El plácido descanso caribeño de Myron Bolitar -ex baloncestista de élite retirado por una lesión- junto a una curvilínea presentadora de la CNN se ve bruscamente interrumpido por una mala noticia: Esperanza Díaz, socia de Myron en MB SportsReps, agencia deportiva con sede en Manhattan, ha sido detenida por asesinato. La acusan de haber acabado con la vida de Clu Haid, pitcher de los New York Yankees, hermano de fraternidad de Myron en la Universidad de Duke y cliente de la agencia en la actualidad; el muerto, una estrella del béisbol en declive, se había visto envuelto últimamente en un escándalo de consumo de heroína, lo que acabó definitivamente con su carrera. Bolitar interrumpe inmediatamente sus vacaciones, pero cuando llega a Nueva York se encuentra con que ni Esperanza ni su abogado quieren hablar con él. Sólo una cosa está clara: la mujer oculta algo, pero Myron no sabe si tiene que ver con su vida personal o con el trabajo. La investigación le conduce a hechos y lugares sórdidos, incluido un lamentable incidente de su propio pasado que preferiría olvidar, y, sin saber cómo, ha llegado a un callejón sin salida: todo le señala como único sospechoso.

En esta sexta entrega de la serie protagonizada por el agente deportivo, Myron Bolitar se enfrenta al caso más extraño y difícil de su vida. Un verdadero reto para el lector.

Harlan Coben

El último detalle

Myron Bolitar 6

Para la tía Evelyn de Revere, con mucho, muchísimo amor.

Y en memoria de Larry Gerson (1962-1998).

Cierras los ojos y todavía ves su sonrisa

1

Myron estaba tumbado junto a una preciosa morena vestida sólo con un tanga, sostenía una bebida tropical sin sombrilla en una mano, el agua turquesa del Caribe le remojaba los pies, la arena era una resplandeciente alfombra de polvo blanco, el cielo de un azul tan puro que sólo podía ser el lienzo vacío de Dios, el sol relajante y tibio como una masajista sueca con una copa de coñac, pero él se sentía totalmente desgraciado.

Los dos llevaban en esa isla paradisíaca unas, calculaba, tres semanas. Myron no se había molestado en contar los días. Suponía que tampoco Terese. La isla parecía tan remota como la de Gilligan's: sin teléfono, algunas luces, sin coches, muchísimo lujo, nada parecido a Robinson Crusoe, y bueno, tampoco tan primitiva como podía serlo. Myron sacudió la cabeza. Puedes apartar al chico de la televisión, pero no puedes quitar la televisión de la cabeza del chico.

En un punto medio del horizonte, avanzando hacia ellos y abriendo una herida blanca en la tela turquesa, apareció el yate. Cuando Myron lo vio, se le encogió el estómago.

No sabía con precisión dónde estaban, aunque la isla tenía un nombre: Saint Bacchanals. Sí, en serio. Era un pequeño trozo del planeta propiedad de una de aquellas megalíneas de cruceros que utilizaban una parte de la isla para que los pasajeros nadasen, preparasen barbacoas y disfrutasen de un día en «su isla paradisíaca personal». Personal. Sólo ellos y los otros dos mil quinientos turistas apretados en un pequeño trozo de playa. Sí, personal, muy bacanal.

Ese lado de la isla, en cambio, era muy diferente. Había una única casa, propiedad del director ejecutivo de la línea de cruceros, un híbrido entre una choza con techo de paja y la finca de una plantación. La única persona en un radio de dos kilómetros era un criado. La población total de la isla: quizás unos treinta, todos empleados de la empresa de cruceros.

El yate apagó el motor y se acercó.

Terese Collins deslizó nariz abajo las gafas de sol Bolle y frunció el entrecejo. En tres semanas ninguna embarcación, excepto los enormes barcos de cruceros -que tenían nombres tan sutiles como Sensación, Éxtasis o Punto G-, había pasado por delante de su trozo de arena.

– ¿Le has dicho a alguien dónde estábamos? -preguntó Terese.

– No.

– Quizá sea John.

John era el antes mencionado director ejecutivo de la mencionada empresa de cruceros, un amigo de Terese.

– No lo creo -dijo Myron.

Myron había conocido a Terese Collins hacía, siendo generosos, unas tres semanas. Terese estaba «de vacaciones» de su empleo como presentadora de la CNN en el horario de máxima audiencia. Unos amigos bien intencionados les habían llevado casi a la fuerza a una fiesta de beneficencia y de inmediato se habían sentido atraídos el uno por el otro, como si su desgracia y dolor mutuos fuesen imanes. Comenzó como un poco más que un reto: déjalo todo y escapa. Desaparece con alguien que encuentras atractivo y apenas conoces. Ninguno de los dos se echó atrás, y doce horas más tarde estaban en Saint Maarten. Veinticuatro horas después, estaban ahí.

A Myron, un hombre que había dormido con un total de cuatro mujeres en toda su vida, que nunca había disfrutado con citas de una sola noche, ni siquiera en los días en que estaban de moda o claramente libres de cualquier enfermedad, que nunca había mantenido relaciones sexuales sólo por la sensación física, sin las anclas del amor o el compromiso, la decisión de huir le había parecido del todo correcta.

No le había dicho a nadie adónde iba o durante cuánto tiempo. Sobre todo porque él mismo no tenía ni idea. Había llamado a sus padres y les había dicho que no se preocupasen, algo equivalente a decirles que desarrollasen agallas y respirasen bajo el agua. Le había enviado a Esperanza un fax y le había dado poderes para administrar MB SportsReps, la agencia deportiva que ahora dirigían en sociedad. Ni siquiera había llamado a Win.

Terese lo miraba.

– Sabes quién es.

Myron no dijo nada. Se le aceleró el pulso.

El yate se acercó. Se abrió la puerta de la cabina en la proa, y como Myron se temía, Win apareció en cubierta. El pánico lo dejó sin aire. Win no era de los que hacían visitas casuales. Si estaba ahí, significaba que algo iba muy mal.

Myron se levantó. Aún estaba demasiado lejos para gritar, así que se limitó a levantar una mano. Win asintió con un gesto.

– Espera un segundo -dijo Terese-. ¿No es el tipo cuya familia es propietaria de Lock-Horne Securities?

– Sí.

– Le entrevisté una vez. Cuando el mercado se hundió. Tiene un nombre largo y pomposo.

– Windsor Horne Lockwood III -dijo Myron.

– Sí. Un tipo extraño.

Si ella supiese.

– Guapo como el que más -continuó Terese-, con ese estilo del dinero-rancio, club-de-campo, nacido-con-un-palo-de-golf-de-plata-en-las-ma- nos.

Como si la hubiese escuchado, Win se pasó una mano por los rizos rubios y sonrió.

– Vosotros dos tenéis algo en común -dijo Myron.

– ¿Qué?

– Ambos creéis que es guapo como el que más.

Terese observó el rostro de Myron.

– Vas a regresar.

Había una nota de aprensión en su voz.

– Win no hubiese venido por ningún otro motivo -asintió Myron.

Terese le cogió la mano. Era el primer momento de ternura entre ellos en las tres semanas desde la fiesta de beneficencia. Podía parecer extraño -amantes solitarios en una isla, sexo constante, ni un beso amable, ni una suave caricia o unas palabras susurradas-, pero su relación iba de olvidar y sobrevivir: dos almas desesperadas de pie entre los escombros, sin ningún interés en reconstruir absolutamente nada.

Terese había pasado la mayor parte de los días dando largos paseos en solitario. Él los había pasado sentado en la playa haciendo ejercicio o algunas veces leyendo. Se encontraban para comer, dormir y el sexo. Por lo demás, se dejaban solos el uno al otro, si no para curarse, al menos para restañar la herida. Myron sabía que Terese también había sido vapuleada, que alguna tragedia reciente la había golpeado muy hondo y duro, hasta el tuétano. Pero nunca le había preguntado qué había pasado. Ella tampoco se lo había preguntado a él.

Una regla tácita de su pequeña locura.

El yate se detuvo y echó el ancla. Win bajó a una pequeña motora. Myron aguardó. Se movió sobre los pies como si se preparase. Cuando la embarcación se acercó lo suficiente a la orilla, Win apagó el motor.

– ¿Mis padres? -gritó Myron.

Win sacudió la cabeza.

– Están bien.

– ¿Esperanza?

Un leve titubeo.

– Necesita tu ayuda.

Win metió los pies en el agua con mucha cautela, casi como si esperase que sostuviese su peso. Iba vestido con una camisa blanca de tela Oxford de manga larga, un pantalón corto Lilly Pulitzer de unos colores tan chillones como para repeler a los tiburones. El Yuppie Marinero. Su constitución era delgada, pero los antebrazos parecían serpientes de acero que se movían debajo de la piel.

Terese se puso de pie cuando Win se acercó. Win admiró la vista sin que se le salieran los ojos de las órbitas. Era uno de los pocos hombres que Myron conocía capaces de hacerlo. Cuestión de educación. Cogió la mano de Terese y sonrió. Intercambiaron un saludo. Las sonrisas falsas y las palabras inútiles lo siguieron. Myron permanecía rígido, sin escuchar. Terese se disculpó y fue hacia la casa.

Win miró atentamente cómo se alejaba. Después dijo:

– Un culo de primera clase.

– ¿Te refieres a mí? -preguntó Myron.

Win mantuvo la mirada bien atenta en el objetivo.

– En la tele siempre aparece sentada detrás de la mesa -comentó-. Uno nunca adivinaría que tiene un culo tan perfecto. -Sacudió la cabeza-. La verdad, un auténtico desperdicio.

– Sí -dijo Myron-. Quizá debería levantarse un par de veces durante cada informativo. Darse unas cuantas vueltas, agacharse, cosas por el estilo.

– Ya estás con lo de siempre. -Win arriesgó una rápida mirada a Myron-. ¿Habéis tomado alguna foto de la acción, tal vez filmado un vídeo?

– No, eso es lo que harías tú -señaló Myron-, o quizás una estrella del rock muy pervertida.

– Una pena.

– Sí, una pena, entendido. -¿Un culo de primera?-. ¿Qué pasa con Esperanza?

Terese por fin desapareció a través de la puerta principal. Win exhaló un suave suspiro y se volvió hacia Myron.

– El yate tardará media hora en repostar. Entonces nos marcharemos. ¿Te importa si me siento?

– ¿Qué ha pasado, Win?

No respondió, sino que se sentó en una tumbona y se reclinó. Entrelazó las manos detrás de la cabeza y cruzó los tobillos.

– Te diré una cosa. Cuando decides darte el piro, lo haces por todo lo alto.

– No me he dado el piro. Sólo necesitaba un descanso.

– Sí, sí.

Win miró a la distancia, y la comprensión golpeó a Myron en la cabeza. Había herido los sentimientos de Win. Extraño pero probablemente cierto. Win podía ser un sociópata aristocrático de sangre azul, pero, ah amigo, todavía era humano, más o menos. Los dos hombres habían sido inseparables desde la facultad, y no obstante Myron se había largado sin ni siquiera llamarlo. En muchos sentidos, Win no tenía a nadie más.

– Pensaba llamarte -dijo Myron con voz débil.

Win se mantuvo inmóvil.

– Pero sabía que si se presentaba algún problema, serías capaz de encontrarme.

Era verdad. Win podía encontrar la legendaria aguja en un pajar.

Win agitó una mano.

– Lo que tú digas.

– ¿A ver, qué pasa con Esperanza?

– Clu Haid.

El primer cliente de Myron, un lanzador diestro suplente en el ocaso de su carrera.

– ¿Qué pasa con él?

– Está muerto -respondió Win.

Myron sintió que las piernas le flaqueaban un poco. Se dejó caer en la tumbona.

– Le dispararon tres veces en su propia casa.

Myron bajó la cabeza.

– Creía que se había enderezado.

Win no dijo nada.

– ¿Qué tiene que ver Esperanza con esto?

Win consultó su reloj.

– Más o menos a esta hora con toda probabilidad la están arrestando por su asesinato.

– ¿Qué?

Una vez más. Win no dijo nada. Detestaba repetirse.

– ¿Creen que Esperanza lo mató?

– Me alegra ver que las vacaciones no han perjudicado tus agudos poderes de deducción.

Win volvió la cara hacia el sol.

– ¿Qué pruebas tienen?

– Para empezar, el arma asesina. Manchas de sangre. Fibras. ¿Tienes un protector solar?

– ¿Pero cómo…? -Myron observó el rostro de su amigo. Como siempre, no dejaba traslucir nada-. ¿Lo hizo?

– No tengo ni idea.

– ¿Se lo preguntaste?

– Esperanza no quiere hablar conmigo.

– ¿Qué?

– Tampoco quiere hablar contigo.

– No lo comprendo. Esperanza no mataría a nadie.

– Estás muy seguro de ello, ¿no?

Myron tragó saliva. Había creído que su reciente experiencia le ayudaría a comprender mejor a Win. Él también había matado. Es más, a menudo. Ahora que Myron había hecho lo mismo, creía que debería haber un nuevo vínculo. Pero no lo había. En realidad, todo lo contrario. La experiencia compartida estaba abriendo un nuevo abismo.

Win consultó su reloj.

– ¿Por qué no vas a preparar la maleta?

– No tengo nada que necesite llevarme.

Win señaló hacia la casa. Terese estaba allí y los miraba en silencio.

– Entonces di adiós al culo de primera y pongámonos en marcha.

2

Terese se había puesto una bata. Se apoyó en el marco de la puerta y esperó.

Myron no sabía qué decir. Se decidió por un:

– Gracias.

Ella asintió.

– ¿Quieres venir? -preguntó Myron.

– No.

– No puedes quedarte aquí para siempre.

– ¿Por qué no?

Myron lo pensó un momento.

– ¿Sabes algo de boxeo?

Terese olisqueó el aire.

– ¿Detecto el claro olor de una metáfora deportiva?

– Eso me temo -dijo Myron.

– Uf. Continúa.

– Todo este asunto es como un combate de boxeo -comenzó Myron-. Hemos estado esquivando, retrocediendo, eludiendo e intentando mantenernos alejados de nuestro oponente. Pero sólo podemos hacerlo durante un tiempo. Al final tendremos que lanzar un puñetazo.

Terese hizo una mueca.

– Vaya, da pena.

– Una ocurrencia del momento.

– Y no muy acertada -añadió ella-. A ver qué te parece ésta.

Hemos probado el poder de nuestro oponente. Nos ha tumbado en la lona. De alguna manera conseguimos ponernos de pie. Pero nuestras piernas todavía son de goma, y nuestros ojos apenas si ven. Otro gran golpe y la pelea se acabará. Lo mejor será seguir bailando. Lo mejor es evitar que te peguen y esperar y mantener la distancia.

Difícil de rebatir.

Guardaron silencio.

– Si vienes a Nueva York, llámame y… -dijo Myron.

– Vale.

Silencio.

– Sabemos lo que pasará -continuó Terese-. Nos encontraremos para tomar una copa, quizá nos metamos en la cama, pero no será lo mismo. Estaríamos incómodos a más no poder. Fingiremos que nos volveremos a reunir, y ni siquiera nos mandaremos una felicitación de Navidad. No somos amantes, Myron. Ni siquiera amigos. No sé qué demonios somos, pero estoy agradecida.

Se oyó el graznido de un pájaro. Las pequeñas olas entonaron su dulce canción. Win estaba en la playa, con los brazos cruzados, su cuerpo terriblemente paciente.

– Que te vaya bien, Myron.

– A ti también -contestó él.

Win y Myron volvieron al yate en la lancha. Un tripulante le ofreció a Myron una mano. Myron la cogió y subió a bordo. El yate zarpó. Myron permaneció en cubierta contemplando cómo la playa se hacía más pequeña. Estaba apoyado en la borda de teca. Teca. Todo en este navío era oscuro, rico y de teca.

– Ten -dijo Win.

Myron se volvió. Win le arrojó un Yoo-Hoo, su bebida favorita, una mezcla entre gaseosa y leche con chocolate. Myron sonrió.

– El primero que bebo en tres semanas.

– Los dolores de la abstinencia -señaló Win-. Han tenido que ser una verdadera agonía.

– Sin televisión y sin Yoo-Hoo. Es un milagro que haya sobrevivido.

– Sí, casi has vivido como un monje -opinó Win. Luego, con otra mirada a la isla añadió-: Bueno, como un monje que folla mucho.

Ambos estaban matando el tiempo.

– ¿Cuánto tardaremos en regresar? -preguntó Myron.

– Ocho horas de navegación -respondió Win-. Un avión chárter nos espera en Saint Bart's. El vuelo dura unas cuatro horas.

Myron asintió. Sacudió la lata y la abrió. Bebió un buen trago y se volvió hacia el agua.

– Lo siento -dijo.

Win no hizo caso de la declaración, o quizás era suficiente para él. El yate aumentó la velocidad. Myron cerró los ojos y dejó que el agua y la suave espuma le acariciasen el rostro. Pensó por un momento en Clu Haid. Clu no había confiado en los agentes -«un peldaño por debajo de los pedófilos», así los describía- y, por lo tanto, le pidió a Myron que negociase su contrato, pese a que Myron sólo era estudiante de primer año de abogacía en Harvard. Myron lo hizo. Le gustó. Pronto aparecería MB SportsReps.

Clu era un desastre adorable. Aficionado sin límites a las fiestas; por no mencionar todo lo que podía meterse por la nariz o por las venas. Nunca acudía a una fiesta que no le gustase. Era un tipo pelirrojo con una barriga de osito de peluche, apuesto, con aire juvenil, un cantamañanas de cuidado e inmensamente encantador. Todo el mundo amaba a Clu. Incluso Bonnie, su sufrida esposa. Su matrimonio era un bumerán. Ella le echaba, él daba vueltas en el aire por un tiempo, y ella lo pillaba en el retorno.

Clu parecía haber estado aflojando un poco la marcha. Después de todas las veces que Myron le había sacado de los problemas -suspensiones por dopaje, acusaciones de conducir borracho, lo que fuese-, Clu había engordado, llegado al final de su reino del encanto. Los Yankees lo habían fichado, lo habían sometido a un duro régimen y le habían dado una última oportunidad para la redención. Clu se había mantenido a raya por primera vez. Había asistido a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Su pelota rápida había vuelto de nuevo.

Win interrumpió sus pensamientos.

– ¿Quieres saber lo que pasó?

– No estoy seguro -respondió Myron.

– Ah.

– La última vez la jodí. Tú me avisaste, pero no hice caso. Un montón de personas murieron por mi culpa. -Myron sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos. Las contuvo-. No tienes idea lo mal que acabó.

– ¿Myron?

Se volvió hacia su amigo. Sus miradas se encontraron.

– Recupérate -dijo Win.

Myron soltó un sonido: una parte sollozo, dos partes de risa.

– Detesto cuando me mimas.

– Quizá preferirías que te soltase unas cuantas frases hechas inútiles -añadió Win. Hizo girar el licor en la copa y bebió un sorbo-. Por favor, selecciona una de las siguientes y después seguiremos adelante: la vida es dura; la vida es cruel; la vida es un juego de azar; algunas veces las personas buenas se ven obligadas a hacer cosas malas; algunas veces mueren personas inocentes; sí, Myron, la has jodido, pero esta vez lo harás mejor; no, Myron, no la has jodido, no es culpa tuya; todo el mundo tiene un límite y ahora conoces el tuyo. ¿Puedo dejarlo ya?

– Por favor.

– Entonces comencemos con Clu Haid.

Myron asintió, bebió otro trago de Yoo-Hoo, se acabó la lata.

– Al parecer todo le iba de maravilla a nuestro viejo compañero de facultad -dijo Win-. Lanzaba bien. Parecía reinar en el paraíso doméstico. Pasaba los análisis de dopaje. Cumplía con el toque de queda con horas de sobras. Todo eso cambió hace dos semanas cuando un análisis de dopaje por sorpresa dio un resultado positivo.

– ¿Qué sustancia?

– Heroína.

Myron sacudió la cabeza.

– Clu no les dijo ni una palabra a los medios -continuó Win-, pero en privado afirmó que el análisis había sido un montaje. Que alguien le había echado algo en la comida y más tonterías por el estilo.

– ¿Cómo lo sabes?

– Esperanza me lo dijo.

– ¿Acudió a Esperanza?

– Sí, Myron. Cuando Clu no pasó el análisis, naturalmente buscó a su agente para que le ayudase.

Silencio.

– Vaya -dijo Myron.

– No quiero entrar en el fiasco que es ahora mismo MB SportsReps. Basta decir que Esperanza y Big Cyndi hicieron todo lo que pudieron. Pero es tu agencia. Los clientes te contratan a ti. Muchos se habrán mostrado muy disgustados por tu súbita desaparición.

Myron se encogió de hombros. Quizás algún día se preocuparía.

– Así que Clu no pasó el análisis.

– Lo suspendieron de inmediato. Los medios olieron la sangre y fueron a por él. Perdió todo los patrocinadores. Bonnie le echó de casa. Los Yankees lo desheredaron. Sin nadie más a quien acudir, Clu visitó repetidas veces tu despacho. Esperanza le dijo que no estabas disponible. Su temperamento se hizo más violento con cada visita.

Myron cerró los ojos.

– Hace cuatro días Clu se enfrentó a Esperanza fuera del despacho. Para ser más precisos en el aparcamiento Kinney. Discutieron.

Se dijeron palabras muy duras y un tanto insultantes. Según los testigos, Clu le dio un puñetazo en la boca.

– ¿Qué?

– Vi a Esperanza al día siguiente. Tenía la mandíbula hinchada. Apenas si podía hablar, aunque así y todo decidió decirme que me metiese en mis propios asuntos. En mi opinión, creo que hubiese sufrido más si varios de los otros empleados del aparcamiento no los hubiesen separado. Al parecer, Esperanza hizo amenazas del tipo te haré-pagar-por-esto-hijo-de-puta-picha- floja mientras les tenían separados.

Myron sacudió la cabeza. No tenía sentido.

– A la tarde siguiente a Clu lo encontraron muerto en el apartamento que alquilaba en Fort Lee -prosiguió Win-. La policía se enteró del altercado anterior. Luego se firmaron una serie de órdenes de registro y encontraron el arma asesina, una pistola de nueve milímetros, en tu oficina.

– ¿En mi oficina?

– Sí, en la oficina de MB.

Myron sacudió la cabeza de nuevo.

– Tuvieron que ponerla allí.

– Sí, quizá. También había fibras que se correspondían con la moqueta del apartamento de Clu.

– Las fibras no significan nada. Clu estuvo en la oficina. Es probable que las llevase él mismo hasta allí.

– Sí, quizá -dijo Win de nuevo-. Pero las manchas de sangre en el maletero del coche de la compañía pueden ser más difíciles de explicar.

Myron casi se cayó.

– ¿Sangre en el Taurus?

– Sí.

– ¿La policía confirmó que la sangre era de Clu?

– El mismo grupo sanguíneo. La prueba del ADN llevará varias semanas.

Myron no podía creer lo que estaba oyendo.

– ¿Esperanza había usado el coche?

– Aquel mismo día. Según los registros de peaje, el coche cruzó el puente de Washington de regreso a Nueva York en menos de una hora del asesinato. Como dije, le mataron en Fort Lee. El apartamento está a unos tres kilómetros del puente.

– Esto es una locura.

Win no dijo nada.

– ¿Cuál es el móvil? -preguntó Myron.

– La policía todavía no tiene uno firme. Pero se han ofrecido varios.

– ¿Cuáles?

– Esperanza es una nueva socia de MB SportsReps. Se había quedado al mando. El primer cliente de la compañía estaba a punto de marcharse.

Myron frunció el entrecejo.

– Un motivo bastante débil.

– Él también acababa de atacarla. Quizá Clu la culpaba por todas las cosas malas que le estaban sucediendo. Quizás ella quería vengarse. ¿Quién sabe?

– Antes dijiste algo de que no quería hablar contigo.

– Sí.

– ¿Así que le preguntaste a Esperanza por los cargos?

– Sí.

– ¿Y?

– Me dijo que tenía el asunto controlado -respondió Win-. También me dijo que no me pusiese en contacto contigo. Que no quería hablar contigo.

Myron pareció extrañado.

– ¿Por qué no?

– No tengo ni idea.

Se imaginó a Esperanza, la belleza hispana que había conocido en los días que actuaba como luchadora profesional con el nombre de Pequeña Pocahontas. Hacía una vida de eso. Había estado con MB SportsReps desde el principio: primero como secretaria y ahora que había acabado abogacía, como socia de pleno derecho.

– Pero yo soy su mejor amigo -dijo Myron.

– Como bien sé.

– ¿Entonces por qué diría algo así?

Win juzgó que la pregunta no requería respuesta. Guardó silencio.

La isla estaba ahora fuera de la vista. En cualquier dirección no había otra cosa que el agua azul del Atlántico.

– Si no me hubiese largado… -comenzó Myron.

– ¿Myron?

– ¿Qué?

– Otra vez te estás lamentando. No soporto los lamentos.

Myron asintió y se apoyó en la madera de teca.

– ¿Alguna idea? -preguntó Win.

– Hablará conmigo -afirmó Myron-. Cuenta con ello.

– Ahora mismo acabo de llamarla.

– ¿Y?

– No ha cogido el teléfono.

– ¿Has probado con Big Cyndi?

– Ahora se aloja con Esperanza.

Ninguna sorpresa.

– ¿Qué día es hoy? -preguntó Myron.

– Martes.

– Big Cyndi todavía es gorila en el Leather-N-Lust. Podría estar allí.

– ¿De día?

Myron se encogió de hombros.

– Las desviaciones sexuales no tienen horas.

– A Dios gracias -dijo Win.

Guardaron silencio, el barco se mecía suavemente.

Win miró hacia el sol con los ojos entrecerrados.

– Hermoso, ¿no?

Myron asintió.

– Debes estar harto del sol después de todo este tiempo.

– Mucho -asintió Myron.

– Vamos bajo cubierta. Creo que disfrutarás.

3

Win había cargado una montaña de vídeos en el yate. Miraron los viejos episodios de Batman (aquellos con Julie Newmar como Cat Woman, y Lesley Gore como Pussycat ¡doble miau!), La extraña pareja (Óscar y Félix en Pasapalabra), un episodio de En los límites de la realidad («Servir al hombre») y uno más actual, Seinfeld (Jerry y Elaine visitan a los padres de Jerry en Florida). Olvídense del estofado. Ésta era comida para el espíritu. Pero ante la posibilidad de que no fuese lo bastante sustanciosa, también había Doritos, ganchitos de queso, más Yoo-Hoo e incluso una pizza recalentada de Calabria's Pizzería en Livingston Avenue.

Win. Podía ser un sociópata, pero vaya tío.

El efecto de todo el conjunto estaba más allá de lo terapéutico, el tiempo pasada en el mar y más tarde en el aire era como una cámara hiperbárica emocional, una oportunidad para que el alma de Myron se recuperase de los dolores del síndrome de descompresión, para volver a la súbita reaparición en el mundo real.

Los dos amigos apenas si hablaron, excepto para suspirar por Julie Newmar como Cat Woman (cada vez que ella aparecía en pantalla con su ajustado traje de gata negro, Win decía: «miauuefecto»). Ambos tenían cinco o seis años cuando emitieron la serie por primera vez, pero algo en Julie Newmar como Cat Woman destrozaba completamente cualquier noción freudiana de latencia. Por qué, ninguno de los dos lo podía decir. Quizá su villanía. O algo más primitivo. Esperanza sin duda tendría una opinión interesante. Intentó no pensar en ella -un trabajo inútil y agotador cuando no podía hacer nada al respecto-, pero la última vez que había hecho algo así había sido en Filadelfia con Win y Esperanza. La echaba de menos. Mirar los vídeos no era lo mismo sin sus comentarios.

El yate atracó y se dirigieron al avión privado.

– La salvaremos -afirmó Win-. Después de todo, somos los buenos.

– Dudoso.

– Ten fe, amigo mío.

– No, me refiero a que seamos los buenos.

– Tendrías que saberlo.

– Ya no -dijo Myron.

Win puso aquella cara con la barbilla sobresaliente, aquella que había venido a bordo del Mayflower.

– Esta crisis moral tuya -comentó- te favorece muy poco.

Una rubia espectacular de voz ronca como sacada de un viejo número de cabaret los recibió desde la cabina del avión de la compañía Lock-Horne. Les sirvió bebidas entre risitas y mohines. Win le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

– Curioso -dijo Myron.

– ¿Qué es curioso?

– Siempre contratas azafatas espectaculares.

Win frunció el entrecejo.

– Por favor. Prefiere que la llamen asistenta de vuelo.

– Perdona mi torpe insensibilidad.

– Intenta ser un poco más tolerante -dijo Win-: adivina cómo se llama.

– ¿Tawny?

– Cerca. Candi. Con i latina. Y no le pone el punto. Le dibuja un corazón encima.

Win podía ser más cerdo, pero resultaba difícil imaginar cómo.

Myron se sentó. La voz del piloto sonó en el sistema de megafonía. Se dirigió a ellos por el nombre, y después despegó. Un avión privado. Un yate. Algunas veces era agradable tener amigos ricos.

Cuando llegaron a la altitud de crucero, Win abrió lo que parecía una caja de puros y sacó un móvil.

– Llama a tus padres -dijo.

Myron permaneció callado por un momento. Le invadió una nueva oleada de culpa, que le coloreó las mejillas. Asintió, cogió el móvil, marcó el número. Sujetó el móvil con demasiado fuerza.

Atendió su madre.

– Mamá… -dijo Myron.

Su madre comenzó a llorar. Consiguió llamar a su padre, que cogió el supletorio en la planta baja.

– Papá…

Y entonces él también comenzó a llorar. Llanto estereofónico. Myron se apartó el teléfono del oído por un momento.

– Estaba en el Caribe -explicó-, no en Beirut.

Una explosión de risas por parte de ambos. Después más llantos. Myron observó a Win. Éste permaneció impasible. Myron puso los ojos en blanco, pero por supuesto también estaba complacido. Quéjense todo lo que quieran, ¿a quién no le gusta que le quieran de esta manera?

Sus padres comenzaron una charla insensata; insensata a posta, sospechó Myron. Aunque podían ser unos plastas, sus padres tenían la maravillosa capacidad de saber cuándo no debían preguntar. Consiguió explicar dónde había estado. Escucharon en silencio. Después su madre preguntó:

– ¿De dónde nos llamas ahora?

– Desde el avión de Win.

Ahora exclamaciones en estéreo.

– ¿Qué?

– La compañía de Win tiene un avión privado. Te acabo de decir que él me recogió…

– ¿Estás llamando desde su teléfono?

– Sí.

– ¿Tienes idea de lo que cuesta?

– Mamá…

Pero la charla sin sentido se acabó deprisa. Cuando Myron colgó unos segundos después, se echó hacia atrás. La culpa reapareció como una ducha helada.

Sus padres ya no eran jóvenes. No lo había pensado antes de largarse. No había pensado en un montón de cosas.

– No tendría que haberles hecho esto -dijo Myron-, y tampoco a ti.

Win se removió en el asiento; un lenguaje corporal que en su caso era todo un detalle. Candi apareció de nuevo. Bajó una pantalla y apretó un interruptor, apareció una película de Woody Allen. La última noche de Boris Grushenko. Ambrosía para la mente. La vieron sin hablar. Cuando acabó, Candi le preguntó a Myron si quería darse una ducha antes de aterrizar.

– ¿Perdón? -dijo Myron.

Candi soltó una risita, lo llamó tontorrón y se alejó.

– ¿Una ducha?

– Hay una en la parte de atrás -dijo Win-. También me tomé la libertad de traerte una muda.

– Eres un buen amigo.

– Lo soy, tontorrón.

Myron se duchó y se vistió, y después todos se abrocharon los cinturones de seguridad para la aproximación. El avión descendió sin demora, con un aterrizaje tan perfecto que podría haber sido coreografiado por los Temptations. Una limusina los aguardaba en la pista. Cuando descendieron del avión, el aire parecía extraño y desconocido, como si hubiesen estado visitando otro planeta en lugar de otro país. También llovía con fuerza. Bajaron la escalerilla a la carrera y entraron en la limusina, que ya tenía las puertas abiertas.

Se sacudieron un poco.

– Supongo que te quedarás conmigo -dijo Win.

Myron había estado viviendo en un ático en Spring Street con Jessica. Pero eso era antes.

– Si te va bien.

– Me va bien.

– Podría irme con mis padres…

– Acabo de decir que me va bien.

– Me buscaré un lugar.

– No hay prisa -dijo Win.

La limusina se puso en marcha. Win unió los dedos para formar una capillita. Siempre lo hacía. Quedaba muy bien. Con los dedos unidos, apoyó los índices en los labios.

– No soy la mejor persona con quien hablar de estos temas -dijo-, pero si quieres hablar de Jessica, Brenda o lo que sea…

Separó los dedos, e hizo un gesto con la mano derecha. Win lo intentaba. Los asuntos del corazón no eran su fuerte. Sus sentimientos respecto a las relaciones románticas podían ser calificados objetivamente como «deplorables».

– No te preocupes -manifestó Myron.

– Entonces de acuerdo.

– De todas maneras, gracias.

Un asentimiento rápido.

Después de una década de luchar con Jessica -años de estar enamorado de la misma mujer, pasar por una ruptura importante, volver a encontrarse, dudar, crecer hasta reunirse de nuevo-, se había acabado.

– Echo de menos a Jessica -dijo Myron.

– Creía que no íbamos a hablar de ello.

– Lo siento.

Win se removió de nuevo en el asiento.

– No, continúa.

Como si hubiese preferido que le hicieran un tacto rectal.

– Es que… supongo que una parte de mí siempre estará enredada en Jessica.

Win asintió.

– Como algo en un fallo mecánico.

Myron sonrió.

– Sí. Algo así.

– Entonces amputa el miembro y déjalo atrás.

Myron miró a su amigo.

Win se encogió de hombros.

– He estado mirando Sally Jessy en los ratos libres.

– Ya se nota -afirmó Myron.

– El episodio titulado «Mamá me quitó el anillo del pezón» -dijo Win-. No me avergüenza decir que me hizo llorar.

– Es bueno ver que te pones en contacto con tu lado sensible. -Como si Win lo tuviese-. ¿Qué viene a continuación?

Win consultó su reloj.

– Tengo un contacto en las celdas del juzgado de Bergen County. Ya tendría que estar allí.

Apretó el botón del altavoz y marcó unos números. Escucharon el timbre del teléfono. Después de dos timbrazos una voz respondió:

– Schwartz.

– Brian, soy Win Lockwood.

El habitual silencio reverente cuando se escucha ese nombre. Luego:

– Hola, Win.

– Necesito un favor.

– Di.

– Esperanza Díaz. ¿Está ahí?

Una breve pausa.

– No lo has oído de mí -dijo Schwartz.

– ¿Oír qué?

– Vale, siempre que nos entendamos mutuamente. Sí, está aquí. La trajeron esposada hace un par de horas. Todo muy de tapadillo.

– ¿Por qué de tapadillo?

– No lo sé.

– ¿Cuándo será procesada?

– Supongo que mañana por la mañana.

Win miró a Myron. Éste asintió. Esperanza permanecería detenida toda la noche. No era una buena señal.

– ¿Por qué la detuvieron tan tarde?

– No lo sé.

– ¿Viste cómo la traían esposada?

– Sí.

– ¿No le permitieron entregarse por su cuenta?

– No.

De nuevo los dos amigos se miraron el uno al otro. El arresto a última hora. Las esposas. La noche en la celda. Alguien en la oficina del fiscal estaba cabreado e intentaba dejar las cosas muy claras. No era nada bueno.

– ¿Qué más puedes decirme? -preguntó Win.

– No mucho. Como dije, llevan todo esto muy a la chita callando. El fiscal ni siquiera lo ha comunicado a los medios. Pero lo hará. Con toda probabilidad antes de las noticias de las once. Un anuncio rápido, sin tiempo para preguntas, esa clase de cosas. Demonios, yo ni siquiera me hubiese enterado de no haber sido un gran aficionado.

– ¿Un gran aficionado?

– A la lucha profesional. Verás, la reconocí de sus viejos días de luchadora. ¿Sabías que Esperanza Díaz era la Pequeña Pocahontas, la princesa india?

Win miró a Myron.

– Sí, Brian, lo sabía.

– ¿De verdad? -Brian estaba ahora muy excitado-. La Pequeña Pocahontas era mi gran preferida. Una gran luchadora. De primera clase. Entraba en el cuadrilátero con aquel pequeño bikini de ante, y después comenzaba a luchar contra las otras tías, tías muy grandes, revolcándose por el suelo y hacía cosas, lo juro por Dios, era tan caliente que se me derretían hasta las uñas.

– Gracias por la imagen -dijo Win-. ¿Algo más, Brian?

– No.

– ¿Sabes quién es su abogada?

– No. -Después-: Ah, otra cosa. Tiene a alguien más o menos con ella.

– ¿Más o menos con ella, Brian?

– Afuera. En la escalinata del juzgado.

– No estoy seguro de entenderte -dijo Win.

– Afuera, bajo la lluvia. Está sentada allí. Si no supiese que no es posible, juraría que es la vieja compañera de equipo de la Pequeña Pocahontas. Mamá Gran Jefe. ¿Sabías que Mamá Gran Jefe y la Pequeña Pocahontas fueron el equipo campeón intercontinental tres años seguidos?

Win suspiró.

– No me digas.

– Vete a saber lo que significa intercontinental. Me refiero a ¿qué es intercontinental? No estoy hablando de ahora, de hace cinco u ocho años, como mínimo. Pero, tío, eran impresionantes. Grandes luchadoras. Hoy, bueno, la liga ya no tiene clase.

– Mujeres que luchan vestidas con bikini -dijo Win-. Ya no las hacen como antes.

– Eso es. Demasiadas falsificaciones, pechos de silicona, al menos es como lo veo. Una de ellas va a caer sobre el estómago y bum, las tetas revientan como un neumático viejo. Así que ahora ya no lo sigo mucho. Quizá si estoy haciendo zapping y algo me llama la atención puede que eche un vistazo…

– Hablabas de una mujer bajo la lluvia.

– Correcto, Win, vale, lo siento. En cualquier caso, está allí, sea quien sea. Sentada en los escalones. Los polis le preguntaron qué estaba haciendo. Dijo que estaba esperando a su amiga.

– ¿Así que está allí ahora mismo?

– Sí.

– ¿Qué aspecto tiene, Brian?

– Como el Increíble Hulk. Sólo que da más miedo. Y quizás es más verde.

Win y Myron intercambiaron una mirada. No había duda. Mamá Gran Jefe también conocida como Big Cyndi.

– ¿Alguna cosa más, Brian?

– No, en realidad no. -Después preguntó-: ¿Así que conoces a Esperanza Díaz?

– Sí.

– ¿En persona?

– Sí.

Un silencio de asombro.

– Jesús, tú sí que has vivido, Win.

– Así es.

– ¿Crees que podrías conseguirme su autógrafo?

– Haré todo lo que pueda, Brian.

– ¿Quizás una foto autografiada? ¿De la Pequeña Pocahontas en bikini? Soy un gran aficionado.

– Ya lo veo, Brian. Adiós.

Win colgó y se reclinó en el asiento. Se volvió hacia Myron, que asintió. Win cogió el intercomunicador y le dijo al chófer que los llevase al juzgado.

4

Cuando llegaron al juzgado en Hackensack eran casi las diez de la noche. Big Cyndi estaba sentada bajo la lluvia, con los hombros encorvados; al menos Myron creyó que era Big Cyndi. A lo lejos, parecía como si alguien hubiese aparcado un escarabajo Volkswagen en las escalinatas del juzgado.

Myron se bajó del coche y se acercó.

– ¿Big Cyndi?

La masa oscura soltó un gruñido sordo, una leona que advierte a un animal inferior que se ha perdido.

– Soy Myron.

El gruñido se acentuó. La lluvia había aplastado el peinado punky de Big Cyndi contra el cuero cabelludo, para convertirlo en otro estilo Julio César. El color de hoy era difícil de descifrar -a Big Cyndi le gustaba la variedad en el tinte capilar- pero no se parecía a ningún color que pudiese encontrarse en estado natural. A veces le gustaba combinar los tintes al azar y ver qué pasaba. También insistía en que la llamasen Big Cyndi. No Cyndi. Big Cyndi. Incluso se había hecho cambiar el nombre legalmente. Los documentos oficiales decían: Cyndi, Big.

– No puedes quedarte aquí toda la noche -añadió Myron.

Big Cyndi rompió su silencio.

– Váyase a casa.

– ¿Qué ha pasado?

– Usted se marchó.

La voz de Cyndi era como la de un niño perdido.

– Sí.

– Nos dejó solas.

– Lo siento. Pero ahora he vuelto.

Se arriesgó a dar otro paso. Ojalá tuviese algo para calmarla. Como dos litros de Häagen-Dazs. O un cordero pascual.

Big Cyndi se echó a llorar. Myron se acercó poco a poco, con la mano derecha un tanto extendida por si ella quería olisquearla. Pero ahora los gruñidos habían desaparecido, reemplazados por los sollozos. Myron apoyó la palma en un hombro que parecía una pelota de fútbol.

– ¿Qué pasó? -preguntó de nuevo.

Ella se sorbió los mocos. Sonoramente. El sonido casi abolló el guardabarros de la limusina.

– No se lo puedo decir.

– ¿Por qué no puedes?

– Ella me dijo que no lo hiciera.

– ¿Esperanza?

Big Cyndi asintió.

– Necesitará nuestra ayuda -dijo Myron.

– No quiere su ayuda.

Las palabras le dolieron. Continuó lloviendo. Myron se sentó en el escalón a su lado.

– ¿Está furiosa porque me marché?

– No se lo puedo decir, señor Bolitar, lo siento.

– ¿Por qué no?

– Ella me dijo que no lo hiciera.

– Esperanza no puede afrontar todo esto por su cuenta -afirmó Myron-. Necesitará un abogado.

– Ya tiene uno.

– ¿Quién?

– Hester Crimstein.

Big Cyndi jadeó como si se hubiese dado cuenta de que había hablado demasiado, pero Myron se preguntó si el desliz no había sido intencionado.

– ¿Cómo consiguió a Hester Crimstein? -preguntó Myron.

– No puedo decir nada más, señor Bolitar. Por favor, no se enfade conmigo.

– No estoy enfadado, Big Cyndi. Sólo estoy preocupado.

Entones Big Cyndi le sonrió. La visión hizo que Myron contuviese un alarido.

– Es agradable tenerle de vuelta -dijo ella.

– Gracias.

Big Cyndi apoyó la cabeza en su hombro. El peso lo hizo vacilar, pero consiguió mantenerse más o menos erguido.

– Ya sabes lo que siento por Esperanza -dijo Myron.

– Sí -dijo Big Cyndi-. Usted la quiere. Y ella le quiere a usted.

– Entonces déjame ayudar.

Big Cyndi apartó la cabeza de su hombro. La sangre volvió a circular.

– Creo que ahora debe irse.

Myron se levantó.

– Venga. Te llevaremos a casa.

– No, me quedo.

– Está lloviendo y es muy tarde. Alguien podría intentar atacarte. No es un lugar seguro.

– Puedo cuidar de mí misma -señaló Big Cyndi.

Él había querido decir que no era seguro para los atacantes, pero lo dejó correr.

– No puedes quedarte aquí toda la noche.

– No voy a dejar a Esperanza sola.

– Pero ni siquiera sabe que estás aquí.

Big Cyndi se apartó la lluvia de la cara con una mano del tamaño de un neumático de camión.

– Lo sabe.

Myron se giró hacia el coche. Win estaba ahora apoyado en la puerta, con los brazos cruzados, el paraguas apoyado en el hombro. Mucho Gene Kelly. Le hizo un gesto a Myron.

– ¿Estás segura? -preguntó Myron.

– Sí, señor Bolitar. Ah, y mañana llegaré tarde al trabajo. Espero que lo comprenda.

Myron asintió. Se miraron el uno al otro, la lluvia resbaló por su rostro. Un coro de risas hizo que ambos se volviesen hacia la derecha y mirasen el edificio con aspecto de fortaleza donde estaban las celdas. Esperanza, la persona más cercana a ambos, estaba encarcelada allí. Myron dio un paso hacia la limusina. Después se giró.

– Esperanza no mataría a nadie -afirmó.

Esperó a que Big Cyndi asintiera o al menos moviese la cabeza. Pero no lo hizo. Volvió a encorvar los hombros y desapareció dentro de sí misma.

Myron entró en el coche. Win lo siguió. Le dio a Myron una toalla. El conductor puso la limusina en marcha.

– Hester Crimstein es su abogada -dijo Myron.

– ¿La señora Court TV?

– La misma.

– Ah -dijo Win-. ¿Cómo se llama su programa?

– Crimstein on Crime -contestó Myron.

Win frunció el entrecejo.

– No está mal.

– Ha publicado un libro con el mismo título. -Myron sacudió la cabeza-. No deja de ser extraño. Hester Crimstein ya no acepta muchos casos. ¿Cómo es que Esperanza la consiguió?

Win se tocó la barbilla con el índice.

– No lo puedo afirmar a ciencia cierta, pero creo que Esperanza tuvo una aventura con ella hace un par de meses.

– Bromeas.

– Bueno, sí, soy un chico muy divertido. ¿No te ha parecido gracioso?

Listillo. Pero tenía sentido. Esperanza era la bisexual perfecta: lodos, sin importar sexo ni preferencias, la encontraban sumamente atractiva. Si ibas a jugar a dos bandas, lo mejor es tener un atractivo universal.

Myron lo pensó por unos momentos.

– ¿Sabes dónde vive Hester Crimstein? -preguntó.

– Dos edificios más allá del mío, en Central Park West.

– Vayamos a hacerle una visita.

Win frunció el entrecejo.

– ¿Para qué?

– Quizá pueda decirnos algo.

– No hablará con nosotros.

– Quizá lo haga.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Para empezar -dijo Myron-, me siento especialmente encantador.

– Dios mío. -Win se inclinó hacia delante-. Chófer, pise el acelerador.

5

Win vivía en el Dakota, uno de los edificios más pijos de Manhattan. Hester Crimstein vivía dos manzanas al norte, en el San Remo, otro edificio pijo. Entre los inquilinos estaban Diane Keaton y Dustin Hoffman, pero el San Remo era más conocido por ser el edificio que había rechazado la solicitud de Madonna para vivir allí.

Había dos entradas, ambos con porteros vestidos como Brezhnev dando un paseo por la Plaza Roja. Brezhnev I anunció en un tono seco que la señora Crimstein «no estaba presente». No miento, utilizó la palabra «presente»; las personas no lo hacían a menudo en la vida real. Le sonrió a Win y miró a Myron por encima de la nariz. No era una tarea fácil -Myron le pasaba unos quince centímetros- y obligó a Brezhnev I a echar la cabeza hacia atrás de forma tal que los orificios nasales parecían la entrada oeste del túnel de Lincoln. ¿Por qué los sirvientes de los ricos y famosos se comportaban más altivos que sus amos?, se preguntó Myron. ¿Era simple resentimiento? ¿Era porque los miraban todo el día por encima de la nariz y por lo tanto necesitaban la ocasión de ser ellos quienes mirasen hacia abajo? ¿O sencillamente las personas atraídas por estos empleos eran unos inseguros lameculos?

Los pequeños misterios de la vida.

– ¿Espera que la señora Crimstein vuelva esta noche? -preguntó Win.

Brezhnev I abrió la boca, se detuvo, miró con desconfianza, como si temiese que Myron fuese a defecar en la alfombra persa.

Win leyó la expresión y se lo llevó a un aparte, alejando a ese miembro inferior de la chusma.

– No tardará en regresar, señor Lockwood. -Ah, así que Brezhnev I había reconocido a Win; nada extraordinario-. La clase de aerobic de la señora Crimstein concluye a las once.

Gimnasia a las once de la noche. Bienvenido a los noventa, donde el tiempo de ocio se succiona de la vida como otro producto más de liposucción.

No había sala de espera ni dónde sentarse en el San Remo -la mayoría de los edificios pijos no alientan ni siquiera a los inquilinos aprobados a holgazanear-, así que salieron a la calle.

Central Park estaba al otro lado de la calle; más o menos árboles y un muro de piedra, y eso era todo. Montones de taxis pasaban hacia el norte. La limusina de Win había partido -calculaban que podrían caminar las dos manzanas hasta la casa de Win-, pero había otras cuatro limusinas aparcadas en una zona prohibida. Una quinta se detuvo. Una limusina Mercedes de color plateado. Brezhnev corrió hacia la puerta del vehículo como si ya no aguantase más la necesidad de mear y adentro hubiese un baño.

Un hombre anciano, calvo, excepto por una corona de pelo blanco, se apeó tambaleante, tenía la boca retorcida como si hubiese sufrido una embolia. Le siguió una mujer que parecía una ciruela pasa. Ambos vestían prendas de lujo y debían rondar los cien años. Había algo en ellos que preocupó a Myron. Sí, parecían marchitos. Viejos, desde luego. Pero Myron intuyó que había algo más. La gente habla de los encantadores viejecitos, pero estos dos no podían ser más opuestos a esa idea, los ojos vidriosos, los movimientos furiosos, furtivos y temerosos. La vida les había arrebatado todo lo bueno, la esperanza de la juventud, para dejarles sólo una vitalidad basada en algo feo y odioso. La amargura era lo único que les quedaba. Si la amargura estaba dirigida a Dios o a la humanidad, Myron no lo podía decir.

Win le dio un codazo. Miró a la derecha y vio a una figura, que reconoció de la televisión como Hester Crimstein, dirigiéndose hacia ellos. Tiraba a rellenita, al menos para las retorcidas normas actuales de Kate Moss, y su rostro era carnoso y angelical. Calzaba unas Reebok blancas, calcetines blancos, pantalones elásticos verdes que probablemente hubiesen hecho fruncir el entrecejo a Kate, una sudadera, y un sombrero de punto con el pelo rubio mate asomando por debajo. El viejo se detuvo cuando vio a la abogada, sujetó la mano de la señora ciruela y se apresuró a entrar.

– ¡Puta! -consiguió decir el viejo por el lado bueno de la boca.

– Que te zurzan, Lou -le respondió Hester.

El viejo se detuvo, pareció que iba a decir algo más, y se alejó cojeando.

Myron y Win intercambiaron una mirada y se acercaron.

– Un viejo adversario -dijo ella a modo de explicación-. ¿Alguna vez han oído el viejo refrán de que sólo los buenos mueren jóvenes?

– Por supuesto.

Hester Crimstein hizo un gesto con ambas manos hacia la pareja anciana como si fuese Carol Merrill mostrando un coche flamante.

– Ahí tienen la prueba. Hace un par de años ayudé a sus hijos a poner un pleito al hijo de puta. Nunca vi nada parecido. -Echó la cabeza hacia atrás-. ¿Se han fijado en que algunas personas son como los chacales?

– ¿Perdón?

– Se comen a los cachorros. Así es Lou. Y mejor que no hable de esa bruja arrugada con la que vive. Una puta de cinco dólares que dio el braguetazo. Resulta difícil de creer viéndola ahora.

– Comprendo -dijo Myron, aunque no era verdad. Intentó seguir adelante-. Señora Crimstein me llamo…

– Myron Bolitar -lo interrumpió ella-. Por cierto, es un nombre horrible. Myron. ¿En qué estarían pensando sus padres?

Una buena pregunta.

– Si sabe quién soy, entonces sabe por qué estoy aquí.

– Sí y no -dijo Hester.

– ¿Sí y no?

– Bueno, sé quién es porque soy una fanática de los deportes. Solía verle jugar. El partido contra Indiana en la final del campeonato de la NCAA fue todo un clásico. Sé que los Celtics le ficharon en primera ronda, ¿cuánto hace, once, doce años?

– Algo así.

– Pero, con sinceridad, y no pretendo ofender a nadie, no estoy segura de que tuviese la velocidad requerida para ser un gran profesional, Myron. El lanzamiento, sí. Siempre podía lanzar. Sabía usar el físico, pero cuánto mide, ¿uno noventa y cinco?

– Más o menos.

– Lo hubiese pasado mal en la NBA. Es sólo la opinión de una mujer. Pero por supuesto el destino se ocupó de eso al lesionarle la rodilla. Sólo un universo alternativo sabe la verdad. -Sonrió-. Ha sido un placer hablar con usted. -Ella miró a Win-. Con usted también, pico de oro. Buenas noches.

– Espere un segundo -dijo Myron-. Estoy aquí por Esperanza Díaz.

Ella fingió una exclamación de sorpresa.

– ¿De verdad? Y yo que creía que sólo quería recordar su carrera atlética.

Myron se volvió hacia Win.

– El encanto -susurró Win.

Luego miró de nuevo a Hester.

– Esperanza es mi amiga -dijo.

– ¿Y?

– Quiero ayudar.

– Fantástico. Comenzaré a enviarle los honorarios. Este caso le costará un pastón. Soy muy cara. No puede imaginar lo que cuesta el mantenimiento de este edificio. Ahora los porteros quieren uniformes nuevos. Creo que algo de color malva.

– No es a eso a lo que me refiero.

– ¿Ah, no?

– Me gustaría saber qué está pasando con el caso.

Hester hizo una mueca.

– ¿Dónde ha estado estas últimas semanas?

– Fuera.

– ¿Fuera dónde?

– En el Caribe.

Ella asintió.

– Bonito bronceado.

– Gracias.

– Pero podría haberse bronceado en una cabina de rayos UVA. Tiene la pinta de un tipo que frecuenta las cabinas de rayos UVA.

Myron miró de nuevo a Win.

– El encanto, Luke -susurró Win en su mejor representación de Alex Guinnes como Obi-Wan Kenobi-. Recuerda el encanto.

– Señora Crimstein…

– ¿Alguien puede dar testimonio de su paradero en el Caribe, Myron?

– ¿Perdón?

– ¿Tiene problemas de audición? Pregunto si alguien puede verificar su paradero en el momento del supuesto asesinato.

Presunto asesinato. Al tipo le disparan tres veces en su casa pero el asesinato es sólo «presunto». Abogados.

– ¿Por qué quiere saberlo?

Hester Crimstein se encogió de hombros.

– La presunta arma asesina fue presuntamente encontrada en las oficinas de una tal MB SportsReps. Es su compañía, ¿no?

– Lo es.

– Y usted utiliza el coche de la empresa donde la presunta sangre y las presuntas fibras fueron presuntamente encontradas.

– Aquí la palabra clave es «presunta» -le sopló Win.

Hester Crimstein miró a Win.

– Vaya, pero si habla.

Win sonrió.

– ¿Cree que soy sospechoso? -preguntó Myron.

– Claro, ¿por qué no? Se llama duda razonable, pimpollos. Soy una abogada defensora. Somos fantásticas con las dudas razonables.

– Por mucho que desee ayudar, hay un testigo de mi paradero.

– ¿Quién?

– No se preocupe por eso.

Otro encogimiento de hombros.

– Fue usted quien dijo que quería ayudar. Buenas noches. -Ella miró a Win-. Por cierto, es usted el hombre perfecto: muy guapo y casi mudo.

– Cuidado -le dijo Win.

– ¿Por qué?

Win señaló a Myron con el pulgar.

– En cualquier momento pondrá en marcha su encanto y reducirá a escombros su resistencia.

Hester miró a Myron y se echó a reír.

Myron lo intentó de nuevo.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó.

– ¿Perdón?

– Soy su amigo.

– Sí, creo que ya lo ha mencionado.

– Soy su mejor amigo. Me preocupo por ella.

– Bien, mañana le pasaré una nota durante el recreo y averiguaré si a ella también le cae bien. Luego podrán encontrarse en Pop's y compartir una gaseosa.

– No es eso lo que… -Myron se detuvo, le dirigió su lenta sonrisa un-tanto-despistado-pero-estoy-aquí-para-ayudar. La sonrisa 18: el modelo Michael Landon, excepto que no podía quebrar la ceja-. Sólo quiero saber qué ha pasado. Creo que es fácil de entender.

El rostro de Hester se suavizó.

– Usted fue a la Facultad de Derecho, ¿no?

– Sí.

– Nada menos que a Harvard.

– Sí.

– Entonces debió de faltar el día que explicaron lo que nosotros llamamos privilegio abogado-cliente. Si quiere le puedo recomendar algunos excelentes libros sobre el tema. O quizá prefiera ver algún episodio de Ley y orden. Por lo general lo mencionan antes de que el viejo fiscal le diga a Sam Waterston que no tiene un caso y debería hacer un trato.

Vaya con el encanto.

– Sólo se está cubriendo el culo -dijo Myron.

Ella se miró las nalgas. Después frunció el entrecejo.

– No es tarea fácil, se lo aseguro.

– Creía que usted era una abogada de primera.

Ella suspiró, se cruzó de brazos.

– Vale, Myron, le escucho. ¿Por qué me estoy cubriendo el culo? ¿Por qué no soy la extraordinaria abogada que creía que era?

– Porque no permitieron que Esperanza se entregase por propia voluntad. Porque se la llevaron esposada. Porque la retienen durante la noche en lugar de hacerla pasar por el sistema en el mismo día. ¿Por qué?

Ella bajó las manos a los costados.

– Buena pregunta, Myron. ¿Por qué cree que fue?

– Porque a alguien de allí no le gusta su abogada de primera fila. Alguien en la oficina del fiscal probablemente la tiene tomada con usted y se descarga con su cliente.

– Es una posibilidad -admitió ella-. Pero tengo otra.

– ¿Cuál?

– Quizás a ellos no les guste su empleador.

– ¿Yo?

Ella fue hacia la puerta.

– Háganos a todos un favor, Myron. Manténgase fuera de esto. Sólo manténgase lejos. Y quizá deba buscarse un abogado.

Hester Crimstein se volvió y desapareció en el interior. Myron se volvió hacia Win, que estaba inclinado por la cintura y miraba la entrepierna de Myron.

– ¿Qué demonios estás haciendo?

– Quería ver si te ha dejado por lo menos algún trocito de los huevos.

Continuó mirando.

– Muy divertido. ¿Qué crees que quiso decir con que a ellos no les gusta su empleador?

– No tengo la menor idea -respondió Win-. No debes culparte a ti mismo.

– ¿Qué?

– Por el aparente fracaso de tu encanto. Te has olvidado de un componente crucial.

– Qué es…

– La señora Crimstein tuvo una aventura con Esperanza.

Myron vio adónde quería ir a parar.

– Por supuesto. Tiene que ser lesbiana.

– Exacto. Es la única explicación racional para su capacidad de resistirse ante ti.

– Eso, o en realidad un muy curioso acontecimiento paranormal.

Win asintió. Comenzaron a caminar por Central Park West.

– También es una prueba de una regla que empieza a asustarme -añadió Win.

– ¿Cuál es?

– La mayoría de las mujeres que conoces son lesbianas.

– Casi todas -admitió Myron.

6

Caminaron las dos calles hasta la casa de Win, miraron un rato la tele, se fueron a la cama. Myron yació en la oscuridad agotado, pero el sueño parecía esquivo. Pensó en Jessica. Luego intentó pensar en Brenda, pero el mecanismo de defensa automático lo rechazó. Aún estaba demasiado fresco. Y pensó en Terese. Esa misma noche estaba sola en la isla por primera vez. Durante el día la soledad de la isla era pacífica, discreta y bienvenida; por la noche la soledad parecía más un oscuro aislamiento, las paredes negras de la isla cerrándose, silenciosas y asfixiantes como un ataúd enterrado. Él y Terese siempre habían dormido abrazados. Ahora se la imaginaba acostada sola en aquella profunda oscuridad. Y se preocupaba por ella.

Se despertó a la mañana siguiente a las siete. Win ya se había marchado, pero le había dejado una nota donde decía que se encontraría con Myron en el juzgado a las nueve. Myron se sirvió un bol de cereales, descubrió escarbando en el paquete con la mano izquierda que Win ya se había llevado el juguete de regalo del interior, se duchó, vistió, y consultó su reloj. Las ocho. Tiempo de sobra para llegar al juzgado.

Bajó el ascensor y cruzó el famoso patio del Dakota. Había llegado a la esquina de la Setenta y dos y Central Park West cuando vio tres figuras conocidas. Myron sintió que se le aceleraba el pulso. FJ, iniciales de Frank Junior, estaba entre dos tipos gigantescos. Los dos mastodontes parecían experimentos de laboratorio que habían salido muy mal, como si alguien hubiese mezclado glándulas genéticas con un exceso de esteroides anabólicos. Llevaban camisetas sin mangas y aquellos pantalones con cordones de los levantadores de pesas que se parecían sospechosamente a pantalones de pijama.

El joven FJ sonrió en silencio a Myron con sus labios finos. Llevaba un traje azul malva tan brillante que parecía como si alguien lo hubiese rociado con brillantina. FJ no se movió, no dijo nada, sólo sonrió a Myron con ojos que no parpadeaban y aquellos labios finos.

La palabra de hoy, chicos y chicas, es ofídico.

FJ por fin dio un paso adelante.

– Oí que estabas de regreso en la ciudad, Myron.

Myron se tragó una réplica. No era una muy graciosa, algo acerca de un bonito grupo de bienvenida, y mantuvo la boca cerrada.

– ¿Recuerdas nuestra última conversación? -continuó FJ.

– Vagamente.

– Mencioné algo acerca de matarte, ¿no?

– Quizá saliera en la conversación -dijo Myron-. No lo recuerdo bien. Tantos tipos duros, tantas amenazas.

Los mastodontes intentaron fruncir el entrecejo, pero incluso sus rostros tenían demasiados músculos, y los movimientos requerían demasiados esfuerzos. Se conformaron con mostrarse ceñudos y bajaron un poco las cejas.

– En realidad estuve a punto de hacerlo -añadió FJ-. Hace cosa de un mes. Te seguí hasta un cementerio en Nueva Jersey. Incluso me acerqué por detrás de ti con mi arma. Curioso, ¿no?

Myron asintió.

– Como escribió Henny Youngman.

FJ inclinó la cabeza.

– ¿Quieres saber por qué no te mate?

– Por Win.

El sonido de su nombre fue como un vaso de agua fría en los rostros de los dos mastodontes. Llegaron incluso a retroceder, pero se recuperaron pronto con unas cuantas flexiones. FJ permaneció tan tranquilo.

– Win no me asusta -dijo.

– Incluso el animal más idiota -señaló Myron- tiene un mecanismo de supervivencia innato.

La mirada de FJ se cruzó con la de Myron. Intentó mantener el contacto, pero era difícil. No había nada detrás de los ojos de FJ que no fuese podredumbre y decadencia; era como mirar a través de las ventanas rotas de un edificio abandonado.

– Chorradas, Myron. Chorradas. No te maté, porque, bueno, ya parecías sufrir muchísimo. Fue como, ¿cómo decirlo?, como si matarte hubiese sido un acto de misericordia. Como dije antes, divertido, ¿verdad?

– Deberías considerar la posibilidad de dedicarte a la comedia -asintió Myron.

FJ se rió y agitó una mano a nada en particular.

– En cualquier caso, no tiene importancia. Mi padre y mi tío te aprecian, y sí, no vemos ninguna razón para molestar a Win sin necesidad. Ellos no te quieren muerto, así que yo tampoco.

Su padre y su tío eran Frank y Herman Ache, dos de los legendarios rompedores de piernas de Nueva York. Los Ache habían crecido en las calles y habían prosperado gracias a la cantidad de personas que se habían cargado. Herman, el hermano mayor y el más importante, había cumplido los sesenta y tantos y le gustaba fingir que no ora escoria rodeándose de las cosas exquisitas de la vida: clubes privados que no le querían, exposiciones de arte de nuevos ricos, fiestas de beneficencia, chefs franceses que trataban a cualquiera que les diese menos de cincuenta dólares de propina como si fuesen personas que no pudiesen limpiarle las suelas de los zapatos. En otras palabras, escoria con ingresos altos. El hermano menor de Herman, Frank, era un psicópata que había producido un retoño psicópata que ahora estaba ante Myron, y seguía siendo lo que siempre había sido: un feo matarife que consideraba los chándales de terciopelo brillante de K mart como alta costura. Frank se había calmado a lo largo de los últimos años, pero nunca le había funcionado del todo.

La vida, al parecer, tenía poco sentido para Frank Senior sin tener a alguien a quien torturar o herir.

– ¿Qué quieres, FJ?

– Vengo a hacerte una proposición.

– Caray, esto sí que se pone interesante.

– Quiero comprarte tu negocio.

Los Ache dirigían TruPro, una empresa de representaciones deportivas bastante grande. TruPro siempre había carecido del más mínimo escrúpulo, contrataban a jóvenes atletas con las mismas restricciones morales que un político que planea una campaña para recaudar fondos. Pero entonces el dueño se endeudó hasta el cuello. Deudas de las malas. Las deudas que atraen a la clase de hongos equivocada. Los hermanos Ache, los hongos en cuestión, entraron en escena y, como los entes parasitarios que eran, se comieron cualquier cosa que diera señales de vida, y ahora mordisqueaban la carcasa.

No obstante, ser un agente deportivo era hasta cierto punto una manera honrada de ganarse la vida, y Frank Sénior, deseoso de darle a su hijo lo que todos los padres quieren, le entregó las riendas al joven FJ en cuanto salió de la Facultad de Economía. En teoría FJ debía dirigir TruPro de la manera más honesta posible. Su padre había matado y torturado para que su hijo no tuviese que hacerlo; sí, el auténtico sueño americano con, todo hay que decirlo, un giro un tanto retorcido. Pero FJ parecía incapaz de liberarse de los viejos hábitos de la familia. Por qué era un misterio que fascinaba a Myron. ¿La maldad de FJ era genética, heredada de su padre como una nariz prominente, o como muchos otros chicos, sólo buscaba ganarse la aceptación de su padre demostrando que la bellota podía ser tan ferozmente psicópata como el roble?

Naturaleza o educación. El debate continúa.

– MB SportsReps no está a la venta -respondió Myron.

– Creo que actúas sin mucha cabeza.

Myron asintió.

– Lo archivaré en la carpeta de «Algún día puede que lo lamente».

Los mastodontes hicieron un ruido, dieron un paso adelante, y movieron los cuellos al unísono. Myron señaló a uno, después al otro.

– ¿Quién os prepara la coreografía?

Deseaban verse insultados -saltaba a la vista-, pero ninguno de los dos sabía qué significaba la palabra «coreografía».

– ¿Sabes cuántos clientes ha perdido MB SportsReps en las últimas semanas? -preguntó FJ.

– ¿Un montón?

– Yo diría que una cuarta parte de tu lista. Un par de ellos se vinieron con nosotros.

Myron silbó, fingió indiferencia, pero no le agradaba nada oírlo.

– Ya los recuperaré.

– ¿Eso crees? -FJ volvió a sonreír con la sonrisa de ofidio; Myron casi esperaba ver una lengua bífida asomar entre los labios-. ¿Sabes cuántos más te dejarán cuando se enteren del arresto de Esperanza?

– ¿Un montón?

– Tendrás suerte si te queda uno.

– Eh, entonces seré como Jerry Maguire. ¿Has visto la película? «Muéstrame la pasta», «Me encantan los negros». -Myron le dedicó a FJ su mejor interpretación de Tom Cruise-. Tú me completas.

FJ permaneció impasible.

– Estoy dispuesto a ser generoso, Myron.

– Estoy seguro de que sí, FJ, pero la respuesta sigue siendo no.

– No me importa lo limpia que fuese tu representación. Nadie puede sobrevivir al escándalo financiero en el que estás a punto de meterte.

No era un escándalo financiero, pero Myron no estaba de humor para las correcciones.

– ¿Hemos terminado, FJ?

– Claro. -FJ le dedicó una última sonrisa de víbora. La sonrisa pareció saltar de su cara, arrastrarse hacia Myron, y después deslizarse por su espalda-. ¿Qué te parece si un día de éstos quedamos para comer?

– Cuando quieras -dijo Myron-. ¿Tienes móvil?

– Por supuesto.

– Llama a mi socia ahora mismo y arréglalo.

– ¿No está en la cárcel?

Myron chasqueó los dedos.

– Lástima.

A FJ le pareció divertido.

– ¿Mencioné que algunos de tus viejos clientes están utilizando ya mis servicios?

– Eso dijiste.

– Si te pones en contacto con cualquiera de ellos -hizo una pausa, lo pensó- me sentiré obligado a tomar represalias. ¿He hablado claro?

FJ debía tener unos veinticinco años, hacía menos de un año que había salido de la Harvard Business School. Después había ido a Princeton. Un chico listo. O un padre poderoso. En cualquier caso, un rumor decía que cuando un profesor de Princeton quiso acusar a FJ de plagio, desapareció y sólo se pudo encontrar su lengua, en la almohada de otro profesor que estaba considerando presentar los mismos cargos.

– Claro como el agua, FJ.

– Bien, Myron. Volveremos a hablar.

Si es que Myron aún tenía lengua.

Los tres hombres subieron al coche y se marcharon sin decir otra palabra. Myron controló los latidos de su corazón y consultó el reloj. Hora de ir al juzgado.

7

La sala del juzgado de Hackensack se parecía mucho a las que aparecen en televisión. Series como El abogado, Ley y orden e incluso Judge Judy captan la apariencia física muy bien. Por supuesto, no pueden captar la esencia que emana de las pequeñas cosas: el débil hedor subyacente del sudor inducido por el miedo, el uso excesivo de desinfectante, la leve sensación pegajosa de los bancos, las mesas y las balaustradas; lo que a Myron le gustaba llamar los factores intangibles. Myron tenía el talonario preparado para pagar la fianza de inmediato. Él y Win lo habían hablado la noche anterior y habían calculado que el juez fijaría una cantidad entre los cincuenta y los setenta y cinco mil dólares. Esperanza carecía de antecedentes y tenía un empleo fijo. Estos factores jugarían a su favor. Si la suma ascendía más, ningún problema. Los bolsillos de Myron podían ser no muy profundos, pero la ganancia neta de Win era equivalente al producto nacional bruto de un pequeño país europeo.

Había una legión de reporteros aparcados afuera, toneladas de camionetas con cables y antenas de satélite, y por supuesto las antenas fálicas, que se alzaban hacia el cielo como si buscasen al esquivo dios de las grandes audiencias. Estaban Court TV, News 2 New York, ABC News, CNN, Eyewitness News. Todas las ciudades en todas las regiones del país podían ver Eyewitness News. ¿Por qué? ¿Por qué era tan atractivo el nombre? También estaban los nuevos programas a cual más sórdido, como HardCopy, Access Hollywood, Current Affair, aunque la distinción entre ellos y las noticias locales se había convertido en algo difuso hasta el punto de no existir. Eh, al menos HardCopy y similares eran un poco más honestos porque no ofrecían el más mínimo valor social que los redimiese. Además, no tenías que aguantar a los hombres del tiempo.

Un par de reporteros reconocieron a Myron y le llamaron. Myron puso su cara de póquer -serio, firme, preocupado y confiado- y se abrió paso entre ellos con la retahíla de «Sin comentarios». Cuando entró en la sala, lo primero que vio fue a Big Cyndi; no era una sorpresa porque destacaba como Louis Farrakhan en un B'nai B'rith. Estaba encajada en una hilera de asientos en los que no había nadie excepto Win. Nada de particular. Si quieres reservar asientos, envías a Big Cyndi; a las personas no les gusta disculparse para pasar junto a ella. La mayoría prefieren quedarse de pie. O incluso irse a casa.

Myron entró en la hilera de Big Cyndi, pasó por encima de las rodillas que parecían cascos de motorista, y se sentó entre sus amigos.

Big Cyndi no se había cambiado desde la noche anterior ni tampoco aseado. La persistente lluvia había lavado parte del tinte del pelo; manchas rojas y amarillas se habían secado alrededor de su cuello. El maquillaje, siempre aplicado en cantidades suficientes para moldear un busto de yeso, también había sufrido el castigo de la lluvia, y su rostro ahora se parecía a las velas multicolores de una menorah dejadas demasiado tiempo al sol.

En alguna ciudad, las acusaciones de asesinato eran algo común y se atendían a la manera de la producción en serie. No era el caso en Hackensack. Esto era algo importante: un caso de asesinato que involucraba a un famoso. No había ninguna prisa.

El alguacil comenzó a anunciar los casos.

– Esta mañana he tenido un visitante -le susurró Myron a Win.

– ¿Ah, sí?

– FJ y dos gorilas.

– Vaya -dijo Win-. ¿El chico portada de Pandilleros modernos manifestó su habitual surtido de coloridas amenazas?

– Sí.

Win casi sonrió.

– Tendremos que matarlo.

– No.

– Sólo estás demorando lo inevitable.

– Es el hijo de Frank Ache, Win. No se debe matar al hijo de Frank Ache.

– Comprendo. ¿Entonces prefieres matar a alguien de una familia mejor?

La lógica de Win. Tenía sentido en la forma más horrorosa posible.

– Sólo veamos cómo avanzan las cosas, ¿vale?

– No dejes para mañana lo que puedas exterminar hoy.

Myron asintió.

– Tendrías que escribir uno de esos libros de autoayuda.

Guardaron silencio. Fueron pasando los casos: un robo con allanamiento de morada, un par de asaltos, demasiados robos de coches. Todos los sospechosos se veían jóvenes, culpables y furiosos. Siempre con el rostro ceñudo. Tipos duros. Myron intentó no hacer una mueca, intentó recordar que todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario, intentó recordar que Esperanza también era una sospechosa. Pero no ayudó mucho.

Por fin Myron vio a Hester Crimstein entrar en la sala, vestida con su mejor atuendo profesional: un elegante traje beige, una camisa color crema, y un peinado con demasiada laca. Ocupó su lugar en la mesa de la defensa, y se hizo silencio en la sala. Dos guardias entraron con Esperanza por una puerta abierta. Myron la vio, y algo parecido a la coz de una mula le dio en el pecho.

Esperanza iba vestida con el mono naranja fluorescente de la cárcel. Olvídense del gris o de las rayas; si el prisionero quería escapar, iba a destacar como un rótulo de neón en un monasterio. Llevaba las manos esposadas delante. Myron sabía que Esperanza era pequeña -quizás un metro cincuenta y siete, cincuenta kilos- pero nunca la había visto tan pequeña. Mantenía la cabeza alta, desafiante. La Esperanza clásica. Si tenía miedo, no lo demostraba.

Hester Crimstein apoyó una mano amiga en el hombro de su cliente. Esperanza asintió. Myron intentó con desesperación captar su mirada. Tardó unos instantes, pero finalmente Esperanza miró en su dirección y lo miró con una resignada y leve sonrisa de «Estoy bien». Myron se sintió mejor.

– El pueblo contra Esperanza Díaz -leyó el alguacil.

– ¿Cuál es la acusación? -preguntó la jueza.

El ayudante del fiscal de distrito, un chico que apenas parecía lo bastante mayor para tener vello púbico, se levantó junto a un pedestal.

– Asesinato en segundo grado, Su Señoría.

– ¿Cómo se declara?

La voz de Esperanza era fuerte.

– Inocente.

– ¿Fianza?

– Su Señoría, el pueblo requiere que la señorita Díaz permanezca detenida sin fianza -solicitó Cara de Niño.

Hester Crimstein gritó: «¿Qué?», como si hubiese acabado de oír las más irracionales y peligrosas palabras que cualquier ser humano hubiese dicho en cualquier circunstancia.

Cara de Niño permaneció tan tranquilo.

– La señorita Díaz está acusada de matar a un hombre disparándole tres veces. Tenemos pruebas…

– No tienen nada, Su Señoría. Nadas circunstanciales.

– La señorita Díaz no tiene familia ni está arraigada en la comunidad -prosiguió el chico-. Creemos que todo ello supone un sustancial peligro de fuga.

– Es una tontería, Su Señoría. La señorita Díaz es socia de una empresa de representación deportiva muy importante en Manhattan. Es una licenciada en derecho que en la actualidad se está preparando para iniciar el ejercicio de su profesión. Tiene muchos amigos y raíces en la comunidad. Y no tiene ningún antecedente.

– Pero, Su Señoría, no tiene familia…

– ¿Y qué? -interrumpió Crimstein-. Sus padres están muertos. ¿Es eso una razón para castigar a una mujer? ¿Los padres muertos? listo es escandaloso, Su Señoría.

La jueza, una mujer de unos cincuenta años, se echó hacia atrás.

– Su petición para negar la fianza parece extrema -le dijo a Cara de Niño.

– Su Señoría, creemos que la señorita Díaz tiene una gran cantidad de medios a su disposición y buenas razones para huir de la jurisdicción.

Crimstein continuó con un apopléjico:

– ¿De qué está hablando?

– La víctima del crimen, el señor Haid, retiró hace poco una suma de dinero superior a los doscientos mil dólares. Ese dinero falta en su apartamento. Es lógico asumir que el dinero fue sustraído durante la consumación del asesinato…

– ¿Qué lógica? -gritó Crimstein-. Su Señoría, esto es una tontería.

– El abogado de la defensa mencionó que la señorita Díaz tiene amigos en la comunidad -continuó Cara de Niño-. Algunos de ellos están aquí, incluido su empleador, Myron Bolitar. -Señaló a Myron. Todas las miradas se volvieron hacia él. Myron permaneció muy quieto-. Nuestra investigación demuestra que el señor Bolitar ha estado ausente por lo menos durante una semana, quizás en el Caribe, incluso en las islas Caimán.

– ¿Y qué? -gritó Crimstein-. Deténganle si eso es un crimen.

Pero Cara de Niño no había acabado.

– Junto a él está Windsor Lockwood de Lock-Horne Securities. -Cuando todas las miradas se volvieron hacia Win, él asintió y respondió con un leve gesto regio-. El señor Lockwood era el asesor financiero de la víctima y responsable de la cuenta de donde se retiraron los doscientos mil.

– Pues arréstenle a él también -vociferó Crimstein-. Su Señoría, esto no tiene nada que ver con mi cliente, excepto, quizá, para demostrar su inocencia. La señorita Díaz es una concienzuda trabajadora hispana que se abrió camino estudiando por la noche. No tiene antecedentes y debe ser puesta en libertad de inmediato. En caso contrario, tiene derecho a una fianza razonable.

– Su Señoría, hay demasiado dinero dando vueltas -afirmó Cara de Niño-. Los doscientos mil dólares desaparecidos. La posible conexión de la señorita Díaz con el señor Bolitar y, por supuesto, el señor Lockwood, que proviene de una de las familias más ricas de la región…

– Un momento, Su Señoría. Primero, el fiscal de distrito sugiere que la señorita Díaz ha robado y ocultado ese dinero presuntamente desaparecido y que lo utilizará para fugarse. Luego sugiere que le pedirá al señor Lockwood, que no es más que un asociado comercial, que le provea de fondos. ¿Cuál de las dos posibilidades? Y mientras la oficina del fiscal del distrito intenta inventarse una conspiración monetaria, ¿por qué a uno de los hombres más ricos del país le parece apropiado conspirar con una pobre mujer hispana para cometer un robo? Toda la idea es ridícula. La fiscalía no tiene un caso, así que se han inventado toda esta tontería del dinero que suena tan creíble como un avistamiento de Elvis…

– Es suficiente -dijo la jueza. Se apoyó en el respaldo y golpeó con los dedos en el estrado. Miró a Win por un segundo, y después a la mesa de la defensa-. Me preocupa el dinero desaparecido -señaló.

– Su Señoría, le aseguro que mi cliente no sabe nada del dinero.

– Me sorprendería que su posición fuese otra, señorita Crimslein, pero los hechos presentados por el fiscal de distrito son preocupantes. Se niega la fianza.

Crimstein abrió los ojos como platos.

– Su Señoría, esto es un ultraje…

– No es necesario gritar, abogada. La oigo muy bien.

– Protesto enérgicamente…

– Ahórreselo para las cámaras, señorita Crimstein. -La jueza golpeó con el mazo-. Siguiente caso.

Se oyeron los murmullos contenidos. Big Cyndi comenzó a aullar como una viuda en un noticiario de guerra. Hester Crimstein acercó la boca a la oreja de Esperanza y le susurró algo. Esperanza asintió, pero no parecía escucharla. Los guardias se la llevaron hacia una puerta. Myron intentó de nuevo cruzar una mirada con ella, pero Esperanza no quiso -o tal vez no deseaba- mirarle.

Hester Crimstein se volvió y dirigió a Myron una mirada tan furiosa que él casi se agachó. Se le acercó e intentó mantener la expresión neutra.

– Sala siete -le dijo a Myron, sin mirarlo y casi sin mover los labios-. Por el pasillo a la izquierda. Cinco minutos. No le diga nada a nadie.

Myron no se molestó en asentir.

Crimstein se alejó deprisa y comenzó con los «Sin comentarios» antes de llegar a la puerta. Win suspiró, sacó un papel y un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y comenzó a escribir algo.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Myron.

– Ya lo verás.

No tardó mucho.

Dos polis de paisano acompañados por el olor de la colonia barata se acercaron. Sin duda de la división de homicidios. Antes de que pudiesen presentarse, Win dijo:

– ¿Estamos arrestados?

Los dos polis parecieron confusos. Después uno respondió:

– No.

Win sonrió y le dio la hoja de papel.

– ¿Qué demonios es esto?

– El número de teléfono de nuestros abogados. -Se levantó y llevó a Myron hacia la puerta-. Que tengan un día especial.

Llegaron a la sala de conferencias de la defensa antes de que pasasen los cinco minutos. La habitación estaba vacía.

– ¿Clu retiró la pasta? -preguntó Myron.

– Sí -contestó Win.

– ¿Lo sabías?

– Por supuesto.

– ¿Cuánto?

– El fiscal del distrito dijo doscientos mil dólares. No tengo razón para negar esa estimación.

– ¿Tú le dejaste?

– ¿Perdón?

– ¿Dejaste que Clu retirase doscientos mil?

– Era su dinero.

– ¿Pero tanto dinero?

– No era asunto mío -manifestó Win.

– Tú conoces a Clu, Win. Podría haber sido para drogas, deudas de juego o…

– Es más que probable que lo fuese -admitió Win-. Pero soy su asesor financiero. Le asesoro en estrategias de inversión. No soy su conciencia, su mamá, su canguro o ni siquiera su agente.

Ya. Pero ahora no había tiempo para eso. Una vez más, Myron reprimió la culpa y pensó en las posibilidades.

– Clu nos autorizó a recibir sus estados de cuentas, ¿no?

Win asintió. MB SportsReps insistían en que todos los clientes utilizasen los servicios de Win y se reuniesen con él en persona una vez cada tres meses por lo menos para repasar sus cuentas. Era por el bien de ellos y el de Myron. Demasiados atletas eran víctimas de abusos debido a la ignorancia. Myron recibía las copias de los estados de cuentas de la mayoría de sus clientes para poder ayudarlos a seguir el rastro de los ingresos y gastos, montar algún sistema de pagos de facturas automático, esa clase de cosas.

– O sea, que retirar esa cantidad hubiese aparecido en nuestra pantalla -dijo Myron.

– Sí.

– Esperanza tuvo que saberlo.

– De nuevo afirmativo.

Myron frunció el entrecejo.

– Por lo tanto, le da al fiscal otro motivo para el asesinato. Sabía lo del dinero.

– Por supuesto.

Myron observó a Win.

– ¿Qué hizo Clu con el dinero?

Win se encogió de hombros.

– ¿Quizá Bonnie lo sepa?

– Lo dudo -opinó Win-. Se han separado.

– Vaya novedad. Siempre se están peleando, pero ella siempre lo recibe de nuevo.

– Quizá. Pero esta vez se trata de una separación legal.

Myron se sorprendió. Bonnie nunca había llegado tan lejos. Su ciclo de peleas siempre había sido constante: Clu hacía algo estúpido, seguido por una gran discusión. Bonnie lo echaba por un par de noches, quizás una semana. Clu suplicaba perdón, Bonnie lo perdonaba. Clu se comportaba bien por un tiempo, Clu hacía algo estúpido de nuevo, y el ciclo volvía a comenzar.

– ¿Buscó un abogado y presentó la documentación?

– Según Clu.

– ¿Te lo dijo él?

– Sí, Myron, eso es lo que significa «según Clu».

– ¿Cuándo te dijo todo eso?

– La semana pasada. Retiró el dinero. Dijo que ella ya había comenzado con los trámites del divorcio.

– ¿Cómo se sentía?

– Mal. Esperaba otra reconciliación.

– ¿Dijo algo más cuando retiró el dinero?

– Nada.

– Y no tienes idea…

– Ninguna.

Se abrió la puerta de la sala de conferencias. Hester Crimstein entró, echaba espuma por la boca.

– Malditos gilipollas. Les dije que se mantuviesen apartados.

– No nos acuse de esto -dijo Myron-. El error es suyo.

– ¿Qué?

– Conseguirle la fianza tendría que haber sido un juego de niños.

– Si no hubieran estado en la sala, lo hubiese sido. Han caído en la trampa del fiscal. Quería demostrar a la jueza que la acusada tenía medios para fugarse, y de pronto señala a un famoso ex jugador y a uno de los playboys más ricos del país sentados en primera fila.

Comenzó a pasearse dando pisotones como si en la moqueta gris se hubiesen iniciado varios incendios.

– Esta jueza es una fanática liberal -continuó-. Por eso comencé con todas aquellas tonterías de la hispana trabajadora. Detesta a los ricos probablemente porque ella lo es. Tener a este niño bonito -señaló con un gesto a Win- sentado en primera fila fue como agitar una bandera confederada delante de un juez negro.

– Tendría que dejar el caso -dijo Myron.

La abogada volvió la cabeza hacia él.

– ¿Se ha vuelto loco?

– La fama juega en su contra. A la jueza quizá no le gusten las personas ricas, pero tampoco parece tener mucha simpatía por los famosos. No es la abogada adecuada para el caso.

– Estupideces. He defendido tres casos antes con esta jueza. Y los gané los tres.

– Quizás eso tampoco le gusta.

Crimstein pareció perder un poco de vapor. Se apartó para sentarse en una silla.

– Fianza denegada -dijo más para sí misma que para cualquier otro-. No puedo creer que incluso tuviesen la desfachatez de solicitar que se negase la fianza. -Se sentó algo más recta-. Muy bien, esto lo jugaremos de la siguiente manera. Voy a presionar en busca de respuestas. Mientras tanto, ustedes no digan nada. Nada de hablar con los polis, el fiscal o la prensa. Nada. Nada hasta que averigüemos qué creen que han hecho.

– ¿Nosotros tres?

– ¿Es que no me escucha, Myron? Creen que es una conspiración monetaria.

– ¿Que nos involucra a los tres?

– Sí.

– ¿Pero cómo?

– No lo sé. Mencionaron que fue al Caribe, quizás a las islas Caimán. Todos sabemos lo que eso significa.

– Depositar dinero en cuentas de paraísos fiscales -dijo Myron-. Pero dejé el país hace tres semanas, incluso antes de que retirasen el dinero. Y nunca estuve cerca de las Caimán.

– Es probable que todavía no tengan nada firme -opinó Crimstein-. Pero van a ir a por ustedes por todo lo alto. Espero que sus libros estén en orden porque les garantizo que dentro de una hora, los requisarán.

Un escándalo financiero, pensó Myron. ¿FJ no había mencionado algo así?

Crimstein volvió su atención hacia Win.

– ¿Todo eso de la retirada de los doscientos mil es verdad?

– Sí.

– ¿Pueden probar que Esperanza lo sabía?

– Probablemente.

– Maldita sea.

Meditó un momento.

Win fue a un rincón. Sacó el móvil, marcó, comenzó a hablar.

– Métame en el caso -dijo Myron.

Crimstein lo miró.

– ¿Perdón?

– Como señaló anoche, soy abogado. Nómbreme abogado defensor junto con usted, y cualquier cosa que me diga entrará dentro de la relación abogado-cliente.

Ella negó con la cabeza.

– Una, nunca colaría. La juez verá lo que es, una estratagema para que no pueda testificar. Dos, es una idiotez. No sólo apestará a una jugada defensiva desesperada, sino que parecerá que le estamos callando porque tenemos algo que ocultar. Tres, aún puede que le acusen de todo esto.

– ¿Cómo? Ya se lo dije. Estaba en el Caribe.

– Así es. Donde nadie sino el playboy podría encontrarle. Es conveniente.

– Cree…

– No creo nada, Myron. Sólo le digo lo que el fiscal podría estar pensando. Por ahora estamos adivinando. Vuelva a su oficina. Llame a su contable. Asegúrese de que sus libros están en regla.

– Lo están -afirmó Myron-. Nunca he robado ni un centavo.

Hester se volvió hacia Win.

– ¿Y qué pasa con usted?

Win colgó el teléfono.

– ¿Qué pasa conmigo?

– También revisarán sus libros.

Win enarcó una ceja.

– Lo intentarán.

– ¿Están limpios?

– Puede comer en ellos -contestó Win.

– Bien. Dejaré que sus abogados se ocupen. Ya tengo bastante de qué ocuparme.

Silencio.

– ¿Cómo la sacamos de allí? -preguntó Myron.

– Nosotros no la sacamos. Yo la saco. Manténgase apartado.

– No recibo órdenes de usted.

– ¿No? ¿Qué le parece recibirlas de Esperanza?

– ¿Qué pasa con Esperanza?

– Es su petición, no la mía. Manténgase apartado de ella.

– No me creo que lo haya dicho.

– Créalo.

– Si quiere que me mantenga apartado -dijo Myron-, tendrá que decírmelo a la cara.

– Muy bien -dijo Crimstein con un fuerte suspiro-. Vamos a ocuparnos de eso ahora mismo.

– ¿Qué?

– ¿Quiere preguntárselo a ella? Deme cinco minutos.

8

– Tengo que volver a la oficina -dijo Win.

Myron se sorprendió.

– ¿No quieres oír lo que Esperanza tenga que decir?

– No tengo tiempo.

Su tono dio un portazo a cualquier discusión. Win acercó la mano al pomo de la puerta.

– Si necesitas de mis talentos especiales -añadió-, tengo el móvil.

Salió a la carrera en el momento en que entraba Hester Crimstein. Ella lo miró desaparecer por el pasillo.

– ¿Adónde va?

– A su oficina.

– ¿Cómo es que de pronto le ha entrado tanta prisa?

– No pregunte.

Hester Crimstein enarcó una ceja.

– Umm.

– ¿Umm, qué?

– Win era quien estaba a cargo de la cuenta donde desapareció el dinero.

– ¿Y?

– Quizá tenía un motivo para silenciar a Clu Haid.

– Eso es bastante ridículo.

– ¿Me está diciendo que es incapaz de asesinar?

Myron no contestó.

– Si sólo la mitad de las historias que he oído de Windsor Lockwood son verdad…

– Usted sabe que no se debe hacer caso de los rumores.

Ella lo miró.

– Por lo tanto si le cito como testigo y le pregunto si alguna vez ha visto a Windsor Horne Lockwood III matar a alguien, ¿qué respondería?

– No.

– Vaya. Creo que también faltó a la clase sobre el perjurio.

Myron no se molestó con una réplica.

– ¿Cuándo puedo ver a Esperanza?

– Venga. Le está esperando.

Esperanza estaba sentada a una mesa larga. Aún vestía el mono naranja de la cárcel, las manos ahora libres de las esposas apoyadas delante de ella, su expresión serena como la imagen de una iglesia. Hester le hizo una seña al guardia, y ambos salieron de la habitación.

Cuando se cerró la puerta, Esperanza le sonrió.

– Bienvenido a casa.

– Gracias -contestó Myron.

La mirada de Esperanza se posó en él.

– Si tu bronceado fuese más oscuro, podrías pasar por mi hermano.

– Gracias.

– Veo que sigues siendo un pico de oro con las damas.

– Gracias.

Ella casi sonrió. Incluso en estas condiciones, Esperanza se veía radiante. La piel tersa y el pelo negro brillaban contra el fondo naranja fluorescente. Sus ojos todavía despertaban recuerdos de lunas mediterráneas y blusas de campesina blancas.

– ¿Te sientes mejor ahora? -le preguntó ella.

– Sí.

– ¿Se puede saber dónde estabas?

– En una isla privada en el Caribe.

– ¿Durante tres semanas?

– Sí.

– ¿Solo?

– No.

Cuando él no explicó más, Esperanza se limitó a decir:

– Detalles.

– Me escapé con una hermosa presentadora de televisión que apenas conocía.

Esperanza sonrió.

– ¿Ella, no sé cómo decir esto con delicadeza, te folló hasta el tuétano?

– Así es.

– Me alegra oírlo. Si hay un tipo que necesitaba que se lo follasen hasta el tuétano…

– Correcto, soy ese tipo. Votado como el tipo más necesitado de que se lo follasen por el último curso.

A ella le gustó la frase. Se echó hacia atrás y cruzó las piernas como si estuviese en un bar. Curioso en este entorno, por decir algo.

– ¿No le dijiste a nadie dónde estabas?

– Así es.

– Sin embargo, Win te encontró en cuestión de horas.

Ninguno de los dos se sorprendió. Permanecieron en silencio durante un par de segundos. Después Myron preguntó:

– ¿Estás bien?

– Sí.

– ¿Necesitas algo?

– No.

Myron no estaba seguro de cómo continuar, qué tema tocar o cómo abordarlo. Una vez más Esperanza cogió la pelota y comenzó a driblar.

– ¿Así que tú y Jessica habéis acabado? -preguntó ella.

– Sí.

Era la primera vez que lo decía en voz alta. Le sonó extraño.

Esta vez la hizo sonreír de oreja a oreja.

– Ah, no hay mal que por bien no venga -exclamó triunfante-. ¿De verdad que se ha acabado? ¿La reina puta se ha ido para siempre?

– No la llames así.

– ¿Se ha ido para siempre?

– Eso creo.

– Di que sí, Myron. Te sentirás mejor.

Pero él no pudo.

– No estoy aquí para hablar de mí.

Esperanza se cruzó de brazos. No dijo nada.

– Te sacaremos de ésta -añadió Myron-. Te lo prometo.

Ella asintió, continuó mostrándose despreocupada; si hubiese sitio fumadora, estaría soplando anillos de humo.

– Será mejor que vuelvas a la oficina. Ya hemos perdido demasiados clientes.

– No me preocupa.

– A mí sí. -Su voz adquirió un tono tajante-. Ahora soy socia.

– Ya lo sé.

– Así que soy dueña de una parte de MB SportsReps. Si quieres autodestruirte, vale. Pero no arrastres mi deseado culo contigo, ¿de acuerdo?

– No me refería a eso. Sólo me refería a que ahora mismo tenemos preocupaciones más grandes.

– No.

– ¿Qué?

– No tenemos preocupaciones más grandes. Quiero que te mantengas apartado de esto.

– No lo entiendo.

– Tengo a una de las mejores abogadas defensoras del país trabajando en mi caso. Que ella se ocupe.

Myron intentó dejar que sus palabras se asentasen, pero eran como niños traviesos que se disputaban una golosina. Se inclinó un poco hacia delante.

– ¿Qué está pasando aquí?

– No puedo hablar de ello.

– ¿Qué?

– Hester me dijo que no debía hablar del caso con nadie, ni siquiera contigo. Nuestras conversaciones no están protegidas.

– ¿Crees que hablaría?

– Te pueden forzar a testificar.

– Entonces mentiría.

– No tendrás que hacerlo.

Myron abrió la boca, la cerró, probó de nuevo.

– Win y yo te podemos ayudar. Somos buenos en esto.

– No te ofendas, Myron, pero Win es un psicópata. Le quiero, pero no necesito esa clase de ayuda. Y tú -Esperanza se detuvo, miró hacia el techo, separó los brazos, bajó la mirada para mirarlo-, eres una mercancía estropeada. No te culpo por largarte. Es probable que fuese lo correcto. Pero no finjamos que has vuelto a la normalidad.

– No he vuelto a la normalidad -asintió él-. Pero estoy preparado para esto.

Esperanza negó con la cabeza.

– Concéntrate en MB. Harán falta todos tus esfuerzos para mantenerla a flote.

– ¿No vas a decirme qué pasó?

– No.

– No tiene ningún sentido.

– Acabo de explicarte mis razones…

– ¿De verdad temes que vaya a declarar contra ti?

– Yo no he dicho eso.

– ¿Entonces qué es? Si crees que no estoy a la altura, vale, me lo creeré. Pero eso no te puede impedir hablar conmigo. De hecho, probablemente me dirías que continúe hurgando. ¿Qué está pasando aquí?

Su rostro se cerró.

– Ve a la oficina, Myron. ¿Quieres ayudar? Salva nuestro negocio.

– ¿Lo mataste?

Lo lamentó en el momento en que sus palabras salieron de su boca. Lo miró como si él acabase de extender un brazo por encima de la mesa y la hubiese abofeteado.

– No me importa si lo hiciste -insistió Myron-. Estaré a tu lado incondicionalmente. Quiero que lo sepas.

Esperanza recuperó la compostura. Apartó la silla y se levantó. Por unos momentos lo miró, observó su rostro como si estuviese buscando algo que normalmente estaba allí. Después dio media vuelta, llamó al guardia, y salió de la habitación.

9

Big Cyndi estaba atendiendo la recepción cuando Myron llegó a las oficinas de MB SportsReps. Tenían una ubicación de primera, en pleno centro de Park Avenue. El edificio Lock-Horne había sido propiedad de la familia de Win desde que el gran-gran-gran-etcétera abuelo Horne (¿o era Lockwood?) había derrumbado una tienda india y comenzado a construirlo. Myron le alquilaba el espacio a Win con un gran descuento. A cambio Win se encargaba de todas las finanzas de los clientes de Myron. El arreglo era una ganga para Myron. Con el prestigio de la dirección y la capacidad de garantizar a sus clientes los servicios financieros del casi legendario Windsor-Horne Lockwood III, MB SportsReps tenía un aire de legitimidad que pocas compañías pequeñas podían proclamar.

MB SportsReps estaba en el piso doce. Un ascensor se abría a la recepción. Mucha clase. Los teléfonos sonaban. Big Cyndi puso a las personas en espera y lo miró. Se veía incluso más ridícula de lo habitual. No era tarea fácil. En primer lugar, los muebles eran demasiado pequeños para ella, y las patas de la mesa bailaban sobre sus rodillas como algo que puede sucederle a un padre cuando visita el parvulario de su hijo. En segundo lugar, aún no se había lavado ni cambiado desde la noche anterior. En otra situación, Myron el empresario, siempre consciente de la imagen, hubiese hecho un comentario, pero ahora no le pareció un momento apropiado o seguro.

– La prensa está apelando a todos los trucos para llegar hasta aquí, señor Bolitar -Big Cyndi siempre lo llamaba señor Bolitar. Le gustaban las formalidades-. Dos de ellos incluso han fingido ser posibles clientes que provenían de las primeras divisiones de los institutos.

Myron casi no se sorprendió.

– Dile al guardia del vestíbulo que esté muy alerta.

– También están llamando un montón de clientes. Están preocupados.

– Pásamelos. Líbrate de todos los demás.

– Sí, señor Bolitar. -Como si quisiese saludar a un oficial. Big Cyndi le entregó una pila de papeles azules-. Éstas son las llamadas de los clientes de esta mañana.

Él comenzó a repasar la pila.

– Para su información -continuó Big Cyndi-, les dijimos a todos que se había ido por uno o dos días. Después una semana o dos. Luego comenzamos a inventarnos emergencias: problemas familiares, ayudar a un cliente enfermo, esa clase de cosas. Pero algunos de los clientes se cansaron de las excusas.

Myron asintió.

– ¿Tienes una lista de los que nos han dejado?

Big Cyndi ya la tenía en la mano. Se la dio, y él se dirigió hacia su despacho.

– ¿Señor Bolitar?

Él se volvió.

– ¿Sí?

– ¿Estará bien Esperanza?

De nuevo aquella voz diminuta y distante que desmentía su tamaño, como si la enorme forma que tenía delante se hubiese tragado a un niño y estuviese pidiendo ayuda.

– Sí, Big Cyndi. Estará bien.

– ¿Usted la ayudará, verdad? ¿Pese a que ella no quiere que lo baga?

Myron hizo un medio gesto de asentimiento. No pareció satisfacerla, así que agregó:

– Sí.

– Bien, señor Bolitar. Es lo correcto y se debe hacer.

Él no tenía nada que añadir, así que entró en su oficina. Myron no había estado en MB en seis semanas. Extraño. Había trabajado tanto y tan fuerte para construir MB SportsReps -M de Myron, B de Bolitar, un nombre con gancho, ¿no?- y ahora la había abandonado. Como si nada. Abandonado su negocio. Sus clientes. Y a Esperanza.

Habían acabado las reformas -habían cortado una parte de la sala de reuniones y la recepción para que Esperanza pudiese tener su propio despacho-, pero la nueva habitación continuaba sin acabarse. Por lo tanto, Esperanza había estado utilizando su despacho. Se sentó a su mesa y de inmediato el teléfono comenzó a sonar. No le hizo caso durante unos segundos, la mirada puesta en la pared de clientes, con las fotos de todos los atletas en acción que MB representaba. Se fijó en la imagen de Clu Haid. Clu estaba en la base del lanzador, inclinado hacia delante, a punto de estirarse, la mejilla abultada con la bola de tabaco de mascar, mirando una señal que sólo él veía.

– ¿Qué has hecho esta vez, Clu? -preguntó en voz alta.

La foto no le respondió, algo que probablemente era bueno. Pero continuó mirando. Había sacado a Clu de tantos líos a lo largo de los años que no pudo dejar de preguntarse: ¿si no me hubiese largado al Caribe, habría sido capaz de sacar a Clu de éste también?

Una introspección inútil: uno de los muchos talentos de Myron.

Big Cyndi lo llamó.

– ¿Señor Bolitar?

– Sí.

– Sé que me dijo que sólo le pasase a los clientes, pero Sophie Mayor está al teléfono.

Sophie Mayor era la nueva propietaria de los Yankees.

– Pásamela.

Oyó un clic y dijo «Hola».

– Myron, Dios mío. ¿Qué demonios está pasando?

Sophie Mayor no era muy dada a los prolegómenos corteses.

– Todavía estoy tratando de aclararme.

– Creen que su secretaria mató a Clu.

– Esperanza es mi socia -le corrigió él aunque no tenía claro por qué-. Ella no mató a nadie.

– Estoy aquí con Jared. -Jared era su hijo, y el «cogerente general» de los Yankees; co significa comparte el título con alguien que sabe lo que hace porque él recibió el empleo por nepotismo. Jared significa nacido después de 1973-. Tenemos que decirle algo a la prensa.

– No estoy seguro de cómo puedo ayudar, señora Mayor.

– Me dijo que Clu lo había superado, Myron.

Él no dijo nada.

– Las drogas, las bebidas, las fiestas, los problemas -continuó Sophie Mayor-. Dijo que todo había quedado atrás.

Estaba a punto de defenderse pero se lo pensó mejor.

– Creo que lo mejor será hablar de esto en persona -dijo Myron.

– Jared y yo estamos de viaje con el equipo. Ahora mismo estamos en Cleveland. Volvemos a casa esta noche.

– ¿Qué tal entonces mañana por la mañana?

– Estaremos en el estadio -respondió ella-. A las once.

– Allí estaré.

Myron colgó el teléfono. Big Cyndi le pasó de inmediato la llamada de un cliente.

– Aquí Myron.

– ¿Dónde demonios has estado?

Era Marty Towey, un defensor de los Viking. Myron respiró hondo y soltó una frase medio preparada: estaba de vuelta, las cosas iban muy bien, no te preocupes, el dinero entra a raudales, tengo un contrato aquí mismo, muy ocupado buscando nuevos patrocinadores, bla, bla, bla. Vaselina. Vaselina.

Marty era duro de pelar.

– Maldita sea, Myron. Escogí MB porque no quería que me atendiesen los subalternos. Quería tratar con el gran jefe. ¿Entiendes lo que quiero decir?

– Claro, Marty.

– Esperanza es bonita y todo eso. Pero no eres tú. Te contraté a ti. ¿Lo entiendes?

– Ya he vuelto, Marty. Todo irá bien, te lo prometo. Escucha, estaréis en la ciudad dentro de un par de semanas, ¿no?

– Jugamos contra los Jets dentro de dos semanas.

– Bien. Me encontraré contigo en el partido y después nos iremos a cenar juntos.

Cuando Myron colgó, se dio cuenta de que había desatendido tanto los asuntos de los clientes que ni siquiera sabía si Marty estaba jugando en el nivel All-Pro, o si sólo lo tenían en el banquillo a la espera de traspasarlo. Diablos, tendría que ponerse al día.

Las llamadas fueron más o menos por el estilo durante las dos horas siguientes. La mayoría de los clientes se calmaron. Algunos permanecieron sin decidirse. Nadie más le abandonó. No había arreglado nada, pero había conseguido reducir la sangría a un goteo serio.

Big Cyndi llamó y abrió la puerta del despacho.

– Problemas, señor Bolitar.

Un desagradable, aunque no desconocido, olor comenzó a emanar desde la puerta.

– ¿Qué demonios…? -comenzó Myron.

– Apártese, nena.

La voz áspera sonó detrás de Big Cyndi. Myron intentó ver quién era, pero Big Cyndi le tapaba la línea de visión como un eclipse solar. Por fin se apartó, y los mismos dos policías de paisano del juzgado se apresuraron a entrar. El más grande tenía unos cincuenta y tantos, los ojos somnolientos, harto del mundo y una de aquellas caras que parecían sin afeitar incluso después de afeitarse. Vestía una trinchera con las mangas que apenas si le llegaban a los codos y zapatos que tenían más rozaduras que una pelota de béisbol de Gaylord Perry. El tipo más bajo era joven y realmente feo. Su rostro le recordó una foto ampliada de un piojo. Vestía un traje gris claro con chaleco -la prenda informal de Sears para el representante de la ley- y una de aquellas corbatas Looney Tunes que gritaba 1992.

El terrible olor comenzó a penetrar por las paredes.

– La orden -dijo el grandullón. No mascaba un puro, pero tendría que haberlo hecho-. Antes que me diga que estamos fuera de nuestra jurisdicción, aún trabajamos con Michael Chapman, en Manhattan Norte. Llámelo si tiene un problema. Ahora fuera de la silla, gilipollas, así podemos revisar este lugar.

Myron arrugó la nariz.

– Jesús, ¿cuál de ustedes usa la colonia?

Piojo le dirigió una mirada rápida a su compañero. La mirada decía: «Eh, aceptaré que me disparen por este tipo, pero no voy a aceptar la culpa del pestazo». Comprensible.

– Escúcheme, listillo -continuó el grandullón-. Mi nombre es detective Winters…

– ¿De verdad? ¿Su mamá le puso Detective?

Apenas un suspiro.

– … y éste es el detective Martínez. Apártese de ahí, atontado.

El olor comenzaba a afectarle.

– Joder, Winters, tiene que dejar de pedirle colonia prestada a los asistentes de vuelo.

– Siga con lo suyo, chistoso.

– De verdad, ¿en la etiqueta pone usar en abundancia?

– Es un auténtico comediante, Bolitar. Hay tantos graciosos como usted en la trena que es una pena que no televisen Sing Sing.

– Creía que ya habían registrado el lugar.

– Lo hicimos. Ahora hemos vuelto para buscar los libros de contabilidad.

Myron señaló a Piojo.

– ¿No puede hacerlo él solo?

– ¿Qué?

– Nunca conseguiré quitar el olor de aquí.

Winter sacó un par de guantes de látex; eran para no estropear cualquier posible huella digital. Se los colocó con mucha alharaca, incluso movió los dedos, y sonrió.

Myron le guiñó un ojo.

– ¿Quiere que me agache y me sujete los tobillos?

– No.

– Joder, con lo que necesito una cita.

¿Quiere chinchar a un poli? Utilice el humor gay. Myron aún no había conocido a ningún poli que no fuese completamente homofóbico.

– Le vamos a hacer pedazos este lugar, gracioso -dijo Winters.

– Lo dudo -replicó Myron.

– ¿Ah sí?

Myron se levantó, buscó en el archivador detrás de él.

– Eh, no puede tocar nada de aquí dentro.

Myron no le hizo caso, sacó una cámara de vídeo pequeña.

– Sólo para llevar un registro de lo que hacen, agente. En el actual clima de falsas acusaciones de corrupción policial, no queremos ningún malentendido. -Myron puso en marcha la cámara y enfocó al grandullón-. ¿Verdad?

– No -dijo el grandullón, con la mirada fija en la cámara-. No queremos ningún malentendido.

Myron mantuvo el ojo en el visor.

– La cámara capta su verdadera esencia, detective. Estoy seguro de que si vemos la filmación incluso podríamos oler su colonia.

Piojo ocultó una sonrisa.

– Por favor, quítese de nuestro camino, señor Bolitar -dijo Winters.

– Por supuesto. Cooperación es mi segundo nombre.

Comenzaron la búsqueda, que consistió básicamente en coger lodos los documentos a los que pudieron echar mano, meterlos en cajas y llevárselos. Las manos enguantadas lo tocaron todo, y Myron sintió como si le tocasen a él. Intentó parecer inocente -a saber qué significaba eso-, pero no podía evitar sentirse nervioso. La culpa es una cosa curiosa. Tenía muy claro que no había nada irregular en los expedientes, pero no obstante se sentía a la defensiva.

Myron le dio la cámara de vídeo a Big Cyndi y comenzó a llamar a los clientes que habían dejado MB. La mayoría no cogió el teléfono. Los pocos que lo hicieron intentaron desviar la conversación. Myron se mostró amable, convencido que pasarse de agresivo sería contraproducente. Sólo les dijo que estaba de regreso y que le gustaría mucho hablar con ellos lo antes posible. Un montón de ejem y ajás de aquellos que hablaron con él. Nada inesperado. Recuperar su confianza llevaría tiempo.

Los polis acabaron y se marcharon sin ni siquiera decir adiós. Vaya modales. Big Cyndi y Myron observaron cómo se cerraban las puertas del ascensor.

– Esto va a ser muy difícil -dijo Myron.

– ¿Qué?

– Trabajar sin los archivos.

Big Cyndi abrió el bolso y le mostró los discos.

– Está todo aquí.

– ¿Todo?

– Sí.

– Las cartas y la correspondencia, vale, pero necesito los contratos…

– Todo -repitió ella-. Compré un escáner y escaneé todos los documentos del despacho. Hay una copia de seguridad en una caja en el CitiBank. Actualizo los discos cada semana. Por si se produce un incendio o cualquier otra emergencia.

Esta vez, cuando sonrió, el encogimiento de Myron apenas si fue perceptible.

– Big Cyndi, eres una mujer sorprendente. Era difícil saberlo debajo de la máscara de lápices de cera fundida, pero casi le pareció que se sonrojaba.

Sonó el intercomunicador. Big Cyndi atendió el teléfono.

– ¿Sí? -Pausa. Luego su voz se hizo grave-. Sí, hágala subir.

Colgó.

– ¿Quién es?

– Bonnie Haid quiere verle.

Big Cyndi hizo entrar a la viuda Haid a su despacho. Myron estaba de pie detrás de la mesa, sin saber qué hacer. Esperó a que hiciese el primer movimiento, pero no lo hizo. Bonnie Haid se había dejado crecer el pelo, y, por un momento, se sintió de nuevo en Duke. Clu y Bonnie sentados en un sofá en el sótano de la casa de estudiantes, con otro barril de cerveza detrás de ellos, el brazo de Clu sobre el hombro de ella, vestida con una sudadera gris, las piernas recogidas debajo de las nalgas.

Tragó saliva y se movió hacia Bonnie. Ella dio un paso atrás y cerró los ojos. Levantó una mano para detenerle como si creyese que no podría soportar el dolor de su intimidad. Myron permaneció donde estaba.

– Lo siento -dijo Myron.

– Gracias.

Permanecieron así, dos bailarines que esperan a que comience la música.

– ¿Puedo sentarme? -preguntó Bonnie.

– Por supuesto.

Ella se sentó. Myron titubeó y después decidió volver a sentarse a su mesa.

– ¿Cuándo has regresado? -preguntó Bonnie.

– Anoche. No supe lo de Clu hasta entonces. Lamento no haber estado aquí por ti.

Bonnie ladeó la cabeza.

– ¿Por qué?

– ¿Perdón?

– ¿Por qué lamentas no haber estado aquí? ¿Qué podrías haber hecho?

Myron se encogió de hombros.

– Quizás ayudar.

– ¿Ayudar cómo?

Bolitar se volvió a encoger de hombros, abrió los brazos.

– No sé qué decir, Bonnie. Estoy perdido.

Ella lo miró por un momento, desafiante. Después bajó los ojos.

– Sólo me estoy descargando con cualquiera que tenga delante -dijo-. No me hagas caso.

– No me importa; descárgate.

Bonnie casi consiguió sonreír.

– Eres un buen tipo, Myron. Siempre lo fuiste. Incluso en Duke había algo en ti que era, no lo sé, quizá noble.

– ¿Noble?

– Suena ridículo, ¿verdad?

– Mucho -asintió Myron-. ¿Cómo están los chicos?

Ella se encogió de hombros.

– Timmy tiene dieciocho meses, o sea que no se da cuenta de nada. Charly tiene cuatro años, y ahora está bastante confuso. Mis padres cuidan de ellos.

– No quiero continuar sonando como un mal cliché -dijo Myron-, pero si hay algo que pueda hacer…

– Una cosa.

– Di.

– Háblame del arresto.

Myron se aclaró la garganta.

– ¿Qué pasa con el arresto?

– Me he encontrado con Esperanza unas cuantas veces a lo largo de los años. Supongo que me resulta difícil creer que ella matase a Clu.

– No lo hizo.

Bonnie entrecerró un poco los ojos.

– ¿Por qué estas tan seguro?

– Conozco a Esperanza.

– ¿Eso es todo?

Él asintió.

– Por ahora.

– ¿Has hablado con ella?

– Sí.

– ¿Y?

– No puedo entrar en detalles -sobre todo porque no conocía ninguno; Myron casi agradecía que Esperanza no le hubiese dicho nada-, pero ella no lo hizo.

– ¿Qué pasa con todas las pruebas que encontró la policía?

– Todavía no puedo responder a eso, Bonnie. Pero Esperanza es inocente. Encontraremos al verdadero asesino.

– Pareces muy seguro.

– Lo estoy.

Guardaron silencio. Myron esperó, mientras pensaba en cómo abordarlo. Había preguntas que necesitaba hacer, pero esta mujer acababa de perder a su marido. Había que caminar con cuidado ante el riesgo de tropezar con una mina terrestre emocional.

– Voy a hurgar en el asesinato -dijo Myron.

Ella parecía confusa.

– ¿Qué quieres decir con hurgar?

– Investigar.

– Pero si eres un agente deportivo.

– También tengo algo de experiencia en ese ramo.

Ella le observó.

– ¿Win también?

– Sí.

La viuda asintió como si de pronto todo tuviese sentido.

– Win me aterra.

– Es sólo porque estás cuerda.

– ¿Ahora vas a intentar descubrir quién mató a Clu?

– Sí.

– Comprendo -asintió Bonnie. Se removió en el asiento-. Dime una cosa, Myron.

– Lo que sea.

– ¿Cuál es tu prioridad en este asunto: encontrar al asesino o liberar a Esperanza?

– Es la misma cosa.

– ¿Y si no lo es? ¿Y si te enteras de que Esperanza le mató?

Tiempo de mentir.

– Entonces será castigada.

Bonnie comenzó a sonreír como si pudiese ver la verdad.

– Buena suerte -dijo.

Myron apoyó un tobillo en la rodilla. «Ahora tranquilo,» pensó.

– ¿Puedo preguntarte algo?

Ella se encogió de hombros.

– Claro.

Suave, suave.

– No pretendo faltarte al respeto, Bonnie. No pregunto esto por ser un entrometido…

– La sutileza nunca ha sido tu fuerte, Myron. Haz la pregunta de una vez.

– ¿Tú y Clu teníais problemas?

Una sonrisa triste.

– ¿No los hemos tenido siempre?

– Oí que esta vez era algo más serio.

Bonnie cruzó los brazos debajo de los senos.

– Vaya, vaya. No hace ni un día que has vuelto y ya te has enterado de tantas cosas. Trabajas rápido, Myron.

– Clu se lo mencionó a Win. ¿Le habías pedido el divorcio?

– Sí.

Ninguna vacilación.

– ¿Puedes decirme qué pasó?

En la distancia, el fax comenzó con su chirrido infernal. El teléfono continuó sonando. Myron sabía que no los interrumpirían. Big Cyndi había trabajado durante años como gorila en un bar sadomasoquista; cuando la situación lo requería podía ser tan agradable como un rinoceronte rabioso con un grave problema de hemorroides. Bueno, en realidad podía serlo también cuando la situación no lo requería.

– ¿Por qué quieres saberlo? -preguntó Bonnie.

– Porque Esperanza no le mató.

– Se está convirtiendo en algo así como un mantra para ti, Myron. Si lo repites una y otra vez te lo acabas creyendo, ¿no?

– Yo lo creo.

– ¿Y?

– Si ella no le mató, alguien lo hizo.

Bonnie lo miró.

– Si ella no le mató, alguien lo hizo -repitió. Pausa-. Antes no estabas alardeando. De verdad tienes experiencia en esto.

– Sólo estoy intentando descubrir quién le mató.

– ¿Preguntando por nuestro matrimonio?

– Preguntando por cualquier cosa turbulenta en su vida.

– ¿Turbulenta? -La viuda soltó una carcajada-. Estamos hablando de Clu, Myron. Todo era turbulento. Lo difícil era encontrar un momento de calma.

– ¿Cuánto tiempo llevabais juntos? -preguntó Myron.

– Ya sabes la respuesta.

La sabía. Primer año en Duke. Bonnie había bajado al sótano de la casa de estudiantes vestida con un suéter con un monograma, un collar de perlas y una preciosa cola de caballo. Myron y Clu se ocupaban del barril de cerveza. A Myron le gustaba trabajar con el barril porque le mantenía tan ocupado que no bebía mucho. No vayan a hacerse una idea errónea. Myron bebía. Casi era un requisito en la vida universitaria de aquellos días. Pero nunca había sido un buen bebedor. Siempre parecía perderse aquel punto de diversión, aquel zumbido entre la sobriedad y la vomitera. Era casi inexistente para él. Algo en sus ancestros, suponía. Le había ayudado en los últimos meses. Antes de escaparse con Terese, Myron había intentado el viejo sistema de ahogar las penas. Pero, seamos sinceros, por lo general vomitaba antes de llegar al olvido.

Una bonita manera de prevenir el abuso del alcohol.

En cualquier caso, el encuentro de Clu y Bonnie había sido muy simple. Bonnie entró. Clu apartó la mirada del barril y fue como si el capitán Marvel lo hubiese paralizado con un rayo. «Caray», murmuró Clu, la cerveza se derramaba en un suelo tan empapado que los ratones a menudo se quedaban pegados y se ahogaban. Entonces Clu saltó por encima de la barra, fue tambaleante hacia Bonnie, hincó una rodilla en tierra, y se le declaró. Tres años más tarde formalizaron su compromiso.

– Entonces, después de todos estos años, ¿qué ha ocurrido?

Bonnie bajó la mirada.

– No tiene nada que ver con el asesinato.

– Es probable que así sea, pero necesito tener una imagen completa de su vida, encontrar un hilo para tirar…

– Gilipolleces, Myron. Te digo que no tiene nada que ver con el asesinato, ¿vale? Déjalo ya.

Él se pasó la lengua por los labios, cruzó las manos, las puso sobre la mesa.

– En el pasado tú le habías echado por alguna otra mujer.

– Nada de una mujer. Mujeres. En plural.

– ¿Es lo que pasó de nuevo esta vez?

– Había jurado apartarse de las mujeres. Me prometió que no habría ninguna más.

– ¿Quebrantó su promesa?

Bonnie no respondió.

– ¿Cómo se llamaba?

– Nunca lo supe -respondió con voz suave.

– ¿Pero había alguien más?

De nuevo no respondió. No era necesario. Myron intentó ponerse en su piel de abogado por un momento. Que Clu tuviese una aventura era una cosa muy positiva para la defensa de Esperanza. Cuantos más motivos encontrabas, más dudas razonables podías crear. ¿La novia lo había matado porque él quería continuar junto a su esposa? ¿Lo había hecho Bonnie llevada por los celos? Después estaba lo del dinero desaparecido. ¿La novia y/o Bonnie lo sabían? ¿No podía ser otro motivo añadido para el asesinato? Sí, a Hester Crimstein le gustaría. Lanzas suficientes posibilidades en un juicio, enturbias las aguas todo lo posible, y la absolución es casi del todo inevitable. Era una ecuación sencilla: confusión equivale a duda razonable, que equivale a veredicto favorable.

– Había tenido aventuras antes, Bonnie, ¿por qué era diferente esta vez?

– Dame un descanso, Myron, ¿vale? Clu ni siquiera está enterrado.

Él se apartó.

– Lo siento.

Bonnie desvió la mirada. Su pecho se alzaba y descendía, su voz luchaba por mantenerse firme.

– Sé que sólo intentas ayudar -dijo-. Pero todo esto del divorcio… ahora mismo duele demasiado.

– Lo comprendo.

– Si tienes más preguntas…

– Oí que Clu no pasó el análisis de dopaje.

Era demasiado para dejarlo estar.

– Sólo sé lo que leí en los periódicos.

– Clu le dijo a Win que estaba trucado.

– ¿Qué?

– Clu afirmó que estaba limpio. ¿Tú qué crees?

– Creo que Clu era un desastre maravilloso. Ambos lo sabemos.

– ¿Entonces estaba consumiendo de nuevo?

– No lo sé. -Ella tragó saliva y cruzó una mirada con Myron-. Hacía semanas que no le veía.

– ¿Y antes?

– En realidad, parecía limpio. Pero siempre era bueno en ocultarlo. ¿Recuerdas aquella intervención que intentamos hace tres años?

Myron asintió.

– Todos lloramos. Le rogamos que lo dejase. Por fin Clu también se derrumbó. Lloró como un bebé, dijo que estaba dispuesto a dar un giro en su vida. Dos días más tarde sobornó a un guardia y se escapó de la rehabilitación.

– ¿Entonces crees que sólo estaba enmascarando los síntomas?

– Bien podría ser. Era muy bueno haciéndolo. -Titubeó-. Pero no lo creo.

– ¿Por qué no?

– No lo sé. Quizás es sólo una ilusión, pero en realidad creo que esta vez estaba limpio. En el pasado siempre acababas descubriendo cómo simulaba la normalidad. Interpretaba un papel para mí o los chicos. Pero esta vez parecía más decidido. Como si supiese que este cambio era su última oportunidad para comenzar de nuevo. Trabajó como nunca le había visto hacerlo en nada. Creía que también lo estaba superando. Pero algo tuvo que echarle atrás…

La voz de Bonnie se apagó, y ahora sus ojos estaban cargados con lágrimas. Sin duda se estaba preguntando si no había sido ella aquel empujón, si de verdad Clu había estado limpio y ella le había echado de casa y le había metido de nuevo en el mundo de sus adicciones. Myron casi le dijo que no se culpase a sí misma, pero tuvo el buen sentido de callarse el manido tópico.

– Clu siempre necesitaba alguien u otra cosa -prosiguió ella-. Era la persona más dependiente que he conocido.

Myron asintió, dispuesto a alentarla.

– Al principio aquello me resultó atractivo, que me necesitase tanto. Pero al final resultó agotador. -Bonnie lo miró-. ¿Cuántas veces tuvieron que sacarle las castañas del fuego?

– Demasiadas -admitió Myron.

– Hay algo que me pregunto, Myron. -Se irguió un poco en la silla, ahora con los ojos más claros-. Me pregunto si entre todos no le hicimos un flaco favor. Quizá si no hubiésemos estado allí para salvarlo, tal vez podría haber cambiado. Si le hubiese echado hace años, a lo mejor hubiese tenido que corregirse y sobrevivir a todo esto.

Myron no dijo nada, sin molestarse en señalar la contradicción inherente en sus palabras: le había echado y él había acabado muerto.

– ¿Sabías lo de los doscientos mil dólares? -preguntó Myron.

– Me enteré por boca de la policía.

– ¿Tienes alguna idea de dónde pueden estar?

– No.

– ¿O por qué pudo necesitarlos?

– No.

Ahora su voz sonaba muy distante, su mirada perdida por encima del hombro de Myron.

– ¿Crees que era para drogas?

– Los periódicos dijeron que dio positivo en heroína -dijo Bonnie.

– Eso tengo entendido.

– Sería algo nuevo en Clu. Sé que es una adicción muy cara, pero doscientos mil dólares parecen excesivos.

Myron asintió.

– ¿Tenía algún problema?

Bonnie lo miró.

– Me refiero además de los habituales. ¿Usureros, deudas de juego o algo por el estilo?

– Supongo que es posible.

– Pero no lo sabes.

Bonnie sacudió la cabeza, con la mirada aún perdida.

– ¿Sabes en qué estoy pensando?

– ¿En qué?

– En su primer año de profesional. La clase A con los Bisontes de Nueva Inglaterra. Inmediatamente después de que negociases su contrato. ¿Lo recuerdas?

Myron asintió.

– Una vez más, me pregunto…

– ¿Te preguntas qué?

– Aquélla fue la primera vez que nos unimos todos para salvarle el culo.

Una llamada telefónica a medianoche. Myron saliendo del sueño para atender el teléfono. Clu llorando, casi incoherente. Había estado en el coche con Bonnie y con su viejo compañero de habitación en Duke, Billy Lee Palms, el receptor de los Bisontes. Conducía borracho, para ser más preciso. Había estrellado el coche contra una farola. Las heridas de Billy Lee eran menores, pero habían tenido que llevar a Bonnie al hospital. Clu, sin un rasguño, había sido arrestado, obviamente. Myron había tenido que salir pitando a Massachusetts occidental, con un montón de pasta en la mano.

– Lo recuerdo -dijo Myron.

– Tú acababas de conseguirle un patrocinio de aquella gran empresa lechera. Conducir borracho ya era bastante malo, pero si a eso le sumas un herido, bueno, podía ser destruido. Pero nosotros nos cuidamos de él. Se pagó a las personas adecuadas. Billy Lee y yo declaramos que una camioneta nos había cerrado el paso. Lo salvamos. Ahora me pregunto si hicimos lo correcto. Quizá si Clu hubiese pagado el precio entonces, quizás hubiese ido a la cárcel en lugar de caer en…

– No hubiese ido a la cárcel, Bonnie. Posiblemente le hubiesen quitado el carnet de conducir y lo hubiesen condenado a realizar servicios comunitarios por un tiempo.

– Vete tú a saber. La vida es cuestión de olas, como cuando tiras una piedra en un estanque, Myron. Algunos filósofos creen que todo lo que hacemos cambia el mundo para siempre. Incluso los actos más sencillos. Como salir de casa cinco minutos más tarde, o tomar una ruta diferente para ir al trabajo; lo cambia todo para el resto de tu vida. No me lo creo del todo, pero cuando se trata de cosas importantes, no sé, veo que las ondas perduran. O quizá comenzó antes de aquello. Cuando era un niño. La primera vez que comprendió que podía lanzar una esfera blanca con una velocidad sorprendente, la gente le trataba de una forma especial. Tal vez nosotros sólo continuamos el condicionamiento de aquel día. O lo llevamos a un nivel adulto. Clu aprendió que siempre habría alguien para salvarlo. Y lo hicimos. Aquella noche lo salvamos, y después vinieron las acusaciones de asalto, y el comportamiento obsceno y los análisis de dopaje fracasados y todo el resto.

– ¿Crees que el asesinato fue un resultado inevitable?

– ¿Tú no?

– No -respondió Myron-. Creo que la persona que le disparó tres veces es la responsable.

– La vida pocas veces es tan sencilla, Myron.

– Pero el asesinato lo es generalmente. Al final alguien le disparó. Fue así como murió. No murió porque le ayudamos a salir de algunos excesos autodestructivos. Alguien lo asesinó. Y esa persona, no tú, yo o los que se preocupaban por él, tiene la culpa.

Ella lo pensó por un momento.

– Quizá tengas razón.

Pero no parecía convencida.

– ¿Sabes por qué Clu le pegó a Esperanza?

Bonnie negó con la cabeza.

– La policía también me lo preguntó. No sé. Quizás iba colocado.

– ¿Se ponía violento cuando estaba colocado?

– No. Pero suena como si hubiese estado muy presionado. Quizá sólo se sentía frustrado porque ella no podía decirle dónde estabas.

Otra oleada de culpa. Esperó que desapareciese.

– ¿A quién más podría haber acudido, Bonnie?

– ¿A qué te refieres?

– Dijiste que necesitaba ayuda. Yo no estaba. Tú no hablabas con él. ¿Entonces a quién podía acudir?

Ella se lo pensó.

– No estoy segura.

– ¿Algún amigo, compañero de equipo?

– No lo sé.

– ¿Qué tal Billy Lee Palms?

Ella se encogió de hombros como si dijese no lo sé.

Myron lanzó unas cuantas preguntas más, pero no consiguió irada importante. Al cabo de un rato, Bonnie consultó la hora.

– Tengo que volver con los chicos -dijo.

Él asintió, se levantó de la silla. Esta vez, ella no lo detuvo. Myron la abrazó y Bonnie le devolvió el abrazo, sujetándolo con fuerza.

– Hazme un favor -dijo Bonnie.

– Di.

– Salva a tu amiga. Comprendo por qué necesitas hacerlo. Y no quiero que vaya a la cárcel por algo que no hizo. Pero después déjalo estar.

Myron se apartó un poco.

– No te entiendo.

– Como dije antes, eres un tipo noble.

Pensó en la familia Slaughter y en cómo había acabado; algo dentro de él volvió a ser aplastado de nuevo.

– La universidad queda muy atrás ya -dijo Myron con voz suave.

– No has cambiado.

– Te sorprenderías.

– Todavía necesitas justicia, los finales limpios y hacer lo correcto.

Myron no dijo nada.

– Clu no te lo puede dar -señaló Bonnie-. No era un hombre noble.

– No merecía ser asesinado.

Bonnie apoyó una mano en su brazo.

– Salva a tu amiga, Myron. Luego deja marchar a Clu.

10

Myron subió en el ascensor los dos pisos hasta el centro neurálgico de Lock-Horne Security. Unos hombres blancos agotados -había también mujeres y minorías, más cada año, pero el número en el recuento total todavía era muy escaso- se movían de un lado a otro, partículas sometidas a un calor al punto de ebullición, los teléfonos grises sujetos a sus oídos como cordones umbilicales que proporcionaban el soporte vital. El nivel de ruido y el espacio abierto le recordaba a Myron los casinos de Las Vegas, aunque los tupés eran mejores. Las personas gritaban de entusiasmo o agonía. El dinero se ganaba y se perdía. Los dados rodaban, giraban las ruletas y se repartían las cartas. Los hombres miraban constantemente un tablero electrónico, con el asombro en sus rostros, observando los precios de las acciones como los jugadores esperan que se detenga la ruleta en un número o los viejos israelitas miraban a Moisés y sus nuevas tablas de la ley.

Éstas eran las trincheras de las finanzas, los soldados armados apiñados, todos intentando sobrevivir en un mundo donde ganar menos de seis cifras significaba cobardía y probablemente la muerte. Los terminales informáticos parpadeaban a través de un diluvio de notas amarillas. Los guerreros bebían café y enterraban las fotos de familias enmarcadas debajo de un volcánico estallido de análisis de precios, declaraciones financieras y revisiones corporativas. Todos vestían camisas blancas y corbatas con nudo Windsor, con las americanas bien colgadas en los respaldos de las sillas, como si las sillas tuviesen un poco de frío o estuviesen preparándose para comer en Le Cirque.

Win no se sentaba aquí, por supuesto. Los generales de esta guerra -los gurús, los grandes productores, los pesos pesados, como quieras llamarlos- estaban acampados en el perímetro, sus oficinas junto a las ventanas, apartando a los soldados de a pie de cualquier rastro del cielo azul, aire fresco o cualquier elemento endémico a los seres humanos.

Myron subió por una pendiente alfombrada hacia un despacho en una esquina. Win por lo general estaba solo en su despacho. Hoy no. Myron asomó la cabeza, y un puñado de tipos trajeados se volvieron hacia él. Muchísimos trajes. Myron no podía decir cuántos. Quizá seis u ocho. Había una masa confusa de grises y azules con corbatas y pañuelos de rayas rojas, como la estela de una reconstrucción de la guerra civil. Los más viejos, tipos distinguidos de cabellos blancos con la manicura hecha y gemelos en los puños de las camisas, estaban sentados en las sillas de cuero color burdeos más cercanas a la mesa de Win y asentían mucho. Los jóvenes, apretujados en los sofás contra la pared, las cabezas gachas, tomaban notas como si Win estuviese divulgando el secreto de la vida eterna. De vez en cuando, los hombres jóvenes miraban a los viejos, atisbaban su glorioso futuro, que consistiría básicamente en una silla más cómoda y menos notas.

Las libretas eran el rasgo que los identificaba. Eran los abogados. Los viejos probablemente cobraban más de cuatrocientos dólares la hora, los jóvenes, doscientos cincuenta. Myron no se preocupó con la aritmética, sobre todo porque le llevaría demasiado esfuerzo contar cuántos trajes había en la habitación. No importaba. Lock-Horne se lo podía permitir. La redistribución de la riqueza -o sea, mover el dinero sin crear, producir o hacer algo nuevo- producía una ganancia increíble.

Myron Bolitar. El agente deportivo marxista.

Win dio una palmada y todos fueron despachados. Se levantaron lo más lentamente posible -los abogados cobraban por minuto, algo así como las líneas eróticas menos la prima garantizada- y salieron por la puerta del despacho. Los viejos salieron primero, los jóvenes les siguieron como esposas japonesas.

Myron entró.

– ¿Qué está pasando?

Win le hizo un gesto a Myron para que se sentase. Luego se echó hacia atrás e hizo aquello de la capillita con las manos.

– Esta situación -dijo- me tiene preocupado.

– ¿Te refieres al dinero que retiró Clu?

– Sí, en parte -respondió Win. Movió las puntas de los dedos antes de apoyar los índices en el labio inferior-. Me siento muy desgraciado cuando escucho la palabra «citación» y «Lock-Horne» en la misma frase.

– ¿Y qué? No tienes nada que ocultar.

Win esbozó una sonrisa.

– ¿Qué quieres decir?

– Deja que miren tus libros. Eres muchas cosas, Win. La honestidad es la primera de ellas.

Win sacudió la cabeza.

– Eres tan ingenuo.

– ¿Qué?

– Mi familia dirige una firma financiera.

– ¿Y?

– Pues que la más mínima insinuación puede destruir dicha firma.

– Creo que estás exagerando -dijo Myron.

Win enarcó una ceja, se llevó una mano al oído.

– ¿Perdón?

– Venga, Win. Siempre hay algún escándalo u otro en Wall Street. La gente ya casi ni se fija.

– Ésos son escándalos de información confidencial.

– ¿Y?

Win hizo una pausa, lo miró.

– ¿Estas siendo obtuso a posta?

– No.

– La información confidencial es algo del todo diferente.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿De verdad necesitas que te lo explique?

– Supongo que sí.

– Muy bien. Vamos a lo básico; la información confidencial es estafar o robar. A mis clientes no les importa si robo o estafo, siempre y cuando sea en su beneficio. De hecho, si cualquier acto ilegal aumentase sus carteras, la mayoría de los clientes sin duda lo apoyaría. Pero si su consejero financiero está jugando con sus cuentas personales, o algo también terrible, si su institución bancaria está involucrada en algo que le daría al gobierno el derecho de requisar sus archivos, los clientes se pondrían nerviosos.

– Ya veo dónde podría haber un problema -asintió Myron.

Win golpeó la superficie de la mesa con los dedos. Para él, era una muestra de agitación importante. Difícil de creer, pero por primera vez Win parecía un tanto nervioso.

– Tengo a tres despachos de abogados y dos firmas de publicidad trabajando en el asunto -confirmó.

– ¿Trabajando cómo?

– Lo habitual -respondió Win-. Reclamando favores políticos, preparando una demanda contra la Oficina del Fiscal de Bergen County, por libelo y calumnias, colocando historias positivas en los medios, viendo qué jueces se presentarán a la reelección.

– En otras palabras -dijo Myron-, a quién puedes comprar.

Win se encogió de hombros.

– ¿Aún no te han requisado los archivos?

– No. Pienso acabar con la posibilidad antes de que cualquier juez siquiera piense en firmar la orden.

– En ese caso quizá tendríamos que pasar a la ofensiva.

Win volvió a unir los dedos. Su gran mesa de caoba estaba pulida hasta el punto de que su reflejo parecía el de un espejo, como sacado de un viejo anuncio de lavavajillas donde un ama de casa se entusiasma al verse reflejada en un plato.

– Te escucho.

Myron recapituló su conversación con Bonnie Haid. El teléfono rojo en la estantería de Win -su batfono, tan enamorado del viejo aparato de Alan West que lo tenía tapado con una campana de cristal- le interrumpió varias veces. Win tuvo que atender las llamadas. En su mayoría eran de abogados. Myron oía el pánico de los abogados viajar a través del auricular y todo el camino a través de la mesa. Comprensible. Windsor Horne Lockwood III no era la clase de tipo al que desilusionar.

Win permanecía en calma. Su final de la conversación se podía reducir básicamente a dos palabras: cómo y cuánto.

Cuando Myron acabó, Win dijo:

– Hagamos una lista. -No cogió un bolígrafo. Tampoco Myron-. Uno, necesitamos los registros telefónicos de Clu.

– Se alojaba en un apartamento en Fort Lee -dijo Myron.

– La escena del crimen.

– Correcto. Clu y Bonnie alquilaron el apartamento cuando traspasaron a Clu en mayo. -A los Yankees. Un gran contrato que le dio a Clu, un veterano entrado en años, la última oportunidad para despilfarrar-. Se trasladaron a la casa en Tenafly en julio, pero el contrato de alquiler siguió en vigor por otros seis meses. Así que cuando Bonnie le echó, fue allí donde acabó.

– ¿Tienes la dirección? -preguntó Win.

– Sí.

– Entonces bien.

– Envía los registros a Big Cyndi. Le diré que ella los repase.

Conseguir los registros de llamadas telefónicas era muy sencillo. ¿No lo cree? Abra las Páginas Amarillas de su ciudad. Escoja a un investigador privado al azar. Ofrézcale pagarle dos mil por la factura telefónica de cualquiera. Algunos le dirán que sí sin más, pero la mayoría intentará sacarle tres mil, la mitad del pago irá al subordinado en la compañía telefónica al que tienen que sobornar.

– También necesitamos investigar las tarjetas de crédito, la cuenta corriente, lo que sea, y ver en qué se había metido últimamente.

Win asintió. En el caso de Clu, era mucho más fácil. Toda su cartera financiera la tenía Lock-Horne Securities. Win había creado una cuenta separada para Clu, de manera que pudiese manejar sus finanzas de una forma mucho más sencilla. Incluía una tarjeta de débito VISA, las domiciliaciones de las facturas mensuales y un talonario de cheques.

– También necesitamos encontrar a la novia misteriosa -dijo Myron.

– No tendría que ser tan difícil -opinó Win.

– No.

– Como sugeriste antes, nuestro viejo hermano de la fraternidad, Billy Lee Palms, podría saber algo.

– Podemos buscarlo -dijo Myron.

Win levantó un dedo.

– Una cosa.

– Te escucho.

– Tendrás que hacer la mayoría del trabajo de a pie por tu cuenta.

– ¿Por qué?

– Tengo un negocio que atender.

– Yo también -dijo Myron.

– Perdiste tu negocio y has perjudicado a dos personas.

– Tres -le corrigió Myron-. Te olvidas de Big Cyndi.

– No. Hablo de Big Cyndi y Esperanza. A ti te dejo aparte por razones obvias. Nuevamente, si quieres los clichés habituales, por favor, a ver qué te parece éste: tú te lo guisas, tú te lo comes…

– Ya te entiendo -le interrumpió Myron-. Pero aún tengo un negocio que proteger, si no por mi bien, al menos por el de ellas.

– No hay ninguna duda. -Win señaló hacia las trincheras-. Pero pese al riesgo de parecer melodramático, soy responsable de esas personas. De sus trabajos y seguridad financiera. Tienen familias, hipotecas y escuelas que pagar. -Observó a Myron con sus ojos azul hielo-. Es algo que no me tomo a la ligera.

– Lo sé.

Win se echó hacia atrás.

– Permaneceré involucrado, por supuesto. Y una vez más si se necesitan mis talentos particulares…

– Esperemos que no -le interrumpió Myron.

Win se encogió de hombros otra vez. Luego dijo:

– Curioso, ¿no?

– ¿Qué?

– No hemos ni siquiera mencionado a Esperanza en todo esto. ¿Por qué crees que es?

– No lo sé.

– Quizás -añadió Win-, tenemos alguna duda sobre su inocencia.

– No.

Win enarcó la ceja, pero no dijo nada.

– No estoy siendo sólo emocional -continuó Myron-. Lo he estado pensando.

– ¿Y?

– No tiene sentido. En primer lugar, ¿por qué Esperanza mataría a Clu? ¿Cuál es su móvil?

– El fiscal parece creer que ella lo mató por el dinero.

– Correcto. Y creo que es justo decir que ambos sabemos que no es así.

Win hizo una pausa, asintió.

– No, Esperanza no mataría por dinero.

– Entonces no tenemos un motivo.

Win frunció el entrecejo.

– Yo diría que esa conclusión es en el mejor de los casos prematura.

– Vale, pero ahora analicemos las pruebas. El arma, por ejemplo.

– Adelante -dijo Win.

– Piensa en ello por un segundo. Esperanza tiene un gran altercado con Clu delante de testigos, ¿correcto?

– Sí.

Myron levantó un dedo.

– Uno, ¿sería lo bastante estúpida para matar a Clu tan poco tiempo después de la pelea pública?

– Una observación justa -concedió Win-. Pero quizá la discusión en el garaje sólo subió las apuestas. Tal vez después de aquello Esperanza comprendió que Clu estaba fuera de todo control.

– Vale, digamos que Esperanza fue lo bastante idiota como para matarlo después de la pelea. Obviamente, sabría que era sospechosa, ¿no? Me refiero, a que había testigos.

Win asintió lentamente.

– Lo acepto.

– ¿Entonces por qué estaba el arma asesina en el despacho? Esperanza no es tan estúpida. Trabajó con nosotros antes. Se conoce todas las minucias. Demonios, cualquiera que vea la tele sabe que debe deshacerse del arma.

Win titubeó.

– Comprendo lo que estás diciendo.

– Por lo tanto tuvieron que poner el arma allí. Y si pusieron el arma allí, consecuentemente la sangre y las fibras también las pusieron allí.

– Lógico.

Win estaba haciendo su mejor Señor Spock. El batfono sonó de nuevo. Win atendió y acabó con el asunto en segundos. Volvieron al razonamiento.

– Por otro lado -señaló Win-, nunca me he encontrado con un asesinato perfectamente lógico.

– ¿A qué te refieres?

– La realidad es confusa y está llena de contradicciones. Mira el caso de O. J.

– ¿El qué?

– El caso O. J. -repitió Win-. Si se derramó tanta sangre que hasta O. J. acabó empapado, ¿cómo es que se encontró tan poca?

– Se cambió de ropa.

– ¿Y? Incluso si lo hizo, cualquiera hubiese esperado encontrar más que unas pocas gotas en el salpicadero, ¿no? ¿Si O. J. volvió a su casa y se duchó, cómo es que no encontraron sangre en los azulejos, en las tuberías o donde fuese?

– Entonces ¿crees que O. J. era inocente?

Win volvió a fruncir el entrecejo.

– No me entiendes.

– Explícamelo.

– Las investigaciones de un asesinato nunca tienen un sentido completo. Siempre hay rotos en el tejido de la lógica. Varios inexplicables. Quizás Esperanza cometió un error. Tal vez no creyó que la policía sospecharía de ella. Quizá creyó que el arma estaría más segura en el despacho que, digamos, en su casa.

– Ella no le mató, Win.

Win separó las manos.

– ¿Quién entre nosotros es incapaz, dadas las circunstancias correctas, de asesinar?

Un pesado silencio.

Myron tragó con fuerza.

– Por el bien de la discusión, vamos a asumir que el arma la colocaron allí.

Win asintió poco a poco, la mirada fija en Myron.

– La pregunta es: ¿quién la dejó?

– Y por qué -añadió Win.

– Por lo tanto, necesitamos hacer una lista de sus enemigos -dijo Myron.

– Y nuestros.

– ¿Qué?

– Esta acusación de asesinato nos está haciendo mucho daño a los dos -contestó Win-. Por lo tanto, debemos mirar varias posibilidades.

– ¿Por ejemplo?

– Primero -dijo Win-, quizás estamos interpretando demasiadas cosas en este montaje.

– ¿Qué quieres decir?

– A lo mejor no se trata en absoluto una venganza personal. Quizás el asesino se enteró de la discusión en el garaje y llegó a la conclusión de que Esperanza sería la sospechosa adecuada.

– ¿Quieres decir que todo esto no es más que una manera de desviar la atención del verdadero asesino? ¿Nada personal?

– Es una posibilidad -admitió Win-. Ni más ni menos.

– Vale -admitió Myron-. ¿Qué más?

– El asesino quiere causarle un gran daño a Esperanza.

– La opción obvia.

– Y al parecer está funcionando -dijo Win-. Y la posibilidad número tres: el asesino quiere perjudicarnos a uno de nosotros dos.

– O -dijo Myron- a nuestras empresas.

– Sí.

Algo así como un gigantesco yunque de los dibujos animados cayó sobre la cabeza de Myron.

– Alguien como FJ.

Win se limitó a sonreír.

– Y -continuó Myron- Clu estaba haciendo algo ilícito, algo que necesitaba de una gran cantidad de dinero…

– Entonces FJ y su familia serían los primeros señalados -acabó Win por él-. Por supuesto, si olvidamos el dinero por un momento, FJ disfrutaría de cualquier oportunidad para aplastarte. ¿Qué mejor manera de diezmar tu empresa y encarcelar a tu mejor amiga?

– Dos pájaros de un tiro.

– Precisamente.

Myron se reclinó en la silla, agotado de pronto.

– No me gusta la idea de involucrarme con los Ache.

– A mí tampoco -manifestó Win.

– ¿Tú? Antes, querías matar a FJ.

– A eso me refiero. Ahora no puedo. Si el joven FJ está detrás de esto, tenemos que mantenerlo vivo para poder demostrarlo. Atrapar sanguijuelas es peligroso. El exterminio sin más es la acción preferida.

– Así que ahora hemos eliminado tu opción favorita.

Win asintió.

– Triste, ¿verdad?

– Trágico.

– Pero todavía es peor, viejo amigo.

– ¿Qué quieres decir?

– Inocente o culpable -dijo Win-, Esperanza nos está ocultando algo.

Silencio.

– No tenemos otra alternativa -prosiguió Win-. Necesitamos investigarla también a ella. Hurgar un poco en su vida personal.

– No me gusta la idea de involucrarme con los Ache -declaró Myron-, pero menos aún me gusta la idea de invadir la intimidad de Esperanza.

– Ten miedo -asintió Win-. Ten mucho miedo.

11

La primera pista potencial tuvo dos efectos sobre Myron: le pegó un susto de muerte, y le recordó la película Sonrisas y lágrimas.

A Myron le gustaba mucho el viejo musical de Julie Andrews -¿a quién no?- pero siempre había pensado que una de las canciones era especialmente tonta. De hecho, se trataba de una de las clásicas. «Mis cosas favoritas.» La canción no tenía sentido. Le preguntas a un millón de personas que hagan una lista de sus cosas favoritas, y por Dios bendito, cuántas de ellas van a escribir timbres. ¿Sabes qué, Millie? ¡Me encantan los timbres! Al demonio con pasear por una playa desierta, leer un gran libro, hacer el amor, o ver un musical de Broadway. Timbres, Millie. Los timbres me chiflan. Algunas veces tengo que ir a las casas y apretar los timbres y bueno, creo que soy lo bastante hombre como para admitir que tiemblo.

Otro desconcertante «favorito» eran los paquetes atados con un cordel, sobre todo porque parecían algo enviado por un sex-shop (eh, no es que Myron lo supiese por experiencia personal). Pero eso fue lo que Myron encontró en la gran pila de correspondencia. Un paquete. La dirección, escrita a máquina con la palabra «Personal» en la parte inferior. Sin ninguna dirección del remitente. Con el sello de correos de la ciudad de Nueva York.

Myron abrió el paquete, lo sacudió, y vio que un disquete caía sobre la mesa.

Vaya.

Myron lo recogió, le dio la vuelta, le dio la vuelta de nuevo. No llevaba ninguna etiqueta. Nada escrito. Sólo un sencillo cuadrado negro con un trozo de metal en la parte de arriba. Myron lo observó por un momento, se encogió de hombros, lo metió en la disquetera, apretó unas teclas. Estaba a punto de pinchar el Windows Explorer y ver qué clase de archivo era cuando algo comenzó a pasar. Myron se echó hacia atrás y frunció el entrecejo. Rogó para que el disquete no contuviese ningún virus. Después de todo tendría que saber que no se puede meter un disquete desconocido en el ordenador. No sabía dónde había estado, qué nefasto driver había sido insertado antes, si llevaba un condón o un análisis de sangre. Nada. Su pobre ordenador. Sólo «Pim, pam, gracias, RAM».

Gemido.

La pantalla se volvió negra.

Myron se tiró de la oreja. Su dedo se acercó a la tecla de escape -la tecla de escape es el último recurso de un desesperado enemigo de los ordenadores- cuando una imagen apareció en la pantalla. Myron se quedó de una pieza.

Era una muchacha. Tenía el pelo largo, con flequillo, y una sonrisa torpe. Calculó que tendría unos dieciséis años, el aparato de ortodoncia retirado hacía poco, los ojos mirando a un lado, de fondo el arco iris de un retrato de escuela. Sí, la foto había sido sacada de un marco de la repisa de la chimenea de mamá y papá o del anuario de un instituto suburbano en 1985, esa clase de foto con un escrito debajo, un resumen de la vida, una cita definitoria de la vida tomada de James Taylor o Bruce Springsteen, seguida por fulanita disfrutó siendo secretaria/tesorera del Key Club, sus mejores recuerdos incluyen pasarse horas con Jenny o Sharon T en el Big W, las palomitas en la clase de la señora Kennilworth, los ensayos de la banda detrás del aparcamiento, esa clase de cosas ñoñas. Típico. Algo así como la necrológica de la adolescencia.

Myron conocía a la chica.

O al menos la había visto antes. No podía precisar dónde, cuándo o si la había visto en persona, en una foto o qué. Pero no había duda. Miró con atención, con la esperanza de recordar un nombre o incluso un recuerdo pasajero. Nada. Continuó mirando. Y fue entonces cuando ocurrió.

La chica comenzó a fundirse.

Era la única manera de describirlo. Los mechones de pelo de la chica cayeron y se fundieron con su carne, su frente se deslizó hacia abajo, su nariz se disolvió, sus ojos se pusieron en blanco y después se cerraron. La sangre comenzó a manar de las cuencas para bañar el rostro de color rojo.

Myron saltó de su silla, casi gritando.

La sangre cubría ahora toda la imagen, y por un momento Myron se preguntó si comenzaría a derramarse de la pantalla. El ruido de una risa salió de los altavoces. No la risa de un psicópata o una risa cruel, sino la saludable y alegre risa de un adolescente, un sonido normal que le erizó el pelo de la nuca como nunca hubiese podido hacerlo un aullido.

Sin previo aviso, afortunadamente la pantalla se volvió negra. La risa se detuvo. Y luego apareció el menú principal de Windows 98.

Myron respiró hondo varias veces. Sus manos sujetaron el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron sin sangre.

¿Qué demonios?

Su corazón latía contra las costillas como si quisiese escapar. Buscó atrás y cogió el envoltorio. El matasellos era de hacía casi tres semanas. Tres semanas. Este horrible disquete había estado en la pila de correspondencia desde que él se había largado. ¿Por qué? ¿Quién se lo había enviado? ¿Quién era la chica?

La mano de Myron todavía temblaba cuando cogió el teléfono. Marcó un número. Pese a que el móvil de Myron tenía la orden de no mostrar su número a otros móviles, el hombre respondió diciendo:

– ¿Qué pasa, Myron?

– Necesito tu ayuda, PT.

– Jesús, tienes voz de ultratumba. ¿Es por Esperanza?

– No.

– ¿Entonces de qué se trata?

– Un disquete de ordenador. De tres y medio. Necesito que lo analicen.

– Ve a John Jay. Pregunta por la doctora Czerski. Pero si buscas un rastro, es poco probable. ¿De qué va?

– Recibí el disquete por correo. Contiene un gráfico de una adolescente. En un archivo AVI de algún tipo.

– ¿Quién es la chica?

– No lo sé.

– Llamaré a Czerski. Ve para allá.

La doctora Kirstin Czerski llevaba una bata de laboratorio blanca y fruncía el entrecejo como una antigua nadadora de Alemania Oriental. Myron intentó la Sonrisa Patentada 17: el sensiblero Alan Alda, después de M*A*S*H.

– Hola -dijo Myron-. Me llamo…

– El disquete. -La mujer tendió la mano. Él se lo dio. La doctora lo miró por un segundo y fue hacia una puerta-. Espere aquí.

Se abrió la puerta. Myron vio por un momento una habitación que parecía el puente de Galáctica, Estrella de Combate. Abundancia de metal, cables, luces, monitores y magnetófonos de cinta. La puerta se cerró. Myron se quedó en el vestíbulo. Suelo de linóleo, tres sillas de plástico moldeado, carteles en una pared.

El móvil de Myron sonó de nuevo. Lo miró por un segundo. Seis semanas atrás había apagado el teléfono. Ahora que lo tenía encendido, el aparato parecía estar recuperando el tiempo perdido. Apretó una tecla y se lo llevó a la oreja.

– ¿Hola?

– Hola, Myron.

La voz le golpeó como una palmada en el esternón. Un ruidocomo el de una ola llenó sus oídos, como si el teléfono fuese una caracola apretada a la oreja. Myron se sentó en una silla de plástico amarillo.

– Hola, Jessica -alcanzó a decir.

– Te vi en las noticias -dijo ella, con su voz demasiado controlada-. Así que me dije que habías encendido el móvil.

– Correcto.

Más silencio.

– Estoy en Los Ángeles -continuó Jessica.

– Ajá.

– Pero necesitaba decirte algunas cosas.

– ¿Ah, sí?

El grifo de las grandes frases de Myron; nunca podía cerrarlo.

– En primer lugar, voy a estar ausente por lo menos otro mes. No he cambiado las cerraduras ni nada, así que te puedes alojar en el ático…

– Estoy en casa de Win.

– Sí, me lo suponía. Pero si necesitas alguna cosa o si quieres sacar tus cosas…

– Vale.

– No te olvides del televisor. Es tuyo.

– Te lo puedes quedar -dijo él.

– Bien.

Más silencio.

– Estamos siendo muy adultos con esto, ¿no? -comentó Jessica.

– Jess…

– No. Te llamo por una razón.

Myron guardó silencio.

– Clu me llamó varias veces. Me refiero al ático.

Myron ya lo había adivinado.

– Sonaba muy desesperado. Le dije que no sabía dónde estabas. Dijo que tenía que encontrarte. Estaba preocupado por ti.

– ¿Por mí?

– Sí. Vino a verme una vez, estaba hecho un asco. Me interrogó durante veinte minutos.

– ¿Sobre qué?

– Sobre dónde estabas. Dijo que necesitaba encontrarte; por tu bien más que por el suyo. Cuando insistí en que no sabía dónde estabas, comenzó a asustarme.

– ¿Asustarte cómo?

– Me preguntó que cómo sabía que no estabas muerto.

– ¿Clu dijo esas palabras? ¿Que yo estaba muerto?

– Sí. Llamé a Win cuando se marchó.

– ¿Qué dijo Win?

– Que estabas sano y salvo y que no debía preocuparme.

– ¿Qué más?

– Estoy hablando de Win, Myron. Dijo, y cito: «Está sano y salvo, no te preocupes». Luego colgó. Lo dejé correr. Me dije que Clu estaba haciendo una pequeña sobreactuación para llamar mi atención.

– Era lo más probable -manifestó Myron.

– Sí.

Más silencio.

– ¿Cómo estás? -preguntó ella.

– Estoy bien. ¿Y tú?

– Estoy intentando superarlo -respondió Jessica.

Él apenas podía respirar.

– Jess, deberíamos hablar…

– No -dijo ella de nuevo-. No quiero hablar, ¿vale? Deja que te lo diga de una forma clara: si cambias de opinión, llámame. Ya sabes el número. Si no, que te vaya bien.

Clic.

Myron colgó el teléfono. Respiró hondo varias veces. Miró el móvil. Tan sencillo. Sabía el número. Que fácil sería marcarlo.

– Inútil.

Myron miró a la doctora Czerski.

– ¿Perdón?

Ella sostuvo en alto el disquete.

– ¿Dijo que había un gráfico?

Myron se apresuró a explicarle lo que había visto.

– Ahora ya no está -afirmó la doctora-. Tuvo que haberse autoborrado.

– ¿Cómo?

– ¿Dice que el programa se puso en marcha automáticamente?

– Sí.

– Lo más probable es que fuese un archivo de autoarranque y después de autoborrado. Sencillo.

– ¿No hay programas especiales para recuperar archivos?

– Sí. Pero este archivo hizo algo más. Formateó todo el disquete. Lo más probable, la última orden de la cadena.

– ¿Qué significa?

– Lo que sea que vio se ha borrado para siempre.

– ¿No hay nada más en el disquete?

– No.

– ¿Nada que podamos rastrear? ¿Ninguna característica única o algo así?

Ella sacudió la cabeza.

– Es el típico disquete. Se vende en todas las tiendas de informática del país. Formateado estándar.

– ¿Qué hay de huellas digitales?

– No es mi departamento.

Y, Myron lo sabía, sería una pérdida de tiempo. Si alguien se había tomado el trabajo de destruir cualquier prueba informática, las probabilidades de que también hubiesen borrado todas las huellas digitales eran muy elevadas.

– Estoy ocupada.

La doctora Czerski le devolvió el disquete y se marchó sin ni siquiera mirar atrás. Myron observó el disquete y sacudió la cabeza.

¿Qué demonios estaba pasando aquí? El móvil sonó de nuevo. Myron respondió.

– Señor Bolitar. Era Big Cyndi.

– Sí.

– Estoy repasando los registros de llamadas telefónicas del señor Clu Haid como me pidió.

– ¿Y?

– ¿Vuelve a la oficina, señor Bolitar?

– Ahora voy para allí.

– Hay algo aquí que puede resultarle sorprendente.

12

Cuando se abrió la puerta del ascensor, Big Cyndi lo estaba esperando. Por fin se había lavado la cara. Había desaparecido todo el maquillaje. Sin duda había utilizado un chorro de arena o un martillo neumático.

Ella lo recibió diciéndole:

– Rarísimo, señor Bolitar.

– ¿De qué se trata?

– De acuerdo con sus instrucciones, repasé el registro de llamadas de Clu Haid -explicó Big Cyndi. Después sacudió la cabeza-. Rarísimo.

– ¿Qué es rarísimo?

Ella le dio una hoja de papel.

– Resalté el número en amarillo.

Myron lo miró mientras entraba en la oficina. Big Cyndi lo siguió y cerró la puerta detrás de ellos. El número estaba en la zona de código 212. Eso significaba Manhattan. Aparte de eso, era del todo desconocido.

– ¿Qué pasa con él?

– Es de un club nocturno.

– ¿Cuál?

– Adivina.

– ¿Perdón?

– Es el nombre del lugar -explicó Big Cyndi-. Adivina. Está a dos manzanas del Leather-N-Lust.

Leather-N-Lust era el bar sadomasoquista que había empleado a Big Cyndi como gorila. Lema: Castiga a los que amas.

– ¿Conoces el lugar? -preguntó Myron.

– Un poco.

– ¿Qué clase de club es?

– Travestís y transexuales en la mayoría. Pero tiene un público variado.

Myron se frotó las sienes.

– Cuando dices variado…

– En realidad no deja de ser un concepto interesante, señor Bolitar.

– Estoy seguro.

– Cuando vas a Adivina nunca sabes a ciencia cierta qué consigues. ¿Sabe a lo que me refiero?

Myron no tenía ni la más mínima idea.

– Perdona mi ingenuidad sexual, ¿pero podrías explicarte?

Big Cyndi frunció el rostro mientras pensaba. No era un espectáculo agradable.

– En parte, es lo que te puedes esperar: hombres vestidos como mujeres, mujeres vestidas como hombres. Pero entonces algunas veces una mujer es sólo una mujer y un hombre es sólo un hombre. ¿Me sigue?

Myron asintió.

– Ni siquiera un poco.

– Por eso se llama adivina. Nunca sabes a ciencia cierta. Por ejemplo, puedes ver a una mujer hermosa, muy alta, con una peluca platino. Así que te dices es un él-ella. Pero, y esto es lo que hace especial a Adivina, quizá no lo es.

– ¿No es qué?

– Un él-ella. Un travestí o un transexual. Quizás es una mujer hermosa que se ha puesto unos tacones superaltos y una peluca para confundirte.

– ¿Y cuál es la razón para eso?

– Es lo divertido del lugar. La duda. Hay un cartel dentro: «Adivina: va de ambigüedad, no de androginia».

– Pegadizo.

– Pero ésa es la idea. Es un lugar de misterios. Te llevas a alguien a casa. Crees que es una mujer hermosa o un hombre guapo. Pero hasta que los pantalones no están abajo del todo nunca estás seguro. La gente se viste para engañar. Sencillamente nunca lo sabes hasta que bueno, ¿ha visto Juego de lágrimas?

Myron hizo una mueca.

– ¿Eso es deseable?

– Si le va, por supuesto.

– ¿Si me va qué?

Ella sonrió.

– Exactamente.

Myron se frotó las sienes de nuevo.

– O sea que los clientes no tienen ningún problema con que -buscó la palabra correcta, pero no había ninguna- un tipo gay, por ejemplo, no se cabree cuando descubre que se ha llevado a casa a una mujer.

– Es la razón por la que acudes a un lugar como ése. La emoción. La incertidumbre. El misterio.

– El equivalente sexual al juego de las bolsas sorpresa.

– Correcto.

– Excepto que en este caso, de verdad te puedes sorprender con lo que sacas.

Big Cyndi se lo pensó.

– En realidad, si lo piensa, señor Bolitar, sólo puede ser una de dos cosas.

Myron ya no lo tenía tan claro.

– Pero me gusta la analogía de las bolsas sorpresa -continuó Big Cyndi-. Sabes qué estás trayendo a la fiesta pero no tienes idea de lo que te vas a llevar a casa. Una vez un tipo se marchó con lo que creía que era una mujer obesa. Resultó que era un tipo con un enano debajo del vestido.

– Por favor, dime que es una broma.

Big Cyndi se limitó a mirarlo.

– A ver -continuó Myron-, tú frecuentabas el lugar.

– He estado un par de veces. Pero no en los últimos tiempos.

– ¿Por qué no?

– Por dos razones. Primero, compiten con los de Leather-N-Lust. Es un grupo diferente, pero todos nos abastecemos del mismo mercado.

Myron asintió.

– La fuente pervertida.

– No le hacen daño a nadie.

– Al menos nadie que no quiera que se lo hagan.

Ella hizo un mohín, que no era algo muy bonito en una luchadora de ciento cincuenta kilos, sobre todo sin su maquillaje de cemento.

– Esperanza tiene razón.

– ¿En qué?

– Puede ser muy cerrado de mente.

– Sí. Soy todo un conservador. ¿Cuál es la segunda razón?

Ella titubeó.

– Es obvio que soy partidaria de la libertad sexual. No me importa lo que se haga siempre que sea consensuado. Yo misma he hecho algunas cosas muy salvajes, señor Bolitar. -Ella lo miró a los ojos-. Muy salvajes.

Myron se encogió, al temer que podría compartir detalles.

– Pero Adivina comenzó a atraer el tipo de público equivocado.

– Vaya, eso es sorprendente -dijo Myron-. Cualquiera diría que se trata de un lugar natural para las vacaciones familiares.

Ella sacudió la cabeza.

– Es tan reprimido, señor Bolitar.

– ¿Porque quiero saber el sexo de mi pareja antes de desnudarme?

– Debido a su actitud. Las personas como usted causan traumas sexuales. La sociedad se vuelve tan reprimida sexualmente, de hecho tan reprimida, que cruzan la línea entre el sexo y la violencia, entre actuar y el peligro verdadero. Llegan a una etapa donde hacen daño a las personas que no quieren ser dañadas.

– ¿Adivina atrae a esa clase de público?

– Más que ninguno.

Myron se reclinó en la silla y se frotó la cara con las dos manos. Comenzó a oír los clics cerebrales.

– Esto podría explicar algunas cosas -dijo.

– ¿Cómo qué?

– Por qué Bonnie por fin echó a Clu. Una cosa es tener una hilera de novias. Pero si Clu frecuentaba un lugar como ése, si comenzaba a inclinarse hacia -de nuevo, ¿cuál sería la palabra?- hacia lo que sea. Y si Bonnie lo descubrió, bueno, eso podría explicar la separación legal. -Asintió para sí mismo al oír más clics internos-. Y podría explicar su extraña conducta de hoy.

– ¿Qué quiere decir?

– Ella insistió en pedirme que no escarbase demasiado. Sólo quiere que libre a Esperanza y después abandone la investigación.

Big Cyndi asintió.

– Tienen miedo de que esto pueda saberse.

– Correcto. Si algo como esto se hace público, ¿cómo podrían reaccionar sus chicos?

Otro pensamiento que flotaba en el cerebro de Myron se enganchó en una roca puntiaguda. Miró a Big Cyndi.

– Supongo que Adivina atrae en su mayor parte a bisexuales. Me refiero que si no sabes qué te llevas, ¿quién mejor sino alguien al que no le importe?

– Yo diría que ambisexuales -dijo Big Cyndi-, o personas que quieren algo de misterio. Que quieren algo nuevo.

– Pero también bisexuales.

– Sí, por supuesto.

– ¿Qué pasa con Esperanza?

Big Cyndi se encabritó.

– ¿Qué pasa con ella?

– ¿Frecuentaba ese lugar?

– No lo sé, señor Bolitar. Y no veo la relevancia.

– No pregunto por diversión. Tú quieres que la ayude, ¿no? Eso significa escarbar donde no queremos.

– Lo entiendo, señor Bolitar, pero usted la conoce mejor que yo.

– No esta faceta -dijo Myron.

– Es que Esperanza es una persona muy reservada. En realidad no lo sé. Por lo general tiene a alguien fijo, pero no sé si ella ha ido allí o no.

Myron asintió. Tampoco importaba mucho. Si Clu había estado frecuentando ese lugar, le daría a Hester Crimstein más dudas razonables. Un lugar de comercio sexual con una reputación de violencia; era la receta de desastre natural. Clu podría haberse llevado a casa el paquete equivocado. O ser el paquete equivocado. También había que pensar en el dinero. ¿Dinero para pagar un chantaje? ¿Le había reconocido un cliente? ¿Le había amenazado? ¿Le había filmado?

Sí, montones de confusas dudas razonables.

O un buen lugar para buscar a una amiguita esquiva. O a un amiguito. O algo en el medio. Sacudió la cabeza. No era una cuestión de ética o dilema moral para Myron; la desviación sencillamente lo confundía. Repugnancia aparte, no lo entendía. Supuso que era falta de imaginación.

– Tendré que hacer una visita a Adivina -dijo.

– Solo no -dijo Big Cyndi-. Iré con usted.

La vigilancia sutil quedaba descartada.

Bien.

– Y no ahora. Adivina no abre hasta las once de la noche.

– Vale. Entonces iremos esta noche.

– Yo tengo el vestuario -dijo ella-. ¿De qué se va a vestir?

– De hombre heterosexual reprimido -dijo él-. Lo único que tengo que hacer es ponerme mis Rockports. -Miró de nuevo el listado de teléfonos-. Tienes otro número marcado en azul.

– Usted mencionó a un viejo amigo llamado Billy Lee Palms.

– ¿Éste es su número?

– No. El señor Palms no existe. No está en la guía de teléfonos. Y lleva cuatro años sin pagar los impuestos.

– ¿Entonces de quién es este número?

– De los padres del señor Palms. El señor Haid les llamó dos veces el mes pasado.

Myron comprobó la dirección. Westchester. Recordaba vagamente haber conocido a los padres de Billy Lee durante el Día de las Familias en Duke. Consultó su reloj. Le llevaría una hora llegar allí. Cogió la chaqueta y fue hacia el ascensor.

13

El coche de Myron, el Ford Taurus de la empresa, había sido requisado por la policía, así que alquiló un Mercury Cougar marrón. Esperaba que las mujeres fuesen capaces de resistirse. Cuando puso en marcha el coche, la radio estaba sintonizada en Lite FM 106.7. Patti LaBelle y Michael McDonald cantaban una triste balada titulada On My Own. La una vez feliz pareja se separaba. Trágico. Tan trágico que, como decía Michael McDonald: «ahora estábamos hablando de divorcio… y ni siquiera estábamos casados».

Myron sacudió la cabeza. ¿Para esto Michael McDonald dejó a los Doobie Brothers?

En la facultad Billy Lee Palms había sido el chico de las fiestas. Tenía muy buena pinta, el pelo negro, y una magnética, aunque un tanto pringosa, combinación de carisma y machismo, la clase de cosa que iba muy bien con las jóvenes estudiantes lejos de casa por primera vez. En Duke los hermanos de la fraternidad lo habían bautizado como Nutria, el personaje falsamente suave de la película Desmadre a la americana. Encajaba. Billy Lee también era un gran jugador de béisbol, un receptor que había llegado a alcanzar las ligas mayores durante media temporada, en el banquillo de los Baltimore Orioles el año que ganaron la serie mundial.

Pero de aquello habían pasado años.

Myron llamó a la puerta. Segundos más tarde, la puerta se abrió de golpe y de par en par. Sin ningún aviso, nada. Extraño. Hoy en día todo el mundo miraba a través de las mirillas o por la puerta entreabierta sujeta con la cadena, o como mínimo preguntaba quién era.

Una mujer que reconoció a duras penas como la señora Palms preguntó: «¿Sí?». Era pequeña con una boca de ardilla y ojos que sobresalían como si algo detrás de ellos los empujase para salir. Llevaba el pelo recogido en la nuca, pero varias hebras se habían escapado y caían por delante de su cara. Las apartó con los dedos.

– ¿Es usted la señora Palms? -preguntó.

– Sí.

– Me llamo Myron Bolitar. Fui a Duke con Billy Lee.

– ¿Sabe dónde está?

Su voz bajó una octava o dos.

– No, señora. ¿Ha desaparecido?

Ella frunció el entrecejo y dio un paso atrás.

– Pase, por favor.

Myron entró en el vestíbulo. La señora Palms ya caminaba por un pasillo. Señaló a la derecha sin volverse o interrumpir el paso.

– Entre en la habitación de la boda de Sarah. Estaré allí en un segundo.

– Sí, señora.

¿La habitación de la boda de Sarah?

Siguió hacia donde ella le había señalado. Cuando dio la vuelta a la esquina, se oyó a sí mismo soltar una leve exclamación. La habitación de la boda de Sarah. La decoración era una sala de estar de lo más común, algo sacado de una tienda de muebles de venta por correo. Un sofá y un puf formaban una L rota, probablemente la oferta especial del mes, 695 dólares por los dos, el sofá podía convertirse en una cama, algo así. La mesa de centro era un cuadrado de roble, una pequeña pila de revistas sin leer en una esquina, flores de seda en el medio, un par de libros en la otra punta. La alfombra de pared a pared era beige claro, y había dos lámparas con pantallas de estilo colonial.

Pero las paredes eran cualquier cosa menos comunes.

Myron había visto muchas casas con fotos en las paredes. No era nada extraño. Incluso había estado en una o dos casas donde las fotografías dominaban más que complementaban el entorno, aunque eso no le impresionaba para quedarse boquiabierto. Pero esto iba más allá de lo surrealista. La habitación de la boda de Sarah -caray, tendría que ir en mayúsculas- era una recreación de aquel episodio. Al pie de la letra. Las fotos de la boda a todo color habían sido ampliadas a tamaño real y pegadas como papel de pared. La novia y el novio le sonreían desde la derecha. A la izquierda, Billy Lee con esmoquin, sin duda el padrino o quizá sólo el acomodador, le sonreía. La señora Palms, vestida con un traje de verano, bailaba con su marido. Delante estaban las mesas de los invitados, muchas. Los invitados lo miraban y le sonreían todos a tamaño real. Era como si una foto panorámica de la boda hubiese sido ampliada al tamaño de La guardia nocturna de Rembrandt. Las parejas bailaban algo lento. Tocaba una orquesta. Había un sacerdote, arreglos florales, una tarta de bodas, porcelana y manteles blancos, de nuevo, todo en tamaño real.

– Por favor siéntese.

Se volvió hacia la señora Palms. ¿Era la verdadera señora Palms o una de las reproducciones? No. Vestía informal. Era la legítima. Casi tendió una mano para tocarla y asegurarse.

– Gracias.

– Es la boda de nuestra hija Sarah. Se casó hace cuatro años.

– Ya lo veo.

– Fue un día muy especial para nosotros.

– Estoy seguro.

– Lo celebramos en el Manor, en West Orange. ¿Lo conoce?

– Allí celebramos mi bar mitzvah -contestó Myron.

– ¿De verdad? Sus padres deben tener muy agradables recuerdos de aquel día.

– Sí.

Pero ahora no lo tuvo muy claro. Mamá y papá guardaban la mayoría de las fotos en un álbum.

La señora Palms le sonrió.

– Es extraño, lo sé, pero… oh, he explicado esto mil veces. ¿Qué más da una más?

Suspiró, señaló el sofá. Myron se sentó. Ella también.

La señora Palms cruzó las manos y lo miró con la mirada vacía de una mujer que se sienta demasiado cerca de la gran pantalla de la vida.

– Las personas sacan fotos de sus momentos más especiales -comenzó ella demasiado ansiosa-. Quieren capturar los momentos importantes. Quieren disfrutarlos, saborearlos y revivirlos. Pero no es eso lo que hacen. Toman la foto, la miran una vez, y después la guardan en una caja y la olvidan. Yo no. Recuerdo los buenos tiempos. Me refocilo en ellos, los recreo, si puedo. Después de todo, vivimos para esos momentos, ¿no es así, Myron?

Él asintió.

– No soy muy aficionada al arte -continuó ella-. No disfruto con la idea de colgar fotografías impersonales en las paredes. ¿Cuál es el sentido de mirar imágenes de personas y lugares que no conozco? No me interesa mucho el diseño de interiores. Y tampoco me gustan las antigüedades ni las tonterías de Martha Stewart. ¿Pero sabe qué encuentro hermoso?

Se detuvo y lo miró expectante.

Myron comprendió que era su entrada.

– ¿Qué?

– Mi familia -contestó ella-. Mi familia es hermosa para mí. Mi familia es arte. ¿Tiene sentido para usted, Myron?

– Sí.

Por curioso que fuese, lo tenía.

– Así que a ésta la llamo la habitación de la boda de Sarah. Sé que es ridículo poner nombres a las habitaciones. Ampliar las viejas fotografías y utilizarlas como papel de pared. Pero todas las habitaciones son como ésta. El dormitorio de Billy Lee en la planta alta se llama el Catcher's Mitt. Es donde todavía duerme cuando viene. Creo que le consuela. -Enarcó una ceja-. ¿Quiere verla?

– Claro.

Ella casi saltó del sofá. La caja de escalera aparecía recubierta con gigantescas ampliaciones de fotos en blanco y negro. Una pareja de rostro severo vestidos para la boda. Un soldado de uniforme.

– Ésta es la pared de las generaciones. Aquellos de allí son mis bisabuelos. Y éste es Hank. Mi marido. Murió hace tres años.

– Lo siento.

Ella se encogió de hombros.

– Esta caja de escalera se remonta a tres generaciones. Creo que es una bonita manera de recordar a nuestros antepasados.

Myron no discutió. Miró la foto de la joven pareja, que comenzaban su vida juntos, lo más probable un tanto asustados. Ahora estaban muertos.

Pensamientos profundos, de Myron Bolitar.

– Sé lo que está pensando -comentó la mujer-. ¿Pero es más extraño que colgar óleos de parientes muertos? Esto es más parecido a la vida.

Difícil de rebatir.

Las paredes en el pasillo superior mostraban algo que parecía una fiesta de disfraces de los setenta. Atuendos deportivos y pantalones acampanados. Myron no preguntó, y la señora Palms no explicó. Mejor así.

Ella giró a la izquierda y Myron la siguió al Catcher's Mitt. Hacía honor a su nombre. La vida de Billy Lee en el béisbol estaba expuesta como en una de las exposiciones del Salón de la Fama. Comenzaba con Billy Lee en la liga infantil, en la posición de receptor, la sonrisa grande y muy confiada para ser un niño tan joven. Los años pasaron. De la liga infantil a la liga Babe Ruth, al instituto, a Duke, y acababa con su año de gloria con los Orioles, Billy Lee mostrando orgulloso su anillo de la Serie Mundial. Myron observó las fotos de Duke. Una había sido tomada delante de la Psi U, la casa de su fraternidad. Un Billy Lee con el uniforme de jugador tenía su brazo apoyado en Clu, muchos hermanos de la fraternidad al fondo, incluidos, vio ahora, él mismo y Win. Myron recordó cuándo habían hecho la foto. El equipo de béisbol acababa de derrotar a Florida State para ganar el campeonato nacional. La fiesta había durado tres días.

– Señora Palms, ¿dónde está Billy Lee?

– No lo sé.

– Cuándo dice no lo sé…

– Se ha ido -le interrumpió ella-. De nuevo.

– ¿Lo había hecho antes?

Ella miró la pared. Sus ojos ahora se veían vidriosos.

– Quizá Billy Lee no encuentra consuelo en esta habitación -dijo en voz baja-. Quizá le recuerde lo que pudo haber sido. -Ella se volvió hacia Myron-. ¿Cuándo fue la última vez que vio a Billy Lee?

Myron intentó recordar.

– Fue hace mucho tiempo.

– ¿Cómo es que no se han vuelto a ver?

– Nunca estuvimos muy unidos.

Ella señaló la pared.

– ¿Es usted? ¿En el fondo?

– Así es.

– Billy Lee me habló de usted.

– ¿De verdad?

– Dijo que era un agente deportivo. El agente de Clu, si no estoy equivocada.

– Así es.

– Entonces, ¿sigue siendo amigo de Clu?

– Sí.

Ella asintió como si lo explicase todo.

– ¿Por qué busca a mi hijo, Myron?

Él no tenía claro cómo explicarlo.

– ¿Se ha enterado de la muerte de Clu?

– Sí, por supuesto. Aquel pobre chico. Un alma perdida. Como Billy Lee en muchos sentidos. Creo que es la razón por la que se sentían tan atraídos el uno por el otro.

– ¿Vio a Clu últimamente?

– ¿Por qué quiere saberlo?

– Estoy intentando descubrir quién le mató.

El cuerpo de la mujer se envaró como si sus palabras contuviesen una pequeña descarga eléctrica.

– ¿Cree que Billy Lee tuvo algo que ver con ello?

– No, por supuesto que no. -Pero incluso cuando lo decía, comenzó a preguntárselo. Clu es asesinado; quizá su asesino escapa. Más dudas razonables-. Sólo quiero saber hasta qué punto eran íntimos. Pensé que quizá Billy Lee podría ayudarme.

La señora Palms miraba la imagen de los dos jugadores delante de la Psi U. Tendió la mano como si fuese a acariciar el rostro de su hijo. Pero se apartó.

– Billy Lee era apuesto, ¿verdad?

– Sí.

– Las chicas -dijo-. Todas querían a mi Billy Lee.

– Nunca vi a nadie que se defendiese mejor con las chicas -afirmó.

Esto la hizo sonreír. Continuó mirando la imagen de su hijo. Era algo siniestro. Myron recordó el viejo episodio de Más allá de la realidad, cuando la anciana estrella de cine escapa de la realidad entrando en una de sus viejas películas. Parecía como si la señora Palms desease hacer lo mismo.

Por fin apartó la mirada.

– Clu vino hace unas semanas.

– ¿Puede ser más precisa?

– Curioso.

– ¿Qué?

– Eso mismo preguntó la policía.

– ¿La policía estuvo aquí?

– Claro.

Seguro que repasaron los registros de llamadas, pensó Myron, o encontraron otro vínculo.

– Le diré lo mismo que les dije a ellos. No puedo ser más específica.

– ¿Sabe qué quería Clu?

– Vino a ver a Billy Lee.

– ¿Billy Lee estaba aquí?

– Sí.

– Entonces, ¿vive aquí?

– A veces. Los últimos años la vida no ha sido muy buena con mi hijo.

Silencio.

– No pretendo ser curioso -comenzó Myron-, pero…

– ¿Qué le pasó a Billy Lee? -acabó ella-. La vida le atrapó, Myron. La bebida, las drogas, las mujeres. Pasó temporadas en rehabilitación. ¿Conoce Rockwell?

– No, señora.

– Es una clínica privada. Acabó su cuarta estancia en Rockwell no hace ni dos meses. Pero no pudo mantenerse limpio. Cuando estás en la facultad, o incluso cuando tienes veintitantos, puedes sobrevivido. Cuando eres una gran estrella y las personas te miran puedes salir con bien. Pero Billy Lee no era lo bastante bueno para alcanzar ese nivel. Así que no tenía a nadie en quien apoyarse. Excepto yo. Y yo no soy tan fuerte.

Myron tragó saliva.

– ¿Sabe por qué Clu vino a ver a Billy Lee?

– Supongo que por los viejos tiempos. Salieron. Quizá tomaron unas cuantas cervezas e intentaron ligar con chicas. En realidad no lo sé.

– ¿Clu visitaba a Billy Lee con frecuencia?

– Bueno, Clu había estado fuera de la ciudad -respondió ella, demasiado a la defensiva-. Volvió por aquí hace unos meses. Pero por supuesto, eso ya lo sabe.

– ¿Así que fue sólo una visita casual?

– Eso creí en aquel momento.

– ¿Y ahora?

– Ahora mi hijo ha desaparecido y Clu está muerto.

Myron lo pensó.

– ¿Adónde suele ir cuando escapa de esta manera?

– A cualquier parte. Billy Lee es un tanto nómada. Se va, hace las cosas horribles que se hace a sí mismo, y cuando toca fondo, vuelve aquí.

– ¿Así que no sabe dónde está?

– Así es.

– ¿Ninguna idea en absoluto?

– No.

– ¿Ningún local favorito?

– No.

– ¿Quizás una amiga?

– Ninguna que yo sepa.

– ¿Algún amigo cercano con quien alojarse?

– No -respondió ella con voz lenta-. No tiene amigos de ésos.

Myron sacó su tarjeta y se la dio.

– Si tiene noticias de él, señora Palms, ¿podría comunicármelo por favor?

Ella observó la tarjeta mientras salían de la habitación y bajaban las escaleras.

Antes de abrir la puerta, la señora Palms dijo:

– Usted era el jugador de baloncesto.

– Sí.

– El que se lesionó la rodilla.

El primer partido de la pretemporada como profesional. Myron había sido reclutado por los Boston Celtics en primera ronda. Una terrible colisión y su carrera se acabó. Así de sencillo. Acabada incluso antes de comenzar.

– Sí.

– Usted consiguió dejarlo atrás -comentó la mujer-. Consiguió seguir adelante con su vida, ser feliz y productivo. -Ladeó la cabeza-. ¿Por qué no pudo Billy Lee?

Myron no tenía respuesta, en parte porque no estaba seguro de que su suposición fuese del todo acertada. Dijo adiós y la dejó sola con sus fantasmas.

14

Myron consultó su reloj. Hora de cenar. Mamá y papá lo esperaban. Entró en la Garden State Parkway cuando sonó de nuevo el móvil.

– ¿Estás en el coche? -preguntó Win. Siempre amable.

– Sí.

– Sintoniza 1010 WINS. Te llamaré.

Una de las emisoras de sólo noticias de Nueva York. Myron hizo lo que le habían dicho. El tipo en el helicóptero estaba acabando el informe del tráfico. Le pasó la palabra a la mujer de la mesa de redacción. Ella dio el titular: «La última noticia bomba en el asesinato de la superestrella del béisbol Clu Haid. En sesenta segundos».

Fueron sesenta segundos interminables. Myron tuvo que aguantar un anuncio de verdad insoportable de Dunkin' Donuts, y después a un tipo que explicaba la manera de convertir cinco mil dólares en veinte mil, aunque una voz más suave y rápida añadía que funcionaba todas las veces y de hecho podías también perder el dinero y probablemente lo perderías y tenías que ser un imbécil como una casa para creerte los anuncios de inversiones en la radio. Por último apareció la mujer de la mesa de redacción. Dijo a los oyentes su nombre -como si a alguien le importase-, el nombre de su compañero y la hora. Luego:

– ABC informa de una fuente anónima en la Oficina del Fiscal del distrito de Bergen County que pelos, y cito, otros «elementos corporales», fin de la cita, que concuerdan con la sospechosa de asesinato Esperanza Díaz, han sido encontrados en el escenario del crimen. Según la fuente, aunque las pruebas de ADN todavía están pendientes, las preliminares muestran una clara coincidencia con la señorita Díaz. La fuente también dice que los pelos, algunos pequeños, fueron encontrados en diversos lugares de la casa.

Myron sintió un temblor en el interior de su corazón. Pelos pequeños, pensó. Un eufemismo de «púbicos».

– No se han dado más detalles, pero la Oficina del Fiscal del Distrito cree con claridad que el señor Clu Haid y la señorita Esperanza Díaz estaban manteniendo una relación sexual. Manténgase en antena en 1010 WINS para conocer todos los detalles.

Sonó el móvil. Myron contestó.

– Jesús.

– No te has acercado -dijo Win.

– Ahora mismo te llamo.

Myron colgó. Llamó a la oficina de Hester Crimstein. La secretaria le dijo que la señorita Crimstein no estaba disponible. Myron insistió en que era urgente. La señorita Crimstein seguía no disponible. Pero, preguntó Myron, ¿la señorita Crimstein no tiene un móvil? La secretaria cortó la llamada. Myron apretó el botón de memoria. Win contestó.

– ¿Cómo lo interpretas? -preguntó Myron.

– Esperanza se acostaba con él -contestó Win.

– Quizá no.

– Sí, por supuesto. Quizás alguien colocó vello púbico de Esperanza en el escenario del crimen. Podría ser una filtración falsa.

– Podría.

– O quizá visitó su apartamento. Para hablar de negocios.

– ¿Y dejó vello púbico en la casa?

– Quizás utilizó el baño. Quizás ella…

– ¿Myron?

– ¿Qué?

– Por favor no entres en más detalles. Gracias. Hay algo más que considerar.

– ¿Qué?

– Los registros del peaje.

– Correcto -dijo Myron-. Cruzó el puente de Washington una hora después del asesinato. Eso lo sabemos. Pero quizás ahora encaja. Esperanza y Clu tuvieron una gran discusión en el aparcamiento. Esperanza quiere solucionar la situación. Así que va a su apartamento.

– ¿Y cuando llega allí?

– No lo sé. Quizá vio el cuerpo y se asustó.

– Sí, por supuesto -dijo Win-. Después se arrancó un poco de vello púbico y salió corriendo.

– No dije que fuese su primera visita.

– Desde luego que no.

– ¿A qué te refieres?

– Los registros del peaje del Ford Taurus. Según la factura que llegó la semana pasada, el coche cruzó el puente dieciocho veces el mes pasado.

Myron frunció el entrecejo.

– Bromeas.

– Sí, soy un tipo muy divertido. También me tomé la libertad de comprobar el mes anterior. Dieciséis cruces del puente de Washington.

– Quizá tenía otra razón para ir a Jersey Norte.

– Sí, por supuesto. Los centros comerciales de Paramus son muy atractivos.

– Vale -dijo Myron-. Vamos a suponer que tenían una aventura.

– Parecería lo más prudente, sobre todo porque ofrece una explicación razonable a muchas de las cosas ocurridas.

– ¿Qué quieres decir?

– Explicaría el silencio de Esperanza.

– ¿Cómo?

– Los amantes siempre han sido unos sospechosos fantásticos -comentó Win-. Sí, por ejemplo Esperanza y Clu estaban bailando el mambo de las sábanas, entonces podemos asumir que el altercado en el aparcamiento fue una cosa de enamorados. En su conjunto, este desarrollo pinta mal para ella. Esperanza querría ocultarlo.

– ¿Pero de nosotros? -señaló Myron.

– Sí.

– ¿Por qué? Ella confía en nosotros.

– Se me ocurren varias razones. Es probable que su abogada le ordenase que no dijese nada.

– Eso no la detendría.

– Puede. Pero lo más importante. Es posible que Esperanza estuviese avergonzada. Acababas de ascenderla a socia. Estaba a cargo de toda la operación. Sé que crees que Esperanza es demasiado dura para preocuparse de cosas así, pero no creo que disfrutara con tu desilusión.

Myron lo pensó. Tenía algún sentido, pero no estaba seguro de creérselo del todo.

– Todavía creo que estamos pasando algo por alto.

– Eso es porque estamos haciendo caso omiso del motivo más fuerte para que guarde silencio.

– ¿Qué es?

– Que ella le mató.

Win colgó con esa nota alegre. Myron tomó por Northfield Avenue hacia Livingston. Las conocidas señales de su ciudad natal aparecieron. Pensó en el boletín de noticias y lo que Win había dicho. ¿Podía ser Esperanza la mujer misteriosa, la razón por la que Clu y Bonnie se separaron? ¿Si era así, por qué Bonnie no se lo dijo? Quizá no lo sabía. O quizás…

Para el carro.

Tal vez Clu y Esperanza se habían conocido en Adivina. ¿Habían ido allí juntos o sólo se habían encontrado por casualidad? ¿Era así como había comenzado la aventura? ¿Iban allí y participaban en… lo que fuese? Quizás había sido un accidente. A lo mejor habían ido allí disfrazados y no se dieron cuenta de quiénes eran, hasta que, bueno, era demasiado tarde para detenerse. ¿Tenía sentido?

Dobló a la derecha en Nero's Restaurant y siguió por Hobart Gap Road. Ahora no estaba lejos. Estaba en la tierra de su niñez; bórrelo, toda su vida. Había vivido aquí con sus padres hasta hacía cosa de un año o poco más, cuando por fin había cortado el cordón umbilical y se había ido con Jessica. Sabía que los psicólogos, los psiquiatras y tipos por el estilo, se lo hubiesen pasado bomba con el hecho de que había vivido con sus padres hasta tener más de treinta, teorizado sobre toda clase de aberraciones antinaturales que lo mantenían tan cerca de mamá y papá. Quizá tenían razón. Pero para Myron la respuesta era mucho más simple. Le caían bien. Sí, podían ser unos plastas -¿qué padres no lo eran?- y les gustaba curiosear, pero la mayor parte de la lata y el curioseo eran por cosas menores. Le habían dado intimidad y al mismo tiempo le habían hecho sentirse querido y deseado. ¿Era poco saludable? Puede ser. Pero parecía mucho mejor que sus amigos que se pasaban el día culpando a sus padres de cualquier desgracia de sus vidas.

Entró en su calle. El viejo barrio no tenía nada de espectacular. Había miles iguales en Nueva Jersey, centenares de miles por todo Estados Unidos. Eran los suburbios, la espina dorsal de su país, el campo de batalla del fabuloso sueño americano. Cursi decirlo, pero a Myron le encantaba. Por supuesto, había desgracias, disgustos, peleas y demás, pero seguía creyendo que éste era el lugar más real donde había estado. Le encantaba la canasta de baloncesto en la entrada de coches y las ruedas auxiliares en las bicicletas, la rutina, ir caminando a la escuela y preocuparse demasiado por el color del césped. Esto era vida. Era de esto de lo que iba todo.

Al final Myron adivinó que él y Jessica habían roto por todas las clásicas razones aunque con una inversión de sexo. Él quería instalarse, comprar una casa en las afueras, criar una familia; Jessica, que temía al compromiso, no. Entró en el camino, sacudiendo la cabeza. Una explicación demasiado sencilla. Demasiado cómoda. La cuestión del compromiso había sido una fuente de tensión constante, no había ninguna duda, pero había algo más. Para empezar, estaba la reciente tragedia.

Estaba Brenda.

Mamá salió por la puerta y corrió hacia él con los brazos abiertos. Ella siempre le recibía como si fuese un prisionero de guerra al que acaban de liberar, pero hoy había algo más especial. Ella lo abrazó y casi lo hizo caer al suelo. Papá lo siguió, también excitado, pero haciéndose el tranquilo. Papá siempre había sido el del equilibrio, el amor total sin el sofoco, el cuidado sin pasarse. Un hombre asombroso, su padre. Cuando papá llegó hasta él no hubo apretón de manos. Los hombres se abrazaron con fuerza y sin el menor rastro de vergüenza. Myron besó la mejilla de su padre. La familiar sensación de la piel áspera de papá le hizo comprender un poco lo que la señora Palms intentaba conseguir con las imágenes pegadas en la pared.

– ¿Tienes hambre? -preguntó mamá.

Siempre su gambito de apertura.

– Un poco.

– ¿Quieres que prepare algo?

Todos se quedaron inmóviles. Papá torció el gesto.

– ¿Vas a cocinar?

– ¿Qué pasa?

– Espera que me asegure de que tengo a mano el número de emergencia por envenenamiento.

– Oh, Al, qué divertido. Ja ja, no puedo dejar de reírme. Qué hombre tan divertido es tu padre, Myron.

– En realidad, Ellen, ve y cocina y algo. Tengo que bajar de peso.

– Vaya, qué hombre tan divertido, Al. Me estás matando.

– Mejor que ser una fábrica de grasa.

– Jo jo.

– Sólo de pensarlo es mejor que un supresor de apetito.

– Es como estar casado con Shecky Greene -repuso, aunque sonriendo.

Entraron en la casa. Papá cogió la mano de mamá.

– Deja que te enseñe algo, Ellen -dijo papá-. ¿Ves esa gran caja metálica que está allí? Se llama horno. H-O-R-N-O. Horno. ¿Ves la perilla, aquella que tiene todos aquellos números? Con eso se enciende.

– Eres más divertido que un Foster Brooks sobrio, Al.

Pero ahora todos sonreían. Papá decía la verdad. Mamá no cocinaba. Casi nunca lo había hecho. Sus habilidades culinarias podían provocar un motín carcelario. Cuando era niño, la comida casera preferida de Myron eran los huevos revueltos de su padre. Mamá era una mujer que comenzaba su carrera. La cocina era un lugar para leer las revistas.

– ¿Qué quieres comer, Myron? -preguntó mamá-. Quieres chino. ¿De Fong's?

– Sí.

– Al, llama a Fong's. Pide algo.

– Vale.

– Asegúrate de pedir gambas con salsa de langosta.

– Lo sé.

– A Myron le encantan las gambas con salsa de langosta de Fong's.

– Lo sé, Ellen. Yo también lo he criado, ¿lo recuerdas?

– Eres capaz de olvidarte.

– Llevamos pidiendo comida en Fong's desde hace veintitrés años. Siempre pedimos gambas con salsa de langosta.

– Te puedes olvidar, Al. Te estás haciendo viejo. ¿No te olvidaste de recoger mi blusa de la lavandería hace dos días?

– Estaba cerrada.

– Así que no recogiste mi blusa, ¿verdad?

– Por supuesto que no.

– Ya está todo dicho. -Ella miró a su hijo-. Myron, siéntate. Tenemos que hablar. Al, llama a Fong's.

Los hombres obedecieron sus órdenes, como siempre. Myron y mamá se sentaron a la mesa de la cocina.

– Escúchame con atención -dijo mamá-. Sé que Esperanza es tu amiga. Pero Hester Crimstein es una buena abogada. Si ella le dijo a Esperanza que no hablase contigo, es lo correcto.

– ¿Cómo sabes…?

– Conozco a Hester desde hace años. -Mamá era abogada defensora, una de las mejores del estado-. Hemos trabajado juntas antes. Me llamó. Dijo que estás interfiriendo.

– No estoy interfiriendo.

– En realidad, dijo que la estabas molestando y que te largases.

– ¿Habló contigo de esto?

– Por supuesto. Quiere que dejes a su cliente en paz.

– No puedo.

– ¿Por qué no puedes?

Myron se removió un poco.

– Tengo una información que podría ser importante.

– ¿Cuál?

– Según la esposa de Clu, él estaba teniendo una aventura.

– ¿Crees que Hester no lo sabe? El fiscal cree que tenía una aventura con Esperanza.

– Espera un segundo -intervino papá-. Creía que Esperanza era lesbiana.

– Es bisexual, Al.

– ¿Qué?

– Bisexual. Significa que le gustan los chicos y las chicas.

Papá lo pensó.

– Creo que es una buena cosa.

– ¿Qué?

– Te da el doble de opciones que a todos los demás.

– Fantástico, Al, gracias por la opinión. -Puso los ojos en blanco y se volvió hacia Myron-. Así que Hester ya lo sabe. ¿Qué más?

– Clu estaba desesperado por encontrarme antes de que le matasen -dijo Myron.

– Lo más lógico, cariño, para decir algo contra Esperanza.

– No necesariamente. Clu fue al ático. Le dijo a Jessica que yo estaba en peligro.

– ¿Crees que lo decía de verdad?

– No, creo que exageraba. ¿Pero Hester Crimstein no tendría que juzgar el significado de eso?

– Ya lo hizo.

– ¿Qué?

– Clu vino aquí también, cariño. -Su voz de pronto era suave-. Nos dijo a tu padre y a mí lo mismo que le contó a Jessica.

Myron no insistió. Si Clu había dicho a sus padres las mismas cosas que le había dicho a Jessica, si había utilizado toda aquella charla de muerte cuando mamá y papá no sabían dónde estaba Myron…

Como si le hubiese leído el pensamiento, papá dijo:

– Llamé a Win. Me dijo que estabas sano y salvo.

– Te dijo dónde estaba.

Mamá se ocupó de la respuesta.

– No preguntamos.

Silencio.

Ella acercó la mano para ponerla sobre su hombro.

– Has pasado por muchas cosas, Myron. Tu padre y yo lo sabemos.

Ambos lo miraron con los ojos llenos de cariño. Sabían una parte de lo ocurrido. Su ruptura con Jessica. Lo de Brenda. Pero nunca lo sabrían todo.

– Hester Crimstein sabe lo que se hace -continuó mamá-. Tienes que dejarle hacer su trabajo.

Más silencio.

– ¿Al?

– ¿Qué?

– Cuelga el teléfono. Quizá lo mejor será que salgamos a comer.

Myron consultó su reloj.

– Tendrá que ser rápido. Tengo que volver a la ciudad.

– Vaya. -Mamá enarcó una ceja-. ¿Ya tienes una cita?

Él pensó en la descripción que Big Cyndi le había hecho de Adivina.

– Poco probable -respondió Myron-. Pero nunca se sabe.

15

Desde el exterior, Adivina se parecía mucho a cualquier otra cantina-como-bar-de-ligue de Manhattan. El edificio era de ladrillo, las ventanas oscurecidas para resaltar los rótulos de cerveza luminosos. Sobre la puerta, unas letras borrosas decían «Adivina». Eso era todo. Nada de «Traiga sus perversiones». Nada de «Cuanto más raro, mejor». Nada de «Mejor que le gusten las sorpresas». Nada de nada. Un tipo que volvía a casa podía pasar por allí, entrar, dejar el maletín, ver algo atractivo, invitarle a una copa, repetir unas cuantas frases manidas, llevárselo a casa. Sorpresa, sorpresa.

Big Cyndi le recibió en la puerta vestida como Earth, Wind and Fire; no tanto como uno de los integrantes, sino como todo el grupo.

– ¿Preparado?

Myron titubeó, asintió.

Cuando Big Cyndi abrió la puerta, Myron contuvo el aliento y entró detrás de ella. El interior no era lo que había visualizado. Se dijo que había esperado algo… totalmente desquiciado. Quizá como la escena del bar en La guerra de las galaxias. En cambio, Adivina daba la misma sensación neodesesperada y el hedor de otro millón de bares de solteros, en un viernes por la noche. Algunos clientes llevaban disfraces, pero la mayoría vestía prendas deportivas o trajes. También había un puñado de travestís con ropas escandalosas, devotos del cuero y una tía estupenda con un disfraz de Catwoman, pero en la actualidad le costaría mucho encontrar un bar en Manhattan que no tenga nada de eso. Desde luego, algunos llevaban disfraces, pero bien mirado, ¿quién no lleva un disfraz en un bar de solteros?

Caray, eso sí que era profundo.

Las cabezas y los ojos se volvieron en su dirección. Por un momento Myron se preguntó por qué. Pero sólo por un momento. Después de todo estaba junto a Big Cyndi, una masa multicolor de un metro noventa y cinco y ciento cincuenta kilos tapada con más lentejuelas que Siegfried y Roy. Atraía las miradas.

Big Cyndi parecía halagada por la atención. Bajó los ojos, se hizo la tímida, que era algo así como Ed Asner haciéndose el coqueto.

– Conozco al jefe de camareros -dijo ella-. Se llama Pat.

– ¿Hombre o mujer?

Ella sonrió, le dio un golpe en el brazo.

– Ya comienza a pillarle el truquillo.

En la máquina de discos sonaba Every Little Thing She Does Is Magic, de Police. Myron intentó contar cuántas veces Sting repetía las palabras every little. Perdió la cuenta cuando llegó al millón.

Encontraron dos taburetes en la barra. Big Cyndi buscó a Pat. Myron echó una ojeada, muy a lo detective. Le dio la espalda a la barra, apoyó los codos en la madera, movió la cabeza al compás de la música. El señor Enrollado. La nena con el traje de gato negro llamó su atención. Se deslizó en el taburete a su lado y se enroscó en él. Myron recordó a Julie Newmar como Cat Woman en 1967, algo que hacía con demasiada frecuencia. Esta mujer tenía el pelo rubio con algunas mechas más oscuras, pero por lo demás era de un parecido asombroso.

La mujer gato le dedicó una mirada que le hizo creer en la telequinesis.

– Hola -dijo ella.

– Hola. -El Rompecorazones se despierta.

Ella alzó una mano poco a poco hasta el cuello y comenzó a jugar con la cremallera del disfraz. Myron consiguió mantener la lengua en la vecindad de la boca. Se apresuró a mirar a Big Cyndi.

– No esté tan seguro -le advirtió Big Cyndi.

Myron frunció el entrecejo. Por amor de Dios, se veía el escote. Echó otra mirada por el bien de la ciencia. Sí, escote. Y mucho. Miró de nuevo a Big Cyndi y susurró:

– Tetas. Dos.

Big Cyndi se encogió de hombros.

– Me llamo Thrill -dijo la mujer gato.

– Yo soy Myron.

– Myron -repitió ella y movió la lengua en círculos como si buscase el sabor de la palabra-. Me gusta el nombre. Es muy masculino.

– Eh, gracias, supongo.

– ¿No te gusta tu nombre?

– En realidad, digamos que siempre lo he odiado. -Después le dirigió la mirada de un machote, enarcando la ceja como Fabio que piensa a fondo-. Pero si te gusta, quizá lo reconsidere.

Big Cyndi hizo un sonido como un alce que escupe un caparazón de tortuga.

Thrill le dirigió otra mirada ardiente y cogió su copa. Hizo algo que se podría llamar más o menos «beber un sorbo», pero Myron dudó que la Motion Picture Association le diese una clasificación que no fuese la de prohibida para menores de dieciocho años.

– Háblame de ti, Myron.

Comenzaron a hablar. Pat, el camarero, estaba en un descanso, así que Myron y Thrill hablaron sus buenos quince minutos. No quería admitirlo, pero se estaba divirtiendo. Thrill se volvió hacia él con todo el cuerpo. Se acercó un poco más. Myron buscó de nuevo las señales indicadoras de su sexo. Se fijó en si había una sombra de barba y bigote, Nada. Miró de nuevo el escote. Seguía allí. Demonios, si no era un detective con experiencia.

Thrill apoyó una mano en su muslo. La notó caliente a través del tejano. Myron observó la mano por un instante. ¿El tamaño no correspondía? Intentó deducir si era grande para una mujer o quizá pequeña para un hombre. Su cabeza comenzó a darle vueltas.

– No quiero ser descortés -acabó por decir Myron-, pero eres una mujer, ¿no?

Thrill echó la cabeza hacia atrás y se rió. Myron buscó la nuez de Adán. Ella llevaba una cinta negra alrededor del cuello. Resultaba difícil saberlo. La risa era un tanto ronca, pero, eh, ya estaba bien. No podía ser un tío. No con esas tetas. No cuando el disfraz estaba tan apretado, en, eh, aquella zona, ya me entienden.

– ¿Cuál es la diferencia? -preguntó Thrill.

– ¿Perdón?

– Me encuentras atractiva, ¿no?

– Lo que veo.

– ¿Y?

Myron levantó las manos.

– Así que, y quede bien clarito, si, durante un momento de pasión, hay un segundo pene en el cuarto… bueno, a mí se me quitan todas las ganas.

Ella se rió.

– Así que ningún otro pene, ¿eh?

– Así es. Sólo el mío. Puede que sea raro pero es lo que hay.

– ¿Conoces a Woody Allen? -preguntó ella.

– Por supuesto.

– Entonces deja que le cite. -Myron permaneció expectante. Thrill estaba a punto de citar a Woody Allen. Si ella era ella, Myron estaba cerca de proponerse-. El sexo es una cosa maravillosa entre dos personas. Entre cinco es fantástico.

– Bonita cita -dijo Myron.

– ¿Sabes de dónde es?

– De su vieja actuación en el club nocturno. Cuando Woody tenía un número en los sesenta.

Thrill asintió, complacida de que su alumno hubiese pasado la prueba.

– Pero aquí no estamos hablando de sexo en grupo -señaló Myron.

– ¿Alguna vez has participado del sexo en grupo? -quiso saber ella.

– Bueno, eh, no.

– Pero si lo hicieses, si fueran, digamos, cinco personas, ¿sería un problema si una de ellas tuviese pene?

– Estamos hablando hipotéticamente, ¿verdad?

– A menos que quieras que llame a algunos amigos.

– No, está bien, de verdad, gracias. -Myron respiró hondo-. Sí, vale, hipotéticamente. Supongo que no sería un gran problema siempre y cuando el hombre mantenga la distancia.

Thrill asintió.

– Pero si yo tuviese pene…

– Se me pasarían las ganas.

– Comprendo. -Thrill trazó pequeños círculos en el muslo de Myron-. Admite que sientes curiosidad.

– La siento.

– ¿Y?

– También siento curiosidad por lo que pasa por la cabeza de una persona cuando salta desde un rascacielos. Antes de que se espachurre en la acera.

Ella enarcó una ceja.

– Que tiene mucha prisa.

– Sí, pero al final acaba espachurrado.

– Y en este caso…

– El espachurrado sería el pene.

– Interesante -admitió Thrill-. Suponte que soy transexual.

– ¿Perdón?

– Supón que tenía un pene, pero ahora ha desaparecido. Estarías a salvo, ¿no?

– Te equivocas.

– ¿Por qué?

– El pene fantasma -contestó Myron.

– ¿Perdón?

– Como en la guerra, cuando a un tipo le cortan una pierna y todavía cree que esta allí. Un pene fantasma.

– Pero no sería tu pene el que ha desparecido.

– Así y todo. Un pene fantasma.

– Pero eso no tiene ningún sentido.

– Exactamente.

Thrill le mostró unos bonitos dientes blancos. Myron los miró. No se podía saber mucho del sexo de alguien por los dientes. Mejor mirar de nuevo el escote.

– ¿Te das cuenta de que estás terriblemente inseguro de tu sexualidad? -señaló ella.

– ¿Porque me gustaría saber si una posible compañera tiene pene?

– Un hombre de verdad no se preocuparía de que lo tomasen por marica.

– No es lo que la gente piense lo que me preocupa.

– Sólo es la cuestión del pene -acabó ella por él.

– Exacto.

– Todavía digo que eres sexualmente inseguro.

Myron se encogió, levantó las manos.

– ¿Quién no lo es?

– Es verdad. -Ella acomodó el trasero. Vinilo sobre vinilo. Un sonido-. ¿Entonces por qué no me invitas a salir?

– Creo que acabamos de hablar de eso.

– Me encuentras atractiva, ¿correcto? Lo que ves.

– Sí.

– ¿Y estamos manteniendo una charla agradable?

– Sí.

– ¿Me encuentras interesante? ¿Divertida?

– Sí y sí.

– ¿Eres soltero y sin compromiso?

Él tragó saliva.

– Sí, otras dos veces.

– ¿Y?

– Y, de nuevo, no te lo tomes como algo personal…

– Pero es otra vez esa cosa del pene.

– Exacto.

Thrill se echó hacia atrás, jugó con la cremallera en el cuello, se la subió un poco.

– Eh, es nuestra primera cita. No tenemos que acabar desnudos.

Myron se lo pensó.

– Ya.

– Pareces sorprendido.

– No… me refiero…

– Quizá no sea tan fácil.

– Culpa mía por suponer… me refiero a que estás en este bar.

– Por lo tanto, no creí que la mayoría de los clientes jugaban a ser difíciles. Para citar a Woody Allen: «¿Cómo malinterpreté aquellas señales?».

Thrill no titubeó.

– Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo, y no se atrevió a preguntar.

– Si eres una mujer -dijo Myron-, quizá me esté enamorando.

– Gracias. Y ya puestos a leer las señales de estar en este bar, ¿qué está haciendo tú aquí? Tú, con toda esa historia del pene.

– Tienes razón.

– ¿Y?

– ¿Y qué?

– ¿Por qué no me invitas a salir? -De nuevo con los arrumacos-. Podríamos cogernos de la mano. Quizá besarnos. Tal vez incluso meter una mano debajo de mi camisa. Por la manera en que miras, es casi como si ya estuvieses allí.

– No estoy mirando -dijo Myron.

– ¿No?

– Si he estado mirando, y advierto que digo si, sería pura y exclusivamente por el bien de la clarificación sexual, te lo aseguro.

– Gracias por aclarármelo. Pero lo que quiero decir es que podemos salir e ir a cenar. O ir al cine. No necesitamos tener ningún contacto genital.

Myron sacudió la cabeza.

– De todas maneras no dejaría de preguntármelo.

– Ah, ¿pero no te gusta un poco de misterio?

– Me gusta el misterio en muchísimas situaciones. Pero cuando se trata del contenido del pantalón, bueno, soy un tipo bastante tradicional.

Thrill se encogió de hombros.

– Sigo sin entender por qué estás aquí.

– Estoy buscando a alguien. -Sacó una foto de Clu Haid y se la mostró-. ¿Le conoces?

Thrill miró la foto y frunció el entrecejo.

– Creí que habías dicho que eras agente deportivo.

– Lo soy. Era un cliente.

– ¿Era?

– Lo asesinaron.

– ¿El jugador de béisbol?

Myron asintió.

– ¿Lo has visto por aquí?

Thrill cogió un trozo de papel y escribió algo.

– Aquí tienes mi número de teléfono, Myron. Llámame cuando quieras.

– ¿Qué pasa con el tipo de la foto?

Thrill le dio el trozo de papel, dejó el taburete y se alejó ondulante. Myron observó sus movimientos con atención, atento a la presencia de, umm, un arma escondida. Big Cyndi le dio un codazo. Casi se cayó del taburete.

– Éste es Pat -dijo Big Cyndi.

Pat, el camarero, parecía alguien a quien Archie Bunker podría haber contratado para trabajar en su local. Tenía unos cincuenta y tantos, bajo, de pelo gris, hombros caídos, harto del mundo. Incluso su bigote -uno de aquellos modelos grises tirando a amarillo- se caía como si lo hubiese visto todo. Las mangas de Pat estaban recogidas dejando a la vista unos antebrazos velludos modelo Popeye. Myron deseó con toda el alma que Pat fuese un tío. Este lugar le estaba dando dolor de cabeza.

Detrás de Pat había un espejo gigante. A su lado, una pared con las palabras «Salón de la Fama del Cliente» pintado en rosa. La pared estaba cubierta con fotos de retratos de los grandes conservadores. Pat Buchanan. Jerry Falwell. Pat Robertson. Newt Gingrich. Jesse Helms.

Pat le vio mirar las fotos.

– ¿Alguna vez se ha fijado?

– ¿Fijado en qué?

– ¿En que todos los antimaricas tienen nombres de pila sexualmente ambiguos? Pat, Chris, Jesse, Jerry. Podría ser un tipo, podría ser una chica. ¿Entiende lo que le digo?

– Ajá -dijo Myron.

– ¿Y qué clase de nombre es Newt? -añadió Pat-. ¿Cómo coño creces con una actitud sexual sana con un nombre como Newt?

– No lo sé.

– ¿Mi teoría? -Pat se encogió de hombros, limpió la barra con un paño-. Estos culos estrechos fueron molestados mucho de pequeños. Les volvió hostiles hacia todo el asunto del sexo.

– Una teoría interesante -reconoció Myron-. ¿Pero su nombre no es Pat?

– Sí, bueno, yo también detesto a los maricones -dijo Pat-. Pero dejan buenas propinas.

Pat le guiñó un ojo a Big Cyndi. Ésta le correspondió. La máquina de discos cambió de canción. Lou Rawls cantó: Love Is in the Air. Muy apropiado.

Los retratos de los conservadores estaban autografiados. El de Jesse Helms decía: «Me duele todo. Amor y besos, Jesse». Directo. Seguían varias X y O. también había una marca de un beso como si el propio Jesse lo hubiese besado.

Pat comenzó a limpiar una jarra de cerveza con el paño. Con mucha naturalidad. Myron casi esperaba verle escupir dentro como en una vieja película del Oeste.

– ¿Qué le sirvo?

– ¿Es aficionado a los deportes? -preguntó Myron.

– ¿Está haciendo una encuesta?

Aquella frase. Siempre era tan divertida. Myron lo intentó de nuevo.

– ¿El nombre de Clu Haid significa algo para usted?

Myron esperó una reacción pero no vio ninguna. No significaba nada. El tipo parecía haber trabajado de camarero toda la vida. Sus ojos se veían tan vacíos como los de un entusiasta de Los vigilantes de la playa. Vaya. ¿Por qué había recordado aquella serie?

– Le he preguntado…

– Los nombres no significan nada para mí.

– Por favor, Pat -intervino Big Cyndi.

Él le dirigió una mirada.

– Ya me has oído, Big C. No le conozco.

Myron insistió.

– ¿Nunca oyó hablar de Clu Haid?

– Así es.

– ¿Qué me dice de los Yankees de Nueva York?

– No los he seguido desde que se retiró el Mick.

Myron dejó la foto de Clu Haid en la barra.

– ¿Alguna vez lo vio por aquí?

Alguien pidió una cerveza. Pat la sirvió. Cuando volvió se dirigió a Big Cyndi.

– ¿Este tipo es poli?

– No -respondió Big Cyndi.

– Entonces la respuesta es no.

– ¿Y si fuese un poli? -preguntó Myron.

– Entonces la respuesta sería no… señor. -Myron advirtió que Pat ni siquiera había mirado la foto-. También podía añadir una cancioncilla y entonar algo sobre lo ocupado que estoy para fijarme en los rostros que andan por aquí. Y que la mayoría de las personas, sobre todo los famosos, nunca muestran sus verdaderos rostros.

– Comprendo -dijo Myron. Metió la mano en el billetero, sacó uno de cincuenta-. ¿Y si le muestro una foto de Ulysses S. Grant?

La máquina de discos cambio de canción. The Flying Machine comenzó a cantar para Rosemarie «sonríe una pequeña sonrisa para mí, Rosemarie». The Flying Machine. Myron había recordado el nombre del grupo. ¿Qué decía eso de un hombre?

– Guárdese el dinero -dijo Pat-. Guárdese la foto. Guárdese las preguntas. No quiero problemas.

– ¿Este tipo significa problemas?

– Ni siquiera he mirado la foto, amigo. Ni pienso hacerlo. Lárguese.

Big Cyndi intervino.

– Pat -dijo-, por favor, ¿no podrías ayudar? -movió las pestañas: imagínense dos cangrejos patas arriba en el sol ardiente-, hazlo por mí.

– Eh, Big C, te quiero, lo sabes. Pero suponte que yo voy al Leather-N-Lust con fotos, ¿estarías ansiosa por ayudar?

Big Cyndi se lo pensó.

– Supongo que no.

– Ya lo ves. Tengo clientes.

– Está bien -dijo Myron. Recogió las fotos-. Entonces quizá me quede por aquí. Mostraré la foto a los demás. Haré algunas preguntas. Quizá monte guardia. Sin la menor discreción. Haré fotos de las personas que entran y salen de este excelente establecimiento.

Pat sacudió la cabeza, esbozó una sonrisa.

– No sé si lo sabe, pero es un idiota hijo de puta.

– Lo haré -dijo Myron-. No quiero hacerlo, pero acamparé en su puerta con una cámara.

Pat le dirigió a Myron una larga mirada. Difícil de interpretar. En parte quizás hostil. En su mayor parte, aburrida.

– Big C, sal de aquí unos minutos.

– No.

– Entonces no hablaré.

Myron se volvió hacia ella, asintió. Big Cyndi negó con la cabeza. Myron se la llevó a un aparte.

– ¿Cuál es el problema?

– No tendría que hacer amenazas aquí, señor Bolitar.

– Sé lo que hago.

– Le advertí sobre este lugar. No puedo dejarle solo.

– Estarás junto a la puerta. Puedo cuidar de mí mismo.

Cuando Big Cyndi frunció el entrecejo su rostro pareció un tótem recién pintado.

– No me gusta.

– No tenemos elección.

Ella suspiró. Imagínense el Vesubio escupiendo un poco de lava.

– Tenga cuidado.

– Lo tendré.

Ella se movió hacia la salida. El lugar estaba lleno y Big Cyndi dio un gran rodeo. Así y todo, las personas se separaron con una rapidez que hubiese hecho que Moisés tomase nota. Cuando ya había salido por la puerta, Myron se volvió hacia Pat.

– ¿Y bien?

– Bueno, es un gilipollas imbécil.

Sucedió sin advertencia. Dos manos se colaron por debajo de los brazos de Myron, los dedos se engancharon por detrás de la nuca. La clásica llave Nelson completa. El abrazo se apretó empujando sus brazos hacia atrás como alas de pollo. Myron sintió que algo caliente se desgarraba por los omóplatos.

Una voz cerca de su oído susurró:

– ¿Quieres bailar, cariño?

Cuando se trataba de combate cuerpo a cuerpo, Myron no era Win, pero tampoco era un alfeñique. Por lo tanto, sabía que si el rival era bueno, no había manera de librarse de una Nelson completa. Por ese motivo era ilegal en la lucha real. Si estabas de pie, podías intentar dar un pisotón en el empeine de la persona. Pero sólo un idiota caería en esa trampa, y un idiota no tendría la velocidad ni la fuerza para llegar tan lejos. Y Myron no estaba de pie.

Los codos de Myron estaban muy altos, como si fuese una marioneta; su rostro estaba del todo indefenso. Los poderosos brazos que le sujetaban estaban cubiertos por un cárdigan. Para ser precisos, un suéter cárdigan amarillo claro. Jesús. Myron forcejeó. Nada que hacer. Los brazos envueltos en cárdigan tiraron la cabeza de Myron hacia atrás y luego la movieron hacia la barra, con la cara hacia delante. Myron no pudo hacer nada aparte de cerrar los ojos. Avanzó la barbilla sólo lo justo para evitar que su nariz recibiese toda la fuerza del impacto. Pero su cabeza rebotó en la teca barnizada de una manera que nunca había pretendido, sacudiéndole el cráneo. Algo en su frente se abrió. Le dio vueltas la cabeza. Vio estrellas.

Otras manos sujetaron los pies de Myron. Ahora estaba en el aire, moviéndose y muy mareado. Unas manos vaciaron sus bolsillos. Se abrió una puerta. Myron fue llevado a una habitación a oscuras. Lo soltaron, y Myron cayó como un saco de patatas sobre la rabadilla. Todo el proceso, desde que lo sujetaron con la llave Nelson hasta el momento en que lo arrojaron al suelo, había durado ocho segundos.

Se encendió una luz. Myron se tocó la frente y notó algo pegajoso. Sangre. Miró a sus atacantes.

Dos mujeres.

No, travestís. Ambos con pelucas rubias. Una había optado por el peinado Mall Girl de principio de los ochenta: muy ahuecado y con más rizos que una toalla. La otra -la que llevaba el cárdigan amarillo claro (con un monograma para aquellos que les interese)- llevaba el pelo a lo Veronica Lake con un toque especialmente desagradable.

Myron intentó levantarse. Veronica Lake soltó un chillido y descargó un puntapié lateral. El puntapié fue rápido y le alcanzó en el pecho. Myron se oyó hacer un ruido como «fuu», y cayó de nuevo sobre el culo. Su mano buscó automáticamente el móvil. Apretaría el botón y llamaría a Win. Entonces se quedó quieto. El teléfono había desaparecido.

Miró. Lo tenía Mall Girl. Maldita sea. Miró a su alrededor. Había una gran vista panorámica del bar y de la espalda de Pat el camarero. Recordó el espejo. Por supuesto. Un cristal en una sola dirección. Los clientes veían un espejo. Desde este lado se veía todo. Difícil robar la caja cuando nunca sabías quién estaba mirando.

Las paredes estaban forradas con placas de corcho, y por lo tanto aisladas. El suelo era de linóleo barato. Fácil de limpiar, se dijo. A pesar de eso, había gotas de sangre. No suyas. Éstas eran viejas y secas. Pero estaban allí. No había que confundirlas con ninguna otra cosa. Y Myron sabía por qué. En una palabra: intimidación.

Era la clásica habitación de las palizas. Muchos lugares las tienen. Sobre todo en los estadios. No tanto ahora como en los viejos tiempos. Hubo una época en que un espectador revoltoso era algo más que escoltado fuera del estadio. Los guardias de seguridad lo llevaban a una habitación trasera y les daban una paliza. Era algo bastante seguro. ¿Qué podría reclamar el revoltoso? Estaba borracho, probablemente se había metido en una pelea en las gradas, lo que sea. Así que los chicos de seguridad añadían unos cuantos morados más para asegurarse. ¿Quién podía decir de dónde venían los morados? Y si el aficionado revoltoso amenazaba con presentar cargos o montar un escándalo, los encargados del estadio podían responder con una acusación de ebriedad pública, asalto y cualquier cosa más que se les ocurriese. También podían presentar una docena de guardias de seguridad para respaldar su historia y ninguno que respondiese por el aficionado.

Por lo tanto, el espectador lo dejaba correr. Y las habitaciones de las palizas permanecieron. Probablemente todavía había en algunos lugares.

Veronica Lake se rió. No era un sonido agradable.

– ¿Quieres bailar, cariño? -preguntó él-ella de nuevo.

– Esperemos una lenta -respondió Myron.

Un tercer travestí entró en la habitación. Una pelirroja. Él-ella se parecía mucho a Bonnie Franklin, la madre valiente en la vieja serie de televisión One Day at a Time. El parecido era, de hecho, un tanto inquietante: la mezcla perfecta de decisión y encanto. Valiente. Superficial.

– ¿Dónde está Schneider? -preguntó Myron.

Ninguna respuesta.

– Levántate, cariño -dijo Veronica Lake.

– La sangre en el suelo -señaló Myron.

– ¿Qué?

– Es un bonito detalle, pero excesivo, ¿no te parece?

Veronica Lake levantó el pie derecho y tiró del tacón. Se soltó. El tacón no era más que una cubierta. Una funda. Para una hoja de acero. Veronica se la mostró a Myron con un impresionante despliegue de puntapiés altos propios de las artes marciales, la hoja despedía destellos de luz.

Bonnie Franklin y Mall Girl comenzaron a reírse.

Myron mantuvo el miedo a raya y miró con firmeza a Veronica Lake.

– ¿Eres nueva en esto del travestismo? -preguntó.

Veronica dejó de lanzar puntapiés.

– ¿Qué?

– Me refiero a que ¿no estás abusando demasiado de todo este rollo del tacón estilete?

No era su mejor chiste, pero cualquier cosa por dejar que el tiempo pasase. Veronica miró a Mall Girl. Mall Girl miró a Bonnie Franklin. Entonces Veronica de pronto lanzó un puntapié con la hoja por delante. Myron vio el brillo del acero que se le acercaba. Se echó hacia atrás, pero la hoja le cortó la camisa y la piel. Soltó un grito y miró abajo con los ojos muy abiertos. El corte no era profundo, pero sangraba.

Los tres se desplegaron y cerraron los puños. Bonnie Franklin tenía algo en la mano. Quizás un bastón negro. A Myron no le gustó. Intentó levantarse, pero de nuevo Veronica le lanzó un puntapié. Saltó alto, pero la hoja le alcanzó en la pierna. Llegó a sentir la hoja que le tocaba la tibia antes de pasar de largo.

Ahora el corazón de Myron latía con fuerza. Más sangre. Jesús. Era algo inquietante eso de ver tu propia sangre. Su respiración era demasiado rápida. «Tranquilo -se dijo a sí mismo-. Piensa.» Fingió moverse a la izquierda donde Bonnie Franklin estaba con el bastón. Luego se volvió a la derecha, con el puño preparado. Sin vacilar, descargó un puñetazo contra Mall Girl que avanzaba. Sus nudillos pegaron de lleno debajo del ojo y Mall Girl cayó.

Fue entonces cuando Myron sintió que se le paraba el corazón.

Se oyó un chasquido y la parte posterior de su rodilla explotó. Myron se volvió en un movimiento de pura agonía. Su cuerpo se sacudió. Un tremendo dolor estalló del nudo nervioso detrás de la rodilla y viajó por todas partes en una ola eléctrica. Miró detrás. Bonnie Franklin sólo le había tocado con el bastón. Sus piernas se encogieron, perdieron poder. Cayó de nuevo al suelo y se retorció como si fuese un pez fuera del agua. Se le agarrotó el estómago, le dominó la náusea.

– Estaba puesto a baja potencia -dijo Bonnie Franklin, con la voz aguda de una niña-. Sólo para atraer la atención de la vaca.

Myron la miró, desesperado por detener los temblores del cuerpo. Veronica levantó una pierna y colocó la hoja de acero cerca de su rostro. Un pisotón rápido y estaba acabado. Bonnie le mostró de nuevo el bastón eléctrico. Myron sintió que le recorría otro estremecimiento. Miró a través del cristal de una sola dirección. Ninguna señal de Big Cyndi o de la caballería.

¿Y ahora qué?

Bonnie Franklin se encargó de la charla.

– ¿Por qué estás aquí?

Myron se centró en el bastón y en cómo evitar sentir su furia.

– Preguntaba por alguien -dijo.

Mall Girl se había recuperado. Ella-él se le acercó con una mano en el rostro.

– ¡Me pegó!

Su tono era un poco más profundo, la sorpresa y el dolor habían rajado un poco la fachada femenina.

Myron permaneció quieto.

– ¡Puta!

Mall Girl hizo una mueca y descargó un puntapié como si las costillas de Myron fuesen una pelota. Myron vio venir el puntapié, vio la hoja de acero, vio el bastón eléctrico, cerró los ojos, y dejó que le golpease.

Cayó hacia atrás.

Bonnie Franklin continúo con las preguntas.

– ¿Por quién preguntabas?

Ningún secreto.

– Clu Haid.

– ¿Por qué?

– Porque quería saber si había estado aquí.

– ¿Por qué?

Decirles que buscaba al asesino quizá no era la opción más prudente, sobre todo si dicho asesino estaba en la habitación.

– Era uno de mis clientes.

– ¿Y?

– ¡Puta!

De nuevo Mall Girl. Otro puntapié. De nuevo le pegó en la parte inferior de las costillas y le dolió horrores. Myron tragó un poco de la bilis que había llegado hasta su garganta. Volvió a mirar a través del cristal. Seguía sin ver a Big Cyndi. La sangre fluía de las heridas del estilete en el pecho y la pierna. Sus órganos temblaban todavía por la descarga eléctrica. Miró a los ojos de Veronica Lake. Ojos serenos. Win también los tenía. Los grandes siempre los tenían.

– ¿Para quién trabajas? -preguntó Bonnie.

– Para nadie.

– ¿Entonces por qué te importa si vino aquí?

– Sólo intento poner algunas cosas en claro -contestó Myron.

– ¿Qué cosas?

– Bueno, cosas.

Bonnie Franklin miró a Veronica Lake. Ambos asintieron. Entonces Bonnie Franklin hizo ver que aumentaba la potencia del bastón eléctrico.

– Cosas, no es una respuesta aceptable.

El pánico apretó las tripas de Myron.

– Espera…

– No, creo que no.

Bonnie se movió hacia él con el bastón.

Los ojos de Myron se abrieron como platos. No tenía otra salida. Tenía que intentarlo ahora. Si el bastón le tocaba de nuevo, no le quedaría nada. Sólo podía confiar en que Veronica no lo matara.

Había estado planeando el movimiento durante los últimos diez segundos. Levantó las piernas hacia atrás por encima del cuello y la cabeza. Ejecutó una voltereta. Aterrizó de pie y sin advertencia se lanzó hacia delante como su fuese una bala de cañón. Los tres travestís se apartaron, preparados para el ataque. Pero un ataque sería suicida, Myron lo sabía. Eran tres, dos armados, al menos uno muy bueno. Myron nunca podría derrotarlos, necesitaba sorprenderlos. Así que lo hizo. No fue hacia ellos.

Fue hacia el cristal.

Sus piernas lo impulsaron a toda pastilla, lanzándolo como si fuese una nave espacial hacia el cristal. Cuando sus tres secuestradores comprendieron lo que estaba haciendo, ya era demasiado tarde. Myron cerró los ojos con fuerza, apretó los puños, y golpeó el cristal con todo su peso. Al estilo Superman. No retuvo nada. Si el cristal no cedía, era hombre muerto.

El cristal se destrozó con el impacto, el sonido fue tremendo. Myron voló a través de los cristales que se rompían en el suelo a su alrededor. Cuando aterrizó, se hizo una pelota. Golpeó el suelo y rodó sobre sí mismo. Los trozos de cristal se le clavaron en la piel. No hizo caso del dolor, continuó rodando, se estrelló con fuerza contra la barra. Cayeron las botellas.

Big Cyndi había hablado de la reputación del lugar. Myron contaba con eso. Y la clientela de Adivina no le desilusionó.

Se desató el típico tumulto neoyorquino.

Cayeron las mesas. La gente gritó. Alguien voló sobre la barra y cayó sobre Myron. Se rompieron más cristales. Myron intentó levantarse, pero no era posible. A la derecha vio que se abría una puerta. Apareció Mall Girl.

– Puta.

Mall Girl se acercó hacia él con el bastón de Bonnie. Myron intentó alejarse, pero no se orientaba. Mall Girl continuaba acercándose.

Y entonces, Mall Girl desapareció.

Fue como una escena de una película de dibujos animados, donde el perro grande le da un puñetazo al gato Silvestre, y Silvestre vuela a través de la habitación y el puño enorme permanece allí durante unos segundos.

En este caso, el puño enrome pertenecía a Big Cyndi.

Volaron los cuerpos. Volaron los cristales. Volaron las sillas. Big Cyndi no hizo el más mínimo caso. Recogió a Myron y se lo cargó al hombro con si fuese un bombero. Corrieron al exterior mientras las sirenas de la policía sonaban en el lechoso aire nocturno.

16

De nuevo en el Dakota, Win chasqueó la lengua y dijo:

– ¿Has dejado que un par de chicas te den una paliza?

– No eran chicas.

Win bebió un sorbo de coñac. Myron bebió un poco de Yoo-Hoo.

– Mañana por la noche -añadió Win- iremos de nuevo al bar. Juntos.

No era algo que Myron quisiera pensar en ese momento. Win llamó a un médico. Eran más de las dos de la madrugada, pero el médico, un hombre canoso sacado directamente del elenco estable, llegó en quince minutos. Nada roto, declaró con una risa profesional. La mayor parte del tratamiento médico consistió en limpiar los cortes de la cuchilla y los trozos de cristal de la ventana. Los dos cortes de la cuchilla -el del vientre con forma de Z- requirieron puntos. En general, doloroso, pero más o menos inofensivo.

El médico le dio a Myron unas cuantas pastillas de Tylenol con codeína, cerró el maletín, se tocó el ala del sombrero y se marchó. Myron se acabó el Yoo-Hoo y se levantó poco a poco. Quería darse una ducha, pero el médico le había dicho que esperase hasta el día siguiente. Se tragó un par de pastillas y se fue a la cama. Cuando se durmió, soñó con Brenda.

Por la mañana llamó a Hester Crimstein a su apartamento. Saltó el contestador automático. Myron dijo que era urgente. A mitad del mensaje Hester cogió la llamada.

– Necesito ver a Esperanza -le dijo a la abogada-. Ahora. Para su sorpresa, la abogada titubeó sólo un momento antes de responder: -Vale.

– Maté a alguien -dijo Myron.

Esperanza estaba sentada delante de él.

– No me refiero a que disparé un arma. Pero en muchos sentidos podría haberlo hecho. Lo que hice fue peor.

Esperanza mantuvo la mirada fija en su socio.

– ¿Eso ocurrió antes de que te largases?

– Un de un par de semanas antes.

– Pero no fue por eso.

Myron notó la boca seca.

– Supongo que no.

– Te largaste por Brenda.

Myron no respondió.

Esperanza se cruzó de brazos.

– ¿Entonces por qué estás compartiendo esta pequeña información conmigo?

– No estoy seguro.

– Yo sí -dijo Esperanza.

– ¿Ah, sí?

– Es algo así como una trampa. Esperabas que tu gran confesión ayudase a que yo hablara.

– No -negó Myron.

– ¿Entonces?

– Tú eres con quien hablo de estas cosas.

Ella casi sonrió.

– ¿Incluso ahora?

– No entiendo por qué me dejas fuera -dijo Myron-. Y vale, quizá todavía tengo cierta ilusión de que hablar de esto nos ayude a recuperar, no sé, algún sentimiento de normalidad. O quizá sólo necesito hablar de esto. Win no lo entendería. La persona que maté era la encarnación del mal. A él le hubiese representado un dilema moral no más complejo que elegir una corbata.

– ¿El dilema moral te acosa?

– El problema es que no -manifestó Myron.

Esperanza asintió.

– Ya.

– La persona se lo merecía -añadió Myron-. No había pruebas para juzgarla.

– Así que te convertiste en juez y verdugo.

– En cierto sentido.

– ¿Eso te preocupa? No, espera, no te preocupa.

– Correcto.

– Así que no duermes por el hecho de que puedes dormir.

Él sonrió, separó las manos.

– ¿Ves por qué vengo a verte?

Esperanza cruzó las piernas y miró al aire.

– Cuando os conocí a ti y a Win, me pregunté por vuestra amistad. Qué os había atraído el uno al otro. Incluso pensé que Win era un homosexual latente.

– ¿Por qué todo el mundo dice lo mismo? ¿No pueden dos hombres sólo…?

– Me equivoqué -le interrumpió ella-. Y no te pongas a la defensiva, hace que las personas se hagan preguntas. Vosotros no sois gays. Lo comprendí muy pronto. Como dije, sólo fue un pensamiento. Luego me pregunté si no se trataba simplemente del viejo refrán «los opuestos se atraen». Quizás ésa sea una parte.

Esperanza se detuvo.

– ¿Y? -la animó Myron.

– Tal vez sois más parecidos de lo que queréis creer. No quiero llegar al fondo de la cuestión, pero Win te ve a ti como su humanidad. Si le gusto, se dice, ¿cómo puedo ser malo? Tú, por otro lado, lo ves como una fuerte dosis de realidad. La lógica de Win aterra, pero es extrañamente atractiva. Hay una pequeña parte en todos nosotros donde nos gusta lo que él hace, la misma parte de nosotros que cree que los iraníes pueden estar en lo cierto cuando le cortan la mano a un ladrón. Creciste con toda aquella tontería liberal suburbana sobre los menos favorecidos. Pero ahora la experiencia real te enseña que algunas personas son pura y simplemente malvadas. Te acerca un poco más a Win.

– ¿Me estás diciendo que me estoy convirtiendo en alguien como Win? Vaya, menudo consuelo.

– Estoy diciendo que tu reacción es humana. No me gusta. No creo que sea correcta. Romper las reglas cada vez te resulta más fácil. Quizá la persona que mataste se lo merecía, pero si es eso lo que quieres oír, si quieres la absolución, acude a Win.

Silencio.

Los dedos de Esperanza se movieron cerca de su boca, debatiéndose entre morderse las uñas y tirarse del labio inferior.

– Siempre has sido la mejor persona que conozco -manifestó ella-. No permitas que nadie cambie eso, ¿vale?

Él tragó saliva, asintió.

– Ya no estás rompiendo las reglas -continuó ella-. Ahora las estas diezmando. Ayer mismo dijiste que mentirías bajo juramento para protegerme.

– Eso es diferente.

Esperanza lo miró a los ojos.

– ¿Estás seguro de lo que dices?

– Sí. Haré lo que sea por protegerte.

– ¿Incluso quebrantar la ley? A eso me refiero, Myron.

Él se removió en la silla.

– Otra cosa -añadió ella-. Estás utilizando todo este dilema moral para distraerte de dos verdades que no quieres afrontar.

– ¿Qué verdades?

– Una, Brenda.

– ¿Y la segunda?

Esperanza sonrió.

– Te has saltado la primera a toda prisa.

– ¿Y la segunda? -repitió Myron.

La sonrisa de Esperanza era amable, comprensiva.

– La segunda aparta tu mente de la razón por la que estás aquí.

– ¿Cuál es?

– Comienzas a preguntarte más a fondo si yo maté a Clu. Intentas encontrar la manera de racionalizarlo si es verdad. Tú mataste una vez, y por lo tanto podría ser justificable si yo también lo hiciese. Sólo quieres oír una razón.

– Él te pegó -dijo Myron-. En el aparcamiento.

Esperanza no dijo nada.

– La radio dijo que encontraron vello púbico en su apartamento…

– No vayas allí -dijo ella.

– Debo hacerlo.

– Mantente apartado.

– No puedo.

– No necesito tu ayuda.

– Aquí hay algo más que eso. Estoy involucrado en esto.

– Sólo porque quieres estarlo.

– ¿Clu te dijo que yo estaba en peligro?

Ella no abrió la boca.

– Se lo dijo a mis padres. A Jessica. Al principio creí que era una exageración. Pero quizá no lo sea. Recibí aquel macabro disquete por correo. Salía la imagen de una muchacha.

– Estás divagando -señaló Esperanza-. Crees que estás preparado para esto, pero no lo estás. Aprende algo de tus viejos errores. Mantente apartado.

– Pero no conseguiré mantenerme apartado -dijo Myron-. ¿Por qué Clu dijo que yo estaba en peligro? ¿Por qué te pegó? ¿Qué pasó en el bar Adivina?

Ella sacudió la cabeza.

– Guardia.

El guardia abrió la puerta. Esperanza mantuvo la mirada gacha. Dio media vuelta y salió del cuarto sin mirar a Myron, que se quedó solo durante unos pocos segundos, ocupado en poner en orden sus pensamientos. Consultó su reloj. Las nueve cuarenta y cinco. Tiempo de sobra para llegar al estadio de los Yankees para su reunión de las once de la mañana con Sophie y Jared Mayor. Apenas si había salido de la habitación cuando se le acercó un hombre.

– ¿Señor Bolitar?

– Sí.

– Esto es para usted.

El hombre le entregó un sobre y desapareció. Myron lo abrió. Era una citación de la Oficina del Fiscal de Distrito de Bergen County. El encabezamiento rezaba: «El pueblo de Bergen County contra Esperanza Díaz». Bueno, bueno. Esperanza y Hester habían hecho bien en no decirle nada.

Se lo guardó en el bolsillo. Al menos ahora no tendría que mentir.

17

Myron hizo lo que todo buen chico debe hacer cuando se mete en problemas legales. Llamó a su mamá.

– Tu tía Clara se ocupará de la citación -dijo mamá.

La tía Clara en realidad no era su tía, sólo una vieja amiga del barrio. En los días santos todavía pellizcaba la mejilla de Myron y exclamaba «Precioso». Myron confiaba en que no lo haría delante del juez: «Su Señoría, quiero que le mire a la cara: ¿es o no es precioso?».

– Vale -asintió Myron.

– Yo la llamaré, ella llamará al fiscal. Mientras tanto, tú no dices nada, ¿entendido?

– Sí.

– ¿Ahora lo ves, listillo? ¿Ves lo que te estoy diciendo ahora? ¿Que Hester Crimstein tenía razón?

– Sí, mamá, lo que tú digas.

– No me vengas con lo que tú digas. Te han citado. Pero como Esperanza no te ha dicho nada, no puedes perjudicar su caso.

– Lo comprendo, mamá.

– Bien. Ahora deja que llame a la tía Clara.

Ella colgó. Y el señor Listillo hizo lo mismo.

El estadio de los Yankees estaba ubicado en el sector más cochambroso del cada vez peor barrio del Bronx. No tenía mayor importancia. Cada vez que veías el famoso edificio deportivo, de inmediato guardabas silencio como si estuvieses en la iglesia. No se podía evitar. Los recuerdos entraban y calaban. Las imágenes entraban y salían. Su juventud. Un niño pequeño de pie en el tren de la línea 4, sujeto de la al parecer gigantesca mano de su padre, mirando su rostro amable, la excitación previa al partido como un cosquilleo por todo su cuerpo. Papá había atrapado una pelota suelta cuando Myron tenía cinco años. Algunas veces aún podía verlo: el arco del cuero blanco, la multitud de pie, el brazo de papá alcanzando una altura imposible, la pelota aterrizando en la palma con un golpe sonoro, el afecto que salía del rostro de papá cuando le entregó la preciada posesión a su hijo. Myron aún conservaba aquella pelota, que envejecía en el sótano de la casa de sus padres.

El baloncesto era el deporte de elección de Myron, y el fútbol americano era probablemente su favorito para ver en la tele. El tenis era el juego de los príncipes, el golf el juego de los reyes. Pero el béisbol era magia. Los recuerdos de la primera infancia son débiles, pero casi todos los chicos pueden recordar el primer partido de béisbol de las ligas mayores al que fueron. Recordar el resultado, quién bateó un home run, quién lanzaba. Pero sobre todo él recuerda a su padre. El olor de la colonia de después del afeitado está impregnado en los olores del béisbol: el olor de la hierba acabada de segar, el aire del verano, los perritos calientes, las palomitas rancias, la cerveza derramada, el guante engrasado y la pelota que lleva en el bolsillo. Recuerda el equipo visitante. La manera como Yaz lanza bolas bajas para calentar a Petrocelli, cómo los graciosos se burlan de los anuncios de Frank Howard para NesQuik, la manera en que los grandes del juego llegan a la segunda base y se lanzan de cabeza a la tercera. Recuerdas a tu hermano que lleva las estadísticas, que estudia las alineaciones de la manera como los eruditos rabínicos estudian el Talmud, los cromos de béisbol sujetos en su mano, la tranquilidad y el ritmo de una plácida tarde de verano. Mamá pasaba más tiempo tomando el sol que mirando el partido. Recuerdas a papá comprándote un banderín del equipo visitante y más tarde colgándolo en tu pared en una ceremonia idéntica a la de los Celtics levantando un estandarte en el viejo Boston Garden. Recuerdas la manera en que los jugadores en el banquillo parecían tan relajados, con las bolas de mascar abultando las mejillas. Recuerdas tu saludable y respetuoso odio por las superestrellas del equipo visitante, la pura alegría de ir al Día del Bateador y guardar aquel trozo de madera como si hubiese venido directamente de la taquilla de Honus Wagner.

Muéstreme a un chico que no haya soñado con ser una figura de la liga grande antes de los siete, antes de que la liga de entrenamiento, o lo que sea, comience a cribar la manada en una de las primeras lecciones de la vida: que el mundo puede y te desilusionará. Muéstrame a un chico que no recuerde haber llevado su gorra de la liga infantil a la escuela cuando los maestros lo permitían, con la visera levantada y su cromo favorito enganchado en la mesa a la hora de la comida, durmiendo con ella en la mesilla de noche junto a la cama. Muéstreme a un chico que no recuerde haber jugado a lanzar y atrapar los fines de semana, o, todavía mejor, durante aquellas preciosas noches de verano cuando papá volvía corriendo a casa del trabajo, se quitaba las prendas de trabajo, se ponía una camiseta que siempre le quedaba demasiado pequeña, cogía un guante y se iba al patio de atrás antes de que se apagasen los últimos rayos de sol. Muéstreme a un chico que no mire con asombro lo lejos que su padre puede pegar o lanzar una pelota de béisbol -no importa el pésimo estado físico de su padre, no importa lo patoso que sea o cualquier otra cosa- y durante aquel brillante momento papá se transformaba en un hombre de una habilidad y fuerza inimaginables.

Sólo el béisbol tenía aquella magia.

La nueva propietaria principal de los Yankees de Nueva York era Sophie Mayor. Ella y su marido, Gary, habían sorprendido al mundo del béisbol al comprar el equipo al impopular propietario Vincent Riverton menos de un año atrás. La mayoría de los aficionados lo habían aplaudido. Vincent Riverton, un editor multimillonario, había mantenido una relación de amor-odio con el público (en su mayor parte odio) y los Mayor, una pareja de nuevos ricos que había conseguido su fortuna mediante la venta de software para ordenadores, prometieron no meter tanto las manos. Gary Mayor se había criado en el Bronx y había jurado el retorno de los días de Mick y DiMaggio. Los aficionados estaban que no cabían en sí.

Pero la tragedia les golpeó muy pronto. Dos semanas antes de que se cerrase la compra, Gary Mayor murió de un ataque fulminante al corazón. Sophie Mayor, que siempre había comandado el negocio del software de igual a igual, si no había llevado la voz cantante, había insistido en seguir adelante con la compra. Ella contaba con el apoyo y la simpatía del público, pero Gary y sus raíces habían sido el cordón que la vinculaba a los aficionados. Sophie era del Medio Oeste, aficionada a la caza y con antecedentes como genio matemático, lo que para los neoyorquinos, suspicaces de nacimiento, representaba algo así como una impostora.

Poco después de asumir el mando, Sophie nombró a su hijo Jared, un hombre casi sin ninguna experiencia en el béisbol, gerente general adjunto. El público frunció el entrecejo. Hizo un canje rápido, se saltó la cantera de los Yankees ante la posibilidad de que a Clu Haid aún le quedasen uno o dos años buenos. El público protestó. Ella se mantuvo firme. Quería una Serie Mundial en el Bronx de inmediato. Fichar a Clu Haid era la manera de conseguirlo. El público se mostró escéptico.

Pero Clu lanzó fantásticamente bien durante su primer mes en el equipo. Su bola rápida volvía a estar por encima de los noventa, y sus curvas se quebraban como si estuviesen aceptando señales desde un control remoto. Mejoraba con cada salida, y los Yankees quedaron primeros. El público se apaciguó. Al menos durante un tiempo, se dijo Myron. Había dejado de prestar atención, pero pudo imaginarse la reacción contra la familia Mayor cuando Clu dio positivo en el análisis de dopaje.

Myron fue conducido de inmediato al despacho de Sophie Mayor. Ella y Jared se levantaron para saludarlo. Sophie Mayor tendría unos cincuenta y tantos, era lo que se llamaba comúnmente una mujer guapa, el pelo gris bien peinado, la espalda recta, el apretón de manos firme, los brazos bronceados, los ojos resplandecientes con chispas de picardía y astucia. Jared tenía unos veintitantos. Llevaba el pelo peinado con raya a la derecha sin ninguna muestra de estilo, gafas con montura de acero, una americana azul, y una pajarita a topos. Jóvenes por George Will.

El despacho estaba decorado con austeridad, o quizá sólo lo parecía, porque la escena la dominaba una cabeza de alce colgada en la pared. En realidad, un alce muerto. Un alce vivo es muy difícil de colgar. Todo un toque decorativo. Myron intentó no hacer una mueca. Estuvo a punto de decir: «Debió odiar a este alce», al estilo de Dudley Moore en Arthur pero se contuvo. Con la edad llega la madurez.

Myron estrechó la mano de Jared y después se volvió hacia Sophie Mayor.

– ¿Dónde demonios ha estado, Myron? -le espetó Sophie.

– ¿Perdón?

Ella le señaló una silla.

– Siéntese.

Como si fuese un perro. Pero obedeció. Jared también. Sophie permaneció de pie y lo miró furiosa.

– Ayer en el juicio dijeron algo de que había estado en el Caribe -continuó ella.

Myron hizo un sonido que no le comprometía en nada.

– ¿Dónde estaba?

– De viaje.

– ¿De viaje?

– Sí.

Ella miró a su hijo y de nuevo a Myron.

– ¿Durante cuánto tiempo?

– Tres semanas.

– Pero la señorita Díaz me dijo que estaba usted en la ciudad.

Myron no dijo nada.

Sophie Mayor apretó los puños y se inclinó hacia él.

– ¿Por qué me diría eso, Myron?

– Porque no sabía dónde estaba.

– En otras palabras, me mintió.

Myron no se molestó en responder.

– ¿Así que dónde estaba? -insistió ella.

– Fuera del país.

– ¿El Caribe?

– Sí.

– ¿No se lo dijo a nadie?

Myron se movió en la silla, dispuesto a encontrar una apertura o por lo menos conseguir donde hacer pie.

– No quiero parecer descortés -manifestó-, pero no veo que mi paradero sea asunto suyo.

– ¿No lo ve? -Algo parecido a una risa escapó de sus labios. Miró a su hijo como si dijese: «¿Te puedes creer lo que estoy oyendo?». Luego volvió a dirigir sus láseres grises hacia Myron-. Confiaba en usted.

Myron no dijo nada.

– Compré este equipo y decidí mantenerme apartada. Entiendo de software. Entiendo de ordenadores. Entiendo de negocios. En realidad, no sé mucho de béisbol. Pero tomé una decisión. Quería a Clu Haid. Tenía un presentimiento. Creía que aún le quedaba un resto. Así que hice un canje. La gente creyó que estaba loca: tres buenas promesas por una vieja gloria. Comprendí la preocupación. Así que acudí a usted, Myron, ¿lo recuerda?

– Sí.

– Usted me aseguró que él se mantendría limpio.

– Se equivoca -dijo Myron-. Dije que él quería mantenerse limpio.

– Quería, iba a… ¿Qué es esto, una lección de semántica?

– Era mi cliente -respondió Myron-. Es mi trabajo preocuparme por sus intereses.

– ¿Y al demonio con los míos?

– No es lo que he dicho.

– ¿Al diablo con la integridad y la ética también? ¿Es así como trabaja?

– No lo es en absoluto. Queríamos que se hiciera el canje…

– Lo querían con desesperación -le corrigió ella.

– De acuerdo, lo queríamos con desesperación. Pero nunca le prometí que él se mantendría limpio porque no es algo que yo ni nadie puede garantizar. Le aseguré que lo intentaríamos con todas nuestras fuerzas. Lo incluí en el trato. Le di el derecho de hacerle un análisis en cualquier momento.

– ¿Me dio el derecho? ¡Lo exigí! Y usted se opuso en cada paso.

– Compartimos el riesgo -dijo Myron-. Hice que su salario estuviese ligado a mantenerse limpio. Dejé que usted pusiese una estricta cláusula moral.

Ella sonrió, se cruzó de brazos.

– ¿Sabe a lo que suena? A esos hipócritas anuncios de coches donde la General Motors o la Ford proclamaran las ventajas de todos los artilugios anticontaminantes que ponen en sus coches. Como si lo hiciesen por voluntad propia. Como si cada mañana se despertasen más preocupados con el entorno que por lo que les interesa. Omiten el hecho de que el gobierno les obliga a poner todos esos artilugios, que lucharon contra el gobierno con uñas y dientes para impedirlo.

– Él era mi cliente -repitió Myron.

– ¿Cree que es una excusa que vale para todo?

– Era mi trabajo conseguirle el mejor contrato.

– Continúe repitiéndolo, Myron.

– No puedo impedir que un hombre vuelva a la adicción. Usted lo sabe.

– Pero dijo que lo vigilaría. Que trabajaría para que se mantuviese limpio.

Myron tragó saliva y se acomodó de nuevo en la silla.

– Sí.

– Pero usted no lo vigiló, Myron, ¿verdad?

Silencio.

– Se fue de vacaciones y no se lo dijo a nadie. Dejó a Clu solo. Actuó con irresponsabilidad, así que le culpo a usted en parte por la recaída.

Myron abrió la boca, la cerró. Ella tenía razón, por supuesto, pero no podía permitirse el lujo de revolcarse en ello ahora mismo. Más tarde. Pensaría en su papel en esto más tarde. El dolor de la paliza de la noche pasada comenzaba a sacudirse con fuerza de su letargo. Metió la mano en el bolsillo y sacó un par de pastillas de Tylenol.

Satisfecha -o quizá saciada-, Sophie Mayor se sentó. Al ver las píldoras, preguntó:

– ¿Quiere un poco de agua?

– Por favor.

Ella le hizo un gesto a Jared, que le sirvió a Myron un vaso de agua y se lo dio. Myron le dio las gracias y se tragó las pastillas. El efecto placebo funcionó y en el acto se sintió mejor.

Antes de que Sophie Mayor pudiese golpear de nuevo, Myron intentó cambiar de tema.

– Hábleme del análisis de dopaje que Clu no pasó.

Sophie Mayor lo miró extrañada.

– ¿Qué hay que decir?

– Clu afirmó que estaba limpio.

– ¿Usted lo cree?

– Quiero echarle una ojeada.

– ¿Por qué?

– Porque en el pasado cuando a Clu le pillaban, suplicaba perdón y prometía que buscaría ayuda. Nunca fingió que el resultado de un análisis era incorrecto.

Ella se cruzó de brazos.

– ¿Eso qué prueba?

– Nada. Sólo que me gustaría hacer algunas preguntas.

– Pues pregunte.

– ¿Con qué frecuencia lo sometía a análisis?

Sophie miró a su hijo. Le tocaba a él. Jared habló por primera vez desde que había saludado a Myron en la puerta.

– Al menos una vez a la semana.

– ¿Análisis de orina? -preguntó Myron.

– Sí -respondió Jared.

– ¿Los pasó todos? Me refiero, excepto el último.

– Sí.

Myron sacudió la cabeza.

– ¿Todas las semanas? ¿Sin ningún otro positivo? ¿Sólo ése?

– Así es.

Myron miró de nuevo a Sophie.

– ¿No le parece extraño?

– ¿Por qué? -replicó ella-. Había intentado mantenerse limpio, y recayó. Es algo que ocurre todos los días, ¿no?

Desde luego se dijo Myron, y así y todo algo no encajaba.

– ¿Pero Clu sabía que usted lo estaba analizando?

– Supongo que sí. Le estábamos sometiendo a análisis por lo menos una vez a la semana.

– ¿Cómo realizaban los análisis?

Sophie miró de nuevo a Jared.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Jared.

– Paso a paso -dijo Myron-. ¿Él qué hacía?

Sophie se encargó de responder.

– Mear en un frasco, Myron. Es muy sencillo.

Nunca era muy sencillo.

– ¿Alguien vio cómo orinaba?

– ¿Qué?

– ¿Alguien fue testigo mientras Clu orinaba o entró en un reservado? -preguntó Myron-. ¿Estaba desnudo cuando lo hizo o tenía puestos los calzoncillos?

– ¿Qué importancia puede tener cualquiera de esas cosas?

– Mucha. Clu pasó toda su vida saltándose esos análisis. Si sabía que se lo iban a hacer, podía estar preparado.

– ¿Preparado cómo? -preguntó Sophie.

– De muchas maneras, según la sofisticación del análisis -respondió Myron-. Si el análisis es más rudimentario, te puedes untar los dedos con aceite de motor y dejar que la orina golpee en ellos mientras orinas. Los fosfatos destrozan el resultado del análisis. Algunos analistas lo saben, así que buscan fosfatos. Si el analista deja que el tipo orine en un reservado, puede utilizar orina limpia que lleva atada en el muslo. O el analizado puede llevar orina limpia oculta en un condón o en un globo. La lleva en la parte interior de los calzoncillos. O entre los dedos, en la axila. Incluso en la boca.

– ¿Habla en serio?

– Esto no es nada. Si el analizado recibe el aviso de que le harán un análisis a fondo, uno donde los analistas estarán vigilando cada uno de sus movimientos, vaciará la vejiga y utilizará un catéter para meterse orina limpia.

Sophie Mayor parecía horrorizada.

– ¿Se mete orina limpia de otro en la vejiga?

– Sí -respondió Myron.

– Jesús. -Luego lo miró fijamente-. Parece saber mucho de esto, Myron.

– También Clu.

– ¿Qué está diciendo?

– Plantea algunos interrogantes, eso es todo.

– Tal vez lo pilló por sorpresa.

– Quizás -admitió Myron-. Pero si usted lo analizaba todas las semanas, ¿hasta qué punto era una sorpresa?

– Quizá se hizo un lío -añadió Sophie-. Los drogadictos suelen hacerlo.

– Puede. Pero me gustaría hablar con la persona que realizó el análisis.

– El doctor Stilwell -dijo Jared-. Es el médico del equipo. Él se ocupa. Sawyer Wells le ayudó.

– Sawyer Wells, el gurú de la autoayuda.

– Es un psicólogo especializado en comportamiento y un excelente terapeuta motivacional -le corrigió Jared.

Terapeuta motivacional. Vaya.

– ¿Alguno de los dos está por aquí ahora?

– No, no lo creo. Pero vendrán más tarde. Esta noche tenemos un partido en casa.

– ¿Quién del equipo era amigo de Clu? ¿Uno de los entrenadores, un jugador?

– La verdad es que no lo sé -admitió Jared.

– ¿Con quién compartía habitación cuando viajaba?

Sophie casi sonrió.

– Sí que ha estado fuera de contacto, ¿no?

– Cabral -dijo Jared-. Enos Cabral. Es el lanzador cubano.

Myron lo conocía. Asintió, y miró alrededor, y fue entonces cuando lo vio. Su corazón dio un salto, y tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no gritar.

Acababa de echar una ojeada a la habitación, pero sin ver nada concreto en realidad, sólo lo normal que todos hacen, cuando un objeto atrajo su mirada como si fuese un gancho oxidado. Myron se quedó de pie. En un mueble bajo. En el lado derecho, mezclado con otras fotos enmarcadas y trofeos y la primera acción de Mayor Software. Allí mismo. Una foto enmarcada.

Una foto enmarcada de la chica del disquete.

Myron intentó mantener la expresión tranquila. Respirar hondo, soltar la respiración. Pero notaba cómo se le aceleraba el pulso. Su mente luchaba a través de la bruma, en busca de un claro momentáneo. Buscó en sus bancos de memoria. «Vale, tranquilo respira. Sigue respirando.» No era de extrañar que la muchacha le resultase conocida.

¿Pero de qué iba aquello? Más búsqueda en la memoria. Era la hija de Sophie Mayor, por supuesto. La hermana de Jared Mayor. ¿Cuál era su nombre? Sus recuerdos eran vagos. ¿Qué le había pasado a ella? Una chica que se había fugado, ¿correcto? Hacía diez o quince años. Había habido un distanciamiento o algo así. No se sospechaba de ningún acto delictivo. ¿O sí? Él no lo recordaba.

– ¿Myron?

Necesitaba pensar. Con calma. Necesitaba espacio, tiempo. No podía soltarle sin más: «Oh, recibí un disquete con la imagen de su hija convirtiéndose en sangre». Tenía que salir de ahí. Hacer averiguaciones. Pensarlo a fondo. Se levantó y con un movimiento torpe consultó su reloj.

– Tengo que irme -dijo.

– ¿Qué?

– Me gustaría hablar lo antes posible con el doctor -respondió él.

Sophie lo miró fijamente.

– No creo que sea relevante.

– Como acabo de explicar…

– ¿Qué más da? Clu está muerto. El análisis no tiene ninguna importancia.

– Podría haber una conexión.

– ¿Entre su muerte y el análisis?

– Sí.

– Me parece que no estoy de acuerdo.

– Así y todo me gustaría comprobarlo. Tengo el derecho.

– ¿Qué derecho?

– Si el análisis es incorrecto, cambia las cosas.

– ¿Cambia qué…? -Entonces Sophie se detuvo, sonrió un poco, y asintió para sí misma-. Creo que ahora lo entiendo.

Myron no dijo nada.

– Se refiere a los términos de su contrato, ¿no?

– Tengo que irme -repitió él.

Sophie se echó hacia atrás y de nuevo cruzó los brazos.

– Bien, Myron, tengo que reconocerlo. No hay duda de que es un agente. Intenta sacar una última comisión de un muerto.

Myron dejó pasar el insulto.

– Si Clu estaba limpio, su contrato todavía sería válido. Usted le debe a la familia por lo menos tres millones de dólares.

– ¿Así que esto es por dinero?

Él miró la foto de la muchacha una vez más. Recordó el disquete, la risa, la sangre.

– Ahora mismo, me gustaría hablar con el doctor del equipo.

Sophie Mayor lo miró como si fuese una cagada en la moqueta.

– Salga de mi despacho, Myron.

– ¿Me dejará hablar con el doctor?

– Aquí no tiene ningún asidero legal.

– Creo que sí.

– No, créame. Aquí no conseguirá ni un dólar más. Lárguese, Myron. Ahora.

Él echó una última mirada a la foto. Éste no era el momento para discutir. Se marchó a la carrera.

18

Myron comenzaba a sufrir. El Tylenol solo no hacía el efecto deseado. Tenía el Tylenol con codeína en el bolsillo trasero del pantalón, pero no se atrevía. Necesitaba estar alerta, y la codeína le hacía dormir más rápido que, eh, el sexo. Se apresuró a catalogar los puntos doloridos. El corte en la barbilla era lo que más le dolía, seguido de cerca por las costillas maltrechas. El resto de los dolores eran una distracción casi bienvenida. Pero el dolor hacía que fuese consciente de cada movimiento.

Cuando entró en su despacho, Big Cyndi le dio una pila de mensajes.

– ¿Cuántos reporteros han llamado? -preguntó.

– He dejado de contarlos, señor Bolitar.

– ¿Algún mensaje de Bruce Taylor?

– Sí.

Bruce se ocupaba de los Mets, no de los Yankees. Pero todos los reporteros querían estar en esta historia. Bruce también era algo así como un amigo. Él podría informarle de la hija de Sophie Mayor. La pregunta era, por supuesto, cómo plantear el tema sin despertar en el reportero demasiada curiosidad.

Myron cerró la puerta de su despacho, se sentó, marcó un número. Una voz respondió a la primera llamada.

– Taylor.

– Eh, Brucie.

– ¿Myron? Dios. Eh, agradezco que me devuelvas la llamada.

– Claro, Brucie. Me encanta cooperar con mi reportero favorito.

Una pausa. Luego:

– Oh, oh.

– ¿Qué? -preguntó Myron.

– Esto es demasiado fácil.

– Perdón.

– Vale, Myron, vamos a saltarnos la parte donde tú echas abajo mis defensas con tu carisma sobrenatural. Corta el rollo.

– Quiero hacer un trato.

– Te escucho.

– Todavía no estoy dispuesto a hacer una declaración. Pero cuando la haga, tú serás el primero. Una exclusiva.

– ¿Una exclusiva? Caray, Myron, sí que conoces el argot de los medios, ¿no?

– Podría haber dicho una primicia. Es una de mis palabras favoritas.

– Vale, Myron, fantástico. Así que a cambio de que no me digas nada, ¿tú qué quieres?

– Sólo una información. Pero tú no interpretas nada de lo que pregunto y no lo publicas. Tú sólo eres mi fuente.

– Mejor dicho tu puta -dije Bruce.

– Si es a eso a lo que te dedicas.

– Hoy no, cariño. Me duele la cabeza. Así que déjame ver si lo entiendo bien. Tú no me dices nada. Yo no publico nada. A cambio yo te lo tengo que decir todo. Lo siento, grandullón, no hay trato.

– Adiós, Brucie.

– Eh, Myron, para el carro. Caray, no soy un gerente general. No me vengas con esa mierda de negociador. Mira, vamos a dejar de tirarnos cada uno las cadenas. Esto es lo que haremos: tú me das algo. Una declaración, lo que sea. Puede ser todo lo inocua que tú quieras. Pero quiero ser el primero en publicar una declaración de Myron Bolitar. Entonces te diré lo que quieres. Me mantendré callado, tú me darás la exclusividad o lo que sea antes que a cualquier otro. ¿Trato hecho?

– Trato hecho -dijo Myron-. Aquí tienes tu declaración: Esperanza Díaz no mató a Clu Haid. La respaldo al cien por cien.

– ¿Vivía una aventura con Clu?

– Ésa es mi declaración, Bruce.

– Vale, de acuerdo, ¿pero qué es todo eso de que estabas fuera del país en el momento del asesinato?

– Una declaración, Bruce. Como «sin comentarios», como «hoy no responderé a vuestras preguntas».

– Eh, que ya es de conocimiento público. Sólo quiero una confirmación. Estabas en el Caribe, ¿correcto?

– Correcto.

– ¿Dónde del Caribe?

– Sin comentarios.

– ¿Por qué no? ¿De verdad estabas en las islas Caimán?

– No estaba en las Caimán.

– ¿Entonces, dónde?

Así trabajan los reporteros.

– Sin comentarios.

– Te llamé inmediatamente después de que Clu diese positivo en el análisis de drogas. Esperanza dijo que estabas en la ciudad, pero que no harías comentarios.

– Sigo sin hacerlos -dijo Myron-. Ahora es tu turno, Bruce.

– Venga, Myron, no me has dado nada.

– Tenemos un trato.

– Sí, de acuerdo, vale. Quiero ser justo -manifestó con un tono que dejaba claro que volvería de nuevo a la carga más tarde-. Pregunta.

Naturalidad, naturalidad. No podía preguntar sin más por la hija de Sophie Mayor. Sutileza. Ésa era la clave. Se abrió la puerta de Myron y Win entró en la habitación. Myron levantó un dedo. Win asintió y abrió la puerta del armario. Había un espejo de cuerpo entero en la parte trasera de la puerta. Win se miró y sonrió. Una bonita manera de pasar el tiempo.

– ¿Qué rumores corrían sobre Clu? -preguntó Myron.

– ¿Te refieres antes de que diese positivo en el análisis?

– Sí.

– Una bomba de relojería -dijo Bruce.

– Explícate.

– Estaba lanzando de maravilla, no hay duda. Se le veía bien. Delgado, parecía concentrado. Pero una semana o poco más antes del análisis comenzó a tener un aspecto desastroso. Joder, tendrías que haberlo visto. Tú entonces también estabas fuera del país.

– Continúa, Bruce.

– ¿Qué más te puedo decir? Con Clu ya lo has visto un centenar de veces antes. El tipo te parte el corazón. Su brazo está tocado por Dios. El resto de él, sólo estaba tocado, ya sabes a qué me refiero.

– ¿Así que había señales antes del análisis positivo?

– Sí, eso creo. En retrospectiva claro que había muchas señales. Oí que su mujer lo había echado. Iba sin afeitar, los ojos inyectados en sangre, esa clase de cosas.

– No tiene por qué haber sido la droga -señaló Myron.

– Es verdad. Podría haber sido la bebida.

– O quizá sólo la tensión de la discordia matrimonial.

– Oye, Myron, quizás algunos tipos como Orel Hershiser reciben el beneficio de la duda. Pero cuando se trata de Clu Haid, Steve Howe o alguno de esos que siempre la están jodiendo, deduces que es abuso de sustancias, y once veces de cada diez aciertas.

Myron miró a Win. Había acabado de arreglarse los rizos dorados y ahora utilizaba el espejo para practicar sus diferentes sonrisas. Ahora mismo estaba probando la de rufián.

Sutil, se recordó Myron a sí mismo, sutil…

– ¿Bruce?

– ¿Sí?

– ¿Qué me puedes decir de Sophie Mayor?

– ¿Qué pasa con ella?

– Nada específico.

– Sólo curiosidad, ¿eh?

– Así es, curiosidad.

– Claro que sí -dijo Bruce.

– ¿Resultó muy perjudicada por el positivo de Clu?

– Un perjuicio tremendo. Pero tú ya lo sabes. Sophie Mayor se jugó el cuello y durante un tiempo era un genio. Entonces Clu falla en el análisis, e inmediatamente se convierte en una idiota que mejor haría en dejar que los hombres dirigiesen las cosas.

– Háblame de sus antecedentes.

– ¿Antecedentes?

– Sí. Quiero entenderla mejor.

– ¿Por qué? -preguntó Brucie. Después-: Bah, qué diablos. Ella es de Kansas, creo, Iowa, Indiana o Montana. Algún lugar de ésos. Una de esas chicas que salen en los anuncios de jabones de tocador pero ahora está envejecida. Le encanta pescar, cazar, todas esas cosas de la naturaleza. También fue algo así como un prodigio matemático. Vino al este para ir al MIT. Fue allí donde conoció a Gary Mayor. Vivieron la mayor parte de sus vidas como profesores de ciencias. Él enseñaba en Brandeis; ella en Tufts. Desarrollaron un programa de software para las finanzas personales a principios de los ochenta y de pronto pasaron de ser profesores de clase media a millonarios. Sacaron la compañía a bolsa en 1994 y pasaron de M a B.

– ¿De M a B?

– De millonarios a billonarios.

– Vaya.

– Así que los Mayor hicieron lo que hacen las personas megarricas. Compraron una franquicia deportiva. En este caso, a los Yankees. Durante la niñez de Gary Mayor eran sus ídolos. Iban a ser un bonito juguete para él, pero por supuesto nunca llegó a disfrutarlo.

Myron se aclaró la garganta.

– ¿Tuvieron hijos?

El señor Sutileza.

– Tuvieron dos. Ya conoces a Jared. En realidad es un buen chico, fue a tu universidad, Duke. Pero todos le odian porque consiguió el empleo por nepotismo. Su responsabilidad principal es vigilar las inversiones de mamá. Tengo entendido que es muy bueno en eso, y que deja el béisbol en manos de los que entienden.

– Ajá.

– También tienen una hija, o tenían una hija.

Con gran esfuerzo, Win suspiró, cerró la puerta del armario. Era tan difícil para él apartarse de un espejo. Se sentó delante de Myron con el aspecto, como siempre, de estar absolutamente relajado. Myron carraspeó y dijo al teléfono:

– ¿Qué quieres decir con tenían una hija?

– Desapareció. ¿No recuerdas la historia?

– Apenas. Ella se fugó, ¿no?

– Así es. Se llamaba Lucy. Se largó con un novio, un músico grunge, unas pocas semanas antes de cumplir los dieciocho. Ocurrió, no sé, hace diez, quince años. Antes de que los Mayor tuviesen dinero.

– ¿Dónde vive ahora?

– Bueno, ésa es la cuestión. Nadie lo sabe.

– No te entiendo.

– Ella se largó, eso es lo que se sabe a ciencia cierta. Les dejó una nota, creo. Se iba a recorrer mundo con su novio y a buscar su destino, lo habitual en los adolescentes. Sophie y Gary Mayor eran los típicos profesores universitarios de la Costa Este, que leían demasiado al doctor Spock, así que le dieron espacio a su hija, convencidos, por supuesto, de que volvería.

– Pero no lo hizo.

– Obvio.

– ¿Nunca volvieron a saber nada de ella?

– Obvio de nuevo.

– Pero recuerdo haber leído algo más hace unos pocos años. ¿No montaron una búsqueda o algo así?

– Sí. En primer lugar, el novio volvió al cabo de unos pocos meses. Habían roto y cada uno había ido por su camino. Vaya sorpresa, ¿no? En cualquier caso, él no sabía dónde había ido. Así que los Mayor llamaron a la policía, pero ellos no lo consideraron nada importante. Lucy ya tenía dieciocho años, y estaba claro que se había marchado por su propia voluntad. No había ninguna prueba de un presunto delito ni nada parecido y recuerda que esto ocurrió antes de que los Mayor fuesen muy ricos.

– ¿Y después de ricos?

– Sophie y Gary trataron de encontrarla de nuevo. Lo convirtieron en la búsqueda de la heredera perdida. A los tabloides les encantó durante un tiempo. Hubo algunos informes descabellados, pero nada concreto. Algunos dijeron que Lucy se había ido al extranjero. Otros, que estaba viviendo en una comuna en alguna parte. Los hubo que dijeron que estaba muerta. Cualquier cosa. Nunca la encontraron, y seguía sin haber ninguna prueba de delito, y la historia acabó por agotarse.

Silencio. Win miró a Myron y enarcó una ceja. Myron sacudió la cabeza.

– ¿A qué viene tanto interés? -preguntó Bruce.

– Sólo quiero entender mejor a los Mayor.

– Ajá.

– Nada importante.

– Vale, me lo creo. Sipi.

– Es la verdad -mintió Myron-. ¿Qué te parece utilizar una referencia más actual? Ya nadie dice sipi.

– ¿No lo hacen? -Pausa-. Supongo que tengo que mirar la MTV. Pero Vanilla Ice todavía está de moda, ¿no?

– Ice, ice, baby.

– De acuerdo, vale, lo jugaremos a tu manera por ahora, Myron, pero no sé nada de Lucy Mayor. Puedes intentar una búsqueda en Lexis. Los periódicos quizá tengan más detalles.

– Buena idea, gracias. Oye, Bruce, tengo otra llamada entrante.

– ¿Qué? ¿Ahora me vas a dejar colgado?

– Era nuestro trato.

– ¿A qué vienen tantas preguntas por los Mayor?

– Como te dije, quiero entenderlos mejor.

– ¿La frase «vaya tramposo» significa algo para ti?

– Adiós, Bruce.

– Espera. -Pausa. Entonces Bruce dijo-: Algo serio está pasando aquí, ¿no?

– Clu Haid fue asesinado. Esperanza ha sido arrestada por el crimen. Yo diría que eso es bastante serio.

– Aquí hay algo más. Por lo menos dímelo. No lo publicaré, lo prometo.

– ¿La verdad, Bruce? Todavía no la sé.

– ¿Y cuando la sepas?

– Tú serás el primero en saberlo.

– ¿De verdad crees que Esperanza es inocente? ¿Incluso con todas las pruebas en contra?

– Sí.

– Llámame, Myron. Si necesitas cualquier otra cosa. Me gusta Esperanza. Quiero ayudar si puedo.

Myron colgó. Miró a Win. Parecía estar muy ensimismado. Se tocaba la barbilla con el dedo índice. Permanecieron en silencio durante varios segundos.

Win dejó de darse golpecitos y preguntó:

– ¿Qué le pasó a la familia King?

– ¿Te refieres a aquellos que hacían los especiales de Navidad?

Win asintió.

– Todos los años se suponía que debíamos ver el especial de Navidad de la familia King. Debería haber un centenar de aquellos tipos: grandes King con barba, pequeños King con pantalón corto, mamá King, papá King, el tío y la tía, y los primos King. Y entonces un año, puf, desaparecieron. Todos ellos. ¿Qué pasó?

– No lo sé.

– Qué extraño, ¿no?

– Supongo.

– ¿Y qué hacía la familia King el resto del año?

– Preparaban el siguiente especial de Navidad.

– Qué vida, ¿no? -dijo Win-. Pasa la Navidad, y tú comienzas a pensar en la siguiente. Vives en un globo de nieve de Navidad.

– Supongo.

– Me pregunto dónde estarán ahora, todos aquellos de pronto desempleados King. ¿Venden coches? ¿Seguros? ¿Son traficantes de drogas? ¿Se ponen tristes cada Navidad?

– Sí, un tema interesante, Win. Por cierto, ¿has venido aquí por alguna razón?

– ¿Hablar de la familia King no es razón suficiente? ¿No fuiste tú el que vino a mi oficina porque no entendías el significado de una canción de Sheena Easton?

– ¿Estás comparando a la familia King con Sheena Easton?

– Sí, bueno, de verdad, vine aquí para informarte que he aplastado las citaciones contra Lock-Horne.

Myron no tendría que haberse sorprendido.

– El poder de las coimas -dijo con una sacudida de cabeza-. Lock nunca deja de sorprenderme.

– Coima es un término ofensivo -señaló Win-. Yo prefiero el más políticamente correcto de «asistir al desafío de la contribución». -Se echó hacia atrás, cruzó las piernas en su estilo particular, entrelazó las manos sobre el regazo. Señaló el teléfono y dijo-: Explica.

Así que Myron lo hizo. Le informó de todo, en especial del incidente de Lucy Mayor. Cuando Myron acabó, Win opinó:

– Intrigante.

– De acuerdo.

– Pero no acabo de ver la conexión.

– Alguien me envía un disquete con la imagen de Lucy Mayor y muy poco después a Clu lo asesinan. ¿Crees que es sólo una coincidencia?

Win lo pensó.

– Es muy pronto para decirlo -concluyó-. Vamos a hacer un poco de recapitulación, ¿qué te parece?

– Adelante.

– Vamos a comenzar con una línea recta: traspasan a Clu a los Yankees, lanza bien, Bonnie lo echa de casa, comienza a colapsarse, falla el análisis de dopaje, te busca con desesperación, acude a mí y retira doscientos mil dólares, le pega a Esperanza, lo asesinan. -Win se detuvo-. ¿Te suena bien?

– Sí.

– Ahora vamos a explorar algunas de las posibles tangentes a partir de esta línea.

– Adelante.

– Una, nuestro viejo compañero de universidad Billy Lee Palms parece haber desaparecido. Clu al parecer se pone en contacto con él poco antes del asesinato. Aparte de eso, ¿hay alguna razón para ligar a Billy Lee con todo esto?

– En realidad, no. Y de acuerdo con su madre, Billy Lee no es la herramienta más fiable de la caja.

– Por lo tanto, quizá su desaparición no tenga nada que ver con esto.

– Quizá.

– Pero de todas maneras sería otra coincidencia curiosa -manifestó Win.

– Por supuesto.

– Bien, sigamos adelante por el momento. Tangente dos: el bar Adivina.

– Todo lo que sabemos es que Clu lo visitó.

Win sacudió la cabeza.

– Sabemos mucho más.

– ¿Por ejemplo?

– Reaccionaron excesivamente a tu visita. Echarte hubiese sido una cosa. Maltratarte un poco hubiese sido otra. Pero esta clase de interrogatorio con cortes de navajas y electrocución, es un exceso.

– ¿Significado?

– Significa que pinchaste un nervio, revolviste el avispero, tumbaste el nido, escoge tu cliché favorito.

– O sea que están vinculados con el asunto.

– Lógico -dijo Win, de nuevo en su mejor Spock.

– ¿Cómo?

– Cielos, aún no lo sé.

Myron lo pensó un poco.

– Había pensado que quizá Clu y Esperanza se habían encontrado allí.

– ¿Y ahora?

– Digamos que se encontraron allí. ¿Qué tiene de importante? ¿Por qué el exceso?

– Por lo tanto, es algo más.

Myron asintió.

– ¿Hay más tangentes?

– La grande -contestó Win-. La desaparición de Lucy Mayor.

– Que ocurrió hace más de diez años.

– Y debemos confesar que su vinculación es tenue en el mejor de los casos.

– Así es -dijo Myron.

Win unió los dedos y levantó las puntas.

– Pero el disquete iba dirigido a ti.

– Sí.

– Por lo tanto no podemos estar seguros que Lucy Mayor esté vinculada a Clu Haid en absoluto…

– Correcto.

– … pero podemos estar seguros de que Lucy Mayor de alguna manera está vinculada a ti.

– ¿A mí? -Myron hizo una mueca-. No puedo imaginar cómo.

– Piensa. Quizá llegaste a conocerla.

Myron sacudió la cabeza.

– No.

– Puede que no lo sepas. La mujer lleva viviendo en algo así como un estado clandestino desde hace mucho tiempo. Quizá fue alguien que conociste en un bar, la compañera de una noche.

– No tengo compañeras de una noche.

– Eso es correcto -dijo Win. Después con ojos inexpresivos-: Dios, cómo desearía estar en tu lugar.

Myron descartó las palabras con un gesto.

– Pero supongamos que tienes razón. Supongamos que la conocí pero no lo supe. ¿Entonces qué? Decide devolverme la atención enviándome un disquete con su rostro que se convierte en un charco de sangre.

Win asintió.

– Intrigante.

– ¿Y esto dónde nos deja?

– Intrigados.

Sonó el intercomunicador.

– ¿Sí? -dijo Myron.

– Su padre en la línea uno, señor Bolitar -respondió Big Cyndi.

– Gracias. -Myron atendió el teléfono-. Hola, papá.

– Hola. ¿Cómo estás?

– Bien.

– ¿Te estás acomodando a estar de nuevo en casa?

– Sí.

– ¿Feliz de estar de regreso?

Papá estaba contemporizando.

– Sí, papá, estoy bien.

– Todo esta historia con Esperanza. Te debe tener en ascuas, ¿no?

– Supongo que sí.

– Entonces -papá estiró la palabra-, ¿crees que tendrás tiempo para comer con tu viejo?

Había tensión en la voz.

– Claro que sí, papá.

– ¿Qué tal mañana? ¿En el club?

Myron contuvo un gemido. En el club no.

– Por supuesto. Mañana al mediodía, ¿vale?

– Bien, hijo, está muy bien.

Papá no le llamaba hijo muy a menudo. Mejor dicho nunca. Myron cambió de mano el teléfono.

– ¿Pasa alguna cosa, papá?

– No, no -respondió él demasiado rápido-. Todo está bien. Sólo quería hablar contigo de un asunto.

– ¿De qué?

– No es nada importante, puede esperar. Nos vemos mañana.

Clic.

Myron miró a Win.

– Era mi padre.

– Sí, lo supe cuando Big Cyndi dijo que tu padre llamaba. Fue además recalcado cuando dijiste «papá» cuatro veces durante la conversación. Tengo un don.

– Quiere que comamos juntos mañana.

Win asintió.

– ¿Y yo me preocupo porque…?

– Sólo te lo digo.

– Lo escribiré esta noche en mi diario -dijo Win-. Mientras tanto, se me ha ocurrido otra cosa referente a Lucy Mayor.

– Te escucho.

– Si recuerdas, estábamos intentando deducir quién sale perjudicado en todo esto.

– Lo recuerdo.

– Clu el primero. Esperanza. Tú. Yo.

– Sí.

– Bueno, debemos añadir a otra persona: Sophie Mayor.

Myron lo pensó. Después comenzó a asentir.

– Bien podría ser la vinculación. Si quieres destruir a Sophie Mayor, ¿qué harías? Primero, socavarías cualquier apoyo que tenga de los aficionados de los Yankees y la gerencia.

– Clu Haid -dijo Win.

– Correcto. Después la podrías golpear en lo que debe ser el punto vulnerable: su hija desaparecida. Me refiero a que si alguien le envió a ella otro disquete igual, ¿te puedes imaginar el horror?

– Plantea una interesante pregunta -dijo Win.

– ¿Qué?

– ¿Se lo vas a decir?

– ¿Que recibí el disquete?

– No, el reciente movimiento de tropas en Bosnia. Sí, el disquete.

Myron lo pensó, pero no mucho.

– No veo otra alternativa. Tengo que decírselo.

– Quizá sea también parte del teórico plan de tumbarla -señaló Win-. Tal vez alguien te lo ha enviado sabiendo que llegaría a ella.

– Quizá. Pero todavía tiene el derecho a saberlo. No me corresponde decidir si Sophie Mayor es lo bastante fuerte como para soportarlo.

– Una gran verdad. -Win se levantó-. Tengo algunos contactos que están intentando localizar los informes oficiales del asesinato de Clu: la autopsia, la escena del crimen, declaraciones de testigos, laboratorio, cualquier cosa. Todo el mundo mantiene la boca cerrada.

– Tengo una posible fuente -dijo Myron.

– ¿Ah, sí?

– El médico forense de Bergen County es Sally Li. La conozco.

– ¿A través del padre de Jessica?

– Sí.

– A por ella -dijo Win.

Myron lo observó mientras se dirigía hacia la puerta.

– ¿Win?

– ¿Sí?

– ¿Se te ocurre alguna manera de cómo darle la noticia a Sophie Mayor?

– Ninguna en absoluto.

Win se marchó. Miró el teléfono. Lo cogió y marcó el número de teléfono de Sophie Mayor. Le llevó algún tiempo, pero una secretaria acabó por ponerle con ella. Sophie pareció muy poco entusiasmada al oír su voz.

– ¿Qué? -dijo con un tono hostil.

– Tenemos que hablar -contestó Myron.

Había una distorsión en la línea. Sin duda, un móvil o el teléfono de un coche.

– Ya hemos hablado.

– Esto es diferente.

Silencio. Después:

– Ahora mismo estoy en el coche. A poco más de un kilómetro de casa en Long Island. ¿Hasta qué punto es importante?

Myron cogió un bolígrafo.

– Deme su dirección. Ahora mismo voy para allí.

19

En la calle el hombre continuaba leyendo el periódico.

El ascensor de Myron en el viaje hasta el vestíbulo incluyó muchas paradas. Nada atípico. Nadie habló, por supuesto, todos muy ocupados en mirar cómo cambiaban los números luminosos como si estuviesen esperando el aterrizaje de un ovni. En el vestíbulo se unió a la multitud de trajeados y fluyó a Park Avenue, salmones luchando corriente arriba contra la marea hasta que, bueno, morían. Muchos de los trajeados caminaban con la cabeza bien alta, sus expresiones fijas en el modelo demos por el culo; otros caminaban con las espaldas dobladas, versiones humanas de la estatua de Atlas en la Quinta Avenida cargando con el mundo en sus hombros, pero para ellos el mundo era demasiado pesado.

Caray, otra vez con lo profundo.

Myron se fijó en el tipo del periódico. Bien situado en la esquina de la Cuarenta y seis y Park Avenue, de pie leyendo el diario, pero colocado estratégicamente para ver a todos los que entraban o salían del edificio Lock-Horne. Cuando Myron entró ya estaba allí.

Vaya.

Sacó el móvil y apretó el botón programado.

– Articule -dijo Win.

– Creo que tengo una sombra.

– Espera un momento. -Pasaron unos diez segundos. Luego-: El periódico, en la esquina.

Win tenía un surtido de telescopios y prismáticos en su despacho. No pregunten.

– Sí.

– Dios mío -exclamó Win-. ¿Podría ser más obvio?

– Lo dudo.

– ¿Dónde está el orgullo en su trabajo? ¿Dónde está la profesionalidad?

– Triste.

– Amigo mío, ése es el gran problema de este país.

– ¿Malas sombras?

– Es un ejemplo. Míralo. ¿Alguien de verdad se para en una esquina y lee un periódico de esa manera? Lo único que le falta es abrir dos agujeros para mirar.

– Ajá -dijo Myron-. ¿Tienes un momento?

– Por supuesto. ¿Cómo lo quieres hacer?

– Respáldame -contestó Myron.

– Dame cinco minutos.

Myron esperó cinco minutos. Se quedó allí y puso mucho cuidado en no mirar a su sombra. Consultó su reloj e hizo un gesto como si esperase a alguien y comenzase a ponerse impaciente. Cuando pasaron los cinco minutos, Myron fue sin más hacia la sombra.

La sombra le vio acercarse y se ocultó detrás del periódico.

Myron continuó caminando hasta encontrarse delante mismo de la sombra. La sombra mantuvo su rostro pegado al periódico. Myron le dirigió su Sonrisa 8. Grande y dentuda. Un teleevangelista que recibe un talón millonario. Wink Martindale de los primeros tiempos. La sombra mantuvo sus ojos en el periódico. Myron continuó sonriendo, con los ojos abiertos como los de un payaso. La sombra no le hizo caso. Myron se acercó más, inclinó la supersonrisa hasta unos centímetros de la cara de la sombra, y movió las pestañas.

La sombra cerró el periódico y exhaló un suspiro.

– Bien, tío listo, me pilló. Felicitaciones.

Todavía con la sonrisa Wink Martindale.

– ¡Y gracias a usted por participar en nuestro juego! ¡Pero no se preocupe, no dejaremos que se vaya a su casa con las manos vacías! Ha ganado la versión doméstica de Sombra Incompetente y la suscripción por un año a Torpe Moderno.

– Sí, vale, ya nos veremos.

– ¡Espere! Ha llegado a la última ronda de Jeopardy! Responda: ¿Él o ella le contrató para seguirme?

– Que le zurzan.

– Oh, lo siento, necesita decirlo en forma de pregunta.

La sombra comenzó a alejarse. Cuando miró atrás, Myron lo obsequió con la gran sonrisa y un gesto de despedida.

– Ésta ha sido una producción Mark Goodson-Bill Todman. ¡Adiós a todos!

Más gestos.

La sombra sacudió la cabeza y continuó alejándose, para unirse a otra corriente de personas. Montones de personas en esta corriente; Win era una de ellas. La sombra con toda probabilidad encontraría un claro y entonces llamaría a su jefe. Win lo escucharía y se enteraría de todo. Qué plan.

Myron fue a su coche de alquiler. Dio la vuelta a la manzana. Ninguna sombra. Al menos no tan obvia como la anterior. No importa. Él iba a la mansión de los Mayor en Long Island. No importaba si alguien lo sabía.

Pasó el tiempo en el coche trabajando con el móvil. Tenía dos jugadores de fútbol sala -fútbol en un campo más pequeño, para aquellos que no lo saben-, ambos esperando encontrar un lugar en la plantilla de algún equipo de la NFL antes de que se cerrasen los pases. Myron llamó a los equipos, pero nadie estaba interesado. Muchísimas personas le preguntaron por el asesinato. Se las quitó de encima. Sabía que sus esfuerzos eran un tanto fútiles, pero insistió. Muy bien por su parte. Intentó concentrarse en su trabajo, intentó perderse en el bendito aturdimiento de lo que hacía para ganarse la vida. Pero el mundo continuaba colándose. Pensó en Esperanza en la cárcel. Pensó en Jessica en California. Pensó en Bonnie Haid y sus hijos huérfanos en casa. Pensó en Clu en formaldehído. Pensó en la llamada telefónica de su padre. Y curiosamente, continuó pensando en Terese sola en aquella isla.

Tapó todo el resto.

Cuando llegó a Muttontown, una parte de Long Island que de alguna manera se le había escapado antes, giró a la derecha por una carretera arbolada. Condujo unos tres kilómetros, y pasó quizá por delante de tres entradas. Por fin llegó a una sencilla reja de hierro con un pequeño cartel que rezaba «The Mayors». Había varias cámaras de seguridad y un portero automático. Apretó el botón. Se oyó una voz de mujer que preguntaba:

– ¿En qué puedo ayudarle?

– Myron Bolitar para ver a Sophie Mayor.

– Por favor entre. Aparque delante de la casa.

Se abrió la reja. Myron condujo por una colina un tanto empinada. Ambos lados del camino de entrada estaban bordeados por un seto muy alto, y le daban la sensación de ser una rata en un laberinto. Vio unas cuantas cámaras de seguridad. Todavía ninguna señal de la casa. Cuando llegó a lo alto de la colina, se encontró en un claro. Había una pista de tenis con la hierba un tanto crecida y un campo de croquet. Muy Norma Desmond. Pasó por otra curva. Tenía la casa delante. Era una mansión, por supuesto, aunque no tan enorme como algunas que Myron había visto. Las hiedras se enganchaban en el estuco amarillo pálido. Las ventanas parecían emplomadas. Todo el escenario gritaba Locos Años 20. Myron casi esperaba ver a Scott y Zelda aparcar detrás de él en un elegante descapotable.

Esta parte del camino estaba hecha de cantos rodados en lugar de ser de asfalto. Los neumáticos los aplastaron a su paso. Había una fuente en medio de la rotonda, a unos cinco metros delante de la puerta. En el centro, Neptuno desnudo con un tridente en la mano. Myron advirtió que la fuente era una reproducción a escala de la fuente de la Piazza della Signoria en Florencia. El agua subía pero no muy alto o sin mucho entusiasmo, como si alguien hubiese puesto la presión del agua en «orinar suave».

Myron aparcó. Había una piscina cuadrada a la derecha, con el detalle de los nenúfares flotando en la superficie. El Giverny de los pobres. Había estatuas en el jardín, de nuevo algo de la vieja Italia, Grecia o algo así. Parecidas a Venus de Milo pero con todos los miembros.

Se bajó del coche y se detuvo. Pensó por un momento en lo que iba a desenterrar, y por un instante consideró darse la vuelta. «¿Por qué» -se preguntó de nuevo- tengo que decirle a esta mujer que su hija desaparecida se fundía en un disquete?» No obtuvo respuesta.

Se abrió la puerta. Una mujer con un atuendo informal lo llevó por un pasillo hasta una gran habitación con el techo de cinc muy alto, montones de ventanas y una vista casi decepcionante de más estatuas blancas y bosque. El interior era art déco, pero sin matarse. Bonito. Excepto, por supuesto, por los trofeos de caza. Pájaros embalsamados ocupaban las estanterías. Los pájaros parecían sobresaltados. Probablemente lo estaban. ¿Quién podía culparlos?

Myron se volvió y miró la cabeza de un ciervo. Él esperaba a Sophie Mayor. El ciervo también esperaba. El ciervo parecía muy paciente.

– Adelante -dijo una voz.

Myron se volvió. Era Sophie Mayor. Vestía unos tejanos sucios de tierra y una camisa a cuadros, la quintaesencia de la botánica de fin de semana.

Nunca desprovisto de una ingeniosa apertura, Myron replicó:

– ¿Adelante y qué?

– Haga el sarcástico comentario sobre la caza.

– No he dicho nada.

– Vamos, vamos, Myron. ¿No cree que la caza es una barbarie?

Myron se encogió de hombros.

– Nunca lo había pensado.

No era verdad, pero qué diablos.

– Pero no la aprueba, ¿verdad?

– No me corresponde a mí aprobar.

– Qué tolerante. -Sophie sonrió-. Pero por supuesto usted nunca lo haría, ¿me equivoco?

– ¿Cazar? No, no es lo mío.

– Cree que es inhumano. -Hizo un gesto con la barbilla hacia al ciervo embalsamado-. Matar a la mamá de Bambi y todo eso.

– No, sólo que no es para mí.

– Comprendo. ¿Es vegetariano?

– No como mucha carne roja -admitió Myron.

– No hablo de su salud. ¿Alguna vez ha comido algún animal muerto?

– Sí.

– ¿Por lo tanto cree más humano matar, digamos, a un pollo o a una vaca que matar a un ciervo?

– No.

– ¿Tiene idea de las terribles torturas por las que pasa una vaca antes de ser sacrificada?

– Para comida -señaló Myron.

– ¿Perdón?

– La sacrifican para comida.

– Yo como lo que mato, Myron. Su amigo -hizo un gesto hacia el ciervo paciente- fue descuartizado y comido. ¿Se siente mejor?

Myron lo pensó.

– No vamos a comer, ¿verdad?

La respuesta provocó una ligera risa.

– No voy a entrar en toda la discusión de la cadena alimentaria -continuó Sophie Mayor-. Pero Dios creó un mundo donde la única manera de sobrevivir es matar. Todos matamos. Incluso los más estrictos vegetarianos tienen que arar los campos. ¿No cree que arar mata a un sinfín de animales pequeños e insectos?

– En realidad nunca lo he pensado.

– Cazar es ensuciarse las manos, es más sincero. Cuando usted se sienta y come un animal, no tiene aprecio por el proceso, por el sacrificio hecho para que usted pueda sobrevivir. Deja que algún otro haga la matanza. Usted está por encima de eso sin ni siquiera pensarlo. Cuando yo como un animal, lo tengo todo mucho más claro. No lo hago porque sí. No lo despersonalizo.

– Vale -dijo Myron-, ya que estamos en el tema, ¿qué pasa con los cazadores que no matan por la comida?

– La mayoría comen lo que matan.

– ¿Pero qué pasa con aquellos que matan por deporte? Quiero decir, ¿no es también una parte?

– Sí.

– ¿Qué pasa con eso? ¿Qué pasa con matar sólo por deporte?

– ¿Como opuesto a qué, Myron? ¿Matar por un par de zapatos? ¿Por un bonito abrigo? Es pasar un día entero al aire libre, para llegar a comprender cómo funciona la naturaleza y apreciar su abundante gloria, ¿es menos digno que una cartera de cuero? Si vale la pena matar a un animal porque usted prefiere su cinturón hecho de piel de animal en lugar de algo fabricado por el hombre, ¿no es digno matar porque usted simplemente disfruta con la emoción?

Myron no dijo nada.

– Siento meterme con usted por este tema. Pero la hipocresía me pone de los nervios. Todos quieren salvar a las ballenas, pero ¿qué pasa con los miles de peces y calamares que una ballena se come cada día? ¿Sus vidas valen menos porque no son tan bonitos? ¿Alguna vez se ha fijado en que nadie quiere salvar a los animales feos? Las mismas personas que creen que cazar es un acto de barbarie levantan cercas especiales para que los ciervos no se puedan comer sus preciosos jardines. Por lo tanto, hay una superpoblación de ciervos y se mueren de hambre. ¿Es eso mejor? Y vale más que no comience con las llamadas ecofeministas. Dicen que los hombres cazan, pero que las mujeres son demasiado gentiles. Menuda estupidez sexista. ¿Quieren ser medioambientalistas? ¿Quieren mantenerse lo más cerca posible a un estado natural? Entonces deben comprender la verdad universal de la naturaleza. Si no matas, mueres.

Ambos se volvieron y miraron por un segundo al ciervo. Una prueba definitiva.

– No vino aquí para oír una conferencia -dijo ella.

Myron había agradecido esta demora. Pero había llegado el momento.

– No, señora.

– ¿Señora? -Sophie Mayor se rió sin la menor muestra de humor-. Eso suena muy grave, Myron.

Myron se volvió y la miró. Ella le sostuvo la mirada.

– Llámeme Sophie.

Él asintió.

– ¿Puedo hacerle una pregunta muy personal y quizá muy dolorosa, Sophie?

– Puede intentarlo.

– ¿Ha tenido alguna noticia de su hija desde que se fugó?

– No.

La respuesta fue rápida. Su mirada permaneció firme, la voz fuerte. Pero su rostro perdía color.

– Entonces, ¿no tiene idea de dónde está?

– Ninguna.

– Ni siquiera si está…

– Viva o muerta -acabó ella por Myron-. No.

Su voz era tan monótona que parecía estar en el borde del alarido. Ahora había un temblor cerca de la boca, una falla que comenzaba a ceder. Sophie Mayor se puso de pie y esperó sus explicaciones, temerosa quizá de decir algo más.

– Recibí un disquete por correo -comenzó Myron.

Mayor frunció el entrecejo.

– ¿Qué?

– Un disquete de ordenador. Llegó por correo. Lo puse en la disquetera, y comenzó a funcionar. Ni siquiera tuve que apretar ninguna tecla.

– Un programa de autoarranque -dijo ella, de pronto la experta informática-. No es una tecnología complicada.

Myron se aclaró la garganta.

– Apareció una imagen. Comenzó con una fotografía de su hija.

Sophie Mayor dio un paso atrás.

– Era la misma fotografía que estaba en su despacho al lado derecho de la repisa.

– Es del primer año de Lucy en el instituto -explicó la mujer-. El retrato escolar.

Myron asintió, aunque no sabía por qué.

– Después de unos pocos segundos la imagen comenzó a fundirse en la pantalla.

– ¿Fundirse?

– Sí. Se disolvió hasta convertirse en un charco de, umm, sangre. Después llegó un sonido. Me sonó como la risa de una adolescente.

Ahora a Sophie Mayor le brillaban los ojos.

– No lo entiendo.

– Yo tampoco.

– ¿Lo recibió por correo?

– Sí.

– ¿En un disquete?

– Sí -dijo Myron. Después añadió sin ningún motivo-: Un disquete de tres y medio.

– ¿Cuándo?

– Llegó a mi oficina hace unas dos semanas.

– ¿Por qué tardó tanto en decírmelo? -Ella levantó una mano-. Oh, espere. Estaba fuera del país.

– Sí.

– ¿Entonces cuándo lo vio por primera vez?

– Ayer.

– Pero usted me vio esta mañana. ¿Por qué no me lo dijo entonces?

– No sabía quién era la chica. Al menos, no al principio. Entonces cuando estaba en su oficina, vi la foto en la estantería. Me desconcerté. No sabía qué decir.

Ella asintió lentamente.

– Eso explica su abrupta partida.

– Sí, lo siento.

– ¿Tiene el disquete? Mi gente lo analizará.

Myron metió la mano en el bolsillo y lo sacó.

– No creo que le vaya a ser de mucha ayuda.

– ¿Por qué no?

– Lo llevé a un laboratorio de la policía. Dijeron que se formateó de forma automática.

– ¿O sea que el disquete está en blanco?

– Sí.

Fue como si de pronto sus músculos hubiesen decidido abandonar el barrio. Las piernas de Sophie Mayor cedieron. Se dejó caer en una silla. Agachó la cabeza. Myron esperó. No hubo ningún sonido. Ella estaba sentada allí, la cabeza sujeta entre las manos. Cuando le volvió a mirar, los ojos grises estaban inyectados en sangre.

– Dijo algo de un laboratorio de la policía.

Él asintió.

– Usted solía trabajar con las fuerzas de la ley.

– En realidad no.

– Recuerdo a Clip Arnstein diciendo algo al respecto.

Myron no dijo nada. Clip Arnstein era el hombre que había seleccionado a Myron en primera ronda para los Boston Celtics. También era un bocazas.

– Ayudó a Clip cuando Greg Downing desapareció -añadió ella.

– Sí.

– Llevo contratando investigadores privados para buscar a Lucy desde hace años. Se supone que los mejores del mundo. Algunas veces parecemos acercarnos pero… -Su voz se apagó, la mirada distante. Miró el disquete en sus manos como si de pronto se hubiese materializado allí-. ¿Por qué alguien le envió esto a usted?

– No lo sé.

– ¿Conoció usted a mi hija?

– No.

Sophie respiró un par de veces con mucho cuidado.

– Quiero mostrarle algo. Espere un minuto.

Quizá tardó la mitad de ese tiempo. Myron acababa de comenzar a mirar los ojos de un pájaro muerto, y observó con un cierto desconsuelo lo mucho que se parecían a los ojos de algunos seres humanos que conocía. Cuando ella reapareció, le entregó una hoja de papel.

Myron la observó. Era un dibujo de una mujer de unos treinta años.

– Es del MIT -explicó ella-. Mi universidad. Un científico de allí ha desarrollado un programa informático que ayuda con la progresión de la edad. Para las personas desaparecidas. De esa manera puedes tener una idea aproximada del aspecto que tendrían en la actualidad. Lo hizo para mí hace unos meses atrás.

Myron observó la imagen de cómo la adolescente Lucy podía verse como una mujer que se acercaba a los treinta. El efecto era sorprendente. Oh, se parecía a ella, supuso, pero para que después hablen de fantasmas, hablen de la vida como de una sucesión de si hubieses, hablen del paso de los años y después te los estampen en la cara. Myron observó la imagen, el corte de pelo más conservador, las pequeñas arrugas. ¿Hasta qué punto debía ser doloroso para Sophie Mayor mirarla?

– ¿Le parece conocida? -preguntó Sophie.

Myron sacudió la cabeza.

– No, lo siento.

– ¿Está seguro?

– Todo lo seguro que se puede estar en estas situaciones.

– ¿Me ayudará a encontrarla?

Él no estaba seguro de cómo responder.

– No veo en qué puedo ayudar.

– Clip dijo que es muy bueno en estas cosas.

– No lo soy. Pero incluso si lo fuese, no veo lo que puedo hacer. Usted ya ha contratado a expertos. Dijo que la policía…

– La policía ha sido inútil. Ven a Lucy como una fugada y se acabó.

Myron no dijo nada.

– ¿Cree qué no se puede hacer nada? -insistió Sophie.

– No sé lo suficiente al respecto.

– Era una buena chica. -Sophie Mayor le sonrió, los ojos nublados con el viaje a través del tiempo-. Tozuda, por supuesto. Demasiado aventurera para su propio bien. Pero claro, crié a Lucy para que fuese independiente. La policía opinaba que sólo era una adolescente con problemas. No lo era. Sólo confundida. ¿Quién no lo está a esa edad? Y tampoco fue como si se hubiese largado en mitad de la noche sin decírselo a nadie.

Una vez más, en contra de su mejor juicio, Myron preguntó:

– ¿Entonces qué pasó?

– Lucy era una adolescente, Myron. Huraña e infeliz y no encajaba. Sus padres eran profesores de matemáticas universitarios y chalados informáticos. Su hermano menor era considerado un genio. Ella detestaba la escuela. Quería ver mundo y vivir en la carretera. Tenía toda la fantasía del rock and roll. Un día nos dijo que se marchaba con Owen.

– ¿Owen era su novio?

Ella asintió.

– Un músico mediocre que dirigía un grupo de andar por casa, convencido de que sus compañeros impedían el desarrollo de su inmenso talento. -Puso una cara agria-. Querían marcharse, firmar un contrato con una discográfica y convertirse en famosos. Así que Gary y yo le dijimos que de acuerdo. Lucy era como un pájaro salvaje atrapado en una jaula pequeña. No podía dejar de aletear por mucho que hiciésemos. Gary y yo consideramos que no teníamos alternativa en este asunto. Incluso creímos que podía ser bueno para ella. Muchos de sus compañeros estaban recorriendo Europa mochila al hombro. ¿Cuál era la diferencia?

Ella se detuvo y lo miró. Myron esperó. Cuando Sophie no dijo nada más, le preguntó:

– ¿Y?

– Nunca más volvimos a saber nada de ella.

La mujer se volvió hacia el ciervo embalsamado. El ciervo le devolvió la mirada con algo cercano, quizás, a la piedad.

– Pero Owen regresó, ¿no? -preguntó Myron.

– Sí. -Ella aún continuaba mirando al ciervo-. Trabaja de vendedor de coches en Nueva Jersey. Canta con un conjunto los fines de semana en las bodas. ¿Se lo puede imaginar? Se viste con un esmoquin barato y canta Tie a Yellow Ribbon y Celebration y presenta a los novios. -Sacudió la cabeza ante la ironía-. Cuando Owen regresó, la policía le interrogó, pero él no sabía nada. Su historia era tan típica. Fueron a Los Ángeles, fracasaron miserablemente, comenzaron a discutir, y se separaron después de seis meses. Owen se quedó allí otros tres meses, convencido esta vez de que había sido Lucy quien había estado reprimiendo su inmenso talento. Cuando fracasó de nuevo, regresó a casa con el rabo entre las piernas. Dijo que no había visto a Lucy desde su ruptura.

– ¿La policía lo comprobó?

– Eso dijeron. Pero era un callejón sin salida.

– ¿Sospechó de Owen?

– No -respondió ella con amargura-. Él no era más que un inmenso cero a la izquierda.

– ¿Ha habido alguna otra pista sólida?

– ¿Sólida? -Lo pensó un momento-. En realidad, no. Varios de los investigadores que hemos contratado creen que ha entrado a formar parte de una secta.

Myron hizo una mueca.

– ¿Una secta?

– Dijeron que su personalidad encajaba en el perfil. A pesar de mis intentos de hacerla independiente, afirmaron que era todo lo opuesto: alguien que necesitaba guía, solitaria, sugestionable, apartada de los amigos y la familia.

– No estoy de acuerdo -manifestó Myron.

Ella lo miró.

– Ha dicho que nunca conoció a Lucy.

– El perfil psicológico puede ser correcto, pero dudo que esté con una secta.

– ¿Por qué lo dice?

– A las sectas les gusta el dinero. Lucy Mayor es hija de una familia muy rica. Quizá no tenían dinero por aquel entonces, pero créame, a estas alturas ya estarían muy bien enterados de su situación. Se hubiesen puesto en contacto, aunque sólo fuese para extorsionarles un buen pellizco.

Sophie comenzó a parpadear de nuevo. Cerró los ojos, y le dio la espalda. Myron dio un paso adelante y después se detuvo, sin saber qué hacer. Escogió la discreción, mantener la distancia, esperar.

– El hecho de no saber -dijo Sophie Mayor al cabo de unos momentos-. Te corroe. Día y noche, durante doce años. Nunca cesa. Nunca desaparece. Cuando le falló el corazón a mi marido, todos se sorprendieron. Un hombre tan sano, dijeron. Tan joven. Incluso ahora no sé cómo puedo pasar un día sin él. Casi nunca hablábamos de Lucy después de su desaparición. Por la noche nos acostábamos y fingíamos que el otro dormía, mirábamos el techo e imaginábamos todos los horrores que sólo los padres de niños desaparecidos pueden conjurar.

Más silencio.

Myron no tenía idea de qué decir. El silencio se estaba haciendo tan denso que apenas si podía respirar.

– Lo siento -dijo.

Ella no le miró.

– Iré a la policía -prosiguió-. Les hablaré del disquete.

– ¿De qué serviría?

– Lo investigarán.

– Ya lo han hecho. Se lo dije. Creen que es una prófuga.

– Ahora tenemos esta nueva prueba. Se tomarán el caso más en serio. Incluso podría ir a los medios. Sería toda una noticia.

La mujer sacudió la cabeza. Myron esperó. Sophie se levantó y se limpió las palmas en los muslos de los tejanos.

– El disquete se lo enviaron a usted.

– Sí.

– Iba a su nombre.

– Sí.

– Por lo tanto, alguien le está buscando a usted.

Win había dicho algo similar.

– Eso no lo sabe -señaló Myron-. No quiero apagar sus esperanzas, pero quizá no es más que una broma.

– No es una broma.

– No puede estar segura.

– Si fuese una broma me lo hubiesen enviado a mí. O a Jared. O a alguien que la conociese. No lo hicieron. Se lo enviaron a usted. Alguien que trató de ponerse en contacto con usted. Podría ser la propia Lucy.

Myron respiró hondo.

– Una vez más no quiero echar por tierra sus…

– No sea paternalista conmigo, Myron. Sólo diga lo que quiere decir.

– Vale… de haber sido Lucy, ¿por qué enviaría una imagen de sí misma convirtiéndose en un charco de sangre?

Sophie Mayor no pestañeó, pero se acercó.

– No lo sé. Tiene razón. Quizá no fue ella. Tal vez fue su asesino. En cualquier caso, le están buscando a usted. Es la primera pista sólida en años. Si lo hacemos público, me temo que quien lo envió pueda volver a ocultarse. No puedo arriesgarme.

– No sé qué puedo hacer -insistió Myron.

– Le pagaré lo que quiera. Diga un precio. ¿Cien mil? ¿Un millón?

– No es el dinero. Sólo que no veo cómo puedo ayudar.

– Puede investigar.

Myron sacudió la cabeza.

– Mi mejor amiga y socia está en la cárcel acusada de asesinato. Mi cliente fue asesinado en su propia casa. Tengo otros clientes que confían en mí por la seguridad de su trabajo.

– Comprendo -dijo Sophie-. O sea que no tiene tiempo.

– No es cuestión de tiempo. En realidad no tengo ningún punto de partida. Ninguna vinculación, ninguna fuente. No hay por dónde empezar.

Su mirada se hizo penetrante.

– Puede comenzar por usted mismo. Usted es mi vista, mi conexión, y fuente. -Ella le sujetó la mano. Su carne era fría y dura-. Sólo le pido que mire a fondo.

– ¿Qué?

– Quizás en usted mismo.

Silencio. Permanecieron allí, ella sujetándole la mano.

– Suena bien, Sophie, pero no estoy seguro de saber qué significa.

– Usted no tiene hijos, ¿verdad?

– No -dijo Myron-. Pero eso no significa que no la comprenda.

– Entonces deje que le pregunte, Myron: ¿Qué haría usted si estuviese en mi lugar? ¿Qué haría usted si la primera pista real en diez años entrase por su puerta?

– Lo mismo que hace usted.

Así que debajo del ciervo embalsamado, le prometió que mantendría los ojos abiertos. Le dijo que lo pensaría. Le dijo que intentaría pensar en la conexión.

20

De regreso a la oficina, Myron se colocó los auriculares con el micro integrado Ultra Slim y comenzó con las llamadas telefónicas. Jerry Maguire. No sólo en apariencia, sino por el hecho de que los clientes le estaban abandonando a diestro y siniestro. Y ni siquiera había escrito una declaración.

Win llamó.

– El nombre de la sombra del periódico es Wayne Tunis. Vive en Staten Island y trabaja en la construcción. Llamó a un tal John McClain y le dijo que había sido descubierto. Nada más. Son muy cuidadosos.

– ¿Así que no sabemos quién lo contrató?

– Eso sería lo correcto.

– En caso de duda -dijo Myron-, deberíamos optar por la elección obvia.

– ¿El joven FJ?

– ¿Quién sino? Me ha estado siguiendo durante meses.

– ¿Hoja de ruta?

– Me gustaría quitármelo de encima.

– ¿Puedo recomendar una bala bien colocada en la nuca?

– Ya tenemos bastantes problemas para que añadamos otro.

– Muy bien. ¿Hoja de ruta?

– Nos enfrentamos a él.

– Por lo general frecuenta un Starbucks en la calle Cuarenta y nueve -dijo Win.

– ¿Starbucks?

– Los viejos bares espresso de los mañosos se han ido por el mismo camino de aquellos trajes de poliéster y la música disco.

– Ambos están volviendo.

– No -dijo Win-, lo que vuelven son las estrambóticas mutaciones.

– ¿Como los cafés en lugar de los bares espresso?

– Ahora lo entiendes.

– Pues vamos a hacerle una visita a FJ.

– Dame veinte minutos -dijo Win antes de colgar.

Tan pronto como Myron colgó, Big Cyndi llamó a su línea.

– ¿Señor Bolitar?

– ¿Sí?

– Una señorita o señor Thrill está al teléfono -dijo Big Cyndi.

Myron cerró los ojos.

– ¿Te refieres a la de anoche?

– A menos que conozca a alguien más llamado Thrill, señor Bolitar.

– Toma el mensaje.

– Tanto sus palabras como su tono sugieren urgencia, señor Bolitar.

¿Sugieren urgencia?

– De acuerdo. Pásamela o pásamelo.

– Sí, señor Bolitar.

Se oyó un clic.

– ¿Myron?

– Ah, sí, hola, Thrill.

– Vaya salida hiciste anoche, grandullón -dijo Thrill-. De verdad sabes cómo impresionar a una chica.

– Sí, por lo general no suelo saltar a través de una ventana hasta la segunda cita.

– ¿Entonces cómo es que no me has llamado?

– He estado muy ocupado.

– Estoy en la planta baja -dijo Thrill-. Dile al guardia que me deje subir.

– No es un buen momento. Como dije antes…

– Los hombres pocas veces le dicen que no a Thrill. Debo estar perdiendo facultades.

– No es eso -protestó Myron-. Sólo que éste no es el momento en absoluto.

– Myron, mi nombre verdadero no es Thrill.

– Detesto hacer estallar tu burbuja, pero ya sospechaba que diría otra cosa en tu partida de nacimiento.

– No, no es a eso a lo que me refiero. Escucha, déjame subir. Tenemos que hablar de anoche. Sobre algo que pasó después de que te marchases.

Así que él se encogió de hombros y llamó al guardia de la mesa de entrada y le dijo que permitiera subir a cualquiera que se identificase como Thrill. El guardia se mostró intrigado, pero dijo que de acuerdo. Los auriculares todavía estaban conectados, así que Myron llamó a una compañía de prendas deportivas. Antes de largarse al Caribe, había estado a punto de conseguir con dicha compañía un contrato de promoción de calzado para un cliente atleta. Pero ahora le hicieron esperar. Un ayudante de un ayudante por fin se puso al teléfono. Le preguntó por el trato. Se había caído, le respondieron. ¿Por qué?, preguntó.

– Pregúntele a su cliente -dijo el ayudante-, y también pregúntele a su nuevo representante.

Clic.

Myron cerró los ojos y apartó los auriculares. Maldita sea.

Llamaron a la puerta. El sonido extraño le produjo un estremecimiento de dolor. Esperanza nunca había llamado. Nunca. Se enorgullecía de interrumpirle. Antes se hubiese cortado un brazo que llamar.

– Adelante.

Se abrió la puerta. Alguien entró y dijo:

– Sorpresa.

Myron intentó no quedarse boquiabierto. Se quitó los cascos.

– ¿Tú eres…?

– Thrill, sí.

Nada era lo mismo. Había desaparecido el disfraz de mujer gato, la peluca rubia, los tacones, los, eeh, prodigiosos pechos. Thrill seguía siendo una mujer, a Dios gracias. Todavía muy atractiva con su conservador traje sastre azul marino, la camisa a juego, el pelo recogido, los ojos menos luminosos detrás de las gafas con montura de concha, el maquillaje ahora aplicado con mucha más discreción. Su figura era más delgada, más entallada, menos… llamativa. Nada de qué quejarse, por supuesto. Sólo diferente.

– Para responder a tu primera pregunta -dijo ella-, cuando me visto como Thrill llevo una cosa correctamente llamada aumentadores de pecho Raquel Wonder.

Myron asintió.

– Aquello que parece plastilina aplastada.

– Eso mismo. Te los metes en el sostén. Supongo que habrás visto el anuncio en televisión.

– ¿Verlo? Compré el vídeo.

Thrill se rió. Anoche su risa -por no mencionar su manera de caminar, sus movimientos, su voz, su elección de las palabras- había sido un doble juego. A la luz del día sonaba más melódica y casi de niña.

– También me pongo algo muy bien llamado Sostén Mágico -continuó ella-. Para levantarlo todo.

– Si lo subes más -dijo Myron-, también podrían servir como pendientes.

– Muy cierto -afirmó ella-. Las piernas y el culo, sin embargo, son míos. Y para que conste, no tengo pene.

– Tomo debida cuenta.

– ¿Puedo sentarme?

Myron consultó el reloj.

– Detesto ser un plasta…

– Querrás oír esto, créeme. -Se sentó en la silla delante de su mesa. Myron cruzó los brazos y apoyó el culo en el borde de la mesa-. Mi nombre verdadero es Nancy Sinclair. No me visto como Thrill por divertirme. Soy periodista y estoy escribiendo una historia sobre Adivina. Una visión interior de lo que pasa allí, la clase de personas que van, qué las anima. Para que la gente hable, tengo que mostrarme como Thrill.

– ¿Así qué lo haces por un reportaje?

– ¿Hago qué?

– Vestirte y bueno…

Sus gestos eran ininteligibles.

– No es que crea ni siquiera vagamente que sea algo que te concierna, pero la respuesta es no. Interpreto un papel. Entablo conversaciones. Coqueteo. Me gusta ver cómo las personas reaccionan a mi presencia.

– Ah. -Entonces Myron carraspeó y dijo-: Sólo por curiosidad. No voy a aparecer en tu reportaje, ¿verdad? Me refiero, es que yo nunca había estado allí antes y estaba…

– Tranquilo. Te reconocí en cuanto cruzaste la puerta.

– ¿Lo hiciste?

– Sigo el baloncesto. Tengo entradas para toda la temporada de los Dragons.

– Comprendo.

Los Dragons eran el equipo de baloncesto profesional de Nueva Jersey. Myron había intentado el regreso con ellos no hacía mucho.

– Es por eso que me acerqué a ti.

– ¿Para ver si entraba en la ambigüedad sexual?

– Todos los demás están allí por eso. ¿Por qué no tú?

– Te expliqué que estaba allí para preguntar por alguien.

– Clu Haid, correcto. De todas maneras, tu reacción hacia mí fue interesante.

– Me pareció que eras una interlocutora ingeniosa -dijo Myron.

– Ajá.

– Y tengo una fijación con Julie Newmar como Cat Woman.

– Te sorprendería saber a cuántas personas les pasa lo mismo.

– No, no me sorprendería -dijo Myron-. ¿Por qué estás aquí, Nancy?

– Pat nos vio hablando anoche.

– ¿El camarero?

– También es uno de los dueños. Tiene participaciones en un par de locales de la ciudad.

– ¿Y?

– Después de aclararse el humo de tu salida, Pat me llevó a un aparte.

– ¿Por qué nos vio hablando?

– Porque me vio darte mi número de teléfono.

– ¿Y?

– Es algo que nunca había hecho antes.

– Me siento halagado.

– No lo estés. Sólo te lo estoy diciendo. Hablo con una tonelada de chicas y tipos y lo que sea que hay allí. Pero nunca doy un número de teléfono.

– ¿Entonces por qué me lo diste?

– Porque sentía curiosidad por saber si me llamarías. Rechazaste a Thrill, y por lo tanto era obvio que no estabas allí por el sexo. Me pregunté qué te traerías entre manos.

Myron frunció el entrecejo.

– ¿Era la única razón?

– Sí.

– ¿Nada sobre mi belleza y mi cuerpo musculoso?

– Oh, sí. Casi me olvido.

– ¿Entonces qué quería Pat?

– Quiere que te lleve esta noche a otro club.

– ¿Esta noche?

– Sí.

– ¿Cómo sabe que llamaría?

Otra vez la sonrisa.

– Nancy Sinclair quizá no garantice una llamada telefónica inmediata…

– ¿Pero Thrill sí?

– Los pechos son una garantía. Y si no lo hacías, me dijo que podía buscar tu teléfono en la guía.

– Que es lo que hiciste.

– Sí. También me prometió que no te harían daño.

– Qué consuelo. ¿Cuál es tu interés en todo esto?

– ¿No es obvio? Una historia. El asesinato de Clu Haid es una gran noticia. Ahora estás relacionando el asesinato del siglo de esta semana con un cabaret nocturno de Nueva York para pervertidos.

– No creo que pueda ayudarte.

– Caca de la vaca.

– ¿Caca de la vaca?

Ella se encogió de hombros.

– ¿Qué más te dijo Pat? -preguntó Myron.

– Poco más. Sólo dijo que quería hablar.

– Si quería hablar, él también podía haber buscado mi número de teléfono.

– Thrill, la bombilla más brillante en un árbol, no lo pilló.

– Pero Nancy Sinclair sí.

Ella sonrió de nuevo. Era una sonrisa muy bonita.

– A Pat le acompañaba Zorra.

– ¿Quién?

– Es su gorila psicópata. Un travestí con peluca rubia.

– ¿Cómo Veronica Lake?

Ella asintió.

– Está completamente loco. Levántate la camisa.

– ¿Perdón?

– Puede hacer cualquier cosa con aquella navaja en el tacón. Su favorito es un corte con forma de zeta en el lado derecho. Tú estuviste en el cuarto de atrás con él.

Tenía sentido. Myron no le había hecho fallar. Zorra -¿Zorra?- sólo quería marcarlo.

– Tengo una.

– Está muy loco. Participó en alguna cosa en la guerra del Golfo. Encubierto. También trabajó para los israelíes. Corren toda clase de rumores, pero si el cinco por ciento de las historias son verdad, ha matado a docenas.

Justo lo que necesitaba: el Mossad vestido de travesti.

– ¿Hablaron en algún momento de Clu?

– No. Pero Pat dijo algo de que tú intentabas matar a alguien.

– ¿Yo?

– Sí.

– ¿Creen que maté a Clu?

– No lo creo. Me sonó más como si creyesen que fuiste al club para encontrar a alguien y matarlo.

– ¿A quién?

– No tengo ni idea. Sólo dijeron que habías ido allí para matarle.

– ¿No dijeron a quién?

– Si lo hicieron, yo no les oí. -Sonrió-. ¿Qué, tenemos una cita?

– Eso creo.

– ¿No estás asustado?

– Llevaré un respaldo.

– ¿Alguien bueno?

Myron asintió.

– Oh, sí.

– Entonces mejor será que vuelva a casa y me ponga las tetas.

– ¿Necesitas ayuda?

– Mi héroe… Pero no, Myron, me las puedo arreglar sola.

– ¿Y si no puedes?

– Tengo tu número de teléfono -respondió ella-. Te veo esta noche.

21

– ¿Aumentadores de pecho no quirúrgicos? -preguntó Win con el entrecejo fruncido.

– Sí. Son algo así como un accesorio.

– ¿Un accesorio? ¿Como un bolso a juego?

– En cierta manera. -Luego, al pensarlo, Myron añadió-: Pero lo más probable es que sean más visibles.

Win lo miró inexpresivo. Myron se encogió de hombros.

– Publicidad engañosa -dijo Win.

– ¿Perdón?

– Aumentar los pechos. Es publicidad engañosa. Tendría que haber una ley.

– De acuerdo, Win. Pero ¿dónde están los políticos de Washington cuando se trata de temas importantes?

– Entonces lo entiendes.

– Comprendo que eres un cerdo repugnante.

– Mil perdones, Oh Iluminado. -Win se llevó una mano a la oreja e inclinó la cabeza a un lado-. Dímelo de nuevo, Myron: ¿qué fue lo primero que te atrajo de la tal Thrill?

– El disfraz de gato -contestó Myron.

– Comprendo. Así que, digamos, si Big Cyndi entra en el despacho con un disfraz de gato…

– Eh, vamos. Acabo de comerme una magdalena.

– Exacto.

– De acuerdo, yo también soy un cerdo. ¿Feliz?

– Sí, extasiado. Y quizá me has interpretado mal. Quiero declarar ilegales tales accesorios por lo que le hacen a la autoestima de una mujer. Quizás estoy cansado de una sociedad que obliga a las mujeres a buscar una belleza inalcanzable. Cuerpos de niñas con noventa de pecho.

– Aquí la palabra clave es quizás.

Win sonrió.

– Ámame por mis defectos.

– ¿Qué más tenemos?

Win se acomodó la corbata.

– FJ y aquellas dos glándulas hormonales gigantes que lo vigilan están en el Starbucks. ¿Vamos?

– Vayamos. Después quiero ir al estadio de los Yankees. Tengo que hablar con un par de personas.

– Casi suena como un plan -dijo Win.

Caminaron por Park Avenue. Cambió el semáforo, y esperaron en la esquina. Myron se detuvo junto a un hombre de traje que hablaba por el móvil. Nada de particular al respecto, excepto que el hombre estaba manteniendo relaciones sexuales por teléfono. Se estaba frotando sus, um, partes íntimas y diciendo al auricular: «Sí, nena, así», y otras cosas que no vale la pena repetir. Cambió el semáforo. El hombre cruzó sin dejar de frotarse y hablando. Cómprense camisetas de «Yo amo a Nueva York».

– Referente a lo de esta noche -dijo Win.

– Sí.

– ¿Confías en la tal Thrill?

– Es legal.

– Por supuesto existe la posibilidad de que te disparen sin más cuando te presentes.

– Lo dudo. El tal Pat es uno de los socios. No querrá tener problemas en su propio local.

– ¿Entonces crees que te invitan para pagarte una copa?

– Podría ser -dijo Myron-. Con mi preferencia por el magnetismo animal volcado al travestismo, estoy considerado como un delicioso bocado para los libertinos.

Win prefirió no discutir.

Fueron hacia el este por la calle Cuarenta y nueve. El Starbucks estaba cuatro manzanas a la derecha. Cuando llegaron, Win le hizo una seña a Myron para que esperase. Se inclinó para echar una mirada rápida a través del escaparate antes de apartarse.

– El joven FJ está en una mesa con alguien -informó Win-. Hans y Franz están dos mesas más allá. Sólo hay otra mesa ocupada.

Myron asintió.

– ¿Entramos?

– Tú primero -dijo Win-. Yo te seguiré.

Myron había dejado de preguntar por los métodos de Win desde hacía mucho. Entró sin demora y fue hacia la mesa de FJ.

Hans y Franz, los mastodontes, aún vestían los tops y los pantalones de pijama con un estampado que parecía avena disuelta. Se irguieron cuando Myron entró, los dedos convertidos en puños, los cuellos a medio girar.

FJ vestía una americana clara, camisa abotonada hasta el cuello, pantalones con dobladillo y unos mocasines con borlas Cole-Haan. Demasiado elegante para describirlo. Vio a Myron y levantó una mano en dirección a los gorilas Mr. Universo. Hans y Franz se quedaron inmóviles.

– Hola, FJ -dijo Myron.

FJ bebía algo espumoso; tenía aspecto de crema de afeitar.

– Ah, Myron -dijo con un tono que debía creer que era savoir faire. Señaló a su compañero de mesa. El compañero se levantó sin decir una palabra y corrió hacia la entrada como un conejo asustado-. Por favor, Myron, acompáñame. Ésta es una extraña coincidencia.

– ¿Ah, sí?

– Me has ahorrado un viaje. Ahora mismo iba a hacerte una visita. -FJ le dirigió a Myron su sonrisa de ofidio. Myron la dejó caer al suelo y miró como se alejaba serpenteante-. Supongo que es el destino, ¿eh, Myron? Que tú vinieras aquí. Pura fortuna.

FJ se rió. Hans y Franz también se rieron.

– La fortuna -repitió Myron-. Muy bueno.

FJ hizo un gesto de modestia con la mano como si dijese: «Tengo muchos más».

– Por favor, siéntate, Myron.

Myron se sentó.

– ¿Quieres beber algo?

– Un latte frío sería perfecto. Grande, desnatado y un toque de vainilla.

FJ llamó al tipo que estaba detrás de la barra.

– Es nuevo -le confió FJ.

– ¿Quién?

– El tipo que se ocupa de la cafetera espresso. El último tipo que trabajaba aquí preparaba un latte espectacular. Pero renunció por razones morales.

– ¿Razones morales?

– Comenzaron a vender CD de Kenny G -respondió FJ-. De pronto no podía dormir por las noches. Le estaba destrozando. Suponte que un chico impresionable compraba uno. ¿Cómo podía vivir consigo mismo? Vender cafeína estaba bien. Pero Kenny G… el hombre tenía escrúpulos.

– Digno de encomio -aplaudió Myron.

Win escogió aquel momento para entrar. FJ lo vio y miró a Hans y Franz. Win no titubeó. Fue en línea recta hacia la mesa de FJ. Hans y Franz se pusieron manos a la obra. Se cruzaron en el camino de Win y expandieron los pechos a dimensiones lo bastante grandes como para solicitar un permiso de aparcamiento. Win continuó caminando. Ambos hombres llevaban cuellos de cisne tan altos y flojos que parecían algo que esperase la circuncisión.

Hans consiguió mostrar una sonrisa de burla.

– ¿Tú, Win?

– Sí -contestó Win-, yo Win.

– No pareces tan duro. -Hans miró a Franz-. ¿A ti te parece duro, Keith?

– Ni pizca de duro -respondió Keith.

Win no interrumpió el paso. Casi con toda naturalidad y sin la menor advertencia, golpeó a Hans con el canto de la mano detrás de la oreja. Todo el cuerpo de Hans se puso rígido y después cayó como si alguien le hubiese arrancado el esqueleto. Franz soltó una exclamación ante el espectáculo. Pero no por mucho tiempo. Con el mismo movimiento Win hizo una pirueta y golpeó a Franz en la muy vulnerable garganta. Un horrible gorgoteo escapó de los labios de Franz, como si se estuviese ahogando con un montón de pequeñas espinas. Win buscó la carótida, la encontró, y apretó con el pulgar y el índice. Los ojos de Franz se cerraron y él también se sumergió en Sueñolandia.

La pareja de la otra mesa se marchó a la carrera. Win sonrió a los mastodontes inconscientes. Después observó a Myron. Myron sacudió la cabeza.

Win se encogió de hombros y se volvió al tipo que atendía el mostrador.

– Barista -dijo Win-. Un café moka.

– ¿De qué tamaño?

– Grande, por favor.

– ¿Leche desnatada o entera?

– Desnatada. Estoy cuidando la línea.

– De inmediato.

Win se unió a Myron y FJ. Se sentó y cruzó las piernas.

– Bonita americana, FJ.

– Me alegra que te guste, Win.

– De verdad, destaca el rojo demoníaco de tus ojos.

– Gracias.

– A ver, ¿por dónde íbamos?

Myron le siguió el juego.

– Estaba a punto de decirle a FJ que estoy un poco cansado de la sombra.

– Y yo estaba a punto de decirle a Myron que estoy cansado de que se inmiscuya en mis asuntos -señaló FJ.

Myron observó a Win.

– ¿Inmiscuya? ¿Alguien de verdad utiliza esa palabra?

Win lo pensó.

– El viejo al final de cada episodio de Scooby Doo.

– Correcto, chicos inmiscuidos, cosas por el estilo.

– Nunca adivinarías quién hace la voz de Shaggy -dijo Win.

– ¿Quién?

– Casey Kasem.

– Venga -dijo Myron-. ¿El tipo de la radio de los Cuarenta Principales?

– El mismo.

– Vive y aprenderás.

En el suelo Franz y Hans comenzaban a moverse. Win le mostró a FJ el arma que llevaba algo escondida en una mano.

– Por la seguridad de todos los presentes -dijo Win-, pídele por favor a tus empleados que se abstengan de moverse.

FJ se lo dijo. Él no tenía miedo. Su padre era Frank Ache. Era protección suficiente. Los músculos aquí presentes sólo eran de exposición.

– Llevas siguiéndome desde hace semanas -dijo Myron-. Quiero que lo dejes.

– Entonces te sugiero que dejes de interferir en mi compañía.

Myron exhaló un suspiro.

– Bien, FJ, morderé el anzuelo. ¿Cómo estoy interfiriendo en tu compañía?

– ¿Visitaste o no a Sophie y Jared Mayor esta mañana? -preguntó FJ.

– Sabes que sí.

– ¿Con qué propósito?

– No tiene nada que ver contigo, FJ.

– Respuesta equivocada.

– ¿Respuesta equivocada?

– Visitaste a la propietaria de los Yankees de Nueva York pese a que en la actualidad no representas a nadie que juegue para el equipo.

– ¿Y?

– ¿Entonces por qué fuiste allí?

Myron miró a Win. Win se encogió de hombros.

– No es que necesite explicártelo, FJ, pero sólo para calmar tus paranoicos delirios, estuve allí por Clu Haid.

– ¿Qué pasa con él?

– Fui a preguntar por los análisis de dopaje.

FJ entrecerró los párpados.

– Eso es interesante.

– Me alegra que lo creas, FJ.

– Verás, sólo soy un chico nuevo que intenta aprender este enredado negocio.

– Ajá.

– Soy joven y sin experiencia.

– Ya, a menudo he escuchado esa frase -intervino Win.

Myron sacudió la cabeza.

FJ se inclinó hacia delante, sus facciones escamosas se acercaron. Myron temió que la lengua apareciera para tocarlo.

– Quiero aprender, Myron. Por favor, dímelo: ¿para qué podría servir ahora el análisis de dopaje de Clu?

Myron debatió por un segundo si respondía o no y tomó una decisión. ¿Qué más daba?

– Si puedo demostrar que el análisis fue defectuoso, su contrato continuará activo.

FJ asintió al ver la línea de razonamiento.

– Podrás conseguir que se pague su contrato.

– Correcto.

– ¿Tienes alguna razón para creer que el análisis fuera defectuoso?

– Me temo que eso es confidencial, FJ. La relación agente-cliente, o como quieras llamarlo. Estoy seguro de que lo comprendes.

– Lo comprendo -asintió FJ.

– Bien.

– Pero tú, Myron, no eres su agente.

– Todavía soy responsable de la gestión de su estado financiero. La muerte de Clu no altera mis obligaciones.

– Respuesta incorrecta.

Myron observó a Win.

– De nuevo con la respuesta incorrecta.

– Tú no eres responsable.

FJ bajó una mano y recogió un maletín que estaba en el suelo.

Lo abrió con la mayor alharaca posible. Su dedo buscó en una pila de papeles antes de retirar el que buscaba. Se lo dio a Myron y sonrió. Myron escrutó los ojos de FJ y de nuevo recordó los ojos del ciervo embalsamado.

Myron le echó una ojeada. Leyó la primera línea, sintió un golpe en el pecho y buscó la firma.

– ¿Qué demonios es esto?

La sonrisa de FJ era ahora como una vela que goteaba.

– Es lo que parece. Clu Haid cambió de representante. Despidió a MB SportsReps y contrató a TruPro.

Myron recordó lo que Sophie Mayor le había dicho en su despacho, aquello de que él no tenía representación legal.

– Nunca nos lo dijo.

– ¿Nunca nos lo dijo, Myron, o nunca te lo dijo a ti?

– ¿Qué demonios significa eso?

– Tú no estabas por aquí. Quizás intentó decírtelo. Quizá se lo dijo a tu socia.

– ¿Y entonces te encontró a ti, FJ?

– Cómo recluta a mis clientes no es asunto tuyo. Si mantuvieras contentos a los tuyos, mis esfuerzos de reclutamiento no funcionarían.

Myron comprobó la fecha.

– Es toda una coincidencia, FJ.

– ¿Cuál?

– Murió dos días después de firmar contigo.

– Sí, Myron, estoy de acuerdo. No creo que fuese una coincidencia. Por fortuna para mí, significa que no tenía ningún motivo para matarlo. Desafortunadamente para la preciosa Esperanza, lo opuesto sí es correcto.

Myron observó a Win. Win miraba a Hans y Franz. Ahora ambos estaban despiertos, de cara al suelo, las manos detrás de las cabezas. De vez en cuando aparecía algún cliente. Algunos veían a los dos hombres en el suelo y se marchaban en el acto. Otros se mostraban indiferentes, pasaban a su lado como si Hans y Franz fueran otro par de mendigos de Manhattan.

– Muy conveniente -dijo Myron.

– ¿El qué?

– Que Clu firmase contigo tan cerca de su muerte. En teoría te elimina como principal sospechoso.

– ¿En teoría?

– Desvía la atención de ti, hace parecer que su muerte perjudica tus intereses.

– Claro que perjudica mis intereses.

Myron sacudió la cabeza.

– Había dado positivo en el análisis. Su contrato era nulo. Tenía treinta y cinco años y muchas suspensiones. Como valor monetario, Clu no valía nada.

– Clu había superado antes la adversidad -señaló FJ.

– No de esta manera. Estaba acabado.

– De haberse quedado con MB, es probable que fuese cierto.

Pero TruPro tiene influencias. Hubiésemos encontrado la manera de relanzar su carrera.

Dudoso. Pero esto planteaba algunas preguntas interesantes. La firma parecía real, el contrato legítimo. Así que quizá Clu le había dejado. ¿Por qué? Bueno, por muchas razones. Su vida se iba por el retrete mientras Myron estaba de ligue en las arenas del Caribe. Vale, ¿pero por qué TruPro? Clu conocía su reputación. Sabía quiénes eran los Ache. ¿Por qué los escogería?

A menos que tuviese que hacerlo.

A menos que Clu estuviese endeudado con ellos. Myron recordó los doscientos mil dólares desaparecidos. ¿Podía Clu estar endeudado con FJ? ¿Les debía tanto, pero tanto, que había tenido que firmar con TruPro? Pero si así fuese, ¿por qué no sacó más dinero? Le quedaba más en la cuenta.

No, quizás era más simple. Quizá Clu se había metido en un gran embrollo. Buscó a Myron para que le ayudase. Myron no estaba. Clu se sintió abandonado. No tenía a nadie. Llevado por la desesperación buscó a su viejo amigo Billy Lee Palms. Pero Billy Lee estaba tan perdido que no podía ayudar a nadie. Buscó de nuevo a Myron. Pero Myron seguía desaparecido, quizá le estaba evitando. Clu se sentía débil y solo, y FJ estaba allí con promesas y poder.

Así que quizá Clu no tenía un romance con Esperanza después de todo. Quizá Clu le dijo que abandonaba la agencia, ella se cabreó y luego él se cabreó, y Clu le había dado aquel puñetazo de despedida en el garaje.

Um.

Pero también ese escenario planteaba ciertos problemas. Si no existía una aventura, ¿cómo se explicaban los cabellos de Esperanza en la escena del crimen? ¿Cómo explicar la sangre en el coche, el arma en la oficina, y el reiterado silencio de Esperanza?

FJ continuaba sonriendo.

– Acabemos con esto -dijo Myron-. ¿Cómo te quito de mis espaldas?

– Apártate de mis clientes.

– ¿De la misma manera que te mantienes apartado de los míos?

– Te diré una cosa, Myron. -FJ bebió un sorbo de la crema de afeitar-. Si abandono a mis clientes durante seis semanas, te doy carta blanca para que los persigas con todas las ganas que puedas tener.

Myron dirigió la mirada hacia Win. Ningún solaz. Por horrible que sonase, FJ tenía razón.

– Esperanza ha sido acusada por el asesinato de Clu -dijo Myron-. Estoy involucrado hasta que ella quede limpia. Aparte de eso, me mantendré apartado de tu negocio. Y tú te mantendrás apartado del mío.

– Suponte que no se aclara -dijo FJ.

– ¿Qué?

– ¿Has considerado la posibilidad de que Esperanza lo matase?

– ¿Sabes algo que yo no sé, FJ?

FJ se puso una mano en el pecho.

– ¿Yo? -El cordero más inocente que alguna vez yació junto a un león-. ¿Qué podría saber? -Se acabó el café o lo que fuese y se levantó. Miró a sus gorilas, luego a Win. Win asintió. FJ les dijo a Franz y Hans que se levantasen. Lo hicieron. FJ les ordenó que saliesen. Lo hicieron, la cabeza en alto, los pechos hinchados, los ojos abiertos, pero todavía con el aspecto de un par de perros apaleados.

– Si encuentras algo que pueda ayudarme con el contrato de Clu ¿me lo harás saber?

– Sí -respondió Myron-. Te lo haré saber.

– Muy bien. Entonces nos mantendremos en contacto, Myron.

– Oh -dijo Myron-, por supuesto.

22

Tomaron el metro para ir al estadio de los Yankees. El tren de la línea 4 estaba casi vacío a esa hora del día. Después de sentarse, Myron preguntó:

– ¿Por qué les pegaste a aquellos dos musculitos?

– Tú sabes por qué -dijo Win.

– ¿Porque te desafiaron?

– Yo no diría que llegasen a plantear un desafío.

– ¿Entonces por qué les pegaste?

– Porque era fácil.

– ¿Qué?

Win detestaba repetirse.

– Reaccionaste en exceso -dijo Myron-. Como siempre.

– No, Myron, reaccioné a la perfección.

– ¿Eso qué significa?

– Tengo una reputación, ¿no?

– Sí, de psicópata violento.

– Así es, una reputación que he criado y mimado a través de lo que tú llamas una reacción excesiva. A veces te aprovechas de esa reputación, ¿no es así?

– Supongo que sí.

– ¿Nos ayuda?

– Supongo.

– ¿Cómo que supones? -inquirió Win-. Enemigos y amigos creen que me cabreo demasiado fácilmente: que reacciono excesivamente, como tú dices. Que soy inestable, fuera de control. Pero eso es una tontería, por supuesto. Nunca estoy fuera de control. Todo lo contrario. Todo ataque ha sido pensado a fondo. Se han sopesado los pros y los contras.

– ¿En este caso, ganaron los pros?

– Sí.

– ¿Entonces sabías que ibas a dar una paliza a aquellos dos antes de que entrásemos?

– Lo consideré. En cuanto me di cuenta de que no iban armados y de que darles una paliza sería fácil, tomé la decisión final.

– ¿Sólo para fortalecer tu reputación?

– En una palabra, sí. Mi reputación nos mantiene a salvo. ¿Por qué crees que FJ recibió la orden de su padre de no matarte?

– ¿Porque soy un rayo de sol? ¿Porque hago que el mundo sea mejor para todos?

Win sonrió.

– Entonces lo comprendes.

– ¿Te preocupa, Win?

– ¿Si me preocupa qué?

– Atacar a alguien de esa manera.

– Son gorilas, Myron, no monjas.

– Así y todo. Les diste una paliza sin la menor provocación.

– Ah, ya comprendo. No te gusta el hecho de que les pegase sin más. ¿Hubieses preferido un combate más justo?

– Supongo que no. Pero supón que te hubieses equivocado.

– Muy poco probable.

– Supón que uno de ellos hubiese sido mejor de lo que creías y no hubiese caído tan fácil. Suponte que hubieses tenido que herir o matar a uno.

– Son gorilas, Myron, no monjas.

– ¿Así que lo hubieses hecho?

– Ya sabes cuál es la respuesta.

– Supongo que sí.

– ¿Quién hubiese llorado su desaparición? -preguntó Win-. Dos escorias de la noche que elijen libremente la profesión de pegar y herir.

Myron no respondió. El tren se detuvo. Los pasajeros se bajaron.

Myron y Win permanecieron en sus asientos.

– Pero disfrutaste -comentó Myron.

Win no dijo nada.

– Tienes otras razones, seguro, pero disfrutas con la violencia.

– ¿Tú no, Myron?

– No como tú.

– No, no como yo. Pero sientes la adrenalina.

– Y por lo general me siento fatal cuando todo se acaba.

– Bien, Myron, es probable, porque eres una persona muy humanitaria.

Salieron del metro en la calle Ciento sesenta y uno y caminaron en silencio hasta el estadio de los Yankees. Faltaban cuatro horas para el inicio del partido, pero ya había centenares de aficionados acomodados para presenciar el calentamiento. Un gigantesco bate Louisville Slugger proyectaba una larga sombra. Montones de polis alrededor de los grupos de descarados revendedores de entradas. Un escenario clásico. Había carritos de perritos calientes, algunos con -¡Ah!- sombrillas Yoo-Hoo. Ñam. En la entrada de prensa Myron mostró su tarjeta de visita, el guardia hizo una llamada, y los dejaron entrar. Bajaron por las escaleras a la derecha, llegaron al túnel del estadio y emergieron a la luz del sol y la hierba verde. Myron y Win acababan de discutir sobre la naturaleza de la violencia, y ahora Myron pensó de nuevo en la llamada telefónica de papá. Había visto a su padre, el más amable de los hombres que conocía, mostrarse violento sólo una vez. Había sido ahí, en el estadio de los Yankees.

Cuando Myron tenía diez años, su padre los había llevado a él y a su hermano menor, Brad, a un partido. Brad tenía cinco años. Papá había conseguido cuatro asientos en las gradas superiores, pero en el último minuto un socio le había dado dos asientos más, tres filas por detrás del banquillo de los Red Sox. Brad era un forofo de los Red Sox. Así que papá había propuesto que Brad y Myron se sentasen detrás del banquillo durante las primeras jugadas. Papá estaría en la grada superior. Myron sujetó la mano de Brad, y bajaron hasta los asientos de platea. Los asientos eran, en una palabra, espectaculares.

Brad comenzó a gritar con todas las fuerzas de sus pulmones de cinco años. Gritaba como loco. Vio a Carl Yastrzemski en la caja de bateador y comenzó a gritar: «¡Yaz! ¡Yaz!». El tipo que estaba sentado delante de ellos se volvió. Tendría unos veinticinco años, barbudo y se parecía un poco a una imagen de Jesús en las iglesias. «Ya está bien», le ordenó el tipo barbudo a Brad. «Cállate.» Brad pareció dolido.

– No le hagas caso -dijo Myron-. Está permitido gritar.

Las manos del tipo barbudo se movieron deprisa. Sujetó a Myron, que tenía diez años entonces, por la camisa, apretó el escudo de los Yankees en su al parecer enorme puño, y lo acercó a Myron. Había cerveza en su aliento.

– Le está dando dolor de cabeza a mi novia. Se calla ahora mismo.

El miedo dominó a Myron. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero no las dejó correr. Recordó haberse sentido asombrado, asustado, y sobre todo, por alguna razón desconocida, avergonzado. El hombre barbudo miró furioso a Myron otros pocos segundos y después lo apartó de un empujón. Myron cogió la mano de Brad y corrió a la grada superior. Intentó fingir que todo estaba bien, pero los chicos de diez años no son grandes actores, y papá podía leer a su hijo como si viviese dentro de su cráneo.

– ¿Qué pasa? -preguntó papá.

Myron titubeó. Papá preguntó de nuevo. Myron por fin le dijo lo que había pasado. Y algo le pasó al padre de Myron, algo que Myron nunca había visto antes, ni después. Hubo una explosión en sus ojos. Su rostro se volvió rojo; sus ojos se tornaron negros.

– Ahora mismo vuelvo -dijo.

Myron observó el resto a través de los prismáticos. Papá bajó hasta el asiento detrás del banquillo de los Rex Sox. El rostro de su padre seguía rojo. Myron vio a papá llevarse las manos a la boca como si fuese un megáfono, inclinarse hacia delante, y ponerse a gritar con toda el alma. El rojo en su rostro se volvió escarlata. Papá continuó gritando. El hombre barbudo intentó no hacerle caso. Papá se inclinó hacia su oreja como Mike Tyson y gritó un poco más. Cuando el hombre barbudo por fin se giró, papá hizo algo que sorprendió a Myron hasta el tuétano. Empujó al hombre. Lo empujó dos veces y después le señaló la salida, el signo internacional de invitar a otro hombre a que saliese al exterior. El tipo de la barba rehusó. Papá lo empujó de nuevo.

Dos guardias de seguridad se apresuraron a bajar los escalones e intervenir. Nadie fue expulsado. Papá volvió a la grada superior.

– Volved abajo -dijo papá-. No os molestará.

Pero Myron y Brad sacudieron las cabezas. Preferían los asientos de arriba.

– Otra vez viajando en el tiempo, ¿no? -comentó Win.

Myron asintió.

– Te das cuenta de que eres demasiado joven para tantos recuerdos.

– Sí, lo sé.

Un grupo de jugadores de los Yankees estaban sentados en la hierba, con las piernas abiertas, las manos atrás, todavía niños debajo de las camisetas esperando que comenzase el partido de la Liga Infantil. Un hombre con un traje hecho a medida les hablaba. El hombre hacía gestos ampulosos, sonreía entusiasta y tan enamorado de la vida como un recién nacido. Myron lo reconoció. Sawyer Wells, el orador motivacional reconocido como el hombre del momento. Hacía dos años, Wells era un charlatán desconocido que andaba por ahí hablando del dogma de encontrarse a uno mismo, abrir el potencial, hacer algo por ti mismo, como si la gente no estuviese lo bastante centrada en sí misma. Su gran oportunidad llegó cuando los Mayor lo contrataron para que les hablase a su fuerza de trabajo. Los discursos, aunque nada originales, tuvieron éxito, y Sawyer Wells dio el gran paso. Consiguió un contrato para un libro -astutamente llamado La guía Wells para el bienestar- junto con un anuncio en televisión, cintas de audio, un vídeo, un planificador, todo el esquema de la autoayuda. Las quinientas compañías de Fortune comenzaron a contratarlo. Cuando los Mayor se hicieron cargo de los Yankees, lo trajeron a bordo como consultor de psicología motivacional u otra paparrucha por el estilo.

Cuando Sawyer Wells vio a Win, casi comenzó a jadear.

– Huele a un nuevo cliente -dijo Myron.

– O quizás es que nunca haya visto antes a nadie tan apuesto.

– Sí, claro -dijo Myron-. Puede que sea eso.

Wells se volvió de nuevo hacia los jugadores, gritó con un poco más de entusiasmo, siguió con los gestos, aplaudió una vez, y después les dijo adiós. Miró a Win. Levantó una mano. Saludó con fuerza. Luego comenzó a subir como un cachorro que persigue un nuevo juguete o un político que persigue a un posible votante.

Win frunció el entrecejo.

– En una palabra, descafeinado.

Myron asintió.

– ¿Quieres que me haga su amigo? -preguntó Win.

– Se supone que estuvo presente en los análisis de dopaje. Y también es el psicólogo del equipo. Es probable que oiga muchos rumores.

– Bien -dijo Win-. Ocúpate del compañero de cuarto. Yo me ocuparé de Sawyer.

Enos Cabral era un cubano enjuto y guapo con una bola que arrancaba llamas y unos lanzamientos que aún necesitaba refinar. Tenía veinticuatro años, pero a juzgar por aspecto, sin duda le pedían el documento de identidad en cualquier tienda de licores. Observaba la práctica de bateo, su cuerpo relajado excepto la boca.

Como la mayoría de los lanzadores suplentes, mascaba chicle o tabaco con la ferocidad de un león que devora una gacela que acaba de matar.

Myron se presentó.

Enos le estrechó la mano y dijo:

– Sé quién es usted.

– ¿Ah, sí?

– Clu hablaba mucho de usted. Creía que debía firmar con su empresa.

Una punzada.

– ¿Clu dijo eso?

– Yo quería un cambio -continuó Enos-. Mi agente. Él me trata bien, ¿no? Me convirtió en un hombre rico.

– No tengo la intención de restarle importancia a un buen representante, Enos, pero usted se hizo a sí mismo un hombre rico. Un agente facilita. No crea.

Enos asintió.

– ¿Conoce mi historia?

El resumen más corto. La travesía en la balsa había sido dura. Muy dura. Durante una semana todos habían creído que habían muerto en el mar. Cuando por fin aparecieron, sólo dos de los ocho cubanos estaban vivos. Uno de los muertos era Hector, el hermano de Enos, considerado el mejor jugador que había salido de Cuba en la pasada década. Enos, considerado un talento menor, estaba casi muerto por la deshidratación.

– Sólo lo que leí en los periódicos -dijo Myron.

– Mi agente. Él estaba allí cuando llegué. Tengo familia en Miami. Cuando se supo de los hermanos Cabral, les prestó dinero. Pagó mi estancia en el hospital. Me dio dinero, joyas y un coche. Me prometió más dinero. Y lo tengo.

– ¿Entonces cuál es el problema?

– No tiene alma.

– ¿Quiere un agente con alma?

Enos se encogió de hombros.

– Soy católico. Creemos en los milagros.

Ambos se rieron.

Enos pareció estudiar a Myron.

– Clu siempre sospechaba de la gente. Incluso de mí. Tenía algo así como un caparazón.

– Lo sé -dijo Myron.

– Pero creía en usted. Dijo que era un buen hombre. Dijo que le había confiado su vida y que lo volvería a hacer de nuevo.

Otra punzada.

– Era un pésimo juez de carácter.

– No lo creo.

– Enos, quiero hablarle de las últimas semanas de Clu.

Él enarcó una ceja.

– Creí que había venido aquí para reclutarme.

– No -aclaró Myron. Después-: ¿Pero conoce la expresión matar dos pájaros de un tiro?

Enos se rió.

– ¿Qué quiere saber?

– ¿Se sorprendió cuando Clu no pasó el análisis de dopaje?

Él cogió un bate. Lo sujetó y lo volvió a sujetar con las manos. Buscaba el punto correcto. Curioso. Era un lanzador de la liga americana. Probablemente nunca tendría la oportunidad de batear.

– Tengo problemas para comprender las adicciones -dijo-. De donde vengo, un hombre puede intentar olvidar su mundo con la bebida si se lo puede permitir. Vives en un sumidero, ¿por qué no marcharse? Pero aquí, cuando tienes tanto como Clu tenía…

No acabó el pensamiento. No tenía ningún sentido recalcar lo obvio.

– Una vez Clu intentó explicármelo -continuó Enos-. Algunas veces, no puedes escapar del mundo; algunas veces quieres escapar de ti mismo. -Ladeó la cabeza-. ¿Usted lo cree?

– En realidad, no -contestó Myron-. Como un montón de frases bonitas, suena bien. Pero también suena como una carga de autorracionalización.

Enos sonrió.

– Está furioso con él.

– Supongo que sí.

– No lo esté. Era un hombre muy desgraciado, Myron. Un hombre que necesita de tantos excesos… había algo roto en su interior, ¿no?

Myron no dijo nada.

– Clu lo intentó. Luchó con todas sus fuerzas, no sabe cuánto. No salía de noche. Si nuestra habitación tenía un minibar, pedía que se lo llevaran. No se encontraba con los viejos amigos porque tenía miedo de lo que pudiese hacer. Estaba asustado todo el tiempo. Luchó largo y duro.

– Y perdió -añadió Myron.

– Nunca lo vi tomar drogas. Nunca lo vi beber.

– Pero advirtió cambios.

– Su vida comenzó a deshacerse -asintió Enos-. Tantas cosas malas como le ocurrieron.

– ¿Qué cosas malas?

La música de órgano comenzó de inmediato a toda pastilla, la interpretación del legendario Eddie Layton de aquel clásico La chica de Ipanema. Enos se llevó el bate al hombro, luego lo volvió a bajar.

– Me siento incómodo hablando de estas cosas.

– No escarbo por divertirme. Intento descubrir quién le mató.

– Los periódicos dicen que lo hizo su secretaria.

– Están equivocados.

Enos miró el bate como si allí hubiese un mensaje escrito debajo de la palabra Louisville. Myron intentó animarlo.

– Clu retiró doscientos mil dólares poco antes de morir -dijo Myron-. ¿Tenía problemas financieros?

– Si los tenía, yo no me di cuenta.

– ¿Jugaba?

– Yo nunca lo vi jugar.

– ¿Sabe por qué cambió de agente?

Enos pareció sorprendido.

– ¿Le despachó?

– Al parecer iba a hacerlo.

– No lo sé -manifestó-. Sé que lo estaba buscando. Pero no, eso otro no lo sabía.

– ¿Entonces qué fue, Enos? ¿Qué le hizo caer?

Él alzó la mirada y parpadeó al sol. El tiempo perfecto para un partido nocturno. Muy pronto llegarían los aficionados, y se haría historia. Pasaba cada noche en los estadios de todo el mundo. Siempre era el primer partido de algún chico.

– Su matrimonio -dijo Enos-. Creo que eso era lo importante. ¿Conoce a Bonnie?

– Sí.

– Clu la amaba con locura.

– Tenía una curiosa manera de demostrarlo.

Enos sonrió.

– Acostarse con todas aquellas otras mujeres. Creo que por encima de todo lo hacía más para herirse a sí mismo.

– Suena como otra de aquellas enormes e inútiles racionalizaciones, Enos. Clu puede haber hecho un arte de la autodestrucción. Pero eso no es una disculpa por lo que le hizo pasar.

– Creo que tiene razón. Pero Clu se hizo daño a sí mismo por encima de todo.

– No se engañe. También le hizo daño a Bonnie.

– Sí, tiene razón, por supuesto. Pero él la amaba. Cuando ella lo echó, le hizo un daño tremendo. No tiene ni idea.

– ¿Qué puede decirme de la ruptura?

Otro titubeo.

– No hay mucho que decir. Clu se sentía traicionado, furioso.

– Ya sabe que Clu había tonteado antes.

– Sí.

– ¿Entonces en qué era diferente esta vez? Estaba acostumbrada a sus andanzas. ¿Qué hizo que al final estallase? ¿Quién era su amiguita?

Enos lo miró extrañado.

– ¿Cree que Bonnie lo echó por una chica?

– ¿No lo hizo?

Enos sacudió la cabeza.

– ¿Está seguro?

– Con Clu nunca fue por las chicas. Sólo eran una parte, junto con las drogas y el alcohol. A él le resultaba muy fácil renunciar a ellas.

Myron lo miró desconcertado.

– ¿Así que no estaba viviendo una aventura?

– No -dijo Enos-. Era ella quien la estaba viviendo.

Fue entonces cuando oyó un clic. Myron sintió una ola helada que le recorrió el cuerpo hasta estrujarle la boca del estómago. Apenas si consiguió decir adiós antes de marcharse a la carrera.

23

Sabía que Bonnie estaría en casa. El coche apenas si se había detenido del todo cuando salió a toda prisa por la puerta del conductor. Había quizás una media docena de vehículos aparcados en la calle. Asistentes al velatorio. La puerta principal estaba abierta. Myron entró sin llamar. Quería encontrar a Bonnie, enfrentarse a ella y acabar con esto. Pero no estaba en la sala. Sólo los presentes al velatorio. Algunos se le acercaron, demoraron su avance. Ofreció sus condolencias a la madre de Clu, su rostro destrozado por el dolor. Estrechó otras manos, intentó abrirse paso entre el denso mar de personas afligidas y encontrar a Bonnie. Por fin la vio afuera, en el patio trasero. Estaba sentada sola en la terraza, las rodillas recogidas debajo de la barbilla, entretenida en mirar cómo jugaban sus hijos. Se preparó y abrió las puertas de cristal.

La galería era de cedro y daba a unas hamacas. Los chicos de Clu estaban en ellas, ambos vestidos con corbatas rojas y camisas de manga corta por fuera del pantalón. Corrían y reían. Versiones en miniatura de su padre muerto, las sonrisas tan parecidas a la suya, las facciones ecos eternos de Clu. Bonnie los miraba. Le daba la espalda a Myron, tenía un cigarrillo en la mano. No se volvió cuando se le acercó.

– Clu no tenía una aventura -dijo Myron-. La tenías tú.

Bonnie respiró hondo y soltó el aliento.

– El momento más oportuno, Myron.

– Que no se puede evitar.

– ¿No podemos hablar de esto más tarde?

Myron esperó un segundo. Después:

– Sé con quién te estabas acostando.

Ella se puso tensa. Myron la observó. Bonnie por fin se volvió y sostuvo su mirada.

– Vamos a dar un paseo -propuso Bonnie.

Le tendió la mano, y Myron la ayudó a levantarse.

Caminaron a través del patio hasta una zona arbolada. El ruido del tráfico se filtraba por encima de la pantalla acústica instalada colina arriba. La casa era flamante, grande y típica del nuevo rico. Aireada, muchas ventanas, techos de dos aguas, una pequeña sala de estar, una enorme cocina que daba a un enorme solario, un enorme dormitorio principal, armarios lo bastante grandes como para servir de tiendas Gap. Probablemente costaría unos ochocientos mil. Hermosa, estéril y sin alma. Necesitada de que la habitasen un tiempo. Añejada correctamente como un buen Merlot.

– No sabía que fumabas -dijo él.

– Hay muchas cosas que no sabes de mí, Myron.

Tocado. Miró su perfil, y de nuevo vio a la joven estudiante que iba hacia el sótano de la casa de la fraternidad. Volvió a aquel mismo momento, al sonido de la respiración honda de Clu cuando la vio por primera vez. Supongamos que hubiese bajado un segundo más tarde, después de que Clu se hubiese desmayado o ligado con alguna otra mujer. Supongamos que aquella noche ella hubiese ido a alguna otra fiesta estudiantil. Pensamientos idiotas -encrucijadas arbitrarias en la carretera de la vida, la serie de hubiese-, pero es lo que hay.

– ¿Qué te hace pensar que soy yo la que está teniendo una aventura? -preguntó ella.

– Clu se lo dijo a Enos.

– Clu mintió.

– No -respondió Myron.

Continuaron caminando. Bonnie dio una última chupada y arrojó la colilla al suelo.

– Es mi propiedad -dijo-. Se me permite.

Myron no dijo nada.

– ¿Le dijo Clu a Enos con quién creía que me estaba acostando?

– No.

– Pero tú crees saber quién es el misterioso amante.

– Sí -respondió Myron-. Es Esperanza.

Silencio.

– ¿Me creerías si insisto en que estás equivocado? -preguntó ella.

– Tendrías que dar muchísimas explicaciones para conseguirlo.

– ¿Qué quieres decir?

– Empecemos por tu visita a mi oficina después de que Esperanza fuese arrestada.

– Vale.

– Querías saber qué tenían contra ella; cuál era la verdadera razón. Me pregunté por qué me advertiste de inmediato de que no buscase la verdad. Me dijiste que librase de sospechas a mi amiga, pero que no escarbase demasiado.

Ella asintió.

– ¿Crees que lo dije porque no quería que supieras de esta aventura?

– Sí. Pero hay más. Para empezar, el silencio de Esperanza. Win y yo nos planteamos que no quería que nos enterásemos de su aventura con Clu. Hubiese sido muy mal visto en varios niveles tener una aventura con un cliente. ¿Pero tener una aventura con la esposa de un cliente? ¿Qué podía ser más idiota que eso?

– No es ninguna prueba, Myron.

– Aún no he acabado. Verás, todas las pruebas apuntan a una aventura entre Esperanza y Clu, pero también apuntan a una aventura entre vosotras dos. Por ejemplo, las pruebas físicas. El vello púbico y el ADN encontrado en el apartamento de Fort Lee. Comencé a pensarlo. Clu y tú vivisteis allí muy poco tiempo. Luego te mudaste a esta casa. Pero todavía sigue en vigor el arrendamiento del apartamento. Así que antes de que le echases, estaba vacío, ¿no?

– Así es.

– ¿Qué mejor lugar como escenario de una aventura? No eran Clu y Esperanza los que se reunían allí. Erais vosotras dos.

Bonnie no dijo nada.

– Los registros del peaje; la mayor parte de los cruces del puente corresponden a los días que los Yankees estaban fuera de la ciudad. Así que Esperanza no iba a ver a Clu. Iba a verte a ti. Busqué en los registros de las llamadas telefónicas. Nunca llamó al apartamento después de que echases a Clu; sólo a esta casa. ¿Por qué? Clu ya no vivía aquí. Tú sí.

Ella sacó otro cigarrillo y encendió una cerilla.

– Y en último lugar, la pelea en el garaje cuando Clu le pegó a Esperanza. Me volví loco buscando una explicación. ¿Por qué le había pegado? ¿Por qué ella había roto la relación? No tenía sentido. ¿Por qué quería encontrarme o estaba desquiciado por las drogas? De nuevo, no. No conseguía entenderlo. Pero ahora la respuesta es obvia. Esperanza estaba viviendo una aventura con su esposa. La culpaba a ella por romper su matrimonio. Enos dijo que la ruptura lo dejó hecho un guiñapo. ¿Qué podría ser peor para una psique tan frágil como la de Clu que su esposa estuviese viviendo una aventura con una mujer?

– ¿Me estás culpando de su muerte? -preguntó Bonnie en tono cortante.

– Depende. ¿Lo mataste?

– ¿Ayudaría si respondiese que no?

– Sería un principio.

Ella sonrió, pero no había ninguna alegría en su voz. Como la casa, era hermosa, estéril y casi sin alma.

– ¿Quieres oír algo divertido? -dijo ella-. Que Clu superase las drogas y la bebida no ayudó a nuestro matrimonio; lo acabó. Durante tanto tiempo Clu era… no lo sé… una obra en construcción. Aunque yo achacaba sus faltas a las drogas, a la bebida y todo eso. Pero en cuanto por fin se libró de sus demonios, lo que quedó sólo era -levantó las palmas y se encogió de hombros- sólo él. Vi a Clu con claridad por primera vez, Myron, ¿y sabes de qué me di cuenta? No lo amaba.

Myron no dijo nada.

– No culpes a Esperanza. Era culpa suya. Seguí adelante sólo por el bien de mis hijos, y cuando Esperanza apareció… -Bonnie se detuvo, y por primera vez su sonrisa pareció más sincera-. ¿Quieres escuchar otra cosa divertida? No soy lesbiana. Ni siquiera bisexual. Es sólo… que ella me trató con ternura. Tuvimos relaciones sexuales, claro, pero nunca fue por el sexo. Sé que suena extraño, pero su sexo era irrelevante. Esperanza es sólo una persona hermosa, y me enamoré de eso. ¿Tiene algún sentido?

– Sabes lo que parece -dijo Myron.

– Por supuesto que sé lo que parece. Dos tortilleras que se reúnen y se cargan al marido. ¿Por qué crees que estamos intentando mantenerlo en secreto? La debilidad de la acusación ahora mismo es la falta de un motivo. Pero si descubren que éramos amantes…

– ¿Lo mataste?

– ¿Qué esperas que responda, Myron?

– Me gustaría oírlo.

– No, no lo he matado. Iba a dejarlo. ¿Para qué iba a presentar la petición de divorcio si pensaba matarlo?

– Para impedir un escándalo que sin duda hubiese hecho daño a tus hijos.

Ella hizo una mueca.

– Venga, Myron.

– ¿Entonces cómo explicas el arma de mi oficina y la sangre en el coche?

– No puedo.

Myron lo pensó. Le dolía la cabeza. No sabía si era por el altercado físico, o por esta última revelación. Intentó concentrarse a través de la bruma.

– ¿Quién más conoce la aventura?

– Sólo la abogada de Esperanza, Hester Crimstein.

– ¿Nadie más?

– Nadie. Éramos muy discretas.

– ¿Estás segura?

– Sí. ¿Por qué?

– Porque -respondió Myron- si yo fuera a asesinar a Clu y quisiera echarle la culpa a alguien, el amante de su esposa sería mi primera elección.

Bonnie vio adónde quería llegar.

– ¿Entonces tú crees que el asesino sabía lo nuestro?

– Explicaría muchas cosas.

– No se lo dije a nadie. Esperanza tampoco se lo explicó a nadie.

Vaya. Justo en medio de los ojos.

– Es imposible que fueseis tan cuidadosas -señaló Myron.

– ¿Por qué lo dices?

– Clu se enteró, ¿no?

Ella lo pensó, asintió.

– ¿Se lo dijiste tú? -preguntó Myron.

– No.

– ¿Qué le dijiste cuando lo echaste?

La viuda se encogió de hombros.

– Que no había nadie más. En cierto sentido era la verdad. No era por Esperanza.

– ¿Entonces, cómo se enteró?

– No lo sé. Supongo que se obsesionó. Que me siguió.

– ¿Y descubrió la verdad?

– Sí.

– ¿Entonces fue a por Esperanza y la atacó?

– Sí.

– Y antes de que tuviese ocasión de decírselo a alguien más, antes de que le diesen la oportunidad de salir y herir a alguna de vosotras, acabó muerto. El arma asesina acabó con Esperanza. La sangre de Clu acabó en el coche que ella conducía. El registro del peaje muestra que Esperanza volvió a Nueva York antes de una hora después del asesinato.

– De nuevo, sí.

Myron sacudió la cabeza.

– No tiene buena pinta, Bonnie.

– Es lo que he intentado decirte -dijo ella-. Si ni siquiera tú crees en nosotras, ¿cómo crees que va a reaccionar el jurado?

No necesitaba dar una respuesta. Volvieron a la casa. Los dos niños continuaban jugando, sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Myron los observó durante un momento. «Huérfanos de padre», pensó, y se estremeció ante las palabras. Con una última mirada, dio media vuelta y se marchó.

24

Thrill, no Nancy Sinclair, lo recibió en la puerta de un bar llamado Biker Wannabee (Aspirantes a moteros). Sinceridad en el anuncio. Era de agradecer.

– Jau -dijo Myron. Bolitar en el Lejano Oeste.

Su sonrisa estaba llena de promesas pornográficas. Ahora metida a fondo en el personaje de Thrill.

– Jau, compañero -respondió ella. Con algunas mujeres, cada sílaba es un arrullo-. ¿Qué tal estoy?

– Muy guapa, señora. Pero creo que te prefiero como Nancy.

– Mentiroso.

Myron se encogió de hombros, sin estar muy seguro de si decía la verdad. Todo esto le recordaba a cuando Barbara Eden interpretaba a la hermana malvada de Jeannie en Mi bella genio. Estaba a menudo dividido entre las dos, sin saber si Larry Hagman debía quedarse con Jeannie o largarse con la encantadora y malvada hermana. Eh, aquí estamos hablando de los grandes dilemas.

– Creía que traerías un apoyo -dijo Thrill.

– Así es.

– ¿Dónde está?

– Si las cosas van bien, no lo verás.

– Qué misterioso.

– ¿A que sí?

Entraron y fueron a un reservado en el fondo. Sí, los aspirantes a moteros. Montones de tipos que buscaban aquel aire de peludo-veterano-de-Vietnam-que-la-carretera-es-suya. En la máquina de discos sonaba God Only Knows (What I'd Be Without You) de los Beach Boys, pero diferente a todo lo demás que hicieron los Beach Boys. La canción era un sollozo lastimero, y a pesar de todos sus recelos hacia el pop, a Myron siempre le llegaba hasta la médula, la inquietud de lo que el futuro podía deparar tan desnuda en la voz de Brian, las palabras tan inquietantemente simples. En particular ahora.

Thrill lo miraba a la cara.

– ¿Estás bien? -le preguntó.

– Muy bien. ¿Ahora qué hacemos?

– Supongo que pedir una copa.

Pasaron cinco minutos. Lonely Boy sonó en la máquina de discos. Andrew Gold. Puro setenta. Chicles globos. Estribillo: «Oh, oh, oh… oh qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario». Para el momento en que había sido repetido el estribillo ocho veces, Myron ya se lo sabía, así que comenzó a cantarlo. Gran memoria. Quizá tendría que hacer algún anuncio en televisión.

Los hombres de las mesas cercanas miraron a Thrill, algunos de reojo, la mayoría no. La sonrisa de Thrill era ahora una sonrisa lujuriosa, cada vez más puesta en su papel.

– Te va este rollo.

– Es un papel, Myron. Todos somos actores en un escenario, ya sabes.

– Pero disfrutas de la atención.

– ¿Y?

– Sólo es un comentario. Ella se encogió de hombros. -Lo encuentro fascinante. -¿Qué?

– El poder de unas tetas grandes sobre los hombres. Se vuelven unos obsesos.

– ¿Acabas de llegar a la conclusión de que los hombres son unos obsesos mamarios? Lamento desilusionarte, Nancy, pero la investigación ya ha sido hecha.

– Pero es extraño cuando lo piensas.

– Intento no hacerlo.

– Los pechos tienen una influencia curiosa sobre los hombres, no hay duda -respondió ella-. Pero no me gusta la que tienen sobre las mujeres.

– ¿Qué quieres decir?

Thrill apoyó las palmas en la mesa.

– Vale, todos sabemos que las mujeres le damos mucha importancia a nuestros cuerpos. No es ninguna novedad, ¿verdad?

– Así es.

– Yo lo sé, tú lo sabes, todos lo saben. Y a diferencia de mis hermanas más feministas, no culpo a los hombres.

– ¿No lo haces?

– Vogue, Mademoiselle, Bazaar, Glamour, son dirigidas por mujeres y tienen una clientela totalmente femenina. Si quieren cambiar la imagen, que comiencen por ahí. ¿Por qué pedirles a los hombres que cambien una percepción que las propias mujeres no quieren cambiar?

– Un punto de vista refrescante -comentó Myron.

– Pero los pechos tienen una influencia curiosa sobre las personas. A los hombres, vale, es obvio. Se les reblandece el cerebro. Es como si los pezones disparasen un par de cucharillas que se clavasen en el lóbulo frontal y arrancasen todo pensamiento cognoscitivo.

Myron la observó, la imagen le hizo pensar.

– Pero para las mujeres, bueno, comienza cuando eres joven. Una chica se desarrolla pronto. Los chicos adolescentes comienzan a seguirla. ¿Cómo reaccionan las amigas? Se meten con ella. Tienen celos de la atención, se sienten inadecuadas, o lo que sea. Pero se meten con una chica que no puede evitar lo que le hace su cuerpo. ¿Me sigues?

– Sí.

– Incluso ahora. Fíjate en las miradas de las mujeres que estánaquí. Puro odio. Reúnes unas cuantas mujeres, ven pasar a una que tiene las tetas grandes y todas suspiran: «Oh, por favor». Las mujeres profesionales, por ejemplo, sienten la necesidad de vestirse con discreción; no sólo por los hombres lujuriosos, sino por las mujeres. Por cómo las tratan las mujeres. Una mujer de negocios ve a una colega con las tetas grandes y más capacitada, y qué piensa: «Consiguió el trabajo por las tetas». Así de claro y sencillo. Puede que sea cierto, puede que no. ¿Es una animosidad surgida de unos celos ocultos o un sentimiento equivocado de falta de adecuación o porque equiparan erróneamente pechos con estupidez? Lo mires por donde lo mires es una cosa fea.

– En realidad nunca lo había pensado -dijo Myron.

– Por último, no me gusta la influencia sobre mí.

– ¿Tu reacción al ver unos pechos grandes, o tenerlos?

– Lo último.

– ¿Por qué?

– Porque la mujer de pechos grandes se acostumbra. Lo toma por sentado. Los utiliza para su ventaja.

– ¿Y qué?

– ¿Qué quieres decir con y qué?

– Todas las personas atractivas lo hacen -dijo Myron-. No sólo son los pechos. Si una mujer es hermosa, lo sabe y lo aprovecha. No tiene nada de malo. Los hombres lo usan también, si pueden. Algunas veces, me da vergüenza admitirlo, yo también muevo el culito para conseguir mis intenciones.

– Asombroso.

– Bueno, en realidad, no. Porque nunca funciona.

– Creo que estás siendo modesto. Pero en cualquier caso, ¿por qué no ves nada malo en ello?

– ¿En qué?

– En utilizar un atributo físico para salirte con la tuya.

– Yo no he dicho que no haya nada malo. Sólo apunto que tú estás hablando de algo que no es solamente un fenómeno mamario.

Ella hizo una mueca.

– ¿Un fenómeno mamario?

Myron se encogió de hombros, y por fortuna se acercó la camarera. Myron puso mucho cuidado en no mirar al lugar cercano a su pecho, que era equivalente a decirte a ti mismo que no te rascases ese molesto picor. La camarera llevaba un bolígrafo detrás de la oreja. Su pelo superteñido intentaba buscar aquel rubio fresa campesino, pero se acercaba mucho más al puesto de azúcar hilado en la feria de rodeos.

– ¿Les sirvo? -dijo la camarera.

Se saltó sin más los preliminares como «Hola» y «¿Qué van…?».

– Rob Roy -pidió Thrill.

El boli salió de la oreja cartuchera, escribió, y volvió a la cartuchera. Muy Wyatt Earp.

– ¿Usted? -le preguntó a Myron.

Myron dudó que tuviesen Yoo-Hoo.

– Una gaseosa, por favor.

Ella lo miró como si hubiese pedido un orinal.

– Quizás una cerveza -dijo Myron.

Ella chasqueó la lengua.

– Bud Michelob, o alguna mariquita.

– Una mariquita estaría bien, gracias -dijo Myron-. ¿Por casualidad tienen una de esas sombrillas de cóctel?

La camarera puso los ojos en blanco y se fue.

Charlaron un rato. Myron comenzaba a relajarse, e incluso a pasárselo bien cuando Thrill dijo:

– Detrás de ti. Junto a la puerta.

No estaba muy de humor para juegos clandestinos. Ellos le querían aquí por alguna razón. No tenía ningún sentido andarse con rodeos. Se volvió sin una pizca de sutileza y vio a Pat el camarero y a Veronica Lake, también conocida como Zorra, vestida de nuevo con el cárdigan -de color melocotón, para aquellos que toman nota-, laida larga y un collar de perlas. Zorra, la debutante con esteroides.

Myron sacudió la cabeza. Bonnie Franklin y Mall Girl no se veían por ninguna parte.

Myron levantó un brazo en el aire en un gran saludo.

– ¡Aquí, chicos!

Pat frunció el entrecejo, fingió sorpresa. Miró a Zorra. La transexual del tacón sable. Zorra no mostró reacción alguna. Los grandes nunca lo hacían. Myron siempre se preguntaba si su actitud era una farsa o si, de verdad, nada les sorprendía. Lo más probable era un poco de las dos cosas.

Pat se acercó a su mesa comportándose como si estuviese sorprendido -¡sorprendido!- de que Myron estuviese en su bar. Zorra lo siguió, flotaba más que caminaba, sus ojos empapándose de todo. Como Win, Zorra se movía económicamente -pese a los elegantes zapatos rojos de tacón alto- sin desperdiciar ni un solo movimiento. Pat continuaba frunciendo el entrecejo cuando llegó a la mesa.

– ¿Qué demonios está haciendo aquí, Bolitar? -preguntó Pat.

Myron asintió.

– No está mal, pero podría mejorarlo. Hágame un favor. Pruebe de nuevo. Pero añada primero un pequeño jadeo. Jadeo, ¿qué demonios está haciendo aquí, Bolitar? Algo así. Mejor todavía, por qué no sacude la cabeza con gesto adusto y dice algo así como: «De todos los tugurios en el mundo, tiene que venir al mío dos noches seguidas».

Zorra sonreía.

– Está loco -dijo Pat.

– Pat -advirtió Zorra.

Miró a Pat y sacudió la cabeza una vez. La sacudida decía basta de juegos.

Pat se volvió hacia Thrill.

– Hazme un favor, cariño.

Thrill le ofreció un jadeante:

– Claro, Pat.

– Ve a empolvarte la nariz o lo que sea, ¿vale?

Myron hizo un gesto.

– ¿Ve a empolvarte la nariz? -Miró a Zorra con una expresión suplicante. El pequeño encogimiento de hombros de Zorra casi era una disculpa-. ¿Ahora qué, Pat? ¿Va a amenazarme con hacerme dormir con los peces? Me hará una oferta que no puedo rehusar. Me refiero a ¿ve a empolvarte la nariz?

Pat rabiaba. Miró a Thrill.

– Por favor, cariño.

– Ningún problema, Pat.

Thrill salió del reservado. Pat y Zorra de inmediato ocuparon su lugar. Myron frunció el entrecejo ante el cambio de escenario.

– Necesitamos cierta información -dijo Pat.

– Sí, ya me di cuenta de eso anoche -señaló Myron.

– Aquello se escapó de control. Lo siento.

– No lo dudo.

– Eh, lo dejamos marchar, ¿no?

– Después de ser electrocutado con un bastón eléctrico, recibir dos cortes con una hoja en un tacón, patearme las costillas, y después saltar a través de un espejo. Sí, me dejaron ir.

Pat sonrió.

– Si Zorra aquí presente no hubiera querido que escapase, no se hubiese escapado. ¿Lo capta?

Myron observó a Zorra. Zorra observó a Myron.

– ¿Un cárdigan melocotón con zapatos rojos? -preguntó Myron.

Zorra sonrió, se encogió de hombros.

– Zorra aquí presente podría haberlo matado con la misma facilidad que quien mata a una gallina -añadió Pat.

– De acuerdo, muy bien. Zorra es un tío duro, usted es supergeneroso conmigo. Lo entiendo.

– ¿Por qué preguntaba por Clu Haid?

– Lamento desilusionarle, pero anoche le estaba diciendo la verdad. Intento encontrar a su asesino.

– ¿Entonces qué tiene que ver mi club con eso?

– Antes de que me arrastrasen al cuarto trasero, hubiese dicho: «Nada». Pero ahora, bueno, es lo que me gustaría saber.

Pat miró a Zorra. Zorra no se movió.

– Queremos llevarle a dar un paseo -dijo Pat.

– Maldita sea.

– ¿Qué?

– Ha hablado durante casi tres minutos sin soltar un cliché mañoso. Luego me viene con eso de dar un paseo. De verdad que es triste. ¿Puedo primero empolvarme la nariz?

– ¿Quiere hacerse el gracioso o quiere venir con nosotros?

– Puedo hacer las dos cosas -dijo Myron-. Tengo muchos talentos.

Pat sacudió la cabeza.

– Vamos.

Myron comenzó a salir del reservado.

– No -dijo Zorra.

Todos se detuvieron.

– ¿Qué pasa? -preguntó Pat.

Zorra observó a Myron.

– No tenemos ningún interés en hacerle daño -dijo Zorra.

Más afirmaciones.

– Pero no podemos permitir que sepa adónde vamos, encanto. Tendrá que ir vendado.

– Está bromeando, ¿verdad?

– No.

– De acuerdo, véndenme.

– No -repitió Zorra.

– ¿Ahora qué pasa?

– Su amigo Win. Zorra supone que está cerca.

– ¿Quién?

Zorra sonrió. Él-ella no era bonita. Montones de travestís lo son. Muchas veces ni siquiera los reconoces. Pero Zorra tenía la sombra de la barba (un aspecto que Myron encontraba muy poco atractivo en una mujer), manos grandes con nudillos peludos (ídem), la peluca torcida (vale, soy melindroso), una voz ronca un tanto masculina (comme ci, comme ça) y, a pesar de los adornos exteriores, Zorra parecía, bueno, un tipo con un vestido.

– No insulte la inteligencia de Zorra, encanto.

– ¿Le ve?

– Si Zorra pudiese -dijo Zorra-, entonces es que alguien ha exagerado muchísimo su reputación.

– ¿Entonces por qué está tan segura de que Win está aquí?

– Lo hace de nuevo -dijo Zorra.

– ¿Hacer qué?

– Insulta la inteligencia de Zorra.

Nada como un psicópata que se refiere a sí mismo en tercera persona.

– Por favor pídale que aparezca -dijo Zorra-. No tenemos ningún interés en herir a nadie. Pero Zorra sabe que su colega le seguirá allí donde vaya. Entonces Zorra tendrá que seguirle, lo que nos llevará a un conflicto. Ninguno de nosotros quiere eso.

La voz de Win llegó a través del móvil de Myron. Debía haber conectado la voz.

– ¿Qué garantía tenemos de que Myron regresará?

Myron levantó el móvil a la vista.

– Usted y Zorra se sentarán aquí y disfrutarán de una copa, encanto -dijo Zorra al móvil-. Myron viajará con Pat.

– ¿Viajar adónde? -preguntó Myron.

– No se lo podemos decir.

Myron frunció el entrecejo.

– ¿Todo este juego de capa y espada es de verdad necesario?

Pat se echó hacia atrás y dejó que Zorra se encargase.

– Usted tiene preguntas, nosotros tenemos preguntas -manifestó Zorra-. Este encuentro es la única manera de satisfacer ambas cosas.

– ¿Entonces por qué no podemos hablar aquí?

– Imposible.

– ¿Por qué?

– Tendrá que ir con Pat.

– ¿Adónde?

– Zorra no se lo puede decir.

– ¿A quién me llevan a ver?

– Zorra tampoco se lo puede decir.

– ¿El destino del mundo descansa en que Zorra mantenga silencio? -preguntó Myron.

Zorra acomodó los labios para formar lo que probablemente había leído en alguna parte que era una sonrisa.

– Se burla de Zorra. Pero Zorra ha guardado silencio antes. Zorra ha visto horrores que usted ni siquiera puede imaginar. Zorra ha sido torturada. Durante semanas. Zorra ha sentido un dolor que hace que lo usted sintió con aquel bastón eléctrico parezca el beso de un enamorado.

Myron asintió con expresión solemne.

– Caray -dijo.

Zorra separó los dedos. Nudillos peludos y uñas color rosa. Que alguien me contenga.

– Siempre podemos escoger ir por caminos separados, encanto.

Desde el teléfono móvil Win dijo:

– Buena idea.

Myron levantó el teléfono.

– ¿Qué?

– Si aceptamos sus términos -dijo Win-, no puedo garantizar que no te matarán.

– Zorra lo garantiza -intervino Zorra-. Con su vida.

– ¿Perdón? -exclamó Myron.

– Zorra se queda aquí con Win -explicó Zorra, y el brillo en sus ojos con demasiada máscara resplandeció de nuevo. Ahí había algo, y no era lucidez-. Zorra estará desarmada. Si no regresa sano y salvo, Win mata a Zorra.

– Vaya garantía -dijo Myron-. ¿Alguna vez ha pensado en convertirse en mecánico de coches?

Win entró en el bar. Caminó en línea recta hacia la mesa, se sentó con las manos debajo.

– Si fueran tan amables -le dijo Win a Zorra y Pat- pongan las manos sobre la mesa.

Lo hicieron.

– Y, señorita Zorra, si no le importa quitarse los zapatos…

– Por supuesto, cariño.

Win mantuvo su mirada en Zorra. Zorra mantuvo la suya en Win. Ni un parpadeo.

– Sigo sin poder garantizar su seguridad -dijo Win-. Sí, tengo la opción de matarla si él no regresa. Pero por lo que sé, a Pat el Conejo aquí presente le importa una mierda lo que le pase.

– Eh -dijo Pat-, tiene mi palabra.

Win sólo lo miró por un momento. Luego se volvió hacia Zorra.

– Myron va armado. Pat conduce. Myron conserva el arma.

Zorra sacudió la cabeza.

– Imposible.

– Entonces no hay trato.

Zorra se encogió de hombros.

– Entonces Zorra y Pat deben decirles adiós.

Se levantaron para marcharse. Myron sabía que Win no los llamaría. Le susurró a Win:

– Necesito saber qué está pasando aquí.

Win se encogió de hombros.

– Es un error -dijo-, pero es tu jugada.

Myron clavó la vista en la pareja.

– Aceptamos.

Zorra se sentó de nuevo. Por debajo de la mesa Win continuó apuntándole.

– Myron se queda con el móvil -dijo Win-. Escucharé todas las palabras.

Zorra asintió.

– Muy justo.

Pat y Myron hicieron ademán de marcharse.

– Ah, Pat -dijo Win.

Pat se detuvo.

La voz de Win sonó como si preguntase si llovería.

– Si Myron no vuelve, puede o no que mate a Zorra. Lo decidiré en el momento apropiado. En cualquier caso, utilizaré toda mi considerable influencia, dinero, tiempo y esfuerzos para encontrarle a usted. Ofreceré recompensas. Buscaré. No dormiré. Le encontraré. Y cuando lo haga, no le mataré. ¿Me comprende?

Pat tragó saliva, asintió.

– Ve -dijo Win.

25

Cuando llegaron al coche, Pat lo cacheó. Nada. Después le dio a Myron una capucha negra.

– Póngasela.

Myron hizo una mueca.

– Dígame que es una broma.

– Póngasela. Después tiéndase en el asiento trasero. No se levante.

Myron puso los ojos en blanco, pero hizo lo que le pedía. Su estatura de metro noventa impedía que estuviese cómodo, pero lo consiguió. Muy bien por su parte. Pat se puso al volante y arrancó el coche.

– Una sugerencia rápida -dijo Myron.

– ¿Qué ha dicho?

– La próxima vez que haga esto, intente limpiar primero el coche. Esto es repugnante.

Pat condujo. Myron intentó concentrarse, captar los sonidos que le darían una pista de adónde iban. Esto siempre funcionaba en la televisión. El tipo podía oír, pongamos, la sirena de un barco y saber que había ido al muelle 12 o algo así, y todos venían corriendo y lo encontraban. Pero todo lo que Myron oyó, y no era ninguna sorpresa, fue el ruido del tráfico: alguna bocina, coches que pasaban o eran sobrepasados, radios a todo volumen, esa clase de cosas. Intentó llevar la cuenta de las vueltas y las distancias, pero comprendió muy rápido que era inútil. ¿Qué se creía que era, una brújula humana? El viaje duró más o menos diez minutos. No fue tiempo suficiente para dejar la ciudad. Pista: todavía estaba en Manhattan. Ah, eso sí que ayudaba. Pat apagó el motor.

– Puede sentarse -dijo-. Pero mantenga la capucha en su sitio.

– ¿Está seguro de que la capucha va con este conjunto? Quiero tener el mejor aspecto para el señor Importante.

– ¿Alguna vez le han dicho que es usted muy divertido, Bolitar?

– Tiene razón. El negro va con todo.

Pat exhaló un suspiro.

Cuando están nerviosas, algunas personas comen. Otras se esconden. Otras guardan silencio. Otras charlan. Y algunas hacen chistes idiotas.

Pat le ayudó a bajar del coche y le guió por el codo. Myron intentó de nuevo captar los sonidos. Tal vez el graznido de una gaviota. Eso también parecía pasar siempre en la tele. Pero las gaviotas de Nueva York no graznaban, tosían. Y si alguna vez oyó a alguna gaviota en Nueva York, lo más probable es que estuviese más cerca de un contenedor que de un muelle. Myron intentó recordar la última vez que había visto una gaviota en Nueva York. Había el dibujo de una en un cartel de su tienda favorita de bollos. Con una leyenda: «Si un pájaro que vuela sobre el mar es una gaviota, ¿cómo se llama un pájaro que vuela sobre la bahía?». Muy astuto cuando lo piensas.

Los dos hombres caminaron: adónde, Myron no tenía idea. Tropezó en la acera desnivelada, pero Pat lo mantuvo erguido. Otra pista. Encuentre un lugar en Manhattan con la acera desnivelada. Jesús, prácticamente tenía al tipo acorralado.

Subieron lo que parecía una escalinata y entraron en una habitación donde el calor y la humedad eran un poco más sofocantes que un incendio en la selva de Borneo. Myron continuaba encapuchado, pero la luz de lo que podía ser una bombilla desnuda se filtraba por la tela. La habitación apestaba a moho, vapor y sudor seco: como si la sauna más popular en Jack La Lanne se hubiese estropeado. Resultaba difícil respirar a través de la capucha. Pat apoyó una mano en el hombro de Myron.

– Siéntese -dijo Pat antes de empujarlo hacia abajo con suavidad.

Myron se sentó. Oyó las pisadas de Pat, luego unas voces bajas. En realidad susurros. La mayor parte de Pat. Algo así como una discusión. De nuevo pisadas. Se acercaban a Myron. De pronto, un cuerpo tapó la luz de la bombilla, y sumió a Myron en la más total oscuridad. Un paso más. Alguien se detuvo delante de él.

– Hola, Myron -dijo la voz.

Allí había un temblor, un sonido casi maníaco en el tono. No había ninguna duda. Myron no era muy bueno con los nombres y los rostros, pero las voces tenían huellas. Llegaron los recuerdos. Después de todos estos años, su recuerdo fue instantáneo.

– Hola, Billy Lee.

Para ser más exactos, el desaparecido Billy Lee Palms. Antiguo hermano de la fraternidad y estrella del béisbol de Duke. Antiguo mejor compañero de Clu Haid. Hijo de la señora Mi-vida-es-un-papel-de-pared.

– ¿Te importa si ahora me quito la capucha? -preguntó Myron.

– En absoluto.

Myron levantó las manos y cogió la parte superior de la capucha. Se la quitó. Billy Lee estaba delante de él. O al menos lo que creyó que era Billy Lee. Como si el antiguo chico bonito hubiese sido secuestrado y reemplazado por esta versión obesa. Los antiguos prominentes pómulos de Billy Lee parecían maleables, la piel tersa ahora colgaba en pliegues, los ojos hundidos más que cualquier tesoro de pirata; su complexión, el gris de las calles después de la lluvia. Su pelo se veía grasiento y erizado como el de cualquier videojockey de la MTV.

Billy Lee también sujetaba lo que parecía una escopeta recortada a unos quince centímetros del rostro de Myron.

– Sujeta lo que parece una escopeta recortada a unos quince centímetros de mi cara -dijo Myron para beneficio del móvil.

Billy Lee se rió. El sonido también era familiar.

– Bonnie Franklin -dijo Myron.

– ¿Qué?

– Anoche. Tú fuiste el que me pinchó con el bastón eléctrico.

Billy Lee abrió las manos.

– Bingo, nena.

Myron sacudió la cabeza.

– Está muy claro que tienes mucha mejor pinta con el maquillaje, Billy Lee.

Billy Lee se rió de nuevo y volvió a apuntar con la escopeta a Myron. Después le extendió la mano libre.

– Dame el teléfono.

Myron titubeó pero no mucho. Los ojos hundidos, una vez que Myron pudo verlos, estaban llorosos, desenfocados y teñidos de un rojo mate. El cuerpo de Billy Lee era un temblor. Myron estudió las mangas cortas y vio las huellas de las agujas. Billy Lee parecía el más salvaje e imprevisible de los animales: un drogadicto acorralado. Myron le dio el teléfono. Billy se lo llevó a la oreja.

– ¿Win?

La voz de Win sonó clara.

– Sí, Billy Lee.

– Vete al infierno.

Billy Lee se rió de nuevo. Luego apagó el teléfono, apartándolo del mundo exterior y Myron sintió que el miedo crecía en su pecho. Billy metió el teléfono en el bolsillo de Myron y miró a Pat.

– Átalo a la silla.

– ¿Qué? -dijo Pat.

– Átalo a la silla. Hay una cuerda detrás.

– ¿Atarlo cómo? ¿Acaso soy un maldito boy scout?

– Tú envuélvelo y haz un nudo. Sólo quiero inmovilizarlo por si acaso se comporta como un estúpido antes de que lo mate.

Pat se movió hacia Myron. Billy Lee continuó mirando a Myron.

– En realidad no es una buena idea alterar a Win -dijo Myron.

– Win no me asusta.

Myron sacudió la cabeza.

– ¿Qué?

– Sabía que estabas colgado -comentó Myron-. Pero no hasta qué punto.

Pat comenzó a pasar la cuerda alrededor del pecho de Myron.

– Quizá tendrías que llamarlo de nuevo -señaló Pat. Si la falla de San Andrés temblaba como su voz, estarían ordenando la evacuación-. No necesitamos que él también nos busque, ya sabes a qué me refiero.

– No te preocupes por eso -afirmó Billy Lee.

– Zorra todavía está allí…

– ¡No te preocupes por eso! -repitió esta vez a grito pelado.

Un terrible y agudo alarido. La escopeta se acercó más al rostro de Myron. Myron tensó el cuerpo, preparándose para moverse antes de que ataran la cuerda. Pero Billy Lee se apartó de pronto, como si se diese cuenta por primera vez de que Myron estaba en la habitación.

Nadie habló. Pat tensó la cuerda e hizo el nudo. No estaba bien hecho, pero cumpliría su propósito: inmovilizarlo para que Billy Lee tuviese todo el tiempo del mundo para volarle la cabeza.

– ¿Intentas matarme, Myron?

Una extraña pregunta.

– No -respondió Myron.

El puño de Billy Lee se estrelló en la parte inferior del abdomen de Myron. Myron se dobló, el aire escapó de los pulmones, jadeó en la pura y más desnuda necesidad de oxígeno. Sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos.

– No me mientas, gilipollas.

Myron luchó por respirar.

Billy Lee se sorbió los mocos, se secó el rostro con la manga.

– ¿Por qué intentas matarme?

Myron intentó responder, pero tardó demasiado. Billy Lee le pegó con fuerza con la culata de la escopeta, en el mismo punto de la zeta que Zorra le había marcado la noche anterior. Se soltaron los puntos, y la sangre cayó sobre la camisa de Myron. La cabeza comenzó a darle vueltas. Billy Lee se rió un poco más. Entonces levantó la culata por encima de la cabeza y comenzó a bajarla en un arco hacia la de Myron.

– ¡Billy Lee! -gritó Pat.

Myron lo vio venir, pero no tenía escapatoria.

Consiguió inclinar la silla con la punta de los pies y se echó hacia atrás. El golpe rozó la coronilla y le cortó el cuero cabelludo. La silla cayó hacia atrás, y la cabeza de Myron golpeó contra el suelo de madera. El cráneo le cosquilleó.

Oh, Dios…

Alzó la mirada. Billy Lee estaba alzando la culata de la escopeta de nuevo. Un golpe directo le aplastaría el cráneo. Myron intentó rodar, pero estaba enredado. Billy Lee le sonrió. Mantuvo la escopeta en alto por encima de su cabeza, dejó que el momento se alargase, observó a Myron debatirse como algunas personas miran a una hormiga herida antes de aplastarla con el pie.

Billy Lee de pronto frunció el entrecejo. Bajó el arma, la observó por un momento.

– Um -dijo-. De esta manera podría romper mi escopeta.

Myron sintió que Billy Lee lo cogía de los hombros y lo levantaba a él y a la silla. La escopeta estaba ahora a nivel de los ojos.

– Joder -dijo Billy Lee-. También podría volarte tu puto culo, ¿no tengo razón?

Myron apenas si oía nada. Cuando un arma te apunta directamente a la cara, tienes la tendencia a tapar todo lo demás. Las aberturas del doble cañón crecen, se acercan, te rodean hasta que todo lo que ves y oyes se consume en una boca negra.

Pat lo intentó de nuevo.

– Billy…

Myron sintió que el sudor en las axilas comenzaba a derramarse. Calma. Mantén el tono calmado. No lo excites.

– Dime lo que está pasando, Billy Lee. Quiero ayudar.

Billy Lee se rió, la escopeta todavía sacudiéndose en su mano.

– ¿Tú quieres ayudarme?

– Sí.

Se rió más fuerte.

– Gilipolleces, Myron. Una verdadera gilipollez.

Myron permaneció quieto.

– Nunca fuimos amigos, ¿no es así, Myron? Me refiero a que éramos hermanos de la fraternidad y salíamos juntos y todas esas cosas. Pero nunca fuimos de verdad amigos.

Myron intentó mantener la mirada en Billy Lee.

– Ha pasado mucho tiempo para volver al pasado, Billy Lee.

– Estoy intentando decir algo, imbécil. Me estás intentando engañar con todas esas tonterías de querer ayudarme. Como si fuésemos amigos. Pero eso no es nada más que una gilipollez. Nunca fuimos amigos.

Nunca te gusté. Como si fuesen niños de tercer grado en el recreo.

– Así y todo ayudé a salvarte el culo en más de una ocasión, Billy Lee.

La sonrisa.

– Mi culo no, Myron. El de Clu. Siempre fue el de Clu, ¿no? Aquello de conducir borracho cuando vivíamos en Massachusetts. No fuiste hasta allí para salvar mi culo. Fuiste hasta allí por Clu. Y aquella pelea en aquel bar en la ciudad. Aquello también fue por Clu.

Billy Lee de pronto inclinó la cabeza a un lado como un perro que percibe un nuevo sonido.

– ¿Por qué nunca fuimos amigos, Myron?

– ¿Por qué tú no me invitaste a tu fiesta de cumpleaños en la pista de patinaje?

– No jodas conmigo, gilipollas.

– A mí me gustabas, Billy Lee. Eras un tipo divertido.

– Pero después de un tiempo comenzó a cansarte, ¿no? Todo lo que hacía. Mientras era una estrella universitaria, todo iba de rositas, ¿no? Pero cuando fracasé en los profesionales, ya no era tan bonito y divertido. De pronto era patético. Es así, Myron.

– Lo dices tú.

– ¿Entonces qué pasa con Clu?

– ¿Qué pasa con él?

– Tú eras su amigo.

– Sí.

– ¿Por qué? Clu iba a las mismas juergas. Incluso era más juerguista. Siempre se estaba metiendo en problemas. ¿Por qué eras su amigo?

– Esto es estúpido, Billy Lee.

– ¿Lo es?

– Baja el arma.

La sonrisa de Billy Lee era amplia, resabiada y de alguna manera estaba muy lejos de la cordura.

– Te diré por qué seguiste siendo amigo de Clu. Porque él era mejor jugador de béisbol que yo. Él iba a estar con los grandes. Tú lo sabías. Es la única diferencia entre Clu Haid y Billy Lee Palms. Él se emborrachaba, se drogaba y se follaba a docenas de mujeres, pero seguía siendo divertido porque era un profesional.

– ¿Qué estás intentando decirme, Billy Lee? -protestó Myron-. ¿Que los atletas profesionales son tratados de una manera diferente al resto de nosotros? Vaya descubrimiento.

Pero el descubrimiento le sentaba mal a Myron. Sin duda porque las palabras de Billy Lee, si bien del todo irrelevantes, al menos en parte eran verdad. Clu era encantador y divertido sólo porque era un atleta profesional. Pero si la velocidad de su pelota rápida hubiese bajado unos pocos kilómetros por hora, si la rotación de su brazo hubiese estado un poco torcida o si la posición de sus dedos no hubiese permitido un buen movimiento de la pelota en sus lanzamientos, Clu hubiese acabado como Billy Lee. Mundos alternativos -vidas y destinos del todo diferentes- están separados por una cortina no más gruesa que una membrana. Pero con los atletas puedes ver tu vida alternativa con un poco más de claridad. Tienes la habilidad de lanzar la pelota un poco más rápida que el otro tipo, y acabas siendo un dios por encima de los mortales. Tienes chicas, fama, casa grande, el dinero en lugar de las ratas, el triste anonimato, el apartamento miserable, el trabajo vulgar. Vas a la televisión y das tu opinión de la vida. Las personas quieren estar cerca de ti, escucharte hablar y tocar el dobladillo de tu túnica. Sólo porque puedes lanzar la pelota a gran velocidad o embocar una pelota naranja en un círculo de metal o mover un palo con algo más de un arco puro. Eres especial.

Una locura cuando lo piensas.

– ¿Lo mataste tú, Billy Lee? -preguntó Myron.

Pareció como si a Billy Lee lo hubieran abofeteado.

– ¿Qué?

– Tenías celos de Clu. Él lo tenía todo. Te dejó atrás.

– ¡Era mi mejor amigo!

– Hace mucho tiempo de eso, Billy Lee.

Myron pensó de nuevo en hacer un movimiento. Podía intentar quitarse la cuerda, no estaba muy ajustada, pero llevaría tiempo, y aún estaba demasiado lejos. Se preguntó cómo estaría reaccionando Win al verse aislado de todo esto y tembló. No valía la pena pensarlo.

Algo que parecía una curiosa y tranquila mano cruzó el rostro de Billy Lee. Dejó de temblar, contempló a Myron sin sacudirse o temblar. Su voz de pronto sonó suave.

– Ya es suficiente -dijo.

Silencio.

– Tengo que matarte, Myron. En defensa propia.

– ¿De qué estás hablando?

– Tú mataste a Clu. Y ahora quieres matarme a mí.

– Eso es una locura.

– Quizá le dijiste a tu secretaria que lo hiciese. Y a ella la pillaron. O tal vez lo hizo Win. Ese tipo siempre ha sido tu perro faldero. O quizá lo hiciste tú mismo, Myron. El arma la encontraron en tu oficina, ¿no? La sangre en tu coche.

– ¿Por qué iba a matar a Clu?

– Utilizas a las personas, Myron. Le utilizaste para comenzar tu negocio. Pero después que no pasó el último análisis de dopaje, Clu estaba terminado. Por lo tanto, te dijiste: ¿por qué no reducir las pérdidas?

– Eso no tiene sentido -señaló Myron-. Incluso si lo hubiese hecho, ¿por qué iba a querer matarte a ti?

– Porque yo también puedo hablar.

– ¿Hablar de qué?

– De la mucha ayuda que puedes prestar.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Billy Lee. Su voz se apagó. Myron comprendió que tenía un gran problema.

El momento de calma se acabó. El cañón de la escopeta temblaba. Myron probó la cuerda. Nada. A pesar del calor, algo helado le recorrió las venas. Estaba atrapado. Ninguna posibilidad de hacer un movimiento.

Billy Lee intentó reír de nuevo, pero ahora algo en su interior se había agotado.

– Adiós.

El pánico dominó a Myron. Billy Lee estaba sólo a unos segundos de matarlo. No había ninguna oportunidad de convencerlo de que no lo hiciese. La combinación de drogas y paranoia había eliminado toda su capacidad de raciocinio. Myron consideró sus opciones y no le gustó ninguna.

– Win -dijo Myron.

– Ya te lo he dicho. No le tengo miedo.

– No estoy hablando contigo. -Myron miró a Pat. El barman resollaba con fuerza, y sus hombros estaban caídos como si alguien los hubiese cargado con arena mojada-. Una vez que él apriete el gatillo -le dijo Myron-, yo estaré mejor que usted.

Pat se movió hacia Billy Lee.

– Vamos a calmarnos por un segundo, Billy Lee. Piénsatelo un poco, ¿vale?

– Voy a matarlo.

– Billy Lee, ese tipo, Win. He oído historias…

– No lo entiendes, Pat. Es que no lo entiendes.

– Entonces dímelo, tío. Estoy aquí para ayudar.

– Después de que le mate.

Billy Lee se movió hacia Myron. Apoyó el cañón del arma en la sien de Myron. Myron se quedó lívido.

– ¡No!

Pat ya estaba muy cerca. O al menos era lo que creía. Hizo su movimiento, se lanzó a las piernas de Billy Lee. Pero debajo del drogadicto aún quedaba algo de los viejos reflejos del atleta. Por lo menos suficientes. Billy Lee se giró y disparó. La bala alcanzó a Pat en el pecho. Por una fracción de segundo Pat pareció sorprendido. Luego se desplomó.

Billy Lee gritó: «¡Pat!». Se dejó caer de rodillas y se aplastó hacia el cuerpo inmóvil.

El corazón de Myron aleteaba como un cóndor enjaulado. No esperó. Forcejeó con las cuerdas. Nada que hacer. Se deslizó hacia abajo en un serpenteo tremendo. La cuerda estaba más tensa de lo que creía, pero consiguió moverse un poco.

– ¡Pat! -gritó Billy Lee de nuevo.

Ahora las rodillas de Myron estaban en el suelo, su cuerpo contorsionado, su columna vertebral torcida de una manera que se suponía imposible. Billy Lee lloraba sobre el silencioso Pat. La cuerda se enganchó debajo de la barbilla de Myron, echó la cabeza hacia atrás y por un momento le estranguló. ¿De cuánto tiempo disponía?

¿Cuánto tiempo antes de que Billy Lee recobrase los sentidos? Imposible de decir. Myron echó la barbilla todavía más atrás, y la cuerda empezó a pasar por encima de él. Estaba casi libre.

Billy Lee dio un respingo y se volvió.

Myron seguía atrapado en la cuerda. Los dos hombres cruzaron una mirada. Se había acabado. Billy Lee levantó la escopeta. Quizá les separaban dos metros y medio. Myron observó el cañón, vio los ojos de Billy Lee, vio la distancia.

Ninguna posibilidad. Demasiado tarde.

El arma se disparó.

La primera bala hizo blanco en la mano de Billy Lee. Soltó un alarido y dejó caer la escopeta. La segunda bala alcanzó la rodilla de Billy Lee. Otro grito. Manó la sangre. La tercera bala llegó tan rápido que Billy Lee no tuvo tiempo de llegar al suelo. Su cabeza se movió hacia atrás por el impacto, sus piernas se levantaron en el aire. Billy Lee se perdió de la vista como un blanco en una galería de tiro.

En la habitación reinó el silencio.

Myron se libró por fin de la cuerda y rodó sobre sí mismo a un rincón.

– ¿Win? -gritó.

Ninguna respuesta.

– ¿Win?

Nada.

Pat y Billy Lee ni siquiera pestañearon. Myron se levantó, el único sonido era el de su propia respiración. Sangre. Por todas partes había sangre. Tenían que estar muertos. Myron se acurrucó en el rincón. Alguien lo vigilaba. Ahora lo sabía. Cruzó la habitación y miró a través de la ventana. Miró a la izquierda. Nada. Miró a la derecha.

Alguien estaba en las sombras. Una silueta. El miedo dominó a Myron. La silueta pareció flotar y después desapareció en la oscuridad. Myron se volvió y encontró el pomo. Abrió la puerta y echó a correr.

26

Vomitó tres manzanas más allá. Se detuvo, se apoyó en un edificio, y echó las tripas fuera. Varios vagabundos se detuvieron para aplaudirle. Myron respondió con un saludo de agradecimiento a sus partidarios. Bienvenido a Nueva York.

Myron intentó encender el móvil, pero había acabado roto en la refriega. Vio un cartel y comprobó que sólo estaba a diez manzanas al sur del bar Biker Wannabee, en el Meatpacking District, cerca de West Side Highway. Trotó, con una mano en el costado, intentando detener la hemorragia. Encontró un teléfono que funcionaba, hecho en esta sección de Manhattan que normalmente involucraba una zarza ardiendo, y marcó el número del móvil de Win.

Win atendió a la primera llamada.

– Articule.

– Están muertos -dijo Myron-. Los dos.

– Explica.

Myron lo hizo.

Cuando acabó, Win dijo:

– Estaré allí en tres minutos.

– Tengo que llamar a los polis.

– Poco sensato.

– ¿Por qué?

– No se creerán tu historia de padecimientos -dijo Win-, sobre todo la parte del misterioso salvador.

– ¿Quieres decir que creerán que les mataste tú?

– Precisamente.

Win tenía razón.

– Pero podríamos aclararlo -dijo Myron.

– Sí quizás, a la larga. Pero llevaría un tiempo precioso.

– Tiempo que no tenemos.

– Entonces, lo entiendes.

Myron lo pensó.

– Pero los testigos me vieron salir del bar con Pat.

– ¿Y?

– La policía comenzará a interrogar a las personas. Se enterarán. Serán capaces de ubicarme en la escena.

– No más.

– ¿Qué?

– En el teléfono. Basta de discusión. Estaré allí en tres minutos.

– ¿Qué pasa con Zorra? ¿Qué le has hecho?

Pero Win ya había cortado. Myron colgó también. Un nuevo grupo de vagabundos lo miraba como si fuese un sándwich aplastado en el suelo. Myron respondió a su mirada y no la desvió hasta que ellos lo hicieron. Esta noche no estaba de humor para seguir asustándose.

Un coche se detuvo a los tres minutos. Un Chevrolet Nova. Win tenía toda una colección: todos viejos, todos muy usados, todos imposibles de rastrear. Coches para tirar, los llamaba. A Win le gustaba utilizarlos para ciertas actividades nocturnas. No pregunten.

Se abrió la puerta delantera del copiloto. Myron observó al interior y vio a Win al volante. Se sentó a su lado.

– La suerte está echada -dijo Win.

– ¿Qué?

– La policía ya está en la escena. Apareció en el escáner.

Mala noticia.

– Aún puedo presentarme.

– Sí, por supuesto. ¿Por qué, señor Bolitar no llamó a la policía? ¿Por qué llamó a su amigo antes que a las autoridades? ¿Es usted o no sospechoso de ayudar a la señorita Esperanza Díaz en el asesinato del mejor amigo de Billy Lee Palms? ¿Qué estaba haciendo en aquel bar? ¿Por qué el señor Palms quería matarlo?

– Todo se puede explicar.

Win se encogió de hombros.

– Tu jugada.

– Igual que fue mi jugada ir solo con Pat.

– Sí.

– Cometí un error al aceptar.

– Sí. Te pusiste en una situación demasiado vulnerable al ir así. Había otras maneras.

– ¿Qué otras maneras?

– Podíamos haber cogido a Pat en otro momento y hacer que nos lo dijese.

– ¿Hacer?

– Sí.

– ¿Te refieres a pegarle? ¿Torturarlo?

– Sí.

– Yo no hago esas cosas.

– Crece -dijo Win-. Es un simple análisis de coste y beneficio. Al causar una incomodad temporal a un maleante, disminuyes en gran medida el riesgo de que te maten. Es de lo más sencillo. -Win lo miró-. Por cierto, estás hecho una mierda.

– Tendrías que haber visto al otro tipo -dijo Myron. Luego-: ¿Mataste a Zorra?

Win sonrió.

– Pensaba que me conocías mejor.

– No, Win. ¿Lo mataste?

Win se detuvo delante del Biker Wannabee. Aparcó el coche.

– Mira adentro.

– ¿Por qué estamos de nuevo aquí?

– Dos razones. Una, nunca te marchaste.

– ¿No?

– Es lo que juraré. Estuviste aquí toda la noche. Sólo saliste un momento a la calle con Pat. Thrill me respaldará. -Él sonrió-. También lo hará Zorra.

– ¿No lo mataste?

– La. Zorra prefiere que la llamen la.

– La. ¿No la mataste?

– Por supuesto que no.

Salieron del coche.

– Estoy sorprendido -dijo Myron.

– ¿Por qué?

– Por lo general cuando amenazas…

– Nunca amenacé a Zorra. Amenacé a Pat. Dije que quizá mataría a Zorra. ¿Pero qué sentido hubiese tenido? ¿Zorra debía sufrir porque un psicópata drogata como Billy Lee Palms cuelga el teléfono? Creo que no.

Myron sacudió la cabeza.

– Eres una fuente de sorpresas.

Win se detuvo.

– Y últimamente tú eres un gilipollas a tiempo completo. Tuviste suerte. Zorra dijo que estaba dispuesta a utilizar su vida como garantía de tu seguridad. Me di cuenta de que ella no podía hacerlo. Por eso te dije que no fueses.

– No creo que tuviese otra alternativa.

– Ahora lo sabes bien.

– Quizá.

Win apoyó una mano en el brazo de Myron.

– Aún no lo has superado. Esperanza tiene razón cuando te lo dice.

Myron asintió. Win apartó el brazo.

– Toma esto -dijo Win y le dio una botella pequeña-. Por favor.

Un enjuague bucal. Siempre puedes contar con Win. Entraron en el bar. Myron se detuvo en el lavabo, se lavó la boca, se lavó lacara, miró la herida. Le dolía. Se miró en el espejo. Su rostro aún conservaba el bronceado de las tres semanas con Terese, pero Win tenía razón: tenía un aspecto de mierda.

Se reunió con Win fuera del lavabo.

– Antes dijiste dos razones, que había dos razones por las que querías que entrase.

– Razón dos -dijo Win-. Nancy o Thrill, como prefieras. Estaba muy preocupada por ti. Me parece que lo más adecuado es que la veas.

Cuando llegaron al reservado del rincón, Zorra y Thrill estaban muy ocupadas hablando, bueno, como dos solteras en un bar.

Zorra le sonrió a Myron.

– Zorra lo siente, encanto.

– No es culpa tuya -dijo Myron.

– Zorra se refiere a que están muertos -dijo Zorra-. A Zorra le hubiese gustado estar antes unas pocas horas con ellos.

– Sí -dijo Myron-. Es una pena.

– Zorra ya le ha dicho a Win todo lo que Zorra sabe, que es muy poco. Zorra no es más que una hermosa asesina a sueldo. Le gusta saber tan poco como sea posible.

– ¿Pero trabajabas para Pat?

Él-ella asintió, pero la peluca no.

– Zorra era un gorila y guardaespaldas. ¿Te lo puedes creer? ¿Zorra Avrahaim teniendo que conformarse con trabajar como un vulgar gorila?

– Sí, son tiempos duros. ¿En qué estaba metido Pat?

– Un poco de todo. En su mayor parte drogas.

– ¿Qué vínculo había entre Billy Lee y Pat?

– Billy Lee afirmaba que era su tío. -Zorra se encogió de hombros-. Pero bien puedo haber sido una mentira.

– ¿Llegaste a conocer a Clu Haid?

– No.

– ¿Sabes por qué Billy Lee se ocultaba?

– Estaba aterrorizado. Creía que alguien intentaba matarlo.

– ¿Ese alguien era yo?

– Así parece.

Myron era incapaz de entenderlo. Hizo unas cuantas preguntas más, pero no había nada más que saber. Win tendió la mano. Zorra la cogió y salió del reservado. Se manejaba muy bien con los tacones. No todos lo hacen.

Zorra besó a Win en la mejilla.

– Gracias por no matar a Zorra, encanto.

Win se inclinó un poco.

– Un placer, madame. -Win el seductor-. La acompañaré a la calle.

Myron se sentó en el reservado junto a Thrill. Sin decir una palabra ella le apretó el rostro con las dos manos y lo besó con fuerza. Él le devolvió el beso. Win y su enjuague bucal. Qué tío.

Cuando se separaron para respirar, Thrill dijo:

– Sabes cómo hacerle pasar a una chica un buen momento.

– Así es.

– También me has dado un susto de muerte.

– No lo pretendía.

Ella le miró el rostro.

– ¿Estás bien?

– Lo estaré.

– Una parte de mí quiere invitarte a mi apartamento.

Él no dijo nada y bajó la mirada. Thrill continuó mirándolo.

– Esto es todo, ¿no? -dijo ella-. No me llamarás, ¿verdad?

– Eres hermosa, inteligente, divertida… -dijo Myron.

– Y a punto de que me den el puntapié.

– No es por tu culpa.

– Oh, qué original. No me lo digas. Eres tú, ¿no?

Myron intentó sonreír.

– Me conoces muy bien.

– Me gustaría.

– Soy una mercancía dañada, Nancy.

– ¿Quién no lo es?

– Acabo de terminar una relación muy larga…

– ¿Quién ha dicho nada de una relación? Podríamos salir, ¿no?

– No.

– ¿Qué?

– No funciono de esa manera -explicó Myron-. No lo puedo evitar. Salgo con alguien, comienzo a imaginarme críos, una barbacoa en el patio trasero y una canasta oxidada de baloncesto en la entrada de coches. Intento atrapar todas esas cosas de inmediato.

La joven lo miró.

– Jesús, sí que eres extraño.

Difícil de rebatir.

Ella comenzó a jugar con la pajita.

– ¿No me puedes imaginar en ninguno de esos escenarios domésticos?

– Todo lo contrario -contestó Myron-. Ése es el problema.

– Comprendo. Al menos creo que lo comprendo. -Thrill se movió en su asiento-. Será mejor que me vaya.

– Te llevaré a casa.

– No, tomaré un taxi.

– No será necesario.

– Creo que lo es. Buenas noches, Myron.

Ella se alejó. Myron se levantó. Win se le acercó. Juntos miraron cómo desaparecía por la puerta.

– ¿Te asegurarás de que llegue a casa sana y salva? -preguntó Myron.

– Ya he pedido un coche para ella -respondió Win.

– Gracias.

Silencio. Entonces Win puso una mano sobre el hombro de Myron.

– ¿Puedo hacer una observación en este momento? -preguntó Win.

– Adelante.

– Eres un imbécil total.

Pasaron por el apartamento del doctor en el Upper West Side. Volvió a suturarle la herida, haciendo chasquear la lengua mientras lo hacía. Cuando llegaron al apartamento de Win en el Dakota, los dos amigos se acomodaron en la decoración Luís Algo con sus bebidas favoritas. Myron bebía un Yoo-Hoo; Win bebía un licor ámbar a sorbos.

Win cambiaba de canal con el mando a distancia. Se detuvo en la CNN. Myron observó la pantalla y pensó en Terese en aquella isla, sola. Consultó la hora. Éste era normalmente el horario de Terese. Lo llenaba una mujer con un pésimo teñido. Myron se preguntó si Terese volvería a estar en el aire. Se preguntó por qué continuaba pensando en ella.

Win apagó el televisor.

– ¿Quieres otro?

Myron negó con la cabeza.

– ¿Qué te dijo Sawyer Wells?

– Me temo que poca cosa. Clu era un drogadicto. Él intentó ayudarle. Bla, bla, bla. ¿Sabías que Sawyer se va de los Yankees?

– No lo sabía.