/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

El puente

Iain Banks

El hombre que se despierta en el mundo extraordinario del puente sufre amnesia, y su médico parece no querer curarlo. Pero ¿eso importa? Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición. Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista. ¿Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás. Iain Banks está considerado como uno de los escritores más innovadores de la narrativa británica actual. El puente es una novela de contrastes perturbadores, donde se funden el sueño y la fantasía, el pasado y el futuro.

Iain Banks

El puente

Nota del editor

Algunas partes de la edición original de este libro no están redactadas en correcto inglés, sino que consisten en una transcripción fonética del acento escocés propio del lugar donde se desarrolla la acción.

Por ejemplo, la frase:

«Anyway, I've done all right since it took up with me, so maybe it's lucky after all.»

aparece así:

«Enyway, Ive dun alright sinse it took up with me, so maybay its lucky after oll.»

Hemos optado por la cursiva para distinguir esos fragmentos del resto, en aras de una mayor comprensibilidad y para respetar, en la medida de lo posible, la riqueza expresiva del original. También quedan en cursiva, como siempre, los extranjerismos, títulos de obras y similares, fácilmente identificables por el contexto.

Coma

Atrapado. Molido. Un peso terrible me presiona por todas partes. Enredado entre los restos del coche, la máquina y yo fundidos en uno solo. Por favor, que no se incendie, que no se incendie. Mierda, cómo duele. Maldito puente. Por mi culpa (sí, maldito puente, por mi culpa, un hombre conduciendo, un hombre que no ve el otro coche, una gran colisión, el hombre destrozado y cubierto de sangre, el maldito color de sangre del puente. Por mi culpa. Imbécil). Por favor, que no se incendie. La sangre roja. El hombre que sangra. El radiador del coche también sangra aceite rojo. El motor sigue en marcha. Mierda, mierda, cómo duele. El motor sigue en marcha, pero el combustible se vierte y se extiende por todas partes. Seguramente alguien ha chocado conmigo por detrás y me lo he ganado, pero por favor, que no se incendie. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Coches, policías, confusión. Soy la mermelada sobre una rebanada de pan que es el coche. El hombre sangra. Por mi culpa. Rezo para que nadie más haya resultado herido (no, no reces, ateo, recuerda que siempre juraste [mi madre me reprobaría el emplear ese tipo de lenguaje], siempre juraste que serías el ateo de la trinchera y ahora te llega la hora, tío, porque te estás desangrando en el asfalto y podría desatarse un incendio y morirías de todas todas, y podrías recibir un impacto trasero de otro coche si otra persona se quedase pasmada mirando el maldito puente, así que esta sería una ocasión más que razonable para empezar a rezar, pero mierda, ¡¡Jesús cómo duele!! [Vale, solo es una forma de hablar, nada serio, de verdad, lo juro por Dios]. Vale, mira, Dios, eres un cabrón. Sí; lo eres). Y ya está. ¿Qué eran aquellas letras? MG; VS; y yo, 233 FS. ¿Pero qué pasa con...? ¿Dónde...? ¿Quién...? Mierda, he olvidado mi nombre. Ya me pasó una vez en una fiesta, borracho y colocadísimo, me levanté demasiado rápido y... pero esta vez es distinto (¿y cómo me acuerdo ahora de eso y no de mi nombre? Esto no es ninguna broma. No me gusta nada. Quiero salir de aquí).

Veo un abismo en la selva, un puente colgante y un río a lo lejos; un enorme felino blanco (¿yo?) se acerca como siguiendo un rastro por un puente. Es blanco (¿soy yo?), un jaguar albino cruza corriendo el puente colgante (¿qué es lo que estoy viendo? ¿Dónde diablos estoy? ¿Esto es lo que ha ocurrido?), con largas y elegantes zancadas, es la blanca muerte (tendría que ser negra, pero como estoy negativo... ja, ja, ja) acercándose por el puente...

Todo se detiene. El escenario se vuelve blanco y unos agujeros negros emergen por todas partes, como una película que se quema (¡fuego!) atrapada en el puente (¿un jaguar en el puente?). Silencio. La escena se funde. Se desintegra. Desaparece y perece. Solo queda la gran pantalla blanca.

Dolor. Intenso dolor circular en el pecho. Como una impresión esférica (¿soy parte de un sello que están matasellando? Un trozo de pergamino con un lacre en relieve que reza «Propiedad de la biblioteca privada de........» (sírvase completar el cuestionario:

a) Dios, señor don

b) Naturaleza, la señora

c) C. Darwin e hijos

d) K. Marx, S.A.

e) todas las anteriores).

Dolor. Un ruido blanco, un blanco dolor. Primero, me sobreviene un peso encima, procedente de todas direcciones, y después, dolor. La vida es un abanico de variedades. Me muevo. Me muevo: ¿liberado? ¿Incendiado? ¿Me muero, me vuelvo blanco o me escurro? (¿Devuelto por impago?). Ahora no veo nada (ahora lo veo todo). Estoy tumbado en una llanura, rodeado de montañas inmensas (o tal vez en una cama, rodeado de... ¿máquinas? ¿Personas? De ambas o de ninguna de las dos (total, a golpe de vista, vienen a ser lo mismo). ¿Y qué más da? ¿Me importa a mí? Mierda, tal vez ya estoy muerto. A lo mejor hay vida después de la vida... quizá todo lo demás era un sueño (sí, claro) y ahora me estoy despertando («enlaestaciónoscura»)... Eh, ¿qué ha sido eso?

¿Alguien ha oído eso? ¿He oído yo eso?

En la estación oscura. Otra vez. Un sonido, como un silbato de un tren a punto de partir. Algo está a punto de partir, de empezar, o de terminar, o de ambos. Una estación oscura para mí. O no (ay, yo qué sé. Soy nuevo, a mí que no me pregunten).

En la estación oscura.

Bueno; de acuerdo...

Metamorfosis

Uno

En la estación oscura, vacía y cerrada, resonó el distante silbato del tren que estaba iniciando la marcha. Bajo la luz grisácea del crepúsculo, el sonido era húmedo y frío, como si la nube de vapor que exhalaba hubiera transmitido su personalidad al silbato. Las montañas, cubiertas de una hilera de árboles tupida y oscura, absorbieron el ruido como un paño grueso que se traga la lluvia, para dejar volver al más débil de los ecos reflejado desde el lugar donde los peñascos y los barrancos rompían la homogeneidad del bosque.

Cuando el sonido del silbato murió completamente, me quedé allí de pie, durante un rato, observando la estación desértica, reticente a volverme hacia el callado carruaje que tenía detrás. Escuché con atención, intentando captar un último suspiro del sonido de la máquina mientras se adentraba en el profundo valle; quería oír su resuello rítmico, el estruendo de su corazón de pistones y el parloteo de sus válvulas. Pero, a pesar de la ausencia de cualquier otro sonido en la silenciosa atmósfera del valle, ya no podía escuchar al tren. Se había alejado. Arriba, los tejados inclinados de la estación y sus gruesas chimeneas se alzaban hacia un nublado cielo gris. Espirales de humo y vapor ascendían para disiparse lentamente en el aire frío y húmedo del valle, que envolvía las tejas de pizarra y las paredes oscurecidas por el hollín. Un intenso olor a carbón quemado y a vapor desgastado se adhirió a mi ropa.

Me volví a mirar el carruaje. Estaba cerrado por fuera y unas gruesas bandas de cuero reforzaban la puerta. Estaba pintado de negro. Delante, dos yeguas inquietas pateaban sobre el camino alfombrado de hojas secas que salía de la estación. Los enganches chirriaban y el carruaje se balanceaba tras ellas. De sus hocicos salían nubes de vapor, como una versión equina del tren que había partido.

Inspeccioné las ventanas y las puertas del carruaje. Cerradas. Solté la banda de cuero y tiré del picaporte metálico, para saltar sobre el asiento del conductor y tomar las riendas. Eché un vistazo a la profunda pista que llevaba al bosque. Indeciso, cogí la fusta, pero volví a dejarla. No quería perturbar la atmósfera silenciosa del valle. Agarré la palanca de freno. En una extraña inversión orgánica, tenía las manos húmedas y la boca seca. El carruaje dio una sacudida, tal vez por culpa de los movimientos inquietos de los caballos.

El cielo tenía un tono gris espeso. Por encima de las hileras de árboles, las cimas más altas quedaban emborronadas por una inmensa nube infinita. Las afiladas cumbres y las agudas cadenas parecían nivelarse gracias a la masa de niebla. La luz era tenue, pero uniforme. Eché un vistazo a mi reloj y me di cuenta de que, por bien que fuesen las cosas, mi viaje no terminaría de día. Palpé el bolsillo que contenía un pedernal y una yesca, así podría fabricar luz propia cuando la natural fallase. El carruaje dio otra sacudida, mientras los caballos pateaban y se removían, estirando el cuello, con los ojos fuera de las órbitas.

No podía esperar más. Solté el freno, tomé la fusta e insté a los animales a trotar. El carruaje empezó a tambalearse entre chirridos, abriéndose paso ruidosamente desde la estación oscura hacia el bosque, más oscuro todavía.

El camino discurría entre hileras de árboles y pequeños claros, y sobre puentes huecos de madera. En la oscuridad y el silencio del bosque, los torrentes que fluían bajo los puentes eran tramos veloces de luz blanca y ruido caótico.

A medida que ascendíamos, el aire fue volviéndose más frío. El aliento de las yeguas formaba una espiral a mi alrededor, que se mezclaba con el intenso olor a transpiración de animal. Mi propio sudor, en manos y frente, era helado. Busqué los guantes en el abrigo y mi mano topó con el revólver que guardaba en el bolsillo. Me enfundé los guantes, me abroché el abrigo y, mientras me apretaba el cinturón, sentí la necesidad de volver a comprobar los enganches y las correas que sujetaban el carruaje tras de mí. No obstante, en la penumbra, resultaba difícil distinguir si las tiras cumplían con su cometido.

El camino entre los árboles era empinado. Las yeguas se esforzaban con ahínco para avanzar por el angosto sendero hacia la planta baja del cielo nublado, emitiendo hélices de un vaho fantasmagórico que se fundía con la neblina. El valle aparecía como un foso hondo sin forma definida, sin una sola luz, sin un solo movimiento y sin un solo sonido procedente de las profundidades. Oí un leve quejido procedente del carruaje mientras me adentraba en las nubes envolventes. El vehículo se tambaleó cuando una de sus ruedas pasó por encima de una piedra del camino. Busqué a tientas el revólver de mi abrigo, aunque advertí que el gemido era simplemente el sonido de dos juntas de madera rozándose entre ellas. La nube se hizo más espesa. Los árboles que se veían a los lados del sendero parecían los centinelas enanos de alguna fortaleza fantasma.

Me detuve en medio de un desnivel en el camino. Cuando se estabilizaron sus llamas, las luces emitidas por el carruaje eran como dos conos luminosos que apenas alumbraban más allá de las cabezas tambaleantes de las yeguas, aunque el siseo de las lámparas reconfortaba un poco. Bajo esa luz, volví a examinar los enganches del carruaje. Algunas tiras se habían aflojado, sin duda a causa del balanceo que provocaba el camino escarpado. Tras la inspección, volví a dirigir la luz al frente, pero sus rayos difusos produjeron un efecto de espejo contra la niebla y acentuaron aún más la penumbra.

El carruaje ascendió a través de la niebla e iba dejándola atrás a medida que avanzaba por la superficie cada vez más escarpada del sendero, cuya pendiente se fue estabilizando hasta perfilar un barranco hondo donde la masa de nubes se desvanecía progresivamente. El siseo de las lámparas parecía menos intenso y los rayos de luz se tornaron más afilados. Nos acercamos al desfiladero desde donde se veía la meseta.

Las últimas briznas de niebla desaparecieron al pasar junto a los flancos lustrosos de los caballos y a los lados del carruaje, como dedos nebulosos que se resistían a dejarnos marchar. En el cielo, las estrellas brillaban.

Las cimas grisáceas se erguían a los lados en la oscuridad, afiladas y lejanas. La meseta seguía gris bajo el cielo estrellado, y unas sombras oscuras surgían desde las rocas que nos rodeaban cuando las luces las iluminaban. Las nubes que quedaron atrás formaban un océano difuso, que chocaba contra las islas de las lejanas montañas que nacían de él. Miré hacia atrás y vi las cumbres a lo lejos, al otro lado del valle. Cuando volví a dirigir la vista al frente, solo pude ver las luces del carruaje que venía directamente hacia mí.

Mi reacción inicial perturbó a las yeguas, que se detuvieron bruscamente. Volví a conducirlas hacia delante, intentando calmarme y reprochándome mi nerviosismo infundado. El otro carruaje, con dos luces como el mío, aún se encontraba a cierta distancia, al final del crisol formado por la cumbre del camino.

Puse el revólver en el bolsillo interior de mi abrigo y sujeté las riendas con firmeza, forzando a las exhaustas yeguas a un trote lento que les costó mantener a pesar de que el camino ya no era ascendente. Las luces que venían de frente eran como dos estrellas doradas que cada vez se encontraban más cerca.

Hacia el centro de la llanura, en medio de un pedregal, nuestros carruajes redujeron la marcha. La anchura del camino solo permitía el paso de un vehículo, a pesar de que las piedras de mayor tamaño habían sido apartadas para trazar el recorrido del sendero. Había una pequeña zona de paso ovalada, más ancha que el resto del camino, a igual distancia entre mi carruaje y el otro. En aquel momento ya podía distinguir a los dos caballos blancos que tiraban del vehículo y, a pesar de las luces, pude vislumbrar una silueta sentada en la cabina. Tiré de las riendas para reducir la marcha, de forma que los dos carruajes se cruzasen en el tramo ensanchado. Mi semejante pareció pensar lo mismo porque también aminoró la velocidad.

Justo en aquel instante, un miedo terrible se apoderó de mí. Un temblor repentino me invadió, como si una descarga eléctrica se hubiera adueñado de mi cuerpo, una especie de rayo invisible y silencioso que había caído del cielo gris. Los dos carruajes llegaron a los extremos de la zona de paso. Viré bruscamente a la derecha y el otro carruaje hizo lo mismo hacia su izquierda, con lo que nos bloqueamos el paso el uno al otro. Los vehículos se detuvieron antes de que el otro conductor y yo tirásemos de las riendas. Chasqueé la lengua para que los animales reculasen. El otro carruaje también retrocedió. Empecé a hacer señas a la sombría silueta del otro carruaje, intentando indicarle que mi intención era dirigirme hacia la izquierda, para permitirle rebasarme por mi derecha. Él se puso a hacer aspavientos al mismo tiempo que yo. Los carruajes volvieron a detenerse. No supe interpretar si aquellos gestos eran de aprobación. Dirigí a las yeguas hacia mi izquierda. Y, de nuevo, el otro carruaje se movió hacia su izquierda, bloqueándome otra vez el paso. Pero, en realidad, nos habíamos movido simultáneamente, igual que antes.

Vencido de nuevo, detuve a las yeguas, que se encontraban justo frente a sus pálidos semejantes, separados solamente por el espacio donde se mezclaban los vahos de sus respiraciones. Entonces decidí que, en lugar de volver a retroceder, mantendría la posición de mi carruaje y esperaría a que el otro se apartase y me dejase pasar.

El otro vehículo también se quedó quieto. Una inquietud creciente se adueñó de todo mi ser. Me levanté del asiento. Entorné los ojos para distinguir al conductor que tenía delante, a una distancia corta, pero infranqueable. Vi como él también se ponía de pie, como si fuera mi imagen reflejada en un espejo. Habría jurado que él también se llevaba la mano a los ojos para intentar evitar el deslumbramiento de las luces, lo mismo que yo.

Me quedé inmóvil. El corazón me latía a toda velocidad dentro del pecho. Sentí de nuevo aquella extraña sensación en las manos, aun con los guantes puestos. Me aclaré la garganta y grité al hombre del carruaje de enfrente:

—¡Oiga! Si pudiera apartarse...

Callé. El otro hombre había hablado (y dejado de hablar) justo al mismo tiempo que yo. Empezó cuando empecé y calló cuando callé. Su voz no era un eco; no había pronunciado las mismas palabras que yo. Ni siquiera estoy seguro de que hablase mi mismo idioma, pero el tono era similar al mío. Una furia nerviosa se apoderó de mí. Moví rápidamente el brazo hacia la derecha y él hizo lo mismo, al mismo tiempo, hacia su izquierda. Di un grito y él también.

Permanecí quieto durante un momento, sin intenciones de convencerme a mí mismo de que el temblor que invadía todo mi cuerpo era una especie de reacción a la temperatura ambiente. Temblaba, no tiritaba. Con las piernas flaqueándome, me senté rápidamente, para intentar llevar a cabo lo que se me acababa de ocurrir. Sin mirar directamente a mi oponente (ya lo veía como un adversario, porque parecía claramente empeñado en impedirme el paso) agarré la fusta y azucé a las yeguas, dirigiéndolas hacia la izquierda. No escuché el sonido de otra fusta, pero los dos caballos blancos del otro carruaje se encabritaron como los míos y se movieron como los míos, precipitándose a toda velocidad contra ellos antes de erguirse sobre las patas traseras, tirar de los arreos, y casi colisionar. Volví a gritar, me levanté y volví a golpear a las yeguas con la fusta para incitarlas a recular. Había intentado pasar por un lado del carruaje, pero mis planes volvieron a verse frustrados. El otro parecía reflejar todas mis acciones.

Conseguí dominar a las nerviosas yeguas, que no dejaban de agitar la cabeza, lo mismo que los otros dos animales del otro lado del espacio ovalado. Mis manos temblaban y un sudor frío resbalaba por mi frente. Entorné de nuevo los ojos, en un intento desesperado de poder ver a mi extraño adversario, pero por encima del resplandor de las luces solo se distinguía una silueta imprecisa de rostro invisible.

No había ningún espejo, eso estaba claro (aunque, en aquellos momentos, tan absurda posibilidad parecía lo más aceptable) y, además, los otros caballos eran blancos, no oscuros como los de mi carruaje. Intenté decidir qué hacer a continuación. No había camino alternativo, ya que las rocas que se habían limpiado para dar forma al camino estaban apiladas y creaban una pared de más de un metro de altura a cada lado del sendero. Incluso aunque encontrase un orificio, el terreno contiguo sería tan abrupto que seguiría siendo infranqueable.

Dejé la fusta en su sitio y me apeé del carruaje. El otro hombre hizo exactamente lo mismo. Vacilé cuando lo vi. Aquella sensación de terror infundado pero intenso volvió a adueñarse de mí. Casi de forma involuntaria, me volví y miré hacia atrás, más allá del carruaje cerrado, siguiendo con la vista el camino que había recorrido. Volver de nuevo sobre mis pasos y recorrer todo el sendero era inviable. Incluso en otras circunstancias más corrientes, si hubiera sido un viajero en busca de una posada o una aldea al otro lado del camino, me hubiera negado a volver atrás. De hecho, no había visto ningún sendero alternativo desde que inicié mi ruta en la estación, ahora tan lejana en el valle. Estaba claro que mi única opción, dada la carga que llevaba y la urgencia de mi misión, era continuar por el camino que había elegido. Fingí ceñirme el abrigo y sujeté el revólver que ocultaba en él contra mi pecho. Me armé de valor e intenté aferrarme a cualquier posible reserva de racionalidad y coraje que me quedase, pero no pude sino reparar en que la silueta que se dibujaba entre las luces del otro carruaje imitaba mis movimientos y colocaba las solapas de su abrigo antes de dar un paso hacia delante.

El tipo llevaba una ropa similar a la mía. En realidad, cualquier otro atuendo en ambiente tan gélido hubiera significado un rápido desenlace. Tal vez su abrigo fuera algo más largo, y su cuerpo algo más grueso que el mío. Los dos avanzamos hasta las cabezas de los caballos. Mi corazón latía a una velocidad y con una fuerza desconocidas para mí hasta aquel momento. Una sensación extraña se apoderó de mí y me obligó a avanzar hacia aquella silueta aún invisible. Era como si una especie de repulsión magnética, la misma que antes había impedido que nuestros carruajes pudieran cruzarse, se hubiese invertido y me atrajese de forma inexorable hacia algo que, sin duda, me hacía sentir pánico —o me haría sentir pánico más tarde—, de la misma forma en que algunas personas se sienten atraídas hacia un abismo cuando se encuentran en su frontera.

Me detuve. Él se detuvo. Sentí una repentina sensación de alivio cuando vi que el hombre no tenía mi mismo rostro. Su cara era más cuadrada que la mía, tenía los ojos más juntos y saltones, y lucía un oscuro bigote. Me miró, de pie frente a las luces de mi carruaje, mientras yo me encontraba de pie frente a las del suyo. Estudió mi rostro con la misma intensidad y la misma expresión, supuse, con las que yo escrutaba el suyo. Empecé a hablar, pero no había pronunciado ni media palabra y ya me había detenido. El hombre había empezado a hablar al mismo tiempo que yo, aparentemente una palabra o una mínima frase dirigida a mí, exactamente igual que había hecho yo. Entonces tuve claro que hablaba una lengua extranjera que no supe identificar. Esperé a que volviese a hablar, pero no dijo nada.

Sacudimos la cabeza al mismo tiempo.

—Esto es un sueño— dije con voz pausada mientras él hablaba calmosamente en su idioma—. No puede estar sucediendo de verdad. Esto no es posible. Estoy soñando y todo está en mi cabeza. —Nos callamos al unísono.

Miré su carruaje mientras él miraba el mío. Parecían del mismo estilo, pero no podría decir si aquel estaba cerrado con el mismo celo por contener mercancías tan terribles e importantes como las de mi vehículo.

Di un paso rápido hacia un lado. Él hizo lo mismo en el mismo instante, como si quisiera cerrarme el paso. Ambos retrocedimos. Pude apreciar su olor, un extraño aroma a perfume almizclado combinado con notas rancias de alguna especia o planta foránea. Él arrugó ligeramente la expresión, como si estuviera oliendo mi propia fragancia, que pareció encontrar inquietante o desagradable. Movió una ceja de forma extraña, justo en el momento en que recordé mi pistola. Por un momento, visualicé de forma efímera una imagen de los dos sacando los revólveres y disparando dos proyectiles que impactaban en el aire, formando una perfecta esfera metálica. Mi doble imperfecto sonrió, lo mismo que yo. Sacudimos la cabeza. Al menos ese movimiento no necesitaba traducción, aunque supongo que con un ligero asentimiento hubiéramos resuelto airosamente la situación. Dimos un paso atrás y observamos el silencioso e inhóspito paisaje que ofrecía aquella cima, como si entre tal desolación fuésemos a encontrar algún elemento inspirador, para uno o para ambos.

No se me ocurrió nada.

Nos volvimos, caminamos hacia nuestros carruajes y ocupamos de nuevo nuestros asientos.

Como una silueta imprecisa tras la luz irregular del carruaje (lo mismo que él veía en mí, sin duda), se sentó, permaneció inmóvil durante un momento y tomó las riendas —igual que hice yo— con una especie de gesto de resignación, mientras arqueaba la espalda y soltaba una mano. Sus movimientos eran lentos, como los de un anciano. Yo lo imité, sintiendo aquella especie de amargura rancia, de pesadez y de fragilidad, que se adueñó de mí con más intensidad que la del frío de las montañas.

Tiró suavemente de las riendas de sus caballos. Yo di la misma orden a los míos, de la misma forma. Empezamos a hacer volver nuestros carruajes y a ocupar nuestra parte de la zona de paso, mientras maniobrábamos adelante y atrás y silbábamos a los animales al unísono.

Cuando estemos a la misma altura, decidí, como los barcos en guerra cuando se alinean, sacaré el revólver y dispararé. No hay vuelta atrás. Lo mismo da si me cierra el paso, lo mismo dan sus intenciones. Debo hacerlo. No tengo alternativa.

Maniobramos lentamente con nuestros pesados vehículos hasta situarlos en paralelo. Su carruaje, al igual que el mío, estaba cerrado y bien asegurado con las correas de cuero. Me miró y metió la mano en su abrigo, con una lentitud casi satisfecha, al tiempo que yo recorría el mío en busca del bolsillo interior para coger la pistola con sumo cuidado. ¿Se quitaría el guante? Los dos dudamos un segundo, y luego él se desabrochó el guante, lo mismo que yo. Lo dejó sobre el asiento contiguo, alzó el arma y me apuntó.

Quitó el seguro al mismo tiempo que yo. Se escucharon dos pequeños clics, nada más.

Los dos alineamos las cámaras. A la luz del carruaje, observé que el percutor había golpeado justo en la base del cartucho y había producido una minúscula abolladura en el metal de color cobre. La bala se había humedecido o era defectuosa. Estas cosas pasan, de vez en cuando.

Me miró de nuevo y nos dedicamos una triste sonrisa. Guardamos las armas en los abrigos, dimos la vuelta completa a los carruajes y, confirmando mis temores, y también los suyos, nos fuimos por donde habíamos llegado, de regreso hacia los valles y las nubes de niebla.

—... Entonces disparamos los dos al mismo tiempo. Bueno, al menos los dos apretamos el gatillo a la vez, pero no ocurre nada. Los cartuchos son inservibles. Nos sonreímos con cierta resignación, creo, y terminamos dando la vuelta a los carruajes y marchándonos por donde vinimos. —Dejo de hablar.

El doctor Joyce me mira por encima de sus gafas redondas.

—¿Eso es todo? —pregunta.

Asiento.

—Entonces, me despierto.

—Así, ¿sin más? —El doctor Joyce parece preocupado—. ¿Nada más?

—Fin del sueño —respondo con un énfasis tajante.

No parece muy convencido (tampoco lo culpo porque todo es una sarta de mentiras) y agita la cabeza en un gesto que bien podría denotar exasperación.

Nos encontramos de pie, en el centro de una estancia con seis paredes negras, sin muebles. Es una pista de frontón doble y estamos llegando al final del partido. El doctor Joyce (cincuentón, con una aceptable forma física, pero algo fofo) es un gran aficionado a compartir las tribulaciones de sus pacientes en cualquier parte. Si los dos jugamos al frontón doble, en lugar de sentarnos en su consulta, venimos aquí a echar un partido. Entre punto y punto, le he ido contando mi sueño.

El doctor Joyce es todo él de color rosa y gris: tiene el pelo encrespado y gris, el rostro rosa y los brazos moteados de ambos colores, lo mismo que las piernas, que se descubren bajo sus pantalones cortos grises, del mismo color que su camiseta. Sin embargo, sus ojos, escondidos tras las gafas doradas con cadena dorada, son azules. De un azul intenso y penetrante, colocados en su rostro rosa como fragmentos de cristal emplastados en un plato de carne cruda. Su respiración es pesada (la mía no), transpira abundantemente (yo no suelto gota hasta el último punto) y tiene una expresión de recelo (como he dicho, con toda la razón).

—¿Se despierta? —pregunta.

Intento parecer todo lo preocupado posible:

—Maldita sea, no puedo controlar lo que sueño. —(Una burda mentira).

El doctor emite un suspiro muy profesional y usa su raqueta para recoger la pelota que ha perdido al final del último punto. Mira con insistencia la pared de saque.

—Usted sirve, Orr —dice en un tono avinagrado.

El frontón doble es un deporte para dos jugadores. Cada uno tiene dos raquetas, una para lanzar y otra para parar. Se juega en una pista hexagonal pintada de negro, con dos pelotas de color rosa. Este último detalle, reflejo del claro alótropo de humor que desfila por el puente, ha llevado a que este deporte sea conocido popularmente como «el juego de los hombres». El doctor Joyce lo conoce más que yo, pero es más bajito, más gordo y coordina peor los movimientos. Hace solo seis meses que lo práctico (por recomendación del fisioterapeuta), pero gano los puntos y los partidos con relativa facilidad, y paro una pelota mientras el doctor se pelea con la otra. Se queda de pie, jadeando, mirándome con rabia, de color rosa.

—¿Está seguro de que no hay nada más? —pregunta.

—Completamente —respondo.

El doctor Joyce es mi médico del sueño. Su especialidad es analizar los sueños y cree que, a través de los míos, podrá descubrir más sobre mí mismo de lo que yo soy capaz de contarle mediante un esfuerzo consciente (soy amnésico). Al utilizar todo el material que encuentra con este sistema, espera que, de alguna forma, mi mente delictiva vuelva al trabajo. ¡Hop! Un gran salto de mi imaginación me hará libre. Sinceramente, llevo más de medio año haciendo todo lo posible por cooperar con él en su noble propósito, pero mis sueños siempre han sido demasiado imprecisos como para recordarlos al detalle, o demasiado banales como para que su análisis merezca la pena. Total, que para no decepcionar al doctor, cuya frustración crece por momentos, he decidido inventarme un sueño. Esperaba que el sueño de los carruajes proporcionara un rato de reflexión al doctor Joyce, pero por su expresión, entre molesta y agresiva, me da la impresión de que no lo he conseguido. Me dice:

—Gracias por el partido.

—El placer ha sido mío —sonrío.

En las duchas, el doctor Joyce me lanza un golpe bajo.

—Y su... libido, Orr, ¿es normal? —Se enjabona la panza mientras yo dibujo círculos de espuma sobre mi pecho.

—Sí, doctor. ¿Y qué tal la suya? —El médico mira hacia otro lado.

—Era una pregunta profesional —aclara—. Habíamos pensado que tal vez tuviera algún problema, pero si no lo hay... —Su voz se aleja mientras se planta bajo el chorro de agua para aclararse el jabón.

¿Qué es lo que quiere este hombre? ¿Referencias?

Duchados y cambiados, tras tomar algo rápido en el bar, entramos en un ascensor que lleva a la planta donde el doctor Joyce tiene su consulta. Parece más cómodo con su traje gris y su corbata rosa, pero todavía está sudando. Yo estoy fresco y elegante con mis pantalones, mi camisa de seda, mi chaleco y mi levita (que ahora llevo sobre un brazo). El ascensor, moderno, con asientos de cuero y tiestos con plantas, emite un suave zumbido al subir. El doctor se sienta en un banco cercano al ascensorista, que lee el periódico. Saca un pañuelo para secarse el sudor de la frente.

—Entonces, ¿qué cree que significa su sueño, Orr?

Echo un vistazo al ascensorista del periódico. Estamos los tres solos en el ascensor, pero yo pensaba que cualquier presencia, incluso la de un botones, es suficiente como para reprimir una conversación presuntamente confidencial. Precisamente por eso nos dirigimos a la consulta del doctor. Empiezo a mirar distraídamente los paneles de madera del ascensor, los asientos de cuero y las poco originales láminas de paisajes marinos (y decido que me gustan más los ascensores con vistas al exterior).

—No tengo ni idea —respondo.

Creo recordar que una vez pensé que el significado de mis sueños era exactamente lo que el doctor debía aclararme, pero descarté la opción hace algún tiempo, mientras todavía luchaba por soñar cosas lo suficientemente reveladoras como para que el médico pudiese desempeñar su labor.

—Pero ahí no acaba todo —dice el doctor con aire cansino—. Posiblemente sí tiene alguna idea.

—¿Y no quiero decírsela? —sugiero.

El doctor Joyce niega con la cabeza:

—No. Posiblemente, no puede.

—Entonces, ¿para qué pregunta?

El ascensor está a punto de detenerse. La consulta del doctor se encuentra aproximadamente a media altura del puente, equidistante entre el siempre nebuloso andén de la estación y la cumbre de la construcción colosal, también envuelta en nubes. El médico es un hombre influyente, dado que su consulta se encuentraen la parte exterior de la estructura principal, en una de las zonas codiciadas con vistas al mar. Esperamos a que se abra la puerta.

—Lo que debe preguntarse a usted mismo, Orr —afirma el doctor Joyce—, es qué significa este tipo de sueño con relación al puente.

—¿El puente? —lo miro inquisitivamente.

—Sí —asiente.

—Ahora me he perdido —prosigo—. No veo ninguna conexión posible entre el puente y mi sueño.

Otro gesto cansino, al más puro estilo del doctor.

—Tal vez el sueño es un puente —musita mientras se cierran las puertas automáticas y enseña su pase al vigilante—. Tal vez el puente es un sueño.

(Vaya, menuda ayuda). Le enseño al vigilante el brazalete que me identifica como paciente de la clínica, y sigo al doctor a través de un amplio pasillo enmoquetado hasta su consulta.

El brazalete identificador que llevo en la muñeca derecha es una tira de plástico que contiene una especie de aparatito metálico que revela mi nombre y mi domicilio. También detalla la naturaleza de mi afección, el tratamiento al que me estoy sometiendo y la identidad de mi médico. Impreso en la propia tira está mi nombre: John Orr. En realidad no me llamo así: es como me bautizaron las autoridades de la clínica del puente cuando llegué. John, por ser un nombre común e inofensivo, y Orr, porque cuando me rescataron de las aguas que cubría el gran puente de granito, tenía un gran hematoma circular en el pecho, un círculo casi perfecto estampado en mi carne (y más adentro, tenía seis costillas rotas). Parecía una O. Y las enfermeras que me cuidaban decidieron añadirle un par de erres para hacerlo fácil de recordar. Normalmente, son ellas quienes se encargan de identificar a los pacientes, y como a mí me encontraron sin documentación, así decidieron llamarme.

Debo añadir que el pecho todavía me duele en ocasiones, como si aquella curiosa e inexplicable marca esférica siguiera en el mismo sitio, con todo su esplendor. Y también sufrí lesiones en la cabeza, que son las presuntas culpables de mi amnesia. El doctor Joyce se inclina a atribuir el dolor del pecho al mismo trauma que produjo mi pérdida de memoria. Cree que mi incapacidad para recordar mi vida anterior no viene provocada tanto por las lesiones de la cabeza como por algún otro trauma, pero de tipo psicológico, tal vez relacionado con el accidente. Y que la respuesta a la amnesia se esconde en mis sueños. Por eso ha decidido tratarme: soy un Caso Interesante. Un desafío. Descubrirá mi pasado y se tomará todo el tiempo que necesite.

En la antesala de la consulta del doctor se encuentra el terrible recepcionista. Es un joven despreocupado y feliz, siempre con un chiste o una broma a punto, ansioso por traer café o té y por ayudar a los pacientes a quitarse y ponerse los abrigos. Nunca está de mal humor, ni resulta maleducado o grosero. Y siempre se muestra interesado por lo que dicen los pacientes del doctor Joyce. Es de complexión delgada, viste de forma impecable, luce una perfecta manicura y lleva una colonia discreta, poco abundante pero eficaz, y su peinado es limpio y elegante, pero sin parecer artificial. ¿Cabe añadir que todos los pacientes del doctor Joyce con los que he hablado lo desprecian con toda su alma?

—¡Doctor! —exclama—. Cómo me alegro de verlo. ¿Ha ido bien el partido?

—Oh, sí—responde el médico sin excesivo entusiasmo, echando un vistazo por la sala de espera.

Solo hay dos personas más en la estancia, un policía y un hombre delgado y casposo, de aspecto preocupado. Está sentado, con los ojos cerrados, en uno de los seis o siete asientos de la sala. El policía está sentado encima de él, tomando una taza de café. Al doctor no parece llamarle la atención semejante estampa.

—¿Me ha llamado alguien? —pregunta al Terrible Recepcionista, que se encuentra de pie ligeramente inclinado, con las manos extendidas en perfecta simetría.

—Ninguna urgente, doctor. Le he dejado una lista cronológica sobre la mesa, con posibles prioridades de respuesta, en orden ascendente, en el margen izquierdo. ¿Quiere un café, doctor? ¿Tal vez un té?

—No, gracias. —El doctor saluda con la mano al Terrible Recepcionista y huye a su consulta.

Le entrego la chaqueta al TR mientras dice:

—¡Buenos días, señor Orr! ¿Me permite su... ¡oh, gracias! ¿Ha disfrutado del partido, señor Orr?

—No.

El policía sigue sentado encima del delgado casposo. Su mirada es ausente, con una expresión entre el mal humor y la vergüenza.

—Dios mío —exclama el recepcionista con aire desconsolado—. Cuánto lo siento, señor Orr. ¿Quiere tomar algo para animarse?

—No, gracias. —Me apresuro hacia la consulta. El doctor Joyce está examinando la lista de prioridades de respuesta que está bajo el pisapapeles de su enorme escritorio.

—Doctor Joyce —pregunto—, ¿qué hace un policía sentado encima de un hombre en la sala de espera?

El médico dirige la mirada hacia la puerta que acabo de cerrar.

—Ah —dice volviendo a la lista mecanografiada—, es el señor Berkeley. Sufre un trastorno no específico. Piensa que es parte del mobiliario. —Frunce el ceño y pone un dedo sobre un elemento de la lista. Yo me siento en una butaca vacía.

—¿En serio?

—Sí. El tipo de mueble en cuestión varía según el día. Pedimos a sus vigilantes que le sigan la corriente para que esté de buen humor, en la medida de lo posible.

—Ah, pensaba que tal vez formasen alguna especie de grupo radical de teatro minimalista. Veo que en este momento el señor Berkeley piensa que es una silla.

—No sea estúpido, Orr. —El doctor frunce el ceño de nuevo—. ¿Para qué poner una silla encima de otra? Debe de pensar que es un cojín.

—Ah, claro —asiento—. ¿Por qué necesita vigilancia?

—Bueno, puede ponerse algo difícil. De vez en cuando cree que es el bidé del baño de señoras. Normalmente no es violento, pero en ocasiones resulta algo... —El doctor Joyce mira distraídamente al techo de color rosa pastel de su consulta, en busca de la palabra adecuada. —... Persistente. —Vuelve a la lista.

La consulta del doctor Joyce tiene el suelo de teca en el que se ven varias alfombras de tonos suaves y diseños abstractos banales. A juego con el imponente escritorio hay un archivador y una estantería repleta de tomos. Junto a ellos, está la mesa baja y la cómoda butaca sobre la que estoy sentado. La mitad de una pared de la consulta está ocupada por una gran ventana, pero la vista queda oculta por unos estores traslúcidos, que dejan pasar la brillante luz del día.

El doctor arruga el folio escrito a máquina y lo lanza a la papelera. Arrastra su butaca hasta situarla frente a la mía, coge su libreta, la pone sobre su regazo y saca un portaminas plateado del bolsillo frontal de su americana.

—Bien, Orr, ¿por dónde íbamos?

—Creo que la última cosa supuestamente constructiva que dijo es que el puente podría ser un sueño.

El doctor Joyce emite una mueca de disconformidad.

—¿Cómo saber que no es así?

—¿Cómo saber que sí es así?

El doctor me mira con aire inquisitivo.

—¿Cómo sabe usted que no es un sueño, doctor? —pregunto con una sonrisa.

—Esa pregunta no tendría sentido —responde, encogiendo los hombros—. Porque, entonces, yo sería parte de ese sueño.

Se inclina hacia delante en su butaca y yo hago lo mismo, de forma que nuestras narices casi se tocan.

—¿Qué significan los carruajes cerrados? —pregunta.

—Creo que son una señal de que algo me asusta —musito.

—De acuerdo, pero, ¿qué es? —dice casi susurrando.

—Me rindo. Dígamelo usted.

Nos miramos fijamente a los ojos durante unos segundos. Entonces, el doctor vuelve a echarse hacia atrás y suspira con un sonido similar al del aire que se escapa del asiento de un sillón de cuero falso. Toma algunos apuntes.

—¿Cómo siguen sus investigaciones? —pregunta con aparente interés.

Presiento una trampa. Lo miro a los ojos.

—¿Qué investigaciones? —pregunto.

—Antes de dejar el hospital, y hasta hace relativamente poco, siempre me contaba las investigaciones que estaba llevando a cabo. Me decía que intentaba averiguar cosas sobre el puente. En aquel momento, parecía algo muy importante para usted.

—Intenté descubrir cosas, sí —respondo, apoyándome en el respaldo de nuevo—, pero...

—Pero se rindió. —El doctor asiente y apunta.

—Lo intenté. Mandé cartas a todos los despachos, oficinas, departamentos, bibliotecas y universidades que encontré. Me pasaba las noches en vela, escribiendo a toda esa gente, y estuve semanas esperando en antesalas, recepciones, pasillos y salas de espera. Terminé con calambres de tanto escribir, un resfriado terrible y una citación para comparecer ante el Comité de Subvención (Abuso) de Pacientes Externos del hospital. Les parecía enorme la cantidad de dinero que había gastado en sellos.

—¿Y qué descubrió? —El doctor parece divertirse con esto.

—Que es imposible intentar averiguar algo interesante sobre el puente.

—¿A qué llama «algo interesante»?

—Dónde está, qué hay a cada extremo, cuál es su antigüedad... Ese tipo de cosas.

—¿Y no ha habido suerte?

—No creo que la suerte tenga nada que ver con todo eso. Creo que nadie lo sabe y a nadie le importa. Todas mis cartas desaparecieron o me fueron devueltas sin abrir, o con respuestas anexas en idiomas que no pude entender y que ningún conocido llegó a descifrar.

—Bien —el doctor parece sopesar la situación—, tiene un problema con los idiomas, ¿verdad?

En realidad, sí lo tengo. En uno solo de los sectores del puente se hablan hasta doce idiomas distintos, jergas especializadas originadas por las diferentes profesiones y los grupos de trabajadores que conviven desde hace años en el puente. Con el tiempo, estas lenguas se han refinado, alterado y completado, hasta alcanzar un punto de incomprensión mutua. Y ahora nadie puede explicar cómo se desarrolló el proceso ni recordar la época en la que aún no se había iniciado. Cuando salí del coma, se descubrió que yo hablaba el idioma del Personal y la Administración: la lengua oficial y ceremonial del puente. Sin embargo, todos los demás hablan al menos un idioma más, normalmente relacionado con su posición social o con su oficio. Pero yo no. Cuando me encuentro en medio del bullicio de una de las calles del puente, más de la mitad de las conversaciones me resultan ininteligibles. Lo cierto es que la profusión de idiomas me fastidia un poco, pero supongo que para los pacientes más paranoicos del doctor, la plétora de idiomas debe deparecer casi conspirativa.

—Pero no es solo eso. Busqué información sobre la construcción del puente y su propósito original. Intenté encontrar libros, revistas, periódicos, documentales..., cualquier documento que hiciese referencia a cualquier lugar fuera del puente, o anterior a él, o ajeno a él. Y no hay nada. Todo se ha perdido, ha sido robado, destruido o traspapelado. ¿Sabía que solamente en este sector del puente han perdido (¡perdido!) una biblioteca entera? ¡Una biblioteca! ¿Cómo demonios se pierde una biblioteca?

—Bueno, los lectores suelen perder libros. —El doctor Joyce se encoge de hombros.

—¡Venga!, ¿y qué más? ¿Una biblioteca entera? Había decenas de miles de libros en ella. Lo comprobé. Libros, periódicos, documentos, mapas y...

Soy consciente de que mi tono empieza a sonar afectado.

—La Biblioteca de Archivos y Material Histórico de la Tercera Ciudad, desaparecida para siempre, está registrada en este sector delpuente. Hay numerosas noticias que aluden a ella, y referencias cruzadas a los libros y documentos que albergaba, e incluso recuerdos de eruditos que acudían allí a estudiar. Pero nadie sabe dónde está y nadie conoce otra cosa de ella que no sean referencias. Y ni siquiera la buscan. Dios mío, es como si hubiesen enviado a algunaespecie de pelotón de búsqueda de bibliotecarios o bibliófilos o algo así. No olvide su nombre, doctor, y me llama si por casualidad la encuentra. —Me acomodo en la butaca y cruzo los brazos. El doctor toma algunos apuntes más.

—¿Cree que toda esa información que busca se le ha ocultado a usted a propósito?

—Bueno, al menos eso me daría una razón para continuar la búsqueda. No, pero no creo que exista malicia detrás de todo esto; debe de ser una combinación de embrollo, incompetencia, apatía e ineficacia. Y no se puede luchar contra eso. Sería como dar palos de ciego.

—Bien, entonces. —El doctor esboza una sonrisa glacial, con los ojos de un azul helado alimentado por los años—. ¿Y qué ha descubierto? ¿En qué momento decidió dejarlo?

—He descubierto que el puente es muy grande, doctor — respondo.

Grande y muy largo; se pierde en el horizonte en ambas direcciones. Me he puesto de pie sobre una torre de radio, situada en una de las cumbres más altas del puente, y he llegado a contar unos doce picos más, pintados de rojo, que sobresalen entre la bruma azul que separa la Ciudad y el Reino (ambos invisibles, no he visto tierra firme desde que aterricé aquí, exceptuando las islitas que hay cada tres secciones del puente). También es muy alto, como poco, más de cuatrocientos metros. En cada uno de los sectores habrá unos seis o siete mil habitantes, aunque hay espacio (y fuerza de resistencia) para una densidad de población mucho mayor.

En cuanto a la forma, podría describirse con letras. La sección transversal, en la parte más gruesa, es similar a una «A», cuya barra horizontal conforma la plataforma. En alzado, la parte central de cada sección es una «H» superpuesta a una «X». De ahí, hacia los lados, salen seis «X» más, cuyo tamaño va menguando progresivamente hasta llegar a los arcos de unión (que tienen otras nueve «X» pequeñas cada uno). Al visualizar todas las «X» unidas por los laterales, aparece una silueta más que razonable de la estructura general. ¡Presto! ¡El puente!

—¿Eso es todo? —pregunta perplejo el doctor Joyce—, ¿«es muy grande» y nada más?

—Es lo único que necesitaba saber.

—Pero, aun así, lo dejó.

—Continuar me hubiera convertido en una persona obsesiva. Ahora solo busco divertirme. Tengo un apartamento muy agradable y una pensión razonable para gastarme en cosas que me gustan. Visito museos, voy al teatro y al cine, asisto a conciertos, disfruto de la lectura, he hecho algunos amigos (la mayoría pertenecientes al grupo de los ingenieros), practico deportes, como bien sabe usted, espero poder ingresar en un club náutico... Me busco ocupaciones. Yo no llamaría «dejarlo» a todo eso. Sigo aquí, y me lo paso bien.

El doctor Joyce se levanta, con una rapidez casi sorprendente, lanza el bloc de notas sobre su mesa y empieza a pasearse de un lado al otro, desde los estantes repletos de libros hasta los estores de las ventanas. Se golpea los nudillos. Yo me miro las uñas. Él niega con la cabeza.

—Me parece que no se está tomando demasiado en serio todo esto, Orr —afirma. Se acerca a la ventana y sube los estores, que dejan entrever un día soleado, con un cielo azul intenso—. Acérquese —me ordena.

Con un suspiro y una leve sonrisa de «bien, si le hace ilusión», me aproximo al doctor.

Justo delante, a poco más de trescientos metros más abajo, está el mar, azul grisáceo, algo revuelto. Algunos yates y botes pesqueros forman pequeñas motas sobre él, que las gaviotas sobrevuelan en círculos. El doctor señala hacia un lado (su consulta se encuentra ligeramente en voladizo, lo que permite observar uno de los lados del puente).

La clínica donde se encuentra la consulta del doctor se alza con majestuosidad sobre la estructura principal, prominente como un tumor en pleno desarrollo. Desde donde estamos, la elegancia del puente parece inexistente, desordenada, incluso excesivamente sólida.

Sus laterales inclinados, rojizos y corrugados, se elevan desde el pedestal de granito que nace del mar, a unos trescientos metros hacia abajo. La estructura entramada da lugar a diversas plataformas, huecos de ascensor, chimeneas, vigas, pasarelas, tuberías, antenas y banderas de todos los tamaños, formas y colores. Hay edificios pequeños y grandes, despachos, talleres, viviendas y tiendas, todos ellos fijados como lapas angulosas de metal, vidrio y madera, a los grandiosos tubos y listones entretejidos del propio puente, revueltos y apiñados entre los miembros de la estructura original, pintados de rojo, como si fueran hernias quebradizas nacientes de inmensos grupos musculares.

—¿Qué es lo que ve? —me pregunta el doctor Joyce. Me inclino hacia delante, como si me hubieran pedido un análisis exhaustivo de alguna acuarela famosa.

—Veo un puto puente enorme, doctor.

El doctor Joyce suelta la cuerda de los estores, dejándolos abiertos. Toma aire y vuelve a sentarse en su escritorio, mientras garabatea no sé qué en su bloc de notas. Lo sigo.

—Su problema, Orr —asegura mientras escribe—, es que no se hace las preguntas suficientes.

—Ah, ¿no? —inquiero inocentemente. ¿Será una opinión profesional o simplemente un insulto personal?

En la ventana, un andamio de limpiacristales aparece desde arriba. El doctor Joyce parece no darse cuenta. El hombre del andamio golpea la ventana.

—Creo que van a limpiarle la ventana, doctor —le advierto. El doctor echa un rápido vistazo. El limpiacristales golpea alternativamente la ventana y su reloj de muñeca. El doctor vuelve a su bloc de notas, negando con la cabeza.

—No, ese es el señor Johnson —me aclara. El hombre del andamio tiene la nariz pegada al cristal.

—¿Otro paciente?

—Sí.

—Déjeme adivinar. Cree que es un limpiador de ventanas.

—En realidad, lo es, Orr. Y muy bueno. Sencillamente, se niega a volver a entrar. Se ha pasado los últimos cinco años en ese andamio, y las autoridades están empezando a preocuparse por él.

Miro al señor Johnson con un recién adquirido respeto. Qué agradable es ver a un hombre tan feliz con su trabajo. Su andamio está viejo y desordenado. Tiene botellas, latas, una pequeña maleta, una lona y algo parecido a un catre plegable en uno de los extremos, todo ello contrapesado por una amplia variedad de material de limpieza en el otro extremo. Vuelve a golpear la ventana con la escobilla de goma.

—Y para sus sesiones, ¿entra él o sale usted? —le pregunto al doctor mientras me acerco a la ventana.

—Ni lo uno, ni lo otro. Hablamos a través de la ventana abierta —responde el doctor mientras guarda el bloc de notas en un cajón. Cuando me vuelvo a mirarlo, está de pie, mirando el reloj—. De todas formas, llega muy pronto. Ahora tengo una reunión con el comité. —Intenta explicarle eso mismo al señor Johnson con gestos, mientras este agita la muñeca y se acerca el reloj al oído.

—Y, ¿qué pasa con el pobre señor Berkeley, sentado a modo de asiento?

—También tendrá que esperar. —El doctor saca unos papeles de otro cajón y los coloca en una carpeta.

—Qué lástima que el señor Berkeley no crea ser una hamaca — observo, mientras el señor Johnson sube el andamio y desaparece de mi vista —, así podrían esperar juntos.

El doctor me lanza una mirada furiosa.

—Salga de aquí, Orr.

—Claro, doctor. —Me acerco a la puerta.

—Vuelva mañana si tiene más sueños.

—De acuerdo. —Abro la puerta.

—¿Sabe una cosa, Orr? —dice el doctor, muy serio, guardando el portaminas de nuevo en su bolsillo—. Se da usted por vencido con demasiada facilidad.

Pienso un segundo en sus palabras y asiento.

—Tiene razón, doctor.

En la antesala, el Terrible Recepcionista me ayuda a ponerme la chaqueta, que ha cepillado meticulosamente durante mi sesión con el doctor.

—Bien, señor Orr, ¿qué tal le ha ido hoy? Bien, espero. ¿Sí?

—Muy bien. Estoy progresando, a grandes pasos y con profundas conversaciones.

—Ah, fantástico. Parece entonces que vamos por muy buen camino, ¿no es así?

—Completamente insuperable.

Tomo uno de los ascensores principales que descienden de la clínica apie de calle, sobre la plataforma de rodaje. Allí, rodeado de gruesas alfombras, arañas de luces tintineantes y brillantes obras de grabado en madera de caoba, con un capuchino que he pedido en el bar, me pongo a escuchar al cuarteto de cuerda que está tocando, enmarcado en las ventanas externas de la inmensa habitación que sigue descendiendo poco a poco.

Detrás de mí, sentados a una mesa ovalada acordonada por un rectángulo, veintitantos burócratas y sus ayudantes discuten acaloradamente sobre un complicado punto del día surgido durante la reunión, relativo a la estandarización de especificaciones contractuales en convocatorias a concurso para vías de locomotoras de carbón de alta velocidad (de polvo de carbón, por aquello de la prevención de incendios), según informa una pancarta situada dentro de la zona acordonada.

El ascensor desemboca en una calle abierta, situada sobre la plataforma principal. Es una avenida para peatones y bicicletas, con el suelo metálico, que fragua un camino relativamente recto entre la propia estructura del puente y la caótica y desordenada proliferación de tiendas, cafés y quioscos que bullen en este nivel.

La calle, que ostenta el majestuoso nombre de Boulevard Queen Margaret, se extiende próxima al eje exterior del puente. Sus edificios interiores forman parte del borde inferior del zigurat de arquitectura secundaria erguido sobre la estructura original. Los bordes exteriores colindan con las vigas principales y, en espacios intermitentes, ofrecen vistas del mar y del cielo.

La calle, larga y estrecha, me recuerda a las de las ciudades antiguas, donde edificios emplazados sin criterio alguno, como caídos del cielo, encerraban la propia vía pública y al enjambre de personas que esta amparaba. Aquí la imagen no resulta excesivamente diferente: la gente se mueve a empujones, caminando, en bicicleta, empujando cochecitos de bebé o tirando de carritos de la compra, charlando en sus distintos idiomas, vestida de civil o luciendo uniforme, y formando una masa densa de movimiento confuso donde la circulación fluye en ambas direcciones a la vez, y también a través del torrente principal, como glóbulos rojos en una arteria enloquecida.

Me quedo de pie en la plataforma elevada que hay a la salida del ascensor.

Por encima del bullicio, los continuos siseos y sonidos metálicos, las bocinas y los silbatos de los trenes del andén inferior suenan como chillidos de un submundo mecánico, mientras, de vez en cuando, un estruendo y un traqueteo tembloroso anuncian la llegada de un tren que pasa por un nivel inferior, acompañado de grandes nubes de vapor blanco que ascienden por la calle.

Arriba, donde debería estar el cielo, se ven las vigas del puente alto, oscurecidas por las humaredas de vapor ascendente, y atenuadas por la luz de sus propios caparazones de despachos y habitaciones infestados de gente. Se erigen como observando la tosca irreverencia de estas construcciones poco meditadas, con la majestuosidad y el esplendor propios del techo de una gran catedral.

Un coro histérico de pitidos crece desde un lado: un cochecito propulsado por un hombre se adentra en la multitud. Es un taxi para ingenieros. Solo los cargos importantes y los representantes de gremios eminentes tienen acceso a este tipo de vehículos. Las personas de clase acomodada pueden utilizar turismos, aunque en realidad pocas lo hacen, porque los ascensores y los tranvías locales son más rápidos. La única alternativa restante es la bicicleta, pero como las ruedas pagan impuestos en el puente, el único transporte relativamente económico para la mayoría es el monociclo. Y los accidentes proliferan.

La metralla de pitidos que precede al taxi emana de los pies del chico uniformado que lo maneja. En los talones de sus zapatos hay sendas bocinas que advierten a los demás de su presencia.

Me detengo en un café para pensar qué puedo hacer después de comer. Podría ir a nadar (hay una piscina que está muy bien, con poca gente, un par de niveles por debajo de mi apartamento) o podría llamar por teléfono a mi amigo Brooke, el ingeniero. Él y sus colegas acostumbran a jugar a las cartas por las tardes, cuando no se les ocurre nada mejor que hacer. O tal vez podría tomar un tranvía local e ir en busca de nuevas galerías: hace más o menos una semana que no compro ningún cuadro.

Un agradable hormigueo de anticipación me recorre el cuerpo mientras contemplo formas de pasar el tiempo tan seductoras. Dejo el establecimiento tras tomar un café y un licor, y me vuelvo a mezclar entre la masa de gente.

Lanzo una moneda desde el tranvía que me conduce a mi sector del puente mientras lo recorremos. La tradición asegura que lanzar cosas desde el puente trae buena suerte.

Ya es de noche. Detrás de mí, una agradable tarde de natación, cena en el club de frontón y un paseo a pie por el puerto. Estoy un poco cansado, pero al ver los grandes yates balanceándose en el agua, en el tranquilo puerto deportivo, he tenido una idea.

Me tumbo en la chaise-longue de mi sala de estar y reflexiono sobre la forma exacta que debe tener el próximo sueño que contaré al doctor.

Decidido, preparo mi escritorio, y me dirijo a la pantalla de televisión empotrada en la pared que tendré justo detrás una vez sentado. Trabajo mejor con el televisor encendido, hablando suavemente para sí mismo. La mayoría de programas son malos, pensados para no pensar (concursos, culebrones y demás), pero los miro ocasionalmente, con la esperanza de ver algo que no esté en el puente. Sintonizo un canal que todavía emite. Ponen una obra que, aparentemente, tiene lugar en una comunidad minera de una de las pequeñas islas. Bajo el volumen hasta que me llega solamente un murmullo leve, lo suficientemente alto como para dejarse oír, pero no entender. Me siento en mi escritorio y cojo un bolígrafo.

La televisión empieza a emitir una especie de siseo. Me vuelvo. Una nieve gris ocupa la pantalla y un sonido blanco emerge del altavoz. Puede que se haya estropeado. Me dispongo a apagarla cuando aparece una imagen. No hay sonido. El siseo se ha esfumado.

En la pantalla, aparece un hombre tumbado en una cama de hospital, rodeado de máquinas. La imagen es en blanco y negro, y no completamente nítida. Subo el volumen al máximo, pero el único sonido que se oye es un suave silbido. De la nariz, la boca y el brazo del hombre salen tubos con cables. Sus ojos están cerrados. No puedo ver si respira, pero debe de estar vivo. Todos los canales de televisión emiten la misma imagen: el hombre, la cama, las máquinas...

La cámara enfoca todo el largo de la cama, y muestra parte de una pared y una pequeña silla vacía a un lado del lecho. El tipo se encuentra en el umbral de la muerte; incluso en imagen monocroma, su rostro resulta terriblemente pálido, y sus manos escuálidas (inertes sobre las sábanas blancas, una de ellas con un tubo en la muñeca) son casi transparentes. Su cara está llena de golpes, como si hubiera participado en una pelea violenta. Tiene el cabello castaño, escaso, con un claro en la coronilla. En conjunto, es un hombre de aspecto gris, del montón.

Pobre diablo. Sigo intentando cambiar de canal, pero la imagen sigue allí. Tal vez haya un cruce entre mi receptor y las cámaras que la clínica tiene para controlar a los pacientes en estado muy grave. Llamaré al servicio técnico por la mañana. Observo el fotograma silencioso durante un rato más, y apago el televisor.

Vuelvo a la mesa. Al fin y al cabo, debo preparar el siguiente sueño para el doctor. Escribo durante unos minutos, pero la ausencia de ruido de fondo resulta desconcertante, y siento una extraña sensación aquí sentado, dando la espalda al televisor muerto. Me llevo los papeles y el bolígrafo a la cama para diseñar mi próximo sueño allí, antes de dormir, cuando, si es que sueño, no recuerdo haber soñado.

En cualquier caso, esto es lo que escribo:

Dos

Habíamos combatido durante todo el día, bajo un cielo del color del topacio, que se había ido nublando como si el humo de nuestros disparos y nuestras armas lo hubieran ido cubriendo desde abajo. Las nubes empezaron a adquirir un tono rojo oscuro con la puesta de sol y, bajo nuestros pies, la cubierta se había teñido de sangre. Seguíamos luchando, ya desesperados, aunque la luz se estaba desvaneciendo y quedábamos una cuarta parte de los que éramos al principio. Los muertos y los que agonizaban estaban tirados en el suelo como esquirlas; el pan de oro de nuestro barco majestuoso estaba negro y quemado, los mástiles habían caído y las velas, antes erguidas gloriosas y ornadas, colgaban como harapos desgastados de los mástiles, o tapaban los restos tirados en las cubiertas, donde se desataban fuegos y gemían los moribundos. Nuestros oficiales habían muerto y nuestros barcos estaban quemados o destrozados.

Nuestro bajel se estaba hundiendo, envuelto en llamas. La forma de su destino inevitable dependía únicamente de la carrera entre el agua del mar y el fuego por alcanzar los polvorines. El navío enemigo, que se revolvía entre los restos que flotaban en el mar, parecía encontrarse en condiciones algo mejores que el nuestro; aún conservaba un mástil, aunque algo inclinado, y gran parte de la vela. Intentamos derribar las jarcias restantes, pero ya no teníamos artillería pesada. No quedaba casi nada de pólvora en cubierta.

El navío enemigo viró hacia nosotros y nos cerró el paso. Disparamos el último cañonazo y recurrimos a los sables y a las armas de fuego. Abandonamos a los heridos a su suerte. La distancia entre los dos barcos fue menguando y nos preparamos para saltar a bordo del buque enemigo en el momento de la colisión ya inminente. El otro barco también se quedó silencioso, mientras las últimas nubes de sus cañones se disolvían ante él, sobre el oleaje ceniciento del océano vacío. Nuestras dos humaredas se fundían a medida que los navíos se acercaban.

Los dos cascos malheridos se tocaron y nosotros saltamos de nuestra nave desahuciada.

La colisión tumbó el último mástil improvisado de nuestro enemigo y las dos embarcaciones se separaron de nuevo. Entramos a trompicones y gritamos y maldijimos, tambaleándonos sobre la cubierta del galeón enemigo, mientras nuestro navío se dejaba vencer por el mar, pero no encontramos hombres contra los que combatir. Solo muertos y heridos agonizantes. No encontramos pólvora ni armas, solo el agua que nos atrapaba y el fuego que quemaba la embarcación. Solo había madera carbonizada y restos de bajel.

Resignados y exhaustos, nos reunimos en la borda astillada. Bajo la luz tenue y tintineante de las hogueras, dirigimos la mirada a nuestro barco, sobre una porción de océano manchada y sangrienta.

Sus mástiles ardían entre las llamas, sus velas se habían transformado en humo. Su reflejo se quemaba sobre las aguas que nos separaban. Era como un fantasma lívido e invertido.

A través del humo, vimos que, desde nuestro barco, nuestros enemigos nos observaban en silencio.

Mi apartamento está en una zona alta de esta sección del puente, cercano a la cumbre y a uno de los ángulos del hexágono formado por este sector. Es como si mereciera ubicación tan privilegiada, puesto que soy uno de los pacientes estrella del doctor Joyce. Las habitaciones del apartamento son amplias, con techos altos, y las paredes del lado del mar son vigas de cristal del propio puente. A través de ellas, puedo ver a unos trescientos metros, siempre que la panorámica no quede oscurecida por las nubes grises que suelen envolver el puente desde el mismo cielo.

Las habitaciones de mi apartamento estaban prácticamente vacías cuando llegué del hospital. Ahora están mucho mejor, después de haberlas decorado con varios muebles y una modesta, pero cuidadosamente elegida, colección de pequeños cuadros, figuras y esculturas. Casi todas las pinturas exhiben detalles del puente o vistas del mar. También hay algunas de yates y botes pesqueros. En cuanto a las esculturas, la mayor parte son figuras de trabajadores del puente inmortalizados en bronce.

Acaba de empezar el día y me estoy aseando y vistiendo. Esto último lo hago pausadamente, en fases mesuradas. Tengo un armario generoso, me dieron mucha ropa buena, para causar buena impresión. Después de todo, las prendas hablan un idioma: no dicen demasiado de uno, pero son lo que ellas mismas quieren decir.

Los trabajadores del puente de menor categoría, naturalmente, deben llevar uniforme, y no tienen que preocuparse por qué ponerse cada mañana. Eso es lo único que les envidio, aunque ellos aceptan su parcela en la vida y su posición en la sociedad con una sumisión que me parece sorprendente a la par que decepcionante. Yo no me conformaría con trabajar en una estación depuradora o en una mina de carbón durante toda la vida, pero esta gente encaja en la estructura, como pequeños remaches felices que aceptan su colocación con la adhesión y la cohesión de las capas de pintura.

Me peino. Mi cabello es abundante, de color negro intenso, y tiene las suficientes ondas como para darle cuerpo y volumen. Elijo una corbata y un reloj de bolsillo esmaltado a juego. Admiro mi porte aristocrático durante un momento y compruebo que los puños de la camisa están alineados, el chaleco centrado, el cuello recto...

Ya estoy listo para desayunar. Hay que hacer la cama y lavar o guardar la ropa de ayer, pero la clínica, haciendo gala de una gran consideración, manda a gente para hacer ese tipo de cosas. Mientras me dirijo a escoger un sombrero, me detengo en seco.

El televisor se ha encendido solo. Empieza a emitir un siseo de nuevo. De entrada, cuando voy hacia la sala de estar, creo que estoy confundido, que el sonido debe de ser algún escape en alguna tubería de agua o gas. Pero no. La pantalla empotrada en la pared está encendida, y muestra la misma imagen de anoche: el hombre postrado en la cama, inmóvil y callado, en blanco y negro. Aprieto el botón del aparato y la imagen desaparece. Lo vuelvo a apretar y el enfermo regresa, y el mando a distancia parece no funcionar, porque intento cambiar de canal y no puedo. Pero ahora la luz es distinta. Parece que hay una ventana en la pared más alejada de la cama, más allá de las máquinas que rodean al paciente. Estudio la estampa con detenimiento, a ver si encuentro algo que pueda darme alguna pista. La imagen es demasiado granulosa como para poder leer los rótulos de las máquinas. Ni siquiera me es posible determinar el idioma utilizado en esa habitación de hospital. ¿Cómo ha podido encenderse solo el televisor? Lo apago y oigo un zumbido procedente de fuera.

Desde las ventanas de la habitación, veo un día luminoso, con el cielo muy azul. Una formación aérea sobrevuela el puente, desde la dirección donde se encuentra el Reino. Se trata de tres aviones, idénticos, de aspecto pesado y voluminoso. Son monoplanos monomotores, volando uno por encima del otro. El que se encuentra más abajo está prácticamente a mi altura, el siguiente a unos quince metros por encima, y este, a su vez, está quince metros por debajo del avión más alto. Pasan de largo, con los motores rugiendo y las hélices girando a toda velocidad, como si fueran discos de cristal brillantes. De cada una de sus colas emergen ráfagas aleatorias de humo oscuro. Las pequeñas nubes que forman se sostienen en el aire, ensartadas como un extraño código cifrado. Una larga estela de señales de humo marca el recorrido de los aviones y desaparece hacia el lado de la Ciudad, como una especie de cerco suspendido en el aire.

La situación me sorprende y me entusiasma. Desde que estoy en el puente, no había visto ni oído aviones. Ni siquiera había oído a nadie hablar de ellos, ni tampoco de barcos voladores, que los ingenieros y científicos del puente son obviamente capaces de diseñar, construir y hacer funcionar.

Los aviones no tenían tren de aterrizaje, al menos a la vista, ni flotadores. Y no parecían poder despegar desde el agua. Supongo que tendrían algún sistema retráctil de ruedas y que procedían de algún aeropuerto de tierra firme, lo cual resultaría cuando menos alentador.

Las nubes de humo se mezclan con el viento suave que sopla hacia la Ciudad. A medida que los aviones se alejan, se disipan en el gran cielo azul. El ruido de los motores va perdiendo intensidad hasta desaparecer también. Las bocanadas de humo parecen seguir un vago patrón; están agrupadas en líneas de tres, separadas entre ellas por un espacio similar. Observo el movimiento gradual de los grupos de nubes, como esperando que formen letras o números, o alguna otra forma identificable, pero a los pocos minutos, lo único que queda es una cortina tenue de aire que se dirige lentamente a la zona de la Ciudad, como una gigantesca bufanda de gasa deteriorada.

Agito la cabeza.

Ya en la puerta, recuerdo el extraño funcionamiento del televisor, pero cuando intento llamar a mantenimiento, el teléfono tampoco se encuentra operativo; transmite una serie de pitidos lentos, no del todo regulares. Es hora de irme. Aunque el mundo —el puente, en todo caso— se esté volviendo loco, un hombre no debe dejar de desayunar.

En la puerta del ascensor, reconozco a un vecino. Observa la aguja de latón que indica los pisos y golpea el suelo impacientemente con un pie. Lleva el uniforme de un directivo superior de programación de horarios. Da un respingo, asustado. La alfombra debe de haber silenciado mis pasos.

—Buenos días —lo saludo, mientras la aguja desciende lentamente. El tipo gruñe, saca su reloj de bolsillo y lo mira. Acelera los golpes con el pie—. Supongo que no ha visto los aviones, ¿no? —pregunto. Me mira con una extraña expresión.

—¿Perdón?

—Los aviones. Un grupo de aviones que ha pasado por... No hace ni diez minutos.

El hombre me mira, incrédulo. Parpadea repetidas veces mientras echa un vistazo rápido a mi muñeca. Ve el brazalete de la clínica. El ascensor llega.

—Ah, sí—dice el directivo—. Los aviones, claro. —Las puertas se abren lentamente, y el hombre mira en el interior del ascensor mientras le hago una seña para que entre él primero. Consulta de nuevo su reloj, masculla una disculpa y se aleja a toda prisa por el pasillo.

Bajo solo. En un banco circular, forrado de cuero, observo la superficie ondeante de un acuario situado en una esquina, mientras el ascensor desciende por el puente. Junto a la puerta, hay un teléfono. Lo descuelgo.

El aparato de metal es pesado. De entrada, no oigo nada, pero después suenan unos pitidos que me recuerdan a los que salían del teléfono de mi apartamento. Rápidamente, los tonos cesan para dar paso a la voz de un operador algo seco.

—¿Sí? ¿Qué desea? —Siento cierto alivio al escucharlo.

—¿Cómo dice?

El ascensor aminora la velocidad al acercarse a la planta a la que me dirijo.

—Nada, no importa. —Cuelgo el aparato.

Abandono el ascensor por un soportal de una de las plataformas superiores del puente. Comienzo a caminar a paso ligero por la calle, donde las tiendas empiezan a vender el género fresco, recién llegado en los trenes de mercancías de primera hora de la mañana. Me detengo en un pequeño puesto de flores y escojo un clavel que contraste armónicamente con el reloj y la corbata. Acto seguido, me dirijo al bar Inches para tomar el desayuno.

Las paredes están recubiertas de paneles y no tienen ventanas. Están pintadas con eficaces (pero poco convincentes) imágenes de verdes tierras de pasto. El bar es un lugar tranquilo y pequeño, con techos altos y luz tenue, alfombras gruesas y porcelana fina. Me acompañan a mi mesa habitual, en la parte de atrás. Sobre ella, me espera un periódico doblado, cuyo contenido consiste de forma casi íntegra en acontecimientos relativos al puente, como la regularización de las leyes, el mantenimiento de la estructura, el tráfico, las promociones y las muertes de los miembros de su administración, las reuniones sociales, notablemente aburridas y promovidas por las mismas personas, y los arcanos y escasos eventos deportivos, que no gozan de excesiva popularidad.

Pido un plato de pescado ahumado, riñones de cordero, una tostada y un café. Antes de hojear el periódico, echo un vistazo a la pintura de la pared de enfrente. En ella se ve un prado en la ladera de una montaña, bordeado con árboles de hoja perenne y cubierto de flores de colores vivos. Al otro lado del valle, se ven tres colinas lejanas, iluminadas por los rayos del sol.

¿Acaso aquellas escenas existían en algún lugar, o únicamente en la cabeza del pintor?

Me traen el café. Nunca he visto un cafetal, ni tan siquiera un cafeto, en el puente. Y los riñones de cordero también procederán de algún sitio, pero... ¿de dónde? En el puente, se hace referencia al lado en contra de la corriente, al lado a favor de la corriente, a la Ciudad y del Reino... O sea que debe de haber tierra firme (¿qué sentido tendría si no un puente?), pero ¿a qué distancia?

Yo investigué todo lo que me fue posible, teniendo en cuenta las limitaciones de idioma y acceso que la administración del puente impone al investigador aficionado, pero, en todos los meses de trabajo, ni me aproximé a descubrir la ubicación de la Ciudad o del Reino. Sigue siendo un completo enigma.

Mi búsqueda de información, abandonada hace algún tiempo, se está hundiendo indudablemente en las capas del miasma que rezuma la estructura organizativa de las autoridades del puente. Me da la impresión de que todas mis preguntas iniciales sobre el tamaño del puente, sobre los lugares que une y otros aspectos similares habrán pasado de un departamento a otro, se habrán replanteado, precisado, borrado, parafraseado, traspapelado y retransmitido con tanta frecuencia y entre tantos despachos y oficinas, que para cuando alguien haya podido (o querido) responderlas, ya habrán perdido todo el sentido o el significado... y si, por obra de algún milagro, han sobrevivido a semejante proceso sin contaminarse lo bastante como para resultar incomprensibles, toda respuesta, por muy pragmática y concisa que sea, generará con toda certeza una mayor incomprensión en el momento en que llegue a mis manos.

El proceso de investigación me pareció tan frustrante que, por un momento, me planteé seriamente la posibilidad de esconderme en un tren e ir a buscar en persona el maldito Reino o la dichosa Ciudad. Mi brazalete, que me identifica a nivel oficial e informa a los conductores ferroviarios sobre el departamento de la clínica al que deben cargar el importe de mi billete, limita los recorridos que puedo efectuar a dos términos; una docena de secciones del puente, o lo que es lo mismo, unos veinte kilómetros en ambos sentidos. No es una distancia menospreciable, pero es una restricción al fin y al cabo.

Decidí no convertirme en un polizón; creo que es más importante recuperar los territorios perdidos de mi cabeza antes que explorar las tierras lejanas de por aquí. Me quedaré donde estoy y tal vez me marche cuando esté curado.

—Buenos días, Orr.

Me reúno con el señor Brooke, un ingeniero que conocí en la clínica. Es un hombre de baja estatura, sombrío, que parece encontrarse bajo una presión constante. Se deja caer en la silla que está frente a mí, con el ceño fruncido.

—Buenos días, Brooke.

—¿Has visto esa mierda de...? —Su entrecejo se arruga aún más.

—¿Aviones? Sí, ¿y tú?

—No, solo el humo. Menuda gracia.

—Te molesta, veo.

—¿Molestarme? —Brooke parece sorprendido—. Yo no soy nadie para que me molesten las cosas, pero he llamado a un colega de Tráfico Marítimo y Programación de Horarios, y allí no sabían nada de esos... aviones. La maniobra estaba totalmente desautorizada. Rodarán cabezas, y si no me crees, al tiempo.

—¿Hay leyes en contra de lo que han hecho?

—Más bien es que no hay leyes que lo permitan, Orr, ahí está el tema. La gente no puede ir donde le dé la gana sin más. Hay que mantener una... estructura. —Niega con la cabeza, con un gesto desaprobatorio—. Orr, a veces tienes unas ideas muy raras.

—No sabes cuánta razón tienes.

Brooke pide un plato de pescado con arroz al curry. Estábamos en la misma planta de la clínica. Él también ha sido paciente del doctor Joyce. Brooke es ingeniero superior, especializado en el efecto del peso del puente sobre el fondo del mar. Sufrió una lesión importante en un accidente, en uno de los artesones que sostienen parte del granito herrado de la estructura de una de las pilas. Físicamente, ya está del todo recuperado, pero, desde entonces, sufre un cuadro agudo de insomnio. Es una persona algo apagada. Incluso bajo el sol directo, él parece encontrarse en plena penumbra.

—Me ha sucedido otra cosa rara esta mañana —le cuento. Me mira con cautela.

—¿En serio? —pregunta. Le cuento lo del hombre postrado en la cama de hospital, el televisor que se enciende solo y la avería del teléfono. Parece aliviado—. Ah, ese tipo de cosas ocurre a menudo. Supongo que habrá cruces de líneas en algún lugar. Llama a Reparaciones y Mantenimiento, y dales la lata hasta que te lo solucionen.

—Así lo haré.

—¿Y cómo está el doctor Joyce?

—Sigue perseverando en mi caso. He empezado a tener sueños, pero creo que son demasiado... estructurados para él. Se puede decir que prácticamente ignoró el primero de ellos. Y me ha criticado por abandonar mis investigaciones.

—Mira, Orr, él es el médico y todo lo que quieras, pero yo, en tu lugar, dejaría de perder el tiempo con todas esas... —hace una pausa, buscando el término ideal—... cuestiones. No creo que te lleven a ningún sitio. Desde luego, lo que no harán es que recuperes la memoria. —Hace un ademán desdeñoso hacia una de las pinturas pastorales de la pared, como si hubiera reparado en una mancha antiestética en los paneles decorados.

—Pero, Brooke, ¿no tienes ganas de ver algo que no sea el puente? ¿Montañas, bosques, desiertos? Piensa en...

—Amigo —dice contundentemente, observando cómo el camarero le sirve el café—, ¿sabes cuántos tipos distintos de roca reposan bajo los cimientos? —Su voz suena paciente, casi cansada. Me va a caer un discurso, ya lo veo, pero al menos podré comerme los riñones de cordero, que se están enfriando.

—No —reconozco.

—Te lo contaré —empieza Brooke—. Al menos existen siete tipos principales, sin contar las trazas de decenas de otras clases. Todos los estratos están representados: el sedimentario, el metamórfico y el de tipo ígneo intrusivo y extrusivo. Hay grandes depósitos de basalto, dolerita, arenisca cálcica y carbonífera, aglomerados basálticos, lavas basálticas, arenisca roja y terciaria, y cantidades considerables de gravilla; y todos ellos se hallan presentes en sistemas complejos cuyos antecedentes ya han...

No puedo tragar más piedras.

—Quieres decir —interrumpo mientras le traen su plato (que rocía con una nevasca de sal y pimienta, semejante a una capa de cenizas volcánicas)— que el puente ofrece material más que suficiente a las mentes inquietas y elimina la necesidad de recurrir a otros lugares.

—Exacto.

En mi opinión, eso es algo más aproximado que exacto, pero bueno. En todo caso, realmente hay algo más allá del puente. Algo que casi llego a recordar, pero no puedo. Parece que tengo abstracciones, ideas generales sobre cosas imposibles de encontrar en el puente, como glaciares, catedrales, automóviles... una lista prácticamente interminable. Pero no puedo acordarme de nada específico, mi mente no registra ningún tipo de imagen. Me defiendo con el idioma y con las costumbres del puente (supongo que pasé por algún tipo de formación en algún momento), pero no hay manera de que recuerde nada sobre mi infancia, los años de colegio... Estoy completo en todo, excepto en recuerdos. Donde las demás personas tienen el equivalente a una enciclopedia... yo tengo un diccionario de bolsillo.

—Mira, no puedo evitarlo, Brooke —afirmo—. Parece que aquí hay muchos temas sobre los que no se puede hablar, como el sexo, la religión o la política, para empezar.

Brooke hace una pausa, con el tenedor cargado de arroz a medio camino entre el plato y su boca.

—Bueno —dice con un tono ligeramente incómodo—, no hay nada malo en... Lo primero, si uno está casado o la chica tiene licencia o yo qué sé... Maldita sea, Orr —deja el tenedor de nuevo en el plato—, siempre sales con eso de «religión» o «política», ¿a qué te refieres exactamente?

Parece que habla en serio. ¿Dónde diablos me he metido? Primero esto y luego una sesión con el doctor Joyce. Y, por enésima vez, durante los siguientes diez minutos, intento exponer una definición convincente a un Brooke cada vez más perplejo y desconcertado. Cuando concluyo mi disertación, me dice:

—Mmmm... No sé para qué necesitas dos palabras. A mí me parece que las dos cosas son lo mismo.

Me apoyo con resignación en el respaldo de la silla.

—Brooke, tendrías que haber sido filósofo.

—¿Filo... qué?

—Da igual. Cómete el arroz, anda.

Un tranvía me conduce a la sección del puente donde pasa su consulta el doctor Joyce. La estrecha plataforma superior está plagada de trabajadores aposentados en asientos desgastados y leyendo el periódico, centrados en la sección deportiva y en los resultados de la lotería. Son trabajadores siderúrgicos o soldadores; sus chaquetas gruesas no llevan bolsillos exteriores y tienen muchas quemaduras. Hablan entre ellos y me ignoran completamente. De vez en cuando, pillo alguna palabra (¿estarán utilizando algún dialecto de mi lengua?), pero cuanto más escucho, menos comprendo. Definitivamente, debería haber esperado a un tren para clases acomodadas, pero hubiera llegado tarde a mi cita con el doctor Joyce. Y si creo en algo, es en la puntualidad.

Tomo un ascensor hasta el nivel donde el bueno del doctor tiene la consulta. Se oye una música enlatada, pero mí me suena como una recopilación aleatoria de notas y acordes embrollados y sin criterio, como si toda la música del puente fuese una especie de código cifrado. Ya he desistido de intentar escuchar algo que luego pueda recordar o tararear.

Comparto el ascensor con una mujer joven durante la mayor parte del trayecto. Es morena y delgada, y mira tímidamente al suelo. Tiene las pestañas negras y largas, y unos pómulos exquisitos. Lleva un traje de corte elegante, con falda larga y chaqueta corta. Sin apenas darme cuenta, me encuentro mirándole los pechos que se esconden bajo la blusa de seda blanca. Ni siquiera me mira cuando se baja del ascensor. Solo deja tras de sí un débil rastro de perfume.

Me centro en estudiar una fotografía colgada en uno de los paneles de madera de la puerta del ascensor. Es antigua, de color sepia, y muestra la construcción de tres de las secciones del puente. Están solas, inconexas entre ellas, excepto por su dentada e incompleta similitud. Tubos y vigas que sobresalen, engalanados con andamios, y pesadas grúas de vapor que se reparten por los cables oscuros de acero. Las tres secciones inacabadas casi forman un hexágono. No hay fecha a pie de foto.

Un intenso olor a pintura impregna la consulta del doctor. Dos trabajadores ataviados con mono blanco sacan una gran mesa por la puerta. La recepción está vacía, excepto por las sábanas blancas que cubren el suelo y la mesa, que los operarios han colocado en el centro de la estancia. Echo un vistazo a la consulta del doctor. También está vacía, con sábanas blancas en el suelo. El rótulo con el nombre del doctor Joyce ya no está en la puerta de cristal.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunto a los obreros. Me miran con los ojos vacíos.

De vuelta al ascensor. Me tiemblan las manos.

Por fortuna, el mostrador de recepción de la clínica continúa en su sitio. Espero mientras una pareja joven con un niño pequeño recibe indicaciones para alejarse después por un largo pasillo. Es mi turno.

—Estoy buscando la consulta del doctor Joyce —comunico a la tiesa recepcionista de detrás del mostrador—. Estaba en la habitación 3422; estuve allí ayer mismo, pero por lo visto, se ha trasladado.

—¿Es usted un paciente?

—Mi nombre es John Orr —aclaro, mientras le dejo leer los detalles en mi brazalete.

—Un momento. —Descuelga el teléfono. Me siento en un sofá que está en el centro de la recepción, rodeado de pasillos que emergen como radios de una rueda. Los más cortos llevan al exterior del puente, a través de unas cortinas finas que ondean con una suave brisa. A la recepcionista la transfieren de una persona a otra. Finalmente, cuelga el teléfono—. Señor Orr, el doctor se ha trasladado a la habitación 3704.

Saca un plano en el que me muestra el camino a la nueva consulta del doctor. Siento por un momento un eco de dolor circular en el pecho.

—El señor Brooke le manda recuerdos.

El doctor Joyce alza la mirada desde su bloc de notas, parpadeando. Ya le he contado el sueño sobre los galeones que intercambian los grupos de abordaje. Me escuchaba sin emitir comentario alguno, asentía de vez en cuando, fruncía el ceño ocasionalmente y tomaba notas. El silencio se hizo casi eterno.

—¿El señor...? —pregunta Joyce sorprendido, con su fino portaminas plateado suspendido sobre el bloc como si fuera una daga a punto de clavarse.

—El señor Brooke —le recuerdo—. Salió de Cirugía prácticamente al mismo tiempo que yo. Un ingeniero que sufría de insomnio. Usted lo estuvo tratando.

—Ah, sí —recuerda el doctor al cabo de unos segundos—. Ése. —Se inclina de nuevo sobre sus apuntes.

La nueva consulta del doctor Joyce es aún más amplia que la anterior. Está tres niveles más arriba, con más vistas y espacio. Parece que el doctor continúa avanzando. Ahora, además del recepcionista, también tiene una secretaria personal. Por desgracia, su ascenso no ha comportado la sustitución del TR. (Oh, oh, señor Orr, sin duda tiene usted un aspecto excelente. Qué alegría verlo. Permítame su abrigo. ¿Desea una taza de café? ¿Tal vez un té?)

El pequeño portaminas plateado ha regresado a su lugar, en el bolsillo frontal del doctor.

—Bien —dice, entrelazando las manos—. ¿A qué asocia este sueño, Orr?

—Pues, mire —respondo, intentando mosquearle—, no tengo la menor idea. No soy un experto en la materia. ¿Qué opina usted?

El doctor me mira fijamente durante unos instantes. Seguidamente, se levanta de su asiento y lanza el bloc de notas sobre el escritorio. Se acerca a la ventana y se queda allí, de pie; mira hacia fuera y niega con la cabeza.

—Le diré lo que pienso, Orr —prosigue. Se vuelve y me mira—. Creo que ambos sueños, el de hoy y el de ayer, no nos dicen nada.

—Ah —contesto. Y, tras mi convincente intervención, me aclaro la garganta, sin un ápice de alteración—. Bien, entonces, ¿qué hacemos ahora?

Los ojos azules del doctor Joyce brillan con fuerza. Abre un cajón de su escritorio y saca un gran libro con páginas plastificadas y un rotulador. Me los alarga. El libro contiene, en su mayor parte, ilustraciones incompletas y pruebas psiquiátricas de manchas de tinta.

—Vaya a la última página —me indica el doctor.

Obedientemente, paso todas las páginas hasta llegar a la última, que contiene dos dibujos.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunto. La situación me resulta algo infantil.

—¿Ve las líneas cortas, cuatro en el dibujo superior y cinco en el inferior?

—Sí.

—Debe completarlas formando flechas que indiquen la dirección de la fuerza que las estructuras de la ilustración ejercen sobre esos puntos. —Levanta el brazo cuando abro la boca para formular una pregunta—. Es todo lo que puedo decirle. No se me permite dar pistas ni contestar a nada más.

Cojo el rotulador, completo las líneas como me ha solicitado y le alargo el libro de vuelta al doctor. Lo mira. Asiente. Pregunto:

—¿Y bien?

—Bien, ¿qué? —Saca un paño de un cajón y limpia el dibujo mientras dejo el rotulador sobre la mesa.

—¿Lo he hecho bien?

—¿Qué se entiende por «bien»? —dice con voz áspera mientras se encoge de hombros y vuelve a guardar todo el material en el cajón—. Si fuera una pregunta de examen, la habría contestado bien, de acuerdo, pero esto no es ningún examen. Se supone que debe decirnos algo sobre usted. —Anota algo en el bloc con el pequeño portaminas retráctil.

—¿Y qué es lo que nos dice sobre mí?

Vuelve a encogerse de hombros, mientras repasa atentamente sus apuntes.

—No lo sé —concluye, negando con la cabeza—. Algo debe de decir, pero no sé el qué. Aún.

Me asaltan unas ganas enormes de atizar un puñetazo a la nariz rosada del doctor Joyce.

—Ya veo —añado—. Espero hacer sido de utilidad para el progreso de la ciencia médica.

—Yo también —afirma el doctor Joyce, echando un vistazo a su reloj—. Bien, creo que es todo por hoy. En cualquier caso, pida hora para mañana, pero si no tiene ningún sueño, llame para cancelar la visita, ¿de acuerdo?

—Dios de mi vida, sí que ha ido rápido, señor Orr. ¿Qué tal? ¿Le apetece un té? —El recepcionista impecablemente aseado me ayuda a ponerme el abrigo—. Ha entrado y salido en menos que canta un gallo. ¿Prefiere una taza de café?

—No, gracias —contesto, mientras veo al señor Berkeley y a su policía esperando en la recepción. El señor Berkeley está tumbado en posición fetal, de costado, en el suelo, frente al policía sentado que apoya los pies sobre él.

—Hoy el señor Berkeley es un reposapiés —me aclara con orgullo el Terrible Recepcionista.

En las zonas de la estructura superior, aireadas y espaciosas, los techos son altos y la alfombra amplia y tupida de los pasillos desérticos desprende un olor regio y húmedo. Los paneles de madera de las paredes son de teca y caoba, y los cristales de las ventanas con marcos de aluminio (que revelan un día gris y un mar cubierto de neblina) lucen una tonalidad azulada, como la del cristal plomizo. En los huecos de las paredes oscuras, viejas estatuas de burócratas olvidados amenazan como fantasmas sombríos, y masas elevadas de banderas colgadas, como redes pesadas extendidas para secarse, se balancean al son de una brisa suave y helada que arrastra el polvo rancio a través de los pasillos altos y oscuros.

A una media hora desde la consulta del doctor, descubro un viejo ascensor frente a una ventana circular gigantesca que da al estrecho estuario, como un reloj analógico despojado de sus agujas. La puerta del ascensor está abierta, y dentro, un anciano canoso duerme sentado sobre un taburete alto. Lleva un abrigo largo de color burdeos con botones brillantes. Tiene los brazos cruzados sobre la barriga y su barbilla, con una impresionante barba, reposa sobre su pecho abotonado, mientras la cabeza plateada se mueve arriba y abajo, con el vaivén de su pesada respiración.

Toso. El viejo sigue durmiendo plácidamente. Golpeo un saliente de la puerta.

—¿Hola?

Se despierta sobresaltado, descruza los brazos y se pone de pie, junto a los controles del ascensor. Suena un clic y las puertas empiezan a cerrarse, chirriando y crujiendo, hasta que el hombre pone los brazos en las palancas metálicas para volver a abrirlas.

—Vaya. ¡Qué susto me ha dado, señor! Estaba echando una cabezadita. Pase, pase. ¿A qué piso se dirige?

El ascensor es considerablemente amplio y está lleno de sillas de todo tipo, colocadas de cualquier manera, de espejos desconchados y tapices polvorientos. A menos que sea una ilusión creada por los espejos, tiene forma de «L», cualidad única en un ascensor, al menos según mi experiencia.

—A la plataforma del tren, por favor.

—Enseguida, señor.

El anciano botones engancha su atrofiada mano a la palanca de control. Las puertas se cierran entre crujidos y chirridos, y tras varios codazos y golpes calculados sobre el disco de las palancas, el hombre consigue finalmente que el ascensor se ponga en marcha. Desciende, con un solemne estruendo, mientras los espejos vibran, la estructura traquetea y las sillas se balancean sobre la moqueta desgastada del suelo. El viejo se inclina con precariedad sobre su taburete y se agarra a uno de los raíles de las palancas de control. Sus dientes castañetean a un volumen audible. Me sujeto a un pasamanos brillante y ligeramente descolgado. Un ruido como de metal rasgado suena por encima de nuestras cabezas.

Con tranquilidad fingida, me pongo a leer una lista amarillenta colgada a la altura de mi hombro, que presenta los distintos pisos a los que accede el ascensor, así como los departamentos, secciones de alojamiento y otras instalaciones que se encuentran en dichos niveles. Uno de ellos, en la parte superior, llama mi atención. ¡Eureka! ¡La encontré!

—Disculpe —le espeto al anciano. El hombre vuelve la cabeza, como un paralítico, para mirarme. Señalo la lista colgada—. He cambiado de idea. Me gustaría ir al piso 52. A la Biblioteca de la Tercera Ciudad.

El viejo me mira con desesperación durante un instante y luego apoya una de sus manos temblorosas en los ruidosos controles, al tiempo que baja una palanca antes de apoyarse imperiosamente de nuevo en el raíl. Cierra los ojos.

El ascensor chirría, protesta, se agita y vibra de un lado al otro. Casi me caigo, lo mismo que el compañero del taburete. Las sillas se vienen abajo. Un espejo se resquebraja. Un aplique se descuelga del techo y rebota, como un ahorcado, deteniéndose entre balanceos en medio de una cascada de yeso, polvo y cables colgando.

Nos detenemos momentáneamente. El viejo ascensorista se sacude el polvo de los hombros, se recoloca la chaqueta y el sombrero, recoge el taburete y vuelve a accionar los controles. Ascendemos, con un movimiento mucho más suave en comparación.

—Lo siento —le grito al anciano. Me mira con furia y luego empieza a escudriñar el ascensor, como si intentase descubrir por qué crimen terrible me estoy disculpando—. No pensaba que parar y volver atrás iba a resultar tan... aparatoso —prosigo. El tipo parece completamente fuera de juego, y no deja de observar con detenimiento el interior damnificado del ascensor decrépito, como si no pudiera comprender de qué va todo este jaleo.

Paramos. Al llegar, no suena ninguna campana, sino un potente timbre cuyo estruendo debe de haberse escuchado a kilómetros. El ascensorista mira asustado hacia arriba.

—Ya hemos llegado, señor —grita.

A continuación, me abre las puertas a un panorama caótico y vuelve a entrar en el ascensor. Durante unos instantes, observo anonadado el lugar, mientras avanzo lentamente. El ascensorista se asoma con curiosidad para ver algo, pero sin moverse de su sitio.

Parece que hemos aterrizado en el escenario de una catástrofe terrible. El vestíbulo es inmenso y está lleno de escombros. Frente a nosotros hay fuego, vigas desplomadas, tuberías destrozadas, cables sueltos. Varios hombres uniformados se precipitan de un lado al otro equipados con mangueras de incendios, camillas y otros accesorios que no logro identificar. Una nube colosal de humo envuelve todo. El estruendo y el jaleo formado por los sonidos discordantes de alarmas y bocinas, explosiones y gritos de mando amplificados resultan atemorizantes, incluso para unos oídos ya prevenidos de alguna forma por el timbre escandaloso que ha anunciado nuestra llegada. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

—Pues no es por nada —dice el anciano entre toses—, pero esto no parece una biblioteca, ¿verdad?

—No, lo cierto es que no —respondo, y observo que unos doce hombres transportan una especie de bomba inmensa entre los escombros que inundan el vestíbulo—. ¿Está seguro de que este era el piso?

—Completamente, señor —contesta, mientras comprueba el indicador del ascensor y golpea la esfera con su puño artrítico.

Una explosión repentina en una pila de tuberías y vigas emite un cilindro de humo negro y chispas en nuestra dirección. Unos hombres sofocan el conato. Uno de ellos, uniformado con un mono amarillo brillante y un sombrero alto, nos ve y agita un megáfono. Pasa por encima de unas camillas ocupadas y se acerca a nosotros.

—¡Oigan! —grita—. ¿Qué demonios creen que están haciendo? ¿Acaso son macabros o morbosos? ¿Es eso? Márchense por donde han llegado.

—Estoy buscando la Biblioteca de Archivos y Material Histórico de la Tercera Ciudad —respondo pausadamente. El hombre señala, con el megáfono, el panorama caótico que tiene detrás.

—¡Y nosotros también, imbécil! ¡Hay que joderse! ¡Largo de aquí! —Lanza el megáfono hacia mi pecho y se da la vuelta, furioso; tropieza con uno de los cuerpos de una camilla y corre hacia los hombres que manipulan la bomba gigante. El viejo ascensorista y yo nos miramos. Cierra las puertas.

—Qué tipo más descortés, ¿eh, señor?

—Parecía algo nervioso, sí.

—¿A la plataforma del tren, señor?

—Mmm... Ah, sí, por favor. —Vuelvo a sujetarme al pasamanos mientras descendemos—. Me pregunto qué le habrá pasado a la biblioteca.

—A saber, señor —añade el anciano, encogiéndose de hombros—. En estas zonas tan altas siempre pasan cosas curiosas. He visto cada caso... —Niega con la cabeza y murmura—: Se sorprendería, señor.

—Sí —reconozco a mi pesar—, probablemente sí.

Por la tarde, en el club de frontón, gano un partido y pierdo otro. Los aviones y sus extrañas señales son el único tema de conversación; la mayor parte de los socios del club (profesionales y burócratas) perciben el extraño vuelo no autorizado como una atrocidad injustificada frente a la que hay que tomar medidas. Pregunto a un periodista si se ha enterado de un terrible incendio en la planta que presuntamente alojaba la Biblioteca de la Tercera Ciudad, pero ni siquiera ha oído hablar de la biblioteca y, desde luego, no tiene noticias sobre ninguna catástrofe en la parte superior de la estructura del puente. Consultará con sus fuentes.

Desde el club, llamo a Reparaciones y Mantenimiento para dar parte de las averías de mi televisor y mi teléfono. Como algo en el club y voy al teatro por la noche, a ver una obra poco inspirada sobre la hija de un guardavía, enamorada de un turista que resulta ser el hijo de un jefe ferroviario que va a casarse y quiere tener una última aventura amorosa. Me marcho al finalizar el segundo acto.

En casa, mientras me desvisto, un trozo de papel arrugado se cae de uno de mis bolsillos. Es el diagrama que la recepcionista de la clínica me dibujó para mostrarme el camino hasta la nueva consulta del doctor Joyce. Es algo así:

Me quedo mirándolo, con cierta confusión. La cabeza me da vueltas mientras la estancia parece inclinarse, como si todavía me encontrase en el ascensor en forma de «L» con el viejo ascensorista, ejecutando otra maniobra no programada y peligrosa por el hueco del ascensor. Por un momento, mis pensamientos se revuelven, mezclados como las señales de humo emitidas por los extraños aviones de la mañana (y, por un instante, mareado y tambaleante, yo también me siento turbio e indefinido, como una masa caótica y amorfa similar a la neblina que se enrosca entre la enrevesada complejidad del puente y cubre las capas de pintura antigua de sus vigas y sus radios como una transpiración de la propia estructura).

Suena el teléfono, que me resucita bruscamente de mi extraño momento. Descuelgo el auricular, pero lo único que oigo son los mismos tonos regulares de antes.

—¿Hola? ¿Hola? —digo. Nada.

Cuelgo. Vuelve a sonar y se repite la escena. Esta vez lo dejo descolgado y tapo el auricular con un cojín. Ni siquiera intento poner en marcha el televisor. Ya sé lo que veré.

Mientras me dirijo a la cama, me doy cuenta de que aún sostengo el papel arrugado. Lo tiro a la papelera.

Tres

A mi espalda, el desierto. Al frente, el mar. Uno dorado y el otro azul, dos rivales y yo en el medio. Uno se movía aprisa, estallaba en crestas y ondas, se erguía en blanco y caía para vencer al anaquel de arena, con una especie de respiración regular... El movimiento del otro era más lento, pero inexorable; las inmensas olas de arena caerían también gracias al peine invisible de la mano del viento.

Entre ambos, medio sumergida por ellos mismos, reposaba la ciudad en ruinas.

Erosionadas por la arena y el agua, apresadas como una masa indefinida entre dos ruedas de acero, las piedras de la ciudad se entregaban sumisas a los caprichos del aire.

Yo estaba solo, y caminaba bajo el calor del mediodía, como un fantasma vagando entre las ruinas. Mi sombra yacía a mis pies, hacia atrás, invisible.

Las piedras rojizas se apiñaban en desorden. La mayoría de las calles había desaparecido tiempo atrás, enterrada bajo la invasión de las arenas. Arcos derrumbados, dinteles desplomados y muros derribados luchaban contra las invencibles dunas. En la costa escarpada, crinados por las aguas, más bloques de piedra hacían romper las olas. Algo más adentrados en el mar, torres inclinadas y un fragmento de un arco emergían desde las aguas, lamidos por las olas como huesos de cuerpos de náufragos ahogados.

Sobre las puertas vacías y las ventanas cubiertas de arena, había frisos cincelados con figuras y símbolos. Estudié atentamente aquellas curiosas imágenes, apenas legibles, en un intento de descifrar sus patrones lineales. La arena arrastrada por el viento había erosionado algunos muros hasta el punto de que el grosor de la piedra era menor que la profundidad de los símbolos. El cielo azul brillaba a través de las ruinas rojizas.

Conozco este lugar, me dije a mí mismo. «Te conozco», dije a lo que quedaba de ciudad.

Una colosal estatua se alzaba a cierta distancia del conjunto de ruinas. Representaba a un hombre, de un tamaño tres o cuatro veces superior al normal, mirando en diagonal entre la línea de la costa y el centro de las calladas ruinas. Sus brazos se habían caído tiempo atrás, se notaba por los muñones, redondeados por la erosión del viento y la arena. Por la espalda y uno de los costados, tanto el cuerpo como la cabeza mostraban los efectos de las inclemencias del entorno con el paso de los años. Pero de frente, y por el otro lado, todavía podían apreciarse los detalles de la escultura; un torso desnudo, con una considerable tripa, y el pecho cubierto de cadenas, joyas y gruesos collares. La cabeza era grande, con muy poco pelo, y llevaba pendientes y tachuelas en nariz y orejas. La expresión de aquel rostro desgastado por el tiempo me pareció intraducible, lo mismo que los símbolos cincelados en las ruinas; tal vez denotaba crueldad, tal vez amargura, tal vez una indiferencia insensible frente a todo, excepto quizá frente a la arena y el viento.

—¿Mofa? ¿Moca? —Sin apenas darme cuenta, de mi boca emanó un susurro dirigido a aquellos ojos de piedra. El gigante no respondió. Mi voz se perdió con el viento, despacio. Los nombres también desaparecen. Primero se alteran, después se reducen y al final se olvidan.

En la playa que se veía frente a la ciudad, a cierta distancia de la mirada pétrea de la estatua, vi a un hombre. Era de estatura baja, cojo y jorobado, y yacía de rodillas sobre las olas que morían en la arena, mojando sus harapos en el mar, mientras golpeaba la superficie del agua con una especie de látigo pesado, con cadenas, y reflexionaba en voz alta.

Su cabeza se hundía bajo el peso de su espalda deforme. Su cabello, largo y mugriento, se abatía enmarañado sobre las olas y, de vez en cuando, como un pelo grisáceo que irrumpía desde aquella imprecisa masa oscura, una larga hebra de saliva caía en el agua y se alejaba mar adentro.

No dejaba de levantar y dejar caer el brazo derecho, batiendo las olas con su mayal, un instrumento pesado, de escasa longitud, con una lustrosa asa de madera y una decena de cadenas de acero oxidadas. Las aguas que lo rodeaban formaban espuma y burbujas bajo su ataque firme e incesante, y se enturbiaban con los granos de arena de la orilla.

El jorobado detuvo los azotes durante un momento, se movió ligeramente hacia un lado (como un cangrejo), se limpió la boca con el puño y reanudó su actividad; mientras farfullaba sin cesar, las cadenas se levantaban, subían, caían y chocaban contra el agua. Me quedé de pie en la orilla, tras él, mirándolo durante un buen rato. Volvió a detenerse, se limpió la cara de nuevo, y dio otro paso hacia un lado. Una ráfaga de viento agitó su vestimenta andrajosa y su pelo grasiento y enredado. Mi propia ropa fue golpeada por la misma racha de aire y, posiblemente, el jorobado notó entonces mi presencia, porque no retomó su acción de inmediato. En lugar de ello, movió levemente la cabeza, como intentando localizar algún débil sonido. Me pareció que quiso enderezar su espalda retorcida, pero desistió al momento. Se volvió lentamente, mediante una sucesión de pequeños pasos laterales, como si tuviera los pies anclados a un eje. Finalmente, se detuvo cuando nos encontramos cara a cara. Elevó la cabeza muy despacio, hasta que pudo mirarme a los ojos. Entonces se levantó, con las olas aún rompiendo en sus rodillas y el mayal colgando de su mano contraída.

Apenas se le veía el rostro entre la embrollada masa de cabello que se dejaba caer hacia el agua, como si de otra cadena se tratase. Su expresión era inextricable. Esperé a que hablase, pero se quedó callado, pacientemente, hasta que al final dije:

—Perdóneme. Continúe, continúe.

No medió palabra durante un rato. Ni siquiera dio señales de haberme oído, como si una corriente de aire fluyese entre los dos. Pero entonces, contestó con una voz sorprendentemente cálida:

—Es mi trabajo, ¿sabe? Me han contratado para hacer esto.

—Ah, claro —asentí. Esperé alguna explicación adicional. De nuevo, pareció oír mis palabras bastante después de haberlas pronunciado. Al cabo de un rato, empezó a decir:

—Verá: una vez, un gran emperador...

Entonces su voz se desvaneció y guardó silencio durante unos instantes. Esperé. Después negó con la cabeza y volvió a arrastrarse en círculo hasta encontrarse de nuevo frente al azul horizonte. Le grité, pero no dio señales de haberme oído.

Empezó a pegar otra vez a las olas, a la vez que farfullaba y murmuraba de forma templada y continua.

Lo observé un rato más mientras golpeaba el mar y luego me di la vuelta y empecé a andar. Un brazalete de acero, parecido a la manilla de una esposa (cuya presencia no había notado hasta entonces), tintineaba rítmicamente en mi muñeca mientras caminaba de vuelta hacia las ruinas.

¿Realmente he soñado todo eso? La ciudad en ruinas junto al mar, el hombre con el látigo de cadenas... Por un momento, me siento confundido. ¿Acaso me acosté anoche con la intención de soñar algo para contárselo al doctor?

En la oscuridad de mi cama, grande y cálida, siento una especie de alivio. Río calmosamente, complacido conmigo mismo por haber logrado tener un sueño para poder trabajar con el doctor con plena conciencia de ello. Me levanto y le pongo un albornoz. Hace frío en el apartamento; la aurora gris resplandece suavemente a través de las grandes ventanas. Una minúscula luz parpadeante brilla a lo lejos, en el mar, tras un gran banco de nubes bajas, como si las nubes fuesen tierra firme y la boya parpadeante una señal de puerto.

Se oye un carillón lejano, seguido de las campanadas que anuncian que son las cinco de la mañana. El silbato de un tren sopla en la distancia, y un murmullo apenas perceptible atestigua el paso de un convoy de mercancías.

En la sala de estar, observo la imagen gris y estática del hombre en la cama de hospital. Las figuras de bronce situadas en diversos puntos de la estancia, que representan a trabajadores del puente, reflejan la luz tenue y monocroma en sus superficies toscas. De pronto, una mujer, enfermera, entra en silencio en la pantalla y se acerca a la cama del hombre. No puedo verle el rostro. Parece que le está tomando la temperatura.

No se oye otro sonido que el de un siseo distante. La enfermera rodea la cama para comprobar las máquinas. Desaparece de nuevo, detrás de la cámara, para regresar enseguida con una bandeja metálica. Coge una jeringuilla, la llena con un líquido procedente de una botellita, coloca la aguja e inyecta el fluido en el brazo pálido del hombre. Siento un ligero escalofrío; nunca me han gustado las inyecciones. Estoy seguro.

La imagen es demasiado granulosa como para permitirme apreciar cómo la aguja perfora la epidermis del paciente, pero con mi imaginación, veo el filo de la aguja penetrando en la pálida piel del enfermo... Se me escapa una mueca de dolor solidaria y apago el televisor.

Levanto el auricular del teléfono. Los pitidos continúan, tal vez algo más rápidos que antes. Vuelvo a colgar y el aparato suena al momento. Descuelgo de nuevo, pero en lugar del tono de línea...

—Ah, Orr, por fin te encuentro. Eres tú, ¿no?

—Sí, Brooke, soy yo.

—¿Dónde has estado? —pregunta arrastrando las palabras.

—Durmiendo.

—¿Dónde, dices? Lo siento, es que con este ruido... —Oigo muchos parloteos de fondo.

—En ningún sitio. Estaba durmiendo —repito.

—¿Durmiendo? —pregunta en voz muy alta—. Muy mal, Orr, pero que muy mal. Estamos en el bar Dissy Pitton's. Vente para acá, que te hemos guardado una botella.

—Brooke, estamos en plena noche.

—Madre de Dios, ¿en serio? Vaya horitas de llamar, las mías, ¿no?

—Está a punto de amanecer.

—¿De verdad? —la sorprendida voz de Brooke se aleja del teléfono. Se oye cómo grita algo, a lo que siguen unos vítores—. Entonces date prisa, Orr. Coge un tren o algo. Te esperamos.

—Brooke... —empiezo, pero vuelvo a oírle hablando lejos del teléfono y, a continuación, más gritos.

—Ah, sí —prosigue—. Tráete un sombrero. Tienes que traer sombrero. —Más gritos de fondo—. Y tiene que ser de ala ancha. ¿Tienes un sombrero de ala ancha?

—Yo... —Me interrumpen más gritos.

—¡Sí, tiene que ser de ala ancha! —grita Brooke—. No se te ocurra venir con un sombrero que no sea de ala ancha. ¿Lo tienes o no?

—Me parece que sí —respondo, con la sospecha de que mi afirmación es como un compromiso para acudir a la cita.

—Perfecto —concluye Brooke—. Nos vemos ahora, entonces. No olvides el sombrero.

Fin de la llamada. Cuelgo el teléfono, vuelvo a descolgar y oigo los tonos regulares otra vez. Miro de nuevo la luz parpadeante bajo el banco de nubes, me encojo de hombros y me dirijo al vestidor.

El bar Dissy Pitton's está dispuesto entre varios pisos asimétricos, en una zona poco elegante, a pocos niveles por encima de la plataforma del tren. Justo bajo la planta inferior hay una fábrica de cuerdas, donde grandes y estrechas bobinas sujetan metros de cuerdas y cables enrollados. Como para no desentonar con el entorno, el Dissy Pitton's es un local de cuerdas y cables, donde las mesas y las sillas cuelgan del techo, en lugar de reposar sobre el piso. Como Brooke observó en una ocasión, en uno de sus raros brotes de humor, en el Dissy Pitton's ni siquiera los muebles tienen los pies en el suelo.

El guardia de seguridad de la entrada se ha dormido de pie, apoyado contra la pared del local, con los brazos cruzados y la cabeza gacha. La visera de su gorra le protege los ojos de la luz del cartel de neón que cuelga sobre la puerta. Está roncando. Entro sin despertarlo y subo por dos pisos oscuros y desiertos, hacia donde suena el ruido indicador de que la fiesta continúa.

—¡Orr! ¡El mismo que viste y calza! —Brooke se acerca con pasos inestables entre la gente y el conjunto balanceante de mesas, sillas, butacas y pantallas suspendidas. Tropieza con un cuerpo tumbado en el suelo.

En el Dissy, los borrachos rara vez permanecen en las mesas durante mucho rato. Normalmente, terminan tumbados en algún rincón del bar, tentados por el interminable suelo de teca a gatear conducidos por un instinto hondamente arraigado de curiosidad infantil, o tal vez por el deseo de fingir ser babosas reptantes.

—Qué bien que hayas venido, Orr—exclama Brooke, cogiéndome del brazo. Le echa un vistazo al sombrero de ala ancha que he elegido para la ocasión—. Bonito sombrero —observa mientras me lleva a una mesa apartada.

—Sí—afirmo, extendiéndoselo—. ¿Quién lo quería? ¿Y para qué?

—¿Cómo? —se detiene, le da la vuelta al sombrero y mira dentro de la copa, atónito, como buscando alguna pista.

—Me dijiste que debía venir con un sombrero de ala ancha, ¿recuerdas? —le digo—. Antes, me pediste que lo trajera.

—Mmm... —murmura Brooke mientras me conduce a una mesa de tres o cuatro personas. Reconozco a Baker y a Fowler, dos ingenieros colegas de Brooke. Se encuentran en pleno proceso de intentar levantarse. Brooke aún parece perplejo. Estudia atentamente el sombrero.

—Brooke —apunto, intentando que no se delate la exasperación en mi voz—, tú me pediste que trajera el maldito sombrero, no hace ni media hora. No puedes haberlo olvidado.

—¿Estás seguro de que eso ha sido hoy? —pregunta Brooke con cierto escepticismo.

—Brooke, ¡me has llamado por teléfono! Me invitaste a venir aquí. Me dijiste...

—Ay, mira —prosigue Brooke, eructando e inclinándose por una botella—, tomemos un poco de vino y pensemos en ello. —Me planta una copa en las manos—. Tenemos que ponernos al día.

—Bueno, me temo que no hay nada que hacer.

—No estás enfadado, ¿verdad, Orr? —pregunta Brooke mientras me sirve el vino.

—No. Simplemente, estoy sobrio. Los síntomas son similares.

—Estás enfadado.

—No. No lo estoy.

—¿Por qué estás enfadado?

¿Por qué me da la impresión de que Brooke no me está escuchando? En ocasiones, me pasa. Hablo con una persona, pero una especie de vacío parece cernirse sobre ella, como si su rostro fuese realmente una máscara que oculta al verdadero interlocutor, que tiene la nariz pegada a la careta como un niño al escaparate de una tienda de dulces; pero, cuando le hablo sobre un asunto complicado o inaceptable, es como si la otra persona separase la cara de la máscara y se volviese hacia su interior y representara la acción mental equivalente a quitarse los zapatos y poner los pies en alto, tomarse una taza de café y descansar durante un rato, para volver solo en el momento en que esté preparada para asentir de forma inapropiada con la cabeza y emitir cualquier observación totalmente irrelevante, carente de fundamentos. Puede que sea cosa mía. Tal vez solo yo causo ese efecto en los demás. Quizá a nadie más le ocurre lo mismo.

En fin, supongo que esa idea resulta algo paranoica y posiblemente se trate de una de esas cosas que, cuando uno ostenta el valor suficiente como para comentarlas con otras personas, resultan ser extremadamente comunes, por no decir universales. (Ah, sí, también me ha sucedido. ¡Pensaba que esas cosas solo me pasaban a mí!)

Entretanto, los ingenieros Baker y Fowler han conseguido levantarse y ponerse los abrigos. Brooke está hablando con suma seriedad con el ingeniero Fowler, que parece tremendamente sorprendido. Pero entonces, este último parece iluminarse y emite una afirmación a la que Brooke asiente antes de volver conmigo.

—Bouch —me dice, justo antes de coger su chaqueta del respaldo de una silla.

—¿Qué? —pregunto.

—Tommy Bouch —dice Brooke mientras se pone la chaqueta—. Él era quien quería el sombrero.

—¿Para qué?

—No lo sé, Orr —admite Brooke.

—Bueno, ¿y dónde está? —pregunto, mirando por todo el bar.

—Se marchó hace un rato —contesta Brooke. Se abrocha la chaqueta. Fowler y Baker lo esperan a una distancia prudencial.

—¿Os marcháis los tres? —pregunto, más bien tontamente.

—Tenemos que hacerlo —dice Brooke, tras lo que me sujeta el brazo y me susurra en alto—. Tenemos cita urgente en casa de la señora Hanover.

—La señora... —empiezo. La casa de la señora Hanover es un burdel con licencia. Sé de buena tinta que Brooke y sus colegas lo visitan ocasionalmente, y sospecho que el lugar está frecuentado mayoritariamente por otros ingenieros (por diversos comentarios que los delatan). Me han invitado varias veces a ir con ellos, pero siempre he dejado claro que no tengo ningún interés en aceptar. Mi reticencia procede de la vanidad, no de ninguna clase de escrúpulo moral, ya se lo he aclarado a Brooke, pero sospecho que él sigue pensando que, detrás de mi discurso sobre el sexo, la política y la religión, no dejo de ser un mojigato.

—Supongo que no te apuntas, ¿verdad?

—No, gracias —contesto.

—Mmm, ya lo suponía —asiente Brooke. Me vuelve a sujetar por el brazo y se acerca a mi oído—. Lo cierto, Orr, es que es un poco embarazoso...

—¿El qué? —pregunto mientras observo al ingeniero Fowler hablando con un joven de pelo largo sentado detrás de él. Otro chico está desplomado sobre la mesa contigua.

—Es la hija de Arrol —susurra Brooke, mirando de reojo por encima de su hombro.

—¿Quién?

—La hija del ingeniero jefe Arrol —prosigue Brooke en voz baja—. Se nos ha agregado, ¿sabes?, y su hermano se ha quedado frito, y si nos marchamos ahora, no habrá nadie que... Mira, podrías... hablar con ella, ¿no?

—Brooke —espeto fríamente—, primero me llamas a las cinco de la madrugada, y luego... —Ya no me dejan continuar.

Baker, apoyado por un ansioso Fowler, se precipita hacia Brooke y le dice:

—Creo que deberíamos irnos, Brooke. No me siento demasiado... —El ingeniero Baker calla. Parece que va a vomitar. Sus mejillas se hinchan, traga, hace una mueca y asiente en dirección a la escalera que lleva al piso de abajo.

—Tenemos que marcharnos, Orr —dice Brooke precipitadamente, sujetando a Baker por un brazo mientras Fowler hace lo propio con el otro—. Nos vemos luego. Gracias por cuidar de la chica. Lo siento, pero tendréis que hacer vosotros mismos las presentaciones.

Los tres pasan por delante de mí y Brooke me devuelve el sombrero. Fowler arrastra a Baker hacia las escaleras, con Brooke a remolque del brazo de Baker.

—Le diré a Tommy Bouch lo del sombrero, si lo veo —me grita Brooke.

Se alejan dando tumbos entre la multitud. Cuando me vuelvo, me llama la atención el joven con el que hablaba Fowler momentos antes. Con los ojos algo idos, me mira y me sonríe.

Error. No es un joven. Es una joven. Lleva un traje oscuro de corte elegante, con pantalones anchos, un chaleco de brocado con una cadena cruzada de oro, algo ostentosa, y una camisa de algodón blanco. En el cuello abierto, luce una pajarita negra desabrochada. Zapatos negros. Su cabello es largo, hasta los hombros. Está sentada de costado sobre una silla, con una pierna encogida. Levanta una de sus cejas oscuras y yo sigo su mirada hasta donde el trío de ingenieros que acaban de abandonar la mesa intenta abrirse paso entre el mar de personas que tapan el acceso a la escalera.

—¿Cree que lo conseguirán? —pregunta, mientras inclina la cabeza hacia un lado y la apoya sobre el puño cerrado.

—Me parece que lo llevan un poco crudo—respondo. Ella asiente, pensativa, y bebe el vino restante de una copa grande.

—Sí, yo también —afirma—. Lo siento, no sé su nombre.

—Me llamo John Orr.

—Abberlaine Arrol.

—¿Qué tal está? —pregunto.

Abberlaine Arrol sonríe, divertida.

—Me va como quiero que me vaya, señor Orr. ¿Y a usted?

—Debe de ser la hija del ingeniero jefe Arrol. —Una respuesta irrelevante merece otra. Dejo el sombrero al final del banco (a ver si hay suerte y alguien se lo lleva).

—Efectivamente —responde—. ¿Es usted ingeniero, señor Orr? —inquiere mientras señala el asiento contiguo a ella, con una mano sin anillos. Me quito el abrigo y me siento junto a ella.

—No. Soy un paciente del doctor Joyce.

—Aaah —dice, mientras asiente lentamente. Me mira de una forma muy directa, con un modo de proceder muy inusual en el puente, como si yo fuera un mecanismo complicado que no termina de funcionar del todo. Su rostro es joven, pero de semblante sereno, como el de una mujer mayor, aunque sin arrugas en la piel. Tiene los ojos pequeños y las facciones marcadas. Su boca es grande y sonriente, pero no puedo apartar la mirada de las minúsculas líneas de expresión que reposan bajo sus ojos grises; pequeños pliegues que le otorgan una mirada sabia e irónica.

—¿Y cuál es su problema, según los médicos, señor Orr? —No puede evitar desviar los ojos hacia mi muñeca, pero mi identificación médica queda oculta por el puño de la camisa.

—Amnesia.

—Ah, ¿sí? ¿Y desde cuándo? —No pierde el tiempo en su interrogatorio.

—Hará unos ocho meses. Unos pescadores me rescataron con sus redes.

—Ah, sí, creo que leí algo sobre el asunto. Lo pescaron en el mar.

—Eso me han contado. Es una de tantas cosas que he olvidado.

—¿Todavía no han descubierto quién es?

—No. Nadie me ha reclamado, en todo caso. Mi descripción no concuerda con la de ningún desaparecido.

—Debe de resultar extraño —murmura mientras se lleva un dedo a los labios—. Pensaba que perder la memoria podía ser interesante y... romántico —determina mientras se encoge de hombros—, pero tal vez solo resulte... ¿frustrante?

Abberlaine tiene las cejas perfectas, muy negras.

—En gran parte, resulta frustrante, pero también tiene aspectos interesantes, como el propio tratamiento. Mi médico cree en la terapia de interpretación de los sueños.

—¿Y usted?

—No. Aún no.

—Creerá en ella si ve que funciona —afirma.

—Seguramente.

—Pero —objeta mientras levanta un dedo—, ¿qué pasa si tiene que creer en ella antes de que muestre resultados?

—No estoy seguro de que esa idea coincida con los principios del doctor.

—Pero, si funciona, ¿qué más da?

—Si uno cree sin fundamento en un procedimiento, puede terminar creyendo sin fundamento en el resultado.

Por fin hace una pausa, pero muy breve.

—O sea, que podría pensar que está curado, cuando en realidad no lo está —alega—. Pero habrá obtenido un resultado concreto, recupere o no la memoria.

—Pero podría no recuperarla. Podría inventarla.

—¿Inventarse su propio pasado? —inquiere con cierto escepticismo.

—Algunas personas lo hacen todo el tiempo. —La idea era bromear, pero al escuchar mis propias palabras, no puedo evitar pensarlo en serio.

—Solo para engañar a los demás. Pero saben que están mintiendo.

—No creo que sea algo tan sencillo. Pienso que las personas a quienes más podemos engañar somos nosotros mismos. Es más, puede que engañarnos a nosotros mismos sea una condición indispensable para engañar a otros.

—Ah, no —asegura firmemente—. Para ser un buen mentiroso, hay que tener muy buena memoria. Si quieres engañar a los demás, debes ser más inteligente que ellos.

—¿Piensa que la gente no termina creyéndose sus propias historias?

—Bueno, tal vez algunos pacientes de centros psiquiátricos, pero nadie más. Creo que muchos de los que afirman creer que son otras personas están jugando de alguna forma con el personal sanitario.

¡Qué gran verdad! A veces, me da la impresión de que recuerdo cosas con plena seguridad, incluso cuando no tengo claro qué era lo que tenía tan claro.

—Seguro que piensa que es fácil engañar a los médicos — afirmo.

Ella sonríe. Su dentadura es impecable. Soy consciente de que estoy evaluándola y analizándola. Es entretenida sin ser encantadora, absorbente sin ser cautivadora. Afortunadamente.

—Creo que es fácil engañarlos cuando tratan la mente como si fuera un músculo —apunta—. No es muy frecuente que sus pacientes intenten mentirles deliberadamente.

Para el doctor Joyce, no creer todo lo que le cuentan sus pacientes parece una cuestión de ética profesional.

—Bueno —respondo—, creo que un buen médico sabe distinguir al charlatán de turno. La mayoría de la gente carece de la imaginación necesaria para asumir un papel con la convicción suficiente.

—Tal vez —dice arqueando las cejas y mirando intencionadamente al vacío—. Es que recordaba la infancia, cuando...

En este momento, el hombre sentado al otro lado, con los brazos hundidos en la mesa y la cabeza hundida en los brazos, se remueve y bosteza, mirando a su alrededor con los ojos llorosos. Abberlaine Arrol se vuelve hacia él.

—Ah, te has vuelto a despertar —le espeta al joven desgarbado de ojos turbios y nariz grande—. Por fin has reunido un grupo aceptable de neuronas, ¿eh?

—No seas capulla, Abby —le dice, tras lanzarme una mirada cargada de desdén—. Tráeme un poco de agua.

—Puede que tú seas un animal, querido hermano —responde—, pero yo no soy tu cuidadora.

El tipo echa un vistazo por la mesa, en su mayor parte cubierta de platos sucios y copas vacías. Abberlaine Arrol me mira.

—Supongo que no tiene usted hermanos, ¿no?

—No, que yo sepa.

—Ajá...—Se levanta y se dirige a la barra. El hermano cierra los ojos y se apoya en el respaldo de la silla, balanceándola ligeramente. El bar se está vaciando. Solo se ven algunos pares de piernas asomando tras las mesas distantes, testigos de donde las incursiones alcohólicas de sus propietarios a los viejos tiempos del gateo han llegado a su fin. Abberlaine Arrol regresa con una jarra de agua. Está fumando un cigarro largo y fino. Se detiene frente al joven y le vierte un poco por encima de la cabeza, al tiempo que exhala una bocanada de humo.

El joven tropieza y cae al suelo. Suelta una palabrota y se levanta como puede. Ella le acerca la jarra para que beba y lo mira con una especie de desprecio divertido.

—¿Ha visto la famosa formación aérea de esta mañana, señor Orr? —pregunta la señorita Arrol sin dejar de mirar a su hermano.

—Sí. ¿Y usted?

—No —responde, negando con la cabeza—. Me lo han contado, pero al principio, pensaba que se trataba de alguna especie de broma.

—A mí me pareció muy real.

Su hermano se termina el agua y lanza la jarra hacia atrás, con un gesto muy teatral. El objeto se rompe contra una de las mesas del fondo, envueltas en oscuridad. Abberlaine Arrol mueve la cabeza con desaprobación. El joven bosteza.

—Estoy cansado. Vamos. ¿Dónde está papá?

—Se ha ido al club. Pero ya hace un buen rato de eso. Ya debe de estar en casa.

—Perfecto. Vamos, entonces. —Empieza a caminar hacia las escaleras. La señorita Arrol me mira y se encoge de hombros.

—Tengo que marcharme, señor Orr.

—No se preocupe.

—Me ha gustado hablar con usted.

—El placer ha sido mutuo.

Vuelve la mirada hacia al borde de las escaleras, donde el joven la espera con los brazos en jarras.

—Tal vez tengamos la oportunidad de continuar la conversación otro día —me dice.

—Eso espero.

Se queda allí de pie durante un momento; delgada, ligeramente despeinada, fumando; y emite una exagerada reverencia con un gesto de su mano, tras lo cual se retira, sosteniendo el cigarro en la boca. Una línea de humo gris se retuerce detrás de ella.

Muchos clientes se han marchado ya. La mayor parte de las personas que quedan en el Dissy Pitton's es parte del personal del local. Están apagando luces, limpiando mesas, barriendo el suelo, levantando cuerpos ebrios del mostrador... Me siento y termino mi copa de vino. Está caliente y amargo, pero odio dejar un vaso a medias.

Finalmente, me levanto y sigo el estrecho pasillo que todavía está iluminado, en dirección a las escaleras.

—¡Señor! —Me vuelvo. Un camarero armado con una escoba tiene el sombrero de ala ancha en sus manos—. ¡Su sombrero! — exclama mientras lo agita, no fuera a ser que yo lo confundiese con la escoba. Agarro el maldito sombrero, convencido de que, si hubiera sido un preciado objeto, lo hubiera vigilado constantemente y me hubiera asegurado de no perderlo, seguramente habría desaparecido para siempre.

En la puerta, el guardia de seguridad, que ya se ha despertado de su cabezadita, está interrogando a Tommy Bouch sobre su identidad y su destino. El ingeniero Bouch parece totalmente incapaz de emitir sonidos coherentes; su rostro muestra una tonalidad verdosa y el guarda tiene dificultad para mantenerlo en pie.

—¿Conoce a este caballero, señor? —me pregunta. Niego con la cabeza.

—No lo había visto nunca —respondo, mientras le planto el sombrero en las manos—. Pero se dejó esto dentro.

—Ah, gracias, señor —dice el guardia. Sostiene el sombrero frente al rostro del ingeniero para que pueda verlo (o verlos, porque seguramente vea doble)—. Mire, señor, su sombrero.

—Graciash —consigue pronunciar Bouch justo antes de transferir el contenido de su estómago a la copa del sombrero. Y gracias a su ala ancha, no salpica demasiado.

Me alejo caminando, con una extraña sensación de triunfo. Tal vez por eso lo quería con tanta insistencia.

—¿Que no está?

—Oh, Dios mío, cuánto lo siento, señor Orr. Estoy terriblemente desolado, pero no. No está.

—Pero si tengo...

—Sí, tenía visita, lo sé, señor Orr. Lo tengo aquí anotado, ¿ve?

—Bien, entonces, ¿cuál es el problema?

—Reunión urgente de la Junta Administrativa del Comité de Investigación del Subcomité Primario. De verdad lo siento, pero es muy importante. El doctor está muy ocupado estos días, señor. Tiene muchísimos compromisos. No se lo tome como algo personal, señor Orr.

—No, si yo no...

—Es que las cosas funcionan así, simplemente. A nadie le gustan estos asuntos administrativos, pero es un trabajo que debe hacerse.

—Sí, si yo...

—Podría haber sucedido en la hora de visita de cualquier paciente y, precisamente, le ha tocado a usted.

—Le agradezco...

—No se lo tome como algo personal. Son esas cosas que pasan.

—Sí, por supuesto...

—Y, por supuesto, esto no guarda relación alguna con el hecho de que no le notificásemos que habíamos trasladado la consulta el otro día. Ha sido una mera coincidencia. Podría haber ocurrido con cualquier persona del mundo. Simplemente, tuvo usted mala suerte. Le prometo que no se trata de nada personal.

—Yo...

—No debe tomárselo así.

—¡Que no me lo tomo así!

—Ay, señor Orr, no sea tan quisquilloso, que no es para tanto.

Fuera, recuerdo el accidentado viaje en ascensor de ayer y tomo la misma dirección, buscando la inmensa ventana circular opuesta a la entrada del ascensor decrépito en forma de «L».

Cada vez más frustrado e incrédulo, deambulo durante más de una hora entre la penumbra de techos altos de la estructura superior. Paso frente a las mismas estatuas de antiguos burócratas y bajo las mismas banderas, colgando como redes gruesas de barcos majestuosos, pero no encuentro la ventana circular ni al viejo ascensorista con su barba, ni el ascensor. Un recepcionista mayor, cuyos galones atestiguan que es un veterano de al menos treinta años de servicio, me mira atónito cuando le describo el ascensor y al anciano encargado de hacerlo funcionar.

Finalmente (el doctor no estaría nada contento si se enterase), me rindo.

Me paso las horas siguientes vagando por diversas galerías pequeñas de una sección lejana del puente, bastante apartada de las zonas que suelo frecuentar. Las galerías son oscuras y rancias, y los guardas parecen sorprendidos de que alguien quiera acudir a contemplar sus exposiciones. No encuentro nada que me satisfaga; todas las obras parecen desgastadas y pasadas; los cuadros, descoloridos y las esculturas, desinfladas. No obstante, todavía resulta más decepcionante la aparentemente enfermiza visión distorsionada de la forma humana que todos los artistas parecen compartir. Los escultores la han transformado en una imagen estrambótica semejante a la de las propias disposiciones del puente; los muslos parecen artesones, los torsos se convierten en tubos estructurales y las extremidades son vigas tensadas. Las articulaciones de los cuerpos están construidas con remaches pintados de rojo, y las vigas tubulares son miembros que emergen hacia grotescos conglomerados de metal y erupciones tumorosas de celdas veteadas. Las pinturas exhiben más o menos el mismo tipo de inquietud artística; una muestra el puente como una línea de enanos deformes en pie entre aguas residuales o sangre, con los brazos entrelazados; otra muestra una única formación tubular con serpenteantes venas azules que destacan bajo la superficie ocre, y pequeños hilos de sangre que emergen de cada uno de sus remaches.

Justo bajo esta parte del puente se encuentra una de las pequeñas islas que sirven de soporte a una de cada tres secciones.

Dichas islas son más o menos regulares en lo que respecta a la superficie y el tamaño aproximados, pero varían en la forma y en el uso. En algunas hay viejas minas y cuevas subterráneas, otras están cubiertas casi en su totalidad por trozos de hormigón que se desprenden de la estructura y por fosos circulares que parecen viejos emplazamientos de armas. Algunas son la base de edificios en ruinas, antiguas bocas de pozo o viejas fábricas derruidas. La mayoría de las islitas tiene un puerto en un extremo, y algunas no muestran signo alguno de vida humana, sin construcciones de ningún tipo, con simples extensiones verdes recubiertas de algas marinas.

No obstante, tienen en común un misterio: cómo pudieron llegar ahí. Parecen naturales, pero, juntas, vistas desde su lineal uniformidad, las islas comparten una especie de patrón, un orden innatural que las hace incluso más extrañas que el puente, al que, de forma intermitente, sirven de soporte.

Lanzo una moneda por la ventana del tranvía que me lleva a casa. Puedo ver cómo su brillo se adentra en el mar, no en una de las islas. Otros dos pasajeros también lanzan monedas, y por un momento, tengo la breve y absurda visión del aspecto del mar en el futuro: aguas repletas de monedas, rebosantes de los residuos monetarios de deseos pedidos, en torno a los huesos huecos de metal de un puente rodeado por un sólido desierto de dinero.

De nuevo en mi apartamento, antes de irme a la cama, observo durante un rato al hombre de la cama de hospital. Miro su imagen granulosa y gris con tanta atención y tanto tiempo que casi caigo hipnotizado por esa estampa quieta e inexpresiva. Arraigado en la oscuridad del anochecer, con la mirada fija, me parece que no estoy mirando una pantalla fosforescente de cristal, sino más bien una lámina de metal brillante, con un grabado lineal veteado en una resplandeciente tabla de acero.

Espero a que suene el teléfono.

Espero a que vuelvan los aviones.

Entonces, aparece una enfermera, la misma de antes, con la misma bandeja metálica. Se rompe el hechizo, se quiebra la ilusión de la pantalla de acero.

La enfermera prepara la jeringuilla otra vez y frota el brazo del hombre con un algodón. Me estremece un escalofrío, como si ese alcohol, ese néctar, recorriese mi cuerpo entero y me congelase la sangre.

Cuatro

Era el mago el que me lo dio, me dijo que era un familiar; sí, sí, un duende de esos que sirven para ayudar a los magos y eso, sentado en mi hombro dando el coñazo todo el rato. No se puede aguantar, pero no tengo más cojones, porque lo tengo ahí pegado y no para de hablar y hablar. El mago me dijo que me ayudaría; me dijo que me diría cosas, pero pensaba que eran cosas útiles y no mierdas, porque solo dice cosas raras y no calla. Quería sobornarme porque pensaba que lo iba a matar, y sí que iba a matarlo, y me dijo que si no lo mataba me daría a un familiar para vigilar por las noches y ayudarme y eso. Y le dije, bueno, vale, a ver qué hace el familiar ese, y el mago va a su armario y saca una caja pequeña y mete algo dentro y dice unas palabras o algo así (yo lo vigilaba de cerca, por si intentaba algo raro, tenía la espada en su cuello, por si intentaba convertirme en algún bicharraco o algo, pero no). Saca de la caja una cosa rara como un gato o un mono, todo peludo y negro, con dos alas negras en la espalda y los ojos bizcos, y me lo pone en el hombro y me dice: «toma, muchacho». Y a mí me acojonó un poco porque era una cosa rara sentada aliado de mi cabeza, pero yo aún tenía la espada en el cuello del mago, y miré a la cosa de ojos saltones y le pregunté: «entonces, ¿dónde está el puto oro?», y me contestó, «en el baúl detrás de la cortina, pero es un baúl mágico y parece que no tenga nada, pero tú podrás sentir el oro y se hará visible cuando lo saques». El mago podía sacar el oro como yo, así que le hice ir y cogerlo, y lo que dijo el familiar era verdad, así que le pregunté qué tenía que hacer entonces y me dijo: «Para empezar, mata a este viejo; es un cliente conflictivo». Así que me cargué al mago, pero la cosa peluda no dijo nada útil desde ese momento, está agobiando todo el día y eso.

—... por supuesto, según las normas preceptivas de la Nueva Simbología, y tal como se representa en la Gran Cábala francesa, la torre representa el refugio, la limitación de contacto con el mundo real, una extrospección filosófica. En resumen, no guarda relación alguna con la preocupación literalmente infantil por el simbolismo fálico que mencioné anteriormente. De hecho, excepto en el caso de las sociedades más opulentas de moralidad, cuando las personas quieren soñar con el sexo, sueñan con el sexo. En realidad, la combinación de las cartas La Toury La Mine en el juego menor se considera particularmente reveladora, y la preeminencia de la torre sobre el foso, ciertamente, denota una resonancia sexual de propósitos predictivos, que la simple combinación de refugio y miedo al fracaso no parece implicar de inmediato; no obstante...

Lo que decía, para volverse loco, joder. Y no puedo quitarme al puto bicho del hombro porque tiene las garras clavadas en mi carne y eso. Ahora no me duele, pero verás cuando me lo haya quitado... y ni siquiera puedo darle un golpe con una roca o clavarle la espada porque se pone a gritar como un loco y a saltar y no hay forma de darle, así que mejor no pierdo el tiempo y eso.

Igualmente, todo me ha ido bien desde que está conmigo, así que a lo mejor me da suerte y todo. Porque pensaba que las cosas serían fáciles sin el mago, pero no; yo soy un caballero de la espada, y no un puto brujo. Además, se conoce que se me ha dado todo bien desde que llevo al familiar en el hombro, y encima me ha enseñado palabras nuevas y eso, así que ahora soy mucho más culto y todo. Ah, sí, y me he olvidado de decir que si intento quitármelo del hombro o no le doy de comer, se pasa toda la noche hablando y no me deja dormir; pero no come mucho, así que se puede decir que es mejor que nos llevemos bien y eso. Espero que no se me cague por la espalda.

—Interesante observación. Es decir, poseo una seguridad plena en que no se habrá percatado, precisamente por ser tan monotemático (o más bien mononeuronal, si se me permitiese la franqueza), pero en las tierras de abajo la situación es precisamente la inversa a la de esta extraña altitud (¿se ha dado cuenta de que apenas puede respirar? No, probablemente, no). Aquí, en las campiñas cuya quintaesencia es el verde prado, las mujeres ostentan el mando y los hombres viven como párvulos durante todas sus vidas.

Ya está otra vez con su rollo, y ya me veo que lo vendré escuchando hasta arriba de esta puta torre, con la espada llena de sangre y dolor de brazo y eso, porque uno de los guardas me ha pillado antes en la puerta y me he perdido en este laberinto que tiene muchas habitaciones pequeñas, y además hay el fuego que he encendido antes, porque aquí huele a humo y no quiero quemarme vivo y eso, y el puto bicho no calla, para variar. A este paso nunca cogeré a la reina con sus poderes y eso. Otro guarda se me ha echado encima, pero me lo he cargado y he pasado por encima de él para seguir hasta arriba de la torre.

—Dios, estos zánganos resultan tediosos. Es cierto que su mentalidad colmenar resultaría de gran utilidad entre los vertebrados (etiqueta aplicable a usted, en mi opinión, únicamente en lo que a la estatura se refiere). ¿Sigue perdido? Me lo temía. ¿Preocupado por el humo? Naturalmente. Un tipo inteligente resolvería ambos inconvenientes de una vez simplemente mediante la observación de la dirección seguida por el humo, ya que este tiende a desplazarse hacia arriba y en este piso no proliferan las ventanas. No obstante, temo que existen pocas posibilidades de que usted pueda llegar a dicha conclusión, dado que su ingenio es tan vivaz como el de un haragán ahíto de tranquilizantes. Lástima que su flujo de conciencia no haya entrado aún en su era interglaciar, pero no todos podemos ser gigantes mentales. Imagino que todo se debe a una descodificación genética deficiente, posiblemente iniciada en el vientre materno, cuando todas las reservas sanguíneas fueron destinadas a la formación de los músculos y el cerebro se limitó al desarrollo de la parte reservada en casos normales para el dedo gordo del pie, o algo por el estilo.

Pensaba que ya estaba perdido y eso, pero miré para dónde iba el humo y vi la trampilla, así que pienso que se podrá salir por ahí o algo, pero es difícil intentar pensar algo cuando el familiar con los ojos bizcos me come la oreja todo el rato.

—Volviendo al tema de los niños, como decía antes, hemos hallado una salida hacia la planta superior, ¿no es así? Bien, felicidades. ¿Recordaremos cerrar la trampilla? Fantástico, allá vamos. El siguiente paso será atarse usted mismo los cordones de los zapatos... posiblemente unos con los otros, pero en cualquier caso, es un comienzo. ¿Por dónde iba? Niños, efectivamente. En las tierras de abajo, son las mujeres quienes están a cargo de todo. Los machos nacen bajo una aparente normalidad, pero únicamente crecen durante un tiempo, y su desarrollo se interrumpe en la estatura de un niño de dos años. Sexualmente, su madurez se completa y sus cuerpos se revisten de vello y, en ocasiones, se ensanchan ligeramente. Poseen unos genitales completamente desarrollados, pero se mantienen todas sus vidas en una talla idónea para ser acunados, y de ningún modo llegan a crecer hasta el punto de convertirse en una posible amenaza. Por supuesto, jamás alcanzan una evolución mental completa, pero, si preguntamos a cualquier mujer, este hecho no supone cambio alguno. Estos pequeños seres peludos son utilizados para procrear y perpetuar estirpes, y los resultados son pequeñas y maravillosas mascotas, pero las mujeres tienden a establecer relaciones serias entre ellas, lo que, en mi opinión, resulta de lo más procedente. Y, exceptuando otros aspectos irrelevantes para el caso que nos ocupa, se necesitan tres o cuatro machos para formar un quórum táctil satisfactorio en las relaciones sexuales, en contraposición con la mera inseminación...

Joder, es que no puede callarse la boca. Este pequeño cabrón ya estaría chamuscado si yo no hubiera encontrado la salida. Aquí arriba hace un viento del carajo, parece un pedo de dragón haciendo volar todas las cortinas y eso. Estoy buscando el camino al piso de arriba y unos guardas como osos con cabezas de hombres me han perseguido con hachas, pero también me los he cargado, y uno se ha caído por un balcón y lo he visto mientras caía hasta que se ha hecho papilla abajo, y parecía una mancha pequeñita, pero todo esto no me ha ayudado a encontrar a la puta reina y eso.

—Apostaría a que, en estos momentos, el pobre está lamentando no haber tomado aquellas clases de vuelo. Pero contemple el paisaje, hágame el favor. Cadenas de colinas, bosques, arroyos que emulan venas de mercurio... Una belleza extraordinaria que deja sin respiración. Aun con máquina de respiración asistida, me temo. No, pero usted tampoco lo requeriría, supongo; no existen excesivas posibilidades de que usted sufra de una falta de oxígeno. Imagino que posiblemente le basten un par de moléculas diarias. Dios mío, mírese; convertirse en un vegetal supondría un ascenso en su caso.

»No obstante, debo ser justo y admitir que se ha deshecho de los ofensivos carnívoros con una notable tranquilidad. Casi han logrado intimidarme, pero usted los ha abordado calmosamente, ¿no es así? Sí; tiene agallas, amigo. Es una lástima que se encuentren donde debería hallarse su cerebro, pero, como creo haber dicho anteriormente, no se puede tener todo. Personalmente, no pensaba que el trono fuese tan importante. No parece existir enlace alguno entre este piso y el superior, pero debe de haberlo en algún lugar. Si yo fuera monarca, querría un paso rápido y accesible, por si las cosas se torcieran en el salón del trono. Curiosamente, no es frecuente encontrarse ante una línea de unión entre un trono y su estrado. Pero este no es el tipo de detalle que esperaría que usted apreciase, amigo sin cerebro.

Un día este puto bicho se la va a ganar, todo el día hablando y hablando en mi oreja y eso. Me lo quitaría de encima, pero no sé cómo hacerlo. Ni puta idea. Me siento en la silla grande esta, el trono, la trona, o como coño se llame, y cuando me siento resulta que esto empieza a subir, y el maldito familiar sigue dale que te pego en mi oreja.

Y lo mejor de todo es que este es Jimmy, ya lo verás.

—Vaya, menuda sorpresa. Un ascensor poco convencional, ¿no es así? Planta setenta y nueve: lencería femenina, ropa de cama y accesorios.

Vaya sitio más raro, es para alucinar. Una sala enorme con camas pequeñas y sofás y eso, y mujeres encima, pero las mujeres no están enteras, les faltan trozos.

Están todas tumbadas en las camas pequeñas y huele a perfume por todas partes y un tío raro y gordo llega todo brillante de aceite y con una voz de pito como las mujeres. Se frotaba las manos y cantaba con una voz fuerte y lloraba como una nena y tenía la cara llena de lágrimas y eso, así que me quedé sentado un rato y luego fui a dar una vuelta por ese sitio tan raro con el gordo persiguiéndome y el familiar clavado en el hombro.

Las mujeres todas estaban vivas pero les habían cortado trozos, ninguna tenía brazos o piernas, solo los cuerpos y las cabezas. Parecía como si hubieran estado en una batalla y eso, pero no tenían cicatrices en la cara o en el cuerpo, algún cabrón les había hecho eso. Pero estaban buenas, tenían las tetas grandes y buenos cuerpos y caras bonitas. Estaban atadas con correas y algunas también lloraban.

Joder, hay tíos que tienen gustos muy, pero que muy raros, sobre todo si esto es para la reina, pero los brujos y las brujas también son muy retorcidos y eso. Aunque el gordo no me seguía a mí porque creo que se estaba tirando a las tías esas, pero yo ya me estaba hartando y me lo cargué y luego encontré a unos bichos raros como mi familiar detrás de una cortina que iban vestidos con una ropa muy rara y eso.

No sé cómo no los he visto antes, pero se me acercan y empiezan a agacharse y a tocar con las manos una antorcha y se ponen a gritar. Les pregunto dónde está la reina y el maldito oro pero empiezan a hablar raro y eso, y no entiendo una mierda. Pero yo sé de uno que sí que lo entiende.

—Qué felicidad la del hombre indocto. Estoico aun cuando es vencido. El amigo de ustedes, me refiero al individuo obeso, colisionó con la espada de mi acompañante muscular hará unos instantes, un corte desafortunado, más aún si cabe que su lesión original. Creo que la paciencia de mi adjunto está mermando de forma considerable, y ya en circunstancias óptimas es mínima, con lo que, si no desean terminar como el susodicho gordinflón (bien cuando estaba vivo, bien como se encuentra en estos momentos), yo, en su lugar, cooperaría. Dicho lo cual, ¿cómo podemos encontrar a la reina? Ah, Molochius, sí, tú siempre fuiste el hablador, ¿no es cierto? Sí, por supuesto que quedarás libre. Tienes mi palabra. Aja, ya veo. El espejo. Solo plástico, imagino. Escasamente original, pero efectivo.

Corro el espejo de detrás de los bichos raros y salen unas escaleras que suben y eso. Cojonudo.

—Fantástico, descerebrado, ahora déjese llevar por su instinto natural y veamos adónde nos dirigimos.

Me cargué también a los tíos raros esos. Solo eran huesos y piel porque la espada casi no se manchó de sangre. Mejor, porque ya me estaba cansando y me dolía el brazo de tanto matar gente y eso. La reina estaba arriba de la torre en una habitación abierta y pequeña y muy alta, acojonaba un poco por la altura y eso. Pero, bueno, la reina estaba allí vestida con un vestido como de novia, pero negro, y una bola en la mano y me miraba como si yo diera asco o así. No está muy buena, pero no es tan vieja como me creía, te la podrías hacer a oscuras y todo. No sabía lo que tenía que hacer y sus ojos eran como raros, no podía dejar de mirarle los ojos y sabía que me estaba haciendo algo de magia y eso pero no podía moverme ni abrir la boca. Hasta el familiar se quedó callado un rato y todo, y luego dijo: «Mi pobre señora. Esperaba una lucha algo mejor. Esperad un momento, que debo cruzar unas palabras con mi amigo».

—¿Se sabe aquel del hombre que entra en un bar, con un cerdo en los brazos, ornado con una cinta roja de regalo, y el camarero le pregunta «¿de dónde lo ha sacado?», y el cerdo responde...?

«Él no importa», le dice la reina... ¡al puto familiar!Y yo que no puedo mover un maldito músculo y eso. Será zorra, lo que me ha hecho... «¿Cómo has salido?», pregunta.

—El viejo Xeronisus fue algo estúpido. Contrató a este bruto y luego intentó no pagarle. Este idiota ha sido astuto. Siempre afirmé que los viejos fraudes se sobrevaloraban. Imagino que olvidó en qué caja me había guardado y me clavó en el hombro de este memo pensando que yo era uno de esos familiares baratos con una garantía de dos días y la perspicacia de un juanete.

—¡Idiota! —le dice la reina—. No sé por qué te confié a él en primer lugar.

—Uno más entre vuestros muchos errores, querida.

¡Ya le daré yo errores cuando pueda volver a mover el brazo de la espada! ¡Los dos cabrones hablando como si yo no estuviera aquí!

—Entonces, vienes a reclamar tu lugar legítimo, ¿no es así? —dice la reina.

—Efectivamente. Y en el nanosegundo preciso, por lo que puedo apreciar; parece que las cosas se han descontrolado un poco bajo vuestro mando.

—Bueno, tú me enseñaste todo lo que sé.

—Sí, querida, pero afortunadamente, no os enseñé todo lo que yo sé.

(Y yo pienso: joder, venga, esto está fatal, vamos a hacer algo ya de una puta vez).

—¿Qué es lo que piensas hacer? —dice la reina con una voz que parecía que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.

—Deshacerme de esta reserva de animales escaleras abajo, en primer lugar. ¿Y vos?

—Ya sabes cómo me gano el sustento. Las damas los excitan y luego yo... los ordeño.

—Podríais haber elegido sementales más jóvenes.

—Ninguno tiene más de veinte años, en realidad. Lo que ocurre es que el proceso los deja secos.

—Y la espada de mi amigo todavía más.

—Bueno, no se puede tener todo —dice la reina, y parece un poco triste y se seca una lágrima de la cara y eso, y yo sigo ahí como un pasmarote sin poder moverme y pensando pobre tía y ¿qué coño pasa aquí?, cuando de repente la tía se levanta de la silla y viene hacia mí como un murciélago y eso, con la bola apuntando directa al familiar.

Casi me cago del susto, pero el familiar salió de mi hombro y fue directo a la cara de la reina y la pegó fuerte y la sentó otra vez en la silla y eso. El bicho no se despegaba de su cara y se le cayó la bola y probó a intentar despegarlo, chillando, arañándolo y dándole leches y eso.

Menuda suerte que tuve. Por fin el bicho se había quitado de mi hombro. Los miré mientras peleaban y luego quería cogerla bola de la reina, pero quemaba un huevo, así que me fui hacia las escaleras y de repente una explosión de la hostia me echó para atrás y lo dejó todo hecho polvo. Joder, menos mal que no me había dado ningún golpe con nada, pero ahora las escaleras ya no estaban y todo se había quedado al aire libre y eso, como si todo hubiera desaparecido, y ni rastro de la reina y del familiar. Cabrones.

No encontré el maldito oro. Me tiré a las mujeres aquellas y me largué. Menuda pérdida de tiempo, pero por lo menos me quité al puto familiar de encima y eso, pero no he vuelto a tener tanta suerte y a veces echo en falta al tonto ese, pero da igual. Soy un puto caballero de la espada.

No, no, no, no, era mucho peor que todo aquello (el futuro, el presente, el despertar frente a la pálida luz gris que atraviesa las cortinas, con los ojos legañosos, un nauseabundo sabor de boca y un terrible dolor de cabeza). Yo estaba allí. Aquel era yo, y deseaba a aquellas mujeres mutiladas. Me excitaban y las violé. Para el bárbaro, eso no significaba nada, menos que una mancha de sangre en su espada, pero yo ansiaba poseerlas y las hice mías. Me ahogo en mi propia repugnancia. Dios mío, es preferible la ausencia de deseo que la excitación provocada por la mutilación, el desamparo y la violación.

Salgo a trompicones de la cama, tengo una jaqueca horrible y me mareo. Un sudor frío emana de mi piel como aceite sucio y me duelen todos los huesos. Descorro las cortinas.

Hay muchas nubes bajas. El puente (en este nivel) está envuelto en una inmensa masa gris.

Dentro, enciendo todas las luces, el fuego y el televisor. El hombre postrado en la cama de hospital está rodeado de enfermeras. Su pálido rostro no demuestra sensación alguna, pero yo sé que siente dolor. Oigo mi propio lamento y desconecto el aparato. El dolor de mi pecho viene y va a un ritmo regular, con insistencia, sin descanso.

Voy dando tumbos, como un borracho, hasta el cuarto de baño. Aquí, todo es blanco y matemático, sin ventanas que muestren la niebla húmeda que hay en el exterior. Puedo cerrar la puerta, encender más luces y rodearme de reflejos precisos y superficies duras. Abro el grifo de la bañera y me quedo mirando mi imagen en el espejo durante un buen rato. Al cabo de un momento, es como si todo se volviese oscuro de nuevo, como si el mundo a mi alrededor se desvaneciese. Los ojos, según recuerdo, solo ven mediante el movimiento; unas vibraciones minúsculas los agitan de forma que la imagen apreciada cobra vida; si se paralizan los músculos oculares, o se fija algo a la córnea de forma que el objeto fijado se desplace con el ojo, la visión desaparece...

Sé que sé todo eso. Lo aprendí una vez, en algún lugar, pero no sé dónde ni cuándo. Mi memoria es un páramo inundado y yo me encuentro en un acantilado estrecho, mirando lo que en otros tiempos era un paisaje de llanuras fértiles y valles escarpados. Ahora solo se aprecia la superficie uniforme del agua, y algunas islas que fueron montañas; recortes producidos por la tectónica insondable de la mente.

Me despierto de mi pequeño trance para descubrir que mi imagen ha desaparecido; el agua corriente es muy caliente y el vapor que se arremolina frente al espejo se ha condensado en su fría superficie, enmascarándola, cubriéndola, borrándome de ella.

Vestido y aseado de forma impecable, bien desayunado y habiendo comprobado —casi con sorpresa— que la consulta del doctor sigue donde ayer y que mi cita no ha sido cancelada ni aplazada («Buenos días, señor Orr, qué alegría verlo. Por supuesto que el doctor se encuentra aquí. ¿Desea una taza de té?»), me siento en el despacho del médico, preparado para las preguntas de mi mentor.

Mientras desayunaba, he decidido que mentiré sobre mis sueños. Después de todo, si he podido inventarme los dos primeros, puedo hacer lo mismo con los sucesivos. Diré al doctor que esta noche no he soñado, e improvisaré el presunto sueño del día anterior. Ni que decir tiene que de ningún modo le explicaré lo que he soñado en realidad. Una cosa es el análisis y otra, muy distinta, la vergüenza.

El doctor, vestido con su atuendo gris habitual, y con esquirlas de hielo en la mirada, me observa expectante.

—Bien —empiezo con un tono como de disculpa—, tengo tres sueños. O un sueño con tres partes.

—Ajá. Bien, adelante —responde el doctor asintiendo y anotando algo en su bloc.

—El primero es muy breve. Me encuentro en una mansión grande y lujosa, mirando una pared negra del final de un pasillo oscuro. Todo el entorno es monocromo. De un lateral sale un hombre; anda lentamente y con pasos pesados. Es calvo y sus mejillas están sonrosadas. No oigo ningún sonido. Camina de izquierda a derecha, pero cuando pasa por el punto que yo estoy mirando, me percato de que la pared más lejana en realidad es un espejo enorme, y de que su imagen se repite una y otra vez gracias a otro espejo que debe estar frente al primero, por detrás de mí. Así, puedo ver a todos esos hombres gruesos en una gran fila, caminando con un compás perfecto, más que digno de cualquier formación de soldados... —Miro al doctor a los ojos. Tomo aliento—. Lo más curioso —prosigo— es que el reflejo más cercano al hombre, el primero, no mimetiza sus movimientos; durante un segundo, solo un instante, se vuelve y lo mira, sin perder el paso, moviendo únicamente los brazos, llevándoselos a la cabeza de esta forma —muestro la pose al doctor— y extendiéndolos, para llevarlos inmediatamente a la posición normal. El hombre auténtico, el original, no se da cuenta de nada de lo que ha sucedido. Y... bueno, eso es todo.

El doctor frunce los labios y chasquea sus gruesos dedos.

—¿También se identificó con el hombre del mar en algún momento? Igual que se sintió como el hombre que observaba desde la orilla, ¿en algún punto tuvo la sensación de ser el otro? Después de todo, ¿cuál de ellos era más real? El hombre de la playa parece haber desaparecido en un momento concreto; el hombre del látigo con cadenas dejó de verlo. En fin; no responda ahora, piense en ello, y en que el hombre que era usted no tenía sombra. Continúe, por favor. ¿Cuál es su siguiente sueño?

Miro al doctor Joyce con la boca abierta. No doy crédito.

¿Qué es lo que acaba de decir? ¿He oído lo que creo haber oído? ¿Qué es lo que le he contado? Dios mío, esto es todavía peor que lo de anoche. Estoy soñando y usted forma parte de mi sueño.

—¿Cómo...? Perdone, ¿qué...? ¿C-c-cómo ha podido...?

—¿Discúlpeme? —el doctor parece atónito.

—Lo que acaba de decir... —balbuceo.

—Lo siento —apunta el doctor Joyce mientras se quita la gafas—, pero no sé a qué se refiere. Lo único que he dicho ha sido «continúe, por favor».

Dios mío, ¿acaso aún estoy dormido? No, no, definitivamente no. Resulta impensable pretender que esto sea un sueño. Vamos, adelante, seguro que se trata de un desfase temporal; todavía tengo algo de fiebre, eso es todo. Seguro que es eso. Tengo la mente algo obnubilada, pero no debo permitir que eso me inquiete. El espectáculo debe continuar.

—Sí, sí. Lo siento muchísimo. Es que hoy no estoy muy concentrado. He dormido mal esta noche; posiblemente por eso no he tenido ningún sueño —afirmo y sonrío intentando aparentar normalidad.

—Por supuesto —responde el doctor, poniéndose de nuevo las gafas—. ¿Se siente bien para continuar?

—Sí, sí, claro.

—De acuerdo. —El doctor sonríe con un toque de artificialidad, como un hombre probándose una corbata chillona que sabe que no le sienta bien—. Por favor, prosiga cuando esté listo.

No tengo elección. Ya le he dicho que eran tres sueños.

—En mi siguiente sueño, también en monocromo, estoy observando a una pareja en un jardín, tal vez un laberinto. Están sentados en un banco, besándose. Detrás de ellos hay un seto, y una estatua de... bueno, una estatua, una escultura sobre un pedestal cercano. La mujer es joven, atractiva, y el hombre —que lleva un traje elegante— es mayor que ella y tiene un aire distinguido. Se abrazan apasionadamente.

He evitado mirar al doctor a los ojos; recuperar el temple y enfrentarme a su mirada requiere una considerable dosis de voluntad.

—Entonces, aparece un sirviente —continúo—, un mayordomo o un lacayo, que dice algo así como «su excelentísima, llaman de la Embajada», mientras el hombre mayor distinguido y la joven miran a su alrededor. La mujer se levanta del banco, se alisa el vestido y dice algo así como «maldita sea. El deber me llama. Lo siento, cariño», y se marcha tras el sirviente. El hombre mayor, frustrado, se acerca a la estatua, se queda mirando uno de los pies de mármol de la figura y saca un martillo enorme que estrella contra el dedo gordo de la escultura.

El doctor Joyce asiente, toma algunos apuntes y dice: —Me interesaría saber qué cree que significa el dialecto. Pero, siga, siga.

Trago saliva. En mis oídos, resuena un extraño zumbido.

—El último sueño, o la tercera parte del sueño, tiene lugar durante el día, en las escarpas que dan a un río en un hermoso valle. Un niño está sentado comiendo un trozo de pan, junto a otros niños y una bella profesora... Están todos comiendo, creo, y detrás tienen una cueva... No, no hay ninguna cueva... Bueno, el niño tiene un bocadillo en la mano y yo lo estoy mirando de cerca. De pronto, aparece una gran salpicadura roja en el sándwich, y luego otra. El niño mira hacia arriba, perplejo, para ver una mano en el saliente de la escarpa, sosteniendo una botella de salsa de tomate que va vertiendo sobre el pan del niño. Es todo.

¿Y ahora qué?

—Mmm... —empieza el doctor—. ¿Fue un sueño húmedo?

Lo miro de nuevo. La pregunta es suficientemente reveladora y, por descontado, todo lo que se dice aquí es completamente confidencial. Me aclaro la garganta antes de responder:

—No. No lo fue.

—Ya veo —prosigue el doctor, que se toma un rato para anotar media página de impecables notas microscópicas. Me tiemblan las manos. Estoy sudando.

—Bien —dice el doctor—, parece que hemos llegado a un... fulcro, ¿no cree?

¿Un fulcro? ¿Qué querrá decir?

—No sé de qué está hablando —respondo.

—Tenemos que pasar a otra fase del tratamiento —aclara el doctor Joyce. No me gusta cómo suenan sus palabras.

El doctor suspira de una forma profesionalmente calculada.

—Aunque pienso que podríamos tener una... una buena cantidad de material —vuelve atrás en el bloc y consulta algunos apuntes—, no creo que vayamos a acercarnos al núcleo del problema. Estamos dando vueltas en círculo a su alrededor, eso es todo. ¿Sabe?, si pensamos en la mente humana como en un castillo...

Vaya, mi doctor cree en las metáforas.

—... lo único que ha hecho en las últimas sesiones ha sido llevarme en una visita guiada alrededor del mismo. Atención, no estoy diciendo que intente decepcionarme de forma deliberada, estoy seguro de que quiere ayudarse a sí mismo tanto como yo quiero ayudarlo a usted, y posiblemente usted piense que estamos avanzando, pero, según mi experiencia, puedo asegurarle que no vamos a ninguna parte, John.

—Ah. —No se puede sacar más jugo de la comparación con el castillo—. Y ahora, ¿qué? Siento mucho no haber...

—Oh, no tiene que disculparse por nada, John —asegura el doctor Joyce—, pero pienso que necesitamos utilizar una técnica nueva con su caso.

—¿Qué nueva técnica?

—La hipnosis —revela el doctor con una sonrisa entre triunfal y condescendiente—. Es la única forma de adentrarnos en el castillo. Pero no se preocupe, que no será difícil, lo hará usted muy bien —añade al ver mi expresión sombría.

—¿En serio? —pregunto, algo incrédulo—, bueno...

—Es posible que sea la única forma de avanzar —asiente el doctor. ¿La única forma de avanzar? Y yo que pensaba que de lo que se trataba era de retroceder...

—¿Está seguro? —Tengo que pensarlo. ¿Hasta dónde quiere llegar el doctor Joyce? ¿Qué es lo que espera de mí?

—Segurísimo —contesta el doctor—. Completamente seguro.

¡Menudo énfasis!

Jugueteo nervioso con mi brazalete. Voy a tener que pedirle que me deje un tiempo para pensarlo.

—Pero tal vez necesite pensarlo un poco —se adelanta el doctor Joyce, sin conseguir aliviarme—. Además, tengo una reunión en media hora —añade mientras consulta su reloj de bolsillo—, y me gustaría programar su visita sin restricciones, con lo que tal vez ahora no es el momento adecuado. —Empieza a recoger, guarda el bloc en el cajón de su escritorio y comprueba que su lápiz plateado está convenientemente introducido en su bolsillo. Se quita las gafas y las limpia con un pañuelo—. Usted tiene unos sueños excepcionalmente intensos y... coherentes. Una notoria fertilidad mental.

¿Me lo parece a mí, o le brillan los ojos?

—Eso es muy amable, viniendo de usted, doctor —le digo.

El doctor se toma uno o dos segundos para digerir lo que he dicho y luego esboza una sonrisa. Me dispongo a marcharme, comentando con el médico lo molesta que resulta la niebla. Me someto a la ceremonia inane e impecable de ofrecimiento de té o café por parte del recepcionista, ya que al menos no me provocará efectos psicológicos nocivos.

Cuando salgo, me encuentro con el señor Berkeley y su policía. El aliento le huele a bolas de naftalina. Supongo que en este caso cree ser una cómoda o una cajonera.

Camino por Keithing Road, a través de la nube de niebla que nos ha inundado. Las calles se han transformado en túneles entre la bruma; las luces de las tiendas y las cafeterías emiten un resplandor borroso sobre la gente que surge de la niebla como pálidos fantasmas.

Tras de mí, se oye el sonido de los trenes. Cada cierto tiempo, una nube gruesa de humo ferroviario se eleva de la plataforma, como un coágulo de niebla. Los trenes aúllan como almas perdidas, con un llanto angustioso que la mente no puede evitar interpretar a su manera; tal vez los silbatos fueron diseñados con el propósito de inspirar acordes animales. Desde el agua, ahora invisible, a cientos de metros hacia abajo, se oyen las sirenas de los barcos en coros aún más lastimeros, como si cualquier sitio en donde sonasen fuese el escenario de un naufragio terrible y llorasen por los navegantes ahogados en el desastre.

Uno de esos taxis propulsados por muchachos aparece con furia de entre la niebla y advierte de su llegada mediante las bocinas de los zapatos del conductor. Transporta a una mujer joven. Me vuelvo instintivamente a mirarla y veo un rostro blanco con una melena negra dentro del vehículo, ataviada con ropas igualmente oscuras. Pasa por delante de mí a toda velocidad (y juraría que me devuelve la mirada) y me deja una tenue luz roja que se abre paso entre la niebla desde la parte trasera del taxi. Entonces, se oye un grito —al tiempo que la pálida luz se desvanece y desaparece— y el sonido de las agudas bocinas de los talones se ralentiza hasta detenerse por completo. Camino en la dirección del vehículo hasta alcanzarlo. El rostro blanco, brillante entre la niebla, dirige la mirada hacia mí a través del palio.

—¡Señor Orr!

—Señorita Arrol.

—¡Qué sorpresa! Parece que vamos en la misma dirección.

—Y con prisa —añado. Me quedo de pie junto al vehículo de dos ruedas. El conductor me mira, jadeante, con gotas de transpiración rodando por su piel. Tengo a una sonrojada Abberlaine Arrol en primer plano. Siento un extraño placer al ver que sus arruguitas siguen bajo sus ojos; tal vez sean permanentes, o quizá haya pasado otra noche loca por ahí. Puede que en estos momentos se dirija a su casa..., pero no; la gente tiene un aspecto por la mañana y otro por la noche, y la hija del ingeniero Arrol rezuma frescura por todos los poros de su piel.

—¿Quiere que lo acerque a algún sitio?

—Muy agradecido... y encantado de verla —le digo mientras ejecuto una versión abreviada de una de sus exageradas reverencias. Se echa a reír, con una risa profunda y algo masculina. El chico que conduce el taxi nos observa con fastidio y mira su reloj con ademán ostentoso.

—Es usted muy amable, señor Orr —dice la señorita Arrol, asintiendo—. Suba al taxi, por favor.

—Encantado —acepto, desarmado. Me subo al vehículo. La señorita Arrol, ataviada con unas botas, una falda pantalón y una chaqueta oscura, me hace sitio en el asiento. El conductor hace sonar un bocinazo y empieza a hablar y a gesticular efusivamente. Abberlaine Arrol le responde en su idioma, con ademanes conciliadores. El chico suelta el manillar con otro bocinazo y se dirige a un café al otro lado de la calle.

—Ha ido a buscar a otro chico —aclara la señorita Arrol—. Lo necesitará para mantener la misma velocidad con dos pasajeros.

—¿Es seguro este transporte cuando hay tanta niebla? —Puedo sentir cómo se filtra por mi abrigo el calor del banco acolchado antes ocupado por ella.

—Claro que no—afirma Abberlaine Arrol. Sus ojos, más verdes que grises bajo esta luz, se entornan, lo mismo que su boca—. Forma parte de la diversión.

El chico regresa con un compañero, sujetan un asa del manillar cada uno y, con una sacudida, emprendemos la marcha entre la niebla.

—¿Estaba dando un paseo, señor Orr?

—No. Vuelvo de una visita con el doctor.

—¿Cómo van sus progresos?

—Son algo irregulares —confieso—. Ahora mi médico quiere someterme a hipnosis. Lo cierto es que estoy empezando a cuestionar la utilidad de mi tratamiento, si es que se lo puede llamar así.

La señorita Arrol me mira los labios mientras hablo; un gesto entrañable, pero curiosamente inquietante. Esboza una gran sonrisa y mira hacia delante, a los dos jóvenes conductores abriéndose paso entre la niebla, dispersando a los transeúntes a un lado y al otro.

—Tiene que tener fe, señor Orr —asegura.

—Mmm... —murmuro mientras también observo nuestro precipitado avance a través de la nube gris—. Creo que debería optar por llevar a cabo mis propias investigaciones.

—¿Sus propias investigaciones, señor Orr?

—Efectivamente. Supongo que nunca ha oído hablar de la Biblioteca de Archivos y Material Histórico de la Tercera Ciudad, ¿me equivoco?

—No. Lo siento —niega con la cabeza.

Los conductores profieren un grito. Por apenas un palmo, esquivamos a un anciano que se encuentra en medio de la calle. Con la sacudida del vehículo, mi cuerpo se precipita sobre el de la señorita Arrol.

—La mayoría de personas a las que he preguntado no la conoce. Y quienes han oído hablar de ella, no saben dónde está.

La señorita Arrol se encoge de hombros, sin dejar de mirar entre la niebla con los ojos entornados.

—Esas cosas pasan —añade con cierta solemnidad. Me mira de nuevo—. ¿Es ese el límite de sus investigaciones, señor Orr?

—No. Me gustaría saber más sobre el Reino y la Ciudad, sobre lo que hay más allá del puente. —Observo su rostro, esperando alguna reacción por su parte, pero ella parece muy concentrada en la niebla y en la calle por la que circulamos—. Pero, posiblemente, eso me obligaría a viajar —prosigo— y sufro bastantes restricciones a ese efecto.

—Bueno. —Se vuelve hacia mí, arqueando las cejas—. Yo he viajado bastante. Tal vez...

—¡Abran paso! —grita uno de los chicos que conducen el taxi. La señorita Arrol y yo miramos al frente a la vez, y vemos un palanquín justo delante, aparcado en pleno centro de la plataforma de la calle que transitamos. Dos hombres sostienen una de sus varas rotas y se lanzan a un lado de la calle mientras nuestros chicos intentan frenar, pero ya estamos demasiado cerca. Ellos esquivan el palanquín y el vehículo empieza a inclinarse. La señorita Arrol me protege con un brazo en el pecho y yo miro al frente como un estúpido, mientras nuestro taxi derrapa, vibra, chirría y vuelca junto al palanquín. Su cuerpo sale despedido contra el mío y el lateral del techo del taxi me golpea en la cabeza. La niebla se espesa durante un momento, y luego todo se desvanece.

—¿Señor Orr? ¿Señor Orr?

Abro los ojos. Estoy tumbado en el suelo. Todo es gris y extraño, y una multitud se agolpa a mi alrededor y no deja de mirarme. Una joven de pelo largo y oscuro, de pálido rostro y ojos caídos, está de pie junto a mí.

—Señor Orr...

Oigo el sonido de unas naves aéreas. Oigo el zumbido de los aviones que sobrevuelan la bruma marítima. Inmóvil, escucho (intentando determinar sin éxito) hacia qué dirección vuelan (me siento frustrado, así que debe de tratarse de algo importante).

—¿Señor Orr?

El ruido de los motores se desvanece. Decido esperar a que las manchas débiles de sus señales de humo aparezcan entre la niebla fantasmal.

—¿Señor Orr?

—¿Sí? —estoy mareado, y mis oídos también emiten su propio sonido, similar al de una catarata.

La niebla es espesa y las luces tintinean como trazos de un lápiz sobre una página gris. Hay un palanquín destrozado y un taxi propulsado a pie en medio de la calle. Dos chicos jóvenes y dos hombres mantienen una discusión acalorada. La joven, que se ha arrodillado junto a mí, es bella, aunque un hilo de sangre cae bajo su nariz, y su mejilla izquierda está manchada, posiblemente por haberse frotado con el puño. Una sensación de calor, como una cálida luz roja entre la niebla, me aborda desde mi propio interior cuando me doy cuenta de que conozco a la joven mujer.

—Ay, señor Orr, cuánto lo siento, ¿se encuentra bien? —se sorbe la nariz, se limpia la sangre, y sus ojos brillan entre la confusa luz, pero no parecen lágrimas. Su nombre es Abberlaine Arrol, ahora lo recuerdo. Pensaba que había más personas agrupadas junto a mí, pero no hay nadie. Solamente ella. Entre la niebla, veo cómo la gente mira con curiosidad los vehículos accidentados.

—Estoy bien. Perfectamente —respondo mientras me incorporo para sentarme.

—¿Está seguro? —La señorita Arrol se agacha frente a mí. Asiento, mientras me palpo una sien dolorida. Parece que tengo un golpe, pero no sangro.

—Sí, estoy seguro —afirmo. En realidad, siento que todo lo que me rodea se encuentra algo distante, pero ya no estoy mareado. Incluso tengo el aplomo mental para buscar mi pañuelo en el bolsillo y ofrecérselo a la señorita Arrol. Lo acepta y se limpia la sangre de la nariz.

—Gracias, señor Orr —dice. Los cuatro conductores de los dos vehículos se están gritando e insultando. Otras personas se añaden a la comitiva. A duras penas, me levanto como puedo, ayudado por la chica.

—En serio, estoy bien —aseguro. El zumbido de mis oídos se desvanece gradualmente.

Caminamos hacia donde se encuentran los dos vehículos accidentados. Ella me mira y me dice a través del pañuelo:

—Supongo que el golpe en la cabeza no le ha hecho recuperar la memoria, ¿verdad? —Su voz suena nasal, como si estuviera resfriada. Su mirada tiene un aire malicioso. Mientras la señorita Arrol rescata un pequeño maletín de piel del interior de nuestro vehículo y limpia los restos de polvo, niego con la cabeza.

—No —respondo, tras pensar durante unos segundos (no debería haberme sorprendido en absoluto descubrir que aún recordaba menos que antes)—. ¿Y usted cómo está? Su nariz...

—Sangra con relativa facilidad —contesta—. No la tengo rota. En todo caso, tendré algunas magulladuras. —Empieza a toser y a emitir unos extraños sonidos y me doy cuenta de que, en realidad, se está riendo. Niega violentamente con la cabeza—. Lo siento, señor Orr. Ha sido todo culpa mía. Es mi pasión por la velocidad. —Me muestra el maletín—. Mi padre, que está en la próxima sección, necesita estos planos y me pareció una buena excusa. Hubiera llegado antes en tren, pero... Mire, debo marcharme urgentemente. Si está seguro de encontrarse bien, tomaré un ascensor y un tren desde aquí. Usted debería sentarse. Aquí arriba hay un bar, le invitaré a un café.

Intento protestar, pero mi vulnerabilidad me vence y me dirijo, escoltado, hasta el bar. Fuera, la señorita Arrol discute acaloradamente con los conductores de ambos vehículos durante un minuto más o menos, y seguidamente detiene otro taxi. Cruza unas palabras con el chico que lo conduce y después vuelve conmigo al bar, donde ya estoy disfrutando de mi café.

—Solucionado. Ya tengo otro taxi —me dice con la respiración entrecortada—. Debo irme —separa el pañuelo manchado de su nariz, lo mira, sorbe experimentalmente y lo guarda en su bolsillo—. Se lo devolveré. ¿Está seguro de que se encuentra bien?

—Sí.

—Bien. Adiós. De verdad que lo siento. Cuídese. —Se aleja, saludando con la mano. Una vez fuera, chasquea los dedos para avisar al chico del taxi, hace otro aspaviento, y se aleja entre la niebla.

El camarero se acerca para volver a llenarme la taza de café.

—Esta juventud... —dice, sonriendo y negando con la cabeza. Ni que me hubieran declarado ciudadano honorífico por veteranía... (aunque, viendo mi imagen en un espejo del bar, se entiende). Estoy a punto de responder cuando las bocinas estridentes de un taxi propulsado por un chico nos obligan a mirar al exterior. El nuevo vehículo de la señorita Arrol reaparece, derrapa y se detiene justo frente a la puerta del bar. Ella asoma la cabeza.

—¡Señor Orr! —exclama. Le hago un gesto con el brazo mientras observo la cara de circunstancias de su nuevo chófer. Los dos anteriores, así como los portadores del palanquín, la miran sin dar crédito—. ¡Debemos hablar sobre mis viajes! Seguiremos en contacto, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza. Parece satisfecha. Esconde de nuevo la cabeza en el taxi y chasquea los dedos. Tras una sacudida, el vehículo se aleja definitivamente. El camarero y yo nos miramos.

—Dios debió de estornudar al darle la vida —comenta. Asiento y tomo un sorbo de café, para mostrar que no me apetece entablar conversación. El hombre se marcha a fregar vasos.

Estudio el pálido rostro del espejo, por encima de una fila de vasos y por debajo de otra de botellas. ¿Debo someterme a hipnosis? Creo que ya estoy hipnotizado.

Me recupero durante un rato más en el bar. Los conductores de los vehículos siniestrados se marchan por fin, arrastrando lo que queda de sus automóviles. La niebla se torna aún más espesa, si cabe. Me marcho del bar y tomo un ascensor, un tren y otro ascensor hasta casa. En la puerta, hay un paquete esperándome.

El ingeniero Bouch me ha devuelto el sombrero, junto con una nota con disculpas tan variadas como poco originales, y con mi nombre mal escrito: «Or».

El sombrero está como nuevo. Se nota que ha sido limpiado y arreglado por unas manos expertas; cuando lo llevé al Dissy Pitton's no olía tan bien ni gozaba de aspecto tan impecable. Lo saco afuera y lo lanzo desde el balcón. Desaparece entre la niebla siguiendo una curva descendente, rápido y silencioso, como si se hubiera embarcado en una importante misión en las aguas grises del profundo mar invisible.

Triásico

No tendría que estar aquí. No. Podría estar en cualquier sitio si me diera la gana.

Aquí en mi cabeza, en mi cerebro, en mi cráneo (y todo parece tan ob...)

no (no, porque «todo parece tan obvio» es un tópico y yo siento hacia los tópicos una repugnancia arraigada, intrínseca e indignante (y hacia los trópicos, y hacia los trompicones). En realidad, se trata de tirar desde un punto y eso (algo matemáticamente imposible, porque si tiramos de un punto creamos una línea, en cuyo caso, ya no existe el puto punto, ¿no es cierto). Lo que quiero decir es: ¿cuál es el dichoso punto? ¿Dónde estaba? (Cómo agobian las luces y los tubos, y que te den la vuelta, y que te pinchen. Es como para perder la concentración y eso).

Rebobinando y volviendo atrás, era el problema de identidad mente/cerebro). ¡Aja! No hay problema (buf, menos mal), no hay problema porque son exactamente lo mismo y completamente diferentes. O sea, que si la cabeza no está en el puto cráneo y eso, ¿entonces dónde cono está? ¿O es que eres uno de esos religiosos idiotas?

(Pausadamente): No, señor.

Definitivamente y absolutamente no, señor. ¿Ves la trinchera?

El tema de tirar de un punto era cien por cien válido, tanto que estoy tremendamente orgulloso de ello. Siento ser tan malhablado, pero me encuentro bajo una terrible presión en estos momentos (soy el la mermelada del bocata/soy la arena en un bocata de mermelada). No estoy bien, puedo demostrarlo. Que me dejen rebobinar hasta aquí...

Al hospital a toda velocidad, con las luces encima. Grandes y potentes luces blancas en el cielo; operativo de urgencias, situación crítica, bla, bla, bla (que le den por culo al tío, siempre he estado en situación crítica), situación estable (ya está bien, las cosas me iban bien desde hacía poco y eso), cómodo (qué coño voy a estar cómodo, ¿quién va a estar cómodo así?). Ya hemos rebobinado, ahora volvamos hacia delante de nuevo...

Oye, tío, tú no quieres escuchar mis problemas y eso (y yo no quiero escuchar los tuyos), qué tal si te presento a mi amigo, un viejo colega de hace tiempo y eso, y podrías darle

Capital Fantasma.

Buen chico. Como decía, nos conocemos de hace tiempo y eso, y quiero que le des un

Capital Fantasma. Ciudad de...

Va, va, va. En marcha.

... cabrón.

Capital Fantasma. Ciudad de variopintos semblantes, lugar gris de ruinas y senderos, edificios nuevos y antiguos alternados entre el río y las colinas, con su propio tocón de piedra, una proporción helada de materia antigua fracturada que le producía auténtica fascinación.

Se instaló en Sciennes Road sin conocer el lugar, solo porque le gustaba el nombre. Era un sitio cómodo, tanto para acceder a la Universidad como al Centro, y si apretaba el rostro contra la ventana de su helada habitación, podía ver el filo de los Peñascos, ondulaciones grisáceas sobre los tejados de pizarra y el humo de la ciudad.

Nunca olvidaría lo que sintió aquel primer año, aquella sensación de libertad que le produjo su libre albedrío. Estaba solo, tenía su propia habitación por primera vez, su propio dinero para gastar como quisiera, sus propias compras que realizar, sus propias decisiones que tomar y sus propios lugares por visitar. Era una sensación sublime y gloriosa.

Su hogar se encontraba al oeste del país, en un centro industrial en decadencia, descuidado, sin energía y en peligro de extinción. Allí había vivido con su padre, su madre y sus hermanos y hermanas, en una vieja casa emplazada en una finca bajo las colinas, cuyas únicas vistas eran el humo de las fábricas y las chimeneas de los talleres ferroviarios donde trabajaba su padre.

Su padre tenía palomas en un almacén situado sobre terreno baldío. Al menos había una docena de almacenes en la extensión yerma, todos altos y sin orden ni disposición. Estaban hechos de acero laminado y pintados en negro mate. Casi todos los veranos, cuando iba a ayudar a su padre o a observar a las palomas, la temperatura interior del almacén era extremadamente alta, y él se sentía allí como en otro mundo, oscuro y de fuertes olores.

Su rendimiento en la escuela fue bueno, aunque, naturalmente, se decía que podía haber sido mucho mejor. Fue el primero en Historia, porque quiso, y ya tuvo suficiente. Se ponía las pilas cuando era necesario y, sobre todo, si era necesario. En su tiempo libre leía, jugaba, dibujaba y veía la televisión.

Su padre sufrió un accidente laboral y se vio obligado a permanecer en cama durante un año y medio. Su madre tuvo que empezar a trabajar en la fábrica de tabaco (sus hermanos y hermanas eran lo suficientemente mayores como para cuidar unos de otros). Su padre se recuperó y volvió a ser, guardando ciertas distancias, el hombre que había sido —tal vez algo más propenso a enfadarse— y su madre pasó a trabajar media jornada hasta que la despidieron por reducción de plantilla al cabo de unos años.

A él le gustaba su padre hasta que empezó a avergonzarse ligeramente de él, al tiempo que se avergonzaba ligeramente de toda su familia. Su padre vivía para el fútbol y para cobrar la nómina. Escuchaba viejos discos de Harry Lauder y de música de gaita, y sabía recitar de memoria una cincuentena de los poemas más conocidos de Burns. Naturalmente, era un acérrimo simpatizante de los laboristas, siempre fiel pero cauto, siempre preparado para las mentiras, las chapuzas y las traiciones. Mantenía que jamás había bebido un trago en compañía de algún tory, con la posible excepción de algunos publicanos que esperaba, por el bien de la causa socialista, que fueran conservadores (o también liberales, a quienes consideraba honrados, desorientados y relativamente inofensivos). Un hombre entre hombres; un hombre que nunca huía de una pelea ni abandonaba a un compañero de trabajo que necesitase una mano, un hombre que nunca dejaba de vitorear un gol, ni de abuchear una falta. Un hombre que nunca dejaba una pinta de cerveza a medias.

Su madre era como una sombra en comparación con su padre. Siempre estaba dispuesta cuando la necesitaba, para lavarle la ropa, para peinarlo, para comprarle cosas y para curarlo si se hacía alguna herida, pero él nunca la conoció realmente como persona.

Se llevaba bien con sus hermanos y sus hermanas, aunque eran bastante mayores que él (hacía solo unos años que había descubierto que él fue «un despiste»), y ya parecían adultos cuando él alcanzó la edad suficiente como para interesarse realmente por ellos. Lo mimaban, lo toleraban o lo vejaban en función de cómo se sentían ellos mismos. Él no se consideraba bien tratado y envidiaba a los miembros de familias menos numerosas que la suya, pero poco a poco llegó a comprender que lo habían mimado y consentido más que atormentado y culpado. Al fin y al cabo, él también era su niño y también era especial para ellos. Siempre mostraban una gran admiración cuando él contestaba a las preguntas de los concursos de televisión antes que los participantes, y estaban orgullosos —y algo sorprendidos— de que leyese dos o tres libros de la biblioteca cada semana. Al igual que su padre y su madre, sonreían y luego fruncían el ceño cuando leían sus calificaciones escolares, ignoraban los excelentes y los notables y cuestionaban los suficientes (en Religión; menuda confusión arrastró durante años porque su padre aprobaba el ateísmo, pero no el bajo rendimiento en cualquier asignatura) y los insuficientes (odiaba al profesor de gimnasia y el sentimiento era mutuo).

Todos fueron marchándose, cada uno a su manera. Las chicas se casaron, Sammy se alistó en el ejército, Jimmy emigró... Morag fue la más afortunada, según él, porque contrajo matrimonio con un jefe de ventas de material de oficina de Bearsden. Él fue perdiendo progresivamente el contacto con todos ellos, pero nunca olvidó el tinte de orgullo casi respetuoso que impregnó todas sus felicitaciones —por teléfono, por correo y algunas incluso en persona— cuando lo aceptaron en la universidad, a pesar de la sorpresa de todos ante su elección de Geología en lugar de Historia o Literatura.

Pero, aquel año, la gran ciudad lo era todo para él. Adiós al centro neurálgico, a Glasgow y sus tierras altas. Siempre se sentiría cercano a ellos, siempre tendría recuerdos suyos, mezclados con los de los días de infancia ya lejanos y las visitas a tías y abuelos; todo aquello era parte de él, parte de su pasado.

La vieja capital, Edimburgo, era como otro país para él; un lugar nuevo y maravilloso, el paraíso terrenal eterno, posterior a su deseo ansioso de escapar de los detalles técnicos de la inocencia infantil.

El aire era distinto, pese a encontrarse a ochenta kilómetros de casa; los días parecían más brillantes, al menos en los albores del otoño, e incluso el viento y la niebla eran factores que siempre había deseado, que siempre sobrellevaba con una especie de cuidada vanidad, como si todo aquello fuera solamente para él; una preparación o un acuerdo previo.

Exploraba la ciudad siempre que podía, a pie, en autobús, subiendo colinas, bajando escalones... siempre lo observaba y lo estudiaba todo, los edificios, su disposición y la arquitectura de la zona, con el regocijo posesivo de un señor feudal al inspeccionar sus tierras. Se ponía en pie sobre los vestigios volcánicos, con los ojos cercenados por el viento del norte, y miraba más allá de la ciudad, a través de las punzantes gotas de lluvia que empapaban los puertos y la explanada de la costa. Serpenteaba erráticamente por las calles de la parte vieja, caminaba por la limpia geometría de la parte nueva, paseaba entre la tranquila niebla del puente Dean. Descubrió el pueblo dentro de la ciudad, en su decrepitud aún no pintoresca, y deambuló por la conocida calle de las tiendas iluminada por el sol de los sábados; admiró el castillo de piedra construido sobre el núcleo del volcán extinto, así como su real sucesión de facultades universitarias y despachos, una almena incrustada de edificios a lo largo del espinazo basáltico de la colina.

Empezó a escribir poemas y letras de canciones y, en la universidad, caminaba silbando alegremente por los pasillos.

Conoció a Stewart Mackie, compañero de estudios de Geología; un joven canijo, de voz pausada y tez amarillenta, procedente de Aberdeen. Junto con él y otros amigos, decidieron que eran los Geólogos Alternativos y se denominaron a ellos mismos «los Roqueros». Bebían cerveza en los pubs de Rose Street y de la Royal Mile, fumaban hierba y algunos consumían ácido. Los grupos White Rabbit y Astronomy Dominé sonaban con fuerza en los aparatos de música y, una noche, en Trinity, él por fin perdió aquel último fantasma de la inocencia pueril con una joven enfermera del Western General, cuyo nombre ya no recordaba al día siguiente.

Conoció a Andrea Cramond una noche, tomando unas cervezas con Stewart Mackie y otros Roqueros. Los demás se marcharon, sin decirle nada, a un conocido y reputado burdel de Danube Street. Posteriormente, le aseguraron que lo habían hecho porque se habían percatado de que la chica de cabello rojizo le había echado el ojo.

Ella tenía un apartamento en Comely Bank, relativamente cerca de Queensferry Road. Andrea Cramond era del mismo Edimburgo; sus padres vivían tan solo a ochocientos metros, en una de aquellas casas altas y grandes que rodeaban Moray Place. Vestía con ropas psicodélicas, tenía los ojos verdes, unos pómulos muy marcados, un Lotus Elan, un piso de cuatro habitaciones, doscientos discos y un suministro aparentemente inagotable de dinero, encanto y energía sexual. Se enamoró de ella a primera vista.

Cuando se conocieron, hablaron de la realidad, de las enfermedades mentales (ella estaba leyendo a Laing), de la importancia de la geología (ese era él), del cine contemporáneo francés (ella), de la poesía de T. S. Eliot (ella), de la literatura en general (ella, principalmente), y de Vietnam (ambos). Ella tenía que acudir a casa de sus padres aquella noche, porque era el cumpleaños de su padre al día siguiente y en su familia seguían la tradición de iniciar las celebraciones desayunando con champán.

Una semana más tarde, tropezaron literalmente al lado de la estación de Waverley. Él iba a tomar el tren para pasar el fin de semana en casa, y ella salía a ver a unos amigos después de hacer unas compras navideñas. Se detuvieron a tomar algo y, tras varias copas, ella lo invitó a su apartamento a fumar. Llamó a un vecino para que avisase a sus padres de que se retrasaría.

Ella tenía whisky en su apartamento. Escucharon varios discos de Dylan y los Stones, se sentaron en el suelo frente a la estufa de gas mientras oscurecía fuera y, al cabo de un rato, él se encontró acariciando su melena pelirroja, y después besándola, tras lo que llamó de nuevo al vecino para decir que debía terminar un trabajo y no podría ir a casa en todo el fin de semana. Ella llamó a unos amigos que la esperaban en una fiesta para decirles que le sería imposible acudir. Pasaron el resto del fin de semana en la cama o frente a la estufa de gas.

Pasaron dos años antes de que él confesara haberla visto entre el bullicio de gente en North Bridge aquel día, cargada con sus compras, y que la había seguido y adelantado antes de tropezar deliberadamente con ella. Él había notado que ella tenía la cabeza en otro lado y no miraba a su alrededor, y le dio vergüenza pararla con algún pretexto. Cuando oyó la historia, ella se echó a reír.

Bebían, fumaban y follaban, y salieron un par de veces de vacaciones juntos. Ella lo llevó a museos y a galerías de arte, y le presentó a sus padres. Su padre era abogado, un hombre alto y canoso, imponente, con una voz profunda y unas gafas en forma de media luna. La madre de Andrea Cramond era más joven que su marido, con algunos cabellos blancos, muy elegante y tan alta como su hija. También tenía un hermano mayor, dedicado a la abogacía, y un círculo de amigos de su antigua escuela. Fue cuando conoció a todas aquellas personas cuando empezó a avergonzarse de sus amigos, de su pasado, de su acento occidental e incluso de algunos términos de su propio vocabulario. Todos ellos le hicieron sentirse inferior, no en lo referente al intelecto, sino a la formación y a la educación que había recibido de sus padres; poco a poco, empezó a cambiar, intentaba hallar un término medio entre todos los rasgos que quería poseer y la fidelidad a su infancia, su procedencia y sus principios, pero fiel también a su nuevo espíritu amoroso, a sus nuevas alternativas y a la posibilidad de una paz y de un mundo menos avaricioso y corrupto... y fiel sobre todo a su propia certeza fundamental sobre el conocimiento y la maleabilidad de la tierra, del medio ambiente; en última instancia, el todo.

Fue esa convicción la que no le permitió aceptar completamente cualquier otra creencia. La visión de su padre, según él percibía en aquellos momentos, era demasiado limitada, por la geografía, por la clase y por la historia. Los amigos de Andrea eran demasiado pretenciosos, y sus padres se mostraban excesivamente satisfechos de ellos mismos, y la Generación del Amor, aunque no le gustase reconocerlo, era muy ingenua para él.

Creía en la ciencia, las matemáticas y la física, en la razón y la comprensión, en la causa y el efecto. Adoraba el concepto de elegancia y la lógica transparente y objetiva del pensamiento científico, que empezaba diciendo «supongamos...», pero a continuación podía construir fundamentos seguros y hechos demostrables desde un punto de partida sin prejuicios ni restricciones. Cualquier clase de fe se iniciaba de forma imperativa con un «creamos:», y desde tal insistencia temerosa, solo se podían evocar imágenes de miedo y dominación, algo a lo que someterse, pero generado desde el sinsentido, los fantasmas y los efluvios antiguos.

Aquel primer año, tuvo que pasar por momentos difíciles. Se horrorizó de sus propios celos cuando Andrea durmió con otro y maldijo una y otra vez la educación que había recibido, según la cual un hombre debía ser celoso y una mujer no tenía derecho a tirarse a otras personas, pero un hombre sí. Consideró la posibilidad de pedirle vivir juntos (hablaron sobre el tema).

Tenía que pasar aquel verano en el oeste, trabajando para el Departamento de Limpieza Urbana, ocupado en barrer las hojas secas y las mierdas de perro de las calles. Andrea se marchó al extranjero, primero con su familia a una villa en Creta y después a visitar a unos amigos en París. Pero, a principios del curso siguiente —para sorpresa de él— retomaron su relación prácticamente donde la habían dejado.

Decidió abandonar Geología, mientras todos los demás estudiaban Literatura Inglesa o Sociología (o, al menos, esa era la impresión que él tenía), para dedicarse a algo realmente útil. Empezó un curso de Diseño de Ingeniería. Algunos de los amigos de Andrea intentaron persuadirle de matricularse en Literatura, ya que aparentemente sabía bastante sobre el tema (había aprendido a hablar de ella, pero no a disfrutarla), y porque escribía poesía. Era culpa de Andrea que todos lo supieran; él nunca había querido que le publicasen nada, pero ella encontró unos poemas en su habitación y se los mandó a un amigo que editaba una revista llamada Radical Road. Él se había sentido mitad avergonzado y mitad halagado cuando ella lo sorprendió con el ejemplar de la revista, que blandió triunfalmente frente a él, como un regalo. No; él estaba completamente decidido a hacer algo que pudiese resultar realmente útil para el mundo. Los amigos de Andrea podían burlarse lo que quisieran, pero él lo tenía clarísimo. Su amistad con Stewart Mackie continuó; en cambio, perdió el contacto con el resto de los Roqueros.

Algunos fines de semana, Andrea y él se marchaban a la segunda residencia de los padres de ella en Gullane, emplazada en las dunas de la bahía de la costa este. La casa era grande y espaciosa, y se encontraba cerca del campo de golf, orientada hacia las aguas azul grisáceo de la alejada costa de Fife. Permanecían allí todo el fin de semana y paseaban por la playa o por las dunas sobre las que, en ocasiones, hacían el amor, inmersos en su paz y tranquilidad.

A veces, cuando el día era excepcionalmente bueno y claro, caminaban directamente hasta el final de la playa y escalaban la duna más alta, porque él estaba convencido de que, desde su cima, podrían ver los tres picos del famoso Forth Bridge, que le había impresionado profundamente cuando era un niño y que tenía el mismo color —le decía siempre a ella— de sus cabellos.

Pero, por muy claro que fuese el día, nunca llegaron a verlo.

Ella se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, después de tomar un baño. Se cepilló la larga melena pelirroja. El kimono azul que llevaba reflejaba la luz del fuego, y su rostro, sus piernas y sus brazos brillaban con un tono anaranjado a juego con el de las llamas. Él estaba junto a la ventana, mirando la nebulosa noche, con las manos parapetadas a los lados de la cara y la nariz pegada al gélido cristal. Ella le preguntó:

—¿Qué opinas?

Él permaneció en silencio durante un instante, tras lo cual se apartó de la ventana y corrió las cortinas de terciopelo marrón. Se volvió hacia ella, encogiéndose de hombros.

—La niebla es muy densa. Podríamos ir, pero no sé si es buena idea conducir. ¿Y si nos quedamos?

Ella continuó cepillándose el pelo lentamente, ladeando la cabeza para dejar colgar su melena a un lado y poder peinarla con mimo y paciencia. Él casi podía escuchar sus pensamientos. Era domingo por la noche, y debían dejar la casa de la costa para regresar a la ciudad. Aquella mañana, al despertarse, la niebla era muy espesa y llevaban todo el día esperando a que se disipase, pero hora tras hora, el tiempo no hizo sino empeorar. Ella había hablado con sus padres y, por lo visto, en la ciudad también había grandes bancos de niebla, lo mismo que en toda la costa este, según el centro de meteorología, con lo que la situación no iba a mejorar fuera de Gullane. El trayecto tenía poco más de treinta kilómetros, pero eso era un largo camino entre semejante masa de niebla. Ella odiaba conducir con mal tiempo (y él había obtenido el permiso de conducir seis meses antes, y le encantaba la velocidad). Dos de sus amigos habían sufrido accidentes de circulación aquel año. Todo había quedado en un susto, pero aun así... Él sabía que ella era supersticiosa y creía en aquello de «no hay dos sin tres». Ella no quería regresar, pese a tener tutoría a la mañana siguiente.

Las llamas crepitaban en los troncos de la chimenea.

—De acuerdo —concluyó, asintiendo lentamente—. Aunque no sé si nos queda mucha comida...

—A la mierda la comida, ¿tenemos hierba? —preguntó él mientras se sentaba junto a ella, le acariciaba el pelo y esbozaba una gran sonrisa. Ella le golpeó en la cabeza con el cepillo.

—Adicto.

Él emitió una especie de maullido y se enroscó en el suelo, frotando la cabeza contra ella. Seguidamente, dado el nulo efecto de la maniobra —ella seguía cepillándose el pelo tranquilamente—, se volvió a sentar y se apoyó en el armario. Desvió la mirada hacia el viejo tocadiscos.

—¿Quieres que vuelva a poner Wheels of Fire?

—No... —respondió ella negando con la cabeza.

¿Electric Ladyland?—sugirió.

—Pon algo... antiguo —decidió ella mientras observaba el reflejo de las llamas en los pliegues de las cortinas.

—¿Antiguo? —dijo él, fingiendo indignación.

—Sí. ¿Tenemos aquí Bringing It All Back Home?

—Ah, Dylan —respondió mientras se frotaba sus largos cabellos—. No creo que lo tengamos, pero voy a mirarlo. —Habían llevado una maleta llena de discos—. Mmm... no, no está aquí. Escoge otra opción.

—No. Elige tú. Algo antiguo. Hoy me siento nostálgica. Pon algo de los buenos tiempos —pidió entre risas.

—Estos son los buenos tiempos —apuntó él.

—No es lo que decías cuando Praga ardió y París no —repuso ella.

—Sí, ya lo sé —dijo él, suspirando mientras buscaba entre los discos.

—En realidad —añadió ella—, no es lo que decías cuando el señor Nixon salió elegido, o cuando el alcalde Daly...

—Vale, vale, de acuerdo. Venga, ¿qué quieres escuchar?

—Ay, pon Ladyland otra vez —aceptó con un suspiro de resignación. Él puso el disco en el tocadiscos—. ¿Quieres salir a cenar? —propuso.

Lo cierto es que no estaba seguro. No quería alejarse de la intimidad acogedora de la casa y le gustaba estar a solas con ella. Por otro lado, no podía permitirse salir fuera todo el tiempo y ella pagaba la mayor parte de las comidas y cenas.

—Ya nos apañamos aquí—dijo él, soplando en la aguja del brazo del tocadiscos para quitarle el polvo.

—Voy a ver qué hay en el frigorífico —decidió ella, mientras se levantaba del suelo y se estiraba el kimono—. Creo que tengo algo de hierba en el bolso.

—Ah, genial —exclamó él—. Voy a liar un cigarrillo de la risa.

Más tarde, jugaron a las cartas, después de que ella llamase a sus padres para avisarles de que regresarían al día siguiente. Tras ello, ella sacó una baraja del tarot y empezó a leerle el futuro. Ella era bastante aficionada a la astrología, al tarot y a las profecías de Nostradamus; no creía profundamente en todo aquello, aunque sentía curiosidad e interés. Pero él pensaba que eso todavía era peor que creer ciegamente en esas cosas.

Ella se enfadó con él durante la lectura, porque él se mostraba sarcástico. Guardó las cartas, muy disgustada.

—Solo quería saber cómo funciona... —intentó explicar él.

—¿Por qué? —preguntó ella mientras se tumbaba en el sofá, recogiendo la funda de disco utilizada como tablero.

—¿Por qué? —rió él negando con la cabeza—. Porque es la única forma de entender cualquier cosa. Para empezar, ¿funciona?, y a continuación, ¿cómo?

—Tal vez, querido —empezó ella mientras daba una calada—, no sea necesario comprenderlo todo. A lo mejor no todo tiene una explicación científica, como las ecuaciones y las fórmulas.

Volvieron una vez más al recurrido tema. Sentido emocional versus lógica. Él creía en una especie de Teoría de Campo Unificada sobre el conocimiento. Este existía para ser entendido, era un compendio de emociones, sentimientos y pensamiento racional y lógico; una entidad, con todo, dispersa en hipótesis y resultados, los cuales, no obstante, funcionaban a través de los mismos principios fundamentales. Al final, todo quedaría comprendido en una unidad, era cuestión de tiempo e investigación. Para él, todo aquello resultaba tan obvio que tenía serias dificultades para aceptar cualquier otro punto de vista.

—Si pudiera hacerlo, a cualquiera que creyese en la astrología, en la Biblia, en la fe curativa y en todas esas cosas, no le permitiría utilizar la energía eléctrica, ni conducir vehículos con motor, ni usar ningún objeto hecho de plástico. Esta gente quiere creer que el universo funciona según sus estúpidas normas, ¿no? De acuerdo, que vivan a su manera, pero ¿por qué habría que permitirles gozar de los frutos del trabajo duro de la mente humana? ¿Cosas que solo existen porque personas mejores que ellos han tenido en alguna ocasión el juicio y la voluntad de...? ¿Dejarás de reírte de mí? —la miró, para percatarse de cómo reía en silencio mientras liaba otro porro.

Ella se volvió hacia él y le extendió una mano.

—A veces eres muy divertido —le dijo, mientras él tomaba su mano y la besaba con solemnidad.

—Es para mí un honor divertirte, querida.

Él no pensaba que sus teorías fuesen divertidas. ¿Por qué se reía de él? A la larga tuvo que reconocer que no la comprendía realmente. No comprendía a las mujeres. No comprendía a los hombres. Ni siquiera comprendía muy bien a los niños. Lo único que comprendía de verdad era a él mismo y al resto del universo. No lo entendía todo, ni por completo, naturalmente, pero los comprendía a los dos lo suficientemente a fondo como para saber que lo que quedaba por descubrir tendría sentido al final; todo encajaría y se iría componiendo gradualmente y con paciencia, como un rompecabezas infinito que se va completando, sin bordes ni esquinas, y sin aparente final, pero con el objetivo de destinar un espacio concreto para cada una de sus piezas.

En una ocasión, cuando era niño, su padre lo había llevado con él a la nave ferroviaria donde trabajaba. Allí ponían a punto las locomotoras, y su padre le había enseñado las inmensas máquinas, cómo las desmontaban y las montaban, las limpiaban, las pulían y las reparaban. Él recordaba con claridad cómo había observado una prueba estática de una locomotora a velocidad máxima sobre tambores de acero, con las ruedas enormes girando difuminadas y temblorosas desde los platos metálicos, y el vapor enroscándose entre los radios estroboscópicos, cuyas juntas y barras parpadeaban en el temblor y el eco de la enorme nave. Las ráfagas de humo intermitentes emergían de la chimenea de la locomotora y se marchaban por un tubo de ventilación remachado que ascendía hasta el techo de la nave. La experiencia era terriblemente ruidosa y atronadoramente potente; indescriptiblemente intensa. Él se sentía a la vez horrorizado y maravillado, henchido de una sensación de sobrecogimiento frente al poder categórico y puro de la máquina.

Aquella potencia, aquella energía de trabajo controlada, aquel símbolo metálico de que todo podía conseguirse gracias al trabajo, al sentido común y a la materia, quedaron impregnados en su ser durante años. Algunas noches soñaba con todo aquello y despertaba sudoroso, nervioso y con el corazón latiendo a toda velocidad, sin poder afirmar si sentía miedo o excitación, o ambos a la vez. Lo único que tenía claro era que, después de haber contemplado aquella máquina majestuosa y poderosa, todo era posible. Nunca había sido capaz de describir la experiencia original de forma plenamente satisfactoria, y ni siquiera había intentado explicársela a Andrea, porque jamás había podido explicársela a sí mismo.

—Toma —le dijo ella, alargándole el porro y un encendedor—, a ver si lo pones en funcionamiento. Él lo encendió y le lanzó un círculo de humo. Ella se rió y dispersó el aro gris de su melena recién lavada.

Fumaron el último, y ella preparó unos magníficos huevos revueltos que él nunca olvidó y que ella nunca pudo reproducir. Después, fueron caminando entre risas y risillas a un hotel cercano para tomar una copa rápida, y volvieron entre risas y risillas a la casa, haciendo el tonto, tocándose, besándose y, finalmente, follando sobre la hierba junto a la carretera, invisible (y helada) entre la niebla, mientras a poco más de seis metros se oían voces de personas y se veían los faros de los coches que pasaban por allí.

De nuevo en la casa, se secaron y entraron en calor mientras ella liaba otro porro y él leía un periódico de hacía seis meses que encontró en un revistero y se reía de las cosas que la gente creía importantes.

Se fueron a la cama, tomaron la última copa de whisky escocés de malta que ella había llevado, y empezaron a cantar canciones como Wichita Lineman y Ode to Billy Joe, pero cambiando frases (sin importarles demasiado la rima) para hacerlas escocesas («...en las turbias aguas del puente de Forth Road...».

El lunes a mediodía, con la niebla aún inmutable, regresaron a la ciudad, a una velocidad excesivamente lenta para él y excesivamente rápida para ella. Él había empezado un poema el viernes e intentaba continuarlo mientras conducía, pero la inspiración no lo acompañaba. Era una especie de poema contra las rimas y contra las canciones de amor, producto en parte de su odio a los temas musicales que casaban palabras como «corazón» y «pasión» y que hablaban de estupideces tales como los amores dulces y eternos y más fuertes que las montañas y los océanos (amar/luchar/mar, piel/hiel/miel)...

Los versos que ya tenía, pero no pudo completar en la niebla, eran:

Dama de piel suave, míos son tus huesos
todo será polvo antes de hundirse otra montaña.
Se secarán arroyos, ríos y océanos
antes de secarse nuestros ojos y nuestros corazones.

Metamorfeo

Uno

Hay sonidos que resuenan más que otros. En ocasiones, escucho el último de todos, que nunca regresa porque no rebota contra nada; es el sonido final, el que viene retumbando a través de los tubos que forman los huesos sin tuétano del puente, como un huracán, como un pedo celestial, como todos los gritos de dolor del mundo reunidos y lanzados al unísono. Entonces lo oigo; un ruido que revienta los tímpanos, que parte los cráneos, que resquebraja paredes y rompe almas. Esos tubos de órgano son oscuros túneles de acero hacia el cielo, inmensos y fuertes; ¿qué otro tipo de sonido podrían emitir?

Un sonido idóneo para el fin del mundo, para el término de la vida, para el final de todo.

¿El descanso?

Solo imágenes nebulosas. Patrones de sombra. Una pantalla oscura. Deja todo lo frágil y superficial en la entrada si quieres ver el auténtico significado de todo. Aquí. Observa los colores bellos como si todo lo estático se moviese de nuevo; se cuece, se quema, hierve, se descompone y se descascarilla como unos labios cortados, una imagen apartada por la fuerza de la presión de una luz blanca y pura (¿ves lo que hago por ti, muchacho?).

No. Yo no soy él. Solo lo miro. Es solo un hombre que conocí, alguien a quien conocía hace tiempo.

Creo que lo volví a ver después. Eso, fue después. Cada cosa, a su tiempo.

Ahora estoy dormido, pero... bueno, ahora estoy dormido. Suficiente.

No, no sé dónde estoy.

No, no sé quién soy.

Sí, por supuesto, sé que esto es un sueño.

¿Acaso no todo es un sueño?

El viento de primera hora de la mañana se lleva la niebla de un bandazo. Me visto, aturdido, e intento recordar mis sueños. Ni siquiera estoy seguro de haber soñado algo esta noche.

En el cielo, sobre el agua, empiezan a revelarse unas grandes formas grises a medida que la niebla se va disipando; un aluvión de inmensos globos dirigibles, como colosales bombas neumáticas, se elevan por todo el largo del puente.

Debe de haber cientos de ellos, unos flotando en el aire a la altura de los picos, o tal vez más arriba, y otros anclados a las pequeñas islas, a los pesqueros de arrastre y a las otras embarcaciones.

El último ápice de niebla se eleva y se disipa. Parece que hará buen día. Los dirigibles giran juntos en el cielo, evocando la imagen de una manada de ballenas grises moviendo sus morros bulbosos hacia la corriente suave de la atmósfera. Aprieto la cara contra el frío cristal de la ventana, para distinguir el ángulo más agudo posible de la brumosa longitud del puente. Los globos están por todas partes, invadiendo el cielo, unos a pocos metros del puente y otros a cientos de metros hacia arriba.

Deduzco que su función es evitar el paso de más formaciones aéreas no autorizadas, aunque me parece una medida algo exagerada.

Oigo el buzón de la puerta, una carta se desliza y cae sobre la alfombra. Es una nota de Abberlaine Arrol; tiene que ir a hacer unos dibujos a una estación de maniobras a pocas secciones de distancia, y se pregunta si me gustaría acompañarla.

Sí, parece que hoy será un buen día.

No olvido llevarme la carta que le escribí anoche al doctor Joyce. Después de haberme deshecho del sombrero, decidí solicitar al doctor que retrasásemos nuestras sesiones de hipnosis. En mi misiva, le pido educadamente cierta dosis de indulgencia y le aseguro que me siento más que ansioso por reunirnos y comentar mis sueños; le cuento que últimamente han sido más profundos y, en consecuencia, resultarán mucho más útiles para el tipo de análisis que tenía intención de realizar inicialmente.

Guardo en mi bolsillo las dos cartas, la de la señorita Arrol y la mía, y me detengo a observar los globos durante un rato más. Se mecen lentamente en la luz de la mañana, como enormes boyas de amarre flotando sobre una superficie invisible encima del puente.

Alguien llama a la puerta. Con un poco de suerte, será algún técnico que viene a reparar la televisión o el teléfono, o incluso ambos. Doy una vuelta a la llave e intento abrir la puerta, pero no puedo. Vuelven a llamar.

—¿Sí? —respondo, tirando del picaporte.

—Vengo a echar un vistazo al televisor del señor Orr. ¿Es aquí?

Me peleo con la puerta. El picaporte gira, pero no sucede nada.

—¿Hola? ¿Vive aquí el señor J. Orr?

—Sí, sí. Aquí es. Espere un momento, no consigo abrir la maldita puerta.

—De acuerdo, no se preocupe, señor Orr.

Tiro con fuerza del picaporte, girándolo y moviéndolo. Nunca antes se había atascado ni había tenido un problema. A lo mejor todo lo que hay en este apartamento está diseñado para funcionar durante unos seis meses. Empiezo a cabrearme.

—¿Está seguro de que ha dado todas las vueltas a la llave, señor Orr?

—Sí —contesto, intentando mantener la calma.

—¿Y está seguro de que es la llave correcta?

—¡Completamente! —grito.

—Preguntaba por si acaso. —El hombre parece divertirse con la situación—. ¿Tiene alguna otra puerta, señor Orr?

—No. Solo tengo esta.

—Hagamos lo siguiente: tíreme la llave por la ranura del buzón de la puerta, intentaré abrir desde este lado.

Lo intenta, pero no funciona. Me acerco un momento a la ventana, respirando hondo, y observo de nuevo la masa de globos dirigibles del exterior. Entonces, oigo más voces al otro lado de la puerta.

—Soy el técnico del teléfono, señor Orr. ¿Tiene un problema con su puerta?

—No puede abrirla —le responde la primera voz.

—¿Ha girado bien la llave? —pregunta el hombre del teléfono. Suena un repiqueteo en la puerta. No respondo.

—¿Tiene alguna otra puerta por donde podamos entrar, señor Orr? —grita.

—Ya se lo he preguntado —le contesta el primer hombre. Vuelven a llamar a la puerta.

—¿Qué quieren? —pregunto.

—¿Tiene teléfono, señor Orr? —pregunta el técnico del televisor.

—¡Pues claro que tiene! —exclama indignado el del teléfono.

—¿Puede llamar a Edificios y Pasillos, señor Orr? Ellos sabrán qu...

—¿Cómo quiere que llame? —Se distingue perfectamente la indignación en la voz del técnico del teléfono—. Si estoy yo aquí será porque no funciona el teléfono, ¿no?

Me retiro al despacho justo antes de que me sugiera que mire un rato la televisión para matar el tiempo.

Pasa una hora. Un conserje retira el marco de la puerta. Al final, esta hace un clic y se abre sin más, descubriendo al hombre allí, de pie, con una expresión entre la incredulidad y la suspicacia, rodeado de madera rota y yeso. Los dos técnicos ya se han marchado a realizar otras reparaciones. Salgo del apartamento pisando tablillas de madera perforadas por clavos torcidos.

—Gracias —le digo al conserje. Se está rascando la cabeza con un martillo.

Echo la carta para el doctor Joyce al buzón de correos y después compro algo de fruta para desayunar. El incidente de la puerta me ha dejado el tiempo justo para reunirme puntualmente con la señorita Arrol.

Tomo un tranvía lleno de gente. Todos hablan sobre los dirigibles y la mayoría no sabe para qué sirven. Cuando el vehículo abandona la sección donde nos encontramos y se introduce en un tramo despejado, todos los pasajeros nos volvemos para mirar los globos.

Es increíble. Todos se encuentran a un solo lado del puente. Contra la corriente marina, nadie ha visto jamás tantos dirigibles juntos. Al otro lado, ni uno solo. Todos los pasajeros del tranvía señalan y admiran la masa de globos. Parece que soy el único que permanece atónito, sin poder apartar la vista del otro lado, donde los cielos que cubren las vigas del puente están completamente limpios y despejados.

No hay ni un solo globo en ellos.

—Buenos días.

—Sí, lo cierto es que lo son. Buenos días. ¿Cómo está su cabeza?

—Bien, gracias. ¿Qué tal su nariz?

—Igual de horrible que siempre, pero ya no sangra. Ah, sí, su pañuelo. —Abberlaine Arrol busca en su bolsillo y extrae el pañuelo limpio, fresco y planchado.

La señorita Arrol acaba de llegar en un tren de trabajadores.

Nos encontramos en una estación de maniobras, hasta ahora el lugar más grande que he visto en el puente. Algunas vías muertas se extienden más allá de la estructura principal, sobre amplias plataformas voladizas. Grandes máquinas, largos trenes de mercancías de toda clase, inmensas grúas y vehículos de mantenimiento de vías circulan por doquier, turnan sus movimientos entre la complejidad de líneas, puntos y vías muertas, como piezas colosales de un juego de construcción, lento y enorme. El vapor humea a través de la luz del día y las nubes de humo juegan con las farolas, aún encendidas en lo alto de las vigas. Los operarios con sus uniformes de trabajo corren de un lado al otro, gritan y agitan banderas de distintos colores, hacen sonar sus silbatos y hablan precipitadamente por sus teléfonos móviles.

Abberlaine Arrol, ataviada con una larga falda gris y una chaqueta corta a juego, y el cabello recogido en una gorra de aspecto oficial, ha venido para dibujar esta escena caótica. Sus acuarelas y sus dibujos sobre temas ferroviarios ya adornan diversas salas de reuniones y vestíbulos de despachos; se la considera una artista realmente prometedora.

Me acerca el pañuelo. Sus ojos expresan una especie de curiosidad. Echo un vistazo al pañuelo y lo guardo en mi bolsillo. La señorita Arrol sonríe, pero no a mí, sino a ella misma. Me da la impresión de que me he perdido algo.

—Gracias —le digo.

—Podría llevarme el caballete, señor Orr. Lo dejé por aquí la semana pasada. —Cruzamos varias vías hasta llegar a un pequeño cobertizo cercano al centro de la gran plataforma de raíles. A nuestro alrededor, varios vagones ensamblados y sueltos se desplazan lentamente hacia delante y hacia atrás. En otras zonas, trenes enteros se hunden en la plataforma de rodaje mediante inmensas poleas que los conducen a los talleres situados bajo las vías.

—¿Qué opina sobre los extraños globos, señor Orr? —me pregunta, mientras nos dirigimos a buscar el caballete.

—Supongo que están ahí para impedir el paso de aviones, aunque solo están a un lado del puente. No sé, la verdad.

—Parece que nadie lo sabe —apunta la señorita Arrol, pensativa—. Posiblemente se trate de otro follón administrativo — suspira—. Ni siquiera mi padre tiene noticias y, por regla general, suele estar bien informado.

Una vez en el pequeño cobertizo, toma el caballete que transporto y lo saca acto seguido hasta el lugar que ha elegido para bosquejar su obra de arte. Se coloca con decisión sobre uno de los pesados montacargas, instala el caballete, abre su taburete plegable y extrae de su cartera unas botellas pequeñas de pintura y una selección de pinceles, carboncillos y lápices. Observa la escena con ojo crítico y elige un carboncillo largo.

—¿Alguna secuela de nuestro pequeño accidente del otro día, señor Orr? —inquiere mientras traza una línea sobre el papel.

—Solo cierto nerviosismo condicionado a las bocinas de los talones de los taxistas, nada más.

—Un síntoma temporal, estoy segura —afirma, mirándome con una sonrisa extrañamente encantadora, antes de volver a su obra—. Estábamos hablando de viajes antes de la precipitada interrupción, ¿no es así?

—Sí. Iba a preguntarle cuál es la mayor distancia que ha recorrido desde esta zona.

Abberlaine Arrol añade unos círculos pequeños y varios arcos a su cuadro.

—Hasta la Universidad, supongo—responde, pintando rápidamente unas líneas de intersección sobre el papel—. Estaba a unas... ciento cincuenta... o doscientas secciones de aquí, en dirección hacia la Ciudad.

—¿Y pudo ver tierra firme desde allí?

—¡Tierra firme! —exclama mirándome fijamente—. Señor Orr, creo que apunta usted muy alto. No, no pude ver tierra de ningún tipo, exceptuando las islas de siempre.

—¿Cree entonces que no existe la Ciudad, ni tampoco el Reino?

—Bueno, supongo que existen en algún lugar. —Traza más líneas en el cuadro.

—¿Nunca ha querido verlos?

—Sí, hasta que dejé de querer trabajar como conductora de trenes. —Empieza a sombrear algunas zonas del bosquejo. Ya se puede apreciar una sucesión de «X» abombadas y también un indicio de cumbres envueltas en nubes. Dibuja rápidamente. En su nuca pálida y esbelta caen dos negros mechones de su cabello rizado en forma de espirales caprichosas que se asemejan a los trazos de una escritura ilegible—. ¿Sabe? Una vez conocí a un ingeniero, un alto cargo, que creía que en realidad no vivíamos en un puente, sino en una gran roca situada en el centro de un desierto infranqueable.

—Mmm... —empiezo, sin saber cómo tomármelo—. Tal vez sea algo diferente para cada uno de nosotros. ¿Usted qué ve?

—Lo mismo que usted —asegura, volviéndose un segundo hacia mí—. Un puente muy grande. ¿Qué piensa que estoy dibujando, si no? —Prosigue con su obra de arte.

—Poco menos que unos trazos —le digo, sonriendo.

Se echa a reír.

—Y usted, señor Orr, ¿qué es lo que ve?

—Mis propias conclusiones. —Con esta afirmación, me he ganado una de sus mejores sonrisas. Vuelve un momento al cuadro y mira distraídamente hacia arriba durante unos segundos.

—¿Sabe lo que más echo de menos de la universidad? — pregunta.

—¿El qué?

—Poder ver con claridad las estrellas —afirma con cierta nostalgia—. Aquí hay demasiada luz como para verlas con nitidez, a menos que sea desde el mar. Pero la universidad estaba entre secciones agrícolas, y por la noche, estaba todo muy oscuro.

—¿Secciones agrícolas?

—Ya sabe —responde Abberlaine Arrol, apartándose de su cuadro para examinarlo con perspectiva—. Lugares donde se cultivan alimentos.

—Sí, sí. Ya sé. No se me había ocurrido que podían destinarse otras secciones del puente a la agricultura. No debe de resultar difícil, supongo. Imagino que utilizarán cortavientos o incluso espejos para cultivar en distintos niveles, y seguramente el agua será el mejor medio de crecimiento en perjuicio de la tierra; pero sí, supongo que es posible.

Entonces, tal vez el puente sea plenamente autosuficiente en lo que a alimentación se refiere. Mi idea de una longitud limitada, inspirada por el transporte ferroviario de mercancías frescas, es ahora más que irrelevante. El puente puede medir lo que le dé la gana.

Abberlaine Arrol enciende un cigarrillo y golpea repetidamente con una de sus botas la plataforma metálica. Se vuelve a mirarme, cruzando los brazos bajo el contorno de sus pechos; su falda, visiblemente cara, ondea al viento. Entre el olor del humo que espira se esconde una nota de perfume fresco.

—Y bien, señor Orr, ¿qué le parece?

Estudio con atención el cuadro terminado.

En él se aprecia una visión subjetiva de la amplia superficie de la estación de maniobras. Las líneas y las vías parecen plantas trepadoras en suelo de una selva. Los trenes son grotescos y enrevesados, como gusanos gigantes o troncos de árboles caídos. Encima de estos, las vigas y los tubos se transforman en ramas que desaparecen entre el humo que se eleva desde el suelo de esta gigantesca jungla endiablada. Una locomotora se ha convertido en un monstruo erguido, un enorme lagarto que ruge con furia. La silueta de un hombre minúsculo huye del animal, con el rostro desencajado por el pánico.

—Imaginativo —concluyo, tras meditarlo durante unos segundos. Ella suelta una risita.

—No le gusta.

—Puede que mis gustos sean demasiado literales. Pero la calidad del trazo es impresionante.

—Eso ya lo sé —afirma la señorita Arrol. Su voz es aguda, pero su rostro denota cierta decepción. Ojalá me hubiera gustado más su cuadro.

Qué capacidad expresiva tienen los ojos verdes de la señorita Abberlaine Arrol. Ahora me miran con un aire casi compasivo. Creo que esta joven mujer me gusta mucho.

—Lo he hecho pensando en usted —admite mientras saca un trapo de su cartera y empieza a limpiarse las manos.

—¿De verdad? —me siento realmente halagado—. Es muy amable por su parte. Muchas gracias.

Descuelga el cuadro del caballete y lo enrolla.

—Tiene mi permiso para hacer lo que le venga en gana con él — me dice con cierta ironía—. Un avión de papel, si quiere.

—Puede estar segura de que no lo haré —prometo mientras me lo alarga. Me siento como si acabasen de entregarme un diploma—. Lo enmarcaré y lo colgaré en mi apartamento. Ahora que sé que era para mí, me gusta mucho más.

Los mutis de Abberlaine Arrol son de lo más divertido. En esta ocasión, la recoge una dresina de ingenieros, un pintoresco vagón con paneles y cristales repleto de instrumentos complicados aunque arcaicos, como unas balanzas de latón brillante. El vehículo chirría y traquetea hasta detenerse por completo, una puerta acordeón se abre y un joven guarda saluda a la señorita Arrol, que se dispone a tomar el vehículo para ir a comer con su padre. Me quedo con el caballete para volver a guardarlo en el pequeño cobertizo. De su cartera sobresalen varias láminas enrolladas, los dibujos que le habían encargado y que la habían mantenido ocupada (mientras hablaba conmigo) desde que terminó mi cuadro. Pone un pie sobre la plataforma de entrada a la dresina y me extiende la mano.

—Gracias por su ayuda, señor Orr.

—Gracias por su cuadro —respondo mientras le doy la mano. Entre el final de las botas y el dobladillo de la falda, puedo ver por primera vez sus piernas, envueltas en unas medias negras de rejilla fina. Me concentro en sus ojos. Su mirada parece alegre—. Espero volver a verla —le digo mientras miro las diminutas y preciosas arrugas que tiene bajo sus ojos verdes. Me temo que he caído en sus redes. Estrecha mi mano y siento una absurda euforia.

—De acuerdo, señor Orr, si me armo de valor, podría dejar que me invite a cenar.

—Sería... un placer. Espero que haga acopio de inagotables reservas de coraje en un futuro próximo. —Me inclino ligeramente y me deleito con una sutil panorámica de una de sus adorables piernas.

—Adiós, entonces —se despide—, seguimos en contacto.

—Hasta pronto.

La puerta se cierra y la dresina empieza a alejarse entre silbidos y sonidos metálicos. El vapor que emana me envuelve como la niebla y me nubla la vista. Saco mi pañuelo del bolsillo.

La señorita Arrol ha bordado una letra «O», de color azul cielo, en una de sus esquinas.

Me ha cautivado. Y esos centímetros de deliciosas piernas envueltas en negro...

Brooke y yo vamos a tomar un vino especiado en el salón con vistas al mar del Dissy Pitton's. Nos sentamos en sendas butacas colgantes y observamos una reducida flota pesquera que se dispone a salir al mar. Los barcos hacen sonar sus sirenas al pasar junto a sus semejantes, fondeados a modo de anclaje para los dirigibles.

—No te culpo —dice Brooke con voz áspera—. Siempre pensé que no te serviría de gran cosa. —Le he contado mi decisión de no someterme a hipnosis con el doctor Joyce. Los dos estamos sentados mirando hacia el mar—. Malditos globos...

Mi amigo estudia los ofensivos dirigibles. Brillan como la plata bajo los rayos del sol, y sus sombras motean las azules aguas del estuario, formando otra especie de patrón.

—Pensaba que aprobarías... —empiezo, pero me detengo, frunzo el ceño y escucho con atención.

—¿Que aprobaría el qué? ¿Orr...?

—Shhh —susurro. Presto atención al lejano sonido y abro una de las ventanas del salón. Brooke se pone en pie de golpe. El zumbido de las aeronaves que se acercan suena distinto ahora.

—¡No me digas que esos aviones piensan volver! —grita Brooke detrás de mí.

—Parece ser que así es.

Los aviones ya se vislumbran a lo lejos. En esta ocasión vuelan más bajo, el del centro está prácticamente al mismo nivel que el Dissy Pitton's. Viajan en dirección al Reino, en la misma formación vertical de la otra vez. De nuevo, cada uno de ellos emite ráfagas desiguales de humo y deja tras de sí una banda gigante de manchas oscuras suspendidas en el cielo. Los fuselajes no tienen ninguna inscripción o marca y los cristales de las cabinas reflejan la luz del sol. Los cables de los dirigibles suponen el más rudimentario de los obstáculos para el avance de los aviones, que vuelan a unos cuatrocientos metros del puente. A esa distancia, los cables son más gruesos, pero los monoplanos solo deben efectuar un leve giro para esquivarlos. Al final, los aviones prosiguen la marcha y desaparecen dejando sus estelas irregulares de humo.

—¡Malditos trastos! —grita Brooke, golpeándose la palma de la mano con el puño.

Las líneas de manchas de humo se acercan lentamente al puente, ayudadas por la brisa.

Tras un par de vigorizantes partidos en el club de frontón, llamo a la tienda de marcos. El cuadro de la señorita Arrol ya está listo, con un marco de madera y un cristal mate antirreflectante.

Lo cuelgo en un lugar donde capte la luz de la mañana, encima de una estantería que hay a uno de los lados de la puerta recién reparada. El televisor se enciende mientras intento enderezar el cuadro en la pared.

El hombre sigue allí tumbado, rodeado de sus máquinas. Su rostro es completamente inexpresivo. La luz ha cambiado algo; la habitación parece más oscura. Pronto tendrán que cambiarle el gotero. Observo su semblante débil y pálido, y me entran ganas de golpear el cristal de la pantalla para despertarlo... En lugar de eso, apago el televisor. ¿Tiene algún sentido comprobar si funciona el teléfono? Lo descuelgo y oigo los mismos tonos de antes.

Iré a cenar al club de frontón.

Según afirma la televisión del restaurante del club, todo apunta a que la presencia de los aviones es una travesura excéntrica y cata cometida por alguien de otra zona del puente. En vista de los hechos indignantes de esta mañana, será necesario reforzar las «defensas» formadas por los dirigibles (y nadie dice nada sobre por qué solo hay globos a un lado del puente). Sobre los responsables de estas maniobras aéreas no autorizadas pesa una orden de búsqueda. La Administración nos pide a todos nuestra colaboración. Busco al periodista con quien hablé la otra vez.

—Me temo que no puedo añadir nada a lo que ya se ha dicho— admite.

—¿Y qué pasa con la Biblioteca de la Tercera Ciudad?

—No encontré nada en los archivos. Aunque sí he visto algo sobre una especie de explosión o de incendio por estos niveles, pero de hace algún tiempo. ¿Está seguro de que solo fue hace dos días?

—Completamente.

—Bueno, tal vez estén intentando mantener la situación bajo control. —De pronto, chasquea los dedos—. Ah, sí, hay algo que no han mencionado en la televisión.

—¿El qué?

—Han descubierto en qué lenguaje escriben los aviones.

—¿Sí?

—Braille.

—¿Cómo?

—Braille. La escritura de los invidentes. Sigue sin tener ningún sentido incluso cuando se descifra, pero está claro que es braille.

Me vuelvo a sentar, completamente atónito por segunda vez en el día de hoy.

Dos

Me encuentro en un páramo, una llanura escarpada bajo un cielo gris y monótono. Es un lugar frío y las ráfagas de viento tiran con fuerza de mis escasas ropas y allanan las hierbas y los brezos marchitos de los tiempos cálidos.

El páramo desciende, perdiéndose de vista en la distancia gris a medida que aumenta la inclinación de la pendiente. Lo único que rompe la regularidad aburrida de esta tierra perdida es una delgada corriente de agua, como un canal, con la superficie picada por culpa del viento gélido y fuerte.

Un leve sonido de sirena viene de la cima.

Una humareda gris, astillada por el viento, viaja por la línea del horizonte. Se vislumbra un tren en la lejana cumbre. A medida que va acercándose, la sirena aúlla de nuevo con un ruido áspero y furioso. La locomotora oscura y los escasos vagones, también oscuros, forman una línea recta que apunta directamente hacia mí.

Miro al suelo. Estoy de pie entre los raíles de la vía. Las dos líneas finas de metal salen de mis pies en dirección al tren que se acerca. Doy un paso hacia un lado y vuelvo a mirar al suelo. Sigo encima de la vía. Doy otro paso. La vía me persigue.

Fluye como el mercurio y se mueve conmigo. Sigo entre los raíles mientras el tren grita de nuevo.

Doy un paso más hacia un lado; los raíles se mueven otra vez, como deslizándose sobre la superficie del páramo sin causa ni resistencia. El tren está cada vez más cerca.

Empiezo a correr, pero la vía corre conmigo; un raíl delante, otro raíl en mi talón. Intento detenerme y caigo rodando, aún dentro de la vía. Me levanto y empiezo a correr en la dirección opuesta, contra el viento y con mi respiración ardiendo en el pecho. Las vías se deslizan, delante y detrás, delante y detrás. El tren, ahora muy cerca de mí, aúlla más fuerte, superando sin dificultad los giros y las curvas que ha originado mi intento precipitado de huida. Sigo corriendo, envuelto en sudor, en pánico y en incredulidad, pero las vías fluyen suavemente conmigo, en perfecta consonancia, delante y detrás, delante y detrás, con mi movimiento desesperado. El tren se acerca ineludiblemente, con la sirena gritando a pleno pulmón.

El suelo se mueve. Los raíles chirrían. Yo grito. Entonces, veo el canal a mi lado. Justo antes de que el tren me arrolle, me lanzo al agua.

Bajo la superficie del canal hay aire. Caigo lentamente, flotando en un entorno cálido mientras veo el agua por encima de mí, brillante como un espejo blando. Aterrizo con suavidad sobre el suelo musgoso del canal. Es tranquilo y muy cálido. Arriba, no se oye movimiento alguno.

Las paredes son de piedra grisácea y están muy cercanas entre sí. Si estiro los brazos, alcanzo a tocar los dos lados del canal. Forman una curva muy suave que desaparece en ambas direcciones bajo la luz tenue que cae desde arriba. Apoyo una mano en una de ellas y, con el pie, noto algo duro bajo el musgo.

Al apartarlo, queda al descubierto un trozo de metal brillante. Escarbo también en el lado opuesto; es una pieza metálica larga, como una tubería, que está adherida al suelo del canal. Transversalmente, tiene la forma de una letra «I» algo hinchada. Una inspección más exhaustiva me revela que recorre la longitud del canal en ambas direcciones. Prestando atención, se aprecia una pequeña elevación, apenas perceptible, bajo el musgo del suelo. Hacia el otro lado, se ve la misma línea elevada de musgo junto a la pared. Son dos raíles paralelos.

Empiezo a saltar, apartando el musgo de la vía que acabo de destapar.

Mientras lo hago, el aire cálido y espeso empieza a soplar más fuerte y, desde uno de los lados del túnel, se oye cómo se acerca el sonido de una sirena.

Ligeramente resacoso, esperando unos arenques en el bar Inches, me pregunto si debería descolgar el cuadro de la señorita Arrol de la pared.

Aquel sueño me perturbó, me desperté sudoroso y me quedé dando vueltas en la cama, empapado en sudor, hasta que no tuve más remedio que levantarme. Me di un baño caliente, me quedé dormido dentro del agua y me desperté, helado, aterrorizado, desafinado, como si me hubiera electrocutado, repentinamente seguro en mi confusión de estar atrapado en una especie de túnel estrecho: la bañera era un canal y el agua mi propio sudor.

Leo el periódico matinal mientras tomo un café. Critican a la Administración por no haber previsto el paso de la formación aérea de ayer. Se están evaluando nuevas medidas preventivas con el objetivo de evitar más transgresiones contra el espacio aéreo del puente.

Llegan los arenques. Las espinas retiradas han dejado una especie de patrón sobre su pálida carne. Recuerdo mis teorías sobre la topografía general del puente e intento olvidar mi resaca.

Hay tres posibles opciones:

1. El puente es simplemente eso, un enlace que está entre dos masas de tierra muy alejadas entre sí y que goza de una existencia independiente de ellas, pero hay tráfico que lo cruza de una a la otra.

2. El puente es un muelle; hay tierra a un lado, pero no al otro.

3. El puente no tiene conexión con tierra firme, excepto con las pequeñas islas que se encuentran cada tres secciones.

En las opciones 2 y 3, podría darse el caso de que aún estuviese en construcción. Podría ser una cortina de muelle por no haber alcanzado aún la masa de tierra del otro lado, o, en caso de no conectar con tierra firme, podría estar construyéndose hacia los dos extremos, y no solo hacia uno.

En la opción 3, existe una interesante alternativa. En apariencia, el puente es recto, pero se ve el horizonte y el sol sale, sube y se pone. Por lo tanto, el puente podría terminar encontrándose consigo mismo, formar un circuito cerrado, un círculo que encerrase el planeta, topográficamente infinito.

Al visitar la biblioteca más cercana para buscar un libro sobre braille, recuerdo la Biblioteca de la Tercera Ciudad. Tras el desayuno, me siento bastante recuperado y decido acercarme dando un paseo a la sección donde se encuentran la clínica del doctor Joyce y la mítica biblioteca. Voy a intentar encontrarla otra vez.

Hoy también hace un día excelente. Sopla un viento suave y cálido que inclina los cables de los dirigibles, mientras estos intentan volar hacia el puente. Se han lanzado más globos al cielo; grandes barcazas atoan los aeróstatos a medio inflar, algunos de los pesqueros llevan dos dirigibles y, con los cables, forman una «V» gigante que se eleva sobre ellos. Algunos están pintados de negro.

Camino silbando sobre el puente, de una sección a la otra, balanceando mi bastón. Un lujoso pero convencional ascensor me conduce hasta el piso más alto, que aún se encuentra varias plantas por debajo del pico de la sección. Los pasillos altos, oscuros y con olor rancio me resultan familiares, al menos en conjunto. Su distribución exacta sigue siendo un misterio.

Camino bajo las antiguas y deterioradas banderas colgadas, entre los burócratas perpetuados en piedra, y junto a estancias llenas de recepcionistas elegantemente vestidos. Cruzo claraboyas que dejan pasar una tenue luz desde los techos de pasillos decrépitos, intento mirar a través de cerraduras de pasajes cerrados, oscuros y desiertos, cuyos suelos están cubiertos por varios centímetros de escombros y polvo. Intento abrir las puertas, pero las bisagras están oxidadas.

Al final, llego a un pasillo que me resulta familiar. Una círculo de luz brilla sobre la alfombra que tengo delante, justo donde el pasillo se ensancha. Huele a humedad y juraría que, en lugar de caminar sobre la alfombra, estoy chapoteando. Hay macetas altas y un trozo de pared donde debería encontrarse la entrada del ascensor en forma de «L». El círculo de luz del suelo tiene una sombra en el centro, que no recuerdo haber visto la otra vez. La sombra se mueve.

Llego a donde está la luz. La inmensa ventana redonda está allí y sigue dando al estuario. Vuelvo a pensar en un reloj sin agujas al verla. El que proyecta la sombra es el señor Johnson, el paciente del doctor Joyce que no quiere abandonar su andamio. Está limpiando la ventana, frotando con un trapo el centro del cristal, con una expresión de concentración embelesada en el rostro.

Por detrás de él, y ligeramente hacia abajo, a unos trescientos metros sobre el nivel del mar, flota un pesquero de arrastre.

Está suspendido bajo tres cables, es de color marrón muy oscuro y tiene estrías de óxido por debajo de la línea de flotación, donde hay algunos percebes incrustados. Flota en el aire, lentamente, en dirección hacia el puente, elevándose poco a poco a medida que se acerca.

Camino hacia la ventana. Encima del pesquero hay tres dirigibles negros. Miro al atareado señor Johnson. Golpeo la ventana con los nudillos, pero parece que no me oye.

El pesquero de arrastre, que sigue elevándose, avanza directamente hacia la gran ventana circular. Golpeo el cristal a la mayor altura que puedo, balanceo mi bastón y mi sombrero y grito con todas mis fuerzas:

—¡Señor Johnson! ¡Cuidado! ¡Detrás de usted!

Deja de frotar un momento, pero solo para inclinarse hacia delante, sin borrar su sonrisa solemne, para soltar su aliento en el cristal y continuar a lo suyo.

Golpeo el cristal a la altura de las rodillas del señor Johnson; es lo más alto que puedo llegar, incluso con el bastón. El pesquero ya se encuentra a poco más de seis metros de él. El señor Johnson sigue limpiado alegremente. Golpeo con fuerza el grueso cristal con la punta metálica del bastón. Se agrieta. Cuatro metros; el pesquero está a la altura de los pies del señor Johnson. Le grito y aporreo el trozo de cristal agrietado que, finalmente, se rompe en pedazos. Me aparto para evitar las esquirlas. El señor Johnson me lanza una mirada furibunda. Tres metros.

—¡Detrás de usted! —grito; señalo un instante con el bastón y huyo para ponerme a cubierto.

El señor Johnson me observa y, por fin, se vuelve. El pesquero se encuentra a pocos palmos de distancia. Se tira al suelo de su andamio justo cuando el barco se incrusta en el centro de la gran ventana circular, con la quilla rozando la barandilla del andamio del señor Johnson, a quien ducha con los percebes. El vidrio se hace añicos sobre el amplio rellano; el ruido de cristales rotos compite con el del metal que se resquebraja. La proa del pesquero empieza a atravesar el centro de la ventana y el marco de metal se dobla como una inmensa telaraña, emitiendo un horrible y sonoro quejido. Todo tiembla a mi alrededor.

De pronto, se detiene. Parece que el pesquero retrocede ligeramente y, entre arañazos y rascadas, empieza a subir, se abre camino hacia la parte superior de la enorme circunferencia, rompe el cristal a su paso y deja caer fragmentos de vidrio y percebes sobre la alfombra y sobre las hojas de las macetas contiguas, que se doblan por la terrible lluvia vítrea que les está cayendo encima.

Entonces, aunque parezca increíble, el pesquero se marcha. Desaparece de mi vista. Los cristales dejan de caer. El sonido del barco abriéndose camino hacia los pisos superiores vibra en el aire.

El andamio del señor Johnson se balancea de un lado al otro y va disminuyendo gradualmente el ímpetu de sus movimientos. El hombre se mueve, echa un vistazo a su alrededor y se incorpora lentamente, con la espalda llena de trocitos de vidrio que le confieren el aspecto de una serpiente que está mudando su piel brillante. Se lame unos pequeños cortes que ha sufrido en el reverso de las manos, se sacude con cuidado algunas esquirlas de cristal de los hombros y coge una pequeña escoba de su andamio, que aún se balancea ligeramente. Empieza a barrer los cristales tranquilamente, mientras silba ensimismado. De vez en cuando, echa un vistazo con la mirada triste y afectada a lo que queda de la enorme ventana circular.

Me pongo en pie y me quedo mirando al señor Johnson, que limpia su andamio, comprueba los cables de sujeción y se pone un vendaje en las manos. Finalmente, contempla durante unos segundos la ventana destrozada y encuentra un pedacito que no está roto y aún está sucio, y se pone a limpiarlo.

Han pasado diez minutos desde el impacto del pesquero y sigo aquí, solo. Nadie se ha acercado a investigar, no han sonado alarmas ni sirenas de emergencia. El señor Johnson sigue limpiando y secando. Una brisa cálida sopla a través de la ventana rota y arrastra las hojas caídas de las macetas. Donde antes estaban las puertas del ascensor en forma de «L», ahora hay una pared vacía, con huecos para las estatuas.

De nuevo, abandono mi búsqueda de la Biblioteca de la Tercera Ciudad.

Regreso a mi apartamento y me encuentro un desastre todavía mayor.

Unos hombres vestidos con monos grises están sacando toda mi ropa y la están colocando en un carrito que está en el rellano. Antes de tener tiempo de reaccionar, aparece otro hombre, cargado con un montón de cuadros y dibujos, que apila sobre otro carrito antes de regresar dentro.

—¡Eh! ¡Ustedes! ¿Qué creen que están haciendo? —Los hombres se detienen y me miran, perplejos. Intento arrancar mis camisas de los brazos de uno de ellos, pero el tipo es muy fuerte y se limita a parpadear sin soltar la ropa que ha cogido de mi habitación. Su compañero se encoge de hombros y vuelve a su labor—. ¡Oigan! ¡Deténganse! ¡Salgan de ahí!

Dejo al hombretón con las camisas y entro en el apartamento. Todo está patas arriba y hombres vestidos de gris por todas partes que extienden sábanas blancas por encima de los muebles, sacan objetos, cogen libros de las estanterías y los meten en cajas, descuelgan cuadros de las paredes y quitan adornos de las mesas. Me quedo allí, de pie, horrorizado.

—¡Paren! ¿Qué demonios creen que están haciendo? ¡Paren, les digo!

Algunos se vuelven a mirarme, pero ninguno deja su tarea.

Un tipo se dirige a la puerta con mis tres paraguas.

—¡Déjelos donde estaban! —¿le grito, cortándole el paso. Lo amenazo con mi bastón, pero él lo agarra y lo añade a la colección de paraguas, y desaparece en el rellano.

—Ah, usted debe de ser el señor Orr. —Un hombre alto y calvo, vestido con una chaqueta negra encima del mono gris, con un sombrero negro en una mano y un sujetapapeles en la otra, sale de mi dormitorio.

—Efectivamente, soy yo. ¿Qué diablos está pasando aquí?

—Se traslada, señor Orr —responde el hombre, con una sonrisa.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Adónde?—grito. Me tiemblan las piernas, se me revuelve el estómago, me mareo.

—Mmm... —el hombre calvo busca entre sus papeles—, sí, aquí. Nivel B7, habitación 306.

—¿Cómo? ¿Y dónde está eso? —No puedo creerlo. ¿B7? Seguramente la «B» se refiere a «bajo», ¡bajo la plataforma del tren! Pero ahí es donde viven los trabajadores, la gente del montón. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué me hacen esto? Está claro que debe de tratarse de un error.

—No sabría decirle exactamente, señor—contesta alegremente el hombre—, pero estoy seguro de que lo encontrará sin problemas.

—Pero ¿por qué me trasladan?

—No tengo la menor idea, señor —prosigue con su irritante tono feliz—. ¿Hace mucho que está usted aquí?

—Seis meses.

Siguen sacando ropa de mi vestidor. Me dirijo de nuevo al hombre calvo.

—Mire, esa es mi ropa. ¿Qué están haciendo con ella?

—Devolviéndola, señor —asegura, asintiendo y sin dejar de sonreír.

—¿Devolviéndola? ¿A quién? —grito. Esto es completamente humillante, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?

—No lo sé, señor. Al lugar de donde procede, imagino. No vuelve exactamente a mi departamento, señor.

—¡Pero si es mía!

El hombre calvo frunce el ceño, consulta sus papeles y niega con la cabeza, mientras esboza una confiada sonrisa.

—No, señor.

—¡Claro que sí, maldita sea!

—Lo siento, señor, pero eso no es así. La ropa pertenece a las autoridades de la clínica; aquí lo dice bien claro, mire. —Me muestra una hoja que detalla todas mis compras efectuadas con las líneas de crédito de la clínica—. ¿Lo ve? Por un momento, me había asustado, porque este operativo hubiera sido ilegal y usted podría haber llamado a la policía porque estábamos llevándonos sus cosas, y eso hubiera supuesto un...

—¡Pero me dijeron que podía comprar lo que quisiese! ¡Tengo una subvención! Yo...

—Mire, señor —me explica el hombre, mientras supervisa otra tongada de ropa y sombreros y tacha algo de la lista del sujetapapeles— yo no soy abogado ni nada por el estilo, pero llevo más tiempo del que recuerdo haciendo este trabajo y, si se informa, le dirán que todo esto pertenece a la clínica y usted solo goza de su uso y disfrute.

—Pero...

—No sé si se lo explicaron en su momento, señor, pero si pregunta a las autoridades, eso es lo que le dirán.

—Yo... —me siento mareado—. Oiga, ¿no podrían dejarlo, aunque fuera un momento? Dejen que llame a mi médico, es el doctor Joyce, seguro que ha oído hablar de él. Lo solucionará todo, seguramente habrá habido...

—¿... un error, señor? —El calvo ríe ruidosamente durante un momento—. Perdóneme, señor. Siento interrumpirlo así, pero no he podido evitarlo. Todo el mundo dice lo mismo. ¡Ojalá me hubieran dado un chelín cada vez que he oído esa frase! —Mueve la cabeza y se frota una mejilla—. Bien, si realmente cree que es así, no dude en ponerse en contacto con las autoridades pertinentes. El teléfono debe de estar por aquí, en algún sitio... —dice distraídamente mientras echa un vistazo a su alrededor.

—El teléfono no funciona.

—Sí, sí funciona. No hará ni media hora que lo he utilizado para decirles a los del departamento que estamos aquí.

Encuentro el teléfono en el suelo. Muerto. Solo emite un clic cuando intento marcar. El hombre calvo se acerca.

—¿Ya está cortado, señor? —Consulta su reloj—. Sí que se han dado prisa. —Anota algo en su tablilla—. Menuda eficiencia la de los chicos de la centralita —dice para sí mismo mientras asiente con la cabeza para mostrar su admiración.

—Por favor, se lo ruego, déjeme ponerme en contacto con mi médico, él lo arreglará todo. Su nombre es doctor Joyce.

—No será necesario, señor —dice el calvo, alegremente. Un horrible pensamiento me asalta. El hombre comprueba sus papeles, pasa el dedo por una de las listas de las últimas páginas y se detiene en un punto—. Mire, aquí está.

Es la firma del doctor Joyce. El calvo añade:

—¿Ve? El doctor ya lo sabe. Ha sido él mismo quien ha dado la autorización.

—Sí. —Me siento y me quedo mirando la pared blanca y vacía que tengo delante.

—¿Ya está contento, señor? —El calvo no intenta ser frívolo ni irónico.

—Sí —me oigo responder a mí mismo—. Me siento paralizado, muerto, encerrado, sin sentidos, por los suelos, con los fusibles fundidos.

—Me temo que tendrá que darnos también lo que lleva puesto, señor —dice mirando mi ropa.

—No puede estar hablando en serio —respondo, derrotado.

—Lo siento, señor. Pero tenemos una estupenda colección de uniformes nuevos para usted. ¿Le importa cambiarse ahora?

—Esto es ridículo.

—Lo sé, señor. Pero las normas son las normas, ¿no es cierto? Estoy seguro de que le gustarán los uniformes. Y los estrenará usted.

—¿Uniformes?

Son de un tono verde vivo. Zapatos, pantalones cortos y camisas, e incluso una ordinaria ropa interior.

Me cambio en el vestidor, con la mente tan vacía como las paredes.

Mi cuerpo parece moverse por inercia mientras ejecuta los movimientos necesarios por su cuenta, de forma automática y mecánica. Se detiene esperando una nueva orden. Doblo mi ropa minuciosamente y, cuando levanto la chaqueta, veo el pañuelo que me dio Abberlaine Arrol. Lo saco del bolsillo frontal.

Cuando vuelvo a la sala de estar, el hombre calvo está viendo un concurso en la televisión. La apaga cuando entro y me entrega mi nueva ropa. Se pone su sombrero.

—El pañuelo —digo señalando la prenda de encima del montón de ropa — está bordado con mis iniciales. ¿Puedo quedármelo?

El calvo le hace un gesto a uno de sus hombres, para indicarle que se lleve la ropa. Con un lápiz, comprueba una lista de entre sus papeles.

—Efectivamente, aquí está el pañuelo, pero... no dice nada de ninguna letra bordada en él. —Abre el pañuelo y estudia con detalle la letra «O» bordada en azul. Me pregunto si llevará una aguja para descoserlo y dejarme solo el hilo—. De acuerdo, quédeselo —dice ásperamente—, pero se le descontará su valor de su nueva subvención.

—Gracias. —Es curiosamente fácil ser amable.

—Bien, eso es todo —concluye, con profesionalidad mientras guarda el lápiz. Con este gesto, me recuerda al doctor Joyce. Me señala la puerta—. Usted primero.

Guardo el pañuelo en un bolsillo del uniforme verde chillón y salgo del apartamento. Todos los hombres vestidos de gris se han marchado, excepto uno. El último trabajador sostiene un gran trozo de papel enrollado y un marco vacío. Espera a que su superior haya cerrado la puerta con un candado y le susurra algo al oído. El jefe desenrolla el papel: es el cuadro de Abberlaine Arrol.

—¿Es suyo esto?

—Sí —asiento—, es un regalo de una amig...

—Tenga. —Me lo planta en las manos y se da la vuelta.

Los dos hombres se alejan pasillo abajo. Me dirijo hacia el ascensor, con el cuadro apretado contra mi pecho. No he avanzado más que unos pasos cuando oigo un grito. El calvo corre hacia mí, haciéndome señas. Me acerco hacia él.

El hombre agita el sujetapapeles en mi cara.

—No tan deprisa, amigo —dice—. Tenemos un pequeño problema con un sombrero de ala ancha.

—Está hablando con la consulta del doctor F. Joyce, muy buenas tardes tenga usted.

—Soy el señor Orr; quisiera hablar con el doctor, es muy urgente.

—¡Señor Orr, qué alegría oírlo! ¿Cómo está usted?

—Me... me siento fatal en estos momentos, en realidad. Me acaban de echar de mi apartamento. Por favor, ¿puedo hablar con el doctor Joy...?

—Pero eso es terrible. Absolutamente terrible.

—Totalmente de acuerdo. Me gustaría hablarlo con el doctor.

—No, usted debe hablar con la policía, no con un doctor..., a menos que..., bien, obviamente, no lo han echado por el balcón, de lo contrario, no estaría hablando con...

—Mire, le agradezco mucho su preocupación, pero no tengo demasiado dinero para pagar esta llamada, y...

—Cómo... No le habrán robado también, ¿no?

—No. Oiga, ¿quiere hacerme el favor de pasarme con el doctor Joyce?

—Me temo que eso no será posible, señor Orr. El doctor está reunido en estos momentos. Mmm... Déjeme ver... Sí... El Comité de Elecciones de Nuevos Miembros del Subcomité del Comité de Trámites de Compras, creo.

—Bueno, ¿y no puede...?

—¡No! No, qué tonto soy. Miento; eso fue ayer. Ya decía yo que no me sonaba. Es el Subcomité de Planificación e Integración de Nuevos Edifi...

—¡Maldita sea! ¡Me importa un carajo en qué comité está! ¿Cuándo puedo hablar con él?

—Ah, pues debería importarle, señor Orr, los comités trabajan para los ciudadanos, ¿sabe?

—¿Cuándo demonios puedo hablar con el doctor?

—No lo sé, señor Orr. ¿Le digo que lo llame?

—¿Cuándo? No voy a estar pegado a esta cabina todo el día.

—Bien, pues le digo que lo llame a su casa.

—¡Le acabo de decir que me han echado!

—¿Y no puede volver a entrar? Estoy seguro de que si llama usted a la policía...

—Me han cerrado la puerta con un candado. Y todo bajo autorización oficial y firmado por el doctor Joyce; por eso mismo quiero habí...

—Aaaah, acabáramos. Ha sido usted trasladado, señor Orr. Pensaba que...

—¿Qué ha sido ese ruido?

—Los tonos, señor Orr. Tiene que echar más monedas.

—Ya no tengo más dinero.

—Vaya. En fin, ha sido un placer hablar con usted, señor Orr. Hasta pronto. Que pase un buen d...

—¿Oiga? ¿Oiga...?

El nivel B7 se encuentra a siete pisos por debajo de la plataforma del tren, a una distancia lo suficientemente corta como para poder distinguir un tren local, un tren expreso y un tren rápido de mercancías solo por el tipo de vibración, incluso sin el concomitante ruido/chirrido/zumbido de confirmación. El nivel es amplio, oscuro, tétrico y está plagado de gente. Justo en el piso de abajo, hay un taller de metales y los seis pisos superiores son de viviendas. Un olor a sudor y a humo rancio invade la atmósfera cargada. La habitación 306 es toda para mí. Solo contiene una cama estrecha, una silla vieja de plástico, una mesita y una cómoda pequeña con cajones. Y aun así, es una estancia algo recargada de muebles. El olor del baño comunitario asalta todo el pasillo, en cuyo extremo se encuentra mi nueva vivienda. La habitación tiene vistas a un patio de luces, que ni siquiera hace honor a su propio nombre.

Cierro la puerta y me dirijo a la consulta del doctor Joyce como un autómata: ciego, sordo y sin cerebro. Cuando llego, es demasiado tarde. Está cerrada. El doctor y el recepcionista se han marchado a casa. Un guarda jurado me mira con recelo y me sugiere que regrese al nivel al que pertenezco.

Me siento en mi cama diminuta, con el estómago revuelto. Apoyo la cabeza en las manos y miro al suelo; oigo los chirridos del metal que están cortando en el taller del piso inferior. Me duele el pecho.

Llaman a la puerta.

—Adelante.

Entra un hombre bajito y mugriento con un abrigo largo de color azul oscuro, arrastrando los pies de lado. Parpadea repetidas veces, mirando por toda la habitación, y su mirada se detiene brevemente en el cuadro enrollado que está encima de la cómoda. Por fin me mira, aunque sus ojos no se cruzan con los míos.

—¿Qué hay? Eres nuevo por aquí, ¿verdad? —Se queda de pie en el umbral de la puerta, como si estuviera preparado para salir corriendo en cualquier momento. Mete las manos en los bolsillos de su abrigo.

—Sí, lo soy —contesto, poniéndome en pie—. Mi nombre es John Orr. —Le tiendo la mano, que me estrecha durante un segundo, para volver a su posición anterior—. ¿Qué tal está? — digo a toda prisa.

—Me llamo Lynch —dice, sin mirarme a los ojos—. Pero puedes llamarme Lynchy.

—¿Qué puedo hacer por usted, Lynchy?

—Nada. —Se encoge de hombros—. Soy tu vecino y venía a ver si querías algo.

—Es usted muy amable. De hecho, me gustaría saber qué debo hacer para obtener mi nueva subvención.

Por fin, el señor Lynch me mira a los ojos. Parece que un resplandor emana de su cara, no precisamente recién lavada, aunque su expresión denota cierto aburrimiento.

—Ah, sí. Puedo ayudarte con eso, no hay problema.

Sonrío. En todo el tiempo que pasé en los niveles más elevados y refinados del puente, ni uno solo de mis vecinos me dio los buenos días y mucho menos me ofreció ayuda de ninguna clase.

El señor Lynch me acompaña a una cantina y me invita a una salchicha de sucedáneo de pescado y a un plato de puré de algas. Ambos son horribles, pero tengo hambre. Bebemos té en jarras. Me cuenta que es barrendero de vagones y que ocupa la habitación 308. Parece bastante impresionado cuando le muestro mi brazalete de plástico y le cuento que soy un paciente psiquiátrico. Me explica los pasos que debo seguir para solicitar mi subvención a la mañana siguiente. Se lo agradezco. Incluso me ofrece un pequeño préstamo hasta entonces, pero ya me siento muy en deuda con él y lo rechazo, no sin antes darle las gracias.

El ambiente de la cantina es ruidoso, cargado, saturado y cerrado. Los olores no favorecen en nada mi proceso digestivo.

—¿Así que te han dado puerta y eso?

—Sí. Mi médico lo autorizó. Rechacé someterme al tratamiento que tenía programado para mí, y supongo que esa es la razón de mi traslado. Aunque tal vez no sea así; no sé.

—Menudo cabrón, ¿eh? —El señor Lynch niega con la cabeza, con aire enfurecido—. Putos médicos...

—Parece un acto mezquino y vengativo, pero imagino que yo soy el único culpable.

—Son unos cabrones todos —mantiene el señor Lynch mientras bebe de su jarra. Sorbe el té ruidosamente, lo que para mí tiene el mismo efecto que oír rascar una pizarra con las uñas: me produce dentera. Miro el reloj que hay encima del mostrador de servicio. Intentaré contactar con Brooke; seguramente llegará pronto al Dissy Pitton's.

El señor Lynch saca papel y tabaco y se lía un cigarrillo. Respira con fuerza y de su garganta se desprenden sonidos catarrales, gruñidos y resoplidos. Un acceso de tos seca, como un gran saco de piedras agitado vigorosamente en algún lugar del interior del señor Lynch, completa su preparación precigarrillo.

—¿Tienes que ir a algún lado, tío? —me pregunta el señor Lynch al verme consultar el reloj. Enciende el pitillo, emitiendo una nube de humo acre.

—Sí, de hecho, debería marcharme. Voy a ver a un viejo amigo. —Me levanto—. Muchas gracias, señor Lynch, siento irme de forma tan precipitada. Espero que me permita devolverle su generosidad cuando vuelva a tener fondos.

—Vale, tío. Si quieres ir a algún lado mañana dame un toque. No tengo que ir a trabajar.

—Gracias, señor Lynch. Es usted muy amable. Hasta pronto.

—Venga. Nos vemos.

Consigo llegar al Dissy Pitton's más tarde de lo que tenía previsto, y con los pies tremendamente doloridos. Tendría que haber aceptado la oferta del señor Lynch de prestarme algo de dinero para el tren. Es increíble el encanto que pierde caminar cuando se hace por necesidad y no por gusto. También me preocupa que me vean con el uniforme que llevo ahora; mi rostro parece invisible a efectos prácticos. No obstante, camino con aplomo, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás, como si todavía luciese mi mejor traje y mi mejor abrigo, y balanceando el bastón, que aún destaca más en ausencia de estos.

El guardia de seguridad no parece impresionado de verme de esta guisa.

—¿No me reconoce? He venido muchas noches. Soy el señor Orr; mire. —Le muestro el brazalete identificador. Lo ignora; parece algo avergonzado de tener que hablar conmigo, se inclina la gorra y sigue abriendo la puerta a los otros clientes.

—Oiga, será mejor que se marche, ¿de acuerdo? —me dice.

—¿En serio no me reconoce? Mire mi cara y no mi ropa. O, por lo menos, dé un mensaje al señor Brooke de mi parte... ¿aún está por aquí? Brooke, el ingeniero, un tipo bajito, ligeramente jorobado... —Si el guardia de seguridad no fuera más alto y más pesado que yo, intentaría pasar por la fuerza.

—Si no se marcha, se meterá en un lío —me advierte el gorila, mirando hacia otro lado, como buscando a alguien.

—Estuve aquí la otra noche. Soy el hombre que le devolvió el sombrero al tal Bouch, tiene que recordarlo. Usted sostuvo el sombrero ante él, y él vomitó dentro.

El hombre sonríe, se toca la gorra, deja entrar a una pareja que no reconozco.

—Mire, amigo —me dice—, he estado fuera estas dos últimas semanas. Así que haga el favor de largarse o lo sentirá.

—Bien... de acuerdo. Lo siento. Pero, por favor, si escribo una nota, ¿le importaría...?

No puedo continuar. El hombre echa otro vistazo, descubre que no hay moros en la costa y me propina un fuerte puñetazo en el estómago. Mientras me agacho por culpa del dolor, el gorila aprovecha para golpearme en la barbilla, y después en el ojo cuando intento incorporarme de nuevo.

Caigo al suelo, totalmente aturdido. Alguien me levanta por el cuello del uniforme y me arrastra sin contemplaciones por la plataforma, lanzándome al exterior a través de una puerta. Dos golpes más me alcanzan en el costado; patadas, creo.

Se oye un portazo. El viento sopla fuerte.

Permanezco tumbado durante un rato, en la misma posición en la que me han dejado, incapaz de moverme. Un fuerte dolor latente y repetitivo va creciendo en mi vientre. Sin poder ver dónde estoy (creo que tengo sangre en los ojos), vomito la salchicha de sucedáneo de pescado y el puré de algas.

Me tumbo en mi cama minúscula. El hombre y la mujer de la habitación de arriba están discutiendo. El dolor me agobia; siento náuseas y hambre al mismo tiempo. La cabeza, los dientes, la mandíbula, el ojo y la sien derechos, el estómago, la tripa y el costado me pulverizan entero, en una sinfonía de dolor que invade todo mi cuerpo. El persistente susurro del eco de mi antigua lesión, la profunda molestia circular a la que estoy tan acostumbrado, parece ahogarse entre todo lo demás.

Ya estoy limpio. Me he lavado la boca lo mejor que he podido y me he colocado el pañuelo sobre el corte en la ceja. No estoy seguro de cómo he llegado hasta aquí, pero lo he hecho, aturdido por el dolor, como si fuera un triste borracho.

No me siento nada cómodo en la cama, que solo es un lugar nuevo que me permite apreciar las olas de dolor que me inundan y rompen contra la orilla de mi cuerpo.

Finalmente, en plena noche, consigo caer dormido. Pero nado a la deriva en un océano de dolor, sin descanso; paso de despertares agónicos que mi propio raciocinio puede, al menos, intentar poner en su contexto (buscando el momento en que el dolor cese) a momentos de tormentoso trance semiconsciente en los que las porciones más ínfimas de mi cerebro solo saben que los nervios gritan, que el cuerpo duele y que no hay nadie a quien pueda acudir para llorar en su hombro.

Tres

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Mucho. No sé dónde está este lugar. Muy lejos. No sé por qué estoy aquí. Porque hice algo mal. No sé cuánto tiempo tendré que quedarme aquí. Mucho.

El puente no es largo, pero dura siempre. No estoy lejos de la orilla, pero nunca la pisaré. Camino, pero no me muevo. Rápido o despacio, corriendo, rodando, volviendo sobre mis pasos, saltando o deteniéndome; da lo mismo, no hay diferencia.

El puente es de hierro. Grueso, pesado, oxidado, desconchado y descamado, emite un sonido contundente y muerto bajo mis pies; un sonido tan grueso y pesado que apenas es sonido, solo el impacto de cada uno de mis pasos que viaja a través de mis huesos hasta mi cabeza. El puente parece de hierro macizo. Tal vez hace tiempo no lo era. Tal vez lo remacharon en alguna ocasión. Pero ahora es de una pieza, oxidado y decadente. O quizá lo soldaron. Y qué más da.

No es largo. Hay un río pequeño debajo, lo veo a través de las gruesas barras de hierro de la barandilla. El río nace de entre la niebla y pasa bajo el puente, sereno y tranquilo, para seguir su curso y desaparecer de nuevo entre la misma niebla.

Podría atravesar el río a nado en un par de minutos (de no ser por los peces carnívoros) y podría cruzar el puente en menos tiempo, incluso a paso moderado.

El puente es parte de un círculo, tal vez el cuarto superior, en lo que a altura se refiere. Su estructura completa da forma a una gran rueda vacía que rodea al río.

En el lado que tengo detrás, hay una vía adoquinada que cruza un pantano. En el otro lado están mis damas, reposando o retozando en pequeños vagones o carromatos abiertos que se extienden sobre un prado, rodeado —según he podido observar en las raras ocasiones en las que la niebla se disipa levemente— de inmensos árboles de follajes tupidos. Camino siempre hacia las damas. En ocasiones lo hago lentamente, otras veces me muevo más rápido, incluso he llegado a correr. Me hacen señas con las manos, me saludan y me dan la bienvenida. Sus voces me llaman, en idiomas que no comprendo, pero que suenan dulces y adorables. Me suplican que vaya con ellas, lo que me llena de un deseo furioso.

Las damas se mueven de un lado al otro o se acomodan entre almohadas de satén en sus vagones. Lucen todo tipo de vestimentas; desde el rigor más formal, tapadas de pies a cabeza, hasta las prendas más sueltas y voluptuosas, como la seda que ondea sobre sus cuerpos, fina y transparente, con cortes y aberturas en los lugares exactos, de forma que sus jóvenes cuerpos (blancos como el alabastro, negros como el azabache, dorados como el propio oro) resplandecen a través de las ropas, como si su juventud y su decoro fulgurasen hasta arder en su interior y emanan un calor que no escapa a mis ojos.

Se desvisten para mí, lentamente, a veces, mientras me miran con sus grandes ojos tristes y llenos de deseo. Sus delicadas manos se tocan suavemente los hombros, despojándose de sus ropas, deslizándolas como si fueran gotas de agua después de un baño. Ardo, corro más rápido, aúllo por ellas.

A veces se acercan al borde del puente y se desnudan arrancándose la ropa, gritándome, apretando los puños y moviendo las caderas, arrodillándose y abriendo las piernas, chillando y extendiéndome los brazos. Yo grito también y me lanzo hacia ellas, corro como si me fuera la vida, sujeto mi pene erguido de deseo como el asta de una bandera, moviéndolo mientras sigo corriendo y gritando de deseo frustrado. A menudo eyaculo, y caigo exhausto al suelo, sobre la dura superficie férrea de la plataforma del puente, para permanecer allí jadeando, sollozando, gritando y golpeando el suelo de hierro con las manos hasta que me sangran.

Algunas veces, las damas hacen el amor entre ellas, frente a mí; y yo gimo y me tiro del cabello hasta arrancármelo. En ocasiones se toman varias horas, se besan dulcemente, se tocan, se acarician y se lamen, y gritan cuando llegan al orgasmo. Sus cuerpos se estremecen, se estrechan, se mueven al unísono. A veces me miran mientras lo hacen, y nunca puedo determinar si sus ojos grandes y húmedos denotan tristeza y súplica, o satisfacción y burla. Me paro y levanto el puño. Les grito:«¡Putas! ¡Ingratas! ¡Torturadoras! ¡Diablas! ¿Qué pasa conmigo? ¡Venid aquí! ¡Vamos, saltad! ¡Lanzadme una cuerda, entonces!».

No lo hacen. Desfilan, se desnudan, folian, duermen y leen viejos libros, preparan comidas y dejan pequeñas bandejas de papel de arroz con alimentos en el borde del puente, para que yo pueda comer (aunque a veces me rebelo y las tiro al río, y los peces carnívoros devoran hasta la bandeja). Pero ellas nunca saltan al puente. Entonces recuerdo que las brujas no pueden cruzar las aguas.

Camino; el puente gira despacio, ruge y tiembla ligeramente, las barras que se erigen de sus ejes se desplazan despacio, atraviesan la niebla. Corro; el puente se acelera, se adapta a mi velocidad, se agita bajo mis pies, y los barrotes que me rodean emiten un leve sonido a través de la nebulosa del aire. Me detengo; el puente se detiene. Todavía me encuentro sobre el centro del río que fluye lentamente. Me siento. El puente sigue inmóvil. Tomo impulso y me lanzo hacia el otro lado, en el que habitan las damas. Ruedo, gateo, salto, y el puente retumba y se mueve a un lado o al otro, me deja siempre en la misma posición, me devuelve siempre, siempre, a su centro, al punto medio sobre el lento cauce que fluye bajo él. Soy la piedra angular del puente.

Duermo (normalmente por la noche, a veces durante el día) justo sobre el centro de las aguas. Muchas veces, espero al corazón de la noche, finjo dormir durante horas y de pronto, ¡arriba! Me levanto de un salto, un gran salto que lo pillará desprevenido. ¡Sí, señor!

Pero el puente se mueve rápido. No se deja engañar y, en unos segundos, me encuentro corriendo, saltando o caminando de nuevo sobre el centro del río.

He intentado utilizar la propia inercia del puente contra él, su impulso, su propia masa. Corro primero hacia un lado y después hacia el otro; intento que mis cambios bruscos de dirección lo cojan por sorpresa, lo engañen, lo burlen de alguna forma, para que el maldito cabrón no pueda moverse con tanta premura (evidentemente, siempre intento asegurarme de que, en caso de salir, lo haga hacia el lado de las damas, ¡sin olvidar los peces carnívoros!), pero nunca tengo éxito. El puente, pese a su peso y a su solidez, que deberían dificultarle los movimientos prestos, siempre va demasiado rápido para mí y nunca me he acercado a menos de doce zancadas de cualquiera de los dos lados.

A veces sopla una ligera brisa; no suficiente como para disipar la niebla, pero sí como para traerme los perfumes y los aromas corporales de las damas, siempre que sople en la dirección adecuada. Inspiro con vehemencia, desgarro tiras de mis harapos y las introduzco en mis fosas nasales. También se me ha ocurrido hacer lo propio con mis orejas, e incluso vendarme todo entero.

Cada cierto tiempo, unos hombres morenos y achaparrados, vestidos como sátiros, salen corriendo del bosque y corren por el prado, lanzándose sobre las damas, quienes, tras una fingida demostración de resistencia y ciertas muestras de coquetería, sucumben a sus pequeños amantes con un deleite inalterable. Las orgías se prolongan durante días y noches, sin pausa. En ellas, se practica toda forma de perversión sexual, bajo la luz de las hogueras y de las lámparas rojas que iluminan la escena en la noche, donde también se consumen vastas cantidades de carnes asadas, frutas exóticas y manjares especiados, junto con diversas variedades de vinos y licores. En dichas ocasiones, suelo ser el gran olvidado y ni siquiera me dejan mi comida habitual en el puente, con lo que me muero de hambre mientras ellos sacian su apetito rozando la gula. Me siento y miro hacia otro lado, enfurruñado ante la frialdad del pantano y el camino inalcanzable que lo atraviesa, sintiéndome a caballo entre el hambre y los celos, atormentado por los gemidos y los gritos procedentes del otro lado del puente, y por los suculentos aromas de las carnes asadas.

En una ocasión, me quedé ronco de tanto gritarles, me torcí el tobillo saltando y me mordí la lengua insultándolos. Esperé a tener ganas de cagar y luego les lancé la mierda. ¡Y los enanos obscenos la utilizaron en uno de sus indecentes juegos sexuales!

Cuando los hombres oscuros vestidos de sátiros han vuelto arrastrándose a su bosque y las damas han dormido para recuperarse de los efectos de sus caprichos polifacéticos, vuelven a ser como antes, o incluso algo más serviciales, como si sintieran cierta culpa. Me preparan platos especiales y me dan más comida de la habitual, pero normalmente yo sigo enfadado y tiro la comida, bien a ellas, bien a los peces carnívoros del río. Ellas se muestran tristes y arrepentidas, retoman sus viejos hábitos de lectura y sueño, caminan y se van desvistiendo, y hacen el amor las unas con las otras.

Tal vez mis lágrimas oxidarán el puente y así conseguiré escapar.

Hoy la niebla se ha disipado. No durante mucho tiempo, pero sí el suficiente. En mi puente sin final, he llegado al final.

No estoy solo.

Cuando se levantó la niebla, vi que el río desaparecía en línea recta hacia el infinito, por ambos lados. A uno de ellos, el pantano y el camino adoquinado. Al otro, el prado y el bosque. Nunca terminaban. A unos cien pasos contra la corriente había otro puente igual que el mío. También parecía parte de una circunferencia, era de hierro con gruesas barras en los bordes. Dentro de él, había un hombre agarrado a las barras, mirándome. Más allá de su puente, otro puente y otro hombre, y así sucesivamente, hasta que la línea formada por todos los puentes se convertía en un túnel metálico, que desaparecía en la nada. Cada puente tiene su camino que cruza el pantano, sus prados y sus damas. A favor de la corriente, la misma escena. Mis damas no parecieron reparar en nada de todo aquello.

El hombre del siguiente puente me miró durante un rato, y, acto seguido, empezó a correr (observé cómo giraba su puente, fascinado por su serena suavidad), se detuvo, me volvió a mirar y luego miró al puente que tenía al otro lado. Entonces, se encaramó al parapeto, por encima de las barras y (tras un ínfimo conato de vacilación) se lanzó al río. El agua se llenó de espuma roja. El hombre gritó y se sumergió.

La niebla volvió. Estuve gritando durante un buen rato, pero no pude oír ninguna voz de respuesta.

Ahora estoy corriendo. A ritmo constante, rápido y decidido. Ya hace unas cuantas horas; está oscureciendo. Las damas parecen preocupadas; he pasado por encima de tres de sus bandejas de comida.

Mis damas se ponen en pie y me miran, con los ojos tristes y cierto aire de resignación, como si ya hubieran visto la escena que están contemplando otras veces, como si el final siempre fuese el mismo.

Corro sin parar. El puente y yo somos uno, somos parte del mismo mecanismo, un ojo enhebrado por el río. Y correré hasta que caiga, hasta que muera; en otras palabras, para siempre.

Ahora mis damas lloran, pero yo soy feliz. Ellas están atrapadas, paralizadas, prisioneras y sumisas; pero yo soy libre.

Me despierto con un grito, con la impresión de que estoy encajonado en un bloque de hielo, más frío que el agua, tan frío que quema como la lava volcánica, y bajo una presión que me muele y me aplasta.

El grito no es mío; permanezco en silencio, y solo se oyen los chirridos de las láminas de metal. Me visto, me arrastro al baño comunitario y me lavo. Me seco las manos con el pañuelo. En el espejo, mi rostro aparece inflamado y pálido. Siento que algunos de mis dientes están más sueltos que antes. Mi cuerpo está magullado, pero no parece que tenga lesiones graves.

En la oficina donde me registro para reclamar mi subvención, descubro que este primer mes solo obtendré la mitad, puesto que tengo que abonar el importe que debo del pañuelo y del sombrero. Me dan muy poco dinero.

Me indican una tienda de segunda mano donde compro un abrigo largo y usado. Al menos, así cubriré el uniforme verde que me han asignado. Con la adquisición, gasto la mitad del dinero. Empiezo a caminar hacia la siguiente sección, decidido a ver al doctor Joyce, pero me siento débil al poco rato y me veo obligado a tomar un tren y a pagar el importe del billete en metálico.

—Urgencias está tres plantas más abajo, a dos manzanas dirección Reino —me indica el joven recepcionista cuando entro en la clínica del doctor Joyce. Tras ello, vuelve a su periódico, y no me ofrece ni té ni café.

—Quisiera ver al doctor Joyce. Soy el señor Orr. Recordará que hablamos ayer por teléfono.

El joven levanta los ojos para mirarme con un gesto de hastío. Apoya un dedo (con una perfecta manicura) sobre su impecable mejilla, y respira a través de unos dientes blancos y luminosos.

—Señor... ¿Orr, dice? —se vuelve para consultar un fichero.

Me flaquean las piernas. Me siento en una de las sillas, y el recepcionista me mira fijamente.

—¿Acaso le he dicho que podía sentarse? —me pregunta.

—No. ¿Acaso le he pedido permiso?

—Espero que ese abrigo esté limpio.

—¿Piensa dejarme ver al doctor o no?

—Estoy buscando su ficha.

—¿Pero es que no me recuerda?

—Sí, pero usted ha sido trasladado, ¿no? —inquiere tras estudiarme minuciosamente.

—¿Y eso supone alguna diferencia?

El tipo suelta una risilla incrédula, negando con la cabeza mientras consulta el fichero.

—Ah, ya me lo parecía. —Extrae una tarjeta roja y la lee—. Le han derivado.

—Ya me había dado cuenta. Mi nueva dirección es...

—No; quiero decir que tiene un doctor nuevo.

—No quiero ningún doctor nuevo. Quiero al doctor Joyce.

—Ah, ¿sí? —suelta una carcajada y golpea con el dedo la tarjeta roja—. Mucho me temo que no es una decisión que deba tomar usted. El doctor Joyce le ha derivado a otro médico y eso es lo que hay. Y si no le gusta, mala suerte. —Guarda la dichosa tarjeta en el fichero—. Y ahora, haga el favor de marcharse.

Me acerco a la puerta de la consulta del doctor. Está cerrada con llave.

El joven recepcionista no levanta la vista de su periódico. Intento mirar a través del cristal esmerilado de la puerta y la golpeo con educación.

—¿Doctor Joyce? ¿Doctor Joyce?

El joven recepcionista se ríe sin disimular; me vuelvo a mirarlo cuando suena el teléfono. Descuelga.

—Consulta del doctor Joyce —responde—. Lo siento, en estos momentos el doctor no está. Se encuentra en el congreso anual de altos administradores. —Se vuelve en su asiento y me mira mientras pronuncia esa frase, con ojos de condescendencia maliciosa —. En dos semanas —prosigue con una amplia sonrisa—. ¿Quiere el prefijo de larga distancia? Ah, sí; buenos días, agente. Sí, el señor Berkeley, por supuesto. ¿Y qué tal está usted?... Ah, ¿sí? ¿En serio? ¿Una lavadora? Vaya, eso es nuevo... —El joven recepcionista adopta un semblante solemne y empieza a tomar notas—. ¿Y cuántos calcetines dice que se ha comido...? De acuerdo. Bien, lo tengo. Mandaré a un interino a la lavandería inmediatamente. Todo en orden, agente. Que pase usted un magnífico día. Hasta pronto.

Mi nuevo médico se llama Anzano. Sus dependencias son la cuarta parte en tamaño de las del doctor Joyce y se encuentran a dieciocho pisos por debajo, sin vistas al exterior. El doctor es un viejo gordo, con cuatro pelos rubios en la cabeza y una ortodoncia.

Consigo verlo tras una espera de dos horas.

—No —asegura el doctor—, no puedo hacer nada con respecto a su traslado. No estoy aquí para eso, ¿comprende? Concédame un tiempo para leerme su expediente y tenga paciencia. Ahora tengo muchos en la bandeja. Me pondré con su caso lo más pronto posible y veremos cómo lo enfocamos, ¿de acuerdo? —Intenta parecer optimista y esperanzador.

—¿Y mientras tanto? —pregunto, cansado. Debo de tener un aspecto horrible. Siento palpitaciones en el rostro y he perdido algo de visión en el ojo izquierdo. Tengo el pelo sucio y no he podido afeitarme esta mañana. ¿Cómo podré intentar reclamar mi anterior modo de vida con esta pinta? Voy mal vestido y me han vapuleado (en todos los sentidos, me temo).

—¿Mientras tanto? —el doctor Anzano parece sorprendido. Se encoge de hombros—. ¿Necesita alguna receta? ¿Le queda suficiente cantidad de lo que sea que haya estado...? —Coge su talonario de recetas mientras niego con la cabeza.

—No; lo que quiero es saber qué se puede hacer con respecto a mi... situación.

—Yo no puedo hacer gran cosa, señor Orr. No soy el doctor Joyce. No puedo conseguir apartamentos de lujo para mí, con que aún menos para mis pacientes. —Su voz suena ligeramente amarga e irritada—. Espere hasta que haya revisado su caso y haré todas las recomendaciones que crea oportunas. Y ahora, ¿se le ofrece alguna otra cosa? Soy un hombre muy ocupado, ¿lo sabía?

—No. Nada más —me levanto—. Gracias por su tiempo.

—No hay de qué. Mi secretaria se pondrá en contacto con usted para comunicarle su próxima visita. Será pronto, estoy seguro. Y, si necesita algo, llámeme.

Regreso a mi habitación.

El señor Lynch golpea mi puerta.

—Buenos días, señor Lynch.

—Joder, ¿qué te ha pasado?

—Una discusión con un enorme guardia de seguridad. Pase, pase. ¿Quiere sentarse aquí?

—No puedo quedarme. He traído esto. —Me alarga un trozo de papel doblado y sellado. Sus dedos dejan manchas en el sobre. Lo abro—. Estaba enganchado en la puerta, te lo podían haber mangado.

—Gracias, señor Lynch —respondo—. ¿Está seguro de que no quiere quedarse? Esperaba poder compensar su generosidad de ayer invitándolo a cenar esta noche.

—Vaya, pues no va a poder ser. Tengo que hacer horas extra.

—Bien, pues cuando usted quiera.

Echo un rápido vistazo a la nota. Es de Abberlaine Arrol; confiesa que ha utilizado descaradamente una cita ficticia conmigo para librarse de un compromiso potencialmente tedioso, y pregunta si me gustaría ser su cómplice en el advenimiento. Adjunta el número de teléfono del apartamento de sus padres para que la llame. Compruebo la dirección y observo que la nota ha sido reenviada desde mi antiguo domicilio.

—Vale... —contesta el señor Lynch, con las manos tan hundidas en los bolsillos que parece que lleve el dobladillo del pantalón lleno de piedras—. ¿Ha pasado algo malo?

—No, no, señor Lynch. En realidad, una joven quiere que la invite a cenar... y ahora tengo que llamarla. Pero no olvide que, tras esto, usted será el primero en deleitarse con mis exiguas cualidades de anfitrión.

—Lo que tú digas, tío.

Viva mi suerte. La señorita Arrol está en casa. Una persona, probablemente un sirviente, va a buscarla, lo que me cuesta unas cuantas monedas porque las dependencias de los Arrol son de un tamaño considerable.

—¡Señor Orr! ¡Hola! —Parece cansada.

—Buenos días, señorita Arrol. He recibido su nota.

—Ah, genial. ¿Está libre esta noche?

—Sí, pero...

—¿Qué le pasa, señor Orr? Suena como si estuviera usted resfriado...

—No, es la boca. Resulta que... —Me detengo—. Señorita Arrol, me encantaría cenar con usted esta noche, pero me temo que... he sufrido un revés. Me han trasladado, o tal vez debería decir «degradado». El doctor Joyce me ha desterrado. Al nivel B7, para ser exactos.

—Ah. —El tono con que pronuncia una sola sílaba me dice más, en mi febril estado, que una hora entera de explicaciones políticamente correctas sobre el decoro, la extracción social, la discreción y el tacto. Tal vez se supone que debo decir algo más, pero no puedo. ¿Cuánto rato debo esperar, entonces, a que ella hable? ¿Dos segundos, quizá? ¿Tres? Nada para el paso del tiempo en el puente, pero sí lo suficiente como para pasar de un instante de desesperación a un estado de ira. ¿Debo colgar el teléfono y terminar con esto lo antes posible? Tal vez sí, para apaciguar mi propia amargura... y para ahorrarle el apuro a la señorita.

—Lo siento, señor Orr. Estaba cerrando la puerta. Mi hermano anda por aquí. Bien, dígame, ¿dónde dice que lo han trasladado? ¿Puedo ayudarlo? ¿Quiere que vaya ahora?

Orr, eres tonto.

Me visto con la ropa del hermano de Abberlaine Arrol. Ha llegado una hora antes de la que teníamos prevista, con una maleta llena de ropa, la mayor parte de su hermano, dado que cree recordar que tenemos la misma talla. Me cambio mientras ella espera fuera. He sentido cierta reticencia a dejarla sola en una zona tan vulgar, pero era difícil que se quedase dentro.

En el pasillo, está apoyada contra la pared, con una rodilla levantada, de forma que una de sus nalgas reposa contra su pie. Tiene los brazos cruzados y habla con el señor Lynch, que la mira con una especie de desconfianza cautelosa.

—Oh, no, querido —le dice la señorita Arrol—, siempre cambiamos de campo en la media parte. —Se ríe. El señor Lynch parece quedarse atónito y, acto seguido, empieza a reír a carcajadas. La señorita Arrol me ve.

—Ah, señor Orr.

—El mismo —respondo, haciendo una reverencia—. O no...

Abberlaine Arrol, resplandeciente con unos holgados pantalones de seda negra, la chaqueta a juego, una blusa de algodón, unos tacones altísimos y un extravagante sombrero, se dirige a mí:

—Qué porte más elegante, señor Orr.

—Mejorando lo presente.

Me alarga un bastón negro.

—Muchas gracias —le digo. Ella alarga el brazo para tomarme del mío, y yo se lo ofrezco sin dudar. Estamos frente al señor Lynch, agarrados del brazo, y puedo sentir su calor a través de la chaqueta de su hermano.

—¿No estamos elegantes, señor Lynch? —pregunta, con la cabeza erguida.

—Sí, sí..., muy... muy... —el señor Lynch busca la expresión idónea—. Una pareja muy... guapa.

Me encantaría pensar que somos precisamente eso. La señorita Arrol también parece complacida.

—Gracias, señor Lynch. —Se vuelve hacia mí—. No sé usted, pero yo me muero de hambre.

—Bien, entonces, ¿cuáles son sus prioridades en estos momentos, señor Orr? —Abberlaine Arrol hace rodar su vaso de whisky entre las manos, mirando la llama de una vela a través del cristal diáfano y del licor de color ámbar. Yo miro sus labios húmedos bajo la misma luz tenue.

La señorita Arrol ha insistido en invitarme a cenar. Nos sentamos en una mesa con vistas al exterior, en el restaurante de Las Vigas Altas. Hemos disfrutado de una comida exquisita, de un servicio eficiente y de unas vistas excelentes (las luces titilan sobre el mar, donde los pesqueros tienen anclados los dirigibles; los propios globos apenas pueden apreciarse, dado que se encuentran casi a nuestra altura, y son como presencias oscuras en la noche, que reflejan las luces del puente como nubes. También pueden verse algunas estrellas en el cielo).

—¿Mis prioridades? —pregunto.

—Sí. ¿Qué es más importante, recuperar su posición como paciente aventajado del doctor Joyce, o redescubrir sus recuerdos perdidos?

—Bien —prosigo, pensando realmente en ello por primera vez—, lo cierto es que ha sido muy doloroso e incómodo bajar tantos niveles en el puente, pero imagino que podría llegar a aprender a vivir así, en el peor de los casos. —Bebo un sorbo de whisky. La señorita Arrol mantiene un semblante neutro—. No obstante, mi incapacidad de recordar no es algo... —suelto una risilla irónica— que se pueda olvidar. Siempre sabré que hubo otras cosas en mi vida antes de esto, con lo que imagino que no dejaré de buscarlas. Es como si hubiera una cámara sellada y olvidada en mi interior. No me sentiré completo hasta que haya descubierto su entrada.

—Suena a tumba. ¿Tiene miedo de lo que pueda encontrar dentro?

—Es una biblioteca. Solo los tontos y los villanos tienen miedo de eso.

—Así, ¿prefiere encontrar su biblioteca a recuperar su apartamento? —Abberlaine Arrol sonríe. Yo asiento, mirándola fijamente. Se quitó el sombrero cuando entramos en el restaurante y dejó ver un peinado recogido, con el precioso cuello descubierto. Sus arruguitas bajo los ojos siguen fascinándome. Son como una protección, como una línea de sacos de arena que velan por sus ojos verdes, seguros, confiables, serenos.

Abberlaine Arrol mira dentro de su vaso. Estoy a punto de hacer un comentario acerca de una minúscula línea que se ha formado en su frente cuando se va la luz.

Nos quedamos con la única claridad de nuestra vela. Las otras mesas también parpadean gracias a sus pequeñas llamas. Se encienden las tétricas lámparas de emergencia. Se oyen murmullos de los demás comensales. Afuera, las luces de los pesqueros empiezan a extinguirse. Ya no se ven los globos con el reflejo de la iluminación del puente. La estructura al completo debe de estar a oscuras.

Los aviones: llegan sin luces, resonando en la noche, desde la dirección de la Ciudad. La señorita Arrol y yo nos ponemos en pie para mirar por la ventana. Otros comensales se agolpan a nuestro alrededor, tratando de ver algo y haciendo sombra a la escasa luz de las velas y de las lámparas de emergencia con las manos, y con las narices pegadas al gélido cristal como niños al escaparate de una tienda de dulces. Alguien abre una ventana. Los aviones suenan casi a nuestro lado.

—¿Puede verlos? —pregunta Abberlaine Arrol.

—No—admito. Los motores rugen muy cercanos. Es imposible ver los aviones, pues no tienen luces de navegación, no hay luna, y las estrellas no brillan lo suficiente como para mostrarlos.

Pasan, aparentemente indiferentes ante la completa oscuridad.

—¿Cree que lo han logrado? —me pregunta la señorita Arrol, mientras sigue intentando ver algo a través de la negra noche. Su aliento empaña el cristal.

—No lo sé —reconozco—. No me sorprendería.

Ella se muerde el labio inferior y mantiene las manos parapetadas contra la oscura ventana, con una expresión de excitación anticipada en el rostro. Tiene un aspecto muy juvenil.

Vuelve la luz.

Los aviones han dejado sus mensajes sin sentido; ya se ven las nubes de humo, oscuridad sobre oscuridad. La señorita Arrol se sienta y levanta su vaso. Mientras yo hago lo propio, se inclina en la mesa y susurra en tono conspirativo:

—Por nuestros intrépidos aviadores, vengan de donde vengan.

—Y sean quienes sean —añado, rozando mi vaso con el suyo.

Cuando nos disponemos a marcharnos, un ligero olor a humo graso, solo perceptible por los olfatos más finos del restaurante, nos deja la señal inequívoca del paso de los aviones junto a la gramática estructural del puente, tal vez a modo de crítica.

Esperamos el tren. La señorita Arrol está fumando. Suena la música en la zona de espera de las clases acomodadas. Ella se estira en su asiento y reprime un bostezo.

—Lo siento —dice—. Señor O... Bueno, a estas alturas podemos tutearnos. Si te llamo John, ¿tú me llamarás Abberlaine, pero nunca «Abby»?

—Por supuesto, Abberlaine.

—De acuerdo... John. Imagino que estás cualquier cosa menos contento con tu nueva vivienda.

—Es mejor que estar en la calle.

—Sí, claro, pero...

—Aunque no mucho mejor. Y sin el señor Lynch, todavía estaría más perdido, si cabe.

—Mmm, me lo imaginaba. —Parece preocupada y mantiene la mirada fija en uno de sus brillantes tacones negros. Se pasa un dedo por los labios, sin abandonar su serio semblante. De pronto, alza la mano—. Ah, tengo una idea. —Su rostro se ilumina con una traviesa sonrisa.

—Lo construyó mi bisabuelo paterno. Un momento, a ver si encuentro las luces. Creo que están... —Se oye un ruido sordo—. ¡Mierda! —grita la señorita Arrol.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Me he dado un golpe en la barbilla. Bueno, a ver esas luces. Me parece que están... no. Maldita sea, no veo nada. No tendrás un encendedor, ¿verdad, John? Es que he gastado la última cerilla con el cigarrillo.

—No. Lo siento.

—De acuerdo. ¿Me alcanzas tu bastón?

—Cómo no. Toma. ¿Estás...? ¿Lo tienes?

—Sí, lo tengo. —Oigo cómo se abre camino a tientas entre la oscuridad, balanceando el bastón. Dejo mi maleta en el suelo, esperando comprobar si mis ojos se adaptan a las tinieblas o no. Puedo ver discretos halos de luz, apenas perceptibles, más allá de una esquina, pero aquí dentro todo es negro. Desde lejos, oigo la voz de Abberlaine Arrol—. Tenía que estar cerca del puerto. Por eso lo construyó. Después hicieron el club deportivo arriba, pero él era demasiado orgulloso como para aceptar la indemnización y vender su parte, así que ha seguido perteneciendo a la familia. Mi padre siempre dice que lo venderá, pero no nos iban a dar demasiado, así que lo utilizamos como almacén. Había humedades en el techo, pero las arreglaron.

—Ajá. —Escucho a la joven, pero lo único que puedo oír es el sonido del mar. Las olas peinan las rocas de los muelles cercanos. También puedo olerlo; parte de su mojado frescor parece impregnar el aire.

—¡Por fin! —exclama la señorita Arrol, con la voz apagada. Un clic y se hace la luz. Estoy de pie frente a la puerta de una gran estancia, prácticamente diáfana, con dos niveles y llena de muebles viejos y cajas de embalaje. Desde el techo, alto y con manchas de humedad, cuelgan enrevesados racimos de lámparas. El barniz se descama de los paneles de las paredes, colocados tiempo atrás. Hay sábanas blancas por todas partes, cubriendo a medias antiguos aparadores, armarios, sillones, sillas, mesas y cómodas. También hay otros muebles completamente tapados, envueltos y apuntalados como inmensos regalos blancos y antiguos. Donde antes se veían vagos halos de luz, ahora aparece una gran pantalla negra formada por las ventanas que nos muestran la noche. De una habitación contigua, sale Abberlaine Arrol, con el sombrero en su sitio, y frotándose las manos para limpiarse el polvo.

—Bueno, esto está mejor —dice mientras echa un vistazo a su alrededor—. Un poco sucio y desértico, pero es tranquilo y más íntimo que su habitación del B7 o de donde sea.

Me devuelve el bastón y empieza a caminar entre los muebles, levanta las sábanas y mira debajo, desata una tormenta de polvo al investigar los contenidos de la inmensa estancia. Estornuda.

—Debe de haber alguna cama en algún sitio. —Mira hacia las ventanas—. Habría que cerrar los postigos. Aquí no entra mucha luz, pero sí la suficiente como para despertarte por las mañanas.

Me acerco a las altas ventanas de obsidiana enmarcadas por una desconchada pintura blanca. Los pesados postigos chirrían al deslizarse sobre los cristales cubiertos de polvo. En el exterior, hacia abajo, puedo ver una línea rota de espuma blanca y algunas luces lejanas, la mayoría procedente de algunos barcos atracados en el puerto. Por encima, donde espero ver el puente, solo hay oscuridad, negra y completa. Las olas relucen como millones de cuchillos mortecinos.

—Aquí. —La señorita Arrol ha encontrado la cama—. Puede que esté algo húmeda, pero seguro que encuentro sábanas en algún sitio. A lo mejor en esas cajas.

La cama es grande, con un cabecero de roble tallado con dos inmensas alas extendidas. Abberlaine escarba entre las cajas y los baúles buscando las sábanas. Yo pruebo la cama.

—Abberlaine, eres muy amable, pero ¿seguro que no te buscarás problemas por esto? —pregunto mientras estornuda de nuevo desde una polvorienta caja—. ¡Salud!

—Gracias. No, no estoy segura —admite mientras saca unas mantas y varios fajos de periódicos de un baúl—, pero en el caso improbable de que mi padre se enterase y se molestase, podría intentar hablar con él. Tú no te preocupes. Aquí nunca viene nadie. Ajá. —Encuentra un edredón grande y varios juegos de sábanas y almohadas. Hunde el rostro en ellos y aspira profundamente—. Sí, parece que están secos.

Hace un fardo con las prendas que ha encontrado y se acerca para hacer la cama. Me ofrezco a ayudarla, pero se niega.

Me quito el abrigo y voy en busca del cuarto de baño. Es unas seis veces mayor que la habitación 306 del nivel B7. Da la impresión de que en la bañera cabe una lancha. La cisterna funciona, del grifo sale agua corriente, y el bidé y la ducha no tienen ningún problema. Me miro en el espejo, me peino, me arreglo la camisa y busco posibles restos de comida entre mis dientes.

Cuando vuelvo a la sala principal, la cama está lista. Las grandes alas de roble se abren ante un edredón blanco de plumón. Abberlaine Arrol se ha marchado. La puerta principal del gran apartamento oscila de un lado al otro.

Cierro la puerta y enciendo casi todas las luces. Cuelgo una lámpara de una de las cajas de embalaje que hay junto a mi cama fría y enorme. Antes de apagar las luces, me quedo tumbado un rato, mirando los grandes círculos huecos que las aguas ya secas dejaron en el yeso que tengo justo encima.

Borrosos y apagados, remanentes de antiguos lamentos, me miran como antiguas imágenes pintadas del estigma que llevo en mi propio pecho.

Extiendo la mano hacia la lámpara y enciendo de nuevo la oscuridad.

Cuatro

Es la de la muerte, eso me dijo el viejo cabrón cuando intentaba sacarle información. Le dije que era un viejo pervertido, porque yo ya estaba harto y le rajé el cuello; te he preguntado dónde estala puta Bella Durmiente, no si es de la muerte o no es de la muerte o lo que coño me estés diciendo. No, no, me dijo con la sangre chorreando y salpicando por todas partes, no, no; he dicho Isla de la Muerte, en la Isla de la Muerte encontrarás a la Bella Durmiente, pero ten mucho cuidado con... Y entonces el cabrón va y se muere. Menuda mierda. Me quedé un poco preocupado y eso, pero estas cosas pasan por algo.

No me acuerdo de dónde escuché hablar de esa Bella Durmiente. Llevo unos días dando vueltas por una feria con toda esa magia y eso; todos los sitios están llenos de magos y brujos y brujas estos días, no se puede entrar en algunas ciudades sin ver a uno de esos capullos haciendo hechizos y convirtiendo a alguien en una rana, en un sapo y eso. Pero por muy listos que sean y mucha magia, también tienen que construir casas y plantar huertos, que la magia no da de comer y eso. Porque la magia vale para esconder oro y convertir a la gente en cosas y borrarla memoria de las personas y eso, pero no vale para arreglar una rueda o para sacar el agua de tu casa cuando se ha inundado. No sé cómo funciona la magia, a lo mejor cada mago hace cosas que no hacen los otros, o a lo mejor no pueden meterse en las cosas de los otros, porque si no el mundo sería maravilloso y toda la gen te estaría contenta y feliz y eso. Pero las cosas no son así y para mí mejor, porque si no nadie necesitaría a gente como yo (y el mundo sería un coñazo y eso).

Estos días estoy haciendo bastantes cosas, la faena va bien, sobre todo porque todos estos brujos son tan sofisticados que no se acuerdan de que una espada hace cosas que no hacen los hechizos, sobre todo si el enemigo se espera un hechizo y no una espada. Bueno, yo tengo una armadura mágica y una daga encantada, pero no me gusta usar esas cosas, yo siempre digo que es mejor usar una espada bien afilada y eso.

Adivina, adivinanza.
Está en dantesca y también en larga,
aunque en verdad es corta y muy afinada.
Si la usas bien, la vida te salva.
Si la usas mal, la misma te mata.

Ni caso, es la daga, que es que resulta que habla. Y la respuesta es daga, no te jode. Tiene una voz de pito que me pone de los nervios, pero a veces es útil, porque puede ver en la oscuridad y eso, y decir quién es amigo o enemigo, y a veces hasta ha saltado al cuello de algunos malos que me han tocado mucho los cojones. Es útil, sí. Es que había una bruja joven y guapa, que un brujo se la quería tirar y ella no quería, y a mí me contrataron para cargarme al brujo y la chica me regaló la daga para darme las gracias y eso. Me dijo que solo era una copia, pero que venía del futuro y podría servirme. Y también hizo más cosas para darme las gracias, la guarrilla. Las brujitas también hacen magia en la cama. A ver si vuelvo a verla otro día.

A lo que íbamos. Eso. Que me enteré de lo de la Bella Durmiente no sé dónde y empecé a buscarla, pero no era fácil. Y por fin el viejo cabrón me dijo eso de la Isla de la Muerta, o de la Muerte, o lo que sea, pero va y me lo cargo antes de que me lo diga todo. Es que no tengo paciencia y eso, pero qué le vamos a hacer. No sé qué dicho hay sobre no sé qué del perro viejo. Vaya, que no es que yo sea viejo, porque hay que estar joven y cachas para ser un caballero de la espada (a lo mejor por eso la bruja... bueno, da igual). ¿Dónde estaba? Ah, sí. La Isla de la Muerte.

Bueno, al grano. Después de muchas aventuras emocionantes y eso, me encontré con un brujo al que pedí que hiciera un conjuro para ir a un sitio que se llama el Inframundo, y me tuvo asando gatos vivos a fuego lento durante tres semanas o así, pero funcionó. El brujo me dio instrucciones y unos consejos y eso, pero yo tenía la cabeza como un bombo porque había bebido vino la noche antes y no capté todo lo que decía el brujo y además estaba nervioso porque por fin iba al Inframundo. «¡Cuidado con el Leteo, las aguas del olvido!», dijo el brujo, y yo ahí de pie, en la bodega de su castillo, con la cabeza dándome vueltas y eso, y pensando que ojalá me lo hubiera dicho antes de empezar a pimplar ayer. «¿Cuidado con qué? ¿El lechero?», le pregunto. «¡Leteo!», grita. Vale, tío. Me metí en esa cosa con forma de estrella que ha pintado en el suelo de la bodega.

Menudo sitio este. Hay un montón de gente gritando y llorando yeso, todos encadenados a las paredes y los túneles, vaya panorama para un resacoso. Me estaban hartando y quería matar a unos cuantos, pero aunque los rajaba seguían gritando y chillando y eso, así que era una pérdida de tiempo. Seguí bajando por los túneles y vi fuegos en agujeros y charcos de hielo con gente gritando dentro, y me preparé la espada y ojalá hubiera traído una botella de whisky porque me moría de sed.

Tuve que andar muchos kilómetros, pensando que encontraría una estación de tren enseguida, pero no tuve suerte, solo había esos cabrones gritando y aullando todo el tiempo y mucho humo y fuego y hielo y viento y eso. Pensé que podría beber un poco de agua de esos charcos, pero me acordé del agua esa del Lechero, o Letero, o lo que sea, y no bebí.

Al cabo de un rato, el ambiente se hizo más tranquilo; subí por un túnel muy largo hasta un sitio más claro, pero que seguía siendo bastante oscuro y triste, y llegué al final de un acantilado y vi debajo un río con nubes y niebla y eso. Ni un alma, ni siquiera uno de esos cabrones encadenados que gritaban. Ya pensaba que el brujo me había tomado el pelo. Menuda sed tenía, y parecía que no habría ningún bar por allí, solo las rocas y el río. Caminé por el borde del río un rato y me encontré a un tío que arrastraba una piedra redonda enorme hacia arriba de la colina. Parecía que lo hacía mucho, porque había un surco en el lado de la colina. «¿Qué pasa? Estoy buscando el ferry. ¿Hay algún puerto o algo por aquí cerca?», le pregunto. El tío ni me mira y sigue con su roca para arriba y cuando llega la roca se cae rodando abajo, y el muy burro baja corriendo a buscarla y la vuelve a subir. «¡Oye, tú!», le digo, pero no me hace caso, «¡Eh, el de la roca! ¿Dónde está el puerto para pillar el barco?». Le doy con la espada plana en el culo y me pongo delante de la roca para pararlo.

Qué mala suerte tengo, el subnormal no sabe ni hablar, dice cosas raras en un idioma raro y no pillo una mierda. A ver, déjame pensar. Intenté decirle por señas lo que estaba buscando, y me pareció que me entendía pero no dijo ni mu, y le dije que lo ayudaría a arrastrar la roca si él me ayudaba. El muy capullo me hizo subir la roca primero. Cuando llegamos arriba hice unos boquetes para que la piedra no se escape y eso. El tío estaba contento y señaló abajo, al río, y dijo: «Cabronte», o algo así, y luego desapareció en la niebla y la roca se quedó arriba de la colina.

Seguí caminando por el borde del río y vi un pájaro tremendo, enorme, volando en la niebla y aterrizando en una roca donde hay un tío atado, y el pájaro se le pone encima y se lo empieza a zampar y el tío gritaba y gritaba como un loco, pero cuando me acerco el pájaro se asusta o algo, porque se larga volando. Me subí a la roca para ver cómo está el tío, pero se curó rápido, porque no tenía ningún rasguño donde el pajarraco o el águila o lo que sea había empezado a merendar.

—Perdona, tío. ¿Voy bien para pillar el barco?

Otro espabilado. Intenté hablarle por señas, pero el tío ni caso. Seguía gritando y agitando las cadenas. Menuda pérdida de tiempo, como intentar cogerse la nariz con manoplas. El pajarraco volvió y empezó a arañarme en la cabeza, y yo no tenía el cuerpo para historias y cogí la espada y le corté una de sus alas; el pájaro se cayó al río y se fue flotando y pataleando. El tío de la roca empezó a patalear también y a mover las cadenas.

—Da igual, tío —le dije, y me bajé de la roca.

Ni puerto, ni leches. Me quedé mirando el río y pensando en beber un poco de agua.

Adivina, adivinanza.
Ni hombre ni mujer soy.
Si me buscas, me encontrarás hoy
cuando lo adivines...

«Ay, cállate», dije a la daga mientras la agitaba delante de mi cabeza, porque estaba muy preocupado y con la cabeza como un bombo.

Adivina, adivinanza.
Por el mar surcan las olas.
Por el aire vuelan en el cielo.
Cuando digas las palabras mágicas,
el ave emprenderá el vuelo...

—Como vuelvas a abrir la bocaza, acabarás hablando con los pescados y los cangrejos, ¿me entiendes? —le dije a la daga, pero entonces vi a un tío que llevaba una especie de barco raro entre la niebla. El cabrón era muy feo y llevaba ropas negras y eso. Estaba de pie en el barco con los brazos cruzados. La verdad es que no sé cómo andaba el barco, supongo que por magia y eso. Cuando se acerca al borde, me subo. El tío me extiende la mano y se la cojo. «El hombrecillo de la feria», me dice sin soltarme. Ay, ay, ay...

Saqué la espada, hay que ir al tanto con esta gente. Se la puse en el cuello, pero el tío se quedó tan ancho.

—¿Cabronte? —le pregunté.

—Caronte —me corrigió, pero parecía que le daba igual.

—No llevo pasta encima. ¿Qué tal si me lo apuntas en mi cuenta? —le dije, pero no coló.

—Debes llevar monedas. Todos los muertos deben pagar el viaje al barquero del Inframundo.

Genial. Un agarrado.

—Oye, pero yo no estoy muerto —le contesto.

—La seguridad ya no es lo que era —dice—. Tal vez sí puedas hacer algo por mí, si eres diestro con el arma blanca que empuñas.

Supongo que quiere decir la espada.

—Vale, tío. ¿Y qué quieres?

Así que me pagaba el viaje por el agua si le conseguía la cabeza de un perro que vivía al otro lado del río, en la Isla de la Muerte, y me dijo que el perro nunca perdía la cabeza. Es que resulta que el tal Cabronte quería un mascarón para el barco. Menuda cosa más rara de pedir, la verdad, pero supongo que aquí abajo la gente se vuelve un poco rara y eso.

En el otro lado del río también estaba oscuro. Cabronte se quedó esperando en el barco mientras yo subía por un camino a una especie de palacio o algo buscando al perro ese. Y de repente el cabrón del chucho me saltó encima. ¡El muy capullo tiene tres cabezas! Ladraba y gruñía mucho. Ahora pillo lo que decía el colega de que el perro no perdía la cabeza. Bueno, le corté una sin problemas... Aunque..., ¿cuántas licencias se necesitan para hacer esto, una o tres? ¿Y si luego al chucho le crece otra cabeza en el hueco? Ay, y qué coño me importará a mí...

Adivina, adivinanza.
Cuando maúlla el gato y ladra el perro,
cuando el loro habla y salta el ciervo,
busca la palabra que te dará el texto...

—¡Eh, chucho! ¡Busca, busca! —le grito al pedazo de perro y le tiro la daga que seguía hablando y hablando por el acantilado, y el chucho salta a buscarla.

Me incliné y vi cómo se estampaba el perro en el fondo. Estaba encantado hasta que la puta cabeza que le había cortado pasó rodando a mi lado y también se cayó al acantilado. ¡Cabrona! Había perdido la cabeza y la daga, y me metí en el palacio de bastante mala leche y eso. Dentro estaba muy oscuro. Y como no veía una mierda me di un golpe en la cabeza con una puerta baja o algo. Creo que me salía sangre, porque la sangre se me metía en los ojos y no me dejaba ver nada. Iba tropezando por los sitios y quería saber dónde demonios estaba, chocándome con todo y cagándome en todo y eso. Y luego empiezo a escuchar un silbido y un ruido de flechas que me pasan por delante y chocan con las columnas y las paredes y eso. Yo casi no veía nada, pero pude ver a una especie de tía que me silbaba y me tiraba flechas. Menuda mierda. Ojalá hubiera tenido la daga.

Adivina, adivinanza.
Las piedras son grandes.
Las piedras son pequeñas.
Las piedras engañan
y no...

—¡Cállate la puta boca y sube!

Y entonces la daga empezó a volar y se puso delante de mi mano y la pillé. Entonces la tiré y la tía que silbaba hizo un ruido muy raro y se calló. Me acerqué y miré a esa mujer horrorosa que me tiraba las flechas y todavía no veía bien, pero vaya pelos llevaba, parecían colas de rata. A lo mejor hacía años que no se los lavaba y eso. Estaba allí tumbada boca abajo llena de sangre porque tenía la daga clavada en el cuello, y se la arranqué de cuajo, y la sangre era rara, como ácido o algo así. Da igual, yo voy a ver si encuentro a la Bella Durmiente y eso.

—¡Joder, espera un momento!

Otro chichón en la cabeza. Lo que pasa es que encontré una habitación pequeña, que era la única habitación del palacio que tenía cosas, porque lo demás estaba todo vacío. No había más mujeres feas ni perros con muchas cabezas, pero tampoco había ningún tesoro. Yo ya me pensaba que sería otra pérdida de tiempo y ya me estaba cabreando, pero por lo menos podría encontrar a esa piba durmiendo que seguro que estaba buenísima y se despertaría con un beso que yo le daría para revivirla.

¡Pero era un tío! Era una habitación con un hombre tumbado en una cama con la cara blanca y durmiendo. Tenía cosas como cofres de metal a los lados y cosas pequeñas, como cuerdas, atadas en su cuerpo. Menuda mierda. Cuando estoy a punto de rajarle el cuello, un trozo de pared se pone a hablar de repente y aparece un cuadro que se mueve. Es la cara de una pelirroja que no está mal.

—No lo hagas me dice.

—¿Y tú quién coño eres? —me acerco al cuadro y le pregunto.

—No lo mates —me dice la tía.

Toco el cuadro y resulta que parece de cristal. Voy a la habitación que hay detrás, pero no hay nada de nada. Ni una ventana y eso.

—¿Y por qué no puedo matarlo? —le pregunto a la pelirroja.

—Porque él se convertirá en ti; tú te matarás a ti mismo y él vivirá de nuevo, en tu cuerpo. Ahora, márchate. No mires la cabeza de Medusa, y no cojas la...

Entonces el cuadro cambia y la voz se pierde, parece como cuando la tía fea esa silbaba. Le pego un toque con la punta de la espada y va y se rompe. Y un trozo de cristal me da en la cara y me sale sangre otra vez. Menuda mierda. Me doy la vuelta para largarme y veo que hay una cosa pequeña de oro como una estatua de una rana grande o algo, sentada en el borde de una ventana. Pesa un huevo, así que debe de ser de oro, así que me la llevo en el bolsillo y me largo de aquí. Total, el tío de la cama parece que está medio muerto ya, así que da igual. Pensé que miraría a la piba del cuadro, pero estaba cansándome y eso, y no tenía nada para beber ni para comer, o sea que decidí largarme a casa. Casi me caigo encima del cuerpo de la tía fea. Entonces me acordé del Cabronte y pensé que pocos perros más debían de correr por allí, así que le corté la cabeza a la tía y me la colgué al hombro. Sus pelos parecían serpientes, de verdad.

Volví donde Cabronte y su barco, y el hombre todavía estaba con los brazos cruzados con esa cara de cabreo y eso.

—Qué pasa, Cabronte. Oye, que no había ningún perro y le he cortado la cabeza a esta mujer. ¿Te vale?

Le enseñé la cabeza de la tía fea y el tío parecía que se asustaba y eso. ¡Y lo más fuerte es que el tío se hizo de piedra delante de mis propios ojos! El tío-estatua se cargó el suelo del barco y se fue para abajo, y el barco se hundió en el agua. Joder, qué susto. Enseguida tire la cabeza de la mujer aquella al agua. Menuda mala suerte. ¿Y a mí por qué no me habrá pasado lo mismo? Me senté en la orilla y pensé que no era mi día de suerte. Qué va.

Entonces me pareció que escuchaba un ruido que venía de mi bolsillo y saqué la estatua pequeña de oro que parecía una rana, pero tenía como unas alas en la espalda. La miré y miré el agua y pensé que podía nadar con ella tranquilamente. Tuve que dejar la armadura mágica y eso, me puse la espada en la espalda atada en el cinturón, y el cinturón alrededor de la estatua dorada, y me metí en el agua y empecé a nadar. Llevaba los calcetines puestos y la daga mágica metida en uno. Está complicado lo de nadar tan cargado de cosas, pero nadaré como un chucho y ya está. Al final llegué a la otra orilla del río. El agua no estaba mala y además yo tenía sed. Me senté en el borde, al lado de la roca del tío encadenado, pero el pajarraco muerto ya no estaba. Pero el tío de la roca estaba muerto porque parecía que algo le había salido de dentro y había explotado y estaba por todas partes. Un poco asqueroso. La estatua dorada hacía otro ruido diferente muy raro. No sabía si me estaba diciendo algo o si el golpe de la cabeza que me había hecho antes me hacía escuchar voces y eso. Pero la estatua pequeña dorada hacía como un ruido y me la acerqué a la oreja a ver qué. Menuda cagada.

—Bien, bien. Lo honra, y mucho, el haberse dignado a venir a rescatarme de las entrañas del Infierno. No pensé que el sueño telepático acerca de la Bella Durmiente fuera a funcionar entre ambos mundos, y tampoco creí que lo fuera a lograr. Aunque debería de haber supuesto que pasaría perfectamente por una sombra; nunca fue usted brillante ni en sus mejores momentos, ¿me equivoco? Por otro lado, juraría que estas rocas son metamórficas y no ígneas... Bien, pequeño Orfeo, salgamos de aquí antes de que consiga que lo conviertan en algo. Sugiero que...

(Y yo pienso: Oh, no...)

Adivina, adivinanza...

—Madre de Dios. Un arma como las de los bardos. ¿Cómo demonios es posible que esto haya llegado a sus toscas manos? ¿Acaso la encontró usted, o fue al contrario? En fin, sea como fuere, si hay algo que no soporto es a los objetos que hablan. ¡¡Silencio!!

Y se calló la boca. La daga no dijo una puñetera palabra más. Pero la estatua pequeña de la rana que tenía en la oreja ya no era de oro y se había sentado encima de mi hombro y parecía como un gato o un mono y hablaba con una voz que me sonaba un poco...

—¿Familiar? —dijo—. Eso es total y absolutamente cierto.

—¡Oh, no! ¡Menuda mierda!

Una búsqueda abandonada... el olor de la sal y el óxido. Aquí reina la oscuridad, estoy enterrado bajo la estructura como un desecho, deambulando entre la luz y las sombras junto al sonido del mar...

Despierto lentamente, todavía inmerso en los toscos pensamientos del bárbaro, con mis propios pensamientos enredados. Una luz tenue se cuela por los bordes de los postigos y penetra en este espacio amplio y revuelto, dibujando los muebles cubiertos y alimentando mi conciencia, que lucha, como un brote naciente pelea por abrirse paso entre el barro.

Las sábanas, blancas y frías, se enredan en mi cuerpo como cuerdas, que intento acomodar lentamente para sentirme más cómodo. Pero no puedo. Estoy atrapado, atado; el pánico me invade en un instante y, de pronto, estoy despierto, frío, empapado en sudor y sentado en la cama, frotándome la cara y mirando a mi alrededor en esta estancia lóbrega y callada.

Abro los postigos. Unos diez metros más abajo, el mar emerge de entre las rocas. Dejo la puerta del baño abierta, para poder escuchar su suave murmullo mientras estoy en la bañera.

Desayuno en un bar modesto que hay cerca de aquí. Los camareros caminan a trompicones entre mesas muy juntas con largos manteles blancos. Las gaviotas graznan y vuelan en círculo alrededor del edificio, donde están tirando sobras desde la cocina. Las alas de los pájaros brillan a la luz del día, y los delantales de los camareros chocan contra las mesas y las golpean. Llego al bar desde la habitación 306, donde he acudido para comprobar si tenía correo. Nada. Las láminas de metal de los talleres inferiores chirriaban debajo de mí.

Alargo al máximo mi última taza de café.

Me paseo de un lado al otro del puente. Muchos de los pesqueros ahora tienen dos dirigibles. Algunos de los globos deben de estar anclados directamente en el fondo del mar; unas boyas de color anaranjado marcan el lugar donde sus cables se encuentran con las olas.

Me tomo un bocadillo y una taza de té aguado para comer, sentado en un banco al aire libre. El tiempo cambia y empieza a hacer frío mientras el cielo se cubre de un gris espeso. Cuando llegué aquí, empezaba la primavera y ahora el verano casi ha terminado. Me lavo las manos en un baño público de una estación y tomo un tranvía (para obreros) hasta la sección donde debería estar la biblioteca perdida. Busco y sigo buscando, me subo en todos los ascensores y recorro todos los pasillos, pero no encuentro el dichoso ascensor en forma de «L» que estoy buscando, ni al viejo ascensorista. Mis pesquisas encuentran respuestas vacías.

La superficie del mar es ahora gris como el cielo. Los dirigibles tiran de los cables, impulsados por el viento. Me duelen las piernas de tantas escaleras que he subido. La lluvia golpea los cristales sucios de los altos pasillos. Me siento, intentando recobrar fuerzas.

Bajo la cumbre del puente, en un pasillo oscuro y con goteras, me encuentro con un gran charco lleno de bolas blancas pequeñas, justo bajo una claraboya rota. Las bolas no son lisas, tienen la superficie cubierta de pequeños hoyos y parecen muy duras. Mientras estoy mirando, otra bola cae volando desde la claraboya al suelo del pasillo. Arrastro una vieja silla cuya tapicería ha sido devorada por las polillas, la coloco bajo la claraboya y me subo encima, sacando la cabeza por el cristal roto.

A lo lejos, veo a un anciano alto de pelo blanco. Lleva unos pantalones de cuadros, un suéter y una gorra. Balancea un palo frente a un objeto pequeño que tiene delante de los pies. Una pelota blanca sale volando por los aires, directa hacia mí.

—¡Bola! —grita el hombre (a mí, creo). La bola rebota cerca de la claraboya. El anciano se quita la gorra y, con los brazos en jarras, me mira. Me bajo de la silla y veo una escalera en un hueco, que lleva arriba. Cuando subo, no hay ni rastro del anciano. Aunque sí hay un pesquero de arrastre, rodeado de operarios y patrones. Está bajo una torre de radio estropeada, con los dirigibles desinflados colgando de las vigas más cercanas, como unas alas rotas. Está lloviendo con fuerza y las gotas aporrean furiosamente los chubasqueros de los trabajadores.

A media tarde, tengo los pies tremendamente cansados y el estómago me ruge con furia. Compro otro bocadillo y me lo como en el tranvía. Hay un monótono trecho de escaleras en espiral hasta la vieja vivienda de los Arrol. Cuando por fin llego, me duelen las piernas. Me siento como un ladrón en el desértico pasillo. Sostengo la llave del apartamento frente a mí como si fuera una pequeña daga.

El sitio es frío y oscuro. Enciendo algunas luces. Las olas grises rompen en blanco en el exterior, y el olor a salitre penetra en las frías estancias que ahora ocupo. Cierro las ventanas que he dejado abiertas por la mañana y me tumbo en la cama, solo un momento, pero caigo dormido. Regreso al páramo donde trenes imposibles me atrapan en túneles estrechos. Veo al bárbaro que recorre un infierno de dolor y tormento; yo no soy él, estoy encadenado a una de las paredes, gritándole... Él corre, arrastrando la espada. Vuelvo al puente de hierro macizo que gira hasta la eternidad en el círculo atravesado por el río. Corro y corro bajo la lluvia hasta que me duelen las piernas...

Me despierto de nuevo, empapado, pero en sudor, que no en agua de lluvia. Siento calambres en las piernas. Están tensas y agotadas. Suena un timbre, vuelve a sonar, y me doy cuenta de que llaman a la puerta.

—¿Señor Orr? ¿John?

Me levanto de la cama y me arreglo un poco el pelo. Abberlaine Arrol está en el umbral de la puerta, con un largo abrigo oscuro, sonriendo como una colegiala traviesa.

—Hola, Abberlaine. Pasa.

—¿Cómo estás, John? —Entra en el apartamento, mirando la estancia iluminada y volviendo la cabeza de nuevo hacia mí—. ¿Todo bien por aquí?

—Sí, muchas gracias. ¿Puedo ofrecerte una de vuestras sillas?

—Puedes ofrecerme una copa de nuestros vinos —responde riendo. Efectúa un grácil movimiento sobre un pie y hace volar su abrigo, enviándome un fuerte aroma de perfume almizclado y alcohol. Le brillan los ojos. Me señala un cofre medio cubierto por una sábana.

—Ahí. Yo iré por unas copas. —Se dirige a la cocina.

—Anoche te fuiste de repente —le comento mientras abro el cofre, que contiene botelleros con vinos y licores de todo tipo. Oigo un tintineo procedente de la cocina.

—¿Qué dices? —pregunta, acercándose con dos copas y un sacacorchos.

Escojo un vino más bien joven y de buen color.

—Estaba echando un vistazo a este lugar y, cuando volví aquí, te habías marchado. —Me alcanza el sacacorchos, con una expresión ciertamente sorprendida.

—¿Eso hice? —dice vagamente, levantando las cejas—, madre mía. —Sonríe, se encoge de hombros, se deja caer en un sofá. Todavía lleva el abrigo, pero deja entrever sus piernas envueltas en medias negras, sus tacones altos y un toque rojo en el cuello y en las piernas—. Vengo de una fiesta.

—¿En serio? —Abro el vino.

—Sí... ¿Quieres ver mi modelito?

—¿Por qué no?

Se pone de pie, extendiéndome las copas. Se desabrocha el largo abrigo negro y empieza a quitárselo lentamente desde los hombros, dejándolo caer con una pirueta en una silla.

Lleva un vestido de satén rojo brillante, que termina a la altura de las rodillas, pero con un corte que deja ver todo el muslo. Cuando se da una vuelta, veo un tramo de piel blanca entre el final de sus medias negras y el encaje negro de encima. El vestido va atado con un lazo, apenas visible, al cuello, y deja los hombros y los brazos descubiertos. El busto no lleva refuerzo.

Abberlaine Arrol está de pie frente a mí, con los brazos en jarras, mirándome. La oscuridad dibuja su silueta en la oscuridad de la tarde. Su rostro, impecablemente maquillado, me mira con aire divertido; estamos compartiendo algo. De pronto, se vuelve y escarba en los bolsillos de su abrigo, sacando lo que primero pienso que son otras medias, pero resultan ser unos guantes a juego. Se los pone lentamente; le llegan casi a los hombros. Sonríe profundamente y da otra vuelta sobre sí misma.

—¿Qué te parece?

—Que no era una fiesta formal —afirmo, mientras sirvo el vino.

—Era una especie de fiesta de disfraces, ¿sabes? Yo voy de mujer suelta, pero bien ceñida. —Se cubre la boca con la mano mientras ríe y hace una reverencia para coger su copa.

—Estás impresionante, Abberlaine —le digo, muy serio (otra reverencia). Ella suspira y se pasa una mano por el pelo, se vuelve y empieza a caminar lentamente, con pasos calculados, dando golpecitos a un armario alto, de madera oscura, acariciando su superficie con los guantes. Bebe un trago de vino. La miro mientras se mueve entre los muebles tapados y destapados de la estancia, abriendo puertas, mirando en cajones, levantando esquinas de sábanas, dibujando líneas con los dedos sobre cristales polvorientos, sin dejar de tomarse el vino a pequeños sorbos. Por un momento, me siento olvidado, pero no insultado.

—Espero que no te importe que haya venido —me dice, mientras sopla para quitar el polvo a la pantalla de una lámpara.

—Por supuesto que no. Me he alegrado mucho de verte.

Se vuelve hacia mí, de nuevo con esa sonrisa. Entonces mira hacia el mar grisáceo y las nubes de tormenta del exterior, y se estremece, sin soltar la copa en ningún momento. Toma otro sorbo, con su curioso estilo, como si fuera una niña haciendo algo malo a escondidas.

—Tengo frío. —Se vuelve a mirarme, con unos ojos casi afligidos—. ¿Puedes cerrar los postigos? Parece que hace frío fuera. Encenderé el fuego, ¿te parece?

—Claro. —Dejo mi copa y me dirijo a los postigos para cerrar los grandes paneles de madera al exterior oscuro. Abberlaine convence a una vieja estufa de gas para encenderse, tras lo que se agacha para acercar sus manos a la fuente de calor. Me siento en una silla, cerca de ella, y observo cómo mira las llamas del fuego que silba.

Al cabo de un rato, parece despertarse de un sueño, y pregunta, sin dejar de mirar el fuego:

—¿Has dormido bien?

—Sí, gracias. He estado muy cómodo. —Ella ha dejado la copa sobre la estufa; la levanta, bebe. Sus medias son de rejilla, con «X» pequeñas dentro de «X» grandes, letras intrincadas en tela transparente, amoldada a sus piernas en patrones de tensión curvada; tensos e iluminados por la blanca piel que aparece debajo, relajados y más oscuros en las curvas de las piernas, formando un conjunto de gramática entramada con las «X» mayúsculas y minúsculas sobre su pálida tez femenina.

—Me alegro —responde suavemente. Asiente lentamente, fascinada por el fuego, con las llamas anaranjadas reflejándose en su vestido de color rubí—. Me alegro —repite.

El calor calienta su piel; el aroma de su perfume se adueña despacio del aire que hay entre nosotros. Respira profundamente y espira, sin dejar de contemplar el fuego.

Termino mi copa, cojo la botella y me siento junto a ella, para llenar de nuevo su copa y la mía. Su perfume es dulce y fuerte. Ella se desliza para sentarse en el suelo, con las piernas a un lado, apoyada sobre un brazo detrás de su cuerpo. Me mira mientras lleno las copas. Dejo la botella, la miro a la cara; tiene una pequeña mancha de carmín en la comisura de sus labios. Me mira mientras la miro, y arquea ligeramente una ceja. Le digo:

—Tu pintalabios...

Saco el pañuelo que me había bordado de un bolsillo. Ella se inclina hacia mí para permitirme limpiarle la mancha roja de carmín. Siento su respiración sobre mis dedos mientras toco su boca con el trozo de tela.

—Aquí.

—Lo siento —dice—. He dejado huella en algunos cuellos. —Su voz es suave y débil, casi un susurro.

—Vaya —respondo, fingiendo desaprobación y negando con la cabeza—. Yo no iría por ahí besando cuellos.

—¿No? —pregunta, negando con la cabeza.

—No. —Me acerco para rozar su copa llena con la mía.

—¿Y entonces? —Su voz no se apaga, sino que adopta un nuevo tono, conspirativo, seguro, casi irónico. Es una invitación suficiente; no me he lanzado sobre ella.

La beso, lentamente, mirando sus ojos (y ella me devuelve el beso, lentamente, mirando los míos). El sabor de su boca es una mezcla de vino, de algo salado, y con una nota de cigarrillo. La aprieto ligeramente contra mi cuerpo, y pongo una mano en su cintura, sintiendo su calor a través del suave satén rojo; el fuego crepita detrás de mí y calienta mi espalda. Muevo mi boca lentamente sobre la suya, probando sus labios y sus dientes; su lengua se encuentra con la mía. Se mueve, inclinándose por un momento hacia un lado; pienso que va a apartarse, pero solo está buscando un lugar donde dejar su copa; entonces apoya sus manos sobre mis hombros y cierra los ojos. Su respiración se acelera levemente contra mi mejilla, y yo la beso con más fuerza, abandonando mi copa sobre el brazo de una silla.

Su cabello es suave y huele a ese perfume almizclado, su cintura es aún más estrecha de lo que parecía, y sus pechos se mueven bajo el vestido rojo, cubiertos, pero no prisioneros, por algo que lleva bajo el satén. Sus medias son suaves al tacto, sus muslos están calientes; me abraza, me aprieta y me aparta, toma mi cabeza con sus manos y me mira a los ojos, con destellos en los suyos. Sus pezones forman pequeñas protuberancias bajo el vestido. Su boca está húmeda, manchada de rojo. Sonríe, traga, respira fuerte.

—No pensaba que serías tan... apasionado, John —dice, con la respiración entrecortada.

—No pensaba que podría engañarte tan fácilmente.

—Aquí, aquí. En la cama no, hará frío. Aquí.

—¿Hay algo que tengas que hacer primero?

—¿Qué? Ah, no, no. Solo... Oh, vamos, Orr, quítate la chaqueta... ¿o me tengo que dejar esto puesto?

—Bueno, ¿y por qué no?

El cuerpo de Abberlaine Arrol está envuelto en negro, tallado y dibujado por sedas de obsidiana. Sus medias se unen a una especie de corsé con unas ligas; otro patrón de letras «X» forma una franja voladiza desde el pubis hasta donde un sujetador negro de seda fina, casi tan transparente como las medias, abraza sus pechos firmes y perfectos; me enseña cómo desabrocharlo por la parte frontal. Sus braguitas short —gasa negra sobre vello negro— siguen en su sitio, pero son lo suficientemente anchas. Nos sentamos juntos y nos besamos suavemente, sin movernos todavía después de haberla penetrado; ella está a horcajadas sobre mí, rodea mi cuerpo con sus piernas y con las manos me sujeta los hombros. Sigue llevando las medias y los guantes.

—Tus heridas... —susurra (yo apenas llevo ropa) acariciando la zona donde me pegaron con una suavidad adormecedora que me pone el vello de punta.

—No te preocupes —respondo, besándole los pechos (sus pezones son de un color muy oscuro, gruesos y con pequeñas hendiduras y arrugas en las cimas; las areolas son suaves y redondas)—. Olvídalas.

Me inclino hacia atrás, tumbándome sobre mi ropa apilada y su vestido rojo.

Bajo ella, me muevo lentamente, sin dejar de mirar su silueta dibujada al contraluz de las llamas de la estufa. Abberlaine está suspendida en el aire encima de mí, cabalgando, con sus manos en mi pecho, la cabeza gacha, y el sujetador desabrochado balanceándose al compás de su melena negra.

Todo su cuerpo está encerrado en la lencería, una trampa absurda que no podría hacerla más deseable. Una fuerza estremecedora emana desde dentro de su cuerpo, sus huesos, su carne y su mente, que forman todo lo que ella es. Pienso en las mujeres de la torre del bárbaro.

«X», un patrón dentro de otro, que cubren sus piernas, como nosotros, uno dentro de otro. El lazo en zigzag de sus braguitas, la cinta de seda enlazada que cruza su cuerpo; las tiras y las líneas, los brazos envainados como las propias piernas... todo un lenguaje, una arquitectura. Voladizos y tubos, lazos de suspensión, las líneas oscuras del liguero que cruzan sus muslos curvados hacia la cima más oscura de su cuerpo. Una obra de ingeniería en seda negra, que oculta y realza la mayor de las suavidades desde su propio interior.

Abberlaine grita, arquea la espalda, con la cabeza gacha y el cabello cayéndole por los hombros, se mueve hacia atrás, con los brazos extendidos en «V» detrás de ella. La levanto, consciente de pronto de mi presencia dentro de ella, una estructura de materiales oscuros, y mientras estoy sosteniendo su cuerpo, tomo conciencia del puente que tenemos encima, que se alza en la oscuridad del crepúsculo con sus patrones de «X» entrelazadas, sus piernas y sus pies, sus articulaciones, su carácter y su presencia, y su vida; encima de nosotros, encima de mí, y presiona hacia abajo. Lucho por sostener todo ese peso (ella se arquea más, grita más), se agarra a mis tobillos con las manos, y luego se corre, gimiendo como una estructura que se desmorona, con mi propia invasión dentro de su cuerpo (un miembro estructural, en realidad) que se mueve a su propio ritmo.

Abberlaine se desploma sobre mí, jadeando, relajada. Siento su respiración fuerte y el aroma almizclado de su cabello.

Me duele todo. Estoy exhausto. Me siento como si me acabase de follar al puente.

Me quedo dentro de ella, quieto, pero sin retirarme. Al cabo de un rato, ella me aprieta con fuerza desde su interior. Suficiente. Empezamos a movernos de nuevo, lentamente, suavemente.

Más tarde, en la cama, que estaba fría pero se calentó rápido, recojo con cuidado todas las prendas de seda negra (parte de su efecto, decidimos, es delinear líneas exactas para un programa concentrado de caricias). Este último acto es el más largo y contiene, como en las mejores obras, muchos movimientos distintos y cambios de tempo. En el clímax me estremezco, pero por ser más aterrador que placentero.

Ella está debajo de mí. Sus brazos me rodean los costados y la espalda, y sus piernas me aprisionan.

Mi orgasmo no es nada; un pormenor glandular, una señal irrelevante. Grito, pero no de placer, ni siquiera de dolor. El cautiverio físico, la presión, la acción de ser contenido como si fuera un cuerpo que hay que vestir, tapar, atar y envolver, tumbado y estático, me produce una sensación angustiosa: un recuerdo. Antiguo y nuevo, lívido y podrido a la vez; la esperanza y el temor de liberación y captura de animal y máquina, y estructuras entramadas; un principio y un fin.

Atrapado. Molido. Como una muerte fingida y una liberación. Esta mujer me tiene enjaulado.

—Tengo que irme —dice mientras me extiende la mano cuando vuelve con su ropa. Se la tomo, la aprieto—. Ojalá pudiera quedarme —añade con expresión triste mientras sostiene sus prendas contra su pálido cuerpo.

—No pasa nada.

Su familia la espera. Se viste, silbando, despreocupada. Una sirena de barco suena a lo lejos. Tras los postigos cerrados, reina la oscuridad de la tarde.

Un viaje rápido al baño; encuentra un peine que me muestra con expresión triunfante. Su cabello está terriblemente enredado, y se sienta pacientemente en el borde de la cama, con el abrigo puesto, mientras la peino con cuidado para deshacer los enredos. Busca en un bolsillo y saca una caja de cerillas y una cajetilla de cigarrillos finos. Arruga la nariz.

—Huele a sexo por todas partes —anuncia, mientras extrae un cigarrillo.

—No es verdad, ¿no?

Se vuelve para mirarme, extendiéndome el paquete de tabaco. Niego con la cabeza.

—Mmm... mala conducta —sentencia, encendiendo un cigarrillo.

La peino lentamente mientras ella espira aros de humo, letras «O» de color gris que ascienden hasta el techo. Apoya su mano contra la mía y la mueve conmigo mientras desenmaraño su melena. Suspira.

Me da un beso antes de marcharse, con la cara lavada, y el aliento fresco de humo gris.

—Me quedaría si pudiese —afirma.

—No te preocupes. Ya has estado un rato. —Me gustaría decir más, pero no puedo. Aún me acompaña el terror de estar atrapado y molido, como un profundo eco en mi interior que sigue resonando. Me besa.

Cuando se ha marchado, me tumbo durante un rato en la gran cama, que se enfría por momentos, escuchando las sirenas de los barcos. Una de ellas suena muy cerca; tal vez no me deje dormir en toda la noche, a menos que la niebla se disipe. Queda una ínfima nota de humo en el aire. En el techo, los descoloridos anillos del yeso parecen aros de humo que Abberlaine Arrol ha impreso con su cigarrillo. Respiro profundamente, intentando captar la última huella de su perfume. Tiene razón; la habitación huele a sexo. Tengo hambre y sed. Aún no es hora de cenar. Me levanto y tomo un baño, y me visto lentamente, con una agradable sensación de cansancio. Estoy apagando las luces, con la puerta delantera ya abierta, cuando veo un resplandor procedente de una entrada que hay al otro lado de la desordenada estancia. Cierro la puerta y voy a investigar.

Es una vieja biblioteca, con las estanterías desnudas. En una esquina, hay un monitor de televisión encendido. El corazón me da un vuelco, pero me doy cuenta de que la imagen no es la de siempre. La pantalla está en blanco, es un vacío texturizado; me dispongo a apagarla pero, antes de poder hacerlo, algo negro oscurece la imagen, y luego se aleja. Es una mano. La imagen se mueve y después se centra en el hombre postrado en la cama. Una mujer se aparta de la cámara y se sienta en el borde de la pantalla. Saca un cepillo y se lo pasa lentamente por el pelo, mirándose en un punto invisible, que debe de ser un espejo en la pared. La visión del hombre de la cama se ha alterado ligeramente; una silla está colocada en otro lugar, y la cama no está tan impecable como antes.

Al cabo de un rato, la mujer deja el cepillo, se inclina hacia delante, con una mano en la frente, y vuelve a echarse hacia atrás. Coge el cepillo y se marcha, pasa por delante de la cámara y oscurece toda la imagen. No puedo verle bien la cara.

Tengo la boca seca. La mujer reaparece a un lado de la cama, con un abrigo largo y oscuro puesto. Mira durante unos segundos al hombre, se inclina y lo besa en la frente, a la vez que se aparta el cabello de la cara. Coge un bolso del suelo y se marcha. Apago el televisor.

Hay un teléfono colgado en la pared de la cocina. Emite los mismos tonos irregulares, tal vez algo más rápidos que antes.

Salgo del apartamento y tomo un ascensor a la plataforma del tren.

Hay mucha niebla; las luces forman conos amarillos y anaranjados entre el espeso vapor. Pasan trenes y tranvías con sus silbidos y traqueteos. Deambulo por la pasarela del lado exterior del puente, con la mano apoyada en la barandilla. La niebla flota entre las vigas y las sirenas de los barcos aúllan desde el mar escondido.

Me cruzo con varias personas, la mayoría trabajadores ferroviarios. Huelo el vapor entre la niebla, el humo del carbón y las bocanadas de gasóleo. En una nave de operarios, varios hombres uniformados están sentados en torno a unas mesas redondas, leen periódicos, juegan a las cartas y beben de grandes jarras. Sigo caminando. El puente se estremece bajo mis pies y un ruido metálico estrepitoso suena en algún lugar frente a mí. El fuerte sonido resuena por el puente y rebota desde la arquitectura secundaria a través del aire cargado de niebla. Camino entre un silencio denso y oigo las sirenas sonar, una tras otra. Los trenes cercanos aminoran la marcha y se detienen. Arriba, las sirenas y las bocinas luchan por hacerse notar.

Avanzo por el eje del puente, a través de la niebla. Vuelven a dolerme las piernas y mi pecho palpita sin muchas ganas, como por simpatía. Pienso en Abberlaine; su recuerdo debería hacer que me sintiera mejor, pero no es así. Estaba en un lugar embrujado; los fantasmas de aquel ruido mecánico y la imagen casi inalterable estuvieron allí todo el tiempo, a pocos pasos de distancia, a un interruptor de distancia, posiblemente desde el momento en que la besé por primera vez, e incluso cuando sus cuatro extremidades me apresaron y grité de terror.

Ahora los trenes permanecen en silencio. No ha pasado ninguno en ninguna dirección en varios minutos. Las bocinas y los silbatos siguen compitiendo con las sirenas de los barcos.

Sí, muy dulce y agradable en realidad, y me encantaría entretenerme en ese recuerdo reciente, pero algo en mí no me lo permite. Intento recrear su olor y sentir su calor en mi cuerpo, pero lo único que viene a mi cabeza es esa mujer mientras se cepilla el pelo lentamente, se mira en un espejo invisible, cepillando, cepillando. Intento recordar el aspecto de la habitación, pero solo la veo en blanco y negro, desde un rincón; una cama y un hombre tumbado sobre ella.

Un tren se acerca a través de la niebla, emitiendo destellos, y se acerca hacia el sonido de las sirenas.

Y a partir de ahora, ¿qué? Pues más, mucho más, de lo mismo, me dice la parte recién saciada de mi mente; días y noches de lo mismo, semanas y meses de lo mismo. Por favor. Pero, en realidad, ¿qué? ¿Qué otra distracción, además de las bibliotecas perdidas, las misiones aéreas incomprensibles y los sueños inventados?

Sea como fuere, no veo que nada bueno pueda salir de todo esto.

Sigo caminando entre vapores, hacia sonidos de sirenas y gritos, hacia el crepitar de unas hogueras de una plataforma.

Primero veo las llamas, que se yerguen entre la niebla como mástiles temblorosos. El humo se alza como una sombra sólida entre las nubes de vapor. La gente grita, las luces parpadean. Algunos trabajadores ferroviarios pasan por delante de mí, corriendo hacia el lugar de los hechos. Entonces veo la parte trasera del tren que ha pasado hace unos minutos; es un convoy de emergencias, cargado de grúas y mangueras y ambulancias. Avanza lentamente sobre la vía, desaparece tras otro tren, este de mercancías, que se encuentra dos vías más cerca de donde yo estoy; los primeros vagones siguen sobre los raíles, pero los tres siguientes han descarrilado, y sus ruedas se apoyan sobre los canales metálicos del eje de los raíles, bien aprisionados, como los diseñadores del puente tenían bien previsto. El vagón posterior a estos tres está en posición diagonal sobre la vía, con los ejes a horcajadas sobre los raíles. Tras él, cada uno de los siguientes vagones se encuentra en peor estado que el anterior. Las llamas siguen levantándose; me encuentro cerca de su origen, siento el calor que me golpea la cara a través de la niebla. Me pregunto si debería retroceder sobre mis pasos; posiblemente no sea bienvenido aquí. No podría asegurarlo por la niebla, pero creo que estoy cerca del final de esta sección, donde el puente se estrecha como un reloj de arena en uno de sus lados, hacia el puente dentro del puente que une una sección con la siguiente.

Aquí, los vagones están desparramados donde la red central que interconecta las vías se dirige hacia el cuello del enlace con la siguiente sección, a la que acceden muy pocas líneas. El calor de este lado del tren descarrilado es terrible; grandes chorros de agua propulsados desde el tren de emergencias forman un arco sobre los vagones de mercancías que están ardiendo, siseando sobre sus maderas chamuscadas y sus armazones metálicos. Bomberos y trabajadores ferroviarios corren de un sitio a otro, mientras otros desenrollan mangueras y las conectan a las bocas de incendios. Las llamas se enroscan y tiemblan, el fuego se queja cuando el agua lo golpea. Sigo caminando, pero acelero el ritmo para escapar del calor de las llamas. El agua corre por los canales de drenaje de la plataforma y se evapora al reunirse con el sofocante calor del fuego; su vapor se añade a la niebla y a la cortina ascendente de humo negro. Algo ha prendido cerca del tren que arde y empieza a lanzar chispas a la caldera de vagones en llamas.

No puedo evitar taparme los oídos cuando paso junto a una de las sirenas que ululan entre la niebla desde uno de los laterales de la vía. Más trabajadores ferroviarios se dispersan a mi alrededor, gritando. El fuego se encuentra ahora a mi espalda, ruge entre las vigas. Al frente, el tren estrellado está tumbado, destrozado y volcado, tirado sobre las vías como si hubiera caído del cielo, como una serpiente muerta, con el armazón de sus vagones quemados a modo de costillas.

Más allá hay otro tren, más largo y con vagones de ventanillas mucho mayores que las del tren de mercancías, de las que emerge un enjambre de hombres. El morro del tren está enterrado en la locomotora aún sólida del convoy. Veo cómo ayudan a la gente a salir de entre los escombros. Hay camillas junto a la vía y el sonido de las sirenas de emergencias borra el de las sirenas de los barcos que hay más abajo. La energía colosal de esta escena desesperada me obliga a detenerme a contemplar el operativo de rescate. Del tren de pasajeros no dejan de sacar a gente ensangrentada y asustada. Se oye una explosión en los escombros que tengo detrás; los hombres corren hacia esta nueva catástrofe. Los heridos son evacuados en camillas.

—¡Eh! ¡Usted! —me grita uno de los hombres. Está arrodillado junto a una camilla y sostiene el brazo ensangrentado de una mujer mientras otro hombre le practica un torniquete—. ¡Échenos una mano! ¡Ayude a transportar una camilla!

Hay diez o doce camillas a un lado de la vía. Los hombres se las van llevando a toda prisa, pero aún hay personas que esperan su turno. Paso por encima de los raíles, desde la pasarela al andén, me acerco a la hilera de camillas y ayudo a un trabajador ferroviario a transportar una. La llevamos al tren de emergencias, donde los camilleros se encargan de ella.

Se oye otra explosión, procedente del convoy de mercancías. Cuando regresamos con el siguiente herido, el tren de emergencias ha retrocedido sobre la vía para alejarse del peligro de las explosiones. Debemos transportar la camilla, con un hombre herido y lleno de sangre, a doscientos metros del convoy de mercancías, donde los camilleros nos relevan. Corremos de nuevo hacia el tren de pasajeros.

El siguiente herido podría estar muerto. En cuanto lo levantamos, vierte un gran chorro de sangre. Nos dirigimos a un oficial ferroviario, que nos ordena llevarlo a otro tren, que no es el de emergencias, sino uno que se encuentra algo más lejos, en la dirección opuesta.

Es un expreso, que viaja con retraso debido al choque de los otros dos trenes, y se encarga de transportar a algunas de las víctimas al hospital más cercano. Subimos la camilla a bordo. En lo que parece el vagón comedor de un tren de primera clase, un médico examina a las víctimas una a una. Dejamos a nuestro herido sobre el mantel blanco de una mesa, que queda salpicado de sangre, y el médico se acerca a nosotros. Presiona el cuello del hombre, sin soltarlo; ni siquiera me había percatado de que la sangre brotaba de ahí. El médico, un hombre joven, me mira. Parece asustado.

—Aguante aquí —me pide, y tengo que poner la mano en el cuello del hombre mientras el doctor se marcha unos minutos. Mi compañero de transporte de camillas sale corriendo. Me quedo solo, mientras sostengo el pulso débil del herido tumbado sobre el mantel blanco y su sangre fluye entre mis dedos. Intento relajarme y hacer la tarea encomendada lo mejor que puedo. Sujeto, presiono y miro el rostro del hombre, pálido por la pérdida de sangre, inconsciente pero sufriendo, libre de cualquier máscara con la que hubiera decidido presentarse al mundo, reducido a alguien patético y animal en su agonía.

—Bien, muchas gracias. —El doctor regresa con una enfermera; traen vendajes, un gotero, sueros y agujas. Se encargan del herido.

Me marcho, caminando entre los quejidos de los supervivientes. Voy a parar a un vagón de pasajeros, desierto y oscuro. Me mareo y decido sentarme un momento, pero, cuando me levanto, solo puedo llegar dando tumbos al aseo del final del vagón. Me siento allí, con un terrible martilleo en la cabeza y dolor en los ojos. Me lavo las manos mientras espero que mi corazón se adapte a las exigencias que mi cuerpo le impone. Cuando me siento preparado para levantarme de nuevo, el tren empieza a moverse.

Regreso al vagón comedor mientras el vehículo aminora la marcha; enfermeras y auxiliares del hospital se agolpan en torno a las camillas. Me piden que salga de en medio; tres enfermeras y dos auxiliares se llevan una camilla hacia la puerta más cercana; es una mujer herida que se ha puesto de parto. Tengo que volver rápidamente al aseo.

Y allí tomo asiento y me pongo a pensar.

Nadie viene a molestarme. En todo el tren reina la tranquilidad. Hay un par de sacudidas, y se oyen gritos a través de las ventanillas traslúcidas, pero el interior está en absoluto silencio. Vuelvo al vagón comedor, pero es totalmente distinto; fresco, limpio y con un agradable olor. Se van las luces. Las mesas blancas adoptan un aspecto fantasmagórico bajo la luz que desprende el puente desde fuera, aún envuelta en niebla.

¿Debería apearme ahora? El buen doctor así lo querría, lo mismo que Brooke, y también (espero) Abberlaine Arrol.

Pero ¿para qué? Lo único que hago es jugar. Juego con el doctor, juego con Brooke, con el puente, con Abberlaine. Son buenos juegos, especialmente con ella, excepto por ese resuello de terror...

Entonces, ¿me marcho? Podría hacerlo, ¿por qué no?

Aquí estoy, en algo convertido en lugar, en un enlace convertido en ubicación, en unos medios convertidos en fin, y en un recorrido convertido en destino... y dentro de este largo símbolo fálico articulado y a medio camino entre las extremidades de nuestro gran icono de acero. Qué tentación la de quedarme aquí y marcharme, viajar como un hombre valiente que deja a la mujer en casa. El lugar y la cosa, y la cosa y el lugar. ¿Realmente es tan sencillo? ¿Una mujer es un lugar y un hombre es solo una cosa?

Dios mío, joven caballero, ¡por supuesto que no! Qué idea tan absurda. Todo es mucho más civilizado...

De todas formas, solo por parecerme algo tan ofensivo, sospecho que tiene que haber algo más. Así que, ¿qué represento yo aquí, sentado dentro del tren, dentro de este gran símbolo? Buena pregunta, me digo a mí mismo. Buena pregunta. Entonces, el tren empieza a moverse de nuevo.

Me siento en una mesa, contemplando la fila de vagones a un lado; vamos aumentando progresivamente la velocidad, dejando atrás al tren contiguo. Reducimos la marcha de nuevo, y observo la escena donde tuvo lugar el accidente. Restos de vagones del convoy de mercancías se extienden a uno de los lados de la vía, raíles retorcidos sobresalen de la plataforma rayada como alambres doblados, y escombros carbonizados humean entre los arcos de luz que iluminan el puente. El tren de emergencias está detenido algo más lejos, con las luces encendidas. El vagón traquetea suavemente mientras el tren va ganando velocidad.

Las luces se cuelan a través de la niebla; salimos de la estación principal de la sección, sobrepasando otros trenes y tranvías locales, y las luces de las calles y sus edificios. Seguimos ganando velocidad. Rápidamente, el entorno se oscurece cuando nos acercamos al final de la sección. Contemplo las luces durante un momento más, y después me acerco al final del vagón, donde está la puerta. Abro la ventanilla y miro hacia fuera, en la niebla, que se rasga en la ventana formando un patrón marcado por la estructura del puente que ahora no se ve, representando el veloz avance del tren en función del grosor de las barras de las vigas y de los edificios voladizos que hay junto a las vías. Las luces de los últimos edificios desaparecen; y yo aflojo mi brazalete identificador de la clínica, tiro suavemente de él, lo lamo para despegarlo y finalmente lo arranco sin piedad, provocándome un corte.

Atravesamos el enlace a la sección siguiente. Todavía bien, dentro de lo que me permite el alcance de mi brazalete, claro. Un pequeño círculo de plástico con mi nombre plasmado. Mi muñeca se ve rara sin él, después de todo este tiempo. Desnuda.

Lo lanzo por la ventanilla, entre la niebla; se pierde en el mismo instante en que abandona mi mano.

Cierro la ventanilla y vuelvo a sentarme para descansar. A ver hasta dónde llego.

Eoceno

¿... Está conectado el micrófono?

Ah, sí, aquí. Bien, bueno..., nada que temer, no me siento confuso en absoluto, en serio. Todo está bien, maravilloso, todo bajo control. Cojonudo, de verdad, en todos los sentidos. Sabía que todo estaba bien. Solo citaba al inmortal (¿cómo? vale, vale) perdón, al mortal Jimi Hendrix. De verdad. Bueno, ¿dónde estaba? Ah, sí.

Bien, el estado del paciente es estable; está muerto. Más estable no se puede estar, ¿no? Bueno, sí, la descomposición y eso; era una broma. Dios, hay personas que no tienen sentido del humor, de acuerdo, venga, vamos a calmarnos ahí detrás.

Me muevo de nuevo, tíos. ¿De dónde a dónde? Buena pregunta.

Me alegro de que me hagáis esa pregunta. ¿Alguien sabe la respuesta? ¿No?

Mmmierda. Vaya.

¿Adónde me llevan? ¿Qué he hecho para merecer todo esto? ¿Acaso me habéis preguntado, cabrones? ¿Eh? ¿Alguien se ha molestado en decir: «te molesta si te muevo, como te llames»? Pues... no. A lo mejor estaba bien donde estaba, ¿a nadie se le ha ocurrido?

Vale, podéis toquetearme las tripas y eso, y darme la vuelta como a una tortilla y hurgar dentro de mí y perder el tiempo y arreglar trocitos y meterme quién sabe qué y pellizcarme, pero no podéis cogerme, no podéis encontrarme, no podéis entrar en mí. Estoy aquí arriba; al mando, controlando todo, invulnerable.

Y qué truco más guarro, qué gran malentendido indecente, indignante e indigno por parte de la propia reina mala. ¿Cómo ha podido caer tan bajo? (Bueno, solo hay que agacharse, tal que así.) Provocar a los putos bárbaros contra mí, ¡ja! ¿Fue lo más ingenioso que se le ocurrió?

Seguramente. Nunca tuvo demasiada imaginación. Bueno, menos en la cama (o donde fuera), creo. No, eso no es verdad. Es porque estoy de mala leche; lo justo es justo (a menudo con una pizca, un matiz, una ínfima nota de rojo, normalmente, he visto... bueno, eso no importa).

No obstante, qué osadía, levantar una rebelión así. Nada que hacer, por supuesto, pero ya estamos. Y ahora, ¿qué? Dios, ¿acaso un tío no puede tener una pequeña charla consigo mismo sin

¡Otra vez!

¿Qué cojones está pasando aquí? ¿Qué pensáis que soy, cabrones chapuceros? Es parte de

¿Queréis parar? ¡Vale ya de sacudidas!

¡Me hacéis daño! Es parte del tratamiento, ¿no? Si de verdad quisiera, me levantaría y os daría un buen susto a todos. Cabrones. Cose ahí, Jimmy.

Gracias a Dios, por fin se ha acabado. Un pequeño movimiento lateral, nada de qué preocuparse; podría estar en una barca o algo. No sabría decirlo.

No, no es una barca. El balanceo es acuoso; algo con suspensión, con amortiguadores. ¿Chillidos? ¿Oigo voces? (Todo el tiempo, doctor. Me lo ordenan. No es culpa mía. La coartada perfecta, inexpugnable defensa).

¡Violación! ¡Maldito valor! Pienso denunciar (¿cierras eso? Pienso denunciar. No, lo siento, no tiene gracia, pero es así. Qué libertad más cojonuda, ¿eh?).

Nunca significó nada para mí. O para ella, seguramente. Era una mujer de letras y eso. Sí. Se lo dije una vez y se echó a reír, y lo calculamos todo. No solo letras, también signos. La cosa es así.

Tras cada rodilla, una «H», detrás del trasero un +, la nariz era ,s (espero que esto no resulte demasiado confuso), su cintura era) (, y el puesto de honor era para la «V» (en plano, boca abajo), y ! (en el plano frontal). Por supuesto, lo asimiló todo y señaló que también tenía : y un buen . s (eran juegos de palabras, no signos. Como decía, era una mujer de letras). Da igual, en ese . yo era yo, y ella «O».

Vaya, allá vamos. Nos movemos. Brum, brum, parte de la máquina de nuevo, con todas las conexiones y en marcha (ni-no, ni-no, nunca vendo helados a semejante velocidad, tío. Bocata de mermelada, por favor. Con mucha frambuesa). Qué risa si chocáramos. No vía puente, espero (ay, Caronte, me sabe mal, pero con el aumento del tráfico estos días...). No sé, tal vez ya estoy muerto o quizá piensan que lo estoy. Es difícil de decir (no, no lo es); me he perdido un poco. Esto es un poco traumático (¿traumatismo? ¿Trauma? Más letras. Re velación re volución re ceptor bla bla bla...).

(¿Qué está diciendo?

«bla bla bla»

una mejoría).

Para haberme visto antes. Estaba impresionante. Bueno, eso pensaba. Hay pendiente en el acoplamiento. Tenía dos oo. No dos o. Dos ojo. Dos ojos (se puede tener ojo y tener ojos, y dos ojos, no me lo hagan pasar tan mal, ahora no estoy bien). Sí, sí. Tan fácil como eso.

Vaya, esta cosa chirría. Tenía que haberlo sabido. Es la historia de mi puta vida. No hay justicia en este mundo (bueno, sí, pero ha caído como la lluvia que dejan caer los nimboestratos, erráticamente, con inundaciones y sequías ocasionales en estas últimas décadas).

En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí. Aquí estamos, en la máquina. Encerrado y eso, a la deriva. Esperemos no ir vía ya-sabemos-qué. Esto me recuerda una historia. Una historia de lo más vulgar; nada especial, sin disparos ni persecuciones ni nada parecido (lo siento). Una historia mundana y real de hecho, según mi opinión sincera; más que una historia, una biografía... pero de todas formas, es

Ella se

tranquilo, tío, estaba empezando a contarlo y eso, déjanos un rato, ¿eh? Joder, no se puede terminar de hablar sin

Ella se li

enseguida, enseguida, pero cállate la

Ella se licenció

soy yo, ¿eh? ¿Sí? ¿No se oye mi voz y eso?

Ella

sí, ella se licenció, ya lo sabemos. Venga, va. Déjame ser tu anfitrión. Dios, hay gente tan jodidamente

Ella se licenció en literatura. Él había dejado su habitación de Sciennes Road para trasladarse a un pequeño apartamento de alquiler en Canonmills. Andrea vivía a caballo entre él y su casa, aunque mantuvo el piso de Comely Bank. Una prima suya de Inverness, cuyo nombre era Shona, vivía allí mientras estudiaba Educación Física en Cramond, lugar de origen de la familia de Andrea.

Él tuvo que seguir trabajando durante sus vacaciones, y ella seguía pasando las suyas en el extranjero, con la familia y los amigos, lo que despertaba en él los celos y la envidia. Pero cada vez que volvían a reunirse era como si no hubiera pasado el tiempo y, en cierto momento (nunca pudo determinar exactamente cuándo), él empezó a pensar en su relación como en algo que podría prolongarse más allá del siguiente curso académico. Incluso pensó en pedirle en matrimonio, pero un punto de orgullo en su interior no toleraba la idea de someterse al Estado (y mucho menos a la Iglesia) de esa forma. Lo que realmente importaba residía en sus corazones (o más bien en sus cerebros), no en un registro. Además, tenía que reconocer ante sí mismo que, probablemente, la respuesta de ella hubiera sido no.

Ahora eran ex hippies, según él pensaba; si es que en algún momento fueron hippies realmente. La presunta fuerza de las flores... bueno, cada cual escoge su eslogan, se había marchitado, la semilla había brotado, crecido y muerto (él sugirió en una ocasión que el problema era el cansancio de los pétalos).

Ella había trabajado mucho para licenciarse con buenas calificaciones, tras lo que decidió tomarse un año sabático, mientras él terminaba sus estudios. Se tomó unas vacaciones breves para visitar a otras personas de otras partes de Escocia e Inglaterra, también se marchó a París, y emprendió viajes más largos a Estados Unidos, el resto de Europa y la Unión Soviética. Aprovechó para contactar de nuevo con sus amigos de Edimburgo, cocinó para él mientras estudiaba, visitó a su madre, en ocasiones jugó al golf con su padre (quien, para su sorpresa, descubrió que podían charlar de forma distendida) y leyó novelas en francés.

Cuando regresó de la Unión Soviética, tomó la firme decisión de aprender ruso. Él llegaba muchas noches y la encontraba en el apartamento, sumergida en novelas y libros de texto con el extraño y medio familiar alfabeto cirílico, el ceño fruncido y un lápiz junto al bloc de notas. Ella levantaba la mirada, miraba con expresión incrédula su reloj y se disculpaba por no haber preparado nada para comer; él le decía que no fuera ridícula, y se hacía él mismo la cena.

Él se perdió el día de su graduación, ingresado en el Royal Infirmary, donde se recuperaba de una operación de apendicitis. Aun así, su padre y su madre fueron a la ceremonia, solo para escuchar cómo decían su nombre. Andrea los conoció y se llevaron bien enseguida. Incluso cuando sus padres y los de ella coincidieron, a él le sorprendió que charlasen como viejos amigos; entonces se avergonzó de haberse avergonzado de su propia familia.

Stewart Mackie conoció a Shona, la prima de Inverness, y se casaron durante el primer año de posgrado de Stewart. Él fue el padrino de la boda y Andrea la dama de honor. Ambos leyeron discursos en la fiesta de la boda; el de él era el mejor escrito, pero el de ella, el mejor pronunciado. Mientras hablaba, él se sentó a mirarla y fue cuando se dio cuenta de lo mucho que la quería y la admiraba. Incluso se sintió vagamente orgulloso de ella, aunque sentía que aquello no era correcto. Entre aplausos entusiasmados, ella tomó asiento. Él levantó su vaso y brindaron.

Unas semanas después, ella le dijo que estaba pensando en marcharse a París para estudiar ruso. De entrada, él pensó que era una broma. Él seguía buscando trabajo mientras jugaba con la idea de irse con ella (podría hacer un curso intensivo de francés y buscar trabajo por allí), pero justo entonces le ofrecieron un buen puesto en una empresa que diseñaba centrales eléctricas y no pudo rechazarlo. Tres años, le había dicho ella. Solo serán tres años. ¿Solo? Ella intentó contentarlo con la idea de pasar las vacaciones juntos en París, pero a él le resultaba difícil apoyarla en todo aquello.

De todas formas, él no tenía poder y ella estaba decidida.

Él no iría a despedirla al aeropuerto. En lugar de eso, salieron la noche anterior a cenar en Fife, cruzando el puente, en un pequeño restaurante costero de Culross. Fueron en el coche nuevo que él había comprado a crédito, un BMWpequeño que pagaba con su recién adquirida nueva fortuna de empleado. Fue una cena un tanto incómoda y él bebió demasiado vino; ella no lo probó porque volaba al día siguiente (le encantaba volar, siempre viajaba en ventanilla) y condujo de vuelta a casa. Él se quedó dormido en el coche.

Cuando se despertó, pensó que se encontraban de nuevo en el apartamento de Canonmills, o en su antiguo piso de Comely Bank, pero las luces rielaban a lo lejos, cruzando el agua oscura, frente a ellos. Antes de apagar ella los faros, él vio de refilón algo inmenso que se cernía sobre ellos, algo sólido, pero al aire libre.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó, frotándose los ojos y mirando a su alrededor. Ella salió del coche.

—North Queensferry. Ven a ver el puente —le pidió, abrigándose con su chaqueta. Él la miró con cierta suspicacia; la noche era fría y lloviznaba—. Vamos —insistió—, te despejará la cabeza.

—Y una puta pistola también lo haría —refunfuñó mientras salía del coche.

Caminaron entre varios letreros de advertencia sobre objetos que caían del puente, y de información sobre la propiedad privada de más adelante, hasta que llegaron a un círculo de grava para dar la vuelta, unas viejas construcciones, una pequeña pendiente, rocas cubiertas de hierbas y musgo, y los soportes de granito del puente ferroviario. El contacto de la lluvia helada y el viento lo hizo estremecer. Alzó la mirada para contemplar las enormes vigas de la estructura que tenía encima. Las aguas del Firth of Forth se lanzaban contra las rocas, y las luces de las boyas parpadeaban sobre el gran río oscuro. Ella le tomó la mano. Siguiendo el río hacia arriba, estaba el puente-carretera, una gran telaraña de luces, un murmullo distante del tráfico que lo cruzaba.

—Me gusta este sitio —confesó ella abrazándolo, con el cuerpo tembloroso por el frío. Él no dejó de mirar la gran masa de acero que tenía encima, perdido en su oscura fuerza.

Solo podía pensar en los tres años que pasaría ella en otra ciudad.

—El puente de Tallahatchie se ha caído —dijo finalmente él, dirigiéndose más al viento gélido que a ella.

Ella lo miró y refugió su nariz en el presentable vestigio de fina barba que él se dejaba crecer desde hacía dos años.

—¿Cómo?

—El puente de Tallahatchie, de la canción Ode to Billy Joe, de Bobby Gentry, ¿recuerdas? Pues se ha caído —respondió él con una carcajada amarga.

—¿Ha habido heridos? —preguntó ella, rozando con sus labios la nuez de él.

—No lo sé —contestó él, repentinamente triste—. Ni siquiera se me ocurrió leerlo, solo he visto el titular.

Un tren pasó a toda velocidad sobre el puente y llenó la atmósfera nocturna de cientos de voces de otras personas que se dirigían a otros lugares. Él se preguntó si los pasajeros seguirían la vieja tradición de lanzar monedas desde los vagones para pedir fútiles deseos a las sordas aguas del gélido río Firth.

No se lo dijo, pero recordaba haber estado en ese mismo lugar hacía años, un verano. Un tío suyo que tenía coche los llevó a él y a sus padres a dar una vuelta por los Trossachs y luego hasta Perth. Y regresaron por ese camino. Fue antes de que inaugurasen el puente-carretera en 1964 (antes incluso de que empezasen a construirlo, creía), en un día festivo en que las colas del ferry eran kilométricas. Su tío bajó a aquel lugar con el coche, para enseñarles «uno de los monumentos más majestuosos de Escocia».

¿Qué edad tendría él? No lo sabía. Posiblemente unos cinco o seis años. Su padre lo llevaba sentado sobre los hombros; él había tocado con las manos el frío granito de los soportes del puente, y había extendido los brazos con todas sus fuerzas para tocar las vigas pintadas de rojo...

La cola de coches no había menguado cuando regresaron. Así, decidieron cruzar por el puente de Kincardine.

Andrea lo besó y lo despertó de sus recuerdos, lo abrazó muy fuerte, más fuerte de lo que él pensaba que ella podría hacerlo jamás, tan fuerte que casi respiraba con dificultad. Cuando lo soltó, volvieron al coche.

Ella condujo sobre el puente-carretera. Él miró por la ventanilla, contempló sobre las aguas oscuras el puente ferroviario bajo el que estaban unos minutos antes y observó la larga fila punteada de luces de un tren de pasajeros que cruzaba sobre el río, en dirección sur. Parecían series de puntos al final de una frase o al principio de otra; tres años. Puntos como un código Morse sin sentido, una señal compuesta por letras E, H, I y S. Las luces parpadeaban entre las vigas del puente; los cables del puente-carretera pasaban demasiado rápido como para interferir en la imagen.

Nada romántico, pensaba mientras contemplaba el tren. Recuerdo cuando los trenes eran máquinas de vapor. Yo solía acudir a la estación local y quedarme en el puente peatonal que cruzaba las vías para ver los trenes que llegaban, escupiendo humo y vapor. Cuando pasaban bajo el puente de madera, el humo explotaba contra las planchas de metal que protegían las vigas; una bocanada repentina que te cubría, durante lo que parecían unos segundos eternos, con una incertidumbre deliciosa, un mundo de misterio espiral que distorsionaba el ambiente.

Pero cerraron la línea, desmontaron las máquinas, derruyeron el puente peatonal y convirtieron la estación en una atractiva residencia con un agradable aire sureño y mucho terreno. Muy exclusiva. Eso lo decía prácticamente todo. Aunque lo hubieran hecho bien, se habían equivocado.

El tren se deslizó sobre el largo viaducto y desapareció para seguir su camino. Tal cual. Nada romántico. Nada de fuegos artificiales al esparcirse las cenizas, nada de colas de cometa anaranjadas que salían de la chimenea, ni tan siquiera una nube de vapor (intentaría escribir un poema a este respecto al día siguiente, pero no saldría nada satisfactorio y lo tiraría a la basura).

Volvió de nuevo la cabeza y bostezó mientras Andrea aminoraba la marcha para pasar el peaje.

—Sabes el tiempo que tardan en pintarlo, ¿no? —le preguntó.

—El qué, ¿el puente ferroviario? —inquirió ella mientras bajaba la ventanilla y buscaba monedas en su bolsillo—. Ni idea. ¿Un año?

—Incorrecto —respondió él, cruzando los brazos y contemplando la luz roja de la cabina—. Tres. Tres putos años.

Ella no dijo nada. Pagó el peaje y la luz cambió a verde.

Él se puso a trabajar y progresó. Sus padres estaban orgullosos de él. Le concedieron una hipoteca para adquirir un apartamento pequeño en Canonmills. La empresa para la que trabajaba le permitió añadir cierta suma de dinero a su coche de empresa, una vez hubo ascendido al nivel de la decadencia burguesa, con lo que cambió su BMWpor otro mayor y mejor. Andrea le escribía cartas y siempre hacía la misma broma cuando hablaba de los dos.

John Peel era el locutor nocturno de Radio 1. Gracias a él, compró el álbum Past, Present and Future, de Al Stewart. Había canciones como «Post World War Two Blues» que casi le hacían llorar; de hecho,« Roads to Moscow» lo consiguió una vez, y «Nostradamus» lo dejó preocupado. También escuchaba mucho el álbum The Confessions of Doctor Dream, tumbado en el suelo con los auriculares puestos y las luces apagadas, canturreando al son de la música a todo volumen. La primera canción de la épica segunda cara se titulaba «Daño neuronal irreversible».

Todas las cosas siguen un determinado patrón, según había comentado con Stewart Mackie. Shona y Stewart se habían trasladado a Dunfermline, al otro lado del río, en Fife. Ella había estudiado para dar clases de Educación Física en el Dunfermline College of Physical Education (que curiosamente no estaba en Dunfermline, como su nombre podría sugerir, sino cerca de Edimburgo) y parecía casi apropiado que empezase a ejercer en el propio y auténtico Dunfermline; de una capital desahuciada a otra. Stewart aún estaba terminando el posgrado en la universidad, donde posiblemente se quedaría a impartir clases. Shona y Stewart llamaron como él a su primer hijo. Nunca pudo expresarles lo mucho que aquello había significado para él.

Viajó. En tren por Europa, y también por Canadá y América. A pie y en autobús por Marruecos; aquel viaje no le gustó, solo tenía veinticinco años, pero ya se sentía mayor para ciertas cosas. Su mata de pelo ya empezaba a clarear. No obstante, aún realizó un maravilloso viaje en tren, recorriendo España en veinticuatro horas, desde Algeciras hasta Irún, con unos americanos que tenían el mejor hachís que había probado jamás. Había contemplado el amanecer en las llanuras de La Mancha, mientras escuchaba las sinfonías que interpretaban las ruedas de acero del tren contra las vías.

Siempre encontraba excusas para no ir a París. No quería verla allí. Ella venía de visita de vez en cuando y siempre estaba cambiada, distinta, más seria e irónica y aún más segura de sí misma. Ahora llevaba el pelo corto; muy chic, se suponía. Pasaban las vacaciones en la costa este y en las islas (cuando él tenía varios días acumulados) y visitaron una vez la Unión Soviética, primera ocasión para él y tercera para ella. Recordaba los trenes, por supuesto, pero también la gente, la arquitectura y los monumentos conmemorativos. Aunque no era lo mismo. Él se sentía frustrado, incapaz de pronunciar más que unas simples palabras sueltas, mientras ella charlaba distendidamente con todo el mundo, lo que le hizo sentir que la había perdido por un idioma (y por una lengua extranjera, pensó amargamente; sabía que había otro hombre en París).

Trabajó en diseños de plataformas petrolíferas y refinerías, con lo que consiguió bastante dinero. Le mandaba una parte a su madre, ahora que su padre se había jubilado. Se compró un Mercedes y lo cambió poco después por un viejo Ferrari que le trajo problemas. Finalmente, se decidió por un Porsche de segunda mano de tres años, aunque hubiera preferido uno nuevo.

Empezó a salir con una chica llamada Nicola, una enfermera a la que conoció cuando estuvo ingresado por la apendicitis. La gente bromeaba con sus nombres, los llamaba imperialistas y les preguntaba cuándo pensaban recuperar Rusia. Ella era rubia y bajita, y tenía un cuerpo generoso y permisivo; no le gustaba que él fumase hachís y siempre le decía —cuando tiraba la casa por la ventana y compraba cocaína— que era una total locura malgastar el dinero metiéndoselo por la nariz. Él sentía un gran cariño por ella, y así se lo dijo cuando creyó que había llegado el momento de decirle que la quería. Pero ella se lo tomó a broma y rieron juntos, aunque él se percató de que fue lo único con lo que bromearon a lo largo de su relación. Ella conocía la existencia de Andrea, pero nunca hablaba de ella. Se separaron al cabo de seis meses. A partir de entonces, cuando le preguntaban, él decía que iba de flor en flor.

El teléfono sonó una noche a las tres de la madrugada, mientras él se estaba tirando a una antigua compañera de clase de Andrea. El aparato estaba en la mesita de noche, y ella le dijo entre risillas que contestase. Así lo hizo. Era su hermana Morag, llamaba para decirle que su madre había muerto de un infarto hacía una hora en el hospital Southern General de Glasgow.

La señora McLean debía volver a su casa de todos modos. Lo dejó sentado en la cama, con la cabeza hundida entre las manos y pensando que, al menos, no había sido su padre, y odiándose a sí mismo por ello.

No sabía a quién llamar. Pensó en Stewart, pero no quería despertar a su hijo pequeño; ya habían tenido problemas porque el niño no dormía bien. Llamó a Andrea a París. Contestó un hombre, y cuando ella se puso al teléfono con voz somnolienta, parecía no saber con quién estaba hablando. Él le dijo que tenía una mala noticia... y ella colgó.

No podía creerlo. Intentó llamar de nuevo, pero el teléfono comunicaba. La operadora internacional tampoco pudo contactar. Dejó el teléfono sobre la cama, sin oír siquiera los tonos intermitentes mientras se vestía, tras lo que salió a toda prisa con el Porsche, tomó una carretera larga y helada iluminada por las estrellas hacia el norte, en dirección a los Cairngorms. La mayor parte de las cintas que llevaba en el coche eran álbumes de Peter Atkin, pero las letras de Clive James eran demasiado profundas y melancólicas como para conducir rápido e intentando no pensar, y las cintas de reggae —la mayoría de Bob Marley— estaban algo pasadas. Le hubiera gustado escuchar a los Stones. Al final, encontró una cinta vieja, que casi había olvidado, y puso a todo volumen el radiocasete para escuchar Rock and Roll Animal una y otra vez durante todo el camino con una expresión entre sarcástica y despectiva en el rostro. «Allo?», espetaba con voz nasal a los faros de los escasos coches que se cruzaban con él. «Allo? Ça va? Allo?».

Volvió a aquel lugar en el camino de vuelta. Se quedó allí, debajo del gran puente rojo cuyo color comparó una vez con el del pelo de Andrea. Espiró vaho mientras el Porsche rugía en el círculo de grava para dar la vuelta, y mientras los primeros rayos del amanecer dibujaban el puente, una silueta de arrogancia, gracilidad y poder contra las pálidas llamas del cielo de una mañana de invierno.

El funeral se celebró dos días más tarde; él se había quedado con su padre en su casa todo el tiempo tras preparar una maleta rápida en su apartamento y arrojar con rabia el quejumbroso teléfono. Ignoró totalmente el correo. Stewart Mackie asistió al funeral.

Mirando el ataúd de su madre, esperó lágrimas que no llegaron y rodeó a su padre con los brazos para darse cuenta en aquel preciso instante de que el hombre era más delgado y menudo que antes, y de que temblaba en silencio, como un alambre fino.

Cuando se marchaban, en las puertas del cementerio, se encontraron con Andrea, que salía de un taxi del aeropuerto, vestida de negro y con una pequeña maleta. Él no pudo pronunciar palabra.

Ella lo abrazó, habló con su padre y luego se acercó a explicarle que había intentado devolverle la llamada cuando se cortó la comunicación. Lo había intentado durante dos días, había mandado telegramas, había pedido a varias personas que se acercasen a su casa a buscarlo. Finalmente, había decidido acudir personalmente; telefoneó a Morag a Dunfermline en cuanto bajó del avión, y averiguó lo que había ocurrido y dónde se celebraba el funeral.

Lo único que pudo decir él fue «gracias». Se volvió hacia su padre y lo abrazó, y entonces lloró, empapó el cuello de su padre con más lágrimas de las que jamás pensó que sus ojos podrían albergar; lloró por su madre, por su padre, por él mismo.

Ella solo podía quedarse una noche; debía regresar para estudiar para unos exámenes. Los tres años se habían convertido en cuatro. ¿Por qué no iba él a París? Durmieron en camas separadas en casa de su padre, que pasó la noche entre el sonambulismo y las pesadillas, por lo que él había decidido dormir en la misma habitación, para despertarlo o procurar que no se hiciese daño.

La llevó en coche hasta Edimburgo, comieron allí con sus padres y la acercó al aeropuerto.

—¿Quién era tu amigo, el que respondió al teléfono en París? — le preguntó, aunque deseó haberse mordido la lengua.

—Gustave —se limitó a responder ella—. Te caería bien.

Él le deseó un feliz vuelo.

Observó cómo el avión despegaba hacia el cielo aguamarina de una gélida tarde de invierno; e incluso lo siguió con la mirada mientras viraba hacia el sur; se inclinó hacia delante al volante de su Porsche, contemplando a través del parabrisas el avión que se elevaba por el azul inmaculado del cielo despejado, y condujo tras él como si quisiera alcanzarlo.

Empezaba a emanar una estela de vapor cuando lo perdió de vista, centelleando y desapareciendo más allá de las Pentland Hills.

Se sintió remolcado por la edad. Durante un tiempo, leyó The Times, alternando con Morning Star. Miraba el logotipo del primero y pensaba que apenas podía parar las páginas del tiempo presente mientras pasaban, casi oía el crujido de las hojas que giraban; el futuro se convertía en presente, el presente en pasado. Una verdad tan banal, tan obvia y tan asumida que, de alguna forma, había conseguido ignorar hasta aquel momento. Se empezó a peinar de forma que no se notasen las entradas de su cabeza, que eran del tamaño de una moneda de dos peniques. Cambió a The Guardian.

A partir de entonces, dedicó más tiempo a hacer compañía a su padre. Muchos fines de semana iba a su nueva casa, un apartamento más pequeño, y regalaba los oídos del hombre con historias sobre el maravilloso mundo de la ingeniería en los setenta: tuberías y fibras de carbono, el láser, la radiografía, los productos derivados de la investigación espacial. Le describía la fuerza furiosa, la energía increíble, de una planta eléctrica cuando se somete a una purga, cuando las calderas recién llenadas se encienden, el agua las alimenta, por las tuberías corre el vapor a temperaturas máximas, y cualquier pedacito de soldadura, tornillo, guante, corazón de manzana o lo que sea que se haya perdido en la inmensidad de la maquinaria, explota dentro de las enormes tuberías y vuela en el ambiente, y limpia todo el sistema de residuos antes de que las turbinas y las calderas se unan, con sus miles de hojas, delicadas y caras, y sutiles resistencias. Una vez, vio la cabeza de un martillo lanzada a cuatrocientos metros por una purga de vapor; fue a dar a una furgoneta aparcada. El ruido habría avergonzado al mismísimo Concorde; era el sonido del fin del mundo. Su padre sonreía y asentía atentamente en su silla.

Seguía viendo a los Cramond; el abogado y él se sentaban a veces hasta las tantas, como dos viejos, a arreglar el mundo. El señor Cramond creía que las leyes, la religión y el miedo eran necesarios, y que un gobierno fuerte, aunque fuese malo, era mejor que ninguno. Discutían, pero siempre de forma amigable; él nunca pudo explicarse por qué, o cómo, se llevaban tan bien. Tal vez porque, en el fondo, ninguno de los dos se tomaba en serio nada de lo que decían, o tal vez porque ninguno de los dos se tomaba en serio nada en absoluto. Coincidían en que todo era un juego.

Elvis Presley murió, pero a él le sentó peor que Groucho Marx muriese la misma semana. Compró álbumes de los Clash y los Sex Pistols; menos mal que por fin había muestras de algo anárquico, aunque escuchase más a Jam, Elvis Costello y Bruce Springsteen. Todavía se veía con gente de la universidad, además de Stewart, incluidos algunos militantes de pequeños partidos revolucionarios. Dejaron de intentar convencerlo de unirse a ellos cuando él les confesó que era totalmente incapaz de seguir una línea política. Cuando China invadió Vietnam y tuvieron que intentar demostrar que al menos uno de ellos no era socialista, encontró que las contorsiones teológicas resultantes fueron la mar de divertidas. Conoció a gente más joven que él en un grupo de escritura de poesía de la universidad con el que se reunía esporádicamente, también conoció a una minoría selecta del antiguo grupo de Andrea, y salía de vez en cuando con un par de compañeros de la nueva empresa para la que trabajaba. Era joven, se ganaba bien la vida y aunque le hubiera gustado ser más alto y no tener el pelo de un tono castaño vulgar (con entradas del tamaño de una moneda de cincuenta peniques: la inflación), era bastante atractivo; había perdido la cuenta del número de mujeres con las que se había acostado. Cada dos o tres días compraba una botella de Laphroaig o Macallan; compraba hachís cada dos meses y se fumaba un porro antes de irse a dormir. Dejó el whisky durante algunas semanas, solo para asegurarse de que no se estaba convirtiendo en un alcohólico, y cuando se hubo cerciorado, se racionó la dosis a una botella semanal.

Los dos compañeros de trabajo intentaron convencerlo de unirse a ellos para montar su propio negocio, pero él no estaba seguro. Habló sobre el tema con el señor Cramond y con Stewart. El abogado le dijo que, en principio, era una buena idea, pero implicaba trabajar duro; la gente siempre pensaba que las cosas eran más fáciles de lo que eran. Stewart se limitó a reír y a decir: «Bien, ¿por qué no?» Si otros lo habían hecho, bien podía hacerlo él, si pagaba los impuestos y contrataba a un buen asesor contable si los tories se entrometían. Pero Stewart tenía sus propios problemas, y más graves; llevaba años encontrándose mal y finalmente le habían diagnosticado una diabetes. Bebía botellines de Pils cuando se reunían y miraba con envidia las pintas de los demás.

Él no tenía claro lo de asociarse con sus compañeros. Escribió una carta a Andrea, que le animó a hacerlo sin dudarlo. También le dijo que regresaría pronto, ya que le faltaba poco para tener al ruso dominado hasta su entera satisfacción. Él pensó: lo creeré cuando la vea aquí.

Empezó a jugar al golf, convencido por Stewart. También se unió a Amnistía Internacional, tras años de dar vueltas al asunto y de enviar un generoso cheque al ANCdespués de que su empresa firmase un contrato con Sudáfrica. Vendió el Porsche y compró un Saab Turbo nuevo. Conducía hacia Gullane un soleado sábado de junio para jugar al golf con el abogado, escuchando una cinta cuyas dos únicas canciones eran Because the Nighty Shot by Both Sides, grabadas seguidas en las dos caras del casete, cuando se cruzó con el Bristol 409 azul del abogado, remolcado por una grúa. Pasó de largo, intentando convencerse de que el coche con el frontal destrozado y el parabrisas roto no era el del señor Cramond, pero dio la vuelta y regresó donde dos jóvenes policías tomaban medidas de la carretera, del arcén lleno de cristales y del muro destrozado.

El señor Cramond había muerto al volante; un ataque al corazón. Pensó que tampoco era una forma tan mala de morir, dado que no había colisionado con nadie más.

Lo único que no debía decir a Andrea, pensó, es «no debemos seguir viéndonos así». Se sentía algo culpable por haberse comprado un traje negro para el funeral del señor Cramond, cuando lo único que pudo llevar al de su madre fue un brazalete de tela.

Conducía en dirección al crematorio con el estómago revuelto; tenía resaca porque la noche anterior se había bebido una botella de whisky casi entera él solo. Sentía que estaba incubando un resfriado. Por alguna razón, mientras atravesaba una enorme puerta gris con el coche, supo que ella no estaría allí. Se sentía mal físicamente, y estaba a punto de dar la vuelta y marcharse, sin rumbo, a cualquier parte. Intentó controlar su respiración y los latidos de su corazón y el sudor de sus manos; estacionó el Saab en una de las hileras de coches del aparcamiento inmaculado del crematorio.

En el funeral de su madre no se había sentido así, y eso que tampoco podía decirse que estuviera tan unido al abogado. Tal vez los demás pensarían que aún estaba borracho; se había duchado y cepillado los dientes, pero probablemente el olor a whisky rezumaba por todos los poros de su piel. Pese a su nuevo traje, se sentía sucio. Se preguntó si debía haber llevado una corona de flores. Ni se le había ocurrido.

Echó un vistazo por los coches. Seguro que ella no estaría, aunque irónicamente, cuando él se vio rendido ante la tumba de su madre, apareciera de repente. Todo formaba parte del rico patrón de la vida, según se dijo a sí mismo, mientras se ajustaba la corbata antes de acercarse a las puertas abiertas del crematorio. Recuerda, hijo, pensó, este es el país de los murciélagos.

Evidentemente, ella estaba allí. Se la veía mayor, pero también más bella; bajo sus ojos había unas pequeñas arrugas que él jamás había visto; bolsitas que le otorgaban el aspecto de una persona que había expuesto eternamente su mirada a una tormenta del desierto. Ella le tomó la mano, lo besó, y lo abrazó durante un segundo; él quería decirle que estaba guapa, que el color negro le sentaba tan bien; pero aunque mentalmente él se decía lo cretino que era, de su boca salió un balbuceo igualmente inane, pero algo más aceptable. No había lágrimas en los ojos perfectamente maquillados de ella.

La ceremonia fue breve y de sorprendente buen gusto. El ministro había sido amigo personal del abogado, y al escuchar sus cortos pero sinceros encomios, sintió que se le inundaban los ojos. Pensó que debía de estar haciéndose mayor; o eso, o bebía demasiados licores fuertes que lo estaban ablandando. El hombre que era diez años antes se hubiera reído de este, a punto de llorar por las palabras pronunciadas por un ministro deshaciéndose en alabanzas hacia un abogado de clase media alta.

Qué más daba. Tras la ceremonia, habló con la señora Cramond. Si no la hubiera conocido bien, habría jurado que estaba bajo los efectos de alguna droga; tenía el rostro enrojecido, los ojos vacíos y un brillo enérgico en la piel; ni una lágrima en su gesto de incredulidad, un estado de shock producido por la pérdida del hombre que, durante más de media vida, había sido su media vida; una pérdida más allá de lo apremiante del propio dolor. Lo asoció al instante que sigue de inmediato a una lesión, como el ojo que ve el martillo machacando el dedo, o el cuchillo rebanando la carne, pero antes de que fluya la sangre o de que la señal de dolor llegue al cerebro. En aquel momento, ella se encontraba en aquella penumbra, flotando en la calma que precede al huracán. Al día siguiente se marchaba de vacaciones con una hermana suya, a Washington DC.

Lo último que le dijo fue:

—¿Cuidarás de Andrea? Estaban muy unidos y ella no vendrá conmigo. ¿La cuidarás?

—Estará bien cuidada..., hay alguien en París, y quizá...

—No—interrumpió la señora Cramond, negando efusivamente con la cabeza (gesto heredado por su hija, de pronto vio a una en la otra)—. No. Eres tú. Ahora tú estarás más cerca de ella que nadie.

Le estrechó la mano antes de dirigirse al Bentley de su hijo.

Él se quedó allí de pie, atónito, durante un momento, tras el que se dirigió en busca de Andrea. Estaba fuera, en el aparcamiento, inclinada ante el coche fúnebre. Encendía un cigarrillo mentolado More mientras él se acercaba a ella.

—No deberías hacerlo —dijo él—. Piensa en tus pulmones.

—Solidaridad —respondió ella amargamente, con la mirada destrozada—. Mi viejo ahora también está echando humo.

Su mentón empezó a temblar de forma casi imperceptible. De pronto, un sentimiento piadoso se adueñó de él. Le alargó la mano, pero ella retrocedió, se dio la vuelta y se acurrucó en su abrigo negro. Él permaneció inmóvil un momento, conocedor de que unos años antes se habría sentido herido ante semejante rechazo y se habría marchado sin dudarlo. Pero esperó, y ella volvió hacia él, tirando el More en la gravilla y pisándolo con un giro de talón.

—Sácame de aquí, anda. ¿Dónde está el Porsche? Lo estaba buscando.

Se marcharon a Gullane en el Saab; ella quería ver el lugar donde había muerto su padre. Se detuvieron en el arcén, aún lleno de cristales, junto al muro destrozado. Él la miró por el retrovisor, mientras ella miraba el suelo como esperando que la hierba volviera a crecer ante sus ojos. Tocó el suelo y las piedras del muro de la granja, y regresó al coche sacudiéndose la tierra y el polvo de las pálidas manos. Le contó que su hermano pensaba que era morbosa por querer ver aquel lugar.

—Tú no opinas lo mismo, ¿verdad? —le preguntó. No, no, por supuesto que no era una morbosa. Se fueron a la casa fría y vacía de las dunas de la bahía de la costa este.

Ella se volvió y lo abrazó en cuanto cruzaron el umbral de la puerta; cuando él intentó besarla con delicadeza y suavidad, ella apretó sus labios contra él, clavó las uñas en su nuca, en su espalda, en sus nalgas. Emitió una especie de gemido que él nunca antes había oído y le arrancó la chaqueta de los hombros. Él ya había decidido seguir la pauta de aquella reacción erótica desesperada y angustiada, e intentó dirigirla a un lugar algo más cómodo que la puerta de entrada, con sus corrientes de aire, sus azulejos fríos y su felpudo áspero, cuando su decisión se convirtió en algo totalmente innecesario. Fue como si su cuerpo se despertase de pronto ante lo que estaba sucediendo, como si una fiebre que se contagia al instante hubiese pasado de ella a él. De pronto, estaba tan consumido, tan salvajemente y absurdamente abandonado como ella, y la deseaba más de lo que recordaba haberla deseado nunca. Cayeron sobre el felpudo, ella lo atrajo hacia su cuerpo, sin quitarse apenas la ropa. Los dos terminaron en segundos y, solo entonces, ella rompió a llorar.

El abogado le había dejado en herencia los palos de golf. No pudo evitar sonreír, fue un gesto amable por su parte. A su esposa (que tenía sus propias fuentes de ingresos) le dejó la casa de Moray Place. El hijo heredó todos sus libros de leyes y los dos cuadros de más valor; y Andrea se quedó con lo demás, exceptuando una suma de dinero destinada a los hijos de su hijo, a algunas sobrinas y sobrinos, y a un par de causas benéficas.

El hijo estaba ocupado con la herencia, por lo que él y Andrea fueron los encargados de acompañar a la señora Cramond a Prestwick para tomar el vuelo nocturno hacia Estados Unidos. Rodeó los hombros de Andrea con el brazo mientras contemplaban el despegue del avión, que viraba sobre el oscuro Clyde para encararse en dirección a América. Él insistió en esperar hasta perderlo de vista, y se quedaron allí, mientras observaban cómo el parpadeo de las luces menguaba cada vez más en los últimos albores del día. En algún lugar sobre el Mull of Kintyre, cuando ya apenas se veía, el avión salió de entre las sombras de la tierra hacia los rayos postreros del sol, cerrando su paso con una estela de humo, rosado glorioso en contraste con un azul profundo y oscuro. Andrea contuvo el aliento y luego soltó una risita suave, la primera vez que reía desde que se había enterado de lo de su padre.

De nuevo en el coche, en dirección norte junto al río oscuro, él confesó que no habría imaginado que la estela aparecería de aquella forma tan repentina y, tras dudarlo un momento, le contó que había intentado seguir al avión que la llevó a París un año antes. Ella lo llamó tonto sentimental y lo besó.

Fueron a ver al padre de él y después se tomaron unos días libres. Ella disponía de dos semanas antes de regresar a París, y él no tenía ningún trabajo urgente, por lo que viajaron en coche sin un destino determinado, pasaron las noches en pequeños hoteles y pensiones, sin rumbo decidido al salir por las mañanas. Vieron Mull, Sky, Cape Wrath, Inverness, Aberdeen, Dunfermline —donde pernoctaron en casa de Stewart y Shona—, rodearon los puentes y la ciudad para dirigirse a las fronteras vía Culross y Stirling, Blyth Bridge y Peebles. Durante el viaje, fue el cumpleaños de ella y él le compró una pulsera de oro blanco. El último día, volvían desde Jedburgh a Edimburgo cuando ella vio la torre a lo lejos.

—Vamos allí —dijo.

Solo pudieron acercarse a unos ochocientos metros en coche. Aparcaron en una carretera estrecha y desértica, ella se puso las botas de montaña, él sacó la cámara y se pusieron a caminar a través de un campo y de un bosque de helechos, subiendo por la colina hacia la torre que se erigía sobre una cima de roca y hierba. Desde la carretera, no parecía tan inmensa. Era enorme; una solución del terrateniente local contra el desempleo de principios del siglo anterior, al tiempo que un monumento a un hombre y a una gran batalla.

Sus piedras oscuras parecían erguirse hasta el infinito entre el viento; una colosal estructura gris en la cumbre sostenía lo que parecía una plataforma abierta bajo un obelisco cónico de madera. Él hubiera apostado por la presencia de una carretera hasta allí, lo mismo que de un aparcamiento, un tenderete de recuerdos, trabajadores de mantenimiento y un puesto de venta de entradas. Pero ni siquiera había un triste sendero. Permanecieron allí de pie, estirando el cuello para no perderse detalle. La vista desde la ladera de la colina era lo suficientemente impresionante. Él tomó algunas fotografías.

Ella se volvió y lo miró con una gran sonrisa.

—¿Cómo dijiste que se llamaba este sitio?

—Penielhaugh, creo —respondió él tras consultar el mapa.

—Me pregunto si podemos entrar—prosiguió ella, acercándose a una puerta pequeña, bloqueada por tres grandes rocas. Intentó apartarlas.

—Estás de suerte—añadió él, empujando las rocas. La puerta se abrió, ella aplaudió entusiasmada y entraron.

—¡Vaya! —exclamó ella. La torre estaba vacía, solo era un gran tubo de madera. Reinaba la oscuridad, y el suelo de tierra estaba cubierto de excrementos de paloma y plumas diminutas, mientras el sonido de los pájaros interrumpidos en su cotidianeidad resonaba débilmente en la penumbra. De pronto, se oyó un aleteo repentino, como un aplauso dubitativo que se atenuara. Arriba, unos pájaros volaban a través de los rayos polvorientos del sol que se filtraban desde la cúpula. El aire estaba cargado del olor de los animales. Una escalera minúscula y estrecha que sobresalía de la pared ascendía en espiral hacia la luz que coronaba las tinieblas.

—Qué sitio más sorprendente —susurró él.

—Es como... tolkienesco —repuso ella, con la cabeza hacia atrás, mirando hacia arriba con la boca abierta.

Él se acercó a la escalera de caracol. Había una pequeña barandilla de acero con los barrotes oxidados. Pensó que tendría un siglo y medio de antigüedad, si es que era la original. O tal vez más. La agitó, dudoso.

—¿Crees que es segura? —preguntó ella, en voz baja. Él echó otro vistazo. Parecía que la cima era muy alta. ¿Cuarenta y tantos metros? ¿Tal vez sesenta? Recordó las rocas que bloqueaban la entrada. Ella también miró arriba, atrapó al vuelo una pluma que caía y la miró. Él se encogió de hombros.

—Qué diablos... —Empezó a subir por la escalera. Ella siguió sus pasos.

—Deja algo de espacio entre los dos. Yo peso más. —Siguió subiendo otros veinte escalones más o menos, con los pies pegados a la pared, sin apoyarse en la barandilla de acero. Ella lo siguió sin acercarse demasiado—. En principio, parece seguro —afirmó cuando se encontraba a medio camino, a la vez que miraba el pequeño círculo de tierra que parecía ahora la base de la torre—. Seguro que el equipo local de rugby entrena subiendo y bajando esto cada día.

—Segurísimo —se limitó a decir ella.

Llegaron a la cima. Era una plataforma ancha y octogonal, de madera pintada de gris, vigas gruesas, tablones sólidos y un juego firme y seguro de pasamanos. Llegaron casi sin aliento. A él le palpitaba fuerte el corazón.

El día era soleado. Se quedaron allí de pie, para recobrar la respiración; el viento acariciaba sus cabezas. Inspiraron el aire fresco y puro sobre la plataforma, bebieron de las vistas y tomaron varias fotografías.

—¿Crees que desde aquí se ve Inglaterra? —preguntó ella, acercándose a él, que miraba hacia el norte, preguntándose si una lejana mancha que había en el horizonte, al otro lado de unas colinas distantes, estaría justo encima de Edimburgo. Tomó nota mental de comprar unos prismáticos para dejarlos en el coche. Miró a su alrededor.

—Seguramente —respondió él—. Dios mío, hasta podríamos ver a tu madre desde aquí, en un día tan claro como el de hoy.

Ella le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. Él acarició sus cabellos.

—¿En serio? —dijo ella—. ¿Y se verá también París?

Él suspiró, mirando hacia otra parte, más allá de la frontera, más allá de las colinas, los bosques, los campos y los setos.

—Sí, tal vez se vea París. —Miró sus ojos verdes—. Creo que tú ves París desde cualquier lugar.

Ella no respondió. Se limitó a abrazarlo un rato más. Él la besó en la cabeza.

—¿De verdad piensas volver?

—Sí—contestó ella, y él sintió cómo su cabeza asentía abrigada en su pecho—. Sí, pienso volver.

Él contempló el lejano paisaje durante un rato, observando cómo el viento balanceaba las afiladas copas de los abetos. Soltó una única carcajada, un repentino encogimiento de hombros, un ruido sordo en su pecho.

—¿Qué? —preguntó ella, sin levantar la cabeza.

—Solo estaba pensando —respondió—. Supongo que, si te pidiera que te casaras conmigo, no me dirías que sí, ¿verdad? —acarició de nuevo sus cabellos. Ella levantó lentamente la mirada y no supo interpretar la expresión de su calmado rostro.

—Yo también lo supongo —dijo suavemente, parpadeando y mirándolo a los ojos, serenos bajo un ceño levemente fruncido.

Él se encogió de hombros y volvió a mirar al infinito.

—Bien. Qué más da.

Ella lo abrazó de nuevo, apoyando la cabeza en su pecho.

—Lo siento. Si fuera alguien, serías tú. Pero es que yo soy así.

—Sí, qué diablos... Supongo que yo también soy así. Simplemente, no quiero volver a separarme de ti tanto tiempo.

—No creo que tengamos que volver a hacerlo. —El viento llevó un mechón de sus rojos cabellos contra el rostro de él y le hizo cosquillas en la nariz—. No es solo Edimburgo, ¿sabes? También eres tú. Necesito mi propio lugar. Pero me temo que siempre me dejaré llevar por una voz dulce o un buen trasero, pero... bien, tú decides. ¿Seguro que no quieres encontrar una buena esposa? —lo miró, sonriendo.

—Ah... —dijo él, asintiendo—. Completamente seguro.

Ella lo besó, suavemente al principio. Él se apoyó contra uno de los postes grises y cuadrados de la estructura de la torre, apretando las nalgas y paseando la lengua dentro de su boca, pensando, bueno, si el poste cede, qué demonios. Nunca habré sido más feliz. Hay peores formas de morir.

Ella lo apartó, con una sonrisa familiar y satisfecha en el rostro.

—Mira lo que has conseguido con tus dulces palabras, cabrón.

—Eres una guarra insaciable —dijo él, volviendo a apretarla contra su cuerpo.

—Siempre sacas lo mejor de mí. —Le sobó las pelotas a través de los pantalones y acarició su erección.

—Pensaba que te había venido el período.

—Venga, hombre, no tendrás miedo de un poco de sangre... ¿o sí?

—No, claro que no, pero no tengo pañuelos, ni...

—Joder, ¿por qué eres tan maniático? —rugió ella; le mordió el pecho y sacó un pañuelo blanco de su chaqueta, como un mago que extrae una paloma de su chistera—. Toma, por si tienes que limpiarte.

Silenció la boca de él con la suya. Sacó su camisa de los pantalones y miró el pañuelo que sostenía con la otra mano.

—Es de seda —dijo él.

—Será mejor que lo tengas claro, muchacho; me merezco lo mejor. —Le bajó la cremallera.

Después permanecieron tumbados, tiritando ligeramente por la brisa de un fresco día de julio que desaparecía lentamente entre la estructura de madera pintada. Él le dijo que sus areolas eran arandelas rosadas; sus pezones, tornillos dulces, y los diminutos cortes de las puntas, ranuras para un destornillador. Ella reía, divertida ante semejantes comparaciones. Lo miró a los ojos, con una expresión picara en la mirada.

—¿Me quieres de verdad? —preguntó, con una aparente incredulidad.

—Me temo que sí —respondió él, encogiéndose de hombros.

—Estás loco —lo riñó en broma, levantando una mano para jugar con un mechón de su pelo, sonriendo.

—¿Tú crees? —preguntó él, besándole la punta de la nariz.

—Sí —respondió ella—. Soy inconstante y egoísta.

—Eres generosa e independiente. —Le apartó el pelo que tapaba sus ojos por culpa del viento.

—Bueno, el amor es ciego —dijo ella, riendo.

—Eso dicen. —Suspiró—. Yo no lo veo.

Metamorfosis

Oligoceno

Cuando era joven, veía esas cosas flotar frente a mis ojos, pero sabía que en realidad estaban dentro de ellos y que se movían de la misma forma que esos falsos copos de nieve en las bolas de agua que emulan escenas invernales. Nunca conseguí averiguar qué demonios eran (una vez, se las describí al doctor como carreteras en un mapa (yo sé lo que quise decir, aunque sería más apropiado describirlas como diminutos tubos de cristal con pedacitos de materia oscura atascados en ellos), pero como nunca me habían causado problemas, no les presté atención. Al cabo de varios años, descubrí que eran algo normal; simplemente, células muertas del ojo que flotaban deslizándose en el líquido. Creo que una vez llegué a preocuparme por si formaban sedimento, pero supuse que existiría alguna reacción biológica dentro del ojo que impediría que aquello ocurriese. Qué lástima; con una imaginación como la mía, seguro que hubiera sido un gran hipocondríaco.

Alguien me habló una vez del cieno; me dijo que se sumergía, que habían absorbido tanta agua de los pozos artesianos, y tanto aceite y gas, que las pequeñas partículas de cieno se sumergían en el agua. Estaba muy preocupado por el asunto. Por supuesto que hay solución; introducir agua de mar con una bomba. Es más caro que aspirar los sedimentos, pero todo tiene un precio (aunque, evidentemente, hay márgenes y márgenes).

Somos piedra, parte de la máquina (¿Qué máquina? Esta máquina; mirémosla, sostengámosla, agitémosla, veamos cómo se forman los patrones; contemplemos cómo nieva, o llueve, o sopla, o brilla), y vivimos la vida de las piedras; primero somos ígneos cuando somos niños, metamórficos en la flor de la vida, y sedimentarios en la sedentaria senilidad (¿regreso a la subducción?). De hecho, la realidad literal es aún más fantástica: que todos somos estrellas; que todos nuestros sistemas y el único sistema son el cieno sedimentado de antiguas explosiones, estrellas que mueren desde ese primer nacimiento; detonan entre el silencio y envían sus gases ametrallados en espiral, en tropel, en agrupaciones y formaciones (a ver quién supera esto).

Así, todos somos cieno, somos precipitados, excedentes (la nata y la espuma); nada más. Uno es lo que sucedió antes, solo otra recogida, un punto en una línea (recta), simplemente el frente de onda.

Traqueteo y zarandeo. Una máquina dentro de una máquina dentro de una máquina dentro de una máquina dentro de... ¿puedo parar ya?

Zarandeo, traqueteo. Sueños de algo lejano en el pasado, algo alojado en algún lugar del cerebro que por fin emerge a la superficie (otra metralla, más esquirlas).

Zarandeo traqueteo zarandeo traqueteo. Medio dormido, medio despierto.

Ciudades y Reinos y Puentes y Torres; estoy seguro de que los veré todos. Después de todo, en algún momento llegaré a algún sitio, supongo.

¿Dónde diablos estaba aquel puente oscuro? Sigo buscando.

En el silencio del tren, veo el puente pasar. A la velocidad a la que avanzamos, la arquitectura secundaria casi desaparece a la vista; lo único visible es el propio puente, la estructura original, un rojo resplandeciente en zigzag bajo sus propias luces o bajo los rayos del sol. Más allá, el río oscuro que brilla bajo el nuevo día.

Las vigas sesgadas pasan junto a mí como eternas cuchillas cortantes, atenuando las vistas, seccionándolas, dividiéndolas. Bajo la nueva luz, en la neblina del día, me parece vislumbrar otro puente río arriba; un eco gris, una sombra fantasma de mi puente, asomando entre la niebla que cae sobre las aguas. Fantasma. Un puente fantasma; un lugar que conocí hace tiempo, pero ya no. Un lugar de...

Al otro lado, río abajo, a través de las líneas cortantes de la gran estructura, veo los dirigibles flotando en el aire bajo el sol, como submarinos obesos, muertos y rellenos de un gas corrupto.

Entonces llegan los aviones, volando a mi misma altura, junto a mí, en la misma dirección que el tren, y lo adelantan lentamente. Los rodean nubes negras, oscuras ráfagas de humo que detonan en el cielo que los sigue. Sus propias señales rítmicas se mezclan con las manchas negras que forman las defensas antiaéreas reactivadas del puente y complican todavía más el mensaje ya ilegible que se arrastra tras los aparatos.

Invulnerables e indiferentes, los aviones plateados atraviesan en perfecta formación la metralla furiosa de los cartuchos que estallan, trazan una escritura en el cielo más impecable que nunca y sus lustrosos cuerpos bulbosos lanzan destellos al sol. Los tres, del primero al último, aparecen intactos; sus líneas remachadas no se rompen ni con las manchas de aceite y hollín.

Entonces, cuando están demasiado lejos como para verlos claramente a través del ángulo de la estructura creciente, cuando ya he decidido que deben de ser realmente invulnerables, o que tal vez las armas del puente disparan cargas de fogueo y no metralla, uno de los aviones recibe un impacto. En la cola. Es el avión del centro. Inmediatamente, empieza a aminorar la velocidad, se queda atrás respecto a los otros dos, vomita humo negro por la parte posterior, pero sin interrumpir las ráfagas de su mensaje, que se van debilitando a medida que el aparato pierde distancia con los otros, hasta volar a la misma velocidad que el tren. No se desmarca ni emprende ninguna otra acción evasiva; mantiene un ritmo regular, pero más lento.

La cola desaparece, consumida por el humo. El avión sigue volando en línea recta y manteniendo una velocidad constante. Gradualmente, el fuselaje va desapareciendo. El aparato mantiene el mismo ritmo que el tren y no se desvía de su ruta, aunque las ráfagas antiaéreas no cesan contra él, con daños o sin ellos. La mitad del fuselaje se ha esfumado, ya no tiene cola. El humo gris empieza a comerse las alas y la parte posterior de la cabina. Es imposible pilotar el avión; debería haber perdido el control en el momento en que perdió la superficie de la cola, pero continúa volando, siguiendo la marcha del tren y su velocidad. La nube espesa de humo gris se come el fuselaje, la cabina y las alas, y va perdiendo grosor a medida que todo desaparece; solo queda la carcasa del motor y la línea, prácticamente invisible, de los propulsores.

Un motor volando; sin piloto, sin combustible, sin superficies de control, sin forma de volar. La carcasa se desvanece en combustión por combustión. Solo unas bocanadas de humo se molestan en continuar. El motor se ha esfumado, los propulsores desaparecen en un estallido repentino de humo gris, y lo que queda no deja más que una fina línea gris que se va marchitando hasta eclipsarse del todo. Ya no queda nada. Solo el rielo azul y los globos más allá de los sesgos y las verticales arremolinadas del puente emborronado por la velocidad.

El tren traquetea y me zarandea. Estoy medio despierto.

Vuelvo a dormirme.

Durante el viaje tuve extraños sueños recurrentes sobre una vida en tierra firme; veía siempre a un hombre, primero era un niño, después un adolescente y finalmente un joven, aunque nunca lo vi claramente en ninguna de dichas etapas. Era como si todo estuviese envuelto por una neblina, en blanco y negro, y abarrotado de cosas que eran más que meras imágenes visuales, menos que algo tangible y real; como si estuviera contemplando una vida en una pantalla distorsionada, pero al mismo tiempo pudiese ver dentro de la cabeza de aquel hombre, ver sus pensamientos, las asociaciones y conexiones, las conjeturas y las imaginaciones que emergían de él y estallaban contra la pantalla que yo estaba contemplando. Todo parecía gris e irreal, y en ocasiones hallé similitudes entre lo que sucedía en el extraño sueño recurrente y lo que ocurría en mi vida en el puente.

Tal vez aquello era la realidad, mis recuerdos deteriorados recuperados lo bastante como para formar una especie de espectáculo desordenado e intentar entretenerme o informarme lo mejor posible. Recuerdo haber visto algo parecido al puente en un punto de mi sueño, pero solo desde la distancia, desde una costa, creo, pero tan lejano como pequeño. Más tarde pensé que podía haberme encontrado debajo, pero de nuevo era demasiado pequeño, y demasiado oscuro; un eco menor, nada más.

El tren vacío en el que me había escondido viajó durante varios días sobre el puente; a veces aminoraba la velocidad, pero nunca se detuvo. Podría haber saltado del vagón un par de veces, pero me habría matado y estaba decidido a llegar al final de la gran estructura. Tan solo podía recorrer tres vagones vacíos, dos de pasajeros —con asientos, mesas pequeñas y compartimentos para dormir— y el del comedor. Pero no había cocina, y las puertas de los extremos de los tres vagones estaban cerradas con llave.

La mayor parte del tiempo la pasé escondido, encogido en uno de los asientos reclinables para no ser visto desde fuera, o tumbado sobre la litera superior del coche cama, mirando con cautela a través de las cortinas el puente en el exterior. Bebía agua del lavabo y soñaba, despierto o dormido, con comida.

Los vagones no se iluminaban por las noches, embrujados por los centelleantes rayos de la luz amarilla anaranjada del exterior, cuya calidez se incrementaba día tras día. La luz del sol brillaba cada vez más. La forma global del puente no parecía cambiar, pero las personas que veía ocasionalmente junto a las vías sí eran distintas; sus pieles eran de diferente color, más oscuras a medida que aumentaba la luz del sol.

No obstante, al cabo de unos días, todo pareció ensombrecerse de nuevo, mientras yo seguía tumbado, debilitado por el hambre, y traqueteaba sobre un asiento reclinable como un peso muerto. Empecé a creer que la luz no había cambiado en absoluto, y que había algo en mi cabeza que me hacía ver a las personas como si fueran sombras. Sin embargo, me dolían los ojos.

Entonces, una noche me desperté tras soñar con la última vez que cené con Abberlaine Arrol, y vi que reinaba la oscuridad, tanto dentro como fuera del vagón.

Del puente no salía ni un ápice de luz, no se distinguía ni un reflejo sobre los cromados del vagón, ni siquiera veía mi propia mano frente a mi rostro. Cerré los ojos bien fuerte, para ver la falsa luz nerviosa que crea el ojo como reacción ante la presión física.

Me dirigí a tientas hasta la puerta más cercana que daba al exterior, abrí la ventanilla y saqué la cabeza. Un olor extraño, fuerte y denso, entró en la cálida atmósfera del vagón. Al principio me alarmó; no era ni sal, ni pintura, ni aceite ni humo.

Entonces vi un minúsculo filo de luz sobre mí, moviéndose lentamente. El tren seguía avanzando a gran velocidad —la estela que vertía rugía a través de la ventana y tiraba de mi ropa—, pero fuera lo que fuera lo que estaba viendo, la luz se movía despacio sobre ello; debía de estar muy lejos. Pensé que podía tratarse de un banco de nubes iluminado por las estrellas, pero me di cuenta de que el perfil de luz era continuo, sin rayos o vigas que fragmentasen la visión en parpadeos.

¿Acaso una parte de la estructura del puente se encontraba bajo el nivel de las vías? Empecé a sentirme débil otra vez.

Entonces, el tren aminoró progresivamente la marcha y, antes de que acelerase de nuevo, oí, a través del ruido menguante de su avance, los sonidos lejanos de un bosque silvestre y oscuro. También vi que la luz que había tomado erróneamente por un banco de nubes era en realidad una valla irregular de madera que se encontraba a unos tres kilómetros de mí. Reí con alegría y me senté junto a la ventanilla hasta que el amanecer bañó el bosque verde con el rocío de la aurora.

Aquel día el tren redujo la velocidad y penetró en las afueras de una extensa población. Se adentró sinuosamente en una estación ferroviaria de maniobras, para detenerse en un largo andén situado más abajo. Me escondí en un armario. Oí voces, ronroneos de máquinas no identificables dentro de los vagones, y luego el silencio. Intenté salir de mi armario, pero lo habían cerrado por fuera. Mientras me preguntaba qué haría a continuación, escuché unas voces al otro lado de la puerta metálica tras la que me ocultaba, e imaginé que el tren se estaba llenando de gente. Al cabo de unas horas, el tren arrancó de nuevo. Aquella noche dormí en el armario y fui descubierto por un camarero a la mañana siguiente.

El tren estaba lleno de personas; hombres y mujeres bien vestidos, con todo el aspecto de proceder del puente. Lucían atuendos veraniegos, y tomaban cócteles con hielo en las mesitas de los vagones de pasajeros. Se mostraron levemente contrariados cuando vieron cómo un policía ferroviario me arrastraba por el tren; yo iba con mi ropa arrugada y sucia, y él forzaba uno de mis brazos contra mi espalda. Fuera, el paisaje era montañoso, lleno de túneles y torrentes rocosos enmarcados por viaductos enormes. Me interrogó un auxiliar de los bomberos, un joven con un uniforme blanco radiante que parecía inadecuadamente impecable dado su rango. Me preguntó cómo había llegado a bordo y le conté la verdad, que subí al tren y me quedé encerrado en uno de los vagones de equipajes. Me dieron una buena comida, a base de las sobras de la cocina. Me quitaron la ropa, la lavaron y me la devolvieron. El pañuelo que Abberlaine Arrol me había bordado, y sobre el que había impreso la mancha roja de sus labios, volvió completamente limpio.

El tren viajó durante varios días a través de unos montes y de una llanura alta revestida de hierba, donde distintas manadas de animales huyeron al verlo aparecer junto a un viento incesante. Después del prado verde, el convoy empezó a ascender por una cadena de montañas. Avanzaba entre ellas a través de largos viaductos y túneles, reduciendo la velocidad y deteniéndose siempre en pequeñas poblaciones a lo largo del camino, entre bosques verdes, lagos azules y peñascales escarpados. El vagón minúsculo donde me habían encerrado solo tenía una ventanilla de unos sesenta centímetros de largo y quince de alto, pero podía observar la escena con la claridad suficiente, mientras los aromas frescos y enrarecidos de las montañas y las mesetas se colaban por la gran puerta de equipajes situada en un extremo del vagón, y me envolvían con las fragancias que creía recordar, atormentado, de hacía mucho tiempo.

Tuve otros sueños, además de aquel recurrente del hombre; una noche soñé que me despertaba y me acercaba a la minúscula ventana, y veía una explanada cubierta de rocas, y entre ellas, dos juegos de faros débiles que se acercaban el uno al otro en el páramo iluminado por la luna. Justo cuando se detuvieron, frente a frente, el tren se adentró en un túnel. En otra ocasión, creí que estaba mirando al exterior durante el día, mientras el tren avanzaba sobre la cumbre de un gran acantilado frente a un mar azul y brillante, encordado con nubes esponjosas que el tren atravesaba una y otra vez. A veces, en los espacios claros y a lo lejos, sobre la superficie del mar bruñido por el sol, me parecía ver dos barcos que navegaban uno junto al otro, y grandes bocanadas de humo gris y ráfagas de llamas entre ambos. Pero estaba soñando despierto.

Finalmente, me dejaron aquí, tras las montañas y las colinas y los páramos y otra llanura fría. Aquí está la República, un lugar frío y concéntrico conocido tiempo atrás, dicen, como El Ojo de Dios. Una calzada elevada, que divide las aguas de un gran mar interior, permite el acceso desde la baldía llanura. El mar forma un círculo casi perfecto, y la gran isla que se encuentra en su centro también tiene la misma forma geométrica. Lo primero que vi fue el muro; el mar gris bordeado por una muralla coronada por torres bajas. Parecía desplegarse y curvarse hasta el infinito, mientras desaparecía en una bruma lejana de lluvia. El tren se adentró en un largo túnel, sobre un foso profundo, para encontrarse de nuevo con otra muralla. Al otro lado, se encontraban la isla y la República, con sus campos de trigo, su viento, sus colinas bajas y sus construcciones grises; tenía el aspecto de haber sido un lugar de gran actividad y lleno de energía tiempo atrás, y aquellos edificios grises daban paso, cada cierta distancia, a templos y palacios inmaculados de otras épocas, perfectamente restaurados, pero aparentemente inhabitados. Y también había un cementerio inmenso, plagado de millones de lápidas blancas idénticas emplazadas geométricamente sobre un verde mar de césped.

Vivo en un dormitorio con otros cien hombres. Soy el encargado de barrer las hojas secas de los amplios caminos de un parque. Me rodean edificios altos y grises, formas cuadradas y voluminosas que se alzan hacia un cielo granulado y borroso. Encima de ellos, descansan torres estrechas sobre las que ondean banderas que no identifico.

Barro las hojas incluso cuando no hay hojas que barrer; asilo ordena la ley. Cuando llegué, me dio la impresión de que esto era una prisión, pero en realidad no es así, al menos no en el sentido literal. Parecía que cualquier persona a la que conocía era un prisionero o un guarda, e incluso cuando me pesaron y me midieron y me examinaron y me entregaron mi uniforme y me condujeron en autobús a esta gran población, nada cambió realmente. Podía hablar con relativamente poca gente —lo cual no fue en absoluto una sorpresa—, pero las pocas personas con las que lo hacía parecían encantadas de que pudiera comunicarme con ellas en mi extraña lengua foránea, y a la vez cautelosas cuando en la conversación salían a colación sus propias circunstancias. Les pregunté si habían oído hablar del puente, y algunos respondieron que sí, pero cuando les decía que yo venía de allí pensaban que estaba bromeando o incluso que estaba loco.

Entonces mis sueños cambiaron, fueron absorbidos, invadidos.

Me desperté una noche en el dormitorio; el aire estaba impregnado de olor a muerte y saturado del sonido de personas gimiendo y llorando. Miré a través de una ventana rota y vi destellos de explosiones lejanas y luces de grandes hogueras, y oí detonaciones de bombas y proyectiles. Yo estaba solo en el dormitorio, los sonidos y los olores procedían de fuera.

Me sentí débil y desesperadamente hambriento, tenía más hambre de la que había pasado en el tren que me alejó del puente. Descubrí que había perdido casi la mitad de mi peso durante la noche. Me pellizqué y me mordí la lengua, pero no me desperté. Eché un vistazo por el dormitorio vacío; las ventanas estaban selladas con cintas blancas y negras que formaban «X» sobre los cristales rectangulares. Fuera, todo estaba ardiendo.

Encontré unos zapatos que no eran de mi número y un traje viejo en lugar de mi uniforme. Salí. El parque que se supone debía barrer se encontraba en el mismo sitio, pero plagado de tiendas de campaña y rodeado de edificios derrumbados.

Sobre mi cabeza zumbaban aviones, o planeaban rugiendo en el cielo nocturno. Las explosiones inundaban el aire y el suelo, y las llamas se elevaban hacia el cielo. Por todas partes había escombros y olor a muerte. Vi el cadáver de un caballo escuálido, tirado en el suelo, con el carro que arrastraba tras él medio cubierto por fragmentos de un edificio caído. Un grupo de hombres y mujeres flacos y de ojos grandes estaban haciendo una carnicería con él.

Las nubes eran islas anaranjadas en el cielo negro azabache; el fuego se reflejaba en el vapor suspendido y enviaba enormes columnas hacia arriba para reunirse con ellas. Los aviones revoloteaban como aves carroñeras sobre la ciudad en llamas. En ocasiones, un reflector los interceptaba y algunas bocanadas de humo negro oscurecían aún más el cielo que los envolvía, pero aparte de aquello, parecía que la población se encontraba totalmente indefensa. Algunas veces, los cartuchos estallaban encima de mí y dos explosiones cercanas me obligaron a refugiarme porque los escombros —ladrillos y fragmentos de piedras— llovían a mi alrededor.

Deambulé durante varias horas. Cuando empezaba a amanecer, mientras regresaba al dormitorio a través de aquella pesadilla sin fin, me encontré caminando detrás de dos ancianos, un hombre y una mujer. Andaban por la calle, apoyados el uno en el otro, cuando de pronto el hombre tropezó y cayó, arrastrando con él a la mujer. Me dispuse a ayudarlos, pero él ya había muerto. Hacía varios minutos que no había explosiones ni disparos, y aunque me pareció escuchar el crepitar de armas de fuego en la distancia, ninguna de ellas se encontraba cerca de nosotros. La mujer, casi tan delgada y canosa como el anciano muerto, rompió a llorar con desesperación; sollozaba y se lamentaba contra el cuello del traje gastado del hombre, le movía la cabeza lentamente y repetía una y otra vez palabras que yo no entendía.

Nunca pensé que una anciana tan marchita albergara tantas lágrimas.

El dormitorio estaba lleno de soldados uniformados muertos cuando regresé. Había una cama vacía. Me tumbé sobre ella y desperté.

Era el mismo lugar, intacto y pacífico, con los mismos árboles y caminos y edificios grises. Todo seguía en su sitio. Las construcciones que había visto en llamas o derruidas eran las que rodeaban el parque donde yo trabajaba. Cuando miré con mayor atención, observé que algunas piedras no habían sido restauradas, y formaban parte de los edificios originales. Algunos de aquellos bloques estaban desconchados y marcados por señales de balas y artillería evidentes, aunque muy antiguas.

Durante semanas, seguí teniendo sueños similares; siempre parecidos, pero nunca iguales. De alguna forma, no me sorprendió descubrir que todo el mundo soñaba esas mismas cosas. En realidad, ellos fueron los sorprendidos de que yo nunca antes hubiera tenido aquella clase de sueños. «No puedo comprender», les dije, «por qué parecen asustarse de los sueños. Forman parte del pasado, ahora estamos en el presente, y el futuro que vendrá será mucho mejor».

Ellos creen que se encuentran bajo alguna amenaza. Yo les digo que no. Hay personas que han empezado a evitarme. Les digo a los que todavía me escuchan que están en una prisión; una prisión que está dentro de sus cabezas.

Anoche me reuní con mis compañeros de trabajo y bebí más de la cuenta. Les conté todo sobre el puente y les dije que no había visto ninguna amenaza potencial que pudiera cernirse sobre ellos en mi largo viaje hasta aquí. Muchos afirmaron que yo estaba loco y se fueron a dormir. Permanecí despierto hasta tarde y bebí demasiado.

Ahora tengo resaca, la semana acaba de empezar. Saco la escoba del almacén y me dirijo a los espacios fríos del parque donde yacen las hojas, mojadas o heladas sobre el suelo, en función del lugar de la puesta de sol. Me están esperando en el parque; cuatro hombres y un gran coche negro.

Dos de ellos me golpean mientras los otros dos hablan sobre las mujeres que se tiraron el fin de semana. La paliza es dolorosa, pero no entusiasta; los dos hombres que me golpean parecen casi aburridos. Uno de ellos se hace un corte en el nudillo con mis dientes y, por un momento, parece que se enfada; saca un puño de hierro, pero uno de los otros le dice algo; lo vuelve a guardar y se sienta, chupándose la herida. El coche aúlla y emprende la marcha por las amplias calles.

El hombre delgado y canoso que se encuentra detrás del mostrador se disculpa; no había razón para pegarme, pero era el procedimiento habitual. Me dice que soy un hombre con mucha suerte. Mientras me doy pequeños toques con mi pañuelo bordado (que, milagrosamente, no me han robado) en la nariz y en los ojos, intento no discrepar con él. Niega con la cabeza y asegura que si fuera uno de ellos... Da golpecitos con una llave sobre la superficie de su gran mostrador gris metálico.

Estoy en algún lugar bajo tierra. Me vendaron los ojos en el coche de camino a esta gran ciudad, cualquiera que sea. Sé que es una ciudad porque oí sus sonidos durante más de una hora, antes de que el coche se sumergiese en este espacio subterráneo donde los ruidos resuenan, descendiendo en espiral hacia lo más hondo de la tierra. Cuando se detuvo, me sacaron del vehículo y me condujeron, a través de innumerables pasillos curvados, hasta esta habitación, donde el hombre delgado y canoso esperaba; daba golpecitos en su mostrador gris con una llave y tomaba té.

Le pregunto qué van a hacer conmigo. En lugar de responderme, me habla sobre la combinación entre prisión y cuartel de policía donde me encuentro ahora mismo. Su mayor parte se halla bajo tierra, como supone habré imaginado. Me explica, con legítimo entusiasmo, los principios sobre los que fue diseñada y construida, enardeciéndose más a cada minuto de conversación. La prisión-cuartel está formada por varios cilindros de gran altura; rascacielos circulares invertidos, inhumados en conjunto bajo la superficie de la gran ciudad. Se muestra deliberadamente ambiguo en lo referente a su número exacto, pero por sus palabras me da la impresión de que debe de haber entre tres y seis cilindros. Cada uno de los tambores inmensos contiene cientos de habitaciones; celdas, despachos, retretes, cantinas, dormitorios y demás, y puede rotar de forma individual, de forma que la orientación de los pasillos y las puertas que entran y salen de ellos cambia de manera casi continua. Una puerta que un día se abre ante un ascensor o un aparcamiento subterráneo o una estación de tren o un lugar determinado de uno de los demás cilindros, al día siguiente, puede conducir a un cilindro completamente distinto, o directamente a un muro de roca sólida. De un día para el otro, e incluso (bajo condiciones de seguridad extrema) de una hora a la siguiente, este motor colosal de tambores giratorios puede moverse, bien de forma aleatoria, bien siguiendo un complejo patrón codificado, y así frustrar cualquier posible tentativa de fuga. La información necesaria para descodificar transformaciones tan erráticas es proporcionada a la policía y al personal estrictamente indispensable de la prisión-cuartel, de manera que nadie conozca las nuevas configuraciones del complejo subterráneo; solo los altos cargos y los funcionarios de mayor confianza tienen acceso a las máquinas que programan las rotaciones, y la maquinaria y los elementos electrónicos que conforman su musculatura y su sistema nervioso están diseñados para que cualquier ingeniero o electricista no tenga una visión de conjunto al reparar un posible fallo del sistema.

Los ojos del hombre brillan con fuerza mientras me describe todo eso. Me duele la cabeza, se me nublan los ojos y necesito ir al baño, pero coincido honestamente con él en que se trata de un gran trabajo de ingeniería. «¿Pero no lo ve?», me pregunta. «¿No ve la imagen de lo que es esto?» Lo cierto es que me zumban los oídos, y debo confesar que no; no lo veo.

«¡Una cerradura!», dice con voz triunfal y la mirada centelleante. Es un poema, una canción de piedra y metal. Una imagen real y perfecta de su propósito; una cerradura, una caja fuerte, una serie de cilindros; un lugar seguro para guardar el mal.

Comprendo lo que quiere decir. Siento un martilleo en la cabeza y me desvanezco.

Cuando despierto, estoy en otro tren. Me he meado en los pantalones.

Mioceno

—Versiones diseminadas de la verdad; al rebaño cual metralla plastificada; en las entrañas de la mayoría; en los nervios de unos pocos. Otro fragmento del antiguo blastoma; otro síntoma del sistema; la flor y el continente de tu materialismo diabético.

—Expón aquí tus excusas; explica por qué hiciste lo que debías; cuéntanos tu dolor. Hablas de domingos sangrientos, septiembres negros; y de todo el tiempo que estás desperdiciando.

—Sonreiremos; nos segregaremos; cuidaremos las trincheras; contaremos armas; calcularemos maniobras; y murmuraremos entretanto: «Creo que así sucedió todo. Estoy seguro de que tal como fue dicho, ocurrió».

—...Ah, bien, muy radical. Buena dosis de credibilidad barata. —Stewart asintió—. Siempre he dicho que un buen poema vale por diez kalashnikovs —asintió de nuevo y bebió un sorbo de su vaso.

—Mira, gilipollas, solo dime si te importa la parte del «materialismo diabético».

Stewart se encogió de hombros y alargó el brazo hacia otra botella de Pils.

—Me da igual, tío. Tú ponlo. ¿Es un poema nuevo?

—No, es antiguo. Pero estoy pensando en publicarlos y me ha parecido que quizá te ofendería.

—¿Sabes que a veces pareces idiota? —exclamó Stewart entre risas.

—Lo sé.

Estaban en casa de Stewart y Shona, en Dunfermline. Shona se había llevado a los niños a pasar el fin de semana a Inverness, y él se había acercado hasta allí para dejar sus regalos de Navidad y hablar con Stewart. Necesitaba hablar con alguien. Abrió otra lata de cerveza y contribuyó a ampliar la colección de colillas del cenicero.

Stewart vertió el contenido de la lata en el vaso y se lo llevó hasta el equipo de música. El último disco había finalizado minutos antes.

—¿Qué te parece una vuelta al pasado? —preguntó.

—Venga, vamos a regodearnos en la nostalgia. Por qué no. — Se apoyó en el respaldo de la butaca, contemplando cómo Stewart buscaba entre la colección de discos y deseando que fuese lo bastante imaginativo en su elección. Recordó que había comprado el primer sencillo el día en que cumplió dieciséis años. Todos los jóvenes de su edad ya tenían sus colecciones de álbumes.

—¡Dios mío! —exclamó Stewart, sacando una funda azul y gris, y mirándola algo atónito—. ¿En serio compré Deep Purple in Rock?

—Debías de estar colocado —repuso él. Stewart se volvió y le guiñó el ojo mientras sacaba el disco.

—Vaya, ¿me ha parecido captar una pizca de ingenio?

—Una mera chispa. Anda, pon la maldita música.

—Espera, hace tiempo que no se usa, déjame que lo limpie un poco... —Stewart pasó un paño por el vinilo y lo puso. Can't stand the Rezillos.

Dios mío, pensó, era de 1978; una verdadera vuelta al pasado. Stewart movía la cabeza al ritmo de la música mientras se acomodaba en un sillón.

—Me encantan estas canciones melódicas —gritó. Había puesto la aguja sobre Somebody's Gonna Get their Head Kicked In Tonight.

—Madre de Dios, ¡siete años! —Levantó la lata para brindar con Stewart.

Stewart se inclinó hacia delante, señalándose la oreja. Él volvió la mirada hacia el giradiscos y gritó:

—He dicho «siete años»... —asintió hacia el equipo de música—. Del setenta y ocho.

Stewart se recostó de nuevo, moviendo enfáticamente la cabeza.

—¡Oh, no! ¡Treinta y tres y un tercio! —gritó.

Me veo reducido a contar historias para vivir. Asalto a mis propios sueños para extraerles sabrosos pedazos y alimentar así a mi mariscal de campo celoso y a su variopinta banda de insípidos ayudantes homicidas. Nos sentamos ante una fogata de banderas caídas y libros preciados, con las llamas reflejándose en sus bandoleras y sus bayonetas; comemos cerdo asado y bebemos whisky fuerte; el mariscal de campo se jacta de las grandes batallas que ha ganado, de las mujeres a las que se ha follado y, entonces, cuando ya no se nos ocurren más mentiras, me pide que cuente una historia. Empiezo a narrar la del niño cuyo padre tenía un nido de palomas, y que, siendo ya un hombre, nunca se sintió más feliz que cuando rechazaron su petición de matrimonio, en la cima de un nido de palomas de proporciones monumentales.

El mariscal de campo no parece impresionado, por lo que vuelvo al principio.

Cuando me recuperé del desvanecimiento melodramático en la oficina del hombre canoso que golpeaba su mostrador gris con una llave, el tren en el que me habían subido había cruzado el resto de la República, humeando sobre la calzada elevada en dirección a la costa lejana del mar circular, y luego a través de una llanura baldía.

Me habían puesto otro atuendo; el uniforme del tren. Me encontraba en una litera pequeña y me había mojado los pantalones. Me sentía fatal; con un fuerte martilleo en la cabeza y molestias en varios puntos del cuerpo; el dolor circular en el pecho había regresado. El traqueteo del tren resonaba dentro de mí.

Yo tenía que ser camarero. El tren transportaba a varios directivos ancianos de la República que marchaban a una misión de paz —nunca descubrí exactamente quiénes eran ni qué clase de paz perseguían—, y yo, con ayuda del jefe de camareros, debía esperarlos en el vagón comedor, servirles bebidas, tomarles nota y llevarles la comida. Afortunadamente, los viejos burócratas estaban borrachos la mayor parte del tiempo, y casi todas mis pifias iniciales pasaron desapercibidas durante mi fase de aprendizaje. En ocasiones también debía hacer las camas, o barrer y limpiar el polvo de los vagones.

Pensé que, si aquello era un castigo, era bastante suave. Más tarde, descubrí que lo que me había salvado de un destino peor era el hecho de ser (para aquella gente) un analfabeto mudo y sordo. Como no entendía ninguna conversación ni sabía leer ningún informe o anotación olvidados en algún vagón, podían fiarse de mí y utilizarme. Obviamente, llegué a aprender algo de aquel lenguaje, pero mi vocabulario se limitaba básicamente a cuatro elementos de vajilla y cubertería, y a interpretar los carteles de «no molestar» y similares. Hice mi trabajo. El tren atravesó la llanura baldía golpeada por el viento, pasó por pequeños pueblos y campamentos y puestos militares.

La contextura del tren fue cambiando gradualmente. A medida que nos alejábamos de la República, la actitud de los directivos pasó de la ebriedad relajada a la tensión borracha. Grandes columnas de humo negro ascendían lentamente en el horizonte y, de vez en cuando, una flota de aviones de guerra planeaba y rugía junto al tren. Los directivos se escondían instintivamente bajo las mesas cuando los aviones nos sobrevolaban, y luego se reían, se aflojaban las corbatas y asentían de forma apreciativa ante la rápida retirada de los aeroplanos. Me buscaban con la mirada y chasqueaban los dedos para pedir otra copa.

Al principio teníamos un par de vagones planos con dos ametralladoras antiaéreas de cuatro cañones, una delante de la locomotora y la otra en la parte posterior del furgón del guarda, y más tarde, un vagón para transportar el pelotón de armas y otro blindado lleno de munición extra. Los militares solían limitarse a sus propios vagones, y nunca me llamaban para servirles nada.

Más tarde, un par de vagones de pasajeros fueron desensamblados en una pequeña población donde aullaban lejanas sirenas y una hoguera ardía junto a la estación. Fueron remplazados por vagones blindados que transportaban tropas cuyos oficiales ocuparon parte de los coches cama. Pero la mayor parte de los pasajeros seguían siendo burócratas. Los oficiales eran educados.

El aire cambió. Empezó a nevar. Pasamos junto a una carretera de grava con grandes orificios en la superficie, donde varios camiones inutilizados se alineaban en la cuneta. Empezaron a aparecer hileras de militares y civiles de aspecto desvalido, que empujaban cochecitos de bebé cargados con utensilios del hogar. Los soldados caminaban en ambas direcciones, y los civiles solamente en una, la opuesta a la nuestra. El tren se detuvo en varias ocasiones sin motivo aparente, y a menudo, en la vía lateral, nos cruzábamos con trenes con vagones cargados de piedras, grúas y tramos de vía. Normalmente, los puentes que se alzaban sobre la llanura cubierta de nieve estaban construidos sobre las ruinas de otros puentes más antiguos, y controlados por ingenieros militares. El tren los cruzaba muy despacio; y yo me apeaba y caminaba junto a él para estirar las piernas, tiritando con mi chaqueta fina de camarero.

Casi antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, ya no quedaban civiles en el tren; solo oficiales militares y el personal de a bordo. Todos los vagones estaban blindados; teníamos tres locomotoras diesel al frente y otras dos detrás, vagones planos con ametralladoras antiaéreas, coches cubiertos que transportaban artillería ligera y obuses, una radio con su propio generador, otros vagones con tanques y lanzagranadas, y otros que hacían la función de barracones, hasta arriba de reclutas.

Ya solo servía a oficiales. Bebían más y solían cuidar menos las cosas, pero no tiraban la cubertería si al camarero se le caían los platos sucios.

La luz del sol cada vez era más escasa, los vientos más fríos, las nubes más espesas y oscuras. Ya no vimos a más refugiados; solo ruinas de pueblos y ciudades que parecían bosquejos de carboncillo, con las piedras recubiertas de hollín y el blanco vacío de la nieve posándose sobre ellas. Había campamentos militares, vías muertas plagadas de trenes como el nuestro, o trenes con cientos de tanques viajando sobre vagones planos, o artillería pesada en vagones articulados de varios ejes, tan largos como seis o siete de los normales.

Sufrimos el ataque de un grupo de aviones; la plataforma antiaérea crujía con fuerza y enviaba nubes de humo acre que se elevaban junto al convoy, mientras los aeroplanos lanzaban proyectiles que impactaban contra las ventanillas. Las bombas erraron su blanco por unos cien metros. Yo estaba tumbado en el suelo del vagón cocina, junto al jefe de camareros, abrazado a una caja de copas de cristalería fina mientras las ventanillas estallaban a nuestro alrededor. Los dos observamos horrorizados cómo una ola de líquido rojo entraba por la puerta del vagón, y pensamos que alguno de los oficiales había sido herido. Pero solo era vino.

Repararon los daños y el tren siguió avanzando hacia unas colinas bajas coronadas por nubes oscuras. La nieve las cubría de forma parcial y, aunque el sol ya no se elevaba demasiado en el cielo, el aire empezó a volverse más cálido. Pensé que podría inspirar el aroma del océano; a veces llegaban ráfagas de olor a azufre. Los campamentos militares cada vez eran mayores. Las colinas empezaron a transformarse en montañas, y el primer volcán lo vi una noche mientras servía la cena; lo confundí con un terrible ataque nocturno en la lejanía. Los soldados se limitaron a echarle un rápido vistazo y me pidieron que no derramase la sopa.

Para entonces, se oían explosiones lejanas todo el tiempo, algunas provocadas por los volcanes y otras por el hombre. El tren marchaba sobre vías recién reparadas y rebasaba grandes filas de hombres de rostro gris equipados con mazos y palas.

Huimos de los ataques aéreos avanzando a toda velocidad en rectas y curvas, donde los vagones se inclinaban peligrosamente, ocultándonos en túneles; varios objetos se precipitaban y se rompían dentro del tren mientras las paredes del túnel reflejaban la luz de las chispas de los frenazos de emergencia.

Descargamos tanques y vagones inservibles, y subimos a muchos heridos al tren. Los escombros y las ruinas de la guerra se extendían sobre valles y colinas como frutas podridas en una huerta abandonada. Una noche, vi los restos de varios tanques atrapados en un torrente de color rojo rubí. La lava descendía por, el valle que se encontraba bajo nosotros como barro ardiendo, y los tanques destrozados (con las orugas deshechas y los cañones inclinados) se dejaban arrastrar por la marea incandescente como si fueran extraños productos de la propia tierra; anticuerpos infernales en aquel gran torrente rojo.

Yo continuaba sirviendo a los oficiales, aunque ya no quedaba vino y las reservas de comida habían menguado considerablemente, tanto en cantidad como en calidad. La mayoría de los militares que se habían subido al tren, tras introducirnos en la zona del conflicto bélico, miraba el plato durante varios minutos seguidos, contemplando con incredulidad lo que había en la mesa, tan confusos y molestos como si hubiésemos servido un tazón de tornillos para cenar.

Teníamos las luces siempre encendidas; las oscuras nubes, el sol bajo que no se dejaba ver en varios días y las cortinas inmensas de negro humo volcánico se habían puesto de acuerdo para convertir los valles y las montañas cubiertas de escombros en tierras de constante penumbra. Todo era incertidumbre. La oscuridad del horizonte podía traducirse en nubes de tormenta o en humo; una capa blanca sobre una colina podía convertirse en nieve o en cenizas; el fuego podía transformarse en un fuerte en llamas o en grietas en los volcanes. Viajábamos a través de la oscuridad, el polvo y la muerte. Pero al cabo del tiempo, te acostumbras.

Creo que, de haber seguido, el tren (salpicado de lava, rebozado de polvo, desconchado y remendado) hubiera acumulado tal cantidad de masa solidificada en el techo de los vagones que habría acabado por camuflarse de forma natural entre las rocas; con una piel regenerada, una capa protectora desarrollada en tan desabrido entorno, como si los metales del cuerpo articulado del tren volviesen de forma espontánea a sus formas originales.

El ataque sobrevino entre fuego y vapor.

El tren descendía por un desfiladero. A un lado, por un valle poco anguloso, descendía un rápido torrente de lava, casi a la misma velocidad que el tren. Cuando nos adentramos en un túnel a través de una formación rocosa, un inmenso velo de vapor se alzó frente a nosotros, y un sonido como el de una cascada gigantesca ahogó lentamente el ruido del tren. En el otro extremo del nebuloso túnel, vimos un glaciar que bloqueaba el flujo del torrente de lava; la formación de hielo se extendía desde un valle lateral, creando un gran lago con las aguas derretidas. La lava desembocaba en él, con el consecuente nacimiento de una ola inmensa de agua humeante cargada de escombros al frente.

El tren avanzaba dudoso hacia otro banco de niebla espesa. Yo estaba trabajando en el coche cama. Cuando las primeras piedras empezaron a rodar por la ladera de la montaña, abandoné aquel lado del vagón y observé, a través de una puerta abierta, cómo iba aumentando gradualmente el tamaño de las rocas que se estrellaban contra el tren, rompiendo ventanillas o apaleando los laterales del convoy. Una roca inmensa se acercaba directamente hacia mí, y salí corriendo por el pasillo. De todas partes llegaban fuertes sonidos de impactos, golpes y un lejano ruido de artillería, confuso y de objetivo incierto. El tren dio una gran sacudida y luego un fuerte estruendo borró todos los demás sonidos; la lava vaporizando el agua, los disparos, y las rocas chocando contra el tren. Todo el vagón se inclinó hacia un lado, salí despedido contra una ventanilla y caí de espaldas al suelo, justo en el momento en que las luces parpadearon y se desvanecieron. El sonido de la destrucción parecía proceder de todas partes, y el techo y las paredes jugaron conmigo a la pelota durante un buen rato.

Más tarde, me di cuenta de que una parte del asolado tren se había soltado del resto y bajaba sin control por la pendiente pedregosa hacia las hirvientes aguas del improvisado lago. El grupo del mariscal de campo corría ciegamente en mi dirección, gritaba e intentaba recolocar la cabeza del jefe de camareros sobre lo que quedaba de sus hombros. Solo le faltaba la manzana en la boca.

El idioma volvió a salvarme. Los hombres hablaban mi misma lengua; me llevaron hasta el mariscal de campo, que se encontraba en un pequeño tren de la misma línea.

El mariscal de campo es muy alto y corpulento, con unas piernas desproporcionadamente largas y un inmenso trasero. Tiene la cara ancha y el pelo lacio, teñido de negro. Parece que le gustan los uniformes de colores chillones. Estaba sentado en un escritorio de su vagón, escuchando música en la radio y comiendo membrillo cristalizado de un platito cuando me condujeron hasta él, todavía medio inconsciente. Me preguntó sobre mi procedencia, y creo recordar que le conté la verdad, que encontró extremadamente divertida. «Serás mi ayuda de cámara», me dijo, «me gusta escuchar buenas historias durante la cena». Me encerraron en una celda minúscula de uno de los vagones mientras los hombres del mariscal de campo terminaban de saquear y matar. Cuando fueron a buscarme, me quitaron el pañuelo. Vi al mariscal de campo sonarse la nariz con él al cabo de unos días.

Los hombres del mariscal de campo volvieron de mi antiguo tren, llenos de salpicaduras de sangre y cargados con armas y objetos de valor. De pronto, se desató un fuerte viento que agitó los vapores de la caldera natural formada en el valle. El lago estaba prácticamente seco; finalmente, el torrente de lava y el glaciar se habían encontrado en una serie de explosiones tremendas que lanzaron fragmentos de hielo y rocas a cientos de metros por los aires. Nuestro pequeño tren escapó, traqueteando y chirriando, huyendo de los escombros de la vía que habíamos dejado atrás y del cataclismo de elementos que tenía lugar en el valle.

El tren del mariscal de campo era más corto y menos equipado que el que sus hombres habían saqueado. Solamente nos movíamos de noche, a menos que el cielo estuviera cubierto por nubes muy espesas, ocultándonos en túneles durante el día o cubriendo el tren con redes de camuflaje. Durante los primeros días, se respiraba una atmósfera de tensión en el tren, pero, pese a una huida por los pelos de un bombardero y al estremecedor cruce de un inmenso viaducto curvado y deteriorado bajo un ataque continuo de artillería pesada, el ambiente entre el grupo variopinto se distendía perceptiblemente a medida que nos alejábamos del escenario de la emboscada.

La actividad volcánica también disminuyó; solamente quedaban humaredas y algún géiser, y pequeños lagos de lodo hirviente bajo aquellas glaciales tierras.

La vanidad del mariscal de campo era alojar a la docena de cerdos que transportaba en vagones oficiales, mientras mantenía cautivos a los presos humanos en un par de coches para ganado de la parte posterior del tren. Cada semana, los cerdos se bañaban en la bañera de hidromasaje del mariscal de campo, que ocupaba una buena parte de su propio vagón. Dos soldados se encargaban de atender a los cerdos permanentemente, mantenían limpio el lecho de sábanas y mantas donde dormían los animales, les llevaban los alimentos (comían exactamente lo mismo que nosotros) y velaban por su bienestar.

Lanzar a los soldados capturados a charcas de barro hirviendo era un evento bastante habitual, realizado únicamente con fines lúdicos y de entretenimiento. El mariscal de campo pudo constatar que, para mí, dicha actividad resultaba cuando menos angustiosa.

—Or —decía (así pronunciaba mi apellido)—, Or, ¿no te gustan nuestros juegos?

Y yo me limitaba a esbozar una sonrisa hipócrita.

Los días cada vez eran más claros, y los volcanes dormidos dieron paso a colinas bajas y extensas llanuras. Privado de su barro burbujeante, el mariscal de campo ideó un nuevo deporte: atar una cuerda corta al cuello de un hombre y ponerlo a correr frente al tren. El mariscal de campo tomaba los mandos y reía estúpidamente mientras abría el estrangulador y perseguía a su presa. Normalmente, las víctimas aguantaban poco menos de un kilómetro antes de tropezar y caer contra las traviesas, o intentaban saltar a un lado, en cuyo caso el mariscal de campo se limitaba a abrir la válvula del estrangulador y a arrastrarlos por el borde de las vías.

Lanzó a un hombre atado a una cuerda en la última charca de barro y, una vez hervido, lo extrajo, lo cubrió con una capa de lodo cocido, ordenó a sus hombres que le dieran forma con una pala y, cuando se secó, colocó la estatua retorcida en la que se había convertido en la orilla cenicienta de un mar interior apestoso y salado.

Cruzábamos el fondo de un mar seco, en dirección a una ciudad emplazada sobre un gran acantilado circular, cuando aparecieron los bombarderos. El tren aumentó la velocidad para adentrarse en un túnel situado bajo la ciudad en ruinas. Teníamos pocas ametralladoras antiaéreas y todas eran manuales.

Tres bombarderos medianos volaban en línea recta hacia nosotros, a poco menos de treinta metros de las vías. Empezaron a lanzar las bombas a la zaga cuando estaban a poco más de cuatrocientos metros de distancia. Yo observaba la escena a través del metacrilato del techo del vagón observatorio del mariscal de campo, donde había abierto una botella de eiswein. El maquinista frenó bruscamente, lanzándonos a todos hacia delante. El mariscal de campo se precipitó sobre mí, abrió una salida de emergencia y se lanzó al exterior. Yo lo seguí, cayendo sobre un terraplén polvoriento, justo cuando la serie de bombas impactó contra los vagones, abatiéndolos como las botas de un soldado aplastarían una maqueta ferroviaria. Aquello parecía una cama elástica, con una ducha de fragmentos de tren y pedruscos rebotando desde el cielo. Me quedé tumbado, hecho un ovillo, tapándome los oídos.

Ahora nos encontramos en una ciudad abandonada, el mariscal de campo, otros diez hombres y yo; los únicos supervivientes. Tenemos algunas armas y un cerdo. La ciudad en ruinas está llena de grandes edificios con banderas colgadas y altos obeliscos de piedra. Acampamos en una biblioteca porque es el único lugar donde encontramos objetos que se puedan quemar. La ciudad está construida a base de piedra o de una madera oscura que se limita a enrojecer levemente, aun prendiéndola con dinamita extraída de los cartuchos de un rifle. Conseguimos agua de una cisterna oxidada en el tejado de la biblioteca, y atrapamos y engullimos algunos de los pálidos animales nocturnos de la ciudad, que revolotean como fantasmas entre las ruinas, como buscando algo que parecen no encontrar nunca. Los hombres protestan por la escasez de las raciones alimenticias. Terminamos de comer y se limpian los dientes con sus cuchillos bayoneta; uno de ellos se cerca a una estantería llena de libros y golpea algunos antiguos tomos, haciéndolos caer con propósitos productivos. Los lanza a la hoguera, doblándolos por el lomo y arrugando las páginas para que ardan mejor.

Le cuento al mariscal de campo la historia del bárbaro y la torre encantada, el familiar y el brujo, y la reina y las mujeres mutiladas; esta última le gusta.

Más tarde, el mariscal de campo se retira a su habitación privada con dos de sus hombres y el último cerdo. Yo limpio los platos y escucho a los hombres quejarse por la dieta monótona y el aburrimiento. Tal vez se amotinen pronto, porque el mariscal de campo no ha tenido ni una sola idea sobre qué hacer a partir de ahora.

Me llaman en las dependencias del mariscal de campo, un antiguo despacho, creo. Contiene muchas mesas y una cama. Los dos hombres se retiran, no sin antes dedicarme una amplia sonrisa. Cierran la puerta. «Ponte esto», me dice el mariscal de campo.

Es un vestido; un vestido negro. Lo sostiene ante mí, mientras se suena la nariz con el pañuelo que me quitó cuando me capturaron. «Póntelo», repite.

El cerdo está tumbado boca abajo en su cama, resoplando y chillando, con las patas atadas con cuerdas a los postes del lecho. Un perfume flota en el aire. «Póntelo», insiste el mariscal de campo. Observo cómo guarda mi pañuelo. Me pongo el vestido. El cerdo gruñe.

El mariscal de campo se desviste; guarda su uniforme en un viejo baúl. Coge una gran ametralladora que hay sobre una mesa cubierta de libros y me la pone en las manos. Sostiene la serie de cartuchos como si fuera un gran collar de oro a conjunto con mi largo vestido negro. «Mira estas balas». (Miro las balas). «No son de fogueo, ¿lo ves? Mira lo mucho que confío en ti, Or. Haz lo que te digo», me ordena el mariscal de campo. Su cara enorme está empapada en sudor; su aliento apesta.

Tengo que meter la ametralladora entre sus nalgas mientras él monta al cerdo; eso es lo que quiere. Ya está excitado solo ante la idea. Empapa una mano en aceite y sube a la cama, sobre el cerdo inquieto, dándole palmadas entre las piernas con la mano impregnada. Yo estoy listo, a los pies de la cama, con el arma a punto.

Detesto a este hombre. Pero ni él ni yo somos estúpidos. Había pequeñas marcas en los cartuchos; posiblemente se habían sometido a las mandíbulas de alguna herramienta o llave y habían sido despojados de la dinamita. Y posiblemente, las puntas de las balas incluso se habían disparado anteriormente.

El cerdo tiene la cabeza apoyada sobre una almohada. El mariscal de campo se recuesta sobre el animal, y gruñen juntos. Una de sus manos reposa cerca del lateral de la almohada. Me parece que hay otra pistola debajo.

—Ahora—dice, gruñendo. Agarro el cañón del arma con ambas manos, lo levanto y, en un solo movimiento, lo dejo caer como un martillo sobre la cabeza del mariscal de campo. Mis manos, mis brazos y mis oídos me aseguran que está muerto incluso antes de que lo hagan mis ojos. Nunca antes he sentido u oído reventar un cráneo, pero la señal me llega claramente a través del metal de la ametralladora y del aire perfumado de la estancia.

El cuerpo del mariscal de campo sigue moviéndose, pero solo porque el cerdo sigue sacudiéndolo. Miro bajo la almohada, donde se mezclan la sangre humana y la baba animal, y encuentro un cuchillo largo y muy afilado. Lo utilizo para abrir el baúl donde el mariscal de campo había guardado su uniforme; cojo el revólver y algo de munición, compruebo que la puerta está cerrada con llave y vuelvo a ataviarme con mi atuendo de camarero. También cojo uno de los abrigos del mariscal de campo y me dirijo a la ventana.

El marco oxidado chirría, pero no con tanta fuerza como el cerdo. Ya tengo los dos pies sobre el alféizar cuando recuerdo el pañuelo, que recupero del uniforme del hombre muerto.

En la ciudad reina la oscuridad, y los hombres erráticos y confundidos que la habitan corren sin rumbo fijo, en busca de un refugio, mientras yo deambulo entre las ruinas.

Plioceno

Ella volvió, lo mismo que la señora Cramond, que parecía más enjuta y envejecida. Él esperaba que la señora se deshiciese de la casa, pero no lo hizo; en lugar de eso, Andrea se trasladó a vivir con ella tras vender el apartamento de Comely Bank, alquilado durante aquellos años por unos estudiantes. Madre e hija se entendían considerablemente bien. De hecho, la casa era lo suficientemente grande para las dos, y vendieron el gran sótano como vivienda, dado que tenía baño y cocina propios.

Las cosas empezaron a marchar bien una vez ella hubo regresado. Él dejó de preocuparse por su calvicie incipiente, el trabajo le iba bien (seguía considerando la posibilidad de asociarse con sus dos compañeros) y su padre parecía bastante feliz en la costa oeste, pasando la mayor parte del tiempo en un club de jubilados donde, aparentemente, atraía la atención de varias viudas (solo con la mayor de las desganas se dejaba tentar con un fin de semana en Edimburgo y, una vez allí, se sentaba a mirar el reloj y a protestar por estar perdiéndose su partida de cartas con los amigos, o el bingo, o la clase de baile. Paseaba la nariz por los platos de los mejores cocineros de Edimburgo y suspiraba lánguidamente por la carne picada y los menús miserables que estarían tomando los demás en el club).

Y Edimburgo podía estar empezando a convertirse en una capital, aunque de forma limitada una vez más. El traspaso de competencias se respiraba en el ambiente.

Él comenzó a notar un leve sobrepeso; movimientos de carnes en el abdomen y los pectorales al subir corriendo las escaleras, un pequeño problema al que debía hacer frente. Empezó a jugar al squash, pero no le gustaba. Prefería tener su propio territorio en el juego, según decía a los demás. Por otro lado, Andrea siempre le ganaba. Empezó a practicar el bádminton y la natación en la Commonwealth Pool dos o tres veces a la semana. Pero se negó a salir a correr; todo tiene un límite.

Asistía a conciertos. Andrea había regresado de París con gustos católicos. Lo arrastraba al Usher Hall a escuchar a Bach y Mozart, ponía discos de Jacques Brel cuando estaban en la casa de Moray Place, y le regalaba álbumes de Bessie Smith. A él le gustaban más los Motels y los Pretenders, Martha Davis cantando Total Control y Chrissie Hynde gritando «¡fffuck off!». Estaba convencido de que la música clásica no tenía ningún efecto sobre él hasta que un día se sorprendió a sí mismo intentando silbar la obertura de Las bodas de Fígaro. A partir de entonces, desarrolló una especial predilección por complicadas piezas de clavicordio; eran ideales para conducir, siempre y cuando el volumen fuese lo suficientemente alto. Descubrió a Warren Zevon y deseó haber escuchado su álbum cuando lo editaron por primera vez. Y se encontró saltando y brincando con los Rezillos en las fiestas.

—¿Que vas a hacer qué? —preguntó Andrea.

—Voy a comprarme un ala delta.

—Te romperás el cuello.

—Qué va. Parece divertido.

—¿El qué? ¿Estar en un pulmón de acero?

No compró el ala delta; decidió que aún no eran del todo seguros. En lugar de eso, se lanzó en paracaídas.

Andrea estuvo un par de meses redecorando la casa de Moray Place, para supervisar a los carpinteros y decoradores, y pintar la mayor parte ella sola. A él le gustaba ayudarla, y trabajar hasta altas horas de la noche con ropas viejas manchadas de pintura, escuchándola silbar en la habitación de al lado o hablando con ella mientras pintaban. Una noche, se llevaron un buen susto cuando él notó un pequeño bulto en un pecho de ella, pero al final resultó ser benigno. Él se notaba la vista cansada en el trabajo, mientras estudiaba planos y bosquejos, y decidió acudir al óptico porque sospechaba que iba a necesitar gafas.

Stewart tuvo una breve aventura con una estudiante de la universidad y Shona lo descubrió. Ella sopesó dejarlo y prácticamente lo echó de casa. Él acogió a un arrepentido Stewart en su casa y fue a hablar con Shona a Dunfermline para intentar suavizar las cosas. Le describió el dolor de Stewart y la forma en que siempre los había admirado como pareja, e incluso envidiado el clima de afecto tranquilo y pausado que se profesaban cuando estaban juntos. Se sentía extraño allí sentado, intentando convencer a Shona de no abandonar a su marido por haberse acostado con otra mujer; era algo casi irreal, incluso cómico desde un determinado punto de vista. Para él parecía ridículo; Andrea estaba en París aquel fin de semana, seguramente liada con Gustave, y él había estado con una paracaidista alta y rubia aquella noche en Edimburgo. ¿Acaso eran los papeles firmados los que marcaban la diferencia? ¿O el vivir juntos, o los hijos, o la fe en los votos, la institución o la religión?

Probablemente no fue gracias a él, pero se reconciliaron. Shona solo mencionaba el asunto ocasionalmente, cuando estaba borracha, y cada vez con menos amargura con el paso del tiempo. No obstante, todo aquello le demostró a él la fragilidad de la relación aparentemente más segura si se quebrantaban las normas acordadas, fueran cuales fueran.

Qué demonios, pensó, y finalmente se asoció con sus dos compañeros de trabajo. Encontraron una oficina en Pilrig y buscaron un asesor contable. Él se unió al partido Laborista y tomó parte en diversas campañas de envíos de cartas para Amnistía Internacional. Vendió el Saab y se compró un Golf GTIe hipotecó su apartamento.

Cuando estaba limpiando el Saab para entregárselo al comprador, encontró el pañuelo blanco de seda que habían utilizado aquel día en la torre. No quiso dejarlo allí para que lo encontrase cualquiera y lo aclaró en una charca cuando regresaron, pero luego lo perdió. Pensó que se habría caído del coche.

Apareció arrugado y tieso bajo el asiento del copiloto. Lo lavó y consiguió quitar todas las huellas dactilares, pero la mancha de sangre seca, que formaba un círculo que parecía un residuo de tinte barato, no desapareció de ninguna forma. De todas formas, se lo ofreció a Andrea. Ella le dijo que lo guardase, pero cambió de idea y se lo llevó, devolviéndolo una semana más tarde, impecable, casi nuevo, y con sus iniciales bordadas. Él quedó impresionado. Ella nunca le dijo cómo lo había lavado con ayuda de su madre; era un secreto de familia. Él lo guardó con sumo cuidado y nunca lo llevaba cuando sabía que iba a beber mucho, no fuera a ser que lo olvidase en algún bar.

—Fetichista —le dijo ella.

El fabuloso referéndum, efectivamente, fue manipulado. Un montón de trabajo al garete.

Andrea estaba traduciendo textos rusos y escribiendo artículos sobre literatura de Rusia para diversas revistas. Él no supo nada de todo aquello hasta que leyó algo de ella en Edinburgh Review, un extenso trabajo sobre Sofia Tolstoy y Nadezhda Mandelstam. Sintió una punzada de confusión, incluso de mareo, mientras lo leía. Por fuerza tenía que ser la misma Andrea Cramond; escribía tal y como hablaba, y él podía escuchar casi literalmente el ritmo de su discurso al leer las palabras impresas. Se sintió dolido y le preguntó por qué nunca se lo había contado. Ella sonrió, se encogió de hombros y se excusó con que no le gustaba presumir. También había escrito varios artículos esporádicos para algunas revistas parisinas. Había retomado las lecciones de piano, tras dejarlas cuando estudiaba en el instituto, y asistía a clases nocturnas de dibujo y pintura.

Ella también había formado una especie de sociedad; había invertido en una librería feminista que habían creado dos antiguas amigas suyas. Otras mujeres se habían unido al proyecto y ya eran siete en el colectivo.

«Locura económica» era la expresión que su hermano empleaba para definir el negocio. Ella ayudaba en la tienda ocasionalmente y él siempre acudía allí en primer lugar cuando buscaba un libro en concreto, pero se sentía ligeramente incómodo, y raras veces hallaba lo que quería. En una reunión, una de las mujeres reprochó a Andrea el haberle dado un beso de despedida tras haber comprado unos libros. De entrada, Andrea se limitó a reírse de ella, pero luego se sintió poco respaldada. Pidió disculpas por la risa, pero no por el beso. Cuando ella se lo contó, él se cuidó de no besarla o tocarla cuando visitaba la librería.

—Oooh, mierda —dijo él mientras veían los resultados de las elecciones en televisión, sentados en la cama. Andrea negó con la cabeza, decepcionada, y alargó el brazo hacia el Black Label, que estaba en la mesita de noche.

—No pasa nada, muchacho; tómate un whisky e intenta no pensar en ello. Piensa mejor en el tipo de gravamen.

—A la mierda con eso. Prefiero cuidar más mi conciencia que mi saldo bancario.

—Tu asesor se va a marear con tus archivos.

Un nuevo informe oficial anunció otra victoria tory, ovacionada por sus seguidores. El también negó con la cabeza.

—Este país se va a la mierda —murmuró.

—Pues sí —coincidió Andrea, haciendo rodar el vaso de whisky entre sus manos y mirando el televisor a través de él, con las cejas levantadas.

—Bueno... al menos es una mujer —dijo él, abatido.

—Será una mujer, pero vaya mujer.

Escocia votó a los laboristas, que vencieron sobre el SNP. La honorable Margaret Thatcher entró en el Parlamento.

Él volvió a negar efusivamente con la cabeza.

—Ooooh, mierda.

El negocio marchaba bien, incluso tuvieron que rechazar varias solicitudes. Al cabo de un año, su asesor contable ya le recomendaba que adquiriese una casa mayor y un coche nuevo. «Pero a mí me gusta mi apartamento», se quejó a Andrea. «Mantenlo y cómprate otra casa», resolvió ella. «¡Pero solo puedo vivir en un sitio! En cualquier caso, siempre he pensado que es inmoral tener dos casas cuando hay gente que vive sin un techo bajo el que cobijarse». Andrea se desesperaba con él. «Pues deja que alguien viva en el apartamento, o en la casa que vas a comprar, pero recuerda la cantidad de impuestos extraordinarios que tendrás que pagar si no haces caso a tu asesor contable».

«Ah», asintió él.

Vendió el apartamento y compró una casa en Leith, con vistas al estuario del río Forth. Tenía cinco dormitorios y un gran garaje de dos plazas: compró un nuevo GTIy un Range Rover, para tener contento a su asesor y para llenar el garaje. En realidad, el coche grande le resultaba muy útil en las visitas de obras. Aquel año, habían trabajado mucho con empresas de Aberdeen, con lo que se reunió en varias ocasiones con la familia de Stewart. En una de sus visitas, terminó en la cama con una hermana de Stewart, una profesora divorciada. Nunca se lo contó a su amigo, aun sin la certeza absoluta de que le hubiese importado. Pero sí se lo dijo a Andrea.

—¡Una profesora! —exclamó ella con una sonrisa—. ¿Ha sido una experiencia educativa? —Él le sugirió no comentarle nada a Stewart—. Muchacho... —respondió ella sujetándole el mentón con una mano y mirándolo muy seria—, eres tonto.

Andrea lo ayudó a decorar la casa y le aportó en esquemas completamente nuevos.

Una tarde, él se había subido a una escalera para pintar el techo de color rosa, cuando experimentó un repentino déjà vu. Dejó de dar brochazos. Andrea se encontraba en la habitación de al lado, silbando distraídamente. Él reconoció la melodía: The River. Permaneció en la cima de la escalera, en la estancia vacía y resonante, y se recordó a sí mismo de pie, en una amplia habitación llena de muebles cubiertos con sábanas en la casa de Moray Place un año antes, ataviado con la misma ropa manchada de pintura, escuchándola silbar desde el dormitorio contiguo, y sintiendo una enorme y simple felicidad. Tengo la mayor de las suertes, pensó. Tengo tantas cosas buenas... pero todavía quiero más, probablemente más de lo que puedo abarcar; en realidad, anhelo cosas que seguramente no me harían feliz aunque las consiguiera. Pero, aun así, las quiero. Forma parte de la satisfacción.

Si mi vida fuese una película, pensó, ahora saldrían los títulos de crédito, con un fundido de esta sonrisa beatífica en una habitación vacía, el hombre encaramado en la escalera improvisando, renovando, mejorando. Corten. Fin.

Bueno, se dijo a sí mismo, pero no es una película. En aquellos momentos, se encontraba inmerso en una oleada de pura alegría, el simple placer de estar donde quería estar y de ser quien quería ser, y de conocer a quien quería conocer. Lanzó la brocha a una esquina de la habitación, saltó de la escalera y fue en busca de Andrea, que trabajaba con el rodillo sobre una pared.

—¡Dios mío! Creía que te habías caído... ¿Se puede saber qué significa esa sonrisa?

—Me acabo de acordar —respondió él, quitándole el rodillo de las manos y tirándolo tras él— de que no hemos estrenado esta habitación.

—Ya no me acordaba del efecto que te produce el olor a pintura.

Follaron contra la pared, por cambiar un poco. La camisa de Andrea se quedó pegada a la pintura húmeda; no pudo parar de reír hasta que le cayeron las lágrimas.

Él se había aficionado al cine. Durante el último festival, ambos habían asistido a más proyecciones que a obras o conciertos, y de repente, se dio cuenta de que se había perdido cientos de películas que deseaba ver. Se unió a una sociedad cinéfila, se compró un vídeo y rastreó diversas tiendas en busca de buenos largometrajes. Si por casualidad tenía que viajar a Londres por trabajo, intentaba empaparse de cine todo lo que podía. Le gustaba casi todo; en realidad, le gustaba ir al cine.

Un grupo musical escocés, llamado The Tourists, triunfó notablemente en las listas de éxitos. Su cantante terminó convirtiéndose en la voz femenina solista de Eurythmics. La gente le preguntaba si tenían algún parentesco. «Desgraciadamente, no», suspiraba él.

Andrea tuvo varias aventuras amorosas y él intentó no sentir celos. En realidad, no son celos, se decía a sí mismo; es algo más parecido a la envidia. Y al miedo. Alguno podría ser mejor hombre y mejor amante que yo.

En una ocasión, ella estuvo fuera de circulación durante casi dos semanas seguidas, intervalo de tiempo durante el que mantuvo una relación con un joven profesor de la universidad Heriot-Watt, que empezó con un flechazo y terminó con portazos, lanzamiento de objetos y cristales rotos en un lapso de doce días. Él la echaba mucho de menos. Se tomó la segunda semana libre y salió a pasar unos días fuera. El Range Rover y el GTIse habían complementado con una Ducati; tenía una tienda de campaña individual, un saco de dormir y el mejor equipamiento de excursionismo. La moto salió rugiendo hacia el oeste y lo llevó a varios días de caminatas solitarias por las colinas.

Cuando regresó, ella ya había terminado con el profesor. Hablaron por teléfono, pero ella se mostraba extrañamente reticente a verlo. Él se quedó preocupado y le costó dormir durante unos días. Cuando finalmente se reunieron una semana más tarde, él vio restos de una marca amarillenta en el ojo izquierdo de ella. Se dio cuenta porque ella olvidó no quitarse las gafas oscuras en el pub.

—¿Por eso no querías verme? —preguntó él.

—No hagas nada —respondió ella—. Por favor. Ya se ha terminado todo. Podría haberlo estrangulado, pero ahora ya está. Si le pones un dedo encima, no te vuelvo a hablar en la vida.

—No todos recurrimos a la violencia con tanta facilidad — repuso él fríamente—. Tendrías que habérmelo contado. Llevo una semana muy preocupado.

Entonces, deseó no haber dicho todo aquello, porque ella se desmoronó, lo abrazó y rompió a llorar, y él se dio cuenta de lo mal que lo debía de haber pasado. Se sintió egoísta y mezquino por suponer una preocupación más para ella. Le acarició los cabellos mientras ella sollozaba en su pecho.

—Vamos a casa —susurró.

Él salió de acampada a las colinas en varias ocasiones más, aprovechando las estancias de ella en París para escapar de Edimburgo y visitar las islas y las montañas, parándose a ver a su padre, tanto a la ida como a la vuelta. Un atardecer, había acampado en la ladera de la montaña Beinn a' Chaisgein Mor —había un refugio cerca, pero prefería dormir al aire libre si el clima era agradable— con vistas al Fionn Loch y a la calzada elevada que cruzaría al día siguiente, en dirección a las montañas más lejanas, cuando de pronto pensó que, lo mismo que él nunca había ido a París en todos aquellos años, Gustave tampoco había visitado Edimburgo.

Ah. Tal vez solo fueran los efectos del último porro, pero en aquel momento, aunque estaban a mil kilómetros de distancia y con muchos años sin compartir, se sintió extrañamente cerca del francés al que jamás conoció. Rió en voz alta bajo el frío aire de los montes escoceses, mientras la brisa movía el cuerpo de la tienda de campaña como si respirase con vida propia.

Uno de sus primeros recuerdos era una cadena de montañas y una isla. Su madre y su padre, su hermana pequeña y él habían ido a Arran de vacaciones; él tendría unos tres años. Mientras el barco chapoteaba sobre las resplandecientes aguas del río en dirección a la lejana masa de tierra de la isla, su padre le mostró al Guerrero Durmiente; la forma de la cresta de la montaña del extremo norte de la isla se asemejaba a un soldado tumbado sobre el paisaje, heroico y caído. Nunca olvidaría aquella visión y tampoco la mezcla de sonidos que la acompañaban: el graznido de las gaviotas, el chapoteo de las hélices de los barcos, un grupo de acordeonistas tocando en cubierta, las risas de los pasajeros. Aquello le proporcionó también su primera pesadilla; su madre tuvo que despertarlo y sacarlo de la cama que compartía con su hermana en la casa donde se alojaban, porque llevaba un rato llorando y quejándose. En su sueño, el gran guerrero de piedra se había despertado y se dirigía lentamente, con paso firme y pesado, a asesinar a sus padres.

La señora y la señorita Cramond sacaron el máximo partido de su gran casa; organizaban eventos sociales muy agradables y sus fiestas se popularizaron notablemente. Alojaban a gente; poetas que recitaban su obra en la universidad, un pintor que intentaba vender sus cuadros a una galería, un escritor invitado por la librería para una firma de ejemplares... Algunas tardes, él se encontraba con todo un círculo de personas a las que no conocía en la casa; normalmente parecían menos acomodados que los amigos de Andrea, y solían comer y beber bastante más. La señora Cramond, aparentemente, pasaba la mitad del día preparando pasteles, panes y quiches. A él le preocupaba que, incluso en su viudedad, la señora estuviese todo el tiempo haciendo cosas para los demás, pero Andrea le dijo que no fuera estúpido; a su madre le encantaba ver cómo la gente disfrutaba con algo que ella había hecho. Él lo aceptó, pero observaba cómo los huéspedes itinerantes se llenaban los bolsillos de pasteles y de alguna que otra botella de vino con un persistente sentido de la explotación ajena.

—Estas personas son intelectuales —le dijo en una ocasión a Andrea—. ¡Estás fundando una especie de club social de esnobs!

Ella se limitó a sonreír.

Andrea compró una camada de cuatro gatos siameses a una amiga. Uno murió, y ella bautizó a los dos machos Franklin y Phineas, y a la elegante hembra Fat Freddie, por culpa de la maldita nostalgia, según sus propias palabras. A la señora Cramond le regalaron un cavalier king charles spaniel al que llamó Cromwell.

A él, solo el hecho de prepararse para ir a la casa le hacía sentir bien; conducir hasta allí le creaba una excitación casi infantil; la casa era otro hogar, un lugar cálido y acogedor. En ocasiones, especialmente si había tomado alguna que otra copa, debía combatir contra un absurdo sentimiento de ternura ante la visión del vínculo entre madre e hija.

Añadió un Citroën CX al GTIy al Range Rover, y luego vendió los tres y compró un Audi Quattro. Viajó a Yemen por trabajo y visitó las ruinas de Moca, en la costa del Mar Rojo; sintió el cálido viento de África que levantaba los granos de arena, y experimentó la constante y dura indiferencia del desierto, su tranquila continuidad, el espíritu de aquellas tierras antiguas. Acarició con sus manos las piedras erosionadas por el paso del tiempo, y observó cómo las olas azules rompían en brotes de seda blancos sobre la solidez dorada de la cosa.

Los acontecimientos siguieron sucediéndose; Lennon recibió un disparo, Dylan sucumbió a la religión. Nunca supo determinar cuál de los dos hechos lo deprimió más. Estaba trabajando en Yemen cuando los israelíes invadieron el sur del Líbano porque habían disparado a un hombre en Londres, y cuando los argentinos desembarcaron en Port Stanley. No supo que su hermano Sammy formaba parte del destacamento militar hasta que este no hubo zarpado. Cuando regresó a Edimburgo, discutió con sus amigos, defendió que los argentinos merecían las malditas islas, decía, y se preguntaba cómo diablos los partidos revolucionarios podían apoyar el imperialismo de una junta fascista. ¿Por qué siempre tenía que haber un lado equivocado y otro correcto?

Su hermano volvió sano y salvo. Él todavía discutía sobre la guerra con su padre, con Sammy y con sus amigos radicales. Cuando se convocaron las siguientes elecciones, empezó a plantearse si sus compañeros tenían razón después de todo.

—Oooh, ¡venga ya! —exclamó con desesperación. Otra mayoría laborista vapuleada, el SDPchupando votos; otra sorprendente victoria conservadora. Los expertos habían predicho que los tories seguirían en la línea de resultados de la última vez, pero aumentarían su número de escaños—. ¡Menuda mierda!

—Esto ya se está haciendo repetitivo —dijo Andrea, alargando el brazo hasta la botella de whisky. Margaret Thatcher apareció en la pantalla del televisor, radiante ante su victoria.

—¡Fuera! —gritó él, ocultándose bajo las sábanas. Andrea apretó con fuerza el botón del mando a distancia y la televisión se apagó—. Oh..., Dios —murmuró él desde su guarida—. Y no me digas nada sobre el tipo de gravamen.

—No he dicho una palabra, muchacho.

—Dime que esto solo es una pesadilla.

—Esto es solo una pesadilla.

—¿En serio?

—Pues no. Es la realidad. Solo te decía lo que querías escuchar.

—¡Panda de idiotas! —le espetó a Stewart—. Otros cuatro años con esos peleles al mando. ¡Me cago en todo! ¡Un payaso senil rodeado de reaccionarios xenófobos!

—Reaccionarios xenófobos no electos —apuntó Stewart. Ronald Reagan había sido reelegido para la siguiente legislatura, y la mitad de los votantes potenciales no había acudido a las urnas.

—¿Por qué no puedo votar yo? —rugió—. Mi padre vive a tiro de piedra de Coulport, Faslane y el Holy Loch; si el bufón de turno aprieta un botón, mi viejo la palma. Y seguramente nosotros también; tú, yo, Andrea, Shona y los niños; toda la gente a la que quiero... Así que no sé por qué cono no puedo votar yo.

—No existe aniquilación sin representación —sentenció Stewart pensativamente—. Y volviendo al tema de los reaccionarios no electos, ¿qué crees que es el Politburó?

—Una perspectiva más responsable que esa cuadrilla de mierdosos alucinados.

—Vale, suficiente. Pon otra ronda.

La casa de Moray Place, residencia de la señora y la señorita Cramond, ya era de sobra conocida, especialmente en épocas de fiesta. No se podía entrar en el lugar sin tropezar con algún artista o alguna nueva autoridad en ficción escocesa, o algún cabreado adolescente con acné arrastrando sintetizadores y amplificadores de un lado al otro.

«El Club de las Últimas Oportunidades», llamaba él a la casa. Andrea se había encauzado en una vida que le parecía notablemente agradable; seguía trabajando en la librería, traduciendo libros rusos, escribiendo artículos, tocando el piano, dibujando y pintando, socializándose, visitando a amigos, viajando a París, acudiendo a conciertos, obras y estrenos de películas con él, y también a la ópera y al ballet con su madre.

Un día, fue a buscarla al aeropuerto. Volvía de París. La miró; caminaba segura de sí misma, con la cabeza bien alta, saliendo de aduanas; lucía un gran sombrero rojo, una chaqueta azul, una falda roja, medias azules y unas botas rojizas de piel. Sus ojos brillaban, su tez estaba resplandeciente; su rostro se transformó en una amplia sonrisa cuando lo vio. Tenía treinta y tres años y nunca había estado tan hermosa. En aquel instante, él sintió una extraña amalgama de emociones. Envidió su felicidad, su seguridad, su proceder tranquilo ante los problemas y los traumas de la vida, la forma en que lo trataba todo, como se trata a un niño que se ilusiona con una historia; sin condescendencia, con esa graciosa seriedad, la misma mezcla irónica de indiferencia y afecto, incluso amor. Él recordó sus conversaciones con el abogado, y pudo ver parte del carácter de aquel hombre en su hija Andrea.

Eres una mujer afortunada, Andrea Cramond, pensó mientras ella le tomaba el brazo, en el vestíbulo del aeropuerto. No por mí, y no tan afortunada como yo de alguna forma, porque disfruto de más tiempo contigo que cualquier otra persona, porque si no...

Dejemos que fluya, pensó. No hay que permitir que los idiotas vuelen el mundo, ni que ocurra nada terrible. Tranquilo, muchacho. ¿Con quién estamos hablando en realidad? No tardó demasiado en poner la moto en venta.

Aquel invierno, su padre se cayó y se rompió la cadera. Parecía muy pequeño y frágil cuando fue a verlo al hospital, y también mucho más viejo. La primavera siguiente, se sometió a una operación por una hernia y volvió a caerse poco después de abandonar el hospital. Se rompió la pierna y la clavícula. Pero no aceptó trasladarse a vivir a Edimburgo con su hijo, porque tenía cerca a todos sus amigos. Morag y su marido también se ofrecieron para alojarlo, y Jimmy escribió desde Australia para proponerle pasar unos meses con él allí. Pero el viejo no quería moverse de donde estaba. Aquella vez estuvo más tiempo ingresado y, cuando le dieron el alta, no logró recuperar el peso que había perdido. Una enfermera de asistencia domiciliaria acudía a ayudarlo cada mañana. Un día, lo encontró junto a la chimenea, aparentemente dormido, con una suave sonrisa en el rostro. También había sido el corazón. El doctor dijo que, probablemente, no se había enterado de nada.

Lo organizó todo para el funeral, al que asistieron todos sus hermanos y hermanas, incluso Sammy, de permiso por razones familiares, y Jimmy desde Darwin. Él le preguntó a Andrea si le importaba no acudir, y ella le aseguró que no, haciéndose cargo de la situación. Cuando todo hubo terminado, le sentó bien volver a Edimburgo, al trabajo y a ella. Nunca llegó a perder la sensación de malestar que se apoderaba de él cuando recordaba a su anciano padre, y pese a no haber derramado una lágrima, sabía que lo había querido y no se sintió culpable por su seco dolor.

—Ay, mi muchacho huérfano —le decía Andrea cariñosamente, y aquel era su consuelo.

La empresa se expandió y contrataron a varias personas. Compraron oficinas nuevas en la New Town. Discutió con los otros socios sobre los sueldos de los empleados; para él, todos deberían de tener cierto nivel de participación.

—¿Cómo? —exclamaron los otros dos—. ¿Un colectivo de trabajadores? —Sonrieron con cierta tolerancia.

—¿Y por qué no? —preguntó él. Los dos eran simpatizantes del SDP; y la participación del trabajador era una de las ideas aprobadas por la alianza.

Se negaron, pero establecieron un sistema de primas.

Un día, Andrea llegó de París, pero en aquella ocasión no sonreía. En realidad, parecía que se le revolvieran las tripas. Oh, no, pensó. ¿Qué pasa?

Ella no habló de ello, fuese lo que fuese. Aseguró que no ocurría nada malo, pero estaba muy seria y pensativa la mayor parte del tiempo, reía poco, y miraba distraídamente al infinito, se disculpaba y había que repetirle las cosas. Él estaba muy preocupado. Pensó en telefonear a Gustave en París para preguntarle qué diablos le sucedía a Andrea, y qué había ocurrido.

No llamó. Inquieto, trató de distraerla, llevándola a cenar, a ver una película o a casa de Stewart y Shona; intentó organizar una velada nostálgica en el Loon Fung, cerca de su antiguo apartamento de Canonmills, pero nada de todo aquello funcionó. No conseguía imaginar qué le sucedía. La señora Cramond compartía su preocupación por ella, y también intentó sonsacarle el problema. Y finalmente lo consiguió, tres meses y dos visitas a París más tarde. Andrea le contó a su madre lo que le ocurría y volvió de nuevo a Francia. La señora Cramond lo llamó por teléfono, «EM», le dijo. Gustave tenía esclerosis múltiple.

—¿Por qué no me lo has dicho? —preguntó él.

—No lo sé —respondió ella con desgana, con los ojos nublados y la voz apagada—. No lo sé. Y no sé qué hacer. No tiene a nadie que lo cuide, al menos no como hay que hacerlo...

Cuando escuchó aquellas palabras, un escalofrío recorrió su cuerpo. Pobre tío, pensó, con toda la sinceridad; pero luego siguió pensando... Es una enfermedad tan lenta, ¿por qué no podía morir rápidamente? Y se odió a sí mismo por sus pensamientos.

Otra discusión: durante la huelga del 84, se negó a aplastar un piquete de mineros y la empresa perdió un contrato.

Andrea cada vez pasaba más tiempo en París; y cada vez menos gente acudía a la casa de Moray Place. Cuando venía de Francia tenía un semblante cansado y, aunque le costaba enfadarse y era dócil con los demás, también le costaba reírse y se guardaba de tomarse cualquier disfrute realmente en serio. A él le pareció notar algo más de ternura en ella cuando hacían el amor, lo mismo que una sensación de lo preciosos y efímeros que eran aquellos ratos con ella. Ya no podía calificarse de divertido como antes, pero de alguna forma, el acto había adquirido una resonancia añadida, se había transformado en una especie de lenguaje.

A veces, cuando ella estaba en París, él se encontraba solo en la gran casa, leyendo o mirando la televisión o trabajando en la mesa de dibujo; y si su nivel de alcoholemia estaba dentro de lo permitido, cogía el Audi Quattro y conducía hasta North Queensferry para sentarse bajo el gran puente oscuro, escuchando el sonido del agua contra las rocas y el rugido de los trenes sobre su cabeza. Se fumaba un porro o respiraba el aire fresco. Si acaso sentía lástima por sí mismo, solo era una tímida parte de su mente la que lo hacía; la otra parte parecía un halcón o un águila; hambrienta, cruel y de mirada penetrante. La autocompasión duraba apenas unos segundos, y luego el ave depredadora se lanzaba sobre ella, y la rasgaba y la abría.

El pájaro era el mundo real, un mercenario enviado por su avergonzada conciencia, la enfurecida voz de todas las personas del mundo, aquella gran mayoría que era peor que él; una cuestión de sentido común.

Descubrió, con un disgusto importante, que el puente no se pintaba de un extremo al otro a lo largo de un período de tres años. Se hacía de forma gradual, y el ciclo duraba entre cuatro y seis años. Se cayó otro mito; gajes del oficio.

Andrea pasaba casi la mitad del tiempo en París. Allí tenía otra vida y otro grupo de amigos. Él conoció a algunos de ellos cuando visitaron Edimburgo; un editor de una revista, una mujer que trabajaba en la UNESCO, un profesor universitario que impartía clases en la Sorbona; gente agradable. Todos eran amigos de Gustave. Debería haberme marchado yo también, se decía a sí mismo, tendría que haberme ido y hacer nuevos amigos. ¿Por qué seré tan estúpido? Puedo diseñar una estructura que soporte miles de toneladas durante treinta años o más, y hacerla tan resistente, sólida y segura como cualquier otro ingeniero, con un buen equilibrio entre peso y presupuesto, pero no soy capaz de ver a dos palmos de mis narices cuando se trata de ser sensato con mi propia vida. Si acaso existe un diseño para mí, se me escapa.

Se compró un Toyota MR2 y el último modelo del Audi Quattro. Se apuntó a clases de vuelo, desarrolló un sistema de sonido con piezas fabricadas en Escocia, se compró la cámara Minolta 7000 en cuanto salió a la venta, incorporó un reproductor de CDal equipo de música y se planteó la posibilidad de comprar un yate. Salía a navegar río arriba hacia los dos grandes puentes desde el puerto deportivo de Port Edgar, en la ribera sur del Forth, con antiguos amigos de Andrea.

No estaba del todo satisfecho con el Audi y el Toyota. Siempre había un coche mejor; un Ferrari o un Aston o un Lambo o una edición limitada de Porsche o lo que fuera... Decidió abandonar la competición y optar en su lugar por la elegancia. Compró a un particular un Jaguar MKII 3.8 muy bien cuidado; vendió el Audi y el Toyota.

Retapizó su nuevo coche en piel rojiza. En un taller mecánico especializado lo desmontaron, cambiaron los pistones, las válvulas y el carburador, y le adaptaron el sistema de inyección electrónica; revisaron completamente la suspensión, instalaron mejores frenos, neumáticos nuevos y una nueva palanca de cambios. Él completó el proceso con cuatro nuevos cinturones de seguridad, el parabrisas laminado, faros más potentes, elevalunas eléctricos, cristales tintados, techo solar y un dispositivo antirrobo del que nunca lograba acordarse. El coche pasó tres días en otra empresa especializada, donde le instalaron un nuevo sistema de sonido con un reproductor de CD. «Hace sangrar los oídos», le decía él a todo el mundo, «y todavía no he encontrado todos los altavoces que quiero. Con el amplificador, no sé qué es lo que se rasgará primero con las vibraciones, si mis tímpanos o la carrocería» (lo había repintado con una capa de antioxidante y doce de pintura, todo a mano).

—¡Qué pasada! —exclamó Stewart cuando le confesó lo que le había costado todo—. Por ese precio, podías haberte comprado un coche nuevo.

—Lo sé —repuso él—. Pero también te puedes comprar un coche nuevo con lo que pagas por el seguro de un año y por un juego de neumáticos nuevos.

Pero nada parecía funcionar a la perfección. El coche hacía ruidos preocupantes, el reproductor de CDde casa se quedaba atascado, tuvo que cambiar la cámara de fotos, casi todos los discos que compraba parecían rayados y la lavadora no dejaba de inundar la cocina. Se percató de que había perdido temple con los demás, y los embotellamientos urbanos lo enfurecían; una especie de impaciencia penetrante se había adueñado de él, lo mismo que una insensibilidad de la que no podía evadirse. Hizo una donación a Live Aid, pero su primera reacción cuando escuchó el disco de Band Aid fue recordar un revolucionario dicho de moda que comparaba la caridad bajo el capitalismo con curar el cáncer con una tirita.

Ni siquiera el festival de 1985 pudo mejorar su estado de ánimo. Andrea pasó unos días con él, en la butaca contigua de una sala de conciertos o de un cine, o en el asiento del copiloto del coche, o al otro lado de la cama, pero no estaba realmente con él, al menos no con todo su ser. Parte de sus pensamientos estaban escondidos, ocultos para él. Seguía sin querer hablar del tema. Se enteró por terceros de que la EM de Gustave se estaba complicando e intentó sacar el asunto a colación, pero ella no cooperaba en absoluto. Le desesperaba que hubiera temas de los que no pudieran hablar. En realidad era culpa suya; él nunca había querido hablar de Gustave. Y ahora ya no se podían cambiar las normas.

En ocasiones soñaba con el hombre moribundo de la otra ciudad, y a veces le daba la impresión de que podía verlo, tumbado en una cama de hospital y rodeado de máquinas.

Andrea regresó a París a medio festival. Él solo no podía soportar el bombardeo cultural, y le pidió prestada una Bonneville a un amigo para salir hacia Skye.

Llovía.

La empresa iba mejorando día a día, pero él había empezado a perder el interés. Al final, ¿qué es lo que estoy haciendo?, reflexionaba. Otro puto ladrillo en el muro, otra muela en la máquina. Hago dinero para las empresas y sus accionistas, y para los gobiernos que se lo gastan en armas que nos pueden matar a todos una y mil veces; ni siquiera desempeño las funciones de un trabajador decente, como hacía mi padre; soy un puto jefe, contrato gente, tengo empuje e iniciativa (o, al menos, los tenía); en realidad, hago que las cosas funcionen solo un poquito mejor de lo que funcionarían sin mí.

Volvió a racionarse el whisky y pasó temporadas limitándose al agua mineral. Dejó el hachís casi completamente cuando se dio cuenta de que ya no lo disfrutaba. Solo fumaba cuando iba a ver a Stewart. Por los viejos tiempos.

Empezó a esnifar coca con regularidad; al principio, era el ritual de los lunes por la mañana, y después el comienzo natural de algunas salidas nocturnas, hasta una noche en que estaba viendo la televisión y preparando un par de generosas rayas antes de salir de copas. Emitían un reportaje sobre la hambruna en África. Se vio obligado a apartar la vista de un niño con los ojos extintos y la piel negra y seca como las alas de un murciélago. Miró hacia abajo, a la mesa junto a la que estaba agachado, y vio su rostro reflejado en el cristal a través del fulgente polvo blanco. Se había metido tres mil libras de aquella cosa por la nariz la semana anterior. Mierda, pensó.

Un mal año. Otro mal año. Empezó a fumar. Aceptó finalmente que necesitaba gafas. Su calvicie ya era del tamaño del desagüe de una bañera. Sus sentimientos se debatían entre las últimas inquietudes de la juventud y las últimas oportunidades propias de la edad. Tenía treinta y seis años, pero se sentía como un joven de dieciocho a punto de cumplir setenta y dos.

En noviembre, Andrea le dijo que estaba pensando en quedarse en París para cuidar de Gustave. Tendrían que casarse si su familia insistía. Esperaba que lo entendiese.

—Lo siento, muchacho —dijo ella, con la voz apagada.

—Sí —respondió él—. Y yo también.

Qué coño, supongo que no puedo quejarme, no me ha ido mal y eso, pero no me apetece dejarlo todo justo ahora. Supongo que un caballero de la espada nunca deja de serlo. Muy pocos viven hasta mi edad, soy excepcional, es lo que hay. Me imagino que no lo habría conseguido sin el maldito familiar en el hombro, pero no se lo digo; bastante engreído es ya sin que yo le haga la rosca. Sin embargo, no ha encontrado la solución para nuestro pequeño problema, o sea, hacernos viejos. Parece que no es tan listo.

De todas formas, aquí estoy, sentado en la cama, mirando los monitores de vigilancia de circuito cerrado y pensando guarradas, intentando que se me ponga dura. Me acuerdo de Angharienne y de todo lo que hacíamos. ¡Cómo nos despertábamos! Parece difícil de creer, pero cuando eres joven lo pruebas todo. Vale, solo se es joven una vez, como se suele decir (el pequeño familiar no está de acuerdo, pero aún tiene que demostrar que me equivoco). Supongo que trescientos años no están mal, pero joder, todavía no estoy preparado para morirme, aunque parece que no tengo elección. El familiar ha intentado algunas cosas (él tampoco tiene elección, porque lo tengo unido a mí), pero hasta ahora ninguna ha funcionado y creo que al muy cabrón se le han agotado las ideas. Dice que aún le quedan balas en la recámara, que no sé lo que quiere decir, pero bueno. Lo que sea. El familiar está sentado en la mesita de noche, arrugado y gris. Ya no se sienta en mi hombro desde que hicimos el castillo volador (él lo llama «barco», pero le gusta confundir las cosas, porque a la habitación la llama «puente de mando»). Lo que pasó fue que volvimos a ver al brujo que me ayudó a entrar en el Inframundo y los dos (el brujo y el familiar) tuvieron una pelea y yo tuve que mirar desde un rincón, congelado por un hechizo que el maldito familiar nos había echado. Al final ganó el familiar, pero entonces, cuando ya podía habérmelo quitado de encima, se dio cuenta de que no podía hacer lo que quería, que era ocupar el cuerpo del brujo; parece que va contra las normas y eso; yo lo podía sacar del Inframundo, pero él no podía poseer un cuerpo vivo, tenía que hacerlo con un objeto inanimado. Se quedó hecho polvo, el pobre. Atrapado en el pequeño cuerpo del familiar y sin poder escapar. Se cabreó mucho y empezó a destrozar la guarida del brujo, y yo pensé que luego iría por mí, pero no. Al final se tranquilizó, volvió a mi hombro y me liberó del hechizo. Me explicó que estábamos destinados a estar juntos para bien o para mal, y que tendríamos que llevarnos lo mejor posible.

Quizá es lo mejor, nunca se sabe. No creo que hubiera vivido tanto tiempo sin él; a veces tenía ideas muy buenas y eso. La primera fue volver a ver a la joven con la que hice tratos poco antes de rescatarlo del Hades. Angharienne, así se llamaba; el familiar pensó que ella y yo podríamos llegar a una especie de pacto, según dijo. Al principio, ella no lo tenía nada claro, pensó que el familiar quería ocupar su cuerpo y eso, pero entonces tuvieron una charla bastante complicada y los dos hicieron magia y entraron en trance (menudo aburrimiento), y se despertaron sonriendo y estando de acuerdo. El familiar me dijo que íbamos a cumplir una especie de trato. «Vale», acepté, «siempre que no haya nada sucio en él». De todas formas, me da a mí que así es como he llegado a ser un viejo caballero de la espada.

—¿Qué está haciendo? ¿Acaso quiere resucitar a los muerto»?

—Cállate; no es asunto tuyo.

—Claro que es asunto mío. ¿Y si sufre un ataque al corazón o algo similar?

—Entonces haces algo de magia para revivirme.

—Ni soñarlo. Seguro que estiraría la pata. Déjelo, haga el favor, es indecoroso para un hombre de su edad. Su cerebro puede seguir retrasado, pero su edad física es avanzada.

—Es mi pito y es mi vida.

—También es mi vida y no puede jugar con una vida si ello implica jugar también con la otra. Haga el favor de ser consciente de la relación.

—No quiero hacerme una paja, solo ver si todavía se pone dura la cosa. Vamos, veamos un vídeo guarro, ¿eh?

—No. Siga mirando los monitores.

—¿Para qué?

—Usted siga mirando. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. No todo está perdido.

—Tendríamos que haber seguido buscando la fuente de la eterna juventud.

—Bah... seguramente se habría meado usted en ella.

—Menuda mierda —concluyo, y me quedo ahí tumbado con los brazos cruzados, y siento lástima de mí mismo.

El castillo volante está sobre la ladera de una colina; aterrizamos aquí hace semanas, después de visitar el planeta donde dicen que hacen que la gente viva para siempre. Pero no consiguieron nada con nosotros (dijeron que no tienen experiencia con caballeros de la espada y los familiares). Yo quería ir a una de esas ciudades grandes de la Tierra y tomarme alguna de esas drogas mágicas que tienen en estos tiempos; unas semanitas de diversión quemándote como un tío joven, te limpias las tuberías rápido y fácil, y te lo pasas en grande en el proceso; pero el familiar no quería, y pilotó el castillo hasta aquí, en medio de la nada, en esta ladera con frío y viento, despidió a todos los guardas y sirvientes y eso, y también echó a dos bisnietos y regaló la mitad del equipamiento mágico que teníamos: bolas de cristal que dicen el futuro, submáquinas encantadas, misiles mágicos y todas esas cosas. Parecía que quería demostrar a todo el mundo que nos estábamos preparando para palmarla, pero no lo dio todo; se quedó con el castillo volante y guardó algunas cosas como chaquetas para volar, el traductor universal y varias toneladas de platino invisible en la bodega. Incluso encontró pilas nuevas para la daga. Se quedó sin pila hará un siglo más o menos y no era nada útil, pero me la quedé por razones sentimentales. El familiar se puso muy pesado porque decía que era una copia barata y que ya me había avisado, pero hace poco encontró pilas nuevas y la puso al mando de la seguridad en la puerta del castillo volante. A saber por qué coño lo hizo; a lo mejor el familiar se está volviendo excéntrico con la edad.

Sigo sin dejar de pensar en la esposa. La palmó hace casi medio siglo, pero todavía puedo ver su cara huesuda como si se hubiera muerto ayer. Resulta que no era tan joven como parecía; nunca descubrí su edad, pero el familiar dice que debía de tener unos mil años o así. Ni siquiera envejecía despacio como se supone que envejecen las brujas; se hizo magia y eso, y siempre parecía que era una adolescente, hasta que la diñó. Entonces le pilló todo de golpe y se convirtió en una estatua. Una escultura pequeña de madera marrón, dura y oscura y vieja. Dejó instrucciones de ser plantada en el bosque cercano a donde nació, y allí se convirtió en un arbolito poco después. El familiar dice que el arbolito que ahora es pequeño y marchito se convertirá en uno grande y más joven, y luego irá encogiendo como si fuera hacia atrás en el tiempo, hasta quedarse reducido a una semilla, y luego ni idea de lo que pasará. Parece triste mientras me cuenta todo eso, porque sabe que cuando yo me muera (bueno, los dos, porque no puede vivir sin mí), se desintegrará y se convertirá en polvo, y ni siquiera tendrá una existencia en el Inframundo. Es que seguramente no me dejarían ni entrar en el infierno desde lo que pasó la última vez que estuve allí, al pequeño familiar aún se le escapa la risa cuando hablamos de los viejos tiempos de cuando lo rescaté; parece que tuvieron que cambiar todo el sistema después de que el tal Caronte se convirtiera en piedra; un par de tíos llamados Virgilio y Dante se pusieron al mando por un tiempo y ahí siguen. A saber cómo coño me reciben cuando atraviese sus puertas, o lo que tengan ahora instalado. Seguramente me dejen entrar, pero tengan algo muy feo preparado. Me parece que queda claro por qué no tengo ningunas ganas de palmarla.

—Ajá.

—Ajá, ¿qué?

—Ya decía yo que debía usted mirar los monitores.

—Que sí, que sí, ¡un momento! ¿Quién coño es ese?

—Nadie que nos quiera bien, eso está claro.

—¡Menuda mierda! —Bajando por la ladera de la montaña, hay un tío con el pelo rubio y una gran espada. Tiene los hombros muy anchos y unas cintas de metal en todo su cuerpo, unas botas enormes y una especie de casco con una cabeza de lobo, rugiendo. Me siento en la cama, asustado. Estos días están siendo muy duros (todo es duro menos lo que tendría que ponerse duro) y entre el reuma y eso, que me tiemblan las manos y que necesito gafas, no me veo yo enfrentándome a un guerrero joven con una gran espada—. ¿Qué coño ha pasado con la zona de exclusión total, eh? ¡Pensaba que la gente se quedaba frita cuando intentaban entrar en el castillo volante!

—Mmm... —dice el familiar—, debe de ser el casco que lleva; posiblemente lleve algún dispositivo de neuromonitorización. Veamos si el láser puede con nuestro intruso.

El tío cachas baja por la pendiente, mira el castillo con atención, con los músculos tensos y balanceando la espada. De pronto, pone cara de sorprendido y empieza a balancear la espada más rápido, y en la pantalla se ve borroso y luego sale un rayo de luz y la imagen desaparece y el monitor se queda muerto.

—¡Oh, no! ¿Ahora qué pasa? —Intento salir de la cama, pero mis viejos músculos se ha convertido en gelatina o algo, y estoy sudando como un cerdo. El monitor resucita y muestra la puerta del castillo desde dentro.

—Mmm... —dice de nuevo el familiar, como si estuviera impresionado o algo así—. No está mal. Aquí hay una especie de presciencia limitada, podría jurarlo. Él sabía a ciencia cierta que el láser iba a dispararle. Posiblemente solo ve unos segundos hacia el futuro, pero lo bastante como para que resulte difícil de detener. Buen truco el del láser, probablemente algún campo reflectante de la espada. Tal vez el hecho de que la luz se haya proyectado justo en las cámaras sea una coincidencia, pero, de no ser así, tenemos un adversario valeroso.

—¡No puedo moverme! ¡Haz algo! Qué coño de adversario valeroso; ¡vámonos de aquí! ¡Pon el castillo a volar!

—Me temo que no hay tiempo—responde el familiar, increíblemente tranquilo—. A ver si la daga puede detenerlo.

—¡De puta madre! ¿Es lo único que tenemos?

—Me temo que así es. Eso y un par de esclusas de aire no muy útiles.

—¿Y ya está? Serás gilipollas... No sé por qué tuviste que dejar marchar a todos los guardas, y a los...

—Se debió a un error de apreciación, imagino —contesta el familiar, y bosteza. Salta sobre mi hombro y los dos miramos la puerta del castillo por dentro. La punta de una espada aparece a través del metal, cortando un círculo del mismo, que se cae al suelo y deja pasar al capullo del pelo rubio—. Campos —susurra el familiar—. La puerta de la esclusa tenía refuerzos de monofilamentos; y para cortarlos se necesitan cuchillas tremendamente afiladas. Tal vez el tipo lleve alguna clase de arma... aunque podría ser al revés, por supuesto.

—¿Dónde está la puta daga? —Ahora ya estoy gritando; no puedo moverme y estoy a punto de cagarme en la cama. El capullo del pelo rubio está caminando por dentro del castillo. Parece que lleva mucho cuidado, pero anda con decisión, con la espada preparada para cualquier cosa. Mira hacia un lado y sus ojos se encienden de furia.

La daga se le acerca, pero demasiado despacio; casi indecisa. El rubio no deja de mirarla. La daga se para en el aire, se cae al suelo y se va rodando a un rincón.

—¡Oh, no!—grito.

—Ya le advertí de que era una copia barata; tuvieron que equiparla con un circuito de identificación. Posiblemente, la espada de nuestro intruso (o su casco) emitieron una señal falsa. Lo ideal son los agentes independientes, capaces de formular sus propios juicios... motivo preciso por el cual no nos resultan del todo útiles.

—¡Deja de hablar como un comercial y haz algo de una puta vez! —le grito al familiar. Pero él encoge sus pequeños hombros grises y suspira.

—Demasiado tarde, me temo. Lo siento.

—¡Lo sientes! —berreo en su cara—. No es a ti a quien esperan en Hades, tío. Han tenido trescientos años para pensar en algo muy malo para mí; ¡trescientos putos años!

—Tranquilícese, viejo amigo. ¿No puede afrontar la muerte con un poco de dignidad?

—A la mierda la dignidad, ¡yo quiero vivir!

—Mmm... bien —dice el familiar mientras el capullo del pelo rubio desaparece del monitor. Se oye el ruido de un golpe fuerte al otro lado de la puerta de la habitación, y el suelo tiembla—. ¡Oh, no! —Me meo en la cama; es que no puedo parar—. ¡Mami! ¡Papi!

La puerta se abre de golpe. El capullo rubio está ahí de pie, ocupando todo el quicio. Aún es más grande de lo que parecía en pantalla. Y la puta espada es casi tan larga como yo. Me encojo en la cama, me tiembla todo el cuerpo. El guerrero tiene que agacharse porque si no el casco de cabeza de lobo toca con el techo.

—¿Q-q-qué pasa, colega? —le digo.

—No pasa nada —dice el tío mientras se acerca a la cama. Pedazo de mastodonte. Levanta la espada y apunta hacia mí.

—Va, tío, espera un momento, por favor. No puedes

Puede.

En la vida he sentido un golpetazo así, como si Dios me estuviera dando una paliza, o un millón de voltios me estuvieran atravesando. Veo estrellas y luces y me mareo. Puedo ver cómo la espada se cae sobre mí, centelleando en la luz, y puedo ver la expresión en la cara del guerrero, y oír un ruidito en mi oreja, un ruido como una risilla; juraría... que es como una risilla, de verdad.

El tío de la cama estaba muerto con el cráneo partido en dos, como un coco podrido. Y la cosa rara esa que tenía en el hombro desapareció en una nube de humo. Me mareé y vi estrellas y eso. Parecía que el tío de la cama era diferente del principio cuando entré en la habitación, no tenía el pelo tan gris y eso, me parece.

—Bien... parece que la transferencia funcionó. ¿Cómo se siente? —Era el casco que hablaba. Me senté en la cama y me lo quité y miré a la cabeza de lobo.

—Estoy un poco raro —le dije.

—Y no es el único —contestó y la cabeza de lobo me miró y sonrió—. Estoy gratamente sorprendido porque mi dilatado intelecto ha sobrevivido a la transliteración, completo e intacto, con lo que no puedo imaginar que, con la fidelidad de transmisión de tan colosal biblioteca de sabiduría mental, exista la más remota posibilidad de que su conato de conciencia no haya sufrido algún daño en el proceso. De todas formas, volviendo a lo que nos ocupa, los circuitos de nuestro medio de transporte se percatarán de que hay un intruso a bordo; y no captarán que usted es el legítimo propietario de su nuevo cuerpo, y todavía necesito algo de tiempo para resintonizar los circuitos telepáticos de este ridículo casco. Con lo cual, deberíamos marcharnos antes de que el castillo se barrene a sí mismo, lo que provocaría una explosión termonuclear si no me equivoco, problema del que dudo que ni yo, ni usted, ni su maravillosa espada pudieran protegernos, así que, mejor será que nos apresuremos.

—Vale, vale, tío —digo y me levanto y me pongo el casco. Estoy de puta madre, es como si hubiera soñado y me hubiera despertado; un sueño de ser un hombre viejo, como el que está tieso en la cama. Bueno, y qué coño importa. Es mejor que nos larguemos del castillo si la cabeza de lobo lo dice. Levanté la espada y salí corriendo afuera. Otra vez, no había ni un puto tesoro ni nada, pero no se puede tener todo, pero da igual, hay muchos castillos y magos ybárbaros viejos y eso...

»Menuda vida, ¿eh? ¡Es la leche!

Cuaternario

—¿Sabes? Hacía tres años que tenía el disco cuando me enteré de que el título era un juego de palabras. ¿De dónde eres?

—Soy de Fife—le dijo a Stewart, sacudiendo la cabeza.

—Bien, tío —respondió este.

—Dios, a veces soy tan estúpido... —murmuró, mirando con tristeza su lata de Export.

—Sí, tío —asintió Stewart—. Sí, tío. —Se levantó para darle la vuelta al disco.

Él miró por la ventana, contemplando las vistas de la ciudad y los lejanos árboles del Glen. Su reloj marcaba las 2:16. Ya estaba oscureciendo. Supuso que ya estaban cerca del solsticio. Bebió un poco más.

Se había tomado cinco o seis latas, y todo apuntaba a que tendría que quedarse en casa de Stewart a pasar la noche, o bien tomar un tren de regreso a Edimburgo. Un tren, pensó. Hacía años que no viajaba en uno. Estaría bien tomar un tren desde Dunfermline y pasar sobre el viejo puente; podría lanzar una moneda y desear el suicidio de Gustave, o que Andrea estuviese embarazada y quisiese tener a su hijo en Escocia, o...

Basta, idiota, pensó. Stewart se volvió a sentar. Habían estado hablando de política y habían acordado que, si eran sinceros sobre sus creencias, marcharían a Nicaragua a luchar por los sandinistas. También habían recordado viejos tiempos, vieja música y viejos amigos... pero no habían hablado de ella. Comentaron la adhesión del Reino Unido a la Iniciativa de Defensa Estratégica, que tampoco les quedaba tan lejos; ambos conocían gente en la universidad que trabajaba en circuitos ópticos integrados en los que el Pentágono mostraba un notable interés.

Hablaron sobre la nueva cátedra Koestler de Parapsicología de la universidad, y sobre un programa que ambos habían visto en televisión unas semanas antes, sobre los sueños lúcidos y sobre la hipótesis de la formación causativa (él dijo que, efectivamente, era interesante, pero recordaba cuándo las teorías de Von Daniken habían sido realmente «interesantes»).

Hablaron sobre una historia comentada aquella semana en televisión y en prensa, sobre un ingeniero ruso emigrado a Francia que había sufrido un accidente de tráfico en Inglaterra. Habían encontrado una gran cantidad de dinero en su coche y el hombre era sospechoso de haber cometido un crimen en Francia. Aparentemente, había entrado en coma, pero los médicos creían que estaba fingiendo. «Qué cabrones y rebuscados somos los ingenieros», le dijo a Stewart.

En realidad, habían hablado de casi todo excepto del único tema sobre el que deseaba hablar él en el fondo. Stewart había intentado sacarlo en varias ocasiones, pero él siempre se salía por la tangente. El programa sobre los sueños lúcidos había surgido porque fue su último motivo de discusión con Andrea; y la hipótesis de la formación causativa porque, posiblemente, sería el siguiente. Stewart no lo presionó con el asunto de Andrea y Gustave. Tal vez solo necesitase hablar, de lo que fuese.

—Por cierto, ¿qué tal están los niños? —preguntó.

Stewart comió algo y le ofreció, pero él no tenía hambre. Se fumaron otro porro, él se tomó otra cerveza y siguieron hablando. La tarde dio paso a la oscuridad. Stewart decidió echar una cabezadita porque estaba cansado. Puso el despertador para tomar un té más tarde. Tal vez irían a tomar unas pintas después de cenar.

Escuchó a Jefferson Airplane con los auriculares, pero el disco estaba rayado. Echó un vistazo a la colección de libros de su amigo, bebiendo de la lata y apurando el último porro. Al final, se acercó a la ventana, contemplando los tejados de pizarra, el palacio en ruinas y la abadía.

La luz del día se escapaba lentamente del cielo nublado. Las calles estaban iluminadas y las carreteras estaban plagadas de coches aparcados o circulando lentamente; sin duda, la gente empezaba a efectuar sus compras navideñas. Se preguntó cómo habría sido aquel lugar cuando en el palacio todavía habitaban los reyes.

Y el reino de Fife. Ahora era una extensión reducida, pero había sido lo suficientemente grande en otros tiempos. Roma también había empezado pequeña, pero aquello no la había detenido; cómo habría sido el mundo si una parte de Escocia (antes de existir como estado) hubiera florecido como lo hizo Roma... No, no tenían el bagaje ni el legado históricos en Escocia en aquella época. Atenas, Roma, Alejandría; todas tenían bibliotecas cuando aquí solamente había fortalezas; no éramos bárbaros, pero tampoco civilizados. Cuando estábamos listos para tomar parte, ya era demasiado tarde; siempre llegábamos pronto o con retraso, y los mayores logros los hemos llevado a cabo para otros pueblos.

Bueno, «escocesismo» sentimental, pensó. ¿Qué tal centrarnos en la conciencia de clases antes que en el nacionalismo? Bien, efectivamente.

¿Cómo era ella capaz de hacerlo? Al margen de que aquel fuera su hogar, donde vivía su madre y sus amigos más antiguos, donde se forjaron sus primeros recuerdos y su personalidad, ¿cómo podía dejar todo lo que tenía en aquel momento? Al margen de él mismo; él abandonaba el escenario sin rechistar si era necesario..., pero ella tenía tanto que hacer y que decir... ¿cómo era capaz de hacerlo?

Sacrificio personal, la mujer detrás del hombre, cuidar de él, relegarse a un segundo plano...: aquello era totalmente contrario a todos sus principios y creencias.

Él aún no había sido capaz de hablarlo abiertamente con ella. Su corazón latía a toda prisa; dejó la lata sobre la mesa, pensando. En realidad, no sabía lo que quería decir realmente; solo tenía claro que necesitaba hablar con ella, abrazarla, estar a su lado y decirle todo lo que sentía por ella. Debía contarle cómo se encontraba, lo que pensaba sobre Gustave, sobre ella, sobre él mismo. Tenía que ser completamente sincero con ella, de forma que, al menos, ella fuera consciente de sus sentimientos con exactitud, sin falsas ideas. Era importante, maldita sea.

Terminó su lata de cerveza de un trago y dobló la lata roja. Unas gotas se escaparon del aluminio aplastado y cayeron sobre su mano. Se limpió. Debía decírselo. Tenía que hablar con ella en aquel preciso momento. ¿Qué hacía ella aquella noche? Estaban en casa, ¿no? Sí, así era. Lo habían invitado, pero a él le apetecía ver a Stewart. Decidió llamarla. Se acercó al teléfono.

Línea ocupada. Posiblemente, otra conferencia de larga distancia con Gustave. Incluso cuando no estaba en Francia pasaba la mitad del tiempo con él. Colgó el teléfono y caminó de un lado al otro por la habitación, con el corazón latiendo a toda velocidad y las manos sudorosas. Tenía ganas de orinar; se dirigió al baño, se lavó las manos después, se enjuagó la boca con elixir. Se encontraba bien, no se sentía colocado ni borracho. Volvió a intentar llamar por teléfono, pero la línea seguía ocupada. Se quedó de pie, junto a la ventana. Si miraba hacia abajo, bien pegado al cristal, podía ver el Jaguar. Un fantasma blanco y esbelto en la calle oscura. Consultó de nuevo su reloj. Se sentía bien, muy sereno. Podía conducir perfectamente.

¿Por qué no?, pensó. Podía arrancar el Jaguar albino en la oscuridad, dirigirlo hacia la autopista y recorrer el puente-carretera con el motor revolucionado, una arrogante sonrisa y un brote de dolor auricular por culpa del primer cabrón que se presenta a hacer daño... mierda, demasiado miedo y asco, muy al estilo de Hunter S. Thompson. Joder, ese libro siempre ha provocado que conduzcas demasiado rápido, tío. Eso te pasa por escuchar a White Rabbit hace un rato. No, no, mejor olvídate de conducir, no estás en condiciones.

Qué coño, todo el mundo lo hace en esta época del año. Si conduzco mejor borracho de lo que muchos lo hacen sobrios. Solo tienes que tomártelo con calma, no es tan difícil. Te conoces el camino. En ciudad vas con más cuidado por si algún crío cruza corriendo la calle y tus reflejos no están en su momento óptimo, y en la autopista vas tranquilo, respetas estrictamente el límite de velocidad, o incluso conduces ligeramente por debajo, sin dejarte intimidar por ningún jovencito que provoca con su Capri y sin dar sorpresas a cualquier conductor de BMW con cristales tintados; no te dejes provocar, mantén la concentración y no pienses en tiburones rojos o ballenas blancas, en probar la suspensión sobre el asfalto ni en la conducción deportiva en las curvas. Solo tómatelo con calma y escucha la música. Quizá Auntie Joanie. Algo suave pero no soporífero, rítmico pero no excitante, melodías homogéneas pero no enervantes; nada de eso...

Intentó telefonear una última vez. Se acercó a ver a Stewart, que dormía plácidamente y se dio la vuelta ante el resplandor de la luz del distribuidor. Le escribió una nota y se la dejó junto al despertador. Cogió la chaqueta y el pañuelo bordado y salió del apartamento.

Le llevó un rato llegar a la autopista. Había caído un chaparrón y las calles estaban mojadas. Steeltown de Big Country sonaba en el equipo de sonido mientras el Jaguar se abría paso entre el tráfico. Él todavía se sentía bien. Sabía que no debía conducir, e incluso se atrevió a calcular su tasa de alcoholemia aproximada en caso de tener que soplar, pero una parte (sobria) de él mismo observaba y evaluaba su conducción; lo estaba haciendo bien, lo lograría, siempre que no perdiese concentración y que la suerte lo acompañase. Nunca más lo haría, se dijo a sí mismo, cuando finalmente encontró una calle desierta que llevaba a la autopista. Solo aquella vez. Era importante, al fin y al cabo.

Y tendré mucho cuidado.

Como era una calzada con dos carriles, dejó que el coche se lanzase hacia delante, sonriendo mientras su espalda se clavaba en el asiento. «Me encanta el rugido del motor», murmuró para sí mismo. Sacó la cinta de Big Country del casete, frunciendo el ceño a modo de reprobación por exceder el límite de velocidad. Aminoró la marcha.

Música no demasiado estridente, pero que estimule el nivel de adrenalina para aproximarse al gran puente gris y atravesarlo. ¿Bridge over troubled water?, se preguntó con una irónica sonrisa. Hace siglos que esa canción no está en el coche. En la otra cara de la cinta estaban Lone Justice y Los Lobos. La volvió a coger y le echó un rápido vistazo mientras se acercaba a la autopista. No, no estaba dispuesto a esperar a que se rebobinase. Mejor escucharía a los Pogues. Rum Sodomy & The Lash; un disco con canciones ideales para conducir. Tampoco pasa nada por un poco de estrépito. Es mejor para mantenerse despierto. No es necesario seguir el ritmo de la música todo el tiempo. Allá vamos...

Entró en la M90, dirección sur. El cielo era azul oscuro al otro lado de las espesas nubes. Un anochecer suave, apenas frío. La carretera seguía mojada. Cantó junto a los Pogues mientras intentaba no conducir demasiado rápido. Tenía sed; normalmente llevaba alguna lata de Coca-Cola o Irn Bru en el coche, pero había olvidado reponer la última. Aquellos días estaba muy despistado. Encendió las luces del coche después de que varios vehículos se lo advirtieran con ráfagas.

La autopista recorría la cresta de una colina entre Inverkeithing y Rosyth, desde donde se veían las luces del puente-carretera, repentinos destellos sobre las agujas de las dos inmensas torres. Una vergüenza, por cierto; él prefería las antiguas luces rojas. Se apartó al carril de la derecha para dejar pasar a un Sierra, y contempló cómo se alejaba frente a él en la oscuridad, pensando: en circunstancias normales, no me adelantarías con tanta facilidad, amigo. Se acomodó en el asiento y se puso a dar toques en el volante con los dedos al ritmo de la música. La carretera atravesaba una escarpada ladera rocosa que formaba la pequeña península; la señal de North Queensferry apareció iluminada. Podría haber descendido por allí y haberse detenido una vez más bajo el puente ferroviario, pero prolongar aquel trayecto no tenía sentido; hubiera implicado tentar al destino, o al menos, a la ironía.

¿Por qué estoy haciendo esto?, pensó. ¿Acaso supondrá alguna diferencia? Odio con todas mis fuerzas a los conductores borrachos, ¿por qué demonios hago yo lo mismo que ellos? Pensó en dar media vuelta y en tomar la carretera hasta North Queensferry. Allí había una estación; podía aparcar y tomar el tren (en cualquier dirección)..., pero pasó de largo la última salida antes del puente. Mierda. Tal vez podía detenerse al otro lado, en Dalmeny, y aparcar allí en lugar de arriesgar la pintura de la carrocería en el torrente de tráfico prenavideño de Edimburgo. Podía volver por la mañana a recoger el coche, sin olvidar ponerle antes todas las alarmas.

El tramo rocoso de la carretera finalizó tras cruzar las colinas. Desde aquel punto, se veía South Queensferry, el puerto deportivo de Port Edgar, el cartel de la destilería de Vat 69, las luces de la fábrica de Hewlett Packard y el puente ferroviario, oscuro bajo el último resplandor del atardecer. Tras él, más iluminación, como la de la refinería de aceite con la que tenía un subcontrato, y más lejos, las luces de Leith. Los huesos vacíos del viejo puente ferroviario eran del color de la sangre seca.

Qué puta belleza, pensó... Qué estructura tan inmensa y majestuosa. Tan delicada desde la distancia, tan colosal y fuerte al aproximarse a ella. Elegante y soberbia; una forma perfecta. Un puente de gran calidad; soportes de granito, una buena plataforma de acero, y una indeleble pintura roja...

Echó un vistazo a la calzada del puente, y observó cómo ascendía suavemente hasta su cima suspendida. El suelo estaba algo húmedo, pero no había de qué preocuparse. Todo controlado. Tampoco conducía excesivamente rápido, se mantenía en el carril de la derecha, mirando el torrente de agua que se acercaba desde el puente ferroviario. Una luz parpadeaba al otro extremo de la isla situada debajo de la sección intermedia del puente.

Un día te habrás ido. No hay nada que dure para siempre. Tal vez eso es lo que quiero decirle. Tal vez quiero decir: no, por supuesto que no me importa, debes marcharte. No puedo envidiarle eso al otro hombre; habrías hecho lo mismo por mí, y yo por ti. Es una lástima, pero no hay más. Márchate, sobreviviremos. Tal vez algún...

Vio al camión que tenía delante adelantando en una maniobra brusca. Había un coche detenido, abandonado en su mismo carril. Tomó aliento, clavó los frenos, intentó esquivarlo; pero ya era demasiado tarde.

Hubo un instante en que su pie apretó el freno tan a fondo como pudo, y cuando hubo girado el volante al máximo en un solo movimiento, se dio cuenta de que no podía hacer más. No supo cuánto duró aquel instante, solo alcanzó a ver que el coche era un MG, aparentemente sin ocupantes (una ola de alivio en el maremoto del pánico) y que iba a colisionar con él, en un fuerte impacto. Llegó a vislumbrar brevemente la matrícula; VS algo. ¿No era un número de la costa oeste? El símbolo octogonal de MG del maletero del coche averiado raspó el morro del Jaguar mientras este se descontrolaba y empezaba a derrapar. Él intentó enderezar el coche y recuperar el dominio, pero con el pie clavado en el freno, no fue posible. Pensó: eres imbé...

El Jaguar blanco personalizado, matrícula 233 FS, colisionó contra la parte trasera del MG. El conductor del Jaguar salió despedido hacia delante cuando el vehículo empezó a dar vueltas de campana. El cinturón de seguridad lo mantuvo en su asiento, pero el volante deportivo se clavó en su pecho con la fuerza de un martillazo.

Colinas suaves bajo un cielo oscuro; las nubes escarlata parecen reflejar los contornos lisos de la tierra sobre ellas. El aire es pesado y denso; huele a sangre.

El suelo está encharcado, pero no de agua. La batalla que se ha librado aquí, sea cual sea, sobre estas colinas cuya extensión parece eterna, ha empapado la tierra de sangre. Hay cuerpos por todas partes, cadáveres de cada animal y de cada color y raza de ser humano. Al final, encuentro al hombre bajito, ocupándose de los cuerpos.

Sus ropas son harapos; la última vez que nos vimos fue en... ¿Mocea? (¿Occam? No sé, algo así), cuando golpeaba las olas con su látigo de acero. Ahora hace lo propio con los cuerpos. Cuerpos muertos que reciben cien latigazos cada uno, como si no estuvieran ya bastante destrozados. Lo observo durante un rato.

Su proceder es tranquilo, metódico; cien latigazos exactos a cada cuerpo antes de pasar al siguiente. No muestra preferencia alguna respecto a especie, sexo, tamaño o color; golpea a cada cadáver con el mismo vigor decidido, en la espalda si es posible, y si no, tal como lo encuentra. Solamente los toca si llevan armadura, para apartar la visera o desabrocharla.

—Hola —saluda. Me mantengo a una distancia prudencial, por si su cometido fuese dar latigazos a cualquier cuerpo que tuviera delante, tanto vivo como muerto.

—¿Me recuerda? —le pregunto. Acaricia su látigo manchado de sangre.

—Lo cierto es que no —responde. Le hablo de la ciudad en ruinas junto al mar. Niega con la cabeza—. No; no era yo —asegura. Escarba entre sus harapos durante un segundo, y extrae una especie de tarjeta rectangular. La limpia con una tira de sus andrajosas ropas y me la extiende. Me acerco con cautela—. Tenga —añade—, me dijeron que se la diese.

La cojo y doy un paso atrás. Es un naipe; el tres de diamantes.

—¿Para qué la quiero? —le pregunto. Se limita a encogerse de hombros y limpia el mayal con un jirón de su manga.

—No lo sé.

—¿Quién se la dio? ¿Cómo sabían...?

—¿Son todas esas preguntas realmente necesarias? —inquiere, moviendo la cabeza.

—Supongo que no —respondo, avergonzado, mientras sostengo la carta—. Gracias.

—No hay de qué —concluye. Había olvidado lo cálida que era su voz. Me doy la vuelta, dispuesto a marcharme, y vuelvo a mirarlo de nuevo.

—Una última cosa —digo señalando los cuerpos que cubren el suelo como una capa de hojas secas—, ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué le ha ocurrido a toda esta gente?

—No escucharon sus sueños —dice, encogiéndose de hombros, y acto seguido vuelve a su tarea.

Emprendo de nuevo mi camino hacia la lejana línea de luces que cubre el horizonte como un rayo de oro blanco.

Abandoné la ciudad de la cuenca marítima seca y caminé junto a la vía del tren, siguiendo la misma dirección que el tren del mariscal de campo antes de sufrir el ataque. Nadie me perseguía, pero mientras caminaba, oí el sonido de un tiroteo lejano procedente de la ciudad.

El paisaje fue cambiando gradualmente y se transformó en un entorno menos árido. Encontré agua y, al cabo de un tiempo, árboles frutales. El clima fue volviéndose más agradable. De vez en cuando, veía personas, caminando solas igual que yo o en grupos. Yo me mantenía alejado de ellas y ellas me evitaban. Cuando me aseguré de que podía avanzar sin peligro, y encontré agua y comida, los sueños empezaron a sucederse cada noche.

Siempre era el mismo hombre sin nombre y la misma ciudad. Los sueños iban y venían, repitiéndose una y otra vez. Yo veía muchas cosas, pero todas inciertas. En dos ocasiones, casi consigo averiguar el nombre del hombre. Empecé a creer que mis sueños eran la auténtica realidad, y me despertaba cada mañana bajo un árbol o sobre rocas volcánicas, con la esperanza de hacerlo en otra existencia, en una vida diferente; en una cama limpia de hospital, por ejemplo..., pero no. Siempre me encontraba allí, en llanuras templadas que terminaban convirtiéndose en un campo de batalla, y donde estaba el hombre del látigo. No obstante, sigo viendo la luz al final del horizonte.

Me dirijo hacia esa luz. Parece el final de las húmedas nubes; el gran párpado de un ojo dorado. En la cima de una colina, vuelvo la vista hacia el hombre bajo y deforme. Sigue ahí, dando latigazos a los guerreros caídos. Tal vez debería haber regresado y haberle permitido golpearme. ¿Podría ser la muerte la única forma de despertarme de este terrible sueño embrujado?

Eso requeriría fe. Y yo no creo en la fe. Creo que existe, pero no creo que funcione. No sé cuáles son las normas en este lugar; no puedo arriesgarme a tirar todo por la borda por una posibilidad remota.

Llego al lugar donde terminan las nubes y empieza un acantilado. Más allá, solo hay arena.

Un lugar antinatural, pienso, mientras miro el final de la masa de nubes oscuras. Demasiado marcado, demasiado uniforme. La frontera entre las tierras sombrías con sus ejércitos caídos en forma de cadáveres y la extensión de arena dorada está definida con demasiada precisión. Un aire caliente se levanta desde la tierra y arrastra los olores rancios y densos del campo de batalla. Bebo una botella de agua y como algo de fruta. La chaqueta de mi uniforme de camarero es fina, el viejo abrigo del mariscal de campo está sucio. Todavía conservo el pañuelo.

Salto desde la última colina a la arena cálida, y desciendo por la pendiente dorada, deslizándome hacia el suelo del desierto. El aire es caliente y seco, totalmente desprovisto de los olores hediondos del campo de batalla que acabo de abandonar, pero también embriagado de otra clase de muerte: la promesa de que voy a adentrarme en un lugar donde no hay agua, ni comida, ni sombra.

Empiezo a caminar.

En una ocasión, pensé que me moría. Había caminado y me había arrastrado, sin encontrar una sombra bajo la que cobijarme. Al final, caí por la pendiente de una duna y me di cuenta de que sería incapaz de levantarme sin agua, sin líquido o sin lo que fuera. El sol era un hoyo blanco en un cielo tan azul que no tenía color. Esperé a que se formasen nubes, pero nada ocurrió. Más tarde, aparecieron unos pájaros oscuros de grandes alas. Empezaron a volar en círculos sobre mí, siguiendo un remolino invisible; esperando.

Los miré, con los párpados casi pegados. Las aves se movían en una gran espiral sobre el desierto, como si hubiera un inmenso cilindro giratorio e invisible suspendido encima de mí, y ellas fueran pequeños fragmentos de seda negra pegados a su superficie, moviéndose lentamente al ritmo de la gran columna.

Entonces, veo a un hombre que aparece en la cima de una duna. Es alto y musculoso, y lleva una especie de armadura ligera, que deja al descubierto sus piernas y brazos dorados. Lleva una enorme espada y un casco ornado, que sostiene bajo una de sus axilas. Parece transparente e insustancial para su voluminosa complexión. Puedo ver a través de su cuerpo: tal vez es un fantasma. La espada centellea bajo los rayos del sol, pero con un brillo apagado. El tipo se balancea allí de pie; no me ha visto. Apoya una mano en su ojo; parece que está hablando con el casco que lleva bajo el brazo. Medio camina, medio se tambalea; sumerge sus musculosas piernas en la arena. Parece que todavía no ha reparado en mí. Su pelo rubio se ha desteñido con el sol, y la piel de su cara, sus brazos y sus piernas está quemada. Arrastra la espada tras de sí y va dibujando un surco en la arena. Se detiene cuando llega a mis pies, mirando a lo lejos, balanceando su cuerpo. ¿Acaso ha venido para matarme con su enorme espada? Bueno, al menos, será rápido.

Sigue de pie, sin dejar de tambalearse, con los ojos clavados en la difusa lejanía. Juraría que está demasiado cerca de mí, demasiado cerca de mis pies; como si sus propios pies se hubiesen fusionado de alguna forma con los míos. Permanezco tumbado, esperando. Él lucha por mantenerse en pie, y extiende un brazo de pronto mientras intenta equilibrarse. El casco que lleva bajo el brazo se cae sobre la arena. El ornamento, una cabeza de lobo, profiere un grito.

Los ojos del guerrero se quedan en blanco. Se precipita sobre mí, y yo cierro los ojos, preparado para que me caiga encima.

No siento nada. Tampoco oigo nada. El guerrero no cae sobre la arena junto a mí, y cuando abro los ojos, no hay ni rastro del hombre o de su casco. Vuelvo a mirar al cielo, a la doble espiral de aves que vuelan el círculo y presagian la muerte.

Utilicé mis últimas reservas de fuerza para desabrocharme el abrigo y la chaqueta, y dejar mi pecho al desnudo frente a la columna giratoria invisible del cielo. Me quedé tumbado con los brazos abiertos durante un rato; y dos de los pájaros se posaron sobre la arena, junto a mí. No me moví.

Uno de ellos me golpeó la mano con su afilado pico, y luego se apartó. Seguí tumbado, inmóvil, esperando.

Cuando se dispusieron a atacarme en los ojos, los agarré por el cuello. Su sangre era densa y salada, pero, para mí, aquel era el sabor de la vida.

Veo el puente. De entrada, estoy seguro de que se trata de una alucinación. Después pienso que puede ser un espejismo, algo parecido a un puente que se refleja en el aire y (para mis ojos resecos y obsesivos) va tomando su forma. Me acerco a él, a través del calor y de las dunas de arena. Llevo el pañuelo en la cabeza para protegerme del sol. El puente brilla a lo lejos, y forma una línea indefinida de cumbres.

Voy acercándome lentamente a lo largo del día, descansando solo durante un breve lapso de tiempo en el que el sol se encuentra a su máxima altura. En ocasiones, trepo hasta las cimas de las dunas, para asegurarme de que el puente está realmente ahí. Me encuentro a unos tres kilómetros de distancia cuando mis confusos ojos reconocen la verdad; el puente está en ruinas.

Las secciones principales están prácticamente intactas, aunque algo deterioradas, pero los enlaces, las plataformas y los pequeños puentes dentro de otros puentes han sido destruidos, y muchas zonas de los extremos de la sección han desaparecido con ellos. El puente ya no parece una sucesión de hexágonos extendidos, sino más bien una línea de octógonos aislados. Todavía tiene pies y huesos, pero sus brazos, sus conexiones, se han esfumado.

No veo movimiento alguno, ni destellos de luz repentina. El viento suspira arena sobre las dunas, pero no se oye ningún sonido procedente del gran esqueleto ocre del puente. Sigue erguido, pálido, demacrado, enclavado en la arena, con las suaves olas doradas lamiendo sus pedestales de granito.

Finalmente, me introduzco bajo su sombra, con un tremendo sentimiento de gratitud. El viento ardiente gime entre las grandes vigas. Encuentro una escalera de caracol y empiezo a subir. Hace mucho calor y vuelvo a tener sed.

Reconozco este lugar. Sé dónde estoy.

Todo está desierto. No veo esqueletos, pero tampoco encuentro supervivientes. Sobre la plataforma del tren yacen algunos viejos vagones y locomotoras, oxidados como los raíles sobre los que reposan; finalmente fusionados con el propio puente. La arena ha llegado también hasta aquí, tiñendo de dorado las vías y las máquinas.

Mi viejo refugio, al fin. Encuentro el Dissy Pitton's. Apenas reconocible. Las cuerdas y los cables que sostenían las sillas y las mesas están cortados; los sofás y las butacas están tirados en el suelo polvoriento, como cuerpos de la antigüedad. Algunas piezas de mobiliario todavía cuelgan en una esquina, chirriando en el tétrico entorno. Me dirijo al salón con vistas al mar.

Una vez me senté aquí con Brooke. Justo aquí. Contemplamos el exterior y nos quejamos de los dirigibles; y después nos sobrevolaron los aviones. El desierto resplandece bajo los verticales rayos del sol.

La consulta del doctor Joyce. No reconozco el mobiliario, aunque siempre se trasladaba de un sitio a otro. Los estores, ondeando suavemente tras las ventanas rotas, parecen los mismos.

Una larga caminata me lleva al apartamento de verano abandonado de los Arrol. Está medio sumergido en la arena. La puerta está abierta. Solo se ven algunas partes de los muebles cubiertos por sábanas. La estufa está enterrada bajo las dunas de arena, lo mismo que la cama.

Vuelvo a la plataforma del tren y contemplo desde arriba la resplandeciente extensión de arena que rodea al puente. A mis pies, encuentro una botella vacía. La cojo por el cuello y la lanzo al vacío. Vuela centelleando bajo el sol y se desploma en la arena.

Más tarde, se levanta un viento que aúlla a través del puente, acariciándome y sacudiéndome. Me refugio en una esquina, observando cómo descascarilla la pintura de la gran estructura como una espátula que rasca sin descanso.

—Me rindo —afirmo.

Me da la impresión de que las dunas inundan mi cerebro. Mi cráneo es como el fondo de un reloj de arena.

—Me rindo. Ya no sé nada. Que alguien me lo diga: la cosa o el lugar. —Creo que es mi propia voz. El viento sopla cada vez más fuerte. No puedo oírme hablar, pero sé lo que intento decir. De pronto, estoy completamente seguro de que la muerte tiene sonido; es una palabra que cualquier persona puede pronunciar y que provocará y será su propia muerte. Intento pensar en esa palabra cuando algo rechina y se mueve a lo lejos, y unas manos me ayudan a alejarme de este lugar.

Una cosa es absolutamente evidente: todo es un sueño. De cualquier forma, sea como sea. Ambos lo sabemos.

No obstante, tengo una oportunidad.

Estoy en un lugar vacío donde todo resuena, tumbado en una cama. Hay máquinas a mi alrededor y cables conectados a mi cuerpo. Cada cierto tiempo, entra gente y me mira. Algunas veces, el techo parece de yeso blanco; otras, es como metal gris, otras como ladrillo rojo; y otras como láminas de acero ribeteadas, pintadas del color de la sangre. Al final, me doy cuenta de dónde estoy: en el interior del puente, dentro de sus huecos huesos metálicos.

Un líquido fluye hacia mi interior a través de mi nariz, y sale de mí mediante un catéter. Me siento más como una planta que como un animal, un mamífero, un simio, un humano. Parte de la máquina. Todos los procesos se han ralentizado. Tengo que encontrar un camino de vuelta; ¿romper los depósitos, tirar de los cables, romper las válvulas?

Algunas de estas personas me resultan familiares.

El doctor Joyce está aquí. Lleva una bata blanca y toma notas en un bloc. Estoy seguro de haber visto a Abberlaine Arrol, solo un segundo, hace un momento..., pero ataviada con un uniforme de enfermera.

Este lugar es grande y vacío. A veces huele a hierro y óxido, a pintura y a medicinas. Me han quitado el naipe y el pañuelo.

Estamos volviendo, ¿no es así? El doctor Joyce me sonríe. Lo miro e intento hablar. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué me está ocurriendo?

«Tenemos un tratamiento nuevo», me explica el doctor, como si hablase con un niño especialmente tonto. «¿Quiere que lo probemos? ¿Quiere? Podría mejorar. Firme aquí».

«Traiga, traiga. En vena, si quiere. Le vendería mi alma si creyera que la tengo. ¿Qué tal una fianza de varios millares de neuronas? Están bien cuidadas, doctor, su propietario es muy cuidadoso (ejem); ni siquiera las lleva a misa los domingos...»

Cabrones; es una máquina.

Tengo que contarle todo lo que recuerdo a una máquina que parece una maleta metálica encima de un carrito.

Es un proceso un poco lento.

Somos la máquina y yo, nada más. Durante un rato, han estado aquí un tipo de rostro amarillento y una enfermera, e incluso el buen doctor, pero ya se han marchado todos. Solo quedamos la máquina y yo. Empieza a hablar:

—Bien —dice...

Mira, todo el mundo puede equivocarse. ¿No se suponía que esta era la era de...? Bah, da lo mismo. Bien, de acuerdo. Yo estaba equivocado. Es mi puta culpa; lo siento. ¿Quieres un poco de sangre?

—Bien —dice—, sus sueños ya estaban terminando. Aquellos eran los últimos, justo antes de que apareciera aquí. Ahora es realmente usted.

—No me lo creo —afirmo.

—Lo hará.

—¿Por qué?

—Porque soy una máquina y usted confía en las máquinas, las comprende y no le asustan; le impresionan. Pero con las personas no le ocurre lo mismo.

Pienso en todo eso e intento formular otra pregunta:

—¿Dónde estoy?

—Su yo real, su cuerpo físico, se encuentra en estos momentos en la Unidad de Neurocirugía del Southern General Hospital de Glasgow. Lo trasladaron aquí desde el Royal Infirmary de Edimburgo... hace un tiempo —La máquina parece no tenerlo claro.

—¿No sabe cuánto? —le pregunto.

—Es usted quien no lo sabe —responde—. Lo trasladaron, es todo lo que ambos sabemos. Puede que fuera hace tres meses, tal vez cinco o incluso seis. En cualquier caso, en su sueño se encontraba a dos tercios del recorrido. Los tratamientos y las medicinas que han probado con usted han alterado su sentido de la percepción del tiempo.

—¿Tiene..., tengo alguna idea de la fecha en la que estamos? ¿Cuánto tiempo llevo así?

—Eso es algo más fácil; siete meses. La última vez que Andrea Cramond vino a verlo mencionó que al cabo de una semana era su cumpleaños, y que si usted despertaba, sería el mejor...

—Ah, bien —interrumpo a la máquina—. Eso nos sitúa a principios de julio porque su cumpleaños es el día 10.

—Perfecto.

—Mmm... y supongo que no sabe mi nombre, ¿verdad?

—Correcto.

Permanezco en silencio durante un rato.

—Entonces —prosigue la máquina—, ¿piensa despertarse?

—No lo sé. Desconozco las alternativas. ¿Qué opciones tengo?

—Quedarse así o despertar —dice la máquina—. Tan simple como eso.

—Pero ¿cómo despierto? Ya intenté hacerlo de camino aquí, antes de llegar al desierto. Intenté despertar en...

—Lo sé. Me temo que no puedo ayudarlo con eso. No sé cómo debe hacerlo. Solo sé que puede hacerlo, si quiere.

—Y yo qué sé... ¿Quiero?

—Su opción —señala la máquina— es tan buena como la mía.

No sé qué me están inyectando, pero todo resulta muy confuso. La máquina parece real, cuando está aquí, pero no ocurre lo mismo con las personas. Es como si hubiera niebla dentro de mis ojos, como si su líquido se hubiera oscurecido, como si se hubieran inundado de cieno. Mis otros sentidos están afectados de una forma similar; oigo sonidos blandos y distorsionados. No huelo a nada ni noto ningún sabor. Me parece que incluso mis pensamientos se mueven a muy pocas revoluciones.

Estoy tumbado. Soy un hombre plano con respiración plana que intenta pensar con profundidad.

Al cabo de un rato, nada. Ni personas, ni máquina, ni visiones, ni sonidos, ni sabores, ni olores, ni tactos. Ni conciencia de mi propio cuerpo. Todo es gris. Solo recuerdos.

Me duermo.

Me despierto en una habitación pequeña con una puerta; hay una pantalla en una pared. La estancia es cúbica, está pintada de gris y no tiene ventanas. Estoy sentado en un gran sillón de piel que me resulta familiar, hay uno igual en la casa de Leith, en el estudio. En el brazo derecho hay un trocito quemado por un trozo de porro que cayó... ah, no; aquí no. Debe de ser un sillón nuevo. Me miro las manos. Tengo una pequeña cicatriz en una de ellas. Llevo unos zapatos Mephisto, unos vaqueros Lee y una camisa de cuadros. No tengo barba. Me siento más delgado de lo que recordaba.

Me levanto y echo un vistazo a la habitación. La pantalla no tiene botones. La iluminación de la estancia está oculta tras un falso techo. Todo es de cemento gris y hace calor. No hay una sola veta en las paredes o en el suelo, un trabajo impecable; me pregunto quiénes serían los contratistas. La puerta es de madera vulgar. La abro.

Al otro lado hay una habitación similar. No tiene sillón ni pantalla; solo hay una cama. Es una cama de hospital vacía; con sábanas blancas almidonadas y una manta de color gris doblada por una esquina, a modo de invitación.

Se oye un ruido procedente de la estancia que acabo de abandonar.

Si vuelvo allí y me encuentro a un tipo que se parece a mí, saldré como sea y encontraré a esa máquina y protestaré y me quejaré.

Regreso a la habitación del sillón. No me encuentro con Keir Dullea caracterizado. La habitación está vacía, pero la pantalla se ha encendido. Me siento en el sillón y la miro.

De nuevo, es el hombre postrado en la cama. Pero esta vez la imagen tiene colores; puedo verlo mejor. Está tumbado en una posición distinta, en una cama distinta, en una habitación distinta. En realidad es una sala pequeña, con tres camas más, dos de ellas ocupadas por hombres mayores con las cabezas vendadas. El lecho de mi hombre está rodeado por biombos, pero yo estoy sobre él, mirándolo desde arriba. Sus entradas son bastante evidentes. Me toco la cabeza; también tengo una considerable calva. Y el vello de mis brazos no es negro, sino marrón muy oscuro. Mierda.

El ambiente es más acogedor de lo que recordaba. Hay un jarro con flores amarillas sobre una mesita de noche. No hay ningún gráfico colgado a los pies de la cama; tal vez ya no sea un uso habitual en estos tiempos. El hombre lleva un brazalete de plástico en la muñeca, pero no alcanzo a leer lo que pone.

Ruidos lejanos; personas hablando, risillas de mujer, tintineos de botellas y un chirrido de ruedas en el suelo, creo. Aparecen dos enfermeras, entran en la zona rodeada por los biombos y le dan la vuelta al hombre. Le colocan bien las almohadas y lo dejan medio sentado, sin dejar de charlar entre ellas. Maldita sea, no puedo oír lo que dicen.

Las enfermeras abandonan la habitación. Empieza a entrar gente en escena, acercándose a las otras dos camas ocupadas. Son personas normales; una pareja joven visita a un abuelo, y una mujer mayor habla con el otro anciano. Nadie acude a ver a mi hombre. Aunque él tampoco parece muy preocupado.

Entonces llega Andrea Cramond. La veo rara desde mi perspectiva superior, pero está claro que es ella. Lleva un traje de chaqueta blanco de seda natural, unos zapatos rojos de tacón alto y una blusa de seda roja. Deja cuidadosamente la chaqueta (¿no se la compré el año pasado en Jenner?) a los pies de la cama, se acerca al hombre y se inclina para besarlo en la frente, y después en los labios; acariciándole el pelo con la mano. Se sienta en una silla junto a la cama, y cruza las piernas, apoyando el codo en el muslo y la barbilla en la mano. Mira al hombre. Yo la miro a ella.

Hay más líneas de expresión en su rostro, sosegado a la vez que preocupado. Las arruguitas bajo los ojos siguen ahí, pero ahora están acompañadas de ligeras sombras oscuras. Tiene el cabello más largo de lo que recordaba. No puedo ver bien sus ojos, pero esos pómulos, esa elegante nariz, esas cejas oscuras, esa fuerte mandíbula y esa suave boca..., todo eso sí puedo verlo.

Se inclina hacia delante y toma su mano, sin dejar de mirarlo. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué no está en París?

Perdona, nena, ¿vienes mucho por aquí y eso?

(¿Esto es el presente? ¿Es el pasado?)

Al cabo de un rato, durante el que no le ha soltado la mano ni ha dejado de contemplar su rostro pálido e inexpresivo, baja lentamente la cabeza hacia las sábanas y entierra la cara en esa blancura almidonada. Sus hombros se contraen; una vez, dos veces.

La pantalla se oscurece y las luces se apagan. Las lámparas de la habitación contigua siguen encendidas.

Mi subconsciente, sospecho, trata de decirme algo. Las sutilezas nunca fueron su fuerte. Suspiro, apoyo las manos en los brazos del sillón de piel, y me levanto despacio.

Me quito la ropa y la tiro al suelo, junto a la cama. Hay un camisón de hospital doblada sobre la almohada. Me la pongo, me meto en la cama, me duermo.

Coda

¡Tonto! ¡Imbécil! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Eras feliz allí! Piensa en el control, la diversión, las posibilidades... ¿Adónde vas a regresar? Posiblemente a que te larguen de la empresa, te procesen por conducir borracho (se acabaron los coches durante un tiempo, tío), a ser cada vez más viejo y menos feliz; a perderla por culpa de otra enfermedad y junto a otra cama. Siempre hiciste lo que ella quiso; ella te utilizó, pero tú a ella no; era una inversión de roles y a ti te jodieron. Ella te rechazó, no lo olvides. Te rechazó y no dejó de hacerlo, y si muestras síntomas de recuperación se volverá a marchar. ¡No lo hagas, imbécil!

¿Qué puedo hacer, si no? Si no me han desconectado, sin duda es porque mi cerebro muestra signos de vida, con lo que deben de saber que no me encuentro en estado de muerte cerebral. Pero si permanezco aquí tumbado sin manifestar ningún otro síntoma de recuperación, tal vez decidan retirarme los sueros, desconectar las máquinas y dejarme morir.

Instinto de supervivencia, ¿no se supone que ese es el principio más importante?

De todas formas, no puedes dejarla así. No puedes hacerle eso. Ella no lo merece. Nadie lo merece. Tú no perteneces a ella, ni ella te pertenece a ti, pero ambos sois parte del otro; si ella se levantase ahora y se marchase, y nunca en vuestras vidas os volvierais a ver, o si vivierais una existencia anodina durante cincuenta años más, incluso en tu lecho de muerte seguirías sabiendo que ella formaba parte de ti.

Habéis dejado señales el uno en el otro, os habéis ayudado a daros forma; cada uno le ha dado al otro una nota de vida que nunca se perderá, pase lo que pase.

Tienes más atención suya que el otro, pero solo mientras estás más cerca de la muerte. Si te recuperas, tal vez ella volverá a su lado. Eh, oye, habías decidido no guardarle rencor a él por eso, ¿o simplemente, lo dijiste durante una borrachera?

No, no fue...

Más alto.

He dicho: no, no fue la bebida...

Todavía no te oigo. Habla más alto.

¡De acuerdo! Lo dije en serio. ¡Lo dije en serio!

Sí, así fue. Y otra cosa: ella sigue pensando que no hay dos sin tres. Primero su padre murió en accidente de tráfico, después Gustave fue sentenciado a deteriorarse lentamente... y luego yo. Otro coche, otro accidente de coche; otro hombre al que ella quiere. Ahora no tengo ninguna duda de que Gustave y yo nos parecemos, y de que probablemente nos caeríamos bien, y estoy seguro de que él también habría forjado una buena amistad con el abogado como lo hice yo, y por la misma razón... pero debo dejar aquí las semejanzas, por Dios si lo haré. ¡No pienso ser el tercer hombre! (Unos dedos pálidos suben por la pantalla negra, temblando en el viento nocturno como tubérculos blancos... Esta cosa se ha vuelto a quedar atascada; la imagen monocroma se va pelando y estalla, hay una luz blanca detrás. De nuevo, demasiado tarde. El francotirador apunta y dispara, y el tercer...)

No. Esta secuencia termina en el dos, si se me permite opinar al respecto. (Y llega otro pensamiento furtivo, ahora que sé lo parecidos que podemos ser Gustave y yo: sé lo que le diría a Andrea si yo fuera el que se deteriora lentamente y ella eligiese martirizarse cuidando de mí...)

Iré a la otra ciudad; siempre quise hacerlo, de verdad. Quiero conocer a ese hombre. Mierda, ¡quiero hacer cosas! ¡Quiero viajar en el Transiberiano, ir a la India, subir a la Ayers Rock, empaparme en el Machu Picchu! ¡Quiero hacer surf! Pienso comprarme un ala delta; quiero volver al Gran Cañón y llegar más lejos que la otra vez, quiero ver la aurora boreal en Groenlandia, quiero contemplar un eclipse total, quiero ver pantallas piroclásticas, quiero caminar dentro de un túnel de lava, quiero mirar la Tierra desde el espacio, quiero beber changen Ladakh, quiero navegar por el Amazonas y por el Yangtze, y caminar por la Gran Muralla; quiero visitar Azania. Quiero volver a ver cómo lanzan helicópteros desde los portaaviones.

¡Y quiero acostarme con tres mujeres a la vez!

Oh, Dios, regresar al mundo de Thatcher y Reagan. Volver a la mierda de siempre. Al menos el puente era predecible en su rareza, al menos era comparativamente seguro.

Bueno, o tal vez no. No lo sé.

Una cosa sí sé: no necesito a la máquina para elegir. No debo escoger entre realidad y sueño, sino entre dos sueños distintos.

Uno es el mío; el puente y todo lo que he hecho con él. El otro es nuestro sueño colectivo, nuestra imagen corporativa. Vivimos un sueño, se llame americano, occidental, o humano, es un sueño de todos nosotros, de la vida. Yo he formado parte de un sueño, para bien o para mal, que también era una pesadilla y al que casi permito matarme. Pero no lo ha hecho. Al menos, por ahora.

¿Y qué ha cambiado?

No ha sido el sueño, ni el resultado de nuestros sueños al que denominamos mundo, ni nuestra vida de alta tecnología. ¿He cambiado yo, entonces? Tal vez. Quién sabe; podría ser cualquier cosa. No lo sabré con exactitud hasta que regrese y empiece a vivir el sueño compartido, abandonando el mío de una cosa convertida en lugar, de un medio convertido en fin, de una ruta convertida en destino... Tres de diamantes, sí, y un puente majestuoso, un puente eterno, un puente que nunca volverá a ser el mismo, con su colosal estructura carmesí renovándose, como una serpiente en constante mutación, un insecto en metamorfosis que forma su propio huevo y no deja de cambiar...

Todos aquellos trenes. Y serán muchos más en el futuro, porque seguro que te prohíben conducir. Gilipollas. Destrozar un coche, conducir borracho justo antes de Navidad... Qué vergüenza volver para eso. Al menos no hubo más personas implicadas, solo yo y los dos coches. Si hubiera matado a alguien, no sé si querría regresar, tal vez tampoco querría hacerlo si hubiera provocado lesiones graves a otra persona. Espero que el propietario del MGno sintiese demasiado apego por él. Pobre Jaguar. Con todo el tiempo y el dinero, con todo el trabajo meticuloso y artístico que habían hecho con él... Tampoco lo tuve mucho tiempo antes de destrozarlo; podría haber establecido lazos afectivos con él, podría haber llegado a sentir algo por él (¿Estaba usted muy ligado al coche, señor X? ¿Ligado, dice? Estuve aprisionado dentro de él durante tres putas horas...).

Y aquel puente, el puente... tengo que ir en peregrinación hasta él, cuando me encuentre mejor, si puedo. Caminar por encima de él (suponiendo que pueda hacerlo), cruzar el río, lanzar una moneda para tener suerte, ja, ja.

Las secciones del puente, una, dos, tres... También había grandes «X» en el puente carretera, ahora lo recuerdo. Tres grandes «X», una encima de otra, como lazos o cintas..., y también..., y también... ¿qué más? Ah, sí, y tampoco llegué a escuchar toda la cinta de los Pogues. Me perdí A Man You Don't Meet Every Day, mi canción preferida; cántala, muchacho... En la otra cara tenía grabados a Eurythmics, por aquello del contraste; una joven Annie cantando a grito pelado con Aretha; como si estuvieran solas, ¿y por qué no?, diciendo algo así como «es mejor haber perdido en el amor que no haber amado», ¿será un tópico? Los tópicos también tienen sentimientos.

Quiero volver. ¿Puedo volver?

pip-pip-pip esto es una grabación. Su estado mental de conciencia está bajo mínimos en este momento, pero si quisiera

clonc.

¿Puedo? Por favor, ¿puedo? Quiero volver. Ahora. Quiero intentarlo ahora. Dormir; despertar. Ahora.

Vamos allá.

Es pronto. Despertando. Antes de eso, unas palabras de nuestro patrocinador. Pero primero, un par de líneas en blanco:

Un día, estaba en la playa de Vahos, durante un verano lluvioso y no excesivamente cálido. Estaba con ella. Habíamos acampado allí y tomado una sustancia que alteraba la percepción de la realidad. La lluvia golpeaba suavemente la tienda; ella quería permanecer dentro hojeando un libro ilustrado de cuadros de Dalí, pero no le importaba si yo salía.

Caminé junto a la marea rompiente, donde las olas invadían la medialuna dorada de arena; estaba a solas, con una húmeda y cálida brisa y con pocos kilómetros de playa, y briznas de lluvia cayendo desde las nubes grises. Encontré conchas como fragmentos de un arco iris roto, y contemplé las gotas de lluvia cayendo sobre parcelas de arena todavía secas mientras el viento soplaba sobre ellas; toda la playa parecía fluir y moverse, como si tuviera vida propia. Recuerdo mi deleite, recuerdo haber tocado la arena como un niño y recuerdo que sus granos se escurrieron entre mis dedos.

Estaba en las islas, frente al mar que llegaba a Newfoundland, a Groenlandia, a Islandia y al casco de hielo del Polo; y allí, al final de una isla de tantas, una curva de tierra rota yacía contra el mar como una columna vertebral, como el nacimiento de un cerebro sobre un sistema central. Mi mente era aquella isla, desnuda y desprotegida frente al azote del mar y el clima por el filo cortante de la droga; una huida fácil.

Entonces pensé que lo había visto todo; el florecimiento del cerebro al final de un tallo articulado; la forma en que, arraigados en la tierra, crecemos y nos transformamos. En aquel momento, eso significaba todo y nada al mismo tiempo.

Y me dije a mí mismo, he estado tan lejos... porque fui mi propio padre y mi propio hijo, y me marché por un tiempo, pero regresé. «Hijo, tu padre ha estado muy lejos.» Eso fue lo que me dije mientras regresaba. «Hijo, tu padre ha estado muy lejos.»

... Sí, claro, pero eso fue hace tiempo; ¿ahora qué pasa? Quiero decir, ¡cielo santo, siete meses sin beber ni fumar! Seguramente, he gozado de mejor salud durante el tiempo que he pasado aquí tumbado e inconsciente que a lo largo de toda mi vida adulta; tal vez no haya hecho demasiado ejercicio, pero tampoco he hecho nada más peligroso que ingerir lo que sea que me han metido por un tubo en la nariz. ¿Cómo demonios ha sobrevivido mi cuerpo siete meses sin alcohol y sin drogas?

A lo mejor me reformo, y dejo de beber y de fumar y de meterme para siempre, y cuando me vuelvan a permitir conducir, no excedo nunca más el límite de velocidad, y, en el futuro, nunca vuelvo a decir nada malo sobre nuestros representantes elegidos de forma democrática y legal, o sobre nuestros aliados, y quizá dedique más tiempo y respeto a las visiones de los demás, independientemente de lo gilipollas que... No; si tengo que hacer todo eso, ¿para qué molestarme en volver? Qué coño; voy a hacer mucho más que todo eso en cuanto pueda; solo que tendré más cuidado en el futuro.

Hijo, tu padre ha...

Sí, ya lo sé; lo hemos oído. Creo que hemos captado el mensaje, gracias. ¿Alguien más...?

Nuestros sueños se han terminado (gracias, Bill)

Los procedimientos están cerrados (gracias, Mac)

Brammer se levanta (¿podemos decirlo bien, por favor?)

Brahma se levanta (gracias)

Está bien (cállate y sigue con ello)

Oscuridad.

No; no es oscuridad. Es otra cosa. Un rojo oscuro, casi marrón. Por todas partes. Intento mirar hacia otro lado, pero no puedo, así que no es solo el color de la pared o del techo. ¿Estará dentro de mis ojos? No lo sé. Ni idea.

Sonidos; oigo algo. Es como si me hubiera lanzado a una piscina y estuviera remontando de nuevo hacia la superficie; ese sonido, una especie de burbujeo claro, alterando su tono lentamente de arriba a abajo, y reventando como una sola burbuja que...

Conversación, una risa de mujer. Tintineos y traqueteos, una camilla o una silla de ruedas chirriando.

Olor; oh, sí. Muy medicinal. Ya no hay duda de dónde estamos ahora. También se percibe un aroma floral; puedo oler dos esencias. Una tosca pero fresca, y otra mucho más... no sé. No puedo describirla... ah, la primera debe provenir de las flores de la mesita de noche; las del jarro. Y la segunda... es ella. Parece que sigue utilizando el mismo perfume: Joy. Tiene que ser ella; esa fragancia no huele así en nadie más, ni siquiera en su madre. ¡Está aquí!

¿Es el mismo día? ¿Conseguiré verla? No te marches todavía. ¡Quédate! ¡No te vayas!

Movimiento; cambio.

Desorganización total. No veo una mierda y soy como un titiritero pillado en plena siesta, que se tambalea entre bastidores e intenta encontrar las cuerdas adecuadas, rebuscando en un enmarañado ovillo. ¿Brazos? ¿Piernas? ¿Qué trozo mueve qué trozo? ¿Dónde está el manual de instrucciones...? Oh, Dios, no me digas que tendremos que aprenderlo todo de nuevo, ¿verdad?

Ojos; ¡abríos, joder!

¡Moveos, manos!

Pies; venga, ¡haced vuestro trabajo!… ¿Hay alguien?

Tómatelo con calma. Túmbate y piensa en Escocia. Tranquilízate, tío. Respira, siente como fluye tu sangre, siente el peso opresor de las sábanas y la manta, siente el cosquilleo del tubo de tu nariz...

... No puedo oír a nadie hablar por aquí cerca. Solo el murmullo sordo de la ciudad. Una brisa ligera se ha llevado el aroma de su perfume... Seguro que ella ya no está. Y el color de la sangre seca sigue aquí...

Vuelvo a notar una ligera corriente; un hormigueo en la mejilla y en él los surcos de piel entre la nariz y los labios. No había sentido la brisa en esa zona desde que era estudiante; como he llevado barba todos estos años... Me la volveré a dejar si llego a salir de aquí... Suspiro.

Suspiro de verdad; siento la resistencia de la ropa de cama mientras mi pecho se eleva más de lo normal. El tubo que tengo introducido en la nariz se desliza sobre la tela que cubre mi hombro. Me relajo y espiro. ¡He suspirado!

Estoy tan sorprendido que abro los ojos. Me tiembla el párpado derecho, se me ha quedado pegado. Pero lo consigo. En unos segundos, aunque todo parece tambalearse y deslumbrarme durante un momento, las cosas se van poniendo en su lugar.

Andrea está sentada a menos de un metro de mí, con las piernas flexionadas bajo la banqueta. Tiene una mano apoyada en el muslo y la otra acercando un pequeño vaso de plástico a su boca, preparada para beber, con los labios entreabiertos. Puedo ver sus dientes. Me está mirando fijamente. Parpadeo. Ella también. Muevo los dedos de los pies y (mirando al final de la cama) veo la chaqueta blanca moverse con ellos.

Flexiono las manos; qué mantas más ásperas tienen aquí. Tengo hambre.

Andrea deja el vaso y se inclina ligeramente hacia delante, como si no creyera lo que está viendo; me mira a los ojos alternativamente, como buscando señales de conciencia en ambos (precaución notablemente razonable, hay que reconocerlo). Me aclaro la garganta.

Todo su cuerpo se relaja. Una vez vi un pañuelo de gasa deslizarse entre sus dedos, y no recuerdo que cayese con mayor gracia y elegancia. Su rostro se despoja de una capa entera de preocupación, así, sin más. Yo (he recordado mi nombre) me siento casi avergonzado. Ella asiente lentamente.

—Bienvenido —dice, sonriendo.

—¿Sí...?