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La Cabaña Del Tío Tom

Harriet Stowe

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX. El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven. Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado. Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)

Harriet Beecher Stowe

La Cabaña Del Tío Tom

*

CAPÍTULO PRIMERO

EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO

EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO

A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray [1], y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.

Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apuntado, estaban los dos inmersos en una seria conversación.

– Así dispondría yo el asunto -dijo el señor Shelby.

– No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby -dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.

– Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.

– Quiere usted decir honrado para ser negro -dijo Haley, sirviéndose una copa de coñac.

– No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión [2], y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he encontrado honrado y cabal en todas las cosas.

Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby -dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano-, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleáns: era como un mitin religioso oír rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.

– Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda -respondió el otro-. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fio de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarías». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabía yo. Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo conga en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo haría.

– Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos -dijo chistoso el comerciante-; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo -el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.

– ¿Cómo quedamos, entonces, Haley? -preguntó el señor Shelby, después de una pausa incómoda.

– ¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?

– Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.

En este momento, se abrió la puerta y entró en la habitación un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Había algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillantes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las mejillas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento. Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entallado, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguridad mezclado con timidez demostraba que estaba acostumbrado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.

– Hola, Jim Crow [3] -dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño-, recoge esto, vamos.

El muchacho salió corriendo en pos de su premio mientras se reía su amo.

– Ven aquí, Jim Crow -dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.

– Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sabes bailar y cantar.

El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompañando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.

– ¡Bravo! -gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma -dijo su amo.

En el acto las flexibles extremidades del muchacho adoptaron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.

Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.

– Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo -el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a entonar nasalmente un salmo

– ¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! -dijo Haley-; que me aspen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? -dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro-, incluya usted a este muchacho y cerraremos el trato, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.

En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre. Tenían los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.

– ¿Y bien, Eliza? -preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.

– Buscaba a Harry, señor, si no le importa y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.

– Pues llévatelo, entonces -dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.

– Por Júpiter -dijo el comerciante, mirándolo con admiración- ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleáns. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.

– No quiero hacerme rico con ella -dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.

– ¡Excelente, señor, de primera! -dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió-: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?

– Señor Haley, ella no está en venta -dijo Shelby-. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.

– ¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.

– Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no -dijo Shelby con decisión.

– Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? -dijo el comerciante-. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.

– ¿Para qué demonios quiere usted al niño? elijo Shelby.

– Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este negocio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como camareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas tener a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.

– Prefiero no venderlo -dijo el señor Shelby pensativo-. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.

– No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo perfectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chillar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamente y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa podría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.

– Me temo que no.

– ¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen -dijo Haley con un aire franco y confidencial- que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce [4].

El tema parecía interesar mucho al caballero; mientras que el señor Shelby pelaba pensativo una naranja, empezó a hablar de nuevo, con decoroso apocamiento, como si la fuerza de la verdad le empujara a decir unas palabras más.

– No está bien visto que uno se elogie a sí mismo, pero lo digo porque es la verdad. Se dice que importo los mejores rebaños de negros de todos, por lo menos eso se dice; me lo han dicho más de cien veces, en cualquier caso, gordos y prometedores, y pierdo menos que cualquier otro comerciante. Y yo lo achaco todo a la organización, señor; y la humanidad, señor, si me permite, es el pilar de la organización.

El señor Shelby, al no saber qué decir, dijo simplemente: -¡Vaya!

– Mis ideas han sido motivo de escarnio, señor, y de críticas. No son bien vistas, ni son corrientes; pero yo sigo en mis trece; yo sigo en mis trece y así me va; sí, puedo decir que he amortizado su pasaje -y el comerciante se rió de su broma.

Había algo tan provocativo y original en estas dilucidaciones de humanidad, que el señor Shelby no pudo menos que reír también. Quizás te rías tú, también, querido lector; pero sabes que la humanidad se presenta hoy día de muchas maneras peculiares, y no hay límite a las cosas extrañas que dice y hace la gente humanitaria.

La carcajada del señor Shelby animó al comerciante a seguir.

– Es raro pero nunca he podido meterlo en la cabeza de la gente. Veamos el caso de mi viejo socio, Tom Loker, de Natchez; era un tipo muy listo, aunque era el mismísimo diablo con los negros, pero sólo por principio, porque jamás ha existido hombre con mejor corazón; era su sistema, señor. Yo lo comentaba con Tom. «Bueno, Tom», le decía, «cuando se ponen a llorar tus muchachas, ¿de qué sirve darles en la cabeza o pegarles una paliza? Es ridículo», decía yo, «y no sirve para nada. A mí no me parece mal que lloren», decía yo, «es la naturaleza», decía, «y si la naturaleza no se desahoga de una forma, lo hará de otra. Además, Tom», decía yo, «estropea a tus muchachas; enferman y se ponen tristes; y a veces se ponen feas, sobre todo las amarillas se ponen feas, y cuesta mucho trabajo que se domestiquen. Ahora bien», decía yo, «¿por qué no las engatusas y les hablas con amabilidad? Puedes creerme, Tom, una pequeña dosis de humanidad remedia más que tus regaños y golpes; y es más rentable, puedes creerme». Pero Tom no alcanzaba a comprenderlo; y me echó a perder a tantas que tuve que romper con él, aunque tenía buen corazón y era un hombre de negocios honrado.

– ¿Y cree usted que su manera de hacer negocios es mejor que la de Tom? -preguntó el señor Shelby.

– Ya lo creo. Verá usted, cuando puedo, cuido de la parte desagradable, como la venta de los niños; alejo a las madres, pues ojos que no ven, corazón que no siente, ya sabe, y cuando la cosa está hecha y no tiene remedio, se resignan. No es como si fuera gente blanca, educada para quedarse con sus hijos y sus esposas y todo eso. Los negros bien criados no tienen expectativas de ninguna clase, así que aceptan más fácilmente todas estas cosas.

– Me temo que los míos no están bien criados entonces -dijo el señor Shelby.

– Supongo que no; ustedes los de Kentucky miman mucho a sus negros. Tienen ustedes buena intención, pero no es bueno para ellos. Verá, a un negro que tiene que ir de aquí para allá en el mundo y soportar que lo vendan a Mengano y a Zutano y a Dios sabe quién más, no es bueno llenarle la cabeza de ideas y expectativas y educarle demasiado, porque la dureza de la vida es mucho más difícil de soportar después. Estoy seguro de que los negros de usted estarían muy tristes en un lugar donde algunos negros de plantación cantarían y vitorearían como posesos. Es natural, señor Shelby, que cada hombre crea que sus propias maneras de hacer las cosas son las mejores; y yo creo que trato a los negros tan bien como merecen.

– Es una felicidad estar satisfecho -dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.

– Entonces -dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio-, ¿qué me dice?

– Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa -dijo el señor Shelby-. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada discreto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.

– ¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchísima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted -dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.

– Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contestaré -dijo el señor Shelby, mientras el tratante salía de la habitación con una reverencia.

«Me hubiera gustado echarlo de una patada», se dijo cuando vio que se había cerrado la puerta, «con ese aplomo descarado; pero sabe que me tiene a su merced. Si alguien me hubiera dicho que iba a vender a Tom a uno de estos bribones tratantes del sur, yo habría dicho: “¿Es un perro tu sirviente para que hagas eso?” Y ahora parece ser que tendrá que ser así. ¡Y el hijo de Eliza, también! Sé que tendré un problema con mi esposa por eso, y, de hecho, por el asunto de Tom también. Mala cosa tener deudas, ¡vaya! El tipo ve la ocasión y se aprovecha».

Quizás la forma más suave del sistema de la esclavitud es la del estado de Kentucky. El predominio general de los quehaceres agrícolas tranquilos y paulatinos, que no necesitan de esas prisas y presiones periódicas que tienen lugar en los asuntos de los estados de más al sur, hace que la tarea del negro sea más sana y razonable; mientras que el amo, satisfecho de seguir un estilo más gradual de adquisición, no siente la tentación de la crueldad que siempre vence a las naturalezas débiles cuando lo que está en la balanza es la posibilidad de una ganancia repentina y rápida, sin más contrapeso que los intereses de los indefensos y desvalidos.

Quien visita alguna finca de allí y observa la complacencia de algunos amos y amas y la lealtad cariñosa de algunos esclavos, podría caer en la tentación de pensar en la popular leyenda poética de la institución patriarcal; pero por encima de esta escena pende una sombra ominosa -la sombra de la ley-. Mientras que la ley considere a todos estos seres humanos, con sus corazones que laten y sus sentimientos vivos, como una serie de objétos que pertenecen a un amo, mientras que el fracaso, la desgracia, la imprudencia o la muerte del amo más amable pueda hacer que cambien una vida protegida e indulgente por otra desesperada de miseria y trabajos, es imposible hacer nada bello ni deseable dentro de la administración mejor regida de la esclavitud.

El señor Shelby era un hombre bastante común, amable y de buen corazón y bien dispuesto hacia los que lo rodeaban, y nunca había faltado nada que pudiera contribuir al bienestar fisico de los negros de su finca. Sin embargo, se había dedicado a la especulación, se había endeudado mucho y sus pagarés por una gran suma habían caído en manos de Haley; esta pequeña información es la clave de la conversación precedente.

Bien, dio la casualidad de que, al acercarse a la puerta, Eliza había escuchado bastante de la conversación para saber que el comerciante quería que su amo le vendiera a alguien.

De buena gana se habría quedado escuchando detrás de la puerta al salir, pero tuvo que marcharse deprisa porque la llamó su ama en ese momento.

Sin embargo, le parecía haber oído al comerciante hacer una puja por su hijo; ¿podía equivocarse? Se le encogió el corazón y comenzó a latir de prisa, y sin querer apretaba tanto al niño que éste le miró atónito a la cara.

– Eliza, muchacha, ¿qué te pasa hoy? -preguntó su ama, después de que ésta le volcara la jarra del lavabo, derribara el bastidor y le ofreciera distraída un camisón largo en lugar del vestido de seda que le había pedido que le trajera del armario.

Eliza dio un respingo.

– ¡Oh, señora! -dijo, alzando los ojos y, rompiendo a llorar, se sentó en una silla y se puso a sollozar.

– Eliza, hija, ¿qué te ocurre? -preguntó su ama.

– ¡Oh, señora, señora! -dijo Eliza-. ¡Había un tratante hablando con el amo en el salón! Lo he oído.

– Bueno, tonta, ¿y qué?

– Oh, señora, ¿usted cree que el amo vendería a mi Harry? y la pobre criatura se lanzó a una silla y se puso a sollozar convulsivamente.

– ¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá vender a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Vamos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Venga, anímate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro día, y deja de escuchar detrás de las puertas.

– Señora, usted nunca permitiría…

– ¡Tonterías, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar así? Antes dejaría vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.

Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.

La señora Shelby era una dama de clase alta, hablando tanto intelectual como moralmente. Además de la magnanimidad y generosidad mentales que a menudo tipifican el carácter de las mujeres de Kentucky, tenía grandes sensibilidades y principios morales y religiosos, que se plasmaban en resultados prácticos realizados con gran energía y habilidad. Su marido, que no profesaba ninguna religión en particular, reverenciaba y veneraba la consistencia de la religiosidad de su esposa y su opinión le imponía respeto. Era verdad que le daba carta blanca en todos sus esfuerzos benévolos para el confort, instrucción y mejora de sus criados, aunque él personalmente no intervenía en ello. De hecho, si no creía exactamente en la doctrina de la eficiencia del excedente de las buenas obras realizadas por los santos, sí parecía pensar que su esposa tenía suficiente piedad y benevolencia para los dos y albergaba una vaga esperanza de entrar en el cielo gracias a la sobreabundancia de cualidades de ella que él mismo no pretendía poseer.

Lo que más le pesaba a él, después de su conversación con el tratante, era tener que informar a su esposa del negocio propuesto, y enfrentarse a las objeciones y oposición que sabía que le esperaban.

La señora Shelby, totalmente ignorante de las deudas de su marido y conociendo sólo la bondad habitual de su temperamento, era sincera al reaccionar ante las sospechas de Eliza con absoluta incredulidad. De hecho, había descartado la idea sin pensarlo dos veces; y, ocupada como estaba con los preparativos de una visita por la tarde, se le fue totalmente de la mente.

CAPÍTULO II

LA MADRE

Eliza había sido criada desde pequeña como favorita de su ama.

El viajero del sur debió de notar ese peculiar aire de refinamiento, la dulzura de voz y de modales, que parecen ser un don especial de las cuarteronas y mulatas. Estas gracias naturales de la cuarterona a menudo van parejas con la belleza más deslumbrante y casi siempre con un aspecto atractivo y agradable. Eliza, como la hemos descrito, no es un bosquejo imaginario sino el dibujo de memoria de una mujer que vimos hace años en Kentucky. Segura bajo los cuidados protectores de su ama, Eliza había llegado a la madurez sin las tentaciones que convierten la belleza en una herencia fatal para una esclava. La habían casado con un inteligente mulato de talento que era esclavo en una finca colindante y se llamaba George Harris.

El amo había alquilado a este joven para que trabajara en una fábrica de bolsas, donde era considerado el mejor trabajador por su destreza e ingenuidad. Había inventado una máquina para limpiar el cáñamo que, teniendo en cuenta la educación y las circunstancias del inventor, mostraba un genio mecánico parecido al de la despepitadora de algodón de Whitney [5].

Era guapo y tenía modales agradables, y era muy querido en la fábrica. Sin embargo, como a los ojos de la ley este joven no era un hombre sino una cosa, todas sus cualidades superiores estaban sujetas al control de un amo tiránico, intolerante y vulgar. Al oír hablar de la fama del invento de George, este caballero se acercó a la fábrica para ver la obra de este esclavo inteligente. Lo recibió con gran entusiasmo el empresario, que lo felicitó por poseer un esclavo tan valioso.

Le acompañó a ver la fábrica, donde, al mostrarle la máquina, George, animado, hablaba tan fluidamente y tenía un aspecto tan bello y viril, allí erguido, que su amo comenzó a tener una desagradable sensación de inferioridad. ¿Cómo se atrevía su esclavo a andar por el país inventando máquinas e irguiendo la cabeza entre caballeros? No pensaba tolerarlo. Lo llevaría de vuelta, lo pondría a trabajar con la azada y la pala y «a ver si se iba a pavonear tanto entonces». En consecuencia, el patrón y los trabajadores se quedaron de piedra cuando reclamó de repente el salario de George y anuncio su intención de llevárselo a casa.

– Pero, señor Harris -objetó el patrón-, ¿no es un poco repentino?

– ¿Y qué, si es así? ¿No es mío el hombre?

– Estaríamos dispuestos a aumentar el pago de compensación.

– No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.

– Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este negocio.

– Puede que sí; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.

– Pero dése cuenta de que ha inventado esta máquina -interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.

– ¡Oh, sí! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!

George se quedó como paralizado al oír a una potencia que sabía irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de brazos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando ríos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera tocado el brazo, diciendo en voz queda:

– Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentaremos ayudarte más adelante.

El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercía sobre su víctima.

George fue llevado a casa y puesto a trabajar en las tareas más humildes y fatigosas de la granja. Había conseguido reprimir cada palabra irrespetuosa; pero los ojos llameantes y la frente triste y preocupada formaban parte de un lenguaje natural que no podía reprimir: señales inequívocas de que un hombre no se podía convertir en una cosa.

Fue durante la época feliz de su trabajo en la fábrica cuando George conoció y se casó con su esposa. En ese período, como su patrón confiaba en él y lo trataba bien, tenía libertad para ir y venir a su antojo. La señora Shelby aprobó totalmente la boda y, con algo de la satisfacción de casamentera típica de una mujer, se alegró de unir a su guapa favorita con uno de su misma clase que parecía digno de ella; de modo que se casaron en el salón del ama, que adornó personalmente con azahar el hermoso cabello de la novia y le echó por encima el velo nupcial, que no hubiera podido posarse en una cabeza más bella; y no faltaban guantes blancos, ni tarta, ni vino, ni invitados que admiraron la belleza de la novia y la indulgencia y generosidad de su ama. Durante un año o dos, Eliza vio a menudo a su marido y nada interrumpió su felicidad salvo la pérdida de dos niños, que ella amaba apasionadamente y que lloró con una pena tan intensa que su ama le riñó dulcemente, procurando, con solicitud matemal, mantener sus sentimientos, tan apasionados por naturaleza, dentro de los límites de la razón y la religión.

Después del nacimiento del pequeño Harry, sin embargo, se tranquilizo y sosegó; y cada lazo sangrante y cada nervio palpitante, entretejidos de nuevo con la nueva vida, parecieron restablecerse y sanar, y hasta el momento en que su marido fue alejado tan bruscamente de su bondadoso patrón y puesto bajo el dominio de hierro de su propietario legal, Eliza era una mujer feliz.

El fabricante cumplió su palabra y fue a visitar al señor Harris una semana o dos después de la partida de George con la esperanza de que se le hubiera pasado el enfado a aquél, y probó todos los argumentos para persuadirle de que volviera a colocar a éste en su puesto anterior.

– No se moleste en hablar más -dijo tercamente-, conozco bien mis propios asuntos, señor.

– No pretendía inmiscuirme en sus asuntos, señor. Sólo pensaba que podía considerar de su interés alquilarnos a su hombre bajo las condiciones propuestas.

– Entiendo perfectamente lo que ocurre. Ya le vi guiñar el ojo y susurrarle al oído el día en que lo saqué de la fábrica, así que no me engaña en absoluto. Es un país libre, señor; el hombre es mío, y haré con él lo que me plazca, eso es todo.

Así se esfumaron las últimas esperanzas de George; ya no le quedaba nada más que una vida de trabajo y monotonía, amargamente intensificada por cada gesto vejatorio y humillante que era capaz de idear el ingenio tiránico de su amo.

Una vez dijo un jurista muy humanitario: «Lo peor que se puede hacer con un hombre es ahorcarlo.» Pues, no; ¡hay otro destino que es aun peor!

CAPÍTULO III

MARIDO Y PADRE

La señora Shelby se había marchado de visita y Eliza se hallaba en el porche mirando acongojada el carruaje que se alejaba, cuando sintió una mano en el hombro. Se giró y una alegre sonrisa iluminó sus bellos ojos.

– George, ¿eres tú? ¡Qué susto me has dado! Pero me alegro de que hayas venido. La señora se ha ido a pasar la tarde fuera, así que ven a mi cuarto y podemos pasar un rato a solas.

Al decir esto, tiró de él hacia la puerta de un pequeño cuarto que daba al porche, donde solía dedicarse a la costura al alcance de la voz de su ama.

– ¡Qué contenta estoy! ¿Por qué no sonríes? Mira a Harry, qué grande se está haciendo -el niño miró vergonzoso a su padre a través de los rizos, cogido de la falda de su madre.

– ¿No es hermoso? -preguntó Eliza, levantando sus largos rizos para besarlo.

– ¡Ojalá no hubiera nacido él! -dijo George con amargura-. ¡Ojalá no hubiera nacido yo!

Sorprendida y asustada, Eliza se sentó, apoyó la cabeza en el hombro de su marido y rompió a llorar.

– Anda, anda, Eliza, no tenía derecho a hacerte sentir así, pobrecita-dijo cariñosamente él-; no tenía derecho. ¡Ojalá no me hubieras echado la vista encima nunca! Así hubieras podido ser feliz.

– George, George, ¿cómo puedes hablar así? ¿Qué cosa terrible ha ocurrido o va a ocurrir? Yo creo que hemos sido muy felices, hasta hace poco.

– Así es, cariño -dijo George. Luego sentó a su hijo en su regazo, miró fijamente sus hermosos ojos negros y pasó la mano por sus largos rizos.

– Es igual que tú, Eliza, y tú eres la mujer más guapa que he visto jamás y la más buena que espero ver nunca; pero ¡ojalá no te hubiera visto nunca, ni tú a mí!

– ¡Oh, George! ¿Cómo puedes decir eso?

– Si, Eliza, todo es miseria, miseria y más miseria. Mi vida es tan amarga como el ajenjo; se me está consumiendo la vida. Soy un esclavo pobre, miserable y desesperado; sólo puedo arrastrarte conmigo y nada más. ¿Para qué sirve que intentemos hacer algo, saber algo o ser algo en la vida? ¿Para qué sirve vivir? ¡Ojalá estuviera muerto!

Vamos, George, eso es malo de verdad. Sé cómo te sientes por haber perdido tu puesto en la fábrica y es verdad que tienes un amo duro; pero ten paciencia, por favor, y quizás algo…

– ¡Paciencia! -dijo él, interrumpiéndola-. ¿Acaso no he tenido paciencia? ¿Dije algo cuando fue a arrancarme del lugar donde todos me trataban con amabilidad? Le había dado cada centavo de mis ganancias, y todos decían que trabajaba bien.

– ¡Es terrible, lo reconozco! -dijo Eliza-; pero después de todo, es tu amo, lo sabes.

– ¡Mi amo! ¿Y quién lo convirtió en mi amo? Eso es lo que me atormenta: ¿qué derecho tiene a poseerme? Yo soy tan hombre como él. Sé más de los negocios que él; soy mejor administrador que él; leo mejor que él; mi caligrafía es mejor que la suya, y todo esto lo he aprendido por mí mismo y no gracias a él; he aprendido a pesar de él, así que ¿con qué derecho me convierte en caballo de tiro? ¿Para apartarme de las cosas que sé hacer y hago mejor que él y ponerme a hacer lo que puede hacer cualquier caballo? Lo hace adrede; dice que me abatirá y humillará y ¡me pone a hacer las tareas más duras, desagradecidas y sucias adrede!

– ¡Oh, George, George, me asustas! Nunca te he oído hablar así; tengo miedo de que hagas algo terrible. No me extraña que te sientas como te sientes, pero, por favor, ten cuidado, por mí y por Harry.

– He tenido cuidado y he sido paciente, pero las cosas se están poniendo peor; ya no lo aguanta mi cuerpo; él aprovecha cada oportunidad para insultarme y atormentarme. Creía que podría hacer bien mi trabajo y seguir tranquilamente y tener algún tiempo libre para leer y aprender fuera de las horas de trabajo; pero cuanto más ve que puedo hacer, más me carga de trabajo. Dice que aunque no digo nada, ve que tengo el diablo dentro y que él va a sacármelo; pues un día de éstos saldrá de una forma que no le va a gustar nada, te lo aseguro.

– ¡Vaya por Dios! ¿Qué vamos a hacer? -dijo Eliza con tristeza.

– Ayer mismo -dijo George-, cuando estaba ocupado cargando piedras en un carro, el joven señorito Tom estaba allí, chasqueando su látigo tan cerca del caballo que se asustó la pobre bestia. Le pedí que lo dejara, tan gentilmente como pude, pero siguió. Se lo pedí de nuevo, y se volvió contra mí y empezó a pegarme. Le sujeté la mano, y gritó y pataleó y corrió hacia su padre y le dijo que yo me peleaba con él. Este vino furioso y dijo que ya me enseñaría quién era mi amo; y me ató a un árbol y cortó varillas para el señorito, y le dijo que podía azotarme hasta cansarse, y así lo hizo. ¡Ya se lo recordaré, alguna vez! -se oscureció la frente del joven, cuyos ojos ardían con una expresión que hizo temblar a su joven esposa-. ¿Quién convirtió a este hombre en mi amo? ¡Eso es lo que quisiera saber! -dijo.

– Pues yo siempre he creído que debía obedecer a mi amo y a mi ama o que no sería buena cristiana -dijo Eliza, afligida.

– Eso tiene algo de sentido, en tu caso; te han criado como a una hija, te han dado de comer y te han vestido, te han mimado y te han enseñado paró que estuvieras bien instruida; esos son motivos por los que pueden pretender poseerte. Pero a mí me han pateado y golpeado e insultado y lo mejor que me han hecho ha sido dejarme en paz; ¿qué les debo yo? He pagado cien veces por todo lo que me han enseñado. ¡No pienso tolerarlo y no lo toleraré! -dijo apretando los puños y frunciendo el ceño con fiereza.

Eliza tembló y calló. Nunca antes había visto a su marido de un talante parecido, y su suave sentido de la ética pareció doblarse como un junco ante la fuerza de su pasión.

– ¿Sabes? El pequeño Carlo que tú me regalaste -añadió George-, esa criatura ha sido el único consuelo que he tenido. Ha dormido conmigo por la noche y me ha seguido durante el día, mirándome como si entendiera cómo me siento. Bueno, pues el otro día le daba de comer algunas sobras que recogí en la puerta de la cocina, cuando apareció el amo y dijo que lo alimentaba a su costa, que él no podía permitirse el lujo de que todos los negros tuviéramos nuestro propio perro, y me mandó atarle una piedra al cuello y echarlo al estanque.

– ¡Ay, George, no lo harías!

– Yo no, pero él sí. El amo y Tom tiraron piedras a la pobre criatura mientras se ahogaba. ¡Pobrecito! Me miraba tan triste como si no pudiera comprender por qué no lo salvaba. Tuve que aguantar que me azotaran por no hacerlo yo mismo. No me importa. El amo se enterará de que a mí los azotes no me amaestran. Ya llegará mi momento, si no se anda con cuidado.

– Pero ¿qué vas a hacer? Oh, George, no hagas nada malo. Si congas en Dios e intentas hacer lo correcto, Él te amparará.

– Yo no soy cristiano como tú, Eliza. Tengo el corazón lleno de amargura; no puedo confiar en Dios. ¿Por qué permite que las cosas sean como son?

– Oh, George, debemos tener fe. La señora dice que cuando todas las cosas nos van mal, debemos creer que Dios está haciendo lo que más nos conviene.

– Es fácil que los que se sientan en sofás y viajan en carruajes digan eso; pero si estuvieran donde estoy yo, les sentaría algo peor, me imagino. Quisiera poder ser bueno; pero mi corazón está encendido y no consigo reconciliarme de ninguna forma. Tampoco tú podrías. No podrías ahora, si te dijera todo lo que tengo que decir. Aún no lo sabes todo.

– ¿Qué puede pasar ahora?

– Últimamente, el amo anda diciendo que fue tonto al dejar que me casara con una de fuera; que odia al señor Shelby y a toda su tribu, porque son orgullosos y se creen mejores que él, y que tú me has dado ideas altivas; y dice que no me va a dejar venir más aquí, y que me casará con otra y me tendré que quedar en su finca. Al principio sólo despotricaba y refunfuñaba estas cosas; pero ayer me dijo que debía casarme con Mina y vivir en una cabaña con ella, o que me vendería río abajo.

– Pero estás casado conmigo; nos casó el sacerdote, ¡como si fueras blanco! -dijo simplemente Eliza.

– ¿No sabes que un esclavo no puede casarse? No hay leyes al respecto en este país; no puedo reclamarte como esposa, si a él se le antoja separamos. Por eso quisiera no haberte visto nunca, por eso quisiera no haber nacido; más nos hubiera valido a los dos, más le hubiera valido a este pobre niño no haber nacido. ¡Todo esto también puede pasarle a él!

– ¡Pero mi amo es tan amable!

– Sí, pero ¿quién sabe? El amo puede morir, y pueden venderlo a Dios sabe quién. ¿De qué sirve que sea guapo, inteligente y alegre? Te digo, Eliza, que por cada cosa buena o agradable que tenga o sea tu hijo, una daga atravesará tu corazón; lo hará demasiado valioso para que tú te lo quedes.

Estas palabras calaron hondas en el corazón de Eliza; apareció ante sus ojos la imagen del tratante y se puso pálida y comenzó a jadear como si le hubiesen asestado un golpe mortal. Miró nerviosa hacia el porche, donde se había retirado el niño, aburrido con la conversación seria, y donde iba de un lado a otro montado en el bastón del señor Shelby. Estaba a punto de comunicar sus temores a su marido, pero se contuvo.

«No, no, bastante tiene que aguantar el pobre», pensó. «No se lo contaré. Además, no es verdad. El amo no nos engaña jamás.»

– Así pues, Eliza, hija -dijo abatido el marido--, no te amilanes. Y adiós, porque me marcho.

– ¿Marcharte, George? ¿Marcharte adónde?

– Al Canadá -dijo él, irguiéndose-; y cuando llegue allí, te compraré: es la única esperanza que nos queda. Tienes un amo bondadoso, que no se negará a venderte. Os compraré a ti y al niño, ¡con la ayuda de Dios, lo haré!

– Pero será terrible si te cogen.

– No me cogerán, Eliza; antes moriré. Seré libre o moriré.

– ¡No te matarás!

– No hará falta. Ellos no vacilarán en matarme; no me cogerán vivo río abajo.

– Oh, George, ¡ten cuidado, hazlo por mí! No hagas nada malo; no te hagas daño ni a ti mismo ni a otro. Las tentaciones son fuertes, muy fuertes; pero no…, debes irte…, pero ve con cuidado y prudencia; reza a Dios para que te ayude.

– Escucha mi plan, entonces, Eliza. Al amo se le ha ocurrido mandarme pasar por aquí con una nota para el señor Symms, que vive una milla más adelante. Creo que sabía que vendría aquí a contarte las noticias. Eso le gustaría, si creyera que iba a molestar a «la gente de Shelby», como los llama. Me iré a casa resignado del todo, ¿sabes? como si todo hubiera acabado. He hecho algunos preparativos, y tengo a algunas personas que me ayudarán. Un día u otro, de aquí a una semana o así, estaré entre los desaparecidos. Reza por mí, Eliza; quizás el Señor te escuche a ti.

– Reza tú también, George, y confía en Dios; así no harás nada malo.

– Entonces, adiós -dijo George, cogiéndole las manos a Eliza y mirándole, inmóvil, los ojos. Se quedaron callados; luego hubo palabras de última hora, y sollozos, y amargo llanto, pues las esperanzas de un reencuentro tras la partida eran tan frágiles como una telaraña, y se separaron marido y mujer.

CAPÍTULO IV

UNA TARDE EN LA CABAÑA DEL TÍO TOM

La cabaña del tío Tom era un edificio pequeño de madera, cerca de «la casa», como ese negro par excellence llamaba la vivienda de su amo. Tenía una huerta pulcra delante donde en verano medraban, con esmerados cuidados, fresas, frambuesas y abundantes frutas y verduras. Toda la parte delantera estaba cubierta por una gran bignonia escarlata y una rosa de pitiminí que, enroscándose y entrelazándose, apenas dejaban vislumbrar los ásperos troncos de la fachada. También en verano multitud de vistosas plantas anuales, como caléndulas, petunias y dondiegos de noche, encontraban un rincón donde desplegar su esplendor y eran el deleite y el orgullo de la tía Chloe.

Entremos en la vivienda. Ya ha acabado la cena en la casa y la tía Chloe, que presidía su preparación como cocinera principal, ha delegado en los oficiales subalternos de la cocina los quehaceres de la recogida y el fregado de la vajilla, y ha salido a su propio territorio acogedor para «hacerle la cena a su viejo»; por lo tanto, no dudéis que es ella la que veis junto al fuego, vigilando con solícito esmero los alimentos que están friéndose en una sartén y levantando después con grave deliberación la tapadera de una marmita de asar, de donde se elevan vapores sugerentes de «algo bueno». Tiene la cara redonda, negra y reluciente, tan brillante que hace pensar que la han untado con clara de huevo, tal como hace ella con sus galletas de té. Todo su rostro regordete muestra una sonrisa de satisfacción y contento bajo el almidonado turbante a cuadros, aunque, si hemos de ser sinceros, delata ese vestigio de cohibición que corresponde a la primera cocinera del vecindario, puesto universalmente concedido a la tía Chloe.

Cocinera era, desde luego, hasta los huesos y el mismo centro de su alma. No había pollo ni pavo ni pato en el corral que no se pusiese serio cuando la veía aproximarse con aspecto de estar reflexionando sobre su próximo fin; y era cierto que siempre pensaba en embroquetar, rellenar o asar, hasta tal punto que era inevitable que inspirase terror en cualquier ave que se preciara. Sus tortas de maíz, con todas sus variedades de bollos, bizcochos, homazos y otras clases demasiado numerosas para mencionarlas todas, eran un misterio sublime para todas las pasteleras inferiores; y solía mover su grueso cuerpo con honrado orgullo y júbilo al relatar los infructuosos esfuerzos de alguna de sus comadres por elevarse a las mismas alturas que ella.

La llegada de compañía a la casa, con la preparación de comidas y cenas «con estilo» despertaba todo el afán de su alma; y no había visión que le gustase más que un montón de baúles apilados en el porche, porque le hacía prever nuevos esfuerzos y nuevos triunfos.

En este momento, sin embargo, la tía Chloe se asoma a la marmita de hornear, y la dejaremos ocupada en esta encantadora operación mientras acabamos nuestra descripción de la caseta.

En un rincón había una cama, cubierta por una colcha blanca como la nieve, y al lado un pedazo de moqueta de gran tamaño. La tía Chloe consideraba esta moqueta una muestra inequívoca de pertenecer a la clase superior, por lo que ésta, la cama y, de hecho, todo el rincón eran tratados con una consideración distinguida y eran denominados sagrados y protegidos, en lo posible, de las incursiones y profanaciones de la gente menuda. En realidad, ese rincón era el salón del domicilio. En el otro rincón había una cama con pretensiones más humildes, claramente designada al uso. Decoraban la pared de encima de la chimenea unas pintorescas láminas bíblicas y un retrato del General Washington, dibujado y coloreado de una forma que hubiese dejado atónito a aquel héroe si por casualidad se lo topara.

En un tosco banco del rincón, un par de niños de cabeza lanuda, centelleantes ojos negros y mejillas rellenas y relucientes vigilaban los primeros intentos de andar del bebé, que consistían, como suele suceder, en ponerse de pie, mantenerse un momento en equilibrio y desplomarse de nuevo, y cada fracaso recibía un entusiasta aplauso como si de una gran hazaña se tratara.

Una mesa de patas algo endebles colocada delante de la chimenea y cubierta con un mantel mostraba tazas de diseño marcadamente alegre con sus platillos correspondientes junto con otros síntomas de una colación inminente. En esta mesa se hallaba sentado el tío Tom, el mejor trabajador del señor Shelby, a quien debemos daguerrotipar para nuestros lectores, pues es el protagonista de nuestra historia. Era un hombre grande y fornido, de complexión fuerte, de un negro negrísimo y brillante y un rostro cuyas facciones genuinamente africanas se caracterizaban por una expresión de sensatez seria y constante, junto con una gran cantidad de bondad y benevolencia. Tenía un aire de pundonor y dignidad en su porte, unido a una sencillez confiada y humilde.

En este momento estaba muy ocupado con una pizarra que tenía delante, donde procuraba copiar unas letras lenta y cuidadosamente bajo la vigilancia del señorito George, un chico listo de trece años de edad, con todo el aspecto de darse cuenta de la dignidad que le confería su puesto de profesor.

Así no, tío Tom, así no -dijo enérgicamente, cuando el tío Tom levantó con grandes esfuerzos el rabo de la q en sentido contrario-; así es una q, ¿no lo ves?

– Dios me ampare, ¿será posible? -dijo el tío Tom, mirando con aire de respeto y admiración cómo su joven profesor garabateaba vigorosamente innumerables cus y ges para su beneficio; luego, cogiendo el lápiz entre sus grandes dedos torpes, se puso a comenzar de nuevo.

– ¡Con qué facilidad los blancos hacen siempre las cosas! -dijo la tía Chloe, parando un momento de engrasar una sartén con un pedazo de tocino pinchado en un tenedor y mirando orgullosa al joven señorito George-. ¡Qué manera de escribir y de leer! Y luego viene aquí por las tardes y nos lee la lección, ¡qué interesante!

– Pero, tía Chloe, tengo muchísima hambre -dijo George-. ¿No está casi hecho el pastel del caldero?

– Casi hecho, señorito George -dijo la tía Chloe, levantando la tapadera para mirar adentro-, dorándose que da gusto, poniéndose precioso. ¡Bah! Nadie los hace como yo. El otro día la señora dejó a Sally hacer un pastel, sólo para que aprendiera, dijo. «Calle, calle, señora», le dije, «ime duele en el alma ver que se echen a perder de esa forma los buenos alimentos! El pastel ha subido sólo por un lado, no tiene más forma que mi zapato, ¡vaya, vaya!».

Y con estas últimas palabras de desprecio por la ineptitud de Sally, la tía Chloe quitó la tapadera del caldero para mostrar un precioso pastel de una libra del que hubiera estado orgulloso cualquier pastelero de la ciudad. Al hacerse patente cuál era el punto central de la diversión, la tía Chloe se puso a trajinar en serio en los preparativos de la cena.

– ¡Eh, vosotros, Mose y Pete! ¡Quitaos de en medio, negritos! Mericky, cariño, vete de ahí. La mamá le dará algo luego a su nena. Señorito George, coja usted esos libros y siéntese con mi viejo, y yo cogeré las salchichas y tendré la primera tanda de bollos en sus platos en menos que canta un gallo.

– Querían que fuera a cenar a la casa -dijo George-, pero sabía demasiado bien lo que me convenía, tía Chloe. -De veras que sí, cariño -dijo la tía Chloe, llenándole el plato con una pila de bollos humeantes-; sabía que su vieja tía Chloe guardaría lo mejor para usted. ¡Si sabe lo que le conviene! ¡Anda ya! -y la tía Chloe tocó con el dedo a George de una manera que pretendía fuera de lo más cómico, y se volvió hacia su sartén con gran energía.

– Y ahora, el pastel -dijo el señorito George cuando hubo amainado un poco la actividad de la zona de la sartén; y al mismo tiempo, el joven blandía un gran cuchillo por encima de dicho objeto.

– ¡Que Dios le bendiga, señorito George! elijo la tía Chloe, muy seria, cogiéndole del brazo-. ¡No irá a cortarlo con ese enorme cuchillo pesado! ¡Lo destrozará, estropeará la forma tan bonita que tiene! Tome, aquí tengo un cuchillo fino que mantengo afilado aposta. ¡Mírelo, pues, se corta como si fuera mantequilla! Coma, coma, no encontrará nada mejor que eso.

– Dice Tom Lincoln -dijo George con la boca llena que su Jinny es mejor cocinera que tú.

– ¡Esos Lincoln no son nadie, desde luego! -dijo con desprecio la tía Chloe-; quiero decir, comparados con nuestra gente. Son bastante respetables, a su manera sencilla, pero no tienen idea de lo que es la elegancia. Pongamos al señor Lincoln al lado del señor Shelby, pues. ¡Dios mío! Y la señora Lincoln, ¿puede entrar en una habitación como mi señora, tan majestuosa? ¡Calle, calle! ¡No me hable de esos Lincoln! -y la tía Chloe sacudió la cabeza como una entendida del mundo.

– Pues yo te he oído decir -dijo George- que Jinny era buena cocinera.

– Sí que lo he dicho -dijo la tía Chloe- y lo mantengo. Comida buena y sencilla, eso es lo que prepara Jinny. Hace buen pan de maíz, hierve bien sus patatas, sus tortas de avena no son extraordinarias, pero están bien; pero si hablamos de cosas más elevadas, ¿qué sabe hacer? Pues hace empanadas, ya lo creo, pero ¿con qué clase de corteza? ¿Sabe hacer un milhojas ligero como una pluma que se deshace en la boca? Bien, pues, yo fui allí cuando se iba a casar la señorita Mary, y Jinny me mostró las empanadas de la boda. Jinny y yo somos buenas amigas, ¿sabe? No dije palabra, pero, ¡vaya, señorito George! Yo no hubiera podido dormir en una semana si hubiera hecho unas empanadas así. No valían nada en absoluto.

– Supongo que Jinny pensó que estaban estupendas -dijo George.

– ¡Pues ya lo creo que lo pensó! ¿No las mostraba a todo el mundo, la muy inocente? Ahí está la cuestión: Jinny no sabe. Dios, si la familia no son nadie, ¿cómo se puede esperar que ella sepa? ¡No es culpa suya! Señorito George, no sabe usted cuántos privilegios tiene por su familia y su educación -suspiró la tía Chloe, haciendo girar los ojos con la emoción.

– Desde luego, tía Chloe, conozco todos mis privilegios en cuanto a pasteles y empanadas -dijo George-. Pregúntale a Tom Lincoln si no presumo de ellos cada vez que nos vemos.

La tía Chloe se recostó en su sillón y se permitió soltar una espontánea carcajada ante la gracia del señorito, y siguió vendo hasta que empezaron a correr las lágrimas por sus negras mejillas relucientes, alternando este ejercicio con golpecitos y codazos dirigidos al señorito Georgey, diciéndole que callara y que era un caso, que seguro que la iba a matar, un día de aquellos; y entre una predicción sanguinaria y otra, soltaba otra carcajada más fuerte y de más duración que la anterior, hasta que George empezó a creer que era verdad que era un individuo muy peligroso por lo ocurrente, y que le convendría tener cuidado con su manera de expresarse «con tanta gracia».

– Conque se lo dijo usted a Tom, ¿eh? ¡Dios de mi vida! ¡Las cosas que hacen los jóvenes! ¿Presumió ante Tom? ¡Dios de mi alma! Señorito George, haría usted reír a una sabandija.

– Sí -dijo George-, le dije: «Tom, tendrías que ver las empanadas de la tía Chloe, ésas sí que son buenas», le dije.

– Es una pena que no las pueda ver Tom -dijo la tía Chloe, cuyo buen corazón parecía sufrir mucho con la idea de tamaña ignorancia por parte de Tom-. Debería usted invitarle a cenar un día de éstos, señorito George -añadió-; sería un bonito gesto. ¿Sabe, señorito George? No debería sentirse por encima de nadie por los privilegios que tiene, pues los privilegios nos son dados; debemos recordar siempre eso -dijo la tía Chloe, con aspecto bastante serio.

– Bueno, tengo la intención de invitar a Tom un día de la semana que viene -dijo George-; y tú, esmérate mucho, tía Chloe, y lo dejaremos de piedra. Le haremos comer tanto que no se recuperará en quince días, ¿verdad?

– Sí, sí, desde luego -dijo, encantada, la tía Chloe-; ya lo verá. ¡Señor, señor, cuando pienso en algunas de nuestras cenas! ¿Se acuerda de la empanada de pollo que hice cuando dimos la cena para el General Knox? Yo y la señora por poco nos peleamos por culpa de la costra. No sé qué les pasa a las señoras, pero a veces, cuando una tiene muchísima responsabilidad, podríamos decir, y está muy seria y ocupada, ¡a las señoras les da por dar vueltas por ahí metiendo las narices! Y la señora quería que lo hiciera así y que lo hiciera asá, hasta que al final me puse un poco impertinente y le dije: «Señora, mire esas manos suyas tan blancas con sus dedos largos, relucientes de sortijas, como azucenas salpicadas de rocío; y ahora mire mis grandes manos negras y gordotas. ¿No le parece que el Señor me creó a mí para hacer las empanadas y a usted para quedarse en el salón?» Vaya, así de descarada me puse, señorito George.

– ¿Y qué dijo mamá? -preguntó George.

– ¿Decir? Bueno, se rió con los ojos, esos grandes y hermosos ojos suyos, y dijo: «Bien, tía Chloe, creo que tienes razón», dijo; y se marchó al salón. Tenía que haberme dado en la cabeza por ser tan descarada, pero así están las cosas. ¡No puedo hacer nada con una dama en la cocina!

– De todas formas, te luciste con aquella cena, recuerdo que lo dijo todo el mundo -dijo George.

– ¿Verdad que sí? Como que me quedé detrás de la puerta del comedor ese mismo día y vi cómo el general pasó el plato tres veces para que le pusieran más de esa misma empanada, y dijo: «Señora Shelby, usted debe de tener una cocinera fuera de lo común.» ¡Señor! ¡No cabía en mí de gozo! Y el general sabe lo que es cocinar -dijo la tía Chloe, irguiéndose ufana-. Un hombre muy agradable, el general. Es de una de las primerísimas familias de Virginia. El general sí que entiende, tanto como yo. Verá, cada empanada tiene sus secretos, señorito George; pero no todo el mundo sabe cuáles son o cómo deben ser. Pero, él sí, el general sí; lo sé por los comentarios que hizo. Sí, él conoce los secretos.

El señorito George había llegado ya a aquella situación a la que puede llegar incluso un muchacho (en circunstancias excepcionales, cuando no se puede comer ni un bocado más) y, por lo tanto, tenía tiempo de fijarse en el montón de cabezas lanudas y ojos brillantes que los observaban, hambrientos, desde el rincón contrario.

– ¡Eh, vosotros, Mose y Pete! -dijo, rompiendo generosos trozos de comida y tirándoselos- queréis un poco, ¿verdad? Vamos, tía Chloe, hazles algunos bollos.

Se retiraron George y Tom a un banco cómodo junto a la chimenea mientras la tía Chloe, después de hacer una buena cantidad de bollos, colocó la nena en su regazo y comenzó a llenar de bollos la boca de ésta y la suya propia y distribuir otros a Mose y a Pete, que parecían preferir tomárselos mientras rodaban por el suelo debajo de la mesa, haciéndose cosquillas y tirándole de los pies al bebé de vez en cuando.

– Dejadlo ya, ¿queréis? -dijo la madre, dando patadas bajo la mesa de cuando en cuando, cada vez que el revuelo se hacía excesivo-. ¿No sabéis portaros cuando vienen los blancos a veros? Callad ahora, ¿queréis? ¡Más vale que andéis con cuidado u os bajaré un ojal cuando se marche el señorito George!

Es difícil saber qué significado escondía esta terrible amenaza; lo cierto es que su horrible ambigüedad no parecía impresionar en absoluto a los jóvenes pecadores a los que iba dirigida.

– ¡Bueno, bueno! -dijo el tío Tom-, están tan llenos de vida que no se pueden estar quietos.

En este momento salieron los muchachos de debajo de la mesa y, con las caras y las manos embadurnadas de melaza, empezaron a besar enérgicamente al bebé.

– ¡Idos ya! -dijo la madre, apartando las cabezas lanudas-. ¡Quedaréis pegados y no habrá manera de separaros, si seguís así! ¡Id a la fuente a lavaros! -dijo, secundando sus amonestaciones con un bofetón, que resonó de manera formidable aunque sólo consiguió arrancar más carcajadas a los muchachos, que salieron atropelladamente, chillando de alegría.

– ¿Habéis visto alguna vez unos muchachos más molestos? -dijo la tía Chloe, bastante complacida, mientras sacaba una vieja toalla, que guardaba para tales emergencias, la mojaba con agua de una tetera agrietada y empezaba a limpiar de melaza la cara y las manos de la pequeña; después, habiéndole sacado tanto brillo que relucía, la depositó en el regazo de Tom y se dispuso a recoger la cena. El bebé llenó el intervalo tirándole a Tom de la nariz, rascándole la cara y hundiendo las manos regordetas en su cabello lanoso; esta última ocupación parecía brindarle una satisfacción especial.

– ¿No es una criatura perfecta? -dijo Tom, apartándola de sí para verla de cuerpo entero. Después se levantó, la colocó en su amplio hombro y se puso a brincar y bailar con ella, mientras el señorito George le chasqueaba el pañuelo, y Mose y Pete, ya de vuelta, rugían como osos hasta que la tía Chloe declaró que «le reventaban la cabeza» con su ruido. Como, según decía ella misma, esta operación quirúrgica era un acontecimiento cotidiano en la cabaña, su declaración no mitigó en absoluto la diversión hasta que todos no hubieron rugido, revoloteado y bailado hasta quedarse tranquilos por lo extenuados.

– Bueno, pues, espero que hayáis acabado -dijo la tía Chloe, ocupada en sacar una carriola rudimentaria-; vosotros, Mose y Pete, meteos ahí, porque nosotros tenemos una reunión.

– Oh, mamá, no queremos. Queremos ver la reunión, las reuniones son tan curiosas. A nosotros nos gustan.

– Venga, tía Chloe, métela de nuevo y déjalos que se queden levantados -dijo el señorito George terminantemente, dando un empujón a la burda máquina.

La tía Chloe, una vez salvadas las apariencias, parecía encantadísima de guardar la cama, diciendo al mismo tiempo: -Bueno, quizás les sirva para algo.

En esto, los presentes se convirtieron en un comité para deliberar sobre los arreglos y preparativos de la reunión.

– Lo que no sé es dónde se va a sentar todo el mundo -dijo la tía Chloe. Ya que la reunión se celebraba todas las semanas en casa del tío Tom desde hacía muchísimo tiempo, sin más sillas que ahora, parecía haber esperanzas de encontrar una solución en esta ocasión.

– El viejo tío Peter rompió las patas de la silla más vieja la semana pasada con sus cantares -intervino Mose.

– ¡Anda ya! No me sorprendería que las hubieras arrancado tú, que fuera una travesura tuya -dijo la tía Chloe.

– Bueno, se sostendrá si se apoya en la pared -dijo Mose.

– Entonces, no debe sentarse ahí el tío Peter, porque siempre se mueve cuando se pone a cantar. Casi cruza la habitación de un salto la semana pasada -dijo Pete.

– ¡Señor, señor! Haz que se siente en ella, entonces -dijo Mose-, y cuando empiece «Venid, santos y pecadores, oíd lo que cuento», se irá al suelo -y Mose imitó a la perfección el timbre nasal del viejo, desplomándose en el suelo para ilustrar la supuesta catástrofe.

– Vamos ya, pórtate bien -dijo la tía Chloe-; ¿no te da vergüenza?

Sin embargo, el señorito George se unió a las carcajadas del transgresor y dijo convencido que Mose era «todo un tipo», por lo que la reprimenda materna pareció perder fuerza.

– Bueno, viejo -dijo la tía Chloe-, tendrás que traer esos barriles.

– Los barriles de mamá son como los de la viuda sobre los que leía el señorito George en el buen libro: nunca fallan -dijo Mose al oído de Pete.

– Pues uno de ellos se vino abajo la semana pasada, desde luego -dijo Pete-, y los tiró a todos en mitad de los cantos; eso sí era fallar, ¿no?

Durante este aparte entre Mose y Pete, los demás habían metido dos toneles vacíos en la cabaña, los habían asegurado con piedras a cada lado para evitar que rodaran y habían colocado tablas encima; esta operación, junto con la colocación de algunos cubos y palanganas y la distribución de unas sillas desvencijadas, dio fin a los preparativos.

– El señorito George lee tan bien que estoy segura de que se quedará a leer para nosotros -dijo la tía Chloe-; así será mucho más interesante.

George consintió de buena gana, pues siempre estaba dispuesto a hacer lo que ponía de relieve su importancia. Pronto se llenó la habitación de un grupo abigarrado de gente, desde el patriarca canoso de ochenta años a la muchacha y el muchacho de quince. Chismorrearon sobre varios temas sin importancia, como dónde la tía Sally había conseguido su nuevo pañuelo rojo y que «la señora iba a regalarle a Lizzie el vestido moteado de muselina en cuanto le preparasen su nuevo traje», y que el señor Shelby pensaba comprar un nuevo potro alazán, que sería otra contribución a la gloria del lugar. Unos cuantos de los devotos que pertenecían a familias del vecindario tenían permiso para asistir y traían un interesante surtido de noticias sobre lo que se decía y hacía en tal o cual casa, que circulaba con la misma libertad que el mismo tipo de información circula en ambientes más elevados. Después de un rato, comenzaron las canciones, para el evidente deleite de todos los reunidos. Ni siquiera la entonación nasal era capaz de estropear el efecto de unas voces buenas por naturaleza cantando unas melodías salvajes y briosas a la vez. Algunas de las letras eran de los himnos comunes y conocidos que se cantaban en las iglesias de los alrededores, y a veces de tipo más primitivo e indefinido, aprendido en los campamentos.

El estribillo de una de ellas, que cantaron con gran energía y devoción, decía así:

Morir en el campo de batalla,

morir en el campo de batalla,

gloria para mi alma.

Otra favorita repetía muchas veces las palabras:

Oh, voy a la gloria. ¿No quieres venir conmigo?

¿No ves cómo los ángeles me llaman?

¿No ves la ciudad de oro y el día interminable?

Hubo otras que mencionaban sin cesar «las orillas del Jordán», «los campos de Canaán» y «la nueva Jerusalén», pues la mente de los negros, apasionada e imaginativa, es siempre atraída por himnos y expresiones de naturaleza vívida y pintoresca; y, mientras cantaban, algunos se reían, algunos lloraban y algunos batían palmas o se estrechaban las manos con alegría, como si realmente hubieran alcanzado el otro lado del río.

Siguieron varias exhortaciones o relaciones de experiencias y se entremezclaron con las canciones. Una anciana de pelo cano, que hacía tiempo no trabajaba pero era muy venerada como una especie de crónica del pasado, se levantó y dijo, apoyada en un bastón:

– Bien, hijos míos, bien, me alegro de oíros y veros a todos de nuevo, pues no sé cuándo me iré a la gloria; pero estoy preparada, hijos; tengo mi atado todo preparado y mi sombrero puesto, sólo espero que venga la diligencia para llevarme a casa; a veces, durante la noche, creo que oigo el traqueteo de las ruedas y siempre estoy ojo avizor; vosotros, preparaos también, porque os digo a todos, hijos -dijo, golpeando el suelo fuertemente con el bastón-, ¡que la gloria es una cosa tremenda! Es una cosa tremenda, hijos, no sabéis nada de ella, es maravillosa -y se sentó la vieja, rendida del todo, con lágrimas cayéndole a chorro, mientras todo el grupo empezó a cantar:

Oh, Canaán, luminoso Canaán,
me voy a la tierra de Canaán.

El señorito George, a petición, leyó los últimos capítulos del Apocalipsis, interrumpido constantemente por frases como: «Oh, Señor», «Escuchad eso», «Imaginadlo» o «¿De veras vendrá todo eso?».

George, que era un muchacho espabilado y bien instruido por su madre en cuestiones religiosas, al verse objeto de la admiración general, contribuyó, con loable seriedad, con comentarios propios de vez en cuando, por lo que lo respetaron los jóvenes y lo bendijeron los viejos; y todos estuvieron de acuerdo en que «un sacerdote no lo haría mejor que él» y que «era realmente asombroso».

El tío Tom era una especie de patriarca de asuntos religiosos en el vecindario. Dotado de un temperamento en el que predominaba la ética, junto con una mayor amplitud de miras y una educación superior a la de la mayoría de sus compañeros, era tratado con gran respeto por ellos, como una especie de sacerdote; y el estilo sencillo, espontáneo y sincero de sus exhortaciones hubiera podido edificar a personas más instruidas. No había nada que pudiera superar la sencillez conmovedora y la sinceridad candorosa de sus oraciones, enriquecidas con el lenguaje de las Sagradas Escrituras, que parecía haber absorbido de tal manera que ya formaba parte de su ser y salía de sus labios de manera inconsciente; en términos de un viejo negro pío, «rezaba que daba gusto». Y tal efecto tenían sus oraciones sobre la devoción de su público que a menudo parecía existir peligro de que se perdieran del todo entre las abundantes respuestas que suscitaban a su alrededor.

Mientras se desarrollaba esta escena en la cabaña de un hombre, otra muy diferente ocurría en las salas del amo.

El comerciante y el señor Shelby estaban sentados juntos en el comedor antes mencionado, en una mesa cubierta de papeles y utensilios de escritorio.

El señor Shelby estaba ocupado con unos fajos de billetes que, una vez contados, empujaba en dirección al comerciante, que los contaba también.

– Está bien -dijo el comerciante-; ahora hay que firmar.

El señor Shelby cogió apresuradamente los contratos de compra y venta y los firmó, con el aire de un hombre que realiza deprisa un asunto desagradable, y luego los empujó junto con el dinero. Haley sacó un pergamino de una gastada valija y, después de mirarlo un instante, lo pasó al señor Shelby, quien lo cogió con un gesto de ansia reprimida.

– ¡Ya está hecho! -dijo el señor Shelby con tono meditabundo; y con un gran suspiro, repitió-: ¡Ya está hecho! -No parece usted muy satisfecho, me da la impresión -dijo el comerciante.

– Haley-dijo el señor Shelby-, espero que recuerde usted que prometió, por su honor, que no vendería a Tom sin saber qué clase de gente lo compra.

– Pues usted lo acaba de hacer, señor -dijo el comerciante.

– Obligado por las circunstancias, como bien sabe usted -dijo, arrogante, Shelby.

– Bueno, a lo mejor me obligan a mí, también -dijo el comerciante-. Sin embargo, haré lo posible por conseguir un buen puesto para Tom; en cuanto a tratarlo yo mal, descuide usted. Si hay alguna cosa por la que doy gracias al Señor, es por no ser una persona cruel.

Después de las descripciones que había hecho anteriormente de sus principios humanitarios, al señor Shelby le tranquilizaron poco estas manifestaciones; pero como era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias, permitió que se marchase el comerciante en silencio, y se puso a fumar a solas un cigarro.

CAPÍTULO V

DONDE SE EXPLICAN LOS SENTIMIENTOS DE LAS

MERCANCÍAS HUMANAS AL CAMBIAR DE DUEÑO

Los señores Shelby se habían retirado a sus aposentos a pasar la noche. El se encontraba repantigado en una gran poltrona, revisando algunas cartas que habían llegado en el correo de la tarde, y ella estaba de pie ante el espejo, deshaciendo ella misma los complicados rizos y trenzas con los que la había peinado Eliza, porque había mandado a ésta a la cama al ver su aspecto ojeroso y su rostro pálido. Esta tarea naturalmente trajo a su mente la conversación que había sostenido con la muchacha por la mañana; volviéndose hacia su marido, dijo con indiferencia:

– Por cierto, Arthur, ¿quién era ese tipo vulgar que has plantado en nuestra mesa hoy?

– Se llama Haley -dijo Shelby, moviéndose inquieto en el sillón y sin levantar los ojos de la carta.

– Haley. ¿Quién es, y qué quería aquí, si puedo preguntártelo?

– Pues es un hombre con el que hice algunos negocios la última vez que estuve en Natchez -dijo el señor Shelby.

– ¿Y por eso se sintió libre de venir aquí a cenar, como Pedro por su casa?

– No; lo invité yo. Tenía algunas cuentas pendientes con él -dijo Shelby.

– ¿Es tratante de negros? -preguntó la señora Shelby, al notar cierta turbación en la actitud de su marido.

– ¿Qué te ha hecho pensar eso, querida? -preguntó Shelby, levantando la vista.

– Nada; sólo que vino Eliza después de cenar, muy agitada, llorando y gimiendo, y dijo que hablabas con un comerciante y que lo oyó hacer una oferta por su hijo. ¡Qué tonta es!

– Conque eso dijo, ¿eh? -dijo el señor Shelby, volviendo a ocuparse de su papel, lo que pareció absorber del todo su atención durante algunos momentos, sin darse cuenta de que lo llevaba boca abajo.

«Tendrá que saberse», se dijo mentalmente, «¿qué más da ahora que después?».

– Le dije a Eliza -dijo la señora Shelby, cepillándose aún el cabello- que era más tonta que tonta, y que tú no tenías tratos con ese tipo de personas. Claro que yo sabía que tú no pensabas vender a ninguno de nuestra gente, y menos a un tipo así.

– Bien, Emily -dijo su marido-, eso es lo que siempre he pensado y hecho, pero el caso es que ahora no tengo más remedio por el estado de mis negocios. Tendré que vender a algunos de mis braceros.

– ¿A ese individuo? ¡Imposible! Señor Shelby, no hablarás en serio.

– Siento decirte que sí -dijo el señor Shelby-. He accedido a vender a Tom.

– ¿Qué? ¿A nuestro Tom, esa criatura buena y fiel, tu leal criado desde niño? ¡Oh, señor Shelby! Y además le has prometido la libertad, tú y yo le hemos hablado de ello cien veces. Puedo creer cualquier cosa ahora, hasta puedo creer que serías capaz de vender al pequeño Harry, el único hijo de la pobre Eliza -dijo la señora Shelby, en un tono entre la tristeza y la indignación.

– Pues, ya que quieres saberlo, así es. He acordado vender tanto a Tom como a Harry; y no sé por qué me tienen que recriminar, como si fuese un monstruo, por algo que hace todo el mundo todos los días.

– Pero, ¿por qué a éstos, entre todos los que hay? -dijo la señora Shelby-. Si tienes que vender a alguno, ¿por qué a éstos?

– Porque se venderán más caros que ninguno, por eso. Pero podría elegir a otro, si tú quieres. El tipo hizo una oferta por Eliza, si eso te viene mejor -dijo el señor Shelby.

– ¡Qué canalla! -dijo la señora Shelby fogosamente.

– No quise oír hablar de ello, ni por un momento; por respeto a tus sentimientos, sería incapaz, así que no me juzgues tan mal.

– Querido -dijo la señora Shelby, dominándose-, perdóname. Me he precipitado. Me ha sorprendido la noticia, no estaba preparada, pero me dejarás interceder por estas pobres criaturas. Tom es un hombre noble y fiel, aunque sea negro. Creo, señor Shelby, que llegado el caso, incluso daría su vida por ti.

– Lo sé, estoy seguro. ¿Pero de qué sirve todo esto? No puedo remediarlo.

– ¿Por qué no hacer un sacrificio monetario? Yo estoy dispuesta a sobrellevar las desventajas que me correspondan. Ay, señor Shelby, he intentado, de todo corazón, he intentado cumplir con mi deber de mujer cristiana con estas pobres criaturas dependientes y sencillas. Los he cuidado, los he instruido, los he vigilado, y hace años que conozco todas sus pequeñas alegrías y desgracias; ¿cómo voy a ir con la cabeza alta entre ellos si, por unas miserables ganancias, vendemos a un ser tan buenísimo, fiel y confiado como el pobre Tom, arrancándole en un momento todo lo que le hemos enseñado a amar y apreciar? Les he inculcado los deberes familiares, de padres e hijos, de maridos y mujeres; ¿cómo puedo dejar que se sepa que no nos importa ningún vínculo, ningún deber, ninguna relación, por sagrado que sea, comparado con el dinero? He hablado con Eliza de su hijo, de sus deberes para con él como madre cristiana, para cuidarlo, rezar por él y educarlo según el cristianismo; ¿qué puedo decir ahora, si tú lo arrancas de aquí y lo vendes a un hombre profano y sin principios sólo por ahorrar un poco de dinero? Le he dicho que un alma vale más que todo el dinero del mundo; ¿cómo va a creerme cuando ve que nosotros vendemos a su hijo? Y su venta quizás lleve a la destrucción de su cuerpo y de su alma.

– Lamento que lo veas así, de verdad que lo lamento -dijo el señor Shelby-, y respeto tus sentimientos, también, aunque no pretendo compartirlos del todo; pero te digo ahora, solemnemente, que es inútil, no tiene remedio. No quería decirte esto, Emily pero, hablando claro, es una cuestión de vender a estos dos o venderlo todo. O se van ellos, o se va todo. Haley se ha hecho con una hipoteca que, si no la saldo inmediatamente, se llevará todo por delante. He rascado y arañado y pedido prestado y he hecho de todo menos mendigar, y aún hacía falta el precio de estos dos para cubrir la deuda, por lo que tuve que cederlos. A Haley le hacía gracia el niño; quiso arreglar el asunto de esta forma y ninguna otra. Yo me hallaba en su poder y tuve que ceder. Si te sientes así por la venta de ellos dos, ¿te sentirías mejor si se vendiera todo?

La señora Shelby se quedó de pie como si la hubieran golpeado. Finalmente, volviéndose al tocador, apoyó la cara en las manos y soltó una especie de gemido.

– ¡Es la maldición de Dios sobre la esclavitud! ¡Una cosa cruel, cruel y maldita, una maldición para el amo y una maldición para el esclavo! Estaba loca al pensar que podía sacar algo bueno de un mal tan devastador. Es pecado tener un esclavo bajo leyes como las nuestras, siempre me ha parecido que era así, de niña siempre lo pensaba, y aun más después de abrazar la religión; pero pensaba que podía dorar la píldora; pensaba que con la bondad y los cuidados y la instrucción, podría hacer que la condición de los míos fuese mejor que la libertad, ¡que loca estaba!

– Eh, esposa, ¡te estás volviendo abolicionista!

– ¡Abolicionista! Si supieran ellos lo que sé yo sobre la esclavitud, ¡podrían hablar! No nos hace falta que nos digan nada ellos; tú sabes que yo nunca he pensado que estuviera bien la esclavitud, que nunca he querido poseer esclavos.

– Pues en eso te diferencias de muchos hombres sabios y píos -dijo el señor Shelby-. ¿Te acuerdas del sermón del señor B. del domingo pasado?

– No quiero oír tales sermones; nunca quiero volver a oír al señor B. en la iglesia. Quizás los sacerdotes no puedan remediar el mal, no puedan curarlo, pero ¡defenderlo!, no me parece de sentido común. Y creo que a ti tampoco te pareció gran cosa ese sermón.

– Bien -dijo Shelby-, tengo que decir que estos clérigos a veces llevan las cosas más allá de lo que nos atreveríamos los pobres pecadores. Los hombres del mundo debemos cerrar los ojos ante una serie de cosas y tragar con cosas que no nos convencen del todo. Pero no nos hace ninguna gracia cuando las mujeres y los clérigos nos quieren llevar la delantera en cuestiones de humildad o moral, esa es la verdad. Pero ahora, querida, espero que comprendas que es necesario y te des cuenta de que he hecho el mejor trato que permitían las circunstancias.

– Sí, sí -dijo la señora Shelby impaciente, tocando distraída su reloj de oro-. No tengo muchas joyas buenas -añadió pensativa-, pero ¿este reloj no sirve para nada? Fue caro en su día. Si por lo menos pudiera salvar al hijo de Eliza, daría todo lo que tengo.

– Lo siento mucho, muchísimo, Emily -dijo el señor Shelby-, siento que te lo tomes así, pero no sirve de nada. El caso es, Emily, que ya está hecho; ya se han firmado los papeles de la venta y los tiene Haley en su poder; y debes dar gracias de que las cosas no estén peor. Ese hombre ha tenido la posibilidad de arruinamos a todos, y ahora está bastante bien de dinero. Si lo conocieras como lo conozco yo, creerías que nos habíamos librado por los pelos.

– ¿Tan duro es, entonces?

– No exactamente un hombre cruel, pero un hombre inflexible: un hombre que vive sólo para el comercio y las ganancias, frío, decidido y tan inexorable como la muerte y la tumba. Vendería a su propia madre por un buen precio, y eso sin desearle ningún mal.

– ¡Y este desgraciado es el dueño del bueno de Tom y del hijo de Eliza!

– Bien, querida, el caso es que me resulta bastante duro; odio pensarlo. Y Haley quiere apresurar las cosas y tomar posesión mañana mismo. Voy a sacar el caballo a primera hora y marcharme. No puedo ver a Tom, de verdad que no; y tú harías bien si prepararas un paseo a algún sitio y te llevaras a Eliza contigo. Que ocurra mientras ella no esté.

– ¡No, no! -dijo la señora Shelby-; ¡me niego a ser cómplice o ayudante en esta empresa cruel! ¡Iré a ver al pobre Tom, que Dios lo ampare, en su desgracia! Verán, por lo menos, que al ama le importan y que sufre por ellos. En cuanto a Eliza, no quiero pensarlo. ¡Que el Señor nos perdone! ¿Qué hemos hecho, para tener que pasar por esta necesidad cruel?

Ni por un momento sospecharon los señores Shelby que había alguien escuchando esta conversación

Había un gran armario en su dormitorio, con una pequeña puerta que daba al corredor exterior. Cuando la señora Shelby despachó a Eliza, le vino a la mente febril y nerviosa de ésta la idea de este armario y ahí se había escondido y, con el oído pegado a la abertura de la puerta, no perdió ni una palabra de la conversación.

Cuando se apagaron las voces, se levantó y se alejó furtivamente. Pálida, tiritando, con las facciones rígidas y los labios comprimidos, parecía un ser diferente de la mujer suave y apocada que había sido hasta entonces. Se deslizó cuidadosamente por el pasillo, se detuvo un instante en la puerta de su ama, donde elevó las manos en una plegaria silenciosa, y después se volvió y se escabulló a su cuarto. Era una habitación discreta y ordenada en la misma planta que la de su ama. Había una ventana agradable por la que entraba el sol, donde solía sentarse a coser; había una pequeña librería, y varios adornos alineados junto a los libros, regalos de Navidad; su ropa sencilla estaba en el armario y la cómoda: resumiendo, éste era su hogar, y, en conjunto, había sido un hogar feliz. Pero allí en la cama yacía su hijo dormido, los largos rizos envolviendo su rostro inconsciente, la boca rosada semiabierta, las manos gordezuelas extendidas por encima de la colcha y una sonrisa de oreja a oreja iluminándole la cara.

«¡Pobre hijo, pobre mío!» se dijo Eliza, «¡te han vendido! ¡Pero tu madre te salvará!».

No cayó ni una lágrima sobre la almohada; en circunstancias como éstas, el corazón carece de lágrimas: sólo gotea sangre, y va perdiéndola poco a poco en silencio. Cogió un papel y un lápiz y escribió deprisa:

«Ay, señora, querida señora, no me considere ingrata, no piense mal de mí, pero he oído todo lo que han dicho usted y el señor esta noche. Voy a intentar salvar a mi hijo, ¡no me culpará usted! ¡Dios la bendiga y le pague toda su bondad!»

Después de doblar esta nota y escribir el nombre, se acercó al cajón y preparó un paquete de ropa para su hijo y se lo ató firmemente a la cintura con un pañuelo; y la memoria de una madre es tal que, incluso con los terrores de la ocasión, no se le olvidó incluir en el paquete uno o dos de sus juguetes preferidos, dejando fuera un loro de vivos colores para distraerlo cuando tuviera necesidad de despertarlo. Le costó trabajo despertar al pequeño dormilón; pero, tras algún esfuerzo, éste se incorporó y se puso a jugar con el pájaro, mientras su madre se ponía el sombrero y el chal.

– ¿Adónde vas, madre? -preguntó, al acercarse ella a la cama con su abriguito y su gorro.

Su madre se acercó y le miró tan seria a los ojos que adivinó enseguida que ocurría algo extraño.

– Calla, Harry-dijo ella-. No debes hablar fuerte o nos oirán. Iba a venir un hombre malo a robarle a su madre al pequeño Harry y llevárselo en la oscuridad, pero su madre no le dejará. Va a ponerle el abrigo y el gorro a su hijito y van a salir corriendo para que el hombre feo no lo coja.

Diciendo estas palabras, había abrochado el abrigo del niño y, cogiéndolo en brazos, le susurró que se estuviera muy callado. Abriendo la puerta de su cuarto que daba al porche exterior, salió silenciosamente.

Hacía una noche brillante y fría, cuajada de estrellas, y la madre envolvió bien con el chal a su hijo, que se colgó de su cuello paralizado por un miedo impreciso.

El viejo Bruno, un gran perro de Terranova que dormía al fondo del porche, se levantó gruñendo al acercarse Eliza. Ésta pronunció su nombre con voz queda y el animal, gran favorito suyo y compañero de juegos, movió la cola y se dispuso a seguirla inmediatamente, aunque se veía que daba muchas vueltas, dentro de su rudimentaria cabeza de perro, al posible significado de una expedición tan indiscreta a medianoche. Parecía estorbarlo mucho alguna vaga idea de imprudencia o impropiedad, pues se paraba a menudo y miraba pensativo primero a ella y después a la casa, y, después, como si la reflexión lo hubiera tranquilizado, emprendía nuevamente el camino en pos de ella. Unos minutos más tarde llegaron a la ventana de la casita del tío Tom y Eliza se detuvo y golpeó suavemente en el cristal de la ventana.

La reunión religiosa de casa del tío Tom se había prolongado hasta muy tarde con el canto de los himnos y, como el tío Tom se había permitido entonar unos cuantos largos solos después, el resultado era que, aunque era entre las doce y la una, él y su respetable esposa no estaban aún dormidos.

– ¡Señor, señor! ¿Qué es eso? -dijo la tía Chloe, levantándose de un salto para correr la cortina-. ¡Que me aspen si no es Lizy! Ponte la ropa rápido, hombre. Está el viejo Bruno, también, husmeando por ahí. ¿Qué demonios pasará? Voy a abrir la puerta.

Y, fiel a su palabra, abrió de golpe la puerta y la luz de la vela de sebo que había encendido Tom apresuradamente iluminó el rostro desencajado y los oscuros ojos extraviados de la fugitiva.

– ¡El Señor te bendiga! ¡Da miedo verte, Lizy! ¿Te has puesto enferma o qué te ha pasado?

– Me escapo, tío Tom y tía Chloe… me llevo a mi hijo… el amo lo ha vendido.

– ¿Vendido? -preguntaron ambos al unísono, levantando las manos desconcertados.

– ¡Sí, lo han vendido! -dijo firmemente Eliza-. Me he escondido en el armario del cuarto del ama esta noche y he oído cómo el amo le decía que había vendido a mi Hany y a ti, tío Tom, a un tratante; y que él se marchaba esta mañana a cabalgar y que el hombre venía a tomar posesión hoy.

Tom se quedó durante este discurso con las manos levantadas y los ojos dilatados como soñando. Lenta y paulatinamente, al comprender su significado, más que sentarse se dejó caer en su vieja silla y apoyó la cabeza sobre las rodillas.

– ¡Que el buen Señor tenga piedad de nosotros! -dijo la tía Chloe-. ¡Parece mentira que haya ocurrido esto! ¿Qué ha hecho, para que lo venda el amo?

– No ha hecho nada, no es por eso. El amo no quiere vender, y el ama… siempre es buena. La he oído rogar y suplicar por nosotros. Pero él le ha dicho que era inútil; que tenía deudas con este hombre, y que lo tenía en su poder. Y que, si no saldaba la deuda, acabaría teniendo que vender la casa y a toda la gente y marcharse. Sí, le he oído decir que no tenía elección entre vender a estos dos o venderlo todo, que el hombre lo había puesto entre la espada y la pared. El amo ha dicho que lo siente, pero tendríais que haber oído al ama. ¡Si ella no es cristiana y un ángel, nunca ha habido ninguno! Soy mala por dejarla de esta manera, pero no tengo más remedio. Ella misma ha dicho que una sola alma valía más que todo el mundo; y este muchacho tiene alma y, si dejo que se lo lleven, ¿quién sabe que será de ella? Debe de ser lo correcto, pero si no lo es, ¡que Dios me perdone, porque no tengo más remedio que hacerlo!

– Bien, viejo -dijo la tía Chloe-, ¿por qué no te vas también? ¿Vas a esperar a que te embarquen río abajo, adonde matan a los negros de trabajo y hambre? ¡Antes me moriría que ir allí! Tienes tiempo… márchate con Lizy… tienes salvoconducto para ir y venir cuando quieras. ¡Venga, date prisa! Yo juntaré tus cosas.

Tom levantó despacio la cabeza, miró triste pero serenamente alrededor y dijo:

– ¡No, no! Yo no me voy. Que se vaya Eliza, está en su derecho. Yo no le diría que no se fuera, no está en su naturaleza quedarse; pero has oído lo que ha dicho. Si hay que venderme a mí o a toda la gente de la casa, y todo se tiene que ir al traste, pues ¡que me vendan a mí! Supongo que puedo soportarlo como cualquiera -añadió, el pecho sacudido convulsivamente por una especie de suspiro o sollozo-. El amo siempre me ha encontrado dispuesto, y siempre me encontrará. Nunca he traicionado su confianza, ni he usado el salvoconducto para nada que no fuera honorable, y nunca lo haré. Es mejor que me vaya yo solo que disolverlo y venderlo todo. No es culpa del amo, Chloe; él te cuidará a ti y a los pobres…

En esto se volvió hacia la burda carriola repleta de cabecitas lanudas y se desmoronó. Se apoyó en el respaldo de la silla y se cubrió el rostro con las grandes manos. Unos sollozos roncos, fuertes y desgarrados sacudieron la silla y grandes lágrimas cayeron al suelo a través de sus dedos; lágrimas como las tuyas, lector, que regaron el ataúd de tu primogénito; lágrimas como las tuyas, lectora, cuando oíste el llanto de tu hijo moribundo. Porque él era un hombre, lector, y tú eres otro. Y tú, lectora, aunque lleves seda y joyas, no eres mas que una mujer y, en las grandes desgracias y adversidades, todos sentimos la misma pesadumbre.

– Y ahora -dijo Eliza de pie en la puerta-, he visto a mi marido esta misma tarde y no me imaginaba lo que iba a suceder. Lo han empujado al límite de sus fuerzas y hoy me ha dicho que se va a escapar. Intentad comunicaros con él, si podéis. Decidle cómo me voy y por qué, y decidle que voy a intentar llegar a Canadá. Decidle que lo quiero y si no lo veo nunca más -se volvió y se quedó con la espalda vuelta hacia ellos durante un momento, y después añadió, con voz cascada-, decidle que sea tan bueno como pueda y que procure reunirse conmigo en el reino de los cielos. Llamad a Bruno -añadió-. Cerrad la puerta detrás. El pobre animal no debe ir conmigo.

Con unas cuantas últimas palabras y lágrimas, con unos cuantos adioses y buenos deseos, aferrando a su pecho a su hijo sobresaltado y asustado, se alejó silenciosamente.

CAPÍTULO VI

EL DESCUBRIMIENTO

Los señores Shelby no se durmieron enseguida después de su dilatada conversación de la noche anterior y, en consecuencia, se levantaron algo más tarde de lo normal por la mañana.

– Me pregunto qué estará haciendo Eliza -dijo la señora Shelby, después de tocar el timbre repetidas veces sin obtener respuesta.

El señor Shelby estaba de pie ante el espejo del tocador afilando su navaja cuando se abrió la puerta y entró un muchacho de color con el agua para que se afeitara.

– Andy -dijo su ama-, acércate a la puerta de Eliza y dile que la he llamado tres veces. ¡Pobrecita! -añadió suspirando para sus adentros.

Andy regresó inmediatamente con los ojos muy abiertos por el asombro.

– ¡Cielos, señora! Los cajones de Lizy están todos abiertos y sus cosas todas tiradas por ahí. ¡Creo que se ha largado!

El señor Shelby y su esposa se dieron cuenta de la verdad en el mismo instante. Él exclamó:

– Entonces es que sospechaba algo y se ha marchado.

– ¡Gracias a Dios! -dijo la señora Shelby-. Espero que así sea.

– ¡Hablas como una loca, esposa! Estaré en un buen apuro si se ha marchado. Haley se dio cuenta de que vacilaba al venderle a este niño, y creerá que lo he planeado yo para quitarlo de en medio. ¡Empañará mi honor! -y el señor Shelby salió apresuradamente de la habitación.

Durante un cuarto de hora, hubo carreras de aquí para allá, exclamaciones, puertas que se abrían y cerraban y rostros de todos los colores asomándose por todas partes. Sólo una persona, que hubiera podido esclarecer los hechos, se quedó callada: la cocinera jefe, tía Chloe. En silencio y con una turbia nube ensombreciendo sus facciones generalmente alegres, seguía con la preparación de las galletas del desayuno como si no oyera ni viera nada del bullicio de su alrededor.

Poco después, una docena de diablillos se posaron como cuervos en la barandilla del porche, cada uno empeñado en ser el primero en dar parte de su desgracia al nuevo amo.

– Estará furioso, apuesto lo que sea -dijo Andy.

– ¡Lo que va a renegar! dijo el pequeño y negro Jake.

– Sí, porque ya lo creo que le gusta renegar -dijo Mandy, la de los rizos-. Lo oí ayer en la cena. Lo oí todo entonces, pues me metí en el armario donde guarda el ama las jarras grandes y oí cada palabra -y Mandy, que en su vida había pensado en lo que significaba cada palabra que oía más que si fuera un gato negro, adoptó un aire de sabiduría superior y se pavoneaba por ahí, olvidando añadir que, aunque se encontraba realmente enroscada entre las jarras a la hora mencionada, estuvo profundamente dormida todo el tiempo.

Cuando por fin apareció Haley con sus botas y sus espuelas, le llovieron las malas noticias de todas partes. No decepcionó a los bribonzuelos del porche, que esperaban oírlo «renegar», al hacerlo con una fluidez y un calor que deleitaron a todos sobremanera, mientras saltaban de un lado a otro fuera del alcance de su fusta; y, todos gritando, se desplomaron en un revoltijo de risotadas sobre el marchito césped de debajo del porche, donde patalearon y dieron voces hasta hartarse.

– ¡Si pudiera coger a esos pequeños diablos! -murmuró Haley entre dientes.

– ¡Pero no nos puede coger! -dijo Andy con un aspaviento de triunfo, dirigiendo una sarta de muecas indescriptibles a la espalda del desgraciado tratante, fuera ya del alcance de sus oídos.

– ¡Vaya, Shelby, es un asunto extraordinario! -dijo Haley, entrando bruscamente en el salón-. Parece ser que se ha escapado esa muchacha con su hijo.

– Señor Haley, se halla presente la señora Shelby-dijo el señor Shelby.

– Le ruego me perdone, señora -dijo Haley, con una pequeña reverencia, el ceño aún fruncido-; pero digo, como ya he dicho, que es un asunto extraño. ¿No es verdad, señor?

– Señor, si quiere usted comunicarse conmigo, debe guardar las formas de un caballero. Andy, llévate el sombrero y la fusta del señor Haley. Tome asiento, señor. Sí, señor; lamento decir que la joven, alterada al enterarse directa o indirectamente de este asunto, ha cogido a su hijo durante la noche y se ha marchado.

– Tengo que decirle que esperaba recibir un trato justo en este caso -dijo Haley.

– Bien, señor -dijo el señor Shelby, volviéndose bruscamente hacia él-, ¿cómo debo interpretar ese comentario? Si cualquier hombre cuestiona mi honor, sólo le puedo dar una respuesta.

Esto azoró un poco al comerciante, que dijo con un tono de voz algo más bajo que «era condenadamente injusto embaucar a un hombre que ha hecho un trato correcto».

– Señor Haley -dijo el señor Shelby-, si no creyera que tiene motivos para sentirse decepcionado, no habría tolerado la manera descortés en que ha entrado en mi salón esta mañana. Sin embargo, le diré lo siguiente, puesto que lo requieren las apariencias: no permitiré que haga ninguna insinuación sobre mí, como si fuera cómplice de cualquier injusticia en este asunto. Además, me siento obligado a proporcionarle toda la ayuda que pueda en cuanto al uso de caballos, sirvientes, etc., para que recupere su propiedad. Así que, en resumidas cuentas, Haley -dijo, cambiando de pronto su tono de frialdad mesurada por el habitual de cordial franqueza-, lo mejor que puede hacer es mantener el buen humor y desayunar, y ya veremos lo que podemos hacer.

En esto se levantó la señora Shelby y dijo que sus compromisos impedían que pudiera estar presente en la mesa del desayuno aquella mañana; delegó en una mulata muy respetable para que le sirviera el café al caballero desde el aparador, y salió de la habitación.

– A su vieja no le cae muy bien este su humilde servidor -dijo Haley, en un torpe intento de mostrarse campechano.

– No estoy acostumbrado a que hablen de mi esposa con semejante libertad -dijo secamente el señor Shelby.

– Perdón, perdón, sólo bromeaba -dijo Haley, con una risa forzada.

– Algunas bromas son menos agradables que otras -replicó Shelby.

«Se siente condenadamente libre, ahora que he firmado aquellos papeles, ¡maldita sea su estampa!», murmuró Haley para sí, «se ha crecido mucho desde ayer».

La caída de un primer ministro en la corte nunca provocó ondas de reacción más grandes que la noticia de la suerte de Tom entre sus iguales de la finca. Era el tema de conversación que estaba en boca de todos, y no se hacía nada en la casa o en el campo sino discutir el probable resultado. La huida de Eliza -un hecho sin precedentes en el lugar también contribuía a estimular la excitación general.

El negro Sam, como se le solía llamar por ser unos tres tonos más negro que ningún otro hijo de ébano del lugar, daba vueltas al asunto en todas sus fases y desde todos los puntos de vista, con un alcance de visión y un esmero por cuidar de su propio bienestar dignos del mejor patriota blanco de Washington.

«No hay mal que por bien no venga, ésa es la verdad», sentenció Sam, subiéndose más los pantalones y colocando hábilmente un largo clavo en lugar del botón que faltaba en sus tirantes, operación de genialidad mecánica que pareció encantarle. «Sí, sí, no hay mal que por bien no venga», repitió. «Bien, si Tom ha caído, queda sitio para que suba otro negro, y ¿por qué no este negro? Esa es la idea. Tom va cabalgando por el país con las botas limpias y un pase en el bolsillo, tan elegante como Cuffee [6], pero ¿quién es? Ahora, ¿por qué no puede hacerlo Sam? Eso es lo que yo quisiera saber.»

– ¡Sam, eh, Sam! El amo quiere que prepares a Bill y Jerry -dijo Andy, interrumpiendo el soliloquio de Sam.

– ¿Eh? ¿Qué pasa ahora, hijo?

– Pues supongo que no estás enterado de que Lizy se ha largado con su hijo.

– ¡Cuéntaselo a tu abuela! -dijo Sam con un desprecio infinito-; si lo sabía yo bastante antes que tú; este negro no se chupa el dedo, ¿qué te crees?

– De todas formas, el amo quiere que aparejes a Bill y Jerry, y que tú y yo vayamos con el señor Haley a buscarla.

– ¡Bien, así se hacen las cosas! -dijo Sam-. Hay que acudir a Sam para estos menesteres. Él es el negro apropiado. A que la cojo yo; ¡ya verá el amo de lo que es capaz Sam!

– Pero, Sam, más vale que te lo vuelvas a pensar, porque el ama no quiere que la cojan, y te despellejará.

– ¡Caramba! -dijo Sam, abriendo mucho los ojos-. ¿Cómo lo sabes?

– Se lo he oído decir esta bendita mañana al llevarle al amo el agua para afeitarse. Me ha mandado ir a ver por qué no había ido Lizy a vestirla, y cuando le he dicho que se había marchado, se ha levantado y ha dicho simplemente: «Dios sea alabado»; y el amo parecía estar furioso de verdad y le ha dicho: «Esposa, hablas como una loca.» ¡Pero, señor, señor, ella le convencerá! Sé bien lo que pasará. Siempre es mejor estar de parte de la señora, te lo digo con conocimiento.

Al oír esto, el negro Sam se rascó el cuero cabelludo que, si no contenía gran sabiduría, sí contenía gran cantidad de una cualidad muy apreciada por los políticos de todas las inclinaciones, llamada vulgarmente «saber lo que a uno le conviene», por lo que se detuvo a pensar muy serio y volvió a tirar de sus pantalones, que era el método habitualmente adoptado por él para aclarar sus dudas mentales.

– Nunca se puede saber nada seguro sobre ninguna cosa de este mundo -dijo por fin.

Sam habló como un filósofo, enfatizando este como si hubiera tenido gran experiencia en diferentes tipos de mundos, por lo que sacaba sus conclusiones con conocimiento de causa.

– Yo habría estado seguro de que el ama hubiera movido cielo y tierra para encontrar a Lizy-añadió, pensativo, Sam.

– Así es dijo Andy-; pero, ¿es que no ves tres en un burro, negro negrísimo? El ama no quiere que el señor Haley se lleve al hijo de Lizy, eso es lo que pasa.

– ¡Vaya! -dijo Sam, con una entonación inenarrable, conocida sólo por los que la han oído utilizar entre los negros.

– Y te diré más -dijo Andy-; creo que debes darte prisa en aparejar esos caballos, pero mucha prisa, porque he oído al ama preguntar por ti, así que ya has perdido bastante tiempo.

Al oír esto, Sam empezó a moverse con gran ahínco, y apareció al poco rato, dirigiéndose gloriosamente hacia la casa como un tomado, con Bill y Jerry al galope; luego, saltando hábilmente a tierra antes de que ellos tuvieran intención de detenerse, los hizo parar en el apeadero. El caballo de Haley, que era un potro espantadizo, reculaba y brincaba y tiraba fuertemente del cabestro.

– ¡So, so! dijo Sam-, conque asustado, ¿eh? -y se iluminó su negro rostro con un extraño brillo travieso-. ¡Ya te arreglaré yo! -dijo.

Había un gran haya dando sombra al lugar y muchos pequeños hayucos afilados y triangulares yacían dispersos por el suelo. Con uno de ellos entre los dedos, se acercó Sam al potro y le dio palmadas y golpecitos, aparentemente empeñado en calmar su excitación. Fingiendo ajustar la silla, deslizó debajo hábilmente el hayuco puntiagudo, de tal manera que el menor peso sobre ella molestaría la sensibilidad nerviosa del animal sin dejar ningún roce ni herida perceptible.

– ¡Ya está! -dijo, girando los ojos con una sonrisa de aprobación-; ¡ya lo he arreglado!

En este momento, apareció la señora Shelby en el balcón, haciéndole un gesto de que se acercara. Sam se aproximó, tan empeñado en medrar como cualquier aspirante a un puesto vacante en Washington.

– ¿Por qué holgazaneas de esa manera, Sam? He mandado a Andy a decirte que te dieras prisa.

– ¡El Señor la bendiga, señora! -dijo Sam-, los caballos no se dejan coger en un minuto; ¡se habían alejado hasta la dehesa sur y Dios sabe adónde!

– Sam, ¿cuántas veces te he de decir que no digas «El Señor la bendiga» y «Dios sabe» y esas cosas? Es perverso.

– ¡Ay, el Señor tenga piedad de mi alma, se me ha olvidado! No diré nada parecido en adelante.

– Pero, Sam, si acabas de hacerlo de nuevo.

– ¿Sí? ¡Ay, Señor! Quiero decir… no he querido decirlo.

– Debes tener cuidado, Sam.

– Espere usted que recupere el aliento, señora, y lo haré bien. Tendré mucho cuidado.

– Bien, Sam, has de ir con el señor Haley, para mostrarle el camino y ayudarle. Cuida de los caballos, Sam; sabes que Jerry cojeaba un poquito la semana pasada; no dejes que vayan demasiado deprisa.

La señora Shelby dijo las últimas palabras con voz queda y gran énfasis.

– ¡Puede confiar en este chico! -dijo Sam, girando los ojos con un gesto cargado de intención-. ¡El Señor lo sabe! ¡Vaya! ¡No he dicho eso! -dijo boqueando de repente con un ridículo ademán de aprensión que hizo reír a su ama a su pesar-. Sí, señora, cuidaré de los caballos.

– Ahora, Andy -dijo Sam, volviendo a su puesto bajo los hayas-, no me sorprendería nada que el animal de este caballero se encabrite luego, cuando lo monte. Sabes, Andy, los animales hacen estas cosas y Sam dio un codazo a Andy en un costado con un gesto lleno de intención.

– ¡Vaya! -dijo Andy, con aspecto de haberle comprendido en el acto.

– Sí, verás, Andy, el ama quiere ganar tiempo -eso está claro para cualquier observador. Yo sólo gano un poco por ella. Ahora, pues, suelta a todos aquellos caballos y déjalos corretear a sus anchas alrededor de éstos y hasta el bosque, y creo que el señor no se marchará demasiado deprisa.

Andy sonrió de oreja a oreja.

– Verás -dijo Sam-, verás, Andy, si algo ocurriera como que el caballo del señor Haley empezase a actuar de forma extraña y dar guerra, tú y yo simplemente soltamos los nuestros para ayudarle, ¡y le ayudaremos, ya lo creo que sí! -y Sam y Andy echaron hacia atrás las cabezas y soltaron una carcajada grave y descomedida, chasqueando los dedos y dando saltitos encantadísimos.

En este momento, apareció Haley en el porche. Algo apaciguado por unas tazas de excelente café, salió sonriendo y charlando, con el humor bastante recuperado. Sam y Andy, levantando unas maltrechas hojas de palmera que solían llevar a guisa de sombreros, se fueron corriendo al apeadero para estar a punto para «ayudar al señor».

La hoja de palmera de Sam se había desembarazado de cualquier intento de parecer entretejida en la zona del ala; y las mechas, separadas y tiesas, le conferían una flamante apariencia de libertad y rebeldía, digna de la de cualquier jefe fiyiano; mientras que, al haberse desprendido el ala entera de la de Andy, éste se encasquetó la copa con un golpe experto y un aire de satisfacción como diciendo: «¿Quién dice que yo no tengo sombrero?»

– Bien, muchachos -dijo Haley-, espabilaos, que no hay tiempo que perder.

– Claro que no, señor -dijo Sam, acercándole a Haley las riendas mientras le sujetaba el estribo, a la vez que Andy desataba los otros dos caballos.

En el mismo instante en que. Haley tocó la silla, el brioso animal dejó el suelo con un brinco repentino que dejó tendido al amo, a unos pies de distancia, sobre el césped blando y seco. Sam, exclamando frenéticamente, se lanzó a cogerle las riendas, pero sólo consiguió que el susodicho sombrero flamante rozara los ojos del caballo, cosa que no ayudó a aplacarle los nervios. Así que derribó a Sam con gran vehemencia y, soltando un par de resoplidos, movió los pies en el aire y se alejó haciendo cabriolas al otro extremo del césped, seguido por Bill y Jerry, que Andy no había olvidado soltar, según lo acordado, sino que los espantaba con varias exclamaciones tremendas. Siguió una escena de confusión miscelánea. Sam y Andy corrían y voceaban, los perros ladraban aquí y allá, y Mike, Mose, Mandy, Fanny y todos los especímenes menores del lugar, tanto masculinos como femeninos, correteaban, batían palmas, vitoreaban y chillaban con terrible oficiosidad e inagotable energía.

El caballo de Haley, que era blanco y muy rápido y animoso, pareció adoptar el espíritu de la ocasión con gran entusiasmo, y, disponiendo para la cacería de un césped de casi media milla de extensión, rodeado por todas partes de tupido bosque, parecía deleitarse sobremanera permitiendo que sus perseguidores se acercasen y, cuando estaban a punto de cogerlo, se alejaba con un salto y un relincho para adentrarse en algún recoveco del bosque. Nada había más lejos de la intención de Sam que dejar prender a alguno de la recua hasta que a él le pareciese el momento idóneo, y los esfuerzos que hacía eran, sin duda, heroicos. Como la espada de Ricardo Corazón de León, que siempre resplandecía en la línea de combate más reñida, la hoja de palmera de Sam se veía en todos los sitios donde menos posibilidad había de coger un caballo; allí se lanzaba a toda velocidad gritando: «Ahora sí; ¡lo he cogido, lo he cogido!», de tal manera que producía un alboroto indiscriminado en el acto.

Haley corría arriba y abajo, porfiando y blasfemando y pateando a la vez. El señor Shelby intentaba en vano gritar instrucciones desde el porche, y la señora Shelby se reía y se admiraba alternativamente desde su balcón, con alguna sospecha en tomo a la causa de tanta confusión.

Por fin, alrededor de las doce, apareció triunfante Sam montando a Jeny, con el caballo de Haley a su lado, bañado en sudor pero con los ojos llameantes y los belfos dilatados, en señal de que no se había aplacado del todo su espíritu de libertad.

– ¡Está cogido! -exclamó triunfante-. De no ser por mí, todos hubieran reventado; ¡pero yo lo he cogido!

– ¡Tú! -rezongó Haley, de un humor de perros-. De no ser por ti, esto no hubiera ocurrido.

– ¡Que el Señor nos ampare, señor! -dijo Sam, con voz de gran preocupación-, ¡si no he parado de corretear y acosar hasta que estoy hecho un mar de sudor!

– ¡Vaya, vaya! -dijo Haley-, me has hecho perder casi tres horas con tus tonterías. Vámonos ya, sin más pérdida de tiempo.

– Pero, señor-dijo Sam con tono suplicante-, creo que pretende matarnos a todos, caballos incluidos. Aquí estamos a punto de desfallecer, y todos los animales bañados en sudor. No pensará el señor salir hasta después de comer. El caballo del señor necesita un cepillado, mire cómo se ha manchado, y Jerry está cojo; no creo que la señora permita que salgamos de esta manera, de ningún modo. ¡Que el Señor le bendiga, señor! Podremos alcanzarla aunque paremos. Lizy nunca ha sido gran cosa caminando.

La señora Shelby, que había oído esta conversación desde el porche con gran diversión, decidió aportar su grano de arena. Se aproximó y, expresando cortésmente su preocupación por el accidente de Haley, le instó a que se quedara a comer, diciendo que la cocinera serviría la comida inmediatamente.

Así, después de sopesarlo todo y un poco a regañadientes, Haley se dirigió al salón, mientras Sam, girando los ojos con un significado inefable, se dirigió gravemente a los establos con los caballos.

– ¿Lo has visto, Andy? ¿Lo has visto? -preguntó Sam, una vez que estuvieron más allá de la protección del granero y hubo atado el caballo a un poste-. Oh, Señor, si era tan bueno como una reunión verlo bailando y pateando e insultándonos. ¡Cómo lo he oído! Tú porfía, viejo (decía yo para mí); ¿quieres tener tu caballo ahora, o esperarás hasta cogerlo? (decía yo). Dios, Andy, creo verlo todavía -y Sam y Andy se apoyaron en el granero y se rieron hasta hartarse.

– Tendrías que haberle visto la cara furiosa, cuando le he traído el caballo. Oh, Señor, me hubiera matado, si se hubiera atrevido; y ahí estaba yo, tan inocente y humilde.

– Señor, si te he visto -dijo Andy- eres todo un caso, ¿verdad, Sam?

– Creo que lo soy -dijo Sam-. ¿Has visto al ama arriba en la ventana? La he visto reírse.

– Pues yo corría tanto que no he visto nada -dijo Andy.

– Bueno, verás -dijo Sam, empezando a lavar el caballo de Haley con gran seriedad-, yo he adquirido lo que se podría llamar el hábito de la oservación, Andy. Es un hábito muy importante; y te recomiendo que lo cultives, ahora que eres joven. Levántame esa pata trasera, Andy. Verás, Andy, la oservación es importantísima para los negros. ¿No me he dado cuenta de lo que pasaba esta mañana? ¿No me he dado cuenta de lo que quería el ama, aunque ella no lo dejó entrever? Eso es oservación, Andy. Creo que se puede llamar un don. Los dones son diferentes en las diferentes personas, pero cultivarlos ayuda mucho.

– Creo que si yo no te hubiese ayudado en tu oservación esta mañana, no lo hubieras visto tan claro -dijo Andy.

– Andy -dijo Sam-, eres un muchacho prometedor, no hay duda. Tengo una gran opinión de ti, Andy; y no me da ninguna vergüenza cogerte las ideas. No debemos menospreciar a nadie, Andy, porque hasta el más listo tropieza a veces. Así que vamos a la casa ahora, Andy. Estoy seguro de que el ama nos dará algo especialmente bueno de comer esta vez.

CAPÍTULO VII

LA LUCHA DE LA MADRE

Es imposible concebir a un ser humano más desconsolado y triste que Eliza mientras se alejaba de la cabaña del tío Tom.

Los sufrimientos y apuros de su marido y el peligro de su hijo se mezclaron en su mente con un sentido confuso y aturdido del riesgo que corría ella al dejar el único hogar que había conocido y separarse de la protección de una amiga a quien quería y reverenciaba. Además, se separaba de todos los objetos conocidos, del lugar donde había crecido, los árboles bajo los cuales había jugado, las arboledas donde había paseado muchas tardes en tiempos más felices, al lado de su joven marido; todo lo que yacía allí bajo la escarchada luz de las estrellas parecía reprocharle y preguntarle adónde iba a huir de un hogar como aquél.

Pero más fuerte que todo lo demás era el amor maternal, elevado a un paroxismo de frenesí por la proximidad de un peligro terrible. Su hijo tenía bastante edad para caminar a su lado, y, en otras circunstancias, lo hubiera llevado de la mano; pero ahora sólo pensar en soltarlo de sus brazos le hacía estremecer y lo apretaba convulsivamente contra su pecho al avanzar rápidamente.

El suelo escarchado crujía bajo sus pies y el sonido le hacía temblar; el revoloteo de cada hoja y la agitación de cada sombra entorpecía el flujo de su sangre y le hacía apretar el paso. Le sorprendía la fortaleza que parecía emanar de dentro de ella, pues sentía el peso del muchacho como si fuera una pluma, y cada aleteo de miedo parecía aumentar su fuerza sobrenatural, a la vez que se escapaban de sus labios frecuentes oraciones dirigidas al Amigo del Cielo: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor, sálvame!»

Si fuera tu Harry, lector, o tu Willie, que un tratante brutal iba a arrancar de tus brazos mañana por la mañana; si tú hubieses visto al hombre y te hubiesen dicho que los papeles estaban firmados, y que tenías sólo desde las doce de la noche hasta la mañana para escaparte, ¿a qué velocidad serías capaz de caminar? ¿Cuántas millas podrías andar en esas pocas horas, con tu hijito junto al pecho, su cabecita somnolienta apoyada en tu hombro, los bracitos confiados rodeándote el cuello?

Porque el niño dormía. Al principio, la novedad y el susto lo mantuvieron despierto; pero su madre reprimía enseguida cada susurro y cada sonido, asegurándole que sólo si no se movía podría salvarlo, de modo que se quedó callado cogido de su cuello; sólo le preguntó, al notar que le vencía el sueño:

– Mamá, no hace falta que esté despierto, ¿verdad?

– No, cariño; duerme si quieres.

– Pero, mamá, si me duermo, ¿no dejarás que me cojan?

– ¡No, que Dios me ayude! dijo su madre, con el rostro más pálido y un brillo más fuerte en sus grandes ojos negros.

– Estás segura, ¿verdad, mamá?

– ¡Sí, segura! -dijo la madre, con una voz que la asustó a ella misma, pues parecía proceder de un espíritu interior; y el niño dejó caer la cabecita cansada sobre su hombro y pronto se quedó dormido. ¡Qué fuego y qué ánimo infundieron a sus movimientos el tacto de aquellos cálidos brazos y el suave aliento contra su cuello! Tenía la impresión de que la fuerza le llegaba en chorros eléctricos desde cada movimiento del niño dormido y confiado. El dominio de la mente sobre el cuerpo es sublime, capaz de hacer inexpugnables la carne y los nervios y de templar con acero los tendones para convertir en poderosos a los débiles.

Pasó vertiginosamente los confines de la granja, del huerto y del bosque; y siguió adelante, dejando un objeto familiar tras otro, sin aflojar el paso, sin detenerse, hasta que el rojo amanecer la encontró en carretera abierta, a muchas millas de cualquier huella de estos objetos conocidos.

Había ido con su ama a visitar a algunos parientes de ésta a la pequeña aldea de T., cerca del río Ohio, por lo que conocía bien la carretera. La primera parte precipitada de su plan de huida era ir allí, cruzando el río Ohio; después, sólo le restaba confiar en el Señor.

Cuando empezaron a circular por la carretera caballos y vehículos, se dio cuenta, con esa percepción aguda propia de un estado de excitación y que parece ser una especie de inspiración, de que su paso acelerado y su aspecto perturbado podían despertar sospechas y suscitar comentarios. Por lo tanto, dejó al muchacho en el suelo y, ajustándose el vestido y el sombrero, siguió caminando a una velocidad que le pareció correcta para salvar las apariencias. Había puesto en el pequeño atado pasteles y manzanas, que utilizó como recursos para acelerar el paso del niño, haciendo rodar las manzanas unas yardas delante de ellos para que el muchacho fuera corriendo con todas sus fuerzas para alcanzarlas; esta treta, repetida muchas veces, les hizo adelantar muchas millas.

Después de algún tiempo, llegaron a un espeso bosque atravesado por el murmullo de un límpido arroyo. Ya que el niño se quejaba de tener hambre y sed, cruzó con él la valla y, sentándose tras una gran roca que les ocultaba de la carretera, le sacó el desayuno de su pequeño paquete. El niño se sorprendió y lamentó de que no comiera ella; pero cuando, abrazándola, intentó introducir en su boca un trozo de su pastel, ella creyó que la garganta se le cerraba y que la iba a asfixiar.

– ¡No, no, Harry, mi amor; la mamá no podrá comer hasta que tú estés a salvo! Debemos caminar más y más hasta llegar al río -y se apresuró a salir a la carretera y una vez más se reprimió para caminar a un paso regular y sosegado.

Estaba a muchas millas de cualquier lugar donde la conocieran personalmente. Si por casualidad se encontrase con algún conocido, pensaba que la bondad de la familia conocida por todos acallaría cualquier sospecha, puesto que nadie supondría que ella era una fugitiva. Como además era lo bastante blanca como para que no se supiera, sin examinarla detenidamente, que era negra, y su hijo también era claro, era más fácil que pasaran desapercibidos.

Con este presupuesto, se paró al mediodía en una bonita granja para descansar y comprar algo de comida para el niño y ella, porque, al disminuir el peligro, se aminoró la tremenda tensión de su sistema nervioso y se dio cuenta de que estaba cansada y hambrienta.

La buena mujer de la casa, amable y charlatana, estaba más bien contenta de tener a alguien con quien hablar, y aceptó sin cuestionar la declaración de Eliza de que «iba un poco más allá, para pasar una semana con unos amigos», cosa que, en el fondo de su corazón, esperaba que resultara ser la pura verdad.

Una hora antes de la puesta del sol, entró en la aldea de T., junto al río Ohio, cansada y con dolor de pies pero aún animada. Primero miró el río, que, como el río Jordán, se interponía entre ella y el Canaán de libertad del otro lado.

Era el principio de la primavera y el río estaba crecido y turbulento; grandes moles de hielo flotaban de un lado a otro en las aguas turbias. A causa de la forma peculiar de la orilla de la parte de Kentucky, donde la tierra forma un gran recodo, había grandes cantidades de hielo acumuladas, y el estrecho canal que rodeaba este recodo se hallaba lleno de placas de hielo amontonadas unas encima de otras, haciendo de barrera temporal para el hielo que flotaba río abajo, que se apilaba creando una gran masa flotante que llenaba todo el río y llegaba casi a la orilla de Kentucky.

Eliza se quedó quieta un momento mirando este aspecto poco favorable de las cosas. Se dio cuenta enseguida de que esa situación debía de impedir que cruzara el transbordador habitual, y se dirigió a una pequeña posada que había en la orilla para hacer averiguaciones.

La posadera, ocupada en diferentes operaciones de freír y estofar encima del fuego, en preparación de la cena, se quedó tenedor en mano cuando la dulce voz lastimera de Eliza la detuvo.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– ¿No hay un transbordador o una barca que lleve a la gente a B.? -preguntó.

– Pues, no -dijo la mujer-; las barcas han dejado de funcionar.

La cara de decepción y consternación de Eliza le llamó la atención y preguntó, solícita:

– ¿Es que quiere usted pasar? ¿Hay alguien enfermo? Parece usted preocupada.

– Tengo un hilo gravemente enfermo -dijo Eliza--. No me enteré hasta anoche y he andado mucho hoy, con la esperanza de coger el transbordador.

– ¡Vaya, qué mala suerte! -dijo la mujer, cuya compasión maternal se había despertado-; la compadezco de veras. ¡Solomon! -gritó desde la ventana en dirección a un pequeño cobertizo en la parte de atrás. En la puerta apareció un hombre con delantal de cuero y las manos muy sucias.

– Oye, Sol -dijo- ¿aquel hombre va a cruzar los barriles esta noche?

– Dijo que lo intentaría, si la prudencia lo permitía -dijo el hombre.

– Hay un hombre que vive cerca de aquí que va a cruzar esta noche con un carretón, si se atreve; vendrá a cenar esta noche, así que siéntese a esperar. Qué niño más mono -añadió la mujer, ofreciéndole un pastel a éste.

Pero el niño, agotado del todo, lloraba de cansancio.

– ¡Pobre criatura! No está acostumbrado a caminar, y le he metido mucha prisa -dijo Eliza.

– Llévelo a este cuarto -dijo la mujer, abriendo un pequeño dormitorio donde se veía una cómoda cama. Eliza tendió al muchacho cansado en ella y le cogió la mano hasta que se quedó dormido del todo. Ella no había de descansar. Como fuego en los huesos, la idea de su perseguidor le infundía prisas por seguir adelante, y miró con ojos anhelantes las aguas turbulentas que se extendían entre ella y la libertad.

En este punto debemos despedimos de ella de momento para seguir los pasos de sus perseguidores.

Aunque la señora Shelby había prometido que la comida iría enseguida a la mesa, pronto se vio, como muchas veces se ha visto, que el hombre propone y Dios dispone. Así que, aunque la orden fue dada en presencia de Haley y transmitida a la tía Chloe por lo menos por media docena de mensajeros juveniles, esta dignataria sólo respondió con algunos resoplidos muy serios y una sacudida de cabeza y se puso a realizar cada operación de una forma inusitadamente pausada y minuciosa.

Por algún motivo extraño, los sirvientes parecían compartir la impresión general de que al ama no le molestaría mucho alguna tardanza; y fue asombroso el número de accidentes que ocurría uno tras otro para retrasar la marcha de las cosas. Una criatura desgraciada logró derramar la salsa, por lo que hubo de prepararla de novo [7], con todo esmero y cuidado, con la tía Chloe vigilándola y removiéndola con tenaz precisión, respondiendo, cada vez que le metían prisa, que «ella no iba a servir una salsa a medio ligar en la mesa a instancias de nadie». Alguien se cayó al llevar el agua, y tuvo que volver a la fuente a por más; otro, en medio del caos, dejó caer la mantequilla; y de vez en cuando llegaban a la cocina, entre risitas, noticias de que «el señor Haley estaba muy inquieto; que no sabía estarse sentado en la silla, sino que paseaba a zancadas hasta las ventanas y por el porche».

– ¡Se lo tiene merecido! -dijo, indignada, la tía Chloe-. Estará peor que inquieto un día de éstos, si no se enmienda. Lo mandará llamar su Amo, y veremos cómo queda.

– ¡Irá al infierno, seguro! -dijo el pequeño Jake.

– ¡Se lo merece! -dijo la tía Chloe, ceñuda-; ha destrozado muchísimos corazones, os lo aseguro -dijo, deteniéndose con un cuchillo en la mano-; es como lo que leyó el señorito George en el Libro de la Revelaciones: las almas llamando y llamando desde debajo del altar, pidiendo venganza al Señor para semejante gente, y tarde o temprano el Señor va a oírlas, ¡ya lo creo!

A la tía Chloe la admiraban mucho en la cocina y la escucharon con la boca abierta; ahora que la cena estaba servida, todos estaban libres para charlar con ella y oír sus comentarios.

– Esa gente arderá para siempre, seguro, ¿verdad? -dijo Andy.

– Y yo me alegraré de verlo, ya lo creo -dijo el pequeño Jake.

– ¡Niños! -dijo una voz que les sobresaltó. Era el tío Tom, que había entrado y se había quedado en la puerta escuchando la conversación.

– ¡Niños! -dijo-, me temo que no sabéis lo que decís. Para siempre son palabras terribles, niños; es tremendo pensar en ello. No deberíais desearlo a ningún ser humano.

– No se lo desearíamos a nadie más que a los tratantes de almas -dijo Andy-; nadie puede menos que deseárselo a ellos, son tan malvados.

– ¿No los denuncia la misma naturaleza? -dijo la tía Chloe-. ¿No arrancan a los bebés del pecho de sus madres para venderlos? Y a los pequeños que lloran y se agarran a la ropa de sus madres, ¿no los apartan de ellas para venderlos? ¿No separan a maridos y mujeres -dijo la tía Chloe, echándose a llorar- cuando significa quitarles la vida? Y mientras tanto, ellos beben y fuman y no se exaltan por nada. Señor, si no se los lleva el diablo, ¿para qué sirve éste? -y la tía Chloe se tapó la cara con el delantal de cuadros y se puso a sollozar en serio.

– Reza por aquellos que te tratan mal, dice el buen libro -dijo Tom.

– ¡Rezar por ellos! -dijo la tía Chloe-; ¡Señor, es demasiado dificil! Yo no puedo rezar por ellos.

– Es la naturaleza, Chloe, y la naturaleza es fuerte -dijo Tom-, pero la gracia del Señor es más fuerte; además, deberías pensar en el estado del alma de una pobre criatura capaz de hacer esas cosas, deberías dar gracias al Señor porque tú no eres como él, Chloe. Yo sé que preferiría que me vendieran diez mil veces a tener que rendir cuentas por lo mismo que esa pobre criatura.

– Yo también lo preferiría -dijo Jake-. Señor, ¿no lo preferimos, Andy?

Andy se encogió de hombros y silbó en conformidad.

– Me alegro de que no se haya marchado el amo esta mañana, como tenía pensado -dijo Tom-; eso me dolió más que el venderme, ya lo creo. Puede que fuera lo natural para él, pero a mí me hubiera resultado durísimo, que lo conozco desde que era un niño; pero he visto al amo y empiezo a reconciliarme con la voluntad de Dios. El amo no pudo remediarlo; hizo bien, pero tengo miedo de que las cosas se echen a perder cuando yo no esté. No se puede esperar que el amo ande husmeando por todas partes, como yo hago, para tenerlo todo bajo control. Los muchachos tienen muy buenas intenciones, pero son muy descuidados. Eso me preocupa.

En esto sonó la campana llamando a Tom al salón.

– Tom -dijo amablemente el amo-, quiero que sepas que a este señor le doy un pagaré por mil libras por si no estás cuando te reclame; hoy va a ocuparse de otros asuntos, así que puedes cogerte el día libre. Ve a donde quieras, muchacho.

– Gracias, amo -dijo Tom.

– Y cuidado -dijo el comerciante- que no engañes a tu amo con ninguno de tus trucos de negro, pues yo le cobraré cada centavo, si no estás allí. Si él me hiciera caso, no se fiaría de ninguno de vosotros; sois escurridizos como anguilas.

Amo -dijo Tom, muy erguido-, yo tenía apenas ocho años cuando la vieja ama lo puso a usted en mis brazos, y usted no tenía ni uno. «Toma, Tom» me dijo, «éste va a ser tu joven amo; cuídalo bien», dijo. Y ahora yo le pregunto, amo, ¿he faltado a mi palabra o le he llevado la contraria alguna vez, sobre todo desde que soy cristiano?

El señor Shelby se emocionó y se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Mi buen muchacho -dijo-, bien sabe el Señor que dices la pura verdad; y si yo pudiera remediarlo, nadie en el mundo te compraría.

– Y tan seguro como que soy cristiana -dijo la señora Shelby-, te recuperaremos en cuanto consiga reunir el dinero. Señor-dijo a Haley-, fíjese bien a quién lo vende, y comuníquemelo.

– Sí, señor; a lo mejor -dijo el tratante-, de aquí a un año puede que lo traiga de vuelta, no muy estropeado, y se lo vuelva a vender.

– Yo se lo compraré, entonces, y se lo pagaré bien -dijo la señora Shelby.

– Por supuesto -dijo el comerciante-, a mí me da igual, no me importa a quién los venda, siempre que haga un buen negocio. Lo único que quiero es ganarme la vida, ¿sabe, señora? Supongo que eso es lo que queremos todos.

Tanto el señor como la señora Shelby se sintieron molestos por la familiaridad impertinente del comerciante, y, sin embargo, ambos veían la necesidad de frenar sus sentimientos. Cuanto más mezquino e insensible parecía, más miedo tenía la señora Shelby de que consiguiera atrapar a Eliza y su hijo y, por supuesto, más motivos encontraba para detenerle con todas las tretas femeninas. Por lo tanto, sonrió, asintió, charló amistosamente e hizo todo lo que pudo por hacer correr imperceptiblemente el tiempo.

A las dos, Andy y Sam acercaron los caballos al apeadero, aparentemente muy reanimados y fortalecidos por los correteos de la mañana.

A Sam le había reavivado la comida, y estaba lleno de fervorosa oficiosidad. Al acercarse Haley, presumía ante Andy, con un estilo floreciente, del éxito evidente y notable de la operación, ahora que él «se empeñaba de verdad».

– ¿Supongo que vuestro amo no tendrá perros? -preguntó pensativo Haley al ir a montar.

– Montones -dijo Sam, triunfante-; está Bruno: ¡es estupendo! Y, además, casi todos los negros tenemos un cachorro de alguna clase.

– ¡Bah! -dijo Haley, y dijo algo más también, refiriéndose a los perros, que hizo murmurar a Sam:

– No veo el sentido de maldecirlos, de cualquier forma.

– ¿Pero vuestro amo no tiene perros (ya me supongo que no) para cazar a los negros?

Sam sabía perfectamente a lo que se refería, pero mantuvo desesperadamente una apariencia de simpleza grave.

– Nuestros perros tienen todos muy buen olfato. Creo que son buenos, aunque no hayan tenido práctica. Sin embargo, son buenos perros para casi todo, una vez que los pones. Ven, Bruno -llamó en un susurro al pesado perro de Terranova, que se abalanzó tumultuosamente en dirección a ellos.

– ¡Que te ahorquen! -dijo Haley, levantándose-. Vamos, ponte en marcha.

Sam se puso en marcha en el acto, ingeniándoselas para hacerle cosquillas a Andy al mismo tiempo, lo que provocó que Andy rompiese a reír, con gran indignación de Haley, que le golpeó con la fusta.

– Me asombras, Andy -dijo Sam, con formidable gravedad-. Éste es un asunto serio, Andy. No debes tomarlo a broma. Así no ayudarás al amo.

– Tomaré el camino del río -dijo Haley con decisión, cuando llegaron a los confines de la hacienda-. Conozco las costumbres de éstos: siguen las pistas de la ruta clandestina [8].

– Desde luego -dijo Sam-, así es. El señor Haley ha dado en el clavo. Bien, hay dos caminos para ir al río, la carretera de tierra y la cañada, ¿cuál va a tomar el señor?

Andy miró inocente a Sam, sorprendido por este nuevo dato geográfico, pero confirmó inmediatamente lo que dijo, repitiéndolo con vehemencia.

– Porque -dijo Sam-, yo me inclino a creer que Lizy iría por el camino de tierra, ya que va menos gente por él.

Haley, aunque era un pájaro viejo y desconfiaba por naturaleza de la broza, estaba bastante impresionado con esta visión del asunto.

– Si no fuerais tan embusteros los dos… -dijo, al deliberar contemplativo durante un momento.

El tono pensativo y reflexivo con el que pronunció estas palabras le hizo tanta gracia a Andy que se rezagó un poquito y temblaba de tal manera que parecía correr un gran riesgo de caerse del caballo, mientras que el rostro de Sam había adoptado una expresión de lastimosa gravedad de lo más inconmovible.

– Por supuesto -dijo Sam-, el amo puede hacer lo que prefiera; puede tomar el camino recto, si le parece mejor; a nosotros nos da lo mismo. La verdad es que, si lo pienso, creo que el camino recto es el mejor, sin duda.

– Es lógico que cogiera un camino poco transitado -dijo Haley, pensando en voz alta y haciendo caso omiso del comentarlo de Sam.

– No hay forma de saberlo -dijo Sam-; las chicas son raras; nunca hacen lo que se espera que hagan, sino generalmente todo lo contrario. Las chicas son contradictorias por naturaleza, de modo que si uno piensa que han ido por un camino, hay que ir por el otro y seguro que las encuentras. Ahora, personalmente creo que Lizy habrá ido por la carretera, así que deberemos ir por el camino recto.

Esta profunda visión genérica del sexo femenino no pareció predisponer a Haley a optar por el camino recto; y declaró tajantemente que tomaría el otro, preguntándole a Sam cuándo llegarían allí.

– Está un poco más adelante -dijo Sam, guiñando el ojo que estaba en el lado de su cabeza donde se hallaba Andy; y añadió muy serio--, pero he estudiado el asunto y estoy seguro de que no deberíamos ir por ahí. Nunca lo he recorrido. Es muy solitario y podríamos perdemos; Dios sabe dónde acabaríamos.

– No obstante -dijo Haley-, iré por ahí.

Ahora que lo pienso, creo que he oído decir que ese camino está todo vallado a la altura del arroyo, ¿no es así, Andy?

Andy no estaba seguro; sólo «había oído hablan» de ese camino, pero nunca lo había pisado. En resumen, su respuesta fue estrictamente evasiva.

Haley, acostumbrado a sopesar las probabilidades entre mentiras de mayor o menor magnitud, creyó que el balance caía a favor de la carretera de tierra ya nombrada. Le pareció percibir que Sam lo había mencionado involuntariamente en primer lugar, y achacó los intentos desesperados de éste de disuadirle de usarla a que había recapacitado posteriormente por no querer comprometer a Liza.

Entonces, cuando Sam señaló el camino, Haley se precipitó por él, seguido de Sam y Andy.

De hecho, era una vieja carretera, antiguamente el camino principal al río, aunque abandonada hacía muchos años tras el trazado de la nueva carretera. Quedaba abierta durante una hora de cabalgadura, más o menos, y después quedaba cortada por varias granjas y vallas. Sam conocía perfectamente este hecho, a decir verdad, llevaba tanto tiempo cerrada la carretera que Andy ni siquiera había oído hablar de ella. Por lo tanto iba montando con un aire de sumisión concienzuda, simplemente murmurando y quejándose de vez en cuando de que «era muy accidentado, y hacía daño a la pata de Jerry».

– Os advierto -dijo Haley-, que os conozco; no me haréis desviarme de este camino con ninguna de vuestras tretas, ¡así que callaos!

– El amo va por donde quiere -dijo Sam, con pesarosa sumisión, guiñándole prodigiosamente el ojo al mismo tiempo a Andy, cuyo goce estaba ya a punto de estallar.

Sam estaba de excelente humor; fingía buscar con gran diligencia, y tan pronto exclamaba que veía «un sombrero de mujer» en lo alto de alguna loma lejana, como gritaba a Andy «allí abajo está Lizy en la hondonada», cuidando de hacer estas exclamaciones siempre cuando se encontraban en un trecho muy rugoso o dificil del camino, donde apresurarse suponía una inconveniencia especial para todos y de esta forma manteniendo a Haley en un estado de conmoción permanente.

Después de cabalgar alrededor de una hora de esta manera, toda la cuadrilla desembocó precipitada y tumultuosamente en el corral de un gran rancho. No se veía ni un alma, pues todos los braceros estaban trabajando en el campo; pero era evidente que habían llegado al final del camino, puesto que el granero se extendía de manera notoria de parte a parte de la carretera.

– ¿No se lo decía yo al amo? -dijo Sam, con aire de inocencia ultrajada-. ¿Cómo va a saber más un caballero forastero del país que un nativo?

– ¡Sinvergüenza! -dijo Haley-; sabías esto todo el tiempo.

– ¿No le he dicho que lo sabía, y no ha querido creerme? Le he dicho al amo que estaba todo vallado y todo cerrado y que no creía que pudiésemos pasar; me ha oído Andy.

Era todo demasiado cierto para disputarlo, y el desgraciado comerciante no tuvo más remedio que aguantarse la ira con el mejor talante posible, y los tres hombres dieron la vuelta y se encaminaron a la carretera principal.

Gracias a las diferentes demoras, hacía unos tres cuartos de hora que Eliza había acostado a su hijo en la taberna de la aldea cuando llegó el grupo al lugar. Eliza se hallaba de pie mirando por la ventana en otra dirección, cuando el ojo rápido de Sam la captó. Haley y Andy estaban unas tres yardas atrás. Ante la crisis, Sam consiguió que el viento se le llevara el sombrero, por lo que soltó en voz alta una interjección característica que la alertó en el acto; se retiró rápidamente; la cuadrilla pasó delante de la ventana y se acercó a la puerta principal.

A Eliza le dio la impresión de que se concentraron mil vidas en ese instante. El cuarto que ocupaba tenía una puerta que daba al río. Cogió a su hijo y se lanzó escaleras abajo hacia la corriente. El comerciante la vio plenamente en el momento en que desaparecía por el barranco; y, saltando del caballo y gritando a Sam y a Andy, se abalanzó tras ella como un perro tras un ciervo. En ese momento vertiginoso, los pies de Eliza apenas parecían tocar el suelo, y en un momento se halló junto al agua. Ellos la seguían de cerca; ella, armada de esa fortaleza que Dios dispensa sólo a los desesperados, con un grito salvaje y un salto descomunal, pasó por encima de la corriente turbulenta para alcanzar la placa de hielo. Fue un salto desesperado, imposible sin padecer locura o desesperanza; Haley, Sam y Andy gritaron instintivamente, alzando las manos, al verlo.

La enorme mole verde de hielo sobre la que cayó arfó y crujió al recibir su peso, pero ella no se detuvo ni un momento. Gritando alocada, con una energía desesperada, saltó a otra placa y a otra; ¡tropezando, brincando, resbalando, levantándose de nuevo! Sus zapatos han desaparecido, las medias ya no están, huellas de sangre marcan cada paso; pero no vio ni sintió nada hasta que, borrosamente, como en un sueño, vio la orilla de Ohio y a un hombre que la ayudaba a subir por el barranco.

– ¡Eres una muchacha valiente, seas quien seas! -dijo el hombre, con un juramento.

Eliza reconoció la voz y el rostro de un granjero que vivía cerca de su antiguo hogar.

– ¡Oh, señor Symmes, sálveme, por favor, sálveme, escóndame! -dijo Eliza.

– ¿Qué ocurre? -dijo el hombre- ¡pero si es la muchacha de Shelby!

– ¡Mi hijo, este niño… lo ha vendido! Ahí está su amo -dijo, señalando la otra orilla-. Oh, señor Symmes, usted tiene un hijito.

– Lo tengo -dijo el hombre, al subirla, ruda aunque amablemente, por el empinado barranco-. Además, eres una muchacha muy valiente. Me gusta el coraje, venga de donde venga.

Cuando llegaron a lo alto del barranco, se detuvo el hombre.

– Estaría encantado de hacer algo para ayudarte -dijo-, pero no tengo a donde llevarte. Lo mejor que puedo hacer es decirte que te dirijas allí -dijo, señalando una gran casa blanca que se alzaba sola, junto a la calle principal de la aldea-. Vete allí; son personas amables. Te ayudarán en cualquier tipo de peligro, son de esa clase de gente.

– ¡Que el Señor le bendiga! -dijo Eliza de corazón.

– ¡No hay de qué, no hay de qué! -dijo el hombre-. Lo que he hecho no tiene importancia.

– Y, señor, ¿no se lo contará a nadie?

– ¡Demonios, muchacha! ¿Quién te crees que soy? Por supuesto que no -dijo el hombre-. Venga ya, márchate como muchacha sensata que eres. Te has ganado la libertad y, por lo que a mí atañe, la tendrás.

La mujer apretó a su hijo contra el pecho y se alejó firme y velozmente. El hombre se quedó mirándola.

«Puede que a Shelby esto no le parezca de buenos vecinos pero, ¿qué iba uno a hacer? Si él coge a alguna de mis muchachas en la misma situación, puede pagarme con la misma moneda. Nunca he podido ver a ninguna criatura esforzándose y jadeando para escapar, con los perros detrás persiguiéndola. Además, no veo motivo por el que deba hacer de cazador de los demás.»

Así habló este pobre kentuckiano medio pagano, al que el no haber recibido instrucción en relaciones constitucionales llevó a actuar de manera casi cristiana, que, si hubiera sido de clase más elevada y mejor enseñado, no se le hubiera permitido.

Haley se quedó viendo asombrado la escena hasta que desapareció Eliza tras el barranco; entonces se volvió hacia Sam y Andy con una mirada interrogativa.

– Esa ha sido una hazaña considerable -dijo Sam.

– ¡Creo que esa muchacha lleva los demonios dentro! -dijo Haley-. ¡Ha saltado como un gato salvaje! -Bueno, pues -dijo Sam, rascándose la cabeza-, espero que el amo nos permita no coger ese camino. Desde luego, yo no me siento lo bastante ágil como para hacer eso, ¡ni hablar! -y Sam soltó una áspera risotada.

– ¡Te ríes tú! -dijo el comerciante gruñendo.

– ¡Que el Señor le bendiga, amo, no podía remediarlo! -dijo Sam, entregándose a la alegría de su alma, largo tiempo reprimida-. Tenía un aspecto tan curioso… saltando y brincando… el hielo rajándose… ¡bum, paf, plas! ¡Qué saltos! ¡Señor, cómo salta! y Sam y Andy se rieron hasta que cayeron las lágrimas por sus mejillas.

– ¡Ya os haré reír yo! -dijo el comerciante, dándoles en la cabeza con la fusta.

Los dos se escabulleron, subieron gritando el barranco y montaron antes de que él pudiera alcanzarlos.

– ¡Buenas noches, amo! -dijo Sam, muy serio-. Estoy seguro de que la señora estará preocupada por Jerry. Al señor Haley ya no le haremos falta. ¡La señora no toleraría que cruzáramos el puente de Lizy esta noche! y dándole jocosamente a Andy en las costillas, emprendió la marcha a toda velocidad, seguido por Andy, oyéndose durante un rato sus carcajadas transportadas por el viento.

CAPÍTULO VIII

LA HUIDA DE ELIZA

Era la hora del crepúsculo cuando Eliza cruzó tan desesperadamente el río. La niebla gris del anochecer, que ascendía lentamente del río, la envolvió en cuanto subió la ribera, haciéndola invisible, y la fuerte corriente y las masas basculantes de hielo formaban una barrera infranqueable entre ella y su perseguidor. Por lo tanto, Haley, disgustado, regresó lentamente a la pequeña taberna para pensar qué tendría que hacer a continuación. La mujer le abrió la puerta de una pequeña sala, adornada con una alfombra de trapos y con una mesa cubierta con un hule negro brillantísimo, diversas sillas de madera de respaldo alto y unas figuras de escayola de colores chillones en la repisa de la chimenea, encima de un débil fuego humeante; aquí se sentó Haley para meditar sobre la inestabilidad de las esperanzas y la felicidad humanas.

«¿Qué he hecho yo», se dijo a sí mismo, «para que me tomen el pelo como si fuera un patán, como lo han hecho?», y Haley se desahogó repitiendo varias veces para sí una letanía de maldiciones que, aunque todo parece dar fe de su veracidad, preferimos, por cuestiones de buen gusto, omitir.

Le sobresaltó la voz fuerte y disonante de un hombre que parecía desmontar en la puerta. Acudió apresurado a la ventana.

«¡Dios mío! Si esto no es ciertamente lo que le da a la gente por llamar Providencia», dijo Haley. «Creo que ése de ahí es Tom Loker.»

Haley salió deprisa. De pie en la barra, en un rincón de la habitación, se encontraba un hombre musculoso y fornido, de seis pies de altura y complexión corpulenta. Vestía un abrigo de piel de búfalo con la lana hacia fuera, lo que le daba una apariencia tosca y fiera, muy en armonía con el aire de su fisonomía. En la cabeza y el rostro, todos los órganos y líneas, que delataban una violencia brutal y tenaz, estaban en un estado de desarrollo muy avanzado. De hecho, si nuestros lectores fueran capaces de imaginar un buldog hecho hombre paseándose con sombrero y abrigo de hombre, no estarían lejos de visualizar el estilo y la estampa general de su fisico. Tenía un compañero de viaje que era, en muchos aspectos, todo lo contrario de él. Era bajo y delgado, ágil y felino de movimientos, con una expresión inquisitiva y fisgona en sus inquietos ojos negros, con los que cada rasgo de su cara parecía afilarse por simpatía; la nariz fina y larga parecía prolongarse como si quisiera penetrar en la naturaleza de todas las cosas; el cabello negro, fino y lacio estaba peinado hacia adelante y todos sus movimientos y gestos expresaban una agudeza seca y precavida. El hombre grande llenó hasta la mitad un gran vaso de licor y se lo tragó sin pronunciar una palabra. El hombre pequeño se puso de puntillas y, ladeando la cabeza primero en una dirección y luego en la otra, tras olisquear pensativo las diferentes botellas, pidió por fin, con voz fina y temblorosa y un aire de gran prudencia, un whisky con hierbabuena. Una vez servido, lo cogió y lo examinó con expresión aguda y complaciente, como un hombre que considera que ha hecho lo correcto y ha dado en el clavo, y se puso a beberlo con sorbos cortos y medidos.

– Bueno, bueno, ¿quién hubiera pensado que yo iba a tener esta suerte? Loker, ¿cómo está usted? -dilo Haley, acercándose con la mano extendida hacia el hombre grande.

– ¡Demonios! -fue la educada respuesta-. ¿Qué le ha traído a estas partes, Haley?

El hombre inquisitivo, que se llamaba Marks, dejó de sorber en el acto y, adelantando la cabeza, examinó sagazmente al recién llegado, como un gato mira una hoja seca en movimiento o cualquier otro objeto digno de perseguir.

– Vaya, Tom, éste es el mejor golpe de suerte del mundo. Estoy en un condenado apuro, y debe usted echarme una mano.

– ¿Eh? ¡Pues seguro! -gruñó su conocido complaciente-. Uno puede estar seguro, si usted se alegra de verlo, de que algo tiene que ganar con ello. <Cuál es el asunto esta vez?

– Éste es amigo suyo? -preguntó Haley, mirando a Marks dudoso-, ¿un socio, quizás?

– Sí, lo es. Oye, Marks, éste es el tipo con el que estuve en Natchez.

– Encantado de conocerle -dijo Marks, alargando una mano larga y delgada, semejante a la garra de un cuervo-. El señor Haley, creo.

– El mismo -dijo Haley-. Ahora, caballeros, ya que nos hemos encontrado con tan buena fortuna, creo que me corresponde convidarles en este establecimiento. Entonces, viejo mapache -dijo al hombre de la barra-, tráiganos agua caliente, azúcar y cigarros y gran cantidad del espíritu de la vida, y nos divertiremos.

Observen, entonces, a nuestros tres próceres, a la luz de las velas y con un buen fuego ardiendo en la chimenea, sentados alrededor de una mesa repleta con todos los ingredientes ya enumerados de la buena camaradería.

Haley inició una relación patética de sus cuitas peculiares. Loker calló y le escuchó con atención, ceñudo y desabrido. Marks, que mezclaba, ansiosa y nerviosamente, un vaso de ponche según su peculiar gusto, levantaba de vez en cuando la mirada de su ocupación y escuchaba con gran interés la historia, metiendo la afilada nariz casi en el rostro de Haley. El final de la historia pareció hacerle muchísima gracia, pues se sacudieron en silencio sus hombros y sus costados y sus finos labios se distendieron en señal de enorme diversión.

Así que le han fastidiado de veras, ¿eh? -dijo-, ¡Ji, ji, ji! Y, además, lo han hecho con gracia.

– El asunto de los niños causa muchos problemas en este negocio -dijo Haley con tristeza.

– Si pudiéramos conseguir una raza de muchachas a las que no les importase su prole -dijo Marks-, les digo que creo que sería la mejora más grande de los tiempos modernos y Marks celebró su broma con una risita discreta a modo de introducción.

– Es verdad -dijo Haley-. Nunca lo he entendido; los niños les suponen un montón de problemas; sería lógico que se alegraran de deshacerse de ellos, pero no es así. Es más, cuánto más problemático es un hijo y cuánto más inútil, más se aferran a él.

– Bien, señor Haley -dijo Marks-, páseme el agua caliente. Sí, señor, lo que usted dice es lo que siento yo y todos nosotros. Una vez compré a una muchacha cuando era tratante, una muchacha guapa y era bastante lista además, y tenía un hijo muy enfermizo, con la columna torcida o algo así; y se lo di a un hombre que decidió arriesgarse a criarlo, ya que no le costaba dinero; nunca se me ocurrió que la muchacha fuera a protestar, pero, ¡Dios mío! Hay que ver cómo se puso. A decir verdad, parecía valorar más al niño por ser enfermizo y quejoso y engorroso; y no fingía, no: lloró y se lamentó como si hubiera perdido a todos sus amigos. Era muy gracioso verlo. ¡Señor, no hay quién entienda las ocurrencias de las mujeres!

A mí me ocurre lo mismo -dijo Haley-. El verano pasado, allá en el río Rojo, me vendieron a una muchacha con un hijo de bastante buen aspecto, con unos ojos tan brillantes como los de usted; pero, cuando lo miré de cerca, vi que era ciego. Es la verdad, ciego como un topo. Entonces, verán ustedes, pensé que no había nada de malo en darlo sin decir nada, y lo cambié provechosamente por un barril de whisky; pero, llegado el momento de separarlo de la muchacha, ésta se puso como una tigresa. Era antes de ponernos en camino, y no los tenía encadenados todavía; pues ella se sube encima de una bala de algodón, como un gato, y coge un cuchillo de la mano de uno de los braceros y durante un momento sembró el pánico a su alrededor, hasta que vio que no había nada que hacer; entonces se vuelve y, se tira de cabeza al río, con el hijo en brazos; cayó ¡plas! y nunca salió.

– ¡Bah! -dijo Tom Loker, que escuchó estas historias con una aversión apenas reprimida-, ¡son unos inútiles los dos! Mis muchachas no organizan semejantes espectáculos, se lo aseguro.

– ¿De veras? ¿Cómo lo consigues? -preguntó vivamente Marks.

– ¿Conseguirlo? Pues compro a una muchacha y, si tiene un hijo para vender, me acerco a ella y le planto el puño en la cara y le digo: «Oye, tú, si me dices una sola palabra, te romperé la cara. No quiero oír ni una palabra, ni una sílaba.» Les digo: «Este niño es mío y no tuyo; no tiene nada que ver contigo. Voy a venderlo a la primera oportunidad; y ¡no me vengas con ningún escándalo al respecto o te haré desear que no hubieras nacido!» Les aseguro que se dan cuenta de que no hay nada que hacer conmigo. Las tengo tan calladas como los peces; y si a una de ellas se le ocurre soltar un grito, pues… -y el señor Loker dio un golpe con el puño que explicaba perfectamente la interrupción.

– Eso se puede llamar énfasis-dijo Marks, dándole a Haley en el costado y soltando otra risita-. Tom es único, ¿eh? ¡ji, ji! Creo, Tom, que tú consigues que entiendan que todas las cabezas negras son lanudas. Nunca dudan de tus intenciones, Tom. Si no eres el diablo, Tom, eres su hermano gemelo, ¡ya lo creo!

Tom tomó el cumplido con la debida modestia y adoptó un aspecto tan afable como era consistente, en palabras de John Bunyan [9], «con su naturaleza perruna».

Haley, que consumía liberalmente la materia prima de la noche, empezó a sentir un aumento y una elevación de sus facultades morales, fenómeno no poco frecuente en caballeros de condición seria y reflexiva en circunstancias similares.

– Bueno, bueno, Tom -dijo-, es usted terrible, como siempre le he dicho; ¿se acuerda, Tom? Usted y yo solíamos hablar de estas cuestiones en Natchez, y yo solía demostrarle que ganábamos lo mismo, y nos hacíamos igual de ricos, tratándoles bien, además de tener más posibilidades, cuando llegue lo inevitable y no quede nada más, de ir al reino de los cielos.

– ¡Bah! -dijo Tom-. ¡Si lo sabré yo! No me ponga enfermo con sus tonterías, que ya tengo el estómago revuelto y Tom se tragó medio vaso de coñac puro.

– Bueno dijo Haley, echándose atrás en el sillón y gesticulando de forma impresionante-, yo digo que siempre he querido llevar el negocio para ganar dinero, en primer lugar, como cualquiera; pero el negocio no lo es todo, pues todos tenemos alma. No me importa quién me oiga decirlo; pienso mucho en ello, así que lo voy a decir sin más. Creo en la religión y, un día de éstos, cuando tenga todos los asuntos bien atados, pienso atender a mi alma y esas cuestiones; así que, ¿para qué hacer más maldades de las necesarias? A mí no me parece nada prudente.

– ¿Atender a su alma? -repitió, desdeñoso, Tom-, habría que tener buenos ojos para encontrarle alma a usted, ahórrese las molestias de buscarla. Si el diablo le pasara por una criba fina, no encontraría un alma.

– Vaya, Tom, se ha enfadado -dijo Haley-; ¿por qué no lo toma usted de buen grado, si hablo por su bien?

– Detenga esa mandíbula suya, pues dijo Tom, arisco-. Puedo aguantar toda su charla menos la religiosa, ésa me da asco. Después de todo, ¿qué diferencia hay entre usted y yo? No es que usted se preocupe ni un átomo más, ni que tenga más sentimientos; es mezquindad pura y simple; quiere engañar al diablo para salvarse el pellejo; yo le veo el plumero. Y esta religión, como usted la llama, es demasiado para cualquier criatura creérselo. ¡Toda la vida acumulando una deuda con el diablo, para escabullirse a la hora de pagar! ¡Bah!

– Calma, caballeros, por favor; esto no son negocios -dijo Marks-. Saben ustedes que hay diferentes maneras de ver todas las cosas. El señor Haley es un hombre muy agradable, sin duda, y tiene su propia conciencia; y tú, Tom, también tienes tu propia manera de hacer, y muy buena, Tom; pero reñir, saben, no conduce a ninguna parte. Hablemos de negocios. Bien, señor Haley, ¿qué es lo que pretende? ¿Quiere que nos comprometamos a coger a esta muchacha?

– La muchacha no es asunto mío, ella es de Shelby; sólo el niño. ¡Qué tonto fui al comprar al diablillo!

– Suele ser tonto -dijo Tom, hosco.

Vamos, vamos, Loker -dijo Marks, mojándose los labios-. Mira, el señor Haley está a punto de ofrecemos un buen negocio, creo; espera un momento -estos preparativos son mi especialidad-. Esta muchacha, señor Haley, ¿cómo es?

– Está muy bien: blanca y guapa y bien educada. Yo le hubiese dado a Shelby ochocientos o mil, y me hubiera sacado un buen pico.

– ¡Blanca, guapa y bien educada! -dijo Marks con los agudos ojos, la nariz y la boca llenos de resolución-. Ya lo ves, Loker, empezamos bien. Haremos negocio por nuestra cuenta: nosotros los atraparemos; el niño, por supuesto, será para el señor Haley, y llevaremos a la muchacha a Nueva Orleáns para venderla. ¿No es maravilloso?

Tom, que había estado con la boca abierta durante esta comunicación, la cerró de golpe, como un perro cierra la boca con un pedazo de carne dentro, y pareció digerir la idea despacio.

– Verá usted -dijo Marks a Haley, removiendo el ponche al mismo tiempo-, verá usted, tenemos jueces en muchos puntos de la ribera, que hacen trabajitos de los que nos convienen a nosotros sin demasiados problemas. Tom se encarga de regatear y todo eso; después yo llego todo arreglado, las botas relucientes y todo de primera, a la hora del juramento. Tendría que ver -dijo Marks, enardecido de orgullo profesional- cómo doy el pego. Un día, soy el señor Twickenham de Nueva Orleáns; otro día, acabo de llegar de una plantación en el río Pearl, donde tengo setecientos negros trabajando para mí; otra vez, soy pariente lejano de Henry Clay [10], o cualquier viejo importante de Kentucky. Las personas tenemos diferentes talentos. Por ejemplo, Tom es estupendo cuando hay que golpear o pelear; pero, en cambio, no sirve para mentir; no lo hace con naturalidad; pero, si hay un hombre en el país capaz de jurar cualquier cosa del mundo, añadiendo detalles y toques realistas con cara muy seria, que sea más convincente que yo, me gustaría verlo, ya lo creo. Estoy convencido de que conseguiría mi propósito aunque los jueces fueran más cuidadosos de lo que son. A veces hasta quisiera que fuesen más cuidadosos, pues sería más satisfactorio mi trabajo, más divertido, sabe usted.

Tom Loker, que, como hemos dado a entender, era un hombre lento de pensamientos y de movimientos, interrumpió a Marks en este punto dejando caer pesadamente el puño sobre la mesa, haciendo tintinear las copas. -¡Ya basta! -dijo.

– ¡Dios te proteja, Tom! ¡No hace falta que rompas todos los vasos! -dijo Marks-. Guarda los puños para un momento de necesidad.

– Pero, caballeros, ¿no me va a corresponder una parte de las ganancias? -preguntó Haley.

– ¿No le basta que le cojamos al niño? -dijo Loker-. ¿Qué más quiere?

– Pero -dijo Haley- si les proporciono el trabajo, debe valer algo, quizás un diez por ciento de los beneficios, una vez pagados los gastos.

– Vaya -dijo Loker, con un grandísimo juramento, golpeando la mesa con su pesado puño-, si no le conozco bien a usted, Dan Haley. ¡A mí no me va a engañar! ¿Se cree que Marks y yo nos dedicamos al negocio de atrapar negros sólo para hacer favores a señores como usted, sin sacar nada para nosotros? ¡Por nada del mundo! Nos quedaremos con la muchacha sin discusión, y usted se callará o nos quedaremos con los dos… ¿qué nos lo impide? ¿No nos ha mostrado usted el camino? Nosotros somos tan libres como usted para hacer lo que nos dé la gana. Si usted o Shelby nos quieren perseguir, busque donde estaban las perdices el año pasado; si las encuentra, ¡mejor para usted!

– Bueno, bueno, olvidémoslo -dijo Haley, alarmado-. Ustedes cojan al niño a cambio del trabajo; siempre me ha tratado con justicia, Tom, y ha cumplido su palabra.

– Ya lo sabe -dijo Tom-; no asumo ninguna de sus mojigaterías, pero llevo honradamente mis cuentas hasta con el mismísimo diablo. Lo que digo que haré, lo hago, y usted lo sabe, Dan Haley.

– Así es, así es, ya lo he dicho, Tom -dijo Haley-; y si promete tener al niño dentro de una semana en cualquier lugar que usted diga, eso es lo único que quiero.

– Pero no es todo lo que yo quiero, ni muchísimo menos -dijo Tom-. No por nada tuve tratos con usted en Natchez, Haley; he aprendido a aguantar a una anguila cuando la cojo. Tiene que soltar cincuenta dólares al contado, o puede olvidarse de ese niño. Yo lo conozco a usted.

– Pero, cuando tiene un trabajo que le puede proporcionar un beneficio limpio de mil o mil seiscientos dólares, Tom, eso es poco razonable -dijo Haley.

– Sí, pero tenemos trabajo contratado para las próximas seis semanas, más de lo que podemos hacer. Si lo dejamos todo para ir tras los muchachos suyos y no cogemos a la muchacha al final – y siempre es dificilísimo coger a las muchachas -, ¿entonces, qué? ¿Nos iba a pagar un centavo usted? Creo que lo imagino pagando, sí. No, no; al contado los cincuenta. Si conseguimos el trabajo y es rentable, se los devolveré; si no, esto es por las molestias. Eso es justo, ¿verdad, Marks?

– Desde luego, desde luego -dijo Marks con tono conciliatorio-; sólo es una provisión de fondos, ¿verdad? ¡ji, ji, ji! pues somos abogados, ¿eh? Bueno, tenemos que mantener el buen humor, estar tranquilos, ya sabe. Tom le tendrá al niño donde usted diga, ¿verdad, Tom?

– Si encontramos al pequeño, se lo llevaré a Cincinnati y lo dejaré en casa de la abuela Belcher, cerca del desembarcadero -dijo Loker.

Marks había extraído del bolsillo una libreta grasienta y, sacando un papel alargado, se sentó y, fijando la vista en él, empezó a murmurar sobre su contenido: -Barnes… Condado de Shelby… muchacho, Jim, trescientos dólares, vivo o muerto. Edwards, Dick y Lucy, marido y mujer… seiscientos dólares; Polly con dos hijos, seiscientos dólares por ella o su cabeza. Sólo repaso nuestros asuntos, para ver si podemos hacer este encargo sin problemas. Loker -dijo, tras una pausa-, debemos poner a Adams y Springer sobre la pista de éstos; hace tiempo que nos contrataron.

– Cobrarán demasiado -dijo Tom.

– Yo me encargaré de eso; son nuevos en el negocio, y deben esperar cobrar poco -dijo Marks, mientras continuó leyendo-. Estos tres son casos fáciles, pues lo único que hay que hacer es matarlos de un tiro o jurar que los has matado; claro que no pueden cobrar mucho por eso. Los otros casos -dijo, doblando el papel- pueden retrasarse un tiempo. Así que ahora vayamos con los detalles. Bien, señor Haley, ¿usted vio a esta muchacha cuando llegó a la orilla?

– Desde luego, tan claro como lo veo a usted.

– ¿Y a un hombre que la ayudó a subir por el barranco? -preguntó Loker.

– Desde luego que sí.

– Lo más probable -dijo Marks- es que la hayan acogido en algún lugar; pero la cuestión es ¿dónde? ¿Qué opinas, Tom?

– Debemos cruzar el río esta noche, sin duda -dijo Tom.

– Pero no hay ninguna barca -dijo Marks-. El hielo se mueve mucho, Tom, ¿no es peligroso?

– No sé nada de eso, sólo que hay que hacerlo -dijo Tom con decisión.

– Vaya por Dios -dijo Marks, inquieto-, pues, yo creo -dijo, acercándose a la ventana- que está tan oscuro como boca de lobo y, Tom…

– Resumiendo, que tienes miedo, Marks, pero no puedo remediar eso; tienes que ir. Supongo que quieres esperar un día o dos antes de emprender el camino, hasta que a la muchacha la hayan llevado clandestinamente a Sandusky.

– Yo no tengo nada de miedo -dijo Marks-, es sólo…

– ¿Sólo qué? -preguntó Tom.

– Pues la cuestión de la barca. Ya ves que no hay ninguna barca.

– He oído decir a la mujer que venía una esta noche y que iba a cruzar un hombre en ella. Por peligroso que sea, debemos ir con él.

– Supongo que tienen buenos perros -dijo Haley.

– De primera -dijo Marks-. ¿Pero de qué sirven? No tiene usted nada de ella para darles a oler.

– Sí, tengo -dijo Haley, ufano--. Aquí está el chal que dejó en la cama por las prisas; también dejó el sombrero. -¡Qué suerte! -dijo Loker-; tráigalos aquí.

– Pero los perros podrían dañar a la muchacha, si la encuentran de sopetón -dijo Haley.

– Es una posibilidad -dijo Marks-. Nuestros perros medio destrozaron a un tipo una vez, allá en Mobile, antes de que pudiéramos apartarlos.

– Pues en el caso de éstos que se venden por su aspecto, no es solución, ¿no creen? -dijo Haley.

– Sí, creo -dijo Marks-. Además, si la han acogido, tampoco es solución. Los perros no sirven en los estados donde protegen a esas criaturas, porque no puedes encontrar la pista. Sólo sirven en las plantaciones, donde los negros, cuando corren, corren por sí solos, sin que nadie les ayude.

– Bien -dijo Loker, que había salido al bar para hacer indagaciones-, dicen que ha venido el hombre con la barca; así, pues, Marks…

Este gran personaje echó una mirada desconsolada al confortable aposento que tenía que abandonar, pero se levantó despacio para obedecer. Después de intercambiar unas palabras más sobre los planes, Haley, de muy mala gana, dio a Tom los cincuenta dólares y se despidieron los tres prohombres.

Si alguno de nuestros lectores refinados y cristianos se molestan por la sociedad en la que esta escena les introduce, les rogamos que hagan un esfuerzo por vencer sus prejuicios. El negocio de cazar negros, nos atrevemos a recordarles, está en vías de convertirse en una profesión legal y patriótica. Si toda la tierra que va de Misisipí al Pacífico deviene un gran mercado de cuerpos y almas y la propiedad humana refrena las tendencias progresistas del siglo xix, puede que el tratante y el cazador aún se conviertan en parte de nuestra aristocracia.

Mientras transcurría esta escena en la taberna, Sam y Andy iban camino de su casa en un estado de felicidad extrema.

Sam estaba de muy buen humor y expresaba su júbilo mediante toda suerte de aullidos y exclamaciones sobrenaturales, y varios extraños movimientos y contorsiones del cuerpo entero. A veces se sentaba al revés, con la cara vuelta hacia la cola del caballo y, con un hurra y una voltereta, se volvía a colocar del derecho y, poniendo una cara muy seria, se ponía a sermonear a Andy con un tono altisonante por reírse y hacer el tonto. Luego, golpeándose los costados con los brazos, rompía a reír con unas carcajadas que resonaban en los bosques a su paso. Con todas estas maniobras, consiguió mantener los caballos a la máxima velocidad hasta que, entre las diez y las once, chacolotearon sus pasos en la gravilla del extremo del balcón. La señora Shelby acudió veloz a la barandilla.

– ¿Eres tú, Sam? ¿Dónde están?

– El señor Haley está descansando en la taberna; está muy fatigado, ama.

– ¿Y Eliza, Sam?

– Ella está al otro lado del Jordán. Como si dijéramos, en la tierra de Canaán.

– Oh, Sam, ¿qué quieres decir? -preguntó la señora Shelby, sin aliento y casi desmayada al darse cuenta del posible significado de estas palabras.

– Bueno, ama, el Señor cuida de los suyos. Lizy ha cruzado el río hasta Ohio, de manera tan espectacular como si el Señor la hubiese transportado en un carro de fuego con dos caballos.

La vena beata de Sam siempre se agudizaba sobremanera en presencia de su ama, y se servía liberalmente de figuras e imágenes de las Sagradas Escrituras.

– Sube aquí, Sam -dijo el señor Shelby, que había seguido a su esposa al porche-, y cuéntale a tu ama lo que desea saber. Anda, anda, Emily -dijo, rodeándola con el brazo-, tienes frío y estás temblando; te dejas impresionar demasiado.

– ¡Impresionar demasiado! ¿Acaso no soy mujer y madre? ¿No somos responsables los dos ante Dios de esta pobre muchacha? ¡Dios mío! No nos adjudiques este pecado.

– ¿Qué pecado, Emily? Tú misma debes ver que sólo hemos hecho lo que nos hemos visto obligados a hacer.

– Tengo una terrible sensación de culpa, que, sin embargo -dijo la señora Shelby-, la razón no logra desvanecer.

– ¡Vamos, Andy, negro, espabílate! -gritó Sam desde debajo del porche-, lleva los caballos al establo; ¿no oyes cómo llama el amo? y enseguida se presentó Sam con la hoja de palmera en la mano en la puerta del salón.

– Ahora, Sam, cuéntanos exactamente lo que ha pasado -dijo el señor Shelby-. ¿Dónde se encuentra Eliza, si es que lo sabes?

– Bien, señor, la vi con mis propios ojos cruzar sobre el hielo flotante. Cruzó de forma extraordinaria; fue nada menos que un milagro; y vi cómo la ayudó un hombre a subirse por el barranco de la parte de Ohio, y se perdió en la oscuridad.

– Sam, creo que es algo imaginado este milagro. No es tan fácil cruzar sobre el hielo flotante -dijo el señor Shelby.

– ¡Fácil! Nadie lo hubiera podido hacer sin la ayuda del Señor. Pero -dijo Sam- fue así exactamente. Haley y yo y Andy nos acercamos a una pequeña taberna junto al río, y yo iba un poco adelantado (estaba tan ansioso por coger a Lizy que no me podía refrenar por nada) y cuando llego a la ventana de la taberna, allí estaba ella a la vista de todo el mundo y ellos estaban justo detrás de mí. Entonces, pierdo el sombrero y armo bastante escándalo como para despertar a los muertos. Claro que me oye Lizy y se echa hacia atrás cuando pasa el señor Haley por la puerta; y después, le digo, salió por la puerta lateral; se fue a la orilla del río; el señor Haley la vio y gritó y él y yo y Andy fuimos detrás de ella. Se acercó al río y la corriente se extendía hasta diez pies de la orilla y al otro lado el hielo se sacudía y zarandeaba, como si fuera un gran islote. Nosotros nos acercamos y yo creía que ya la tenía, cuando soltó un alarido como nunca he oído antes y allí estaba, al otro lado del agua, sobre el hielo, y entonces siguió chillando y saltando, ¡el hielo crepitaba y crujía y rechinaba y ella saltaba como un gamo! Señor, los saltos que es capaz de dar esa muchacha no son una cosa normal, me parece a mí.

La señora Shelby se quedó sentada inmóvil y pálida de emoción mientras Sam contaba su historia.

– ¡Bendito sea Dios, no está muerta! elijo-, pero ¿dónde está la pobre criatura ahora?

– El Señor proveerá -dijo Sam, haciendo girar los ojos de manera pía-. Como iba diciendo, esto ha sido la providencia, ya lo creo, tal como siempre nos lo ha explicado el ama. Siempre hay instrumentos que se ponen a cumplir la voluntad de Dios. Pues hoy, si no llega a ser por mí, la hubieran apresado una docena de veces. Porque ¿no he sido yo quien ha vuelto locos a los caballos esta mañana, y quien los ha tenido correteando hasta la hora de comer? ¿Y no he llevado al señor Haley a cinco millas de la carretera buena esta tarde? que, si no, hubiese cogido a Lizy tan rápido como un perro coge un mapache. Todas estas cosas son providencias.

– Tendrás que usar poco este tipo de providencias, señorito Sam. No permitiré que se utilicen estas estratagemas con ningún caballero en mi casa -dijo el señor Shelby, todo lo serio que pudo ponerse, dadas las circunstancias.

Es tan inútil hacer creer a un negro que uno está enfadado como a un niño; ambos ven instintivamente la verdad del caso, a pesar de todos los esfuerzos por mostrarles lo contrario; por lo tanto, a Sam no le descorazonó en absoluto esta reprimenda, aunque adoptó un aire de lastimosa gravedad y se quedó con una expresión compungida de penitencia.

– El amo tiene razón, ya lo creo; ha sido feo por mi parte, no hay duda: y, por supuesto, el amo y el ama no alentarían tales prácticas. Soy consciente de eso; pero un pobre negro como yo se siente muy tentado a comportarse de forma fea a veces, cuando la gente arma tanto escándalo como aquel señor Haley; él no es un caballero, de todas formas: una persona que ha sido criada como yo lo he sido no puede menos que ver eso.

– Bien, Sam -dijo la señora Shelby-, ya que pareces tener una idea adecuada de tus propios errores, puedes ir a decirle a la tía Chloe que te prepare un poco del jamón frío que ha sobrado de la comida de hoy. Tú y Andy debéis de tener hambre.

– La señora es demasiado buena con nosotros -dijo Sam, y, haciendo una rápida reverencia, se marchó.

Se podrá percibir, como antes hemos dado a entender, que el señorito Sam tenía un talento natural que, indudablemente, le hubiera podido elevar a una posición de eminencia en la vida política: un talento para capitalizar todo lo que ocurre e invertirlo en acciones que redundaran en su propio beneficio y gloria; así que, después de hacer alarde de piedad y humildad ante los del salón, se plantó la hoja de palmera en lo alto de la cabeza con aire gallardo y despreocupado y se encaminó a los dominios de la tía Chloe, con la intención de vanagloriarse abundantemente en la cocina.

«Pronunciaré un discurso para estos negros», dijo Sam para sí, «ahora que tengo la oportunidad. ¡Señor, les arengaré hasta que se queden patidifusos!».

Debe observarse que uno de los mayores placeres de Sam había sido acompañar a su amo en todo tipo de reuniones políticas, donde, sentado en alguna valla o encaramado a algún árbol, solía quedarse viendo a los oradores con el mayor regocijo para reunirse después con los hermanos de su propio color, congregados por el mismo motivo que él, y deleitarles con las parodias e imitaciones más ridículas, realizadas con la solemnidad y pompa más imperturbables; y, aunque los oyentes más cercanos a él solían ser de su mismo color, no era raro que hubiese un gran número de personas más claras de tez que escuchaban, se reían y disfrutaban, por lo que Sam se felicitaba sobremanera. De hecho, Sam consideraba que la oratoria era su vocación y nunca dejaba pasar una oportunidad para mejorar su ejecución.

Pues bien, entre Sam y la tía Chloe había habido, desde antiguo, una especie de lucha encarnizada o más bien una frialdad acusada; pero como ahora Sam estaba interesado en cuestiones de aprovisionamiento como base necesaria y patente de sus operaciones, decidió que en esta ocasión se comportaría de forma especialmente conciliatoria; pues sabía que, aunque sin duda se cumplirían al pie de la letra las «instrucciones del ama», ganaría mucho si además se hacía con la simpatía de todos. Por lo tanto, apareció ante la tía Chloe con una expresión conmovedoramente alicaída y resignada, como alguien que ha padecido fatigas inconmensurables en nombre de un semejante perseguido, se dilató explicando que el ama le había mandado acudir a la tía Chloe para que le repusiera lo que fuera menester para compensar la pérdida de sólidos y líquidos de su organismo, y así reconocía inequívocamente su derecho y su supremacía en la cocina y todo lo referente a ella.

Funcionó a la perfección. Ningún ser pobre, sencillo y virtuoso fue engatusado nunca por las atenciones de un político en plena campaña electoral más fácilmente que la tía Chloe fue embaucada por la afabilidad del señorito Sam; y si hubiera sido el mismísimo hijo pródigo, no lo hubiesen colmado de más munificencia maternal; y pronto se encontraba sentado, feliz y glorioso, delante de una gran cazuela que contenía una especie de olla podrida [11] con todo lo que se había servido en la mesa durante los últimos dos o tres días. Sabrosos bocados de jamón, dados dorados de torta, fragmentos de pastel de cada forma geométrica imaginable, alones, mollejas y muslos de pollo: todo aparecía en una mezcla pintoresca; y Sam, monarca de todo lo que veía, con la hoja de palmera alegremente ladeada, mirando condescendiente a Andy, sentado a su derecha.

La cocina estaba repleta de compadres suyos que habían llegado corriendo de las diferentes cabañas y se habían apretujado para enterarse del final de las proezas del día. Había llegado la hora de gloria para Sam. Se ensayó la historia del día con toda suerte de adornos y barnices que pudieran realzar su envergadura; pues Sam, como algunos de nuestros diletantes de moda, jamás permitía que una historia perdiese brillo al pasar por sus manos. La narración arrancaba grandes carcajadas, que eran retomadas y prolongadas por los más menudos, que yacían, en gran número, en el suelo y se posaban en cada rincón. En el apogeo del alboroto y las risas, sin embargo, Sam se mantuvo inmutable y serio y sólo hacía girar los ojos de cuando en cuando y echaba diversas miradas burlonas a su público, sin abandonar la altura ampulosa de su discurso.

– ¿Veis, compatriotas -dijo Sam, alzando enérgicamente un muslo de pavo-, veis lo que hace este negro para defenderos a todos, sí, a todos vosotros? Porque el que intenta coger a uno de nosotros es como si intentara cogernos a todos, es el mismo principio, eso está claro. Y cualquiera de estos negreros que vienen olisqueando por aquí, se las tendrá que ver conmigo, yo soy con el que tiene que tratar; es a mí a quien tenéis que acudir, hermanos; yo defenderé vuestros derechos, ¡los defenderé con mi último aliento!

– Pero, Sam, me has dicho esta misma mañana que ibas a ayudar a este señor Haley a coger a Lizy; me parece a mí que lo que dices no cuadra -dijo Andy.

– Te digo ahora, Andy-dijo Sam, con tremenda superioridad-, que no hables de lo que no entiendes; los chicos como tú, Andy, tenéis buenas intenciones, pero no se puede esperar que colusitéis [12] los grandes principios de acción.

Andy puso cara de increpado, especialmente por la dificilísima palabra «colusitar», que, para la mayoría de los miembros juveniles de la compañía, pareció dar punto final al argumento, mientras que Sam prosiguió.

– Eso era conciencia, Andy; cuando pensé en ir tras Lizy, creía realmente que lo quería el amo. Cuando me di cuenta de que el ama quería lo contrario, era más conciencia todavía, pues siempre se saca más quedándose de parte de las señoras, así que ya ves que soy persistente de cualquier forma y sigo la conciencia y me adhiero a los principios. Sí, principios -dijo Sam, agitando entusiasta un cuello de pollo-, ¿para qué sirven los principios si no somos persistentes? Quiero saberlo. Toma, Andy, puedes tomarte este hueso; queda algo de carne.

Ya que el público de Sam estaba pendiente de sus palabras, no tuvo más remedio que seguir.

– Este asunto de la persistencia, compañeros negros -dijo Sam, con aspecto de tocar un tema incomprensible-, la persistencia es una cosa que casi nadie ve clara. Pues, veréis, cuando un tipo defiende algo un día y lo contrario al día siguiente, la gente dice (y con razón) que no es persistente -acércame ese pedazo de torta, Andy-. Pero examinémoslo de cerca. Espero que los caballeros y el sexo bello me perdonen por utilizar una comparación algo vulgar. ¡Bien! Pues quiero subir a lo alto de un pajar. Bien, pongo mi escalera en un lado, pero no funciona; entonces, porque ya no lo intento más ahí, sino que apoyo la escalera en el lado contrario, ¿no soy persistente? Sí que soy persistente al querer subir al pajar por el lado donde esté mi escalera; ¿no lo entendéis todos?

– Es para lo único que has sido persistente, bien lo sabe el Señor -murmuró la tía Chloe, que empezaba a estar algo nerviosa; pues la diversión de la noche le parecía algo así como lo que llaman las sagradas escrituras: «vinagre después de sal».

– Desde luego que sí -dijo Sam, levantándose repleto de cena y gloria, para la perorata final-. Sí, camaradas y damas del sexo contrario en general, tengo principios, y estoy orgulloso de tenerlos; pues son necesarios en esta época y en todas las épocas. Tengo principios y me adhiero a ellos muy fuerte, sigo cualquier cosa que me parece un principio; no me importaría que me quemaran vivo; me acercaría a la hoguera y diría: «aquí estoy para derramar mi sangre por mis principios, por mi patria, por los intereses de la sociedad en general».

– Bueno -dijo la tía Chloe-, uno de tus principios tendrá que ser acostarte a alguna hora de la noche y no tener a todo el mundo levantado hasta el amanecer; vamos, todos los pequeños que no queráis cobrar, más vale que os esfuméis deprisa.

– Negros todos -dijo Sam, moviendo la hoja de palmera con benignidad-, os doy mi bendición; idos a la cama, ahora, como buenos muchachos.

Y, con esta patética bendición, se dispersó la reunión.

CAPÍTULO IX

EN EL QUE PARECE QUE EL SENADOR ES SOLO HUMANO

La luz de un fuego alegre iluminaba la alfombra de una sala acogedora y refulgía en las tazas de té y la tetera bruñida mientras el senador Bird se quitaba las botas para introducir los pies en un hermoso par de zapatillas nuevas, que le había hecho su esposa cuando él se encontraba ausente en circuito senatorial. La señora Bird, que tenía aspecto de estar encantadísima, supervisaba los preparativos de la mesa y dirigía comentarios exhortativos de vez en cuando a unos cuantos jovencitos juguetones que se entregaban a todas aquellas modalidades de inenarrables cabriolas y travesuras que han consternado a las madres desde el diluvio universal.

– ¡Tom, sé bueno y deja en paz el picaporte! ¡Mary, Mary, no tires de la cola del gato, pobre minino! ¡Jim, no debes subirte a esa mesa, no, no! No sabes, querido, qué sorpresa nos has dado presentándote aquí esta noche -dijo por fin, cuando encontró un hueco para dirigirse a su marido.

– Sí, sí, se me ocurrió hacer una escapadita para pasar la noche y disfrutar de la comodidad del hogar. ¡Estoy muerto de cansancio y me duele la cabeza!

La señora Bird miró una botella de alcanfor que se veía tras la puerta entornada del armario y parecía meditar la posibilidad de acercarse a ella, pero se interpuso su buen esposo.

– ¡No, no, Mary, nada de medicinas! Una taza de tu buen té casero y un poco de vida familiar es lo único que quiero. ¡Legislar es una ocupación cansada!

Y sonrió el senador como si le hiciera gracia la idea de sacrificarse en bien de su país.

– Bien -dijo su esposa, una vez hubo amainado un poco la actividad de la mesa-, ¿qué habéis estado haciendo en el Senado?

Era una cosa bien rara que la bondadosa señora Bird se calentase la cabeza sobre qué ocurría en la casa del estado, ya que consideraba, muy sensatamente, que tenía bastante con los asuntos de la suya propia. Por lo tanto, el señor Bird, sorprendido, abrió mucho los ojos y dijo:

– Nada de gran importancia.

– Bien; pero ¿es verdad que han aprobado una ley prohibiendo a la gente dar de comer y beber a las pobres personas de color? He oído decir que pensaban hacer una ley así, ¡pero no creí que ninguna legislatura cristiana fuera a aprobarla!

– ¡Vaya, Mary, te estás convirtiendo en político de repente!

– ¡Tonterías! Me importa un comino toda tu política en general, pero esto me parece una cosa muy cruel y poco cristiana. Espero, querido, que no se haya aprobado semejante ley.

– Sí, se ha aprobado una ley prohibiendo ayudar a los esclavos que vienen aquí desde Kentucky, querida; esos abolicionistas han armado tanto escándalo que han puesto muy nerviosos a nuestros amigos de Kentucky, y parece necesario, además de benévolo y cristiano, que nuestro estado haga algo para aplacar su nerviosismo.

– ¿Y cómo es la ley? ¿No nos prohibirá cobijar por una noche a aquellas pobres criaturas o darles algo bueno de comer y un poco de ropa vieja antes de ponerlos tranquilamente en camino?

– Pues, sí, querida; eso sería ayudar y encubrir a un criminal.

La señora Bird era una mujercita tímida y vergonzosa de unos cuatro pies de altura, con mansos ojos azules, un cutis de melocotón y la voz más dulce y suave del mundo; en cuanto a valor, era bien sabido que un pavo la podía asustar al primer graznido y que un simple perro casero la subyugaba nada más enseñarle los dientes. Su marido y sus hijos eran todo su mundo, y reinaba sobre ellos más con súplicas y persuasión que mandando o riñendo. Sólo una cosa era capaz de excitarla y era una provocación contra su naturaleza inusitadamente dócil y compasiva: cualquier cosa que se aproximaba a la crueldad le despertaba un apasionamiento aún más alarmante e inexplicable por la suavidad habitual de su carácter. Aunque generalmente era la madre más complaciente y fácil de convencer del mundo, sus hijos recordaban con respeto un castigo ejemplar que les había impuesto una vez porque los encontró conchabados con varios niños desvergonzados del vecindario tirando piedras a un gatito indefenso.

– ¿Sabes qué? -solía contar el señorito Bill-, estaba asustado en esa ocasión. Madre vino hacia mí de tal forma que la creí loca, y me zurró y mandó a la cama sin cenar antes de que pudiera saber qué había pasado; y después la oí llorar en mi puerta, lo que me hizo sentir peor que lo demás. ¿Sabes qué? -decía- ¡nosotros no volvimos a tirar piedras a un gato jamás!

En esta ocasión, se levantó rápidamente la señora Bird con las mejillas encendidas, cosa que mejoró considerablemente su aspecto general, se acercó a su marido con aire resuelto y le dijo con tono decidido:

– Bien, John, quiero saber si tú crees que semejante ley es correcta y cristiana.

– No me matarás si digo que sí, ¿verdad?

– Nunca lo hubiera creído de ti, John; ¿no lo habrás votado tú?

Así es, mi bello político.

– ¡Vergüenza debería darte, John! ¡Pobres criaturas sin hogar! Es una ley malvada, ultrajante y abominable y yo, por mi parte, la quebrantaré a la primera oportunidad que tenga; y ¡espero tener oportunidad, de veras que lo espero! ¿Adónde irán a parar las cosas si una mujer no puede ofrecer una cena caliente y una cama a unas pobres criaturas hambrientas por el mero hecho de ser esclavos, y que hayan abusado de ellos y los hayan oprimido toda su vida? ¡Pobres!

– Pero, Mary, escúchame. Tus sentimientos son buenos, querida, e interesantes, y yo te quiero por tenerlos; pero, querida, no debemos dejar que nuestros sentimientos dominen nuestro juicio; debes considerar que son sentimientos privados y aquí se trata de intereses públicos; existe tal estado de agitación pública, que debemos relegar nuestros sentimientos privados.

– Bien, John, no sé nada de política pero sé leer la Biblia, y en ella leo que debo dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y consolar al desesperado; y ¡pienso seguir la Biblia!

– Pero en los casos en los que obrar así puede suponer un mal público…

– Obedecer a Dios jamás acarrea un mal público. Sé que no es posible. Siempre es lo más seguro, en conjunto, hacer lo que El nos manda.

– Escúchame ahora, Mary, y te expondré un razonamiento muy claro para demostrarte…

– ¡Tonterías, John! Puedes hablar toda la noche y no podrás demostrarlo. Yo te pregunto, John, ¿tú echarías de tu puerta a una pobre criatura temblorosa y hambrienta por ser un fugitivo? ¿Lo harías?

Si hemos de decir la verdad, nuestro senador tenía la desgracia de ser un hombre con una naturaleza especialmente humanitaria y accesible y nunca había sido su fuerte echar a alguien que tuviese problemas; y lo peor para él en este momento de la discusión era que su mujer lo sabía y por supuesto dirigía su asalto a un punto indefendible. Por lo tanto él recurrió al medio habitual y común de ganar tiempo en tales casos: dijo «ejem» y tosió varias veces, sacó el pañuelo y se puso a limpiar las gafas. A la señora Bird, cuando vio la condición indefensa del territorio del enemigo, su conciencia no le impidió aprovecharse de su ventaja.

– ¡Me gustaría verte hacerlo, John, de verdad que sí! Echar a una mujer de casa durante una nevasca, por ejemplo; o quizás preferirías meterla en la cárcel, ¿no? ¡Sí que servirías para eso!

– Desde luego, sería una obligación muy penosa -comenzó a decir el señor Bird con tono moderado. -¡Obligación, John, no utilices esa palabra! ¡Sabes que no es una obligación, que no puede serlo! Si la gente no quiere que se escapen los esclavos, que los traten bien: esa es mi doctrina. Si yo tuviera esclavos (y espero no tenerlos nunca), correría el riesgo de que quisieran escaparse de mí o de ti, John. Te digo que las personas no se escapan cuando son felices; y cuando se fugan, pobres criaturas, ya padecen bastante con el frío y el hambre y el miedo, sin que todo el mundo se vuelva contra ellos; así que, con ley o sin ley, yo no lo haré nunca, ¡lo juro por Dios!

– Mary, Mary, deja que razone contigo.

– Odio el razonamiento, John – especialmente en temas de este estilo -. Vosotros los políticos tenéis una forma de darle la vuelta a una cosa sencilla; y no lo creéis ni vosotros mismos a la hora de ponerlo en práctica; tú no serías más capaz que yo de hacerlo.

En este punto crítico, el viejo Cudjoe, el factótum negro, se asomó a la puerta y pidió que la señora se acercase a la cocina; nuestro senador, bastante aliviado, miró a su mujer con una mezcla caprichosa de diversión y fastidio y se sentó en el sillón y empezó a leer los periódicos.

Un momento más tarde se oyó la voz de su mujer en la puerta, diciendo con un tono vivo y urgente: John, John, quiero que vengas aquí un momento.

Este dejó el periódico y se dirigió a la cocina, donde lo sobresaltó lo que apareció ante sus ojos: una mujer joven y esbelta, aterida de frío, con la ropa rota y un zapato de menos, dejando ver un pie sin media herido y sangrante, yacía inconsciente entre dos sillas. Su rostro tenía la estampa de la odiada raza, pero nadie quedaría indiferente ante su belleza triste y patética, y su pétrea delgadez, su aspecto frío, inmóvil y cadavérico hicieron estremecer al senador. Aguantó la respiración y se quedó quieto. Su esposa y su única criada negra, la vieja tía Dinah, estaban ocupadas en hacerla volver en sí, mientras que el viejo Cudjoe tenía al muchacho sobre el regazo y le estaba quitando los zapatos y los calcetines y frotándole los piececitos helados.

– ¡No me digan que no es digna de ver! -dijo, compasiva, la vieja Dinah-; parece ser que el calor ha hecho que se desmayara. Tenía un aspecto razonable cuando ha entrado a preguntar si podía calentarse un rato aquí; y mientras yo le preguntaba de dónde venía, se ha desplomado. Creo que nunca ha hecho trabajos duros, a juzgar por el aspecto de sus manos.

– ¡Pobrecita! -dijo la señora Bird compasivamente, y en ese momento la mujer abrió lentamente los ojos oscuros y grandes y la miró sin verla. De repente cruzó su rostro una expresión de sufrimiento y se levantó de un salto, preguntando-: ¡Oh! ¿Han cogido a mi Harry?

Al oír esto, el niño se levantó y corrió hacia ella con los brazos levantados. -¡Oh, está aquí, está aquí! -exclamó ella-. ¡Oh, señora! -dijo enloquecida a la señora Bird ¡protéjanos, no permita usted que lo atrapen!

– Nadie les hará daño en esta casa, pobre mujer -dijo alentadora la señora Bird-. Está usted a salvo, no tema. -¡Que Dios la bendiga! -dijo la mujer, tapándose la cara entre sollozos; el pequeño, al verla llorar, intentó encaramarse en su regazo.

Con los muchos y bondadosos cuidados femeninos que nadie dispensaba mejor que la señora Bird, la pobre mujer se calmó por fin. Le prepararon el sofá a modo de cama, cerca del fuego, y poco después quedó profundamente dormida, con el niño, que parecía estar igualmente agotado, durmiendo en sus brazos, porque la madre resistió los intentos bien intencionados de apartárselo e, incluso dormida, lo tenía cogido con un férreo abrazo como para evitar que le burlasen la vigilancia.

El señor y la señora Bird habían vuelto al salón, donde, por extraño que parezca, no se hizo ninguna referencia por parte de ninguno de los dos a la conversación anterior, sino que la señora Bird se entregó a su labor de calceta y el señor Bird fingió leer el periódico.

– Me pregunto quién será -dijo el señor Bird por fin, soltando el periódico.

– Cuando se despierte después de descansar un poco, nos lo dirá -dijo la señora Bird.

– ¡Oye, esposa! -dijo el señor Bird después de contemplar en silencio el periódico.

– ¿Sí, querido?

– Supongo que no le vendría alguno de tus vestidos, ni sacando la orilla, ¿verdad? Parece bastante más grande que tú.

Se dibujó una sonrisa apenas perceptible en los labios de la señora Bird al contestar: «Ya veremos.»

Otra pausa, y el señor Bird empezó de nuevo: -¡Oye, esposa!

– ¿Qué quieres?

– ¿Sabes? Esa vieja capa de fustán que sólo usas para taparme cuando duermo la siesta después de comer, podrías dársela, pues necesita ropa.

En ese momento se asomó Dinah para decir que la mujer estaba despierta y quería ver a la señora.

Los señores Bird se fueron a la cocina, seguidos por los dos hijos mayores, porque a esa hora la más pequeña ya había sido depositada sana y salva en la cama.

La mujer estaba incorporada en el sofá junto a la chimenea. Miraba fijamente las llamas con una expresión sosegada y descorazonada, muy diferente de la agitación enloquecida de antes.

– ¿Me ha llamado? -preguntó la señora Bird con tono suave-. Espero que se encuentre usted mejor ahora, pobre mujer.

La única respuesta fue un suspiro largo y tembloroso; pero alzó los oscuros ojos y los fijó en ella con una expresión tan desvalida y suplicante que a la pequeña dama le saltaron las lágrimas.

– No debe usted temer nada; aquí somos sus amigos, pobre mujer. Dígame de dónde viene y qué quiere -dijo. -He venido de Kentucky -dijo la mujer.

– ¿Cuándo? preguntó el señor Bird, haciéndose cargo del interrogatorio.

– Esta noche.

– ¿Cómo ha venido?

– Cruzando sobre el hielo.

– ¡Cruzando sobre el hielo! -dijeron todos los presentes.

– Sí -dijo la mujer lentamente-. Lo he hecho. Con la ayuda de Dios, he cruzado por el hielo, porque me perseguían, me pisaban los talones, y no había otro remedio.

– ¡Diablos, señorita! -dijo Cudjoe- el hielo está todo roto y se balancea y tambalea en el agua.

– ¡Lo sé, lo sé! -dijo ella frenética-, ¡pero lo he hecho! Nunca me hubiera creído capaz; no pensaba poder conseguirlo, pero no me importaba. Sólo hubiera muerto si no lo conseguía. El Señor me ayudó; nadie sabe lo que puede ayudar el Señor hasta que lo intenta -dijo la mujer con los ojos llameantes.

– ¿Era usted esclava? -preguntó el señor Bird.

– Sí, señor; pertenecía a un hombre de Kentucky.

– ¿La trataba mal?

– No, señor; era buen amo.

– ¿Y su ama la trataba mal?

– No, señor; mi ama siempre ha sido buena conmigo.

– ¿Qué la ha impulsado a dejar una buena casa, entonces, y fugarse, para pasar todos estos peligros?

La mujer dirigió a la señora Bird una mirada aguda y escrutadora, y no se le escapó que vestía de luto.

– Señora -le dijo de repente- ¿ha perdido usted a un hijo?

La pregunta era inesperada, y cayó sobre una herida abierta, pues hacía sólo un mes que habían enterrado a un hijo queridísimo de la casa.

El señor Bird se volvió y se acercó a la ventana, y la señora Bird rompió a llorar; luego, recobrando el habla, dijo:

– ¿Por qué lo pregunta? He perdido a un pequeño.

– Entonces puede comprenderme. Yo he perdido a dos, uno tras otro, y los he dejado allí enterrados al marcharme; sólo me quedaba éste. Nunca me dormía sin tenerlo cerca; era todo lo que tenía. Era mi consuelo y mi orgullo, día y noche; y, señora, me lo iban a quitar, lo iban a vender, allá en el sur, señora. Iba a estar solo, un niño que nunca en la vida se ha separado de su madre. No podía soportarlo, señora. Sabía que yo no iba a servir para nada si lo vendían; así que, cuando me enteré de que habían firmado los papeles y que ya estaba vendido, lo cogí y salí por la noche; y me dieron caza, el hombre que lo compró y algunos hombres de mi amo, y estaban justo detrás de mí, y los oí. Salté sobre el hielo; y cómo crucé no lo sé, pero cuando me di cuenta, había un hombre ayudándome a subir por el barranco.

La mujer no sollozó ni lloró. Estaba en un estado donde se secan las lágrimas; pero todos los que la acompañaban, cada uno a su estilo, daban muestras de sincera compasión.

Los dos chiquillos, después de hurgar desesperadamente en los bolsillos en busca de los pañuelos que las madres saben que nunca se encuentran allí, se habían lanzado desconsolados a las faldas del vestido de su madre, donde sollozaban y se limpiaban los ojos y narices a sus anchas. La señora Bird tenía la cara oculta tras el pañuelo. La vieja Dinah, el honrado rostro negro surcado por las lágrimas, exclamaba «¡Que el Señor tenga piedad de nosotros!» con el fervor de una reunión religiosa, mientras que el viejo Cudjoe, frotándose los ojos enérgicamente con los puños y haciendo una cantidad descomunal de muecas variopintas, le respondía en la misma clave, con gran fervor. Nuestro senador era un hombre de estado y por supuesto no se podía esperar que él llorase, como los demás mortales, por lo que dio la espalda a los reunidos y miró por la ventana y parecía estar muy ocupado en carraspear y limpiarse las gafas, sonándose la nariz de vez en cuando de una forma altamente sospechosa si hubiera habido alguien en condiciones de observarlo de forma crítica.

– ¿Por qué me ha dicho que tenía un amo bondadoso? -exclamó de repente, ahogando una especie de sollozo y volviéndose rápido a mirar a la mujer.

– Porque era un amo bondadoso, tengo que decirlo, y mi ama era bondadosa también, pero no pudieron remediarlo. Debían dinero, y de alguna forma los tenía en su poder un hombre al que se vieron obligados a complacer. Yo los escuché y oí al amo decírselo al ama, mientras ella rogaba y suplicaba en mi nombre, y él le dijo que no podía evitarlo y que los papeles ya estaban firmados, y entonces cogí al niño y me fui de casa y vine aquí. Sabía que era inútil intentar vivir si seguían adelante, porque este hijo es lo único que tengo.

– ¿No tiene usted marido?

– Sí, pero pertenece a otro hombre. Su amo lo trata muy mal y casi nunca le deja ir a verme; se porta cada vez peor con él y ahora amenaza con venderlo en el sur; parece que no lo voy a ver más.

El tono sosegado con el que la mujer pronunció estas palabras podía hacer creer a un observador indiferente que era apática del todo; pero sus grandes ojos negros delataban una angustia profunda y arraigada que desmentía esta impresión.

– ¿Y adónde piensa dirigirse, pobre mujer? -preguntó la señora Bud.

– Al Canadá, si por lo menos supiera dónde está. ¿Está muy lejos el Canadá? -preguntó, mirando la cara de la señora Bird con un aire confiado y sencillo.

– ¡Pobrecita! -dijo involuntaria la señora Bird.

– Está lejísimos, ¿no? -dijo la mujer con intensidad.

– Mucho más lejos de lo que usted cree, ¡pobre hija! -dijo la señora Bird-; pero intentaremos pensar qué podemos hacer por usted. Bien, Dinah, prepárale una cama en tu propio cuarto junto a la cocina y yo pensaré en lo que podremos hacer por ella mañana. Mientras tanto, no tema, pobre mujer; confíe en Dios; Él la protegerá.

La señora Bird y su marido regresaron al salón. Ella se sentó en su pequeña mecedora ante el fuego, donde se balanceaba. El señor Bird paseaba arriba y abajo por la habitación, murmurando para sus adentros: «¡Vaya! ¡Caramba! ¡Mal asunto! ¡Difícil asunto!» Finalmente se acercó a su mujer y le dijo:

– Oye, esposa, tendrá que marcharse de aquí esta misma noche. Ese hombre le seguirá la pista mañana por la mañana a primera hora. Si se tratara sólo de la mujer, podría esconderse aquí hasta que se acabe todo; pero al pequeño estoy seguro de que ni un regimiento podría mantenerlo quieto. El los delatará asomando la cabeza por una puerta o ventana. ¡En buen apuro me encontraría yo si los cogieran aquí ahora precisamente! No, no; se tienen que marchar esta noche.

– ¿Esta noche? ¿Cómo es posible? ¿Adónde?

– Bien, ya sé yo adónde -dijo el senador, poniéndose las botas con aire reflexivo; se detuvo con la pierna a medio calzar, se cogió la rodilla entre ambas manos y pareció sumirse en una profunda meditación.

– Es un asunto condenadamente difícil y feo -dijo, por fin, tirando de nuevo de las correas de la bota-, y ésa es la pura verdad. -Después de ponerse una bota, el senador se quedó sentado con la otra en la mano, escudriñando con atención el dibujo de la alfombra-. Pero hay que hacerlo, no veo otra solución, ¡maldita sea! -y se puso ansiosamente la otra bota y miró por la ventana.

Ahora bien, la señora Bird era una mujer discreta que en la vida había dicho: «¡Ya te lo dije!» y, en esta ocasión, aunque era perfectamente consciente del derrotero que seguían los pensamientos de su marido, se abstuvo prudentemente de entrometerse, y se quedó sentada en silencio en su mecedora con aspecto de querer enterarse de las intenciones de su señor y amo cuando éste tuviese a bien comunicárselas.

– Verás -dijo él-, mi antiguo cliente, Van Trompe, ha venido de Kentucky, ha liberado a todos sus esclavos y ha comprado una propiedad a siete millas río arriba en un lugar apartado donde no va nadie si no lo conoce, pues es un sitio difícil de encontrar. Allí estaría a salvo, pero lo peor del caso es que no hay nadie que pueda conducir un coche hasta allí excepto yo mismo.

– ¿Por qué? Cudjoe es un excelente conductor.

– Sí, pero así es. Hay que cruzar dos veces el río, y la segunda vez es muy peligrosa si no se conoce el camino tan bien como yo lo conozco. Lo he cruzado cien veces a caballo y sé exactamente dónde pisar. Así que, ya ves, no hay otro remedio. Cudjoe debe preparar los caballos tan silenciosamente como pueda alrededor de las doce, y yo la llevaré; y después, para dar verosimilitud al asunto, él debe llevarme a mí a la siguiente taberna para que coja la diligencia a Columbus, que pasa a las tres o las cuatro, para que parezca que ése era el motivo de sacar el coche. Me pondré a trabajar a primera hora de la mañana. Pero se me ocurre que me sentiré bastante mal allí, después de todo lo que ha ocurrido; pero, ¡maldita sea! no puedo evitarlo.

– Tu corazón funciona mejor que tu cabeza en este caso, John -dijo su mujer, posando su blanca mano sobre la suya-. ¿Hubiera podido amarte si no te conociera mejor que tú mismo? -y la pequeña dama tenía un aspecto tan bello, con los ojos brillantes de lágrimas, que el senador pensó que debía ser un tipo de lo más inteligente para conseguir que lo admirase tan frenéticamente un ser tan bonito; así que no le quedó más remedio que marcharse muy serio para dar instrucciones sobre el coche. Sin embargo, se detuvo un momento en la puerta y, volviendo a entrar, dijo vacilante:

– Mary, no sé qué opinas tú al respecto, pero hay un cajón lleno de cosas… del pequeño Henry… -y, con estas palabras, se volvió rápidamente, cerrando la puerta a sus espaldas.

Su esposa abrió el pequeño dormitorio que estaba junto al suyo y colocó una vela encima de un escritorio que había allí; luego sacó una llave de un escondrijo y la insertó, pensativa, en la cerradura de un cajón y se quedó parada de repente, mientras que los dos muchachos que la habían seguido de cerca, como suelen hacerlo los niños, se quedaron contemplando a su madre con unas miradas silenciosas y significativas. Y tú, madre que lees esto, ¿nunca ha habido en tu casa un cajón o un armario que, al abrirlo, es cómo si abrieras de nuevo una pequeña tumba? Madre feliz eres, si no es así.

La señora Bird abrió lentamente el cajón. Había chaquetas de muchas formas y hechuras, pilas de delantales, hileras de medias; incluso un par de zapatitos, algo gastados en la punta, se asomaban entre pliegues de papel. Había un caballo y un carro de juguete, una peonza, una pelota… recuerdos juntados entre muchas lágrimas y dolor de corazón. Se sentó al lado del cajón y, apoyando la cabeza en las manos, lloró hasta que las lágrimas resbalaron desde sus dedos al cajón; entonces, levantando súbitamente la cabeza, comenzó con una prisa nerviosa a juntar las cosas más sencillas y más prácticas y colocarlas en un atado.

– Mamá -dijo uno de los niños, tocándole suavemente el brazo-, ¿vas a regalar esas cosas?

– Queridos niños -dijo ella seriamente en voz queda-, si nuestro querido Henry mira desde el cielo, estará encantado de que lo hagamos. No sería capaz de regalarlas a una persona cualquiera… a una persona feliz, pero las regalo a una madre más triste y desconsolada que yo, y espero que Dios la bendiga también.

Existen en este mundo algunas almas benditas, cuyas penas se convierten en alegrías para los demás y cuyas esperanzas terrenales, colocadas en la tumba con abundantes lágrimas, son una semilla de la que brotan flores y bálsamos curativos para los desolados y los afligidos. Se contaba entre ellas esta mujer delicada que está ahí sentada junto a la lámpara, derramando lágrimas mientras prepara los recuerdos de su hijo perdido para la nómada desterrada.

Después de un rato, la señora Bird abrió un armario y, sacando un par de vestidos sencillos y prácticos, se sentó a la mesa de labores armada con una aguja, unas tijeras y un dedal e inició el proceso de «sacar» que había recomendado su marido, y siguió ocupada en estos menesteres hasta que el viejo reloj del rincón dio las doce y oyó el traqueteo de las ruedas en la puerta.

– Mary -dijo su marido, entrando con el abrigo en la mano-, debes despertarla ahora; tenemos que marchamos.

La señora Bird se apresuró a poner los diversos objetos que había juntado en un pequeño y sencillo baúl, que cerró con llave y pidió a su marido que lo llevase al coche, después de lo cual fue a despertar a la mujer. Esta apareció poco después en la puerta, vestida con una capa, un sombrero y un chal que habían pertenecido a su benefactora, y con su hijo en brazos. El señor Bird la acompañó apresuradamente al coche y la señora Bird la siguió hasta los peldaños del mismo. Eliza se asomó y alargó la mano, una mano tan bella y delicada como la que la estrechó. Fijó sus grandes ojos negros llenos de gratitud en el rostro de la señora Bird y parecía a punto de decir algo. Se movieron sus labios, lo intentó una o dos veces, pero no salió ningún sonido; señaló hacia lo alto con una mirada inolvidable, se echó hacia atrás en el asiento y se cubrió la cara. Se cerró la puerta y se alejó el coche.

¡Qué situación para un senador patriota que había pasado toda la semana anterior espoleando la legislatura de su estado natal para que aprobara unas leyes más estrictas contra los esclavos fugados y los que les ayudaban a escapar!

¡A nuestro buen senador no le había hecho sombra en su estado natal ninguno de sus homólogos de Washington en el ejercicio de la clase de elocuencia que les ha granjeado el renombre inmortal! ¡Con qué majestuosidad se quedó sentado con las manos en los bolsillos burlándose de la debilidad sentimental de los que anteponían el bienestar de unos cuantos fugitivos miserables a los importantes intereses del estado!

Estuvo tan fiero como un león y consiguió convencer no sólo a sí mismo, sino a todos los que le oyeron hablar; pero en ese momento su idea de lo que era un fugitivo no iba más allá de las letras de las que se componía la palabra; o, como mucho, la imagen vista en un periódico de un hombre portando un bastón y un atado con las palabras «Fugado de casa del subscriptor» al pie. La magia de presenciar la verdadera aflicción, el suplicante ojo humano, la débil y temblorosa mano humana, la desesperada petición de ayuda: todo eso no lo había experimentado jamás. Nunca se le había ocurrido pensar que el fugitivo podía ser una madre desafortunada, un niño indefenso, como el que ahora llevaba puesta la gorra d e su hijo muerto, tan familiar para él. Así, ya que el pobre senador no estaba hecho de acero ni de piedra sino que era un hombre y, además, un hombre bastante noble de corazón, como todo el mundo puede ver, se sintió bastante incómodo con su patriotismo. Y no hace falta que os burléis de él, hermanos de los estados sureños, pues tenemos la idea de que muchos de vosotros, en un caso similar, no lo hubierais hecho mucho mejor. Tenemos razones para creer que, tanto en Kentucky como en Misisipí, viven personas de corazón noble y generoso, que nunca han oído en vano una historia de sufrimientos. Buen hermano, ¿es justo que esperes de nosotros servicios que tu mismo corazón noble y valiente no te permitiría prestar si estuvieras en nuestro lugar?

Sea como fuere, si nuestro buen senador pecó en lo político, estaba haciendo méritos para expiar su pecado con su penitencia nocturna. Había habido una larga temporada de lluvias y la tierra fértil y blanda de Ohio, como todo el mundo sabe, se presta fácilmente a la manufactura del fango, y el camino había sido una antigua vía férrea de ese estado.

– Díganme, ¿qué tipo de carretera es esa? -preguntan los viajeros del este, acostumbrados a asociar las vías férreas solamente con la suavidad o la velocidad.

Quiero que sepas, entonces, inocente amigo del este, que en las regiones salvajes del oeste, donde el barro alcanza profundidades sublimes e incalculables, las carreteras se fabrican con troncos redondos y bastos, colocados transversalmente uno al lado de otro, y cubiertos en el primer momento con tierra, turba y todo lo que se encuentra a mano, y a eso los nativos embelesados le llaman carretera y se disponen en el acto a circular por encima. Con el paso del tiempo, las lluvias se llevan toda la turba y la tierra y zarandean los troncos hasta dejarlos colocados de forma pintoresca, con toda clase de huecos y surcos de barro negro entremedias.

Así era la carretera por la que iba tambaleándose el senador, haciendo reflexiones morales tan constantemente como lo permitían las circunstancias. El coche iba más o menos ¡tran, tran, tran, tran! por el barro, haciendo que el senador, la mujer y el niño cambiasen de posición para dar, sin orden ni concierto, contra las ventanillas del lado opuesto. Se atasca el coche y se oye a Cudjoe pasar revista a los caballos en la parte de fuera. Después de varios infructuosos meneos y tirones, cuando el senador está a punto de perder la paciencia, el coche se endereza de pronto; las dos ruedas delanteras caen en otro surco y el senador, la mujer y el niño se precipitan promiscuamente hacia el asiento delantero; el sombrero del senador se le encasqueta de mala manera sobre los ojos y la nariz y cree que ha llegado su hora; el niño llora y Cudjoe, desde fuera, infunde ánimos a los caballos, que patalean y forcejean y se esfuerzan bajo repetidos chasquidos del látigo. El coche se rectifica con un salto y caen las ruedas de atrás; el senador, la mujer y el niño son proyectados al asiento de atrás, con los codos de él contra el sombrero de ella y los dos pies de ella golpeando el sombrero de él, que sale volando por la patada. Después de unos momentos, se pasa el «lodazal» y se detienen, jadeantes, los caballos; el senador recupera el sombrero, la mujer se arregla el suyo y tranquiliza al niño y se preparan para lo que aún tienen que pasar.

Durante un rato el continuo ¡clan, clan! sólo se mezclaba, para variar, con unos botes laterales y unas sacudidas tremendas; empezaron a congratularse de que las cosas no iban tan mal, después de todo. Por fin, con un zarandeo que los pone a todos primero de pie y después sentados con increíble rapidez, se detiene el coche, y después de mucha conmoción en el exterior, aparece Cudjoe en la puerta.

– Por favor, señor, es un lugar terrible, éste. No sé cómo vamos a salir. Creo que vamos a necesitar barrotes.

Se apea desesperado el senador, buscando tierra firme para apoyar los pies; se le hunde un pie hasta una profundidad tremenda, intenta sacarlo, pierde el equilibrio y se cae en el fango, de donde lo pesca Cudjoe en un estado lamentable.

Pero desistimos aquí, por compasión hacia los huesos de nuestros lectores. Los viajeros del oeste que hayan pasado las horas de la noche ocupados en la interesantísima tarea de tirar verjas con el fin de conseguir barrotes para sacar sus carruajes de agujeros de barro respetarán y compadecerán a nuestro héroe desventurado. Les rogamos que derramen una lágrima silenciosa y seguimos.

Era una hora muy avanzada de la noche cuando el coche salió, sucio y maltrecho, del barranco del río y se paró en la puerta de una larga casa.

Hizo falta muchísima perseverancia para despertar a los ocupantes, pero apareció por fin el respetable propietario, que abrió la puerta. Era un tipo grande, alto e hirsuto, de más de seis pies de alto sin zapatos, y vestía una camisa de caza de franela roja. Una abundantísima mata de cabello de color arena bastante enmarañada y una barba de varios días le conferían al noble hombre un aspecto muy poco atractivo. Se quedó unos minutos con la vela levantada, pestañeando a nuestros viajeros con una expresión lúgubre y desconcertada extremadamente cómica. Le costó bastante trabajo a nuestro senador hacer que comprendiese del todo la situación, y mientras que él se halla ocupado en esta tarea, a nuestros lectores les haremos la presentación del hombre.

El honrado John van Trompe había sido un importante terrateniente y propietario de esclavos del estado de Kentucky. Como «de oso no tenía más que el pellejo» y la naturaleza le había dotado de un gran corazón honrado y justo, en armonía con su complexión, estuvo años viendo con una inquietud reprimida el funcionamiento de un sistema tan pernicioso para el opresor como para el oprimido. Por fin, un día el corazón de John se hinchó demasiado para soportar sus ligaduras; entonces sacó la cartera y se fue a Ohio, donde compró un campo de buena tierra fértil, preparó los papeles de libertad para toda su gente -hombres, mujeres y niños-, los metió a todos en carretas y los llevó allí a vivir. Después el honrado John se fue otra vez río arriba y se instaló en una cómoda granja retirada para disfrutar de su conciencia y sus reflexiones.

– ¿Es usted el hombre que acogerá a una pobre mujer y a su hijo que huyen de cazadores de esclavos? -preguntó explícitamente el senador.

– Creo que soy yo -dijo el honrado John, con bastante énfasis.

– Ya me parecía -dijo el senador.

– Si viene alguien -dijo el buen hombre, irguiendo su cuerpo musculoso-, estoy preparado para recibirlo; y tengo siete hijos, cada uno de seis pies de altura, y ellos también estarán preparados. Presénteles nuestros respetos -dijo John-; dígales que no importa cuándo vienen, a nosotros nos da lo mismo -dijo John, pasando los dedos por la melena que le coronaba la cabeza y rompiendo a reír a carcajadas.

Fatigada, rendida y sin vigor, Eliza se arrastró hasta la puerta con su hijo profundamente dormido en brazos. El hombretón acercó la vela a su rostro y, soltando una especie de gruñido de compasión, le abrió la puerta de un pequeño dormitorio que daba a la gran cocina donde se encontraban y le hizo un gesto de que pasara. Cogió otra vela, la encendió y la coloco en la mesa y luego se dirigió a Eliza.

– Bien, muchacha, no debe tener miedo, venga quien venga. Estoy acostumbrado a ese tipo de cosas -dijo, señalando dos o tres buenos rifles que colgaban sobre la chimenea-; y la mayoría de las personas que me conocen saben que no es saludable intentar sacar a alguien de mi casa si yo me opongo. Así que usted duérmase sin más, tan tranquila como si la estuviera meciendo su madre -dijo, cerrando la puerta-. Vaya, ésta es muy guapa -dijo al senador-. Pues las guapas a veces tienen más motivos para fugarse, si tienen sentimientos dignos de mujeres decentes. Lo sé bien.

El senador le contó con pocas palabras la historia de Eliza.

– ¡Oh, oh! ¿Cree que quiero saberlo? -dijo compasivo el buen hombre-; calle, calle. ¡Es la naturaleza, pobre criatura, cazada como un ciervo! Cazada por tener sentimientos naturales y hacer lo que cualquier madre no podría evitar. ¿Sabe lo que le digo? Pues que estas cosas me hacen querer blasfemar más que ninguna otra cosa -dijo el honrado John, frotándose los ojos con el dorso de una gran mano pecosa y amarillenta-. ¿Sabe lo que le digo, forastero? Tardé años en hacerme de la iglesia, porque los sacerdotes de estas partes predicaban que la Biblia estaba a favor de estas cosas, y yo no me fiaba de su griego y su latín y me puse en contra, de ellos y de la Biblia. No me hice de la iglesia hasta que conocí a un cura que podía con ellos hasta en griego, que decía todo lo contrario; entonces me hice de la iglesia, y esa es la verdad -dijo John, que llevaba todo este tiempo descorchando una botella de sidra peleona, que ofreció a su huésped.

– Más vale que se quede hasta el amanecer -dijo enérgicamente-; yo despertaré a mi vieja y le preparará una cama en un periquete.

– Gracias, amigo -dijo el senador-, pero debo marcharme para coger la diligencia nocturna a Columbus.

– Bien, si debe marcharse, le acompañaré un trecho, para enseñarle una carretera alternativa que le llevará mejor que la que ha cogido para venir aquí. Esa carretera es muy mala.

John se preparó y, linterna en mano, pronto se le pudo ver guiando el carruaje del senador hacia una carretera que iba por una hondonada detrás de su vivienda. Cuando se despidieron, el senador le tendió un billete de diez dólares.

– Es para ella -dijo escuetamente.

– Ya, ya -dijo John, con la misma parsimonia.

Se estrecharon la mano y se separaron.

CAPÍTULO X

SE LLEVAN LA MERCANCÍA

A través de la ventana de la cabaña del tío Tom se veía la mañana gris y lluviosa de febrero. Los rostros abatidos reflejaban unos corazones pesarosos. La pequeña mesa estaba colocada delante de la chimenea, cubierta con un trapo de planchar; una o dos camisas, bastas aunque limpias, colgaban del respaldo de una silla cerca del fuego, y la tía Chloe tenía otra extendida ante ella en la mesa. Frotaba y planchaba cuidadosamente cada pliegue y cada dobladillo con la más meticulosa exactitud, y alzaba la mano de vez en cuando para apartar las lágrimas que caían a chorro por sus mejillas. Tom estaba sentado cerca, con la Biblia en las rodillas y la cabeza en la mano; ninguno de los dos hablaba. Era temprano aún y los niños dormían todos juntos en la rudimentaria carriola.

Tom, plenamente dotado del corazón tierno y doméstico que ¡para su desgracia! es característico de su malhadada raza, se levantó y se aproximó silenciosamente a mirar a sus hijos.

– Es la última vez -dijo.

La tía Chloe no respondió, sólo planchaba y planchaba una y otra vez la burda camisa, ya tan lisa como las manos podían lograr; y, finalmente, dejando caer la plancha con un golpe de desesperación, se sentó en la mesa y «alzó la voz y lloró».

– Supongo que debemos resignarnos pero ¡ay, Señor!, ¿cómo vamos a conseguirlo? ¡Si por lo menos supiera adónde vas o qué van a hacer contigo! El ama dice que intentará recuperarte en un año o dos; ¡pero, Señor!, no vuelve ninguno de los que van allá abajo. ¡Los matan! He oído hablar de la manera en que los tratan en esas plantaciones.

– Tendrán el mismo Dios allí que tenemos aquí, Chloe.

– Bueno -dijo la tía Chloe-, supongo que sí, pero el Señor permite que ocurran cosas terribles a veces, así que eso no me consuela.

– Estoy en manos del Señor -dijo Tom-; las cosas no pueden ir más lejos de lo que permite, y de eso puedo dar gracias. Soy yo el que ha sido vendido y se va al sur, y no tú o los niños. Estáis a salvo aquí. Lo que vaya a ocurrir me ocurrirá sólo a mí, y el Señor me ayudará, lo sé.

¡Ay, hombre valiente, que ahogas tu propia pena para consolar a tus seres queridos! Tom habló con voz apagada y un nudo en la garganta, pero habló fuerte y gallardamente.

– Pensemos en nuestras bendiciones -añadió tembloroso, como si supiera muy bien que le convenía pensar en ellas.

– ¡Bendiciones! erijo la tía Chloe-. ¡Yo no veo ninguna bendición! ¡Está mal que las cosas ocurran de este modo! El amo nunca hubiera debido permitir que las cosas llegaran al extremo donde tú tuvieras que saldar su deuda. Ya le has hecho ganar el doble de lo que le pagarán por ti. Te debía la libertad, hace años que tenía que habértela concedido. Quizás ahora no tiene otro remedio, pero creo que no está bien. Nada me hará pensar otra cosa. ¡Una criatura tan fiel como tú lo has sido, siempre poniendo sus intereses antes que los tuyos, y que lo apreciabas más que a tu propia mujer y a tus propios hijos! Los que venden el afecto o la sangre de un corazón, ¡no se librarán de la ira del Señor!

– ¡Chloe, si me amas, no hables así! ¡A lo mejor es la última vez que estamos juntos! Y te digo, Chloe, me duele oír siquiera una palabra en contra del amo. ¿No lo pusieron en mis brazos cuando era un bebé? Es natural que tenga buena opinión de él. No se puede esperar que él tenga para el pobre Tom la misma estima. Los amos están acostumbrados a que se lo den todo hecho, y es natural que no lo aprecien. No se puede esperar que lo hagan. Ponlo al lado de otros amos y dime, ¿a quién han tratado como a mí y quién ha vivido mejor que yo? Y no habría dejado que me sucediese esto si lo hubiera sabido de antemano, estoy convencido.

– De todas formas, algo de malo tiene el asunto -dijo la tía Chloe, de quien una característica predominante era un sentido obstinado de la justicia-. No sabría decir exactamente lo que es, pero tiene algo de malo, lo tengo claro.

– Debes mirar al Señor que está en el cielo, por encima de todos; ni un gorrión cae sin que Él lo sepa.

– No me consuela, aunque supongo que debería-dijo la tía Chloe-. Pero no sirve de nada hablar; mojaré la torta de maíz y te prepararé un buen desayuno, porque ¿quién sabe cuándo te darán otro?

Para comprender los sufrimientos de los negros vendidos para el mercado del sur, hay que tener en cuenta que los afectos instintivos de esta raza son especialmente fuertes. Su querencia por el lugar de nacimiento es muy duradera. No son atrevidos ni emprendedores por naturaleza, sino hogareños y cariñosos. Añadamos a esto los terrores que la ignorancia confiere a lo desconocido, y luego sumemos el hecho de que venderse en el sur es el castigó más severo con el que se atemoriza a los negros desde su infancia. La amenaza que les asusta más que los latigazos o las torturas de cualquier tipo es la de mandarlos río abajo. Nosotros personalmente les hemos oído expresar estos sentimientos y hemos visto el horror genuino con el que se reúnen en sus horas de ocio para contar historias de «río abajo» que es, para ellos:

Ese país desconocido, de cuyos linderos

no vuelve ningún viajero [13].

Un misionero que se ocupa de los fugitivos del Canadá nos contó que muchos de éstos confesaron haberse escapado de amos relativamente bondadosos, y que lo que les había instigado a afrontar los peligros de la fuga, en casi todos los casos, era el horror de ser vendidos en el sur, destino que pendía sobre sus cabezas, o las de sus maridos o de sus mujeres o de sus hijos. Esto infunde al africano, paciente, tímido y carente de iniciativa por naturaleza, un valor heroico y le induce a pasar hambre, frío, dolor, los peligros de la naturaleza salvaje y las penalidades más temidas al ser capturado de nuevo.

La sencilla colación matutina humeaba sobre la mesa, pues la señora Shelby había dispensado a la tía Chloe de trabajar en la casa grande aquella mañana. Esta pobre alma había gastado sus escasas energías en este banquete de despedida: había matado y aderezado su mejor pollo y preparado una torta de maíz con esmerado cuidado, según el gusto de su marido, y había colocado varios tarros misteriosos sobre la repisa de la chimenea, que contenían confituras que no se sacaban nada más que en las ocasiones más excepcionales.

– ¡Señor, Pete -dijo Mose triunfante-, qué desayuno nos espera! -a la vez que cogía un pedazo de pollo.

La tía Chloe le dio un cachete. -¡Toma! ¡Mira que aprovecharte de la última comida que va a hacer tu padre en casa!

– ¡Vamos, Chloe! -dijo Tom con ternura.

– Pues no puedo evitarlo dijo la tía Chloe, escondiendo la cara en el delantal-; estoy tan disgustada que me hace portarme mal.

Los niños se quedaron totalmente quietos, mirando primero a su padre y después a su madre, mientras la niña, trepando por sus faldas, empezó a soltar un aullido urgente e imperioso.

– ¡Ya está! -dijo la tía Chloe, secándose los ojos y cogiendo a la nena-, ya se me ha pasado, espero. Ahora comed algo. Éste es mi mejor pollo. Tomada, niños, comed un poco, pobrecitos. Vuestra madre os ha regañado.

Los niños no necesitaron una segunda invitación y se lanzaron con gran energía sobre la comida; y más valía que fuera así, porque si no es por ellos, poco provecho se habría sacado de la ocasión.

– Ahora -dijo la tía Chloe, trajinando alrededor después del desayuno-, debo prepararte la ropa. Lo más probable es que él se la quede toda. Los conozco bien: ¡mezquinos y tacaños todos! Bien, la camisa de franela para el reuma está en este rincón; así que cuídala, porque nadie te va a hacer otra. Y ahí están tus camisas viejas y aquí las nuevas. Te arreglé los calcetines anoche y te pongo el huevo de zurcir, aunque, Señor, ¿quién te los va a zurcir en el futuro? y la tía Chloe, sucumbiendo una vez más, apoyó la cabeza en la caja y lloró-. ¡Cuando pienso que nadie te va a cuidar, sano o enfermo! ¡Creo que no es necesario que me porte bien, después de todo!

Los niños, después de comerse todo lo que había encima de la mesa del desayuno, comenzaron a pensar en la situación y, viendo llorar a su madre y a su padre poner cara de tristeza, se pusieron a lloriquear y se llevaron las manos a los ojos. El tío Tom tenía a la niña en el regazo, donde se divertía de lo lindo, rascándole la cara y tirándole del pelo, de vez en cuando estallando en ruidosas manifestaciones de gozo, que evidentemente surgían de sus reflexiones más íntimas.

– ¡Ay, ríe, ríe, pobrecita! -dijo la tía Chloe- ¡a ti también te llegará la hora! ¡Vivirás para ver cómo te venden al marido, o quizás a ti misma; y estos niños también serán vendidos, supongo, en cuanto valgan para algo; no sé para qué nosotros los negros tengamos nada!

En esto uno de los niños gritó: -¡Que viene el ama!

– Ella no puede hacer nada; ¿para qué viene? -dijo la tía Chloe.

Entró la señora Shelby. La tía Chloe le puso una silla con unos modales claramente rudos y ásperos. Aquélla no pareció darse cuenta ni de la acción ni de los modales. Estaba pálida y ansiosa.

Tom -dijo-, he venido para… -y deteniéndose de pronto y mirando al grupo silencioso, se sentó en la silla y, tapándose la cara con un pañuelo, rompió a llorar.

– ¡Señor, señor, no llore usted, ama! -dijo la tía Chloe, rompiendo a llorar también; durante unos momentos todos lloraron al unísono. Y en esas lágrimas derramadas en compañía, los importantes y los humildes juntos, se disolvieron todas las penas y la ira de los oprimidos. Ay, vosotros que visitáis a los afligidos, sabed que todo lo que puede comprar vuestro dinero, donado con la mirada fría y distante, no vale lo que una sola lágrima derramada sinceramente.

– Mi buen amigo -dijo la señora Shelby-, no te puedo dar nada que te sirva. Si te doy dinero, te lo quitarán. Pero te digo solemnemente, ante Dios, que seguiré tu rastro y te traeré de vuelta en cuanto reúna el dinero. Hasta entonces, ¡confía en el Señor!

En este momento los niños avisaron que venía el señor Haley, y enseguida la puerta se abrió de una patada descortés. Ahí estaba Haley de muy mal humor después de haber pasado la noche anterior a caballo y nada contento del fracaso de sus esfuerzos por capturar a su presa.

– Ven, negro -dijo- ¿estás listo? Su servidor, señora -dijo, quitándose el sombrero al ver a la señora Shelby. La tía Chloe cerró y ató la caja y, al levantarse, miró ceñuda al tratante, y sus lágrimas parecieron convertirse en chispas de fuego.

Tom se levantó manso para seguir a su nuevo amo y se puso la pesada caja al hombro. Su mujer cogió a la niña en brazos para acompañarlo al carro, y los niños, llorando aún, fueron a la zaga.

La señora Shelby se acercó al tratante y lo entretuvo unos momentos hablándole de forma intensa, y mientras ella hablaba, toda la familia llegó hasta un carro que se encontraba enjaezado en la puerta. Había una multitud de braceros jóvenes y viejos reunidos alrededor para despedirse de su antiguo compañero. A Tom lo apreciaban todos tanto en calidad de sirviente jefe como de instructor cristiano, y sentían una sincera pena y tristeza por su partida, especialmente las mujeres.

– ¡Vaya, Chloe, lo soportas mejor que nosotras! -dijo una de las mujeres, que había estado llorando desenfrenadamente, al observar el triste sosiego de que daba muestras la tía Chloe ahí de pie junto al carro.

– ¡Ya no me quedan más lágrimas! -dijo, mirando ceñuda al traficante, que se aproximaba-. No tengo ganas de llorar delante de ese individuo, de ninguna manera.

– ¡Sube! -dijo Haley a Tom, cruzando a zancadas por entre la multitud de sirvientes, que lo miraban con el ceño fruncido.

Tom subió y Haley sacó de debajo del asiento del carro un par de grilletes y le colocó uno en cada tobillo.

Un ahogado murmullo de indignación recorrió todo el círculo, y la señora Shelby, desde el porche, dijo:

– Señor Haley, le aseguro que esa precaución es totalmente innecesaria.

– No lo sé, señora; ya he perdido quinientos dólares en este lugar y no puedo permitirme correr más riesgos.

– ¿Qué otra cosa se podía esperar de él? -dijo, indignada, la tía Chloe, mientras que los dos niños que parecieron comprender, por fin, el destino de su padre, se le agarraron al vestido, sollozando y lamentándose enérgicamente.

– Siento -dijo el tío Tom- que se halle ausente el señorito George.

George se había marchado a pasar dos o tres días con un compañero de una hacienda vecina y, como se había ido por la mañana temprano, antes de que se hubiera hecho pública la desgracia de Tom, no se había enterado de ella.

– Despedidme cariñosamente del señorito George -dijo muy serio.

Haley fustigó el caballo y se llevó rápidamente a Tom, que dedicó una mirada serena y triste a su viejo hogar hasta el último momento.

A esta hora, el señor Shelby no estaba en casa. Había vendido a Tom por una necesidad acuciante, para librarse del poder de un hombre a quien temía, y su primera sensación después de finalizar la negociación había sido de alivio. Pero las recriminaciones de su esposa habían despertado sus remordimientos latentes y la generosidad varonil de Tom había aumentado su sentimiento de malestar. En vano se decía a sí mismo que estaba en su derecho al actuar así, que todo el mundo lo hacía, y algunos sin verse siquiera obligados a ello. Pero no lograba acallar sus sentimientos y, para no presenciar las desagradables escenas de la consumación, había emprendido un pequeño viaje de negocios, con la esperanza de que todo hubiera acabado antes de su regreso.

Tom y Haley se fueron traqueteando por el camino polvoriento, pasando velozmente por todos los lugares familiares, hasta traspasar los límites de la finca y encontrarse en la carretera abierta. Después de avanzar aproximadamente una milla, Haley paró de pronto a la puerta de un herrero, y, sacando unas esposas, entró en la forja para que les hicieran una pequeña modificación.

– Son demasiado pequeñas para él -dijo Haley, mostrando las esposas y señalando a Tom.

– ¡Señor, si es el Tom de Shelby! ¿No lo habrá vendido? -preguntó el herrero.

– Sí -dijo Haley.

– ¡Vaya, vaya! -dijo el herrero-. ¿Quién iba a decirlo? Pero no hace falta que lo encadene de esta manera. Es el hombre más leal y bueno…

– Sí, sí -dijo Haley-, pero los leales y buenos son precisamente los que quieren escaparse. Los tontos, a los que no les importa adónde vayan, y los vagos y los borrachos, a los que no les importa nada, ellos se quedan e incluso les hace gracia que los lleven de aquí para allá. Pero estos hombres de calidad nos odian a muerte. No hay más remedio que encadenarlos; si tienen piernas, las usarán, sin duda.

– Bueno -dijo el herrero, hurgando entre sus utensilios- esas plantaciones del sur no son exactamente el sitio adonde quiere ir un negro de Kentucky. Se mueren muy rápido, ¿verdad?

– Pues, sí, se mueren bastante rápido; mientras que se aclimatan y entre una cosa y otra, se mueren lo bastante rápido para mantener ágil el mercado -dijo Haley.

– Pues, no puede uno más que pensar que es una lástima que un tipo agradable y tranquilo como Tom vaya a que lo machaquen a una de aquellas plantaciones de azúcar.

– Pues tendrá una oportunidad. He prometido tratarlo bien. Lo colocaré como sirviente con alguna buena familia y entonces, si aguanta el clima y las fiebres, tendrá un puesto tan bueno como puede desear un negro.

– Su mujer y sus hijos se quedan aquí, supongo.

– Sí, pero le darán otra allí. Señor, si hay mujeres de sobra en todas partes -dijo Haley.

Tom estaba sentado en la puerta de la forja durante esta conversación. De repente oyó los pasos rápidos de un caballo detrás de él, y, antes de poder reaccionar de la sorpresa, el señorito George saltó al carro, le rodeó el cuello con los brazos y se puso a sollozar y renegar enérgicamente.

– ¡Es imperdonable, no me importa lo que digan! ¡Es una verdadera vergüenza! Si yo fuera hombre, no lo harían, desde luego que no -dijo George con una especie de aullido reprimido.

– ¡Ay, señorito George, cómo me alegro! -dijo Tom-. No podía soportar irme sin verlo. ¡No puede imaginarse cuánto me alegro! -al decir esto, Tom hizo algún movimiento con los pies, y George vio los grilletes.

– ¡Qué vergüenza! -exclamó, alzando las manos-. ¡Voy a darle su merecido a ese tipo, ya lo creo!

– ¡Ni hablar!, señorito George, y no hable usted tan alto. A mí no me hará ningún bien que se enfade.

– Pues, no lo haré, entonces, por tu bien. Pero sólo pensarlo… ¿no es una vergüenza? A mi no me llamaron ni me dijeron una palabra y, si no hubiera sido por Tom Lincoln, no me habría enterado. Te digo ¡menuda bronca les he metido a todos en casa!

– Eso no estaba bien, me temo, señorito George.

– No pude remediarlo. ¡Digo que es una vergüenza! Mira, tío Tom -dijo, volviendo la espalda a la forja y hablando con un tono misterioso- ¡te he traído mi dólar!

– ¡Ay, no se me ocurriría cogérselo, señorito George, de ninguna manera! -dijo el tío Tom, bastante emocionado.

– ¡Pero lo tienes que coger! -dijo George-. Mira, le dije a la tía Chloe que iba a hacerlo, y ella me aconsejó que hiciera un agujero en medio y pasara un cordel para que te lo puedas colgar al cuello y mantenerlo oculto; si no, este sinvergüenza te lo quitaría. Oye, Tom, quiero darle una paliza, ¡me vendría bien!

– ¡No lo haga, señorito George, porque a mí no me vendría bien!

– Pues entonces no lo hago, por ti -dijo George, ocupado en atar su dólar alrededor del cuello de Tom-. Pero abróchate la chaqueta para taparlo, y guárdalo y acuérdate, cada vez que lo mires, de que yo iré a buscarte para traerte de vuelta. La tía Chloe y yo hemos hablado de ello. Le he dicho que no tema, que yo me ocuparé y no dejaré en paz a mi padre hasta que acceda.

– Ay, señorito George, no debe hablar así de su padre.

– Por Dios, Tom, no lo hago con mala intención.

– Y ahora, señorito George, debe portarse bien; acuérdese de cuánta gente confía en usted. Quédese siempre cerca de su madre. No se le ocurra adoptar esas costumbres tontas de los muchachos de hacerse demasiado mayores para cuidar de sus madres. ¿Sabe qué, señorito George? El Señor da muchas cosas buenas dos veces, pero sólo nos da la madre una vez. Nunca verá usted otra mujer igual, señorito George, aunque viva cien años. Así que aférrese a ella y crezca para ser su consuelo, como un buen chico. Lo hará, ¿verdad?

– Sí, lo haré, tío Tom -dijo George, muy serio.

– Y cuidado con su forma de hablar, señorito George. A su edad, la naturaleza vuelve testarudos a los jóvenes algunas veces. Pero los verdaderos caballeros, como espero que usted vaya a ser, nunca utilizan palabras que no sean respetuosas con sus padres. ¿No se ofenderá, señorito George?

– Desde luego que no, Tom. Siempre me has dado buenos consejos.

– Soy mayor que usted, ¿sabe? -dijo Tom, pasando su mano grande y fuerte por los finos rizos, hablando con una voz tan tierna como la de una mujer- y veo todas las cosas que tiene usted dentro. Ay, señorito George, lo tiene usted todo: educación, privilegios, sabe leer y escribir, y será un hombre instruido y bueno y estarán orgullosos de usted su madre y su padre y toda la gente de la finca. Sea usted buen amo, como su padre; y cristiano, como su madre. Acuérdese del Creador en sus años mozos, señorito George.

– Seré bueno de verdad, tío Tom, te lo prometo -dijo George-. Voy a ser de primera, no te preocupes. Y haré que vuelvas a casa. Como he dicho a la tía Chloe esta mañana, volveré a hacer nuestra casa con un salón con su alfombra para ti, cuando sea mayor. ¡Aún tienes que pasar buenos ratos!

Haley salió a la puerta con las esposas en la mano.

– Oiga usted, señor -dijo George, apeándose con un aire muy superior-, haré saber a mi padre y mi madre cómo trata usted al tío Tom.

– Hazlo -dijo el tratante.

– ¿No le da vergüenza pasar la vida comprando a hombres y mujeres y encadenándoles, como si fueran ganado? Supongo que se sentirá mezquino -dijo George.

– Siempre que la gente importante como vosotros queráis comprarlos, soy tan bueno como vosotros -dijo Haley-; no es más mezquino comprarlos que venderlos.

– No haré ninguna de las dos cosas, cuando sea hombre -dijo George-. Me siento avergonzado hoy de ser de Kentucky. Antes siempre me sentía orgulloso de ello y George se sentó muy erguido en su caballo y miró a su alrededor como si esperase que el estado quedara impresionado por su opinión.

– Bien, adiós, tío Tom; aguanta el tipo -dijo George.

– Adiós, señorito George -dijo Tom, mirándolo con afecto y admiración-. ¡Que Dios Todopoderoso le bendiga! ¡Ay, no hay muchos como usted en Kentucky! -dijo con el corazón rebosante, mientras iba perdiendo de vista la cara juvenil e ingenua. Desapareció bajo la mirada de Tom y se desvaneció también el chacoloteo del caballo, el último sonido y la última visión de su hogar. Pero le parecía tener un lugar cálido encima del corazón, allí donde las manos juveniles habían puesto ese precioso dólar. Tom levantó la mano y lo apretó contra su pecho.

– Pues, te diré, Tom -dijo Haley, acercándose al carro y tirando dentro las esposas- voy a ser franco contigo, como lo soy con todos mis negros, y te diré, para empezar, tú me tratas bien y yo te trataré bien a ti; nunca soy duro con mis negros. Hago por ellos lo mejor que puedo. Así que más vale que te pongas cómodo y no intentes ninguno de tus trucos, porque conozco todos los trucos de los negros y no tienes nada que hacer. Si los negros se quedan quietos y no quieren escapar, lo pasan bien conmigo. Si no, entonces es culpa suya y no mía.

Tom le aseguró a Haley que no tenía ninguna intención de escaparse en ese momento. De hecho, parecía una advertencia algo superflua para un hombre que llevaba un gran par de grilletes de hierro en los pies. Pero el señor Haley acostumbraba a iniciar sus relaciones con su mercancía con pequeñas recomendaciones de este estilo, calculadas, creía, a inspirar confianza y buen humor y a evitar la necesidad de escenas desagradables.

Y aquí nos despedimos, de momento, de Tom, para seguir la fortuna de otros personajes de nuestra historia.

CAPÍTULO XI

EN EL QUE LA MERCANCÍA HUMANA ADOPTA

UN ESTADO DE ÁNIMO POCO RECOMENDABLE

A finales de una tarde lluviosa, un viajero se apeó en la puerta de un pequeño hotel rural de la aldea de Nen Kentucky. Un grupo variopinto se hallaba reunido en el bar, llevado por las inclemencias del tiempo a buscar refugio, y el lugar presentaba el aspecto habitual de tales reuniones. Lo más característico del cuadro eran los ciudadanos de Kentucky grandotes y huesudos, vestidos con camisas de caza, que arrastraban sus extremidades desgarbadas por la mayor parte de la sala con los andares perezosos típicos de la zona; sus rifles, junto con las bolsas de perdigones, los zurrones, los perros de caza y los pequeños negros, estaban apilados en los rincones. A cada extremo de la chimenea, estaba sentado un caballero de largas piernas, la silla inclinada hacia atrás, el sombrero en la cabeza y los tacones de las botas embarradas apoyadas en la repisa, postura, queremos informar a nuestros lectores, que favorecía mucho la inclinación a la reflexión inherente a las tabernas del oeste, donde los viajeros dan muestras de una clara preferencia por esta forma particular de elevar sus pensamientos.

El posadero, que estaba detrás de la barra, como la mayoría de sus paisanos, era alto de estatura, bondadoso de corazón y desgarbado de articulaciones, con una tremenda mata de pelo en la cabeza y un sombrero de copa en lo alto.

De hecho, todos los presentes llevaban en la cabeza este emblema característico de la soberanía del hombre: ya fuera sombrero de fieltro, jipijapa, grasienta piel de castor o elegante chistera, allí estaba con verdadera independencia republicana. Realmente parecía ser la marca distintiva de cada individuo. Algunos los llevaban inclinados gallardamente: éstos eran los humoristas, unos tipos campechanos y tranquilos; otros los llevaban encasquetados hasta la nariz: éstos eran los tipos duros, los hombres de verdad, que, cuando llevaban sombrero, era porque querían; había quienes los llevaban echados hacia atrás: eran hombres despiertos, que querían tener un buen panorama; mientras que los descuidados, que no sabían cómo llevaban el sombrero ni les importaba, los llevaban puestos de cualquier forma. A decir verdad, los diferentes sombreros eran todo un estudio shakespeariano.

Algunos negros, con pantalones poco formales y camisas algo escasas, correteaban de un lado a otro sin ningún resultado aparente aparte de la expresión de un deseo genérico de mover cielo y tierra en bien del amo y sus huéspedes. Si sumamos a este cuadro un alegre fuego chisporroteante que ardía en una amplia chimenea, las puertas y las ventanas abiertas de par en par, las cortinas de percal ondulando y chasqueando con la brisa de aire húmedo y frío, tenemos una idea de lo que son las alegrías de una taberna de Kentucky.

El hombre de Kentucky de hoy es una buena ilustración de la doctrina de la transmisión de instintos y rasgos. Sus antepasados eran grandes cazadores, hombres que vivían en el bosque y dormían bajo el cielo abierto, iluminados por la luz de las estrellas; y el descendiente de hoy actúa siempre como si las casas fueran un campamento: a todas horas tiene el sombrero puesto, se mueve dando tumbos y apoya los talones en las mesas y las repisas igual que su padre se volcaba por el verde césped y ponía los pies sobre los árboles y los troncos; mantiene ventanas y puertas abiertas en invierno y en verano, para poder llenarse de aire los grandes pulmones, llama a todo el mundo «forastero» con imperturbable afabilidad y en general es el ser más franco, tranquilo y jovial de todos los vivientes.

En una tranquila concurrencia de este tipo vino a caer nuestro viajero. Era un hombre bajo y fornido, cuidadosamente vestido, con un rostro redondo y bonachón y algo tiquis miquis en su aspecto. Prestaba una atención especial a su valija y su paraguas, que llevaba en la mano, resistiéndose a los ofrecimientos de los sirvientes de cogérselos. Miró alrededor del bar con un aire algo ansioso, se retiró al rincón más cálido con sus tesoros, que depositó bajo su silla, se sentó y dirigió la vista con bastante aprensión al dignatario cuyos talones marcaban un extremo de la repisa de la chimenea y que escupía a diestro y siniestro con un ahínco y una energía un poco alarmantes para un caballero de nervios delicados y costumbres urbanas.

– ¡Hola, forastero! ¿Cómo le va? -dijo dicho caballero, lanzando un chorro de jugo de tabaco en dirección al recién llegado a modo de saludo.

– Bien, supongo -fue la respuesta del otro, a la vez que esquivaba, algo alarmado, la amenaza del saludo.

– ¿Qué hay de nuevo? -preguntó su interlocutor, sacando del bolsillo una tira de tabaco y un gran cuchillo de caza.

– Nada, que yo sepa -dijo el hombre.

– ¿Quiere mascar? -dijo el primero, ofreciéndole un pedazo de tabaco al anciano con aire fraternal.

– No, gracias, no me sienta bien -dijo el hombrecillo, alejándose.

– ¿No, eh? -dijo el otro tranquilamente, introduciendo el trozo en su propia boca para mantener las existencias de jugo de tabaco en beneficio de la sociedad en general.

El caballero mayor daba un pequeño salto cada vez que su hermano zanquilargo disparaba en su dirección; como su compañero se dio cuenta de esto, dirigió amablemente su artillería hacia otro lado, poniéndose a bombardear los utensilios para el hogar con suficiente talento militar como para asediar una ciudad.

– ¿Qué es eso? -pregunto el caballero anciano señalando un grupo de la compañía que formaba un grupo alrededor de un gran cartel.

– ¡El anuncio de un negro! -contestó escuetamente uno del grupo.

El señor Wilson, pues así se llamaba el anciano caballero, se levantó y, ajustando cuidadosamente la valija y el paraguas, procedió a sacar las gafas y colocárselas en la nariz; después de realizada esta operación, leyó lo siguiente:

Escapado del que suscribe, el mulato George. Este George, seis pies de altura, mulato muy claro, cabello castaño rizado: es muy inteligente, habla bien, sabe leer y escribir; probablemente se haga pasar por blanco; tiene grandescicatrices en la espalda y los hombros; está marcado con la letra H en la mano derecha.

Daré cuatrocientos dólares por el vivo y la misma cantidad por una prueba fehaciente de su muerte.

El anciano caballero leyó este anuncio de cabo a rabo en voz queda, como si lo estuviera memorizando.

El veterano zanquilargo, que había estado bombardeando los útiles del fuego como ya hemos relatado, bajó las piernas desgarbadas e, irguiendo su cuerpo larguirucho, se aproximó al anuncio y escupió con mucha deliberación una gran descarga de jugo de tabaco hacia él.

– Eso es lo que yo opino de esto -dijo escuetamente y volvió a sentarse.

– ¡Vaya, forastero! ¿Por qué ha hecho eso? preguntó el posadero.

– Haría lo mismo al que escribió ese papel, si estuviese aquí -dijo el hombre alto, ocupándose nuevamente en cortar tabaco-. Cualquier hombre que es dueño de un muchacho así y no sabe tratarlo mejor, merece perderlo. Estos anuncios son una vergüenza para Kentucky; esa es mi opinión sin tapujos, si alguien quiere saberlo.

– Bueno, pues, tiene usted razón -dijo el posadero, apuntando algo en su libro.

– Yo tengo una cuadrilla de muchachos, señor -dijo el hombre largo, volviendo a su ataque contra los útiles del fuego- y sólo les digo: «Muchachos», digo, «¡corred!, ¡largaos cuando queráis! ¡Yo no iré a buscaros!» Así mantengo a los míos. Si saben que son libres de irse cuando quieran, pierden las ganas. Además, tengo registrados los papeles de libertad de todos ellos por si me caigo muerto cualquier día, y ellos lo saben, y le digo, forastero, que no hay un hombre en estas partes que saque más a sus negros que yo. Pues mis muchachos han ido a Cincinnati con potros por valor de quinientos dólares, y han vuelto, honrados, a traerme el dinero, una y otra vez. Es lógico que sea así. Si los tratas como perros, conseguirás que trabajen y se comporten como perros. Trátalos como hombres, y conseguirás que trabajen como hombres y el honrado ganadero rubricó calurosamente este sentimiento piadoso disparando un feu de joie [14] perfecto al hogar.

– Creo que tiene usted toda la razón, amigo -dijo el señor Wilson-; y el hombre descrito aquí es un buen ejemplar, de eso no hay duda. Trabajó para mi una docena de años en mi fábrica de bolsas, y era mi mejor trabajador, señor. Es un hombre ingenioso, también: inventó una máquina para limpiar el cáñamo, un ingenio de gran valor, que ya utilizan en varias fábricas. Su amo posee la patente.

– Ya lo creo -dijo el ganadero-, la posee y le saca dinero, y, como pago, va y le marca al muchacho en la mano derecha. Si yo tuviera ocasión, lo marcaría a él, de manera que llevara una temporada la marca.

– Estos sabihondos siempre dan guerra-dijo un hombre de aspecto basto al otro lado de la habitación-, por eso los zurran y los marcan con hierro. Si se comportasen, no les pasaría nada.

– Es decir, que el Señor les hizo hombres y es una tarea difícil convertirlos en bestias -dijo con ironía el ganadero.

– Los negros inteligentes no son una ventaja para sus amos -prosiguió el otro, atrincherándose en su burda estupidez inconsciente para defenderse del desprecio de su contrincante-; ¿para qué sirven los talentos y todas esas cosas, si no las puedes usar tú mismo? Porque ellos sólo los usan para engañarte. Yo he tenido a uno o dos tipos así y los vendí río abajo. Sabía que los iba a perder tarde o temprano, si no lo hacía.

– Debería encargarle al Señor que le fabrique unos cuantos sin alma -dijo el ganadero.

En este punto, la llegada de un coche ligero de un solo caballo a la posada interrumpió la conversación. Tenía un aspecto refinado y un hombre caballeroso y bien vestido estaba sentado en el pescante con un sirviente negro que conducía.

Todos los reunidos contemplaron al recién llegado con el interés con el que cualquier grupo de holgazanes contempla a todo recién llegado en un día de lluvia. Era muy alto, con la tez cetrina como de un español, unos bonitos ojos expresivos y un cabellos muy rizado, negro también. Su nariz aguileña bien dibujada, sus finos labios y el bien formado contorno de su cuerpo impresionaron enseguida a todos los presentes con una sensación de algo fuera de lo común. Se introdujo tranquilamente entre los reunidos, con un movimiento de cabeza, indicó al mozo dónde colocar su baúl, hizo una reverencia a la compañía y se acercó despacio, sombrero en mano, al mostrador, donde dijo llamarse Henry Buder, de Oakands, del condado de Shelby. Se volvió indiferente hacia el anuncio y, acercándose pausadamente, lo leyó de arriba a abajo.

Jim -dijo a su hombre- me parece que vimos a un hombre parecido cerca de la casa de Beman, ¿verdad?

– Sí, amo -dijo Jim-, aunque no estoy seguro de lo de la mano.

– Claro, pero por supuesto no miré -dijo el forastero, bostezando despreocupado. Después se aproximó al posadero y le pidió que le proporcionase una habitación privada, pues tenía que atender a unos papeles inmediatamente.

El posadero se deshacía en atenciones y pronto un equipo de unos siete negros, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, grandes y pequeños, se revoloteaba como una nidada de perdices, corriendo, trajinando y pisándose los talones en su afán de preparar el cuarto del amo, mientras él se sentó en el centro de la habitación e inició una conversación con el hombre que se encontraba a su lado.

El fabricante, señor Wilson, miraba al forastero desde que entró con un aire de curiosidad inquieta. Tenía la impresión de que lo había visto antes en algún sitio, pero no alcanzaba a recordar dónde. Cada vez que el hombre hablaba, se movía o sonreía, le clavaba la mirada para apartarla enseguida cuando se fijaban en él los brillantes ojos oscuros con una expresión de frialdad displicente. Finalmente, pareció caer repentinamente en la cuenta de quién era, pues lo contempló con tal expresión de asombro e incomprensión que el hombre se le acercó.

– El señor Wilson, creo -dijo, extendiendo la mano con tono de haberlo reconocido-. Le ruego me disculpe, pero no le había reconocido. Ya veo que usted me ha reconocido a mí: el señor Butler, de Oaklands en el condado de Shelby.

– Sí… sí, señor -dijo el señor Wilson como alguien que habla en sueños.

En ese momento entró un muchacho negro y anunció que estaba preparada la habitación del señor.

– Ocúpate de los baúles, Jim -dijo el caballero con indiferencia; después, dirigiéndose al señor Wilson, añadió-: Me gustaría hablar unos minutos de negocios con usted, en mi cuarto, si no le importa.

El señor Wilson le siguió como un sonámbulo; se dirigieron a un aposento grande del piso superior, donde crepitaba un fuego recién encendido y correteaban varios sirvientes alrededor, dando los últimos toques a los preparativos.

Cuando todo estuvo listo y los sirvientes se hubieron marchado, el hombre joven giró la llave intencionadamente en la puerta y, guardándose la llave en el bolsillo, se dio la vuelta y, con los brazos cruzados, miró al señor Wilson directamente a la cara.

– ¡George! -dijo el señor Wilson.

– Sí, George -dijo el hombre joven.

– ¡Nunca lo hubiera creído!

– Voy bien disfrazado, me figuro -dijo el hombre joven con una sonrisa-. Un poco de corteza de nogal ha convertido mi piel amarillenta en morena y me he teñido el pelo de negro, por lo que no correspondo en absoluto a la descripción.

– ¡Ay, George, pero éste es un juego peligroso! Nunca te hubiera aconsejado que lo jugaras.

– Lo hago bajo mi propia responsabilidad -dijo George, con la misma sonrisa orgullosa.

Queremos comentar, de pasada, que George era blanco por parte de padre. Su madre fue una de las desgraciadas de su raza, destinada por su belleza personal a ser esclava de las pasiones de su dueño y madre de hijos que nunca tendrían padre. De una de las mejores familias de Kentucky había heredado unas bellas facciones europeas y un espíritu vivo e indomable. De su madre sólo heredó un ligero tinte mulato, compensado de sobra por los ojos oscuros que le hacían juego. Un pequeño cambio en el color de piel y del cabello lo habían metamorfoseado en el individuo de aspecto español que parecía; y como siempre había tenido elegancia de movimientos y unos modales caballerosos, no le costaba ningún trabajo representar el atrevido papel que había adoptado: el de un caballero que viaja con su criado.

El señor Wilson, un caballero de buen corazón pero extremadamente nervioso y precavido, paseaba arriba y abajo por la habitación con apariencia, en palabras de John Bunyan, «de tener la mente zarandeada» y dividido entre el deseo de ayudar a George y una idea algo confusa de mantener la ley y el orden. Así que, mientras paseaba, se expresó de la siguiente manera:

– Bien, George, supongo que te fugas… que dejas a tu legítimo dueño, George… (no me sorprende)… pero al mismo tiempo, lo siento, George… sí, desde luego… creo que he de decirlo, George… es mi deber decírtelo.

– ¿Qué es lo que siente usted, señor? -preguntó tranquilamente George.

– Pues verte, como si dijéramos, oponiéndote a las leyes de tu país.

– ¡Mi país! -dijo George, con fuerte énfasis amargo ¿qué país tengo yo, sino la tumba?, ¡y juro por Dios que quisiera estar en ella!

– Ay, George, eso no está bien; esa forma de hablar es malvada, va contra las Sagradas Escrituras. George, tienes un amo duro, de hecho se comporta de manera reprobable y no pretendo defenderlo. Pero sabes cómo el ángel ordenó a Agar que volviese con su ama y se humillara bajo su mano [15]; y el apóstol mandó a Onésimo que volviese con su amo [16].

– No me cite usted la Biblia de esta manera, señor W son -dijo George con los ojos llameantes-, ¡no lo haga!, pues mi esposa es cristiana y yo lo seré si salgo de ésta; pero citar la Biblia a alguien en mis circunstancias es bastante para hacer que deje la religión del todo. Apelo á Dios Todopoderoso; estoy dispuesto a llevar el caso ante El para preguntarle si hago mal en buscar la libertad.

– Estos sentimientos son muy naturales, George -dijo el bondadoso anciano, sonándose la nariz-. Son naturales, pero es mi obligación no alentarte a seguirlos. Sí, hijo, te compadezco; es un mal asunto, muy malo, pero dice el apóstol: «Que cada uno asuma la condición que le ha correspondido.» Todos debemos sometemos a las indicaciones de la Providencia, George, ¿te das cuenta?

George se quedó con la cabeza echado hacia atrás, los brazos fuertemente cruzados contra su ancho pecho y una sonrisa amarga dibujada en los labios.

– Señor Wilson, si vinieran los indios y le hicieran prisionero, alejándole de su esposa e hijos y le quisieran tener toda la vida trabajando el maíz para ellos, me pregunto si usted creería que era su obligación asumir la condición que le había correspondido. Yo creo que usted consideraría una indicación de la Providencia el primer caballo sin jinete que pudiera encontrar, ¿no es verdad?

El anciano consideró seriamente esta ilustración del caso; pero, aunque no era muy buen razonador, tenía el buen sentido del que carecían muchos dialécticos del tema: el de no decir nada cuando no había nada que decir. De modo que, mientras se quedó acariciando suavemente el paraguas y quitándole todas las arrugas y pliegues, continuó con sus recomendaciones generales.

– Verás, George, tú sabes que siempre he sido tu amigo, y todo lo que he dicho, lo he dicho por tu bien. Ahora bien, en este caso me parece a mí que corres un gran riesgo. No puedes tener esperanzas de éxito. Si te cogen, las cosas te irán peor que nunca; te maltratarán y dejarán medio muerto y luego te venderán río abajo.

– Señor Wilson, sé todo esto -dijo George-. Sí que corro un riesgo, pero… -abrió de repente el abrigo para mostrar dos pistolas y un cuchillo de caza-. ¡Ahí está! -dijo-, estoy preparado para ellos. jamás me iré al sur. ¡No! Llegado el caso, me ganaré por lo menos seis pies de tierra gratis, ¡la primera y la última tierra que posea jamás en Kentucky!

– Ay, George, ése es un estado de ánimo muy malo; se aproxima a la desesperación, George. Me preocupas, quebrantando las leyes de tu país.

– ¡Mi país de nuevo! Señor Wilson, usted tiene país, pero ¿qué país tengo yo o los que, como yo, han nacido de madres esclavas? ¿Qué leyes hay para nosotros? Nosotros no las hacemos ni damos nuestro consentimiento; no tenemos nada que ver con ellas; todo lo que hacen por nosotros es aplastarnos y mantenemos aplastados. ¿No he oído sus discursos del 4 de julio? ¿No nos dicen a todos, una vez al año, que los gobiernos reciben su legítimo poder del consentimiento de los gobernados? Los que oyen estas cosas, ¿es que no saben pensar? ¿No saben atar cabos, para ver lo que significa?

La mente del señor Wilson era de aquellas que se podrían asemejar con bastante propiedad a una bala de algodón: aterciopelado, suave, benévolamente velloso y confuso. Realmente compadecía a George con todo su corazón y tenía una percepción borrosa y turbia del tipo de sentimientos que lo torturaban, pero creyó que era su deber seguir con tenacidad infinita hablándole del bien.

– George, esto está mal. Debo decirte, ya sabes, como amigo, que no deberías albergar semejantes ideas; son malas, George, muy malas, para los muchachos de tus circunstancias, muy malas -y el señor Wilson se sentó en una mesa y se puso a roer nerviosamente el mango de su paraguas.

– Oiga usted, señor Wilson -dijo George, acercándose y sentándose en frente de él-, míreme un momento. Sentado aquí delante de usted, ¿no soy un hombre exactamente igual que usted? Míreme la cara, míreme las manos, míreme el cuerpo -y el joven se estiró con orgullo-; ¿por qué no soy yo tan hombre como cualquiera? Bien, señor Wilson, escuche usted lo que voy a decirle. Yo tuve un padre, uno de sus caballeros de Kentucky, que no me apreciaba lo suficiente para evitar que me vendieran junto a sus perros y sus caballos para saldar las deudas cuando se murió. Vi a mi madre en una subasta del sheriff, junto con sus siete hijos. Nos vendieron ante sus ojos, uno por uno, todos a amos diferentes, y yo era el más joven. Ella se puso de rodillas ante mi antiguo amo y le suplicó que la comprase conmigo, para tener por lo menos uno de sus hijos con ella, y la apartó de una patada de su pesada bota. Lo vi hacerlo y lo último que oí fueron sus gemidos y gritos cuando me ataron al cuello de su caballo para llevarme a su finca.

– -¿Y después?

– Mi amo negoció con uno de los hombres y compró a mi hermana mayor. Era una chica buena y religiosa, miembro de la iglesia Baptista, y tan guapa como lo había sido mi madre. Estaba bien instruida y tenía buenos modales. Al principio, me alegré de que la hubiera comprado, pues así tendría a una amiga cerca. Pero pronto me lamenté. Señor, he estado en la puerta escuchando cómo la azotaban, sintiendo como si cada golpe cayera sobre mi corazón desnudo, y no podía hacer nada para ayudarla; y la azotaban, señor, por querer llevar una vida decente y cristiana, tal como sus leyes no permiten que viva una esclava; y finalmente la vi encadenada con la cuadrilla de un tratante destinada a ser vendida en el mercado de Nueva Orleáns, y todo por aquel motivo, y no he vuelto a tener noticias de ella. Bien, pues me hice mayor, pasaron años y años, sin padre, sin madre, sin hermana, sin un alma que me quisiera más que a un perro; sin nada más que azotes, broncas y hambre. Señor, he pasado tanta hambre que he comido a gusto los huesos que tiraban a sus perros; sin embargo, cuando era un crío y me quedaba noches enteras despierto llorando, no lloraba por el hambre; no lloraba por los azotes. No, señor, lloraba por mi madre y por mis hermanar, lloraba porque no tenía a nadie que me quisiera sobre la tierra. jamás conocí el significado de la paz o el consuelo. jamás me dirigieron una palabra amable hasta que fui a trabajar en su fábrica. Señor Wilson, usted me trataba bien; me animaba a mejorarme, a aprender a leer y a escribir e intentar ser algo en la vida, y Dios sabe cuánto se lo agradezco. Luego, señor, conocí a mi esposa; usted la ha visto y sabe lo hermosa que es. Cuando supe que me quería, cuando me casé con ella, apenas creía que estaba vivo por lo feliz que me sentía; y, señor, es tan virtuosa como bella. Y entonces, ¿qué? Entonces va mi amo y me aparta del trabajo y de mis amigos y de todo lo que me gusta y me reduce a nada. ¿Y por qué? Porque, dice, he olvidado quién soy, dice, para enseñarme que sólo soy un negro. Al final, lo último de todo, viene y se interpone entre mi mujer y yo y dice que tendré que renunciar a ella para ir a vivir con otra mujer. Y las leyes de ustedes le permiten hacer todo esto, a pesar de Dios y del hombre. ¡Dése cuenta, señor Wilson! No hay ni una sola de estas cosas que han roto el corazón a mi madre, a mi hermana, a mi esposa y a mí que no sancionen sus leyes y permitan hacer a todos los hombres de Kentucky sin que nadie les pueda decir que no. ¿Y las llama usted las leyes de mi país? Señor, no tengo país como tampoco tengo padre. Pero voy a tener uno. No quiero nada del país de usted excepto que me deje en paz, que pueda abandonarlo pacíficamente; y cuando llegue al Canadá, donde las leyes me reconocerán y me protegerán, ése será mi país, y acataré sus leyes. Pero si algún hombre intenta detenerme, que tenga cuidado, pues estoy desesperado. Lucharé por la libertad hasta el último aliento. Dice usted que lo hicieron sus antepasados; si fue lo correcto para ellos, ¡es lo correcto para mí!

Este discurso, pronunciado parcialmente cuando estaba sentado en la mesa y parcialmente mientras paseaba de un lado para otro de la habitación -pronunciado con lágrimas, y los ojos llameantes y gestos de desesperación-, fue demasiado para el bondadoso anciano a quien iba dirigido, que se había sacado un gran pañuelo de seda amarilla y se secaba la cara con gran ahínco.

– ¡Malditos sean todos! -soltó de repente-. ¿No lo he dicho siempre?, ¡canallas del infierno! Espero no blasfemar, pues. ¡Adelante, George! Pero ten cuidado, hijo mío; no dispares a nadie, George a no ser… ¡no, mejor no dispares!, por lo menos, no para dar, ¿me entiendes? ¿Dónde está tu mujer, George? -añadió, levantándose nervioso para pasear por la habitación.

– Se ha marchado, señor, con su hijo en brazos, Dios sabe adónde; se ha ido detrás de la estrella del norte, y ¡cuándo nos reuniremos o si nos reuniremos alguna vez, nadie puede saberlo!

– ¿Es posible?, es asombroso que huya de una familia tan bondadosa.

– Las familias bondadosas se endeudan y las leyes de nuestro país permiten que arranquen a un crío de los brazos de su madre y lo vendan para pagar las deudas de su amo -dijo George con amargura.

– ¡Vaya, vaya! -dijo el honrado anciano, rebuscando en el bolsillo- supongo… quizás… no estoy siendo juicioso… ¡maldita sea, no quiero ser juicioso! -añadió de repente- así que toma, George -y sacando un fajo de billetes de una cartera, los ofreció a George.

– No, amable y buen señor -dijo George-, usted ha hecho mucho por mí y esto podría acarrearle problemas. Tengo bastante dinero, espero, para llevarme tan lejos como necesito.

– No, George, debes cogerlo. El dinero es de gran ayuda en todas partes; no puedes tener demasiado, si lo consigues de forma honrada. Cógelo, cógelo ahora, por favor, hijo.

– Con la condición, señor, de que se lo pueda devolver en el futuro, lo cogeré -dijo George, cogiendo el dinero.

– Ahora, George, ¿cuánto tiempo vas a viajar de esta guisa? No mucho, espero. Está bien representado, pero demasiado atrevido. Y este negro, ¿quién es?

– Un tipo estupendo, que se fue al Canadá hace más de un año. Después de llegar allí, se enteró de que su amo estaba tan enfadado con él por haberse escapado que había azotado a su anciana madre; y ha vuelto para consolarla e intentar llevársela.

– ¿Ya la tiene?

– Aún no; ha estado merodeando por el lugar pero todavía no ha tenido oportunidad. Mientras tanto, va a ir conmigo hasta Ohio, para dejarme con unos amigos que lo ayudaron a él y luego volverá a por ella.

– ¡Peligroso, muy peligroso! -dijo el anciano.

George se irguió y sonrió con desdén.

El anciano caballero lo miró de arriba a abajo con una especie de asombro inocente.

– George, algo te ha cambiado de forma extraordinaria. Tienes la cabeza alta y hablas y te mueves como otro hombre -dijo el señor Wilson.

– ¡Porque soy un hombre libre! -dijo, orgulloso, George-. Sí, señor, no volveré a llamar amo a ningún hombre. ¡Estoy libre!

– ¡Ten cuidado! No estás a salvo, pueden atraparte.

– Todos los hombres somos libres e iguales en la tumba, dado el caso, señor Wilson -dijo George.

– ¡Estoy pasmado por tu valor! -dijo el señor Wilson ¡métete en la taberna más próxima!

– Señor Wilson, no soy tan valiente, y esta taberna está tan cerca que no se les ocurrirá buscar aquí; me buscarán más adelante y ni usted me conocía. El amo de Jim no vive en este condado; a él no lo conocen por aquí. Además, ya es tarde, ya nadie lo busca y nadie me reconocerá por el anuncio, creo.

– ¿Y la marca de la mano?

George se quitó el guante y mostró una cicatriz reciente en la mano.

– Es la última muestra del aprecio del señor Harris -dijo desdeñoso-. Hace quince días se le ocurrió hacérmelo, porque dijo que creía que intentaría escaparme un día de estos. Interesante, ¿verdad? -dijo, volviendo a colocarse el guante.

– Confieso que se me hiela la sangre cuando pienso en tu condición y tus riesgos -dijo el señor Wilson.

– Yo la he tenido helada durante muchos años, señor Wilson; ahora está a punto de ebullición -dijo George-. Bien, estimado señor -dijo George tras unos minutos de silencio-, me he dado cuenta de que me reconocía y he pensado hablar con usted por si su cara de sorpresa me fuera a delatar. Partiré mañana por la mañana temprano, antes del amanecer; mañana por la noche espero dormir en Ohio. Viajaré con la luz del día, pararé en los mejores hoteles y comeré en las mismas mesas que los señores de la tierra. Adiós, pues, señor; si se entera de que me han cogido, sepa que he muerto.

George parecía una roca cuando extendió la mano como un príncipe. El amable anciano la estrechó con vigor y, después de reiterar sus consejos, cogió el paraguas y salió torpemente de la habitación.

George permaneció pensativo mirando cómo el anciano cerraba la puerta. Pareció ocurrírsele algo. Corrió hacia la puerta y dijo, al abrirla:

– Señor Wilson, ha demostrado ser un cristiano por su forma de tratarme; quiero pedirle una última prueba de su bondad cristiana.

– ¿Sí, George?

– Bien, señor, lo que ha dicho es verdad. Sí corro un gran riesgo. No hay sobre la tierra un alma a quien le importe que yo muera -añadió, respirando fuertemente y hablando con gran dificultad- me echarán a patadas y me enterrarán como un perro y nadie se acordará al día siguiente, ¡salvo mi pobre esposa! ¡Pobrecita!, llorará y penará. Si usted pudiera hacerle llegar este pequeño alfiler, señor Wilson, se lo agradeceré. Me lo regaló ella unas Navidades, ¡pobrecita! Déselo y dígale que la amaba hasta el final. ¿Quiere usted hacerlo? -añadió muy serio.

– ¡Por supuesto, pobre hombre! -dijo el anciano caballero, cogiendo el alfiler con los ojos acuosos y la voz temblorosa y melancólica.

– Dígale una cosa -dijo George-; es mi último deseo, si puede llegar al Canadá, que vaya allí. No importa lo amable que sea su ama, no importa cuánto ama su hogar, suplíquele que no vuelva, porque la esclavitud siempre acaba en tragedia. Dígale que eduque a nuestro hijo como hombre libre para que no sufra como he sufrido yo. Dígale esto, señor Wilson, ¿quiere?

– Sí, George, se lo diré; pero confío en que no mueras; anímate, eres un tipo valiente. Confía en el Señor, George. Quisiera con toda mi alma que estuvieras a salvo.

– ¿Existe un Dios en quien confiar? -preguntó George, con semejante tono de amarga desesperación que detuvo las palabras del anciano caballero-. Ay, he visto cosas en mi vida que me han hecho sentir que no puede haber un Dios. Ustedes los cristianos no saben cómo vemos nosotros estas cosas. Existe Dios para ustedes, pero ¿existe Dios para nosotros?

– Ay, no digas eso, muchacho -dijo el anciano, casi sollozando mientras hablaba-; ¡no sientas esas cosas! Existe, existe; está oculto por nubes y tinieblas, pero la rectitud y el juicio señalan su morada. Existe un Dios, George, créelo; confía en Él y estoy seguro de que Él te ayudará. Se hará justicia, si no en esta vida, en la próxima.

La auténtica piedad y la bondad del sencillo anciano le confirieron a sus palabras dignidad y autoridad. George dejó de caminar de un lado de la habitación al otro y se quedó parado un momento y después dijo:

– Gracias por decir eso, mi buen amigo. Pensaré en eso.

CAPÍTULO XII

UN INCIDENTE PROPIO DEL COMERCIO LEGÍTIMO

En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse [17].

El señor Haley y Tom avanzaban lentamente en su carro, cada uno absorto en sus propias reflexiones. Ahora bien, son una cosa curiosa las reflexiones de dos hombres que se hallan uno al lado del otro, sentados en el mismo asiento, con los mismos ojos, oídos, manos y órganos diversos, viendo pasar ante ellos los mismos objetos: es asombrosa la variedad que podemos encontrar en estas reflexiones.

En el caso del señor Haley, por ejemplo: pensó primero en el tamaño de Tom, su corpulencia y su altura y el dinero que sacaría de su venta si lo mantenía gordo y en buen estado hasta llevarlo al mercado. Pensó en cuánto ganaría con toda su cuadrilla de esclavos; pensó en el valor respectivo en el mercado de los supuestos hombres, mujeres y niños que la constituirían y otros temas relacionados; luego pensó en sí mismo, en lo humanitario que era, ya que, mientras que otros hombres encadenaban a sus negros de manos y de pies, él sólo les ponía grilletes en los pies y dejaba a Tom libre para usar las manos, siempre que se portara bien; y suspiró al pensar en lo ingrata que era la naturaleza humana, pues cabía dudar que Tom apreciase su clemencia. Lo habían engañado tantos negros a los que había favorecido, que aún le asombraba más darse cuenta de lo bondadoso que seguía siendo.

En cuanto a Tom, pensaba en las palabras de un viejo libro poco leído, que pasaban por su mente una y otra vez: «Aquí no tenemos una ciudad duradera pero buscamos una en lo futuro; por lo que a Dios no le avergüenza que lo llamemos Dios, porque Él nos ha preparado una ciudad.» Estas palabras de un antiguo volumen, compuesto principalmente por «hombres ignorantes e iletrados», a lo largo de los años han ejercido una especie de fascinación en las mentes de hombres sencillos y llanos como Tom. Despiertan lo más profundo del alma e infunden valor, energía y entusiasmo donde antaño sólo existía la más negra desesperación.

El señor Haley sacó del bolsillo varios periódicos y se puso a examinar los pasquines con un interés embelesado. No era un lector muy ducho y acostumbraba a leer medio recitando, como si pidiese a sus oídos que verificaran las deducciones de sus ojos. Con este tono recitó lentamente el siguiente párrafo:

SE VENDEN NEGROS: VENTA DE ALBACEAS. De acuerdo con el mandamiento judicial se venderán, el martes 20 de febrero, a la puerta del tribunal de la ciudad de Washington, Kentucky, los siguientes negros: Hagar, de 60 años, John, de 30, Ben, de 21, Saul, de 25, Albert, de 14. Las ganancias serán para los acreedores y herederos del caudal de Jesse Blutchford.

SAMUEL MORRIS,

THOMAS FLINT

Albaceas

Debo ver esto -dijo a Tom, a falta de otra persona a quien dirigirse-. Verás, voy a juntar una cuadrilla de primera para llevarla al sur contigo, Tom; así será agradable y sociable, ya sabes, la buena compañía. Lo primero de todo, debemos ir directamente a Washington y te meteré en la cárcel mientras me ocupo de estos negocios.

Tom acogió con mansedumbre esta noticia encantadora, preguntándose solamente cuántos de estos hombres condenados tendrían mujeres e hijos, y si se sentirían tan mal como él por separarse de ellos. Hay que confesar, además, que la información inocente y espontánea de que lo iban a meter en la cárcel de ninguna manera produjo una impresión agradable en un hombre que siempre había hecho gala de un modo de vida estrictamente honrado y correcto. Sí, debemos reconocerlo, Tom estaba bastante orgulloso de su honradez, el pobre, al no tener muchas más cosas de que enorgullecerse; si hubiese pertenecido a una clase social más alta, quizás nunca se hubiera visto reducido a semejante tesitura. Sin embargo, el día se fue pasando y por la tarde Tom y el señor Haley estaban cómodamente instalados en Washington, uno en una taberna y el otro en la cárcel.

A las once del día siguiente, se había reunido alrededor de la escalera de los tribunales un gentío abigarrado, fumando, mascando, escupiendo, maldiciendo y conversando, cada uno según sus gustos e inclinaciones, esperando que diera comienzo la subasta. Los hombres y mujeres que se iban a vender estaban sentados aparte y se hablaban con voz queda. La mujer anunciada bajo el nombre de Hagar era una verdadera africana de tipo y facciones. Debía de tener unos sesenta años, pero aparentaba más por culpa del trabajo y la enfermedad, estaba casi ciega y algo incapacitada por el reumatismo. A su lado se encontraba Albert, el único hijo que le quedaba, un muchachote de aspecto despierto de unos catorce años. Era el único superviviente de una gran familia que se había ido vendiendo poco a poco en el mercado del sur. La madre se agarraba a él con las dos manos temblorosas y miraba con gran perturbación a todos los que se acercaban a examinarlo.

– No temas, tía Hagar -dijo el mayor de los hombres-, hablé con el señor Thomas y me dijo que a lo mejor conseguiría venderos en el mismo lote a los dos.

– Que no digan que yo estoy acabada -dijo ella, alzando las manos temblorosas-. Puedo guisar todavía y frotar y fregar; vale la pena comprarme, si me venden barata, tú díselo, díselo -añadió con convicción.

En ese momento, Haley se abrió paso entre el- grupo, se aproximó al viejo y le abrió bruscamente la boca para mirarla por dentro, le tocó los dientes, le hizo erguirse y doblarse y contorsionarse para mostrar los músculos; luego pasó al siguiente y le hizo pasar las mismas pruebas. Acercándose finalmente al muchacho, le tocó los brazos, le enderezó las manos, le escudriñó los dedos y le hizo saltar para mostrar su agilidad.

– No lo van a vender sin mí -dijo la anciana con apasionado énfasis-; él y yo vamos en el mismo lote; yo estoy muy fuerte todavía, amo, y puedo hacer mucho trabajo, muchísimo, amo.

– ¿En una plantación? -preguntó Haley con una mirada de desprecio-. ¡Sí, sí! -y con aspecto de estar satisfecho de su examen, se alejó y se quedó mirando con las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca y el sombrero ladeado en la cabeza, preparado para actuar.

– ¿Qué opina usted de ellos? -preguntó un hombre que había observado el examen de Haley como si quisiera saber su opinión para decidir él mismo.

– Bien -dijo Haley, escupiendo-, creo que pujaré por los más jóvenes y el muchacho.

– Quieren vender al muchacho y a la mujer juntos -dijo el hombre.

– Les va a ser difícil; ella no es más que un saco de huesos. No vale ni la sal que come.

– ¿No la quiere, entonces? -preguntó el hombre.

– Sería tonto quien la quisiera. Está medio ciega y tullida de reuma, y tonta, además.

– Algunos compran a estos viejos y dicen que sirven para más de lo que se creería uno -dijo reflexivamente el hombre.

– Pues, yo no -dijo Haley-; no me la quedaría aunque me la regalasen, esa es la verdad, ¡la he visto!

– Pues es una lástima no comprarla con el hijo. Parece que ella se ha empeñado en eso, así que supongo que la dan barata.

– Los que tengan dinero para gastar así, mejor para ellos. Yo pujaré por el muchacho como bracero de plantación. Ella no me interesa; no me la quedaría ni regalada -dijo Haley.

– ¡La que va a armar! -dijo el hombre.

– Supongo que es inevitable -dijo el tratante con frialdad.

Aquí un repentino murmullo entre el público interrumpió la conversación y el subastador, un tipo bajo, enérgico y ufano se abrió paso a codazos entre la multitud. La vieja contuvo la respiración y se agarró instintivamente a su hijo.

– Quédate cerca de tu mamá, Albert, cerca, para que nos pongan juntos -dijo.

– ¡Ay, mamá, me temo que no! -dijo el muchacho.

– Deben hacerlo, hijo; no podré vivir si no -dijo la anciana con vehemencia.

Los tonos estentóreos del subastador pidiendo que despejasen el camino anunciaron que iba a comenzar la venta. Se dejó libre un sitio y empezaron las pujas. Los diferentes hombres de la lista se vendieron enseguida por precios que indicaban la buena demanda del mercado; a Haley le correspondieron dos de ellos.

– Vamos, jovencito -dijo el subastador, tocando al muchacho con el mazo-, levántate para que veamos tu agilidad.

– Véndanos juntos, juntos, por favor, señor -suplicó la anciana, agarrándose fuertemente a su hijo.

– ¡Largo! -dijo rudamente el hombre, apartándole las manos-; tú eres la última. Ahora, negrito, ¡salta! y,. diciendo esto, empujó al muchacho hacia la plataforma mientras se oyó detrás de él un quejido profundo y penetrante. El muchacho dudó y miró hacia atrás, pero no había tiempo que perder, por lo que se subió a la plataforma rápidamente, apartándose las lágrimas de los grandes ojos relucientes.

Su espléndido cuerpo, sus ágiles extremidades y su rostro despierto provocaron una competencia instantánea y media docena de pujas llegaron simultáneamente a oídos del subastador. Ansioso y un poco asustado, el muchacho miró de un lado a otro escuchando el alboroto de las pujas rivales, hasta que cayó el mazo. Lo había conseguido Haley. Lo empujaron desde la plataforma hacia su nuevo amo pero se detuvo un momento y miró atrás, donde su pobre madre, temblando de la cabeza a los pies, tenía los brazos extendidos hacia él.

– ¡Cómpreme a mí también, amo, por el amor de Dios! ¡Cómpreme, o moriré!

– ¡Morirás si te compro, ahí está el problema! -dijo Haley-. ¡No! -y se marchó.

Las pujas para la pobre anciana fueron breves. El hombre que se había dirigido a Haley y que no parecía carecer del todo del don de la compasión, la compró por una bagatela, y empezaron a dispersarse los espectadores.

Las pobres víctimas de esta venta, criadas juntas en el mismo lugar durante años, se reunieron en torno a la madre desesperada, cuyo sufrimiento era angustioso presenciar.

– ¿No podían dejarme ni a uno? El amo siempre decía que me quedaría con uno -repetía una y otra vez en tono lastimero.

– ¡Confía en el Señor, tía Hagar! -dijo el mayor de los hombres tristemente.

– ¿Para qué sirve? -preguntó, sollozando apasionadamente.

– ¡Madre, madre, no llores! -dijo el muchacho-. Dicen que tienes un buen amo.

– No me importa, no me importa. ¡Ay, Albert, hijo, eres mi último hijo! Señor, ¿cómo voy a soportarlo?

– Vamos, lleváosla, algunos de vosotros -dijo Haley secamente-. No le hace ningún bien lamentarse de esta manera.

Los mayores del grupo, en parte por gusto y en parte a la fuerza, soltaron las manos de la anciana e intentaron consolarla mientras la acompañaban al carro de su nuevo amo.

– ¡Vamos! -dijo Haley, juntando a empujones a los tres esclavos que había comprado y sacando un manojo de esposas, que procedió a colocarles en las muñecas. Después sujetó las esposas a una larga cadena y los condujo a la cárcel.

Unos días después, Haley se encontraba instalado a salvo con sus pertenencias en uno de los barcos del río Ohio. Tenía los principios de su cuadrilla, que se iría aumentando, según iba avanzando el barco, con otras mercancíasde la misma especie, almacenadas por él o su agente en varios puntos a lo largo de la orilla.

La Belle Riviére, un barco de vapor tan gallardo y hermoso como cualquiera que jamás surcara las aguas del río que le inspiraba el nombre, navegaba alegremente bajo un cielo despejado, con las barras y estrellas de la América libre ondeando en lo alto. La cubierta estaba repleta de elegantes damas y caballeros que se paseaban disfrutando del tiempo espléndido. Todos estaban llenos de vida animada y festiva, todos menos los miembros de la cuadrilla de Haley, que se encontraban hacinados con otras mercancías en la cubierta inferior y que, por algún motivo, no parecían apreciar sus muchos privilegios, ahí sentados en caterva, hablándose en voz baja.

– Muchachos --dijo Haley, acercándose rápidamente-, espero que estéis animados y contentos. Nada de morros, pues; a mal tiempo, buena cara, muchachos; portaos bien conmigo y yo me portaré bien con vosotros.

Los muchachos contestaron con el inevitable «sí, amo», la consigna de la pobre África desde hacía años; pero hay que reconocer que no tenían un aspecto muy animoso; tenían pequeñas querencias hacia las esposas, madres, hermanas e hijos, vistos por última vez y, aunque «los que los maltrataban les exigían alegría», no eran capaces de mostrarla.

Tengo esposa --dijo la mercancía designada como «John, 30 años», poniendo la mano esposada en la rodilla de Tom- que no sabe una palabra de esto, pobrecita.

– ¿Dónde vive? -preguntó Tom.

– En una taberna un poco más abajo -dijo John-. ¡Ojalá pudiera verla una vez más en este mundo! -añadió.

¡Pobre John! Su pena era natural, y las lágrimas que caían mientras hablaba acudían con tanta naturalidad como si fuese blanco. Tom soltó un profundo suspiro desde el fondo de su corazón e intentó consolarlo a su torpe manera.

Y encima de sus cabezas, en la cubierta superior, estaban sentados padres y madres con sus hijos alegres revoloteando a su alrededor como mariposas; todo sucedía con naturalidad y llaneza.

– Eh, mamá -dijo un niño que acababa de subir desde el piso inferior-, hay un tratante de negros a bordo que tiene tres o cuatro esclavos allí abajo.

– ¡Pobres criaturas! -dijo la madre en un tono entre apenado e indignado.

– ¿Qué ocurre? -preguntó otra dama.

– Hay algunos pobres esclavos abajo -dijo la madre.

– Y llevan cadenas -dijo el niño.

– ¡Es una vergüenza para nuestro país que se vean semejantes espectáculos! -dijo otra señora.

– Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema --dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca-. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros están mejor que si estuvieran libres.

– En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo -dijo la señora a quien había contestado la anterior-. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afectos, como separar a las familias, por ejemplo.

– Ése es un mal asunto, desde luego -dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos-, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.

– Ya lo creo que sí -dijo la primera con impaciencia-; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentiría, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?

– No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas -dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.

– Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma -contestó la primera con indignación-. Yo nací y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.

La dama respondió: -¿De veras? -bostezó, miró por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que había empezado-: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.

– No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición -dijo un caballero de aspecto serio vestido de negro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote- «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus hermanos!» [18], dicen las Sagradas Escrituras.

– Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? -preguntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.

– Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo inescrutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchísimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.

– Pues entonces todos compraremos negros -dijo el hombre- si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caballero? -dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie junto a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.

– Sí -prosiguió el hombre alto-, todos debemos resignamos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? -dijo a Haley.

– Nunca lo había pensado -dijo Haley-. Yo no lo hubiese dicho, pues no soy instruido. Me metí en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepentirme con el tiempo, ¿comprende usted?

– Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? -dijo el hombre alto-. Ya ve usted lo útil que es conocer las Sagradas Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habría sabido antes y se habría ahorrado muchas molestias. Podría decir simplemente: «Maldito… ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nuestros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.

En este punto intervino un joven alto y esbelto con una expresión de sensibilidad e inteligencia, repitiendo las palabras: «Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres a vosotros, eso es lo que deberíais hacer vosotros a ellos.» Creo -añadió- que esto es de las Sagradas Escrituras igual que «Maldito Canaán».

– Bien, parece ser un texto igual de sencillo -dijo el ganadero John- para unos pobres tipos como nosotros -y siguió echando humo como un volcán.

El joven se detuvo como si fuera a decir algo más, pero de repente se paró el barco y los presentes se precipitaron, al estilo habitual de los barcos de vapor, para ver dónde tocaban tierra.

– ¿Esos dos son clérigos? -preguntó John a uno de los hombres mientras salían.

El hombre asintió con la cabeza.

Al detenerse el barco, una mujer negra subió corriendo alocada por la plancha, se abalanzó entre la multitud, y se precipitó al lugar donde se hallaba la cuadrilla de esclavos, rodeando con los brazos a la desgraciada mercancía nombrada anteriormente: «John, 30 años», llamándola marido, entre sollozos, gemidos y lágrimas.

Pero no hace falta contar la historia demasiadas veces contada, incluso a diario, de corazones rotos y destrozados, ¡de seres débiles rotos y destrozados para beneficio y provecho de los fuertes! No hace falta contarla; se cuenta a diario, y se cuenta al oído de Uno que no es sordo, aunque hace mucho tiempo que está callado.

El joven que antes había defendido la causa de la humanidad y de Dios se quedó con los brazos cruzados mirando esta escena. Se volvió a Haley, que se encontraba a su lado.

– Amigo -dijo con voz gruesa- ¿cómo puede, cómo se atreve a llevar semejante negocio? ¡Mire a estas pobres criaturas! Aquí estoy yo, alegrándome el corazón de que voy a casa con mi esposa y mi hijo; y la misma campana que es la señal que hará que me lleven más cerca de ellos, separará a este pobre hombre de su esposa para siempre. No lo dude usted, Dios le hará responder de esto.

El tratante volvió la cabeza en silencio.

– Vaya, vaya -dijo el ganadero, tocándole el codo-, hay diferencias entre los clérigos, ¿verdad? Maldito Canaán no parece ser el lema de éste, ¿eh?

Haley gruñó inquieto.

– Y eso no es lo peor-dijo John-; quizás no sea el lema del Señor tampoco, a la hora de rendirle cuentas, un día de éstos, como todos hemos de hacer, me parece.

Haley se aproximó reflexivamente al otro extremo del barco.

«Si gano un buen pico con el próximo par de cuadrillas», pensó, «creo que acabaré con esto; se está haciendo peligroso». Y sacó la libreta y empezó a hacer cuentas, procedimiento que para muchos caballeros además del señor Haley ha resultado ser un buen remedio para una conciencia intranquila.

El barco se alejó majestuosamente de la orilla y todas las cosas continuaron alegremente, igual que antes. Los hombres charlaban, holgazaneaban, leían y fumaban. Las mujeres cosían, los niños jugaban y el barco seguía su camino.

Un día, cuando el barco estaba atracado un rato en un pequeño pueblo de Kentucky, Haley se acercó a éste por un asunto de negocios.

Tom, cuyos grilletes no impedían que diera un modesto paseo, se había aproximado a la borda del barco y estaba mirando apático por encima de la barandilla. Un rato después, vio volver al tratante a paso ligero, acompañado de una mujer negra con un niño pequeño en brazos. Vestía de forma respetable y la iba siguiendo un hombre negro, portando un pequeño baúl. La mujer avanzaba alegremente, hablando con el hombre que llevaba su baúl, y de esta manera subió la plancha hasta el barco. Sonó la campana, la rueda zumbó, la máquina gruñó y tosió y el barco se fue río abajo.

La mujer se adelantó entre las cajas y las balas de la cubierta inferior y, sentándose, se puso a hacerle carantoñas al niño.

Haley dio un par de vueltas al barco y después se acercó a ella, se sentó y empezó a decirle algo con voz baja e indiferente.

Tom vio cómo una pesada nube se posó pronto en la frente de la mujer y cómo contestó deprisa y con gran vehemencia.

– ¡No me lo creo, no quiero creerlo! -la oyó decir-. ¡Me está tomando el pelo!

– Si no te lo crees, mira aquí -dijo el hombre, sacando un papel-; éste es el contrato de venta y aquí está el nombre de tu amo; y yo he pagado un buen dinero en efectivo, te lo aseguro, así que, ¡ya está!

– ¡No puedo creer que el amo me engañara de esa manera, no puede ser verdad! -dijo la mujer, cada vez más agitada.

– Puedes preguntárselo a cualquiera de los hombres que están aquí que sepan leer. ¡Oiga! -dijo a un hombre que pasaba- lea usted esto, ¿quiere? Esta muchacha no me cree cuando le digo lo que es.

– Pues es un contrato de venta, firmado por John Fosdick -dijo el hombre-, cediéndole a usted la propiedad de la muchacha Lucy y su hijo. Está todo bastante claro, por lo que puedo ver.

Las exclamaciones apasionadas de la mujer atrajeron a una multitud de personas, que se reunieron a su alrededor y el tratante les explicó brevemente el motivo del altercado.

– Me dijo que me mandaba a Louisville para trabajar de cocinera en la misma taberna donde trabaja mi marido, eso es lo que me dijo mi amo en persona, y no me puedo creer que me mintiera -dijo la mujer.

– Pero te ha vendido, pobre mujer, de eso no hay duda -dijo un hombre con aspecto de bondadoso tras examinar los papeles-; lo ha hecho, desde luego.

– Entonces no sirve de nada hablar -dijo la mujer, tranquilizándose de repente; y, cogiendo más fuerte a su hijo en los brazos, se sentó en su baúl, les volvió la espalda y se puso a mirar el río con apatía.

– Se lo va a tomar con calma, después de todo -dijo el tratante-. ¡La muchacha tiene coraje!

La mujer tenía un aspecto tranquilo mientras avanzaba el barco; una brisa estival dulce y suave pasaba por encima de su cabeza como un espíritu compasivo, la brisa benigna que nunca pregunta si es clara u oscura la frente que acaricia. Y vio la luz del sol reflejada en rizos dorados en el agua y oyó voces alegres, contentas de ocio y placer, hablando a su alrededor; pero el corazón le pesaba como si le hubiese caído encima una gran losa. Su hijito se alzó en sus brazos y le acarició la mejilla con sus manitas; daba saltitos, gorjeaba, canturreaba y parecía empeñado en animarla. Ella lo abrazó muy fuerte de repente y una lágrima tras otra empezaron a caer sobre la carita inconsciente y sorprendida; después, pareció sosegarse poco a poco y se ocupó en atender al niño y darle de mamar.

El bebé, un niño de diez meses, era más grande y fuerte de lo normal para su edad y de extremidades muy vigorosas. No se paraba ni un momento y mantenía a su madre ocupada sujetándolo y frenando sus constantes saltos.

– ¡Qué muchacho tan guapo! -dijo un hombre, parando frente al niño con las manos en los bolsillos-. ¿Qué edad tiene?

– Diez meses y medio -dijo la madre.

El hombre silbó al niño y le ofreció un trozo de caramelo, que éste agarró con entusiasmo y colocó enseguida en el almacén general de todos los niños, es decir, la boca.

– ¡Qué listo! -dijo el hombre-. ¡Sabe lo que se hace! -silbó y se marchó. Cuando llegó al otro lado del barco, se encontró con Haley, que fumaba encima de un montón de ajas.

El forastero sacó una cerilla y encendió un puro, diciendo al mismo tiempo:

– Guapa muchacha la que tiene usted ahí, forastero.

– Pues, supongo que es bastante guapa -dijo Haley, expeliendo el humo por la boca.

– ¿La lleva usted al sur? -preguntó el hombre.

Haley asintió y siguió fumando.

– ¿Para trabajar en una plantación? -preguntó el hombre.

– Bien -dijo Haley-, estoy reuniendo el pedido de una plantación y creo que la incluiré. Me han dicho que es buena cocinera, así que pueden usarla para eso o para recoger algodón. Tiene los dedos adecuados para eso: los he mirado. La venderé bien, en cualquier caso y Haley volvió a fumar.

– No querrán al niño en la plantación -dijo el hombre.

– Lo venderé a la primera oportunidad -dijo Haley, encendiendo otro cigarro.

– Supongo que lo venderá bastante barato -dijo el forastero, encaramándose en la pila de cajas y sentándose cómodamente.

– Pues no lo sé -dijo Haley-; es un chiquillo muy listo, bien formado, gordo y fuerte; tiene la carne prieta como un ladrillo.

– Es verdad, pero están la molestia y el gasto de criarlo.

– ¡Tonterías! -dijo Haley-. Éstos se crían tan fácilmente como cualquier otra criatura; no dan más guerra que los cachorros. Este pequeñito estará correteando por ahí dentro de un mes.

– Yo tengo un buen sitio para criarlos y estaba pensando en coger más género -dijo el hombre-. Una cocinera perdió a un hijo la semana pasada, se ahogó en la palangana de la colada mientras ella tendía la ropa, y creo que sería buena idea ponerla a criar a éste.

Haley y el forastero fumaron un rato en silencio, ya que ninguno de los dos aparentaba querer tocar el tema principal de la conversación. Finalmente el hombre prosiguió:

– No se le ocurrirá pedir más de diez dólares por ese niño, ya que tiene usted que deshacerse de él, ¿verdad?

Haley negó con la cabeza y escupió de forma impresionante.

– No es suficiente, en absoluto -dijo, y comenzó a fumar de nuevo.

– Bien, forastero, ¿cuánto quiere?

– Bien -dijo Haley-, yo mismo podría criar a ese pequeño o mandarlo criar; es muy fuerte y sano y le sacaré cien dólares de aquí a seis meses; y en un año o dos, doscientos, si lo coloco en el lugar adecuado; así que no aceptaré un centavo menos de cincuenta por él ahora.

– Vaya, forastero, ¡es totalmente ridículo! -dijo el hombre.

– Pero es así! -dijo Haley, moviendo la cabeza con decisión.

– Le daré treinta por él -dijo el forastero-, pero ni un centavo más.

– Ahora, le diré lo que voy a hacer -dijo Haley, escupiendo otra vez con renovada decisión-. Partiremos la diferencia y diremos cuarenta y cinco; es lo mejor que puedo ofrecerle.

– De acuerdo -dijo el hombre después de una pausa.

– ¡Hecho! -dijo Haley-. ¿Dónde va a desembarcar?

– En Louisville -dijo el hombre.

– ¿Louisville? -dijo Haley-. Muy bien, llegaremos al anochecer. Estará durmiendo el chiquillo… bien, bien… lo bajaremos tranquilamente, sin escándalos… viene muy bien… me gusta hacer las cosas tranquilamente… odio la agitación y los alborotos -así, después de la transferencia de algunos billetes de la cartera del hombre a la del tratante, volvió a su cigarro.

Era una tarde luminosa y tranquila cuando atracó el barco en el muelle de Louisville. La mujer estaba sentada con el niño durmiendo profundamente en sus brazos. Cuando oyó anunciar el nombre del lugar, dejó rápidamente al niño en un hueco con forma de cuna entre unas cajas, después de extender allí su capa; luego corrió a la borda del barco con la esperanza de ver a su marido entre los muchos camareros de hotel que llenaban el muelle. Con esta esperanza, se apretó contra la barandilla y, estirándose sobre ella, forzó la vista escudriñando las cabezas que se movían en la orilla, y la muchedumbre se interpuso entre ella y su hijo.

– Ésta es su oportunidad -dijo Haley, cogiendo el niño dormido y ofreciéndoselo al forastero-. No lo despierte usted, que se pondrá a llorar, y la muchacha armaría un gran escándalo -el hombre cogió cuidadosamente el fardo y se perdió entre la multitud que se alejaba por el muelle.

Cuando el barco se despegó crujiendo, gruñendo y resoplando del muelle y empezó a alejarse lentamente, la mujer regresó a su asiento. El tratante estaba sentado allí y ¡el niño no estaba!

– ¿Qué… cómo… dónde…? -preguntó aturdida.

– Lucy -dijo el tratante-, tu niño se ha ido; lo tendrás que saber tarde o temprano. Verás, yo sabía que no te lo podías llevar al sur, y he tenido la ocasión de venderlo a una familia de primera, que lo criará mejor de lo que tú podrías.

El tratante había llegado en los últimos tiempos al estado de perfeccionamiento cristiano, recomendado por algunos predicadores y políticos del norte, en el que se superan totalmente todas las debilidades y prejuicios humanos. Su corazón estaba en el lugar exacto donde podrían estar el tuyo, lector, y el mío, con el esfuerzo y la diligencia debidos. La mirada enloquecida de angustia y absoluta desesperación que le dirigió la mujer podría haber perturbado a una persona menos experimentada; pero él estaba acostumbrado. Había visto esa misma mirada cientos de veces. Tú también te podrías acostumbrar, amigo mío, y los últimos esfuerzos recientes tienen el gran objetivo de acostumbrar a ello a toda la comunidad del norte, por la gloria de la Unión. Así que el tratante sólo vio la angustia mortal de las oscuras facciones, los puños apretados y el aliento entrecortado como concomitantes de su oficio y sólo se preguntaba si iba a gritar y armar un escándalo en el barco, ya que, como otros defensores de nuestra peculiar institución, le gustaban muy poco las conmociones.

Pero la mujer no gritó. El disparo le había alcanzado demasiado de lleno el corazón para dejar lugar a lágrimas o gritos. Mareada, se sentó. Las manos yacían sin vida a los lados del cuerpo. Los ojos miraban directamente al frente, pero no veían nada. En los oídos consternados se entremezclaban todos los ruidos: el ronroneo del barco y los gruñidos de las máquinas; su pobre corazón destrozado no tenía ni gritos ni lágrimas para mostrar su total desesperación. Estaba muy tranquila.

El tratante que, teniendo en cuenta sus ventajas, era casi tan humanitario como algunos de nuestros políticos, parecía sentirse en la obligación de brindarle el consuelo adecuado a la ocasión.

– Sé que es bastante difícil al principio, Lucy -dijo-, pero no va a dejarse llevar una muchacha tan lista y sensata como tú. Verás, es necesario; no se puede evitar.

– ¡Ay, no, señor, no! -dijo la mujer, con la voz de una persona que se está ahogando.

– Eres una moza lista, Lucy -insistió-; yo te trataré bien y te conseguiré un buen puesto río abajo; y pronto tendrás otro marido, una chica tan guapa como tú…

– ¡Ay, señor, no me hable usted ahora! -dijo la mujer con una voz tan llena de angustia vital que el tratante tuvo la impresión de que había algo en la situación que iba más allá de su estilo de actuar. Él se levantó y la mujer se volvió y hundió la cara en su capa.

El tratante paseó de un lado para otro durante un rato, deteniéndose de vez en cuando para mirarla.

«Lo está tomando bastante mal», monologó, «aunque está tranquila. Que sude un poco; lo superará dentro de un rato». Tom había observado toda la transacción de principio a fin y comprendía perfectamente los resultados. Le pareció una cosa indeciblemente terrible y cruel porque, pobre negro ignorante que era, no había aprendido a generalizar y tener visiones globales de las cosas. Si lo hubieran instruido ciertos ministros del cristianismo, quizás lo hubiera visto de otra manera, como un incidente cotidiano del comercio legítimo, un comercio que es el pilar vital de una institución que, nos dice un clérigo norteamericano, «no tiene más maldad que la inherente a cualquier relación humana de la vida social y doméstica» [19]. Pero siendo Tom, como vemos, un pobre tipo ignorante cuyas lecturas se limitaban al Nuevo Testamento, no sabía consolarse y resignarse con ese tipo de opiniones. Su alma sangraba por lo que le parecían las injusticias hacia la pobre criatura doliente que yacía como un junco aplastado sobre las cajas: ese objeto vivo, sangrante, sensible e inmortal que pertenece, según las leyes de los Estados Unidos, a la misma categoría que los fardos, los baúles y las cajas entre los que estaba echada.

Tom se acercó e intentó decir algo; pero ella sólo gimió. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, le habló sinceramente de un corazón amante en el cielo, de Jesús misericordioso y del hogar eterno, pero el oído de ella estaba sordo y su corazón paralizado por la angustia.

Cayó la noche, una noche tranquila, impasible y gloriosa, que brillaba con innumerables ojitos solemnes de ángel, que parpadeaban, bellos, en silencio. No llegaban discursos ni palabras, ninguna voz compasiva, ninguna mano amiga, desde ese cielo remoto. Una tras otra se fueron apagando las voces de los negocios y del placer; todos dormían en el barco, y se oían claramente las olas contra la proa. Tom se extendió sobre una caja y, tumbado allí, oyó una y otra vez, un sollozo o un lamento de la criatura doliente: «¡Ay de mí! ¿Qué voy a hacer? ¡Ay, Señor, buen Señor, ayúdame!», y así sucesivamente, una y otra vez hasta que se apagó el murmullo y se hizo el silencio.

En mitad de la noche se despertó Tom sobresaltado. Algo negro pasó rápidamente por su lado hasta la borda del barco y oyó caer algo al agua. Nadie más oyó ni vio nada. Levantó la cabeza… ¡el lugar de la mujer estaba vacío! Se levantó y buscó alrededor sin éxito. El pobre corazón sangrante descansaba por fin y el río ondulaba y helaba inocentemente como si no se hubiese tragado nada.

¡Paciencia, paciencia!, todos vosotros que tenéis el corazón hinchado de indignación por injusticias como ésta. El Hombre de los Dolores, el Señor de la Gloria no olvidará ni un latido de angustia ni una lágrima de los oprimidos. Lleva en su corazón paciente y generoso toda la angustia del mundo. Aguanta en silencio, como él, y esfuérzate con amor, porque tan seguro como que es Dios, «llegará el día de sus redimidos».

El tratante se despertó bien temprano y salió a inspeccionar su ganado. Ahora le tocaba a él mirar alrededor perplejo. -¿Dónde diablos está esa muchacha? -preguntó a Tom. Tom, que había aprendido la sabiduría de guardar silencio, no se sintió obligado a expresar sus observaciones y sospechas, por lo que dijo no saberlo.

– No es posible que desembarcase en ningún sitio durante la noche, porque yo estaba despierto y ojo avizor cada vez que atracaba el barco. Nunca confió estos menesteres a los demás.

Dirigió este discurso confidencialmente a Tom, como si su contenido fuese de especial importancia para él. Tom no respondió.

El tratante registró el barco de proa a popa, entre cajas, balas y toneles, entre las máquinas, junto a la chimenea, pero en vano.

– Vamos, Tom, sé justo, pues -dijo cuando, tras una búsqueda infructuosa, se acercó a donde se encontraba Tom-. Tú sabes algo, vamos. No me digas que no; yo sé que sí. Yo vi a la muchacha tendida aquí a las diez, y otra vez a las doce, y entre la una y las dos; y luego a las cuatro no estaba, y tú dormías ahí todo el tiempo. Sabes algo, pues, es imposible que no.

– Bien, amo -dijo Tom-, antes del amanecer me rozó algo y medio desperté; después oí una gran zambullida y me desperté del todo y ya no estaba la muchacha. Eso es todo lo que sé.

El tratante no estaba escandalizado ni asombrado porque, como hemos dicho antes, estaba acostumbrado a muchas cosas a las que usted no lo está. Incluso la terrible presencia de la Muerte no le infundía un frío solemne. Había visto la Muerte muchas veces -la conoció por su oficio y llegó a tratarla bastante- y sólo le pareció un cliente muy duro de roer que le estropeaba muy injustamente los negocios; por lo que sólo juró que la muchacha era un fastidio, que él tenía muy mala suerte y que, si las cosas seguían igual, no sacaría ni un centavo del viaje. En resumen, parecía considerarse un hombre decididamente maltratado; pero la cosa no tenía remedio, puesto que la mujer se había escapado a un estado que nunca repatría a ningún fugitivo, aunque toda la gloriosa Unión lo exija. El tratante, por lo tanto, se sentó desconsoladamente con su pequeña libreta de cuentas y apuntó bajo el apartado de pérdidas el cuerpo y alma de la muerta.

– Es un ser repugnante este tratante ¿verdad? ¡Tan insensible! ¡Es realmente terrible!

– Oh, pero nadie tiene buena opinión de estos tratantes. Son despreciados por todo el mundo; no son recibidos por la buena sociedad.

Pero, señor, ¿quién hace al tratante? ¿Quién tiene la mayor parte de culpa? ¿El hombre ilustrado, culto e inteligente que apoya el sistema del que el tratante es el resultado inevitable o el mismo tratante? Usted hace la regulación pública que permite su oficio y a él lo corrompe y pervierte hasta que ya no se avergüenza de ello; ¿en qué es mejor usted que él?

¿Usted es educado y él ignorante, usted enaltecido y él rastrero, usted refinado y él basto, usted tiene talento y él no? En el día de un juicio futuro, estas mismas consideraciones pueden inclinar el balance a favor de él y no de usted. Al concluir estos pequeños incidentes de comercio legítimo, debemos rogar al mundo que no piense que los legisladores estadounidenses carecen totalmente de humanidad como se podría inferir injustamente de los grandes esfuerzos realizados en el senado nacional por proteger y perpetuar este tipo de tráfico.

Porque ¿quién no está enterado de cómo se superan nuestros grandes hombres en arengar contra el tráfico de esclavos en el extranjero? Es edificante ver y oír la verdadera multitud de Clarkson [20] y Wilberforce que han surgido entre nosotros para defender ese tema. ¡Es feísimo traficar con negros de África, querido lector! ¡No se puede tolerar! ¡Pero traficar con negros de Kentucky es una cosa muy diferente!

CAPITULO XIII

LA COLONIA CUÁQUERA

Una escena tranquila se alza ante nuestros ojos. Una cocina grande, espaciosa y bien pintada con el suelo liso y reluciente, sin una partícula de polvo, y un fogón limpio y bien ennegrecido; hileras de cacerolas de estaño, sugerentes de multitud de cosas buenas para el apetito; brillantes sillas verdes de madera, viejas y sólidas; una pequeña mecedora de asiento abatible, con un cojín de retazos encima, cuidadosamente realizado con retales de lana de diferentes colores, y una más grande, vieja y maternal, cuyos brazos extendidos invitaban hospitalariamente a sentarse, y unos mullidos almohadones de plumas secundaban la invitación: una mecedora realmente confortable y acogedora que valía más, por la comodidad sencilla y hogareña de la que alardeaba, que una docena de los elegantes sillones de salón de terciopelo o brocado; y en esta mecedora, balanceándose suavemente hacia adelante y hacia atrás, con los ojos fijos en una fina labor de costura, se encontraba nuestra buena amiga Eliza. Sí, ahí está, más pálida y delgada que cuando estaba en su casa de Kentucky, y con un mundo de penas reprimido bajo la sombra de sus largas pestañas y esbozando el contorno de su tierna boca. Se veía claramente que la disciplina del pesado dolor había envejecido y endurecido el corazón juvenil; y cuando al rato levantó los oscuros ojos para seguir los retozos del pequeño Harry, que correteaba de aquí para allá por todo el suelo como una mariposa tropical, se veían una firmeza y una resolución profundas que no estaban allí en los días más felices de antaño.

Junto a ella se encontraba sentada una mujer con una reluciente palangana de hojalata en el regazo, en la que iba clasificando melocotones secos. Podía tener unos cincuenta y cinco o sesenta años, pero tenía uno de aquellos rostros que el tiempo parece tocar sólo para adornarlos y embellecerlos. El níveo gorro de crespón, cortado según el severo patrón cuáquero, el sencillo pañuelo de muselina dispuesto en sobrios pliegues sobre el pecho, el chal y el vestido poco atractivos: todo delataba a qué comunidad pertenecía. Su cara era redonda y rosada, con saludable piel suave que hacía pensar en un melocotón maduro. Su cabello, plateado parcialmente por los años, estaba peinado hacia atrás desde la frente alta y serena donde el tiempo no había impreso otro mensaje que paz sobre la tierra y buena voluntad para con los hombres; debajo brillaban un par de grandes ojos claros, honestos y amables de color castaño; sólo había que mirar en ellos para tener la sensación de ver hasta el fondo de un corazón tan bueno y leal como jamás latiera en un pecho de mujer. Se ha alabado y cantado tanto la hermosura de las muchachas jóvenes, ¿por qué no ensalza alguien la belleza de las mujeres mayores? Si alguien quiere inspiración para este menester, le remitimos a nuestra buena amiga Rachel Halliday, que está ahí sentada en su pequeña mecedora. Tenía tendencia a crujir y chirriar esa mecedora o bien por haber cogido frío en sus años mozos o por padecer asma o, quizás, por alguna dolencia de los nervios; pero al balancearse hacia adelante y hacia atrás con suavidad, la mecedora emitía una especie de sonsonete que hubiera sido insoportable si lo hubiese producido cualquier otra silla. Pero el viejo Simeon Halliday a menudo declaraba que le gustaba tanto como cualquier música y los hijos juraban todos que no quisieran dejar de oír la mecedora de su madre por nada del mundo. ¿Por qué? Durante unos veinte años, no había emanado de esa mecedora nada que no fueran palabras afectuosas, tiernas regañinas y atenciones maternales; se habían curado allí innumerables dolores de cabeza y de corazón; se habían resuelto problemas espirituales y temporales y todo era obra de una buena mujer cariñosa, ¡que Dios la bendiga!

– ¿Aún piensas ir al Canadá, Eliza? -preguntó mientras repasaba los melocotones.

– Sí, señora -dijo Eliza con resolución-. Debo seguir adelante. No me atrevo a detenerme.

– ¿Y qué harás cuando llegues allí? Debes pensar en eso, hija mía.

«Hija mía» salía con naturalidad de la boca de Rachel Halliday, pues tenía un rostro y un tipo que hacían pensar que «madre» era la palabra más natural del mundo.

Temblaron las manos de Eliza y cayeron algunas lágrimas sobre su labor; pero respondió firmemente:

– Haré… lo que encuentre. Espero encontrar algo.

– Sabes que puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras -dijo Rachel.

– Oh, gracias -dijo Eliza-, pero -señaló a Harry- no duermo por las noches, no consigo descansar. Anoche soñé que vi a un hombre entrar al corral -dijo con un escalofrío.

– ¡Pobre niña! -dijo Rachel, secándose los ojos-; pero no debes sentirte así. El Señor lo ha dispuesto de manera que nunca hayan cogido a un fugitivo en nuestra aldea. Confío en que tu hijo no vaya a ser el primero.

Se abrió la puerta en ese momento y se asomó a la puerta una mujer baja y redonda con aspecto de acerico y una cara alegre y reluciente como una manzana madura. Iba vestida, como Rachel, de sobrio gris, con el trozo de muselina plegado sobre su pecho redondo y llenito.

– Ruth Stedman -dijo Rachel, acercándose con alegría-; ¿cómo estás, Ruth? -preguntó, cogiéndole las manos con afecto.

– Bien -dijo Ruth, quitándose el gorrito pardo y limpiándolo con el pañuelo, mostrando una cabecita redonda sobre la que el gorro cuáquero se posaba con un aire garboso, a pesar de todos los esfuerzos de las manitas gordezuelas que alisaban y daban múltiples golpecitos para ordenarlo. Algunos mechones de cabello rizado se habían escapado también aquí y allá y tuvo que hacer tremendos esfuerzos para ponerlos en su sitio; después la recién llegada, que tendría unos veinticinco años, se apartó del pequeño espejo delante del cual había realizado todas estas operaciones con un aspecto de gran satisfacción que no podrían menos que compartir todos los que la contemplaran, pues sin duda era una mujercita tan sana, cordial y risueña como jamás alegrase el corazón de un hombre.

– Ruth, esta amiga es Eliza Harris, y éste es el niño del que te he hablado.

– Encantada de conocerte, Eliza -dijo Ruth, estrechándole la mano como si Eliza fuera una vieja amiga a la que esperaba desde hacía tiempo-; y éste es tu querido muchacho: le he traído un pastel -dijo ofreciendo un pequeño pastel en forma de corazón al niño, que se aproximó mirando a través de sus rizos y lo aceptó tímidamente.

– ¿Dónde está tu bebé, Ruth? -preguntó Rachel.

– Oh, ya viene; lo cogió Mary cuando veníamos hacia aquí y se lo llevó corriendo al granero para mostrarlo a los chicos.

En este momento se abrió la puerta y entró Mary, una muchacha honesta y rosada con grandes ojos castaño como los de su madre, llevando el bebé.

– ¡Ajá! -dijo Rachel, acercándose para coger en brazos al niño blanco y relleno-. ¡Qué buen aspecto tiene y cómo crece!

– Ya lo creo -dijo la hacendosa Ruth, y cogiendo al niño comenzó a quitarle una caperuza de seda azul y varias capas de envoltorios externos; tras darle un tirón aquí y un toque allá, ajustarle y ordenarle por todas partes y darle un sonoro beso, lo colocó en el suelo para que se recompusiera. El bebé parecía estar muy acostumbrado a esta forma de proceder, pues se metió el pulgar en la boca (como si fuese una ceremonia de importancia, por supuesto) y pronto pareció quedarse absorto en sus propias reflexiones, mientras su madre se sentaba, sacaba una media larga de rayas azules y blancas y se ponía a hacer calceta enérgicamente.

– Mary, deberías llenar la tetera, ¿verdad? -sugirió suavemente la madre.

Mary llevó la tetera al pozo y regresó enseguida y la puso en la estufa, donde poco después canturreaba y echaba vapor, como un incensario de hospitalidad y buen humor. Además, los melocotones, obedeciendo unos discretos susurros de Rachel, fueron depositados por las mismas manos en una cacerola en el fuego.

Rachel bajó una pulcra tabla de amasar y, atándose un delantal, se dispuso a preparar unas galletas, tras decir a Mary:

– Mary, deberás decirle a John que prepare un pollo, ¿verdad? -Mary desapareció para cumplir la orden.

– ¿Y cómo está Abigail Peters? -preguntó Rachel mientras preparaba las galletas.

– Oh, está mejor-dijo Ruth-; he ido a verla esta mañana; le he hecho la cama y le he ordenado la casa. Leah Hills ha ido esta tarde para prepararle pan y bollos para algunos días, y yo me he comprometido a volver esta tarde para levantarla.

– Iré yo mañana para hacerle la limpieza y repasarle la costura -dijo Rachel.

– Eso está bien -dijo Ruth-. Me he enterado -añadió- de que está enferma Hannah Stanwood. John estuvo allí anoche y yo debo ir mañana.

– John puede venir aquí a comer si quieres quedarte todo el día -sugirió Rachel.

– Gracias, Rachel; ya veremos mañana. Aquí viene Simeon.

Entró Simeon Halliday, un hombre alto y musculoso, con chaqueta y pantalón grises y un sombrero de ala ancha.

– ¿Cómo estás, Ruth? -preguntó cálidamente, extendiendo la mano ancha para recibir su manita regordeta-; ¿y cómo está John?

– John está bien, y toda la familia también -dijo Ruth alegremente.

– ¿Alguna noticia, padre? -preguntó Rachel mientras ponía las galletas en el horno.

– Me dijo Peter Stebbins que vendría esta noche con amigos-dijo Simeon intencionadamente, mientras se lavaba las manos en el limpio fregadero del porche trasero.

– Bien -dijo Rachel, mirando pensativa a Eliza.

– ¿Dijiste que te llamabas Harris? -preguntó Simeon a Eliza cuando regresó.

Rachel miró rápidamente a su marido a la vez que Eliza contestó temblorosa que sí; sus temores, siempre a flor de piel, le sugerían que podrían haber publicado anuncios por ella.

– ¡Madre! -dijo Simeon desde el porche, llamando a Rachel.

– ¿Qué quieres, padre? -preguntó Rachel, frotándose las manos enharinadas al salir al porche.

– El marido de esta joven está en la colonia y vendrá aquí esta noche -dijo Simeon.

– ¡No me digas, padre! -dijo Rachel con la cara iluminada de alegría.

– Es la verdad. Peter fue con el carro ayer al otro puesto y encontró allí a una anciana y dos hombres; uno dijo llamarse George Harris y por lo que contó de su historia, estoy seguro de quién es. Además es un tipo inteligente y agradable. ¿Se lo decimos a ella ahora? -preguntó Simeon.

– Contémoslo a Ruth -dijo Rachel-. Oye, Ruth, ven aquí.

Ruth dejó su labor de calceta y se dirigió rápidamente al porche trasero.

– Ruth, ¿qué opinas tú? -dijo Rachel-. Padre dice que el marido de Eliza está con la última compañía y que estará aquí esta noche.

Un estallido de alegría de la pequeña cuáquera vino a interrumpir el discurso. Dio tal salto desde el suelo al batir las pequeñas palmas que se soltaron dos rizos por debajo de su gorro cuáquero y se posaron alegremente sobre su blanco pañuelo de cuello.

– ¡Chitón, querida! -dijo Rachel suavemente- ¡calla, Ruth! Dinos, ¿se lo contamos ahora?

– Ahora, desde luego, ahora mismo. Imaginaos que fuera mi John, ¿cómo me sentiría? Contádselo enseguida.

– Te utilizas sólo para saber cómo amar a tu prójimo, Ruth -dijo Simeon, mirando a Ruth con una sonrisa amplia.

– Por supuesto. ¿No nos han hecho para eso? Si yo no quisiera a John y al bebé, no sabría qué sentiría ella. Vamos, ¡contádselo ya! y puso la mano persuasivamente sobre el brazo de Rachel-. Llévatela al dormitorio y deja que yo fría el pollo mientras se lo cuentas.

Rachel entró a la cocina, donde se hallaba Eliza cosiendo, y, abriendo la puerta de un pequeño dormitorio, dijo dulcemente:

– Pasa aquí conmigo, hija mía; tengo noticias que darte.

Se le subió la sangre al pálido rostro de Eliza; se levantó, temblando con ansiedad nerviosa, y miró a su hijo.

– No, no -dijo la pequeña Ruth, corriendo a cogerle las manos-, no temas: son buenas noticias, Eliza. ¡Pasa, pasa! -y la empujó suavemente hacia la puerta abierta, que se cerró a sus espaldas; ella se volvió entonces y cogió al pequeño Harry en brazos y se puso a besarlo.

– Vas a ver a tu padre, pequeñín. ¿Lo sabes? Viene tu padre -dijo una y otra vez, mientras el niño la miraba extrañado.

Mientras tanto, tras la puerta cerrada, se desarrollaba otra escena. Rachel Halliday abrazó a Eliza y le dijo:

– El Señor ha tenido piedad de ti, hija; tu marido se ha escapado de la esclavitud.

La sangre subió a las mejillas de Eliza con un brillo súbito y luego volvió al corazón con la misma rapidez. Se sentó pálida y desmayada.

– Ten valor, hija -dijo Rachel, poniéndole la mano sobre la cabeza-. Está entre amigos, que lo traerán aquí esta noche.

– ¡Esta noche! -repitió Eliza-, ¡esta noche! Las palabras perdieron su significado para ella. Se le puso la cabeza somnolienta y confusa; durante un momento, todo fue borroso.

Cuando despertó, se encontraba cómodamente instalada en la cama, cubierta con una manta, con la pequeña Ruth frotándole las manos con alcanfor. Abrió los ojos en un estado de languidez somnolienta y deliciosa como el de una persona que ha llevado mucho tiempo una carga pesada y ahora siente que ya no la lleva y puede descansar. La tensión de los nervios, que no había cesado ni un momento desde la primera hora de su huida, se había desvanecido y le sobrevino una extraña sensación de seguridad y descanso; y ahí tumbada con los grandes ojos negros abiertos seguía, como en un tranquilo sueño, los movimientos de los que la rodeaban. Vio la puerta abierta a la otra habitación; vio la mesa de la cena, con su níveo mantel; oyó el vago murmullo de la tetera; vio a Ruth correteando de acá para allá con platos de pasteles y platillos de conservas, parando de vez en cuando para ponerle un pastel en la mano a Harry o acariciarle la cabeza o enredar sus largos rizos con sus blancos dedos. Vio la amplia figura maternal de Rachel, que se acercaba una y otra vez a la cama para alisar o arreglar la ropa de cama y remeter las sábanas aquí y allí, como forma de expresar sus buenos deseos; y era consciente de una especie de luz de sol que emanaba desde los grandes ojos castaño. Vio entrar al marido de Ruth; la vio correr hacia él y ponerse a susurrarle algo con gran seriedad y gestos expresivos, señalando la habitación con su pequeño dedo. La vio sentarse a cenar con el bebé en brazos; los vio a todos alrededor de la mesa y al pequeño Harry en una silla alta bajo la sombra del amplia ala de Rachel; había tenues murmullos de conversación, suaves tintineos de cucharillas de té y el resonar musical de tazas contra platillos, todo mezclado con un delicioso sueño reparador, y Eliza durmió como no había dormido desde la espantosa noche cuando cogió a su hijo para huir a la luz escarchada de las estrellas.

Soñó con un hermoso país, una tierra, le pareció a ella, de descanso, de verdes orillas, bonitas islas y hermosas aguas centelleantes; y allí, en una casa que amables voces le decían era un hogar, vio a su hijo jugando como un niño libre y feliz. Oyó los pasos de su marido; lo sintió aproximarse; la rodeaban sus brazos, sus lágrimas regaban su rostro y ¡se despertó! No era un sueño. Hacía rato que había desaparecido la luz del día; su hijo yacía plácidamente dormido a su lado; una vela ardía débilmente en la mesilla y su marido sollozaba sobre su almohada.

La mañana siguiente fue una mañana alegre en casa de los cuáqueros. La «madre» se había levantado temprano y estaba rodeada de hacendosos muchachos y muchachas a los que no tuvimos tiempo de presentar a los lectores ayer, y que se movían todos obedientes a los dulces «haz» o, mejor dicho, «¿quieres hacer?» de Rachel, ocupados en preparar el desayuno; pues el desayuno, en los frondosos valles de Indiana, es una cosa complicada y multiforme y, como la recogida de los pétalos de rosa y el podado de los arbustos del Paraíso, necesita de otras manos que no sean las de la madre original. Por lo tanto, mientras John iba al manantial a por agua fresca y Simeon hijo tamizaba la harina de maíz para las tortas y Mary molía café, Rachel se movía suave y silenciosamente por todas partes haciendo galletas, cortando pollo e irradiando una especie de luz de sol sobre todos los preparativos. Si existía peligro de fricción o choque por el celo mal controlado de tantos jóvenes trabajadores, sus tiernos «vamos» o «yo no lo haría» eran suficientes para mitigar la dificultad. Los bardos han escrito sobre el cesto de Venus, que volvió loco a todo el mundo durante varias generaciones. Aquí teníamos, en su lugar, el cesto de Rachel Halliday, que evitaba que la gente se volviese loca y hacía que las cosas transcurriesen con armonía. Creemos que éste va mejor para los tiempos modernos, desde luego.

Mientras seguían los demás preparativos, Simeon padre estaba de pie en un rincón en mangas de camisa ante un pequeño espejo, ocupado en la tarea antipatriarcal de afeitarse. Todo se desarrollaba con tanta sociabilidad, tranquilidad y armonía en la gran cocina, parecía que todo el mundo estaba tan encantado de hacer exactamente lo que hacía y había tal ambiente de confianza mutua y camaradería por todas partes (incluso los cuchillos y los tenedores contribuían a la charla social al colocarse en la mesa, mientras que el pollo y el jamón emitían un chisporroteo alegre y contento en la sartén, como si les gustase ser fritos) que, cuando salieron George y Eliza con el pequeño Harry, ante semejante recibimiento de sincera bienvenida, no es de extrañar que les pareciese un sueño.

Por fin estaban todos sentados alrededor de la mesa del desayuno, mientras Mary estaba de pie en la estufa preparando hojuelas que, según adquirían el exacto tinte dorado de la perfección, eran trasladadas con destreza a la mesa.

Rachel nunca parecía más benignamente feliz que cuando se hallaba presidiendo la mesa. Había tanto de maternal y de generoso incluso en su forma de pasar un plato de pasteles o servir una taza de café, que parecía infundir de espíritu la comida y la bebida que ofrecía.

Era la primera vez que se sentaba George a la mesa de un blanco en igualdad de condiciones, y se sentó, al principio, con algo de embarazo e incomodidad; pero éstos se esfumaron como la niebla bajo los amables rayos matutinos de la amabilidad sencilla y desbordante.

Éste sí era un hogar, un hogar, palabra que nunca antes había significado nada para George; y empezaron a circular en su corazón la fe en Dios y la confianza en su providencia mientras, con una nube dorada de protección y confianza, se derritieron sus oscuras y misántropas dudas ateas y su fiera desesperación bajo la luz de las Escrituras vivas, respirada por rostros vivos y predicada por mil actos inconscientes de amor y buena voluntad que, como la taza de agua fría dada en nombre de un discípulo, nunca carecerá de recompensa.

– Padre, ¿qué pasará si te descubren otra vez? -preguntó Simeon hijo al untar de mantequilla su bollo.

– Pagaré la multa -dijo Simeon en voz queda.

– ¿Y si te metieran en la cárcel?

– ¿No sabríais llevar la granja tú y madre? -preguntó Simeon, sonriendo.

– Madre sabe hacer casi cualquier cosa -dijo el muchacho-. ¿Pero no es una vergüenza que hagan semejantes leyes?

– No debes hablar mal de tus gobernantes, Simeon -dijo gravemente su padre-. El Señor sólo nos da los bienes terrenales para que hagamos justicia y caridad; si nuestros gobernantes nos piden un precio por ello, debemos pagarlo.

– ¡Pues yo odio a los negreros! -dijo el muchacho, que se sentía tan poco cristiano como correspondía a cualquier reformador moderno.

– Me sorprendes, hijo -dijo Simeon-; tu madre no te ha enseñado esas cosas. Yo haría lo mismo por el amo que por su esclavo, si el Señor lo llevase afligido a mi puerta.

Simeon hijo se puso de color escarlata; pero su madre sólo se sonrió y dijo:

– Simeon es un buen muchacho; ya crecerá y será igual que su padre.

– Espero, buen señor, que no se halle usted expuesto a peligros por nosotros -dijo George, ansioso.

– No temas, George, que para eso venimos al mundo. Si no quisiéramos enfrentarnos a los peligros por una buena causa, no seríamos dignos de nuestro nombre.

– Pero, por mi causa -dijo George-, no lo soportaría.

– No temas, entonces, amigo George; no es por ti, sino por Dios y por el hombre que lo hacemos -dijo Simeon-. Y ahora, hoy debes mantenerte oculto y esta noche a las diez Phineas Fletcher te llevará al puesto siguiente, a ti y a todo tu grupo. Los perseguidores os pisan los talones; no hay tiempo que perder.

– Si es así, ¿por qué esperar a la noche? preguntó George.

– Estás a salvo aquí a la luz del día, porque todos los de la colonia son amigos y todos vigilamos. Hemos comprobado que es más seguro viajar de noche.

CAPÍTULO XIV

EVANGELINE

¡Una nueva estrella que iluminaba la vida, demasiado dulce para semejante espejo! Un ser hermoso, apenas formado o moldeado, una rosa con los pétalos aún por abrir [21].

¡El Misisipí! Cuánto han cambiado sus paisajes, como tocados por una varilla mágica, desde que Chateaubriand escribiera sobre él en prosa poética como un río de inmensas soledades, extendiéndose sin interrupción entre las maravillas inimaginables de la existencia vegetal y animal.

Pero en una hora este río de ensueño y de fábulas salvajes ha despertado a una realidad no menos visionaria y espléndida. ¿Qué otro río del mundo lleva a cuestas hasta el océano las riquezas y las empresas de un país semejante, un país cuyos productos incluyen todas las cosas entre los trópicos y los polos? Aquellas aguas turbulentas que se lanzan espumosas hacia adelante son un digno reflejo del precipitado flujo de negocios que navegan sobre sus olas dirigidos por la raza más vehemente y enérgica que el viejo mundo haya conocido jamás. ¡Ojalá no llevaran también una carga tan terrible: las lágrimas de los oprimidos, los suspiros de los desvalidos, las amargas oraciones elevadas por pobres corazones ignorantes a un Dios desconocido; desconocido, invisible y callado, pero que aún «¡saldrá de su lugar para salvar a todos los pobres de la tierra!».

La luz oblicua del sol poniente tiembla sobre la extensión oceánica del río; las vibrantes cañas y los altos cipreses pardos, engalanados con coronas de oscuro musgo fúnebre, resplandecen bajo los rayos dorados, mientras el cargado barco de vapor sigue avanzando.

Bajo balas de algodón procedentes de muchas plantaciones apiladas en la cubierta hasta la borda, que lo hacen parecer desde lejos una enorme mole gris, se va acercando al mercado cada vez más próximo. Debemos buscar un rato entre las cubiertas atiborradas hasta encontrar a nuestro humilde amigo Tom. En lo alto de la cubierta superior, en un recoveco formado entre las omnipresentes balas de algodón, lo encontramos por fin.

En parte debido a la confianza que le habían infundido las manifestaciones del señor Shelby y en parte gracias a su propio carácter tranquilo e inofensivo, Tom había conseguido ganar la confianza incluso de un hombre como Haley.

Al principio, éste lo había vigilado estrechamente durante el día y no lo había dejado dormir sin grilletes por la noche; pero la paciencia impasible y la aparente conformidad de la forma de ser de Tom lo llevaron poco a poco a desistir de estas medidas represivas y Tom llevaba ya un tiempo disfrutando de una especie de libertad bajo palabra, que le permitía ir y venir a su antojo por el barco.

Siempre discreto, servicial y dispuesto a echar una mano en cualquier emergencia que ocurriese entre los trabajadores de abajo, se había granjeado la buena opinión de todos ellos y pasaba muchas horas ayudándoles con la misma buena voluntad con la que trabajara antes en la granja de Kentucky.

Cuando no parecía quedar nada para hacer, se encaramaba a un nicho entre las balas de algodón de la cubierta superior y se ocupaba en estudiar la Biblia; y allí es donde lo encontramos ahora.

Durante unas cien millas al norte de Nueva Orleáns, el río está más alto que la tierra de alrededor y su inmenso volumen discurre entre enormes diques de veinte pies de altura. El pasajero que se halla en la cubierta del barco de vapor domina todo el paisaje en muchas millas a la redonda como si fuese desde lo alto de un castillo flotante. Por lo tanto Tom tenía extendido ante él, plantación tras plantación, un mapa de la vida que le esperaba.

Vio a los esclavos trabajando a lo lejos; vio en lontananza sus aldeas de casuchas que relucían en largas hileras en muchas plantaciones, alejadas de las casas solariegas y las zonas de recreo de los amos; y al desenrollarse el cuadro móvil, su pobre corazón simple miraba atrás a la granja de Kentucky con sus viejas hayas frondosas, a la casa del amo, con sus amplios salones frescos y, cerca de ella, la pequeña cabaña cubierta con la rosa de pitiminí y la bignonia. Le pareció ver los rostros familiares de compañeros que habían crecido junto a él; vio a su atareada esposa, trajinando entre los preparativos de las cenas; oyó las risas alegres de sus hijos mientras jugaban y los gorjeos del bebé en su regazo; y después, de golpe, se desvaneció todo y volvió a ver deslizarse los cañaverales y los cipreses y las plantaciones y volvió a oír los crujidos y los gemidos de las máquinas, y todo le decía con demasiada claridad que esa fase de su vida había desaparecido para siempre.

En semejantes circunstancias, usted escribiría a su esposa y mandaría mensajes a sus hijos; pero Tom no podía escribir, el correo no existía para él y no había ni una palabra ni un gesto amigo para llenar el abismo de la separación.

¿Es de extrañar, entonces, que caigan algunas lágrimas sobre las páginas de su Biblia cuando la apoya en una bala de algodón y traza sus promesas siguiendo con un dedo vacilante, una a una, las palabras? Como aprendió de mayor, Tom leía despacio y pasaba trabajosamente de un versículo al siguiente. Tenía la suerte de que el libro que leía no podía estropearse por una lectura pausada, sino que sus palabras, como lingotes de oro, parecían necesitar pesarse por separado para que la mente aprehendiese su incalculable valor. Observémoslo un momento mientras lee, señalando cada palabra y pronunciándola con voz baja:

«Que… no… se… agite… tu… corazón. En… la… casa… de… mi… Padre… hay… muchas… mansiones. Voy… a… preparar… un… sitio… para… ti.»

Cuando Cicerón enterró a su queridísima hija única, su corazón estaba tan repleto de sincera pena como el de Tom, no más, pues ambos no eran sino hombres; pero Cicerón no podía detenerse con palabras de esperanza tan sublimes, ni podía esperar tal reunión futura; y si las hubiera podido leer, lo más probable es que no las habría creído; primero habría tenido que llenarse la cabeza con mil preguntas sobre la autenticidad del manuscrito y la exactitud de la traducción. Pero, para el pobre Tom, allí estaba, exactamente lo que le hacía falta, tan claramente cierto y divino que no le pasó por la cabeza la posibilidad siquiera de cuestionarlo. Debía de ser cierto porque, si no era cierto, ¿cómo iba a vivir?

En cuanto a la Biblia de Tom, aunque no contenía anotaciones ni apuntes de lectores doctos en los márgenes, sí estaba adornada con ciertos hitos y directrices de la propia cosecha de Tom que le ayudaban más de lo que lo hubieran podido hacer las explicaciones más eruditas. Había sido su costumbre hacer que le leyeran los hijos de su amo, especialmente el señorito George; y, mientras leían, él marcaba con rayas y líneas bien delineadas a pluma los pasajes que más gratificaban su oído o conmovían su corazón. Así toda su Biblia estaba marcada, de principio a fin, con una variedad de estilos y designaciones; de esta forma, en un momento podía localizar sus pasajes preferidos sin tener que ir deletreando lo que había entre ellos; así, allí ante sus ojos, con cada pasaje recordando alguna escena de casa y rememorando alguna diversión pasada, su Biblia parecía representar todo lo que le quedaba de su vida, además de la promesa de una vida futura.

Entre los pasajeros del barco había un joven caballero de gran fortuna y buena familia, residente en Nueva Orleáns, que se llamaba St. Clare. Tenía con él a una hija de entre cinco y seis años de edad, además de una dama que parecía ser pariente de ambos, y estar especialmente encargada del cuidado de la pequeña.

Tom había vislumbrado a menudo a esta niña, pues era una de esas criaturas inquietas y bulliciosas que son tan difíciles de atrapar en un solo lugar como un rayo de sol o una brisa de verano, pero era de aquellas personas imposibles de olvidar una vez se las ha visto.

Su cuerpo poseía la perfección de la belleza infantil, sin la gordura y solidez habituales. Tenía la gracia liviana y etérea que se podría atribuir a un ser mítico y alegórico. Su rostro llamaba la atención menos por su hermosa perfección de facciones que por la sinceridad singular y soñadora de su expresión, que sorprendía a los idealistas cuando la contemplaban y que impresionaba incluso a los más lerdos sin que supieran muy bien por qué. La forma de la cabeza y el contorno del cuello y del busto eran especialmente nobles y la larga melena dorada que flotaba como una nube alrededor, la seriedad profundamente espiritual de sus ojos azul violeta, sombreados por tupidas pestañas de color castaño claro: todo ello la distinguía de los demás niños y hacía que todo el mundo volviera la cabeza para verla cuando se deslizaba de un lado del barco al otro. Sin embargo, la pequeña no era lo que podría llamarse una niña seria o triste. Al contrario, un aire inocente y juguetón parecía revolotear alrededor de su rostro infantil y su cuerpo ágil como la sombra de las hojas en verano. Siempre estaba moviéndose, con una sonrisa dibujada a medias en su boca rosada, correteando de aquí para allá con unos pasos ligeros y ondulantes, canturreando para sí como si estuviese soñando. Su padre y su cuidadora estaban incesantemente ocupados persiguiéndola; pero cuando la cogían, se esfumaba de nuevo como una nube veraniega; y como, hiciera lo que hiciese, no recibía una palabra de reproche, hacía lo que le placía por todo el barco. Siempre vestida de blanco, parecía deslizarse como una sombra por todo tipo de lugares sin mancharse lo más mínimo; y no había rincón donde no hubiesen pisado sus pies de hada ni recoveco que no hubiese sido visitado por la cabecita dorada con sus ojos de azul profundo.

Cuando levantaba los ojos de su ardua tarea, el fogonero a veces veía esos ojos dirigidos con fascinación hacia las profundidades rugientes de la caldera y después, con horror y lástima, hacia él, como si creyera que estaba en terrible peligro. Después el timonel se paraba y sonreía al ver asomarse la bella cabeza en la ventana de la sala de máquinas, para desaparecer un momento más tarde. Mil veces al día la bendecían rudas voces, y sonrisas de una dulzura inusitada cruzaban ásperos rostros a su paso; y cuando pasaba sin miedo por lugares peligrosos, manos rugosas y sucias se extendían involuntariamente para allanarle el camino.

Tom, que tenía la naturaleza dulce y impresionable de su bondadosa raza que se inclina siempre hacia lo puro y lo sencillo, observaba a la pequeña con un interés que crecía día a día. Le parecía una cosa casi divina; y cuando se asomaban la cabeza dorada y los ojos azules desde detrás de alguna oscura bala de algodón o lo miraba por encima de una colina de paquetes, casi creía que veía a un ángel surgido de su Nuevo Testamento.

Muchas veces se paseaba ella con tristeza por los lugares donde estaban encadenados los hombres y mujeres de la cuadrilla de Haley. Se deslizaba entre ellos, mirándolos con un aire de perplejidad y pena; a veces levantaba las cadenas con sus finas manos y suspiraba melancólicamente mientras se alejaba. Varias veces apareció de repente ante ellos con las manos llenas de caramelos, frutos secos y naranjas, que repartía alegremente entre ellos antes de desaparecer de nuevo.

Tom había observado mucho a la pequeña dama antes de cualquier intento de hacer amistad. Conocía infinidad de pequeños actos que propiciaban e invitaban a la gente menuda a acercarse, y decidió desempeñar con mucha habilidad su papel. Sabía tallar cestitas con huesos de cereza, sabía dibujar caras grotescas sobre las nueces de pacana y fabricar extrañas figuras móviles con pulpa de saúco y era un verdadero Pan a la hora de modelar silbatos de todos los tamaños y formas. Llevaba los bolsillos llenos de toda suerte de objetos atractivos, que había juntado en tiempos pasados para los hijos de su amo y que sacó ahora, uno por uno, con loable parsimonia y lentitud, como invitaciones a la amistad.

La pequeña era tímida, a pesar de su vivo interés por todo lo que ocurría a su alrededor, y no era fácil de domar. Durante algún tiempo, solía posarse como un canario sobre alguna caja o algún paquete cerca de donde Tom se entretenía con las artimañas antes descritas, y, con una especie de vergüenza y seriedad, coger los artículos que le ofrecía. Pero finalmente se hicieron bastante amigos.

– ¿Cómo se llama la señorita? -preguntó Tom por fin, cuando creyó que era el momento de hacer tales indagaciones.

– Evangeline St. Clare -dijo la pequeña- aunque papá y mamá y todo el mundo me llaman Eva. ¿Y cómo te llamas tú?

– Me llamo Tom; los niños me llamaban tío Tom, allá en Kentucky.

– Entonces yo también pienso llamarte tío Tom porque, verás, me caes bien -dijo Eva-. Así, pues, tío Tom, ¿adónde te diriges?

– No lo sé, señorita Eva.

– ¿Que no lo sabes? -preguntó Eva.

– No; me van a vender a alguien. No sé a quién.

– Mi padre puede comprarte -dijo Eva enseguida-; y si él te compra, lo pasaremos muy bien. Se lo voy a decir hoy mismo.

– Gracias, mi pequeña dama -dijo Tom.

En ese momento atracó el barco en un pequeño embarcadero para cargar leña y Eva, oyendo la voz de su padre, se fue corriendo ágilmente. Tom se levantó y se acercó para ofrecer sus servicios para cargar la leña y pronto estaba ocupado entre los braceros.

Eva y su padre se encontraban de pie juntos cerca de la barandilla para ver cómo salía el barco del embarcadero; la rueda había girado una o dos veces en el agua cuando, por un movimiento repentino, la pequeña perdió el equilibrio, se cayó por la borda e iba directamente al agua. Su padre, sin saber apenas lo que hacía, estaba a punto de lanzarse tras ella, pero alguien detrás de él lo retuvo, viendo que había llegado una ayuda más eficiente.

Tom estaba exactamente debajo de la niña cuando ésta se cayó. La vio dar en el agua y hundirse y se tiró tras ella al instante. No le costó nada a un hombre de amplio pecho y fuertes brazos como él mantenerse a flote en el agua hasta que, un momento o dos después, salió la niña a la superficie y la cogió en sus brazos y se fue nadando a la borda del barco y la alzó, goteando, para que la cogieran cientos de manos que estaban extendidas ansiosamente para recibirla como si pertenecieran a un solo hombre. Unos momentos más y la llevó su padre, chorreando e inconsciente, al camarote de las señoras donde, como suele ocurrir en casos de este tipo, hubo una bienintencionada y bondadosa contienda entre las ocupantes femeninas para ver quién hacía más para armar alboroto y evitar en lo posible su recuperación.

Hacía un tiempo sofocante y bochornoso el día siguiente mientras el barco se aproximaba a Nueva Orleáns. Se extendió un bullicio de expectación por toda la nave; en los camarotes unos y otros recogían sus pertenencias y las preparaban para bajar a tierra. El contramaestre, la camarera y los demás estaban ocupados limpiando, puliendo y arreglando el gran barco para hacer la gran entrada.

En la cubierta inferior estaba sentado nuestro amigo Tom con los brazos cruzados, dirigiendo de vez en cuando unas miradas ansiosas a un grupo de personas que se hallaba al otro lado del barco.

Allí estaba la bella Evangeline, algo más pálida que el día anterior pero por lo demás sin mostrar ninguna huella del accidente que había sufrido. A su lado había un joven elegante y de proporciones armoniosas, con el codo apoyado de forma displicente en una bala de algodón y una gran libreta abierta delante de él. Era evidente, sólo con mirarlo, que se trataba del padre de Evangeline. Tenía la misma forma noble de cabeza, los mismos ojos grandes y azules; sin embargo, la expresión era totalmente diferente. En los grandes ojos límpidos y azules de él, aunque tenían exactamente la misma forma y el mismo color, faltaba la profundidad de expresión soñadora y romántica; todo era claro, gallardo y luminoso, pero con una luz totalmente de este mundo; la boca de bellas proporciones tenía una expresión orgullosa y un poco sarcástica, mientras que cada uno de los elegantes movimientos de su bello cuerpo delataba, no sin gracia, un aire de despreocupada superioridad. Estaba escuchando con un aire festivo e indiferente, mitad cómico, mitad desdeñoso, a Haley, que se explayaba volublemente sobre las cualidades de la mercancía por la que regateaban.

– ¡Todas las virtudes morales y cristianas encuadernadas en tafilete negro! -dijo cuando terminó Haley-. Entonces, mi buen hombre, ¿cuánto he de soltar, como dicen en Kentucky? En otras palabras, ¿cuánto hay que pagar por este asunto? ¿Cuánto dinero me va a timar usted? Dígamelo.

– Bien -dijo Haley-, si dijera mil trescientos por este tipo, sólo cubro las pérdidas, y ésa es la pura verdad.

– ¡Pobre! -dijo el joven, mirándolo con ojos burlones-; pero supongo que me lo dará por esa cantidad por el aprecio que me tiene, ¿eh?

– Pues, la damita parece estar empeñada en ello, y es natural.

– Oh, desde luego, ése es el motivo de su benevolencia, amigo mío. Ahora bien, como cuestión de caridad cristiana, ¿cuál es el precio más barato por el que está dispuesto a darlo, para hacerle un favor a una jovencita que está prendada de él?

– Bueno, piénselo simplemente -dijo el tratante-; mire esas extremidades solamente, y es ancho de pecho y fuerte como un toro. Mire su cabeza: esas frentes despejadas son típicas de los negros pensadores, que sirven para todo tipo de cosas. Ya me he dado cuenta. Ahora, pues, un negro de esta corpulencia y este peso vale mucho, podríamos decir, sólo por el cuerpo, si no es inteligente; pero si tenemos en cuenta sus facultades intelectuales, que puedo demostrar que están fuera de lo común, pues, entonces, vale más. Si este tipo llevaba toda la granja de su amo. Tiene un talento excepcional para los negocios.

– ¡Malo, malo: sabe demasiado! -dijo el joven, con la misma sonrisa burlona en los labios-. No puede ser. Los tipos listos siempre se largan, roban caballos y dan guerra de mil maneras. Creo que tendrá que descontar un par de cientos por su inteligencia.

Pues podría tener algo de razón si no fuera por su carácter; pero le puedo enseñar referencias de su amo y de otras personas para demostrar que es un verdadero santo, la criatura más humilde, pía y beata que haya visto usted nunca. Si lo llamaban predicador en esas partes de donde procede.

– Y podría utilizarlo como capellán de la familia, supongo -dijo secamente el joven-. ¡Qué buena idea! La religión es un artículo que escasea en nuestra casa.

– Bromea usted.

– ¿Cómo lo sabe? ¿No acaba usted de afirmar que él es predicador? ¿Ha pasado el examen del sínodo o del concilio, acaso? Vamos, muéstreme los papeles.

Si el tratante no hubiera estado convencido, gracias a un guiño de buen humor en los grandes ojos, de que todas estas chanzas resultarían ser, a la larga, cuestión de dinero, puede que se hubiese impacientado un poco. Pero dadas las circunstancias, apoyó una cartera grasienta sobre las balas de algodón y se puso a estudiar ansiosamente algunos papeles que sacó de ella, mientras el joven se quedó de pie junto a él, mirándolo con un aire de suelta y desenfadada jocosidad.

– ¡Cómpralo, papá, no importa cuánto pagues! -susurró Eva dulcemente, encaramándose en una caja y rodeando el cuello de su padre con los brazos-. Sé que tienes bastante dinero, y lo quiero.

– ¿Para qué, gatita? ¿Vas a usarlo como cascabel o como caballo de balancín o qué?

– Quiero hacerle feliz.

– Desde luego es un motivo original.

En este punto el tratante le tendió un certificado, firmado por el señor Shelby, que cogió el joven con la punta de sus largos dedos y miró despreocupado por encima.

– Una letra señorial -dijo- y buena ortografia también. Bueno, pues, no estoy muy seguro, después de todo, por este asunto de la religión -dijo, con una expresión maliciosa de nuevo en los ojos-; el país está al borde de la ruina por culpa de los beatos blancos: los políticos tan beatos que tenemos antes de las elecciones, los tejemanejes beatos que tienen lugar en todos los departamentos de la iglesia y del estado, que uno no sabe quién va a ser el próximo en engañarle. Tampoco estoy muy seguro de que la religión esté en alza en este momento en el mercado. No he mirado su cotización en bolsa últimamente en el periódico. ¿Cuántos cientos de dólares me ha sumado por el asunto de la religión?

– Me parece que está usted bromeando -dijo el tratante-; pero tiene sentido lo que dice. Sé que hay diferencias en la religión. Algunos tipos son mezquinos; algunos celebran reuniones pías; otros cantan a voz en grito; en aquellos casos no hay diferencias entre blancos y negros pero en éstos, ya lo creo que las hay; lo he visto muchas veces en los negros, que se vuelven poco a poco tan tranquilos, honrados y píos que nada en el mundo podría tentarles a hacer nada que consideren que está mal; y ya ve usted en esta carta lo que dice de Tom su antiguo amo.

– Ahora -dijo el joven, inclinándose muy serio para mirar su libreta de facturas- si usted me asegura que puedo comprar esta clase de piedad, y que me lo apuntarán a mi cuenta en el libro de allá arriba como algo de mi propiedad, no me importa si pago un poco más por ella. ¿Qué me dice?

– Pues no puedo hacer eso -dijo el tratante-. Creo que cada uno tendrá que velar por sus propios intereses en ese lugar.

– Eso es un poco injusto para quien paga más por la religión, si no puede canjearlo en el lugar que más le interesa, ¿no es verdad? -dijo el joven, que había estado contando un fajo de billetes mientras hablaba-. ¡Ahí tiene, cuente su dinero, amigo! -añadió, ofreciendo el fajo al tratante.

– De acuerdo -dijo Haley, con una gran sonrisa de satisfacción; y sacando un viejo tintero de cuerno, se puso a hacer un contrato de venta que ofreció al joven caballero unos instantes después.

– Me pregunto yo, si me parcelaran e me hicieran inventario, cuánto darían por mí -dijo éste mientras leía el documento-. Digamos tanto por la forma de la cabeza, tanto por la frente despejada, tanto por los brazos y las manos y las piernas y después tanto por la educación, la cultura, el talento, la honradez y la religión. ¡Dios me ampare, poco cobrarían por lo último, me parece! Pero vamos, Eva,-dijo; y cogiendo de la mano a su hija, cruzó el barco, puso de forma desenfadada la punta del dedo bajo la barbilla de Tom y le dijo-: ¡Ánimo, Tom! Veremos si te gusta tu nuevo amo.

Tom levantó la mirada. No estaba en su naturaleza contemplar aquella cara alegre, joven y guapa sin experimentar placer; y Tom sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando dijo de corazón:

– ¡Que Dios le bendiga, amo!

– Bien, espero que sí. ¿Cómo te llamas? ¿Tom? Es más probable que lo haga si lo pides tú que si lo pido yo. ¿Sabes conducir caballos, Tom?

– Estoy acostumbrado a los caballos desde siempre -dijo Tom-. El señor Shelby los criaba a montones.

– Bien, entonces creo que te pondré de cochero, con la condición de que no te emborraches más de una vez por semana, excepto en caso de emergencia, Tom.

Tom puso cara de sorprendido y algo ofendido y respondió:

– Nunca bebo, amo.

– He oído esa historia antes, Tom; pero ya veremos. Prestarás un gran servicio a todos nosotros, si es así. No te preocupes, muchacho -añadió de buen humor, al ver que Tom seguía serio-; no dudo que tengas buenas intenciones.

– Ya lo creo que las tengo -dijo Tom.

– Y lo pasarás bien -dijo Eva-; papá trata muy bien a todo el mundo; sólo se ríe de ellos.

– Papá te agradece tus recomendaciones -dijo St. Clare, riéndose al darse la vuelta para marcharse.

CAPÍTULO XV

SOBRE EL NUEVO AMO DE TOM

Y VARIOS OTROS ASUNTOS

Ya que el hilo de la vida de nuestro modesto héroe se ha entretejido con el de personas más importantes, hay que hacer una breve presentación de éstas. Augustine St. Clare era hijo del rico dueño de una plantación de Luisiana. La familia era originariamente del Canadá. De los dos hermanos, muy parecidos en temperamento y en carácter, uno se había instalado en una próspera granja en Vermont y el otro se convirtió en un opulento plantador de Luisiana. La madre de Augustine era una dama hugonota francesa, cuya familia emigró a Luisiana en los primeros tiempos de su colonización. Augustine y su hermano eran los únicos hijos de sus padres. Como aquél heredó de su madre una constitución delicadísima, lo enviaron durante muchos años de la infancia, a instancias de los médicos, a casa de su tío en Vermont, con el fin de que el clima frío y tonificante le fortaleciera la constitución.

Durante la infancia, lo caracterizaba una marcada y exagerada sensibilidad de carácter, más propia de la ternura de una mujer que de la dureza habitual en su mismo sexo. El tiempo, sin embargo, cubrió esta ternura con la dura corteza de la hombría, y sólo unos pocos sabían que aún yacía latente y viva en su interior. Sus talentos eran de primera clase, aunque su mente se inclinara siempre hacia lo ideal y lo estético y tenía esa repugnancia por las crudas realidades de la vida que es el resultado habitual de esta tendencia de las facultades. Poco después de completar sus estudios universitarios, toda su naturaleza se concentró en la efervescencia intensa y ardorosa de una pasión romántica. Llegó su hora, esa hora que llega sólo una vez; salió su estrella, esa estrella que sale muchas veces en vano, para que se recuerde sólo como algo quimérico; y para él salió en vano. Para dejar a un lado las metáforas, conoció y se enamoró de una mujer noble y bella, de uno de los estados del norte, y se prometieron. Regresó al sur para hacer los preparativos de la boda y, de repente, le devolvieron por correo sus cartas, con una breve nota del tutor de la dama, informándole de que, antes de recibirla, ella ya se habría casado con otro. Incitado a la locura, esperó en vano, como otros muchos han esperado, desterrarla de su corazón con un esfuerzo sobrehumano. Demasiado orgulloso para suplicar o pedir explicaciones, se lanzó a la vorágine de la sociedad de moda y, quince días después de que recibiese la carta fatal, ya era el pretendiente formal de la belleza oficial de la temporada; y en cuanto se pudieron completar los trámites, se convirtió en el marido de un bello cuerpo, un par de brillantes ojos negros y cien mil dólares; y, naturalmente, todo el mundo lo consideró un tipo afortunado.

El matrimonio disfrutaba de su luna de miel y se hallaba celebrando una recepción para un brillante círculo de amigos en su magnífica villa junto al lago Pontchartram, cuando un día le llevaron una carta escrita con esa letra tan bien recordada. Se la entregaron en medio del torbellino alegre y ocurrente de la conversación, en una sala repleta de personas. Se puso mortalmente pálido cuando vio la letra pero mantuvo la compostura y completó el asalto lúdico de chanzas que llevaba a cabo en ese momento con la dama que tenía enfrente; poco después, lo echaron de menos en el círculo. Solo en su habitación, abrió y leyó la carta, que ahora no servía para nada leer. Era de ella, y le contaba con detalle la persecución que había sufrido a manos de la familia de su tutor, para conseguir casarla con el hijo de éste; y narraba cómo, durante mucho tiempo, las cartas de él habían dejado de llegar; cómo ella había escrito una y otra vez, hasta que empezó a cansarse y a dudar; cómo se había resentido su salud por la ansiedad padecida y cómo, por fin, había descubierto todo el fraude a que los habían sometido tanto a él como a ella. La carta acababa con una nota de esperanza y gratitud y profesiones de amor eterno, más amargas para el desgraciado joven que la muerte. Le escribió inmediatamente:

«He recibido la tuya… demasiado tarde. Creí todo lo que me dijeron. Estaba desesperado. Estoy casado, y todo ha terminado. Sólo te queda olvidar, es lo único que nos queda a los dos.»

Así terminó el romance y el ideal de vida para Augustine St. Clare. Pero quedaba lo real, como el barro desnudo, liso y húmedo que queda cuando se retira la ola azul y centelleante, con toda la compañía de barcos deslizantes con sus velas blancas como alas y la música de los remos y las aguas cantarinas: ahí se queda el barro, liso, yermo y viscoso, demasiado real.

Por supuesto en una novela las personas se rompen los corazones y mueren y ahí acaba todo; en un cuento, así es como debe ser. Pero en la vida real no morimos cuando se muere lo único que nos ilumina la vida. Aún tenemos que soportar unas sesiones muy ajetreadas de comer y beber, vestimos, caminar, comprar, vender, hablar, leer y todo lo que configura lo que se suele llamar vivir; a Augustine le quedaba esto aún. Si su esposa hubiera sido una mujer completa, aún podría haber hecho algo -como lo saben hacer las mujeres- para recomponer los hilos rotos de su vida y tejerlos en una tela luminosa. Pero Marie St. Clare ni siquiera se dio cuenta de que se hubiesen roto. Como hemos apuntado antes, era un bello cuerpo, un par de magníficos ojos y cien mil dólares; y ninguno de estos artículos era apto para auxiliar una mente enferma.

Cuando encontraron a Augustine tumbado en el sofá, pálido como la muerte, y dijo que la causa de su aflicción era un dolor de cabeza, ella le recomendó que oliese amoníaco; y cuando la palidez y el dolor de cabeza persistieron semana tras semana, sólo dijo que no había creído que el señor St. Clare fuera delicado; pero parece ser que era muy propenso a las jaquecas, y que era muy mala suerte para ella, porque a él no le apetecía salir con ella y parecía raro que saliese ella sola cuando hacía tan poco que se habían casado. En el fondo se alegraba Augustine de haberse casado con una mujer tan poco perspicaz; pero cuando desaparecieron el lustre y las cortesías de la luna de miel, descubrió que una bella joven que ha vivido toda su vida para que la mimaran y sirvieran los demás podría resultar ser un ama de casa difícil. Marie nunca había poseído gran capacidad de cariño ni mucha sensibilidad y lo poco que poseía se había trocado en un egoísmo muy fuerte e inconsciente, un egoísmo absolutamente irremediable por su estupidez y su ignorancia de cualquier necesidad que no fuera la propia. Desde la infancia había vivido rodeada de criados cuya única misión era hacer realidad sus caprichos; nunca se le había ocurrido, ni remotamente, que ellos pudieran tener derechos o sentimientos. Su padre, de quien era hija única, jamás le había negado nada que fuera humanamente posible concederle; y cuando llegó a la vida adulta, una heredera bella e instruida, tenía a todos los buenos partidos y a los menos buenos rendidos a sus pies, y no dudaba que Augustine era un hombre afortunado por haberla conseguido. Es un gran error suponer que una mujer sin corazón sea fácil de contentar en los asuntos amorosos. No existe sobre la tierra un ser más despiadado a la hora de exigir el cariño de los demás que una mujer totalmente egoísta; y cuanto menos bella se va haciendo, con más celos e intransigencia demanda el amor, hasta la última gota. Por lo tanto, cuando St. Clare empezó a descuidar las galanterías y las pequeñas atenciones que abundaban al principio por la costumbre de la conquista, descubrió que su sultana no estaba nada dispuesta a perder a su esclavo; hubo gran cantidad de lágrimas, pucheros y pequeñas tormentas además de disgustos, suspiros y reproches. St. Clare era generoso y poco dispuesto a sufrir, e intentaba aplacarla con regalos y halagos; y cuando Marie dio a luz una bella hija, sintió realmente despertar dentro de él, durante algún tiempo, algo parecido a la ternura.

La madre de St. Clare había sido una mujer de ideales y una pureza de carácter poco comunes, y Augustine puso su nombre a su hija, con la esperanza de que fuese una réplica de aquella imagen. Este hecho fue motivo de celos quisquillosos de parte de su esposa, que veía con suspicacia y disgusto la devoción absorbente de su marido por la niña; todo lo que le daba a la niña parecía escatimárselo a ella. Desde el momento del nacimiento de esta hija, su salud empeoró paulatinamente. Una vida de constante inactividad, del cuerpo y de la mente, la fricción del continuo aburrimiento y descontento, unidos a la debilidad normal que solía acompañar el período de maternidad, en pocos años convirtieron a la bella joven en una mujer marchita, amarillenta y enfermiza, cuyo tiempo se distribuía entre una variedad de achaques imaginarios y que se consideraba, en todos los sentidos, la persona más maltratada y doliente del mundo.

Sus diferentes males no tenían fin, pero su fuerte parecía ser la jaqueca, que a veces la confinaba en su habitación tres días de cada seis. Como, naturalmente, todas las disposiciones familiares estaban en manos de los criados, St. Clare encontraba su hogar muy poco confortable. Su única hija era extremadamente delicada y temía que, sin nadie que la cuidase, su salud e incluso su vida pudieran sacrificarse por culpa de la incompetencia de la madre. La había llevado con él en un viaje a Vermont y había persuadido a su prima, la señorita Ophelia St. Clare, que volviera con él a su residencia sureña; y en este momento se encuentran de vuelta a bordo de este barco, donde los hemos presentado a nuestros lectores.

Y ahora, mientras las lejanas cúpulas y torres de Nueva Orleáns se alzan ante nuestros ojos, nos queda tiempo para presentarles a la señorita Ophelia.

Quien haya viajado por los estados de Nueva Inglaterra recordará en alguna aldea fresca la amplia granja con su corral de césped bien barrido bajo la sombra del tupido follaje de los arces sacarinos; y recordará el aire de orden y quietud, de perpetuidad y reposo inalterables que parece respirar todo el lugar. No falta nada, y nada está estropeado; no hay ni un poste suelto en la valla ni una partícula de papel en el verde jardín, con sus macizos de lila que crecen bajo las ventanas. Dentro recordará habitaciones grandes y limpias, donde parece que nunca se hace ni se va a hacer nada, donde cada objeto está colocado en un lugar definitivo e inmutable y donde todos los acontecimientos domésticos transcurren con la precisión puntual del viejo reloj del rincón. En la «sala de guardar» familiar, como se le llama, recordará la librería formal y respetable con sus puertas de cristal, donde conviven decorosamente la Historia de Rollin, El paraíso perdido de Milton, El progreso del peregrino de Bunyan y la Biblia familiar de Scott con multitud de libros igualmente solemnes y decentes. No hay criados en la casa, sólo la dama con níveo gorro y lentes que se sienta a coser todas las tardes entre sus hijas como si no hubiera hecho ni fuera a hacer nada más; ella y sus hijas, a alguna hora temprana y olvidada del día «hicieron la casa» y durante el resto del tiempo, a todas las horas a las que se las puede ver a ellas, está «hecha». En el viejo suelo de la cocina jamás se ve una mancha de suciedad; las mesas, las sillas y los utensilios de cocinar jamás se ven desordenados o revueltos, aunque se preparan tres o cuatro comidas al día, se realizan la colada y el planchado de la familia, y se producen de alguna forma misteriosa libras y libras de mantequilla y queso.

En una granja parecida la señorita Ophelia había pasado una existencia tranquila durante unos cuarenta y cinco años, hasta que su primo la invitó a visitar su mansión sureña. La mayor de una familia numerosa, sus padres aún la consideraban una de «los chicos» y la invitación a Orleáns era un acontecimiento trascendental dentro del círculo familiar. El anciano padre de cabeza cana sacó el atlas de Morse de la librería para buscar la latitud y longitud exactas, y leyó Viajes en el Sur y el Oeste de Flint para formar su propia opinión sobre la naturaleza de la región.

La buena madre preguntó ansiosa «si Orleáns no era un lugar terriblemente malvado» y dijo que le parecía «casi lo mismo que visitar las islas de Pascua o cualquier lugar pagano».

Supieron en casa del clérigo y en la del médico y en la sombrerería de la señorita Peabody que Ophelia St. Clare «hablaba» de marcharse a Orleáns con su primo; y por supuesto la aldea entera no podía menos que contribuir al proceso importantísimo de hablar del asunto. El clérigo, que tenía opiniones decididamente abolicionistas, tenía sus dudas sobre si tal paso no tendería a animar a los sureños a quedarse con sus esclavos, mientras que el médico, que era un colonizacionalista [22] convencido, se inclinaba hacia la opinión de que era el deber de la señorita Ophelia ir, para demostrar a los de Nueva Orleáns que no tenía mala opinión de ellos después de todo. De hecho, era de la opinión de que la gente del sur necesitaba que le infundieran ánimos. Sin embargo, cuando ya era del dominio público que se había decidido a marcharse, durante quince días todos sus amigos y vecinos la invitaron a tomar el té, para enterarse debidamente de sus planes y perspectivas. La señorita Moseley, que iba a la casa para ayudar con la costura, iba averiguando datos importantes por los cambios que tenía que efectuar en el vestuario de la señorita Ophelia. Se pudo saber a ciencia cierta que el señor Sinclare, como solían abreviar su apellido en los alrededores, había apartado cincuenta dólares y los había entregado a la señorita Ophelia, diciéndole que comprara cuanta ropa quisiera, y que le habían enviado dos vestidos nuevos y un sombrero de Boston. En cuanto a la corrección de este dispendio extraordinario, había división de opiniones: algunos afirmaban que estaba muy bien, por una vez en la vida, teniéndolo todo en cuenta, mientras que otros aseveraban que hubiesen hecho mejor mandando el dinero a las misiones; pero todos estuvieron de acuerdo en que jamás se había visto en aquellas partes un parasol semejante al que se le había enviado desde Nueva York y que tenía un vestido de seda que valía por sí mismo, fuese lo que fuese lo que se pensara de su dueña. También hubo unos tremendos rumores sobre un pañuelo cosido a mano; incluso circulaba una versión según la cual la señorita Ophelia poseía un pañuelo totalmente bordeado de encaje y se añadió que hasta las esquinas estaban bordadas; no obstante, este último detalle nunca pudo constatarse satisfactoriamente y sigue siendo un misterio hoy.

La señorita Ophelia, como la vemos ahora, está de pie ante nosotros, alta, cuadrada y angulosa, con un reluciente vestido de viaje de lino marrón. Su rostro era delgado, con un perfil un poco afilado; los labios estaban apretados como los de una persona acostumbrada a tener opiniones tajantes sobre todas las materias, mientras que los oscuros ojos agudos tenían un peculiar movimiento escrutador, y examinaban todo como si buscaran algo de que hacerse cargo.

Todos sus movimientos eran bruscos, decididos y enérgicos, y, aunque nunca había sido muy habladora, cuando hablaba, sus palabras eran notablemente directas y pertinentes.

En sus costumbres, era el epítome del orden, el método y la exactitud. En la puntualidad, era inevitable como un reloj e inexorable como una locomotora; execraba y desdeñaba a cualquiera que no lo fuese.

El mayor de los pecados, a sus ojos, el súmmum de todos los males, lo expresaba con una palabra muy utilizada e importante en su vocabulario: «ineptitud». Su máxima expresión de desdén se plasmaba en la pronunciación enfática de la palabra «inepto», con la que daba a entender todas las formas de proceder que no tenían la finalidad directa e inevitable de cumplir algún propósito claramente definido en la mente. Las personas que no hacían nada o que no sabían exactamente lo que iban a hacer o que no emprendían el camino más directo hacia la consecución de lo que acometían, merecían su absoluto desprecio, que mostraba menos con lo que decía que con una especie de pétrea severidad, como si desdeñase hablar del asunto.

En cuanto al cultivo de la mente, ella poseía una mente clara, enérgica y activa, estaba bien versada en historia y los primitivos clásicos ingleses y tenía opiniones muy fuertes dentro de unos límites muy estrechos. Sus principios teológicos eran juntados, clasificados en categorías muy claras y distintas, y guardados como los paquetes de su baúl; existían en un número exacto, y nunca habría ni uno más. Lo mismo ocurría con sus ideas sobre la mayoría de los asuntos de la vida práctica, tales como todos los aspectos de la economía doméstica y las diferentes relaciones políticas de su aldea natal. Y por debajo de todo, más profundo, más alto y más ancho que todo lo demás, yacía el principio más fuerte de su ser: la rectitud. En ningún sitio la rectitud domina y absorbe tanto como en el caso de las mujeres de Nueva Inglaterra. Es una formación granítica que yace más hondo y se alza más alto que las mayores montañas.

La señorita Ophelia era esclava absoluta del «debería». Una vez estaba convencida de que «el camino del deber», como lo solía llamar ella, iba en una dirección determinada, ni el fuego ni el agua podrían apartarla de él. Iría directamente al fondo de un pozo o a la boca de un cañón cargado si estaba segura de que ése era el camino correcto. Su baremo de rectitud era tan alto, tan completo, tan minucioso y hacía tan pocas concesiones a la debilidad humana que, aunque luchaba con heroico ahínco por alcanzarlo, nunca lo conseguía y por supuesto esto hacía que le pesara un sentido constante y a menudo molesto de insuficiencia; daba a su carácter religioso un tinte severo y algo tétrico.

Pero ¿cómo es posible que la señorita Ophelia se lleve bien con Augustine St. Clare: alegre, despreocupado, impuntual, poco práctico y escéptico, quien, en resumen, pisoteaba con una libertad impudente cada una de las costumbres y opiniones más queridas de ella?

El caso es que la señorita Ophelia lo quería. Cuando niño, ella era la encargada de enseñarle el catecismo, remendarle la ropa, peinarle y señalarle en general el camino a seguir; y, como su corazón tenía una zona cálida, Augustine procedió como lo hacía con la mayoría de las personas, acaparando una buena porción para sí, y de esta forma no tuvo dificultad en persuadirle de que el «camino del deber» conducía a Nueva Orleáns, y que debía acompañarle para cuidar de Eva y evitar que todo se echase a perder durante los frecuentes achaques de su esposa. La idea de una casa sin nadie que la gobernara le llegó al alma; además, quería a la preciosa niña, como casi todos los que la conocían; y aunque consideraba a Augustine como un terrible pagano, lo quería, se reía de sus chistes y toleraba sus defectos hasta tal punto que resultaba totalmente increíble a los que la conocían. Pero nuestro lector debe ir descubriendo por conocimiento personal el resto de las cosas que se refieren a la señorita Ophelia.

Allí está, sentada en su camarote, rodeada por una multitud variopinta de bolsas grandes y pequeñas, cajas y cestas, en cada una de las cuales hay un artículo que está ocupada en atar, envolver, empaquetar o cerrar con una expresión muy seria.

– Bien, Eva, ¿llevas la cuenta de tus cosas? Por supuesto que no: los niños nunca os fijáis; ahí está la bolsa de lunares y la sombrerera con tu mejor sombrero: son dos; con la bolsa de caucho, son tres; y mi caja de costura, cuatro; mi sombrerera, cinco; mi caja de cuellos, seis; y ese baúl pequeño, siete. ¿Qué has hecho de tu sombrilla? Dámelo para que lo envuelva y lo ataré con mi paraguas y mi sombrilla; ya está.

– Pero, tiíta, sólo vamos a casa; ¿para qué sirve todo eso?

– Para mantener el orden, hija; las personas debemos cuidar de nuestras cosas, si queremos que nos duren; bien, Eva, ¿has guardado el dedal?

– La verdad, tía, no lo sé.

– No importa; yo te revisaré el costurero: dedal, cera, dos bobinas, tijeras, cuchillo, pasacintas; muy bien, ponlo ahí. ¿Cómo te las arreglabas, hija, cuando viajabas sola con tu papá? Me sorprende que no hayas perdido todo lo que traías.

– Pues sí, tía, perdía muchas cosas; pero cuando atracábamos en algún lugar, papá me compraba más de lo que fuera.

– ¡Córcholis, niña! ¡Qué manera de actuar!

– Era una manera muy fácil, tiíta -dijo Eva.

– Es una manera muy inepta -dijo la tiíta.

– ¿Y ahora qué vas a hacer, tía? Ese baúl está demasiado lleno para cerrarlo.

– Hay que cerrarlo -dijo la tía, con un aire de general, apretujando las cosas y sentándose sobre la tapa; pero aún no se juntaba la boca del baúl.

– ¡Ponte aquí, Eva! -dijo la señorita Ophelia con valor-; lo que se ha hecho una vez se puede volver a hacer. Este baúl tiene que cerrarse con llave: no hay más remedio.

Y el baúl, intimidado, sin duda, por esta frase decidida, se rindió. El cierre se encajó firmemente en su sitio y la señorita Ophelia giró la llave y la guardó, triunfante, en el bolsillo.

– Ya estamos preparadas. ¿Dónde está tu papá? Creo que " va siendo hora de que saquen este equipaje. Echa un vistazo, Eva, a ver si ves a tu papá.

– Oh, sí, está al otro extremo del salón de caballeros comiéndose una naranja.

– No puede saber lo cerca que estamos -dijo la tía-; ¿no deberías ir a hablarle?

– Papá nunca se da prisa por nada -dijo Eva-, y aún no hemos llegado al desembarcadero. Sal a cubierta, tía. ¡Mira, aquélla es nuestra casa, en esa calle!

El barco empezó, entre pesados gruñidos, como algún enorme monstruo fatigado, a abrirse camino entre los muchos barcos de vapor del malecón. Eva señalaba encantada las diferentes agujas, cúpulas y demás monumentos que distinguían su ciudad natal.

– Sí, sí, querida, muy bonito -decía la señorita Ophelia-. Pero, ¡córcholis, se ha detenido el barco! ¿Dónde está tu padre?

Y comenzó el alboroto típico del desembarco: camareros corriendo en veinte direcciones a la vez, bolsas, cajas, mujeres llamando ansiosas a sus hijos, todos apretujándose en una densa masa hacia la plancha de desembarco.

La señorita Ophelia se sentó resueltamente en el recién conquistado baúl y, formando todos sus muebles y enseres con gran disciplina castrense, parecía dispuesta a defenderlos hasta el último aliento.

«¿Le llevo el baúl, señora?», «Le llevo el equipaje?», «Déjeme cuidar de sus maletas, señora», «¿No quiere usted que se lo lleve?»; le llovieron las ofertas sin que hiciera caso. Se quedó sentada impertérrita, tiesa como una aguja de zurcir pinchada en una tabla, agarrada a su manojo de paraguas y parasoles, respondiendo con bastante determinación para desanimar incluso a los cocheros de alquiler y preguntando a Eva repetidamente: «¿En qué estará pensando el papá? No se habrá caído por la borda, pero algo tiene que haberle ocurrido»; y justo cuando empezaba a angustiarse de verdad, apareció él y, desenfadado como siempre, ofreciendo a Eva un cuarto de la naranja que él se estaba comiendo, dijo:

– Bien, prima Vermont, supongo que estás preparada.

– Hace casi una hora que estoy preparada y esperando -dijo la señorita Ophelia-; empezaba a preocuparme por ti.

– Eres una chica lista -dijo él-. Bien, nos espera el coche, y se ha dispersado la multitud, de manera que ya podemos salir como cristianos decentes, sin que nos empujen y zarandeen. Toma -dijo a un cochero que estaba detrás de él-, llévate estas cosas.

– Iré a ver cómo las carga -dijo la señorita Ophelia.

– ¡Bah, prima! ¿Para qué? -dijo St. Clare.

– En todo caso, me llevaré esto y esto y esto -dijo la señorita Ophelia, apartando tres cajas y una maleta.

– Querida señorita Vermont, debes olvidarte un poco de tus costumbres norteñas ahora. Debes adoptar aunque sea un poquito de los principios sureños y no caminar con todo ese peso. Te tomarán por una camarera; dáselos a este individuo; él los cogerá como si fueran huevos.

La señorita Ophelia miró desesperada mientras su primo la desembarazaba de todos sus tesoros y se alegró cuando se reunió de nuevo con ellos, en perfecto estado, en el carruaje.

– ¿Dónde está Tom? -preguntó Eva.

– Está en la parte de fuera, gatita. Voy a dárselo a mamá como ofrenda de paz, para compensarle por aquel tipo que volcó el coche.

– Oh, Tom será un cochero magnífico, lo sé -dijo Eva-. El no se emborrachará nunca.

El coche se detuvo delante de una mansión antigua, construida con esa extraña mezcla de estilos francés y español de la que hay algunas muestras en algunas zonas de Nueva Orleáns. Estaba construida al estilo árabe: un edificio cuadrado rodeaba un patio, donde penetró el coche a través de una puerta en forma de arco. El patio interior evidentemente se había edificado según un modelo pintoresco y voluptuoso. Amplios pórticos bordeaban los cuatro costados, y sus arcos moros, sus finas columnas y sus motivos arabescos transportaban la mente, como en sueños, al romántico reino oriental de España. En el centro del patio, una fuente lanzaba al cielo sus aguas plateadas, que caían en un rocío incesante a la pila de mármol, rodeada de una ancha franja de aromáticas violetas. El agua de la fuente, diáfana como el cristal, estaba repleta de miríadas de peces dorados y plateados, que se revoloteaban chispeantes como joyas vivientes. Alrededor de la fuente había un sendero pavimentado con un mosaico de piedrecillas formando diversos dibujos fantásticos; y el sendero estaba rodeado de un césped suave como terciopelo verde, que estaba rodeado, a su vez, por el camino de entrada de coches. Dos grandes naranjos, fragantes de azahar, hacían una sombra deliciosa, y, colocadas en círculo en el césped, había macetas de mármol de diseño arabesco que contenían las plantas más exquisitas de los trópicos. Enormes granados, con sus hojas brillantes y sus flores llameantes, jazmines árabes de hojas oscuras con sus estrellas plateadas, geranios, frondosos rosales inclinados bajo el peso de sus abundantes flores, jazmines dorados, verbena con olor a limón, todos juntaban sus flores y sus aromas, mientras que se veían aquí y allá unos viejos áloes místicos, con sus extrañas hojas gigantescas, como ancianos magos sentados con peculiar pompa entre flores más delicadas y olores más fugaces.

Los pórticos que bordeaban el patio estaban adornados con cortinas de alguna especie de tejido árabe que se podían correr para tapar los rayos de sol. En conjunto, el lugar tenía un aspecto lujoso y romántico.

Al aproximarse el coche, Eva parecía un pájaro a punto de escaparse de su jaula, por la fuerza salvaje de su gozo.

– ¿No es precioso, magnífico, este queridísimo hogar mío? -dijo a la señorita Ophelia-. ¿No es precioso?

– Es un lugar muy bonito -dijo la señorita Ophelia al apearse-; aunque me parece a mí que tiene un aspecto algo pagano.

Tom se bajó del carruaje y miró alrededor con un aire de tranquilo y sereno placer. Los negros, no hay que olvidarlo, son originarios de algunos de los países más maravillosos y exóticos del mundo y tienen, en el fondo de su corazón, una pasión por todo lo que es magnífico, rico y espléndido; pasión que, cuando la ostentan sin refinamiento de gustos, les hace parecer ridículos ante el gusto más frío y rígido de la raza blanca.

St. Clare, que era en el fondo un sibarita poético, sonrió cuando la señorita Ophelia hizo el comentario sobre su hacienda y, volviéndose hacia Tom, que miraba alrededor con su rostro sonriente radiante de admiración, dijo:

– Tom, muchacho, esto parece ser de tu gusto.

– Si, amo, me parece perfecto -dijo Tom.

Todo esto ocurrió en un segundo, mientras se bajaban las maletas, se pagaba al cochero, y una multitud de todas las edades y todos los tamaños, hombres, mujeres y niños salía corriendo de los pórticos inferiores y superiores para ver llegar al amo. En primer lugar había un joven mulato bien atildado, evidentemente un personaje distinguido, vestido a la última moda y blandiendo en la mano un pañuelo de batista perfumado.

Este personaje se estaba esforzando por conducir, con gran rapidez, a todo el rebaño de criados al otro extremo del porche.

– ¡Atrás, todos! Me avergonzáis -dijo con un tono autoritario-. ¿Queréis meter las narices, nada más llegar el amo, en sus relaciones familiares?

Todos pusieron cara de vergüenza al oír este elegante discurso, pronunciado con gran solemnidad, y se quedaron apiñados a una distancia respetuosa, con la excepción de dos gordos mozos de cuerda que se acercaron y comenzaron a llevarse el equipaje.

Gracias a la organización sistemática del señor Adolph, cuando St. Clare se volvió tras pagar al cochero no quedaba nadie más a la vista que el mismo señor Adolph, muy vistoso con su chaleco de raso, su cadena de oro y sus pantalones blancos, que hacía reverencias con una gracia inenarrable.

– Ah, Adolph, ¿eres tú? dijo su amo, ofreciéndole la mano-. ¿Cómo estás, muchacho? -mientras Adolph pronunciaba con gran fluidez un discurso improvisado que llevaba quince días preparando con gran esmero.

– Vaya, vaya -dijo St. Clare, marchándose con su aire habitual de desenfadado humorismo-, eso está muy bien expresado, Adolph. Cuida de que se distribuya correctamente el equipaje. Iré a ver a la gente dentro de un momento -y, diciendo esto, condujo a la señorita Ophelia a un gran salón que daba al porche.

Una mujer alta y cetrina de ojos negros hizo ademán de levantarse de un sofá donde estaba tumbada.

– ¡Mamá! -dijo Eva con una especie de embeleso, echándose a su cuello y abrazándola una y otra vez.

– Ya está bien… ten cuidado, niña… deténte, que me das dolor de cabeza -dijo la madre, tras besarla lánguidamente. Entró St. Clare, abrazó a su esposa de manera ortodoxa y marital y le presentó a su prima. Marie levantó los ojos a su prima con cierto aire de curiosidad y le dio la bienvenida con cortesía apática. Una multitud de criados se agolpaba en torno a la puerta, y entre ellos una mulata de mediana edad y apariencia muy respetable se adelantó trepidante de expectación y alegría.

– ¡Oh, ahí está Mammy! -dijo Eva, cruzando la habitación de un salto; se echó en sus brazos, besándola una y otra vez.

Esta mujer no le dijo que le daba dolor de cabeza sino, al contrario, la abrazó y se rió y lloró hasta el punto de hacer dudar de su cordura; cuando soltó a Eva, ésta se lanzó de uno a otro dándoles la mano y besándolos de tal forma que la señorita Ophelia dijo luego que le revolvió el estómago.

– Bien -dijo la señorita Ophelia-, los niños sureños hacen algo que yo no sería capaz de hacer.

– ¿Y qué es? -preguntó St. Clare.

– Bien, quiero ser amable con todo el mundo y no quisiera hacer daño a nadie, pero en cuanto a besar…

– A los negros -dijo St. Clare-; es demasiado para ti, ¿eh?

– Pues, sí, eso es. ¿Cómo puede hacerlo ella?

St. Clare se rió al salir al corredor. -¡Hola, hola! ¿Qué pasa aquí fuera? Eh, vosotros, Mammy, Jimmy, Polly, Sukey, ¿estáis contentos de ver al amo? -dijo, al pasar de uno a otro dándoles la mano-. Cuidado con los bebés -añadió, al tropezar con un niño del color del hollín que andaba a gatas-. Si piso a alguien, que me lo diga.

Hubo muchas risas y bendiciones para el amo, mientras St. Clare distribuía entre ellos algunas monedas.

– Bien, marchaos ya, como buenos muchachos dijo; y toda la compañía oscura y clara, desapareció por una puerta que daba a un gran porche, seguidos de Eva, que llevaba una gran bolsa que había llenado con manzanas, frutos secos, caramelos, cintas, encajes y juguetes de todo tipo durante su viaje de vuelta a casa.

Cuando St. Clare se giró para regresar, posó su mirada en Tom, que estaba de pie inquieto, descansando el peso primero en un pie y luego en el otro, mientras Adolph se apoyaba indiferente en la barandilla, escudriñando a Tom a través de unos gemelos de teatro, con un aire digno del dandi más importante del mundo.

– ¡Mira al pisaverde! -dijo su amo, quitándole los gemelos de un manotazo-. ¿Es ésa forma de tratar a un compañero? Me parece a mí, Dolph -dijo, tocando el elegante chaleco de raso que llevaba Adolph-, me parece a mí que este chaleco es mío.

– ¿Qué, amo, este chaleco todo manchado de vino? Por supuesto que un caballero como el amo nunca se pondría un chaleco así. Tenía entendido que me lo había de quedar yo. Está bien para un pobre negro como yo.

Y Adolph movió la cabeza y pasó los dedos por el cabello perfumado con gran elegancia.

– Conque así están las cosas, ¿eh? -dijo displicente St. Clare-. Bien, pues yo voy a llevar a este Tom ante el ama para enseñárselo y después te lo llevas tú a la cocina y cuidado con darte aires ante él. El vale por dos pisaverdes como tú.

– El amo siempre está bromeando -dijo Adolph, riendo-. Me alegro de verlo de tan buen humor.

– Por aquí, Tom -dijo St. Clare, haciéndole un gesto de que se acercase.

Tom entró en la habitación. Miró pensativo las alfombras de terciopelo y los esplendores indescriptibles de los espejos, cuadros, estatuas y cortinas y, como la reina de Saba ante Salomón, se quedó sin ánimos. Parecía temeroso incluso de posar los pies en el suelo.

– Mira, Marie -dijo St. Clare a su esposa-, por fin te he traído a un cochero en regla. Te digo que es como un enterrador por su negrura y sobriedad y te llevará como si fueras a un funeral, si así lo deseas. Abre los ojos, pues, y míralo. Y no digas que no pienso en ti cuando estoy fuera.

Marie abrió los ojos y los fijó, sin levantarse, sobre Tom.

– Sé que se emborrachará -dijo.

– No, me han garantizado que es un hombre pío y abstemio.

– Pues espero que dé buen resultado -dijo la dama-, aunque no lo creo.

– Dolph -dijo St. Clare-, acompaña a Tom abajo; y ¡cuidado! -añadió-. Acuérdate de lo que te he dicho. Adolph se adelantó con elegancia y Tom lo siguió con andares toscos.

– ¡Es un perfecto monstruo! -dijo Marie.

– Vamos, vamos, Marie -dijo St. Clare, sentándose en un escabel a sus pies junto al sofá-, sé amable y dime algo agradable.

– Has tardado quince días más de lo previsto -dijo la dama, haciendo pucheros.

– Pero te escribí explicándote el motivo.

– Una carta tan corta y fría -dijo la dama.

– ¡Vaya por Dios! Se iba el correo y tenía que ser esa carta o ninguna.

– Siempre es igual -dijo la señora-; siempre hay alguna excusa para hacer más largos tus viajes y más cortas tus cartas.

– Vamos, vamos -añadió él, sacando del bolsillo un elegante estuche de terciopelo y abriéndolo-, aquí tienes un regalo que te compré en Nueva York.

Era un daguerrotipo, claro y suave como un grabado, de Eva y su padre sentados cogidos de la mano.

Marie lo contempló con aire insatisfecho.

– ¿.Por qué estás sentado en una postura tan incómoda? -preguntó.

– Bien, la postura puede ser cuestión de opinión, pero, ¿qué opinas del parecido?

– Si no te importa mi opinión sobre una cosa, supongo que tampoco te importará sobre la otra -dijo la dama, cerrando el daguerrotipo.

«¡Maldita mujer!» dijo mentalmente St. Clare; pero en voz alta añadió: -Vamos, Marie, ¿qué me dices del parecido? No seas tonta, vamos.

– Eres muy desconsiderado, St. Clare -dijo la dama- al insistir en que hable y mire cosas. Sabes que estoy con jaqueca todo el día, y ha habido tal escándalo desde que habéis llegado que estoy medio muerta.

– ¿Eres propensa a las jaquecas, prima? -preguntó la señorita Ophelia, emergiendo de pronto desde el fondo de un gran sillón donde estaba sentada en silencio, haciendo inventario de los muebles y calculando su precio.

– Sí, soy una verdadera mártir de las jaquecas -dijo la dama.

– El té de enebrina es bueno para los dolores de cabeza -dijo la señorita Ophelia-; por lo menos, así lo decía Auguste, la esposa del diácono Abraham Perry, y ella era una gran enfermera.

– Haré que recojan del jardín junto al lago las primeras enebrinas que maduren para ese propósito -dijo St. Clare, tocando la campanilla al mismo tiempo-; mientras tanto, prima, debes de tener ganas de retirarte a tus aposentos para refrescarte un poco, después del viaje. Dolph -añadió-, dile a Mammy que venga -entró un minuto después la respetable mulata a la que Eva había abrazado con tanto embeleso a su llegada, vestida con un turbante alto rojo y amarillo, reciente regalo de Eva, que ésta acababa de colocarle en la cabeza.

– Mammy -dijo St. Clare-, pongo a esta señora bajo tus cuidados; está cansada y necesita reposar; llévala a su habitación y asegúrate de que está cómodamente instalada -y la señorita Ophelia desapareció tras los pasos de Mammy.

CAPÍTULO XVI

EL AMA DE TOM Y SUS OPINIONES

Y ahora, Marie -dijo St. Clare-, llega una época dorada para ti. Aquí está nuestra prima práctica y eficiente de Nueva Inglaterra, que te quitará todo el peso de la economía doméstica de los hombros para que tengas tiempo de reponer fuerzas y ponerte más joven y guapa. La ceremonia de entrega de llaves debe llevarse a cabo enseguida.

Este comentario se hizo en la mesa del desayuno, unos días después de la llegada de la señorita Ophelia.

– Se las entrego encantada -dijo Marie, apoyando la cabeza lánguidamente en la mano-. Creo que se enterará de una cosa, y es que las amas somos las esclavas en estas partes.

– Oh, seguro que se enterará de eso, y una multitud más de verdades suculentas, sin duda -dijo St. Clare.

– Y luego hablan de que tenemos esclavos, como si lo hiciéramos por nuestra comodidad -dijo Marie-. Si lo hiciéramos por eso, los soltaríamos a todos en el acto.

Evangeline fijó sus grandes ojos serios en el rostro de su madre con una expresión seria y perpleja y le preguntó simplemente: -¿Y para qué los tienes, mamá?

– La verdad es que no lo sé, excepto para fastidiarme. Son una plaga en mi vida. Creo que tienen más culpa de mi mala salud que ninguna otra cosa; y sé que los nuestros son la peor plaga que nadie haya tenido jamás.

– Oh, vamos, Marie, estás alicaída esta mañana -dijo St. Clare-. Sabes que eso no es verdad. Si Mammy es la mejor persona del mundo. ¿Qué sería de ti sin ella?

– Mammy es la mejor de todos los que conozco -dijo Marie-, pero incluso Mammy es egoísta, terriblemente egoísta: ése es el defecto de toda su raza.

– El egoísmo es un defecto horrible -dijo St. Clare, muy serio.

– Pues mira a Mammy -dijo Marie-; creo que es muy egoísta por su parte dormir bien por las noches; sabe que necesito cuidados casi cada hora, cuando me llegan los peores ataques, y, sin embargo, ¡cuesta tanto despertarla! Estoy mucho peor esta mañana por los esfuerzos que tuve que hacer anoche para despertarla.

– -¿No ha pasado muchas noches levantada contigo últimamente, mamá? -dijo Eva.

– ¿Cómo lo sabes tú? -preguntó Marie ásperamente-. Se habrá quejado, supongo.

– No se quejó. Sólo me contó que habías pasado muy mala noche, varias noches seguidas.

– ¿Por qué no dejas que Jane o Rosa la reemplacen durante una noche o dos -dijo St. Clare- para que ella descanse?

– ¿Cómo puedes proponer tal cosa? -dijo Marie-. St. Clare, eres de lo más desconsiderado. Estoy tan nerviosa que cualquier susurro me molesta, y una mano extraña me volvería loca del todo. Si Mammy tuviera el interés por mí que debiera, se despertaría más fácilmente, ya lo creo. He oído hablar de personas que han tenido a criados así, pero yo no tengo tanta suerte y Marie suspiró.

La señorita Ophelia había escuchado la conversación con un aire de gravedad astuta y observadora; y permaneció con los labios fuertemente apretados como si estuviera empeñada en averiguar exactamente qué terreno pisaba antes de comprometerse.

– Ahora bien, Mammy posee una especie de bondad -dijo Marie-; es dócil y respetuosa, pero en el fondo es egoísta. Nunca para de inquietarse y de preocuparse por ese marido suyo. Veréis, cuando me casé y vine a vivir aquí, la tuve que traer conmigo, pero mi padre no podía prescindir de su marido. Era herrero y, naturalmente, le hacía mucha falta; y yo pensé en ese momento, y así lo dije, que lo mejor era que él y Mammy se olvidaran el uno del otro puesto que era poco probable que nos viniera bien que volviesen a vivir juntos. Ojalá hubiese insistido más y hubiese casado a Mammy con otro; pero fui tonta e indulgente y no quise insistir. Le dije a Mammy entonces que no debía esperar verlo sino una o dos veces más en su vida, porque el aire de la casa de mi padre no me sienta bien, y no puedo ir allí; y le aconsejé que se juntara con otro, pero no quiso. Mammy es un poco obstinada a veces, pero nadie más que yo se da cuenta de ello.

– ¿Tiene hijos? -preguntó la señorita Ophelia.

– Sí; tiene dos.

– Supongo que le duele estar separada de ellos.

– Bien, naturalmente no me los pude traer. Eran unos críos muy sucios, y no podía tenerlos por aquí; además, la entretenían demasiado; y creo que Mammy siempre lo ha tomado a mal. No se quiere casar con ningún otro y estoy convencida de que, aunque sabe la falta que me hace y lo mala que es mi salud, volvería con su marido mañana si tuviera oportunidad. Ya lo creo que sí -dijo Marie-. Así de egoístas son, incluso los mejores.

– Es triste pensarlo -dijo St. Clare secamente.

La señorita Ophelia lo miró intensamente y vio su rubor de mortificación y desazón y sus labios sarcásticamente torcidos cuando habló.

– Ahora bien, Mammy siempre ha sido mi favorita -dijo Marie-. Quisiera que algunas criadas del Norte echaran un vistazo a su guardarropa: tiene colgados vestidos de seda y muselina y hasta uno de auténtica batista de lino. He trabajado tardes enteras a veces bordándole gorros y preparándola para ir a una fiesta. En cuanto a malos tratos, no sabe lo que son. No la han azotado más de una o dos veces en su vida. Toma café fuerte o té todos los días con azúcar blanco. Desde luego es una aberración; pero St. Clare se empeña en que se lo pasen en grande ahí abajo y cada uno de ellos hace lo que le da la gana. El caso es que nuestros criados están demasiado consentidos. Supongo que es en parte culpa nuestra que sean egoístas y se comporten como niños malcriados, pero me he cansado de hablar de ello con St. Clare.

– Y yo también -dijo St. Clare, cogiendo el periódico de la mañana.

La bella Eva había escuchado a su madre con esa expresión de seriedad profunda y mística que le era peculiar. Se acercó suavemente a la silla de su madre y le rodeó el cuello con sus brazos.

– Bien, Eva, ¿qué quieres ahora? -preguntó Marie.

– Mamá, ¿puedo cuidarte yo una noche, sólo una? Sé que no te pondría nerviosa y no me dormiría. A menudo me quedo despierta por las noches pensando…

– ¡Tonterías, hija, tonterías! -dijo Marie-. ¡Eres una niña tan extraña!

– Pero, ¿me dejas, mamá? Creo -dijo tímidamente que Mammy no está bien. Hace poco me ha dicho que le duele la cabeza todo el tiempo.

– ¡Ésa es una de las manías de Mammy! Mammy es igual que los demás, arma escándalo por cada dolorcito de cabeza o de dedo. ¡No podemos consentirlo! Tengo principios sobre este asunto -dijo, volviéndose hacia la señorita Ophelia-; te darás cuenta de que es necesario. Si alientas a los criados a que se dejen llevar por cada sensación desagradable y se quejen de cada achaque, no te darán tregua. Yo nunca me quejo; nadie sabe lo que sufro. Considero que es mi deber aguantarlo en silencio y eso es lo que hago.

Los ojos redondos de la señorita Ophelia delataron un franco asombro ante esta perorata, que a St. Clare le pareció tan ridícula que estalló a reír a carcajadas.

– Siempre se ríe St. Clare cuando hago la más mínima alusión a mi mala salud -dijo Marie con voz de mártir atormentado-. ¡Espero que no llegue el día en que se acuerde de ello! y Marie acercó el pañuelo a sus ojos.

Siguió un silencio algo absurdo. Finalmente se levantó St. Clare, miró el reloj y dijo que tenía un compromiso calle abajo. Eva se marchó detrás de él y la señorita Ophelia y Marie se quedaron solas en la mesa.

– Esto es típico de St. Clare -dijo ésta, guardándose el pañuelo con un gesto algo fogoso ahora que no estaba delante el criminal al que pretendía afectar-. Nunca se da cuenta, no quiere, no le da la gana darse cuenta de lo que sufro y llevo años sufriendo. Si yo fuera de las que se quejan, o si diera importancia a mis males, estaría justificado. Los hombres se cansan, naturalmente, de las esposas quejumbrosas. Pero yo me guardo las cosas para mí y me aguanto hasta tal extremo que he hecho creer a St. Clare que puedo aguantar cualquier cosa.

La señorita Ophelia no sabía exactamente lo que debía responder a esto.

Mientras pensaba en algo que decir, Marie se enjugó las lágrimas y se compuso poco a poco como si fuese una paloma alisándose el plumaje tras un chaparrón; inició una conversación doméstica con la señorita Ophelia, sobre armarios, roperos, planchas, almacenes y otros asuntos de los que iba a hacerse cargo esta última de común acuerdo; y le dio tal cantidad de instrucciones y recomendaciones precavidas que hubieran mareado y confundido totalmente una cabeza menos sistemática y práctica que la de la señorita Ophelia.

– Y ahora -dijo Marie-, creo que te lo he dicho todo; así que, cuando me llegue el próximo ataque, podrás hacerte cargo perfectamente, sin consultarme, excepto en el caso de Eva, que necesita vigilancia.

A mí me parece que es una niña muy, muy buena -dijo la señorita Ophelia-; nunca he conocido a otra mejor.

– Eva es rara -dijo su madre-; muy rara. Tiene unas cosas tan extrañas; no se parece nada a mí y Marie suspiró, como si esta consideración fuera realmente melancólica.

La señorita Ophelia dijo para sí: «Espero que no», pero tuvo la prudencia de no decirlo en voz alta.

– A Eva siempre le ha gustado estar con los negros, y yo creo que eso está muy bien para algunos niños. Yo jugaba siempre con los pequeños negros de mi padre y nunca me hizo ningún daño. Pero Eva siempre se pone al mismo nivel que todas las criaturas que se acercan a ella. Es una cosa extraña de la niña. Nunca he podido quitarle la costumbre. Y creo que St. Clare le anima a ello. El caso es que St. Clare mima a todas las criaturas bajo este techo menos a su esposa.

De nuevo la señorita Ophelia se quedó sentada en silencio.

– No hay más remedio -dijo Marie- que someter a los criados y mantenerlos en su sitio. Para mí ha sido algo natural desde la niñez. Eva es capaz de malcriar a una casa entera. No sé qué será de ella cuando le llegue el turno de llevar una casa personalmente. Estoy de acuerdo con ser amables con los criados, siempre lo soy; pero hay que ponerlos en su sitio. Eva no lo hace nunca; ¡no hay manera de meterle en la cabeza cuál es el sitio de un criado! ¡Ya la has oído ofrecerse a cuidarme por las noches, para que duerma Mammy! Es sólo una muestra de lo que haría ella todo el tiempo si se la dejara sola.

– Pero -dijo la señorita Ophelia francamente- supongo que consideras que tus criados son seres humanos y merecen descansar cuando se fatigan.

– Por supuesto; naturalmente. Soy muy meticulosa en dejarles tener todo lo que viene bien, cualquier cosa que no me incomode a mí, desde luego. Mammy puede recuperar el sueño a cualquier hora; no es ningún problema. Es lo más dormilón que he conocido nunca; cosiendo, de pie o sentada, esa criatura se queda dormida en todas partes. No hay peligro de que Mammy se quede sin dormir. Pero tratar a los criados como si fuesen flores exóticas o jarrones de porcelana, eso es ridículo -dijo Marie, sumergiéndose lánguidamente en las profundidades de un voluminoso sofá mullido y acercándose un elegante frasco de sales de cristal tallado.

– Verás -continuó con una vocecilla tenue y delicada, como el último suspiro de un jazmín árabe o algo igualmente etéreo-, verás, prima Ophelia, no hablo muy a menudo de mí misma. No es mi costumbre, ni me agrada. De hecho, no tengo fuerza para hacerlo. Pero hay cuestiones en las que discrepamos St. Clare y yo. St. Clare nunca me ha comprendido, nunca me ha apreciado. Creo que eso es la raíz de mi mala salud. St. Clare tiene buenas intenciones, quiero creer, pero los hombres son, por naturaleza, egoístas y desconsiderados con las mujeres. O, por lo menos, ésa es la impresión que tengo.

La señorita Ophelia, que poseía una considerable porción de la auténtica cautela de Nueva Inglaterra y un horror muy concreto a verse involucrada en las disputas familiares, empezó a prever que amenazaba una cosa de ese tipo; por lo tanto, compuso sus facciones en una expresión de férrea neutralidad y, sacando del bolsillo una labor de calceta que ya medía una yarda y media de longitud y que guardaba como remedio contra lo que el doctor Watts asevera es una costumbre personal de Satanás para con las personas de manos ociosas, se puso a tejer con gran energía, con los labios sellados de una forma que decía tan claramente como pudieran decirlo las palabras: «No me hagas hablar. No quiero saber nada de tus asuntos.» De hecho, tenía aspecto de tener tanta compasión como un león de piedra. Pero a Marie eso no le importó. Había conseguido tener a alguien con quien hablar y sentía que hablar era su deber y eso era suficiente; por lo que, oliendo su frasco de sales nuevamente para refortalecerse, continuó:

– Verás, aporté mi propio dinero y criados cuando me casé con St. Clare y tengo derecho legal a disponer de ellos como me plazca. St. Clare tenía su propia fortuna y sus propios criados y me parece bien que los lleve a su manera; pero siempre se empeña en interferir. Tiene unas ideas curiosas y extravagantes sobre las cosas, especialmente sobre cómo tratar a los criados. Se comporta realmente como si antepusiera a los criados a mí y a sí mismo también; les deja hacer toda clase de travesuras y no levanta un dedo contra ellos. Ahora bien, en algunas cosas, St. Clare es tremendo de verdad, y me asusta, a pesar del aspecto de buen humor que suele tener. Ahora se ha empeñado en que, pase lo que pase, nadie imponga un castigo en esta casa excepto él y yo; y lo dice de tal manera que no me atrevo a llevarle la contraria. Puedes ver adónde conduce eso; St. Clare no levanta la mano aunque lo pisoteen todos ellos y yo… ya ves lo cruel que sería pedirme que me esforzara. Tú sabes que estos criados sólo son niños grandes.

– No sé absolutamente nada del asunto y doy gracias al Señor de que' así sea -dijo escuetamente la señorita Ophelia.

– Bien, pero tendrás que saber algo, y saberlo a tu costa, si te quedas aquí. No sabes con qué hatajo de ingratos, tontos, descuidados, infantiles, poco razonables y provocativos tendrás que vértelas.

Marie se animaba extraordinariamente siempre que hablaba de este tema; en esta ocasión abrió los ojos y pareció olvidarse de su postración.

– No sabes, no puedes imaginarte las pruebas constantes a las que someten a un ama de casa, a todas horas y en todas partes. Pero no sirve de nada quejarse a St. Clare. El dice las cosas más extrañas. Dice que nosotros los hemos hecho como son y tenemos que aguantamos. Dice que sus defectos son culpa nuestra, y que sería cruel crear un defecto y luego castigarlo. Dice que nosotros no lo haríamos mejor, en su lugar; como si pudiéramos ponemos en la misma categoría.

– ¿No crees que el Señor los hizo de la misma sangre que nosotros? -preguntó rudamente la señorita Ophelia. -¡Por supuesto que no! ¡Dónde íbamos a ir a parar! Son una raza degenerada.

– ¿No crees que tengan almas inmortales? -preguntó la señorita Ophelia, con una indignación cada vez mayor.

– Bien, eso -dijo Marie con un bostezo-, nadie lo pone en duda. Pero de ahí a ponerlos al mismo nivel que nosotros, como si se nos pudiera comparar, ¡es imposible! Ahora bien, St. Clare ha intentado hacerme creer que tener a Mammy separada de su marido es lo mismo que separarme a mí del mío. No se puede comparar. Mammy no podría tener los mismos sentimientos que yo. Es una cosa diferente, desde luego, y sin embargo, St. Clare finge que no lo ve. ¡Como si Mammy pudiese querer a sus sucios rorros como quiero yo a Eva! No obstante, una vez St. Clare intentó realmente persuadirme de que era mi deber, con mi mala salud y todo lo que sufro, dejar a Mammy que volviera a casa y coger a otra en su lugar. Eso era demasiado, incluso para mí. No suelo mostrar mis sentimientos, sino que soporto las cosas en silencio por principio; es la penosa suerte de una esposa, y me aguanto. Pero aquella vez estallé, de modo que no ha vuelto a mencionar el asunto desde entonces. Pero sé por su expresión y las cosas que dice que aún piensa lo mismo ¡y es muy molesto y exasperante!

La señorita Ophelia tenía todo el aspecto de tener miedo de decir algo; pero siguió traqueteando con las agujas de una forma preñada de significado, si Marie hubiera sabido interpretarlo.

– Así que ya ves -continuó- con lo que tienes que enfrentarte. Una casa sin gobierno, donde los criados van a la suya, hacen lo que les place y tienen todo lo que quieren, excepto en los aspectos en los que yo, con mi débil salud, he mantenido el control. Tengo a mano el látigo de cuero y a veces los zurro; pero el esfuerzo es siempre demasiado para mí. Si St. Clare consintiera que se hiciera como lo hacen los demás…

– ¿Cómo?

– Pues mandándolos a la cárcel u otro sitio a que los azoten. Es la única manera. Si no fuera una mujer tan débil y enfermiza, creo que llevaría la casa con el doble de energía que St. Clare.

– ¿Y cómo se las arregla St. Clare? -preguntó la señorita Ophelia-. ¿Dices que nunca les pega?

– Bien, los hombres tienen unos modales más enérgicos, ya sabes; les es más fácil; además, si lo miras directamente a los ojos -unos ojos peculiares- cuando habla con decisión, hay una especie de destello en ellos. A mí me da miedo, y los criados saben que tienen que andar con pies de plomo. Yo no consigo tanto con mis tormentas y regañinas como St. Clare con una mirada de esos ojos, cuando se pone serio. Oh, St. Clare no tiene problema; por eso no me tiene más compasión. Pero ya descubrirás cuando te pongas a gobernar que la severidad no sirve para nada, son tan malos, tan falsos y tan perezosos.

– La vieja cantinela -dijo St. Clare tranquilamente al entrar-. ¡Por cuántas cosas tendrán que responder estas criaturas malvadas, sobre todo por la pereza! Verás, prima -dijo, tendiéndose cuan largo era en el sofá enfrente del de Marie-, es totalmente imperdonable en ellos, esta pereza, a la vista del ejemplo que les damos Marie y yo.

– Vamos, vamos, St. Clare, ¡qué malo eres! -dijo Marie.

– ¿Lo soy? Pues yo creía que estaba siendo bueno, por raro que parezca. Intento secundar tus palabras, Marie, siempre.

– Sabes bien que no querías decir eso, St. Clare -dijo Marie.

– Oh, pues entonces, debía de estar equivocado. Gracias por encauzarme, querida.

– Haces todo lo que puedes por provocarme -dijo Marie.

– Oh, vamos, Marie, el día se pone cálido y acabo de discutir largamente con Dolph, lo cual me ha fatigado muchísimo; así que sé agradable y déjame descansar a la luz de tu sonrisa.

– ¿Qué pasa con Dolph? -preguntó Marie-. La impertinencia de ese individuo está llegando a un punto intolerable para mí. ¡Ojalá estuviera bajo mis órdenes solamente durante una temporada! ¡Ya lo pondría yo en su sitio!

– Lo que dices, querida, está teñido de tu agudeza y sensatez habituales -dijo St. Clare-. En cuanto a Dolph, éste es el caso: lleva tanto tiempo imitando mis gracias y perfecciones que ha llegado finalmente a creerse su propio amo, y me he visto obligado a hacerle ver su error.

– ¿.Cómo? -preguntó Marie.

– Pues me he visto obligado a darle a entender explícitamente que prefería quedarme con algunas prendas de mi propio vestuario para ponérmelas yo; después, le he racionado la colonia a su excelencia y he tenido la crueldad de limitarle a utilizar una docena de mis pañuelos de batista. A Dolph le ha sentado bastante mal y he tenido que hablarle como un padre para que se le pasara.

– ¡Ay, St. Clare! ¿Cuándo aprenderás a tratar a los criados? ¡Es abominable cómo les consientes! -dijo Marie.

– Pero después de todo, ¿qué tiene de malo que el pobre quiera parecerse a su amo? Y si lo he educado para que crea que los mayores bienes son el agua de colonia y los pañuelos de batista, ¿por qué no dárselos?

– ¿Y por qué no lo has educado mejor? -preguntó la señorita Ophelia muy directamente.

– Demasiado trabajo, prima; por pereza, que echa a perder más almas de lo que te puedes imaginar. Si no fuera por la pereza, yo mismo sería un perfecto ángel. Me inclino a pensar que la pereza es lo que el viejo doctor Botherem de Vermont solía llamar «la esencia de la perversidad moral». Es terrible pensarlo, desde luego.

– Creo que los dueños de esclavos tenéis una terrible responsabilidad -dijo la señorita Ophelia-. A mí no me gustaría tenerla por nada del mundo. Deberíais educar y tratar a los esclavos como seres razonables, como criaturas inmortales con las que tenéis que sentaros en el banquillo de Dios. Eso es lo que pienso -dijo la buena señora, dejándose llevar de repente por una marea de fervor que había ido cogiendo fuerza en su mente toda la mañana.

– Oh, vamos, vamos -dijo St. Clare, levantándose rápidamente- ¿qué sabes tú de nosotros? -y se sentó en el piano y empezó a tocar una pieza vigorosa. Tocaba firme y brillantemente y sus dedos se movían por el teclado con un movimiento ligero de pájaro, etéreo pero decidido. Tocó una pieza tras otra, como alguien que quiere ponerse de buen humor. Después apartó las partituras, se levantó y dijo alegremente-: Bien, prima, nos has dado un sermón y has cumplido con tu deber; en conjunto, te aprecio más por ello. No tengo ninguna duda de que me hayas lanzado un diamante de verdad pero, como me ha dado de lleno en la cara, al principio no he sabido apreciarlo.

– Por mi parte, no veo que sirva para nada ese tipo de conversación -dijo Marie-. Si hay alguien que haga más que nosotros por sus esclavos, me gustaría saber quién; y, además, a ellos no les sirve de nada en absoluto: se ponen cada vez peor. En cuanto a hablar con ellos y cosas así, pues yo he hablado con ellos hasta cansarme y quedarme sin voz, explicándoles sus deberes y todo eso; y desde luego que pueden ir a la iglesia cuando quieren, aunque no entienden ni una palabra más del sermón que si fueran cerdos, por lo que no les sirve de gran cosa ir, a mi modo de ver; sin embargo, van, y tienen todas las oportunidades, pero, como he dicho antes, son una raza degenerada y siempre lo serán y no tienen remedio; no puedes sacar provecho de ellos, por mucho que lo intentes. Verás, prima Ophelia, yo lo he intentado y tú no; yo nací y me crié entre ellos y lo sé.

La señorita Ophelia pensaba que había dicho suficiente y se quedó callada. St. Clare silbó una melodía.

– St. Clare, me gustaría que dejaras de silbar -dijo Marie-; me pone peor la cabeza.

– No silbaré más -dijo St. Clare-. ¿Hay alguna otra cosa que no quieres que haga?

– Quisiera que tuvieras un poco de compasión por mis males; nunca tienes ningún sentimiento por mí.

– ¡Querido ángel acusador! -dijo St. Clare.

– Es provocativo que me hables de esta forma.

– Entonces, ¿cómo quieres que te hable? Hablaré como mandes, de la forma que me digas, para darte gusto.

Una risa alegre se oyó desde el patio a través de las cortinas de seda del porche. St. Clare salió, apartando la cortina, y se rió también.

– ¿Qué ocurre? -preguntó la señorita Ophelia, acercándose a la barandilla.

Allí estaba Tom, en un musgoso banco del patio, con todos y cada uno de los ojales repletos de jazmines y Eva, riendo alegremente, le colgaba del cuello un collar de rosas; después se sentó en su regazo, aún riendo como un gorrión.

– ¡Ay, Tom, qué gracioso estás!

Tom tenía una sonrisa benévola y serena y parecía disfrutar de la diversión a su manera tanto como su pequeña ama. Levantó la vista cuando vio a su amo con un aire algo molesto de disculpa.

– ¿Cómo puedes permitírselo? -preguntó la señorita Ophelia.

– ¿Por qué no? -preguntó St. Clare. -Pues, no sé, me parece terrible.

– No te parecería mal que un niño acariciara a un gran perro, aunque fuese negro; pero te estremeces ante la idea de acariciar una criatura que piensa y siente y razona y es inmortal; reconócelo, prima. Sé muy bien lo que sentís vosotros los norteños. Y no quiero decir que sea una virtud que nosotros no lo compartamos, sólo que aquí la costumbre hace lo que debería hacer el cristianismo: eliminar el sentimiento de prejuicio personal. A menudo he observado en mis viajes al Norte que este sentimiento es mucho más fuerte en vosotros. 'Os repugnan como si fueran serpientes o sapos, y sin embargo os indignáis por las injusticias que sufren. No queréis que abusen de ellos, pero no queréis tener nada que ver con ellos personalmente. Los mandaríais a África, donde no los podríais ver ni oler, y luego enviaríais un misionero o dos para que se sacrificaran elevándoles el espíritu rápidamente a todos. ¿No es cierto?

– Bien, primo -dijo pensativa la señorita Ophelia-, puede que haya algo de verdad en lo que dices.

– ¿Qué sería de los pobres y los humildes sin los niños? -dijo St. Clare, apoyándose en la barandilla para observar a Eva, que se alejaba corriendo, llevando a Tom consigo-. Los niños son los únicos verdaderos demócratas. En este momento, Tom es un héroe para Eva; sus historias le parecen maravillosas, sus canciones e himnos metodistas son mejores que la ópera para ella, los objetos que lleva en los bolsillos son una mina de diamantes y él es el Tom más magnífico que jamás haya existido con la piel negra. Ésta es una de las rosas del Edén que el Señor ha dejado caer para que las recojan los pobres y humildes, que reciben pocas rosas de otro tipo.

– Es curioso, primo -dijo la señorita Ophelia-, pareces un teórico cuando hablas de esa manera.

– ¿Un teórico? -preguntó St. Clare.

– Sí, un teórico de la religión.

– En absoluto; no soy teórico, tal como decís los de la ciudad, y, lo que es peor, tampoco soy practicante, me temo.

– ¿Por qué hablas así, entonces?

– No hay nada más fácil que hablar -dijo St. Clare-. Creo que Shakespeare hace decir a un personaje «Mejor enseñaría yo a una veintena lo que hay que hacer, que seguir, una entre veinte, mis propias enseñanzas» [23]. No hay nada como la distribución del trabajo. Hablar es mi fuerte y el tuyo, prima, es hacer.

En la situación externa de Tom en estos momentos, no había nada de que quejarse, a los ojos del mundo. El afecto que le profesaba la pequeña Eva, la gratitud y cariño instintivos de una naturaleza noble, la habían llevado a pedir a su padre que fuera su asistente especial siempre que necesitara la compañía de un sirviente en sus paseos; y Tom tenía órdenes de dejar todo lo que estuviera haciendo y atender a la señorita Eva siempre que ella lo deseara, órdenes que no le eran nada desagradables, como pueden imaginarse nuestros lectores. Iba bien vestido, pues St. Clare era muy exigente en ese aspecto. Sus servicios en los establos no eran más que una sinecura, y consistían en una inspección cotidiana y en dar instrucciones a un sirviente subalterno; y es que Marie St. Clare había dicho que no toleraría que oliese a caballo cuando se le acercara y que no debía hacer ningún trabajo que pudiera hacerlo desagradable para ella, ya que su sistema nervioso no podía someterse a ninguna prueba de esa naturaleza; según decía ella, un tufo desagradable era suficiente para acabar con ella y poner fin a todas sus tribulaciones terrenales de una vez. Por lo tanto, Tom, con su traje bien cepillado de paño, su suave sombrero de castor, sus botas lustrosas, sus impecables puños y cuello y su bondadosa cara seria parecía lo bastante respetable como para ser un obispo de Cartago, como lo habían sido sus antepasados en otra época.

Además, estaba en un lugar hermoso, algo que nunca era indiferente a los de su sensible raza; y disfrutaba con un gozo sereno de los pájaros, las flores, las fuentes, las aromas, la luz y la belleza del patio; las cortinas de seda, los cuadros, las arañas, las figurillas y los dorados, que convertían los salones de dentro en una especie de cueva de Aladino a sus ojos.

Si alguna vez África muestra una raza elevada y culta -y tarde o temprano le llegará el turno de participar en el drama de la perfección humana-, la vida despertará allí con una suntuosidad y magnificencia que no podían imaginarse nuestras frías tribus occidentales. En aquel país místico y lejano de oro y gemas y especias, de palmeras ondulantes y flores soberbias y fertilidad milagrosa, nacerán nuevas formas de arte, nuevos estilos de esplendor; y la raza negra, ya no despreciada y pisoteada, quizás aporte algunas de las revelaciones más novedosas y magníficas de la vida humana. Seguro que lo hará, con su delicadeza y docilidad de corazón, su humildad, su capacidad de confiar en una mente superior y un poder más alto, con la sencillez de sus afectos y su facilidad para el perdón. En todas estas cosas manifestarán la forma más elevada de la vida cristiana y, quizás, como Dios castiga a los que ama, ha elegido a la pobre África para meterla en la fragua de las aflicciones, para convertirla en la mejor y la más noble del reino que establecerá después de juzgar y condenar a los demás reinos, porque los primeros serán los últimos y los últimos, los primeros.

¿Eran éstos los pensamientos de Marie St. Clare, mientras estaba de pie en el porche un domingo por la mañana, espléndidamente vestida, abrochando una pulsera de brillantes en su fina muñeca? Posiblemente lo fueran. O si no, pensaba en otra cosa; porque a Marie le gustaba usar cosas buenas, y en este momento iba a ir a una iglesia de moda, ataviada con todas sus galas: brillantes, sedas, encajes y diversas joyas, para ejercer de religiosa. Marie siempre hacía alarde de ser muy beata los domingos. Allí estaba, tan esbelta, tan elegante, tan etérea y ondulante en todos sus movimientos, su echarpe de encaje envolviéndola como la niebla. La señorita Ophelia estaba junto a ella, un gran contraste. No porque no tuviese un vestido y un chal igualmente buenos o un pañuelo igualmente fino, sino que su rigidez, su corpulencia y su total rectitud la envolvían con un halo, aunque indefinido, tan apreciable como la elegancia de su compañera; sin embargo, no era la gracia divina… ¡ésa es una cosa muy diferente!

– ¿Dónde está Eva? -preguntó Marie.

– La niña se ha detenido en la escalera para decirle algo a Mammy.

¿Y qué es lo que le decía Eva a Mammy en la escalera? Escucha, lector, y te enterarás tú, aunque Marie no se entere.

– Querida Mammy, sé que te duele muchísimo la cabeza.

– ¡Dios la bendiga, señorita Eva! Últimamente me duele siempre la cabeza. No se preocupe usted.

– Bien, pues me alegro de que vayas a salir -y la niña la rodeó con sus brazos-, toma, Mammy, llévate mi frasco de sales.

– ¿Qué, su frasco precioso con los diamantes? Dios mío, señorita, no estaría nada bien.

– ¿Por qué no? A ti te hace falta y a mí, no. Mamá lo usa siempre para el dolor de cabeza; hará que te sientas mejor. No, no, te lo llevarás, vamos, para complacerme.

– ¡Cómo habla el angelito! -dijo Mammy, cuando Eva se lo puso encima del pecho y, besándola, se fue corriendo escaleras abajo para reunirse con su madre.

– ¿Por qué te has detenido?

– Sólo me he parado para darle mi frasco de sales a Mammy, para que se lo lleve a la iglesia.

– ¡Eva! -dijo Marie, dando una patada de exasperación en el suelo-. ¡Tu frasco de oro a Mammy! ¿Cuándo vas a aprender lo que es correcto? Ve a recuperarlo ahora mismo.

Eva adoptó una expresión afligida y se giró despacio.

– Oye, Marie, deja a la niña en paz; hará lo que crea conveniente -dijo St. Clare.

– St. Clare, ¿cómo va a defenderse en la vida? -preguntó Marie.

– Sólo Dios lo sabe -dijo St. Clare-, pero en el cielo se defenderá mejor que tú o yo.

– Oh, papá, no seas así -dijo Eva suavemente, tocándole el codo-; molestas a mamá.

– Bien, primo, ¿estás listo para ir a la iglesia? -preguntó la señorita Ophelia, volviéndose para mirar de frente a St. Clare.

– Yo no voy, muchas gracias.

– ¡Ojalá St. Clare fuese a la iglesia! -dijo Marie-, pero no tiene ni un ápice de religioso. No es nada respetable.

– Lo sé -dijo St. Clare-. Vosotras las señoras vais a la iglesia para aprender a salir adelante en el mundo, supongo, y vuestra piedad nos tiñe a nosotros de respetabilidad. Si yo fuera, iría a donde va Mammy; por lo menos allí ocurren cosas para mantenerlo despierto a uno.

– ¿Qué? ¿Con aquellos metodistas gritones? ¡Qué horror! -dijo Marie.

– Cualquier cosa antes que el mar muerto de vuestras iglesias respetables, Marie. Decididamente, es demasiado pedirle a un hombre. Eva, ¿a ti te gusta ir? Vamos, quédate en casa a lugar conmigo.

– Gracias, papá, pero prefiero ir a la iglesia.

– ¿Pero no es muy aburrido? -preguntó St. Clare.

– Creo que es un poco aburrido -dijo Eva- y me entra sueño a mí también, pero intento mantenerme despierta.

– ¿Por qué vas, entonces?

Ya sabes, papá -dijo ella en un susurro-, la prima me ha dicho que Dios quiere que vayamos; y Él nos lo da todo, ¿sabes? Y no es mucho, si Él lo quiere. No es tan aburrido, después de todo.

– ¡Eres un ángel dulce y complaciente! -dijo St. Clare besándola-; vete, buena chica, y reza por mí.

– Por supuesto. Siempre lo hago -dijo la niña, saltando al carruaje tras su madre.

St. Clare se quedó en la escalinata enviándole besos mientras se alejaba el coche; tenía los ojos llenos de lágrimas.

– ¡Ay, Evangeline, bien llamada! -dijo-; ¿no ha hecho Dios que seas un evangelio para mí?

El sentimiento le duró un momento; después fumó un cigarro, leyó el Picayune [24] y se olvidó de su pequeño evangelio. ¿Era muy diferente de las demás personas?

Verás, Evangeline -decía su madre-, siempre es bueno y correcto ser amable con los criados, pero no es correcto tratarlos exactamente como si fueran de la familia o de nuestra propia clase. Piensa, si Mammy estuviera enferma, no te gustaría acostarla en tu propia cama, ¿verdad?

– Me encantaría, mamá -dijo Eva-, porque así sería más fácil cuidarla y porque, ¿sabes?, mi cama es mejor que la suya.

Marie se quedó absolutamente desesperada ante la total ausencia de discernimiento moral que delataba esta respuesta.

– ¿Qué puedo hacer para que me entienda esta niña? -preguntó.

– Nada -dijo significativamente la señorita Ophelia. Eva pareció contrita y perpleja durante un momento; pero, afortunadamente, a los niños no les duran las impresiones mucho tiempo y un rato después se reía alegremente de diversas cosas que veía desde la ventana del coche, mientras traqueteaba por el camino.

– Bien, señoras -dijo St. Clare, cuando se encontraban cómodamente sentados alrededor de la mesa para comer ¿cuál ha sido el menú de la iglesia hoy?

– Oh, el doctor G_ pronunció un sermón magnífico -dijo Marie-. Era exactamente el tipo de sermón que te convendría oír a ti; expresaba mis mismas opiniones.

– Ha debido de ser muy edificante -dijo St. Clare-. El tema ha debido de ser muy extenso.

– Quiero decir mis opiniones sobre la sociedad y cosas parecidas -dijo Marie-. El texto era «Él ha hecho bellas todas las cosas en su sazón» y demostraba cómo todos los órdenes y distinciones de la sociedad provienen de Dios; y decía que era muy conveniente y hermoso que algunos estén arriba y otros abajo, y que algunos han nacido para mandar y otros para obedecer y todas esas cosas, ya sabes; y lo ha aplicado tan bien a todas las ridículas alharacas que se hacen por la cuestión de la esclavitud, y ha demostrado claramente que la Biblia está de nuestra parte y ha apoyado de manera convincente todas nuestras instituciones. ¡Ojalá lo hubieras oído!

– Pues no me hacía falta -dijo St. Clare-. Puedo aprender cosas que me hacen el mismo bien en el Picayune cualquier día, y fumando un cigarro además; ya sabes que en la iglesia no me dejan.

– ¿Por qué? -preguntó la señorita Ophelia-. ¿Es que no compartes esas opiniones?

– ¿Quién, yo? Sabes que soy un individuo tan impío que los aspectos religiosos de estos asuntos no me edifican mucho. Si tuviera que pronunciarme sobre el asunto de la esclavitud, diría, sin pelos en la lengua, «Estamos a favor. Nosotros los tenemos y es nuestra intención seguir teniéndolos, pues nos interesa y nos conviene»; porque ésa es la esencia de la cuestión; después de todo, todas estas beaterías no significan otra cosa y creo que sería comprensible para cualquiera en cualquier parte.

– ¡Desde luego, Augustine, eres tan irreverente! -dijo Marie-. Es escandaloso oírte hablar.

– Escandaloso? Es la verdad. Estas charlas religiosas sobre tales temas, ¿por qué no van más allá y demuestran la belleza, en su sazón, de que un tipo se beba una copa de más y trasnoche jugando a las cartas, y realice varias otras actividades del mismo estilo que son frecuentes entre los hombres jóvenes?; nos gustaría enteramos de que también son correctas y pías.

– Bien -dijo la señorita Ophelia- ¿crees que la esclavitud es buena.o mala?

– No pienso hacer gala de la horrible franqueza típica de Nueva Inglaterra, prima-dijo St. Clare alegremente-. Si te contesto a esta pregunta, sé que me vendrás con una docena más, cada una más difícil que la anterior; y yo no pienso definir mi postura. Yo soy de los que viven tirando piedras al tejado ajeno, pero no tengo intención de dejar que ellos hagan lo mismo conmigo.

– Así habla él siempre -dijo Marie-; no conseguirás que diga nada satisfactorio. Creo que es sólo porque no le gusta la religión por lo que habla siempre de esta manera.

– ¡La religión! -dijo St. Clare, con un tono que hizo que ambas señoras lo miraran-. ¡La religión! ¿Eso es lo que oís en las iglesias: religión? ¿Eso que moldea y dobla las cosas y las sube y baja para ajustarlas a todas las corruptas fases de la sociedad egoísta y mundana es religión? ¿Eso que es menos escrupuloso, generoso, justo y considerado con el hombre que mi propia naturaleza ciega, mundana y atea? ¡No! Cuando yo busque la religión, debo buscar algo por encima de mí y no por debajo.

– Entonces no crees que la Biblia justifica la esclavitud -dijo la señorita Ophelia.

– La Biblia era el libro de mi madre -dijo St. Clare-. Vivió y murió siguiéndola, y me dolería mucho creer que sea así. Preferiría que demostrara que mi madre podía beber coñac, mascar tabaco y jurar para convencerme de que yo obraba bien haciendo lo mismo. No me reconciliaría más con estas costumbres mías y me quitaría el consuelo de respetarla; y realmente es un consuelo, en este mundo, tener algo que se pueda respetar. En resumen, verás -dijo, recuperando de pronto el tono alegre-, todo lo que quiero es que las cosas diferentes se guarden en cajas diferentes. Todo el armazón de la sociedad, tanto en Europa como en América, se compone de varias cosas que no soportan el escrutinio de ningún ideal moral. Se acepta generalmente que los hombres no aspiremos a lograr el bien absoluto, sino que sólo queramos ser como el resto del mundo. Así, cuando alguien dice claramente, como un hombre, que la esclavitud nos hace falta, que no podemos arreglárnoslas sin ella y que nos arruinaríamos si la abandonásemos, y, por supuesto, no tenemos intención de abandonarla, esto es un lenguaje fuerte, claro y bien definido; tiene la respetabilidad de la verdad, y, si hemos de juzgar por sus actos, el resto del mundo está de acuerdo con nosotros. Pero cuando empiezan a poner cara larga y lloriquear y citar las Sagradas Escrituras, empiezo a pensar que no son tan buenos como deberían ser.

– Eres muy poco caritativo -dijo Marie.

– Bien -dijo St. Clare-, supón que algo hace que baje el precio del algodón de una vez por todas y que todos los esclavos se conviertan en género invendible, ¿no crees que pronto tendríamos otra versión de la doctrina de las Escrituras? ¡Qué haz de luz iluminaría de repente la iglesia y qué rápidamente se descubriría que todo lo que dictan la Biblia y la razón es lo contrario!

– Pues, en cualquier caso -dijo Marie, tumbándose en el sofá-, me alegro de haber nacido donde hay esclavitud; y yo creo que está bien; es más, siento que debe de estar bien y, además, no sabría arreglármelas sin ella.

– Bien, ¿y qué dices tú, gatita? -preguntó su padre a Eva, que entraba en ese momento con una flor en la mano.

– ¿Sobre qué, papá?

– Sobre lo que te gusta más: si vivir en casa de tu tío de Vermont o tener una casa llena de criados, como nosotros. -Oh, por supuesto que nuestro sistema es el más agradable -dijo Eva.

– ¿Y por qué? -preguntó St. Clare, acariciándole la cabeza.

– Porque hace que tengamos a más personas alrededor a quienes querer, ya sabes -dijo Eva, mirándolo muy seria.

– ¡Qué típico de Eva! -dijo Marie-: uno de sus extraños discursos.

– ¿Es un discurso extraño, papá? -preguntó Eva en un susurro, al encaramarse a su regazo.

– Pues sí, tal como está el mundo, gatita -dijo St. Clare-. Pero, ¿dónde ha estado mi pequeña Eva durante la comida?

– Oh, he estado arriba en el cuarto de Tom, oyéndole cantar, y la tía Dinah me ha dado de comer.

– Conque oyendo cantar a Tom, ¿eh?

– ¡Oh, sí! Canta unas cosas tan hermosas sobre la nueva Jerusalén y brillantes ángeles y la tierra de Canaán.

– Ya lo creo; mejor que la ópera, ¿eh?

– Sí; y me las va a enseñar a mí.

– Conque clases de cante, ¿eh? ¡Cómo progresas!

– Sí; él me las canta, y yo le leo mi Biblia; y él me explica lo que significa, ¿sabes?

– Vaya por Dios -dijo Marie, riendo-. Ése es el mejor chiste de la temporada.

– A Tom no se le da mal explicar las Escrituras, me atrevo a afirmar -dijo St. Clare-. Tom tiene un talento natural para la religión. Yo quería que me sacara los caballos temprano esta mañana y me acerqué silencioso al cuartucho de Tom encima de los establos y lo oí celebrar una reunión él solo, y la verdad es que hace algún tiempo que no oigo nada tan sabroso como las oraciones de Tom. Rezó por mí con un fervor que era apostólico del todo.

– Quizás se dio cuenta de que lo escuchabas. Ya he oído hablar de ese truco.

– Si era así, no era muy cortés, porque le dijo al Señor su opinión de mí con mucha libertad. Tom parecía creer que había muchas cosas que mejorar en mí y parecía muy empeñado en que me convirtiese.

– Espero que lo tomes en serio -dijo la señorita Ophelia. -Supongo que tú compartes su opinión -dijo St. Clare-. Bueno, ya veremos, ¿verdad, Eva?

CAPÍTULO XVII

LA DEFENSA DEL HOMBRE LIBRE

Al acabar la tarde había un suave bullicio en casa de los cuáqueros. Rachel Halliday iba tranquilamente de un sitio a otro, cogiendo de sus reservas caseras suministros que abultaran lo menos posible para proveer a los viajeros que habían de partir aquella noche. Las sombras vespertinas se extendían hacia el este y el rojo y redondo sol estaba posado amablemente sobre el horizonte iluminando con sus haces dorados y sosegados el dormitorio donde se encontraban sentados George y su esposa. Él tenía a su hijo sobre las rodillas y a su mujer cogida de la mano. Ambos tenían una expresión pensativa y seria y huellas de lágrimas en las mejillas. -Sí, Eliza -dijo George-, sé que es verdad todo lo que dices. Eres una buena persona, mucho mejor que yo, e intentaré hacer lo que dices. Intentaré portarme como debe hacerlo un hombre libre. Intentaré sentirme cristiano. Dios Todopoderoso sabe que he intentado hacer bien las cosas, que lo he intentado mucho, cuando lo tenía todo en contra: ahora olvidaré el pasado, desecharé todos los malos sentimientos, leeré la Biblia y aprenderé a ser un hombre bueno.

– Y cuando lleguemos a Canadá -dijo Eliza-, podré ayudarte. Puedo hacerme modista; y sé mucho de lavar y Planchar las prendas finas; entre los dos sabremos salir adelante.

– Sí, Eliza, siempre que nos tengamos el uno al otro y a nuestro hijo. ¡Ay, Eliza, si supiera esta gente la bendición que supone que un hombre sienta que su esposa y su hijo le pertenecen a el! A menudo me ha sorprendido observar cómo se preocupaban de otras cosas hombres que podían decir que sus esposas e hijos eran suyos. La verdad es que me siento rico y fuerte aunque no poseamos más que las manos desnudas. Me siento incapaz de pedirle más a Dios. Sí, aunque he trabajado mucho todos los días hasta los veinticinco años y no tengo ni un centavo, ni techo sobre la cabeza, ni un terruño propio, si ahora me dejan en paz, me sentiré satisfecho, agradecido incluso; trabajaré y te mandaré dinero para ti y para mi hijo. En cuanto a mi antiguo amo, ha cobrado más de cinco veces lo que haya podido pagar por mí. No le debo nada.

– Pero aún no estamos fuera de peligro del todo -dijo Eliza-; aún no estamos en Canadá.

– Es verdad -dijo George-, pero me parece que huelo el aire libre y me hace sentir fuerte.

En este momento se oyeron voces conversando enérgicamente en la habitación contigua y poco después se oyó una llamada a la puerta. Eliza se levantó para abrirla.

Simeon Halliday estaba allí y le acompañaba un hermano cuáquero, que presentó como Phineas Fletcher. Phineas era alto, delgado y pelirrojo, con una expresión de perspicacia y astucia. No compartía el aire plácido, sosegado y espiritual de Simeon Halliday; al contrario, tenía un aspecto muy despierto y au fait [25], como un hombre que se enorgullece de saber lo que se hace y se mantiene siempre a la expectativa, idiosincrasias que casaban mal con su sombrero de ala ancha y su lenguaje formal.

– Nuestro amigo Phineas ha descubierto una cosa de interés para ti y los tuyos, George -dijo Simeon-; te conviene escucharlo.

– Es verdad -dijo Phineas- y demuestra lo útil que es dormir con un oído siempre abierto en ciertos sitios, como he dicho siempre. Anoche me detuve en una pequeña taberna solitaria en la carretera. ¿Te acuerdas tú del lugar, Simeon, donde vendimos manzanas el año pasado a una mujer gorda con grandes pendientes? Bien, pues estaba cansado de tanto caminar, así que, después de cenar, me tumbé sobre un montón de bolsas en un rincón y me tapé con una piel de búfalo, esperando a que me preparasen la cama; y dio la casualidad que me quedé dormido.

– ¿Con un oído abierto, Phineas? -preguntó tranquilamente Simeon.

– No; me dormí, oídos y todo, como un tronco durante un par de horas, porque estaba muy cansado; pero cuando me desperté un momento, vi que había algunos hombres en la habitación, sentados alrededor de una mesa, bebiendo y hablando; y decidí, antes de presentarme a ellos, ver lo que tramaban, ya que les oí decir algo sobre los cuáqueros. «De modo que», dijo uno de ellos, «están en la colonia cuáquera, sin duda», dijo. Entonces escuché con los dos oídos, y me di cuenta de que hablaban de vosotros. Así que me quedé tumbado y les escuché hacer todos sus planes. A este joven, decían, lo iban a enviar de vuelta a Kentucky a su amo, que iba a infligirle un castigo ejemplar para evitar que se escaparan otros negros; y dos de ellos iban a llevar a su esposa a Nueva Orleáns para venderla por cuenta propia, y calculaban que sacarían unos mil seiscientos o mil ochocientos dólares por ella; y el niño, según dijeron, era para un tratante que lo había comprado; y luego estaban Jim y su madre, que serían devueltos a sus amos de Kentucky. Dijeron que había dos alguaciles en un pueblo un poco más adelante que iban a ir con ellos a arrestarlos y que la mujer tendría que comparecer ante un juez; y uno de los individuos, que es pequeño y bien hablado, iba a jurar que era de su propiedad para que se la entregaran para llevarla al sur. Tienen una idea bastante clara de la ruta que vamos a seguir esta noche, y seis u ocho de ellos nos perseguirán. Así, pues, ¿qué vamos a hacer?

Después de esta comunicación, los miembros del grupo, que habían adoptado diferentes posturas, merecían que les retrataran. Rachel Halliday, que había apartado las manos de una hornada de galletas al oír las noticias, las mantenía levantadas y manchadas de harina, con una expresión de grave preocupación en el rostro. Simeon tenía un aspecto profundamente pensativo. Eliza había rodeado a su marido con los brazos y lo contemplaba. George tenía los puños apretados y los ojos llameantes, y tenía el aspecto que tendría cualquier hombre al que fueran a vender a la esposa en una subasta y al hijo a un tratante, todo bajo el amparo de las leyes de una nación cristiana.

– ¿Qué hacemos, George? -preguntó Eliza desmayada.

– Sé lo que voy a hacer yo -dijo George, entrando en la pequeña habitación, donde se puso a examinar unas pistolas.

– ¡Ay, ay! -dijo Phineas a Simeon con un movimiento de cabeza-. ¿Ves, Simeon, lo que va a pasar?

– Ya veo -dijo Simeon con un suspiro-. Espero que no llegue a tanto.

– No quiero que se involucre nadie conmigo o por mi culpa -dijo George-. Si puede prestarme su vehículo y darme direcciones, iré solo al próximo puesto. Jim es fuerte como un gigante y valiente como la muerte y la desesperación, y yo también.

– Bien, amigo -dijo Phineas-, pero aun así, vas a necesitar a un conductor. Ya sabes que te dejaremos, encantados, que pelees tú sólo, pero hay un par de cosas que sé yo de la carretera que no sabes tú.

– Pero no quiero implicarle -dijo George.

– ¡Implicarme! -dijo Phineas, con una curiosa expresión aguda en la cara-. Cuando llegues a implicarme, házmelo saber.

– Phineas es un hombre sabio y hábil -dijo Simeon-. Harás bien, George, si te dejas guiar por su juicio y -añadió, poniendo la mano amablemente en el hombro de George y señalando las pistolas- no te precipites con éstas; la sangre joven es caliente.

– No atacaré a ningún hombre elijo George-. Todo lo que le pido a este país es que me deje en paz, y yo me iré pacíficamente; pero -hizo una pausa y se oscureció su ceño y se torció su rostro- han vendido a una hermana mía en el mercado de Nueva Orleans. Sé para qué las venden, y ¿me voy a quedar quieto para ver cómo se llevan a mi esposa para venderla, si Dios me ha dado un par de fuertes brazos para defenderla? ¡No, que Dios me ayude! Lucharé hasta el último aliento, antes de dejar que se lleven a mi esposa y a mi hijo. ¿Me culpan ustedes?

– Ningún hombre puede culparte, George. La carne y la sangre humanas no pueden actuar de otra forma -dijo Simeon-. Desdichado es el mundo por culpa de las ofensas, pero desdichados sean los que las causan.

– ¿Incluso tú harías lo mismo, en mi lugar?

– Ruego a Dios que no me ponga a prueba -dijo Simeon-; la carne es débil.

– Creo que mi carne sería lo bastante fuerte, en semejantes circunstancias -dijo Phineas, extendiendo los brazos como si fueran las aspas de un molino de viento-. No estoy seguro, amigo George, de que no te sujetaría a un tipo si tú tuvieses alguna cuenta pendiente con él.

– Si el hombre está justificado alguna vez a resistirse al mal -dijo Simeon-, entonces George debería sentirse libre para hacerlo ahora; pero los maestros de nuestro pueblo enseñaban un camino mejor; pues la ira del hombre no logra la justicia de Dios, sino que hace mucho daño a la voluntad corrupta del hombre y nadie puede recibirla salvo aquél a quien Él se la da. ¡Roguemos al Señor que no nos sintamos tentados!

– Ya ruego yo -dijo Phineas-, pero si nos sentimos tentados, ¡pues que anden con ojo, eso es todo!

– Está claro que no naciste entre nosotros -dijo Simeon con una sonrisa-. Tu antigua naturaleza sigue bastante fuerte dentro de ti.

A decir verdad, Phineas había sido un rústico espontáneo y viril y un entusiasta cazador de gamos con muy buena puntería; pero después de hacerle la corte a una guapa cuáquera, la fuerza de los encantos de ésta le instó a apuntarse en la sociedad más cercana a su casa; y aunque era un miembro honrado, sobrio y cumplidor y nadie tenía nada que decir en su contra, los más místicos de entre ellos no podían menos que observar una gran falta de celo en su desenvolvimiento.

– El amigo Phineas siempre será muy suyo -dijo sonriente Rachel Halliday-; pero todos estamos convencidos de que es un hombre cabal.

– Bien -dijo George-, ¿no deberíamos apresurarnos a huir?

– Yo me he levantado a las cuatro y me he venido a toda prisa, llevándoles dos o tres horas de ventaja por lo menos, si salen a la hora que tenían prevista. No será seguro salir antes del anochecer, en todo caso; pues hay personas malvadas en los pueblos del camino que podrían meterse con nosotros si ven nuestro carro y eso nos atrasaría más que la espera. Sin embargo, en un par de horas creo que podremos partir. Iré a hablar con Michael Cross para pedir que nos siga montado en su rápido penco para vigilar la carretera y avisamos si se acerca un grupo de hombres. El caballo de Michael es más veloz que la mayoría y si hay peligro, podrá adelantarse rápidamente para advertimos. Ahora voy a decir a Jim y a la anciana que se preparen ellos y el caballo. Les sacamos una buena ventaja y tenemos muchas posibilidades de llegar al puesto antes de que nos alcancen. Así que ánimo, amigo George, que éste no es el primer roce feo que tengo con tu gente -dijo Phineas cerrando la puerta.

– Phineas es bastante astuto -dijo Simeon-. Él te cuidará lo mejor posible, George.

– Lo único que siento -dijo George- es el riesgo que corren ustedes.

– Nos harás el favor, amigo George, de no decir ni una palabra más sobre eso. Lo que hacemos es lo que nos manda hacer la conciencia; no podemos hacer otra cosa. Ahora, madre -dijo, volviéndose hacia Rachel-, apresúrate en los preparativos para estos amigos, pues no debemos dejar que se marchen hambrientos.

Y mientras Rachel y sus hijos se pusieron a hornear tortas de maíz y asar jamón y pollo y se precipitaron a preparar los demás ingredientes de la cena, George y su esposa se quedaron sentados en su pequeño cuarto uno en brazos del otro, absortos en el tipo de conversación que pueden compartir un marido y una mujer cuando saben que al cabo de unas horas pueden separarse para siempre.

– Eliza -dijo George-, las personas que tienen amigos y casas y tierras y dinero y todas esas cosas no pueden quererse como nosotros, que no nos tenemos más que el uno al otro. Hasta que te conocí, Eliza, ningún ser me había querido, con la excepción de mi pobre madre y mi desafortunada hermana. Vi a la pobre Emily la mañana que se la llevó el tratante. Se aproximó al rincón donde yo dormía y me dijo: «Pobre George, se marcha tu última amiga. ¿Qué será de ti, pobre muchacho?» Y me levanté y le eché los brazos al cuello y lloré y sollocé, y ella también lloró; y ésas fueron las últimas palabras amables que oí en diez largos años; tenía el corazón marchito y seco como la ceniza cuando te conocí a ti. El que tú me quisieras ¡era casi como hacerme volver de la muerte! Desde entonces soy un hombre diferente. Y ahora, Eliza, daré la última gota de mi sangre pero no permitiré que te separen de mi lado. El que se te lleve será por encima de mi cadáver.

– ¡Ay, que Dios se apiade de nosotros! -dijo Eliza, sollozando-. Si Él nos deja salir juntos del país, es lo único que queremos.

– ¿Está Dios de parte de ellos? -preguntó George, menos a su esposa que como desahogo de tan amargos pensamientos-. ¿El ve todo lo que hacen ellos? ¿Por qué permite que ocurran semejantes cosas? Y nos dicen que la Biblia está de su parte; desde luego todo el poder lo está. Son ricos y sanos y felices; pertenecen a las iglesias y tienen esperanzas de ir al cielo; lo tienen todo tan fácil en este mundo, salen siempre con la suya; y los cristianos buenos, honrados y fieles, tan buenos o mejores cristianos que ellos, yacen en el polvo bajo sus pies. Los compran y los venden y comercian con su sangre y su llanto y sus lágrimas y Dios se lo permite.

– Amigo George -dijo Simeon desde la cocina-, escucha este salmo, que te puede animar.

George aproximó su silla a la puerta y Eliza se enjugó las lágrimas y se acercó también a escuchar a Simeon, que leyó lo siguiente:

Por poco mis pies se me extravían, nada faltó para que mis -«pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos. No, no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo, no comparten la pena de los hombres, con los humanos no son atribulados como los otros hombres. Por eso el orgullo es su collar, la violencia el vestido que los cubre; la malicia les cunde de la grasa, de artimañas su corazón desborda. Se sonríen, pregonan la maldad, hablan altivamente de violencia; ponen en el cielo su boca, y su lengua se pasea por la tierra. Por eso mi pueblo va hacia ellos: aguas de abundancia les llegan. Dicen: "¿Cómo va a saber Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?"» ¿No te sientes así, George?

– Desde luego que sí -dijo George-, yo mismo no lo hubiese expresado mejor.

– Entonces escucha -dijo Simeon-: «Me puse, pues, a pensar para entenderlo, ¡ardua tarea ante mis ojos! Hasta el día en que entré en los divinos santuarios donde su destino comprendí: oh sí, tú en precipicios los colocas, a la ruina los empujas. ¡Ah qué pronto quedan hechos un horror, cómo desaparecen sumidos en pavores! Como en un sueño al despertar, Señor, así, cuando te alzas, desprecias tú su imagen. Pero a mí, que estoy siempre contigo, de la mano derecha me has tomado; me guiarás en tu consejo, y tras la gloria me llevarás. Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor» [26].

Las palabras sobre la confianza en Dios, pronunciadas por el afectuoso anciano, cayeron como música celestial sobre el espíritu doliente y atormentado de George, cuyas bellas facciones tenían una expresión apacible y sosegada cuando terminó.

– Si este mundo fuese lo único que hay, George -dijo Simeon-, bien podrías preguntarte dónde está el Señor. Pero a menudo los que menos tienen en esta vida son los que elige Él para su reino. Confía en Él y ocurra lo que ocurra en este mundo, lo subsanará Él en el más allá.

Si estas palabras hubieran sido dichas por algún predicador pagado de sí mismo, cuya boca las hubiera pronunciado como una retahíla pía y retórica, apropiada para emplearse con las personas angustiadas, quizás no hubieran tenido mucho éxito; pero al proceder de uno que se arriesgaba diariamente a que lo multasen o encarcelasen por servir a Dios y al hombre, tenían un peso que no se podía menos que sentir, y a los dos pobres fugitivos afligidos les infundió tranquilidad y fuerza.

Rachel cogió cariñosamente a Eliza de la mano para llevarla a la mesa a cenar. Al sentarse, se oyó una suave llamada a la puerta y entró Ruth.

– He venido sólo con estos calcetines para el muchacho -dijo-, tres pares de buenos calcetines calentitos de lana. Hará tanto frío en Canadá, ¿sabes? ¿Sigues con buen ánimo, Eliza? -añadió, corriendo al otro lado de la mesa para cogerle cálidamente la mano y deslizarle una torta de semillas a Harry en la mano-. Le he traído un paquetito de éstas -dijo, tirando de su faltriquera para sacarlo-. Ya sabéis que los niños siempre están comiendo.

– Muchas gracias, es usted muy amable -dijo Eliza.

– Vamos, Ruth, siéntate a cenar -dijo Rachel.

– No puedo. He dejado a John con el niño y algunas galletas en el homo; no puedo quedarme más que un momento o John me quemará las galletas y le dará al niño todo el azúcar del azucarero. Así lo hace siempre -dijo, riéndose, la pequeña cuáquera-. Así que adiós, Eliza, adiós, George; que el Señor os proteja en vuestro viaje -y salió Ruth de la casa con pasitos rápidos.

Un rato después de la cena, se detuvo en la puerta un gran carretón cubierto; las estrellas iluminaban la noche. Phineas bajó del pescante de un brinco para acomodar a los pasajeros. Salió George por la puerta con su esposa de un brazo y su hijo del otro. Sus pasos eran firmes, su rostro decidido y resuelto. Rachel y Simeon salieron tras ellos.

– Apeaos un momento -dijo Phineas a los que estaban dentro- para que arregle la parte de atrás del carro para las mujeres y el niño.

– Aquí tenéis dos pieles de búfalo -dijo Rachel- para que los asientos sean lo más cómodos posible; es duro viajar toda la noche.

Primero salió Jim y ayudó a apearse a su anciana madre, que le agarraba del brazo y miraba alrededor ansiosa como si esperase ver a sus perseguidores en cualquier momento.

– Jim, ¿tienes las pistolas a punto? -preguntó George con una voz baja y firme.

– Por supuesto -dijo Jim.

– ¿Y no dudarás en actuar si vienen?

– Creo que no -dijo Jim, descubriendo su amplio pecho al respirar hondo-. ¿Crees que voy a permitir que vuelvan a coger a mi madre?

Durante este breve coloquio, Eliza se despidió de su bondadosa amiga Rachel. Simeon la ayudó a subirse al carro y se deslizó hacia la parte de atrás con su hijo, sentándose entre las pieles de búfalo. Después ayudaron a subirse y a sentarse a la anciana, se colocaron George y Jim en un burdo asiento de madera delante de ellos y Phineas se subió al pescante.

– Adiós, amigos dijo Simeon desde fuera.

– ¡Que Dios os bendiga! -contestaron todos desde dentro.

Y partió el carretón, traqueteando y sacudiéndose por la carretera helada.

No había oportunidad de conversar por culpa de la escabrosidad de la carretera y el ruido de las ruedas. Por lo tanto el vehículo siguió su camino a través de largas extensiones de bosque oscuro, amplias y monótonas llanuras, subiendo colinas, bajando valles, milla tras milla, hora tras hora. El niño se durmió enseguida y se quedó echado en el regazo de su madre. La pobre anciana asustada olvidó por fin sus temores, y, al avanzar la noche, incluso a Eliza se le cerraron los ojos a pesar de todas sus ansiedades. Phineas parecía ser el más espabilado del grupo y aliviaba el largo camino silbando unas melodías muy poco típicas de un cuáquero.

Pero alrededor de las tres el oído de George captó el chacoloteo apresurado y decidido de los cascos de un caballo a cierta distancia de ellos y dio un codazo a Phineas. Phineas detuvo los caballos para escuchar.

– Debe de ser Michael -dijo-; creo reconocer el sonido de su galope y se levantó para mirar ansiosamente atrás. Vislumbraron en lontananza a un hombre cabalgando velozmente en lo alto de una colina.

– ¡Allí está, ya lo creo! -dijo Phineas. Antes de darse cuenta de lo que hacían, George y Jim habían saltado del carro. Todos se quedaron muy callados, las caras vueltas hacia el mensajero que esperaban. Este se acercaba. Bajó a un valle, donde no lo podían ver; pero oían cada vez más cerca el traqueteo rápido y estridente; por fin lo vieron aparecer por una loma, al alcance de la voz.

– ¡Sí, es Michael! -dijo Phineas; luego elevó la voz y gritó-: ¡Hola, Michael!

– Phineas, ¿eres tú?

– Sí; ¿qué noticias hay? ¿Vienen?

– Pisándonos los talones, ocho o diez hombres, atiborrados de coñac, maldiciendo y echando espuma como lobos salvajes.

Y, mientras hablaba, el viento les llevó el tenue sonido de caballos que se les acercaban al galope.

– Subid, subid rápido, muchachos -dijo Phineas-. Si tenéis que pelear, esperad a que os lleve un poquito más adelante -al oírlo, subieron ambos hombres. Phineas azotó a los caballos para meterles prisa y Michael cabalgó junto a ellos. El carretón traqueteaba, saltaba, casi volaba por el camino helado; pero les llegaba cada vez más nítido el sonido de los jinetes que los perseguían. Lo oyeron las mujeres y, cuando miraron ansiosamente, vieron a lo lejos, en la cima de una colina, a un grupo de hombres que se destacaba contra el cielo veteado de rojo por la aurora. Después, otra colina, y era evidente que sus perseguidores habían visto su carro, cuyo toldo blanco resaltaba a gran distancia, y el viento les transportó un alarido de feroz triunfo. Eliza desfalleció y abrazó a su hijo más fuertemente contra su pecho; la anciana rezaba y gimoteaba y George y Jim agarraban sus pistolas con desesperación. Los perseguidores los alcanzaron rápidamente; el carro giró de pronto y se detuvo junto a una escarpada roca que se erguía sobre un cerro aislado que se alzaba con otras rocas en medio de un amplio claro despejado y plano. Esta pila o cordillera de rocas aisladas se recortaba negra y pesada contra el luminoso cielo del amanecer y parecía ofrecer asilo y protección. Era un lugar que Phineas conocía bien desde sus días de cazador; de hecho, había forzado a los caballos para que alcanzaran este paradero.

– ¡Vamos a ello! -dijo, deteniendo los caballos y saltando desde el pescante a tierra-. Salid todos como un rayo, y subamos a estas rocas. Michael, ata el caballo al carro, condúcelo a casa de Amariah y pídele que venga con sus muchachos a hablar con estos tipos.

Salieron como un rayo del carro.

Vamos -dijo Phineas cogiendo a Harry- atended a las mujeres entre todos; y corred como jamás hayáis corrido.

No necesitaron más estímulo. En un santiamén habían traspasado la valla todos y se dirigían a toda velocidad hacia las rocas, mientras Michael se lanzó desde su caballo, ató la brida al carro y se lo llevó rápidamente.

Vamos más adelante -dijo Phineas cuando alcanzaron las rocas; se veían a la luz entremezclada de las estrellas y el amanecer las huellas de un burdo pero bien delineado sendero que se abría paso entre las rocas-; es uno de nuestros antiguos chozos de caza. ¡Vámonos!

Phineas iba delante, saltando como una cabra por los riscos con el niño en brazos. Le seguía Jim, llevando a su temblorosa madre al hombro, y George y Eliza iban los últimos. El grupo de jinetes llegó a la valla y, entre gritos y juramentos, empezaron a desmontar y se dispusieron a seguirlos. Después de unos minutos de escalada, alcanzaron el saliente, donde el sendero se metió por un desfiladero, por el que tuvieron que pasar de uno en uno, hasta que llegaron a una hendidura o grieta de más de una yarda de anchura, al otro lado de la cual yacía un montón de rocas, separadas del resto del saliente y alcanzando treinta pies de altura, con muros altos y perpendiculares como los de un castillo. Phineas saltó la grieta sin dificultad y sentó al niño sobre un suave lecho de crujiente musgo blanco que cubría la superficie de la roca.

– ¡Cruzad! -gritó-. ¡Saltad de una vez, que vuestra vida depende de ello! decía, mientras fueron pasando uno tras otro. Varios fragmentos de piedra formaban una especie de parapeto que les ocultaba a la vista de los de más abajo.

– Bien, aquí estamos todos -dijo Phineas, asomándose al parapeto para ver a los asaltantes, que trepaban alborotados por las rocas-. ¡Que nos cojan si pueden! Los que vengan aquí tendrán que pasar en fila india entre aquellas dos rocas, bien al alcance de vuestras pistolas, muchachos, ¿lo veis?

– Sí, lo veo -dijo George-, y ahora, como es asunto nuestro, déjenos que nos arriesguemos y que peleemos nosotros.

– Estaré encantado de permitiros pelear solos, George -dijo Phineas, masticando unas hojas de gaultería mientras hablaba-, pero puedo divertirme mirando, supongo. Pero mirad, estos tipos están discutiendo y mirando como gallinas a punto de posarse en la percha. ¿No deberíais advertirles, antes de que suban, para que sepan lo fácil que os será dispararles si lo hacen?

El grupo de abajo, más visible ahora a la luz del amanecer, consistía en nuestros viejos conocidos Tom Loker y Marks, junto con dos alguaciles y un posse comítatus [27], constituido por todos los camorristas de la última taberna a los que podía tentar un poco de coñac para que participaran en la diversión de ir a atrapar a unos cuantos negros.

– Bien, Tom, ya tenemos prácticamente atrapados a tus mapaches.

– Sí, los he visto subir por ahí -dijo Tom- y aquí está el sendero. Estoy por subir directamente. No les será fácil bajar y podremos sacarlos en un periquete.

– Pero, Tom, podrían dispararnos desde detrás de las rocas -dijo Marks-. La cosa podría ponerse fea.

– ¡Bah! -dijo Tom con escarnio-. Siempre quieres salvar el pellejo, Marks. No hay peligro. Los negros están siempre demasiado asustados.

– No sé por que no voy a querer salvar el pellejo -dijo Marks-. Es el único que tengo; y a veces los negros pelean como demonios.

En este momento apareció George en lo alto de una roca por encima de ellos y, hablando con voz tranquila y clara, dijo:

– Caballeros, ¿quiénes son ustedes y qué desean?

– Queremos a una cuadrilla de negros fugados -dijo Tom Loker-. Un tal George Harris y Eliza Harris y su hijo, y Jim Selden y una anciana. Traemos a los alguaciles y una orden de arresto; y nos los vamos a llevar, ¿me oyes? ¿No eres tú George Harris, propiedad del señor Harris del condado de Shelby en Kentucky?

– Soy George Harris. Un tal señor Harris de Kentucky solía llamarme propiedad suya. Pero ahora soy un hombre libre sobre la tierra libre de Dios, y reclamo a mi esposa y a mi hijo como míos. Jim y su madre también están aquí. Tenemos armas para defendemos y pensamos usarlas. Podéis subir, si queréis; pero el primero que se ponga al alcance de nuestras balas es un hombre muerto, y el siguiente, y el siguiente y todos hasta que no quede ninguno.

– ¡Vamos, vamos! -dijo un hombre bajito y rechoncho, adelantándose y sonándose la nariz al mismo tiempo-. Joven, no deberías hablar de esa forma. Verás, nosotros somos oficiales de la justicia. Tenemos la ley y el poder y todo lo demás de nuestra parte, así que será mejor que os rindáis pacíficamente, porque al final no tendréis más remedio que entregaros.

– Sé muy bien que tenéis la ley y el poder de vuestra parte -dijo amargamente George-. Pensáis coger a mi esposa para venderla en Nueva Orleáns, colocar a mi hijo en el corral de un tratante como si fuese un ternero y devolver a la madre de Jim al bruto que la azotó y maltrató antes cuando no pudo maltratar a su hijo. Queréis mandar a Jim y a mí de vuelta para que nos azoten y torturen y nos pisoteen bajo sus botas los que vosotros llamáis amos; y vuestras leyes os apoyan, lo que es una vergüenza para ellas y para vosotros. Pero no nos tenéis. Nosotros no reconocemos vuestras leyes; no reconocemos vuestro país; estamos aquí de pie, tan libres bajo el cielo del Señor como lo sois vosotros; y juro por el gran Dios que nos creó que lucharemos por nuestra libertad hasta la muerte.

George estaba a la vista de todos encima de la roca mientras hacía su declaración de independencia; el resplandor de la aurora teñía con un rubor sus mejillas oscuras y la amarga indignación y la ira prendían fuego a sus ojos negros; tenía la mano alzada hacia el cielo mientras hablaba como si apelara a la justicia de Dios para el hombre.

Si hubiera sido un joven húngaro defendiendo valientemente en alguna plaza fuerte de las montañas la salida de fugitivos que se escapaban de Austria para huir a América, hubiese sido de un heroísmo sublime; pero como se trataba de un joven de ascendencia africana defendiendo la salida de fugitivos de América a Canadá, es natural que nos mostremos demasiado instruidos y patrióticos para apreciar el heroísmo de la situación; y si lo hace alguno de nuestros lectores, debe hacerlo bajo su propia responsabilidad. Cuando los desesperados fugitivos húngaros consiguen llegar a Áménca, a pesar de las autoridades y todas las órdenes de arresto de su legítimo gobierno, la prensa y los representantes políticos les aplauden y les dan la bienvenida [28]. Cuando los desesperados fugitivos africanos hacen lo propio, es… ¿pero qué es?

Sea como sea, lo cierto es que la actitud, la mirada, la voz y la manera de ser del orador dejaron sin habla a los miembros del grupo durante un momento. Hay algo en la valentía y la resolución que hace callar hasta a la naturaleza más bruta durante un rato. Marks era el único al que no le hizo ningún efecto. Amartilló pausadamente su pistola y, en el silencio momentáneo que siguió al discurso de George, le disparó.

– Es que dan lo mismo por él muerto que vivo en Kentucky-dijo fríamente, mientras se limpiaba la pistola con la manga de la chaqueta.

George saltó hacia atrás… Eliza gritó… la bala había pasado rozándole el cabello a él, casi surcando la mejilla de su esposa y había ido a parar en un árbol que estaba arriba.

– No es nada, Eliza -dijo George enseguida.

– Más te vale mantenerte oculto en vez de soltar discursos -dijo Phineas-; pues son unos granujas ruines.

– Bueno, Jim -dijo George-, comprueba que están bien tus pistolas y vigila el desfiladero conmigo. Yo dispararé al primer hombre que se asome; tú, al segundo y así sucesivamente. No debemos desperdiciar dos balas en uno.

– Pero si no le das, ¿qué?

– Le daré -dijo fríamente George.

– Bien, este tipo tiene agallas -murmuró Phineas entre dientes.

La cuadrilla de abajo se quedó algo indecisa un momento tras el disparo de Marks.

– Creo que has debido darle a alguno de ellos -dijo uno de los hombres-. He oído un chillido.

– Voy a subir a por uno -dijo Tom-. Nunca he tenido miedo a los negros y no voy a empezar ahora. ¿Quién me sigue? -preguntó, subiendo a las rocas de un brinco.

George oyó claramente las palabras. Levantó la pistola, la examinó y la apuntó al lugar del desfiladero donde iba a aparecer el primer hombre.

Uno de los más valientes del grupo siguió a Tom y, una vez abierto el camino, el resto comenzó a trepar por las rocas, los últimos empujando a los primeros de modo que fuesen más de prisa de lo que hubieran querido. Siguieron adelante y un momento después, la fornida figura de Tom apareció a la vista, casi al borde del precipicio.

George disparó… el disparo le alcanzó en un costado… pero, aunque herido, no quiso retroceder sino, gritando como un toro salvaje, saltó la grieta hacia el grupo de los fugitivos.

– Amigo -dijo Phineas, adelantándose de pronto, y dándole un empujón con sus largos brazos-, no te queremos aquí.

Cayó abajo al abismo, haciendo chascar a su paso árboles, matorrales, troncos y piedras hasta quedar magullado y gimiendo a treinta pies de profundidad. La caída hubiera podido matarlo si no la hubiese mitigado su ropa al engancharse en las ramas de un gran árbol; pero cayó con mucha fuerza, no obstante, más de la que le era agradable o conveniente.

– ¡Que Dios nos proteja, son unos demonios! -dijo Marks, a la cabeza del grupo, bajando las rocas con más ahínco del que había puesto en subirlas, con toda la cuadrilla dando tumbos para seguirle, sobre todo el alguacil gordezuelo, que bufaba y resoplaba de manera muy enérgica.

– Bien, muchachos -dijo Marks-, id vosotros a recoger a Tom mientras yo me monto al caballo y voy por ayuda, eso es -y, haciendo caso omiso de las mofas y las befas de sus compañeros, Marks cumplió lo dicho y un instante después se le vio desaparecer al galope.

– ¿Habéis visto alguna vez a un canalla tan ladino? -dijo uno de los hombres-. ¡Viene aquí a cumplir con su deber y se larga de esta manera!

– Bueno, debemos recoger a ese tipo, pero -dijo otro que me condenen si me importa que esté vivo o muerto. Los hombres, guiados por los gemidos de Tom, se abrieron paso dificultosamente entre tocones, troncos y matorrales hasta donde yacía el héroe quejándose y jurando alternativamente con gran energía.

– Te quejas bastante, Tom -dijo uno-. ¿Estás malherido?

– No lo sé. Levantadme, vamos. ¡Maldigo a ese dichoso cuáquero! De no ser por él, yo hubiese lanzado a unos cuantos de ellos aquí abajo, a ver si les gustaba.

Con mucho trabajo y grandes lamentos, ayudaron al héroe caído a levantarse; con un hombre sujetándole a cada lado, consiguieron llevarlo hasta los caballos.

– A ver si podéis llevarme a aquella taberna que está a una milla de aquí. Dadme un pañuelo o algo para ponerlo aquí a ver si deja de sangrar tanto.

George se asomó por encima de las rocas y los vio intentar subir al grandullón de Tom a la silla. Después de dos o tres intentos inútiles, se tambaleó y cayó pesadamente al suelo.

– ¡Ay, espero que no esté muerto! -dijo Eliza, que observaba lo sucedido junto a los demás miembros de su grupo.

– ¿Por qué? -dijo Phineas-. Se lo tiene merecido.

– Porque después de la muerte viene el juicio -dijo Eliza.

– Sí -dijo la anciana, que había estado lamentándose y rezando a su estilo metodista durante toda la refriega-, mal asunto para el alma de la pobre criatura.

– ¡Válgame Dios! Creo que lo van a dejar allí -dijo Phineas.

Era cierto, después de unos alardes de indecisión y consulta, todo el grupo se montó a los caballos y se marcharon. Cuando hubieron desaparecido de vista, Phineas empezó a moverse.

– Debemos bajar y caminar un trecho -dijo-. He dicho a Michael que se adelante a traer ayuda y que vuelva aquí con el carro, pero tendremos que andar un poco por la carretera para encontrarnos con ellos, supongo. ¡Dios quiera que venga pronto! Es temprano y habrá poco tráfico de momento; no estamos a más de dos millas de nuestro apeadero. Si la carretera no hubiese sido tan accidentada, los hubiéramos eludido del todo.

Al aproximarse el grupo a la valla, vieron volver su propio carretón a lo lejos en la carretera, acompañado de unos hombres a caballo.

– Bien, ahí está Michael con Stephen y Amariah -exclamó Phineas con alegría-. Ya está claro, estamos tan a salvo como si hubiéramos llegado.

– Pues entonces -dilo Eliza-, detengámonos para hacer algo por ese pobre hombre; se queja muchísimo.

– Lo cristiano dijo George- sería recogerlo y llevarlo a algún sitio.

– Y curarlo entre los cuáqueros -dijo Phineas-. ¡Eso estaría bien! Pues a mí me da igual. Veámoslo -y Phineas que, durante sus días de cazador y hombre del bosque había aprendido algunos conocimientos rudimentarios de cirugía, se arrodilló junto al herido e inició un cuidadoso reconocimiento de su estado.

– Marks -dijo Tom débilmente-, ¿eres tú, Marks?

– No, me temo que no, amigo -dijo Phineas-. Mucho le importas tú a Marks, siempre que su propio pellejo esté a salvo. Hace rato que se ha ido.

– Creo que ha llegado mi hora -dijo Tom-. ¡Maldita rata, dejar que me muera yo solo! Mi pobre madre siempre me dijo que ocurriría así.

– ¡Vaya por Dios! ¿Oís al pobre tipo? Ahora resulta que tiene madre -dijo la negra anciana-. No puedo evitar tenerle un poco de pena.

– Tranquilo, tranquilo; no reniegues ni rezongues, amigo -dijo Phineas, cuando Tom dio un respingo de dolor y le apartó la mano-. No tienes nada que hacer si no puedo detener la hemorragia y Phineas se puso a improvisar unos remedios quirúrgicos utilizando su propio pañuelo y los que pudo recoger entre los demás.

– Tú me empujaste -dijo Tom débilmente.

– Pues, verás, si no te hubiera empujado yo, tú nos hubieras empujado a nosotros -dijo Phineas, al agacharse a colocar la venda-. Vamos, vamos, deja que te ponga esta venda. No te deseamos ningún mal; no te guardamos rencor. Te llevaremos a una casa donde te tratarán de primera, tan bien como pudiera hacerlo tu propia madre.

Tom gimió y cerró los ojos. En hombres de este tipo, el vigor y la decisión son simplemente una cuestión fisica, y desaparecen con la pérdida de sangre; y el desamparo del hombre gigantesco realmente era algo digno de lástima.

Se aproximaron los del otro grupo. Quitaron los asientos del carro. Extendieron las pieles de búfalo, dobladas en cuatro, a lo largo de un costado y levantaron y colocaron encima el pesado cuerpo de Tom entre cuatro hombres. Antes de que lo pusieran dentro, perdió el conocimiento. La anciana negra, en un rapto de compasión, se sentó a su lado y le cogió la cabeza en su regazo. Eliza, George y Jim se colocaron como mejor pudieron en el espacio restante y se pusieron en camino.

– ¿Qué opina usted de su estado? -preguntó George, que estaba sentado delante junto a Phineas.

– Bien, sólo es una herida superficial bastante extensa; pero dar tumbos por el barranco no le ha ayudado mucho. Ha sangrado bastante, suficiente para agotarlo y dejarlo sin valor, pero lo superará y puede que aprenda alguna cosa de ello.

– Me alegro de que lo diga -dijo George-. Siempre me pesaría pensar que había sido responsable de su muerte, aunque la causa era justa.

– Sí -dijo Phineas-, matar es un asunto feo, se mire como se mire, a hombre o a bestia. He visto un ciervo que moría de un tiro mirar de tal manera que casi te hacía sentirte malvado por matarlo; y las criaturas humanas son un asunto más serio aun, ya que, como ha dicho tu mujer, les espera el juicio después de la muerte. Así que no creo que sean muy estrictas las ideas de los nuestros sobre estas cuestiones; yo, desde luego, gracias a mi educación, las acepté sin pensarlo.

– ¿Qué hará con este pobre hombre? -preguntó George.

– Pues llevarlo a casa de Amanah. Allí vive la abuela Stephens, de nombre de pila Dorcas, que es una enfermera extraordinaria. Lo suyo es la enfermería y nunca está tan contenta como cuando tiene a un enfermo a quien cuidar. Podemos dejarlo en sus manos durante unos quince días.

Tras una hora de camino llegó el grupo a una cuidada granja, donde invitaron a los fatigados viajeros a un desayuno abundante. Poco después, Tom Loker fue cuidadosamente depositado en una cama mucho más limpia y blanda de lo que estaba acostumbrado. Le limpiaron y curaron la herida y yacía abriendo y cerrando lánguidamente los ojos como un niño cansado ante las cortinas blancas y las figuras que se deslizaban suavemente por su habitación. Y aquí de momento nos despediremos de este grupo.

CAPÍTULO XVIII

LAS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA

En sus sencillas cavilaciones, nuestro amigo Tom a menudo comparaba su destino más favorecido, dentro de la esclavitud, con el de José de Egipto; de hecho, cuanto más tiempo pasaba y más conocía a su amo, más le parecía que crecía la fuerza del paralelismo.

St. Clare era perezoso y descuidado con el dinero. Hasta la fecha, las compras y las ventas habían sido realizadas por Adolph, que era exactamente igual de descuidado y derrochador que su amo; entre los dos, el proceso de dilapidación avanzaba a gran velocidad. Tom, acostumbrado durante años a ver la propiedad de su amo como responsabilidad suya, veía con una inquietud que apenas conseguía reprimir los despilfarros de la hacienda y, a veces, con las formas discretas e indirectas a menudo adquiridas por los de su condición, se atrevía a hacer alguna sugerencia.

Al principio, St. Clare le consultaba de vez en cuando, pero, impresionado por la solidez de sus ideas y su buena capacidad para los negocios, iba confiando en él cada vez más, hasta que finalmente era el encargado de realizar toda la administración de la familia.

– No, no, Adolph -dijo un día que Adolph protestaba por la pérdida de poder-, deja en paz a Tom. Tú sólo comprendes lo que te conviene; Tom comprende el debe y el haber, y puede que el dinero se nos acabe algún día si no dejamos que alguien lo administre.

Gozando de la confianza sin límites de un amo descuidado, que le daba una factura sin mirarla antes y se embolsaba el cambio sin contarlo, Tom estaba expuesto a todas las tentaciones para ser deshonesto; y sólo la sencillez impugnable de su naturaleza fortalecida por su fe cristiana le salvaba de ellas. Pero para semejante naturaleza, la ilimitada confianza depositada en él era suficiente en sí misma para garantizar una honradez escrupulosa.

Con Adolph, el caso había sido diferente. Desconsiderado y egoísta, y sin la vigilancia de su amo, a quien le era más fácil consentir que controlar, había caído en la confusión más absoluta en cuanto al meum tuum [29] entre él mismo y su amo, que a veces preocupaba incluso a St. Clare. El sentido común de éste le indicaba que era injusto y peligroso enseñar a sus criados de esta forma. Llevaba consigo a todas partes una especie de remordimiento crónico, que no era lo suficientemente fuerte, sin embargo, para hacerle cambiar su comportamiento; y este mismo remordimiento a su vez se convertía en indulgencia. Tomaba a la ligera las faltas más graves porque se decía que, si él hubiera cumplido, sus criados no hubiesen sucumbido a ellas.

Tom trataba a su amo joven, alegre y guapo con una extraña mezcla de lealtad, reverencia y afecto paternal. Que no leyera la Biblia jamás, que no fuera a la iglesia, que se riera y burlara de todo lo que se encontraba por delante, que pasara las tardes del domingo en la ópera o el teatro, que asistiera a fiestas y clubes y cenas más a menudo de lo que convenía, todo esto lo veía Tom tan claramente como cualquier otro, y era la base de su convencimiento de que «el amo no era cristiano», convencimiento que se guardaba mucho de compartir con nadie pero que servía de fundamento para muchas de las oraciones sencillas que rezaba cuando se hallaba a solas en su pequeño dormitorio. Y no es que Tom no dijese de vez en cuando lo que pensaba, con un tacto que se observaba frecuentemente entre los de su clase. Por ejemplo, al día siguiente del domingo que hemos descrito, a St. Clare lo invitaron a una fiesta jovial con buenos licores, y lo llevaron a casa entre la una y las dos de la madrugada en una condición en la que lo fisico dominaba claramente a lo intelectual. Tom y Adolph le ayudaron a arreglarse para dormir, el último de muy buen humor, aparentemente tomando la situación como una broma y riéndose a carcajadas por la rusticidad de la desaprobación de Tom, que era lo bastante sencillo como para pasarse el resto de la noche en blanco rezando por su joven amo.

– Bien, Tom, ¿a qué esperas? -preguntó St. Clare al día siguiente, sentado en la biblioteca vestido con bata y zapatillas. St. Clare acababa de confiarle algún dinero y varios encargos a Tom-. ¿Está todo bien, Tom? -añadió, al ver que Tom se quedó esperando.

– Me temo que no, amo -dijo Tom con cara seria.

St. Clare dejó el periódico y la taza de café y miró a Tom. -Bien, Tom, ¿qué ocurre? Estás más serio que un ataúd. -Me siento muy mal, amo. Siempre pensé que el amo se portaría bien con todo el mundo.

– ¿Y no lo he hecho, Tom? Vamos, vamos, ¿qué es lo que quieres? Te hace falta alguna cosa, supongo, y éste es el prefacio para conseguirla.

– El amo siempre se ha portado bien conmigo. No tengo quejas en ese sentido. Pero hay una persona con la que no se porta bien.

– Vamos, Tom, ¿qué te ocurre? Habla claro: ¿qué quieres decir?

– Anoche, entre la una y las dos, se me ocurrió. Estudié el asunto entonces. El amo no se porta bien consigo mismo.

Tom dijo esto con la espalda vuelta a su amo y la mano en el pomo de la puerta. St. Clare notó cómo se ruborizaba, pero se rió.

– Así que eso es todo, ¿eh? -preguntó alegremente.

– ¡Todo! -dijo Tom, volviéndose de pronto y cayéndose de rodillas-. ¡Ay, mi querido y joven amo, me temo que vaya a ser la pérdida de todo, de cuerpo y alma! ¡El buen libro dice: «muerde como una serpiente y pica como una víbora», querido amo!

A Tom se le ahogó la voz y las lágrimas surcaron sus mejillas.

– ¡Pobre tonto! -dijo St. Clare, con los ojos llenos de lágrimas-. Levántate, Tom. No vale la pena llorar por mí.

Pero Tom no quiso levantarse y lo miraba con expresión suplicante.

– Bien, no volveré a ir a ninguna de sus malditas fiestas, Tom -dijo St. Clare-; te doy mi palabra. No sé por qué no las he dejado hace tiempo. Siempre las he despreciado, y a mí mismo por asistir; así que enjúgate las lágrimas, Tom, y ve a hacer tu trabajo. Vamos, vamos -añadió-, no me bendigas. No soy tan maravilloso -dijo, empujando suavemente a Tom hacia la puerta-. Te doy mi palabra de honor, Tom, que no me volverás a ver así -dijo; y Tom se marchó, secándose los ojos, con gran satisfacción.

«Y cumpliré la palabra que le he dado, además», se dijo St. Clare, cuando hubo cerrado la puerta.

Y así lo hizo St. Clare, pues el burdo sensualismo, bajo cualquiera de sus manifestaciones, no iba con su naturaleza.

Pero, ¿quién va a contamos los problemas variopintos que atormentaban durante todo este tiempo a nuestra amiga, la señorita Ophelia, que había comenzado a desempeñar las labores de un ama de casa sureña?

Hay muchísimas diferencias entre los criados de las diferentes casas del Sur, según el carácter y la capacidad del ama que les educa.

Tanto en el Sur como en el Norte, hay mujeres que tienen un extraordinario don de mando y talento para la educación. Estas mujeres tienen la capacidad de someter a su voluntad y organizar sistemática y armoniosamente, aparentemente sin dificultad ni severidad, a los diversos miembros de su hacienda, regulando sus idiosincrasias, y equilibrando las deficiencias de uno con los excesos de otro para crear un régimen armonioso y ordenado.

De esta clase de amas de casa era la señora Shelby, a la que ya hemos descrito, y a quien nuestros lectores quizás recuerden haber conocido. Si no hay muchas en el Sur, es porque no hay muchas en el mundo. Se encuentran en el Sur como en cualquier otra parte y, cuando existen, tienen en ese estado peculiar una ocasión muy brillante para exhibir su talento doméstico.

De esta clase de amas de casa no era Marie St. Clare, ni lo había sido su madre. Era indolente e infantil, desorganizada e imprevisora, y era de esperar que los criados instruidos bajo su mandato pecaran de lo mismo; había descrito a la señorita Ophelia con gran exactitud la confusión que iba a encontrar en la casa, aunque no la había atribuido a su verdadera causa.

En la primera mañana de su mandato, la señorita Ophelia se levantó a las cuatro; después de ocuparse de todos los arreglos de su propio cuarto, tal como venía haciendo desde su llegada a la casa, con gran asombro de la camarera, se dispuso a iniciar el asalto de los armarios y despensas de la casa, cuyas llaves obraban en su poder.

La despensa, el armario de la ropa blanca, la alacena de la porcelana, la cocina y la bodega se sometieron todos a una formidable revista aquel día. Tantas cosas ocultas en la oscuridad vieron la luz que se alarmaron todos los principales y dignatarios de la cocina y el cuerpo de casa y provocaron muchos comentarios y murmullos entre los dirigentes domésticos sobre «estas damas del Norte».

La vieja Dinah, cocinera jefe y mandataria principal del departamento de la cocina, montó en cólera por lo que consideraba una invasión de sus privilegios. Ningún barón feudal de los tiempos de la Magna Carta hubiera podido sentirse más ofendido por las incursiones de la corona.

Dinah era un personaje por derecho propio, y sería injusto para con el lector no hacerle un pequeño retrato de ella. Era una cocinera nata, tanto como la tía Chloe, ya que la cocina es un don indígena de la raza africana; pero Chloe era una cocinera formada y metódica, que se regía por un orden bastante estricto, mientras que Dinah era un genio autodidacta y, como todos los genios, era absolutamente testaruda, tajante y caprichosa.

Como cierta clase de filósofo moderno, Dinah despreciaba la lógica y la razón bajo todas sus formas y se refugiaba siempre en una seguridad intuitiva, en la que se encontraba totalmente inexpugnable. Ningún talento, autoridad o explicación podía hacerle creer que otra manera de hacer era mejor que la suya, o que su forma de proceder en cualquier asunto podía modificarse lo más mínimo. Esto era algo que había consentido su antigua ama, la madre de Marie; y a «la señorita Marie», como Dinah llamaba siempre a su joven ama, incluso después de casada, le resultaba más fácil ceder que luchar, por lo que Dinah era la reina absoluta. Esto era más fácil puesto que era maestra en el arte diplomático que une el servilismo más exagerado con la inflexibilidad más extrema.

Dinah era experta en el arte y la cábala de hacer excusas en todas sus ramas. De hecho, para ella era un axioma que la cocinera nunca se equivoca, y una cocinera en una cocina del Sur encuentra muchas cabezas y hombros sobre los que echar todas las culpas y pecados con el fin de mantenerse inmaculada ella misma. Si alguna parte de la comida era un fracaso, había cincuenta motivos indisputables y era la culpa de cincuenta personas, a las que Dinah regañaba con un celo inmisericorde.

Pero pocas veces había algún fallo en los resultados finales de Dinah. Aunque su forma de hacer las cosas era indirecta y tortuosa, sin cálculos temporales o espaciales, y aunque la cocina siempre tenía aspecto de que había pasado un huracán y tenía tantos lugares para guardar sus utensilios de cocina como días había en el año, sin embargo, si se tenía la paciencia de dejarla tomar su tiempo, servía una comida perfectamente organizada y tan bien preparada que ni un epicúreo le pondría pegas.

Era casi la hora de preparar el almuerzo. Dinah, que requería largos intervalos de reflexión y descanso y procuraba sentirse a sus anchas en todo momento, estaba sentada en el suelo de la cocina fumando una pipa corta y gorda a la que era muy aficionada y que siempre encendía, a modo de incensario, cuando sentía la necesidad de inspiración en sus quehaceres. Era su forma de invocar las musas domésticas.

Sentados a su alrededor se hallaban varios miembros de la raza ascendente que abunda en una casa sureña, ocupados en desgranar guisantes, pelar patatas, desplumar aves y otros menesteres preparativos. De vez en cuando Dinah interrumpía sus meditaciones para dar un codazo o un golpe en la cabeza con una cuchara de palo que tenía junto a ella a algunos de los trabajadores jóvenes. De hecho, Dinah dirigía las cabezas lanudas de los miembros más jóvenes con mano férrea y parecía creer que la única razón de la existencia de éstos era «ahorrarle pasos» a ella, según decía. Era el espíritu del sistema bajo el que se había criado ella, y lo cultivaba hasta sus últimas consecuencias.

La señorita Ophelia, tras ejecutar su recorrido reformativo a las demás dependencias del establecimiento, entró finalmente en la cocina. Dinah se había enterado por diferentes fuentes de lo que ocurría y estaba decidida a mantenerse en terreno defensivo y conservador y mentalmente preparada a oponerse o hacer caso omiso de cada nueva norma sin que mediara ninguna disputa visible entre ellas.

La cocina era una habitación grande con suelo de ladrillo y un gran hogar anticuado que se extendía por toda una pared, aparato que St. Clare había intentado en vano persuadir a Dinah que sustituyera por una cocina moderna. Ella no quiso ni hablar del asunto. Ningún conservador, seguidor de Pusey [30] o de cualquier otro, estaba más apegado a las incomodidades del pasado que Dinah.

Cuando St. Clare regresó del Norte la primera vez, aún impresionado por la eficiencia y orden de la cocina de su tío, dotó generosamente la suya de una serie de armarios, cajones y diferentes aparatos que indujeran a la organización sistemática, bajo la ilusión optimista de que podría facilitarle el trabajo a Dinah. Más le hubiera valido instalarlos para una ardilla o una urraca. Cuantos más armarios y cajones había, más escondrijos buscaba Dinah para ocultar trapos, peines, zapatos viejos, cintas de pelo, ajadas flores artificiales y otros artículos de vertu [31]que le deleitaban.

Cuando la señorita Ophelia penetró en la cocina, Dinah no se levantó sino que continuó fumando tranquilamente, siguiendo los movimientos de aquélla de reojo mientras aparentemente vigilaba los trabajos que realizaban a su alrededor.

La señorita Ophelia empezó abriendo unos cajones.

– ¿.Para qué sirve este cajón, Dinah? -preguntó.

– Sirve para casi todo, señora -dijo Dinah. Y así lo parecía. De entre la variedad de objetos que contenía, la señorita Ophelia sacó primero un bello mantel de damasco, manchado de sangre por haber sido utilizado aparentemente para envolver carne cruda.

– ¿Qué es esto, Dinah? ¿No envolverás la carne con los mejores manteles de tu ama?

– ¡Caramba, no, señora! Es que no había toallas, por eso lo usé. Pensaba lavarlo y por eso lo puse allí.

«¡Inepta!», dijo la señorita Ophelia para sí, mientras volcaba el cajón, donde encontró un rallador junto con dos o tres nueces moscadas, un himnario metodista, un par de pañuelos de madrás sucios, lana y una labor de calceta, un paquete de tabaco y una pipa, unos cuantos triquitraques, un par de platillos dorados con restos de pomada, un viejo zapato gastado, un retal de franela cuidadosamente doblado, que contenía unas cebollas pequeñas y blancas, varias servilletas de damasco, algunas burdas toallas de cutí, cuerda, agujas de zurcir y varios papeles rotos, de los que habían caído al cajón diferentes hierbas aromáticas.

– ¿Dónde guardas la nuez moscada, Dinah? -preguntó la señorita Ophelia, con el aire de alguien que hace acopio de paciencia.

– En casi cualquier lado, señora; hay un poco en esa taza agrietada de ahí, y hay más en aquel armario.

– Y aquí hay más con el rallador dijo la señorita Ophelia, alzándolas.

– Caramba, es verdad. Las he puesto allí esta misma mañana… me gusta tener las cosas a mano -dijo Dinah-. ¡Eh, tú, Jake! ¿Por qué te paras? ¡Ya te daré yo! ¡Estáte quieto! -añadió, dando al criminal un golpe con su cuchara.

– -¿Qué es esto? -preguntó la señorita Ophelia, levantando el platillo con la pomada.

– ¡Vaya por Dios! Es mi brillantina. La guardo ahí para tenerla a mano.

– ¿Y para eso utilizas los mejores platillos de tu ama? -¡Señor, lo hice porque tenía tanta prisa!… ¡Iba a cambiarla hoy mismo!

– Y aquí hay dos servilletas de damasco.

– Puse las servilletas allí para que las lavaran un día de éstos.

– ¿No tenéis un lugar para poner las cosas de la colada? -Bueno, el señor St. Clare compró aquel arcón para eso, dijo; pero a mí me gusta hacer galletas y guardar allí mis cosas algunos días y es muy fácil: sólo hay que levantar la tapa. -¿Por qué no preparas tus galletas en la mesa de repostería que hay allí?

– ¡Caramba, señora, se llena tanto de platos y otras cosas que nunca hay sitio!

– Pero los platos deben fregarse y guardarse.

– ¡Fregar los platos! -dijo Dinah, subiendo el tono de voz, ya que empezaba a asomar la ira tras su respeto habitual-. ¿Qué saben las señoras del trabajo, quisiera yo saber? ¿Cuándo iba a comer el amo si yo pasase todo el tiempo fregando y guardando platos? La señorita Marie nunca me dijo que hiciera eso.

– ¿Y qué me dices de estas cebollas?

– ¡Caramba, es verdad! -dijo Dinah-, conque es allí donde están. No me acordaba. Guardaba esas mismas cebollas para este mismo guisado. Se me había olvidado que estaban dentro de ese viejo trozo de franela.

La señorita Ophelia sacó los papeles con las hierbas aromáticas.

– Preferiría que la señora no me tocara esas cosas. Me gusta guardar las cosas donde yo sé que puedo cogerlas -dijo Dinah con bastante decisión.

– Pero no querrás estos papeles llenos de agujeros. -Son útiles para esparcir las hierbas -dijo Dinah.

– Pero ya ves cómo se salen por todo el cajón.

– ¡Caramba, es verdad! Si la señora se empeña en revolverme las cosas, claro que se saldrán. La señora ya me ha derramado un montón de esa forma -dijo Dinah, acercándose inquieta a los cajones-. Si la señora se va arriba hasta que sea mi hora de recoger, ya lo pondré todo bien; pero parece que no puedo hacer nada cuando hay señoras alrededor, molestando. ¡Eh, tú, Sam, no le des el azucarero al bebé! ¡Ya te daré yo, si no te andas con cuidado!

– Voy a repasar la cocina y voy a ordenarlo todo una vez, Dinah, y después espero que la mantengas así.

– ¡Caramba, señorita Ophelia, ésas no son cosas propias de señoras! Nunca he visto a ninguna señora hacer nada semejante; ni mi antigua ama ni la señorita Marie lo han hecho jamás, y no veo la necesidad de que se haga ahora -y Dinah daba vueltas majestuosamente mientras la señorita Ophelia apilaba y clasificaba fuentes, vaciaba docenas de azucareros en un sólo recipiente, separaba servilletas, manteles y toallas para la colada, lavaba, frotaba y ordenaba todo con sus propias manos, con una velocidad y pericia que dejaron pasmada a Dinah.

– ¡Caramba! Si eso es lo que hacen las damas del Norte, pues no son damas -dijo a algunos de sus satélites, cuando estaba fuera del alcance del oído de la señorita Ophelia--. Yo tengo las cosas tan organizadas como cualquiera, cuando me toca la hora de ordenar; pero no quiero tener a señoras aquí molestando y poniéndome las cosas donde no puedo encontrarlas.

Para hacerle justicia a Dinah, tenía paroxismos, aunque infrecuentes, de reforma y orden, que ella llamaba «horas de ordenar», cuando se ponía con gran energía a volver del revés todos los cajones y armarios, poniéndolo todo en el suelo y en las mesas y multiplicando por siete el caos habitual. Entonces encendía su pipa, y revisaba lentamente las cosas, repasándolas y discurriendo sobre ellas; hacía que todos los jóvenes frotasen vigorosamente los objetos de hojalata y mantenía durante varias horas un elevadísimo estado de confusión, que explicaba, para satisfacción de todos los que lo preguntaban, que era la «hora de ordenar». «No podía dejar que las cosas siguieran cómo estaban, e iba a hacer que los jóvenes mantuvieran mejor el orden», porque la misma Dinah tenía la convicción de que ella misma era el colmo del orden y que sólo eran los jóvenes y todos los demás miembros de la casa los que provocaban que tal orden no alcanzara la perfección absoluta. Cuando todas las latas estaban fregadas y todas las mesas blancas como la nieve y todas las cosas que podían molestar estaban escondidas en rincones y escondrijos, Dinah se engalanaba con un vestido elegante, un delantal limpio y un turbante alto y brillante de madrás y decía a todos los jóvenes revoltosos que se mantuvieran fuera de la cocina, ya que quería que todo siguiese ordenado. De hecho, estas ocasiones infrecuentes suponían una molestia para todas los habitantes de la casa, puesto que Dinah cogía tal cariño por su lata reluciente que insistía que no se volviera a utilizar por ningún motivo, por lo menos hasta que se le pasara la fiebre de la «hora de ordenan».

En pocos días la señorita Ophelia reformó concienzudamente cada parte de la casa según un modelo sistemático; pero sus esfuerzos en todos los departamentos que dependían de la colaboración de los sirvientes eran como los trabajos de Sísifo o las Danaides. Un día, acudió desesperada a St. Clare.

– ¡No hay manera de imponer nada parecido a un método en esta familia!

– Pues claro que no -contestó St. Clare.

– ¡Nunca he visto una administración tan inepta, tanto derroche ni tanta confusión!

– Me imagino que no.

– No te lo tomarías con tanta tranquilidad si fueras ama de casa.

– Querida prima, más vale que te enteres, de una vez por todas, de que los amos nos dividimos en dos clases: los opresores y los oprimidos. Los que somos bondadosos y odiamos la severidad nos resignamos a padecer una gran cantidad de incomodidades. Si nos empeñamos en mantener una casa descuidada, revuelta y desorganizada, por dejadez, debemos atenemos a las consecuencias. He visto algún caso excepcional de personas que, gracias a un tacto peculiar, consiguen producir orden y sistema sin severidad; pero no soy una de ellas, por lo que me decidí hace tiempo a dejar que las cosas salgan como salgan. No permitiré que se azote o maltrate a los pobres diablos, y ellos lo saben y, por supuesto, saben que son ellos los que mandan.

– Pero que no tengan horario, ni lugar para todo, ni orden…, ¡todo transcurre de forma tan desordenada!

– Mi querida Vermont, vosotros que sois del Polo Norte exageráis la importancia del tiempo. ¿Para qué diablos le sirve el tiempo a un tipo que tiene el doble del que sabe llenar? En cuanto al orden y el sistema, cuando no hay nada que hacer más que tumbarse en el sofá a leer, importa poco que el desayuno o el almuerzo llegue una hora antes o después. Veamos, tienes a Dinah que te prepara una comida excelente: sopa, ragú, pollo asado, postre, helado y todo, y ella lo crea en el caos y la oscuridad de aquella cocina. Creo que es sublime que se las arregle tan bien. Pero ¡que el Cielo nos proteja! Si bajamos allí y vemos cómo fuma y se sienta en el suelo y corretea por ahí durante el proceso de preparación, nunca comeremos más. Mi querida prima, ahórrate eso. Es peor que la penitencia de los católicos y no sirve para más. Sólo perderás tú los nervios y a Dinah la confundirás totalmente. Deja que haga lo que quiera.

– Pero, Auguste, no tienes ni idea de cómo estaban las cosas.

– ¿Que no? ¿No sé que el rodillo está debajo de su cama, y el rallador de nuez moscada en su bolsillo con el tabaco, y que hay sesenta y cinco azucareros diferentes, uno en cada escondrijo de la casa, que un día friega la vajilla con una servilleta y al siguiente con un trozo de enagua? Pero el resultado es que prepara unas comidas magníficas y hace un café extraordinario, así que debes juzgarla tal como se juzgan a los guerreros y a los estadistas: por el éxito.

– ¡Pero el desperdicio y el gasto!

– ¡Mala suerte! Cierra con llave todo lo que puedes y quédate tú con la llave. Reparte poco a poco y nunca preguntes por nimiedades, pues no te conviene.

– Lo que me preocupa, Augustine, es que no puedo evitar la sensación de que estos criados no son del todo honrados. ¿Estás seguro de que son de fiar?

Augustine se rió de corazón por la cara seria y ansiosa con la que hizo la pregunta la señorita Ophelia.

– ¡Ay, prima, es demasiado! ¡Honrados! Como si se pudiera esperar tal cosa. ¿Honrados? Pues claro que no lo son. ¿Por qué habían de serlo? ¿Qué podría hacer que sean honrados?

– ¿Por qué no les enseñas?

– ¿Enseñar? ¡Tonterías! ¿Cómo crees que les iba a enseñar yo? ¡Buen enseñante estoy yo hecho! En cuanto a Marie, ella tiene bastante espíritu, desde luego, para matar a toda la plantación si la dejase administrarla, pero tampoco conseguiría hacerles honrados.

– ¿No hay ninguno honrado?

– Pues de vez en cuando hay uno que la Naturaleza hace tan ridículamente sencillo, sincero y leal que ni la peor influencia puede destruirlo. Pero, verás, desde el pecho materno el niño negro siente y cree que no tiene otro camino que el engaño. No tiene otra forma de llevarse con sus padres, su ama y sus señoritos y señoritas compañeros de juegos. El engaño y el disimulo se convierten en hábitos necesarios e ¡evitables. No es justo exigirles nada más. No hay que castigarles por ello. En cuanto a la honradez, se mantiene al esclavo en tal estado de dependencia casi infantil que no hay forma de que comprenda los derechos de la propiedad o que sienta que los bienes del amo no son los suyos propios, si es que puede hacerse con ellos. Yo, por mi parte, considero que es imposible que sean honrados. ¡Un tipo como nuestro Tom es un milagro de la moral!

– ¿Y qué será de sus almas? -preguntó la señorita Ophelia.

– Que yo sepa, eso no es asunto mío -dijo St. Clare-; sólo me ocupo de los asuntos de esta vida. El caso es que la opinión general es que toda su raza ha sido entregada al diablo para beneficio nuestro en este mundo, pase lo que pase en el otro.

– ¡Pero eso es terrible! -dijo la señorita Ophelia- ¡debería daros vergüenza!

– No sé si me da vergüenza. A pesar de todo, estamos bien acompañados -dijo St. Clare-, como suele sucederle a cualquiera que tira por el camino de en medio. Mira a los de arriba y los de abajo en el mundo entero y verás que es la misma historia: la clase inferior explotada cuerpo y alma en beneficio de la superior. Ocurre así en Inglaterra; ocurre en todas partes; y sin embargo, toda la cristiandad se horroriza, con indignación virtuosa, porque hacemos las cosas de forma algo diferente que ellos.

– No ocurre así en Vermont.

– Bien, bien, en Nueva Inglaterra y en los estados nuevos nos lleváis ventaja, te lo concedo. Pero ha sonado la campana; así que, prima, dejemos nuestros prejuicios regionales a un lado y vayamos a almorzar.

Cuando la señorita Ophelia se encontraba en la cocina por la tarde, algunos de los niños negros gritaron: -¡Caramba, ahí viene Prue, refunfuñando como siempre!

En ese momento entró en la cocina una mujer negra alta y huesuda, llevando una cesta de bizcochos y panecillos calientes en la cabeza.

– ¡Hola, Prue, has venido! -dijo Dinah.

Prue tenía una extraña expresión ceñuda en el rostro y una voz quejumbrosa y malhumorada. Dejó la cesta, se puso en cuclillas y, apoyando los codos en las rodillas, dijo:

– ¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta!

– ¿Por qué quieres estar muerta? -preguntó la señorita Ophelia.

– Porque así dejaría de sufrir -dijo la mujer hoscamente, sin levantar los ojos del suelo.

– ¿Qué necesidad tienes de emborracharte y hacer que te azoten, Prue? -preguntó una pulcra camarera cuarterona, cuyos pendientes de coral se balanceaban mientras hablaba.

La mujer la contempló con una mirada agria y desabrida.

– Quizás lo hagas tú, un día de éstos. Me encantaría verte, desde luego; entonces te vendría bien una copita, como a mí, para olvidar tus penas.

– Vamos, Prue -dijo Dinah-, echemos un vistazo a tus bizcochos. La señora te los pagará.

La señorita Ophelia cogió un par de docenas.

– Hay algunos boletos en aquella jarra agrietada del estante de arriba -dijo Dinah-. Tú, Jake, súbete allí a cogerla.

– ¿Boletos? ¿Para qué? -preguntó la señorita Ophelia.

– Nosotros le compramos boletos a su amo y ella nos da pan a cambio.

– Y cuentan el dinero y los boletos cuando llego a casa, para ver si tengo la cantidad exacta; y si no es así, casi me matan de una paliza.

– Y es lo que te mereces -dijo Jane, la camarera vivaz- si te empeñas en coger su dinero para emborracharte. Eso es lo que hace, señora.

– Y es lo que seguiré haciendo; no sé vivir de otra manera: beber para olvidar mis penas.

– Eres muy mala y muy tonta -dijo la señorita Ophelia- por robar el dinero de tu amo para embrutecerte.

– Es probable, señora; pero es lo que hago y seguiré haciendo. ¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta para no sufrir más! -y se levantó la pobre vieja lenta y dolorosamente y volvió a colocarse la cesta en la cabeza; pero antes de salir, miró a la cuarterona, que jugueteaba con los pendientes.

– Tú te crees estupenda con aquellos pendientes, bailoteando por ahí y moviendo la cabeza y despreciando a todo el mundo. Pues no te preocupes, que puedes vivir para convertirte en una pobre vieja azotada como yo. Espero que así sea, lo espero de veras; entonces veremos si no haces lo mismo: beber, beber, beber hasta la saciedad; no te mereces otra cosa, ¡puaj! y con un aullido malvado, salió la mujer de la habitación.

– ¡Bestia repugnante! -dijo Adolph, que preparaba el agua de afeitarse de su amo-. Si yo fuese su amo, la azotaría más aún.

– No te sería posible -dijo Dinah-. Su espalda es todo un espectáculo; nunca consigue cubrirla del todo con un vestido.

– Creo que no debían dejar que unas personas tan rastreras rondaran las familias decentes -dijo la señorita Jane-. ¿Qué opina usted, señor St. Clare? preguntó, moviendo coqueta la cabeza en dirección a Adolph.

Debe saberse que, entre otras apropiaciones de bienes de su amo, Adolph acostumbraba a adoptar su nombre y tratamiento; y que se hacía llamar, entre los círculos negros de Nueva Orleáns, señor St. Clare.

– Comparto su opinión, desde luego, señorita Benoir -dijo Adolph.

Benoir era el apellido de la familia de Marie St. Clare y Jane era una de sus criadas.

– Perdón, señorita Benoir, ¿se me permite preguntarle si esos pendientes son para el baile de mañana por la noche? ¡Son encantadores, por cierto!

– ¡Me sorprende, señor St. Clare, la desfachatez que se permiten mostrar los hombres a veces! -dijo Jane, agitando la cabeza para hacer centellear los pendientes de nuevo-. No bailaré con usted en toda la tarde si sigue haciéndome estas preguntas.

– ¡No puede usted ser tan cruel! Me moría de ganas de saber si iba a aparecer con su traje de tarlatana rosa -dijo Adolph.

– ¿.Qué pasa? -preguntó Rosa, una alegre cuarterona seductora que bajaba brincando las escaleras en ese momento.

– Pues que el señor St. Clare es muy descarado.

– Por mi honor -dijo Adolph-, que decida por sí misma la señorita Rosa.

– Sé que es un hombre muy atrevido-dijo Rosa, haciendo equilibrios sobre uno de sus diminutos pies y mirando maliciosa a Adolph-. A mí siempre consigue enojarme.

– ¡Ay, señoras, señoras, me van a romper el corazón! -dijo Adolph-. Me encontrarán muerto en la cama alguna mañana y ustedes serán las responsables.

– ¡Escuchad cómo habla el tipo repugnante! -dijeron ambas damas, riéndose sin moderación.

– ¡Vamos, fuera de ahí, vosotras! No aguanto que estéis ahí llenándome la cocina -dijo Dinah-, metiéndoos bajo mis pies, y haciendo el tonto.

– La tía Dinah está triste porque no puede ir al baile -dijo Rosa.

– No quiero tener nada que ver con los bailes de los negros blancos -dijo Dinah-, presumiendo y fingiendo que sois blancos. Después de todo, sois negros, exactamente igual que yo.

– La tía Dinah se llena la lana de brillantina todos los días para quitarle los rizos -dijo Jane.

Y sigue siendo lana, a pesar de todo -dijo Rosa, agitando maliciosamente su larga melena de rizos sedosos.

– Bueno, a los ojos de Dios, la lana vale tanto como el cabello, ¿no es verdad? -dijo Dinah-. Me gustaría que la señora nos dijese quién vale más, si un par como vosotras o una como yo. ¡Fuera de aquí, impostoras; no os quiero aquí!

En este punto se interrumpió la conversación por dos causas. Se oyó la voz de St. Clare en lo alto de la escalera preguntando a Adolph si iba a tardar hasta la noche en llevarle el agua para el afeitado; y la señorita Ophelia dijo, al salir del comedor:

Jane y Rosa, ¿por qué perdéis el tiempo? Id a ocuparos de vuestra costura.

Nuestro amigo Tom, que se encontraba en la cocina durante la conversación con la mujer de los bizcochos, la había seguido cuando salió a la calle. La vio avanzar, soltando de vez en cuando un gemido reprimido. Por fin dejó su cesta en un portal para arreglarse el viejo y descolorido chal que le cubría los hombros.

Yo te llevo la cesta un trecho -dijo Tom compasivamente.

– ¿Por qué motivo? -preguntó la mujer-. No necesito ayuda.

– Pareces estar enferma o preocupada o algo -dijo Tom.

– No estoy enferma -contestó la mujer escuetamente.

– Quisiera -dijo Tom, mirándola muy serio-, quisiera poder persuadirte de que dejaras de beber. ¿No sabes que va a ser tu perdición, del cuerpo y del alma?

– Sé que iré al infierno -Mijo la mujer ásperamente-. No hace falta que me lo digas. Soy fea, soy mala y me iré directamente al infierno. ¡Ay, Señor, ojalá ya estuviera allí!

Tom tembló ante las terribles palabras, dichas con una seriedad hosca y apasionada.

– ¡Que Dios tenga piedad de ti, pobre criatura! ¿No has oído hablar de Jesucristo?

– ¿Jesucristo? ¿Quién es?

– ¡Pues es el Señor!-dijo Tom.

– Creo que he oído hablar del Señor, y del juicio y del infierno. He oído hablar de todo eso.

– ¿Pero nadie te ha hablado del Señor Jesús, que amaba a los pobres pecadores y murió por nosotros?

– No sé nada de eso -dijo la mujer-; nadie me ha amado a mí, desde que se murió mi viejo.

– ¿Dónde te criaste? -preguntó Tom.

Allá en Kentucky. Un hombre me dedicó a criar niños para el mercado y los vendía en cuanto tenían el tamaño suficiente; al final me vendió a mí a un especulador, y mi amo me compró a éste.

– ¿Cómo empezaste a beber de esta forma?

– Para acabar con mis desgracias. Tuve un hijo después de venir aquí, y creía que iba a poder quedarme con uno para criarlo, pues el amo no era especulador. ¡Era una cosita lindísima! Y parecía que le gustaba al ama al principio; no lloraba nunca, era guapo y gordo. Pero el ama enfermó y yo la cuidaba; y luego yo cogí las fiebres, y perdí la leche y mi niño se quedó en los huesos pero el ama no quiso comprarle leche. No me escuchaba cuando le decía que no tenía leche. Dijo que sabía que yo podía criarlo con lo que comen los demás; y el niño se consumió y lloraba y lloraba y lloraba, día y noche, y no era más que un montón de huesos, y el ama le tomó ojeriza y decía que era por mal humor. Quisiera verlo muerto, decía, y no dejaba que me lo quedara por las noches porque decía que no me dejaba dormir y que luego yo no servía para nada. Me hacía dormir en su habitación y tuve que poner al niño en una especie de buhardilla y allí murió llorando, una noche. Así fue; y yo empecé a beber para no oírlo llorar. ¡Bebía y beberé! ¡Beberé aunque vaya al infierno por ello! ¡El amo dice que iré al infierno y yo le digo que ya estoy allí!

– ¡Ay, pobrecita! -dijo Tom-. ¿Y nadie te ha dicho que el Señor jesús te ama y que murió por ti? ¿No te han dicho que Él te ayudará y que puedes ir al Cielo y descansar por

– ¡Ya lo creo que iré al Cielo! -dijo la mujer-. ¿No es allí donde van los blancos? ¿Crees tú que ellos me querrán tener allí? Prefiero ir al infierno y escaparme de los amos. Ya lo creo -dijo, y con su gemido habitual, cargó la cesta en la cabeza y se alejó hoscamente.

Tom se volvió y caminó de vuelta hacia la casa. En el patio se encontró con la pequeña Eva, con una corona de nardos en la cabeza y los ojos radiantes de alegría.

– ¡Oh, Tom, estás ahí! Me alegro de encontrarte. Papá dice que puedes sacar los caballos para llevarme de paseo en mi nuevo carruaje -dijo, cogiéndole de la mano-. ¿Pero qué te pasa, Tom? Pareces muy serio.

– Me siento mal, señorita Eva -dijo Tom con tristeza-. Pero le sacaré los caballitos.

– Pero dime qué ocurre, Tom. Te he visto hablar con la vieja y arisca Prue.

Tom le contó a Eva la historia de la mujer con palabras sencillas y serias. Ésta no lloró ni hizo comentarios ni preguntas, como hacen los demás niños. Se le empalideció el rostro y una oscura sombra cruzó por sus ojos. Puso las dos manos sobre el pecho y suspiró profundamente.

CAPÍTULO XIX

MÁS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA

– Tom, no hace falta que me prepares los caballos. No quiero salir -dijo ella.

– ¿Por qué no, señorita Eva?

– Estas cosas me traspasan el corazón, Tom -dijo Eva-; me traspasan el corazón -repitió muy seria-. No quiero salir y le dio la espalda a Tom y entró en la casa.

Unos días más tarde, fue otra mujer para llevar los bizcochos en lugar de la vieja Prue; la señorita Ophelia se encontraba en la cocina.

– ¡Señor! -dijo Dmah-. ¿Qué le pasa a Prue?

– Prue no vendrá más -dijo la mujer misteriosamente.

– ¿.Por qué no? -preguntó Dinah-. No estará muerta, ¿verdad?

– No lo sabemos exactamente. Está abajo en la bodega -dijo la mujer, mirando a la señorita Ophelia.

Después de que la señorita Ophelia hubo cogido los bizcochos, Dinah siguió a la mujer hasta la puerta.

– Dime, ¿qué le pasa a Prue?

La mujer parecía deseosa de hablar y reacia al mismo tiempo, y le contestó con un tono bajo y misterioso.

– Bueno, no se lo digas a nadie pero Prue se emborrachó de nuevo y la llevaron abajo a la bodega; la dejaron todo el día allí, y les oí decir que se habían apoderado de ella las moscas… y que estámuerta.

Dinah alzó las manos y, al girarse, vio la forma espectral de Evangeline junto a ella, los grandes ojos místicos dilatados por el espanto y sin una gota de sangre en los labios o las mejillas.

– ¡El Señor nos ampare, la señorita Eva va a desmayarse! ¿Qué estaríamos pensando para dejar que nos oyese hablar de tales cosas? Su padre se pondrá furioso.

– No me desmayaré, Dinah -dijo la niña con firmeza-, y ¿por qué no había de oíros? No es tan malo para mí oírlo como para la pobre Prue sufrirlo.

– ¡Señor, señor, estas historias no son para damitas dulces y delicadas como usted! ¡Podrían matarlas!

Eva volvió a suspirar y subió las escaleras con paso lento y melancólico.

La señorita Ophelia preguntó ansiosamente por la historia de la mujer. Dinah le dio una versión prolija, a la que Tom aportó los pormenores que había conseguido sonsacarle a Prue aquella mañana.

– ¡Una historia abominable, totalmente abominable! -exclamó, al entrar en la habitación donde St. Clare yacía leyendo el periódico.

– Dime, ¿qué perversidad se ha cometido ahora? -preguntó él.

– Pues que aquellas personas han matado a Prue de una azotaina -dijo la señorita Ophelia, quien se puso a contarle la historia con abundancia de detalles, explayándose en los pormenores más escabrosos.

– Ya me pareció que acabaría la cosa así, tarde o temprano dijo St. Clare, poniéndose a leer de nuevo el periódico.

– ¡Que ya te parecía! ¿Es que no vas a hacer nada al respecto? preguntó la señorita Ophelia-. ¿No tenéis alguaciles, o algo parecido, que se hagan cargo de tales asuntos?

– La opinión general es que las leyes de la propiedad son una defensa suficiente en estos casos. Si a la gente le da por estropear sus propias posesiones, no se qué se puede hacer. Parece ser que la pobre criatura era una ladrona y una borracha; así habrá poca posibilidad de que se le tenga compasión.

– ¡Es un ultraje, es horroroso, Augustine! ¡Serás castigado por esto!

– Querida prima, yo no lo he hecho, y no puedo remediarlo; lo haría si pudiera. Si las personas ruines y brutales se comportan como lo que son, ¿qué he de hacer yo? Tienen el control absoluto; son déspotas irresponsables. No serviría para nada interferir; no existe ninguna ley que tenga un valor práctico en estos casos. Lo mejor que podemos hacer es cerrar los ojos y los oídos y dejarlo estar. Es el único recurso que nos queda.

– ¿Cómo puedes cerrar los ojos y los oídos? ¿Cómo puedes dejarlo estar?

– Mi querida amiga, ¿qué esperas? Aquí tenemos a toda una clase de personas – envilecida, iletrada, indolente y provocativa – que está puesta, sin ningún tipo de términos o condiciones, en manos de otra que, como la mayoría de las personas de nuestro mundo, son personas que carecen de consideración y autodominio, que no tienen siquiera una idea clara de sus propios intereses, pues tal es el caso de la mayor parte de los seres humanos. Naturalmente, en una sociedad organizada de tal forma, lo único que puede hacer un hombre de sentimientos honorables y humanitarios es cerrar los ojos lo más fuerte que puede y endurecer el corazón. No puedo comprar a todos los pobres desgraciados que veo. No puedo convertirme en un caballero andante y comprometerme a deshacer todos los entuertos que se cometen en una ciudad como ésta. Lo más que puedo hacer es evitarlos en lo posible.

El bello rostro de St. Clare se nubló durante un instante. Dijo:

Vamos, prima, no te quedes ahí de pie como una Parca; sólo te has asomado a la cortina y has visto una muestra de lo que ocurre en todo el mundo, bajo una forma u otra. Si fuéramos a andar husmeando y entrometiéndonos en todas las miserias de la vida, no tendríamos ganas de nada. Es igual que mirar demasiado de cerca todos los detalles de la cocina de Dinah y St. Clare se tumbó de nuevo en el sofá y se puso a leer su periódico.

La señorita Ophelia se sentó, sacó su labor de calceta y se quedó sentada, ceñuda por la indignación. Tejió y tejió, pero mientras reflexionaba, el fuego seguía ardiendo dentro de ella; por fin estalló:

– Te digo, Augustine, que yo no puedo superar tales cosas, como tú. ¡Es una abominación que defiendas semejante sistema, eso es lo que pienso!

– ¿Ahora qué? -dijo St. Clare, levantando la vista-. Conque vuelves a la carga, ¿eh?

– ¡Digo que es totalmente abominable que defiendas tal sistema! -dijo la señorita Ophelia, cada vez más enardecida.

– ¿Que yo lo defiendo, mi querida amiga? ¿Quién te ha dicho que yo lo defienda? -dijo St. Clare.

– Claro que lo defiendes, todos lo defendéis, todos los sureños. Si no es así, ¿para qué tenéis esclavos?

– ¿Eres tan inocente que crees que nadie de este mundo hace jamás lo que no le parece correcto? ¿Tú no haces, o nunca has hecho, ninguna cosa que no te pareciera absolutamente correcta?

– Si lo hago, me arrepiento de ello, espero --dijo la señorita Ophelia, haciendo sonar las agujas enérgicamente.

– Yo también -dijo St. Clare, pelando una naranja-. Me paso la vida arrepintiéndome.

– ¿Por qué lo sigues haciendo?

– ¿Tú nunca has seguido haciendo lo que estaba mal, incluso después de arrepentirte, querida prima?

– Pero sólo cuando la tentación era muy fuerte -dijo la señorita Ophelia.

– Pues yo siento una tentación muy fuerte -dijo St. Clare-, ahí está la dificultad.

– Pero yo siempre resuelvo no hacerlo más e intento detenerme.

– Pues yo llevo diez años resolviendo no hacerlo, esporádicamente -dijo St. Clare-, pero por alguna razón no lo he conseguido. ¿Tú has conseguido vencer todos tus pecados, prima?

– Primo Augustine -dijo la señorita Ophelia muy seria, dejando a un lado la calceta-, supongo que me merezco que me censures mis defectos. Sé que tienes razón en todo lo que dices; nadie los siente más que yo; pero así y todo, me parece que hay alguna diferencia entre tú y yo. Yo creo que me cortaría la mano derecha antes de seguir día tras día haciendo algo que me pareciera mal. Pero mi conducta concuerda tan poco con lo que predico, que no me extraña que me lo censures.

Vamos, vamos, prima -dijo Augustine, sentándose en el suelo y apoyando la cabeza en el regazo de ella- ¡no reniegues tanto! Sabes lo inútil y desvergonzado que he sido siempre. Me gusta provocarte, eso es todo, para ver cómo te pones tan seria. Creo realmente que eres desesperante y embarazosamente buena; me agota mortalmente pensarlo.

– Pero éste es un tema muy serio, Auguste, hijo -dijo la señorita Ophelia, tocándole la frente con la mano.

– Tristemente serio -dijo él-; y yo nunca quiero hablar seriamente cuando hace calor. Con los mosquitos y todo, a uno le cuesta mucho alcanzar sublimes cimas morales; y creo -dijo St. Clare, excitándose de pronto- ¡qué teoría! Ya entiendo por qué las naciones del Norte son siempre más virtuosas que las del Sur; ya entiendo todo el asunto.

– ¡Ay, Augustine, triste cabeza de chorlito!

– ¿Lo soy? Bueno, lo soy, supongo; pero quiero ser serio por una vez pásame aquella cesta de naranjas; ya ves, tendrás que «detenerme con bebidas y consolarme con manzanas», si he de hacer este esfuerzo. Bien -dijo Augustine, acercándose la cesta-, empezaré: Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, es necesario que un individuo mantenga cautivos a dos o tres docenas de sus homólogos gusanos, la consideración por las opiniones de la sociedad requiere…

– A mí no me parece que estés siendo más serio -dijo la señorita Ophelia.

– Espera, que ya voy, ya te enterarás. El caso es, prima, en resumen -dijo y su semblante adquirió de repente una expresión seria e intensa-, sobre esta cuestión abstracta de la esclavitud puede haber, a mi modo de ver, una sola opinión. Los dueños de plantaciones, que ganan dinero con ella, los clérigos, que quieren complacer a éstos, los políticos, que quieren el poder, pueden retorcer y distorsionar el lenguaje y ética hasta tal punto que el mundo se asombre por su ingenuidad; pueden retorcer la naturaleza y la Biblia y sabe Dios qué más para sus fines; pero, después de todo, ni el mundo ni ellos mismos creen en ello un átomo más. Es cosa del diablo, ésa es la pura verdad y, en mi opinión, es una muestra bastante buena de lo que éste es capaz de conseguir.

La señorita Ophelia dejó de tejer y puso cara de sorpresa y St. Clare, que aparentemente disfrutaba de su asombro, prosiguió:

– Pareces sorprenderte; pero si quieres que me explaye sobre el tema, te lo confesaré todo. Este maldito asunto, maldito por Dios y por el hombre, ¿qué es? Quítale los oropeles, desnúdalo hasta llegar a la raíz y el núcleo y ¿qué es? Pues porque mi hermano Quashy [32] es ignorante y débil y yo soy inteligente y fuerte, porque sé y puedo hacerlo, por eso puedo robar todo lo que posee y quedármelo y darle a él sólo lo que me da la gana. Todo lo que sea demasiado duro, sucio o desagradable para mí, pongo a Quashy a hacerlo. Porque no me gusta a mí trabajar, que trabaje Quashy. Porque me quema el sol, que se ponga Quashy al sol. Quashy ganará el dinero y yo lo gastaré. Quashy se tumbará en todos los charcos para que yo pueda pasar sin mojarme los pies. Quashy cumplirá mi voluntad y no la suya propia todos los días de su vida mortal, y tendrá tantas posibilidades de ir al Cielo al final como a mí me parezca conveniente. Esto es lo que es la esclavitud. Desafío a cualquier mortal que lea nuestro código de esclavitud, tal como está redactado en nuestros libros de leyes, y la interprete de otra manera. ¡Hablar de los abusos de la esclavitud! ¡Hipocresía! ¡La esclavitud misma es la esencia de todo abuso! Y la única razón por la que no se hunde la tierra debajo de ella, como Sodoma y Gomorra, es porque se utiliza mejor de lo que se podría. Por misericordia, por vergüenza, porque somos hombres nacidos de mujeres y no bestias salvajes, muchos de nosotros no queremos, no nos atrevemos o nos negamos a utilizar todo el poder que nuestras salvajes leyes ponen en nuestras manos. Y el que va más allá y hace lo peor posible, no hace sino actuar dentro de los límites del poder que le confieren las leyes.

St. Clare se había levantado y, tal como solía hacer cuando se excitaba, caminaba con pasos precipitados de un lado a otro. Su hermoso rostro, con facciones clásicas como las de una estatua griega, parecía arder con el fervor de sus sentimientos. Sus grandes ojos azules centelleaban, y gesticulaba con una energía inconsciente. La señorita Ophelia nunca antes lo había visto de este talante y se quedó sentada en total silencio.

– Yo te digo -dijo él, deteniéndose de pronto delante de su prima- (no sirve para nada hablar o tener sentimientos sobre este tema), pero yo te digo a ti que ha habido veces que he pensado que si se hundía todo el país para ocultar toda esta injusticia y miseria a la vista, que yo me hundiría de buena gana con él. Cuando he viajado arriba y abajo en nuestros barcos o en mis recorridos para recoger fondos y he pensado que cada tipo brutal, repugnante, cruel y rastrero que me encontraba estaba autorizado por nuestras leyes a convertirse en déspota absoluto de cuantos hombres, mujeres y niños pueda comprar con dinero robado o ganado con timos o en el juego, cuando he visto a tales hombres dueños de niños, niñas y mujeres jóvenes indefensas, ¡he tenido ganas de maldecir mi país, de maldecir a la raza humana!

– ¡Augustine, Augustine! -dijo la señorita Ophelia- creo que has dicho bastante. ¡Nunca en mi vida he oído nada semejante, ni en el Norte!

– ¡En el Norte! -dijo St., Clare, cambiando repentinamente de expresión y volviendo a usar su habitual tono despreocupado- ¡bah, los del Norte sois gente de sangre fría! No podéis competir con los del Sur cuando nos ponemos a despotricar sin mesura.

– Sí, pero la cuestión es… -dijo la señorita Ophelia.

– Oh, sí, desde luego, la cuestión es… ¡menuda cuestión! ¿Cómo has llegado tú a este estado de pecado y miseria? Pues yo te contestaré con las buenas palabras que tú me enseñabas los domingos. Yo he llegado a este estado por herencia. Mis sirvientes eran de mi padre y, es más, de mi madre; y ahora son míos, ellos y su progenie, que es una cosa muy considerable. Mi padre, ¿sabes?, era originario de Nueva Inglaterra; era un hombre muy parecido al tuyo, un verdadero romano, recto, enérgico, de nobles ideas y con una voluntad de hierro. Tu padre se asentó en Nueva Inglaterra, para reinar sobre rocas y piedras y ganarse la vida exprimiendo la naturaleza; el mío se estableció en Luisiana, para reinar sobre hombres y mujeres y ganarse la vida exprimiéndolos a ellos. Mi madre -dijo St. Clare, levantándose y acercándose a un cuadro que había en un extremo de la habitación, que miró con un rostro ferviente de adoración- ¡era divina! No me mires así, ya sabes lo que quiero decir. Probablemente surgió de un nacimiento humano; pero por lo que yo pude observar no había ninguna huella de debilidades o flaquezas humanas en ella; y todos los que la recuerdan, esclavos o libres, sirvientes, conocidos, parientes, todos dicen lo mismo. La verdad es, prima, que lo único que ha habido desde hace años entre yo y el escepticismo total ha sido esa madre. Era la verdadera encarnación y personificación del Nuevo Testamento, un hecho viviente que había que explicar, y que sólo se explicaba con su verdad. ¡Oh, madre, madre! -dijo St. Clare, juntando las manos, en una especie de trance; después, controlándose, regresó y, sentándose en la otomana, continuó:

– Mi hermano y yo éramos gemelos, y ya sabes que dicen que los gemelos deben parecerse; pero nosotros éramos un contraste en todas las cosas. Él tenía los ojos negros y fieros, el cabello negro como el azabache, un bello y fuerte perfil romano y una bella tez morena. Yo tenía los ojos azules, el cabello rubio, un perfil griego y la tez blanca. El era activo y observador, yo soñador e inactivo. El era generoso con sus amigos y sus semejantes, pero orgulloso, dominante y altanero con los inferiores y absolutamente implacable con cualquiera que se le opusiera. Los dos éramos sinceros; él, por orgullo y valor; yo, por una especie de idealismo abstracto. Nos queríamos como suelen hacerlo los muchachos: a ratos y de una manera general; él era el favorito de mi padre y yo de mi madre.

Yo tenía una sensibilidad malsana y una agudeza de sentimientos hacia todos los temas posibles que ni él ni mi padre comprendían y a los que ninguno de los dos tenía ninguna simpatía. Pero mi madre sí; por eso, cuando reñía con Alfred y mi padre me dirigía una mirada severa, solía acudir al cuarto de mi madre y sentarme a su lado. Recuerdo exactamente el aspecto que tenía, con sus pálidas mejillas, sus ojos profundos y graves, su vestido blanco -siempre vestía de blanco-; y solía pensar en ella cuando leía en el Apocalipsis sobre los santos que iban ataviados de lino puro, limpio y blanco. Tenía muchos talentos para diferentes cosas, especialmente para la música; y solía sentarse ante el órgano tocando la hermosa música antigua de la iglesia católica y cantando con una voz más propia de un ángel que de una mujer mortal; y yo solía apoyar la cabeza en su regazo y llorar y soñar y sentir, de forma desmedida, cosas que no tenía lenguaje para describir.

En aquellos tiempos, el tema de la esclavitud no se cuestionaba como hoy; nadie soñaba que tuviera nada de malo. Mi padre era un aristócrata nato. Creo que en una vida anterior estaría en uno de los círculos superiores de espíritus y que trajo a este mundo todo el orgullo de su corte anterior; porque le era algo natural, hondamente arraigado, aunque él provenía de una familia pobre y nada noble. Mi hermano salió idéntico a él.

Ahora bien, tú sabes que un aristócrata no se granjea la simpatía de la gente en ningún lugar del mundo, fuera de cierto nivel social. En Inglaterra el nivel está en un sitio, en Birmania en otro y en América en otro; pero el aristócrata de todos estos países nunca se sale de él. Lo que sería penuria, escasez o injusticia para su propia clase es lo normal para otra. La línea divisoria de mi padre era el color. Entre sus semejantes, nunca ha habido un hombre más justo o generoso; pero él consideraba al negro, con todas sus gradaciones de color, un eslabón intermedio entre los hombres y los animales, y basaba todas sus ideas de justicia y generosidad en esa hipótesis. A decir verdad, supongo que si alguien le hubiera preguntado directamente si tenían alma inmortal, hubiese tartaleado antes de responder que sí. Pero mi padre no era un hombre al que le preocupase mucho lo espiritual; no tenía más sentimiento religioso que una veneración por Dios, como evidente cabeza de las clases pudientes.

Bien, mi padre tenía unos quinientos negros; era un hombre de negocios inflexible, exigente y minucioso; todo tenía que hacerse sistemáticamente y regirse con infalible exactitud y precisión. Ahora bien, si tienes en cuenta que todo esto lo tenía que poner en práctica un hatajo de campesinos perezosos, charlatanes e inútiles que se habían criado toda la vida carentes de motivos para hacer cualquier cosa que no fuera «vaguean», como decís los de Vermont, verás que puede haber en su plantación una gran cantidad de cosas que parecen horribles y deprimentes a los ojos de un niño sensible como yo.

Además, tenía un capataz, grandullón, alto y fornido, renegado y peleón, un verdadero hijo de Vermont, con perdón, que había pasado un auténtico aprendizaje en la dureza y la brutalidad antes de sacarse el título para ejercer su profesión. Mi madre nunca pudo soportarlo, y yo tampoco; pero adquirió un dominio absoluto sobre mi padre; este hombre era el déspota absoluto de la hacienda.

Yo era un niño entonces pero tenía el mismo cariño que tengo ahora por todo lo humano, una especie de pasión por el estudio de la humanidad, bajo cualquiera de sus formas. Se me veía mucho en las cabañas y entre los trabajadores del campo y, naturalmente, era un gran favorito entre ellos; me contaban todo tipo de quejas y agravios, y yo se los contaba a mi madre y entre los dos formamos una especie de comité para remediar los agravios. Obstaculizamos e impedimos una gran cantidad de crueldades y nos congratulábamos por hacer una gran cantidad de bien hasta que, como ocurre a menudo, me excedí en el celo. Stubbs se quejó a mi padre de que no podía manejar a los braceros y que debía dimitir. Mi padre era un marido cariñoso e indulgente, pero un hombre que no vacilaba en hacer lo que considerase preciso, por lo que se interpuso, firme como una roca, entre los braceros y nosotros. Le dijo a mi madre, con un lenguaje perfectamente considerado y respetuoso, pero muy explícito, que ella sería el ama absoluta de los sirvientes de la casa, pero que no consentía que interfiriese con los trabajadores del campo. Él la adoraba y reverenciaba más que ninguna otra cosa en el mundo, pero hubiese dicho lo mismo a la Virgen María si ella se hubiera interpuesto en su sistema.

A veces oía a mi madre razonar con él sobre algunos casos; intentaba despertar su compasión. Él escuchaba los ruegos más patéticos con la educación y ecuanimidad más desalentadoras. «Todo se reduce a lo siguiente», decía, «¿debo deshacerme de Stubbs o quedarme con él? Stubbs es el colmo de la puntualidad, la honradez y la eficiencia, un genio para los negocios y tan humanitario como la mayoría. No podemos optar a la perfección; si me quedo con él, debo apoyar toda su administración, aunque haya, de vez en cuando, incidentes reprochables. Todo gobierno encierra algo de dureza inevitable. Las reglas generales serán duras en casos concretos.» Mi padre parecía considerar definitiva esta máxima en la mayoría de los supuestos casos de crueldad. Después de decir eso, solía recoger los pies en el sofá, como un hombre que ha ultimado un negocio, y ponerse a dormir la siesta o leer el periódico, según la ocasión.

El caso es que mi padre poseía el talento idóneo para ser estadista. Hubiera podido dividir Polonia tan fácilmente como si fuera una naranja, o pisotear Irlanda tan tranquilamente como cualquier hombre. Al final, mi madre, desesperada, se rindió. Nunca se sabrá, hasta el juicio final, lo que sienten las naturalezas nobles y sensibles como la suya, al verse arrojadas indefensas a lo que debe parecerles -ellas pero no a los que las rodean- un abismo de injusticia y crueldad. Ha sido una larga época de sufrimientos para tales naturalezas en un mundo tan dejado de la mano de Dios como el nuestro. ¿Qué le quedaba a ella sino inculcarles sus propias opiniones y sentimientos a sus hijos? Bien, pero a pesar de todo lo que dices sobre la educación, los niños crecerán sustancialmente como la naturaleza los ha hecho, y nada más. Desde la cuna, Alfred fue un aristócrata; y, al hacerse mayor, todas sus simpatías y todos sus razonamientos se dirigieron por ese camino, y todas las exhortaciones de mi madre se las llevó el viento. En cuanto a mí, me calaron hondo. Ella nunca contradecía, de hecho, nada de lo que decía mi padre, ni parecía diferir mucho de él; pero imprimió, estampó con hierro en mi alma, con toda la fuerza de su naturaleza profunda y sincera, una idea de la dignidad y la valía de la más humilde alma humana. Le miraba a la cara con solemne admiración cuando me señalaba las estrellas por las noches y me decía: «Mira allí, Auguste. La más miserable y humilde alma de nuestra casa aún arderá cuando estas estrellas hayan desaparecido para siempre; ¡vivirán tanto tiempo como Dios!»

Tenía algunos bellos cuadros antiguos, especialmente uno que mostraba a Jesús curando a un ciego. Eran muy buenos y me impresionaban mucho. «Mira allí, Auguste», decía, «el ciego era un mendigo, pobre y despreciable; pero no lo curó a distancia. Lo llamó y le puso las manos encima. Recuerda esto, hijo mío». Si hubiera vivido bajo sus cuidados hasta hacerme mayor, puede que me hubiese infundido un no-sé-qué de entusiasmo. Puede que hubiese sido un santo, un reformador, un mártir… pero, por desgracia, me alejé de ella cuando tenía trece años y nunca la volví a ver.

St. Clare descansó la cabeza en las manos y estuvo unos minutos sin hablar. Después de un rato, levantó la vista y siguió:

– ¡Qué pobre y mezquina bagatela es todo aquello de la virtud humana! Una simple cuestión, en la mayoría de los casos, de latitud y longitud y posición geográfica, actuando junto con el temperamento natural. ¡La mayoría no es más que un accidente! Tu padre, por ejemplo, se instala en Vermont, en un pueblo donde todos son, de hecho, libres e iguales; se convierte en miembro practicante y diácono de la iglesia, y, en su momento, se hizo de una sociedad de abolicionistas, y a nosotros nos considera poco más que paganos. Sin embargo, bajo todos los conceptos, es una réplica de mi padre por su constitución y sus costumbres. Lo veo translucirse en cincuenta detalles diferentes: el mismísimo espíritu arrogante, fuerte y dominante. Sabes muy bien que es imposible convencer a algunas de las personas de tu pueblo de que el señor Sinclair no se siente superior a ellas. El caso es que, aunque le ha correspondido una época democrática y ha adoptado una teoría democrática, en el fondo es un aristócrata, tanto como mi padre, que reinaba sobre quinientos o seiscientos esclavos.

La señorita Ophelia tenía intención de poner reparos a esta opinión y dejaba su calceta para comenzar, pero la detuvo St. Clare.

– Vamos, conozco cada palabra de lo que vas a decir. No digo que se parecieran de hecho. Uno acabó en un medio donde todo iba contra su tendencia natural y el otro, donde todo iba a su favor; por lo tanto, uno se convirtió en un viejo demócrata bastante voluntarioso, obstinado y dominante y el otro en un déspota voluntarioso, obstinado y dominante. Si hubiesen sido dueños de sendas plantaciones en Luisiana, se habrían parecido tanto como dos balas hechas en el mismo molde.

– ¡Qué muchacho más irreverente eres! -dijo la señorita Ophelia.

– No pretendo faltarles al respeto -dijo St. Clare-. Sabes que la reverencia no es mi fuerte. Pero, para volver con mi historia:

Cuando murió mi padre, dejó toda su propiedad a sus hijos gemelos para que nos la repartiéramos como acordásemos. No existe sobre la tierra del Señor un tipo más generoso o noble de espíritu que Alfred, en todo lo que atañe a sus semejantes; y llevamos estupendamente toda la cuestión de las propiedades sin una palabra o un sentimiento poco fraternal. Nos comprometimos a dirigir juntos la plantación; y Alfred, cuya vida y cualidades externas eran el doble de las mías, se convirtió en un plantador entusiasta con un éxito enorme.

Pero dos años de prueba me demostraron que yo no servía como socio de ese negocio. Tener una brigada de setecientos, a los que no podía conocer personalmente ni interesarme por ellos individualmente, que se compraban, dirigían, alojaban y alimentaban como si fueran reses de ganado bovino, con una precisión militar (un problema recurrente era cuál era el mínimo número de placeres de la vida que hacía falta para hacerles rendir lo máximo), la necesidad de tener capataces y supervisores (el látigo omnipresente era el primero, el último y el único argumento), todo me resultaba insoportablemente repugnante y odioso; y cuando recordaba lo que pensaba mi madre de una pobre alma humana, ¡llegaba a ser espantoso!

Es una tontería hablar de que los esclavos disfrutan de esto. No puedo aguantar las tonterías indecibles que se han inventado algunos de estos norteños condescendientes en su afán de disculpar nuestros pecados. Todos sabemos que son mentira. ¡Dime que un hombre quiere trabajar todos los días de su vida, de la mañana hasta la noche, bajo el ojo vigilante de un amo, sin posibilidad de realizar ni una sola acción voluntaria, en las mismas tareas aburridas, monótonas e invariables, y todo por dos pantalones y un par de zapatos al año y suficiente comida y cobijo para que pueda seguir en condiciones de trabajar! Cualquier hombre que cree que los seres humanos pueden, como regla general, estar tan cómodos así como de otra manera, ¡me gustaría que lo probase él mismo! ¡Yo lo compraría y lo pondría a trabajar con la conciencia tranquila!

– Siempre he dado por sentado -dijo la señorita Ophelia- que todos vosotros aprobabais estas cosas y las considerabais correctas, según las Sagradas Escrituras.

– ¡Hipocresías! Aún no nos vemos reducidos a eso. Alfred, que es un déspota tan convencido como cualquiera que haya existido, no se escuda en ese tipo de defensa; no, él se apoya, altivo y altanero, en aquel viejo fundamento respetable: el derecho del más fuerte; y dice, y creo que con bastante sensatez, que el plantador americano «sólo hace, de alguna manera, lo que hacen la aristocracia y los capitalistas ingleses hacen con las clases inferiores»; es decir, deduzco, apropiarse de ellos, cuerpo y alma, para su propio uso y conveniencia personal. Él defiende los dos y creo que es consistente, por lo menos. Dice que no puede haber una elevada civilización sin la esclavitud, nominal o real, de las masas, nominales o reales. Dice que debe haber una clase inferior, que se entregue al trabajo fisico y se limite a vivir como animales; y así la superior adquiere ocio y riquezas para expandir su inteligencia y su educación y convertirse en el alma directora de la inferior. Así razona él, porque, como ya he dicho, es un aristócrata; yo no creo en ello, porque nací demócrata.

– ¡Pero de ninguna manera pueden compararse las dos cosas! -dijo la señorita Ophelia-. No venden, explotan, separan de su familia ni azotan al trabajador inglés.

– Pero su patrón dispone de él como si lo hubiera comprado. El dueño de esclavos puede azotar al esclavo recalcitrante hasta matarlo, y el capitalista puede matarlo de hambre. En cuanto a la seguridad de la familia, es difícil saber cuál es peor, que te vendan a los hijos o ver cómo se mueren de hambre en casa.

– Pero no es disculpa para la esclavitud demostrar que no es peor que otra cosa.

– No lo he dicho como disculpa; no, además diré que la nuestra es una violación más descarada y palpable de los derechos humanos: comprar de hecho a un hombre como si fuera un caballo, mirándole los dientes, moviéndole las articulaciones y haciéndole pruebas para después pagar por él con dinero en efectivo, el que tengamos especuladores, criadores, tratantes y corredores de cuerpos y almas humanos, todo eso pone el asunto a los ojos del mundo civilizado en una forma más tangible, aunque sea por su naturaleza igual; es decir adueñarse un grupo de seres humanos de otro para su uso y disfrute sin tener en cuenta sus propios intereses.

– Nunca he pensado en el tema desde ese punto de vista dijo la señorita Ophelia.

– Pues yo he viajado un poco por Inglaterra y he leído muchos documentos que trataban de la condición de sus clases inferiores; y creo que no se puede refutar a Alfred cuando dice que sus esclavos están mejor que gran parte de la población de Inglaterra [33]. Verás, no debes inferir por lo que te he dicho que Alfred es un amo duro, pues no lo es. Es un déspota y no tiene piedad con la insubordinación; mataría a un hombre de un tiro con tan poco remordimiento como mataría un ciervo, si se opusiera a él. Pero en general se enorgullece de mantener a sus esclavos bien alimentados y cómodamente alojados.

Cuando yo trabajaba con él, insistí en que se ocupara de su educación; y, para complacerme, contrató a un capellán para que impartiera clases de catequesis los domingos aunque creo que él pensaba, en el fondo, que serviría para lo mismo catequizar sus caballos y sus perros. Y el caso es que poco se puede hacer en unas horas los domingos, con unas mentes debilitadas y embrutecidas por todas las malas influencias desde su nacimiento, que pasan cada día laborable entero entregadas a las faenas más duras sin necesidad de reflexionar jamás. Quizás los profesores de las escuelas dominicales de los trabajadores de las fábricas de Inglaterra y los de los braceros de las plantaciones de nuestro país podrían dar fe de que consiguen los mismos resultados, allí y aquí. Sin embargo, hay algunas excepciones llamativas entre nosotros, debidas a que el negro es más impresionable que el blanco al sentimiento religioso.

– Bien -dijo la señorita Ophelia-, ¿cómo llegaste a dejar la vida de la plantación?

– Bueno, seguimos a trompicones durante algún tiempo, hasta que Alfred vio claramente que yo no servía como plantador. A él le parecía absurdo, después de reformar, modificar y mejorarlo todo para complacer mis caprichos, que aún no estuviera satisfecho. El problema era, al fin y al cabo, que lo que yo odiaba era el SISTEMA: utilizar a estos hombres y mujeres, perpetrar toda esta ignorancia, brutalidad y vicio ¡sólo para que yo ganase dinero!

Además, siempre interfería con los detalles. Como yo mismo era un mortal de lo más perezoso, tenía demasiada simpatía por los perezosos; y cuando los pobres tipejos inútiles ponían piedras en el fondo de sus cestas de algodón para que pesaran más o llenaban de tierra sus sacos, con algodón sólo arriba, se parecía tanto a lo que yo hubiera hecho en su lugar que no consentía en hacerles azotar por ello. Pero por supuesto, esto acabó con la disciplina de la plantación, y Alfred y yo llegamos al mismo punto donde hubiéramos llegado mi respetado padre y yo años atrás. Así que me dijo que yo era sentimental como una mujer y que no serviría nunca para los negocios, y me aconsejó que me quedara con dinero y acciones y la mansión familiar de Nueva Orleáns y que me dedicara a escribir poesía, y le dejara a él dirigir la plantación. De modo que nos separamos y yo me vine aquí.

– ¿Pero por qué no liberaste a tus esclavos?

– No podía llegar a tanto. Tenerlos como herramientas para ganar dinero para mí, eso no podía hacerlo, pero tenerlos para ayudarme a gastar el dinero no me parecía igual de feo. Algunos, a los que tenía mucho cariño, habían sido sirvientes; y los más jóvenes eran hijos de los mayores. Todos estaban satisfechos de seguir como estaban -hizo una pausa y se puso a caminar reflexivamente de un extremo de la habitación al otro.

– Hubo una época en mi vida -dijo St. Clare- cuando tenía planes y esperanzas de hacer algo más en este mundo que ir a la deriva. Tenía unas vagas y confusas aspiraciones de ser una especie de libertador, de limpiar mi tierra nativa de esta mancha y este estigma. Todos los jóvenes tienen estos accesos de fiebre, supongo, en algún momento, pero después…

– ¿Por qué no lo hiciste? -preguntó la señorita Ophelia-. No deberías echarte al surco, sino ponerte a trabajar.

– Bueno, pues las cosas no fueron como esperaba y me entró la misma desesperación vital que a Salomón. Supongo que fue un incidente necesario para infundir sabiduría a ambos, pero, de algún modo, en vez de ser activo en regenerar la sociedad, me convertí en un trozo de madera en el agua, que flota y va a la deriva desde entonces. Alfred me riñe cada vez que nos vemos; y me saca ventaja, he de confesar, porque él sí hace algo: su vida es el resultado lógico de sus opiniones y la mía es un non sequitur [34] despreciable.

– Mi querido primo, ¿puedes sentirte satisfecho de tu forma de pasar la vida?

– ¿Satisfecho? ¿No te estoy diciendo que la desprecio? Pero entonces, para volver a donde estábamos, hablábamos de la liberación. No creo que mis sentimientos sobre la esclavitud sean infrecuentes. Me encuentro con muchos hombres que, en el fondo, piensan exactamente igual que yo. La tierra se lamenta por ella; y aunque es malísimo para el esclavo, es aún peor, si cabe, para el amo. No hace falta ponerse lentes para ver que tener entre nosotros un numeroso grupo de personas viciosas, descuidadas y degradadas es un mal para nosotros y no sólo para ellas. Los capitalistas y los aristócratas ingleses no pueden sentir esto tanto como nosotros porque ellos no se mezclan con su clase degradada como lo hacemos nosotros. Están en nuestros hogares, son los compañeros de nuestros hijos y forman las mentes de éstos antes que nosotros, pues son una raza que los niños frecuentan y con la que se encariñan. Si Eva, por ejemplo, no fuese más angelical de lo normal, se habría echado a perder. Lo mismo nos valdría dejar circular la viruela entre ellos y creer que no se contagiarían nuestros hijos que dejar que vayan viciosos y sin educación y creer que esto no afectará a nuestros hijos. Sin embargo, nuestras leyes prohíben absoluta y tajantemente que se instaure un sistema educativo general eficaz y lo hacen con conocimiento de causa; porque educar concienzudamente a una generación sería poner una bomba en el sistema. Si nosotros no les concediéramos la libertad, se la tomarían por su cuenta.

– ¿Y cómo crees que acabará todo esto? -preguntó la señorita Ophelia.

– No lo sé. Una cosa es segura: empieza a haber una gran unidad entre las masas de todo el mundo y, tarde o temprano, llegará un dies irae [35]. Lo mismo ocurre en Europa, en Inglaterra y en este país [36]. Mi madre solía hablarme de un milenio que venía en el que reinaría jesucristo y todos los hombres serían libres y felices. Y me enseñó a rezar, cuando era niño, «venga a nosotros tu reino». A veces pienso que todos estos suspiros y lamentos y agitación entre los huesos secos son una premonición de lo que me decía ella había de venir. Pero ¿quién puede esperar el día que aparezca?

Augustine, a veces creo que no estás lejos de ese reino -dijo la señorita Ophelia, dejando su calceta y mirando ansiosa a su primo.

– Gracias por tu buena opinión, pero soy todo altibajos: subo a las puertas del cielo en teoría y bajo al polvo de la tierra en la práctica. Pero ha sonado la campana del té; vámonos; y no me vayas a decir que no he sostenido una conversación de lo más serio por una vez en mi vida.

En la mesa, Marie hizo alusión al incidente de Prue:

– Supongo que pensarás, prima -dijo-, que somos todos unos bárbaros.

– Creo que es una cosa bárbara -dijo la señorita Ophelia-, pero no creo que vosotros seáis todos bárbaros.

– De todas formas -dijo Marie-, se que es imposible llevarse bien con algunas de estas criaturas. Son tan malas que no deberían vivir. No siento ni una pizca de compasión en algunos casos. Si se comportaran, esto no ocurriría.

– Pero, mamá -dijo Eva-, la pobre criatura era muy desgraciada y eso la llevó a la bebida.

– ¡Tonterías, eso no es excusa! Yo soy muy desgraciada a menudo. Creo -dijo pensativamente- que he sufrido peores pruebas que ella. Es porque son muy malos. Hay algunos que no se pueden domar con ningún tipo de severidad. Recuerdo que mi padre tenía a un hombre que era tan perezoso que se fugaba sólo para eludir el trabajo y se quedaba agazapado en los pantanos, robando y haciendo fechorías de todo tipo. A ese hombre lo cogieron y azotaron infinidad de veces y nunca sirvió para nada; y la última vez se fue arrastrando, aunque apenas podía moverse, y murió en el pantano. No tenía ningún motivo, porque los braceros de mi padre siempre fueron muy bien tratados.

– Yo domé a un tipo, una vez -dijo St. Clare- que habían intentado domar en vano todos los capataces y supervisores.

– ¡Tú! -dijo Marie-. ¡Ya me gustaría saber cuándo tú hiciste algo parecido!

– Bien, era un hombre gigantesco y fuerte, nacido en África, y parecía tener una cantidad descomunal del burdo instinto de libertad. Era un verdadero león africano. Se llamaba Scipio. Nadie conseguía hacer nada con él; fue vendido muchas veces y pasó de supervisor en supervisor hasta que por fin lo compró Alfred, porque creía que podría con él. Bien, un día derribó al capataz y se largó a los pantanos. Yo estaba de visita en la plantación de Alfred, pues ya habíamos disuelto la sociedad. Alfred estaba muy enfurecido, pero le dije que era culpa suya y le hice una apuesta que yo domaría al hombre; finalmente se acordó que, si yo lo cogía, podría quedármelo para experimentar con él. Así que juntaron un grupo de seis o siete hombres, con armas de fuego y perros para la caza. La gente, ¿sabéis? puede cazar a un hombre con el mismo entusiasmo con el que caza un ciervo, si es la costumbre; de hecho, yo mismo me puse nervioso, aunque sólo iba a hacer de mediador si lo atrapaban.

Pues los perros ladraban y aullaban y nosotros cabalgamos y corrimos y al final lo localizamos. Corría y saltaba como un gamo y nos mantuvo a raya durante mucho rato, pero finalmente se vio atrapado en un espeso cañaveral; se volvió para defenderse y os aseguro que luchó con gran valor contra los perros. Los lanzaba de un lado a otro y llegó incluso a matar a tres de ellos con sus manos desnudas, pero entonces fue derribado de un tiro y cayó herido y sangrando casi a mis pies. El pobre hombre me miró con valentía y desesperación a la vez. Refrené a los perros y a los hombres cuando se lanzaron sobre él y lo reclamé como prisionero mío. Hizo falta toda mi habilidad para evitar que lo mataran de un tiro con la exaltación del éxito; pero saqué a relucir nuestro acuerdo y Alfred me lo dio. Pues, bien, me hice cargo de él y quince días después lo había domado y era tan dócil y manejable como se pudiera desear.

– ¿Qué demonios le hiciste? -preguntó Marie.

– Bien, fue un procedimiento bastante sencillo. Lo llevé a mi propio cuarto, mandé preparar una buena cama, curé sus heridas y lo atendí yo mismo hasta que se pudo poner de pie. Y, con el tiempo, le conseguí el documento de emancipación y le dije que podía ir adónde quisiera.

– ¿Y se fue? -preguntó la señorita Ophelia.

– No. El muy tonto rompió el documento por la mitad y se negó a dejarme. Nunca he tenido a un hombre más valiente o mejor, tan honrado y fidedigno. Se convirtió al cristianismo después y se hizo manso como un niño. Dirigía mi propiedad del lago y lo hacía estupendamente. Lo perdí en la primera epidemia de cólera. De hecho, dio su vida por mí. Porque yo estaba enfermo, casi moribundo; y cuando todos los demás huyeron, presas del pánico, Scipio me cuidó como un gigante y realmente me devolvió a la vida. Pero, ¡pobre hombre! Cayó enfermo enseguida y no se le pudo salvar. Nunca me ha apenado más la muerte de alguien.

Eva se había ido acercando más y más a su padre mientras contaba esta historia; tenía los pequeños labios separados y los ojos muy abiertos con un interés serio y absorbente.

Cuando terminó él, le echó los brazos al cuello, rompió a llorar y sollozó convulsivamente.

– Eva, querida, ¿qué pasa? -preguntó St. Clare, viendo como temblaba y se agitaba el pequeño cuerpo de la niña con la violencia de sus sentimientos-. Esta niña -añadió- no debería enterarse de este tipo de cosas, es demasiado nerviosa.

– No, papá, no soy nerviosa -dijo Eva, controlándose de repente con una fuerza de resolución extraordinaria para una persona tan joven-. No soy nerviosa, pero estas cosas me traspasan al corazón.

– ¿Qué quieres decir, Eva?

– No te lo puedo decir, papá. Pienso en muchas cosas. Quizás algún día te lo diga.

– Bien, piensa todo lo que quieras, querida, pero no llores para no preocupar a tu papá -dijo St. Clare-. Mira qué precioso melocotón tengo para ti.

Eva lo cogió sonriendo, aunque todavía se veían unos espasmos nerviosos en las comisuras de su boca.

– Ven y mira los peces de colores -dijo St. Clare, cogiéndole de la mano para llevarla al porche. Unos minutos después, se oían alegres carcajadas a través de las cortinas de seda, mientras Eva y St. Clare se tiraban rosas y se perseguían por los senderos del patio.

Existe peligro de que se olvide a nuestro humilde amigo Tom entre las aventuras de los de cuna más elevada; pero si nuestros lectores nos acompañan a un pequeño desván que hay encima del establo, puede que averigüen algo de su vida. Era un cuartito decente y contenía una cama, una silla y una pequeña y burda mesa, donde estaban la Biblia y el himnario de Tom; y en este momento, él está sentado delante con su pizarra en la mano, concentrado en alguna cosa que parece exigirle una gran cantidad de reflexión ansiosa.

El caso era que la añoranza de Tom por su casa se había hecho tan fuerte que le había pedido a Eva una hoja de papel de cartas y, haciendo acopio de sus escasos talentos literarios, adquiridos bajo la tutela del señorito George, se le ocurrió escribir una carta; y ahora estaba ocupado en redactar un primer borrador. Tom tenía grandes problemas, pues había olvidado por completo la forma de algunas letras y, de las que se acordaba, no sabía cuáles usar. Mientras trabajaba, resoplando con sus esfuerzos, Eva se posó como un pajarillo en el respaldo de su silla y miró por encima de su hombro.

– ¡Oh, tío Tom, qué garabatos más graciosos estás haciendo!

– Estoy intentando escribir a mi pobre esposa, señorita Eva, y a mis hijitos -dijo Tom, pasándose el dorso de la mano por los ojos-; pero mucho me temo que no lo voy a conseguir.

– ¡Ojalá pudiera ayudarte, Tom! Sé escribir un poco. El año pasado sabía hacer todas las letras, pero se me ha olvidado.

Conque Eva juntó su cabecita dorada con la de él y ambos iniciaron una discusión seria y afanosa, los dos igual de serios y casi igual de ignorantes; y, con gran cantidad de consultas y discusiones sobre cada palabra, sus esfuerzos empezaron, gracias al optimismo de la pareja, a tomar visos de redacción.

– Sí, tío Tom, realmente empieza a tener un aspecto precioso -dijo Eva, mirándola encantada-. ¡Qué contentos se van a poner tu esposá y tus pobres hijitos! ¡Ay, es una pena que te hayas tenido que separar de ellos! Pienso pedirle a papá que te deje volver alguna vez.

– El ama dijo que enviaría dinero para comprarme en cuanto lo pudiera juntar -dijo Tom-. Yo creo que lo hará. El joven señorito George dijo que vendría a buscarme; y me dio este dólar como prenda y Tom sacó de debajo de la ropa el preciado dólar.

– ¡Pues entonces seguro que vendrá! -dijo Eva-. ¡Me alegro!

– Y quería mandar una carta, ¿sabe? Para que sepan dónde estoy y para decirle a la pobre Chloe que estoy bien, porque se sintió muy mal, la pobre.

– Oye, Tom -dijo la voz de St. Clare, que se acercaba a la puerta en ese momento.

Tanto Tom como Eva se sobresaltaron.

– ¿Qué hacéis? -preguntó St. Clare, acercándose para ver la pizarra.

– Es la carta de Tom. Yo le ayudo a escribirla -dijo Eva-. ¿No es bonita?

– No quiero desanimaros a ninguno de los dos -dijo St. Clare-, pero creo, Tom, que será mejor que te escriba yo la carta. Lo haré en cuanto vuelva de cabalgar.

– Es muy importante que escriba -dijo Eva- porque su ama va a mandar el dinero para recuperarlo, ¿sabes, papá?; me ha dicho que es lo que ellos le dijeron.

St. Clare pensó, de corazón, que probablemente fuera una de esas cosas que dicen los amos bondadosos a sus sirvientes para aliviar su horror al verse vendidos, sin ninguna intención de cumplir con lo dicho. Pero no lo comentó en voz alta; sólo mandó a Tom que preparase los caballos para montar.

La carta de Tom fue debidamente escrita esa misma tarde y debidamente depositada en la estafeta de correos.

La señorita Ophelia perseveraba aún con sus esfuerzos por gobernar la casa. Se pusieron de acuerdo todos los miembros de la casa, desde Dinah hasta el pilluelo más pequeño, en que la señorita Ophelia desde luego era una cosa muy «especial», un término con el que un criado sureño da a entender que sus superiores no son exactamente lo que quisiera que fueran.

El círculo más elevado de entre ellos -es decir, Adolph, Jane y Rosa- coincidieron en decir que no era ninguna dama, pues las damas no trajinaban como lo hacía ella; que no tenía ningún aire, y que les sorprendía que fuera pariente de los St. Clare. Incluso Marie declaró que era de lo más fatigoso ver a la prima Ophelia siempre tan atareada. Y, de hecho, la laboriosidad de la señorita Ophelia era tan incesante que de alguna forma merecía tal queja. Cosía y zurcía, de la mañana hasta la noche, con la energía de alguien que se ve obligado por alguna urgencia apremiante; y luego, cuando caía la noche y guardaba la labor, con un gesto sacaba la consabida calceta y allí estaba de nuevo, teje que te teje. Verla era realmente agotador.

CAPÍTULO XX

TOPSY

Una mañana, mientras la señorita Ophelia se ocupaba de sus quehaceres domésticos, se oyó la voz de St. Clare llamándola desde el pie de la escalera.

– Baja, prima, que tengo una cosa que enseñarte.

– ¿Qué es? -preguntó la señorita Ophelia, bajando con una labor de costura en la mano.

– He hecho una compra para tu jurisdicción, mira -dijo St. Clare mostrándole, mientras hablaba, una niña negra de unos ocho o nueve años.

Era una de las más negras de su raza; y los brillantes ojos redondos, que parecían dos cuentas de cristal, se movían rápida y nerviosamente por todo lo que contenía la habitación. La boca, entreabierta por el asombro que sentía ante las maravillas del salón de su nuevo amo, dejaba ver una dentadura blanca y reluciente. El lanudo cabello estaba peinado con una serie de pequeñas colas, que se erizaban en todas direcciones. La expresión del rostro era una extraña mezcla de astucia e ingenio sobre la que había superpuesto, como si fuera un velo, un gesto de la máxima gravedad y tristeza. Iba vestida con una sola prenda de arpillera, andrajosa y sucísima, y estaba de pie con las manos recatadamente juntadas delante de ella. En conjunto, había algo de extraño en su apariencia de duende, algo, como dijo después la señorita Ophelia, «tan pagano», que llenó de consternación a la buena señora, por lo que se volvió hacia St. Clare y le preguntó:

– Augustine, ¿me puedes explicar por qué has traído a esta criatura aquí?

– Pues para que tú la eduques, claro, y la lleves por el buen camino. Me ha parecido que era un espécimen bastante raro de su raza. Vamos, Topsy -añadió, con un silbido, como para llamar la atención de un perro-, cántanos algo y déjanos ver uno de tus bailes.

Los negros ojos vidriosos centellearon con una especie de humor malicioso y la criatura arrancó a cantar, con una voz aguda y clara, una extraña melodía negra, marcando el ritmo con las manos y los pies, girando en círculo, batiendo las palmas, juntando las rodillas y lanzando desde la garganta todos aquellos raros sonidos guturales que distinguen la música nativa de su raza; finalmente, con un par de volteretas, soltó una prolongada nota final, tan peculiar y sobrenatural como el pitido de una máquina de vapor, y se quedó de pie en la alfombra con las manos juntas y una expresión de santurrona dócil y solemne en la cara que sólo desvirtuaban las miradas astutas que lanzaba solapadamente desde el rabillo del ojo.

La señorita Ophelia se quedó sin habla, absolutamente paralizada por el asombro.

St. Clare, con una picardía que le era habitual, aparentaba disfrutar de su estupor; dirigiéndose nuevamente a la niña, le dijo:

– Topsy, ésta es tu nueva ama. Voy a encomendarte a sus cuidados, así que a ver si te comportas como es debido.

– Sí, amo -dijo Topsy, con una gravedad gazmoña, pero sus maliciosos ojos centelleaban mientras hablaba.

– Vas a ser buena, Topsy, ¿comprendes? -dijo St. Clare.

– Oh, sí, señor-dijo Topsy con otro pícaro destello, mientras mantenía las manos piadosamente juntas.

– Bien, Augustine, ¿por qué haces todo esto? -preguntó la señorita Ophelia-. Tienes la casa tan llena ya de estos bribonzuelos que una no puede apoyar el pie en el suelo sin pisar a alguno. Me levanto por la mañana y me encuentro con uno durmiendo detrás de la puerta, veo la cabecita negra de otro asomándose por debajo de la mesa, otro tumbado en el felpudo, y están todos amontonados haciendo muecas junto a la barandilla y revolcándose en el suelo de la cocina. ¿Para qué has traído a ésta?

– Para que la eduques, ¿no te lo he dicho? Siempre estás sermoneando sobre la educación. Se me ha ocurrido regalarte un espécimen recién atrapado para que pruebes la mano con ella y la eduques como te parezca que debe ser.

– Yo no la quiero, desde luego; ya tengo más tratos con ellos de lo que quisiera.

– ¡Eso es típico de vosotros los cristianos! Organizáis una sociedad y enviáis a algún pobre misionero para que se pase todos los días de su vida entre estos paganos. Pero me gustaría ver a alguno de vosotros dispuesto a acoger en vuestra casa a uno de ellos y ocuparos personalmente de su conversión. No, a la hora de la verdad, os parecen sucios y desagradables y es demasiado trabajo y demás.

– Augustine, sabes que no lo veía bajo ese punto de vista -dijo la señorita Ophelia ablandándose a ojos vistas-. Bien, puede que sea trabajo de misionero realmente -dijo, dirigiendo a la niña una mirada más positiva.

St. Clare había tocado la fibra adecuada. La conciencia de la señorita Ophelia estaba siempre alerta.

– Pero -añadió- realmente no me parecía necesario comprar a ésta; ya hay bastantes en tu casa para ocupar todo mi tiempo y mi habilidad.

– Entonces, prima -dijo St. Clare apartándola a un lado-, debo pedirte perdón por mis discursos inútiles. La verdad es que eres tan buena que no hacen falta para nada. Este artículo, de hecho, era propiedad de un par de borrachos que dirigen un restaurante vulgar por donde paso a diario, y me cansé de oírla chillar a ella y a ellos golpearla y maldecirle. Tenía un aspecto de ser inteligente y divertida, también, de que se podía hacer algo con ella; así que la he comprado y te la entrego a ti. Tú intenta darle una buena educación ortodoxa de Nueva Inglaterra y veremos lo que resulta. Sabes que yo no tengo talento para ello, pero me gustaría que lo intentaras tú.

– Bien, haré lo que pueda -dijo la señorita Ophelia; y se acercó a su pupila como una persona se podría acercar a una viuda negra, siempre que sus intenciones hacia ella sean benévolas.

– Está terriblemente sucia y medio desnuda -dijo.

– Pues llévatela abajo y haz que la limpien y vistan.

La señorita Ophelia la condujo a la zona de la cocina.

– ¡No veo para qué el señorito St. Clare quiere otra negra!

– dijo Dinah, mirando a la recién llegada con cara de pocos amigos-. ¡Yo no quiero tenerla bajo los pies, desde luego!

– ¡Puaj! -dijeron Jane y Rosa con extremado asco- ¡que no se acerque a nosotras! No puedo comprender para qué quiere el amo otra negra de éstas inferiores.

– ¡Anda ya! Tan negra como tú, señorita Rosa -dijo Dinah, que tomó el último comentario como una alusión personal-. Parecéis creer que sois blancas. No sois ni blancas ni negras y yo prefiero ser o una cosa o la otra.

La señorita Ophelia vio que no había nadie entre la tropa que quisiera hacerse cargo de supervisar el lavado y vestido de la recién llegada, por lo que se vio obligada a hacerlo ella misma, con un poco de ayuda reacia y desabrida de Jane.

No son para oídos finos los pormenores del primer aseo de una niña maltratada y descuidada. De hecho, en este mundo las masas deben vivir y morir en un estado cuya mera descripción sería una sacudida excesiva para los nervios de sus semejantes. La señorita Ophelia tenía una gran cantidad de firmeza y resolución práctica y se dedicó a llevar a cabo todos los repugnantes detalles con una minuciosidad heroica, aunque, hay que reconocerlo, con poco agrado, porque sus principios no daban para otra cosa que la resignación. Cuando vio, en la espalda y los hombros de la niña, grandes cardenales y callosidades, las marcas imborrables del sistema bajo el que había crecido hasta la fecha, se le enterneció el corazón.

– ¡Mire eso! -dijo Jane, señalando las cicatrices-. ¡Eso nos demuestra que es un trasto! Tendremos problemas con ella, ya lo creo. Odio a estos pequeños negros, tan sucios. Me sorprende que la haya comprado el amo.

La «pequeña» en cuestión escuchó todas estas alusiones a su persona con un aire triste y sumiso que parecía habitual en ella, pero escudriñaba, con una mirada aguda aunque furtiva de sus ojos inquietos, los adornos que llevaba jane en las orejas. Cuando por fin estuvo ataviada con un vestido entero y decente, con el cabello corto rodeándole la cara, la señorita Ophelia dijo con cierta satisfacción que parecía más cristiana que antes y empezó a urdir planes para su formación.

Sentándose ante ella, comenzó a interrogarla.

– ¿Cuántos años tienes, Topsy?

– No lo sé, amita -dijo la criatura, con una sonrisa que dejaba al descubierto toda su dentadura.

– ¿Que no sabes cuántos años tienes? ¿Nadie te lo ha dicho nunca? ¿Quién era tu madre?

– Nunca la he tenido -dijo la niña con otra sonrisa.

– ¿Que nunca has tenido madre? ¿Qué quieres decir? ¿Dónde naciste?

– ¡Nunca nací! -insistió Topsy, con otra mueca, que la hacía parecerse tanto a un duende que, si la señorita Ophelia hubiera sido nerviosa, habría podido creer que tenía entre manos un gnomo de la tierra de la Diablura; pero la señorita Ophelia no era nerviosa, sino práctica y sensata, por lo que dijo, algo severa:

– No debes contestarme de esta forma, niña; no estoy jugando contigo. Dime dónde naciste y quiénes eran tu padre y tu madre.

– ¡No nací! -repitió la criatura, con más énfasis-; nunca he tenido padre ni madre ni nada. Me crió un especulador con otros muchos. La vieja tía Sue nos cuidaba.

Era evidente que la niña decía la verdad; con una breve risotada, Jane dijo:

– Caramba, señora, hay montones como ella. Los especuladores los compran baratos cuando son pequeños y los crían para el mercado.

– -¿Cuánto tiempo has vivido con tus amos?

– No lo sé, amita.

– ¿Un año, más o menos?

– No lo sé, amita.

– Caramba, señora, estos negros inferiores no saben, no entienden nada del tiempo -dijo Jane-; no saben lo que es un año; no saben su propia edad.

– ¿Has oído hablar de Dios, Topsy?

La niña parecía perpleja, pero seguía sonriendo.

– ¿Sabes quién te ha hecho?

– Nadie, que yo sepa --dijo la niña, riéndose. La idea parecía hacerle mucha gracia; sus ojos centellearon y dijo:

– Supongo que crecí sola. No creo que nadie me haya hecho.

– Sabes coser? -preguntó la señorita Ophelia, decidida a llevar sus indagaciones a un terreno más tangible.

– No, amita.

– ¿Y qué sabes hacer? ¿Qué hacías para tus amos?

– Iba a por agua, fregaba los platos, limpiaba los cubiertos y servía a la gente.

– ¿Te trataban bien?

– Supongo que sí -dijo la niña, mirando con astucia a la señorita Ophelia.

La señorita Ophelia se levantó tras este coloquio alentador; St. Clare estaba apoyado en el respaldo de su silla.

Ahí tienes tierra virgen, prima; planta en ella tus propias ideas; no encontrarás muchas que tengas que arrancar.

Las ideas de la señorita Ophelia sobre la educación eran muy definidas y rígidas, como sus ideas sobre todo lo demás, y eran típicas de las que prevalecían en Nueva Inglaterra hace un siglo y que aún subsisten en zonas muy retiradas y sencillas, adonde no llega el ferrocarril. Para hacer una aproximación a su naturaleza, pocas palabras nos bastarán: enseñarles a prestar atención cuando se les hablaba; enseñarles el catecismo, a coser y a leer; y azotarles si mentían. Y aunque, por supuesto, en vista de lo que ahora se sabe sobre la educación, estas ideas se han quedado muy atrasadas, sin embargo es un hecho indisputable que nuestras abuelas educaron a unos cuantos estupendos hombres y mujeres bajo este régimen, como muchos de nosotros podemos recordar y atestiguar. En cualquier caso, la señorita Ophelia no sabía hacerlo de otra forma, por lo que puso manos a la obra para ocuparse de su pagana con toda la diligencia de la que era capaz.

Se anunció a la familia que la niña era incumbencia de la señorita Ophelia y todos la aceptaron como tal; y, como en la cocina no la miraban con mucha indulgencia, la señorita Ophelia decidió confinar su esfera de acción e instrucción principalmente a su propio dormitorio. Con un sacrificio que sabrán apreciar algunas de nuestras lectoras, en lugar de realizar a sus anchas las tareas de hacerse la cama, barrer y quitar el polvo a su cuarto, como había hecho hasta la fecha, rechazando absolutamente todos los ofrecimientos de ayuda de parte de las camareras de la casa, resolvió someterse al martirio de instruir a Topsy para que llevase a cabo dichas operaciones. ¡Ay, pobre de ella! Si alguna de nuestras lectoras ha hecho alguna vez lo propio, sabrá apreciar tamaño sacrificio.

La señorita Ophelia comenzó la educación de Topsy la primer mañana llevándola a su habitación, donde inició solemnemente un cursillo sobre el arte y el misterio de hacer una cama.

Observen a Topsy, entonces, lavada y privada de todas las pequeñas colas que le habían alegrado la vida, ataviada con un vestido limpio y un delantal bien almidonado, de pie en actitud reverente ante la señorita Ophelia, con una expresión de solemnidad propia para un funeral.

– Ahora, Topsy, voy a enseñarte exactamente cómo ha de hacerse mi cama.

– Sí, amita --dijo Topsy, con un hondo suspiro y una cara de lastimosa seriedad.

– Ahora, Topsy, mira esto: este es el dobladillo de la sábana; éste es el derecho y éste es el revés; ¿te acordarás?

– Sí, amita --dijo Topsy, con otro suspiro.

– Bien, pues la sábana de abajo ha de colocarse encima de la almohada, de esta forma, y se remete muy suave y lisa bajo el colchón, así, ¿lo ves?

– Sí, amita --dijo Topsy, prestando gran atención.

– Pero la sábana de arriba -dijo la señorita Ophelia debe ponerse de esta manera y remeterse estirada y suave al pie, así: entonces, el dobladillo estrecho al pie.

– Sí, amita --dijo Topsy, igual que antes; pero añadiremos algo que no vio la señorita Ophelia: mientras ésta estaba de espaldas ocupada con el celo de su instrucción, la joven discípula había conseguido hacerse con unos guantes y una cinta, que había deslizado hábilmente en la manga, y ahora permanecía con las manos respetuosamente cruzadas como antes.

– Ahora, Topsy, veamos cómo lo haces tú --dijo la señorita Ophelia, deshaciendo la cama y sentándose.

Topsy llevó a cabo el ejercicio con gran seriedad y destreza para plena satisfacción de la señorita Ophelia; alisando las sábanas, estirando cada arruga, y haciendo gala, durante todo el proceso, de una seriedad y una gravedad que edificaron enormemente a su profesora. Por un desliz desafortunado, sin embargo, precisamente cuando acababa, un fragmento de la cinta se asomó ondulante de una de sus mangas, atrayendo la atención de la señorita Ophelia. Ésta se abalanzó sobre ella en el acto.

– ¡Qué es esto? ¡Que niña más mala y traviesa! ¡Ibas a robar esto!

Sacó la cinta de la manga de Topsy sin que ésta se inmutara lo más mínimo; simplemente la miró con un aire de sorpresa y de inocencia inconsciente.

– ¡Caramba, si es la cinta de la señorita Feely! ¿Cómo se me habrá enredado en la manga?

– ¡Topsy, niña traviesa, no me mientas! ¡Has robado esa cinta!

– Amita, le juro que no. Nunca la he visto hasta ahora mismo.

– Topsy -dijo la señorita Ophelia-, ¿no sabes que es malo decir mentiras?

– Yo nunca digo mentiras, señorita Ophelia -dijo Topsy con virtuosa gravedad-, lo que digo es la pura verdad y nada más.

– Topsy, tendré que azotarte si mientes de esta manera. -Caramba, amita, aunque se pase el día azotándome, no se lo puedo decir de otra forma -dijo Topsy, empezando a llorar ruidosamente-. Nunca he visto eso antes; ha debido de enredárseme en la manga. La señorita Ophelia ha debido de dejarla en la cama y se habrá enredado con las sábanas y con mi manga.

La señorita Ophelia estaba tan indignada ante la mentira descarada que cogió a la niña y la sacudió.

– ¡No me vuelvas a decir eso!

Al sacudirla, cayó el guante al suelo desde la otra manga. -¿Lo ves? dijo la señorita Ophelia-. ¿Aún dices que no has robado la cinta?

En esto Topsy confesó haber cogido los guantes pero persistió en su negativa a reconocer haber robado la cinta.

– Bien, Topsy-dijo la señorita Ophelia-, si lo confiesas todo, no te azotaré esta vez.

Ante esta posibilidad, Topsy confesó el robo de la cinta y de los guantes, haciendo lastimosas protestas de arrepentimiento.

Ahora cuéntame. Sé que has debido de coger otras cosas desde que estás en la casa, pues ayer te dejé corretear libremente por ahí. Así pues, dime si cogiste algo y no te azotaré.

– ¡Caramba, amita, cogí esa cosa roja que lleva la señorita Eva al cuello!

– ¡Vaya, qué niña más malvada! Bien, ¿qué más?

– Cogí los pendientes de Rosa, aquellos rojos.

– Tráeme ambas cosas inmediatamente.

– Caramba, amita, no puedo. Están todas quemadas.

– ¿Quemadas? ¡Qué mentira! Ve a traerlas o te azotaré.

Topsy declaró, entre ruidosas protestas y lágrimas, que era imposible.

– ¡Las he quemado!

– ¿Y por qué las has quemado? preguntó la señorita Ophelia.

– Porque soy mala, por eso. Soy muy, muy mala. No puedo evitarlo.

En ese momento, entró Eva inocentemente en la habitación, llevando al cuello el susodicho collar rojo.

– Vaya, Eva, ¿de dónde has sacado el collar? -preguntó la señorita Ophelia.

– ¿Sacarlo? Pues no me lo he quitado en todo el día.

– ¿Lo llevabas ayer?

– Sí, y fíjate qué cosa más rara, tía, lo tuve puesto toda la noche. Se me olvidó quitármelo al acostarme.

La señorita Ophelia se quedó absolutamente perpleja; aun más porque en ese momento entró Rosa en la habitación con una cesta de ropa blanca recién planchada sobre la cabeza ¡y los pendientes de coral tintineaban en sus orejas!

– ¡Desde luego no sé qué se puede hacer con una niña así! --dijo desesperada-. ¿Quieres explicarme por qué me has dicho que has cogido esas cosas, Topsy?

– Pues el amita ha dicho que tenía que confesar y no se me ha ocurrido otra cosa que confesar -dijo Topsy, frotándose los ojos.

– Pero yo no quería que confesaras cosas que no habías hecho, desde luego -dijo la señorita Ophelia-; eso es mentir, exactamente igual que lo contrario.

– Caramba, ¿lo es? -preguntó Topsy con aire de inocente asombro.

– Señor, no hay ni una pizca de verdad en esta criatura -dijo Rosa, mirando a Topsy indignada-. Si yo fuera el señorito St. Clare, la azotaría hasta hacerle saltar la sangre. Ya lo creo, ¡se llevaría su merecido!

– ¡No, no, Rosa -dijo Eva, con el aire autoritario que era capaz de adoptar a veces-, no debes hablar así! No soporto oírte.

– Caramba, señorita Eva, es usted tan buena que no tiene ni idea de cómo tratar a los negros. No hay otra forma más que zurrarlos bien, ya lo creo.

– ¡Calla, Rosa! -dijo Eva-. No digas ni una palabra más -y centellearon los ojos de la niña y se tiñeron de rojo sus mejillas.

Rosa se aplacó enseguida.

– La señorita Eva tiene sangre St. Clare en las venas, eso está claro. Tengo que decir que habla exactamente igual que su padre -dijo al salir de la habitación.

Eva se quedó mirando a Topsy.

Allí estaban las dos niñas, representantes de los dos extremos de la sociedad. La rubia de buena cuna, con su cabecita dorada, su frente noble y espiritual y sus movimientos principescos; y su homóloga negra, ágil, sutil, aduladora y, sin embargo, inteligente. Eran las representantes de sus razas. La sajona, nacida de siglos de cultura, mando, educación, superioridad fisica y moral; la africana, nacida de siglos de opresión, sumisión, ignorancia, trabajo pesado y vicio.

Quizás por la mente de Eva se abriesen paso pensamientos como éstos. Pero los pensamientos de los niños son unos instintos poco definidos y algo borrosos; y dentro de la noble naturaleza de Eva se formaban y circulaban muchos instintos de este tipo, que ella no sabía expresar con palabras. Cuando la señorita Ophelia se extendió hablando de la mala conducta de Topsy, puso cara de tristeza y perplejidad, pero dijo con dulzura:

– Pobre Topsy, ¿por qué has de robar? Ahora vamos a cuidarte bien. Yo, por mi parte, preferiría darte una cosa mía a que me la robes.

Eran las primeras palabras amables que hubiera oído la niña en su vida; la dulzura del tono y el talante tocaron una fibra nueva de su corazón indomado y salvaje, y algo semejante a una lágrima relució en sus perspicaces ojos redondos y brillantes, pero fue seguida por una breve carcajada y la mueca acostumbrada. ¡No! Un oído que nunca ha captado más que insultos es extrañamente incrédulo ante una cosa tan celestial como la amabilidad, por lo que a Topsy sólo le pareció curioso e inexplicable el discurso de Eva; no se lo creyó.

¿Pero qué iban a hacer con Topsy? A la señorita Ophelia el caso le planteaba un dilema: sus normas educativas no parecían ser aplicables. Decidió que se tomaría algún tiempo para pensárselo; así que, para ganar tiempo y con la esperanza de que adquiriese algunas de las virtudes morales que se suponen inherentes a los armarios oscuros, la señorita Ophelia encerró a Topsy en uno hasta haber aclarado algo más sus ideas sobre el tema.

– No sé -dijo la señorita Ophelia a St. Clare- cómo voy a entenderme con esa niña sin azotarla.

– Pues entonces azótala todo lo que quieras; te autorizo a que hagas lo que te plazca.

– Siempre hay que pegar a los niños -dijo la señorita Ophelia-; nunca he oído decir que se les pueda educar sin pegarles.

– Desde luego -dijo St. Clare-; haz lo que parezca mejor. Sólo te hago una sugerencia: he visto cómo pegaban a esta niña con el atizador y la derribaban con la pala o las pinzas del fuego, lo que hubiera más a mano, y cosas por el estilo; y puesto que está acostumbrada a ese tipo de trato, creo que tus azotainas tendrán que ser bastante enérgicas para causarle alguna impresión.

– ¿Qué hago con ella entonces? -preguntó la señorita Ophelia.

– Has planteado una pregunta muy seria -dijo St. Clare-; me gustaría que la contestaras tú. ¿Qué hacer con un ser humano que sólo obedece al látigo cuando falla éste? ¡Es algo que ocurre aquí con frecuencia!

– No lo sé; nunca he visto a una niña como ésta.

– Este tipo de niños es muy frecuente entre nosotros, y este tipo de hombres y mujeres también. ¿Cómo deben ser gobernados? -preguntó St. Clare.

– Es más de lo que yo pueda saber, desde luego -dijo la señorita Ophelia.

– Es demasiado para mí también -dijo St. Clare-. Las horribles crueldades y ultrajes que de vez en cuando consiguen publicar en la prensa (un caso como el de Prue, por ejemplo) ¿cómo se producen? En muchos casos, es por un endurecimiento paulatino de ambas partes, donde el amo se hace cada vez más cruel y el sirviente cada vez más insensible. Los azotes y el maltrato son como el láudano: hay que duplicar la dosis cuando se pierde sensibilidad. Me di cuenta de esto al principio de convertirme en amo; y decidí no empezar nunca porque no sabría cuándo terminar, y opté por proteger mi propia naturaleza moral por lo menos. La consecuencia es que mis sirvientes se comportan como niños mimados; pero creo que eso es preferible a que nos hubiéramos embrutecido todos juntos. Has hablado mucho de nuestras responsabilidades a la hora de educarlos, prima. Sólo quería que lo intentaras con una niña, un espécimen de los miles que hay entre nosotros.

– Es vuestro sistema lo que crea tales niños -dijo la señorita Ophelia.

– Lo sé; pero son creados y existen; ¿qué hemos de hacer con ellos?

– Pues no puedo decir que te agradezca el experimento. Pero, ya que parece ser una obligación, seguiré adelante y lo haré lo mejor que pueda -dijo la señorita Ophelia; y después de esto, la señorita Ophelia realmente trabajó con su nueva alumna con un grado meritorio de celo y energía. Le impuso un horario regular de actividades y se comprometió a enseñarle a leer y a coser.

Para la primera de estas habilidades, la niña era bastante despierta. Aprendió las letras como por arte de magia y pronto era capaz de leer textos sencillos; pero la costura era un asunto más difícil. La criatura era ágil como un gato y activa como un mono y la limitación de la costura le era insoportable, por lo que rompía las agujas, las tiraba disimuladamente por la ventana o las introducía en las grietas de las paredes; enredaba, rompía o ensuciaba el hilo o, con un movimiento solapado, se deshacía de una bobina completa. Sus movimientos eran casi tan rápidos como los de un prestidigitador experto y el control de sus facciones era igual de habilidoso; y aunque la señorita Ophelia no podía menos que sospechar que era imposible que ocurrieran tantos accidentes uno tras otro, sin una vigilancia que no la hubiese dejado dedicarse a otra cosa no conseguía sorprenderla.

Topsy se convirtió enseguida en un personaje famoso en la casa. Sus talentos para toda clase de bufonería, muecas y mímica, para bailar, dar volteretas, trepar, cantar, silbar e imitar cada sonido que le viniera en gana parecían inagotables. En sus horas de juego, invariablemente tenía a todos los niños de la casa pisándole los talones boquiabiertos de admiración y embeleso, sin exceptuar a la señorita Eva, que parecía sentirse tan fascinada por su salvaje hechicería como a veces se siente fascinada una paloma por una rutilante serpiente. A la señorita Ophelia le inquietaba que a Eva le atrajera tanto la compañía de Topsy, y le rogó a St. Clare que se lo prohibiese.

– ¡Bah!, deja a la niña en paz -dijo St. Clare-. Topsy le hará bien.

– Pero una niña tan depravada, ¿no tienes miedo de que le enseñe alguna maldad?

– No puede enseñarle maldades; puede que a algunos niños, pero la maldad resbala de la mente de Eva como el rocío de una hoja de col: no cala ni una gota.

– No estés tan seguro -dijo la señorita Ophelia-. Yo nunca dejaría a un hijo mío jugar con Topsy, desde luego.

– Pues no dejes a tus hijos jugar con ella -dijo St. Clare-, pero yo a la mía sí la dejo. Si algo hubiera podido echar a perder a Eva, hace años que habría sucedido.

Al principio los demás sirvientes despreciaban y desaprobaban a Topsy. Pero pronto tuvieron motivos para modificar su opinión. Muy pronto descubrieron que cualquiera que agraviase a Topsy sufría poco después algún accidente molesto; o bien desaparecía de repente un par de pendientes o alguna baratija preferida o aparecía totalmente estropeada alguna prenda de vestir, o la persona tropezaba accidentalmente con un cubo de agua hirviendo o una porción de agua sucia le caía inexplicablemente desde lo alto cuando se encontraba ataviada con sus mejores galas; y en todas estas ocasiones, cuando se investigaba lo ocurrido, no se encontraba a ningún responsable del ultraje. Topsy fue citada a comparecer ante todas las judicaturas domésticas una y otra vez; pero siempre soportaba sus interrogatorios con una inocencia de lo más edificante y una enorme gravedad de apariencia. Nadie tenía dudas sobre quién hacía las maldades; pero no se pudo encontrar ni la más mínima prueba para apoyar las sospechas y la señorita Ophelia era demasiado justa para tomar medidas sin ellas.

El momento de las travesuras cometidas era siempre tan bien escogido como para encubrir aun más a la agresora. Así los momentos de venganza contra Rosa y Jane, las dos camareras, siempre coincidían con temporadas en las que (como ocurría con no poca frecuencia) habían caído en desgracia con su ama, cuando naturalmente sus quejas eran recibidas con poca compasión. En resumen, Topsy tardó poco en hacer ver a los miembros de la casa que les convenía no meterse con ella, por lo que la dejaban en paz.

Topsy era lista y enérgica en los trabajos manuales y aprendía todo lo que se le enseñaba con sorprendente rapidez. Después de unas cuantas lecciones, aprendió a cumplimentar las convenciones del dormitorio de la señorita Ophefa de tal forma que esta dama no podía poner ningún reparo. No había manos mortales capaces de alisar las sábanas más perfectamente o colocar las almohadas con más exactitud o barrer, ordenar y quitar el polvo más irreprochablemente que las de Topsy, cuando quería -¡pero no quería muy a menudo! Si la señorita Ophelia, tras tres o cuatro días de cuidadosa supervisión, era tan confiada que suponía que Topsy había adoptado por fin sus maneras de hacer las cosas y que no necesitaba vigilancia y se marchaba para ocuparse de otro asunto, Topsy se entregaba a un verdadero carnaval de confusión durante una o dos horas. En vez de hacer la cama, se divertía quitando las fundas de las almohadas y lanzándose contra éstas hasta que su lanuda cabeza quedaba grotescamente adornada con plumas que se empinaban en todas direcciones; trepaba por los pilares de la cama para colgar boca abajo desde lo alto; esparcía las sábanas y las colchas por toda la habitación; vestía la almohada con el camisón de la señorita Ophelia y representaba varias escenas con ella, cantando y silbando y haciéndose muecas ante el espejo; en resumen, en palabras de la señorita Ophelia, «armaba las de Caín».

En una ocasión, la señorita Ophelia encontró a Topsy con su mejor chal de crespón rojo de la India envuelto en la cabeza a modo de turbante, ensayando ante el espejo con gran estilo; pues la señorita Ophelia, con un descuido poco habitual en ella, había dejado puesta la llave de su cajón.

– ¡Topsy! -decía, cuando se quedaba totalmente sin paciencia- ¿qué te hace actuar así?

– No sé, amita: Supongo que es por lo mala que soy.

– ¡No sé qué puedo hacer contigo, Topsy!

– Caramba, amita, debe usted azotarme; mi antigua ama me azotaba siempre. No estoy acostumbrada a trabajar si no me azotan.

– Pero, Topsy, no quiero azotarte. Puedes hacer las cosas bien si quieres; ¿por qué no quieres?

– Caramba, amita, estoy acostumbrada a las azotainas; supongo que me convienen.

La señorita Ophelia probó a aplicar la receta y Topsy armaba invariablemente una gran conmoción, chillando, gimiendo y suplicando, aunque media hora más tarde, apostada en algún saliente del balcón y rodeada por un rebaño de jóvenes admiradores, expresaba un desprecio absoluto de todo el asunto.

– ¡Caramba, cómo azota la señorita Feely! ¡Sus azotainas no matarían a un mosquito! Deberíais ver cómo mi antiguo amo me hacía volar la piel; ¡ése sí que sabía azotar!

Topsy siempre capitalizaba sus propios pecados y crímenes, ya que evidentemente los consideraba una señal de distinción.

– Caramba, negros -solía decir a su público-, ¿sabéis que sois todos unos pecadores? Pues lo sois, todo el mundo lo es. Los blancos también son pecadores, lo dice la señorita Feely; pero supongo que los negros somos peores, ¡pero ninguno de vosotros me llega a la suela de los zapatos! Soy tan mala que no hay nada que hacer conmigo. Tenía a mi antigua ama maldiciéndome casi todo el tiempo. Creo que soy la criatura más malvada del mundo y Topsy daba una voltereta y venía a caer sobre un nivel superior de la escalera, pavoneándose.

La señorita Ophelia trabajaba muy en serio los domingos para enseñarle catequesis a Topsy. Esta tenía una memoria verbal poco común y aprendía con una facilidad que animaba muchísimo a su profesora.

– ¿Qué provecho crees tú que va a sacarle? -preguntó St. Clare.

– Pues siempre ha sido provechoso para los niños. Es lo que deben aprender los niños, ya sabes -dijo la señorita Ophelia.

– Aunque no lo entiendan -dijo St. Clare.

– Bien, los niños nunca lo entienden al principio; pero cuando se hacen mayores, sí lo entienden.

– Yo no lo entiendo todavía -dijo St. Clare- aunque puedo dar fe de que me lo hiciste aprender a base de bien cuando era pequeño.

– Siempre has sido bueno para aprender, Augustine. Yo tenía grandes esperanzas puestas en ti -dijo la señorita Ophelia.

– ¿Y ya no las tienes? -preguntó St. Clare.

– Quisiera que fueras tan bueno como cuando eras un niño, Augustine.

– Yo también y es la pura verdad, prima -dijo St. Clare-. Bien, ve a catequizar a Topsy; quizás sirva para algo.

Topsy, que se había quedado quieta como una estatua negra durante esta conversación, con las manos cruzadas beatíficamente, a una señal de la señorita Ophelia prosiguió:

– «Nuestros primeros padres, dejados a su libre albedrío, cayeron del estado en el que los habían creado» -centellearon los ojos de Topsy, que puso expresión inquisitiva.

– ¿Qué pasa, Topsy? -preguntó la señorita Ophelia.

– Por favor, amita, ¿ése era el estado de Kentucky?

– ¿Qué estado, Topsy?

– El estado del que cayeron. Solía oírle decir al amo que procedíamos de Kentucky.

St. Clare se rió.

– Tendrás que darle una explicación o se la inventará -dijo-. Parece que aquí se sugiere la teoría de la emigración.

– ¡Ay, Augustine, cállate! -dijo la señorita Ophelia-; ¿Cómo voy a conseguir nada, si tú te burlas?

– Bien, no volveré a interrumpir tus lecciones, te lo prometo y St. Clare se llevó su periódico al salón, donde se sentó hasta que Topsy hubo acabado sus recitaciones. Estaban todas muy bien, pero de vez en cuando cambiaba de forma curiosa alguna palabra importante y persistía en su error, a pesar de todos los esfuerzos; y St. Clare, con todas sus promesas de portarse bien, se deleitaba maliciosamente con estos errores y llamaba a Topsy a su lado cuando tenía ganas de divertirse y la hacía repetir los pasajes ofensivos, haciendo caso omiso de las reconvenciones de la señorita Ophelia.

– ¿Cómo voy a hacer nada con la niña, si tú te comportas así, Augustine? -decía.

– Tienes razón; no lo volveré a hacer; ¡pero me encanta oír a la pequeña payasa dar traspiés con esas palabras largas!

– Pero la confirmas en el error.

– ¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra para ella.

– Tú querías que la educara bien; y debes recordar que es una criatura que razona y tener cuidado de cómo la influyes.

– ¡Ay, diantre! Es verdad; pero, como dice la misma Topsy, «¡soy tan malo!».

Más o menos de esta forma continuó la instrucción de Topsy durante un año o dos: la señorita Ophelia se preocupaba de ella a diario, como en una especie de enfermedad crónica, a cuyos achaques, con el tiempo, se acostumbró como se acostumbran las personas a la neuralgia o las jaquecas.

St. Clare se divertía de la misma manera con la niña que un hombre se divierte con los trucos de un loro o un perro perdiguero. Cada vez que sus pecados la hacían caer en desgracia con los demás, Topsy se refugiaba detrás de su sillón, y St. Clare, de una forma u otra, aplacaba los ánimos. Él le daba muchas monedas sueltas, y ella las gastaba en frutos secos y caramelos, que distribuía con despreocupada generosidad entre todos los niños de la casa; porque Topsy, en honor a la verdad, era bondadosa y desprendida y sólo era maliciosa en defensa propia. Ya está bien insertada en nuestro corps de ballet [37] y actuará, de vez en vez, cuando le toque el turno, con otros artistas.

CAPÍTULO XXI

KENTUCKY

Puede que no les importe a nuestros lectores mirar atrás, durante un breve intervalo, a la cabaña del tío Tom, en la granja de Kentucky, para ver qué ha ocurrido entre los que se han quedado allí.

Era la última hora de una tarde de verano y todas las puertas y ventanas del salón estaban abiertas para invitar a pasar cualquier brisa que estuviera de buen humor. El señor Shelby estaba sentado en una gran galería que daba al salón y que se extendía a lo largo de toda la casa y se remataba con un balcón en cada extremo. Con la silla inclinada hacia atrás y los pies apoyados sobre otra, disfrutaba ociosamente del cigarro de después de cenar. La señora Shelby estaba sentada en el hueco de la puerta, ocupada con una labor de costura; tenía aspecto de estar preocupada por alguna cosa que buscaba la oportunidad de sacar a colación.

– ¿Sabes -dijo- que Chloe ha tenido carta de Tom?

– ¿De veras? Pues debe de tener algún amigo allí. ¿Cómo se encuentra el bueno de Tom?

– Lo ha comprado una familia muy buena, me parece -dijo la señora Shelby-; lo tratan bien y no tiene que trabajar mucho.

– Pues me alegro mucho, muchísimo -dijo el señor Shelby de corazón-. Me imagino que Tom se acostumbrará a una residencia sureña y no querrá volver aquí.

– Al contrario, pregunta con mucha ansiedad -dijo la señora Shelby- cuándo vamos a reunir el dinero para redimirlo.

– Yo no lo sé, desde luego -dijo el señor Shelby-. Cuando los negocios empiezan a andar mal, parece que no acaba nunca la mala suerte. Es como saltar de una ciénaga a otra sin salir del pantano; tienes que pedir prestado a uno para pagar a otro, y luego pedir a otro para pagar a éste, y estos malditos pagarés vencen antes de que te dé tiempo de fumarte un cigarro y darte la vuelta; cartas y recados reclamando las deudas, todo precipitado y corriendo.

A mí me parece, querido, que se podría hacer algo para enderezar las cosas. ¿Y si vendiéramos todos los caballos y una de las granjas y pagáramos todas las deudas?

– ¡No seas ridícula, Emily! Eres la mujer más estupenda de Kentucky, pero aun así no tienes suficiente sentido común para darte cuenta de que no entiendes de negocios; las mujeres no entendéis nunca, sois incapaces de ello.

– Pero -dijo la señora Shelby-, ¿no podrías por lo menos explicarme algo de los tuyos: darme una lista de todas tus deudas, por ejemplo, y de todo lo que te deben a ti para que pueda intentar ayudarte a economizar?

– ¡Maldita sea, no me agobies, Emily! No puedo decírtelo exactamente. Sé más o menos por donde andan las cuentas, pero no se puede recortar y arreglar mis asuntos como Chloe recorta la corteza de sus pasteles. Tú no sabes nada de los negocios, insisto.

Y el señor Shelby, que no conocía otra forma de imponer sus ideas, elevó la voz, un método de argumentar muy útil y convincente cuando un caballero habla de negocios con su esposa.

La señora Shelby dejó de hablar con un pequeño suspiro. El caso era que, aunque su marido había dicho que era sólo una mujer, tenía la mente clara, enérgica y práctica y una fuerza de carácter superior en todos los sentidos al de su marido, por lo que no hubiera sido tan absurdo considerarla capaz de llevar los negocios, tal como había dicho el señor Shelby. Ella estaba empeñada en cumplir su promesa a Tom y la tía Chloe, y suspiró por los desengaños que se multiplicaban a su alrededor.

– ¿No crees que podemos ingeniárnoslas para juntar ese dinero? ¡La pobre tía Chloe lo desea tanto!

– Siento que sea así. Creo que me precipité al prometerlo. No estoy seguro de que lo mejor no sea decírselo a Chloe y que se vaya resignando. Tom tendrá otra esposa en un año o dos, y ella haría bien juntándose con otro.

– Señor Shelby, he enseñado a mi gente que sus matrimonios son tan sagrados como los nuestros. Nunca se me ocurriría darle semejantes consejos a Chloe.

– Es una lástima, esposa, que les hayas cargado con una moralidad por encima de su condición y expectativas. Siempre he sido de esa opinión.