Valerie Simpson, joven estrella del tenis norteamericano, quiere a Myron Bolitar como su agente. Va a reaparecer y está dispuesta a olvidar su pasado. Bolitar ya se ha hecho un nombre en el tenis profesional representando a Duane Richwood, futuro número 1 del circuito masculino y que está a punto de granar el USA Open. Pero alguien no está dispuesto a ver resugir a Valerie Simpson. ¿Por qué matarla ahora, durante el USA Open? No hay más pistas que su última llamada telefónica. A Duane Richwood. Bolitar desconocía que ambos fueran amigos y comenzará a buscar el punto exacto en el que se conocieron. ¿Quién es realmente Richwood? ¿Por qué miente? Pero la Policía cierra el caso deteniendo a un falso culpable. Hace seis años el novio de Valerie, el hijo de un conocido senador, fue también asesinado por un delincuente callejero. Y ahora el senador quiere que Bolitar deje de investigar. La verdad es a veces mortal. Venganzas, odios y duelos protagonizan la segunda novela del fascinante y complejo Myron Bolitar.

Harlan Coben

Golpe de efecto

Myron Bolitar 2

Para Anne y Charlotte,

de parte del hombre más afortunado del mundo.

1

– César Romero -dijo Myron.

– No lo dirás en serio, ¿no? -contestó Win mirándolo.

– Es que empiezo con una fácil.

En el Stadium Court, los jugadores cambiaban de campo. Duane Richwood, el cliente de Myron, estaba dándole una paliza sensacional al decimoquinto cabeza de serie, Ivan Algo terminado en okov, por 5-0 en el tercer set después de haber ganado los dos primeros por 6-0 y 6-2. Un debut impresionante en el Open de los Estados Unidos para tratarse de un advenedizo literalmente salido de las calles de Nueva York.

– César Romero -repitió Myron-. ¿O es que no te lo sabes?

– El bufón -respondió Win exhalando un suspiro.

– Frank Gorshin.

– El hombre enigma.

Estaban en la pausa de noventa segundos para la publicidad. Myron y Win se entretenían con el ingeniosísimo juego de «Adivina el nombre del malo de Batman». El Batman de la serie de televisión, en el que salían Adam West y Burt Ward, y todos aquellos Pow! Bam! y Slam! El Batman auténtico y genuino.

– ¿Y quién interpretó al segundo? -quiso saber Myron.

– ¿Al segundo hombre enigma?

Myron asintió con la cabeza.

Duane Richwood les dirigió una breve sonrisa chulesca desde el otro lado de la pista. Llevaba gafas de sol de aviador muy chillonas con patillas de color verde fluorescente muy horteras. Eran el último grito en Ray-Ban y Duane iba a todas partes con ellas. Aquellas gafas de sol no sólo habían llegado a identificarlo, sino también a definirlo. Y la casa Ray-Ban estaba bastante contenta de haberlo logrado.

Myron y Win estaban sentados en uno de los palcos de lujo reservados a la gente famosa y a los allegados de cada jugador. En la mayoría de los partidos se llenaban todos los asientos del palco. La tarde anterior, en el partido de Agassi, el palco estaba hasta los topes de familiares, amigos, pelotilleros, chicas jóvenes, estrellas de cine defensoras del medio ambiente, mechones de pelo implantados… como si se tratara de una fiesta privada de Aerosmith. No obstante, Duane sólo tenía tres personas en el palco: Myron, su agente; Win, su asesor financiero y Henry Hobman, su entrenador. Wanda, el gran amor de Duane, se había puesto demasiado nerviosa y había preferido quedarse en casa.

– John Astin -contestó Win.

Myron asintió en silencio.

– ¿Y Shelley Winters?

– Ma Parker.

– Milton Berle.

– Louie el Lila.

– Liberace.

– Chandell.

– ¿Y?

– ¿Y qué? -preguntó Win confundido.

– ¿A qué otro malo interpretó Liberace?

– ¿Pero qué estás diciendo? Liberace sólo salió en un episodio.

– ¿Estás seguro? -dijo Myron recostándose en el asiento y esbozando una sonrisa.

En el asiento situado junto a la silla del juez, Duane acababa de beberse tranquilamente y de un trago una botella entera de Evian sosteniéndola de modo que las cámaras de televisión enfocaran el nombre del patrocinador. Qué chico más listo. Sabía cómo dejarlo contento. No hacía mucho, Myron le había conseguido un contrato muy sencillo con el magnate de Evian, el agua mineral, que lo comprometía a beber en botellas claramente etiquetadas durante el US Open. Y a cambio, recibía diez mil dólares. Eso respecto al agua, porque Myron también estaba negociando un contrato de refrescos con Pepsi y otro de bebidas isotónicas con Gatorade.

Ah, el mundo del tenis…

– Liberace sólo salió en un episodio -afirmó Win.

– ¿Es tu respuesta definitiva?

– Sí. Liberace sólo salió en un episodio.

Henry Hobman seguía escudriñando la pista, la inspeccionaba con la máxima concentración y la recorría con la vista de arriba abajo. Qué pena que en ese momento no hubiera nadie jugando.

– Henry, ¿juegas a adivinarlo? -propuso Myron.

Henry no les hizo caso. Como de costumbre.

– Liberace sólo apareció en un episodio -repitió Win dándose humos.

Myron hizo un ruido parecido al zumbido que se oye en los concursos cuando el participante da la respuesta equivocada.

– Pues lo siento mucho -dijo-, pero la respuesta no es correcta. ¿Qué es lo que tenemos para nuestro concursante? Pues bien, Windsor se lleva a su casa un juego de nuestro concurso, el abrillantador Turtle Wax para todo un año. ¡Y, por supuesto, nuestro más sincero agradecimiento por haber jugado con nosotros!

– Liberace sólo salió en un episodio -comentó Win impasible.

– ¿Es un nuevo mantra tuyo?

– Hasta que me demuestres lo contrario.

Win, cuyo nombre completo era Windsor Horne Lockwood III, juntó las yemas de los dedos de sus cuidadas manos. Poner las manos de aquella manera era algo que solía hacer mucho y, por cierto, le sentaba a la perfección. Tenía el mismo aspecto que se desprendía de su nombre completo, es decir, el del típico blanco anglosajón protestante de clase adinerada por excelencia. Toda su actitud apestaba a arrogancia, elitismo, páginas dedicadas a fiestas de la alta sociedad de revistas de belleza como Town and Country, debutantes que usan jerséis con iniciales bordadas y alhajas con nombres grabados tan ridículos como Babs, dry-martinis en el bar del club privado y montones de dinero de papá… Pelo rubio y fino, cara de patricio y niño bien, cutis blanco y acento de Exeter muy afectado. Y sin embargo, en el caso de Win algún tipo de anomalía genética se había impuesto a generaciones enteras de cuidadosos aparejamientos porque, en determinados aspectos, era exactamente lo que parecía, pero en muchos otros, algunos incluso terroríficos, era todo lo contrario.

– Estoy esperando -dijo Win.

– Te acuerdas de que Liberace hizo de Chandell, ¿no? -preguntó Myron.

– Por supuesto.

– Pues te has olvidado de que, en el mismo episodio, Liberace también hizo de Harry, el hermano gemelo de Chandell.

– No puedes estar hablando en serio -dijo Win haciendo una mueca de reproche.

– ¿Cómo?

– Que los hermanos gemelos maléficos no cuentan.

– ¿En qué parte del reglamento dice eso?

Win cerró la mandíbula de aquella manera tan suya.

Había demasiada humedad en el ambiente para usar ropa interior, sobre todo en el estadio de Flushing Meadows, por donde no corría ni pizca de aire. El estadio, que curiosamente llevaba el nombre de Louis Amstrong, era como una valla publicitaria inmensa que por casualidad tuviera una pista de tenis en el centro. IBM tenía una valla sobre el velocímetro que marcaba la rapidez del saque de cada jugador. Citizen informaba tanto de la hora real como de la duración del partido. Visa tenía el nombre impreso tras la línea de servicio. Reebok, Infiniti, Fujifilm y Clairol aparecían allí donde hubiera un espacio libre. Y lo mismo podía decirse de Heineken, la cerveza oficial del Open de Estados Unidos.

El público era una amalgama total de clases sociales. Abajo, en los buenos asientos, se veía a la gente con dinero. Pero respecto a la ropa había de todo. Desde gente vestida con traje y corbata (como Win) hasta gente con ropa más informal al estilo república bananera (como Myron); había gente con téjanos y gente con bermudas, aunque los preferidos de Myron eran los que iban vestidos con el equipo completo de tenis: polo, bermudas, calcetines, zapatillas de tenis, sudaderas, muñequeras y raqueta de tenis. Sí, sí, raqueta de tenis. Como si alguien fuera a invitarlos a jugar. Como si de repente Sampras, Steffi o cualquier otro jugador fuera a señalar a las gradas y decir: «Eh, tú, el de la raqueta, necesito un compañero para jugar dobles».

Llegó el turno de Win.

– Roddy McDowall -comenzó.

– Ratón de biblioteca.

– Vincent Price.

– Cabeza huevo.

– Joan Collins.

– ¿Joan Collins? -dijo Myron sorprendido-. ¿La de Dinastía!

– No pienso darte pistas.

Myron empezó a repasar episodios mentalmente. En la pista, el juez de silla dijo: «Tiempo», avisando que la pausa de la publicidad de noventa segundos había terminado, y los jugadores se pusieron en pie. Myron no habría puesto la mano en el fuego, pero le pareció ver a Henry pestañear.

– ¿Te rindes? -quiso saber Win.

– ¡Shhh! Están a punto de jugar.

– Y tú te crees hincha de Batman…

Los jugadores se situaron en sus puestos. Incluso ellos mismos eran vallas publicitarias, aunque más pequeñas. Duane iba con zapatillas y ropa deportiva Nike, usaba raqueta marca Head y llevaba las mangas adornadas con los logotipos de McDonald's y Sony. Su contrincante iba de Reebok y sus logotipos eran de Sharp y Bic. Increíble, pero cierto: Bic, la compañía de bolígrafos y maquinillas de afeitar. Como si los espectadores, al ver el logotipo, fueran inmediatamente a comprar un bolígrafo.

– De acuerdo, me rindo -le susurró Myron a Win inclinándose hacia él-. ¿A qué villana interpretaba Joan Collins?

– No me acuerdo -dijo Win encogiéndose de hombros.

– ¿Cómo?

– Sé que salió en un episodio, pero nó me acuerdo del nombre del personaje.

– Eso no vale.

– ¿En qué parte del reglamento dice eso? -preguntó Win con una sonrisa que dejó ver sus dientes blancos y perfectos.

– Tienes que saber la respuesta.

– ¿Y por qué? -preguntó Win-. ¿Acaso Pat Sajak se sabe todas las preguntas de La rueda de la fortuna? ¿Se sabe Alex Trebeck todas las preguntas de Jeopardy!?

– Bonita analogía, Win, en serio -dijo Myron tras un momento de silencio.

– Gracias.

– La sirena -dijo de repente una voz.

Myron y Win miraron al otro lado. La voz parecía haber sido la de Henry.

– ¿Has dicho algo?

– La sirena -repitió Henry casi sin mover la boca y con la mirada todavía fija en la pista de tenis-. Joan Collins hizo de la sirena. En Batman.

Myron y Win intercambiaron miradas de asombro.

– Los sabelotodo no les caen bien a nadie, Henry.

A Myron le pareció que Henry movía la boca. Tal vez para sonreír.

En la cancha de tenis, Duane empezó el juego con un tanto directo de saque que estuvo a punto de atravesar a un recogepelotas. El velocímetro de IBM marcó 205 kilómetros por hora y Myron hizo un gesto de incredulidad al verlo, igual que Ivan Comosellame. Justo cuando Duane se preparaba para lanzar el segundo saque, sonó el móvil de Myron.

Él lo sacó rápidamente del bolsillo. No era el único de las gradas que fuera a hablar por teléfono, pero sí de entre los de la primera fila. Ya iba a pulsar el botón de desconexión cuando cayó en la cuenta de que podía tratarse de Jessica. Jessica… Sólo de pensar en ella ya hacía que se le acelerara el pulso.

– ¿Diga?

– No soy Jessica -comentó Esperanza, su colega del trabajo.

– No esperaba que lo fueras.

– Seguro -dijo ella-. Siempre suenas como un perrito abandonado cuando coges el teléfono.

Myron agarró el móvil con fuerza. El partido continuaba sin interrupción, pero ya había gente en las gradas con cara de pocos amigos, buscando el origen del desagradable tono de llamada del móvil.

– ¿Qué quieres? -preguntó susurrando-. Estoy en el estadio.

– Ya lo sé. Seguro que ahora mismo pareces un gilipollas pretencioso por estar al teléfono en pleno partido.

«Si yo te contara…», pensó Myron.

Las caras de pocos amigos ya empezaban a acribillarlo con la mirada. En opinión de quienes lo rodeaban, Myron acababa de cometer un pecado imperdonable. Como si hubiera abusado de un menor o estuviera utilizando el tenedor de la ensalada con el segundo plato.

– Oye, ¿qué quieres?

– Un momento, ahora mismo estás saliendo por la tele. Madre mía, es cierto.

– ¿Qué?

– La televisión te hace más gordo.

– Mira, Esperanza, ¿quieres decirme de una vez qué es lo que quieres?

– Bueno, nada importante. Se me ocurrió que te gustaría saber que te he concertado una reunión con Eddie Crane.

– Estás de broma.

Eddie Crane era uno de los juniors de tenis más destacados de todo el país. En principio sólo iba a entrevistarse con las cuatro agencias más importantes: ICM, TruPro, Advantage Internacional y ProServ.

– Lo digo en serio. Estás citado con él y con sus padres en la pista dieciséis cuando termine el partido de Duane.

– Te quiero, ¿sabes?

– Pues súbeme el sueldo -repuso ella.

Duane marcó un tanto con un drive diagonal ganador. Treinta a cero.

– ¿Alguna cosa más? -quiso saber Myron.

– No, bueno, Valerie Simpson. Ha llamado tres veces.

– ¿Qué quería?

– No me lo ha dicho, pero la reina de hielo parecía un poco irritada.

– No la llames así.

– Bueno, pues eso.

Myron colgó. Win se quedó mirándolo.

– ¿Algún problema? -preguntó Win.

Valerie Simpson. Un caso extraño, pero triste. La que en otro tiempo fuera niña prodigio del tenis había acudido hacía dos días a su despacho en busca de alguien, quien fuera, que la representara.

– No, no creo -respondió Myron.

Duane iba cuarenta a cero. Estaba a un tanto de partido. Bud Collins, el columnista por antonomasia del mundo del tenis, ya lo esperaba en el pasillo de los vestuarios para hacerle la entrevista habitual sobre el encuentro. Los pantalones de Bud, que siempre llevaba prendas en Technicolor muy atrevidas, eran especialmente horrendos ese día.

Duane cogió dos pelotas de manos del recogepelotas y se acercó a la línea. Era un personaje raro de ver en el mundo del tenis. Para empezar, era negro. Y no de la India ni de África; tampoco de Francia. Era de Nueva York. Al contrario que casi todos los demás jugadores del torneo, no se había pasado la vida preparándose para aquel momento. Sus padres no eran los típicos ambiciosos que lo hubieran presionado para que se dedicara al tenis. Tampoco había trabajado con los mejores entrenadores del mundo en Florida o California desde que fue capaz de sostener una raqueta. Duane pertenecía al extremo opuesto del espectro.

Era un chico criado en las calles, que se había escapado de casa a los quince años y había logrado arreglárselas por su cuenta. Aprendió a jugar al tenis en las pistas públicas. Se pasaba el día entero en ellas y retaba a todo el que fuera capaz de sostener una raqueta.

Y estaba a punto de ganar su primer partido de Grand Slam cuando se oyó el disparo.

El ruido sonó amortiguado porque procedía del exterior del estadio. La mayor parte del público no se dejó asustar. Supuso que el ruido había sido provocado por algún petardo o por un tubo de escape. Sin embargo, Myron y Win habían oído aquel ruido muchas veces; por eso, cuando empezaron a oírse gritos, ellos ya se habían levantado del asiento y estaban en movimiento. En el interior del estadio la gente comenzó a murmurar. Se oyeron más gritos. Gritos fuertes e histéricos. El juez de silla, en su infinita sabiduría, se acercó al micrófono y gritó: «¡Cálmense, por favor!».

Myron y Win subieron corriendo la escalera metálica, saltaron por encima de la cadena blanca que ponían los acomodadores para que nadie saliera o entrara de la cancha hasta que los jugadores cambiaran de campo y salieron afuera. En el lugar al que la gente se refería muy generosamente como «el salón comedor» estaba empezando a reunirse una multitud. Con mucho esfuerzo y paciencia, aquel «comedor» tenía la esperanza de llegar a alcanzar algún día el nivel de calidad gastronómica correspondiente a la zona de restaurantes de un centro comercial.

Se internaron entre la multitud abriéndose paso a empujones. Entre algunos había cundido el pánico sin traba alguna, pero otros ni se habían inmutado. Al fin y al cabo se trataba de Nueva York y, por otro lado, las colas de los puestos de refrescos eran muy largas y a nadie le hacía gracia perder la tanda.

La chica estaba tendida boca abajo delante de un puesto que servía champán Moët a 7,50 dólares la copa. Myron la reconoció de inmediato, incluso antes de agacharse y dar vuelta al cuerpo. Pero cuando le vio la cara, cuando vio aquellos fríos ojos azules devolviéndole la mirada y observándolo con la atención imperturbable de la muerte, se le encogió el corazón. Miró a Win, pero el rostro de éste, como de costumbre, carecía de expresión.

– Pues vaya un regreso al mundo del tenis -dijo Win.

2

– Tal vez deberías dejar de darle vueltas -dijo Win.

Win tomó la FDR Drive en dirección sur con su Jaguar XJR. Llevaba la radio sintonizada en la WMXV, 105.1 FM, en un espacio dedicado al soft rock. En ese momento se oía a Michael Bolton haciendo una nueva versión de un viejo clásico de los Four Tops. Lamentable. Como ver a Bea Arthur hacer la nueva versión de una película de Marilyn Monroe.

Tal vez «soft rock» significara en realidad «rock de la peor clase».

– ¿Te importa que ponga un casete? -dijo Myron.

– Claro que no.

Win cambió de carril de un volantazo. La manera más suave de definir la forma de conducir de Win sería la de «creativa». Myron, que intentaba no mirar la carretera, insertó el casete de la versión original de How to Succeed in Business Witbout Really Trying. Al igual que Myron, Win tenía una gran colección de musicales de Broadway. En la cinta, Robert Morse cantaba a una chica llamada Rosemary, pero la mente de Myron seguía fija en una chica llamada Valerie Simpson.

Valerie estaba muerta. De un balazo en el pecho. Le habían disparado en la zona de los puestos de comida del United States Tennis Association National Tennis Center durante la primera ronda del Grand Slam estadounidense y, aun así, nadie había visto nada. O, por lo menos, nadie había dicho nada.

– Ya vuelves a poner esa cara -dijo Win.

– ¿Qué cara? -preguntó Myron.

– La cara de «quiero ayudar al mundo» -respondió Win-. No era dienta tuya.

– Pero iba a serlo.

– Cosa muy diferente. Su destino no te concierne.

– Hoy me había llamado tres veces -dijo Myron-. Y al ver que no podía ponerse en contacto conmigo por teléfono, ha venido a las pistas. Y entonces ha sido cuando la han matado.

– Una historia muy triste -dijo Win-, pero no te concierne.

El velocímetro rondaba los ciento treinta.

– Oye, Win.

– Dime.

– Estás yendo por la izquierda, vas en dirección contraria.

Win dio un volantazo, cruzó dos carriles y tomó la salida de la autopista. Minutos más tarde, el Jaguar entraba en el parking Kinney de la Calle 52. Después de aparcar el coche le dieron las llaves a Mario, el encargado. En Manhattan hacía calor. Mucho calor. La acera abrasaba los pies a través de la suela de los zapatos. El humo de los coches se unía a la humedad que pendía del aire como los frutos de un árbol. Respirar suponía todo un esfuerzo. Sudar, en cambio, no. El truco consistía en reducir el sudor al mínimo mientras se caminaba y esperar a que el aire acondicionado secara la ropa sin provocar una neumonía.

Myron y Win fueron en dirección sur por Parle Avenue hacia el rascacielos de Inversiones y Valores Lock-Horne. El edificio entero pertenecía a la familia de Win. El ascensor se detuvo en la planta número doce, Myron salió y Win se quedó dentro. Su despacho de la compañía Lock-Horne estaba dos pisos más arriba.

– Yo la conocía -dijo Win antes de cerrarse las puertas del ascensor.

– ¿A quién?

– A Valerie Simpson. Fui yo quien le dio tu número de teléfono.

– ¿Y por qué no me lo dijiste?

– No tenía ningún motivo para hacerlo.

– ¿Erais amigos íntimos?

– Eso depende de lo que entiendas por amigo íntimo. Ella era de una familia adinerada de Filadelfia, como la mía. Los dos éramos miembros de los mismos clubes privados, de las mismas asociaciones benéficas, todo eso. De niños de vez en cuando nuestras familias veraneaban juntas. Pero llevaba años sin saber nada de ella.

– ¿Y te llamó así, sin más?

– Podría decirse que sí.

– ¿Y qué es lo que tú dirías?

– ¿Es un interrogatorio?

– No. ¿Tienes alguna idea de quién puede haberla asesinado?

– Ya hablaremos luego -dijo Win con total tranquilidad-. Ahora mismo tengo asuntos que atender.

Las puertas del ascensor se cerraron y Myron se quedó allí de pie un momento, como esperando a que las puertas volvieran a abrirse. Después recorrió el rellano y abrió la puerta en la que se leía: «MB Representante Deportivo Inc».

– Madre mía, vas hecho un cromo -dijo Esperanza desde su mesa al verlo entrar.

– ¿Te has enterado de lo de Valerie?

Esperanza hizo un gesto afirmativo con la cabeza. En caso de sentirse culpable por haberse referido a ella como «la reina de hielo» momentos antes del asesinato, no se le notaba.

– Tienes sangre en la chaqueta.

– Ya lo sé.

– Ned Tunwell, de Nike, está en la sala de reuniones.

– Pues supongo que tendré que verlo -dijo Myron-. Deprimiéndome no voy a arreglar nada.

Esperanza se quedó mirándolo, inexpresiva.

– No hace falta que te pongas así -añadió Myron-, estoy bien.

– Estoy conteniendo las lágrimas -dijo ella.

La viva imagen de la compasión.

Cuando Myron abrió la puerta de la sala de reuniones, Ned Tunwell se le tiró encima como un cachorro contento, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y le dio una gran palmada en la espalda. Myron pensó que sólo faltaba que le saltara al regazo para lamerle la cara.

Ned Tunwell parecía tener unos treinta y pocos, más o menos como Myron. Todo él estaba siempre de buen talante, como un haré krishna con sobredosis de anfetaminas o como Flipper en medio de un parque acuático. Llevaba chaqueta azul, camisa blanca, pantalones caqui, corbata chillona y, lógicamente, zapatillas de tenis Nike. Tenía el pelo muy rubio y llevaba uno de esos bigotes que parecen la marca que deja la leche.

Al cabo de un rato, Ned consiguió calmarse y sacó una cinta de vídeo.

– ¡Ya verás cuando veas esto! -dijo muy emocionado-. Myron, te va a encantar. Es fantástico.

– Veámoslo entonces.

– En serio, Myron, es fantástico. Absolutamente fantástico. Increíble. Ha quedado mejor de lo que esperaba. Manda al traste todo lo que hicimos con Courier y Agassi. Te va a encantar. Es fantástico. Fantástico de verdad.

La palabra clave estaba clara: fantástico.

Tunwell encendió el televisor y puso la cinta en el reproductor. Myron se sentó e intentó dejar de pensar en el cadáver de Valerie Simpson. Necesitaba concentrarse. Lo que Ned iba a enseñarle, el primer anuncio publicitario de Duane, era crucial. De hecho, aquellos anuncios contribuían más a crear la imagen de un deportista que ninguna otra cosa, ni siquiera lo bien que jugara o cómo lo retrataran los medios de comunicación. Eran los anuncios lo que definía a los deportistas. Todo el mundo conocía a Michael Jordan como Air Jordan. La mayoría de los aficionados no sabrían decir si Larry Johnson había jugado con los Charlotte Hornets pero, en cambio, lo sabían todo sobre la personalidad de su abuela… La campaña adecuada definía. En cambio, una mala campaña podía acabar con la carrera de cualquiera.

– ¿Cuándo va a salir por la televisión?

– Durante los cuartos de final. Vamos a bombardear todas las cadenas a lo bestia.

La cinta terminó de rebobinar. Duane estaba a punto de convertirse en uno de los jugadores de tenis mejor pagados del mundo. Y no por ganar partidos, aunque ayudara bastante, sino por los contratos publicitarios. En la mayoría de los deportes, los deportistas más famosos ganaban más dinero por los patrocinadores que por sus equipos. Y en el caso del tenis, mucho más. Muchísimo más. Los diez mejores jugadores del mundo sacaban el quince por ciento de sus ingresos de los partidos que ganaban, pero el resto lo ganaban gracias a contratos publicitarios, los partidos de exhibición y las cuotas, es decir, el dinero que se pagaba a los mejores jugadores por participar en un torneo sin tener en cuenta el resultado.

El tenis necesitaba sangre nueva y Duane Richwood era la transfusión más estimulante que iba a obtener en años. Comparados con él, Courier y Sampras parecerían tan interesantes como la comida deshidratada para perros. Los jugadores suecos siempre eran un tostón. El circo de Agassi empezaba a cansar. McEnroe y Connors ya eran historia.

Así que ahora le tocaba el turno a Duane Richwood: llamativo, divertido y ligeramente polémico, pero no lo suficiente como para resultar odioso. Era negro y había salido de la calle, pero de una calle que se consideraba «segura», era un negro «seguro», la clase de tipo a quien hasta los racistas podrían apoyar para demostrar que en realidad no lo eran.

– Mira esta preciosidad, Myron. Este spot, te lo prometo, es… es que es totalmente… -Tunwell miró al techo, tratando de encontrar la palabra adecuada.

– ¿Fantástico? -sugirió Myron.

– Tú míralo y ya verás -dijo Ned haciendo chasquear los dedos y señalando la pantalla-. A mí se me pone dura cuando lo veo. ¿Pero qué digo? Se me pone dura sólo de pensar en él. Te lo juro por lo que más quieras, es buenísimo.

Ned pulsó el botón de «play».

Dos días antes, Valerie Simpson había estado sentada en aquella misma sala, justo después que Duane Richwood. El contraste era espectacular. Los dos tenían veintitantos años, pero mientras la carrera de uno apenas empezaba a despegar, la de la otra ya se había estrellado. A los veinticuatro años, a Valerie le habían colgado el cartel de vieja gloria o falsa promesa del tenis. Aquel día estuvo fría y arrogante (y de ahí el comentario de Esperanza sobre la reina de hielo), aunque tal vez sólo estuviera distante y distraída. Era difícil saberlo con exactitud. Y sí, Valerie era joven, aunque no precisamente lo que se dice «una persona llena de vida». Resultaba muy extraño decirlo ahora, pero sus ojos le parecieron más vivos cuando la vio muerta, más animados en su mirada perdida que cuando se sentó en la sala de reuniones con Myron.

¿Por qué, se preguntó Myron, iba nadie a querer matar a Valerie Simpson? ¿Por qué había tratado de ponerse en contacto con él con tanta urgencia? ¿Por qué había acudido al estadio de tenis? ¿Para ver el torneo? ¿O para hablar con Myron?

– Mira esto, Myron -volvió a repetir Ned-. Es tan fantástico que me corrí de gusto al verlo. De verdad, te lo juro por Dios. Me manché los pantalones.

– Qué pena habérmelo perdido.

Ned soltó un grito de placer.

El anuncio empezó por fin. Se veía a Duane con sus gafas de sol yendo de arriba abajo en la cancha de tenis. Luego muchas sucesiones rápidas de primeros planos, la mayoría de las zapatillas deportivas. Muchos colores brillantes. Un ritmo de latidos fuertes mezclado con el ruido de las pelotas que pasaban por encima de la red a toda velocidad. Tenía un estilo tan a lo «MTV», que podría haberse tratado perfectamente del videoclip de un grupo de rock. Entonces se oía decir a Duane:

– Ven a mi cancha…

Luego se veían unos cuantos golpes y unos cuantos primeros planos en rápida sucesión. Y entonces todo se detenía. Duane se desvanecía y el color se iba perdiendo hasta quedar por completo en blanco y negro. Y en silencio. Después la escena cambiaba y se veía a un juez de aspecto severo mirando a la cámara desde lo alto de su estrado. En ese momento volvía a oírse la voz de Duane:

– …y mantente alejado de la suya.

Volvía a oírse la música rock, volvía el color y aparecía Duane, que golpeaba la pelota, sonreía a pesar del sudor, y la luz se reflejaba en sus gafas de sol. Después aparecía el símbolo de Nike y debajo la frase: «ven a la cancha de duane».

Fundido en negro.

Ned Tunwell dejó escapar un gemido de satisfacción, de verdadera satisfacción.

– ¿Quieres un cigarrillo? -le preguntó Myron.

– ¿Qué te había dicho, eh, Myron? -dijo Ned aumentando la potencia de su sonrisa-. ¿Es fantástico o no?

Myron asintió con la cabeza. Era bueno. Muy bueno. Era moderno, estaba bien hecho y tenía mensaje, sin llegar a la monserga.

– Me gusta -contestó.

– Ya te lo había dicho. ¿O no te lo había dicho? Se me ha vuelto a poner dura. Te lo juro por Dios, me gusta tanto que se me pone dura. Hasta puede que vuelva a correrme. Aquí mismo, mientras hablamos.

– Gracias por avisar.

Ned se puso a reír como si le hubiera dado un ataque y le dio una palmada en el hombro a Myron.

– Ned…

Tunwell fue reduciendo el volumen de sus carcajadas como si fuera el final de una canción y luego se secó los ojos.

– Es que un día me vas a matar, Myron. No puedo parar de reír. De verdad que un día me matas.

– Sí, es que soy la leche. Por cierto, ¿te has enterado de lo del asesinato de Valerie Simpson?

– Y tanto, lo han dicho por la radio. Una vez trabajé con ella, ¿sabes? -dijo Ned sin dejar de sonreír y con los ojos muy abiertos y vivaces.

– ¿Estuvo con Nike? -preguntó Myron.

– Pues sí. Y te diré una cosa, nos costó un riñón. Es que, ¿sabes qué?, parecía una apuesta segura. Sólo tenía dieciséis años cuando firmamos el contrato con ella y ya había llegado a la final del Roland Garros. Y además era atractiva, americana de pura cepa, lo tenía todo. Y estaba muy desarrollada, ya me entiendes. No era la típica niña mona que iba a transformarse en una mala bestia cuando creciera un poco, como Capriatti. Valerie estaba realmente buena.

– ¿Y qué pasó?

– Pues que tuvo una crisis nerviosa -dijo Ned encogiéndose de hombros-. Joder, si salió en todos los periódicos.

– ¿Por qué motivo?

– Y yo qué sé. Pero hubo muchos rumores.

– ¿Como por ejemplo?

Ned abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.

– Se me han olvidado.

– ¿Que se te han olvidado?

– Mira, Myron, la mayoría de la gente pensó que había sido demasiado, ¿me entiendes? Por tanta presión. Valerie no pudo con todo. La mayoría de esta gente no lo consigue. Tienen cuanto quieren, llegan muy arriba y luego ¡puf!, desaparecen. No puedes ni imaginarte cómo debe ser perderlo todo como… Esto… -Ned tartamudeó un poco y se calló. Luego inclinó la cabeza-. Mierda, joder…

Myron siguió en silencio.

– Perdona que haya dicho eso, Myron. A ti precisamente.

– No pasa nada.

– No, en serio, o sea, es que he metido la pata hasta el fondo…

– Una lesión en la rodilla no es lo mismo que una crisis nerviosa, Ned -comentó Myron tratando de quitarle importancia.

– Sí, ya lo sé, pero aun así… -dijo Ned, y volvió a callar-. ¿Cuando los Celts te ficharon estabas con Nike?

– No, con Converse.

– ¿Y te echaron? Quiero decir, ¿así por las buenas?

– No les culpo.

Esperanza abrió la puerta sin llamar. Como siempre. Nunca llamaba antes de entrar. Ned Tunwell no tardó en recuperar la sonrisa. No se deprimía fácilmente. Se quedó mirando a Esperanza, mirándola atentamente. Como la mayoría de los hombres.

– ¿Puedo hablar contigo un momento, Myron?

– Hola, Esperanza -dijo Ned saludándola con la mano.

Ella se volvió hacia él y lo atravesó con la mirada, uno de sus múltiples talentos.

Myron se disculpó y la siguió afuera. La mesa de Esperanza estaba despejada salvo por dos fotografías enmarcadas. Una era la de su perra, una perrita muy peluda y muy mona que se llamaba Chloe, en un concurso que había ganado. Esperanza estaba muy metida en los concursos de perros, afición que los latinos del centro de la ciudad no es que dominaran precisamente, pero que a ella parecía dársele bastante bien. Y en la segunda foto salía Esperanza con otra mujer, librando un combate de lucha libre. La encantadora y ágil Esperanza había sido profesional de lucha libre bajo el nombre artístico de Pequeña Pocahontas, la princesa india. Durante tres años consecutivos, la Pequeña Pocahontas fue la favorita del público de la organización Radiantes Estrellas Guerreras de la Lucha Atlética, popularmente conocida como la regla (alguien había sugerido llamarla simplemente Guerreras Unidas de la Lucha Atlética, pero el acrónimo resultaba problemático para los locutores). La Pequeña Pocahontas de Esperanza era una fantasía sexual ligera de ropa (básicamente un bikini de ante), a quien los admiradores animaban y repasaban con la mirada de arriba abajo mientras ella se enfrentaba todas las semanas contra enormes y malévolas adversarias que siempre hacían trampas. Algunos lo veían como una alegoría moral, la típica representación de la lucha del bien contra el mal. Sin embargo, para Myron, el combate de la semana se parecía más a una de esas películas de mujeres encarceladas de serie Z, donde Esperanza representaba a la bella e ingenua prisionera encerrada en el ala C; su contraria era Olga, la sádica matrona de la prisión.

– Es Duane -dijo Esperanza.

Myron respondió directamente con el teléfono de su socia.

– Hola, Duane, ¿qué hay de nuevo?

– Vente para aquí, colega, ya estás tardando -dijo Duane hablando muy rápido.

– ¿Qué ocurre?

– Tengo a la policía aquí delante. Y están haciéndome un montón de preguntas muy jodidas.

– ¿Sobre qué?

– Sobre esa chica a quien han matado hoy. Creen que yo he tenido algo que ver.

3

– Pásame con el policía -pidió Myron a Duane.

– Al habla el detective de homicidios Roland Dimonte -comentó una voz al otro lado de la línea telefónica con el típico tono impaciente de los policías-. ¿Quién narices es usted?

– Me llamo Myron Bolitar y soy el abogado del señor Richwood.

– Conque el abogado, ¿eh? Pensaba que era su agente.

– Soy las dos cosas -contestó Myron.

– ¿Lo dice en serio?

– Sí.

– ¿Ha hecho la carrera de Derecho?

– Tengo el título colgado en la pared, pero puedo llevárselo si quiere.

Dimonte hizo un ruido parecido a una media sonrisa.

– Ex jugador de baloncesto, ex federal ¿y ahora va a decirme que es usted un puto abogado?

– Soy lo que podría llamarse un hombre del Renacimiento -dijo Myron.

– ¿Ah, sí? Y dígame, señor Bolitar, ¿qué universidad iba a admitir a alguien como usted?

– Harvard -respondió Myron.

– Vaya, menudo personaje está hecho.

– Usted me ha preguntado.

– Está bien, tiene media hora para venir aquí. Después me llevaré a su chico a la comisaría, ¿entendido?

– Ha sido un placer hablar contigo, Rolly.

– Le doy veintinueve minutos. Y no me llame Rolly.

– No quiero que le hagan ninguna pregunta a mi cliente hasta que yo llegue, ¿está claro?

Roland Dimonte no respondió.

– ¿Está claro? -repitió Myron.

Más silencio. Y de repente:

– Creo que hay interferencias y no le oigo muy bien, señor Bolitar.

Dimonte colgó.

Un tipo la mar de agradable.

– ¿Quieres ocuparte de Ned por mí? -le dijo Myron a Esperanza mientras le devolvía el auricular del teléfono.

– No te preocupes.

Myron bajó a la planta baja por el ascensor y salió hacia el parking Kinney corriendo. «¡Corre, corre, O. J. Simpson!», oyó que le gritaba alguien a su espalda. En Nueva York parece que todo el mundo fuera cómico profesional. Mario lanzó las llaves a Myron sin apartar la vista del periódico que tenía en las manos.

El coche de Myron estaba aparcado en la planta baja. Al contrario que Win, Myron no era precisamente un amante de los grandes coches. Para Myron, el coche era un medio de transporte y nada más. Myron tenía un Ford Taurus. Un Ford Taurus gris. Por eso cuando conducía las chicas no se le tiraban precisamente encima.

No había recorrido más de veinte manzanas cuando vio que un Cadillac azul pálido con techo amarillo canario lo seguía. Aquel coche tenía algo raro. Y probablemente fuera el color. ¿Azul pálido con el techo amarillo? ¿En Manhattan? Podía imaginarse un coche como aquél en un complejo para jubilados de una ciudad tipo Boca Ratón y en manos de algún tipo llamado Sid, que siempre se dejaba el intermitente de la izquierda encendido, pero no en Manhattan. Además, Myron recordaba haber pasado corriendo junto a ese mismo coche de camino al parking.

¿Estaría siguiéndolo alguien?

Era una posibilidad, pero poco probable. Se encontraba en el centro de Manhattan y Myron se dirigía en línea recta hacia la Séptima Avenida, seguido por un millón de coches más. Quizá no tuviera ninguna importancia. O quizá sí. Myron tomó mentalmente nota al respecto y siguió adelante.

Duane había alquilado hacía poco un piso en la esquina de la Calle 12 con la Sexta Avenida, en el edificio John Adams, justo a las puertas de Greenwich Village. Myron aparcó en una zona prohibida delante de un restaurante chino de la Sexta Avenida, pasó por delante del portero y subió en ascensor hasta el apartamento 7G.

Le abrió la puerta un hombre que sólo podía ser el detective Roland Dimonte. Llevaba téjanos, camisa verde con estampado de cachemira y chaleco de cuero negro. También llevaba el par de botas de piel de serpiente más feas que Myron había visto en su vida, color blanco nuclear con motas color lila. Tenía el pelo graso y varios mechones pegados en la frente como con cola. De la boca le salía un mondadientes, un mondadientes de verdad. Tenía los ojos encajados firmemente en una cara regordeta, como si alguien le hubiera encajado dos cuentas marrones a último momento.

– Hola, Rolly -dijo Myron sonriendo.

– Vamos a dejar clara una cosa, señor Bolitar. Sé muy bien quién es usted. Lo sé todo sobre su época de esplendor con los federales y sé lo mucho que le gusta jugar a ser policía, pero a mí nada de eso me importa una mierda. Y me importa una mierda que su cliente sea un personaje público. Yo tengo un trabajo que hacer, ¿está claro?

– Creo que hay interferencias y no te oigo muy bien -dijo Myron poniéndose la mano detrás de la oreja.

Roland Dimonte se cruzó de brazos y lanzó a Myron la mirada más asesina que seguramente sabía hacer. Las botas de piel de serpiente debían de tener alguna clase de plataforma que le hacía pasar el metro ochenta de altura, pero aun así, Myron seguía siendo ocho o nueve centímetros más alto. Pasó un minuto entero y Roland seguía mirándolo lleno de odio. Luego pasó otro minuto más. Roland masticó un poco el mondadientes, manteniendo aquella mirada asesina sin pestañear.

– No lo parece, pero por dentro estoy temblando de miedo -dijo Myron.

– Que le den por culo, señor Bolitar.

– Masticar el mondadientes ha sido un verdadero detalle. Un poco clásico, tal vez, pero a ti te queda bien.

– Ándese con cuidado, listillo.

– ¿Me dejarías pasar antes de que me mee encima de miedo? -dijo Myron.

Dimonte se apartó. Lentamente. Su mirada asesina seguía puesta en piloto automático.

Myron encontró a Duane sentado en el sillón. Llevaba puestas sus Ray-Ban, como de costumbre, y se acariciaba aquella barba tan corta que tenía con la mano izquierda. Wanda, la novia de Duane, estaba junto a la cocina. Era alta, mediría un metro sesenta más o menos. Podría decirse que era de constitución atlética, sin llegar a ser musculosa, y desde luego una mujer despampanante. Sus pupilas no paraban de mirar a todos lados como si fueran bolas de pinball.

El apartamento no era muy grande. La decoración, la típica de los apartamentos de alquiler de Nueva York, dado que Duane y Wanda se habían mudado allí hacía sólo unas semanas. Además, el contrato se renovaba al cabo del mes, por lo tanto no había motivo para arreglar demasiado el piso. Y con el dinero que Duane estaba a punto de empezar a ganar, muy pronto iban a poder vivir donde quisieran.

– ¿Le has dicho algo? -le preguntó Myron.

– Todavía no -dijo Duane negando con la cabeza.

– ¿Quieres hacerme el favor de explicar qué está pasando aquí?

– No lo sé -comentó Duane negando de nuevo con la cabeza.

En la habitación había otro policía. Un tipo joven. Muy joven. Tan joven que parecía tener alrededor de doce años. Probablemente acababan de ascenderlo a detective. Tenía un bloc de notas en la mano y el bolígrafo a punto para empezar a escribir.

Myron se volvió hacia Roland Dimonte, que tenía las manos en las caderas y emanaba autosuficiencia por todos los poros.

– ¿De qué se trata? -le preguntó Myron.

– Sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas a su cliente.

– ¿Sobre qué?

– Sobre el asesinato de Valerie Simpson.

– Yo no sé nada -contestó Duane ante la mirada que le dirigió Myron.

Dimonte se sentó, convirtiendo el hecho en todo un acontecimiento. Igual que en El Rey Lear.

– ¿Entonces no le importará que le hagamos unas preguntas? -dijo Dimonte.

– No -contestó Duane en tono no muy convencido.

– ¿Dónde se encontraba cuando se produjo el disparo?

Duane miró a Myron y éste asintió en silencio.

– Estaba en el estadio.

– ¿Qué hacía allí?

– Jugar al tenis.

– ¿Quién era su rival?

– Eres realmente bueno, Rolly -dijo Myron.

– Cállese la puta boca, señor Bolitar.

– Ivan Restovich -contestó Duane.

– ¿Siguió el partido después del disparo?

– Sí. Al fin y al cabo era un partido decisivo.

– ¿Oyó el disparo?

– Sí.

– ¿Y qué hizo?

– ¿Cómo que qué hice?

– Al oír el disparo.

– Pues nada -dijo Duane encogiéndose de hombros-. Me quedé ahí esperando hasta que el juez de silla nos dijo que siguiéramos jugando.

– ¿No abandonó la cancha en ningún momento?

– No.

El policía joven no paraba de anotarlo todo sin levantar la vista del bloc.

– ¿Y después qué hizo? -preguntó Dimonte.

– ¿Cuándo?

– Después del partido.

– Me hicieron una entrevista.

– ¿Quién le hizo la entrevista?

– Bud Collins y Tim Mayotte.

El policía joven alzó la vista un momento poniendo cara de no haber entendido.

– Mayotte -le dijo Myron-, eme, a, i griega, o, te, te, e.

El policía hizo un gesto afirmativo con la cabeza y anotó el nombre a toda prisa.

– ¿De qué hablaron? -preguntó Roland.

– ¿Cómo?

– En la entrevista. ¿Qué le preguntaron?

Dimonte le lanzó a Myron una mirada desafiante llena de odio y éste le respondió con un gesto afirmativo muy cordial con la cabeza y otro de aprobación con los dedos pulgares al estilo de los pilotos de aviones.

– No pienso repetírselo más, señor Bolitar. Deje de hacerse el gilipollas.

– Sólo estaba admirando tu técnica.

– En menos de un minuto podrá admirarla desde la celda de la cárcel.

– ¡Uy, que me da algo! -contestó Myron con sorna.

Roland Dimonte volvió a lanzarle otra mirada asesina y luego volvió a centrarse en Duane.

– ¿Conocía a Valerie Simpson?

– ¿En persona?

– Sí.

– Pues no -dijo Duane negando con la cabeza.

– Pero habían hablado en alguna ocasión.

– No.

– ¿No la conocía de nada?

– Así es.

– ¿Nunca había tenido ningún tipo de contacto con ella?

– Nunca.

Roland Dimonte se cruzó de piernas dejando descansar una de sus botas sobre la rodilla y se acarició con los dedos la piel de serpiente color blanco y lila. Myron no lograba entender cómo a alguien podía gustarle acariciar aquello, pero Dimonte lo hacía como si fuera su mascota.

– ¿Y usted, señorita?

– Perdón, ¿cómo dice? -comentó Wanda un tanto asustada.

– ¿Conocía usted a Valerie Simpson?

– No -respondió Wanda en un tono apenas audible.

Dimonte volvió a centrarse en Duane.

– ¿Había oído hablar de Valerie Simpson en anteriores ocasiones?

Myron puso los ojos en blanco, pero esta vez consiguió contenerse. No quería pasarse. Dimonte no era tan tonto como parecía. Nadie suele serlo. Estaba intentando que Duane se confiara para lanzarle entonces un revés devastador. La misión de Myron consistía en romperle el ritmo con unas cuantas interrupciones bien colocadas. Pero no demasiadas.

Myron Bolitar, el amante de la cuerda floja.

– Sí, había oído hablar de ella -dijo Duane encogiéndose de hombros.

– ¿En qué términos?

– Había estado en el circuito. Hace un par de años, creo.

– ¿En el circuito de tenis?

– No, en el circuito de los clubes nocturnos -interrumpió Myron-. Solía hacer el número previo al de Anthony Newley en Las Vegas.

Menuda capacidad de contención…

– Señor Bolitar, me está usted empezando a cabrear -dijo Dimonte lanzándole de nuevo su mirada asesina.

– ¿Piensa ir al grano de una vez?

– Yo hago los interrogatorios poco a poco. No me gusta precipitarme.

– Pues deberías hacer lo mismo al comprar calzado -repuso Myron.

A Dimonte se le enrojeció el rostro.

– Señor Richwood, ¿cuánto tiempo lleva en el circuito? -preguntó Dimonte sin dejar de mirar a Myron con un odio cada vez más profundo.

– Seis meses -contestó Duane.

– ¿Y en esos seis meses no había visto nunca a Valerie Simpson?

– Exactamente.

– Muy bien. Ahora veamos si lo he entendido bien. Usted estaba jugando un partido cuando se disparó el arma. Terminó el partido. Le estrechó la mano a su rival. Porque supongo que le estrechó la mano a su rival, ¿no es cierto?

Duane asintió con la cabeza.

– Y entonces concedió la entrevista.

– Eso es.

– ¿Se duchó antes o después de la entrevista?

– De acuerdo, ya es suficiente -dijo Myron llevándose las manos a la cabeza.

– ¿Tiene algún problema, señor Bolitar?

– Pues sí. Las preguntas que le estás haciendo son totalmente estúpidas. Voy a aconsejarle a mi cliente que deje de contestarlas.

– ¿Por qué? ¿Acaso tiene su cliente algo que ocultar?

– Sí, mira Rolly, es que eres demasiado listo para nosotros. Fue Duane quien la mató. Varios millones de personas estaban viéndolo por televisión en el momento del disparo. Y varios miles de personas más estaban viéndolo en directo. Pero no era él quien estaba jugando, era su hermano gemelo, de quien fue separado en el momento de nacer. Eres demasiado listo para nosotros Rolly. Confesaremos.

– No he descartado esa posibilidad -dijo Dimonte.

– ¿Qué posibilidad? -preguntó Myron.

– La de ese «confesaremos» en plural. Tal vez usted tuviera algo que ver. Usted y ese yuppy psicópata amigo suyo.

Se refería a Win. Había muchos policías que conocían a Win. A ninguno de ellos le caía bien. Pero el odio era mutuo.

– Estábamos en el estadio en el instante en que se oyó el disparo -dijo Myron-. Hay una docena de testigos que pueden confirmárselo. Y si algo sé de Win, es que nunca ha usado un arma a tan corta distancia.

Aquello hizo dudar a Dimonte y al final acabó asintiendo. Por una vez estaban de acuerdo en algo.

– ¿Ha terminado ya de interrogar al señor Richwood? -quiso saber Myron.

Y, de repente, Dimonte esbozó una sonrisa. Era una sonrisa satisfecha de sí misma y a la vez llena de ilusión, como la de un niño sentado junto a la radio mientras fuera nieva. A Myron no le hizo ninguna gracia.

– Si me permite sólo un momento más -dijo el detective con falsa educación. Luego se puso en pie y se dirigió hacia su compañero, el anotador profesional, que seguía tomando notas sin parar-. Su cliente afirma que no conocía a Valerie Simpson.

– ¿Y? -preguntó Myron.

El anotador profesional alzó al fin la vista. Tenía la mirada tan perdida como la del estenógrafo en el tribunal. Dimonte le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y el anotador profesional le dio un librito de cuero con funda de plástico.

– Éste es el diario personal de Valerie -dijo Dimonte-. La última anotación es de ayer.

Dimonte amplió la sonrisa mientras mantenía la cabeza erguida. Tenía el pecho henchido como el de un gallo a punto de copular.

– Muy bien, cara de póquer -dijo Myron-. Vamos, dilo, ¿de qué se trata?

Dimonte le entregó una fotocopia de una página del diario. La anotación del día de ayer era bastante simple. De un extremo a otro de la página se leía: D. R. 555-8705. ¡Llamar!

555-8705. Era el número de teléfono de Duane. D. R., Duane Richwood.

Dimonte irradiaba perversa felicidad.

– Me gustaría hablar con mi cliente -dijo Myron-. A solas.

– Ni hablar.

– ¿Cómo dice?

– No voy a dejar que se me escape ahora que le tengo contra las cuerdas.

– Soy su abogado…

– Me importa una mierda, como si fuera usted juez del Tribunal Supremo. Si se lo lleva de aquí, me lo llevo a usted también esposado.

– Oye, no tienes ninguna prueba contra mi cliente -dijo Myron-. De acuerdo, su número de teléfono estaba en el diario de la chica, pero eso no quiere decir nada.

Dimonte asintió en silencio y luego dijo:

– ¿Pero qué diría la gente? Qué diría la prensa, por ejemplo. O los hinchas. Duane Richwood, el nuevo héroe del tenis, es arrastrado a la comisaría esposado. Apuesto a que no sabría muy bien qué decirles a los patrocinadores.

– ¿Nos estás amenazando?

– Por Dios, claro que no -dijo Dimonte con la mano en el pecho-. ¿Sería yo capaz de hacer algo así, Krinsky?

– No -dijo el anotador profesional sin levantar la mirada del bloc.

– ¿Lo ve?

– Te voy a meter una denuncia por arresto improcedente -dijo Myron.

– Y hasta es posible que la gane, señor Bolitar. Pero dentro de unos años, que será cuando se celebre el juicio. Mientras tanto piense en la clase de publicidad que la noticia le reportaría.

Dimonte ya no parecía tan tonto.

Duane se puso en pie de un salto y atravesó la habitación.

Se quitó las Ray-Ban de golpe y luego, tras pensarlo mejor, volvió a ponérselas.

– Mira, colega -dijo Duane-, no sé por qué mi número de teléfono está en ese diario. Yo no la conocía. Nunca hablé con ella por teléfono.

– Su teléfono no sale en la guía, ¿no es cierto, señor Richwood?

– Sí.

– Y acaba de mudarse. Su teléfono sólo lleva conectado hace ¿cuánto? ¿Dos semanas?

– Tres -dijo Wanda, que estaba abrazándose a sí misma como si tuviera frío.

– Tres -repitió Dimonte-. ¿Y cómo consiguió Valerie su número de teléfono, señor Richwood? ¿Cómo puede ser que una mujer a quien no conocía de nada tuviera su número de teléfono nuevo, que no aparece en la guía?

– No lo sé.

Roland se saltó el escepticismo y pasó directamente a la incredulidad total. Durante los siguientes sesenta minutos no paró de bombardear a Duane, pero éste se mantuvo fiel a su declaración. No la conocía, no había hablado nunca con ella, no tenía ni idea de cómo podía tener su número de teléfono. Myron no dijo nada durante todo ese tiempo. Las gafas de sol hacían que fuera más difícil saber lo que Duane estaba pensando, pero su lenguaje corporal denotaba un nerviosismo evidente. Y el de Wanda también.

Finalmente, Roland Dimonte se puso en pie y exhaló un suspiro de indignación.

– ¿Krinsky?

El anotador profesional alzó la vista.

– Vámonos de aquí.

El anotador profesional cerró el bloc y se unió a su compañero.

– Volveré -ladró Dimonte-. ¿Me ha oído, señor Bolitar? -dijo señalando a nadie en particular.

– Sí, has dicho que volverás -dijo Myron.

– Cuente con ello, capullo.

– ¿No vas a aconsejarnos que no salgamos de la ciudad? Me encanta cuando los polis decís eso.

Dimonte puso la mano en forma de pistola, apuntó a Myron con ella y bajó el pulgar que hacía de percutor. Acto seguido, el anotador profesional y él desaparecieron por la puerta.

Nadie dijo nada durante varios minutos. Myron ya estaba a punto de decir algo cuando Duane empezó a reír.

– Menuda lección le has dado, Myron. Lo has dejado con un palmo de narices…

– Duane, tenemos que…

– Estoy cansado, Myron -dijo el tenista fingiendo un bostezo-. La verdad es que necesito dormir un poco.

– Tenemos que hablar de esto.

– ¿De qué?

Myron se lo quedó mirando fijamente y al final Duane dijo:

– Qué coincidencia más extraña, ¿no?

Myron se volvió hacia Wanda, que seguía abrazándose a sí misma, pero ésta apartó la mirada.

– Duane, si tienes cualquier problema… -empezó a decir Myron.

– Oye, cuéntame lo del anuncio -le interrumpió Duane-. ¿Cómo ha quedado?

– Bien -contestó Myron.

– ¿Y cómo salgo yo? -dijo Duane sonriendo.

– Demasiado guapo. Me va a costar rechazar todas las ofertas de Hollywood.

Duane soltó una sonora carcajada. Demasiado sonora.

Wanda no rió. Y Myron tampoco. Después, Duane fingió otro bostezo, estiró los músculos y se puso en pie.

– La verdad es que necesito descansar un poco -dijo-. Me espera un partido muy importante y no me gustaría que toda esta tontería me distrajera.

Luego Duane acompañó a Myron hasta la puerta. Wanda aún no se había movido de donde estaba, pero finalmente le devolvió la mirada a Myron.

– Adiós, Myron -dijo Wanda.

La puerta se cerró. Myron bajó a la calle en ascensor y fue caminando hasta el coche. Había una multa bajo el limpiaparabrisas. La cogió y puso el coche en marcha.

Myron volvió a ver el mismo Cadillac azul con el techo amarillo canario a tres manzanas de distancia.

4

Aquello era Yuppylandia.

La decimocuarta planta de Inversiones y Valores Lock-Horne le recordaba a Myron una fortaleza medieval. Tenía un inmenso espacio en el centro y una muralla gruesa e imponente -los despachos de los peces gordos- protegiendo el perímetro. La zona central albergaba a cientos de trabajadores, en su mayoría hombres, gente joven, soldados de combate fácilmente sacrificables y reemplazables; formaban un mar en apariencia interminable que se balanceaba y se mezclaba con la moqueta color gris corporativo, las mesas idénticas, las sillas con ruedas también idénticas, las terminales de ordenador, los teléfonos y los faxes. Y como soldados que eran, todos llevaban uniforme: camisa blanca, tirantes, corbata de colores vivos que les ahogaba la carótida y americana colgada en el respaldo de las sillas con ruedas, todas ellas idénticas. Había ruido, gritos, teléfonos sonando y hasta algo parecido a chillidos agónicos. Todo el mundo estaba en movimiento. Todo el mundo se dispersaba en distintas direcciones, como presa del pánico y bajo constantes ataques.

Sí, aquél era uno de los últimos bastiones del auténtico yuppismo, un lugar donde el hombre tenía total libertad para practicar la religión de la avaricia de los ochenta, la codicia a toda costa, sin pretensiones de estar haciendo lo contrario. No había hipocresía. Las casas de inversión no se dedicaban a ayudar al prójimo. Su objetivo no era ofrecer un servicio a la humanidad ni hacer nada por el bien común. Aquel refugio tenía una meta básica, simple y muy clara: hacer dinero y punto.

Win tenía un despacho muy amplio en un rincón desde el que se veía Park Avenue y la Calle 52. Una vista de lujo para el gestor número uno de la compañía. Myron llamó a la puerta.

– Pase -dijo Win.

Myron se lo encontró sentado en el suelo en la posición del loto, con expresión serena en el rostro y formando un círculo con cada mano mediante la unión del índice y el pulgar. Meditación. Win lo hacía todos los días sin falta. Y normalmente más de una vez.

Sin embargo, al igual que la mayoría de las cosas relacionadas con Win, sus momentos de soledad interior no llegaban a ser convencionales del todo. Por un lado le gustaba mantener los ojos abiertos al meditar mientras la mayoría de la gente los mantenía cerrados. Por otro, no se imaginaba escenas idílicas de cascadas o ciervos en el bosque; Win prefería ver cintas caseras de vídeo, con sí mismo y una interesante variedad de amiguitas emitiendo toda una gama de jadeos pasionales.

– ¿Quieres apagar eso? -dijo Myron poniendo cara de asco.

– Lisa Goldstein -dijo Win señalando una masa de carne contorsionada en la pantalla.

– Encantado de haberla conocido, vamos.

– No estoy seguro de habértela presentado.

– Pues no sabría decírtelo -dijo Myron-. Quiero decir, ni siquiera sé muy bien dónde tiene la cara.

– Una chica encantadora. Judía, por cierto.

– ¿Lisa Goldstein? Estás de broma.

Win sonrió. Descruzó las piernas y se puso en pie de un salto con mucha agilidad. Apagó el televisor, pulsó el botón de «eject» y guardó la cinta en una caja con etiqueta marcada como «L. G.». Luego colocó la caja en la sección «G» del armario de roble que contenía otras muchas cintas.

– ¿Eres consciente de que estás muy trastornado? -dijo Myron.

Win cerró el armario con llave. Qué discreción.

– Todo el mundo necesita una afición.

– Eres un golfista nato y campeón de artes marciales. Eso sí son aficiones. Pero lo otro es un trastorno. Aficiones; trastorno. ¿Ves la diferencia?

– Ahora me das sermones -dijo Win-. Muy amable de tu parte.

Myron no respondió. Llevaban manteniendo conversaciones parecidas desde su primer año en la Universidad de Duke y Myron sabía que no conducían a nada.

El despacho de Win era del todo elitista y claramente perteneciente al típico estilo de la clase blanca protestante anglosajona. Las paredes revestidas de madera estaban decoradas con cuadros de la caza del zorro. Sillas de cuero color burdeos complementaban a la perfección la moqueta color verde bosque oscuro. Un globo terráqueo de época descansaba junto al escritorio de madera de roble que habría podido muy bien usarse como pista de squash. La sensación que daba el conjunto podía resumirse en dos palabras: muchísimo dinero.

– ¿Tienes un momento? -dijo Myron sentándose en una de las sillas de cuero.

– Por supuesto -respondió Win.

Abrió un armario del bar que había detrás de su mesa ydejó ver una pequeña nevera. Sacó un Yoo-Hoo y se lo pasó a Myron. Este agitó la lata siguiendo las instrucciones que rezaban «¡Agítalo! ¡Es genial!», mientras Win se servía un dry martini muy seco.

Myron comenzó contándole la visita de la policía al apartamento de Duane Richwood. Win se mantuvo impasible y sólo se permitió una sonrisa cuando oyó que Dimonte lo había llamado yuppy psicópata. Después Myron le comentó lo del Cadillac azul. Win se recostó contra el respaldo de la silla y juntó las yemas de los dedos. Escuchó toda la historia de Myron sin interrumpir y, cuando éste terminó, se levantó y cogió un putter.

– Así que nuestro amigo el señor Richwood se está callando algo.

– No lo sabemos seguro.

Win enarcó una ceja en señal de escepticismo.

– ¿Y tienes alguna idea de qué relación puede existir entre Duane Richwood y Valerie Simpson? -preguntó Win.

– Pues no. Pero tenía la esperanza de que tal vez tú sí.

– ¿Moi}-Tú la conocías -dijo Myron.

– Sólo era una conocida.

– Pero aun así tienes alguna idea.

– ¿Sobre la posible relación entre Duane y Valerie? No.

– Pues entonces ¿qué?

Win fue paseando hasta un rincón donde había doce pelotas de golf alineadas y empezó a golpearlas suavemente.

– ¿De verdad tienes la intención de seguir con esto? Con el asesinato de Valerie, me refiero.

– Pues sí.

– Pues a lo mejor no es asunto tuyo.

– A lo mejor… -dijo Myron asintiendo con la cabeza.

– O tal vez descubras algo desagradable.

– Cabe dentro de las posibilidades, sí.

Win asintió sin decir nada y examinó la disposición de la moqueta.

– No sería la primera vez -dijo Win.

– No. No sería la primera vez. ¿Puedo contar contigo?

– Nosotros no vamos a poder sacar nada de esto -dijo Win.

– Quizá no -dijo Myron haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Ningún beneficio económico.

– Ninguno en absoluto.

– De hecho nunca hay ningún beneficio económico que sacar de tus cruzadas.

Myron se limitó a esperar.

Win se preparó para golpear otra pelota.

– Deja de poner esa cara -dijo Win-. Puedes contar conmigo.

– Bien. Y ahora dime qué es lo que sabes de este asunto.

– No mucho, en realidad. Es sólo una idea.

– Te escucho.

– Pues bueno, supongo que ya sabrás lo de la crisis nerviosa de Valerie -dijo Win.

– Sí.

– Fue hace seis años. Ella apenas tenía dieciocho. La versión oficial es que no pudo soportar la presión.

– ¿La versión oficial, dices?

– Y tal vez sea la verdad. La presión que debía soportar era realmente impresionante. Podría decirse sin exagerar que su ascenso fue meteórico, pero ni mucho menos tanto como las expectativas que se habían creado en el mundo del tenis alrededor de ella. Su consiguiente declive, por lo menos hasta el momento de sufrir la crisis nerviosa, fue lento y doloroso. Ni mucho menos como el tuyo. Tu caída, si no te importa que use esa palabra, fue mucho más rápida. Como una guillotina. Un día eras el número uno de los Celtics y al siguiente estabas acabado. Fin. Pero, al contrario que Valerie, tú sufriste una desafortunada lesión y por lo tanto no se te pudo criticar. La gente sintió pena por ti. Diste una imagen emotiva. En cambio, la caída de Valerie dio la impresión de ser culpa suya. Se le llamó fracasada y fue ridiculizada, pero aun así no era más que una niña. De cara al público en general, fue la veleidosa mano del destino quien puso fin a la carrera de Myron Bolitar. Sin embargo, en el caso de Valerie Simpson, ella y sólo ella fue la culpable de su desgracia. De cara al público, no tuvo la fortaleza mental necesaria para seguir adelante y, por consiguiente, su caída fue lenta, tortuosa y brutal.

– ¿Y qué relación tiene eso con el asesinato?

– A lo mejor ninguna. Pero siempre he pensado que las circunstancias que rodearon la crisis nerviosa de Valerie fueron un poco inquietantes.

– ¿Por qué?

– Su calidad de juego se había deteriorado, eso está claro. Pero su entrenador, aquel famoso caballero a quien tanto le gusta rodearse de celebridades…

– Pavel Menansi.

– Como se llame. Seguía creyendo que Valerie podía jugar de nuevo y volver a ganar. Siempre lo decía.

– Y de ese modo le ponía aún más presión encima.

– Tal vez -dijo Win con parsimonia tras un momento de vacilación-. Pero existe otro factor. ¿Te acuerdas del asesinato de Alexander Cross?

– ¿El hijo del senador?

– Del senador de Pensilvania -añadió Win.

– Fue asesinado por unos atracadores en su club de campo. Hará cinco o seis años.

– Seis. Y era un club de tenis.

– ¿Lo conocías?

– Por supuesto -dijo Win-. Los Horne han conocido a todos los políticos importantes de Pensilvania desde William Penn. Yo me crié junto a Alexander Cross. Fuimos juntos a Exeter.

– ¿Y qué tiene eso que ver con Valerie Simpson?

– Pues que Alexander y Valerie podría decirse que fueron la pareja del momento.

– ¿Iban en serio?

– Y tanto. Estaban a punto de anunciar su compromiso cuando asesinaron a Alexander. Precisamente fue esa misma noche.

Myron hizo ciertos cálculos mentales. Hacía seis años. Valerie podía haber tenido dieciocho años.

– Deja que lo adivine. La crisis de Valerie se produjo justo después del asesinato de Alexander -dijo Myron.

– Exacto.

– Pero hay algo que no entiendo. El asesinato de Cross salió en las noticias todos los días durante semanas. ¿Cómo es que no se mencionó nunca el nombre de Valerie?

– Esa es la razón por la que encontré las circunstancias un poco intrigantes -dijo Win recogiendo la pelota.

Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada.

– Tenemos que hablar con la familia de Valerie -dijo Myron finalmente-. Y quizá con el senador también.

– Sí.

– Tú vives en ese mundo. Tú eres uno de ellos. Estarán más dispuestos a hablar contigo.

– No, no lo harían -dijo Win haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Ser «uno de ellos», tal y como tú dices, es un impedimento. Con alguien como yo estarán con la guardia alta. Pero contigo no les preocupará tanto mantener lasapariencias. Te considerarán alguien que no importa, alguien inferior, alguien por debajo de ellos. Un don nadie.

– Uf, eso ha sido muy halagador.

– Así es como funciona el mundo, amigo mío -dijo Win sonriendo-. Hay muchas cosas que cambian, pero esas gentes todavía se consideran a sí mismos los verdaderos y auténticos americanos. Tú y los de tu ralea no sois más que temporeros enviados desde Rusia, Europa oriental, del gulag o del gueto de donde procedieran los tuyos.

– Espero que no me hablen en ese tono -dijo Myron.

– Te concertaré una cita con la madre de Valerie para mañana por la mañana.

– ¿Crees que querrá hablar conmigo?

– Si se lo pido yo, sí.

– Qué guay.

– Y que lo digas -dijo Win mientras guardaba el putter-. Y mientras tanto, ¿qué sugieres que hagamos?

Myron miró el reloj y luego dijo:

– Uno de los protegidos de Pavel Menansi va a jugar en el estadio dentro de una hora más o menos. He pensado que podría ir a verlo.

– ¿Y pour moi?-Valerie se pasó la última semana en el Plaza Hotel -dijo Myron-, me gustaría que fueras a echar un vistazo y ver si alguien recuerda algo. Comprueba las llamadas de teléfono.

– ¿Para ver si de verdad llamó a Duane Richwood?

– Sí.

– ¿Y de ser así?

– Entonces también tendremos que investigarlo a él -respondió Myron.

5

El USTA National Tennis Center se halla cómodamente instalado justo en el centro de las principales atracciones de Queens: el Shea Stadium (sede de los New York Mets), el Flushing Meadows Park (sede de la Exposición Universal de 1964-1965) y el aeropuerto de La Guardia (sede de, mmhm… retrasos).

Hacía años, los tenistas se quejaron del ruido de los aviones que pasaban volando encima del estadio por la sencilla razón de que estar en ese momento en el estadio era como estar en la plataforma de lanzamiento de un Apolo. El alcalde de aquel entonces, David Dinkins, persona siempre dispuesta a poner solución a cualquier terrible injusticia, se puso de inmediato manos a la obra. El excelentísimo alcalde de Nueva York, que por extrañas casualidades de la vida era un acérrimo aficionado al tenis, utilizó todo su poder político para detener el funcionamiento de La Guardia durante la celebración del Open. Los millonarios del tenis le estuvieron muy agradecidos y, en una demostración de mutuo respeto y admiración, el alcalde David Dinkins les compensó tanta gratitud acudiendo todos los días a los partidos durante las dos semanas que duraba el campeonato, a excepción, también muy casualmente, de los años en que se celebraron elecciones.

Para las sesiones nocturnas sólo se usaban dos canchas: la del Stadium Court y la del adyacente Granstand Court. Las sesiones diurnas, en opinión de Myron, eran mucho más divertidas. Podían llegar a celebrarse quince o dieciséis partidos a la vez.

Uno podía dar una vuelta, ver un gran partido de cinco sets en alguna cancha apartada, descubrir a un jugador revelación en otra, ver individuales, dobles y dobles mixtos, y todo bajo la gloriosa luz del sol.

Sin embargo, por la noche, la cosa se reducía básicamente a quedarse sentado viendo un partido iluminado con luz eléctrica. Y durante los dos primeros días del Open, ese partido solía constar de un cabeza de serie destrozando sin piedad a un clasificado normal.

Myron dejó el coche en el aparcamiento del Shea Stadium y cruzó el paso por encima del tren número siete. Se había instalado una caseta con radar de pistola para que el público marcara la velocidad de su propio saque y la gente hacía cola para probarlo. Los revendedores de entradas también estaban muy ocupados. Y lo mismo podía decirse de los que vendían camisetas falsas del US Open. Las camisetas falsas se vendían a cinco dólares, mientras que las que se vendían de puertas adentro costaban veinticinco. No estaban mal de precio, aunque, claro, después de un lavado, la camiseta falsa sólo se la podía poner una muñeca Barbie. Pero aun así merecía la pena.

Pavel Menansi estaba en uno de los palcos para los entrenadores, el mismo donde Myron y Win habían estado sentados por la mañana. Eran las 18:45 pm. El último partido de la sesión diurna ya había terminado y el primero de la sesión nocturna, en el que participaba la última protegida de Pavel, Janet Koffman, de catorce años, no iba a empezar hasta las 19:15 pm. Durante la transición entre las dos sesiones la gente se dedicaba a dar vueltas. Myron se encontró con el acomodador de la sesión diurna.

– ¿Cómo le va, señor Bolitar? -dijo el acomodador.

– Muy bien, Bill. Sólo quería pasar un momento a saludar a un amigo.

– Claro, no hay problema, pase, pase.

Myron empezó a bajar los escalones y entonces, sin previo aviso, un hombre vestido con americana azul y gafas de sol de aviador se interpuso en su camino. Era un tipo enorme, de un metro noventa y cinco de alto y setenta centímetros de ancho, más o menos como Myron. Llevaba el pelo atusado sobre un rostro de expresión amable pero inflexible. El tipo ensanchó el pecho formando un muro y le bloqueó el paso.

– ¿Puedo ayudarle en algo, señor? -dijo amablemente, aunque su tono de voz quería decir: «Lárgate, chaval».

Myron se quedó mirándolo.

– ¿Te han dicho alguna vez que te pareces mucho a Jake Lord?

El tipo ni se inmutó.

– Sabes quién es, ¿no? -dijo Myron-. Jack Lord, el de la serie Hawaii 5-0…

– Tengo que pedirle que se marche, señor.

– Oye, que no te estoy insultando. Había mucha gente que consideraba a Jack Lord una persona muy atractiva.

– Señor, será la última vez que se lo pida amablemente.

Myron observó detenidamente la cara de aquel tipo.

– Es que hasta tienes la misma sonrisa hosca que tenía Jack Lord. ¿Te acuerdas?

Myron imitó la sonrisa, por si acaso el tipo no había visto nunca aquella serie.

– Muy bien, colega, vete de aquí -dijo el tipo haciéndole una mueca.

– Sólo quiero hablar un momento con el señor Menansi.

– Pues me temo que ahora mismo no es posible.

– Ah, de acuerdo -dijo Myron-. Por favor, dile al señor Menansi que el agente de Duane Richwood quería hablar de algo muy importante con él. Y si no le interesa, me marcho -dijo Myron elevando el tono de voz.

Pavel Menansi volvió la cabeza como si le hubieran tirado de una cuerda y su sonrisa vaciló igual que la llama de un mechero. Se levantó de su asiento con los ojos medio abiertos e irradiando aquel extraño encanto por todo su ser que algunas mujeres encontraban tan irresistible, y otras tan repulsivo. Pavel era rumano, había sido uno de los primeros «rebeldes» del tenis y el ex compañero de dobles de Ilie Nastase el Malo. Tenía cerca de cincuenta años y la cara tan bronceada que parecía de cuero. Cuando sonreía, el cuero se agrietaba de tal modo que casi podía oírse.

– Perdone -dijo con voz melosa, parte americana, parte rumana y parte Ricardo Montalbán hablando sobre cuero corintio-, usted es Myron Bolitar, ¿me equivoco?

– Lo soy.

Menansi hizo un gesto con la cabeza indicando a Jack Lord que se retirara. Al otro no le hizo demasiada gracia, pero se apartó de todas formas moviendo el cuerpo como si fuera una puerta metálica y dejando pasar a Myron solo. El entrenador rumano le extendió la mano y, por un segundo, Myron pensó que quería que se la besara. Pero todo terminó con un breve apretón.

– Por favor -dijo Pavel-, siéntese aquí. A mi lado.

Quienquiera que estuviese en ese asiento se esfumó de inmediato. Myron se sentó y Pavel hizo lo mismo.

– Le pido disculpas por el celo que pone mi guardaespaldas en su trabajo, pero tiene que entenderme, la gente quiere autógrafos, los padres quieren hablar de cómo ha jugado su hijo… Pero éste -dijo extendiendo los brazos-, no es el momento ni el lugar adecuado.

– Comprendo -dijo Myron.

– He oído hablar bastante de usted, señor Bolitar.

– Por favor, puede llamarme Myron.

– Sólo si usted me llama Pavel. -El entrenador tenía la sonrisa de un fumador de toda la vida, pero sin la higiene dental apropiada.

– Trato hecho.

– Perfecto. Fue usted quien descubrió a Duane Richwood, ¿me equivoco?

– Alguien me lo señaló.

– Pero fue usted quien vio el potencial antes que nadie -insistió Pavel-. No jugó en los juniors ni tampoco fue a la universidad. Por eso les pasó inadvertido a las agencias, ¿no es cierto?

– Supongo que sí.

– Así que ahora tiene a uno de los mejores jugadores de tenis. Y ahora compite con los grandes, ¿verdad?

Pavel Menansi trabajaba para TruPro, una de las agencias de representación de deportistas más importantes del país. Trabajar para TruPro no te convertía automáticamente en un mezquino, pero te dejaba peligrosamente cerca. Pavel valía millones para ellos, no tanto por los beneficios que les reportaba sino por los jóvenes talentos que reclutaba. Pavel tenía una habilidad especial y perversa para hacerse con prodigios de ocho o diez años, cosa que proporcionaba a TruPro enorme ventaja para llegar a firmar un contrato con ellos. TruPro nunca había sido una agencia de reputación muy elevada, aunque pareciera bastante paradójico pero, a lo largo del último año, había caído bajo el control de la mafia y ahora la dirigían los hermanos Ache de Nueva York. Los hermanos Ache estaban metidos en todos los negocios favoritos de la mafia: drogas, loterías ilegales, prostitución, extorsiones, apuestas. Bellísimas personas, los Ache.

– Su Duane Richwood -continuó Pavel- ha jugado un buen partido, hoy. Muy buen partido. Su potencial es infinito, ¿no cree?

– Se entrena mucho -respondió Myron.

– Seguro que sí. Dígame, Myron, ¿quién es el actual entrenador de Duane? -preguntó Pavel.

Había dicho «actual», pero pareció haber querido decir «ex».

– Henry Hobman.

– Ah -dijo Pavel asintiendo vigorosamente con la cabeza como si su respuesta explicara algo muy complejo, aunque, lógicamente, ya lo sabía. Probablemente sabía quién entrenaba a todos los jugadores del circuito-. Henry Hobman es un hombre excelente, y un entrenador competente -dijo. Había dicho «competente», sin embargo, sonó como si hubiese querido decir «patético»-. Pero creo que puedo ayudarle, Myron.

– La verdad es que no he venido para hablar de Duane -dijo Myron.

– ¿Ah, no? -Pavel puso cara de sutil matiz de preocupación.

– Quiero hablar de otro cliente mío. O mejor dicho, de alguien que podía haber llegado a ser mi cliente.

– ¿Y de quién se trata?

– De Valerie Simpson.

Myron estuvo atento a cualquier posible reacción por parte de su interlocutor y detectó una. Pavel se llevó las manos a la cabeza.

– Oh, Dios mío.

Pavel simuló a la perfección estar abrumado por el pesar. Varias personas le pusieron la mano en el hombro para tratar de consolarlo y pronunciaron su nombre en voz baja, pero él las apartó de sí, haciéndose el valiente.

– Valerie vino a verme hace unos días -continuó Myron-. Quería volver a jugar.

Pavel inspiró profundamente e hizo el numerito de irse recuperando poco a poco.

– Pobre niña, no me lo puedo creer, es que no puedo… -dijo cuando se sintió con fuerzas para continuar-. Se calló un momento, presa de dolor-. Yo fui su entrenador, ¿sabe? Durante su época de esplendor.

Myron asintió sin decir nada.

– Y que le dispararan de esa manera… Como a un perro -dijo Pavel. Luego agitó la cabeza muy dramáticamente con gesto de incredulidad.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Valerie?

– Hace unos años -contestó Pavel.

– ¿La vio después de que sufriera la crisis nerviosa?

– No. No la vi más desde que ingresó en el hospital.

– ¿Y tampoco habló más con ella? ¿Por teléfono, tal vez?

Pavel volvió a negar con la cabeza y luego la bajó.

– Yo tuve la culpa de lo que le pasó. Debí haberme preocupado más por ella.

– ¿A qué se refiere?

– Cuando te ocupas de entrenar a alguien tan joven, tienes responsabilidades que van más allá de la vida dentro de la cancha. Era una niña, una niña que crecía siendo el centro de atención de todo el mundo. Los medios de comunicación son despiadados, ¿sabe? No comprenden las consecuencias de lo que hacen para vender más periódicos. Yo intenté amortiguar algunos de los ataques. Intenté protegerla, no dejar que se carcomiera por dentro. Pero al final, fracasé.

Parecía estar diciendo la verdad, pero Myron sabía que eso no significaba nada. Algunas personas son profesionales de la mentira. Cuanto más sinceras sonaban sus palabras, cuanto más aguantaban la mirada y más de fiar parecían, más sociópatas eran.

– ¿Tiene alguna idea de a quién podría interesarle matarla? -preguntó Myron.

– ¿Por qué me lo pregunta, Myron? -dijo Pavel con cara de no entender la pregunta.

– Estoy investigando una cosa.

– ¿Qué cosa? Si me permite la pregunta.

– Es algo un tanto personal.

El entrenador se lo quedó mirando unos segundos. El aliento le olía tan intensamente a tabaco que Myron se vio obligado a respirar por la boca.

– Le diré lo mismo que le dije a la policía -comentó Pavel-. En mi opinión, la crisis nerviosa de Valerie no fue a causa de las presiones normales del tenis.

Myron se limitó a asentir para animarlo a continuar hablando.

Pavel alzó las palmas de las manos, como pidiendo la intervención divina, y dijo:

– Quizá me equivoque. Quizá sólo quiera creerlo para, ¿cómo se dice eso?, para aliviar mi sentimiento de culpa. No lo sé, pero he entrenado a mucha gente joven y nunca me ha pasado nada como lo de Valerie. No, Myron, sus problemas se los causó algo más, aparte de las presiones del tenis profesional.

– ¿Qué fue entonces?

– Yo no soy médico, ¿entiende? No puedo saberlo con certeza. Seguramente recordará que Valerie sufrió amenazas.

Myron esperó a que Pavel desarrollara el tema, pero al ver que no iba a hacerlo, dijo:

– ¿Amenazas? -Los interrogatorios mediante preguntas sonda eran una de las especialidades de Myron.

– Acoso -comentó Pavel haciendo chasquear los dedos-. Es la palabra que se utiliza hoy en día. Valerie sufría acosos.

– ¿De quién?

– De un hombre muy enfermo, Myron. Un hombre malísimo. Después de todos estos años todavía me acuerdo de cómo se llamaba. Roger Quincy. Una mala bestia. Le escribía cartas de amor. La llamaba sin parar. Merodeaba cerca de su casa, en los hoteles, en todos los partidos que jugaba…

– ¿Cuándo ocurrió todo eso?

– Cuando participaba en los torneos, claro. Empezó, no sé, seis meses antes de ingresar en el hospital.

– ¿Intentó detenerlo?

– Pues claro. Fuimos a la policía, pero no podían hacer nada. Intentamos obtener una orden judicial, pero ese tal Quincy no la había amenazado nunca. Sólo le decía «te quiero», «quiero estar contigo» y cosas así. Hicimos todo lo que pudimos. Cambiábamos de hotel, firmábamos con varios nombres falsos, etcétera. Pero claro, como usted recordará, Valerie no era más que una niña. Se volvió paranoica. La presión que tenía que soportar era ya tremenda, pero entonces tuvo que empezar a mirar por encima del hombro en todo momento. Y ese Roger Quincy era una mala bestia, eso es lo que era. Fue él a quien deberían haberle disparado.

Myron hizo un gesto afirmativo y aguardó un momento antes de lanzarse al ataque.

– ¿Que reacción tuvo Alexander Cross a lo de Roger Quincy?

La pregunta dejó a Pavel tan aturdido como un gancho de izquierda salido de la nada. Como el de Lennox Lewis contra Frank Bruno. El famoso entrenador vaciló, tratando de volver a recuperar el equilibrio. Justo entonces, los tenistas salieron del túnel y empezaron a oírse los aplausos. La distracción funcionó igual que una cuenta atrás hasta el número dos, que le dio a Pavel el tiempo necesario para recomponerse.

– ¿Por qué me pregunta eso? -preguntó.

– ¿No eran novios Alexander Cross y Valerie Simpson? -preguntó Myron.

– Supongo que podría decirse que sí.

– ¿De verdad?

– Ella lo veía poco porque siempre estaba de viaje. Pero al parecer se tenían mucho cariño.

– Y supongo que ya habían iniciado su relación cuando Quincy empezó a acosar a Valerie, ¿no?

– Creo que las dos cosas sucedieron al mismo tiempo, sí.

– Pues entonces es una pregunta muy normal -dijo Myron-. ¿Cómo reaccionó el novio de Valerie?

– Tal vez sea normal -respondió Pavel-, pero no me negará que es una pregunta un tanto extraña. Alexander Cross ya hace años que murió. ¿Qué tiene que ver aquello con lo que le ha pasado ahora a Valerie?

– Pues, para empezar, que los dos han sido asesinados.

– ¿Está usted sugiriendo que hay relación entre las dos muertes?

– No estoy sugiriendo nada -contestó Myron-. Pero no entiendo por qué no quiere responder a mi pregunta.

– No se trata de querer o no querer -contestó Pavel-. Sólo se trata de hacer lo que uno cree que es correcto. Está usted hurgando en asuntos que no le atañen. Asuntos personales. Asuntos que es imposible que tengan nada que ver con el presente. Me siento como si estuviera traicionando la confianza de ciertas personas. ¿Me entiende?

– No.

Pavel miró por encima del hombro hasta encontrar a Jack Lord y éste hizo un gesto nervioso con la boca. El entrenador se puso en pie de nuevo sacando pecho.

– El partido está a punto de comenzar -dijo Pavel-. No me gusta ser maleducado, pero tengo que pedirle que se marche ya.

– He puesto el dedo en la llaga, ¿eh?

– Sí. Yo me preocupaba mucho por el bienestar de Valerie.

– No era eso lo que quería decir.

– Márchese, por favor. Tengo que concentrarme en este partido.

Myron no se movió de donde estaba. Jack Lord le puso una mano en el hombro.

– Ya lo has oído -dijo-. Largo de aquí.

– Quítame la mano de encima -dijo Myron.

– Se acabaron los juegos, amigo -dijo Jack negando con la cabeza-. Es hora de marcharse.

– Si no me quitas la mano -le aclaró Myron en tono pausado-, voy a hacerte daño. Quizá mucho daño.

Jack sonrió desde detrás de sus gafas de sol y le apretó el hombro con más fuerza. Myron le cogió el pulgar rápidamente con la mano derecha, le bloqueó la articulación y se lo empujó hacia el lado contrario. Jack cayó de inmediato arrodillado en el suelo.

Myron se acercó al oído de Jack y le dijo:

– No quiero hacer ningún numerito, así que voy a dejarte en paz -le susurró-. Pero si haces algo más aparte de sonreír, pienso hacerte daño. Y ahora seguro que te haría mucho daño. Si me has entendido, asiente con la cabeza.

Jack asintió en silencio con la cara pálida.

– Nos vemos, Pavel -dijo Myron dejando ir el pulgar de Jack.

Pavel no respondió.

Myron pasó junto a Jack y, tal y como le había ordenado, éste no hizo más que sonreír.

– ¡Arréstalos, Danno! -le dijo Myron imitando a Steve McGarrett.

6

Un pretendiente obsesivo.

¿Podía ser tan sencillo? ¿Podía ser que un admirador chalado le hubiera disparado una bala a Valerie Simpson porque unas voces le dijeron que lo hiciera? Eso no explicaba la relación con Duane Richwood. Aunque quizá no hubiera tal relación. O tal vez la relación no tuviera nada que ver con el asesinato y, lo más importante de todo, no era asunto de Myron.

Myron entró por la Hobart Gap Road Street. Estaba a menos de dos kilómetros de su casa en Livingston, Nueva Jersey. El Cadillac pálido y techo amarillo canario por fin dejó de seguirlo al tomar el desvío de la JFK Parkway. Quienquiera que lo siguiera, debía haberse figurado que Myron se dirigía a su casa para pasar la noche y por eso ya no tenía sentido seguirlo más. Sin embargo, si el Cadillac volvía a aparecer tras él al día siguiente, Myron iba a tener que ocuparse del asunto y desenmascarar la verdadera identidad del señor del coche azul y amarillo.

Ahora mismo tenía que concentrarse en la pista del enamorado.

Si Roger Quincy era quien había matado a Valerie Simpson, ¿por qué se había inquietado tanto Pavel al mencionara Alexander Cross? ¿O se trataba nada más que de lo que Pavel le había dicho y no quería traicionar confidencias? Porque, de hecho, ¿no tenía más sentido que Pavel prefiriera mantener la boca cerrada?

El senador Cross era un hombre inmensamente poderoso. Y empezar a contar historias de su hijo asesinado no era en absoluto recomendable, así que por ahí no podía haber nada. Aunque también podría tratarse de algo muy gordo. O de algo sin importancia.

Pensamientos profundos como aquellos eran lo que convertían a Myron en un gran detective.

Aparcó el coche en la entrada. El de la madre estaba en el garaje y el del padre no estaba a la vista. Abrió la puerta con la llave.

– ¿Myron? -dijo una voz desde el interior de la casa.

Myron. Menudo nombre… Cualquiera creería que a aquellas alturas ya se habría acostumbrado pero, de vez en cuando, el horror volvía a apoderarse de él. Le habían puesto Myron de nombre de pila. Una decisión de último minuto, según sus padres. Algo que se le ocurrió a su madre en el hospital. ¿Pero ponerle a un niño Myron Bolitar? ¿Era justo? ¿Era ético?

Mientras fue un chaval, Myron intentó ponerse sobrenombres como Mike, Mickey y hasta Sweet J. por su famosa forma de tirar a la canasta. Sí, tal vez fue una suerte que no se le quedara el nombre de Sweet J, pero bueno.

Aviso a todos los padres que estén pensando nombres para sus hijos: id con cuidado con ese tema, es muy delicado.

– ¿Myron? ¿Eres tú? -dijo su madre.

– Sí, mamá.

– Estoy en el estudio.

Su madre iba vestida con ropa de hacer ejercicio y miraba una cinta de gimnasia. Tenía una pierna levantada en la posición de la grulla como en Karate Kid. Una voz conocida decía por la televisión: «Y ahora un paso suave a la izquierda…».

El Tai Chi de David Carradine. Fabuloso.

– Hola, mamá.

– Llegas tarde -dijo ella.

– No sabía que hubiera toque de queda.

– Me dijiste que llegarías hacia las siete y son más de las nueve.

– ¿Y?

– Pues que estaba preocupada. He visto en las noticias lo de esa chica a quien han asesinado en el Open. ¿Cómo iba a saber yo que no te habían matado?

Myron contuvo un suspiro.

– ¿Dijeron en las noticias que me habían matado? ¿Algo sobre cadáveres sin identificar? ¿O sólo que habían disparado a una chica que se llama Valerie Simpson?

– Podrían haber mentido.

– ¿Cómo dices?

– Pasa a menudo. La policía suele mentir a los periodistas hasta que lo notifican a los familiares más próximos.

– ¿Pero no has estado en casa todo el día?

– ¿Y qué? ¿Tú crees que la policía va a tener mi número de teléfono?

– Pero podrían… -Myron se detuvo a media frase. No tenía sentido seguir por ahí-. La próxima vez que se produzca un asesinato en un radio de un kilómetro a mi alrededor, te prometo que llamaré a casa.

– Muy bien.

Su madre apagó el televisor. Luego colocó una almohada en un rincón e hizo el pino sobre ella.

– Mamá…

– ¿Qué?

– ¿Qué haces?

– ¿A ti qué te parece? Estoy haciendo el pino. Es un buen ejercicio. Ayuda a que la sangre fluya mejor. Me hace tener mejor aspecto. ¿Sabes quién solía hacer el pino todos los días?

Myron hizo un gesto negativo.

– David Ben Gurion.

– Y todo el mundo sabe lo guapo que era -dijo Myron.

– No te pases de listo con tu madre.

Su madre era una gran paradoja viviente. Por un lado había sido abogada durante veinte años. En su familia, pertenecía a la primera generación nacida en Estados Unidos. Sus padres salieron de Minsk o de algún sitio así, donde llevaban una vida que, por lo que Myron sabía, era como las de El violinista en el tejado.

En los sesenta se había convertido en una radical, en una genuina quemadora de sostenes, y había experimentado con diversas drogas psicotrópicas (de ahí lo de ponerle Myron a su hijo). No cocinaba. Nunca. No tenía ni idea de dónde estaba guardada la aspiradora. No sabía qué aspecto tenía una plancha y nunca le había preocupado tenerla. En los juzgados, sus repreguntas eran legendarias. Comía testigos de cargo para desayunar. Era muy inteligente, terriblemente perspicaz y muy moderna.

Sin embargo, todo aquello desapareció al tener un hijo. Se desinfló por completo. Se convirtió en su madre. Y en la madre de su madre. Peor. Fue como si Murphy Brown, de la serie Murphy Brown, se hubiera convertido de repente en la abuela Tzietl de El violinista en el tejado.

– Tu padre ha ido a buscar un poco de comida china. Habrá de sobra para ti.

– No tengo hambre, gracias.

– Costillas, Myron. Pollo con sésamo. -Su madre hizo una pausa significativa y luego siguió-: Gambas con salsa de langosta.

– De verdad, no tengo hambre.

– Gambas con salsa de langosta…

– Mamá…

– Son de El Dragón de Fong.

– No, gracias.

– ¿Cómo? Pero si a ti te encantan las gambas con salsa de langosta. Si te gustan muchísimo.

– Bueno, venga, comeré unas cuantas.

Ella seguía haciendo el pino, y se puso a silbar como si tal cosa.

– Y… -empezó a decir tratando de sonar lo menos cotilla posible-, ¿cómo está Jessica?

– No te metas, mamá.

– Pero si yo no me meto. Sólo he hecho una pregunta.

– Y yo te he dado una respuesta. No te metas.

– Muy bien. Pero luego no me vengas llorando si algo sale mal.

Como si eso fuera a ocurrir.

– ¿Pero por qué lleva tanto tiempo fuera? ¿Qué está haciendo allí?

– Gracias por no meterte en los asuntos de los demás.

– Es que me preocupo -dijo su madre-. Espero que no haya pensado hacer nada malo.

– Que no te metas…

– ¿Eso es lo único que sabes decir? ¿No te metas? ¿Qué eres, un loro? Pero ¿dónde se ha ido esa chica?

Myron fue a abrir la boca pero, con gran esfuerzo, la mantuvo cerrada y se fue al sótano hecho una furia. Allí era donde él vivía. Tenía casi treinta y dos años y seguía viviendo en casa de sus padres. Durante los últimos meses no iba mucho por allí. La mayoría de las noches las pasaba en casa de Jessica, en la ciudad. Llegaron incluso a hablar de irse a vivir juntos, pero decidieron tomar las cosas con calma. Con mucha calma. Y eso era más fácil de decir que de hacer. El corazón no sabe ir con calma. Por lo menos el de Myron, no. Y como siempre, su madre le había tocado la fibra. Jessica estaba en Europa en aquel momento, pero Myron no tenía ni idea de dónde. Llevaba dos semanas sin saber nada de ella. La echaba de menos. Y ya empezaba a hacerse preguntas.

De repente sonó el timbre.

– Tu padre -oyó decir a su madre-. Probablemente se ha vuelto a olvidar la llave. Si es que este hombre se está poniendo senil…

Segundos más tarde oyó a alguien abrir la puerta del sótano. Vio aparecer los pies de su madre y luego el resto del cuerpo. Le hizo señas de que se acercara a ella.

– ¿Qué?

– Ha venido una chica que dice que quiere hablar contigo -dijo. Y luego añadió en voz baja-: Es negra.

– ¡Dios mío! -dijo Myron poniéndose la mano sobre el pecho-. Espero que los vecinos no llamen a la policía.

– No quería decir eso, listillo, y lo sabes muy bien. Hay una familia negra en el barrio ahora. Los Wilson. Son gente muy amable. Viven en Coventry Drive. En la antigua casa de los Detchman.

– Ya lo sé, mamá.

– La estaba describiendo. Lo mismo podría haber dicho que era rubia o que tenía una sonrisa muy bonita. O un labio leporino.

– Ya.

– O que era coja. O alta. O baja. O gorda. O…

– Creo que ya te he entendido, mamá. ¿Le has preguntado quién era?

– No, no he querido parecer indiscreta.

Perfecto.

Myron subió las escaleras. Era Wanda, la novia de Duane. Por alguna razón, a Myron no le sorprendió su visita. Wanda sonrió muy nerviosa y le dirigió un rápido saludo con la mano.

– Siento molestarte en tu casa -dijo.

– No hay ningún problema. Pasa, por favor.

Fueron al sótano. Myron lo había dividido en dos habitaciones. La sala de estar, muy pequeña, que no usaba casi nunca, estaba limpia y presentable. La otra habitación, en cambio, donde él vivía, parecía la casa de cualquier universitario después de haber celebrado una juerga.

Wanda miraba de un lado para otro sin parar, como cuando Dimonte había estado en su apartamento.

– ¿Vives aquí abajo?

– Desde que cumplí los dieciséis.

– Creo que es encantador. Que vivas con tus padres, quiero decir.

– Si tú supieras -se oyó decir a una voz en el piso de arriba.

– Cierra la puerta, mamá.

¡Blam!

– Por favor -dijo Myron-. Siéntate.

Wanda dudó un momento pero acabó sentándose en una silla. No paraba de estrujarse las manos de puro nervio.

– Me siento un poco estúpida -dijo.

Myron le respondió con una sonrisa comprensiva y alentadora, su sonrisa Phil Donahue, el famoso presentador de talk-shows.

– Le caes bien a Duane. Le caes muy bien -dijo Wanda.

– El sentimiento es mutuo.

– Los demás agentes no paran de llamar a Duane día y noche. Todas las grandes agencias. No dejan de repetirle que eres de muy poca monta para representar a Duane. Siempre le dicen que ellos pueden ayudarle a ganar mucho más dinero.

– A lo mejor tienen razón -dijo Myron.

– Duane no piensa lo mismo -dijo Wanda haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Y yo tampoco.

– Me alegra que no penséis lo mismo.

– ¿Sabes por qué no ha querido Duane entrevistarse con todos esos agentes?

– ¿Porque no le gustaría verme llorar?

Wanda sonrió. Mr. Graciosillo atacaba de nuevo. Myron era todo modestia.

– No -dijo Wanda-, Duane confía en ti.

– Me alegro.

– Tú no te ocupas de él sólo por dinero.

– Te agradezco que pienses así, Wanda, pero Duane me está haciendo ganar un montón de dinero, eso no te lo puedo negar.

– Lo sé -comentó-. No quiero parecer ingenua, pero él te interesa. Te importa más que el dinero. Te preocupas por Duane Richwood como ser humano que es. Te preocupas por él.

Myron no dijo nada.

– A Duane no lo respalda demasiada gente -continuó Wanda-. No tiene familia. Ha vivido en la calle desde que tenía quince años, sobreviviendo como podía. Y no fue un angelito durante todo ese tiempo. Hizo algunas cosas que ahora le gustaría olvidar, pero nunca le hizo daño a nadie ni nada que fuera grave. En toda su vida no tuvo en quien confiar y se cuidó de sí mismo.

Silencio.

– ¿Sabe Duane que has venido a verme? -dijo Myron.

– No.

– ¿Dónde está?

– No lo sé. Se ha ido sin decir a dónde. Es algo que hace a veces.

Silencio de nuevo.

– Pero bueno, como iba diciendo, Duane no tiene a nadie más. Confía en ti. Y también confía en Win, pero porque es tu mejor amigo.

– Wanda, todo lo que me estás diciendo es muy amable de tu parte, pero no todo lo hago por altruismo. Consigo bastante dinero por lo que hago.

– Pero te preocupas por tus clientes.

– Henry Hobson también.

– Puede. Pero su carrera está unida al éxito de Duane. Duane es su pasaporte para volver a estar entre los grandes.

– Hay mucha gente que podría decir lo mismo de mí -repuso Myron-. Salvo por lo de «volver», porque yo nunca he estado entre los grandes. Duane es el único jugador estrella del tenis que tengo. De hecho, Duane es el único jugador que tengo que esté en el US Open.

– Tal vez tengas razón -contestó Wanda después de pensar un momento-, pero cuando las cosas se han puesto feas, cuando hoy se ha visto en problemas, Duane ha acudido a ti. Y cuando esta noche se han puesto las cosas feas para mí, yo también he acudido a ti. Eso es lo que importa.

De repente se abrió la puerta del sótano.

– Niños, ¿queréis algo de beber?

– Sí, ¿por casualidad no tendrías un poco de Tang, mamá?

Wanda se echó a reír.

– Oye, listillo, a lo mejor tu invitada tiene hambre.

– No, gracias, señora Bolitar -dijo Wanda.

– ¿Estás segura, nena? ¿Un poco de café? ¿Coca-Cola?

– No, nada, de verdad, gracias.

– ¿Y una pasta de hojaldre? Acabo de comprar unas recién salidas del horno en una tienda de productos suecos. Es la pasta favorita de Myron.

– Mamá…

– De acuerdo, no hace falta que me lo repitas.

Genial. Su madre era una auténtica profesional para captar indirectas. La puerta del sótano se cerró de nuevo.

– Es un encanto -dijo Wanda.

– Uy, sí, adorable. Oye, ¿por qué no me dices por qué has venido? -dijo Myron inclinándose hacia delante.

– Estoy preocupada por Duane -respondió Wanda volviéndose a retorcer las manos.

– Si es por la visita de Dimonte, no le hagas caso. Ser tan capullo forma parte de su trabajo.

– No se trata de eso -dijo Wanda-. Duane no le haría daño a nadie. Estoy segura. Pero le pasa algo. Está muy tenso todo el rato. Da vueltas arriba y abajo por el apartamento. Se pone histérico por cualquier cosa.

– En este momento está muy presionado. Estará demasiado nervioso.

Wanda hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Duane aguanta la presión de maravilla. Le encanta competir, ya lo sabes. Pero estos últimos dos días está muy cambiado. Hay algo que le preocupa mucho.

– ¿Se te ocurre qué podría ser?

– No.

– Déjame que te haga una pregunta tonta -dijo Myron inclinando el cuerpo hacia delante-. ¿Recibió Duane alguna llamada de Valerie Simpson?

– No lo sé -contestó Wanda después de pensarlo un momento.

– ¿La conocía?

– Tampoco lo sé. Pero conozco a Duane. Llevamos tres años juntos, desde que teníamos dieciocho. Cuando le conocí todavía vivía en la calle. Mi padre se puso hecho una furia cuando se enteró. Es quiropráctico. Se gana bien la vida y siempre se ha esforzado mucho por mantenerme apartada de toda mala influencia. Y en eso voy yo y empiezo a salir con un chico de la calle, con un pillo.

Wanda rió al recordarlo. Myron esperó a que siguiera hablando.

– Todo el mundo pensaba que lo nuestro no iba a durar -continuó-. Dejé la universidad y me puse a trabajar para que él pudiera dedicarse al tenis. Y ahora es él quien me paga los estudios en la Universidad de Nueva York. Nos queremos. Ya nos queríamos mucho antes de que empezara todo esto del tenis, y nos seguiremos queriendo después de que tenga que dejar la raqueta para siempre. Pero ésta es la primera vez que noto que me oculta algo.

– ¿Y crees que Valerie Simpson tiene alguna relación con el asunto?

– Supongo que sí -dijo tras dudar un instante.

– ¿En qué sentido?

– No tengo ni idea.

– ¿Qué quieres que haga?

Wanda se levantó y empezó a caminar por la salita.

– Escuché hablar a esos policías. Dijeron que Win y tú habíais tenido algo que ver con el gobierno, dentro del FBI, después de que te recuperaras de la lesión de la rodilla. ¿Es verdad?

– Sí.

– Pensé que tal vez tú podrías, no sé, investigar un poco.

– ¿Quieres que investigue a Duane?

– Está ocultando algo, Myron. Tiene que revelarlo.

– A lo mejor no te gusta lo que descubra -dijo Myron recordando las palabras de Win.

– Me da más miedo seguir como ahora. ¿Lo ayudarás? -dijo Wanda mirándole a los ojos.

Myron asintió con la cabeza y contestó: -Haré lo que pueda.

7

Sonó el teléfono.

Myron estiró a tientas el brazo medio dormido y cogió el auricular.

– ¿Diga? -dijo con voz ronca.

– ¿Es la línea erótica Zorras de Alquiler?

Aquella voz lo despertó de golpe.

– ¿Jess?

– Ay, mierda -dijo Jessica-. Estabas durmiendo, ¿no?

– ¿Durmiendo? -Myron entrecerró los ojos para ver la hora en el reloj digital-. ¿A las cuatro y trece de la madrugada? ¿Yo, el Capitán Medianoche? Estás de coña.

– Lo siento. No he pensado en la diferencia horaria.

– ¿Dónde estás? -dijo Myron sentándose en la cama.

– En Grecia. Te echo de menos.

– Lo que pasa es que estás cachonda.

– Bueno, puede ser.

– Pues el Capitán Medianoche está aquí para ayudarla en lo que haga falta -dijo Myron.

– Mi héroe. Supongo que tú no estás nada cachondo.

– El Capitán Medianoche vive una vida muy casta.

– ¿Es parte de su imagen?

– Exacto -dijo Myron.

– No es nada divertido estar lejos de ti -dijo ella.

A Myron le dio un brinco el corazón.

– Pues vuelve a casa.

– Lo haré.

– ¿Cuándo?

– Pronto.

Jessica Culver. La concreción personificada.

– Dime cómo te ha ido -añadió.

– ¿Te has enterado de lo del asesinato en el Open?

– Claro que sí. En el hotel hay CNN.

Myron le contó el asesinato de Valerie Simpson. Cuando terminó, el primer comentario que hizo Jessica fue:

– No deberías haberle doblado el pulgar a ese cazurro.

– Pero quedó muy macho -dijo Myron.

– Sí, seguro que las volviste locas a todas.

– Deberías haber estado allí -dijo Myron.

– Supongo. ¿Así que vas a descubrir al asesino?

– Voy a intentarlo.

– ¿Por Valerie? ¿O por Wanda y Duane?

– Supongo que por los tres. Pero sobre todo por Valerie. Tendrías que haberla visto, Jess. Se esforzaba tanto por resultar hosca y antipática… Una chica de su edad no tendría por qué ser así.

– ¿Tienes algún plan?

– Pues claro. Primero voy a ir a ver a la madre de Valerie mañana por la mañana. A Filadelfia.

– ¿Y luego?

– Bueno, todavía no he desarrollado del todo el plan, pero estoy en ello.

– Ve con cuidado, por favor.

– El Capitán Medianoche siempre va con cuidado.

– No es sólo el Capitán Medianoche quien me preocupa, sino su álter ego.

– ¿Y quién es ése?

– Mi bollito dulcecito.

Myron sonrió.

– Oye Jess, ¿sabías que Joan Collins salió en Batman?

– Pues claro -contestó Jessica-. Hizo el papel de la sirena.

– ¿Ah, sí? Muy bien, ¿pues a que no sabes qué papel hizo Liberace?

8

Myron se pasó el resto de la noche soñando con Jessica, aunque, como siempre, al despertarse sólo recordaba fragmentos sin ningún tipo de interés. Jessica volvía a estar en su vida, pero todavía era algo muy nuevo para él. Demasiado nuevo. Tenía que contenerse, ir poco a poco. Temía acabar otra vez debajo de su tacón, de pillarse el corazón en la puerta del amor.

«En la puerta del amor.» Madre mía, sonaba como una canción de country verdaderamente horrible.

Iba en dirección sur por la autopista de Nueva Jersey, seguido a cuatro coches de distancia por el Cadillac azul pálido con el techo amarillo canario. Aquella autopista había originado más chistes sobre Nueva Jersey que ninguna otra cosa. Pasó por delante del aeropuerto de Newark. Era un poco feo, pero ¿hay algún aeropuerto que no lo sea? Después pasó por delante del plato fuerte de la autopista, seguramente lo más célebre de ella: una central eléctrica industrial enorme situada entre la salida doce y la trece, que se parecía mucho al mundo de pesadilla del principio de las películas Terminator. Despedía humo por todos los orificios y, a pesar de estar a plena luz del día, el edificio parecía sombrío, metálico, amenazante y siniestro.

Por la radio, un grupo de rock llamado The Motels no paraba de cantar «take the L out of lover, and it's over». [1] Qué profundo. Poco imaginativo, pero aun así muy profundo. The Motels. ¿Qué habría sido de ellos?

Myron cogió el móvil y marcó un número. Le respondió una voz familiar.

– Al habla el sheriff Courter.

– Hola, Jake, soy Myron.

– Lo siento. Debe haberse equivocado de número. Adiós.

– Muy buena -dijo Myron-. Se nota que esos cursos de cómico que haces por la tarde empiezan a hacer efecto.

– ¿Qué quieres, Myron?

– ¿Es que no puede llamarte un amigo simplemente para decir «hola»?

– ¿O sea que es una llamada porque sí? -preguntó Jake.

– Sí.

– Me siento profundamente halagado.

– Pues prepárate porque aún hay más. En un par de horas llegaré a tu barrio.

– No corras demasiado, amorcito.

– He pensado que tal vez podríamos comer juntos. Pago yo.

– Ya. ¿Viene Win contigo?

– No.

– Entonces de acuerdo. Ese tipo me pone los pelos de punta.

– Y eso que no lo conoces del todo.

– Mejor. ¿Y ahora qué es lo que quieres, Myron? Seguro que te sorprende, pero yo trabajo para ganarme la vida.

– ¿Todavía tienes amigos en la policía de Filadelfia?

– Claro que sí.

– ¿Sería posible que alguien te enviara por fax el archivo de un caso de homicidio?

– ¿Es reciente?

– Eh… no exactamente.

– ¿De cuándo?

– De hace seis años.

– Estás de broma, ¿no?

– Pues espera porque la cosa es aún peor. La víctima fue Alexander Cross.

– ¿El hijo del senador?

– Exacto.

– ¿Y para qué narices lo quieres?

– Te lo explicaré cuando llegue.

– Alguien va a querer saber el porqué.

– Pues inventa cualquier cosa.

Jake masticaba algo que parecía corteza de árbol.

– Lo que tú digas. ¿A qué hora llegarás?

– Probablemente hacia la una. Ya te llamaré.

– Me vas a deber una gorda, Myron. Una bien gorda.

– ¿Pero no te he dicho ya que pago yo?

Jake colgó el teléfono.

Myron tomó la salida seis. El peaje le costó casi cuatro dólares. Tuvo la tentación de pagarle el peaje al Cadillac, pero cuatro dólares era pasarse un poco por el detallito.

– Sólo quería conducir por la autopista, no comprarla -dijo Myron al tipo del peaje mientras le daba el dinero.

Myron no obtuvo ni siquiera una sonrisa de simpatía del tipo del peaje. Luego pensó que quejarse del peaje de la autopista era una de esas cosas que indican que te estás convirtiendo en tu padre. El siguiente paso iba ser pegarle un grito a alguien por haber encendido el termostato.

En total, el trayecto hasta uno de los barrios más ricos de Filadelfia le llevó dos horas. Gladwyne era sinónimo de familia adinerada. De familia ancestral. En aquel lugar, la línea de sangre era tan importante como la de crédito. La casa en la que se había criado Valerie Simpson tenía reminiscencias a la del Gran Gatsby, pero con ligeras señales de abandono: el césped no estaba del todo bien cortado, los arbustos un poco invadidos por la maleza, la pintura saltada en algunos sitios y la hiedra que cubría las paredes demasiado espesa.

Pero la finca era enorme. Myron tuvo que aparcar tan lejos de la casa que le dio la impresión de que iba a tener que coger el autobús para llegar hasta ella. Al acercarse a la puerta delantera vio que los detectives Dimonte y Krinsky salían de la casa justo en ese momento. Y por la cara de susto que puso, Dimonte no parecía muy contento de ver a Myron. Se puso las manos en las caderas, dándoselas de importante y fingiendo impaciencia.

– ¿Qué cojones está haciendo aquí? -espetó Dimonte.

– ¿Sabe qué fue del grupo de rock The Motels? -preguntó Myron.

– ¿De qué?

– Qué pronto olvida uno -dijo Myron haciendo un gesto negativo con la cabeza.

– Maldito sea, señor Bolitar, le he hecho una pregunta. ¿Qué ha venido a hacer aquí?

– Anoche te dejaste la ropa interior en mi casa -dijo Myron-. Unos calzoncillos largos. Talla treinta y ocho. Con estampado de conejitos.

Dimonte se puso rojo como un tomate. La mayoría de los polis eran homófobos, así que la mejor forma de chincharlos era aprovechándose de ello.

– Será mejor que no se haga el chulo de mierda conmigo, gilipollas. Usted y su colega yuppy psicópata.

Krinsky se rió al oír a su compañero decir «yuppy psicópata». Y es que cuando el bueno de Rolly se ponía gracioso no paraba.

– Aunque ya da igual -continuó Dimonte-. El caso está a punto de quedar cerrado y bien cerrado.

– Y yo podré decir que conocí al policía que lo resolvió.

– Supongo que le alegrará saber que su cliente ya no es mi principal sospechoso.

Myron asintió en silencio.

– Entonces será Roger Quincy, el moscón enamorado.

A Dimonte no le hizo ninguna gracia oír aquello.

– ¿Cómo cono se ha enterado de eso?

– Porque soy vidente y omnisciente.

– Lo que no significa que su cliente esté libre de sospecha. Seguro que tiene algo que ver en todo esto. Usted lo sabe muy bien, yo también, y hasta Krinsky lo sabe.

Krinsky hizo como que asentía. Menudo adlátere.

– Pero ahora acabamos de enterarnos de que su cliente se la follaba.

– ¿Tienes alguna prueba?

– Ni falta que me hace, Myron. Me importa una mierda. Estoy buscando a quien le disparó, no a quien se la tiró.

– Estás hecho un poeta, Rolly.

– Que le den por culo, no estoy de humor para sus ingeniosos comentarios.

Myron les saludó tímidamente con la mano al pasar.

– Ha sido un placer hablar contigo, Krinsky.

Krinsky hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Myron llamó al timbre, que emitió un sonido espectacular, parecido al de una orquesta. Chaikovski, tal vez. O tal vez no. Le abrió la puerta un hombre de unos treinta años. Llevaba camisa Oxford color rosa abierta en el cuello. Ralph Lauren. Tenía un gran hoyuelo en la barbilla. Y el pelo tan negro que era casi azul, como el de Superman en los cómics.

El hombre se quedó mirando a Myron como si fuera un vagabundo orinándose en la entrada.

– ¿Sí?

– He venido a ver a la señora Van Slyke.

La madre de Valerie había vuelto a casarse.

– Ahora no es buen momento.

– Estaba citado con ella a esta hora.

– Tal vez no me haya oído bien -dijo en ese tono tan altivo y tan parecido al de Win-. Ahora no es buen momento.

– Dígale por favor a la señora Van Slyke que ha venido a verle Myron Bolitar -insistió Myron-. Me está esperando. Windsor Lockwood habló anoche con ella.

– La señora Van Slyke no piensa recibir hoy a nadie. Ayer asesinaron a su hija.

– Ya lo sabía.

– Entonces comprenderá que…

– Kenneth… -se oyó decir a una voz de mujer.

– No pasa nada, Helen -dijo el hombre-. Ya me ocupo yo.

– ¿Quién es, Kenneth? -dijo la voz.

– Nadie.

– Myron Bolitar -dijo Myron.

Kenneth le lanzó una mirada airada y él se resistió a la tentación de sacarle la lengua, cosa que no le resultó fácil.

La mujer apareció en el vestíbulo. Iba toda vestida de negro. Tenía los ojos rojos y el lagrimal también. Era una mujer atractiva, aunque Myron supuso que probablemente hubiera sido aún más atractiva veinticuatro horas antes. Tendría unos cuarenta y muchos. Llevaba el pelo rubio ligeramente teñido, muy bien peinado y no demasiado decolorado.

– Pase, señor Bolitar, por favor.

– No creo que sea buena idea, Helen -dijo Kenneth.

– No pasa nada, Kenneth.

– Pero necesitas descansar.

– Por favor, le ruego que disculpe a mi marido, señor Bolitar. Sólo trata de protegerme.

¿Marido? ¿Había dicho marido?

Helen lo acompañó hasta un salón ligeramente más grande que la Acrópolis de Atenas. Sobre la chimenea colgaba un retrato descomunal de un hombre con las patillas muy largas y bigotazo de morsa. Daba un poco de miedo. Media docena de apliques en forma de vela iluminaban el salón. Los muebles, pese a ser de buen gusto y estilo antiguo, parecían un tanto desgastados. Lo único que faltaba en aquel salón era el juego de té de plata. Myron se sentó en una silla de época igual de cómoda que llevar un pulmón de acero. Kenneth no le quitaba el ojo a Myron. Seguramente querría asegurarse de que no se metiera un cenicero o cualquier otra cosa en el bolsillo.

Helen se sentó en el sofá frente a Myron y Kenneth se situó de pie tras ella, apoyando las manos en sus hombros. Parecían posar para hacerse una foto. Estaban solemnes. De repente, una niña que tendría si acaso tres o cuatro años, entró trastabillando en el salón.

– Le presento a Cassie -dijo la señora Van Slyke-, la hermana de Valerie.

Myron esbozó una amplia sonrisa y se inclinó hacia la niña.

– Hola, Cassie.

La niña respondió con un berreo tan fuerte que parecía que le hubieran clavado un puñal.

Helen Van Slyke consoló a la pequeña y ella, al cabo de soltar unos cuantos sollozos, dejó de llorar. De vez en cuando se quedaba mirando a Myron desde detrás de sus puñitos apretados. Quizá también estuviera preocupada por los ceniceros.

– Windsor me dijo que es usted agente deportivo -dijo Helen Van Slyke.

– Sí.

– ¿Iba a representar a mi hija?

– Estábamos considerando esa posibilidad.

– No veo por qué no puedes dejar esta conversación para otro día, Helen -interrumpió Kenneth.

– ¿Y por qué quería verme, señor Bolitar? -dijo Helen haciendo caso omiso del comentario de su marido.

– Sólo quería hacerle unas preguntas.

– ¿Qué clase de preguntas? -preguntó Kenneth con desconfianza y en tono despectivo.

– Por favor, continúe -dijo Helen silenciando a su marido con un gesto de la mano.

– Tengo entendido que Valerie fue hospitalizada hace alrededor de seis años.

– ¿Y a usted qué le importa? -dijo Kenneth.

– Kenneth, por favor, déjanos hablar.

– Pero Helen…

– Te lo ruego. Llévate a Cassie a dar un paseo.

– ¿Estás segura?

– Sí.

Kenneth protestó, pero no era capaz de contrariarla. Helen cerró los ojos como indicándole que diera por acabada la discusión y, a regañadientes, Kenneth se llevó a su hija de la mano.

– Es un poco sobreprotector -dijo Helen cuando el marido ya no podía oírla.

– Es comprensible -comentó Myron-, dadas las circunstancias.

– ¿Por qué le interesa el hecho de que Valerie hubiera estado hospitalizada?

– Estoy tratando de atar algunos cabos.

Helen se quedó observándolo un instante y preguntó:

– Está intentando descubrir al asesino de mi hija, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Puedo preguntarle el porqué?

– Hay varias razones.

– Dígame una.

– Valerie trató de ponerse en contacto conmigo justo antes de ser asesinada -dijo Myron-. Me llamó al despacho tres veces.

– Eso no es motivo para que usted se sienta responsable.

Myron no dijo nada.

Helen Van Slyke inspiró profundamente y preguntó:

– ¿Y cree que su asesinato tuvo algo que ver con la crisis nerviosa?

– No lo sé.

– La policía está bastante segura de que el asesino de Valerie es un hombre que la acosaba.

– ¿Y usted qué opina?

– No lo sé -dijo ella sin cambiar de expresión-. Roger Quincy parecía ser incapaz de hacerle daño a nadie. Pero supongo que todos dan la misma impresión hasta que ocurre algo así. Solía enviarle cartas de amor sin cesar. Eran bastante dulces, pero un tanto espinosas.

– ¿Todavía las guarda?

– Se las di a la policía.

– ¿Recuerda lo que decían?

– Iban desde las palabras normales de cualquier cortejo hasta la obsesión más absoluta. En algunos casos sólo le pedía una cita. En otros escribía sobre el amor eterno y sobre el hecho de estar destinados a vivir juntos para siempre.

– ¿Y cómo reaccionaba Valerie a esas cartas?

– A veces le daban miedo y a veces la divertían, pero por lo general se limitaba a no hacerles caso. Todos hacíamos lo mismo. Nadie se lo tomaba muy en serio.

– ¿Y Pavel? ¿Estaba preocupado por el tema?

– No demasiado.

– ¿Contrató a algún guardaespaldas para Valerie?

– No. Se negó rotundamente a hacerlo. Pensaba que un guardaespaldas no serviría más que para asustarla.

Myron hizo una pausa. Es decir, Valerie no necesitaba guardaespaldas para protegerse de alguien que la acosaba y, sin embargo, Pavel sí lo necesitaba para protegerse de los padres pesados y de los cazadores de autógrafos. Era algo que daba que pensar.

– Si no tiene inconvenientes, me gustaría hablar de la crisis nerviosa de Valerie.

– Creo que es mejor no tocar ese asunto, señor Bolitar -dijo Helen poniéndose un poco tensa.

– ¿Por qué?

– Fue muy doloroso. No puede imaginarse hasta qué punto. Mi hija sufrió un colapso mental, señor Bolitar. Apenas tenía dieciocho años. Era muy guapa, tenía mucho talento, era una atleta profesional, se mire como se mire estaba triunfando en la vida, y de repente sufrió una crisis nerviosa. Fue muy estresante para todos. Hicimos todo lo posible por ayudarla a recuperarse, para que no saliera en los periódicos y se hiciera público. Hicimos todo lo posible para que no se supiera.

Helen se detuvo y cerró los ojos.

– ¿Señora Van Slyke? -dijo Myron.

– Estoy bien.

– Estaba diciéndome que hizo todo lo posible para que no se supiera -le recordó Myron tras unos momentos de silencio.

La señora Van Slyke volvió a abrir los ojos. Sonrió y se alisó la falda.

– Sí, bueno, yo no quería que aquello le arruinara el futuro. Ya sabe cómo es la gente. Iban a hablar del asunto durante el resto de su vida. Yo no quería que le ocurriera eso. Y sí, a mí también me daba vergüenza. Era más joven que ahora, señor Bolitar. Temía el efecto de su crisis nerviosa para el apellido Brentman.

– ¿Brentman?

– Mi apellido de soltera. A esta finca se la conoce como Brentman Hall. Mi primer marido se llamaba Simpson. Pero fue una equivocación. Lo único que quería era subir posiciones en la escala social. Kenneth es mi segundo marido. Sé que las malas lenguas no dejan de hablar de nuestra diferencia de edad, pero los Van Slyke son una familia muy antigua. Su tatarabuelo y mi bisabuelo fueron socios.

«Un buen motivo para casarse», pensó Myron.

– ¿Cuánto tiempo llevan ustedes casados?

– En abril hizo seis años.

– Ya veo. De modo que se casó con él más o menos al mismo tiempo que hospitalizaron a Valerie.

– ¿Qué ha querido decir exactamente con eso, señor Bolitar? -dijo Helen lentamente, entrecerrando los ojos.

– Nada -respondió Myron-. No quería decir nada. En serio. -Bueno, tal vez un poquito-. Hábleme de Alexander Cross.

– ¿Qué ocurre? -dijo la señora Van Slyke volviéndose a poner tensa de nuevo, casi como si sufriera un espasmo.

– ¿Iban en serio Valerie y él?

– Señor Bolitar -dijo Helen Van Slyke con tono impaciente-, Windsor Lockwood es un viejo amigo de la familia. Por eso he accedido a hablar con usted. Antes se ha presentado usted como alguien a quien le interesa encontrar al asesino de mi hija.

– Y así es.

– Pues entonces, hágame el favor de decirme qué tienen que ver Alexander Cross, la crisis nerviosa de Valerie o mi matrimonio con lo que se propone.

– Me baso en una suposición, señora Van Slyke. Me baso en la suposición de que este asesinato no fue simplemente porque sí, sino que la persona que mató a su hija no era un desconocido. Y eso implica que investigue detalles de su vida. Todo. No le estoy haciendo estas preguntas porque las encuentre divertidas, sino porque necesito saber quién temía a Valerie, quién la habría odiado tanto o quién tenía mucho que ganar asesinándola. Y eso significa escarbar en los aspectos menos agradables de su vida.

Helen le aguantó la mirada bastante tiempo, pero acabó apartándola.

– ¿Qué es lo que quiere saber de mi hija, señor Bolitar?

– Lo esencial -dijo Myron-. Valerie se convirtió en la niña prodigio del tenis en Francia cuando sólo tenía dieciséis años. Las expectativas estaban por las nubes, pero la calidad de su juego no tardó en igualarlas. Luego la cosa fue a peor. Un hincha obsesivo llamado Roger Quincy empezó a acosarla. Tuvo una relación con el hijo de un político muy famoso, que más tarde fue asesinado. Y después sufrió un colapso mental. Ahora lo que necesito es ir rellenando los huecos y reunir todas las piezas de este rompecabezas.

– Me resulta muy difícil hablar de todo esto.

– Lo entiendo -dijo Myron en tono comprensivo.

Esta vez optó por la sonrisa Alan Alda en vez de la Phil Donahue. Más dientes, ojos más tiernos.

– No hay nada más que pueda contarle, señor Bolitar. No sé por qué querría nadie matarla.

– Quizá pueda contarme cómo fueron los últimos meses de su vida -dijo Myron-. ¿Cómo se sentía? ¿Le pasó algo fuera de lo común?

Helen se puso a juguetear con el collar de perlas, retorciéndolo entre los dedos hasta hacerse una señal roja en el cuello.

– Al final empezó a mejorar -comentó Helen con voz un tanto entrecortada-. Creo que el tenis la ayudó. No quiso tocar una raqueta durante años. Y luego empezó a jugar de nuevo. Sólo un poco al principio. Solamente para divertirse.

Dicho eso, la falsa serenidad que había mantenido Helen Van Slyke hasta ese momento se derrumbó por completo y no pudo contenerse más. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos sin parar. Myron le tomó la mano y ella se la apretó con fuerza, pero temblando.

– Lo siento -dijo Myron.

La señora Van Slyke hizo un gesto negativo con la cabeza y se esforzó por pronunciar las siguientes palabras:

– Valerie comenzó a jugar todos los días. La hacía sentirse más fuerte. Tanto física como emocionalmente. Al final parecía estar recuperándose del todo. Y entonces… -Helen volvió a detenerse y se quedó de repente con la mirada perdida-. Ese hijo de puta.

Myron pensó que tal vez se refiriera al asesino desconocido, pero que le pareció que la rabia de su interlocutora se centraba en algún otro.

– ¿Quién? -dijo Myron probando suerte.

– Helen… -se oyó decir entonces a una voz masculina.

Kenneth había vuelto. Atravesó el salón a toda prisa y abrazó a su esposa. Por un instante, a Myron le pareció que ella se apartaba al entrar en contacto con él, pero no estaba seguro del todo.

– ¿Ha visto lo que ha hecho? -dijo Kenneth mirando a Myron por encima del hombro-. Márchese de aquí.

– Señora Van Slyke…

– Márchese, señor Bolitar, se lo ruego -dijo Helen asintiendo-. Será lo mejor.

– ¿Está segura?

– ¡Márchese! -gritó Kenneth-. ¡Ahora mismo! ¡Antes de que tenga que echarlo yo mismo!

Myron se quedó mirándolo, pero pensó que no era el momento ni el lugar apropiado.

– Siento la molestia, señora Van Slyke. Mi más sentido pésame.

Y tras decirlo, se marchó.

9

Cuando Myron entró en la pequeña comisaría de policía, vio que Jake tenía algo rojo y pegajoso en la barbilla. Seguramente de un donut de mermelada. Aunque también podía tratarse de algún animal de granja pequeño. En el caso de Jake era difícil saberlo.

Jake Courter hacía dos años que había sido elegido sheriff de Reston, Nueva Jersey. En vista de que era negro y en el vecindario prácticamente sólo vivían blancos, la mayoría de la gente se sorprendió del resultado de las elecciones; pero Jake no. Reston era una ciudad universitaria y las ciudades universitarias estaban atestadas de intelectuales liberales con ganas de echarle una mano a un hombre negro. Jake opinaba que, dado que el color de su piel le había supuesto un impedimento durante bastantes años, era mejor aprovechar la oportunidad. «Es el sentimiento de culpa de los blancos», le había dicho a Myron. Daba más votos que los anuncios de Willie Horton.

Jake tenía cincuenta y tantos años. A lo largo de su carrera había sido policía en muchas ciudades diferentes: Nueva York, Filadelfia y Boston, por mencionar algunas. Cansado de perseguir a la escoria urbana, se trasladó a los tranquilos barrios de la periferia para perseguir a la escoria periférica.

Myron y Jake se habían conocido hacía un año, durante la investigación sobre la desaparición de Kathy Culver, la hermana de Jessica, que había estudiado en la Universidad de Reston.

– ¿Qué hay, Myron?

– Hola, Jake.

Como siempre, Jake tenía aspecto ajado. Todo él estaba ajado. La ropa también. Incluso su mesa parecía ajada como una camiseta de algodón en el fondo de la cesta de ropa sucia. Sobre la mesa había una serie de cosas ricas. Una caja de Pizza Hut, una bolsa de Wendy's, un vasito de helado de Carvel, un sándwich a medio comer de Blimpie y, lógicamente, una lata de polvos dietéticos Slim-Fast. Jake pesaba cerca de ciento veinticinco kilos. Los pantalones nunca le quedaban bien. Eran demasiado estrechos para su barriga y demasiado grandes para su cintura. No paraba de reajustárselos, siempre en busca de aquel punto escurridizo donde dejaban de moverse. Pero esa búsqueda habría requerido un equipo de científicos de alto nivel y un microscopio potentísimo.

– Vamos a comer unas hamburguesas -dijo secándose la frente con una toallita húmeda-. Me muero de hambre.

Myron cogió la lata de Slim-Fast y esbozó una tierna sonrisa.

– Un delicioso batido para desayunar y otro para comer. Y luego una cena moderada -dijo leyendo las indicaciones de los polvos dietéticos.

– Chorradas. Lo he probado y no sirve de nada.

– ¿Durante cuánto tiempo lo estuviste tomando?

– Casi un día entero. Y nada de nada. No adelgacé ni un gramo.

– Deberías ponerles una demanda.

– Y además sabe a pólvora usada.

– ¿Has conseguido el caso de Alexander Cross?

– Sí, lo tengo aquí mismo. Vámonos.

Myron siguió a Jake por la calle. Se pararon en un lugar que ostentaba el generoso nombre de Cafetería La Corte del Rey, que, en realidad, era un tugurio. Si algún día llegaban a reformarla podría alcanzar el nivel de un retrete público de autopista.

– Bonito, ¿eh? -dijo Jake esbozando una sonrisa.

– Se me hinchan las arterias sólo de olerlo -comentó Myron.

– Por el amor de Dios, hombre, no respires por la nariz.

Había una de esas gramolas automáticas típicas de las cafeterías. Hacía mucho tiempo que no le cambiaban los discos. Según el anuncio, la canción número uno del momento era Cocodrile Rock de Elton John.

La camarera era también la típica de ese tipo de cafeterías. Una cincuentona de mal genio y el pelo con mechas color lila imposibles de encontrar en estado natural.

– ¿Qué hay, Millie? -dijo Jake.

La camarera le lanzó las tarjetas con el menú sin decir nada y sin detenerse apenas ante su mesa.

– Ésa es Millie -dijo Jake.

– Parece una chica muy amable -contestó Myron-. ¿Me dejas ver el expediente?

– Primero pidamos la comida.

Myron cogió la tarjeta del menú. Era de vinilo. Y estaba pegajosa. Muy pegajosa. Como si alguien le hubiese derramado sirope por encima. En el pliegue también había restos de huevos revueltos coagulados. A Myron se le estaba pasando el hambre por momentos.

Tres segundos más tarde apareció Millie, exhaló un suspiro y dijo:

– ¿Qué va a ser?

– Ponme una hamburguesa con queso del bueno -pidió Jake-. Con doble ración de patatas fritas en vez de la ensalada. Y una Coca-Cola light.

Millie se volvió hacia Myron con cara de impaciencia.

– ¿Tenéis un menú vegetariano? -preguntó Myron sonriéndole.

– ¿Un qué?

– Deja de hacer el gilipollas -dijo Jake.

– Un sándwich de queso -pidió Myron.

– ¿Quieres patatas fritas para acompañar?

– No.

– ¿Y para beber?

– Una Coca-Cola light como mi amigo. Es que estamos a dieta.

Millie miró a Myron de arriba abajo y luego dijo:

– Eres bastante mono.

Myron contestó con una sonrisa de falsa modestia. La típica que quería decir: «Ay, no, ¡pero qué dices!».

– Y tu cara me resulta familiar.

– Es que soy de los que tenemos esa clase de cara -contestó Myron-: mona pero familiar.

– ¿Saliste alguna vez con una de mis hijas? Con Gloria, a lo mejor. Trabaja en el turno de noche.

– No creo.

– ¿Estás casado? -preguntó Millie después de volver a mirarlo de arriba abajo.

– Estoy saliendo con alguien.

– No me has contestado -dijo Millie-. ¿Estás casado?

– No.

– Perfecto -dijo Millie, y acto seguido dio media vuelta y se marchó.

– ¿A cuento de qué todo eso?

– Espero que no haya ido a buscar a Gloria -dijo Jake, encogiéndose de hombros.

– ¿Por qué?

– Se parece un poco a mí, pero en blanco -dijo Jake-. Sólo que con más bigote.

– Suena tentador.

– ¿Todavía estás con Jessica Culver?

– Supongo que sí.

– Colega, eso sí que es harina de otro costal -dijo Jake negando con la cabeza-. No he visto nunca en persona a ninguna tía que esté tan buena.

– No te voy a decir que no -dijo Myron tratando de no sonreír de satisfacción.

– Además te tiene totalmente a su merced.

– No te voy a decir que no.

Millie volvió con las dos Coca-Colas light. Esta vez hasta consiguió dirigirle una sonrisa a Myron.

– Un hombre tan guapo como tú no debería estar soltero -dijo la camarera.

– La policía me busca en varios estados -dijo Myron.

A Millie no pareció importarle. Se encogió de hombros y se marchó. Myron volvió a dirigirse a Jake.

– Muy bien. ¿Dónde está el expediente?

Jake lo abrió y le dio a Myron la foto de un hombre bien parecido, moreno, en forma y con shorts de tenis. Myron ya lo había visto en la foto del periódico tras el asesinato.

– Te presento a Alex Cross -dijo Jake-: veinticuatro años en el momento del asesinato. Graduado en Wharton. Hijo del senador Bradley Cross de Pensilvania, Estados Unidos. En la noche del 24 de julio, hace seis años, se encontraba en la fiesta del club de tenis Old Oaks de Wayne, Pensilvania. El excelentísimo senador también estaba allí. Es un lugar bastante lujoso: comida refinada, pistas cubiertas y descubiertas, de tierra batida, con focos, sin focos, de todo. Incluso tienen pistas de césped.

– Ya veo.

– Lo que ocurrió después no está del todo claro, pero esto es lo que hay. Alexander Cross y tres compañeros suyos estaban dando un paseo por los jardines.

– ¿De noche? ¿En una fiesta?

– No es tan extraño.

– Pero tampoco es muy normal.

– Sea como sea -dijo Jake encogiéndose de hombros-, oyeron un ruido que venía de la zona oeste del club. Fueron a ver de qué se trataba y se encontraron con unos jóvenes de aspecto sospechoso.

– ¿De aspecto sospechoso?

– Los jóvenes eran, ¿cómo se los llama ahora? Ah, sí, americanos de origen africano.

– Ah -dijo Myron-. ¿O sea que cabe suponer que en Old Oaks no tenían demasiados miembros americanos de origen africano?

– Más bien ninguno. Es muy selecto.

– Eso quiere decir que ni tú ni yo podríamos ser miembros de ese club.

– Una auténtica pena -dijo Jake-. Estoy seguro de que nos habría encantado esa fiesta.

– Bueno, ¿y qué pasó luego?

– Según los testigos, los jóvenes blancos se acercaron a los negros. Uno de los jóvenes negros, al que más tarde se identificó como Errol Swade, reaccionó sacando una navaja.

– ¿Una navaja? -dijo Myron haciendo una mueca.

– Sí, ya lo sé. No puede ser más típico. Qué falta de imaginación. En fin, se produjo un altercado, Alexander Cross fue apuñalado y los dos jóvenes salieron corriendo. Horas más tarde, la policía los atrapó al norte de Filadelfia, cerca de donde vivían. Durante la detención, uno de esos gamberros sacó una pistola. Un tal Curtis Yeller. Tenía dieciséis años.

Un agente de policía le pegó un tiro. Por lo que se ve, la madre de Yeller estaba presente. Tenía al chico en brazos cuando murió.

– ¿Vio cómo le disparaban?

– No lo dice -comentó Jake, volviendo a encogerse de hombros.

– ¿Y qué le pasó a Errol Swade?

– Pues que huyó. Se inició la búsqueda por todo el país. Su foto apareció en todos los periódicos y se envió a todas las comisarías. Lógicamente, se asignó a un montón de policías al operativo de la búsqueda, teniendo en cuenta que la víctima era el hijo de un senador de la nación y todo eso. Y a partir de aquí es cuando la cosa se pone interesante.

Myron le dio un sorbo a la Coca-Cola light sin pestañear.

– No encontraron a Errol Swade -dijo Jake.

– ¿Nunca? -dijo Myron sintiendo que se le caía el alma a los pies.

Jake negó con la cabeza.

– ¿Me estás diciendo que Swade consiguió escapar?

– Eso parece.

– ¿Cuántos años tenía?

– Diecinueve en el momento del incidente.

Myron meditó un momento.

– Eso quiere decir que ahora tendría veinticinco años.

– Caray, eres un as de las matemáticas.

Myron no sonrió. Millie sirvió la comida y le hizo otro comentario, pero él ni siquiera lo oyó. Veinticinco años. Myron no podía evitar hacerse preguntas. Era una idea muy tonta. E imperdonable. Y tal vez incluso racista. Pero ahí estaba. Veinticinco años. Duane decía que tenía veintiuno, ¿pero quién iba a asegurárselo?

Pero no, no podía ser.

Myron tomó otro sorbo de la Coca-Cola.

– ¿Qué sabes de Errol Swade? -preguntó.

– Pues que era un gamberro con pedigrí. Ya había estado tres veces en prisión. El primer delito fue robar un coche. Tenía doce años. Luego le siguieron toda una variedad de delitos más graves. Agresiones, atracos, robo de coches, atracos a mano armada, drogas… También formaba parte de una banda callejera ultraviolenta. ¿A que no adivinas cómo se llamaba la banda?

– ¿Josie and the Pussycats?

– Casi. Las Manchas. Abreviatura de Las Manchas de Sangre. Siempre llevaban una camiseta empapada de sangre de una víctima. Más o menos como si fuera la insignia de los Boy Scouts.

– Qué bonito.

– Además, Errol Swade y Curtis Yeller eran primos. Swade vivía con los Yeller desde que había sido puesto en libertad, hacía un mes. A ver qué más. Swade era un marginado social. Menuda sorpresa. Adicto a la coca. Menuda sorpresa, también. Y un idiota integral.

– ¿Y cómo ha conseguido eludir a la policía durante tanto tiempo?

Jake cogió la hamburguesa y le dio un mordisco. Un gran mordisco. La mitad de la hamburguesa desapareció.

– No lo ha conseguido.

– Perdón, ¿cómo dices?

– Es imposible que no se haya metido en problemas durante tanto tiempo. Ni por asomo.

– Espera un momento. ¿Me he perdido algo?

– Oficialmente, la policía sigue buscándolo -comentó Jake-. Pero en versión extraoficial, están convencidos de que está muerto. El chaval era un gamberro atontado. Sería incapaz de encontrarse el culo con las dos manos y mucho menos escapar de una operación policial de captura.

– ¿Y qué pasó entonces?

– Según los rumores, el senador le pidió un favor a la mafia. Fueron ellos quienes se lo cargaron.

– ¿El senador Cross hizo que se lo cargaran?

– ¿Qué pasa? ¿Te sorprende? Ese tipo es político. Eso es como estar un nivel por debajo de pederasta.

– Oye, ¿y tú para ser sheriff no tuviste que salir elegido?

– Pues eso mismo -dijo Jake asintiendo.

Myron se arriesgó a probar el sándwich. Sabía un poco a bayeta.

– ¿Tienes una descripción física de Swade? -preguntó Myron, deseando prácticamente que la respuesta fuera negativa.

– Tengo algo mejor que eso. Tengo la foto de la ficha de Swade.

Jake se sacudió las migas de las manos y se las restregó en la camisa por si acaso. Luego miró dentro de la carpeta y sacó una fotografía. Se la entregó a Myron, y éste la cogió intentando no delatar las ganas que tenía de verla.

No era Duane. Ni por asomo. Ni siquiera con cirugía plástica. Para empezar, Errol Swade tenía la piel mucho más clara. Su cabeza tenía forma de bloque y era totalmente distinta a la de Duane. Tenía los ojos demasiado separados entre sí. Todos sus rasgos eran diferentes. Según la fotografía, mediría uno noventa de altura, siete centímetros más que Duane. Y lo de ser bajo no es algo que se pueda aparentar.

Myron estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio.

– ¿Y ese expediente menciona a Valerie Simpson? -preguntó.

– ¿A quién? -dijo Jake con un súbito atisbo de interés en la mirada.

– Ya me has oído.

– Vaya, Myron, ¿no te referirás a la que asesinaron ayer?

– Pues mira, curiosamente, sí. ¿Sale su nombre?

– Y yo qué sé -dijo Jake pasándole el expediente entero-. Ayúdame a buscar.

Lo repasaron todo de principio a fin. El nombre de Valerie sólo aparecía en una de las hojas, en una lista de invitados a una fiesta. Su nombre salía entre otros cien. Myron anotó los nombres y las direcciones de los testigos del asesinato, que eran tres amigos de Alexander Cross. El expediente no contenía nada más de interés.

– Bueno -dijo Jake-, ¿y qué tiene que ver la encantadora y difunta Valerie Simpson con todo esto?

– No lo sé.

– ¡Por Dios Santo! -dijo Jake negando con la cabeza-. ¿Todavía te atreves a vacilarme?

– No te estoy vacilando.

– ¿Qué has descubierto hasta ahora?

– Nada de nada.

– Eso mismo me dijiste con lo de Kathy Culver.

– Pero éste no es tu caso, Jake.

– A lo mejor puedo ser de ayuda.

– De verdad que no he descubierto nada. Hace unos días Valerie Simpson vino a verme al despacho. Quería volver al mundo del tenis, pero alguien la mató antes. Quiero saber quién fue, eso es todo.

– No me creo ni una palabra.

Myron se encogió de hombros.

– En la tele dijeron que podía haber sido un acosador -dijo Jake.

– Tal vez lo fuera. Probablemente.

Se hizo el silencio.

– Te estás volviendo a callar algo -dijo Jake finalmente-. Igual que con lo de Kathy Culver.

– Es confidencial.

– ¿No me lo vas a contar?

– Confidencial -repitió Myron-. Confidencial no puede revelarse. Para comunicar sólo en la más estricta confidencialidad. Secreto.

– Muy bien, lo que tú digas -dijo Jake-. ¿Qué tal está el sándwich?

– Tal vez el ambiente no sea lo mejor, pero por lo menos la comida apesta.

Jake soltó una carcajada.

– Oye, ¿tienes entradas para el Open?

– Sí.

– ¿Podrías conseguirme dos?

– ¿Para cuándo?

– Para el último sábado.

Las semifinales masculinas y femeninas.

– Está complicado -dijo Myron.

– Pero no para un agente de tu nivel, ¿no?

– Si te las consigo, ¿estaremos en paz?

– Sí.

– Te las dejaré a tu nombre en la taquilla.

– Que sean buenos asientos.

– ¿Con quién vas a ir?

– Con mi hijo Gerard.

Myron había jugado contra Gerard en la liga universitaria. Gerard era una mala bestia. Su estilo de juego no tenía nada de elegante.

– ¿Todavía trabaja en la sección de homicidios de Nueva York?

– Sí.

– ¿Me podría hacer un pequeño favor?

– Mierda. ¿Como por ejemplo?

– Es que el policía que lleva el asesinato de Valerie es un capullo integral.

– Y quieres saber lo que ha descubierto hasta el momento.

– Sí.

– De acuerdo. Le diré a Gerard que te llame.

10

– ¿Algún mensaje?

Esperanza asintió con la cabeza.

– Un millón, aproximadamente.

– ¿Se sabe algo de Eddie Crane? -dijo Myron mientras examinaba el montón de papeles.

– Has quedado en cenar con él y sus amigos.

– ¿Cuándo? -dijo Myron levantando la vista.

– Esta noche. A las siete y media. En La Reserve. Ya he reservado mesa. No te olvides de mencionar el nombre de Win.

Mencionar el nombre de Win iba muy bien en la mayoría de los restaurantes más elegantes de Nueva York.

– Supongo que ya sabrás que eres un genio.

– Sí -dijo Esperanza asintiendo.

– Quiero que vengas tú también.

– No puedo. Tengo clase hoy.

Esperanza iba a clases nocturnas de Derecho.

– ¿Pavel Menansi sigue siendo entrenador de Eddie?

– Sí, ¿por qué lo dices?

– Ayer en el Open él y yo tuvimos una pequeña discusión.

– ¿Por qué motivo?

– Había sido el entrenador de Valerie.

– ¿Y discutisteis sobre eso?

Myron asintió sin decir nada.

– Y le volviste loco con tu atractivo natural, ¿no?

– Algo así.

– O sea, que no vamos a tener ninguna posibilidad con Eddie -dijo Esperanza.

– No necesariamente. Si Eddie le tuviera cariño a Pavel, a estas alturas ya habría fichado para TruPro. A lo mejor hay algunas desavenencias.

– Casi se me olvida -dijo Esperanza cogiendo una pequeña pila de papeles-. Acaba de llegar esto por fax. Quieren que lo firmes ahora mismo.

Era el contrato de un jugador de béisbol en ciernes llamado Sandy Repo. Un pitcher. Los Houston Astros lo habían elegido en la primera ronda. Myron lo repasó de arriba abajo. El día antes por la mañana habían ultimado el contrato verbalmente, pero Myron detectó un párrafo nuevo al primer vistazo. Lo habían añadido en la penúltima página.

– Qué monos.

– ¿Quiénes?

– Los Astros. Ponme con Bob Wasson.

Wasson era el director general de los Astros.

– En principio mañana por la tarde tienes una cita con los de Burger City -dijo Esperanza mientras cogía el auricular del teléfono.

– ¿A la misma hora que el partido de Duane?

Esperanza asintió.

– ¿Quieres acudir tú? -preguntó Myron.

– No van a querer hablar con una recepcionista.

– Eres una socia -la corrigió Myron-. Una socia muy valiosa.

– Pero sigo sin ser el responsable principal. No soy Myron Bolitar.

– Ah, ¿pero hay alguien que lo sea?

La secretaria y socia de Myron puso los ojos en blanco, cogió el teléfono y empezó a marcar un número.

– ¿De verdad crees que estoy preparada? -dijo Esperanza evitando mirarlo a la cara.

Lo había dicho en un tono difícil de descifrar. Myron no estaba seguro de si era sarcasmo o inseguridad. Probablemente las dos cosas a la vez.

– Seguramente quieran a Duane para la nueva campaña -dijo Myron-. Pero Duane prefiere esperar a que salga un contrato a escala nacional. Intenta encajarles a otro.

– De acuerdo.

Myron entró en su despacho. Por fin en casa. Tara [2]. Desde su despacho tenía una vista espléndida del perfil de los rascacielos de Manhattan. No era el mismo panorama desde la esquina que tenía Win, pero tampoco estaba nada mal. En una pared tenía fotogramas de películas. Desde Bogie y Bacall hasta Woody y Diane. En otra pared tenía pósteres de Broadway. Sobre todo musicales. Desde Rodgers y Hammerstein hasta Andrew Lloyd Webber. La última pared era la de los clientes. Tenía fotos de todos sus deportistas en plena acción. Se quedó observando la foto de Duane, que aparecía con la espalda arqueada preparado para sacar.

– ¿Qué pasa, Duane? -dijo Myron en voz alta-. ¿Qué es lo que ocultas?

La foto no le respondió. Las fotos no solían hacerlo.

De repente sonó el teléfono y oyó la voz de Esperanza a través de la función de altavoz del aparato:

– Tengo a Bob Wasson al teléfono.

– De acuerdo.

– Puedo decirle que espere hasta que termines de hablar con la pared.

– No, creo que lo cogeré ahora mismo -qué listilla ella. Pulsó el botón del altavoz-. ¿Bob?

– Maldito sea, Bolitar, no me hagas hablar por el altavoz, que no eres tan importante, caray.

Myron cogió el auricular.

– ¿Ahora mejor?

– Sí, genial. ¿Qué quieres?

– Hoy me ha llegado el contrato.

– Perfecto, me alegro por ti. Y ahora te diré lo que tienes que hacer. Primer paso: fírmalo donde pone una «X». ¿Sabes hacerlo, no? Te he puesto el nombre escrito a máquina debajo de la «X» por si no te acuerdas de cómo se escribe. Y hazlo con bolígrafo, Myron. De tinta azul o negra, por favor. Nada de ceras de colores. Segundo paso: mete el contrato en el sobre con la dirección escrita que he adjuntado al contrato. Humedece la solapa. ¿Me vas siguiendo?

El bueno de Bob. Agradable como tener piojos.

– Hay un problema -dijo Myron.

– ¿Un qué?

– Un problema.

– Oye, señor Bolitar, si intentas presionarme para sacarme más dinero, ya te puedes ir a tomar por el culo.

– Cláusula treinta y tres, párrafo «C».

– ¿Qué le pasa?

Myron empezó a leerlo en voz alta:

– El jugador se compromete a no practicar ningún deporte que suponga un riesgo para su salud o para su seguridad, incluido, aunque no exclusivamente, el boxeo o la lucha profesional, montar en motocicleta, montar en ciclomotor, montar en automóviles de carreras, practicar paracaidismo, volar en ala delta, cazar, etcétera, etcétera.

– Sí, ¿y qué? Es una cláusula de actividades prohibidas. Está sacada de la NBA.

– Los contratos de la NBA no dicen nada de que no se pueda ir a cazar.

– ¿Qué?

– Por favor, Bob, no me tomes por retrasado mental. Has metido la palabra «caza», la has colado, digamos.

– ¿Y qué tiene eso de malo? A tu chico le gusta cazar. Hace dos años se lesionó un día que se fue a cazar y se perdió la mitad de su año como júnior. Queremos asegurarnos de que no vuelva a suceder.

– Pues entonces tendrás que compensarle de alguna manera -dijo Myron.

– ¿Qué? No me toques las pelotas, señor Bolitar. Tú lo que quieres es que le paguemos si se lesiona, ¿no?

– Exacto.

– Pues por eso no queremos que cace. Imagínate que se pega un tiro. O imagínate que otro imbécil lo confunde con un ciervo y le pega un tiro. ¿Sabes lo que nos costaría eso?

– Resulta conmovedor que te preocupes tanto por él -dijo Myron.

– Uy, perdón. Mil perdones. Supongo que debería preocuparme más y pagarle menos.

– Bien visto. Olvida lo último que te he dicho.

– De acuerdo, olvidado. ¿Eso es todo?

– A mi cliente le encanta cazar. Significa mucho para él.

– Y su brazo izquierdo significa mucho para nosotros.

– Pues entonces te sugiero un trato justo.

– ¿Cuál?

– Un plus. Si Sandy no caza, tú accedes a pagarle veinte mil dólares al cabo del año.

Myron escuchó carcajadas al otro lado de la línea.

– Estás totalmente chalado.

– Pues entonces retira esa cláusula. No entra dentro de lo estándar y no la queremos ahí.

Se produjo una pausa y luego Bob dijo:

– Cinco mil. Ni un centavo más.

– Quince.

– Que te den por ahí, Myron. Ocho.

– Quince -repitió Myron.

– Creo que te estás olvidando de cómo se juega a esto -dijo Bob-. Yo digo una cantidad un poco más alta, tú dices una cantidad un poco más baja y al final quedamos en una cantidad intermedia.

– Quince, Bob. O lo tomas o lo dejas.

Win abrió la puerta y entró en el despacho. Se sentó sin decir palabra, se puso la pierna izquierda sobre la derecha y empezó a repasar sus cuidadas uñas.

– Diez -dijo Bob.

– Quince.

La negociación continuó un rato. Win se levantó y se miró en el espejo que había detrás de la puerta. Cuando Myron colgó el teléfono cinco minutos después, Win seguía retocándose el peinado. No tenía ni un pelo fuera de lugar, pero eso no parecía detenerlo.

– ¿Cómo ha quedado la cantidad final? -preguntó Win.

– Trece mil quinientos.

Win hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Luego sonrió ante el espejo y dijo:

– ¿Sabes qué estaba pensando?

– ¿Qué?

– Que debe ser un asco ser feo.

– Ya. ¿Crees que puedes despegarte un momento del espejo?

– No va a ser fácil -dijo Win con un suspiro.

– Sé valiente.

– En fin, supongo que puedo seguir más tarde.

– Muy bien. Así tendrás una motivación para seguir adelante.

Tras un último retoque al peinado, Win dio media vuelta, se sentó y dijo:

– ¿Qué pasa?

– El Cadillac azul pálido todavía me sigue.

– ¿Y quieres que me encargue de descubrir quiénes son? -dijo Win con cara de satisfacción.

– Algo así -dijo Myron.

– Perfecto.

– No quiero que te lances a por ellos sin mi presencia.

– ¿Es que no te fías de mi buen criterio?

– No lo hagas, ¿de acuerdo?

Win se encogió de hombros y preguntó:

– ¿Y cómo ha ido la visita a la finca de los Van Slyke?

– He conocido a Kenneth. Pero no hemos acabado de congeniar del todo.

– Ya me lo imagino.

– ¿Lo conoces? -preguntó Myron.

– Uy, y que lo digas…

– ¿Es tan gilipollas como yo creo?

– De proporciones épicas -comentó Win extendiendo las manos.

– ¿Sabes algo más de él?

– Nada relevante.

– ¿Quieres investigarlo?

– Desde luego que no. ¿Qué más has descubierto?

Myron le contó todos los detalles de la visita a los Van Slyke y a Jake.

– Muy curioso, muy curioso -dijo Win cuando Myron terminó.

– Sí.

– ¿Y cuál es el siguiente paso? -preguntó Win.

– Quiero atacar este asunto desde varios frentes.

– Que son…

– El psiquiatra de Valerie, para empezar.

– Ése te soltará tonterías como lo del secreto profesional -dijo Win descartando la idea con un ademán-. ¿Quién más?

– La madre de Curtis Yeller presenció cómo le disparaban a su hijo. Además es la tía de Errol Swade. Tal vez tenga algo que decir de todo esto.

– ¿Como por ejemplo?

– Tal vez sepa qué fue de Errol.

– ¿Y qué? ¿Crees que te lo va a decir?

– Nunca se sabe.

– O sea, que básicamente tu plan consiste en patalear de impotencia.

– Más o menos. También tendría que hablar con el senador Cross. ¿Crees que podrías concertarme una entrevista?

– Puedo probar -dijo Win-. Pero tampoco vas a sacar nada de él.

– Caray, hoy estás rebosante de optimismo.

– Sólo te digo las cosas como son.

– ¿Has descubierto alguna cosa en el Plaza?

– Pues sí, así es. -Win se recostó en la silla y juntó las yemas de los dedos-. Valerie sólo hizo cuatro llamadas en los últimos tres días. Todas dirigidas a tu despacho.

– Una para concertar una cita y hablar conmigo -dijo Myron-. Y las otras tres el día de su muerte.

– Impresionante -dijo Win emitiendo un leve silbido-. Primero descubres que Kenneth es un gilipollas y ahora esto.

– Sí, a veces tengo miedo de mí mismo. ¿Algo más?

– Uno de los porteros del Plaza recordaba bastante a Valerie -continuó Win-. Y después de darle una propina de veinte dólares, recordó que Valerie salía mucho a dar paseos cortos. El tipo lo encontraba curioso, porque los huéspedes sólo suelen salir de vez en cuando y no cada pocos minutos.

Myron cayó de repente en la cuenta.

– Hacía llamadas desde una cabina.

– Ya he llamado a Lisa -dijo Win asintiendo-, aquella amiga mía que trabaja en la compañía telefónica NYNEX. Por cierto, ahora me debes dos entradas para el Open.

«Genial», pensó Myron.

– ¿Y qué ha descubierto tu amiga?

– El día antes del asesinato de Valerie, se hicieron dos llamadas desde una cabina cerca del cruce entre la Quinta Avenida y la Calle 59 a la residencia del señor Duane Richwood.

Myron sufrió un arranque de desaliento.

– Mierda.

– Pues sí.

– O sea que Valerie no sólo llamó a Duane -dijo Myron-, sino que encima se esforzó todo lo posible para que nadie llegara a saberlo.

– Eso parece.

– Tendrás que hablar con él -dijo Win tras un momento de silencio.

– Lo sé.

– Espérate a que acabe el torneo -añadió Win-. Entre el Open y la gran campaña de Nike. No hay necesidad de distraerlo ahora mismo. Puede esperar.

Myron negó con la cabeza.

– Hablaré con él mañana mismo. Después del partido.

11

François, el maître de La Reserve, revoloteaba alrededor de su mesa como un buitre esperando la muerte, o peor, como un maître de Nueva York esperando una propina muy generosa. Desde que había descubierto que Myron era íntimo amigo de Windsor Horne Lockwood III, François se había hecho amigo suyo del mismo modo que los perros se hacen amigos de quien les da de comer.

Como entrantes le recomendó el aperitivo de salmón en rodajas finas y el bacaladito especial del chef. Myron aceptó ambas sugerencias y lo mismo hizo el señor Crane, que hasta el momento no había dicho palabra. Luego el señor Crane pidió la sopa de cebolla e hígado, y en ese momento Myron decidió que en las próximas horas no iba a darle ningún beso. Después, Eddie pidió las colas de escargot y langosta. El chico aprendía con mucha rapidez.

– ¿Me permite que le recomiende un vino, señor Bolitar? -dijo François.

– Adelante.

Ochenta y cinco pavos tirados por la borda.

El señor Crane tomó un sorbo y asintió con la cabeza en señal de aprobación. Todavía seguía sin haber sonreído ni una sola vez y sin haber intercambiado apenas ninguna gracia. Por suerte para Myron, Eddie era un buen chico. Listo y educado, era un verdadero placer charlar con él. Pero cada vez que el señor Crane se aclaraba la garganta, como en aquel preciso instante, Eddie se callaba de inmediato.

– Recuerdo cuando usted jugaba al básquet en Duke, señor Bolitar -dijo el señor Crane.

– Por favor, llámeme Myron.

– De acuerdo.

En lugar de devolverle la cortesía, Crane frunció el ceño. Las cejas eran su rasgo más prominente, pues eran increíblemente gruesas, tenían aspecto de enojo constante y no paraban de moverse sobre sus ojos. Parecían dos huroncillos que se le arrastraran por la frente.

– ¿Fue el capitán del equipo de Duke? -preguntó Crane.

– Durante tres años -contestó Myron.

– ¿Y ganó dos campeonatos de la NCAA?

– Los ganó mi equipo, sí.

– Le vi jugar en varias ocasiones. Era bastante bueno.

– Gracias.

Crane se inclinó hacia él mientras sus cejas se volvían aún más pobladas y le dijo:

– Si no recuerdo mal, los Celtics lo eligieron en la primera ronda.

Myron asintió en silencio.

– ¿Cuánto tiempo jugó con ellos? Creo que no fue mucho.

– Me lesioné la rodilla en un partido de la pretemporada de mi primer año.

– ¿Y no volvió a jugar más? -dijo Eddie. Tenía ojos jóvenes y abiertos como platos.

– Nunca más -dijo Myron sin inmutarse.

Aquella era una lección más útil que cualquier conferencia que pudiera llegar a dar. Como el funeral de un compañero de clase que hubiera muerto por conducir bebido.

– ¿Y entonces qué hizo con su vida? -preguntó el señor Crane-. Después de la lesión, quiero decir.

La entrevista personal formaba parte del proceso. Sin embargo, ser ex jugador hacía que esa parte fuera un poco más dura, porque la gente tendía a pensar que eras tonto.

– Estuve haciendo rehabilitación durante mucho tiempo -dijo Myron-. Pensaba que iba a poder sobreponerme a las circunstancias, desafiar a los médicos, volver a jugar. Cuando finalmente fui capaz de enfrentarme a la realidad, comencé la carrera de Derecho.

– ¿Dónde?

– En Harvard.

– Impresionante.

Myron intentó poner cara de modestia y hasta estuvo a punto de pestañear inocentemente.

– ¿Publicó algún artículo sobre temas legales?

– No.

– ¿Hizo algún máster?

– No.

– ¿Qué hizo después de graduarse?

– Me hice agente.

El señor Crane volvió a fruncir el ceño.

– ¿Cuánto tiempo tardó en terminar la carrera?

– Cinco años.

– ¿Por qué tardó tanto?

– Trabajaba a la vez que estudiaba.

– ¿Y qué hacía?

– Trabajaba para el gobierno.

Era una respuesta adecuada a la vez que imprecisa. Esperaba que el señor Crane no quisiera saber más.

– Ya veo.

Crane frunció el ceño de nuevo. Todo él se frunció. Frunció la boca, la frente y hasta las orejas.

– ¿Cómo se decidió a entrar en el mundo de la representación de deportistas?

– Porque pensé que me gustaría. Y porque pensé que se me daría bien.

– Su agencia es pequeña.

– Cierto.

– No posee los contactos de las agencias más grandes.

– Cierto.

– No tiene la influencia que tienen ICM, TruPro o Advantage.

– Cierto.

– No cuenta con demasiados jugadores de tenis de alto nivel.

– Cierto.

– Entonces, dígame, señor Bolitar -dijo Crane con cara de pocos amigos-, ¿por qué razón nos va a convenir trabajar con usted?

– Soy perfecto para animar las fiestas.

El señor Crane no esbozó ninguna sonrisa, pero Eddie sí. No obstante, el chico se contuvo y reprimió la sonrisa cubriéndosela con la mano.

– ¿Eso tendría que haberme hecho gracia? -preguntó Crane.

– Déjeme que le haga una pregunta, señor Crane. Usted vive en Florida, ¿verdad?

– En St. Petersburg.

– ¿Cómo ha venido a Nueva York?

– En avión.

– No. Me refiero a quién le ha pagado los billetes.

Los Crane intercambiaron miradas precavidas.

– ¿Ha sido TruPro quien les ha comprado los billetes, no es cierto?

El señor Crane asintió tímidamente con la cabeza.

– ¿Les han ido a buscar al aeropuerto con una limusina? -continuó Myron.

El señor Crane volvió a asentir.

– Y su chaqueta, señora, ¿es nueva?

– Sí -respondió la señora Crane.

Era la primera vez que abría la boca en toda la cena.

– ¿Se la ha regalado alguna de las grandes agencias?

– Sí.

– Una esposa o empleada de alguna de las grandes agencias la ha llevado a ver la ciudad, le ha enseñado los lugares de mayor interés y se la ha llevado de compras, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Qué quiere decir? -le interrumpió el señor Crane.

– Que todas esas cosas no van con mi estilo -comentó Myron.

– ¿Qué cosas?

– Hacer la pelota. No se me da bien hacerles la pelota a los clientes. Y se me da fatal lo de hacerles la pelota a los padres. Eddie…

– ¿Sí?

– ¿Las grandes agencias te han prometido contar con alguien en todos los partidos?

Eddie asintió sin decir nada.

– Yo no voy a hacer eso -comentó Myron-. Si me necesitas, estoy disponible las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, pero no voy a estar presente las veinticuatro horas del día ni todos los días de la semana. Si quieres que alguien te estreche la mano en cada partido sólo porque Agassi o Chang lo hagan, ficha con una de las grandes agencias, porque lo harán mejor que yo. Y si quieres a alguien que te haga los recados o la colada, yo tampoco sirvo para eso.

Los Crane intercambiaron otra mirada entre ellos.

– Muy bien -dijo el señor Crane-. Ya he escuchado su opinión, señor Bolitar. Parece que está usted a la altura de su reputación.

– Usted me ha pedido que le hiciera una comparación entre las grandes agencias y yo.

– Efectivamente.

Myron se dirigió a Eddie y le dijo:

– Mi agencia es pequeña y sencilla. Yo me ocuparé de todas las negociaciones: ganancias de los torneos, apariciones en público, exhibiciones, patrocinios, todo. Pero no firmaré nada que tú no quieras. Nada es definitivo hasta que tú no lo mires, lo comprendas y le des el visto bueno. ¿Hasta aquí todo bien?

Eddie asintió con la cabeza.

– Tal y como ha recalcado tu padre, no tengo ningún máster, pero trabajo con alguien que lo tiene. Se llama Win Lockwood. Se le considera uno de los mejores asesores financieros del país. La teoría de Win se parece mucho a la mía: quiere que comprendas y apruebes todas las inversiones que se hagan. Insistiré en que te reúnas con él por lo menos cinco veces al año, preferiblemente más, para hacer una planificación de impuestos y finanzas sólida y a largo plazo. Quiero que sepas en todo momento dónde se invierte tu dinero. Hay demasiados deportistas a quienes les toman el pelo, hacen malas inversiones o confían en la gente equivocada y todo eso. Sin embargo, eso no pasará en mi agencia porque tú, no sólo yo, no sólo Win y no sólo tus padres, sino tú mismo, impedirás que ocurra.

Entonces apareció François con los aperitivos. No dejó de sonreír mientras sus subordinados iban sirviendo los platos. Después se puso a señalar y a dar órdenes en francés con tono impaciente, como si no supieran poner el plato delante de un ser humano sin molestar.

– ¿Ya está todo? -preguntó François.

– Creo que sí.

– Si puedo hacer alguna cosa para que su cena en este restaurante sea aún más placentera, no duden en pedírmelo -dijo François inclinando un poco la cabeza.

Myron se quedó mirando el salmón y dijo:

– ¿No tendrías un poco de ketchup?

– ¿Cómo dice? -dijo François empalideciendo.

– Era una broma, François.

– Y muy graciosa por cierto, señor Bolitar.

François desapareció de la vista. Myron, el cómico profesional, vuelve a la carga.

– ¿Y qué es de la joven que nos concertó la cena? -preguntó el señor Crane-. La señorita Díaz. ¿Qué cargo tiene en la agencia?

– Esperanza es mi socia. Mi mano derecha.

– ¿Qué ha estudiado?

– Actualmente está cursando Derecho en clases nocturnas. Por eso no ha podido acompañarnos esta noche. Y además, fue luchadora profesional.

Aquello suscitó el interés de Eddie.

– ¿Ah, sí? ¿Cómo se llamaba?

– La Pequeña Pocahontas.

– ¿La Princesa India? La Gran Mamá Jefa y ella eran las campeonas de la lucha por parejas.

– Exactamente.

– ¡Madre mía! Era tremenda.

– Pues sí.

La señora Crane probó el salmón pero, por el momento, el señor Crane no había tocado siquiera la sopa de cebolla.

– Dígame -dijo el señor Crane-, ¿qué estrategia emplearía para sacarle el máximo provecho a la carrera de Eddie?

– Depende -respondió Myron-. No hay ninguna fórmula predeterminada. Ahora mismo pesan sobre su hijo dos factores opuestos. Por un lado, Eddie sólo tiene diecisiete años. Es un chaval. El tenis no debería consumirlo hasta el extremo de llegar a resultar una carga. Debería seguir divirtiéndose, tratar de hacer las cosas que hacen los chicos de diecisiete años. Y, por otro lado, es ingenuo pensar que el tenis no va a ser más que un juego para él. O que va a ser un chico «normal». Estamos hablando de dinero, de mucho dinero. Si Eddie lo hace bien, si ahora hace algunos sacrificios y trabaja con Win, podrá tener el futuro asegurado para siempre en cuanto a las finanzas se refiere. Se trata de un equilibrio muy delicado: en cuántos torneos y en cuántas exhibiciones participar, cuántas apariciones en público hacer, cuántos patrocinios…

El señor Crane asintió moviendo las cejas. Parecía estar de acuerdo con él.

Myron se dirigió entonces a Eddie.

– Al principio tienes que conseguir ganar mucho dinero, porque nunca se sabe lo que puede pasar. Yo soy la prueba viviente de ello. Pero tampoco quiero que te exprimas al máximo. A veces, lo más difícil del mundo es saber decir «no» a las grandes sumas de dinero. Pero en definitiva se trata de tu decisión, no de la mía. Se trata de tu dinero. Si quieres jugar en todos los torneos y en todos los partidos de exhibición, yo no pienso impedírtelo, aunque no vas a conseguirlo, Eddie, nadie lo consigue. Eres un buen chico. Piensas con la cabeza. Tus padres te han educado bien. Pero si tratas de forzarte demasiado, te vas a quebrar. He sido testigo de demasiados casos así.

»Quiero que ganes un montón de dinero, pero no hasta el último centavo que puedas. No quiero convertirte en una máquina de hacer dinero. Quiero que lo pases bien, que lo disfrutes, que seas consciente de la enorme suerte que tienes.

Los Crane lo escuchaban con suma atención.

– Ésa es mi filosofía, Eddie, por si te puede interesar. Con las grandes compañías quizá ganes más dinero. Eso no te lo voy a negar. Pero a la larga, con una carrera duradera y sólida, y con una buena planificación, creo que estarás mejor y tendrás más dinero con MB Representante Deportivo.

– ¿Hay alguna otra cosa que desee saber? -dijo Myron mirando al señor Crane.

El señor Crane sorbió su copa de vino, observó el color y volvió a dejarla sobre la mesa. Luego hizo bailar de nuevo las cejas y dijo:

– Nos han recomendado mucho su agencia, señor Bolitar. O mejor dicho, se la han recomendado a Eddie.

– ¿Ah, sí? -dijo Myron-. ¿Quién?

Eddie apartó la mirada y la señora Crane le puso la mano sobre el brazo. Fue el señor Crane quien le dio la respuesta.

– Valerie Simpson.

Myron se quedó boquiabierto.

– ¿Valerie les recomendó mi agencia?

– Creía que le iría bien a Eddie.

– ¿Eso dijo?

– Sí.

Myron se volvió hacia Eddie. No estaba llorando, pero parecía que estuviese a punto de hacerlo.

– ¿Y qué más te dijo, Eddie?

– Me dijo que era usted un tipo honesto -añadió tras encogerse de hombros-. Que iba a tratarme bien.

– ¿Cómo conociste a Valerie?

– Se conocieron en Florida, en el campamento de Pavel -respondió el señor Crane-. Valerie tenía dieciséis años y Eddie nueve. Ella se ocupó de él.

– Eran buenos amigos -añadió la señora Crane-. Qué tragedia.

– ¿Te dijo alguna cosa más, Eddie?

El chico volvió a encogerse de hombros y al final alzó la vista. Myron le miró a los ojos y le aguantó la mirada.

– Es muy importante -dijo Myron.

– Me dijo que no me enganchara con TruPro -contestó Eddie.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

– Según mi teoría -añadió el señor Crane-, los culpaba de su declive.

– ¿Y tú qué opinas, Eddie? -le preguntó Myron.

El chico volvió a encogerse de hombros y dijo:

– Podría ser, no sé.

– Pero no crees que pueda ser.

Eddie no contestó.

– Creo que es mejor que cambiemos de tema -dijo la señora Crane-. El asesinato de Valerie ha afectado bastante a Eddie.

La conversación volvió a derivar poco a poco a los negocios, pero Eddie estaba más callado. De vez en cuando abría la boca para decir algo y la volvía a cerrar al instante. Cuando finalmente se levantaron de la mesa para marcharse, Eddie se acercó a Myron y le susurró:

– ¿Por qué quiere saber tantas cosas de Valerie?

Myron decidió decirle la verdad:

– Porque estoy intentando descubrir quién la asesinó.

Eddie puso los ojos como platos. Miró hacia atrás y vio que sus padres estaban ocupados en despedirse de François. El maître le besó la mano a la señora Crane.

– Creo que tú podrías ayudarme -dijo Myron.

– ¿Yo? -dijo Eddie-. Yo no sé nada.

– Era tu amiga. La conocías bien.

– Eddie…

Era el señor Crane.

– Tengo que irme, señor Bolitar. Gracias por todo -dijo Eddie.

– Sí, muchas gracias -añadió el señor Crane-. Todavía tenemos que hablar con varias agencias, pero estaremos en contacto.

Cuando se hubieron marchado, apareció François con la cuenta.

– Su corbata le sienta muy bien, señor Bolitar.

Aquel hombre sabía cómo hacer la pelota.

– Deberías ser representante, François.

– Gracias, señor.

Myron le dio la tarjeta Visa y esperó. Encendió el móvil y vio que tenía un mensaje de Win. Lo llamó.

– ¿Dónde estás? -preguntó.

– En la calle Veintiséis, cerca de la Octava Avenida -comentó Win-. En el Cadillac había dos caballeros, y conste que utilizo ese término en el más amplio de los sentidos. Te han seguido hasta La Reserve, se han quedado esperando un rato y hace media hora se han marchado y han entrado en un local de dudosa reputación.

– ¿De dudosa reputación?

– Se llama La Almeja Alegre. Con eso te lo digo todo, ¿no?

– No los pierdas de vista. Voy para allá.

12

Win esperaba al otro lado de la calle, delante de La Almeja Alegre. El edificio estaba en silencio y el único ruido que se oía era el de la música que salía del bar. En un gran cartel de neón se leía: ¡topless!

– Son dos -dijo Win-. El que conduce es blanco, metro noventa de altura, más o menos. Está gordo pero de constitución fuerte. Creo que te va a gustar su sentido del gusto.

– ¿Por?

– Ya lo verás. El otro es negro. Un metro ochenta de altura. Tiene una cicatriz enorme en la mejilla derecha. Podría decirse que es delgado y nervudo.

– ¿Dónde han aparcado? -dijo Myron echando una ojeada a la calle.

– En un parking de la Octava Avenida.

– ¿Y por qué no habrán aparcado en la calle? Hay sitio de sobra.

– Creo que a nuestro hombre le gusta mucho su coche -dijo Win sonriendo-. Le daría un disgusto muy grande que le pasara algo.

– ¿Costará mucho entrar?

– Haré como si no te hubiera oído -dijo Win con cara de sentirse insultado.

– Muy bien, tú busca en el coche. Yo iré al bar.

– Recibido -dijo Win haciendo un saludo militar.

Se separaron. Win se dirigió al parking y Myron al bar. Él habría preferido hacerlo al revés, sobre todo porque aquellos dos hombres ya lo tenían fichado, pero era mejor aprovechar los puntos fuertes de cada uno. A Win se le daba mucho mejor entrar en coches u ocuparse de cualquier cosa relacionada con la mecánica. Y a él se le daba mejor… Bueno, eso.

Entró en el bar con la cabeza gacha por si acaso, pero no tardó en darse cuenta de que no había ninguna necesidad. Nadie le prestaba atención. En aquel local no había consumición mínima. Myron echó una ojeada y enseguida le vinieron a la mente las palabras: tugurio de mucho cuidado. La decoración del local era estilo cervecero americano. Las paredes se adornaban con carteles de neón de marcas de cerveza, la barra y las mesas tenían culos de botella incrustados y detrás de la barra había pirámides de botellines de todo el país.

Y, lógicamente, también había bailarinas en topless. Hacían cabriolas con bastante desgana sobre unos escenarios reducidos, que parecían sacados de los programas televisivos de los sesenta. La mayoría de las bailarinas no eran atractivas. Ni de lejos. La moda del culto al cuerpo no había llegado todavía a La Almeja Alegre. Allí reinaban los michelines. Aquel lugar parecía antes un centro de diagnosis de celulitis que una cantina de fantasías masculinas.

Myron se sentó a una mesa vacía que había en un rincón. Había varios tipos trajeados, pero la mayoría de la clientela era de clase trabajadora. La gente con dinero iba a locales de topless como Goldfingers o Score, donde las mujeres eran más agradables a la vista, aunque sus dotes corporales fueran tan auténticas como las de una muñeca hinchable.

Frente al escenario central había dos hombres que no paraban de reír. Uno era blanco y el otro negro; encajaban con la descripción de Win. Cuando las bailarinas cambiaron de escenario, la que estaba delante de ellos bajó al nivel del suelo. Debía de ser su tiempo de descanso. Los dos se pusieron a negociar con ella. En sitios como Goldfingers o Score, se pagaban veinte o veinticinco dólares por un baile encima de la mesa que, básicamente, era lo que su nombre indicaba. La chica se quitaba el top y bailaba encima de tu mesa durante unos cinco minutos. Sin contacto físico de ningún tipo. En cambio, en La Almeja Alegre, la orden del día era algo muy de moda últimamente que se llamaba lap dance y que se practicaba en los rincones más discretos del bar. El lap dance consistía en que la bailarina colocaba su trasero sobre la entrepierna del hombre y lo hacía girar hasta que éste alcanzaba el orgasmo. Dejando de lado la repugnancia moral de aquella gracia, á Myron le planteaban varias dudas los aspectos técnicos. Por ejemplo: después de hacerlo, ¿cómo iba a ir un tipo por ahí el resto de la noche? ¿O es que la gente siempre lleva ropa interior de recambio en el bolsillo?

Cuántas preguntas sin respuesta y qué poco tiempo para tratar de responderlas.

Los dos tipos y la chica se dirigieron hacia el rincón donde estaba y entonces pudo comprobar claramente las referencias de Win. El blanco tenía unos brazos muy grandes, un barrigón prominente y el pecho fofo. Habría podido ocultar aquellos detalles con un poco de sentido del gusto, pero llevaba una camisa de rejilla muy ajustada. De rejilla. Es decir, con muchos agujeros. Prácticamente era como si no llevara camisa ni nada. La pelambrera pectoral, frondosa y abundante, le salía por los agujeros. Y los pelos eran largos, de manera que se le enrollaban entre la masa de cadenas de oro que llevaba colgando del cuello. Al pasar por delante de donde estaba, Myron se vio obligado a contemplarle la espalda, aún más peluda y un tanto más grasienta que el pecho.

Se sintió un poco mareado.

– Quince dólares por los primeros diez minutos -dijo la chica-. No puedo bajar de ahí.

– Oye puta, no nos times -dijo el de la camisa de rejilla-. Somos dos. Dos por uno.

– Eso -añadió el tipo negro-, dos por uno.

– No puede ser -dijo ella.

Si se sentía ofendida por el insulto, no lo demostró en absoluto. Hablaba en tono cansado y yendo al grano, a la manera de las camareras de bar de carretera en turno de noche.

Al tipo de la camisa de rejilla no le hizo ninguna gracia oír aquello.

– Mira zorra, no me hagas enfadar.

– Voy a buscar al dueño del local -dijo la bailarina.

– Y una puta mierda. Tú no te vas de aquí hasta que yo no me corra, perra.

– Eso -dijo el tipo negro-, y yo también, perra.

– Mirad, si pensáis decir tacos os tendré que cobrar más -dijo la chica.

– ¿Qué has dicho? -dijo el de la rejilla con cara de incredulidad.

– Que hay un recargo por decir palabrotas.

– ¿Un recargo? -gritó el de la rejilla. Ahora ya parecía furioso-. Es posible que una puta idiota como tú todavía no se haya enterado, pero estamos en Estados Unidos de América, la tierra de la libertad y de los valientes. Yo puedo decir lo que me dé la gana, zorra, ¿o es que no sabes lo que es la libertad de expresión?

«Todo un erudito constitucional», pensó Myron. Era reconfortante ver a alguien defender la Primera Enmienda.

– Oye, mira -dijo la bailarina-, son doce dólares por cinco minutos y veinte dólares por diez minutos, propina aparte. No hay más que hablar.

– ¿Y qué te parece si bailas encima de los dos a la vez? -dijo el Rejilla.

– ¿Eh?

– Bailas encima de mí y se la acaricias a él. ¿Qué te parece así, guarra?

– Sí, eso, guarra -dijo el tipo negro.

– Mirad, aquí no se hacen ofertas de dos por uno -dijo la bailarina-. Dejadme que vaya a buscar a otra chica y nos ocuparemos de vosotros.

– ¿Serviría yo? -dijo Myron entrando de repente en la conversación.

Todos se quedaron de piedra.

– Ay -dijo Myron-, es que los dos son tan atractivos que no sé con cuál quedarme.

El Rejilla miró al tipo negro y el tipo negro miró al Rejilla.

Myron se volvió hacia la chica y le dijo:

– ¿Tienes alguna preferencia?

La bailarina le dijo que no, moviendo la cabeza.

– Pues entonces yo me quedo con éste -dijo Myron señalando al Rejilla-. Le gusto. Se le nota porque tiene los pezones duros.

– Oye, ¿qué está haciendo ése aquí? -dijo el tipo negro.

El Rejilla se quedó mirándolo.

– Quiero decir, ¿quién es este tipo?

– Acabas de salvar muy bien la metedura de pata -dijo Myron-. Casi no se ha notado.

– Oiga, ¿qué es lo que quiere? -preguntó el Rejilla.

– Bueno, en realidad te he mentido.

– ¿Qué?

– Al decir que te gustaba. No era sólo por los pezones duros, aunque hay que reconocer en ello una señal evidente, por repulsiva que sea.

– ¿De qué cono me está hablando?

– De seguirme a todas partes desde hace dos días, que es lo que te ha delatado. La próxima vez prueba a hacerte el admirador secreto. Envíame flores con un anónimo, mándame una postal Hallmark, cosas de ésas.

– Vamos, Jim -dijo el Rejilla al negro-, este tipo está chalado. Salgamos de aquí.

– ¿No queréis ningún baile? -dijo la chica.

– No. Tenemos que irnos.

– Pues alguien va a tener que pagar por esto -dijo la bailarina-. O si no el jefe me mata.

– Piérdete, puta, o te meto una paliza.

– Uy, qué macho -dijo Myron.

– Oiga, no quiero tener problemas con usted. Apártese de mi camino.

– ¿Entonces tampoco quieres que te haga un lap dance?

– Está loco.

– Puedo hacerte un descuento -dijo Myron.

El Rejilla cerró los puños con fuerza. Le habían ordenado seguir a Myron, no verse envuelto en un altercado.

– Vamos, Jim.

– ¿Por qué me habéis estado siguiendo? -preguntó Myron.

– No sé de qué me está hablando.

– ¿Es por mis ojos azules? ¿Por mis rasgos marcados? ¿Por mi hermoso trasero? Por cierto, ¿qué os parecen mis pantalones? No me quedan demasiado apretados, ¿verdad?

– Chiflado -dijo el Rejilla, y ambos tipos se marcharon.

– Mirad, ¿sabéis qué? Decidme para quién trabajáis y os prometo que no se lo diré a vuestro jefe.

Los tipos siguieron andando sin hacerle caso.

– Os lo juro -dijo Myron.

Se dirigieron hasta la puerta. Un día más y un amigo nuevo. Myron tenía una habilidad especial para hacer amistades.

Myron los siguió afuera y vio que el Rejilla y Jim se dirigían a toda prisa en dirección oeste.

Luego vio aparecer a Win entre las sombras al otro lado de la calle.

– Sígueme -le dijo Win.

Cortaron por un callejón y llegaron al parking antes que el Rejilla y Jim. Era un aparcamiento al aire libre. El encargado del parking estaba dentro de una taquilla viendo la reposición de la serie Rosearme en una tele minúscula en blanco y negro. Win le señaló a Myron el Cadillac. Después se agacharon detrás de un Oldsmobile que había aparcado dos coches más allá y esperaron.

El Rejilla y Jim se acercaron a la taquilla. Los dos seguían mirando la calle por si los seguía alguien. Jim parecía estar muerto de miedo.

– Oye Lee, ¿cómo nos habrá encontrado? ¿Eh?

– No lo sé.

– ¿Qué vamos a hacer ahora?

– Nada. Cambiaremos de coche y volveremos a intentarlo.

– ¿Tienes otro coche, Lee?

– No -dijo el Rejilla-. Alquilaremos uno.

Pagaron y les dieron la factura y las llaves. El Rejilla había insistido en aparcar el coche él mismo.

– Esto va a ser divertido -dijo Win.

Cuando llegaron al Cadillac, el Rejilla metió la llave en la cerradura y de pronto se detuvo en seco y empezó a chillar:

– ¡Mierda! ¡Puta mierda!

Myron y Win salieron de su escondite.

– Ese lenguaje… -dijo Myron.

El Rejilla se quedó mirando su coche con cara de incredulidad. Win le había hecho un agujero para entrar. Cuando se trataba de pasar inadvertido no solía utilizar ese método, pero en aquella ocasión lo había considerado necesario. Y además, a Win se le había ido la mano «sin querer» y le había rayado las dos puertas del lado del conductor.

– ¡Tú! -gritó el Rejilla señalando a Myron con la cara roja de furia-. ¡Tú!

– Qué locuacidad -dijo Win dirigiéndose a Myron.

– Ya, pero a mí lo que más me gusta de él es su elegancia en el vestir -contestó Myron.

– ¡Tú! -dijo el Rejilla-. ¿Has sido tú quien le ha hecho esto a mi coche?

– Él no -dijo Win-. He sido yo. Y puedo dar fe de que por dentro lo tienes impecable. Aunque me sabe fatal que se me haya caído todo el ketchup por la tapicería.

El Rejilla puso los ojos como platos. Miró dentro del coche, metió la mano dentro y pegó un grito. Un grito ensordecedor, tan fuerte, que el encargado del parking estuvo a punto de enterarse.

– ¿Ketchup? -preguntó Myron dirigiéndose a Win.

– Del McDonald's de la esquina -contestó Win.

– A mí siempre me ha gustado más el del Burger's King -dijo Myron.

– Para gustos, colores…

– ¿Has encontrado algo de interés dentro del coche?

– No mucho -dijo Win-. En la guantera había varios resguardos de parkings.

Win se los dio a Myron, que les echó una ojeada rápida.

– Muy bien -dijo Myron-. ¿para quién trabajáis?

El Rejilla empezó a acercarse.

– ¡Mi coche! -chilló con la cara encendida-. Tú… ¡Mi coche! ¡Mi coche!

– ¿No podrías acabar la frase? -Win exhaló un suspiro-. Se me hace aburrido hablar contigo.

– ¡Tú, hijo de puta! Tú… -el Rejilla había vuelto a apretar los puños. Se acercó un poco más, sonriéndole a Win. Se mirase por donde se mirase, aquélla era una sonrisa muy fea-. Voy a romperte la puta cara, chavalín.

– ¿Me ha llamado chavalín? -dijo Win dirigiéndose a Myron.

Myron se encogió de hombros.

Jim se puso al lado del Rejilla. Myron estaba seguro de que ninguno de los dos iba armado con pistola. Tal vez llevaran alguna navaja escondida, pero eso no le preocupaba.

El Rejilla se acercó hasta quedar a un metro de distancia de Win. Como siempre. Los maleantes siempre iban a por Win. Era casi ocho centímetros más bajo que Myron y pesaba unos catorce kilos menos. Pero el motivo principal era que Win parecía un niño rico y debilucho, capaz únicamente de levantar el dedo para llamar al mayordomo, es decir, todo lo que hubiera podido desear un buen matón en su víctima.

El Rejilla dio un paso adelante y levantó el puño. Quienquiera que hubiera contratado a aquellos tipos no les había informado bien.

El puñetazo iba directo a la nariz de Win, pero éste lo esquivó con un paso lateral. A Myron solía darle la impresión de que Win se movía como un gato; pero no era una comparación del todo exacta. Parecía más bien un fantasma, porque lo veías ahí de pie y un segundo después ya estaba en otro lugar. El Rejilla volvió a intentarlo, pero esta vez Win decidió detener el golpe. Agarró el puño del Rejilla con una mano y acto seguido le propinó un fuerte golpe en el cuello con el canto de la otra. El Rejilla trastabilló hacia atrás medio atontado. Entonces Jim se adelantó.

– Ni se te ocurra -le dijo Myron.

Jim salió corriendo.

Myron Bolitar: el Intimidador.

El Rejilla recuperó el equilibrio y se abalanzó contra Win agachando la cabeza para hacerle un blocaje. Grave error. Win detestaba que el adversario intentara aprovecharse de su estatura superior. Win había iniciado a Myron en el taekwondo durante el primer año en la Universidad de Duke, aunque llevaba practicándolo desde que tenía cinco años. Incluso había pasado tres años en el Lejano Oriente estudiando bajo la tutela de varios de los más grandes maestros del mundo.

– ¡Aaaarrrrghhh! -gritó el Rejilla.

Win volvió a dar un paso lateral como si se tratara de un torero esquivando el toro más torpe de todos, y acto seguido le asestó una patada giratoria contra el plexo solar, que acompañó de un golpe en la nariz con la base de la palma de la mano. Se oyó un crujido seco y la sangre manó libremente. El Rejilla soltó un grito y cayó al suelo fulminado. No se volvió a levantar.

Win se agachó junto a él y le preguntó:

– ¿Para quién trabajas?

– ¡Me has roto la nariz! -dijo el Rejilla con voz nasal mientras se miraba la mano empapada de sangre.

– Respuesta equivocada -dijo Win-. Déjame que te repita la pregunta. ¿Para quién trabajas?

– ¡No voy a decirte nada!

Win le agarró la nariz con dos dedos y al Rejilla casi se le salieron los ojos de las órbitas.

– No lo hagas -dijo Myron.

Win se volvió hacia él.

– Si no puedes soportarlo márchate -dijo, y luego volvió a dirigirse al Rejilla-: Es tu última oportunidad. Luego empezaré a retorcértela. ¿Quién te ha contratado?

El Rejilla no dijo nada. Win le apretó ligeramente la nariz y los huesecillos se rozaron entre sí, emitiendo un sonido como el de la lluvia al chocar contra una claraboya. El Rejilla se revolvió de dolor, pero Win amortiguó el grito con la mano que tenía libre.

– Ya basta -dijo Myron.

– Todavía no ha dicho nada -repuso Win.

– Somos los buenos, ¿te acuerdas?

– Pareces el abogado de una ONG.

– No tiene por qué decir nada.

– ¿Qué?

– Es un mierda. Sería capaz de vender a su madre por cuatro chavos.

– ¿Y?

– Pues que tiene mucho más miedo de abrir la boca que del dolor.

– Yo puedo hacerle cambiar -dijo Win sonriendo.

Myron se puso a mirar los resguardos del parking.

– Este es de un parking que está en la 54 con Madison Avenue. Debajo del edificio de TruPro. Nuestro amigo aquí presente trabaja para los hermanos Ache. Son los únicos capaces de meterle tanto miedo a alguien.

El Rejilla tenía la cara pálida.

– O Aaron -dijo Win.

Aaron.

– ¿Qué le pasa? -preguntó Myron.

– A lo mejor los Ache estén utilizando a Aaron. Él sería capaz de meterle miedo a alguien.

Aaron.

– Ya no trabaja para Frank Ache -dijo Myron-. Por lo menos eso he oído.

– ¿Te suena de algo el nombre de Aaron? -le dijo Win al Rejilla.

– No -gritó el tipo en el acto.

Había sido demasiado rápido para mentir.

Myron inclinó la cabeza hacia el Rejilla y le dijo:

– Empieza a cantar o le diré a Frank Ache que nos lo has contado todo.

– ¡Yo no he dicho nada de ningún Frank Ache!

– Una triple negación -comentó Win-. Qué impresionante.

Había dos hermanos Ache. Herman y Frank.

Herman, el mayor, era el jefe, un sociópata responsable de un sinfín de asesinatos y desgracias. Sin embargo, comparado con su hermano Frank, que estaba totalmente chalado, Herman Ache era como Mary Poppins. Por desgracia era Frank quien controlaba TruPro.

– Yo no he dicho nada -repitió el Rejilla acariciándose la nariz como si fuera un perro apaleado-. No he dicho ni una puta palabra.

– ¿Y entonces cómo es que conoces a Frank? -dijo Myron-. Mira, le voy a decir a Frank que has cantado como un pajarito. ¿Y sabes qué? Que me va a creer. ¿Cómo iba a saber si no que te había contratado Frank?

La cara del Rejilla pasó del blanco pálido a una especie de verde alga.

– En cambio, si cooperas, actuaremos como si todo esto no hubiese ocurrido nunca, como si no me hubiera dado cuenta de que me seguíais -dijo Myron-. No te pasará nada. Frank nunca se enterará de tu pequeña cagada.

El Rejilla no lo pensó dos veces y dijo:

– ¿Qué es lo que quieres?

– ¿Te contrató uno de los hombres de Frank?

– Sí.

– ¿Aaron?

– No. Un tipo.

– ¿Para qué te contrataron?

– Para seguirte. Tenía que informar de todos los lugares adonde fueras.

– ¿Para qué?

– No lo sé.

– ¿Cuándo te contrataron?

– Ayer tarde.

– ¿A qué hora?

– No me acuerdo. Serían las dos o las tres. Me dijeron que estarías en el partido de tenis y que fuera allí de inmediato.

Eso quería decir casi inmediatamente después del asesinato de Valerie.

– Eso es todo lo que sé. Lo juro por Dios. No sé nada más.

– Y una mierda -le espetó Win pero, con un ademán, Myron le indicó que lo dejara.

El Rejilla no sabía nada más que pudiera ayudarles.

– Déjale que se vaya -dijo Myron.

13

Myron se despertó temprano. Cogió un puñado de cereales fríos de la despensa y vio que se llamaban Nutricereales. Qué nombre más apetitoso. El texto del dorso de la caja le informó sobre la importancia de comer fibra. Aburridísimo.

Esperanza había conseguido encontrar la dirección de la madre de Curtis Yeller. Deanna Yeller vivía sola en una casa que había comprado hacía poco en Cherry Hill, un barrio residencial a las afueras de Filadelfia. Myron se fue hacia el coche. Si salía ya, tendría tiempo de ir a Cherry Hill, hablar con Deanna Yeller y volver a Nueva York a tiempo de asistir al partido de Duane. ¿Pero estaría Deanna Yeller en casa a aquella hora? Era mejor asegurarse.

Myron cogió el teléfono del coche y marcó el número. Le respondió una voz femenina, tal vez la de Deanna Yeller.

– ¿Diga?

– ¿Está Orson? -preguntó Myron.

Aviso: está usted a punto de ver en acción una técnica detectivesca muy astuta. Se ruega a todo aquel interesado en dedicarse a esta profesión que preste mucha atención.

– ¿Quién? -preguntó la mujer.

– Orson.

– Lo siento, creo que se ha equivocado.

– Ah, perdone -dijo Myron, y colgó.

Deducción: Deanna Yeller estaba en casa.

Aparcó delante de una casa muy modesta, pero muy nueva, en una calle típica de los barrios de la periferia de Nueva Jersey. Todas las casas eran más o menos iguales. Quizás alguna fuera de un color diferente y todo o tuviera la cocina a la derecha en vez de a la izquierda; pero genéticamente hablando eran como clones. Un lugar precioso: había varios grupos de niños por la calle, grupos de bicicletas multicolores, un par de ardillas… Todo muy diferente del oeste de Filadelfia. Daba que pensar.

Myron recorrió el breve sendero de ladrillo y llamó a la puerta. Le abrió una mujer negra muy atractiva que le recibió con la sonrisa en los labios. Llevaba el pelo recogido en una coleta muy estirada que le realzaba los pómulos. Tenía algunas patas de gallo junto a los ojos y algunas arrugas en las comisuras de los labios, pero no se le veían demasiado. Iba bien vestida, con un estilo bastante conservador a lo Anne Klein. Llevaba las joyas a la vista, pero sin resultar ostentosa. En resumen: tenía clase.

Su sonrisa pareció desvanecerse al verlo.

– ¿Puedo ayudarle en algo? -le dijo la señora Yeller.

– ¿La señora Yeller?

La mujer asintió lentamente con la cabeza, como si dudara.

– Me llamo Myron Bolitar. Me gustaría hacerle unas preguntas.

– ¿Sobre qué? -dijo la señora Yeller abandonando por completo la sonrisa.

Su dicción ya parecía diferente. Tenía un tono menos aburguesado. Más como de sospecha callejera.

– Sobre su hijo.

– Yo no tengo ningún hijo.

– Curtis -dijo Myron.

– ¿Es usted policía? -preguntó la mujer entrecerrando los ojos.

– No.

– Lo siento, no tengo tiempo. Estaba a punto de salir.

– No la molestaré mucho.

– ¿Y qué saco yo con eso? -dijo ella poniéndose las manos en la cintura.

– ¿Cómo dice?

– Curtis está muerto.

– Soy consciente de ello.

– Pues entonces ¿de qué sirve hablar de eso? No va a resucitar, ¿verdad?

– Por favor, señora Yeller, sólo será un momento.

La señora Yeller lo pensó uno o dos segundos, miró a uno y otro lado y luego se encogió de hombros como rindiéndose por mero hastío. Miró la hora en su reloj de pulsera y Myron vio que era marca Piaget. Podía ser una falsificación, pero lo dudaba.

La casa estaba decorada con un estilo básico y sencillo. Predominaba el blanco." El blanco y la madera de pino. Había lámparas de pie. Todo muy «Ikea». No había fotos en las estanterías ni en la mesita. No había nada remotamente personal. Deanna Yeller no se sentó ni invitó a Myron a hacerlo.

El le ofreció la sonrisa más cálida y que inspiraba más confianza. Era una sonrisa entre la de los presentadores Harry Smith y la de John Tesh.

– ¿"De qué narices se ríe? -dijo Deanna Yeller cruzándose de brazos.

Sí, un minuto más y caería redonda en sus brazos.

– Me gustaría hablar con usted sobre la noche en que murió Curtis -dijo Myron.

– ¿Por qué? ¿Qué le importa eso a usted?

– Estoy investigando.

– ¿Investigando qué?

– Lo que ocurrió la noche en que murió su hijo.

– ¿Es investigador privado?

– No, no del todo.

Se hizo el silencio.

– Tiene dos minutos -dijo la mujer finalmente-. Ni uno más.

– Según la policía, su hijo apuntó a un agente con una pistola.

– Eso dicen.

– ¿Lo hizo?

– Supongo que sí -dijo la señora Yeller encogiéndose de hombros.

– ¿Lo vio usted aquella noche?

– No lo sé.

– ¿Le vio hacerlo alguna vez antes de aquella noche?

– Tal vez. No lo sé.

Madre mía, qué útil le estaba resultando…

– ¿Por qué decidieron entrar Errol y su hijo en el Old Oaks Club?

– ¿Lo está preguntando en serio? -dijo la mujer poniendo mala cara.

– Sí.

– ¿Pues usted qué cree? Para robar.

– ¿Curtis solía hacerlo a menudo?

– ¿Hacer qué?

– Robar casas.

– Casas, gente, lo que fuese -dijo encogiéndose de hombros.

Su tono de voz era absolutamente normal. No denotaba vergüenza, sorpresa ni aversión.

– Curtis no tenía ningún antecedente -dijo Myron.

La mujer volvió a encogerse de hombros. Si seguía así se le iban a cansar.

– Supongo que crié a un chico listo -dijo la señora Yeller-. Por lo menos hasta aquella noche. -La mujer miró el reloj fingiendo prisa-. Tengo que irme.

– Señora Yeller, ¿ha tenido noticias de su sobrino, Errol Swade?

– No.

– ¿Sabe adonde fue después de que le dispararan a su hijo?

– No.

– ¿Qué cree que fue de Errol?

– Está muerto -dijo de nuevo como si fuera lo más normal del mundo-. No sé qué es lo que anda usted buscando, pero todo eso ya pasó, hace mucho tiempo. Ya no le importa a nadie.

– ¿Y a usted, señora Yeller? ¿Le importa a usted?

– Ya no se puede cambiar. Forma parte del pasado.

– ¿Estuvo presente cuando la policía le disparó a su hijo?

– No. Llegué justo después -dijo bajando el tono de voz hasta que fue apenas audible.

– ¿Y vio a su hijo tendido en el suelo?

La señora Yeller asintió en silencio.

Myron le dio una de sus tarjetas de visita y le dijo:

– Si recuerda alguna otra cosa más…

– No lo haré -dijo ella sin coger la tarjeta.

– Pero por si acaso…

– Curtis está muerto. Y nada de lo que usted haga lo cambiará. Es mejor olvidarlo.

– ¿Así de fácil?

– Ya han pasado seis años. Y no es que lo eche de menos mucha gente.

– ¿Y usted, señora Yeller? ¿Lo echa de menos?

Deanna Yeller abrió la boca para ir a decir algo, pero volvió a cerrarla. Luego dijo:

– Curtis no era precisamente muy buen chico ni nada de eso. Siempre traía problemas.

– Lo cual no significa que mereciese morir -dijo Myron.

– Da igual -repuso la señora Yeller alzando la vista y aguantándole la mirada-. Los muertos están muertos. Eso no se puede cambiar.

Myron no dijo nada.

– ¿Puede usted cambiar eso, señor Bolitar? -preguntó ella en tono desafiante.

– No.

Deanna Yeller hizo un gesto afirmativo con la cabeza, se volvió y recogió su monedero.

– Tengo que irme ya -dijo-. Y será mejor que usted también se vaya.

14

Henry Hobman era el único ocupante del palco de los jugadores.

– Hola, Henry -saludó Myron.

Todavía no había nadie jugando, pero Henry ya había adoptado su pose de entrenador. Sin apartar siquiera la vista de la cancha, Henry murmuró:

– He oído que anoche te entrevistaste con Pavel Menansi.

– ¿Y qué?

– ¿Estás descontento de cómo entrenó a Duane?

– No.

Henry medio asintió con la cabeza. Fin de la conversación.

Duane y su adversario, un finalista del Open francés llamado Jacques Potiline, entraron en la cancha. Duane parecía estar como siempre. No se le veía ni rastro de estrés. Saludó a Myron y a Henry con una amplia sonrisa y un gesto afirmativo. El día era perfecto para jugar al tenis. Hacía sol, pero una brisa muy suave recorría el estadio contrarrestando la humedad.

Myron echó un vistazo a su alrededor. En el palco contiguo había una rubia bastante bien dotada, encorsetada con una camiseta blanca de tirantes. La palabra clave era: escote. Muchos hombres se la estaban comiendo con los ojos, aunque Myron no, por supuesto, él era un hombre de mucho mundo. La chica se volvió de repente y al cruzar la mirada con Myron le saludó levemente con la mano y le dedicó una tímida sonrisa. Myron le devolvió el saludo. No es que fuera a hacer nada con ello, pero ¡vaya, vaya, vaya!

Win se materializó de repente en el asiento al lado de Myron y dijo:

– Me ha sonreído a mí, ¿eh?

– Que te crees tú eso.

– Las mujeres me encuentran irresistible -dijo Win-. En cuanto me ven, me desean. Es una maldición que tengo que soportar día y noche.

– No sigas, por favor -dijo Myron-. Es que acabo de comer hace poco.

– Pura envidia. Te quita todo el atractivo…

– Pues ve a por ella, ligón.

– No es mi tipo -dijo Win tras echarle un vistazo.

– ¿Las rubias tremendas no son tu tipo?

– Tiene los pechos demasiado grandes. Y tengo una teoría nueva al respecto.

– ¿Qué teoría?

– Cuanto más grandes sean los pechos, peor será en la cama.

– ¿Cómo dices?

– Piénsalo bien -dijo Win-. Las mujeres bien dotadas, y me refiero a las que tienen buenos frontales, tienen la manía de relajarse y confiar en sus… esto… en sus dos grandes bazas. Y por eso no se esfuerzan todo lo que deberían. ¿Cómo lo ves?

– Tu teoría me sugiere varias cosas -contestó Myron negando con la cabeza-, pero me quedaré con lo primero que me ha sugerido.

– ¿Que es…?

– Que eres un cerdo.

Win sonrió y se recostó contra el respaldo del asiento.

– Bueno, ¿cómo te ha ido con la señora Yeller?

– También oculta algo.

– Aja. O sea que esto se pone cada vez más interesante.

Myron asintió con la cabeza.

– Por lo que sé -dijo Win-, sólo hay una cosa capaz de taparle la boca a la madre de un niño asesinado.

– ¿Qué?

– Dinero. Montones de dinero.

Win era todo sensibilidad. Sin embargo, Myron no podía negar que a él también le había pasado eso por la cabeza.

– Deanna Yeller vive en Cherry Hill. En una casa -comentó Myron.

Win no dejó pasar la oportunidad.

– ¿Una viuda sola de los peores barrios de Filadelfia que se traslada a vivir a la zona residencial? Dime, por favor, ¿cómo puede permitírselo?

– ¿De verdad crees que le pagan para que no hable?

– ¿Acaso le ves otra explicación? Por lo que sabemos, esa mujer no tiene medio alguno de subsistencia visible para seguir adelante. Se ha pasado toda la vida en una zona pobre y ahora de repente se ha transformado en Miss Casa Enorme con Jardín.

– Podría tratarse de otra cosa.

– ¿Cómo por ejemplo?

– Un hombre.

Win soltó un bufido de burla y dijo:

– Es imposible que una mujer de cuarenta y dos años nacida en el gueto encuentre al típico ricachón que le compra a su novia todo lo que quiere. Es algo que simplemente no pasa.

Myron no dijo nada.

– Y encima -prosiguió Win-, a eso tenemos que añadirle el caso de Kenneth y Helen Van Slyke, los tristes padres de otro niño asesinado.

– ¿Qué tienen que ver con esto?

– He investigado un poco. Tampoco tienen medios económicos visibles. Los Van Slyke ya estaban en la miseria antes de casarse. Kenneth y el dinero de Helen lo perdió él a fuerza de hacer malas inversiones.

– ¿Me estás diciendo que están arruinados?

– Del todo -dijo Win-. Así que ahora dime, querido amigo mío, ¿cómo se las apañan para seguir viviendo en Brentman Hall?

– Tiene que haber otra explicación -dijo Myron negando con la cabeza.

– ¿Por qué?

– Puedo llegar a aceptar que una madre esté siendo comprada por el asesino de su hijo, pero dos ya sería demasiado.

– Tienes un concepto demasiado idílico de la naturaleza humana -dijo Win.

– Y tú demasiado pesimista.

– Sí, y por eso precisamente siempre suelo acertar en estos asuntos.

– ¿Y qué tiene que ver TruPro en todo esto? -dijo Myron frunciendo el ceño.

– ¿A qué te refieres?

– Justo después del asesinato contrataron al Rejilla para seguirme. ¿Pero para qué?

– A estas alturas, creo que los hermanos Ache ya te conocen lo suficiente. Quizá se temían que fueras a investigar.

– ¿Y? ¿Qué más les da a ellos?

– ¿Los de TruPro no fueron los representantes de Valerie? -insistió Win tras quedarse un momento pensativo.

– Pero de eso ya hace seis años -dijo Myron-. Antes incluso de que los hermanos Ache se hicieran con el control de la agencia.

– Hmm. Tal vez andemos desencaminados.

– ¿Qué quieres decir?

– Que tal vez no exista ninguna relación. A TruPro le interesa conseguir a Eddie Crane como cliente, ¿verdad?

Myron asintió en silencio.

– Y el mentor de Eddie, ese tal Pavel Menansi, tiene estrecha relación con TruPro. Quizá crean que estás entrometiéndote.

– Cosa que a los hermanos Ache no les haría ninguna gracia -añadió Myron.

– Exactamente.

Era una posibilidad. Myron se puso a pensar en ello un momento y empezó a darle vueltas, pero no le encajaba.

– Ah, y una cosa más -dijo Win.

– ¿Qué?

– Aaron está en la ciudad.

Myron sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral.

– ¿Para qué?

– No lo sé.

– Probablemente sólo se trate de una simple coincidencia.

– Probablemente.

Se hizo el silencio.

Win se recostó en el respaldo del asiento y juntó las yemas de los dedos. Empezó el partido. Duane jugó de modo sencillamente espectacular. Ganó el primer set casi sin esfuerzo por 6-2. El segundo le costó un poco más, pero acabó ganándolo igualmente por 7-5. Jacques Potiline parecía haber tenido ya bastante y Duane le dio el golpe de gracia en el último set por 6-1.

Otra victoria impresionante.

Cuando los jugadores abandonaron el terreno de juego, Henry Hobman se puso en pie. La expresión de su rostro seguía siendo severa.

– Hoy ha estado mejor -masculló-, pero no del todo perfecto.

– Deja de elogiarlo, Henry, que me da vergüenza ajena -le dijo Myron.

Ned Tunwell bajó corriendo las escaleras en dirección a Myron, haciendo aspavientos con las manos y seguido de varios ejecutivos más de Nike. Ned tenía los ojos vidriosos.

– ¡Lo sabía! -gritó Ned rebosante de alegría. Le estrechó la mano a Myron, le dio un abrazo, se volvió hacia Win y también le estrechó la mano muy efusivamente. Win se secó la mano con los pantalones-. ¡Es que lo sabía!

Myron se limitó a asentir.

– ¡Muy pronto! ¡Prontísimo! -chilló Ned-. ¡Va a empezar la campaña publicitaria del año! ¡Duane Richwood va a estar en boca de todo el mundo! ¡Ha estado fantástico, sencillamente fantástico! No me lo puedo creer. ¡Te juro que creo que nunca he estado tan emocionado en mi vida!

– No te vas a correr otra vez, ¿verdad, Ned?

– ¡Ay, Myron! Es que es un cachondo, ¿eh? -dijo Ned dándole un codazo amistoso a Win.

– Está hecho un cómico profesional -añadió Win.

Ned le dio una palmada a Win en el hombro y éste puso cara de dolor pero, por suerte, no decidió romperle el brazo en represalia. Menuda capacidad de autocontrol.

– Bueno, chicos -dijo Ned-, me encantaría quedarme aquí hablando todo el día con vosotros, pero tengo que irme.

Win logró contener su tristeza haciendo un gran esfuerzo.

– Ciao por ahora. Myron, ya hablaremos, ¿de acuerdo? -se despidió Ned.

Él asintió con la cabeza.

– Adiós chicos -dijo Ned, y se marchó subiendo los escalones a saltitos.

Sí, sí, a saltitos.

Win se quedó mirándolo mientras se alejaba con expresión cercana al terror.

– ¿Quién era ése? -preguntó.

– Una pesadilla de tipo. Nos vemos luego en la oficina.

– ¿Adónde vas? -quiso saber Win.

– A hablar con Duane. Tengo que preguntarle sobre las llamadas de Valerie.

– Déjalo para después del torneo.

– No puedo -dijo Myron negando con la cabeza.

15

Myron esperó a que terminara la conferencia de prensa. Duró bastante. Duane estaba rodeado de admiradores, totalmente en su salsa. Los medios de comunicación tenían un nuevo niño mimado y se llamaba Duane Richwood. Era un tanto chulín, pero sin resultar odioso. Seguro de sí mismo, pero cortés. Atractivo. Estadounidense.

Cuando las hordas periodísticas se quedaron por fin sin más preguntas que hacerle, Myron acompañó a Duane al vestuario y se sentó en una silla junto a la taquilla de Duane. El tenista se quitó las gafas de sol y las dejó en la estantería superior.

– Menudo partido, ¿eh? -dijo Duane.

Myron hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Oye, los de Nike deben de estar contentos, ¿no?

– Uy, corriéndose de gusto -dijo Myron.

– Van a pasar el anuncio durante el próximo partido, ¿verdad?

– Psi.

Duane movió la cabeza de un lado a otro.

– Cuartos de finales en el Open de los Estados Unidos. -dijo Duane asombrado-. No me lo puedo creer, Myron. Ya casi estamos.

– Oye, Duane…

– ¿Sí?

– Sé que Valerie te llamó -dijo Myron.

– ¿Qué? -dijo Duane con cara de sorpresa.

– Te llamó dos veces al apartamento. Desde una cabina cerca del hotel.

– No sé de qué me estás hablando.

Duane cogió rápidamente las gafas de sol, intentó ponérselas torpemente y al final lo consiguió.

– Quiero ayudarte, Duane.

– No me puedes ayudar en nada.

– Duane…

– Oye, déjame en paz de una puta vez.

– No puedo.

– Mira, Myron, ahora no quiero dispersarme. Déjalo ya.

– Ha muerto, Duane. Es irreversible.

Duane se quitó el polo y empezó a secarse el pecho con la toalla.

– La mató algún enamorado despechado. Lo vi en el telediario. No tiene nada que ver conmigo.

– Duane, ¿por qué te llamó?

– Tú trabajas para mí, ¿no? -dijo Duane apretando los puños una y otra vez.

– Sí.

– Pues deja ya ese tema o estás despedido.

– No -dijo Myron mirándole a los ojos.

Duane se dejó caer sobre una silla y hundió la cabeza en las manos.

– Joder, lo siento, Myron. No quería decir eso. Es por la presión. Por el torneo y porque el policía ese, Dimonte, me acusó de asesinato y todo eso. Mira, olvídate de lo que te he dicho, ¿de acuerdo? Olvida esta conversación.

– No.

– ¿Qué?

– ¿Por qué te llamó, Duane?

– Oye, ¿no has oído lo que te he dicho?

– No muy bien.

– Déjalo ya.

– No.

– No tiene nada que ver con el asesinato.

– ¿Entonces reconoces que te llamó?

Duane se puso en pie, dio la espalda a Myron y se apoyó en la taquilla.

– Duane…

– Sí, me llamó -dijo en voz muy baja-. ¿Y qué?

– ¿Por qué lo hizo?

– Digamos que nos conocíamos íntimamente, ya me entiendes.

– ¿Valerie y tú…? -dijo Myron terminando la frase con vanos gestos de manos.

Duane asintió lentamente con la cabeza y dijo:

– No fue nada. Sólo algunas veces.

– ¿Desde cuándo?

– Desde hace un par de meses.

– ¿Dónde os conocisteis?

– En un torneo -dijo Duane mirando a Myron con cara de no entender la pregunta.

– ¿En cuál?

– No me acuerdo. En el de New Haven, creo. Pero no hablamos mucho.

– ¿Y por qué mentiste a la policía?

– ¿Tú qué crees? -le espetó Duane-. Wanda estaba delante. La quiero, ¿sabes? Cometí un error. No quiero hacerle daño. ¿Pasa algo?

– ¿Y por qué no querías decírmelo?

– ¿Porqué…?

– Cuando te lo he preguntado hace un momento, ¿por qué no me has contado la verdad?

– Por lo mismo.

– Pero ahora Wanda no está aquí.

– Me daba vergüenza, ¿de acuerdo?

– ¿Vergüenza?

– No me siento orgulloso de lo que hice.

Myron se quedó mirándolo. Con las gafas de sol puestas tenía aspecto elegante y un tanto robótico. Pero había algo en él que no cuadraba. Era bueno que se sintiera así, pero a los deportistas profesionales de veintiún años, por muy fieles que fueran a sus compañeras sentimentales, no solía darles tanta vergüenza que sus representantes se enteraran de algún desliz. La excusa podía ser encomiable, pero sonaba a hueco.

– Y si ya habíais terminado, ¿por qué te llamó?

– No sé. Quería volver a verme. Para tener una última aventura, supongo.

– ¿Accediste a ello?

– No. Le dije que habíamos terminado.

– ¿Qué más le dijiste?

– Nada más.

– ¿Qué más dijo ella?

– Nada.

– ¿Estás seguro? ¿No recuerdas nada más?

– No. Nada más.

– ¿Te dio la impresión de que estuviera angustiada?

– Si lo estaba no me di cuenta.

De repente se abrió la puerta y empezaron a desfilar tenistas, la mayoría de los cuales felicitaron muy brevemente a Duane. Las estrellas en racha no gozaban de gran aceptación en el vestuario. Cuando alguien nuevo se unía al selecto club de los «Top Ten», alguno de sus miembros tenía que salir de él por fuerza. Era así. Ni siquiera en las salas de juntas de las grandes empresas existía una competición tan feroz. Allí todo el mundo era un rival. Todo el mundo competía por los mismos dólares y la misma fama. Todo el mundo era un enemigo.

De súbito, a Myron le dio la impresión de que Duane se sentía muy solo.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó Myron.

– Estoy famélico -respondió Duane.

– ¿Te apetece alguna cosa en especial?

– Pizza -comentó Duane-. Con extra de queso y pimientos.

– Venga, vístete y nos vemos a la salida.

16

– ¿Es Myron Bolitar? -dijo la voz al otro lado del teléfono de su coche.

Myron acababa de dejar a Duane en su casa.

– Sí.

– Hola, soy Gerard Courter de la policía de Nueva York. El hijo de Jake.

– Ah, sí. ¿Cómo te va, Gerard?

– No me puedo quejar. No sé si te acordarás que una vez jugamos el uno contra el otro.

– En Michigan State -dijo Myron-. Me acuerdo. Y aún tengo los moretones que lo demuestran.

Gerard rió. Tenía la misma forma de reír que su padre.

– Me alegro de haber sido digno de que me recuerdes.

– Ésa sería la forma educada de explicar lo que fuiste -repuso Myron.

Gerard volvió a soltar una carcajada como las de Jake y después dijo:

– Mi padre me ha dicho que necesitabas información sobre el caso Simpson.

– Te lo agradecería mucho.

– Probablemente ya sepas que hay un sospechoso principal, un tipo llamado Roger Quincy.

– El pretendiente ensañado.

– Eso es.

– ¿Hay algo que lo relacione directamente con el asesinato? -preguntó Myron-. Me refiero a algo más aparte del hecho de que la acosara.

– Pues para empezar está en paradero desconocido. Cuando llegaron al apartamento de Quincy ya había hecho las maletas y se había marchado. Nadie sabe a dónde puede haber ido.

– A lo mejor está asustado.

– Tendría razones de sobra para estarlo.

– ¿Por qué lo dices?

– Roger Quincy se encontraba en el estadio el día del asesinato.

– ¿Tenéis testigos?

– Sí, varios.

Aquello hizo que Myron empezara a aflojar la marcha.

– ¿Qué más?

– Le dispararon con una del treinta y ocho. Desde muy corta distancia. Encontramos el arma en un cubo de la basura a nueve metros de donde se efectuó el disparo. Es una Smith & Wesson. Estaba dentro de una bolsa de Feron's y la bolsa tenía un agujero de bala.

Feron's. Otro de los patrocinadores del torneo. Tenían la licencia para vender «merchandising oficial del torneo». Feron's disponía por lo menos de seis puestos en los que vendía productos a trillones de personas. Era imposible saber dónde habían adquirido la bolsa.

– Así que el asesino se acercó a ella -dijo Myron-, le disparó a través de la bolsa, siguió andando, tiró la pistola en el cubo de la basura y se marchó.

– Ésa es nuestra teoría -dijo Gerard.

– Menudo cliente.

– Y que lo digas.

– ¿Había alguna huella en la pistola?

– No.

– ¿Hubo algún testigo del asesinato?

– Cientos. Pero por desgracia todo lo que recuerdan es el ruido del disparo y ver a Valerie desplomarse en el suelo.

Myron negó con la cabeza y luego dijo:

– El asesino se arriesgó muchísimo al dispararle en público de esa manera.

– Sí. Los tiene bien puestos.

– ¿Alguna cosa más?

– Tengo una pregunta.

– Dime.

– ¿Por dónde quedan nuestros asientos para el partido del sábado que viene?

17

Esperanza le había dejado a Myron sobre la mesa dos pilas de recortes de prensa de hacía seis años. La pila de la derecha, la más alta de las dos, era de artículos sobre el asesinato de Alexander Cross. La más pequeña era sobre el ingreso de Valerie Simpson en el centro psiquiátrico.

Myron hizo caso omiso de un montón que contenía los mensajes recibidos, y comenzó a hacer una criba de los artículos sobre Valerie. Ya sabía lo que decían. La familia había declarado que «se estaba tomando un tiempo de descanso», pero una fuente cercana había revelado la verdad: la estrella adolescente del tenis había ingresado en la famosa Clínica Psiquiátrica de Dilworth. La familia lo negó durante varios días, hasta que los periódicos publicaron una foto de la chica andando por el recinto ajardinado de la clínica. Más tarde, la familia declaró que Valerie estaba «recuperándose del cansancio provocado por las presiones externas», aunque no quedaba muy claro qué significaba aquello exactamente.

Los medios de comunicación se ocuparon levemente del caso. Valerie ya era un nombre del pasado en el mundo del tenis. Se le prestó algún interés, pero no demasiado. De todas maneras, abundaron los rumores, sobre todo en ciertas publicaciones marginales. Según una de ellas, el origen de la crisis nerviosa de la muchacha era debido a un intento de violación. Otra afirmaba que Valerie había asesinado a alguien a sangre fría, aunque el artículo no se molestaba en ofrecer al lector ningún detalle ni siquiera superficial, por ejemplo el nombre de la víctima, cómo había sido asesinada o por qué la policía no había arrestado a la autora. Eran minucias sin importancia.

Sin embargo, el rumor más interesante de todos, el que de verdad llamó la atención de Myron, aparecía en dos periódicos distintos. Según «varias fuentes sin identificar», Valerie Simpson se había retirado del tenis para ocultar un embarazo.

Podía ser cierto o no. Cuando una chica se retiraba siempre aparecían rumores de embarazo. Pero aun así…

Myron pasó entonces a centrarse en los artículos sobre el asesinato de Alexander Cross. Esperanza había limitado la búsqueda a los periódicos de la zona de Filadelfia, pero la cantidad de material seguía siendo inmensa. La mayoría de artículos no hacía más que repetir la versión policial. Alexander Cross había estado en una fiesta en su selecto club de tenis. Se había topado con dos ladrones, Errol Swade y Curtis Yeller. Los había perseguido y se había enfrentado a ellos en la pista de tenis de hierba, y Errol Swade lo había apuñalado. La navaja atravesó el corazón de Alexander y murió en el acto.

El senador Cross y su familia no habían hecho ninguna declaración sobre el caso. Según el portavoz del senador, la familia se había «recluido» y «confiaba en los agentes de la ley y en el sistema judicial», aunque tampoco estaba muy claro qué quería decir eso exactamente.

La prensa se centró en la búsqueda y captura de Errol Swade. La policía estaba tan segura de sí misma que llegó a afirmar que iban a encontrarlo en cuestión de horas. Sin embargo, las horas se convirtieron en días. En los editoriales se criticó sin piedad a la policía por ser incapaz de atrapar a un drogadicto de diecinueve años, pero la familia Cross seguía sin hacer ninguna declaración. El caso provocó la típica indignación de las masas. Los periódicos querían saber por qué se le había concedido la libertad condicional a un delincuente como Errol Swade.

No obstante, la ira fue apagándose con el tiempo como suele ocurrir en estos casos y empezó a prestarse más atención a otras noticias. El asunto pasó de ocupar las primeras páginas a las últimas, y de ahí al olvido.

Myron volvió a repasar la pila. La foto de la ficha policial de Curtis Yeller casi no aparecía. En ningún lado decía que se hubiera realizado una investigación privada del crimen. Ninguno de los que solían reaccionar protestó contra la «brutalidad» policial, lo cual resultaba muy extraño. Normalmente, algún chiflado conseguía salir en televisión fueran cuales fueran los hechos, sobre todo en el caso de un adolescente negro abatido a tiros por un policía blanco. Pero en aquella ocasión no. O por lo menos la prensa no habló de ello.

Un momento. Manténgase a la espera.

Había un artículo sobre Curtis Yeller. Myron no lo había visto la primera vez porque se había publicado justo al día siguiente del asesinato, muy pronto para aquel tipo de artículo. Probablemente lo hubiesen publicado antes de que el senador Cross lograra intervenir; aunque también podía deberse a la habitual paranoia conspirativa de Myron. No era fácil decirlo.

Era un articulito muy breve en la parte inferior de la página 12 de la sección de noticias locales. Myron lo leyó dos veces y después una tercera. El artículo no hablaba del tiroteo en la zona oeste de Filadelfia ni del papel que había representado la policía, sino del mismísimo Curtis Yeller.

Empezaba como cualquier otro artículo sensacionalista, ya que pintaba a Curtis Yeller como un «estudiante destacado». Tampoco es que fuera muy importante, porque hasta a un pederasta psicótico con el coeficiente intelectual de una limonada se le llamaba estudiante destacado cuando alguien lo mataba prematuramente. Como en La hoguera de las vanidades. Sin embargo, el artículo iba un poco más lejos. La señora Lucinda Elright, profesora de historia de Curtis, le llamaba «su mejor alumno» y alguien «a quien no tuvimos que castigar ni una sola vez». El señor Bernard Johnson, su profesor de lengua inglesa, había dicho que Curtis era «increíblemente inteligente y preguntón», «uno entre un millón» y «un hijo para mí».

¿Se trataría de la típica exageración de las virtudes de un difunto?

Tal vez. Pero el registro escolar apoyaba la opinión de los profesores. A Curtis nunca se le había llamado la atención por mal comportamiento. Además, tenía el nivel de asistencia a clase más alto de su curso. Por si fuera poco, la media de su expediente era de 3,9 y la única nota por debajo del «Excelente» que había sacado pertenecía a algún tipo de asignatura como «salud». Los dos profesores estaban firmemente convencidos de que Curtis Yeller era incapaz de cometer ningún acto violento. La señora Elright culpaba a Errol Swade, el primo de Curtis, pero sin dar más detalles.

Myron se recostó contra el respaldo de la silla y se quedó con la mirada perdida en un fotograma de Casablanca, colgado en la pared del fondo. Sam cantaba para Bogart y Bergman mientras los nazis se acercaban. Aquí me tienes mirándote, chica. Siempre nos quedará París. Si ese avión despega y tú no vas dentro, te arrepentirás. Myron se preguntó si Curtis habría visto esa película, si habría tenido la oportunidad de contemplar la imagen en celuloide de Ingrid Bergman con los ojos llorosos en un aeropuerto cubierto de niebla.

Cogió la pelota de baloncesto que guardaba detrás de su mesa y comenzó a hacerla girar sobre el dedo. Le dio una palmada desde el ángulo preciso para hacerla girar a más velocidad sin dejarla caer y se la quedó mirando como si fuera la bola de cristal de una gitana y, a través de ella, vio un universo alternativo, un universo donde se veía a sí mismo más joven, marcando un triple justo en el último segundo en la cancha del pabellón Boston Garden. Intentó no quedarse mucho tiempo contemplando aquella imagen, pero no se desvanecía, parecía estar fija y se negaba a abandonarlo.

Esperanza entró en el despacho, se sentó y esperó en silencio.

La pelota dejó de girar. Myron la dejó en el suelo y le mostró el artículo a Esperanza.

– Échale un vistazo a esto.

Esperanza lo leyó y dijo:

– Un par de profesores hablando bien de un niño muerto. ¿Y qué? Además, es posible que la cita no sea auténtica.

– Pero es que son mucho más que un par de comentarios sin importancia. Curtis Yeller no tenía antecedentes delictivos, no tenía antecedentes de mal comportamiento en la escuela, su nivel de asistencia era casi perfecto y la media de su expediente del 3,9. Para la mayoría de chicos, eso ya sería demasiado, pero es que él era del peor barrio de Filadelfia.

– No veo qué importancia tiene -dijo Esperanza encogiéndose de hombros-. ¿Qué más da que Yeller fuera un Einstein o un zoquete?

– Ya, pero es otra cosa más que no encaja. ¿Por qué me dijo la madre de Curtis que era un ladronzuelo?

– A lo mejor sabía cosas que no sabían los profesores.

Myron negó con la cabeza. Pensó en Deanna Yeller, aquella mujer imponente y atractiva que le había abierto la puerta y se había puesto tan repentinamente arisca y cerrada a la primera mención de su hijo fallecido.

– Me mintió -dijo Myron.

– ¿Por qué? -preguntó Esperanza.

– No lo sé. Win cree que la están sobornando para que no hable.

– Es una posibilidad.

– ¿Tú crees? ¿Que una madre acepte sobornos para proteger al asesino de su hijo?

– Pues sí, ¿por qué no? -dijo Esperanza encogiéndose de hombros de nuevo.

– ¿De verdad crees que una madre…?

Myron se detuvo a media frase. Esperanza tenía una expresión totalmente impasible. Otra que siempre pensaba en lo peor.

– Ten en cuenta todo el panorama un momento -dijo Myron tratando de convencerla-. Curtis Yeller y Errol Swade se cuelan en ese lujoso club de tenis por la noche. ¿Para qué? ¿Para robar? ¿Para robar qué? Era de noche. No iban a encontrar ninguna cartera en los vestuarios. ¿Qué iban a robar? ¿Unas zapatillas de tenis? ¿Un par de raquetas? Es arriesgarse demasiado por algo que sirviera para jugar al tenis.

– Pues tal vez quisieran robar un equipo de música -dijo Esperanza-. O tal vez el club tuviera una gran pantalla de televisión.

– De acuerdo. Supongamos que tienes razón. El problema es que los chicos no llevaban coche. Fueron hasta el club en transporte público y andando. ¿Cómo iban a llevarse el botín? ¿A mano?

– Tal vez tuvieran planeado robar un coche.

– ¿Del parking con servicio de aparcamiento?

– Podría ser -comentó Esperanza encogiéndose de hombros-. ¿Qué te parece si cambiamos de tema un segundo?

– Dime.

– ¿Cómo te fue anoche con Eddie Crane?

– Es un gran entusiasta de la Pequeña Pocahontas. Dijo que estabas tremenda.

– ¿Tremenda?

– Sí, sí -le aseguró Myron.

– Tiene buen gusto -concluyó Esperanza encogiéndose de hombros.

– Y es muy simpático. Me cayó muy bien. Es listo, tiene los pies en el suelo. Es muy buen chico.

– ¿Acaso quieres adoptarlo?

– ¿Eh? No, no.

– ¿Y qué me dices de representarlo?

– Me dijeron que estarían en contacto conmigo.

– ¿Qué opinas?

– No sabría decírtelo. Al chico le caí bien. Pero a los padres les preocupa que yo sea de poca monta. -Myron hizo una pausa-. ¿Cómo fue lo de Burger City?

Esperanza le entregó una serie de papeles y dijo:

– Éste es el contrato preliminar de Phil Sorenson.

– ¿Para el anuncio de televisión?

– Sí, pero tiene que vestirse de condimento para hamburguesas.

– ¿De cuál?

– De ketchup, creo. Todavía estamos ultimando detalles.

– Muy bien. Pero que no sea de mayonesa ni de pepinillo. -Myron repasó el contrato-. Buen trabajo, son buenas cantidades.

Esperanza se quedó mirándolo.

– Muy buenas, por cierto -dijo Myron dirigiéndole una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Ahora viene cuando me emociono por tus elogios? -preguntó Esperanza.

– Olvida lo que te he dicho.

Esperanza señaló la pila de artículos y dijo:

– He conseguido encontrar el nombre de la psiquiatra de Valerie cuando estuvo ingresada en Dilworth. Se llama Julie Abramson. Tiene consulta privada en la Calle 73. Pero no quiere hablar contigo, claro. Se niega a hablar sobre cualquier tema que se refiera a sus pacientes.

– Una doctora -dijo Myron pensando en voz alta. Luego se puso las manos detrás de la cabeza y añadió-: Tal vez pueda convencerla gracias a mi increíble ingenio y a mi cuerpo escultural.

– A lo mejor -contestó Esperanza-, pero, por si acaso no cae en coma, he pensado en un plan alternativo.

– Consistente en…

– He vuelto a llamar a la consulta, he puesto otra voz y he fingido que fueras un paciente. Te he pedido hora para mañana por la mañana. A las nueve en punto.

– ¿Qué psicosis padezco?

– Priapismo crónico. Pero eso no es más que mi opinión.

– Muy graciosa.

– En realidad te veo mucho mejor desde que se marchó comosellame.

«Comosellame» era Jessica, y Esperanza la conocía de sobra. A Esperanza no le hacía demasiada gracia la novia de Myron. Cualquiera diría que fueran celos, pero se equivocaría. Sí, Esperanza era guapísima y, sí, se habían producido momentos de tentación entre ambos, pero el uno o el otro habían sido bastante prudentes para sofocar las llamas internas antes de llegar a hacerle daño a nadie. Y además cabía tener en cuenta el hecho de que a Esperanza le gustaba un poco de variedad, en materia de pretendientes, que iba más allá de la estatura, el cutis o la raza. En aquel momento, por ejemplo, Esperanza estaba saliendo con una fotógrafa. Sí, sí, fotógrafa, terminado en «a», o sea femenina, para más señas, por si alguien hubiera pensado en un error tipográfico.

Pero no, el motivo de su intensa aversión era mucho más simple: Esperanza estaba presente la primera vez que Jessica se había marchado. Lo había visto todo de primera mano. Y Esperanza era de las que no perdonan.

Myron volvió a su pregunta original:

– ¿Qué problema le has dicho que tengo?

– No se lo he dejado muy claro -dijo Esperanza-. Le he dicho que oías voces, que sufres esquizofrenia paranoide, delirios, alucinaciones, cosas así.

– ¿Y cómo has conseguido que te den hora tan pronto?

– Porque eres un actor de Hollywood muy famoso.

– ¿Y me llamo…?

– No me he atrevido a darles tu nombre -dijo Esperanza-. Fíjate si llegas a ser famoso…

18

La consulta de la doctora Julie Abramson estaba situada en la esquina de la Calle 73 y Central Park West. Era un barrio de gente adinerada. Una manzana más arriba, frente al parque, se alzaba el edificio San Remo. Dustin Hoffman y Diane Keaton vivían allí. Madonna había intentado trasladarse al lugar, pero la junta directiva acabó decidiendo que no era propia de San Remo. Win vivía una manzana más abajo, en el Dakota, donde había vivido, y también muerto, John Lennon. Todo el que entra en el patio interior del edificio Dakota tiene que pasar necesariamente por el lugar donde dispararon a Lennon. Myron había pasado por allí cientos de veces y todavía sentía la necesidad de guardar silencio al pisar ese sitio.

En la puerta de la doctora Abramson había una reja muy bonita de hierro forjado. ¿Sería de adorno o tenía una función protectora? A Myron no le quedó muy claro.

Llamó al timbre. Oyó el zumbido que le indicó la apertura y entró. Aunque fuera estaba nublado, llevaba puestas sus mejores gafas de sol para la ocasión, al más puro estilo de las superestrellas de cine.

El recepcionista, un hombre intachablemente vestido que llevaba gafas muy modernas, juntó las manos y le dijo: «Buenos días», con un tono de voz tan sosegado y tranquilizador que ponía los nervios de punta.

– Venía a ver a la doctora Abramson. Tengo hora a las nueve en punto.

– Muy bien.

El recepcionista se levantó de un salto y se quedó observando la cara de Myron como si quisiera descubrir quién era. Myron se reajustó las gafas, sin quitárselas. El recepcionista se moría de ganas de preguntarle cómo se llamaba, pero la discreción se lo impidió. Tenía miedo de ofender a un famoso.

– ¿Querría rellenar este impreso mientras espera un momento, por favor?

Myron intentó poner cara de irritación ante el pedido.

– No es más que una formalidad -dijo el recepcionista-. Estoy seguro de que comprenderá cómo funcionan estas cosas.

– Está bien, en ese caso… -dijo Myron exhalando un suspiro.

Después de rellenar el impreso, el recepcionista le pidió que se lo entregara.

– Prefiero dárselo yo mismo a la doctora Abramson -dijo Myron.

– Disculpe señor, le aseguro que…

– Tal vez no me haya entendido bien -dijo Myron haciéndose el difícil, igual que una estrella del cine-. Yo mismo se lo daré a la doctora Abramson.

El recepcionista se enfurruñó un poco pero no dijo nada. Varios minutos después sonó el interfono. El recepcionista cogió el auricular, escuchó un momento y colgó.

– Acompáñeme, por favor.

La doctora Abramson era diminuta, debía de medir si acaso un metro treinta y pesar unos treinta kilos. Toda ella parecía encogida y apretujada. Todo menos los ojos, que le sobresalían de la cara como si fueran dos faros enormes y radiantes que no perdieran de vista ningún detalle.

Le tendió una mano infantil y, para asombro de Myron, le dio un apretón muy firme.

– Siéntese, por favor -dijo.

Myron se sentó y la doctora Abramson hizo lo mismo al otro lado de la mesa. Los pies apenas le llegaban al suelo.

– ¿Me da la hoja, por favor?

– Por supuesto.

Myron se la entregó y ella la miró un momento.

– ¿Es usted Bruce Willis?

Myron le ofreció una sonrisa chulesca. Al estilo de La jungla de cristal.

– No me había reconocido con las gafas, ¿eh?

– Usted no se parece en absoluto a Bruce Willis.

– Iba a poner Harrison Ford, pero es que ya está demasiado viejo.

– Pues habría sido más creíble. -Y después de observarlo un poco más, añadió-: Y si me hubiera dicho Liam Neeson todavía mejor.

No parecía haberla ofendido mucho la maniobra de Myron. Claro que era una psiquiatra experta y estaba acostumbrada a tratar con mentes anormales.

– ¿Por qué no me dice su nombre verdadero?

– Myron Bolitar.

En aquella carita se dibujó una sonrisa casi tan radiante como sus ojos.

– Ya me parecía. Es usted aquella estrella del baloncesto.

– Bueno, yo no diría que soy precisamente una «estrella» -dijo Myron ruborizándose.

– Por favor, señor Bolitar, no sea tan modesto. Miembro del primer equipo All-American durante tres años consecutivos. Dos veces ganador del campeonato de la NCAA. El mejor jugador universitario del año en una ocasión. El octavo en el draft.

– ¿Es usted aficionada al baloncesto?

– Y muy observadora. -Se recostó en el respaldo de la silla. Parecía una niña pequeña sentada en una silla enorme-. Si no recuerdo mal, salió dos veces en la portada de Sports Illustrated. Algo fuera de lo común para un jugador universitario. Y además era usted buen estudiante, todo un All-American universitario, con muchas simpatías en la prensa y fama de apuesto. ¿Me equivoco?

– No -dijo Myron-. Salvo por eso que ha dicho de «con fama de».

La doctora Abramson soltó una carcajada. Era una risa agradable y parecía reír con todo el cuerpo a la vez.

– Bueno, y ahora ¿por qué no me cuenta a qué se debe su visita, señor Bolitar?

– Llámeme Myron, por favor.

– Muy bien, y usted llámeme doctora Abramson. Veamos, ¿cuál es el problema?

– No, si yo estoy bien.

– Ya -la doctora puso cara de escepticismo, pero a Myron le daba la impresión de que estaba divirtiéndose a su costa-. Bueno, o sea que tiene un «amigo» con un problema. Cuénteme.

– Mi amiga se llama Valerie Simpson -dijo Myron.

Aquello pareció llamarle la atención.

– ¿Cómo?

– Quiero hablar con usted sobre Valerie Simpson.

La doctora cerró la boca de golpe y dijo:

– No será usted periodista, ¿verdad?

– No.

– Pensaba que era usted agente deportivo.

– Y lo soy. Valerie Simpson estuvo a punto de convertirse en mi cliente.

– Ya veo.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Valerie?

– No puedo confirmarle ni negarle que Valerie Simpson fuera paciente mía -comentó la doctora negando con la cabeza.

– No tiene que confirmármelo ni negármelo, ya sé que lo fue.

– Se lo repito: no puedo confirmarle ni negarle que Valerie Simpson fuera paciente mía -se quedó mirándolo un momento y luego añadió-: ¿Sería tan amable de decirme por qué le interesa tanto?

– Como ya le he dicho, iba a ser su representante.

– Eso no explica por qué ha venido usted a verme de incógnito.

– Estoy investigando su asesinato.

– ¿Investigando?

Myron asintió sin decir nada.

– ¿Y quién le ha contratado?

– Nadie.

– ¿Y entonces por qué investiga?

– Tengo mis motivos.

La doctora asintió con la cabeza.

– ¿Qué motivos, Myron? Me gustaría que me los explicase.

Si es que todos los psiquiatras son iguales.

– ¿También va a pedirme que le explique aquella vez que sorprendí a mamá y papá en la cama?

– Si usted quiere…

– No, no quiero. Lo que quiero es saber qué le provocó la crisis nerviosa a Valerie.

– No puedo confirmarle ni negarle que Valerie Simpson fuera paciente mía -repuso la doctora Abramson en tono machacón.

– ¿Es por cuestiones de secreto profesional?

– Exacto.

– Pero Valerie está muerta.

– Lo que no altera en absoluto mis obligaciones.

– Ha sido asesinada. Le dispararon a sangre fría.

– Lo sé. Pero ni siquiera una situación tan lamentable puede hacer que olvide mi deber.

– Pero usted puede saber algo útil.

– ¿Útil para qué?

– Para descubrir al asesino.

La doctora unió sus manecitas sobre la falda. Como si fuera una niña en misa.

– ¿Y eso es lo que está intentando hacer? ¿Descubrir al asesino de esa mujer?

– Sí.

– ¿Y la policía qué? Según he oído en las noticias, tienen un sospechoso.

– Yo no me fío de las autoridades.

– ¿Ah, no?

– Es una de las razones por las que quiero ayudar.

– Yo no diría eso -dijo la doctora mirándolo fijamente con sus grandes ojos claros.

– ¿Ah, no?

– Parece más bien que padezca usted el complejo del salvador, el tipo de hombre a quien le gusta hacerse el héroe en todo momento, que se ve a sí mismo como un caballero de reluciente armadura. ¿Qué opina usted?

– Que mejor dejamos el análisis para otro día.

La doctora se limitó a encogerse de hombros.

– Sólo le estaba dando mi opinión, no le voy a cobrar más por eso.

– Perfecto. -Un momento, ¿había dicho «más»?, «¿no le voy a cobrar más?»-. No estoy muy seguro de que la policía ande detrás del verdadero culpable.

– ¿Por qué no?

– Pues esperaba que usted pudiera ayudarme a saberlo. Valerie debió de contarle el acoso de Roger Quincy. ¿Lo consideraba una persona peligrosa?

– Por última vez, no voy a confirmarle ni a negarle que…

– No le pido que lo haga. Le estoy preguntando por Roger Quincy. No lo ha tenido como paciente, ¿verdad?

– Y además no lo conozco.

– Pues entonces ¿qué le parece si me da una de sus opiniones rápidas? Igual que ha hecho conmigo.

– Lo siento -dijo la doctora negando con la cabeza.

– ¿No hay ninguna manera de conseguir que me diga algo?

– ¿Sobre una paciente en potencia? No.

– Supongamos que tuviera el consentimiento de los padres.

– No lo habrá.

Myron esperó y observó. Ella lo hacía mejor que él. Su rostro no dejaba traslucir nada, pero no podía retirar lo dicho.

– ¿Y cómo lo sabe? -preguntó.

La doctora no respondió y dirigió la mirada al suelo. Myron se preguntó si habría cometido aquel desliz a propósito.

– La han llamado, ¿no? -dijo Myron.

– No tengo por qué contarle lo que haya hablado o no con…

– La llamó la familia -interrumpió Myron- y le pidieron que no dijera nada.

– No voy a confirmar ni…

– El cadáver todavía está caliente y ya le están echando tierra al asunto -prosiguió Myron-. ¿Acaso le parece lícito?

– No sé de qué me está hablando -dijo la doctora Abramson tras aclararse la garganta-, pero le diré una cosa: en situaciones como la que acaba de pintar, el hecho de que los padres quieran proteger el recuerdo de su hija no me parece injustificado.

– ¿Proteger su recuerdo -dijo Myron poniéndose en pie y adoptando el tono de un abogado en proceso de recapitulación- o proteger al asesino? -Era un actor consumado.

– Ahora sí que está diciendo una estupidez -dijo la doctora-. No me diga que sospecha de la familia de la chica.

Myron volvió a sentarse y ladeó la cabeza como queriendo decir: «Todo es posible».

– La hija de Helen Van Slyke es asesinada y, al cabo de pocas horas, su apenada madre la llama a usted para asegurarse de que no abra la boca. ¿No le parece siquiera ligeramente sospechoso?

– No puedo confirmarle ni negarle que haya oído el nombre de Helen Van Slyke.

– Ya. O sea que cree que lo mejor es que todo esto se olvide. Que quede enterrado. Que la fachada se anteponga a la realidad. No sé por qué, pero creo que en el fondo a usted no le gusta nada tener que hacer este papel.

Ella no dijo nada.

– Su paciente está muerta -prosiguió Myron-. ¿No cree que se debe usted a ella y no a su madre?

Durante un instante, la doctora Abramson cerró los puños con fuerza y luego volvió a abrirlos. Inspiró profundamente, aguantó el aire en los pulmones y fue soltándolo poco a poco.

– Imaginémonos, únicamente imaginémonos, que yo fui la psiquiatra que se ocupó de esa chica. ¿No sería mi obligación no revelar lo que me confesó bajo la más estricta confidencialidad? Si la paciente no quiso revelar nada cuando estaba viva, ¿acaso no debería yo mantener el secreto después de su muerte?

Myron la miró fijamente a los ojos y ella le aguantó la mirada sin pestañear.

– Un discurso precioso -dijo Myron-, pero quizá Valerie quisiera revelar alguna cosa y alguien la asesinara negándole ese derecho.

La doctora parpadeó varias veces y finalmente dijo:

– Creo que ya es hora de que se marche.

Pulsó un botón del interfono y el recepcionista apareció por la puerta. Se cruzó de brazos e intentó poner cara intimidante, aunque apenas lo consiguió.

Myron se puso en pie. Había plantado una semilla de duda y debía darle tiempo de que germinara.

– ¿Lo pensará, por lo menos? -preguntó.

– Adiós, Myron.

El recepcionista se hizo a un lado para dejarlo pasar.

19

De los tres testigos del asesinato de Alexander Cross, todos ellos compañeros de universidad del fallecido, sólo uno vivía en el distrito de Nueva York. Gregory Caufield hijo era ahora un joven socio del bufete de abogados de su papaíto, Stillen, Caufield & Weston, bufete de perfil alto y mucha influencia con delegaciones en varios estados y algunos países extranjeros.

Myron marcó el número, preguntó por Gregory Caufield hijo y le pidieron que esperara. Momentos más tarde, una voz femenina dijo:

– Le paso directamente con el señor Caufield.

Se oyó un «clic». Después tono de llamada. Y luego una voz muy entusiasta:

– ¡Hola, muy buenas!

«¿Hola, buenas?», pensó Myron.

– ¿Es usted Gregory Caufield?

– El mismo. ¿En qué puedo ayudarle?

– Me llamo Myron Bolitar.

– Aja.

– Y me gustaría concertar una entrevista con usted.

– Ningún problema. ¿Cuándo le va bien?

– Cuanto antes mejor.

– ¿Qué le parece dentro de media hora? ¿Le va bien?

– Perfecto, gracias.

– Genial, Myron. Pues aquí le espero.

Clic. ¿Había dicho «genial»?

Quince minutos después, Myron ya estaba camino del bufete. Fue por Park Avenue y pasó delante de los peldaños de la mezquita donde Win y Myron solían almorzar en verano. Era un buen lugar donde sentarse y hablar de las mujeres que pasaban. Sin la menor duda, en Nueva York viven las mujeres más hermosas del mundo. Llevan traje, zapatillas deportivas y gafas de sol. Caminan con una determinación implacable, sin tiempo que perder. Y sorprendentemente, ninguna de ellas le dirigía la mirada. Tal vez intentaban ser discretas. Pero probablemente lo repasaran de arriba abajo con lujuria apenas contenida detrás de las gafas de sol.

Myron dobló la esquina en dirección oeste y llegó a Madison Avenue. Pasó por delante de un par de tiendas de electrónica en donde colgaba el mismo cartel desde hacía un año por lo menos: «liquidación por cierre».

El cartel era siempre el mismo, con fondo blanco y letras negras. También había un ciego sosteniendo una taza, aunque ya ni siquiera regalaba lápices y su perro lazarillo parecía estar muerto. Había dos policías riéndose en una esquina. Estaban comiendo cruasanes, no donuts. Otro cliché que se iba al traste.

Junto al ascensor del recibidor había un guardia.

– ¿Sí?

– Soy Myron Bolitar, vengo a ver a Gregory Caufield.

– Ah, sí, señor Bolitar. Planta veintidós.

El tipo ni siquiera hizo una llamada y no miró ninguna lista. Hmm.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, lo recibió una mujer de rasgos agradables.

– Buenas tardes, señor Bolitar. ¿Me acompaña, por favor?

Fueron por un pasillo con moqueta rosa de oficina, paredes blancas y pósteres enmarcados de Thomas McKnight. No se oía teclear de máquinas de escribir, pero Myron oyó el zumbido de una impresora láser, a alguien marcando números en un teléfono manos libres y un aparato de fax enviando algún documento con su típico chirrido. Al doblar el pasillo, se les acercó otra mujer, de rasgos igualmente agradables. Allí abundaban las sonrisas de plástico.

– Hola, señor Bolitar, me alegro de verle -dijo la segunda mujer.

– Yo también me alegro.

Cada frase que decía era matadora.

La primera mujer la dejó con la segunda. Como en un combate de lucha libre de dos contra uno.

– El señor Caufield le espera en la sala de reuniones C -dijo la segunda mujer en voz baja, como si la sala de reuniones C fuera una habitación clandestina situada en las entrañas del Pentágono.

Lo acompañó hasta una puerta muy parecida al resto, excepto por la gran «C» de bronce que tenía pegada en el centro. Myron dedujo en cuestión de segundos que aquella debía de ser la sala de reuniones C. Las aventuras de Sherlock Bolitar. Un hombre le abrió la puerta desde dentro. Era joven y tenía la cabeza ancha, con una mata de pelo a lo George Stephanopoulos. Le dio un fuerte apretón de manos.

– Hola, Myron.

– Hola, Gregory. -Como si se conocieran de toda la vida.

– Pasa, por favor. Hay alguien a quien quiero presentarte.

Myron se introdujo en la sala. Había una mesa muy grande color nuez con sillas de cuero negro, con remaches dorados, de aquellas tan caras. La sala estaba vacía salvo por un hombre sentado al otro extremo de la mesa. Pese a no haber hablado nunca con él, Myron lo reconoció de inmediato. Debería haberse asombrado, pero no lo hizo.

Era el senador Bradley Cross.

Gregory no se molestó en presentarlos. De hecho ni siquiera se molestó en quedarse allí con ellos; salió por la puerta y la cerró tras él. El senador se levantó de su asiento. No tenía en absoluto la típica cara de patricio bien parecida que suele asociarse con las clases dirigentes. Hay quien dice que la gente se parece a su animal de compañía, en cuyo caso, el senador debía de tener un basset hound. Sus rasgos faciales eran largos y muy moldeables. El traje a medida que llevaba no disimulaba su forma de pera y, de haber sido mujer, la gente le habría dicho que tenía caderas de madre. El poco pelo que tenía era ralo, gris y parecía estar pegado al cuero cabelludo por electricidad estática. Llevaba gafas de montura gruesa y esbozaba una sonrisa descentrada pero, a pesar de todo, era una sonrisa simpática, y lo cierto es que toda su cara transmitía simpatía y confianza. El tipo de cara que la gente solía votar.

El senador Cross le tendió la mano lentamente.

– Le ruego que me disculpe por todo este numerito -dijo-, pero he pensado que debíamos conocernos.

Se dieron un apretón de manos.

– Siéntese, por favor. Póngase cómodo. ¿Quiere beber algo?

– No, gracias -contestó Myron.

Se sentaron frente a frente y Myron esperó. El senador parecía no saber muy bien cómo empezar. Tosió varias veces tapándose la boca con el puño y moviendo ligeramente la parte inferior de los carrillos, que le colgaban de la mandíbula.

– ¿Sabe por qué quiero hablar con usted? -preguntó finalmente.

– No -respondió Myron.

– Tengo entendido que ha estado usted haciendo un montón de preguntas a propósito de mi hijo. Y más concretamente, en relación con su asesinato.

– ¿Quién le ha dicho eso?

– Lo he oído por ahí. Tengo mis fuentes -y ladeó la cabeza como los bassets cuando oyen un ruido extraño-. Me gustaría saber por qué.

– Valerie Simpson iba a ser mi cliente.

– Eso he oído.

– Estoy investigando su asesinato.

– ¿Y cree que puede existir alguna relación entre el asesinato de Valerie y el de Alexander?

Myron se encogió de hombros.

– A mi hijo lo asesinó un atracador callejero hace seis años cerca de Filadelfia. A Valerie la han asesinado al estilo mafioso en el Open de Estados Unidos de Nueva York. ¿Qué relación cree que puede existir entre ambos?

– A lo mejor ninguna.

El senador Cross se recostó contra el respaldo de la silla mientras hacía girar los pulgares.

– Voy a serle sincero, señor Bolitar. He investigado un poco su historia personal. Sé dónde ha trabajado. No conozco todos los detalles, claro, pero sí su reputación. No voy a tratar de coaccionarle. Eso no va conmigo. Nunca me ha gustado hacerme el duro -dijo volviendo a esbozar una sonrisa. Ahora tenía los ojos llorosos y su voz le temblaba ligeramente-. Le hablo no como senador de Estados Unidos sino como un padre que ha perdido a su hijo. Un padre que lo único que quiere es que dejen descansar en paz a su hijo. Por eso le ruego que deje lo que está haciendo.

El dolor que se desprendía de su voz era genuino. Myron no había contado con eso.

– No sé si voy a poder, señor Cross.

El senador se restregó la cara vigorosamente con ambas manos.

– Usted ve a dos jóvenes… -empezó a decir en tono cansado-, dos jóvenes con toda una vida por delante. Que prácticamente ya se habían prometido. ¿Y qué les ocurre? Son asesinados. Dos crímenes con seis años de diferencia. Cuesta imaginar una coincidencia más cruel. Se lo ha planteado así, ¿verdad, señor Bolitar?

Myron asintió en silencio.

– Así que empieza a investigar sus muertes. Busca algo que pueda explicar una tragedia doble tan extraña. Y en su búsqueda se topa con inconsistencias. Piezas de un rompecabezas que no acaban de encajar.

– Sí.

– Y esas inconsistencias lo llevan a suponer que el asesinato de Alexander y el de Valerie puedan estar relacionados.

– Quizás.

El senador Cross dirigió la mirada hacia el techo y posó el dedo meñique sobre el labio.

– ¿Me creerá si le doy mi palabra de que esas inconsistencias no tienen nada que ver con Valerie Simpson?

– No -respondió Myron-. No puedo.

El senador Cross asintió con la cabeza, más para sí mismo que para el otro.

– Ya lo esperaba -dijo-. Usted no tiene hijos, ¿verdad, señor Bolitar?

– No.

– No importa. La gente que tiene tampoco lo entiende. Son incapaces. Lo que ocurrió… No es sólo por el dolor. La muerte te lo arrebata todo. No te deja ir, no te da respiro. Mi esposa todavía tiene que medicarse a diario. Es como si alguien la hubiera vaciado por dentro y no hubiese dejado más que una cascara lamentable. No puede imaginarse lo que es verla así.

– Yo no tengo intención de hacerle daño a nadie, señor Cross.

– Pero tampoco piensa detenerse. Y por mucho que se esfuerce, alguien se enterará de su investigación, igual que he hecho yo.

– Intentaré ser lo más discreto posible.

– Usted sabe que eso es imposible.

– Ahora ya no puedo echarme atrás. Lo siento.

El senador volvió a darse un masaje facial. Dejó escapar un profundo suspiro y dijo:

– No me deja más alternativa. Tendré que contarle lo que sucedió. Quizás entonces se olvide de todo esto.

Myron se quedó esperando sin decir nada.

– Usted es abogado, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Es miembro del Colegio de Abogados de Nueva York?

– Sí.

Bradley Cross metió la mano en el bolsillo de la americana y la carne cetrina de la cara le quedó colgando en masas desiguales. Sacó un talonario.

– Me gustaría contratarle como mi abogado -dijo-. ¿Le basta con una iguala de cinco mil dólares?

– No le entiendo.

– Al ser usted mi abogado, lo que voy a contarle se considerará secreto profesional. Así, usted no podrá, ni siquiera en un tribunal, repetir lo que estoy a punto de contarle.

– No hace falta que me contrate para eso.

– Yo lo prefiero así.

– Muy bien, pues entonces haga el cheque de cien dólares.

Bradley Cross le extendió el cheque y se lo entregó a Myron.

– Mi hijo consumía drogas -dijo el senador sin más preámbulos-. Sobre todo cocaína. Y también heroína, pero apenas había empezado a consumirla. Yo sabía que tomaba algo, pero sinceramente no pensé que fuera duro. Lo había visto colocado, lo había visto con los ojos rojos, pero pensaba que fuera marihuana. Caray, si yo mismo la he fumado. Incluso la he inhalado.

El senador le dirigió una tímida sonrisa. Myron se la devolvió con la misma timidez.

– Aquella noche, Alexander y sus amigos no estaban simplemente paseando por los terrenos del club. Iban a colocarse. La policía encontró una jeringa en un bolsillo de mi hijo, y cocaína entre los arbustos cerca del lugar del asesinato. Y, como era de esperar, rastros de cocaína y heroína en el cuerpo. No sólo en la sangre sino también en la piel. Parece ser que llevaba bastante tiempo consumiéndolas.

– Creía que no se le había hecho autopsia -dijo Myron.

– Se mantuvo en secreto. No se redactó el informe ni se archivó nada. Fue un cuchillo lo que acabó con la vida de Alexander, no las drogas. El hecho de que mi hijo estuviera consumiendo sustancias ilegales carece de importancia.

«Tal vez», pensó Myron sin delatar sus pensamientos en la expresión del rostro.

Cross se quedó con la mirada perdida.

– ¿Por dónde iba? -preguntó al cabo de un rato.

– Estaba diciendo que se alejaron de la fiesta para colocarse.

– Eso es, gracias -se aclaró la garganta y se enderezó sobre el asiento-. El resto de la historia es bastante simple. Los chicos se toparon con Errol Swade y Curtis Yeller en una de las pistas de hierba. Los periódicos ensalzaron la valentía de Alexander diciendo que había intentado detener a los delincuentes poniendo en peligro su seguridad personal. Mis portavoces hicieron un gran trabajo. Pero la verdad es que estaba tan colocado que actuó de forma irracional. Se lanzó contra ellos como una especie de superhéroe. El joven Yeller, a quien la policía disparó, dejó todo lo que llevaba y salió corriendo, pero Errol Swade era un tipo con mucha sangre fría. Sacó una navaja y le atravesó el corazón a mi hijo como si fuera un globo. Según dicen, con toda tranquilidad, como si tal cosa.

El señor Cross se detuvo. Myron esperó a que continuara, pero al darse cuenta de que había llegado al final de la historia, preguntó:

– ¿Y por qué estaban en el club?

– ¿Quiénes?

– Swade y Yeller.

– Eran ladrones -dijo el senador con expresión confundida.

– ¿Cómo lo sabe?

– ¿Qué otra cosa iban a hacer allí?

– Pues venderle drogas a su hijo -dijo Myron encogiéndose de hombros-. O traficar. Es mucho más plausible que un intento de robo nocturno en un club de tenis.

El senador negó con la cabeza.

– Llevaban objetos de valor. Raquetas y pelotas de tenis.

– ¿Según quién?

– Según Gregory y los demás. Se encontraron en la escena del crimen.

– ¿Raquetas y pelotas de tenis?

– Tal vez hubiera más cosas. No me acuerdo.

– ¿Era eso lo que pretendían robar? -dijo Myron-. ¿Trastos para jugar al tenis?

– La policía cree que mi hijo los sorprendió antes de concluir el robo.

– Pero su hijo se topó con ellos en el exterior. Si no habían acabado, tendrían que haber estado dentro, y no fuera.

– ¿Qué es lo que está sugiriendo? -preguntó el senador con brusquedad-. ¿Que mi hijo fue asesinado por una compra de drogas que terminó violentamente?

– Estoy tratando de ver lo que resulta más plausible.

– ¿Un asesinato con tráfico de drogas de por medio haría plausible la relación con el asesinato de Valerie?

– No.

– Pues entonces ¿qué quiere decir con eso?

– Nada. Estaba pensando en otras hipótesis. ¿Qué ocurrió después? Me refiero a inmediatamente después del asesinato.

El senador volvió a mirar en otra dirección, esta vez más o menos hacia uno de los retratos, aunque Myron dudaba mucho que estuviera viéndolo realmente.

– Gregory y los demás chicos volvieron corriendo a la fiesta -dijo el senador con voz apagada-. Yo los seguí afuera. A Alexander le salía sangre a borbotones por la boca. Cuando llegué junto a él ya había muerto.

Silencio.

– Ya puede imaginarse más o menos cómo fue la cosa a partir de ahí -prosiguió el senador-. Todo empezó a suceder al uso del piloto automático. La verdad es que yo no hice gran cosa. Mis asesores se ocuparon de todo. El padre de Gregory, que es socio principal de este bufete, también me ayudó. Yo lo único que hice fue quedarme allí de pie y asentir sin parar como atontado. No voy a mentirle, no le diré que no fuera consciente de lo que estaba pasando, porque lo era. Cuesta mucho deshacerse de las viejas costumbres, señor Bolitar. No hay ser humano más egoísta que un político. Y justificamos nuestro egoísmo con la excusa de «el bien común». Así que encubrimos el asunto.

– ¿Y si ahora se supiese la verdad?

– Toda mi carrera se vendría abajo -dijo con una sonrisa-. Pero eso ya no me da miedo. O a lo mejor también eso sea una mentira, ¿quién sabe? -el senador elevó las manos y las dejó caer a los lados-. Pero mi mujer nunca se enteró de la verdad. No sé qué podría pasarle, no tengo ni la menor idea. Alexander era un buen chico, señor Bolitar. No quiero que su recuerdo quede hecho pedazos. Al fin y al cabo, las drogas no hacen que Errol Swade y Curtis Yeller sean menos culpables ni que Alexander lo sea más. Él no pidió ser apuñalado.

Myron aguardó un segundo y luego soltó la pregunta sorpresa:

– ¿Y qué me dice de Deanna Yeller?

– ¿Quién? -preguntó el senador con cara de no entender nada.

– La madre de Curtis Yeller.

– ¿Qué pasa?

– ¿No ha hablado nunca con ella?

– Por supuesto que no -dijo el senador aún más confundido-. ¿A qué viene esa pregunta?

– ¿No le dio dinero para que mantuviera la boca cerrada?

– ¿Sobre qué?

– Sobre las circunstancias de la muerte de su hijo.

– No. ¿Por qué iba a hacerlo?

– Ya sabe que a Curtis Yeller tampoco se le hizo ninguna autopsia. Qué curioso, ¿no cree?

– Si está insinuando que la policía no actuó estrictamente según las normas establecidas, no puedo decírselo porque no lo sé. Y tampoco me importa. Sí, yo también me he hecho preguntas sobre los disparos de la policía. Tal vez aquella noche se encubriera algún asunto más. Pero de ser así, yo no tuve nada que ver. Y lo que es más importante aún, no veo qué relación tendría todo aquello con Valerie Simpson. De hecho, no veo nada que pueda relacionarse con ella.

– ¿Estaba en la fiesta, aquella noche?

– ¿Valerie? Por supuesto.

– ¿Sabe dónde estaba en el momento en que murió Alexander?

– No.

– ¿Recuerda cómo reaccionó ante el asesinato?

– La pérdida la dejó destrozada. Habían asesinado a sangre fría a su prometido. Estaba deshecha y furiosa a la vez.

– ¿Estaba usted de acuerdo con su relación?

– Sí, totalmente. Pensaba que Valerie era una persona un poco atribulada. Un tanto demasiado triste. Pero me gustaba. Alexander y ella hacían muy buena pareja.

– Nunca se mencionó el nombre de Valerie en relación con el asesinato de su hijo. ¿Por qué?

Al senador le temblaba fuertemente la parte inferior de los carrillos.

– Ya sabe por qué -dijo-. Valerie Simpson todavía era bastante famosa como jugadora de tenis. Creímos que los medios de comunicación ya estaban metiendo demasiado las narices, para encima añadir su nombre a todo el asunto. No era cuestión de que Valerie me gustara o no. Lo hicimos para reducir al mínimo el impacto mediático del suceso. Para conseguir que no saliera en primera plana.

– Pues tuvo mucha suerte.

– ¿A qué se refiere?

– A Yeller lo mataron y Swade desapareció.

– Creo que no le acabo de entender -dijo Cross tras pestañear varias veces.

– Si hubieran vivido se habría celebrado un juicio. Eso habría atraído aún más la atención de los medios de comunicación. Tal vez tanta, incluso, que ni siquiera sus portavoces habrían podido encargarse de ella a fuerza de mentiras elaboradas.

– Veo que ha oído los rumores -dijo el señor Cross sonriendo.

– ¿Rumores?

– De que mandé matar a Errol Swade. De que la mafia me hizo un favor o tonterías de ese tipo.

– Señor Cross, no me negará usted que la forma en que acabaron ambos chicos le vino como anillo al dedo en cuestión de relaciones públicas. Así no quedaba nadie que pudiera dar otra versión sobre los hechos.

– Debo admitir que la muerte de Curtis Yeller no me dio ninguna pena, y si Errol Swade fue asesinado, dudo mucho que llegase a derramar lágrimas por él, pero yo no hago tratos con mafiosos. Quizá le parezca tonto, pero no sabría ni cómo ponerme en contacto con ellos. Lo que sí hice fue contratar a una agencia de detectives privados para que buscaran a Swade.

– ¿Encontraron algo?

– No. Creen que Swade está muerto. Y la policía igual. Era un delincuente, señor Bolitar. Y aunque no se hubiera producido aquel episodio, tampoco llevaba una vida que le hubiese permitido llegar a viejo.

Myron le hizo algunas preguntas más, pero vio que ya no iba a descubrir nada nuevo y, poco después, los dos se levantaron de la silla.

– ¿Me permite hablar un momento con Gregory Caufield antes de irme? -preguntó Myron.

– Preferiría que no lo hiciera.

– Si no tiene nada que ocultar…

– No quiero que sepa que le he contado todo esto. Se acuerda del secreto profesional, ¿no? De todas formas tampoco le hablaría con sinceridad.

– Pero lo haría si usted se lo pidiera.

– Gregory hace lo que le dice su padre -dijo el senador haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Se negará a hablar con usted.

Myron se encogió de hombros. El senador probablemente tuviera razón. Habría podido presionar a Gregory diciéndole que el senador se lo acababa de contar todo, pero el señor Cross había dispuesto las cosas de modo que Myron no pudiera hacerlo. Tendría que pensar en alguna manera de evadir los procedimientos usuales. Caufield era un testigo ocular; valía la pena hacerle unas cuantas preguntas.

Se dieron un apretón de manos mirándose fijamente a los ojos. ¿Sería el senador un vejete inofensivo, un padre apenado que sólo trataba de proteger el recuerdo de su hijo? ¿O habría calculado que aquélla era la mejor estrategia para deshacerse de Myron? ¿Era una persona reservada sobre su vida privada, una persona comprensiva o las dos cosas a la vez?

– Espero haber satisfecho su curiosidad -dijo el señor Cross ofreciéndole de nuevo aquella sonrisa descentrada.

Pero no lo había hecho. Ni por asomo. Sin embargo, Myron no se molestó en expresarlo.

20

Myron salió del edificio y fue paseando por Madison Avenue. El tráfico estaba atascado, cosa que no era en absoluto de extrañar en Manhattan. Los cinco carriles de Madison Avenue se convertían en uno solo al llegar a la Calle 54 porque los otros cuatro estaban cortados por una de esas obras tan tremendamente neoyorquinas de las que salía vapor. ¿Pero de dónde salía todo ese vapor?

Myron estaba a punto de cortar por la Calle 53 cuando sintió un golpe punzante en las costillas.

– Dame una excusa y te mato, cabrón.

Myron reconoció la voz antes de llegar a ver aquella nariz con esparadrapo y aquellos ojos negros. Era el Rejilla. Y acababa de encañonarle una pistola contra la caja torácica, ocultando el arma de posibles transeúntes curiosos con su propio cuerpo.

– Llevas la misma camiseta -dijo Myron-. Por el amor de Dios, ni siquiera te has cambiado.

El Rejilla le dio en las costillas con la pistola.

– Vas a desear no haber nacido nunca, cabrón. Sube al coche.

El coche, el Cadillac azul claro con arañazos en uno de los lados, se detuvo junto a ellos. Jim, el compañero del Rejilla, era el conductor, pero Myron apenas se fijó en él. Su mirada se centró de inmediato en la persona que iba en el asiento trasero, que le resultaba familiar y que le saludó con una sonrisa y un gesto de la mano.

– Ey, Myron. ¿Cómo va?

Era Aaron.

– Tráelo aquí, Lee -dijo luego.

Lee, alias el Rejilla, dio un empujón a Myron con la punta de la pistola.

– Venga, cabrón.

Myron se sentó en el asiento trasero con Aaron. Lee, el Rejilla, se sentó delante junto a Jim. Los asientos delanteros, por donde Win había vertido ketchup, estaban cubiertos con plástico.

Aaron iba vestido como de costumbre, es decir, con traje blanco nuclear y zapatos blancos que hacían juego. Sin calcetines. Sin camisa. Nunca llevaba camisa, prefería ir por ahí enseñando los pectorales que, además, le brillaban untados con algún aceite o grasa. Siempre parecía recién depilado y tenía la piel lisa como culito de bebé. Era un tipo grande, de unos dos metros diez de altura y unos ciento diez kilos de peso. Y su aspecto de levantador de pesas no era sólo fachada. Se movía con una velocidad y agilidad increíbles a pesar de su gran masa corporal. Llevaba el pelo echado hacia atrás y atado en cola larga.

Dirigió a Myron una sonrisa de presentador de concursos y la mantuvo congelada en los labios.

– Bonita sonrisa, Aaron -dijo Myron-. Con muchos dientes.

– Para mí la higiene bucal es una pasión.

– Pues deberías compartir esa pasión con Lee.

El Rejilla volvió la cabeza hacia él y preguntó:

– ¿Qué cono has dicho, cabrón?

– Déjanos, Lee -dijo Aaron.

Aquél fulminó a Myron con la mirada. Éste soltó un bostezo. Jim siguió conduciendo. Aaron se recostó contra el respaldo del asiento. No decía nada, sólo sonreía de oreja a oreja. Todo él brillaba a la luz del sol. Cuando hubieron recorrido dos manzanas en esas condiciones, Myron le señaló al pecho a Aaron:

– Oye, te olvidaste un pelo al hacerte la depilación eléctrica.

Pero, dicho sea en honor de Aaron, éste no se miró el pecho para comprobarlo.

– Myron, tenemos que hablar -dijo.

– ¿Sobre qué? -preguntó él.

– Sobre Valerie Simpson. Por una vez en la vida, creo que estamos en el mismo bando.

– ¿Ah, sí?

– Tú quieres atrapar al asesino de Valerie Simpson. Nosotros también.

– ¿En serio?

– Sí. El señor Ache está decidido a llevar al asesino ante la justicia.

– El bueno de Frank. Siempre tan buena persona.

Aaron soltó una carcajada.

– Sigues haciéndote el gracioso, ¿eh, Myron? Bueno, tengo que admitir que parece un poco extraño, pero nos gustaría ayudarte.

– ¿Cómo?

– Los dos sabemos que Roger Quincy mató a Valerie Simpson y el señor Ache está dispuesto a usar sus importantes influencias para ayudarte a localizarlo.

– ¿Y a cambio?

Aaron fingió sentirse ofendido. Se llevó una mano al pecho, una mano con las uñas muy bien recortadas, y dijo:

– Myron, tus palabras me hieren. De verdad. Nosotros sólo intentamos ofrecerte nuestra amistad y tú la rechazas con un insulto.

– Ya.

– Se trata de una de esas extrañas situaciones en las que todo el mundo gana -comentó Aaron-. Estamos dispuestos a ayudarte a atrapar al asesino.

– ¿Y vosotros qué ganáis?

– Nada de nada. -Aaron volvió a recostarse contra el asiento-. Si se encuentra al asesino, la policía pasará a ocuparse de otros asuntos, nosotros pasaremos a ocuparnos de otros asuntos y tú, Myron, también deberías pasar a ocuparte de otros asuntos.

– Ah.

– Mira, no hay motivo alguno para que nos enfrentemos -añadió Aaron. Cuando el sol le daba en el pecho desde el ángulo correcto, el reflejo lo dejaba ciego-. No es como en nuestros anteriores encontronazos. Los dos queremos lo mismo. Los dos queremos dejar atrás un episodio tan trágico. Para ti eso supondría encontrar al asesino y llevarlo ante un jurado. Para nosotros, supondrá cerrar la investigación lo antes posible.

– Ya. Pero supongamos que no estoy del todo seguro de que Roger Quincy sea el asesino -dijo Myron.

– Vamos, Myron -Aaron enarcó una ceja-. Ya has visto las pruebas.

– Son circunstanciales.

– ¿Desde cuándo te ha preocupado a ti eso? Ah, y por cierto, ha aparecido un nuevo testigo. Acabamos de enterarnos.

– ¿Qué clase de testigo?

– Un testigo que vio a Roger Quincy hablando con tu querida Valerie diez minutos antes del asesinato.

Myron no contestó.

– ¿Acaso dudas de mi palabra?

– ¿Quién es?

– Un ama de casa. Fue a ver los partidos con sus hijos. Y, por si te lo estabas preguntando, no tenemos nada que ver con ella.

– ¿Y por qué tanto miedo?

– ¿Miedo?

– ¿Qué es lo que le preocupa tanto a Ache? ¿Por qué contrató a estos Starsky y Hutch para seguirme?

El Rejilla se dio vuelta y dijo:

– ¿Cómo cojones me has llamado, cabrón?

– Déjanos, Lee -dijo Aaron.

– Anda, venga, Aaron, déjame machacarlo un poco. ¿Es que no has visto lo que le hizo este hijo de puta a mi coche?

Y mira cómo tengo la puta nariz. -Para él, Rejilla, lo primero era el coche y luego la nariz. Cuestión de prioridades-. El mariconazo de su amigo y él se lanzaron contra mí. Dos contra uno. Y cuando no me lo esperaba-. Déjame que le enseñe a tener un poco de respeto.

– No podrías, Lee. No podríais ni Jim y tú juntos.

– Y una mierda que no. Si no tuviera la nariz jodida…

– Calla ya, Lee -dijo Aaron.

Se hizo el silencio de inmediato.

Aaron dirigió la mirada a Myron poniendo los ojos en blanco y extendió los brazos.

– No son más que aficionados -dijo-. Frank siempre intenta ahorrar todo lo que puede. Un dólar aquí, otro allí.

Y al final nos acaba saliendo más caro.

– Yo pensaba que ya no trabajabas para los hermanos Ache -dijo Myron.

– No, ahora trabajo por mi cuenta. -¿Entonces te han contratado? -Esta misma mañana.

– Pues debe de ser algo importante, porque tú no sales barato.

Aaron volvió a mostrarle la dentadura y se ajustó la americana del traje.

– Si quieres lo mejor, tienes que pagarlo.

– ¿Y por qué está Frank tan desesperado con este asunto?

– No tengo ni idea. Pero no te engañes: Frank quiere que termines tu investigación. Ahora mismo. Sin excusas que valgan. Mira, Myron, los dos sabemos que tú siempre has sido un verdadero coñazo para Frank. No le caes bien. Para ser sinceros, le gustaría liquidarte. Te lo aseguro. Te estoy hablando de hombre a hombre. De amigo a amigo. Porque somos amigos, ¿verdad? O compañeros.

– Casi, casi, como hermanos -añadió Myron.

– Pero Frank está siendo muy permisivo contigo. Incluso generoso. Por ejemplo, sabe que fuiste a cenar con Eddie Crane. Sólo por eso a Frank le gustaría que te dieran una paliza. Pero no lo ha hecho. Al contrario, ha decidido que, si Eddie Crane elige tu agencia, no hará nada por impedirlo.

– Qué detalle.

– Pues sí que lo es -insistió Aaron-. Pero si el entrenador de ese chaval es suyo, por el amor de Dios, se mire como se mire, es propiedad de TruPro. Pero Frank está dispuesto a dejártelo a ti y ayudarte a atrapar a Roger Quincy. Dos favores muy grandes. Regalos, podría decirse. Y no te pide nada a cambio.

– ¿Cómo voy a dejar pasar una oportunidad como ésta? -dijo Myron levantando las manos.

– ¿Estás siendo sarcástico?

Myron se encogió de hombros.

– Frank está haciendo todo lo posible por ser justo contigo, Myron.

– Sí, es que es un verdadero sol.

– Oye, no le lleves la contraria, no vale la pena.

– ¿Puedo irme ya?

– Primero me gustaría que me dieras una respuesta.

– Tendré que pensarlo. Aunque estaría más dispuesto a aceptar si supiera qué es lo que Frank está tratando de ocultar.

Aaron negó con la cabeza.

– Sigues siendo el mismo de siempre, ¿en, Myron? Nunca cambiarás. Me sorprende que nadie te haya liquidado todavía.

– No soy fácil de matar -dijo Myron.

– Tal vez no.

– Y además soy muy buen bailarín y a nadie le gusta cargarse a un bailarín tan bueno como yo. Quedamos pocos.

Aaron puso la mano sobre la rodilla de Myron, se inclinó hacia él y le dijo:

– ¿Podemos dejar el numerito del chalado un momento?

Myron dirigió la mirada a la mano y luego de vuelta a Aaron.

– Esto… ¿Me estás tocando la rodilla?

– ¿Conoces el sistema del «palo y la zanahoria», Myron?

– ¿Qué?

– El palo y la zanahoria -comentó Aaron sin apartar la mano.

– Ah, sí, claro. El palo y la zanahoria…

¿De qué estaba hablando?

– Hasta ahora sólo te he mostrado la zanahoria, o el premio, por así decir, pero no me sentiría bien conmigo mismo si no te mostrara el palo.

Es decir, el castigo. En el asiento delantero, el Rejilla y Jim intercambiaron carcajadas.

Aaron le apretó la rodilla levemente con los dedos. Como si fueran las garras de un halcón.

– Tú ya me conoces. No soy un hombre de castigos. Yosoy de los amables. Soy delicado. Soy… -se quedó mirando el techo como si buscara la palabra adecuada.

– Una zanahoria -dijo Myron terminando la frase por él.

– Exacto. Una zanahoria.

Myron había visto a Aaron matar a un hombre. Le había roto el cuello como si fuera una ramita. También había visto las consecuencias del trabajo de Aaron en lugares muy dispares, desde un ring de boxeo hasta un depósito de cadáveres.

– Pero aun así tengo que enseñarte un poco de palo -continuó Aaron-. Sólo para tu información, se entiende. Es lo que suele hacerse en estos casos. Yo ya sé que en tu caso no es necesario. El palo, quiero decir.

– Te escucho -dijo Myron.

– Eso -añadió el Rejilla-, díselo, Aarón.

El Rejilla y Jim volvieron a soltar una carcajada, más ruidosa que la anterior.

– Callaos -dijo Aaron sin alzar la voz.

De inmediato volvió a hacerse el silencio. Como si acabaran de matarlos de un tiro en la cabeza.

Aaron volvió a centrar la atención en Myron y sus ojos adquirieron de repente un aspecto siniestro.

– No habrá más advertencias. Nos limitaremos a actuar. Ya sé que no eres de los que se asustan fácilmente. Se lo dije a Frank, pero a él le da lo mismo. Me sugirió atacar por frentes que otros considerarían terreno prohibido.

– ¿Como por ejemplo?

– Tengo entendido que Duane Richwood está jugando muy bien. No me gustaría que su carrera terminara abruptamente -le apretó aún más la rodilla-. O pongamos por caso a tu hermosa Jessica. Ya sé que ahora está fuera del país. En Atenas, por si no lo sabías. En el hotel Grand Bretagne. Habitación 207. Frank tiene amigos en Grecia.

Myron sintió un escalofrío.

– Ni se te ocurra, Aaron.

– No está en mis manos decidir -contestó Aaron. Dejó de apretarle la rodilla-. Frank es quien decide. Y no se le puede hacer cambiar de opinión. Ahora quiere que te dejemos ir. Y ya sabes el dicho: quien con fuego juega…

– Como le haga algo…

– Por favor, Myron, nada de amenazas -dijo Aaron desdeñando sus palabras con un gesto de la mano-. No hay motivo para amenazar a nadie. No puedes ganar. Lo sabes muy bien. El precio de la victoria es demasiado alto. Win y tú sólo sois dos hombres. Dos hombres buenos, de los mejores, unos adversarios realmente dignos. Pero para empezar, Frank cuenta conmigo. Y con más gente, mucha más, toda la que haga falta. Gente sin escrúpulos. Gente que entraría en la habitación de Jessica, se la iría repasando por turnos y después le pegaría un tiro. Gente que se lanzaría contra Esperanza a la salida del trabajo. Gente que le haría a tu madre cosas de las que más vale no hablar.

Myron se quedó mirando fijamente a Aarón, que no pestañeó ni un segundo.

– No puedes ganar, Myron. Por fuerte que seas, no puedes hacer frente a este tipo de cosas. Los dos lo sabemos bien.

Se hizo el silencio. El Cadillac se detuvo enfrente del edificio de Myron.

– ¿Me puedes dar una respuesta ya? -preguntó Aaron.

Myron intentó no temblar al salir del coche y entró en el edificio sin mirar atrás.

21

Win estaba practicando con el saco de boxeo. Le propinaba tales patadas laterales que el saco, que pesaba treinta y seis kilos, se doblaba casi por la mitad. Le asestaba golpes a todas las alturas. Contra la rodilla, contra el abdomen, contra el cuello, contra la cara. Golpeaba con el talón encogiendo los dedos. Myron practicó varios katas o movimientos, concentrándose en la precisión de los ataques, imaginándose que tenía a alguien frente a él. A veces, ese alguien era Aaron.

Se encontraban en la nueva dirección del maestro Kwon, en el centro de la ciudad. El dojang estaba dividido en dos secciones. Una parecía un estudio de danza. El suelo era de parquet y había un montón de espejos. En la otra, el suelo estaba acolchado y había pesas, un punching, un saco ligero y una comba. Sobre una estantería había cuchillos y pistolas de goma para practicar técnicas de desarme. Cerca de la entrada colgaban la bandera de Estados Unidos y la de Corea. Al entrar y al salir, todos los alumnos hacían una reverencia ante las banderas. Las normas de la escuela estaban escritas en un póster. Myron se las sabía de memoria. Su favorita era la número diez: «Termina siempre lo que empiezas».

Hmm. ¿Era buen consejo o no? En aquel momento no lo tenía muy claro.

Había un total de catorce normas y, de vez en cuando, el maestro Kwon añadía una nueva. La número catorce la había añadido dos meses antes: «No comas en exceso». «Alumnos demasiado gordo -les había explicado el maestro-. Poner demasiado en boca.» Durante los veinte años que hacía que Win lo había ayudado a instalarse en Estados Unidos, el inglés de Kwon no había hecho más que empeorar. Myron sospechaba que todo formaba parte de una estrategia para dar la buena imagen de viejo sabio del Lejano Oriente. Se hacía el señor Miyagi de las películas de Karate Kid. Win se detuvo y dijo:

– Ponte tú ahora. A ti te hace más falta que a mí.

Myron empezó a asestar golpes al saco. Golpes fuertes. Empezó con varios puñetazos. La postura de combate del taekwondo es sencilla y práctica, no muy diferente de la de un boxeador. Todo el que probaba esa tontería de la posición de la grulla en la calle solía acabar cayendo de culo. Luego le propinó varios codazos y rodillazos. Los codos y las rodillas eran muy útiles, sobre todo para las distancias cortas. En las películas de artes marciales se veían un montón de patadas giratorias contra la cabeza o patadas voladoras contra el pecho y cosas por el estilo, pero en un combate de verdad todo era muchísimo más sencillo. Los golpes se dirigían a la entrepierna, a la rodilla, al cuello, a la nariz, a los ojos y, de vez en cuando, al plexo solar. Todo lo demás era una pérdida de tiempo. En un combate real le retuerces los huevos al adversario, le clavas los dedos en los ojos o le asestas un codazo en la garganta.

Win se acercó al espejo que cubría la pared entera.

– Repasemos lo que tenemos hasta el momento -dijo poniendo voz de señorita de parvulario. Empezó a practicar su swing de golf sin palo ni pelota frente al espejo, como solía hacer a menudo-. Primero, el muy honorable senador de Pensilvania te pide que dejes de investigar el caso. Segundo, uno de los principales mafiosos de Nueva York te pide que dejes de investigar el caso. Tercero, tu cliente, el señor Duane Richwood, que está hecho un mujeriego, te pide que dejes de investigar el caso. ¿Me he dejado a alguien?

– A Deanna Yeller -apuntó Myron-. Y a Helen Van Slyke. Y a Kenneth también, no te olvides de Kenneth. Y a Pavel Menansi -Myron se quedó pensativo un segundo y finalmente dijo-: y creo que ya está.

– Y a ese agente de policía -añadió Win-. El detective Dimonte.

– Ah, sí, es verdad. Ya me había olvidado de Rolly.

Win corrigió la posición de las manos sobre su palo de golf imaginario.

– Por consiguiente -prosiguió-, tu causa está reuniendo la aceptación y el apoyo de siempre, es decir, ninguno en absoluto.

Myron se encogió de hombros y arremetió contra el saco con una rápida sucesión de golpes.

– No puedes contentar a todo el mundo, así que por lo menos conténtate a ti mismo.

– ¿Estás citando esa canción de Ricky Nelson? -dijo Win poniendo cara de desaprobación.

– Es que hoy ha sido un día muy largo.

– Y que lo digas.

Myron le asestó una patada trasera al saco. Era un buen movimiento para realizar tras casi cualquier ataque del oponente.

– ¿Y por qué tienen todos tanto miedo de Valerie Simpson? Un senador de Estados Unidos me organiza una reunión clandestina, Frank Ache me envía a Aaron y Duane me amenaza con despedirme. ¿Por qué?

Win volvió a efectuar otro swing ante el espejo. Después de realizar el golpe imaginario se quedó mirando al horizonte, entrecerrando los ojos, como tratando de discernir la trayectoria de una pelota también imaginaria. Luego puso cara de insatisfacción. Todos los golfistas son iguales.

De repente se abrió la puerta del dojang y apareció la cabeza de Wanda. Saludó tímidamente con la mano.

– Hola -dijo Myron.

– Hola.

Myron sonrió y se alegró de verla porque Wanda era una de las pocas personas que quería que siguiera investigando. Llevaba un vestido de verano estampado casi de niña pequeña y sin mangas, que dejaba al descubierto sus brazos bien bronceados. No llevaba uno de esos típicos sombreros veraniegos, pero le habría quedado de perlas. Iba ligeramente maquillada y de los lóbulos de las orejas le colgaban pendientes dorados en forma de aro. Tenía aspecto joven, saludable y atractivo.

En una señal que había junto a la puerta se leía: «quítese los zapatos antes de entrar». Wanda hizo caso y se sacó sus zapatos de tacón bajo antes de pisar el dojang.

– Esperanza me ha dicho que podría encontraros aquí – dijo Wanda-. Siento mucho tener que volver a molestaros fuera del despacho.

– No es ninguna molestia -dijo Myron-. ¿Ya conoces a Win?

– Sí -dijo la chica volviéndose hacia él y dirigiéndole una sonrisa-. Me alegro de verte.

Win la saludó con un gesto casi imperceptible de cabeza, haciéndose el estoico, como si fuera el compañero indio de El Llanero Solitario.

– ¿Podemos hablar un momento? -dijo Wanda muy nerviosa, retorciéndose las manos.

A Win no hizo falta decirle nada. Se acercó a la puerta, saludó con una profunda reverencia a las banderas y se marchó. Estaban solos.

Wanda se acercó hacia él mirando a uno y otro lado como si visitara una casa pero no estuviera realmente interesada en comprarla.

– ¿Venís mucho por aquí? -preguntó.

– Aquí o a cualquier otro de los dojangs del maestro Kwon.

– Yo pensaba que se llamaban dojos.

– Dojo es en japonés. En coreano se llaman dojangs.

Wanda asintió sin decir nada, como si aquella información tuviera algún significado importante en su vida. Siguió mirándolo todo un poco más y al final dijo:

– ¿Llevas mucho tiempo practicando?

– Sí.

– ¿Y Win?

– Aún más.

– No tiene cara de karateka. Salvo por la mirada.

Myron ya había oído decir eso. Esperó.

– Sólo quería saber si habías descubierto algo -dijo Wanda, y miró a la izquierda, derecha, arriba y abajo.

– No mucho -contestó Myron.

No era del todo cierto, pero tampoco iba a contarle las aventuras de Duane con Valerie.

Wanda asintió de nuevo con la cabeza. No paraba de mover las manos, buscando desesperadamente algo que las mantuviera ocupadas.

– Duane está actuando de modo cada vez más extraño.

– ¿Cómo?

– Pues más de lo mismo, diría. Está todo el día nervioso y no para de recibir llamadas que no me deja escuchar. Cuando soy yo la que contesto el teléfono, quien llama cuelga de inmediato. Y anoche volvió a esfumarse. Me dijo que necesitaba tomar aire, pero tardó dos horas en volver.

– ¿Tienes alguna teoría?

Wanda negó con la cabeza.

– ¿Puede ser que haya alguien más? -dijo Myron en un tono de voz lo más suave posible.

Wanda dejó de mirar para todos lados y centró los ojos en él.

– Oye, yo no soy una cualquiera que se haya encontrado por la calle.

– Ya lo sé.

– Nos queremos.

– Eso también lo sé. Pero conozco muchos tipos que están muy enamorados y aun así hacen tonterías…

Y mujeres también. Jessica, por ejemplo. Hacía cuatro años, con un tipo llamado Doug. A Myron todavía le dolía. Y encima con un tipo que se llamaba Doug. ¿Puede haber algo peor?

Wanda volvió a negar firmemente con la cabeza. ¿Estaría tratando de convencerle a él o a sí misma?

– En nuestro caso no es así. Ya sé que puedo parecer tonta e ingenua, pero lo sé y punto. No sé cómo explicarlo.

– No hace falta. Sólo trataba de averiguar lo que pensabas.

– Duane no está teniendo una aventura.

– De acuerdo.

Wanda tenía los ojos llorosos. Inspiró profundamente dos veces y dijo:

– No duerme por las noches. No para de dar vueltas todo el tiempo. Le pregunto qué es lo que le pasa, pero no quiere decírmelo. Un día intenté escuchar lo que decía en una de sus conversaciones telefónicas y lo único que pude distinguir fue tu nombre.

– ¿Mi nombre?

Wanda asintió con la cabeza.

– Lo dijo dos veces, pero no logré entender nada más.

Myron se quedó un momento pensativo y luego dijo:

– ¿Y si te pincho el teléfono?

– Hazlo.

– ¿No te importaría?

– No. -Los ojos llorosos se transformaron en llanto. Dejó escapar dos sollozos y después se obligó a sí misma a contenerse-. Esto está empeorando, Myron. Tenemos que descubrir qué es lo que está pasando.

– Haré todo lo que pueda.

Wanda le dio un breve abrazo. A Myron le entraron ganas de acariciarle el pelo y decirle algo que la tranquilizara, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Wanda se dirigió hacia la puerta lentamente y con la cabeza alta. Se quedó mirándola y, tan pronto como hubo desaparecido de la vista, apareció Win.

– ¿Y bien? -dijo.

– Me gusta -contestó Myron.

– Tiene un trasero muy bonito -dijo Win asintiendo con la cabeza.

– No era eso a lo que me refería. Es una buena chica. Y tiene miedo.

– Pues claro que tiene miedo. Su fuente de ingresos está a punto de irse al garete.

El retorno del señor Comprensión.

– No es eso, Win. Ella le quiere.

Win hizo como si tocara unas notas con un violín imaginario. Myron no podía hablarle de cosas como aquéllas, Win era incapaz de entenderlas.

– ¿Qué quería?

Myron le informó de toda la conversación. Win extendió las piernas hasta quedar totalmente despatarrado en el suelo y luego volvió a ponerse en pie de un salto. Repitió el movimiento varias veces, cada vez más rápidamente. Damas y caballeros, el Padrino del Soul, el señor James Brown.

– Parece ser que Duane está tratando de ocultar algo más que una simple aventura -dijo Win cuando Myron terminó de contarle la conversación con Wanda.

– Es justamente lo que yo pienso.

– ¿Quieres que lo vigile?

– Podemos hacer turnos.

– Él te conoce -dijo Win negando con la cabeza.

– Y a ti también.

– Ya, pero yo soy invisible. Soy como el viento.

– ¿No querrás decir como una ventosidad?

Win puso cara de desagrado y dijo:

– Ése ha estado bien, voy a estar riéndome durante días.

Lo cierto era que Win era capaz de esconderse dentro de tu ropa interior durante una semana seguida sin que siquiera te dieras cuenta.

– ¿Puedes empezar esta misma noche? -preguntó Myron.

– Voy volando -contestó Win.

22

Myron practicaba lanzamientos sobre el pavimento del porche de su casa. El largo día de verano ya empezaba a oscurecer, pero la cesta estaba iluminada con focos. Su padre y él la habían instalado cuando Myron iba a sexto de básica. Una variedad de olores flotaban en el aire luchando por imponerse a los demás. Pollo en casa de los Dempsey. Hamburguesas en la de los Weinstein. Kebab en la de los Ruskin.

Myron tiró a la cesta, cogió el rebote y volvió a tirar. La pelota tardó tiempo en caer, girando suavemente por el aro hasta colarse finalmente dentro. Llevaba la camiseta gris, estaba manchada de sudor hasta el pecho y, en aquel momento, tenía la mente en blanco. No existía nada más aparte del aro, el balón y la suave trayectoria curvilínea al lanzarlo. Se sentía en completa armonía.

– Hola, Myron.

Era Timmy, de la casa de al lado. Tenía diez años.

– Media vuelta chaval, me estás molestando.

Timmy soltó una carcajada y cogió el rebote. Era una broma entre ellos. La madre de Timmy estaba convencida de que su hijo lo molestaba y que lo que tenía que hacer era mandarlo a casa en cuanto lo viera aparecer, pero el chico no se frenaba en absoluto. Sus amigos y él siempre iban a ver a Myron cuando hacía tiros libres. De vez en cuando, si necesitaban a un jugador más, llamaban a la puerta y le preguntaban a su madre si podía salir a jugar.

Myron y Timmy lanzaron varios tiros libres y hablaron de lo usual en niños de diez años. Luego llegaron otros. El hijo de los Daley, la hija de los Cohen y después varios más, que iban aparcando las bicis en el camino de entrada. Empezaron a jugar un partido y a Myron le tocó hacer de pasapelotas. Nadie llevaba la cuenta de los puntos con demasiada precisión, pero todos se reían mucho. Más tarde llegaron algunos padres y se unieron al partido. Arnie Stollman, Fred Dempsey… Llevaban bastante tiempo sin hacer cosas semejantes. A algunos podía parecerles demasiado cliché, pero a Myron le gustaba mucho.

Ya eran casi las diez cuando las madres empezaron a llamar a sus hijos y saludaron a Myron desde la entrada de sus respectivas casas dedicándole amplias sonrisas. Él les devolvió el saludo. Los chavales pusieron caras de aflicción por tener que dejar de jugar, pero les hicieron caso.

Las vacaciones de verano todavía conservaban un toque de inocencia. En teoría, los chicos de ahora eran diferentes. Tenían que vivir con el peligro de las pistolas, de las drogas, de la delincuencia y del sida. Sin embargo, una noche de verano en un barrio residencial de clase media a las afueras de la ciudad era muy provechosa para reducir la brecha generacional lejos de los tipos como Aaron y los hermanos Ache. Un lugar muy alejado del asesinato de una joven tenista.

Valerie lo había pasado en grande aquella noche.

La madre de Myron apareció en la puerta y se limitó a decir:

– Teléfono.

– ¿Quién es?

– Jessica -contestó en tono tenso y poniendo cara de desagrado, como si el nombre le supiera mal al pasar por la boca.

Myron intentó no correr al teléfono. Subió los peldaños de la entrada a zancadas y entró en la cocina. El año anterior la habían reformado por completo, aunque no sabía por qué. En su casa no cocinaba nadie, a menos que meter pizzas congeladas en el microondas se considerara cocinar.

– Lo cogeré en el sótano -dijo.

Su madre respondió con un gruñido. Un gruñido de verdad, sin bromas. Igual que Esperanza, la madre de Myron era muy rencorosa. Y sobre todo cuando se trataba de su hijito.

Myron cerró la puerta, cogió el auricular y oyó a su madre colgar el teléfono de arriba.

– ¿Jess?

– ¿Es aquí Sementales S.A.?

Como siempre, oír su voz le hizo levitar.

– Pues claro que es aquí. ¿En qué podemos ayudarla, señorita?

– Estoy buscando un auténtico semental.

– Ha llamado al lugar adecuado. ¿Alguna preferencia?

– Pues… que esté bien dotado, pero bueno, contigo me conformo.

– Perfecto.

Al otro lado de la línea se oía mucho ruido.

– ¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono? -preguntó Jessica.

– Es que estaba fuera, jugando con Timmy y sus amigos.

– ¿Te he interrumpido?

– No. Acabábamos de terminar el partido.

– Tu madre me ha parecido un pelín fría al teléfono.

– Es que ella es así.

– Antes le caía bien.

– Y aún le sigues cayendo bien.

– ¿Y a Esperanza?

– A Esperanza nunca le has caído bien.

– Ah, sí, es verdad.

– ¿Aún estás en la habitación Z07 del hotel Grand Bretagne?

Pausa.

– Oye, ¿me estabas espiando?

– No.

– ¿Y entonces cómo sabes…?

– Es una historia un poco larga. Ya te la contaré cuando vuelvas. ¿Dónde estás?

– En el aeropuerto JFK. Acabamos de aterrizar.

A Myron le dio un leve vuelco el corazón.

– ¿Ya estás aquí?

– Sí, estaré en casa tan pronto como encuentre mi equipaje -Jessica dudó un segundo-. ¿Te gustaría ir a verme?

– Voy para allá.

– Ponte algo que pueda quitarte de un tirón sin rompértelo. Te estaré esperando en la bañera con toda clase de aceites traídos del otro lado del océano.

– ¡Pero mira que eres descarada!

Jessica volvió a dudar y luego dijo:

– Te quiero, ¿sabes? A veces hago cosas raras, pero te quiero.

– No te preocupes por eso. Háblame de los aceites.

Jessica rió y dijo:

– Vamos, date prisa.

Myron volvió a colgar el auricular. Se desvistió y se duchó a la velocidad del rayo. De momento una ducha fría. No paraba de silbar Tonight de West Side Story. Se secó y después inspeccionó el armario. Tenía que encontrar algo fácil de sacar a tirones. Y ahí estaba. Una camisa con cierres en lugar de botones. Se puso un poco de colonia. Myron casi nunca se ponía colonia, pero a Jessica le gustaba. Mientras subía las escaleras a saltos, oyó el timbre.

– Ya voy yo -comentó en voz alta para que lo oyera su madre.

Al abrir la puerta se encontró con dos agentes de policía.

– ¿Es usted Myron Bolitar? -dijo el más alto de los dos.

– Sí.

– El detective Roland Dimonte nos ha enviado a buscarlo. Le agradeceríamos que nos acompañara.

– ¿Adónde?

– A la sección de homicidios de Queens.

– ¿Para qué?

– Hemos atrapado a Roger Quincy. Es sospechoso del asesinato de Valerie Simpson.

– ¿Y?

– Señor Bolitar, ¿conoce usted a Roger Quincy? -dijo el policía bajito.

– No.

– ¿No ha hablado nunca con él?

– No que yo sepa -«no que yo sepa» era lo que decían los abogados cuando querían decir no.

Los policías intercambiaron miradas.

– Será mejor que nos acompañe -dijo el más alto.

– ¿Por qué?

– Porque Roger Quincy se niega a declarar a no ser que hable con usted primero.

23

Myron llamó a casa de Jessica y dejó un mensaje diciendo que iba a llegar tarde. Cuando llegaron a la comisaría, Dimonte recibió a Myron en la entrada. Estaba mascando chicle o tal vez tabaco. Y sonreía muchísimo. Aquel día llevaba un par de botas diferentes. Seguían siendo de piel de serpiente y horrendas, pero éstas eran amarillo chillón con ribetes azules.

– Me alegro de que haya podido venir -dijo Dimonte.

– ¿Has atracado al jefe de la claque, Rolly? -preguntó Myron señalándole las botas.

Dimonte soltó una carcajada. No era buena señal.

– Vamos, listillo -dijo casi con amabilidad.

Myron lo siguió por un pasillo y fueron pasando entre grupos de policías de aspecto aburrido. Casi todos tenían una taza de café en la mano, apoyaban la espalda contra la pared o la máquina de refrescos y le contaban un caso patético a otro que no dejaba de asentir.

– No hay periodistas -comentó Myron.

– Todavía no se les ha informado del arresto de Quincy -dijo Dimonte-, pero la noticia no tardará en filtrarse.

– Vas a filtrarla tú, ¿no?

– La gente tiene derecho a estar informada -dijo el detective encogiéndose de hombros y con cara de felicidad.

– Sin duda.

– ¿Y qué hay de usted, señor Bolitar? ¿Quiere salir limpio?

– ¿Salir limpio de qué?

– Como usted quiera -dijo Dimonte encogiéndose de hombros como si fuera la despreocupación en persona.

– No he hablado nunca con él, Rolly.

– Claro, y él mencionó su nombre porque lo encontró en las páginas amarillas ¿no?

Myron no contestó. No tenía sentido ponerse a discutir en ese momento.

Dimonte abrió la puerta de una pequeña sala de interrogatorios, donde había dos policías. Llevaban la corbata tan suelta que casi podían usarla de cinturón. Y también un buen rato interrogando a Roger Quincy, que no parecía estar demasiado inquieto. En la mayoría de películas o programas de televisión, se ve a los prisioneros de la cárcel vestidos con monos a rayas o grises, pero en realidad van vestidos de un color naranja fluorescente muy chillón. Para verlos mejor en la oscuridad en caso de que se escapen.

A Roger Quincy se le iluminó la cara al verlo a él. Era más joven de lo que Myron se había imaginado, tendría unos treinta y tantos años, aunque podría haber pasado por veinteañero. Era delgado y tenía la cara delicada, un tanto femenina. De dedos gráciles y alargados. Parecía un bailarín de ballet.

Desde la silla en que estaba sentado, Roger Quincy lo saludó con la mano y dijo:

– Gracias por venir, Myron.

Myron dirigió la mirada a Dimonte y éste se la devolvió con una sonrisa.

– Con que no había hablado nunca con él, ¿eh? -Hizo una señal con la cabeza a los otros dos y les dijo-: Vamos chicos. Dejemos a solas a los viejos amigos.

Los policías se rieron por lo bajo y se marcharon. Myron se sentó en la silla que había frente a Roger Quincy al otro lado de la mesa.

– ¿Nos conocemos de algo? -preguntó.

– No, no creo -dijo Quincy ofreciéndole la mano derecha-. Soy Roger Quincy.

La mano de Quincy parecía un pajarito, así que Myron le dio un rápido apretón.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Ah, es que soy un gran aficionado a los deportes -contestó Quincy-. Ya sé que no lo parece, pero llevo años siéndolo. Ya no sigo el baloncesto con tanta pasión como antes. Ahora prefiero el tenis. ¿Sabes jugar?

– Apenas.

– Yo no es que sea muy bueno, pero me defiendo -y la cara se le volvió a iluminar-. Si te paras a pensarlo, el tenis es un deporte magnífico. De hecho es una danza acrobática competitiva. Te lanzan una pequeña pelota a una velocidad sorprendente y tienes que moverte, colocar bien los pies y devolver la pelota con la ayuda de la raqueta. Tienes que calcularlo todo en cuestión de segundos: la rapidez de la pelota que se te acerca, el punto donde rebotará, la rotación que lleva, el ángulo del rebote, la distancia existente entre tu mano y el centro de la red de la raqueta, el tipo dé golpe que efectuarás y el punto hacia donde la devolverás. Es sorprendente cuando te paras a pensarlo.

En tres palabras: loco de atar.

– Esto… Roger, no me has contestado a la pregunta -dijo Myron-. ¿De qué me conoces?

– Perdona -dijo soltando una breve sonrisa-. Es que a veces me embalo. Hay gente que cree que es una tara, pero yo prefiero ser así que ser un teleadicto. ¿Ya te he dicho que fui un gran aficionado al baloncesto?

– Sí.

– Pues por eso sé cómo te llamas. Te vi jugar en la Universidad de Duke -sonrió como si eso lo explicara todo.

– De acuerdo -dijo Myron tratando de no perder la paciencia-. ¿Y por qué le has dicho a la policía que querías hablar conmigo?

– Porque eso es lo que quería hacer. Hablar contigo, quiero decir.

– ¿Por qué?

– Porque creen que fui yo quien mató a Valerie, Myron.

– ¿Y fuiste tú?

Quincy se quedó mudo de asombro y puso los labios en forma de «o».

– Pues claro que no. ¿Qué clase de persona te crees que soy?

– La clase de persona que acosa a las chicas -dijo Myron encogiéndose de hombros-. La clase de persona que acosó a Valerie Simpson, que la seguía a todos lados, que la llamaba una y otra vez, que le escribía cartas interminables, que la asustaba…

– Estás exagerando -dijo Quincy quitando importancia a sus palabras con un gesto de sus largos dedos-. Lo que yo hacía era cortejarla. La amaba. Me preocupaba por su bienestar. No era más que un pretendiente tenaz.

– Ella quería que la dejases en paz.

Quincy rió y dijo:

– Sí, me rechazó. Pero ¿y qué? ¿Acaso soy el primer hombre del mundo a quien rechaza una mujer? Lo que pasa es que yo no me rindo tan fácilmente como la mayoría. Le envié flores, le escribí cartas de amor, le volví a pedir que saliera conmigo. Probé varias tácticas. ¿Has leído alguna vez una novela romántica?

– No, la verdad es que no.

– El héroe y la heroína no paran de rechazarse mutuamente. Ya sea en plena guerra, en pleno abordaje de piratas o en cualquier fiesta de la alta sociedad, la pareja no deja de luchar ni de arañarse entre sí y todo parece indicar que se odien. Pero en el fondo están enamorados. Lo que pasa es que están reprimiendo sus verdaderos sentimientos, ¿sabes? Y eso era exactamente lo que nos pasaba a Valerie y a mí. Entre nosotros existía una tensión innegable, una corriente de alto voltaje.

– Sí, sí, claro -dijo Myron-, pero una cosa, Roger, ¿por qué querías verme?

– Porque he pensado que tú podrías hablar con la policía de mi parte.

– ¿Y qué iba a decirles?

– Que yo no maté a Valerie. Que corría inminente peligro por culpa de otra persona.

– ¿Quién?

– Pensaba que tú lo sabrías.

– ¿Y qué te hace pensar eso?

– Valerie me lo dijo. Justo antes de ser asesinada.

– ¿Qué fue lo que te dijo exactamente?

– Que corría peligro.

– ¿De qué tipo?

– Pensaba que tú lo sabrías.

– De acuerdo, frena un poco -dijo Myron elevando la mano-. Empecemos desde el principio. Tú estabas en el US Open.

– Sí.

– ¿Por qué?

– Voy todos los años. Soy un gran aficionado. Me encanta seguir los partidos. Son tan fascinantes…

– Sí, sí, creo que eso ya me ha quedado claro, Roger. Así que fuiste como aficionado. ¿No tuvo nada que ver con Valerie Simpson el hecho de que fueras? ¿No la seguiste hasta allí?

– Por supuesto que no. No tenía ni idea de que iba a estar allí.

– Muy bien, ¿y qué ocurrió?

– Estaba sentado en el estadio viendo cómo Duane Richwood le daba un palizón a Ivan Restovich. Fue un partido increíble. Quiero decir que Duane lo machacó totalmente -sonrió-. ¿Pero qué te voy a contar a ti? Si tú eres su agente ¿no?

– Sí.

– ¿Podrías conseguirme su autógrafo?

– Desde luego.

– Pero no esta noche, claro. ¿Mañana, tal vez?

– Tal vez -Tierra llamando a Roger-. Pero centrémonos en lo de Valerie. Estabas viendo el partido de Duane.

– Eso es -Quincy adoptó un tono de voz mucho más serio-. Ojalá aquel día hubiese sabido que tú eras el agente de Duane Richwood, Myron. En ese caso quizá no habría sucedido nada. Tal vez Valerie siguiera viva ahora, yo fuera el héroe que la habría salvado y ella hubiera tenido que dejar de reprimir sus verdaderos sentimientos, dejarme entrar en su vida, y entonces habría podido protegerla para siempre jamás.

En ese momento Myron recordó un trozo del musical El Hombre de la Mancha, cuando el barbero dice: «Me parece que a tu amo le flaquea la razón».

– ¿Qué sucedió, Roger?

– El partido ya se había acabado prácticamente, así que me puse a mirar el programa. Vi que Arantxa Sánchez Vicario estaba a punto de empezar en la pista dieciséis y pensé en ir hacia allí y buscar un buen asiento. Arantxa es una jugadora formidable. Qué tenacidad. Sus hermanos Emilio y Javier también son tenistas profesionales, pero no tienen la misma garra que ella.

– Así que saliste del estadio -resumió Myron.

– Salí del estadio. Tenía tiempo de sobra y fui al puesto que hay cerca de la entrada delantera. El que tiene todos esos televisores que anotan las puntuaciones de los demás partidos. Vi que Steffi ya había ganado y que Michael Chang aún estaba librando un quinto set. Miré las puntuaciones de los dobles. Dobles masculinos, creo. No, eran… Ay, ahora no me acuerdo.

– No te desvíes del tema, Roger.

– Bueno, sea como sea, entonces vi a Valerie.

– ¿Dónde?

– En la puerta delantera. Estaba intentando entrar, pero uno de los guardias no la dejaba. No tenía entrada. Estaba muy alterado, eso me quedó claro. ¿Sabes? Es que las entradas del Open siempre se agotan. Todos los años. Y aun así no podía dar crédito a lo que estaba viendo. El guardia no la dejaba pasar. A Valerie Simpson. Es que ni siquiera sabía quién era. Así que, como es lógico, fui a ayudarla.

«Muy lógico», pensó Myron.

– ¿Y qué hiciste?

– Pues un guardia me puso la marca en una mano y salí afuera. Luego fui por detrás de ella y le di unos golpecitos en la espalda. Cuando se dio vuelta no pude creer lo que veían mis ojos.

– ¿Qué?

– Yo conocía bien a Valerie Simpson -dijo Quincy hablando más despacio-. Eso no me lo puede negar nadie. Asistía a todos los partidos que jugaba. La había visto trabajar, la había visto jugar, la había visto en la calle, en la pista, en su casa, entrenándose con ese adulador de entrenador que tenía. La había visto contenta y triste, animada y deprimida, en la victoria y en la derrota. La había visto pasar de ser una joven entusiasta a una competidora feroz y de ahí a una belleza abatida y apagada. Me ha dolido tantas veces el corazón por ella que ya he perdido la cuenta. Y sin embargo, nunca la había visto como la vi aquel día.

– ¿Cómo?

– Tan asustada. Estaba absolutamente aterrorizada.

«No me extraña», pensó Myron. Cualquiera lo estaría si un chiflado como ése se le acercara por detrás sin verlo y le diera unos golpecitos en la espalda.

– ¿Te reconoció?

– Pues claro.

– ¿Y qué hizo entonces?

– Me pidió que le ayudara.

Myron enarcó una ceja en tono escéptico. Había aprendido aquella técnica de Win.

– Es verdad -insistió Roger-. Me dijo que corría peligro. Que necesitaba entrar en el estadio para hablar contigo.

– ¿Mencionó mi nombre?

– Sí. Te lo digo en serio, estaba desesperada. Le suplicó al guardia que la dejara entrar, pero no le hizo ni caso. Así que se me ocurrió una idea.

– ¿Qué idea?

– Comprar una entrada de reventa -contestó Quincy. Parecía realmente satisfecho de sí mismo-. En la entrada del metro había montones de tipos vendiendo entradas. Me acerqué a uno. Era negro. Un tipo bastante amable. Me pidió ciento cincuenta dólares. Yo le dije que era demasiado. Siempre empiezan con un precio muy alto. Los revendedores, quiero decir. Siempre hay que regatear un poco. Es lo que esperan que hagas. Pero Valerie se dejó de historias y aceptó el precio sin más. Típico de Valerie. No tenía cabeza para el dinero. Si nos hubiésemos casado, habría tenido que ocuparme yo de la economía. Ella era demasiado impulsiva.

– Céntrate, Roger. ¿Qué pasó después de comprar la entrada?

– Me dio las gracias -dijo Quincy adoptando una expresión tierna y distraída, como si acabara de ver a un ángel-. Fue la única que vez que me abrió su corazón. En ese momento fui consciente de qué toda mi paciencia había valido la pena. Al cabo de tanto tiempo había conseguido finalmente romper el muro que nos separaba. Es curioso, ¿verdad? Me había pasado años intentando que me amara y, cuando menos me lo espero, ¡bum!, el amor entra en mi vida de repente.

Yo, yo, yo, y yo. Hasta el asesinato de Valerie lo veía en términos de sí mismo.

– ¿Y qué hizo después? -preguntó Myron.

– La acompañé adentro. Me preguntó si sabía qué aspecto tenías. Y yo le dije: «¿Te refieres a Myron Bolitar, el jugador de baloncesto?», y ella me dijo: «Sí». Y entonces yo le dije que sí, que te conocía. Y ella me dijo que necesitaba encontrarte -Quincy se inclinó hacia delante, como adoptando un tono más serio-. ¿Me entiendes lo que te estoy diciendo? Si hubiera sabido que eras el representante de Duane habría sabido exactamente dónde estabas y la habría llevado directamente hasta ti. Y entonces todo habría ido bien. Ella habría estado aún más agradecida conmigo y yo habría podido tener aquella maravillosa sonrisa de Valerie sólo para mí. Yo le habría salvado la vida. Yo habría sido su héroe -negó con la cabeza pensando en todo lo que podría haber sido y no fue-. Habría sido perfecto.

– Pero en vez de eso… -dijo Myron alentándolo a continuar.

– Nos separamos para buscarte. Me pidió que mirara por las pistas exteriores mientras ella lo hacía por la zona de los puestos de comida y el recinto del estadio. Quedamos en que íbamos a reunimos cada quince minutos en el stand de Perrier. Me fui y empecé a buscarte. Estaba nerviosísimo. Si te hubiera encontrado le habría demostrado mi amor eterno…

– Sí, sí, eso ya lo he pillado -Rolly lo debía de haber pasado estupendamente interrogando a aquel tipo-. ¿Qué pasó luego?

– Oí un disparo -prosiguió Quincy-. Y luego oí gritos. Fui corriendo a la zona de puestos de comida y cuando llegué ya se había reunido allí una multitud. Tú corrías hacia el cuerpo. Estaba tendida en el suelo. Tan quieta, ella. Te agachaste y le sostuviste la cabeza. Todos mis sueños, toda mi vida, muertos. Sabía lo que iba a pensar la policía. Ya me habían atormentado una vez y sólo por haberla cortejado. Me llamaron de todo. Joder, si es que hasta me amenazaron con meterme en la cárcel por haberle pedido una cita… Así que, ¿qué iban a pensar entonces? Nunca comprendieron lo que nos unía. La atracción que sentíamos el uno por el otro.

– Así que huiste.

– Sí. Me fui a mi casa y preparé una bolsa. Luego saqué todo lo que pude en efectivo de mi tarjeta de crédito. Una vez vi por la tele que la policía había rastreado a un tipo comprobando los lugares en donde había utilizado la tarjeta de crédito, así que quise asegurarme de tener todo el dinero en metálico posible. Fui listo, ¿eh?

– Muy ingenioso -comentó Myron asintiendo con la cabeza.

Sin embargo, se le encogió el corazón. Valerie Simpson no tuvo a nadie a quien acudir. Estuvo sola. Al sentirse en peligro fue en su busca, en busca de alguien a quien apenas conocía. Y entonces la asesinaron. Una punzada de dolor le recorrió todo el cuerpo.

– Me alojé en moteles baratos y usé nombres falsos -prosiguió Quincy, divagando-. Pero alguien debió de reconocerme. Y, bueno, ya sabes lo que pasó a continuación. Cuando me detuvieron, pregunté por ti. Pensaba que tú podrías explicarles lo que ocurrió de verdad. -Se inclinó hacia delante y le susurró en tono conspirador-: Ese detective Dimonte resulta bastante hostil.

– Ya.

– La única vez que le he visto sonreír fue cuando mencioné tu nombre.

– ¿Ah, sí?

– Le dije que éramos amigos. Espero que no te moleste.

– No, en absoluto -dijo Myron.

24

Myron estaba frente a Dimonte y su compañero de fatigas Krinsky en la sala de interrogatorios adyacente, que era idéntica en todo a la otra. Dimonte seguía rebosante de alegría.

– ¿Quiere un abogado? -dijo con suma amabilidad.

– Estás radiante, Rolly -dijo Myron mirándolo fijamente a los ojos-. ¿Es que te has puesto una nueva crema hidratante?

– Me lo tomaré como una negativa -dijo el detective sin dejar de sonreír.

– ¿Estoy bajo arresto?

– Por supuesto que no. Siéntese. ¿Le apetece tomar algo?

– Con mucho gusto.

– ¿Qué quieres? -menudo anfitrión, ese Rolly-. ¿Coca-Cola? ¿Café? ¿Zumo de naranja?

– ¿No tendréis Yoo-Hoo, por casualidad?

Dimonte le lanzó una mirada a Krinsky. Él se encogió de hombros y se fue a ver si había. Dimonte entrecruzó los dedos y colocó las manos sobre la mesa.

– Señor Bolitar, ¿por qué quería Quincy que le trajéramos aquí?

– Quería hablar conmigo.

Dimonte esbozó una sonrisa. Era la paciencia en persona.

– Sí, pero ¿por qué?

– Me temo que no voy a poder responderle.

– ¿Que no va a poder o que no piensa hacerlo?

– Que no puedo.

– ¿Y por qué no?

– Porque creo que es secreto profesional. Tengo que consultarlo.

– ¿Y con quién tiene que consultárselo?

– Querrás decir «consultarlo».

– ¿Qué?

– Se dice «consultarlo», no «consultárselo». No hay objeto indirecto.

– Conque ésas tenemos, ¿eh? -dijo Dimonte asintiendo con la cabeza.

– ¿Qué es lo que tenemos? -respondió Myron.

– Es usted un sospechoso, señor Bolitar -dijo Dimonte en tono más severo-. No, perdón, no es un sospechoso, es el sospechoso.

– ¿Y Roger, qué?

– Él fue quién apretó el gatillo. De eso estoy seguro. Pero está demasiado chalado para haberlo planeado por sí solo. Según nuestra teoría, usted lo planeó todo y a él le tocó hacer el trabajo sucio.

– Ya. ¿Y cuál fue mi móvil?

– Valerie Simpson tenía una aventura con Duane Richwood. Por eso tenía su número de teléfono en la agenda. Una chica blanca con un negro. ¿Cómo habrían reaccionado las empresas patrocinadoras?

– Estamos en los noventa, Rolly. Si hasta en el Tribunal Superior hay matrimonios interraciales.

Dimonte puso una bota en la silla y se apoyó sobre la rodilla.

– Es posible que los tiempos cambien, señor Bolitar, pero a las empresas patrocinadoras sigue sin gustarles que los negros se tiren a las chicas blancas -se rascó la barbilla con dos dedos-. Permítame que se lo cuente desde su punto de vista, a ver qué le parece: Duane es un poco golfo. Huele a carne blanca. Se tira a Valerie Simpson, pero a ella no le atrae la idea de ser sólo el polvo de una noche. Ya sabemos que estaba como una cabra, porque estuvo en un manicomio. Y encima a lo mejor era una quemaconejos.

– ¿Una quemaconejos?

– ¿Ha visto Atracción fatal?

Myron asintió sin decir nada y un segundo después cayó en la cuenta.

– Ah, quemaconejos. De acuerdo, de acuerdo.

– Pues como le iba diciendo, Valerie Simpson está loca de atar. No tiene bien las conexiones. Pero ahora encima está cabreadísima, así que llama a Duane tal y como pone en su diario y lo amenaza con contarlo a la prensa. Duane tiene miedo. Igual que ayer cuando pasé por su casa. ¿Ya quién llama? A usted. Y entonces es cuando usted urde su pequeño plan.

Myron asintió con la cabeza y dijo:

– Eso seguro que resulta válido en un tribunal.

– ¿Qué pasa? ¿Acaso la avaricia no cuenta como móvil?

– Uf, será mejor que lo confiese todo aquí mismo.

– Muy bien, listillo. Siga así.

Krinsky volvió a aparecer e hizo un gesto negativo con la cabeza. No tenían Yoo-Hoo.

– ¿Me va a decir por qué quería Quincy hablar con usted? -prosiguió Dimonte.

– Pues no.

– ¿Y por qué cojones no?

– Porque has herido mis sentimientos.

– No me haga cabrear, Bolitar. Le retendré en una celda con diez psicópatas y les diré que es un pederasta -sonrió-. Le va a gustar, ¿verdad, Krinsky?

– Sí -dijo Krinsky imitando la sonrisa de Dimonte.

– Muy bien -admitió Myron asintiendo-. De acuerdo, yo ahora voy y digo: «¿Pero de qué me estás hablando?». Y luego tú dices: «Un bocadito tan sabroso como tú va a despertar mucha simpatía en chirona». Y entonces yo digo: «No, por favor, no lo hagáis». Y después vas tú y dices: «No te agaches a coger el jabón». Y luego los dos os ponéis a reír por lo bajo como los policías de las películas.

– ¿De qué cojones está hablando?

– No me hagas perder el tiempo, Rolly.

– ¿No me cree capaz de meterle en la cárcel?

– No lo harás -dijo Myron poniéndose en pie-. Si fueras a hacerlo ya estaría esposado.

– ¿Adónde va?

– Arréstame o apártate de mi camino. Tengo cosas que hacer y gente con quien hablar.

– Está metido hasta el cuello en esto, Bolitar. Ese tarado no pidió hablar con usted por casualidad. Pensaba que podría salvarle. Por eso ha estado usted jugando a los policías con nosotros, fingiendo que investigaba por cuenta propia. Lo que pretendía era estar cerca para descubrir lo que sabíamos.

– Madre mía, has acertado en todo, Rolly.

– Lo interrogaremos y lo interrogaremos y lo volveremos a interrogar hasta que se delate.

– No, no lo haréis. Como abogado suyo prohíbo que se interrogue a mi cliente.

– No puede representarlo. ¿Le suena de algo lo de conflicto de intereses?

– Hasta que encuentre a un sustituto yo sigo siendo su abogado apoderado.

Myron abrió la puerta, salió al pasillo y se quedó de piedra al ver allí a Esperanza. Igual que los policías. Todos y cada uno de ellos la miraba con cara de hambre. Esperanza llevaba una pistola oculta en los téjanos ceñidos. Tal vez por si acaso o por miedo; sí, lo más probable es que sólo fuera eso.

– Ha llamado Win -dijo-. Te está buscando.

– ¿Qué ha pasado?

– Ha seguido a Duane. Dice que hay algo que deberías ver.

25

Esperanza y Myron fueron en taxi hasta el Chelsea Hotel de la Calle 23 entre la Séptima y la Octava Avenida. El taxi olía a almacén turco, cosa que ya era una gran mejora con respecto a la mayoría.

– Win estará sentado en una silla roja cerca de los teléfonos -le dijo Esperanza cuando el taxi se detuvo frente al hotel-. A la derecha del mostrador de recepción. Estará leyendo un periódico. Si no está leyendo un periódico es que hay moros en la costa, en cuyo caso no te acerques a él y sal afuera. Se reunirá contigo en el Billiards Club.

– ¿Todo eso te ha dicho?

– Sí.

– ¿Incluso lo de los moros en la costa?

– Sí.

Incrédulo, Myron negó con la cabeza y luego preguntó:

– ¿Quieres venir?

– No puedo. Aún tengo que estudiar un poco.

– Gracias por el aviso.

Esperanza asintió con la cabeza.

Win estaba sentado donde le había dicho. Estaba leyendo el Wall Street Journal, así que no había moros en la costa. Madre de Dios, Win estaba como siempre, salvo por una peluca negra que le tapaba los rizos rubios. Mr. Disfraces en persona. Myron se sentó junto a él y susurró:

– El conejo blanco se vuelve amarillo cuando el perro negro le orina encima.

Win siguió leyendo como si no hubiera oído nada y dijo:

– Me dijiste que me pusiera en contacto contigo si Duane hacía alguna cosa extraña.

– Sí.

– Ha llegado hace unas dos horas. Ha cogido el ascensor hasta la tercera planta y ha llamado a la puerta de la habitación 322. Le ha abierto una mujer. Se han abrazado. Luego ha entrado y ha cerrado la puerta tras él.

– Esto no pinta nada bien.

Win pasó una página del periódico con una expresión aburrida.

– ¿Sabes quién es la mujer? -preguntó Myron.

Win negó con la cabeza y dijo:

– Negra. Uno setenta, sesenta kilos. Delgada. Me he tomado la libertad de reservar la habitación 323. Desde la mirilla se ve la puerta de la habitación de Duane.

Myron pensó en Jessica, que estaba esperándolo. En una bañera llena de agua caliente. Y con aquellos aceites exóticos.

Maldito sea.

– Si quieres me quedo -se ofreció Win.

– No. Ya me ocupo yo.

– Muy bien -dijo Win poniéndose en pie-. Nos vemos mañana en el partido, suponiendo que nuestro chico no esté demasiado cansado para jugar.

Myron subió hasta la tercera planta por las escaleras. Echó una ojeada al pasillo y vio que no había nadie. Fue corriendo hasta la habitación 323 con la llave en la mano y entró. Como siempre, Win tenía razón. Desde la mirilla de la puerta tenía una visión bastante buena, aunque un tanto convexa, de la puerta de la habitación 322. Ahora no tenía más que esperar.

Pero ¿esperar a qué?

¿Qué narices hacía él allí? Jessica le aguardaba en una bañera llena de aceites exóticos. Sólo de pensarlo, el cuerpo se le llenaba a la vez de cosquillas y de dolor. Y allí estaba, haciendo de voyeur.

¿Pero mirando qué?

¿Qué pretendía conseguir con eso? Duane ya le había contado su relación con Valerie Simpson. Habían sido amantes durante un breve periodo de tiempo. ¿Qué tenía eso de extraño? Los dos eran atractivos, los dos tenían veintitantos años, los dos eran tenistas. ¿Qué tenía de extraño? ¿El tema racial? Eso ya no era nada del otro mundo. ¿Acaso no se lo había dicho él mismo a Dimonte?

Entonces, ¿qué hacía con el ojo apretado contra una mirilla? Duane era su cliente, por el amor de Dios, un cliente importante. ¿Qué derecho tenía él a inmiscuirse en su vida privada de aquella manera? ¿Y por qué motivo? ¿Porque a su novia no le gustaba que Duane tuviera líos con otras? ¿Y qué? No era asunto suyo. Él no era el trabajador social responsable de Duane, no era su agente de libertad condicional, su sacerdote ni su psicólogo; era su representante. Su misión consistía en conseguir la mayor cantidad de ingresos para su cliente, no en emitir juicios morales.

Aunque, por otro lado, ¿qué diablos estaría haciendo Duane allí? Quizá le gustara divertirse un poco, ver mundo antes de sentar cabeza, no había problema en ello. ¿Pero por qué aquella noche precisamente? Era una locura. El día siguiente sería el día más importante de la carrera de Duane. Iba a jugar un partido que se transmitiría a todo el país. Sería su primer partido de cuartos de final del Open de Estados Unidos. Era el primer partido que jugaría contra un preclasificado. Era el día en el que transmitirían los primeros anuncios de la campaña de Nike. Y aquella era una noche muy poco propicia para citas románticas en la habitación de un hotel.

Duane Richwood, el Wilt Chamberlain del tenis profesional.

A Myron aquello no le gustaba nada.

Duane siempre había sido un poco misterioso. De hecho, Myron no sabía nada de su pasado. Se había escapado de casa, según decía él mismo, pero ¿cómo saberlo con seguridad? ¿Y por qué habría huido? ¿Dónde estaba su familia en la actualidad? Myron se había montado su propia película a partir de lo poco que sabía y había retratado a Duane como el típico chico de la calle que se había esforzado por escapar de las garras de la pobreza. ¿Pero sería verdad? Parecía un buen chico. Era inteligente, educado, no decía palabrotas… ¿pero podría no ser más que una fachada? No era posible que el joven que Myron conocía pasara una noche tan importante como aquélla follando en una habitación extraña, cosa que, lógicamente, hacía volver a Myron a la primera pregunta: ¿Y qué?

Myron era su agente y punto. El chico tenía talento de sobra y un sentido del juego excepcional. Era guapo y podía ganar mucho dinero con la publicidad. Al final, eso era todo lo que le importaba a un agente deportivo y no la vida amorosa de su cliente. Ese chico era una maravilla en la pista de tenis. ¿A quién le importaba lo que hiciera fuera de ella? Myron estaba obsesionándose demasiado. Había perdido de vista la verdadera dimensión de las cosas. Tenía una compañía de la que ocuparse, y espiar a uno de sus clientes más importantes e invadir su intimidad no iba a ser positivo para su empresa.

Sería mejor que se marchara de allí. Iría a casa de Jessica y le hablaría de aquel asunto para ver qué pensaba ella.

Sólo diez minutos más.

Sin embargo, apenas pasaron dos cuando ocurrió algo. Cambió de ojo justo cuando se abría la puerta de la habitación 3 22. Vio a Duane saliendo de espaldas y vio unos brazos de mujer rodeándole el cuello y reteniéndolo. Se abrazaron. Myron no veía el rostro de la mujer, sólo los brazos. Myron pensó en la intuición de Wanda. Estaba tan segura de sí misma, tan ciega a aquella posibilidad. Con todo, Myron la entendía. Él había pasado por aquello. El amor era una forma de correr la persiana.

– De correr la persiana -murmuró para sí-. Es increíble las cosas que se me llegan a ocurrir.

Después de darse el abrazo, Duane se irguió y los brazos de la mujer quedaron fuera de la vista. Duane se disponía a irse. Myron se apretó más contra la mirilla. Duane dio media vuelta y se quedó mirando directamente hacia la puerta de Myron, que estuvo a punto de dar un salto del susto. Por un segundo pareció que lo estuviera mirando, como si supiera que estaba allí.

Myron volvió a preguntarse qué hacía él allí. Si su trabajo incluía investigar la promiscuidad de todos los deportistas a quienes representaba, iba a tener que pasarse la vida espiando a través de las mirillas. Duane era un chaval, sólo tenía veintiún años. Ni siquiera estaba casado ni prometido. Nada de lo que Myron estaba viendo tenía que ver con el asesinato de Valerie Simpson.

Hasta que Duane se apartó de la puerta.

Myron oyó sus voces apagadas, aunque no entendió nada. Duane miró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, y se marchó. La mujer ya empezaba a cerrar la puerta, pero echó una última ojeada hacia fuera. Y entonces Myron la vio.

Era Deanna Yeller.

26

Myron no le dijo nada a Duane. Ya era de mañana cuando llegó a casa de Jessica, un poco aturdido. Abrió la puerta y dijo:

– Lo siento. Es que he tenido que…

Pero Jessica lo había callado con un beso. Y luego con otro más largo, más apasionado. Myron intentó rechazar sus avances, pero tampoco se esforzó demasiado.

Myron se dio vuelta en la cama. Jessica andaba sin hacer ruido por la habitación. Desnuda. Se puso una bata de seda. Él se quedó mirándola con la típica fascinación de siempre.

– Estás tan buena -dijo Myron-, que te echarían de un concurso de belleza por abusona.

Ella sonrió. Cuando Jessica miraba a un hombre, normalmente le provocaba una serie de cosas: respiración entrecortada, sensación de hormigueo en el estómago y un vivo deseo. Sin embargo, cuando sonreía elevaba todas esas sensaciones a la enésima potencia.

– Buenos días -dijo Jessica. Se inclinó hacia él y lo besó dulcemente-. ¿Cómo te encuentras?

– Todavía me pitan los oídos por lo de ayer.

– Me alegro de saber que no he perdido mi habilidad.

Aquello había sido el comentario más modesto y comedido del milenio.

– Cuéntame cómo te fue en el viaje.

– Cuéntame tú primero lo del asesinato.

Myron se lo contó todo. Jess sabía escuchar. Nunca interrumpía, excepto para hacer la pregunta precisa. Jessica no dejó de mirarlo y no asintió en silencio con fingido interés ni esbozó sonrisas fuera de contexto. Jessica centró su mirada en él como si fuera la única persona del mundo. Myron se sentía exaltado, contento y aterrado a la vez.

– Esa tal Valerie te conocía -dijo Jessica cuando hubo terminado.

– Su vida corría peligro y no tenía a nadie.

– Te tenía a ti.

– Sólo hablé con ella en persona una vez. Ni siquiera había firmado aún.

– Da igual. Ya sabía cómo eras. Si yo me viera en problemas, tú serías la persona a quien acudiría -y ladeó la cabeza-. ¿Cómo sabías el número de la habitación y el hotel donde me hospedé en Atenas?

– Por Aaron. Intentó intimidarme. Y, de hecho, lo consiguió.

– ¿Te amenazó con hacerme daño?

– A ti, a mí, a mi madre, a Esperanza…

Jessica se quedó un momento pensativa y luego dijo:

– Yo me quedaría con Esperanza. Quiero decir, si tuviera que ser uno de nosotros.

– Ya se lo diré -Myron le cogió la mano-. Me alegro de que hayas vuelto.

– ¿No me vas a hacer ningún tercer grado?

Myron negó con la cabeza.

– Pero te debo una explicación.

– No la necesito -dijo Myron-. Lo único que quiero es estar contigo. Te quiero. Siempre te he querido. Somos almas gemelas.

– ¿Almas gemelas?

Myron asintió con la cabeza.

– ¿Cuándo lo decidiste? -preguntó Jessica.

– Hace mucho tiempo.

– ¿Y por qué no me lo habías dicho hasta ahora?

Myron se encogió de hombros y después dijo:

– No quería asustarte.

– ¿Y ahora?

– Ahora es más importante que te cuente lo que siento.

Se hizo el silencio en la habitación.

– ¿Y qué se supone que debería contestar a eso?

– Nada.

– Yo te quiero, Myron. Ya lo sabes.

– Lo sé.

Silencio. Un silencio largo.

Jessica fue andando al otro lado de la habitación. Desnuda. No era consciente de su cuerpo. Aunque claro, tampoco tenía motivos para ello.

– A mí me parece que en este asesinato hay muchas casualidades, pero existe una constante preponderante.

Menudo cambio de tema. Bueno, no pasaba nada. Ya se habían dicho suficiente por un día.

– ¿Cuál? -preguntó Myron.

– El tenis -respondió Jessica-. Alexander Cross fue asesinado en un club de tenis, y Valerie Simpson en el estadio. Valerie y Duane tienen una aventura y los dos son tenistas profesionales. Y esos dos chicos que se supone que mataron a Alexander Cross… ¿Cómo se llamaban?

– Errol Swade y Curtis Yeller.

– Swade y Yeller -repitió ella-. No iban a hacer nada bueno en un club de tenis. Los hermanos Ache y Aaron están relacionados con una agencia representante de jugadores de tenis. Todo lo cual nos lleva a Deanna Yeller.

– ¿Y qué?

– Que se fue a la cama con Duane. No puede tratarse de una coincidencia.

– ¿Y?

– ¿Cómo habrá conocido a Duane?

– No lo sé -dijo Myron.

– ¿Juega al tenis?

– ¿Y eso qué más da?

– Pues que se mantendría el patrón -Jessica se detuvo-. No sé, sólo estoy divagando. Es que todo gira alrededor del tenis, todo menos Deanna Yeller.

Myron lo pensó durante un momento. No llegó a ninguna conclusión, pero algo en lo más recóndito de su cerebro hizo un ruidito.

– No era más que una idea que se me ha cruzado por la cabeza -dijo Jessica.

Myron se sentó en la cama y dijo:

– Antes, cuando has dicho «que se supone que mataron a Alexander Cross», ¿a qué te referías?

– ¿Qué pruebas fehacientes tienes de que Swade y Yeller mataran al hijo de Cross? A lo mejor les cargaron el muerto. Piénsalo. A Yeller curiosamente lo mató la policía, es decir, ya no pudo testificar. Y Swade, también muy curiosamente, desapareció de la faz de la Tierra y por tanto, tampoco pudo testificar. ¿Qué mejores culpables que ellos?

– Y entonces ¿quién crees que mató a Alexander Cross?

– Tal vez fueran Swade y Yeller -dijo Jessica encogiéndose de hombros-. Pero es imposible saberlo con seguridad.

Myron oyó más ruidos en su cerebro, pero seguía sin llegar a nada. Myron miró el reloj. Eran las siete y media.

– ¿Tienes prisa? -preguntó Jessica.

– Un poco.

– Pensaba que Duane Richwood no jugaba hasta la una.

– Es que estoy intentando conseguir como cliente a un chico que se llama Eddie Crane y juega en el equipo júnior a las diez.

– ¿Puedo acompañarte?

– Claro.

– ¿Qué posibilidades tienes de conseguirlo?

– Creo que bastantes. Pero es posible que su padre me lo ponga difícil.

– ¿No le gustas al padre?

– Creo que preferiría una agencia más importante.

– ¿Quieres que le sonría con dulzura?

– Enséñale un poco el escote -dijo Myron tras pensarlo un momento-. No Sé si a ese tipo le van cosas tan sutiles.

– Para conseguir un cliente se hace lo que haga falta.

– Quizás deberías practicar un poco primero.

– ¿Practicar qué?

– Enseñar el escote. He oído que es todo un arte.

– Ya. ¿Y con quién debería practicarlo?

– Yo estoy dispuesto a ofrecerme como voluntario -dijo Myron extendiendo los brazos hacia ella.

– Hay que ver cómo te sacrificas por los clientes. Si es que eres todo un héroe.

– Bueno, ¿qué me dices?

Jessica le lanzó una mirada. La mirada, de hecho. Myron la sintió en la punta de los dedos de los pies, por decir un lugar. Ella se le acercó y le dijo:

– Que no.

– ¿No?

Jessica acercó los labios a su oreja y dijo:

– Antes de eso vamos a probar mis nuevos aceites.

En una palabra: ¡yíiiiipa!

27

Jessica no tuvo ni siquiera que enseñar el escote.

Los dos Crane se quedaron deslumbrados con ella. La señora Crane se puso a hablar con Jess de sus novelas y el señor Crane no paraba de sonreír ni de tragar saliva. Al principio del segundo set, el señor Crane trató de rebajar medio punto el porcentaje de la comisión. Era muy buena señal. Myron tomó nota mentalmente de que debía llevar más a menudo a Jess a las reuniones de negocios.

Había otros agentes en el lugar. Montones de ellos. La mayoría iban con traje y corbata y llevaban el pelo peinado hacia atrás con gomina. Los había de todas las edades, pero la mayoría parecían bastante jóvenes. Varios intentaron acercarse para entablar conversación, pero el señor Crane fue ahuyentándolos uno a uno.

– Son como buitres -le dijo Jessica a Myron al oído cuando uno de ellos le dio la tarjeta al señor Crane.

– Sólo están tratando de hacer negocio -dijo Myron.

– ¿Acaso los defiendes?

– Yo hago lo mismo, Jess. Si no se lanzaran no tendrían ninguna oportunidad. ¿Crees que los Crane van a decantarse por ellos?

– Pero aun así tú no actúas como esos tipos.

– Y entonces ¿qué estoy haciendo ahora mismo?

– Ya, pero tú eres más mono -dijo Jessica tras pensarlo un momento.

No iba a decirle que no. Eddie destrozó a su contrincante por 6-0, 6-0, pero el partido no había sido tan fácil como se desprendía del resultado. A Eddie le faltaba refinamiento. Confiaba en la potencia física. Y menuda potencia la suya. Su raqueta atravesaba el aire como la guadaña de un segador y la pelota salía disparada de las cuerdas como si la hubiera disparado con un bazooca. Ya aprendería refinamiento con el tiempo. De momento, su increíble potencia física era más que suficiente.

Después de que los dos tenistas se dieran la mano, los padres de Eddie bajaron a la pista.

– Hazme un favor -le dijo Myron a Jessica.

– ¿Cuál?

– Llévate a los padres un par de minutos. Quiero hablar con Eddie a solas.

Jessica lo consiguió invitándolos a comer. Mientras Jessica acompañaba al señor y la señora Crane al restaurante Rackets, desde donde se veía la tribuna, Myron acompañó a Eddie al vestuario. El chico casi no había derramado ni una gota de sudor. Myron había hecho más esfuerzo sólo de verlo jugar. Eddie andaba a zancadas y de manera pausada, con una toalla alrededor del cuello, totalmente relajado.

– Les he dicho a TruPro que no estaba interesado -dijo Eddie.

Myron asintió en silencio. Eso explicaba la generosa oferta de Aaron de cederle la representación de Eddie.

– ¿Cómo reaccionaron? -preguntó Myron.

– Se cabrearon bastante.

– Ya me lo imagino.

– Creo que quiero ponerme en manos de tu agencia.

– ¿Qué opinan tus padres?

– En realidad da igual. Los dos son conscientes de que es decisión mía.

Fueron andando varios pasos más, hasta que Myron dijo:

– Eddie, necesito hablar contigo de Valerie.

– ¿Todavía estás intentando descubrir al asesino? -preguntó Eddie con una sonrisa de soslayo.

– Sí.

– ¿Por qué?

– No sé. Es algo que tengo que hacer.

Eddie asintió con la cabeza. Al parecer aquella respuesta le bastaba.

– Dispara -dijo Eddie.

– ¿Conociste a Valerie en el campamento de Pavel en Florida?

– Sí.

– ¿Cómo os hicisteis amigos?

– ¿Has estado alguna vez en la academia de Pavel?

– No.

– Entonces a lo mejor no lo entiendes -Eddie Crane hizo una pausa para apartarse el pelo de los ojos y luego prosiguió-: Quizá parezca extraño que una chica de dieciséis años y uno de nueve se hagan muy amigos. Pero en el mundo del tenis es bastante normal. Uno no hace amigos con gente de su edad. Son el enemigo. Val y yo estábamos muy solos, supongo. Y éramos tan diferentes que no significábamos una amenaza el uno para el otro. Creo que por eso empezamos a hacernos amigos.

– ¿Te habló alguna vez de Alexander Cross?

– Sí, un par de veces. Salían juntos o algo.

– ¿Te dio la impresión de que fueran muy en serio?

El guardia comprobó sus pases y los dejó entrar. Eddie se encogió de hombros.

– No mucho. Su vida era el tenis. Los novios eran secundarios.

– Cuéntame más cosas de la academia de Pavel. ¿Cómo le fue a Valerie y a él?

– ¿Que cómo les fue? -Eddie esbozó una sonrisa triste y negó con la cabeza-. Era una carrera constante para ser mejor que los demás. Todos los niños intentaban ganar al resto.

– ¿Y Valerie estaba en el primer puesto de las chicas?

– Era la reina indiscutible -afirmó Eddie asintiendo.

– ¿Se llevaban bien Pavel y Valerie?

– Sí. Por lo menos al principio. Pavel conseguía interesar a Val mejor que nadie. Practicaba horas y horas con sus ayudantes y, justo cuando pensabas que Valerie ya no iba a poder dar ni un paso más, aparecía él y ¡bum!, era como una recarga de energía. Val jugaba muy bien, pero Pavel sabía cómo despertar su instinto competitivo. Cuando Pavel estaba presente, Val destrozaba a todos sus contrincantes. Se lanzaba al suelo, se estiraba al máximo y devolvía todos los globos que le lanzaban. Era increíble.

– ¿Y cuándo empezaron a ir las cosas mal?

Eddie se encogió de hombros.

– Cuando empezó a perder -dijo Eddie como si fuera lo más normal del mundo.

– ¿Qué pasó?

– No lo sé -dijo Eddie. Se quedó un momento pensativo y después añadió-: Dejó de preocuparle, supongo. Les pasa a muchos tenistas. Se queman. Demasiada presión en muy poco tiempo.

– ¿Y qué hizo Pavel?

– Probó todos los trucos que conocía. Verás, él fomentaba un ambiente de competición salvaje. Me dijo que eso servía para separar la paja de los que valían de verdad. Pero Valerie empezó a dejar de reaccionar a aquel estímulo. Seguía derrotando a la mayoría de las chicas, pero cuando jugaba contra las grandes, Steffi, Mónica, Gabriela, Martina… ya no tenía el arrojo necesario para vencerlas.

Eddie se sentó en una silla delante de la taquilla. Había muy poca gente en los vestuarios. El suelo enmoquetado de color marrón estaba cubierto de trozos de envoltorios y vendajes. Myron se sentó junto a él.

– Me dijiste que viste a Valerie días antes del asesinato.

– Sí -comentó Eddie-. En la recepción del Plaza. -Se sacó el polo. Estaba delgadísimo, con esa delgadez que da la impresión de que las costillas se le claven a uno en el corazón-. Llevaba mucho tiempo sin verla.

– ¿Qué te dijo?

– Que iba a volver a jugar. Parecía bastante emocionada con la idea, como la Val que había conocido años atrás. Entonces me dio tu teléfono y me dijo que me mantuviera alejado de Pavel y de TruPro.

– ¿Te dijo por qué?

– No.

– ¿Te dijo alguna cosa más?

Eddie no respondió de inmediato; trató de recordar el encuentro.

– No mucho. Tenía bastante prisa. Me dijo que tenía que ir a arreglar algo.

– ¿Arreglar qué?

– No lo sé. No me lo dijo.

– ¿Qué día era?

– El jueves, creo.

– ¿Te acuerdas de qué hora era?

– Debían de ser alrededor de las seis.

Valerie había llamado al apartamento de Duane el jueves a las cinco y cuarto. Arreglar algo. ¿Pero arreglar qué? ¿Su relación con Duane? ¿O sacarla a la luz? ¿Y si lo había amenazado con hacerlo? ¿La habría matado Duane con tal de impedírselo? Myron no lo creía, sobre todo teniendo en cuenta que en el preciso instante en el que le dispararon, Duane estaba sacando una pelota de tenis delante de miles de personas.

Eddie se quitó las zapatillas deportivas y los calcetines.

– Tengo dos entradas para ir a ver a los Yankees el miércoles por la noche -dijo Myron-. ¿Quieres ir?

– Pensaba que tú no hacías esas cosas -dijo Eddie sonriendo.

– ¿Qué cosas?

– Hacer la pelota.

– Pues lo hago. Lo hacen todos los agentes y yo no soy distinto. Pero en este caso he pensado que podría ser divertido de verdad.

– ¿Debería sospechar de tus motivos? -dijo Eddie poniéndose en pie.

– Sólo si eres listo.

A Duane le gustaba estar solo antes de un partido. Win le había enseñado técnicas de meditación, sin las cintas de vídeo. Por eso se sentaba a menudo en un rincón en la posición del loto con los ojos cerrados. No le gustaba que le molestasen y eso era lo bueno. De todas formas, Myron no estaba seguro de que quisiera hablar con él en aquel preciso momento. Su principal responsabilidad seguía siendo ayudar a su cliente a jugar lo mejor posible, y sobre todo aquel día, que iba a ser el más importante de toda la carrera de Duane. Hablarle de su encuentro el día anterior con Deanna Yeller le privaría de toda su concentración. Se la destrozaría por completo. Iba a tener que esperar a otro día.

Había muchísimo público. Todo el mundo quería ver el partido entre el recién llegado Duane Richwood y Michel Brishny, un checo imperturbable, un ex número uno que ocupaba en el presente el quinto puesto de la clasificación. Myron y Jessica se sentaron en primera fila. Jess estaba increíble con su vestido amarillo muy sencillo de tirantes. Los espectadores se quedaban mirándola, pero eso era lo más normal del mundo. No cabía duda de que ese día la televisión iba a retransmitir muchas imágenes del palco de lujo. Entre la belleza de Jess y su fama en el mundo literario no iban a poder resistirse.

Myron pensó en hacerle sostener una de sus tarjetas de presentación, pero no, habría resultado demasiado cutre.

La bandada de invitados selectos ya había tomado asiento. Ned Tunwell y otros VIPs de Nike ocupaban la mayor parte de uno de los palcos. Ned saludó a Myron como si fuera un molinillo con LSD. Él le devolvió el saludo brevemente. Dos palcos detrás estaba sentado el gordinflón de Roy O'Connor, el voluminoso presidente de TruPro. A su lado, Aaron, con el rostro expuesto al sol, como si tratara de absorber todos sus rayos, e iba vestido con su atuendo habitual, es decir, traje blanco sin camisa. Al otro lado de la escalera, Myron vio al senador Cross en un palco atestado de tipos con pinta de abogados y pelo entrecano, a excepción de Gregory Caufield, con quien seguía interesado en hablar. Tal vez después del partido se presentara la oportunidad. La rubia pechugona del otro día estaba en el mismo asiento. Al mirarla, aquella chica tan curvilínea lo saludó tímidamente, pero él no le devolvió el saludo.

Myron se volvió hacia Jessica y le dijo:

– Eres preciosa.

– ¿Más que la rubia esa de las tetas grandes? -preguntó ella.

– ¿Quién?

– La bestia ensiliconada que te está haciendo ojitos.

– No sé de quién hablas -contestó Myron. Y luego añadió-: ¿Cómo sabes que son de silicona?

Los jugadores salieron a la pista para empezar a calentar. Dos minutos después, Pavel Menansi hizo su entrada triunfal en las gradas. Hubo algunos aplausos y él demostró su gratitud haciendo un gesto circular con la mano. Casi como si fuera el papa. Llevaba equipo blanco de tenis y un suéter verde atado al cuello. Sonreía a destajo. Se dirigió al palco de TruPro. Aaron se levantó, lo dejó pasar y volvió a sentarse. Pavel y Roy O'Connor se estrecharon las manos.

Para Myron, aquello fue como una patada en el plexo solar.

– Oh, no -dijo.

– ¿Qué? -preguntó Jessica.

– Tengo que irme -dijo Myron poniéndose en pie.

– ¿Ahora?

– Volveré luego. Excúsame ante los Crane.

28

Myron estaba escuchando el partido por la radio del coche. WFAN, 66 AM. Al parecer, Duane no estaba jugando muy bien. Acababa de terminar el primer set por 6-3 cuando Myron aparcó el coche en un garaje de Central Park West, en Manhattan. La doctora Julie Abramson vivía en una casa adosada unifamiliar a media manzana de su consulta. Myron llamó al timbre. Se oyó un zumbido y oyó decir a alguien por el interfono:

– ¿Quién es?

– Myron Bolitar. Es urgente.

Pasaron unos cuantos segundos y luego la voz dijo:

– En el segundo piso.

Volvió a oírse el zumbido y Myron abrió la puerta. Julie Abramson estaba esperándole al pie de las escaleras.

– ¿Me ha llamado antes y ha colgado?

– Sí.

– ¿Para qué?

– Para saber si estaba usted en casa.

Myron se acercó a ella y quedaron mirándose frente a frente. Dada su diferencia de estatura -ella medía mucho menos de un metro cincuenta y él uno noventa y cinco-, la imagen era casi cómica.

La doctora miró hacia arriba, muy arriba, y dijo:

– Sigo sin poder confirmarle que Valerie Simpson fuera paciente mía.

– No pasa nada. Quiero hacerle una pregunta sobre una situación hipotética.

– ¿Una situación hipotética?

Myron hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– ¿Y no puede esperar al lunes?

– No.

– Pues dígame -dijo ella, exhalando un suspiro.

La doctora tenía el televisor encendido y se oía la retransmisión del partido de tenis.

– Debería habérmelo imaginado -dijo-. En la televisión no paran de enfocar a Jessica Culver en el palco de lujo, pero usted no sale nunca.

– Porque como está ella, yo ya doy igual.

– El locutor ha dicho que ustedes son pareja. ¿Es cierto?

Myron se encogió de hombros como quien no quiere la cosa y luego preguntó:

– ¿Cómo van?

– Su cliente ha perdido el primer set por 6-3. Y en el segundo van 2-0 -la doctora apagó el televisor con el mando a distancia y le señaló una silla a Myron. Los dos se sentaron-. Bueno, pues cuénteme esa situación hipotética, señor Bolitar.

– Me gustaría empezar con una niña de quince años, muy guapa, de familia adinerada, con los padres divorciados y el padre ausente. Sale con un chico de una familia importante. Además, es una protégée del tenis.

– Eso no me parece muy hipotético -dijo la doctora Abramson.

– Tenga la bondad de esperar un momento. La chica es una tenista excepcional y su madre la envía a la academia que dirige un entrenador de tenis de fama mundial. Cuando esta chica llega a la academia, se topa con una competición salvaje. El tenis es el deporte más individualista que existe. No tiene nada de espíritu de equipo. No hay camaradería. Todo el mundo lucha por obtener la aprobación del famoso entrenador. El tenis no promueve la amistad -dijo repitiendo las palabras de Eddie-. Te aisla. ¿Está de acuerdo conmigo, doctora?

– En el ambiente al que usted se refiere, sí.

– Así pues, a esa chica se la saca de la vida que ha conocido hasta el momento y ella se ve inmersa en un entorno muy hostil. No se le da la bienvenida. Todo lo contrario. Las demás chicas consideran a la nueva protégée una amenaza y, cuando comprueban lo buena que es jugando, la amenaza se hace real. Entonces la repudian aún más y ella va aislándose aún más.

– De acuerdo.

– Además, el famoso entrenador es un poco darwiniano y le va la teoría de la supervivencia de los mejor adaptados y todo eso. Esa táctica desempeña una función doble. Por un lado, el aislamiento obliga a la chica a buscar un escape, un lugar donde pueda desenvolverse.

– ¿La pista de tenis? -sugirió la doctora Abramson.

– Eso es. La chica empieza a entrenarse todavía más duramente que antes y, por lo tanto, el famoso entrenador la trata con amabilidad. Y mientras todo el mundo la trata con crueldad, el famoso entrenador la elogia. Pasa tiempo con ella. La hace rendir al máximo.

– Lo que a su vez -añadió la doctora Abramson-, la aisla aún más del resto de chicas.

– Exactamente. La chica acaba dependiendo totalmente del entrenador. La muchacha cree que él se preocupa por ella y, como cualquier estudiante aplicado, quiere, necesita su aprobación. Y empieza a jugar con más ahínco aún. Además, es consciente de que, contentando al entrenador, también estará contentando a su madre. De modo que se esfuerza cada vez más. Y el ciclo continúa.

La doctora Abramson ya debía saber a dónde quería ir a parar Myron con todo aquello, pero no lo demostraba con la mirada.

– Continúe -dijo.

– La academia de tenis no es el mundo real. Es un territorio aislado dominado por el famoso entrenador. Sin embargo, él actúa como si se preocupara realmente por la chica y la trata como si fuera alguien especial. Ella pone todavía más empeño en el juego y llega a límites que ni siquiera podía imaginar; y no lo hace por ella sino para contentarlo a él. Tal vez él le dé alguna palmadita en el hombro después del entrenamiento. Tal vez le dé un masaje en la espalda. Tal vez una noche vayan a cenar juntos para hablar de su habilidad en el tenis. ¿Quién sabe cómo pudo empezar?

– ¿Quién sabe cómo pudo empezar, qué? -preguntó la doctora.

Myron optó por hacer caso omiso de la pregunta. Al menos de momento.

– La chica y el famoso entrenador empiezan a hacer giras -prosiguió-. Ella se dedica entonces al tenis profesional contra rivales que la tratan de nuevo como a alguien de temer. No obstante, el entrenador y ella están juntos. Viajan de una ciudad a otra. Se alojan en hoteles.

– Más aislamiento -añadió Abramson.

– Ella juega muy bien. Es hermosa, joven, americana. La prensa comienza a agolparse a su alrededor. La repentina atención de los medios le da miedo, pero el famoso entrenador está allí para protegerla.

– Y se vuelve aún más dependiente de él.

Myron asintió con la cabeza y prosiguió:

– Ahora tengamos en cuenta que el famoso entrenador es a la vez un ex tenista de fama mundial. Está acostumbrado a ese estilo de vida narcisista que implica ser un deportista profesional. Está acostumbrado a hacer lo que le venga en gana. Y eso es exactamente lo que hace con esta chica.

Se hizo el silencio.

– ¿Podría llegar a pasar, doctora? ¿Hipotéticamente hablando?

La doctora Abramson se aclaró la garganta y dijo:

– Hipotéticamente hablando, sí. Siempre que un hombre ejerce poder y autoridad sobre una mujer, las posibilidades de que llegue a abusar de ella son altas. Pero en el supuesto que usted ha planteado, esas posibilidades están potenciadas. El hombre es mayor y la mujer es prácticamente una niña. Un profesor o un jefe podría llegar a controlar a su víctima durante varias horas al día, pero en el supuesto que ha planteado, el entrenador es a la vez omnipotente y omnipresente.

Se quedaron mirándose uno a otro.

– Y respecto a la chica del caso que le he planteado -dijo Myron en voz baja-, ¿se deterioraría su calidad de juego si él abusara de ella?

– Sin lugar a dudas.

– ¿Qué otras cosas podrían pasarle?

– Cada caso es un mundo -contestó la doctora Abramson como si estuviera dando una conferencia-, pero las consecuencias siempre serían catastróficas. Un caso como el que usted me ha planteado probablemente empezaría como un enamoramiento juvenil por parte de la chica. Ese hombre mayor y sofisticado la trata con amabilidad cuando nadie más lo hace. La comprende y se preocupa por ella. Probablemente ella no tenga ni que insinuársele, simplemente ocurra. A lo mejor al principio la chica fomente los avances del entrenador, pero también puede ser que no. Ella puede resistirse incluso pero, al mismo tiempo, se siente responsable. Y se culpa a sí misma.

Myron notó un enorme vacío en lo profundo del estómago y dijo:

– Lo que a su vez provoca más problemas.

– Sí. Usted ya ha comentado que el famoso entrenador la aisla -continuó Abramson-. Pero es que en el caso que usted plantea, hace más que eso. La deshumaniza. Su destreza en el tenis pone patas arriba su etapa de adolescencia. Su vida no consiste en ir a la escuela y estar con sus amigos y su familia; se centra en el dinero y en ganar. La chica se convierte en un objeto funcional. Y si hace algo que a él no le gusta, dejará de ser útil. Y el hecho de que sea un objeto también le facilita las cosas a él.

– ¿Cómo?

– Porque es más fácil abusar de un objeto que de un ser humano.

Silencio.

– ¿Y qué pasa cuando todo termina? -dijo Myron-. Cuando el famoso entrenador ya ha utilizado al objeto hasta dejarlo inservible, ¿qué le ocurre a ella?

– La chica iría en busca de algo, cualquier cosa, que crea puede salvarla.

– ¿Cómo un antiguo novio, por ejemplo?

– Por ejemplo.

– Incluso podría ser que quisiera formalizar sus relaciones con él.

– Es posible, sí. Quizá viera al antiguo novio como un regreso a su inocencia. Podría llegar a elevar al novio a la categoría de salvador.

– Y supongamos que el novio es asesinado.

– Pues acaba usted de tirar de la última cuerda -contestó Abramson con tono pausado-. La chica ya necesitaba terapia intensiva, pero ahora ya caben muchas posibilidades de que acabe cayendo presa de una crisis mental. Tal vez incluso sea lo más probable.

Myron sintió que el alma se le hacía pedazos.

La doctora apartó la mirada un segundo.

– Pero hay otros aspectos del caso, que cabe tener en cuenta -dijo la doctora intentando no darle demasiada importancia.

– ¿Como por ejemplo?

– Como, por ejemplo, lo que sucedió realmente durante los abusos. Si, tal y como usted plantea, el famoso entrenador era un hombre narcisista, sólo le preocuparía su propio placer. Ella no le preocuparía en absoluto. Y, por ejemplo, no usaría ningún tipo de protección. Y como esta chica es un poco joven y probablemente no sea sexualmente activa, no usaría anticonceptivos.

Una sensación de pánico se apoderó del pecho de Myron y de pronto le cruzaron por la mente todos aquellos rumores.

– La dejó embarazada.

– En el caso que usted ha planteado -dijo la doctora-, hay muchas posibilidades.

– ¿Qué ocurriría…? -comenzó Myron, pero se detuvo a mitad de la frase. La respuesta era obvia-. El entrenador la obligaría a abortar.

– Eso me imagino, sí.

Silencio.

Myron sintió que se le iban llenando los ojos de lágrimas.

– Lo que debió de sufrir… -hizo un gesto negativo con la cabeza-. Y eso que todo el mundo pensaba que Valerie era débil, pero en realidad…

– Valerie, no -le interrumpió la doctora Abramson-, una chica. Es un caso hipotético.

– ¿Todavía sigue tratando de guardarse las espaldas, doctora? -preguntó Myron mirándola a los ojos.

– No podrá utilizar nada de esto, señor Bolitar. Todo lo que le he dicho ha sido hipotéticamente hablando. No confirmaré ni negaré que Valerie Simpson fuera alguna vez paciente mía.

Myron negó con la cabeza, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta pero, al llegar a ella, volvió a encararse con la doctora y le dijo:

– Una última pregunta hipotética. Si al famoso entrenador le dio por abusar de una niña entonces, ¿qué posibilidades tendría de volver a hacerlo?

– Muchas -respondió la doctora sin mirarlo a la cara.

29

Cuando Myron regresó al Stadium Court, Duane ya había perdido los dos primeros sets por 6-3, 6-1 y se mantenía por 2-2 en el tercero. Myron se sentó entre Jessica y Win, que acababa de llegar, y se fijó enseguida en que Pavel Menansi ya no ocupaba su asiento. Aaron todavía estaba allí. El senador Cross y Gregory Caufield permanecían en su palco. Ned Tunwell seguía allí también con sus colegas de Nike, pero ya no saludaba, estaba llorando. Todo el palco de Nike parecía un globo deshinchado. Por su parte, Henry Hobman se mantenía impertérrito como una estatua de Rodin.

Myron se volvió hacia Jessica. Parecía preocupada, pero no decía nada. Le cogió la mano y le dio un leve apretón. Él se lo devolvió y sonrió brevemente, percatándose de que llevaba una gorra de color rosa chillón de la marca Ray-Ban.

– ¿Qué haces con esa gorra? -preguntó Myron.

– Un tipo me ha ofrecido mil dólares si me la ponía.

Myron conocía muy bien aquella argucia publicitaria. Las empresas, en este caso Ray-Ban, pagaban a todo el que estuviera sentado en los palcos de invitados para que se pusieran gorras durante los partidos, suponiendo, claro está, que de esa forma aparecería la marca por televisión. Era una manera relativamente barata y eficaz de hacer publicidad.

Myron miró a Win y le dijo:

– ¿Y tú qué?

– Yo nunca me pongo gorra -contestó Win-. Me despeina.

– Y además -añadió Jessica- sólo le han ofrecido quinientos dólares.

– Eso es discriminación sexual -dijo Win encogiéndose de hombros-. Es algo muy feo.

Era más bien lógico desde el punto de vista económico. Quinientos dólares era la tasa normal, pero alguien de Ray-Ban se habría dado cuenta de que Jessica era atractiva además de famosa y, por lo tanto, las cámaras iban a enfocarla más.

Duane perdió otro juego. Iba perdiendo por 3-2, después de haber perdido los dos primeros sets. La cosa no pintaba nada bien. Los jugadores se dejaron caer en sus asientos, a ambos lados del juez de silla, para hacer el cambio. Duane secó la raqueta con la toalla y se cambió de polo. Algunas admiradoras silbaron, pero Duane no sonrió. Lanzó una mirada al palco donde estaba Myron. Al contrario que en la mayoría de los deportes, los tenistas no pueden hablar con el entrenador durante el partido, pero Henry apartó la mano de la barbilla y cerró el puño. Duane asintió sin decir nada.

– Tiempo -dijo el juez de silla.

Myron observó que Pavel Menansi volvía a ocupar su asiento.

Entró por la puerta de la derecha próxima a la tribuna con una botella de Evian en la mano. Myron se fijó en él y sintió que se le aceleraba el pulso. Seguía con el suéter anudado al cuello. Se sentó detrás de Aaron. Pavel Menansi sonreía. Se reía. Tomaba un sorbo de la botella de Evian. Inspiraba y espiraba. Vivía. La gente le daba palmaditas en la espalda. Le pedían un autógrafo. Era una chica joven. Pavel le dijo algo. Ella se rió tímidamente tapándose la boca con la mano.

– Burgess Meredith -dijo Win mirando hacia la pista de tenis.

– ¿Qué?

– Burgess Meredith.

Otra vez el juego de adivinar al malo de Batman.

– Ahora no -dijo Myron.

– Ahora sí. Burgess Meredith.

– ¿Por qué?

– Porque estás mirando fijamente a Pavel. Aaron se dará cuenta -Win se ajustó las gafas e insistió-: Burgess Meredith.

Win tenía razón.

– El pingüino -respondió Myron.

– Víctor Buono.

– El rey Tut.

– Bruce Lee.

– Esa es una pregunta trampa -dijo Jessica inclinándose hacia él.

– No le des pistas -pidió Win.

– Hizo el papel de Kato -intervino Myron-. El compañero del Aguijón Verde. Apareció como invitado especial en un episodio. No sé si se le puede llamar malo.

– Correcto -dijo Win. Luego hizo una larga pausa y finalmente preguntó-: ¿De verdad es algo tan grave?

– No, es peor.

– La policía ha devuelto el cuerpo de Valerie. Mañana es el funeral.

Myron asintió en silencio. En la pista, Duane consiguió anotar un tanto directo. Era el segundo que marcaba en lo que llevaba de partido.

– Y ahora es posible que las cosas se pongan aún más feas -dijo Myron.

– ¿Por qué?

– Ya sé por qué los hermanos Ache quieren que dejemos de investigar.

– Ah -dijo Win-. Supongo que los hermanos Ache no quieren que divulgues tus conocimientos al público en general, ¿verdad?

– Eso es.

– Y esa información vale el precio de Aaron y la representación de una estrella del tenis, ¿no?

– Así es también.

Win se apoyó contra el respaldo del asiento y se quedó muy quieto, sonriendo. Myron se volvió hacia Jessica, que todavía le tenía cogida la mano.

– Si te haces matar -susurró ella-, te mataré. Alma gemela.

Luego se hizo el silencio de nuevo.

En la pista, Duane consiguió dos tantos directos más y luego efectuó un smash con el que empató el tercer set por 3-3. El jugador lanzó una mirada al palco. El reflejo del sol sobre sus gafas resultaba cegador, le daba aspecto elegante y robótico. Sin embargo, su cara tenía una expresión distinta. Cerró el puño.

Henry habló por primera vez y dijo:

– Ha vueltooo.

30

Henry Hobman tenía razón. Duane se recuperó. Ganó el tercer set por 6-4 y Ned Timwell dejó de llorar. El cuarto set acabó en un tiebreak que Duane ganó por 9-7 después de salvar tres match points y Ned volvió a saludar como un molinillo. Duane ganó el quinto set por 6-2 y Ned tuvo que ir a cambiarse los calzoncillos.

El resultado final de aquel partido maratoniano fue: 3-6, 1-6, 6-4, 7-6, (9-7), 6-2 y, antes de que los contrincantes hubieran abandonado la pista de tenis, la palabra «inolvidable» ya empezaba a oírse entre el público para describir aquel partido. Cuando acabaron las felicitaciones y conferencias de prensa era ya tarde. Jess tomó prestado el coche de Myron para ir a ver a su madre. Win lo acompañó en el suyo al despacho. Esperanza todavía estaba allí.

– Menudo partidazo -le comentó.

– Pues sí.

– Duane jugó de pena en los dos primeros sets.

– Eso es que anoche no debió de descansar mucho -dijo Myron-. ¿Qué hay de nuevo?

Esperanza le pasó una pila de papeles.

– El acuerdo prematrimonial de Jerry Prince. La copia definitiva.

Ah, el típico acuerdo prematrimonial. Un mal necesario. Myron odiaba tener que recomendarlos. El matrimonio debería consistir únicamente en amor y romanticismo, pero un acuerdo prematrimonial, hablando claro, era igual de romántico que lamer el cajón higiénico de un gato. Aun así, Myron tenía la obligación de velar por los intereses económicos de sus clientes. Y demasiados matrimonios, lo que se conocía comúnmente como braguetazo, terminaban en divorcios rápidos. Había quien consideraba aquella preocupación por proteger su dinero una forma de sexismo, pero no lo era. Las deportistas con grandes fortunas también deberían hacer lo mismo.

– ¿Qué más? -preguntó Myron.

– Emmett Roberts quiere que lo llames para saber qué opinas de un coche que va a comprar.

Myron tenía un Ford Taurus muy sencillo, por lo que no era precisamente un experto en las últimas tendencias de automóviles.

Emmett era un jugador de baloncesto muy mediocre que alternaba sus actividades entre chupar banquillo en la NBA y hacer apariciones en la Continental Basketball Association, una especie de liga menor de baloncesto en que los jugadores no hacían otra cosa que intentar impresionar a los cazatalentos de la NBA. Y muy pocos lo conseguían. No obstante, había excepciones como John Starks y Anthony Masón de los Knicks, por citar dos ejemplos. Aunque, básicamente, los gimnasios de la CBA no eran más que otro refugio para los sueños rotos, el peldaño inferior del escalafón bajo el cual sólo era posible estar por completo fuera de aquel mundo.

Myron consultó su Rolodex. A Esperanza se le daba bien mantenerlo actualizado y en orden alfabético. Raston, Ratner, Rextell, Rippard, Roberts, ahí estaba, Emmett Roberts.

Myron se detuvo un momento y preguntó:

– ¿Dónde está la tarjeta de Duane?

– ¿Cómo?

Myron repasó el resto de las R.

– Duane Richwood no está en mi Rolodex. ¿Puede ser que se te haya perdido?

Esperanza le lanzó una mirada que dejaba claro que descartaba totalmente aquella posibilidad.

– Búscala bien. Probablemente la tengas en algún lugar de la mesa.

No estaba en la mesa. Myron buscó por la D, pero no encontró a ningún Duane.

– Ya te haré una nueva -dijo Esperanza dirigiéndose a la puerta-. Y esta vez intenta no perderla.

– Muchísimas gracias -dijo Myron, aunque el hecho de haber perdido la tarjeta era algo que le carcomía las entrañas.

¿Sería otra de las casualidades relacionadas con Duane? Marcó el número de teléfono de la casa de Emmett Robert y le respondió él mismo.

– Hombre, Myron. ¿Cómo estás?

– Bien, Emmett. Me han dicho que te vas a comprar un coche.

– Es que hoy he visto un Porsche… Rojo, con todos los complementos, setenta mil dólares. Y he estado pensando en usar el dinero del bono del play-off en comprarlo.

– Si te hace ilusión…

– Venga ya, te pareces a mi madre. Sólo quería saber tu opinión.

– Pues cómprate algo más barato. Algo mucho más barato.

– Pero es que es un coche tan impresionante, Myron… Si lo vieras me entenderías…

– Pues entonces cómpratelo, Emmett. Eres una persona adulta. No necesitas que dé mi consentimiento -Myron dudó un momento y luego añadió-: ¿Te he contado alguna vez la historia de Norm Booker?

– ¿La historia de quién?

Qué pronto la olvidaban todos.

– Cuando yo tenía quince o dieciséis años encontré trabajo en un campamento de verano de Massachusetts -dijo Myron-. Era un campamento de los Celtics. Allí era donde solían celebrarse las pruebas de los novatos. Y básicamente hacía de chico de las toallas. Conocí a un montón de los elegidos del draft, como Cedric Maxwell y Larry Bird, por ejemplo. Pero en el primer verano que trabajé allí, los Celtics tenían un jugador a quien habían elegido en la primera ronda, Norm Booker. Creo que era de Iowa.

– Sí, ¿y qué?

– Norm era un excelente jugador. Medía dos metros cinco, tenía buenos movimientos y muy buena muñeca. Además era fuerte como un toro y también un tipo muy simpático. Hablaba conmigo y todo. La mayoría de los jugadores se limitaban a pasar de los ayudantes, pero él no. Recuerdo que a veces hacía tiros libres de espaldas a la canasta. Lanzaba la pelota por encima del hombro. Y era tan bueno que acertaba más del cincuenta por ciento de los lanzamientos.

– Bueno, ¿y qué le pasó?

– Durante su año como novato le tocó chupar banquillo. Los Celtics lo cesaron al año siguiente. Estuvo dando vueltas por ahí y al final acabó con los Portland Trailblazers. Allí se pasó la mayor parte del tiempo en el banquillo. Sólo lo sacaban a jugar en los minutos basura y esas cosas. Cuando los Trailblazers jugaron las finales, Norm recibió la prima habitual. Y se emocionó tanto que fue y se compró un Rolls Royce. Se gastó hasta el último centavo en ese coche, pero a él le dio igual. Siempre podría contar con el año siguiente. Y con el otro. Pero lo que pasó fue que Portland lo cesó. Intentó que lo ficharan en un par de equipos más, pero nadie lo quiso. Lo último que oí de él fue que había tenido que vender el coche para poder dar de comer a su familia.

Se hizo el silencio.

Al cabo de unos momentos, Emmett dijo:

– Bueno, también he visto un Honda Accord con una oferta de financiación muy buena.

– Quédatelo, Emmett.

Siguieron hablando unos minutos más y finalmente se despidieron. Myron llevaba mucho tiempo sin pensar en Norm Booker. Se preguntó qué habría sido de él.

Esperanza volvió a entrar, le puso una ficha nueva de Duane en el Rolodex y dijo:

– ¿Contento, ahora?

– Sí -Myron le entregó dos hojas de papel-. Esta es la lista de invitados a la fiesta que se celebró la noche en que fue asesinado Alexander Cross.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Ni idea. Busca algún nombre conocido. Cualquier cosa que te parezca de interés.

Esperanza asintió con la cabeza y después dijo:

– Ya sabes lo del funeral de mañana, ¿no?

Myron le dijo que sí con la cabeza.

– ¿Vas a ir? -preguntó Esperanza.

– Sí.

– He encontrado la dirección de una de las profesoras que salían en el artículo sobre Curtis Yeller.

– ¿Cuál de ellas?

– La señorita Lucinda Elright. Está jubilada. Vive en Filadelfia. He quedado con ella en que irías a verla mañana por la tarde. Puedes ir en cuanto termine el funeral.

– Tal vez ya no sea necesario -dijo Myron recostándose contra el respaldo de la silla.

– ¿Quieres que cancele la cita?

Myron lo pensó un momento. En vista de lo que había descubierto sobre Pavel Menansi, la relación entre el asesinato de Valerie y lo que le había ocurrido a Curtis Yeller se había vuelto más endeble. El asesinato de Alexander Cross no había sido la causa del declive de Valerie. No había sido ni el empujón final. Pavel Menansi ya había arrojado a Valerie al abismo tiempo antes de que aquello ocurriera. La había visto caer lentamente, golpeándose contra los salientes rocosos en su doloroso descenso. La muerte de Alexander Cross supuso el final de la caída, tocar suelo, por decirlo de alguna manera, el choque final, pero nada más. Era evidente que no existía ninguna relación entre Duane y Valerie, salvo la que Duane le había confesado, es decir, que se habían acostado. Y no era para tanto.

De no ser por…

De no ser por el encuentro de la noche anterior entre Duane y la madre de Curtis Yeller.

De no ser por aquello, si Myron no los hubiera visto juntos en el hotel, podría haber desechado la posibilidad de que pudiera existir algún tipo de relación entre Duane y el asesinato de Valerie. Pero el hecho de que Duane y Deanna Yeller tuvieran una aventura era demasiada coincidencia. Tenía que haber alguna relación.

– No la canceles -dijo finalmente.

31

El funeral de Valerie se atuvo a lo convencional.

El reverendo, un hombre regordete con la nariz roja, no la había conocido ni siquiera superficialmente. Recitó sus méritos en vida como si los estuviera leyendo de un manual e insertó algunas de las consabidas frases que siempre funcionan, como: «hija muy cariñosa», «tan llena de vida», «vida tan corta» y «los designios del Señor son inescrutables». La música del órgano tenía tono de indignación farisaica. La capilla estaba adornada con coronas de flores bastante horteras, como las que se ponen a los caballos, mientras las figuras de los vitrales miraban con ojos severos.

La gente no se quedó demasiado tiempo. Todos fueron deteniéndose ante Helen y Kenneth Van Slyke, no tanto para pretender consolarlos como para asegurarse de ser vistos y reconocidos, en realidad el único motivo para haber acudido al funeral. Helen Van Slyke estrechaba manos con la cabeza bien alta. Sin pestañear. Sin sonreír. Sin llorar. Tenía la mandíbula fija. Myron se puso en la cola con Win. Al acercarse, empezaron a oír a Helen repetir sin cesar las mismas frases, «gracias por haber venido», «gracias por venir», «me alegro de que hayáis venido», «gracias por venir», con un tono de voz parecido al sonsonete del auxiliar de vuelo al aterrizar.

Cuando le tocó el turno a Myron, Helen le cogió la mano con fuerza y le dijo:

– ¿Ya sabe quién le hizo daño a Valerie?

– Sí -respondió Myron.

Al fin y al cabo, había dicho hacer daño, no matar.

Helen Van Slyke miró a Win para confirmar la aserción de Myron y Win asintió con la cabeza.

– Venga a casa -comentó Helen-. Recibiremos a los amigos.

Luego se volvió hacia el siguiente asistente al funeral y apretó el «PLAY» de su grabadora interna: «gracias por haber venido», «gracias por venir», «gracias por haber venido…»Myron y Win aceptaron la invitación. El ambiente en Brentman Hall no era el de un velatorio irlandés ni el del dolor devastador. Nadie lloraba ni reía, pero cualquiera de las dos cosas habría sido más agradable que aquella sala carente en absoluto de emoción alguna. Los «dolientes» iban de aquí para allá, como en un cóctel de empresa.

– A todo el mundo le da igual -dijo Myron-. Valerie ha muerto y a todo el mundo le da igual.

– Siempre es así -dijo Win encogiéndose de hombros.

Él siempre tan optimista.

La primera persona que se acercó a saludarlos fue Kenneth. Iba vestido con el traje negro de rigor y zapatos perfectamente pulidos. Saludó a Win con un golpe en la espalda y un firme apretón de manos e hizo como si no hubiera visto a Myron.

– ¿Cómo lo llevas? -preguntó Win fingiendo interés.

– Bueno, estoy bien -contestó Kenneth con un profundo suspiro, haciéndose el valiente-. Pero Helen me tiene preocupado. Hemos tenido que medicarla.

– Lo lamento muchísimo -dijo Myron.

Kenneth se volvió hacia él como si no lo hubiera visto antes, puso la misma cara que si acabara de chupar un limón y le preguntó:

– ¿Lo dice en serio?

Myron y Win intercambiaron miradas. El primero dijo:

– Sí, muy en serio, señor Van Slyke.

– Pues entonces hágame el favor de mantenerse alejado de mi esposa. Se quedó muy afectada después de su visita del otro día.

– No era mi intención hacerle ningún daño.

– Pues sepa que se lo hizo y mucho, créame. Ya sería hora de que mostrara un poco de respeto, señor Bolitar. Deje en paz a mi mujer. Aquí estamos todos muy afligidos. Ella ha perdido a su hija y yo he perdido a mi hijastra.

Win puso los ojos en blanco.

– Le doy mi palabra, señor Van Slyke -le prometió Myron.

Kenneth asintió con gesto muy viril y se alejó.

– Su hijastra -dijo Win con cara de asco-, ¡bah!

Myron vio a Helen Van Slyke al otro lado del salón. Helen le señaló una puerta que tenía a mano derecha y entró por ella. Parecía que fueran a encontrarse para tener una aventura clandestina.

– Distrae a Kenneth -le dijo Myron a Win.

– Pero si le acabas de dar tu palabra de honor -dijo Win fingiendo sorpresa.

– ¡Bah! -dijo Myron.

No quedó claro qué quiso decir.

Luego se coló por la puerta en pos de Helen. Ella también iba de luto, con un vestido que tenía la rara condición de que la falda fuera bastante corta para ser sexy y a la vez adecuada para la ocasión. Myron vio que tenía bonitas piernas y se sintió un descarado por pensar semejante cosa en un momento como aquél. Helen lo condujo a una habitación pequeña al final del pasillo y cerró la puerta. Esa sala parecía una versión en miniatura del salón, con la araña de luces, el sofá, la chimenea, incluso el retrato que había sobre la repisa de la chimenea, todo igual pero más pequeño.

– Ésta es la salita de estar -le explicó Helen Van Slyke.

– Aaah -dijo Myron.

Siempre había querido saber cómo sería la sala de estar de típicas mansiones señoriales como aquella, aunque, ahora que por fin estaba allí, no tenía ni idea de para qué podía servir.

– ¿Quiere una taza de té?

– No, gracias.

– ¿Le importa que tome yo una?

– En absoluto.

Helen se sentó recatadamente y se sirvió una taza de té con el juego de plata que había en la mesa. Myron vio que había dos juegos de té sobre la mesa y se preguntó si aquél sería un detalle característico de la típica salita de estar de las casas señoriales.

– Kenneth me ha dicho que está usted medicándose -dijo Myron.

– Kenneth no dice más que gilipolleces.

Se quedó pasmado al oír aquello.

– ¿Sigue investigando el asesinato de Valerie? -preguntó Helen.

Su voz tenía un tono casi de burla. Además, a Myron le pareció que había arrastrado un poco las palabras, por lo que se preguntó si realmente se estaría medicando o si acaso le habría añadido un poco de mezcla casera a aquel té.

– Sí.

– ¿Todavía siente por ella alguna responsabilidad digna de un caballero?

– Nunca la he sentido.

– Entonces, ¿por qué lo hace?

– Porque alguien tiene que hacerlo -dijo Myron encogiéndose de hombros.

Helen le miró a los ojos tratando de encontrar alguna señal de sarcasmo en ellos y luego dijo:

– Ya. Entonces dígame: ¿qué ha descubierto con su investigación?

– Que Pavel Menansi abusó de su hija.

Myron estuvo atento a la reacción de Helen, pero ésta esbozó una sonrisa semisocarrona y echó un terrón de azúcar en el té. No era precisamente la reacción que Myron esperaba.

– No lo dirá en serio -dijo Helen.

– Sí.

– ¿Qué quiere decir con eso de que abusó de mi hija?

– Que abusó de ella sexualmente.

– ¿Quiere decir que la violó?

– Puede llamarlo así, sí.

– Vamos, señor Bolitar -repuso Helen medio mofándose de él-. ¿No cree que está usted exagerando un poco?

– No.

– Tampoco es que Pavel la forzara, ¿no? Sí, estuvieron liados, pero tampoco es algo fuera de lo común.

– ¿Usted ya lo sabía?

– Pues claro. Y, francamente, no me hizo demasiada gracia. Pavel demostró tener muy poco juicio. Pero mi hija ya tenía dieciséis años, quizá diecisiete. Ahora no estoy segura. Sea como fuera, ya estaba en edad legal. Y llamarlo violación o abuso sexual, sinceramente, me parece que es exagerar un poco, ¿no cree?

Era posible que aquella mujer no sólo se hubiera medicado, sino que también hubiera estado empinando el codo de mala manera. Era incluso posible que hubiera mezclado ambas cosas.

– Valerie era una niña -dijo Myron-. Pavel Menansi era su entrenador, un hombre de casi cincuenta años.

– ¿Y habría sido muy distinto si hubiese tenido cuarenta? ¿O treinta?

– No.

– Pues entonces ¿por qué me habla de la diferencia de edad? -Helen dejó la taza sobre la mesa y volvió a esbozar una sonrisa un tanto juguetona-. Déjeme que le haga una pregunta, señor Bolitar. Si Valerie hubiera sido un chico de dieciséis años y hubiese tenido una aventura con una hermosa entrenadora de, digamos, treinta años, ¿lo habría llamado abuso sexual? ¿Lo habría considerado violación?

Myron dudó durante un segundo, pero fue un segundo demasiado largo.

– Me lo imaginaba -dijo ella en tono triunfal-. Es usted machista, señor Bolitar. Valerie tuvo una aventura con un hombre mayor, pero eso le pasa a todo el mundo -Helen volvió a esbozar aquella sonrisa-, incluso a mí.

– ¿Y tuvo usted una crisis nerviosa cuando terminó?

– ¿O sea que ésa es su definición de abuso sexual? -dijo Helen enarcando una ceja-. ¿Una crisis nerviosa?

– Usted le confió su hija a aquel hombre. Se suponía que ese hombre tenía que ayudarla, pero en vez de eso se aprovechó de ella. La utilizó todo lo que pudo. La destruyó y luego la tiró como si fuera un pañuelo sucio.

– ¿Que la utilizó? ¿Que la destruyó? Vamos, hombre, por favor, señor Bolitar, que ya somos mayorcitos, ¿no cree?

– ¿No ve nada malo en ello?

Helen Van Slyke sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio una profunda calada con los ojos cerrados y exhaló todo el humo.

– Si usted se queda más tranquilo culpándome por lo que le pasó, perfecto, écheme la culpa. Fui una mala madre. La peor. ¿Se siente mejor ahora?

Myron la observó fumar tranquilamente el cigarro y sorber el té. Lo hacía con demasiada parsimonia. ¿De verdad se creía ella misma toda aquella sarta de tonterías que estaba contando? ¿O sólo lo fingía? Se engañaba a sí misma o…

– Pavel le pagó a usted para que no dijera nada -dijo Myron.

– No.

– TruPro y Pavel le están dando dinero para…

– Eso no es cierto en absoluto -le interrumpió Helen.

– Conozco su situación económica, señora Van Slyke.

– No lo entiende. Pavel todavía se culpa a sí mismo por lo que ocurrió. Se propuso remediar la situación de la única manera que le era posible.

– Comprando su silencio.

– Proporcionándonos lo que Valerie habría ganado si hubiese continuado su carrera. No tenía ninguna necesidad de hacerlo. Aquella aventura no fue necesariamente el motivo de…

– A eso se le llama comprar el silencio de alguien.

– Nunca -dijo Helen casi con siseo de víbora-. Valerie era mi hija.

– Y usted la vendió a cambio de dinero.

Helen negó con la cabeza y dijo:

– Hice lo que más le convenía a ella.

– Él abusó de Valerie y usted aceptó el dinero. Le dejó que se saliera con la suya.

– ¿Y qué iba a hacer si no? No queríamos que se supiera. Valerie quería olvidar lo ocurrido. Quería que fuera confidencial. Todos queríamos lo mismo.

– ¿Por qué? Si sólo fue una aventura con un hombre mayor que ella. Si eso le pasa a todo el mundo. Incluso a usted.

Helen se mordió el labio un momento y cuando volvió a hablar lo hizo con un tono de voz más suave:

– No podía hacer nada. Lo mejor para todo el mundo era que no se supiera.

– Y una mierda -dijo Myron. En ese momento se dio cuenta de que tal vez estaba yendo un poco lejos, pero algo en su interior le impedía mantenerse callado-. Usted vendió a su hija.

Helen se quedó varios segundos sin decir nada, concentrada únicamente en el cigarrillo, contemplando cómo crecían sin parar las cenizas. A lo lejos se oía el leve murmullo de la gente que había acudido al velatorio, entrechocar de vasos, alguna risa disimulada.

– La amenazaron -dijo Helen finalmente.

– ¿Quién?

– No lo sé. Unos hombres que trabajan con Pavel. Le dejaron muy claro que si abría la boca, la matarían. -Lo miró a la cara con ojos suplicantes-. ¿Es que no lo entiende? ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Con hablar no hubiésemos conseguido nada. La habrían matado. Yo temía por la vida de Valerie. Y Kenneth… bueno, creo que a Kenneth le interesaba más el dinero. Ahora que ya ha pasado un tiempo tal vez lo vea yo de otra manera, pero en aquel momento me pareció lo mejor.

– Lo hizo para proteger a su hija.

– Sí.

– Pero ella ya ha muerto.

– No le entiendo -comentó Helen con expresión confundida.

– Ya no tiene que preocuparse por que le hagan daño. Ha muerto. Ahora puede hacer usted lo que quiera.

Helen abrió la boca para decir algo pero volvió a cerrarla de inmediato.

– Tengo otra hija -logró decir al fin con cierto esfuerzo-, y un marido.

– Entonces ¿a qué venía todo eso de proteger a Valerie?

– Es… Intentaba… -se le hizo un nudo en la garganta y acabó callándose.

– Aceptó el dinero a cambio de no decir nada -dijo Myron. Intentó no olvidar que la mujer que tenía delante apenas había vuelto del entierro de su propia hija, pero ni siquiera eso fue capaz de detenerlo. Todo lo contrario, parecía darle aún más fuerzas-. No le eche la culpa a su marido, no es más que un parásito sin carácter. Usted era la madre de Valerie. Aceptó dinero a cambio de no delatar al hombre que había abusado de su hija. Y ahora sigue aceptando dinero y protegiendo al hombre que tal vez la haya matado.

– No hay forma de demostrar que Pavel haya tenido relación con el asesinato.

– Con el asesinato no, pero el resto de delitos que cometió contra Valerie ya son otra historia.

– Es demasiado tarde -dijo Helen cerrando los ojos.

– No es demasiado tarde. Todavía sigue haciéndolo, ¿me entiende? La gente como Pavel nunca se detiene. Sólo busca a otras víctimas.

– Yo no puedo hacer nada.

– Bueno, yo tengo una amiga, Jessica Culver. Es escritora.

– Ya sé quién es.

– Cuéntele su historia -dijo Myron ofreciéndole una tarjeta de Jess-. Ella la escribirá y la publicará en alguna revista o un periódico, quizás en Sports Illustrated.

Saldrá a la calle antes de que Pavel llegue a enterarse. Es maligno, pero no es tonto y tampoco le gusta despilfarrar el dinero. Una vez que se haya publicado ya no tendrá necesidad de seguir amenazando a su familia nunca más. La publicación pondrá fin a este asunto.

– Lo siento -dijo Helen mirando el suelo-. No puedo hacerlo.

Se desmoronaba por momentos. Tenía el cuerpo sin fuerza y tembloroso. Myron se quedó mirándola y trató de sentir lástima por ella, pero no pudo.

– La dejó sola con él -dijo Myron-. Se despreocupó de ella. Y cuando tuvo oportunidad de ayudarla, le dijo que lo olvidara. Y luego aceptó el dinero.

El cuerpo de Helen sufrió una convulsión, tal vez debido a un sollozo. Myron pensó en el hecho de haberse encarado con una madre el mismo día del funeral de su hija. ¿Qué más podía hacer como propina? ¿Ahogar los garitos recién nacidos en la piscina del vecino?

– A lo mejor Valerie hubiese decidido revelar la verdad -prosiguió Myron-. Quizás necesitara hacerlo para superarlo y la asesinaran por eso.

Silencio. Al cabo de un rato, Helen, sin previo aviso, alzó la cabeza y se marchó sin decir nada más. Myron la siguió. Cuando volvió a entrar en el salón la oyó decir de nuevo:

– Gracias por venir. Gracias por haber venido.

32

Lucinda Elright era una mujer muy alta y muy amable, de brazos gruesos y flácidos, que reía con facilidad. La clase de mujer a quien de niño daría miedo que te abrazara demasiado fuerte, y de mayor te encantaría que lo hiciera.

– Pase, pase -dijo mientras apartaba a unos pequeños de la puerta.

– Gracias -dijo Myron.

– ¿Quiere comer algo?

– No, gracias.

– ¿Y unas galletitas?

En aquel apartamento habría unos diez niños por lo menos, todos negros y, si acaso, de siete u ocho años. Algunos de ellos jugaban con pinturitas. Otros construían castillos con terrones de azúcar. Un niño de unos seis años le sacó la lengua a Myron.

– No son caseras, ¿eh? Yo es que de cocinar no tengo ni idea.

– Bueno, pues creo que probaré las galletas.

La señora Elright sonrió y luego dijo:

– Ahora que me he jubilado hago de canguro. Espero que no le molesten.

– En absoluto.

La señora Elright entró en la cocina. El niño de seis años aguardó a que hubiera salido de la habitación y entonces volvió a sacarle la lengua. Myron hizo lo propio. Era la madurez personalizada. El niño soltó una carcajada.

– Siéntese, señor Bolitar. Siéntese aquí -comentó la señora Elright apartando los juguetes que había sobre el sofá. En la bandeja había grandes clásicos entre las galletas, como Oreos, Chips Ahoys y demás-. Coma.

Myron estiró el brazo y cogió una galleta. El niño pequeño estaba detrás de la señora Elright de modo que ella no pudiera verlo y volvió a sacarle la lengua a Myron.

– Gerald, si vuelves a sacarle la lengua a este señor te la cortaré con las podaderas -le dijo la señora Elright sin volverse apenas.

Gerald se metió la lengua en la boca y preguntó:

– ¿Qué son las podaderas?

– Da igual. Vete a jugar, ¿me oyes? Y no hagas travesuras.

– Sí, señorita.

Cuando el niño se hubo alejado lo bastante para no poder oírlos, la señora Elright dijo:

– Cuando tienen esta edad es cuando más me gustan. Cuando se hacen mayores se me parte el corazón.

Myron asintió sin decir nada y abrió una Oreo, pero se contuvo sin chupar la crema blanca, haciendo gala de inmensa madurez.

– Su amiga Esperanza -comenzó a decir la señora Elright cogiendo una Chips Ahoy-, me dijo que quería usted hablar conmigo sobre Curtis Yeller.

– Sí, señorita -dijo Myron tendiéndole el artículo de periódico-. ¿La citaron correctamente en este artículo?

La señora Elright cogió las gafas de lectura de media luna que descansaban sobre su robusto pecho e inspeccionó aquella página. Cuando hubo acabado, dijo:

– Sí, eso fue exactamente lo que dije.

– ¿Lo decía en serio?

– No lo dije sólo por decir, si se refiere a eso. He trabajado veintisiete años en un colegio secundario y he visto a montones de chicos acabar en la cárcel. También los he visto morir en la calle. Y nunca dije ni una sola palabra a la prensa. ¿Ve esta cicatriz? -dijo señalándose un enorme y carnoso bíceps.

Myron asintió con la cabeza.

– Un navajazo. Me lo hizo un alumno. Y una vez me dispararon. He confiscado más armas que un detector de metales -volvió a bajar el brazo-. Por eso le digo que me gustan más cuando son pequeños. Porque luego se vuelven así.

– ¿Pero Curtis era diferente?

– Curtis era más que un buen chico. Fue uno de los mejores alumnos que he tenido. Siempre educado y amable, nunca me causó el menor problema. Y aun así tampoco era el típico empollón, ¿me entiende? A pesar de ser buen alumno era muy querido entre los demás. Se destacaba en todos los deportes. Créame, ese chico era único entre un millón.

– ¿Y su madre? ¿Cómo era?

– ¿Deanna? -Lucinda se irguió un poco en el sofá-. Era una mujer magnífica. Como muchas de las madres jóvenes de hoy. Era soltera. Y orgullosa de sí misma. Hacía todo lo posible y más para seguir adelante. Pero Deanna era lista. Imponía las reglas. Curtis tenía toque de queda. Los chicos de hoy ni siquiera saben lo que es eso. Hace un par de días, un niño de diez años resultó herido de bala en la calle a las tres de la madrugada. Pero dígame usted, señor Bolitar, ¿qué narices hace un niño en la calle a las tres de la madrugada?

– No tengo ni idea.

– Bueno, no importa, al fin y al cabo usted no ha venido aquí para que una vieja chocha como yo divague.

– No tengo ninguna prisa.

– Es usted muy amable, pero habrá venido por algún motivo. Un buen motivo, creo entender -observó a Myron y él asintió sin decir nada-. Bueno -prosiguió dándose una palmada en las pantorrillas-. ¿De qué estábamos hablando?

– De Deanna Yeller.

– Eso es. De Deanna. ¿Pues sabe qué? Yo también pienso mucho en ella. Era una madre tan cariñosa con su hijo… Venía a todas las reuniones del colegio. Le encantaba relacionarse con los profesores. Y disfrutaba oyendo elogiar a su chico.

– ¿Habló usted con ella después de la muerte de Curtis?

– No -dijo la señora Elright negando enérgicamente con la cabeza y dejando escapar un suspiro-. No he vuelto a saber nada más de Deanna, pobre chica. No hubo funeral ni nada. La llamé a su casa un par de veces, pero no me respondió nadie. Parecía que hubiera desaparecido. Pero me hice cargo. Siempre había tenido una vida difícil. Desde el principio. Hasta fue prostituta y todo, ¿sabe?

– Pues no, no lo sabía. ¿Cuándo?

– Uy, ya hace mucho tiempo. Ni siquiera sabía quién era el verdadero padre de Curtis. Pero lo dejó. Se reformó y empezó a trabajar como una esclava, en cualquier trabajo que encontraba. Lo hizo todo por su hijo. Y entonces, de repente un día… -dijo negando con la cabeza- se esfumó.

– ¿Conocía usted a Errol Swade? -preguntó Myron.

– Lo suficiente para saber que no tenía nada de bueno. No paró de entrar y salir de la cárcel durante toda su vida. Era sobrino de Deanna. Su hermana era drogadicta y acabó muriendo de sobredosis. Deanna se vio obligada a hacerse cargo de Errol como miembro de la familia; era muy responsable.

– ¿Cómo se llevaban Errol y Curtis?

– Pues la verdad es que se llevaban bastante bien, teniendo en cuenta lo diferentes que eran.

– Bueno, a lo mejor no lo eran tanto.

– ¿Qué quiere decir?

– Pues que Errol lo convenció para que fuera con él a robar en un club de tenis.

Lucinda Elright se quedó mirándolo un momento, después cogió una galleta y empezó a mordisquearla. De repente empezó a formar una leve sonrisa en los labios.

– Vamos, señor Bolitar, no me decepcione -dijo la señora Elright-. Usted es un chico tan inteligente como Curtis. ¿Qué cree usted que podría robar allí? No tiene ningún sentido ir a robar a un lugar como ése por la noche. Piénselo bien.

Myron ya lo había hecho. Y se alegraba de ver que había alguien más a quien no le convencía la versión oficial de los hechos.

– ¿Entonces qué cree usted que pasó? -preguntó.

– Lo he pensado mucho, pero lo cierto es que no lo sé. Nada de lo que ocurrió aquella noche, según se dice, encaja demasiado. Pero de lo que estoy segura es que les tendieron una trampa. Aunque Curtis hubiera decidido robar algo, y aunque hubiese sido lo bastante tonto para entrar en aquel club, no creo que le disparara a un policía. Un chico puede llegar a cambiar mucho, pero en su caso habría sido como de santo a demonio. Resulta demasiado increíble -la señora Elright se irguió en el sofá para sentarse mejor-. Creo que en aquel club de tenis para ricos ocurrió alguna tontería y utilizaron a un par de chicos negros para cargarles el muerto. Y yo no soy de esa clase de gente que cree que los blancos andan siempre conspirando contra los negros. Eso no va conmigo. Pero en este caso no sé qué otra cosa pudo haber sucedido.

– Gracias, señora Elright.

– Puede llamarme Lucinda. Y señor Bolitar, hágame un favor.

– ¿Cuál?

– Cuando descubra lo que de verdad le pasó a Curtis, hágamelo saber.

33

Myron y Jessica fueron a Nueva Jersey a cenar en Baumgart's. Solían ir a comer allí por lo menos dos veces a la semana. Baumgart's era una mezcla extraña. Durante más de medio siglo había sido un deli y bar de refrescos muy popular, la clase de sitio al que la gente del barrio iba a comer y adonde Archie llevaba a Verónica para darse besitos después de clase. Hacía ocho años, un inmigrante chino llamado Peter Chin adquirió el local y lo convirtió en el mejor restaurante chino de la zona, aunque sin deshacerse del antiguo servicio de refrescos. Todavía era posible sentarse en uno de aquellos clásicos taburetes giratorios de la barra y quedar rodeado de superficies cromadas, licuadoras y cucharones de helado sumergidos en agua caliente. Todavía podía pedirse un dimsun y acompañarlo con un buen batido; o comer un plato de pato Pekín con patatas fritas. La primera vez que estuvieron viviendo juntos, Myron y Jess comían allí por lo menos una vez a la semana; ahora que se habían reconciliado, decidieron recuperar aquella vieja costumbre.

– No puedo dejar de pensar en el asesinato de Alexander Cross.

Antes de que Jess pudiera responder, llegó Peter Chin. Myron y Jess no pedían los platos de la carta; Peter escogía por ellos.

– Camarones corales para la hermosa dama -dijo sirviéndole el plato-, y pollo Sechuan estilo Baumgart's con berenjenas para el hombre que no le llega ni a la suela de los zapatos.

– Muy bien -dijo Myron-. Qué gracioso.

– En mi país me consideran persona con mucho humor -dijo Peter haciendo una reverencia.

– Pues deben reírse mucho en tu país -dijo Myron mirando el plato-. Odio las berenjenas, Peter.

– Te las comerás y querrás repetir -repuso Peter. Luego le dirigió una sonrisa a Jess y dijo-: Que lo disfrutéis -y se marchó.

– Bueno -dijo Jess-, ¿qué pasa con lo de Alexander Cross?

– No se trata de Alexander, sino de Curtis Yeller. Todo el mundo dice que era un gran chaval. Su madre vivía pendiente de él, lo quería con pasión y todo eso. Pero ahora se porta como si no hubiese pasado nada.

– «Es una pena indecible -dijo Jessica-. Es un dolor eterno.»Myron se quedó pensando un momento y al final dijo:

– ¿Les Miserables? -era el típico juego de adivinar de qué obra era la cita.

– Correcto, pero ¿qué personaje lo decía?

– ¿Vahean?

– No, lo siento, lo decía Marius.

Myron asintió con la cabeza y dijo:

– Bueno, sea como sea, es una cita malísima.

– Ya lo sé, es que he estado escuchando el musical en el coche. Aunque a lo mejor se ajusta bastante al caso.

– ¿«Una pena indecible»? Es decir, ¿una pena de la que no puede hablarse?

– Sí.

Myron tomó un sorbo de agua.

– O sea, ¿que tú ves normal que la madre actúe como si no hubiera pasado nada?

– Ya hace seis años del asesinato -dijo Jessica encogiéndose de hombros-. ¿Qué quieres que haga? ¿Que se venga abajo y se ponga a llorar cada vez que tú apareces?

– No, pero creí que le gustaría saber quién mató a su hijo.

Antes siquiera de empezar a comer los camarones, Jessica estiró el brazo y cogió un trozo del pollo de Myron con el tenedor. No las berenjenas, sino el pollo. Y luego dijo:

– Tal vez ya lo sepa.

– Y entonces ¿qué? ¿Crees que también le están pagando por mantener la boca cerrada?

– Es posible… -dijo Jessica de nuevo encogiéndose de hombros-. Pero eso no es lo que realmente te preocupa.

– ¿Ah, no?

Jessica masticó el pollo delicadamente. Incluso la manera de masticar la comida era algo digno de contemplación.

– Haber visto a Duane en aquella habitación de hotel con la madre de Curtis Yeller -dijo Jessica-, eso es lo que te tiene intrigado.

– No me digas que no es una coincidencia increíble.

– ¿Tienes alguna teoría?

– No -dijo Myron después de pensarlo un segundo.

– Podrías preguntárselo a Duane -dijo Jessica cogiéndole a Myron otro trozo de pollo.

– Claro. Podría ir y decirle: «Uy, Duane, el otro día te seguí y vi que te liabas con una mujer mayor. ¿Quieres contarme cómo te fue?».

– Ya, eso sería un problema. Aunque claro, también podrías preguntárselo a la otra parte implicada.

– ¿A Deanna Yeller?

Jessica asintió con la cabeza.

Myron probó el pollo antes de que Jessica acabara con él y luego dijo:

– Podemos intentarlo. ¿Me acompañas?

– No, si voy yo, tendrá más miedo y no dirá nada. Déjame en casa.

Terminaron de comer y Myron incluso se comió las berenjenas. Estaban bastante ricas. Peter les llevó un postre de chocolate impresionante, el tipo de postre que te hace engordar sólo con mirarlo. Jess se lanzó a por él. Myron, en cambio, lo dejó reposar. Después cruzaron en coche por el puente George Washington hasta el Henry Hudson y bajaron por la orilla oeste. Myron dejó a Jessica en su loft de Spring Street, en el Soho. Al salir del coche, Jessica volvió a meter la cabeza dentro y dijo:

– ¿Vendrás luego?

– Claro que sí. Ponte ese uniforme de criada francesa y espérame.

– No tengo ningún uniforme de criada francesa.

– Qué pena.

– Aunque a lo mejor mañana podamos encontrar alguno por ahí. De momento buscaré algo adecuado.

– Genial.

Entonces Jess bajó del coche y empezó a subir las escaleras que llevaban a la tercera planta. Su loft ocupaba la mitad de la planta. Metió la llave en la cerradura y entró. Cuando encendió la luz, se sobresaltó al ver a Aaron repantigado en el sofá. Antes de que pudiera llegar a moverse, otro hombre, un hombre con camisa de rejilla, apareció por detrás de ella y le puso una pistola en la sien. Un tercer hombre, un hombre negro, cerró la puerta y echó el pestillo. También llevaba pistola.

Aaron le dirigió una sonrisa y le dijo:

– Hola, Jessica.

34

Sonó el teléfono del coche de Myron.

– ¿Diga?

– Hola, soy tu tía Clara. Gracias por la recomendación.

En realidad, Clara no era su tía. Tía Clara y tío Sidney eran amigos de sus padres de toda la vida. Clara había estudiado derecho con la madre de Myron. Y Myron la había escogido para representar a Roger Quincy.

– ¿Cómo te va? -preguntó Myron.

– Mi cliente quería que te diera un mensaje muy importante -dijo Clara-. Ha recalcado que yo, su abogada, debía tratarlo como prioridad principal.

– ¿Qué?

– El señor Quincy me ha dicho que le prometiste un autógrafo de Duane Richwood. Pues bien, le gustaría que fuera más bien una foto con el autógrafo de Duane Richwood, no sólo el autógrafo. Y una foto en color, si no es demasiado problema. Ah, y con dedicatoria, por favor. Por cierto, ¿ya te dijo que era un gran aficionado al tenis?

– Sí, tal vez me lo mencionara de pasada. Es un tipo divertido, ¿eh?

– Es una fiesta constante. Risas garantizadas. Me duelen las mejillas de tanto reír. Es como representar a Jackie Masón.

– ¿Y cómo lo ves?

– ¿En términos legales? Este tipo está como una cabra montesa. Pero que sea culpable de asesinato, y más importante aún, que pueda demostrarlo el fiscal, ya es harina de otro costal.

– ¿Qué es lo que tienen en su contra?

– Pruebas circunstanciales que no sirven de nada. Estaba en el Open. Genial, igual que un trillón de personas más. Tiene un pasado un tanto extraño. ¿Y qué? Que yo sepa, nunca ha amenazado a nadie abiertamente. Nadie lo vio disparando un arma. Ninguna de las pruebas realizadas lo relaciona con la pistola ni con la bolsa de Feron's agujereada por la bala. Lo que te he dicho, pruebas circunstanciales sin valor alguno.

– Si te sirve de algo, yo le creo.

– Ya -Clara no iba a decirle si le creía o no, pero daba lo mismo-. Bueno, te llamaré más tarde, encanto. Cuídate mucho.

– Tú también.

Myron colgó y llamó a Jake. Una voz brusca le respondió:

– Despacho del sheriff Courter.

– Soy yo, Jake.

– ¿Qué cojones quieres ahora?

– Pero bueno, que manera más amable de saludar. Tendría que usarla yo algún día.

– Joder, eres un puto fastidio.

– ¿Sabes qué? No entiendo cómo es que no te invitan a más fiestas.

Jake se sonó la nariz. Y con fuerza. Myron se imaginó que todos los gansos del estado de Nueva York habrían alzado el vuelo al oír aquello.

– Venga, dime lo que quieres antes de que tu humor cáustico me deje mortalmente herido.

– ¿Todavía tienes esa copia del caso Cross?

– Sí.

– Me gustaría hablar con el encargado del caso y con el policía que le disparó a Yeller. ¿Crees que podrías conseguirlo?

– Pensaba que no había habido autopsia.

– No se hizo nada formalmente, pero el senador me dijo que alguien lo inspeccionó.

– Ya, bueno, yo conozco al policía que le disparó, Jimmy Blaine. Es un buen tipo, pero a ti no te va a decir nada.

– No es mi intención acusarle de nada.

– Menos mal.

– Sólo quiero información.

– Jimmy no querrá verte, estoy seguro. Pero de todos modos ¿para qué lo necesitas?

– Creo que existe alguna relación entre el asesinato de Valerie y el de Alexander Cross.

– ¿Qué relación?

Myron le explicó lo que sabía y cuando hubo terminado, Jake le dijo:

– Yo todavía no la veo, pero ya te llamaré si puedo hacer algo.

Y colgó.

Myron tuvo suerte y encontró aparcamiento a dos manzanas del hotel. Entró en el vestíbulo como si trabajara allí y subió en ascensor hasta la tercera planta. Se detuvo ante la habitación 322 y llamó a la puerta.

– ¿Quién es? -oyó preguntar a Deanna Yeller con voz alegre y cantarina.

– El botones. Alguien le envía flores -dijo Myron.

Deanna Yeller abrió la puerta de golpe y con una amplia sonrisa en el rostro. Igual que la primera vez que se habían visto. Cuando vio que no había flores y, más concretamente, cuando vio a Myron, la sonrisa se desvaneció de súbito. También como en la anterior ocasión.

– ¿Está disfrutando de su estancia? -dijo Myron.

– ¿Qué quiere? -dijo Deanna Yeller sin molestarse en ocultar su exasperación.

– Me cuesta creer que haya venido a la ciudad sin llamarme. Cualquier hombre menos maduro que yo se habría sentido ofendido.

– No tengo nada que contarle -dijo mientras empezaba a cerrar la puerta.

– ¿A qué no sabe con quién he hablado hace muy poco?

– Me da igual.

– Con Lucinda Elright.

La señora Yeller se detuvo en seco. Myron aprovechó la confusión de Deanna para colarse por la abertura.

– ¿Quién ha dicho? -dijo Deanna al recuperarse de la impresión.

– Lucinda Elright, una de las profesoras de su hijo.

– No recuerdo a ninguna de sus profesoras.

– Uy, pues ella si que se acuerda de usted. Y me ha dicho que usted fue una madre maravillosa para Curtis.

– ¿Y?

– También me ha dicho que Curtis era muy buen alumno, uno de los mejores que había tenido. Me ha dicho que le esperaba un futuro brillante. Y que nunca se metía en problemas.

– ¿Qué quiere decirme con todo esto? -dijo Deanna Yeller poniéndose la mano en la cadera.

– Su hijo no tenía antecedentes. Tenía un expediente escolar impecable, ni un solo castigo o nota de atención. Era uno de los mejores alumnos de su clase, posiblemente el mejor. Usted vivía pendiente de él. Fue una madre excelente y crió a un chico excelente.

Deanna Yeller apartó la mirada. Podría haber estado mirando por la ventana, de no ser porque las persianas estaban bajadas. El televisor encendido emitía un suave murmullo. En ese preciso instante pasaban un anuncio de camionetas en el que salía un actor de teleseries. Un actor de teleseries anunciando camionetas, ¿a qué lumbrera se le habría ocurrido semejante combinación?

– Todo esto no es de su incumbencia -dijo Deanna Yeller con un susurro.

– ¿Quería usted a su hijo, señora Yeller?

– ¿Qué?

– ¿Quería usted a su hijo?

– Fuera de aquí. Ahora mismo.

– Si de verdad lo quería, ayúdeme a descubrir qué fue de él.

– No me venga con ésas -dijo la señora Yeller lanzándole una mirada asesina-. A usted no le importa lo de mi hijo. Usted lo único que quiere es descubrir quién mató a aquella chica blanca.

– Tal vez. Pero la muerte de Valerie y la de su hijo están relacionadas. Por eso necesito su ayuda.

Deanna Yeller negó con la cabeza y añadió:

– Usted no está bien del oído, ¿verdad? Ya se lo dije el otro día: Curtis está muerto. Y eso no va a cambiar.

– Su hijo no era de los que se dedicaban a robar a la gente. No era de los que llevaban pistola o amenazaban a la policía con un arma. Ese no era el chico que crió usted.

– Me da igual. Está muerto. No puedo hacer que vuelva.

– ¿Qué había ido a hacer aquella noche en el club de tenis?

– No lo sé.

– ¿De dónde sacó usted de repente tanto dinero?

¡Bum! Deanna Yeller le miró a los ojos, sorprendida. Erala típica táctica de cambiar de tema para llamar la atención del interrogado. Siempre funcionaba.

– ¿Cómo ha dicho?

– Pagó en efectivo su casa de Cherry Hills -dijo Myron- hace cuatro meses. Y la cuenta bancaria de Nueva Jersey, los ingresos en efectivo en cuestión de medio año. ¿De dónde ha salido todo ese dinero, señora Yeller?

La cara de Deanna Yeller mostraba expresión furiosa, pero de pronto se suavizó y se transformó en extraña sonrisa.

– A lo mejor lo he robado -dijo Deanna-, como mi hijo. ¿Me va a denunciar?

– A lo mejor le están pagando.

– ¿Pagando? ¿Para qué?

– Dígamelo usted.

– No. Yo no tengo por qué decirle nada. Fuera de aquí.

– ¿Por qué ha venido a Nueva York?

– Para hacer turismo. Márchese ya.

– ¿Y para ver a Duane Richwood?

Doble ¡bum! Se quedó tiesa.

– ¿Cómo?

– Duane Richwood. El hombre que estuvo en su habitación anoche.

Deanna Yeller se quedó mirándolo.

– ¿Nos siguió?

– No. Sólo le seguí a él.

– ¿Pero qué clase de persona es usted? -dijo Deanna, cada vez más aterrorizada-. ¿Es que disfruta siguiendo a la gente y cosas así? ¿Investigando sus cuentas bancarias? ¿Espiándolas como un voyeur? -Deanna abrió la puerta-. ¿Es que no tiene ni rastro de vergüenza?

La discusión estaba poniéndose peligrosamente tensa.

– Estoy tratando de encontrar a un asesino -contestó Myron, aunque incluso a sus oídos, lo que acababa de decirle pareció poco convincente-. Y quizá sea la persona que mató a su hijo.

– Y no le importa a quién pueda molestar con tal de hacerlo, ¿no?

– Eso no es cierto.

– Si de verdad quiere hacer algo por mí, olvídese de todo este asunto.

– ¿Qué ha querido decir con eso?

– Curtis está muerto -dijo Deanna Yeller negando con la cabeza-. Y Valerie Simpson también. Errol… -se calló antes de terminar la frase y luego añadió-: Ya es suficiente.

– ¿Qué es lo que ya es suficiente? ¿Qué iba a decir sobre Errol?

Deanna Yeller no respondió, siguió negando con la cabeza y finalmente dijo:

– Déjelo estar, señor Bolitar. Por el bien de todos. Déjelo estar.

35

– ¿Qué queréis? -dijo Jessica sintiendo el frío cañón del arma apretado contra su sien.

Aaron hizo un gesto y el hombre que había detrás de ella le tapó la boca con su mano libre, apretándola con fuerza hacia sí. Jessica sintió el contacto de la baba caliente de aquel tipo en la nuca. Le costaba respirar. Zarandeó la cabeza de un lado a otro y sintió una presión en el pecho al tratar desesperadamente de conseguir inspirar aire. El pánico se apoderó de ella.

Aaron se levantó del sofá y el hombre negro dio un paso hacia ella sin dejar de apuntarla con la pistola.

– No vamos a perder el tiempo en prolegómenos -dijo Aaron con total tranquilidad. Luego se quitó la americana blanca. No llevaba camisa debajo y dejó a la vista su físico de culturista totalmente desprovisto de vello corporal. Flexionó un poco los músculos y los pectorales bajaron y subieron como haciendo la ola-. Si todavía eres capaz de hablar cuando termine contigo, dile por favor a Myron que he sido yo -Aaron hizo chasquear los nudillos-. No me gustaría que no se reconociese mi obra.

– ¿Le rompo la mandíbula? -dijo el hombre de la camisa de rejilla-. Para que no pueda chillar ni nada.

– No -comentó Aaron tras pensarlo un momento-. La verdad es que me gusta oír algún que otro grito de vez en cuando.

Los tres hombres estallaron en carcajadas.

– Yo voy segundo -dijo el hombre negro.

– Que te crees tú eso -repuso el de la camisa de rejilla.

– Siempre vas tú antes -se quejó el negro.

– De acuerdo, lo haremos a cara o cruz.

– ¿Tienes alguna moneda? Yo nunca llevo suelto.

– Callaos -dijo Aaron.

Se hizo el silencio.

Jessica trató de zafarse desesperadamente, pero el hombre de la camisa de rejilla era demasiado fuerte. Trató de morderle y le rozó uno de los dedos. El tipo soltó un grito y la llamó zorra. Luego le dobló la cabeza hacia atrás de forma muy poco natural. Jessica sintió que el dolor le recorría la columna vertebral y puso los ojos como platos.

Aaron estaba a punto de desabrocharse los pantalones cuando ocurrió.

Un disparo. O más de uno. A Jessica le pareció uno solo, pero tenían que haber sido más. La mano que le apretaba con fuerza la boca aflojó y resbaló. La pistola que hasta ese instante tenía apuntada contra la sien cayó al suelo. Se dio la vuelta lo justo para ver que el hombre que había detrás de ella ya no tenía rostro ni apenas cabeza. Había muerto mucho antes de que sus piernas hubiesen llegado a darse cuenta y lo dejaran desplomarse contra el suelo.

Casi al mismo tiempo, la mitad posterior de la cabeza del hombre negro salió volando en pedazos por la habitación y el tipo también se desplomó contra el suelo como un saco sangriento.

La velocidad de Aaron fue sobrenatural. Al parecer, antes de que la primera bala hubiera llegado siquiera a dar en el blanco, él ya se había agachado y sacado su pistola. Todo: los disparos, los hombres cayendo contra el suelo y Aaron agachándose, había pasado en menos de dos segundos. Aaron se puso en pie y apuntó con su pistola a Win, quien a su vez apuntó la suya contra Aaron. Jessica se quedó petrificada. Win debía de haber accedido por la ventana de la terraza, aunque no tenía ni idea de cómo habría podido llegar hasta allí ni cuánto tiempo hacía que había entrado.

Win sonrió como quien no quiere la cosa y medio asintió con la cabeza.

– Vaya, vaya, Aaron, estás cuadrado.

– Intento mantenerme en forma -dijo Aaron-. Gracias por el piropo.

Los dos seguían apuntándose con las pistolas. Ninguno de los dos parpadeaba. Ninguno de los dos dejaba de sonreír. Jessica no se había movido de donde estaba. El cuerpo le temblaba como si tuviera mucha fiebre. Sintió algo pegajoso en la mejilla y se dio cuenta de que probablemente fuera materia gris del hombre que yacía a sus pies.

– Tengo una idea -dijo Aaron.

– ¿Una idea? -preguntó Win.

– Sobre cómo poner fin a este punto muerto. Creo que te va a gustar, Win.

– Pues dime.

– Dejar los dos el arma en el suelo al mismo tiempo.

– De momento no me parece muy atractiva.

– Todavía no he terminado.

– Perdón por la interrupción. Continúa, por favor.

– Los dos hemos matado con nuestras propias manos. Ya sabemos que nos gusta, y mucho. Y sabemos que en este mundo es muy difícil encontrar adversarios dignos. Los dos sabemos que casi nunca tenemos la oportunidad de hacer frente a un desafío que esté a nuestra altura.

– ¿Y qué?

– Pues que te propongo el duelo definitivo -dijo Aaron ampliando su sonrisa-. Tú y yo. Hombre a hombre. En combate cuerpo a cuerpo. ¿Qué me dices?

Win se mordió el labio superior y dijo:

– Interesante.

Jessica trató de decir algo, pero su lengua no la obedeció. No podía hacer otra cosa que estar allí de pie, con cara inexpresiva. La masa sanguinolenta que en vida había llevado camiseta de rejilla sangraba sin parar.

– Pero con una condición -añadió Win.

– ¿Cuál? -preguntó Aaron.

– Que gane quien gane, Jessica podrá marcharse tranquilamente.

– Como quieras -dijo Aaron encogiéndose de hombros-. Frank pasará por aquí tarde o temprano.

– Tal vez sí. Pero no hoy.

– Muy bien -dijo Aaron-. Pero no podrá marcharse hasta que termine el combate.

Win hizo un gesto afirmativo con la cabeza en dirección a Jessica y le dijo:

– Espérate en la puerta, Jessica, y cuando termine el combate, corre.

– Pero tienes que esperar a que termine -añadió Aaron.

– ¿Cómo voy a saber que ha terminado? -dijo Jessica encontrando por fin fuerzas para hablar.

– Porque uno de los dos habrá muerto -dijo Win.

Atontada, Jessica asintió con la cabeza. No podía dejar de temblar. Ambos hombres seguían apuntándose uno a otro con las pistolas.

– ¿Sabes el procedimiento usual? -le preguntó Aaron a Win.

– Por supuesto.

Sin dejar las armas, ambos pusieron la mano libre en el suelo. Al mismo tiempo, los dos hicieron girar el arma de modo que dejara de apuntar al otro, la dejaron caer, se levantaron y le dieron una patada a la pistola al mismo tiempo hasta mandarla a un rincón.

– Ya está -comentó Aaron esbozando una sonrisa de soslayo.

Win asintió con la cabeza.

Empezaron a acercarse poco a poco. La sonrisa de soslayo de Aaron se amplió hasta convertirse en un gesto maníaco. Luego adoptó una postura de combate muy extraña, la del dragón, el saltamontes, o algo así, y le indicó a Win que se aproximara con la mano izquierda. Tenía un cuerpo perfecto, todo músculo, y era mucho más alto que Win.

– Te has olvidado de la premisa básica de las artes marciales -dijo Aaron.

– ¿Y cuál es? -preguntó Win.

– Que un experto en artes marciales siempre ganará a un experto en artes marciales más bajito.

– Y tú te has olvidado de la premisa básica de Windsor Horne Lockwood III.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

– Que siempre lleva dos pistolas.

Casi con despreocupación, Win sacó una pistola de la funda de la pierna y disparó. Aaron se agachó, pero la bala le acertó en la cabeza igualmente. La segunda bala también impactó en la cabeza de Aaron. Y Jessica se imaginó que la tercera también.

El hombretón cayó pesadamente al suelo. Win fue hacia él y observó su cadáver inmóvil, ladeando la cabeza como si fuera un perro que acabara de oír algún ruido extraño.

Jessica se quedó mirándolo sin decir palabra.

– ¿Estás bien? -le preguntó Win.

– Sí.

Win seguía mirando el cuerpo de Aaron. Luego negó con la cabeza y chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Jessica.

Win se volvió hacia ella casi esbozando una sonrisa tímida, se encogió de hombros y dijo:

– Supongo que estoy hecho para los combates justos.

Después volvió a mirar el cadáver de Aaron y se echó a reír.

36

Jessica no quiso hablar de lo ocurrido. Sólo quiso hacer el amor. Myron lo comprendió. La muerte y la violencia afectan así a las personas. La línea inasible. La verdad es que uno le encuentra mucho más sentido a todo eso de «reafirmar la vida» después de haberse enfrentado a la Parca.

Cuando se quedaron sin fuerzas para continuar, Jessica apoyó la cabeza sobre el pecho de Myron y el pelo le quedó extendido sobre la cama como un abanico maravilloso. Se quedó así, sin decir nada, durante un buen rato. Él le acarició la espalda.

– Le encanta, ¿no? -dijo Jessica finalmente.

– Sí -contestó Myron sabiendo que se refería a Win.

– ¿Y a ti?

– No tanto como a Win.

– Eso ha sonado un poco a evasiva -dijo Jessica levantando la cabeza y mirándole a los ojos.

– Una parte de mí odia tener que hacer esas cosas más de lo que puedas imaginarte.

– ¿Y la otra parte?

– Es la prueba definitiva. Tiene un algo innegable de subidón de adrenalina. Pero no es como en el caso de Win. Él se muere de ganas de hacerlo. Lo necesita como una droga.

– ¿Y tú no?

– Me gusta pensar que lo aborrezco.

– ¿Pero te gusta?

– No lo sé.

– He pasado mucho miedo. Y Win me ha dado mucho miedo.

– Pero también te ha salvado la vida.

– Sí.

– Win lo hace bien. Es el mejor que he visto en estas cosas. Para él todo es blanco o negro. No tiene ambigüedades morales. Si cruzas la línea ya no tienes perdón, ni piedad, ni la oportunidad de poner excusas. Estás muerto y punto. Esos hombres iban a hacerte daño. Win no pensaba en rehabilitarlos. Para él, ya habían tomado una decisión y desde el momento en que entraron en tu apartamento sellaron su sentencia de muerte.

– Suena como la teoría de la represalia masiva. Tú matas a uno de los nuestros, nosotros matamos a diez de los vuestros.

– Es aún más cruel que eso. Win no pretende dar lecciones a nadie. Lo considera exterminio de plagas. Para él no son más que insectos asquerosos.

– ¿Y a ti te parece bien?

– No siempre. Pero lo entiendo. El código moral de Win no es el mismo que el mío. Hace tiempo que lo sabemos, pero él es mi mejor amigo y le confiaría mi vida.

– O la mía.

– Sí.

– ¿Y cuál es tu código moral?

– Varía. Dejémoslo así.

Jessica asintió en silencio y volvió a apoyar la cabeza sobre el pecho de Myron. La calidez de su cuerpo sobre el latir del corazón le hacía sentirse bien.

– La cabeza les explotó como si fuera un melón -dijo Jessica.

– Win altera las balas para aumentar al máximo la potencia del impacto.

– ¿A dónde se ha llevado los cuerpos?

– No lo sé.

– ¿Los encontrarán?

– Sólo si él quiere que alguien los encuentre.

Varios minutos después, Jessica cerró los ojos y su respiración se hizo más profunda. Myron se quedó mirando cómo se dormía. Jessica se acurrucó junto a él. Parecía muy pequeña y muy frágil. Myron sabía lo que iba pasar a la mañana siguiente. Jessica seguiría todavía bajo los efectos de la conmoción, no tanto de confusión como de negación. Pasaría el día como si nada hubiese ocurrido, esforzándose al máximo por aparentar normalidad, pero sin conseguirlo. Todo sería un poco distinto respecto al día anterior. No iba a ser nada radical, sólo pequeños detalles. La comida le sabría diferente, el aire olería de otra forma, los colores tendrían un tono diferente, aunque todo ello pareciera imperceptible.

A las seis de la mañana, Myron se levantó de la cama y se dio una ducha. Cuando volvió, Jessica estaba sentada en ella.

– ¿Adónde vas? -le preguntó.

– A ver a Pavel Menansi.

– ¿Tan temprano?

– Creen que anoche se solucionó el problema, así que, si voy ahora, tal vez les coja con la guardia baja.

– He estado pensando lo que me dijiste anoche durante la cena -dijo Jessica mientras se tapaba con las sábanas- sobre la relación con el asesinato de Alexander Cross.

– ¿Y?

– Supongamos que tienes razón. Supongamos que aquella noche de hace seis años pasara alguna cosa más.

– ¿Como por ejemplo?

Jessica se sentó con la espalda recta, apoyándose contra la cabecera y dijo:

– Supongamos que Errol Swade no mató a Alexander Cross.

– De acuerdo.

– Muy bien, supongamos que Valerie vio lo que le ocurrió en realidad a Alexander Cross. Y supongamos que lo que vio, fuese lo que fuese, acabara por completo con su ya maltrecha psique, una psique que ya estaba debilitada por lo que le había hecho Pavel Menansi. Pero ahora supongamos que lo que vio, fuese lo que fuese, fuera la causa de su colapso nervioso.

– Continúa -dijo Myron asintiendo con la cabeza.

– Luego pasan los años. Valerie se va haciendo más fuerte. Se recupera de una manera excepcional. Incluso quiere volver a jugar al tenis. Pero sobre todo y ante todo, quiere hacer frente al mayor de sus temores: la verdad de lo que realmente ocurrió aquella noche.

Myron vio a dónde quería ir a parar y dijo:

– Tendrían que callarla.

– Sí.

Myron se puso los pantalones. Durante los últimos meses, su ropa había iniciado una lenta migración hacia el loft de Jessica. Cerca de una tercera parte de su armario ya vivía allí.

– Si estás en lo cierto -dijo-, hay dos personas que no quieren que Valerie abra la boca: Pavel Menansi y quienquiera que matara a Alexander Cross.

– O alguien que quiere proteger a ambos.

Myron terminó de vestirse. A Jess no le gustaba nada la corbata y le dijo que se la cambiara. Myron le hizo caso. Cuando ya estaba listo para irse, dijo:

– Esta mañana estarás a salvo, pero quiero que te traslades a vivir fuera de la ciudad durante un tiempo.

– ¿Durante cuánto tiempo?

– No lo sé. Unos cuantos días. A lo mejor más. Por lo menos hasta que pueda tener esta situación bajo control.

– Ya veo.

– ¿Te vas a enfadar conmigo por eso?

Jessica se levantó de la cama y fue andando descalza por la habitación. No llevaba ropa. A Myron se le resecó la garganta y se quedó mirándola fijamente. Era capaz de quedarse mirándola todo el día. Jessica caminaba con la agilidad de una pantera. Todos sus movimientos eran suaves, maravillosos y muy sensuales. Se puso un camisón de seda y dijo:

– Ya sé que ahora debería indignarme y decir que no pienso cambiar mi vida. Pero tengo miedo. Y además soy escritora y me vendrán bien algunos días de soledad. Así que me iré. No vamos a discutir.

Myron la abrazó y le dijo:

– Siempre me sorprendes.

– ¿Qué?

– Que has sido razonable. ¿Quién me lo iba a decir?

– Trato de mantener vivo el misterio -respondió Jessica.

Se besaron apasionadamente. Ella tenía la piel cálida.

– ¿Por qué no te quedas un poco más? -le susurró Jessica.

Myron le dijo que no con la cabeza.

– Quiero hablar con Pavel antes de que Ache se entere de lo sucedido.

– Pues entonces dame un beso más.

Myron dio un paso atrás y dijo:

– No, a menos que me envuelvas en cubitos de hielo.

Le lanzó un beso y salió del dormitorio.

En la pared de ladrillo junto a la puerta había manchas de sangre. Cortesía de la cabeza de Lee, el Rejilla.

Al salir, Myron comprobó que no había ni rastro de Win, aunque sabía que estaba por allí. Jess iba a estar a salvo hasta que se trasladara.

Pavel Menansi se hospedaba en el Omni Park Central de la Séptima Avenida, al otro lado de Carnegie Hall. Myron habría preferido ir acompañado, pero lo cierto es que era mejor que Win no fuera con él. Entre Win y Valerie había habido algo más que la típica relación familiar de amistad. Myron no sabía qué era.

Win se preocupaba por muy poca gente, pero por quienes lo hacía era capaz de cualquier cosa. El resto del universo no le importaba en absoluto. Y de algún modo, Valerie había entrado en el círculo de sus protegidos. En realidad, a Myron ya iba a costarle lo suyo contener su propia ira. Y que Win lo acompañara, que pudiera interrogar a Pavel sobre su «aventura» con Valerie, no habría sido positivo ni tampoco agradable.

Pavel se alojaba en la habitación 719. Myron miró la hora. Las seis y media. En el vestíbulo no había mucho movimiento. Estaban fregando el suelo. Una pareja pagaba la cuenta con cara de cansancio. Tenían tres niños y todos estaban lloriqueando. Los padres tenían cara de necesitar vacaciones. Myron se dirigió decididamente al ascensor como si estuviera alojado en el hotel y pulsó el botón de la séptima planta.

El pasillo estaba desierto. Llegó ante la habitación de Pavel y llamó a la puerta. Nadie respondió. Volvió a probar. Nada. Ya estaba a punto de marcharse para llamar por teléfono desde el vestíbulo, cuando un ruido lo obligó a detenerse. Escuchó con atención. Era un ruido apenas perceptible. Myron puso la oreja contra la puerta.

– ¿Hola? -dijo en voz alta.

Eran sollozos. Muy débiles. Pero iban haciéndose cada vez más fuertes. Era una niña llorando.

Myron aporreó la puerta con fuerza. Los sollozos empezaron a hacerse más sonoros, volviéndose casi llanto.

– ¿Estás bien? -preguntó Myron.

Oyó más sollozos, pero ninguna contestación. Más o menos un minuto más tarde, Myron empezó a buscar el típico carrito de la señora de la limpieza donde siempre hay una llave maestra. Pero eran las seis y media de la mañana y la señora de la limpieza todavía no había empezado su jornada.

Forzar cerraduras no era la especialidad de Myron. Win lo hacía muchísimo mejor. Además, no tenía las herramientas necesarias. Volvió a oír un chillido.

– ¡Abre la puerta! -gritó Myron, pero no oyó más que sollozos como única respuesta.

«A la mierda», pensó Myron.

Cargando todo el peso en el hombro, se abalanzó contra la puerta. Se hizo un daño considerable, pero la cerradura cedió de todas formas. Aunque seguía oyendo sollozos ahogados, durante un segundo Myron se olvidó de ellos. Sobre la cama yacía el cuerpo de Pavel Menansi con los ojos abiertos como platos y la mirada perdida. Tenía la boca tiesa con expresión de sorpresa. Sangre seca, oscura y coagulada le cubría el pecho, por donde lo había atravesado la bala.

Estaba desnudo.

Myron se quedó atónito varios segundos hasta que volvió a oír los sollozos. Se volvió hacia la derecha y percibió el ruido tras la puerta del baño. Se dirigió allí. Había una bolsa de plástico de Feron's en el suelo, la misma que utilizaba la empresa en el US Open, la misma que habían encontrado donde Valerie había sido asesinada.

La bolsa tenía un agujero de bala.

En la puerta del baño había una silla encajada bajo el pomo. En el suelo enlosado del baño estaba sentada una chica joven con las rodillas apretadas contra el pecho y acurrucada en un rincón junto a la taza del váter. Myron la reconoció de inmediato. Era Janet Koffman, la última protegida de Pavel. Tenía catorce años.

Y también estaba desnuda.

Janet lo miró a la cara. Tenía sus grandes ojos enrojecidos e hinchados. Le temblaba el labio inferior.

– Sólo estábamos hablando de tenis -dijo en tono monótono e inexpresivo-. Era mi entrenador. Sólo estábamos hablando sobre el partido. Nada más.

Myron asintió sin decir nada. Janet volvió a ponerse a llorar. Myron se inclinó y le puso una toalla en torno a la espalda para taparla. Luego le tendió el brazo para ayudarla a levantarse, pero la chica se apartó de él.

– Ya acabó todo -dijo Myron sin saber muy bien qué decir-. No te va a pasar nada.

37

Janet Koffman ya había dejado de llorar. Estaba sentada en el sofá junto a la ventana, de espaldas a la cama y, por tanto, al cuerpo de Pavel. Por lo poco que la chica le había contado, estaba en el baño cuando alguien atrancó la puerta con la silla y mató a Pavel. Ella no vio nada. Además, seguía aferrándose a la otra historia: la de que Pavel y ella sólo habían hablado de tenis. Myron, no obstante, decidió no interesarse por detalles sin importancia como, por ejemplo, la razón de mantener aquella charla desnudos.

Myron había llamado a la policía. Iban a llegar en cuestión de minutos. La pregunta era, ¿qué debía hacer él con Janet? Por un lado, quería protegerla de aquello pero, por el otro, ella tenía que aceptar lo ocurrido, no podía fingir toda la vida que allí no había pasado nada. ¿Qué debía hacer Myron? ¿Intervenir en una investigación policial o exponer a la chica a los toscos modales de los policías, y peor aún, de la prensa? ¿Qué clase de vergüenza iba a suponerle ocultar la verdad? Y de nuevo: ¿qué iba a ser de aquella chica tan joven si los medios de comunicación se hacían eco de lo sucedido?

Myron no tenía ni idea.

– Era un buen entrenador -dijo Janet en voz baja.

– Tú no has hecho nada malo -dijo Myron dándose cuenta de lo poco convincente que era-. Pase lo que pase, no te olvides de eso. Tú no has hecho absolutamente nada malo.

La chica asintió lentamente con la cabeza, pero a Myron no le quedó muy claro si le había escuchado siquiera.

Diez minutos más tarde llegó la policía con Dimonte a la cabeza. El bueno de Rolly parecía un náufrago. Tenía barba de tres días, llevaba la camisa por fuera y mal abotonada, el pelo totalmente despeinado y grandes ojeras. A pesar de todo, llevaba las botas perfectamente lustradas. Al ver a Myron se abalanzó inmediatamente contra él.

– Qué, gilipollas, ¿volviendo a la escena del crimen?

– Sí -dijo Myron-, justamente eso.

La prensa apareció detrás de la policía y los fotógrafos empezaron a lanzar fogonazos por todas partes.

– ¡Que esos cabrones no pasen de la planta baja! -vociferó Dimonte. Y, en el acto, varios agentes empezaron a apartarlos-. ¡Que no pasen de la planta baja! No quiero a nadie más en esta planta.

Dimonte volvió a centrarse en Myron. De pronto apareció Krinsky y se puso a su lado con el bloc de notas preparado.

– Hola, Krinsky -dijo Myron.

Él asintió con la cabeza.

– Bueno, ¿qué cojones ha pasado aquí? -quiso saber Dimonte.

– Había venido a hablar con él y me lo he encontrado así.

– Deje de tomarme el pelo, cabrón.

Myron no se molestó en contestar. La habitación estaba llena de policías. El médico forense ya estaba realizando un corte sobre el torso de Pavel con un bisturí en la zona del hígado. El procedimiento habitual en esos casos es medir la temperatura del hígado para determinar la hora exacta de la muerte.

Dimonte descubrió entonces la bolsa de Feron's en el suelo y dijo:

– ¿Ha tocado esto?

Myron respondió con un gesto negativo de la cabeza.

Dimonte se agachó y observó el agujero de bala.

– Muy bonito -dijo.

– ¿Vas a soltar a Roger Quincy ahora?

– ¿Por qué iba a hacerlo?

– Porque antes no teníais nada con qué inculparlo. Y ahora tenéis todavía menos que eso.

– Podría tratarse de un imitador -dijo Dimonte encogiéndose de hombros-. O… -hizo chasquear los dedos- podría tratarse de alguien que quiere que suelten a Quincy -sonrió-. Alguien como usted, señor Bolitar.

– Sí -contestó Myron-, eso es exactamente.

Dimonte se acercó más a él y volvió a lanzarle la típica mirada matadora de tipo duro de las películas. Entonces, como si se hubiese acordado de repente, sacó el mondadientes y se lo puso en la boca. Luego volvió a lanzarle una mirada asesina, esta vez masticando levemente el palillo.

– Estaba equivocado -dijo Myron.

– ¿Qué?

– Sobre lo que dije de que el palillo era un cliché. La verdad es que intimida mucho.

– Usted siga así, listillo.

– Es demasiado temprano para estas cosas, Rolly.

– Escuche, gilipollas, quiero saber qué está haciendo usted aquí.

– Ya te lo he dicho, he venido a ver a Pavel.

– ¿Por qué?

– Para pedirle que entrenara a un jugador a quien represento.

– ¿A las seis y media de la mañana?

– Es que soy muy madrugador. Por eso la gente me llama Mr. Rayo de Sol.

– Pues deberían llamarle Mr. Mentiroso de Mierda.

– Uuuuh -dijo Myron-, eso me ha dolido en el alma.

Dimonte empezó a mascar el mondadientes con renovado vigor. Casi podían oírse las ruedas dentadas girando dentro de su cabeza.

– Dígame, señor Bolitar -comentó con un asomo de sonrisa-, ha venido al hotel a hablar de negocios. Ha cogido el ascensor para ver al muerto que tenemos aquí. Ha llamado a la puerta. No le ha contestado nadie. ¿Voy bien de momento?

– Muy bien.

– Y entonces ha abierto la puerta de una patada, ¿verdad?

Myron no contestó.

Dimonte se volvió hacia Krinsky y le preguntó:

– ¿Crees que es normal, Krinsky? ¿Abrir la puerta de una patada?

Él levantó la mirada del bloc de notas, negó con la cabeza y volvió a concentrarse en el bloc.

– ¿Siempre hace lo mismo cuando nadie le abre la puerta, señor Bolitar? ¿La abre de una patada?

– No la he abierto de una patada. La he abierto con el hombro.

– No me venga con tonterías, señor Bolitar. Usted no ha venido aquí para hablar de negocios. Y no ha abierto la puerta de una patada por la única razón de que nadie le abría.

El médico forense se acercó a Dimonte, le dio una palmadita en el hombro y dijo:

– Balazo en el corazón. Disparo limpio. La muerte ha sido instantánea.

– ¿Hora de la muerte? -preguntó Rolly.

– Lleva muerto seis horas, quizá siete.

Dimonte miró su reloj y dijo:

– Ahora son las siete. Eso quiere decir que lo han asesinado entre las doce y la una.

– Y ni siquiera ha utilizado los dedos para hacer las cuentas -dijo Myron dirigiéndose a Krinsky.

Krinsky estuvo a punto de sonreír.

Dimonte volvió a lanzarle una mirada asesina y le espetó:

– ¿Tiene usted alguna coartada, señor Bolitar?

– Estaba con mi señora.

– ¿Esa tal Jessica Culver?

– Exactamente -Myron se quedó mirando a Krinsky, a la espera de que levantara la vista y, cuando lo hizo, añadió-: su número de teléfono es el 555-8420.

Krinsky lo anotó en el bloc.

– Muy bien, señor Bolitar, ahora deje de tocarme las pelotas y dígame: ¿por qué ha abierto la puerta de una patada?

Myron no sabía muy bien qué contestar. Miró a Dimonte; éste le devolvió la mirada y dijo:

– ¿Y bien?

– Acompáñeme -dijo Myron en voz baja, y se dirigió a la puerta de la habitación.

– Oiga, ¿a dónde cojones se cree que va?

– Por favor, Rolly, no seas burro. Calla y sígueme.

Y para sorpresa de Myron, Dimonte se mantuvo en silencio. Recorrieron el pasillo sin decir nada, mientras Krinsky se quedaba en la escena del crimen. Myron se detuvo delante de una puerta, sacó una llave del bolsillo y la abrió. Sobre la cama estaba sentada Janet Koffman. Llevaba puesto el albornoz del hotel. Si la chica se percató de que habían entrado, no lo demostró. Janet no paraba de balancearse hacia delante y hacia atrás, murmurando para sí.

Dimonte le dirigió a Myron una mirada inquisitiva.

– Se llama Janet Koffman -le explicó Myron.

– ¿La tenista?

Myron asintió en silencio y luego dijo:

– El asesino la dejó encerrada en el baño antes de disparar a Menansi. La oí llorar cuando llamé a la puerta. Por eso entré a la fuerza.

Dimonte se quedó mirando a Myron y luego le preguntó:

– ¿Quiere decir que Menansi y ella estaban…?

Myron respondió con un gesto afirmativo.

– Dios mío, ¿pero cuántos años tiene?

– Catorce, creo.

Dimonte cerró los ojos y luego dijo en voz baja:

– Disponemos de una experta en este tipo de asuntos. Hablaré con el agente de Manhattan al cargo para ver si podemos sacar a esta chica de aquí sin que nadie se entere, a ver si podemos mantener alejada a la prensa. Haré lo posible para que su nombre no salga en los periódicos durante un tiempo.

– Gracias.

– He visto estas cosas en anteriores ocasiones, señor Bolitar. Esa chica va a necesitar ayuda.

– Lo sé.

– ¿Existe alguna posibilidad de que haya sido ella la asesina? La verdad es que no creo, pero…

Myron negó con la cabeza y dijo:

– Estaba en el baño y había una silla atrancando la puerta por fuera. No ha podido ser ella.

Dimonte mascó levemente el palillo y dijo:

– Un asesino muy considerado.

– ¿Qué quieres decir?

– No ha querido que la chica viera el asesinato y se ha asegurado de que tuviera coartada encerrándola en el baño con la silla. Y, sobre todo, la ha salvado de tener que sufrir el infierno de seguir junto a Menansi -dirigió la mirada a Myron y prosiguió-: Casi le daría una medalla, si no fuera porque también mató a Valerie Simpson.

– Yo también -dijo Myron.

Era algo que daba que pensar.

38

El despacho estaba sólo a ocho manzanas de distancia, así que Myron decidió ir a pie. En la Sexta Avenida, los coches estaban atascados en la calle, aunque el semáforo estuviera en verde y no hubiera obras a la vista que impidieran el tráfico. Todo el mundo hacía sonar el claxon. Como si fuera a servir de algo. Un hombre bien vestido se bajó de un taxi. Llevaba traje de raya diplomática, reloj de oro Tag Heuer y zapatos de Gucci. También llevaba una gorra con hélice y orejas tipo Spock. Nueva York, mi ciudad preferida.

Myron hizo caso omiso del humo de los coches e intentó repasar todo el caso de principio a fin. La teoría más aceptada, la principal, por así decir, era aproximadamente: Valerie Simpson había sufrido abusos por parte de Pavel Menansi y, tras recuperar su salud mental, decidió denunciarlo. Aquello podría haber sido muy negativo para la economía de TruPro y de los hermanos Ache, de modo que éstos la eliminaron antes de que pudiera llegar a hacerles ningún daño. Todo encajaba perfectamente. Todo tenía sentido.

Pero aquella mañana había dejado de tenerlo.

La teoría principal había sufrido un revés brutal: Pavel Menansi también había sido asesinado, y de manera parecida a la de Valerie Simpson. Siguiendo la teoría principal, los asesinatos de Valerie Simpson y Pavel Menansi resultaban contradictorios. ¿Para qué matar a Valerie Simpson por proteger a Pavel Menansi y luego matarlo a él? No encajaba en absoluto. Ni TruPro ni los Ache salían ganando con ello.

Lógicamente, existía la posibilidad de que Frank Ache hubiese decidido que Menansi suponía un riesgo demasiado grande, que sólo era cuestión de tiempo que se supiera lo suyo y que era mejor cortar por lo sano directamente. Pero si Frank hubiera querido matar a Pavel, se lo habría encargado a Aaron. Pavel había sido asesinado entre las doce y la una de la madrugada. Aaron ya había muerto a las doce. Myron reflexionó sobre aquello un poco más y decidió que el hecho de que Aaron estuviera muerto hacía muy poco probable que hubiese sido el asesino. Y encima, si Frank hubiera pretendido matar a Pavel, no habría tenido ningún sentido asustar a Myron ni atacar a Jessica.

Al otro lado de la calle, una mujer de tez pálida provista de un megáfono gritaba que hacía poco había conocido a Jesús cara a cara. Cuando Myron pasó junto a ella, la mujer le puso un folleto en la mano.

«Jesús me ha enviado para daros este mensaje», decía en el folleto.

Myron asintió con la cabeza y luego se fijó en las manchas de tinta que tenía el folleto.

«Qué pena que no te haya regalado una buena impresora», pensó.

La mujer le dirigió una mirada extraña y siguió gritando por el megáfono. Myron se metió el folleto en el bolsillo y siguió andando. Su mente volvió al problema que tenía entre manos.

Frank Ache no estaba detrás del asesinato de Pavel, pensó. Al contrario, lo quería vivito y coleando porque significaba mucho dinero para TruPro. Frank Ache había encargado incluso protegerlo. Y liquidar a la principal gallina de los huevos de oro del tenis no tenía ningún sentido.

¿Ya qué conclusión nos conducía todo eso?

Dos posibilidades. Una: había dos asesinos diferentes con objetivos diferentes. Al ver la oportunidad que se le ofrecía, el asesino de Pavel había dejado una bolsa de Feron's para inculpar al asesino de Valerie. Dos: existía alguna relación entre Valerie y Pavel que todavía era imposible saber.

A Myron le gustaba más esta segunda posibilidad, porque le conducía inevitablemente a su primera obsesión: el asesinato de Alexander Cross.

Tanto Valerie Simpson como Pavel Menansi habían estado en el club de tenis Old Oaks aquella noche de hacía seis años. Los dos habían ido a la fiesta en honor de Alexander Cross. Pero, ¿y qué? Supongamos que lo que Jessica le había dicho por la mañana fuera cierto. Supongamos que aquella noche Valerie Simpson hubiera visto alguna cosa, tal vez la verdadera identidad del asesino. Supongamos que ese fuera el motivo por el cual la mataron. ¿Qué relación tendría eso con Pavel Menansi? Y aunque él hubiese visto lo mismo que Valerie, llevaba años sin abrir la boca, así que, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Pavel no iba a ofrecerse voluntario para ayudar a la pobre Valerie ni mucho menos, de modo que, ¿qué relación había? ¿Y qué pasaba con Duane Richwood? ¿Cómo encajaba en todo aquello? ¿Y Deanna Yeller? ¿Y dónde estaba Errol Swade? ¿Estaría vivo todavía?

Fue tres manzanas en dirección este y luego dobló la esquina en Park Avenue. El majestuoso (incluso ostentoso) Helmsley Palace, o Helmsley Castle o Helmsley lo que fuera se alzaba ante él, en medio de la calle, y el edificio MetLife lo rodeaba como un padre protector. El MetLife había sido durante muchos años una especie de monumento característico de Nueva York, conocido como el edificio Pan Am. Myron seguía sin acostumbrarse al cambio. Cada vez que daba la vuelta a la esquina seguía esperando encontrarse con el logotipo de Pan Am.

Enfrente del edificio del despacho de Myron había mucho bullicio. Pasó por delante de aquella escultura tan moderna que adornaba la entrada. Era una escultura horrenda. Se parecía mucho a un tracto intestinal gigantesco. Una vez, Myron había buscado el nombre de la escultura, pero tal y como solía ocurrir en Nueva York, alguien le había arrancado la placa. La cuestión de para qué querría nadie la placa con el nombre de una escultura era algo que escapa a todo intento de comprensión. Tal vez la hubiesen vendido. Tal vez existiera un mercado negro de placas de nombres de obras de arte para quienes no podían permitirse comprar obras de arte y se conformaban con las placas.

Era una teoría interesante.

Entró en el vestíbulo y vio a las tres azafatas de la compañía Lock-Horne sentadas en sus taburetes tras un mostrador muy alto, todas ellas con sonrisas de plástico en la cara. Iban tan maquilladas que podían haberse confundido con dependientas de una tienda de cosméticos. Lógicamente, no llevaban la típica bata de dependiente de tienda de cosméticos, por es