/ / Language: Español / Genre:thriller

Aire muerto

Iain Banks

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.

Iain Banks

Aire muerto

Para Roger

Gracias a Mic y Brad

1. MANZANAS Y BOMBAS

—Me estoy quedando sin cobertura…

—¿Perdón?

—Da igual.

—¿Qué?

—Hasta luego.

Cerré el móvil.

Esto fue tres semanas antes del asunto del club Clout y Raine (perdón; el asunto del club Clout y «Raine») y el taxi y la carretera por debajo del puente ferroviario y la ventana y el incidente del puñetazo en la nariz y básicamente de toda la experiencia de la noche truculenta del West End al East End cuando comprendí que no sé qué malnacido o malnacidos quería o querían hacerme daño de verdad o incluso —y de acuerdo con sus propias amenazas— matarme.

Todo lo cual ocurrió no muy lejos de aquí (donde estamos empezando, donde iniciamos nuestra historia precisamente porque fue como el principio y el final de algo, un momento en el que todo el mundo sabía exactamente dónde estaba), todo ello probablemente a la vista, si no a un tiro de piedra, de este presente que destacamos. Quizá; no hay posible marcha atrás para comprobarlo porque el lugar desde el que empezamos ya no existe.

En fin, asocio lo que ocurrió en un sitio con lo que ocurrió en el otro, con cosas que empiezan y cosas que acaban y —como la primera pieza en una de esas impresionantes pero irremediablemente enfermas composiciones de dominó que baten récords mundiales y que la gente monta en canchas deportivas en las que un minúsculo acontecimiento desencadena toda una cascada de ramificaciones en abanico de derribos de varios acontecimientos minúsculos que acontecen tan rápido y seguido que se convierten en un único gran acontecimiento—, sencillamente y en general, con cosas que se ponen en marcha, que son propulsadas de su estado de reposo a un movimiento inquieto, temerario y creciente.

—¿Quién era? —Jo vino a buscarme al parapeto.

—Ni idea —mentí—. No he reconocido el número.

Me puso un vaso bajo en la mano. El whisky tenía hielo y una manzana tapaba el vaso como un trasero gordo de color verde rojizo sobre un retrete de cristal. La miré por encima de las gafas de sol.

Sacó un palito de apio de su bloody mary y brindamos entrechocando los vasos.

—Deberías comer algo.

—No tengo hambre.

—Ya. Por eso.

Jo era menuda, con el pelo negro y espeso —corto— y la tez muy pálida agujereada por diversos piercings. Tenía una boca grande de estrella de rock, que resultaba bastante adecuada puesto que trabajaba de relaciones públicas para la discográfica Ice House. Ese día recordaba vagamente a una Madonna de la época oscura, con medias negras, una minifalda de cuadros escoceses y una chaqueta de cuero vieja sobre una camiseta artísticamente rota. La gente, no solo los estadounidenses, solía llamarla mona y luchadora, aunque normalmente no más de una vez. Tenía genio, razón por la que mentí automáticamente sobre la llamada telefónica a pesar de que no había ningún motivo para hacerlo. Bueno, casi ninguno.

Levanté la manzana del vaso y le di un mordisco. Su aspecto era brillante y estupendo, pero no sabía a gran cosa. Jo probablemente tenía razón al decir que debía comer algo. Habíamos desayunado un zumo de naranja y un par de rayas de coca cada uno. Rara vez tomaba coca, pero tenía la teoría de que el peor momento para encocarte es a altas horas de la noche, cuando lo único que consigues es mantener el cuerpo en marcha más allá de la hora que quiere y por lo tanto tienes muchas posibilidades de desperdiciar el día siguiente; así que esnifaba de día e iba pasándome al alcohol a medida que anochecía y de este modo mantenía algo remotamente parecido al ritmo corporal normal.

Así que apenas habíamos probado el almuerzo de bodas y era probable que debiéramos forzarnos a comer un poco, simplemente para mantener el equilibrio. Por otra parte, la manzana no resultaba apetecible. La dejé en el parapeto de ladrillos, que me llegaba a la altura del pecho. La manzana se bamboleó y rodó hasta el borde. La cogí y la coloqué bien para que no cayera al asfalto del aparcamiento abandonado que había abajo, a una distancia de unos treinta metros. Un aparcamiento que, de hecho, no estaba abandonado del todo: mi amigo Ed había aparcado su reluciente Porsche nuevo de color amarillo en un extremo, cerca de la puerta. Casi todos los demás habían aparcado en la calle anormalmente tranquila y vacía del otro lado de la vieja fábrica.

Kulwinder y Faye vivían en esta parte todavía por descubrir del East End londinense, al norte de Canary Wharf, desde hacía un par de años, conscientes de que demolerían aquel lugar en cualquier momento. El edificio de ladrillo rojo tenía más de cien años. Originalmente allí se trabajaba el plomo; sobre todo se fabricaban soldaditos y perdigones (cosa que, por lo visto, requería una torre de gran altura desde la que se escupían gotas de plomo fundido a una gran piscina). De ahí la altura del lugar: ocho plantas de techo alto, ocupadas en su mayoría por artistas desde hacía una docena de años.

Kulwinder y Faye habían alquilado la mitad de la última planta y la habían transformado en un inmenso loft al estilo neoyorquino: desnudo, amplio y lleno de ecos. Era blanco como una galería de arte y en realidad no contaba con habitaciones reconocibles de inmediato; en su lugar había lo que la gente del teatro habría llamado «espacios». Principalmente un gran espacio, minimalista, pero de un minimalismo carísimo y muy estudiado.

Sin embargo, al final algún proyectista había obtenido permiso para edificar, y en una o dos semanas tirarían abajo todo el lugar. Kul y Faye ya se habían comprado una casa en Shoreditch. La compra parecía haber intensificado la necesidad de reafirmar su compromiso y decidieron casarse esa mañana; Jo y yo éramos dos de la cincuentena de invitados a la ceremonia (no pude acudir, tenía trabajo) y al posterior banquete en el loft. Aunque, tal como decía, no comimos gran cosa.

Fruncí el ceño y hundí los dedos en el vaso para sacar el hielo. Dejé los relucientes cubitos en el muro de ladrillo.

Jo se encogió de hombros.

—Me lo han dado así, cari —dijo.

Bebí un sorbo de whisky helado y miré en dirección al río, inapreciable desde allí. La terraza estaba dispuesta de sur a este, con vistas ensombrecidas por las nubes dispersas que se cernían sobre las torres de Canary Wharf y la interminable llanura de Essex. Un viento frío me entumeció los dedos mojados.

No me gustaba quejo me llamara «cari». Aunque sonora afectuoso. A veces también decía «boile» cuando quería decir baile. Se había criado en una zona pija de Manchester, pero hablaba como si procediera de algún lugar situado entre Manhattan y Mayfair.

Miré cómo los cubitos de hielo se deshacían formando charcos sobre los ladrillos y me pregunté si no habría también pequeños detalles míos que empezaban a molestarla.

Lancé los rombos de hielo por la borda, hacia el asfalto resquebrajado del aparcamiento.

—Ken, Jo. ¿Qué tal? —Kulwinder se acercó a nosotros.

—Muy bien, Kul —le dije.

Kulwinder llevaba un elegante traje negro con una camisa blanca de cuello Nehru. Su piel lucía tan rica y lustrosa como la miel oscura; tenía los ojos grandes y húmedos, normalmente los protegía tras unas Oakley de montura plateada. Kulwinder era promotor de conciertos y una de esas personas que dan rabia porque tienen estilo sin proponérselo, en especial cuando retomaba alguna moda antigua que la gente tenía medio olvidada pero que, recuperada por alguien como Kulwinder, de pronto nos gustaba mucho a todos.

—¿Todavía soportas la vida de casado?

Sonrió.

—De momento va bien.

—Bonito traje —dijo Jo, palpándole la manga.

—Sí —convino Kul, estirando un brazo para inspeccionarlo—. Es el regalo de bodas de Faye.

Faye era periodista y locutora en la misma emisora de radio que yo; ella y Kul se conocieron en una de nuestras tardes de pub después del trabajo. Creo que estoy grabado describiendo a Faye por la radio como «linda».

—¿Cuándo salís para Nueva York? —pregunté.

Iban de luna de miel a Estados Unidos: a Nueva York y Yosemite. Solo seis días debido al trabajo de Kul y a la mudanza a Shoreditch de la semana siguiente.

—Mañana.

—¿Dónde os hospedáis?

—En el Plaza —contestó Kul. Se encogió de hombros—. Faye siempre quiere quedarse en el Plaza. —Echó un trago a la botella de Hobec que tenía en la mano.

—¿Vais en Concorde? —preguntó Jo. A Kul le gustaba viajar a lo grande; conducía un Citroën DS restaurado.

Negó con la cabeza.

—No. Todavía no han reanudado los vuelos.

Jo me miró con aire acusador.

—Ken no me quiere llevar a Estados Unidos —le dijo a Kul.

Él me miró con las cejas arqueadas.

Me encogí de hombros.

—Estaba pensando que sería mejor esperarse a que restauren la democracia.

Kulwinder resopló.

—No te gusta nada Bush, ¿eh?

—No, no me gusta, pero ésa no es la cuestión. Tengo la anticuada creencia de que si pierdes la carrera no deberías llevarte el trofeo. Que te lo entreguen gracias a un pucherazo electoral, a que la policía del estado de tu hermano impida a los negros ir a votar, a que una panda de fachas asalte una oficina de escrutinio y a que el Tribunal Supremo esté plagado de republicanos se llama… Vaya, ¿cuál era el término exacto? Ah, sí: golpe de Estado.

Kul sacudió la cabeza y me miró con sus grandes ojos oscuros.

—Uf, Ken —dijo con tristeza—. ¿Nunca te bajas de ese caballo tan alto en el que te paseas?

—Tengo un establo lleno de caballos iguales, Kul.

—Mierda —dijo Jo, con la vista fija en la pantalla del móvil.

Yo no lo había oído sonar; Jo solía tenerlo en vibrador (detalle que unos seis meses antes me había proporcionado la idea para uno de los elementos de mayor éxito y persistencia del programa; bueno, persistente en el sentido de que seguía recuperándolo de vez en cuando y exitoso para los perversos niveles de mi productor y yo mismo, ya que recibimos muchas más quejas por nuestra ordinariez y obscenidad de las habituales). Jo apretó un botón, adoptó una expresión heroica y dijo, con una alegría totalmente impostada.

—¡Todd! ¿Cómo estás? ¿En qué puedo ayudarte?

Jo sacudió la cabeza y miró el teléfono con desdén mientras Todd —uno de sus jefes en Ice House y, según decía, un incapaz en todos los sentidos— hablaba. Mantuvo el teléfono alejado y apretó la mandíbula un momento, luego se volvió y se llevó el teléfono a la oreja.

—Entiendo. ¿No puedes solucionarlo tú? —preguntó mientras paseaba despacio por la amplia terraza—. Bien. No. Comprendo. Sí. Sí. No, por supuesto…

—Bueno, y ¿qué me dices de ti, Ken? —preguntó Kul, apoyándose en el parapeto con la vista puesta en Jo, que ahora se encontraba a unos pasos de nosotros y mandaba el teléfono a tomar por culo mientras seguía hablando por él—. ¿Jo va a convertirte en un hombre honrado?

Le miré.

—¿Matrimonio? —pregunté en voz queda, mirando también a Jo—. ¿Me estás hablando de matrimonio? —Contestó con una mueca. También yo me apoyé en el parapeto, con la vista fija en la pulpa cada vez más marrón de la manzana—. No creo. Con una vez basta.

—¿Qué tal anda Jude?

—Muy bien, que yo sepa.

Mi ex actualmente follaba con un poli del soleado Luton.

—¿Seguís en contacto?

—Muy de vez en cuando.

Me encogí de hombros. Estábamos pisando terreno pantanoso, porque Jude y yo quedábamos de vez en cuando y en alguna de tales ocasiones (pese a toda la amargura y las recriminaciones y demás complementos habituales de un matrimonio fracasado) habíamos acabado juntos en la cama. No quería que Jo se enterara, ni tampoco el novio de azul de Judith. De hecho, no lo había hablado con ninguno de mis amigos. Tampoco era algo que se hubiera repetido en el último medio año, de modo que tal vez se hubiese terminado por fin. Probablemente para bien.

—Tú y Jo debéis de salir desde que conocí a Faye —dijo Kul.

Jo estaba en el extremo opuesto de la terraza, apoyada en el parapeto que daba al sur, todavía al teléfono y sacudiendo la cabeza.

—¿Tanto tiempo?

—Sí; hará unos dieciocho meses. —Bebió de nuevo, mirando a Jo por encima de mí—. Supongo que estáis a punto de romper o de iros a vivir juntos —dijo en voz baja.

Demostré la sorpresa que sentía.

—¿Por qué?

—Ken, tus relaciones rara vez superan el año y medio. Tu media debe de andar en torno al año.

—Hostia, Kul, ¿es que tomas notas?

Negó con la cabeza.

—No, simplemente recuerdo cosas y veo que hay patrones que se repiten.

—Bueno —empecé a decir, y quizá hubiera admitido a medias que Jo y yo no estábamos yendo a ninguna parte, salvo que Jo colgó el teléfono y se nos acercó a grandes zancadas—. ¿Problemas?

—Sí —dijo Jo, casi escupiendo—. Otra vez esos capullos de Addicta. —Addicta eran el último grupo de moda de Ice House. Eran actualidad; estaban en su momento. A mí más o menos me gustaba su música (grunge melódico inglés con oasis de sorprendente nostalgia), pero había llegado a odiarlos de una manera indirecta nacida de la solidaridad porque, de acuerdo con Jo, una fuente fiable, resultaba imposible tratar con ellos de puro idiotas que eran—. Ese capullo inútil necesita que les lleve de la puta manita mientras un estupendo fotógrafo de mierda los pasea en un puto Bentley o algo así. Tenían que haberlo hecho ayer pero el imbécil de los cojones se olvidó de decírmelo. —Dio una patada al parapeto con una de sus Doc Marten—. Mierda.

—Estás cabreada —dije—. Es evidente.

—Que te jodan, Ken —musitó, dirigiéndose al interior del piso.

La observé marcharse. ¿Seguirla e intentar suavizar las cosas o dejarla marchar para no empeorarlas? Dudé.

Jo se detuvo un instante a hablar con Faye, que avanzaba acompañada de varias personas en sentido contrario, luego se marchó. Al cabo de nada Faye me sonreía y me presentaba a esa gente y la posibilidad de seguir a Jo e intentar suavizar la situación se esfumó.

—Pensaba que estabas evitándome, Ken.

—Emma. Claro —dije, sentándome a su lado en uno de los dos sofás de cromo y ante negro del espacio principal. Brindamos—. Tienes un aspecto magnífico.

Emma llevaba sencillamente vaqueros, una suave camisa de seda y una diadema en el pelo, pero estaba estupenda. Para entonces ya me había bebido algunas copas más, pero no era el alcohol el que juzgaba y hablaba por mí. Ella se limitó a arquear las cejas.

Estaba casada con mi mejor amigo de la escuela de Glasgow, Craig Verrin; Craig y yo formamos nuestra pequeña banda de dos durante quinto y sexto, antes de que se marchara al University College de Londres y al año sentara la cabeza con Emma y tuvieran una niñita. Entretanto, yo —ferozmente ajusticiado por profesores y examinadores bajo el falso argumento de no haber hecho todo el trabajo necesario para aprobarme fui para preparar té y pillar drogas para los DJs más vagos y disolutos de la StrathClyde Sound.

Emma era lista y divertida y atractiva de un modo delicado típico de las rubias y siempre había estado loco por ella, pero nuestra relación se había agriado un poco porque ambos compartíamos la culpa secreta de que, solo una vez, nos habíamos acostado. Ella y Craig estaban pasando por un bache cuando ocurrió, después de que Craig se descarriara y volviera a encontrar el buen camino, y ahora habían roto de nuevo —llevaban separados un par de años—, de modo que la cosa no parecía tan mala como podría haber sido… pero aun así… La chica de mi mejor amigo; ¿en qué coño había estado pensando? La mañana siguiente había sido probablemente la más embarazosa de mi vida; Emma y yo parecíamos tan avergonzados que había carecido de sentido intentar fingir ante el otro que lo ocurrido no había sido un error garrafal.

Bueno, era solo otra de esas cosas que desearías borrar de la realidad. Supuse que los dos habíamos hecho cuanto habíamos podido por olvidarlo y que solo el tiempo había suavizado la culpa; pero a veces, cuando Emma y yo nos mirábamos a los ojos, tenía la impresión de que hubiera ocurrido ayer y los dos teníamos que desviar la mirada. Yo vivía con el miedo intermitente a que Craig lo descubriera.

Supongo que era parecido pero diferente a cuando Jude y yo nos acostábamos. Y era otra relación de la que no podía hablar con nadie. Puestos a pensar en ello, por una u otra razón, no podía hablar de la mayoría de mis relaciones/líos/comoquiera que se llamen. Desde luego no podía hablar de la otra importante; la relación con Celia —Celia la esbelta, Celia la sexy, Celia la de ropa ajustada como un precinto—. Joder, alguien poco profundo podría sacar la conclusión al revisar mi vida privada de que me gustaba cierto riesgo en mis devaneos, pero esa relación en particular no solo era peligrosa, de esa relación podría haber salido herido de gravedad o algo peor.

En mis peores momentos se me ocurrió alguna vez que estos enredos —al menos uno de ellos— acabarían conmigo.

—Hacía tiempo que no nos veíamos. —Emma estaba inclinada hacia mí, hablando en voz baja, una voz que casi se perdía en el alboroto de la fiesta.

—He tenido una temporada muy frenética.

—Apuesto a que sí. He visto a Jo salir hecha una furia.

—Bueno, no; no estaba furiosa exactamente. Tampoco es que se haya ido paseando, te lo aseguro. Ha sido algo intermedio; indignación, más bien.

—¿Por algo que hayas dicho?

—Curiosamente, no. No, era indignación relacionada con el trabajo, o furia. ¿Dónde está Craig?

—Ha ido a recoger a Nikki. —Consultó el reloj de pulsera—. Debería estar al caer.

—¿Y cómo está esa preciosa…?

—Bueno —interrumpió Emma—. ¿Qué tal va el programa?

—¿Tienes que preguntarlo? —Fingí sentirme herido—. ¿Es que ya no lo escuchas?

—Me perdisteis como oyente cuando empezasteis a machacar con eso de que solo los criminales deberían tener armas.

—No decíamos eso exactamente.

—Quizá debisteis ser más claros. ¿Qué decíais?

—No me acuerdo —mentí.

—Sí que te acuerdas. Decíais que los criminales deberían ir armados.

—¡Que no! Lo que yo decía era que la idea de que si quitas las armas a la gente normal que acata la ley entonces solo los criminales estarían armados es un argumento idiota para permitir el uso de armas.

—¿Por qué?

—Porque es la gente normal que respeta la ley la que se vuelve loca y entra en un colegio y abre fuego contra los niños de la clase; comparado con eso, los criminales hacen un uso responsable de las armas. Para ellos un arma es una herramienta, algo que tienden a usar contra otros criminales, diría yo, y no contra un gimnasio lleno de niños de menos de ocho años.

—Dijiste que los criminales deberían ir armados, y te estoy citando. Te oí.

—Bueno, pues si lo dije, solo exageraba para conseguir un efecto cómico.

—No creo que sea…

—Probablemente no escuchaste el desarrollo de la idea. Decidimos que únicamente los extrovertidos y los chalados deberían tener armas, criminales o no. Porque siempre son los más tranquilos los que pierden la chaveta. ¿No te habías fijado nunca? Los vecinos, asombrados, dicen siempre lo mismo: era un tipo muy tranquilo, preocupado solo por sus cosas… Así que las armas para los chiflados. Tiene sentido.

—Ni siquiera eres coherente; antes solías decir que todo el mundo debería ir armado.

—Emma, soy un polemista profesional. Es mi trabajo. De todos modos, he cambiado de opinión. Me di cuenta de que estaba del mismo bando que la gente que argumentaba que Estados Unidos e Israel eran oasis de paz y tranquilidad porque allí todo el mundo iba armado hasta las cejas.

Emma resopló.

—Bueno —dije, moviendo la mano con la que no sostenía la copa—, la estadística no es tan clara. En Suiza también tienen montones de armas y no muchos crímenes con armas de fuego.

Emma observó su bebida mientras la hacía girar en el vaso.

—En Estados Unidos no durarías ni un minuto —murmuró.

—¿Qué? —pregunté, desconcertado.

—Te pegarían un tiro.

—¿Qué? —me reí—. Nadie disparó a Howard Stern.

—Pensaba en maridos celosos, novios, ese tipo de gente.

—Ah. —Apuré el whisky—. Es un argumento completamente diferente. —Me levanté—. ¿Te traigo algo de beber?

En la larga y relumbrante galería que servía de cocina, Faye barría un vaso roto del suelo de pizarra. Los del servicio de comidas desempaquetaban más manjares de neveras portátiles. Me colé por entre un grupo de gente que conocía vagamente de mis amistades en el mundo de la publicidad, saludando aquí y allá, sonriendo y dando palmaditas y entrechocando las manos que me tendían.

Kul estaba recostado contra la nevera SMEG de color morado mientras un trajeado con cara enrojecida y un maletín delgado en la mano le daba golpecitos en el pecho.

—… nosotros esta tarde trabajamos, ¿sabes? —estaba diciendo el trajeado—. Tenemos reuniones.

Kul se encogió de hombros.

—Yo monto conciertos, tío. Trabajo los fines de semana. Hoy era el primer día que los dos teníamos libre.

—Bien, vale, esta vez pase —dijo el trajeado acalorado, balanceándose—. Pero que no vuelva a ocurrir. —Se rió en voz alta.

—Ja, ja —rió Kul.

—Sí, que no vuelva a ocurrir —repitió el trajeado, encaminándose a la puerta principal—. Nada, hombre, ha estado genial. Fantástico. Gracias. Gracias por invitarnos. Ha sido brillante. Espero que seáis muy felices.

—Gracias por venir. Cuídate —le contestó Kul.

—Sí, gracias. Gracias. —El trajeado chocó con alguien y derramó la bebida—. Perdón, perdón.

Dio media vuelta tambaleante para despedirse de Kul, que ya se había girado y se dirigía al espacio principal del loft. Me serví un poco más de Glen Generic antes de descubrir que alguien había traído una botella de añejo Laphroaig, así que abandoné el primer vaso y me serví otro del segundo y fui a la nevera a por agua.

—Hola, Ken.

Cerré la puerta de la nevera y vi a Craig, mi mejor amigo oficial (escocés). De habitual, sonrisa tímida y aspecto descuidado, con ropas gastadas; gafitas redondas bajo el cráneo afeitado. Cuando Craig todavía tenía pelo, era negro como el mío; tal vez un poco más rizado. Siempre habíamos tenido una complexión similar, media tirando a delgada, y desde el tercer año de instituto yo era unos cinco centímetros más alto. Solían tomarnos por hermanos, algo que los dos considerábamos que halagaba al otro de forma inmerecida. Teníamos los ojos diferentes; los suyos eran castaños y los míos azules. Junto a Craig estaba su hija Nikki, manteniendo el equilibrio sobre un par de muletas. Me llevó unos segundos hacerme una composición de lugar.

No había visto a Nikki desde hacía más de un año, cuando todavía iba al colegio y era desgarbada, torpe y se ponía colorada. Ahora era igual de alta que su padre y tan guapa como su madre. Tenía una larga melena caoba y brillante que ocultaba solo a medias un rostro pálido y delgado que traslucía salud y juventud.

—¡Craig! ¡Nikki! —dije—. Chica, estás estupenda. —Miré la pierna recién enyesada que colgaba en ángulo de sus vaqueros de pata ancha—. Pero te has roto la pierna.

—Fútbol —dijo ella, encogiéndose de hombros como pudo.

Craig y yo nos abrazamos y nos dimos palmadas en la espalda al más puro estilo caledonio para dar la bienvenida a los colegas. Abracé a Nikki de manera más vacilante. Ella más o menos se inclinó hacia mis brazos y topó de frente con mi mejilla. Olía a aire libre, a algún lugar fresco y perfecto muy lejos de Londres.

—Me han dicho que estás a punto de entrar en Oxford, ¿eh? —dije, sacudiendo la cabeza mientras la miraba. Ella asintió.

—Ajá —dijo, y después contestó a su padre—: Sí, solo un agua o algo así.

—Chino, ¿no? —pregunté.

—Sí. —Asintió.

—Genial. Bien por ti. Podrás enseñarme a decir tacos en mandarín.

De pronto dejó escapar unas risillas, convertida de nuevo en niña por un instante.

—Solo si prometes decirlos por la radio, tío Ken.

Inspiré por entre los dientes.

—Hazme un favor, no me llames tío Ken, ¿vale? Haz feliz a un pobre viejo mientras estemos juntos y finge que podrías ser un trofeo que he recogido de la calle.

—¡Ken! —Me pateó con la muleta.

—Eh —dije, frotándome la espinilla—. Tengo que estar a la altura de mi reputación. O a la bajura, no sé.

—¡Eres de lo que no hay!

—Vamos —le dije, ofreciéndole el brazo—. Vamos a conseguirte un asiento. Craig, estamos por ahí —le dije a su padre. Craig saludó. Nikki me indicó con la cabeza que pasara delante— Cojea por aquí —le dije, y abrí camino entre el montón de gente hacia el espacio principal con Nikki pegada tras de mí. Volví a mirarla cuando salimos de la muchedumbre de la cocina y suspiré—. Ah, querida Nikki.

—¿Qué?

—Chica, vas a romper tantos corazones en Oxford…

—Órganos mejor que huesos. Buena idea.

—Hum… ¿Jugando al fútbol?

—Ahora las chicas también jugamos, ¿sabes?

—¡Vaya que si jugáis! ¿No os enredáis con las faldas? ¡Guau! ¿Podrías dejar de hacer eso?

—Bueno…

—¿En qué posición juegas?

—Delantero; me pusieron la zancadilla en la zona de penaltis. Iba a por el tercer gol.

—Una pena.

—Nikki, Nikki, aquí. ¡Nikki!

Acababa de aparecer Emma. Abrazó a su hija con fuerza, con los ojos cerrados. Me quedé un rato, pero en cuanto se instalaron las dos no quedó sitio en el sofá para mí y Emma parecía excluirme a propósito. Me despedí de Nikki y fui a dar una vuelta. Había llegado la hora de meterse una o dos rayas más y combinarlas o sustituirlas por una sesión rápida en la PlayStation 2 de Kul (si este último fragmento me deja como a un niño cuyos padres no quisieron o no pudieron comprarle una videoconsola propia, me declaro medio culpable del cargo de infantilismo; tenía una PS2 propia pero me sacó de quicio una noche de borrachera el verano anterior y la tiré por la borda. Vivo en una casa flotante, así que puedo hacer ese tipo de cosas).

Una o dos bebidas, un par de rayas y varias conversaciones después, volvía a estar de pie en la terraza, admirando la vista y respirando el aire fresco del otoño. Con Jo lejos de allí, me dominaba una sensación de libertad e incluso de oportunidades y promesas que se abrían ante mí, la tarde y la noche se anunciaban tentadoras. Llevaba encima un par de Evo 8, pensé en tomarme una. Buen rollo durante el resto del día. Aunque también me desincronizaría con respecto a Jo, suponiendo que volviéramos a vernos antes de acabar el día. Con Addicta de por medio, no era probable, pero nunca se sabe.

Un brazo me rodeó la cintura. Un cuerpo se pegó al mío, un beso en la mejilla y una voz ronroneando:

—Hoo-laa.

—Amy. Vaya, hola.

Amy era una amiga. Una de las amigas de Jo, en origen, aunque sospechaba que en la actualidad se llevaba mejor conmigo que con Jo, que parecía mostrarse más fría con ella. Amy era casi igual de alta que yo; tenía una magnífica melena rubio oscuro que le llegaba hasta los hombros y de rizo natural. También tenía las piernas muy largas y una buena figura. En conjunto destilaba cierta sensación de haber detenido el tiempo; en realidad era un año más joven quejo y que yo pero se vestía y actuaba como alguien cinco o diez años mayor. Trabajaba de secretaria personal en un grupo de presión.

—Tienes buen aspecto, Ken.

Amy se recostó en el parapeto, estirando los brazos sobre el muro. Llevaba un collar de perlas, una blusa azul, una falda por debajo de las rodillas y una americana larga; zapatos de salón.

—Tú estás deliciosa, como siempre —le dije con una sonrisa.

Amy y yo almorzábamos juntos de vez en cuando. Llevábamos más o menos un año tonteando y bromeando con tener una tórrida aventura pero los dos sabíamos que no iba a pasar nada. Bueno, no era probable. Era con ella con quien había estado hablando por teléfono cuando nos interrumpieron.

Sonrió despacio y miró alrededor.

—¿Está Jo?

—Estaba. Ha tenido que irse. Por trabajo.

—¿Otra vez el grupo ese tan adictivo?

—Los mismos.

Tomó un sorbo del vaso de vino blanco que tenía en la mano con delicadeza.

—¿Qué tal ha ido la boda?

Una ligera ráfaga de viento le empujó el pelo delante de la cara. Lo apartó de un soplo.

—No lo sé —contesté—. No he podido ir; tenía trabajo.

—Ya. ¿Tienes drogas, Ken?

—Algo de coca y un par de éxtasis.

—¿Me invitarías a una rayita? No sé por qué. Me apetece. —Arrugó la nariz—. ¿Nunca te pasa?

—Todos los días, con el caballo.

Había un par de niños en la fiesta y al menos dos periodistas en los que no confiaba, de modo que fuimos a una habitación que daba al único pasillo del loft. Antes había sido el despacho de Faye, pero ahora estaba lleno de cajas de embalar, listas para la mudanza.

De vuelta en la terraza, un poco después, mientras charlábamos animadamente, Amy cogió la manzana a medio comer que seguía sobre el parapeto y empezó a darle vueltas en la mano.

—No le pasa nada —dije—. Es nuestra.

Me la lanzó. Tenía una pinta muy poco apetitosa, marrón alrededor del único mordisco que le había dado. Me asomé por encima del muro y la sostuve por encima del aparcamiento. Amy se asomó a mi lado. Solté la manzana. Cayó muy lentamente, casi como si desapareciera.

Chocó en el asfalto y estalló de manera harto satisfactoria en montones de cachitos blancos que se esparcieron por la superficie negra.

—¡Estupendo! —Amy aplaudió.

Nos miramos, con las barbillas asomando por el borde del parapeto de ladrillos. De pronto me sentí de nuevo como un colegial.

—Oye.

—¿Qué?

—Tiremos más cosas.

—Justo lo que estaba pensando.

—Lo sé.

Y así fue como acabamos lanzando prácticamente la mitad del contenido del piso de Faye y Kul parapeto abajo. Empezamos con más fruta.

—De todos modos tienen demasiada comida —dijo Amy mientras cargábamos con naranjas, plátanos, un melón y más manzanas.

Miramos el asfalto situado treinta metros más abajo.

—Qué decepción.

—Un poco sí, ¿verdad? —dije, mirando abajo, hacia el mejunje fangoso producido por un par de naranjas— Creo que los cítricos no son el camino. No se fragmentan de manera satisfactoria.

—Ni los plátanos.

—Estamos de acuerdo. Volvamos a las manzanas.

—Falta el melón. Podría estar bien.

—Sí. He depositado grandes esperanzas en el melón.

—Lancemos dos manzanas a la vez; una cada uno.

—Buena idea. A la de tres. Una, dos, tres… Ah, sí. Muy bien.

—Buena sincronización. Probemos con cuatro. Dos cada uno.

—Solo tenemos tres manzanas.

—Voy a por otra. No tires el melón mientras no estoy.

—Ni se me pasaría por la cabeza.

—Eh, vosotros dos, ¿qué andáis tramando?

—Ed, hola. Espero que no te importe. Estamos tirando fruta al aparcamiento. Tranquilo, la tiramos lejos de tu coche.

—La leche, colega, espero que sea verdad. Solo hace una semana que lo tengo. Me costó siete de los grandes.

Ed era mi mejor amigo oficial (inglés). De constitución ligera, con una cara que siempre me había recordado a un Mark E. Smith negro; duro y tierno a la vez, el rostro de un matón de los pesos gallo flexible. DJ de discoteca; el tipo en alza con dos sesiones por noche que coge un helicóptero para ir de una a la otra. El Porsche probablemente equivaliera al sueldo de una semana.

—Bonito coche —le dije—. Pero… ¿amarillo?

—Es un color tradicional para los Porsche, coño, por eso.

—¿Tradicional? ¿Tradicional el amarillo? Azul, verde, esos sí son tradicionales. Incluso el rojo, pero no el amarillo. El amarillo es tradicional para los juguetes JCB y Tonka. Incluso el verde lima, si me apuras; para los Kawasaki. Pero el amarillo, no.

—Gilipolleces —se rió Ed—. ¿Qué te has metido?

—Hola, Ed —saludó Amy, de vuelta con otra manzana— Ten.

—Gracias. Fibra —le dije a Ed, ofreciéndole la manzana—. Me he metido montones de fibra.

—¿Listo?

—Listo… ¡Eh! —exclamé indignado—. A esta manzana le falta un mordisco.

Amy asintió.

—Sí. Alguien se la estaba comiendo.

La miré.

—¿Cómo estás? —pregunté con acento dublinés.

Ella se limitó a encogerse de hombros y se preparó para tirar sus dos manzanas, sosteniéndolas en alto.

—¿Listo?

—Listo —contesté.

—¿Para qué hacéis esto? —preguntó Ed al tiempo que dejábamos caer las manzanas—. ¿Eh, Ken? —insistió mientras Amy y yo estábamos concentrados en ver caer la fruta hacia su destino—. ¿Qué…? —Las manzanas se espachurraron—. ¡Guau, sí!

—¿Lo ves?

—Por eso —dije.

—Es una pasada, tío.

—¿El melón? —preguntó Amy.

—El melón, seguro —convine, calculando el peso de la fruta.

—¡Déjame a mí! —dijo Ed—. ¡Yo quiero tirar el melón! —Amy y yo nos miramos—. ¡Venga! Yo no he tirado nada.

—Tienes que pasar la prueba —dijo Amy con severidad—. Tienes que traernos algo que valga la pena tirar, si no, no entras en la fiesta.

Asentí.

—Todavía no has sido iniciado.

—¡Enseguida traigo algo! —Ed se dirigió al apartamento, pero se detuvo—. Un momento; primero tiremos el melón.

Lo sostuve por encima del borde con ambas manos y luego lo solté.

Amy chilló y chocamos las palmas.

—¡Superior!

—¡La puta, tío!

—Muy divertido.

—Necesitamos más fruta.

—Voy a por algo, yo voy.

—Buena suerte.

—Sí, algo que escasee en el frente frutal.

—Mejor otra cosa.

—¿Qué?

—No sé; basura, porquería.

—¿Tú has visto bien este sitio? El salón es como un quirófano; no tienen porquerías.

—Están de mudanza, tío. Deben de tener cosas para tirar.

—Bien pensado. A ver qué puedes encontrar.

—Vamos todos a ver.

—Mejor aún.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Kul.

—¡El hombre perfecto! —dije. Kul brillaba un poco; tenía los ojos algo vidriosos. Nunca le costaba demasiado emborracharse—. Kul, seguro que tenéis montones de cosas que vais a tirar, ¿verdad?

—Hura… bueno…

La mayoría de los asistentes a la fiesta esperaban turno para lanzar cosas por el parapeto. Para ser una pareja de delicado minimalismo, Kul y Faye tenían una cantidad sorprendente de cosas que no iban a echar de menos cuando abandonaran el loft: bastantes trastos y menaje de cocina viejos, como cuencos, bandejas, jarras, un exprimidor estropeado, un termo difunto, algunas copas pasadas de moda, un juego para fondues de color verde bilis… y un puñado de adornos regalo de los padres de Faye que nunca les habían gustado y ni siquiera habían colocado a la vista pero que habían guardado por si los viejos se presentaban de visita (los adornos, como los padres de Faye, eran bastante odiosos), además de cosas más grandes que aparecieron cuando Faye y Kul entraron en el juego y la gente empezó a grabar el acontecimiento: un equipo de música viejo, un televisor estropeado, una radio que funcionaba mal y botellas, montones de botellas.

—¡Mi coche! —bramó Ed al tiempo que media docena de botellas de vino cuidadosamente arrojadas se desplomaban hacia la destrucción. Lanzamos una gran ovación más o menos simultánea cuando se hicieron añicos.

—No está cayendo nada cerca del puto coche, Ed —le dije.

—No puedes estar seguro, joder, tío. ¿Y los neumáticos? Los putos neumáticos son nuevos de trinca. Fijo que cuestan una fortuna.

—¿Bolitas de poliestireno? —se rió Amy cuando uno de los compinches de trabajo de Kul apareció entre el gentío aferrado a dos bolsas de cuentas de poliestireno por encima de la cabeza como a gigantescos escrotos marrones.

—¿Tenéis…? ¿Tenéis bolsas de poliestireno? —le pregunté a Kul.

Se encogió de hombros.

—Promete que no lo contarás.

—¿Qué sentido tiene? —gritó alguien—. No van a estallar.

—No —quiso decir el promotor, que, al igual que Ed, era de Sarf Landin y por tanto pronunció otra cosa—. Pero se me ha ocurrido que, bueno, que si les tiras algo pesado encima…

—¡Genial! —chillé, profundamente impresionado por la brillantez de la idea.

—¿Kul? —dijo Faye entre risas pero algo insegura—. Creía que esa silla te gustaba.

—Ya, sí, bueno, no tanto —contestó él—. Échame una mano…

Subimos al parapeto la butaca de madera y metal, un buen puñado de gente la colocamos de manera que pareciera que fuera a desplomarse sobre una o dos bolsas de cuentas y después la soltamos.

La ovación por la butaca fue muy, muy grande; la butaca chocó justo con una de las bolsas de cuentas provocando una explosión masiva de bolas blancas de poliestireno que se dispersaron por el aparcamiento, a estas alturas fabulosamente cubierto de residuos, como una nívea pluma gigante que apuntara hacia la alambrada.

—Eh, si tiramos la pecera, ¿el pez experimentará la ingravidez? O sea, ¿una doble ingravidez? Es broma.

—Faye, ¿quieres esta mesa vieja?

—¡He encontrado más botellas!

Faye miró a Kul con los ojos como platos. Chasqueó los dedos.

—¡La caja esa de cava asqueroso que mi tío compró tan barato en el supermercado! ¿Te acuerdas?

Kul le cogió la cara con las manos y la besó.

—Sabía que acabaría siendo de utilidad. Está claro que es imbebible.

Se dirigió al interior del piso. Un torrente inestable de botellas de diversos tamaños cayó silbando hacia el asfalto, provocando cada una de ellas pequeños vítores. La gente cantaba puntuaciones al mérito técnico y artístico de cada lanzamiento.

—Apuesto a que esto lo has empezado tú, Ken.

Di media vuelta y me encontré con Nikki apoyada en las muletas y con mirada malhumorada.

Levanté las manos.

—Culpable —admití, sorprendido por su expresión—. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—Tirar comida que está en perfecto estado está mal, Ken —dijo, negando con la cabeza como ante un niño al que hay que explicarle que no se pinta en las paredes con ceras de colores.

—Solo eran unas frutas. Probablemente no…

—Venga, ya, Ken. —Sacudió la cabeza y se fue hecha una furia.

Kul regresó con una caja de cartón repleta de botellas de cava y empezó a repartirlas entre las numerosas manos que las pedían.

—Solo para tirar —advertía en serio a la gente—. Os lo ruego; haced lo que queráis, pero no os las bebáis.

Sopesé sin demasiada convicción tratar de alcanzar el radio de reparto de botellas de Kul, pero la presión de la gente resultaba excesiva.

Me volví hacia Amy con las manos en alto.

—Da igual —dijo ella.

Nos apoyamos en el parapeto que daba al este. Me ofreció la mano.

—Buen juego, Ken. —Parecía acalorada, excitada.

—No lo sé —contesté, entrechocando su mano—. Antes me gustaba más.

—¿De veras?

Más ovaciones cuando las botellas de cava llenas estallaron con estruendo y ruidos varios a un volumen satisfactorio.

—Sí —dije—. Llámame purista, pero tengo la impresión de que cuando dejamos la fruta se le acabó la gracia, perdimos la categoría de aficionados.

—No puedes vivir en el pasado, Ken.

—Supongo que no.

—Debemos enorgullecemos de haber estado cuando todo empezó.

—Tienes razón. ¿Fue idea mía o tuya?

—Quizá de los dos.

—Desde luego.

—Por supuesto.

—Mentes brillantes.

—Tuvimos la idea; aprovechamos el momento.

—Nada de patentes; lo importante es el resultado.

—El destino.

—Como en Destiny’s Child.

—Synchronicity.

—The Pólice —dije, justo cuando llamaron al móvil (yo también lo tenía en vibrador). Cuando lo sacaba de la chaqueta, sonó el de Amy; una coincidencia clásica que no sabía identificar.

—Ja, ja. Esto sí es synchronicity —dijo.

Me reí y miré la pantalla del teléfono; mi productor, que llamaba desde el despacho. Oí uno o dos teléfonos más por los alrededores y me pareció escuchar también el fijo del piso y me pregunté si por alguna extraña razón todos los presentes habían programado las alarmas para poco después de las dos un martes de septiembre por alguna urgencia.

—Hola, Phil —dije.

Amy también contestó a su llamada.

—¿Qué?

—¿Qué?

—¿Nueva York?

—¿El qué?

—¿Dónde?

—¿El World Trade Center ? ¿Eso no es…?

—¿Un avión? ¿Qué, un avión grande como un Jumbo o así?

—Quieres decir que, o sea, ¿te refieres a los dos rascacielos?

Kulwinder regresaba por entre la muchedumbre mientras seguían sonando los teléfonos y las caras empezaban a parecer perplejas y el ambiente comenzaba a cambiar y a enfriarse. Ahora se dirigía de vuelta al espacio principal mientras hablaba con alguien por teléfono.

—Sí, sí, voy a poner la tele…

2. MIÉRCOLES DE REPRIMENDA

—Eso han sido los Limp Bizkit. Su versión de Misión imposible. Hace tiempo que el tema no está en las listas, Phil. ¿Intentas demostrar algo con ese título?

—Para nada, jefe.

—¿Estás seguro, Phil?

Le miré desde el otro lado de la mesa. Estábamos en nuestro estudio habitual de Capital Live! Estaba sentado, rodeado de pantallas, botones y teclados como una especie de comerciante de materias primas, porque en eso se han convertido los estudios, incluso en el tiempo relativamente escaso que llevo en el maravilloso mundo de la radio; tienes que buscar los dos reproductores de cedés (en este estudio, arriba a mi derecha, entre la pantalla del correo electrónico y la que detalla las llamadas de los oyentes) para confirmarte a ti mismo que no eres un trajeado jugando en el mercado de futuros. Solo el micrófono, que emerge en ángulo de la mesa de mezclas principal, da alguna pista.

—Segurísimo —contestó Phil, parpadeando tras las gafas.

Las gafas de Phil tenían una montura negra y gruesa, como las de Michael Caine interpretando a Harry Palmer o las de Woody Allen interpretándose a sí mismo. Phil Ashby era un tipo grandote, amable, de aspecto arrugado, con el pelo grueso, rebelde y prematuramente entrecano (según Phil, las canas eran obra mía, aunque yo tenía pruebas fotográficas de lo contrario) y un leve deje del oeste; tenía una manera de hablar lenta, arrastrando las palabras, casi soñolienta, que, aunque yo nunca lo había admitido ante él, complementaba mi voz. Solemos hacer la broma de que él va permanentemente de Valium mientras que yo siempre voy de speed y un día intercambiaremos drogas y los dos hablaremos normal. Phil ha sido mi productor en Capital Live! durante este último año. Dos meses más y habría establecido un nuevo récord de trabajo radiado. Rara vez aguanto más de un año antes de que me echen por decir algo que alguien en alguna parte cree que no debería haber dicho.

—Lalo.

—¿Qué? —Esta vez me tocó a mí parpadear.

—Lalo —repitió Phil.

Solo podía verle la cabeza por encima de los diversos aparatos electrónicos y pantallas que nos separaban. A veces ni siquiera eso, no cuando Ashby hundía la cabeza tras un periódico.

—¿Ése no es uno de los Teletubbies? Lo pregunto porque sé que eres un experto.

—No; Lalo Schifrin. —Se calló y se encogió de hombros.

—Buen encogimiento de hombros radiofónico, Phil.

Tenía efectos sonoros para muchas de las sílabas silenciosas que componían el fragmentado lenguaje corporal de Phil, pero todavía estaba trabajando en uno para el encogimiento de hombros.

Arqueó las cejas.

—Bien. —Cogí un anticuado cronómetro mecánico del paño verde que cubría la mesa. Lo puse en marcha—. Vale, voy a cronometrar cuánto tardas en explicarte, Ashby.

Eché un vistazo al reloj de pared del estudio que colgaba sobre la puerta. Noventa segundos más y saldríamos de antena. A través del cristal triple, en la sala de producción donde en los viejos tiempos solían cobijarse cómodamente los productores, nuestras ayudantes parecían enfrascadas en un conflicto de baja intensidad, consistente en lanzarse aviones de papel unas a otras. Bill, el presentador de los informativos, deambulaba entre ellas ondeando el guión y gritando.

—Lalo Schifrin —dijo pacientemente Phil en el silencio de nuestro lado del cristal—. Compuso la banda sonora original de Misión imposible.

Detuve el cronómetro.

—Cuatro segundos; no te estás esforzando. A ver, Lalo. Te refieres a la serie de televisión.

—Sí.

—Bravo por él. ¿Y con eso quieres decir que…?

Phil frunció el ceño.

—Gente vagamente relacionada con el pop cuyos nombres parezcan puesto por bebés.

Resoplé.

—¿Solo gente? ¿Así que el «Ob-la-di, ob-la-da» de los cuatro de Liverpool no contaría? ¿Ni el «In-a-gadda-da-vida»? ¿O el «Gaba-gaba Hey»?

—No hay público para eso, Ken.

—¿Y para Lalo sí?

—Jay-Lo.

—Jay-Lo.

—Jennifer López.

—Ya sé quién es Jay-Lo.

—P. Diddy, para el caso.

—¿Lulu? ¿Kajagoogoo? ¿Bubba sin Sparxx? ¿Iio? ¿Aaliyah?

—Que en paz descanse.

Negué con la cabeza.

—Solo estamos a martes, ¿y ya estamos tocando fondo como si fuera viernes?

Phil se rascó la cabeza. Apreté una tecla de función de mi teclado de efectos especiales; un sonido exagerado y a madera de alguien rascándose la cabeza, de dudoso valor cómico, resonó en mis auriculares. Era eso o repetir lo del cronómetro, y no se puede exagerar con estas cosas. Nuestros oyentes, de los que gracias a una carísima, dinámica y sólida investigación de mercado sabíamos que eran estadísticamente de una gran lealtad e incluían una proporción mayoritaria de publicistas con un perfil de ingresos elevado, estarían familiarizados con la gama de efectos sonoros descaradamente descabellados e incluso estrambóticos que empleaba para dar una idea de las acciones silenciosas de Phil mientras estábamos en el aire. También sabían lo que era aire muerto, que es el término terroríficamente técnico con el que los cerebritos de la radio nos referimos al silencio. Cogí aire.

—¿Podemos hablar de lo que todavía no hemos comentado?

—¿Debemos hacerlo? —Phil parecía afligido.

—Phil, la semana pasada me tuvieron tres días fuera de antena; ayer nos pasamos todo el programa pinchando el equivalente pop de la música marcial…

—¿Y? ¿No es eso lo que sale de los amplis Marshall?

—Y además nos dicen que hace siete días el mundo cambió para siempre. ¿Un programa que se presupone de actualidad no debería reflejar esos hechos?

—Ni siquiera sabía que conocieras la palabra presuponerse.

Me incliné más sobre el micro, bajé la voz. Phil cerró los ojos.

—Oyente, esta es la reflexión para hoy. Para nuestros primos americanos… —Phil gimió—. Si encontráis y matáis a Bin Laden, dando por sentado que él sea la basura que se esconde detrás de todo esto, o aunque solo encontréis su cadáver… —Hice una pausa mientras miraba las manecillas del reloj del estudio avanzar en silencio hacia el punto de la hora. Phil se había quitado las gafas—. Envolvedlo en piel de cerdo y enterradlo debajo de Fort Knox. Hasta puedo deciros a qué profundidad: cuatrocientos once metros. Es decir, a ciento diez pisos. —Otra pausa—. No os preocupéis por ese ruido, oyentes, es solo la cabeza de mi productor golpeando suavemente contra la mesa. Ah, una última cosa: tal como están las cosas, lo que ocurrió la semana pasada no fue un ataque a la democracia; de haberlo sido, habrían estrellado el avión contra la casa de Al Gore. Basta por hoy. Hablamos mañana, si es que aún sigo aquí. Después de unos ejemplos vitales de propaganda consumista, las noticias.

—Esta mañana he ido a Bond Street. En DKNY no tenían las existencias normales. ¿Sabes que tenían en su lugar, Kenneth?

—No, no lo sé, Ceel. ¿Por qué no me lo cuentas?

—Tenían cinco mil camisetas rojas de las torres gemelas. Cinco mil. Rojas. Nada más. En toda la tienda. Parecía una galería de arte en lugar de una tienda. Me ha parecido muy conmovedor y artístico. Pero también he pensado que nunca las venderán, aunque supongo que no importa. —Se giró sobre la cama para mirarme—. Todo parece muy silencioso y aterrador, ¿no crees? —Volvió a darse media vuelta.

Aparté un mechón de su larga melena castaña con una caricia y lamí el valle que se hundía entre los omóplatos. Ese hueco era del color de la leche con cacao y sabía a sal. Inspiré el cálido aroma de su piel, dejando que mis sentidos nadaran en él, perdiéndome en el dulce y denso microclima de su cuerpo largo y esbelto.

—Son los aviones —dije por fin, paseando una mano por su costado, por encima de la cintura, la cadera y el muslo. Su cuerpo, tan claro para una mujer decididamente negra, se veía oscuro como la caoba vieja en contraste con la blancura cegadora de las sábanas del hotel.

—¿Los aviones? —preguntó, cogiéndome la mano.

—Han dejado de sobrevolar la ciudad de camino a Heathrow. Para que ningún otro señor Atta pueda estrellar uno contra la torre del Canary Wharf o el edificio del Parlamento. Hace que la ciudad resulte más silenciosa.

(Aquel día, sentado entre las ruinas de la fiesta abandonada de Faye y Kulwinder, mientras los dos comprendían paulatinamente que no iban a ir a Nueva York de luna de miel, al menos no al día siguiente ni probablemente en muchos días, no paramos de salir a la terraza a mirar las torres de Canary Wharf, elevándose en el horizonte a menos de kilómetro y medio de distancia, esperando más o menos ver cómo chocaba con ellas un avión y se desmoronaban con idéntica grandeza atroz que la primera torre. «Es Pearl Harbour II», decíamos. «Tirarán la bomba atómica en Bagdad.» «No me lo creo. Sencillamente no creo que esté viendo esto.» «¿Dónde está Superman? ¿Dónde está Batman? ¿Dónde está Spiderman?» «¿Dónde está Bruce Willis, o Tom Cruise o Arnie o Stallone?» «Los bárbaros se han apoderado de la narración.» «¡Mierda, los malos están reescribiendo el guión…!» «Lo del Challenger y Chernobil fue ciencia ficción, Aum Shinrikyo y el metro de Tokio fue manga; esto es una película de desastres dirigida por Satán.»

Cambiando de cadena descubrimos a un hombre en la BBC asegurando que cuando la gente decía que había visto a personas saltando de las torres en realidad lo que habían visto era el revestimiento de los edificios que se desprendía. Luego volvías a cambiar de cadena y veías los trozos de revestimiento cogiéndose de las manos para saltar juntos y las faldas hinchándose alrededor de los cuerpos. Después se desplomó la segunda torre y ya no quedaban saltos ni caídas posibles, solo seguir al tanto de los fragmentos adicionales de atrocidades que iban surgiendo en algún otro lugar de Estados Unidos.)

—Entiendo —dijo Celia en voz queda, girándose de nuevo—. Tienes razón. —Me acarició la mano—. Pero lo que quiero decir es que todo está más silencioso, Kenneth.

Ceel era la única persona aparte de mi madre que me llamaba Kenneth. (Bueno, aparte de Ed, que a veces me llamaba Kennif, y la madre de Ed, que alguna vez me llamó Kennit, pero eso no cuenta.)

—Hay menos gente. Sobre todo en sitios como Mayfair y Knightsbridge o Chelsea.

—Ah, en pijolandia; entre los hedonistas. ¿Te parecen más silenciosos?

—Sí. Creo que están todos en sus casas de campo.

—Es probable que tengas razón. Entonces, ¿por qué sigues aquí?

—Odio Gladbrook.

Gladbrook era la casa de campo de Ceel, o mejor dicho la de su marido. En el interior de Surrey. Me desagradó en cuanto la oí nombrar, incluso antes de que Ceel me contara que en realidad su marido solo la usaba para celebrar reuniones de negocios e impresionar a la gente. Según Ceel, ella nunca lograba sentirse en casa en Gladbrook y odiaba pasar allí más de una noche. O sea, Gladbrook; hasta el nombre sonaba mal, como el nombre de una empresa ya formada que algún tipo adulador de la City compraría para encarar un chanchullo arriesgado relacionado con la evasión de impuestos. Nunca la había visitado, pero una vez vi el informe del agente inmobiliario; aquello era un libro ilustrado de gran formato que debería haber contado con su propio número del ISBN. Se extendía sus buenas cuarenta páginas incluyendo las fotografías satinadas, pero a cualquiera le habría bastado con saber que el camino de entrada a la casa principal tenía calefacción. Ya saben; para esas tormentas de nieve habitualísimas en Surrey.

—¿El señor M. está allí?

—No, John está otra vez en Amsterdam.

—Hum…

John. El señor M. El señor Merrial. Negocios de importaciones y exportaciones. Drogas, para empezar; en estos tiempos, sobre todo, personas. Tocaba más teclas que dedos tenía en las manos. En estos tiempos algunos de los intereses comerciales del señor M. eran hasta legales; tenía una cartera de bienes inmuebles impresionante, por lo visto. Un hombre un poco mayor que yo; quizá de unos cuarenta años. Según todas las descripciones, un tipo tranquilo, incluso tímido, con un acento medio pijo con un ligero deje del sudeste, la tez pálida y el pelo oscuro, vestido de habitual con un traje discreto de Savile Row y en absoluto la clase de individuo que parece un señor del crimen multimillonario que podría eliminar a gente mucho más importante que yo con la eficiencia y el sigilo —o el dolor y el escándalo— que quisiera cualquier día de la semana. Y yo me tiro a su mujer. Fijo que estoy como una puta cabra.

(Pero, claro, cuando follamos y me pierdo en ella, rodeado de esas profundidades que superan la mera carne, nada puede superarlo, nunca ha habido nada mejor, nada será nunca mejor. No hay otra como ella, ninguna tan serena e intencionada e infantil e inocente y licenciosa y sabia al mismo tiempo. Ella también piensa que estoy loco, pero solo por desearla tanto, no por arriesgarme a lo que sea que su marido pudiera hacerme si nos descubre.

En cuanto a sí misma, asegura no tener miedo porque ya se siente medio muerta. Tengo que intentar explicarlo. No se refiere a medio muerta en el sentido trivial de estar agotada o cansada de la vida ni nada por el estilo, sino medio muerta en un sentido exclusivo de su singular religión inventada —y definible únicamente de acuerdo con estas creencias—, un sistema de creencias sin nombre, ceremonias ni enseñanzas, al que se aferra con la naturalidad displicente del que está verdaderamente convencido, no con la intensidad fundamentalista de quienes en secreto adivinan que tal vez estén equivocados. Es una mezcla bastarda y loca de espiritualidad vudú y física cosmológicamente intensa, algo que podría haber ideado Stephen Hawking o un mal viaje de ácido.

En cuanto a mí, yo era humanista, un ateo evangélico, un puto miembro con carnet de socio de la Inquisición Racionalista, y las creencias absolutamente desquiciadas pero extrañamente incontrariables de Ceel me sacaban de quicio, pero la verdad era que a ninguno de los dos nos importaba y solo discutíamos de esos temas en la cama; a ella le gustaba que le dijera que estaba zumbada y le encantaba volverme loco.

Todo lo cual se reducía a que Ceel creía sinceramente estar medio muerta en el sentido de existir en este mundo unida en lo más hondo del alma con otra Ceel gemela que estaba muerta en otra realidad, una Ceel que murió exactamente en mitad de la vida de Ceel, cuando tenía catorce años.

Esto tiene que ver con el rayo, el rayo… Volveremos a ello más adelante.)

—Y Kenneth, ¿te has fijado en que todo el mundo se ha vuelto más desconfiado?

—¿Desconfiado?

—Sí; se miran unos a otros como si todas las personas con las que se cruzan fueran terroristas.

—Tendrías que coger el metro, nena. La gente ha empezado a vigilarse unos a otros; en especial a cualquiera que lleve algo lo bastante grande para ser una bomba y aún más si lo dejan en el suelo y cabe la posibilidad de que lo abandonen allí al bajar.

—El metro me provoca claustrofobia.

—Lo sé.

—A veces voy en autobús —dijo con la boca pequeña, como disculpándose por tener un Bentley con chófer a placer y una cuenta ilimitada para el taxi.

—Eso me has contado. ¿Y puedo, en nombre de las masas luchadoras, expresarle nuestra gratitud por dignarse a descender entre nosotros y alegrar nuestras vidas hoscas y miserables con su radiante presencia, señora?

Me dio una palmadita en la mano y emitió un ruidito crítico. Aparté la mano y la deslicé sobre su vientre plano a través de su suave mata de rizos hasta la hendidura de debajo.

Tensó la parte alta de los muslos, cerrándolos levemente.

—Estoy un poco escocida de antes —dijo, volviendo a cogerme la mano. Sin soltarla, giró sobre las sábanas blancas como la nieve y la apoyó en su torso.

(En el costado izquierdo Ceel tiene un curioso dibujo de sombras oscuras, exactamente como si alguien le hubiera tatuado con henna un bosque de helechos en la piel morena. Se extiende desde un hombro, bordeando el pecho, y desciende por la dulce turgencia de la cadera. Es consecuencia del rayo.

—¿Qué es eso? —recuerdo haber susurrado la noche del día que lo vi por primera vez, hace casi cuatro meses, bajo el brillo empañado de las farolas doradas y la luz plateada de la luna, en otra habitación del extremo opuesto de la ciudad.

Parecía sacado de una serie de ciencia ficción barata, de una copia de Star Trek o Alien Nation o cualquier otra serie similar; creyéndolo una especie de tatuaje en henna de helechos raros llegué incluso a intentar lamerlo y borrarlo. Ella permaneció tumbada mirándome, sin que sus grandes ojos negros parpadearan.

—Es de cuando medio morí —dijo con total naturalidad.

—¿Qué?

—Del rayo, Kenneth.

—¿Rayo?

—Sí, rayo.

—Rayo, ¿como un relámpago?

—Sí.

Ceel había estado en un acantilado de la Martinica siendo apenas una niña, contemplando una tormenta, cuando le alcanzó un rayo.

Se le paró el corazón. Notó que se había parado, y cuando cayó al suelo fue solo cuestión de suerte que aterrizara de espaldas en la hierba y no se precipitara por el acantilado hacia las rocas que se elevaban treinta metros más abajo. Se había sentido muy tranquila y consciente mientras estaba tirada en el suelo —esperando a que el corazón volviera a ponerse en marcha y se disipara el olor a pelo quemado— de que sin duda iba a sobrevivir, pero también había tenido la certeza absoluta de que el mundo se había bifurcado en dos en el lugar exacto en que el rayo la había atravesado y de que, en otro mundo, paralelo al nuestro e idéntico en todos los sentidos hasta aquel momento, ella había muerto, ya fuera a consecuencia de la descarga eléctrica en sí o porque hubiera caído sobre las rocas al pie del acantilado.

—Todavía tengo una marca pequeña en la cabeza —me dijo en la penumbra cálida de aquella primera habitación.

Se había retirado el pelo de la frente, mostrándome una delgada línea ondulada marrón que, poco más gruesa que un pelo, avanzaba desde el borde del cráneo hacia la maraña de su melena larga y oscura.

La observé fijamente un rato.

—Dios. Soy el puto Harry Potter. —Ceel había sonreído.)

Recorrí las líneas frondosas con la mirada mientras Ceel guiaba mi mano hacia las mejillas de su trasero perfecto.

—Si quieres —me dijo—, podrías probar por ahí.

—Estoy en ello, nena.

—… Ah, sí, no hay duda. Con dulzura.

En algún lugar al otro lado y por debajo de capas de cortinas gruesas y oscuras, Londres gruñó para sus adentros.

—¿Qué es eso?

—Ah —suspiré contento, con la vista en la carta enmarcada—. Sí; mi primera carta de queja. Por entonces era DJ suplente del StrathClyde Sound, tenía que estar presente por las noches durante el Rock Show mientras nuestro residente con aires de Tommy Vance asistía a su acostumbrada cura de desintoxicación de mediados de enero.

—No consigo leerla.

—Ya; antes pensaba que los borrones eran resultado de las lágrimas, pero después me di cuenta de que lo más probable era que fuesen babas. Al menos no está escrita con tinta verde.

—¿Qué hiciste?

—Propuse dedicar un programa doble a Lynyrd Skynyrd y la Montaña.

Nikki me miró sin entender.

—Bueno, tendrías que haber estado —suspiré—. Eran otros tiempos.

—Lynyrd Skynyrd era un grupo estadounidense cuyo avión se estrelló contra una montaña —explicó Phil, levantando brevemente la vista de su ejemplar del Guardian—. Escribieron una canción llamada «Sweet Home Alabama», considerada la réplica confederada al tema de Neil Young «Southern Man», que era una crítica al racismo sureño.

—Ah, ya —dijo Nikki.

Yo tenía la impresión de que igual habría dado que estuviéramos hablando de la Grecia clásica.

—Phil posee todas las virtudes engorrosas de la Encarta sin las facilidades para apagarla sin problemas —le conté a Nikki.

—Ponte a hablar de tu vida sexual, Ken; normalmente funciona —repuso Phil, buscando otro chicle.

—Ah, sí, y además fuma —dije—. Phil, ¿no te toca ya otro parche de nicotina?

Se miró el reloj.

—No. Me quedan dieciocho minutos y cuarenta segundos. Tampoco es que lleve la cuenta.

Estábamos en el despacho del programa en las oficinas de Capital Live! en Soho Square, parte del complejo de The Fabulous Mouth Corporation en lo que antes había sido el edificio de United Film Producers. Por la tarde; Phil, que busca asiduamente material en la prensa antes del programa, lee a continuación los periódicos serios. Imperdonable.

Kayla, la ayudante, una über-hembra excéntrica de mirada mustia con eternas gafas de sol graduadas y enormes pantalones de camuflaje, estaba como cada tarde contestando al teléfono, garabateando apuntes y hablando en un monótono bajo pero intenso.

Nikki negó con la cabeza y se acercó cojeando al siguiente marco de la pared del despacho. Ahora solo llevaba una muleta, pero seguía renqueando. Le habían cubierto el yeso con una gran variedad de mensajes multicolores. Estaba en el despacho porque yo sabía que era fan de Radiohead y Thom Yorke iba a venir al programa de mediodía. Solo que ahora acabábamos de enterarnos de que no vendría, así que lo mejor que podía ofrecerle a la chica era una visita guiada por el lugar que culminara aquí, en el estrecho, ultracompartimentado y por lo general desintegrado espacio donde Phil, yo, dos ayudantes y algún investigador de refuerzo ocasional componíamos el programa todos los días. Desde el despacho disfrutábamos de una vista estupenda de los ladrillos blancos y manchados de lluvia del patio de luces, aunque, si te agachabas junto a la ventana y alzabas la vista, veías el cielo.

Las paredes del despacho estaban cubiertas casi por entero de carteles de grupos independientes de los que yo nunca había oído hablar —sospechaba que Phil solo contrataba ayudantes que despreciaran la música que pinchábamos; una de sus pequeñas rebeliones contra el sistema—, sin embargo, también disponíamos (así como del retrato obligatorio de nuestro querido propietario, sir Jamie, que venía con el equipamiento de la oficina) de algunos premios Sony, discos de oro y de platino donados por artistas y grupos que habían sido cruelmente engañados por sus disco— gráficas para que creyeran que nosotros los ayudaríamos con sus carreras y —de lo que me sentía más orgulloso— una modesta colección de gran calidad de correo vengativo enmarcado que había hecho historia.

—Esta carta es de un abogado —dijo Nikki, con el ceño fruncido.

—Es solo una muestra —murmuró Phil.

—Sí —dije—. Sugerí que acelerando «Your Are The Sunshine of My Life» de Stevie Wonder obtenías el mismo riff de «Layla» del colega Clapton. Se habló de emprender acciones legales, pero lo dejaron correr.

—Gram Parsons —dijo Phil.

—¿Qué? —le pregunté.

—Que supuestamente el riff es suyo, no de Clapton.

—¿Sabías que los labios contienen un gran número de vasos sanguíneos, Philip? Podrías engancharte uno de esos parches de nicotina en la boca.

Nikki me dio un codazo fuerte y señaló el siguiente Cuadro de la Vergüenza con la cabeza.

—¿Y ese?

—Ah, mi primera amenaza de muerte —dije, con lo que esperé que sonara a inmerecida modestia—. Un momento del que me siento particularmente orgulloso.

—¿Una amenaza de muerte? —preguntó Nikki, con ojos centelleantes.

—Sí, querida, de la divertida y dormida Irlanda del Norte, donde el tiempo se ha detenido. Pedí que dejaran pasar a los orangistas por las zonas católicas pero que por cada marcha que organizaran permitieran que una católica de proporciones similares atravesara las áreas lealistas con banderas tricolores, carteles de Bobby Sands…

—Héroe republicano de los años setenta que estuvo en huelga de hambre —apuntó Phil.

—… montones de sentidísimos cantos republicanos; esas cosas —continué—. Idea que evolucionó en mi solución patentada de tres palabras para el Problema: «Unión, federal, secular. Empezad ya».

—Eso son cinco palabras —musitó Phil.

—Estaba pendiente de la fase de edición —dije, mirando con expresión resplandeciente a Nikki—. De todas maneras, se ofendieron; por allí arriba son muy susceptibles.

Phil carraspeó.

—Creo que tu comentario jocoso acerca de que la Mano Roja del Ulster es símbolo de una tierra ganada por un pringado dispuesto a automutilarse para reclamar un cacho esmirriado de ciénaga lluviosa tal vez contribuyera también al considerable número de partidarios con los que cuentas en Shankhill.

—¿Lo ves? Intentas resaltar el color local de alguna pintoresca regioncilla de las provincias y los locos esos insisten en entenderlo todo al revés.

—Estoy segura de que en correos ya está tu premio Nobel, tío Ken. ¿Y esta?

—Primera amenaza de muerte internacional —contesté—. Todo por culpa de la por entonces flamante conexión nueva a la web. Otra vez el viejo debate sobre el control de las armas. Si la memoria no me falla, yo argumentaba a favor del control. Pero la cuestión es que me parecía que para Estados Unidos la medida llegaba tarde; se habían hecho la cama y ahora no les quedaba más remedio que acostarse en ella. En el caso estadounidense apoyaba la ausencia total de control. De hecho, admitía que en Estados Unidos las armas deberían ser obligatorias para todos los adolescentes. Podrían producirse asesinatos en masa, por supuesto, pero ¿quién está en situación de afirmar que a la larga no fuera beneficioso? Quedarían menos hijos de puta por los que preocuparse. ¿Y por qué reprimirse y permitir solo automáticas y pistolas? Paso libre a los lanzagranadas, adelante con los morteros y las minas, divirtámonos con algo de artillería tierra aire y armamento pesado de calibre importante. Que traigan también armamento químico y biológico; en cierto sentido, representan la opción ecológica. Misiles de largo alcance. Bombas nucleares. Y si algún cabeza de chorlito rencoroso decide volar Manhattan o Washington con una de esas armas, pues bueno, mala suerte. Es el precio a pagar por la libertad.

Nikki me miró.

—¿Y te pagan por decir esas cosas, Ken?

—Jovencita, no solo me pagan, compiten por mí.

—El tipo es la bomba —explicó Phil.

—Exacto —le dije a Nikki.

—Sí, una bomba de mano —añadió Phil.

Sonreí a Nikki.

—Ahora va a decir «a punto de estallar».

—A punto de estallar.

—Te lo dije.

—A ver, Nikki. ¿Estás segura de que no quieres que te invite a almorzar?

—Sí, gracias.

—Pero estarás hambrienta.

—No, será mejor que regrese. Tengo que encargar libros, leer, esas cosas.

—Hay que empezar el curso de chino con buen pie.

—Es la idea, sí.

Estábamos sentados en mi viejo Land Rover, en el aparcamiento subterráneo de las oficinas, esperando a que se calentara el motor.

—¿Seguro que no quieres comer algo? Venga, mujer; para compensar la ausencia de lord Thom of Yorke. Lo tenía todo listo para darte el gran gustazo y me han frustrado el plan. Necesito un buen final. En serio; conozco algunos sitios estupendos. Hasta podríamos encontrarnos a algún famoso.

—No, gracias.

—¿Es tu última palabra?

—Sí.

—¿Quieres llamar a algún amigo?

—No, de verdad. Mira, no tienes ni que llevarme en coche a casa de Craig, Ken. Puedo plantarme en un taxi.

—¿Plantarte?

—Bueno; coger, subirme. De verdad. No me importa.

—No pasa nada. Le prometí a tu padre que te devolvería a casa sana y salva.

—Sé cuidar de mí misma, Ken —me dijo sonriéndome con indulgencia.

—Nunca lo he dudado. Pero es lo menos que puedo hacer. ¿Dejamos el almuerzo para otro momento? Quedamos otro día para comer, ¿vale?

—En otra ocasión —aceptó con un suspiro.

—Genial. —Se iluminó la lucecilla de encendido del salpicadero; puse el motor en marcha y el coche empezó a emitir un alarmante y persistente estertor—. Oye —dije, cargando el peso sobre el volante tamaño del de un autobús para sacarnos de la plaza de parking—, no sé si ya te lo he dicho, pero me parece una pasada que entres en Oxford.

Se encogió de hombros, casi avergonzada.

—¿Estás totalmente segura de que no quieres celebrar tu ascensión al mundo de los chapiteles con una suculenta comilona?

Se limitó a mirarme.

Me reí, virando para coger la rampa de salida.

—Está bien. Pues vamos a tu casa. —Saqué el Land Rover del aparcamiento de la Mouth Corporation y entramos en Dean Street entre botes, chirridos y golpeteos. Eché una mirada a Nikki—. ¿De qué te ríes?

Nikki se reía para sus adentros, luego me devolvió la mirada desde detrás de su larga melena pelirroja.

—No esperaba que tuvieras un Land Rover —dijo—. Pensé que tendrías una Harley Davidson o una limusina, o tal vez un Smart o uno de esos Audi con pinta de pastilla de jabón.

—Nunca me han ido las Harley. Cuando era mensajero me gustaban las Suzi y las Kwak. Pero este trasto —palmeé el plástico gris oscuro del salpicadero por debajo del estrecho parabrisas del Landy—, a pesar de tener toda la pinta de tratarse de un transporte infinitamente más adecuado para cargar ovejas empapadas de un campo a otro de una granja ruinosa en alguna colina del Gales más profundo, es casi el coche ideal para Londres.

—¿Tú crees? —Me dio la impresión de que Nikki me seguía la corriente.

—Piénsalo. Es viejo, lento y está algo abollado, así que nadie me lo va a pispar. Ni siquiera los neumáticos sirven para otro coche. Mira, los limpiaparabrisas son de broma. —Encendí el limpiaparabrisas delantero. En un Land Rover tan antiguo miden unos dieciocho centímetros de largo y oscilan con desgana, como si gesticularan a la lluvia para darle la bienvenida sobre la luna en lugar de cargar con la extenuante tarea de limpiar las gotas del parabrisas—. Míralos; patético. Ningún vándalo con un mínimo de autoestima va a molestarse en doblar eso. No estaría bien.

—Resultan un poco patéticos —convino Nikki mientras yo apagaba el limpiaparabrisas y lo dejaba caer con lo que pareció agotado agradecimiento hasta la base del parabrisas.

—Viajas alto, como quizá hayas notado al trepar aquí dentro con la pierna enyesada, de modo que ves por encima del tráfico, lo mejor para aprovechar cualquier oportunidad de adelantamiento que pueda presentarse en el bullicio del tránsito metropolitano. Después está el hecho de que se trata de un diesel Serie Tres, de manera que cuando te oyen venir te toman por un taxi y a menudo, equivocados, te dispensan el respeto debido a un vehículo equipado de taxímetro. El diseño antiguo implica que el vehículo es estrecho al tiempo que posee una batalla corta para colarse por los huecos y en aparcamientos difíciles y, por último, al volante de uno de estos, no hay bordillo londinense que se te resista. En el caso de que sea necesaria una breve expedición por la acera o alguna pequeña isla peatonal para facilitar el avance, puedes saltar sin pensártelo dos veces. Eso sí, gracias al sorprendente nivel de ruidos y a unos sillines a todas luces fabricados con cemento fácilmente desmenuzable, no cabe duda de que resultaría un infierno en viajes largos o a una velocidad superior al trote, pero ¿cuándo pasa eso en Londres? —Miré a Nikki—. Así que, para un artefacto agrícola que dista un único cromosoma automovilístico del tractor, es un medio urbano de transporte sorprendentemente apropiado. Lo recomiendo con fervor.

La miré con las cejas levantadas mientras avanzábamos lentamente por Old Compton Street. Llevaba elaborando el discurso «Por qué un Landy resulta ideal en Londres» y sus diversas variantes desde hacía casi un año y aquel era, en mi modesta opinión, un ejemplo particularmente conseguido y bien expuesto del resultado, del que pensé que, si no más, al menos podría haber arrancado una sonrisa dolorida de la dulce Nikki, pero solo había provocado algunas miradas ausentes de asentimiento en sus rasgos luminosos.

—No pasaría nada por que tuviera dirección asistida, ¿no? —sugirió.

—Y un radio de giro mejor. Pero me alegro de que lo saques a colación. La posibilidad de mantener en forma la parte superior del cuerpo ejercitándola al volante es una opción sin costes a tener en cuenta.

—Sí, bueno. —Permaneció callada un momento, luego señaló la radio con la cabeza—. Eso que suena no es tu emisora, ¿verdad?

—Ah, no; son Mark y Lard en Radio One.

—¿No es una falta de lealtad?

—Desde luego. ¿Puedo confiarte un terrible secreto?

—¿Cuál?

—Lo de que es secreto va en broma solo a medias —dije al principio—. La prensa todavía no se ha enterado y en un día con pocas noticias y viento favorable podría acabar publicándose y no es descabellado pensar que me causaría algún problema por aquello de la gota que colma el vaso.

—Te lo prometo por mi honor de exploradora —dijo, saludando irónicamente.

—Gracias. Vale, ahí va… Espera…

Había estado empujando gradualmente el morro hiperdentado del Land Rover cada vez más adentro del flujo de vehículos desde hacía ya varios huecos entre coches y por fin alguien en un bonito automóvil había captado el mensaje. Saludé alegremente al Mercedes plateado que nos permitió salir de Old Compton Street al tiempo que girábamos por Wardour Street en dirección norte hacia Highgate. Miré a Nikki.

—Sí. Atención: no soporto la puta radio comercial. —Afirmé con la cabeza—. Ya está; ya lo he soltado, y me alegro.

—Incluida la emisora para la que trabajas, claro.

—Obviamente.

—De modo que escuchas Radio One.

—Enseguida la apagaré, a las tres en punto, pero durante gran parte del día, sí. Y siento una gran debilidad por Mark y Lard. Mira, escúchalos. —De hecho, lo único que se escuchaba era el motor traqueteante del Landy y los ruidos del tráfico hasta que Lard chilló «Adelante» y se reanudó el programa—. ¿Ves? Aire muerto; silencio. Era el anatema de los DJ y la gente de radio en general. Hoy día, bueno, a nadie le preocupa demasiado dejar pausas, pero estos tíos lo han convertido en una característica. Se trata de repetirlo hasta que sea divertido. Genial. —Eché un vistazo a Nikki, que me miraba con escepticismo desde detrás de su masa de pelo rojo—. Pero la cuestión —insistí— es que la BBC tiene muy poca publicidad. Es decir, emiten anuncios de sus programas, lo cual ya es bastante coñazo, pero lo que no tienen es estupideces en rotación infinita cada cuarto de hora de empresas de préstamos, picapleitos sinvergüenzas dedicados a perseguir ambulancias y el dueño del Gran Almacén del Aglomerado chinándote pegado al micro que te acerques a palpar el corte de sus ofertas especiales. Detesto los anuncios. Prefiero pagar una cuota. Yo quiero pagar así; a la cara, con eficiencia, y después poder escuchar lo que quiero y nada más, ya sean clones pop o Beethoven o las tertulias basura esas que duran todo el día y que escuchan los taxistas.

—Supongo que el tal Phil te recuerda que los anuncios pagan vuestros salarios.

—¿Phil? —Me reí—. Es un fan de Radio Three y Radio Four. Odia los anuncios aún más que yo. —Volví a mirarla mientras incordiábamos las regiones altas de la caja de cambios del Land Rover, de habitual poco utilizadas, en un milagroso vacío del tráfico, cosa que casi nos permitió una carrera hasta los semáforos de Oxford Street—. No me entiendas mal; es un buen productor y está muy puesto en música, va prácticamente a un concierto por noche, ya sea en el Wembley Arena o en un pub de Hackney, pero tampoco soporta Capital Live! No, es a nuestra amistosa directora de emisora a la que le toca recordarnos regularmente la realidad de la radio privada.

Cruzamos Oxford Street y pusimos rumbo a Cleveland Street detrás de un mensajero en una Honda VFR. Tal vez, pensé, alguna pequeña anécdota de mis días de loco intrépido de la mensajería —al fin y al cabo, no habían pasado tantos años— impresionaría a Nikki. Empezó a llover y encendí el limpiaparabrisas por hacer la broma. Miré a Nikki.

—Bueno, ¿y tú? ¿Escuchas Capital Live!?

—Hum… A veces —contestó sin mirarme.

—Ya, bueno, pues eso. Tienes dieciocho años; deberías formar parte del público al que nos dirigimos. ¿Y qué escuchas?

—Hum… bueno, voy cambiando. Pero creo que todas son emisoras piratas negras del sur del río.

—¿Cuáles? ¿K-BLAK? ¿X-Men? ¿Chillharbour Lane?

—Sí, y Rough House, Precinct 17.

—Radio Free Peckham… ¿Todavía emite?

—No, la clausuraron.

—Bueno, pues sinceramente, me alegro de que evites la basura comercial al uso. —Iba lanzándole miraditas a Nikki para comprobar si le había impresionado que conociera tantas emisoras ilegales auténticas, pero no lo parecía—. Aunque, por lo que recuerdo, no suelen pinchar Radiohead.

—Es una pena, pero no.

—En fin. Los Radiohead son de Oxford, seguro que allí están todo el tiempo en antena.

—Hum…

Parecía distraída, y cuando eché un vistazo estaba mirando tiendas de ropa por la ventanilla. Volví la vista al frente.

—¡Mierda!

—¡Oh!

Un coche azul se precipitó desde una calle lateral justo delante del mensajero al que seguíamos. Vi brevemente al conductor del coche, que miraba hacia el lado contrario mientras hablaba por el móvil. El motorista no tuvo tiempo de esquivarlo ni de frenar, se empotró contra el guardabarros del BMW Compact; la moto se levantó sobre la rueda delantera y luego cayó al asfalto mojado por la lluvia justo delante de nosotros mientras se vaciaba el contenido del maletero y montones de papeles resbalaban por la calle y se colaban en la alcantarilla. El motorista salió disparado por encima del capó del BMW al tiempo que el coche frenaba y derrapaba hasta detenerse. El mensajero aterrizó en la calle de cabeza y resbaló un metro sobre la espalda hasta que el casco chocó con el bordillo.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Nikki.

Detuve el coche.

—Seguro que está bien —le aseguré rápidamente a Nikki—. Quédate aquí.

Asintió. Se apartó algo de pelo de la cara con la mano temblorosa y sacó el móvil de la chaqueta al tiempo que yo abría la portezuela.

—¿Llamo a una ambulancia? —preguntó.

—Buena idea.

Bajé de un salto y corrí por delante de la cara blanca del conductor del coche, que justo entonces salía del vehículo todavía con el móvil en la mano. Se me pasó por la cabeza decirle lo capullo que era, pero desistí. Ya había un par de personas de pie junto a la figura de negro tirada en la calle. El mensajero no se movía. Un chaval con una chaqueta de plumas agachado a su lado le estaba tocando el casco.

—No le quites el casco —le dije al chaval, arrodillándome del otro lado del motorista y levantándole la visera con sumo cuidado.

Detrás de mí, alguien había tenido la buena idea de apagar el motor de la moto, más de lo que a mí se me había ocurrido.

El mensajero era mayor que yo; tenía barba gris, gafas y la cara apretada por el revestimiento de espuma del casco. Parpadeó.

—Joder —dijo débilmente.

—¿Cómo estás, compañero? —le pregunté.

—Un poco dolorido —respondió con voz ronca. La lluvia dibujaba puntitos en sus gafas. Se llevó la mano enguantada hacia el cierre del casco. La detuve.

—Espera, espera. ¿Lo sientes todo? ¿Puedes mover los dedos de los pies y todo lo demás?

—Ah… Sí, sí, creo… Sí. Estoy bien. Creo que estoy bien. Me cuesta un poco respirar… ¿Cómo está la moto?

—Me da que vas a necesitar horquillas nuevas.

—Mierda. Joder. Me cago en la puta. También eres mensaca, ¿eh?

—Sí. Antes.

Miró a un lado, donde se congregaba más gente, noté que alguien se acercaba. Di media vuelta y vi al conductor del coche. El motorista tosió y dijo casi sin aliento:

—Si ese cabrón dice «Lo siento, tío, no te he visto», túmbalo por mí, ¿quieres?

Nikki estaba muy guapa empapada de lluvia.

—No hacía falta que bajaras del coche, Nikki. —Trataba de secarse el pelo con una gamuza pequeña. El interior del Land Rover se estaba empañando.

—La telefonista me ha preguntado por el lugar del accidente y no veía los nombres de las calles —explicó—. Después se me ha ocurrido parar el motor de la moto.

—Bueno, me parece que el tipo se va a recuperar. Lo hemos hecho bien. Formamos un buen equipo de emergencia; juntos, nos multiplicamos.

Entregué nuestros datos a la policía y convencieron al motorista para que aceptara la ambulancia; seguía aturdido y tal vez tuviera alguna costilla rota. Nikki le había devuelto las llaves de la VFR, pero la policía las había confiscado porque querían dejarlas con la moto.

Nikki me dio la gamuza.

—Gracias.

—De nada. —La usé en el parabrisas—. Vaya. Bienvenida a Londres, ¿eh? Ah, y si necesitas un trago, solo tienes que decirlo.

Negó con la cabeza.

—No, gracias.

—Sí, directos a casa.

Continuamos en dirección norte bajo la lluvia, hacia Highgate.

—Esto va de lo que sospecho que va, ¿verdad?

—Eso creo.

—Bien, y ¿qué opinas?

—Hijo mío, nos va a caer una buena.

—¡Cáspita! ¿Una regañina del teniente coronel?

—Una severa reprimenda. Tú primero.

—¡A la puta carga!

—«… Bien, he aquí una fatwa alternativa: mujeres del islam, juzgad a vuestros hombres, y si son malos, matadlos. Os oprimen y os desprecian y no obstante os temen; ¿por qué, si no, iban a manteneros alejadas del poder y de la vista de otros hombres? Pero vosotras tenéis poder. Tenéis el poder de juzgar si vuestro hombre es bueno o no lo es. Preguntaos lo siguiente: ¿mataría vuestro marido a otra persona por ser judía o estadounidense o cualquier otra cosa que sencillamente haya nacido? Alá ha permitido que la gente nazca así; ¿los mataría vuestro marido sin más razón que la fe o el país en el que han nacido por deseo de Alá? Si lo hiciera, entonces es una mala persona y merece morir, porque es una vergüenza para vuestra fe y para el nombre de Alá. La próxima vez que se os acerque, esconded un cuchillo de cocina bajo la ropa de la cama o unas tijeras, un cortaplumas o un cúter, y rajadle su indigna garganta. Si no tenéis ningún cuchillo, mordedle la garganta. Si solo queréis mutilarlo, emplead un cuchillo o los dientes en su hombría.» Pero lo que decimos en realidad…

Debbie Cottee, directora de la emisora, apagó el reproductor digital de la otra punta de su luminoso y aireado despacho con el mando a distancia. Se deslizó las gafas por la nariz y me miró con ojos azules cansinos, empañados.

—¿Y bien?

—Hum… no sé —dije—. ¿Crees que mi voz está demasiado comprimida?

—Ken…

—Pero, en realidad —intervino Phil—, nadie decía nada. Es decir, justo antes de eso Ken decía que en este país no obligamos a las musulmanas a llevar minifalda ni biquini, mientras que una mujer occidental en Arabia Saudí no tiene más elección que adaptarse a su código a la hora de vestir. La cuestión es la tolerancia y la intolerancia, y las figuras públicas como los líderes religiosos a los que se les permite dictar lo que, de hecho, es una sentencia de muerte sin juicio ni posibilidad de defensa a ciudadanos de otra nacionalidad. Por eso el fragmento inicial en el que se señala que nadie en Occidente con un cargo de responsabilidad diría algo así…

—Eso es irrelevante, Phil —dijo Debbie, dejando las gafas en la mesa, que abarcaba la misma área que todo nuestro despacho.

La vista de la oficina, desde casi la cima del edificio de Mouth Corporation, daba a Soho Square y los tejados amontonados del barrio, y se extendía hacia la hoja roma y marcada de Centrepoint. Debbie tenía treinta años pero aparentaba más; estaba en forma y fornida, tenía el pelo castaño apagado y los ojos cansados, arrugados.

—Pues yo no estoy seguro de que sea tan irrelevante —repuso Phil con el aire de un académico debatiendo alguna sutileza sobre la ley de propiedad de los antiguos etruscos o la base histórica de las estimaciones de la tasa de deposición de limo en el río Amarillo durante la dinastía Hang—. La cuestión radica en que se incluye un descargo de responsabilidades al principio y al final. No estás diciendo: «Id a matar a esa gente». Lo que dices es que nadie está diciendo id a matar a esa gente.

Debbie lo atravesó con la mirada.

—Pura semántica.

—No… pura gramática —dijo Phil, en apariencia perplejo ante el hecho de que alguien pudiera pensar lo contrario.

Me miró brevemente. Desde luego que era pura semántica en lugar de gramática (yo estaba casi seguro), pero Debbie, que sin duda era uno de los ejecutivos más humanos del organigrama de Mouth en general y de Capital Live! en particular y tampoco era una ignorante, no era lo bastante lista para sentirse segura discutiendo el tema. En momentos así, amaba a mi productor.

—¡Phil! —chilló Debbie, dando una palmada en la mesa. La pantalla ultraplana del ordenador tembló—. ¿Y si alguien… y si un musulmán enciende la radio justo después de tu supuesto descargo de responsabilidades del principio de esta… esta diatriba y luego la apaga antes del final totalmente indignado, como es probable que estuvieran todos si llegaran a creerse lo que oyen? ¿Qué coño van a pensar que acaban de escuchar?

—Va, venga ya. Eso es como preguntar qué ocurriría si alguien oyera la palabra esteta pero encendiera la radio justo después de la primera sílaba. No sé, es una chorrada —dijo con las manos abiertas.

—Eso es una palabra; hablamos de un discurso.

—Sí, pero el principio es el mismo —insistió tercamente Phil.

Debbie pasó a dirigirse a mí.

—Ken, incluso para ti…

—Debbie —dije, levantando ambas manos en señal de rendición—. Estamos tratando de demostrar algo.

—¿El qué?

—Sobre los prejuicios, el fanatismo.

—¿Insultando a la gente? ¿En qué perjudica al fanatismo que yo tenga a todo el concilio de iglesias islámicas chillándome al teléfono? Solo estáis…

—Porque el mes pasado fue el Gran Rabino el que nos chilló al teléfono —señalé.

—La perorata de Israel, el Estado aislado —dijo Phil asintiendo.

—¿Y qué, coño? —gritó Debbie—. ¿Intentáis decirme que insultar a dos religiones es mejor que insultar solo a una?

—Es ecuánime —convine.

—¡Es ser intolerante con los grupos étnico-religiosos! —chilló Debbie—. ¡Hasta puede considerarse incitar al odio religioso e incluso racial hacia los judíos y los musulmanes!

—Eso no es justo —protesté—. También insultamos a los cristianos siempre que tenemos oportunidad. Dedicamos una semana entera a Cristo, ese loco probado.

—¡Que era judío! —aulló Debbie—. ¡Y sagrado para el islam!

—¡Tres pájaros de un tiro! —le grité—. ¿Qué problema hay?

—A lo largo del tiempo todas las religiones derivadas de Abraham han sido objeto selectivo de una crítica mordaz y dura, pero por encima de todo, justa —intervino Phil—. Tengo las grabaciones.

Debbie miró a Phil y después a mí.

—Esto no es broma, tíos. Se están lanzando bombas incendiarias contra sinagogas y mezquitas…

—¿Estás segura? —preguntó Phil.

—Hay personas que son atacadas porque parecen de Oriente Próximo…

—Sí, lo sé —dije negando con la cabeza—. Hostia, si se ha atacado a los sijs por simpatizantes del terrorismo islámico. —Extendí los brazos—. Cosa que prueba lo que en esencia venimos diciendo; los fanáticos son todos unos capullos.

—La cuestión es —dijo Debbie exasperada— que algún imbécil del Frente Nacional o del Partido Nacional Británico podría escuchar uno de vuestros programas en los que arremetéis contra los judíos o los musulmanes y felicitaros, joder, Ken. —Debbie dio otro palmetazo en la mesa, pero esta vez menos fuerte. Volvió a ponerse las gafas y fijó la mirada en mí—. ¿Es eso lo que queréis?

Se trataba de una cuestión interesante, algo que ya nos había preocupado a Phil y a mí.

—¡Por eso tenemos que atacar el fanatismo y la estupidez dondequiera que se dé! —bramé—. Si nos callamos ahora pensarán que los últimos con los que nos metimos eran los malos.

—¿Qué? —preguntó Debbie, mirándome de nuevo por encima de las gafas. (Justo es admitir que mi última afirmación no tenía demasiado sentido ni siquiera para mí.)

—Me parece justo —dijo Phil asintiendo.

—Bien, tengo otras dos cuestiones, caballeros —anunció Debbie pegándose las gafas a la cara y acercándose más a la mesa—. Existen cosas tales como la licencia de esta emisora y la BSA, la comisión que vela por los principios de la radiodifusión. Existen asimismo los anunciantes. Que pagan todos los putos recibos y que pueden retirar sus anuncios aún más rápido que la BSA la licencia. Algunos ya lo han hecho.

—Pero han sido reemplazados —repuso Phil con la cara algo colorada. Se quitó las gafas.

—Por ahora, con tarifas más bajas —puntualizó Debbie fría como el acero.

—¡Las tarifas llevan todo el año bajando en todas partes! —protestó Phil. Se puso a abrillantar las gafas con un pañuelo limpio—. ¡En esta situación los nuevos siempre pagarán menos! Es…

—Algunas personas muy importantes, algunos anunciantes vitales, han tenido unas palabras con sir Jamie —dijo Debbie apretando los dientes. (A nuestro favor, pensé, hay que decir que llegado ese punto ninguno de los tres echó ni siquiera un vistazo al retrato del Querido Propietario que colgaba de la pared)—. En cócteles. En su club. En reuniones del consejo. En cotos de caza. En eventos benéficos. Por el móvil y en el teléfono de casa. No está contento. No está contento hasta el extremo de estar sopesando muy seriamente qué necesita más, vuestro programa o su buen nombre. ¿Qué creéis que elegirá? —Se recostó, dejando que el comentario calara—. Chicos, dirigís un programa de éxito razonable, pero al final no son más que diez horas de emisión semanales de un total de ciento sesenta y ocho. Ken, Phil, sir James os ha apoyado hasta ahora, pero no puede permitir que pongáis en peligro la emisora, menos aún la reputación de Mouth Corporation ni todo lo que ha levantado de la nada durante treinta años.

Phil y yo nos miramos.

—Hostia, Debs —dijo Phil con voz trémula—. ¿Nos estás pidiendo que suavicemos el tono o de lo contrario estamos en la calle? O sea, ¿qué? —Volvió a ponerse las gafas.

—No estáis despedidos. Pero no basta con suavizar el tono, hay que retractarse.

—¿Retractarse?

—Hay que cambiar, en particular, esta manía de atacar el islam y el judaísmo.

—Bueno, pues, ¿podemos atacar el cristianismo? —sugerí. Debbie me atravesó con la mirada—. ¿Qué? —pregunté con las manos extendidas.

—Tenemos la solución perfecta —anunció Phil, sin más.

Por primera vez en toda mi vida reaccioné tarde de verdad.

—¿La tenemos?

Phil asintió.

—Ken todavía no sabe nada —le contó a Debbie.

—¿No lo sé?

—La propuesta de Última hora me llegó ayer.

(Por los pelos conseguí no preguntar: «¿Llegó?».)

—¿Esos de Chanel Four? —preguntó Debbie entornando los ojos.

—Sí; la competencia de Noche de noticias —confirmó Phil.

—¿No estaban tratando de cazar a Paxman para el programa?

—Eso creo, pero él no está por la labor. Se rumorea que lo presentarán Cavan Lutton-James y Beth Laing.

—Ella está en Sky, ¿no?

—Sí, pero tiene que renovar contrato.

—Da igual —dijo Debbie agitando una mano.

—Da igual —continuó Phil—. Por el momento siguen con programas piloto, pero el lunes empiezan en serio y quieren algo controvertido y fuerte; algo que los saque en titulares.

—Creía que me querían para practicar en algún piloto —dije. (Un comentario estúpido, tal como comprendí en cuanto cerré la boca: era totalmente posible que Phil estuviera improvisando sobre la marcha.)

—Al principio sí —contestó Phil—. Los convencí de otra cosa.

—¿Quieren a Ken para el programa del lunes? —preguntó Debbie.

—Si nos ponemos de acuerdo en las condiciones —puntualizó Phil.

Es probable que Debbie adivinara la sorpresa en mi cara.

—No eres el puto agente de Ken, Phil.

(Era cierto, aunque a veces Phil actuaba como si lo fuera. Mi agente de verdad, el sufriente Paul, se quejaba de que, gracias a mis —para él incomprensiblemente estrafalarias— puñetas políticas, lo que yo necesitaba era un antiagente, alguien que me buscara trabajos extraordinariamente remunerados que yo pudiese rechazar alegremente. De hecho, decía Paul, aparte de negociar el contrato de la emisora, lo único que yo necesitaba era un contestador que gritara «¡No!».)

—Me refiero a las condiciones del control del contenido y la gente implicada —explicó Phil con paciencia—. No quería que Ken fuera allí pensando que iba para un comentario ligero sobre técnicas de micro o algo así y que luego lo enfrentaran a media docena de fanáticos de mirada retorcida en representación de todas las ramas del fundamentalismo a las que hemos ofendido este año. Es el tipo de situación que podría darse y solo quería asegurarme de que no iba a ocurrir.

—Entonces, ¿por qué Ken me mira como…? Bueno, ¿así? —Debbie me señaló. ¿Así?, pensé. Yo intentaba parecer imperturbable, con cara de negocios.

Phil me miró y dijo:

—Mira, Ken y yo ya lo hemos hablado. Hemos recibido demasiadas ofertas malintencionadas y manipuladoras para salir en televisión. O son demasiado cutres para tenerlas siquiera en consideración o suenan de lo más interesante y nos emocionamos todos mucho y después quedan en nada, o cambian de opinión o se descubre que tenían trampa. Decidimos que yo me ocuparía de las propuestas hasta que se presentara una digna de comentársela a Ken, entonces lo hablaríamos. —Phil consultó su reloj—. De no haber sido por esta reunión, eso es justo lo que estaríamos haciendo. —Afortunadamente no añadió «en el pub». Me miró—. Siento soltártelo de esta manera, Ken. —Le quité importancia con un movimiento de la mano.

—Bien… —dijo Debbie, todavía en tono desconfiado—. ¿Qué proponéis?

—Darles algo controvertido y fuerte —contestó Phil.

Parecía que Debbie seguía teniendo serias dudas, pero resultaba evidente su interés.

—¿Que sería…?

—Una de las ideas que tienen es que Ken debata con uno de esos que niega el Holocausto; un tipo de extrema derecha, del Movimiento Cristiano Ario, que afirma que los Aliados construyeron los campos de exterminio después de la guerra —explicó Phil. Los tres nos miramos—. Yo no lo tenía muy claro. Pero, bueno, tal vez, dado lo que has estado diciendo acerca del sesgo, erróneamente percibido, en contra de las fes judía y musulmana, sería una manera de rebatir el asunto. —Dejó de mirar a Debbie para dirigirse a mí—. Obviamente, solo en el caso de que la idea te guste, Ken. La verdad, yo sigo sin verlo claro.

—Ah, me parece estupenda —dije.

¿Un cabrón que niega el Holocausto? ¿Representantes de la extrema derecha cristiana dispuestos a recibir mis latigazos verbales? ¿Qué liberal militante con un mínimo de respeto por su propia persona no querría hincarle el diente a uno de esos hijos de puta?

Debbie había entornado tanto los ojos que casi los tenía cerrados.

—¿Por qué tendré la impresión de que tal vez sea buena idea? —preguntó despacio— ¿Y no obstante parece que hemos regresado a la propuesta original, infantil y absolutamente simplista, según la cual la mejor manera de salir de este atolladero consistía en insultar un poco más a los cristianos?

—Oh, venga ya —dijo Phil con voz risueña—. Ese tío es tan cristiano como Satán. La cuestión es que está loco y es antisemita hasta la médula. Capaz de expresarse, pero loco. Se verá a Ken defendiendo…

—¿Estás seguro de que está loco?

—Bueno, comparte la idea cada vez más aceptada en ciertos sectores de la sociedad árabe —dijo Phil con una voz lenta y considerada que me indicó que volvía a sentirse al mando de la situación— de que los ataques del once de septiembre fueron organizados por la Conspiración Sionista Internacional para desacreditar al islam y darle carta blanca a Sharon contra los palestinos. Pero no pasa nada; también odia a los árabes. El sistema de creencias del tipo es consistente y basado plenamente en la raza, la religión y el sexo: nórdico/ario/cristiano/heterosexual igual a bueno… el resto son diabólicos.

—¿Quién es? ¿Cómo se llama?

—Se llama Lawson, hum… Briarley o algo así.

Yo solo escuchaba en parte. Fue mientras Phil se explicaba cuando se me ocurrió mi gran idea. Supe lo que iba a hacer. Si de veras me dejaban aparecer en el programa con un puto antisemita, ya sabía exactamente lo que haría con él.

¡Era perfecto! Una locura, peligrosa y fea a la vista y probablemente significaba que también yo estaba un poco loco, pero ¡eh!, el fuego con fuego se combate. Se me secó la boca, de pronto tenía las palmas de las manos sudadas. Ah, la hostia, pensé. ¡Qué idea tan terrorífica, bella y dulce! ¿Me atrevería?

—De acuerdo, voy a tener que consultarlo —anunció Debbie.

Volví a la realidad. Debs iba a plantearlo a sus superiores. Una mujer sensata.

—Por mí, vale —dijo Phil. Me miró y asentí con la cabeza—. Pero necesitamos la respuesta el viernes a más tardar; mejor mañana.

—La tendréis —aseguró Debbie. Empujó su enorme butaca de ejecutivo de cuero negro haciéndola rodar por el suelo de madera. Hora de irnos.

—¿Debbie? —dije levantándome.

—¿Qué?

—Quiero dejar muy claro para cualquiera con el que hables de este asunto que tengo muchas ganas de hacerlo. O sea, quiero hacerlo de verdad. Creo que es importante. —Phil me miró con el ceño fruncido, luego sonrió a Debbie.

—Ya te comunicaré lo que sea —contestó ella—. Entretanto, os agradeceríamos enormemente que evitarais ofender a cualquier otro grupo étnico o religioso de importancia. ¿Podríais hacerlo por nosotros?

—Al menos podemos intentarlo —dijo Phil muy contento.

—Joder.

—No, no pasa nada —dijo Phil mientras nos alejábamos por el amplio pasillo bordeado de marcos con placas, discos, premios, cartas de agradecimiento y aprobación, ninguno de ellos míos—. Es una oferta, no un problema.

—Ahí dentro, no te estabas inventando nada, ¿verdad?

Phil sonrió.

—Claro que no, palurdo. —«Palurdo» era la palabrota más fuerte de Phil. Yo tenía la impresión de que la palabra había desaparecido de la Lista de Insultos Plausibles de la mayoría de la gente hacia principios de la década de los setenta—. Telefonearé a Última hora antes de pasarnos por el pub. —Me miró con el ceño fruncido cuando entramos en el ascensor—. No sabía que iba a entusiasmarte tanto.

No pensaba hablarle de mi idea. Mejor, por su propio bien, que no supiera nada.

—Sí, bueno. Me llaman Ken el Entusiasta.

—No.

3. RÍO ABAJO, CENTRO CIUDAD

—Lo que dije es que estos revisionistas del Holocausto tan remilgados no han ido lo bastante lejos. No se trata solo de que el Holocausto no existiera, no solo los campos de exterminio fueron falsos; toda la Segunda Guerra Mundial es un mito. ¿La ocupación de París? ¿La batalla de Bretaña? ¿La campaña norteafricana? ¿Los convoyes y los submarinos? ¿La operación Barbarossa? ¿Estalingrado? ¿Kursk? ¿Ataques de mil bombardeos? ¿El Día D? ¿La caída de Berlín? ¿Singapur? ¿Pearl Harbor? ¿Midway? ¿Hiroshima y Nagasaki? ¡Nada de eso ocurrió! Todo fueron efectos especiales y mentiras. Los que ya tenéis una edad, ¿recordáis pensar cuánto se parecían aquellos Spitfire Airfix y Lancaster a los que veíais en las películas? ¡Pues porque también eran maquetas! Todos los campos de aviación, los bunkeres de cemento, las llamadas zonas bombardeadas; todo se construyó tras la guerra.

La chica titubeó, luego se rió.

—Es una locura.

Brindé con ella.

—Exacto. Y, además, ¿qué clase de neonazis caguetas son esos? Deberían estar clamando: «Por supuesto que matamos seis millones, ojalá hubieran sido más», en lugar de tirarse de los pelos por si eran uno o dos millones y quejarse de que al puto Führer lo malinterpretaron.

—En realidad no crees nada de eso, ¿verdad?

—¿Estás loca? —Reí socarronamente—. ¡Claro que no! ¡Me cachondeo de esos cabrones fascistas!

—¿Y el programa ese de la tele va de eso?

—Sí. Me van a traer a uno de esos retrasados para «debatir».

—Pero ¿tú crees que a esa gente deberían dejarla hablar en una televisión pública?

—Pregúntales a los de Channel Four, no a mí —dije, y tomé un trago—. Pero, sí, yo creo que sí. No puedes ocultar esa basura venenosa eternamente; acabará saliendo en alguna parte. Es mejor encararla y aplastarla. Y quiero que sea a la vista de todos. Quiero saber quiénes son esa gente, quiero saber dónde viven. —Me acabé la bebida—. Por eso a esos mierdecillas cobardes les encanta internet. Pueden enviar cualquier estupidez llena de odio sin posibilidad de réplica porque en la red se pueden esconder. Es el medio perfecto para matones, mentirosos y cobardes.

Estábamos en el Golden Bough, nuestro antro habitual para después del programa, en Hollen Street. El Bough era el pub básico del centro de Londres; uno de esos lugares que ni halagas ni insultas llamándolo abrevadero. No estaba de moda, rara vez tan concurrido que solo se cupiese de pie (salvo las tardes de los viernes y los sábados por la noche), con una selección musical digna, comida sencilla sin pretensiones y solo una máquina de juegos —apartada bajo las escaleras que daban al bar del primer piso— y una gama de bebidas sólida, sin extravagancias.

No tenía una clientela especial. Así que en el Bough conocías a gente de todo tipo: trabajadores con las botas sucias y los monos manchados de pintura, creativos publicitarios, teatreros, turistas, oficinistas, gente del mundillo musical, del cine, vagabundos a resguardo del frío alargando una media pinta, una o dos chicas de algún espectáculo porno y nosotros. Había un camello que usaba el local, aunque para tomarse una copa tranquila, no para traficar. Una pareja de polis asomaba la cabeza por la puerta una vez al mes más o menos.

La encargada se llamaba Clara, una abuela medio portuguesa de brusca rotundidad que no se andaba con hostias y tenía una voz seca y ruidosa y fumaba tres paquetes de cigarrillos al día. No conocíamos a nadie que la hubiera visto alguna vez sin uno de sus dos turbantes en la cabeza —el verde o el amarillo— y había una apuesta de cantidades variables en juego entre una lista rotante de habituales desde hacía veinte años, acerca de si era calva o no. La última vez que la consulté las apuestas estaban 65 a 35 a que era una bola de billar y me jugué un billete de cinco a que no.

—Te invito a una copa. ¿Qué quieres?

—Gracias. Un WKD azul. Gracias.

—No te he preguntado cómo te llamas —le dije a la chica mientras hacía señas a Clara.

—Tanya. —Me ofreció la mano.

—Ken. Encantado de conocerte, Tanya.

Poco antes Tanya nos había estado observando a Phil y a mí mientras comentábamos el asunto de Última hora. La había visto mirándonos con el ceño fruncido y no había apartado la vista cuando le sostuve la mirada. Supuse que había pillado alguna selección alarmante de palabras de moda relacionadas con el odio racial y estaba pensando si largarse o lanzarnos su copa antes de salir huyendo.

—No pasa nada —le había dicho por encima del hombro de Phil—. Somos dos agradables liberales y esta es una de esas raras ocasiones en que, de verdad, las cosas no son tan malas como parecen.

Tanya tenía antepasados judíos, por eso se había ofendido al oír lo que pensaba que estábamos diciendo. Trabajaba para una empresa cinematográfica en Wardour Street. Algo de lo que podía estar bastante seguro porque Phil la había interrogado acerca de la industria del cine durante varios minutos, aunque con sutileza. Phil tenía la teoría paranoica de que periodistas de la prensa amarilla sin escrúpulos habían descubierto que bebíamos en el Bough y creían que valía la pena sacarnos a la luz pública, de modo que cabía la probabilidad de que enviaran a alguien a sonsacarme algo de lo que después quizá me arrepintiera, convencido de que charlaba con un civil cuando en realidad se trataba de un gacetillero de incógnito que lo estaba grabando todo.

Visto lo que digo cuando sé que me están grabando o estoy en el aire, parece un temor de lo más singular, pero en fin.

El caso es que Tanya pasó el filtro antiperiodistas hostiles de Phil, y mi compañero perdió interés en la chica cuando entraron en el bar el equipo de producción y la pandilla de ayudantes.

Tanya era baja, delgada y morena y no paraba de moverse como si bailara, balanceándose de un lado a otro de manera rítmica y lenta cual planta subacuática mecida por la lánguida corriente de los meandros de un río. Había visto a otras chicas en situaciones semejantes y a menudo significaban que iban empastilladas, pero no me pareció su caso. Tenía los ojos grandes de color verde grisáceo y el pelo negro y de punta.

Acabamos con el resto de compañeros del programa y un par más del de Timmy Mann, el que emitían después del nuestro, aunque él no apareció. La situación derivó hacia una sesión alcohólica de moderada gravedad, sentados todos alrededor de nuestra mesa redonda favorita de un rincón del Bough. Pensé que estaba congeniando de maravilla con Tanya, quien me reía todas las bromas y me tocó el antebrazo en un par de ocasiones.

Se suponía que esa noche había quedado con Jo para ver una peli en casa, pero tuvo que cancelar la cita —de nuevo, otra crisis de Addicta— y yo había empezado a plantearme estar atento a cómo evolucionaban las cosas con Tanya.

Tanya bebía el WKD azul muy despacio y yo me había pasado al whisky después de un par de pintas de Fuller’s, pero los dos últimos habían sido de mentira. Cuando nadie miraba había acercado el vaso al suelo y lo había volcado, dejando caer la bebida en la vieja y pringosa moqueta de debajo. Joder, si eran unos chupitos de nada sin agua, lo más probable es que se evaporaran antes de llegar al suelo, pero la cuestión era que no me estaba emborrachando. Si se producía algún avance con la encantadora Tanya, estaría en perfecto estado para saber valorarlo.

Todo fue en vano; Tanya se fue a las seis porque había quedado con unos amigos y no hubo modo de disuadirla. Incluso la acompañé a la puerta del pub y a la calle. Me dio su número del móvil y desapareció en la penumbra en dirección a la entrada de metro de Tottenham Court Road. Suspiré y la vi marchar mientras miraba la pantalla encendida de mi Motorola donde su número seguía brillando.

La pantalla de teléfono se apagó y volví dentro.

La fiesta alcohólica empezó a disgregarse a medida que la gente se marchaba a coger trenes, metros y autobuses. Phil y yo decidimos llevarnos comida preparada del Taj, nuestra expendeduría local de curry situada a la vuelta de la esquina del Bough, y luego cada uno siguió su camino. Me sentía lo bastante sobrio para conducir, pero sabía que no lo estaba, así que dejé el Land Rover en el aparcamiento de la Mouth Corporation y cogí un taxi, en el que tuve que soportar una conferencia sobre la mayor calidad de la comida caribeña en comparación con los platos de tradición indopaquistaní, altamente sospechosos, a cargo de Geoff, el taxista jamaicano con el que por lo visto acabo siempre que llevo una bolsa de curry o un paquete goteante de doner kebab.

—¡Me vas a apestar el buga, tío!

—Ten un billete de cinco pavos extra, amigo; ondéalo un poco y seguro que dispersa este espantoso tufo del subcontinente.

A Geoff le pareció tan divertido que se encendió un gran porro al salir de Lots Road entre carcajadas, dejando tras de sí una estela de nubes de marihuana.

A veces le decía a la gente que vivía de casero. El barco del muelle de Chelsea había sido uno de los pisos londinenses de sir Jamie en la época en que en esencia trataba de convertirse en Richard Branson (por lo visto, entonces sir Jamie lucía incluso una barba como seña de identidad, aunque al poco tiempo la cambió por una coleta y un pendiente, cediendo el campo de la pelusa facial al Barbudo). El Bella del templo era un barco de cabotaje viejo y muy modificado. Todavía pertenecía a la Mouth Corporation, pero me lo alquilaban a un precio extremadamente razonable. Tenía un contrato muy bueno desde que había pasado al programa de última hora de la mañana y podría haberme permitido el alquiler o la hipoteca de la chalana de haber tenido que pagarla a precio de mercado, pero desde luego disfrutarla barata constituía una diferencia considerable y muy agradable, si bien, como Phil había sido el primero en señalar, le otorgaba a sir Jamie más poder sobre mí; si perdía el trabajo también me quedaba sin la cucada de casa flotante en el moderno Chelsea.

El Bella del templo cabalgaba la marea alta cuando pasé por delante de las otras casas del embarcadero; de un par de ellas salían música y luces. Río arriba, de donde provenía la brisa sembrada de lluvia ligera, un tren cruzó ruidosamente el puente de Battersea. Más cerca, la imponente fachada del complejo Chelsea Reach relucía con opulencia hortera. El río estaba silencioso y casi no se oía el tráfico. La marea alta equivalía a ausencia de malos olores; el principal inconveniente de vivir en el barco era que con marea baja, en especial en un día cálido de verano, el barro que salía a la luz apestaba a mierda antigua y a cosas muertas tiempo atrás. Probablemente porque era eso exactamente.

Pese a la lluvia y al estómago vacío, dudé junto a la vieja timonera con las llaves de la puerta en una mano y el curry enfriándose en la otra, contemplando las aguas negras, a causa de lo que en un par de minutos se convirtió en una sensación repentina de soledad y luego —en mi descargo, casi de inmediato— cierta vergüenza por sentir lástima de mí mismo. El suave murmullo de fondo de la ciudad insomne llenaba los cielos a manchas color sodio y me quedé de pie a la escucha de la música oscura y líquida del río, en vano.

En casa de mis padres, en Helensburgh, a treinta kilómetros al sur de Glasgow en la orilla norte del Clyde, veía el río desde mi dormitorio. Crecí contemplando desaparecer gradualmente las lejanas grúas de Greenock a medida que los astilleros cerraban para ser sustituidos, más tarde, por oficinas, tiendas, complejos de viviendas y centros de ocio. Entonces nos mudamos a Glasgow para estar más cerca de la clínica dental de mi padre en el centro de la ciudad. Nuestro piso en la primera planta de la arbolada orilla sur era grande; mi hermano Iain y yo teníamos cuartos casi el doble de grandes de los que habíamos tenido en el bungalow de Helensburgh, pero daban a una calle ancha bordeada de árboles con coches aparcados y los altos bloques de arenisca roja iguales al nuestro de la acera de enfrente. Eché de menos las vistas del río y la montaña más de lo que esperaba.

Conocí a Jo en un crucero fluvial una bochornosa noche de verano; a Ceel, en el flamante ático nuevo de sir Jamie de Limehouse Tower durante una tormenta.

—Eres el tipo que hizo aquella portada de Cat Stevens. ¿No te demandaron?

Finales de verano de 2000. Por entonces seguía en el programa de Capital Live! que terminaba a medianoche y había estado charlando con el que era mi productor junto a la popa de un pequeño barco para cruceros fluviales. Habíamos estado contemplando las estructuras metálicas del paso por la barrera del Támesis —parecían dos barcos hundiéndose en vertical mientras los últimos destellos rubíes de luz solar destellaban en sus cimas— cuando aquella pseudogótica rubia de pelo cardado y montones de chatarra en la cara se entrometió.

Vic, el productor, retrocedió un paso para dejarle sitio, la repasó de arriba abajo, decidió que probablemente a mí no me importaría que la chica me interrumpiera, me miró con las cejas arqueadas y se fue.

Yo también realicé una pequeña evaluación completamente justificable: la chica vestía de negro riguroso, botas Doc Martens, vaqueros, camiseta de cuello ancho y una desastrada cazadora de motorista colgando de un hombro. Tendría unos veinticinco años.

—No me demandaron exactamente —dije con cautela, preguntándome si estaba hablando con una periodista—. Nuestros abogados se intercambiaron misivas tan caras como un litigio en serio, pero conseguimos evitar un mandato judicial.

—Bien. —La chica asintió con energía—. Ah, soy Jo LePage —dijo alargando la mano para estrechármela mientras señalaba con la cabeza a la superestructura de cristal del barco, donde atronaba la música y destellaban luces de discoteca impresionantes hacía diez años—. Soy de Ice House. La discográfica. Tú eres Ken Nott, el locutor, ¿verdad?

—Verdad. —Le di la mano.

—Bien. ¿Qué canción era esa? ¿«Rushdie and Son»?

—Ajá. Pero la melodía era casi como la de «Moonshadow».

—Ja. Bien. ¿Cómo iba? ¿«Me persigue un fundamentalista…»? —cantó con voz ronca pero entonada.

—Casi. Era «Me acecha un fundamentalista. Creo que me siguen» —dije en lugar de cantar.

Seguía desconfiando de la chica. Solo porque hubiera afirmado trabajar para la discográfica no significaba que fuera cierto. Ya había concedido al menos una entrevista sin saberlo, una noche de borrachera y calentura con una chica de una disco que resultó ser reportera de un tabloide con una actitud espantosamente recalcitrante en relación a las drogas y su consumo. La entrevista resultante casi había conseguido que me despidieran y desencadenó una controversia entre Capital Live! y el periódico sobre si la chica me había informado al inicio de nuestra conversación de que era periodista o no. Yo aseguré que no, pero también podría habérmelo dicho y que yo no la escuchara porque estaba demasiado ocupado rechinando los dientes y mirándole fijamente a las tetas.

Jo también tenía unos pechos impresionantes; no muy grandes, pero erguidos y sin sujetador. Las luces de cubierta colgadas sobre nuestras cabezas mostraban sus pezones como bultitos nítidamente definidos que se marcaban bajo el fino algodón negro.

—Sí —dijo—. La oí una vez en una fiesta. Pero nunca he conseguido una copia.

—Bueno, estaría encantado de, hum… conseguírtela —dije con una sonrisa—, pero yo tampoco tengo ninguna.

—Perdona —repuso también sonriendo—. No trataba de agenciarme una.

Se pasó la mano por el pelo rubio y en punta, dejando entrever las raíces negras en un gesto natural y atractivo, y echó un rápido vistazo a la fiesta.

—¿Qué haces en Ice House?

Se encogió de hombros.

—Un poco de contratación, un poco de lo que mi jefe llama gestión de activos. Cuido de los grupos.

—¿Alguno conocido?

—Eso espero. ¿Addicta? ¿Los conoces?

—Sí. He oído al grupo de moda, desde luego.

Sacudió la cabeza para enfatizar.

—Nada de modas. Son muy buenos.

—Vale. Leí una entrevista. El cantante me pareció un poco engreído.

Hizo una mueca.

—¿Y? —preguntó.

Sonreí.

—Ya, supongo que es cosa del oficio.

—Están bien. El grupo está bien. Brad parece arrogante, pero en cierto modo solo es sinceridad; es bueno y lo sabe y no le va la falsa modestia.

—Y que lo digas —convine—. No creo que le acusen nunca de falsa modestia.

Miró alrededor.

—Bueno. ¿Disfrutas del crucero?

—No. —Suspiré—. Detesto estas cosas —contesté a su expresión interrogante—. Bueno, aparte de lo que pasó con el Marchioness… siempre me siento atrapado. No puedes salir. En una fiesta o un concierto normales siempre puedes coger tus cosas y poner rumbo a la puerta. En estas cosas te chupas el viaje entero, aunque te mueras de aburrimiento o… bueno, de todo lo contrario. Un par de veces me ha pasado de conocer a alguien y, ah, ya sabes, alguien con quien congenias mucho y…

—Ah. Un alguien femenino.

—Un alguien femenino del género complementario a elección, desde luego, y de repente no tenéis ganas de gentío y queréis ir a alguna parte juntos, solos los dos, y… Bueno, esperar al final del crucero es de lo más frustrante.

Me respondió con una amplia sonrisa y sacó un botellín de cerveza de uno de los bolsillos de la chaqueta.

—¿Tienes costumbre de ligarte mujeres en los cruceros?

—De momento solo lo he hecho dos veces.

—Siempre podrías unirte al club subcubierta o como se llame y follar en los lavabos del barco.

—Lo sé —dije frunciendo el ceño como si acabara de ocurrírseme—, pero no sé de ninguna relación que haya empezado en los lavabos y haya durado demasiado. Es raro. Hum…

—¿Por qué me miras así?

—Perdona. Te contaba los piercings.

—¿Y?

—Eh. Siete. A la vista.

—Ja —dijo, y se levantó la camiseta para mostrarme un ombligo asegurado por una varilla en forma de hueso.

—Ocho.

Echó un trago y se secó los labios con el dorso de la mano, dejó la boca abierta, paseando la lengua por el interior de los dientes inferiores al tiempo que asentía y me repasaba sin disimulo.

—En total, nueve. —Hizo un ligero movimiento que en principio me indujo a pensar que se trataba de una reverencia, pero luego comprendí que hacía como si se mirara a sí misma.

—Vaya. Debe de ser divertido pasar por el detector de metales del aeropuerto.

Frunció un poco las cejas.

—Todo el mundo dice lo mismo. —Se encogió de hombros—. No es ningún problema.

—Bueno, parece que hay poca seguridad en los aeropuertos.

—¿No te van los piercings?

—¿Qué quieres que te diga? Soy un macho hetera y orgulloso —sonreí.

Una ceja alzada me dio la impresión de que me había entendido mal. Volvió la vista de nuevo hacia las luces del barco, sus metales relucieron.

—Oye —dijo—, ¿bailamos?

—Uf, pensaba que nunca lo preguntarías.

No nos unimos al club de subcubierta o comoquiera que lo llamara Jo. Esperamos una hora y tuvimos una sesión de sexo enérgico y tempestuoso en otro barco, mi nueva casa, el Bella del templo. Encontré el noveno piercing.

—¡Eh! Hundamos el barco, tío.

Me desperté avanzada la noche, con el brazo dormido debajo de ella. El Bella del templo descansaba sobre un lecho de barro no demasiado equilibrado, de modo que hasta cierto punto podías deducir el estado de la marea incluso de noche, en el dormitorio principal y con las cortinas corridas, por la presencia o la ausencia de una ligera sensación de estar inclinado hacia la cabecera de la cama. Ahora notaba dicha sensación. Respiré hondo, saboreando el olor a decadencia que en ocasiones infestaba el aire de las noches veraniegas, proveniente del barro y capaz, las noches realmente cálidas y tranquilas como esa, de abrirse camino incluso hasta allá abajo. Nada. Solo el perfume de Jo.

La chica siguió durmiendo, despatarrada encima de mí, murmurando bajito en sueños. También le gustaba hablar mientras follaba, y que la mordieran. Bueno, que la mordisquearan, pero bastante fuerte. Se mostró muy sorprendida de que yo no compartiera esa predilección. Emitió un curioso ruidito de exhalación, como un suspiro exasperado, luego se acurrucó más cerca de mí y se quedó quieta y silenciosa, con una respiración lenta y regular.

A la luz del radiodespertador se veía un pequeño frasco de plástico sobre la mesilla de noche; sus lentes de contacto festivas. Jo llevaba lentillas a la moda que hacían que sus ojos parecieran fluorescentes a la luz ultravioleta. Bailar con ella en el barco con su anticuado juego de luces había sido… interesante.

Mirándole atentamente la cara distinguía los tenues reflejos de alguno de los piercings de acero que puntuaban su piel. No me importaba en lo más mínimo que la gente se tatuara o se agujereara el cuerpo con varas de metal: ¿era mejor, peor o igual que hacerse un lifting, un implante de colágeno, una liposucción o inyectarse botox? No lo sabía. Pero cuanto más lo pensaba, más raro me parecía atravesarse la piel con bultos metálicos. Hasta dónde llegamos para diferenciarnos de los demás, pensé. Pero por otra parte la gente llevaba pendientes y empastes, y había cosas todavía más extrañas, como aquella tribu que va poniendo anillos alrededor del cuello de las chicas a medida que crecen hasta que se lo han estirado tanto que si se quitaran los anillos, se les rompería el cuello y morirían.

Jo era divertida, con lentillas y todo. Ya habíamos dejado claro que ambos nos encontrábamos implicados en relaciones serias (cosa que en cierto modo quería decir que los dos estábamos dispuestos a iniciar una nueva).

Ya veríamos.

—… de visita en su país, señor, y no podía creerme que lo que estaba escuchando aquí mismo, en la ciudad de Londres, no viniera en realidad de Kabul o Bagdad. No me lo podía creer. Tuve que echar un vistazo alrededor y convencerme de que estaba en un taxi londinense, no…

—Señor Hecht…

—¿De dónde demonios salen ustedes? Dios mío, perdimos a cuatro mil de los nuestros en una mañana, hombre. Todos ellos civiles inocentes. Esto es la guerra. ¿No lo entiende? Ha llegado la hora de despertar. Es hora de elegir bando. Cuando el presidente dijo que están con nosotros o contra nosotros, habló en nombre de todos los americanos decentes. Su señor Blair ha elegido de qué lado está y nos gustaría pensar que habla en nombre de todos los ingleses decentes, pero no sé de qué bando se cree usted que está. Desde luego, no parece que del nuestro.

—Señor Hecht, si la elección está entre la democracia estadounidense y unos misóginos asesinos en un Estado gobernado a golpe de decreto y sharia, créame que estoy de su lado. Vendería… Entregaría a mi propio hermano si descubriera que ha tenido algo que ver con los ataques del once de septiembre. Señor Hecht, sé que normalmente no lo parece y estoy seguro de que no se lo pareció cuando me escuchó ayer, pero adoro muchas cosas de América. Adoro sus libertades, que celebren la libertad de expresión, su amor por… el progreso. Sigue siendo la tierra de las oportunidades, lo sé; no hay mejor lugar en el mundo si eres joven, listo, sano y ambicioso. Muchos británicos fingen perplejidad ante el hecho de que tan pocos estadounidenses tengan pasaporte; yo he viajado por su país y sé el porqué; Estados Unidos es un mundo. Los estados son como países, simplemente la escala del país, su diversidad climática y paisajística es deslumbrante, bello de verdad. Y ¿existe alguna nación o algún grupo étnico que no tenga representación en Estados Unidos? Los americanos no tienen necesidad de salir al mundo, el mundo va a ellos y es comprensible.

»Pero hay muchas cuestiones que me plantean problemas. Tengo un problema con cualquiera que haya votado a ese hombre que proclama ser su presidente, por ejemplo… pero como no todos los americanos tienen derecho a voto y la mitad de los que lo tienen no se molestaron en votar y menos de la mitad de los que votaron lo hicieron por Bush, supongo que eso significa que sencillamente me desconcierta un veinte por ciento o menos de la población, que no es para tanto. Pero se trata de problemas similares a los que tienes con un familiar al que quieres; solo importan porque estáis muy unidos. Lo que digo es que, movidos por la rabia y el dolor del momento, ustedes… su gobierno está cometiendo una serie de errores terribles, errores que en el futuro perjudicarán a Estados Unidos y a todos nosotros. Y no quiero que ocurra.

—Bueno, es como escuchar a dos personas distintas, señor, no veo cómo concuerda eso con lo que decía usted ayer.

—Señor Hecht, lo que digo es que se está generando una especie de locura alrededor de todo este asunto, una negatividad que no beneficia a nadie. No, no es verdad; beneficiará a la gente que ha hecho esto. El rechazo estadounidense beneficiará a sus enemigos. Si no logran comprender esto, si no comprenden a sus enemigos, nunca los derrotarán. De modo que el creer que Estados Unidos fue atacado en un acto de celos no solo es ridículo y un autoengaño, sino perjudicial. No fue un acto de petulancia desmedida, por amor de Dios. Veinte hombres muy motivados no entrenan durante meses para suicidarse en una operación meticulosamente planeada y ejecutada que los servicios de seguridad mejor financiados del mundo no consiguen siquiera olerse (pese a que tiene lugar justo delante de sus narices) porque ustedes tengan más electrodomésticos que ellos. ¿Cómo es eso que suele decirse? «Es la economía, estúpido.» Bueno, en este caso, es la política exterior. Así de simple.

»Ni siquiera importa que usted o yo lo veamos de otro modo, señor Hecht, pero para ellos se trata de todos los regímenes corruptos y antidemocráticos a los que Estados Unidos ha entregado armas y dinero desde la última guerra mundial, apoyando dictaduras porque ocupan un desierto repleto de petróleo y ayudándolos a aplastar a los disidentes, se trata de los infieles que ocupan los lugares sagrados y la innegable opresión del pueblo palestino por parte del estado número cincuenta y uno de Estados Unidos. Así es como lo ven. Puede discutirles su análisis, pero no se engañe pensando que todo esto ha pasado porque tienen celos de los centros comerciales estadounidenses.

—Por supuesto que les discuto su análisis. ¿Ahora trata de decir que está de nuestro bando?

—Querido amigo, le remito a la antedicha respuesta.

—¿Perdón?

—No, perdóneme usted a mí, señor Hecht; era un ejemplo de fraseología parlamentaria británica que a veces usamos en el programa. Mire, señor Hecht, ¿creo que deberían ustedes invadir Afganistán? Para lo que van a conseguir (y me doy cuenta de que es prácticamente nada), no. Pero cuando lo hagan, no podrían elegir otro régimen mejor. Llevo años despotricando contra el régimen talibán. Pero no se olvide de que ustedes ayudaron a instaurarlo; ustedes financiaron a los muyaidines, armaron a Bin Laden y apoyaron al servicio secreto paquistaní, como en otro tiempo ayudaron al dictador Saddam Hussein porque le necesitaban y como ahora apoyan al dictador Musharraf y el grotesco despotismo medieval de los saudíes porque ahora los necesitan… Entretanto, el nuevo Escudo Antimisiles, que destruye todos los tratados de limitación de armamento con precisión milimétrica pero del que se nos garantiza que carece por completo de efectos discernibles sobre cualquier supuesto misil enemigo, que necesita un buscador en la nariz de su objetivo para aun así errarlo en el mismo hemisferio y que tras el once de septiembre ha demostrado ser un dispendio de dinero todavía más descarado e irrelevante, tiene un ciento por ciento de garantías de salir adelante. O sea… Todo esto es una locura, señor Hecht. Una psicosis nacional.

—Tenemos derecho a defendernos, señor. Teníamos ese derecho antes del once de septiembre. Ahora tenemos derecho a exigirlo. Y lo tendremos le guste o no a la gente como usted. Si quiere formar parte del asunto, bien. Pero si no forma parte de la solución, es usted parte del problema.

—¿Sabe una cosa, señor Hecht? De adolescente, justo cuando empecé a pensar por mí mismo, llegué a una conclusión muy simple. Decidí que, siempre que alguien dice «Estás con nosotros o contra nosotros», tienes que estar en contra. Porque solo los bobos moralistas y los bribones manipuladores ven, o aseguran ver, el mundo en términos tan absurdos de blanco o negro. Dudo profundamente del hecho de estar del mismo bando que cualquiera así de estúpido o falso y, desde luego, no me dejaré guiar por gente así. El mal siempre empieza con una buena excusa, señor Hecht. George W. Bush tal vez sea ahora, en efecto, presidente por aclamación y, comparado con los que atacaron Estados Unidos, personalmente intachable, pero eso no quita que llegara a donde está a base de argucias y falsedades y, sin necesidad de hurgar muy hondo, no es más que un pobre hombre que no está a la altura.

—Váyase usted al infierno, donde seguro que acabará. —El señor Hecht colgó.

—Creo que le hemos perdido, Notty.

Respiré hondo.

—Has gastado tu oportunidad anual para hacer esa broma[1], Filfa Phil.

—¡La embajada estadounidense al teléfono!

—Ah, basta ya, me estáis matando.

—Encantado de conocerte, Ken. Pasa, pasa. Ah, sí, permite que esta encantadora jovencita te coja el abrigo…

—Encantado de conocerle, eh…

—Jamie. Llámame Jamie. Aquí no nos andamos con ceremonias. Bienvenido al cuerpo de la iglesia, como suele decirse. Yo también tengo sangre escocesa, ¿sabes? Los chicarrones del norte tenemos que mantenernos unidos frente a esos anglos, ¿eh? Nos emocionó de veras que te unieras a nosotros, a Capital Live! Tengo entendido que te va muy bien. Yo mismo te he escuchado un par de veces; ojalá fueran más. Ya sabes, horarios, reuniones, negocios; pero te he escuchado. Te he escuchado. Muy bien, muy bien. Apurando, apurando al máximo, pero me gusta. También es mi estilo. Trabajo al límite. No hay nada igual, ¿verdad? El peligro, el riesgo. Correr riesgos, en eso consiste todo, ¿verdad? ¿No te parece? Bueno, ¿y cómo te va en el Bella del templo?

—Ah, muy bien —dije. Dudé un momento, preguntándome si debía puntualizar que ya llevaba instalado más de un año.

—Brillante. ¡Estupendo, estupendo! Ah. Helena. Te presento a Ken. Ken Nott. Ken; mi mujer, la encantadora Helena. Ah, bebidas. Excelente, excelente. Ken. ¿Champán?

—Lady Werthamley —dije, saludándola con la cabeza—. Gracias.

Sir Jamie Werthamley, nuestro Querido Propietario, tenía un ático de lujo en los dos pisos superiores de su nuevo edificio de oficinas, Limehouse Tower, con vistas al río. Esto ocurría en abril de 2001 y llevaba trabajando para él casi un año —tres meses en el relativamente prestigioso programa de última hora de la mañana—, pero esta fiesta de cumpleaños era la primera ocasión que tenía de conocerle en persona (la invitación pedía que no se le llevaran regalos, que podrían haber resultado superfluos para un hombre que poseía varias minas de oro, un banco, un archipiélago caribeño y su propia aerolínea; en fin, cumplí encantado).

Sir Jamie era un cincuentón de aspecto juvenil, pelirrojo con algunas canas. Hacía tiempo que la coleta marca de la casa había desaparecido, pero la tachuela de diamante seguía en su oreja. Vestía con estilo informal, unos vaqueros de diseño, una camiseta blanca y una chaqueta azul que se veía correcta y carísima. Yo me había vestido con mis mejores galas informales pero elegantes, aunque a su lado me sentía como un pillo de la calle.

Quizá hubiera un centenar de personas reunidas en el salón principal, que había arreglado a las mil maravillas un decorador cinematográfico. La multitud cabía sin problemas. Una mujer con aspecto de supermodelo se llevó mi abrigo como una exhalación y otra me colocó en la mano una copa de champán del color del oro viejo sin darme tiempo ni a respirar. Sir Jamie era del tipo tocón; te cogía de la mano, te llevaba del codo, te daba palmaditas en la espalda, golpecitos suaves en el brazo, esas cosas. Y durante todo ese tiempo hablaba con intensidad y entusiasmo, las palabras apenas tenían tiempo de apartarse del camino para dejar paso a las siguientes. En ese particular era exactamente el mismo que cuando le entrevistaban en televisión.

Su mujer estaba sentada, erguida y elegante, en una silla de ruedas alta de última tecnología. Lady W. había sufrido una terrible caída de caballo hacía diez años, no mucho después de casarse. Vestía una prenda azul de gasa y algunas relucientes joyas de diamantes y platino. Debía de tener unos diez años menos que su marido, una melena negra azabache y ojos violeta.

—Llámame Helena, por favor —me dijo, soltándome la mano.

—Gracias, Helena.

Hizo girar la silla de ruedas mediante un pequeño mando que sostenía en la mano derecha y la deslizó hacia los escalones que bajaban a la parte hundida del salón.

—Escucho tu programa, Ken —me dijo por encima del hombro mientras yo la seguía.

—Gracias.

—No tienes pelos en la lengua, ¿eh?

—Es mi trabajo, Helena —dije al tiempo que la silla de Lady W. llegaba a la cima de los escalones y se detenía.

—Molestas a mucha gente.

—Eso me temo.

—A mucha gente importante, de hecho.

—Me declaro culpable, señora —convine.

—Conozco a muchos de ellos.

—Eh… Me sorprendería que no fuera así —dije con cautela.

Resopló como una colegiala inglesa de escuela privada y levantó la vista hacia mí, guiñándome el ojo.

—Sí, bueno, que no decaiga. Y ahora, a ver quién te encontramos para charlar.

Inspeccionó el salón con la vista. Yo también. El espacio en sí resultaba abrupto y de colores primarios. Parecía un decorado de cine; en realidad parecía la guarida del malo de una película de Austin Powers, que era una cosa curiosa en la que gastarse un par de millones de libras, pero en fin. Las ventanas, con vistas al sur y al oeste, medían tres metros de alto y fácilmente quince de ancho; parecían grandes losas oscuras salpicadas por las luces de Londres.

Se veían muchas caras famosas de, supuse entonces, prácticamente cualquiera de las sendas que en esta vida pueden conducir a que la cara de la gente aparezca en la prensa o la televisión aparte del crimen. (En realidad, me equivocaba en lo del crimen.) Imaginé que la gente a la que no conocía solo eran ricos o poderosos discretos o ambas cosas y comprendí que muy probablemente yo era la persona menos importante de todo el piso con la excepción, no garantizada, del personal de servicio con aspecto de supermodelos.

—Ah —exclamó con decisión la señora W.—. Tal vez te interese conocer a Ann y David Schuyler. Ella enseña filosofía política en la facultad de economía de Londres y él es un incondicional del grupo Tribune. Vamos.

La silla salió disparada hacia delante y, mediante un sistema de tres ruedas en cada esquina, descendió lentamente, con los motores runruneando, hacia la moqueta rojo oscuro de la zona inferior.

Los Schuyler eran encantadores y fascinantes e interesantes conversadores y también charlé con varias personas más que eran todas esas cosas o la mayoría de ellas durante el curso de la noche y pasé un rato agradable con un piloto de Fórmula Uno, una secretaria de Estado recién nombrada que me llevaría unos quince años pero seguía resultando sorprendentemente atractiva (y que sentía un desprecio todavía más sorprendente por su ministro) y una bella y joven actriz cuyo nombre todavía recordaba semanas después pero cuya personalidad me pasó totalmente inadvertida. Bebí champán y probé algunos de los alimentos que se deshacían en la boca y circulaban en bandejas de plata sostenidas en alto por el servicio cualificado para la pasarela.

Y por fascinante que me resultara por un tiempo, al final la única cosa que importó fue que conocí a Celia.

Ya la había visto al volver del servicio («En dirección al Monet y, al llegar al Picasso, giras a la derecha», como me había indicado el propio sir Jamie). Celia estaba de pie junto a un hombre pálido y pequeño con traje negro de corte severo, escuchándole hablar con un rotundo lord dueño de un diario nacional y varios títulos regionales.

Llevaba unos tacones bajos que la acercaban al metro setenta y un vestido negro, largo y de cuello alto. Un collar largo de perlas negras; la piel, del color del café con leche. Parecía mestiza, una combinación de blanco y negro y quizá también del sudeste asiático. Si me hubieran preguntado, le habría echado unos veinticinco, pero su cara era extraordinaria; daba la impresión de pertenecer a una adolescente que había visto cosas terribles para su corta existencia o a una sesentona que no había tenido ni un mal día ni nada que la empujara a envejecer en toda su vida. Sus rasgos transmitían una calma intensa, una inocencia casi obstinada que no recordaba haber visto jamás. Resultaba casi idéntica a la serenidad desenvuelta de un niño seguro y sin problemas pero no obstante profundamente diferente; algo por lo que se había luchado y que se había conseguido, no algo heredado, no algo que se le hubiera otorgado. Sus ojos color ámbar destacaban bajo la fina escultura de sus cejas oscuras y una frente como un cuenco perfecto y suave, y la redondez de la boca y los ojos se extendía hasta las líneas alargadas de los bordes del rostro contribuyendo así a aquella expresión de tranquilidad infinita. Llevaba el pelo recogido, denso, brillante, inmaculado. Era del color de la heroína.

Su mirada resbaló por encima de mí cuando pasé a unos metros de ella a la zaga de un poco más de aquel agradabilísimo champán. No la reconocí a ella ni al hombre que la acompañaba —que recordaba un poco a Bernie Ecclestone sin gafas y con mejor pelo—, aunque lo vi marcharse al cabo de una hora, sin ella pero con un tipo rubio tan ancho y alto que solo podía tratarse de un guardaespaldas.

Una tormenta había estado acercándose a Londres por el oeste desde las encarnadas horas del amanecer. Cuando descargó, la fiesta estaba en pleno apogeo pero, aparte de un rugido lejano, si te aproximabas a las ventanas y los dibujos ondeantes de la lluvia sobre los cristales que daban al oeste, era fácil pasarla por alto.

Volví a encaminarme hacia el Monet, listo para girar a la derecha al llegar al Picasso, pero el lavabo estaba ocupado. Sir Jamie, agarrado a una botella de Krug de cuello estrecho y en compañía de un par de sonrientes estrellas de culebrón, se detuvo y preguntó:

—¿Cola, Ken? Ven por aquí; hay otro urinario. Mi casa, ya sabes. ¡Ah! ¿Te apetece un billar? Nos falta… Oh, mentira, no, no nos falta nadie —dijo al tiempo que un joven insultantemente guapo al que reconocí de un grupo pop bajaba torpemente por las escaleras de caracol que quedaban a la derecha—. Perdona, Ken; retiro vergonzosamente mi oferta repentina. Hola, Sammy —saludó sir Jamie con una sonrisa, y le dio una palmada al chico en el brazo. Se volvió hacia mí y señaló las escaleras de caracol con la cabeza—. Por arriba, Ken. O si no, en ascensor. En cualquier caso, sigue a tu nariz. ¡Ja, ja! Nos vemos. Pásatelo bien. —Y añadió para el joven y las dos mujeres—: ¡Bien! —Y desaparecieron.

Subí las escaleras y luego seguí un pasillo ancho de gruesa moqueta flanqueado de obras de arte. Las ventanas del fondo daban al este del Millennium Dome, coronado por un aro de luces rojas de los edificios altos. No encontré ninguna puerta abierta, así que me encogí de hombros y elegí una al azar, la única de hoja doble a la vista. Un apropiado dormitorio del tamaño de una pista de tenis apareció ante mí y crucé hacia donde supuse que se encontraría el baño adjunto. Era un gimnasio, pero al fondo, en el otro extremo de la habitación, estaba el cuarto de baño. Realmente incluía un pequeño urinario de cerámica con tapa colgado de la pared, así como un retrete normal, dos lavamanos del tamaño de bañeras pequeñas, una inmensa bañera a ras de suelo tachonada de bocas, luces y altavoces subacuáticos, una ducha colosal con más bocas de agua que la bañera y una sauna del tamaño de la cabina de un camión.

Me pareció un poco patético hacer solo un pis en semejante palacio de la evacuación, la exfoliación y la inmersión; como usar un McLaren F1 como cochecito de golf. Me quedé de pie mirando el lugar y caí en la cuenta de que probablemente se tratara solo del baño de sir Jamie, puesto que no se veían facilidades especiales para una persona discapacitada. Estaba inmaculado salvo por una pequeña zona de un estante de vidrio donde se acumulaban algunos cristales blancos minúsculos. Me lleve unos pocos a la lengua con la punta del dedo y saboreé la cocaína. Un poco demasiado cortada, de modo que seguro que no era de sir Jamie. Probablemente de Sammy, el popero patoso.

Iba a salir del dormitorio cuando vi moverse el borde de las cortinas que cubrían una de las paredes y noté una ligera bocanada de aire rozarme la cara. Titubeé, luego aparté la cortina.

La ventana daba al nordeste, por encima de una terraza cortada en diagonal en la cima de la torre. Arbustos y árboles pequeños en macetas gigantes se balanceaban al viento y la superficie de los estanques artificiales ondeaba con las acometidas y caricias del viento. La puerta corredera de uno de los bordes del enorme ventanal estaba abierta, no más de un dedo. Me pregunté si debería cerrarla. Si cambiaba el viento… ¿Y qué? Seguro que sir Jamie tenía un valet o un mayordomo o un comoquiera que se llame para encargarse de esas cosas. Iba a soltar de nuevo la cortina y dejarlo todo como estaba cuando vislumbré una figura entre las sombras cerca de uno de los bordes de la terraza donde una verja fina y recta segmentaba la vista.

Rayos. Mucho después pensé que debieron haber sido rayos los que iluminaron la escena, que se había tratado de una de esas tormentas y que cuando la vi por primera vez allí de pie había sido por cortesía de un rayo que iluminó la Misteriosa Figura entre las Sombras. Pero no. Solo eran las luces de la ciudad atenazada por la tormenta. A veces las situaciones no son lo bastante góticas.

Distinguía que era una mujer de pie, a unos cuatro metros de distancia, situada al abrigo del edificio, bajo un techo que cubría parte del jardín. Era una protección parcial, porque la veía sacudida por las rachas de viento arremolinado. Se la veía delgada, frágil y oscura. Tenía los brazos cruzados bajo el pecho. El viento tiraba del dobladillo de su vestido largo y cuando mi vista se adaptó a la oscuridad vi pequeños mechones de pelo azotándole la cara y revoloteando alrededor de su cabeza como llamas atenuadas, veloces.

Comprendí que probablemente sabía que la estaban observando —una rendija de luz iluminaba el enladrillado desde que había levantado la cortina— justo cuando giró la cabeza y me miró de frente. Se quedó quieta un momento, luego inclinó la cabeza a un lado. Reconocí a la mujer del vestido negro ajustado con la cara extraordinaria. No le veía los ojos.

Incluso entonces, en teoría, podría haberme limitado a soltar la cortina y dirigirme al piso de abajo y regresar con mi achispamiento a la fiesta. Pero muy pocas veces se presentan oportunidades así, pequeños montajes de la suerte. Incluso sin haber leído sobre escenas como aquella o haberlas visto en la televisión o el cine, incluso si nunca hubiera leído ni visto nada en la vida, el momento habría impuesto la necesidad de actuar de un modo determinado, de aprovechar la ocasión que se había presentado porque hacer cualquier otra cosa habría sido sencillamente reconocerse víctima de una tristeza terminal. O quizá me había tragado la fantochada de sir Jamie sobre lo de ser dos amantes del riesgo. En cualquier caso, lo que hice fue colar la mano por el hueco abierto entre el ventanal y el marco y empujar a un lado el pesado panel.

—Hola —dijo ella con voz apenas audible por encima del rugir de la tormenta.

—Te estás jugando la vida.

—¿Cómo dices?

Alcé la voz.

—La vida —dije casi gritando, sintiéndome ya como un idiota mientras se desvanecía el gran momento oculto bajo el ruido y la fuerza del viento—. Te la estás jugando.

—¿Sí? —preguntó como si acabara de comunicarle una noticia novedosa e importante.

Dios mío, pensé, menuda pánfila.

—Oye, ¿podría…?

Y señalé hacia el interior del dormitorio dándole a entender que la dejaría proseguir con cualquiera que fuera la naturaleza de su comunión con el tejado a la que estaba entregada.

Inclinó la cabeza llevándose una mano al oído. Meneó la cabeza.

—Mierda —dije por lo bajo, y salí a la terraza.

Bueno, ¿qué otra cosa podía hacer? Era guapa, el tipo con el que estaba se había marchado de la fiesta sin ella, yo tenía treinta y cinco años y empezaba a vigilar mi peso y a buscarme canas cada mañana y no estaba tan involucrado en otras historias como para no poder manejar la potencial complicación extra de enredarme con una mujer con aquel aspecto. Suponiendo que no fuera una pánfila y por pocas posibilidades que tuviera. La lluvia me salpicó la cara y el viento me despeinó.

—Ken Nott. Encantado de conocerte. —Le ofrecí la mano.

Ella la miró un momento y luego la aceptó.

—Celia. Merrial. ¿Qué tal?

Tenía una voz suave, con un leve deje probablemente francés.

—¿Estás bien aquí fuera? —pregunté.

—Sí. ¿Pasa algo?

—¿Cómo?

—¿Por que esté aquí? ¿Pasa algo? ¿Se puede?

Descorazonado, comprendí que no me había reconocido de antes, de la fiesta. Por lo visto me había tomado por un guardia de seguridad de Mouth Corporation dedicado a arrastrarla de vuelta al territorio destinado a la diversión de la planta baja.

—No tengo ni idea —admití—. Soy un civil más. —No íbamos a ninguna parte. Lo mejor era excusarse e irse de allí. Era absurdamente pronto para escapar de una situación con potencial, pero un instinto que en una situación normal habría obviado me decía que olvidara todo aquello—. Escucha. Si estás bien, te dejo sola. Simplemente… bueno, ya sabes, te he visto ahí fuera y… —Ni siquiera manejaba con gracia la retirada.

No me hizo caso. Volvió a ladear la cabeza, socarrona. Frunció el ceño y dijo:

—Ah. Tu nombre me suena.

—¿Ahora sí?

—Trabajas en la radio —dijo retirándose un mechón de pelo que se le había enganchado en la boca. Tenía la boca pequeña y carnosa—. Me dijeron que vendrías. —Sus dientes se vieron muy blancos cuando me sonrió tímidamente, con recelo—. Escucho tu programa.

Ahí me atrapó. En lo que a mi ego respecta, aquello equivalía a confesarse mi fan número uno. A la vez, un leve tizne de decepción tiñó mi satisfacción. Por muy inteligentes, ricos, extraordinariamente influyentes y con un rendimiento superior a la media que supusiera a mis oyentes, para una mujer como aquella no era lo bastante exótico escuchar mi programa de la radio diurna con toques pop y cuñas comerciales metidas con calzador. Entre las diez y las doce de la mañana aquella mujer debería estar perfeccionando su técnica para interpretar fugas de Bach en su piano de cola o recorriendo galerías mientras preparaba un borrador de su tesis, deteniéndose delante de grandes lienzos, asintiendo sabiamente. Debería ser del tipo de oyente de Radio Three, me dije para mis adentros; desde luego, no debería escuchar ninguna emisora con un signo de exclamación en el nombre.

Lo siento, no alcanzas el nivel mínimo aceptable de misterio que mi recalentada y hondamente desgraciada sensibilidad romántica exige. Muy Groucho. Pobre estúpido.

—Me siento muy halagado —le dije.

—¿Sí? ¿Por qué?

Contesté con una pequeña sonrisa. Nos golpeó una ráfaga de viento, duchándonos de lluvia y haciéndonos oscilar juntos como si bailáramos al son aporreante de la tormenta.

—Bueno, me halaga conocer a alguien que admite oír mi programa de usar y tirar, de un simplismo terminal. Y tú…

—¿De veras? ¿De verdad te parece simplista y desechable?

Yo iba a decir algo del estilo «Y tú eres la criatura más sobrecogedoramente bella de esta fiesta compuesta en su mayoría de criaturas sobrecogedoramente bellas, cosa que hace especialmente gratificante tu interés por mí», pero ella cometió la temeridad de interrumpir mi discurso profesional y tomarse en serio mi charla. No sabía qué era peor.

—Bueno, puede ser simplista, desde luego —dije—. Y cuando eso ocurre, no es más que una radio local, aunque sea una radio local londinense. Tampoco es Noam Chomsky.

—Admiras a Noam Chomsky —dijo asintiendo y apartándose otro mechón de pelo de la boca. El viento ululaba en torno al edificio, salpicándonos a ambos con gotas de lluvia. Era abril y no hacía demasiado frío, pero aun así allí actuaba una buena cantidad del factor viento helado—. Lo has mencionado varias veces.

Alcé las manos.

—Lo más parecido a un héroe que tengo. —Crucé los brazos—. Es verdad que oyes el programa, ¿no?

—A veces. Dices unas cosas… Siempre me sorprende que te salgas con la tuya. A menudo pienso que no te dejarán seguir adelante y, sin embargo, cuando vuelvo a encender la radio sigues ahí.

—La verdad es que al estudio lo llamamos…

—Puerta de Embarque —dijo con una sonrisa—. Lo sé. —Asintió. El viento le golpeó en la espalda, obligándole a dar un paso adelante, hacia mí. Adelanté una mano, pero ella recuperó el equilibrio y volvió a enderezarse. No parecía notar el vendaval que la rodeaba—. Seguro que te creas muchos enemigos.

—Cuantos más, mejor —convine con ligereza—. Hay mucha gente absolutamente despreciable, ¿no te parece?

—¿De verdad te da igual?

—¿Crearme enemigos entre mis mayores y superiores?

—Sí.

—No me importa lo suficiente para parar.

—¿De verdad no te preocupa ofender tanto a alguien que intente perjudicarte?

—Me niego a preocuparme. No le daría a esa clase de gente el gustazo de saberme preocupado.

—Así que… ¿eres valiente? —preguntó con una sonrisilla.

—No, no soy valiente. Simplemente me la trae al pairo.

Por lo visto le pareció divertido, porque bajó la cabeza y sonrió al empedrado.

Suspiré.

—La vida es demasiado corta para malgastarla preocupándose, Celia. Carpe diem.

—Sí, la vida es corta —concedió sin mirarme. Luego alzó la vista—. Pero quizá te arriesgues a acortarla aún más.

Le sostuve la mirada. Contesté que no me importaba, y en ese preciso momento, en la terraza bajo la tormenta, realmente lo creía.

Alzó un poco la cara, al tiempo que otra ráfaga de viento la sacudía primero a ella y luego a mí. Me moría de ganas de coger aquella barbilla perfecta y besarla.

—Mira —dije—, dejando aparte cualquier otra consideración, solo es la radio. Y mi reputación, que me he ido construyendo. Sobre todo a base de ser despedido de diversas emisoras, lo admito, pero por eso se me conoce. Es como si me hicieran descuento especial por eso mismo. La gente sabe que me pagan por ser controvertido o, directamente, grosero. Soy un deportista de impacto. El Escocés Impactante. El Impacto Escocés. Si Jimmy Young o uno de los locutores de Radio One o incluso si Nicky Campbell dijera las cosas que yo digo la gente protestaría, pero como soy yo, lo pasan por alto. Hoy día para impresionar de verdad tendría que difamar a alguien y entonces me despedirían. De todos modos, es probable que no tarden mucho en despedirme.

—Con todo, resulta extraño enfocar tu trabajo como lo haces. A la mayoría de la gente le gusta gustar. O incluso ser querida. —Lo expuso como si se tratara de algo que quizá no se le hubiera ocurrido nunca a una mente triste y cínica como la mía.

—Ah, pero yo siempre estoy listo para recibir una buena dosis de ambas cosas.

—Pero insultas a la gente y sus ideas. Incluso a su fe. A las cosas que aprecian.

—No tienen obligación de escucharme. —Suspiré—. Pero, sí, insulto a cosas que la gente tiene en gran estima. Es mi trabajo. —Celia fruncía el ceño. Me llevé las manos a las mejillas—. Mira, mi intención no es insultar a la gente y sus creencias para hacerles daño porque me produzca un subidón sádico, es decir, lo que necesito y quiero decir, y en lo que creo sinceramente, que considero que es verdad, son cosas que por casualidad hieren a otros. ¿Tiene sentido?

—Sí, creo que sí —dijo en un tono comedido y escéptico.

—Lo que trato de explicar es que yo tengo mis propias creencias. Yo… Mierda, esto es tan poco postirónico o posmoderno y tan escasamente cínico para, ya sabes… un cínico… Perdón, me estoy repitiendo… Jesús. —Respiré hondo una bocanada de aire tormentoso—. Creo en la verdad. —Ahora me sonreía un poco. Estaba comportándome como un completo idiota, pero ya no me importaba—. Ya está, ya lo he dicho. Creo que existe algo muy parecido a la verdad más o menos todo el tiempo y no acepto esa tontería de que cada uno tiene su propia verdad y que hay que respetar las opiniones de todo el mundo solo porque son sinceras. El odio de los nazis a los judíos era sincero; no era ninguna broma. No voy a respetar sus putas ideas solo porque fueran sinceras. Creo en la ciencia, en el método científico, en la duda, en el cuestionarse las cosas, en enfrentarse a las verdades en lugar de esconderse de ellas. No creo en Dios, pero admito que podría estar equivocado. No creo para nada en la fe porque la fe significa creer sin razón y la razón es lo único que tenemos, la única cosa en la que sí creo. Creo que la gente tiene todo el derecho a creer en lo que quiera, por muy ridículo que sea, pero no acepto que tenga derecho a coaccionar a otros para compartir sus puntos de vista. Y, desde luego, no acepto ningún derecho que pueda creer tener nadie a que no se desafíen sus opiniones solo porque le fastidie.

—Tienes fe en la razón —dijo con calma, colocándose bien algunos mechones—. ¿No?

Me reí en voz alta, agitando los brazos.

—¡Qué locura! —bramé—. ¿Estamos en lo alto de una torre en medio de un puto huracán calándonos hasta los huesos y charlando de filosofía? —Dejé los brazos extendidos—. ¿No te sorprende lo absurdo de la situación? ¿Celia? —añadí por si creía que había olvidado su nombre.

Volvió a ladear la cabeza. Otra ráfaga desestabilizadora de viento, otro reajuste de posición.

—Lo siento. ¿Tienes frío? —preguntó con tono preocupado—. Podemos entrar.

—No, no. Si tú estás bien aquí, yo también. Soy escocés; estamos obligados moral y legalmente a no admitir que tenemos frío, desde luego, no en presencia de mujeres con vestimenta ligera y en especial no de mujeres con vestimenta ligera y una belleza apabullante a las que quepa suponer habituadas a climas más agradables. Las penas son bastante severas. Te retiran el pasaporte y…

Celia asentía con un leve fruncimiento de cejas.

—Sí. Solo te cuesta explicarte cuando estás siendo particularmente sincero —dijo a modo de conclusión.

Eso me cortó las alas. Dejé caer las manos, con las que también había estado hablando.

—¿Qué eres tú? —inquirí—. Celia, a las claras: ¿una especie de detractora de las brigadas policiales móviles venida a psicoanalista filosófica?

—Soy una mujer casada, ama de casa, oyente.

—¿Casada?

—Casada.

—¿A tu marido también lo metes en estos aprietos?

—No me atrevería. —Parecía muy seria. Luego meneó la cabeza—. Bueno, podría, pero no me entendería.

A la mierda; estaba cogiendo frío. Era la mujer más interesante, incluso excepcional, que había conocido desde hacía muchísimo tiempo, pero las cosas tienen un límite.

Le sostuve la mirada y, después de coger aire, pregunté:

—¿Eres una esposa fiel, Celia?

No dijo nada durante un rato. Nos limitamos a seguir de pie mirándonos el uno al otro. Veía gotitas de lluvia en su cara como gotas de sudor o lágrimas y el vendaval que la despeinaba. Celia se sacudía a cada ráfaga de viento, como si temblara.

—Lo he sido —contestó por fin.

—Bien, yo…

Me detuvo, levantando una mano hacia mi boca y negando con la cabeza. Miró detrás de mí, hacía el ventanal todavía abierto.

—Mi marido es… —empezó a decir, pero se detuvo. Chasqueó la lengua, miró abajo, luego a un lado, y se pellizcó el labio inferior con los dedos de la mano derecha. Volvió a levantar la vista hacia mí—. Una vez se me ocurrió que si llegaba a odiar a alguien de verdad, de verdad, le haría el amor y me encargaría de que mi marido se enterara. Pero solo si odiara mucho a ese individuo y quisiera verlo muerto o quizá creyera que él preferiría estar muerto.

Arqueé las cejas.

—La puta —dije razonablemente. No parecía estar de broma—. Tu marido es, ah, bueno, celoso.

—No sabes cómo se llama.

—Ah —dije avergonzado. Me di unos golpecitos en la sien—. ¿No era Merry…?

—Merrial. John Merrial.

Sacudí la cabeza.

—Lo siento —dije—. No me suena de nada.

—Pues debería sonarte, creo.

—Bueno, me llevas ventaja.

Celia asintió despacio, con solemnidad.

—Me gustaría volver a verte, si te apetece. —El viento casi ahogó su voz.

—Sí, me gustaría. —Pensé: Todavía no la he tocado, ni besado, ni nada. Nada.

—Sin embargo, debes saber que si vamos a vernos tendrá que ser de manera esporádica y secreta. Podría parecer… casual —dijo volviendo a fruncir el ceño, como si no estuviera explicándose como quería—. Pero no lo sería. No podría serlo. Sería… —sacudió la cabeza— significativo. No algo en lo que embarcarse a la ligera. —Sonrió—. Me ha quedado muy formal, ¿no?

—Me han hecho proposiciones más románticas.

Avancé lentamente y estiré los brazos hacia Celia. Ella se puso de puntillas, alzando la cabeza y echándola hacia atrás, cogiéndome la cara con las manos y ofreciéndome su boca abierta mientras el viento golpeaba y empujaba y nos zarandeaba y la lluvia sembraba las ráfagas a modo de suave y fría metralla tormentosa.

Esa noche Jo había ido a una juerga por todo lo alto en Ice House. Llegó borracha media hora después que yo, bajando a tumbos la escalerilla del Bella del templo con una sonrisa y oliendo a tabaco. Se rió y empezó a hacerme cosquillas, luego me besó y acabamos en la cama.

A veces tenía un modo preferido de que la follara cuando estaba borracha; tumbada de espaldas, vestida solo con una camiseta levantada por encima de la cabeza y con los brazos atrapados dentro dibujando una especie de cuadro, con la cara oculta por el algodón negro mientras chillaba y se desgañitaba como una niña salvaje, calentorra y malhablada, dentro de aquel negativo carnal de un burka.

—¿John Merrial? ¿El señor Merrial? —dijo Ed—. Es un gángster, tío.

—¿Es qué?

—Un puto gángster, te lo digo yo. Un capo del crimen. Como quieras decirlo. Sí; capo es mejor. A ver, te digo esto, pero es posible que en la actualidad no esté demasiado metido en el asunto. Se ha pasado a lo legal. Como en la segunda parte de El Padrino, cuando hablan de que pronto serán legales del todo, hacia finales de año o así, ¿verdad? Algo parecido. Claro que por otro lado se gana más con las drogas, los refugiados, los coches, los delitos informáticos y esas cosas.

—¿Delitos informáticos?

—Sí. Ya sabes: fraudes. Debe de ser difícil renunciar a ese tipo de actividad y dejársela a otros. Es hasta cuestión de orgullo, imagino. Probablemente. ¿Por qué? —Ed tenía una mirada desenfrenada—. Coño, Ken, ¿no estarás pensando en ir con el soplo de alguna cosa horrible del colega, verdad? Dime que no, coño. En serio, tío. Yo no me metería con esa gente, ¿entiendes?

—No pensaba decir nada del tipo —contesté con total sinceridad—. Simplemente me lo encontré la otra noche en una fiesta y alguien me dijo quién era sin decírmelo y pensé en preguntarlo. No tenía idea de que fuera un cruce entre los hermanos Kray y el puto Al Capone.

—Bueno, pues lo es. Déjalo en paz.

—Si lo estoy dejando en paz.

Estábamos en el coche nuevo de Ed; un Hummer negro con lunas tintadas. En comparación, mi Land Rover parecía un 2CV. Conducíamos por las calles del sur de Londres de camino a un concierto en un antiguo cine de Beckenham. Ed estaba decidido a convertirme en DJ de discoteca, o al menos a enseñarme las complejidades de conseguir que dos trozos de plástico giren a diferentes velocidades de modo que las melodías que contienen suenen como si estuvieran a las mismas revoluciones.

—Y bueno, ¿qué clase de fiesta era esa en la que coincidisteis?

—De nuestro Querido Propietario. Sir Jamie. Una de sus fiestas de cumpleaños.

—¿Qué? ¿Es que tiene más de una, como la reina? ¿Un cumpleaños oficial y el de verdad? ¿De qué va?

—Solo celebra un cumpleaños, pero muchas fiestas. Creo que yo he ido a la segunda velada más exclusiva.

Nos paramos a causa de un autobús que cargaba pasajeros en una parada, por un lado, y el tráfico que venía en sentido contrario, por el otro. De hecho, quedaba un hueco considerable en el que podrías haberte metido sin problemas con un coche normal, o incluso con una furgoneta Transit (el Landy se habría colado con las dos portezuelas abiertas), pero probablemente Ed acertaba pecando de exceso de precaución, sobre todo porque el coche llevaba el volante a la izquierda. Detrás se oyó un bocinazo.

—Hostia, Ed —dije mirando la parte posterior del autobús a nuestra izquierda y el exceso de capó del Hummer—. Este trasto es más ancho que un autobús londinense.

—Sí. Rudo, ¿eh?

—¿Rudo?

—Ajá. Perverso, ¿verdad?

Di una palmada en el túnel de transmisión. Era una caja alta forrada de piel negra situada entre Ed y yo del tamaño aproximado de una nevera con congelador; me hubiese creído que llevaba un Mini debajo. Si Ed hubiese sido más bajo habría tenido que levantarme del asiento para asegurarme de que iba sentado al volante.

—¿De qué coño vas con ese dialecto de mierda?

—¿Qué? —preguntó Ed con inocencia.

Seguíamos sin avanzar. Se oyó otra vez el bocinazo de detrás. No sabía quién lo tocaba, pero era un valiente. Si yo me hubiera quedado atascado detrás de un Hummer no lo habría hecho; habría tenido demasiado miedo a que el cabrón metiera la marcha atrás y me pasara por encima.

—Si rudo significa bueno —dije indignado— y perverso es bueno, entonces malo significa bueno. A ver, me doy cuenta de que aquí influyen el esclavismo y siglos de opresión, pero ¿tienes que cargárselo al idioma?

—No, tío —contestó Ed avanzando por fin cuando el autobús arrancó—. Profundizas tanto en el concepto, en el significado, que sales por el otro lado. ¿Me explico?

Le miré.

—¿Qué? —preguntó.

—Culpa mía —dije agitando una mano y mirando a lo lejos— Mira que soy tonto. Ni siquiera me había dado cuenta de que los significados tienen lados por los que se puede salir. Me está bien empleado por prescindir de la educación universitaria. Así aprenderé. O no, como es el caso.

—De eso trata el lenguaje, ¿no? De comunicación.

—Y que lo digas. Pero si la gente hace que las palabras signifiquen lo contrario a…

—Pero todo el mundo entiende lo que quieren decir en realidad, ¿no?

—¿Ah, sí?

—Claro que sí. Es cuestión del contexto, ¿no?

—Un momento, la primera vez que alguien dijo malo cuando quería decir bueno, ¿cómo coño iban a saber lo que quería decir?

Ed lo pensó.

—Bien —dijo—. Tal como yo lo veo, la cosa fue así. Un tipo está trabajándose a una piba, ¿estamos? Y la tía es un poco tímida, ¿vale?, como si no quisiera parecer demasiado ansiosa aunque en realidad tiene ganas, ¿no? Y entonces dice: «Ay, qué perverso eres». O algo. A lo mejor el tipo ha estado contándole todas las cosas que le gustaría hacerle y ella se ha estado haciendo la estrecha cuando en realidad está cada vez más mojada, ¿vale? El tipo la está poniendo cachonda. Pero ella le llama perverso y sonríe y los dos saben lo que significa, ¿lo ves? Así que esa fue la primera vez que alguien dijo que perverso es bueno; brillante, pues adelante. Después, como por extensión, ¿me pillas?, la gente empieza a usar otras palabras que son lo contrario de lo que quieren decir, como rudo por guapo y malo por bueno porque en realidad no es como si hubiera mucha diferencia con esa primera vez que usaron perverso y todo esto pasa porque la comunidad negra, aquí o en Estados Unidos, bueno, los hermanos no tienen muchas otras cosas propias. Podemos ser boxeadores o músicos y eso, pero todas las demás… eh… formas de expresión nos están vedadas, así que os jodemos el idioma. Yo creo que fue así. Probablemente.

Me quedé mirándolo.

—Es posible que entre ese montón de sandeces haya algo de verdad —admití. Ed se rió espasmódicamente— Pero sigues sin explicarme cómo puedes salir por el otro lado de un significado lexicológico aceptado de un término claro y nada ambiguo como «malo».

—Como las botellas de Kline, ¿no?

—¿Como qué?

—Las botellas de Kline. Son como botellas cuadrimensionales que solo existen en el ciberespacio, tío.

—¿Qué cojones tiene eso que ver?

—Mi vieja me hizo un sombrero con forma de botella de Kline cuando era crío.

—¿Vas colocado?

—Ji, ji, ji. No, pero, oye, la boca de una botella de Kline se tuerce sobre sí misma y regresa dentro de la botella, ¿no?

—Tal vez te sorprenda, y desde luego a mí me tiene desconcertado, pero más o menos sé de qué me hablas.

—Bueno, pues como el significado que estábamos hablando antes, ¿no? Sale de sí mismo y luego regresa. Claro como el agua, diría yo. Es que no atiendes, Ken.

Me quedé sin palabras. Al final me recuperé lo suficiente para hablar:

—¿De verdad tenías un sombrero con forma de botella de Kline, locazo? ¿O eso me lo he imaginado?

—Mi mamá seguía un curso de la universidad a distancia, ¿vale? Geometría y eso. Así que decidió hacerme una botella de Kline de punto y le salió una especie de gorro a lo Bob Marley. Un puto desastre. Además, una vez me obligó a llevarlo al cole porque estaba muy orgullosa del gorro; me acompañó a la puerta del cole y todo para que no lo perdiera por casualidad.

—Confío en que tus colegas hicieran lo que hay que hacer y te dieran una buena.

—¡Ja! Sí, eso también. —Ed cabeceó con una expresión nostálgica y feliz en la cara—. Desde entonces detesto las mates.

Permanecimos en silencio un minuto o así. Luego dije:

—Oye, acabamos de pasar junto a un coche de la pasma sin que te haga parar.

—Porque se han imaginado que conducías tú.

—Claro; hombre blanco al volante en el asiento derecho. Suficiente para engañar al pasma medio, te lo garantizo.

— ’Xacto. ¿Por qué crees que me he ofrecido a llevarte en coche?

—¡Cabrón! ¡Me estás explotando!

—Ji, ji, ji.

4. EN AUSENCIA DE ESA PEQUEÑA COINCIDENCIA DE CARACTERES

—No, no; estoy a favor de que haya muchas más cámaras de circuito cerrado. Deberían estar por todos lados, y sobre todo en las comisarías.

Craig, que liaba un porro en la mesa de la cocina, suspiró.

—Lo digo en serio —le aseguré—. ¿Cultura de cantina? Parece interesante. Veamos. Cobertura total; incluso en los lavabos. Se acabó eso de negros o asiáticos atizándose en los lavabos, estrangulándose y dándose cabezazos y echándole después la culpa a nuestros acérrimos defensores de la decencia.

—Las escaleras —sugirió Craig—. No te olvides de las escaleras.

—Hostia, sí, las escaleras; hará falta que Sky ofrezca una buena cobertura de la liga desde las escaleras; como mínimo arriba y abajo del todo. Con la opción, muy importante, de la cámara subjetiva, naturalmente, la Cámara del Jugador.

—Cámara del Prisionero.

—Cámara del Sospechoso. Cámara del Preso. —Asentí vigorosamente, con la intensa concentración en los detalles totalmente triviales del que va colocado hasta los huesos—. Cámara Criminal.

—Plim, plan, bim, ban —resolló Craig entre risas.

—¿Qué?

—¿Todavía no tienes Sky? —preguntó Craig, levantando el porro para lamer el papel de fumar.

—¿Has dicho en serio…? En fin, da igual. ¿Qué? ¿Sky? De ninguna manera —repuse con vehemencia—. No pienso darle al mierda ese del tal Murdoch ni un duro de… la guita que tan poco me cuesta ganar.

Me había mudado al Bella del templo el año anterior. El barco llevaba deshabitado muchos años, de modo que solo tenía televisión normal y Craig intentaba convencerme de que instalara Sky TV desde la mudanza.

—Ya —musitó Craig—. supongo que para un seguidor del Clydebank no tiene sentido.

—Que te jodan. Huno.

Craig y yo teníamos el desagradable pero reconfortante hábito de retomar nuestro estereotipo cultural del Macho Escocés de la costa Oeste cuando nos veíamos, de ahí que charláramos de fútbol. Craig era un nariz azul, un huno, un fan de los Rangers. Casi su único defecto, en realidad; a menos que le tuvieras en cuenta su participación en un matrimonio largo y tormentoso (y en virtud de la solidaridad masculina y del estereotipo cultural mencionado anteriormente, a ese respecto estaba obligado a echarle casi toda la culpa a Emma sin más consideraciones).

Era principios de mayo de 2001, un par de semanas después de la fiesta de sir Jamie en su apartamento molón de lo alto de la Limehouse Tower. Estábamos sentados en la cocina de la casa familiar de Highgate, una elegante casa adosada de tres plantas con un gran invernadero y una amplia zona cubierta en el jardín. Para entonces Emma tenía su propia casa, un piso con jardín en una planta baja a un par de calles de allí. Nikki vivía con Craig pero pasaba alguna que otra noche en casa de Emma. Solían ser las noches en que yo visitaba a Craig y teníamos la oportunidad de liberar al adolescente que Craig —padre y marido a los dieciocho— había abandonado de modo demasiado repentino y yo —disoluto, todavía solo pero con compromisos varios a los treinta y cinco— nunca había acabado de sacarme de encima.

De manera que escuchábamos música, nos fumábamos unos porros, bebíamos cerveza —o vino, cada vez más— y charlábamos de mujeres y, por supuesto, de fútbol. Para mi desgracia yo era, al menos en teoría, hincha del Clydebank (podría haber sido peor; podría haber sido aficionado del Dumbarton). El Clyde era el club más cercano al lugar donde me crié, en las remilgadas calles de la soleada Helensburg con sus vistas al sur; una ciudad demasiado de clase media para tener algo tan proletario como un equipo de fútbol propio. Por otra parte, el club de rugby ejercía de centro social casi a la par con el club de golf. Clyde es uno de esos equipos al menos un nivel por debajo de los grandes clubes escoceses que se encuentran otro nivel por debajo de los dos grandes, Celtic y Rangers. Craig había heredado su bufanda de los Rangers de su padre. Eran unos hunos pijos; no eran fanáticos ni anticatólicos, pero estaban totalmente comprometidos con su equipo.

—Ser de un equipo como el Clydebank tiene sus compensaciones —le dije a Craig al tiempo que encendía el porro y expulsaba el humo en la cocina a oscuras.

De pronto tuve una visión de Nikki al día siguiente, olisqueando el aire y abriendo las ventanas de la cocina y el invernadero adyacente. «¡Papá!» Aunque en estos tiempos diría: «¡Craig!».

—¿Compensaciones? —preguntó Craig llevándose la mano libre a la oreja—. ¡Escucha! ¿Es ese el sonido de alguien aferrándose a la última esperanza? ¡Vaya que si lo es! —Me limité a mirarle. De hecho lo que oía era Moby haciéndose el interesante y el profundo en la minicadena de la cocina—. ¿Qué compensaciones? ¿Tener que viajar hasta Cappielow para ver los partidos que jugáis en casa o visitar East Fife?

—No —contesté obviando los insultos—. Quiero decir que te prepara para la vida de hincha del equipo nacional.

—¿Que qué? —dijo Craig, como si por un momento fuera londinense.

—Piénsalo —le dije aceptando el porro—. Gracias. Si eres de un equipo como el Clydebank te acostumbras a las decepciones… —Hice una pausa para darle una calada al porro y seguí hablando entre nubes de humo—. La carrera truncada por la copa, los buenos jugadores (los rarísimos jugadores buenos de verdad) que se venden antes de que tengan oportunidad de hacer algo por el club más que poner en evidencia que el resto del equipo son unos pobres paletos, la angustia de mitad de temporada a medida que se hunden entre las posiciones inferiores de la liga, incluso, a largo plazo, los ascensos ocasionales de los que sabes que probablemente acabarán en descenso al año siguiente; sencillamente las aburridas y evidentes demostraciones de ineptitud futbolística mientras estás sentado congelándote durante dos horas consciente de que has apoquinado veinte libras por ver a dos pandillas de palurdos correteando por un campo enlodado dándose patadas unos a otros o, por lo que se ve, compitiendo a ver quién lanza la pelota más alta fuera del campo de juego mientras los tipos que te rodean insultan y descalifican a pleno pulmón a su propio equipo y a los demás hinchas. —Di otra calada honda y le devolví el porro.

—Ah, un gran deporte —convino Craig fingiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Y así, cuando toca animar al equipo nacional escocés, estás plenamente preparado para los resultados negativos, las desilusiones, las frustraciones, las decepciones y en general para toda la gama de desesperaciones que conlleva y que son el resultado natural de apoyar a nuestros valientes pero por lo general anodinos Bravehearts. Te has inoculado contra semejante desilusión a lo largo de tu vida de hincha; es la clase de porquería que estás acostumbrado a ver y aguantar cada semana o quincena de las tres estaciones de lluvia. Sencillamente elevas ligeramente las expectativas, ya maltratadas y listas para desplomarse, y punto. En cambio, vosotros —dije aceptándole el canuto—. Vosotros —repetí tras una profunda calada—, con vuestras espléndidas nueve ligas seguidas y vuestros jugadores con Ferrari y vuestros cuarenta y cinco mil seguidores que acuden al campo cada vez que jugáis en casa y vuestra experiencia europea… vosotros os acostumbráis al éxito. Os sentís engañados si 110 hay platería nueva en la sala de… sí, tenéis una sala de trofeos; nosotros tenemos una vitrina.

—Vacía en la actualidad, si no me falla la memoria. Gracias.

—Que te jodan. Empezáis a lloriquear si no sois los primeros de algo al final de temporada. Nosotros nos contentamos con que nuestro equipo siga existiendo y ningún cabrón haya vendido el campo a escondidas a una franquicia nueva de B Q. La cuestión es que acabáis totalmente condicionados por la victoria, por ganar, y cuando apoyáis a la bella Escocia, por obligación genética y constitucional, no asumís el hecho de que, en esencia, son una mierda.

—No somos una mierda —protestó Craig a la defensiva.

—Bueno, no un cagarro total y absoluto, pero tampoco mucho mejores de lo que debe ser el equipo de un país de seis millones de habitantes. De manera que de pronto os encontráis en situación de inferioridad, tenéis que enfrentaros al hecho…

—Vale, vale —interrumpió Craig sacándose los mocasines de un par de patadas y apoyando los pies en la mesa artesana—. Lo he captado. Acabas refugiándote en cuestiones periféricas como tener unos hinchas educados.

—Más educados que esos asquerosos, gamberros y xenófobos hinchas ingleses, desde luego, lo cual conforma el subtexto implícito del «¿acaso no somos fantásticos?» que caracteriza el orgullo caledonio.

—Borrachos pero amistosos.

—Inofensivos.

—Más o menos como el equipo.

—Exacto.

—Lo importante es el espectáculo —musitó Craig con un deje triste y estirándose para pasarme el porro.

—Es el equivalente nacional de las esperanzas locas a las que te aferras al nivel de la liga con equipos como el Clydebank: la gente que aplaude con espíritu deportivo, una fugaz muestra de habilidad cuando alguien en el campo acierta por casualidad a hacer lo que pretendía, la mezcla de orgullo y resentimiento cuando un jugador vendido a un equipo grande tres temporadas atrás marca tres goles seguidos en la Premier inglesa.

Di una calada al porro hasta acabarlo y lo apagué en el cenicero junto al que nos habíamos fumado antes. El chili casero de Craig. Cogí el vino.

—Ya, pero cuando ganas… —dijo Craig recostándose en la silla y colocándose las manos detrás de la nuca—, vale la pena. Incluso un hincha de unos perdedores como tú tiene que haber oído hablar de eso, no sé, de boca de los seguidores de otros equipos.

También pasé ese comentario por alto.

—¿Seguro? Francamente, empiezo a dudarlo.

Craig parpadeó detrás de sus gafas a lo Trotski.

—¿Cómo? ¿Que ganar no es divertido?

—No, lo que digo es que empiezo a cansarme de toda esta historia del fútbol.

Craig ahogó un grito y contestó:

—Lávate la boca con salsa Bovril, bastardo blasfemo.

—¿Tú no estás cansado? En serio. Empiezo a saturarme del juego ese de la puñeta, y eso que no tengo Sky. Hay demasiado fútbol.

Craig se tapó los oídos con las manos.

—Estás empezando a asustarme. Fingiré que no estás aquí hasta que dejes de decir maldades y cosas horripilantes.

—Se me ha ocurrido una cosa.

—No te oigo.

—La Copa del Mundo.

Craig comenzó a tararear con la boca cerrada. Alcé la voz por encima de sus zumbidos y de Moby, que seguía canturreando taciturno en algún lugar dentro de los delicados mecanismos del equipo Sony.

—La Copa del Mundo —repetí—. Dura demasiado —grité—. Tengo una idea para que todo ese follón exagerado acabe en un día. En realidad, es aplicable a cualquier otra competición.

—La, la, la-la-la…

—¿Cuál es la mejor parte del final, la más emocionante, la más intensa, la que hace que te muerdas las uñas? —bramé. Puse los brazos en cruz—. ¡La tanda de penaltis!

Craig parecía a punto de estallar. Se sacó las manos de las orejas y dijo:

—No estarás sugiriendo…

—¡Sí! Te cargas los noventa minutos de partido, te saltas la media hora de prórroga y pasas directamente al lanzamiento de penaltis sin tener que andar primero corriendo por ahí, jadeando y tirándose de cabeza. Máxima intensidad desde el pitido inicial de la primera parte hasta el último momento, ese caer de rodillas con la cara entre las manos y saltos y puños al aire que manda el trofeo Jules Rimet de vuelta a Luxemburgo, que es donde tiene que estar.

—Eres un pagano cabrón solo por haberlo pensado.

—A los yanquis les encantaría. Las cadenas de televisión tendrían por fin un formato de fútbol en el que podrían colar anuncios cada tres o cuatro minutos. No se ofendería al lapso de atención del ciudadano medio de Peoria, Illinois.

—El lanzamiento de penaltis es una desgraciada parodia del mejor deporte del mundo —repuso Craig con dignidad—. Lanzar una moneda al aire sería más honorable; al menos se admite que es pura suerte.

—Habló el miembro de la Federación Escocesa de Fútbol. Estoy hablando del futuro, huno reaccionario de los cojones. O te pones al día o te pasas al shinty, ludita.

Craig daba toda la impresión de no estar escuchando. Tenía la vista fija en la minicadena, donde el Play de Moby estaba a punto de acabar.

—Moby —dijo mirándome.

—¿Qué le pasa?

—¿No crees que se parece un poco a Fabien Barthes?

Más tarde en el salón, sentados juntos en el sofá, esperando mi taxi, compartiendo un último porro y un par de copas de Bin 128:

—Emma dice que nunca hablamos de nada importante.

—¿Sí? —pregunté.

—Sí. Es la razón número trescientos siete de su lista de «Razones por las que Craig es un mierda».

—Bueno, si quiere hablar contigo de cosas supuestamente importantes. …

—No, no, no, ella conmigo no. Se refiere a ti y a mí.

Le miré.

—¿A qué se refiere?

—Creo que quiere decir que no cotilleamos.

—Ah, ¿quieres decir que hablamos de cosas que a nosotros nos parecen importantes como el fútbol, el sexo y la política pero no de, por ejemplo, las relaciones?

—Algo así —dijo Craig rascándose la cabeza—. Después de vernos me pregunta por tus padres, por tu hermano o por Jo, y acabo encogiéndome de hombros y contestando que yo qué sé.

—Ah, bueno.

—Así que, ¿cómo están tus padres, tu hermano y tu novia, Ken?

—Todos bien, gracias, Craig.

—Gracias. Informaré a mi mujer, de la que ahora estoy separado, la próxima vez que la vea.

—Y Emma, ¿qué tal? ¿Tú cómo estás?

¿Por qué me sentía culpable cada vez que preguntaba por Emma? Era una amiga, Craig siempre la había querido mucho y siempre la querría, y solo habíamos pasado juntos una noche de borrachera que ambos lamentábamos profundamente y deseábamos que nunca hubiera ocurrido, de modo que ¿por qué me sentía un traidor cuando la mencionaba delante de Craig?

—Ah, vamos tirando —suspiró Craig—. Acabados, creo, pero tirando. ¿Y tú? ¿Todavía sigues con Jo?

—Ajá.

—¿No te ves con nadie más?

—En realidad no. Bueno… —Hice una mueca.

—Así que continúas tanteando el terreno, ¿eh? —repuso Craig con una sonrisa indulgente.

Me retorcí un poco, incómodo.

—No tanteo el terreno, más bien hago algún que otro lanzamiento desde detrás de los setos de vez en cuando para…

—Devolver la pelota.

—Pensaba más bien en analogías de siembras y arados, pero también puede decirse así —concedí.

Craig apartó la vista, pensativo.

—Creo que debería haberme dedicado un poco más a esos menesteres.

—Que tienes treinta y cinco años, hombre. Estás en la flor de la vida. Por Dios. Todavía no has llegado al estadio de las pantuflas y la pipa.

—Ya, pero la mayoría de mis amigos están casados. Y trabajo en casa; no puedo ligar junto a la máquina de café o la fotocopiadora.

—¿Qué tal el trabajo? ¿Has diseñado alguna web buena últimamente?

Gruñó.

—No preguntes. Me he pasado el día entero purgando los ordenadores con antivirus. Un mierdecilla de la Khazaktavia exterior con un puto Sinclair Spectrum. ¿Y tú?

—A un locutor radiofónico no se le pregunta por el trabajo —le dije en tono cansino—. Se supone que eres tú el que tiene que contarme que cada programa diario que escuchas es mejor que el anterior. —Le miré—. Todavía no le has cogido el tranquillo a la cosa esta de la «amistad», ¿no?

—¿Para qué coño voy a escucharte? —La luz rubí de una lámpara de lava postirónica de segunda generación se reflejó en sus gafas y su cráneo afeitado desde un estante situado detrás de él—. Si mañana estuviera lo bastante desesperado…

—¿Qué quieres decir con «si», desleal ex supuesto mejor amigo (abro comillas) escocés (cierro comillas)?

—… todo lo que oiría —continuó Craig— sería lo mismo que acabo de escuchar esta noche.

—¿Qué? —chillé.

—Mírame a los ojos, sinvergüenza mentiroso y taimado, y dime que no regurgitarás toda esa tontería de que seguir equipos de mierda es mejor preparación para apoyar a los equipos nacionales malos que seguir a los buenos, o esa chorrada sin sentido de una Copa del Mundo compuesta por completo de una serie de tandas de penaltis. Es que eres de escándalo.

Me quedé mirándolo un rato.

—Un golpe justo —admití con voz ronca.

—Debería reclamar derechos de autor. Un salario.

—¿De verdad nunca oyes el programa?

Craig soltó una risotada.

—Claro que lo escucho. Hasta que los anuncios me atacan los nervios. Pero sé que reciclas las cosas de las que hemos estado charlando.

—Lo sé. ¿Debería mencionarte? ¿Nombrarte en los créditos? ¿Enrolarte en el esquema de Sanitas de Capital Live!?

—Ya te he dicho que con un cheque regular basta.

—Vete a la mierda.

Suspiró.

—En fin.

—Bueno, no te quedes aquí sentado compadeciéndote…

—No me compadezco.

—Ni deberías. Tienes una buena carrera, satisfactoria, has criado una hija lista y guapa y eres el amigo afortunado de al menos un personaje muerto realmente famoso, yo. A ver, ¿qué más se puede pedir?

—¿Más sexo?

—Estaría bien. Mira, sal ahí fuera y empieza a tratar a gente. Conoce mujeres. Sal conmigo. Saldremos de discotecas.

—Ya, puede.

—No, puede, no; decidido. Hagámoslo.

—Llámame. Convénceme cuando esté sobrio y no esté taciturno.

—¿Ahora estás taciturno?

—Un poco. Me encanta mi trabajo, pero a veces pienso que no es más que papel pintado electrónico y que no tiene sentido. Y Nikki es brillante pero también pienso que algún cabrón hijo de puta le va a hacer mucho daño… O sea, ya sé que parezco del paleolítico, pero ni siquiera me gusta pensar que practica el sexo.

—No. Mierda, a mí sí.

—Hombre, Ken —dijo Craig meneando la cabeza—. Incluso para ser tú…

—Perdona, perdona —me excusé de corazón.

Llamaron a la puerta.

—Bien. Ahora saca el culo de mi casa, pedazo de tarta penenosa…

—¿Penenosa?

—Venenosa.

—Vale, vale —dije levantándome de un salto y dándole una palmada en una rodilla—. ¿La semana que viene a la misma hora?

—Es probable. Buen viaje de vuelta al palacio de la ginebra.

Me detuve en el umbral, chasqueé los dedos y dije:

—Oh, no lo he mencionado.

—¿El qué? —preguntó Craig con recelo.

—Mi tórrido lío homosexual con Lachlan Murdoch.

—¿Eh?

—Sí y curiosamente he empezado a escribir para uno de los tabloides de su padre.

Craig cerró los ojos.

—Pasémoslo por alto, ¿vale? —Suspiró.

—Pensé que debías saberlo, por fin «me he metido» en el emporio Murdoch. Je, je.

—Joder.

—¡Nos vemos!

—Sí, explica eso en la radio, señor Graciosillo.

—Ha sido una exclusiva para ti, cielo. Hasta la semana que viene.

—Sí, sí…

La primera vez que besé a Celia, la noche de la tormenta, no fuimos más allá. Fue un beso fabuloso, con su cuerpo cálido y prieto contra el mío y su boca suave y su lengua pequeña y dura bailando dentro de mi boca como una llamita de músculo húmedo, pero no hubo más. Ni siquiera me dio su dirección ni su teléfono ni nada. Por entonces, claro, yo todavía no sabía quién era su marido, solo que parecía algo psicótico (cosa que, sabe Dios, debería haberme bastado). Me preocupaba que pese a la solemnidad previa Celia estuviera quedándose conmigo, que fuera una tomadura de pelo extrañamente seria. Pero dijo que se mantendría en contacto conmigo. Debía regresar a la fiesta porque estaba a punto de pasar un coche a recogerla.

Otro beso largo e insoportablemente sexy, durante el que me permitió recorrerle todo el cuerpo con las manos, y luego desapareció dentro de la habitación. Yo me quedé bajo la lluvia y el viento, empalmado como una secuoya gigante, dejando transcurrir un intervalo decoroso y, por una vez, deseando fumar porque parecía el momento adecuado para hacerlo. Después —previa visita al megalavabo para secarme la cara y peinarme—, regresé a la fiesta.

Celia ya se había marchado.

Durante semanas, no pasó nada. La vida continuó, se sucedieron las tonterías de siempre (visitas al dentista, roces con la dirección de la emisora, un par de almuerzos alcohólicos y coquetos con la encantadora Amy, un concierto en Brighton con Ed, que rematamos bañándonos desnudos al amanecer con dos chicas argentinas). Jo y yo asistimos a fiestas y vimos películas, nos drogamos y fuimos a discotecas, practicamos sexo divertido de vez en cuando y decidí que Celia era simplemente una de esas historias que nunca llegan a cuajar: un pequeño oasis de extrañeza, encanto y drama de alto nivel en una existencia que para empezar nunca anduvo corta de esas cosas. De todos modos, la mujer era la chica de un gángster. Peor aún, su esposa. Trabajar al límite, arriesgar y todas esas sandeces estaban muy bien, y no había mentido descaradamente al decirle a Celia que no me preocupaban, aunque no era ningún suicida. La vida era demasiado corta para no vivirla al máximo, pero Celia tenía razón al recordarme que ciertos comportamientos pueden acortarla de manera espectacular.

Entonces, un miércoles nublado de mediados de mayo, pasado ya más de un mes, llegó un mensajero con un sobre fino y acolchado justo al acabar el programa. Dentro había una llave de hotel de plástico gris. En ese momento me encontraba en el pasillo de camino al despacho; miré dentro del sobre pero no encontré nada más; lo zarandeé bocabajo y nada. Miré en el pasillo sin parar de andar por si se me había caído algo. Nada. La llave no indicaba el número de habitación ni el hotel. Nunca lo hacen.

Me la guardé en el bolsillo e inspeccioné el sobre en busca del nombre del remitente, preguntándome si podría contactar con quienquiera que me hubiera enviado el sobre.

El móvil sonó en cuanto lo volví a conectar. La pantalla indicaba «Desconocido».

—¿Diga? —contesté.

—¿Kenneth? —preguntó una voz femenina.

—Ken Nott, sí.

—¿Podemos hablar?

—Sí. —Me detuve junto a la puerta del despacho. Dentro se oía a Phil y Andi, su ayudante, charlando y riendo—. ¿Quién es?

—Nos conocimos en la terraza hará unas cinco semanas, ¿te acuerdas? Por favor, no pronuncies mi nombre, pero ¿me recuerdas?

—Ah. Bueno, sí. Sí, por supuesto. ¿Qué tal?

—¿Todavía…? No estoy segura de qué decir. ¿Deseas proceder? Es muy poco romántico, lo siento.

—Ah —dije, con la vista clavada en la moqueta a mis pies—. He descubierto, eh, quién es la otra mitad.

—De modo que no quieres. Comprendo. Lo siento. He sido una estúpida. Por favor, deshazte de…

—Bueno, no, espera.

—¿Has recibido lo que te he enviado?

—¿Del tamaño de una tarjeta de crédito? ¿Nada más?

—Correcto.

—Sí. ¿De dónde es?

—El Dorchester. Seis cero siete. Es solo que… Me habría gustado volver a verte.

No sé. Fue algo en la manera en que lo dijo. Tragué y pregunté:

—¿Estás ahí?

—Sí.

Consulté el reloj de pulsera.

—Tengo que arreglar un par de cosas. ¿Dentro de media hora?

—Tenemos toda la tarde, más o menos hasta las seis.

—Vale, pues nos vemos.

—Dos cosas.

—¿Qué?

—No puedes dejarme ninguna señal. Nada.

—Claro, lo comprendo.

—Además…

—¿Qué?

—Solo esta vez ¿podrías estar callado?

—¿Callado?

—Completamente. Desde que llegues hasta que te vayas.

—Es un poco raro.

—Es… una superstición privada, supongo que tú lo llamarías así. Sé que para ti no tiene sentido. Pero me gustaría que me concedieras eso.

—Un momento —dije, al borde de la risa—. ¿Es que han pinchado el dormitorio?

—No. —La oí sonreír. Una pausa—. ¿Lo harás por mí? ¿Solo esta vez?

—¿Y si me niego?

—Si no me concedes esto y seguimos adelante pensaré que esto acabará mal para los dos. No sé qué creerías tú, Kenneth.

Pensé en ello un momento.

—De acuerdo.

—Entonces hasta dentro de media hora. Te esperaré.

—Hasta pronto.

—Sí.

Colgó.

La habitación 607 del Dorchester era una suite. Titubeé ante la puerta. Estaba sudando. Básicamente porque había ido a pie desde Capital Live! Los asuntos que había pensado que tenía que arreglar resultaron nimiedades o podían posponerse perfectamente al día siguiente, de manera que me había despedido —el programa del día siguiente estaba casi listo— y me había ido. Hacía calor y el aire de mayo era húmedo y denso.

El paseo me dio tiempo para pensar. ¿Estaba actuando con sensatez? Bueno, no había ni que responder. Desde un punto de vista objetivo, sabiendo de quién era esposa la mujer que, así lo esperaba, estaba a punto de follarme, me estaba comportando como un masoquista con deseos de morir. O no, claro; quizá Celia hubiera exagerado la noche que estuvimos en la terraza de la habitación de sir Jamie. Quizá lo hubiera dramatizado porque así satisfacía alguna necesidad de misterio y a su marido le importaba un comino lo que hiciera y con quién lo hiciera.

Toqueteé la delgada tarjeta de plástico del bolsillo. Toda la intriga misteriosa alrededor de la llave resultaba vagamente divertida y tranquilizadora o, por el contrario, de lo más preocupante. ¿Qué estaba haciendo? Es un gángster, tío. Todos nos tranquilizamos considerándonos especiales, pero ¿alguien era tan especial, existía alguien tan extraordinario que valiera la pena correr el riesgo que tal vez estaba asumiendo yo en ese momento?

Por supuesto, la gente ha corrido riesgos de locura por sexo, lujuria y amor desde que el mundo es mundo. Se han declarado guerras por lo que, siendo inmisericorde, podría calificarse de simples frotamientos superficiales. Se han reescrito libros sagrados, se han modificado las leyes divinas para poder poseer las curvas anheladas. El deseo es el ambiguo cumplido del que la humanidad no puede renegar. Es la vida, así somos. No podemos evitarlo.

Visto uno, vistos todos, me dije. Pero por otra parte, claro, eso era una gilipollez. Los sexistas recurrían a esa frase igual que los racistas decían: «A mí todos me parecen el mismo». Ambas eran confesiones de ineptitudes personales, de la incapacidad de ver.

Metí la tarjeta y entré en un vestíbulo a oscuras iluminado únicamente, una vez hube cerrado la puerta, por la luz que llegaba desde el cuarto de baño situado en el otro extremo de la suite. Hacía mucho calor, tuve que quitarme la chaqueta. En una mesilla en frente de mí, un enorme ramo de flores inundaba el aire de un aroma dulzón. Había dos puertas grandes, a derecha e izquierda, ambas entreabiertas, ambas dando paso a habitaciones a oscuras. De una y otra dirección solo llegaba el ruido ambiente de la ciudad, muy amortiguado. La primera puerta daba a una sala de estar con cortinas oscuras de drapeados altos hasta el techo y gruesos como moquetas que contenían el sol de la tarde. Un poco eduardiano, pero de una suntuosidad adecuada. La otra puerta conducía al dormitorio.

Todo ese tiempo había habido una luz encendida en el dormitorio. Celia estaba sentada a un escritorio de tapa corredera al fondo del cuarto, leyendo a la luz de una lámpara. Iba envuelta en un albornoz blanco demasiado grande para ella. Su pelo castaño dorado caía suelto hasta casi tocar el asiento. Se giró al oír que se abría la puerta. Llevaba unas gafitas redondas. En el dormitorio hacía aún más calor; un conducto de ventilación zumbaba suavemente en el techo, generando una bocanada de calor tropical que al momento empezó a secarme el sudor de la nuca y despeinarme.

Celia se llevó un dedo a los labios. El corazón me latía con fuerza; casi esperaba que aparecieran del armario varios matones musculosos con el cuello de cuarenta y cinco centímetros de diámetro, me aporrearan en la cabeza, me amordazaran con cinta aislante y me metieran en una bolsa para cadáveres… aunque por la impresión que daba la habitación a la tenue luz de la lamparilla, aquel lugar era demasiado pijo para tener armarios; en su lugar habría un vestidor. Me quedé de pie pasando calor y preguntándome hasta qué punto querría Celia que yo tomara la iniciativa; qué grado de iniciativa quería tomar yo. Todo ese asunto del acuerdo de silencio —o al menos mi consentimiento— había situado la pelota en el campo de Celia. En un rincón de la habitación esperaba la cúpula de un carrito de elegantes destellos. En una mesa baja, delante de una ingente muestra de azucenas, había una botella de champán en hielo y dos copas. El aroma de las flores saturaba el aire cálido como la sangre.

Celia cerró el libro, se quitó las gafas, se levantó y se acercó a mí, poniéndose de puntillas con su último paso para besarme igual que la noche de la tormenta. Olía a musgo y rosas. Le solté el grueso cinturón del albornoz con ambas manos y abrí la prenda. Tenía la piel suave y cálida, más cálida incluso que el sobrecalentado aire de la habitación. La aparté un poco para contemplarla. Dejó caer el albornoz.

Los ojos casi se me salieron de las órbitas y respiré hondo al ver por primera vez la extraña marca retorcida de su cicatriz. Creo que estaba a punto de exclamar «Dios mío» cuando Celia se me anticipó y me tapó delicadamente la boca con la mano, haciéndome callar mientras yo seguía con la vista fija en aquella tracería de líneas marrón oscuro. Permaneció quieta en medio de la espiral blanca y reluciente del albornoz caído dejándome inspeccionar la huella como de helecho, levantando los brazos y recogiéndose el pelo para que la viera mejor, mostrándose en silencio.

Nos lanzamos a nuestra causa común sobre una vasta cama con dosel. Dejé que me desvistiera, con una urgencia en las manos y la expresión que no me estaba permitido comentar. Mientras, le acaricié el pelo, arando su fértil densidad con los dedos. Su cuerpo era la cosa más sensual que había visto en la vida, de miembros delgados pero de redonda musculatura y una cintura minúscula. Sus areolas y pezones eran rosados, algo inesperado en una piel acaramelada cuyo tono —salvo por el dibujo tallado por el rayo que descendía por el flanco izquierdo— no variaba en ninguna parte, solo muy levemente en las palmas de las manos y las plantas de los pies. Su vello púbico era más oscuro que el de la cabeza, de una suavidad sorprendente pero muy rizado. Me quitó los vaqueros. La punta de mi polla sobresalía por el borde de mis Calvin Klein, morada y de aspecto lustroso entre el algodón gris y el tono pastoso de mi piel escocesa irremediablemente pálida. Siempre había pensado que el espectáculo resultaba un poco burdo —las erecciones solían serlo, en una u otra circunstancia— pero Celia sonrió al verla, como si fueran ya viejas amigas, y me quitó los calzoncillos.

Imité el gesto de ponerme un condón y señalé mi chaqueta, colgada de una silla. Celia negó con la cabeza. Arqueé las cejas y moví levemente la cabeza en un gesto que intentaba traducir adecuadamente: «¿Estás segura?». Asintió con énfasis.

Bien, vale, pensé, y me volvió a besar.

La deseaba muchísimo, de inmediato, pero decidí tomar un poco el mando y la tumbé de espaldas. Quería verla, experimentar cada parte de ella con todos los sentidos que lograra concentrar. Me arrodillé entre sus piernas, agarrándole las pequeñas nalgas con las manos y levantándola. Su vagina era rosada como los pezones, flanqueada por los carnosos pliegues gris rosáceo de los labios, frondosos y rizados y más altos en el minúsculo aro que ocultaba el botón regordete y brillante del clítoris. El coño le olía a talco, sabía a sal dulce. Hundí en ella lengua y labios, presionando y avanzando como un sabueso en busca de trufas mientras frotaba y apretaba el minúsculo rosetón de su ano con un pulgar, escuchando acelerarse su respiración, con la impresión de que el calor envolvente de Celia me incendiaría la boca.

Penetrarla fue un proceso lento, gradual, casi titubeante, justo lo contrario de lo que creo que ambos esperábamos. Me descubrí temblando, sacudiéndome como un adolescente en su primera vez, con la boca seca de repente y las lágrimas —¡lágrimas!— inundándome los ojos. Celia yacía sobre su pelo, con la cabeza ladeada de cara a la oscuridad y el tendón lateral de la garganta tenso, como una columna resaltada, con los brazos abiertos sobre la cama y los dedos aferrando, atrapando, puñados de almohada blanca y mullida, las piernas formando una uve en tensión, con los dedos en punta; después, cuando por fin entré en ella por completo, ahogó un grito y se lanzó sobre mí, rodeándome y estrujándome con brazos y piernas con una fuerza extraordinaria, como si todo mi cuerpo fuera una enorme polla y el suyo una mano, sus extremidades, dedos.

Incluso conseguí correrme en silencio, pero luego, tumbados los dos, respirando con dificultad y con los miembros temblorosos, giró hacia mí sobre la cama pegajosa por el sudor y apoyó dos dedos en mis labios con delicadeza.

—No pasa nada —dijo en voz baja. Fueron los primeros sonidos articulados que emitía— Ya podemos hablar, Kenneth.

Se me pasó por la cabeza contestarle que no en silencio o sencillamente pasar por alto su comentario y fingir que estaba dormido; en otras palabras: a falta de ellas, tomarle el pelo, pero en cambio pregunté:

—¿Has cambiado de opinión? —Me había pedido que nos mantuviéramos callados durante todo el encuentro.

Asintió despacio. Su larga y espesa melena cayó como una maraña enredada y pesada sobre mi pecho.

—Con el principio basta. Y que estuvieras preparado para estar en silencio.

—¿Ajá?

—¿Ajá? —me imitó.

Cogí un manojo de su pelo y me enredé el puño en él, estirándolo al máximo. Celia inclinó la cabeza hacia mi mano. Sus enormes ojos de color ámbar oscuro miraron hacia abajo.

—Eres una mujer muy peculiar, Celia.

—¿Lo repetiremos?

Alcé la cabeza y fingí estar entusiasmado porque hubiera bajado la vista.

—Dentro de unos cinco minutos, supongo.

Sonrió.

—¿Volveremos a vernos?

—Oh, yo diría que sí.

—Bien, no podremos salir, vernos en público. Tendrá que ser así.

—Así está bien. Puedo manejarme con esto.

—Manéjame a mí —susurró descendiendo entre mis brazos.

De este modo comenzó mi errática ruta erótica por los hoteles de lujo de Londres. Cada pocas semanas —salvo una interrupción por vacaciones—, un mensajero me entregaba un sobre delgado con una llave o tarjeta de hotel. La llamada complementaria fue acortándose paulatinamente hasta reducirse a un «El Connaught, tres uno seis» o «El Landmark, ocho uno ocho» o «El Howard, cinco cero tres».

Celia y yo proseguimos nuestra esporádica aventura en una sucesión de suites a oscuras, de techos altos y calor febril, sobre toda una serie de camas tamaño king o emperador.

Aquella primera vez, en el Dorchester, resultó que alargamos la cita más de lo que Celia había previsto; no nos quedamos hasta las seis, sino hasta las diez, cuando ya no pudo posponer más su marcha. En algún momento me había quedado dormido entre sueños acusadamente sensuales en los que nadaba envuelto en denso perfume rojo bajo un sol liliáceo abrasador, después me desperté y todas las luces estaban apagadas pero la luz exterior iluminaba la habitación y Celia estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera entre las cortinas descorridas; el brillo argénteo de la luna llena se combinaba sobre su piel con el destello de la iluminación artificial del hotel que se reflejaba desde el techo y enmarcaba su figura esbelta y oscura en tonos dorados.

Me acerqué con sigilo por detrás, la abracé, y ella apoyó sus manos sobre las mías en su hombro mientras yo le acariciaba el cuello y el pelo con la nariz. Fue entonces cuando le pregunté por la larga y ondeante marca de su costado izquierdo y ella me contó la historia del rayo.

Las negras siluetas de Kensington Gardens y Hyde Park lucían ensartadas por cordones de puntos lumínicos. A nuestros pies, cobijado en el patio delantero de la fachada del edificio que daba a Park Lane, un enorme árbol oscuro susurraba mecido por la brisa refrescante, sus tallos nuevos eran verdes y negros, llenos de vida, movimiento y promesas.

—¿Quién eres, Celia? Háblame de ti —dije a la oscuridad, al cabo de un rato—. Si quieres.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Todo resultaría aburrido, Kenneth. ¿Es que no lo sabes? Saberlo todo de alguien aburre.

—Sospecho que de ti no.

—Ya te lo dije: soy una mujer casada, un ama de casa, una oyente.

—Tal vez podrías empezar acercándote un poco más al inicio.

—Soy de Martinica. ¿Sabes dónde está?

—Sí.

—Mi padre era pescador, mi madre camarera. Tengo cuatro hermanos y cinco hermanas.

—Vaya, tus padres estuvieron muy ocupados. Eso de ser atletas sexuales es cosa de familia, entonces.

—Estudié idiomas, me hice modelo, me mudé a París primero y luego a Londres. Conocí a un hombre que creí que me amaba. —Titubeó—. Quizá no esté siendo justa con él. Él creía que me quería. Los dos lo creíamos.

—¿Tú le querías?

Tensó su cuerpo contra el mío, luego volvió a relajarse.

—El amor —dijo, como si al decirlo saboreara la palabra por primera vez, calibrando su significado en la boca y la mente—. No lo sé. —Giró la cabeza y dejó que su mirada se perdiera en las sombras de la habitación. Sus pestañas revolotearon contra la piel de mi hombro—. Le tenía cariño. Era amable conmigo. Me ayudó. Me ayudó mucho. Con ello no quiero decir que me casara con él por gratitud, pero creía conocerle y saber que sería un buen marido.

—¿Y lo es?

Se quedó callada un momento.

—Me trata bien. Nunca me ha pegado. Empezó a mostrarse distante cuando descubrí que no puedo tener hijos.

—Lo siento.

—La cuestión es que no importa si es un buen marido; lo importante es que es malo con otros. Suele decir que siempre se lo merecen, pero…

—¿Sabías que era así cuando te casaste?

Se quedó en silencio un momento.

—Sí y no. Lo sabía un poco. No quería saberlo todo. Debería haber querido.

—¿Piensas quedarte con él?

—Me daría miedo decirle que le dejo. Además, prácticamente toda mi familia trabaja para una de sus empresas, en la isla.

—Ah.

—Pues sí, ah. ¿Y tú, Kenneth?

—¿Qué es lo que no sabes ya por mis emocionantes y siempre precisos perfiles aparecidos en la prensa más prominente?

—¿Tu matrimonio? ¿Tu mujer?

—Me casé con una enfermera llamada Jude. Judith. La conocí en una discoteca entre un trabajo y otro, al poco de mudarme a Londres. El sexo era estupendo, compartíamos intereses, además de una robusta base común de ideas políticas con solo algunos puntos conflictivos (Jude creía en la astrología), teníamos grupos de amigos compatibles… y, desde luego, pensábamos que estábamos enamorados. En realidad ella no quería casarse, pero yo insistí. Yo me conocía; sabía que era muy probable que me descarriara o que quisiera hacerlo, serle infiel, así que elaboré un concepto aberrante según el cual, si me casaba, el hecho de haberle hecho la promesa solemne de renunciar a todas las demás, de haber aceptado un compromiso legalmente vinculante, me frenaría. —Hice una pausa—. Probablemente es la idea más loca de toda mi vida adulta y eso cuando, por consenso general, se acepta que el campo para la competencia es ancho y profundo. —Me encogí de hombros con cuidado de no rozarle en la cabeza, que apoyaba entre mi hombro y mi pecho—. Sin embargo, la engañé, ella lo descubrió, me pidió explicaciones, le juré que no volvería a pasar. Lo dije de verdad. Siempre era verdad. La cosa se fue repitiendo hasta que dejó de tener gracia. —Respiré hondo—. Ahora está bien, tiene una relación estable. Todavía la veo de vez en cuando.

—¿Todavía la quieres?

—No, señora.

—Todavía te acuestas con ella.

El cuerpo me dio una sacudida. Ella también debió notarla.

—¿Lo adivinas, Celia? ¿O esto va del rollo Obsesión mortal?

—Se puede decir que lo adivino. Se me da bien.

—Bueno, pues lo has adivinado. —Volví a encogerme de hombros—. No lo buscamos, simplemente ocurre… Por los viejos tiempos, supongo. Una excusa pobre, pero cierta. De todos modos, hace ya tiempo que no pasa.

—¿Y tienes novia fija?

—Sí. Una chica encantadora. Está un poco loca. Trabaja en una discográfica.

—Espero que no sepa nada. De lo nuestro. Espero que nadie lo sepa.

—Nadie lo sabe.

—¿No te importa? A algunos hombres les gusta fardar.

—A mí no. Y no, no me importa.

Normalmente quedábamos los viernes, pero no siempre. Nunca en fin de semana. Decía que era porque le gustaba escucharme antes en la radio. Pronto, con cada programa, empecé a preguntarme si estaría escuchándome. Más exactamente, si estaría escuchándome en una suite de ochocientas libras la noche, desvistiéndose lentamente en la oscuridad mientras una calefacción al máximo iba tostando hasta la última molécula de aire del lugar.

En diversas ocasiones, en especial los viernes, tuve que dejar plantado a más de uno. Ajo, un par de veces. La primera vez alegué una fiesta beoda y plañidera solo para hombres con un colega al que acababan de dejar; y sencillamente un olvido inducido por el alcohol en una barra libre durante una recepción, la segunda. Jo me gritó en ambas ocasiones, luego quiso sexo, cosa extraña. La primera vez conseguí apañármelas, pese a que me sentía a) escocido y b) culpable porque aún pensaba en Celia. La segunda vez fingí incapacidad causada por la borrachera. Empecé a concertar citas provisionales las noches de los viernes, nunca en firme.

Dondequiera que quedara con Celia, ella siempre estaba esperándome, casi siempre leyendo un libro, normalmente alguna novedad conocida: Dientes blancos, ¡Socorro, soy padre!, El diario de Bridget Jones. Una vez fue El príncipe, otra Madame Bovary y otra el Kama Sutra, que estaba leyendo en busca de ideas que en realidad no necesitábamos. En dos ocasiones fue Una breve historia del tiempo. La habitación —una suite— siempre estaba a oscuras y caliente. Solía haber algo para picar por si nos apetecía y champán excelente. Tardé un tiempo en darme cuenta de que las copas de las que bebíamos eran siempre las mismas y que siempre había una de más diferente. Celia traía las copas; eran suyas. Pareció complacerle que me hubiera fijado.

—¿Eras modelo, no?

—Sí.

—¿De qué? ¿De ropa?

Lanzó una carcajada a la cálida oscuridad.

—Ropa es lo que suelen pasar las modelos, Kenneth.

—¿Trajes de baño, lencería?

—A veces. Empecé con los trajes de baño, cuando una revista vino a la islas a sacar unas fotos y dos de las modelos tuvieron un accidente de coche. Así me abrí paso.

—¿Y ellas?

—¿Qué quieres decir?

—¿Se abrieron algo? —Negué con la cabeza, sintiéndome estúpido—. Perdona…

—¿Las dos modelos? Sí, una se rompió un brazo y las dos se hirieron la cara. No creo que volvieran a trabajar como modelos nunca más. Fue terrible. No es la manera que yo habría elegido para iniciar mi carrera.

—Lo siento. No debería haber dicho nada.

—No pasa nada.

—¿Aparecías sobre todo en revistas francesas?

—Sí. Me temo que no tengo ningún book para mostrártelo.

—¿Cuál era tu nombre profesional?

—Celia McFadden.

—¿McFadden? —dije entre risas—. ¿Qué te llevó a adoptar un apellido escocés?

—Era mi apellido de soltera —dijo en tono sorprendido.

—¿Eres una McFadden de la Martinica?

—Mi tatarabuelo era un esclavo de Barbados. Le pusieron el apellido de su amo, que tal vez fuera también su padre biológico. Huyó y acabó en Martinica.

—Oh. Lo siento.

—No pasa nada —aseguró Celia encogiéndose de hombros—. Tú te cambiaste el tuyo, ¿verdad?

—Sí. De manera oficial no, solo para la radio. En el pasaporte todavía pone McNutt.

—¿McNutt? —Sonrió.

—Sí, con dos tes. «McLoco.» Así que esto —dije, cambiando de tema y acariciándole la cicatriz del rayo— ha aparecido en público, ¿verdad? ¿No era un problema?

—Tal vez un problemilla. Siempre tuve suficiente trabajo, pero estoy segura de que me hizo perder alguno. Pero no, no creo que llegara a verse.

—¿Qué hacían? ¿Lo tapaban con maquillaje?

—No. Sacaban las fotos del otro lado.

—Entonces, ¿todas tus fotos como modelo son del lado derecho?

—La mayoría. Aunque no todas lo parecen. Le dan la vuelta al negativo.

—Ah, claro. Por supuesto.

—A veces, cuando tenían que hacerlo por cuestiones de luz o de fondo, sacaban la foto desde la izquierda y yo colocaba el brazo de determinada manera y luego, si aún quedaba algo de cicatriz visible, la retocaban con aerógrafo. No cuesta nada. —Se encogió de hombros—. Es fácil disimular cosas.

Lo más tarde que se quedaba era hasta las diez de la noche. Yo podía quedarme más si quería, pero nunca lo hacía, y sabía que ella prefería que me fuera yo primero. Celia llegaba y se marchaba con el pelo oculto bajo una peluca —normalmente rubia—, unas gafas de sol grandes y ropa amplia y anodina.

En el Claridge había quitado la ropa de cama y cubierto la superficie y la docena de almohadas con pétalos de rosas rojas. Esa vez la mayoría de las luces estaban encendidas. Allí fue donde por fin me explicó su loca teoría acerca de su media muerte cuando la atravesó el rayo.

—¿Qué?

—Hay dos yoes. Soy dos. En mundos paralelos, distintos.

—Espera. Creo que conozco esa teoría. Es una idea simple pero de complejidades odiosas.

—La mía es muy sencilla.

—Ya, pero la real confunde como para perder la chaveta; de acuerdo con esa teoría, existen infinitos túes. Una perspectiva agradable, desde luego, excepto porque también hay… bueno, infinidad de yoes y de tu marido. Maridos. Lo que sea. ¿Ves qué lío?

—Sí, bueno —dijo moviendo una mano para quitarle importancia—. Pero para mí es muy simple. Morí a medias cuando me atravesó el rayo. En ese otro mundo también estoy medio muerta.

—Pero también medio viva.

—Igual que en este.

—¿De modo que te medio caíste por el acantilado en el otro mundo o no? —pregunté, decidido a tomarme con humor aquella locura evidente.

—Sí y no. Me caí, pero también aterricé de espaldas en la hierba, como en este.

—Así que en este mundo, aquí, ¿también te caíste por el acantilado?

—Sí.

—Y, sin embargo, te despertaste en la hierba.

—Esa parte de mí, sí. Esta parte de mí, también.

—¿Y en el otro mundo? ¿Qué? Si te despertaste sobre la hierba en este mundo, ella no pudo despertarse porque estaba muerta en el fondo del acantilado.

—No, ella también se despertó en la hierba.

—Entonces, ¿quién narices se cayó por el puñetero acantilado?

—Yo.

—¿Tú? Pero…

—Mis dos yoes.

—¿Tú y tú? ¿Qué, ahora eres rastafari?

Se rió.

—Las dos caímos por el acantilado. Lo recuerdo. Recuerdo verme caer y el ruido del aire y que las piernas corrían en el vacío y que no podía gritar porque no tenía aire en los pulmones y el aspecto de las rocas a medida que me iba acercando.

—¿De manera que te mató el rayo… te medio mató el rayo o la caída?

—¿Importa?

—No lo sé. ¿Importa?

—Quizá fueron las dos cosas. O las dos a medias.

—Me parece que a estas alturas deberíamos hablar ya de cuartos.

—Quizá con una sola cosa no habría bastado. Lo único que importa es que ocurrió.

—Sería inútil, supongo, sugerir que tal vez todo esto solo ocurrió en tu cabeza, como resultado de una descarga de noventa mil voltios que te atravesó el cerebro y el cuerpo entero, ¿verdad?

—¡Pero claro que no es inútil! Si eso es lo que necesitas creer para que lo que me ocurrió cobre sentido según tu mentalidad, entonces sin duda es lo que debes creer.

—No quería decir eso exactamente.

—Sí, ya lo sé. Pero, verás, cuando ocurrió era yo la que estaba allí, no tú, cariño.

Exhalé un largo suspiro.

—Vale. Así que… ¿Cuáles son los síntomas de que estás medio viva en este mundo… y en el otro? A mí en este mundo me pareces completa, incluso me arriesgaría a decir que llena de vida. Sobre todo me lo has parecido hace diez minutos. Ah, aunque, claro, está eso que los franceses llaman «la pequeña muerte». Aunque tú no te refieres a eso, ¿verdad? Pero volvamos a los síntomas. ¿Qué te hace sentir que estás medio viva?

—Que lo sentí.

—Bien. No, no; bien, no. No lo pillo.

—Lo siento como algo obvio. En cierto sentido siempre lo he sabido. Leer sobre universos paralelos solo le dio sentido a esa sensación. No me dio más seguridad en lo que sentí y no alteró lo que sentí ni lo que creía, pero me ayudó a poder explicárselo a otros.

Me reí.

—¿Así que lo que hemos estado hablando estos cinco minutos es después de que fuera más fácil de explicar?

—Sí. Más fácil. Pero no fácil. Quizá sería más correcto decir «menos difícil».

—Sí.

—Creo que quizá todo cambie con mi próximo cumpleaños —dijo asintiendo muy seria.

—¿Por qué?

—Porque el rayo me alcanzó el día que cumplía catorce años y en mi próximo cumpleaños haré veintiocho años. ¿Entiendes?

—Sí, ya veo. Dios mío, tu aberrante sistema de creencias personal se contagia. Supongo que todos son contagiosos. —Me incorporé en la cama—. Quieres decir que el día que cumplas veintiocho años, el próximo abril…

—El cinco de abril.

—¿Qué pasará?

Se encogió de hombros.

—No lo sé. Puede que nada. Puede que me muera. Puede que muera mi otro yo.

—¿Y si muere tu otro tú?

—Estaré viva del todo.

—¿Cosa que se manifestará en…?

Sonrió.

—Bueno, a lo mejor decido que te quiero.

La miré fijamente a los ojos. Entonces me pareció que tenía la mirada más directa y decididamente sincera que jamás hubiese visto. No ocultaba la menor traza de humor, nada de ironía. Ni siquiera de duda. Desconcierto, quizá, pero no duda. Creía realmente lo que decía.

—Ahí tienes un gran pequeño mundo del que todavía no hemos hablado.

—¿Por qué deberíamos hablar de eso? —preguntó.

Me pregunté qué quería decir. Podría haber ahondado en el tema, pero entonces Celia volvió a encogerse de hombros y sus pechos inmaculados se movieron de tal manera que en este mundo y seguramente en el otro también lo único que pude decir fue:

—Ven aquí.

En el Meridien Piccadilly, al descubrir que la suite tenía cocina, se había acercado a Fortnum and Mason y había comprado lo necesario para preparar una tortilla al azafrán. Esa vez estuvo probando diferentes conjuntos de lencería, así que, por extraño que parezca, acabé asociando el olor a huevos en la sartén con aceite de oliva con un corpiño y unas medias.

Recibí la bandeja que me trajo a la cama con risas.

—¿Qué? —preguntó.

—Me malcrías —dije, al tiempo que ella subía a la cama de un salto y se sentaba sobre las piernas dobladas. Cogió un tenedor. Señalé la comida y luego a ella—. Esto… es la fantasía de cualquier hombre.

—Bien. —Repasó la habitación a oscuras con la vista y luego me miró y sonrió—. Por mi parte tampoco hay ninguna queja.

—¿Crees que podrías dejarme pagar un día por una de estas visitas conyugales? ¿O incluso llevarte de fin de semana por ahí?

Negó rápidamente con la cabeza.

—Así es mejor. —Dejó el tenedor—. Esto tiene que quedar fuera de la vida real, Kenneth. De ese modo podremos seguir con esto. Nos exponemos menos. Nos arriesgamos menos. Y, como ocurre al margen de nuestra vida normal, tiene menos conexión con cualquier cosa de la que podamos charlar con otros. Es como un sueño, ¿verdad? Así es menos probable que nos delatemos. ¿Comprendes?

—Sí, claro. Ha sido solo un retazo residual del orgullo masculino de vieja escuela, eso de querer pagar algo. Pero no pasa nada; me apetece bastante lo de ser un tipo mantenido a intervalos.

—Me gustaría que pudieses sacarme por ahí —dijo, sonriendo al pensarlo—. Me encantaría sentarme contigo en una cafetería viendo pasar a la gente. Salir a almorzar, sentarnos en una terraza junto al río, al sol. Que me llevaras al teatro o al cine o a bailar. Sentarme en la playa contigo, quizá, bajo una palmera. Cruzar una calle los dos juntos, cogidos de la mano. A veces sueño con estas cosas, cuando estoy deprimida. —Apartó la vista, luego volvió a mirarme—. Luego pienso en esto. En la siguiente cita. Eso lo arregla todo.

Volví a mirarla a los ojos, sin saber qué decir.

Sonrió, me guiñó un ojo.

—Se va a enfriar. Cómetela.

En el Lanesborough pasamos horas en un baño grande y tenebroso, experimentando con diversas cremas y lociones; vació un frasco de Chanel N.° 5 en la espuma de baño y se me quedó el olor durante tres días.

—¿Qué haces, Ceel?

—¿A qué te refieres?

—¿Qué haces para pasar el tiempo? ¿Cómo es tu vida?

—No estoy segura de que deba contártelo. Se supone que esto está separado de nuestra vida real, ¿recuerdas?

—Me acuerdo, pero decir en qué consiste un día tuyo cualquiera no va a cambiar gran cosa.

—Hago lo que se espera que hagan las mujeres de hombres ricos. Voy de compras y salgo a comer.

—¿Tienes amigos?

—Algunos. Amigos diferentes para cosas diferentes. Algunos para comprar y comer, otros del gimnasio, otros para patinar sobre hielo…

—¿Sabes patinar?

—Un poco. No muy bien. Tengo un par de amigas de los tiempos en que fui modelo que ahora también están casadas o emparejadas con ricos. Solo dos viven en Londres. Voy a París a visitar a otras amistades y a un hermano. Ahora con el tren es muy cómodo.

—¿Vas mucho a París?

—Varias veces al año. A veces voy con John. Normalmente él viaja solo. Sale de viaje a menudo; por Europa, Sudamérica. Yo voy sobre todo a París. A John no le gusta que duerma fuera de casa a menos que sepa dónde me alojo. En París no hay problema porque me alojo con mi hermano, que trabaja para John y vive en un piso de la empresa.

—¿A qué se dedica tu hermano?

Me miró. Fue una de las escasas ocasiones en las que me miró algo enfadada.

—A nada malo —dijo en tono seco.

—Vale. —Levanté las manos—. ¿Tienes amigos íntimos?

Miró para otro lado.

—La mayoría de las mujeres de mi edad tiene hijos y eso nos distancia. —Se encogió de hombros—. Llamo por teléfono a mi familia todos los días, a la isla. Y vienen a visitarme. —Hizo una pausa—. No tanto como quisiera.

(Más tarde, mientras ella estaba en el baño, vi su bolso Bridge sobre una silla y el teléfono móvil dentro de la pequeña cueva de cuero marrón con una luz verde parpadeando lentamente. Tenía que ser el teléfono móvil que conocía solo como «Desconocido». Observé la tenue luz verde durante unos cuantos latidos más de su corazón de silicio.

Si la mirabas fijamente, casi desaparecía. La veía mejor con el rabillo del ojo.

Me tragué un poco de orgullo, por no mencionar algunos principios, y rodé rápidamente sobre la cama y saqué el refinado Nokia. Yo había tenido un modelo similar, algo más grande, dos cambios de móvil atrás, y sabía acceder al número del propietario. Lo garabateé en un trozo de papel del hotel y guardé la nota en un bolsillo de la chaqueta antes de devolver el móvil al bolso, mucho antes de que Celia reapareciera. Por precaución, me dije a mí mismo. Por si alguna vez necesitaba avisarla de algo; como una amenaza terrorista de la que nos enteráramos en la sala de redacción pero que no pudiéramos radiar para no provocar el pánico… Sí, para casos así, me dije.)

En el Berkeley, Celia había traído drogas y tuvimos tiempo para una sesión frenética de sexo encocado y para hacer el amor despacio, emporrados.

—No sabía que fumaras.

—Mais non! ¡Si no fumo! —dijo entre risillas y toses.

Un poco después, tumbados entre la bruma química de la saciedad de drogas, con las extremidades extendidas tal como habían quedado después de hacer el amor, contemplé una manchita de luz —el resultado de un rayo de sol que penetraba la alta caída de las cortinas cerradas desde el centro mismo de su cima— moverse lentamente por las sábanas blancas hacia el brazo izquierdo de Celia. Adormilado, seguí con la vista fija en aquella moneda líquida de color amarillo mientras Ceel iba cayendo en un sueño plácido y sonriente. La burbuja luminosa del tamaño de un huevo se deslizaba suavemente por la piel color café, lenta como la manecilla de las horas en un reloj y reveló las minúsculas cicatrices con varios años de antigüedad dispersas sobre la carne por encima de las venas de la mitad superior del brazo y la parte interna del codo.

Era como un chaparrón de marcas, pálidas pecas en forma de lágrima minuciosamente dibujadas sobre la tersa superficie de su piel dorada.

La miré a la cara, apoyada a medias en la almohada, con una sonrisa de felicidad dirigida a la oscuridad de la suite, y luego volví a mirarle el brazo. Pensé en el tiempo que había pasado en París, y en Merrial y la mala situación de la que le había ayudado a escapar. Decidí que nunca diría nada si ella no lo mencionaba primero.

Bajo la luz, bajo la piel, su sangre latía lenta y fuerte y me la imaginé, avisada detalladamente por aquella pequeña luz, maldiciendo por todo el cuerpo de Celia mientras rememoraba, inconsciente y ciega, los recuerdos de un éxtasis químico y venenoso.

Alguna vez traté de seguirla, de adivinar dónde vivía o sencillamente qué hacía después de nuestras citas. En el Landmark había un bar con vistas a la recepción. Me senté allí y fingí que leía. Antes había mirado en el bolso de Celia qué peluca llevaba ese día y en el armario con qué ropa había llegado; un traje gris, cuidadosamente colgado sobre unas bolsas de Harvey Nics. Me senté y vigilé con suma atención, pero no la vi. No sé si tenía más de una peluca o si simplemente bajé la vista en el momento equivocado y ella había salido muy rápido porque la habitación estaba pagada o qué, pero me quedé allí sentado durante una hora y media, bebiendo whisky y mordisqueando galletas de arroz hasta que la vejiga me apartó de mi puesto de vigilancia.

Al cabo de un mes volví a intentarlo, sentando en una cafetería frente al Connaught. Tampoco la vi, pero a la hora o así recibí una llamada en el móvil.

La pantalla decía «Desconocido». Oh, oh.

—¿Diga?

—Vivo en Belgravia. Normalmente voy a casa directamente. A veces voy de compras un rato. Casi siempre a librerías. ¿Sigues ahí?

—Ajá. Todavía estoy aquí —dije. Respiré hondo—. Lo siento.

—Serías un espía muy malo.

—Sí. —Suspiré—. No es…

—No es… ¿qué?

—No es una obsesión rarita. O sea, no tienes por qué preocuparte. No te acecho ni nada por el estilo. Me interesas. Me intrigas. Tenemos… tanta intimidad y sin embargo, bueno… somos unos desconocidos. No nos conocemos.

—Siento que tenga que ser de este modo. Pero así son las cosas. ¿Lo aceptas?

—Sí, por supuesto.

—No volverás a hacerlo, ¿verdad? Por favor.

—No, no lo volveré a hacer. ¿Estás enfadada conmigo?

—Más bien me siento halagada. Pero aún más, alarmada. No vale la pena arriesgarse.

—No volverá a ocurrir. Pero…

—¿Qué?

—Ha valido la pena solo por esta llamada.

Se quedó callada un momento.

—Eres muy dulce —dijo—. Tengo que colgar.

Al Ritz llevé algunos éxtasis. Nos tragamos las pastillas con champán, escuchamos algunos discos de chill-out que me había pasado uno de los colegas DJ de Ed y nos dedicamos al folleteo sublime y extasiado hasta que empezaron a dolerme las pelotas de tanto vaciarlas.

—Nunca me preguntas sobre John.

—Es verdad.

—¿Le odias?

—No. No le conozco. No le odio porque sea tu marido. Si es una especie de capo del crimen, supongo que en principio debería odiarlo por ser quien es, pero no logro reunir el entusiasmo que requiere la cuestión. Quizá me he tomado muy a pecho la idea esa tuya de separar lo nuestro de la vida real. O quizá lo que ocurre es que no me gusta pensar en tu marido.

—¿Alguna vez me odias a mí?

—¿Odiarte? ¿Estás loca?

—Estoy con él. Me casé con él.

—En ese aspecto, creo que te concederé el beneficio de la duda.

Esa fue la ocasión en la que me tragué más orgullo y rebusqué en su monedero. Creo que más o menos esperaba encontrar un fajo gordo de billetes, pero apenas llegaban a las cien libras. Se me había ocurrido que Celia no querría pagar las facturas de los hoteles con tarjeta de crédito ya que trataba de mantener el asunto en secreto. No encontrar un montón de mugrientos billetes de veinte me dejó perplejo. Solo más tarde pensaría que tal vez Celia pagaba en metálico pero al entrar en el hotel, no a la salida.

(Ese fue el intervalo más largo, el de después del Ritz. Su marido iba a llevarla un mes de vacaciones por Australia y Nueva Zelanda y Jo y yo pasamos una quincena visitando las pirámides de Egipto y buceando en el mar Rojo. Mientras Celia estaba fuera cometí el error de ir a ver una película titulada Intimidad sobre una pareja que queda de vez en cuando en un sórdido piso para acostarse juntos y siguen siendo unos extraños. Probablemente la película fuera buena, al estilo cine de autor británico, pero la odié y salí de la sala a media proyección, algo que no había hecho en la vida. A veces sacaba el móvil y buscaba el número de Celia en la agenda, y me sentaba y me quedaba mirándolo durante minutos hasta que se apagaba la luz de la pantalla. Contagiado por la cautela de Celia, ni siquiera había entrado su nombre en la memoria del móvil, en la tarjeta SIM, solo el número. En lo referente a mi móvil, Celia era solo Ubicación 96.)

Una noche en el Savoy, entre espejos e inmensos espacios dorados y color crema, en una suite con vistas por encima del oscuro río a la iluminada mole del Festival Hall, Celia había apagado las luces y abierto las cortinas. Colocó una silla pequeña delante de las grandes ventanas abiertas. Me hizo sentar allí, con las pelotas al aire, lamido dulcemente y dolorosamente erecto, luego se sentó a horcajadas sobre mí, mirando al mismo lado, los dos de cara a las nubes marrones y las pocas estrellas que brillaban entre ellas, mientras los ruidos y olores del verano urbano entraban por las puertas de cristal abiertas.

—Así —dijo, colocando mis manos de modo que la atrapé en una llave de cabeza.

Mamma mia.

—Bueno, ¿cuál es el problema? En esencia tienes la aventura perfecta. Sexo perfecto.

—No lo sé. Bueno, el sexo en sí… Joder, sí. Pero… no sé.

Craig y yo estábamos sentados en su salón, viendo fútbol en la tele. Estaban en el descanso; hora de que los hombres hablaran. Después de mear, claro. Nikki estaba en su cuarto, dos plantas por encima, escuchando música y leyendo. Le había contado a Craig lo mínimo posible de mis encuentros ocasionales con Celia.

Normalmente habría compartido este tipo de asunto con Ed, quien tenía el mérito de llevar —con extraordinario éxito— un estilo de vida que conseguía que, en comparación, el mío pareciera reducirse al celibato, pero el problema era que le había preguntado por el señor Merrial el día del Hummer y no estaba completamente seguro de no haber mencionado que también había visto a la esposa y —pese a ser consciente de estar comportándome como un paranoico— tenía la impresión de que Ed podía sumar dos y dos y bueno, desmayarse.

Quizá el hecho de que Celia hubiese adivinado que Jude y yo todavía nos acostábamos de vez en cuando me había asustado un poco.

—Míralo con objetividad —dijo Craig—. Quedas con esa mujer misteriosa a la que describes como la más bella con la que jamás te hayas liado. Siempre os encontráis en circunstancias, en entornos que describes entre «muy bonitos» y «sibaritas», en los que la matas a polvos…

—Ya, pero eso no quita que estoy metido en una relación en la que lo mejor que puede ocurrir es que vaya apagándose lentamente, con tristeza… ¿Qué?

—Oh, mierda.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué?

—Cuando he dicho «la matas a polvos».

—Sí…

—Te has estremecido. Bueno, ha sido un tic de la mejilla.

—Nunca… ¿Sí? ¿De veras? Oh. Vale. Bien. ¿Y?

—Eso significa que te estás enamorando de ella. Ahora sí que tienes un problema.

El asunto de Última hora avanzaba a trompicones. La cosa se volvió frenética e hiperbólica pasados uno o dos días de la reunión con Debbie, la directora de la emisora, de ese modo en que a veces tiende a ocurrir con cualquier trivialidad: con largas llamadas telefónicas urgentes a todas horas e incluso en fin de semana, misivas y mensajes de voz volando en todas direcciones entre Channel Four, Capital Live!, productores varios, ayudantes, secretarias, asistentes, agentes, abogados y personas cuyo trabajo parecía consistir meramente en telefonear para decir que necesitaban hablar con alguien urgentemente, acaparando entre todos una porción significativa de la capacidad telefónica móvil y fija de la ciudad en un intento por preparar para la tarde del lunes esa muestra increíblemente vital de televisión controvertida, desafiante, arriesgada, excitante, histórica.

Entonces, por supuesto, cuando todos los implicados se habían ido animando hasta el borde de la locura, alcanzando un grado de expectación desorbitado y un frenesí que hacía castañear los dientes, todo se fue al garete.

Hasta yo me había puesto como loco, y eso que soy el señor Cínico Total para estas cosas después de años de que la gente me haya venido con que tienen un proyecto estupendo para meterme en la tele y que están entusiasmados con eso de añadir una nueva dimensión a mi trabajo y que luego no pase nada.

—Me estás diciendo que no va hacia delante.

—Se pospone —dijo Phil en tono cansino, dejando el móvil en la mesa de madera arañada.

Estábamos en la cantina de Capital Live!, en la planta de debajo del despacho de Debbie, desayunando temprano. Eran poco más de las siete. Habíamos llegado pronto para grabar una edición especial del programa y poder así acudir a tiempo a los estudios de Última hora para la grabación (habían renunciado a la idea original de emitir el debate en directo).

Me vibró el móvil en el cinturón. Consulté la pantalla. Mi agente.

—¿Sí, Paul? —contesté—. Sí, me acabo de enterar. Sí, lo sé. Yo también. La puta historia de siempre. Sí… Blablablá y luego megablá. Sí, cuando lo vea. Probablemente no hasta que lo vea en el número treinta y siete de «Los cien momentos más embarazosos de la televisión». Sí, ya veremos. Vale. Tú también. Adiós.

Me recosté en la crujiente flexibilidad de la silla de plástico marrón y tamborileé con los dedos sobre la mesa, contemplando mi tostada con mermelada y la taza de té con leche.

—Míralo por el lado bueno —dijo Phil—. Te habrían obligado a ir cuatro horas antes y te habrían hecho otra de esas entrevistas previas a la entrevista real en las que un investigador jadeante y un apellido famoso, recién salido de la academia, te acribilla a preguntas para descubrir cuáles son las buenas y tú las contestas con frases realmente buenas y frescas y luego te vuelven a hacer las mismas preguntas en el programa de verdad y todo suena a viejo y gastado porque ya has contestado antes y tienes las preguntas aburridas, y durante la grabación tienes que responder a esas mismas preguntas por tercera o cuarta vez porque alguien tira un elemento del decorado o tienen que volver a empezar desde el principio, de manera que aún suena todo más viejo y gastado. Además te grabarían durante más de tres horas para usar solo un par de minutos y te olvidarías de quitarte el maquillaje y los trabajadores te mirarían raro por la calle y luego la gente cuya opinión respetas se habría perdido la emisión o no querrían comprometerse cuando les preguntaras qué les había parecido, y la gente que desprecias telefonearía para decirte que les ha encantado y los periódicos que odias desestimarían tu participación o te dirían que deberías limitarte a lo que se te da bien, aunque tampoco tan bien, y te pasarías semanas deprimido y malhumorado.

Probablemente la diatriba más larga de Phil; demasiado relajada para considerarla un sermón. Le miré.

—Bien. ¿Cuándo te han dicho que es posible que grabemos?

—Ah, mañana —sonrió.

—Vete a la mierda.

—No. —Phil se recostó en la silla, bostezando y desperezándose—. Según Moselle, mi nueva amiga íntima en Winsome, con suerte grabamos este año. Se han replanteado todo el formato después de los atentados del once de septiembre. —Se rascó la cabeza—. Al final resulta una buena excusa para casi todo.

—Ya.

Respiré hondo. Jugueteé con la tostada y removí el té, que estaba ya más que revuelto. Una parte de mí se sentía profundamente aliviada. Se me había ocurrido una gran idea para el programa si me sentaban con el tipo que negaba el Holocausto y todavía me entusiasmaba tanto como me asustaba. Ahora no tendría que llevarla a cabo y que fuera lo que Dios quisiera, ni tenía que acobardarme y no llevarla a la práctica y maldecirme durante el resto de mis días por ser un chismoso triste, pusilánime y cagado. De hecho, justo la clase de chismoso triste (etcétera) que se sentiría tan aliviado como ahora me sentía yo de no tener que decidir lo que hacer, al menos por un tiempo y quizá, tal como solían ir estas cosas, nunca.

Tiré la cucharilla del té y me levanté.

—Ah, venga, vamos a hacer el programa de las narices.

Phil consultó su reloj de pulsera.

—No podemos. Judy T. estará en el estudio hasta y media.

Volví a sentarme, como un fardo.

—Joder —dije con elocuencia y apoyando la cabeza en las manos—. Joder joder joder joder joder joder.

5. DECLARACIÓN DE INTENCIONES

—Sí, solo quisiera decir si no te parece que todos esos euroescépticos deberían llamarse eurófobos.

Phil y yo pusimos los ojos en blanco. Me incliné muy cerca del micrófono. Este gesto produce el efecto, bastante universal, de hacer que la gente baje la voz, y yo no era ninguna excepción. Debía sonar como si estuviera hablando solo para el oyente.

—Verás, Steve, hablamos de todo eso hace dos años, en el programa nocturno, y, si lo recuerdas, organizamos una especie de Grandes Éxitos del Programa Nocturno durante la primera semana de emisión diurna en la que esa cuestión se tocó, hum, algunas veces. Imagino que te acabas de incorporar a la audiencia, Steve.

—Oh. Perdón. Sí. —Steve se bloqueó—. Es genial —atinó a decir—. Seguid así.

—Ése es mi lema, Steve —dije con una sonrisa y recostándome de nuevo—. Gracias por llamar.

Di paso a la siguiente llamada, que según la pantalla correspondía a un tal señor Willis, de Barnet. Tema: Europa y la lepra (Kayla podría ser la definición misma de ayudante, pero su mecanografía debía más al enfoque propio del bombardeo por saturación que cualquier otro concepto de selección de objetivo de precisión).

Señor Willis. Sin nombre de pila. Eso ya te decía mucho, incluso antes de saludar al tipo.

—Señor Willis —dije resueltamente—. Soy el señor Nott. ¿Qué quiere decir?

—Sí, simplemente me preguntaba cómo un individuo aparentemente inteligente como usted tiene tanta prisa por deshacerse de la libra y unirse a una moneda que no ha dejado de caer desde que entró en circulación.

—No tengo ninguna prisa, señor Willis. Como la mayoría de los británicos pienso que ocurrirá antes o después, de modo que la cuestión se reduce a dilucidar qué es mejor, cuándo es mejor, pero no afirmo conocer la respuesta. Lo que digo es que todo es economía y política y que no deberían mezclarse cuestiones sentimentales, porque la libra esterlina solo es dinero, como cualquier otra divisa. Si los alemanes pueden renunciar al marco, está claro que nosotros podemos dejar de emplear trocitos de papel con una estampa de la cabeza de la reina.

—Pero ¿por qué deberíamos hacerlo, señor Nott? Ocurre que muchos de nosotros creemos que la libra es importante. Queremos la libra esterlina.

—Mire usted, señor Willis, la libra la perdió usted… fuese lo que fuese, hace treinta años. Voy a recordarle algo; la libra, la libra de verdad, constaba de doscientos cuarenta peniques; un tercio de libra eran…

—Sí, pero…

—… Teníamos monedas de tres peniques, de seis peniques, chelines, florines, medias coronas, medios peniques, billetes de diez chelines…

—Ya lo sé…

—Y si eras elegante, guineas. Todo eso desapareció en los años sesenta y fue el final de la libra esterlina. Lo que tenemos ahora es, básicamente, un dólar británico, de modo que ¿a qué viene tanto refunfuñar?

—Querer conservar una parte importante de nuestra cultura británica con orgullo no es refunfuñar. Soy miembro de una organización…

Miré a Paul al otro lado de la mesa y abrí las manos. Él simuló cortarse la yugular. Asentí.

—Señor Willis —dije, bajando su voz—, voy a darle una pista muy útil; ataque el euro en base al tipo de interés. Un tipo de interés único para todo el Reino Unido apenas tiene sentido, no digamos ya para los veinticinco miembros que formarán la Unión Europea, a menos que quiera imponer niveles absurdos de movilidad laboral y un fondo de compensaciones regionales centralizado mucho mayor.

—Mire, no luchamos y ganamos la Segunda Guerra Mundial para…

—Ha sido muy interesante charlar con usted, señor Willis. Adiós. —Miré a Phil al tiempo que cortaba al señor Willis—. ¿Se nos cuelan las cartas al director del Daily Mail o qué?

—A mí me parece alentador que lleguemos a una gran variedad de oyentes de diversas edades, opiniones y procedencias culturales y étnicas, Ken —dijo Phil acercándose al micrófono.

—Phil Ashby, oyentes. La voz de la razón. Cantando en armonía con el himno Declaración de Intenciones de la Empresa.

—Ése debo de ser yo. Hola —saludó Phil pegado al micro—. ¿Quién es nuestra siguiente llamada?

—Otro Steve, de Streatham. —Según la pantalla, quería hablar sobre Ezcocia, Europ. y la Unión.

—Hola, Steve de Streatham.

—¿Qué tal, Ken? ¡Pasa, tío! —gritó una voz grave.

Miré a Phil y bizqueé.

—Steve, creo que estás maltratando al micrófono del móvil. Estoy seguro de que si lo devuelves pronto a su dueño no presentará cargos.

—¿Qué? ¡Ah! Ja, ja, ja. No, tío, es mío.

—Bueno, bravo por ti. Y ¿por las mientes se te pasa…?

—¿Qué?

—¿Qué quieres decir, Steve?

—Ah, sí, ¡no quiero ser europeo!

—¿No? Bueno. Entonces, ¿a qué continente deberíamos enganchar las islas Británicas?

—No, ya sabes a qué me refiero.

—Eso creo. Bueno, pues vota en contra cuando tengas ocasión.

—Ya, pero de todos modos ocurrirá, ¿verdad?

—Eso me temo. Se llama democracia. —Apreté el botón de efectos especiales para risas falsas.

—Ya, pero la cosa es que la culpa es vuestra, tío, de los escoceses.

—Ajá. ¿Por alguna razón en particular, Steve, o es algún prejuicio anticaledonios generalizado?

—Sí, bueno, el gobierno es todo escocés, ¿no? El Partido Laborista. Son todos escoceses, ¿no?

—Un gran porcentaje de los altos cargos sí, Steve. Nuestro queridísimo líder en persona, nuestro prudente canciller es escocés…

—Peor aún, es del Fife —interrumpió Phil.

—No, Phil, lo siento —dije.

—¿Qué? —preguntó Phil.

—Sí —convino Steve—, eso es lo que…

—Un momento, Steve. Estaré contigo en un par de segundos, pero necesito aclarar una cosa con Phil, el productor. ¿De acuerdo?

—Ah —dijo Steve—. Claro.

—¿Qué? —repitió Phil inocentemente, parpadeando tras la gafas.

—Perdona, Phil, colega —le dije—. Pero no puedes hacer eso.

—No puedo hacer ¿el qué?

—Sacar a relucir divisiones y riñas insignificantes entre las diferentes zonas de Escocia. Nuestros prejuicios internos y fanatismos de microgestión son asunto nuestro. Nosotros podemos regodearnos en estas cosas, pero tú no. Es como los negros, que entre ellos se llaman hermanos, pero nosotros, los blancos, no podemos llamarlos así a ellos. Y, además, debo añadir que me parece muy bien.

Phil asintió.

—Las cosas no significan lo que dice el que las pronuncia, sino lo que entiende el que las escucha.

Presioné la tecla de efectos especiales para que sonara un largo minuto de «coro de aleluyas» por lo bajo y, alzando la voz, dije:

—Una de nuestras formulaciones más elegantes de lo que debería ser uno de los artículos de nuestra declaración de intenciones si no fuera porque escupimos sobre esas aberraciones idiotas desde muy alto y aplastamos sus caras lloricas con los tacos plagados de inmundicia de nuestras botas escocesas.

—Estoy contigo —dijo Phil—. Si no le das justicia a la gente, se vengará.

—Y nunca subestimes la codicia de los ricos.

—No olvides tampoco la habilidad de la gente para extraer la lección equivocada de un desastre.

—¿La barrera antimisiles?

—En resumidas cuentas —dijo Phil, despacio—, que no puedo decir sobre los escoceses las mismas cosas que tú no paras de repetir.

—¡Por supuesto que no! Tú eres inglés. Algunos de nosotros, escoceses listos, todavía os culpamos por la enemistad entre Edimburgo y Glasgow. Los buenos ciudadanos de ambas urbes, igualmente valiosas, se querían con toda el alma hasta que aparecisteis vosotros. Y, francamente, esa idea totalmente absurda según la cual de no haber sido porque nos unió el odio hacia los ingleses todavía seríamos un puñado de tribus de las montañas con el culo al aire casándose entre hermanos y asesinándose unas a otras en cuevas no se tiene en pie por ningún lado, no señor. Lo único que hicisteis fue dividirnos y conquistarnos. Así que, como acabo de decirte, será mejor que no empieces, ¿vale?

—Está muy bien eso de que nos tengáis a nosotros para echarnos la culpa.

—Y que lo digas —convine con entusiasmo—. No esperes ni por un nanosegundo el menor destello de gratitud.

—Ya te digo —contestó Phil sonriendo—. Como suele decir la juventud de hoy.

—Sí, uno de estos días sacarás una copia de Fuera de onda del videoclub, Phil. —Phil rió en silencio y yo volví con Steve—. Steve. Sí. ¿Todos esos escoceses de Westminster? Entiendo lo que dices, pero no te olvides de una cosa: si los escoceses te parecen basura y ellos son los que han tenido que ganarse el ascenso a la cima de toda esa gente particularmente asquerosa, ¿qué se deduce entonces de los políticos ingleses?

—Creo que es una conspiración, tío.

—¡Brillante! Phil, un formulario para conspiraciones. —Cogí el papel con el guión de la mesa y lo estrujé cerca del micrófono—. Gracias. ¿Steve? Listo, dispara.

—Porque, vamos a ver, vosotros queréis meternos en Europa, ¿no?

—¿Sí? —Miré a Phil con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Sí! ¡Claro que queremos! Tienes razón, Steve, creo que has descubierto algo. Probablemente un programa de rehabilitación. Pero, oye, tiene sentido. Hay una conspiración escocesa para vengarnos por trescientos años de opresión a la que, en secreto, sentimos que nunca nos resistimos lo bastante.

—Creo que tenéis celos.

—Pues claro que sí. Cuando hemos intentado invadiros, nunca ha funcionado. Lo mismo cabe decir de vosotros, aunque obviamente tenemos la impresión de que siempre se os ha dado mucho mejor lo de matar que a nosotros. Luego nos descubristeis el punto flanco y sencillamente nos comprasteis. Muy listos. Salvo que nunca os hemos perdonado que fuerais más listos que nosotros; en esta relación se supone que los astutos somos los escoceses.

—Ya, porque vosotros sí que queréis entrar en Europa, ¿a que sí?

—Naturalmente. Los escoceses seríamos grandes europeos. Cuando oímos a los ingleses quejarse de que no quieren que les manden desde una lejana capital donde hablan otro idioma y que les impondrá otra moneda pensamos: Un momento, nosotros llevamos tres siglos aguantándolo. Ya hemos pasado por eso, nos hemos aclimatado y hemos aprendido. Londres, Bruselas… ¿con cuál quedarse? Mejor ser insignificantes e ignorados por un superpoder en potencia que por un páramo imperial donde lo único que llega puntual son las primas de bonificación empresarial.

—Ya, bueno.

—Has hecho un gran trabajo, Steve. Una contribución estupenda. Me rompe el corazón que no paguemos nada.

—No pasa nada.

—Claro, Steve, que todo esto significa que, una vez descubierta la conspiración, la gente que en realidad gobierna el país va a ir a por ti. A partir de ahora, vivirás en una huida constante, tío. Lo siento. Y yo tendría que ir tirando, la verdad, porque esta gente no se duerme en los laureles. Alguna vez le han echado el guante a alguien cuando todavía estaba al teléfono denunciando una nueva amenaza a lo poco que queda de nuestra supuesta sociedad libre. No bromeo, tío, cuando todavía estaba al… —Anulé la línea de Steve—. ¿Steve? ¿Hola? ¿Steve? ¿Steve? ¡Steve! ¿Estás…? ¡Dios mío, Phil! —susurré con voz ahogada—. Han pillado al pobrecillo. Dios, sí que son rápidos.

—Muy rápidos —convino Phil.

—Es probable que mientras seguimos charlando lo hayan atado ya con una tela a cuadros de los pies a la cabeza y lo hayan cargado en una furgoneta Irn Bru sin matrícula.

—Ajá —dijo Phil con su atroz acento escocés—. Antes de que acabe el día estará languideciendo en una reunión de gaitas en la isla de Ocktermuckty, Ken.

—Ah, Phil —suspiré feliz—, cuando te escucho hablar me siento de nuevo en casa.

—Magnífico. Bueno, ¿nuestra siguiente llamada?

—Bien. Phil, es evidente que hemos quedado relegados a la onda escocesa, tal como tu aterradoramente fiel imitación de Sean Pertwee demuestra sin lugar a dudas. Veamos… —Ojeé la pantalla de llamadas entrantes, avanzando hasta la página de las llamadas nuevas—. Ah, Angus. He aquí un bonito nombre de las Tierras Altas. —Abrí la línea—. Angus. ¿Eres escocés? Dime que sí.

—Claro, tío. Soy escocés. Hola. ¿Qué tal?

—Estupendamente. ¿Y tú?

—De coña.

—Y ¿qué coña has estado pensando últimamente?

—Sí, esto… estaba escuchando lo que decíais de los ingleses y nosotros y, ah, me ha parecido una gilipollez.

Bip. «Gilipollez» era una palabra censurable; esta vez Phil se encargó de taparla, aunque todos teníamos el botón correspondiente. Las palabras censurables eran: «coño», «joder» (y sus variantes), «gilipollas» (y sus variantes), «mierda» (pero no «basura»), «hijo de puta», «capullo» (según el contexto) y «polla» (también según el contexto). Podíamos censurarlas porque el programa se emitía con un retraso de tres segundos. Esto significaba, al menos en teoría, que Phil podía censurarme si decía algo calumnioso o que pudiese desacreditar o mandar a los tribunales a Capital Live!

—Te has explicado con contundencia, Angus —dije.

—Eh, lo siento, tío.

Miré al otro lado de la mesa.

—¿Recuento de bips del día, Phil?

—Ha sido el primero.

—Eso me parecía. Setenta minutos en antena. Caramba. Nos salimos de la media. En fin, Angus, ¿querías decir algo más? La verdad es que nos hemos ganado una reputación nacional de tener un discurso intelectual convincente que deberíamos tratar de mantener, Angy, y, francamente, no estás dando la talla.

—Ya, pero es que si los ingleses no quieren formar parte de Europa, pues vale. Pero ¿por qué no podemos hacerlo nosotros? Ellos que elijan su camino, que nosotros seguiremos el nuestro. No los necesitamos. Es que a veces dan vergüenza ajena, tío.

Me dio la risa. Phil se ofendió.

—¿Eso lo dice la nación que nos dio los estupendos programas infantiles de los Krankies? —preguntó alzando la voz, indignado—. ¿Y las barritas Mars fritas? ¿Os avergonzáis de nosotros?

Yo seguía riéndome.

—Sí, bueno, Angus —dije—. Sé a lo que te refieres, pero por otro lado siempre lo hemos querido todo, ¿no? Me refiero a los escoceses. Cuando todo el mundo estaba de acuerdo en que todavía podía uno enorgullecerse del Imperio, nosotros no parábamos de insistir en que no se olvidaran de quién lo había construido por ellos: nosotros fuimos vuestros mejores soldados, ingenieros y demás, y os construimos los barcos y extrajimos el carbón para alimentarlos. Sí, cuando los ingleses llevaron la civilización a los morenitos, tal vez fuera un general inglés y sus hombres de petimetre a caballo los que gritaran a la carga y azuzaran a las masas desde lo alto de una colina, pero fueron los brutotes con faldas y gaitas los que en realidad cargaron y se ocuparon del trabajo de bayoneta. Ah, y ¿hemos mencionado ya que fuimos nosotros los que inventamos la máquina de vapor y la tele?

»¿Sí? Pero luego, en cuanto imperialismo se convirtió en una palabra malsonante empezamos con el cuento de: «Hermano negro, nos solidarizamos contigo. Por cierto, sabemos exactamente por lo que habéis pasado; esos cabrones ingleses invadieron nuestro país primero, llevamos trescientos años bajo el yugo imperialista. Totalmente explotados. Y, a propósito, además nos robaron la máquina de vapor y la tele.

El móvil de Angus había empezado a chisporrotear a mitad de mi discurso, se cortó y volvió a dar tono de comunicando.

—Angus ha abandonado las ondas —anunció Phil.

—Eso parece —dije, mirando el reloj del estudio y tachando otro segmento del guión con un lápiz—. Bien, se acabó la sección Looney Tunes, en la que vosotros, valientes todos, llamáis para que os insulte un profesional. Ahora tenemos unas informaciones de vital importancia sobre un asunto que no sabíais que querías escuchar y luego, inmediatamente después y ya que hablamos de insultar a la gente, Shaggy. ¡Adelante, Shaggy! No te cortes…

—¿Qué narices estás haciendo?

—He cambiado de idea. Quiero una ginebra con zumo.

—¿Y para eso telefoneas a Craig?

—Ajá.

—Si debe de estar a menos de ocho metros —protesté señalando hacia la barra—. Hasta le veo la coronilla.

Estábamos sentados en unas sillas de aluminio en la terraza de un bar de la Frith Street. Creo que era agosto. Era sábado por la noche, una de esas cálidas noches de verano en el Soho cuando da la impresión de que el barrio entero es interior, como una inmensa sala tipo madriguera; cuando la gente abarrota las calles entre los edificios bajos y lo convierte todo en un espacio único y los coches avanzan despacio, muy despacio, por las estrechas callejuelas, más lentos que los peatones, y parecen tan grandes como en los aparadores; son cosas enormes, torpes, montones de metal caliente atrapados por la prensa de blandos cuerpos semidesnudos. La música salía por las puertas y ventanas abiertas del bar, se filtraba desde una discoteca situada unos pasos más allá y emergía también de los coches que se arrastraban por la calle, amortiguada si las ventanillas iban subidas o más estridente si las llevaban bajadas. Olía a tabaco, cansancio, perfume, curry, kebab, cerveza, sudor y asfalto. Además, de vez en cuando llegaba el leve olorcillo, casi subliminal, de las alcantarillas, de los desagües, como si algo tóxico y en descomposición se filtrara desde el subsuelo.

Ed se giró un poco en su silla, echando un vistazo por encima del hombro al bar ruidoso y atestado donde, por lo visto, Craig había conseguido por fin alcanzar la barra.

—Sí, puede —dijo tecleando en el teléfono—. Pero intenta llegar hasta él o llamar su atención.

Tal vez a Ed no le faltara razón. También se me ocurrió que un cubito de hielo lanzado con puntería podría ayudar, pero miré mi botellín de Budvar y la Beck’s de Ed y cambié de opinión. Incluso con una buena provisión de cubitos (que no teníamos) y mis fabulosas habilidades como lanzador (que muy probablemente se habrían visto comprometidas por las tres o cuatro horas que llevaba bebiendo), cabía pensar que semejante actuación condujera al error, el malentendido y el fracaso. Incluso era posible que acabara en una trifulca.

—¿Craig? Sí. Ji, ji, ji. La mejor manera, tío. No, ginebra con zumo. Eso, de naranja. Sí, gracias, tío.

—¡Que sea doble! —chillé al teléfono. Los que pasaban por mi lado me miraron.

—Sí, es él —explicó Ed al móvil—. Hasta ahora.

—Eres de lo más decadente —le dije.

—Ya ves.

—No es nada personal.

Ed no debería haber estado. Había ido a un concierto en Luton que se canceló justo antes de empezar por culpa de unas amenazas de bomba. Como no tenía nada más que hacer, se vino con Craig y conmigo. Las salidas con Craig solían acabar en una discoteca pero sin saber cómo habíamos terminado siguiendo una ruta de Alcoholismo Duro. A esas alturas quedaba prácticamente descartado el bailoteo químico a la caza de bellas señoritas. Desde luego, podíamos cambiar de opinión, pero en tal caso era casi seguro que la noche acabaría en una lamentable humillación.

—¿Por qué iba alguien a poner una bomba en una discoteca? —le pregunté a Ed—. Ni siquiera amenazarla.

—Guerra de territorio, tío. Para montar esas cosas, encargarse de la seguridad, vender las pastis; se mueve pasta gansa. —Ed se acabó la Beck’s—. Claro que normalmente la cosa marcha sin problemas en interés de todos para que siga entrando el dinero, pero de vez en cuando hay algún desacuerdo y ninguna de las partes da el brazo a torcer y algún capullo necesita dejar claro lo que piensa. Como esta noche. —Me miró diciendo que sí con la cabeza—. El tipo de chanchullo en el que andaría metido el tal Merrial.

—¿De veras?

—Es posible. —Ed se encogió de hombros—. Ni lo sé ni lo quiero saber. Es una putada cuando esos cabrones no dan pie con bola. Dejan a un pobre y honesto DJ en la ruina.

—Tranquilo, ya te organizo una colecta.

—Que te den.

No tengo ni idea de dónde ocurrió lo siguiente.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Tú entiendes todo lo que dice ese colega tuyo?

—¿Quién? ¿Craig?

—A ver quién, si no, idiota.

—Pues claro.

—Pues tiene su acento, ¿eh? ¿No te parece?

—¿De qué coño hablas?

—O sea, me las apaño por los pelos con tu jerga de las Highlands, pero con él necesitaría un intérprete.

—¿Se supone que haces gracia?

—Que no, que lo digo en serio. Ji, ji, ji. —No sabes lo que dices. Craig ya no tiene acento escocés. Bueno, casi ninguno; cuando vuelve a Glasgow le toman por londinense.

—Venga ya.

—¿Y qué coño es eso de que tengo acento, capullo?

—¿Qué? ¿No creerás que hablas un inglés de la BBC, verdad?

—¡Mejor aún! —bramé. Creo que la gente se giró otra vez—. ¡Yo no tengo acento!

—¡Ja! ¡Vamos, que si tienes acento! ¡Te lo digo yo!

—Ni una mi’aja —dije con intención irónica.

—Ji, ji, ji. Como quieras. ¿De dónde soy yo?

—Británico.

Ed puso los ojos en blanco.

—Vale, ¿de qué parte de Gran Bretaña?

—Brixton.

—Te estás haciendo el tonto a propósito, tío.

—¡Vale! ¡Ing-glés!

—¿Lo ves? No, señor, yo soy inglés.

—¿Inglés? ¿Qué quieres decir? Hay una g, ¿no?

—Exacto, pero solo una, tú pronuncias «ing-glés».

—Siento disentir.

—Di «film».

—Filn.

—¡No! Va, dilo como lo dices siempre.

—Siempre lo digo así.

—¡Una mierda! ¡Dices filmm! Siempre.

—No. Film. ¿Ves?

—¿Ves?

—¿Si veo el qué?

—Acabas de decir «filmm».

—¡Que no!

—No, qué va. Mira, aquí está tu colega; a ver cómo lo dice él. Oye, Craig; di «film», tío.

Craig se sentó, dejó las bebidas en la mesa y, con una sonrisita, dijo:

—Película.

Nos partimos de risa.

—No, es como darse cuenta de que están los poderosos y los indefensos, los fuertes y los débiles, los ricos y los pobres, los ganadores y los perdedores, y ¿con qué grupo te identificas? Si es con los ganadores, entonces en esencia lo que estás diciendo es: «Bien, a los pobres, a los necesitados, a los oprimidos o los que sean, que los jodan; yo miro solo por mí; quiero ser uno de los ganadores y me da igual a quién perjudique o lo que haga para conseguirlo y mantenerme en esa posición». Si te identificas con los perdedores…

—Eres un perdedor —dijo Ed.

—No, no, no; no lo eres.

—De todos modos, tú tienes dinero.

—No estoy diciendo que tener dinero sea inmoral en absoluto. Aunque no estoy seguro de que poseer acciones…

—¡Escucha lo que dices, tío! ¿Qué tiene de malo tener acciones?

—La prioridad legal que automáticamente adquieres ante los trabajadores y los consumidores, ¡eso! —contesté. Para entonces, hasta yo mismo era consciente de mi pedantería.

—Sí, ya. Te apuesto a que de todos modos tienes acciones, tío, aunque no lo sepas.

—¡No tengo ninguna! —protesté.

—¿No? —preguntó Ed—. ¿Tienes un plan de pensiones?

—¡No! —exclamé triunfante.

Ed pareció sorprendido.

—¿Qué? ¿No tienes un plan de pensiones?

—No. Me borré del de la empresa y nunca he contratado otro.

—Estás loco.

—¡Que no! Tengo principios, cabrón.

—Para un hombre como Ken, las pretensiones de superioridad moral bien valen algún que otro porcentaje —le explicó Craig a Ed. A mí me pareció que en mi defensa.

—Sigo pensando que debes de tener acciones por algún lado. Entonces, ¿dónde inviertes la pasta?

—En una sociedad de crédito hipotecario. De ámbito nacional, es el último gran fondo de inversión inmobiliaria. Todo mi dinero se destina a ofrecer préstamos para que la gente se compre una casa, no al resto del mercado de capital, y desde luego no va a parar a los bolsillos de ningún director gordo y cabrón.

—Ya —bufó Ed—. ¿Y qué sacas? ¿Un cuatro por ciento?

—Una conciencia limpia. —Huy, otra vez bordeando el precipicio de la pomposidad—. En fin, lo que digo es que se puede ser ambicioso y ganar dinero y querer que a tus amigos y a tu familia les vaya bien y mantener al mismo tiempo, mantener… ¿Qué estoy intentando decir, Craig?

—«Estoy borracho» —se rió Ed—. Alto y claro.

—Creo —intervino Craig— que tratas de explicar lo que determina que seas de izquierdas o de derechas. O liberal o no. Algo por el estilo. —Agitó un brazo—. No lo sé.

Craig estaba sentado con aire desgarbado, sobresaliendo de la silla, con las extremidades muy poco dispuestas a actuar y la luz reflejándose en su cabeza afeitada. Nos habíamos trasladado al Soho House después de que cerraran el bar. Quizá pasáramos por algún lugar intermedio (véase más arriba). En fin; todos habíamos lamentado mucho dejar el bar por la gran cantidad de mujeres escandalosamente guapas que pasaban por la calle sin parar, además habíamos observado que su belleza iba considerablemente en aumento a medida que avanzaba la noche.

De todos modos, ahora estábamos en el House, lleno y sofocante, y aunque me parase a pensarlo no lograba recordar en qué planta nos encontrábamos ni en qué sala ni dónde quedaba el lavabo. Al menos nos las habíamos apañado para conseguir mesa, pero estar sentado en medio de tantos cuerpos de pie te situaba demasiado bajo para orientarte y distinguir algún tipo de monumento natural como antes. No tenía idea de cómo habíamos llegado al tema de las ideologías personales pero había dejado de intentar averiguarlo, probablemente lo había sacado yo.

—Algo así —dije sintiendo que coincidía en una cuestión importante pero sin ser capaz de recordar exactamente cuál—. Es una puta declaración de intenciones. Y además tiene sentido. Se trata de con quién están tus simpatías; contigo o con tus iguales. Mujeres. Seres humanos. Todo se resume en eso.

—¿Qué?

—Eso, lo que voy a explicar, ahora, aquí mismo.

—¿Y bien?

—Adelante.

—Se trata de lo siguiente: si ves a alguien que lo está pasando realmente mal ¿vas y piensas «Jódete, pringado»? O si ves a alguien que las está pasando canutas ¿piensas «Oh, qué pena» o «Qué vergüenza» o «Pobrecillo» y te preguntas cómo puedes ayudarle? Es una opción. Es cuestión de opciones. Tienes que elegir. Depende de lo asqueroso o lo majo que seas.

—Guau, tú debes de ser muy majo —dijo Craig—. Porque te has saltado la opción peor que «Jódete, pringado».

—¿Ah, sí? ¿Hay otra peor?

—Sí. «Hum… ¿cómo puedo explotar a este que está en la miseria y utilizar así a una persona vulnerable para mis propios fines?»

—Hostia. —Dejé escapar una exhalación, avergonzado de mi falta de cinismo—. Me había saltado una. —Negué con la cabeza—. El mundo está plagado de hijos de puta.

—Y nunca están a más de tres centímetros de una rata —sentenció Ed. Arqueó las cejas—. Sobre todo por aquí.

—¿Tres centímetros? —pregunté—. Creía que eran diez metros.

—Seis centímetros —apuntó Craig a modo de compromiso.

—Lo que sea.

—Sí —dije—. El Soho. Supongo que por aquí debe ejercerse también la pequeña porción de explotación que le toca al barrio.

Ed resopló en su bebida para llamar la atención.

—Esto es la Ciudad de la Explotación, tío.

—Las chicas son esclavas —dijo Craig asintiendo con aire de sabio.

—¿Quién? ¿Qué chicas?

—Las de vida alegre —explicó Craig.

—Las chicas de las tarjetas de las cabinas —dijo Ed.

—Ah. Sí. Por supuesto.

—Sí, intenta encontrar por aquí una puta que hable inglés.

—Ya —dije—. Sí, ahora son todas de la Europa del Este o así, ¿no?

—Esclavas —repitió Craig—. Les quitan el pasaporte, les dicen que tienen que trabajar para pagar una deuda absurda. Las chicas creen que una vez la hayan devuelto podrán empezar a ganar algo para ellas y enviar dinero a casa pero, claro, eso no ocurre nunca. —Asintió—. Lo he leído en alguna parte. En el Observer, creo.

—Y la poli no hace nada, supongo —dije—. Porque si fuesen a la policía las deportarían o las encerrarían en algún centro de detención o así.

—Por no hablar de lo que le pasaría a la familia que se quedó en su país. —Ed chasqueó los dedos—. Otro asunto en el que anda metido tu señor Merrial, ahora que lo pienso. Él y sus compinches albaneses.

—¿Quién? —preguntó Craig con aire perplejo.

Sufrí un ataque repentino de paranoia aguda y moví la mano como quitándole importancia al tema, al menos con esa intención.

—¡Ay! —dijo Ed atrapando el vaso antes de que llegara al suelo—. De todos modos, está vacío.

—Perdona, perdona —me disculpé—. Hum… ah, sí; demasiado complicado —contesté al todavía perplejo Craig. Me giré hacia Ed—: Ed. Tú, ¿en qué crees?

—Yo creo que es hora de pedirse otra copa, tío.

—No. No lo hice. No dije la mitad de las cosas que debería haber dicho.

—Ajá. Bueno, y ¿qué dijiste?

—Tres cosas. Dos muy simples, incontestables y claras. Una: aun siendo una ciudad harto civilizada y estimable, las autoridades parisinas cometieron una negligencia rayana en lo criminal en ese tramo de carretera con unos inmensos pilares de cemento cuadrados y sin barreras de protección. No podrían haber sido más peligrosos de haberles añadido pinchos de hierro gigantes apuntando al flujo de coches. Dos: se supone que estamos tratando con una mujer adulta, madura, responsable, madre de dos hijos, querida por millones de personas, de modo que podría haber hecho lo primero que cualquier ser humano racional hace al subirse a un coche, en especial si el trayecto se adivina veloz e incluso aunque no te hayas percatado de la borrachera del conductor, y haberse puesto el cinturón de los cojones. Tres, que es la que de verdad me metió en problemas: yo tengo la conciencia tranquila. Pero muchas de las personas que acudieron a ver el cortejo y lanzar flores al coche fúnebre, si culparon a los fotógrafos que perseguían al Mercedes en las motos, y mucha gente lo hizo, eran unos hipócritas porque, siguiendo su propia lógica, habían ayudado a matarla.

—Ajá. Bueno. ¿Cómo?

—Para empezar, ¿por qué se molestaban los fotógrafos en pasar la noche en vela frente a un hotel de lujo parisino? Porque las fotografías que pudiesen obtener tenían valor. ¿Por qué esas fotografías tenían valor? Porque los periódicos pagarían por ellas. ¿Por qué los periódicos pagarían mucho dinero por ellas? Porque esas fotografías vendían diarios y revistas.

»Lo que yo quería decir es que si cualquiera de las personas que culpaban a los fotógrafos, una profesión por la que no siento un gran afecto, te lo aseguro, compró alguna vez periódicos en los que apareciera regularmente la realeza en general o la princesa Diana en particular y, en especial, si alguna vez cambió de diario o compró otro porque contenía o podía contener una fotografía de Diana, entonces también debería culparse a sí misma de la muerte de la princesa puesto que su interés, su adoración, su necesidad de cotilleos sobre famosos, su dinero, fue lo que puso a los fotógrafos delante de la puerta del Ritz esa noche y lo que los mandó a la caza que terminó con el Mercedes negro totalmente empotrado en un trozo subterráneo de hormigón reforzado y tres muertos.

»En cambio, yo soy republicano…

—¿Qué? ¿Como del IRA?

—No, el puto IRA no. Quiero decir que soy republicano en lugar de monárquico. No tengo nada en contra de su majestad y los demás como personas… Bueno, da igual… Pero en cuanto a institución, quiero que derroquen la monarquía. Para empezar nunca compraría una porquería como el Sun o el Mail o el Express, pero incluso si por alguna extraña razón me sintiera tentado de hacerlo alguna vez, el hecho de que llevaran una foto de la princesa Diana en la portada en lugar de animarme a comprarlo, me hubiera echado para atrás. De modo que yo no ayudé a que la mataran. La pregunta que yo planteé a los oyentes fue: «¿Y usted?».

—Bien, ya entiendo.

—¿Sí?

—De modo que te despidieron. Por plomo.

Me encogí de hombros.

—Los periódicos se molestaron. Personalmente opino que lo que pasó es que al Mail y al Express no les gusta que les llamen tabloides.

—Pero descubriste algo más, ¿me equivoco?

—Exacto.

—Venga ya, me tomas el pelo. Eres de lo que no hay.

—¿Ah, sí?

—Sí, yo soy una gran fan tuya. No deberías insultarme. Creía que lo estaba haciendo bien.

—¿Cómo? ¿Creías que lo hacías bien?

—¿No es verdad?

La miré de arriba abajo.

—Eres curiosa.

—¿Tú crees?

—Seguro. ¿Otra copa?

—Vale. No; siéntate. Ya voy yo. Todavía no me has dejado invitarte a nada. Por favor.

—Si insistes, Raine…

—Insisto. ¿Lo mismo?

—Sí.

—No te vayas —me dijo Raine tocándome otra vez el brazo. Lo había hecho a menudo en la última hora más o menos. Me gustaba.

—De acuerdo —contesté.

Raine se deslizó fuera de nuestra mesa e insinuó su ágil cuerpo de la talla treinta y seis entre el gentío, en dirección a la barra. Phil se inclinó sobre la mesa.

—Ya es tuya, tío.

—Sí, podría ser —convine—. ¿Quién lo hafría disho? —Mierda, estaba un poco borracho. Me había bebido el último whisky. Craso error. Me volví hacia Phil—. ¿Puedo beber de tu agua?

—Claro. Ten.

Bebí un poco de la botella de Evian de Phil.

Estábamos en el Clout de Shaftesbury Avenue, un gran complejo lúdico de tercera generación frío y pijo, diseñado para el discotequero maduro y exigente que gustaba también del Home o podía ser visto en VIMAR (siglas de Viejos Más Allá de lo Reconocible, sucesor por edad de la clientela del JOMAR: Jodidos Más Allá de lo Reconocible).

Phil y yo estábamos sentados en una cabina del Retox Bar, en el Nivel Tibio. Si escuchabas con atención apenas distinguías el bum-bum-bum de la pista central de la planta de arriba. De abajo, donde estaban los chill-outs y los sonidos relajantes y tranquilos de la zona ambiente, llegaba algo parecido al silencio. Bueno, quizá también el estallido ocasional de una nueva neurona alejándose de este mundo.

Arriba apenas oías a la persona que tenías al lado aunque te gritara a la oreja. Abajo no te atrevías a superar el mero susurro. Donde estábamos había música pero podía mantenerse una conversación perfectamente. Debía de estar haciéndome viejo, porque prefería esa planta. ¡Y con razón! ¡Allí era donde te encontrabas a pedazos de mujeres como Raine! ¡De puta madre!

Tranquilo, tranquilo, me dije a mí mismo. Intenté respirar hondo.

—Últimamente estoy en racha —le dije a Phil sacudiendo la cabeza.

Jo, Ceel (ah, Ceel, que entraba en otra categoría completamente distinta, que era un mundo en sí misma, pero a la que veía poquísimo)… Perdí la cuenta. Vuelta a empezar: Jo, Ceel… aquella argentina de Brighton, un par más, Tanya (bueno, Tanya no, que me dio plantón), pero era consciente de que con Amy tenía luz verde si quería llevar las cosas más allá del estado «siguiente en mi lista de juego»… y ahora esta tal Raine. Una mujer absolutamente despampanante con acento de Sloane ¡y que parecía ir por mí! Me encantaba Londres. Me encantaba hasta el bocado más pequeño de fama.

—¿Verdad que sí?

—Sí —admitió Phil asintiendo con la cabeza—. No sé qué te ven.

—Yo tampoco. —Bebí un poco más de agua y observé el suelo a mis pies. El suelo del Retox era de madera clara de aspecto escandinavo. Vaciar un whisky directamente encima podría provocar indecorosos ruidos de chapoteo y salpicaduras, como si te hubieses meado encima o así. Ah, ah… Phil había dejado su chaqueta en el suelo cuando Raine se había sentado con nosotros. Perfecto. Enganché la chaqueta con un pie y la acerqué un poco más cuando Phil no miraba.

—Aquí tienes —dijo Raine dejándome el whisky delante. Un whisky doble—. Ten, te he traído más agua, eh, Paul.

—Phil —corrigió Phil.

—Eso. Perdona, Phil. —Raine me sonrió y alzó su copa; parecía un gin-tonic. Alcé la mía—. De un trago —dijo, y así lo hizo.

Yo me llevé el vaso a los labios y fingí que bebía pero sin hacerlo, apretando los labios muy fuerte. Olí la bebida. Me estaba volviendo paranoico, pensaba que Raine observaba cómo bebía. Hice como si tragara, moviendo la nuez de la garganta. Dejé el vaso en la mesa, rodeándolo con los dedos para que no se viera el nivel de alcohol.

—Bueno. Sabe un poco a turba. ¿Es un Islay?

—Ah, ajá —contestó Raine—. Sí, eso.

Raine llevaba unos pantalones de cuero ajustados, una blusa de chifón blanco y rosa de dos capas y gafas de sol con cristales amarillos que le daban aire de Anastacia. De mediados de los años veinte, como su cintura. Tenía unos pómulos magníficos y la mandíbula como la de David Coulthard, aunque más delicada, obviamente. Se le transparentaban los pezones por debajo del chifón (¿volvía a ser moda?). En cualquier caso, le sentaba bien, y sus hombros desnudos me recordaban a Ceel. La melena de Raine era rubia y espesa, y ella estaba constantemente apartándose el pelo de la cara.

—Y dime, Raine —dijo Phil—. ¿alguna vez has practicado la caída libre en La Mancha?

Sonrió con aire estúpido primero a Raine y luego a mí. Me dio la impresión de que, como mínimo, estaba igual de borracho que yo. Habíamos comenzado mano a mano en el pub, habíamos seguido en el Groucho, luego en el Soho House y habíamos acabado aquí, perdiendo compañeros de trabajo por el camino bajo excusas patéticas del tipo comida, cita previa, medias naranjas, hijos, ese tipo de cosas. Tenía la vaga impresión de que habíamos mantenido una buena charla sobre el programa en algún momento y que se nos habían ocurrido ideas nuevas y material contra el que yo podría despotricar, pero ahora no recordaba los detalles. Afortunadamente Phil solía acordarse y normalmente tomaba notas con su letra pequeñita en el Diario Práctico que llevaba siempre encima.

Era viernes, de modo que al día siguiente no teníamos programa; se nos permitía salir a jugar un rato, maldita sea. Jo estaba fuera el fin de semana, acompañando a los Addicta a Estocolmo y Helsinki. Además hacía tres semanas que no veía a Celia y había abrigado la esperanza de encontrarme un paquete de mensajería esperándome al acabar el programa y una llamada de Desconocido al móvil; de hecho, me había pasado el programa, el día entero desde que me había despertado, incluso la semana, puestos a ser sinceros, esperando con ilusión firmar en el acuse de recibo del motorista: recibido en perfecto estado, firme aquí, sello, hora de recepción… Pero no había llegado nada, solo la sensación de vacío.

Decidí que era el momento de beber con alegría.

—¿Perdón? —preguntó la chica.

Phil agitó una mano con gesto atontado.

—Nada. Olvídame.

—Ajá.

Raine miró con bastante mala cara a mi productor. Menuda impertinente, pensé. Ese hombre era uno de mis mejores amigos y un productor excelente. ¿Quién se pensaba esa que era, mirándole con cara de mandarlo a paseo? ¿Cómo se atrevía? Ese hombre merecía un respeto, por amor de Dios. Mientras Raine estaba distraída, aproveché la oportunidad para verter la mitad del whisky sobre la chaqueta de Phil, luego me llevé el vaso a la boca y fingí otra vez que bebía, justo antes de que Raine volviera a centrar en mí su atención y la sonrisa reapareciera en su cara. Brindamos de nuevo. Me pareció oler los efluvios del whisky evaporándose desde la oscura superficie de la chaqueta Paul Smith de Phil, vieja pero que aún mantenía el estilo. Removí el whisky. Raine me miraba.

—¿Intentas emborracharme? —le pregunté en una especie de alocado intercambio de papeles.

Bajó levemente los párpados y se acercó a mí hasta que su calor traspasó mi camisa.

—Intento llevarte a casa conmigo —murmuró.

—¡Ja! —me reí. Me di una palmada en el muslo—. ¡Irás al baile, Cenicienta!

Phil se desternillaba de la risa al otro lado de la mesa. Raine lo fulminó con la mirada. Cogí la barbilla de la chica y acerqué su boca a la mía, pero me cogió del antebrazo y me bajó la mano con delicadeza.

—Acábate la bebida y nos vamos, ¿vale?

Yo ya me había encargado de casi todo el whisky y podría haber bebido el resto sin notar ninguna diferencia, pero para entonces se había convertido ya en algo entre un juego y una cuestión de honor eso de deshacerme de toda la copa sin que una sola gota traspasara mis labios, de modo que miré por encima de la brillante melena rubia de Raine y dije:

—Vale… Mierda, ¿esos no son Madonna y Guy Ritchie?

Miró. Tiré el resto del whisky en la chaqueta de Phil y me levanté, alejando el vaso de mi boca en el instante en que Raine se giró de nuevo.

—Supongo que no —dije.

Me sentía bien. La perspectiva de disfrutar del sexo con alguien nuevo, sobre todo con alguien de tan buen ver como Raine, bastaba para despejarme. Con todo, me tambaleé un poco al salir del reservado.

—Me tengo que ir, Phil.

—Bueno. Que te diviertas —contestó.

—Ésa es la intención. Cuídate.

—Y tú toma precauciones. —Soltó una risilla.

—Hasta el lunes.

—Tengo que ir al baño —dijo Raine mientras nos abríamos paso entre la gente.

—Te espero en el guardarropía.

Dediqué un par de minutos a cotorrear con la chica del guardarropía de la planta baja. A diferencia de Phil, yo solía dejar la chaqueta a buen recaudo, claro que, por otra parte, tampoco la utilizaba como bolso.

—¿Listo? —preguntó Raine entregándole el resguardo a la chica.

—Sí.

Raine me dejó que la ayudara a ponerse el abrigo. Era un chaquetón afgano, detalle que interpreté como una coincidencia de la moda retro más que como una sutil declaración geopolítica. Se volvió y me miró a los ojos, cambiando de una pupila a la otra. Me pareció agradable, muy sexy, que me inspeccionara tan de cerca. Raine no le había dado propina a la chica de guardarropía, pero no me importó. Más o menos me caí encima de Raine y ella se dejó besar, aunque no muy hondo. Me apartó y echó un vistazo a la chica.

—Vamos —dijo.

Al salir llovía. Saludé a los gorilas, que sonrieron y me devolvieron el saludo. Estaba moderadamente seguro de conocer sus nombres, pero no seguro del todo, y equivocarse con los nombres de esos tipos era peor que no llamarlos nada. Fijé la vista en la lluvia y en el tráfico que recorría la avenida en ambos sentidos, con los faros brillando en la oscuridad ensortijada.

—Llueve, Raine —dije.

—Ya lo veo —dijo mirando a la calle. Sí, Kenneth, pensé para mí, como si nunca antes en su vida lo hubiera oído[2].

—Viernes noche bajo la lluvia —dije con autoridad—. La mejor oportunidad para conseguir un taxi es esperar a que se baje alguien. Me ofrezco voluntario para salir corriendo si para alguno.

—De acuerdo.

—O podría telefonear —propuse sacando el móvil después de pelearme con la funda que llevaba en la cadera—. Les ofreceré una propina exorbitante, mucho más alta de lo habitual. —Entornando los ojos, bajé la vista hacia el pequeño Motorola y lo abrí—. Pero no digas nada que tenga que ver con curry —musité guiñando un ojo para ver bien la pantalla.

Raine miró alrededor. Apoyó su mano en la mía, por encima del móvil.

—No, ya está. Viene uno.

Un taxi negro acababa de frenar junto al bordillo.

—Bendita seas —dije guardando el móvil—. No, tiene la luz apagada…

Pero Raine ya me arrastraba lejos de la acera hacia el coche.

—Sí, lo he parado yo.

—Bien hecho, Raine —dije tratando de aferrarme a la manija de la portezuela sin conseguirlo.

Raine abrió la portezuela, pero yo insistí en mantenerla abierta hasta que ella subiera. Luego me golpeé la cabeza al subir.

—Ay.

—¿Estás bien?

—Perfecto. —Me puse a buscar el cinturón de seguridad—. Esto es un buen presagio, Raine —le dije levantando el trasero para coger el cinturón.

—Sí, ¿verdad?

—¿Conseguir así de rápido un taxi un viernes por la noche y lloviendo? Haces milagros. O, en equipo, tenemos un don.

—Ajá.

El taxi se sumó al tráfico en dirección norte. Al final conseguí abrocharme el cinturón. Raine no se había molestado en ponérselo. Empecé a sermonearla acerca de lo extremadamente desaconsejable que era no hacerlo, dado lo que le había ocurrido a la princesa Diana, pero se limitó a mirarme de un modo extraño y caí en la cuenta de que, además de evitar que salgas disparado hacia delante y se te destrocen las extremidades en un choque, los cinturones de seguridad también te impedían darte el lote. Gracias a ellos estabas A Salvo en los Taxis. Me quedé pasmado. Estaba seguro de que ya lo sabía antes pero por lo visto se me había olvidado.

—Tienes razón —dije, pese a que Raine no había dicho nada. Me desabroché el cinturón—. Solidaridad.

Resbalé por el asiento hacia ella. Pillé al taxista vigilándonos por el retrovisor. Raine me permitió rodearla con los brazos, aprisionada contra el rincón. Apoyé los labios en su boca. Esta vez la abrió un poco más. Intenté torpemente meter las manos dentro de su abrigo.

—A lo mejor deberían ponerse el cinturón, ¿eh? —dijo el taxista.

Era un taxi anticuado, de modo que tenía que hablar por el hueco de la mampara de plexiglás que nos separaba en lugar de usar un interfono como el de los vehículos más modernos.

Raine me apartó.

—Sí, supongo que sí —dijo con lo que interpreté como evidente mala gana.

—Ja. ¿Ves? —dije aleccionándola con el dedo.

Palpé de nuevo en busca del cinturón. Ella me miró y luego se abrochó el suyo.

—Ten —me dijo pasándome el extremo de mi cinturón.

—Gracias. —Me recosté y cerré los ojos.

—¿Una cabezadita? ¿Por qué no?

Abrí los ojos, la miré.

—No estoy cansado. ¿Falta mucho?

—Sí, todavía falta un poco. —Echó un vistazo al conductor, luego se inclinó hacia mí y dijo en voz baja—: Descansa. Vas a necesitarlo.

Me miró con una de esas miradas que son todo pestañas y me acarició la mano en un ademán que me pareció claramente carnal.

Sonreí de un modo que esperaba que no resultara demasiado lascivo y me recosté, cerrando los ojos.

—Si me pongo a roncar, solo finjo por ironía posmoderna, ¿vale?

—Sí, claro.

El taxi siguió adelante, retumbando y traqueteando entre el tráfico de altas hora de la noche. Sonaba un poco como mi viejo Landy. Muy relajante. El rumor de la lluvia bajo los neumáticos y contra los tapacubos sonaba tranquilizador y balsámico. En la parte de atrás se estaba calentito. Me hizo pensar en habitaciones de hotel a oscuras. Tomé aire a fondo y lo solté. Un pequeño descanso para los ojos. ¿Por qué no? Un sueñecito no me haría ningún daño. Por otro lado, no quería dormirme y empezar a roncar y babear y parecer ordinario, así que tal vez no fuera una gran idea.

Pasó un rato. Una voz masculina dijo en voz baja:

—¿Está inconsciente?

—Creo que sí —contestó Raine. Al menos me pareció ella. Aunque su voz sonaba diferente—. ¿Falta poco?

—Cinco minutos.

Qué raro, pensé con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. ¿Me había dormido? Solo un poco. Pero ¿por qué Raine le preguntaba al taxista si faltaba poco para llegar? ¿No conocía el camino a su casa? Quizá acababa de mudarse.

Pero ¿qué quería decir el taxista al preguntarle si yo estaba inconsciente?

—Comprueba que esté inconsciente, muñeca.

«¿Comprueba que esté inconsciente?» ¿Qué coño estaba pasando? Noté una mano acariciándome la mía, luego pellizcándome. No reaccioné.

—¿Ken? ¿Ken? —llamó Raine en voz bastante alta. Me quedé como estaba. Se me aceleró el corazón—. Sí, en el limbo.

—Bien.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué coño estaba pasando? Y ¿adónde íbamos? ¿Raine le había indicado la dirección al taxista al subir? Había dado por sentado que Raine le había dado la dirección de su casa mientras yo subía al coche y me golpeaba la cabeza con el marco de la puerta, pero ¿había tenido tiempo de hacerlo? ¿Yo no debería haber escuchado algo? No lo recordaba. Mierda, estaba borracho, cómo iba a recordar esas cosas. Pero además el taxi había aparecido por casualidad. Se había acercado en medio de la neblina húmeda de un viernes lluvioso entre la hora de cierre de los cines y la de los bares. En la avenida Shaftesbury. Había aparecido sin más, con la luz de libre ya apagada, si no me fallaba mi confusa memoria, listo y esperando junto a la acera, como si nada. Y había dado la impresión de que Raine había salido a buscarlo. Pero después habíamos llegado a eso de «¿Está inconsciente?», «Sí, en el limbo». ¿Qué coño estaba pasando? El taxista esperaba que yo estuviera dormido, en el limbo, inconsciente…

Dios mío. Por todos los santos: el whisky. Había algo en el whisky. ¿Cómo se llamaba esa droga que usaban los violadores? No me acordaba. Pero debía de ser algo así. Raine había insistido en ir a buscar ella la bebida, luego me había vigilado mientras me la tomaba o había pensado que estaba contemplando cómo me la bebía mientras yo disimulaba una sonrisa e interpretaba mi numerito y ungía la chaqueta de Paul con el licor en lugar de bebérmelo, engañándola, moviendo la nuez, chasqueando los labios y haciendo de todo menos limpiarme la boca con la manga: ¡Eh, mira, me lo estoy bebiendo! ¿Ves? ¡Se acabó! Me había echado algo en la copa. Tenía que ser eso. ¿Era la cosa esa de los violadores? ¿Eutimol? No, eso era pasta de dientes, ¿no? ¡Un puto somnífero en estos tiempos de mierda y soy tan capullo que pico el anzuelo! O lo habría picado, si no hubiera estado decidido a salvaguardar algún resto de sobriedad de mi sopor etílico con el fin de, con un poco de suerte, echar un polvo.

Oh, mierda.

Lo había olido. El whisky con la droga de los violadores o lo que fuera; había inhalado su olor. ¿Qué potencia tenía? Se me debía de haber pegado algo en los labios al fingir que bebía. ¿Mi sueño estaba inducido por la droga? No. Yo no, seguro, de ningún modo. Estaba muy despierto y horrible, tensa y agudamente sobrio, con el corazón latiendo tan fuerte que me extrañaba que Raine, si es que ése era su nombre, no lo oyera, que no viera que me temblaba todo el cuerpo con cada sacudida, a cada golpe del corazón.

—¿Estás bien? —preguntó el conductor. Por un momento idiota pensé que hablaba conmigo, y por un microsegundo totalmente desquiciado estuve a punto de contestarle.

Entonces la chica contesta que sí, como de pasada, como si estuviera aburrida.

Abrí un poco un ojo, el izquierdo, del lado contrario a Raine. ¿Dónde estamos? Tengo la vaga impresión de que estamos en algún lugar del East End, pero no lo sé. Tengo la cabeza gacha y sin alzarla no veo gran cosa. ¿Cuánto ha dicho el taxista que faltaba? ¿Cinco minutos? Sí, cinco minutos. Pero ¿cuánto hace de eso? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Cuatro?

Veo la lucecita roja del seguro de mi puerta, cerca de la manija. Claro; las puertas de los taxis van cerradas con seguro mientras el vehículo está en marcha. Supuestamente por seguridad. Para evitar que salgas corriendo, más bien. Da igual. No puedo intentarlo cuando el coche desacelere. Tengo que esperar a que esté completamente parado. Mierda. Ahora vamos más despacio y empiezan a sudarme las manos de pensar en asir la manija de la puerta y echar a correr… pero luego volvemos a acelerar.

Aprovecho el acelerón como excusa plausible para dejar caer la cabeza hacia atrás y apoyar la nuca en el respaldo del asiento, ahora la vista de mi ojo semicerrado es un poco mejor. Noto que Raine me mira. Me pongo a roncar. Entre las pestañas temblorosas, veo una calle con poco tránsito y edificios bajos. Tengo que haberme dormido. Estamos muy lejos del West End. Giramos a la izquierda, por una calle más oscura y tranquila. Bordeada por lo que parecen almacenes y edificios industriales. Veo montones de pintadas y vallas publicitarias con anuncios viejos, gastados y empapados de lluvia que ondean al viento. Pasamos por debajo de un puente, el motor resuena contra la parte inferior, tachonada de remaches, de unas inmensas vigas negras.

—Casi hemos llegado —dice el taxista.

—Ajá —contesta Raine.

Vamos más despacio. Por delante se ve una calle más grande y ruidosa. Y semáforos.

—Al pasar esos semáforos.

Se ponen en ámbar.

—Bien.

Gracias a Dios.

—Sí, creo que ese de ahí es Danny.

Se ponen en rojo.

—Ajá.

Oh, sí. Oh, sí, que pare aquí, en el extremo contrario al que circulan los coches de dondequiera que estemos yendo, de quienquiera que sea Danny.

El taxi se detiene, el motor queda en ruidoso punto muerto. La lucecilla roja de la puerta debería apagarse. Ahora. Se oye un clic. Espero a que la luz roja se apague. No se apaga.

Algo terrible y tembloroso me recorre las tripas, arrancando sudor frío de todos los poros de mi piel. El conductor; los taxistas pueden anular la apertura automática de las puertas, dejar el seguro puesto cuando el coche se para. Nos ha encerrado.

Estoy jodido. Esta gente puede hacerme lo que quiera. Quizá esté a punto de morir. El semáforo sigue en rojo, pero el tráfico transversal se ha detenido. El conductor acerca la mano al cambio de marchas.

De pronto me enderezo. Raine me mira y empieza a abrir la boca con los ojos como platos. Me desabrocho el cinturón y doy una patada a la ventanilla de la izquierda con la pierna derecha, con todas mis fuerzas. Se rompe a la primera. Tengo la impresión de que la pierna también, pero la ventana ha desaparecido con un estrépito tremendo, llenando la calle y la moqueta del suelo del taxi de un millar de pequeñas cuadradas joyas de sodio que brillan a la luz de las farolas.

La cara sorprendida del taxista se gira hacia mí. Raine me agarra del brazo y yo hago algo que jamás había hecho: pego a una mujer. Le doy un puñetazo en plena nariz y la cabeza le golpea contra la ventanilla de su lado.

Luego salgo por la ventanilla rota de mi lado tan rápido que hasta el mismísimo John Woo estaría orgulloso de mí, girando sobre mi espalda, cogido de la parte alta del marco de la portezuela y recuperando el equilibrio pateando y agitando las piernas, para estropear la belleza de ballet de todo lo anterior.

Aterrizo en la calle con un bufido, justo cuando el taxi arranca y luego frena de nuevo, derrapando. Estoy girando sobre cristales rotos, me levanto de un salto y echo a correr. Detrás de mí se oyen gritos y un portazo. Llegan más gritos de más lejos. Unos y otros, masculinos. Ahora oigo gritos de mujer. La calle por la que corro es ancha y está casi vacía. Hay algunos coches aparcados, un par de Transit y Luton. Me dirijo a la acera para que los coches aparcados me separen de mis perseguidores.

El viento me zumba en los oídos mientras corro. Oigo el sonido de un motor detrás de mí. Estoy llegando al final de la calle. El motor gime, en marcha atrás, luego parece que se cala, se oye un chirrido de neumáticos, un momento de silencio, y el motor chilla. Ha girado con el freno de mano.

Entro corriendo en la calle que se abre a la derecha y cruzo a toda velocidad una ráfaga de tráfico repentino, con cláxones pitándome a derecha e izquierda mientras esquivo una isla peatonal de un salto y atisbo, a unos cien metros, un puesto de patatas fritas con varios clientes haciendo cola. Alcanzo la acera, sorteando una furgoneta de Correos, que apura tanto el frenazo que la rejilla me araña la palma de la mano del brazo que he alargado para detenerla. Corro a la cola del puesto de patatas, eludiendo a unas cuantas personas que caminan despacio como si fueran vallas en una carrera de eslalon cuesta abajo. La furgoneta de Correos me adelanta por la izquierda, el conductor se asoma por la ventanilla, me grita «¡Gilipollas!» y refuerza el comentario con un ademán. Hay dos coches en el bordillo justo pasada la cola del puesto. Los coches están aparcados junto a una pequeña puerta iluminada y una ventana coronada por un cartel luminoso de aspecto barato y color blanco amarillento colgado de ladrillos agujereados y que anuncia las dos palabras más maravillosas en el idioma más bonito del universo: taxis privados.

Freno y miro atrás al tiempo que me sumo a la cola pero no veo el taxi negro por ningún lado, ni a nadie corriendo. Me aliso la chaqueta, me paso los dedos por el pelo y cuando llego al primer taxi de la cola y aviso al tipo de la puerta y me subo al coche, estoy silbando.

—Bueno, ¿alguna vez miras el número de licencia cuando te subes a un taxi?

—No —admitió Craig—. A ver quién lo hace.

—Probablemente Phil —dije. Había telefoneado al móvil y al fijo de mi productor, pero saltaron los contestadores.

—Sigo pensando que deberías acudir a la policía.

—Por Dios. Solo pensaba en escapar.

—Ya, pero aun así…

—Sí, pero aun así, ¿qué? Eran las once y media de un viernes por la noche. La poli andaría ya bastante ocupada con peleas y broncas y las locuras típicas del fin de semana. Y, de todos modos, ¿qué iba a denunciar? Creo que me estaban secuestrando, creo que alguien me echó algo en la bebida, pero si necesitan pruebas tendrán que conseguir la chaqueta de mi amigo y analizarla para ver si tiene drogas, si es que aún se pueden detectar. Creo que me tenían preparado algún acto violento pero no lo sé. Estoy bastante seguro de que me persiguieron pero eso ni siquiera es ilegal. Joder, lo único decididamente criminal que ocurrió lo hice yo: destrocé la ventanilla de un taxi y le di un puñetazo en la cara a una mujer. ¡Tío, pegué a una mujer! Hostia, tenía la esperanza de no caer en eso en la vida, como no romperme un hueso importante ni cambiar un solo pañal.

Le di una profunda calada al porro. Yo quería un brandy o algo, pero Craig había considerado que lo que necesitaba era fumar algo dulce y apacible.

Lo primero que pensé al subir al taxi y decirle al conductor que pusiera rumbo a Basildon (que debía quedar al este de dondequiera que estuviésemos, de modo que no teníamos que pasar por la calle por la que me habían perseguido) fue en llamar a Amy. Amy vivía en Greenwich, que resultaba verosímil que quedara por la zona, y acudir a ella —presentándome de improviso en la puerta de su casa— en ese momento de necesidad, escapando de los villanos, podría ser justo el tipo de suceso romántico requerido para romper el hielo y empujar nuestra relación hacia la fase siguiente que le deparara el destino (la había visto por última vez el 11 de septiembre, cuando nos habíamos sentado todos juntos en el loft de Kulwinder y Faye a ver los increíbles acontecimientos hasta que su jefe la había llamado).

Luego pensé en Celia. Dios mío, Merrial. Quizá Merrial estaba detrás de lo que acababa de ocurrir.

No sé quién había imaginado que podría querer secuestrarme y llevarme al East End para… lo que fuera, pero desde luego el marido de Celia era el sospechoso número uno. ¿Por qué no se me había ocurrido de inmediato? ¿Podría tener algo que ver todo este asunto con Celia y conmigo? ¿Nos habían descubierto?

Creíamos que habíamos sido muy precavidos, pero ¿cómo estar seguros?

Mierda. ¿Debería llamar al número de móvil que tenía sin que Celia lo supiera y avisarla?

Pero si no tenía nada que ver con ella, con nosotros, y Celia descubría que le había copiado el número sin su permiso, sin decírselo…

Sí, pero si la situación estaba relacionada con lo nuestro, era más que posible que una llamada de teléfono le salvara la vida.

—A propósito, me llamo Ken —le dije al tipo que conducía el taxi, un blanco fornido con una mata de pelo teñida de rojo. Había preferido sentarme a su lado en lugar de en la parte de atrás. Nos dimos la mano.

—Dave.

—Dave, tengo una petición algo curiosa.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—¿Me dejas el móvil? Tengo uno, pero necesito usar otro. Por favor. Añadiré cinco libras a la carrera. Es importante.

—Ten.

—Eres un santo.

Saqué mi móvil, busqué el número grabado de Ceel que nunca había usado y lo marqué en el teléfono Sony de Dave.

«El teléfono móvil al que llama está apagado…»

Otro par de intentos con idéntico resultado. No saltaba el buzón de voz ni ningún servicio de mensajería.

—Gracias —le dije a Dave devolviéndole el teléfono—. No he conseguido conectar. —Titubeé—. Oye, Dave, lo que he dicho de las cinco libras… Serán diez, pero en el poco probable supuesto de que una mujer… cualquiera… te telefonee acerca de una llamada hecha, pongamos, ahora, di que te equivocaste de número o algo así.

—No me has visto nunca, nunca he estado aquí —citó el tipo con una sonrisa—. Antes trabajaba en un bar, tío; mentir a la peña que busca a alguien por teléfono me sale sin pensar.

—Ya, bueno, gracias.

Después intenté hablar con Amy por mi teléfono, pero en el móvil saltaba el buzón de voz y en el fijo de su casa de Greenwich el contestador, con un montón de mensajes acumulados. Suspiré y llamé a Craig. Estaba en casa, viendo la tele y a punto de irse a dormir.

—Veamos, Dave. Cambio de destino…

Volví a intentar conectar con el móvil de Celia desde una cabina cerca de casa de Craig en Highgate. Nada.

—Deberías ir a la policía —insistió Craig, consultando el enorme plano callejero de Londres que había desplegado sobre la mesa de la cocina para ver si lográbamos encontrar el lugar donde había ocurrido todo. Imbécil de mí, no se me había ocurrido apuntar el número ni el nombre de la empresa del taxi con el que había escapado. Lo primero que recordaba del trayecto era ver el cartel de la estación de Stratford a mano izquierda mientras avanzábamos en dirección a Essex—. Informa de lo ocurrido. Por lo que pudiera pasar.

—¿Por lo que pudiera pasar? —repetí.

—Suponiendo que ocurra algo más y que sea algo en lo que la poli tome partido, si sale a relucir lo que ha ocurrido esta noche querrán saber por qué no lo mencionaste. Tienes que denunciarlo, tío. Quizá la poli pueda enterarse de si reparan la ventanilla de un taxi viejo en los próximos días.

—Dudo que ahora mismo un secuestro no consumado se incluya en su lista de prioridades; además, a lo largo de los años he dicho un par de cosas no muy halagadoras sobre los chicos de azul —apunté. Confiaba que en tono neutro.

Seguía temblando y me dolía la pierna donde había golpeado contra la ventana; en un par de días luciría un espléndido cardenal. Notaba unos cuantos dolores misteriosos más, molestias, rasguños y magulladuras que no recordaba haberme hecho en medio de la confusión, y además tenía pequeños cortes en manos y dedos de agarrarme a la ventanilla. Craig me había dado una botella de agua oxigenada y un trapo para que me las apañara.

—Ya lo sé —dijo—. Pero, aun así, tienes que denunciarlo.

—¿Qué podría ocurrir exactamente? ¿En qué estabas pensando?

—No lo sé. —Craig desperezó su desgarbada figura contra la silla de cocina y apoyó las manos en la nuca—. ¿No tienes ni idea de quiénes eran?

—Dos blancos del sudeste de Inglaterra, tal vez londinenses. Había un tipo llamado Danny al que no llegué a ver. Me llevaban a algún lugar del East End y el conductor parecía conocer la zona. Supuse que era taxista, en vista de sus conocimientos. Estábamos… —Señalé el mapa que teníamos delante—. Por ahí.

—¿Sospechosos? ¿Motivos? —preguntó Craig con una sonrisa.

—Deja de disfrutar con todo esto, cabrón.

—Que no, lo digo en serio. ¿Se te ocurre algún sospechoso o motivo posible?

—Joder, ¿los quieres en orden alfabético o de aparición? El mundo se compone básicamente de gente que quiere verme muerto y amigos íntimos.

—No estoy seguro de que ambas categorías se excluyan mutuamente.

—Vete a la mierda.

—Resulta un poco paranoico, incluso tratándose de ti.

—Craig, he perdido la cuenta de las amenazas de muerte que he recibido a lo largo de los años. La poli ya tiene un formulario fotocopiado con todos mis datos. La gente que abre mi correo cobra un plus de peligrosidad. No es broma.

—Según tú, ese plus era dinero sucio.

—Vale, en general son tonterías, nada de bombas, pero aun así… La cuestión es que montones de personas han afirmado que quieren verme muerto y eso contando solo los que sienten el deseo incontenible de contármelo. Podría tratarse de fundamentalistas de cualquier rama, un trabajo organizado…

Craig soltó unas risillas.

—Anda ya.

—¿Cómo? He influido en el precio de las acciones de grandes empresas. Eso es un delito capital.

—Ya, ja, ja. Me parto de risa. Pero no, no lo has hecho. Tú solo, no. No eres periodista de investigación ni nada por el estilo, Ken. Eres polemista. Comentas lo que otros desentierran. Si no fueras tú, sería cualquier otro; los que descubren las noticias, por ejemplo. Detective privado, Mark Thomas… No sé. Rory Bremner, es decir… Joder, hace décadas que intentan acabar con Detective. Si Maxwell no pudo hacerlo, ni tampoco Jimmy Goldsmith… O sea, ¿por qué iba nadie a tomarse la molestia de intentar matarte?

—¿Tú le encuentras sentido a algo de lo que has dicho?

—Estoy cansado —dijo sacudiendo una mano—. Llevo toda la tarde descubriendo conspiraciones de alcance nacional.

—¿Has oído algunas de las cosas que he dicho de la gente? ¿De los fundamentalistas, en particular?

—Los fundamentalistas no escuchan tu programa.

—Jomeini no se leyó Los versos satánicos. ¿Y qué?

—Bueno, a mí no me parecen fundamentalistas, ¿no crees? Blancos, hombre y mujer, un tal Danny.

—En eso llevas razón. —Dejé el porro agotado en el cenicero—. Al menos no parecen fundamentalistas islámicos. Podrían ser fundamentalistas cristianos; de la milicia de Nación Aria o así. No puede ser que estén todos haciéndose pajas con fotos de Ayn Rand y sacándole brillo a sus Águilas del Desierto en Dakota del Sur. —Me seguía temblando la mano—. Tío, de veras que necesito un trago.

—Tengo una botella de tinto. ¿Va bien un Banrock?

—Si es rojo y con mucho alcohol, me basta y me sobra.

Craig se levantó.

—Como tu sangre, tío.

—Maldito cabrón. La chaqueta me apesta a whisky.

—Lo siento. No la vi —mentí—. ¿Todavía la tienes? O sea, ¿no la habrás lavado o algo parecido, verdad?

—La prueba A está en una bolsa de basura en mi cocina —dijo Phil. Hizo una pausa. Sacudió la cabeza—. Sigo sin poder creer que pegaras a una mujer.

—¡Por última vez! ¡No tenía opción, cojones!

—Bueno —dijo Craig—. Mientras no disfrutaras…

—Casi tanto como estoy disfrutando con todo esto —musité.

Phil nos había recogido a Craig y a mí el sábado por la mañana para llevarnos al Bella del templo. Me preocupaba lo que pudiera encontrarme en el barco y quise llevar refuerzos. Phil y Craig se conocían tan bien que a menudo se lo pasaban en grande a costa de mis inseguridades, y me advertían que en realidad eran mejores amigos entre ellos que míos. Esta vez no hicieron eso, pero se confabularon para obligarme a jurar que, si me ayudaban, denunciaría a la policía lo ocurrido el lunes por la mañana.

La casa flotante estaba bien. No habían tocado nada, no encontré una cabeza de caballo sobre la cama, nada. En el armario de debajo de las escaleras guardaba una caja de herramientas; rebusqué hasta dar con un martillo y propuse llevarlo con nosotros por si nos atacaban, pero los chicos negaron al mismo tiempo con la cabeza, como si hubieran estado ensayando. Devolví el martillo a su sitio.

Salimos a tomar una cerveza y un almuerzo ligero y luego nos dirigimos al East End, a buscar el lugar en el que había tenido lugar la fiesta de la noche anterior.

Al final encontré el lugar: Haggersley Street, saliendo de Bow Road, que era donde estaban el puesto de patatas y la empresa de taxis. Resultaba muy distinto a la luz fresca y pálida de una tarde de octubre. Justo pasado el puente ferroviario, junto a los semáforos, aún quedaban cristales de la ventanilla en el asfalto. Recogí un puñado.

Dimos unas cuantas vueltas por la calle sin salida del otro lado de los semáforos, donde Haggersley Street iba a morir junto a Devons Road.

—Creo que los pájaros han volado, colega —dijo Phil pateando una lata de cerveza vacía—. Si es que alguna vez estuvieron aquí.

—Sí, gracias, Phil; muchas gracias.

En comparación con Craig, Phil se mostraba mucho más escéptico con relación a mi narración de lo ocurrido la noche anterior. Probablemente porque había visto lo borracho que iba. Y quizá por la chaqueta.

Estábamos en una zona de bordillos viejos y resquebrajados, de capas de asfalto medio peladas extendidas sobre los antiguos adoquines, cristales de ventanillas que crujían bajo las botas como gravilla, coches abandonados y quemados con tableros oxidados y embellecedores plásticos colgando y, enmarcando la escena por tres bandas, tiras de chapa inclinadas, cubiertas de pintadas desganadas y coronadas en ángulo herrumbroso reforzado por tiras de fina alambrada de nudos recortados, espaciados y decorados por los jirones descoloridos de destrozadas bolsas de basura negras que ondeaban al viento húmedo como estandartes con plegarias de un infierno monocromo y poco entusiasta.

Algunas de las placas de chapa servían de burdas cancelas, aseguradas con candados viejos y cadenas mugrientas.

Me apoyé en Craig a modo de estribo —me obligó a quitarme el zapato, cosa que habría hecho muy interesante una posible huida— y miré por encima de la pared de chapa. Aparcamientos de cemento frente a naves de industria ligera con aspecto de estar abandonadas. Contendores de mercancías. Cobertizos. Charcos. Pilas de palés de madera. Terrenos vacíos. Maleza. Más charcos. Nadie por los alrededores; ni siquiera salieron perros guardianes a saludarme con sus ladridos. Volvía a llover.

—Odio este lugar —dijo Phil.

—¿Ya has visto suficiente? —preguntó Craig.

—Noto cómo la energía vital se me escapa por la suela de los zapatos —musitó Phil.

—Ya nadie lleva calcetines grises, Ken.

—Ya, tienes razón —admití chasqueando la lengua y desenganchándome una manga de uno de los nudos de la alambrada—. De aquí larguémonos.

—Tú te quitas de la cerveza alemana hasta que recuperes una gramática normal, chaval.

Intenté telefonear a Ceel al menos dos veces al día desde diversas cabinas del centro de Londres.

Ya me sabía su número de memoria.

Nunca contestaba.

En cambio, el jueves, justo después de terminar el programa, me llegó un paquete por mensajero. Un paquete delgado y liviano, como la propia Celia, pero no me atreví a hacerme ilusiones. Firmé, lo abrí y, gracias a Dios, contenía una llave de hotel.

Me sonó el móvil. Algo dentro de mí se fundió y se fue al sur a pasar el invierno.

Desde el minúsculo altavoz del móvil, la voz de Ceel dijo:

—Aldwych. Suite Dome.

—¿Estás…? —empecé a preguntar, pero se cortó la comunicación. El corazón se me cayó a los pies.

Volvió a sonar el móvil.

—¿Qué? —preguntó Ceel.

—¿Estás bien? —pregunté, casi atragantándome.

—Sí —contestó en tono sorprendido—. Claro.

Sonreí a la distancia.

—Hasta pronto.

No pude follar. Solo quería acurrucarme. Completamente vestido. Ceel parecía más confusa que enfadada, pero también más confusa que comprensiva.

—No, no anoté el número del taxi —dije—. Nadie lo hace.

—Yo sí.

—¿Sí? ¿Cuál era el número del último taxi que…?

—Cuatro, cuatro, uno, siete.

—Venga ya, Ceel, estás de broma.

—No. Siempre me dejaba guantes, bufandas, bolsos, paraguas y cosas así en los taxis. Por extraño que parezca, me costaba menos recordar el número de licencia que…

—Vale, vale.

—Kenneth, ¿no quieres quitarte la ropa?

—Aaah…

—¿Quitarme la mía?

—Bueno, ah…

—Necesitamos drogas —sentenció Ceel con decisión—. Por suerte, tengo mis contactos.

Tenía razón.

—¿Sabes lo que hace John cuando no está conmigo ni en uno de sus viajes al continente?

—No.

—¿Quieres saberlo?

—No particularmente.

—Practica espeleología.

—¿Qué hace?

—Espeleología. Visita cuevas. Desciende a cavernas subterráneas. La mayoría de las veces en Inglaterra y Gales, pero también sale al extranjero.

—Vaya —suspiré—, no es lo que uno se espera de un gángster.

Estábamos tumbados en una mesa redonda gigantesca de una de las habitaciones de la suite Dome. La Dome ocupaba toda la última planta del hotel. Habíamos arreglado la mesa con las sábanas y las almohadas del dormitorio, situado a dos habitaciones del salón. La Dome tenía numerosas ventanitas altas con vistas al puente de Waterloo, la parte alta del Aldwych y casi todo Drury Lane. Si nos hubiéramos levantado, habríamos visto además parte del Strand. Alrededor de la enorme mesa redonda se distribuían, espaciadas, doce sillas de apariencia severa y formal. Ni siquiera toda la guarnición blanda que le habíamos añadido había conseguido que la dura superficie de la mesa resultara cómoda. La cama habría resultado más indulgente, pero así era como y donde lo había querido Ceel.

—Los móviles no funcionan en las cuevas —dijo al cabo de un buen rato.

Pensé. De hecho, me lo pensé dos veces.

—Supongo que no hará submarinismo, ¿verdad?

—Sí.

Pensé un poco más.

—¿Por qué iba a necesitar semejante excusa?

—No lo sé. Por eso pienso que tal vez no sea una excusa.

Permanecimos en silencio un rato. Ceel se acurrucó contra mí. Todavía no había conseguido elevar la temperatura de la sui— te al nivel que ella consideraba operativo, así que quizá tuviera frío. Seguí tumbado, sudando levemente y pensando en lo que me había dicho Craig acerca del amor.

Pasó el tiempo, y luego Ceel me murmuró en el hombro:

—Tienes mi número de móvil, ¿verdad?

Cerré los ojos. Nunca había valorado tanto tenerla entre los brazos.

—Sí —admití.

No dijo nada de inmediato, pero noté que asentía ligeramente.

—Has ido con cuidado —dijo—. Te lo agradezco. Ahora entiendo por qué estabas preocupado. Me conmueve. Pero, por favor, sé todavía más precavido. ¿Has grabado el número en la memoria del móvil?

—Me lo sé de memoria.

—Pues bórralo del teléfono.

—De acuerdo.

—Gracias.

—La chica. ¿Era muy guapa?

—Muy atractiva, de modo muy obvio, tipo rubia explosiva.

Ceel permaneció un rato en silencio. Luego añadió:

—Estoy celosa. Sé que no debería, pero tengo celos.

—Lo siento.

—Yo también.

—Bueno, a mí me da celos tu marido.

—Pues hay veces cuando quedamos en que eres la última persona con la que he hecho el amor.

Pensé en ello.

—No sé qué es más patético —dije con voz queda—. Que eso me haga sentir un poco mejor o que nos aferremos desesperadamente a esto nuestro. No es solo sexo, Ceel. Quiero decir que siento celos de que él esté contigo más que yo, de que podáis llevar una vida normal los dos juntos.

—No es muy normal. Viaja mucho.

—Ya, pero podéis cruzar una calle juntos, cogidos de la mano.

Otra pausa.

—Nunca me coge de la mano.

—¿Admite usted que golpeó a la mujer, señor McNutt?

—Fue en defensa propia, pero sí.

—Ya veo.

—Mierda —suspiré.

No tuvo consecuencias. Al final no se presentaron cargos, claro, y, tal como había supuesto, la poli no hizo nada. Al menos nada de lo que me informaran. Ni siquiera pudieron analizar la chaqueta de Phil en busca de restos de rohypnol; un amigo de Phil había supuesto que la chaqueta estaba en la bolsa para mandarla a la tintorería y decidió llevarla él mismo.

En fin. Había cumplido mi parte del trato y denunciado el incidente en comisaría como un buen ciudadano.

—Bueno, hum… quizá deberíamos filtrarlo a la prensa, ¿ujum?

La idea era de Nina Boysert, la jefe de relaciones públicas del grupo Mouth Corporation y consejera especial de sir Jamie, que a saber qué significaba eso. No decía «ajá» como Raine —perdón, «Raine»—, lo suyo sonaba «ujum».

Tanto monta, monta tanto.

Todos la miramos. Estábamos en su despacho, más amplio incluso que el de Debbie, la directora de la emisora. No muy alto, pero ancho y alargado y aireado y con una agradable vista de la Soho Square. También estaban presentes Debbie, Phil y el jefe de las lumbreras legales de la casa, Guy Boulen.

—Ah, la policía dijo que no lo hiciéramos —señaló Boulen.

Haría un minuto que habíamos abordado la cuestión. Boulen resultaba extrañamente tosco para ser abogado; más o menos de mi edad, alto y atlético y con la cara curtida por los elementos. En una palabra, fornido; con aspecto de encajar mejor en medio de un páramo alto, bajo la lluvia y las nubes, examinando un compás y liderando a un puñado de niños pobres en una de esas caminatas que forjan el carácter. Aunque tenía una voz suave, con acento de los alrededores de Londres.

—Ujum. Pero ellos tienen su trabajo y nosotros el nuestro, ¿no? Tenemos que pensar en qué es lo mejor para el grupo.

Nina era una pija con traje de negocios; rostro alargado no carente de cierta elegancia, dentadura perfecta y piel sedosa; pelo negro, a lo paje. Voz profunda. Mouth Corporation se la había robado a una consultoría de prestigio internacional. Aún no había cumplido los treinta.

—¿Puedo llamarte Nina? —le pregunté con una sonrisa.

—Ah. Ujum. Claro.

—Señorita Boysert —dije sin sonreír—, puede que mi vida corra peligro. Por lo que le he oído hasta el momento, no estoy del todo seguro de que sea plenamente consciente de ese detalle. Estoy pidiendo la ayuda de mis colegas profesionales y de la empresa para la que trabajo. Ahora bien…

Fue el «ahora bien» lo que empujó a Phil a interrumpirme.

Por supuesto, lo que yo quería decir era: «Escucha, cacho perra, al grupo que le den por el culo, y a los accionistas y hasta a sir Jamie; ha sido a mí al que han arrastrado por las profundidades del East End en mitad de la noche para hacerme Dios sabe qué, así que mejor nos centramos en lo que más me conviene a mí…». Pero me refrené y solté un discursito a mi entender mucho más educado, incluso pese al mordaz y probablemente innecesario comienzo en el que evité usar el nombre de pila de la susodicha.

—Creo que Phil tiene razón —dijo Boulen, al hilo de lo que fuera que hubiese dicho Phil (me lo perdí, concentrado todavía en la señorita Diosa Corporativa)—. Es un asunto legal y debemos seguir el consejo de la policía.

—Ujum. Pero se me ocurre que, bueno, ¿qué pasa con la publicidad? O sea, sería un notición, ¿ujum? Ya veo la portada del Standard: «El infierno de amenazas de un DJ». Y con foto, claro. Algo así. O sea, la bomba. No podemos pasarlo por alto, si resulta casi increíble.

Se produjo un silencio incómodo.

—¿Lo dices en serio? —pregunté.

—Mira, Ken —dijo rápidamente Phil, levantándose y dándome una palmada en el hombro—. Has pasado un par de días muy duros; en realidad, no es necesario que te quedes. Ya me encargaré yo. ¿Por qué no nos encontramos luego en el Bough, dentro de, pongamos, media hora? ¿Sí?

Me miró con una ceja levantada. Guy Boulen asentía sin convicción, con expresión a medio camino entre una mueca y una sonrisa. Debbie miraba al suelo.

—Una gran idea —dije mirando a mi alrededor—. Perdonadme.

Al llegar a la puerta oí una voz femenina preguntar:

—¿Ha sido por algo que hayamos dicho, ujum?

—Bien hecho —dijo Phil brindando esa misma noche en el Groucho. Estábamos en el rinconcito de la placa azul, arriba, en la planta de los billares—. Has informado a la policía de lo ocurrido y para sorpresa mía no le has dicho a Nina Boysert lo que piensas de ella. Estoy orgulloso de ti.

—Muchísimas gracias de mierda. ¿Me he ganado una insignia?

—Mañana mismo hago acuñar una medalla conmemorativa.

—¿Se ha callado la bocaza y ya no quiere filtrar la noticia o te has limitado a tirarla por la puta ventana?

—Opción A. Aunque Boulen y yo tuvimos que amenazar con dimitir si insistía en seguir adelante con el plan. También dejé caer de pasada tu amistad con sir Jamie; se debió de quedar con la impresión de que, si ocurre algo que no te gusta, recurrirás al Querido Propietario la próxima vez que juguéis juntos al polo.

Negué con la cabeza y me tomé un trago.

—Supongo que lo filtrará de todos modos.

—No lo sé. —Phil se quedó pensativo—. No me gustaría tener que apostar. Pero no me sorprendería. Nunca me había encontrado a nadie con tanta mentalidad de hoja de cálculo.

—Bueno, da igual. A la mierda. Que la jodan.

—Hum… Bien, tú primero.

—Ah, oye, Phil, ¿puedo pasar la noche en tu casa?

—Jo está otra vez de viaje, ¿no?

—Sí. Detesto dormir solo en la barca.

—Bueno, pues no. Lo siento.

—Venga, hombre.

—No.

—¡Me siento vulnerable! ¡No me abandones!

—Quédate en casa de Craig.

—Este fin de semana está Nikki.

—¿Y?

—No me quieren por en medio.

—Pues vete a un hotel.

—No quiero ir a un hotel. Yo…

—¿Qué?

—Nada. Deja que me quede en tu casa, Phil. Venga. Por favor.

—No. Seguro que ahora no corres peligro; saben que serás precavido.

—¡Intento ser precavido, joder! Por eso te estoy pidiendo que me dejes quedarme contigo.

—No.

—Por favor.

—No.

—¿Por qué no?

—Tengo visitas.

—¿Quién? ¿El limpiador compulsivo de chaquetas?

—¿Y Ed?

—No está.

—Oh. Se me había olvidado decírtelo: han llamado otra vez los de Winsome, justo cuando nos íbamos.

—¿La empresa de Última hora?

—Sí. Han retomado el asunto del tipo que niega el Holocausto. Será la segunda o tercera semana de diciembre, aunque todavía no está confirmado.

—Sin confirmar. Desde luego. Bien. Pero no cambies de tema. Venga, deja que me quede. Ni siquiera te enterarás de que estoy.

—No. Búscate un hotel o vuelve al barco.

—Mira, tío, estoy cagado de miedo. ¿Es que no lo entiendes?

—Antes o después tendrás que enfrentarte a ese miedo.

—¡Malditas las ganas que tengo! ¡Quiero vivir, joder!

—Aun así.

—Estoy pensando en pedirle a Ed que me consiga un arma.

—Oh, por amor de Dios.

6. LONDON EYE

—No, colega. Perdona, pero no.

—¡Ed! ¡Venga ya!

—Que no. Vas mal, Ken. Ni siquiera deberías habérmelo preguntado. Mejor lo olvidamos. Mira qué vistas.

Suspiré y me apoyé en el vidrio curvado. Estábamos en la London Eye, en uno de sus compartimientos bulbosos suspendido en el aire en su rotación de cuarenta minutos. Nos faltaban dos terceras partes del recorrido, la noria descendía lentamente. Era un día luminoso de finales de noviembre y el aire se veía limpio. La mayor parte de la numerosa familia de Ed estaba también en la noria, riendo y señalando y pasándoselo en grande. Ed había reservado un compartimiento. El trajeado encargado y yo éramos los únicos blancos a bordo.

En la subida había ido preocupándome cada vez más; de pronto se me había ocurrido que la Eye era un objetivo terrorista perfecto. Las patas de apoyo se extendían por detrás de un modo que me recordaba al desfile de martillos de The Wall, abriéndose hacia el suelo junto al viejo edificio GLC… Las patas y los cables que las sostenían me parecieron de repente terriblemente vulnerables. Dios mío, pensé, una bomba lo bastante potente mandaría toda la estructura al río, a solo un puente de distancia de Westminster… Pero habíamos iniciado el descenso y mi paranoia atípica había ido remitiendo a medida que la vista se allanaba. Río abajo, las torres blancas de soporte de las obras del puente Hungerford parecían mimetizar la arquitectura de la London Eye.

Ed acababa de regresar de pinchar en Japón y era la primera oportunidad que teníamos de hablar. Me había costado veinte minutos —y que pasasen las mejores vistas de la cima de la noria— pillarlo a solas.

—¿Me conseguirías un arma si fuera negro?

—¿Qué? —exclamó Ed, incrédulo. Algunos miembros de su familia se volvieron a mirarnos. Supongo que habíamos dejado claro que teníamos una conversación privada. Ed bajó la voz—. Escúchate, tío. ¡Coño, Ken!

Sacudí la cabeza, le di unas palmaditas en el antebrazo y apoyé la cabeza en las manos.

—Lo siento —dije con un suspiro—. Lo siento, Ed. He sido, he sido un capullo. Yo…

—Mira, colega, me doy cuenta de que esto te tiene atacado. No es culpa tuya. —Ed se inclinó hacia delante para ponerse a mi altura y poder hablarme aún más bajo—. Pero una pipa no va a solucionar nada. Será otro problema más. Probablemente.

—Es solo para defenderme —dije sin convicción. Pero me había rendido. Sabía que no iba a convencerle. Peor aún, sabía que probablemente Ed tenía razón.

—Ya, eso dicen todos, chaval.

—¿No niegas entonces que conoces a gente que podría conseguírmela?

—Pues claro que no. Pero, hombre, Ken. —Señaló al grupo de gente que llenaba el compartimiento—. Míralos.

Los miré. Formaban un grupo colorido, feliz y mayoritariamente femenino, todos vestidos de forma llamativa, risas y sonrisas relucientes. Pocas veces se ven ya tantas sonrisas juntas en un mismo sitio. Al menos cuando no hay pastillas de por medio. La madre de Ed me vio mirándola y me saludó, con una sonrisa tan amplia como la vista de Londres. Le devolví el saludo y no pude evitar sonreírle. Me tenía en buena consideración porque me había acordado de alabar su peinado antes de subir a la noria. Es decir, el peinado le quedaba bien pero no era el tipo de cuestión que yo comentaría normalmente porque, bueno, soy un hombre… pero Ed me había chivado hacía años que, en particular con las mujeres negras, halagarles el peinado era el paso más grande que podía darse para ganarse su aprecio, desde luego, el más grande que pudiera darse gratis. En su momento le dije que me parecía muy cínico por su parte y le acusé de pertenecer a ese vasto movimiento de mayoría negra llamado Sexistas Contra el Racismo, pero, por supuesto, seguí su consejo a pies juntillas.

—No soy un puto mafias —me contestó Ed, señalando a su familia con la cabeza—. Tengo que pensar en todos ellos, en mi carrera. Ahora soy un hombre de negocios, ¿me entiendes? No necesito para nada a gente de esa que no sale de casa sin una Uzi encima. He visto adónde conduce, Ken, y es una mierda. Solo sirve para hacerles el trabajo a los guripas y los racistas. Hostia, mira Estados Unidos. Te rompe el corazón ver a los negros en contra de los suyos, colega. Hay una cantidad obscena de hermanos enchironados y en el corredor de la muerte.

—Lo sé. —Suspiré—. He hablado del tema en el programa.

—Ya, bueno, las putas ordenanzas tienen mucha culpa, pero, colega, a menos que no tengas más opciones (que las tienes) y que sepas exactamente lo que te haces (que no lo sabes) lo mejor es que no te metas.

—No te estoy pidiendo que me pases una pipa, solo quiero un nombre, un teléfono, un lugar al que acudir. ¿Cómo se llamaba aquel amigo tuyo que acabó en el trullo? ¿Robe? ¿No podría…?

—No. Robe, no. Hemos perdido el contacto.

—Solo un teléfono, Ed.

—No puedo, Ken.

—Querrás decir que no quieres.

—No puedo hacerlo y mantener la conciencia tranquila. Ya sabes a lo que me refiero.

—Sí. Sé lo que quieres decir.

—Si en Londres te sientes amenazado, vete de vacaciones; a Escocia, por ejemplo.

—Tengo obligaciones, Ed, y un programa. Tengo un contrato.

—Ya, bueno, pero a lo mejor alguien te la tiene jugada.

—Por eso se me ha ocurrido que un medio de defensa…

—Mira, o los tíos son tan cutres que no necesitas una pistola para sacártelos de encima, como ya has hecho una vez, o son tan buenos que llevar una Glock escondida en los Levis 501 no implicará la mínima diferencia. ¿Has visto El profesional?

Le miré.

—¿Sabes qué? Creo que antes tenías razón; deberíamos limitarnos a admirar el paisaje.

No quería marcharme de Londres. Me gustaba la ciudad. En parte era por orgullo, no quería huir. En parte era fatalismo; según quién fuera a por mí, podrían encontrarme en cualquier lado, de modo que estaría mejor donde tuviese más amigos (incluso si los muy hijos de puta se negaban a proporcionarme cobijo o un medio de autodefensa). En parte era que tenía que ganarme la vida y cumplir con mi trabajo, con el que además disfrutaba.

Compré una linterna Mag-Lite grande y larga, un trasto de seis pilas más largo incluso que las que había visto llevar a los guardas de seguridad. Una luz potente, buena, pero, con su medio metro de largo, como porra era aún mejor. Encajaba perfectamente en el ángulo entre el cabezal de la cama y el colchón y a veces, si me despertaba por la noche, sobre todo si Jo no estaba, estiraba el brazo y palpaba su suave frialdad diamantina, me tranquilizaba y volvía a dormirme.

Una cosa que no le había contado a Ed era que Capital Live! había tomado cartas en el asunto. Phil había insistido, y cuando lo consulté con Paul, mi agente, este me confirmó que mi contrato incluía una cláusula que me obligaba a informar de cualquier amenaza contra mi vida, salud o capacidad para cumplir con la presentación del programa. Debería haberme indignado, pero en realidad fue un alivio.

Sir Jamie en persona me había telefoneado desde Los Angeles, asegurándome que velarían por mí. El jefe de seguridad de Mouth Corporation, un tipo entrecano con pinta de duro y de ex agente de las SS llamado Mick Beezley, hizo sustituir el sistema de alarma del Bella del templo, añadir en el muelle una cámara de vigilancia conectada con el Centro de Seguimiento de Mouth Corporation, que funcionaba las veinticuatro horas del día todos los días de la semana, e instalar una máquina de rayos X en la sala de correo (donde ya se buscaban envíos de ántrax). Se equipó el Land Rover con un sistema de control por satélite, igualmente conectado con el Centro de Seguimiento. Por lo visto, un sistema de seguridad llamado algo así como Thatcham Categoría Cuatro hacía imposible interferir ni mangonear en el Landy más que vía helicóptero. No me atreví a apuntar que añadir tantas maravillas electrónicas a algo que, en esencia, era diesel, un mecanismo de relojería y cuatro cables, incrementaría su valor —y en consecuencia, su atractivo para quien tuviera disposición a robar— en un dos mil por ciento.

Se me dijo incluso que podría disponer de un guardaespaldas cuando me sintiera especialmente vulnerable, pese a que por la experiencia vivida sospechaba que cuando era más vulnerable era cuando una fulana coqueta me sacaba de paseo por la polla y para empezar no quería a nadie rondando cerca (con la posible excepción de su hermana gemela).

—De parte del jefe —masculló Mick Beezley, entregándome una caja bastante grande. Se refería a sir Jamie en términos de «el jefe».

Era un reloj de pulsera. Un reloj muy aparatoso con esferas dentro de más esferas y una montura con montones de marcas y muescas y minúsculos grabados para descifrar cuando estuvieras soñando con pagar el último plazo del reloj y por fin fuera tuyo y gran variedad de botones y manecillas, incluida una enorme con pinta de poder engancharla al Big Ben e intentar darle cuerda al muy cabrón. Parecía la clase de reloj que los niños solían considerar muy molón (hoy día, no; ahora anhelan el sencillo Spoon posmoderno que solía llevar). Aquel trasto tenía toda la pinta de ser sumergible hasta en el fondo de la Fosa de las Marianas, pero también parecía el tipo de reloj que no tenía sentido fabricar sumergible porque pesaba tanto que te arrastraría hasta el fondo nada más lanzarte al mar. Lo miré fijamente, luego contemplé el ejemplo de escultura de sencilla elegancia que llevaba en la muñeca y después los rasgos de Mick Beezley, apenas menos bastos que los del reloj.

—¿Qué es esto? —le pregunté—. ¿El reloj de James Bond?

—Es un Explorador Breitling —retumbó—. Lleva instrucciones, pero, básicamente, si se tira con fuerza de este botón grande de aquí, sale un cable que envía una señal al satélite. Solo debe usarse en situaciones de verdadera emergencia, de lo contrario te quedas con un reloj del que sobresale un cable larguísimo imposible de meter otra vez dentro y una factura de reparación carísima. Si la emergencia es real, te pagan la reparación.

—¿Funciona en lugares cerrados?

—No tan bien.

—Vale. ¿Cuánto cuesta?

—Tres mil quinientas libras. Así que no lo pierdas.

—Cojones.

—Y no es de James Bond; hace años que los venden en las tiendas.

Lo miré atentamente.

—Es evidente que no compro en las joyerías correctas. —Lo levanté. No pesaba tanto como había imaginado, pero pesaba lo suyo—. Joder. Si además da la hora, me lo quedo.

Beezley me miró. Yo le miré. Al cabo de un rato me rasqué la cabeza y añadí:

—¿Ese rictus te lo enseñaron en las SS?

—Muy bien, retomamos el asunto teléfono-vibrador. Para los que acabéis de incorporaros al programa, nos referimos a nuestro viejo proyecto de conseguir que alguien fabrique teléfonos móviles de las dimensiones y, esto, eh, las garantías de seguridad adecuadas para que las damas los utilicen como… aparatos para el solaz íntimo. Creo que ése era el eufemismo con el que nos habíamos quedado, ¿verdad, Phil?

—Eso creo —convino Phil desde el otro lado de la mesa.

—De modo que intentamos que alguien los fabrique. Ánimo, debe de haber algún empresario emprendedor por ahí. Ahora se fabrican móviles sumergibles, ¿no? Así que ¿qué problema hay? No hace falta tecnología nueva. Vale, quizá tenga que quedar una cosita colgando…

—Existe un precedente —remató Phil.

—Tiene que ser seguro, debe tener la forma adecuada, tiene que ser cómodo y tiene que funcionar. El sexo telefónico adquirirá una nueva dimensión. Cuando una mujer te diga: «Llámame», sabrás lo que quiere decir en realidad, incluso aunque sepas que lo más probable es que nunca te conteste.

—Hasta que decidan llegar al final.

—Gracias, Phil. —Hice una pausa—. Phil, tienes cierto aire petulante. Soy consciente de que trabajas bajo los efectos de la patética ilusión de que mereces parecer petulante todo el tiempo porque eres un tipo intrínsecamente fabuloso, pero ¿por qué ese aire tan particularmente petulante en este momento preciso?

—Era la letra de una canción.

—¿El qué? ¿«Hasta que decidan llegar al final»?

—Sí.

—Fascinante.

—De Joni Mitchell —explicó en voz queda, sonriendo—. ¿O era Melanie Safka? —Frunció el ceño.

No pude evitarlo, me eché a reír.

—No me digas… Una vez más, no has dado precisamente en el clavo en términos de nuestro target de audiencia, Philip.

—Permítele a un hombre de mediana edad tener sus pequeñas debilidades.

—Muy bien. Debilidades concedidas. En fin. Vamos allá. Estamos hablando a una de las ciudades más emocionantes del mundo. —Phil se carcajeó—. No puede ser que el ingenio humano no logre inventar un teléfono que las mujeres usarían con placer.

—Y los hombres —intervino Phil. Arqueé las cejas—. Algunos —dijo encogiéndose de hombros—. Se me ha ocurrido.

—Bueno, todos sabemos que tú mismo, sin ir más lejos…

—Vale —dijo Phil, quitándose las gafas y limpiándolas con un pañuelo—. Ser gay no significa automáticamente que sientas el deseo, digamos incluso el deseo ardiente, de meterte todo tipo de elementos electrónicos vibradores en la zona que usas para sentarte.

—De todos modos, le da a la expresión «tono de llamada» resonancias nuevas —dije riéndome a mi pesar.

Phil se sonrió.

—Buenooo… —dijo con pereza—. Quizá no sea el tema perfecto para un programa de mañana.

Consulté la pantalla de llamadas.

—Phil, veo en la pantalla un sinfín de gente que llama para llevarte la contraria.

—Escuchemos lo que tienen que decir, ¿te parece?

—Veamos. Pero, oyentes, os advierto: cualquier otra llamada consistente básicamente en un zumbido y los sonidos de la pasión humana será tratada sin miramientos.

—O grabada y utilizada en el futuro en alguna línea caliente —añadió Phil pegado al micrófono.

—Jimmy. El primer oyente que llama desde Lambeth. Quiere dar su opinión sobre el programa. Que es…

Abrí la línea. Una voz masculina tranquila y templada dijo sin ningún acento particular: «Vais a necesitar un presentador nuevo, eres hombre muerto». Luego colgó.

Phil vio la expresión de mi cara. Cubrió la intervención con pitidos. Le indiqué que parara y dije:

—¡Guau! Eso se llama clavar pitidos. Mamá, te tengo dicho que no me llames al trabajo. Espero que en la línea cinco encontremos a alguien con la lengua más gentil. Marissa, esa eres tú. ¿Qué tienes que decirnos?

—¡Hola, Ken! ¡Quiero encargar uno de esos teléfonos! ¡Pero que no sea demasiado pequeño!

La corté.

—¡Ajá! ¡Eso se parece más al tipo de llamada que queremos para hoy! Más llamadas después de… (¡Un poco de buena música! ¿Cómo se nos ha colado eso?)… The Spooks.

Apreté el play y me eché hacia atrás, temblando.

Phil me miró.

—¿Te encuentras bien?

—Estoy bien —dije, aunque era mentira.

—¿Quieres hacer un descanso? Podemos pinchar varias canciones seguidas.

Respiré hondo.

—No. Que los jodan. Seguimos como siempre.

—Vale, de acuerdo. Pero ¿qué te parece si animamos un poco el cotarro? ¿Que entren también Kayla y Andi?

Sabía qué tenía en mente Phil: nosotros cuatro charlando en antena como una gran familia malavenida y se acabaron las llamadas telefónicas.

Eché una vistazo a la sala de control, donde nuestras dos ayudantes nos miraban con expresión seria desde el otro lado del cristal mientras asentían con la cabeza.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Creía que ya no atendíamos llamadas anónimas —dijo Debbie, la directora de la emisora.

Estábamos en la pequeña sala de reuniones situada a medio edificio: estaban redecorándole el despacho. Éramos Phil y yo, Kayla y Andi y Trish Eaton, directora de recursos humanos de la emisora (yo todavía intentaba adivinar qué había pasado para que la denominación «Personal» cayera en desuso).

—¡Y nunca las aceptamos! —protestó Kayla.

Andi, que también se había encargado de tomar los datos de las llamadas, asintió en apoyo de Kayla.

—El número que apareció en la pantalla de filtro automático era normal —le explicó Phil a Debbie—. Un móvil. He pasado el número a la policía, pero creen que lo más probable es que sea robado. O quizá uno de prepago en el que no conste quién lo ha comprado.

Kayla se recostó en la silla, con expresión de haber quedado justificada.

—Bien, entonces quizá no deberíais aceptar más llamadas de ningún tipo, ¿no os parece? —sugirió Trish. Era del tipo matrona rolliza con la tez juvenilmente tersa y cejas finas.

—Bueno, desde luego, no son nuestro único atractivo —dije—. Pero sí una parte importante del programa. Detestaría prescindir de las llamadas. —Los miré a todos—. Por el momento no han vuelto a intentar secuestrarme, así que quizá tampoco repitan la llamada. Y seguimos contando con el retraso de tres segundos en la emisión.

—Eso asumiendo que exista una conexión entre ambos sucesos —dijo Phil dejando de mirarme para centrarse en Debbie—. Me refiero a lo del taxi y a la llamada de esta mañana.

—Sí —convine—. Seamos optimistas, a lo mejor esta es solo ¡una amenaza telefónica normal! —Volví a mirarlos a todos, tratando de resultar tranquilizador y tranquilo. Todos me miraban—. ¿Qué?

—¿Necesitas un descanso? —preguntó Debbie. Trish asentía.

Mierda, me habían entendido mal.

—¡No! —contesté. Bajé la voz, tanto el volumen como el tono—. No me parece bien rendirse ante lo que, en esencia, constituye terrorismo personal —dije con firmeza—. Voto por que sigamos como si nada. De lo contrario, habrán ganado los malos. No creo que ninguno de nosotros —miré con intención al retrato de nuestro Querido Propietario, que nos contemplaba desde la pared— quiera formar parte de algo así, en especial en el clima reinante. Al fin y al cabo, estamos en guerra.

Miré a Trish y a Debbie. Ahora asentían las dos, y supe que había ganado. Ésa era la clase de chorradas que podían entender.

—Vale —dijo Debbie despacio—. Pero otra llamada más como esa y cortamos las líneas. ¿Conformes?

Nos miramos todos, asintiendo.

—A lo mejor deberías cambiar de trabajo —sugirió Jo.

—¿Cómo? ¡Me encanta mi trabajo! —protesté.

—¿Ah, sí? —Jo se paró y dio media vuelta. Paseábamos por Bond Street, era el segundo domingo de diciembre—. Ken, detestas casi todo lo que haces y las cosas en las que andas metido.

—¿De qué estás hablando?

—Piénsalo. ¿Escucharías Capital Live! si no tuvieras obligación?

—¿Estás loca? ¡Por supuesto que no!

—La música que pinchas, ¿te gusta?

—¡No seas ridícula! Casi toda es basura. Los putos Westlife y Hear’say. Las cosas están más que mal cuando pinchas Jamiroquai y te parecen un soplo de aire fresco.

—¿Y la gente que llama por teléfono?

—Con alguna honrosa excepción, son todos unos memos, capullos, estúpidos dogmáticos y listillos fanáticos.

—¿Los anuncios?

—Con los anuncios será mejor que no empiece.

—¿Los otros locutores?

—Unos cretinos insulsos. Plantéales elegir entre inaugurar otro supermercado por una buena suma y chuparle la polla gratis a sir Jamie y se les fundirá la única neurona que tienen.

—¿Los tories? ¿El nuevo laborismo? ¿Los republicanos estadounidenses? ¿La CIA? ¿El FMI? ¿La Organización Mundial del Comercio? ¿Rupert Murdoch? ¿Conrad Black? ¿Barclay Brothers? ¿Como-se-llame Berlusconi? ¿George Bush, Dubya? ¿Ariel Sharon? ¿Saddam Hussein? ¿El tal Farrakhan? ¿Osama Bin Laden? ¿La familia real saudí? ¿Los fundamentalistas musulmanes? ¿La derecha cristiana? ¿Los colonos sionistas? ¿La Fuerza de Voluntarios del Ulster? ¿El Consejo Armado de Continuidad del IRA? ¿Exxon? ¿Enron? ¿Microsoft? ¿Las tabacaleras? ¿Las iniciativas financieras privadas? ¿La guerra antidroga? ¿El culto al accionista?

Solo se calló, supuse, para coger aliento. La miré fijamente un momento, luego negué con la cabeza.

—¿Cómo puedes haberte olvidado de la Thatcher?

Extendió los brazos.

—Odias muchísimas cosas, Ken. Tu vida, tu vida laboral; todo está lleno de gente, cosas y organizaciones que sencillamente no soportas.

—Estás tratando de demostrar algo, ¿verdad?

—De hecho, olvidémonos de tu vida laboral; pasa lo mismo con tu tiempo libre. ¿Podemos ir de vacaciones a Estados Unidos?

—Te lo he dicho; no hasta que…

—Restauren la democracia. Vale. ¿Venecia? ¿Roma?

—¿Con ese cabrón corrupto al mando, rodeado de su séquito de fascistas…?

—¿Australia?

—¿Con esa política de inmigración racista? Ni en…

—¿China?

—No mientras los asesinos de Tiananmen continúen…

—He terminado mi alegato. ¿Existe algún lugar…?

—Islandia.

—¿Islandia?

—Me encantaría ir a Islandia, siempre y cuando no se pongan a cazar ballenas, claro. Además, hemos estado en Egipto y también queda Francia. Me parece bien ir a Francia. Al final he acabado por perdonarles más o menos que hundieran el Rainbow Warrior. Hasta vuelvo a comprar vino francés.

—Siempre has comprado vino francés.

—No, no es verdad. Le impuse un embargo, tenía mis propias sanciones contra el vino francés hasta hace seis meses.

—¿Y qué narices era el champán?

—Ah. El champán es otra cosa. Aunque admito que debería desdeñarlo por principios, es una especie de tienda cerrada geográfica. Espero con ilusión el día que alguna cooperativa neozelandesa produzca el equivalente a un Krug setenta y cinco.

—Dios. ¿Hay algo que te guste de verdad, sin peros?

—¡Me gustan montones de cosas!

—¿Como qué?

—¿Aparte de los sospechosos habituales?

—No hablo de películas.

Me reí.

—Yo tampoco. Quiero decir aparte de los amigos, la familia, la paz mundial, los bebés y Nelson Mandela.

—Sí. Eso. ¿Qué?

—Los estudiantes.

—¿Los estudiantes?

—Sí, parece que está de moda detestar a esos capullines, pero yo creo que están muy bien. Como mucho, quizá hoy día sean demasiado estudiosos, quizá no sean demasiado rebeldes, pero en esencia están bien.

—¿Qué más?

—El criquet. Creo sinceramente que es muy posible que el criquet sea el mejor juego del mundo. Para un escocés, admitir algo así es una herejía y entiendo completamente por qué los americanos piensan que solo los ingleses podrían inventar un juego que dura cinco días y aun así puede acabar en empate, pero no puedo evitarlo: me encanta. No acabo de comprenderlo del todo y sigo sin conocer todas las reglas, pero hay algo en su ritmo extrañamente errático y su mera complejidad que… psicológicamente lo eleva por encima de cualquier otro deporte. Incluido el golf, que está plagado de cabrones reaccionarios demasiado bien pagados pero sigue siendo cuestión de habilidad y oficio y belleza y, desde luego, se inventó en Escocia, como otras muchas cosas buenas.

—Eso son solo dos cosas.

Chasqueé los dedos.

—Los liberales. Las clases parlanchinas. La corrección política. Estoy con ellos. Como en otros casos, tienen mala prensa por culpa de enanos morales a los que asusta la verdad, empleados por multimillonarios ambiciosos para cascársela a los intolerantes, pero a mí no me engañan; yo los apoyo. Son mi gente. Los liberales buscan la amabilidad. ¿Qué tiene eso de malo? Y, Dios los bendiga, lo hacen en ¡las fauces de la adversidad! El mundo, la gente no paran de decepcionarlos con ejemplos constantes de lo asquerosos que pueden llegar a ser los seres humanos, pero los liberales lo asimilan todo, se agachan, se atan las sandalias y siguen adelante; pensando bien de la gente, leyendo el Guardian, enviando cheques a buenas causas, acudiendo a las manifestaciones, avergonzándose educadamente de la zoquetería de la clase obrera y en general acalorándose cuando ven que tratan mal a la gente. Es lo bueno que tienen los liberales; les importa la gente, no las instituciones ni las naciones, no las religiones o las clases, solo la gente. A un buen liberal no le importa si es su nación, religión, clase o lo que sea la que está maltratando a otro puñado de gente; sigue estando mal y protesta. Te lo digo yo, una nación que ha convertido la palabra «liberal» en una palabrota está enferma, muy enferma. Pero, ya ves, los yanquis piensan que el baloncesto es un deporte y que no tiene nada de cruel ni raro tardar cuatro minutos en matar a un ser humano con una descarga de treinta mil voltios.

—¿Has dicho la corrección política? Eso es nuevo.

—Corrección política es como los fanáticos de derechas llaman a lo que todos los demás llamamos ser educado, o a lo que todos los demás llamamos no ser un fanático de derechas.

Jo me miró con los ojos entornados.

—Apuesto a que podrías encontrar grabaciones tuyas en las que arengas sobre por qué hay que odiar la corrección política.

—Como todo el mundo, tengo mis propias definiciones de las cosas y nunca se me ocurriría negar que un puñado de estúpidos pueden llevar demasiado lejos una idea por lo demás perfecta, pero mantengo la opinión de que la corrección política es más el ofendido que el ofensor. Además, uno puede cambiar de opinión. Ah, y los periodistas. Me gustan los periodistas.

—¡¿Qué?! —exclamó Jo con incredulidad—. ¡Tú odias a los periodistas!

—No es verdad, solo a los que se inventan citas, subvencionan criminales, acosan al inocente, actúan en connivencia con gente carente de todo talento o por el contrario desperdician sus innegables dones en porquerías. No hay duda de que son una vergüenza. Pero ¿un periodista decidido a descubrir la verdad de una historia, exponer las mentiras y la corrupción, contarle a la gente lo que ocurre de verdad, conseguir que una parte de la humanidad se preocupe por el resto o al menos empiece a plantearse preguntas? Ese vale su peso en oro. De hecho, en microchips. Son los guardianes de la libertad. Son más importantes para la democracia que la mayoría de los políticos. Santos seculares, eso es lo que son. Desde luego, también ayuda que sean liberales. No muevas así la cabecita, jovencita. Estoy hablando muy en serio.

—Ahora sí que tengo claro que me estás tomando el pelo.

—¡Que no, te lo juro! —dije agitando los brazos—. Y se me acaba de ocurrir otra cosa que me gusta.

—¿Sí? ¿Qué?

Asentí.

—Esta ciudad.

—¿Londres?

—Ajá.

—Pero si siempre te estás quejando de que el metro apesta, está sucio y es peligroso, y que el tráfico está espantoso y que el aire huele mal y que la gente no es tan simpática como en Glasgow y que las copas son demasiado pequeñas y caras y que no es tan emocionante como Nueva York ni tan civilizada como París ni tan limpia como Estocolmo ni tan moderna como Amsterdam ni tan divertida como San Francisco ni…

—Sí, sí, sí, pero date la vuelta y mira. Mira.

Jo dio media vuelta y miró el aparador al que había estado dando la espalda mientras conversábamos. Habíamos incluido Bond Street en nuestro paseo del domingo por la tarde porque yo quería visitar algunas joyerías pijas a ver si vendían mi exagerado reloj nuevo. La tienda delante de la que nos habíamos parado resultó ser una joyería. Y el aparador estaba lleno de espumaderas suspendidas en el espacio de detrás del cristal como una lluvia surrealista de pequeños paletas centelleantes. Formaban la Colección Rabinovich de Espumaderas de Plata Antiguas y Modernas, por citar la elegante placa de la vitrina (nos encontrábamos a pocas puertas de una tienda llamada Locuras, detalle muy apropiado).

—¿Cómo puedes no enamorarte de una ciudad que genera cosas como esta? —pregunté.

Jo decía que no con la cabeza. Volvía a ir de rubia y le había dado por cardarse el pelo corto en pequeños pinchos parecidos a los del merengue. Me cogió del brazo. Llevaba un anorak plateado de plumón. Yo llevaba un estupendo abrigo de la RAF que me había regalado mi tío a los diecisiete años.

—Vámonos —dijo—. Estoy cogiendo frío.

Echamos a andar en dirección sur, de vuelta al río.

—Y la música, claro. Me encanta la música.

—Pero acabas de decir que detestas las cosas que tienes que pinchar.

—Sí, porque es basura comercial. El equivalente sonoro de la Coca-Cola y el McDonald’s: te llena pero solo es porquería fabricada en cadena y no contiene casi nada que te siente bien. La música que me gusta es la que la gente hace porque tiene que hacerla, porque necesita hacer música, con el alma, no con el bolsillo.

—Tú no crees en el alma.

—No creo en un alma inmortal. Solo me refiero a la esencia de lo que somos, no a una superstición.

—Ya, bueno, suerte tienes de limitarte a pincharla y no tener que involucrarte en el proceso de producción.

—Hablas como si fueran tartas.

—¿Tartas?

—Sí. Ya sabes, eso de que, si te gusta comer tartas, es mejor que nunca, nunca, veas cómo las fabrican y qué llevan dentro.

—Sí, bueno —dijo Jo levantando una ceja tachonada de acero—, puedes creerme: ahí fuera hay un montón de grupos «tarta».

—Supongo que lo mismo podría decirse de las salchichas.

—Idem de ídem.

Miré hacia el final de la calle, a la tienda de DKNY. Me acordé de lo que Ceel me había contado acerca de las cinco mil camisetas rojas con las Torres Gemelas hacía casi tres meses. En el frío de diciembre temblé, anhelando el calor oscuro y achicharrante de aquella habitación de hotel. Otra cuestión del paseo que no podía compartir con Jo. Nuestra ruta nos había llevado por delante de varios de los hoteles que había visitado con Ceel. Hacía diez minutos que habíamos pasado por el Claridge y había estado a punto de proponerle a Jo que entráramos a tomar una copa, una taza de té o solo a fingir que éramos clientes y colarnos en un ascensor con ascensorista de uniforme, pero al final una suerte de instinto profiláctico, una exigencia atendida a regañadientes de obedecer la restricción de Ceel en lo referente a mantener nuestra aventura separada del resto de nuestras vidas, me lo impidió.

—¿Ése no es tu reloj? —dijo Jo deteniéndose ante el escaparate de otra joyería y señalando con la cabeza una muestra de varios Breitling aparatosos y centelleantes colocados sobre un fondo de tela amarilla.

Eché un vistazo al brazalete de pesado metal, capaz de alargarme el brazo, que llevaba en la muñeca izquierda.

—Con eso pareces diez años más viejo.

—No te metas con mi reloj, cari.

—Con ese reloj parece que conduzcas un Roller y compres cosas de… Joder, cosas de esas.

Los dos nos quedamos mirando un aparador, del que luego huimos rápidamente, con dos tronos inmensos —desde luego, sillas no eran— fabricados con cristal tallado y terciopelo rojo.

—La virgen.

—¿Hemos visto lo que hemos visto?

—Me encuentro mal.

Paseamos hacia Embankment cruzando Saint James Park rodeados de otros conciudadanos ociosos y puñados de turistas, fochas, cigüeñas, cisnes negros y ardillas pedigüeñas. En lo alto, la cima de la London Eye se alzaba contra el cielo, girando de manera casi imperceptible por encima de los edificios departamentales de Whitehall cual halo esquelético e irónico.

—¡Eh! Patinaje sobre hielo. ¡Qué pasada!

—Ya —murmuré—. Oye, mira, después ¿podríamos volver a casa? Tengo los pies destrozados.

—Vale.

Jo me condujo hacia el inmenso patio de Somerset House, donde habían instalado una pista temporal de patinaje sobre hielo para las vacaciones de invierno. Cables de luz recorrían el enorme patio interior. Ventanales, columnas, arcos y chimeneas contemplaban la escena, por la que cientos de personas deambulaban sin prisa, se sentaban envueltos en gruesos ropajes en las terrazas de las cafeterías o permanecían de pie contemplando a los patinadores, que circulaban por el hielo blanco como un grupo de hojas lentas y planas atrapadas en un remolino de viento. Olía a café, cebolla frita y ponche de vino caliente.

Sobre nuestras cabezas pendía un cielo de acuarela, los tonos fluían, se fundían y alimentaban unos con otros a medida que la luz menguaba oculta por una madeja de nubes en lenta deriva.

Sobre el hielo, la gente reía y chillaba, agarrándose entre ellos o a la barandilla de la pista, inclinados, resbalando. Los chillidos rebotaban en la imponente arquitectura del patio cuando la gente caía estrepitosamente contra la fría superficie arañada del hielo. Se abrió un hueco en la muchedumbre de la pista, siguió el destello azul de alguien saltando y entonces vi a Celia.

Iba vestida con un traje de patinaje azul pastel: medias, una minifalda de vuelo y una especie de túnica ajustada de cuello alto y manga larga. Llevaba guantes marrones y patines blancos. Se había recogido el pelo. Al alcanzar el punto álgido del salto que había llamado mi atención, Celia se retorció pulcramente en el aire, dando un giro, y luego aterrizó sin problemas sobre la cuchilla derecha, con la rodilla flexionada, y estirando la otra pierna hacia atrás. El sutil chasquido de la cuchilla al aterrizar se expandió por el hielo entre los cuerpos en movimiento; Celia se alejó con los brazos en cruz para mantener el equilibrio, deslizándose por la superficie en una amplia espiral paulatinamente decreciente. Con gran habilidad esquivó a un par de patinadores y luego, con un elegante saltito, dio media vuelta y patinó de espaldas hacia un hueco libre cerca del centro de la pista, se encorvó y tensó el cuerpo para un nuevo salto.

La gente se metió por medio y la perdí de vista. Me acerqué a la barandilla que bordeaba los límites de la pista y apoyé las manos en el frío tubo metálico intentando volver a verla. Había trozos de lona azul plastificada atados a la barandilla y noté uno de los nudos debajo de la mano izquierda. Tenía la boca seca y fría y un remolino de viento me llenó los ojos de lágrimas. La vi una vez más cuando el gentío de la pista volvió a separarse y su curso sinuoso y liviano la atrajo hacia mí con un siseo metálico como a una criatura extraterrestre fabulosamente exótica que hubiese caído en nuestro prosaico mundo desde una realidad superior.

De pronto comprendí dos cosas. La primera, que nunca había visto a aquella mujer a la luz del día. La segunda, que era la cosa más bonita que jamás había contemplado.

Giró, se colocó, saltó y aterrizó y luego resbaló en una espiral limpia, perfectamente centrada, a menos de diez metros de mí. Recogió los brazos y los alzó por encima de la cabeza. Aceleró la velocidad del giro y su esbelta figura se convirtió en una columna de luz azul alta y borrosa irguiéndose sobre la extensión blanca mientras las luces reflejadas en las cuchillas de las botas despedían efectos estroboscópicos. Terminó la pirueta y volvió a alejarse, cruzando en diagonal la áspera superficie. La siguieron algunos aplausos de gente de dentro y fuera de la pista, y Celia sonrió pero no dio ninguna otra muestra de sentirse aludida ni miró a nadie en particular. Pasó a tan solo un par de metros de mí y yo me volví para contemplarla. Lucía una expresión tímida, casi avergonzada. Por debajo del suave tono tostado de su piel se adivinaba un rubor rosado.

Un cuerpo se apoyó en el mío, frotándose contra el costado.

—Es buena —dijo Jo, volviendo a cogerme del brazo.

—Sí —fue todo lo que pude decir.

Celia se unió durante un rato a un grupo de patinadores que se deslizaba en círculos, serena, grácil y firme.

—Y además lleva todo el equipo. Le queda bien el traje.

—Sí.

—¿Te apetece un vino caliente?

—¿Hum…? Eh, sí. Sí. Buena idea.

—Esta ronda me toca a mí. ¿Te esperas aquí?

—Ah… Sí, vale.

—Enseguida vuelvo.

La siguiente vez que Celia pasó cerca iba mirando a los espectadores, como si buscara a alguien. Me vio y tardó un poco en reaccionar, pero apenas mudó la expresión. Pasó patinando por delante sin mirarme, escudriñando el gentío más alejado de la barandilla, luego saludó a alguien al fondo y se detuvo en el borde de la pista a unos veinte metros de mí.

El señor Merrial.

El gigante rubio que había supuesto que era su guardaespaldas cuando los vi abandonar la fiesta de sir Jamie en abril estaba de pie a su lado. No entendía cómo no lo había visto antes.

El señor Merrial estaba hablando con su mujer. Por un instante, me miró directamente a los ojos y movió la cabeza, pero no a modo de saludo. Me sentí como una escultura de hielo: helado, frágil, condenado. Celia echó el más breve de los vistazos en mi dirección. Se me había secado por completo la boca, como si la saliva se me hubiera congelado en encías y dientes. El suelo, el patio entero, se inclinaba bajo mis pies. Me aferré con más fuerza a la baranda metálica. Delante de mí, una chica, prácticamente doblada en dos sobre el hielo, se abrió camino a tientas por la pista, riendo, arrugando la lona de plástico de la que se agarraba para avanzar.

El señor Merrial seguía mirándome; su cara pálida y poco amistosa se veía muy blanca en contraste con el grueso abrigo negro que vestía. Era lo único que se le veía, la cara; llevaba guantes, una bufanda gruesa y un sombrero tipo Politburó. Celia negaba con la cabeza. Ahora el grandullón rubio también me miraba.

Ay, mierda. Aparté la vista, intentando parecer relajado. Contemplé a los demás patinadores. Había algunos bastante buenos, que saltaban y giraban cuando encontraban un hueco. Me llevé el codo derecho al costado para asegurarme de que mi móvil seguía en el cinturón. ¿Lo había encendido por la mañana? Los domingos no siempre lo hacía. No me acordaba. Sospechaba que no.

Sacudí la muñeca izquierda y de pronto sentí el peso reconfortante del enorme reloj.

Me arriesgué con una miradita de reojo. Celia seguía negando con la cabeza, a juzgar por sus gestos, parecía estar discutiendo con su marido o suplicándole algo. Él asentía y luego sacudía la cabeza. Celia abrió los brazos como si se rindiera, ladeó la cabeza, su marido la saludó con una leve inclinación y ella se alejó patinando rápidamente hacia el extremo opuesto de la barandilla.

Al instante volví a mirar a los otros patinadores. Joder, ¿no nos habían descubierto, no? Merrial no lo sabía, ¿verdad? Joder, joder, ¿por qué habíamos venido hasta aquí? ¿Por qué no habíamos cogido un autobús o un taxi de vuelta a casa desde Embankment? ¿Por qué no se me había ocurrido que como Celia sabía patinar podría estar aquí, podría verla y, en caso de que estuviera, la acompañaría su marido? ¿Por qué no me había escapado nada más descubrirla? ¿Por qué había tenido que verme y reaccionar con aquel sutil pero fatal reconocimiento? ¿Por qué el puñetero de Merrial tenía que ser tan observador? Mierda, ¿por qué cojones la vida no era un videojuego en el que poder retroceder, borrar los minutos previos y elegir otra opción?

Volví a mirar. El grandullón rubio había desaparecido. Lo busqué a mi alrededor con toda la desesperación posible pero sin mover la cabeza. ¿Cómo narices le había perdido la pista? Dios mío, no intentarían nada aquí, ¿verdad? Demasiada gente. Y policía; al menos había visto dos parejas. Merrial también se había ido.

—¿Señor Nott? —llamó una voz a mis espaldas.

Me quedé petrificado, con la vista clavada en el hielo. A lo lejos pasó un destello azulado. Me volví.

—John Merrial. —El hombre me tendió la mano. La acepté.

De cerca, su rostro era delgado, casi delicado. Parecía algo triste e infinitamente sabio. Tenía las cejas finas y muy oscuras, los labios delgados y muy pálidos. Los ojos, azul brillante. Enmarcada por el abrigo, la bufanda y el gorro de piel, la cara de Merrial resultaba irreal, un objeto bidimensional visto en una pantalla.

—Hola —dije. Mi voz se redujo a un hilillo.

—Ésa era mi mujer, la de azul —dijo. Su voz sonaba tranquila. Casi sin ningún acento. Vislumbré una cabeza rubia inmensa entre la gente, detrás de Merrial.

—Es muy buena —dije, como tragándome las palabras—. ¿No le parece?

—Gracias, sí. —Entornó los ojos—. Creo que ambos coincidimos en una fiesta de Jamie Werthamley, ¿verdad? La primavera pasada. En Limehouse Tower. No nos presentaron, pero creo haberle visto.

—Creo que sí —dije.

Me estoy tirando a tu mujer, me estoy tirando a tu mujer, me estoy tirando a tu mujer, pensaba sin parar, mientras una parte demente y suicida de mi cerebro quería escupirlo, decirlo en voz alta, para acabar con la situación, para que pasara lo peor y no tener que seguir imaginándomelo.

—¿Qué tal le va a Jamie? —Sonrió.

—Bien. La última vez que le vi.

Que, puestos a pensarlo, había sido en la misma fiesta; en la fiesta en la que conocí a tu mujer y la besé y la sobé y pactamos esta aventura amorosa descaradamente suicida.

—Bien. Dele recuerdos de mi parte.

Oh, ¿quiere decir que no va a matarme ahora mismo?

—Encantado. Claro. Desde luego.

Miró por encima de mí, hacia el hielo.

—Mi esposa escucha su programa de radio.

Sí. Y esa mano que acaba usted de estrechar ha estado dentro de su dulce coño. ¿Ve esta lengua, estos labios? Piense en sus orejas, sus pezones, su clítoris.

—¿De veras? Me siento muy halagado.

Me devolvió una débil sonrisa.

—Me ha rogado que no se lo pida, pero sé que la haría usted muy feliz si le dedica algún tema.

—Bueno, no solemos hacer esas cosas —oí contestar a alguna parte subnormal de mi cerebro.

¿Qué?

—Oh —dijo, bajando la mirada un segundo.

¿Es que estaba loco de atar?

Su abrigo era grueso, muy oscuro y brillante.

¿De verdad tenía tantas ganas de morirme?

Calzaba zapatos de cuero estrechos, negros y relucientes y llevaba guantes finos de cuero negro, aunque se había sacado el derecho para saludarme.

—Pero —dije, dando una palmada y sonriendo—. Por… por…

Por alguien a quien me folio sin parar durante horas en cuanto me dan la oportunidad.

—Por un amigo de sir Jamie, y… por una patinadora de semejante belleza… creo que podremos hacer una excepción. —Asentí. Ahora Merrial sonreía—. De hecho, estoy absolutamente seguro de que podemos hacerla —le dije.

Porque, verá usted, a la hora de la verdad, carezco totalmente de principios y haré cualquier cosa, cualquier cosa, para salvar mi miserable, hipócrita y mentiroso pellejo.

—Es usted muy amable, señor Nott —dijo sin alterarse—. Se lo agradezco.

—Ah, eh, de nada.

Me encanta hacer favores a la gente que odio.

Giró unos dos grados la cintura al tiempo que decía:

—Aquí tiene mi tarjeta.

Y el grandullón rubio con las espaldas de un metro de ancho apareció de pronto al lado de Merrial y me ofreció una sencilla tarjeta de visita blanca, que acepté rápidamente para que no me vieran el temblor de los dedos.

—Llámeme para cualquier cosa en que pueda ayudarle.

—Ah, bien. —Bueno, podría usted hacerme el favor de morirse. ¿Qué le parece? Me guardé la tarjeta en un bolsillo—. Gracias.

El señor Merrial asintió despacio.

—Bueno, tenemos que irnos. Encantado de haberle conocido.

—Igualmente. —Puto gángster asesino asqueroso hijo de puta.

El señor Merrial dio media vuelta dispuesto a marcharse, pero se detuvo.

—Ah —dijo. Volvió a lucir su sonrisa fina como una cuchilla. Joder, señor del crimen de los cojones, estaba a punto de calmar mis nervios desquiciados, ¿y ahora me vienes con tu momento Colombo?—. Debería decirle cómo se llama, ¿no le parece?

Por supuesto que no me lo parece, cabeza hueca, maldita la falta que hace: se llama Celia. Ceel. A veces, nena, nena, nena, cuando me estoy corriendo dentro de ella.

—¡Ah! Claro, sería de gran ayuda.

—Se llama Celia Jane.

—Celia… ¿Jane? —se me escapó.

Bien hecho, Kenneth, marca bien el énfasis en el Jane. Está clarísimo que quieres morir.

Asintió.

—Celia Jane. —Alargó la mano y me dio una palmadita en el codo antes de girarse.

Se alejaron entre la gente, el tipo rubio iba dejando tras él una estela de espacio. Celia, perdón, Celia Jane salió de la pista por una de las puertas de acceso de la barandilla adonde fueron a esperarla los dos hombres. El rubio le entregó un abrigo y un par de zapatos. Celia Jane no me miró y se apoyó en el brazo de su marido para cambiarse los patines por los zapatos. Me froté los ojos. Cuando volví a abrirlos, el señor y la señora Merrial y su corpulento gorila no estaban.

Yo todavía temblaba cuando Jo regresó con dos tacitas de poliestireno llenas de vino humeante.

—Ten. Tienes pinta de necesitarlo. Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?

—Estoy bien. Gracias.

—¿Hablaste con él? ¿Le diste la mano? No jodas.

—Su mujer es una fan.

—¿De qué? ¿De los disparos a las rodillas?

—Mía, payaso.

—¡Te estás quedando conmigo, colega! —Ed hablaba muy agudo, el altavoz de mi móvil se esforzaba en soportarlo.

Le conté los detalles del encuentro con el señor y la señora Merrial en Somerset House.

—Guau. Ahí es donde se registraban las cosas, ¿no? Nacimientos y bodas. Y defunciones.

—Sí, bueno, ahora hay una pista de hielo artificial, que es donde me topé con el tipo.

—¿Y le vas a dedicar un disco a su señora?

—Desde luego que sí.

—¡La virgen! ¿Y dice que ahora te debe un favor?

—Bueno, eso me dio a entender, pero…

—Pues pídele que averigüe quién va a por ti. Joder, dedícale un programa entero a su zorrita y de paso te los borra del mapa.

—Creo que resultaría algo excesivo.

—Al viejo le van los excesos, tío.

—Ya, bueno, creo que lo mantendré alejado de los líos en que ando metido.

—Chico listo, Kennif.

Tamborileé con los dedos de la mano izquierda en mi brazo derecho. Estaba de pie en la cubierta del Bella del templo, contemplando las aguas oscuras. Jo estaba abajo, abriendo unos paquetes de comida coreana a domicilio que acababan de traernos de un restaurante de Chelsea. Había sentido la necesidad de contar al menos algo de lo ocurrido por la tarde y Ed me había parecido la elección más obvia.

—¿Tú crees que debería pedirle ayuda? —pregunté—. Sé que es un mal tipo, pero a mí me ha parecido amigable; casi servicial. Es decir, tal vez…

—No, no creo que debas pedirle nada. Era broma. Mantén tu culito de blanco lejos de esa clase de gente.

—¿Estás seguro?

—Seguro, tío.

—Ya, pero a mí no me ha parecido tan malo, o sea…

—Escucha. Te voy a contar algo de tu querido señor Merrial.

—¿Qué?

—Es un poco horrible, pero creo que necesitas que te lo cuenten.

—A ver, di.

—Bien. —Oí a Ed respirar hondo. O quizá diera una calada—. Tiene un cabrón enorme que trabaja para él, ¿sabes? Un tipo rubio con la constitución de un refugio nuclear.

—Le he visto. Esta tarde me ha dado la tarjeta de Merrial.

—Bien. Bueno, pues esto me lo ha contado alguien que estuvo presente una vez cuando pasó. Cuando el señor Merrial quiere sacarle algo a alguien que no quiere contarle lo que sea, o si está molesto con alguien, en fin, lo ata a una silla con las piernas estiradas y los pies atados a otra silla y entonces el gigante rubio ese se le sienta en las piernas al tipo y bota encima cada vez más fuerte hasta que el desgraciado habla o las rodillas se le doblan del revés y se le parten las piernas.

—¡Joder, por Dios! Hostia, ese tío está enfermo.

—Y me lo ha contado un hermano que además es una fuente fiable, tío, sin lugar a dudas, nada aficionado a soltar trolas. Lo llevaron para que viera lo que le ocurriría si cabreaba al señor Merrial. En realidad yo creo que mi colega debió de intentar colarle alguna no muy limpia y Merrial quiso mandarle una advertencia. Por eso lo vio. Y lo oyó.

—Me encuentro fatal.

—El hermano ese también está hecho un cabrón. Y sabe desenvolverse por ahí, pero te juro que cuando me lo contaba se puso gris. Gris, Kennif.

—Verde —tragué—. Como yo ahora.

—Ya, bueno, pensaba que debías estar al corriente antes de mezclarte todavía más con gente de esa.

—¿Ken? —chilló Jo desde abajo.

—Hora del té, Ed. Aunque, no sé por qué, pero creo que he perdido el apetito. De todos modos, gracias por avisarme.

—De nada.

—Hasta la vista.

—Sí, cuídate. Aguanta, hermano. Adiós.

No miré de verdad la tarjeta de Merrial hasta la mañana siguiente, justo antes de comprobar los bajos de mi coche en busca de una bomba y poner rumbo al trabajo. Los Merrial vivían en Ascot Square, en Belgravia. Me detuve al lado del Landy y pensé en grabar el número de los Merrial en el móvil; decidí que debía hacerlo. Lo guardé en la posición 96, encima del número de móvil de Celia. Nunca había llegado a borrarlo —todavía me gustaba echarle un vistazo de vez en cuando—, pero por alguna razón me pareció el lugar adecuado para el teléfono de su casa.

Apenas había terminado cuando me llamaron al teléfono, todavía en mi mano; Phil, desde la oficina. Era otro día triste de diciembre y acababa de empezar a llover. Desconecté la alarma del Landy, abrí los cerrojos y me subí dentro, lejos de la lluvia, antes de contestar:

—¿Sí?

—Última hora.

Metí las llaves en el contacto.

—¿Qué pasa?

—Empieza el catorce de enero.

—¿Qué? ¿El año que viene? Van como locos, ¿eh?

—Falta un mes. Pero esta es la definitiva.

—Seguro que sí, Philip.

—Que no, que está programado en firme. Y te quieren en el programa.

—No es la fraseología más tranquilizadora del mundo.

—Han empezado a anunciarse y todo.

—Y todo. Bien.

—Los de relaciones públicas te van mencionando por ahí. Es un rumor.

—Algo a menudo asociado a la muerte, la decadencia, ¿no te parece?

—¿Vas a parar de comportarte como un cínico puñetero?

—Probablemente poco después de parar de comportarme como un puñetero vivo.

—Pensé que querrías enterarte.

—Tienes razón. La incertidumbre me estaba matando.

—Si lo único que se te ocurre son sarcasmos…

—El de hoy será un gran programa.

Le oí reírse. Me dispuse a arrancar el Landy, pero antes me recosté y agité las manos a pesar de que Phil no pudiera verme.

—¡Por amor de Dios! —dije—. ¿Por qué los de la tele tienen que convertirlo todo en un acontecimiento? Solo es un elemento de un programa televisivo de interés minoritario, no una obra inédita de Shakespeare escrita al dorso del fragmento perdido de la Sinfonía inacabada. —Volví a coger las llaves.

—¿Vienes para acá?

—Mejor que ir al más allá.

—Guárdate las bromas para el programa. Buen viaje.

—Voy de Chelsea al Soho, Phil, esto no es el rally París-Dakar.

—Entonces nos veremos pronto. Cuídate.

—Sí, adiós.

Guardé el teléfono. Me miré la mano, apoyada en las llaves del Landy que colgaban del contacto. La gente no paraba de decirme que fuese con cuidado. Miré afuera, por encima del capó abollado del Landy, sin girar todavía la llave de contacto. Ahora llovía con bastante intensidad. Suspiré, luego salí y revisé los bajos del coche por si había una bomba. Nada.

—Estoy totalmente a favor de la globalización. Es decir, si hablamos del tipo de globalización que dice a la gente que se olvide de lo que haya votado porque en cualquier caso os vamos a privatizar el agua y vamos a subir los precios un quinientos por ciento o más, entonces no, no me va. Yo estoy a favor de la globalización de las Naciones Unidas, por imperfectas que sean, por la globalización de los tratados antiarmamentísticos, la globalización de la Convención de Ginebra (posiblemente la siguiente muestra de internacionalismo de la que Bush y los suyos querrán renegar), la globalización del Tribunal de Justicia Internacional que Estados Unidos se niega a firmar, la globalización de las medidas en contra de la contaminación y ¿sabes por qué, Phil? Porque el viento no conoce fronteras. La globalización…

—El suelo.

—¿Qué?

—El suelo y el mar y el espacio. Ésas son las fronteras del viento.

Apreté el botón de efectos especiales que reproducía el viento del desierto soplando por entre las calles de un pueblo fantasma abandonado mucho tiempo atrás, con plantas rodadoras girando en el polvo entre crujientes ruinas de madera.

—¿Algo así? —pregunté mirándole.

—Es posible. —Phil me sonreía por encima de su ejemplar del Wall Street Journal.

—Quizá estuviera en racha.

—Te he cortado el rollo, ¿verdad?

—Eres una llave de paso, Philip.

—Un sifón.

—¿Perdona?

—Me he adelantado antes de que se te ocurriera a ti.

—Esta mañana estás hecho un fondo fiduciario de sentencias.

—Así me gano la vida.

—Mira, Phil, si me permites adoptar un momento mi Voz Seria…

—Oh, no, otro anuncio de caridad no.

—No. Pero, como sabrás, Philip, no solemos atender peticiones.

Phil pareció sorprendido.

—Bueno, es que no podemos. La mayoría de las que recibes resultan anatómicamente imposibles.

—Creo que descubrirás que en Tánger existe una pequeña clínica privada que, previo pago, te demostrará lo equivocado que estás, Filfa Phil, aunque quizá no.

—Continúa.

—Ayer me encontré con alguien que había conocido en una fiesta y le prometí que le dedicaría una canción a su mujer.

Phil me miró parpadeando. Alcé el cronómetro para los silencios radiofónicos amenazadoramente.

—¿Ah, sí?

—A veces, Phil, todo es banalidad.

—¿Es un anuncio nuevo del programa?

—No. Así que, para la encantadora Celia Jane, «Have a Nice Day» de los Stereophonics.

Puse el disco y ajusté los controles de la mesa.

Phil parecía desconcertado. Miró los botones de la mesa de mezclas y escuchó la canción por los auriculares.

—Ni siquiera hinchas la voz —dijo, más para sí que para mí. Separó los brazos—. ¿De qué va todo esto?

Me colgué los cascos del cuello para darles un respiro a mis oídos.

—No pienso darte más información —le contesté. Señalé al lector de cedés en marcha—. De todos modos lo íbamos a pinchar. Fin de la historia.

Arrugó la piel de alrededor de los ojos.

—¿Intentas tirarte a esa mujer?

—¡Phil! Está casada, ya te lo he dicho.

Phil se rió en voz alta.

—¿Desde cuándo eso te ha detenido alguna vez?

—A veces eres un cínico, Philip. Ya verás, aunque cambie el viento tú seguirás en el mismo sitio.

—Es para protegerme de ti, amigo.

—¿Qué tiene de malo aceptar peticiones?

—Que nunca lo hacemos.

—Bueno, pues para variar.

—Tiene que haber otro motivo.

—¿Quieres dejarlo ya? No hay nada más.

—Conozco la manera en que te funciona la cabeza, Ken. Tiene que haber algo más. Eres una criatura de costumbres y rituales, más de lo que crees.

Negué con la cabeza.

—Vale, admito que me vi en una situación un tanto extraña por culpa de… un amigo de sir Jamie —dije mirando el tiempo de reproducción en la lista de temas y luego el reloj del estudio.

—¡Ajá!

—Ni ajá ni hostias. Mira, el tipo es una especie de pez gordo, conoce a nuestro Querido Propietario, nos encontramos ayer de casualidad y no sé cómo me comprometí a dedicarle una canción a su señora.

—Que apuesto a que es una belleza.

—El tipo es un pez gordo, ya te lo he dicho. Siempre lo son. Si alguna vez ves a alguno de esos con una mujer normalita, eso es amor. ¿Quieres parar de mirarme así?

—Vaya, menuda sorpresa.

—Quería darte las gracias.

—Pues ¿con qué felicitas la Navidad al cartero?

Ceel sonrió.

—Además, a partir de Año Nuevo no voy a poder verte en bastante tiempo. Lo siento.

—Ah, bueno.

—Tenías planes para esta tarde, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

—Nada; solo una cita con los abogados. Puede esperar.

—No estarás metido en ningún problema, ¿verdad?

—No. No son mis abogados. Es solo una declaración por un accidente que presencié hará un par de meses. Y bien, ¿qué vas a hacer en vacaciones?

—Voy a casa.

—¿A la isla?

—Sí.

—¿Con el señor M.?

—Sí. ¿Y tú?

—Me quedo en Londres.

Hacía casi un año que había accedido a pasar las fiestas con Jo y su familia en Manchester, pero ahora resultaba quejo estaría en el extranjero en Navidad y Año Nuevo, ayudando diligentemente a Addicta a aprovechar el momento mientras durara. Ni siquiera podía ir a visitar a mis padres; hacía mucho que habían decidido que estaban hartos de los inviernos escoceses y todo el follón navideño y llevaban varios años pasando las vacaciones en Tenerife.

—De todos modos, me alegro de que podamos vernos.

—Ha sido suerte. John ha tenido que marcharse esta mañana. A «Amsterdam», otra vez. —Consultó su reloj, que era lo único que llevaba puesto. Un atisbo de ceño fruncido se había dibujado en su frente al pronunciar la palabra Amsterdam—. Pero solo tenemos hasta las tres.

Me incorporé sobre un codo y la contemplé a la suave luz que se filtraba desde el baño y una lamparilla de lectura colocada sobre un escritorio de cortina. Celia estaba tumbada de forma exuberante, abierta de piernas, con su pelo castaño dorado extendido sobre las sábanas blancas y un almohadón mullido como un delta fabulosamente trenzado, con un brazo recogido bajo la cabeza y la marca de helecho del rayo simulando maravillosas marqueterías en su piel oscura como la miel.

—Ayer no sabía que estarías allí —le dije. Sacudí la cabeza—. Estabas muy guapa. Debería haberme escondido, pero no podía quitarte los ojos de encima.

Me acarició el brazo.

—No pasa nada. Me preocupé cuando me di cuenta de que John había visto que te reconocía, pero pensó que él también te conocía de la fiesta o tal vez de alguna fotografía en los periódicos. Tiene muy buena memoria.

—¿De modo que esta mañana se ha ido temprano y no ha oído la canción que te he dedicado?

—No. Pero yo sí que la he oído.

Miré alrededor.

—Y has decidido quedar aquí.

Estábamos otra vez en el Dorchester, donde había comenzado nuestra relación. El gran árbol del exterior, el que habíamos contemplado en mayo desde la suite de dos pisos más arriba a la luz de la luna y los reflectores, ahora se había quedado sin follaje. Esta vez no había que estar en silencio.

—Te confieso que he estado preguntándome qué harías cuando se nos acabaran los hoteles pijos nuevos. Nos había imaginado descendiendo de nivel hasta acabar compartiendo una litera en una habitación comunitaria de algún hostal mochilero de Earl’s Court.

Sonrió tímidamente.

—Eso son montones de citas, incluso si nos restringiéramos solo al centro de Londres.

—Soy optimista. Bueno, y ¿qué te ha hecho volver aquí?

—Bueno, tenía pensado regresar para nuestro primer aniversario…

—¿De verdad? —dije con una sonrisa de oreja a oreja—. Parece que al fin y al cabo ese corazoncito tuyo esconde un rincón romántico, Celia Jane.

Me pellizcó en el brazo, haciéndome chillar y frotarme la piel. Me iba a salir un morado. Un acto particularmente mezquino el suyo, porque a mí no se me permitía dejarle marcas.

—Ah —dijo levantando un dedo—. Pero después caí en la cuenta de que eso sería seguir un patrón, algo muy peligroso.

—Habrías sido una espía estupenda.

—Y también tenía la impresión de que algo había cambiado, ahora que nuestros mundos particulares se han mezclado.

—Una minúscula parte de mí, encogida y aterrada, pensaba que todo había cambiado y no querrías volver a verme —confesé—. Que se había roto el hechizo. Ya sabes.

—¿De verdad lo pensabas?

—Y tanto. Menos mal que solo he tenido una noche para darle vueltas a la cabeza, pero sí, se me ocurrió. Tienes esas ideas acerca de la separación y un conjunto de creencias que me resultan totalmente exóticas, cuyas consecuencias no logro entender ni anticipar… Por lo que yo sé, lo de ayer para ti fue una señal, un mensaje de los cielos que significaba sin lugar a dudas (sin posibilidad de apelar o argumentar en contra, y de acuerdo con una fe que no alcanzo siquiera a imaginar) que habíamos terminado.

Me miró casi con cara de sueño cuando me dijo:

—Me consideras un ser irracional.

—Creo que te comportas como la persona más racional que he conocido, pero afirmas creer en esa idea completamente descabellada de estar medio viva y haber muerto a medias y tener una gemela espeluznante en otro universo. Tal vez eso sea plenamente racional en un sentido profundo que hasta ahora se ha escapado a mi comprensión, pero no tengo la impresión de estar más cerca de entenderlo ahora que cuando soltaste esa chifladura la primera vez.

Se quedó callada un momento. Sus ojos almendrados de color ámbar me miraron como llamas en un pozo hondo.

—Estás a favor de la globalización, ¿verdad?

—Vaya, sí que escuchas el programa.

Paseó los dedos por entre los pelos de mi pecho, luego agarró con dulzura un puñado de ellos y dejó la mano colgando de allí, atrapada.

—Le das muchísima importancia a que a los países desarrollados, los países ricos, no se les permita imponer su forma de vida, su manera de pensar y negociar a los países más pequeños o más pobres, incluidas religiones, costumbres y demás, y sin embargo quieres que todo el mundo piense igual. Eres como la mayoría de la gente que tiene que… fulminarlo todo; quieres que todo el mundo piense como tú.

—Como todos, ¿no?

—Pero tengo razón, ¿verdad? Quieres extender por todas partes un único modo de pensar, por todo el mundo, que reemplace las distintas maneras de pensar que se han ido desarrollando en lugares distintos entre personas y culturas distintas. Eres un colonialista de la mente. Crees en el colonialismo justificado del pensamiento occidental. Crees en la pax logica. Deseas ver la bandera del racionalismo firmemente plantada en todos los cerebros del planeta. Dices que no te importa en lo que crea la gente, que respetas su derecho a adorar lo que quieran, pero en realidad no respetas a la gente ni sus creencias en absoluto. Crees que son tontos y que sus creencias son algo peor que inútiles.

Me dejé caer de espaldas. Solté un profundo suspiro.

—De acuerdo —dije—. ¿Quiero que la gente piense como yo? Supongo que sí. Pero sé que nunca va a pasar. ¿Respeto las creencias ajenas? Mierda, Ceel, no lo sé. Siempre se dice que hay que respetar las creencias religiosas de un hombre del mismo modo que respetas que crea que su esposa es la mujer más bella del mundo. Dejando a un lado la cuestión del sexismo, casual y esperemos que no malintencionada, eso lo entiendo. Acepto que podría estar equivocado. Quizá… las religiones de Abraham tienen razón. Quizá su megaculto a una trinidad cruel, misógina y aterramujeres dé en el clavo.

»Quizá al menos una minúscula, pequeñísima rama de la religión, como por ejemplo, los Wee Frees, que forman parte del movimiento presbiteriano escocés, que a su vez pertenece a la franquicia protestante, que es parte de la fe cristiana, que deriva del conjunto de creencias nacidas de Abraham, que son una de las religiones monoteístas… quizá ellos y solo ellos, unos pocos miles, han dado en el blanco con lo que creen y en cómo lo adoran y todos los demás han estado requeteequivocados todos estos siglos. O quizá el Único Camino Verdadero solo le ha sido revelado a un culto compuesto de un solo hombre de la periferia del Sufismo Montañés Guatemalteco reformado. Lo único que puedo decir es que he intentado prepararme para estar equivocado, para despertarme después de la muerte y descubrir que, oh, oh, que mi ateísmo fue un Gran Error.

Volví a apoyarme en un codo.

—¿Y creo que la razón debería sustituir a la irracionalidad? Bueno, pues sí. Sí. Soy culpable de los cargos. Y, bendita sea, la culpa es de la sociedad. De la sociedad, la educación, la indagación, la duda, la argumentación, la disputa y el progreso; todas las escuelas y bibliotecas y universidades, todos los eruditos y monjes y alquimistas y profesores y científicos. La fe está bien para la poesía, para imágenes y metáforas y para el arte y para decirnos quiénes somos y quiénes hemos sido. Pero cuando la fe trata de describir el mundo, de describir el universo, sencillamente se equivoca. Cosa que no importaría si admitiera que se equivoca, pero no puede, porque lo único que tiene es su certeza inquebrantable de su propia infalibilidad; lo demás es humo y espejos, y admitir la imperfección tiraría todo el invento por tierra. No existen las esferas de cristal y los planetas no son el resultado de un sueño erótico de algún dios celestial. Si se supone que debemos entenderla de manera literal, entonces es mentira, simple y llanamente. Si es una metáfora, entonces qué carajo tiene que ver con cómo funcionan las cosas en realidad. La razón funciona, el método científico funciona. La tecnología funciona.

»Si la gente quiere respetar el medio ambiente creyendo que el pez que se comen podría ser un ancestro suyo o aprender a bajar los retretes porque se les escapa el chi, estoy encantado o hasta honrado de aceptar los resultados incluso aunque piense que la raíz de sus comportamientos es, en esencia, una chaladura. Puedo vivir con eso y con ellos. Y tengo la esperanza de que ellos puedan vivir conmigo.

Ceel apoyó la mano abierta en mi pecho. El corazón me latía con fuerza. No debería permitir que esa clase de cosas me afectaran tanto, pero no tenía opción. Para mí eran importantes; no podía evitarlo.

—A veces —dijo Ceel en voz baja, mirándose la mano o tal vez mirándome la piel—. A veces pienso que tú y yo somos como alfiles de distinto color en un tablero de ajedrez.

—¿Alfiles? ¿Después de todo lo que acabo de decir?[3]

Sonrió, con la mano todavía abierta sobre mi pecho, como si intentara abarcar la distancia entre los pezones.

—Mejor reinas —convino.

—Tendrás que creer en mi palabra cuando te digo que preferiría ser peón que alfil. Al menos pueden trascender a sus orígenes.

—Te creo.

—O caballo. Siempre me ha gustado del caballo que se mueve tridimensionalmente en una superficie bidimensional. Y la torre; hay algo en el poder rotundo y engañoso de la torre que también me atrae. Y, ahora que lo pienso, también algo potencialmente tridimensional, solo una vez, enrocar. En cierto modo, los alfiles son más taimados, se cuelan entre las piezas como un cuchillo entre las costillas. El rey, por supuesto, es solo una responsabilidad.

—Estaba pensando en alfiles en bandos contrarios y también de diferente color. Los dos solos en el tablero de ajedrez, sin más piezas.

Asentí. Entendí entonces lo que quería decirme.

—Nunca podrían conectar —dije—. Se pasarían de largo eternamente, sin afectarse nunca. Fingen habitar el mismo tablero, pero en realidad no es así. En absoluto.

Levantó la vista hacia mí, con ojos pesados, ladeando la cabeza ligeramente.

—¿No crees?

—Tal vez. ¿Nosotros somos así?

—Quizá. Quizá todos los hombres y las mujeres. Quizá todas las personas.

—¿Para siempre? ¿Sin excepción? ¿Sin esperanza? —Intenté decirlo sin darle importancia.

Me agarró la polla con una mano, luego sacó la otra de debajo de la cabeza y se cubrió el sexo.

—Nosotros conectamos por aquí. —Sonrió. (Una sonrisa que entonces me pareció capaz de iluminar el universo de la cabeza, una sonrisa para iluminar a dos. Una sonrisa para iluminar infinitos)—. Por el momento, tendrá que bastarnos con esto.

7. DESPECHO SEXUAL

—¡Nikki! ¡Por Dios! ¿Qué has hecho?

—¿Verhoeven? ¿Subestimado? —Pensé en ello—. ¿Cómo?

—Hendrie. Aston Villa. Separados al nacer.

—Pajas: ¿por qué esa mala prensa?

—Toc-toc.

—Ya sabes; con abrigo de pieles pero sin bragas.

—Vete al infierno, sito en el monte Arafat. Craig había organizado una fiesta de fin de año en su casa de Highgate.

—¡Hola, Ken! Ah, mi corte de pelo. ¿Te gusta?

—¡No! Es…

—Más corto. Más fácil de lavar. Diferente.

—Sí, y más moreno. ¿Estás loca?

—Pareces mi padre.

—¡Pero tenías un pelo precioso!

—Y aún lo tengo, gracias.

—Piensa en el final de Desafío total.

Dejé escapar unas risillas.

—’Sasto.

—¿Qué quieres decir, ’sasto? No puedes decir «exacto» y quedarte tan ancho con esos aires de enterado. Explícate, tío.

—¿Cómo reaccionaste entonces, de qué iba?

—Iba de un final totalmente ridículo con la Mina Piramidal, una montaña enorme pero, aun así, poco más que un simple grano a escala planetaria, llevando una atmósfera marciana entera a las que por lo visto eran la presión y temperatura normales en más o menos medio minuto, incluidas nubes algodonosas y demás, a tiempo para devolver a su lugar a Arnie y sus ojos de ingenuo unos minutos después de que empezaran a sufrir hemorragias, todo ello sin dejar efectos secundarios permanentes en los cuerpos ni de los planetarios ni de los humanos. —Pensé en lo que acababa de decir—. Ni en el de Arnie.

Ed asintió.

—’Sasto.

—¡Lo estás haciendo otra vez! ¿Vas a parar ya con la mierda esa del ’sasto?

—Ji, Ji, Ji.

—Sí, y lo del ji, ji, ji tampoco es una gran mejoría. —Cogí a Ed por los hombros y le dije apretando los dientes—: ¿Qué coño quieres decir?

—Lo que quiero decir —respondió Ed entre risitas— es que, bien, el final es tan ridículo que solo puede significar, bueno, que Arnie, es decir, su personaje, por fuerza tiene que seguir en su sueño de realidad virtual. El final no es real, ¿vale?

Abrí la boca. Retiré las manos de los hombros de Ed. Le señalé con el dedo:

—Hum… —dije.

—Y por tanto, bueno, el tal Verhoeven es un genio subversivo.

Me quedé quieto, asintiendo, intentando recordar las escenas anteriores de la película.

—Por supuesto —añadió Ed—. Solo es una teoría.

—¿Hendrie? ¿Quién?

—Hendrie, juega para el Vila. Tienes que haberlo visto.

—No veo por qué.

—Se parece a Robbie Williams.

—… Craig, tienes que salir más.

—Si salgo. Fui al partido. Le vi allí.

—Vale, deberías quedarte más en casa.

—Phil, «Pajas: ¿por qué esa mala prensa?» no tiene gracia. En cambio, «Revientaculos: ¿por qué esa mala prensa?» tiene un valor cómico moderado. Solo moderado, aunque no suficiente para utilizarlo en el programa ni nada parecido, solo te lo pongo de ejemplo.

—Estaba pensando en otro tema de participación de los oyentes.

—Vale. Bueno, hay damas al otro lado de las líneas eróticas encargadas de asegurarse de que se cubren este tipo de necesidades. Eso me han dicho.

—Yo no pensaba en eso.

—Bueno, pues entonces, ¿en qué? ¿En patrocinar pajas?

—No, no, no. Mira, se llamaría: «Échate una mano».

—Ajá. Siempre has tenido celos de cuando en el Show de la mañana Chris Evans sacó a aquella chica que recitaba poemas con la «piruleta» de su novio en la boca, ¿verdad?

—Nooo, mira…

—Phil, no. Déjalo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿No crees que… ?

—Lo que yo creo es que deberías ir a charlar con Craig.

—¿Quién es?

—Tijuana.

—¿Qué Tijuana?

—Gary Glitter.

—¿Qué?

—¿«Tijuana be in my gang, my gang, my gang»?

—Bueno, entiendo lo que pretende decir: mucho hablar y poco trincar —le dije a Amy, inclinándome hacia ella. Estábamos en el porche del jardín de Craig, cerca de la medianoche. Acababa de intentar hablar con Jo, que estaba en Barcelona con Addicta, sin conseguirlo—. Es solo que no es lo que entendí la primera vez que lo oí. Es lo único que digo.

—¿El qué? ¿Con abrigo de pieles y sin bragas?

—¡Sí! Siempre pensé que sonaba la hostia de bien. Muy, muy sexy.

Se rió, echando la cabeza atrás y dejando a la vista un cuello largo y bronceado y una dentadura perfecta. Su melena rubia brillaba suavemente a la luz que llegaba desde las ventanas iluminadas de la casa.

—Sí, bueno, seguro.

—Muy ingenioso, pero injusto.

—Tú no sabes lo que es. No tienes ni idea. Lo único que tienes es esa teoría tuya, tu preciosa party-line para uno, como de costumbre. No te imaginas lo que es. No has estado allí. No has palpado el ambiente. Estamos rodeados de gente que nos odia.

—Ah, ¿perdona? Que estás hablando conmigo, ¿eh? Estoy más que familiarizado con el revelador hormigueo en la sien que te indica que el foco de todas las antipatías se ha fijado en ti una vez más. Pero solo… Pero retrocedamos solo un poco: ¿quién es ese «nosotros»? ¿Cuándo narices te convertiste en hija de la revolución sionista?

—Cuando comprendí que era cuestión de ellos o nosotros, Ken.

—Venga ya… ¿En serio lo piensas? Joder, yo solo…

—Todos nos odian. A todos los países fronterizos con Israel les gustaría vernos destruidos. Nuestra única salida es el mar, que es donde nos quieren ver. ¡Somos un país muy pequeño! Y además, dentro de nuestra nación, esa gente nos asesina, bombardea y dispara, dentro de nuestras fronteras, en los autobuses, en las calles, en las tiendas, ¡en casa! Tenemos que detenerlos; no tenemos elección. Y tú, tú tienes la desfachatez de afirmar que nos hemos convertido en nazis y no ves que tú te has convertido en otro antisemita de mierda.

—Joder, Jude, mira, sé que todo esto te afecta mucho…

—¡No, no tienes ni idea! Eso es precisamente lo que te estoy diciendo. Que no puedes entenderlo.

—Bueno, ¡lo intento! Mira… por favor, por favor no pongas en mi boca palabras ni creencias en mi cabeza que no son mías.

—Están ahí, Ken, pero no lo aceptas.

—No soy antisemita. Mira, a mí me gustan los judíos, admiro a los judíos; por Dios, si soy claramente pro semita. ¡Ya te lo he dicho! ¡Al menos, en parte! Ha sido así desde niño, desde que oí hablar del Holocausto y desde que comprendí que los escoceses y los judíos son muy parecidos. Los escoceses somos listos, pero nos acusan de ser mezquinos. Pasa lo mismo con los judíos. Es cultural, no tiene que ver con la raza, pero unos y otros hemos aportado a la civilización más de lo que nos corresponde por peso numérico; los judíos sois el único pueblo que pongo por delante de los escoceses en términos de influencia en el mundo dado el volumen de su población.

—No dices más que tonterías.

—Hablo en serio. ¡Os he querido desde niño! ¡Tanto, que me daba vergüenza decírtelo!

—No me tomes el pelo.

—Es verdad. Sencillamente eras tan tremendamente izquierdista que nunca me atreví a confesártelo.

—Ken.

—Lo digo en serio. Adoraba Israel.

(Era cierto. Cuando tenía trece años me había enamorado locamente de una chica llamada Hannah Gold. Sus padres vivían en Giffnock, una de las zonas más verdes del sur de Glasgow. No veían con buenos ojos nuestra amistad y mi evidente amor por su hija. Pero los cautivé, además de que hice mis deberes. A los seis meses el señor G expresaba su grata sorpresa ante mis amplios conocimientos sobre Israel y los judíos. Los Gold se mudaron a Londres al poco de cumplir Hannah los catorce años y nos escribimos durante un tiempo, pero luego se volvieron a mudar y perdimos el contacto. Me habían roto el corazón, pero me recuperé y seguí adelante, pasando de la desolación a algo vergonzosamente próximo a la indiferencia en cosa de unas tres semanas.

Mi recién descubierto interés por Israel resultó más duradero. Y por entonces no entendía cómo era posible que alguien no amara Israel. Era la nación más carismática, valiente y pirata del mundo, capaz de desafiar a todos los matones que la rodeaban. La guerra de los Seis Días, Dayan y su parche en el ojo, un primer ministro mujer, los kibbutzim; de niño me henchía de orgullo que hubieran sido tanques de construcción británica los que habían surcado el Sinai con la estrella de David ondeando en sus astas. Solía sacar libros sobre Israel de la biblioteca. Grandes generales judíos… ¡incluía a Trotsky! Hasta sabía que el ejército israelí había mejorado los Centurión sustituyendo los motores diesel británicos por otros de gasolina; me sabía todos esos tecnicismos bélicos de adolescente, me encantaban. Yom Kippur; el triunfo contra todas las probabilidades, robándoles los barcos a los franceses delante de sus narices, el bombardeo de Entebbe; ¡cortaba la respiración! ¡Era de película! ¿Cómo podía no admirarlos?)

—Pero eso fue antes de la invasión del Líbano, antes de Sabra y Chatila…

—¡Fueron las milicias cristianas! —protestó Jude.

—¡Venga, ya! Ariel Sharon los dejó hacer, y lo sabes muy bien. Pero eso fue solo el comienzo; empecé a despertar a lo ocurrido con los palestinos, a todas las resoluciones de Naciones Unidas que Israel había obviado, a las que se le permitía, en exclusiva, obviar; luego a la historia (la novia es bella, pero ya está casada) y los asentamientos ilegales y los bombardeos secretos. Oí lo que creía Rabbi Kehane, lo que sus seguidores todavía creen, vi los cadáveres desangrándose en la mezquita, y me dieron ganas de vomitar. Y ahora se matan civiles al menor pretexto sin ningún proceso legal de ninguna clase. Y he escuchado a israelíes hablar de una solución final para el problema palestino. He escuchado a un ministro del gabinete decir sin el menor rastro de ironía que, si pudieran cazar a todos los terroristas y librarse de ellos, no quedarían palestinos, y no puedo ni creerme que estoy escuchando a una persona con educación sugerir una estupidez tan monumental y tan obtusa desde el punto de vista psicológico.

»Mira; no quiero que nadie salga herido. No creo en los atentados suicidas ni en los ataques a civiles y, por supuesto, los judíos tenéis todo el derecho a defenderos, pero, por Dios, ¿podríamos al menos coincidir en una cosa? El Holocausto no fue malvado y horroroso y el acto de barbarie humana más concentrado y obsceno porque les ocurriera a los judíos, fue todo eso porque le pasó a alguien, a cualquier grupo, a cualquier persona. Como les ocurrió a los judíos y no tenían ningún lugar al que escapar, pensé: Sí, por supuesto, merecen tener un país. Era lo menos que se podía hacer. El mundo entero lo entendió. En parte por culpa, pero al menos lo hizo.

»Pero no era un cheque moral en blanco. Por amor de Dios, si alguien debería saber lo que es ser demonizado, victimizado y oprimido y sufrir bajo un régimen de ocupación militarizado y arrogante y tener la inteligencia de ver lo que les está ocurriendo y lo que les están haciendo a otros, deberían ser los judíos.

»De modo que cuando la juventud palestina apedrea tanques y los tanques lanzan explosivos a las tiendas donde las madres amamantan a sus hijos, cuando arrasan los huertos de todos los poblados árabes, dinamitan sus casas y destrozan los caminos… ¿No ves lo que estáis haciendo? ¡Estáis creando guetos! Cuando el ejército israelí afirma con total seriedad que Mohammed al-Durrah y su padre fueron asesinados por pistoleros palestinos, como si eso no fuera a nivel microcósmico la misma bazofia que asegurar que los campos de exterminio los construyeron los aliados al terminar la guerra… Yo… Yo… ¡Es que me tiro de los pelos, Jude! Y luego los periódicos publican cartas sobre aplacar a los palestinos y comparan Israel con Checoslovaquia justo antes de la Segunda Guerra Mundial, ¡es absurdo! Checoslovaquia no era el Estado mejor armado de la Europa de la época, era uno de los más débiles; no era la única superpotencia de la región con un monopolio de armas de destrucción masiva, no era el vencedor bien equipado de tres guerras previas ocupando los territorios de otros.

—¡Pero nos matan! Súbete a un autobús, ve a por una pizza, conduce de vuelta de la sinagoga, elige el camino equivocado en tu propia ciudad…

—¡Y los dos tenéis que parar! ¡Eso ya lo sé! ¡Pero vosotros sois los que tenéis el control de la situación! ¡Sois los que venís de una posición de fuerza! Siempre es el más poderoso el que tiene que ceder más, el que tiene que contenerse más, el que tiene que dar los últimos golpes antes de que todo termine!

Jude sacudía la cabeza, mirándome con la cara manchada de lágrimas.

—Estás tan lleno de mierda que nunca lo entenderás. Nunca lo entenderás. De modo que no somos perfectos. ¿Quién lo es? Luchamos por nuestras vidas. Todo lo que haces y dices apoya a los que nos empujarán al mar. Estás con el enemigo, con los exterminadores. Nosotros no nos hemos convertido en nazis, tú sí.

Hundí la cara en las manos y cuando volví a levantarla, viendo el rostro enfadado y enrojecido de Jude, solo pude añadir:

—Nunca he dicho eso. Existe un movimiento pacifista israelí, Jude. Hay gente, judíos, en Israel que se oponen a Sharon y lo que está haciendo, lo que les hace a los palestinos. Que quieren la paz. Paz por territorios, si hace falta, pero paz. Reservistas que se niegan a luchar en los territorios ocupados. Yo estoy con ellos. Ésa es la gente que respeto. He superado mi amor adolescente por Israel, pero nunca dejaré de respetar y amar al pueblo judío por todo lo que ha hecho… Es solo que no puedo soportar ver lo que ese gordo hijo de puta canoso y criminal de guerra está perpetrando en su nombre.

—Que te jodan. Sharon fue elegido democráticamente. Ha dicho que cambiará paz por territorios. Así que, que te jodan. ¡Que te jodan!

—Jude…

—¡No! Adiós, Ken. No me molestaré en decir hasta la vista porque espero no volver a verte. Y no te molestes en llamarme. De hecho, no te molestes en nada nunca más. Nunca.

—Jude…

—Me avergüenzo de haber permitido que alguna vez llegaras incluso a tocarme.

Y con esto, mi ex mujer me lanzó su bebida, dio media vuelta y se marchó.

Feliz Año Nuevo.

Un poco después. Borracho y lacrimógeno, me llegó la hora de acostarme. Me quedaba a dormir en casa de Craig, en el segundo dormitorio para invitados. Algunos lo habían estado utilizando como guardarropía no oficial, tirando abrigos y chaquetas sobre la cama; los recogí todos y los llevé a la habitación de al lado, el trastero, guardarropía oficial.

—Hola, Nikki.

—Ken —contestó Nikki, sacando algo de la chaqueta. Iba vestida con un suéter rosa esponjoso y vaqueros negros ajustados—. ¿Cómo estás?

—Cansado —dije, soltando los abrigos y chaquetas en el montón de la cama.

La música retumbaba desde el piso de abajo y se oía el jolgorio de la gente. Los únicos muebles del trastero eran una mesa vieja (cubierta también de abrigos y cosas) y una cama estrecha a rebosar de ropa. Montones de estanterías con libros y baratijas mil; una mesa plegable empapelada y una escalera de mano apoyada en la pared. Había una bombilla pelada, sin pantalla. Nikki me sonreía, de pie. Incluso con el pelo corto estaba guapísima.

Levantó la cosita plateada y delgada que había cogido de su chaqueta. Pastillas de naranja para la tos.

—Estoy resfriada —dijo sin dejar de sonreír, casi con aire de suficiencia. Bajo la luz directa de la única bombilla del cuarto, el pelo de Nikki tenía reflejos color rojo brillante y ocre oscuro.

Entorné los ojos y la miré como por encima de unas gafas.

—¿De qué vas colocada?

—Oh. ¿Tanto se nota? Oh, oh. —Soltó una risilla. Se llevó las manos a la espalda y se quedó donde estaba, con la vista en el techo y balanceándose adelante y atrás. Movía la mandíbula de un lado al otro, al mismo ritmo.

Negué con la cabeza.

—Vaya con la mocosa esta… Te has metido un éxtasis, ¿verdad?

—Eso me temo, tío Ken.

—Bueno, pues que lo disfrutes, pero acuérdate de Leah Betts y no bebas demasiada agua.

—Te quiero, tío Ken —dijo, inclinándose hacia delante y con una amplia sonrisa.

Me reí.

—Sí, yo también te quiero, Nikki.

Blandió las pastillas para la garganta delante de mi cara a modo de amenaza.

—¿Te apetece un Strepsil?

—Gracias. Estoy intentando dejarlo.

—Vale.

Dio un paso a un lado y así la manecilla de la puerta, que se había cerrado sola.

—Las damas primero —dije, abriéndole la puerta.

—¡Gra-cias! —dijo Nikki, dando un paso al frente, pero tropezó con el borde de la puerta y cayó contra mi pecho—. Feliz Año Nuevo, Ken. —Levantó la cara a la altura de la mía, sin dejar de sonreír.

Lo cierto es que no se sabía cómo habíamos conseguido evitarnos desde las campanadas.

—Feliz Año Nu…

Apoyó sus labios en los míos y me dio un besazo húmedo y baboso, luego se apartó, con una sonrisa feliz e inclinó la cabeza hacia ambos lados, emitió un ruido que podría haber correspondido a «hum…» y volvió a adelantarse y a besarme. Con cierta franqueza, debo decir. Pero sin lengua.

Ah, Dios mío, mierda, joder, pensaba una parte de mí. Es decir, otra parte pensaba: ¡Siií! Pero la mayor parte de mí pensaba cosas malas de una u otra especie. La rodeé con los brazos y le devolví el beso, saboreándola y oliéndola, absorbiendo su dulce aroma como si anduviera desesperado por una transfusión de juventud. Nikki se retorció entre mis brazos, apretándose contra mí y deslizando los brazos por mis costados y espalda.

Algo se cayó al suelo; las pastillas de naranja.

Entonces Nikki se echó para atrás, parpadeando, y tuve que dejarla ir. La sonrisa desapareció un momento. Luego Nikki sacudió la cabeza y empezó a sonreír tímidamente. Se secó la boca delicadamente con el dorso de la mano.

—¿Qué estoy haciendo? —suspiró, sin dejar de mover la cabeza. Pensé en cómo se habría movido su pelo al hacerlo si todavía lo llevara largo.

—Bueno —dije tragando saliva—. Estás haciendo muy feliz a un viejo, eso es evidente, pero, hum… no creo…

—No, yo tampoco… —dijo en voz baja, luego se rió con fuerza y le dio un ataque de tos. Meneó la cabeza y bajó la vista al suelo. Me agaché y le pasé el paquete de pastillas para la garganta.

La risa ronca de Nikki retumbaba en la habitación.

—Lo siento, tío Ken. No quería… Lo siento.

Alcé una mano.

—No pasa nada. Y, por favor, deja ya de disculparte. A mí me ha parecido bien, te lo aseguro. Pero, ah…

Nikki tosió. La tos áspera rebotó en las paredes desnudas del cuarto. Hizo un esfuerzo evidente por recobrar la compostura.

—Sí —dijo, y carraspeó ruidosamente—. Lo mejor será que finjamos…

—Que no ha pasado nada. Sí. —Asentí.

Ella también.

—Solo hasta que, bueno, nos muramos —sugirió.

—Estoy completamente de acuerdo.

Se estremeció.

—Perdona, Ken, pero es que todo esto es un poco…

—¿Raro?

—Sí, raro.

Volví a abrir la puerta.

—Oh. Hola, Emma.

—¡Mamá! ¡Hola! —saludó Nikki con una amplia sonrisa en la cara.

—¿Qué es raro? —preguntó Emma entrando en la habitación con un aire claramente desconfiado. Minúsculo modelito negro. Pelo negro azabache con diadema cual tiara blanda, collar de perlas grises. Con un abrigo negro en el brazo.

Agité una mano como quitándole importancia al asunto y señalé con la cabeza las pastillas de la tos que tenía Nikki.

—Intentaba ligarme a tu hija ofreciéndole drogas, pero no ha aceptado. —Sonreí con tristeza y hundí los hombros mientras Emma me miraba a los ojos—. En realidad, intentaba irme a dormir, Em; estoy hecho polvo. ¿Tú también te vas?

Emma titubeó, pero al final decidió que yo parecía bastante despreocupado. No pasaba nada. Desde luego, nada con lo que quisieras comerte la cabeza.

—Sí —contestó, luego miró a su hija—. ¿Estás lista, Nikki?

Nikki sacó una pastilla, la lanzó al aire y dio un paso adelante con la boca abierta. Cerró los dientes con un chasquido. Volvió a retroceder con el dulce para la tos entre los dientes.

—Lista. —Dio media vuelta, rebuscó entre la pila de abrigos hasta dar con su chaqueta—. Buenas noches, Ken —dijo poniéndose la chaqueta y besándome suavemente en la mejilla.

—Buenas noches, pequeña.

—Enseguida bajo —le dijo Emma a Nikki.

—Vale —contestó Nikki al tiempo que la puerta volvía a cerrarse—. Voy a despedirme de papá.

Emma me miró.

Oh, oh, pensé. Y ahora, ¿qué?

—Una gran chica —le dije a Emma, gesticulando hacia la puerta que se cerraba—. La quiero muchísimo.

—¿Estás bien? —preguntó Em.

Parecía preocupada de verdad. Me relajé.

—Estoy cansado —dije sinceramente.

—Me han dicho que Jude te ha hecho pasar un mal rato.

—Ha sido mutuo, pero sí. —Suspiré, bostecé—. Vaya. Lo siento, perdona.

—No pasa nada.

—Jude y yo nos hemos puesto de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Aunque, bien mirado, no estoy seguro de que hayamos coincidido ni siquiera en eso.

Emma asintió, me miró brevemente al pecho. Alargó una mano y me tocó en el brazo, dándome palmaditas.

—Descansa.

—La mejor idea de toda la noche. —Sostuve la puerta abierta para ella.

—Buenas noches, Ken. Cuídate.

Me dio un beso en la mejilla, igual que su hija. Se volvió al llegar a las escaleras, justo cuando yo abría la puerta de mi dormitorio, y me dedicó una sonrisa valiente y breve. Alzó una mano dubitativa, luego bajó rápidamente los escalones.

Me quedé en ropa interior y me metí en la cama. Me dormí pensando en Celia, deseando que estuviera bien y a salvo con su familia en la Martinica. Lo hacía con bastante frecuencia. Una parte de mí albergaba la esperanza de que, si me dormía pensando en ella, la vería en sueños, pero hasta el momento no había funcionado.

Dormí bien durante una media hora hasta que varias personas entraron en la habitación y encendieron la luz para recoger los abrigos. Les dije dónde estaban los abrigos; luego, en cuanto se marcharon, me levanté, me puse los pantalones y fui al guardarropía oficial, recogí todos los abrigos y chaquetas de la cama y los colgué fuera, en la barandilla de la escalera. Lo cual no impidió que otro grupo de borrachos entrara en la habitación, encendiera la luz y buscara sus abrigos.

Saqué la bombilla de la luz principal y la siguiente vez que alguien volvió a entrar, murmurando sobre abrigos y dándole al interruptor de la luz unas diez veces, me puse a roncar muy fuerte hasta que se fueron.

Cuando me despierto voy vestido de oficial de las SS con la polla colgando por fuera. Estoy esposado a la cama y amordazado con cinta de electricista, igual que Jo; la violan, le rebanan el cuello y la dejan tirada encima de mí. Se han llevado varias cosas para simular un robo que se ha complicado y han abierto diversas brechas en el barco, de modo que al subir la marea me ahogaré.

—¡Ah!

—¿Ken?

—¡Joder! ¡Mierda! ¡Joder! ¡Hostia!

—¡Ken! ¡Despierta! Solo es un sueño. Lo que sea. Solo es un sueño, una pesadilla. Vamos, vamos…

—Me cago en Dios Todopoderoso. —Me dejé caer de espaldas sobre la cama. El corazón me martilleaba como un motor, respiraba como si acabara de correr una maratón—. Dios…

Jo me abrazó y me acunó.

—No pasa nada. Todo va bien. Tranquilízate, tranquilo…

—Oh…

—No eres tú.

—Joder.

—¿Ya está?

—Sí. Ahora sí. Ya estoy bien.

Solo que no estaba bien.

Jo se durmió enseguida pero yo me pasé mucho, muchísimo rato mirando el dormitorio a oscuras y ligeramente inclinado, tragando fuerte, oliendo la vaharada ocasional de aguas residuales y podredumbre que llegaba desde el lodo del canal, al acecho de burbujeos de mal augurio provenientes de la sentina, buscando a los matones escondidos entre las sombras y temblando mientras la capa de sudor de mi piel se iba secando.

Esperé tumbado la llegada del amanecer y la subida de la marea, esperé a que las aguas volvieran a subir y nivelaran de nuevo el Bella del templo, amortiguando el leve olor a muerte y restaurando el equilibrio.

—¿Hola?

—Hola, señora C.

—¡Oh! ¿Es el hombre de la radio? ¿Cómo estás, Kennit, cariño?

—Un poco resfriado, pero aparte de eso, bien. Y mucho mejor ahora que hablo con usted, señora C. ¿Cómo está? ¿Tan guapa y atractiva como siempre? ¿Tan guapa y atractiva como la última vez que la vi? Fue en la noria, ¿verdad?

—Ah, tesoro, mucho más. ¡Muchísimo más! Eres terrible. Se lo diré a mi hijo y, cuidado, que igual no me quedo en eso.

—No debe contárselo, señora C. La pasión incontrolada que siento por usted debe mantenerse en secreto, de lo contrario Ed podría sentirse terriblemente ofendido. Es decir, suponga que me seduce usted y luego se queda embarazada, ¿eh?

—¿Qué? ¿A mi edad? ¡Escúchate! ¡Granuja!

—Tendríamos que casarnos; me convertiría en el padre de Ed. Nunca me lo perdonaría.

—¡Basta! Me va a dar algo. ¿Y mi pañuelo? Ah, eres terrible. Yo misma me encargaría de que mi chico tuviera una charla contigo, pero ahora está en Francia o en Roma o en no sé dónde, tesoro, así que tendrás que llamarle al móvil.

—No importa, señora C. Ya sabía que no estaba; era una excusa para oír su voz.

—Ya está, ya estás siendo malo otra vez.

—No puedo evitarlo. Es el poder que ejerce sobre mí.

—Terrible, eres terrible, un pillo.

—Está bien, señora C. Llamaré al móvil de Ed. Ha sido un placer hablar con usted. Oh… También quería hablar con un amigo de Ed. Ah… ¿Robe? Sí, Robe. ¿No tendrá su número?

—¿Robe? ¿Para qué quieres hablar con él, cielo?

—… Perdón, me estaba sonando. Perdone, señora C.

—Perdonado, cielo. Bueno, y ¿qué es eso que tienes que hablar con Robe?

—Ah, sí; estuve hablando con un tipo. De una discográfica. ¿Ice House? Es bastante grande. Por lo visto la empresa, el sello discográfico, necesita guardias de seguridad; guardaespaldas, ese tipo de gente. Para cuando los artistas, los artistas de rap, viajan a Estados Unidos. Pensé que quizá a Robe le interesaría. O sea, esos tipos no son moco de pavo, muchos de ellos antes eran gángsteres; no sentirían el menor respeto por el típico blanco de espaldas anchas acostumbrado a no dejar entrar a la gente en la disco si no llevan el calzado adecuado. En cambio, con Robe se entenderían. Pero es un trabajo serio y bien pagado. Sé que Rob podría hacerlo. Y quién sabe adónde podría llevarle.

—Por lo que explicas suena mucho más respetable de lo que acostumbra a hacer Robe. Robe es un mafias, Kennit. Es peligroso. Demasiadas pistolas. En esta casa no es bienvenido. Que yo sepa, Ed ya no le ve.

—Lo comprendo. Ed y yo estuvimos charlando de él, no hace mucho. Por eso pensé que esto podría ser una manera de sacarle del tipo de vida que lleva. Pensé que tal vez si tuviera unas palabras con él…

—Bueno, creo que no tengo aquí su teléfono, pero supongo que podría conseguirlo.

—Sería estupendo, señora C. Por supuesto, entendería que no quisiera comentárselo a Ed. Es posible que todo esto quede en nada, pero por probar…

—Bueno, quizá sea un pérdida de tiempo, cielo, pero te honra que lo hayas pensado. Te volveré a llamar, ¿de acuerdo?

—Es usted una santa, y muy sexy. La adoro.

—¡Ah! ¡Basta!

Había llegado a la conclusión de que tal vez estuviera enamorándome de mi dentista. Por supuesto, no era verdad y lo sabía, pero la idea me parecía atractiva; tenía un no sé qué de relajante y despreocupado. Quizá se tratara de algún complejo freudiano, dado que mi padre era dentista, quizá se debiera a que Mary Fairley, licenciada en cirugía maxilofacial, era escocesa, de Nairn, y tenía el acento más dulce y las erres más maravillosas que había oído desde que me había mudado a Londres; quizá respondiera a todo eso de estar tumbado con la boca abierta, completamente en manos de una mujer mientras sonaba música suave y ella y su ayudante, casi igual de atractiva, hablaban en voz baja y tono profesional; pero, fuera lo que fuese, casi había llegado a convencerme de que sentía algo por ella. Mary era de constitución gruesa pero de tacto y movimientos delicados; tenía el pelo rubio rojizo, los ojos verdes grisáceos, una nube de pecas en la nariz y unos pechos que a veces se interponían muy ligeramente en su camino requiriendo un gesto rápido —el equivalente corporal de sacudirse el pelo de la cara— cuando se inclinaba sobre mí.

La miré a los ojos, deseando que las gafas protectoras no fueran necesarias. Aunque probablemente no fueran mala cosa, visto que había pillado el resfriado de Nikki; tuve que levantar la mano y detener el trabajo dental un par de veces para estornudar.

Era sorprendente lo seguro que me sentía en el sillón del dentista; siempre un poco a la que salta, a la espera de una punzada, pero a salvo. Mary era educada pero no charlatana, pese a la conexión caledonia. Muy profesional. Estar colado por una dentista desinteresada podría parecer frustrante y triste, pero también me sorprendió considerarlo algo inocente y puro, e incluso sano. Desde luego, muchísimo más sano que enamorarse perdidamente de la esposa de un gángster y planear acabar lleno de cables en un estudio de televisión.

Mary perforó un empaste viejo estropeado y el aire de mi boca se llenó de olor a muerte.

—Nuestro cliente sostiene que en el momento del accidente no estaba hablando por el móvil.

—Pues entonces su cliente miente.

—Señor, ah, señor McNutt, con todos mis respetos, solo pudo usted ver muy fugazmente el coche de nuestro cliente cuando…

—Mire usted… Perdón… ¡Achís!

—Jesús.

—Gracias. Perdón. Sí, lo que le iba diciendo; la señorita a la que llevaba a casa telefoneó a la policía para informar del accidente. Eso fue hacia las cinco, a lo sumo diez segundos después del choque. ¿Por qué no hablamos con su compañía telefónica y la de su cliente y comparamos las horas en que terminaron las dos llamadas? Porque, ahora que lo pienso, su cliente todavía tenía el móvil en la mano cuando bajó del coche y sospecho que no había colgado. Veamos si esa llamada y la de la señorita Verrin coinciden, ¿le parece?

El abogado y su aprendiz se miraron.

—Qué suerte tenéis. No solo me ha bajado el resfriado a la garganta, con lo cual mi voz es más ronca y sexy que nunca, sino que además acabamos de poneros a los Hives, los White Stripes y los Strokes; todos seguiditos sin ni siquiera una sílaba de tonterías que os estropeara la diversión. ¡Os estamos malcriando! A ver, Phil, ¿qué decías?

—Sí; no puedes lanzar una acusación como esa sin más.

—¿Te refieres a mi insinuación de que para un futbolista un cerebro a pleno rendimiento sería un lastre?

—Sí; ¿qué quieres decir? ¿Que en todos los vestuarios de los equipos de fútbol deberían colgar un cartel que dijera: «No hay que ser tonto para trabajar aquí, pero ayuda»?

—Sería muy ingenioso, Phil. Pero no.

—Pero afirmas que los futbolistas tienen que ser tontos.

—No, solo digo que puede serles de ayuda.

—¿Por qué?

—Piénsalo. Estás jugando al tenis; ¿cuál es la jugada que por lo visto confunde a todo el mundo? La que consigue que incluso los profesionales hagan el ridículo de vez en cuando. En este último Wimbledon ocurrió al menos una vez.

—Habríamos encontrado la fuente de la aparente estupidez de los futbolistas, si en esa situación creyeran estar jugando al fútbol; pero por lo visto nos hemos pasado al tenis.

—Tener una única red en el centro en lugar de dos en cada extremo podría dar lugar a confusiones, pero no me refería a eso. A ver si me sigues, Phil. En el tenis, ¿qué jugada parece la más sencilla pero aun así la gente se equivoca? Venga, piensa. La buena gente del mundo de la radio confía en ti.

—Ah. Un smash alto, cuando la pelota sale disparada hacia el cielo y parece que tengas que esperar media hora junto a la red a que caiga.

—Exacto. ¿Y por qué la gente falla cuando parece tan fácil?

—¿Porque juegan mal?

—Ya hemos quedado en que incluso los mejores jugadores del mundo la fallan, de modo que no, no es por eso.

Phil se encogió de hombros. Yo gesticulaba con una mano por encima de la mesa, como si intentara atraer a mi nariz el aroma de un plato de comida. A veces ensayábamos un poco estas situaciones, otras veces no, y simplemente le dejaba caer las cosas y confiaba en la suerte y en el hecho de que a estas alturas ya nos conocíamos bastante bien. Phil asintió.

—Tienen demasiado tiempo para pensar.

—Exactamente, Phil. Como la mayoría de los deportes, el tenis es un juego de movimientos veloces, reacciones rápidas y una buena coordinación entre la vista y las manos; bueno, en el caso del fútbol sería coordinación vista-pies, pero captas la idea, y la gente a menudo juega mejor cuando no tiene tiempo de pensar. Pensar el servicio se vuelve en contra de tipos como Sampras o Rusedski. Ocurre lo mismo en el criquet; los científicos coinciden en que no debería ser posible que el bateador golpee la pelota porque no pasa suficiente tiempo entre que un buen lanzador la tira y la bola alcanza el bate. Desde luego, un bateador como Dios manda habrá interpretado primero el lenguaje corporal del lanzador. Lo mismo vale para un tenista al que se le da bien devolver los lanzamientos potentes; sabe adónde irá la pelota antes de que le lancen el servicio. La cuestión es que todo ocurre demasiado deprisa para que el cerebro participe; no hay tiempo para pensar, solo para reaccionar. ¿Estamos?

—Ajá.

—Ahora el fútbol.

—Bien, volvemos al tema.

—En el fútbol a menudo tienes mucho tiempo para pensar. Otras veces no, claro: llega una pelota volando, levantas la pierna, le das a la primera y se aleja, y ya estás corriendo hacia la banda con la camiseta por encima de la cabeza y los brazos en cruz. Pero si estás en una escapada, recibes la pelota en el medio campo, solo tienes que batir a un defensa y no hay ningún compañero de apoyo, te encuentras con lo que parece muchísimo rato para correr y pensar, y desde luego no estoy acusando a los futbolistas de ser incapaces de hacer ambas cosas a un tiempo. Así que bates al defensa; ya solo falta el portero y vuelves a tener tiempo de pensar. Y ahí es cuando ves a algunos tipos, incluso entre la elite, que se hacen un lío porque han tenido demasiado tiempo para pensar. Todo su córtex frontal o lo que sea ha tenido tiempo de plantearse: Hum, bueno, podríamos hacerlo así o asá o del otro modo. Pero para entonces ya es demasiado tarde porque el portero se ha adelantado y le lanzas la pelota directa a las manos o a las ovaciones irónicas de los aficionados del equipo contrario o has optado por un globo y titubeas y el portero ha tenido tiempo de lanzarse a tus pies y robarte el balón. Esto les ocurre a jugadores profesionales, muy bien pagados y de gran calidad, y en cierto sentido no es ningún deshonor, es solo que son humanos. Sin embargo, si nos fijamos en un jugador particularmente espeso…

—Vas a meterte otra vez con el pobre Gascoigne, te veo venir.

—Hombre, venga ya; el tío es tan burro que no podría fingir que toca la flauta con los dedos sin liarse. Pero sí: Gazza es el mejor ejemplo. Es, bueno, era un gran futbolista con mucho talento pero de inteligencia tan limitada que ni siquiera en todos esos segundos de carrera hacia el portero le daba tiempo de pensar. O si estaba pensando, pensaba más o menos: Guau, tío, qué buena está la churri esa de detrás de la portería. Y ahí radica la diferencia; cuanto más tiempo te mantengas sin pensar, mejor futbolista serás.

Phil abrió la boca para hablar, pero añadí:

—Eso explica además por qué el billar y el golf son tan diferentes, son juegos de concentración y temple, no de habilidad para reaccionar.

Phil se rascó la cabeza. Apreté el botón de efectos especiales correspondiente.

—Bueno, un buen sermón de resumen —dijo. Yo ya había metido la siguiente pista, con la intro baja. Faltaban quince segundos para que empezaran a cantar—. Hemos empezado por el fútbol, nos hemos desviado hacia el tenis, luego hemos tocado el criquet y finalmente hemos retomado el bello deporte del… pero en el último minuto hemos virado bruscamente hacia el golf y el billar. Menudo lío.

—¿Tú crees? —Miré el segundero.

—Sí.

—Pareces un poco tonto. ¿Has pensado en hacerte futbolista profesional?

—¿De modo que es definitivo? —preguntó Debbie.

—Sí —respondió Phil.

—¿Hasta qué punto?

—Bueno, hasta el punto definitivo —dijo Phil con torpeza.

—Sí, pero ¿cómo de definitivo? ¿Bastante definitivo? ¿Muy definitivo? ¿Absolutamente ciento por ciento definitivo?

—Bueno, no, no es tan definitivo —concedió Phil.

—Por Dios, creía que este constante ir y venir de luz verde y parones solo ocurría en el cine. No es más que un programa de la tele, joder, no la trilogía del Señor de los Putos Anillos —dije.

—Es delicado —contestó Phil.

—Como mi cabeza un sábado por la mañana —murmuré—, y no monto tanto lío.

El nuevo despacho temporal de Debbie estaba casi tan abajo como el nuestro. Eché un vistazo a las baldosas blancas del patio de luces. Parecía que fuese a llover pero no estaba claro. Era viernes; la grabación de Última hora estaba programada para el lunes. Otra vez. Mi gran enfrentamiento con el asqueroso que negaba el Holocausto, Larson Brogley o no sé qué, volvía a estar en marcha. De hecho llevaban ya un mes sin cancelar la cita, con lo que probablemente se había establecido algún récord. Era posible que llegara a celebrarse. Estaba nervioso.

Pues claro que estoy nervioso, pensé, mientras la directora de la emisora y el productor seguían discutiendo acerca de hasta qué punto era definitivo como un par de obispos tratando de establecer cuántos ángeles pueden bailar en la punta de una aguja. A ellos ya les iba bien; pensaban que el único peligro era que me pusiera en ridículo o que desacreditara a la emisora y, por extensión, a sir Jamie; no tenían ni idea de lo que planeaba (si la hubiesen tenido, se habrían horrorizado, claro, y habrían tratado de disuadirme —y quizá habrían advertido al equipo de producción de Última hora— o habrían cancelado el acuerdo y habrían amenazado con despedirme si insistía en seguir adelante sin su beneplácito. Es lo que yo haría de encontrarme en una situación similar… es decir, si el talento en cuestión hubiese sido tan tonto como para contarme lo que pensaba hacer).

Típico; normalmente estas oportunidades televisivas se presentaban y ocurrían a gran velocidad. Si hubiese tenido mi brillante pero peligrosa idea para cualquier otra aparición o incluso propuesta de aparición, todo habría terminado ya meses atrás y haría mucho que estaría cargando con las consecuencias, cualesquiera que hubieran sido. Por razones varias, pero, sobre todo, debido al 11 de septiembre, esta aparición se iba posponiendo y me estaban dando tiempo de sobra para macerar la idea.

—¿…un seguimiento con una entrevista telefónica en el programa?

—Hum… No creo.

Sí, que debatan, esos pobrecillos ilusos. No sabían la suerte que tenían de no saber nada. Solo yo conocía mi gran idea, mi gran idea arriesgada, probablemente loca y sin duda delictiva. No la había compartido con Jo, Craig ni Ed; con nadie. Aunque había empezado a soñar con ella y me preocupaba que Jo me oyera comentar algo en sueños. Desde luego era mejor que soñar con escuadrones de la muerte que violaban a Jo y a mí me dejaban vestido de nazi a esperar que el barco se hundiera, pero seguía sin ser divertido. Con los años me había acostumbrado a tener sueños mundanos, incluso aburridos, y la última temporada de pesadillas que recordaba me había acosado en la recta final de los exámenes finales de mi último año de instituto, de modo que no estaba preparado psicológicamente para soñar con nazis en estudios de televisión y gente que me ataba a una silla y blandía pistolas.

Por otro lado, era probable que me acojonara en el último minuto. Lo planificaría, llevaría el equipo necesario, pero no conseguiría llegar hasta el final. Algún Guardia Imperial de la sensatez, leal todavía a la idea de mantenerme en mi puesto de trabajo y lejos de los tribunales y la prisión, irrumpiría en el Palacio de la Razón y organizaría una contrarrevolución, un golpe en favor del sentido común y la decencia de los comportamientos. Siendo totalmente sincero conmigo mismo, era el resultado más probable. No con mucho, pero aun así seguía siendo el más probable.

—¡Por amor de Dios! —dije interrumpiendo a Debbie, que daba vueltas a la cuestión del seguro legal compartido contra calumnias y quién debería pagar qué porción. Casi me daban ganas de decirle que la menor de sus preocupaciones era que yo pudiera decir algo escandaloso o delictivo, pero me contuve—. Hagámoslo y punto.

—De acuerdo —dijo Phil— Pero estamos esperando a que acepten grabarlo por la tarde.

—Como quieras. Me da igual. Solo quiero acabar de una vez. —Los dos me miraron, como si les sorprendiera que me afectara algo así. Huy, posible brecha en el sistema de seguridad. Abrí las manos despacio—. Es que me estoy cansando de esperar —expliqué con calma.

—Entonces, vale —dijo Debbie—. El lunes.

—A-le-lu-ya.

—Escucha.

Y con eso basta. Allá vamos…

—Hostia. Menudo montón de lucecitas.

—Potente, ¿eh?

—Superpotente.

Era viernes por la noche. Faltaba una hora para que una limusina nos llevara a Ed y a mí a un concierto en Bromley, pero Ed había querido fardar conmigo de su casa recién redecorada y remodelada, de modo que estaba de visita en la casa familiar; un complejo muy cambiado y retocado con creatividad que ocupaba dos casas adosadas de Brixton, una de ellas al final de la hilera de adosadas y con lo que antes había sido un pequeño supermercado en la planta baja. Ed podría haberse permitido una mansión en Berkshire de haberlo querido, y yo sospechaba que más o menos todavía ansiaba conseguirla, pero respetaba su decisión de quedarse con su madre y su numerosa familia, adaptando la casa en la que había crecido y comprando la de al lado, además de la tienda, en lugar de huir de su viejo vecindario en cuanto empezó a lloverle el dinero.

Me había preocupado un poco que Ed se hubiera enterado por su madre de que trataba de ponerme en contacto con Robe, su amigo mafioso, hubiera deducido que todavía andaba detrás de una pistola y estuviera enfadado conmigo, pero de momento nada de esto había ocurrido; nos habíamos encontrado en el gran salón principal de la planta baja y al instante nos había rodeado una muchedumbre caótica y sonriente de tías, primas y hermanas de Ed (algunas bastante atractivas) y un par de parientes masculinos y novios. La madre de Ed no estaba porque había ido a clase, cosa que me había ahorrado cualquier posible bochorno. Ed nos había excusado y los dos habíamos huido a la planta alta, pero seguía sin decir nada de Robe.

El piso de Ed dentro de la casa comunal ocupaba los dos áticos. Las dos grandes buhardillas daban encima de tejados, pero las vistas interiores resultaban más asombrosas; un espacio abierto y largo en tonos ocres cálidos y rojos oscuros con algún toque amarillo. Confíen en mí: era muchísimo más elegante de lo que parece. Todo olía a nuevo. El único fallo estilístico certificable estaba en el dormitorio de Ed, moderadamente inmenso e impresionantemente vacío.

—¿Espejos, Edward?

—¡Sí! Perverso, ¿eh?

—¿Espejos? En ambos lados…

—¡Son armarios!

—¿Y los del techo? Dios. Dios, Dios, Dios.

—¿Qué pasa? Lo dices porque ninguna churri quiere verte ese culo paliducho tuyo cuando te la estás tirando. Yo soy de foto. Si no fuera tan descaradamente hetero, me enamoraría de mí mismo.

Crucé los brazos, di un paso atrás y le miré. Al final me limité a negar con la cabeza.

—¿Qué?

—No —dije—, ahí me has pillado. No tengo palabras.

—No jodas. Te pillé, rey de la radio.

—Hombre, estoy fuera de servicio.

Ahora estábamos en el estudio-leonera, con todos los aparatos de música encendidos. Eché un vistazo a los seis teclados apilados y colocados en ángulo, los tres soportes de cincuenta centímetros de la altura de un hombre y una mesa de mezclas que te costaría abarcar incluso con los brazos totalmente extendidos y la cara aplastada contra su superficie. Había además otro puñado de trastos y maquinitas; unidades llenas de botones apoyadas en mesas, una batería electrónica y al menos tres aparatos cuya función ni siquiera alcanzaba a imaginar. La mayoría del equipo titilaba en la oscuridad creada por las gruesas cortinas; cientos de pantallas líquidas creando amplias constelaciones de rojo, verde, amarillo y azul, además de docenas de pantallas de suave brillo pastel con letras mayúsculas sobreimpresas en negro. Dos monitores de pantalla ancha más grandes que mi televisor se encendieron entre parpadeos cuando Ed arrancó el Mac silenciosamente. Los monitores de Ed eran Nautilus gigantes, treinta mil libras de amonitas de azul reluciente con brillantes amarillos y altos hasta los hombros, colocados al fondo de la habitación apuntando a la gran butaca de cuero negro dispuesta en el epicentro de aquella cosmología tecnológica de última generación.

—Ed, todo esto ¿qué hace exactamente?

—Música, tío.

—Creía que solo pinchabas.

—Sí, bueno, estoy diversificándome, ¿no?

—¿Quieres decir que vas a empezar a componer?

Cogí un manual rojo oscuro de tamaño A4 para algo llamado Virus y lo hojeé, entornando los ojos a causa de la falta de luz.

—Sí. Pensé que sería divertido. De todos modos, mira qué trastos.

Volví a mirarlos.

—¿Sabes qué? Tienes toda la razón, Ed. No tienen que generar una sola nota para justificar esta gloriosa preciosidad. Por favor, no me digas que los vas a usar para hacer música tipo chumba- chumba.

—¿Chumba-chumba?

—Sí, ya sabes; el tipo de música que oyes en la calle cuando pasa un hermano en un Astra con las lunas tintadas. Siempre suena chumba-chumba.

—Qué va, colega. Bueno, sí, a veces, puede. Pero no; un día de estos compondré una puñetera sinfonía.

—¿Una sinfonía?

—Sí. ¿Por qué no?

Le miré de arriba abajo.

—Por ambición que no quede, ¿eh, Edward?

—Te diré; la vida es demasiado corta, colega.

Hojeé el manual del tal Virus.

—¿De veras entiendes esto?

—Claro que no. No hay que entenderlo para conseguir que suene. Pero si lo necesitas, tiene más recursos.

—¡Función Pánico Ampliada! —leí—. ¡Ja! ¿Cómo no vas a enamorarte de un trasto con función de pánico ampliada?

—También conocida como botón de Páralo Todo.

—Brillante —concluí devolviendo el manual a la estantería con los otros. El móvil vibró en mi cadera. Consulté la pantalla—. Jo. Será mejor que conteste; está en no sé dónde, en Berlín o Budapest o yo qué sé.

—Iré calentando el software para que escuches un poco de chumba-chumba.

—¿Hola? —contesté al teléfono.

Y a lo lejos oí: «Sí, sí, sí, vamos, fóllame, fóllame, hazlo, así, sí, así, así, así, fóllame, más fuerte. Fóllame fuerte. Así, así, ¡sí, sí, sí!». Todo ello acompañado de lo que sonaba a ropa frotándose contra ropa, varios cachetes y después una voz masculina gritando: «Oh, sí, oh sí…».

No paraba. Continuó un buen rato.

Me quedé de pie donde estaba y escuché el tiempo suficiente para convencerme de que no era una broma, ninguna gracia y en modo alguno algo intencionado. Fue más o menos entonces cuando Ed apartó la vista de las apabullantes y complicadas instrucciones de las pantallas de los dos monitores gigantes para mirarme a mí; al principio solo de pasada, luego otra vez, con el ceño fruncido y las cejas arqueadas. Le pasé el móvil.

Ed también escuchó un rato. Una sonrisa sustituyó al ceño •fruncido, incluso durante unos segundos, una mirada lasciva, pero luego debió de adivinar algo en mi expresión porque la sonrisa desapareció, me devolvió el teléfono y bajó la vista, carraspeando y volviéndose hacia los monitores.

—Lo siento, tío —le oí decir.

Escuché un poco más, luego el teléfono de Jo debió de caerse, porque se oyó un golpe sobre algo mullido y el sonido llegaba muy apagado, incoherente. Cerré el móvil.

—Bien —dije—. Creo que de la selección de frases se deducía que lo que está bien para uno está bien para todos. —Ed sabía de sobra que yo no le era fiel a Jo; vamos, si hasta habíamos tenido ocasión de vernos en acción con dos argentinas una noche en la playa de Brighton, a principios de mayo.

Ed miró alrededor, mordiéndose el labio inferior.

—¿Crees que era broma?

—No.

—¿Que lo ha hecho a propósito?

Negué con la cabeza.

—Lo dudo; una vez tuve el teléfono colapsado durante horas por culpa de llamadas accidentales de Jo. Suele pasarle cuando va con las amigas de bares o a la disco. —Exhalé un largo respiro—. Además, ah, es su manera de expresarse, durante el acto. No creo que sea tan buena actriz como para fingirlo.

—Guau. Bueno. Así que tenéis una relación abierta, ¿eh?

—Eso parece. Solo que ninguno de los dos se ha molestado en comunicárselo al otro.

Ed parecía preocupado.

—¿Todavía te apetece escuchar algo de música o preferirías una copa o fumar o qué?

—No, pínchame algo, Ed. Lo que sea, pero potente. —Dejé escapar una risa nada divertida.

Jo dijo:

—Escucha.

Y yo dije:

—Oh, oh.

—¿Qué?

—Hoy día la gente de nuestra edad, vale, de acuerdo, la gente de mi edad y de la tuya, no dice «escucha» sin querer implicar algo bastante serio.

Jo bajó la vista.

—Ya, bueno…

Allá vamos, pensé.

Estábamos en el acuario de Londres, situado en la que había sido sede de la GLC en la orilla sur del Támesis, junto a la London Eye. La discográfica de Mouth Corporation había organizado una juerga a la que me habían invitado. Al igual que a Jo. Ella acababa de llegar, directa de Heathrow, donde había aterrizado su vuelo desde Budapest.

Me pareció que el acuario resultaba un lugar un tanto siniestro para una fiesta. Sobre todo para un fiesta de la industria musical. Abundaban los tiburones, arriba y abajo. La luz también era rarilla; por lo visto, los peces no se tomarían a bien montones de destellos al estilo discoteca, focos estroboscópicos y demás porquerías, de modo que solo teníamos una especie de baño azul verdoso de luminiscencia subacuática con el que todo el mundo parecía enfermo. La luz se deslizaba sobre la metalurgia facial de Jo, como un eco visual de los diodos azules y verdes de la maquinaria musical de Ed de la noche anterior.

Le había preguntado a Jo cómo estaba y me había contestado que bien. Me había pensado mejor lo de preguntarle si había llamado sin querer a alguien durante las últimas veinticuatro horas, pero ahora, prácticamente sin preámbulos, me soltaba un «escucha».

—Mira —dijo Jo.

La gente pasaba por los lados, alguien saludó y grandes cuerpos grises y lacios se movían sinuosamente por detrás y por encima de Jo.

—Oh. ¿Ahora es «mira»? Vamos abordando los sentidos uno a uno. ¿Qué será lo siguiente? ¿Huele?

Jo se mordió los labios y me miró.

—No tienes intención de ponérnoslo fácil, ¿verdad?

—Poner fácil ¿el qué, Jo? ¿Por qué no me lo dices?

—Ken, creo que deberíamos, ah, ya sabes, cortar.

Dicho lo cual se enderezó, echando los hombros atrás y levantando la cabeza en ademán desafiante. Pensé en la noche que nos conocimos y en el modo en que su postura resaltaba los pezones en la camiseta. Esta vez llevaba un jersey de canalé holgado, de color amarillo y cuello vuelto. Vaqueros negros. Solo las botas eran las mismas.

La miré fijamente. Por supuesto yo sabía que aquello era lo que seguramente seguiría al «escucha», pero, por alguna razón, saberlo no evitó que me sorprendiera y, por segunda vez en dos días, me quedé temporalmente sin palabras, y esta vez no por nada bueno. Había pensado que tal vez fuera a decirme que sabía lo que había ocurrido con el teléfono y que lo lamentaba, o que estaba embarazada (siempre un buen recurso, aunque poco probable porque siempre, siempre, usábamos condón) o quizá algo completamente distinto, como que había aceptado un trabajo en Los Angeles o en Kuala Lumpur o que había decidido meterse a monja o algo así, pero al menos desde la noche anterior, en el estudio de Ed, había sabido que lo que fuera que hubiese entre nosotros estaba llegando a su fin.

Aun así, me sentí abatido y sorprendido. Abrí la boca. Ella seguía mordiéndose los labios, por lo que su nariz parecía más larga. Se había alejado un poco de mí, casi chocándose con la gente que charlaba detrás de ella, delante del grueso cristal de las ventanas del acuario que distorsionaban la imagen. Me pregunté si creía que iba a pegarle. Nunca lo había hecho. Nunca había pegado a una mujer y nunca lo haría. Bah, bueno, a excepción de «Raine», claro, pero en ese caso podía argüir montones de circunstancias atenuantes.

—Ah, bien —dije.

Bajé la vista a mi botella de Pils. Pensé que podría lanzársela a la cara, como Jude me había tirado su gin-tonic en casa de Craig en la primera media hora del año; pero, claro, Jude había sido previsora y se había armado con un bonito vaso ancho y bajo, yo tenía una botella de cuello estrecho. Para conseguir empapar satisfactoriamente a la víctima deseada tendría que pedirle a Jo que esperara un segundo mientras hundía el pulgar en la botella y la sacudía antes de vaciársela en la cara. No sería elegante. De todos modos, no me apetecía.

De manera que me había engañado. Probablemente no era la primera vez, pero, bueno, y qué; yo también había hecho de las mías.

—¿Es todo lo que se te ocurre? —dijo—. ¿«Ah, bien»? ¿Ya está?

—Anoche te oí follarte a un tipo, Jo. Por teléfono. Tu móvil, otra vez.

Parpadeó.

—No lo sabía —contestó. Asintió—. Lo he encontrado esta mañana en el suelo, sin batería. —Cogió aire—. Guau. —Bajó la vista al suelo, asintiendo, luego me miró. Abrió los brazos—. Lo siento. No quería que te enteraras así.

—Bueno, pues así ha sido.

—¿Ibas a decirme algo?

—No lo había decidido. Pensé que quizá te darías cuenta de lo ocurrido y descubrirías a qué móvil habías llamado y vendrías toda arrepentida o te inventarías alguna explicación increíble y vergonzosa.

—¿Estabas preparándote para dejarme?

—No. Ya se me había ocurrido que, bueno, en esos viajes al extranjero, durante todas esas noches fuera de casa y con el estilo de vida del rock, las drogas, la bebida y lo demás… Más o menos sospechaba que podrías haber tenido alguna que otra aventura.

—¿Y tú? —preguntó volviendo a levantar la cabeza mientras las luces subacuáticas se reflejaban en las tachuelas y varillas de su cara.

—¿Te refieres a si también he tenido aventuras?

—Sí. ¿Y bien?

—Un momento —dije empezando a enfadarme—. Estoy siendo más que razonable. Anoche te oí follando con otro; tú a mí no me has oído. ¿Y ahora me dejas y buscas algo que lo justifique? Bueno, pues de ningún modo. No tienes derecho a preguntarme nada. Sí; sí, la verdad es que pensaba dejarte. De hecho, con el corazón, con la cabeza, ya te había dejado, antes de que tú cortaras.

—No seas crío.

—Que te jodan, Jo.

—¿Ni siquiera te interesa por qué quiero acabar con esta relación?

—Ni lo sé ni me importa. Quizá el tipo nuevo la tiene más grande que yo; ¿a quién cojones le importa?

—Por Dios, Ken.

—Mira, espero que seáis los dos muy felices, ¿vale? Ahora, déjame en paz. Y llévate tus cosas del Bella. —Eso estaba mejor, pensé. Estaba tomando la iniciativa. Al fin y al cabo, me lo merecía; yo era la parte ofendida—. Te doy hasta el lunes por la mañana para que saques todas tus porquerías de mi barco, si no, lo tiro todo por la borda. Adiós.

Di media vuelta y me alejé, estropeando un poco el efecto al tropezar con alguien, derramarle un poco de Pils en la manga y tener que musitar una disculpa antes de marcharme.

Más o menos había esperado que Jo me siguiera para reprocharme algo, y desde luego, dada la situación, me parecía razonable que se hablara de «reprochar» o incluso «reconvenir» en lugar de sencillamente «objetar» o «discutir». Pero no lo hizo.

Dediqué lo que quedaba de fiesta a emborracharme a conciencia con una excitante variedad de bebidas alcohólicas y no volví a ver a Jo en toda la noche. Probablemente porque se había tomado a pies juntillas lo de que iba a tirar sus cosas al agua y no confiaba en que esperara hasta la mañana del lunes, porque cuando al final volví a casa, de madrugada, y me arrastré fuera del taxi y dentro del Bella del templo, Jo ya había estado allí y se había largado; se había llevado su ropa y sus cosas y la llave estaba en el felpudo, justo debajo del buzón de la puerta.

Me quedé mirando la llave un rato, la recogí al cuarto o quinto intento, salí a cubierta y la lancé con todas mis fuerzas a las oscuras aguas de la bajamar.

—Tenía que pasar. No estabais hechos el uno para el otro.

—Craig, por Dios, pareces mi madre.

Estábamos sentados en un banco cerca de la cima de Parliament Hill, en Hampstead Heath, con vistas a la ciudad, bajo el sol débil y los nubarrones de una fría tarde de enero. Craig había ido andando. Yo había llegado en metro.

Probablemente todavía estaba demasiado borracho-resacoso para conducir, pero no podría haber cogido el coche aunque hubiera querido, al menos el Landy; esa misma noche alguien le había rajado un par de neumáticos y había reventando los dos faros. Lo había denunciado a la policía y me habían dicho que ya lo sabían, que habían pasado de noche a echar un vistazo cuando la alarma del Landy notó que el vehículo se escoraba a un lado e informó al centro de seguridad de la Mouth Corporation, que a su vez alertó a comisaría. Habían llamado a la puerta durante diez minutos y al teléfono durante media hora pero al final se habían dado por vencidos y me habían dejado roncar como a un buen borracho. Analizarían las cintas de las cámaras de vigilancia. Los críos, probablemente.

Ya, seguro, pensé. Justo cuando tenía la esperanza de que lo que fuera que estaba pasando hubiera terminado, un poco más. Genial.

—Ya —dijo Craig, en respuesta a mi acusación de parecerse a mi madre—. ¿Y las madres qué saben? Lo que más te conviene.

Negué con la cabeza.

—La gente te viene siempre con la cantinela de que no estabais hechos el uno para el otro después.

—Pues claro; si alguien lo dice antes, cuando todavía puede ser de alguna ayuda, se le acusa de estar celoso o algo parecido; y luego, cuando la relación se rompe, se le acusa de ser la causa de la ruptura. No hay modo de ganar. Es mejor callarse la boca hasta que todo termine.

—¿Alguna vez te gustó Jo?

—Jo no me desagrada. Me parecía bien. No era una de esas ocasiones en las que estás esperando a que la relación termine para poder decirle a tu amigo lo que pensabas de su ex. Me refiero a la teoría. Jo estaba bien, pero estaba casi tan chiflada como tú y era mucho más ambiciosa. Necesitas a alguien que te estabilice un poco, no otra zumbada como tú a la que te puedas tirar.

—No creo quejo estuviera tan loca como crees.

Craig ladeó la cabeza.

—Bueno, a veces perdía un poco la cabeza. Me sorprende que hayáis durado tanto.

Suspiré.

—Sí, Kulwinder me dijo lo mismo en la fiesta del once de septiembre.

Contemplé la lenta sucesión de enormes jets virando alrededor de las nubes en la lejanía, situándose en la suave pendiente invisible que los conduciría en dirección oeste hasta Heathrow.

—Intentó liarse conmigo, una vez —dijo Craig.

Le miré.

—Bromeas. —Eso sí que era raro.

—No; fue una vez que no sabía dónde estabas, en verano. Habíais discutido y tú te habías largado hecho una furia y te habías dejado el móvil; Jo supuso que estarías conmigo, de modo que se plantó en la puerta de casa y la invité a entrar; no hubiera sido correcto no dejarla entrar, sobre todo porque estaba llorando. Le ofrecí una copa, la consolé…

—Estuviste de acuerdo con ella en que soy un hijo de puta.

—Perdona; me mantuve en la delgada línea que separa la solidaridad masculina de prestar tu hombro a una dama afligida.

—De modo que una cosa llevó a la otra.

Mierda. ¿Y si se la había tirado? Incluso aunque no fuera a admitirlo, ¿y si se la había follado? Piensa, Ken. ¿Te molesta? Bueno, ¿qué?

No particularmente. Es decir, no tenía derecho a estar celoso o enfadado, al menos, no con Craig, dado lo que había ocurrido con Emma, pero esa clase de consideraciones lógicas y equitativas no era el tipo de argumento que tiene peso en el conjunto de instintos y reacciones programadas que conforman el corazón humano.

—Bueno, no, una cosa no llevó a la otra —dijo Craig—. Solo me agarró. De repente.

—Joder.

—Nos habíamos bebido media botella cada uno…

—¿De vino?

—Sí, por supuesto; no iba a darle whisky.

—Perdona.

—Me había levantado para descorchar otra…

—¿Ah, sí?

—Sí; estaba siendo solidario y educado. Para ya de insinuaciones e indirectas, ¿quieres?

—Perdona, perdona.

—Solo me abrazó. Me volví, de la sorpresa, claro, y me plantó la boca en los labios y me cogió de las pelotas.

—Hostia puta. —Miré a las nubes, luego a Craig—. Pero hiciste lo que hay que hacer.

—No, Kenneth —dijo, estirando sus largas piernas. Llevaba pantalones de chándal grises con una chaqueta que había estado de moda hacía diez años—. Lo correcto habría sido demostrarle lo maravilloso que puede ser el acto amoroso cuando lo haces con un hombre de verdad, pero no lo hice.

—Apuesto a que la morreaste un buen rato, hijo de puta. Besaba muy bien.

Craig lo meditó.

—Hum… Eso lo dejaba para impresionarte, pero sí, tienes razón.

—No te la tiraste, ¿verdad?

—No. Monté el número del sacrificio: eres muy guapa y me siento muy halagado pero los dos sabemos que a la mañana siguiente nos arrepentiríamos. Por Dios, si hasta estuvimos de acuerdo en que no estaría bien traicionarte; valía la pena negarnos el placer por ti.

—Mierda.

—¿Y ahora qué pasa?

—Se me acaba de ocurrir algo terrible.

—¿El qué? ¿A quién llamas?

—Una vez fue a buscarme a casa de Ed.

—Oh, oh.

—Sí.

Craig hizo el gesto de levantarse del banco.

—¿Quieres que me…?

—No; si vas a verme humillado, tanto da que sea ahora.

—Te la follaste, ¿verdad?

—¡No!

—Mira, Ed, Jo me dijo que había ido a tu casa una vez. También fue una vez a casa de Craig ¡y se le tiró encima! —«¡Eh!, a mí no me metas», dijo Craig. Pasé de él—. ¿Tratas de decirme que contigo no lo intentó?

—Ah…

—¿Ah? ¡¿Ah?! ¿No tienes nada más que decir? ¿Un puto «Ah»?

—Bueno…

—¡Te la follaste! ¡Cabrón!

—¡Se me tiró encima, tío! ¡Prácticamente me violó!

—Que te jodan, Ed.

—Y de todos modos me dijo que nunca lo había hecho con un negro, ¿qué tenía que hacer? ¿Dejarla con las ganas?

—No mezcles la raza en esto, ¡por Dios! ¡Y tampoco me vengas con la mierda esa de los sementales negros de pollas grandes!

—Yo no he sacado lo de la raza, tío, ¡fue ella!

—Ed, vete a tomar por culo. ¿Cómo pudiste?

—No pude evitarlo, tío.

—Bueno, ¡pues aprende a evitarlo, coño! ¡Puto adolescente!

—Mira, tío, lo siento; al día siguiente me sentía fatal y nunca volvió a pasar.

—Ya, te lo pasaste bien, te tiraste a la chica de un amigo y añadiste otra muesca a los espejos del techo de los cojones, ¿para qué ibas a molestarte en repetir?

—Ken, escucha; si pudiera dar marcha atrás y hacer que no hubiera ocurrido, créeme que lo haría. Nunca te lo había contado porque no quería herir tus sentimientos y la relación que tenías con Jo. Ojalá no hubiera pasado, de verdad. Te pido perdón, ¿vale?

—Bueno… yo… ¡No! —escupí—. ¡Déjame estar más tiempo cabreado! ¡Hijo de puta! —añadí con bastante poca eficacia.

—Perdona, tío.

Y pensé: Sí. Todos lo sentimos. Todo el mundo lo siente muchísimo, joder. Debería ser el segundo nombre de toda la puta especie Homo Perdona Sapiens. Tal vez podríamos cambiarlo en una votación amañada.

—Escucha —dijo Ed.

Algo frío pareció aposentarse en mis tripas. ¡Jesús! Un «escucha» de Ed, ¿ahora qué?

—¿Qué? —dije.

—Mañana tienes la cosa esa de la tele, ¿no?

Mierda, al final se había enterado de lo de Robe y pensaba que quería un arma para llevarla al estudio.

—Sí —contesté.

—Pues que tengas suerte. Espero que vaya bien. Machaca al nazi ese, ¿vale?

—Sí.

—Ahora puedes volver a enfadarte conmigo si quieres o esperar al fin de semana que viene y gritarme a la cara. Si sigue en pie lo del fin de semana. ¿Sigue en pie?

—Supongo.

—Lo siento, tío.

—Ya.

—¿Colegas?

—Sí, supongo. Colegas.

Craig me invitó a cenar. Supuse que por compasión; Nikki estaba en casa y Emma se pasaría a verlos, de modo que en realidad querían una velada tranquila los tres solos.

Lo que yo quería en realidad era volver a ver a Nikki, solo para asegurarme de que todo iba bien y que después de la fiesta de Nochevieja no había cambiado nada, al menos, no a peor, porque el beso, los dos besos me habían dejado preocupado. Le había permitido besarme y le había devuelto el beso, y cuanto más lo había pensado en el tiempo transcurrido desde entonces, más me avergonzaba y sentía la terrible necesidad de decirle que aquello no había cambiado nada y que, por supuesto, no se repetiría jamás y que también sentía el día del Land Rover bajo la lluvia, el día del accidente, cuando había intentado persuadirla para almorzar juntos —de un modo que ahora me parecía triste y desesperado— y que siempre, siempre sería un buen amigo y un buen tío, durante el resto de su vida… Aunque a la vez también quería no tener que decir nada y que todo volviera a ser como siempre entre nosotros, sin distanciamientos ni incomodidades.

El problema era que Emma también iba a estar, y si Craig mencionaba lo ocurrido con Jo —le había pedido que no les dijera nada a Emma y a Nikki y sobre todo que no comentara lo de Jo y Ed, pero aun así…— la situación podría torcerse debido a la historia que había tenido con Emma. Era una historia mínima, me repetía constantemente a mí mismo, pero no por ello con un potencial menos letal para mi relación con Craig.

Corría el peligro de perder una novia, dos de mis mejores amigos y —al día siguiente— quizá el trabajo y la libertad, todo en un loco período de veinticuatro horas.

A la mierda, pensé. Cierra las escotillas. Habría estado bien cenar con ellos y todavía tenía tanta resaca que probablemente no habría bebido mucho y por tanto me habría servido de preparación prudente y comedida para el gran día siguiente, pero decidí no ir. Tenía otros planes.

—Hola, Ken.

—Amy, nena, ¿qué tal?

—Estupendamente. ¿Y tú?

—Ah… bueno, ya sabes.

—No, no sé nada. ¿Qué pasa? ¿Problemas?

—Jo y yo… hemos terminado.

—¡Oh! Lo siento. Parecíais muy unidos.

—Bueno. —¿De veras? Yo nunca lo hubiera dicho, pero por otro lado era la clase de cosa que se dice en esas situaciones—. Sí. Es… No hay vuelta atrás. Se veía venir pero… tengo que confesar que me ha afectado un poco más de lo que esperaba.

—Vaya. Pobrecito.

—Sí. Casi dos años.

—Caray.

—Sí. Parecen más.

—Claro.

—Le tenía mucho cariño.

—Bueno, por supuesto.

—Ahora todo ha terminado.

—Lástima.

—En fin.

—Hum… ¿Estarás bien?

—Amy… Sobreviviré.

—¡Pareces tan triste!

—Bueno, lo superaré. Algún día.

—¡Oh! ¿Puedo hacer algo por ti?

—Bueno, supongo… Podrías dejarme que te invitara a cenar. Esta noche. ¿Qué te parece?

—Me parece una idea absolutamente maravillosa, Ken. La verdad es que no tenía nada que hacer.

Miré el móvil pensando: Bueno, pues podrías haber conectado antes el teléfono, nena.

—¡Amy, por favor! Eso son dos mentiras: una, que la gestión privada es automáticamente mejor que la pública…

—¡Es que lo es! ¿Alguna vez has tenido que tratar con la administración local, Ken? ¡Esa panda de inútiles no duraría dos minutos en el mundo real!

—Ni los ferrocarriles cuando el gobierno les retiró la subvención.

—¡Ja! Apuesto a que contrataron empleados del gobierno local.

—No seas… Mira. La otra gran mentira es que la gestión privada sale más barata y genera dinero extra. ¡Mentira! Son las normas contables del Tesoro. Hay costes de infraestructura quienquiera que sea el constructor. Tienes que invertir, de modo que inviertes lo más barato que puedes; pagas lo menos que puedes por las cuotas de intereses. Y eso incluso antes de tener en cuenta los beneficios que un inversor privado espera, que van los primeros. De manera que ¿quién puede pedir dinero prestado a un interés más bajo que cualquier empresa comercial? Respuesta: el Estado.

—Creo que descubrirás que, de hecho, eso depende de qué Estado, Ken.

—Vale, el Estado británico puede pedir dinero prestado más barato, a un tipo de interés más bajo, que ninguna empresa.

—Sí, porque no lo malgasta en cosas que el sector privado sabe hacer mejor.

—¡Eso es ridículo, Amy!

—No, señor. ¿Y qué pasa con el riesgo?

—¿Qué riesgo? Si todo sale mal, el pobre contribuyente acaba pagando.

—Siempre se corre un riesgo, Ken —dijo Amy sonriéndome levemente—. La vida está llena de riesgos.

Me recosté en la silla. Estábamos en La Eateria, un restaurante nuevo de Islington de hiriente modernidad. Doloroso mobiliario de jardín de madera para las mesas y las sillas y paredes decoradas con esas cosas de plástico naranja perforado que los constructores emplean para levantar vallas instantáneas. Menú pretencioso, comida apenas suficiente, personal hosco. Me sorprendía que no estuviera más concurrido. Aunque, claro, era domingo por la noche.

Amy estaba espléndida, con su lacia melena rubia reluciendo a la luz de lo que parecían faros de coche colgando del techo. Llevaba medias y falda negras y un top ajustado de manga larga del mismo color con una cadena dorada que descansaba sobre la piel morena que dejaba ver el escote cuadrado.

De modo que tenía un aspecto magnífico e iba arreglada —de haberse presentado con vaqueros salpicados de pintura y una camiseta sin planchar, habría deducido que no llegaríamos a ningún lado— y, sin embargo, de pronto, por primera vez en las numerosas ocasiones en las que habíamos quedado para comer, se había convertido en la señorita Chica Capitalista de Grupo de Presión.

Hasta entonces todas nuestras citas para almorzar y cenar, que en realidad no eran citas, habían consistido en comida, bebida y flirteo. Maldita sea, ¡habían sido muy divertidas! Desde luego no habían incluido discusiones sobre cooperaciones públicas de desarrollo con el sector privado. Es decir, yo sabía que la empresa para la que Amy trabajaba estaba involucrada en promover esa clase de sandeces, pero, por Dios, nunca me las había soltado a mí. Yo le había hecho un comentario de pasada sobre Railtrack, la empresa que ahora gestionaba los ferrocarriles, y las futuras atracciones de Postrack a cargo del correo y Tubetracak del metro, y la mujer se me había lanzado al cuello a muerte.

—¿Sabes lo que me cabrea de verdad? —dije dejando el tenedor.

Casi no había tocado el plato principal. El chef de aquel sitio parecía obsesionado con el peso y por lo visto había elegido los ingredientes y métodos de cocción para asegurar la estabilidad y altura máximas de las torres de material que creaban en la cocina, cuya comestibilidad y sabor ocupaban los puestos inferiores en la lista de prioridades. Probablemente en algún lugar entre la cuadrícula de rosti pasado y la capa de mostaza con pinta de cola que servía de pegamento rápido.

—No, no sé qué es lo que te cabrea de verdad, Ken —dijo Amy, llevándose un tenedor de cordero con higos a los labios—. Pero tengo la desagradable impresión de que te mueres por contármelo.

Morirme. Mierda, ni siquiera le había contado todavía el asunto «Raine», mi involuntario viaje al East End, la amenaza telefónica y los neumáticos rajados del Landy. Se lo había contado a Craig, Ed y Jo, y les había hecho prometer que mantendrían el secreto, pero en el caso de Amy me lo reservaba para esa noche, más adelante. Ahora empezaba a pensar que carecía de sentido.

—Sí —dije—. Lo que quiero saber es por qué vamos a poner la codicia por encima de la vocación de servicio. ¿Qué tiene de malo querer ayudar a la gente? ¿No es eso lo que los políticos dicen que quieren hacer? Dicen que lo único que quieren es servir a la sociedad; para empezar nos lo dicen nada más hacerse políticos; entonces, ¿por qué no se alistan con las enfermeras y los profesores y los bomberos y los policías y todas las otras personas que de verdad sirven a la comunidad?

—Están del lado de la policía, Kenneth.

—Ah, sí, eso sí. Pero ¿qué pasa con los otros? ¿Es que nos mienten cuando afirman que quieren servir y lo único que quieren es poder o es que todavía no se les ha ocurrido relacionar las cosas?

Amy también se recostó, respirando hondo y flexionando los hombros. Intenté no perder de vista sus ojos y apreciar sus pechos únicamente mediante visión periférica, pero era casi como insultarlos. Por otro lado, quizá debiera sacarle el máximo partido al paisaje porque no parecía que fuese a ver más de lo que tenía delante. Amy movió la cabeza y dijo:

—Eres de lo más inocente, Ken.

—¿Ah, sí?