/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Intimidad

Hanif Kureishi

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Hanif Kureishi

Intimidad

Traducción de Mauricio Bach

Título de la edición original: Intimacy 1998

Ésta es la noche más triste, porque me marcho y no volveré. Mañana por la mañana, cuando la mujer con la que he convivido durante seis años se haya ido a trabajar en su bicicleta y nuestros hijos estén en el parque jugando con su pelota, meteré unas cuantas cosas en una maleta, saldré discretamente de casa, esperando que nadie me vea, y tomaré el metro para ir al apartamento de Victor. Allí, durante un periodo indeterminado, dormiré en el suelo de la pequeña habitación situada junto a la cocina que amablemente me ha ofrecido. Cada mañana arrastraré el delgado y estrecho colchón hasta el trastero. Guardaré el edredón impregnado de humedad en una caja. Y recolocaré los almohadones en el sofá.

No pienso volver a esta vida. Me resulta imposible. Tal vez debería dejar una nota para decírselo: «Querida Susan: No voy a volver…» Tal vez sería mejor telefonear mañana por la tarde. O quizá podría venir a verla durante el fin de semana. Todavía no he decidido los detalles. Es casi seguro que no le comunicaré mis intenciones ni esta tarde ni esta noche. Lo voy a posponer. ¿Por qué? Porque las palabras son acciones y provocan acontecimientos. Una vez pronunciadas, no puedes retirarlas. Será algo irrevocable, y tengo miedo y estoy indeciso. De hecho, estoy temblando, y llevo así toda la tarde, todo el día.

Ésta, pues, puede ser nuestra última tarde como una familia honesta, completa e ideal, mi última noche con una mujer a la que conozco desde hace diez años, una mujer sobre la que lo sé prácticamente todo y junto a la que no quiero seguir más tiempo. Dentro de poco seremos como extraños. No, nunca seremos eso. Herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad. Seremos conocidos peligrosos con una historia en común. Aquella primera vez que ella puso su mano sobre mi brazo…, ojalá le hubiese dado la espalda. ¿Por qué no lo hice? El desperdicio, qué pérdida de tiempo y sentimientos. Ella ha dicho algo similar sobre mí. ¿Pero realmente hablamos en serio? Estoy hecho un completo lío sobre todas estas preguntas.

Sentado en el borde de la bañera, contemplo a mis hijos, de cinco y tres años, cada uno en una punta. Sus juguetes, animales de plástico y biberones flotan en el agua, y ellos parlotean consigo mismos o el uno con el otro, por una vez sin pelearse ni gimotear. Son bulliciosos y vivarachos, y la gente comenta lo felices y cariñosos que parecen. Esta mañana, cuando salía hacia el trabajo, consciente de que hoy tendría que tomar varias decisiones, el mayor ha insistido en que le diera otro beso antes de cerrar la puerta y ha dicho: «Papá, quiero a todo el mundo.»

Mañana haré algo que les dolerá y les marcará.

El pequeño llevaba hoy unos pantalones de algodón, una camisa gris, tirantes azules y un casco de policía. Mientras meto estas prendas en la cesta de la ropa sucia, me sobresalta un ruido procedente del exterior. Aguanto la respiración.

¡Ya!

Susan entra la bicicleta en el recibidor y saca las bolsas de la compra de la cesta.

Estos meses, y sobre todo los últimos días, esté donde esté -mientras trabajo, hablo o espero el autobús-, he pensado en esta ruptura desde todos los ángulos posibles. Viajando en el metro, me he pasado de estación muchas veces, o he llegado a un lugar que me es familiar y no lo he reconocido. No siempre sé dónde estoy, lo cual es una experiencia agradablemente absorbente. Pero estos días tengo la impresión de que contemplo el mundo cabeza abajo.

He estado intentando convencerme de que abandonar a una persona no es lo peor que se le puede hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene por qué ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo. Sin duda, evolucionar constituye una infidelidad…, a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Tal vez cada día debería contener al menos una infidelidad esencial o una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador, que garantizaría la fe en el futuro…, una afirmación de que las cosas pueden ser no sólo diferentes, sino mejores.

Y, sin embargo, voy a cambiar a Susan, mis hijos, mi casa y el jardín lleno de plantas de marihuana y cerezos en flor que veo a través de la ventana del lavabo, por una habitación en casa de Victor, donde habrá corriente y el suelo estará cubierto de polvo.

Victor dejó a su mujer hace ocho años. Desde entonces -incluso sin contar a la prostituta china que tocaba el piano desnuda y llevaba todas sus pertenencias consigo cada vez que concertaban una citano ha tenido más que amores desdichados. Si suena el teléfono, ejecuta una suerte de danza aterrorizada, preguntándose qué oprobio está a punto de caerle encima y de dónde provendrá esta vez. Victor, como podéis comprobar, sabe dar a las mujeres esperanzas, a falta de satisfacción.

Los pubs y los restaurantes nos parecen más agradables. Debo decir que cuando Victor no está sentado a oscuras, con los ojos hundidos y las pupilas dilatadas por la perplejidad y la rabia, puede resultar agradable, incluso divertido. A él no le importa si yo estoy poco hablador o especialmente locuaz. Está acostumbrado a mi manera de saltar de un tema a otro, siguiendo los impulsos de mi mente. Si le pregunto por qué su mujer todavía le odia, me lo dice. Como a mis hijos, me gusta que me cuenten una buena historia, sobre todo si ya la he escuchado antes. Quiero conocer todos los detalles y la atmósfera. Pero él habla lentamente, como hacen algunos ingleses. A menudo no sé si simplemente está pensando la siguiente palabra, o si no va a volver a abrir la boca. Aunque lo cierto es que agradezco estos intervalos, porque me permiten dejarme llevar por mis ensoñaciones. ¿Pero quiero yo monólogos y pausas, corrientes de aire y pubs todos los días?

Susan ha entrado en la habitación.

– ¿Por qué nunca cierras la puerta del cuarto de baño? -me pregunta.

– ¿Qué?

– ¿Por qué no la cierras?

No sé qué responder.

Besa enérgicamente a los niños. Adoro su entusiasmo por ellos. Siempre que hablamos de verdad, es sobre ellos, sobre algo que han dicho o hecho, como si fuesen una pasión que nadie más puede compartir o entender.

Susan no me toca, pero acerca la mejilla a escasos centímetros de mis labios, de modo que para darle un beso tengo que inclinarme hacia adelante; una postura humillante para ambos. Huele a perfume y a calle.

Va a cambiarse y reaparece con unos tejanos y una sudadera, y un vaso de vino para cada uno.

– Hola, ¿cómo estás?

Me mira fijamente, para que repare en ella. Siento que mi cuerpo se contrae y se empequeñece.

– Bien -respondo.

Asiento y sonrío. ¿Ve ella algo diferente en mi cara hoy? ¿Ya me he puesto en evidencia? Debo de parecer hundido. Normalmente, antes de verla me preparo dos o tres posibles temas, como si nuestras conversaciones fuesen exámenes. El caso es que me acusa de que cuando estoy con ella no abro la boca. Si supiera cómo tartamudeo interiormente. Hoy estaba demasiado alterado para ensayar mi papel. Esta tarde me ha resultado especialmente difícil. Y el silencio, como la oscuridad, puede ser plácido; también es un lenguaje. Las parejas tienen buenas razones para no hablar.

Me cuenta que sus compañeros de trabajo la han dejado colgada.

– No dan la talla -dice.

– ¿En serio?

Susan está pasando por un momento difícil desde que la editorial fue comprada. Pero de todas formas es una mujer radical en sus opiniones sobre los demás, tanto si le producen entusiasmo como aversión. Y normalmente es aversión. Otros, incluido yo, la irritan y la frustran. Es perturbador cómo me veo obligado a compartir sus sentimientos, a pesar de que no conozco a las personas a las que se refiere. Mientras habla conmigo, entiendo por qué dejo la puerta del lavabo abierta. No puedo estar en la misma habitación con ella mucho rato sin tener la impresión de que tengo que hacer algo para que deje de estar tan enfadada. Pero nunca sé qué hacer y al poco tiempo tengo la sensación de que me va a empujar contra la pared y va a empezar a abofetearme.

La bañera se vacía lentamente, porque los juguetes de los niños tapan el desagüe. No quieren salir hasta que no quede ni gota de agua, y entonces se hacen bigotes y sombreros con la espuma que queda. Finalmente levanto al más pequeño. Susan se ocupa del otro.

Los envolvemos en gruesos albornoces con capucha. Cansados, con el cabello mojado y gotas de agua en el cuello, parecen un par de boxeadores en miniatura después de un combate. Discuten sobre qué pijamas se van a poner. El pequeño sólo aceptará la camiseta de Batman. Parece que ya a su temprana edad se sienten inseguros. Deben de haberlo heredado de nosotros.

Susan le da al pequeño un biberón, que él se lleva a la boca con las dos manos, como si fuese un trompetista. Contemplo cómo ella le acaricia el pelo, le da besos en los hoyuelos de los deditos y le frota el vientre. Él se ríe sofocadamente y se retuerce. Qué espléndida inocencia muestra un ser humano cuando no teme que le hagan daño. ¿Quién podría destruirla sin herirse a sí mismo? En la escuela -yo debía de tener ocho o nueve años- se sentaba junto a mí un chico apestoso que venía de una familia pobre. Un día, cuando todos nos poníamos en pie, se le deslizó una pierna por detrás de la banqueta. Yo la moví deliberadamente y se la aprisioné. Nunca se me ha borrado de la mente su expresión de inexplicable e inesperado dolor. Uno puede elegir entre comportarse bondadosa o malévolamente con los demás.

Llevamos a los niños a la planta baja, donde se recuestan sobre almohadones despreocupadamente, mientras chupan sus chupetes y miran El mago de Oz con los ojos entreabiertos. Parecen un par de señorones fumándose un puro en el campo un día de calor. Me piden galletas de jengibre, como si yo fuese el mayordomo. Las cojo de la cocina sin que Susan se percate. Los chicos tienden sus dedos golosos, pero no apartan la mirada del televisor. A medida que avanza la película, no sólo murmuran los diálogos, sino que también imitan los efectos sonoros. Al cabo de un rato recojo las migas y, después de preguntarme qué hacer con ellas, las tiro en un rincón.

Susan trabaja en la cocina, mientras escucha la radio y contempla el jardín. Le gusta hacerlo. La vida con su familia, como la mía, ha sido más bien desagradable. Ahora se toma muchas molestias para comprar bien y preparar buenas comidas. Incluso si tomamos comida preparada, no nos deja comer entre una maraña de periódicos, libros infantiles y correspondencia. Saca servilletas, enciende velas y abre la botella de vino, insistiendo en que disfrutemos de una comida familiar como Dios manda, incluyendo los silencios incómodos y las discusiones violentas.

A Susan le gustan las subastas, en las que compra cuadros, grabados y muebles insólitos, a menudo con algún adorno de gastado terciopelo. Tenemos un montón de lámparas, almohadones y cortinas, algunas de las cuales cuelgan en medio de la sala, como si estuviera a punto de empezar una representación teatral, y de las que trato de evitar que los niños se cuelguen para balancearse. En todas las habitaciones hay grandes sillones, televisores, teléfonos, pianos, cadenas de música, los últimos números de las revistas y los libros más recientes. La mayor parte de la gente no disfruta de una comodidad, una abundancia y un sosiego como éstos.

Pero no me siento en casa en mi casa. Mañana por la mañana abandonaré todo esto. Definitivamente. Adiós.

Me siento en el suelo, cerca de los niños, y me desabrocho la hebilla del cinturón cuando logro localizarla entre los pliegues de mi barriga. Por una vez ni cojo el periódico ni me pongo a mirar la película, sino que observo a mis hijos, sus pies, sus orejas, sus ojos. Esta noche en que estoy y no estoy aquí -ya soy casi un fantasma- no beberé, ni me colocaré, ni me pelearé. Tengo que ser consciente de todo. Quiero grabarme una imagen mental que pueda llevarme y evocar cuando esté en casa de Victor. Será la primera de las pocas cosas que esta noche debo elegir para llevarme.

De pronto siento náuseas y me tapo la boca con la mano. Se me pasa. ¡Pero ahora tengo ganas de gritar! Me siento como si fuese un avión que cae en picado. Veré a los niños tantas veces como me sea posible, pero echaré de menos ciertas cosas de esta casa. El desorden de la vida familiar: las voces de mis hijos cuando cantan su versión escatológica de «El patio de mi casa»; contemplarlos mientras miran la televisión con sus prismáticos nuevos; los tres bailando al ritmo de los Rolling Stones, el mayor en precario equilibrio encima de la mesa de centro, el otro saltando sobre el sofá; observarlos cuando montan en sus bicicletas y ver cómo se alejan rápidamente de mí dando gritos; mirar cómo bajan por la calle soleada, con los paraguas abiertos, entonando «Cantando bajo la lluvia». Una vez, cuando el mayor era un bebé, vomitó dentro de uno de mis zapatos, y yo no me di cuenta hasta que estaba en el taxi camino del aeropuerto.

Si regreso a casa y los niños no están, aunque tenga un montón de cosas que hacer, puedo pasarme el rato yendo de una habitación a otra, esperando a que sus caras asomen por la puerta y su caótica energía reanime el mundo.

¿Qué puede ser más importante? Perdido en mitad de mi vida y sin posibilidades de volver a casa, ¿en nombre de qué tipo de experiencia me imagino que estoy renunciando a todo esto? He tenido un montón de experiencias emocionales con hombres, mujeres, colegas, progenitores y conocidos. He leído, pensado y hablado durante años. Pero, esta noche, ¿en qué me va a ayudar todo eso? Tal vez debería sentirme impresionado por el hecho de que no me he atado a las cosas, de que me siento lo suficientemente suelto y libre para marcharme por la mañana. ¿Pero de qué me sirve esa libertad? Sin duda la libertad última consiste en poder elegir, en eximirse con esa libertad de las obligaciones que a uno lo atan a la vida…, en implicarse.

No voy a poder dejar de sentirme confuso. Pero por la mañana más vale que me haya aclarado sobre ciertas cosas. No debo caer en la autocompasión, al menos no por más tiempo del necesario. Me he dado cuenta de que no son mis bajones anímicos en sí lo que me frustra, sino su intensidad y la incapacidad de determinar su duración. Si me siento un poco abatido, temo pasar por una depresión de un año. Cada vez que Nina, mi amante hasta hace poco, tenía una actitud distante o agresiva, yo creía que se iba a alejar definitivamente de mí.

Esta noche mi sentimiento predominante es el miedo al futuro. Al menos, dirán algunos, es mejor que las cosas nos provoquen temor antes que aburrimiento, y la vida sin amor es un inacabable aburrimiento. Puedo tener miedo, pero no soy un cínico. Estoy intentando actuar con firmeza. Esta noche lo voy a pasar mal.

También debería reflexionar sobre qué es lo que me gusta de la vida y de la gente. De lo contrario me arriesgo a convertir el futuro en un erial, eliminando toda posibilidad antes de que nada pueda fructificar. Es fácil matarse sin morir. Por desgracia, para alcanzar el futuro uno tiene que vivir el presente.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, he pensado en un montón de gente que parece haberse pasado la mayor parte de su vida deprimida, y ha aceptado un estado de relativa infelicidad como si fuese su obligación. ¿Cuánto tiempo me han hecho perder mis numerosas depresiones? Al menos tres años. Más tiempo del que ocupan todas mis satisfacciones sexuales juntas, de eso no me cabe duda.

Me animo a mí mismo a pensar en los placeres de ser un hombre soltero en Londres, en las cosas agradables que podré hacer. Mis hijos levantan la vista cuando oyen que me río solo. La otra noche, Victor va a un bar, conoce a una mujer que lleva un aro en la lengua y que lo invita a su loft en el East End. A la mujer le gusta que la aten; dispone de todo lo necesario para ello. El piercing que lleva en la lengua recorre el escroto de Victor, como si fuera, según sus propias palabras, una babosa con una canica en la cabeza. La broma sobre la posibilidad de perder las llaves. A Victor le acaba escociendo el culo.

Al día siguiente llama a una hora intempestiva e insiste en que desayunemos juntos para contármelo. Le explico que la niñera, tal como les suele pasar a las niñeras, ha perdido el deseo de vivir y que es difícil encontrar una canguro a primera hora de la mañana. Pero al final voy al café, feliz de haber podido salir de casa y de que alguien me sirva el desayuno en lugar de corretear de un lado a otro, como habitualmente hago, sosteniendo unas tostadas con mermelada que inevitablemente acaban en el suelo boca abajo.

Victor no omite ni el más mínimo detalle.

– ¿Y tú qué hiciste? -me pregunta educadamente al final.

Suspiro. Vestido con un chándal y echado en la cama, estuve bebiendo cerveza, fumando y escuchando uno de los últimos cuartetos de Beethoven con los cascos puestos.

La mujer y él no se volvieron a encontrar. Casi todas las noches Victor ve la televisión solo, con un plato de salchicha y patatas chips sobre las rodillas, y una o dos cebolletas en vinagre como guarnición.

Otro amigo: un tipo rollizo, de mediana edad y alcohólico que trabaja como contable. Yo envidiaba su entusiasmo cuando hablaba de la vida que el matrimonio, por el momento, le impedía disfrutar. Al principio había trabajado demasiado para aprovechar suficientemente su libertad de adolescente. Un buen día abandona a su esposa, se compra ropa interior nueva, loción para después del afeitado, gemelos, un brazalete y tinte para el pelo. Se presenta ante mí.

Abro unos ojos y una boca de palmo.

Finalmente digo:

– Nunca has tenido mejor aspecto.

– Tan alentador como siempre -dice-. Gracias, gracias.

Nos estrechamos la mano y él se marcha hacia los clubs de solteros y bares para divorciados. Conoce a una mujer, pero ella sólo quiere llevárselo a su lecho matrimonial para provocar a su marido. Conoce a otra. Me recuerdas a alguien, le dice ella; resulta que al dueño de una funeraria. Mi indignado amigo le replica que él no ha ido allí a recoger su cadáver. Pronto se da cuenta de que a su edad se interesa mucho más que antaño por con quién pasa el tiempo. Lo que deseaba entonces ya no lo desea ahora. También se percata de que con la edad la gente se vuelve excéntrica y de que hay un montón para escoger.

– ¿Vuelvo con mi esposa? -pregunta.

– Inténtalo -le digo en plan experto.

Pero ella lo mira con desconfianza, preguntándose por qué su cabello ha adquirido un tono berenjena y si se ha hecho grabar el nombre en un brazalete para que lo puedan identificar después de un accidente. Ha descubierto que la vida es posible sin él.

Los niños se han dormido. Los subo, uno tras otro, a su dormitorio. Los coloco echados uno junto al otro bajo edredones de colores vivos. Cuando me dispongo a darles un beso, descubro que han abierto los ojos. Temo que hayan recuperado fuerzas. Soy un padre liberal, temeroso de mis ocasionales accesos de cólera. Siempre lamento cualquier represión innecesaria. No me gustaría que mis hijos me temiesen; no me gustaría que temiesen a nadie. No quiero prohibirles o desaprobarles nada. Aunque de vez en cuando sí quiero que tengan claro que yo estoy al mando. No tardan en ponerse a saltar de una cama a otra. Cuando se dirigen hacia la puerta, como estoy demasiado cansado para correr detrás de ellos, me veo obligado a poner voz de «enfadado». No comprendo su resistencia a acostarse. Desde hace meses lo más grato de mi jomada diaria ha sido la ilusión de que voy a desconectar al dormirme. Al menos ellos lamentan como yo, aunque de una manera distinta, el paso de los días. Esta noche mis hijos y yo deseamos lo mismo: más vida.

– Si os echáis y os estáis quietos, os leeré un cuento -les prometo.

Me miran con suspicacia, pero cojo un libro y me siento entre los dos. Ellos se estiran junto a mí y de vez en cuando se dan alguna que otra patada.

El cuento que les leo es cruel, como suelen serlo la mayoría de cuentos infantiles, y en él aparece un leñador, como suele pasar en la mayoría de cuentos infantiles. Pero, cómo no, está protagonizado por una familia convencional, a la que el padre no ha abandonado. Los niños conocen tan bien la historia que enseguida se dan cuenta si me salto un trozo o me invento algo. Cuando paran de hacer preguntas, dejo el libro, salgo sin hacer ruido de la habitación y apago la luz. Entonces vuelvo a su lado, contemplo sus caras en las almohadas y les doy un beso. Después, desde el pasillo, escucho cómo respiran. Ojalá pudiese quedarme aquí toda la noche. Oigo que susurran algo y se ríen entre dientes.

Una historia vieja como el mundo.

Desde el principio, empezando por las chicas del colegio y sobre todo las profesoras, me pasé la infancia mirando a las mujeres en las tiendas, en la calle, en el autobús, en las fiestas, preguntándome cómo se sentiría uno con ellas y qué placeres podría descubrir con ellas. En el colegio, tiraba el lápiz bajo la mesa de la profesora para arrastrarme debajo y mirarle las piernas. La poco metódica naturaleza del sistema educativo me permitió desarrollar un interés entusiasta por las faldas de las chicas, por conocer sus materiales y texturas, por saber si eran plisadas, sueltas o ceñidas, y en este último caso dónde ceñían. Las faldas, como los telones de los teatros más tarde, despertaban mi curiosidad. Quería saber qué había debajo. Había que esperar la ocasión favorable para descubrirlo. La falda era un objeto de transición; una cosa en sí misma y al mismo tiempo la posibilidad de ir más allá. Eso se convirtió en mi paradigma de todo conocimiento trascendental. El mundo es una falda que quiero levantar.

Posteriormente, me imaginé que con cada mujer podía partir de cero. No existía el pasado. Yo podía ser una persona diferente, si no nueva, durante cierto tiempo. Además, también me servía de las mujeres para protegerme de otras personas. Estuviese donde estuviese, me bastaba estar acurrucado junto a una mujer que me susurraba cosas y me deseaba para mantener el mundo a raya. Y podía dejar de desear a otras mujeres. Al mismo tiempo, me gustaba mantener abiertas todas mis posibilidades; desear a otras mujeres me protegía de la presión de amar sólo a una. El conocimiento profundo tiene sus peligros.

No es sorprendente que Susan sea la única mujer, aparte de mi madre, con la que no puedo hacer prácticamente nada. Pero ahora que ya tengo la certeza de que puedo hablar con mujeres sin miedo a desearlas, no estoy seguro de poder tocar a alguien como lo hacía antes, con frivolidad. A partir de cierta edad, el sexo deja de ser algo sin importancia. No podría pedir tan poca cosa. Posar tu mano sobre otro cuerpo o tus labios sobre otros labios…, ¡vaya compromiso! Elegir a alguien es dejar al descubierto una vida entera. ¡Y una invitación a que te dejen al descubierto a ti!

Tal vez eso es lo que sucedió con Nina. Un día te cruzas con una chica y la deseas. He reflexionado sobre ese momento un montón de veces. Ella y yo hemos hablado de ello en repetidas ocasiones, divertidos y perplejos. Recuerdo lo alta y delgada que era; y entonces sentí una sacudida, una violenta sacudida, cuando nos vimos y nos volvimos a ver. Algo de ella lo cambió todo. Aunque yo había deseado antes a otras personas, y no sabía nada sobre ella. Ella pertenecía a otro mundo. A partir de cierta edad, uno ya no desea que las cosas sean tan fortuitas… Quieres creer que sabes lo que haces. Tal vez eso explique lo que hice.

A Ian, mi joven amigo gay, le gustaba plantarse conmigo delante de las estaciones de metro donde yo contemplaba las multitudes de chicas en verano, a la hora de comer, cuando había terminado mi trabajo del día. Había algunas zonas más propicias que otras. «Una imagen de la impotencia», lo llamaba él. Por lo que a él respecta, podía producirse un intercambio de miradas y entonces desaparecía, mientras yo esperaba tomando un café en algún sitio. A veces se follaba a cinco tíos en un día, hundía el brazo hasta el codo en hombres cuyos rostros jamás veía. Cada noche de la semana había alguna orgía a la que estaba invitado.

– Nunca he entendido el jaleo que los heteros montáis con el rollo de la infidelidad -me decía-. No se trata más que de follar.

– Follar significa algo -replicaba yo. ¿Pero qué? Y añadía-: Sin duda, para que sea hermoso debe haber misterio.

– Cuando hay otras personas de por medio, siempre hay misterio -era su respuesta.

Susan ya ha puesto la mesa. Descorcho el vino y lo sirvo. El encargado de la licorería me ha dicho que es un vino de muy buen beber. Estos últimos días cualquier bebida alcohólica me parece de muy buen beber.

Susan trae la comida y la sirve. Echo un vistazo por encima del periódico. Mientras come, enciende el televisor, se pone las gafas y se inclina hacia adelante para mirar una serie.

– Oh, Dios mío -dice cuando sucede algo en la pantalla.

El ruido me produce dolor de cabeza. Si lo que quiere es contemplar un drama doméstico, no tiene más que mirar hacia la otra punta de la mesa.

Pero yo miro hacia otro lado: contemplo un árbol del jardín, un grabado colgado de la pared, anhelando algo hermoso o hecho con dedicación. He empezado a detestar la televisión, al igual que los otros medias. Yo era joven cuando el mundo del rock’n’roll -la apoteosis de la provocación superficial- representaba lo nuevo. Era rebelde y combatía lo convencional y lo muerto. También la televisión era una novedad durante mi juventud: todos esos mundos parpadeantes que la gente dejaba entrar en sus casas, mi padre obligándome a sostener de puntillas la antena en la ventana… Cada pocos meses llegaba a casa algo nuevo y brillante: un coche, una nevera, una lavadora, un teléfono. Y, durante algún tiempo, cada nuevo objeto nos fascinaba. Lo tocábamos y lo contemplábamos al menos durante un par de semanas. Éramos como todo el mundo, aunque nos anticipábamos a alguna gente. Creíamos -no sé por qué- que bastaba con poseer esas cosas para ser feliz.

Actualmente, detesto ser bombardeado por la vulgaridad, la vacuidad y la reiteración. Tengo amigos en la televisión. Hablan constantemente de su trabajo y su sueldo, de la política en la que están inmersos y del público al que no ven jamás cara a cara. Pero si uno enciende el televisor y se sienta esperando ver algo enriquecedor, se sentirá decepcionado, de hecho ultrajado, por los abusos, la agresión y la democratización forzosa del intelecto. Yo lo apago, me rebelo contra la rebelión.

Me palpita un nervio ocular. Parece que me tiemblan las manos. Me siento vacío y con los nervios en carne viva, como si me hubiesen atravesado con algo mortal. Mi cuerpo sabe lo que pasa. Si ahora tengo miedo, mañana me sentiré peor, y pasado mañana y el otro. Todo esto en nombre de una especie de liberación. Pero las sensaciones atroces se evaporan al cabo de cierto tiempo, y eso precisamente es una de las cosas que las hacen atroces.

En la universidad conocí a una mujer tan melancólica como yo, si no más. Durante seis años, antes de conocer a Susan, vivimos juntos. Ahora a mí eso me parece mucho tiempo. Pero entonces pensaba que habría tiempo para todo. Dormíamos en la misma cama cada noche y cocinábamos y comíamos juntos. Nuestros amigos daban por hecho que formábamos una pareja perfecta, aunque de vez en cuando teníamos aventuras con algún amante. Hacíamos el amor aproximadamente una vez al mes. Era a finales de los setenta y las relaciones eran libres y fáciles, como si todo el mundo estuviese de acuerdo en que confinarse en relaciones estables desequilibraba mentalmente a la gente. Creo que yo entonces pensaba que si uno no tenía hijos, la monogamia resultaba innecesaria.

Quiero dejar constancia de que el olor de la mimosa me recuerda a ella. Quiero dejar constancia de que ella siempre estará conmigo en cierta forma. Pero se ha terminado y ella es un amor verdadero por el que no he llorado.

Pero no he borrado de mi mente a Nina. Todavía soy incapaz de dejarla marchar.

Me obligo a comer. Los próximos días necesitaré reunir todas mis fuerzas. Pero nunca el tomate me había resultado tan poco apetecible. De pronto Susan me acaricia la cara con las puntas de los dedos.

– Tú -dice.

– ¿Sí?

Tal vez percibe la velocidad y confusión de mis pensamientos.

– Simplemente tú, Jay. No pasa nada. Simplemente eso.

La miro fijamente. La ternura de su gesto me impacta. Me pregunto si de alguna manera, en cierto modo, me quiere. Y si uno tiene la suerte de ser amado, debería sin duda saber apreciarlo. Yo contaba con que nos pelearíamos. Eso me habría permitido marcharme de casa esta noche. Pero sé que debo hacer esto manteniendo la calma y la compostura, no salir corriendo como si me ardiera el pelo, o como si tuviese una alucinación, o como si quisiera asesinar a alguien.

Esta noche quiero mantener mi irracionalidad bajo control, que no se me vaya de las manos, por favor.

No es la primera vez que me marcho. ¿Sabéis?, me he largado en otras ocasiones. Cuando era niño, me sentaba en mi dormitorio, tapándome las orejas con las manos, mientras mis padres se peleaban en la planta baja, convencido de que uno mataría al otro y después se suicidaría. Me imaginaba alejándome como Dick Whittington, con un pañuelo de lunares anudado a un bastón que sostenía sobre el hombro. Pero nunca lograba decidirme por un destino. Pensaba en ir hacia el norte, pero Billy, el embustero era una de mis películas favoritas, y sabía que los tipos espabilados del norte en cuanto podían ponían rumbo al sur.

Algunos años después, un aburrido mediodía, un amigo y yo salimos de casa y tomamos el tren hacia la costa en la estación de Waterloo, y después el ferry hasta la Isla de Wight, donde esperábamos ver a Bob Dylan cantando «Subterranean Homesick Blues». Pasamos toda la noche echados bajo la llovizna con nuestras camisetas descoloridas y nuestros tejanos deshilachados, y regresamos a casa al día siguiente, decepcionados y atemorizados. En cuanto puse un pie en casa, mi madre empezó a gritar:

– ¿Qué has estado haciendo?

– Nunca más, nunca más -murmuraba yo.

Pero había sido una buena idea. Se hablaba de mi excursión en todo el instituto. Aumentó mi prestigio entre los hippies que antes me trataban con desdén. Me invitaron a una fiesta en la que conocí a su grupo: chicos y chicas de la zona, de entre trece y diecisiete años, que pasaban juntos muchas tardes y todos los fines de semana. Fumaban marihuana, o «mierda», tal como se la llamaba entonces, y tomaban LSD, incluso en clase. En las casas paternas, con los padres ausentes, las fiestas se convertían en orgías, con chicos y chicas copulando a la vista de todos e intercambiando parejas. La mayoría de los chavales huían, como yo, de algo: de sus hogares. Aprendí que no era necesario seguir al lado de tus padres. Podías largarte. Un profesor bueno me había mostrado un poema de Thom Gunn, «En ruta», que yo arranqué del libro y me guardé en el bolsillo trasero de mis Levis. En las fiestas me echaba en el suelo y lo declamaba: «Uno siempre está más cerca cuando no se queda quieto.»

Hay que moverse.

Otra vez.

Despejamos la mesa y Susan se sienta a escribir invitaciones para la fiesta de los niños. Después, mientras confecciona la lista de la compra para la semana que viene, me pregunta:

– ¿Qué te apetece que compre para comer?

– No tengo ganas de pensar en eso ahora.

– ¿Cuál es tu helado favorito en este momento? ¿El de nuez crujiente o el de vainilla?

– No lo sé.

– No es muy habitual en ti que seas incapaz de pensar en comida -dice Susan.

– No.

Estoy reflexionando sobre hasta qué punto la conozco. Su manera de inclinar la cabeza hacia un lado, la mueca que hace cuando se concentra. Parece la niña de once años que fue, pasando un examen. Y sin duda tendrá un aire parecido cuando haya cumplido los setenta y esté escribiéndole una carta a uno de nuestros hijos, con los mismos gestos y movimientos.

¿Cómo describirla? Una imagen típica sería la de una Susan adolescente, levantándose pronto para estudiar en su habitación, inclinada sobre una mesa como ahora. Se prepara para ir a la escuela, se hace un bocadillo y sale de casa, mientras sus padres todavía duermen. Logró entrar en Cambridge, donde se aseguró de conocer a la gente más interesante. Actúa de una forma tan premeditada en lo que se refiere a sus amistades como en todo lo demás.

Aunque existimos en todas nuestras edades al mismo tiempo, no puedo decir que la haya visto nunca con un aire infantil. Es una mujer eficaz y organizada. Nuestras neveras y congeladores están siempre llenos de sopa, verduras, vino, quesos y helados; las flores y arbustos del jardín, perfectamente clasificados; la ropa de los niños, lavada, planchada y doblada. Cada día nos llegan periódicos, libros, alcohol, comida y a menudo muebles. El camino de acceso a nuestra casa es una especie de vía pública para las industrias del servicio a domicilio.

También hay gente que viene a limpiar la casa, planchar las camisas, cuidar el jardín y podar los árboles, además de niñeras, canguros, cuidadoras y chicas au pair, por no mencionar a los masajistas, decoradores, acupuntores, asesores financieros, profesores de piano, contables, el ocasional camello y la gente que organiza a todos los arriba mencionados y algunos de los que se mencionarán a continuación. Cuando algunos de los numerosos aparatos que hay en la casa se estropean, hay hombres que vienen a arreglarlos; hay uno para cada aparato. En una pizarra están escritas con tiza las instrucciones de la semana, con abundantes subrayados. Susan siempre está pensando en cómo mejorar las cosas de la casa.

Y también tiene opiniones meditadas y contundentes sobre las últimas películas estrenadas o los discos que acaban de salir. En la cama lee libros de cocina.

Como vengo de la clase media baja y de los suburbios, donde la pobreza y las pretensiones van juntas, me doy cuenta de lo bien montado que lo tiene la clase media, con este mundo aislado y protegido en el que vive. Son muy discretos al respecto, y con razón; también se sienten culpables, pero se aseguran de tener lo mejor, oh, sí.

Como en todos los demás asuntos, en el matrimonio se desarrolla rápidamente una división del trabajo perfectamente asumida y el compromiso de cumplir una serie de reglas. Pero las parejas nunca están del todo seguras de si ambos están jugando según las mismas, o si éstas han cambiado durante la noche, sin que el otro haya sido informado.

No fue su ingenio o su belleza lo que me fascinó de Susan. Nunca hubo una gran pasión; tal vez ése es el problema. Pero hubo placer. Me gustaba su rutinaria destreza y habilidad para salir adelante. No estaba indefensa ante el mundo, a diferencia de cómo me sentía yo. Ella era franca y firme; sabía cómo hacer las cosas bien. Siempre he envidiado su capacidad; me conformaría con poseer tan sólo la mitad de la que tiene ella. A expensas de sentirme yo débil, permito que ella se sienta fuerte. Si yo fuera demasiado fuerte y capaz, no la necesitaría y tendríamos que separamos.

Susan es excesivamente prudente para desear demasiado poder, pero en la oficina es clara y precisa. No tiene ningún reparo en hacer que la gente menos segura se sienta inútil. No sabe cómo protegerlos de su determinación y vigor, y es incapaz de entender cómo yo puedo ver las cosas desde el punto de vista opuesto. Después de todo, ella es más inteligente que sus colegas y ha trabajado más que ellos. Como muchas chicas educadas para comportarse con amabilidad y buenos modales, a ella le gusta agradar. Tal vez por eso las mujeres jóvenes son tan aptas para el mundo laboral contemporáneo. Son muy bien recibidas en él. Y no es que Susan no pueda resultar implacable, atenta como tiene que estar a disimular su cara más amable. Sin embargo, la ambición sin imaginación es siempre tosca.

A diferencia de mí, ella no se pasa el día elucubrando sobre el esplendor y la profundidad de su mente. A ella le parece que incluso el interesante conocimiento de uno mismo es demasiado cómodo. La gama de sus sentimientos es limitada; le parecería vergonzoso evidenciar sus estados de ánimo. Por consiguiente, mantiene la mayor parte de sí misma oculta, por temor a lo que los otros y ella misma en particular podrían pensar. Voy a decir algo que puede sonar extraño: como nunca se ha sentido decepcionada ni desilusionada -su propia existencia nunca la ha angustiado, nunca caería en un caos interior-, no ha cambiado.

Pero, para conseguir que todo funcione, Susan puede ser tiránica y estricta, y dotarse de un duro y nada agradable caparazón. Hay que andarse con cuidado con ella: raramente llora, pero estalla con facilidad.

Muestra, también, un curioso apego a la pequeña y, cuando le es posible, a la gran aristocracia. A mí no me molesta un poco de esnobismo, del mismo modo que no tengo nada que objetar a otras formas de vanidad más patéticas; resultan divertidas. Pero Susan siente predilección por cualquier persona que ostente un título nobiliario, del mismo modo que algunas chicas sólo salen con baterías y no con, por ejemplo, bajistas. Encuentro que es un apego desconcertante a una clase social que no solamente está en plena putrefacción, sino que además carece por completo de interés. Sin duda, uno debe tolerar todo tipo de tendencias irritantes en los demás, ¿pero qué sucede en las ocasiones en que uno simplemente no entiende en absoluto a la otra persona?

Cuando estoy de humor, puedo hacerla reír, sobre todo de sí misma, lo cual es una forma de amor, porque significa que he reconocido algo de ella. Creo que Susan envidia mi despreocupación. No sé a ciencia cierta qué otra función cumplo, aunque siempre he sido muy solicitado por ella. Dado que tuve una madre a la que de poco le servía, una mujer a la que no podía ni curar ni distraer, me ha gustado sentirme necesario.

Pero he sido empujado y apartado por mi incapacidad de conocerme a mí mismo, porque me he acostumbrado a aceptar esta situación, y mañana por la mañana nos besaremos y nos separaremos.

De hecho, olvidemos el beso.

Me da miedo la soledad y me dan miedo los demás. Me da miedo…

– ¿Perdón? -digo.

Susan me está hablando. Me pide que vaya a buscar mi diario.

– ¿Por qué? -pregunto.

– ¿Por qué? Hazlo y punto, si no te importa. ¡Hazlo!

– No me hables así. Eres muy severa.

– Estoy demasiado cansada para negociar sobre el diario. Los niños se levantan a las seis. Yo me paso el día entero en el trabajo. ¿Tú qué haces por las tardes? ¡Supongo que duermes!

– No estás demasiado cansada para levantar la voz -le digo.

– Es la única manera de conseguir que hagas algo.

– No, no es cierto.

– Me agotas.

– Y tú a mí.

Le daría un bofetón. Se iba a enterar. Pero en casa debemos actuar como políticos comedidos. Sin embargo, estoy a punto de decirle: «Susan, ¿no lo comprendes, no eres capaz de entender que de todas las noches que hemos pasado juntos, ésta es la última…, la última de todas?»

Mi ira, normalmente contenida, puede ser cruel y vengativa. En un momento como éste, sería capaz de revelar mis intenciones para obtener una satisfacción fácil.

Sin embargo, debería estar satisfecho. No es que esta noche pretenda descubrir que Susan y yo realmente nos compenetramos.

– De acuerdo, de acuerdo, lo haré -murmuro.

– Por fin.

La miro y niego con la cabeza.

A veces hago lo que Susan me pide, pero de un modo absurdo y paródico, esperando que se dé cuenta de lo idiota que me parece. Pero ella no se percata y, para mi disgusto, queda satisfecha de mi cooperación.

Me siento ante ella con mi diario, hojeándolo. Después de la fecha de hoy, las páginas están en blanco. He dejado espacio para el resto de mi vida.

– Los niños están estupendos, ¿no te parece? -me dice.

– Se los ve sanos y felices.

– Los quieres, ¿verdad?

– Apasionadamente.

Susan deja escapar un bufido y dice:

– Me resulta difícil imaginarte apasionado por algo.

Comenta las ganas que tiene de que llegue el fin de semana, que hemos planeado pasar fuera. Iremos a un hotel en el campo en el que nos alojamos hace muchos años, cuando ella estaba embarazada de nuestro primer hijo. Hacía un tiempo cálido. Paseábamos en barca por un lago. Comíamos mejillones y leíamos los periódicos en la playa. Iremos los dos solos, sin los niños, y tendremos ocasión de hablar.

– ¿Qué libros podemos llevamos para leer? -me pregunta.

– Después buscaré alguna cosa en mi estudio -le digo.

– Un descanso nos vendrá muy bien. Sé que últimamente la situación se ha puesto bastante tensa aquí.

– ¿Tú crees?

– Estás deprimido y no haces ningún esfuerzo. Pero… las cosas se pueden hablar.

– ¿Qué cosas?

– Todo esto -responde ella, y gesticula con las manos-. Creo que necesitamos hablar.

Recupera el control sobre sí misma.

– Antes eras un hombre muy cariñoso. Todavía lo eres, con los niños. -Me recuerda que desde el hotel campestre se pueden dar paseos hasta lugares históricos y castillos-. Y, por favor -añade-, ¿te acordarás de llevar la cámara esta vez?

– Lo intentaré.

– No se trata sólo de que seas un completo inepto, sino que no quieres ninguna fotografía mía, ¿no?

– A veces sí.

– No, no es cierto. Nunca me propones hacerme alguna.

– No, no te lo propongo.

– Eso es horrible. Deberías tener una foto mía sobre tu mesa de trabajo, como yo tengo una tuya.

– A mí no me interesa la fotografía. Y tú no eres tan vanidosa como yo.

– Eso es cierto.

Paseo arriba y abajo por la habitación con mi vaso en la mano, inquieto. Susan no se da cuenta. Para ella es una noche como cualquier otra.

El miedo es algo que sé reconocer. Mi infancia todavía guarda el sabor del miedo; de horas, días y meses de miedo. Miedo a mis padres, tías y tíos, a los vicarios, la policía y los profesores, y a ser pateado, maltratado e insultado por otros niños. Miedo a meterme en líos, a ser descubierto, y miedo a ser recriminado, abofeteado, ignorado, encerrado, excluido, y a otros numerosos castigos que rodeaban todo cuanto uno intentaba hacer. Y estaba, también, el miedo a lo que uno quería, odiaba o deseaba; el miedo a tu propia rabia, el miedo a las represalias y la aniquilación. Existen el hábito, la convención y la moralidad, además del miedo a lo que puedes llegar a ser. No es sorprendente que uno acabe acostumbrándose a hacer lo que le dicen que haga, mientras se construye un escondrijo seguro en su interior y lleva una vida secreta. Tal vez por eso las historias de espías y dobles vidas nos resultan tan fascinantes. Es sin duda un milagro que alguien pueda hacer alguna vez algo original.

Me percato de que Susan me está hablando otra vez.

– Por cierto, ha telefoneado Victor.

– ¿Ah, sí? ¿Ha dejado algún mensaje?

– Quería saber cuándo venías.

Susan me mira.

– De acuerdo -digo-. Gracias.

Después de un breve silencio, pregunta:

– ¿Por qué no ves a más gente? A gente decente, no sólo a Victor.

– No soporto las distracciones -le respondo-. Mi vida interior me ocupa demasiado tiempo.

Y debería añadir: Tengo demasiadas voces que atender dentro de mi cabeza.

– No logro entender en qué tienes que pensar tanto -me dice. Y se ríe-. No has comido casi nada. Los pantalones se te han quedado grandes. Siempre parecen a punto de caérsete. Pareces un fideo.

– Lo siento.

– ¿Lo sientes? No digas que lo sientes. Resultas patético.

– A veces lo soy.

Susan suelta un gruñido. Al cabo de unos segundos se pone en pie.

– Mete los platos en el lavavajillas -me ordena-. No los dejes en el fregadero para que los friegue yo.

– Los meteré en el lavavajillas cuando tenga un momento.

– Eso significa nunca. -Y añade-: ¿Subes?

Le lanzo una mirada penetrante y llena de interés, preguntándome si me está hablando de sexo -debe de hacer más de un mes que no follamos-, o si sólo pretende que leamos en la cama. Me gustan los libros, pero no pienso desvestirme por uno.

– Dentro de un rato -le digo.

– Pareces inquieto.

– ¿Ah, sí?

– Es la edad.

– Debe de ser eso.

Los adultos solían decirme eso cuando era un niño. «Es sólo una fase.»

Para algunas personas -creo que para los budistas- la vida sólo es una fase.

Asif adora los fines de semana. Alguna que otra vez me encuentro con él y su familia en el camino junto al río los domingos por la mañana; los niños llevan cascos amarillos y van sentados en la parte trasera de las bicicletas de los adultos, en ruta hacia un picnic. En la universidad, Asif era el más brillante de nuestra promoción y se le consideraba una especie de mártir porque iba a convertirse en profesor.

Pero él nunca quiso otra cosa. Poco después de los exámenes finales, se casó con Najma. Uno de sus hijos se ha pasado varios meses en el hospital y ha sobrevivido de milagro. Asif casi se volvió loco de la angustia. El niño parece haberse recuperado, pero Asif no consigue olvidar que estuvo a punto de perderlo.

No viene muy a menudo a la ciudad; la agitación y el ruido le provocan dolor de cabeza. Pero cuando él y yo celebramos una comida de «viejos amigos», siempre insisto en quedar en el centro urbano. Desde la estación, lo llevo a lugares ruidosos frecuentados por chicas a la moda que visten ropa ceñida.

– ¡Vaya una galería de obras de arte a la que me has traído! -dice, frotándose las manos-. ¿Te pasas la vida en sitios como éste?

– Oh, sí.

Le animo a fijarse en los atributos de las chicas que nos rodean y le informo de que sienten predilección por los hombres maduros.

– ¿Eso existe? -pregunta-. ¿Estás seguro? ¿Te has acostado con todas?

– Estoy en ello. ¿Champán?

– Perfecto.

– Voy a pedir una botella.

Hablamos de libros y de política, y de nuestros amigos comunes en la universidad. He conseguido que confiese que en ocasiones se pregunta cómo sería montárselo con otra mujer. Pero entonces se imagina a su esposa cortando flores mientras le espera. Dice que la ve al otro lado de la cama, en bata y con tres niños durmiendo entre ella y él.

Recuerdo cómo describía lo mucho que le gustaba lamerle el coño. Y por lo visto, a pesar del tiempo que ha pasado, sigue gruñendo y sorbiendo ahí abajo durante horas, preguntándose si su alma emergerá por las orejas de su esposa. Se masajean mutuamente los pies con aceite de coco. En el invernadero sus sillas están cara a cara. Cuando no están hablando de sus hijos o de los temas importantes de la jornada, leen en voz alta a Christina Rossetti.

– ¡Dentro de cinco años -me comenta- nos mudaremos de casa!

Cuando suspira por algo -no es idiota-, suspira por lo que ya tiene, jugar en el mismo equipo de criquet que su hijo, tener en el jardín un estanque con ranas o hacer un viaje al Gran Cañón. Resulta fácil reírse de la felicidad burguesa. ¿Pero existe alguna otra? Asif es una persona peculiar, a quien no le da miedo reconocer que es feliz.

Una tarde fui a su casa a recoger a mis hijos. Mientras ellos jugaban en el jardín, Najma dibujaba con lápices de colores en la mesa de la cocina. Me encanta mirar los lápices de colores, y garabatear con ellos en enormes hojas de papel coloreado. Pero la serenidad que se respiraba allí me hizo sentirme incómodo, no sé por qué. No podía quedarme tranquilamente sentado porque deseaba besarla y arrastrarla hasta el dormitorio, provocar una situación nueva, probar algún modo de descubrir qué pasaba allí, cuál era el secreto.

La felicidad de Asif me excluye. Al cabo de un rato sólo somos capaces de sonreímos. No logro comprenderlo como comprendo a Victor. Es la infelicidad y el dolor lo que me llega al corazón. Esas cosas las entiendo y puedo ser útil. Una atmósfera de depresión generalizada y una penumbra templada me hacen sentirme en casa. Si te atrae la infelicidad, nunca te faltarán amigos.

Si tan sólo pudiese ver el rostro de ella otra vez. Pero ni siquiera tengo una fotografía.

Para Aristóteles la finalidad de la vida es «la actividad llevada a cabo con éxito» o la felicidad, que para él es inseparable del placer, aunque no es lo mismo. Mi infelicidad no beneficia a nadie, ni a Susan, ni a los niños, ni a mí mismo. Pero tal vez la felicidad -ese estado en el que se experimenta una satisfacción global, en el que uno lo tiene todo, incluida la música- es el resultado de un aprendizaje.

Y desde luego yo no lo he adquirido en esta casa. Tal vez no lo he buscado o no he sabido asimilarlo. Porque sin duda ha habido oportunidades. Esa tarde, cuando… Sus caras sonrientes. La mano de Susan en el momento en que…

Y, sin embargo, las cortinas de terciopelo, el queso blando, un trabajo estimulante y unos hijos que corren a toda velocidad… no es suficiente. Y si no lo es, no lo es y punto. Uno no puede vivir así. Es nuestra imaginación la que construye el mundo; nuestros ojos le dan vida y nuestras manos forma. Los deseos lo hacen prosperar; el sentido se lo da lo que uno pone, no lo que saca. Uno sólo ve lo que está predispuesto a ver, nada más. Debemos crear lo nuevo.

Asif es un hombre íntegro y con principios. Sin resultar especialmente pomposo, no se avergüenza de decir lo que piensa. Rechazó todo ese cinismo de los años ochenta. Sus convicciones le proporcionan estabilidad, coherencia y un centro. Sabe dónde está; el mundo siempre le resulta reconocible. ¿Pero por qué la gente a la que le funciona la vida en familia tiene que ser tan pagada de sí misma y pretender que ésa es la única manera de vivir, como si todas las demás resultasen inadecuadas? ¿Por qué no se les puede reprochar su ineptitud para la promiscuidad?

Yo también soy íntegro, de eso estoy seguro. Resulta difícil de explicar. Espero de Asif que reconozca mi particular probidad sin tener que mostrársela en detalle. Supongo que en estos momentos siento la necesidad de ser leal a alguna otra cosa. O a alguna otra persona. Sí; leal a mí mismo. ¿Cuándo empezaron a ir mal las cosas con Susan? Cuando me quité la venda de los ojos, cuando decidí que quería ver las cosas.

Hace algunos meses, fuimos a su estudio, y yo le pedí que le dijera a Susan que había estado con él, cuando en realidad había estado con Nina.

Él se mostró consternado.

– No me pidas que haga eso.

– ¿Qué?

– Mentir por ti -dijo.

– ¿No somos amigos? -le repliqué-. Es una mentira razonable. Susan duda de mí. Y eso la hace infeliz.

Él negó con la cabeza y dijo:

– Estás demasiado acostumbrado a hacer lo que te da la gana. Tú la haces infeliz.

– Me gusta otra mujer -le dije.

– ¿Quién es?

Le había hablado poco de mis relaciones con mujeres; él imaginaba aventuras tan fabulosas que yo no quería desilusionarle. En una ocasión me dijo: «Me recuerdas a alguien que sólo lee el primer capítulo de un libro. Nunca llegas a averiguar qué sucede después.»

Me hizo varias preguntas, la primera de las cuales fue:

– ¿Qué edad tiene?

En su cara apareció una clara mueca de asco, como si tratara de ingerir un sorbo de leche agria.

– Entonces se trata sólo de sexo.

– Por ahí van los tiros -dije.

– Pero el matrimonio es una batalla, un viaje terrible, una temporada en el infierno y una razón para vivir. Hay que estar bien provisto en todos los ámbitos, no sólo en el sexual.

– Sí -dije con voz apagada-. Lo sé.

Oh, estar bien provisto en todos los ámbitos.

A partir de cierta edad, tan sólo hay ciertas personas a las que, en ciertas circunstancias, permitimos que se amen. Últimamente, mamá ha estado bromeando con que querría a un hombre más joven, e incluso mira a los chicos por la calle y dice: «Es guapo.» Me hace sentir escalofríos. La abuela, a sus ochenta años, encontró un amante con el que hacía manitas. Empezó a ponerse perfume y pendientes. Creía que estaríamos encantados de que ya no estuviese sola. ¡Con qué vehemencia incluso los más sediciosos exigimos el respeto a las estrictas convenciones! Sin embargo, la ópera favorita de Asif es Don Giovanni, y Anna Karenina y Madame Bovary son sus novelas predilectas. ¡Todas ellas testamentos de fuego y traición!

La gente no quiere que disfrutes demasiado, creen que es malo para ti. Podrías empezar a desearlo a todas horas. ¡Qué perturbador es el deseo! Es un demonio que nunca duerme ni se está quieto. El deseo es travieso y no se pliega a nuestros ideales, y por eso tenemos tanta necesidad de ellos. El deseo se mofa de todos los esfuerzos humanos y los hace dignos de consideración. El deseo es el anarquista primigenio y el primer agente secreto; no es sorprendente que la gente quiera verlo arrestado y a buen recaudo. Y justo cuando creemos que lo tenemos bajo control, nos defrauda o nos llena de esperanza. El deseo me hace reír porque nos convierte a todos en idiotas. De todas formas, más vale ser idiota que fascista.

Cuando, de una manera abstracta, abordé el tema de la separación, Asif dijo:

– Puedo entender que alguien deje a su esposa, pero no me cabe en la cabeza que alguien pueda dejar a sus hijos. Para mí, el simple hecho de ir al trabajo es algo así como La decisión de Sofía.

Son los hombres los que tienen que marcharse. Se les culpa por ello, como me culparán a mí. Entiendo la necesidad de culpabilizar: la idea de que alguien con más voluntad, coraje o sentido del deber habría actuado de otra manera. Tiene que haber, en alguna parte, una vulneración deliberada de la moral que vaya más lejos que la simple anarquía, para preservar la idea de justicia y de sentido en el mundo.

Tal vez Asif considerará todo esto del mismo modo que uno pensaría en la muerte de un conocido: vaya locura ha hecho muriéndose. ¡Sin duda, no es el tipo de error que uno mismo cometería! Asif se estremecerá y se sentirá feliz de que no le haya sucedido a él. Y se pondrá a contemplar sus ranas.

Tú te sentaste cómodamente en tu silla. Era en ese sitio al que fuimos, elegido al azar en el Soho. Lo he estado buscando esta mañana, para recordar.

De algún modo, esperaba encontrarte allí sentada, esperándome.

Ese día, perdidos ambos en nuestra perplejidad, apenas hablamos. Y tú te recogiste el pelo detrás de las orejas para que yo pudiera verte la cara.

– Si me quieres, aquí me tienes. Puedo ser tuya -dijiste.

Puedo ser tuya, puedo serlo.

Pero eso era antes.

Las sillas cómodas, las viejas alfombras, los metros de libros, los abundantes cuadros y las pilas de compacts crean un silencio sosegante. Siempre he tenido una habitación o un estudio así.

Aquí leo y tomo notas, pero no trabajo en casa. Durante los últimos diez años he alquilado un despacho a una distancia accesible en autobús, un espacio lo más desnudo y minimalista posible, y en el mejor de los casos con una ventana que dé a uno de esos patios de luces en los que repiquetea la lluvia. Trabajo por impulsos, sin interrupción, en guiones originales o adaptaciones para la televisión y el cine. Paseo mucho por la habitación, o bien salgo a la calle y camino sin rumbo fijo.

Me considero más un ingeniero que un artista, si bien, a medida que domino más mi oficio, me percato de que pongo más de mí mismo en lo que escribo que antes. Actualmente, me gusta que mi oficio me exija más. Pero cuando me pongo a escribir el guión, la mayor parte del trabajo artístico ya está hecho. Aunque se necesita cierto talento para colocar las escenas adecuadas en el orden adecuado. La organización en un trabajo es mucho más importante de lo que la gente cree. Si los escritores del pasado hubieran sabido que en el futuro todas sus historias se adaptarían a la pantalla, nos hubiesen ahorrado un montón de tiempo a la gente como yo. «Transformar el oro en mierda», lo llama Asif.

Saco mi bolsa de fin de semana del armario y la abro. Miro el fondo y después la levanto sobre mi cabeza. ¿Qué se lleva uno cuando no piensa volver? Meto un libro -una cosa de Strindberg que he estado estudiando-, pero lo vuelvo a colocar en la estantería.

Me quedo aquí de pie durante una eternidad, mirando a mi alrededor. Temo sentirme demasiado cómodo en mi propia casa, como si creyera que si me siento, perderé todo deseo de cambio. Encima de mi escritorio está el estante en el que guardo mis premios y distinciones. Susan dice que hace que la habitación parezca la sala de espera de un dentista.

Un inventario, tal vez.

El escritorio -que mis padres me regalaron cuando aprobé el bachillerato- lo he cargado de una casa okupada a la siguiente, pasando por pisos compartidos y apartamentos subvencionados por el ayuntamiento, hasta que finalmente ha llegado aquí, la primera casa en propiedad que he tenido en mi vida. Una decisión significativa, la de pagar una hipoteca. Era como si uno ya no pudiera «moverse» nunca más.

Dejaré el escritorio para los chicos. ¿Y los libros? No puedo ni releerlos ni tirarlos. Ya he pasado suficiente tiempo con la cara hundida entre sus páginas, en ocasiones por obligación, en otras por placer, en otras en busca del apoyo que sólo una persona te puede dar. Cuando era joven, cometía a menudo el error de empezar un libro por el principio y leérmelo de cabo a rabo hasta el final.

Durante cierto tiempo fui una especie de marxista, aunque ya no soy capaz de recordar las diferencias entre las distintas corrientes: gramscianos, leninistas, hegelianos, maoístas, althusserianos. En esa época, estas sutiles diferenciaciones eran tan trascendentales como, digamos, la diferencia entre ahorcar a alguien o fusilarlo.

También me interesaba la historia: E. P. Thompson, Hobsbawm, Hill. Un tío mío, ya maduro, decidió hacerse «especialista» en Historia de Roma y se pasó años memorizando a «los clásicos». Pero al final de su vida no sólo era incapaz de recordar más de un diez por ciento de su contenido, sino que ni siquiera lograba acordarse de por qué o para quién había decidido aprender todo aquello.

Se me podrá decir que sin una cultura general no se puede entender nada. Pero la cultura general no me va a ser de ninguna ayuda esta noche. No puedo deshacerme de mi soledad ni de mis anhelos.

Debo hacer algo. Pero ¿qué?

Y, lo que es más importante, ¿por qué?

Durante mis años universitarios compartí apartamento con un amigo, un tipo atractivo e inteligente, capaz de pasarse días y días sentado ante una mesa, con un paquete de cigarrillos como única distracción. En el apartamento podía entrar y salir gente; podían tener problemas o estar tristes; o podían querer diversión o sexo. Y, sin embargo, él seguía allí sentado. No sé si era depresivo, indiferente o estoico. Pero yo le envidiaba. Simplemente esperaba, sin perseguir nada. Él y yo hablamos de la posibilidad de alimentarse comiendo sólo cereales, dos veces al día, además de una naranja. Descubrimos que se podía sobrevivir durante semanas siguiendo este régimen sin que afectase a la salud, aunque sí al aspecto físico. Sospecho que algún día me llegará la noticia de que se ha suicidado.

Pero ser capaz de soportar la propia mente, esperar a que la tormenta interior de pensamientos intolerables se disperse por sí sola y contemplar los escombros con una actitud comprensiva: ése es un estado de ánimo envidiable.

¿Qué es lo que me deja más perplejo? El hecho de que he batallado con las mismas preguntas y obsesiones y con las mismas respuestas torpes e inútiles durante tanto tiempo, durante los últimos diez años, sin experimentar ninguna ampliación de conocimientos, ni ninguna disminución de mi necesidad de saber; como una rata en la rueda de su jaula. ¿Cómo puedo escapar? Estoy saliendo. Una crisis es una brecha y una posibilidad de fuga. Y eso ya es algo.

Uno comete errores, se equivoca de rumbo, divaga. Si uno pudiera ver su tortuosa evolución como una especie de experimento, sin ansiar una imposible seguridad -no sucede nada interesante sin asumir riesgos-, se podría conseguir cierto sosiego.

Por supuesto que puedes experimentar con tu propia vida. Pero tal vez no deberías hacerlo con la de otras personas.

Me gusta acompañar a mis melenudos hijos a la escuela después de comer, cogiéndolos de la mano y bromeando con ellos. Pero en cuanto entramos en el patio Victoriano, el olor del sitio y el aire de obstinación de la maestra -su voz llega hasta la calle- me traen a la memoria la futilidad de todo eso. Si la maestra me hablase como le habla a mi hijo mayor, le daría una bofetada. Un hombre con más carácter se llevaría a sus hijos a casa. Pero yo los dejo allí y me dirijo a un pub tranquilo para tomarme una pinta de Guiness, leer el periódico y fumarme un cigarrillo, contento de que sean ellos y no yo los que tienen que quedarse en la escuela.

Yo nunca prestaba atención a mis profesoras. Me aburrían y me asustaban, a menos que sus piernas supusieran cierta compensación. Pero mis primeras semanas en la universidad me provocaron un impacto considerable. Tenía que ir a casa para leer manuales del tipo Aprenda usted solo y Guías infantiles de… Cuando acababa con mis obligaciones y podía divagar, leía a Platón, Descartes, Hume, Kant, Marx, Freud y Sartre.

La filosofía era formal, abstracta, relajante. La elegí porque amaba la literatura y no quería narraciones envenenadas por la teorización. Para mí eso era como comida que ya habían masticado otras personas. Estoy preparado para volver a estudiar en serio: música, poesía, historia. A mi edad, ahora que por fin tomo conciencia de que soy un ser humano, no he acabado de aprender. Ya no me avergüenzo de mi ignorancia, ni temo que me gusten ciertas cosas.

En los años universitarios íbamos al teatro varias veces a la semana, ya que mi grupo de amigos trabajaban de encargados de guardarropía y acomodadores en el Royal Court, en el recién inaugurado National y en la Royal Shakespeare Company de Aldwych. Yo aprovechaba los entreactos para ligar con chicas del público. Durante las representaciones de las obras más aburridas salían discretamente de la sala para hablar conmigo. Nunca he visto que los hombres que ocupan una posición de subalternos disgusten a las mujeres. De hecho, hay gente que cuanto más subordinado eres, más «genuino» te imagina. La gente teme un poder excesivo en los demás. Pero cuando conseguía seducir a esas mujeres, nunca sabía realmente qué hacer con ellas.

Sigo de pie, pero algo se mueve y eso no me gusta nada. Sí, soy yo el que se mueve. Parece que me balanceo.

Me siento y permanezco inmóvil durante unos minutos, con la cabeza entre las manos, respirando profundamente, con la esperanza de alcanzar una calma profunda. Durante uno de nuestros periodos turbulentos, Susan y yo asistimos a clases de yoga en un local situado al final de la calle. En esas clases había un montón de mujeres atractivas, la mayoría de ellas embutidas en mallas de colores brillantes, y todas adoptando atrevidas posturas que se reflejaban en los impolutos espejos. En esas circunstancias, me resultaba difícil alcanzar un estado de infinita ausencia de deseo. Mientras nuestras almas se elevaban hacia un nirvana con un colectivo «oommmm», mi pene presionaba contra mis calzoncillos como diciendo: «¡No olvides que yo también estoy aquí!» El alivio sexual es el mayor grado de misticismo que la mayoría de la gente puede alcanzar.

A la mierda, lo dejaré todo aquí. Cuando mis hijos curioseen en esta habitación abandonada descubrirán, tal vez por pura casualidad, los tesoros que necesiten.

Yo, cuando volvía del instituto o de la facultad, me metía en mi dormitorio y apilaba los discos de música clásica de mi padre en el pivote de mi tocadiscos, y las sinfonías sonaban una tras otra hasta la hora de cenar. En aquella época era un signo de rebeldía que te gustase la música que no sonaba mejor cuanto más subías el volumen.

Después, inquieto ante mi escritorio, rodeado de las estanterías de mi padre, me levantaba y cogía algunos libros. Papá, como otros hombres del vecindario, consagraba la mayor parte de sus energías diarias a un trabajo insatisfactorio. El tiempo era precioso para él y me inculcó el temor a perderlo. Pero yo, mientras rezongaba y rumiaba ante mi escritorio, pensaba que no hacer nada era a menudo la mejor manera de hacer algo.

Lamentaré perder esta habitación. Porque aunque nunca me ha enseñado nadie el arte de la soledad, he tenido que aprenderlo, y esta habitación se ha convertido en algo tan necesario para mí como los Beatles, los besos en la nuca y el cariño. Aquí puedo seguir el hilo de mis pensamientos mientras leo, escribo, canto, bailo, rememoro el pasado y pierdo el tiempo. Aquí he examinado las intuiciones más sutiles y he atrapado al vuelo ideas vagas pero obsesivas. Estoy hablando del placer de no hacer, desear o hablar de nada, de abandonarse por completo.

Pero fue en esta habitación, de madrugada, cuando Susan y los niños dormían y yo me sentaba aquí escuchando los ruidos de la calle, donde comprendí hasta qué punto suspiraba por el contacto enriquecedor. Jamás di con la manera de disfrutar de la ociosidad con Susan. Ella tiene una mente muy activa. Uno puede sentirse tentado de admirar a una persona que vive con vigor y entusiasmo. Pero se percibe cierta desesperación en su hiperactividad, como si fuese su trabajo lo que la mantiene entera. En cierta forma, lo que yo quiero es menos de todo.

Sé lo necesarios que son los padres para los hijos. Yo me colgaba de la mano de mi padre cuando él recorría las librerías, se subía a las escaleras y permanecía sobre los escalones para coger algún viejo volumen. «Vámonos, vámonos…», protestaba yo.

Cómo nos impregna el pasado. Vivimos todos nuestros días al mismo tiempo. Los escritores favoritos de mi padre siguen siendo mis preferidos, especialmente los europeos decimonónicos, los rusos en particular. Personajes como Goriot, Vronski, Madame Ranévskaia, Nana o Julien Sorel forman parte de mí. Son los ejemplares de papá los que les daré a mis hijos. Papá me llevaba a ver películas de guerra y partidos de criquet. Cuando yo entraba en su habitación, el rostro de mi padre se iluminaba. Le encantaba besarme. Nos hicimos compañía durante muchos años. Yo me quería casar con él. Quería caminar, hablar y reír y vestirme como él. Mis hijos adoptan la misma actitud conmigo, repiten lo que yo digo con sus vocecitas, se quedan mirándome con admiración y se pelean por sentarse a mi lado. Pero voy a abandonarlos. ¿Qué opinaría mi padre de eso?

Lo mismo que a Nina le incomodaba de mí, a mí me incomodaba de él. Todavía no leo los periódicos con guantes, como hacía mi padre para que no se le ensuciaran los dedos. Pero conozco a un montón de comerciantes del barrio, y al pasar ante sus tiendas golpeo con los nudillos en sus escaparates y me detengo para preguntarles sobre los más nimios detalles de sus vidas. Papá era capaz de invitar a casa al primer iluminado cargado con una bolsa llena de panfletos religiosos con el que se cruzaba por la calle, y embarcarse en un debate feroz con él.

Pero a mí me falta su bondad. De todas las virtudes es la más dulce, sobre todo porque no se la considera un atributo moral, sino un don. Nina siempre decía que yo era bondadoso; decía que era el hombre perfecto para ella, y que atesoraba todas las virtudes que ella podía desear. ¿Seguiría hoy diciendo lo mismo?

Mi hijo pequeño, con la nariz pegada a mi muñeca mientras caminábamos por la calle la semana pasada, dijo:

– Papá, hueles a tu olor.

Adiós, tengo que marcharme.

Papá, que lleva muerto seis años, se habría horrorizado con mi fuga a escondidas. Semejante manera de largarse le habría parecido absolutamente indigna. Susan solía acudir a él cuando nos peleábamos y mi padre se ponía de su parte, me telefoneaba y me decía:

– No seas cruel, muchacho.

Me comentaba que ella era «una joya». Reunía todas las cualidades que yo pudiera desear. Papá dejó a su propia madre a los veintiún años y no la volvió a ver nunca más. No aprobaba las separaciones y le gustaba ser caballeroso. No creía que las mujeres se pudieran valer por sí solas. El hombre tenía el poder y debía actuar como un protector.

Papá también creía en la lealtad. Para él, ser acusado de deslealtad era equivalente a ser considerado un ladrón. ¿Pero a qué había sido leal él? Después de todo, cuando es necesario, uno siempre puede encontrar algo en lo que abocar una fe inquebrantable. Probablemente, él había sido leal a la propia idea de lealtad por temor a que sin ella el mundo perdiera la compasión y uno mismo quedara completamente desprotegido.

Papá era funcionario y más tarde trabajó como oficinista en Scotland Yard, para la policía. Por las mañanas y durante los fines de semana escribía novelas. Debió de acabar unas cinco o seis. Por un par de ellas recibió palabras de aliento de los editores, pero ninguna llegó a la imprenta. No eran ni muy buenas ni muy malas. Él nunca se rindió; era lo que siempre había querido hacer en la vida. En la cubierta del libro que tenía en su mesilla de noche aparecía una foto de un escritor de mediana edad sentado sobre una pila de libros, con una máquina de escribir portátil sobre las rodillas. Era una edición de Call It Experience, de Erskine Caldwell. Debajo del nombre del autor se leía: «Revela los secretos de la vida privada y el éxito literario de un gran escritor.» El escritor parecía un hombre con mucha experiencia; había recorrido mundo y estaba preparado para seguir adelante. Era un tipo duro. Así tenía que ser un escritor.

El fracaso hacía más firmes los propósitos de papá. Yo diría que era al mismo tiempo valiente y atolondrado. Quería que su hijo llegase a ser médico, y yo lo tomé en consideración, pero probablemente sólo porque admiraba a Chéjov y a papá le gustaba Somerset Maugham. Al final, papá me dijo que era absurdo elegir una profesión para el resto de mi vida que no me iba a proporcionar ningún placer. A su manera, era una persona cabal. Cuando dejé la universidad, me desenvolví con eficacia y éxito durante un par de años. Podía hacerlo, estaba claro. No sabía si era resultado de mi habilidad, de mi talento o pura suerte. Nos desconcertaba a ambos. El arte es fácil para aquellos que lo saben crear e imposible para los que no.

¿Qué me ha enseñado la vida de papá? Que la existencia es una lucha y que esa lucha no te lleva a ninguna parte y no es ni reconocida ni recompensada. El matrimonio proporciona pocos placeres; requiere un aguante considerable, como hacer un trabajo que uno detesta. No puedes largarte y no puedes disfrutarlo. Tanto él como mamá estaban frustrados y eran incapaces de encontrar una manera de conseguir aquello que deseaban, fuera lo que fuese. A pesar de todo, eran fieles y honestos el uno con el otro. Pero infieles y deshonestos consigo mismos. ¿O me estoy equivocando?

Paso la mano por los compacts apilados en todas las superficies disponibles. Hay música clásica de todas las épocas, incluido el sombrío Beethoven, mi Dios; jazz, sobre todo de los años cincuenta; blues, rock’n’roll y pop, especialmente de mediados de los sesenta y principios de los setenta. Mucho punk. Creo que era el odio que transmitía lo que nos atraía. Es una música fantástica, pero que uno nunca tiene ganas de escuchar.

Victor no tiene mucha música en su casa, y muy pocos libros. Sólo la Biblia, y nadie la lee, ni siquiera El Cantar de los Cantares. Ahora yo lo acompaño a las tiendas de discos y él ojea los compacts y va preguntando:

– ¿Quién es éste? ¿Y esto qué es?

Muestra una adorable incompetencia que provoca mi entusiasmo. Lo llevé a ver a un amigo que tiene una tienda. Se compró un traje azul cielo que sin duda llama la atención, pero no escandalizará, excepto en ciertos tugurios de baja estofa. Se ha teñido el pelo. Tiene cierto aire de tejón, y yo me he quedado perplejo con su pendiente en la oreja. Pero sofoco las carcajadas, y ante la situación diría: cualquier avance en el dominio de la sabiduría requiere una buena dosis de impudor.

Una pareja de clase media baja de los años cincuenta jamás se hubiera separado. Mis padres permanecieron bajo el mismo techo toda su vida. Mamá estaba allí sólo parcialmente. Se pasaba la mayor parte del día sentada en su silla, inerte y obesa. Apenas hablaba, excepto para discutir; jamás tocaba a nadie, y rompía a llorar a menudo; se odiaba a sí misma y nos odiaba a todos: era un pedazo de carne muerta en vida. No se lavaba nunca; había telarañas en todas las habitaciones; los platos y la cubertería estaban impregnados de grasa. Casi no nos mudábamos de ropa. Cualquier esfuerzo era un problema; vivía al borde del pánico, como si todo estuviese a punto de romperse en mil pedazos. Alguna que otra vez afloraban vestigios de vida, una sonrisa o un chiste, incluso una conversación. Pero eran signos poco habituales y fugaces. Durante mucho tiempo tuve la extraña sensación de que me recordaba a alguien que conocía.

En cierto modo, ella era consciente de eso.

«Egoísta», se llamaba a sí misma, porque el alma le dolía tanto que sólo podía pensar en sí misma. No sabía cómo disfrutar de la gente, del mundo o de su propio cuerpo. Yo tenía miedo de acercarme a ella, porque con una madre así uno nunca sabía si te mandaría a hacer puñetas o tendería los brazos para besarte. Yo vivía una existencia perturbada. Como para ella era una carga o una interrupción, no podía pedirle nada. Pero aunque ella no me quería, yo le daba motivos de preocupación. Y me preocupaba su agobio. La angustia nos encadenaba el uno al otro. Al menos teníamos algo en común.

Cuando fui nominado a un Oscar y la telefoneé para darle la noticia, me dijo:

– ¿Tendrás que ir a América? Está muy lejos.

– Gracias por preocuparte -le respondí.

Cuando yo era más mayor, íbamos muy justos de dinero. Papá se negó a buscar otro trabajo y no quería trasladarse a una zona distinta del país. No se podía tomar ninguna decisión hasta que «lo lograse». Mamá se vio obligada a buscar un empleo. Trabajó en el comedor de una escuela; trabajó en fábricas y oficinas; trabajó en una tienda. Creo que para ella la obligación de trabajar y el trato con otras personas eran mejores opciones que pasarse el día entero sentada en casa.

El día que empecé a convivir con mi melancólica novia en Londres fui a casa a recoger mis cosas. Imaginaba que sería la primera y última vez que me marcharía de casa. No sabía que acabaría convirtiéndolo en hábito. Mis padres estaban sentados cada uno en un sillón, contemplando cómo me llevaba mis discos. ¿Qué les quedaba a ellos por hacer? ¿No los estaba condenando a la inutilidad?

Pero cuando mi hermano y yo nos marchamos, nuestros padres empezaron a ir a galerías de arte, al cine, a pasear, y a tomarse largas vacaciones. Manifestaron un nuevo interés el uno por el otro y les faltaba tiempo para disfrutar de la vida. Victor dice que una vez que las luces de un amor se han apagado, nunca puedes volver a encenderlas, del mismo modo que no se puede recalentar un suflé. Pero mis padres atravesaron la oscuridad y descubrieron una nueva intimidad.

¿No puedes pues aplicarte tú? Susan me acusa a menudo de falta de aplicación. Era lo que decían mis profesores, que no me concentraba. Pero yo sí me concentraba. Creo que la mente siempre está concentrada… en alguna cosa que le interesa. En mi caso las faldas, las bromas, el criquet y la música pop. A pesar de nosotros mismos, sabemos lo que nos gusta, y nuestros errores y excursiones alocadas son iluminaciones. Tal vez sólo merece la pena de verdad aquello que no buscamos…, como el rostro de Nina y las caricias de sus largos dedos.

Sigo considerando mi falta de amor por Susan una debilidad, un fracaso del que soy responsable. ¿Pero qué sentido tiene marcharse si este fracaso se reproduce con cada mujer? ¿Y si se trata de una enfermedad que uno transmite a cada persona con la que mantiene una relación? ¿No debería mantener una maleta permanentemente preparada junto a cada puerta tras la cual me refugie?

No quiero pensar en eso.

Mi bolsa está en el suelo.

Necesitaré bolígrafos y papel para mi viaje. No quiero olvidar ninguna emoción importante. Seguiré el rastro de mis sentimientos como un detective, buscando pistas del crimen, escribiendo a medida que me lea a mí mismo. Quiero conseguir una sinceridad absoluta que no implique tan sólo admitir lo horrible que es uno. ¿Cómo me gusta escribir? Con un lápiz blando y la polla bien dura, nunca a la inversa.

Me gustan todos los tipos de papel: crema, blanco, amarillo; grueso, fino, pautado, sin marcas. En mi armario tengo al menos cincuenta cuadernos de notas, cada uno de los cuales, cuando lo compré, me llenó de la excitación de lo que diría, del descubrimiento de nuevos pensamientos. Cada uno tiene una hoja de papel secante entre las páginas, y todos están en blanco, a excepción de la primera página, en la que normalmente escribo algo del estilo de: «En este cuaderno anotaré todo lo que me venga a la mente, y pasado algún tiempo veré cómo emerge una imagen de mí, armada con fragmentos significativos…» Y después, nada. Me quedo helado, como le pasa a uno cuando las cosas adquieren un interés ilegítimo.

He intentado consagrar cada cuaderno de notas a un tema diferente: los libros que estoy leyendo, mis ideas políticas, los problemas que tengo con mi madre, Susan, mis actuales amantes, etc. Pero en cuanto empiezo, me distraigo limpiando mis plumas que gotean, recargándolas, probando las plumillas y preguntándome por qué la tinta no fluye regularmente. Hay pocos instrumentos más exquisitos que una pluma que se desliza sobre un papel de calidad, como un dedo sobre una piel joven.

Pero, de algún modo, estoy hecho para garabatear feroz e incontroladamente en pedazos de papel con bolígrafos viejos y lápices cortos de punta blanda.

De niños, como deberes de la escuela, a veces nos pedían que escribiéramos sobre el tema: «Qué he hecho hoy.» Ahora me siento como si estuviera elaborando una lista: las cosas que no he hecho hoy. Las cosas que no he hecho en esta vida.

Pienso en la gente a la que conozco (después podría escribir sus nombres en el cuaderno correspondiente) y me pregunto quién de ellos sabe vivir bien. Si vivir es un arte, desde luego es un arte extraño, un arte total, y especialmente el arte del placer vigoroso. Su forma desarrollada implica la aglutinación de un cierto número de cualidades: inteligencia, encanto, buena suerte, virtud natural, junto con sabiduría, buen gusto, conocimiento, comprensión y la aceptación de la angustia y el conflicto como parte de la vida. La riqueza no sería indispensable, pero sí la inteligencia que nos permitiría acceder a ella cuando fuese necesario. De las personas que conozco, las que poseen talento para la vida son las que disfrutan de una existencia libre, conciben grandes proyectos y los ven realizados. Son, también, la mejor compañía.

El otro día, Victor y yo estábamos en nuestro bar favorito, viendo un partido de fútbol por televisión.

– Cuando pienso que mi mujer y yo estuvimos juntos todas aquellas noches y aquellos años estériles y complicados, no entiendo nada. Tal vez fuese una especie de idealismo loco. Yo había hecho una promesa que tenía que cumplir a cualquier precio. ¿Pero por qué? El mundo jamás se recuperaría del fin de mi matrimonio. Mi fe en todo se haría pedazos. Creía todo eso sin saber hasta qué punto creía en ello. Era una obediencia, una sumisión ciega y estúpida. Probablemente fuese el único tipo de fe religiosa que he tenido en toda mi vida. Yo me tenía por un radical, pero era incapaz de destruir aquello que más me aprisionaba. ¿Destruirlo? ¡Si ni siquiera era capaz de verlo!

Dios mío, enséñame a ser irreflexivo.

Vamos. Adelante.

¿Cómo visten los fugitivos? Esto es importante. Debería hacer una lista, tal como me enseñó Susan. En casa de Victor no habrá un lugar apropiado para colocar mi ropa. Me molesta ese tipo de incomodidades. Sería mejor dejar la mayor parte aquí. Pero si Susan tiene un mínimo de instinto, me rasgará la chaqueta de Vivienne Westwood. Sería descorazonador que mi partida pasase inadvertida; un poco de delirio resulta esencial. En cuanto a los zapatos, no puedo llevarme muchos pares, pero necesitaré unos confortables y elegantes al mismo tiempo para conseguir tener confianza en mí mismo.

Tengo muchos trajes, a cada uno de los cuales doy prioridad en diferentes momentos, y me gusta ponérmelos para ir a almorzar, un acontecimiento que espero durante toda la mañana, ya que es el primer momento del día en que tomo conciencia de la existencia de los demás. Esta semana me inclino por el cruzado a rayas de cuatro botones. El pantalón es ahusado, con bolsillos delante. Lo llevo con mocasines de ante azules. No es extraordinariamente vistoso, pero me hace sentir irresistible. Estoy convencido de que me atenderán el primero en las tiendas y de que puedo hablarle a la gente con un aire de superioridad. Lo necesitaré para todos los bares y restaurantes a los que iré con Victor, para contrarrestar su modelo azul cielo. Pero no puedo pasearme de esa guisa cada día. También necesitaré otro tipo de ropa.

El otro día, para animarme, me compré un traje de cuadros marrón, un traje ligero para el verano. Había que hacerle unos retoques y no me lo enviarán hasta dentro de unos días. También compré camisas, pero no recuerdo ni cuántas ni de qué colores. De todas formas, no puedo seguir aquí por este motivo; tendré que telefonear a la tienda y decirles que me envíen el pedido a la dirección nueva. Ni siquiera es época de ponerme esa ropa todavía. Y cuando empiece a hacer más calor, ya hará un tiempo que me habré marchado.

Descuelgo de la pared mi fotografía dedicada de John Lennon y la guardo en la bolsa vacía. Eso es algo que quiero llevarme. Y también un puñado de compacts. ¿Alfred Brendel o Emil Gilels? ¿Marvin Gaye u Otis Redding? Tal vez debería recordarme a mí mismo que me estoy largando a hurtadillas y no preparándome para asistir al programa «¿Qué discos se llevaría a una isla desierta?». Sin embargo, soy incapaz de escuchar el comienzo de «Stray Cat Blues» sin sentir deseos de hacer autoestop en dirección a España con una adolescente. La verdad es que me atrae más escuchar a los Hot Rats que leer a Sartre, Camus, Ionesco, Beckett y otros poetas de la soledad y el horror que me reconfortaban cuando era adolescente. Quizá el que en el fondo vivamos aislados y muramos solos forme parte de la condición humana. Pero esta noche deseo tanto largarme que sería capaz de lanzarme por la ventana.

La paciencia sólo es una virtud en los niños y los prisioneros. Ni Susan ni yo somos impulsivos. A la manera de la clase media, mientras otros disfrutaban de la vida y malgastaban su dinero -¡cómo envidiaba yo esa prolongada disipación!-, nosotros hacíamos planes y controlábamos nuestra frivolidad para conseguir todo lo que tenemos hoy. Tuve un profesor que solía decir que cada año suplementario de estudios añade cinco mil libras a tus ingresos anuales de por vida. He sido capaz de levantarme a las cinco, salir de casa y llegar a mi estudio a las cinco cuarenta y cinco. He logrado renunciar a cosas que me gustaban; no resulta divertido renunciar a cosas que no son divertidas. Cuando estoy desanimado me pongo a pensar en placeres a los que renunciar. Pero Victor -¿o es su psicoanalista?, hoy en día es fácil confundir a esos conspiradores- dice que la tolerancia puede convertirse en un hábito pernicioso. Sí, voy a aplazar el aplazamiento. Voy a seguir adelante. ¡Quiero hacerlo ahora!

He estado bebiendo. Voy a dejar la botella después de este trago.

¡Qué poca franqueza encontramos cuando miramos a nuestro alrededor! Sólo logramos claridad mirando las cosas tangencialmente. Qué danza más redundante y horrible, como si nuestros sentimientos fueran armas mortales y las palabras sus balas. Subiré al piso superior, me sentaré al borde de la cama y le diré a Susan, con un tono firme y sincero, que me marcho. No puedo permanecer aquí ni una noche más. ¿Qué sentido tendría? ¡Resulta absurdo pensar que esto es algo para lo que uno puede prepararse! Ante mí no tengo más que lo desconocido y mi capacidad de apañármelas. ¡Haré la maleta, les daré un beso a los niños y me iré! ¡Así ya estará hecho y yo estaré lejos!

¡Sí!

Mis hijos rebuscan en sus cajas de juguetes y dejan a un lado algunos que en otra época adoraban, para coger los que en estos momentos despiertan su interés. Yo actúo de la misma forma con los libros, la música, las películas y los periódicos. ¿Podemos hacer eso con la gente? Se consideraría un comportamiento frívolo. Debemos tratar a los demás como si fueran reales. ¿Pero lo son?

Sin embargo, ¿qué es lo que me hace creer que debería conseguir lo que quiero? Desde luego, no puedes estar reemplazando constantemente a la gente que no sacia tus necesidades. Tiene que haber otras maneras de saciarlas: el cine, los libros, la danza…, incluso uno mismo. Pero todas estas alternativas están cargadas de amor y deseo, y han sido creadas a partir de esos sentimientos.

Susan, que es cuatro años más joven que yo, opina que vivimos en una época egoísta. Ella habla de un thatcherismo mental, que considera que las personas no se necesitan unas a otras. En el amor, hoy en día hay un mercado libre; curiosear y comprar, mirar y elegir, alquilar y rechazar, a tu gusto. No hay ninguna seguridad ni social ni sexual; cada cual tiene que cuidar de sí mismo, o no hacerlo. La satisfacción, la expresión de la propia personalidad y la «creatividad» son los únicos valores existentes.

Susan decía que necesitamos otras formas sociales. ¿Cuáles? Probablemente las menos agradables: deber, sacrificio, dedicación a los demás y autodisciplina.

Cuando habla así, me pregunto si no hemos sido una generación particularmente privilegiada y malograda. Entre las privaciones de la miseria de la posguerra y la crueldad de los años ochenta, fuimos niños de un consumismo inocente y los herederos de las libertades conquistadas por nuestros sediciosos mayores a finales de los sesenta. Tuvimos una educación libre, superior y laxa. Después cobramos el subsidio de desempleo durante cinco años para vivir de acuerdo con nuestra farisaica visión del mundo, antes de empezar a trabajar en los medios de comunicación y ganar un montón de dinero. No nos frenaba demasiado ni la moralidad ni la religión. Nuestros tótems eran la música, el baile y follar sin ninguna preocupación. Alardeábamos de ser los seres humanos más libres que jamás habían pisado la tierra.

Como los hippies, desdeñábamos el materialismo. Pero éramos menos frívolos que los primeros drogotas. Si dejábamos los estudios para convertirnos en carpinteros o jardineros era porque queríamos compartir la experiencia de la clase trabajadora. Éramos una generación fervorosa y honesta, con severos principios políticos. Fuimos la última generación que defendió el comunismo. He conocido a gente que pasaba las vacaciones de verano en Albania; por lo visto las playas son una maravilla. Uno de mis amigos manifestó su apoyo a la Unión Soviética el día que invadieron Afganistán.

Rechazábamos y despreciábamos el thatcherismo, pero estábamos tan absorbidos por nuestras propias obsesiones ideológicas que nos resultaba imposible comprender su capacidad de seducción. Lo cual no quiere decir que no lo combatiéramos. Se produjeron la huelga de los mineros y las batallas en Wapping. Nos dejaron enervados y confusos. Pronto no supimos en qué creíamos. Algunos permanecieron en la izquierda; otros se retiraron hacia la política sexual; algunos se hicieron thatcherianos. Éramos el tipo de gente que se mantenía a distancia del Partido Laborista.

De todas formas, nunca entendí la elevación de la codicia a la categoría de credo político. ¿Por qué iba a querer alguien basar un programa político en una insatisfacción insondable y en la imposibilidad de la felicidad? Tal vez ésa era su arma de seducción: la promesa de un lujo que de hecho promovía trabajo sin fin.

Mis amigos y yo hablamos de cultura, de nuestro estado de ánimo y de trabajo. Pero muy raramente, hoy por hoy, de lo que podría suceder; hay ajustes, pero no una revolución. Ya ha habido suficientes revoluciones. Si Marx fue nuestro genitor, el ideólogo de la primera mitad del siglo, Freud fue nuestro nuevo padre, cuando nos volvimos hacia nosotros mismos. Sin duda, el mundo en el que negociamos los días que dedicamos al trabajo, al amor, a nuestras aficiones, a practicar deporte…, es otro mundo, descrito hoy en día con un lenguaje derivado del psicoanálisis. La mayoría de mis amigos parecen pasarse la mayor parte del tiempo echados boca arriba, durmiendo, follando, siguiendo una terapia psicoanalítica o hablando de sus «relaciones» por teléfono.

Las mujeres, creo, tuvieron la suerte de ir en dos direcciones al mismo tiempo, interiormente hacia ellas mismas y exteriormente hacia el mundo histórico. Examinaron sus vidas más que nosotros; experimentaron; las más interesantes cambiaron más que nosotros. ¿Qué queda de eso? Las libertades que Nina considera ya inamovibles, es una chica libre que disfruta de los placeres de la ciudad. Todo es absorbido.

No me he casado con Susan. Me lo pidió muchas veces, con estados de ánimo diversos, esperando, supongo, conmoverme o divertirme con uno u otro. Debió de ser su afición a las bodas lo que me disuadió, y su entusiasmo por las gasas y esas gruesas tarjetas de invitación con letras en relieve. Desde luego, yo disfrutaba al hacer de ella la única mujer no casada de su grupo de amigas de la universidad. Aprendió que su amor implicaba ciertos sacrificios. De cualquier modo, sigo pensando que no casarse era un acto de rebeldía necesario. La familia parecía no ser otra cosa que una máquina para la supresión y distorsión de los individuos libres. Nosotros podíamos adoptar nuestros propios acuerdos originales y flexibles.

Conozco todas las razones que justifican la institución del matrimonio indisoluble: es un sacramento, un juramento, una promesa, todo eso. O un compromiso profundo e irrevocable tanto con un principio como con una persona. Pero no recuerdo exactamente la fuerza y los detalles de la argumentación. ¿Hay alguien que sí?

Asif debe de saberlo. Es un intelectual. Pero ni siquiera él le lametea el felpudo a su mujer por principio.

Le pedí a Nina que se casase conmigo.

– No puedo -dijo.

– No te lo volveré a pedir.

– Sí, pídemelo -dijo-. Pídemelo.

Victor dice que casarse resulta demasiado caro. Las mujeres te sacan todo el dinero.

No es que Nina me pidiera nada. Era demasiado orgullosa y temía demasiado los cambios para hacerlo.

– No quiero convertirme en una de esas mujeres mantenidas -decía.

– Todavía no -replicaba yo.

Si me ofrecía a darle o prestarle dinero, me miraba horrorizada, como si de pronto todo fuese demasiado fácil y se devaluase. La carestía era parte de su vida, también en el terreno del amor. En ocasiones, tener demasiado de algo es tan negativo como tener demasiado poco.

Tomemos los sentimientos de otras personas. Mi madre quería marcharse. Pero se quedó; no podía hacer otra cosa que quedarse. Las mujeres de su época no tenían dinero propio ni lugar adonde ir. Después de todo, ya tenían televisores y neveras. Interiormente, ella huía: de mí; de todos nosotros. Los niños te impiden vivir. Ése era el mensaje que su infelicidad nos transmitía. Se trata de ellos o tú.

Mamá no dirá gran cosa de mi marcha. Ahora me tiene un poco de miedo, después de haberme encolerizado demasiadas veces. Pero dirá que es malo para los niños. Resulta extraño que las necesidades de nuestros hijos parezcan coincidir tan a menudo exactamente con las opiniones de nuestros padres.

Susan no sólo trabaja hasta las siete, sino que además acude a cenas, va al cine y al teatro, y se sienta en los consejos de administración. Puede estar exhausta, pero de todas formas se implica. Después de mi marcha, se producirá un cataclismo. Una mujer sola de mediana edad con niños no tiene mucho caché, y Susan siempre es consciente de su estatus. Rebosante de éxito y con una buena posición económica, en una época se me consideraba un buen partido. Me ofrecían montones de trabajos, sobre todo desde Estados Unidos. Y yo no era muy selectivo con los que aceptaba; probablemente no lo suficiente. Pero siempre hay demanda de talento; todo lo requiere. Cuando estaba de humor, Susan se sentía orgullosa de mí. Un hombre puede proporcionarle a una mujer dignidad y resplandor. Tal vez ella preferiría una relación desequilibrada y deteriorada a no tener ninguna. Al menos hay alguien para que saque la basura. Por desgracia, Susan recibirá continuas muestras de simpatía. En las cenas la sentarán al lado de hombres divorciados. Al final, acabará arreglándoselas sin mí. Desde mi punto de vista, ella estará mejor así, aunque todavía no pueda entenderlo. ¿Y cómo estaré yo sin ella?

Últimamente he estado tentado por un sueño de autosuficiencia: un pequeño apartamento, un gato, libros, un televisor, música, una planta de marihuana, amigos a cenar; una visita a un museo el domingo, seguida de un paseo en autobús hasta el final del trayecto con uno de mis hijos. Solo, pero no solitario. Ya había vivido solo antes de volver con Susan. Mi primer hijo fue concebido en pleno aislamiento, podríamos decir, pocos meses después del fallecimiento de mi padre. Sí, comprendo las tentaciones de autosuficiencia, la idea de que podemos aseguramos nosotros mismos cuanto necesitamos, que nuestras propias caricias son tan agradables como las de otra persona. Pero no quiero dejarme seducir de nuevo por esa idea. Me voy a abalanzar sobre los otros, implicándome a fondo, en lugar de flotar en la periferia de la vida.

El apartamento de Victor está en un barrio bohemio de moda. Habrá cantidad de bares y restaurantes a los que ir por la noche. Pero él guarda la mayor parte de sus posesiones en maletas, y apila la ropa sucia en un rincón, en una montaña coronada por una toalla húmeda. La única comida que hay en la cocina es una barra de pan, un trozo de mantequilla rancia y abundantes botes de mermelada robados de los hoteles. Para mantenerse mínimamente en forma, Victor engulle vitaminas entre tragos de cerveza.

En ocasiones, Victor tiene un comportamiento de desequilibrado. Su cabeza resuena como una antigua caverna rebosante de criaturas monstruosas. Yo consideraba un signo de intensa vida interior esas atormentadas vivencias. Victor suspira por tener calidad de vida; él entiende por eso calidad en las emociones, no en el aspecto material. ¿Pero quién puede querer vivir con alguien así? Tres veces por semana llora en la consulta de su psicoanalista. Lleva cinco años de terapia y no hay el menor signo de mejora. Su psicoanalista le ha dicho que se exprese. Dan este tipo de consejos sin tener en cuenta a las personas que rodean a sus pacientes. ¿Quién dice que expresarse libremente mejora la salud mental de uno? Tomemos por ejemplo a los artistas: practican la terapia artística a diario. ¿Os parece que gente como Van Gogh, Rothko y demás son las personas más equilibradas?

Victor, como todos los varones, es competitivo. Quiere conseguir lo que yo tengo, y quiere ser como yo. Ser como es le hace sufrir, pero pide demasiado, y a veces me odia por ser como soy.

Apago las luces y me percato de que estoy subiendo por la escalera hacia el dormitorio. ¿Qué estoy haciendo? Si ésta es mi última noche aquí, si éstas son de verdad las horas finales, ¿no sería mejor que hiciera las maletas y me marchase? Pronto estaré muerto. ¿Es realmente la última noche? No, no, no, nunca. En realidad no. Solamente estaba divagando. Quizá probaré suerte. Es una buena idea. Si Susan está despierta…, ¿qué? Sí, hablaré un poco con ella; después de todo, hacerlo ha aclarado mi confusión mental en otras ocasiones. Después dormiré y continuaré con mi rutina mañana por la mañana. Me alegraré de haber resistido esta instructiva y dura crisis sin haber hecho nada irreparable.

Dejo encendida la luz del pasillo. Entro en la habitación.

Distingo tu cabello entre la confusión de sábanas y almohadas. Me quedo de pie, mirándote.

Ojalá fueras otra persona.

¿Es demasiado pedir el querer una intimidad tierna y comprensiva? ¿Es demasiado pedir el querer dormir entre los acogedores brazos de alguien?

Hace semanas que no follamos. He dejado de acercarme a Susan con esa intención para comprobar si, por casualidad, me desea. He estado esperando cualquier mínima muestra de interés, por no hablar de lujuria o desenfreno. Soy un perro echado debajo de una mesa que espera que le den una galleta. No simples migajas.

Me estiro en la cama sin quitarme la ropa. Una luz amarillenta proveniente de una farola de la calle se cuela en la habitación. Es de un color áspero, enfermizo, que me recuerda el olor a gas. Contemplo el techo en el punto en el que hay una gotera del tejado. Tiene que venir alguien a repararla. Si yo no estoy aquí con actitud autoritaria, los albañiles podrían aprovecharse.

Se oyen voces procedentes de la calle. La mayoría de las noches se produce algún tipo de altercado. Mis vecinos se lían a puñetazos o cosas peores a la menor oportunidad. Y cada dos meses arde un coche.

Es un barrio mixto: hay inmaculadas mujeres negras vestidas con blusas blancas, pañuelo en la cabeza y falda larga, que se dirigen al cercano Centro Farrakhan, los hombres llevan traje y una pequeña pajarita roja. Chicos blancos delgados y dinámicos, con camisetas Ben Sherman de manga corta y el pelo corto y pulcro, corren hacia las peleas, con bolsas de patatas en las manos. Negros con camisas rasgadas y pantalones informes caminan arrastrando los pies hacia el pub de la esquina. Mujeres elegantemente vestidas de negro y con una cartera en la mano van y vienen del trabajo. Frente a los pubs esperan mujeres con cochecitos -las niñas llevan pendientes en las orejas- que a través de la puerta abierta les gritan a sus hombres allí aparcados a perpetuidad, con la cabeza levantada y sin apartar la vista de la pantalla del televisor. Los supermercados tienen guardias de seguridad que, con uniformes que no les sientan nada bien, te vigilan desde el final del pasillo mientras tocas la fruta.

No hay mucha cosa que robar. En mi nevera tengo más provisiones de las que hay en la mayoría de las tiendas. Uno se pregunta cómo lo aguanta la gente. Pero se acostumbran; son incapaces de ver que las cosas podrían ser de otro modo. Lo que me sorprende no es lo mucho que exige la gente, sino lo poco que pide.

No es un barrio seguro, me marcharé por la mañana. Recuerdo que la mujer de Victor le telefoneó con urgencia, después de que él saliera, para comunicarle que había habido una tentativa de robo en casa. Al volver, él se sorprendió al ver que habían roto la ventana… desde dentro.

Tengo calor y me estoy adormilando. La cama es cómoda. La casa está en silencio; los niños protegidos, sanos y dormidos. La cena preparada por Susan ha sido deliciosa. Después de terminar el vino, he bebido plácidamente mi coñac en la copa que ella me compró.

En la India no parecen dar la misma importancia al amor romántico. Las parejas copulan cuando es necesario y llevan vidas separadas. En Lahore mi tío vive en una parte de la casa con sus hijos, tres hermanos, amigos y cualquiera al que le apetezca quedarse un par de años. Mi tía, las hijas, las sirvientas y los niños pequeños viven en otra zona. Se encuentran alguna que otra vez, pero no sin un buen motivo.

Tal vez sea una buena idea tener a las mujeres cerca pero no demasiado. Presumiblemente, allí en la India contienen sus deseos camales, pero yo pertenezco a una generación que cree en la necesidad de satisfacerse a uno mismo.

Tal vez; pero he perdido el entusiasmo por la vida. Soy apático y me paso el tiempo sin desear nada, excepto comprender por qué no ha habido más felicidad aquí. ¿Todo el mundo corre la misma suerte? ¿Es esto todo lo que se puede conseguir? ¿No hay más que esto?

Mañana por la mañana me habré marchado.

Es mi deseo de una vida más satisfactoria lo que ha provocado esta situación, y somos criaturas deseantes, un saco de insistentes necesidades. El sentido común dice que uno no debe ceder a todos los impulsos, perseguir a todas las mujeres que le gustan. Pero uno, supongo, puede correr detrás de algunas, sin saber nunca por adelantado qué tesoro puede descubrir.

Susan se mueve en la cama.

¿Qué científico fue el que dijo que los cuerpos nunca se encuentran? Le acaricio la espalda. Estoy seguro de que ella puede sentir mis pensamientos, puede sentir mi deseo por ella. Si se despierta, tiende los brazos y me dice que me quiere, dejaré que mi cabeza se hunda en la almohada y no me marcharé nunca. Pero Susan jamás ha hecho algo así; ni yo tampoco con ella. Lo cierto es que, al notar mis dedos sobre su piel, se aparta y se sube las mantas.

¿Y entonces por qué no la sacudo para despertarla y obligarla a que me mire? ¿Lo he intentado lo suficiente? ¿Por qué tengo que imaginar que es fácil convivir conmigo? Quizá durante todo este tiempo Susan ha estado haciendo un esfuerzo heroico por convivir con un idiota malhumorado, hipersensible y ensimismado. El otro día me dijo:

– Imagínate el esfuerzo que requiere vivir con alguien que se pasa horas sin hablar y de pronto pregunta distraídamente: «¿Has pensado alguna vez en hacerte adepta de alguna Iglesia?»

También se quejó de mi costumbre de rascarme el culo continuamente en la cama, lo cual crea un constante fondo sonoro, como el canto de los grillos en una película ambientada en un país cálido. No hay duda de que hacer la compra, ocuparse de la casa y lavar son cosas que me producen aversión. De algún modo, cuento con que todo eso se haga sin que yo tenga que pensar en ello.

Recuerdo que Nina decía que yo era inflexible. Me llamó tirano. Sí, soy una persona de sentimientos fuertes y deseos abusivos. Tal vez por eso he pasado por largos periodos, de hecho años, de indiferencia impuesta, como si nada importase. Mi encogimiento de hombros de total indiferencia en un café fue mi gesto más elocuente. Había aprendido a ser frío y me sentía al margen: intacto, nadie podía tocarme, sobre todo las mujeres a las que dejaba que se enamorasen de mí. Las deseaba; las conseguía; perdía interés. Nunca les volvía a telefonear, ni les daba ningún tipo de explicación. Siempre que estaba con una mujer, me rondaba la idea de dejarla. No deseaba lo que perseguía. La pasión que ellas sentían me repelía o me divertía. ¡Qué estúpidas eran al ser tan sentimentales!

Actualmente apenas soporto la fuerza de lo que siento. Había noches en que tenía ganas de darme cabezazos contra la pared, sobre todo cuando estaba aquí echado junto a Susan, sabiendo que mi amante -fuera quien fuese en ese momento, habitualmente Nina- estaba fuera de la ciudad. Quizá me echara de menos, aunque probablemente estuviera con otro hombre joven. Sufriendo por lo que no podía tener a mi alcance, odiándome por mi incapacidad para vivir como me gustaría, me levantaba, me vestía, salía de casa y paseaba bajo la luz de las estrellas mi desdicha hasta sentirme agotado. Al volver, me encontraba con que uno de los niños se había cagado encima o había vomitado mientras dormía.

Ahora, como Oliver Twist, reclamo más.

Dentro de unos minutos despertaré a Susan y le contaré alguna de estas cosas.

Cómo me atormenta Nina. Es reservada, felina, elegante. Todo lo que hace tiene encanto; algunos llaman a eso tener estilo. Otros dirán que ella sabe cómo es y se siente a gusto consigo misma. Sus dudas no la minan, pero en ocasiones la hacen inaccesible. Debo de estar enamorado de ella. Pero me falta descubrir por qué.

¿Y?

¿Cuándo tomé conciencia de mi situación? ¿Cuándo se me pasó por la cabeza marcharme? Recuerdo que crucé el punto crítico durante una de mis largas y dispersas conversaciones con Victor en un bar que frecuentábamos. Mirando a toda aquella gente libre que pedía copas, me pregunté: ¿Qué me impide marcharme y no volver nunca? Pero la idea era demasiado cruel y desleal. De inmediato me sentí muy disgustado conmigo mismo y me vi a mí mismo de espaldas, corriendo; la imagen de todos los cobardes que han huido.

Eso fue hace ocho o nueve meses. Nina y yo nos veíamos con prisas hasta que llegaba la hora de volver a casa con Susan. Si nada como la traición sexual es capaz de provocar que uno se sienta abandonado, afligido y excluido, tal vez la única forma de evitar esta sensación sea no sentir nada por la mujer con la que uno se acuesta. Me hacía sentirme en cierto modo libre el animar a Nina a que viese a otros hombres y que me contase cosas de ellos para que yo pudiese reírme a sus expensas.

– ¿A cuántos has visto esta semana? ¿Y qué te hizo el último?

– Me besó.

– ¿Y tú se lo permitiste?

– Sí.

– Y después te puso las manos encima. Y tú, sin duda, le acariciaste con estas manos que ahora estoy besando. Y…

Cuantas más cosas me contaba, más guapa me parecía. Y cuanto más me distanciaba yo, más esperaba que ella me persiguiese. Sí, quería que me siguiese cuando yo la rechazaba, pero al mismo tiempo temía que ella acabase desanimándose.

He dudado, vacilado y buscado una razón para quedarme. Pero una vez que la voz diabólica de la tentación ha hablado, ya no se retracta. ¡Y sin embargo he esperado! ¿Para qué? Para estar completamente seguro. «Nada va a cambiar mi mundo», cantaba Lennon.

En casa me convertía en una persona sin fuerza e impotente. Apenas podía andar. ¿Qué motivo había para poner un pie delante del otro? Por la noche, cuando Susan dormía, yo no podía encender las luces; llevaba gafas de sol en la oscuridad y esperaba caerme. Nina vio cómo me marchitaba. Si carecía de fuerza, sería inocente. No podía hacer daño a nadie; sin culpa, no podía alentar un castigo. ¡Cómo deseaba carecer de deseos!

Durante un año Nina me vino a ver cada dos o tres semanas al apartamento que yo utilizaba como oficina. Era un sitio espacioso, propiedad de un actor que estaba trabajando en Estados Unidos. Nina vivía en Brighton, donde van a parar todos los fugitivos e individualistas. Enseñaba inglés a extranjeros, el último recurso para la gente sin norte. La conocí, o más bien me la ligué, un domingo por la tarde que yo estaba por la labor, me sentía magnético o «enrollado», en un café-teatro de Londres. Era un sitio al que no iba nunca, pero en esa ocasión había una exposición de un fotógrafo amigo mío. Ella estaba con otra chica y cuando las miré, recordé el consejo de Casanova según el cual es más fácil seducir a dos mujeres a la vez que a una sola. Después de muchas sonrisas y unas pocas palabras, me marché. Ella me siguió.

– Ven a tomar un té conmigo -le propuse.

– ¿Cuándo?

– ¿Qué te parece dentro de una hora?

Se quedó toda la noche. Ansioso de amor después de tanto tiempo, me comporté como un idiota y, si no recuerdo mal, pasé un buen rato arrodillado. Ella volvió al día siguiente.

Entonces Nina era sólo una niña que buscaba a alguien que la ayudase a liberarse de la presión que sentía. Había huido de su casa después de que el amante de su madre rompiera el cristal de la puerta de entrada con las manos y ella se viera obligada a esconderse en un armario. Era una chica infeliz e inestable que a menudo se ensimismaba en inexplicables arranques de melancolía. Nunca había recibido mucho afecto y mantenía las distancias. Necesitaba creer que podía apañárselas sin ayuda de nadie.

Cuando la conocí, vestía ropa hippie barata y ligera, y no se había cortado el pelo. Todavía se ruborizaba y volvía la cara. Cuando hablaba, lo hacía en voz tan baja que yo apenas la entendía.

– ¿Qué?

– ¿Cuál es tu situación? -repitió.

– ¿En qué sentido?

– En general.

– Ah. Mi situación.

– Sí. ¿Me lo vas a contar?

– Sí, te lo contaré.

La inasequibilidad puede resultar muy liberadora. Le pedí permiso para besarla. Ella tuvo que dar una vuelta a la manzana para pensárselo. Yo la esperaba junto a la ventana.

– Sí -dijo-. Sí, acepto.

Al poco tiempo intercambiábamos las más íntimas caricias y evitábamos las preguntas personales. En aquella época mi forma de contacto favorita era la anónima. ¿Quién podía culparme por tener miedo del latido de los sentimientos?

Ella decía que yo la observaba constantemente. Le gustaba que la mirase.

Jamás había conocido a una mujer que desease tanto ser deseada, ni a una mujer que lo temiese tanto. Jamás había conocido a nadie que llegase y se marchase tantas veces, no sólo a lo largo del día, sino durante una hora. Yo prefería que ella no saliera, y no tardé en reprocharle que tuviese una vida al margen de mí, lo cual me parecía una infidelidad. Esto es lo que metía en el bolso cada vez que salía: horquillas, pasadores y peines; cajitas de madera que contenían joyas indias baratas y hachís; protector labial, crema para los pezones; cintas con el sonido del mar o tal vez de delfines, pájaros o ballenas; manzanilla; una jirafa de peluche; postales y fotografías de gatos; ropa interior y otros accesorios del extraño equipaje imprescindible para las chicas que no paran quietas, además de cierta cantidad de ropa mía, entre otras cosas camisas, calcetines y mis mocasines.

Entonces, caminando sobre sus largas piernas, acompañada por un puñado de buenas intenciones y con la cabeza llena de caprichos, se dirigía hacia la puerta como si la persiguieran.

A mí me inquietaba pensar qué era lo que encontraba tan excitante fuera…, hasta que empecé a preguntarme qué encontraba especialmente excitante dentro. Me percaté de que cuanto más me amaba, más necesidad tenía de recordarse a sí misma que estaba sola. Comprender esto casi me destrozó, mientras, desde la ventana, contemplaba cómo se marchaba y la despedía moviendo la mano. Pero finalmente lo entendí.

Yo acababa de empezar a escribir un guión sobre una pareja frágil y envejecida cuyos hijos se han hecho mayores y han triunfado. Los padres van a visitarlos y descubren que los matrimonios de sus vástagos se desmoronan. Estaba tan entusiasmado con la idea y hablaba tanto de ella, que Nina tenía que entender lo que yo trataba de llevar adelante.

Se estiraba en el suelo junto a mi escritorio y me miraba trabajar. Decía que me envidiaba por tener algo importante que hacer cada mañana; algo que lo absorbía todo; algo por lo que vivir. Mi concentración la hacía sentirse excluida. No se creía que yo la envidiase por el hecho de levantarse cada mañana y preguntarse qué le apetecía hacer ese día. ¿Ir a bailar, hacer cerámica o dar un paseo? Iba a fiestas en la playa y en almacenes; era capaz de desplazarse hasta donde fuese por asistir a un rave. Tocaba la guitarra y cantaba en un grupo que fui a ver. Me dedicaba todas las canciones. Como todavía no había adquirido la fría indiferencia de las mujeres ocupadas de la city, hablaba con la gente en la calle y se sentía responsable de ellos. Sus amigos eran drogotas con ropa vieja y gorros de lana calados hasta los ojos. Eran indolentes y carecían de chispa…, en parte como ella y en parte no. Nina saltaba de un chico a otro. Cuando los dejaba, sugerían que se creía demasiado buena para ellos. Demasiado buena para todo el mundo excepto para mí.

Una tarde me tumbé encima de ella. Me había quitado las zapatillas y habíamos colocado el edredón en el patio. Le gustaba hacer el amor en el exterior, y a mí no me importaba, siempre y cuando no me pasase corriente de aire entre las piernas. El televisor estaba encendido, con el volumen bajo. Inglaterra jugaba contra las Antillas. Yo miraba a Nina estupefacto y perplejo, incapaz de entender cómo podía sentir lo que sentía por una chica a la que no conocía.

– Eres tan dulce y amable, y tienes una voz tan suave. Nunca he conocido a nadie que se preocupara tanto por mí. Sabes hablarle a la gente. Haces que se sientan motivados a contarte sus interioridades -solía decir ella.

Parecía tener confianza en mí, como si implícitamente supiese que conmigo estaba segura y que yo no la abandonaría a su suerte. Pero lo hice. Y ella, por algún extraño motivo, parecía esperarlo. O sea que al menos sabía qué terreno pisaba.

En el dormitorio que utilizábamos había espejos. Una tarde, mientras estaba echado en la cama esperándola, vi mi imagen reflejada. Mi cuerpo era grueso y peludo; mi estómago redondo, como si me hubiera tragado una pelota; mi pequeña polla asomaba feliz. Podría haber anudado un lazo rosa a su alrededor. Para celebrar Wimbledon me había llevado a la cama unas cuantas fresas, que tenía intención de colocar entre las nalgas de Nina y recubrirlas de crema. Me contemplé mientras me inclinaba para coger una botella de champán frío y la apretaba contra mis cojones, antes de beber un trago directamente de ella. Nina entró en la habitación con zapatos de tacón alto, liguero, mi impermeable y los pendientes de perlas que le había regalado. Saludé a mi propia imagen en el espejo. ¡Parecía muy feliz, como si todas mis revelaciones hubieran aparecido de golpe!

No puedo decir que en aquella época no fuese feliz. Me gustaba felicitarme por tenerlo todo bajo control. Además, estaba adaptando un libro para un estudio americano. Sabía que harían reescribir el guión, simplemente para quedarse con la conciencia tranquila y pensar que lo habían trabajado al máximo. Estaba acostumbrado a ese sistema de trabajo y calculaba que pasaría por otro par de escritores antes de que volviese a llegar a mis manos. Tenía una esposa aceptable y unos hijos encantadores, además de una amante perfecta a la que, en cuanto empezase a resultar llorona y resentida, podía apartar de mi lado. Puede que fuese un hipócrita, pero mi vanidad estaba satisfecha. Y eso no es poca cosa.

– Si me quieres, aquí me tienes, puedes disponer de mí -me dijo un día.

– Gracias -respondí, y un poco después, sin conformarme con un simple sí, añadí-: ¿Hablas en serio?

Pareció sorprendida y me recordó que la tercera vez que nos encontramos, cuando ella se interesó por conocer «mi situación», yo le dije:

– Puedes hacer conmigo lo que quieras. Estoy a tu disposición. -Y por lo visto añadí-: No pienses que no te quiero, porque sí te quiero.

Te quiero.

¿Podría haberme esforzado más con Susan? Quiero decir, ¿puedo esforzarme más?

Cuando piensas en ello te das cuenta de lo poco que dominas el mundo que te rodea. De lo que mis padres y profesores trataron de meterme en la cabeza, poca cosa queda, excepto el recuerdo de haberlo aborrecido. Nunca fui de esos chicos que hacen las cosas porque se les obliga. Todo mi ser se ha rebelado siempre contra las imposiciones. Tal individualismo me ha causado no pocos problemas. Puedes, por supuesto, hacer el esfuerzo de aceptar las cosas durante algún tiempo, pero si estás realmente vivo, acabarás rebelándote. Puedes proteger y alentar los dones más exquisitos -el amor, el afecto, la creatividad, el deseo sexual, la inspiración-, pero no puedes forzar su aparición. No puedes lograr con simple fuerza de voluntad que aparezca el amor, sino tan sólo preguntarte por qué lo has dejado a un lado durante tanto tiempo.

Susan y yo no nos podemos hacer felices. Pero el fracaso marca, hasta que parece inevitable que este fracaso acabe por cernirse sobre todos los esfuerzos de uno… si lo que se pretende conseguir es la felicidad, más que el éxito o, digamos, la seguridad. Mi sólido instinto, por lo tanto, me aconsejaba no rendirme, sino perseverar.

Evidentemente, Susan habló de nuestros problemas con una amiga. Ésta le recomendó una terapia, como siempre se hace con las personas obsesivamente angustiadas. Les ahorra a los amigos la molestia de escucharte. Yo me negué a ir. Estaba convencido de que necesitaba mi caos mental. Y también sabía que no tenía ningún interés en amar a Susan, pero por algún motivo no quería que la evidencia de este hecho nos destrozase la vida a los dos.

Concretó la cita con su rapidez habitual, con la impecable excusa de que lo hacía por el bien de los niños.

Me senté en el coche como un niño al que una madre impaciente lleva al médico.

Algunas semanas antes, Susan y yo fuimos a ver a una pareja que llevaba aproximadamente un año casada. Durante el trayecto, yo expuse mi alegre teoría de que la gente se casa cuando toca fondo en su desesperación, que la necesidad de un certificado es un signo inequívoco de un amor atenuado.

Esa noche me percaté de que el marido hacía un gesto peculiar, relajando las muñecas de ambas manos, cuando explicaba algo. Reparé en ello porque era evidente que su mujer detestaba ese gesto. Mientras estábamos allí, incluso le dijo:

– ¿No puedes dejar de hacer eso?

En el coche, de regreso a casa, apostamos sobre cuánto podía durar aquel matrimonio. Por primera vez en mucho tiempo nos reímos, y me pregunté qué grado de identificación había en nuestro regocijo.

Últimamente pienso mucho en las parejas que conozco o con las que he coincidido en algún sitio, y me pregunto cuáles siguen enamoradas. Quedan algunas. Resulta tangible, se palpa el amor que se profesan, se nota la intensidad de su placer. No hace mucho, el día de puertas abiertas de la escuela de los niños, me fijé en una pareja que no estaba absorta el uno en el otro, cada uno hacía cosas a su aire. Pero en todo momento eran conscientes de la presencia del otro. De pronto, mientras su hijo correteaba, cuando creía que nadie la miraba, ella no pudo contenerse más y le pasó a su marido la mano por el cabello y él le dio un beso.

No resulta sorprendente que todo el mundo lo desee…, como si se hubiese conocido el amor anteriormente y apenas se pudiese recordar, pero uno se siente obligado a buscarlo sin pausa, como si fuese la única razón por la que mereciese la pena vivir. Sin amor, la mayor parte de la vida permanece apagada. Por desgracia, nada es tan fascinante como el amor.

Sé que el amor es un trabajo sucio; tienes que mancharte las manos. Si te mantienes a distancia, no sucede nada interesante. Además, debes encontrar la distancia adecuada entre las personas. Si están demasiado cerca, te aplastan; si están demasiado lejos, te abandonan. ¿Cómo mantenerlos en la situación adecuada?

Es fascinante ver cómo en las relaciones más sólidas, incluso después de años de convivencia, determinados aspectos ocultos de las personas afloran de pronto, como en una excavación arqueológica. Hay mucho que explorar y comprender. Con el resto de la gente, en cambio, uno sólo puede darse la vuelta, aburrido.

Quiero decir algo: las cosas son así, y punto.

La primera vez que Susan y yo fuimos a ver a la psicóloga, yo no estaba en mi mejor momento. Una vez que uno es consciente de que se ha acabado, no encuentra el menor consuelo en el presente. Todo el mundo me irritaba. Por la calle arrollaba a desconocidos. En el metro empujé a alguien escaleras abajo, con la esperanza de que la policía me arrestase y me acusase de posesión de una mente incontrolada. En el apartamento en el que trabajaba en varias cosas a la vez, correteaba arriba y abajo. Mi médico de cabecera, un amigo, me deleitó con una charla sobre toda la gama de tranquilizantes disponibles en el mercado. Pero me negué a darle el placer de constatar como testigo directo si proporcionaban o no tranquilidad.

Me sorprendía que fuésemos a la psicóloga sin haber llegado a arrancarnos mutuamente la tráquea con las uñas. Susan y yo nos pasamos todo el trayecto discutiendo sobre la correcta duración de la inmersión de la bolsita del té. Según su opinión, yo carecía de cualquier asomo de talento para preparar el té, a pesar de que me pasaba el día bebiéndolo, en ocasiones añadiendo incluso -con más que aceptable éxito- un poco de leche o una rodaja de limón. Pero para Susan eso no era suficiente. Yo esperaba que el asunto del té no surgiese en la consulta de la psicóloga, al menos no de inmediato: me marcho porque no soy capaz de prepararle a mi mujer una taza de té.

Cuando enfilamos con el coche el camino de acceso a la casa de la psicóloga y nos dirigimos hacia la puerta, yo hubiera sido capaz de echarle a Susan agua hirviendo por la cabeza, y ella estaba preparada para sumergirme los testículos en esa misma agua.

Imagino que la terapia le ha sido de gran ayuda a Victor. Le da la oportunidad de pensar en sí mismo más de lo que lo hace habitualmente, pero de una forma menos lúgubre. Ahora sabe algunas cosas de sí mismo. Si ha cambiado o no, ya es otro asunto. Supongo que eso depende de si uno considera el conocimiento de sí mismo un progreso y cree en ello como en una meta esencial para la humanidad. Me pregunto si está naciendo una nueva distinción de clases entre quienes pueden permitirse mantener limpias sus mentes y sus emociones, depurando las nociones tóxicas de cada semana, y quienes deben vivir con aquello que los envenena.

Sin embargo, a pesar de mi renuencia a ir -a ser obligado, una vez más-, había decidido confesarlo todo, descubrir ciertos secretos sin inhibición alguna, tal cual eran. Pretendía colaborar para recibir ayuda. A pesar de ello, cuando entramos en la habitación di un traspié, porque imaginé que oía los aullidos de las patéticas parejas atrapadas por siempre entre aquellos muros. Tuve que apoyar la frente contra la pared del lavabo y sobreponerme a la idea de escapar de allí saltando por la ventana y fugarme a la Región de la Salud.

Susan y yo nos sentamos, separados por un par de metros, frente a una mujer de mediana edad y cierto aire de superioridad, que adoptó una expresión «preocupada», si no abiertamente afligida. Vaya oficio este de cosechar la miseria humana. Nunca le faltará trabajo.

Susan no tardó en tener que hacer uso de un segundo pañuelo.

La psicóloga, como yo, parecía simpatizar con Susan, sobre todo cuando -en un intento de entrar en materia- yo intenté definir el amor como una forma de curiosidad. Argumenté que el movimiento, la inquietud, la curiosidad y el deseo de novedades eran la raíz misma de la vida…, tal como uno podía comprobar en los niños. Dije que Susan había dejado de producirme curiosidad. Dije que ya no me apasionaba conocer su alma. Me aburre; o yo me aburro cuando estoy con ella. Y añadí:

– ¡Lo único que cuenta es la bisagra!

La psicóloga se inclino hacia adelante y me preguntó:

– ¿A qué se refiere usted con eso de la bisagra?

– ¿La bisagra?

– Sí. ¿Qué representa para usted?

Me incliné hacia ella y respondí:

– ¡La bisagra de la mente de uno! Depende de si se abre hacia fuera o hacia dentro. Pongamos que se abre hacia fuera. ¡Hacia… fuera!

Volví a apoyarme en el respaldo de la silla, avergonzado de mi deseo, de todo lo que pretendía. Que yo no quisiese vivir con Susan -lo cual debería haber sido suficiente- resultaba inexplicable y cruel. La psicóloga, que sin duda había captado el asunto de la bisagra, me iba a ayudar a superarlo.

La mujer, que presumiblemente creía en los ingobernables deseos del inconsciente, parecía sin embargo una especie de racionalista. Replicó con un tono paciente que las relaciones con el tiempo resultaban menos apasionadas. Era algo con lo que había que contar. El entusiasmo inicial se reemplazaba por otro tipo de compensaciones.

¡Compensaciones! Ansioso por saber cuáles eran, podría haberla besado para tomar esas compensaciones de sus labios.

– ¿Ah, sí? -dije.

– La satisfacción -murmuró ella.

Me volví a inclinar hacia adelante.

– ¿Perdón?

Lo repitió: satisfacción.

Era partidaria de la madurez y la aceptación. ¡Sí!

La llorosa Susan asentía.

Cómo me hubiera gustado asentir también… con la cara entre las piernas de Nina, mis manos agarrando su culo como si fuera un plato que voy a devorar con hambre, metiendo la lengua en todos sus agujeros a la vez…, ¡lágrimas, baba, el jugo del coño, fresas! Sorbo la sopa de tu amor. Doctora del alma, psicóloga…, ¿quién te hace cosquillas con la lengua en tu vieja raja? No estoy preparado para la sabiduría del sufrimiento; ya he pasado por eso con mi madre. ¡A mí me atrae la pasión, la frivolidad, los placeres infantiles! Sí, esto es el grito de un adolescente. Quiero más. ¿De qué? ¿Qué me propones?

La psicóloga insistió en que volviésemos otro día de esa misma semana.

El rostro hinchado y enrojecido de llorar de Susan en esa misma habitación la segunda vez, mientras yo digo que no creo que las cosas se puedan solucionar. Para dejarlo absolutamente claro, debería haberle dado una bofetada o metido un dedo en el ojo. ¡Entonces lo habrían entendido! En cambio, la psicóloga se pone en pie y coge un libro de la estantería. Me lo ofrece e intenta que lea un poema en voz alta. Le echo un vistazo. En cuanto compruebo que es un poema malo, actúo con rapidez y le digo que se me han olvidado las gafas. La siempre obediente Susan se siente en la obligación de leerlo con voz temblorosa, mientras me lanza miraditas al estilo de los viejos tiempos, como diciéndome: Después nos reiremos de todo esto. Yo no me puedo quitar de la cabeza esta idea: estoy pagando para escuchar poesía leída en voz alta. Pagaría por no oírla. ¡Ni siquiera la poesía puede ayudarnos!

Después de mi café matinal, aparecía tras la ventana abierta de mi apartamento, en el oeste de Londres, la cabellera rubia de Susan; un ramo de flores y un libro o un vídeo ocultos detrás de la espalda. Entonces, hace diez años, ella no trabajaba. Cuando yo ya había hecho suficiente por ese día, ella aparecía al final de la mañana, en su pequeño coche negro, con ropa ceñida que resaltaba las oscilaciones y balanceos de sus senos. Yo le daba un beso y la ayudaba a entrar por la ventana.

Nos íbamos al campo.

– Levántate la falda -le decía yo, mirándola mientras el coche avanzaba y ansiando más-. ¡Más arriba!

La mañana después de la primera vez fuimos a comprar arenques ahumados y setas fritas. Mientras caminábamos, ella me abrazó. Recuerdo sobre todo cómo me estrujó. ¡Cómo me atrajo hacia ella! Si la detestase por completo y no estuviese enamorado de Nina… Lo que nos gusta: los pueblos costeros ingleses, por ejemplo, incluso en invierno. Ciertas bromas; las preferencias de ella en lo referente a comida y cine. Las largas discusiones sobre los grupos mods ingleses de los sesenta.

Había otros placeres; tiene que haberlos habido. O tal vez se tratase de consuelos. Sin embargo, no logro recuperarlos en la confusión del pasado. Sin duda hay menos de los que me gustaría. No hay muchos que me vengan rápidamente a la memoria. No puedo decir que Susan me haya defraudado deliberadamente jamás o haya sido más cruel de lo necesario gratuitamente con alguien tan recalcitrante como yo. Le daría una buena carta de recomendación.

– ¡He intentado que las cosas funcionasen! -gritó ayer-. ¡He procurado diariamente que fueses feliz!

Ante ella me siento avergonzado. Pero la verdad es que no soy capaz ni de divertirla ni de animarla. Y, sin embargo, de entre toda la gente que hay en el mundo nos hemos elegido el uno al otro. ¿Para qué? Para una grave y difícil tarea: frustramos y castigarnos el uno al otro. Pero ¿por qué?

La empujo un poco, con brusquedad, para comprobar si va a despertarse. Se mueve, suspira y sigue durmiendo, totalmente inconsciente.

¡Qué raramente nos desilusionamos! No estoy a punto de abandonar este infeliz Edén porque quiera convertirme en otra persona. El sueño, o la pesadilla, de la familia feliz nos obsesiona a todos; es una de las pocas ideas utópicas que todavía nos quedan en esta época. Y lo cierto es que, a pesar de todo -tal como le dije a Asif-, creo en el amor. Empezamos rodeados de amor y nos metemos en unos cuantos líos para seguir así durante el resto de nuestras vidas. ¿No es ése el estado en el que los hombres y las mujeres tienen más posibilidades de alcanzar la plenitud? La gente saca lo mejor de sí misma; los sádicos se hacen más dulces, los banqueros más generosos, los jueces disfrutan de la vida, incluso los corredores de apuestas se muestran compasivos. Y ahí fuera, esta noche, en esta apestosa ciudad, hay alguien, de eso estoy seguro, dispuesto a amarme.

Por otra parte, también Victor cree en eso. Durante tres años mantuvo una relación con una mujer casada que él estaba convencido de que abandonaría a su marido. Después de todo, era un matrimonio infeliz. Pero ella prefirió la infelicidad a Victor. ¿Fue eso un fracaso? La relación se terminó, pero tal vez la calidad de un amor no se puede medir por su duración.

En la universidad, a finales de los sesenta, Victor era un radical. Ahora vive en un apartamento decente y se gana bien la vida. Pero hay una cosa que siempre ha deseado. Tener otra oportunidad de vivir un amor ideal, casarse con la mujer idónea, antes de que sea demasiado tarde para que él pueda demostrar su nuevo entusiasmo, demasiado tarde para que pueda jugar por el suelo con sus hijos…, hijos que esta vez no le lanzarán insultos y la ropa por la ventana mientras él se marcha. Quiere saber si es capaz de hacerlo como se supone que hay que hacer estas cosas. Eso es todo. Como el resto de los mortales; ni más ni menos. Necesita tener la certeza de que este asunto esencial está a su alcance. Después de todo, mucha gente lo consigue y algunos hasta son felices.

Así que no tardaron en aparecer nuevas mujeres en la vida de Victor. Mujeres atractivas, buenas. Algunas eran un poco demasiado entusiastas, sobre todo la americana que, sin apenas haber entrado en el dormitorio, le explicó cómo pensaba reformar todo el apartamento. Pero ninguna le convenía. Demasiado mayores, demasiado cariñosas, demasiado preocupadas por sus carreras profesionales, demasiado pedigüeñas, demasiado esto o demasiado lo otro. Cada vez que conocía a una mujer, pensaba en él. Todos estábamos en ello, amigos, parientes y hasta uno de sus hijos. Los amores potenciales pasaban por su habitación como actrices por una audición para un papel que todavía no se había escrito.

Un día me vio con Nina y ella le encantó. Como Nina no le pertenecía, la veía tal como era y se sentía a gusto con ella. Pero en cuanto el otro asunto se ponía en marcha con una mujer -el deseo, la añoranza, los temores, las esperanzas-, Victor se sentía descolocado. Era demasiado para él. ¿Por qué no podía conseguirlo?

¿Por qué no puedo conseguirlo yo?

Tal vez sí que pueda.

No quiero preguntarme con quién estará Nina esta noche mientras yo permanezco aquí tumbado, recordando cómo, cuando yo aparecía, ella me cogía la cabeza y me susurraba al oído: «Y te quiero, y te quiero…» Me acariciaba las orejas y las comparaba con las del perro que vivía enfrente de su casa cuando era niña. Yo me sentía halagado. Se trataba de un perdiguero.

Me acaricio a través de los tejanos. Ojalá tuviera a alguien para hacérmelo. No todo se puede conseguir en solitario. No lo voy a hacer aquí. A Susan le ofenden mis lances solitarios. Pertenece a una generación de mujeres dadas a la desaprobación. Ella piensa que es feminista, pero simplemente tiene mal carácter.

Nina me animaba a masturbarme sobre su espalda, estómago o pies mientras ella dormía. Le gustaba que lo hiciese antes de que ella saliese precipitadamente, tenerme todavía sobre ella cuando ya estaba en el metro.

Ahora deseo a Nina, pero siempre deseo a Nina cuando tengo una erección. Voy a poner a prueba mi teoría de que uno debería masturbarse antes de pensar en una mujer seriamente. De ese modo descubre si la desea sólo sexualmente o si hay algo más.

Pero eso implica levantarme. Cada vez más a menudo me sorprendo adoptando posiciones antinaturales para realizar las actividades más triviales. Tengo que sentarme para ponerme los calcetines; mis hijos me traen los zapatos, si están de humor. Después tengo que atarme los cordones, echarme hacia atrás, ponerme de pie y dar unos pasos. Al igual que a mis hijos, cuando finalmente estoy vestido, haberlo conseguido me parece todo un logro. Últimamente, a menudo, cuando me acuesto lo único que hago es quitarme los pantalones. Ahora se me ocurre que tal vez por eso Susan me encuentra menos atractivo que antes.

Me levanto sin hacer ruido y me alejo de puntillas de esta mujer dormida.

Qué débil es el arco de mi orina, y cómo debo esforzarme para trazar un semicírculo respetable en dirección a la taza del wáter. Incluso cuando mis hijos eran muy pequeños y esos diminutos gusanos redondeados, sus penes, no eran más gruesos que un cable, el arco que trazaba su orina poseía una esplendorosa velocidad. En mi caso, en cambio, siempre acaba quedando una pringosa mancha en el suelo. Papá tenía cáncer de próstata. Le metían instrumentos metálicos y de plástico a través de la abertura de la polla.

He empezado a visitar hospitales. Ahora sé dónde está cada uno sin necesidad de consultar la guía. Pienso en la gente que conozco: a una mujer con la que viví durante una semana le han diagnosticado un tumor cerebral; otra amiga tiene cáncer de garganta, y un amigo acaba de sufrir una apoplejía; el cáncer de cojones es un mal endémico. Me invitan a más funerales que a cenas. Ésos son sus cuerpos. Por el momento no hablaré de sus mentes. Ya hemos entrado en la decrepitud antes de tener siquiera tiempo de aclimatamos.

¡Adelante! Hacia el lavabo.

Me bajo los pantalones y busco un lubricante adecuado. La última vez que hice esto, mientras Susan tenía varios amigos invitados a cenar, utilicé el champú de mis hijos y la sensación fue como si se me hubiera metido una avispa en la uretra. Debería haberme quejado al fabricante y haberle obligado a llevar a cabo experimentos con animales. Incluso la masturbación puede convertirse en un campo de minas médico.

En el armario encuentro una crema verdosa de olor azucarado. Escruto la etiqueta, pero me es difícil descifrar lo que pone sin mis gafas de leer. Después de examinarlo un buen rato, descubro que es un ungüento contra el envejecimiento de la piel.

Dios sabe qué cantidad de nuestro dinero se gasta Susan en esta grasa de cerdo. En una ocasión en que me sorprendió utilizándola como crema de manos, reaccionó indignada. Tal vez si me la aplico diariamente en la polla conseguiré que vuelva a estar como cuando tenía catorce años.

Hundo el pene en el tarro.

Hace algunos meses, en el pasillo de una empresa en la que tenía una cita, me fijé en alguien cuya cara me sonaba. ¿Quién es?, pensé, confundido. Por fin me di cuenta de que era Susan, vestida con ropa ceñida y a la moda, por no mencionar el esmalte de uñas púrpura. No trataba de parecer joven, pero no se había percatado de lo cambiada que estaba.

Últimamente, sin embargo, Susan se muestra preocupada por el deterioro de su cuerpo. Decía que después de tener el segundo hijo sabía que no volvería a recuperar su cara de antes. Entonces sólo soportaba verse en fotografías. Se pasa el día poniéndose grasa en las grietas de la cara, y los fines de semana mueve los brazos como si fueran aspas de molinos de viento ante vídeos de ejercicios físicos, mientras los niños y yo permanecemos sentados en la escalera.

– Mamá está adelgazando -dirá uno de nosotros con optimismo.

No es que haya perdido su atractivo, sino que ha entrado en la edad madura y por lo tanto en un periodo diferente de la vida. Por desgracia para ella, ya sólo recibe muestras de respetuosa consideración.

¿Y qué sucedería si yo me la encontrara ahora por primera vez en una fiesta? La miraría un par de veces, pero no tres. Es probable que me apeteciese hablar con ella. Temiendo a quienes ya no puede seducir, ella se puede mostrar extremadamente atenta con ciertos hombres, mirándolos con lo que yo llamo la «mirada embelesada», hasta que ellos se pregunten por qué esa mujer prefiere apelar a su vanidad antes que a su inteligencia. Hay mujeres a las que les gusta complacer a los hombres, y hombres a los que les gusta ser complacidos. Uno podría pensar que unas y otros se complementan a la perfección. Pero estoy convencido de que son las mujeres las que exigen ese tipo de atención hacia ellas, y no tardan en mostrarse resentidas por los privilegios que te han concedido.

Podría haber salido con ella durante seis meses. O tal vez un polvo de una noche hubiera sido suficiente. Pero yo no era lo bastante despiadado, y no sabía lo que quería.

Empiezo a acariciarme y menearme la polla.

¿Durante cuánto tiempo me va a detestar Susan? ¿Varios meses? ¿Años? Estas separaciones o abandonos pueden dejar heridas profundas. Pero detestar a alguien es agotador; odiar es ahogarse uno mismo interminablemente.

La mujer de Victor sigue sin dirigirle la palabra. No le permite entrar en casa y le obliga a esperar en el coche hasta que los niños están listos. Tal vez tenga algo que ver con el hecho de que Victor la convenció de que se la mamase y se tragase el semen -algo que ella jamás había hecho- la noche antes de abandonarla después de quince años de vida en común. En aquel momento él no podía sino detestarla.

Desde entonces, ella ha mantenido vivo su rencor y se lo ha inculcado a sus hijos, como si su salud mental dependiese de ello.

¿Soportaría yo ser detestado? Tal vez, en cierta forma, tenemos la fantasía arcádica de que llegará un día en que todo el mundo estará de acuerdo, en que no habrá discrepancias, disonancias ni lucha. Pero me he dado cuenta de que una de las virtudes que requiere el ser padre es saber aceptar que nuestros hijos nos detesten. A veces yo odiaba a mi padre. Le gritaba, incluso cuando volvió del hospital después de una operación a corazón abierto. Le ponía laxante en los cereales para que tuviera cagarrinas en el tren. Y a veces odio a mis hijos, igual que ellos deben de odiarme a mí. No dejas de querer a alguien sólo porque lo detestes.

Susan puede ser una oponente virulenta, con una lengua afilada de la que he disfrutado. Por desgracia, su encarnizamiento es demasiado inmediato para resultar ingenioso; le falta distancia. Pero sus toscos golpes pueden dar en el blanco. Sin embargo, uno se cansa pronto de ellos. Espero ansioso el día en que me importe un carajo lo que ella pueda decir, el día en que se rompa el hechizo.

¿Qué es lo que pido? Una amable indiferencia y ropa interior interesante. Tal como escribió Scott Fitzgerald: «Sigamos adelante…»

Rebusco en el cesto de la ropa sucia y saco unas bragas suyas, las separo de los pantis y las deposito sobre el lavabo. Allá vamos. No; a las bragas grises les falta je-ne-sais-quoi. Victor dice que tiendo a limitarme demasiado. Quizá las blancas resulten más convenientes. Pero tal vez las negras con el borde de encaje tienen más encanto. En el tema de la masturbación soy un esteta.

¿Se trata de un acto de amor o de odio, o ambas cosas a la vez?

Ojalá tuviera algo que mirar. Oh, hay una postal de la Odalisca con pantalón a rayas de Matisse clavada en la pared. Es una mujer voluptuosa, más estimulante que la mejor pornografía. Aunque, en mi opinión, la vida es la mejor pornografía.

Enseguida me pongo a recorrer mi biblioteca de escenas estimulantes. ¿Cuál voy a rebobinar: el episodio berlinés o la italiana madurita que lloraba? ¿O qué tal aquella chica que iba en bicicleta sin bragas? O quizá aquella ocasión en que yo llevaba unas prietas botas de cowboy y pantalones ceñidos, y, mientras la mujer estaba ya acostada esperándome, me percaté de que no podía quitarme ni los tejanos ni las botas, ni siquiera con la ayuda de ella estirando, y me vi obligado a proceder con todo puesto, como si de un juego de entorpecedor bondage sadomaso se tratase.

En los viejos tiempos contaba con escenas del futuro -escenas susceptibles de producirse realmente- que podía utilizar como ayuda, en vez de toda esta nostalgia. Y cuando, por error, miro el espejo y veo a una figura de pelo cano, haciendo muecas, con la mirada enloquecida y aires simiescos, con un puño cerrado delante de sí y la otra mano suavemente posada sobre la cadera porque le duele la espalda de levantar a los niños, sé que estoy más cerca de ponerme a llorar que de eyacular.

Yo también fui niño.

Voy a pensar en Nina.

A menudo estoy sentado en un bar o en un restaurante, o en una fiesta con amigos, y lo único que deseo es verla aparecer por la puerta. Tengo la certeza de que en ese momento todo será perfecto. Nadie puede compararse con ella. Hay tantas cosas que querría decirle. Nuestro amor es más importante que ninguna otra cosa. Aunque soy consciente de lo proclives que somos todos a la ilusión. Qué perturbador resulta que nuestras ilusiones sean a menudo nuestras creencias más importantes.

No creo que pueda mantener esto empinado mucho más tiempo. Antes, la simple evocación de un cuerpo femenino me provocaba una eyaculación, ahora este acto requiere concentración y un considerable esfuerzo. Si no encuentro una manera de excitarme rápidamente, me va a dar un calambre o se me va a agarrotar un músculo.

Tres dedos, hundidos hasta los nudillos, en tu interior, estirando la flexible carne hasta que parece un guante de piel. «Parece un pulso», dices. Mi mano forma parte de ti y sin embargo te controla.

El rostro de Nina; y después la manera como se vuelve y me ofrece su culo.

Esto debería funcionar.

Dios mío. Sí.

Tiro las bragas de Susan en el cesto de la ropa sucia y recuerdo el comentario de D. H. Lawrence sobre que hasta los animales se sienten tristes después de la eyaculación. Me pregunto qué tipo de observaciones llevaron a Lawrence a esta conclusión. Aun así, me siento mejor, como si quisiera desembarazarme del deseo.

Me estoy lavando las manos cuando oigo un ruido. Me abrocho los pantalones rápidamente. La puerta del lavabo se abre, como empujada por un fantasma. Miro y escucho.

Desde la oscuridad del pasillo emerge la luminosa silueta de un niño que entra en el lavabo, un minúsculo círculo de luz verde. El niño tiene los ojos cerrados mientras se mantiene ahí de pie, con su camiseta de Batman, su pantalón de pijama y sus zapatillas de felpa; tiene tres años. De hecho, está dormido. De pronto se tambalea y automáticamente levanta los brazos como si acabase de marcar un gol. Deslizo mis manos por debajo de sus axilas, lo cojo en brazos y olisqueo y beso su cabello.

– ¿Qué estás haciendo aquí, cariño?

Lo llevo a la planta baja, enciendo una lámpara de lectura y abro las contraventanas. Lo echo en el sofá y le quito el pantalón y el pañal empapado. El olor es desagradablemente acre y familiar al mismo tiempo; es él. Es travieso y no para de intentar darse la vuelta, así que coloco una mano en el centro de su pecho para mantenerlo quieto, mientras con la otra le agarro por los tobillos, como si me dispusiera a colgarlo boca abajo de un gancho. Él se debate y parpadea mientras yo lo limpio. Después lo levanto y empujo para colocar el pañal en la posición correcta. Es como tratar de cambiar la rueda de un coche en marcha. Me aterra la posibilidad de que empiece a gritar. Por fin logro volver a ponerle el pantalón del pijama.

Espero que algún día él hará lo mismo por mí.

Respirando fuerte, me siento junto a la ventana con él en brazos, susurrándole y echándole aire en la oreja.

– ¿Me he portado bien contigo, pequeño?

No lo disfruté mucho cuando era un bebé, temía sus lloros y gimoteos, sus negativas a vestirse, comer o ir a dormir, como si mi único objetivo en esta vida fuese conseguir que hiciese todo aquello que se negaba a hacer. Asistía atónito a la sucesión de días enteros en los que no quedaba tiempo para hacer otra cosa que cuidarlo, ni siquiera a última hora de la tarde, y sobre todo por la noche. Después de haber consultado un montón de libros sobre cómo criar niños, que normalmente leía a primera hora de la mañana, a menudo con restos de heces o vómito en los dedos, en una ocasión llegué a lanzarlo a la cuna y se dio un golpe en la cabeza. Puse coñac en la leche de su biberón. Le di una buenas patadas en el pañal antes incluso de que empezara a andar. ¿Cómo pueden los niños hacer que nos sintamos tan desvalidos?

Susan me excluyó del cuidado de los bebés, que quedaron completamente en sus manos, las de sus amigas y las de su madre. No he conseguido ser útil hasta estos últimos meses. Y no me he enamorado de él hasta hace muy poco, lo cual sucedió igual que con Nina, como resultado de una acumulación de sorpresas. Sus contornos se fueron precisando y cada vez se definían más sus rasgos, como si se fuera abriendo una puerta tras otra, dando paso a la admiración y el placer, hasta que yo me sentí cautivado, entusiasmado, emocionado. Su sonrisa; su risa; sus imitaciones de una expresión malhumorada, divertida o triste me encantan, igual que su bondad y su interés por mí.

Ahora el niño y yo hablamos sin parar. Sus preguntas -¿adónde va la luz por la noche?, ¿qué comen las arañas?, ¿por qué las mujeres tienen «senos»?, ¿adónde va la gente cuando se muere?, ¿por qué todo el mundo tiene cejas?- son incesantes. ¿Quién le responderá cuando yo ya no esté aquí? ¿Si rompo mis lazos con los niños, no les estoy rompiendo la vida?

Cuando Victor se marchó de casa, su hijo pequeño tiró sus pertenencias por la ventana antes de clavarse una botella rota en el brazo. No quiso que Victor le visitase en el hospital. No respondía a sus cartas. El otro hijo se quedó a vivir solo en la casa familiar cuando su madre se marchó. Una noche Victor se lo encontró echado en un saco de dormir en el recibidor, la única habitación que utilizaba. Todas las bombillas de la casa estaban rotas o fundidas. Comía a la luz de una vela, alimentándose de judías que ingería directamente de la lata. Había montañas de periódicos apilados. El chico no se lavaba, su ropa apestaba. Naturalmente, Victor y su esposa le habían enseñado a asearse. Pero al haberse hecho pedazos su mundo por el asalto a la felicidad de su padre, el chico apenas podía hablar o moverse. Victor todavía está reparando ese daño.

Voy a dejar a esta mujer con dos niños pequeños. Tendrá que ocuparse de ellos ella sola. Mi presencia, por muy funesta que sea, tal vez le haya resultado tranquilizadora. Ahora trabajará, les comprará la ropa, les dará de comer y les atenderá cuando estén enfermos. Estoy seguro de que se preguntará, si no lo ha hecho ya, para qué sirven los hombres. ¿Cumplen alguna función útil en la actualidad? Fecundan a las mujeres. Y posteriormente a veces les mandan dinero. ¿Para qué más pueden servir los padres? No es una pregunta que se tuviese que hacer papá. En su época ser padre no era un problema. Él estaba allí para mandar, para guiar, para imponer disciplina y disfrutar de sus hijos. Nosotros teníamos la obligación de valorar su persona y ver las cosas desde su punto de vista. Si al crecer lográbamos ser como él, sólo que con más estudios, podíamos sentirnos satisfechos. Era un buen hombre. Él no se largó, aunque tal vez se le pasó por la cabeza hacerlo en alguna ocasión.

Cojo la manta que hay en el respaldo del sofá y cubro con ella a mi hijo.

De vez en cuando el niño me da patadas y puñetazos, o me araña la cara con las uñas e intenta morderme. Me llama «bruto grandullón». Si le reprendo por hacerlo, se pone a lloriquear. Si me enfado, deja de respirar y se limita a boquear, como si le hubiera quitado la vida. Entonces me siento culpable, incapaz de soportar la idea de que el hombre al que más quiere en el mundo se ha vuelto contra él. Nos necesitamos el uno al otro, el bruto y el niño. Si me ausento durante varios días, viajando u holgazaneando en algún sitio, cuando veo niños de la edad de mis hijos en la calle o en un restaurante, siento el pánico de la separación, y no entiendo por qué no estoy con mis propios hijos. Al regresar compruebo cómo han cambiado. No quiero perderme ni un momento de sus vidas. No sólo pensando en su futuro, sino en el presente, en este momento, que es lo único que tengo.

Siempre pienso en ellos antes de quedarme dormido. Y ahora me voy a marchar.

Sin embargo, los niños se muestran más agitados de lo habitual cuando Susan y yo estamos con ellos, como si nuestro frenesí fuese contagioso y ellos llorasen por nosotros. Quizá si continuáramos viviendo juntos, ellos soñarían con fugarse de casa. Susan quería enviar al pequeño a que «alguien lo vea». Yo le dije que cuando los progenitores se vuelven locos, envían a sus hijos al psiquiatra.

– Eres tú quien se ha vuelto loco -me dijo ella-. Tus teorías son delirantes.

Hasta nunca, zorra.

Pero todavía hay una cosa con la que debo enfrentarme.

Cuando me vaya, quiero que ella desaparezca de mi vida. Puede haber poco amor, pero los celos permanecen. Quiero vivir mi vida, pero no quiero que ella viva la suya. Cuando todo esto haya terminado -y hayan pasado, digamos, dieciocho meses- probablemente habrá otro hombre en esta casa. Quizá esté sentado donde ahora estoy yo. Mis hijos, cuando tengan una pesadilla, acudirán a él. Los niños, que enseguida aprenden nuestra forma de ser, son notoriamente promiscuos en sus afectos. Se sientan sobre las rodillas de cualquiera.

Ese hombre les besará y los cogerá en brazos cuando se despierten. Tal vez los acueste y les cuente un cuento hasta que se duerman. Quizá tenga acento del norte. Quizá los anime a que sean hinchas del Arsenal. O tal vez pierda la paciencia y les dé un pescozón. Para entonces yo puedo haberme convertido en un extraño que esperará sentado en el coche a que ellos salgan de casa. Y mi hijo no recordará esta noche. Ninguno de los dos recordará a sus padres juntos. Ellos no recordarán nada de todo esto, yo en cambio nunca podré olvidarlo. Susan siempre los conocerá mejor que yo.

En cualquier caso, espero que Susan acabe con un tipo rico. Aunque espero que no tenga una cola de pretendientes. Sin embargo, hasta la gente más grotesca folla e incluso se casa. Como dijo Joe Orton: «El matrimonio no excluye a nadie, incluso los freaks están en su lista.»

La psicóloga no dejaba de repetir: Va usted a abandonar también a los niños, no se engañe al respecto. Yo quería gritar: ¡No, no, es a ella a quien abandono! Pero tuvimos a nuestros hijos los dos juntos, lo cual presuponía una confianza y una seguridad que ahora yo voy a romper.

A veces siento lástima por los niños, que tendrán que quedarse aquí con ella. Yo me puedo largar, pero ellos no.

Mi hijo duerme profundamente. Me encanta que me cuente sus sueños y comentarlos con él. Susan se mofa de mis pretensiones.

Debería dormir un rato. Pero preferiría no acostarme en la cama. Hay pocas cosas más desoladoras que desnudarse en la oscuridad junto a una mujer que no se va a despertar por ti.

A menudo, al pensar en volver a casa, se me sube la sangre a la cabeza y me presiona en las orejas y en los ojos, hasta que siento que mi cráneo está a punto de estallar, como un neumático demasiado hinchado. Cuando me pasa eso, me meto en algún bar mugriento y cojo una silla, o voy a casa de algún conocido, donde pueda meterle mano a la esposa del anfitrión. Una noche llegué tarde a una cena a la que me habían invitado. Como de costumbre, las mujeres estaban hablando de trabajo y los hombres de sus hijos. Tomé asiento y me pareció que lo mejor que podía hacer era beber. Las cosas se pusieron más interesantes cuando un amigo de mediana edad dejó caer sobre la mesa su cabeza elegantemente peinada. Su mujer, a la que había abandonado, no le dejaba ver a sus hijos y, en su opinión, los estaba volviendo en su contra. Además, ella se negaba a vender la casa en la que él tenía puesto todo su dinero. Iban a ir a juicio. Y mi amigo, con su nueva amiguita a su lado, decía que dudaba de si había valido la pena.

La amiguita le replicó que él había dejado que sus hijos destruyeran su historia de amor. Era a él a quien ella quería, no a los niños que él había tenido con una mujer a la que no amaba. Alrededor de la mesa, otros hombres con aire pesimista, que habían visto por última vez a sus esposas en la puerta del juzgado, asintieron, refunfuñaron y menearon la cabeza. Entonces la mujer se levantó y se marchó. Yo debería haber salido corriendo detrás de ella. Mi amigo, con los ojos húmedos, dijo que había renunciado a casi todo lo que tenía por ella. Pero cuando, al cabo de dos meses de relación, ambos se percataron de que no se gustaban demasiado, y después de que ella intentase nada menos que arrancarle una oreja, ya no había posible vuelta atrás, ningún camino de regreso hacia algo sólido.

– Y todo eso por un polvo -murmuré.

Los demás hombres presentes se rieron. Pero, después de haber visto cómo acariciaba aquella descarada al gato de la casa mientras su amante lloriqueaba, llegué a la conclusión de que debía de haber sido un señor polvazo. A continuación, se produjo en la mesa un debate sobre la carga ética de un dilema de estas características. Pero yo sólo podía pensar en que hay ciertos polvos por los que una persona sería capaz de lanzar a un mar helado a su media naranja y a sus hijos. Mi reino por un revolcón. Y he notado que las mujeres son particularmente tenaces a este respecto. Cuando desean a alguien, no hay obstáculo que las detenga.

Hijo mío, quizá un día te explique algunas de estas cosas, porque quizá llegue un día en que las entienda.

Sosteniéndole la cabeza con una mano y cogiéndolo por la espalda con la otra -tiene los ojos cerrados y la boca abierta- lo llevo a su cama. Pero cuando estoy a punto de depositarlo en ella, tengo una extraña sensación. A veces te miras en un espejo sin recordar la edad que tienes. De algún modo, esperas encontrarte con un chaval de doce años, o de dieciocho, devolviéndote la mirada. Pues ahora siento como si me estuviese mirando en un espejo. Él es yo; yo soy él; ambos somos parte del otro, aunque separados en este mundo. Por un momento me estoy llevando a mí mismo en brazos.

Lo acuesto en la cama y lo tapo.

Me pregunto cuándo volveré a dormir junto a él, si es que vuelve a darse la oportunidad. Da unas patadas atroces y tiene cierta tendencia a vomitarme sobre el pelo cuando menos lo espero. Pero también sabe palmearme y acariciarme la cara como un amante. Sus palabras de cariño y su vocecita son para mis oídos aliento divino.

Bajo por la escalera sin hacer ruido. Me pongo la chaqueta. Cojo las llaves. Me dirijo hacia la puerta y la abro. Salgo de casa. Está oscuro y hace frío. El gélido viento me atraviesa de lado a lado. Me revigoriza.

Vete. Debes irte.

Estoy sacando los pies del plato.

Uno entra en las tinieblas con el temor de que nunca saldrá.

Debe de ser la hora de la muerte, lo más profundo de la noche. Apenas se mueve ningún ser vivo, incluyéndome a mí.

Fuera el viento mueve las hojas oscuras de los árboles como cientos de largas lenguas verdes y las ramas me golpean.

Si puedo, voy a liarme un porro. Esta hierba huele horriblemente mal. Como una hoguera de leña húmeda, según dice Susan, sobre todo cuando la fumo sin tabaco.

Me gusta contemplar cómo crecen las plantas al fondo del jardín. Cuando vuelvo a casa por la tarde, después de unas cuantas copas, y no hay otro remedio que cerrar la puerta, y sé que tendré que permanecer bajo este techo hasta la mañana siguiente, como si estuviese cumpliendo un arresto domiciliario, una de las pocas cosas que verdaderamente me gustan es salir al jardín. Riego mis plantas de marihuana, con mi hijo pequeño, ataviado con su pijama de una pieza y sus zapatillas de fieltro, tirando de la manguera detrás de mí.

De vez en cuando corto algunas hojas, las envuelvo en papel de periódico y las seco en el hervidor. Tengo éxtasis, LSD y una vieja botella de nitrato de amilio en la nevera. Durante algún tiempo he tomado éxtasis diariamente, la primera pastilla después del desayuno. Me hacía sentirme peor, y yo era consciente de ello. Pero no dejé de tomarlo. Siempre me ha gustado drogarme en las situaciones más normales, por ejemplo durante las cenas con mis padres. Y todavía acudo a las ocasionales reuniones de padres de alumnos y profesores vestido con mi traje favorito y con un colocón de ácido. Y las anuales veladas navideñas en mi opinión mejoran mucho con una pastilla de Purple Haze. Es el hacerlo en secreto lo que me encanta, y quizá el desafío.

Nina se metía conmigo diciendo que mi actitud hacia las drogas pertenecía a otra época. Es cierto que durante mi adolescencia las drogas eran utilizadas como carburante para el viaje hacia el conocimiento de uno mismo. También me conectaron con un universo más peligroso y rebelde, incluso literario: De Quincey, Baudelaire, Huxley. Para Nina las drogas eran sinónimo de sordidez, prisión y sobredosis. Ha sido su miedo a las agujas lo que la ha mantenido a salvo, si es que lo está.

He decidido prescindir de mi traje a rayas. Si lo meto en la bolsa se arrugará y en casa de Victor no habrá donde colgarlo. Por lo que respecta a la foto de Lennon, la decisión de llevármela es inamovible. Pero tengo que encontrar una foto de los niños.

Me acerco al escritorio de Susan, que está cubierto de sus papeles. Con la esperanza de dar con la prueba de alguna traición reciente que le pudiera echar en cara antes de largarme, cojo su maletín y lo abro. Encuentro una foto de nosotros dos abrazados.

En los cajones hay varios paquetes de fotografías. Elijo una de mi hijo mayor pocos días después de nacer. En la imagen lo estoy bañando en el hospital, aguantándole la cabeza con una mano. Tengo una expresión concentrada mientras por primera vez le echo agua en los costados y en su cara arrugada. En aquella época yo mantenía una relación con Karen. Me despedí de Susan en el hospital, cogí el champán que su padre nos había regalado y me lo bebí en la cama con Karen. El otro día Susan lo mencionó.

– Nunca olvidaré que te marchaste del hospital sin darme un beso. Nuestro primer hijo, y tú ni siquiera me diste un beso. En fin, al menos quieres a los niños. Cuando te vas…

– ¿Cuando me voy?

– De viaje. Los niños preguntan por ti a todas horas. Lo primero que dicen por la mañana es: «¿Papá volverá a casa hoy?»

Me guardo la fotografía en el bolsillo.

Para recordar los viejos tiempos echo un vistazo a su diario. Está cubierto de polvo; no hace anotaciones regularmente, sólo escribe las cosas que quiere que yo lea. Echo un vistazo al pasaje en el que, hace tres años, escribió sobre su amante, preguntándose si podría visitarlo en Roma. No me engañaban sus mentiras y le dije que estaría encantado de que lo hiciese. Siempre buscaba oportunidades para librarme de ella.

Vuelvo a sentarme en el sofá. Fumaré un poco más de esto, aunque me hace sentir como si estuviera sometido a una acusación pública.

– Ah, estás aquí.

Levanto la vista. Miro hacia otro lado. Vuelvo a mirar hacia arriba. Susan está al final de la escalera, con su camiseta blanca y sus zapatillas blancas, el rostro hinchado y con marcas de la almohada.

Parece tan blanca que podría escribir sobre su cuerpo.

En una ocasión, al volver a casa a las cuatro de la madrugada después de una fiesta de adolescentes, me encontré a mamá en la planta baja con su bata manchada que le llegaba a los pies. Había fotos suyas de joven desperdigadas por el suelo. En esas viejas imágenes aparecía desgarbada y entusiasta, con un pelo tan largo como el mío, sandalias y un vestido con un estampado de flores. Posaba con hombres con raya en el pelo y corbata, ninguno de los cuales era papá.

Susan debe de haber estado observándome mientras yo tenía la vista perdida en el vacío. Me pregunto durante cuánto tiempo.

Me gustaba llevar a Nina a restaurantes y fiestas, a inauguraciones y exposiciones. Me sentaba y la contemplaba mientras ella miraba los cuadros. Disfrutaba al verla disfrutar cuando la guiaba por Londres. Sin ella yo no habría salido. Siempre íbamos cogidos de la mano. Estuviéramos donde estuviéramos, ella era mi refugio, mi luz. Pero aquellos nuevos placeres la arrancaban de su universo familiar y la empujaban hacia otro más intimidante. En ocasiones yo la abrumaba. Estaba demasiado presente, lo sé. Queremos amor, pero no queremos perder nuestra identidad.

Asif corregía exámenes, rodeado de sus libros de filosofía, pedagogía y desarrollo infantil ordenados alfabéticamente. Sobre el escritorio tenía fotografías de su mujer y sus hijos. Cuando esta tarde me ha visto aparecer por la puerta de su estudio, seguido por Najma con aire preocupado, se ha mostrado inquieto. Quizá yo parecía tenso o algo peor.

– ¿Los niños están bien? -ha sido lo primero que ha preguntado.

– Sí, sí.

Se ha tranquilizado.

Entonces nos hemos dado la mano.

– ¿Y los tuyos? -le he preguntado.

– Bien, gracias a Dios.

Najma, con una mirada desafiante, ha preguntado:

– ¿Y Susan?

– Bien, está bien.

Asif me ha mirado inquisitivamente. No me gusta perturbar su tranquilidad. Ni siquiera sé por qué he ido. Había estado caminando por las calles desde por la mañana. Hasta que he parado un taxi y le he indicado al conductor la dirección de Asif. Quizá porque como Victor es un recién convertido al hedonismo, yo necesitaba otro punto de vista.

– ¿Puedo hablar contigo? -le he dicho.

Najma nos ha dejado a solas de mala gana y Asif se ha quitado las zapatillas y se ha calzado unos zapatos. Me he percatado de que está engordando y con el chaleco ceñido al estómago parece mayor, más digno y próspero.

Hemos paseado por su jardín. Me he dado cuenta de que él no paraba de mirar hacia el invernadero, donde Najma leía sentada en una mecedora. He imaginado que ella ya me consideraba culpable de todo lo que pudiera suceder.

– La casa está envenenada -he comentado-. Susan quiere que sea amable. Pero no puedo ser amable. No podemos hacer nada el uno por el otro. Es un hecho. He decidido marcharme.

– Todas las parejas se pelean. Hasta Najma y…

– ¡Ya me acuerdo! -he dicho riéndome de pronto.

– ¿Qué?

– Lo de las tortillas del desayuno. Antes de que bajáramos a la piscina…, durante las vacaciones en Italia del año pasado. Susan y yo éramos amables el uno con el otro durante horas y horas. Pero vosotros dos… Los silencios. El resentimiento. Lo que más deseabas en el mundo era que llegásemos a aquel café en el que tú y yo podíamos jugar solos al futbolín.

– Es verdad. Ella y yo discutimos… de vez en cuando. -Y ha añadido-: Resulta muy fácil dejarlo correr demasiado pronto. ¿Por qué precipitarse? Espera a ver qué pasa. Te ruego que dejes pasar un año.

– No puedo esperar ni una semana más. De hecho me marcharé mañana por la mañana.

– Espero que no lo hagas. Un año no representa nada a tu edad. ¿Es por esa chica?

Me he encogido de hombros y le he respondido:

– Ya no la veo. La he perdido.

– No… Estás temblando. -Me ha rodeado con el brazo y ha añadido-: ¿Pero sigue estando presente de alguna manera?

– Si pudiera volver a ver su cabello o su nuca, eso podría ser un principio a partir del cual moverse. Sería el principio, ¿sabes?, de una actitud nueva.

– ¿Su cabello?

– Por supuesto.

– No sabía que la gente de tu edad pudiera ponerse tan romántica.

– Asif -le he dicho-, ninguna edad está al margen de los sentimientos intensos.

Ha dejado escapar un bufido y ha sentenciado:

– ¡Es una lástima que la hayas conocido!

– ¿Por qué insistes en encontrar todo esto risible?

– Tal vez porque detesto ver a un hombre al que respeto, un hombre valiente y entregado en ciertos aspectos, y testarudo en otros, arrastrado sin rumbo por tales pasiones. Pero supongo que, a diferencia de la mayoría de la gente, tú puedes permitirte dejarte llevar por tus placeres. Y a eso es a lo que te dedicas.

– Sí. Pero no creas que no sé que hay otras cosas importantes en las que pensar…, la situación política internacional y demás.

Mi sarcasmo le hace callar.

Sus hijos corretean a nuestro alrededor. Preguntan por mis hijos. Les digo que están en casa. Llegan gritos infantiles desde jardines próximos. Varios niños se acercan a la verja.

Ojalá pudiera sentarme satisfecho en mitad de mi vida, tal como parecen hacer los niños, sin estar constantemente preocupado por el estado de las cosas, por mañana, la semana que viene, el año próximo. Pero desde que tenía catorce años, cuando conspiraba contra mis padres, sin darme a la fuga como pretendía, sino esperando el momento adecuado y preparándome, sabiendo que algún día estaría preparado, desde entonces he tenido la necesidad de ver el futuro como una meta. Siempre he necesitado que cada día suceda algo que evidencie algún tipo de progreso o acumulación. No soporto que las cosas se ralenticen, que no haya suficiente intensidad. Pero ahora recibiría con agrado un periodo de sosiego. Tengo la esperanza de que con el tiempo llegue ese momento.

– Estás muy disperso -me ha comentado Asif-. Sé que te gusta cuidar tu aspecto, pero hoy ni siquiera te has afeitado. Dejando a un lado por un momento el cabello de tu amiguita, el tuyo parece que te lo hayas peinado en vertical.

Me he reído, pero no le he respondido.

Al cabo de un rato Asif ha añadido:

– ¿Has tomado una decisión?

– Creo que sí.

– No quiero que acabes en alguna pensión sórdida. Si quieres, ven aquí durante algún tiempo. Pondré a los niños a dormir juntos.

– Eres muy amable, Asif. Te lo agradezco. Pero no podría instalarme aquí, en medio de tu vida familiar, después de haber dejado la mía.

– No será por mucho tiempo.

– ¿Cómo?

– Después de unos días de reflexión, decidirás volver. No estás preparado para soportar la ausencia de los niños. No creo que te des cuenta de cómo te sentirás… al abandonarlos. Eso les va a hacer daño, ¿no crees?

En ese momento, casi me fallan las piernas.

– Sé que tendré que pasar por eso -le he dicho.

– A tu nueva amiga me la describiste como una de esas personas incultas aunque con estudios. Susan es quisquillosa, pero inteligente. Siempre he disfrutado hablando con ella. En determinado momento, debiste tener una buena razón para elegirla.

– ¿Y no tengo derecho a cambiar de opinión? Si la gente está rompiendo con sus parejas en tropel es porque van en busca de otras personas.

– Todos queremos más. Nunca estamos satisfechos. La sabiduría consiste en saber valorar lo que tenemos. Si cada día tenemos un poco de suerte y nuestros hijos nos sonríen o por una vez hacen lo que les decimos, debemos consideramos hombres afortunados.

– Estoy desanimado. Una relación infeliz no puede ser un compartimento estanco. Impregna todo lo demás, como una lata de aceite agujereada. -Le he mirado-. ¿Nunca has pensado en mandarlo todo al carajo?

Ambos hemos dirigido la mirada hacia Najma.

– ¿Por qué me preguntas eso? -ha dicho, exasperado-. ¿Crees que un día te daré una respuesta diferente que confirmará tu manera de ver las cosas?

– ¿Qué manera de ver las cosas, Asif?

– Que uno no tiene responsabilidades. -Ha suspirado y ha continuado-: Lo siento, supongo que tú actúas a la manera moderna.

– Yo diría que en efecto existe una nueva inquietud.

– Sí, tengo la impresión de ser un bicho raro por amar a la misma persona durante años y no estar planeando mi huida. Pero me encanta vivir aquí. Cada día construimos algo. Las cosas aumentan. Sin eso, yo no sería más que un hombre que camina por la calle sin ningún sitio adonde ir.

– En casa, para mí, no hay movimiento.

– Un amor verdadero provoca poco movimiento. Uno da vueltas sobre lo mismo, pero cada vez va más lejos. ¿No crees en nada? ¿O la virtud no es para ti más que un último recurso?

¿Qué puedo responder a eso? La gente joven rebosa de creencias aburridas. ¿Por qué no yo? No me vienen a la cabeza muchas creencias de manera espontánea. Hemos alcanzado tal estado después de dos mil años de civilización cristiana, que si me encuentro con alguna persona con creencias religiosas -algo que por suerte me sucede muy raramente en los últimos tiempos- lo considero un anormal, alguien que probablemente necesite someterse a una terapia.

Podría responder que creo en el individualismo, el sensualismo y la ociosidad creativa. Me gusta la imaginación humana, su delicadeza, la brutal agresividad de su energía, su profundidad, su poder para transformar el mundo material en arte. Me gusta lo que hacen los hombres y las mujeres. Prefiero eso a ninguna otra cosa sobre la tierra, aparte del amor y los cuerpos de las mujeres, que ocupan el centro de todo aquello por lo que vale la pena vivir.

Pero Asif es inteligente. No quiero ponerme en evidencia diciendo algo demasiado egoísta…, aunque se me ocurren pocas instituciones más egoístas que la familia. Quizá me estoy convirtiendo en un auténtico escéptico.

Probablemente se me está escapando una risilla tonta. Será mejor que diga algo antes de que piense que soy un chiflado.

– Tengo mis opiniones -le he dicho-. Pero carecen de importancia. Cambian cada día. Siempre es un alivio no tener opinión, sobre todo en temas culturales o políticos. Pero te diré algo, sobre este tema en concreto sufro un exceso de convicción.

– ¿Convicción en qué?

– En las posibilidades de la intimidad. En el amor.

Casi se ha puesto a reír. Y ha comentado:

– Siempre te han gustado las mujeres. Nunca has perdido esa costumbre.

– Pero es que son agradables. ¿No te has percatado?

– ¿Y qué me dices de buscarte alguna amante ocasional?

– ¿Me sugieres eso?

– Viajas mucho. Siempre estás en Estados Unidos, convirtiendo obras literarias en…

– Papilla.

– Tendrás oportunidades. Y eso quizá te sacie suficientemente.

– Lo hace, durante algún tiempo. Pero justamente depende por completo de la naturaleza de la necesidad y de si se puede satisfacer. Y de si la necesidad se renueva, y con qué ferocidad lo hace. En cualquier caso, tú no lo harías.

– No olvides que soy profesor -ha dicho él.

– Lo sé, ¿por qué lo dices?

– Ya sabes que enseñar es una tarea difícil. Y lo es todavía más si los niños están angustiados. En el aula veo los escombros. Los desprendimientos. La cara quebrada de las cosas.

Me ha ofrecido té.

Yo no podía quedarme mucho rato. Tenía que volver a casa, bañar a mis hijos, ver a Susan y hacer las maletas. Tenía que hacer mi contribución a la cara quebrada de las cosas.

Victor me comenta:

– Fue la mejor y la peor de las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida. Durante dos años después de haberme marchado, en el fondo de mi corazón sabía que había hecho algo imperdonable. Sabía que no muy lejos había unas personas, mi esposa y mis hijos, que sufrían como consecuencia de lo que había hecho. Sin embargo…

Y continúa:

– Te puedes burlar de mí por la salchicha con patatas, y sobre todo por la cebolla escabechada. ¿Pero cuántos de nuestros amigos y conocidos, después de haber dejado a sus parejas, sueñan con volver con ellas? ¿Cuántos afirman que, si pudieran revivir ese momento, no volverían a largarse de casa?

– ¿Qué pasa? ¿Están enfermos? ¿Se han despertado?

– No -responde ella.

Susan parece ambas cosas.

Se acerca a mí, desde el final de la escalera, con los brazos extendidos.

– Abrázame. Así no, como si tus brazos fueran tenazas no. Tócame con las manos.

Recuerdo que mi hijo mayor me preguntó: «¿Por qué tenemos manos?»

– Estoy aquí -digo.

– Sí. Gracias a Dios. Abrázame.

La beso y la acaricio. Se le sube la camiseta. Antes de darme cuenta, le estoy tocando los pechos. Me agacho. Su vello púbico no es tan exuberante y suave como el de Nina. Pero si deja que me la folie aquí y ahora, en el suelo, no me marcharé. Arrimaré el hombro y aceptaré mis responsabilidades durante un año más. De todas formas, por la mañana estaré demasiado cansado. Sacaré un arenque ahumado de la nevera, me zamparé un buen desayuno y dejaré escapar un suspiro de alivio. Me gustan los finales felices.

– He tenido una pesadilla -me dice Susan-. Que tú no estabas. Me he despertado y realmente no estabas. No vas a marcharte, ¿verdad?

– ¿Por qué dices eso?

– No lo sé, no lo sé.

– No pasa nada -le aseguro-. Tranquilízate. Te daré un masaje.

– No, gracias. No sabes darlos. Eres demasiado bruto.

– Ya veo -digo-. De todas maneras, tú no me acaricias jamás.

– ¿Te sorprende? -Y añade en voz baja-: No, ¿verdad?

No recomiendo mentir. Excepto en determinadas circunstancias.

Susan, si me conocieras, me escupirías a la cara. Te he mentido y traicionado día tras día. Pero si no me lo hubiera pasado en grande con esas mujeres, no habría aguantado tanto tiempo aquí. Las mentiras nos protegen a todos; permiten que las cosas importantes funcionen. Mentir es un acto bondadoso. Si hubiera actuado honestamente durante todos estos años, ¿a quién habría impresionado? ¿A Dios? Un mundo sin mentiras resultaría imposible; un mundo en el que no se despreciase la mentira también. Por desgracia, mentir nos hace sentir omnipotentes. Provoca una terrible soledad. Aquí, esta noche, me siento al margen de ti y de todo el mundo. Decir la verdad es, por lo tanto, un principio esencial, hasta que choca con otro principio esencial, el placer, momento en el cual, obviamente, se produce un conflicto.

Susan empieza a despertarse.

– ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en la cama?

– Tengo cosas que hacer.

– ¿Ahora?

– No podía dormir.

– ¿Por qué? ¿Qué te preocupa? Casi nunca te desvelas. -Sus ojos recorren mi cara-. Hueles a cigarrillos y a esa horrible marihuana. Tienes el pelo húmedo. ¿Has salido? ¿Adónde has ido? ¿Con quién has estado?

Me toca la mejilla con los dedos.

– Aug.

– ¿Qué es esto? ¿Qué te ha pasado en la cara? Espera…

Se dirige hacia el interruptor, pero está tan dormida que da un traspié y se golpea con la mesa.

– Deja que te ayude.

Esta noche las calles huelen a orina. Hay camiones aparcados junto a los supermercados y hombres que empujan contenedores metálicos a través de las puertas laterales. Los jóvenes han salido de marcha.

Hace siete años, cuando Susan y yo estuvimos separados durante un año y yo me entusiasmaba con los desconocidos, conocí estos bares, a las chicas que vendían joyas en el mercado, a la gente que tocaba en los grupos musicales, a chicos que estaban de viaje. Disponía de tiempo para lo inesperado.

Esta noche, después de cambiarle el pañal al niño y volver a acostarlo, he cogido el coche y he venido a este bar sin saber por qué, y lo único que veo son docenas de jóvenes envejecidos, vestidos con una ropa absurda y barata, apretados unos contra otros. No conozco a nadie. Con mis amigos actuales sólo me encuentro mediante cita previa, quedando a una hora determinada como quien va al dentista. Y Victor, cinco años mayor que yo, jamás pondría los pies en un lugar así, aunque en su defensa hay que decir que ha empezado a bailar. Va a clubs, a veces solo, y allí inicia una serie de peculiares y solitarios movimientos coreográficos. No tarda en abrirse un espacio a su alrededor. No sé si debido a su singular estilo o a que la gente lo toma por un policía que se ha tomado un permiso por su cuenta.

– No me importa hacer el idiota -dice-. Pero los jóvenes sofisticados pueden resultar muy esnobs.

Delante del bar hay tipos con gruesos abrigos cortos, pantalones muy holgados y zapatillas deportivas que parecen barcas. Es curioso cómo los camellos siempre remolonean durante una eternidad y de pronto se ponen a caminar con paso apresurado. Me pregunto si esta noche todos han sufrido, simultáneamente, una repentina cefalea, ya que aplastan las manos contra la cabeza como si posaran para El grito de Munch, mientras hablan por el móvil. Tiempo atrás les hubiera preguntado el precio de tal o cual droga. Ahora reflexiono sobre qué será de ellos y me pregunto por qué se habrán gastado el dinero en el tipo de ropa que visten. Pero ellos deben de pensar que yo carezco de distinción.

Finalmente diviso en el bar a alguien que conozco. Un chaval que ya no es un chaval, al que en otra época vi diariamente durante algunas semanas. En mi etapa socialista escuchaba durante horas interminables las desgracias de ese chico y condenaba a la sociedad que le hacía sufrir. Era un tipo despierto, inteligente y repleto de historias sobre sus aventuras en las calles, pero al mismo tiempo interiormente atormentado, lo cual hacía que sus bravatas resultasen más conmovedoras. En el bar se apoya contra mí y trata de engatusarme para que le dé mil libras para irse a vivir a una reserva india.

Le escucho y finalmente le digo:

– ¿No crees que los indios ya tienen suficientes problemas sin ti?

Trato de apartarlo, pero él me agarra la mano.

– Tienes suficiente dinero para poder ayudar a otro ser humano -dice, adoptando la expresión más patética de la que es capaz-. Por toda la bondad de tu…

– Te daré el dinero -le interrumpo- si me respondes a una pregunta. ¿Dónde está tu padre? ¿Por qué no estás en casa con él?

Me mira.

– ¡Respóndeme! -le digo.

– ¿Qué has estado tomando?

Desaparece.

Ya en la calle, podría fácilmente empezar a gesticular y chillar, porque creo que muchos de estos hombres no conocen a sus padres. ¿Adónde se han ido todos los padres? En una ocasión los padres se fueron a la guerra y regresaron, los que lo hicieron, irreconocibles. Y los padres siguen marchándose y regresando, los que finalmente regresan, irreconocibles. ¿Piensan en sus hijos? ¿Qué cosas más interesantes tienen que hacer? ¿Es cuando sus esposas se convierten en madres cuando deciden marcharse? ¿Qué tienen las madres que hace que sea tan esencial abandonarlas? ¿Dónde se esconden los padres y qué hacen?

Alguien debe de saberlo. Tengo que preguntárselo a uno de ellos. Tengo que preguntármelo a mí mismo.

Corro hacia mi coche. Hay otro sitio que debo visitar esta noche.

Victor siempre estaba besando y toqueteando a Nina. La trataba con condescendencia, pero ella, consciente de lo torpón que podía resultar él, tenía mucho cuidado de no asustarlo.

Una noche, estando los tres en su casa, Victor tomó unas drogas nuevas. Cuando se perdió por algún lugar desconocido, Nina y yo nos pusimos a hacer el amor. Victor se metió en la cama con nosotros. Cómo me arrepiento de lo que pretendía hacer: reducir mi cariño por Nina. Si ella no fuera especial, lo que siento por ella no sería tan intenso.

– ¿Por qué lo hiciste? -le pregunté a Victor.

– Os estabais riendo. Os divertíais.

Yo sabía cómo complacer a Nina. Cocinaba para ella; le daba un baño y la masajeaba mientras escuchaba música. Juro que podía amarla, protegerla y ocuparme de ella.

Ella confiaba en mí, pero cada vez estaba más desanimada.

– Me abandona una y otra vez -le comentó a Victor-. Cada vez que vuelvo a acostumbrarme a él, vuelve a su casa o, todavía peor, se va de vacaciones. Estoy perdiendo las esperanzas. Me siento asfixiada. Ni siquiera sé qué espero.

Me dijo que no podríamos vernos durante algún tiempo. Necesitaba distanciarse. Le pedí a Victor que no la perdiese de vista, que la llamase cada día y que me mantuviera presente en los pensamientos de Nina. Un día, con un tono agresivo y rencoroso, le pregunté a Victor si saldría con ella si yo no estuviera en medio.

Creo que se vieron durante un par de semanas. No indagué sobre el asunto, ni hablé con Victor, porque yo estaba fuera con Susan y los niños. Un día él me telefoneó y me dijo que ella le había pedido que no volvieran a verse. Él y yo reiniciamos nuestra amistad. Nunca hablábamos de Nina. Pensé que no tardaría en olvidarla.

– He ido a un bar a tomar un trago. Estaba a rebosar. Así que he decidido dar un paseo. He visto un club, he entrado y he echado un vistazo.

– Así que has visto un club.

– Sí -digo-, una cola de gente en la calle.

– ¿Y qué te ha impulsado a entrar?

– No lo sé. He pensado que era el tipo de sitio en el que hace algún tiempo me lo hubiese pasado estupendamente.

– No es muy habitual en ti esa espontaneidad -comenta Susan-. ¿Dónde está tu camisa? ¿No llevabas camisa?

– Dios mío, sí, la llevaba -digo-. ¡Con qué facilidad pierde uno las cosas!

Susan me clava la mirada.

Como no he encontrado a Victor en el bar y las calles me han parecido más violentas de lo que las recordaba, me he dirigido con el coche a la casa en la que Nina tenía alquilada una habitación. Hace algunos meses iba allí muy a menudo, cuando ella vino a vivir a Londres para estar más cerca de mí, tal como ella misma admitió. Su fantasía, me dijo, era vivir a la vuelta de la esquina.

La cocina siempre estaba llena de gente joven que o bien se recuperaba de una juerga o bien se preparaba para correrse una. Recuerdo el colchón de Nina en el suelo; una colcha india; libros de poesía; cintas de música, y un montón de esas velas que hacen que las navidades resulten tan excitantes para las mujeres jóvenes.

– No sé por qué vivo aquí -dijo ella, mientras yo salía de una cama para volver a otra-. Debería vivir contigo. ¿No puedes quedarte para siempre, o al menos esta noche?

La miré, desnuda en la cama, blanca como un grano de arroz.

– Ojalá pudiera.

– ¿Sabes?, no creo que pueda soportar esta situación mucho más tiempo.

– ¿No me esperarás?

– No lo sé.

Esta noche espero un rato fuera, aunque no se ve nada a través de la ventana. Finalmente llamo al timbre. Me abre la puerta un chico. Le pregunto si me recuerda. Me dice que sí, pero con tan poco entusiasmo que me pregunto si no será uno de los que se dedicaban a aconsejar a Nina que dejase de verme.

– ¿Todavía vive aquí?

Me mira con aire desconfiado.

– Estuvo fuera algún tiempo -dice.

– ¿Estuvo?

– Después volvió.

– ¿Sí? ¿Volvió? ¿Puedo verla? ¿Está dentro?

– No.

Contengo las ganas de abofetearlo.

Finalmente me informa de que cree que ha ido a un club de los alrededores.

– ¿Con quién? -pregunto.

– Con un amigo.

– ¿Y dónde está ese club?

Me lo dice después de lanzar un suspiro, como si yo debiera saber esas cosas.

Me planto allí con el coche y hago cola durante una hora, aterrorizado ante la posibilidad de que no me dejen entrar. Cuando me acerco al portero, me quito la camisa, con la esperanza de parecer más moderno. La escondo detrás de un seto al otro lado de la calle, así que llevo una camiseta y americana.

Una vez dentro, me encuentro en una especie de discoteca en penumbra, casi a oscuras, sin las luces parpadeantes que hicieron las delicias de mi adolescencia.

Hay un problema: si Nina está aquí, me será imposible distinguirla.

Durante casi toda mi vida hasta esta noche, he sido joven. Durante casi toda mi vida, he tenido gente a la que pedir consejo, gente que parecía saber lo que pasaba. ¿Dónde están? Actualmente, excepto cuando estoy con Susan, sé quién soy. Cuando es necesario, soy capaz de hacer acopio de coraje y mantener la dignidad. Pero hoy la estoy perdiendo.

Enciendo el mechero y me abro paso entre la multitud, como si estuviera explorando una gruta.

La gente lleva abrigos abotonados hasta el cuello y sombreros calados hasta los ojos. No hay duda de que los chavales británicos son meritócratas y humoristas satíricos en potencia. Uno puede estar seguro de que siempre se traen algo entre manos. Pero esta noche resulta deprimente ver a todos estos jóvenes tan drogados y aturdidos. Me vienen ganas de preguntar por qué, como si no me acordase. Hace tres años, durante seis meses tomé cocaína en abundancia cada noche. Fue la suerte y la fuerza de voluntad lo que me permitió salir bien parado de ese periodo. ¿También nosotros éramos unos zombis tan poco exigentes y creíamos que ser joven era por sí solo una virtud? Sin ninguna duda. ¿Mis impuestos sirven para subvencionar el desenfreno de esta gente? Probablemente. ¿Mi padre se metió alguna vez en este tipo de antros buscando a una chica sobre la que abalanzarse?

Temo por mis hijos, pero es esencial que mañana les deje.

Creo que me he convertido en uno de los adultos de El guardián entre el centeno.

¿Por qué siento envidia de esta gente? En los años sesenta y setenta tenía la sensación de que formaba parte de algo, que estaba conectado con otra gente joven, con una especie de movimiento de oposición. Detestaba la formalidad; era demasiado terco para adherirme a nada. Pero echo de menos una cosa: dejarse arrastrar, sí, por una causa mayor.

Mientras acerco el encendedor a los rostros de la gente, empiezo a temer la idea de encontrar a Nina. ¿Y si está con un chico? ¿Y si no quiere saber nada de mí? Estos rostros son jóvenes. Debo de haber estado loco para enamorarme de semejante semimujer. ¿Qué hay de malo en la madurez? ¡Pensad en las conversaciones que podría mantener -sobre literatura y amargura- con una cuarentona! Victor me ha hablado de una interesante óptica que tiene su propia tienda. ¡La gente dice que es el alma, no el cuerpo, lo que cuenta!

Sé de un sitio en el que podría conocer a algunas mujeres de mediana edad, ¡si están todavía levantadas a estas horas! ¡En cuanto me estabilice, estarán encantadas de mi compañía! ¡Ellas son una causa mayor!

¡Voy a buscar alguna!

Comienzo a dirigirme hacia la puerta, dondequiera que esté, con cierta urgencia. Esto es muy típico de mí: estar muy cerca de algo y salir corriendo.

Veo a una mujer que baila sola. ¿No es ella? Me acerco. No, no es mi amor. No consigo ver gran cosa, pero me quedo con la impresión de que a esa mujer no le importaría que la abordase. Aparentemente, las drogas que toman les ayuda a mostrarse simpáticos, como si no pudieran conseguirlo de otra forma. Quizá deberían proporcionárselas a toda la gente joven. Seguro que bajo sus efectos les será indiferente que bailes como un helicóptero a punto de estrellarse. Quiero aprender a esperar que la gente me acoja amablemente.

Hablo a gritos con la boca pegada a la oreja de la chica y ella me acompaña a la barra. Apenas oigo lo que me dice. Pero ya me imagino yendo a su casa. Si me dice que sí, voy. Una habitación extraña; sus cosas; sitios extraños en los que he acabado en el pasado, perdido en la ciudad, esperando a ver qué sucede. Desde allí, por la mañana, me iré al apartamento de Victor sin pasar por casa.

Entonces alguien me golpeó. Me pareció que por la espalda y que era un hombre. Debió de ser cuando examinaba el pendiente que llevaba la chica en la ceja, acercando la llama de mi mechero. Esa chica le hubiera interesado a Victor.

Susan se sienta a mi lado.

– No lo toques, es donde me han golpeado -le digo.

– ¿Te has puesto agresivo?

– No sé por qué ha pasado. A los jóvenes les gusta hacer estas cosas. Mañana ya estaré bien.

– ¿Qué es esto? -pregunta Susan.

– Una fotografía firmada de John Lennon.

– ¿Y qué hacía en la escalera?

La miro con aire desconcertado.

– ¿Estaba ahí? Creo que estaba buscando un sitio mejor para colgarla.

– ¿En plena noche?

– Me ha parecido un momento adecuado.

– Pues se ha roto -me dice-. Mira el cristal. -Y añade-: Tu pobre cara. ¿Quieres que te lave?

La miro y le digo:

– Hay una mujer que me interesa. Pero se ha marchado. Me temo que ésa es la verdad.

– ¿A ti? ¿Hay una mujer que te interesa?

– ¿Te sorprende?

– Bueno, sí.

– Me sorprende que te sorprenda.

Susan está llorando.

– ¿Y ella te va a alejar de mí?

– En este momento creo que no.

Abro la boca. Estoy a punto de decir algo.

– ¿Qué? -pregunta ella.

– No. Nada -respondo-. Ven.

En el lavabo me lava. Después, con mi mano sobre su hombro, la acompaño a la cama.

Nos echamos, dándonos la espalda.

¿Qué puede ser más horrible que la luz del día? Susan se está vistiendo al borde de la cama. Los niños se han puesto a saltar sobre el colchón. El pequeño intenta levantarme los párpados con los dedos. El otro me echa zumo de manzana en la oreja preguntándose si saldrá por la otra. Tiene madera de científico.

Susan se los lleva a la planta baja.

Me coloco boca arriba, como hago cada mañana, y pienso: ¿Qué debo hacer hoy? ¿Qué obligaciones tengo? ¿Qué placeres me esperan? Entonces me acuerdo y cierro los ojos.

Al cabo de un rato la puerta de la calle se cierra de golpe y la casa queda en silencio. El silencio aumenta, envolviéndolo todo en una suavidad siniestra.

Me levanto y bajo por la escalera, pero cuando estoy en el recodo un ruido me hace dudar. Veo que Susan está en la entrada, a punto de marcharse al trabajo, poniéndose el abrigo corto y empujando la bicicleta hacia la puerta.

– ¿Vas a ir de compras? ¡Hasta la hora de la cena! -se despide a voz en grito, y cierra la puerta a sus espaldas.

Sin comer, beber ni pensar demasiado, hago lo que tengo que hacer lo más rápido posible. Me afeito y me pongo ropa decente. Recorro la casa y descubro los pijamas de mis hijos tirados por el suelo. Los recojo, los huelo, los doblo y los dejo sobre sus camas.

Cuando hace calor, Susan se pone talco en los zapatos y al quitárselos deja huellas de sus pisadas en el suelo y en la moqueta, que se interrumpen bruscamente, como un rastro que se esfuma.

No tardo mucho en cerrar la cremallera de mi bolsa.

De pie, garabateo una nota: «Querida Susan: Me he marchado de casa y no volveré. Siento decir que no creo que podamos hacemos felices el uno al otro. Hablaré contigo mañana.» Ya está. Pero entonces me percato de que ella me ha dejado otra nota, pidiéndome que recoja su ropa en la tintorería. Maldiciendo, voy hasta allí rápidamente para buscarla y se la dejo en el dormitorio.

Me pregunto dónde dejar mi nota. La mesa de la sala está repleta de flores, regalos y tarjetas. La semana pasada Susan celebró su fiesta de cumpleaños en un restaurante cercano. Debía de haber casi una treintena de invitados. Ataviada con su vestido nuevo de tela vaquera y sus bonitos zapatos con flores bordadas a los lados, correteaba de un amigo a otro a medida que éstos iban entrando. Se sucedían los besos, los abrazos y los chismes contados a voz en grito. El suelo no tardó en quedar cubierto de cintas y papel de envolver. Me senté y la contemplé mientras bailaba al ritmo de los discos de la Tamla Motown con un amigo del colegio. Bailaron incluso con nostalgia. Recordé un viaje que hice a Venecia. Susan se tenía que reunir conmigo en el Hôtel des Bains, en el Lido, pero yo no sabía a qué hora llegaría. Bajé por la escalera y me la topé por pura casualidad en la recepción. Ella se volvió y, al reconocerme, la emoción le iluminó la cara.

Susan no es mi tipo en absoluto, pero estoy seguro de que hay algo en ella de lo que podría disfrutar. Ahora preferiría no verla durante algunos meses para poder olvidarla; tal vez entonces consiga hacerme una idea de cómo es en realidad, al margen de mí.

Dejo la nota en la otra punta de la mesa, apoyada contra una taza. Así seguro que no le pasará inadvertida cuando vuelva a casa. Se sentará en esa silla para leerla. Me pregunto cómo se sentirá; me pregunto qué hará. El teléfono queda al alcance de la mano.

Recojo mi bolsa del suelo del dormitorio. Bajo por la escalera y abro la puerta de la entrada. Cansado pero resuelto, salgo. Hace semanas que no llueve. Los árboles están en flor. Londres está en flor; incluso yo estoy en flor, a pesar de todo.

Es un día magnífico para marcharse.

Cierro la puerta a mis espaldas y me alejo de casa. Sopeso la idea de cruzar el parque e ir a ver a mis hijos. Pero mi aire despistado me abandonaría y cualquier pregunta podría hacerme perder el poco coraje que tengo. Tal vez debería volverme y despedirme de la casa.

No puedo decir que no haya aprendido más en este crisol que en ningún otro sitio: la educación de un corazón, ligeramente partido, si no roto en pedazos. Si sobreviviré a ese conocimiento y le daré un buen uso -si es que alguno de nosotros lo hace- es otro asunto.

Victor está sentado a la mesa con su batín negro, sus calcetines y calzoncillos negros, masticando un trozo de tostada que sin duda dejó ahí la noche anterior. Pero cuando entro por la puerta se pone en pie y me da un beso.

– ¿Lo has hecho?

– Sí -digo-. Lo he hecho.

Victor me mira con aire satisfecho. Me percato de que ha limpiado el apartamento. No hay cebolla en escabeche a la vista.

Pienso si desempaquetar ahora mis cosas para convencerme de que me voy a quedar. Pero echo un vistazo a mi alrededor y no veo dónde voy a poder ponerlas. Dentro de un rato Victor saldrá para ir al trabajo y yo me quedaré aquí solo. Hoy no tengo ganas de ir al estudio. Quizá dé un paseo.

Victor coge mi bolsa y la deja en un rincón. Me doy cuenta de que el café está recién hecho. Hay cruasanes en el horno. Me siento y le miro, un amigo. Durante algún tiempo -no sé cuánto- esta casa será mi hogar.

Me pregunto cuándo desplegará Susan la nota y sabrá lo que he hecho. No volverá hasta media tarde. Todavía estoy a tiempo de recuperar mi mensaje.

– ¿Sabías que vendría?

– Sabía que al final darías el paso -responde Victor-. Podías retrasarlo algunas semanas. Pero era inevitable.

– ¿Estabas seguro?

– ¿Cómo podía no estarlo? -Y añade-: ¿Se lo has dicho a los niños?

– No.

– Eso es lo más duro.

Me muerdo el labio.

– Primero hablaré con Susan -le digo-. Después con ellos. Tengo un montón de cosas que decirles… sobre los problemas de las personas que intentan vivir juntas.

Me mira. Sabe de qué hablo. Y, sin embargo, muestra un buen humor nada habitual.

– ¿Por qué sonríes? -le pregunto.

– He conocido a una mujer que me interesa. Vamos a comer en un restaurante nuevo y después daremos un paseo por el parque.

– ¿Y después?

Le brillan los ojos.

– Por cierto -dice-, esa chica me telefoneó.

– ¿Qué chica?

– Nina. Se enteró de que la buscabas.

Sólo se me ocurre pensar en lo maravillosa que en ocasiones puede ser la vida en este mundo. ¡Qué daño se pueden hacer dos personas! ¡Y qué placer se pueden dar!

– He anotado su número de teléfono -me dice-, por si lo has olvidado.

– Gracias.

Me tiende el pedazo de papel. Descuelgo el teléfono y marco, pero cuelgo antes de que suene.

– Ya la llamaré más tarde -digo-. Ya habrá tiempo para hacerlo.

Caminamos juntos, cada uno abstraído en sus pensamientos. Olvidé dónde estábamos e incluso qué hora era. Tú te acercaste, me acariciaste el pelo y me cogiste la mano; sé que me cogías la mano y que me hablabas en voz baja. De pronto tuve la sensación de que era perfecto, que no se podía añadir nada a aquella felicidad o satisfacción. Era todo lo que había y todo lo que podía haber. Lo mejor de todo se había condensado en ese instante. Y no podía ser otra cosa que amor.

Hanif Kureishi

***