había abstenido, y ahora sus hijos y nietos no parecían mostrar tampoco gran interés en vaciar botellas. El alcoholismo era un dios ignorado en la Tribu. La vida era tan sana y simple que no había necesidad de estimulantes. O quizás el alcohol había perdido su atracción por estar al alcance de todos.

Joey, e Ish se alegró, no había bebido mucho, y no parecía enfermo, ni muy borracho. Evidentemente, había alardeado otra vez ante los niños mayores, y había logrado impresionarlos. Walt y Weston no habían salido tan bien de la aventura.

Sin embargo, Joey estaba un poco marcado y no protestó cuando lo mandaron a la cama. Ish aprovechó la ocasión para hablarle de los peligros de la vanidad. El niño lo miraba con sus ojos grandes e inteligentes. Entendía, a pesar del alcohol, y su mirada parecía decir: Nos entendemos. Sabemos muchas cosas. No somos como los otros.

En un repentino impulso de ternura, Ish le tomó una manita. Los ojos de Joey se iluminaron de alegría, e Ish comprendió que a pesar de sus fanfarronadas, su hijo era un niño tímido y sensible, como había sido él. Sí, su temeridad no era más que una forma de la timidez.

—Joey, pequeño —dijo de pronto—, ¿por qué te esfuerzas tanto? Weston y Walt tienen dos años más que tú. No te atormentes. Dentro de diez años, veinte años, los habrás dejado muy atrás.

El niño sonrió. Pero Ish no se engañaba. Joey sonreía al sentir el cariño de su padre, no por lo que éste pudiera haberle dicho. A los diez años se vive en el presente, y los años futuros se pierden en una brumosa lejanía.

Inclinado sobre Joey, Ish vio que los grandes ojos parpadeaban con el alcohol y el sueño. Se sintió inundado otra vez por el amor a su hijo. Es el elegido, pensó. Él llevará la antorcha.

Los párpados de Joey se cerraron. El padre se quedó a la cabecera de la cama, con la manita en su mano. Luego, quizá porque el sueño es imagen de la muerte, sintió un repentino temor. Caprichos del destino, pensó. Amar es exponerse a sufrir. Hasta ahora los hados lo habían favorecido. Em… Joey… Aquella manita era tan frágil…; sentía bajo sus dedos un pulso débil y rápido. Cualquier cosa podría detenerlo. Un niño tan débil, con un alma demasiado ardiente, ¿qué posibilidades tenía de llegar a ser hombre?

Sin embargo, de él, y sólo de él, dependía el futuro. Necesitaba crecer en edad y sabiduría… y vivir.

Entre el sueño y la realidad se interpone el azar. Un síncope detiene el corazón, un cuchillo hiere, un caballo tropieza, el cáncer roe las carnes, enemigos aún más sutiles atacan disimuladamente…

Entonces, sentados alrededor del fuego, a la entrada de la caverna, los sobrevivientes se preguntan: «¿Qué vamos a hacer? Ya no está aquí para guiarnos». O mientras doblan las campanas, se reúnen en la plaza y murmuran: «El destino ha sido cruel al llevárselo. ¿Quién nos aconsejará ahora?» O se encuentran en una esquina de la calle y suspiran: «Es una gran desgracia. Nadie merece ocupar su lugar».

Todo a lo largo de la historia esta misma queja: «Si esa enfermedad no hubiese atacado al joven rey… Si el príncipe viviese… Si el general no hubiese sido tan temerario… Si el presidente no se hubiese agotado…»

Entre los sueños y la realidad, la frágil barrera de una vida humana.

Las nieblas se disiparon otra vez, y volvió el calor. Cuántas veces, pensó Ish, ha desfilado ante mí el cortejo de los meses. He aquí otra vez el tiempo de la sequedad y la muerte. El dios Pan ha exhalado su último suspiro. Pronto caerán las lluvias y verdearán las lomas. Y una mañana veré desde el porche que el sol se pone muy lejos en el sur. Entonces todos dejaremos las casas y yo grabaré otros números en la roca. ¿Y cómo bautizaremos el año?

Dick y Bob volverían pronto. Los remordimientos atormentaban aún a Ish, y se reprochaba a menudo haber dejado partir a los muchachos. Aunque había tenido tiempo de acostumbrarse a su ausencia, y su ansiedad se había atenuado un poco. Además, otras inquietudes, otros remordimientos lo acosaban continuamente.

¡Los niños! ¡Sus supersticiones y sus ideas sobre la religión! No será difícil, había pensado Ish, restablecer la verdad. Pero ya había pasado el verano.

¿Tenía miedo de hablar? ¿Deseaba que los niños vieran en Joey a una especie de brujo? ¿No desearía, en lo más hondo de sí mismo, que pensaran en él, Ish, como un dios? Al fin y al cabo, no a todo el mundo se le ofrece esa tentadora oportunidad. Y si no era dios, podría ser al menos un semidiós, o un mago.

Desde el incidente del martillo, observaba con curiosidad cómo se conducían con él los pequeños. A veces dominaban el respeto y el temor. Había mana en él, más aún que en Joey. Podía realizar notables proezas. Conocía el sentido de las palabras más raras, y el secreto de los números. Por algún mágico poder, sabía cómo era el mundo del otro lado del horizonte, del otro lado de los puentes, y sabía también que había islas en el mar más allá de las rocas de los Farallones, que en los días claros se perfilaban contra el cielo.

Ish comprendió que aquellos niños eran más simples e ingenuos que cualquier criatura de los viejos días. Ninguno de ellos había visto a más de unas pocas docenas de seres humanos. Eran felices, pero con la felicidad de unas escasas y agradables experiencias, indefinidamente repetidas. No había para ellos cambios imprevistos, esos cambios que en otro tiempo alteraban los nervios de los pequeños, pero que a la vez les aguzaban la inteligencia.

No era raro que creyesen ver en él a un ser sobrenatural, que no pertenecía totalmente a la tierra, y que lo miraran a veces con un temor reverente.

Pero otras veces, más a menudo, sólo era para ellos el padre, o el abuelo, o el tío Ish que habían conocido toda la vida, y que en otro tiempo se había puesto a cuatro patas para jugar con ellos. No les inspiraba entonces mucho respeto. Y los mayores lo consideraban un viejo chocho, y aunque lo temiesen, se burlaban de él.

Ocho días después del incidente del martillo, le pusieron un clavo en la silla: la broma clásica de los escolares. Y otra vez dejaron la clase conteniendo la risa, e Ish descubrió que le habían prendido a la chaqueta una cinta blanca, que colgaba como una cola.

Ish aceptaba buenamente estas bromas, y no intentaba descubrir al culpable. La familiaridad de los niños lo divertía. Pero no podía dejar de sentirse algo molesto. Que lo tomen a uno por un héroe o un dios es siempre agradable. ¿Pero se le pone a un dios un clavo en la silla o se le prenden trapos a la espalda? Sin embargo, Ish reflexionó y comprendió que las dos actitudes no eran incompatibles y sin precedentes.

¡Es raro ser un dios! Los sacerdotes traen a tu altar un buey de dorados cuernos, y lo inmolan de un hachazo. El sacrificio te satisface. Pero luego separan la cabeza, los cuernos y la cola, envuelven en el cuero las entrañas, queman en el altar esas pestilencias y se regalan con los mejores trozos. El engaño no pasa inadvertido y excita tu ira divina. ¿Lanzas entonces tus rayos, juntas tus nubes más negras? No. Piensas: es mi pueblo, un pueblo de hombres gordos, orgullosos e insolentes. ¿Querrías que tu pueblo fuese flaco y humilde? El año próximo, si estalla una epidemia, los sacerdotes quemarán el buey entero… quizá varios bueyes. Y tú te contentas con un débil trueno, que se pierde en la gozosa algarabía del festín. «No soy estúpido» les dices a tus hijos, «pero hay momentos en que un dios debe parecer estúpido». Y te preguntas si haces bien en confesar un secreto. Quizás hubiera sido mejor aplastarlos contra una montaña. Esos dones que tienen a su alcance, son demasiado peligrosos…

Vosotras también, divinidades terribles, que exigís sacrificios humanos, de cuando en cuando cerráis los ojos. ¡Ah, es magnífico y horrible! Los gemidos de la víctima, los gritos de su mujer, y las hachas de los verdugos. Allí yace, cubierto de sangre, con la lengua afuera. Ha sufrido una muerte espantosa. Pero de pronto el muerto se levanta y baila con los otros, y su sudor lava la pintura roja de los muros. Entonces tú, el dios terrible, recurres a tu sabiduría y recuerdas sólo la fingida muerte; aunque hasta los tontos del pueblo se ríen de ti.

No, es inútil prosternarse en el barro y besar la tierra. Una ligera inclinación de cabeza es suficiente.

Sin embargo, no sin aprensión, Ish decidió intentar una experiencia. Quizás había dado demasiada importancia al incidente del martillo. Y bien, ya se vería.

Eligió con cuidado el momento, los últimos minutos de clase. Si ocurría algo embarazoso, podría batirse en retirada. Encauzó la conversación según sus planes, y al fin preguntó con tono indiferente:

—¿Y cómo crees que se hizo todo esto —e hizo un vago y amplio ademán—, el mundo entero?

La respuesta no se hizo esperar. Era Weston quien hablaba entonces, pero expresó la opinión de todos.

—Bueno, lo hicieron los americanos.

Ish contuvo la respiración. Sin embargo, comprendió, era fácil encontrar la raíz de la idea. Cuando un niño preguntaba quién había hecho las casas, las calles o las conservas, los padres le respondían siempre: los americanos. Hizo otra pregunta:

—¿Y qué sabes de los americanos?

—Oh, los americanos eran la gente antigua.

Esta vez Ish tardó en comprender. «La gente antigua» no era sólo gente vieja, sino también seres sobrenaturales, de otro mundo. Era el momento de aclarar el problema.

—Yo era… —empezó a decir, y se detuvo, pues no había razón para emplear el pasado—. Yo soy un americano.

Al pronunciar estas palabras tan simples, sintió un cierto orgullo, como si en ese momento las banderas flotasen al viento y se oyera el canto triunfal de las fanfarrias. En otro tiempo había sido un honor ser americano. No se trataba de amor propio, sino de un sentimiento de confianza, seguridad, y fraternidad con millones de otros hombres. Sin embargo, ahora había titubeado.

Siguió un silencio, e Ish sintió que todos los ojos se clavaban en él, y comprendió que su explicación había echado leña al fuego. Había querido decir, simplemente, que los americanos eran seres de carne y hueso. Había tratado de decir: Miradme, soy Ish, padre y abuelo de algunos de vosotros. Me he puesto a cuatro patas para jugar con vosotros. Me habéis tirado del pelo. Oh, soy simplemente Ish, y cuando digo que soy un americano, quiero decir que no había en ellos nada de sobrenatural. Eran sólo hombres.

Tal había sido su pensamiento, pero los niños habían interpretado mal sus palabras. Yo soy un americano, había dicho, y los niños habían inclinado la cabeza pensando: Sí, claro, eres un americano. Sabes cosas extraordinarias que nosotros humildes mortales no podemos conocer. Nos enseñas a leer y escribir. Nos describes el mundo. Juegas con los números. Llevas el martillo. Sí, es evidente. Otros seres como tú hicieron el mundo; eres el último sobreviviente de la vieja raza. Eres un viejo del otro mundo. Sí, es cierto, eres un americano.

Ish miró impotente a su alrededor. Reinaba un silencio de muerte. De pronto Joey le sonrió como diciéndole: Hay algo común entre los dos. Yo soy como un recuerdo de los viejos días. Sé leer. Entiendo los libros. Toco el martillo, y no me pasa nada.

Ish se alegró de haber hecho la pregunta poco antes de mediodía. Ya no habría más preguntas, ni respuestas.

—Es la hora —gritó—. ¡La clase ha terminado!

6

Un día, cuando ya caía la tarde, Ish conversaba con Joey, o mejor dicho, seguía instruyéndolo con algunos juegos. Había reunido unas monedas y le daba a Joey nociones de economía política. Joey admiraba las brillantes y sonoras monedas de níquel, con la figura de aquel raro animal jorobado. Como todos los niños de su edad en los viejos días, prefería las monedas a los billetes con la imagen del hombre barbudo, que se parecía un poco al tío George. Ish trataba de explicarle el sistema monetario antiguo.

Cuando parecía que Joey ya había entendido, Ish oyó un sonido insólito y sin embargo familiar. Alzó la cabeza y escuchó. El sonido se oyó otra vez, más cerca. Era la bocina de un coche.

—¡Em! —gritó Ish—. ¡Han vuelto!

Se incorporó de un salto y las monedas rodaron por el porche.

Em y los niños salieron tropezándose. El jeep apareció en la esquina y los perros lo saludaron con un concierto de ladridos. Los miembros de la Tribu corrieron a recibirlo. El coche estaba sucio y abollado, y mostraba las huellas del largo viaje. Ish contuvo el aliento unos segundos. En seguida los muchachos saltaron a tierra, gritando alegremente. Ish suspiró aliviado y comprendió que desde el día de la partida no había disfrutado de un minuto de verdadera tranquilidad.

Allí estaban los muchachos, rodeados de una cohorte de niños vocingleros. Ish se quedó aparte, un poco embarazado. Luego, un movimiento en el jeep atrajo su atención. ¿Otro viajero? Sí, y ahora iba a salir. Ish tuvo un mal presentimiento, y observó con inquietud la aparición del intruso.

Primero asomó la cabeza: un cráneo calvo, una barba castaña, abundante, pero sucia y descuidada. El hombre descendió y se enderezó lentamente.

Con temor, casi con pánico, Ish lo examinó. Era un hombre de elevada estatura, corpulento y pesado. Parecía fuerte, pero se movía dificultosamente, como si padeciese algún mal. En la cara de luna, los ojos apenas se veían. Ojos de cerdo, pensó Ish.

El hombre estaba ahora rodeado de niños. Alzó la cabeza, se encontró con la mirada de Ish, y sonrió. Los ojos del hombre eran de un azul pálido.

Ish hizo un esfuerzo para responder a la sonrisa. Yo tenía que haberle sonreído antes, pensó. Es un huésped y se supone que debo darle la bienvenida.

Para terminar con aquella situación embarazosa, Ish se adelantó y le dio la mano a Bob, aunque no podía olvidar al desconocido.

Aproximadamente de mi edad, pensó.

Bob hizo las presentaciones.

—Nuestro amigo Charlie —dijo simplemente, y le palmoteó la espalda.

—Encantado —alcanzó a articular Ish.

La trivial fórmula de cortesía se le había quedado en la garganta. Miró fijamente los diminutos ojos azules. ¿Ojos de cerdo? No, de jabalí. Aquel infantil color azul disimulaba la fuerza y la ferocidad. Los dos hombres se estrecharon la mano. Ish sintió que el otro era más fuerte.

Bob arrastraba ya a Charlie para presentárselo a los otros. Ish se sintió todavía más molesto. Estemos alertas, pensó.

Había imaginado aquel regreso como una fiesta. Y ahora ese Charlie lo estropeaba todo.

Hombre agradable, en su género. Y buen compañero, a juzgar por el afecto que le mostraban los muchachos. Pero Charlie era un hombre sucio. Sólo eso justificaba su antipatía. Charlie era un hombre sucio, y esa suciedad, pensaba Ish, no se limitaba sólo a su exterior.

Ish, como todos, se había habituado ya a la suciedad, la eterna suciedad de la tierra. Pero no era eso lo que molestaba en Charlie. Quizá la causa fuesen aquellas ropas. Charlie vestía un traje de los viejos días, que ya no se usaba. Hasta llevaba chaleco, quizá porque el tiempo era fresco y las nubes bajas presagiaban lluvia. Pero el traje estaba cubierto de manchas de grasa y otras que uno hubiera creído de huevo, si las gallinas no hubiesen desaparecido hacía años.

La pequeña multitud fue hacia la casa, e Ish atrás. La sala estaba repleta. Los dos muchachos y Charlie en el centro. Los niños miraban maravillados a los viajeros que volvían de una lejana expedición, y observaban asombrados a Charlie. No estaban acostumbrados a ver gente extraña. Nunca habían disfrutado de una fiesta parecida. Era el momento de descorchar una botella de champaña, pensó Ish; pero no había hielo. En seguida se preguntó por qué esta idea le parecía risible.

—¿Llegasteis al otro lado? —gritaban todos—. ¿Hasta dónde fuisteis? ¿Visteis la ciudad grande?

Ish no se dejaba arrastrar por la alegría general. Miraba de reojo la barba grasienta y el chaleco manchado, y sentía crecer su antipatía.

Cuidado, pensó. Pareces un aldeano que no confía en ningún desconocido. Decías que la Tribu necesitaba el estimulante de nuevas ideas, y cuando se te presenta un extraño, piensas que su alma debe de ser tan sucia como su chaleco.

—No —dijo Bob—, no llegamos a Nueva York. Pero sí a la otra gran ciudad… Chicago. Luego los caminos estaban cada vez más malos, y tropezábamos con troncos caídos y montones de tierra. Además no había puentes y debíamos hacer largos rodeos.

Alguien hizo otra pregunta antes que Bob terminara la frase. Todos hablaban a la vez y los viajeros no sabían a quién contestar. En ese alboroto, Ish se encontró con la mirada de Ezra, y comprendió que su amigo compartía sus inquietudes y también desconfiaba de Charlie.

Ish se sintió a la vez aliviado y justificado. Ezra tenía gran experiencia en estas cuestiones. Si él adivinaba algún peligro, había que estar preparado. Su juicio en estos asuntos era infalible.

Vamos, se calmó Ish. No sabes qué piensa Ezra. Quizás está perturbado porque adivina tus temores. Y tú has perdido la cabeza. Temes, como un salvaje, que cualquier extranjero venga a imponerte sus ideas y sus dioses.

Los viajeros continuaban el entrecortado relato.

—Vestidos muy cómicos —decía Dick—. Como batas blancas y largas, y mangas anchas del mismo color. Hombres y mujeres vestían igual. Nos tiraron piedras y nos gritaron que éramos gente impura. «¡Somos los elegidos del Señor!», decían. No pudimos acercarnos.

Em lo interrumpió. Su voz grave y sonora pareció dominar los agudos chillidos de los niños. Cualquier otro hubiera debido golpear la mesa para que le prestaran atención. Todos callaron en seguida, aunque Em no levantó la voz y sólo dijo unas palabras triviales.

—Es tarde —dijo—. Hora de cenar. Los chicos tienen hambre…

Evie lanzó una de sus risitas tontas y calló también.

Em dijo que todos debían ir a sus casas y volver más tarde. Ish observó a Charlie y advirtió que Ezra hacía otro tanto. Los ojos de Charlie se detuvieron, excesivamente en Em. Luego su mirada se posó en los cabellos rubios de Evie, con una admiración no disimulada. Todos se incorporaron y se dispusieron a salir. Dick invitó a Charlie a cenar en casa de Ezra.

Sirvieron la comida, y cuando todos se sentaron a la mesa, hubo otra vez un tropel de preguntas. Ish calló, esperando a que Em calmara sus inquietudes de madre. ¿No habían enfermado? ¿Habían comido bien? ¿No habían tenido frío de noche?

Hablarían del viaje, decidieron, después de la cena, cuando volvieran los demás. A Ish no le parecía bien sondear a Bob a propósito de Charlie, pero no pudo contenerse. Bob habló sin reticencias.

—Oh —dijo—, ¿Charlie? Lo encontramos hace unos doce días, cerca de Los Ángeles. Hay allí algunos grupos como el nuestro, pero Charlie estaba solo.

—¿Le ofreciste subir al jeep o te lo pidió él?

Ish estudió el rostro de Bob. El muchacho no pareció perturbado.

—Oh, no me acuerdo. Yo no le dije nada. Quizá Dick.

Ish se hundió otra vez en sus reflexiones. Charlie tenía quizá sus razones para dejar Los Ángeles. Pero no se lo podía acusar sin permitirle que se defendiera.

—Cuenta historias muy divertidas. Es un hombre magnífico —continuó Bob.

Historias divertidas, sí, y de un género previsible. La Tribu llamaba a las cosas por su nombre, y la misma pobreza del vocabulario había hecho desaparecer el concepto de obscenidad, que había muerto quizá con el amor romántico. Pero Charlie conservaba un repertorio de buenas anécdotas. Ish no había sido nunca un mojigato, pero sintió que su desconfianza se transformaba en una especie de indignación virtuosa. Se repitió que no sabía nada de Charlie, salvo lo que decían los muchachos. Deploró amargamente la falta de agua que les había arrebatado la paz, trayéndoles a ese intruso.

Después de la cena, una hoguera encendida en la colina atrajo a toda la Tribu. Los más jóvenes cantaban y bromeaban. Era un día de fiesta.

En aquel concierto de gritos y risas, los muchachos terminaron su relato. En la carretera a Los Ángeles habían encontrado algunos obstáculos, pero el jeep los había salvado fácilmente. Los fanáticos de túnicas blancas, que se llamaban a sí mismos elegidos del Señor, vivían en Los Ángeles. Algún hombre enérgico, pensó Ish, les habría impuesto esas ideas. La Tribu, libre de esas influencias, se había desinteresado en cambio de toda cuestión sobrenatural.

Después de Los Ángeles, los muchachos habían tomado la ruta 66, como lo había hecho Ish en los días que siguieron al Gran Desastre, cuando no era mucho mayor que ellos. La carretera que atravesaba el desierto se conservaba en buen estado, aunque cubierta de arena en algunos lugares. El puente sobre el Colorado se movía un poco, pero se mantenía aún en pie.

Había otra comunidad cerca de Albuquerque. De acuerdo con la descripción de los muchachos, Ish concluyó que los miembros de esa colonia, aunque no fueran muy morenos, eran de raza india, pues cultivaban maíz y alubias, como lo habían hecho los pueblos indios durante siglos. Sólo unos pocos —los más viejos— hablaban inglés. Encerrados en sí mismos, miraban a los extranjeros con desconfianza. Tenían caballos, no usaban automóviles y se mantenían lejos de las ciudades.

Desde allí los muchachos habían ido hacia Denver, y luego habían atravesado las llanuras.

—Seguimos una carretera —explicó Bob— que comenzaba como 66.

Bob calló titubeando. Ish reflexionó un instante y comprendió que el muchacho hablaba de la ruta 6.

Bob había visto una cifra familiar en los pilones aún intactos, pero no conocía el nombre. Ish tuvo vergüenza de la ignorancia de su hijo.

La ruta 6 les había permitido llegar a los límites de Colorado y cruzar las planicies de Nebraska.

—Había muchas vacas —comentó Dick—. No se veía otra cosa.

—¿Visteis también esos toros con jorobas? —preguntó Ish.

—Sí, unos pocos —dijo Dick.

—¿Y la hierba? ¿Era derecha y alta, con espigas? Debía de ser tierna en el camino de ida, y dorada, con el grano duro cuando volvisteis.

—No, no vimos nada parecido.

—¿Y el maíz? Conocéis el maíz. Se cultivaba cerca de Río Grande.

—No, no vimos maíz.

A partir de entonces, los caminos estaban a menudo bloqueados. En aquellas regiones de otoños lluviosos e inviernos fríos, la humedad favorecía el crecimiento de las plantas. El cemento, agrietado y hendido, había sido invadido por las hierbas, los matorrales, y hasta los arbustos. Pero al fin, trabajosamente, habían logrado atravesar lo que había sido antes el Estado de Iowa.

—Llegamos al gran río —dijo Bob—. El mayor de todos. Pero el puente es sólido aún.

Al fin habían entrado en Chicago, un desierto de calles vacías. La ciudad, pensó Ish, era poco hospitalaria, sobre todo cuando los vientos de invierno se abatían sobre el lago Michigan. No era raro que las gentes, que podían elegir cualquier lugar del país, hubieran emigrado al sur. Chicago era ahora una ciudad de fantasmas.

Al salir de Chicago en un día nublado y gris, se habían perdido en el laberinto de carreteras que rodeaba la ciudad, y habían ido hacia el sur, en vez del este.

—Así que buscamos en una tienda una de esas máquinas que señalan la dirección —dijo Bob, y miró a Ish.

—Una brújula —dijo Ish.

—Bueno, la brújula nos ayudó a encontrar el camino y llegamos a orillas de un río que no pudimos atravesar.

El río Wabash, pensó Ish. Inundaciones sucesivas habían arrebatado los puentes, o quizás un solo huracán. No se podía pasar por el sur, y Bob y Dick habían vuelto a la ruta 6.

El viaje hacia el este fue una verdadera aventura. Las inundaciones, las tormentas y las heladas habían destrozado la carretera, y las arenas, las plantas y los árboles caídos apenas dejaban ver el cemento. El jeep se abrió paso entre matorrales o esquivando troncos. Pero muy a menudo los muchachos tenían que recurrir a la pala y el hacha, en una lucha agotadora. Además, empezaba a pesarles la soledad.

—Un día de mucho frío, con viento del norte —confesó Dick—, tuvimos miedo. Recordamos lo que nos habías dicho de la nieve y pensamos que no volveríamos a casa.

En alguna parte, probablemente cerca de Toledo, habían dado media vuelta. El agua de las lluvias había cubierto los caminos, y se preguntaban si la inundación no se habría llevado los puentes. En ese caso, nunca podrían reunirse con sus familias. En lugar de ir hacia el sur, como les había aconsejado Ish, habían regresado por el mismo camino. El viaje de vuelta no les había enseñado, pues, nada nuevo.

Ish no les hizo ningún reproche. Al contrario, elogió su energía y su inteligencia. La culpa debía recaer en él, que los había enviado a Chicago y Nueva York, las grandes ciudades de los viejos días. Hubiera sido preferible elegir la ruta meridional hacia Houston y Nueva Orleáns, lejos de los inhospitalarios inviernos del norte. Sin embargo, al este de Houston las inundaciones debían de haber sido catastróficas. Quizás Arkansas y Louisiana se habían transformado en selvas antes que Iowa e Illinois.

Los niños, con sus rondas y canciones, rodeaban el fuego. ¿No había en ese frenesí algo de primitivo y bárbaro? ¿O bien esa exuberancia era natural? Evie, mentalmente una niña, bailaba también, con los cabellos rubios al viento.

Ish miraba y pensaba. Los muchachos habían descubierto que el país volvía al estado salvaje. Pero no podía esperarse otra cosa. La expedición había tenido otra utilidad: el contacto con dos comunidades, si podía hablarse de contacto, ya que aquellos grupos rechazaban a todos los extraños. ¿Era un simple prejuicio, o un profundo instinto de conservación?

Sin embargo, la certidumbre de que había seres humanos cerca de Albuquerque aliviaba un poco la angustia de la soledad.

Dos pequeñas colonias descubiertas en un solo viaje. Podía suponerse que había muchas de ellas en todo el país. Ish recordó a los negros que había visto en Arkansas hacía muchos años. En aquella región fértil, sin inviernos rigurosos, esos tres negros habían sido quizás el núcleo de un grupo de hombres de distintas razas. Evidentemente, por sus costumbres y modo de pensar, aquella comunidad poco se parecería a las de California y Nuevo México. Estas diferencias plantearían nuevos problemas.

Pero el momento no era adecuado para las meditaciones filosóficas. Los bailes y los gritos de los niños se habían transformado en algo desenfrenado. Los muchachos mayores, incluso algunos casados, no habían podido resistirse, y se habían unido a la partida. Estaban jugando con un látigo, y el que era tocado debía saltar el fuego. De pronto, Ish se puso tenso. Charlie tomaba parte en el juego. Entre Dick y Evie, blandía el látigo. La presencia de una persona mayor entre ellos, y sobre todo de ese extraño, redoblaba la alegría de los niños.

Ish buscó argumentos que disiparan su desconfianza. ¿Por qué Charlie no había de unirse al baile? ¿No valgo más que esas gentes de Los Ángeles o Albuquerque que rechazan a los desconocidos? Creo, sin embargo, que me alegraría que este Charlie fuera distinto.

Pero a pesar de sus esfuerzos, Ish era incapaz de reprimir su antipatía. Consideraba ahora de otro modo el viaje de los muchachos. Aunque el descubrimiento de las nuevas colonias era todo un acontecimiento, nada le parecía más importante que la presencia de Charlie.

Se hacía tarde y las madres reunieron a sus hijos. La fiesta había terminado, pero la mayor parte de los adultos siguieron a Ish y Em para conversar un poco más con los dos muchachos y Charlie.

—Siéntese —le dijo Ezra a Charlie mostrándole el sillón junto a la chimenea.

Era el sitio de honor, y el más cómodo. Ezra tenía el arte de que la gente se sintiera cómoda, e Ish se reprochó no haber sabido cumplir sus deberes de dueño de casa. Charlie podía haber pensado que no era bien recibido. E Ish se preguntó si ése, precisamente, no había sido su deseo. La noche era fresca y Ezra pidió que encendieran la chimenea. Los muchachos trajeron leña y pronto el fuego crepitó alegremente difundiendo un agradable calor.

Charlaron, y Ezra como siempre llevó la voz cantante. Charlie dijo que tenía sed. Jack le trajo una botella de coñac. Vació varios vasos, sin que en apariencia le causaran ningún efecto.

—Decididamente, no termino de calentarme —señaló Ezra.

—¿No estarás enfermo? —preguntó Em.

Ish se estremeció. La enfermedad era algo tan raro en la Tribu que el menor malestar preocupaba a todos.

—No sé —respondió Ezra—. Si estuviésemos en los viejos días pensaría que me he resfriado. Pero no puede ser, por supuesto.

Trajeron más leña; el calor fue pronto insoportable. Ish se quitó el suéter y se quedó en mangas de camisa. Charlie se quitó también la chaqueta y se desabotonó el chaleco.

George, echado en el sofá, se durmió, pero su ausencia no hizo decaer la conversación. Charlie continuó con sus libaciones, y por efecto del fuego o del alcohol unas gotas de transpiración le perlaron la frente, aunque no perdió su lucidez.

Ish advirtió que Ezra trataba de que Charlie hablara de sí mismo. Pero el tacto de Ezra era innecesario. Charlie no ocultaba su pasado.

—Al fin ella murió —explicó—. Llevábamos muchos años juntos, diez o doce. Bueno, no quise quedarme allí un minuto más; como los muchachos me gustaron, me vine con ellos.

Ish sintió que cambiaba de opinión. Los muchachos, que habían pasado un tiempo con Charlie, lo apreciaban realmente. Quizás este hombre fuerte y alegre sería un elemento útil para la Tribu. Miró a Charlie y vio que la transpiración le bañaba la frente.

—Charlie —dijo—, se sentiría más cómodo sin el chaleco.

Charlie se sobresaltó, pero no dijo nada.

—Lo siento. No sé qué me pasa. Quizá sea mejor que me vaya y me acueste —dijo Ezra, pero no se movió.

—No puede ser un resfriado —dijo Em—. Nadie se ha resfriado nunca aquí.

Charlie aceptó alejarse del fuego con su botella de coñac, pero no se quitó el chaleco.

Los dos perros de la casa se acercaron a olfatearlo. Todo olor nuevo los excitaba. Al principio parecieron indiferentes, pero cuando Charlie les acarició el lomo y las orejas, se revolvieron alegremente, moviendo la cola.

Ish, que nunca se había sentido cómodo con gente desconocida, titubeaba. Unas veces, seducido por fuerza y la simpatía de Charlie, le parecía un hombre muy agradable; otras, esa misma fuerza y simpatía le desagradaban. Quizá temía ver amenazado su prestigio en la Tribu. Charlie se le aparecía entonces como la misma encarnación del mal.

Al fin George despertó, se desperezó pesadamente y anunció que se iba a acostar. Los otros se prepararon a partir con él. Ish advirtió que Ezra quería decirle algo y lo llevó a la cocina.

—¿Te sientes mal?

—¿Yo? —dijo Ezra—. Nunca estuve mejor en mi vida.

Sonrió e Ish empezó a entender.

—No tenías frío.

—Nunca tuve menos frío —replicó Ezra—. Quería ver si Charlie se sacaba el chaleco. Me hubiese asombrado, por otra parte. Es un hombre precavido, y confirmó mis sospechas. Ha agrandado un bolsillo del chaleco y lleva uno de esos juguetes que se hacían antes para las carteras de las mujeres. Sólo un juguete.

Ish se sintió aliviado. Un revólver. Algo simple, concreto, conocido, fácil de manejar. La alegría no le duró mucho.

—Desearía saber a qué atenerme —prosiguió Ezra—. Tengo a veces la impresión de que hay algo sucio y vil en ese hombre. Otras veces me parece que será mi mejor amigo. En fin, es alguien que sabe lo que quiere, y lo obtiene siempre.

Volvieron a la sala. George se despedía.

—Hemos tenido suerte —le decía a Charlie—. Necesitábamos otro hombre fuerte en la Tribu. Espero que se quede con nosotros.

Hubo un coro general de aprobación, y luego todos, incluso Charlie y Ezra, salieron.

Ish se quedó a solas con sus pensamientos. Había intentado unirse al coro, pero la lengua no le había obedecido. Y se repitió las palabras de Ezra: Hay algo sucio y vil en ese hombre.

7

Más tarde, Ish recordó una costumbre de otros tiempos, ya abandonada. Fue hasta la puerta de la cocina y descubrió que había un candado. Recordó que lo había puesto su madre, que no confiaba en las cerraduras comunes. Cerró la puerta con el candado. Luego examinó la cerradura de la puerta de delante. Aún funcionaba.

Nunca, desde el Gran Desastre, se le había ocurrido cerrar con llave. En la Tribu no había nadie sospechoso. Un extraño no hubiese podido escapar a la vigilancia de los perros. Y he aquí que aparecía un hombre que no era de fiar, y que se había ganado la confianza de los perros. ¿Los habría acariciado con premeditación?

Ish se acostó y comunicó sus temores a Em. Ella no se interesó mucho. Ish pensó, como otras veces, que en Em había una inercia peligrosa.

—¿Y por qué no ha de tener un revólver en el bolsillo? —preguntó ella—. Tú también llevas un arma cuando sales.

—No la oculto, y no temo quitarme el chaleco y quedarme un momento desarmado.

—Es cierto, pero quizá tú mismo lo pusiste nervioso. Te es antipático, y quizás él piensa lo mismo de ti. Está entre gente extraña… solo.

Ish sintió otra vez rabia, casi cólera. Charlie, ese intruso.

—Sí —dijo—, pero estamos aquí en nuestra casa. Él es quien debe adaptarse, no nosotros.

—Tienes razón, querido, quizá. Pero no hablemos ahora. Tengo sueño.

Si algo envidiaba Ish a Em, era su facilidad para dormirse en el momento mismo en que decía tener sueño. El sueño huía de él cuando más lo llamaba, y no podía dejar de pensar. Justamente se le acababa de ocurrir una nueva idea. Se vio envuelto en una pelea con Charlie. Si hubiera habido entre los miembros de la Tribu una unión verdadera o simbólica, la llegada de un extraño, por más fuerte que fuese, habría presentado pocos peligros. Ahora era quizá demasiado tarde. El extraño estaba allí, y se encontraba ante individuos aislados.

Y Charlie no era un adversario despreciable. Ya se había ganado la amistad de Dick y Bob, sin contar los más chicos. George parecía admirarlo. Ezra titubeaba. ¿Qué era ese raro encanto, que parecía apoyarse en la fuerza física?

Era difícil saber por qué casi todos simpatizaban con Charlie. ¿No lo enceguecerían a él, Ish, los prejuicios? Quizá veía en el hombre a un rival. De todos modos, algo era indudable. Habría lucha entre ellos, un duelo quizá, pues la Tribu ignoraba la solidaridad propia de un Estado.

O peor aún, podría ser una lucha entre dos partidos, con dos jefes rivales. ¿Quiénes lo apoyarían? No era verdaderamente un jefe. Pero no había otro. George era demasiado estúpido, y Ezra gustaba de la comodidad. Oh, sí, en inteligencia era superior a todos. Pero en la disputa por el poder el intelectual había perdido siempre. Pensó en los ojos de un azul infantil y engañoso. Los ojos negros nunca podían ser tan duros y fríos.

¿Quién se enrolará bajo mi estandarte?, se preguntó dramáticamente. Hasta Em podía abandonarlo. Se había reído de sus temores y había defendido a Charlie. Ish se sintió otra vez el niño desamparado de los viejos días. De todos los que lo rodeaban, únicamente Joey era capaz de entenderlo. Y Joey era sólo un niño, menudo y débil para su edad. ¿De qué le serviría en una lucha contra Charlie? No, no, pensó de nuevo, no ojos de cerdo. Ojos de jabalí.

Al fin se rebeló contra sí mismo. No es más que una extravagancia nocturna, se dijo. Esas ideas que nacen en las tinieblas en las noches de insomnio. Logró librarse de sus pensamientos, y se durmió.

A la mañana siguiente, al despertar, la situación le parecía, si no color de rosa, por lo menos no tan sombría. Desayunó casi alegremente, contento de ver a Bob en su sitio de costumbre y de obtener más noticias del viaje.

Luego, cuando creía haber recobrado la calma, todo se derrumbó otra vez.

—Bueno, voy a ver a Charlie —dijo Bob.

Ish tuvo en la punta de la lengua un consejo paternal: «En tu lugar yo dejaría tranquilo a ese hombre». Pero Em, con una mirada, le rogó que callase, e Ish comprendió que si Charlie se transformaba en algo prohibido sería más atractivo aún. Se preguntó otra vez qué clase de fascinación ejercía Charlie sobre los muchachos.

Bob se fue, y los otros niños, terminadas las tareas matinales, lo siguieron.

—¿Qué los atrae tanto? —le preguntó Ish a Em.

—Oh, no te atormentes —dijo ella—. Es sólo la novedad. No me parece raro.

—Podemos tener dificultades.

—Es posible —admitió Em. Era la primera vez que ella se mostraba de acuerdo. Pero en seguida desvió el curso de los pensamientos de Ish, diciendo—: Pero no empieces tú.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ish irritado, aunque nunca discutía con Em—. ¿Piensas que vamos a disputarnos la jefatura de la Tribu?

—Ve a ver qué pasa —dijo ella sin responder a su pregunta.

El consejo le pareció bueno a Ish, quizá porque sentía realmente curiosidad. Pero cuando cruzó la puerta, titubeó y se quedó un rato en el porche. Sentía las manos extrañamente vacías, se sentía indefenso. Pensó en buscar un revólver. En los alrededores de las casas, las armas de fuego eran inútiles, pues bastaba la vigilancia de los perros. Podía pretextar una excursión. De todos modos, un revólver equivaldría a una declaración de guerra, y sería también admitir su debilidad. Sin embargo, no se decidía a salir sin nada.

Entró en la casa y vio el martillo sobre la repisa de la chimenea. Bueno, pensó encolerizado. No eres mejor que los niños. Te dejas arrastrar por sus ideas estúpidas. A pesar de todo, tomó el martillo y se lo llevó. Su peso y su solidez eran tranquilizadores. Ya no sentía en la mano derecha, que asía el duro mango de madera, aquella rara sensación de vacío.

En la loma donde la noche anterior había ardido la hoguera se oían ahora gritos y risas. Se dirigió hacia allí. No había nadie cerca y sintió de pronto el peso de la soledad.

Le faltaban fuerzas para seguir adelante. Una vez más era la hormiga perdida, lejos del hormiguero; la abeja que no podía volver a la colmena destruida; el niño sin madre. Se detuvo, el cuerpo bañado en un sudor frío. Los Estados Unidos no eran más que un recuerdo del pasado. No contaba con nadie. No sabía si encontraría algún apoyo entre los miembros de la Tribu. No había ya gendarmes, fiscales, jueces a los que acudir.

Apretó el mango del martillo con tanta fuerza que le crujieron los nudillos. No quiero retroceder, pensó. Y haciendo acopio de valor, avanzó lentamente.

Cuando dio algunos pasos, pasando del pensamiento a la acción, se sintió mejor. Vio al grupo cerca de las cenizas de la hoguera. Estaban todos los jóvenes, y también Ezra. De pie o sentados, rodeaban a Charlie, que hablaba, reía y bromeaba. Era exactamente el espectáculo que Ish había esperado ver. Pero cuando estuvo más cerca, sintió que un frío le nacía en el estómago y le invadía luego el cuerpo. El mango de madera le tembló en la mano.

En el centro del grupo estaba Evie, la idiota, junto a Charlie, e Ish no había visto nunca aquella expresión en su rostro.

Ish estaba entonces a unos diez pasos de Charlie. Se detuvo. Algunos de los niños lo habían visto, pero la historia que contaba Charlie era demasiado interesante para interrumpirlo. Aunque Ish estuviese allí en carne y hueso, su presencia no había sido reconocida oficialmente.

Dejó pasar unos instantes, que le parecieron siglos. Sin embargo, el corazón no le latió más que unas tres o cuatro veces. Ya no sentía aquel sudor frío. Se encontraba preparado para actuar. Era casi feliz. Sus temores se transformaban en realidad, y la peor de las dificultades, cuando adquiere forma visible, es preferible a una sombra vaga y confusa. No se puede luchar contra un mal que es mera apariencia.

Esperó aún, el tiempo de algunos latidos. La crisis había estallado de pronto, como ocurría a menudo en aquella nueva vida. En los viejos tiempos, las crisis se arrastraban interminablemente y uno leía los diarios semanas y meses antes que los obreros se declararan en huelga o que los aviones dejaran caer sus bombas. Pero en esta sociedad minúscula, el drama estallaba en unas pocas horas.

Evie estaba en el centro del grupo, aunque habitualmente se mantenía apartada. Comúnmente apenas prestaba atención a sus compañeros. Esta vez contemplaba a Charlie con admiración, y parecía beber sus palabras, aunque probablemente no comprendía ni la mitad. No era la historia lo que la atraía. Su cuerpo rozaba el cuerpo de Charlie.

¿Y para esto, se preguntó Ish amargamente, habían cuidado de Evie? Ezra la había encontrado sucia, desgreñada, viviendo como una bestia, y con apenas la inteligencia necesaria para abrir las latas de conserva. ¿No hubiera sido mejor poner a su alcance algún veneno azucarado? Y bien, la habían cuidado durante años, y su existencia no había sido una alegría para ellos, y sin duda tampoco para ella. La compasión que Evie inspiraba era una reliquia de otro tiempo.

Evie, tal como la veía ahora, en el centro el grupo, parecía una extraña. Ocurría a menudo: uno no se fija en el cuadro que tiene siempre delante de las narices, y la gente a quien se ve durante años parece perder sus características más personales. Evie, advirtió de pronto, era una notable belleza rubia. Desde luego, los ojos parecían vacíos y su rostro carecía de expresión. Pero para un hombre como Charlie esos detalles no debían de tener gran importancia. Sí, como había dicho Ezra, Charlie sabía lo que quería, y lo obtenía rápidamente. ¿Y por qué iba a esperar?

Los dedos de Ish se crisparon sobre el mango del martillo. Era tranquilizador, pero hubiese preferido un revólver.

Un coro de carcajadas saludó unas palabras de Charlie. Evie se rió, con breves chillidos. Charlie se inclinó hacia ella y le pellizcó el talle. La joven lanzó un gritito agudo, de niña. Ish se acercó, su presencia se hizo de pronto oficial, y todos se volvieron hacia él. Esperaban, advirtió Ish en seguida. Aquella inesperada situación los sorprendía, y no sabían qué actitud adoptar. Ish se acercó a Charlie, con el martillo en la mano derecha y tratando de no apretar el puño izquierdo, a pesar de su cólera.

Mientras Ish se acercaba, Charlie, con movimientos despreocupados, tomó a Evie por el talle. Sorprendida, ella cedió. Charlie se volvió entonces hacia Ish y lo miró desafiante. Ish aceptó el desafío, y se serenó. La necesidad de actuar le aclaraba las ideas.

—Dejadnos solos unos instantes —ordenó en voz alta. No había necesidad de pretextos. Todos sabían qué iba a ocurrir—. Quiero hablar con Charlie. Ezra, llévate a Evie a casa de Molly. Necesita que la peinen.

Nadie protestó. Se dispersaron con una prisa en la que había algo de temor. Dejar partir a Ezra era perder su mejor aliado, pero intentar retenerlo hubiera sido una confesión de debilidad ante todos, incluso ante Charlie.

Se quedaron solos frente a frente, Ish de pie, Charlie sentado. Charlie no hizo ademán de levantarse, e Ish también se sentó. No podía quedarse de pie mientras el otro siguiese indolentemente sentado. Charlie no llevaba chaqueta y se había desabotonado el chaleco, lo que le daba un aspecto de descuido. Se miraron, separados por unos dos metros.

Ish pensó que era mejor no andarse por las ramas.

—Sólo quiero decirle esto: deje tranquila a Evie.

Charlie fue también categórico.

—¿Quién ordena eso?

Ish pensó un momento. ¿Nosotros? Era demasiado vago. ¿Nosotros, la Tribu? Charlie se reiría. Al fin se decidió.

—Yo lo ordeno.

Charlie no respondió. Recogió unos guijarros del suelo y los hizo saltar en la mano izquierda. Nada hubiera podido indicar mejor su despreocupación.

—Podría contestarle con alguna de las viejas frases —dijo al fin—. Usted ya las conoce. No insistamos. Pero soy razonable. ¿Por qué quiere que deje tranquila a Evie? ¿Es su amiguita?

—Por algo muy simple —dijo Ish rápidamente—. En nuestro grupo no hay seguramente genios, pero tampoco imbéciles. No queremos cargar con unos cuantos niños idiotas, como lo serían fatalmente los hijos de Evie.

Apenas dejó de hablar, Ish comprendió que había cometido un error. Como todo intelectual, había preferido la discusión a las órdenes, debilitando así su autoridad. Ahora él había pasado a segundo plano, y Charlie era el jefe.

—Demonios —dijo Charlie—. Pero si ella pudiera tener hijos ya los habría tenido, con todos esos muchachos que andan a su alrededor.

—Los muchachos no tocaron nunca a Evie —declaró Ish—. Crecieron con ella y la respetan. Y, por otra parte, casamos muy jóvenes a los muchachos.

Sintió que sus argumentos eran cada vez más débiles.

—¡Bueno! —dijo Charlie con el aplomo de un hombre que domina la situación—. Debería alegrarle que me haya fijado en la única mujer libre. ¿Y si me hubiera gustado una de las otras? Deme las gracias.

Ish buscó desesperadamente una respuesta. No podía amenazarle con la policía o la justicia. Había lanzado un desafío, y había perdido.

No, no había más que decir. Ish se levantó, dio media vuelta, y se fue. Recordó algo: un día, poco después del Gran Desastre, se había vuelto para alejarse de otro hombre y había tenido la seguridad de que iba a recibir un tiro en la espalda. Pero ahora no tenía miedo, y esto lo mortificaba aún más. Charlie no tenía necesidad de matarlo, pues era el vencedor.

Ish volvió a su casa arrastrando los pies. Había olvidado la amargura de la humillación. El martillo era ahora una herramienta embarazosa, y no un símbolo de poder. Durante años la vida había transcurrido sin incidentes; él era el jefe y todos lo respetaban. Pero no era en verdad muy distinto de aquel joven raro que apenas recordaba. El joven que había sido antes del Gran Desastre, el que temía los bailes, y nunca se sentía cómodo con la gente, y no tenía ninguna autoridad. Había cambiado mucho, pero no había perdido totalmente su timidez.

Llegó así a la puerta de su casa, con una profunda amargura. Em lo esperaba. Ish dejó el martillo y la tomó en sus brazos, o fue ella quizá quien se lanzó hacia él, no lo sabía, pero se sintió otra vez seguro de sí mismo. Em no estaba siempre de acuerdo con él. En la noche de la víspera, por ejemplo, habían discutido sobre Charlie; pero él siempre encontraba en ella nuevas fuerzas.

Se sentaron en el sofá y él le contó toda la historia. Aun antes que ella hubiese abierto la boca, Ish sintió su ternura como un bálsamo.

—¡Qué imprudencia! —dijo Em al fin—. No debías haber despedido a los muchachos. Nadie piensa ni entiende tantas cosas como tú, pero no sabes tratar a un hombre de esa especie.

Y Em preparó el plan de operaciones.

—Ve a buscar a Ezra, George y los muchachos —dijo—. No. Mandaré a un chico. Nadie tiene derecho a sembrar la discordia y a decirnos qué debemos hacer.

Ish comprendió que se había equivocado. No tenía por qué descorazonarse y sentirse solo. La Tribu estaba allí y lo protegería.

George fue el primero en llegar. Luego apareció Ezra, quien miró primero a George y luego a Em. Sabe algo, pensó Ish, un secreto que sólo me dirá a mí.

Pero Ezra no trató de hablarle a solas, y se limitó a mirar a Em, embarazado.

—Molly tuvo que encerrar a Evie en un cuarto del primer piso —anunció.

Parecía como si a Ezra le molestase hablar allí, en público, de la pasión que las caricias de un hombre habían despertado en la idiota.

—Es capaz de saltar por la ventana —dijo Ish.

—Podría ponerle unos barrotes —propuso George—, o unas tablas.

A pesar de la gravedad de la situación, todos se echaron a reír. George estaba siempre dispuesto a hacer algún trabajo de carpintería en las casas. Pero no se podía encerrar a Evie por el resto de sus días. Llegaron Jack y Roger, hijos de Ish. Luego apareció Ralph, el último del trío.

La presencia de los muchachos alivió un poco la tensión. Todos se sentaron cómodamente. Esperaban, comprendió Ish, que él dijese algo, y lamentó no haber pensado en prepararse. Se discutía la organización de un nuevo Estado, y no había tiempo de redactar tranquilamente una constitución. Era necesario actuar con rapidez y resolver el difícil problema.

—¿Qué vamos a hacer con Evie y ese Charlie? —preguntó directamente.

Todos se pusieron a hablar a la vez, e Ish tuvo la desagradable impresión de que ninguno, excepto Ezra, lo apoyaba. Los muchachos y George mismo parecían creer que la vitalidad de Charlie enriquecería a la Tribu. Si Evie le gustaba, tanto mejor. Por fidelidad a Ish, estaban decididos a exigirle a Charlie que se excusase. Pero pensaban también que Ish había obrado precipitadamente. Debía haber consultado con los otros antes de discutir con Charlie.

Ish recordó que no se podía permitir que Evie diese a luz niños idiotas. Pero el argumento no causó la impresión esperada. Evie había participado de la vida de la Tribu, y la idea de que sus hijos pudieran parecérsele no asustaba a los muchachos. No alcanzaban a imaginar un futuro lejano donde los descendientes de Evie se mezclarían con los otros haciendo bajar el nivel intelectual de la colonia.

Curiosamente, George, a pesar de su torpeza mental, presentó un argumento más perturbador.

—Pero ¿sabemos si es verdaderamente idiota? —dijo—. Ha sufrido tantas desgracias, la pobrecita… Se le murieron los padres, se quedó sola. Cualquiera podía haber enloquecido en su lugar. Quizás era tan inteligente como nosotros y sus hijos serán normales.

Ish no podía imaginar a Evie con hijos normales, pero quizá George tuviese razón. Todos parecían impresionados, excepto Ezra. Charlie se les aparecía ya como un benefactor de la comunidad e iba a hacer de Evie una persona como las otras. Pero Ezra, evidentemente, tenía algo que decir.

Se incorporó. No era hombre ceremonioso, y a todos les sorprendió también verlo un poco turbado. Se le había encendido el rostro aún más que de costumbre. Miraba a un lado y a otro, y de cuando en cuando clavaba los ojos en Em, indeciso.

—Tengo algo que decir —anunció—. Hablé largamente con ese hombre, Charlie, anoche, en mi casa, antes de acostarnos. Había bebido mucho y el alcohol le soltó la lengua. —Se interrumpió, y miró a Em—. Es un jactancioso, y ya conocéis esa clase de hombres. —Esta vez se volvió hacia los muchachos, pobres salvajes, incapaces de conocer las alusiones de un hombre civilizado—. Me habló mucho de sí mismo, y yo le tiré de la lengua.

Ezra se detuvo otra vez. Ish no lo había visto nunca así.

—Bueno, Ezra, habla. Estamos entre nosotros —dijo.

La timidez de Ezra se quebró de pronto.

—Ese hombre, ese Charlie, está podrido como un pescado de diez días. Tiene varias enfermedades, enfermedades venéreas. Todas las que existieron alguna vez.

George se tambaleó como si hubiese recibido un golpe en el pecho. El rubor cubrió el rostro moreno de Em. Los muchachos no parpadearon. No conocían las enfermedades venéreas.

Antes de intentar una explicación, Ezra esperó a que Em dejase la sala, pero no logró hacerse entender, pues los muchachos tenían una idea muy vaga de la enfermedad en general.

Mientras tanto, Ish se abandonaba al torbellino de sus pensamientos. Esta situación no tenía precedentes, ni en la antigua ni en la nueva vida. Recordó que los leprosos habían vivido apartados. Podía prohibirse que un hombre enfermo de tifus trabajara en un restaurante. Pero ¿para qué buscar ejemplos? Ya no había leyes en la tierra.

—Que se vayan los muchachos —le dijo bruscamente a Ezra—. Decidiremos nosotros.

Los muchachos, en efecto, no conocían los peligros de las enfermedades, e ignoraban que una sociedad tiene derecho a defenderse. Dejaron uno a uno la sala, obedientes como niños, a pesar de su edad y estatura.

—Y ni una palabra a nadie —les advirtió Ezra.

Los tres hombres quedaron solos y se miraron.

—Llamemos a Em —propuso Ezra.

Em se unió a ellos. Se quedaron un minuto callados, como aplastados por la inminencia del peligro. Había una amenaza de muerte en el aire, no de una muerte limpia y digna, sino degradante y vergonzosa.

—¿Y bien? —dijo Ish advirtiendo que los otros esperaban que dijese algo.

Roto el silencio, discutieron la situación. Pronto se pusieron de acuerdo en un punto: la Tribu tenía el derecho de protegerse. Cualquier sociedad, o individuo, puede golpear en defensa propia.

Pero aceptado ese derecho, ¿a qué medios podían recurrir? ¿Una simple advertencia? Sería insuficiente. Y si Charlie contagiaba a alguien, el castigo que podían infligirle sería una simple venganza social que nada remediaría. Encerrarlo indefinidamente sería imponer una pesada carga a aquella pequeña sociedad. La mejor solución sería ordenarle que se alejara, que desapareciera. No encontraría dificultades para vivir. Si regresaba, el castigo sería la muerte.

¡La muerte! Se estremecieron. No había, desde hacía mucho tiempo, ni guerras ni ejecuciones. La idea que necesitasen castigar con la pena capital no podía dejar de perturbarles.

—¿Y luego? —La voz de Em era la voz misma de los temores de todos—. ¿Si vuelve? Nosotros, los padres, somos sólo una minoría. Podría entenderse secretamente con los jóvenes. ¿Y si gana la amistad de algunos de los muchachos, que deciden protegerlo? Y Evie, ¿no encontraría cómplices entre las muchachas?

—Podríamos meterlo en el jeep y dejarlo a cien o ciento cincuenta kilómetros de aquí —propuso Ezra, y después de una pausa, añadió—: Sí, pero al mes estará de vuelta, ¿y quién le impedirá merodear con un rifle y disparar contra cualquiera? Los muchachos y los perros podrán ahuyentarlo, pero uno de nosotros habrá muerto. Me echaría a temblar cada vez que pasase ante un matorral.

—No se puede castigar a un hombre por un crimen que aún no ha cometido —declaró George.

—¿Por qué no? —replicó Em.

Todos la miraron, pero ella no dijo nada más.

—Porque… bueno, es imposible. —George exponía trabajosamente su pensamiento—. Es necesario que cometa un crimen. Luego se somete al hombre a un tribunal. Así es la ley.

¿Qué ley?

Todos callaron. Luego la conversación se desvió, como si nadie tuviese el coraje de seguir el pensamiento de Em.

Ish trató de ser imparcial.

—No sabemos si tiene realmente esas enfermedades. Y no tenemos médicos que puedan comprobarlo. Quizá se curó hace tiempo, o es un jactancioso. Conocí hombres como él.

—En efecto —dijo Ezra—. No hay doctores, y nunca podremos estar seguros. Hasta podemos pensar que se jacta tontamente. Pero no hay pruebas. Por mi parte, creo que está realmente enfermo. Camina lentamente, como si sufriera.

—Parece que las sulfamidas son eficaces —observó Ish, que deseando ser justo trataba de ahogar su secreta alegría.

Se volvió hacia George y vio consternado horror y disgusto en sus ojos. George, el ciudadano de la clase media, cargado de prejuicios contra las enfermedades venéreas. George, el diácono, que recitaba los versículos de la Biblia sobre los pecados de los padres.

Em habló otra vez.

—Pregunté qué ley —dijo—. En los viejos libros hay muchas leyes, pero no rigen ya. En la ley antigua, como dijo George, se esperaba a que alguien cometiera un crimen, y luego se lo castigaba. Pero el mal ya estaba hecho. ¿Podemos asumir esa responsabilidad? Hay que pensar en los niños.

El argumento era irrefutable. Todos guardaron silencio, hundidos en sus pensamientos.

Em no habla en nombre de una filosofía, pensó Ish. Piensa en los niños, un caso particular. Sin embargo, quizás hay en ella algo más profundo que una filosofía. Es la madre, y defiende la vida.

El silencio les pareció muy largo, aunque sólo había durado unos pocos minutos. Ezra fue el primero en hablar.

—Estamos aquí, cruzados de brazos, y el problema es urgente. Habría que actuar. —Añadió como si pensara en voz alta—: En aquellos días vi, sí… vi morir a mucha gente buena. Estoy casi acostumbrado a la muerte… aunque no, no del todo.

—¿Y si votásemos? —propuso Ish.

—¿Qué? —preguntó George.

Hubo otra pausa.

—Podríamos echarlo —dijo Ezra—, o… lo otro. No podemos encerrarlo. No hay mucho que elegir.

Em decidió rápidamente la cuestión.

—Podemos votar expulsión o muerte.

Había papel en los cajones del escritorio. A los niños les gustaba dibujar. Em encontró cuatro lápices. Ish cortó una hoja de papel en cuatro trozos, se guardó uno y dio los otros a sus compañeros. Pensó que eran cuatro y podía producirse un empate.

Tomó su papel, escribió una E, y se detuvo.

No nos precipitamos, no nos apasionamos, no odiamos.

Ignoramos la furia del hombre que defiende encarnizadamente su vida en la batalla. Ignoramos la locura de dos adversarios que la ambición o una mujer ha enfrentado.

Anudad la cuerda, afilad el hacha, echad el veneno, apilad los leños.

Ha matado a su semejante sin provocación, ha quitado el hijo a su madre, ha escupido la imagen de nuestro Dios, ha sellado un pacto con el demonio, ha revelado al enemigo los secretos de nuestras fortalezas.

Tenemos miedo, pero nos dominamos. No discutamos más. Somos la Justicia, la Ley; Nos, el Pueblo; el Estado.

Ish tenía aún el lápiz suspendido sobre la letra E. Sabía muy bien que el destierro de Charlie no resolvería el problema. Charlie volvería; era un hombre fuerte e insidioso capaz de conquistar a los jóvenes. ¿Qué me pasa?, se preguntó. ¿Temo aún perder mis privilegios? ¿Temo que Charlie me reemplace? No estaba seguro. Pero sabía que la Tribu se encontraba en un peligro real que amenazaba su existencia. Sabía en fin que el amor a sus hijos y nietos, su responsabilidad, le quitaban toda posibilidad de elección. Tachó la E y escribió la otra palabra. Las seis letras parecían brillar sobre el papel blanco. ¿Era justo? Al escribir esa palabra, ¿no resucitaba la guerra, la tiranía, el abuso de autoridad, enfermedades más graves que todas aquellas que Charlie podía transmitir? ¿Por qué no esperar? ¿Por qué no reflexionar?

Tomó el lápiz para tachar la palabra, pero se detuvo. No, a pesar de todos sus escrúpulos, no la tacharía. Si Charlie cometía un crimen, nadie dudaría en castigarlo con la pena capital, y sin embargo no harían más que seguir las convenciones del pasado. Ojo por Ojo, diente por diente. Ejecutar al asesino no devolvía la vida a la víctima, era una simple venganza. Para ser eficaz, el castigo debía preceder al crimen.

¿Cuánto tiempo había pensado? Advirtió de pronto que estaba mirando su papel y que los otros esperaban. Al fin y al cabo, él era una sola voz. La mayoría estaría quizá contra él. Habría cumplido su deber y Charlie sería desterrado, simplemente.

—Dadme los papeles.

Los puso sobre el escritorio. Y cuatro veces leyó, en voz alta:

—Muerte… Muerte… Muerte… Muerte…

8

Echaron otra vez tierra en la tumba, bajo el roble. Luego la cubrieron con ramas y piedras pesadas para protegerla de los coyotes. En seguida se volvieron a sus casas, apretándose unos contra otros. Ish caminaba entre ellos con el martillo en la mano derecha. Aunque sabía desde un principio que no lo iba a necesitar, había preferido llevarlo. El peso de la herramienta lo ayudaba de algún modo a mantenerse en pie. Lo había llevado en la mano, como un emblema de autoridad, cuando habían ido a buscar a Charlie. Rodeado de los muchachos, con los fusiles listos, Ish había pronunciado la sentencia, que Charlie había recibido con obscenas maldiciones.

La vida ya nunca sería la misma. Ish trataba de olvidar; cuando recordaba la ejecución sentía náuseas. Sin la firmeza de George nunca hubieran podido llegar hasta el final. George, con su habilidad práctica, había puesto la escalera y había anudado la cuerda.

No, nunca le gustaría recordarlo. Era a la vez un fin y un principio. El fin de esos veintiún años de vida idílica en un viejo paraíso terrestre. Habían tenido algunas dificultades, era cierto; hasta habían conocido la muerte. Pero qué sencillez y qué paz. Era un fin, y sin embargo era también un principio y un largo camino se abría ahora ante ellos. En el pasado sólo habían sido un pequeño grupo, apenas algo más que una familia numerosa. En el futuro serían un Estado.

Había allí una paradójica ironía. El Estado debía ser una especie de madre nutricia que protegiera a los individuos y los ayudara a vivir una vida más plena. Y ahora el primer acto del Estado, su nacimiento podría decirse, era una condena a muerte. Pero quizás en el lejano pasado el Estado había nacido siempre en alguna hora difícil, cuando se había sentido la necesidad de recurrir al poder, y el poder primitivo se expresaba a menudo en sentencias de muerte.

Era necesario, era necesario, se repetía Ish. Sí, la muerte de Charlie se justificaba. Había que proteger la seguridad y la felicidad de la Tribu. Por un acto de violencia, aunque pudiese parecer desagradable y cruel, habían impedido —o por lo menos así lo esperaban— una serie de maldades y perversidades que una vez iniciada nada podría detener. Ahora —así lo esperaban— no habría niños ciegos, viejos temblorosos e idiotas, matrimonios corrompidos ya en su consumación.

Sin embargo, quería olvidar. Sí, la sentencia podía justificarse racionalmente. Pero no había habido pruebas definitivas.

Y no sabía si no habían intervenido otros motivos secundarios o personales. Recordó, con un sentimiento de culpa, cómo se había alegrado cuando había creído ver en las palabras de Ezra una confirmación de sus temores y aprensiones. Pues bien, nunca lo sabría.

Ahora, de todos modos, la suerte estaba echada. Muy a menudo —así lo probaba la historia— de nada servían las ejecuciones. Los muertos se levantaban de las tumbas y sus espíritus seguían viviendo entre los hombres. Afortunadamente, Charlie no parecía tener espíritu.

Ish caminaba junto a los otros. Todos guardaban silencio, salvo los tres muchachos que habían recobrado el ánimo y bromeaban. No había razón, sin embargo, para que se angustiaran menos que los viejos. No habían votado, pero habían aceptado sus consecuencias. Sí, pensó Ish, si hay culpa, todos somos culpables, y en el futuro podremos acusarnos unos a otros.

Caminaban por las calles sucias, invadidas por las hierbas, entre las casas casi en ruinas, y aunque apenas había dos kilómetros entre San Lupo y la tumba bajo el roble, la distancia les parecía enormemente larga.

Tan pronto como entró en su casa, Ish se acercó a la chimenea y dejó allí el martillo cabeza abajo, con el mango hacia arriba. Sí, era un viejo amigo, pero cuando recordaba el día en que lo había usado por primera vez, su imagen de los últimos veintidós años cambiaba un poco. Una vida idílica en un paraíso terrenal, quizá; pero también años de anarquía, donde ninguna autoridad había protegido al individuo. Recordaba aún aquel día vívidamente. Había bajado de las montañas, se había detenido en una calle de Hutsonville, titubeando, mirando a un lado y a otro, pensando que iba a hacer algo ilegal e irrevocable. Luego, con una aprensión que sentía aún, había alzado el martillo, había hecho saltar la débil cerradura, y había entrado a leer el periódico. Oh, sí, cuando el Estado lo envuelve a uno, invisible y presente como el aire que se respira, no se piensa en él más que para quejarse de los impuestos y las leyes. Pero cuando el Estado desaparece… ¿cómo decía el viejo versículo? «Su mano se alzará contra todos, y la mano de todos se alzará contra él.» La predicción se había cumplido. Aun George y Ezra no eran más que precarios aliados; no habían soportado la prueba de la batalla. Y si la vida había transcurrido apaciblemente había que agradecérselo a la diosa fortuna.

Del otro lado de la calle vino el ruido de una sierra. George había vuelto a sus queridos trabajos de carpintería. No perdía el tiempo en filosofar. Tampoco Ezra, ni los muchachos. Sólo él, Ish, pensaba y pensaba. De nuevo, como tantas veces, se preguntó dónde estaba la raíz de la acción. ¿En el interior del hombre? ¿O afuera, en el mundo? Por ejemplo, la reciente tragedia. De la falta de agua había nacido la idea de la expedición. Los muchachos habían traído a Charlie, y la llegada de Charlie, parte del mundo exterior, había determinado el resto. Sin embargo, no se podía deducir que la falta de agua fuese la causa de todo. Su mente había intervenido también, imaginando los posibles resultados de una expedición. Y pensó otra vez en Joey, el niño que veía más allá, con los ojos puestos en el futuro.

Entró Em. No había asistido a la ejecución; no era cosa de mujeres. Pero también ella había escrito la palabra en el trozo de papel. Aunque Em no se preocupaba ni inquietaba. Era como parte de la naturaleza.

—No pienses —le dijo Em—. No te atormentes.

Ish le tomó la mano y la apretó contra su mejilla. La mano de Em, fresca, parecía quitarle su propia fiebre. Habían pasado muchos años desde que había visto a Em por vez primera, de pie en un umbral, envuelta en luz, y ella había hablado, sin preguntar, sin desafiar, afirmando simplemente. Veintiún, veintidós años… El tiempo los unía cada vez más. Ya no habría más hijos, pero el amor no se debilitaría. Diez años mayor que él, Em era quizás ahora más una madre que una esposa. Y estaba bien así.

—No puedo impedirlo —dijo él al fin—. Me atormento sin descanso. Quizá me guste. Siempre quiero ver el futuro. En los viejos días encontré verdaderamente mi vocación: la investigación científica. Pero es una broma pesada que yo haya sobrevivido al Gran Desastre. Hombres como George y Ezra son mil veces más útiles. No piensan; viven, simplemente. Y los hombres que actúan sin reflexionar, quizá valen más aún. Jefes como Charlie. Yo, a pesar de mis esfuerzos, no soy como aquellos que dieron leyes y fundaron naciones: Moisés, Solón… Licurgo. Todo cambiaría si yo fuera distinto.

Em apretó su cara contra la de él un momento.

—Yo te quiero tal como eres.

Sí, ésta era la respuesta tradicional de la esposa devota, una respuesta trivial, pero tranquilizadora.

—Por otra parte —continuó ella—, ¿cómo puedes saberlo? Aunque fueras Moisés o uno de esos otros no podrías luchar contra las fuerzas de la naturaleza.

Uno de los niños la llamó, y Em se fue. Ish se incorporó, se acercó al escritorio y sacó la caja que los muchachos habían traído de la comunidad de Río Grande. Ish sabía qué había en la caja, pero con el rápido desarrollo del drama no había tenido tiempo ni tranquilidad para examinarla.

La abrió y hundió los dedos en los granos frescos y suaves. Sacó unos pocos, se los puso en la palma de la mano y los examinó. Eran negros y rojos, pequeños, puntiagudos, y no chatos, grandes y amarillos como él esperaba. Los granos comunes habían sido, en los viejos días, granos de maíz híbrido, una planta de cultivo. Los granitos negros y rojos eran de la especie primitiva, que cultivaban los pueblos indios.

Se sentó y jugó otra vez con los granos haciéndolos resbalar entre los dedos. Poco a poco un olvido misericordioso le trajo la paz. En aquel maíz —resultado de la expedición— estaba la vida y el futuro.

Alzó los ojos y vio a Joey, curioso siempre, que lo miraba desde el otro extremo de la sala. Llamó cariñosamente al niño y le explicó lo que era el maíz. De año en año la Tribu había dejado para más tarde el cultivo del maíz, y un día Ish descubrió que todas las semillas estaban muertas. Pero ahora la experiencia sería posible.

Aunque sintiendo que iba a hacer algo insensato, Ish llevó la caja a la cocina seguido de Joey. Encendieron un hornillo de la cocina de petróleo, e Ish echó cuidadosamente en un tostador unas dos docenas de granos.

Era malgastar unas preciosas semillas, pero el emocionado Ish se dijo que Joey aprovecharía la demostración.

El maíz, mal tostado, apenas se podía comer. Pero ni el padre ni el hijo se quejaron. En realidad, Ish no recordaba haber comido maíz tostado sino como acompañamiento de algún cóctel, pero le explicó a Joey que ése había sido el principal alimento de los antepasados americanos.

Joey escuchaba apasionadamente, y la flaca carita se le iluminaba con el resplandor de los ojazos.

Cómo quisiera, pensó Ish, que se fortificara, y poder así contar con él. He malgastado dos docenas de granos, pero he sembrado en la mente de Joey una semilla que no morirá nunca.

El maíz y el trigo, como el perro y el caballo, fueron mucho tiempo amigos y compañeros del hombre.

Aquí y allá, en algún seco rincón de otro continente, la gramínea de pesadas espigas había crecido junto a primitivas aldeas, donde las condiciones del suelo eran más favorables. Así, en un principio, el trigo quizás adaptó al hombre, pero pronto el hombre adaptó el trigo. A los atentos cuidados del uno responde el otro con dones generosos. Los tallos se hacían más altos, las espigas daban más granos. Pero el trigo era también más y más exigente y reclamaba campos cuidados y libres de cizaña.

Luego, cesaron los cultivos. El primer año el trigo creció espontáneamente cubriendo miles de acres. Pero poco a poco fue desapareciendo. Los lobos hambrientos reaparecieron, se lanzaron sobre las ovejas, y del mismo modo las malas hierbas, cada año más feroces, atacaron el trigo sin que nadie las persiguiese.

Pronto el trigo murió en casi todo el mundo. La espigada gramínea sólo creció en algunos rincones de Asia y África, como en otros tiempos, antes que apareciese esa ciencia pasajera llamada agricultura.

El maíz siguió el ejemplo del trigo. Nacido en los trópicos americanos, él también viajó con el hombre. Como la oveja, vendió su libertad por los cuidados y olvidó esparcir los granos que cobijaba la dura mazorca. Desapareció así antes que el trigo. Sólo en las altas llanuras de México, el teosinte salvaje alzaba las borladas cabezas al sol.

No habrá, pues, más espigas, a menos que aquí y allá sobrevivan algunos hombres. Pues si el hombre vive del trigo y el maíz, el trigo y el maíz viven también del hombre.

George y Maurine eran los únicos que llevaban la cuenta exacta —así lo creían al menos— de los días y los meses. Los otros se contentaban con observar la posición del sol y el aspecto de las plantas. Ish confiaba orgullosamente en sus métodos científicos, y cuando comparaba sus notas con el calendario de George no encontraba nunca más de una semana de diferencia, y esto quizá, pensaba, por algún error de George.

Poco importaba una semana más o menos para las semillas de maíz. Pero la estación estaba ya demasiado avanzada. El frío impediría la germinación. Era mejor esperar a la primavera próxima.

Sin embargo, Ish empezó a buscar en seguida un campo soleado. Joey lo acompañaba y juntos discutían gravemente la orientación, la naturaleza del suelo y los métodos que emplearían para proteger los sembrados de las bestias salvajes. En realidad, aquella región era la más mala que uno pudiera imaginar para cultivar maíz. La variedad adaptada al valle seco y cálido de Río Grande no se aclimataría quizás a los veranos frescos y brumosos de los alrededores de San Francisco. Ish no se había ocupado nunca de cuestiones de agricultura y ni siquiera de jardinería. No tenía más que unos conocimientos teóricos, propios de un geógrafo. Recordaba cómo se forman las vainas y quernoidos y creía poder reconocerlos, pero eso no lo convertía en un agricultor. En la Tribu no había ningún granjero, aunque Maurine se había criado en una granja. La circunstancia de que todos fueran gente de ciudad ya había afectado notablemente la vida de la Tribu.

Un día —ya había pasado una semana y el recuerdo de Charlie y el roble empezaban a borrarse—, Ish y Joey volvieron a San Lupo con la alegría de haber encontrado un campo que les parecía conveniente. Em los esperaba en el porche, e Ish tuvo en seguida el presentimiento de una desgracia.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Oh, nada grave —dijo ella—. Así lo espero al menos. Bob no se siente muy bien.

Ish se detuvo y la miró, preocupado.

—No, no creo —dijo Em—. No soy médico, pero no creo que sea una enfermedad de esa especie. Sería imposible, por otra parte. Ven a verlo. Dice que se siente cansado desde hace unos días.

Ish hacía de médico en la Tribu. Había adquirido cierta habilidad para curar las heridas y las torceduras y una vez había arreglado un brazo roto. Pero su ciencia no iba más lejos, pues todas las enfermedades, excepto dos, habían desaparecido.

—¿Tiene uno de esos dolores de garganta? —preguntó—. ¡Eso curará pronto!

—No —respondió Em, tal como temía Ish. Ella no se preocuparía tanto por unas simples anginas—. No —repitió Em—, no es la garganta. Se acostó y parece muy cansado.

—Las sulfamidas lo curarán —declaró Ish animadamente—. Por suerte no faltan en las farmacias. Y si las sulfamidas no dan resultado, probaremos los antibióticos.

Entró en la casa. Bob estaba acostado, inmóvil, de cara a la pared.

—Oh, no tengo nada —dijo, irritado—. Mamá exagera.

Que se hubiera metido en cama probaba lo contrario, pensó Ish. Un muchacho de dieciséis años no toma esa resolución mientras pueda mantenerse en pie.

Ish se volvió y vio a Joey que miraba curiosamente a su hermano.

—¡Joey, vete! —gritó.

—Quiero ver. Quiero saber qué es estar enfermo.

—No, vete. Cuando seas más grande y más fuerte te enseñaré a curar a la gente. Por ahora no queremos que tú también te enfermes. Lo primero que debes saber de las enfermedades es que se transmiten.

Joey se fue de mala gana. Su curiosidad era mayor que el temor totalmente teórico del contagio. La Tribu disfrutaba de una salud floreciente, y los niños no habían aprendido a respetar la enfermedad.

Bob se quejaba de dolor de cabeza y una debilidad general. Estaba inmóvil, postrado en su lecho. Ish le tomó la temperatura: 38 grados y medio, nada catastrófico. Ordenó una fuerte dosis de sulfamidas con un gran vaso de agua. Bob se atragantó con las tabletas; no estaba acostumbrado a tragar remedios.

Ish le aconsejó a Bob que tratase de dormir, salió y cerró la puerta.

—¿Y bien? —preguntó Em.

Ish se encogió de hombros.

—Nada que las sulfamidas no puedan curar, me parece.

—Esto no me gusta. Tan pronto…

—Oh, una simple coincidencia.

—Quizá. Pero me asombra no verte preocupado.

—Antes esperaré los resultados del tratamiento. Le daré una dosis cada cuatro horas.

—Espero que eso baste —dijo Em, y se alejó.

Aun antes de llegar al pie de la escalera, Ish comprendió el escepticismo de Em. ¿Cómo no atormentarse? En los viejos días, a pesar de los médicos y los servicios de asistencia pública, el ataque brusco y misterioso de una enfermedad era siempre aterrador. Cuánto más ahora.

Privado de la protección del Estado, privado del tesoro que la ciencia médica había acumulado durante siglos, el hombre se sentía desnudo, miserable, expuesto a todos los peligros.

Es culpa mía, pensó Ish. Debiera haber leído algunos libros de medicina. Debiera haberme convertido en médico.

Pero el estudio de la medicina nunca lo había atraído, aun en los viejos días, cuando buscaba su vocación. Los genios universales son raros. Por otra parte nunca se había sentido realmente la necesidad de un médico, pues no había ya enfermedades.

El Gran Desastre, después de todo, había traído algún beneficio. De un solo golpe le había quitado a la humanidad casi todos sus males físicos. En la prehistoria todas las tribus habían tenido sin duda su enfermedad característica, propagada por parásitos.

Los hombres de Neanderthal, si las pruebas no hubiesen desaparecido con ellos, habrían podido reconocerse por sus parásitos tanto como por su modo de tallar la piedra. Cuando los arqueólogos encontraban los vestigios de dos culturas superpuestas, decretaban que la Tribu B había vencido a la Tribu A. Probablemente era cierto. Pero la Tribu B había obtenido la victoria gracias, probablemente, a la virulencia de sus microbios.

Las reflexiones de Ish aumentaban su inquietud. Media hora más tarde, fue a ver otra vez a Bob. Caía la noche y el enfermo dormía en la oscuridad. Ish no quiso molestarle y bajó de nuevo.

Se sentó en un sillón de la sala y encendió un cigarrillo. Le hubiera gustado discutir la cuestión con alguien, pero Em no tenía mucha instrucción, y Joey era un niño sin experiencia. De todas las enfermedades, la Tribu sólo conocía la escarlatina y las anginas. Los microbios habían sido transmitidos sin duda por alguno de los miembros, o por algún animal, un perro o una vaca. Pero los habitantes de Los Ángeles se habían librado quizá de la escarlatina y podían haber conservado la tos ferina o las paperas, y quizás había aún casos de disentería en los alrededores de Río Grande.

En cuanto a Charlie, si no había padecido aquellas enfermedades venéreas de que se jactaba, había transportado por lo menos los microbios que vivían en Los Ángeles. ¡Qué mala idea la de aquella expedición! Ish sintió odio por todos los extraños. ¡Habría que recibirlos a tiros!

Una mosca le zumbó en la nariz y la apartó con un nerviosismo que no le era habitual. Josey llamó. La cena estaba servida.

La desaparición del hombre no había amenazado la existencia de la mosca doméstica, que no estaba irrevocablemente atada, como el piojo, a la suerte de los seres humanos. Como la rata, el ratón, la pulga y la cucaracha, esta habitante de las moradas del hombre sufrió sin duda los rigores del destino. Murieron centenares, millares de sus hermanas. Pero al fin sobrevivió.

Pues, como ese señor al que el príncipe Hamlet llamara «mosca de agua», la mosca disfrutaba de «la Posesión del lodo», aunque no hay referencia aquí a tierras y dominios, sino al lodo en sentido propio y figurado. Así la Biblia del rey Jaime declara recatadamente que Ahod golpeó al rey Eglon en el vientre y «salió el lodo». De modo que aunque el hombre hubiese desaparecido casi totalmente, la mosca doméstica no corría peligro mientras hubiera animales. Sus larvas se alimentaban de excrementos, como las serpientes se alimentan de ratas; los pájaros, de insectos, y los hombres, de la carne de los animales.

Sin embargo, cuando el hombre se eclipsó, los días fueron duros. En los patios de las granjas no había festines abundantes como los dones del Nilo. Ya no había letrinas descubiertas, ya no había innumerables sumideros colmados de basuras y desperdicios. Sólo, aquí y allá, unos pocos excrementos permitían que la mosca común pusiera sus huevos, criara sus larvas y lanzara a la ventura sus cohortes de zumbantes e infatigables viajeras.

Una semana más tarde, la enfermedad había extendido sus dominios. Dick, que había acompañado a Bob en la expedición, fue la segunda víctima. Luego cayeron Ezra y cinco niños. Teniendo en cuenta el número de miembros de la Tribu, la proporción de enfermos era aterradora. Se había declarado —Ish estaba seguro ahora— una epidemia de fiebre tifoidea.

Algunos de los adultos habían sido vacunados en los viejos días, pero la inmunidad debía de haber cesado hacía tiempo. Nada preservaba a los niños. Antes la fiebre tifoidea había sido combatida sobre todo con medidas profilácticas. Una vez que se declaraba la enfermedad, había que resignarse.

La explicación era bastante simple, pensó Ish. Charlie, hubiera tenido o no otras enfermedades, había traído por lo menos el bacilo de Eberth. Había tenido la fiebre tifoidea hacía un tiempo o recientemente, nunca se sabría. No tenía, por otra parte, ninguna importancia.

Era indudable, por lo menos, que Charlie, hombre poco limpio, había comido con los muchachos una semana. Luego, las letrinas al aire libre y las moscas habían favorecido la infección.

Se acostumbraron a hervir el agua. Quemaron las viejas letrinas y taparon los pozos. Pulverizaciones con DDT acabarían con las moscas. Pero estas precauciones llegaban un poco tarde. Todos los miembros de la Tribu habían estado expuestos ya a la infección. Los que se mantenían aún en pie gozaban de una inmunidad natural, o bien la enfermedad incubaba en ellos y en cualquier momento se declararía con todas sus fuerzas.

Todos los días aparecían nuevos casos. Bob, ahora en la segunda semana de la enfermedad, deliraba mostrando el sombrío camino que seguirían los otros. Los que no habían caído en cama estaban agotados por el esfuerzo de cuidar a los enfermos.

Apenas habían tenido tiempo de asustarse, pero el miedo rondaba estrechando cada día más su círculo. No había muertos aún, pero ningún enfermo había pasado la crisis decisiva. En los primeros años, un nuevo nacimiento parecía hacer retroceder un poco más las tinieblas. Ahora, cada vez que alguien caía enfermo las tinieblas se acercaban amenazando devorarlos. No morirían todos, naturalmente, pero la muerte de unos pocos bastaría para que la Tribu perdiese la voluntad de vivir.

George, Maurine y Molly habían recurrido a las plegarias, y algunos de los jóvenes los imitaban. Dios, sin duda, los castigaba por el crimen que habían cometido. Ralph pensó en huir con su mujer y sus hijos, que la epidemia había perdonado hasta ahora. Ish lo disuadió. Si por desgracia alguno de ellos había sufrido ya el contagio, el aislamiento y la falta de ayuda aumentarían el peligro.

Estamos a un paso del pánico, pensó Ish. Y a la mañana siguiente él mismo despertó afiebrado y deprimido. Hizo un esfuerzo, se levantó, respondió de cualquier modo a las preguntas de Em, y evitó su mirada. Bob se había agravado, y Em no abandonaba su cabecera. Ish cuidaba a Joey y Josey, en los primeros días de la enfermedad. Walt ayudaba en una casa vecina.

A la tarde, mientras se ocupaba de Joey, Ish sintió que perdía el conocimiento. Recurriendo a sus últimas fuerzas, alcanzó a llegar a la cama y se desvaneció.

Cuando recobró el sentido, parecía como si hubiesen pasado horas. Em se inclinaba sobre él. Lo había desvestido y acostado.

Débil como un niño, Ish la miró a los ojos, temiendo descubrir miedo en ella. Si Em estaba asustada, todo estaba perdido. Pero los grandes ojos negros lo miraban serenamente. ¡Oh, madre de las naciones! Ish se durmió.

Pasaron días y noches, y el delirio lo llevó lejos de la realidad. Unas formas vagas se movían a su alrededor, unas formas horribles que se acercaban a él, inasibles como la niebla. A veces reclamaba su martillo o llamaba a Joey; otras gritaba el nombre de Charlie. Pero cuando el terror llegaba al colmo, recurría a Em. Entonces una dulce mano le apretaba la suya, y en los ojos de ella no había miedo.

La semana siguiente fue más tranquila, pero se sentía tan débil y abatido que le parecía a veces que la vida se le escapaba del cuerpo, y no lo lamentaba. Pero cuando alzaba los ojos hacia Em, se sentía otra vez animado y fuerte, y cerraba los labios para retener aquella vida fugitiva que quería alejarse como una mariposa. Pero mientras tuviera a Em a su cabecera, estaba seguro, la vida seguiría alentando en él.

Cuando Em se alejaba, Ish se quedaba pensando que ella no resistiría mucho tiempo. En cualquier momento caería agotada. La fiebre la perdonaría quizá. Pero la carga era excesiva.

Poco a poco iba recobrando la lucidez. Algunos enfermos habían muerto, lo presentía, pero ignoraba quiénes o cuántos. No se atrevía a preguntarlo.

Una vez oyó que Jeanie lloraba a gritos la muerte de un niño. Em la consoló con unas pocas palabras y la animó a seguir luchando. George vino a la casa, convertido en un viejo descuidado y sucio que no tenía tiempo de lavarse. Maurine había tenido una recaída y su nieto estaba agonizando. Em no le habló de Dios, pero le devolvió la confianza y las fuerzas. George se fue con la cabeza alta y diciendo algo que parecía una oración. Las tinieblas avanzaban y la llamita de la vela vacilaba y humeaba; pero Em no conocía la desesperación y animaba a todos.

Es curioso, pensó Ish, le faltan los dones que me parecen más indispensables. No tiene ni gran inteligencia ni gran instrucción. No tiene muchas ideas. Y sin embargo, hay en ella grandeza y seguridad. Sin ella, en estas últimas semanas todos nos hubiéramos abandonado a la desesperanza y la muerte.

Un día, sin embargo, Em vino a sentarse en la cama, y traía en el rostro las huellas de un indecible cansancio. Ish sintió miedo. Luego, de pronto, se sintió feliz, pues sabía que ella nunca se hubiera mostrado así si el futuro no estuviese asegurado. No obstante, nunca había visto en un rostro humano una fatiga semejante. Y comprendió que detrás de esa fatiga había una enorme pena.

Comprendió también que él ya no era un enfermo, sino un convaleciente, quizá menos cansado que ella, y que podía ayudarla a llevar aquella carga.

La miró y sonrió, y a pesar de su agotamiento ella le sonrió también.

—Dime, quiero saber —murmuró Ish.

Em titubeó e Ish pensó apresuradamente: ¿Sería Walt? No, Walt no había estado enfermo. Aquel mismo día Em le había llevado un vaso de agua. ¿Jack? No, estaba seguro de haber oído su voz; era un muchacho tan fuerte. ¿Josey entonces? ¿O Mary? ¿Varios quizá?

—Dímelo, estoy bastante bien —insistió, y con desesperación pensó: No, no él. No era un niño vigoroso, pero los más débiles son a veces quienes mejor soportan las enfermedades. No, no él.

—Cinco en toda la calle, han muerto cinco.

—¿Quiénes? —preguntó Ish invocando todo su valor.

—Todos niños.

—¿Y los nuestros? —gritó Ish, aterrorizado, sintiendo que ella no quería decírselo.

—Sí, hace cinco días —dijo Em.

Y en sus labios se formó un nombre, e Ish comprendió antes de haber oído. Joey.

¿Para qué seguir viviendo? El resto importaba poco. ¡El elegido! Los demás podían haber muerto; sólo él era capaz de llevar la antorcha. ¡El hijo prometido! Ish, inmóvil, cerró los ojos.

9

La convalecencia de Ish duró varias semanas. Recuperaba lentamente las fuerzas, pero había perdido el gusto de vivir. El espejo le mostró unas estrías grises en el pelo. ¿Soy viejo ya?, se preguntó. No, no eran los años. Pero nunca sería el de antes. Había perdido el coraje y la confianza de la juventud.

Había tenido siempre el orgullo de ser sincero consigo mismo y mirar la vida de frente. Advertía ahora que evitaba pensar en ciertos temas. Un resto de debilidad, sin duda. Pasaría un tiempo, y seguiría adelante.

Otras veces —y eso lo asustaba— se negaba a admitir la realidad. Hacía proyectos como si Joey aún estuviese allí, refugiándose en un mundo de fantasías. Siempre había tenido esa tendencia, y así había podido soportar la soledad después del Gran Desastre. Ahora la realidad le parecía demasiado inhóspita. Recordó un verso de sus lecturas de aquellos años:

Nunca más la confianza feliz de la mañana.

Sí, nunca más. Joey se había ido, y la sombra de Charlie pesaba sobre la Tribu, y había nacido el imprescindible Estado, con la muerte en las manos. Y todos sus proyectos, nacidos en la alegría de la mañana, habían fracasado. ¿Por qué? Cansado, se refugiaba entonces en los sueños.

Cuando pudo pensar con más calma, sintió amargamente la ironía de la vida. Las desgracias esperadas no llegan nunca. Y los planes mejor concebidos no pueden impedir una imprevisible catástrofe.

Estaba solo la mayor parte del día. Había otros enfermos, que cuidaba la agotada Em. Le hubiera gustado hablar con Ezra, pero su amigo no había dejado la cama. Excepto Em y Ezra, ahora que Joey se había ido, no deseaba ver a nadie.

Una tarde Ish despertó de su siesta y encontró a Em sentada a su cabecera. La miró con los ojos entornados, fingiéndose dormido. Parecía fatigada, pero ya no con aquel cansancio indecible de hacía un tiempo. Aunque triste aún, había recobrado la serenidad. Em no conocía la desesperación. E Ish no buscaba ya el miedo en su rostro.

Em alzó la cabeza, vio los ojos abiertos de Ish, y sonrió. Había llegado el momento, comprendió él, de enfrentar la realidad.

—Quiero hablarte —dijo con una voz que era apenas un soplo, como si aún estuviese dormido.

Hubo una pausa.

—Sí —murmuró ella—. Estoy aquí… Habla… Estoy aquí…

—Quiero hablarte —repitió Ish sin atreverse a empezar.

Se sentía pequeño y humilde, como un niño asustado que antes de interrogar a su madre trata de animarse y alejar los temores. Pero ya no era un niño, y temió que ella no pudiese devolverle la paz.

—Quisiera hacerte algunas preguntas —balbuceó—. Cómo…

Se interrumpió otra vez.

Em le sonrió, apenada por su debilidad, pero no le pidió que postergaran la conversación.

—Sí —dijo Ish desesperadamente—. Sé qué piensan George y los otros. Oí algo, a pesar de la fiebre. ¿Es… es un castigo?

Miró a Em y por vez primera en el curso de aquellas semanas vio miedo en su rostro, o una sombra de miedo. Le he hecho daño, pensó Ish con terror. No obstante, tenía que seguir, o un muro de dudas y mentiras se alzaría entre ellos.

—Ya sabes lo que quiero decir —continuó—. ¿Es porque matamos a Charlie? ¿Dios nos castigó? ¿Ojo por ojo, diente por diente? ¿Por eso todos… y Joey…? Quizá se sirvió de Charlie como instrumento para manifestarnos su cólera.

Calló. El horror contraía el rostro de Em.

—¡No, no! —gritó ella—. ¡También tú! ¡Discutí tanto con los otros, sola, cuando estabas enfermo! No podía explicarlo, pero sabía que era imposible. No encontraba argumentos. Sólo podía darles valor.

Em se detuvo, como agotada por su vehemencia.

—Sí —continuó—, perdí todo mi valor, como sangre. Salía de mí, me sentía cada vez más débil, y me preguntaba: ¿Habrá bastante? ¿Habrá bastante? Y tú delirabas y hablabas de Charlie.

Em calló de nuevo, e Ish no supo qué decirle.

—Oh —dijo ella—, no me pidas más valor. No sé razonar. No he estudiado. Sólo sé que hicimos lo que nos pareció mejor. Si Dios existe, si pecamos, como pretende George, fue porque somos como él nos hizo. Y no creo que él nos tienda trampas. Oh, eres más instruido que George. No traigas otra vez el Dios de la venganza, el Dios de la cólera, el que no nos enseña las reglas del juego y luego nos castiga si nos equivocamos. ¡No lo traigas otra vez, te lo ruego! ¡No tú!

Y otra vez se sintió pequeño y humilde. Em, de algún modo, había atendido sus ruegos. Se sentía ahora tranquilo, con una nueva seguridad y una nueva confianza. Sí, no debía haber dudado.

Tomó la mano de Em.

—No tengas miedo —le dijo, sin pensar que en aquel consejo había algo de irónico—. Tienes razón. Tienes razón. No tendré otra vez esos pensamientos. Son absurdos, lo sé. Pero la muerte es algo terrible a veces, y la enfermedad debilita. No lo olvides. No soy todavía yo mismo.

De pronto, Em lo besó, con el rostro bañado en lágrimas, y dejó el cuarto. Había recobrado sus fuerzas. Todos se apoyarían otra vez en ella. ¡Oh madre de naciones!

También él se recobraba, quizás ayudado por las palabras de Em. Joey se ha ido, pensó. No volverá más. Nunca más se acercará a mí corriendo, con los ojos brillantes de curiosidad. Pero el porvenir está ahí aún. Tengo canas, sí, pero me quedan Em y los otros. Aún puedo ser feliz. El futuro no será como lo había imaginado. Pero haré lo que pueda.

Se sentía abrumado por su propia pequeñez. Todas las fuerzas de la naturaleza parecían aliarse contra él, único hombre vivo capaz de imaginar y preparar el futuro. Había tratado de dominarlas, y ellas lo habían arrollado. Sí, aun con ayuda de Joey, no hubiera podido vencerlas. Modificaría sus planes, los haría más sutiles. Se trazaría objetivos menos ambiciosos y más prácticos. Imitaría al zorro, y no al león.

Lo más urgente era recuperar la salud. Tardaría dos o tres semanas. Pero antes de fin de año volvería al trabajo.

Sintió que su mente funcionaba otra vez. Podía contar con ella. Era un excelente instrumento de trabajo, una máquina un poco usada, pero útil aún.

Sin embargo, se sentía todavía muy débil, y se durmió en medio de sus meditaciones.

Quizá los seres humanos, los sistemas filosóficos y los libros eran demasiado numerosos. Quizá los cursos del pensamiento eran demasiado profundos, y los restos del pasado se amontonaban como basuras o viejas ropas. ¿Por qué no se alegraría el filósofo si todo desapareciese de pronto? Los hombres empezarían otra vez, a partir de cero, y el juego tendría nuevas reglas. Las pérdidas no serían quizá mayores que las ganancias.

Durante las semanas de la epidemia, las pocas personas sanas no pudieron hacer otra cosa que enterrar precipitadamente a los muertos. Cuando todos curaron, George, Maurine y Molly plantearon la cuestión de los funerales.

A Ish y a Em no les parecían necesarios. Sin embargo, Ish comprendió que los otros encontrarían en la ceremonia algún consuelo. Los oficios religiosos señalarían además el fin de aquel período de peligro, miedo y duelo, y la vuelta a la vida normal. En cuanto a él, Ish, sentiría otra vez el dolor de la muerte de Joey; pero luego miraría resueltamente el futuro, y pondría en marcha sus modestos proyectos.

Puso, pues, como condición que cuando acabaran los oficios todos volverían a la vida normal. Aunque no había pensado en la reanudación de las clases, los otros lo entendieron así, e Ish aceptó.

Eligieron a Ezra para que celebrase la ceremonia y éste decidió que comenzaría al alba.

Como en casi todos los lugares donde no hay luz eléctrica, los miembros de la Tribu se levantaban con el día. Antes de salir el sol, todos estaban ya junto a la pequeña hilera de montículos. El cielo era claro pero en el oeste las tinieblas cubrían aún las faldas de las lomas, y los pinos no arrojaban todavía sus sombras sobre las tumbas.

La estación estaba muy avanzada, y ya no había flores, pero los niños, dirigidos por Ezra, habían cortado ramas de pino para cubrir los montículos. No había más que cinco tumbas, pero la pérdida era catastrófica. Para la Tribu, cinco muertes eran más que cien mil en una vieja ciudad de un millón de habitantes.

Estaban allí todos los sobrevivientes; los bebés en brazos de sus madres; los niños y niñas de la mano de sus padres.

Ish tenía el martillo en la mano derecha; la cabeza colgaba pesadamente. Había dejado la casa con las manos vacías, pero Josey, creyendo que era un olvido, le recordó la herramienta. El martillo señalaba para los jóvenes la trascendencia del acto. Algunos meses antes, Ish no hubiese cedido y hubiera hablado de los peligros de la superstición. Pero ahora había traído el martillo. En realidad, debía confesárselo, él mismo se sentía mejor. Los acontecimientos recientes lo habían hecho más humilde. Si la Tribu necesitaba un emblema de fuerza y unidad, y el martillo los hacía felices, ¿por qué negarse en nombre del racionalismo? Quizás el racionalismo era un lujo de la civilización.

Formaban ahora un semicírculo irregular, de cara a las tumbas, en grupos de familias. Ish, en el centro, miraba a un lado y a otro. George vestía un traje gris oscuro, adecuado a las circunstancias, quizás el mismo que acostumbraba ponerse en los funerales de los viejos días, o uno parecido. Maurine, toda de negro, llevaba un velo oscuro. Mientras estos dos vivieran, sobrevivirían las viejas normas. Los otros se habían puesto las ropas que les habían parecido más cómodas. Los hombres y los muchachos llevaban pantalones de lona azul, camisas deportivas y chaquetas livianas para protegerse del frío del alba. Las niñas sólo se diferenciaban de sus hermanos por los cabellos, más largos. Pero las mujeres y las muchachas, fieles a las tradiciones de la coquetería femenina, llevaban faldas, blusas y bufandas de vivos colores.

Ezra se separó del grupo y se preparó a hablar. Una luz dorada asomaba sobre el perfil de las lomas. La naturaleza parecía retener el aliento. Ish sintió un nudo en la garganta. La ceremonia le parecía sin sentido y opinaba que ante la muerte todos los discursos eran impertinentes. Sin embargo, esos ritos fúnebres respondían a una de las más viejas necesidades del corazón humano, y quizás éstos encontraran un eco en el futuro. Pasarían miles de años, y un antropólogo estudiaría las costumbres de los sobrevivientes del Gran Desastre. “Poco se sabe de su modo de vivir”, escribiría. “Algunas tumbas descubiertas recientemente indican que practicaban la inhumación.”

Ish temía el discurso de Ezra. El tema era peligroso y era fácil caer en alguna torpeza. Pero desde las primeras palabras, se reprochó su falta de confianza. Ezra no repetía las viejas fórmulas. No hablaba de la vida eterna. Esa promesa no hubiera consolado a nadie, salvo a George, Maurine, y quizá Molly. Sobre las tradiciones religiosas del pasado pesaba la negra sombra del Gran Desastre.

Ezra, que conocía tan bien el corazón humano, se contentó con evocar el recuerdo de los niños muertos. Contó una anécdota curiosa de cada uno de ellos, una aventura aún fresca en el recuerdo de todos.

Cuando hacia el fin del discurso pronunció el nombre de Joey, Ish sintió que se le doblaban las piernas. Ezra no habló de la brillante inteligencia del niño. No recordó que un año llevaba su nombre. Narró solamente los incidentes de un juego.

Mientras Ezra hablaba de Joey, Ish advirtió que los niños lo miraban de reojo. Nadie ignoraba que Joey era su hijo preferido. Se preguntaban si él, Ish, no realizaría algún milagro; él, el antiguo, el americano, que sabía tantas cosas extrañas, avanzaría quizás al terminar la ceremonia, blandiendo el martillo, para declarar que Joey no se había ido, que Joey vivía aún, que Joey volvería. Y se abrirían las tumbas…

Pero los niños se limitaron a lanzar aquellas miradas furtivas, sin hablar. E Ish sabía muy bien que no podía resucitar a los muertos.

Cuando Ezra acabó de hablar de Joey, hizo aún algunas consideraciones generales. ¿Por qué no se detenía? Era una falta de tacto prolongar inútilmente la ceremonia.

Luego Ezra se detuvo, bruscamente, y al mismo tiempo el mundo se llenó de luz. ¡Sobre las lomas asomaba el primer rayo de sol!

Ish no sabía si alegrarse o disgustarse. Bien planeado, pensó, pero un truco teatral. Miró a su alrededor y vio que todos sonreían. Se sintió más animado.

¡La resurrección del sol! Un símbolo viejo como el mundo. Ezra era demasiado sincero como para prometer la inmortalidad, pero había elegido el momento y afortunadamente no había nubes en el cielo. Allí estaba el símbolo: tanto podía aplicárselo a la resurrección de los muertos como a la supervivencia de la raza humana.

Ahora los dorados senderos de la luz solar corrían entre las altas sombras de los árboles.

Somos realmente hombres, los que honramos a los muertos. No siempre fue así. Antes, cuando moría uno de nosotros, quedaba tendido a la entrada de la caverna, tan baja que no podíamos entrar en ella sin agacharnos. Ahora no necesitamos agacharnos, y honramos a los muertos.

Ahora, cuando un hombre muere no lo dejamos en el lugar donde ha caído, no lo tomamos por las piernas para arrastrarlo hasta el bosque y que sirva de pasto a los zorros y las ratas. No lo arrojamos al agua para que lo arrastre la corriente.

No, lo acostamos con cuidado en una fosa, y lo cubrimos con hojas y ramas. Vuelve así a la tierra, madre de todas las criaturas.

O lo colgamos de las ramas de un árbol, y lo confiamos a los vientos del cielo. Y si algunos pájaros lo picotean, está bien, pues los pájaros son criaturas del cielo y el aire.

O lo entregamos al fuego purificador. Luego retomamos nuestra vida, y pronto olvidamos, como las bestias. Pero hemos honrado a los muertos, y cuando dejemos de hacerlo, no seremos hombres.

Después de la ceremonia, volvieron a San Lupo envueltos en la luz del amanecer. Ish deseaba estar solo, pero pensaba que debía quedarse junto a Em. Ella se adelantó entonces a sus deseos:

—Sal un rato —dijo—. Un paseo te hará bien. Necesitas estar solo.

Ish aceptó. Como lo había temido, la ceremonia lo había trastornado. Hay gente que busca compañía en los momentos de dolor, pero él prefería la soledad; Em no lo inquietaba; era más fuerte que él.

No llevó nada de comer; no tenía hambre y siempre podía entrar en algún almacén y tomar algunas latas de conserva. Tampoco se llevó el revólver, aunque nadie se alejaba de San Lupo sin ir armado. En el último momento, sin embargo, tras algún titubeo, tomó el martillo de encima de la chimenea.

No dejó de sentir ciertos escrúpulos. ¿Por qué ese martillo ocupaba tanto sus pensamientos? No era, al fin y al cabo, el más viejo de sus bienes. En la casa había muchas cosas que tenía desde la infancia. Pero ninguna era como el martillo; quizá porque éste le recordaba los primeros días que habían seguido al desastre. Aunque no era para él ni un fetiche ni un símbolo.

Se alejó de la casa y marchó sin rumbo, con el único deseo de quedarse solo. El martillo era un estorbo, le pesaba en la mano. No pudo impedir un movimiento de impaciencia. Terminaría por ser tan supersticioso como los niños.

Bueno, ¿por qué no dejarlo caer simplemente y recogerlo a la vuelta? Pero no lo hizo.

Lo más irritante no era el peso del martillo. Aquella herramienta se había transformado en una idea fija. Decidió desprenderse de ella. No permitiría que lo obsesionara. Descendería hasta el puerto y desde el muelle la arrojaría a las aguas. El martillo se hundiría, y no se hablaría más de él. Siguió caminando. Luego recordó a Joey y olvidó su proyecto.

Al cabo de un rato, salió de su tristeza y sintió otra vez el martillo en la mano. Advirtió también que no caminaba hacia el puerto. Iba hacia el sur, y no hacia el oeste.

La distancia es muy larga, se dijo, y me siento aún bastante débil. No es necesario que vaya tan lejos para desembarazarme de este viejo martillo. Basta que lo eche en algún matorral, y pronto lo olvidaré.

Y comprendió en seguida que se engañaba a sí mismo. Y que aunque arrojara el martillo a alguna cañada no olvidaría el lugar. Renunció a las escapatorias. No, no quería librarse de aquel objeto que tenía ahora tanta importancia en su vida. Al mismo tiempo comprendió por qué iba hacia el sur. Seguía la larga avenida que llevaba a la universidad. No estaba allí desde hacía tiempo. Sentía aún aquella pena, pero con menos fuerza, como si la decisión de aguantar el martillo lo hubiera aliviado.

Una vez más se distrajo observando la acción destructiva del tiempo. El terremoto había afectado particularmente a aquel barrio. Una enorme grieta cortaba en dos la calzada, y el agua de las lluvias la había transformado en un estanque donde flotaban hojas de árboles y arbustos. Balanceando el martillo, Ish tomó impulso y saltó el foso de más de un metro de ancho, comprobando con alegría que a pesar de la enfermedad no tenía las piernas muy débiles.

A ambos lados de la avenida las casas no eran más que montones de ruinas, cubiertas por plantas trepadoras. Los árboles habían invadido los porches.

En todas partes las plantas del país estaban matando las plantas exóticas, en otro tiempo orgullo de los jardineros.

Notó al pasar las especies que habían sobrevivido. En vez de glicinas y camelias había muchos rosales trepadores. Un cedro del Himalaya extendía sus ramas vigorosas, pero al pie del árbol no había ningún retoño. En cambio, bajo un eucalipto australiano, unos jóvenes tallos crecían en un suelo de humus y hojas muertas donde no hubiese podido brotar ninguna otra cosa.

A la entrada del parque universitario había un bosquecillo de pinos. No se veía allí la confusión común en los jardines. Los árboles formaban una bóveda espesa y la sombra no favorecía el crecimiento de plantas y hierbas.

Al pie de un pino, una serpiente de cascabel dormitaba al sol. Parecía atontada, como si no se hubiese recobrado aún del fresco de la noche. Ish se detuvo un momento. Podía matarla fácilmente. Titubeó, y siguió adelante.

No; lo habían mordido una vez y recordaba aún aquel horror. Pero no odiaba la raza de los crótalos. En realidad, era posible que la mordedura le hubiese salvado la vida. Hasta podía sentirse agradecido y elegir a la serpiente de cascabel como tótem de la Tribu. Pero no. Sería neutral.

Por otra parte, su tolerancia no alcanzaba sólo a las serpientes de cascabel. Y los niños lo imitaban. En los tiempos de la civilización, los hombres se sentían realmente amos del universo. Elegían a sus amigos y enemigos. Y mataban a las serpientes de cascabel. Pero ahora la naturaleza había recuperado su independencia. No aceptaba dictadores. Matar una serpiente de cascabel era un trabajo inútil, pues no había posibilidad de exterminarlas, ni siquiera de reducir sensiblemente su número. Si un reptil se atrevía a acercarse a las casas, se lo aplastaba para proteger a los niños. Pero no se emprendía ninguna campaña contra las serpientes o los pumas.

Bajó una escalera cubierta de musgo y hierbas y cruzó un crujiente puente de madera. Recordó que el puente era viejo ya en su infancia. Una espesa maleza cubría las orillas del arroyo. Ish se abrió paso dificultosamente, aunque el camino estaba asfaltado.

Los matorrales se estremecieron e Ish se sobresaltó, pues no llevaba armas. Quizás era un puma. Los lobos y los perros salvajes frecuentaban también las cercanías de los arroyos.

Pero cuando salió de la espesura, no vio más que unos ciervos que pacían entre los árboles.

A la izquierda se alzaban algunos edificios. No podía recordar qué departamento universitario se había alojado allí. El seto, antes tan bien podado, ocultaba ahora las ventanas bajas.

Siguió su camino. Atravesó otros matorrales y el edificio de la biblioteca apareció ante él, algo disimulado entre los arbustos. En una ventana había un vidrio roto. Una rama de pino la había golpeado durante alguna tormenta. El accidente no había ocurrido antes de su última visita, unos años atrás. Había guardado la biblioteca como reserva para el futuro. Hasta había enseñado a los niños que la respetaran. Sí, hasta les había hecho creer, temía, que era tabú. En realidad había intentado siempre inculcarles un respeto casi místico por los libros. Una quemazón de libros le había parecido siempre uno de los peores crímenes que el hombre pueda cometer.

Dio una vuelta a la biblioteca, no sin algunas dificultades, pues unas altas malezas le cerraban el paso. Hasta tuvo que trepar por el tronco caído de un pino. El edificio estaba aún en buenas condiciones. Llegó al fin a la ventana que había roto hacía tantos años y que luego había tapado con una tabla. Después de todo, pensó con satisfacción, el martillo me servirá de algo.

Desclavó la tabla y entró en el edificio. Había entrado así por vez primera cuando Em esperaba el primer hijo, para llevarse algunos libros de obstetricia. El problema que le había parecido entonces tan angustioso se había desvanecido. Hubiera debido concluir que era inútil inquietarse y que casi todos los problemas se resuelven por sí solos.

Atravesó el vestíbulo y entró en la sala de lectura. Había bastante suciedad. A pesar de sus precauciones, era evidente que los murciélagos habían logrado entrar en el edificio, quizá por la ventana rota recientemente. Había también huellas de ratas o algún otro roedor. Pero los excrementos no habían dañado los libros. Pasó el dedo por el lomo de un volumen y lo retiró sucio de polvo. Pero menos quizá de lo que hubiera podido esperarse.

Sí, allí estaban todos aún, más de un millón de libros, casi toda la sabiduría del mundo al abrigo de cuatro paredes. Tuvo una sensación de seguridad y esperanza. Contempló aquel tesoro con ojos de avaro.

Bajó por una escalerita de caracol y fue hacia la sección geográfica, que en sus tiempos de estudiante había sido su refugio preferido. Nada había cambiado. Se sintió allí como en su casa. Buscó en los estantes los libros familiares.

Un tomo voluminoso encuadernado en rojo le llamó la atención. Lo sacó del estante y sopló el polvo del lomo. La obra era El clima a través de las Edades, de Brooks. Conocía bien la obra. Lo abrió, encontró la tarjeta y vio que el último lector —un mes antes del Gran Desastre— había sido un tal Isherwood Williams. Tardó algunos segundos en comprender que ese tal Isherwood Williams no era otro que él mismo. Nadie lo había llamado por su nombre completo desde hacía años. Sí, había leído el libro en el último trimestre de sus estudios. Era una buena obra, interesante, pero los trabajos de un alemán, Zeimer quizá, la habían envejecido.

Dejó el martillo para tener las dos manos libres. Luego, de pie junto a una ventana polvorienta que dejaba pasar una vaga claridad, hojeó el libro. En realidad, sus teorías no tenían ningún valor práctico. Aunque lo tirara o lo hiciese pedazos no sería una gran pérdida. Pero lo devolvió respetuosamente a su sitio.

Dio algunos pasos y de pronto sintió que en su mente todo se derrumbaba. ¿Para qué servía al fin aquel millón de volúmenes? ¿Por qué cuidar y preservar los libros? Nadie sabía leerlos. Pasta de madera y negro de humo, no servían para nada si no había una inteligencia capaz de interpretarlos.

Se alejó tristemente y subía ya la escalera de caracol cuando notó que tenía las manos vacías. Había olvidado el martillo. Dio media vuelta, dominado por la angustia, y lo vio en el suelo, en el mismo sitio donde lo había dejado al sacar el libro. Lo recogió, con inmenso alivio, y subió por la escalera.

Salió por la ventana rota y maquinalmente se puso a clavar la tabla. De pronto se detuvo, sintiendo otra vez aquella desolación. ¿Para qué clavar la tabla? De nada serviría. Nadie iría, nunca, a leer allí. Balanceó tontamente el martillo.

Al fin, lentamente, sin entusiasmo, sin esperanza, hundió otra vez los clavos. George haría trabajos de ebanistería hasta el día de su muerte, Ezra ayudaría a sus vecinos, y él, Ish, seguiría pensando ilusionado en los libros y el futuro.

Terminó su trabajo y se fue a sentar en los escalones de piedra. Las malezas asaltaban por todas partes los edificios en ruinas. Recordó un viejo cuadro donde se veía un hombre —¿César? ¿Aníbal?— sentado entre las ruinas de Cartago. Dio un martillazo en el borde de un peldaño, mellando el granito. Era uno de esos actos de vandalismo que lo habían horrorizado siempre. Golpeó con más fuerza. Saltó un trozo de unos cinco centímetros. El peldaño parecía dirigirle un mudo reproche.

Y mientras martillaba, ahora débilmente, el granito, pensó por primera vez en Joey sin sentirse aplastado por la pena. Joey no hubiera podido cambiar el curso de las cosas. No era más que un niño inteligente. El mundo entero se hubiese aliado contra él. Hubiera luchado con todas sus fuerzas hasta caer vencido. Habría sido un hombre desgraciado.

Joey, pensó, era como yo. Siempre inquieto. Nunca feliz.

Alzó el martillo sobre un trocito de granito y rencorosamente lo hizo trizas.

Necesito un poco de descanso, pensó. Es hora de descansar.

Thoreau y Gauguin, conocemos sus nombres. Pero ¿no olvidamos a otros miles? No escribieron libros, ni pintaron cuadros, pero renunciaron también al mundo. ¿Y esos otros, esos millones de otros, que rechazaron, en sus sueños, la civilización?

Hemos escuchado sus palabras, hemos visto sus ojos… «Qué hermoso era el bosque donde acampamos… A veces desearía… pero los negocios… ¿Nunca pensaste, George, en vivir en una isla desierta? Sólo una cabaña en los bosques… sin teléfono… La playa a orillas del mar… Se estaría tan bien… Pero están Maud y los niños.»

¡Qué raro! Después de edificar una magnífica civilización, los hombres sólo habían tenido un deseo: huir de ella.

Los caldeos pretendían que Oanes, el dios-pez, salió de las aguas para enseñar a los hombres las artes y las leyes. Pero ¿era un dios o un demonio?

¿Por qué las viejas leyendas nos hablan siempre de la edad de oro de la simplicidad?

Uno podría creer que esta gran civilización no es realmente la materialización de sueños humanos, sino la obra de una fatalidad misteriosa. Poco a poco, a medida que crecen las ciudades, los hombres se ven obligados a renunciar a una vida libre y feliz; a la fácil recolección de los frutos silvestres siguen los penosos trabajos de la agricultura. Poco a poco las ciudades son más numerosas, y los hombres abandonan la excitación de la caza por los duros afanes de la cría de ganado.

Así el monstruo de Frankenstein impone su tiranía a sus aterrorizados creadores. Y los hombres intentan escapar por mil disimuladas sendas.

¿Cómo renacería, pues, una civilización destruida sin el concurso de misteriosas fatalidades?

De pronto, Ish se sintió muy viejo. No tenía aún cincuenta años y los otros fundadores de la Tribu eran mayores que él. Pero entre él y sus hijos el abismo era muy grande. No era sólo un abismo de años, sino también de modos de pensar y vivir. Nunca había habido distancia semejante entre dos generaciones.

Sentado en los escalones de la biblioteca, mientras reducía a trizas el pedazo de granito, Ish vio ante él la larga perspectiva del futuro. En suma, todo se reducía a la vieja pregunta: ¿el hombre influye sobre el medio, o el medio sobre el hombre? ¿La época napoleónica creó a Napoleón o al contrario? Si Joey hubiese vivido, las confusas circunstancias que habían modelado a Jack, Roger y Ralph lo habrían afectado y él no hubiera podido resistirse. Sí, aunque Joey hubiese vivido nada hubiese podido aminorar el vertiginoso descenso. Y con Joey, a no ser que ocurriera algo imprevisto, había muerto la última esperanza.

¡Los planetas y las estrellas! Bajo los repetidos martillazos, el granito era ahora un polvo fino. ¡Los planetas y las estrellas! No, no creía en la astrología. Y sin embargo, la posición de las estrellas mostraba que el sistema solar cambiaba continuamente, y que la tierra era cada vez menos propicia al hombre. Quizá la astrología era una verdadera ciencia, y los cambios que se producían en el cielo eran el símbolo de los acontecimientos terrestres. ¡Los planetas y las estrellas! ¿Cómo podía modificar el hombre lo que estaba escrito en los cielos?

Sí, el futuro era previsible. La Tribu no resucitaría la civilización. No la necesitaba. Durante algún tiempo continuaría el pillaje. Se abrirían latas de conserva, y se consumirían cartuchos y fósforos. Todos serían felices, pero no habría creadores. Luego, tarde o temprano, la población aumentaría y los víveres empezarían a faltar. No habría hambre, pues el ganado abundaba en los campos. La vida continuaría.

Y de pronto se le ocurrió una nueva idea. Había vacas y toros en los campos, sí, pero ¿qué pasaría cuando se terminaran los cartuchos? ¿Cuando no hubiera fósforos? En realidad, no habría que esperar a que se agotaran las municiones. La pólvora se estropea con el tiempo. Tres o cuatro generaciones más y los hombres serían unas miserables criaturas que habrían perdido los secretos de la civilización, sin haber aprendido aún las técnicas con que los salvajes vencen las dificultades cotidianas. Era posible, y quizá preferible, que después de tres o cuatro generaciones la raza humana se extinguiese, incapaz de pasar de la vida vegetativa y parásita a condiciones más estables que permitiesen un lento progreso.

Golpeó de nuevo con fuerza el borde del escalón. Saltó otro trozo de granito. Ish lo miró tristemente. A pesar de todas sus resoluciones, el pensamiento del futuro seguía atormentándole. Pero ¿cómo saber qué ocurriría después de tres o cuatro generaciones?

Se incorporó y se volvió hacia San Lupo. Estaba más tranquilo ahora.

—Sí —pensó en voz alta—. El zorro pierde el pelo, pero no las mañas, y yo seré siempre un atormentado, aunque haya vivido veintidós años con Em. Olvido el pasado, para ocuparme del futuro. Sí, necesito un poco de descanso. Mis tentativas han fracasado, es cierto. No obstante, sé que empezaré otra vez. Y ahora que mi meta es menos ambiciosa, quizá tenga más éxito.

10

Cuando, después de una larga caminata, llegó a San Lupo, sus vagos proyectos habían tomado forma, pero los pondría en marcha a la mañana siguiente.

A la noche estalló una tormenta, y cuando despertó, unas nubes bajas y grises ocultaban el cielo. Ish se sorprendió. Con los acontecimientos recientes se había olvidado del tiempo. Recordó que el sol se ponía cerca del sur y que, para emplear las palabras de los viejos días, estaban en el mes de noviembre. La lluvia molestaba sus planes, pero no había prisa, y mientras, podía perfeccionarlos.

Desde el día anterior, su pensamiento había cambiado tanto que la ruidosa llegada de los chicos lo sobresaltó. Claro, pensó, vienen a clase.

Bajó las escaleras. Estaban todos allí, excepto Joey y otros dos más pequeños, sentados en sillas o en el suelo. Todos los ojos se alzaron hacia él con una rara curiosidad. Joey se había ido, y quizás Ish cambiara las lecciones. Pero esta curiosidad, Ish no lo ignoraba, era pasajera, y caerían otra vez en aquella apatía que había combatido sin éxito.

Miró todos los rostros, uno a uno. Eran hermosos niños. No había ningún estúpido entre ellos, pero tampoco ninguna mente excepcional. No, no estaba allí el elegido.

Había llegado el momento. Habló sin remordimiento ni pena:

—Se acabaron las clases —anunció.

Los niños lo miraron un momento, consternados, y contentos, aunque no se atrevían a mostrar abiertamente su alegría.

—Se acabaron las clases —repitió Ish, sintiendo que adoptaba involuntariamente un tono dramático—. No habrá más clases… nunca.

Esta vez la consternación no se desvaneció. Los niños se quedaron inquietos, nerviosos. Algunos se levantaron para irse. El fin de las clases les parecía algo grave, aunque no sabían bien por qué.

Al fin salieron lentamente, sin hacer ruido. Pasó un minuto y sólo se oyó el rumor de la lluvia. Luego estalló un griterío; eran niños otra vez. La escuela no había sido más que un breve episodio en sus vidas; la olvidarían pronto, y nunca la echarían de menos. Durante un rato, Ish se sintió muy abatido. ¡Joey, Joey!, pensó. Pero no estaba arrepentido. Era la única solución razonable.

—Se acabaron las clases —murmuró—. Se acabaron las clases.

Y recordó de pronto que en aquella misma sala, hacía muchos años, había visto cómo se apagaban las luces eléctricas.

Siguieron tres días de lluvia. Ish reflexionó y maduró sus planes. Al fin un frío viento del norte barrió el cielo y un sol brillante empezó a secar las hojas húmedas. Había llegado el momento.

Buscó un tiempo en los jardines selváticos. En aquella zona nunca se habían cultivado comercialmente los cítricos. Pero el clima convenía a los limoneros, por lo menos como árboles de adorno. E Ish creía recordar que la madera de limonero era la más apropiada. Podía haber consultado algunos libros, pero había cambiado de modo de pensar. Resolvería él mismo sus problemas.

En lo que había sido en los viejos días un hermoso parque privado encontró un limonero. El árbol vivía aún, aunque ahogado entre dos pinos y dañado por las heladas. Algunos de los retoños habían sobrevivido a los rigores invernales.

Ish se abrió paso entre unos matorrales espinosos, eligió un retoño del grueso de su pulgar, y sacó su cuchillo. La madera era dura como el hueso, pero al fin logró cortarla. El retoño tenía una longitud aproximada de un metro y medio. Había crecido rectamente hasta alcanzar un metro veinte de altura, pero luego se había doblado bajo las ramas de los pinos. Era a la vez fuerte y flexible. Ish lo apoyó contra el suelo, doblándolo, y comprobó que se enderezaba con fuerza.

Sí, pensó con un poco de amargura, no necesito nada más.

Llevó a su casa el tallo de limonero y se sentó en el porche, al sol. Cortó ante todo la parte doblada y tuvo una vara recta de un metro veinte.

Descortezó entonces el retoño y afiló las puntas. El trabajo le llevó bastante tiempo, pues debía interrumpirse a menudo para afilar el cuchillo en una piedra de amolar.

Walt y Josey habían ido a jugar con los otros niños. Regresaron a la hora del almuerzo.

—¿Qué haces, papá? —preguntó Josey.

—Preparo un juego —respondió Ish. En otro tiempo había intentado mostrar la utilidad de la instrucción. Era un error que no volvería a cometer. Esta vez aprovecharía la afición de los humanos al juego.

Después del almuerzo, los niños difundieron la novedad.

A la tarde apareció George.

—¿Por qué no vienes a mi casa? —preguntó—. Con el torno trabajarás más rápido.

Ish le dio las gracias, pero le dijo que prefería el cuchillo, aunque ya le dolía la mano. Era necesario hacer el trabajo con las herramientas más simples, casi primitivas.

A la caída de la tarde, Ish tenía la mano cubierta de ampollas, pero había terminado. Los extremos de la vara estaban simétricamente afilados. La apoyó contra el suelo, la dobló hasta formar un semicírculo, y la soltó. Satisfecho, talló unas muescas en cada extremo y se guardó el cuchillo en el bolsillo.

A la mañana siguiente, continuó el trabajo. Sobraban los cordeles, y hasta pensó en utilizar hilo de pescar de nailon, que trenzaría hasta obtener una cuerda suficientemente gruesa.

No, se dijo. Trabajaré con materiales que puedan obtener ellos mismos.

Buscó el cuero de un ternero sacrificado recientemente y cortó una larga tira. Era un trabajo lento y difícil, pero sobraba tiempo. Limpió de pelos la tira y la recortó hasta que pareció un cordel. Luego trenzó tres de estas tiras, obtuvo una cuerda, e hizo un nudo en cada extremo.

Se quedó un momento con la vara en una mano y la cuerda en la otra. Dobló la vara, y fijó los nudos de la cuerda a las muescas de los extremos. La cuerda era un poco más corta y la rama se dobló.

Ish contempló el arco. El genio creador del hombre se manifestaba otra vez sobre la tierra. Hubiese podido buscar en una tienda de artículos de deporte y hubiera encontrado un arco más perfecto. Pero había preferido tallar la madera él mismo con una herramienta primitiva, y hacer una cuerda con tiras de cuero.

Tiró de la cuerda. La vibración lo hizo sonreír. Otra vez satisfecho, desmontó el arco.

A la mañana siguiente cortó una rama de pino para hacer una flecha. La blanda madera verde se cortaba con facilidad y media hora más tarde la flecha estaba lista. Llamó a los niños. Acudieron Walt y Josey, y luego Weston.

—Vamos a hacer una prueba —les dijo.

Disparó el arco. La flecha vaciló un poco, pero Ish había apuntado hacia arriba y después de recorrer unos quince metros cayó y se clavó en el suelo.

Ish no había esperado semejante triunfo. Los tres niños, maravillados, se quedaron un momento con la boca abierta. Nunca habían visto nada parecido. Luego echaron a correr, gritando de alegría, para traerle la flecha. Ish disparó varias veces.

Al fin, tal como Ish esperaba, llegó la inevitable petición.

—Déjame probar, papá —suplicó Walt.

El primer tiro de Walt no pasó de los seis metros, pero el niño celebró ruidosamente su hazaña. Josey y Weston probaron también.

Antes de la hora de cenar, todos los niños de la Tribu se preparaban afanosamente un arco.

El éxito superó las esperanzas de Ish. Pocos días después, unas flechas torpemente lanzadas se entrecruzaban en el aire alrededor de las casas. Las madres pensaban preocupadas en la posibilidad de que alguien perdiera un ojo, y dos niños regresaron llorando y quejándose de haber recibido flechas en distintas partes del cuerpo. Pero las flechas no tenían punta y no volaban muy lejos. No hubo que deplorar ningún accidente grave.

Pero se establecieron severas reglas. «Prohibido disparar el arco contra alguien.» «Prohibido jugar cerca de las casas.»

Se organizaron concursos. Bajo la dirección de los mayores, que sabían manejar los fusiles, los niños tiraron al blanco. Probaron arcos de diferente longitud y forma. Josey se quejó de que Walt ganaba siempre. Ish le aconsejó poner unas plumas de codorniz en el extremo posterior de la flecha. La niña obedeció y triunfó sobre Walt. Todas las flechas se adornaron entonces con plumas de codorniz y ganaron en potencia de vuelo. Los mayores se dejaron arrastrar por el entusiasmo de los chicos y también prepararon arcos, aunque podían emplear armas de fuego. Pero los arqueros más entusiastas eran los niños, que no podían usar los fusiles.

Ish esperaba su hora. Las primeras lluvias habían reverdecido la tierra. El sol se ponía ahora detrás de las lomas, al sur del Golden Gate.

Walt y Weston, ambos de doce años, se habían enredado en alguna misteriosa confabulación infantil. Perfeccionaban continuamente sus arcos y afilaban sus flechas una y otra vez. Durante las horas de sol, apenas se los veía.

Una tarde, se oyeron unos pasos precipitados en la calle, y Walt y Weston entraron sin aliento en la sala.

—¡Mira, papá! —gritó Walt, y tendió a Ish el patético cadáver de un gordo conejo traspasado por una flecha de madera.

—¡Mira! —gritó de nuevo—. Yo estaba escondido detrás de un matorral y cuando paso, disparé y lo maté.

Símbolo de su triunfo, el pobre conejo entristeció a Ish.

Qué lastima, pensó, que la creación sea también destrucción.

—Te felicito, Walt —dijo—. Fue un buen tiro.

11

El sol se ponía casi siempre en un cielo sin nubes, cada vez un poco más al sur. No tardaría ya en volver atrás.

Un día, tan repentinamente que casi se podía haber fijado la hora y el minuto, los niños se cansaron de arcos y flechas y se entusiasmaron con alguna otra cosa. Ish no se preocupó. Ya volverían al juego más tarde, quizás al año siguiente, en la misma estación. La fabricación y el manejo de los arcos no caerían en el olvido. Durante veinte años, cien años si fuera necesario, el arco sería un juego infantil. Al fin, cuando se agotaran las municiones, allí estaría, para reemplazar a los fusiles. Era el arma más perfecta del hombre primitivo, y la más difícil de inventar. Ish legaba al futuro ese precioso don. Sus tataranietos no tendrían que defenderse a puñetazos de los osos, y no se morirían de hambre rodeados de rebaños. Habrían olvidado la civilización, pero no serían por lo menos hermanos de los monos. Andarían con la cabeza erguida, como hombres libres, con el arco en la mano. Y si no disponían de cuchillos de acero, tallarían sus arcos con piedras afiladas.

Tenía otro plan, pero no había prisa. Ahora podía enseñarles a servirse de una barrena de arco, y cuando no hubiese más fósforos, la Tribu sabría encender un fuego.

Sin embargo, su entusiasmo, como el de los niños, se enfrió con el transcurso de las semanas. En lugar de saborear la victoria de la fabricación del arco y su éxito entre los niños, recordaba incesantemente las desgracias del año. Joey, el niño irreemplazable, había muerto. Y el día que Em, George, Ezra y él habían decidido la muerte de Charlie, el mundo había perdido su frescura e inocencia. Y la confianza y la fe se habían extinguido en él al abandonar la esperanza de ver renacer la civilización.

El sol había llegado al extremo sur de su trayecto. Un día o dos más y empezaría a rehacer el camino. Todos se preparaban para la ceremonia de grabar los números en la roca y bautizar el año. Era ahora la mayor de las fiestas, a la vez Navidad y Año Nuevo, y un símbolo de vida. Como todo lo demás, las festividades habían cambiado mucho. La Tribu celebraba aún el día de Acción de Gracias y se reunía alrededor de una mesa bien servida. Pero el 4 de julio y todas las otras fiestas patrióticas habían desaparecido. George, que había pertenecido a un sindicato, y era amigo de conservar las tradiciones, dejaba de trabajar y se ponía su mejor traje cuando creía que había llegado el día del trabajo. Pero nadie lo imitaba. Cosa curiosa, o quizá natural, las fiestas populares habían sobrevivido a las oficiales. El día de los Inocentes y el de Todos los Santos eran motivo de regocijo general, y los niños repetían las tradiciones que les habían transmitido sus padres. Un día, seis semanas después del solsticio de invierno, y según la leyenda, la marmota podía ver su propia sombra. Como no había marmotas en aquella región, la habían reemplazado por la ardilla. Pero todo esto no era nada comparado con la fiesta que los reunía al pie de la roca.

Los niños discutían entre ellos el nombre del año. Los más chicos proponían el nombre de año del arco y la flecha; otros preferían año del viaje. Los mayores recordaban otras cosas y guardaban un turbado silencio. Ish adivinaba que aún pensaban en Charlie y la muerte de sus compañeros. Para él, los mayores acontecimientos de aquellos últimos doce meses eran la muerte de Joey y su propia desilusión.

Al fin, el sol se puso casi en el mismo sitio, o quizás un poco más al norte, y los padres, con gran alegría de los niños, decretaron que la fiesta se celebraría al día siguiente.

Se reunió toda la Tribu. El día era claro y cálido para la estación, y las madres habían llevado sus bebés. Cuando se grabaron los números todos los que sabían hablar se desearon un feliz Año Nuevo, de acuerdo con la costumbre de los viejos días.

Luego, según los ritos de costumbre, Ish preguntó cómo se llamaría el nuevo año. Siguió un profundo silencio.

Al fin, Ezra, siempre oportuno, tomó la palabra.

—Este año nos trajo muchas penas, y cualquier nombre despertaría tristes recuerdos. Los números son cómodos, y no sugieren nada desagradable. No le demos ningún nombre a este año. Llamémoslo simplemente el año 22.

Años fugitivos

El río de los años pasó otra vez rápidamente, y ahora Ish no se resistió, y se dejó llevar.

En estos años la Tribu cultivó un poco de maíz, no mucho, pero bastante para obtener una pequeña cosecha y guardar algunas semillas. Todos los otoños, como si la primera lluvia fuese una señal, los niños retomaban los arcos y las flechas, hasta que se cansaban y buscaban otro juego. De cuando en cuando los adultos se reunían a deliberar. Lo que allí se decidía, obligaba a todos.

Por lo menos, pensaba Ish, legaré estas costumbres al porvenir. Sin embargo, a medida que pasaban los años, los jóvenes influían más y más en el curso de las sesiones. Ish presidía siempre. Se sentaba en el sitio de honor, y los que querían hablar se incorporaban y lo saludaban respetuosamente con una inclinación de cabeza. Ish tenía el martillo en las rodillas o lo balanceaba maquinalmente. Cuando la discusión entre dos jóvenes subía de tono, Ish daba un martillazo y los adversarios callaban inmediatamente. Si intervenía en los debates, todos lo escuchaban con atención, aunque nunca seguían sus consejos.

Así pasaron los años. El año 23, del lobo furioso; el año 24, de las moras; el 25, de la lluvia interminable.

Cuando llegó el año 26, el viejo George no estaba ya con ellos. Había estado pintando, subido a una escalera. Nadie supo nunca si había sido un ataque al corazón o una caída accidental. Pero lo encontraron muerto al pie de la escalera. Desde entonces, ya nadie reparó los techos ni pintó las fachadas de las casas. Maurine siguió viviendo un tiempo en la casita de las rosadas pantallas con flecos, el mudo aparato de radio, las mesitas con carpetas. Pero era tan vieja como George, y murió antes de fin de año. El año se llamó año de la muerte de George y Maurine.

Y los años pasaron: 27, 28, 29, 30. Ya era difícil recordar los nombres y su orden. ¿El año del maíz había seguido al año del crepúsculo rojo, o éste precedía al año de la muerte de Evie?

¡Pobre Evie! La enterraron junto a los demás, y así se pareció más a todos. Había vivido con ellos y nadie sabía si había sido feliz o si habían hecho bien al salvarle la vida. Sólo una vez había salido de la sombra: cuando Charlie la había elegido entre todas las muchachas de la Tribu. Los jóvenes apenas notaron su desaparición, pero para los mayores desaparecía con ella una criatura de los viejos días.

Ahora los fundadores de la Tribu eran sólo cinco. Jean e Ish eran los más jóvenes, y los mejor conservados. Pero Ish, que no se había curado totalmente de su vieja herida, cojeaba un poco. Molly se quejaba de vagos malestares y caía en crisis de llanto. Una tosecita seca atormentaba a Ezra. La figura de Em había perdido un poco de su gracia real. Sin embargo, todos disfrutaban de una salud excelente, y sus pequeñas molestias eran achaques de la edad.

El año 34 fue un año memorable. Se sabía, desde hacía un tiempo, que otra Tribu, menos numerosa, vivía en el extremo norte de la bahía, pero aquel año llegó un mensajero a proponer la unión. Ish le prohibió al joven que se acercara. El recuerdo de Charlie aconsejaba prudencia. Cuando el mensajero comunicó cuál era el propósito de su visita, se convocó al consejo.

Ish presidió con el martillo en la mano, pues el asunto era muy importante. En seguida estalló una animada discusión. Al temor de las enfermedades se unía el prejuicio contra los extraños. Sin embargo, la curiosidad era más fuerte, y además muchos deseaban que el número de miembros de la Tribu, sobre todo el de las mujeres, fuese mayor. Desde hacía años los hombres eran más numerosos que las mujeres y algunos muchachos parecían condenados al celibato. Ish conocía por otra parte el peligro de los matrimonios entre parientes cercanos, inevitables en el seno de la Tribu.

Sin embargo, Ish, apoyado por Ezra, se oponía a la alianza por temor a las enfermedades. Jack, Ralph, Roger, los mayores y sus hijos recordaban demasiado bien el año 22 y se pusieron de su lado. Pero los más jóvenes, sobre todo aquellos que no estaban casados, pensando en las muchachas de la otra Tribu, protestaban ruidosamente.

Entonces habló Em. Tenía ahora la cabeza cubierta de canas, pero su voz grave dominaba aún cualquier discusión.

—Lo he repetido a menudo —dijo—, no se vive rechazando la vida. Nuestros hijos y nietos necesitan mujeres. Quizás haya un grave peligro, pero habrá que afrontarlo.

La serenidad y seguridad de Em, más que sus palabras, animaron a todos. La alianza se votó por unanimidad.

Esta vez tuvieron suerte. Hubo una sola epidemia, de escarlatina, que contrajeron los otros. Pero pronto curaron.

Desde entonces la Tribu se dividió en dos clanes: los Primeros y los Otros. Los niños que nacían de un matrimonio mixto pertenecían al clan del padre. A Ish le asombraba que la mujer tuviese tan poca influencia, y no ocurriera como en los pueblos primitivos. Pero las viejas tradiciones eran muy fuertes.

El año siguiente, Em perdió hasta la sombra de su gracia real. Ish vio en su rostro unas raras arrugas que no eran de vejez, sino de dolor. La piel antes mate era ahora de un gris ceniciento. Ish sintió miedo y frío, y comprendió que la hora de la separación había llegado.

A veces, en los sombríos meses que siguieron, Ish pensaba: Quizá no es más que apendicitis. Le duele en ese sitio. ¿Por qué no operarla? Podría leer libros, aprender lo necesario. Uno de los muchachos le daría éter. En el peor de los casos, Em dejaría de sufrir.

Pero cuando llegaba el momento siempre retrocedía. Le temblaba la mano, no tenía valor. No se atrevía a hundir el bisturí en el costado de la que amaba. Em sólo contaba con ella misma.

Y pronto debió reconocer que no era apendicitis. Cuando el sol inició su marcha hacia el sur, Em cayó en cama y no se levantó más. En las farmacias en ruinas, Ish encontró polvos y jarabes que atenuaron los sufrimientos de Em. Después de haber tomado el calmante, ella dormía o permanecía inmóvil, sonriendo. Cuando el dolor volvía, Ish pensaba si no debería aumentar la dosis y terminar aquel tormento.

Pero no lo hizo. Pues sabía que Em amaba aún la vida y no perdería el valor.

Se pasaba largas horas a su cabecera, tomándole la mano y cambiando de cuando en cuando algunas palabras.

Como siempre, era ella quien lo consolaba a él, a pesar de sus torturas, y el fin tan cercano. Sí, se decía Ish una vez más, ella había sido para él una madre tanto como una esposa.

—No te atormentes por los niños —le dijo Em un día—, ni por los nietos y todos los que seguirán. Serán felices, me parece. Por lo menos serán tan felices como hubiesen podido serlo en los viejos días. No pienses demasiado en la civilización. Irán adelante.

¿Desde cuándo pensaba ella así?, se preguntaba Ish. ¿Había sabido Em que él fracasaría? ¿Había presentido lo que iba a ocurrir merced a su intuición o a la sangre diferente que le corría por las venas? De nuevo se preguntó en qué residía la grandeza del hombre o la mujer.

Josey se ocupaba ahora de la casa y cuidaba a su madre. Josey era también madre, y una mujer alta, de grandes pechos, y paso gracioso. De todos los hijos era quien más se parecía a Em.

Todos venían a visitar a la enferma, los hijos, las hijas y los nietos. Los nietos mayores eran casi muchachos, y en las nietas asomaba la mujer.

Ish comprendió que Em tenía razón. Irían adelante. La simplicidad es índice de fuerza. Vivirían.

Un día se había sentado al lado de Em y le había tomado la mano. Ella estaba muy débil. Y de pronto Ish sintió junto a ellos una sombría presencia. Em calló, y los dedos le temblaron ligeramente.

Oh madre de las naciones, pensó Ish. Tus hijos te cantarán alabanzas y tus hijas te bendecirán.

Estaba solo ahora, en aquel cuarto donde hacía poco habían sido tres, pues la muerte se había ido llevándose a Em. Se quedó allí, encorvado, con los ojos secos. Todo había terminado. Enterrarían a la madre de las naciones y no pondrían en su tumba, de acuerdo con las costumbres de la Tribu, ni cruces ni epitafios. Y, como hacían los hombres desde el principio de los siglos, desde que el amor y su hermano el dolor habían aparecido sobre la tierra, Ish veló a la muerta bienamada. Nunca se encontraría otra vez tanta grandeza y serenidad.

Y los años siguieron pasando, y el sol fue del norte al sur, y del sur al norte. Se grabaron otros números en la superficie de la roca.

Un día de primavera, Molly murió de repente, de una embolia sin duda. El mismo año, un enorme tumor, como un monstruo de pesadilla, invadió a Jean. Nada la aliviaba, y cuando se dio muerte, nadie la acusó.

Es el fin, pensó Ish. Nosotros, los americanos, somos viejos, y nos dispersamos como las hojas de la última primavera.

La tristeza lo abrumaba. Sin embargo, cuando se paseaba por las faldas de la loma, veía niños que jugaban y jóvenes que hablaban animadamente, y madres que amamantaban a sus bebés. Poca tristeza y mucha alegría.

Un día, Ezra fue a verlo y le dijo:

—Deberías tomar otra mujer.

Ish lo miró.

—No —dijo Ezra—, yo no. Soy demasiado viejo. Tú eres más joven. Hay una muchacha entre los Otros y ningún hombre para casarse con ella. Si no se es muy viejo, siempre es preferible no estar solo, y tú podrás tener más hijos.

Ish se casó con la muchacha. Ella fue el consuelo de sus largas noches y le dio hijos, pero para Ish fue siempre como si aquellos hijos no le pertenecieran, pues Em no los había llevado en su seno.

Se grabaron otros números en la roca. Salvo Ish y Ezra, todos los americanos habían desaparecido ya. Y Ezra era un viejecito seco y arrugado, que tosía y enflaquecía cada vez más. Ish mismo tenía el pelo gris. Aunque no era gordo, se le redondeaba el vientre y se le adelgazaban las piernas. Le dolía siempre el costado, en el lugar donde el puma le había clavado las garras, y caminaba poco. Sin embargo, el año 42 su mujer le dio aún otro hijo. No sintió mucho cariño por la criatura. Además, ahora ya tenía bisnietos.

El último día del año 43, Ish no se sintió con fuerzas para llegar hasta la roca, y Ezra estaba demasiado débil. Dejaron para más tarde el bautizo del año. De cuando en cuando se prometían ir al día siguiente, o confiar la misión a alguno de los hijos. A veces los jóvenes y hasta los niños se inquietaban. Pero al parecer no había prisa, y la ceremonia se postergaba indefinidamente. Un día llovía, el otro nevaba, y otro era ideal para pescar. Nunca se grabaron los números, el año no tuvo ningún nombre, y la vida siguió su curso. Y los años pasaron sin que nadie pensara en bautizarlos.

Desde hacía un tiempo, la mujer de Ish no tenía más hijos. Un día se presentó ante él acompañada de un hombre de su edad y los dos le pidieron respetuosamente permiso para unirse.

E Ish comprendió que recorría ya la última etapa de su vida. Empezó a pasarse las horas con Ezra, su compañero de vejez.

El espectáculo de dos viejos que se sientan juntos a recordar el pasado, no hubiera sido raro en otros días; pero aquí eran los únicos viejos. Todos los demás eran jóvenes, al menos comparativamente. La Tribu festejaba nacimientos y enterraba muertos, pero los nacimientos eran más numerosos que las muertes, y donde hay muchos jóvenes hay también risas.

Los años seguían pasando y los dos viejos, sentados en la ladera de la loma, al sol, hablaban cada vez más del pasado. Los años recientes habían dejado pocos recuerdos. Algunos eran buenos, otros malos, o por lo menos así se los clasificaba. Pero la diferencia no era grande. De modo que los viejos retrocedían hasta el pasado lejano y, de cuando en cuando, echaban una ojeada al porvenir.

Ish admiraba la sabiduría de Ezra, y su amor a los hombres.

—Una tribu es como un niño —comentó un día Ezra con su voz aflautada de viejo, que cada día se parecía más a un grito de pájaro. La tos lo interrumpió y cuando recuperó el aliento dijo—: Sí, una tribu es como un niño. Educas al niño, le das consejos, pero al fin hace siempre lo que quiere. Lo mismo una tribu.

—Sí —dijo otro día—, el tiempo aclara los misterios. Todo me parece hoy mucho más claro que antes. Dentro de cien años, si vivo todavía, el mundo no tendrá secretos para mí.

A veces hablaban de los otros americanos, los desaparecidos. Recordaban, riéndose, al viejo George y Maurine, y el hermoso aparato de radio de donde no salía ningún sonido. Y sonreían al pensar cómo se resistía siempre Jean a los oficios religiosos.

—Sí —decía Ezra—, todo es más claro ahora. ¿Por qué hemos sobrevivido al Gran Desastre? Nunca lo sabré, pero creo entender por qué no sucumbimos al dolor de ver que todos morían. George y Maurine, y quizá también Molly, vivieron sin enloquecer gracias a su apatía y su falta de imaginación. Jean se aferró a la vida. Yo me olvidé de mí mismo para pensar en los otros. Y tú y Em…

Ezra hizo una pausa y entonces Ish dijo:

—Sí, tienes razón, creo… Seguí viviendo porque me mantuve aparte, observando qué ocurría. En cuánto a Em…

Esta vez fue Ish quien se interrumpió, y Ezra retomó la palabra.

—Bueno, la Tribu será como fuimos nosotros. No habrá genios entre ellos porque no los hubo entre nosotros. Quizás un genio no hubiese podido sobrevivir… En cuanto a Em, sobran las explicaciones. Era la más fuerte. Sí, necesitábamos de George y sus trabajos, y también de tu previsión. Y quizá yo era un hombre útil como elemento de unión entre gentes tan distintas. Pero necesitábamos sobre todo a Em. Nos daba valor, y sin valor la vida es una muerte lenta.

A sus pies, en la falda de la colina, un árbol creció ante ellos —así le pareció a Ish— y pronto su pantalla de hojas ocultó el puente y sus enmohecidos pilones. Luego el árbol se secó, murió y cayó con el viento. Ish pudo ver otra vez el puente.

Un día un incendio estalló en la ciudad en ruinas del otro lado de la bahía, e Ish recordó que muchos años atrás, cuando él no había nacido aún, el fuego había devastado aquella misma ciudad. Esta vez el siniestro duró una semana; el viento del norte hacía crecer las llamas que nadie combatía, y que a nadie preocupaban. El fuego no se extinguió hasta que no quedó nada por devorar.

Luego, hasta la misma conversación fue un penoso esfuerzo. Ish se contentaba con tumbarse al sol; cerca de él tosía un viejo arrugado. Sin que supiera cómo, los días se transformaron en semanas, y el río de los años corrió sin detenerse. Ezra estaba siempre allí, y algunas veces Ish pensaba: Tose y enflaquece, pero vivirá más que yo.

Al fin hablar era algo agotador. La mente se replegaba sobre sí misma, e Ish meditaba en las rarezas de la existencia. ¿Qué diferencia había al fin? Aun sin el Gran Desastre, sería un viejo. Profesor honorario, sacaría libros de la biblioteca, hablaría de sus investigaciones y sería considerado un viejo chocho por sus colegas de cincuenta o sesenta años, que sin embargo les dirían a los estudiantes: «Es el profesor Williams, un gran sabio. Estamos muy orgullosos de él».

Ahora los viejos días parecían tan lejanos como Nínive o Mohenjadaro. Él mismo había visto cómo el mundo se derrumbaba. Sin embargo, cosa curiosa, la catástrofe había respetado su personalidad. Era aún el profesor honorario, ahora que unas tinieblas le oscurecían el pensamiento, y se calentaba al sol en una loma solitaria, patriarca de una tribu primitiva.

Y con aquellos años que pasaban, había extraños cambios. Los jóvenes venían siempre a pedirle consejo a Ish, pero no con la actitud de antes. Mientras estaba sentado en la falda de la loma, o cuando se quedaba en su casa los días de niebla o lluvia, le traían pequeños regalos: un puñado de moras dulces, una piedra brillante, un trozo de vidrio de color que relucía al sol. Ish no prestaba mucha atención a las piedras o al vidrio, ni siquiera a los zafiros y esmeraldas sacados de alguna joyería, pero recibía todo con alegría, pues comprendía que los jóvenes le traían lo que más admiraban.

Rendido el homenaje, aprovechaban algún momento en que Ish tenía el martillo en la mano para hacerle ceremoniosamente alguna pregunta. A veces lo consultaban sobre el tiempo. Ish miraba entonces el barómetro de su padre y predecía, ante los jóvenes asombrados, que las nubes se disiparían con el calor del día o que se preparaba una tempestad.

Pero otras veces las preguntas eran menos simples. Por ejemplo adónde debían ir para encontrar buena caza. Ish no lo sabía. Pero los jóvenes, descontentos, lo pellizcaban. Ish les gritaba entonces cualquier cosa:

—¡Al norte! ¡Detrás de las lomas!

Los jóvenes se iban satisfechos. Ish temía que regresaran a decirle que no habían encontrado nada, pero esto no ocurría nunca.

A veces sus pensamientos eran claros; otras, una niebla le invadía el cerebro. Un día se encontraba con la mente despejada, y mientras los jóvenes le hacían una pregunta, comprendió que se había transformado en un dios, o por lo menos en el oráculo que expresaba la voluntad de un dios. Y recordó que una vez los niños no se habían atrevido a tocar el martillo y habían asentido cuando les dijo que era un americano. Sin embargo, nunca había deseado ser un dios.

Un día, sentado en la loma, al sol, vio que Ezra no estaba a su lado, y comprendió que su compañero había partido para siempre. Nadie se sentaría ya junto a él. Apretó con fuerza el mango del martillo, ahora tan pesado que apenas podía levantarlo con las dos manos.

Los mineros lo manejaban en otros tiempos con una sola mano, pensó. Y ahora es demasiado pesado para mí. Pero se ha transformado en el símbolo del dios tribal, y me acompaña aún cuando todos los otros, incluso Ezra, han desaparecido.

Entonces, como si el dolor de la pérdida de Ezra le hubiera dado una mayor lucidez, miró alrededor y recordó que en aquel sitio había habido antes un cuidado jardín. Ahora sólo se veía una hierba alta que crecía desordenadamente entre árboles y arbustos, y una casa en ruinas rodeada de malezas.

Alzó los ojos al cielo. El sol estaba en el este, no en el oeste como había esperado. Era ya pleno verano y él creía que apenas se había iniciado la primavera. Sí, en el curso de aquellos años había perdido la noción del tiempo. Confundía el cotidiano viaje del sol y el más lento a lo largo del año con las cuatro etapas de las estaciones. Y se sintió entonces muy viejo, y con una profunda amargura.

Esta tristeza despertó el recuerdo de otras y pensó: Em ha partido, y también Joey, y Ezra, mi buen compañero.

Y al sentirse solo entre tantas desgracias, se echó a llorar quedamente, pues era muy viejo y no sabía dominarse.

—Sí —murmuró—. Se han ido todos. Soy el último americano.

3

EL ÚLTIMO AMERICANO

En la alegría de los hermosos bosques.

VIEJA CANCIÓN

1

Quizá fue ese día, o ese verano, u otro año… Ish alzó los ojos y vio a un joven ante él. Llevaba pantalones de lona azul en buen estado, con unos relucientes ribetes de cobre, y se cubría el torso con la piel de una bestia de la que colgaban aún las afiladas garras. Llevaba un arco en la mano y a la espalda un carcaj donde asomaban los cabos emplumados de unas flechas.

Ish parpadeó, pues el sol le lastimaba los viejos ojos.

—¿Quién eres? —preguntó.

El joven respondió con un tono respetuoso:

—Soy Jack, y tú bien lo sabes, Ish.

En el modo de decir «Ish» no había una familiaridad excesiva con un anciano, sino al contrario, deferencia y hasta temor, como si el nombre fuese un título honorífico.

Ish, desconcertado, entornó los ojos para ver mejor, pues con los años había perdido un poco la vista. Jack tenía el pelo negro, estaba seguro, o quizá gris ahora, pero este muchacho que se presentaba con su nombre llevaba una larga melena rubia.

—Haces mal en burlarte de un viejo —protestó Ish—. Jack es mi hijo mayor y lo reconocería en seguida. Tiene el pelo negro, y es más viejo que tú.

El muchacho, con una risita cortés, respondió:

—Hablas de mi abuelo, y tú bien lo sabes, Ish.

Otra vez el nombre «Ish» tuvo en su boca un sonido extraño. E Ish se sintió sorprendido por la repetición de la fórmula: «Y tú bien lo sabes, Ish».

—¿Eres de los Primeros o de los Otros? —preguntó.

—De los Primeros —dijo el joven.

Ish lo miró atentamente y le asombró que un joven que hacía tiempo había dejado de ser un niño llevara un arco en vez de un fusil.

—¿Por qué no llevas un fusil? —le preguntó.

—Los fusiles no son más que juguetes —dijo Jack con una risa un poco desdeñosa—. No se puede confiar en un fusil, tú bien lo sabes, Ish. Algunas veces el fusil dispara y hace un gran ruido; pero otras veces aprietas el gatillo y sólo se oye un “clic”. —Castañeteó los dedos—. No se puede cazar con fusiles, aunque los viejos dicen que así se hacía antes. En cambio se puede confiar en las flechas. Vuelan siempre. Y además… —y aquí el muchacho se irguió orgullosamente—, además es necesario ser fuerte y hábil para matar con el arco. Cualquiera, parece, podía matar con un fusil, tú bien lo sabes, Ish.

—Muéstrame una flecha —dijo Ish.

El joven sacó una flecha del carcaj, la miró, y se la tendió.

—Es una buena flecha —dijo—, la hice yo mismo.

Ish miró la flecha y la sopesó. No era un juguete de niño. De un metro de largo, había sido tallada en buena madera, y redondeada y alisada. Llevaba unas plumas en el cabo, pero Ish no pudo reconocer de qué ave eran. Los dedos le decían, sin embargo, que habían sido muy cuidadosamente dispuestas. Así la flecha giraría en el aire como una bala de fusil y llegaría muy lejos.

En seguida examinó la punta de la flecha, con el tacto más que con la vista. Era una punta muy afilada. Se pinchó el pulgar. Sus asperezas le revelaban que era de metal trabajado con martillo. El color parecía ser de un blanco plateado.

—¿De qué está hecha? —preguntó.

—De una de esas cosas redondas con figuras. Los viejos les daban un nombre, pero lo olvidé.

El joven se detuvo como para que Ish le informara, pero no recibió respuesta y continuó, orgulloso de saber tanto sobre flechas:

—Las encontramos en las viejas casas. Hay cajas y cajones llenos. A veces están guardadas en rollos muy pesados. Algunas son rojas y otras blancas como ésta. Hay dos clases de blancas. Unas tienen la figura de un toro con una joroba. Ésas no sirven, son muy duras.

Ish reflexionó y comprendió.

—¿Y esta punta blanca? —preguntó—. ¿Tenía también una figura?

Jack tomó la flecha de las manos de Ish, miró, y se la devolvió.

—Todas tienen figuras —dijo—. Ésta no se borró del todo. Es una mujer con alas en la cabeza. En otras hay halcones, aunque no verdaderos halcones. —Jack estaba contento de poder hablar—. En otras, hombres; por lo menos parecen hombres. Uno tiene barba, y otro el pelo largo hacia atrás, y otro una cara seria sin barba y pelo corto y gran mandíbula.

—¿Sabes tú quiénes son esos hombres?

—Oh, creemos, y tú bien lo sabes, Ish, que son los Antiguos, que vivieron antes que nuestros Antiguos.

Como no cayó ningún rayo del cielo, e Ish no parecía disgustado, Jack continuó:

—Sí, así habrá sido, y tú bien lo sabes, Ish. Los hombres, los halcones, y los toros. Quizá las mujeres con alas nacieron de un halcón y una mujer. Pero los Antiguos no se ofenden porque usemos sus figuras para hacer puntas de flecha. Eso me asombra. Quizá son demasiado grandes para ocuparse de cosas tan pequeñas o quizás hicieron sus obras hace mucho tiempo, y ahora están viejos y cansados.

Jack calló e Ish comprendió que el muchacho estaba orgulloso de su propia elocuencia y quería decir algo más. Por lo menos no le faltaba imaginación.

—Sí —continuó Jack—, se me ocurrió algo. Nuestros Antiguos, los americanos, hicieron las casas y los puentes, y las cosas redondas que usamos para las puntas de las flechas; pero los otros, los Antiguos de los Antiguos, hicieron quizá las lomas y el sol y hasta a los mismos americanos.

Aunque era demasiado fácil reírse de la ingenuidad de Jack, Ish no pudo resistir a la tentación de una broma.

—Sí —dijo—, he oído decir que los Antiguos hicieron a los americanos, pero dudo que hayan creado las lomas y el sol.

Jack no comprendió, pero sintió que en el tono de Ish había cierta ironía, y guardó silencio.

—Háblame de las puntas de flechas —dijo Ish—. No me interesa la cosmogonía.

Dijo la última palabra con humor malicioso, pues sabía que Jack no podría entenderla, pero quedaría impresionado por el sonido.

—Sí, las puntas de flechas —dijo el otro titubeando. Al fin continuó—: Empleamos las rojas y las blancas. Las rojas para los toros y pumas. Las blancas para los ciervos y la caza menor.

—¿Y eso por qué? —preguntó Ish, pues su racionalismo se rebelaba contra aquellas supersticiones ridículas.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Quién sabe por qué? Excepto, tú, ¡Ish! Es así. —Titubeó otra vez y el sol atrajo su atención—. Sí, es como el sol que da vueltas alrededor de la tierra. Pero naturalmente nadie sabe por qué, ni se lo pregunta. ¿Y por qué tendría que haber un por qué?

Jack sonrió gravemente como un filósofo que acaba de expresar una verdad eterna. E Ish reflexionó y se preguntó si aquella aparente ingenuidad no ocultaba algo profundo. ¿Se había encontrado alguna vez respuesta a esos por qué? Quizá las cosas existían, y nada más.

Sin embargo, Ish estaba seguro, el argumento era falso. La vida humana sin causalidad era inconcebible. Estas puntas de flecha de distintos colores lo probaban. Pero la relación causa-efecto era absurda. El joven creía que para matar toros y pumas las puntas de flecha debían ser de cobre, mientras que la plata convenía a los ciervos y la caza menor. Sin embargo, las puntas de los dos metales eran igualmente duras y puntiagudas. Para aquellas mentes primitivas, el factor determinante era el color. Superstición pura.

Ish sintió renacer en su interior su viejo odio por las falsas ideas. A pesar de sus años, no pudo evitar romper una última lanza en favor de la verdad.

—¡No! —gritó, tan bruscamente que Jack se sobresaltó—. No, no es cierto. Blancas o rojas, las puntas de flecha…

Y se detuvo. No, era mejor callar. Creía oír una hermosa voz de contralto que le decía al oído: «Calma». Podía llegar a persuadir a aquel joven que era sin duda inteligente e imaginativo, como lo había sido el pequeño Joey. ¿Pero qué ganaría? Jack quedaría desconcertado y se sentiría incómodo entre los otros. Las puntas de flecha de cobre no eran, al fin y al cabo, menos eficaces, y si los cazadores les atribuían un poder mágico, este pensamiento los haría más valientes y daría mayor firmeza a su pulso.

Ish calló pues, sonrió al joven, y miró otra vez la flecha.

Se le ocurrió algo, y preguntó:

—Esas cosas redondas, ¿las encontráis fácilmente?

El muchacho se rió como si la pregunta fuese absurda.

—Oh, sí —dijo—. Podríamos pasarnos la vida haciendo puntas de flecha.

Era probablemente cierto, pensó Ish. Aunque hubiese ahora cien hombres en la Tribu, había miles y miles de monedas en los cajones de los armarios y en las cajas fuertes sólo en aquel rincón de la ciudad. Y cuando se agotaran las monedas, utilizarían las piezas de cobre de los teléfonos. Al fabricar el primer arco, recordó, había imaginado que la Tribu le pondría a sus flechas puntas de piedra. Pero habían tomado un atajo y ya trabajaban el metal. Quizá sus descendientes habían superado ya el momento crítico. Habían dejado de olvidar, y aprendían. En vez de deslizarse hacia el salvajismo, se mantenían en un mismo nivel, o habían empezado a subir. Al darles los arcos, los había ayudado realmente. Ish se sintió contento.

—Es una hermosa flecha —declaró tendiéndosela a Jack, aunque en verdad no sabía mucho de flechas.

En la cara de Jack brilló una sonrisa de felicidad, e Ish notó que hacía una marca en el cabo antes de meterla en el carcaj, como para poder reconocerla entre las otras. Y de pronto, Ish sintió una inmensa ternura. Desde que era viejo, y se pasaba las horas sentado en la loma, no había sentido nunca una emoción semejante. Este Jack, que pertenecía a los Primeros, era su biznieto y era también biznieto de Em. Ish lo miró con afecto y le hizo una pregunta inesperada.

—Muchacho —dijo—, ¿eres feliz?

Jack pareció perplejo y miró a todos lados antes de responder.

—Sí —dijo al fin—, soy feliz. La vida es como es, y yo soy parte de la vida.

¿Qué sentido tenía esta frase?, se preguntó Ish. ¿Era la fórmula ingenua de un semisalvaje, o quizás ocultaba una profunda filosofía? No pudo decidirlo. Y mientras reflexionaba, la niebla le invadió otra vez la mente. Aquellas palabras, tan raras, le parecían familiares. No creía, sin embargo, haberlas oído nunca, pero una persona que había conocido en otro tiempo podía haberlas dicho. Pues el muchacho no había preguntado, había afirmado. Ish no podía recordar quién había sido esa persona, pero tuvo una impresión de tibieza y dulzura.

Cuando salió de su ensueño y alzó otra vez los ojos, estaba solo. En realidad era incapaz de recordar si había conversado con el muchacho aquel mismo día, u otro día, o quizás otro verano.

2

Una mañana, Ish despertó tan temprano que su cuarto estaba todavía en penumbras. Se quedó inmóvil, sin saber dónde estaba, y durante un momento creyó haber vuelto a los años de su infancia cuando se metía al alba en la cama de su madre, para calentarse. En seguida, en unos pocos segundos, su pensamiento franqueó años, y tendió la mano hacia Em, que sin duda dormía junto a él. Pero no. Em había muerto. Luego pensó en su otra mujer. Tampoco estaba allí. Hacía mucho tiempo se la había dado a otro hombre, más joven, pues una mujer debía tener hijos para que la Tribu creciera y retrocedieran las tinieblas. Y comprendió entonces que era muy viejo y que estaba solo en su cama. Sin embargo, era siempre la misma cama, y el mismo cuarto.

Tenía la garganta seca. Al cabo de un rato, dejó lentamente la cama, y tambaleándose sobre sus viejas piernas anquilosadas, fue hacia el baño para beber un poco de agua. Al entrar alzó la mano para encender la luz eléctrica. Se oyó un ruidito familiar, y la claridad inundó el cuarto. En seguida se encontró otra vez en penumbras, y comprendió que la luz no se había encendido. No había habido luz eléctrica desde hacía años y no la habría nunca más. El sonido del interruptor había engañado su viejo cerebro y le había dado la ilusión de la luz. Pero no se preocupó, pues no era la primera vez que ocurría.

Abrió el grifo de la palangana. No salió agua. Y recordó que el agua había dejado de correr hacía años.

No podía beber, pero la sed no era mucha. Tenía la garganta seca, simplemente. Tragó saliva varias veces y se sintió mejor. Volvió a su dormitorio y se detuvo, olfateando. Con el curso del tiempo, los olores habían cambiado varias veces. Muy lejos, en el pasado, el aire había tenido el olor característico de las grandes ciudades. Luego había seguido el olor de los campos y las hojas. Y más tarde, ese olor se había desvanecido y ahora en las casas sólo se respiraba un olor de vejez y moho. Ish se había habituado a él y ya no lo notaba. Pero aquella mañana había un humo acre en el aire. Por eso se había despertado; pero no sintió ningún temor y se acostó otra vez.

Un viento del norte agitaba los pinos que ahora rodeaban la casa, y las ramas silbaban y golpeaban los vidrios y los muros.

El ruido le impedía dormir. Hubiera querido saber la hora, pero desde hacía muchos años no daba cuerda a los relojes. ¿Qué importaba el tiempo cuando no había citas a las que acudir, ni horarios de trabajo? Las costumbres habían cambiado radicalmente, y él estaba tan viejo que ya casi no vivía. En cierto sentido parecía como si hubiese dejado el tiempo por la eternidad.

Estaba solo en la vieja casa. Los otros dormían en otras partes, o al aire libre en verano. La vieja mansión, con sus fantasmas del pasado, no atraía a nadie. Pero para Ish los muertos estaban más cerca que los vivos.

A falta de reloj, unos vagos resplandores le indicaban que el sol no tardaría en salir. Había dormido bastante para un viejo. Seguiría dando vueltas y vueltas en su cama hasta que alguien —y esperaba que fuese el muchacho llamado Jack— viniese a traerle el desayuno. Sería un hueso de ternera bien cocido, que él podría chupar, y un poco de harina de maíz hervida. La Tribu lo colmaba de atenciones. Se le reservaba especialmente la harina de maíz, un producto raro. Se enviaba a alguien para que le llevara el martillo y lo ayudara a caminar hasta la loma donde se sentaba los días de sol. Casi siempre era Jack quien venía. Sí, lo cuidaban y protegían, aunque era un viejo inútil. Pero a veces los jóvenes que lo creían un dios se impacientaban y lo apremiaban para que respondiese a sus preguntas.

El viento seguía soplando y las ramas azotaban los muros. Pero tenía sueño aún, y al cabo de un rato se durmió, a pesar del ruido.

Los pasos de la montaña y los largos terraplenes de las carreteras parecerían, aun dentro de mil años, estrechos valles y pliegues. Las grandes masas de cemento de las presas durarán como el granito.

Pero el acero y la madera perecerán. Los devorarán tres fuegos.

El más lento de todos es el fuego de la herrumbre, que quema el acero. Concededle algunos siglos, y el puente orgulloso que cruza el abismo sólo será un poco de ceniza roja en las orillas.

Más rápido es el fuego de la podredumbre que ataca la madera.

Pero el fuego más rápido es el de las llamas.

De pronto, Ish sintió que alguien lo sacudía. Se despertó sobresaltado. Y al abrir los viejos ojos, vio a Jack inclinado sobre él; el joven tenía el rostro crispado por el terror.

—¡Levántate! ¡Levántate, rápido! —gritó Jack.

Aguijoneados por aquel brusco despertar, la mente y el cuerpo de Ish parecieron moverse más rápidamente que de costumbre. Con ayuda de Jack se puso algunas ropas. Ahora había un humo espeso en la habitación. Ish tosió; le lagrimeaban los ojos. Afuera se oía crepitar la madera. Bajaron precipitadamente. Al salir de la casa, la fuerza del viento asombró a Ish. El humo huía ante las ráfagas en un torbellino de hojas y ramitas encendidas.

El siniestro no era sorprendente. Ish lo había previsto hacía tiempo. Todos los años la avena silvestre crecía y se secaba en el mismo lugar. Todos los años los jardines desiertos eran más y más un depósito de hojas muertas. Sólo era cuestión de tiempo. Un día el fuego encendido por algún cazador provocaría un incendio. Avivadas por el viento, las llamas devastarían esta orilla de la bahía como habían devastado la otra.

Llegaban a la acera cuando el fuego creció en las malezas que rodeaban la casa vecina. Ish retrocedió. Jack lo arrastró lejos de las llamas. En ese momento Ish advirtió que había olvidado algo, aunque no sabía qué.

Se encontraron con otros dos muchachos, que miraban el fuego. Entonces Ish recordó:

—¡El martillo! —gritó—. ¡He olvidado el martillo!

En seguida se arrepintió de haber gritado tanto por una pequeñez, y en un momento tan crítico. El martillo no tenía importancia. Pero vio asombrado que sus palabras consternaban a los muchachos. Los tres se miraron, aterrados. Al fin, Jack se volvió bruscamente y corrió hacia la casa, hundiéndose en la espesa humareda que subía de los matorrales del jardín.

—Vuelve, vuelve —le gritó Ish, pero su voz no era muy fuerte, y el humo lo sofocaba.

Sería horrible, pensó, que Jack muriera en el incendio a causa de un simple martillo.

Pero Jack volvió sano y salvo, corriendo, con la piel de puma un poco chamuscada. Los otros dos jóvenes mostraron una rara alegría al ver que traía el martillo.

No podían quedarse allí, evidentemente. Las llamas se acercaban.

—¿Adónde vamos, Ish? —preguntó uno de los muchachos.

A Ish le asombró que consultaran a un viejo, incapaz de decidir rápidamente. Luego recordó que cuando los jóvenes salían de caza le preguntaban también adónde debían ir. Si callaba, lo pellizcaban. No le gustaba que lo pellizcaran e interrogó su viejo cerebro. Los muchachos podrían correr y salvarse, pero él no tendría fuerzas para seguirlos. Pensó con una intensidad que no conocía desde hacía tiempo. No tenía deseos de morir quemado con sus amigos, ni de que lo molestaran. Pensó en la roca donde en otro tiempo habían grabado los números de los años. Alrededor había otras piedras altas y desnudas, que no ofrecían alimento al fuego.

—Vamos a las rocas —ordenó, y ellos entendieron en seguida de qué hablaba.

A pesar de la ayuda de los jóvenes, Ish llegó agotado. Se acostó, sin aliento, y poco a poco recobró las fuerzas. El incendio continuaba su obra devastadora, pero allí no corrían peligro. Se habían refugiado entre dos rocas inclinadas, que se tocaban casi en la punta y parecían encontrarse formando una gruta natural.

Ish cayó en un sueño que era casi un desmayo, pues aquella huida precipitada había afectado su viejo corazón. Cuando recuperó el sentido, se quedó inmóvil, feliz, con una lucidez a la que no estaba ya acostumbrado.

Sí, pensó, la sequedad del otoño y los vientos del norte favorecen los incendios. Y este otoño sigue al verano en que conocí a Jack, cuando hablamos de puntas de flechas. Desde entonces Jack me cuida; se lo ordenó la Tribu seguramente. Al fin y al cabo soy muy importante, soy un dios. No, no soy un dios, pero sí quizás el oráculo de un dios. No, tampoco es así. Me rodean de cuidados y atenciones porque soy el último americano.

Y otra vez, aún con la fatiga de la larga carrera, se durmió, o se desmayó.

Al cabo de un rato, despertó nuevamente, y pensó que no había dormido mucho, pues las llamas aún crepitaban. Al abrir los ojos, vio la bóveda gris de la roca y comprendió que estaba acostado de espaldas. Oyó el ruido de unos pies que se arrastraban y el ladrido de un perro.

Tenía la mente aún más lúcida que hacía un rato, tan lúcida que se sorprendió en un principio, y luego se asustó un poco pues tenía la impresión de ver el futuro al mismo tiempo que el presente.

Este segundo mundo… ha desaparecido también, pensó, y sus pensamientos brillaron y oscilaron como la llama de una vela. He visto cómo se hundía el enorme mundo de antes. Ahora desaparece este pequeño mundo, mi segundo mundo. Lo devoran las llamas. El fuego que conocemos desde hace tanto tiempo, el fuego que nos calienta y que nos destruye. Se decía antes que las bombas nos obligarían a vivir otra vez en las cavernas. Y bien, henos aquí en una caverna, aunque no llegamos por el camino que todos preveían. He sobrevivido a la pérdida del mundo grande, pero no sobreviviré a la destrucción de este mundo pequeño. Soy viejo, y hoy pienso con claridad. Estoy seguro. Es el presagio del fin. Salimos de la caverna, y volvemos a la caverna.

A Ish se le habían aclarado también los ojos, no sólo la mente. Al cabo de un momento, se sintió bastante fuerte como para sentarse y mirar alrededor. Vio sorprendido que además de los tres jóvenes había en la cueva dos perros. Eran perros que se utilizaban para la caza, no muy grandes, de pelo negro y blanco; perros de pastor, se los hubiera llamado en los viejos días. Parecían inteligentes y bien enseñados, y estaban quietos y silenciosos.

Ish se volvió en seguida hacia los jóvenes. Ahora que veía a la vez el pasado, el presente y el futuro, podía reconocer en los tres muchachos la unión de las tres épocas. Todos vestían como Jack. Calzaban unos zapatos de piel de ciervo, y llevaban pantalones de lona con guarniciones de cobre. Se cubrían el torso con pieles de puma, y las garras les colgaban a la espalda. Todos llevaban su arco y carcaj con flechas, y un cuchillo a la cintura. Uno tenía una lanza tan alta como él. Ish la miró con atención y vio que terminaba en un viejo cuchillo de carnicero. La hoja, de unos cuarenta centímetros de largo, era un arma temible.

Ish miró entonces los rostros de los muchachos y vio que no se parecían a los rostros de los hombres de su tiempo. Eran serenos, y sin huellas de temor, preocupaciones o fatiga.

—¡Hola! —dijo uno de los muchachos señalando a Ish con un movimiento de cabeza—. ¡Está mejor! Nos mira.

Había alegría en su voz e Ish lo miró con ternura, y recordó que poco antes había temido que ese mismo muchacho lo pellizcara.

Algo le parecía asombroso; después de tantos años, aquellos muchachos hablaban todavía un idioma que en otro tiempo las gentes llamaban inglés.

Pero en realidad ese idioma ya no era el mismo. El acento había cambiado.

El humo penetraba ahora entre las rocas y lo hacía toser. Las llamas crepitaban más cerca. Debía de arder alguna casa o algún árbol próximo. Los perros gimieron. Pero el aire seguía siendo fresco e Ish no se asustó.

Se preguntó qué les habría pasado a los otros. La Tribu contaba ahora con algunos centenares de miembros. Pero estaba demasiado cansado para hacer preguntas, y la calma de los jóvenes permitía suponer que todos estaban sanos y salvos. Seguramente, pensó, se habían alejado a la primera amenaza de incendio, y quizás, en el último instante, Jack se había acordado del viejo que era también un dios y dormía solo en su casa.

Sí, ahora lo más simple era quedarse quieto y mirar y reflexionar sin hacer preguntas. Observó otra vez a los muchachos.

Uno de ellos jugaba ahora con un perro. Adelantaba la mano y la retiraba y el perro trataba de atraparla con alegres gruñidos. El animal y el muchacho parecían compartir la misma sencilla felicidad. Otro de los jóvenes tallaba una madera de pino. El cuchillo iba formando una figura que apareció poco a poco ante Ish. E Ish sonrió, pues la figura tenía caderas anchas y pechos abundantes; los jóvenes no habían cambiado mucho.

Aunque no conocía sus nombres, salvo el de Jack, todos debían de ser nietos o bisnietos suyos. Sentados en aquella gruta, entre dos altas rocas, jugaban con un perro o esculpían figuras mientras a su alrededor rugía el fuego. La civilización había desaparecido hacía muchos años, ahora ardían los últimos restos de la ciudad, y sin embargo, aquellos tres jóvenes parecían felices.

¿Todo había sido para bien, en el mejor de los mundos? ¡Salimos de la caverna y volvemos a la caverna! Si el elegido no hubiese muerto, si hubieran nacido otros parecidos a él, todo sería diferente. Oh, Joey, Joey. Pero ¿no era mejor así?

De pronto sintió deseos de vivir mucho tiempo, cien años más, y otros cien. Se había pasado la vida observando a los hombres y hubiese querido seguir así indefinidamente. El siglo siguiente, y el milenio siguiente serían épocas interesantes.

Luego, según la costumbre de los ancianos, cayó en una somnolencia entre el pensamiento y el sueño.

Y las tribus viven aisladas y siguen sus propios caminos, y debido a las características de los sobrevivientes y el lugar, hay más diferencias entre los hombres que en los primeros días del mundo.

Algunos viven temiendo el infierno y no satisfacen ninguna necesidad natural sin una plegaria. Desafían a las mareas en sus botes, se alimentan de peces y moluscos, y recolectan algas.

Otros, de piel más oscura, hablan distinto lenguaje y adoran a una madre y un niño oscuros como ellos. Crían caballos y pavos, cultivan maíz en las llanuras a orillas del río, cazan conejos con trampas y no tienen arcos.

Otros son más oscuros aún. Hablan inglés, con una voz pastosa, y no pueden pronunciar la r. Crían cerdos y gallinas y siembran trigo. Cultivan también algodón, pero sólo para ofrecérselo a su dios, pues saben que es un símbolo de poder. El dios que adoran tiene la figura de un lagarto y se llama Olsaytn…

Otros tiran con habilidad el arco y la flecha y amaestran perros de caza. Discuten en los debates y asambleas. Sus mujeres caminan orgullosamente. El símbolo de su dios es un martillo, pero no le rinden grandes homenajes.

Hay muchos otros, todos diferentes. Con el curso de los años, las tribus se multiplicarán y se aliarán con matrimonios y amistades. Luego, según quiera el ciego destino, nacerán nuevas civilizaciones y estallarán nuevas guerras.

Pasó el tiempo y tuvieron hambre y sed. El fuego se había apagado en algunos sitios, y uno de los jóvenes salió a reconocer el terreno. Al rato volvió con una vieja tetera que había llenado de agua en un manantial. Se la ofreció ante todo a Ish, que bebió a grandes tragos. Después bebieron los otros.

Luego el muchacho sacó una lata del bolsillo. Había perdido el marbete y parecía herrumbrada. Los tres jóvenes discutieron si convendría o no comer el contenido de la lata. Algunas personas habían muerto, declaró uno, por haber comido conservas. No pensaron en pedirle consejo a Ish. Uno dijo que como faltaba el dibujo con un pescado o frutas, no se podía saber qué comida era. Otro declaró entonces que una lata con herrumbre siempre es peligrosa, aunque se sepa qué hay dentro.

Si Ish hubiera entrado en la discusión, les hubiera aconsejado abrir la lata, para examinar el contenido. Pero la vejez le había dado sabiduría y experiencia, y sabía que discutían por el gusto de discutir, y que al fin se pondrían de acuerdo.

Al cabo de un rato, en efecto, abrieron la lata con un cuchillo y descubrieron una sustancia rojiza. Ish reconoció el salmón. El olor era agradable; la herrumbre había respetado el interior de la lata. Repartieron el salmón entre los cuatro.

Ish no comía salmón desde hacía mucho tiempo. La carne se había oscurecido y tenía poco gusto, pero su sabor, o falta de sabor, decidió, se debía quizás a su envejecido paladar. Si no le costase tanto hablar, les hubiera dado a aquellos jóvenes una conferencia sobre los milagros que les permitían comer aquella porción de salmón. Lo habían pescado hacía muchos años, probablemente en las costas de Alaska, a más de mil quinientos kilómetros. Pero los muchachos no lo hubieran entendido. Conocían el océano, que estaba muy cerca. Pero eran incapaces de representarse un buque en alta mar, y no podían imaginar largas distancias.

Ish se contentó con comer en silencio, sin dejar de mirar a los muchachos, sobre todo a aquel que se llamaba Jack. La vida no le había sido fácil. Tenía una cicatriz en el brazo derecho, y si los ojos no lo engañaban a Ish, algún accidente le había torcido la mano izquierda. Sí, Jack había sufrido, y sin embargo en su rostro, como en los de los otros, no había arrugas ni sombras.

Otra vez sintió Ish aquella ternura. A pesar de la cicatriz y la mano torcida, el joven parecía inocente como un niño, e Ish se preguntó si algún día el mundo no lo atacaría y lo sorprendería, indefenso. Recordó la pregunta que le había hecho a Jack: «¿Eres feliz?» Y Jack había respondido de un modo tan raro que Ish no sabía si había oído bien. Ya otras veces le había ocurrido algo parecido. El lenguaje había sufrido pocos cambios, pero las ideas y sentimientos de antes habían desaparecido. Quizá nadie veía ya una clara diferencia entre la alegría y la pena, como en los tiempos de la vieja civilización. Quién sabe si no se habían borrado también otras diferencias.

Quizá Jack no había comprendido exactamente la pregunta de Ish cuando había respondido: «Sí, soy feliz. La vida es como es, y yo soy parte de la vida».

Por lo menos, la alegría no había dejado la tierra. Mientras Ish descansaba, los jóvenes jugueteaban con los perros o bromeaban entre ellos. Reían a menudo, y por nada. Y el que tallaba la estatuilla, silbaba una canción. Era una canción alegre, que a Ish le parecía familiar, aunque había olvidado el nombre y la letra. Era una canción que evocaba campanas, y nieve, y luces verdes y rojas, y una fiesta. Sí, seguramente había sido una canción muy alegre en los viejos días, y ahora parecía más alegre que nunca. La alegría había sobrevivido al Gran Desastre.

¡El Gran Desastre! Ish no pensaba en aquellas palabras desde hacía tiempo. Ahora le parecían sin sentido. Si los hombres de los viejos días no hubiesen sido víctimas de una epidemia, lo habrían sido del tiempo. Qué importaba que todos hubieran muerto en algunos meses o más lentamente con el curso de los años. En cuanto a la pérdida de la civilización…

El joven silbaba animadamente, e Ish recordó las primeras palabras de la canción: «Oh, qué alegría…». Podía preguntarle cómo seguía al escultor. Pero se encontraba demasiado cansado para formular preguntas. Aunque tenía la mente clara, de una lucidez casi aterradora.

¿Qué significa esto?, se preguntó Ish. ¿Por qué mi mente está tan despierta? ¿Por la emoción del brusco despertar y la huida de la casa en llamas? Sólo sabía que nunca había pensado tan claramente.

Le asombró la confianza y la serenidad de los jóvenes mientras todo ardía afuera. No sabía cómo explicárselo. Quizá, pensaba, se debía a alguna diferencia entre el presente y los días de la civilización. En los viejos días estos jóvenes hubiesen sido rivales, pues los hombres eran demasiado numerosos. Entonces los seres humanos no prestaban mucha atención al mundo exterior, pues se creían más fuertes que él. Sólo pensaban en vencerse mutuamente, y hasta los hermanos desconfiaban unos de otros. Pero ahora la población era escasa. Estos muchachos ambulaban libremente con el arco en la mano, seguidos por algún perro. Pero de cuando en cuando necesitaban un camarada.

Sin embargo, y a pesar de la claridad de su mente, Ish no estaba seguro de haber descubierto la verdad. Al mediodía, el incendio se había alejado para alimentarse de otras regiones todavía intactas. Ish y los tres muchachos dejaron la caverna y, evitando los sitios aún cubiertos de cenizas ardientes, descendieron la falda de la colina y fueron hacia el sur. Los jóvenes seguían evidentemente un itinerario ya establecido.

Ish no hizo preguntas; debía recurrir a todas sus fuerzas para poder seguirlos. Los muchachos lo esperaban pacientemente, y a menudo Ish se apoyaba en ellos. Cuando caía la tarde, e Ish ya no podía tenerse en pie, levantaron un campamento a orillas de un arroyo. Gracias a los caprichos del viento y la frescura de la vegetación, las llamas habían respetado aquellos sitios.

Por el lecho del arroyo corría un hilo de agua. El ganado y los ciervos habían huido ante el fuego, pero los conejos y las codornices se habían ocultado entre las hojas. Los jóvenes se dispersaron armados de sus arcos y volvieron con varias piezas. Uno de ellos, sin duda por costumbre, se puso a encender un fuego con una barrena de arco; los otros se rieron de él y trajeron algunas brasas del incendio.

La comida le ayudó a Ish a recobrar fuerzas. Miró a su alrededor, vio las ruinas de un gran edificio, y comprendió que habían acampado en el parque universitario. A pesar de su fatiga, se incorporó y distinguió los muros de la biblioteca, a un centenar de metros. El fuego había destruido los árboles de alrededor sin tocar las piedras. Todos los volúmenes, el archivo de la humanidad, estaban aún intactos. ¿Para quién? Ish no intentó responder a la pregunta. Las reglas del juego habían cambiado. ¿Para bien o para mal? No podía decirlo. En todo caso, poco le importaba ahora que la biblioteca se conservara o destruyera. ¿Sabiduría o vejez? ¿O simplemente desesperanza y resignación?

Se despertó varias veces durante la noche, tiritando de frío, y envidió a los jóvenes que dormían profundamente. Sin embargo, logró descansar algunas horas, y como estaba tan fatigado, no tuvo ningún sueño.

3

Despertó al amanecer, bastante débil pero con la mente despejada.

Es raro, pensó. En estos últimos años no entendía muy bien qué pasaba a mi alrededor, cosa común en un viejo. Y desde ayer, veo todo y oigo todo. ¿Qué significa esto?

Miró a los jóvenes, que preparaban el desayuno. El escultor silbaba alegremente la canción que le hablaba a Ish de campanas y felicidad. Y él, Ish, tenía la mente clara, «clara como el tañido de una campana».

Lo oí alguna vez, se dijo ordenando silenciosamente sus pensamientos, según una vieja costumbre que había crecido con los años. Sí, lo oí alguna vez, o más probablemente lo leí en algún libro. La mente de un hombre se aclara poco antes de la muerte. Pues bien, soy muy viejo, y no me quejaré. Si fuese católico, y no hubiesen desaparecido los sacerdotes y las iglesias, me gustaría confesarme.

Sentado a orillas del arroyo, sintiendo aún el olor acre del humo, y con los edificios de la universidad a su espalda, Ish revisó su vida e hizo una lista de sus pecados y virtudes. Antes de despedirse de la vida, aunque todo hubiera cambiado en el mundo, era necesario estar en paz consigo mismo, pensó, y preguntarse si se ha acercado uno a los propios ideales. Cualquier hombre puede juzgarse de este modo, sin necesidad de religión ni sacerdotes.

Al terminar su examen de conciencia, no se sintió perturbado. Había cometido errores, pero siempre había buscado la justicia. Llevado por el Gran Desastre a circunstancias sin precedentes, había dado pruebas de coraje, y su vida, así lo esperaba al menos, no había sido inútil.

En ese momento, uno de los muchachos le trajo un bocado de algo que habían asado al fuego.

—Toma, Ish —dijo el muchacho—, un ala de codorniz, tú bien lo sabes.

Ish le dio las gracias y comió la carne felicitándose de haber conservado los dientes. El humo de la leña había dado a la carne tierna un delicioso sabor.

¿Por qué pensaré que voy a morir?, se preguntó. La vida es hermosa, y soy el último americano.

No se unió a la conversación de los jóvenes y no hizo preguntas sobre los proyectos del día. En realidad se sentía como si ya no perteneciera a esta tierra, a la que sin embargo seguía queriendo.

Después del desayuno, se oyó un grito lejano, y al rato apareció otro personaje. Hubo entonces una larga discusión, que Ish no intentó seguir. Comprendió sin embargo que toda la Tribu se mudaba a una región lacustre que el incendio no había tocado. Era un sitio magnífico, según el recién venido. Los tres compañeros de Ish protestaban, pues no habían sido consultados. Pero el otro explicó que el proyecto, sometido a la asamblea de la Tribu, había sido aprobado por unanimidad. Los tres jóvenes cedieron.

Aquel mismo incidente alegró a Ish. Él había sido el iniciador de las reuniones de la Tribu. Pero recordó entonces a Charlie y sintió pena y remordimiento.

Casi en seguida se prepararon a reiniciar la marcha. Ish estaba tan débil que apenas podía sostenerse en pie. Los jóvenes decidieron que se turnarían y lo llevarían a hombros, y se pusieron en camino. Suprimido el obstáculo de la lentitud de Ish, iban más rápido que el día anterior. Los muchachos bromeaban a propósito del poco peso de Ish, y se preguntaban entre risas por qué los viejos serían tan flacos. Ish se alegraba de no ser una carga excesiva; uno de los muchachos declaró que el martillo pesaba más que Ish.

Quizás el traqueteo afectó a Ish, pues descubrió que las nieblas le invadían otra vez el cerebro. Ni siquiera veía en qué dirección iban. Sólo de cuando en cuando se daba cuenta de algún incidente.

Después de haber marchado largo rato, salieron de la región incendiada y llegaron a una parte de la ciudad que el fuego no había alcanzado. El aire era muy húmedo. Ish tuvo un escalofrío y pensó que el viento había cambiado y estaban ahora cerca del puerto. En aquel barrio había ruinas de fábricas. Ish vio también unas vías de ferrocarril. Las malezas y los árboles lo invadían todo, pero la sequedad de los largos veranos había impedido que la región se convirtiese en una selva, y aquí y allá unos claros con hierbas facilitaban la marcha. Pero más a menudo seguían el asfalto de las calles, roto, agrietado, invadido por el musgo y las plantas salvajes. Aunque en aquel laberinto sólo podían guiarse por la posición del sol, o algún punto lejano.

Al atravesar una espesura, algo atrajo la atención de Ish, que tendió la mano y gritó. Los muchachos se detuvieron riéndose a carcajadas. Uno de ellos fue a buscar lo que había atraído a Ish. Ish se sintió muy contento y todos se rieron de él, alegremente, como de un niño.

Ish no se molestó. Tenía lo que quería. Era una flor escarlata, un geranio que se había adaptado a las nuevas condiciones y crecía como antes. Pero lo que había atraído a Ish era el color del geranio. El rojo casi había desaparecido de la superficie de la tierra. Antes había habido como un llamear de púrpuras y bermellones. Ahora el mundo era una discreta armonía de azules, verdes y castaños.

Pero sacudido por la marcha rápida del muchacho que lo llevaba a hombros, Ish perdió otra vez la conciencia. Cuanto volvió en sí, advirtió que lo habían acostado en la hierba, y había perdido la flor en alguna parte. Los muchachos estaban sentados, descansando. Alzó la cabeza y vio un pilón con unas letras: U.S. CALIFORNIA, y luego unos números, un 4 y un 0. Hacía mucho tiempo que no veía números y tardó en reconocer que aquellos dos se leían «cuarenta».

Entonces esta ruta que apenas puede verse bajo las hierbas y matorrales, pensó, es la vieja ruta 40 que lleva al este. Tenía seis calzadas de ancho. Pronto llegaremos al puente.

La mente se le nubló otra vez, hasta que de nuevo hicieron alto. Pero ahora no descansaron en la hierba. En ese momento lo llevaba Jack, y por encima del hombro del muchacho, Ish vio ante ellos al dueño de la lanza. Los otros dos tenían los arcos en la mano, con una flecha en la cuerda. Los dos perros, agazapados, gruñían sordamente. A cierta distancia, un enorme puma cerraba el camino.

El puma parecía prepararse para saltar. Los hombres y los perros aguardaban. Pasaron así algunos segundos.

De pronto, el que llevaba la lanza habló con una voz baja y serena:

—No nos atacará.

—¿Disparo? —preguntó otro.

—No seas loco —replicó el primero.

Retrocedieron un poco, dando un rodeo por la derecha, reteniendo a los perros, para que no excitaran y alarmaran al puma. La fiera quedó dueña del camino. Ish estaba asombrado. Los jóvenes no parecían tenerle miedo al puma, pero evitaban todo conflicto, y el animal no temía a los hombres. Quizá fuera por la falta de armas de fuego, o bien el puma, poco acostumbrado a ver a aquellos raros bípedos de inofensivo aspecto, no los creía peligrosos. Y, quizá, si los jóvenes no hubieran llevado la carga de un viejo, se habrían mostrado más agresivos.

Ish no pudo dejar de pensar que los hombres habían perdido su vieja arrogancia, y ahora las bestias eran sus iguales. Aquello era una derrota, y sin embargo los jóvenes seguían despreocupadamente su camino, bromeando, como si hubiesen retrocedido para evitar un árbol caído, o una casa en ruinas, y no un puma.

En las cercanías del puente, Ish sintió despertar su interés y lamentó no poder hablarles a los jóvenes de los viejos tiempos y contarles cómo había sido el puente con autos que corrían como trombas hacia arriba y hacia abajo, de modo que ningún peatón podía cruzarlo sin jugarse la vida.

Llegaron a la cabecera del este. Más allá se extendía el puente, herrumbroso, pero intacto. Sin embargo, las calzadas estaban muy estropeadas, el suelo se había hundido en algunos sectores y los pilones no estaban a un mismo nivel.

En medio del puente tuvieron que caminar por una viga. Ish miró hacia abajo, vio cómo rompían las olas y advirtió que la armazón, roída por el agua salada y la herrumbre, podía derrumbarse en cualquier momento.

Éste es el camino que ningún hombre recorre hasta el fin. Éste es el río tan largo que ningún viajero llega por él a la mar. Éste es el sendero infinito que serpentea entre las lomas. Éste es el puente que nadie ha atravesado completamente… Feliz aquel que detrás de la niebla y las nubes bajas ve —o cree ver— la otra orilla.

Luego, Ish volvió otra vez al mundo de las tinieblas hasta que advirtió que lo habían sentado sobre una superficie dura y sintió en la nuca el contacto de algo frío. Tenía los pies helados. Alguien le frotaba las manos y él recobraba lentamente el conocimiento.

Estaba sentado sobre la acera, con la cabeza apoyada en la baranda. Lo primero que vio fue el martillo, en el suelo, ante él, con el mango hacia arriba. Dos de los jóvenes le frotaban las manos. Los otros dos miraban, y todos parecían inquietos.

Ish sintió en los pies —y en las piernas, hasta las rodillas— un frío que podía llamarse mortal. Entendió también, pues se le había despejado de nuevo la mente, que aquello no había sido un simple desfallecimiento, propio de la vejez, sino una especie de ataque —apoplejía o síncope cardíaco—, y que los otros tenían miedo.

Jack movió los labios como si hablara y sin embargo no salía ningún sonido. Era incomprensible. Los labios se movieron más y más rápido, como si Jack gritase. De pronto, Ish comprendió que estaba sordo. Esta comprobación le dio más alegría que pena. Desde entonces gozaría de una paz que el hombre normal no puede conocer.

Los otros se pusieron a hablar, es decir a hacer gestos. Trataban desesperadamente de hacerse oír. Ish, perplejo, sacudió la cabeza. Quería explicar que los sonidos no llegaban a él, pero no podía articular una palabra. Se inquietó; en aquella tribu donde nadie sabía leer, era una molestia no poder hablar.

Los jóvenes se habían mostrado respetuosos y amables todo el día. Ahora se impacientaban. Ish adivinaba que le pedían algo y temían que él no lo hiciese. Gesticulaban y señalaban el martillo pero a Ish le pareció inútil tratar de comprender.

Al fin los jóvenes se impacientaron y empezaron a pellizcarlo. Ish era aún sensible al dolor. Gritó, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se sintió avergonzado de esta debilidad, indigna del último americano.

Es raro, pensó, ser un dios viejo. Te rinden homenaje y te maltratan. En el caso de que no atiendas en seguida sus ruegos, tus adoradores emplean la violencia. No es justo.

Sin embargo, a fuerza de reflexionar y observar la mímica de los jóvenes, Ish comprendió al fin. Deseaban que erigiese a alguien y le diese el martillo. El martillo era suyo desde hacía mucho tiempo, y nadie le había propuesto hasta hoy que lo regalara. Pero poco importaba y además deseaba que dejaran de pellizcarlo. Podía aún mover los brazos y con un ademán indicó que le daba el martillo al joven Jack.

Jack tomó el martillo y lo balanceó en la mano derecha. Los otros tres retrocedieron unos pasos, e Ish sintió una rara piedad por el joven que heredaba su único bien.

Pero por lo menos todos parecían aliviados. El martillo ya tenía heredero, y dejaron de atormentar a Ish.

Ahora podía descansar, pensó Ish; había cumplido su tarea y estaba en paz consigo mismo. Se moría, no podía ignorarlo, allí, en el puente. No sería el primero. Cuántos otros habían muerto allí, víctimas de algún accidente de tránsito. Él hubiese pedido morir, también, en un accidente semejante. Último sobreviviente de la civilización, volvía allí para morir. Eso lo alegraba. Se repetía vagamente una frase inconclusa que había leído en un libro, cuando leía tantos libros: «Los hombres van y vienen…» Pero sin la segunda mitad era trivial, no significaba nada.

Miró a sus compañeros. Tenía una niebla ante los ojos, y no podía ver muy bien. Sin embargo, alcanzó a distinguir a los dos perros, echados tranquilamente, y a los cuatro jóvenes —tres estaban juntos, y el otro un poco apartado— sentados a su alrededor en un semicírculo. Lo miraban. Eran jóvenes, y en el ciclo de la humanidad tenían miles de años menos que él. Él, Ish, era el último representante del mundo antiguo; ellos eran los primeros del nuevo. ¿Recomenzaría la lenta evolución del pasado? Esperaba que no. Demasiados males habían ayudado a crear la civilización: la esclavitud, conquistas, guerras, tiranías.

Los ojos de Ish buscaron el puente, más allá del grupo de jóvenes. Ahora, en sus últimos instantes, se sentía más cerca del puente que de los seres humanos. El puente, como él, había sido parte de la civilización.

A cierta distancia se veía un auto, es decir los restos de un auto. Ish recordó el coche que había estado allí tanto tiempo. La pintura se había descascarado, los neumáticos se habían desinflado, y los excrementos de las aves marinas cubrían la capota. Era raro, y por otra parte sin importancia, pero recordaba que el propietario del auto había sido un tal James Robertson —con una E., una T. o una P. o una inicial parecida en el medio—, domiciliado en Oakland.

Sin embargo, Ish no se quedó mirando el coche. Alzó los ojos hacia los altos pilones, y los grandes cables de curvas perfectas. Esa parte del puente parecía aún en perfecto estado. Resistiría mucho tiempo y vería pasar a varias generaciones humanas. Los parapetos, los pilones y los cables tenían un color purpúreo, y la herrumbre no los había atacado sino superficialmente. Pero generaciones de gaviotas habían blanqueado la cima de los pilones.

Sí; el puente podía durar años, pero la herrumbre lo consumiría poco a poco. Los terremotos sacudirían los cimientos, y un día de tormenta caería un arco. Las creaciones del hombre, como él mismo, no serían eternas.

Cerró los ojos e imaginó las curvas de las montañas que rodeaban la bahía. Desde la destrucción de la civilización, la forma de las lomas no había cambiado. El tiempo, tal como lo concebía el hombre en su estrecha imaginación, no las había afectado. Gracias a la bahía y las lomas, Ish moría en el mundo donde había vivido.

Abrió otra vez los ojos y vio los dos picos puntiagudos que coronaban la cadena. «Los Pechos Gemelos»; así se los llamaba en otro tiempo. Se acordó de Em y su madre. La tierra, Em y su madre se unieron en su mente y se sintió feliz. Ahora volvía a ellas.

No, pensó al cabo de un momento. Es necesario que vea claramente la muerte, como la vida. Por lo menos con esta débil luz que hay en mí ahora. Estas montañas, a pesar de su forma, no tienen nada en común con Em, ni con mi madre; pero ellas me recibirán, recibirán mi cuerpo, aunque sin amor. Les soy indiferente. He estudiado las leyes del mundo físico, y sé que las montañas, aunque eternas a los ojos de los hombres, también cambian.

Viejo, cansado y moribundo, Ish hubiese querido encontrar ante sus ojos algo que no fuera dominado por el tiempo. Tenía frío, se le entumecían los dedos, perdía la vista.

Miró otra vez las cimas lejanas. Se había esforzado tanto… Había luchado… Había mirado hacia el pasado y el futuro. ¿Qué importaba todo ahora? ¿Qué había hecho realmente?

Nada quedaba de todos sus esfuerzos. Se dormiría, descansaría en las faldas de aquellas montañas que se parecían a los pechos de una mujer y eran a la vez un símbolo y un consuelo.

En seguida, aunque apenas veía ahora, se volvió hacia los jóvenes. Me entregarán a la tierra, pensó. Y yo también los entrego a la tierra, madre de los hombres. Los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece.