/ Language: Español / Genre:thriller

La Cara del Engaño

Iris Johansen

Un cráneo sin identificar… Un rastro de aterradores secretos… Y una mujer cuyas diestras manos podrían relevar la impactante verdad… Como escultora forense, Eve Duncan ayuda a identificar a los muertos a partir de sus cráneos. Habiendo sido asesinada su propia hija y su cuerpo jamás hallado, el trabajo es el único modo que tiene Eve de hacer las paces con su pesadillas personal. Pero le aguardan cosas más espantosas si cabe cuando acepta trabajar para el multimillonario John Logan. Bajos sus diestras manos toma forma el rostro del cráneo que él le ha pedido que reconstruya, un rostro que nadie esperó nunca ver. Ahora Eve se encuentra atrapada en una aterradora red de asesinatos y engaños. Poderosos enemigos están decididos a encubrir la verdad, y se asegurarán de que llevar dicha verdad a la tumba… aunque Eve tenga que ser enterrada con ella.

Iris Johansen

La Cara del Engaño

1° de la Serie Eve Duncan & Friends

The Face of Deception (1998)

PROLOGO

EDIFICIO DE CLASIFICACIÓN DE DIAGNÓSTICO

JACKSON, ESTADO DE GEORGIA

27 DE ENERO 23:55

Estaba por suceder.

¡Ay, Dios!, no permitas que lo hagan.

Perdida. La voy a perder.

Los vamos a perder a todos.

– Vamos, Eve, vete, para qué quieres estar aquí. -Joe Quinn estaba a su lado. Su cara cuadrada y juvenil estaba pálida y tensa bajo la sombra del paraguas negro que sostenía. -No hay nada que puedas hacer. Ya han aplazado dos veces la ejecución. El gobernador no va a hacerlo de nuevo. Bastante escándalo y protestas hubo la última vez.

– Tiene que posponerla. -El corazón le latía con tanta fuerza que le dolía. Pero en ese momento, todo, absolutamente todo, le dolía. -Quiero hablar con el director.

Quinn negó con la cabeza.

– No va a concederte una entrevista.

– En otras oportunidades ya hablamos. Y llamó al gobernador, tengo que verlo, porque él entiende lo de…

– Deja que te acompañe hasta el auto. Hace un frío polar y te estás empapando.

Ella sacudió la cabeza, mantenía la vista fija con desesperación en el portón de la cárcel.

– Habla tú con él. Eres del FBI, tal vez te escuche a ti.

– Es demasiado tarde, Eve. -Trató de protegerla con el paraguas, pero ella se alejó. -Por Dios, no deberías haber venido.

– Tú viniste -dijo, luego hizo un gesto hacia la horda de periodistas y reporteros que se apretujaban contra el portón-. Y vinieron ellos. ¿Quién tiene más derecho que yo de estar aquí? -Los sollozos la ahogaban. -Tengo que detener esto. Tengo que hacer que se den cuenta de que no pueden…

– Maldita loca.

Sintió que la hacían girar en redondo y se encontró delante de un hombre de unos cuarenta y dos años. Tenía las facciones contraídas por el dolor y le corrían lágrimas por las mejillas. Le llevó un minuto reconocerlo. Bill Verner. Su hijo era uno de los perdidos.

– No se meta. -Las manos de Verner se le clavaron en los hombros y la sacudieron. -Deje que lo maten. Ya nos causó demasiado dolor y ahora otra vez trata de que se salve. ¡Deje que lo frían de una vez, carajo!

– No puedo… ¿No entiende? Ellos están perdidos. Tengo que…

– No se meta o le juro que voy a hacer que se arrepienta de…

– Déjela en paz. -Quinn se adelantó y apartó con dureza las manos de Verner. -¿No ve que está sufriendo más que usted?

– No me venga con pavadas. Ese mal nacido mató a mi hijo. No voy a permitir que ella vuelva a impedir que lo maten.

– ¿Cree que no quiero que muera? -le espetó Eve con ferocidad-. Es un monstruo. Lo mataría con mis propias manos, pero no puedo permitir que…

No había tiempo para discutir, pensó con desesperación. No había tiempo para nada. Ya debía de ser casi medianoche.

Lo iban a matar.

Y Bonnie se perdería para siempre.

Se apartó de Verner y corrió hacia el portón.

– ¡Eve!

Golpeó el portón con los puños.

– ¡Déjenme entrar! Me tienen que dejar entrar. Por favor, no lo hagan.

Relampagueos de cámaras fotográficas.

Los guardias de la prisión se estaban acercando.

Quinn trató de apartarla del portón.

El portón se estaba abriendo.

Quizá todavía quedara una posibilidad.

El director se acercó.

– ¡Deténgalo! -gritó ella-. ¡Tiene que detenerlo!

– Vuelva a casa, señora Duncan. Ya terminó todo. -El director pasó junto a ella y se dirigió hacia las cámaras de televisión. No podía haber terminado todo.

El director miró hacia las cámaras con expresión sombría y habló en forma escueta y directa.

– No hubo postergación de la ejecución. Ralph Andrew Fraser fue ejecutado hace cuatro minutos y se lo declaró muerto a las 12:07.

– ¡No!

El grito de dolor y desolación sonó quebrado y lastimero como el gemido de un niño perdido.

Eve no se dio cuenta de que había brotado de su boca.

Quinn la sostuvo cuando se le doblaron las rodillas, perdió el conocimiento, y cayó hacia adelante.

CAPITULO 01

ATLANTA, ESTADO DE GEORGIA

3 DE JUNIO

OCHO AÑOS MÁS TARDE

– Tienes un aspecto terrible, es más de medianoche. ¿No duermes nunca?

Eve apartó la vista de la computadora y miró a Joe Quinn, que estaba apoyado contra el marco de la puerta del otro lado de la habitación.

– Claro que duermo. -Se quitó los lentes y se frotó los ojos. -Una noche que pase aquí no me convierte en adicta al trabajo. Es que tenía que verificar esas medidas antes de…

– Lo sé, lo sé. -Joe entró en la oficina del laboratorio y se dejó caer sobre la silla junto al escritorio. -Diane me dijo que hoy la dejaste plantada a la hora del almuerzo.

Eve asintió con aire culpable. Era la tercera vez en el mes que le cancelaba la cita a la esposa de Joe.

– Le expliqué que el Departamento de Policía de Chicago necesitaba el resultado. Los padres de Bobby Starnes estaban esperando.

– ¿Y? ¿Hubo coincidencia?

– Casi total. Ya estaba casi segura de que la habría antes de comenzar con la superposición. Al cráneo le faltaban unos dientes, pero ya había coincidencias en la verificación dental.

– ¿Entonces para qué te llamaron?

– Porque sus padres no querían creerlo. Yo soy su última esperanza.

– Qué espanto.

– Sí, pero yo entiendo esas esperanzas. Y cuando vean la forma en que las facciones de Bobby encajan en el cráneo, caerán en la cuenta de que todo terminó y aceptarán el hecho de que su hijo está muerto. Y tal vez eso haga cicatrizar la herida.

Echó un vistazo a la imagen que tenía en la pantalla de la computadora. El Departamento de Policía de Chicago le había dado un cráneo y una foto de Bobby a los siete años. Ella trabajó con equipos visuales y con la computadora y había colocado el rostro de Bobby sobre el cráneo. Y, como había dicho, las coincidencias eran muy evidentes. Bobby tenía un aspecto tan vivaz y dulce en la fotografía que se le partía el corazón por sólo mirarlo.

Todos me parten el corazón, pensó con cansancio.

– ¿Te vas a tu casa?

– Aja.

– ¿Y pasaste nada más que para retarme?

– Siento que es uno de los principales deberes que tengo en la vida.

– Mentiroso. -La mirada de Eve se posó en el maletín de cuero negro que él tenía en las manos. -¿Es para mí?

– Encontramos un esqueleto en el bosque de North Gwinnett. La lluvia lo dejó al descubierto. Los animales tuvieron acceso a él, así que no queda demasiado, pero el cráneo está intacto. -Abrió el maletín. -Es una niñita, Eve.

Cuando se trataba de una niña, se lo decía enseguida. Tal vez lo hiciera para protegerla, pensó Eve.

Tomó el cráneo con cuidado y lo estudió.

– No es de una niñita. Preadolescente, tal vez once o doce años. Señaló una fina rajadura en la mandíbula superior. -Ha estado expuesta al frío de por lo menos un invierno. -Pasó los dedos por la ancha cavidad nasal. -Es probable que haya sido negra.

– Eso nos será de ayuda -repuso él con una mueca-, pero no alcanza. Tendrás que esculpirla. No tenemos idea de quién pudiera ser. No hay fotografías para superposición. ¿Sabes cuántas chicas se escapan de sus casas en esta ciudad? Si era de los barrios pobres, tal vez ni siquiera hayan informado de su desaparición. Por lo general, los padres están más preocupados por conseguir droga que por seguirles los pasos a sus… -Sacudió la cabeza. -Ay, lo siento, lo olvidé. Qué metida de pata.

– Lo haces siempre, Joe.

– Bueno, solamente contigo. Es que tiendo a bajar la guardia.

– ¿Debería sentirme gratificada por eso? -Evo frunció el entrecejo con expresión concentrada mientras estudiaba el cráneo. -Ya sabes que mamá dejó el crack hace años. Y hay cosas de mi vida que me avergüenzan, pero haberme criado en los barrios pobres no es una de ellas. Si no lo hubiera pasado mal, tal vez no hubiese sobrevivido.

– Claro que habrías sobrevivido.

Ella no estaba tan segura. Había estado demasiado cerca del abismo como para tomar la salud mental o la supervivencia como algo de todos los días.

– ¿Quieres una taza de café? Nosotras las chicas de los barrios pobres sabemos hacer un café buenísimo.

El frunció el rostro.

– Oh. Ya te pedí disculpas, ¿no?

Eve sonrió.

– Quería vengarme con un par de estocadas, nada más. Te las mereces por generalizar. ¿Quieres café o no?

– No, tengo que irme, Diane me espera. -Se puso de pie. -No hay apuro con este cráneo si dices que ha estado enterrado tanto tiempo. Como te dije, ni siquiera sabemos qué estamos buscando.

– Me lo tomaré con calma. Trabajaré con esta chica por las noches.

– Sí, claro, como te sobra el tiempo. -Miró la pila de libros sobre el escritorio. -Me dijo tu madre que ahora estás estudiando antropología física.

– Por correspondencia, nada más. Todavía no tengo tiempo de asistir a clases.

– ¿Por qué antropología, por el amor de Dios? ¿No tienes bastante, ya?

– Me pareció que tal vez esto podría ayudar. He tratado de averiguar todo lo posible de boca de los antropólogos con los que me ha tocado trabajar, pero todavía hay demasiadas cosas que no sé.

– Estás trabajando demasiado. Tienes la agenda completa hasta dentro de varios meses.

– No es culpa mía -replicó ella e hizo una mueca-. Fue porque tu comisionado me nombró en 60 minutos. ¿Quién le mandó abrir la boca? Ya tenía bastante trabajo sin que me cayeran todas estas cosas de otras partes del país.

– Bueno, pero recuerda quiénes son tus amigos. -Joe se dirigió a la puerta. -No vayas a mudarte a alguna prestigiosa universidad.

– Mira quién habla de universidades prestigiosas, ¡tú, que fuiste a Harvard!

– Eso fue hace una vida. Ahora soy un buen muchacho del sur. Sigue mi ejemplo y quédate donde te corresponde estar.

– No voy a ir a ninguna parte. -Eve se puso de pie y colocó el cráneo sobre la repisa que estaba arriba de su mesa de trabajo. – Salvo a almorzar con Diane el martes que viene, si acepta. ¿Quieres preguntarle?

– Pregúntaselo tú. Yo no voy a hacer de mensajero otra vez. Bastantes problemas tengo ya. No es fácil para ella estar casada con un policía. -Se detuvo en la puerta. -Vete a dormir, Eve. Están muertos. Todos están muertos. No les va a pasar nada si duermes unas cuantas horas.

– No seas tonto. Ya lo sé. Me hablas como si fuera neurótica o algo así. Es sólo que me parece poco profesional dejar de lado un trabajo.

– Sí, claro. -Vaciló. -¿Has recibido algún llamado de John Logan?

– ¿Quién?

– Logan. De Computadoras Logan. Es un multimillonario que le pisa los talones a Bill Gates. Últimamente ha estado en todas las noticias debido al programa para recaudar fondos para los republicanos que ha estado haciendo en Hollywood.

Ella se encogió de hombros.

– Sabes que apenas si sigo las noticias. -Pero recordaba haber visto una fotografía de Logan, tal vez en el periódico del domingo anterior. Tenía alrededor de cuarenta años, ostentaba un bronceado californiano y pelo oscuro muy corto, con las sienes salpicadas de gris. En la foto le sonreía a una actriz rubia. ¿Sharon Stone? No podía recordarlo. -No, no me llamó para pedirme dinero y si me lo pidiera, no se lo daría. Voto a los independientes. -Su mirada se posó sobre la computadora. -Es una Logan. Es una buena máquina y es lo más cerca que estuve del magnate. ¿Por qué me lo preguntas?

– Ha estado haciendo averiguaciones sobre ti.

– ¿Qué?

– No en persona, sino a través de un poderoso abogado de la Costa Oeste, Ken Novak. Cuando me lo contaron en el Departamento de Policía, me puse a investigar un poco y estoy casi seguro de que detrás de él está Logan.

– No creo. -Eve sonrió. -No tiene sentido.

– Ya has trabajado en investigaciones privadas -bromeó Joe-. Un tipo en la posición de él debe de haber dejado un reguero de cadáveres en el camino a la cima. Tal vez haya olvidado dónde los enterró.

– Ja, ja, qué gracioso. -Eve se frotó la nuca con gesto cansado. – ¿El abogado obtuvo su informe?

– ¿Qué crees? Sabemos muy bien cómo cuidar a nuestra gente. Avísame si consigue tu número particular y empieza a molestarte. Nos vemos. -La puerta se cerró detrás de él.

Sí. Joe la protegería como siempre lo había hecho, y no había nadie que lo hiciera mejor. Había cambiado desde que se conocieron, años atrás. El tiempo le había borrado a martillazos el aire de niño. Poco después de la ejecución de Fraser renunció a su puesto de agente del FBI y se unió al Departamento de Policía de Atlanta, donde ahora era teniente detective. En realidad, nunca le contó por qué lo había hecho. Eve se lo había preguntado, pero la respuesta de él -que deseaba quitarse de encima la presión del FBI- nunca la dejó satisfecha. Joe era una persona reservada y ella no había querido presionar. Lo que sabía con certeza era que siempre podía contar con él.

Aun aquella noche en la cárcel cuando se sintió más sola que nunca.

No quería pensar en esa noche, dentro de ella la desesperación y el dolor seguían en carne viva…

Pues pensaría en eso de todos modos. Había aprendido que la única forma de sobrevivir al dolor era enfrentarlo de lleno.

Fraser estaba muerto.

Y Bonnie, perdida.

Cerró los ojos y dejó que la oleada de dolor y sufrimiento la envolviera. Cuando pasó, los abrió y se acercó a la computadora. El trabajo siempre la ayudaba. Tal vez hubiera perdido a Bonnie para siempre, sin posibilidad alguna de encontrarla, pero había otros…

– ¿Te trajeron otro? -Sandra Duncan apareció en la puerta, con pijama y su bata preferida de lana rosada. Tenía la vista fija en el cráneo sobre la repisa. -Me pareció oír el ruido de un coche en la entrada. Por Dios, Joe podría dejarte un poco tranquila.

– No quiero que me dejen tranquila. -Eve volvió a sentarse frente al escritorio. -No hay problema, no es un trabajo apresurado. Vuelve a la cama, mamá.

– No, la que se tiene que ir a la cama eres tú. -Sandra Duncan se acercó al cráneo. -¿Es de una niñita?

– Preadolescente.

Hubo un silencio.

– No la vas a encontrar nunca, sabes. Bonnie no está. Acéptalo, Eve.

– Ya lo acepté. Sólo hago mi trabajo.

– Sí, claro, por supuesto.

Eve sonrió.

– Vete a dormir.

– ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Prepararte algo de comer?

– Tengo demasiado respeto por mi sistema digestivo como para permitirte sabotearlo.

– Bueno, hago lo que puedo -respondió Sandra e hizo una mueca-. Algunas personas no nacimos para cocinar.

– Tienes otros talentos.

Su madre asintió.

– Soy una buena reportera judicial y también sirvo para retar a la gente. ¿Vas a irte a la cama o tengo que hacer una manifestación? -Quince minutos más.

– Bueno, te doy quince minutos. -Se dirigió a la puerta. -Pero quiero oír cómo se cierra la puerta de tu dormitorio. -Hizo una pausa y luego prosiguió, incómoda. -Mañana no volveré a casa directamente después del trabajo. Salgo a cenar.

Eve levantó la vista, sorprendida.

– ¿Con quién?

– Con Ron Fitzgerald. Te conté de él, es un abogado de la oficina del fiscal de Distrito. Me cae bien. -Su tono de voz era casi desafiante. -Me hace reír.

– Qué bien. Me gustaría conocerlo.

– No soy como tú. Hace mucho tiempo que no salgo con un hombre y necesito tener a alguien cerca. Y tampoco soy una monja. Por Dios, ni siquiera cumplí cincuenta, todavía. Mi vida no puede detenerse sólo porque…

– ¿Por qué hablas así, como si te sintieras culpable? ¿Acaso te dije alguna vez que quería que te quedaras en casa? Tienes derecho a hacer lo que quieres.

– Es que me siento culpable. -Sandra frunció el entrecejo. -Podrías facilitarme un poco las cosas si no fueras tan dura contigo misma. Eres tú la que parece una monja.

Cielos, qué mal momento para que su madre sacara el tema. Estaba demasiado cansada como para hablar de eso.

– He salido con algunos hombres.

– Sí, hasta que la relación te empezó a obstaculizar el trabajo. Ninguna pasó de dos semanas.

– Mamá…

– Está bien, está bien. Es que pienso que es hora de que vuelvas a llevar una vida normal.

– Lo que es normal para una persona no tiene por qué serlo para otra. -Fijó la vista en la pantalla de la computadora. -Bueno, hazte humo. Quiero terminar esto antes de irme a la cama. Mañana a la noche no te olvides de contarme todo sobre la cena.

– ¿Para que puedas vivir la vida a través de mí? -dijo Sandra con un dejo de aspereza-. Entonces tal vez no te lo cuente.

– Lo harás.

– Sí, sé que lo haré. -Su madre suspiró. -Buenas noches, Eve.

– Hasta mañana, mamá.

Eve se echó hacia atrás en la silla. Debió haberse dado cuenta de que su madre se estaba sintiendo inquieta y disconforme. La inestabilidad emocional era siempre señal de peligro para un adicto en camino de recuperación. Pero, diablos, ella no había tocado la droga desde el segundo cumpleaños de Bonnie. Otro regalo que había traído Bonnie cuando llegó a sus vidas.

Tal vez estuviera exagerando el problema. El hecho de criarse con una adicta la había vuelto sumamente suspicaz. Era normal y saludable que su madre se sintiera así. Lo mejor que le podía pasar era embarcarse en una relación amorosa sólida.

Bien, entonces dejaría que siguiera adelante, pero vigilaría la situación de cerca.

Eve estaba mirando la pantalla sin ver. Ya había hecho demasiado por hoy. Casi no quedaban dudas de que el cráneo pertenecía al pequeño Bobby Starnes.

Al salir del programa para apagar la computadora, vio el logotipo de Logan. Qué curioso cómo uno nunca prestaba atención a esas cosas. ¿Por qué diablos estaría Logan haciendo averiguaciones sobre ella? Seguro que no era cierto. Tenía que tratarse de un error. Su vida y la de Logan estaban en los extremos opuestos del espectro.

Se puso de pie y movió los hombros para aflojar la tensión. Empaquetaría el cráneo de Bobby, lo llevaría hasta la casa, junto con el informe, y los despacharía mañana por la mañana. No le gustaba tener más de un cráneo en el laboratorio al mismo tiempo. Joe se reía de ella, pero a Eve le parecía que no podía concentrarse completamente en el trabajo si veía otro cráneo esperando en silencio. De modo que enviaría el cráneo de Bobby y el informe a Chicago por expreso y en dos días sus padres sabrían que su hijo había vuelto a casa, que ya no era uno de los perdidos.

Déjala ir, Eve.

Su madre no comprendía que la búsqueda de Bonnie se había entretejido en la trama de su vida. Eve ya no podía distinguir cuál era el hilo de Bonnie y cuáles eran los de los otros perdidos. Y eso la volvía mucho más inestable que su madre, pensó con pesar.

Atravesó la habitación y se detuvo delante de la repisa donde estaba el cráneo nuevo.

– ¿Qué sucedió contigo? -murmuró, mientras le quitaba la etiqueta de identificación y la arrojaba sobre la mesa de trabajo. -¿Fue un accidente? ¿Un asesinato?

Ojalá no haya sido un asesinato, pero en estos casos, por lo general se trataba de una muerte violenta. Le hacía mal pensar en el terror que habría experimentado la chiquilla antes de morir.

La muerte de una criatura.

Alguien había acunado a esta niña, la había observado dar sus primeros pasos. Ojalá la hubieran amado y hecho feliz antes de que terminara en ese hoyo en el bosque.

Le tocó suavemente el pómulo.

– No sé quién eres. ¿Te importa si te llamo Mandy? Siempre me gustó ese nombre. -Santo Cielo, estaba hablando con un esqueleto… ¿Y se preocupaba por la cordura de su madre? Bueno, tal vez fuera extraño, pero siempre le había parecido una falta de respeto tratar a los cráneos como si no tuvieran identidad. Esta chica había vivido, había reído, había amado. Se merecía algo más que un tratamiento impersonal.

– Ten paciencia, Mandy -susurró Eve-. Mañana tomaré las medidas y pronto comenzaré a esculpir. Te encontraré, ya verás. Te traeré a casa.

MONTERREY, ESTADO DE CALIFORNIA

– ¿Seguro que es la mejor opción? -La mirada de John Logan estaba fija en la pantalla del televisor, que mostraba un vídeo de la escena en el portón de la prisión. -No parece muy cuerda. Tengo demasiados problemas como para, además, tener que tratar con una mujer que no las tiene todas consigo.

– Caramba, qué ser humano tan cálido y considerado eres – murmuró Ken Novak-. Creo que la mujer tiene motivos para mostrarse un poco alterada. Esa noche ejecutaron al asesino de su hijita.

– Entonces tendría que haber estado saltando de felicidad y ofreciéndose para bajar la palanca. Así me hubiera sentido yo. En cambio, le suplica al gobernador que aplace la ejecución.

– A Fraser lo procesaron por el asesinato de Teddy Simes. Lo atraparon casi en el momento del asesinato y no tuvo tiempo de deshacerse del cuerpo. Pero confesó haber asesinado a once niños más, entre los cuales estaba Bonnie Duncan. Dio detalles que dejaron bien en claro que él era el asesino, pero no dijo qué había hecho con los cuerpos.

– ¿Por qué?

– No tengo idea. El hijo de puta estaba más loco que una cabra. ¿Habrá sido un último acto de malicia? El bastardo ni siquiera apeló la sentencia de muerte. Eve Duncan estaba fuera de sí. No quería que lo ejecutaran hasta que no dijera dónde estaba su hija. Tenía miedo de no encontrarla nunca.

– ¿Y la encontró?

– No.

Novak tomó el control remoto y congeló una escena.

– Ese es Joe Quinn. Hijo de padres ricos, estudió en Harvard. Todos creían que sería abogado, pero entró a trabajar para el FBI. Investigó el caso de Bonnie Duncan con el Departamento de Policía de Atlanta, y ahora es detective en esa fuerza. Él y Eve Duncan se han hecho amigos.

Quinn parecía tener unos veintiséis años en el vídeo. Cara cuadrada, boca ancha e inteligentes ojos oscuros bien separados.

– ¿Nada más que amigos?

Novak asintió.

– No tenemos información sobre si hubo una relación entre ellos. Eve Duncan fue testigo en el casamiento de él hace tres años. En los últimos ocho años, ella ha tenido un par de relaciones estables, pero nada serio. Es adicta al trabajo y eso no ayuda a formar relaciones personales enriquecedoras -acotó mirando a Logan con intención-. ¿No te parece?

Logan pasó por alto el comentario y echó un vistazo al informe que tenía sobre el escritorio.

– ¿La madre es adicta?

– Ya no. Hace años que no toca nada de droga.

– ¿Y qué me dices de Eve Duncan?

– Nunca se drogó, lo que resulta asombroso. Casi todo el barrio aspiraba o se daba con algo, hasta la propia madre. Su madre fue hija ilegítima y tuvo a Eve a los quince años. Vivían gracias a la asistencia social, en una de las peores partes de la ciudad. Eve tuvo a Bonnie a los dieciséis años.

– ¿Quién era el padre?

– No lo anotó en el certificado de nacimiento. Es evidente que él no quiso reconocer a la niña. -Oprimió el botón para volver a poner en movimiento la cinta. -Ahora viene una imagen de la niña. La CNN hizo mucha alharaca con la historia.

Bonnie Duncan. La chiquilla tenía puesta una remera de Bugs Bunny, jeans y zapatillas de tenis. Su pelo rojizo era una mata de rizos y tenía pecas en la nariz. Sonreía a la cámara y su rostro estaba iluminado de alegría y picardía.

Logan se sintió asqueado. ¿Qué clase de mundo era éste en el que un monstruo podía matar a una criatura como ésa?

– Adelanta la cinta.

Novak oprimió el botón y la escena volvió a la prisión.

– ¿Qué edad tenía Eve Duncan cuando asesinaron a la pequeña?

– Veintitrés. Y su hijita, siete. A Fraser lo ejecutaron dos años más tarde.

– ¿Y la mujer se volvió loca y se obsesionó con los esqueletos?

– ¡Caray, no! -exclamó Novak con aspereza-. ¿Por qué eres tan duro con ella?

Logan se volvió a mirarlo.

– ¿Y tú por qué la defiendes tanto?

– Porque no es… Porque tiene agallas, carajo.

– ¿La admiras?

– De la cabeza a los pies -admitió Novak-. Podría haber entregado la criatura en adopción o haberse hecho un aborto. Pero no, tuvo a su hija. Podría haber vivido de la asistencia social, igual que su madre y repetido la historia. Pero no, puso a la niña en una guardería de beneficencia mientras trabajaba y tomaba cursos por correspondencia durante la noche. Casi había terminado su educación superior cuando Bonnie desapareció. -Miró a Eve Duncan en la pantalla. -Eso debería haberla matado o enviado de vuelta al pozo. Pero no. Retomó los estudios y se abrió camino en la vida. Tiene un título en Bellas Artes de la Universidad del Estado de Georgia y está matriculada como especialista en progresión cronológica por computación en el Centro Nacional de Niños Desaparecidos y Maltratados de Arlington, en el estado de Virginia. También se matriculó en reconstrucción facial en arcilla después de haberse capacitado con dos de los artistas de reconstrucción más prestigiosos del país.

– Una mujer fuerte -murmuró Logan.

– E inteligente. Hace esculturas forenses y progresión cronológica además de superposición por vídeo y por computadora. No hay muchos en su profesión que sean expertos en tantas áreas. Habrás visto en esa nota de 60 minutos cómo reconstruyó la cara de ese chico que encontraron en los pantanos de Florida.

Logan asintió.

– Fue increíble. -Su mirada volvió a posarse en el vídeo. Eve Duncan, alta y delgada, estaba enfundada en jeans y un impermeable. Se la veía increíblemente frágil. El pelo largo hasta los hombros de color castaño rojizo estaba empapado y enmarcaba un rostro pálido y ovalado en el cual se podía ver sufrimiento y desesperación. Los ojos oscuros detrás de los lentes con marco de metal reflejaban la misma soledad y angustia. Logan apartó la mirada de la pantalla.

– ¿No hay otra persona tan buena como ella?

Novak sacudió la cabeza.

– Me pediste la mejor. Y la mejor es ella. Pero puede que no te sea fácil conseguirla. Está muy ocupada y prefiere trabajar en casos de niños perdidos. Supongo que lo tuyo no tiene nada que ver con un niño.

Logan no respondió.

– Por lo general, el dinero es muy persuasivo.

– Pero tal vez no signifique demasiado para ella. Podría estar ganando mucho más si aceptara un puesto en una universidad en lugar de trabajar en forma independiente. Vive en una casa alquilada en Morningside, una zona cercana al centro de Atlanta y tiene un laboratorio en un garaje reformado, detrás de la casa.

– Quizá ninguna universidad le hizo una oferta que no pudiera rechazar.

– Es posible. No están en tu nivel. -Novak arqueó las cejas. -¿No quieres contarme para qué la necesitas, no es cierto?

– No. -Novak era reconocido por su integridad y además, sin duda, era una persona de confianza, pero no había forma de que Logan pudiera arriesgarse a confiar en él. -¿Estás seguro de que es la única?

– Es la mejor. Ya te dije que… ¿Pero, qué es lo que te preocupa?

– Nada. -No era cierto. Todo este maldito asunto de tener que elegir a Eve Duncan lo preocupaba. Ella ya era una víctima, no había por qué hacerla correr peligro otra vez.

¿Por qué vacilaba? Tenía que terminar con este asunto, sin importar quién pudiera salir lastimado. La decisión estaba tomada.

Diablos, la mujer había decidido por él al convertirse en la mejor en su profesión. Y él solamente podía conformarse con la mejor.

Aunque eso la llevara a la muerte.

Ken Novak arrojó el maletín sobre el asiento del pasajero de su coche convertible y encendió el motor. Esperó a salir de los portones de la propiedad antes de tomar el teléfono celular y llamar al número privado del Departamento del Tesoro.

Mientras aguardaba que lo comunicaran con Timwick, su mirada se posó en el Pacífico. Algún día tendría una casa como la de Logan en el Camino de las Diecisiete Millas. Su casa de Carmel era elegante y moderna, pero en nada parecida a estas mansiones. Los dueños eran la élite, los reyes de los negocios y las finanzas, los peces gordos. Y ese futuro no estaba muy lejos de sus manos. Logan había empezado con una pequeña empresa y, a fuerza de trabajar duro y seguir avanzando contra viento y marea, la había convertido en un gigante. Ahora lo tenía todo. Hacía tres años que Novak trabajaba para Logan y lo admiraba muchísimo. En ocasiones, hasta le caía bien. Logan podía ser encantador cuando quería…

– ¿Novak? -Timwick estaba en la línea.

– Acabo de volver de la casa de Logan. Creo que se decidió por Eve Duncan.

– ¿Crees? ¿No estás seguro?

– Le pregunté si quería que me pusiera en contacto con ella y me dijo que él se encargaría de todo. A menos que cambie de idea, el tema está cerrado.

– ¿Pero no te quiso decir para qué la necesita?

– No, no hubo forma de que dijera algo.

– ¿Ni aunque se trate de un asunto personal?

Novak sintió el aguijoneo de la curiosidad.

– Tiene que ser personal, ¿no crees?

– No sabemos. Según tus informes, entre los temas que él quería que se investigasen hay de todo un poco. Algunos pueden ser señuelos para despistarte.

– Puede ser. Pero a ti te parecieron suficientemente importantes como para pagarme una enorme suma a fin de que averiguara más.

– Y todavía se te pagará con más generosidad si nos das algo que podamos usar contra él. Ha recaudado demasiado dinero para el Partido Republicano en los últimos seis meses y solamente faltan cinco meses para las elecciones.

– Al menos tienes un presidente demócrata. Los índices de popularidad de Ben Chadbourne volvieron a subir este mes. ¿Crees que Logan quiere asegurarse de que los republicanos vuelvan a estar al mando del Congreso? Es posible que lo logren, de todos modos.

– O no. La próxima vez podríamos tener todo para nosotros. Necesitamos frenar en seco a Logan.

– Por eso lo quieres atrapar en algo relacionado con impuestos, echándole encima el IRS. Esa es siempre una buena forma de desacreditar a alguien.

– Pero está limpio.

Novak lo había sospechado desde un principio. Logan era demasiado listo como para dejarse atrapar con tanta facilidad. -¿Entonces vas a tener que confiar en mí, no? -No necesariamente. Tenemos otras fuentes. -Pero ninguna tan cercana a él como yo. -Te dije que se te pagaría bien.

– Estuve pensando en el dinero. Creo que prefiero cambiarlo por favores. He estado considerando la posibilidad de presentarme para vicegobernador.

– Sabes que nosotros estamos a favor de Danford.

– Pero él no los está ayudando tanto como yo.

Hubo un silencio.

– Consígueme la información que necesito y lo pensaré.

– Haré todo lo posible. -Novak cortó la comunicación. Presionar a Timwick había sido más fácil de lo que había creído. Tenía que estar realmente preocupado por la inminente elección presidencial. Demócratas o republicanos, todos estos políticos eran iguales. Una vez que le tomaban el gusto al poder se volvían adictos, y un hombre inteligente podía usar esa adicción para trepar por la escalera hasta llegar a una mansión en el Camino de las Diecisiete Millas.

Tomó la curva de la ruta y el palacete de estilo español de Logan volvió a quedar a la vista, sobre la colina. Logan no era político, era un ejemplar extraño, un verdadero patriota. Era republicano, pero Novak lo había oído elogiar al presidente demócrata por la negociación con Jordania hacía tres años.

Pero el comportamiento de los patriotas a menudo era imposible de predecir y en ocasiones, hasta peligroso.

Timwick quería atraparlo y si Novak se movía con precisión, podría cambiar esa necesidad por la mansión del gobernador. No tenía dudas de que cualquiera que fuera la tarea que Logan quería encomendarle a Eve Duncan, tenía que tratarse de algo personal. Lo había visto demasiado nervioso y reservado. Los secretos relacionados con restos óseos por lo general eran una señal bastante clara de culpabilidad. ¿Asesinato? Tal vez. Había llevado una vida bastante agitada en los primeros tiempos, cuando estaba tratando de construir su imperio. Al parecer, alguien de ese pasado movido le había causado demasiadas molestias.

Novak no había mentido en cuanto a la admiración que sentía por Eve Duncan. Siempre le habían gustado las mujeres duras, que se hacían cargo de las cosas. Esperaba no tener que terminar cercándola como a Logan. Diablos, tal vez al cercar a Logan le estuviera haciendo un favor a la mujer. Logan tenía pensado apuntar los cañones de su implacable intensidad sobre ella, y podría ser demasiado para la chica.

Rió por lo bajo al darse cuenta de cómo había racionalizado la traición hasta convertirla en galantería. Diablos, qué pedazo de abogado que era.

Pero los abogados servían a la realeza que vivía sobre esta ruta, ellos mismos no eran reyes. Tenía que ascender y dejar el puesto de asesor real.

Iba a ser lindo ser rey.

CAPITULO 02

– Estás lindísima -dijo Eve-. ¿Adónde vas esta noche?

– Tengo que encontrarme con Ron en el restaurante Anthony's. Le gusta comer ahí.

– Sandra se inclinó hacia el espejo del vestíbulo, se miró las pestañas pintadas con máscara y luego se acomodó el vestido en los hombros. -Estas hombreras malditas se me mueven para todas partes.

– Quítatelas.

– No todas tenemos hombros anchos como tú. Las necesito.

– ¿Te gusta la comida de Anthony's?

– No, es un poco demasiado extraña para mi gusto. Preferiría ir a Cheesecake Factory.

– Díselo, entonces.

– La próxima vez. Tal vez sea mejor que aprenda a que me guste. -Miró a Eve por el espejo y sonrió. -A ti te gusta aprender cosas.

– Me agrada ir a Anthony's, pero eso no quita que haya días en que quiera comer porquerías en McDonald's. -Le alcanzó la chaqueta. -Y me pelearía con cualquiera que tratara de decirme que no debería hacerlo.

– Ron no me dice nada… -Sandra se encogió de hombros. -Me cae bien. Viene de una buena familia de Charlotte. No sé si entendería la forma en que vivíamos antes… Realmente no lo sé.

– Quiero conocerlo.

– La próxima vez. Lo mirarías de arriba abajo y me sentiría como una adolescente que trae a casa a su primer novio. Eve sonrió y la abrazó.

– Estás loca. Sólo quiero asegurarme de que sea lo suficientemente bueno para ti.

– ¿Ves? -Sandra se dirigió a la puerta. -Decididamente, es el síndrome de la primera salida. Voy a llegar tarde, nos veremos luego.

Eve fue hasta la ventana y observó a su madre salir con el automóvil marcha atrás por el camino. Hacía años que no la veía tan entusiasmada y feliz.

Desde la muerte de Bonnie.

Bueno, no tenía ningún sentido quedarse mirando por la ventana con aire nostálgico. Se alegraba de que su madre tuviera un nuevo romance, pero no querría estar en su lugar. No sabría qué hacer con un hombre en su vida. No le gustaban las relaciones de una sola noche y cualquier otra cosa significaba un compromiso que no podía asumir.

Salió por la puerta trasera y bajó los escalones de la cocina. La madreselva estaba en flor y el perfume dulce la rodeó mientras caminaba por el sendero hacia el laboratorio. El aroma siempre parecía más fuerte al atardecer y por la mañana temprano. A Bonnie le encantaba la madreselva y siempre arrancaba flores del cerco, donde revoloteaban las abejas. Eve no sabía cómo hacer para detenerla antes de que la picaran.

Sonrió al recordarlo. Le había llevado mucho tiempo separar los recuerdos buenos de los malos. Al principio había tratado de salvarse del dolor cerrando su mente a cualquier recuerdo de Bonnie. Luego se había dado cuenta de que eso sería olvidarla y olvidar la dicha que había traído a su vida y a la de Sandra. Bonnie merecía más que…

– Señorita Duncan.

Eve se puso rígida y giró en redondo.

– Perdón, no fue mi intención asustarla. Soy John Logan. ¿Podría hablar con usted?

John Logan. Si no se hubiera presentado, lo hubiera reconocido por la fotografía. ¿Cómo olvidar ese bronceado californiano?, se dijo con sarcasmo. Y con ese traje gris de Armani y los mocasines de Gucci estaba más fuera de lugar en ese jardincito que un pavo real.

– No me asusté. Me sobresalté.

– Toqué el timbre. -Sonrió y se acercó. No había un gramo de grasa en su cuerpo; el hombre exudaba seguridad y encanto. A Eve nunca le habían gustado los hombres encantadores: el encanto podía esconder muchas cosas. -Supongo que no debe de haberme oído.

– No. -Sintió un repentino deseo de ponerlo incómodo. -¿Siempre se mete en propiedades privadas, señor Logan?

El sarcasmo no lo amilanó.

– Solamente cuando quiero realmente ver a alguien. ¿Podríamos ir a algún sitio a hablar? -Su mirada se posó en la puerta del laboratorio. -¿Allí es donde trabaja, no es cierto? Me gustaría ver laboratorio.

– ¿Cómo sabe que trabajo allí?

– No me lo dijeron sus amigos del Departamento de Policía de Atlanta, si es eso lo que quiere saber. Tengo entendido que se mostraron muy estrictos en cuanto a proteger su privacidad. -Se adelantó y se detuvo junto a la puerta. -¿Por favor? -dijo, sonriendo.

Era evidente que estaba acostumbrado a que todos le dijeran que sí de inmediato. Eve volvió a sentir fastidio.

– No.

La sonrisa de él se achicó apenas.

– Es posible que tenga una proposición para hacerle.

– Lo sé. ¿Si no, para qué habría venido? Pero estoy demasiado ocupada para aceptar más trabajo. Debió haber llamado antes.

– Quería conocerla en persona. -Miró en dirección al laboratorio. -Deberíamos ir ahí adentro a hablar.

– ¿Para qué?

– Me podrá dar unas respuestas sobre usted que necesito saber.

Ella se quedó mirándolo con incredulidad.

– No me estoy postulando para un puesto en una de sus empresas, señor Logan. No tengo que pasar por un examen personal. Creo que ya es hora de que se vaya.

– Deme diez minutos.

– No. Tengo que trabajar. Adiós, señor Logan.

– John. -Él sacudió la cabeza. -Me quedo.

Eve se puso rígida.

– Ni lo sueñe.

Logan se apoyó contra la pared.

– Vaya, póngase a trabajar. Me quedaré aquí hasta que esté dispuesta a verme.

– No sea ridículo. Tal vez trabaje hasta después de la medianoche.

– Entonces la veré después de la medianoche. -Ya no derrochaba encanto, sino que se mostraba distante, duro y completamente decidido.

Eve abrió la puerta.

– Váyase.

– Después de que hable conmigo. Sería mucho más fácil para usted dejar que hiciéramos las cosas a mi manera.

– No me gusta lo fácil. -Eve cerró la puerta y encendió la luz. No le gustaban las cosas fáciles ni le gustaba que le dieran órdenes hombres que se creían dueños del mundo. Sí, de acuerdo, estaba reaccionando en forma algo exagerada. Por lo general, no permitía que nadie le hiciera perder la calma y él no había hecho nada malo, salvo invadir su espacio.

Qué diablos, su espacio era algo muy importante para ella. Que el canalla se quedara allí afuera toda la noche.

Abrió la puerta a las once y treinta y cinco.

– Pase -dijo con aspereza-. No quiero que esté ahí afuera cuando vuelva mi madre. Podría asustarla. Le doy diez minutos.

– Gracias -respondió él en voz baja-. Le agradezco su consideración.

Eve no detectó sarcasmo ni ironía en la voz, lo que no significaba que no estuvieran allí.

– Lo atiendo nada más que por necesidad. Esperaba que se diera por vencido mucho antes.

– No me doy por vencido cuando necesito algo. Pero me sorprende que no haya llamado a sus amigos del Departamento de Policía para que me echaran.

– Usted es un hombre poderoso. Sin duda tiene contactos. No quería ponerlos en situación incómoda.

– Nunca culpo al mensajero. -Paseó la mirada por el laboratorio. -Tiene mucho espacio aquí. De afuera parece más pequeño.

– Antes de ser garaje era una casa utilizada para carruajes. Esta parte de la ciudad es bastante antigua.

– No es lo que me esperaba -dijo al observar el sofá tapizado en tonos de beige y ladrillo, las plantas en la ventana y las fotografías enmarcadas de su madre y Bonnie en los estantes del otro lado de la habitación-. Es… cálido.

– Odio los laboratorios fríos y estériles. No hay motivo para que no pueda haber tanto confort como eficiencia. -Se sentó frente al escritorio. -Y bien… Hable.

– ¿Qué es eso? -Se dirigió hacia un rincón. -¿Dos cámaras de vídeo?

– Son necesarias para la superposición.

– ¿Qué es eso? Es interesante. -Su atención se había fijado en el cráneo de Mandy. -Esto parece sacado de una de esas películas de vudú, con todas esas agujas clavadas.

– Lo estoy marcando para indicar los diferentes grosores de piel.

– ¿Es necesario hacerlo antes de…?

– Hable.

Logan volvió y se sentó junto al escritorio.

– Me gustaría contratarla para que identificara un cráneo.

Eve negó con la cabeza.

– Soy buena en esto, pero la única forma segura de identificación son los registros dentales y el ADN.

– Ambas cosas requieren elementos con qué compararlos. No puedo tomar esa ruta hasta estar casi completamente seguro.

– ¿Por qué?

– Causaría dificultades.

– ¿Se trata de un chico?

– No, de un hombre.

– ¿Y no tiene idea de quién es?

– Tengo una vaga idea.

– ¿Pero no me lo va a decir?

Logan negó con la cabeza.

– ¿Tiene fotografías?

– Sí, pero no se las voy a mostrar. Quiero que empiece de cero y no que construya la cara que cree que está allí.

– ¿Dónde se encontraron los huesos?

– En Maryland, creo.

– ¿No lo sabe?

– Todavía no. -Sonrió. -Todavía no han sido hallados.

– ¿Entonces qué está haciendo aquí?

– La necesito allí, en el lugar. Conmigo. Tendré que moverme con rapidez cuando encuentren el esqueleto.

– ¿Y yo tengo que interrumpir mi trabajo e ir con usted a Maryland por si acaso alguien encuentra ese esqueleto?

– Sí – respondió él con tranquilidad.

– Qué disparate.

– Quinientos mil dólares por dos semanas de trabajo.

– ¿Qué?

– Como dijo antes, su trabajo es valioso. Tengo entendido que esta casa es alquilada. Podría comprarla y le sobraría dinero. Sólo tiene que darme dos semanas.

– ¿Cómo sabe que alquilo la casa?

– Hay otra gente que no es tan fiel como sus amigos del Departamento de Policía. -La miró a la cara. -No le gusta que hagan expedientes sobre usted.

– Claro que no.

– No la culpo, a mí tampoco me gustaría.

– Pero lo hizo de todos modos.

Logan repitió las palabras que ella había utilizado con él.

– Lo hice por necesidad. Tenía que saber con quién estaba tratando.

– Entonces malgastó su esfuerzo. Porque no va a tratar conmigo.

– ¿El dinero no la atrae?

– ¿Cree que soy loca? Claro que me atrae. Crecí en la más absoluta pobreza. Pero mi vida no gira alrededor del dinero. Últimamente puedo darme el lujo de elegir los trabajos que quiero hacer y no quiero hacer el suyo.

– ¿Por qué?

– Porque no me interesa.

– ¿Y porque no se trata de una criatura?

– En parte.

– Hay otras víctimas aparte de los chicos.

– Pero ninguna tan indefensa. -Hizo una pausa. -¿Su hombre es una víctima?

– Puede ser.

– ¿De asesinato?

El vaciló un instante y luego respondió:

– Es probable.

– ¿Y usted se sienta aquí y me pide que lo acompañe al lugar de un asesinato? ¿Qué le hace creer que no voy a llamar a la policía para decirles que John Logan está involucrado en un asesinato?

El sonrió apenas.

– Yo lo negaría, por supuesto. Les diría que quería que usted examinara los restos de ese criminal de guerra nazi que apareció enterrado en Bolivia. -Dejó que transcurrieran unos instantes. -Y luego utilizaría todos mis contactos para que sus amigos del Departamento de Policía de Atlanta quedaran como unos tontos o hasta como unos delincuentes.

– Hace un momento usted dijo que nunca culpaba al mensajero.

– Pero eso fue antes de darme cuenta de cuánto le molestaría a usted. Es evidente que la lealtad es recíproca. Uno utiliza todas las armas que tiene a mano.

Sí, él sería capaz de hacer algo así, se dijo Eve. Se había dado cuenta de que mientras hablaban, él no dejaba de observarla y de sopesar cada presunta y cada respuesta.

– Pero no quiero hacerlo -le aseguró Logan-. Estoy tratando es ser lo más sincero posible con usted. Podría haber mentido.

– La omisión también es una mentira y usted no me está diciendo prácticamente nada. -Eve lo miró a los ojos. -No confío en usted, señor Logan. ¿Cree que es la primera vez que alguien como usted me ha venido a pedir que verifique un esqueleto? El año pasado me hizo una visita un tal señor Damaro. Me ofreció un montón de dinero para ir a Florida a esculpir una cara sobre un cráneo que por casualidad tenía en su posesión. Dijo que se lo había mandado un amigo desde Nueva Guinea. Se suponía que era un hallazgo antropológico. Llamé al Departamento de Policía de Atlanta y resultó que el señor Damaro era realmente Juan Camez, un traficante de drogas de Miami. Su hermano había desaparecido hacía dos años y se sospechaba que una organización rival lo había matado. Le enviaron el cráneo a Camez como advertencia.

– Qué tierno. Supongo que los traficantes de drogas deben de tener sentimientos de cariño hacia sus familiares, también.

– No me parece gracioso. Dígaselo a los chicos a los que vuelven adictos a la heroína.

– No lo discuto. Pero le aseguro que no tengo conexión alguna con el crimen organizado. -Hizo una mueca. -Bueno, he hecho un par de apuestas ilegales en mi vida.

– ¿Con eso me quiere desarmar?

– Es evidente que para desarmarla a usted haría falta un acuerdo global. -Se puso de pie. -Ya pasaron mis diez minutos y no quiero excederme. La dejaré pensar en la oferta y la llamaré más adelante.

– Ya pensé en la oferta. La respuesta es no.

– Acabamos de abrir las negociaciones. Si usted no quiere pensar en el tema, lo haré yo. Tiene que haber algo que pueda ofrecerle para que quiera aceptar el trabajo. -Se quedó mirándola con los ojos entornados. -Hay algo en mí que le causa aversión. ¿Qué es?

– Nada, aparte del hecho de que tiene un cadáver de cuya existencia no quiere que nadie se entere.

– Nadie salvo usted. Lo que quiero es que usted se entere. -Sacudió la cabeza. -No, hay algo más. Dígame qué es, así lo arreglamos.

– Buenas noches, señor Logan.

– Bueno, si no puede decirme John, por lo menos no me diga señor. Que no vayan a pensar que merezco tanto respeto.

– Buenas noches, Logan.

– Buenas noches, Eve. -Se detuvo y contempló el cráneo. -Sabe una cosa, me estoy empezando a encariñar con él.

– Es una chica.

La sonrisa de Logan desapareció.

– Perdón. No quise hacerme el gracioso. Creo que todos tenemos nuestra propia forma de afrontar lo que vamos a ser después de la muerte.

– Sí, es cierto. Pero a veces nos toca afrontarlo antes de lo esperado. Mandy no tenía más de doce años.

– ¿Mandy? ¿Sabe quién era?

No había sido su intención revelar el nombre. Bueno, qué demonios, no tenía importancia.

– No, pero por lo general les pongo un nombre. ¿No se alegra de que haya rechazado su ofrecimiento? No querría a una excéntrica como yo trabajando sobre su cráneo.

– No, en absoluto, aprecio mucho a los excéntricos. La mitad de los hombres de mis grupos de ideas de San José están un poquito chiflados. -Avanzó hacia la puerta. -A propósito, esa computadora que está usando ya tiene tres años. Tenemos una versión nueva que es el doble de rápida. Le enviaré una.

– No, gracias, ésta funciona muy bien.

– Nunca rechace un soborno si no tiene que firmar sobre la línea de puntos diciendo que devolverá los favores. -Abrió la puerta. -Y nunca deje la puerta sin llave, como hizo hoy. Quién sabe quién podría haber estado esperándola aquí adentro.

– Cierro el laboratorio con llave por la noche, pero sería incómodo mantenerlo con llave todo el tiempo. Todo lo que hay adentro está asegurado y en cuanto a mí, me sé defender muy bien.

Logan sonrió.

– No lo dudo. La llamaré.

– Ya le dije que…

Estaba hablándole al aire, él ya había cerrado la puerta.

Eve soltó un suspiro de alivio. Aunque no tenía la menor duda de que volvería a saber de él. Nunca había conocido a un hombre tan decidido a obtener lo que quería. Por más que sus modales eran aterciopelados, por debajo asomaba el acero. Qué demonios, ya había tratado con tipos poderosos en otras oportunidades. Lo único que tenía que hacer era mantenerse en sus trece y con el tiempo John Logan se cansaría y la dejaría en paz.

Se puso de pie y fue hasta la repisa.

– No puede ser tan inteligente, Mandy. Ni siquiera se dio cuenta de que eras una chica. -Aunque no eran muchos los que lo hubieran sabido.

Sonó el teléfono del escritorio.

¿Sería su madre? Había estado teniendo problemas con el arranque del coche, últimamente.

No era su madre.

– Recordé algo justo cuando llegaba al coche -dijo Logan-. Creo que lo arrojaré a la bolsa para que lo considere junto con el ofrecimiento inicial.

– No voy a considerar el ofrecimiento inicia.

– Quinientos mil para usted. Y quinientos mil para la Fundación Adam para Niños que han Huido o Desaparecido. Tengo entendido que cede una parte de sus honorarios a la fundación. -Su voz adquirió un tono persuasivo. -¿Tiene idea de cuántos chicos podrían ser devueltos a sus padres con esa cantidad de dinero? -Vaya si lo sabía. Ninguna oferta hubiera podido tentarla tanto como ésta. Caray, Maquiavelo podría haber tomado clases con este hombre. -Todos esos chicos. ¿No valen dos semanas de su tiempo?

Valían una década de su tiempo.

– Si significa que tengo que hacer algo ilegal, no.

– Los actos ilegales a menudo lo son a ojos de quien los mira.

– Mentira.

– Supongamos que le prometo que no tuve nada que ver con cualquier juego sucio relacionado con el cráneo.

– ¿Por qué iba a creer lo que promete?

– Haga averiguaciones. No tengo fama de mentiroso.

– La reputación no significa nada. Todo el mundo miente cuando algo es realmente importante para ellos. Trabajé mucho para hacerme una carrera y no voy a arrojarla por la borda.

Hubo un silencio.

– No puedo prometerle que no va a salir de esto sin ninguna cicatriz, pero trataré de protegerla lo más que pueda.

– Me sé cuidar sola, gracias. Lo único que tengo que hacer es decirle que no.

– ¿Pero la oferta la tentó, no es así?

Por Dios, claro que la había tentado. Y cómo.

– Setecientos cincuenta mil para la Fundación.

– No.

– La llamaré mañana. -Y cortó la comunicación.

Eve colgó. El muy ladino sabía qué botones había que apretar. Todo ese dinero dedicado a buscar a otros perdidos, otros que todavía podían estar con vida…

¿No valía la pena arriesgarse un poco con tal de poder encontrar y traer a casa a algunos? Su mirada se detuvo en la repisa. Tal vez Mandy se hubiera escapado de la casa. Y si hubiera tenido la oportunidad de volver no hubiese…

– No tendría que hacerlo, Mandy -susurró-. Podría tratarse de algo realmente turbio. La gente no suelta más de un millón de dólares así como así por algo completamente limpio. Tengo que decirle que no.

Pero Mandy no podía contestar. Ninguno de los muertos podía contestar.

Pero los vivos sí, y Logan sabía que ella iba a escuchar lo que le había dicho por teléfono.

Maldito zorro.

Logan se arrellanó en el asiento del conductor y contempló la pequeña casa revestida en madera donde vivía Eve Duncan.

¿Habría sido suficiente?

Posiblemente. No había dudas de que la había tentado. Estaba abocada a encontrar chicos perdidos y él había utilizado esa obsesión con gran habilidad.

¿En qué clase de hombre lo convertía eso?, se preguntó, cansado.

En un hombre que necesita terminar con ese asunto. Si ella no sucumbía a la oferta, mañana se la haría más irresistible todavía.

Era más dura de lo que había creído. Dura, inteligente y perceptiva. Pero tenía un talón de Aquiles.

Y él pensaba explotarlo al máximo.

– Se acaba de ir en el coche -informó Fiske por el teléfono digital-. ¿Lo sigo?

– No, ya sabemos dónde se hospeda. ¿Estuvo con Eve Duncan?

– Ella estuvo en su casa toda la noche y él se quedó más de cuatro horas.

Timwick masculló un improperio.

– Va a aceptar, entonces.

– Podría detenerla -propuso Fiske.

– Todavía no. Tiene amigos en el Departamento de Policía. No queremos hacer olas.

– ¿Y la madre?

– Podría ser. Al menos causaría un retraso. Déjame pensarlo y quédate allí. Te llamaré.

Parece una liebre asustada, pensó Fiske con desdén. Había captado el nerviosismo en la voz del otro hombre. Timwick se lo pasaba pensando, vacilando, en lugar de tomar por el camino más corto v sencillo. Uno tenía que decidir qué resultado quería obtener y después dar el paso que provocaría ese resultado. Si tuviera el poder y los recursos de Timwick, no existirían límites para lo que él podría hacer. Aunque no quería el trabajo de Timwick. Le gustaba lo que hacía. No eran muchos los que encontraban su nicho en la vida como había hecho él.

Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y observó la casa.

Era más de medianoche. La madre ya debía de estar por volver. Él ya se había encargado de aflojar la lámpara de luz del porche. Si Timwick llamara enseguida, tal vez no tuviera que entrar en la casa.

¿Por qué el cretino no se decidía de una vez y optaba por lo más simple e inteligente, que era dejar que él, Fiske, la matara?

CAPITULO 03

– Sabes que vas a terminar haciéndolo, mamá -decía Bonnie-. No entiendo por qué te preocupas tanto.

Eve se incorporó en la cama y miró hacia el asiento debajo de la ventana. Cuando venía, Bonnie siempre se sentaba en el asiento bajo la ventana, con las piernas enfundadas en jeans cruzadas con displicencia.

– No voy a hacer nada.

– No podrás evitarlo, créeme.

– Puesto que solamente eres un sueño, no puedes saber más de lo que sé yo.

Bonnie suspiró.

– No soy un sueño, soy un fantasma, mamá. ¿Qué tengo que hacer para convencerte? No tendría que resultar tan difícil ser un fantasma.

– Dime dónde estás, entonces.

– No sé dónde me enterró. Yo ya no estaba allí.

– Claro, qué convincente.

– Mandy tampoco lo sabe. Pero te aprecia.

– ¿Si está allí contigo, por qué no me dices su verdadero nombre?

– Los nombres ya no nos importan, mamá.

– A mí sí me importan.

Bonnie sonrió.

– Porque necesitas darle un nombre al cariño. Realmente no es necesario.

– Todo muy profundo para una chiquilla de siete años.

– Oh, por favor, ya pasaron diez años. Deja de tratar de atraparme. ¿Quién te dijo que los fantasmas no crecen? No me iba a quedar con siete años para siempre.

– Estás igual.

– Porque soy lo que quieres ver. -Se apoyó contra la pared junto a la ventana. -Estás trabajando demasiado, mamá. Me preocupo por ti. Tal vez este trabajo con Logan te haga bien.

– No lo voy a aceptar. -Bonnie sonrió. -Te aseguro que no lo voy a aceptar.

– Como quieras. -Bonnie miraba por la ventana. -Estuviste pensando en mí y en la madreselva esta noche. Me gusta cuando te sientes bien con respecto a mí.

– Ya me lo has dicho antes.

– Entonces te lo repito. Al principio sufrías tanto, que ni siquiera podía acercarme a ti.

– No estás cerca de mí ahora tampoco. No eres más que un sueño.

– ¿Un sueño? -Bonnie la miró y su rostro se encendió con una sonrisa llena de amor. -¿Entonces no te molesta que tu sueño se quede un rato más? A veces te extraño tanto, mamá.

Bonnie, mi amor, aquí.

Oh, Dios, aquí.

Qué importaba que fuera un sueño.

– Sí, quédate -susurró-. Quédate, por favor, mi amor.

El sol entraba por la ventana cuando Eve abrió los ojos a la mañana siguiente. Echó un vistazo al reloj y se incorporó de inmediato. Eran casi las ocho y media y siempre se levantaba a las siete. Lo extraño era que mamá no hubiera venido a ver por qué no se levantaba.

Bajó los pies al suelo y se encaminó por el corredor hacia la ducha, sintiéndose descansada y optimista como sucedía siempre que soñaba con Bonnie. Un psiquiatra se haría un picnic con esos sueños, pero a Eve no le importaba nada. Había empezado a soñar con Bonnie tres años después de su muerte. Los sueños venían con frecuencia, pero no había forma de decir cuándo los tendría o qué era lo que los provocaba. ¿Tal vez cuando tenía un problema y necesitaba resolverlo? De cualquier modo, el efecto era siempre positivo. Cuando despertaba, se sentía serena y capaz, como hoy, segura de poder llevarse el mundo por adelante.

Y a John Logan también.

Se vistió rápidamente con jeans y una camisa blanca suelta, el uniforme que usaba para trabajar y bajó la escalera corriendo.

– Mamá, me quedé dormida. ¿Por qué no me…?

No había nadie en la cocina. No había aroma a panceta, no había sartenes sobre las hornallas… La habitación estaba igual que cuando había estado allí a la medianoche.

Y, cuando Eve se acostó, Sandra no había llegado todavía. Miró por la ventana y sintió una oleada de alivio. El coche de su madre estaba en la entrada, en el lugar de siempre.

Seguramente había llegado tarde y se había quedado dormida ella también. Era sábado y no tenía que trabajar.

Iba a tener que ser cuidadosa y no decirle que se había preocupado, pensó Eve con pesar. Sandra había notado la tendencia que tenía Eve hacia la sobreprotección y tenía todo el derecho del mundo de molestarse ante esa actitud.

Se sirvió un vaso de jugo de naranja de la heladera, tomó el teléfono que estaba en la pared y marcó el número de Joe en el Departamento de Policía.

– Diane dice que no la llamaste -le informó él-. Deberías de estar llamándola a ella, no a mí.

– Esta tarde, te lo prometo. -Se sentó a la mesa de la cocina. -Cuéntame de John Logan.

– Hubo un silencio del otro lado de la línea.

– ¿Se puso en contacto contigo?

– Anoche.

– ¿Te ofreció un trabajo?

– Sí.

– ¿Qué clase de trabajo?

– No sé. No me quiere decir casi nada.

– Bueno, si me llamaste es porque lo estás pensando. ¿Qué te puso de carnada?

– La Fundación Adam.

– ¡Ay, diablos, cómo te investigó!

– Es astuto. Quiero saber cuan astuto. -Bebió un sorbo de jugo de naranja. -Y también si es honesto.

– En fin, digamos que no está en la misma categoría que tu traficante de drogas de Miami.

– Eso no me consuela nada. ¿Estuvo metido alguna vez en algo ilegal?

– Que yo sepa, no. Al menos aquí en este país.

– ¿Qué, no es un ciudadano estadounidense?

– Sí, pero cuando estaba formando su empresa pasó unos cuantos años en Singapur y en Tokio, tratando de mejorar sus productos y estudiando estrategias de mercado.

– Pues parece que le dio resultado. ¿Hablabas en serio cuando dijiste que era probable que hubiera dejado unos cuántos cadáveres al costado del camino?

– No, bromeaba. No sabemos mucho acerca de esos años que pasó afuera. La gente que ha estado en contacto con él es dura como el diablo y lo respeta mucho. ¿Te dice algo, eso?

– Sí, que tengo que tener cuidado.

– Exactamente. Tiene fama de ser un tipo que va de frente; sus empleados le son muy fieles. Pero tienes que tener en cuenta que todo eso es sólo lo que se ve en la superficie.

– ¿Puedes averiguarme más detalles?

– ¿Cómo cuáles?

– Cualquier cosa. Como qué ha estado haciendo últimamente que salga de lo cotidiano, por ejemplo. ¿Puedes tratar de obtener ese tipo de información?

– Dalo por hecho. Comenzaré ahora mismo. -Hizo una pausa. -Pero no te va a salir barato. Esta misma tarde la llamarás a Diane y te vienes a la casa del lago con nosotros el fin de semana que viene.

– No tengo tiempo para… -Suspiró. -Muy bien, iré.

– Y sin cráneos dando vuelta en tu maleta.

– De acuerdo.

– Y dispuesta a pasarlo bien.

– Siempre lo paso bien contigo y con Diane. Pero no sé por qué se toman tantas molestias conmigo.

– Se llama amistad. ¿Conoces esa palabra?

– Sí, gracias, Joe.

– ¿Por qué me agradeces, por sacar al sol los trapitos sucios de Logan?

– No. -Por haber sido el único que había puesto freno a la locura que la había acechado durante tantas noches de horror, por todos los años de trabajo y compañerismo que habían seguido. Carraspeó. -Gracias por ser mi amigo.

– Bueno, como soy tu amigo, te aconsejo que te muevas con mucho cuidado en lo que respecta al señor Logan.

– Es una cantidad enorme de dinero para los niños, Joe.

– Qué bien supo atacar por tu flanco débil para poder manejarte.

– No me maneja. Todavía no tomé ninguna decisión. -Terminó el jugo de naranja. -Tengo que ponerme a trabajar. ¿Me avisarás cuando sepas algo?

– Por supuesto.

Eve colgó y enjuagó el vaso.

¿Café?

No, se prepararía una jarra en el laboratorio. Durante los fines de semana, por lo general mamá venía a tomar café con ella durante la mañana. Era un agradable recreo para ambas.

Tomó la llave del laboratorio del recipiente azul que estaba sobre la mesada, bajó corriendo los escalones del porche y se encaminó hacia el laboratorio.

Basta de pensar en Logan. Tenía trabajo que hacer. Tenía que terminar con la cabeza de Mandy y tenía que revisar el paquete que el Departamento de Policía de Los Ángeles le había enviado la semana pasada.

Logan iba a llamar o a pasar por su casa hoy mismo. No tenía la menor duda. Bueno, que viniera y hablara todo lo que quisiera. No obtendría ninguna respuesta. Tenía que averiguar más sobre…

La puerta del laboratorio estaba entreabierta.

Se quedó paralizada en el sendero.

Estaba segura de que la había cerrado la noche anterior como hacía siempre. La llave había estado en el recipiente azul, donde la dejaba siempre.

¿Mamá?

No, el batiente de la puerta estaba astillado, como si alguien hubiese forzado la cerradura. Tenía que haber sido un ladrón.

Abrió la puerta lentamente.

Sangre.

Dios Santo, sangre por todas partes…

En las paredes.

En los estantes.

Sobre el escritorio.

Los estantes de la biblioteca habían sido arrojados al suelo y despedazados. El sofá estaba patas arriba, los vidrios de las fotografías enmarcadas estaban destrozados.

Y la sangre…

El corazón se le fue a la garganta.

¿Mamá? ¿Habría entrado al laboratorio y sorprendido al ladrón?

Se lanzó hacia delante, con el pecho cerrado por el pánico.

– ¡Por Dios, es Tom-Tom!

Eve giró en redondo y vio a su madre de pie en la puerta. Sintió tanto alivio que se le aflojaron las rodillas.

Su madre estaba mirando hacia un rincón de la habitación.

– ¿Quién pudo hacerle eso a un pobre gatito?

Eve siguió su mirada y el estómago se le dio vuelta. El gato persa estaba bañado en sangre y era casi imposible reconocerlo. Tom-Tom pertenecía a una vecina, pero pasaba mucho tiempo en el jardín de ellas, persiguiendo a los pájaros que atraía la madreselva.

– La señora Dobbins se va a morir de pena. -La madre de Eve entró en el laboratorio. -Ese gato viejo era lo único que quería en el mundo. ¿Por qué habrán…? -Sus ojos se posaron en el suelo, junto al escritorio.

– ¡Ay, Eve, cuánto lo siento! Todo tu trabajo…

La computadora estaba destrozada y junto a ella se veía el cráneo de Mandy, hecho pedazos con la misma crueldad y eficiencia que habían sido utilizadas en todos los demás objetos de la habitación.

Eve se arrodilló junto a los trozos de cráneo. Solamente por milagro iba a poder armarlo de nuevo.

Mandy… Perdida. Tal vez para siempre.

– ¿Se llevaron algo? -preguntó Sandra.

– Creo que no. -Cerró los ojos. Mandy… -Solamente destrozaron todo.

– ¿Vándalos? Pero los muchachos del vecindario son tan agradables… No creo que…

– No. -Eve abrió los ojos. -¿Puedes ir a llamar a Joe, mamá? Dile que venga enseguida. -Miró el gato y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tenía casi diecinueve años y merecía una muerte más benigna. -Y consigue una caja y una sábana. Mientras esperamos, le llevaremos a Tom-Tom a la señora Dobbins y la ayudaremos a enterrarlo. Le diremos que lo atropello un coche. Es mejor que contarle que un salvaje demente hizo esto.

– De acuerdo.

Sandra se apresuró a salir.

Un salvaje demente.

La destrucción era salvaje, pero no era ni demencial ni había sido hecha al azar. Era completa y sistemática. Quienquiera que hubiera hecho esto había querido asustarla y perjudicarla.

Acarició un trozo del cráneo de Mandy. La violencia había afectado a la chiquilla aun en la muerte. No tendría que haberle sucedido, como tampoco tenía que haber muerto ese pobre gato con tanta brutalidad. Estaba mal, muy mal.

Recogió con cuidado los trozos del cráneo, pero no tenía dónde ponerlos. La repisa del otro extremo de la habitación estaba destrozada, como todo lo demás. Dejó los trozos sobre el escritorio ensangrentado.

¿Pero por qué estaba el cráneo de este lado de la habitación? Se preguntó de pronto. El vándalo lo había llevado hasta allí en forma deliberada antes de destrozarlo. ¿Por qué?

El pensamiento desapareció de su cabeza cuando vio que del cajón superior del escritorio chorreaba sangre.

¡Ay, Dios!, ¿más, todavía?

No quería abrir el cajón, no lo iba a abrir.

Lo abrió.

Lanzó un grito y saltó hacia atrás.

Adentro había un río de sangre y en el medio de un charco pegajoso, una rata muerta.

Cerró el cajón con violencia.

– Traje la caja y la sábana. -Su madre había vuelto a aparecer. -¿Quieres que lo haga yo?

Eve negó con la cabeza. Sandra tenía aspecto de estar a punto de descomponerse, igual que ella.

– No, lo haré yo. ¿Joe va a venir?

– De inmediato.

Eve tomó la sábana, juntó coraje y avanzó hacia el gato. Todo va a estar bien, Tom-Tom. Te vamos a llevar a casa.

Joe se encontró con ella en la puerta del laboratorio dos horas más tarde. Después de echar una mirada, le alcanzó un pañuelo.

– Tienes una mancha en la mejilla.

– Acabamos de enterrar a Tom-Tom. -Eve se secó las lágrimas de la cara. -Mamá sigue allí con la señora Dobbins. Pobre, amaba ese gato. Era como un hijo para ella.

– A mí me darían ganas de matar a alguien si le hicieran algo a mi perro. -Joe sacudió la cabeza. -Echamos polvo por todas partes, pero no pudimos recoger huellas digitales. Sin duda tenía guantes. Lo que sí descubrimos fueron pisadas parciales en la sangre. Grandes, probablemente de un hombre y solamente un juego, así que apostaría a que fue un solo tipo. -¿Notaste que faltara algo?

– No, parecería que no. Todo está… Destrozado.

– No me gusta. -Joe miró los escombros por encima de su hombro. -Alguien se tomó su tiempo para hacer bien el trabajo. Se ensañó con todo, no parece algo hecho al azar.

– Yo pensé lo mismo. Alguien quiso perjudicarme.

– ¿Hay muchachones en el vecindario?

– No sospecharía de ellos. Esto es algo muy frío.

– ¿Llamaste a la compañía de seguros?

– Todavía no.

– Tendrías que hacerlo.

Eve asintió. Apenas el día anterior le había dicho a Logan que no le preocupaba dejar el laboratorio abierto. No había imaginado que pudiera suceder algo así.

– Me siento muy mal, Joe.

– Te entiendo. -Le tomó la mano y se la apretó con fuerza, para tranquilizarla. -Voy a poner un patrullero a vigilar la casa. ¿O qué te parece si tú y tu mamá vienen a casa por unos días?

Eve negó con la cabeza.

– De acuerdo. -Vaciló. -Tengo que volver al Departamento. Quiero revisar registros, ver si hubo delitos parecidos últimamente en la zona. ¿Podrás arreglártelas sin mí?

– Sí, me las arreglaré. Gracias por venir, Joe.

– Ojalá pudiera hacer más. Interrogaremos a los vecinos para ver si nos enteramos de algo.

Eve asintió.

– Pero no mandes a nadie a casa de la señora Dobbins.

– Muy bien. Si me necesitas, llámame.

Ella se quedó mirándolo alejarse, luego se volvió hacia el laboratorio. No quería entrar. No quería volver a ver esa violencia y ese horror.

Pero tenía que hacerlo. Tenía que asegurarse de que no faltara nada y luego llamar a la compañía aseguradora. Juntó fuerzas y entró. La sangre la volvió a golpear como un mazazo. Dios, qué miedo había tenido de que esa sangre fuera de su madre.

Gatos muertos, ratas deshechas y sangre. Tanta sangre.

Salió corriendo por la puerta y se dejó caer sobre el escalón de entrada. Qué frío. Se sentía helada. Cruzó los brazos alrededor del cuerpo en un intento vano por alejar el frío.

– Hay un patrullero estacionado afuera. ¿Estás bien?

Levantó la vista y vio a Logan de pie a unos pasos de distancia. No podía lidiar con él ahora.

– Váyase.

El miró por detrás de ella, hacia la puerta.

– ¿Pasó algo?

– Sí.

– Enseguida vuelvo. -Pasó junto a Eve y entró en el laboratorio. Instantes después, volvió a aparecer. -Feo, muy feo.

– Mataron al gato de mi vecina. Destrozaron a Mandy.

– Vi los huesos astillados sobre el escritorio. -Hizo una pausa. -¿Fue allí donde los encontraste?

Eve negó con la cabeza.

– En el suelo, junto al escritorio.

– ¿Pero a ti y a tu madre no les pasó nada?

¿Dios, por qué no podía parar de temblar?

– Váyase, no quiero hablar con usted.

– ¿Dónde está tu madre?

– En lo de la señora Dobbins. Era su gato… Váyase.

– No me voy a ir hasta que venga alguien a encargarse de ti. -La hizo levantarse. -Vamos a la casa.

– No necesito que nadie se encargue… -La estaba arrastrando a medias por el sendero. -¡Suélteme, no me toque!

– Sí, sí, no bien te haga entrar y tomar algo caliente.

Eve apartó su brazo con violencia.

– No tengo tiempo de sentarme a tomar café. Tengo que llamar a la compañía de seguros.

– Lo haré yo. -La empujó suavemente escalones arriba y la hizo entrar en la cocina. -Me encargaré de todo.

– No quiero que se encargue de nada. Quiero que se vaya.

– Entonces cállate un instante mientras te preparo algo para tomar. -La sentó en una silla frente a la mesa. -Es la forma más fácil de deshacerte de mí.

– No me quiero sentar… -Eve se dio por vencida. No estaba con fuerzas para pelear. -Apúrese, entonces.

– Sí, señora. -Logan se volvió hacia los armarios. -¿Dónde está el café?

– En el tarro azul sobre la mesada.

Él puso agua dentro de la jarra de vidrio.

– ¿Cuándo sucedió?

– Anoche. Después de medianoche.

– ¿Cerraste el laboratorio con llave?

– ¡Por supuesto!

– Bueno, tranquila. -Midió el café y lo puso en la cafetera eléctrica. -¿No oíste nada?

– No.

– Qué extraño, con todo lo que rompieron.

– Joe dijo que el que lo hizo sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Logan se concentró en la cafetera.

– ¿Tienen idea de quién puede haber sido?

Ella sacudió la cabeza.

– No había huellas. Debe de haber llevado guantes.

Logan tomó un saco de una percha en la puerta del lavadero.

– Guantes. Entonces no eran aficionados.

– Ya le dije que no.

Le colocó el saco sobre los hombros.

– Es cierto.

– Este saco es de mi madre.

– Bueno, pero lo necesitas. No creo que a ella le moleste.

Lo necesitaba, sí. No podía dejar de temblar.

Logan tomó el teléfono.

– ¿Qué hace?

– Voy a llamar a mi asistente personal, Margaret Wilson. ¿Cómo se llama la compañía de seguros?

– Security America, pero no quiero que…

– Hola, Margaret, habla John -dijo él por el teléfono-. Necesito que… Sí, ya sé que es sábado. -Escuchó con paciencia. -Sí, Margaret, sé que es un abuso y te agradezco mucho tu paciencia. ¿Ahora puedes callarte un minuto y dejarme decirte lo que necesito?

Eve lo miró, azorada. No había sabido muy bien qué esperar, pero por cierto no era ver a Logan sermoneado por una de sus empleadas.

Él le hizo una mueca, mientras seguía escuchando a su interlocutora.

– ¿Ahora? -repitió por el teléfono.

Al parecer, esta vez la respuesta fue afirmativa, pues él dijo:

– Hay que hacer un informe para Security America a nombre de Eve Duncan. -Deletreó el apellido. -Entrada por la fuerza, vandalismo y posible robo. Si necesitas detalles o verificación de algo, llama a Joe Quinn, del Departamento Policial de Atlanta. Quiero que venga un investigador de reclamos ya mismo y contrata también un equipo de limpieza. Quiero que el laboratorio esté como nuevo antes de medianoche. -Suspiró. -No, no quiero que vueles hasta aquí y lo limpies tú, Margaret. No hace falta que te pongas sarcástica. Encárgate de todo, nada más. No quiero que a Eve Duncan la molesten para nada que no sea firmar el informe para la compañía de seguros. También quiero que consigas agentes de seguridad que vigilen la propiedad y protejan a Eve y a Sandra Duncan. Llámame si tienes algún problema. No, no es que dude de tu eficiencia, solamente quería… -Escuchó unos instantes más y luego dijo con tono gentil, pero firme: -Hasta luego, Margaret. -Colgó y buscó una taza dentro del armario. -Margaret se encargará de todo.

– No le hizo demasiada gracia.

– Le gusta hacerse rogar. Si lo hubiera hecho yo, me habría acusado de no confiar en ella lo suficiente como para encargarle las cosas. -Sirvió café caliente en la taza. -¿Leche o azúcar?

– No, negro. ¿Hace mucho que está con usted?

– Nueve años. -Logan dejó la taza delante de ella. -Tenemos que volver al laboratorio y sacar todas las cosas que no quieres que el inspector de seguros revise.

– No hay apuro. -Eve bebió un sorbo de café. -Nunca vi que las compañías de seguros actúen con tanta velocidad.

– Confía en Margaret. Alguien vendrá pronto. -Se sirvió café y se sentó frente a Eve. -Ella se lo toma como un desafío.

– Yo no la conozco a Margaret, así que no puedo confiar en ella. Como tampoco confío en usted. -Lo miró a los ojos. -Y no necesito agentes privados de seguridad aquí. Joe hizo arreglos para que nos vigilara un patrullero.

– Qué bien. Pero unas pocas precauciones adicionales no le hacen mal a nadie. Estos hombres no te causarán molestias. -La miró mientras bebía café. -Ya tienes mejor color. Pensé que te ibas a desmayar.

Realmente, Eve se sentía mejor. Ya no temblaba tanto.

– No sea ridículo, en ningún momento estuve por desmayarme. Trabajo con cosas horrendas todos los días. Estaba alterada, nada más.

– Tenías todo el derecho de estarlo y lo que sucedió, además de ser horrible, te tocó muy de cerca, lo que lo hace diferente.

Sí, su vida privada había sido serena y libre de violencia desde aquella noche en la cárcel. No había estado preparada para este brote de horror.

– Es más que eso. Me hace sentirme una víctima. Juré que nunca iba a… ¡Ay, que odio!

– Me doy cuenta.

Eve terminó el café y se puso de pie.

– Si realmente piensa que alguien de la compañía de seguros va a venir pronto, creo que me conviene ir a terminar de revisar el laboratorio.

– Tómate un poco más de tiempo. Como dijiste, tampoco hay tanta prisa.

– Quiero terminar con eso. -Se dirigió a la puerta. -Mi madre vendrá pronto y no quiero que sienta que tiene que ayudarme.

– Proteges mucho a tu madre. -La siguió escalones abajo. -¿Son muy apegadas?

– Sí. Antes no nos llevábamos tan bien, pero ahora somos buenas amigas.

– ¿Amigas?

– Me lleva solamente quince años, es casi como si hubiéramos crecido juntas. -Lo miró por encima del hombro. -No tiene por qué venir conmigo ¿sabe?

– Sí, lo sé. -Abrió la puerta del laboratorio y la dejó pasar. -Pero Margaret se pondría furiosa si la hiciera trabajar a ella y yo me quedara sin hacer nada.

CAPITULO 04

– Mucha sangre -comentó Logan sin perder la compostura-. Pero el personal de limpieza se encargará de dejar todo impecable. -Hizo un ademán hacia la pila de artículos en el suelo, junto a la biblioteca destrozada. -¿Por qué no te fijas si hay algo de allí que pueda salvarse? Veo un par de fotografías.

Eve asintió y se arrodilló junto a la biblioteca. Tuvo que admitir, sorprendida, que estar allí con Logan lo hacía más fácil. Su serenidad iluminaba la oscuridad. Cuánta sangre: había que limpiarla. Cuánta destrucción: fíjate qué se puede rescatar.

Y las fotografías de Bonnie y de su madre se podían rescatar, notó con alivio. Solamente tenían rota una punta.

– Están bien.

– Me alegro. Entonces quienquiera que hizo esto no es tan inteligente como pensé. No se dio cuenta de cómo podía lastimarte rompiendo esa foto. -Estaba junto al escritorio. -Revisaré los cajones para ver si hay…

– ¡Espere! Hay una… -Demasiado tarde. Logan había abierto el cajón donde estaba la rata muerta.

La rata había desaparecido. La policía se la debía de haber llevado, pero el cajón seguía lleno de sangre.

Logan hizo una mueca.

– Me alegro de haber abierto esto antes que los que vendrán a limpiar. Podríamos haber tenido problemas para que se quedaran. -Sacó el cajón y lo llevó a la puerta. -Voy a tirar la sangre afuera.

Ni siquiera parecía haberse sorprendido.

– Se toma todo esto como algo normal.

– Hazme acordar que te cuente lo que pasó en mi oficina después de la primera vez que adquirí una empresa. Por lo menos, aquí nadie defecó. Sigue buscando lo que se pueda salvar. Volveré enseguida.

No había mucho que revisar. Los libros tenían las hojas arrancadas, el reloj de arena que le había regalado su madre estaba roto, la base del pedestal estaba partida en dos y…

El pedestal. Mandy.

¿Por qué habían llevado a Mandy hasta el otro extremo de la habitación antes de hacerla pedazos? Eso ya le había llamado la atención antes, pero había estado demasiado aturdida como para entender. Todo los demás actos de vandalismo parecían fríamente calculados. ¿Qué sentido tenía que el cráneo…?

Se puso de pie y dio la vuelta al escritorio. El único objeto que había sido destrozado allí era la computadora. Se quedó mirando la computadora y de pronto, hizo la conexión.

– ¡Ay, Dios!

– Me parecía que ibas a entender el mensaje una vez que lo pensaras -Logan estaba en la puerta, observándola.

– Usted lo sabía.

El asintió.

– Cuando me dijiste dónde habían encontrado el cráneo, me di cuenta. Lo quisieron dejar bien en claro ¿no te parece? La computadora Logan. El cráneo. Una advertencia.

– ¿Quién pudo haber sido?

– No lo sé. Es evidente que hay alguien que no quiere que utilice tus servicios.

La mirada de Eve recorrió la habitación.

– ¿Entonces todo esto fue por eso?

– Así es.

Eve lo miró.

– ¿Y usted no pensaba decirme nada?

– Si no te dabas cuenta sola, no -respondió él sin rodeos-. Temía que te pusieras en contra de mí. Todo esto fue para asustarte, y lograron lo que querían.

Sí, vaya si la habían asustado. La habían asustado, asqueado y entristecido. Además de la destrucción de su propiedad, habían matado a Tom-Tom y le habían robado a Mandy su identidad para siempre.

Y todo para obligarla a no tomar un determinado camino. Recordó la expresión de la señora Dobbins esa mañana y sintió que ardía de furia.

– Maldito cretino -dijo con voz temblorosa por la ira-. Que se pudra en el infierno.

– Voto a favor. -Logan la miró a los ojos. -Espero que signifique algo el hecho de que lo estés maldiciendo a él y no a mí.

– Cretino desgraciado. -Eve salió del laboratorio. No recordaba haberse sentido tan furiosa con excepción del día en que atraparon a Fraser. Sentía deseos de matar a alguien. -¡Qué le importa a él! No se puede ser así. ¿Cómo pudo…? -Sabía cómo podía haberlo hecho. Seguramente era un loco de atar como Fraser. Cruel, frío y despiadado. -Quiero que pague por lo que hizo.

– Entonces averiguaré quién lo hizo -declaró Logan.

Eve giró hacia él.

– ¿Cómo puede hacerlo? ¿Acaso mintió cuando dijo que no sabía quién fue?

– No, no sé quién fue, pero sé quién fue el que, probablemente, lo contrató.

– ¿Quién?

Logan negó con la cabeza.

– No te lo puedo decir, pero averiguaré quién hizo esto. -Hizo una pausa. -Si vienes conmigo.

– Dígame quién lo contrató.

– Lo averiguarás tú misma si vienes a hacer el trabajo. ¿Por qué no vienes? Llevará tiempo armar un laboratorio nuevo. Te quedarías perdiendo el tiempo aquí. Te aumento la oferta para la Fundación Adam en doscientos mil dólares y además te agrego al mal nacido que te hizo esto.

Una idea cruzó por la mente de Eve.

– Tal vez fue usted el que hizo esto para convencerme de que acepte el trabajo.

– Demasiado riesgoso. Podrías haberte negado a dirigirme la palabra otra vez. Además, no mato animales indefensos.

– Pero está más que dispuesto a sacar provecho de lo que sucedió.

– Claro que sí. ¿Trato hecho?

Eve paseó la mirada por la habitación ensangrentada y sintió otra llamarada de ira en su interior.

– Lo pensaré.

– ¿Y si aumento la…?

– Déjese de presionar. Dije que lo pensaría.

Levantó del piso una caja en la que había habido papel para la impresora y la empezó a llenar con los fragmentos del cráneo de Mandy. Notó que todavía le temblaban las manos por la furia que sentía. Tenía que mantener la calma.

– Váyase. Lo llamaré cuando haya tomado una decisión.

– Necesito darme prisa con…

– Lo llamaré.

Sentía la mirada de Logan sobre ella. Esperó a que tratara de seguir convenciéndola.

– Estoy en el Ritz-Carlton Buckhead. -Hizo una pausa. -No debería decirte esto, pues no favorece mi posición para negociar. Pero estoy desesperado, Eve. Necesito tu ayuda en esto. No hay nada que no esté dispuesto a hacer para conseguirla. Llámame y dime cuál es tu precio. Lo pagaré.

Cuando Eve levantó la vista, él ya no estaba.

¿Qué podía llevar a un hombre como Logan a ese estado de desesperación? Hasta ese último instante había disimulado su ansiedad más que bien. Tal vez la aparente vulnerabilidad fuera una treta.

Pues bien, pensaría en eso más tarde. Ahora tenía que volver a la casa para que su madre no viniera a buscarla aquí. Recogió las fotografías y la caja donde había puesto los trozos del cráneo de Mandy y se dirigió a la puerta. Podría tratar de volver a armar el cráneo. Aun si no lograba una estructura absolutamente precisa, podría alcanzar para que la computadora obtuviera una imagen…

Otra oleada de furia e impotencia la sacudió. No iba a poder hacerlo. Joe le había dicho que no tenían idea de quién podía ser Mandy, de manera que ¿cómo iba a obtener una fotografía? Su única esperanza había sido la de construir un rostro y utilizarlo para encontrar a alguien que pudiera identificar a la niña… Y esa esperanza había sido destrozada por el canalla que había despedazado el cráneo adrede, a modo de advertencia.

– ¿Eve? -Su madre venía bajando por el sendero. -Llamó la compañía de seguros. Ahora mismo enviarán a un inspector.

– ¿De veras? -Era evidente que la Margaret de Logan se había movido con eficiencia. -¿Cómo está la señora Dobbins?

– Mejor. ¿Te parece que deberíamos conseguirle un gatito?

– No, ahora no, tal vez dentro de unos meses. Dejemos que se reponga de su dolor.

Sandra posó su mirada en el laboratorio.

– Cuánto lo siento, Eve. Todos tus archivos y tus equipos.

– Me los repondrán.

– Este es un barrio tan lindo y tranquilo. Nunca sucede esta clase de cosas. Me da un poco de miedo. -Frunció el entrecejo. -¿Crees que deberíamos poner algún sistema de seguridad?

– Ya hablaremos de eso. -Abrió la puerta de la cocina. -Hay café. ¿Quieres una taza?

– No, ya tomé una con la señora Dobbins. -Hizo una pausa. -Llamé a Ron. Me propuso que saliéramos a almorzar para distraerme. Le dije que no, por supuesto.

Pero era tan evidente que quería ir, pensó Eve. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Había tenido una mañana endiablada y necesitaba consuelo.

– No hay motivo para que no vayas. Aquí no hay nada que hacer.

– ¿Estás segura?

– Sí. Ve a llamar a Ron.

Sandra vaciló.

– Sugirió que vinieras tú también. Dijiste que querías conocerlo.

– Ahora no. Va a venir la gente de la compañía de seguros.

– Volveré enseguida.

Eve dejó la caja sobre la mesada de la cocina.

– Quédate todo lo que quieras.

Sandra sacudió la cabeza con decisión.

– Dos horas y nada más.

Esperó a que la puerta se cerrara detrás de su madre antes de dejar que su sonrisa se esfumara. Era egoísta y tonto de su parte sentirse tan abandonada. Sandra había hecho todo lo posible para ayudar. Simplemente no se daba cuenta de lo sola que se sentía Eve.

Deja de quejarte. Estás sola, es algo que ya sabes. Y en ocasiones, Sandra era más una responsabilidad que una compañera, pero no tenía problemas con eso. No iba a empezar a sentir lástima de sí misma solamente porque un delincuente había tratado de asustarla.

Fraser.

¿Por qué le venía a la mente todo el tiempo?

Porque se sentía indefensa y aterrada como en los días después que él había invadido su vida. Había matado a su hija y ella se había visto obligada a suplicar a las autoridades que no lo ejecutaran. Hasta había ido a verlo a la cárcel y le había rogado que le dijera dónde estaba Bonnie.

Y él, esbozando esa sonrisa encantadora con la que había llevado a doce niños a la muerte, había sacudido la cabeza y se había negado a responderle. El mal nacido hasta se había negado a apelar para que los libros se cerraran y nunca se encontraran los niños. Eve sintió deseos de despedazarlo con sus propias manos, pero terminó atrapada por las palabras que él se negaba a decir.

Pero ahora no estaba indefensa, tampoco tenía por qué ser una víctima. Podía actuar y eso le provocaba una intensa satisfacción. Logan podría averiguarle quién le había destrozado el laboratorio.

Si ella pagaba su precio.

¿Y estaba dispuesta a pagarlo? Antes no había estado segura. Quería pensar fría y racionalmente en la propuesta antes de darle una respuesta.

Logan, sin duda, apostaba al hecho de que no pudiera pensar en forma fría ni racional en este momento. Se aprovecharía de todas sus debilidades.

Entonces no dejes que vea debilidades en ti. Toma lo que necesites y evita las trampas. Lograrlo no era imposible. Era tan inteligente como Logan y como lo había dejado en claro, sabía cuidarse sola.

No era una víctima.

– Lo haré -anunció Eve cuando atendió el teléfono-. Pero las condiciones las pongo yo. La mitad de mis honorarios por adelantado y toda la suma de la Fundación Adam depositada en la cuenta de ellos antes de que salga de esta casa.

– Perfecto. Haré la transferencia electrónica hoy mismo.

– Quiero pruebas de que la ha hecho. Llamaré a la fundación dentro de cuatro horas y me aseguraré de que hayan recibido el depósito.

– Me parece bien.

– Y quiero que vigilen la casa y a mi madre mientras no estoy.

– Ya te dije que ibas a contar con agentes de seguridad.

– También me prometió que iba a averiguar quién destruyó mi laboratorio.

– Ya tengo a alguien trabajando en eso.

– Y si descubro que lo que estoy haciendo me convierte en cómplice de cualquier delito, no sigo.

– De acuerdo.

– Se muestra muy dócil.

– Te dije que pusieras tu precio. -¡Había aceptado! Qué diablos, si hasta le hubiera prometido la luna. -Prepara una maleta. Te pasaré a buscar a la noche.

– Siempre y cuando reciba la confirmación de la Fundación Adam.

– Por supuesto.

– Y tengo que decirle a mi madre adónde vamos.

– Dile que irás de un lado a otro y que la llamarás noche por medio.

– ¿Y es cierto? ¿Iré de un lado a otro?

– Es probable. Estaré allí para las diez de la noche.

Logan cortó. ¡Fantástico! La había conseguido. Después de conocer a Eve y evaluar su resistencia, había creído que le llevaría mucho más tiempo. Todavía podría haber estado discutiendo con ella si el hecho de que le hubieran destrozado el laboratorio no la hubiera puesto tan furiosa. Quizá tuviera que agradecer a ese canalla de Timwick. Autorizar esa estupidez había sido una muy mala jugada de su parte. Utilizaron suficiente violencia para hacer enojar a Eve, pero no como para asustarla del todo.

Y el incidente le había hecho saber a Logan que Timwick sospechaba algo y posiblemente poseía información sobre sus acciones. Qué interesante.

Timwick era inteligente y no era habitual que cometiera errores. Cuando se enterara de que Eve no se había asustado lo suficiente como para rechazar la oferta de Logan, corregiría el error y subiría la apuesta.

Y la próxima vez Timwick se aseguraría de que no fuera un gato el que muriera.

A una cuadra de la casa de Eve, Fiske sonrió mientras se quitaba el auricular electrónico de la oreja y lo dejaba sobre el asiento junto a él. Era fanático de todo tipo de dispositivos y estaba sumamente satisfecho con la potencia de este amplificador x436. El concepto de escuchar a través de las paredes era fascinante. En realidad, en este caso, no era a través de paredes sino de hojas de vidrio, pero la sensación de poder y control era la misma.

El hecho de que Eve Duncan hubiera pedido su cabeza como parte del precio para ir con Logan lo hacía sentirse halagado. Era prueba de lo bien que había hecho su trabajo. El gato muerto había sido un toque maestro. Matar mascotas era una forma de pegar donde más dolía. Lo aprendió al matar al perrito de su maestra de quinto grado. La muy bruja había ido a la escuela con los ojos hinchados durante una semana.

Él había cumplido su misión y no era su culpa si a Timwick el tiro le había salido por la culata. Fiske le había advertido que tenían que hacer algo más drástico, pero Timwick había alegado que era prematuro y que tal vez no fuera necesario.

Qué cobarde.

– La luz del porche está quemada -dijo Logan cuando Eve abrió la puerta-. ¿Tienes una lámpara? La cambiaré.

– Creo que hay una en el armario de la cocina. -Eve se volvió y avanzó por el corredor. -Qué extraño, la cambié la semana pasada.

La luz estaba encendida cuando volvió instantes más tarde con la lámpara nueva.

– ¿La encendió?

– Estaba floja, nada más. ¿Tu madre está en casa?

– Sí, está en la cocina. -Eve frunció la nariz. -Tomó muy bien noticia de mi partida. Ya está planeando cómo va a pintar el laboratorio.

– ¿Me permites presentarme?

– Por supuesto. Iré a…

– ¿Señor Logan? -Sandra venía hacia ellos. -Soy Sandra Duncan. Me alegra mucho que se lleve a Eve en este momento tan duro. Necesita unas vacaciones.

– Lamentablemente, no serán vacaciones, pero será un cambio, eso sí. Trataré de no hacerla trabajar demasiado. Eve tiene suerte de tener a alguien como usted que la cuide.

Eve pudo ver cómo su madre se derretía bajo la potencia del encanto de Logan.

– Nos cuidamos mutuamente -declaró Sandra.

– Eve dijo que usted va a pintar el laboratorio. Lo que sucedió fue terrible.

Sandra asintió.

– Pero el equipo de limpieza dejó todo casi impecable. Cuando Eve vuelva ni se dará cuenta de lo que sucedió allí.

– La verdad es que me siento mal por llevármela antes de que hayan atrapado al que lo hizo. ¿Eve le comentó que hice arreglos relativos a seguridad?

– Sí, pero Joe se encargará…

– Me sentiré mejor poniendo mi granito de arena. Si no le molesta, haré que alguien llame todas las noches y verifique que todo esté en orden.

– No me molesta, pero no es necesario. -Sandra abrazó a Eve. -No te mates trabajando. Descansa un poco.

– ¿Estarás bien sin mí?

– Claro que sí. Va a ser un placer no tenerte encima. Ahora tal vez pueda invitar a Ron a cenar sin que lo sometas a un interrogatorio.

– Nunca hubiera… -Eve sonrió. -Bueno, sí, tal vez le hubiera hecho algunas preguntas.

– ¿Viste?

Eve tomó su maletín.

– Cuídate. Llamaré todo lo que pueda.

– Fue un gusto conocerla, señora Duncan. -Logan le estrechó la mano, luego levantó la maleta de Eve. -Cuidaré a Eve y la traeré de regreso lo antes posible.

Otra vez ese carisma fluyendo en torrentes hacia Sandra.

– Claro que sí. Adiós, señor Logan.

El sonrió.

– John.

Sandra le devolvió la sonrisa.

– De acuerdo, John.

Se quedó en la puerta, mirándolos alejarse por el sendero. Saludó por última vez con la mano y cerró la puerta.

– ¿Cuál fue el objeto de toda esa exhibición? -preguntó Eve.

– ¿Exhibición?

– Le lanzó tanta miel a mi madre que la dejó paralizada.

– Solamente estaba siendo cortés.

– Cortés no, encantador.

– Bueno, he descubierto que eso hace girar más de una rueda. ¿Tienes alguna objeción?

– Son todas mentiras. Es algo que odio.

– ¿Por qué…? -Logan hizo una pausa. -Ah… Fraser. Me dijeron que era del estilo de Ted Bundy. Diablos, Eve, no soy ningún Fraser.

Ella ya lo sabía. Nadie era como Fraser, con excepción del mismísimo Lucifer.

– Es que me resulta… Me recuerda… Me fastidia terriblemente.

– Pues, como vamos a estar trabajando juntos eso no nos conviene en absoluto. Prometo que seré lo más rudo y descortés que pueda.

– Mejor.

– No vayas a creer. Tengo fama de haber sido bastante desagradable en ocasiones. -Puso el automóvil en marcha. -Pregúntale a Margaret.

– Por como la describe, no creo que ella tolere esa clase de cosas.

– Es cierto. A veces es mucho peor que yo. Pero hago lo posible.

– ¿Adónde vamos?

– ¿Adónde le dijiste a tu madre que íbamos?

– No le dije nada, solamente que sus oficinas están en la Costa Oeste, así que supongo que cree que es allí donde vamos. Joe Quinn y ella tienen mi número del digital por cualquier cosa. ¿Adónde vamos? -repitió.

– ¿Ahora? Al aeropuerto. Iremos en el avión a mi casa de Virginia.

– Necesitaré equipos. Ese canalla destruyó casi todas mis cosas. Me dejó apenas algunos instrumentos.

– No hay problema. Ya tengo un laboratorio equipado para ti.

– ¿Cómo?

– Sabía que necesitarías un lugar donde trabajar.

– ¿Y si le hubiera dicho que no?

– Hubiera buscado el segundo mejor candidato. -Sonrió y luego agregó en un gruñido melodramático. -O te hubiera raptado y encerrado en el laboratorio hasta lograr que me obedecieras.

Bromeaba… ¿O no? Se dijo Eve de pronto.

– Perdóname. ¿Te pareció excesivo? Estaba poniendo a prueba tu sentido del humor. Aprovecho para decirte que lo encuentro muy deficiente. ¿Te parece que estoy siendo lo suficientemente grosero?

– Tengo sentido del humor.

– Pues todavía no lo he visto. -Bajó por la rampa de salida y tomó la autopista. -Pero no te preocupes, no es un requisito para el trabajo.

– No me preocupa. No me importa lo que piense de mí. Sólo quiero terminar con este trabajo. Y estoy harta de andar a ciegas con esto. ¿Cuándo vamos a…?

– Hablaremos cuando lleguemos a Virginia.

– Quiero hablar ahora.

– Más tarde. -Miró por el espejo retrovisor. -Este coche es alquilado y no es seguro.

Al principio, Eve no comprendió qué quiso decir.

– ¿Se refiere a que puede tener micrófonos?

– No lo sé. Y no quiero arriesgarme.

Ella no dijo nada durante unos instantes.

– ¿Sus automóviles, por lo general…, son seguros?

– Sí, puesto que a veces hago negocios mientras voy de un lado a otro. Las filtraciones pueden costar mucho dinero.

– Imagino que sí. Sobre todo cuando se juega con algo como un esqueleto enterrado.

– No estoy jugando. -Volvió a mirar por el espejito retrovisor. -Créeme, Eve.

Era la segunda vez que miraba en el espejito y el tránsito era liviano. Eve echó un vistazo por encima del hombro.

– ¿Nos están siguiendo?

– Es posible. Que yo sepa, no.

– ¿Si nos estuvieran siguiendo, me lo diría?

– Depende. Si pensara que te asustaría como para dejar el trabajo, no. -La miró. -¿Qué me dices?

– No, no me asustaría. Le di mis condiciones y cumplo con lo que digo. Lo único que me haría dejar ahora sería creer que me está mintiendo. No voy a aceptar eso, Logan.

– De acuerdo.

– Hablo en serio. Usted se codea con todos esos políticos que dicen una cosa y un minuto después se contradicen. Yo no soy así.

– Vaya, qué dechado de virtudes.

– Piense lo que quiera. Le estoy hablando con toda franqueza. No quiero que se confunda conmigo.

– De acuerdo. Te aseguro que nadie te tomaría por un político ni por un diplomático -comentó con un dejo de ironía.

– Lo tomo como un cumplido.

– Y yo lo tomo como que no te gustan los políticos.

– ¿Acaso le gustan a alguien? Hoy en día pareciera que lo único que podemos hacer es elegir al menos malo.

– Hay políticos que quieren hacer un buen trabajo, sabes.

– ¿Está tratando de convertirme? Olvídelo. No me gustan los republicanos ni los demócratas.

– ¿A quién votaste en las últimas elecciones?

– A Chadbourne. Pero no porque fuera demócrata. Me convenció de que sería un buen presidente.

– ¿Y crees que lo ha sido?

Eve se encogió de hombros.

– Logró promulgar la ley de ayuda a niños dependientes aunque el Congreso se opuso.

– Cuando el Congreso se opone, es como un atascamiento de troncos. A veces hay que arrojar algo explosivo para romperlo.

– Esas recaudaciones de fondos que usted ha estado haciendo no son precisamente explosivos.

– Depende del punto de vista de cada uno. Hago lo que puedo. Siempre fui de la opinión de que uno tiene que tomar una postura. Si quieres cambiar las cosas, tienes que trabajar con el sistema.

– Yo no tengo que trabajar con el sistema. No tengo que tener nada que ver con el sistema hasta el día de las elecciones.

– No, tú te entierras en tu laboratorio con tus huesos.

– ¿Y por qué no? -Eve lo miró de soslayo. -Son mejor compañía que la mayoría de los políticos.

Para gran sorpresa de ella, Logan no mordió el anzuelo.

– ¡Santo Cielo, parece que es posible que tengas sentido del humor! -Rió por lo bajo. -Supongamos que nos ponemos de acuerdo para no estar de acuerdo. Mi papá me enseñó que nunca hay que discutir de religión o política con una mujer.

– Qué machista.

– Era un gran tipo, pero vivió en un mundo diferente. No hubiera sabido qué hacer con mujeres como tú o Margaret.

– ¿Vive todavía?

– No, murió cuando yo estaba en la universidad.

– ¿Voy a conocer a Margaret, o no?

Él asintió.

– La llamé esta tarde y le pedí que estuviera en casa cuando llegáramos.

– ¿No le parece un poco desconsiderado de su parte? ¿La hizo volar desde California? -La necesitaba.

Las dos palabras lo decían todo, pensó Eve. Podía fingir que la tal Margaret lo vapuleaba, pero era evidente que esperaba que estuviera todo el tiempo a su disposición.

– Se lo pedí de muy buena manera. Nada de látigo.

– A veces no es necesario mostrar el látigo para obtener el efecto.

– Bueno, prometo que no te voy a someter a coerción visible ni invisible.

Ella enfrentó su mirada con serenidad.

– No, no lo haga. Ni si quiera lo intente, Logan.

– Ellos están abordando ahora -anunció Fiske-. ¿Qué quiere que haga? ¿Averiguo el plan de vuelo y lo sigo?

– No, la secretaria le contó a su padre que iba a la casa de Virginia. Y allí hay más seguridad que en el fuerte Knox. Tenemos un equipo de vigilancia afuera de los portones, pero una vez que entre no vamos a poder tocarlo.

– Entonces yo tendría que entrar en acción antes de que llegue.

– Ya te dije que es demasiado visible. No queremos hacerle nada a menos que sea absolutamente necesario.

– Entonces volveré a la casa. La madre está…

– No, no va a ir a ninguna parte. Podrás recoger ese hilo más adelante si decidimos que necesitamos una distracción. Tenemos algo más urgente para que hagas. Regresa aquí.

CAPITULO 05

El avión aterrizó en un pequeño aeropuerto privado cerca de Arlington, en el estado de Virginia. El equipaje de ambos fue transferido inmediatamente a una limusina estacionada junto al hangar.

Cuánta comodidad se compra con dinero, pensó Eve con ironía. Sin duda el conductor desplegaría toda la obsecuente formalidad de un personaje de Wodehouse.

El chofer pelirrojo descendió de la limusina.

– Hola, John. ¿Tuviste un buen viaje?

Era pecoso, apuesto y no tenía más de treinta años. Estaba vestido con jeans y una camisa escocesa que reflejaba el azul de sus ojos.

– Bastante bueno. Gil Price, Eve Duncan.

Gil le estrechó la mano.

– La mujer de los huesos. Vi tu fotografía en 60 minutos. Eres más bonita en persona. Tendrían que haberse concentrado en ti y no en ese cráneo.

– Gracias, pero no tenía ningún deseo de aparecer en la televisión nacional. Ya tuve demasiadas cámaras en mi vida.

– A John tampoco le gustan. El año pasado en París tuve que romper una. -Hizo una mueca. -Y después John tuvo que arreglar en el tribunal con el canalla que alegó que le partí la cabeza y no la cámara. Odio a los paparazzi.

– Bueno, los paparazzi no suelen perseguirme, así que no vas a tener ese problema.

– Lo tendré si vas a andar con John. Sube y te llevaré a Barrett House.

– ¿Barrett House? Suena mucho a Dickens.

– No, solía ser una posada durante la Guerra Civil. John la compró el año pasado y la remodeló por completo.

– ¿Llegó Margaret? -preguntó Logan mientras subía al automóvil detrás de Eve.

– Hace dos horas, y mala como una araña, encima. Te voy a cobrar doble por ir a recogerla. -Gil subió al asiento del conductor. -No lo puedo entender. ¿Por qué no me quiere? Todos me quieren.

– Debe de ser un defecto de su carácter -respondió Logan-. El problema no lo tienes tú, por supuesto.

– ¡Lo mismo que pienso yo! -Gil encendió el motor y el reproductor de CD. La limusina se inundó con los sonidos tristes de Feed Jake

– La ventanilla, Gil -le recordó Logan.

– Oh, cierto. -Gil sonrió a Eve por encima del hombro. -Antes, John tenía un Jeep, pero no soporta la música country, así que se compró este coche fúnebre nada más que para poder tener una ventanilla de separación.

– Me gusta la música country -objetó Logan-. Lo que no tolero son las canciones lúgubres que amas. Vestidos de novia manchados de sangre, perros junto a las tumbas.

– Eso es porque te emocionas y no quieres demostrarlo. ¿Crees que no vi cómo se te humedecen los ojos? Consideremos a Feed Jake, por ejemplo. Es…

– Considéralo tú. La ventanilla.

– Está bien, está bien. -La ventanilla subió en silencio y la música se apagó.

– Espero que no te moleste -le dijo Logan a Eve.

– No, no me gustan las canciones tristes. Pero me cuesta imaginarlo a usted llorando sobre su cerveza al escucharlas.

Él se encogió de hombros.

– Soy humano. Esos compositores de música country saben dónde pegarte.

La mirada de Eve se posó en la nuca de Gil.

– Es agradable. No precisamente lo que me esperaba de uno de sus empleados.

– Gil no es lo que nadie espera, pero es buen conductor.

– ¿Y guardaespaldas?

– Sí, eso también. Estuvo en la Policía Militar de la Fuerza Aérea, pero no responde bien a la disciplina.

– ¿Y usted?

– No, tampoco, pero por lo general trato de encontrarle la vuelta en lugar de derribar gente a puñetazos. -Señaló por la ventana lateral. -Estaremos en mi propiedad dentro de unos minutos. Es una zona muy bonita, con muchos bosques y praderas.

– Sí, supongo que sí. -Estaba demasiado oscuro como para ver algo que no fueran los árboles en sombras. Eve seguía compenetrada en la comparación que había hecho Logan entre Price y él mismo.

– ¿Y qué hace cuando no puede encontrarle la vuelta al que trata de disciplinarlo?

– Ah, entonces lo derribo a puñetazos, por supuesto. -Sonrió. -Por eso Gil y yo nos llevamos bien. Somos almas gemelas. -Tomaron una curva en el camino y un portón de hierro forjado apareció ante ellos.

Eve vio que Gil apretaba un control sobre el tablero y los portones se abrían lentamente.

– ¿La cerca también está electrificada? -preguntó.

Logan asintió.

– Y tengo un empleado de seguridad monitorizando la propiedad con cámara de vídeo desde la cochera.

Eve sintió un escalofrío repentino.

– Mucha tecnología. Quiero un control remoto para abrir el portón. -Logan se quedó mirándola. -Los portones a veces no sólo sirven para que no entre alguien, sino para que nadie salga. No me gusta la idea de estar en una jaula.

– No trato de mantenerte prisionera, Eve.

– No, siempre y cuando obtenga lo que quiere de algún otro modo. ¿Pero y si no puede?

– No te puedo obligar a trabajar.

– ¿Ah, no? Usted es un hombre inteligente, Logan. Quiero un control remoto para poder abrir el portón.

– Mañana. Habrá que programarlo. -Esbozó una sonrisa socarrona. -Creo que podemos dar por sentado que no voy a tratar de forzarte a nada en las próximas veinticuatro horas.

– De acuerdo, mañana. -Eve se inclinó hacia adelante cuando apareció la casa. La Luna había salido desde detrás de las nubes y la iluminaba de lleno. Barrett House era una gran casa de dos pisos que mantenía su aspecto de posada del siglo XIX. No había nada pretencioso en ella y la hiedra que cubría las paredes suavizaba las piedras. Cuando Gil detuvo el coche delante de la puerta, Eve preguntó:

– ¿Por qué compró una posada que había que restaurar? ¿Por qué, directamente, no construyó una casa nueva?

Logan bajó del automóvil y extendió una mano para ayudarla.

– Tenía algunas cosas que me gustaban mucho.

– No me diga nada. Tenía su propio cementerio.

El sonrió.

– El cementerio de la familia Barrett está del otro lado de la colina. Pero no compré la posada por eso. -Abrió la gran puerta principal de caoba. -No hay demasiados empleados que vivan aquí. Hago venir gente desde la ciudad, dos veces por semana, para limpiar. Tendremos que arreglárnoslas con la cocina.

– No hay problema. No estoy acostumbrada a que me sirvan y la comida no es una de mis prioridades.

La mirada de Logan la recorrió rápidamente.

– Se nota. Eres delgada como un galgo.

– Me gustan los galgos -anunció Gil mientras entraba con el equipaje-. Son elegantes y tienen ojos grandes y melancólicos. Una vez tuve uno. Sufrí increíblemente cuando murió. ¿Dónde quieres que deje las maletas de ella, John?

– La primera puerta al llegar arriba -respondió Logan.

– Perfecto. -Gil comenzó a subir. -Bastante aburrido. Yo estoy en la vieja casa para carruajes, Eve. Deberías pedirle que te ponga allí. Hay más intimidad.

– Aquí es más cómodo para ir al laboratorio -dijo Logan.

Y para que me vigile, pensó Eve.

– Margaret se debe de haber ido a acostar. Podrás conocerla mañana a la mañana. Creo que encontrarás todo lo que necesitas en el dormitorio.

– Quiero ver el laboratorio.

– ¿Ahora?

– Sí, puede que no lo haya equipado como corresponde y yo tenga que añadir cosas.

– Entonces acompáñame, por favor. Es una de las habitaciones nuevas en la parte trasera. Yo no lo vi, todavía. Le dije a Margaret que consiguiera todo lo que le parecía que ibas a necesitar.

– La eficiente Margaret otra vez.

– No es solamente eficiente. Es excepcional.

Eve siguió a Logan por una gigantesca sala de estar con un hogar donde cabía una persona de pie, pisos de madera cubiertos por alfombras de yute, y grandes sillones de cuero. Parecía una cabaña, decidió.

Él la llevó por un pasillo y luego abrió una puerta.

– Aquí tienes.

Frío. Estéril. Todo acero inoxidable y vidrio.

– ¡Oh! -Logan hizo una mueca. -Ésta debe de ser la idea que tiene Margaret de un paraíso científico. Trataré de volvértelo un poco más cálido.

– No tiene importancia. No voy a estar aquí mucho tiempo. -Eve avanzó hacia el pedestal. Era fuerte y movible. Las tres cámaras de vídeo montadas sobre trípodes junto a él eran de primera calidad, al igual que la computadora, la mezcladora y la videograbadora. Fue hacia la mesa de trabajo. Los instrumentos de medición eran de máxima calibración, pero prefería los que había traído ella. Tomó la caja de madera del estante que había arriba de la mesa de trabajo y se encontró frente a dieciséis pares de ojos mirándola. Todas variaciones de castaño, gris, verde, azul y pardo. -Con azul y castaño hubiera sido suficiente -dijo-. El castaño es el color más común de ojos.

– Le pedí que te consiguiera todo lo que pudieras necesitar.

– Pues no hay dudas de que lo hizo. ¿Cuándo puedo empezar a trabajar?

– Dentro de un par de días. Estoy esperando noticias.

– ¿Y mientras qué tengo que hacer, quedarme sentada tamborileando los dedos?

– ¿Quieres que desentierre a alguno de los Barrett para que practiques?

– No, quiero terminar el trabajo e irme a casa.

– Me diste dos semanas. -Se volvió hacia la puerta. -Vamos, estás cansada. Te mostraré tu habitación.

Estaba cansada, sí. Sentía como si hubieran pasado mil años desde que había entrado en el laboratorio esa mañana. De pronto quiso volver a estar en su casa. ¿Qué estaba haciendo aquí? No tenía nada que hacer en esta casa con un hombre en el cual no confiaba.

La Fundación Adam. No importaba si le gustaba estar aquí o no. Tenía un trabajo y un propósito. Se acercó a Logan.

– Ya se lo dije una vez. No voy a hacer nada ilegal.

– Sé que hablabas en serio cuando lo dijiste.

Lo que no significaba que lo hubiera aceptado. Eve apagó la luz v salió al pasillo.

– ¿Va a decirme de una buena vez por qué me trajo aquí y por qué tengo que hacer lo que quiere que haga?

Logan sonrió.

– Es tu deber para con la patria.

– Tonterías. -Eve entornó los párpados. -¿Es algo relacionado con la política?

– ¿Por qué crees eso?

– Se lo conoce por sus actividades públicas y por las que realiza detrás de bambalinas.

– Creo que debería sentirme aliviado de que ya no pienses que soy un asesino múltiple.

– No dije eso. Estoy explorando todas las posibilidades. ¿Es algo de política?

– Puede ser.

De pronto, un pensamiento cruzó por la mente de Eve.

– Santo Dios ¿Está tratando de desprestigiar a alguien?

– No estoy de acuerdo con las campañas de desprestigio. Digamos que las cosas no son siempre lo que parecen y soy de la opinión de que hay que sacar la verdad a la luz.

– Si le conviene a usted, claro.

Él asintió con aire burlón.

– Por supuesto.

– Yo no quiero tener nada que ver con eso.

– No tendrás nada que ver… Siempre que yo tenga razón. Si me equivoco, te vuelves a casa y olvidamos que estuviste aquí. -La precedió escaleras arriba. -¿Te parece justo?

Tal vez sus motivos no tuvieran que ver con la política. Tal vez fueran personales.

– Veremos.

– Así, es veremos. -Abrió la puerta y se hizo a un lado. -Buenas noches, Eve.

– Buenas noches.

Eve entró y cerró la puerta. La habitación era de estilo campestre, cómoda, con una cama con baldaquino cubierta con un acolchado en tonos ladrillo y crema y sencillos muebles de pino. Lo único que le interesó fue el teléfono sobre la mesa de luz. Se sentó sobre la cama y marcó el número de Joe Quinn.

– Hola -respondió él, adormilado.

– Joe, Eve.

La voz de él perdió todo rastro de sueño.

– ¿Todo bien?

– Sí. Lamento despertarte, pero quería decirte dónde estoy y darte mi número de teléfono. -Le dictó el número impreso sobre el aparato. -¿Anotaste?

– Sí. ¿Dónde diablos estás?

– En Barrett House. La propiedad de Logan en Virginia.

– ¿Y esto no podía esperar hasta mañana?

– Posiblemente. Pero quería que lo supieras. Me siento algo… desconectada.

– Estás tensa como el diablo. ¿Aceptaste el trabajo?

– ¿Por qué crees que estaría aquí, si no fuera así?

– ¿Y qué te asusta?

– No estoy asustada.

– Ah, no, vamos. No me has llamado en medio de la noche desde que Bonnie…

– No tengo miedo. Sólo quería darte el teléfono. -Una idea le vino a la cabeza. -Logan tiene un empleado, Gil Price. Solía ser parte de la Policía Militar de la Fuerza Aérea. -¿Quieres que lo investigue?

– Sí, creo que sí.

– No hay problema.

– ¿Y vigilarás a mamá mientras no estoy?

– Por supuesto, sabes que lo haré. Le diré a Diane que vaya a tomar café con ella mañana a la tarde.

– Gracias, Joe. Vuelve a dormir.

– Sí, claro. -Hizo una pausa. -Esto no me gusta. Ten cuidado, Eve.

– No hay por qué tenerlo. Adiós.

Eve cortó y se puso de pie. Se daría un baño, se lavaría el pelo y luego se acostaría. No había estado bien en despertar a Joe, pero el solo hecho de oír esa voz conocida la había hecho sentirse mejor. Nada de este lugar resultaba fuera de lo común ni intimidador, ni siquiera el agradable Gil Price, pero de todos modos, se sentía inquieta. No podía discernir cuánto era auténtico y cuánto había sido puesto como una pátina para desarmarla. Además, no le gustaba estar tan aislada.

Pero ahora tenía una conexión con el mundo exterior.

Joe sería su red de seguridad mientras caminara por esta cuerda floja.

– ¿Era Eve? -Dianne Quinn rodó hacia Joe y apoyó la cabeza sobre una mano. -¿Está todo bien?

Joe asintió.

– Creo que sí. No lo sé. Aceptó un trabajo que puede no ser… No importa. Seguro que no hay razón para preocuparse.

Pero Joe se preocuparía, pensó Diane. Siempre se preocupaba por Eve.

Joe se acostó y se tapó con la sábana.

– Pasa mañana a visitar a su madre ¿quieres?

– Sí, claro. -Diane apagó la luz y se acurrucó contra él. -Lo que digas. Ahora vuélvete a dormir.

– Sí.

No se iba a dormir. Se quedaría tendido en la oscuridad, pensando y preocupándose por Eve. No dejes que te invada el resentimiento. Tienes un buen matrimonio, Joe había heredado suficiente dinero de sus padres como para que tuvieran una vida cómoda aun sin su sueldo. Era considerado, atento, generoso y fantástico en la cama. Diane sabía, al casarse, que Joe y Eve venían en un solo paquete. No había tardado en darse cuenta de que el lazo que los unía era demasiado fuerte como para intentar romperlo. Tenían tanta afinidad que a veces uno terminaba la frase del otro.

Pero ese lazo no era sexual. Al menos no todavía. Y quizá no lo fuera nunca. Esa parte de Joe todavía le pertenecía.

Así que sofoca la envidia y el resentimiento. Sé la amiga de Eve y la esposa de Joe.

Porque era amargamente consciente de que no podía ser una cosa sin ser también la otra.

– Llamó a Joe Quinn hace media hora -Gil dejó una hoja impresa sobre el escritorio, delante de Logan. Aquí está la transcripción de la conversación que hizo Mark.

Logan sonrió apenas, mientras echaba un vistazo al texto.

– Parece que no confía en nosotros, Gil.

– No es tonta, la dama. -Gil se dejó caer sobre el sillón y flexionó una pierna sobre el apoyabrazos. -Bueno, no me sorprende que no confíe en ti. Eres bastante transparente, pero hay que ser sumamente perceptivo para sospechar de mí.

– No son tus condiciones actorales, son esas malditas pecas. -Frunció el entrecejo. -Estuve tratando de ponerme en contacto con Scott Maren en Jordania. ¿Hubo llamadas?

– Nada. -De pronto chasqueó los dedos. -Sí, llamó tu abogado, Novak.

– Puede esperar.

– ¿Quieres que Mark arme lío con la conexión si ella intenta llamar otra vez?

Logan negó con la cabeza.

– Usaría su teléfono digital. Y tal vez lo haga, si sospecha que el teléfono de su habitación está intervenido.

– Como quieras. -Hizo una pausa. -¿Cuándo nos lanzamos a la acción?

– Pronto.

Gil arqueó una ceja.

– ¿No me estarás guardando secretos a mí, no?

– Tengo que estar seguro de que todo esté bien. Timwick ha estado siguiéndome muy de cerca.

– Puedes confiar en mí, John.

– Ya te dije que estoy a la espera.

– De acuerdo, si no vas a abrir esa maldita boca… -Gil se puso de pie y fue hacia la puerta. -Pero no me gusta ir a ciegas.

– No tendrás que ir a ciegas.

– Lo tomo como una promesa. Vete a dormir.

– Sí.

Cuando la puerta se cerró detrás de Gil, Logan volvió a leer la transcripción y luego la arrojó a un lado. Joe Quinn. No podía permitirse subestimar al detective. Eve había despertado una intensa lealtad en Quinn. ¿Lealtad, amistad y qué más? Se preguntó. Quinn era casado, pero eso no tenía importancia.

Qué demonios, no era asunto suyo, siempre y cuando no interfiriera con lo que necesitaba que hiciera Eve. Además, ya tenía bastantes preocupaciones.

Scott Maren estaba deambulando por Jordania y podían matarlo en cualquier momento.

Timwick podía haber hecho conjeturas y sacado conclusiones. Esas conclusiones lo asustarían hasta el punto de llevarlo a dar la orden de asegurar su posición.

Logan no veía la hora de ponerse en contacto con Maren.

Sacó su agenda telefónica personal y la abrió en la última página, donde había solamente tres nombres y números telefónicos.

Dora Bentz

James Cadro.

Scott Maren.

Los teléfonos de Bentz y Cadro podían estar intervenidos, pero de todos modos tenía que llamar y cerciorarse de que estuvieran bien. Luego mandaría a alguien a buscarlos.

Tomó el teléfono y marcó el primero de los números.

El de Dora Bentz.

El teléfono estaba sonando.

Fiske terminó de atar las piernas de la mujer a los postes de la cama y le levantó el camisón por arriba de la cintura.

Tenía más de cincuenta años, pero buenas piernas. Una pena ese abdomen fofo. Debería haber hecho ejercicios abdominales para mantenerlo firme. El hacía doscientos abdominales por día y sus músculos parecían de hierro.

Sacó una escoba del armario de la cocina y volvió a la cama.

El teléfono seguía sonando. ¡Qué insistentes!

Empujó el mango de la escoba dentro de la mujer. La muerte tenía que parecer un crimen sexual, pero no se arriesgaría a eyacular dentro de ella. El semen era una prueba. De todos modos, a muchos asesinos múltiples les costaba eyacular y la escoba era un buen toque. Hablaba de odio hacia las mujeres y profanación de hogares.

¿Algo más?

Seis heridas profundas y salvajes en los senos, la boca tapada con cinta aisladora, la ventana abierta…

No, era un trabajo limpio.

Le hubiera gustado quedarse un rato a admirar lo que había hecho, pero el teléfono no había dejado de sonar. Quienquiera que estuviera del otro lado podía preocuparse y llamar a la policía.

Una última verificación. Caminó hasta la cabecera de la cama y la miró.

Ella le devolvió la mirada, con los ojos abiertos y la expresión aterrada de cuando le había clavado el cuchillo en el corazón.

Sacó el sobre con las fotografías y la lista impresa que Timwick le había dado en el aeropuerto. Le gustaban las listas: mantenían el mundo en orden.

Tres fotografías. Tres nombres. Tres direcciones.

Tachó el nombre de Dora Bentz de la lista.

El teléfono seguía sonando cuando salió del departamento.

No atendía nadie.

Eran las tres y media de la mañana. Tendría que haber atendido.

Con movimientos lentos, Logan dejó el teléfono.

Podía no significar nada. Dora Bentz tenía hijos casados que vivían en Búfalo, estado de Nueva York. Podía estar visitándolos. O de vacaciones en cualquier parte.

O muerta.

Tal vez Timwick se estuviera moviendo rápidamente para atar todos los cabos sueltos.

Carajo. Logan había pensado que tenía tiempo.

Quizá se estuviera apresurando a sacar conclusiones.

¿Demonios, y qué? Siempre había confiado en sus instintos y ahora le estaban hablando a los gritos.

Pero enviar a Gil a ver qué pasaba con Dora Bentz lo delataría. Timwick sabría lo que ahora solamente sospechaba. Logan podía tratar de salvar a Dora Bentz o mantenerse a salvo por unos cuantos días más.

Mierda.

Tomó el teléfono y marcó el número de Gil en la casa de carruajes.

Luces. Luces en movimiento.

Eve dejó de secarse el pelo, se levantó y fue hasta la ventana.

La limusina negra que los había recogido en el aeropuerto se deslizaba por el camino de entrada hacia los portones.

¿Logan?

¿Gil Price?

Eran casi las cuatro de la mañana. ¿Adónde podía estar yendo alguien a esta hora?

Dudaba de que fueran a contárselo si lo preguntaba por la mañana.

Pero de todos modos pensaba hacerlo.

CAPITULO 06

Eve no se durmió hasta las cinco y su sueño fue intranquilo. Se despertó a las nueve, pero se obligó a quedarse en la cama hasta casi las diez, cuando unos golpes atronadores sonaron en la puerta.

La puerta se abrió antes de que ella pudiera responder y una mujer baja y regordeta entró en la habitación.

– Hola, soy Margaret Wilson. Aquí tienes el control remoto del portón que querías, -Lo dejó sobre la mesa de luz. -Lamento despertarte, pero John dice que metí la pata con el laboratorio. ¿Cómo diablos iba a saber que querías algo bonito y acogedor? ¿Qué tengo que conseguir? ¿Almohadones? ¿Alfombras?

– Nada. -Eve se incorporó en la cama y miró a Margaret Wilson con curiosidad. Tendría probablemente unos cuarenta y tres años. El traje de gabardina gris que llevaba le afinaba la figura regordeta y complementaba el brillante pelo oscuro y los ojos castaños. -Le dije que no iba a estar aquí el tiempo suficiente como para que tuviera importancia.

– Sí que importa. A John le gustan las cosas bien hechas. Y a mí también. ¿Cuál es tu color preferido?

– Verde, creo.

– Debí haberme dado cuenta. Las pelirrojas son bastante predecibles.

– No soy pelirroja.

– Bueno, casi. -Paseó la vista por la habitación. -¿Aquí está todo bien?

Eve asintió mientras se destapaba y bajaba de la cama.

– Perfecto. Entonces me pondré a pedir unas cosas por teléfono. Las mandarán… ¡Cielos, eres un gigante!

Margaret la miraba con el entrecejo fruncido.

– ¿Cuánto mides?

– Un metro setenta y siete.

– Un gigante. Me harás sentir una enana. Odio las mujeres altas y flacas. Le hacen mal a mi psiquis y me vuelvo agresiva.

– No eres tan baja.

– No me trates con condescendencia. -Hizo una mueca. -Ves, estoy a la defensiva. Bueno, no importa, tendré que repetirme una y otra vez que soy mucho más inteligente que tú. Vístete y baja a la cocina. Comeremos cereal y luego te llevaré a dar una vuelta por la propiedad.

– No es necesario.

– Claro que sí. John quiere que estés contenta y dice que no tienes nada que hacer por ahora. Si eres como yo, te volverás loca. -Se dirigió a la puerta. -Pero nos encargaremos de eso. ¿Te veo abajo en quince minutos?

– Muy bien. -Se preguntó cuál hubiera sido la reacción si hubiera dicho que no. Las tácticas de Margaret hacían que una topadora pareciera sutil.

Pero era difícil no tomarle simpatía. No había sonreído ni una sola vez, pero exudaba energía vibrante y alegría. Era directa, audaz y no se parecía a nadie que Eve conociera. Resultaba una bocanada de aire fresco después de la oscura tensión que había intuido en Logan.

– El cementerio de la familia Barrett. -Margaret agitó una mano en dirección al terreno con cerca de hierro. -La última tumba es de 1922. ¿Quieres entrar?

Eve negó con la cabeza.

– Qué suerte. Los cementerios me deprimen, pero pensé que a ti podía interesarte.

– ¿Por qué?

– No lo sé. Todos esos huesos y cosas con los que trabajas.

– No visito cementerios como un espectro, pero no me molestan. -Sobre todo los cementerios familiares. Aquí no había perdidos, y estaba sumamente bien cuidado. Todas las tumbas estaban cubiertas con canteros de claveles frescos. -¿De dónde salieron todas las flores? ¿Los Barrett siguen viviendo en la zona?

– No, la línea directa desapareció hace unos veinte años. -Señaló una lápida. -Randolph Barrett. La familia se desparramó con los años y Randolph Barrett fue al último que enterraron aquí en 1922. El cementerio estaba en bastante mal estado cuando John compró la propiedad. Dio órdenes para que lo limpiaran y también para que trajeran flores frescas todas las semanas.

– Me sorprende. No diría que Logan fuese tan sentimental.

– Bueno, nunca sabes lo que va a hacer John. Pero me alegro de que haya traído a un paisajista para hacer el trabajo. Como te dije, los cementerios me deprimen.

Eve se volvió y comenzó a bajar la colina.

– A mí no me deprimen. Entristecerme, puede ser. Sobre todo las tumbas de bebés. Antes de la medicina moderna, había tantos chicos que no llegaban a terminar su infancia. ¿Tienes hijos?

Margaret negó con la cabeza.

– Estuve casada, pero los dos teníamos carreras y estábamos demasiado ocupados como para pensar en hijos.

– Tu trabajo debe de ser sumamente absorbente.

– Ajá.

– Y variado. -Eve hizo una pausa. -Como en este caso. No se puede decir que haya mucha gente que salga a cazar esqueletos.

– No cazo, solamente hago lo que me dicen.

– Eso podría ser peligroso.

– John me mantiene lejos de los problemas. Siempre lo ha hecho, hasta ahora.

– ¿Ya ha hecho esto antes?

– ¿Lo de los huesos? No, pero ha caminado por cuerdas bastante flojas.

– ¿Pero confías en él?

– Cielos, claro que sí.

– ¿Aun si no sabes lo que está buscando? ¿O acaso lo sabes?

Margaret sonrió.

– Deja de exprimirme. No sé nada de nada y si supiera algo, no te lo diría.

– ¿Ni siquiera me contarías si fue Logan el que partió en la mitad de la noche?

– Sí, eso sí. John está aquí. Lo vi antes de que se metiera en su despacho esta mañana. El que partió fue Gil.

– ¿Por qué?

Margaret se encogió de hombros.

– Pregúntale a John. -Hizo una pausa y añadió sin rodeos. -Viniste aquí porque John hizo que te valiera bien la pena. Yo misma hice la transferencia a la Fundación Adam. Te contará todo cuando sea el momento. Ten confianza en él.

– No puedo confiar en él como lo haces tú. -Miró hacia la casa de carruajes. -¿Desde allí se monitorizan los portones?

Margaret asintió.

– Es un sistema bastante complicado, con cámaras de vídeo por todas partes. Mark Slater es el que se ocupa de eso.

– Todavía no lo conocí.

– No viene mucho a la casa.

– ¿La casa de Logan en la Costa Oeste también tiene tanta seguridad como esta?

– Sí, claro, allá hay cualquier cantidad de locos. Los hombres como John son blancos importantes. -Apuró el paso. -Tengo trabajo que hacer. ¿No hay problema si te dejo sola esta tarde?

– No. No tienes que hacerme de niñera, Margaret.

– En realidad, lo pasé bien. No eres lo que me esperaba de una mujer dedicada a huesos.

La mujer de los huesos. Así la había llamado Gil.

– El término correcto es escultora forense.

– Lo que sea. Como te dije, me esperaba alguien muy distante y profesional. De allí el error que cometí con el laboratorio. Lo que no significa que haya admitido ante John que cometí un error. Le dije que era todo culpa suya porque no me dijo a qué me tenía que atener. No es bueno que él sepa que no soy perfecta, lo haría sentirse inseguro.

Eve sonrió.

– No puedo imaginar esa situación.

– Todo el mundo tiene momentos de inseguridad, hasta yo. -Prosiguió con tono sombrío: -Pero solamente cuando estoy al lado de gigantes como tú. Me pasa por ser la única petisa entre cuatro hermanos de un metro ochenta. ¿Tu madre es muy alta?

– No, de mediana estatura.

– Bueno, entonces eres un fenómeno de la naturaleza y como soy magnánima, te perdono. No volveré a mencionarlo.

– Gracias. Eres muy…

– Me preguntaba dónde estarían. -Logan había salido de la casa y caminaba hacia ellas. -¿Dormiste bien? -preguntó a Eve.

– No.

– Tengo que terminar esos informes -se apresuró a decir Margaret-. Te veré luego, Eve.

Eve asintió, sin dejar de mirar a Logan. Vestido con jeans y buzo negros, se lo veía muy distinto del hombre al que había conocido el primer día. No sólo por la ropa, sino porque parecía haberse sacado la pátina de atildada elegancia y haberla hecho a un lado por completo.

– ¿Fue porque era una cama desconocida?

– En parte. ¿Por qué se fue Gil Price enseguida después de que llegamos?

– Le pedí que hiciera una diligencia.

– ¿A las cuatro de la mañana?

Logan asintió.

– Era algo urgente. Tendría que volver esta noche. -Hizo una pausa. -Esperaba que tuvieras un par de días para aclimatarte a la situación, pero me temo que tendremos que acelerar un poco.

– Mejor, no necesito aclimatarme. Tráigame los huesos y me pondré a trabajar.

– Es posible que tengamos que ir hasta a dónde están.

Eve se puso rígida.

– ¿Cómo?

– Tal vez tengas que hacer un primer examen enseguida después de la excavación para determinar si vale la pena traer el esqueleto aquí. Mi fuente puede haber mentido, y tal vez el cráneo esté demasiado dañado como para poder reconstruir el rostro.

– ¿Quiere que esté allí cuando lo exhumen?

– Tal vez sí.

– Olvídelo. No soy una profanadora de tumbas.

– Puede que resulte necesario que estés allí. Podría ser la única…

– De ninguna manera.

– Hablaremos de esto más tarde. Quizá no sea necesario. ¿Te gustó el cementerio?

– ¿Por qué todo el mundo supone que me gustan los cemen…? -Entornó los párpados y lo miró. -¿Cómo sabe que estuve allí? Desvió los ojos hacia la casa de carruajes. -Por supuesto, las cámaras de vídeo. No me gusta que me espíen, Logan.

– Las cámaras recorren la propiedad continuamente. Por casualidad tomaron tu imagen y la de Margaret en el cementerio.

Podía ser cierto, pero dudaba de que algo sucediera "por casualidad" en la vida de Logan.

– Me gustaron las flores.

– Bueno, al fin y al cabo estoy viviendo en la casa de los Barrett. Pensé que era lo menos que podía hacer.

– Ahora es su casa.

– ¿Te parece? Los Barret construyeron la posada, vivieron y trabajaron aquí por más de ciento sesenta años viendo suceder la historia. ¿Sabías que Abraham Lincoln pasó aquí una noche antes del fin de la Guerra Civil?

– Otro republicano. Con razón compró este lugar.

– Algunos de los lugares donde durmió Lincoln no los hubiera tocado ni con una vara de diez metros. Le tengo demasiado apego al confort. -Abrió la puerta principal y le cedió el paso. -¿Llamaste a tu madre?

– No, lo haré esta noche cuando ella haya vuelto del trabajo. -Sonrió. -Siempre y cuando no se haya ido de juerga. Está saliendo con un abogado de la oficina del fiscal de Distrito.

– El hombre tiene suerte. Tu madre me pareció muy agradable.

– Sí, y es inteligente, también. Después de que nació Bonnie, terminó la escuela secundaria y fue a un instituto técnico donde obtuvo el título de relatora de tribunales.

– ¿Terminó sus estudios después de que tu hija…? -Calló abruptamente. -Perdón, seguramente no quieres hablar sobre tu hija.

– No me molesta hablar sobre Bonnie. Estoy muy orgullosa de ella. Llegó a nuestras vidas e hizo que todo fuera diferente. -Hizo una pausa y añadió simplemente: -El amor logra esas cosas.

– Tengo entendido que sí.

– Es cierto. Yo había tratado tanto de que mi madre dejara el crack, y no pude. Tal vez porque estaba llena de amargura y resentimiento. Cielos, en ocasiones me parecía que la odiaba. Pero llegó Bonnie y yo cambié. Toda la amargura desapareció. Y mi madre también cambió. No sé si cambió porque le llegó el momento en que tenía que cambiar o porque comprendió que tenía que dejar de drogarse para poder ayudarme a criar a Bonnie. ¡Cómo amaba a esa niña! Todos los que la conocían la amaban.

– No me cuesta creerlo. Vi su fotografía.

– ¿No era hermosa? -Eve esbozó una sonrisa luminosa. -Tan feliz. Siempre estaba tan feliz. Amaba cada hora que pasaba despierta y… -Tuvo que tragar para aflojar el nudo que tenía en la garganta. -Lo siento -susurró bruscamente-, no puedo hablar más. Llega un punto en que me vuelve el dolor. Pero voy mejorando día a día.

– Por el amor de Dios, deja de disculparte -exclamó Logan con aspereza-. Yo soy el que tiene que disculparse por haberte hecho hablar de ella.

– Usted no me hizo hacer nada. Es importante que la tenga siempre conmigo, que nunca me permita olvidarla. Ella existió, y se convirtió en parte de mí, tal vez la mejor parte. -Eve apartó el rostro. -Bueno, creo que iré al laboratorio a ver si puedo trabajar un poco sobre Mandy.

Él la miró, sorprendido.

– ¿Trajiste esos fragmentos?

– Por supuesto. No creo que pueda hacer demasiado, pero no podía darme por vencida sin intentarlo.

John sonrió.

– No, veo que no.

Eve sintió la mirada de él sobre ella mientras se alejaba. Quizás hubiera cometido un error al dejarle ver cuán vulnerable podía ser, pero la conversación había pasado de un tema a otro casi sin que se diera cuenta. Logan escuchaba con atención y parecía comprensivo e interesado. Tal vez realmente le interesara. Tal vez no fuera manipulador como había creído.

O tal vez lo era. ¿Qué importancia tenía? No se avergonzaba de lo que sentía por Bonnie y no había forma de que él pudiera buscarle la vuelta a algo de lo que había dicho y utilizarlo en su contra. La única ventaja que podía haber sacado era haber logrado que ella se sintiera un poco más en confianza con él, el sólo hecho de hablar de Bonnie había creado un delgadísimo lazo. Pero una conexión tan frágil era fácil de romper y no ejercería influencia sobre ella.

Abrió la puerta del laboratorio y fue directamente hacia el maletín que había dejado sobre el escritorio. Lo abrió y comenzó a sacar los fragmentos del cráneo del estuche. Armarlos sería como trabajar con un rompecabezas con piezas del tamaño de astillas. ¿Qué tenía en la cabeza?, se dijo con desesperación. Era una locura, algo totalmente imposible.

Bueno, sin duda lo sería si afrontaba la tarea con esa actitud, se dijo con impaciencia. Reconstruir a Mandy era su trabajo y encontraría la forma de hacerlo. La conexión con Mandy era algo en lo que podía depositar su confianza, un lazo al que podía aferrarse sin temor.

– Hola, Mandy. -Se sentó frente al escritorio y tomó un hueso nasal, el más grande que había quedado intacto. -Creo que comenzaremos por aquí. No te preocupes. Tal vez nos lleve mucho tiempo, pero llegaremos.

– Mataron a Dora Bentz -informó Gil sin rodeos cuando Logan tomó el teléfono.

– Mierda. -Apretó el auricular con fuerza.

– La apuñalaron y aparentemente la violaron. La encontró su hermana en el departamento, esta mañana a eso de las diez. Tenían pensado ir juntas a una clase de gimnasia aeróbica. La hermana tenía llave y entró después de golpear un buen rato y no obtener respuesta. La ventana estaba abierta y la policía piensa que se trata simplemente de violación y asesinato.

– Simplemente, un cuerno.

– Pues si no fue así, lo hicieron muy bien -declaró Gil-. Sumamente bien.

Igual que el vandalismo en el laboratorio de Eve en Atlanta.

– ¿Te siguieron?

– Por supuesto. Ya sabías que me iban a seguir.

– ¿Puedes averiguar con algunos de tus viejos compañeros a quién podría estar usando Timwick?

– Es posible. Extenderé unas antenas. ¿Quieres que vuelva allá?

– No. Estuve tratando de ponerme en contacto con James Cadro toda la mañana. Según la gente de su oficina, está de campamento con su esposa en las Adirondacks. -Hizo una pausa. -Date prisa. No fui el primero en preguntar por él.

– ¿En qué lugar de las Adirondacks?

– En las cercanías de Jonesburg.

– Fantástico. Eso es lo que me gusta. Indicaciones precisas. Voy hacia allá.

Logan cortó. Dora Bentz, muerta. Podría haberla salvado si hubiera actuado ayer. Pero, diablos, pensó que estarían todos a salvo si no mostraba interés por ellos, si fingía no tener idea de su existencia.

Se había equivocado. Dora Bentz estaba muerta.

Era demasiado tarde para ella, pero tal vez no para los demás. Una distracción quizá pudiera salvar vidas y darle los testigos que tanto necesitaba.

Pero no podía moverse con rapidez sin Eve Duncan. Ella era la clave. Tenía que ser paciente y dejar que ella empezara a confiar en él.

Establecer una relación de confianza iba a ser un proceso lento con una persona tan cautelosa como Eve. Era inteligente y en algún momento iba a darse cuenta de que ella y su familia corrían más peligro del que representaba un acto de vandalismo.

Así que al diablo con la confianza.

Iba a tener que buscar la forma de superar la resistencia de ella y catapultarla hacia su campo.

Se arrellanó en el sillón y comenzó a considerar las posibilidades.

– Hola. -Margaret asomó la cabeza dentro del laboratorio. -Llegaron los decoradores que van a estar a cargo de convertir esto en un lugar más cálido. ¿Podrías evacuar el laboratorio por una hora y dejarlos trabajar?

Eve frunció el entrecejo.

– Te dije que no era necesario.

– El laboratorio no está perfecto, por lo tanto, es necesario. No hago mi trabajo a medias. -¿Solamente una hora?

– Les dije que no querías que te molesten y que perderían la venta si tardaban más. Además, tienes que comer. -Miró el reloj. -Son casi las siete. ¿Qué te parece si tomamos sopa y comemos un sándwich mientras esperamos?

– Aguarda un minuto. -Trasladó con cuidado la tabla con los huesos de Mandy al último cajón del escritorio. -Diles que no toquen el escritorio o perderán más que una venta. Perderán la vida, porque los asesinaré yo misma.

– De acuerdo. -Margaret dio media vuelta y desapareció.

– Eve se quitó los anteojos y se frotó los ojos. Le vendría bien un recreo. Había avanzado muy poco en varias horas y comenzaba a sentir frustración e impotencia. Pero algo de progreso era mejor que nada. Volvería al trabajo después de comer.

En el pasillo se topó con seis hombres y dos mujeres que avanzaban con alfombras, sillas y almohadones y tuvo que pegarse a la pared para esquivar la estampida.

– Por aquí. -Tomándola del brazo, Margaret la guió por entre dos hombres que llevaban una alfombra enrollada y la llevó hasta la cocina. -No es un trabajo tan grande como parece. Una hora, te lo prometo.

– No voy a tomar el tiempo. Me da lo mismo unos minutos más o unos menos.

– ¿No te está yendo del todo bien? -preguntó Margaret en tono compasivo-. Qué pena. -Entraron en la cocina y le señaló dos lugares puestos en la mesa. -Hice sopa de tomate y sándwiches de queso. ¿Te parece bien?

– Perfecto. -Eve se sentó, tomó la servilleta y la abrió sobre sus rodillas. -No tengo demasiada hambre.

– Yo estoy famélica, pero estoy a dieta y quiero tratar de cumplirla. -Se sentó frente a Eve y la miró con expresión acusadora. -Es evidente que tú no has estado a dieta en tu vida.

Eve sonrió.

– Te pido disculpas.

– Más te vale. -Tomó el control remoto del mostrador. -¿Te molesta si enciendo el televisor? El Presidente va a dar una conferencia de prensa. John me las hace grabar y escuchar y tengo que informarle si hay algo de interesante.

– No hay problema. -Eve comenzó a comer. -Pero no esperes que preste atención. No me interesa la política.

– A mí tampoco, en realidad. Pero a John le obsesiona.

– Oí hablar de las recaudaciones de fondos. ¿Crees que quiere meterse en política?

Margaret negó con la cabeza.

– No toleraría tantos disparates. -Contempló la pantalla un instante. -Chadbourne es bueno. Destila calidez. ¿Sabías que dicen que es el presidente más carismático que hubo desde Reagan?

– No. Es un trabajo duro y con carisma sólo no se logra nada.

– Sí, ganar las elecciones. -Movió la cabeza en dirección a la pantalla. -Míralo. Todo el mundo dice que esta vez puede llevarse el Congreso.

Eve miró. Ben Chadbourne era un hombre corpulento de unos cuarenta y siete años, apuesto y con ojos grises chispeantes de vida y humor. Respondió a una de las preguntas de los reporteros con una simpática broma. El salón estalló en carcajadas.

– Causa sensación -comentó Margaret-. Y Lisa Chadbourne también tiene lo suyo. ¿Viste el traje que tiene? Apuesto a que es de Valentino.

– No tengo idea.

– Ni te importa, tampoco. -Margaret hizo una mueca. -A mí sí me importa. Siempre va a todas las conferencias de prensa y lo único que me divierte es ver lo que tiene puesto. Algún día voy a ser lo suficientemente delgada como para usar trajes como ése.

– Es muy atractiva -convino Eve-. Y se está esforzando muchísimo por recaudar fondos para los niños maltratados.

– ¿De veras? -preguntó Margaret en tono distraído. -Sí, ese traje tiene que ser de Valentino.

Eve sonrió, divertida. Jamás hubiera pensado que una mujer tan dinámica y enérgica como Margaret pudiera estar tan interesada en la ropa.

El traje en cuestión tenía un corte que hacía resaltar la figura esbelta y atlética de Lisa Chadbourne. El suave tono de beige daba brillo a la piel aceitunada y el pelo castaño. La esposa del Presidente le sonreía desde bambalinas y se la veía orgullosa y llena de amor.

– Muy lindo.

– ¿Crees que se habrá operado para quitarse las arrugas? Tiene cuarenta y cinco, pero no parece de más de treinta.

– Es posible. -Eve terminó la sopa. -O tal vez esté envejeciendo bien.

– Ojalá yo tuviera la misma suerte. Esta semana me descubrí dos arrugas nuevas en la frente. No tomo sol, uso crema humectante, hago todo bien e igual voy barranca abajo. -Margaret apagó el televisor. -Me deprime ver a esa mujer. Y Chadbourne sigue diciendo lo mismo. Que bajará los impuestos, creará más empleos y ayudará a los niños.

– No hay nada de malo en eso.

– Díselo a John. Qué diablos, Chadbourne hace y dice todo lo correcto, su esposa sonríe almibaradamente, hace más beneficencia que Evita Perón y hasta sabe hacer masitas. No va a serle fácil al partido de John destronar a un gobierno al que todos llaman el segundo Camelot.

A menos que encuentre la forma de ensuciarlo. Cuanto más pensaba Eve en ello, más probable le resultaba esa explicación y no le gustaba en absoluto.

– ¿Dónde está Logan?

– Estuvo toda la tarde en su despacho, haciendo llamadas. -Margaret se puso de pie. -¿Quieres café?

– No, gracias, tomé en el laboratorio hace una hora.

– Bueno, parece que me anoté un punto proveyéndote de una cafetera eléctrica.

– Hiciste un gran trabajo, tengo todo lo que necesito.

– Qué mujer afortunada. -Se sirvió café en la taza. -No muchas personas pueden decir eso. La mayoría de nosotros no tenemos tanta suerte. Tenemos que transar y conformarnos con… -Levantó la vista, horrorizada. -Ay, Dios, perdón. No quise decir que…

– Olvídalo. -Eve se puso de pie. -Creo que me quedan unos veinte minutos hasta que tus decoradores terminen con el laboratorio. Iré a mi habitación a hacer algunas llamadas.

– ¿Te vas por mi culpa?

– No seas absurda. No soy tan sensible.

Los ojos de Margaret le examinaron la cara.

– Creo que sí lo eres, pero lo manejas muy bien. -Hizo una pausa y luego añadió, algo incómoda: -En realidad, te admiro. Si estuviera en tu lugar, creo que no podría… -Se encogió de hombros. -Te aseguro que no quise herirte.

─ No me heriste -respondió Eve con suavidad-. Realmente tengo que hacer llamadas.

– Entonces ve. Terminaré el café e iré a apurar a los decoradores.

– Gracias. -Eve abandonó la cocina y fue directamente a su habitación. Lo que le había dicho a Margaret había sido una verdad parcial. El tiempo había hecho cicatrizar las heridas y en muchos aspectos, se sentía verdaderamente afortunada. Tenía una profesión que le daba satisfacción, tenía a su madre, a la que amaba y también buenos amigos.

Y lo mejor sería comunicarse con uno de esos amigos para ver si Joe había averiguado algo sobre Logan. No le gustaba cómo pintaba la situación, decidió.

No, primero llamaría a su madre.

El teléfono sonó seis veces antes de que Sandra respondiera y cuando lo hizo, estaba riendo.

– Hola.

– Veo que no tengo que preguntarte si estás bien -declaró Eve-. ¿Qué hay de tan gracioso?

– Ron acaba de volcarse pintura sobre el… -La risa la hizo interrumpir la oración. -Tendrías que estar aquí para verlo.

– ¿Están pintando?

– Te dije que quería pintarte el laboratorio. Ron se ofreció para ayudarme.

– ¿De qué color? -preguntó Eve con recelo.

– Celeste y blanco. Va a parecer un cielo con nubes. Estamos probando uno de esos efectos nuevos que se logran con bolsas de residuos.

– ¿Bolsas de residuos?

– Lo vi en la televisión. -Sandra tapó el auricular. -No, Ron, no hagas eso. Estás ensuciando las nubes. En las esquinas hay que hacerlo de otra forma. -Volvió a la conversación. -¿Cómo estás?

– Bien. Estuve trabajando con…

Sandra se estaba riendo otra vez.

– No, querubines no, Ron. A Eve le daría un ataque.

– ¿Querubines?

– Te prometo que solamente habrá nubes.

Santo cielo, querubines, nubes.

– Veo que estás ocupada. Volveré a llamar en unos días.

– Me alegro de que estés bien. Va a ser bueno para ti tomarte esos días.

Era evidente que su ausencia no le estaba causando ningún problema.

– ¿No hubo ningún disturbio más?

– ¿Disturbio? Ah, te refieres a los vándalos. No, en absoluto. Joe vino de visita con comida china, pero se fue enseguida después de que llegó Ron. Resultó que ambos se conocían. Bueno, no es tan extraño, si te pones a pensar que Ron está en la oficina del fiscal de Distrito y Joe… Ron, tienes que poner más pintura blanca ahí. Eve, tengo que cortar. Me va a arruinar todas las nubes.

– Y eso sería terrible. Adiós, mamá, cuídate.

– Tú también.

Eve sonreía cuando cortó. A juzgar por su voz, Sandra se sentía más joven que nunca, ahora todo era Ron y todos estaban relacionados con Ron. No tenía nada de malo sentirse así de joven. En los barrios marginados los chicos crecían demasiado pronto y tal vez ahora Sandra pudiera recuperar algo de la magia de la infancia.

¿Por qué esa idea la hacía sentir que tenía mil años encima?

Porque era tonta y egoísta y hasta tal vez envidiosa.

Joe.

Extendió la mano hacia el teléfono otra vez, pero se detuvo.

Logan sabía que ella había estado en el cementerio.

No le gustaba la idea de ese centro de actividad de vigilancia en la casa para carruajes.

Basta, qué paranoico de su parte. Las cámaras de vídeo no eran necesariamente equivalentes a teléfonos intervenidos.

Pero podrían serlo ¿o no? Desde que había llegado aquí había tenido la sensación de que estaba atrapada en una red.

Sí, era decididamente paranoica.

Se puso de pie, extrajo el teléfono digital de su bolso y marcó el número de Joe.

– Te estaba por llamar. ¿Cómo van las cosas?

– Nada bien. Estoy en ascuas. Me quiere involucrar más de lo que me gusta. Necesito saber en qué estoy metida. ¿Averiguaste algo?

– Puede ser. Pero es bastante extraño.

– ¿Qué no es extraño de todo esto?

– Parece que últimamente se ha obsesionado respecto de John F. Kennedy.

– Kennedy -repitió Eve, perpleja.

– Así es. Y Logan es republicano, lo que ya en sí es extraño. Visitó la Biblioteca Kennedy. Pidió copias del Informe de la Comisión Warren sobre el asesinato de Kennedy. Fue al depósito de libros de Dallas y luego a Bethesda. -Joe hizo una pausa. -Hasta habló con Oliver Stone sobre la investigación que realizó para su película JFK. Todo lo hizo sigilosamente y en silencio. Sin apuro. Ni siquiera te darías cuenta de que hay una conexión entre sus acciones a menos que estuvieras prestando atención al patrón de comportamiento, como en mi caso.

– Kennedy. -Qué locura. -Eso no puede tener nada que ver con el motivo por el que estoy aquí. ¿Algo más?

– Hasta el momento, no. Me pediste cosas fuera de lo común.

– Y vaya si cumpliste.

– Seguiré investigando. -Joe cambió de tema. -Hoy vi al nuevo novio de tu mamá. Ron es buen tipo.

– Ella parece opinar lo mismo. Gracias por pasar a ver si estaba bien.

– No creo tener que volver a hacerlo. Ron parecía muy dedicado a la tarea de protegerla.

– Todavía no lo conocí. Mamá tiene miedo de que lo ahuyente.

– Podrías hacerlo.

– ¿Qué estás diciendo? Si sabes que quiero lo mejor para mamá.

– Sí, y armarás un escándalo terrible hasta que se lo consigas.

– ¿Tan mala soy?

La voz de Joe se suavizó.

– No, tan buena eres. Oye, me tengo que ir. Diane quiere ir al cine de las nueve. Te llamaré cuando sepa algo más.

– Gracias, Joe.

– Por favor. No creo haberte ayudado demasiado.

No, probablemente, no, pensó Eve mientras cortaba. El interés de Logan por JFK podía ser una casualidad. ¿Qué conexión posible podía haber entre el ex presidente y su situación actual?

¿Coincidencia? Dudaba de que Logan hiciera algo por casualidad. Era demasiado astuto, tenía todo siempre bajo control. La búsqueda de información sobre Kennedy era demasiado reciente como para no resultar sospechosa y si había tratado de mantener oculto su interés en Kennedy, algún motivo tendría.

¿Pero cuál? No sería que…

Se puso rígida ante la idea.

– ¡Oh, Dios mío!

CAPITULO 07

No había nadie en la biblioteca cuando Eve entró unos minutos más tarde. Cerró la puerta con violencia, encendió la luz y avanzó hacia el escritorio. Abrió el cajón de la derecha. Papeles y agendas telefónicas. Lo cerró con fuerza y abrió el de la izquierda.

Libros. Los sacó y los colocó sobre el escritorio.

Arriba de todos estaba el Informe de la Comisión Warren. Debajo, el libro de Crenshaw sobre la autopsia de Kennedy y luego un libro gastado titulado La Conspiración contra Kennedy: Preguntas y Respuestas.

– ¿Te puedo ayudar en algo? -Logan estaba en la puerta.

– ¿Está loco, Logan? -Eve lo fulminó con la mirada. -¿Kennedy? Tiene que haber perdido la cabeza.

Logan atravesó la habitación y se sentó frente al escritorio.

– Se te ve un poco alterada.

– ¿Por qué tendría que alterarme? Solamente porque me trajo aquí para la búsqueda más alocada concebida por el hombre. ¿Kennedy? -repitió-. ¿Qué clase de demente es usted?

– ¿Por qué no te sientas y respiras hondo? -Sonrió. -Me asustas cuando te veo así de pie con aire amenazador.

– Déjese de pavadas. Esto no es gracioso, Logan.

La sonrisa de él desapareció.

– No, no es gracioso. Esperaba que no tuviera que llegar a esto. Traté de ser cuidadoso. Supongo que no decidiste revisar mi oficina por pura curiosidad. ¿Fue Joe Quinn?

– Sí.

– Tenía entendido que era muy astuto. -Sacudió la cabeza.

– Pero fuiste tú la que me echó encima el sabueso. ¿Por qué no dejaste las cosas como estaban?

– ¿Pretendía que siguiera dando vueltas a ciegas?

El se mantuvo en silencio un instante.

– No, creo que no. Pero tenía esperanzas de que lo hicieras. Quería que entraras en esto sin prejuicios.

– Por más sospechas que tuviera, no trabajaría sobre la base de prejuicios. No se puede hacer de esa forma con esta clase de trabajo. Pero no puedo creer que quiera que lo ayude a desenterrar a Kennedy.

– No se requiere ningún trabajo manual de tu parte. Sólo quiero que verifiques…

– Sí, y que me maten de un tiro mientras verifico. ¡Por el amor de Dios, Kennedy está enterrado en el cementerio de Arlington!

– ¿Eso crees?

Eve quedó paralizada.

– ¿Qué diablos está diciendo?

– Siéntate.

– No me quiero sentar. Quiero que me lo cuente todo.

– De acuerdo. -Logan hizo una pausa. -¿Y si no fuera Kennedy el que está enterrado en Arlington?

– Ay, cielos ¿otra teoría de conspiración?

– ¿Conspiración? Sí, podría decirse que sí. Pero con una vuelta, más de tuerca. ¿Y si fuera uno de los dobles de Kennedy el que fue asesinado en Dallas? ¿Y si Kennedy hubiera muerto antes del viaje a Dallas?

Eve lo miró con incredulidad.

– ¿Dobles de Kennedy?

– La mayoría de las figuras públicas tienen dobles para proteger sus vidas y su intimidad. Se dice que Saddam Hussein tiene por lo menos seis.

– Es el dictador de un país del Tercer Mundo. Nadie podría hacer una cosa así aquí.

– Sin ayuda no, por cierto.

– ¿Ayuda de quién? -quiso saber Eve en tono sarcástico-. ¿Del pequeño John-John? ¿Tal vez de su hermano Bobby? -Apretó los puños contra los costados. -Usted está loco. Es lo más vergonzoso que he oído en mi vida. ¿A quién demonios acusa?

– No acuso a nadie. Simplemente tomo en cuenta las posibilidades. No tengo idea de cómo murió realmente. Tenía todo tipo de problemas de salud que no eran de conocimiento público. Podría haber muerto por causas naturales.

– ¿Podría? Santo Cielo, ¿acaso sugiere que la causa puede no haber sido natural?

– No me estás escuchando. ¡Diablos, no lo sé! Lo único que sé es que en un engaño de esa importancia tiene que haber habido más de una persona involucrada.

– Una conspiración de la Casa Blanca. Una pantalla. -Eve sonrió con aire burlón. -¿Y qué conveniente le resulta que Kennedy haya sido demócrata, no es cierto? Puede pintar a la oposición como una manga de tramposos e inescrupulosos que no merecen ganar la elección este año. Qué casualidad que una mancha gigantesca como ésta pueda traducirse en una victoria para su partido.

– Puede ser.

– Qué cretino. No me gustan las campañas de desprestigio. Y tampoco me gusta que me usen, Logan.

– Es comprensible. Ahora bien, si ya has terminado de dar rienda suelta a tu fastidio ¿quieres escucharme un instante? -Se inclinó hacia delante en la silla. -Hace ocho meses recibí un llamado de un hombre llamado Bernard Donnelli, el dueño de una casa funeraria en las afueras de Baltimore. Me pidió que fuera a encontrarme con él. Me dijo poco, pero suficiente como para dejarme intrigado, de manera que volé a Baltimore al día siguiente. Estaba asustado y se encontró conmigo en una playa de estacionamiento cerrada a las cinco de la mañana. -Se encogió de hombros. -Muy poca imaginación. Debe de haber creído que era Garganta Profunda o algo así. En fin, la codicia pudo más que el miedo y quiso venderme la información. -Hizo una pausa. -Más un objeto que pensó que yo podría encontrar valioso. Un cráneo.

– ¿Solamente un cráneo?

El resto del cuerpo fue cremado por el padre de Donnelli. Al parecer, la funeraria Donnelli ha sido utilizada durante décadas por la Mafia y la Cosa Nostra para deshacerse de cadáveres. Los Donnelli tienen fama de ser discretos y confiables. Sin embargo, uno de estos procedimientos puso muy nervioso al viejo Donnelli. Aparecieron dos hombres una noche en su casa con el cadáver de un hombre y aunque le pagaron una suma exorbitante, él no se quedó tranquilo. No eran sus clientes habituales y no jugaban según las reglas de siempre. Trataron de impedir que viera la cara del muerto, pero él tuvo un atisbo que bastó para dejarlo paralizado de miedo. Temía que volvieran y lo degollaran para eliminarlo como testigo. De manera que rescató el cráneo y lo escondió para utilizarlo como arma y póliza de seguro.

– ¿Rescató el cráneo?

– No mucha gente sabe que se necesita una temperatura de dos mil quinientos grados y unas dieciocho horas para destruir por completo un esqueleto. Donnelli logró colocar el cadáver de tal forma que el cráneo evitara parcialmente las llamas. Cuando los dos hombres se fueron, al cabo de cuarenta y cinco minutos, Donnelli recuperó el cráneo y cremó el resto del cuerpo. Utilizó el cráneo como herramienta de extorsión y antes de morir le confesó a su hijo, Bernard, dónde lo había enterrado. Una herencia macabra pero redituable, muy redituable.

– ¿Donnelli murió?

– Sí, pero no lo asesinaron. Era anciano y tenía problemas cardíacos.

– ¿Y a quién estaba extorsionando?

Logan se encogió de hombros.

– No lo sé. Donnelli hijo no me lo quiso decir. El negocio era por el cráneo.

– ¿Y me va a decir que usted no lo presionó?

– ¿Por qué te diría una cosa así? Claro que traté de extraerle la información. Lo único que me dijo fue lo que te conté. No tenía las agallas del padre y no le gustaba vivir al filo del peligro. Me ofreció la ubicación del cráneo y la historia a cambio de suficiente dinero como para mandarlo a Italia con rostro e identidad nuevos.

– ¿Y usted aceptó?

– Acepté. He pagado más por negocios con menos posibilidades.

– Y ahora quiere que yo haga dar frutos a esas posibilidades.

– Si lo que me dijo Donnelli era la verdad.

– No era la verdad. Toda esta historia es demencial.

– ¿Entonces por qué no me sigues la corriente? ¿Qué problema hay? Si no hay nada de cierto te irás con los bolsillos llenos de dinero mío, y yo terminaré con un huevo en la cara. -Sonrió. -Ambas posibilidades deberían darte sumo placer.

– Es una pérdida de tiempo.

– Te estoy pagando bien para perder el tiempo.

– Y si la historia tiene algo de cierto, lo menos inteligente que podría hacer yo es andar desenterrando…

– Pero acabas de decir que no tiene nada de cierto.

– Es demasiado alocado creer que se trata de Kennedy, pero podría ser Jimmy Hoffa o algún pez gordo de la Mafia.

– Siempre y cuando no me hayan vendido gato por liebre.

– Cosa más que segura, pienso.

– Entonces ven conmigo y lo averiguaremos. -Hizo una pausa. -A menos que pienses que no podrías hacer el trabajo con la mente libre de prejuicios. De ningún modo quiero que le pongas la cara de Jimmy Hoffa a ese cráneo.

– Sabe perfectamente que soy demasiado buena para eso. No trate de manejarme, Logan.

– ¿Por qué no? Soy bueno para eso. Todos hacemos lo que nos sale mejor. ¿No sientes ni siquiera un poquito de curiosidad por saber si Donnelli dice la verdad?

– No, es un disparate total.

– No tanto si alcanzó para que trataran de asustarte. ¿O prefieres olvidar y perdonar lo que pasó en tu laboratorio?

Otra vez tratando de manejarla. De golpear donde dolía. Eve apartó el rostro.

– No olvido nada, pero tampoco estoy segura de que…

– Redoblo la contribución a la Fundación Adam.

Ella se volvió lentamente hacia Logan.

– ¡Diablos, está pagando demasiado por muy poco! Aun si fuera verdad, todo pasó hace mucho tiempo. ¿Qué sucedería si a nadie le importara que los demócratas hubieran llevado adelante ese engaño?

– ¿Y si les importa? El clima es propicio. El público está harto de verse manejado y usado por los políticos.

– ¿A qué apunta realmente, Logan?

– Pensé que ya lo sabías todo de mí. Soy el típico millonario vil que trata de hacer trampa con los naipes.

No sabía nada de él y tampoco pensaba aceptar como verdadera ni una sola de las palabras que había dicho.

– ¿Lo pensarás, no es cierto?

– No.

– Sí que lo harás. No podrás evitarlo. Dame tu respuesta mañana por la mañana.

– ¿Y si digo que no?

– ¿Por qué crees que compré una propiedad con cementerio?

Eve se puso rígida.

– Fue una broma. -Logan sonrió. -Te enviaré de vuelta a tu casa, por supuesto.

Eve se dirigió a la puerta.

– Y no te pediré que devuelvas el dinero de la Fundación Adam. Aun si no cumples con tu parte del trato. Lo que me hace parecer mucho más honrado que tú ¿no crees?

– Le dije que no iba a meterme en nada ilegal.

– No estoy tratando de involucrarte en nada verdaderamente ilegal. No vamos a profanar Arlington ni ningún otro cementerio. Solamente tenemos que hacer una breve visita a un campo de maíz en Maryland.

– Lo que seguramente también es ilegal.

– Pero si estoy en lo cierto, nuestra pequeña transgresión terminará de la mejor de las formas. -Se encogió de hombros. -Piénsalo. Medítalo con la almohada. Eres una mujer razonable y pienso que verás que no te estoy pidiendo que hagas nada que traicionaría tu código de ética.

– Siempre y cuando me esté diciendo la verdad.

Logan asintió.

– Siempre y cuando te esté diciendo la verdad. No pienso tratar de convencerte de que no te estoy mintiendo. Sé que no serviría de nada. Tendrás que decidir por ti misma. -Abrió el cajón superior del escritorio y sacó una libreta de direcciones de cuero. -Buenas noches. Infórmame de tu decisión no bien la hayas tomado.

Se dio cuenta de que él había dado la conversación por terminada. No iba a hacer nada para persuadirla. La pelota estaba en su lado de la cancha.

¿O no?

– Buenas noches. -Salió de la biblioteca y subió rápidamente a su habitación.

Kennedy.

Imposible. Kennedy yacía en Arlington, no en un pozo dentro de un campo de maíz en Maryland. A Logan lo habían estafado: le habían hecho pagar por nada.

Pero Logan era cualquier cosa menos un ingenuo. Si creía que había algo de cierto en la historia de Donnelli, eso podía ser motivo suficiente como para que ella investigara más el asunto.

Y para aceptar como cierto cualquier plan que Logan podría tener para hacer una campaña de desprestigio. Podía estar mintiendo, hurgando desesperadamente en busca de la forma de lograr lo que quería.

Habían hecho un trato, él había cumplido su parte.

Caray, estaba demasiado cansada como para tomar una decisión. Se iría a dormir y esperaría a la mañana para ver las cosas con más claridad. Sería lo más inteli…

La ventana.

Se puso rígida y contuvo la respiración. Era solamente su imaginación. No iba a dejar que su mente le tendiera trampas. Estaba cansada, se sentía descorazonada y la imaginación comenzaba a jugarle malas pasadas. No iba a…

La ventana.

Atravesó lentamente la habitación hacia la ventana y se quedó mirando la oscuridad.

Oscuridad. Mosquitos. Insectos. Víboras.

Sus mocasines italianos de marca se estaban arruinando con el follaje húmedo del sendero, se dijo Fiske con fastidio.

Nunca le habían gustado los bosques. Recordó cuando, de niño, lo enviaron a una maldita colonia de vacaciones en Maine y lo habían obligado a quedarse allí dos semanas. Sus padres siempre lo mandaban a cualquier parte para deshacerse de él.

Cretinos.

Pero se lo había hecho pagar. Se había asegurado de que jamás lo volvieran a aceptar en la colonia después de aquel verano. No habían podido demostrar nada, pero el tutor se había dado cuenta. Sí que se había dado cuenta. Fiske lo había visto en su expresión asustada, en la forma en que el cretino evitaba mirarlo.

Ese verano aprendió varias lecciones que después pudo aplicar en la vocación que eligió. Los fanáticos de los campamentos casi siempre necesitaban hacer reservas para acampar en un parque nacional y cada reserva era prolijamente documentada por los guarda parques.

Más adelante se veía la luz movediza de un fuego.

Blanco a la vista.

¿Se acercaría directamente o esperaría a que estuvieran dormidos?

Comenzaba a sentir la adrenalina en el cuerpo.

Se acercaría directamente. Que lo vieran, que sintieran lo que se venía.

Se despeinó con una mano y se pasó tierra sobre la mejilla.

El anciano de cabello gris estaba sentado, contemplando el fuego. La esposa salió de la carpa y le dijo algo, riendo. Había un aire de intimidad y afecto entre ambos que a Fiske le resultaba levemente molesto. En realidad, todo lo relacionado con esta operación le molestaba. No le gustaba que lo obligaran a poner en práctica sus habilidades en el medio del bosque y se aseguraría de que el viejo y la mujer lo entendieran bien.

Hizo una pausa, respiró hondo y se abalanzó hacia el claro.

– ¡Gracias a Dios pude encontrar a alguien! ¿Me pueden ayudar? Mi esposa está herida. Estábamos armando el campamento a un centenar de metros de aquí, por el camino y se cayó y se rompió…

– Sé dónde están acampando -informó Gil-. Voy hacia allí. Pero llevo dos horas de retraso. El guarda parques me dijo que hace unas horas ya le hicieron las mismas preguntas.

La mano de Logan se cerró con fuerza alrededor del auricular.

– Ten cuidado.

– ¿Qué, soy idiota, acaso? Claro que tendré cuidado. Y mucho más si se trata de Fiske.-¿Fiske?

– Llamé a mi contacto en el Departamento del Tesoro y me dice que de tanto en tanto Timwick ha utilizado los servicios de Albert Fiske. Fiske era un matón de la CIA, uno de los mejores. Siempre quería los trabajos más difíciles, los golpes de más prestigio. Se enorgullece de su eficiencia y de su capacidad para realizar trabajos que nadie más puede hacer. En los últimos cinco años cortó los lazos con la CIA y trabaja solo, al parecer le va muy bien. Se mueve rápido y conoce el sistema lo suficientemente bien como para hacerlo funcionar a su favor. -Hizo una pausa. -Además, le gusta, Logan. Te aseguro que le gusta.

– Mierda.

– Te llamaré de nuevo cuando los encuentre.

Logan colgó lentamente.

"Se mueve rápido".

¿Cuán rápido?

¿Y en qué dirección?

Sonó el teléfono interno que estaba sobre el escritorio.

– La señorita Duncan dejó la casa hace tres minutos -informó Mark.

– ¿Va hacia el portón principal?

– No, está subiendo la colina.

– Enseguida voy.

Logan llegó a la casa de carruajes unos minutos después.

– Está en el cementerio -comentó Mark.

Logan se acercó a los monitores.

– ¿Qué está haciendo?

– Está oscuro y ella está a la sombra de ese árbol. Por lo que veo, no está haciendo nada. Esta allí, nada más.

De pie junto a la cerca de un cementerio en la mitad de la noche.

– Acércate más.

Mark hizo unos ajustes en el panel de control y de pronto, la cara de Eve apareció en la pantalla delante de él. No le decía nada. Estaba mirando las tumbas cubiertas de flores, con el rostro completamente carente de expresión. ¿Qué había estado esperando él? ¿Tensión? ¿Sufrimiento?

– ¿Raro, no? -observó Mark-. Qué loca.

– ¡Diablos, no es una loca! -Logan se interrumpió, tan sorprendido como Mark ante su repentino arrebato de ira. -Perdón, pero no es ninguna loca. Tiene muchas cosas adentro, nada más.

– Está bien, está bien -se apresuró a decir Mark-. Sucede que me pareció extraña toda la situación. Yo no me iría caminando de noche hasta un cementerio. Tal vez ella… -De pronto lanzó una carcajada. -Tienes razón. Está cuerda como el mismísimo demonio.

Eve estaba mirando hacia los árboles y tenía el dedo medio de la mano derecha levantado en un gesto obsceno.

– Nos está mandando al cuerno -rió Mark-. Esa chica me gusta, John.

John no pudo menos que sonreír. Caray, a él también le gustaba. Le gustaba porque era fuerte, inteligente y resistente. Hasta cuando se mostraba testaruda y cambiante lo intrigaba. En otras circunstancias le habría gustado tenerla de amiga… O aun de amante.

Amante. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que la estaba considerando desde una óptica sexual. Era atractiva, pero a él le habían llamado más la atención la inteligencia y la personalidad que el cuerpo alto y esbelto.

Sí, claro. ¿A quién quería engañar? El sexo era siempre importante y si iba a ser sincero consigo mismo, tenía que admitir que lo atraía su vulnerabilidad.

Lo que lo convertía en una basura.

Así que lo mejor era olvidar el asunto y concentrarse en lo que era importante, la razón por la que la había traído allí.

Y el motivo por el que ella seguía en ese condenado cementerio.

La brisa cálida agitaba las flores sobre las tumbas y llevaba la suave fragancia hasta donde estaba parada Eve, del otro lado de la cerca.

Le había dicho a Margaret que no era un espectro que rondaba los cementerios, de modo que ¿por qué estaba ahí? ¿Por qué no se había ido a dormir como había tenido intención de hacer, en lugar de obedecer ese alocado impulso que la había llevado allí?

Era un impulso. Sí.

Creer que algo la había llamado desde allí era una locura y ella no estaba loca. Había luchado por mantener la cordura después de la ejecución de Fraser y le había costado mucho no lanzarse por el camino de la demencia. Era tan fácil. Soñar con Bonnie por las noches estaba permitido, pero no podía empezar a imaginar, despierta, que Bonnie estaba allí.

Además, Bonnie no podía estar aquí. Nunca había estado en este lugar.

Logan había hablado de muerte y tumbas y la mente de ella había hecho el resto. Nadie la había llamado. Era solamente un impulso.

Una hora más tarde, al entrar en la casa, no se sorprendió al ver a Logan esperándola.

– Estoy cansada. No quiero hablar, Logan. -Pasó junto a él y comenzó a subir las escaleras.

Él sonrió.

– Me di cuenta por tu gesto tan grosero.

– No debería haber estado espiándome. No me gusta que me espíen.

– Un cementerio no es el sitio más agradable para dar una caminata. ¿Por qué fuiste allí?

– ¿Qué importancia tiene?

– Te lo pregunto por curiosidad, nada más.

Los dedos de Eve se cerraron alrededor de la baranda de la escalera.

– Déjese de buscarle el significado a todo lo que hago o digo. Fui allí porque era de noche y conozco el camino. No me quería perder.

– ¿Nada más?

– ¿Qué esperaba? ¿Qué estuviera allí haciendo una sesión de espiritismo?

– No me ladres. Quería saber, nada más. En realidad, esperaba que la caminata te hubiera aclarado las ideas y que hubieras tomado una decisión sobre…

– No me las aclaró. -Eve subió unos escalones más. -Hablaré con usted por la mañana.

– Estaré trabajando casi toda la noche, si llegas a…

– Basta de presionar, Logan.

– Como digas. Puesto que sabes que te estamos vigilando -añadió-, me pareció justo mantenerte informada sobre mi paradero.

– Sí, claro.

Eve cerró la puerta del dormitorio con estrépito y fue directamente al baño. Una ducha caliente le aliviaría la tensión. Después, tal vez iría al laboratorio a trabajar con Mandy. Sabía que no iba a dormir bien esa noche, así que lo mejor era hacer algo productivo.

No era que tuviera miedo de irse a dormir y soñar con Bonnie. Bonnie no era nunca una amenaza. ¿Cómo podía un sueño de amor representar un peligro?

Y lo que la había llevado al cementerio esa noche había sido solamente un impulso, no un llamado de Bonnie.

Los dos cuerpos estaban dentro de una bolsa de dormir, con los brazos entrelazados en un abrazo final. Estaban desnudos, con los ojos bien abiertos, mirándose mutuamente con terror.

Una larga estaca de carpa atravesaba los dos cuerpos.

– Qué hijo de puta. -Haberlos matado ya era terrible, pero Gil sintió que había algo obsceno en la postura de la pareja de ancianos. No les habían dejado ni siquiera dignidad en la muerte.

Echó un vistazo alrededor del campamento. No había pisadas. Ni pruebas visibles. Fiske se había tomado tiempo para dejar todo limpio.

Gil abrió el teléfono celular y llamó a Logan.

– Demasiado tarde.

– ¿Los dos?

– Sí, feo, muy feo. -Más que feo. Perverso. -¿Qué quieres que haga?

– Vuélvete. No pude ponerme en contacto con Maren. Está en algún punto del desierto. Pero tal vez eso sea bueno. Si no podemos ubicarlo, dudo de que Fiske lo logre. Tal vez tengamos un descanso.

– No cuentes con ello. -Miró los dos cadáveres. -Fiske no se va a quedar papando moscas.

– No cuento con nada, pero de ninguna manera quiero que vayas a Jordania. Puede que te necesite.

Gil quedó inmóvil.

– ¿El cráneo?

– No puedo esperar más. Las cosas se están acelerando demasiado. Vuelve enseguida. -Voy hacia allá.

Muy satisfactorio.

Todo prolijo y hasta había podido sacarse el gusto con algunos detalles.

Fiske canturreó por lo bajo mientras abría la puerta y subía al automóvil. De inmediato marcó el número de Timwick.

– Todo listo con Cadro. Tomo el siguiente avión hacia Jordania. ¿Algo más?

– Olvídate de Maren por el momento. Ve a unirte al equipo de vigilancia de Barrett House.

Fiske frunció el entrecejo.

– No me gusta la vigilancia.

– Pues esta vez tendrás que hacerla igual. Si Logan y la mujer estornudan, quiero enterarme de inmediato y que estés allí.

– No me gusta andar de un lado a otro hasta que termino el trabajo. Todavía falta Maren…

– Seguimos a Gil Price cuando salió de Barrett House ayer a la mañana. Fue directamente al departamento de Dora Bentz.

– ¿Y qué? Lo dejé impecable.

– No entiendes. Price sabía lo de Dora Bentz, lo que significa que Logan también sabe. -Timwick dejó escapar un largo suspiro. -Logan, Price y la mujer tienen que morir.

– Dijiste que era demasiado arriesgado.

– Eso fue antes de estar seguros de que Logan iba por el camino correcto. Ahora no hay forma de que podamos dejarlos con vida.

Por fin Timwick se ponía los pantalones.

– ¿Cuándo?

– Te avisaré.

Fiske cortó. Las cosas estaban mejorando, decididamente. Las oportunidades y el dinero iban en aumento. Comenzó a tararear otra vez mientras abría la guantera y sacaba la lista de Timwick. Trazó una prolija línea sobre el segundo nombre y debajo del nombre de Maren escribió cuidadosamente, en letra de imprenta, John Logan, Gil Price y Eve Duncan.

Lo mejor era mantener todo ordenado.

Encendió el motor y de pronto sonrió al recordar la canción que seguía tarareando:

Haz una lista, revísala dos veces.

Ya sabrás quién fue el que hizo estupideces…

CAPITULO 08

– ¡Despierta! -exclamó Margaret-. ¿Por el amor de Dios, tienes que dormir también con esos huesos, Eve?

Eve levantó la cabeza, adormilada.

– ¿Qué? Sacudió la cabeza para despabilarse. ¿Qué hora es?

Margaret estaba de pie adelante del escritorio.

– Son casi las nueve de la mañana. Anoche John me dijo que no ibas a trabajar más.

– Cambié de idea. -Miró a Mandy, que estaba sobre el escritorio, delante de ella.-Pude colocar algunas piezas más en el rompecabezas.

– Y te quedaste dormida trabajando.

– Iba a cerrar los ojos por un minuto. -Sentía feo gusto en la boca. -Creo que estaba cansada, después de todo. -Corrió la silla hacia atrás. -Iré a lavarme los dientes y a ducharme.

– No te moverás de aquí hasta que me digas qué buen trabajo hice con el laboratorio.

Eve sonrió.

– Oh, disculpa. Quedó fantástico.

– Tu entusiasmo me conmueve. -Margaret suspiró. -Tendría que haberles dicho que lo decoraran con cenizas y arpillera.

– Te dije que no tenía importancia. -Eve se levantó y fue hacia la puerta. -Pero de todos modos valoro tu esfuerzo.

– John quiere verte. Me envió a buscarte.

– Lo veré una vez que me duche y me cambie.

– ¿Puedes darte prisa? Ha estado bastante nervioso desde que volvió Gil.

Eve giró.

– ¿Volvió?

Margaret asintió.

– Hace alrededor de una hora y media. Te están esperando en el despacho.

Lo que estaban esperando era su decisión. Querían saber si saldría de cacería con Logan. Kennedy.

Santo cielo, a la luz del día la idea sonaba todavía más demencial que la noche anterior.

– Y John me autorizó a transferir ese otro pago que pactaron a la Fundación Adam -le anunció Margaret-. Llamé al Banco y en una hora ya podrás verificar la transferencia.

No había pactado nada por otro pago. Logan estaba aplicando presión, sobornándola sin insistir en que le devolviera el favor. Pues que donara el dinero, entonces. Eso no afectaría su decisión y se beneficiarían los niños.

– Confío plenamente en ti.

– No, verifícalo -dijo Margaret-. John quiere que lo hagas.

Le importaba un rábano lo que quería Logan. Haría lo que ella tenía deseos de hacer. Trabajar con Mandy durante la noche le había hecho bien. Se sentía mucho más en control de la situación, ahora.

– Te veré más tarde, Margaret.

– Te tomaste tu tiempo -masculló Logan, y miró a Eve con expresión ceñuda cuando entró en el despacho-. Estuvimos esperando.

– Tenía que lavarme y secarme el pelo.

– ¡Y qué bien te quedó! -dijo Gil desde un rincón de la habitación-. Valió la pena el retraso.

Eve le sonrió.

– Creo que Logan no opina lo mismo.

– Es cierto -dijo Logan-. Es mala educación hacer esperar a la gente.

– Depende de si uno tiene una cita o lo mandan llamar.

Gil rió por lo bajo.

– No debiste mandar a Margaret, Logan.

– Diablos, no quería que pareciera que la estaba presionando.

Eve arqueó una ceja.

– ¿Ah, no?

– Bueno, no de manera tan obvia. -Hizo un ademán hacia la silla. -Siéntate, Eve.

Ella negó con la cabeza.

– Esto va a ser breve.

Logan se puso tenso.

– Mira, no quiero que…

– Cállese, Logan. De acuerdo: lo haré. Iré a su maldito campo de maíz para buscar ese cráneo. Lo traeremos aquí y haremos el trabajo que quiere que haga. -Lo miró directamente a los ojos. -Pero lo hacemos enseguida. Quiero que esto termine de una vez.

– Esta misma noche.

– Perfecto. -Se dispuso a irse.

– ¿Por qué? -preguntó Logan de pronto-. ¿Por qué aceptaste?

– Porque usted se equivoca y la única forma que tengo para demostrarlo es hacer el trabajo. Quiero terminar y volver a lo que es importante para mí. -Hizo una pausa y luego prosiguió con tranquilidad. -Y sí, me gustaría verlo con un huevo roto en la cara. Es tanto lo que me gusta la idea que hasta me ofrecería de voluntaria para trabajar en la campaña de reelección de Chadbourne.

– ¿Nada más?

Eve se cuidó de mantener el rostro inexpresivo. Que no viera nada. Que no viera el pánico al que había tenido que sobreponerse la noche anterior. Que no tuviera ninguna arma para utilizar contra ella.

– No, nada más. ¿Cuándo partimos?

– Después de medianoche. -Esbozó una sonrisa torcida. -Como corresponde para una empresa tan macabra. Llevaremos la limusina. Es sólo a una hora de aquí.

Eve miró a Gil.

– ¿Tú también vienes?

– No me lo perdería por nada del mundo. No recuerdo la última vez que desenterré un cráneo. Y ni hablar de uno que promete ser tan interesante. -Guiñó un ojo. -"Oh, pobre Yorick, yo lo conocía, Horacio".

Eve se dirigió a la puerta.

– En realidad, esa cita se acerca más a la verdad que todo lo que me ha dicho Logan. Ese cráneo tiene muchas más posibilidades de pertenecer al Yorick de Shakespeare que a Kennedy.

– Se han puesto en marcha, Timwick -anunció Fiske por el teléfono-. Price, Logan y la Duncan. Acaban de salir por el portón.

– Ten cuidado. Arruinarás todo si se dan cuanta de que los estás siguiendo.

– No hay problema. No tenemos que acercarnos hasta que sea necesario. Kenner puso un dispositivo de rastreo en la limusina cuando Price estaba en el departamento de Bentz. Esperaremos hasta que estén en una ruta desierta, ahí los paso y…

– No, deja que lleguen al lugar donde están yendo antes de actuar.

– Esa tal vez no sea la situación ideal. Debería…

– Al diablo con la situación ideal. Dejarás que lleguen a donde están yendo. ¿Me entendiste, Fiske? Deja que se encargue Kenner. Le di instrucciones precisas y tienes que hacer lo que él dice.

Fiske cortó. Hijo de puta. Ya bastante duro era obedecer a Timwick y ahora encima tenía que cederle la delantera a Kenner. En las últimas veinticuatro horas ya se había saturado de ese idiota.

– Te dije que yo iba a estar a cargo -dijo Kenner desde el asiento del conductor-. No harás nada hasta que yo dé la orden. -Movió la cabeza en dirección a los dos hombres que estaban en el asiento trasero. -Igual que ellos.

Fiske miró hacia delante y vio las luces de cola de la limusina en la distancia. Respiró hondo y trató de relajarse. Todo iba a estar bien. Lograría hacer su trabajo a pesar de la interferencia de Kenner. Mataría a los tres de la limusina unos kilómetros más adelante y los tacharía de la lista.

Y después se armaría su propia lista, con el nombre de Kenner en primer lugar.

El campo de maíz debería haberle traído a la mente algo tan estadounidense como una feria estatal, pero Eve no podía pensar en otra cosa que no fuera una película de horror donde unos niños macabros vivían en un campo de maíz.

No había niños aquí.

Solamente muerte.

Y un cráneo enterrado bajo la rica tierra negra.

Esperando.

Eve descendió lentamente del coche.

– ¿Es allí?

– Logan asintió.

Parece bien cuidado.

– ¿Dónde está la casa?

– Unos diez kilómetros más al norte.

– Es un campo grande. Espero que Donnelli le haya dado bien las instrucciones.

– Sí. Las tengo memorizadas. -Descendió del automóvil. -Sé exactamente dónde está ubicado.

– Esperemos que las indicaciones sean buenas. -Gil había abierto el baúl y estaba sacando dos palas y una linterna. -Cavar no es de las cosas que más me gustan. Pasé un verano trabajando en caminos cuando estaba en la universidad y juré que no lo volvería a hacer nunca.

– Te lo tienes merecido. -Logan tomó la linterna y una de las palas. -Nunca digas nunca. -Se adentró en el campo de maíz.

– ¿Vienes? -preguntó Gil a Eve, mientras se disponía a seguir a Logan.

Ella no se movió.

Podía oler la tierra donde aguardaba la muerte.

Podía oír la brisa agitando las altas hileras de maíz.

Sintió que se le comprimía el pecho ante la idea de hundirse, ahogarse en ese oscilante mar de maíz.

– ¿Eve? -Gil estaba de pie en el extremo del campo sembrado, esperando. -John quiere que vengas.

Ella se humedeció los labios.

– ¿Por qué?

Gil se encogió de hombros.

– Pregúntaselo a él.

– Es un disparate haberme traído aquí. No voy a poder hacer nada hasta que vuelva al laboratorio.

– Lo siento, pero quiere que estés presente cuando desentierre el cráneo.

Déjate de discutir, haz tu trabajo y vete de este lugar.

Siguió a Gil y se adentró en el campo de maíz.

Oscuridad.

Oía el ruido que hacía Gil delante de ella, pero no lo veía. Lo único que veía eran los altos tallos a su alrededor. Era como estar enterrada. Aun con un mapa e indicaciones ¿cómo podía Logan encontrar algo allí?

– Veo una luz adelante -dijo la voz de Gil.

Eve no veía nada, pero apresuró el paso.

Tenía que terminar con este asunto e irse de allí.

Ahora veía la luz. Logan había dejado la linterna en el suelo y estaba cavando. La pala se clavaba en la tierra y desgarraba las raíces del maíz.

– ¿Aquí? -preguntó Gil.

Logan levantó la vista hacia ellos y asintió.

– Rápido. Está enterrado hondo, para que el propietario no lo encuentre al sembrar. No hay que andar con cuidado. Se supone que está dentro de una caja forrada con plomo.

Gil se puso a cavar.

Al cabo de cinco minutos, Eve lamentó que no le hubieran dado una pala a ella también. Hubiera sido mejor estar ocupada que de pie allí, mirando. La tensión dentro de ella aumentaba con cada segundo que pasaba.

Qué idiotez. Seguro que no había nada enterrado allí, se estaban comportando como gente sacada de una novela de Stephen King.

– Golpeé algo -anunció Gil.

Logan lo miró.

– Aleluya. -Comenzó a cavar más rápido.

Eve se acercó al pozo y vio metal oxidado entre la tierra suelta.

– Cielos…

¿Por qué se sentía tan sacudida? El hecho de que Donnelli no hubiera mentido respecto de la ubicación no quería decir que el resto de la historia fuera verdad. Tal vez no hubiera un cráneo en la caja y las probabilidades de que se tratara de Kennedy eran inexistentes.

Logan estaba forzando la cerradura de la caja.

De pronto se dio cuenta de que no se trataba de una caja. Era un ataúd.

Un ataúd de bebé.

– Basta.

Logan se quedó mirándola.

– ¿Qué diablos…?

– Es un ataúd. Un ataúd de bebé…

– Ya lo sé. Donnelli era enterrador. ¿Cómo crees que consiguió un cajón forrado en plomo?

– ¿Y si no es un cráneo?

La expresión de Logan se endureció.

– Es el cráneo. Estamos perdiendo el tiempo.

Rompió la cerradura del ataúd. Eve esperaba que tuviera razón. La idea de que un bebé hubiera estado enterrado allí solo y perdido le causaba una pena intolerable.

Logan abrió el ataúd.

No había ningún bebé.

Aun a través del grueso envoltorio de plástico Eve pudo distinguir el cráneo.

– Aquí está el premio mayor -murmuró Logan y acercó la linterna-. Sabía que…

– Oigo algo. -Gil levantó la cabeza.

Eve también lo oía.

¿El viento?

No era el viento.

Era algo más fuerte. El mismo ruido que habían hecho ellos al avanzar por entre el maíz. Y el ruido venía hacia ellos.

– Mierda -masculló Logan-. Cerró el ataúd y se puso de pie de un salto. -Huyamos de aquí.

Eve miró por encima de su hombro. Nada. Solamente ese sonido amenazante.

– ¿Podría tratarse del dueño de las tierras, no?

– No es él. Viene más de uno. -Logan ya había echado a correr. -No te separes de ella, Gil. Trazaremos un círculo por el campo sembrado y saldremos al camino donde dejamos el coche.

Gil la tomó del brazo.

– Corre.

No tenían que hablar. Alguien los oiría. Pero qué locura. ¿Qué importancia podía tener? Estaban haciendo tanto ruido al correr como sus perseguidores.

Logan zigzagueaba por entre el maíz y ellos lo seguían.

Corriendo.

En la oscuridad sofocante. Ruidos.

Le dolían los pulmones.

¿Se habrían acercado?

No había forma de saberlo. Ellos mismos estaban haciendo demasiado ruido como para que pudiera darse cuenta.

– ¡A la izquierda! -gritó alguien detrás de ellos.

Logan cortó en ángulo recto por entre el maíz.

– Me parece que veo algo -se oyó otra voz.

Santo Cielo, parecía como si el hombre estuviera en la hilera de al lado.

Logan giraba, tomaba por el mismo lugar por donde habían venido.

Gil y Eve le pisaban los talones.

Más rápido.

Eve estaba totalmente desorientada. ¿Cómo sabía Logan Adónde estaba yendo?

Quizá no lo sabía. En cualquier momento podían toparse con quienquiera que fuera el que los estaba persiguiendo. Tal vez debieran…

Logan doblaba otra vez. A la izquierda.

Estaban fuera del campo de maíz, corriendo hacia el camino.

La limusina.

A más de cincuenta metros de distancia.

Al lado había un Mercedes. Eve no podía ver si había alguien adentro.

Echó una mirada por encima del hombro hacia el campo.

Nadie.

Y ya casi habían llegado al coche.

La puerta del Mercedes se abrió.

Gil le soltó el brazo.

– ¡Mete el ataúd dentro de la limusina, John! -Se volvió, sacó una pistola y corrió hacia el hombre que descendía del Mercedes.

Demasiado tarde.

Un disparo.

Eve vio con horror cómo Gil caía hacia delante. Logró ponerse de rodillas y trató de apuntar el arma.

Oh, Dios, el hombre le estaba apuntando nuevamente.

Eve ni siquiera se dio cuenta de que se estaba moviendo hasta que tomó el arma con la mano y la hizo a un lado. El hombre se volvió hacia ella, Eve le asestó un golpe con el canto de la mano en la arteria carótida del cuello. El sujeto gruñó, se le nublaron los ojos y cayó al suelo.

– Conduciré yo. Sube con Gil al asiento de atrás. -Logan estaba arrastrando a Gil los metros que lo separaban de la limusina. -Trata de detener la sangre. Tenemos que salir de aquí. Deben de haber oído el disparo.

Eve sostuvo la puerta abierta y luego se zambulló al asiento trasero junto a Gil.

Dios, qué pálido estaba. Le desgarró la camisa. Sangre arriba, a la altura del hombro. ¿Y si…?

– ¡Ahí vienen! -gritó Logan y la limusina dio un salto hacia delante.

Eve miró por la ventanilla y vio que tres hombres salían corriendo de entre las plantas de maíz.

La limusina salió despedida por el camino, haciendo volar la grava.

Logan miró por el espejito retrovisor.

– ¿Cómo está?

– Tiene una herida en el hombro. No sangra demasiado. Ya recuperó la conciencia. -Volvió a mirar por la ventanilla. -Llegaron al camino. ¿No puede ir más rápido?

– Estoy tratando -masculló Logan entre dientes-. Es como conducir un maldito barco.

Había llegado a la ruta pavimentada que llevaba a la autopista, pero el Mercedes era demasiado veloz. Los faroles delanteros estaban unos pocos metros detrás de ellos.

De pronto, el Mercedes golpeó contra el costado de la limusina.

Estaban tratando de empujarlos fuera del camino y hacerlos caer a la cuneta.

Logan apenas si podía mantener el coche en el camino.

– ¡Adelántese! -chilló Eve-. Si caemos en esa cuneta nos ahogamos.

– ¿Qué crees que estoy tratando de hacer?

Por fortuna, faltaban solamente unos metros para la autopista.

El Mercedes volvió a golpear contra la limusina y ésta viró hacia la cuneta.

Desesperado, Logan hizo girar el volante y logró evitar que cayeran.

– El golpe los hizo desviarse. ¡Vamos ahora! Es nuestra oportunidad -exclamó Eve.

Logan pisó el acelerador.

– Están demasiado cerca -Logan miró por el espejito retrovisor. -Nos atraparán antes de que lleguemos a la autopista.

– El ataúd -murmuró Gil-. Dáselo…

– ¡No! -exclamó Logan.

Eve miró el cajoncito a sus pies.

– Dales el…

Eve extendió la mano hacia la manija de la puerta.

– ¿Qué haces? -dijo Logan.

– ¡Cállese! -le espetó Eve-. Gil tiene razón. Quieren el maldito ataúd y se lo vamos a dar. Más importantes son nuestras vidas.

– ¿Y si siguen? Lo habrás entregado por nada.

– Me importa un rábano. Ya le dispararon a Gil por culpa de este cráneo. Nadie más va a resultar herido. Reduzca le velocidad y mantenga el coche en este carril, pase lo que pase.

Logan aminoró la marcha, pero Eve tuvo que hacer fuerza para abrir la puerta contra el viento.

– Se están acercando.

– Mantenga el coche en el carril. -Arrastró el ataúd y lo empujó hacia la puerta. -Y quédese lo más adelante que pueda.

– No creo que…

– Trate.

El viento había abierto la puerta. Eve empujó el ataúd. Rebotó dos veces y resbaló hacia el otro carril.

– Ahora veremos. -Eve mantuvo la vista fija en el Mercedes.

– Ojalá que… ¡Sí!

El Mercedes había pasado de largo. Al principio pareció que no fueran a prestar atención al ataúd, pero de pronto redujeron la velocidad, giraron en redondo y comenzaron a desandar camino.

– Estamos llegando a la autopista -anunció Logan-. La limusina voló por la rampa y se mezcló entre el tránsito.

Coches. Camiones. Gente.

Eve sintió una oleada de alivio al verse rodeada de vehículos.

– ¿Estamos a salvo, ahora?

– No. -Logan se desvió y se detuvo a un costado de la autopista. -Cierra la puerta. -Se volvió hacia Gil. -¿Cómo estás?

– Es apenas un rasguño. Ni siquiera me sangra, ya.

– No creo que sea seguro parar. Llamaré a Margaret y haré que te consiga un médico. ¿Estás seguro de que no estás perdiendo sangre? ¿Aguantas hasta que lleguemos a Barrett House?

– Por supuesto -repuso Gil en voz débil-. Si aguanté tu forma de conducir, aguantaré cualquier cosa.

Gracias a Dios, estaba lo suficientemente bien como para bromear, pensó Eve, aliviada.

– No había otra opción -le recordó Logan-. Además, por ese comentario tan desconsiderado, te merecerías que te baje aquí y te haga volver caminando.

– Bueno, me callo, me callo. -Gil cerró los ojos. -Como eso me resulta tan difícil, creo que dormiré un poco.

– No, no es una buena idea -objetó Logan mientras se mezclaba nuevamente con el tránsito. -Mantente despierto. Quiero saber si pierdes el conocimiento.

– De acuerdo, como quieras. Sólo cerraré un poco los ojos.

La mirada de Logan se topó con la de Eve por el espejo retrovisor.

Ella asintió y él pisó el acelerador con más fuerza.

– ¿Qué diablos estás haciendo? -chilló Fiske-. ¡Los vamos a perder!

– ¡Cállate! -le ordenó Kenner-. Sé lo que hago. La caja es más importante.

– Pedazo de idiota. Nada es más importante. Tanto trabajo para que los dejes…

– Timwick dijo que si había que elegir entre recuperar lo que habían ido a buscar o atraparlos a ellos, teníamos que recuperar la caja.

– Podemos buscarla más tarde. La arrojaron solamente a modo de distracción.

– ¿Crees que no pensé en eso? No puedo correr riesgos. Está en la mitad del camino. Podrían destrozarla o llevársela.

– ¿A estas horas de la noche?

– Timwick quiere lo que hay ahí adentro.

Fiske se sintió invadido por la ira. Ahora no habría forma de alcanzar a Logan. Y todo por la obsesión de Timwick con esa maldita caja.

Kenner era igual que Timwick, se detenía tanto en los detalles que no veía lo que realmente era importante. Había que dedicarse a un objetivo por vez y no permitirse distracciones.

Mucho menos si se trataba de una maldita caja.

Dos hombres con uniformes blancos salieron de Barrett House no bien Logan detuvo la limusina. Transfirieron a Gil a una camilla y lo llevaron adentro.

Eve descendió del coche. Sentía las rodillas tan flojas que tuvo que apoyarse contra el paragolpes.

– ¿Estás bien? -preguntó Logan.

Ella asintió.

– Le diré a Margaret que te traiga una taza de café -dijo por encima del hombro mientras se dirigía a la casa. Tengo que asegurarme de que Gil no tenga nada grave.

Aturdida, Eve se quedó mirándolo hasta que desapareció. Habían sucedido demasiadas cosas en muy poco tiempo para que pudiera tomar conciencia de que ya había terminado. O de que realmente había sucedido.

Pero el costado abollado de la limusina era testimonio mudo de esa persecución aterradora.

Y la herida de Gil Price no era obra de su imaginación. Podrían haberlo matado. Podrían haberlos matado a todos si ella no hubiera arrojado el ataúd fuera de la limusina.

– Café. -Margaret le puso un jarrito en la mano. -Ven adentro a sentarte un poco.

– Iré en unos minutos. No me funcionan las piernas. -Bebió un sorbo de café. -¿Cómo está Gil?

– Consciente y bromeando como loco. El doctor quiere amordazarlo.

El café estaba fuerte y pronto comenzó a sentir el efecto de la cafeína.

– ¿Cómo lograste que viniera un médico aquí a estas horas de la noche?

– El dinero mueve montañas. -Margaret se apoyó contra la limusina. -¿Estás asustada?

– ¡Caray, cómo no voy a estarlo! Tal vez tú estés acostumbrada a estar metida en un tiroteo, pero yo no.

– Yo también me asusté. Nunca pensé… -Respiró hondo, algo temblorosamente. -Nunca imaginé esto. Pensé… No sé qué pensé.

– ¿Pero sigues confiando en Logan lo suficiente como para continuar trabajando para él.

– Claro que sí. -Margaret se enderezó. -Pero pienso pedirle un aumento y bonificación por trabajo peligroso. ¿Ya estás lista para entrar?

Eve asintió.

Trabajo peligroso. La generosidad de Logan comenzaba a tener sentido ahora. Aquí no estábamos hablando de gatos muertos ni vándalos salvajes. Esto se trataba de un asesinato. Habían tratado de matar a Gil. Hasta podrían haberlos matado a todos si la limusina hubiese terminado en la cuneta.

– ¿Estás mejor? -Logan había descendido la escalera. -Tienes más color en la cara.

– ¿De veras? -Bebió otro sorbo de café. -¿Cómo está Gil?

– Es una herida superficial. Braden dice que se repondrá pronto. -Se volvió hacia Margaret. -No queremos que den el informe a la policía, todavía. Convence a Braden de que lo posponga.

– Sí, claro, y que me acusen de ocultar… -Suspiró y se dirigió a las escaleras. -Me encargaré del asunto.

Margaret había llegado al piso superior cuando Logan se volvió hacia Eve.

Tenemos que hablar.

– Por decirlo de alguna manera, sí. -Eve se dirigió a la cocina. -Pero ahora tengo la taza vacía y necesito más café.

Logan la siguió y se dejó caer sobre una silla, frente a la mesa.

– Lamento que te hayas asustado así.

– ¿Qué, con eso se supone que ahora me empiezo a sentir cuidada y calentita? -Se sirvió café con manos temblorosas. -Pues no es así. Estoy aterrada ahora, pero cuando se me pase, voy a sentir una furia monumental.

– Lo sé y no puedo esperar otra cosa. -Hizo una pausa. -Estuviste increíble esta noche. Diría que le salvaste la vida a Gil. ¿Dónde aprendiste karate?

– Fue Joe. Después de que Bonnie… Le dije que nunca más volvería a ser una víctima, ¿recuerda? Joe me enseñó a poder cuidarme sola.

– Y a los demás también, parece -sonrió Logan.

– Alguien tenía que ayudarlo. Usted estaba más preocupado por ese maldito ataúd que por su amigo. ¡Por Dios, está obsesionado! Me sorprende que haya accedido a aminorar para que yo pudiera arrojarlo.

La sonrisa de Logan desapareció.

– Gil está entrenado para cuidar de sí mismo, también. El tenía su trabajo, yo el mío.

– Y yo tengo el mío. -Eve lo miró a los ojos. -Pero nunca pensé que el trabajo incluía que alguien me quisiera disparar.

– Te dije que tratarían de detenernos.

– Sí, pero no me dijo que tratarían de matarnos.

– No, supongo que no.

– ¡Sabe perfectamente bien que no me lo dijo! -Su voz se elevó con fastidio. -Fue todo un desastre. Usted arriesgó su vida por un asunto absurdo y me metió a mí también en él. Casi me hizo matar, maldito canalla.

– Sí.

– Y no había motivo para eso. Yo no tenía por qué estar allí.

– Sí, tenías que estar.

– ¿Y qué se suponía que iba a hacer? ¿Trabajar sobre el cráneo allí, en el condenado campo de maíz?

– No.

– Entonces… ¿Para qué me hizo ir?

– El doctor Braden se va -anunció Margaret desde la entrada-. Creo que las cosas serán más fáciles si le palmeas el hombro y lo acompañas a la puerta, John.

– De acuerdo. ¿Quieres venir conmigo, Eve? No hemos terminado, aún.

– Por supuesto que no hemos terminado. -Eve lo siguió hasta el vestíbulo y observó su comportamiento con el médico. Fluido como la miel, persuasivo como Lucifer. No le llevó más que un par de minutos lograr que el médico se fuera encantado.

Se quedó en la puerta, viendo cómo Logan acompañaba al médico hasta el coche.

– ¿Qué bien lo hace, no crees? -murmuró Margaret.

– Demasiado bien. -De pronto ya no sentía ira, sino cansancio. ¿Qué importancia tenía? Que tejiera todas sus tramas y telarañas. Nada de eso ya le importaba.

Logan saludó al médico con la mano y luego se volvió hacia ella. Entornó los párpados al ver su expresión.

– Ya no estás enojada. Eso podría ser malo o bueno.

– O ninguna de las dos cosas. ¿Por qué tendría que alterarme? Todo esto es agua que corre bajo el puente. Voy arriba a hacer la maleta. Ya está, hemos terminado. Me voy.

– No hemos terminado nada.

Eve se puso rígida.

– ¡Cómo que no!

Margaret se apresuró decir:

– Iré a ver cómo está Gil. -Y desapareció de inmediato.

La mirada de Logan no se apartó de la cara de Eve por un instante.

– No hemos terminado todavía, Eve -repitió.

– Accedí a hacer un trabajo, uno solo. Aun si no estuviera dispuesta a estrangularlo por ponerme en peligro como hizo hoy, el trabajo terminó cuando tiré el cráneo por la puerta de la limusina. Si cree que voy a quedarme aquí mientras usted trata de recuperarlo, está loco.

– No tengo que tratar de recuperarlo.

Los ojos de Eve se agrandaron.

– ¿Qué me está tratando de decir?

– Acompáñame.

─¿Qué?

– Ya me oíste. Ven conmigo.

Dio media vuelta y se alejó.

CAPITULO 09

El cementerio.

Logan ya había atravesado el portón de hierro forjado cuando Eve logró alcanzarlo. Caminaba con paso decidido por entre la hilera de tumbas.

Eve no lo siguió.

– ¿Qué hace?

– Voy a recuperar el cráneo. -Se detuvo frente a la tumba de Randolph Barrett, levantó el trozo de tierra donde estaban plantados los claveles y lo hizo a un costado. Tomó la pala que había estado escondida debajo y comenzó a cavar. La tierra estaba blanda, recién removida y la tarea fue fácil. -Como dudas de mí, tengo que darte un cráneo para que me creas.

Eve lo miró, incrédula.

– ¿Está totalmente loco? ¿Va a desenterrar cualquier cadáver para…? -Ahogó una exclamación cuando una idea le cruzó por la cabeza. -¡Santo Cielo!

Logan la miró y respondió a la pregunta que no había hecho.

– Sí, saqué el cráneo de ese campo de maíz hace dos meses.

– Y lo volvió a enterrar aquí. Por eso plantó flores encima de todas estas tumbas. Quería borrar cualquier señal de que había estado cavando.

Logan asintió y siguió trabajando.

– Hay un viejo refrán que dice que el mejor lugar para esconder cosas es en plena vista de todos, pero debo admitir que no me atreví a dejarlo así. Hice que Mark instalara una alarma que suena si alguien toca la caja y ahora, cuando estuve en la casa, se la hice apagar.

– Entonces cambió el cráneo que estaba en ese ataúd en el campo de maíz. -Miró el nombre en la lápida. -¿Puso allí el de Randolph Barrett?

– No, Barrett está compartiendo su aposento temporariamente, nada más. Murió a los sesenta y cuatro años. Yo quería un cráneo más joven, así que se lo compré a una facultad de Medicina de Alemania.

A Eve le daba vueltas la cabeza.

– Espere un poco. ¿Por qué? ¿Por qué se tomó tantas molestias?

– Sabía que con el tiempo terminarían por adivinar lo que estaba haciendo y se me ocurrió que podría llegar a necesitar una distracción. Esperaba no tener que usarla. Intenté hasta último momento no mostrar las cartas, pero algo debe de haber salido mal. Tú todavía no habías empezado el proyecto. Las cosas se estaban moviendo demasiado rápido y tuve que sacármelos de encima.

– ¿Cómo que las cosas se estaban moviendo demasiado rápido? No entiendo de qué diablos habla.

– No te conviene saberlo y será más seguro para ti que no lo sepas. -Arrojó a un lado la pala, se inclinó y recogió la caja cuadrada de plomo que había desenterrado. -Lo único que tienes que hacer es el trabajo por el que te pagué.

– ¿Que no me conviene saberlo? -Eve sintió un impacto cuando todas las implicaciones del engaño de Logan la golpearon de lleno. -¡Maldito cretino!

– Puede ser. -Logan dejó el cajón a un lado y volvió a echar la tierra dentro de la tumba. -Pero eso no cambia nada.

– Cambia todo. -La voz de Eve temblaba de ira. -Me llevó hasta ese campo de maíz sabiendo que no tenía ningún sentido.

– Había motivos para hacerlo. Sabían que estabas contratada para el trabajo y necesitaba que vinieras conmigo, para que todo resultara más convincente.

– Y casi me matan de un tiro.

– Sí, lo siento, me arriesgué demasiado.

– ¿Lo siento? ¿Eso es todo lo que tiene para decir? ¿Y Gil Price? Le dispararon. ¡Trató de recuperar ese cráneo para usted y ni siquiera era el cráneo indicado!

– Odio tener que desilusionarte, me doy cuenta que quieres cargar todas las culpas sobre mis hombros, pero Gil sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Él hizo los arreglos para la compra del cráneo.

– ¿Entonces lo sabía? ¿Acaso soy la única a la que no se le contó la verdad?

– Sí. -Dejó la pala en el suelo y la cubrió con la tierra y las flores. -No hubiera dejado que Gil se metiera en una cosa así sin prevenirlo.

– ¡Pero a mí sí me metió sin decirme nada!

– Se suponía que no ibas a ser más que una observadora. Gil tenía que participar. No pensé que te verías obligada a…

– Una observadora. -Eve se enfurecía más con cada segundo que pasaba. -Me tendió una trampa. Estuve preguntándome por qué querría que yo estuviera allí, pero no se me ocurrió que sería para utilizarme como carnada.

– La carnada era el cráneo. Como te dije, tú ibas a estar allí para que todo pareciera creíble. Necesitaba que pensaran que nuestro viaje era lo suficientemente importante como para que nos siguieran.

– Usted quería que nos siguieran. ¡Quería que se acercaran lo suficiente como para que hubiera una excusa válida para arrojar ese ataúd fuera de la limusina!

Logan asintió.

– Tenían que creer que solamente por desesperación iba a renunciar a ese cráneo. Tenía pensado ser yo el que lo arrojara, pero después hirieron a Gil y tuve que conducir.

– Y Gil me dijo que lo hiciera. ¡Caray, usted hasta discutió conmigo por eso!

– Pensé que sería la mejor forma de que lo hicieras. Estabas tan enojada conmigo que hubieras hecho todo lo contrario de lo que te decía.

– Y usted hubiera permitido que Gil y yo muriéramos para engañarlos.

– Yo también estaba en el coche.

– Si se quiere suicidar, es asunto suyo. No tenía derecho de poner en peligro a nadie más.

– Me pareció que era la única solución.

– ¿Solución? ¡Por el amor de Dios, está tan obsesionado con esos asuntos políticos que no le importó nada armar una farsa que casi nos mata a todos!

– Tenía que conseguir que te dieran tiempo.

– Entonces lo que hizo fue en vano. -Lo fulminó con la mirada. -Si cree que voy a hacer este trabajo ahora, está loco. Tengo ganas de estrangularlo y sepultarlo aquí mismo junto a Randolph Barrett. -Dio media vuelta y se alejó. -No, me gustaría sepultarlo en algún lado donde nadie pudiera encontrarlo jamás. Se lo merece, por canalla y por insensible.

– Eve.

Ella no le prestó atención y echó a andar colina abajo.

– Tienes todo el derecho de estar furiosa conmigo, pero hay cosas que debes considerar. ¿Me permites aclarar la situación para que puedas…?

Eve apuró el paso. Ya empezaba a tratar de manejarla otra vez, el desgraciado. Loco del diablo, siempre tramando cosas.

Se encontró con Margaret en las escaleras, cuando se dirigía a su dormitorio.

– Gil está durmiendo. Creo que…

– Consígueme un coche y un vuelo -le dijo con aspereza-. Me voy.

– Caray, parece que John no estuvo demasiado persuasivo. -Margaret hizo una mueca. -No puedo decir que te culpo, pero ten confianza en John, él…

– Olvídalo. Consígueme un pasaje en el primer vuelo.

– Tendré que hablarlo con John.

– O me sacas de aquí o me voy caminando hasta Atlanta. -Cerró la puerta de un golpe, encendió la luz y se dirigió al placard. Sacó la maleta, la arrojó sobre la cama y fue hacia la cómoda.

– Tienes que escucharme -dijo Logan en voz baja desde la puerta-. Sé que es difícil ver las cosas con claridad cuando uno está alterado, pero no puedo dejarte ir hasta que sepas en qué estás metida.

– No me interesa nada de lo que tenga para decir. -Eve arrojó toda su ropa interior dentro de la valija. -¿Por qué voy a escucharlo? Seguramente son todas mentiras. Ha perdido toda su credibilidad. Me engañó y casi consigue que me maten.

– Pero no te mataron. Lo que menos quiero es que te maten.

Eve volvió a la cómoda y abrió otro cajón.

– De acuerdo, exploremos la situación. No pensaste que lo que quería que hicieras era lo suficientemente peligroso como para que alguien tuviera problemas. Al parecer, te equivocaste. Esos tipos querían el cráneo y estaban dispuestos a matar por él. Por lo tanto, al igual que yo, creen que es de extrema importancia.

Eve arrojó el contenido del segundo cajón dentro de la maleta.

– No es Kennedy.

– Entonces demuéstraselo. Y demuéstramelo a mí también.

– Váyase al diablo. No tengo que demostrarle nada a nadie.

– Lamentablemente, creo que sí.

Eve se volvió hacia Logan y lo enfrentó.

– De ninguna manera.

– Tienes que hacerlo, si quieres seguir con vida. -Hizo una pausa. -Y si quieres que tu madre siga con vida.

Eve se puso rígida.

– ¿Me está amenazando?

– ¿Quién, yo? En absoluto. Solamente te digo cómo son las cosas. La situación ha llegado a un punto en que solamente tienes dos opciones: demostrar que tengo razón y dejar que me lance detrás de esos crápulas con pruebas, o demostrar que estoy equivocado y presentarte ante los medios para librarte de todos nosotros. -La miró directamente a los ojos. -Porque la alternativa es que te pongan en la mira y te maten. No les importa si la historia de Donnelli es verdad o no. No van a querer correr el riesgo, directamente.

– Puedo conseguir protección policial.

– Sí, tal vez eso ayude por un tiempo. Pero no es una solución permanente.

– Y puedo hacer que Joe lo haga comparecer a usted para declarar. No tengo más que contarles todo esto.

– Y yo me las arreglaré para zafar, fresco y perfumado como una rosa. Para eso están los abogados. No quiero pelear contigo, Eve -dijo en tono serio-. Quiero mantenerte con vida.

– Qué pavada. Quiere exactamente lo que quiso desde el principio.

– Sí, pero una cosa no excluye la otra. Lo que sucedió en el laboratorio fue una advertencia, pero lo que pasó hoy deja en claro que se han sacado los guantes.

– Puede ser.

– Escúchame y ponte a pensar seriamente. -La miró y luego sacudió la cabeza. -No puedo atravesar tu barrera de rechazo, ¿verdad? Bueno, entonces te diré algo que no tenía pensado decirte: ya están eliminando a otros testigos. Tres personas fueron asesinadas en los últimos días.

– ¿Testigos?

– El caso ha estado lleno de muertes inexplicables desde el asesinato de Kennedy. Debes de haber leído algo sobre eso. -Hizo una pausa. -Y ahora todo ha comenzado de nuevo. Es por eso que esta noche quise provocar una distracción. Tenía esperanzas de que los asesinatos cesaran si lograra crear otro foco de atención.

– ¿Por qué iba a creerle?

– Te puedo dar los nombres y direcciones de las víctimas para que los verifiques con la policía. Te juro por Dios que estoy diciendo la verdad.

Eve le creyó. Hubiera preferido no creerle, porque sus palabras la habían sacudido.

– No hay ninguna razón para que le hagan algo a mi madre.

– Sí, la razón de que atacándola a ella llegan a ti. Si no logran esto, podrían utilizarla a ella como amenaza o como advertencia, igual que hicieron con el gato en tu laboratorio.

Sangre. Recordó el terror y el horror que sintió al ver los destrozos. Sin duda Logan había querido que lo recordara, pero no era necesario. Tenía la imagen grabada a fuego en la mente y no podía eliminarla de allí.

– Todo el tiempo habla de "ellos" Ya estoy harta de andar a ciegas. ¿Quiénes eran esos hombres que nos siguieron esta noche? ¿Quién es el que está detrás de todo esto?

Logan tardó un instante en responder.

– El hombre que está digitando todo en este momento es James Timwick. ¿Te suena su nombre?

Eve negó con la cabeza.

– Es un pez gordo del Departamento del Tesoro.

– ¿Y estuvo aquí hoy?

– No, no sé quiénes eran esos hombres. Probablemente no tienen ninguna función gubernamental. Timwick no dejaría que pudieran relacionarlos con él. En una conspiración como ésta, cuantas menos personas sepan la verdad, más cubierto estará él. Sería mucho más fácil para él si pudiera utilizar todo el poder del gobierno, pero apuesto a que son matones contratados.

Matones contratados. Todo parecía sacado de una película del Oeste de cuarta categoría.

– ¿Y quién destruyó mi laboratorio?

– Gil dice que pudo haber sido Albert Fiske. Ya ha trabajado para Timwick antes.

Fiske. Ese espectáculo de sangre y horror ahora tenía nombre.

– Quiero que Joe se entere de esto. El podrá encontrar a ese canalla.

– ¿Realmente quieres involucrar a Quinn antes de tener pruebas? Timwick es un peso pesado, Con una llamada podría complicarle mucho la vida a tu amigo. -Su voz se tornó persuasiva. -Ponte a buscar esas pruebas, Eve, haz tu trabajo. Harás que todo sea más fácil para Quinn y tú quedarás a salvo.

– Y estaré haciendo lo que usted quiere.

– Todo tiene su lado negativo. Pero no dejes de hacerlo para contrariarme a mí. Crees que estoy equivocado. Si lo demuestras ¿no me estarías castigando por todos los problemas que te he traído?

– Un intento de asesinato no puede calificarse como problema.

– He sido franco contigo y te he prevenido. Ahora la decisión es tuya.

– Siempre lo fue.

– Entonces toma la que más te convenga. -Dio media vuelta y dio la conversación por terminada. -Hacer los arreglos de seguridad para que vuelvas a tu casa va a llevar un poco de tiempo. Le diré a Margaret que te reserve un pasaje en el vuelo de la tarde que sale del aeropuerto Reagan National.

– ¿Y si me quiero ir ahora?

Logan sacudió la cabeza.

– Te he convertido en un blanco y pienso protegerte de la mejor forma posible. También redoblaré la seguridad alrededor de tu madre y de tu casa de Atlanta. -Se volvió para mirarla. -¿Por qué no cambias de idea, Eve? Olvida lo disgustada que estás conmigo y haz lo mejor para ti y tu madre.

La puerta se cerró antes de que ella pudiera responderle.

Estocada y fuga. Qué manera de manejarla.

Mantén a tu madre con vida.

Trató de sofocar el pánico que la invadió. Logan había elegido con mucha astucia las palabras que más hondo calarían. Lo mejor que podía hacer era no prestar atención a nada de lo que él había dicho y desaparecer de allí cuanto antes. De haber sabido en lo que se estaba metiendo, jamás le hubiera dicho que haría el trabajo. Logan la había engañado deliberadamente y la había metido en una situación que…

Despacio, despacio. Tenía que olvidarse de que quería estrangularlo. La situación existía. ¿Qué podía hacer ella al respecto?

Demuestra que estoy equivocado.

Qué tentación. Si trabajara duro, en un par de días podría tener las pruebas.

¿Y dárselas a Logan después de todo lo que le había hecho pasar?

Ni loca. No pensaba hacerlo mientras tuviera otro camino que tomar.

Haz lo que sea mejor para ti y tu madre.

Caminó lentamente hacia la ventana. Comenzaba a amanecer. A la tarde ya podría estar volviendo a casa. Dios, cómo deseaba estar de vuelta donde todo era conocido y tranquilizador.

Pero quizá ya no pudiera sentirse segura allí. La sola decisión de aceptar el trabajo de Logan podía haber destruido la paz y seguridad que tanto había cultivado a través de los años, desde la ejecución de Fraser. La estaban arrastrando otra vez hacia un pantano de pesadilla en el que casi se había hundido después de la muerte de Bonnie.

Pues bien, no se iba a ahogar. Si había sobrevivido a la muerte de Bonnie, nada iba a hundirla ahora.

BARRETT HOUSE MARTES POR LA TARDE

Logan estaba de pie en el vestíbulo cuando Eve bajó las escaleras después de la una de la tarde.

Una sonrisa lenta le iluminó la cara.

– No traes la valija en la mano.

– Sigue estando lista. Me iré en cuanto termine el trabajo. Pero decidí que hacerlo es la mejor forma de romper todo tipo de ataduras con este horror. -Avanzó por el corredor hacia el laboratorio. -¿Dónde está el cráneo?

– Vas directo hacia él. La caja está sobre tu escritorio. ¿Pero no te convendría dormir un poco, primero?

– Ya dormí. Me duché y dormí un rato después de que tomé la decisión de seguir.

– Podrías haberme mandado avisar para aliviar mi ansiedad.

– No tengo ningún deseo de aliviar su ansiedad.

– Comprendo tu punto de vista. Pero has tomado la decisión correcta.

– Si no estuviera segura de eso estaría caminando hacia la puerta en lugar de hacia el laboratorio. -Lo miró con frialdad. -Y pongamos las cosas en claro. En cuanto pueda demostrar que el cráneo no es el de Kennedy, llamaré a los periódicos y les diré que usted es un idiota.

– Me parece bien.

– Y no pienso mantenerme incomunicada. Llamaré a mi madre y a Joe todos los días.

– ¿Acaso traté de impedírtelo? No te tengo prisionera. Espero que podamos trabajar juntos.

– No es probable. -Abrió la puerta del laboratorio. La caja de plomo ocupaba el centro del escritorio. Eve avanzó directamente hacia ella. -Trabajo sola.

– ¿Puedo preguntarte cuánto te va a llevar?

– Depende de las condiciones en que se encuentre el cráneo. Si no es un rompecabezas, dos días, o tal vez tres.

– En mi opinión, se lo veía bastante intacto. -Logan hizo una pausa. -Trata de que sean dos, Eve.

– No me presione, Logan.

– Me veo obligado a presionarte. No sé cuánto tiempo los mantendremos distraídos. Timwick no dará por sentado que el cráneo que tiene es el correcto. Lo hará revisar por algún colega tuyo. Tarde o temprano descubrirá que no es el verdadero.

– Usted dijo que él no iba a querer correr el riesgo de hacer identificar el cráneo.

– Pero va a tener que hacerlo. No puede arriesgarse con el ADN o con los registros dentales, pero puede hacerlo de otra forma. Siempre hay formas de deshacerse luego de la gente que sabe demasiado. ¿Así que si el escultor es bueno… le llevará dos días?

– Depende de si trabaja sobre un molde del cráneo o sobre el cráneo mismo. Y de si tiene ganas de apurarse.

– No le quedará otra opción que apurarse, Timwick le aplicará una presión increíble. ¿Quién es lo suficientemente bueno como para hacer este trabajo?

– Hay solamente cuatro o cinco escultores forenses de primera categoría en el país.

– Es lo que descubrí cuando me puse a buscar uno. A mi abogado no le costó demasiado conseguir la lista.

Eve abrió la caja de plomo.

– ¡Ojalá hubiera conseguido a otro en lugar de a mí!

– Pero tú eres la mejor, y yo tenía que conseguir al mejor. ¿Quién es el segundo mejor?

– Simon Doprel. Tiene el toque.

– ¿El toque?

Eve se encogió de hombros.

– Se toman todas las medidas y se hacen las pericias técnicas, pero cuando se llega a las fases finales de la escultura, hay mucho de intuitivo. Uno siente lo que está bien o está mal. Algunos lo tenemos, otros no.

– Interesante. -Logan hizo una mueca. -Y un poco extraño, quizá.

– No sea estúpido -le espetó Eve con frialdad-. Es un talento, no una idiotez supernatural o algo así.

– ¿Y Doprel lo tiene, también?

– Sí

Eve sacó cuidadosamente el cráneo quemado de la caja. Caucásico. Masculino. Huesos faciales casi intactos. Faltaba una buena parte de la parte posterior.

– ¿No es demasiado bonito, no? -dijo Logan.

– Usted tampoco lo sería si hubiera pasado por lo que pasó él. Donnelli tuvo suerte. El cerebro podría haber estallado hacia adelante, en lugar de hacia atrás y no hubiera habido chantaje… Ni una reconstrucción posible.

– ¿El fuego hace que el cerebro estalle?

Eve asintió.

– Sucede casi siempre con las víctimas de incendios.

Logan retomó la conversación anterior.

– ¿Entonces Doprel sería una primera elección razonable?

– Si Timwick lo consigue. Trabaja casi exclusivamente para el Departamento de Policía de Nueva York.

– Timwick lo va a conseguir. -Logan bajó la vista hacia el cráneo. -Dos días, Eve. Por favor.

– Estará listo cuando tenga que estar listo. No se preocupe, no voy a perder tiempo. Quiero que esto termine. -Avanzó hacia el pedestal y colocó el cráneo en el centro. -Ahora, váyase. Tengo que tomar medidas y necesito concentrarme.

– Sí, señora. -Instantes después, la puerta se cerró.

Eve no había apartado la vista del cráneo. Tenía que alejar a Logan de su mente y no dejar que nada obstaculizara su trabajo. Las medidas tenían que ser exactas.

Pero todavía no. Primero tenía que establecer una conexión, como hacía siempre. Iba a ser más difícil, probablemente, porque se trataba de un adulto y no de un niño. Tenía que recordar que él también estaba perdido. Midió las diferentes partes del cráneo y anotó los números en su libreta.

– No eres el que Logan dice que eres, pero eso no importa. Eres importante por derecho propio, Jimmy.

¿Jimmy? ¿De dónde había salido eso?

Podría tratarse de Jimmy Hoffa o algún personaje de la Mafia.

Sonrió al recordar las razones por las que le había dicho a Logan que no quería tomar el trabajo.

Pero aquí estaba, haciéndolo.

Y Jimmy era un nombre como cualquier otro.

– Te voy a someter a todo tipo de cosas indignas, pero es por una buena causa, Jimmy -murmuró-. Aguanta y quédate conmigo ¿de acuerdo?

CHEVY CHASE, MARYLAND MARTES POR LA NOCHE

– No tengo tiempo para esto, Timwick -dijo Simón Doprel-. Me sacó de un caso importante que va a ir a juicio el mes que viene. Búsquese otra persona.

– Son solamente unos días. Usted dijo que lo haría.

– No dije que vendría desde Nueva York hasta aquí, al campo. Sus hombres prácticamente me secuestraron. ¿Por qué no me trajo el cráneo, directamente?

– Había que mantenerlo confidencial. No dé un paso atrás ahora. Averiguar si este es el terrorista que hemos estado buscando es más importante que un caso de asesinato.

– ¿Qué hace el Departamento del Tesoro persiguiendo terroristas? -preguntó Simón con aspereza.

– Siempre nos involucramos si la amenaza concierne a la Casa Blanca. Si necesita algo, pídaselo a Fiske. Lo tendrá más cerca que a su propia sombra hasta que termine el trabajo. -Timwick sonrió. -Queremos que esté los más cómodo posible mientras dure su estada con nosotros. -Salió de la habitación y cerró la puerta.

Casi era mejor que Doprel tuviera tan pocos deseos de hacer el trabajo, se dijo sombríamente. Trabajaría a toda velocidad y eso era justo lo que necesitaban.

Cuando Timwick se enteró de que el cráneo había sido arrojado de la limusina comenzó a sospechar de inmediato. La recuperación parecía haber sido un poco demasiado fácil. El temor por las vidas de los ocupantes del coche podía haber hecho que Logan sacrificara el cráneo, pero también era posible que hubiera tratado de distraerlos. ¿Por qué no sacó el cráneo antes de arrojar el ataúd? ¿Fue un momento de pánico?

Logan no era un hombre que sucumbía al pánico, pero había estado al volante de la limusina. Kenner dijo que la que había arrojado el cajón había sido la mujer. De todos modos, pronto lo sabrían.

Y hasta que lo supieran, seguirían vigilando Barrett House.

– Estás despierto. -Logan entró en el dormitorio y se sentó en el sillón junto a la cama de Gil. -¿Cómo te sientes?

– Me sentiría mucho mejor si ese médico no me hubiera dopado -se quejó Gil-. El hombro está bien, pero tengo un dolor de cabeza monstruoso.

– Necesitabas descansar.

– Sí, pero no doce horas. -Trató de incorporarse. -¿Qué hay de nuevo?

Logan se inclinó hacia delante y le acomodó las almohadas contra la cabecera de la cama.

– Eve está trabajando con el cráneo.

– Me sorprende. Pensé que estabas equivocado cuando decidiste llevarla. Se podría haber asustado hasta el punto de hacerla rechazar el trabajo.

– O ponerse tan furiosa como para decidir quedarse. Las dos cosas eran posibles. Pero no tenía opción. Tenía que hacerles creer que lo que estábamos haciendo era importante. No esperaba que se acercaran tanto.

– Lo que quieres decir es que esperabas que se acercaran, pero no tanto. -Esbozó una sonrisa burlona. -No me vengas con cuentos. Lo hubieras hecho de todas formas.

– Es probable. -Logan se puso serio. -Eso no quita que lamente de verdad que te hayan disparado.

– Para eso estaba allí. Nos pusimos de acuerdo en que yo intervendría y tú te encargarías del señuelo. -Gil hizo una mueca. -Pero estuve muy torpe. No estaría contando el cuento si no hubiera sido por nuestra dama de los huesos. Estuvo bien, más que bien.

– Sí, al parecer Quinn pensó que tenía que saber defenderse de los Fraser de este mundo.

– ¿De nuevo Quinn?

Logan asintió.

– ¿Siempre parece estar en el trasfondo, no? -Se puso de pie. -Voy abajo a llevarle un sándwich a Eve. Todavía no salió del laboratorio.

– Sin duda te agradecerá que le des permiso para comer.

– No seas sarcástico.

– No fue mi intención serlo. Lo dije en serio. Ahora que la tienes trabajando, imagino que andarás con el látigo hasta conseguir lo que quieres.

– Ella no me lo permitiría. ¿Quieres que te traiga algo?

– Mi reproductor de discos compactos y los discos. -Sonrió. -¿Las paredes, son gruesas? Pensaba torturarte con La hija del minero de Loretta Lynn.

– Si lo haces, le diré a Margaret que venga a hacerte de enfermera.

– No te atreverías, soy un hombre malherido. -Su sonrisa desapareció. -¿Cuánto tiempo crees que tenemos?

– Tres días como máximo. Una vez que descubran que tienen el cráneo equivocado, nos declararán la guerra en todos los frentes. Para cuando llegue ese momento, tendremos que haber desaparecido de aquí. -Se dirigió a la puerta. -Así que recupera las fuerzas, te necesito de pie.

– Mañana me levantaré y volveré a la casa de carruajes. Me tienta la idea de quedarme remoloneando en la cama con Loretta y Garth Brooks, pero no quiero correr el riesgo de que venga Margaret a cuidarme.

Logan cerró la puerta y bajó a la cocina. Quince minutos más tarde, estaba golpeando a la puerta del laboratorio, con un sándwich de jamón y un plato con sopa de verduras en una bandeja.

Nadie respondió.

– ¿Puedo entrar?

– Váyase. Estoy ocupada.

– Traje comida. Tienes que parar y alimentarte en algún momento.

– Déjela ahí, la buscaré más tarde.

Logan vaciló y luego dejó la bandeja sobre la mesa junto a la puerta.

– Date prisa, se te enfriará la sopa.

Por Dios, parecía una esposa rezongona, se dijo Logan. A lo que hemos llegado. Por suerte, Margaret no estaba allí para oír ese áspero rechazo. Se hubiera divertido como loca.

CAPITULO 10

– No cenaste. No puedes trabajar si no comes, mamá.

Lentamente, Eve levantó la cabeza del escritorio.

Bonnie estaba sentada en el suelo junto a la puerta, con los brazos cruzados alrededor de las rodillas.

– Y me parece una tontería que te quedes dormida en el escritorio teniendo una cama Adónde ir.

– Iba a cerrar los ojos por un minuto, nada más -se defendió Eve-. Tengo que trabajar.

– Ya lo sé. -Bonnie miró el cráneo que estaba sobre el pedestal. -Buen trabajo.

– ¿Te parece?

– Sí. -Bonnie tenía el entrecejo fruncido y una expresión perpleja en la cara. -No lo sé. Me parece que es importante. Por eso te llamé para que fueras al cementerio.

– No me llamaste. Fue un impulso.

Bonnie sonrió.

– ¿Eso crees?

– O a lo mejor todas esas flores sobre las tumbas actuaron como mensaje subliminal. Sabía que Logan era taimado y es posible que haya sospechado que… Déjate de sonreír.

– Lo siento. En realidad, estoy muy orgullosa de ti. Es lindo tener una mamá tan inteligente. Te equivocas, pero eres inteligente. – Volvió a mirar el cráneo. -¿Te está yendo bastante bien con Jimmy, no es cierto?

– Sí, pero hay algunos problemas.

– Los resolverás. Te ayudaré.

– ¿Qué?

– Siempre trato de ayudarte en todo lo que haces.

– ¿Así que ahora eres mi ángel de la guarda? Supongo que habrás estado cuidándome la otra noche en la limusina.

– No, no pude hacer nada. Me asusté. Quiero estar contigo, pero todavía no ha llegado el momento. No es tu tiempo, alterarías todo el equilibrio.

– Qué disparate. Si el universo tuviera sentido o equilibrio, no te habrías ido de mi lado.

– No sé cómo funciona. A veces las cosas salen muy mal. Pero no quiero que salgan mal para ti también, mamá. Por eso ahora tienes que tener mucho cuidado.

– Es lo que estoy haciendo. Y lo que más quiero es salir de este embrollo, por eso estoy trabajando con Jimmy.

– Sí, Jimmy es importante. -Bonnie sonrió. -Desearía que no lo fuera. Sería más fácil. -Se apoyó contra la pared. -Veo que vas a trabajar hasta el agotamiento en los próximos días. Si no quieres irte a la cama, apoya la cabeza otra vez sobre el escritorio y duerme.

– Estoy durmiendo.

– Claro que sí. A veces me olvido que soy solamente un sueño. Bueno, hazme un favor, apoya la cabeza y vuélvete a dormir. Es un poquito raro estar durmiendo erguida en esa silla.

– La rara eres tú. -Apoyó los brazos sobre el escritorio y luego la cabeza sobre ellos. -¿Ya te vas? -preguntó al cabo de unos instantes.

– Todavía no. Me quedaré un rato. Me gusta mirarte cuando duermes. Se te van todas las tensiones y preocupaciones. Me gusta verte así.

Eve sintió el ardor de las lágrimas aun con los párpados cerrados.

– Chiquilina extraña…

BARRETT HOUSE

MIÉRCOLES POR LA MAÑANA

– Anoche no comiste nada -Logan abrió la puerta y entró con paso decidido en el laboratorio, trayendo una bandeja con el desayuno. -Detesto ver desperdiciado mi trabajo. Voy a quedarme a ver que termines esto.

Eve levantó la vista del cráneo.

– Me emociona su preocupación por mi bienestar. -Fue hasta el lavatorio y se lavó las manos. -Pero sé que es porque no quiere que me pase del otro lado y pierda tiempo.

– Exactamente. -Logan se sentó en el sillón para visitas. -Así que dame el gusto.

– De ninguna manera. -Eve se sentó frente al escritorio y tomó la servilleta de la bandeja. -Comeré porque tengo hambre y es necesario y lógico que coma. Nada más.

– Qué forma de ponerme en mi lugar. No me importa, mientras comas. -Logan la estudió con atención. -Se te ve descansada, pero tu cama está intacta.

– Dormité un poco aquí. -Bebió el vaso de jugo de naranja. -Y no se meta en mi dormitorio, Logan. Ya ha invadido demasiadas partes de mi vida.

Es que me siento responsable. Quiero ayudar.

– ¿A acelerar el trabajo?

– En parte, nada más. No soy un canalla total.

Eve se llevó un trozo de omelette a la boca.

Logan rió por lo bajo.

– Qué silencio oportuno. Bueno, por lo menos no me atacas abiertamente. Dormir un poco te hizo bien. Siento que te estás aflojando.

– Se equivoca. No tengo tiempo de tratar de analizar sus puntos buenos y malos. Estoy ocupada.

– Hasta eso es una concesión. -La mirada de Logan se posó en el pedestal. -Veo que llegaste a la etapa del muñeco de vudú. ¿Le pusiste un nombre a él también?

– Jimmy.

– ¿Por qué? -Rió nuevamente al comprender. -No es Hoffa, Eve.

– Ya veremos. -Sorprendida, se descubrió sonriendo. Después de la tensión de las horas de trabajo, era agradable relajarse unos momentos… Aunque sea con Logan. -Sin embargo, no creo que usted se hubiera involucrado así con un líder sindical.

– Bueno, digamos que resucitarlo no sería de primordial importancia. -Su mirada volvió al pedestal. -Qué interesante. Parece imposible que puedas reconstruir una cara con tan poco en qué basarte. ¿Cómo lo haces?

– ¿Qué importancia tiene para usted, mientras termine pronto el trabajo?

– Cargo con la maldición de una mente curiosa. ¿Te parece tan raro?

Eve se encogió de hombros.

– Creo que no.

– ¿Cómo se llaman esos palitos?

– Indicadores de profundidad de tejidos. Por lo general, se hacen con gomas para borrar lápiz, de las que se usan con los lápices mecánicos. Corté cada indicador según la medida correspondiente y lo pegué en su lugar específico. Hay más de veinte puntos del cráneo de los cuales se conoce la profundidad del tejido. La profundidad del tejido facial es bastante parecida en personas de la misma edad, raza, sexo y peso. Hay gráficos y cuadros antropológicos que dan la medida específica de cada punto. Por ejemplo, en un hombre caucásico de peso promedio, el grosor de la profundidad de tejido en el punto medio de filtro…

¿Qué?

– Disculpe. Lo que quiero decir es que el espacio entre la nariz y el labio superior es de diez milímetros. La arquitectura del hueso debajo del tejido determina si alguien tiene un mentón prominente u ojos saltones o lo que sea.

– ¿Y qué haces después?

– Tomo tiras de masilla plástica y las aplico entre los indicadores, luego voy construyendo todos los puntos de profundidad de tejido.

– Parece el juego de conectar los puntos.

– Es parecido, solamente que tridimensional y mucho más difícil. Tengo que concentrarme en los elementos científicos de la construcción de la cara, como mantener exactas las medidas de profundidad de tejido mientras relleno los espacios entre las tiras de masilla, también hay que considerar dónde están los músculos faciales y cómo afectan los contornos de la cara.

– ¿Pero qué me dices del tamaño de la nariz? El pobre Jimmy no tiene nariz.

– Eso es difícil. El ancho y el largo quedan determinados por las mediciones que se hacen. Con un caucásico como Jimmy, mido la abertura nasal en el punto más ancho y le agrego cinco milímetros a cada lado para las fosas. Eso me da el ancho. El largo, o la proyección, depende de las medidas del huesito de la base de la abertura nasal, llamado la espina nasal. Es muy simple. Multiplico la medida de la espina por tres y le añado la medida de la profundidad de tejido en el filtro medio.

– Ah, otra vez ese temido filtro.

– ¿Quiere que se lo explique o no?

– Sí, siempre bromeo cuando estoy metido en algo que me supera. -Hizo una mueca. -Perdón, no quise interrumpir. Sigue.

– La espina nasal también determina el ángulo de la nariz. Me mostrará si la nariz es respingada, aguileña o muy recta. Una vez que tienes la nariz, las orejas son más fáciles. Por lo general, tienen el mismo largo que la nariz.

– Todo suena tan preciso.

Eve se encogió de hombros.

– Ojalá lo fuera. Con todas las fórmulas, las medidas y la información científica de lo que forma una nariz, no hay modo de estar segura que estoy reconstruyendo la nariz original. Simplemente tengo que hacer el trabajo lo mejor posible y esperar que sea exacto.

– ¿Y la boca?

– Se toman medidas, también. La altura de los labios se determina midiendo la distancia entre la línea superior e inferior de las encías. El ancho por lo general es la distancia entre los dientes caninos, que casi siempre coincide con la distancia entre los centros de los ojos. El grueso de los labios se obtiene de los gráficos antropológicos de profundidad de tejido. Al igual que la nariz, no tengo idea sobre la forma original, de modo que tengo que utilizar el instinto y el sentido común para… -Alejó la bandeja y se puso de pie. -No tengo más tiempo de hablar. Tengo que seguir trabajando.

– Bueno, me doy por despedido, entonces. -Se puso de pie y tomó la bandeja. -¿Podría venir en algún momento a mirar, o considerarías que estoy invadiendo tu espacio?

– ¿Por qué? ¿Cree que de verdad le voy a poner la cara de Jimmy Hoffa?

– No. ¿Pero podría suceder, acaso?

Eve negó con la cabeza.

– ¿No escuchó nada de lo que le dije? La estructura ósea cuenta la historia.

– Pero qué sucede con los procesos de alisado y rellenado y cuando tienes que utilizar el juicio para la nariz y la boca y…

– De acuerdo, si se tiene una idea preconcebida de identidad, el trabajo puede verse influenciado. Es por eso que nunca miro fotografías hasta que termino. Durante ese período no me permito nada de creatividad. Solamente la ciencia tiene que ser la guía para la base de la cara. Cuando el desarrollo técnico queda terminado, ahí puedo considerar la cara como un todo y darle rienda suelta al juicio artístico hasta el final. Si no lo hiciera de esa forma, el producto sería solamente una escultura y no una reconstrucción facial. -Apretó los labios. -Y puede estar seguro de que no dejaría que eso suceda. Jimmy no va a parecerse a Hoffa a menos que sea Hoffa. De manera que no es necesario que me vigile, Logan.

– No era ésa mi intención -Se defendió él, hizo una mueca y agregó: -¿Si admito que me siento tenso y algo preocupado, me permitirías venir, por favor?

– ¿Tiene dudas, ahora? Pensé que estaba completamente seguro de que se trataba de Kennedy.

– Quiero ver cómo ese cráneo cobra vida, Eve. Entiendo que no merezco consideración alguna, pero… ¿Puedo venir?

Ella vaciló. Seguía sintiéndose indignada y llena de rencor. Después de todo lo que había hecho, se merecía que le dijera que se fuera al diablo. Por otra parte, tal vez fuera necesaria una tregua para salir ilesa de esta situación. Se encogió apenas de hombros.

– No me molesta si se queda en silencio. Ni me daré cuenta de que está en la habitación. Si abre la boca, lo echo.

– Ni una palabra. -Se dirigió a la puerta. -Ni siquiera notarás mi presencia. Te traeré comida, café y me acurrucaré en un rincón como un gatito dócil.

– No conozco gatos dóciles. -Eve se dirigió hacia el pedestal, cerrando ya su mente a Logan. -Quédese callado…

CHEVY CHASE,

MIÉRCOLES POR LA TARDE

– No parece estar avanzando demasiado rápido, Doprel -dijo Fiske-. Y ni siquiera empezó a trabajar con el cráneo.

– Nunca trabajo sobre el cráneo -replicó Doprel-. Estoy haciendo un molde y trabajaré sobre eso.

– ¿Todos lo hacen así? Parece una pérdida de tiempo.

– No, pero yo prefiero hacerlo así-respondió Doprel con fastidio-. Es más seguro. No tengo que tener tanto cuidado con el cráneo.

– Timwick quiere que se haga el trabajo rápido. Este molde es un…

– Yo tengo mi forma de trabajar -lo interrumpió Doprel con frialdad-. Voy más rápido si no tengo que andar con tanta cautela.

– A Timwick no le importa si el cráneo se daña. No tenemos tiempo para el molde. -Hizo una pausa. -Pensé que querría terminar cuanto antes con esto para volver a Nueva York.

– No es la forma en que… -Vaciló. -Al diablo con todo. ¿Qué cuernos me importa si se rompe? Trabajaré sobre el cráneo. Bueno, ahora váyase y déjeme solo, Fiske. Supuestamente, su función es traerme la comida y todo lo que necesito, no criticar mis métodos.

Cretino arrogante. Lo trataba como si fuera un sirviente, pensó Fiske. Sabía cómo eran estos científicos. Se creían mejores y más inteligentes que el resto de la gente. Doprel, con todos sus conocimientos y su cerebro ni en un millón de años podía hacer lo que hacía él, Fiske. No tendría ni la astucia ni las agallas necesarias.

Pero quizá Doprel se daría cuenta de su error antes de que esto terminara. Timwick dijo que dependía de los resultados. Fiske sonrió.

– No fue mi intención ofenderlo -dijo, mientras se dirigía a la puerta. -Le prepararé una jarra de café.

BARRETT HOUSE

MIÉRCOLES, 22:50

Listo.

Eve dio un paso atrás, se quitó los anteojos y se frotó los ojos irritados con los dorsos de las manos. Había terminado la ardua y meticulosa tarea de colocar las tiras de masilla y le ardían los ojos. No se atrevía a seguir trabajando, pues existía el riesgo de cometer errores. Se sentaría a descansar una hora y luego volvería a empezar.

Cruzó hasta el escritorio, se dejó caer en la silla, se apoyó contra el respaldo y cerró los ojos.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Logan.

Eve dio un respingo y su mirada voló hacia el extremo opuesto del laboratorio. ¡Cielos, había olvidado por completo la presencia de Logan! En las últimas veinticuatro horas había entrado en el laboratorio y salido de él como un fantasma. Eve no recordaba que le hubiera dirigido la palabra.

Tal vez sí le había hablado. Ella había estado tan concentrada en Jimmy que no recordaba demasiado de esas horas. Tenía un leve recuerdo de haber llamado a su madre, pero no sabía de qué había hablado.

– ¿Todo bien? -repitió Logan.

– Claro que estoy bien. Solamente descansaba. No tengo la mejor vista del mundo y se me cansan los ojos.

– Como para que no se te cansen. Nunca vi a nadie trabajar con tanta intensidad. Ni Miguel Ángel debe de haber estado tan tenso mientras esculpía el David.

– Tenía más tiempo.

– ¿Cómo te está yendo?

– No lo sé. Nunca sé hasta que termino. Ya pasó el trabajo de burro. Ahora viene lo difícil.

– Un descanso te podría ayudar.

Logan estaba sentado con aire sereno, pero de pronto Eve intuyó la tensión en él.

– Es lo que estaba tratando de hacer: descansar -comentó con ironía.

– Perdón. Y yo estaba tratando de ayudarte. -Esbozó una sonrisita torcida. -En varias oportunidades, creí que te desmayarías.

– Pero no me detuvo.

– No puedo. El tiempo corre. -Hizo una pausa. -¿Cuánto falta?

– Doce horas. Tal vez un poco más. -Cansada, Eve se apoyó otra vez contra el respaldo. -No lo sé. Lo que me lleve. No me presione, diablos.

– De acuerdo. -Logan se puso de pie con movimientos rígidos. -Te dejaré que descanses. ¿Por qué no te recuestas en el sofá? ¿Cuándo quieres que te despierte?

– No quiero dormir. Solamente tengo que descansar la vista.

– Entonces volveré más tarde. -Al llegar a la puerta, agregó: – Si no te molesta, desde luego.

– No, no me importa. -Cerró los ojos de nuevo. -Dígame Logan, ¿no se queda atragantado con tanta cortesía y sumisión?

– Un poco. Pero sobrevivo. Hace mucho tiempo aprendí que si no eres el chip más importante de la computadora, simplemente te limitas a engrasar las ruedas y no entorpecer el camino.

– Qué mezcla atroz de metáforas.

– ¿Qué sabes tú de eso? Debes de tener la mente en una nebulosa.

– No tengo que pensar. De ahora en más, es instinto puro. Solamente tengo que poder ver.

– Me puedo encargar de alimentarte, pero en eso no te puedo ayudar.

– A esta altura, nadie puede ayudarme.

La puerta se cerró detrás de él.

– Nadie -murmuró Eve-. Ahora es entre nosotros dos ¿no es cierto, Jimmy?

CHEVY CHASE

MIERCOLES POR LA NOCHE, 23:45

– Ya casi terminó, Timwick -le informó Fiske-. Dijo que el trabajo resultó más fácil de lo que creía. Le deben de faltar unas doce horas.

– ¿Has visto el cráneo?

– Sí, pero no entiendo nada. Todavía no tiene ojos ni nariz. Creo que usted pierde el tiempo.

– Yo seré quien decida si pierdo el tiempo o no. Llámeme cuando el trabajo esté listo e iré de inmediato.

Fiske colgó el teléfono. Doce horas más y sabría quiénes serían los blancos: Doprel… o Logan y Duncan. Estos últimos representaban un desafío mucho más interesante, pero la verdad era que estaba hasta la coronilla de Doprel. No lo aguantaba más.

BARRETT HOUSE

JUEVES, 06:45

Alisa la arcilla.

Con delicadeza.

Con sensibilidad.

Deja que las puntas de los dedos se muevan como si tuvieran voluntad propia.

No pienses.

Ayúdame, Jimmy.

La arcilla estaba fría, pero Eve sentía las puntas de los dedos tibias, casi calientes, mientras moldeaban y alisaban.

Orejas genéricas. No tenía idea si habían sido protuberantes o si los lóbulos habían sido más largos.

Una nariz más larga y más fina.

¿Boca?

Genérica, otra vez. Sabía cuál era el ancho, pero no la forma. Hizo los labios cerrados, sin expresión.

Ojos.

Tan importantes. Tan difíciles. Sin medidas posibles y con muy pocos indicadores científicos. Bueno, no te apures. Estudia la forma y el ángulo de las órbitas. El tamaño de los globos oculares era casi siempre igual y había muy poca diferencia entre un niño y un adulto. ¿Debía ponerle a Jimmy ojos protuberantes, hundidos, o buscar un término medio? El ángulo de las órbitas y el hueso superior la ayudarían a decidir.

Pero todavía no. Los ojos eran siempre un factor determinante. La mayoría de los escultores forenses trabajaban de arriba abajo y hacían los ojos casi al principio. Eve nunca había podido hacer eso. Descubrió que tenía tendencia a apresurarse todavía más si los ojos la miraban.

Llévame a casa.

Más liso alrededor del pómulo. No demasiado profundo.

No mires la cara como un todo. Toma cada sección y cada facción por separado.

Alisa.

Rellena.

Más despacio. Todavía no puedes dejarte ir. No permitas que la mente guíe completamente las manos. No construyas imágenes mentales. Construye, nada más. Las medidas siguen siendo fundamentales. Contrólalas otra vez.

Ancho de nariz, 32 mm. Correcto.

Proyección de nariz, 19 mm. Correcto.

Altura de labio, 14 mm. No, tenían que ser 12. Baja el labio superior, por lo general es más fino que el inferior.

Rellena alrededor de la boca, hay un músculo importante allí. Dales más forma a las fosas nasales.

Una hendidura a cada lado de la nariz. ¿De qué profundidad?

¿Qué importancia tenía? Nadie nunca reconocía a alguien por una arruga.

Profundiza el área alrededor del labio inferior.

¿Por qué? No tiene importancia. Hazlo.

Alisa.

Moldea.

Rellena.

Arruguitas alrededor de los ojos. Y de la boca.

Estaba trabajando a toda prisa ahora. Las manos volaban por sobre la cara de Jimmy.

Ya casi había terminado.

¿Quién eres, Jimmy? Ayúdame. Ya casi estamos. Te tomaremos una fotografía, la haremos circular y alguien te llevará a casa.

Alisa.

Moldea.

Detente, no exageres.

Dio un paso atrás y exhaló. Había hecho todo lo que podía hacer.

Menos los ojos.

¿De qué color serían? Logan seguramente iba a preferir que utilizara ojos azules. Los ojos de Kennedy eran tan famosos como sonrisa. Al diablo con Logan. Este no era Kennedy… Además ¿por qué iba a darle el gusto a Logan? Dio otro paso atrás y por primera vez se permitió contemplar el rostro en su totalidad. Utilizaría los ojos marrones que siempre…-¡Dios todopoderoso!

Se quedó paralizada, contemplando la cara que había creado. Sintió como si le hubieran dado un puntapié en el estómago.

No.

Era mentira.

Caminó lenta y pesadamente hacia la mesa donde estaba el maletín con los ojos. Los globos oculares brillaban ante sus ojos… Azules, marrones, grises, pardos, verdes.

Tomó el estuche y lo llevó hasta el pedestal.

Estaba exhausta, la mente podía estar jugándole una mala pasada. Los ojos harían que todo fuera diferente. Marrones. Ponle ojos marrones.

Con mano temblorosa, tomó el primer ojo y lo insertó en la cavidad izquierda. Luego tomó el segundo y lo colocó en la derecha.

– Esos no son los ojos que van -dijo Logan desde un rincón-. Y tú lo sabes muy bien, Eve.

Rígida, se quedó mirando los ojos oscuros.

– No, no lo sé.

– Ponle los ojos que corresponden.

– Se trata de un error. Me debo de haber equivocado en algo.

– No eres una persona que se permite equivocaciones. Vamos, sabes qué ojos son los que van con esa cara.

Eve retiró los ojos marrones y los guardó en el estuche. Se quedó mirando sin ver los otros ojos que tenía adelante.

– Vamos, Eve, sabes cuáles tienes que usar.

– ¡De acuerdo! -Extendió la mano, tomó los ojos y los insertó con violencia en las cuencas.

– Ahora da un paso atrás y míralo.

Eve retrocedió. Era increíble. Santo Dios, no podía ser verdad.

Pero no cabía ninguna duda.

– ¡Maldito canalla! -Le temblaba la voz; no podía apartar la vista de los ojos grises. Empezó a temblar, sentía como si la Tierra entera estuviera temblando sobre su eje. -Es Ben Chadbourne. El Presidente.

CHEVY CHASE

– ¿Y bien? -preguntó Doprel en tono avinagrado-. ¿Es el terrorista que buscaban?

Timwick se quedó mirando el cráneo.

– ¿Está seguro de que ésta es una representación correcta?

– Sí. ¿Puedo volverme a Nueva York, entonces?

– Sí, gracias por su trabajo. Haré que lo lleven en coche de inmediato. Como es natural, no dirá una palabra sobre este asunto. No queremos una filtración en seguridad.

– No tengo deseo alguno de hablar sobre este trabajo. No fue precisamente uno de los mejores momentos de mi carrera. Iré a preparar mis cosas. -Doprel salió de la habitación.

– ¿Lo llevo yo? -preguntó Fiske desde donde estaba parado, justo detrás de Timwick.

– No. -Timwick se apartó del busto. -El cráneo es un engaño. Doprel ya no tiene ninguna importancia. Lo enviaré de vuelta con otro. Tengo más trabajo para ti y tenemos que darnos prisa. -Se dirigió al teléfono. -Déjame solo, tengo que hacer llamadas.

Esperó hasta que Fiske hubiera salido de la habitación y luego marcó el número seguro de la Casa Blanca.

– No es él. Tiene la misma edad y la misma estructura facial, pero no es él.

BARRETT HOUSE

– Me mintió -susurró Eve y giró para enfrentar a Logan-. ¡Me mintió!

– Sí. Es la última mentira que te diré, Eve.

– ¿Y piensa que le voy a creer? Cada vez que me vuelvo, descubro que me ha mentido otra vez. En ningún momento pensó que era Kennedy. Por Dios, hasta puso todos esos libros e informes sobre Kennedy en el escritorio nada más para que creyera lo que usted quería que creyera. Era todo un invento alocado.

– No había nada de alocado. Me esmeré mucho para que la mentira fuera creíble. Tenía que tapar el hecho de que estaba investigando lo que Donnelli había alegado. Por eso sembré las pistas falsas sobre Kennedy. Para que no supieran si realmente sospechaba algo o era un loco de atar. Hasta comencé a buscar discretamente un escultor forense, la persona que pudiera revelarme si había algo de verdad en lo que decía Donnelli.

– Sí.

– Así es, tú eras la pieza clave que necesitaba.

La mirada de Eve volvió a posarse en el cráneo de Jimmy. No, ya no era Jimmy. Se trataba de Ben Chadbourne, el Presidente de Estados Unidos. Eve sacudió la cabeza.

– Es una locura. Cuando me contó lo que sucedió en la funeraria de Donnelli, supuse que había sido hace años. Era lo que usted quería que pensara ¿no es así?

– Sí. Fue solamente hace dos años.

– Todo mentira.

– Tenías que estar completamente libre de influencias e ideas preconcebidas. Era la única forma de garantizar que reconstruirías la cara que pertenecía a ese cráneo. -Su mirada siguió la de Eve hacia el rostro de Chadbourne. -Verte trabajar fue como un milagro, como si le estuvieras dando vida. Yo estaba casi seguro de que era él, pero cada toque lo volvía…

– ¿Cómo murió? ¿Lo asesinaron?

– Es probable. Tendría sentido.

– ¿Y el hombre que está en la Casa Blanca es uno de sus dobles?

Logan asintió.

Eve sacudió la cabeza.

– Es demasiado disparatado. No se podría lograr con Chadbourne ni con Kennedy. Es una función demasiado pública.

– Pero lo hicieron.

– ¿Quién, Timwick?

– Es el testaferro.

– ¿De quién?

– De la esposa de Chadbourne. Ella tiene que estar manejando los hilos. Es la única que tiene el poder de proteger a un doble y de instruirlo.

Lisa Chadbourne.

Lisa Chadbourne. Eve la recordó en la conferencia de prensa: entre bambalinas, mirando a su esposo con adoración.

– ¿Ella sería la asesina?

– Es posible. No lo sabremos hasta que averigüemos qué le sucedió a Ben Chadbourne.

– ¿Qué motivos podría tener?

– No lo sé. Ambición, posiblemente. Es inteligente y astuta y sabe cómo manejar una situación para sacarle provecho. Trabajó duro para terminar sus estudios de abogada y llegó a ser socia de una prestigiosa firma legal. Después de casarse con Chadbourne lo fue empujando hasta hacerlo llegar a la Casa Blanca. Una vez allí, ella hizo todo bien. -Logan sonrió con ironía. -Es la primera dama perfecta.

– No puedo creer que sea ella.

– Te entiendo. A mí también me costó creerlo. Estuve con ella un par de veces y me cayó bien. Esa combinación de encanto e inteligencia puede resultar muy atractiva.

Eve sacudió la cabeza.

– Te estoy enloqueciendo con tantas cosas. Ojalá pudiera darte más tiempo para asimilar todo, pero no puedo. No nos queda tiempo. -Se puso de pie. -De acuerdo: no tienes que creer que fue Lisa Chadbourne, si no quieres. Puedes creer que fue otra persona. Pero no vas a negarme que ella tiene que ser parte de la conspiración para que pueda funcionar

– Es… razonable, sí. -Eve echó otra mirada al cráneo. ¿Pero… ¿Y si no es Chadbourne? ¿Si es el doble?

– Es Chadbourne.

– ¿Porque usted quiere que lo sea?

– No, porque es él. Es lo único que tiene sentido. -Logan hizo una pausa. -Porque fue James Timwick el que le llevó aquel cuerpo a Donnelli.

– ¿Cómo puede saberlo con tanta seguridad? El padre de Donnelli pudo haber mentido.

– Sí, seguro que sí. Al parecer, era un crápula. Pero no era tonto. Se codeaba con unos personajes bastante peligrosos y tenía que protegerse. El crematorio estaba equipado con grabadoras ocultas. Tiene a Timwick grabado en una cinta. -Esbozó una sonrisa torcida. -Fue parte del legado que le dejó a su hijo y la carnada que me hizo morder el anzuelo. A causa de esa cinta, hice que Gil investigara la historia.

– Si tuviera una cinta tan incriminadora, no necesitaría más pruebas. Podría llevársela a las autoridades, o a los medios y dejar que…

Logan negó con la cabeza.

– No era lo suficientemente incriminadora. No contenía detalles. No decía: "Eh, oigan, soy James Timwick y estoy quemando al Presidente de los Estados Unidos". Era sólo una conversación general mientras estaban en el crematorio. Timwick dio órdenes a uno de sus hombres para que lo ayudara con el cadáver. En un momento le pidió una silla a Donnelli. Evidentemente, el pobre hombre había tenido una noche agitada y estaba cansado. Eran comentarios de ese tipo.

– ¿Entonces cómo sabía que se trataba de Timwick?

– Lo conocía de antes. Es director del Servicio Secreto y asistió a bastantes funciones de Chadbourne, además…

– Servicio Secreto. Me dijo que tenía un puesto jerárquico en el Departamento del Tesoro. -Eve apretó los labios. -Sí, por supuesto, el Servicio Secreto es parte del Departamento del Tesoro. Otra pequeña evasión.

– Lo siento. -Logan continuó. -Timwick tuvo una carrera distinguida y fue crucial para la elección de Chadbourne. Su voz es muy característica. Es de Massachusetts y el acento es inconfundible. Tenía el presentimiento de que era él y cuando Donnelli hijo me mandó la cinta grabada, pasé algunos de los vídeos que hice donde está Chadbourne en campaña y los comparé. No fue difícil. Timwick no es un hombre al que le gusta quedarse en segundo plano. Creo que está decepcionado de que Chadbourne no le haya dado un puesto en el gabinete.

– No puedo creer que permitieron que Donnelli viviera para chantajearlos. ¿Por qué no lo obligaron a renunciar a la cinta y el cráneo?

– El les dijo que había puesto una copia de la cinta y una explicación en manos de un abogado, que las enviaría inmediatamente a los medios si él desaparecía o moría por causas no naturales.

– Después murió de un ataque cardíaco y su hijo desapareció.

– Pero ellos no habían sido responsables, así que tuvieron que concluir en que Donnelli hijo había hecho un mejor negocio. Imagino que la búsqueda debe de haber sido muy intensa. Yo me comporté con sumo cuidado, pero puede haber habido algo que los llevó a pensar que Donnelli se contactó conmigo. -Se encogió de hombros. -O quizá no. Tal vez andaban detrás de cualquier cosa o persona que resultara sospechosa y yo hice sonar la alarma.

– Es increíble. ¿Por qué querrían matar a Chadbourne?

– No tengo idea. Solamente puedo tejer conjeturas. -Se encogió de hombros. -Lisa Chadbourne es una mujer fuera de lo común. Algunos dicen que ella hubiera sido mejor presidente que su esposo. Pero todos están de acuerdo en que el país todavía no está listo para aceptar a una mujer presidente, así que se ve obligada a trabajar detrás de la escena. Debe de haberla fastidiado estar siempre en segundo plano. Y Ben Chadbourne era un hombre fuerte. Tal vez ella quería más control sobre él. Más control del país.

– Son demasiadas suposiciones.

– Es lo único que puedo darte. Lo que sí te puedo asegurar es que creo que sucedió. ¿Quieres hacerme un favor? Ve a la biblioteca y ponte a ver los vídeos que están en el primer cajón del escritorio. Hay tres que tienen discursos recientes de Chadbourne y conferencias de prensa. Los edité para poder hacer comparaciones. Me gustaría que los miraras con la mente abierta.

– ¿Y qué espera que vea?

– Míralos, nada más.

– Es una locura. Una especie de…

– ¿Qué puedes perder con verlos?

Eve calló un instante y luego asintió.

– De acuerdo. Iré a verlos -dijo y se dirigió a la puerta.

En cuanto Eve se fue, Logan se acercó al escritorio y marcó el número de Gil en la casa de carruajes.

– Terminó. El cráneo es de Chadbourne.

Gil maldijo por lo bajo.

– No sé por qué me impresiono. Estábamos casi seguros de que iba a ser él.

– Diablos, la observé mientras trabajaba y también fue un golpe para mí.

– ¿Cómo lo tomó?

– Multiplica tu reacción por un millón y tal vez te acerques. No sabe si creerme o no, y no la culpo, después de las mentiras que le he dicho. Por lo menos accedió a mirar los vídeos. Cuando termine, le hablaré otra vez.

– ¿Tenemos tiempo?

– Vaya uno a saber. Pero haber identificado el cráneo es sólo el primer paso. Seguimos necesitándola y necesitamos también que se convenza de que es Chadbourne. Después de eso, las piezas irán cayendo en su lugar. ¿Estás listo para partir?

– Aja.

– Diles a Mark y a Margaret que hagan las valijas y sácalos de aquí cuanto antes.

– Perfecto.

Logan dejó el teléfono y fue a pararse adelante del cráneo de Chadbourne. Pobre infeliz. No merecía su destino. Logan nunca había estado de acuerdo con sus ideas políticas, pero le había tenido simpatía. Era imposible no tenerle simpatía a Ben Chadbourne. Había soñado y tratado de hacer realidad sus sueños. Le faltaba practicidad y era probable que hubiera aumentado la deuda nacional a cifras astronómicas, pero hoy en día era difícil encontrar hombres con sueños. Y aquellos que los tenían, por lo general terminaban como este hombre que le devolvía la mirada con brillosos ojos de vidrio.

CAPITULO 11

No podía ser cierto.

Chadbourne…

La mirada de Eve estaba fija sobre la pantalla del televisor. El último vídeo estaba por terminar. La cara era la misma, los ademanes también, hasta la voz y la entonación parecían idénticas.

Lisa Chadbourne estaba presente en casi todas las funciones públicas comenzadas en noviembre de hacía dos años. Eve había comenzado a fijarse en ella en el último vídeo.

Siempre encantadora, siempre con una sonrisa cariñosa y la mirada fija en Chadbourne. Con frecuencia, Chadbourne la miraba con afecto y respeto aun en medio de…

De pronto, Eve se irguió en la silla.

Observó el vídeo unos minutos más, luego se puso de pie de un salto y lo rebobinó para verlo de nuevo desde el principio.

– Ella le hace señas -declaró sin rodeos cuando volvió al laboratorio diez minutos después. -Un montón de señas. Cuando se alisa la parte delantera de la falda, él hace un chiste. Cuando cruza las manos sobre el regazo, él da una respuesta negativa. Cuando se acomoda el cuello del traje, él dice que sí. No sé qué significa el resto, pero ésas me resultaron evidentes. Cada vez que él duda, ella le da la respuesta.

– Sí.

– ¡Usted lo sabía! ¿Por qué no me dijo que me fijara en eso?

– Esperaba que te dieras cuenta sola.

– Ella lo maneja como si fuera un títere -masculló Eve, lentamente.

Logan la miró con los párpados entornados.

– ¿Y realmente crees que el Ben Chadbourne que fue elegido presidente dejaría que otra persona mueva los hilos?

Eve se mantuvo callada unos instantes.

– No -respondió por fin.

– ¿Entonces te parece razonable suponer que ese hombre no es Ben Chadbourne?

– No es razonable, es demencial. -Hizo una pausa. -Pero podría ser verdad.

– Gracias a Dios. -El suspiro de alivio de Logan brotó de lo más profundo de su pecho. -Avanzó hacia la puerta. -Empaca el cráneo. Hay un maletín de cuero en el armario. Tenemos que irnos de aquí.

– Primero hablaremos. ¿No me ha dicho todo, verdad?

– No, hablaremos más tarde. No sé cuánto tiempo tenemos. La única razón por la que me arriesgué a quedarme aquí es que necesitaba tu colaboración.

– Sí que tenemos tiempo. ¿Qué cree, que alguien va a entrar por la fuerza por el portón eléctrico?

– Puede ser. -Logan apretó los labios con gesto sombrío. -Podría suceder cualquier cosa. Piensa en el poder de la presidencia. No existen demasiadas cosas que no puedan taparse si tienes suficiente poder. Mientras crean que tienen el cráneo de Chadbourne, irán despacio, querrán eliminarnos uno por uno a su propio ritmo. Pero en cuanto se den cuenta de que no es el cráneo que quieren, se sacarán los guantes y harán cualquier cosa para recuperarlo y borrar del mapa a todos los testigos.

Eve sintió una punzada de pánico. Si estaba dispuesta a creer que el cráneo del pedestal era de Chadbourne, entonces también tenía que aceptar que la amenaza era tan letal como decía Logan.

Con todas las mentiras que le había dicho, no confiaba en absoluto en él, pero ella sola había creado la cara de Chadbourne, con las manos y con la mente. Si confiaba en su habilidad y en su integridad, entonces tenía que creer que el cráneo pertenecía a Ben Chadbourne.

Cruzó la habitación con paso rápido y fue directamente hacia el pedestal.

– Vamos. Guardaré el cráneo ahora mismo.

CHEVY CHASE

– Dentro de diez minutos Kenner llegará en helicóptero con seis de sus hombres -dijo Timwick a Fiske al salir del laboratorio. -Quiero que vayas a Barrett House.

Fiske se puso rígido.

– No voy a someterme a las órdenes de ese idiota de Kenner otra vez.

– No tendrás que someterte a las órdenes de nadie. Ahora el juego es tuyo. Las únicas instrucciones que tiene Kenner son de ayudarte y dejar todo limpio una vez que termines.

Ya era hora.

– ¿Logan y Duncan?

– Y todos los que estén allí. Margaret Wilson y el hombre a cargo de la electrónica ya se fueron hacia el aeropuerto. Tendremos que rastrearlos después. Deben de ser de poca importancia, de otro modo Logan no los hubiera dejado ir. Pero Price, Duncan y Logan siguen en la casa. Son tus objetivos. Manéjalo como quieras. No podemos dejar con vida a nadie que sepa lo que estuvieron haciendo allí.

Ahora sí que le gustaba. Un trabajo prolijo y limpio. Era evidente que la persona a la que Timwick había llamado por teléfono era más inteligente que él.

– ¿Qué no queden testigos, entonces?

– Ninguno.

– ¿Qué diablos estás haciendo? -quiso saber Logan cuando entró de nuevo en el laboratorio llevando un bolso de lona-. Ese cráneo ya tendría que estar guardado.

Eve cambió la ubicación de las cámaras.

– Estoy haciendo más tomas de la cabeza. Tal vez las necesite más tarde.

– Tómalas en otro momento.

– ¿Me garantiza que estaremos en algún sitio donde haya equipo técnico?

Logan vaciló.

– No -dijo por fin.

– Entonces cállese. -Eve obtuvo dos tomas más. -Lo estoy haciendo lo más rápido que puedo.

– Tenemos que irnos de aquí, Eve.

Ella hizo tres tomas del perfil izquierdo.

– Con eso tendría que alcanzarme. ¿Dónde están esas fotografías de Ben Chadbourne que me dijo que tenía?

Logan buscó dentro del bolso y sacó un sobre marrón.

– ¿Son recientes?

– Ninguna tiene más de cuatro años. ¿Nos podemos ir, ahora?

Eve guardó ensobre en su cartera, colocó el cráneo en el maletín de cuero que estaba junto al pedestal y cerró las trabas. Señaló la pequeña caja metálica que estaba junto a las cámaras.

– Guárdela dentro del bolso. Puedo llegar a necesitarla.

– ¿Qué es?

– Es la mezcladora. Puedo llegar a conseguir cámaras, videograbadoras y monitores, pero la mezcladora es algo especializado y más difícil. No siempre…

– No importa, olvídate de mi pregunta. -Tomó la mezcladora y la guardó en el bolso. -¿Algo más?

Eve sacudió la cabeza.

– Lleve el maletín de Ben. Yo buscaré a Mandy.

– ¿Mandy?

– Usted tiene sus prioridades, yo tengo las mías. Mandy es tan importante para mí como Ben Chadbourne.

– Toma lo que quieras, pero salgamos de aquí de una vez.

Gil se encontró con ellos en la puerta de entrada.

– Discúlpame, Eve, pero traje una sola de tus valijas. Con este hombro, no puedo cargar nada más.

– No importa. -Eve se dirigió a la puerta. -Vamos.

– Espera. Hay otra en… ¡Mierda!

Eve también lo oyó. Un zumbido bajo, que se tornaba más fuerte con cada segundo que pasaba. Hélices de un helicóptero.

Logan fue a la ventana.

– Aterrizarán en unos minutos.

Corrió a la cocina. Eve lo siguió.

– ¿Dónde está Margaret? Tenemos que…

– Mark y ella se fueron hace una hora -respondió Gil-. Ya tendrían que estar en el aeropuerto. Dentro de tres horas estarán a salvo en un refugio en Sanibel, estado de Florida.

– ¿Y nosotros Adónde vamos? ¿No deberíamos intentar llegar a la limusina?

– No hay tiempo. Además, seguramente hay alguien vigilando el portón. -Logan estaba abriendo la puerta del cuartito que funcionaba como despensa. -Vamos. -Tanteó debajo de uno de los últimos estantes, levantó una puerta trampa y arrojó el bolso a la oscuridad. -No hagas preguntas, solamente baja por la escalera.

Eve bajó a toda prisa y se encontró en una especie de sótano con piso de tierra. Logan la siguió.

– Cierra la puerta de la despensa, Gil.

– Listo. Ya están en la casa, John. Los oí en la puerta principal.

– Entonces baja de una vez y cierra la puerta trampa -le ordenó Logan.

– Córranse, voy a arrojar la maleta. -Un instante después, quedaron en la oscuridad. Gil cerró la puerta y la trabó.

Pasos veloces sobre el piso de madera encima de ellos.

Gritos.

– ¿Dónde estamos? -susurró Eve-. ¿En un sótano?

– Sí, con un túnel. -La voz de Logan se tornó casi inaudible cuando echó a andar por el pasillo. -Me preguntaste por qué compré esta casa en particular. La utilizó el Ferrocarril Subterráneo para sacar a escondidas a los esclavos del sur antes de la Guerra Civil. Hice reforzar las vigas. El túnel abarca un kilómetro hacia el norte, pasa debajo de la cerca y sale al bosque. Mantente cerca. No puedo arriesgarme a usar una linterna hasta que tomemos la siguiente curva.

Caminaba tan rápido que ella y Gil casi tenían que correr para mantenerse a su altura.

Debían de haberse alejado de la casa, ya. No se oían más pasos, pensó Eve con alivio.

De pronto, la diminuta linterna de Logan iluminó la oscuridad frente a ellos.

– Corre. Comenzarán a revisar la casa y no tardarán en encontrar la puerta oculta.

Ya estaba corriendo, diablos. Y jadeando.

Oyó a Gil maldiciendo a sus espaldas.

Estaba herido. ¿Cuánto tiempo más podría correr?

Delante de ellos, Logan estaba abriendo una puerta. Gracias a Dios.

Subieron la escalera.

Luz de día.

Una espesa cortina de arbustos ocultaba la puerta, pero la luz se filtraba por entre las hojas.

Aire fresco.

Estaban afuera.

– Rápido -los alentó Logan-. Un poquito más.

Siguieron a Logan alrededor de los arbustos y se adentraron en el bosque. Detrás de otra cortina de arbustos había un coche, un Ford de modelo más antiguo, con la pintura levemente descascarada.

– Suban atrás. -Logan colocó el maletín de Chadbourne en el piso del asiento del pasajero y subió detrás del volante.

Eve se hundió en el asiento trasero junto a Gil y colocó la caja de Mandy junto a sus pies. No había terminado de cerrar la puerta cuando Logan arrancó y comenzó a avanzar por el terreno irregular. Santo Dios ¿y si pinchaban una goma?

– ¿Adónde vamos?

– Hay un camino secundario a cinco kilómetros. Una vez que lleguemos, daremos la vuelta al bosque y tomaremos hacia la autopista. -El coche se sacudió sobre un montículo. -Eso nos dará algo de tiempo. Probablemente utilicen el helicóptero para tratar de localizarnos, pero aun si lo hacen, no van a poder relacionarme con las patentes de este coche.

Si es que llegaban al camino, pensó Eve mientras pasaban por encima de otro arbusto.

– Está todo bien. -Gil la estaba mirando. -Le puse neumáticos de alta resistencia y un motor nuevo. La máquina no es tan decrépita como parece.

– ¿Cómo está tu hombro? -quiso saber ella.

– Bien. -Gil sonrió. -Pero me sentiría mucho mejor si no fuera John el que conduce.

– No hay nadie en el túnel. -Kenner subió por la escalera que daba a la despensa. -Lleva al bosque. -Envié dos hombres a investigar.

– Si Logan se organizó una ruta de escape, también tiene que haber pensado en transporte. -Fiske salió de la despensa. -Revisaré la zona desde arriba con el helicóptero. Quédate aquí y préndele fuego a todo. No hay nada más limpio que el fuego.

Kenner se encogió de hombros.

– Bien. Prepararé una explosión.

Qué idiota. Por suerte era él, Fiske, el que estaba a cargo ahora.

– No, una explosión no. Fuego. Y sin nafta. Que parezca un cortocircuito.

– Eso llevará tiempo.

– Vale la pena tomarse el tiempo necesario para hacer un trabajo limpio. -Se dirigió hacia el helicóptero. -Encárgate de eso.

Después de estar diez minutos en el aire Fiske abrió el teléfono celular y llamó a Timwick.

– No había nadie en la casa. Estamos revisando la zona, pero hasta ahora, nada.

– Qué hijo de puta.

– Todavía podemos encontrarlo. Si no es así, voy a necesitar una lista de los lugares Adónde puede ir Logan.

– Te la conseguiré.

– Y di órdenes de que prendan fuego a la casa para destruir todas las pruebas.

– Bien. Iba a decirte que lo hicieras. Era parte del plan de contingencia que me dieron. -Timwick hizo una pausa. -Una cosa más. Necesito un cadáver en las ruinas.

– ¿Cómo?

– Sí, un cadáver quemado hasta el punto de que sea imposible reconocerlo.

– ¿El cadáver de quién?

– De cualquiera hombre que tenga la misma estatura que Logan. Avísame cuando esté hecho.

Fiske cortó la comunicación y guardó el celular. Era la primera vez que Timwick daba a entender que en realidad, aceptaba órdenes en lugar de solamente consultar con sus secuaces. Era interesante que quisieran dar la impresión de que Logan había muerto. Se preguntó qué…

De pronto, sonrió y se volvió hacia el piloto.

– Vuelva a la casa de inmediato.

La adrenalina y el placer comenzaron a correrle por las venas mientras pensaba en las palabras de Timwick.

Cualquier hombre que tenga la misma estatura que Logan.

Kenner.

– Vamos hacia el sur -comentó Eve-. ¿Es demasiado esperar que me esté llevando de vuelta a Atlanta?

– Sí. Vamos a Carolina del Norte, a una casa sobre la costa. -Logan miró por encima de su hombro. -Si te pones a pensar, comprenderás que al ir a tu casa estarías trayéndole problemas a tu madre.

Sí, era cierto, y no quería hacer eso, pensó Eve con cansancio. Estaba atrapada en un remolino de engaños y muerte y no quería involucrar a su madre.

– ¿Y qué vamos a hacer en Carolina del Norte?

– Tenemos que establecer una base -respondió Gil-. La casa está sobre la playa, en una exclusiva zona turística. Nuestros vecinos serán personas que están de vacaciones y no repararán en la presencia de desconocidos.

– Lo tiene todo planeado. -Eve esbozó una sonrisa torcida. -¿Tan seguro estaba de que se trataría de Chadbourne?

– Estaba casi seguro, sí. Como ves, tuve que hacer planes basándome en esa suposición.

– En este momento no veo nada, salvo que me ha usado de la peor manera posible y sin ningún remordimiento. Me metió directamente en una trampa para que no pudiera hacer otra cosa que tratar de desenmascarar la muerte de Chadbourne.

– Sí. -Logan la miró por el espejito retrovisor. -Lo hice deliberadamente.

Eve miró el tránsito que desfilaba junto a la ventanilla.

– Canalla.

– Tienes razón.

– ¿Me buscarías una estación de música country en el dial, John? -pidió Gil en tono plañidero-. Necesito algo que me tranquilice. Soy un hombre herido y tanta tensión me está haciendo mal.

– Sigue soñando -replicó Logan.

Eve se volvió hacia Gil.

– ¿Tú no eres un buen muchachito de campo convertido en chofer, verdad?

– Sí, lo soy. -Gil se encogió de hombros. -Pero también trabajé en el Servicio Secreto durante el gobierno anterior y otros seis meses con el gobierno de Chadbourne. Estaba harto de lidiar con el régimen de Timwick y quería alejarme lo más posible de Washington. Me pareció que un trabajo agradable y pacífico en el Camino de las Diecisiete Millas era justo lo que buscaba. -Hizo una mueca. -Las cosas no salieron según mis planes, pero se podría decir que mis pocos contactos en lugares convenientes han aumentado el valor que tengo para John.

– ¿Y Margaret?

Gil hizo una mueca.

– Es lo que aparenta ser. Un sargento primero del mundo de los negocios.

– ¿No está al tanto de lo de Chadbourne?

Logan sacudió la cabeza.

– Traté de mantenerla lo más lejos posible del asunto. Ni siquiera sabe que vamos a esta casa en la playa. Yo mismo hice los arreglos.

– Qué considerado.

– No soy el peor de los canallas -se defendió Logan con aspereza-. No quiero que nadie corra riesgos innecesarios.

– Pero yo sí era un riesgo necesario. ¿Quién le dio poderes para creerse Dios, Logan?

– Hice lo que tenía que hacer.

– Para sus malditos intereses políticos.

– No, más que eso. El hombre que está en la Casa Blanca puede estar comportándose como Ben Chadbourne, pero no tiene su estatura ética ni su sabiduría. No quiero que ese hombre esté en condiciones de poder oprimir un botón que comenzaría la Tercera Guerra Mundial.

– ¿Así que ahora en lugar de ser un oportunista político es un patriota?

– Qué patriota ni patriota. Solamente quiero protegerme a mí mismo.

– Bueno, eso sí que me resulta fácil de creer.

– No es necesario que me creas. Es necesario que sepas que estamos del mismo lado.

– Ah, sí, claro, estamos del mismo lado. Usted se encargó de eso. De ponerme bien en el medio de todo este desastre. -Se apoyó contra el respaldo y cerró los ojos. -¿Y sabe quién es ese hombre en la Casa Blanca?

– Creemos que es Kevin Detwil. Es uno de los tres dobles que se utilizaron durante el primer año del gobierno de Chadbourne -explicó Gil-. Detwil apareció solamente dos veces en público, muy brevemente y luego renunció. Dijo que tenía que volver a su lugar de origen, en Indiana, por asuntos personales, pero en realidad fue a América del Sur a hacerse más cirugías plásticas.

– ¿Más cirugías plásticas?

– Se hizo algunas operaciones en Washington antes de obtener el empleo. Cuando lo metieron en toda esta trama, el requisito era que fuera idéntico a Chadbourne, hasta tenía que tener las mismas cicatrices en la parte baja de la espalda. Además, tenían que hacer un entrenamiento intenso sobre gestos, entonaciones de voz y todo eso. Y ni hablar de aprender sobre política, asuntos de gobierno y la vida diaria en la Casa Blanca. Lisa Chadbourne podía ayudarlo, sí, pero tampoco podían simplemente arrojarlo dentro de su nuevo papel.

– Todo esto son suposiciones, me imagino.

Gil se encogió de hombros.

– Los otros dos dobles están vivitos y coleando y aparecen de tanto en tanto. A Detwil nunca se lo vio en Indiana. Sin embargo, logré seguirle el rastro hasta una clínica privada cerca de Brasilia, donde trabaja un tal doctor Hernández, que tiene fama de suministrar caras nuevas a embaucadores, asesinos y terroristas. Detwil se internó bajo el nombre de Herbert Schwartz. Poco tiempo después de que el señor Schwartz fuera dado de alta, el desafortunado doctor Hernández cayó de la terraza de su departamento en un último piso.

– Kevin Detwil -repitió Eve lentamente-. Tiene que estar desequilibrado para hacer una cosa así. Pero el gobierno tiene que haber tenido un perfil sobre él. ¿No le hicieron una verificación de seguridad?

– Por supuesto, pero no hay muchos hombres en el mundo que podrían hacerse pasar por el Presidente, de manera que la elección era limitada. La verificación de seguridad en estos casos es, por lo general, para determinar si el sujeto es lo suficientemente discreto como para mantener silencio y lo suficientemente cuerdo como para no dispararle a nadie y poner en aprietos al gobierno. Y los antecedentes de Detwil -añadió Gil-, muestran a un chico estable y común de inteligencia moderada, que se convirtió en un hombre común y algo aburrido. Es soltero, lo crió su madre, con quien vivió hasta que ella murió, cinco años atrás.

– ¿Y su padre?

– Se separaron cuando Detwil era chico. Evidentemente, su madre lo tenía dominado.

– Cosa que lo preparó perfectamente para Lisa Chadbourne -concordó Logan-. Un hombre con esos antecedentes no tendría inconveniente en dejarse moldear por otra mujer dominante.

– ¿Pero se atrevería a meterse en una cosa así? Dijeron que era común y aburrido.

– Pero viste las filmaciones. Le encanta. Brilla en su papel -dijo Logan-. Imagina que tuviste una vida aburrida donde nadie te prestó atención. De pronto te conviertes en el hombre más poderoso del mundo. Todo el mundo te respeta, todos te escuchan. Es la versión masculina de Cenicienta y Lisa Chadbourne le dio el zapatito de cristal.

– Con cadenas -señaló Eve.

– Sí, pero él no debe de querer que sea de otro modo. Está acostumbrado a las cadenas. Hay hombres que así se sienten seguros.

– Entonces ella no lo considera un eslabón débil.

– Puede mostrarse nervioso en ocasiones, pero no cuando ella está cerca. Y no creo que Lisa Chadbourne vaya a perderlo de vista. Es probable que se haya convertido en lo más importante en su vida.

– ¿Lo suficientemente importante como para que él mate a Chadbourne por ella?

Logan se encogió de hombros.

– No creo que vaya a correr riesgos involucrándolo directamente a él en el asesinato. Detwil no tendría las agallas suficientes.

– Si es que ella lo hizo matar. No tiene pruebas de que Chadbourne haya sido asesinado.

– Tenía esperanzas de que pudieras ayudarnos con eso.

Eve sabía que ésas eran sus intenciones, pero no pensaba comprometerse más por el momento. Necesitaba tiempo para digerir todo lo que acababa de oír y decidir si podía ser cierto.

– Ya me lo imaginaba.

– No tienes demasiadas opciones.

– No me venga con pavadas.

– Bueno, opciones decentes, quiero decir.

– Ni me nombre la palabra decencia.

– Creo que es hora de encender la radio -murmuró Logan-. ¿Por qué no tratas de dormir un rato? Te despertaré cuando lleguemos a Carolina del Norte.

Encendió la radio y acordes de la Peer Gynt Suite de Grieg, inundaron el automóvil.

– Ay, por Dios -se quejó Gil, mientras se acurrucaba en un rincón-. Eve, dile que la apague y sálvame. Creo que estoy teniendo una recaída.

– Sálvate por tu cuenta. -La música le tranquilizaba los nervios. -No noté que te mostraras especialmente solícito conmigo, menos si mis necesidades son obstáculos para Logan.

– ¡Ay! -Gil hizo una mueca. -Olvida lo que te pedí. Creo que puedo acostumbrarme a la música clásica. Es más, para cuando lleguemos a la casa en la playa, me gustará más el viejo Grieg que Reba McIntyre.

CAPITULO 12

– ¿Estás seguro de que lo hicieron, James? -preguntó Lisa Chadbourne a Timwick-. ¿Por qué tardaron tanto? No puedo permitir más errores.

– Barrett House está ardiendo en este mismo instante. El retraso fue solamente porque llevó un buen rato asegurarse de que pareciera que fue por un cortocircuito.

– ¿Y enviaste un equipo hacia allá para recuperar el cuerpo? No quiero que los paramédicos del departamento de bomberos sean los primeros en llegar.

– No soy tonto, Lisa. Lo sacarán de allí y lo llevarán a Bethesda.

Se lo oía fastidiado. Era evidente que ella se había mostrado demasiado autoritaria. Todos los demás le resultaban fáciles de manejar, pero era difícil encontrar el punto de equilibrio con Timwick. En público era respetuoso y sumiso, pero en privado no le permitía olvidar que eran socios. Suavizó la voz.

– Perdóname, sé que estás haciendo todo lo que puedes. Me siento algo asustada e impotente.

– Sí, tan impotente como una cobra real.

Lisa se estremeció. Era la primera vez que Timwick la trataba con sarcasmo, lo que no era una buena señal. Ella había notado lo nervioso y tenso que había estado últimamente y ahora parecía que se estuviera descargando con ella.

– ¿Me merezco eso, James? Los dos decidimos que era necesario y en todo momento he sido franca contigo. -Silencio. -No esperaba que sucediera esto. Me dijiste que todo saldría bien.

No tenía que enojarse. Tenía que pensar en el resultado final, no en los detalles. Necesitaba a Timwick. Él tenía su trabajo, ella el suyo. Se cuidó de que el fastidio que sentía no se le notara en la voz.

– Estoy haciendo las cosas de la mejor manera posible. Fuiste tú el que no esperó el tiempo suficiente en la funeraria -le recordó con suavidad-. No hubiéramos tenido problemas si te hubieras asegurado de que Donnelli terminara el trabajo.

– Me quedé ahí sentado viendo cómo lo quemaba. Después de un tiempo pensé que podía irme. ¿Cómo iba a saber que llevaba tanto tiempo quemar un cadáver?

Ella lo hubiera sabido. Hubiera leído todo acerca del tema hasta averiguar todo lo necesario. Había sido una tonta al creer que Timwick haría lo mismo.

– Lo sé. No es tu culpa. Pero ahora tenemos que lidiar con eso… Y con Logan. ¿No encontraron rastros del cráneo?

– Era evidente que Duncan había estado trabajando, pero no estaba el cráneo. Si es tan buena como dicen, tenemos que suponer que terminó el trabajo.

Lisa sintió que se le anudaban los músculos del estómago.

– Todo saldrá bien. El trabajo de ella solamente no es prueba de nada. Tenemos que asegurarnos de que queden desacreditados ante los medios antes de que consigan más pruebas. Hoy dimos el primer paso en esa dirección. Ahora tienes que encontrarlos y cerciorarte de que no causen más problemas.

– Sé lo que tengo que hacer. Tú ocúpate de mantener en línea a Detwil. En la última conferencia de prensa estuvo demasiado animado.

Estaba manejando a Kevin perfectamente bien. Timwick lo había dicho adrede para vengarse de ella por criticar la forma en que había manejado a Donnelli.

– ¿Te parece? Lo vigilaré, James. Sabes que tu opinión es muy importante para mí. -Hizo una pausa. -¿Qué me dices de esta tal Duncan? Hasta ahora apuntamos todos nuestros cañones contra Logan. Ella puede resultar igualmente difícil.

– La tengo vigilada, pero Logan es el jugador principal. Es el que da las órdenes.

– Como te parezca. ¿Pero puedes darme un informe más detallado sobre Duncan?

– El informe es completo. ¿Qué más quieres saber?

– Quiero más detalles sobre sus antecedentes profesionales. Seguramente intentarán una prueba de identificación por ADN y ella debe de tener contactos.

– Mañana ya sabrán lo peligroso que es salir a la superficie. Con suerte los atraparemos antes de que puedan hacer algo más.

– Sería tonto confiar en la suerte ¿no te parece?

– ¿Caray, cuánto ADN crees que puede quedar después de que estuvo en el fuego unas horas?

– No tengo idea, pero no podemos correr riesgos.

– Además, como te dije, será Logan el que decida qué jugada hacer. No pueden presentarse en un laboratorio de ADN con el cráneo. Sabemos Adónde irán en busca de ayuda. Ya estoy haciendo vigilar a Ralph Crawford, de la Universidad Duke. Si no los atrapamos de inmediato, igual se meterán en nuestra…

– James, por favor -pidió Lisa con suavidad.

– De acuerdo. -Ella oyó la impaciencia en su voz. -Lo conseguiré.

– Bien. Y avísame en cuanto llegue el cuerpo a Bethesda. -Cortó la comunicación, se puso de pie y se dirigió al dormitorio.

Es Logan el que decide las jugadas.

No estaba tan segura de eso. El expediente que tenía sobre Eve Duncan mostraba a una mujer fuerte e inteligente que no caminaría detrás de ningún hombre. ¿Quién mejor que Lisa para saber cómo una mujer fuerte podía moldear las situaciones según su conveniencia? Timwick, como siempre, subestimaba a la oposición. Iba a tener que ser ella la que vigilara a Eve Duncan.

– ¿Lisa?

Kevin estaba de pie en la puerta del baño, con la bata roja con arabescos de Ben. Era una de las pocas prendas de Ben que le gustaba a Kevin. Lisa había tenido que frenar su gusto por los colores fuertes. Ben raramente usaba otra cosa que no fuera azul marino o negro.

– ¿Pasa algo? -preguntó él, con el entrecejo fruncido.

Lisa se obligó a sonreír.

– Un problemita con Timwick.

– ¿Puedo ayudar en algo?

– No, esta vez no. Deja que me ocupe yo.

Fue hacia él y le pasó los brazos alrededor del cuello. Olía a la colonia con aroma a lima que Ben se había hecho preparar especialmente. Las fragancias eran importantes. Aun cuando uno no pensaba en ello, era una forma de recordar con sutileza quién era una persona. A veces, cuando despertaba en medio de la noche, Lisa todavía creía que tenía a Ben durmiendo a su lado.

– Estuviste magistral hoy en la reunión de la AARP. Los tenías a todos embobados -le susurró al oído.

– ¿Te parece? -preguntó él, ansioso-. Me pareció que me desempeñé muy bien.

– Estuviste brillante. Mejor de lo que lo podría haber hecho Ben. -Lo besó con suavidad. -Estás haciendo un trabajo magnífico. Podríamos estar en medio de una guerra, ahora, si tú no te hubieras hecho cargo.

– ¿De veras era tan inestable?

Ella le había hablado de la supuesta inestabilidad de Ben quinientas veces, pero Kevin siempre quería que se lo repitiera. ¿Se sentía culpable? No, sencillamente le gustaba la idea de que estaba salvando el mundo. A pesar de ser un hombre inteligente, en ocasiones Kevin se mostraba increíblemente vanidoso e ingenuo. -¿Crees que estaría haciendo esto si no hubiera tenido miedo de lo que él podía hacer?

Kevin negó con la cabeza.

– Y has estado magnífico. Creo que este año podremos hacer promulgar la ley de salud. ¿Te dije cuan orgullosa estoy de ti?

– No podría hacer esto sin ti.

– Puede que te haya ayudado en un principio, pero ahora eres mejor que… -Echó la cabeza hacia atrás y sonrió con expresión traviesa. -Cielos, mira cómo te excitas. Tengo que recordar cómo te pones cuando oyes elogios: es lo que me mantiene satisfecha. -Se apartó de él y se quitó la bata. -Ven a la cama y te diré lo maravilloso que estuviste con el embajador japonés.

El rió y la siguió, entusiasmado como un chico a punto de jugar Lisa siguió provocándolo con su sonrisa hasta que se tendieron en la cama.

Ella y Ben habían compartido la misma cama e introducir a Kevin de inmediato en ella fue una parte necesaria del plan. Al principio, él se había mostrado vacilante y hasta tímido y Lisa había tenido que utilizar toda su habilidad para atraerlo sin parecer que era ella la que tomaba toda la iniciativa. Podría haber encontrado otras formas de manejarlo, pero ésta era la mejor. Su trabajo consistía en asegurarse de que Kevin estuviera bajo control.

Y el sexo era la mejor forma de controlar a alguien.

Zorra arrogante.

Timwick se echó hacia atrás en la silla y se frotó los ojos. Claro, Lisa se lo pasaba dándole órdenes y después se metía en la cama y dejaba que él hiciera todo el trabajo. Allí estaba ella, en la Casa Blanca, comportándose como la realeza, mientras él estaba en esta oficinita de mala muerte, trabajando como un burro. Ella quería resultados, pero sin ensuciarse las manos, y se mostraba totalmente ciega a lo que no quería ver. Él era el que mantenía las cosas en funcionamiento y los protegía del desastre. ¿Adónde estaría ella ahora si él no hubiera intervenido?

Eve Duncan. Era una herramienta de Logan, nada más. Convertirla en una prioridad era un disparate. Si Lisa no fuera tan feminista habría admitido que la amenaza principal era Logan.

Cielos, era como si las amenazas lo estuvieran cercando. Sus dedos se cerraron sobre los apoyabrazos del sillón. Tenía que mantener la calma, estaba haciendo todo lo que estaba en su poder para salvar la situación, y la salvaría. Había demasiadas cosas en juego como para querer escapar. Si se mantenía firme, tendría todo lo que había deseado en su vida.

Buscó el teléfono. Haría lo que ella quería… Por ahora. Necesitaba a Lisa para que lo ayudara a seguir con el encubrimiento y mantener a Detwil dentro de la Casa Blanca para otro mandato. Después de eso, Timwick buscaría la forma de ser el único al mando de todo. Mejor dejar que Lisa creyera que era la dueña del circo.

Le daría suficiente información sobre Eve Duncan como para que se atragantara.

– Despierta, llegamos.

Eve abrió los ojos y vio que Logan descendía del asiento del conductor.

– ¿Qué hora es? -preguntó, bostezando.

– Más de medianoche. -Gil extendió la mano hacia la manija de la puerta. -Dormiste casi todo el camino.

Le parecía imposible haberse quedado dormida. Había tenido los nervios tensos como cables.

– Has tenido un par de días difíciles. -Gil respondió a la pregunta que ella no había hecho. -Yo también dormí un poco. Pero admito que me vendrá bien estirarme un poco.

Eve se sentía tan entumecida que tuvo que aferrarse a la puerta al descender del automóvil. Observó a Logan subir los escalones y abrir la puerta de entrada. Llevaba el maletín de cuero con el cráneo de Chadbourne. Logan siempre con las prioridades en orden, pensó Eve con ironía.

– ¿Lista? -preguntó Gil mientras levantaba la maleta de Eve.

– Yo la llevo.

– No, yo me arreglo. Lleva la caja de Mandy. -Ya estaba subiendo los escalones detrás de Logan.

Eve no quería entrar. Sentía el aire fresco y húmedo en las fosas nasales y el sonido del mar contra la playa le resultaba una bendición. Hacía muchísimo que no estaba junto al mar. Joe la había llevado a la isla Cumberland después de que salió del infierno, pero no recordaba nada de la isla. Lo único que recordaba era a Joe abrazándola, hablándole, manteniendo la noche a raya.

Joe. Tenía que llamar a Joe. No le había hablado desde antes de la noche que habían ido al campo de maíz. Había evitado deliberadamente llamarlo e involucrarlo más en este espanto. Pero si no lo llamaba pronto, invadiría Barrett House con un equipo SWAT.

El viento estaba cobrando fuerza y soplaba la espuma de las olas al llegar a la orilla.

A Bonnie le había gustado el mar. Eve y Sandra la habían llevado a Pensacola unas cuantas veces y ella había corrido ida y vuelta junto al agua, riendo, conversando y buscando caracoles.

Cerró la puerta y se dirigió al muelle.

– Eve.

No se volvió al oír la voz de Logan. No quería entrar en la casa. No quería enfrentarse con él ni con ninguna otra cosa en este momento. Necesitaba estar sola.

Se quitó las sandalias, se sentó sobre el muelle bajo y bajó los pies al agua. La sintió fresca y sedosa contra la piel.

Apoyó la cabeza contra el poste para escuchar el ruido de olas.

Y recordar a Bonnie…

– ¿Vas a ir a buscarla? -preguntó Gil-. Hace casi una hora que está allá afuera, John.

– Dentro de un rato. -Caray, qué sola se la veía. -No me parece que quiera compañía.

– No es bueno que se ponga a pensar demasiado. Puede resultar muy peligroso. Bastante rencor siente ya.

– Qué diablos, estoy cansado de empujarla. Déjala en paz un rato.

– Dudo de que se deje empujar hacia donde no quiere ir.

– Pero es posible bloquear todos los caminos para que se obligada a tomar el único que queda libre. -Era lo que había hecho él desde el momento en que la había conocido. Y seguía haciéndolo.

¿Entonces qué? ¿Iba a dejar de hacerlo porque tenía algunos remordimientos de conciencia?

Iba a reparar la confianza rota de Eve y la iba a volver a utilizar.

– Iré a buscarla. -Bajó los escalones del porche y cruzó por la arena hacia el muelle.

Eve no lo miró cuando se acercó.

– Váyase, Logan.

– Tendrías que entrar. Se está poniendo fresco.

– Entraré cuando esté lista.

El vaciló y luego se sentó a su lado.

– Te esperaré. -Se sacó los zapatos, las medias y metió los pies en el agua.

– No quiero que se quede.

– Sabes, no he hecho nada parecido desde que estuve en Japón. -De una mirada abarcó el océano. -Durante el día no parece alcanzar el tiempo para relajarse.

– ¿Está tratando de establecer vínculos conmigo, Logan?

– Puede ser.

– Pues no lo está logrando.

– ¿No? ¡Qué lástima! Entonces, ya que estoy, me quedaré aquí sentado para ver si logro relajarme un poco.

Silencio.

– ¿En qué piensas?

– En Chadbourne le aseguro que no.

– ¿En tu hija?

Eve se puso rígida.

– No use a Bonnie para tratar de acercarse a mí, Logan. No va a funcionar.

– Lo pregunté por curiosidad, nada más. No termino de entender tu obsesión por identificar cráneos. Sé, por supuesto, que nunca pudieron encontrar a tu hija, pero no puede ser que…

– No quiero hablar de eso.

– Te observé con Mandy y luego con Ben Chadbourne. Hay como una… ternura.

– Estaré un poco loca, entonces. Todo el mundo tiene sus locuras respecto de algún tema u otro -se defendió Eve-. Le aseguro que no pienso que esos huesos tienen las almas colgando alrededor.

– ¿Crees en un alma eterna?

– A veces.

– ¿Sólo a veces?

– Bueno, sí, la mayoría del tiempo.

– Logan se mantuvo en silencio, expectante. -Cuando nació Bonnie, vi que no era como yo ni como mamá ni como nadie. Era… Ella. Completa y maravillosa. ¿Cómo puede darse algo así si no se nace con un alma?

– ¿Y esa alma es eterna?

– ¿Cómo lo voy a saber yo? Pienso que sí, que es eterna. Tengo esperanzas de que lo sea.

– ¿Entonces por qué te empecinas en devolverles esos huesos a los familiares? No tendría que tener ninguna importancia.

– Para mí sí la tiene.

– ¿Por qué?

– La vida es importante y habría que tratarla con respeto, no arrojarla a la basura como algo inútil. Debería haber… Un hogar para cada persona. No tuve un verdadero hogar de niña. Nos mudábamos de inquilinato a inquilinato. De hotelucho a hotelucho. Mamá era… No era su culpa. Pero todo el mundo debería tener un lugar permanente en el esquema de las cosas. Traté de darle a Bonnie un hogar, el mejor hogar posible, donde pudiera amarla y cuidarla. Cuando Fraser la mató tenía pesadillas de que yacía en un bosque, donde los animales podían… -Calló un instante y cuando volvió a hablar, tenía la voz ronca. -Quería que estuviera en casa, donde podía cuidarla come siempre lo había hecho. Él le había quitado la vida y no quería que nos dejara sin esa última posibilidad de cuidarla.

– Entiendo. -Caray, estaba entendiendo mucho más de lo que quería. -¿Sigues teniendo pesadillas?

Por un instante, Eve no respondió.

– No, pesadillas, no -dijo por fin-. Sacó los pies del agua. -Voy adentro. -Recogió las sandalias y se puso de pie. -Si es que su curiosidad está satisfecha, Logan.

– No del todo. Pero es evidente que no me vas a contar nada más.

– Es cierto. -Lo miró desde arriba. -Y no vaya a creerse que ha avanzado algo con esta charla íntima. No le dije nada que no le contaría a otra persona. Joe y yo decidimos que me haría bien hablar de Bonnie.

– Tenemos que hablar de Chadbourne.

– No. Hoy no.

Eve se alejó.

Era dura, diablos. Y excepcional.

Le observó subir los escalones de la casa. La luz le hacía brillar el pelo rojizo y delineaba su cuerpo esbelto y fuerte.

Fuerte, pero vulnerable. Ese cuerpo podía verse lastimado, roto y destruido.

Y él podía ser el responsable de que eso sucediera.

Tal vez la idea de intentar reconectarse con ella no hubiera sido buena. Se había ido fuerte e independiente como siempre y ahora, el que se sentía inseguro era él.

Y sí, quizás hasta también un poco vulnerable.

– Estuve pensando, Lisa -le murmuró Kevin al oído-. Tal vez debiéramos… ¿Qué te parece…, un bebé?

¡Ay, por el amor de Dios!

– ¿Un bebé?

Kevin se apoyo sobre un codo y la miró.

– Un bebé le gustaría a todo el mundo y se volverían todos locos. Si empezamos ahora, nacería justo después del comienzo de mi próximo mandato. -Vaciló. -Y… A mí me gustaría mucho.

Lisa le acarició la mejilla.

– ¿Y crees que a mí no? -preguntó con suavidad-. Nada me daría más alegría. Siempre quise un hijo. Pero no es posible.

– ¿Por qué? Dijiste que Chadbourne no podía tener hijos, pero ahora eso ya no es un problema.

– Tengo cuarenta y cinco años, Kevin.

– Pero existen tantas drogas para la fertilidad…

Por un instante, se sintió tentada. Había dicho la verdad: siempre había deseado un hijo. Muchas veces Ben y ella habían tratado de concebir. Recordaba las bromas de él en cuanto a que los niños eran una ventaja para cualquier político, pero ella en ese momento no pensaba en ventajas. Quería un hijo que le perteneciera, alguien que fuera completamente suyo.

Tenía que olvidarlo. Era imposible. Las lágrimas que le humedecieron los ojos no fueron solamente para impresionar a Kevin.

– No hables de eso. Me duele pensar que no podemos hacerlo.

– ¿Por qué?

– Sería demasiado difícil. A mi edad se pueden tener toda clase de problemas. ¿Y si el médico decidiera que tengo que hacer reposo absoluto durante los últimos meses del embarazo? Es algo que suele suceder y no podría viajar contigo durante la campaña, lo que podría resultar peligroso.

– Pero eres tan fuerte y saludable, Lisa.

Tenía que haber estado pensando mucho en el tema, para mostrarse tan insistente.

– Es un riesgo que no deberíamos correr. -Oprimió el botón que sabía que lo haría detenerse en seco. -En ese caso tendríamos que abandonar los planes para otro mandato, por supuesto. Pero eres tan buen presidente, todos te admiran y te respetan. ¿Quieres renunciar a todo eso?

El no respondió por unos instantes.

– ¿De verdad crees que sería algo tan arriesgado?

Ya estaba abandonando la idea, como ella había supuesto. De ninguna manera volvería al anonimato después de haberse acostumbrado a tanto poder y respeto.

– Ahora es un mal momento. No digo que no podamos volver a considerar la idea más adelante. -Le acarició el labio inferior con el dedo índice. -¿Pero sabes cómo me emociona que pienses tanto en mí? Nada me gustaría más que…

Sonó el teléfono de la mesa de luz y Lisa extendió el brazo para responder.

– El cadáver llegó a Bethesda -anunció Timwick.

El cadáver. Frío. Impersonal. Así tenía que verlo ella también. Así.

– Excelente.

– ¿Lograste ponerte en contacto con Maren?

– Está en algún punto del desierto. Tendré que volver a intentarlo.

– No tenemos demasiado tiempo.

– Dije que me encargaré del tema.

– Los medios están acechando el hospital. ¿Ponemos las cosas en movimiento?

– No, dejemos que tejan conjeturas y arrojémosles la historia mañana por la mañana. Quiero que estén lo suficientemente hambrientos como para abalanzarse sobre cualquier migaja de información. -Cortó la comunicación.

– ¿Era Timwick? -preguntó Kevin.

Lisa asintió distraídamente. Seguía pensando en Bethesda.

– No me cae bien ese crápula. ¿Nos es necesario, todavía?

– Vamos, ¿dónde está esa gratitud? -le dijo ella en tono jocoso-. Si fue él el que te descubrió.

– Siempre me trata como si fuera un idiota.

– ¿En público?

Kevin negó con la cabeza.

– Bueno, no tendrás que tenerlo cerca. Estuve pensando que deberías darle un puesto de embajador. Tal vez en Zaire. Después de todo, eres el presidente.

El rió, encantado.

– Zaire.

Lisa se levantó y se puso la bata.

– O en Moscú. Dicen que vivir en Moscú es sumamente incómodo.

– Pero le prometiste la vicepresidencia en el próximo mandato. Tendremos que nombrarlo mi compañero de fórmula en la próxima convención. -Hizo una mueca. -No creo que vaya a renunciar a eso.

No. La vicepresidencia había sido la única zanahoria que había atraído a Timwick al plan. Se había decepcionado mucho cuando Ben no le dio un puesto en el gabinete. Lisa nunca había visto un nombre tan ambicioso. Una persona tan hambrienta de poder podía ser un problema para ella más adelante, pero ahora no tenía tiempo de preocuparse por Timwick.

– Tal vez encontremos la forma de cambiar las cosas.

– Sería mejor dejar a Chet Mobry de vicepresidente. No nos dio nada de trabajo.

– Podría habernos causado grandes problemas si no lo hubiéramos mantenido siempre de gira en misiones de buena voluntad. Nunca estaba de acuerdo con nuestras decisiones. Podríamos hacer lo mismo con Timwick.

– Sí… Puede ser, pero… ¿Dónde vas?

– Tengo que encargarme de unos asuntos. Vete a dormir.

– ¿Para eso te llamó Timwick? -Kevin frunció el entrecejo. -Nunca me dices lo que haces.

– Porque sólo son detalles aburridos y nada importantes. Tú te encargas de las cosas de peso, yo de las nimiedades.

La expresión de él se suavizó.

– ¿Volverás no bien termines?

Lisa asintió.

– Voy a la habitación de al lado a echar un vistazo a un expediente. Quiero estar preparada para tu reunión con Tony Blair.

Kevin se recostó sobre las almohadas.

– Después de los japoneses, va a ser juego de niños.

Se estaba volviendo arrogante. Pero era mejor eso que el temor que había mostrado al ocupar por primera vez el lugar de Ben.

– Ya veremos. -Le arrojó un beso. -Duerme, te despertaré cuando vuelva.

Cerró la puerta y se dirigió al escritorio. Le llevó diez minutos ubicar a Scott Maren y otros cinco explicarle la urgencia de la situación.

– Por Dios, Lisa, no es tan fácil. ¿Qué excusa puedo dar para abreviar mi estada aquí de forma tan repentina?

– Eres astuto, algo se te ocurrirá. -Bajó la voz y añadió. -Te necesito, Scott.

Silencio.

– Todo saldrá bien. Resiste, Lisa. Llamaré al hospital y les diré que pospongan la autopsia. Iré hacia allí cuanto antes.

Lisa cortó. Cielos, qué afortunada era de tener a Scott. Iba a ser vital para controlar los daños.

Encendió la computadora, ingresó su contraseña y abrió la carpeta sobre Eve Duncan. Todo avanzaba sin problemas hacia la resolución de la situación, pero igual ella se sentía inquieta.

La imagen de Eve Duncan en la pantalla le devolvió la mirada. Rizos desordenados, apenas un toque de maquillaje, grandes ojos castaños detrás de anteojos redondos con marco de metal. Era una cara con mucho carácter, más que suficiente para hacerla parecer fascinante en lugar de solamente atractiva. Pero la mujer no conocía las reglas básicas del poder, no utilizaba sus puntos a favor. Lisa recordó cómo era ella misma durante sus primeros años de universidad, cuando creyó que con cerebro y decisión alcanzaba para lograrlo todo. Caray, qué lejos parecían haber quedado aquellos días. Seguro que había tenido la misma intensidad que veía en la cara de Eve. No le había llevado mucho tiempo darse cuenta de que la intensidad asustaba a la gente. Era mejor ocultar las pasiones detrás de una sonrisa dulce.

Sin embargo, los antecedentes de Eve indicaban que era una sobreviviente y Lisa respetaba a los sobrevivientes. Ella lo era, o nunca se las habría arreglado para salir adelante en los últimos años. Sonrió con melancolía y tocó suavemente la imagen de Eve.

Hermanas. Dos caras de la misma moneda. Sobrevivientes.

Qué lástima.

Empezó a leer el expediente de Eve, buscando una debilidad, una forma de derribarla.

Había leído solamente dos tercios del informe cuando la encontró.

A la mañana siguiente, cuando Eve entró en la sala, encontró a Gil y a Logan sentados adelante del televisor.

– Mierda -murmuró Gil-. No dejaron nada. Me gustaba mucho esa casona.

– ¿Qué pasó? -preguntó Eve-. ¿Barrett House?

Gil asintió.

– Parece que John escatimó en gastos de electricidad.

La imagen en la pantalla mostraba una ruina humeante con solamente dos chimeneas intactas.

– Pero te alegrará saber que recibió merecido castigo por ser tan tacaño. John murió en el incendio.

─¿Qué?

– Sí, murió quemado hasta el punto de quedar irreconocible. Pero ahora están comparando registros dentales y ADN. Qué pena: era un gran hombre. Detwil acaba de hacer declaraciones acerca de cuán querido y respetado era John en ambos partidos. Hasta dijo que John lo había invitado a pasar el fin de semana a Barrett House para hablar de políticas a seguir.

– ¿Por qué diría una cosa así?

– ¡Qué sé yo! La verdad es que me pareció excesivo. -Apagó el televisor. -No soporto seguir viendo esas cosas. John y yo teníamos una relación tan estrecha; éramos prácticamente hermanos. -Se dirigió hacia el bar de la cocina. -¿Alguien quiere desayunar?

Eve se volvió hacia Logan.

– Esto es una locura. Usted no es precisamente un desconocido. ¿Acaso creen que pueden seguir adelante con eso?

– Por un tiempo. Se encargarán de que haya coincidencia de ADN y registros dentales. Se llevaron el cadáver a Bethesda.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Que allí controlan las cosas. Tienen a alguien adentro que se encargará de que las cosas se manejen como ellos quieren. Con eso ganarán tiempo.

– ¿Y usted qué va a hacer?

– Bueno, no voy a aparecer y tratar de demostrar que están equivocados. Me mandarían a una celda de máxima seguridad por impostor y allí sufriría un desafortunado accidente. -Se puso de pie. -Además, tengo cosas que hacer.

– ¿Quién cree…? ¿Quién fue el que murió?

Logan se encogió de hombros.

Eve se estremeció. Ya había empezado. Un hombre muerto, una vida arrojada como si careciera de valor.

– ¿Café? -preguntó Gil-. Hay café danés.

Eve negó con la cabeza.

– ¿Podemos hablar de Chadbourne ahora? -preguntó Logan en tono cortés-. Me da la impresión de que la situación se está tornando más delicada.

– Claro que vamos a hablar -replicó Eve-. Quiero a mi madre a salvo. No quiero que le prendan fuego a mi casa con ella adentro.

– Llamaré a Margaret, le diré que sigo en este mundo y que le busque un escondite a tu madre.

– Hágalo ya.

– Está muy bien vigilada. ¿Puedo terminar el café, primero? -La miró por encima del borde de la taza. -¿Me vas a ayudar, Eve?

– Puede ser. Siempre y cuando no piense que me está haciendo andar a ciegas. -Se volvió hacia Gil. -Quiero saber quién es ese Timwick, el que crees que maneja los hilos. ¿Trabajaste con él?

Gil asintió.

– Sí, pero yo no era de su círculo íntimo. Como humilde agente del Servicio Secreto, no era confidente del gran hombre.

– ¿Qué clase de persona es? Alguna opinión te habrás formado.

– Es inteligente, ambicioso y sabe cómo mover hilos para obtener lo que quiere. En lo personal, no me hubiera gustado tenerlo cerca en una situación difícil. Lo he visto estallar demasiadas veces. No reacciona bien cuando está bajo presión. -Hizo una pausa. -¿Si es peligroso? Diablos, sí. La volatilidad muchas veces se manifiesta como violencia irracional.

– ¿Y Fiske?

– Es un matón contratado. Es calculador, eficiente, y disfruta de lo que hace. ¿Alguien más?

– Dímelo tú. Podría haber una docena de personas merodeando detrás de la escena de las cuales no me has hablado.

– Como te dije, tienen que haber involucrado a la menor cantidad posible de personas -explicó Logan-. Y sería una estupidez tratar de hacerte andar a ciegas ahora. Sabes lo mismo que sabemos nosotros. Están todas las cartas sobre la mesa. ¿Nos vas a ayudar?

– Si pone a mi madre a salvo. -Lo miró directamente a los ojos. -Y me voy a ayudar a mí misma, no a usted. Hasta un imbécil se daría cuenta de que me ha convertido en un blanco para ellos. Y la única forma en que puedo ayudarme a mí misma es demostrando que Chadbourne está muerto. El ADN y los registros dentales son las únicas pruebas legalmente aceptables, de manera que tenemos que conseguirlas.

– ¿Qué sugieres?

– No soy experta en ADN ni antropóloga forense con la capacitación necesaria para realizar la extracción. Así que lo que tenemos que hacer es llevarle el cráneo a alguno de los más respetados antropólogos de la profesión y ver si puede obtener suficiente ADN como para hacer una prueba.

– El cráneo estuvo en el fuego.

– Pero hay posibilidades y creo que lo sabe -dijo con intención-. Yo fui solamente el primer disparo del arsenal. Apuesto a que usted ya eligió el antropólogo forense que hará el trabajo.

– El doctor Ralph Crawford, de la Universidad Duke. Tiene los antecedentes que necesitamos.

Eve sacudió la cabeza.

– Gary Kessler, de Emory.

– ¿Es mejor?

– Es igual de bueno, por lo que sé. Además, lo conozco.

– ¿Otro Quincy? -preguntó Gil.

– Ese programa televisivo a él lo pone de mal humor. Además del hecho de que no es veraz, hace que la gente confunda a los patólogos con los antropólogos forenses.

– ¿Y qué diferencia hay?

– Los patólogos tienen títulos de médicos y hacen su residencia en patología. Los antropólogos no tienen título de médicos, tienen doctorados en antropología, algunos de ellos se especializan en el esqueleto humano y sus cambios durante la vida. Como Gary Kessler. Ha trabajado con varios patólogos de Atlanta y es muy respetado. Además, si usted estuvo haciendo averiguaciones sobre Crawford, es muy probable que piensen que es el único que utilizaremos.

– Seguramente también estuvieron estudiando tus antecedentes con lupa.

– Entonces habrán descubierto que trabajé con diez o doce antropólogos de Los Ángeles, Nueva York y Nueva Orleans y que me han llovido pedidos desde que me hicieron esa nota en 60 minutos. Les llevará tiempo averiguar la especialidad de cada uno, y no prestarán atención a Gary porque hace más de dos años que no trabajo con él.

Logan asintió lentamente.

– Lo que dices es sensato. Y en estas circunstancias, puede resultar más fácil convencer a alguien de que nos ayude si tú lo conoces,

Como las circunstancias involucraban probables problemas con la ley, Eve comprendió a qué se refería.

– ¿Qué hay de los registros dentales?

– Eso puede resultar más difícil. La dentista de Chadbourne era una mujer llamada Dora Bentz. -Hizo una pausa. -Es una de las personas que Fiske asesinó después de tu llegada a Barrett House. Seguramente ya cambiaron todos los registros dentales de Chadbourne.

– Usted dijo que habían asesinado a un testigo. -Eve levantó una mano al ver que él se disponía a hablar. -No importa. ¿Por qué iba a esperar que me dijera la verdad?

– No me voy a defender. La situación era diferente.

Eve notó que no se disculpaba ni alegaba que haría otra cosa.

– Entonces nos queda el ADN. ¿Y si no nos alcanza para una prueba? ¿Podríamos encontrar alguna forma de obligar a Detwil a someterse a una prueba para demostrar su identidad?

– De ninguna manera -respondió Logan sin rodeos-. Él es ahora el presidente; somos nosotros los que cargamos con la prueba. Además, podrían cambiar sus registros médicos, igual que lo hicieron con los míos.

– ¿No podríamos intentarlo? Tiene que tener parientes.

– Con excepción de su madre, que murió hace siete años, solamente tenía un medio hermano mayor.

– ¿Tenía?

– John Cadro. Él y su mujer fueron asesinados un día después que Dora Bentz.

Santo Dios.

– No tiene que ser un pariente cercano. Comprobaron que la mujer que se quería hacer pasar por Anastasia era una impostora comparando su ADN con el del príncipe Felipe de Inglaterra. ¿No hay nadie más?

– No, nadie que podamos rastrear con facilidad. Eligieron a Detwil con mucho cuidado.

– ¿Y la madre? Podrían exhumar el cuerpo…

– No es mi intención usar humor negro, pero no hay tiempo para cavar más hondo. Cuando esto salga a la luz vamos a tener que tener pruebas decisivas.

– ¿Por qué no hay tiempo?

– Porque nos matarán doce horas después de que aparezcamos -replicó Gil con aspereza-. Según las noticias, John ya está muerto. Eso nos deja solamente a ti y a mí y ellos tienen el poder de la presidencia como respaldo. Estoy seguro de que ya saben cómo lo van a hacer. Va a ser algo rápido, lógico y eficiente. Timwick siempre fue eficiente.

Eve se estremeció.

– Tiene que haber otra conexión… Alguien más.

– Sí, hay otra persona. Scott Maren.

– ¿Otro pariente? -Eve hizo una mueca. -¿Está muerto, también?

– No, es el médico personal de Chadbourne y la razón probable por la que todavía sigue con vida es que ha estado fuera del país. -Hizo una pausa. -Pero no creo que podamos usarlo. Mi opinión es que debe de estar involucrado en el asesinato.

– ¿Cómo?

– Tuvo la oportunidad. Hace dos años, el 2 de noviembre a la mañana, Ben Chadbourne se internó en Bethesda para hacerse su examen anual. El cadáver apareció en la funeraria de Donnelli después de la medianoche del 3 de noviembre.

– ¿Cree que fue en ese momento cuando hicieron el cambio?

Logan asintió.

– Tiene que haber sido una coreografía perfecta: entra un Ben Chadbourne y sale otro. Es probable que Maren le haya dado una inyección letal al verdadero Chadbourne, alegando que era vitamina B o algo por el estilo.

– Entonces él es el hombre de confianza que tienen en Behesda -dijo Eve lentamente. Era posible y diabólicamente astuto, pensó. Un médico está en una posición de confianza, pero a la vez entra en contacto cotidianamente con formas de quitar la vida. -Tiene que tratarse de una suposición. Maren debe de haber pasado por toda clase de verificaciones de seguridad antes de convertirse en el médico de Chadbourne.

– Estoy seguro de que sí-concordó Gil-. Pero es muy respetado y además, es amigo íntimo del Presidente. Maren, Chadbourne y Lisa Chadbourne estuvieron en la universidad juntos. Chadbourne o su mujer fueron piezas clave para conseguirle el puesto en Bethesda.

– ¿Por qué haría una cosa así, por qué correría un riesgo tan grande?

Logan se encogió de hombros.

– No lo sé, pero apostaría a que lo hizo. Es por eso que estuve tratando de ponerme en contacto con él. Quizá podamos convencerlo de que incrimine a Timwick y a Lisa Chadbourne.

– No veo que Maren sea una buena conexión. Si todo esto es cierto, él de ninguna manera va a admitirlo. Sería un estúpido.

– Puede ser. -Logan calló un instante y luego siguió hablando. -A menos que pudiéramos convencerlo de que es hombre muerto si ellos no abandonan el gobierno. Cuando hice la lista de los posibles blancos que ellos querrían eliminar, Maren estaba en uno de los primeros puestos.

Eve lo pensó un instante.

– Es el único testigo que puede relacionar a Lisa Chadbourne y a Timwick con la muerte del esposo de ella.

– Exactamente. Sin ese testigo, si se descubre la muerte, podrían inventar cualquier cosa, alegar que fue un complot terrorista u otra conspiración. Pero Maren es real y si lo acusan de asesinato, no van a tener la seguridad de que no hablará y los hará caer con él. No tengo dudas de que desde el momento en que se urdió el plan, ya tenían pensado matarlo.

– ¿Pero él lo creerá?

– Podemos intentarlo. No tenemos demasiadas opciones. En este momento, es nuestra única esperanza.

– Dijo que estaba fuera del país. ¿Adónde está?

– Detwil lo mandó en una misión de buena voluntad a Jordania, a inspeccionar los hospitales de allí. Fue una operación de alto perfil y supuestamente, el Rey requirió su presencia. En la superficie, es un honor que acrecentaría el prestigio de Maren.

– ¿Y debajo de la superficie?

– Una trampa, posiblemente. A Fiske le hubiera resultado muy fácil matarlo allí y echarle la culpa a un grupo extranjero disidente. Creo que mataron a Bentz y Cadro porque sospechaban de que yo podía estar acercándome demasiado, pero Maren fue un blanco desde el principio.

– No va a colaborar. Por Dios, si mató al Presidente, es hombre muerto desde cualquier punto que se lo mire.

– Si le ofrecemos un trato, no.

– No tenemos autoridad para ofrecerle… -Estudió la expresión de Logan. -¿En qué está pensando?

– En que quiero a Detwil y Lisa Chadbourne fuera de la Casa Blanca y no me importa cómo los voy a sacar. -Hizo una pausa. -Lo haré aunque signifique ayudar a Maren a establecerse en otra parte del mundo con una abultada cuenta bancaria.

– ¿Haría un trato con un asesino?

– ¿Y si no podemos conseguir pruebas de ADN? ¿Se te ocurre otra cosa?

Eve estaba demasiado confundida como para pensar con claridad.

– ¿Qué va a impedir que Fiske vaya a Jordania a buscar a Maren?

– La situación ha cambiado. Necesitan a Maren y no lo van a matar hasta que deje de serles útil. -Sonrió. -Recuerda que llevaron mi cadáver a Bethesda. Van a querer que Maren esté allí para tapar todo. Se suponía que iba a volver pasado mañana, pero ahora debe de estar viniendo a toda prisa. Mientras vamos a Emory a ver a Kessler, Gil va a ir a Bethesda a tratar de conseguir la colaboración de Maren.

– ¿Y cómo va a hacer Gil para que no lo atrapen? Seguro que nos están vigilando.

– Lo lograré gracias a la magia de un disfraz -respondió Gil-. Me disfrazaré de enfermera. -Ladeó la cabeza con aire pensativo. -Rubia, creo. Con pechos gigantes.

– ¿Qué?

– Bromeaba, nada más. No te preocupes, me las arreglaré.

Eve ya estaba preocupada. No quería que le sucediera nada malo. Gil podía haber estado metido en el complot para engañarla, pero era un canalla simpático.

Santo Cielo, cuántas muertes había habido ya. Había muerto gente que ella ni siquiera conocía. Parecía estar metida en el medio de un círculo de olas de destrucción que cada vez se hacían más grandes. Por suerte todavía no habían tocado a nadie cercano a ella.

Y eso no tenía que suceder.

– Hablan como si pudieran moverse de un lado a otro sin problemas -señaló Eve-. ¿Cómo van a hacer con el dinero? Las tarjetas de crédito se pueden rastrear y…

– Logan se encargó de eso. Me hizo comprar unas cuantas licencias de conductor falsas en el mercado negro. Tú eres Bridget Reilly. Se me ocurrió que con tu pelo rojizo pasarías por alguien de origen irlandés. La fotografía está algo fuera de foco y…

– ¿Mi fotografía? -Se volvió hacia Logan. -¿Compró una licencia de conductor falsa para mí?

Él se encogió de hombros.

– Tenía que estar preparado. Le dije a Gil que consiguiera identificación para todos los que estaban en Barrett House. Tenía el presentimiento de que podíamos llegar a esto.

Al diablo con él. No sólo había sabido el lío en que la estaba metiendo, sino que lo había planeado.

– ¿Y seguro que hizo que Gil consiguiera tarjetas de crédito falsas para todos, también?

Logan asintió.

– Pero traje suficiente efectivo como para resolver la mayoría de las situaciones.

– Es absolutamente increíble.

– Tenía que estar preparado -repitió él.

Eve sintió la necesidad de salir de la habitación antes de hacer algo violento.

– Llame a Margaret. -Se dirigió al dormitorio. -Voy a llamar a mi madre para decirle que esté lista para irse.

– Tendrá el teléfono intervenido, sabes.

– No soy tan tonta. Sé que deben de estar vigilándola. Tendré cuidado, pero tengo que prevenirla. Usaré mi teléfono digital y la llamaré al suyo.

– ¿Ella también tiene un teléfono digital?

– Por supuesto. Joe nos los consiguió. Dijo que hay toda clase de gente extraña que escucha las llamadas por los celulares. Los teléfonos digitales son de seguridad casi absoluta.

– Cómo no se me ocurrió que había sido el ubicuo señor Quinn -murmuró Logan-. ¿Existe algo de lo que él no se encargue?

– No, es un buen amigo y nos cuida. -Le arrojó una mirada fría por encima del hombro. -Entiendo por qué a usted ese concepto le debe de resultar extraño.

CAPITULO 13

Sandra había visto el noticiario de la mañana y a Eve le llevó diez minutos lograr que dejara de hacer exclamaciones y bombardearla con preguntas. Por fin pudo avisarle que Margaret iba en camino.

– ¿Cómo que tengo que irme? -objetó Sandra-. ¿Qué está pasando, Eve?

– Nada bueno. No puedo hablar del tema ahora.

– ¿Es cierto que John Logan murió?

– No. Mira, mamá, las cosas van a ponerse feas y hasta que se aclare todo, quiero que estés en algún lugar seguro, fuera del alcance de los medios.

– ¿Un lugar seguro? Éste es un lugar seguro. Joe viene día por medio y todas las noches hay un patrullero estacionado afuera.

– Mamá… -Tenía que encontrar la forma de convencerla. -Haz lo que te pido. Por favor. El asunto es serio, créeme. Tengo miedo de lo que puede suceder.

– ¿Miedo? -Sandra permaneció en silencio unos instantes. -Creo que sí, que realmente tienes miedo. No te he visto actuar así desde que Fraser… -Se interrumpió y luego dijo: -Quiero verte.

– No puedo ir. No haría más que ponerte en peligro.

– ¿En qué te has metido, Eve?

– Tampoco puedo contártelo. Pero hazlo por mí ¿quieres?

– Tengo un trabajo. No puedo irme así sin más…

– Te matarán -dijo Eve sin rodeos-. O te usarán a ti para matarme a mí. ¿Es eso lo que quieres? Por el amor de Dios, mamá, llama a la oficina y diles que tienes un asunto de emergencia familiar. Créeme, hablo en serio.

– ¿Matarte? -repitió Sandra y por primera vez Eve oyó el miedo en su voz-. Voy a llamar a Joe.

– Yo también lo voy a llamar. Pero tal vez no pueda ayudarte. No salgas de casa y no le abras la puerta a nadie que no sea la persona que te envío.

– ¿Quién es?

Cielos ¿y si encontraban la forma de monitorizar la conversación? No podía convertir a Margaret en un blanco.

– Se identificará. Te enviaré una fotografía por fax… -No, el fax había sido destruido, al igual que todo lo que había estado en su oficina, además, tal vez fuera posible intervenir también el fax. -Te haré llegar una fotografía e información de alguna manera. Mamá, no vayas con ninguna otra persona, por más credenciales que tengan para mostrarte. Ni con la policía, ni el FBI ni el Servicio Secreto. Nadie.

– ¿Cuándo llegará esta persona?

– No lo sé. Pronto. Ni siquiera sé cómo se pondrá en contacto contigo. Tal vez no quiera ir a casa. Haz lo que te diga, recuerda.

– No tengo diez años, Eve. No me voy de la mano con el primero que pasa. Ya bastante lo hice cuando era chica. -Suspiró. -Está bien, está bien, haré todo lo que dices. Caray, cómo me gustaría que nunca hubieras conocido a John Logan.

– A mí también, mamá, te lo aseguro.

– Cuídate, quieres.

– Sí. -Hizo una pausa y luego añadió, siguiendo un impulso. -Te quiero mucho.

– Cielos, ahora sí que estoy asustada. Nunca te pones sentimental. Yo también te quiero mucho, Eve -respondió, conmovida y cortó enseguida.

Eve oprimió el botón para dar fin a la llamada. Expresar afecto todavía no les resultaba fácil a ninguna de las dos. Había habido demasiados años de incomunicación durante la niñez de Eve.

Pero Sandra sabía que ella la quería. No era necesario que se lo dijera.

Juntó fuerzas y enderezó la espalda. Ahora Joe. Rápidamente, disco el número de su teléfono digital privado. Él atendió de inmediato.

─¿Joe?

Un silencio, luego la voz de él, baja, dura.

– ¿Qué carajo estás haciendo?

– ¿Puedes hablar? ¿Estás con gente?

– Estoy saliendo de la playa de estacionamiento. ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué diablos no me devolviste las…?

– Estaba ocupada. Deja de gritarme.

– No te estoy gritando. -Era cierto, pero cada palabra estaba cargada de furia. -Tengo ganas de estrangularte.

– Tal vez tengas que ponerte en la fila y esperar tu turno.

– ¿Qué es eso, un chiste?

– No. Estoy en problemas, Joe.

– Eso es bastante evidente. ¿Mataste a Logan?

Eve apretó el teléfono con más fuerza.

─¿Qué?

– ¿Lo mataste?

– ¿Estás loco?

– Dame una respuesta. Mira, si lo hiciste, sé que fue en defensa propia, pero tengo que saber la verdad para poder arreglar las cosas.

– ¿Por qué iba a…? ¡Por supuesto que no lo maté! No está muerto, es todo mentira.

Silencio.

– Entonces te diría que estás en problemas muy, muy serios. ¿Viste CNN?

– ¿Todo el asunto del incendio en Barrett House? Sí, estoy enterada de todo eso.

– No, no, me refiero al último boletín, el que te menciona como sospechosa.

– ¿Quién, yo?

– Entrevistaron a Novak, el prestigioso abogado de Logan y dijo que te alojabas con Logan en Barrett House. -Hizo una pausa. -Dijo que eras su amante y que él había querido terminar la relación porque eres desequilibrada.

– ¡Qué hijo de puta!

– Saben lo de Lakewood, Eve.

Ella se puso rígida.

– ¿Cómo pueden saberlo? Me dijiste que enterraste los registros. Me prometiste que…

– No sé cómo lo averiguaron. Pensé que lo tenía cubierto.

– Pues tendrías que haber sido más… -Cielos, estaba culpando a Joe por algo que ni siquiera era su responsabilidad. -¿De verdad hablaron de Lakewood?

– Sí. -Hizo una pausa. -Te dije que no había motivos para ocultarlo. No tiene nada de malo haber…

– Al parecer, había motivos.

Joe maldijo en voz baja.

– Dime dónde estás e iré hacia allá.

Eve trató de concentrarse.

– Es mejor que no te vea. Mientras no quedes involucrado, estarás a…

– Dime dónde estás. Ya estoy involucrado. Dímelo o buscaré hasta encontrarte. Soy muy bueno para eso.

Eve sabía, mejor que nadie, lo obstinado que podía ser Joe.

– Voy a ir a Atlanta. Necesito ver a Kessler. Me encontraré contigo en el estacionamiento de Hardee, en Dekalb, mañana a las diez de la mañana. Está a unas seis cuadras de Emory.

– Bien. -Joe permaneció en silencio varios segundos. -¿Cómo es de grave todo esto, Eve?

– Un espanto. No podría ser peor.

– Sí que podría ser peor… Si no me tuvieras a mí para ayudarte a arreglar las cosas.

Ella esbozó una sonrisa temblorosa.

– Es cierto… Eso sería peor. -Una idea le vino a la mente. -¿Puedes conseguir una fotografía de la asistente de Logan, Margaret Wilson y enviársela a mamá? Dile que Margaret es la que irá a ayudarla.

– ¿Ayudarla a qué?

– Va a encargarse de que mamá vaya a algún lugar donde esté a salvo.

– De eso me voy a encargar yo -replicó Joe con dureza-. No necesitas ayuda de nadie más.

– No me hagas esto, Joe. Necesito toda la ayuda posible. ¿Le llevarás la fotografía?

– Por supuesto. Pero más vale que tengas una muy buena razón para no haber confiado en mí.

– Pero si confío en… -Tal vez comprendiera cuando ella le explicara todo. Recordó otra cosa. -¿Y me consigues también una fotografía de James Timwick y de un hombre llamado Albert Fiske, que trabaja para él? Tráelas contigo mañana.

– No va a haber problema con Timwick. Sale en las noticias con frecuencia, ¿pero quién es Albert Fiske?

– Un nombre al que tengo que ponerle una cara. Hasta mañana, Joe. -Oprimió el botón para finalizar la conversación.

Lakewood. Dios Santo, Lakewood.

Guardó el teléfono en la cartera y se puso de pie. Podía oír el televisor en la habitación contigua. Logan y Gil ya se habrían enterado del asunto de Lakewood.

Seguramente Logan ya lo sabía de antes. Su abogado hacía el trabajo de detective y era el dinero de Logan lo que había sacado a la luz todos los hechos sobre su pasado.

Otra vez Logan. Maldito sea.

Gil y Logan levantaron la vista cuando ella entró en la habitación.

– La trama se complica -comentó Logan y apagó el televisor.

– Sí, yo estoy loca y usted está muerto -replicó ella-. Quieren asegurarse de que se nos haga bien difícil movernos.

– Difícil no, imposible -la corrigió Gil-. ¿Estuviste realmente en Lakewood?

– Pregúntale a Logan.

Logan sacudió la cabeza.

– A mí no me dieron esa información. Supongo que Novak se la guardó para vendérsela a Timwick.

– ¿Usted sabía que él estaba tratando con ellos?

– Tenía mis sospechas. Novak es ambicioso. -Hizo una pausa. -Pero la pregunta es cuan valiosa es esa información para ellos. ¿Cuánto tiempo estuviste en Lakewood?

– Tres semanas.

– ¿Quién te internó?

– Joe.

– Cielos, las autoridades. No es una buena imagen.

– ¡No fueron las autoridades! -se defendió Eve con ferocidad-. Fue Joe.

– Quinn estaba con el FBI en ese entonces.

– Ellos no sabían nada del tema. Nadie sabía nada, ni siquiera mi madre.

– Ella es tu familiar más cercano. Tienen que habérselo dicho.

Eve sacudió la cabeza.

– Lakewood no es una institución pública. Es un pequeño hospital privado del sur de Georgia. Joe me internó bajo otro nombre. Anna Quinn. Les dijo que yo era su esposa.

– ¿Y fuiste por voluntad propia?

Eve esbozó una sonrisa torcida.

– No, Joe puede ser una topadora cuando quiere. Me hizo ir por la fuerza.

– ¿Por qué?

Eve no respondió.

– ¿Por qué, Eve?

Qué diablos, de todas formas se enteraría.

– La noche que ejecutaron a Fraser tomé una sobredosis de sedantes. Me alojaba en un motel cercano a la prisión. Joe vino a ver cómo estaba y me encontró. -Eve se encogió de hombros. -Me hizo vomitar varias veces y caminar por esa maldita habitación hasta que estuve fuera de peligro. Después me llevó a Lakewood. Se quedó allí conmigo durante tres semanas. Al principio quisieron sedarme, pero él les dijo que no me había llevado allí para eso. Me hizo hablar con todos los psicólogos del lugar. Me hizo hablar de Bonnie, de Fraser, de mi madre. Caray, hasta me hizo hablar de mi padre y yo no lo había visto desde que era bebé. -Hizo una mueca. -Pero, evidentemente, no le pareció que me había abierto lo suficiente con los amables médicos, así que después de tres semanas, me sacó de allí, me llevó a la Isla Cumberland y me hizo quedar allí otra semana.

– ¿La isla Cumberland?

– Es una isla salvaje cerca de la costa. Hay un solo hotel, pero Joe no reservó allí. Acampamos al aire libre y me aplicó su propia terapia.

– ¿Y con él sí te abriste?

– No me dio opción. -Sonrió a pesar de sí misma. -Ya les dije, cuando se le mete algo en la cabeza… El no iba a permitir que me volviera loca o me matara. Simplemente no lo iba tolerar. Así que me las tuve que arreglar.

– Ese Quinn sí que es un personaje -comentó Gil.

– Oh, sí. De eso no hay dudas. No hay nadie como él. -Eve fue a la ventana y contempló el mar. -Luché contra él como una leona. Pero no hubo caso, no me dejó abandonarme.

– Ojalá hubiera enterrado mejor los registros de Lakewood.

– Lo mismo digo. En el vecindario donde me crié había muchos locos, pero tenías que estar realmente chiflado para ir a un hospital psiquiátrico. Pero Joe no piensa como nosotros. Es muy directo. Si algo se rompe, hay que traer un experto para arreglarlo. No veía que hubiera ningún estigma en el hecho de estar en un hospital psiquiátrico. Eso no le hacía ninguna mella.

– ¿A ti te asustaba?

Eve no respondió por un instante.

– Sí -dijo por fin.

– ¿Por qué?

– Tenía miedo de que fuera el sitio donde me correspondía estar -masculló.

– Qué absurdo. Cualquiera hubiera tenido una crisis de haber estado sometido al estrés que sufriste tú.

– ¿Y qué distancia hay entre una crisis y volverse loco? Uno nunca se da cuenta de que camina por la cornisa hasta que no resbala y ve el abismo debajo.

– Pero tú luchaste contra eso.

– Joe me sacó de un tirón. -Cruzó los brazos contra el pecho. -Después sentí una profunda ira y me enfurecí conmigo misma. Fraser no iba a quitarme nada más. Ni la vida ni la salud mental. No iba a dejarlo ganar. -Se volvió hacia Logan. -Como tampoco lo voy a dejar ganar a Timwick ni a ella. La pregunta es cómo vamos a impedir que logren que todo el mundo crea que estoy loca.

– No podemos hacerlo, al menos por ahora. Estamos a la defensiva -explicó Logan-. No podemos hacer nada hasta que tengamos un arma para lanzar un ataque.

Eve ya lo sabía pero había estado esperando buenas noticias, no toparse de frente con la realidad.

– ¿Llamó a Margaret?

Logan asintió.

– Ya está en camino.

– ¿Adónde llevará a mi madre?

– Está haciendo arreglos con el servicio de seguridad que vigila a tu madre ahora. Le dije a Margaret que quiero que se lleven por lo menos un guardia a cualquier lugar donde decidan ocultarla. ¿Le avisaste a Sandra que va a ir Margaret?

– Sí, y le dije a Joe que se encuentre con nosotros mañana en Atlanta. -Vio cruzar una expresión casi imperceptible por el rostro de Logan y exclamó. -¿Qué pasa, hay algún problema?

– No. Tal vez no sea buena idea involucrarlo, nada más. Cuanto menos gente…

– No me venga con pavadas. -Pasó por alto el hecho de que esa misma había sido su reacción inicial. -Confío más en él que en usted o en Gil.

– Entiendo por qué. -Gil se puso de pie. -No veo la hora de conocer al interesante señor Quinn. Creo que iré a caminar un poco. ¿Quieres venir, John?

Logan asintió.

– Me vendría bien un poco de aire. -Se dirigió a la puerta. -No tardaremos mucho. Mantente atenta a las noticias ¿quieres, Eve?

Querían hablar de la situación a solas. Evaluarían los sucesos más recientes e intentarían planear una ofensiva. Muy bien, pues. Que lo hicieran. Se darían cuenta muy pronto de que ella ya no pensaba quedarse afuera de las decisiones.

Por otra parte, no le faltaban ganas de olvidarse de ellos. Mañana iba a reunirse con Joe otra vez. Logan la había usado y sin duda tenía intenciones de hacerlo nuevamente, pero en Joe sí que podía confiar. Hacía mucho tiempo que eran un equipo y juntos podían superar cualquier cosa, incluso a Timwick y a Lisa Chadbourne.

Lisa Chadbourne. ¿El hecho de que su nombre le hubiera venido a la mente con tanta facilidad significaba, entonces, que había aceptado a Lisa Chadbourne como la persona al mando de la conspiración? Las señas que había utilizado con Detwil indicaban complicidad, sí, pero no necesariamente la marcaban como la que había tramado todo.

Pero la mujer que había visto en las filmaciones no era del tipo de las que aceptan ser segundonas. Destilaba seguridad y carisma.

Y Gil no había descrito a Timwick como un hombre que podría llevar a cabo un engaño de semejantes proporciones. Habría que tener nervios de acero y la habilidad de pensar claramente en todo momento. Según Gil, Timwick era un hombre que podía desmoronarse bajo presión.

Si Lisa Chadbourne era la que comandaba el juego, entonces lo mejor que Eve podía hacer era estudiarla con mucho cuidado.

Buscó la cartera y sacó los vídeos que había guardado allí antes de abandonar Barrett House. Colocó uno dentro de la grabadora y se acomodó en el sofá que estaba frente al televisor.

La cara sonriente de Lisa Chadbourne apareció en la pantalla. Bella, inteligente y, sí, fascinante. Eve sintió que la recorría una oleada de tensión y se inclinó hacia delante, sin apartar los ojos de la cara de Lisa Chadbourne.

– ¿Qué haces? -preguntó Logan cuando la encontró allí dos horas más tarde-. ¿Lisa Chadbourne?

Eve apagó la videograbadora.

– Nada. Solamente la estaba estudiando.

– ¿Por el asunto de las señas que le hace a Detwil?

– Sí, en parte. Quería ver su lenguaje corporal, sus expresiones. Son cosas muy reveladoras.

– ¿De veras? -Logan la miró con atención. -No hubiera pensado que podían decirte algo. Estoy seguro de que es una experta en disimular sus emociones.

Eve se encogió de hombros.

– Soy artista y me he dedicado a estudiar las expresiones faciales. Cuando empecé a trabajar como escultora forense, hasta tomé un curso sobre expresiones y lenguaje corporal y cómo se relacionan con la psicología. Las expresiones pueden ser un factor determinante en una identificación. Una cara sin expresión es como una paleta vacía.

– ¿Y de qué te diste cuenta al estudiar a Lisa Chadbourne?

– Es un poco soberbia, es audaz, pero también cautelosa. Y algo vanidosa, también. -Frunció el entrecejo. -No, vanidosa no. Es demasiado segura de sí como para ser vanidosa. Simplemente sabe quién es y se aprecia a sí misma.

– ¿Pagada de sí misma?

Eve sacudió la cabeza.

– No. -Vaciló. -Es pragmática… Y tal vez se sienta sola.

– Bueno, parecería que tuvieras la bola de cristal -comentó Gil.

– Algunas cosas no son más que suposiciones mías. Muchas, tal vez. Por lo general, las personas controlan la mayoría de los músculos de la cara, pero no los de alrededor de los ojos. Son muy difíciles de manejar. Pero aun una falta de expresión puede llegar a contar una historia. -Volvió al tema de Lisa Chadbourne. -Apuesto a que ella tiene muy pocos amigos y que a las demás personas las mantiene a distancia.

Logan arqueó las cejas.

– No fue la impresión que me dio cuando la conocí. Te aseguro que fue sumamente cálida y amistosa, además, maneja a la gente como nadie.

– Sí, lo suficientemente bien como para engañarlo a usted. Le lanzó todo su encanto encima. Los hombres siguen siendo los que manejan el mundo y ella se ha propuesto llevarse bien con ellos. Es probable que ya le resulte algo totalmente natural.

– ¿Pero a ti no te engaña?

– Podría haberme engañado si usted no me hubiera hecho ver esas filmaciones, donde se ven todos sus movimientos y expresiones. Es una maravilla, casi nunca se aparta de su personaje. Cuando lo hace, es solamente por una fracción de segundo, luego vuelve a su papel de inmediato. -Eve se encogió de hombros. -Por suerte se puede congelar la imagen. Es algo que resulta sumamente revelador.

– ¿Decidiste, entonces, que solamente es una mujer solitaria e incomprendida que se vio involucrada en esto sin querer? -preguntó Logan con sarcasmo.

– No, pienso que podría muy bien matar a un hombre. Transmite la fuerza y la intensidad de una explosión atómica. Creo que podría hacer cualquier cosa que le resultara necesaria, pero nunca sería peón de nadie. En todo momento haría las cosas a su manera. -Encendió el televisor otra vez. -Lo lamento, pero no miré las noticias. Ahora puede ponerse al tanto.

– Estás dando muchas cosas por sentadas nada más que por mirar esos vídeos.

– Si no quiere creerme, no me importa en absoluto.

– Bueno, sí, puedo llegar a creer que el lenguaje corporal y las expresiones faciales pueden revelar cosas. Estudiarlos es uno de los cursos claves de los seminarios de negociación a los que envío a todos los ejecutivos de mi empresa. Pero me parece que hay que tener mucho cuidado antes de decidir algo acerca de Lisa Chadbourne.

– Tenemos que tener cuidado con todo lo relacionado con ella. -Eve se dirigió a la puerta. -Voy al muelle.

– ¿Puedo acompañarte? -preguntó Logan.

– No, no recuerdo haber sido invitada cuando usted y Gil quisieron salir para hablar.

– ¡Uy!, esa estocada me dolió -se quejó Gil.

Eve bajó los escalones corriendo. En la playa sólo había unos niños jugando al voleibol, a unos trescientos metros del muelle. Eve se dijo que tendría que tener cuidado de que no la reconocieran. Sin duda la CNN había mostrado una fotografía de la loca incendiaria que había matado a Logan.

Loca. La palabra le dolía. Esa víbora de Lisa Chadbourne. Había tenido que utilizar la parte de su vida que todavía podía causarle dolor. Se la imaginaba revisando todas las posibilidades y después atacando como una viuda negra, directamente al centro de…

¿Por qué estaba tan segura de que era Lisa Chadbourne la responsable de ese ataque hacia ella? Podía estar equivocada. Podía tratarse de Timwick.

No estaba equivocada. Lisa Chadbourne nunca subestimaría a otra mujer. Tenía demasiado respeto por sí misma.

Eve se sentó sobre el muelle y contempló el agua.

Estás dando muchas cosas por sentadas nada más que por mirar esos vídeos.

Sí, estaba dando muchas cosas por sentadas. Podía haber imaginado todas esas sutilezas que le parecía haber visto al observar a Lisa Chadbourne.

Pero no, demonios. Había aprendido muy bien a reconocer y retratar expresiones.

Y sus observaciones eran más que clínicas. Había sentido el mismo instinto que experimentaba en las últimas etapas de sus esculturas.

Conocía a Lisa Chadbourne.

Fraser.

Se estremeció al contemplar el agua. Lisa Chadbourne y Fraser no se parecían en nada. ¿Por qué, entonces, pensaba en ellos como si fueran una sola persona?

Porque el miedo había vuelto. Había vuelto el día que le habían destruido el laboratorio, entonces había pensado en Fraser. Lisa Chadbourne había sido la responsable de eso, como también lo era de este nuevo ataque contra Eve.

Fraser había padecido una locura que Eve no había visto en Lisa Chadbourne, pero ambos poseían esa seguridad engendrada por el poder.

El placer que se obtiene del poder es una potente motivación. El poder de Fraser provenía de matar. La motivación de Lisa Chadbourne era mucho más complicada, por supuesto, y posiblemente hasta más letal todavía. La sed de poder en escala global podía ser mucho más dañina que la sed de poder en escala personal.

Al diablo con la escala global. Nada podía ser peor de lo que le había sucedido a Bonnie. El mundo estaba hecho de historias personales, tragedias personales y los actos brutales que había cometido Fraser eran tan ruines y malvados como el asesinato perpetrado por Lisa Chadbourne.

El asesinato era siempre asesinato. Habían tomado una vida y la vida era sagrada. No estaba convencida de que Detwil fuera tan peligroso como decía Logan. No sabía nada de política ni de tramas diplomáticas, pero sí conocía todo sobre el asesinato. Había vivido con él, comido con él, dormido con él. Y vaya si lo aborrecía.

– Sigue vigilando a la madre, James. -Lisa frunció el ceño mientras estudiaba el expediente de Duncan en la computadora. -Es evidente que ella tiene debilidad por la madre. Creo que podríamos encontrar una forma de utilizarla.

– La estoy vigilando -respondió Timwick-. No dejé de vigilarla en ningún momento. Creemos que Duncan la llamó esta mañana. Habló por un teléfono digital, pero teníamos un hombre con un amplificador afuera de la casa. Pudimos captar solamente segmentos de la conversación, pero estoy casi seguro de que Duncan está tratando de sacar a la madre de en medio.

Astuta. Exactamente lo que hubiera hecho ella, Lisa. Eliminar todos los puntos débiles.

– Que no suceda. Encárgate del asunto.

– ¿En forma permanente?

Caray, Timwick proponía la violencia como solución a cualquier cosa.

– No, podemos llegar a necesitarla.

– Está custodiada por Seguridad Madden, el equipo de Logan y por el Departamento de Policía de Atlanta. Puede llegar a ser difícil hacer un trabajo limpio.

– Inténtalo. Envía a Fiske. Hizo un trabajo excepcional con Barrett House. ¿Qué hay del antropólogo forense?

– Tenemos vigilado a Crawford, de la Universidad Duke.

– ¿Y la gente con la que trabajó Eve Duncan?

– Estamos yendo paso a paso con esa lista. Es algo que lleva tiempo.

– No tenemos tiempo. No debería ser tan difícil. Tendría que ser alguien con capacitación para trabajar con ADN y experiencia en el tema.

– Hay más gente de lo que piensas capacitada para trabajar con ADN. Es la ola del futuro.

– Tenemos que achicar esa lista. Envíamela, la haré yo. -Miró el reloj. -Me tengo que ir, tengo una reunión. Volveré a ponerme en contacto contigo.

Cortó y se dispuso a cerrar el expediente de Eve Duncan, pero vaciló y se quedó mirando la imagen de Eve.

Eve se estaba moviendo aprisa para evitar más daños. Lisa tenía el presentimiento de que ella trataría de salvar a su madre aun a pesar de que Sandra no parecía haber hecho demasiado por ella. Había dejado crecer a su hija en las calles y no había movido un dedo para evitar que quedara embarazada y tuviera esa hija ilegítima.

Sin embargo, era evidente que Eve había perdonado a su madre y le era muy leal. La lealtad era una cualidad difícil de encontrar y muy valiosa. Cuanto más estudiaba Lisa el expediente de la mujer, más le parecía que empezaba a conocerla… Y a admirarla. Encontraba muchas similitudes entre ambas. Los padres de Lisa habían sido cariñosos y abnegados, pero ella también había salido de la pobreza con mucho trabajo y había luchado con uñas y dientes contra el sistema.

¿Pero qué estaba pensando? Se dijo con impaciencia. No podía perder objetividad ni determinación nada más que porque comenzaba a sentir que comprendía a Eve Duncan. Había tomado un camino determinado y ahora debía seguirlo hasta el final.

Sin importarle quién se le pusiera enfrente.

CAPITULO 14

– Bueno, llegaron -comentó Joe con tono áspero mientras se acercaba al coche-. Me sorprende. Esto no es precisamente un cero kilómetro.

– Llama menos la atención. -Logan bajó del asiento del conductor y se paró frente a él. -¿Hubiera preferido que trasladara a Eve de un lado a otro en un Lamborghini rojo?

– Preferiría que no la trasladara a ninguna parte. -Joe miró a Logan. -Preferiría que nunca se hubiera enterado de su existencia, maldito canalla.

Cielos, qué enojado estaba, pensó Eve. Joe tenía un aspecto amenazador que ella nunca le había visto y Logan estaba tenso como un perro de guardia. Ella se apresuró a bajar del automóvil.

– Sube al asiento trasero conmigo, Joe. Logan, usted conduzca hasta Emory.

Ninguno de los dos hombres se movió.

– ¡Diablos, no se dan cuenta de que llaman la atención! Sube, Joe.

Joe subió de mala gana.

Eve respiró aliviada y dijo:

– Vamos, Logan, conduzca. -Acto seguido, subió ella también.

Logan volvió a su lugar en el asiento del conductor y puso el motor en marcha.

– ¿Le mandaste la fotografía de Margaret a mi madre? -preguntó Eve a Joe.

– Anoche -respondió él, con la mirada fija en la nuca de Logan-. Yo mismo revisé la zona y me topé con el equipo de seguridad de él. Casi tuve que arrestarlos antes de que me mostraran su identificación.

– ¿Vio a alguien más? -preguntó Logan.

– No, no me di cuenta de nada. No han montado ninguna operación obvia de vigilancia.

– Nunca harían nada obvio. Además, son buenos. Y tienen los mejores equipos.

– ¿Por qué? -Joe se volvió hacia Eve. -¿Qué diablos está pasando? Dímelo.

– ¿Me trajiste las fotografías de Timwick y Fiske?

Joe buscó dentro del bolsillo del saco y extrajo un sobre.

– A propósito, hice averiguaciones sobre este tal Fiske y es de lo peor. No deberías ni estar a un kilómetro de ese mal nacido.

– Lo intentaré. -En la foto, Fiske no parecía desagradable, pensó Eve, distraídamente, sino que más bien tenía el aspecto del estereotipo del mayordomo. Ojos castaño claro levemente desenfocados. Nariz larga y aristocrática y un prolijo bigotito. Si bien no parecía tener más de treinta y ocho años, el cuidado cabello castaño tenía canas en las sienes y estaba bien retirado de la ancha frente.

El que no tenía nada de aristocrático, por cierto, era James Timwick. Una cara ancha, de aspecto casi eslavo y ojos celeste pálido. Era más joven de lo que Eve había creído, debía de tener unos cuarenta y tres años y pelo renegrido.

– Ahora cuéntame por qué me pediste que te las trajera -exigió Joe.

Porque necesitaba verle la cara al enemigo, a los hombres que pueden querer matarme. No era una buena explicación para darle a Joe, que estaba cercano al punto de ebullición.

– Pensé que podían llegar a ser de utilidad. -Guardó las fotografías en la cartera.-Gracias, Joe.

– No me agradezcas. Dime lo que necesito saber.

Tenía que intentarlo por última vez.

– No hay nada que necesites saber. Preferiría que te quedaras afuera de esto.

– Cuéntame ya.

Eve aceptó, resignada, el hecho de que Joe no iba a dejarse convencer.

– Está bien, pero deja que te lo cuente a mi manera. No trates de interrogarme, Joe.

Para cuando Eve terminó de hablar, hacía diez minutos que estaban en el estacionamiento de Emory.

Joe no dijo nada durante varios instantes, sino que se quedó mirando el maletín de cuero que estaba junto a los pies de Eve.

– ¿Ahí está él?

– Sí.

– Es bastante difícil de creer.

– Estoy de acuerdo contigo -repuso ella-. Pero es Ben Chadbourne, Joe.

– ¿Estás segura?

Eve asintió.

– Es por eso que no quiero que te metas en esto. No sé lo que puede pasar.

– Yo sí. -Joe apretó los labios con gesto sombrío. -Y Logan también lo sabe. Lo supo perfectamente bien desde el principio.

– Sí, es cierto -concordó Logan sin inmutarse-. Pero eso no cambia la situación actual. Nosotros tenemos que cambiarla.

Joe le dirigió una mirada helada y luego se volvió hacia Eve.

– No puedes confiar en él. Para ti sería mejor si lo eliminara.

– ¿Eliminarlo?

– Sería fácil. Todo el mundo piensa que ya sucedió.

Los ojos de Eve se agrandaron como platos.

– ¡Joe! -exclamó.

Joe se encogió de hombros.

– Supuse que no te parecería una buena idea. -Abrió la puerta. -Quédate aquí. Revisaré la zona y tantearé a Kessler. ¿Qué te hace pensar que puede querer involucrarse?

– Es íntegro, curioso y algo obsesivo. Por eso está en esa profesión.

– Bueno, nadie mejor que tú para saber de obsesiones. -Joe cerró la puerta con fuerza y cruzó rápidamente el estacionamiento.

– Un hombre muy violento para ser oficial de la ley -murmuró Logan.

– No es violento. Está enojado, nada más. No iba a…

– Pues yo pienso que sí. Por unos instantes, mi vida corrió peligro. Creo que es mejor que me mueva con mucho cuidado alrededor de Quinn.

– Joe respeta la ley. -Eve lo defendió con vehemencia. -¡Diablos, es un buen policía!

– No lo dudo, pero también pienso que el entrenamiento que tuvo en SEAL en ocasiones se entromete en su camino. Sobre todo cuando la ley parece no funcionar y sus amigos están en peligro.

– Joe no mata gente.

– Veamos, ¿alguna vez le preguntaste cuánta gente mató cuando estaba en SEAL?

– Por supuesto que no. Estábamos en época de paz cuando estuvo en SEAL.

– Pero a los miembros de SEAL les asignan misiones aun en tiempos de paz.

– ¿Por qué hace esto? ¿Por qué trata de hacer que desconfíe de Joe?

– Por instinto de conservación, tal vez. -Esbozó una sonrisa irónica. -Y porque quiero que admitas que si hubieras hecho un mínimo gesto con la cabeza, hace unos instantes yo hubiera sido hombre muerto.

– No pienso admitir nada…

– Sé sincera.

Eve no quería ser sincera si eso significaba admitir que no conocía a Joe tan bien como creía. Joe era uno de los pilares fundamentales de su vida. Era una roca, era la persona en que más confiaba. Cuando todo a su alrededor se había venido abajo, Joe había estado allí. No iba a pensar en él como un asesino, porque eso sería compararlo con Fraser. Nunca.

– ¿Te habló alguna vez de su época en el equipo SEAL?

– No.

– ¿Sabías que desde que está en Atlanta mató a tres hombres en el ejercicio del deber? -Los ojos de Eve se clavaron en su cara. -Ya me parecía que no lo sabías. Quinn es astuto y te conoce bien. No te revelaría esa parte de su vida.

– No es un asesino.

– No dije que lo fuera. Es clarísimo que en las tres ocasiones lo hizo en defensa propia y que los rufianes a los que mató merecían morir. Sólo estoy diciendo que Quinn es multifacético y muy peligroso.

– Está tratando de hacer que desconfíe de él.

– Y él está tratando de hacer que desconfíes de mí. Sólo me estoy defendiendo.

– No confío en usted.

– Sí, un poco sí. Al menos sabes que estamos del mismo lado. No voy a dejar que Quinn me robe eso. -Su mirada se posó en Joe que estaba subiendo los escalones del edificio de Geociencia. -Y no quiero tener que pelear contra Quinn, además de todos los otros.

Eve siguió su mirada. Era como si estuviera viendo a Joe bajo una luz diferente. Siempre se mostraba seguro de sí mismo, se movía con elegancia atlética, pero ahora podía ver la implacable eficiencia detrás de su actitud. Ella lo había llamado una topadora, sabía que lo era, pero no lo había considerado peligroso.

Hasta ahora. Ahora intuía lo peligroso que podía ser.

– ¡Diablos, Logan!

– Somos todos salvajes -dijo él tranquilamente-. Todos matamos cuando se trata de algo realmente importante para nosotros. Comida, venganza, instinto de conservación… pero Quinn sabía que tú no lo tolerarías, entonces se aseguró de que no conocieras esa faceta de él.

– ¿Y usted también mataría, Logan? -preguntó Eve con amargura.

– Si las circunstancias lo tornaran necesario. Y tú también lo harías, Eve.

Ella negó con la cabeza.

– La vida es demasiado preciosa. No hay excusa posible para matar.

El se encogió de hombros.

– Excusa no, pero la razón…

– No quiero hablar del tema. -Se apoyó contra el respaldo del asiento y miró por la ventanilla, dejando a Logan afuera de su mente. -No quiero hablar con usted, Logan. Déjeme tranquila ¿quiere?

– Por supuesto.

Claro que iba a decirle que sí. Había soltado la serpiente y ahora con todo gusto se pondría a contemplar el efecto que causaba el veneno.

Pues ella no pensaba permitírselo. No dejaría que destruyera la confianza que tenía en Joe. Logan era el desconocido, no Joe. No pensaría en eso ni se haría preguntas ni permitiría que las palabras de él la carcomieran.

– Pero es cierto, sabes -dijo Logan en voz baja.

– Todo bien. -Joe abrió la puerta a Eve y la ayudó a bajar. -No hay moros en la costa. Kessler está solo. Su asistente, Bob Spencer, estaba con él, pero le dije a Kessler que se deshiciera de él.

Eve tomó el maletín con el cráneo.

– ¿Qué le dijiste a Gary?

– No le dije qué había en el paquete sorpresa, pero le conté el resto. Y tienes razón, es curioso. -Le quitó el maletín de la mano a Eve y la tomó del codo. -Vamos a hacer que empiece a trabajar.

– Comienzo a sentirme un poquito de más. -Logan salió del coche. -Me imagino que no tendrán inconveniente en que los siga.

– Yo sí tengo inconvenientes -objetó Joe-. Pero soportaré su presencia siempre y cuando no estorbe. -Apuró el paso y guió a Eve por la playa de estacionamiento. -¿Cuánto puede llevar esto?

– La parte de Kessler es rápida, siempre y cuando encuentre una buena fuente de extracción de ADN. Lo que me preocupa es el trabajo de laboratorio. Los exámenes de ADN a veces tardan meses.

– Tú ocúpate de obtener una buena muestra, yo me encargaré de apurar el examen. -Joe abrió la puerta del edificio y la sostuvo para que Eve pasara primero. -No hay problema. Soy bueno para aplicar presión. Es una de mis… -Entornó los párpados y miró a Eve. -¿Qué pasa, por qué me miras así?

De inmediato, ella apartó la vista.

– No sé de qué me hablas.

– ¡Cómo que no vas a saber!

Eve se liberó de la mano de él y siguió caminando.

– Déjate de hurgar, Joe. No pasa nada.

– Puede que no. -La mirada de Joe se posó en Logan. -O puede que sí.

Eve abrió la puerta del laboratorio y vio a Kessler sentado ante el escritorio, comiendo un sándwich.

Kessler levantó la vista y la fulminó con la mirada.

– Así que me quieres enviar a la morgue. Gracias, Duncan, muy amable de tu parte.

– Tienes mostaza en el bigote. -Ella tomó el maletín de manos de Joe y se acercó a Kessler. Tomó la servilleta de papel que estaba sobre el escritorio y le limpió la boca y el hirsuto bigote gris. -Cielos, Gary, nunca he visto a nadie tan sucio como tú para comer.

– Comer tiene que ser una función placentera cuando uno está solo. No tendría por qué preocuparme de que entre una mujer y empiece a criticarme. Y encima una que viene a pedirme favores. -Mordió el sándwich nuevamente. -¿En qué te metiste, Duncan?

– Necesito un poco de ayuda.

– Si lo que dicen las noticias es cierto, el que te tiene que ayudar es un abogado, no yo. -Miró detrás de ella. -¿Usted es Logan?

Logan asintió.

Kessler sonrió con expresión traviesa.

– ¿Es cierto que tiene cualquier cantidad de dinero?

– Bastante.

– ¿Quiere desprenderse de una buena suma? Las cosas ya no son como cuando era joven. Nosotros, los científicos brillantes, necesitamos mecenas, lamentablemente.

– Tal vez podríamos llegar a un arreglo -dijo Logan.

– Basta, Gary. -Eve abrió el maletín. -Sé perfectamente bien que cuando el trabajo te interesa, lo haces sin cargo.

– Hablas demasiado, Duncan -declaró Kessler-. De tanto en tanto es bueno ser codicioso. Además, me he vuelto más materialista desde la última vez que trabajamos juntos. -Hablaba en tono distraído y tenía la vista fija en el maletín. A pesar de sus palabras, Eve intuía su entusiasmo. Le recordaba a un niño cuando espera para ver qué hay adentro del paquete de Navidad. -Y enviar a Quinn como emisario para despertar mi curiosidad es una treta muy burda, hubiera dicho que emplearías un poco más de sutileza.

Eve sonrió.

– Si una cosa funciona, no la desperdicio.

– Debe de haber sido algo realmente interesante si te metió en un lío como éste. -Sus ojos en ningún momento se apartaron del maletín. -Por lo general no eres tonta.

– Gracias.

Eve esperó.

– ¿Bueno, qué es? -preguntó él con impaciencia.

Eve abrió la tapa y extrajo el cráneo con cuidado.

– Dímelo tú a mí.

– ¡Oh!, mierda -susurró Gary.

Eve asintió.

– Precisamente.

El tomó el cráneo de manos de ella y lo apoyó sobre el escritorio.

– ¿No es una broma?

– ¿Te parece que estaría escapándome si se tratara de una broma?

Kessler contempló la cara.

– Dios mío. Chadbourne. -Miró a Eve. -Si es que realmente se trata de Chadbourne. ¿Sabías sobre quién estabas trabajando?

Eve sacudió la cabeza.

– Lo hice a ciegas. No tenía idea hasta que lo terminé.

– ¿Y qué quieres de mí?

– Pruebas.

– ADN. -Frunció el entrecejo. -¿Y qué tengo para trabajar? ¿Supongo que volviste a trabajar sobre el cráneo, no? ¿Por qué no haces moldes? Vaya uno a saber qué estuviste destruyendo.

– Ya estaba limpio. El cuerpo fue quemado.

Kessler entornó los párpados.

– ¿Entonces qué tengo que hacer yo?

– Pensé…, en los dientes. El ADN debe de haber quedado protegido por el esmalte. Podrías partir un diente y extraer el ADN. ¿Es posible?

– Es posible, sí. Ha sido hecho en otras oportunidades. Pero no es seguro.

– ¿Lo intentarás?

– ¿Por qué iba a hacerlo? No es algo que me concierna y podría traerme muchos problemas.

Joe habló.

– Me quedaré aquí a custodiarte mientras estés trabajando. -Miró a Logan. -Y estoy seguro de que el señor Logan quiere que tu trabajo te sea redituable.

– Dentro de ciertos límites, por supuesto -dijo Logan.

Estaban encarando el asunto mal, pensó Eve. Supo que tenían a Gary desde el momento en que vio su expresión. Solamente había que darle un empujoncito.

– ¿No quieres saber si realmente se trata de Chadbourne, Gary? ¿No quieres ser el que lo demuestre?

Kessler lo pensó unos instantes.

– Puede ser.

Claro que lo quería. Eve podía ver el entusiasmo que él trataba de disimular.

– Sería algo increíblemente difícil -continuó Eve-. Caray, hasta podría ser material de un libro.

– No sería algo tan difícil -objetó Kessler-. A menos que me hayas arruinado también los dientes.

– Los toqué lo menos posible. -Sonrió. -Y sabes bien que mi trabajo no interfiere con el tuyo. Está todo allí, esperándote.

Kessler levantó la mirada.

– Sé perfectamente bien lo que estás tratando de hacer, Eve.

– Claro que sí. Bueno, ¿vas a hacerlo o le llevamos el cráneo a Crawford en Duke?

– Despertar mis instintos de competencia no te va a servir de nada, tampoco. Sé que soy el mejor. -Se sentó en el sillón. -Pero puede que te haga el favor. Siempre me caíste bien, Duncan.

– Lo harías aunque me odiaras a muerte. -La sonrisa de Eve se esfumó. -Pero no te voy a mentir. Esto es mucho más peligroso que meterse en problemas con la ley.

– Me di cuenta. -Se encogió de hombros. -Soy un anciano. Necesito algo que mantenga activa la adrenalina. ¿Puedo usar mi propio laboratorio?

– Preferiríamos que no. Creemos que estamos a salvo, pero no queremos correr riesgos. ¿Hay algún otro lugar donde puedas trabajar?

– ¡Cómo me dificultas las cosas! -Pensó un instante. -¿El laboratorio de mi casa? -Eve hizo un gesto negativo. -Tengo un amigo que es profesor en la Universidad Estatal de Kennesaw, que está a unos cuarenta minutos de aquí. Me dejará usar su laboratorio.

– Perfecto.

– ¿Y mi asistente?

Eve volvió a negar con la cabeza.

– Que se ocupe de tus clases. Te ayudaré yo.

– No creo que te necesite. Pero trata de librarte de toda esta maldita arcilla. Quiero una superficie limpia.

– De acuerdo. -Eve respiró hondo. -Pero primero necesito hacer una superimposición.

– Y yo qué, ¿me quedo papando moscas?

– Me apuraré todo lo posible. La necesitamos, Gary. Sabes que los dientes son importantes para la superimposición y no sabemos cuántos vas a tener que sacar. No podemos verificar los registros dentales, así que necesitamos todas las pruebas que podamos conseguir.

– Es posible -reconoció él de mala gana-. Pero mi ADN se llevará los laureles.

– Lo sé. ¿Podrás utilizar tu influencia para pedir un equipo de vídeo prestado al departamento audiovisual? Yo tengo la mezcladora.

– No pides nada -farfulló Gary-. ¿Sacar equipos valiosos de la universidad? Se armará un lío terrible.

– No les digas que vas a sacarlos de la universidad.

– De todas formas van a armar un escándalo.

– Derrítelos con tu encanto.

– Sí, sí, claro. Entonces sí que sospecharán que me he vuelto loco. En lugar de eso, los amenazaré y los extorsionaré.

– Tienes razón, no queremos que te comportes de un modo ajeno a tu personalidad.

– Pero trabajarás a toda velocidad y terminarás cuanto antes.

– No voy a discutir.

– Me asombras -murmuró Kessler-. ¿Cuánto te llevará limpiar el cráneo?

– Una hora, tal vez dos. Quiero hacerlo con mucho cuidado.

– Te buscaré los equipos y luego rastrearé a mi asistente y le diré que me voy por un par de días. -Kessler se dirigió a la puerta. -Empaca a nuestro amigo presidencial. Volveré lo antes posible.

– Gracias, Gary -dijo Eve en voz baja-. Quedo en deuda contigo.

– Sí, y asegúrate de pagarme.

– Lo manejaste muy bien -comentó Logan cuando la puerta se cerró detrás de Kessler.

– Nos entendemos. -Miró a Joe. -¿Quieres seguirlo y asegurarte de que no le pase nada? No quisiera armar lío, pero no me gusta que ande solo por toda la universidad.

– Tú misma dijiste que no creías que pudieran relacionarlo contigo.

– No quiero correr riesgos. Lo convencí de que nos ayudara y me siento responsable.

– Y yo me siento responsable por ti.

– Por favor, Joe.

– No quiero… -Se interrumpió al ver la expresión de ella y, abruptamente, dio media vuelta. -Quédese con ella, Logan. Si deja que algo le pase, le romperé el cuello. -La puerta se cerró detrás de él con un sonido terminante.

Otra vez violencia. Eve miró el cráneo, sin verlo.

– ¿Estás lista para ir? -preguntó Logan.

– Todavía no. Voy a empacar a Ben y después voy a revisar el equipo de Gary, porque necesito algo con qué sacar toda esta arcilla. -Cruzó hasta Adónde estaba la mesa y abrió la vitrina. -Mientras, usted puede llamar a Margaret y averiguar cuándo mi madre estará en un sitio seguro.

– Puedo llamar desde aquí.

– No quiero que me estorbe. Vaya afuera y llame de allí.

– Me gustaría complacerte, pero Quinn me dio órdenes específicas y no quiero correr riesgos.

– Ahora soy yo la que le está dando órdenes. Aquí no me sirve para nada. Quítese de en medio y encárguese de que mamá esté bien o me iré a casa y lo haré yo misma. Es lo que tengo ganas de hacer, de todos modos.

Logan levantó una mano en señal de rendición.

– Voy, voy.

Y desapareció.

Eve respiró aliviada. No quería a ninguno de los dos cerca. Estaba demasiado alterada y necesitaba volver a poner las cosas en perspectiva. Y únicamente lo lograría poniéndose a trabajar. Cuanto antes llegaran a ese laboratorio de la Universidad Estatal de Kennesaw, mejor se sentiría.

Encontró tres instrumentos que parecían lo suficientemente afilados como para ser efectivos, pero no tanto como para causar daño si se le resbalaba la mano. Los guardó en la cartera y luego guardó con cuidado el cráneo dentro del maletín.

– Bueno, Ben, lamento hacerte pasar por esto, pero tengo que sacarte toda esa arcilla. Así como la puse, la tengo que sacar. Tanto correr de un lado a otro no parece justo, ¿no? -Cerró el maletín. -Aquí vamos, otra vez.

– ¿Señora Duncan? Abra la puerta, soy Margaret Wilson.

Sandra estudió a la mujer regordeta a través de la mirilla y la comparó con la fotografía que tenía en la mano.

– ¿Señora Duncan?

– Te oí, te oí. -Sandra destrabó la puerta. -Pasa.

Margaret sacudió la cabeza.

– No, tengo la camioneta en la calle. Tenemos que irnos. ¿Está lista?

– En cuanto busque la maleta. -Fue a la sala y regresó con el equipaje. -¿Adónde vamos?

– No podemos hablar aquí. -Margaret bajó los escalones delante de ella. -No se preocupe, va a estar a salvo.

– ¿Por qué no podemos hablar aquí. No voy a… -De pronto, Sandra comprendió.-¿Micrófonos? ¿Crees que hay micrófonos en mi casa?

– Eso me dijeron. Dese prisa.

– Micrófonos. -Sandra cerró la puerta principal. -¿Qué diablos pasa?

– Tenía esperanzas de que usted lo supiera -dijo Margaret, mientras caminaba a buena velocidad por el sendero-. Pensé que podríamos intercambiar ideas y obtener algunas respuestas. Por lo general, no me molesta viajar a ciegas por John, pero todo esto me tiene algo preocupada. -Abrió la puerta del lado del pasajero. -Suba. -Hizo un ademán en dirección al hombre bajo y fornido que estaba al volante. -Él es Brad Pilton. Es de Seguridad Madden y es uno de los que la ha estado vigilando en los últimos días. Se supone que es nuestro guardaespaldas.

– Soy su guardaespaldas -declaró Pilton, ofendido. Saludó a Sandra con un movimiento cortés de la cabeza. -Señora.

– Bueno, no eres demasiado grandote que digamos. -Margaret subió al asiento trasero. -Aunque eso no es un problema. Me gustan los pequeños. De todos modos, creo que hubiera elegido a otra persona si te hubiera visto antes. Hay ocasiones en que es necesario ser grande y musculoso. Aunque tienes excelentes credenciales.

– Gracias. -Puso la camioneta en marcha y se alejó de la acera.

– ¿Adónde vamos? -repitió Sandra-. ¿O acá tampoco podemos hablar?

– La camioneta es segura. Pertenece a la empresa de seguridad, pero de todos modos hice que Pilton la revisara, para ver si no había micrófonos. Vamos a ir al centro comercial.

– ¿Al centro comercial?

– Al Centro Comercial North Lake. -Le sonrió a Sandra. -Tenemos que cambiar de automóvil por si nos siguen. Entraremos en uno y saldremos en otro.

– ¿Y desde allí?

– Al lago Lanier. Alquilé una casita. Estará cómoda y segura.

El lago Lanier. Ella y Ron habían hablado de ir allí para el fin de semana largo del Día del Trabajador, recordó Sandra con melancolía. Pero él había decidido que se alojarían en el hotel de Pine Island. Lo rústico no le gustaba demasiado. Bueno, a ella tampoco. A pesar de sus diferencias, tenían mucho en común.

– ¿Algún problema? -Margaret la estaba mirando.

– Creo que no. Todo esto me resulta una pesadilla.

– A mí también. -Margaret se inclinó hacia adelante y le apretó un hombro. -No se preocupe. Lo superaremos juntas.

– Creo que nos están siguiendo -anunció Pilton.

Sandra se puso tensa y miró por encima de su hombro.

– ¿Dónde?

– El Mercury azul oscuro.

– ¿Estás seguro?

Pilton asintió.

– No se preocupen. Estaba dentro de los planes. Lo perderemos en el centro comercial.

Alguien los estaba siguiendo. Alguien que podía querer lastimarla, pensó Sandra y se estremeció.

Por primera vez, sintió la amenaza como algo real.

Fiske observó cómo la camioneta estacionaba dentro del Centro Comercial North Lake y los tres pasajeros entraban por las puertas del lado sur. Ni se molestó en estacionar. Daría vueltas al edificio para ver si los veía salir por otra puerta.

Era difícil. Había demasiados sitios para estacionar y demasiadas salidas.

En realidad, no tenía importancia. Su dispositivo preferido para escuchar conversaciones le había dado otra satisfacción. Sabía Adónde iban, aunque le hubiera gustado que Margaret se mostrara un poco más específica. Lanier era un enclave turístico inmenso, lleno de casas para alquilar.

Lo que significaba que ya mismo tenía que empezar a mover los engranajes para ubicar la propiedad indicada.

Se quitó el auricular electrónico y marcó el número de Timwick en el teléfono.

– Están llevando a la madre de Duncan a una casa sobre el lago Lanier. Es probable que haya sido alquilada ayer u hoy por Margaret Wilson. Necesito saber dónde está.

– Me ocuparé. -Timwick cortó.

Fiske decidió que, mientras tanto, se registraría en un hotel y esperaría. Las cosas estaban saliendo muy bien. No le había gustado la idea de irse de Atlanta antes de haber terminado todos los asuntos pendientes.

Pero ahora había vuelto.

– Todo va bien -informó Margaret a Logan por teléfono-. Cambiamos de coche y ahora vamos hacia el lago Lanier.

– Llámame cuando llegues.

– Ya te dije, todo va bien. Pilton está seguro de que no nos están siguiendo.

– ¿Pilton?

– El guardaespaldas. Aunque su cuerpo no es mucho más grande que el mío.

– Eso no significa nada. Entre tú y Goliat, me quedo mil veces contigo.

– Yo también. Es por eso que Pilton me tranquiliza. De acuerdo, te llamaré cuando lleguemos. ¿Algo más?

– Manténganse fuera de alcance. -Logan cortó.

Todo va bien.

Sí, tal vez todo fuera bien, pero él se sentía inquieto de todos modos. Había creído que sacar a Sandra Duncan de la casa iba a resultar más difícil.

A menos que ellos también quisieran verla lejos de allí tanto como él. Era mucho más fácil deshacerse de alguien que se esconde del mundo.

Pero solamente si la encontraban.

– Le dije que se quedara con Eve. -Joe Quinn subía los escalones hacia él.

– Y ella le dijo a usted que se quedara con Kessler.

– Viene detrás de mí.

– Y yo estoy a cien metros del laboratorio.

– Esos cien metros son demasiados.

– Tenía que hacer llamadas y me pareció que Eve quería quitarme de en medio.

– Ella tiene buen gusto.

Era hora de cerrar el abismo.

– Tiene razón. Ella tiene todo el derecho del mundo de guardarme rencor. Y usted también. -Miró a Quinn a los ojos. -Pero no me dé órdenes. Estamos del mismo lado y haré todo lo que pueda, pero trabajaré con usted, Quinn, no para usted.

Joe esbozó una sonrisa cargada de ironía.

– ¿Y no trabajará en contra de mí? ¿Qué le dijo a Eve de mí?

– Lo que tuve que decirle para proteger mi posición. Le aseguro que fue solamente la verdad.

– Sí, la verdad según John Logan.

Logan asintió.

– Creo que sabe lo que le dije. Imagino que es lo que estuvo ocultando durante tantos años.

– Maldito canalla.

– Creo que tengo el derecho de protegerme. Usted se estaba poniendo demasiado peligroso. Qué le parece si llegamos a un acuerdo. Usted trabaja conmigo de buena gana, aunque no sea amistosamente, y yo no le hablo más a Eve de su otra personalidad.

Quinn lo miró por un instante.

– Váyase al diablo. -Pasó a su lado y entró en el edificio.

Logan soltó aire que ni siquiera sabía que había estado conteniendo. Se había enfrentado con muchos hombres peligrosos en su vida, pero Quinn pertenecía a otra categoría. Le resultaba asombroso que Eve no se hubiera dado cuenta.

Bueno, quizá no fuera tan extraño. Para ella, Quinn era el protector, el hombre que la había salvado y sostenido en sus momentos difíciles.

Era difícil ver a un exterminador en un salvador.

CAPITULO 15

UNIVERSIDAD ESTATAL DE KENNESAW

01:05

– ¿Cómo te está yendo? -Logan se agachó junto a la silla de Eve. -¿Tienes un minuto?

– No, no tengo un minuto. Me llevó horas conseguir este equipo y armarlo. -Ajustó el monitor. -Acabo de empezar.

– Llamó Margaret desde Lanier. Tengo el número de teléfono. Pensé que querrías hablar con tu madre.

– ¿Por qué no me lo dijo? Claro que quiero hablar con ella.

Logan marcó el número y le pasó su teléfono a Eve.

– ¿Mamá, cómo estás?

– Cansada. Preocupada por ti -respondió Sandra-. Diablos, y preocupada por mí también. Aparte de eso, estoy fantásticamente bien. ¿Cuándo va a terminar todo esto, Eve?

– Me encantaría saberlo. -Cambió de tema. -¿Qué tal es la cabaña?

– Linda. Está sobre el lago y tiene muy buena vista.

Pero Sandra no parecía estar disfrutando de la cabaña ni de la vista. ¿Y quién podía culparla? Eve le había alterado la vida y la había arrancado del nicho cómodo y agradable que se había construido.

– Trata de disfrutar y relajarte. ¿Tienes libros para leer?

– Margaret trajo unas novelas de suspenso, pero yo no leo demasiado, sabes. Hay un televisor gigante. -Hizo una pausa. -¿Crees que podría llamar a Ron? Sin decirle dónde estoy, desde luego.

– No, no lo hagas. Te prometo que trataré de sacarte de allí en unos días.

– De acuerdo. -La voz de Sandra se oía desganada. -Creo que me siento sola, nada más. Estaré bien. Ten cuidado, Eve.

– Sí, mamá. Que duermas bien. Te llamaré todos los días. -Entregó el teléfono a Logan. -Gracias. Me siento un poco mejor ahora.

– Ésa era la intención. ¿Cómo está ella?

– Deprimida. Quiere volver a su vida habitual. -Eve contempló el monitor, sin verlo. -Se merece una buena vida. Tuvo muchos problemas y ahora, por fin, las cosas están mejorando para ella. Conoció a alguien que le gusta mucho. Mamá siempre tuvo necesidad de otras personas.

– ¿Y tú no?

Eve se encogió de hombros.

– Creo que nunca me puse a pensar en eso. Siempre tuve demasiado trabajo.

– ¿Siempre?

– No, siempre no. Cuando Bonnie… -Se volvió y lo miró. -Otra vez está hurgando en mi vida, Logan.

– Perdón. Solamente quería saber qué es realmente importante para ti. -Dirigió una mirada al cráneo sobre el pedestal. -Además de tu obsesión por nuestros amigos los difuntos. Es curioso, parece que después de la muerte de tu hija no tuviste muchos amigos.

– Estuve muy ocupada.

– Sí, y tal vez no quieres establecer vínculos con nadie para no correr el riesgo de sufrir otra vez.

– ¿Cree que me voy a caer de espaldas ante su percepción? Sé perfectamente bien que evito las relaciones nuevas y también por qué lo hago.

– Por supuesto que lo sabes. Eres una mujer brillante. ¿Entonces por qué no haces algo al respecto?

– Tal vez no quiera hacer nada al respecto.

– ¿Ni siquiera vivir una vida más plena, más rica?

– No sabe cuán rica y plena es mi vida comparada con lo que era antes. Estaba perdida y ahora encontré un camino. -Siguió hablando en tono vacilante. -Me ahogaba en el dolor y ahora he logrado trepar a tierra firme. Con eso alcanza, Logan.

– No, no alcanza en absoluto. Es tiempo de seguir adelante.

Eve sacudió la cabeza.

– Usted no entiende.

– Trato de hacerlo.

– ¿Por qué?

– Te aprecio -respondió él con sinceridad.

Eve se quedó mirándolo.

– ¿Qué está tramando, Logan?

– Nada. No tengo todo planeado. Me hago de nuevos amigos… Aun si corro el riesgo de perderlos. Te aprecio y te admiro. Sentí deseos de decírtelo.

– Antes de empezar a usarme otra vez.

– Sí.

– Usted es increíble. -Eve volvió a fijar la vista en el monitor. -¿Espera que le diga que todo queda perdonado y que vayamos a jugar juntos al arenero?

– No, ya te dije, no tengo nada planeado. Todo eso quedó atrás. Por una vez quería ser sincero contigo. Lamento haberte desconcertado. -Se puso de pie. -Será mejor que te deje volver a trabajar.

– Sí, mucho mejor.

– Pensé que a esta altura habrías avanzado más.

Eve sintió alivio de que hubiera pasado ese extraño momento de revelación e intimidad y que Logan hubiera vuelto a su exigencia habitual. Tenía razón. La había desconcertado.

– Limpiar a Ben me llevó más tiempo de lo que creí. -Echó una mirada a Kessler, que estaba sentado ante una mesa en un extremo del laboratorio. -A Gary no le hizo gracia. No ve la hora de empezar a trabajar y yo todavía necesito el cráneo para la verificación.

– ¿Para qué tomaste esas fotografías en Barrett House?

– Como seguro.

– ¿Cuánto va a tardar la superimposición? Este lugar es demasiado público. Me quiero ir.

– Me estoy apurando todo lo posible. -Ajustó el enfoque de la cámara que apuntaba al cráneo sobre el pedestal y luego hizo lo mismo con la segunda cámara que apuntaba a las fotografías de Ben Chadbourne que Logan le había dado en Barrett House.

– ¿Cuánto te va a llevar esto? -insistió Logan.

– Depende. A veces lo que lleva más tiempo es preparar todo, nunca usé estos equipos antes. Creo que ya tengo todo listo.

– ¿Cómo funciona?

– ¿No tiene nada que hacer, me pregunto?

– Es que me interesa. ¿Te molesto?

– Bueno, digamos que no. -Hizo otros ajustes. -Como puede ver, una cámara apunta al cráneo, la otra enfoca la fotografía. El ángulo sobre el cráneo y la fotografía tiene que ser igual. Después las dos cámaras se conectan a una mezcladora, una máquina compaginadora que tengo conectada a una video reproductora. Esta video reproductora pasa las imágenes en el monitor. La mezcladora puede crear una pantalla dividida donde corre una línea vertical y horizontalmente entre las imágenes al mismo tiempo, o sobre la mitad de cada imagen. La línea puede moverse para mostrar menos de una imagen y más de otra. Eso se llama wipe. Pero lo que necesito hacer es un fade.

– ¿Qué es eso?

– Es como una secuencia de sueños en una película, cuando una imagen se borronea y luego se convierte en otra. Una imagen se superpone sobre otra y luego ecualizo el fade para que se pueda ver la fotografía y el cráneo, como si la piel de la persona fuera transparente.

– ¿Me lo puedes mostrar ahora?

– Ahí viene. -Eve puso las dos imágenes en el monitor y comenzó a trabajar.

– ¿Por qué elegiste…?

– Cállese, estoy ocupada.

– Perdón.

Apenas si notó la presencia de él a su lado durante el siguiente período de minuciosos ajustes.

Mover.

Demasiado.

Retroceder.

Ajustar.

Otra vez.

Otra vez.

Y otra vez.

– ¡Por Dios! -Logan se inclinó hacia delante, con la mirada fija sobre la espectral imagen superpuesta. -Es casi fantasmagórico.

– No hay nada de fantasmagórico. Es sólo una herramienta.

– ¿Puedo hablar ahora?

– Bueno, está hablando, si no me equivoco. -Eve hizo otro ajuste.

– ¿Por qué elegiste la fotografía en la que Chadbourne está sonriendo?

– Por los dientes. Los dientes casi nunca son perfectos y cada dentadura tiene sus propias irregularidades. Si los dientes coinciden, sacamos el gran premio de la lotería. Por eso tuve que trabajar con el cráneo antes de que Gary comenzara a arrancar los dientes.

– ¿Y en este caso los dientes coinciden?

– Oh, sí -declaró ella en tono satisfecho-. Coinciden perfectamente. ¿No lo ve?

– Me parece que están bien, pero no soy ningún experto. Y me distrae ese efecto fantasmagórico.

– Todo coincide. -Eve señaló. -Mire cómo la línea de mordida del cráneo coincide con la línea de los labios en la fotografía. -Golpeó la abertura de la nariz. -Y esto es del mismo tamaño y forma que la nariz. Las cuencas de los ojos están centradas en las órbitas del cráneo. Hay varios otros puntos de control y todos coinciden.

– ¿Entonces, qué se hace?

– Imprimo varias copias de ésta imagen en la pantalla y paso a la fotografía siguiente.

– Pero si me dijiste que en esta había coincidencia perfecta.

– Para una persona común, sí. Para el Presidente de los Estados Unidos, no. Hay que verificar cada facción. Necesito una mejor toma lateral del canal auditivo y del músculo del costado de…

– Entiendo. -Logan levantó la mano para detener el río de palabras. -¿Te puedo ayudar?

– Puede ir a hablar con Gary y tranquilizarlo hasta que yo termine. En cualquier momento me va a atacar.

– Escucho y obedezco. -Se puso de pie. -Últimamente sirvo sólo para tranquilizar. Me fastidia no poder entrar en acción.

– Lo prefiero en estado pasivo -comentó ella con ironía-. Cada vez que entra en acción me hundo más en esta arena movediza.

– Sin comentarios. -Cruzó el laboratorio hacia donde estaba Kessler.

Eve volvió a contemplar la pantalla. Sabía que la superposición convalidaría el trabajo que había hecho sobre el cráneo, pero de todos modos sentía un cosquilleo de emoción. Era un ladrillo más en la pared de pruebas que tenía que construir. -Ya estamos cerca, Ben -susurró.

Oprimió el botón de impresión en la impresora de vídeo Sony.

03:35

Llovía.

No se había dado cuenta mientras había estado trabajando en el laboratorio. Se apoyó contra la puerta abierta de la entrada, y contempló los cuidados jardines de la universidad. Respiró hondo y sintió el aire fresco y húmedo en los pulmones.

Debería de estar cansada, pero seguía excitada por el trabajo de superimposición.

– No tendrías que estar aquí afuera. -Joe estaba apoyado contra la pared de ladrillos a unos metros de la puerta. -Vuelve adentro.

– Necesito aire.

– ¿Terminaste?

– Terminé la superimposición, sí. Gary acaba de empezar a extraer el ADN. -Le miró la ropa. -Estás todo mojado.