/ Language: Español / Genre:thriller

La fábrica de avispas

Iain Banks

«Hace años que no mato a nadie, y no pienso volver a hacerlo nunca más. Fue solo una mala racha que estaba pasando.» Esta es la voz de Frank, un adolescente que vive solo con su padre en la costa escocesa. Ha crecido inmerso en un mundo de creación propia como la fábrica de avispas, un artefacto oracular en el cual lee el futuro mediante el sufrimiento y muerte de estos insectos. También ha creado sus propias reglas morales, reglas con las que el asesinato se vuelve lícito, y para el que emplea métodos de lo más sorprendentes: una cometa; una serpiente; un martillo; la ingenuidad de un hermano… Frank sabe que vive en un universo personal que el resto de la humanidad no comparte. Y a él le gusta así.

Iain Banks

La fábrica de las avispas

Para Anne

1. LOS POSTES DE SACRIFICIO

Había estado haciendo la ronda por los Postes de Sacrificio el día en que nos dijeron que mi hermano se había escapado. Ya sabía yo que algo iba a ocurrir; la Fábrica me lo había dicho.

En el extremo norte de la isla, cerca de los abatidos restos del embarcadero en donde el viento del este sigue haciendo sonar el manubrio del herrumbroso cabrestante, tenía dos Postes en la ladera que da al mar de la última duna. Uno de los Postes sostenía una cabeza de rata con dos libélulas, el otro una gaviota y dos ratones. Cuando estaba volviendo a poner en su sitio una de las cabezas de ratón, los pájaros levantaron el vuelo en el aire del atardecer, graznando y chillando, y se pusieron a dar vueltas encima del camino entre las dunas, por donde quedan sus nidos. Me aseguré de que la cabeza quedara bien sujeta y a continuación trepé hasta la cima de la duna para observar con los prismáticos.

Diggs, el policía del pueblo, se acercaba en su bicicleta, pedaleando esforzadamente con la cabeza baja, pues las ruedas se le hundían en el terreno arenoso. Se bajó de la bicicleta en el puente, la dejó apoyada contra los cables de suspensión, y caminó hasta la mitad del puente colgante, donde está la cancela. Podía ver cómo apretaba el botón del timbre. Se quedó allí un rato, contemplando las calladas dunas y los pájaros que se iban posando. No me vio porque me había escondido muy bien. Entonces mi padre debió de oír el timbre en la casa, porque Diggs se agachó ligeramente para hablar por el interfono que hay junto al botón y a continuación empujó la puerta, cruzó el puente y llegó a la isla, encaminándose a la casa por el sendero. Cuando desapareció por detrás de las dunas me quedé sentado un rato rascándome la entrepierna mientras el viento jugaba con mis cabellos y los pájaros retornaban a sus nidos.

Me saqué el tirachinas del cinturón, escogí una bola de acero de un centímetro de diámetro, apunté con cuidado, y lancé la bola de cojinete en una trayectoria curva que pasó por encima del río y de los postes de teléfono y del pequeño puente suspendido hasta llegar a tierra firme. El tiro dio en el cartel de «No entrar. Propiedad privada» con un sonido sordo que llegué a oír. Sonreí de satistacción. Era un buen presagio. La Fábrica no había sido específica (raramente lo es), pero yo tenía la impresión de que cualquiera que fuera el aviso que quería transmitirme se trataba de algo importante, y también sospechaba que debía de ser algo malo, pero yo había sido suficientemente astuto como para darme por aludido y revisar mis Postes, y ahora sabía que seguía teniendo buena puntería; las cosas seguían de mi lado.

Decidí no volver directamente a la casa. A Padre no le gustaba que rondara por allí cuando lo visitaba Diggs y, además, todavía me quedaban un par de Postes por revisar antes de que se pusiera el sol. Salté y me deslicé por la ladera de la duna hasta su sombra, me di la vuelta y contemplé allí arriba aquellos pequeños cuerpos y cabezas que vigilaban cualquier aproximación por el norte de la isla. Se veían bien todos aquellos pellejos colgando en sus ramas retorcidas. Unas cintas negras atadas a las desnudas ramas ondeaban suavemente con la brisa, como saludándome. Me convencí de que no sería nada demasiado malo y que al día siguiente le pediría más información a la Fábrica. Con un poco de suerte mi padre me diría algo y, con más suerte todavía, hasta podría llegar a decirme la verdad.

Dejé el saco lleno de cabezas y de cuerpos en el Bunker cuando la luz desaparecía completamente y comenzaban a salir las estrellas. Por los pájaros supe que Diggs se había marchado hacía unos minutos, de modo que corrí por un atajo hasta la casa, donde las luces seguían encendidas como siempre. Me encontré a mi padre en la cocina.

—Diggs acaba de estar aquí. Supongo que lo sabes.

Puso la punta del enorme cigarro que había estado fumando bajo el grifo de agua fría, lo abrió un segundo, la punta chisporroteó y se apagó, y a continuación tiró a la basura la empapada colilla. Dejé mis cosas sobre la gran mesa y me senté, encogiéndome de hombros. Mi padre encendió la hornilla de la cocina sobre la que estaba el cazo de la sopa, levantó la tapa para echar un vistazo al mejunje que se estaba calentando, y se dio la vuelta para mirarme.

En la habitación, a la altura del hombro, flotaba una capa de humo azul grisáceo donde se apreciaba una oleada producida probablemente por mí cuando entré por las puertas batientes del porche trasero. La ola se iba elevando lentamente entre nosotros mientras mi padre me miraba fijamente. Yo parpadeé, bajé la vista y me puse a jugar con el mango del tirachinas negro. Se me pasó por la cabeza que mi padre podría estar preocupado, pero era tan bueno actuando que pensé que quizá era lo que quería que yo pensara, de modo que en el fondo no me quedé convencido.

—Supongo que será mejor que te lo diga —me dijo, y se volvió de nuevo para agarrar un cucharón de madera y remover la sopa. Esperé—. Se trata de Eric.

Entonces supe lo que había pasado. No hacía falta que siguiera hablando. Supongo que, por lo poco que había dicho, me podría haber dado por pensar que mi medio hermano estaba muerto, o enfermo, o que le había ocurrido algo a él, pero a esas alturas ya sabía que se trataba de algo que había hecho Eric, y solo había una cosa que él podía hacer para que mi padre pusiera esa cara de preocupación. Se había escapado. Pero no dije nada.

—Eric se ha escapado del hospital. Eso es lo que vino a decirme Diggs. Creen que podría dirigirse hacia aquí. Quita esas cosas de la mesa; ya te lo tengo dicho. —Probó un sorbo de la sopa, de espaldas a mí. Esperé a que empezara a darse la vuelta y retiré el tirachinas, los prismáticos y la paleta de la mesa. Mi padre continuó con el mismo tono monótono—: Bueno, no creo que llegue tan lejos. Seguramente lo agarrarán en uno o dos días. Pero creo que es mejor que lo sepas. Por si alguien se entera y dice algo. Saca un plato.

Me fui a la alacena, cogí un plato, y volví a sentarme con una pierna cruzada debajo de mi trasero. Mi padre volvió a remover la sopa, que ahora se podía empezar a oler en lugar del humo del cigarro. Podía sentir cierta excitación en mi estómago, como un acuciante cosquilleo. De manera que Erie volvía a casa; eso era algo bueno-malo. Sabía que lo conseguiría. No hacía falta ni consultárselo a la Fábrica; seguro que llegaría. Me preguntaba cuánto tardaría en llegar, y si Diggs tendría que ir ahora por todo el pueblo dando voces para avisar de que el muchacho loco que prendía fuego a los perros estaba suelto otra vez: ¡encierren a sus perros!

Mi padre me sirvió sopa en el plato. Yo soplé la sopa. Pensé en los Postes de Sacrificio. Eran mi sistema de alerta y de disuasión al mismo tiempo; cosas potentes, infectadas, que vigilaban desde la isla, resguardándola. Aquellos tótems eran mi disparo de aviso; cualquiera que pusiera un pie en la isla después de verlos sabría lo que le esperaba. Pero me parecía que para Erie, en lugar de ser como un puño cerrado y amenazador, significarían una mano abierta y hospitalaria.

—Ya veo que has vuelto a lavarte las manos —me dijo mi padre mientras yo tomaba a pequeños sorbos la sopa caliente. Estaba sarcástico. Sacó la botella de whisky del ropero y se sirvió un trago. El otro vaso, que supongo que sería el del policía, lo puso en el fregadero. Se sentó en el extremo de la mesa.

Mi padre es alto y delgado, aunque ligeramente encorvado. Tiene la cara suave, como la de una mujer, y los ojos oscuros. Ahora cojea, y lleva así desde que lo recuerdo. Tiene la pierna izquierda casi completamente rígida y, normalmente, se lleva un bastón cuando sale de casa. Algunos días, cuando hace mucha humedad, también tiene que usar el bastón dentro de casa y puedo oír los golpes en el suelo sin alfombrar de las habitaciones y pasillos de la casa; un ruido hueco, que se desplaza. Tan solo en la cocina no se oye; las losas lo silencian.

Ese bastón es el símbolo de la seguridad de la Fábrica. La pierna de mi padre, solidificada, me ha proporcionado mi santuario arriba, en el cálido espacio del desván, en lo más alto de la casa, donde se acumulan los trastos viejos y la basura, donde el polvo se mueve y la luz del sol entra de soslayo y donde se asienta la Fábrica: silenciosa, viva y en calma.

Mi padre no puede subir por la estrecha escala del piso de arriba; y, aunque pudiera, estoy seguro de que no podría superar los entresijos que tienes que sortear para llegar desde lo alto de la escala, rodeando la pared de ladrillo de la chimenea, hasta llegar a lo que es el desván.

Así que ese lugar es mío.

Supongo que mi padre debe de andar por los cuarenta y cinco, aunque a veces pienso que parece mucho mayor, y en ocasiones pienso que podría ser un poco más joven. No quiere decirme la edad que tiene, así que yo le echo cuarenta y cinco, a juzgar por su aspecto.

—¿Qué altura tiene esta mesa? —me preguntó de sopetón cuando estaba a punto de ir a la panera a por una rebanada para limpiar mi plato. Me di la vuelta y lo miré, preguntándome por qué se molestaría en hacerme una pregunta tan fácil.

—Trece pulgadas —le dije, y agarré un trozo de pan de la panera.

—Incorrecto —me dijo con una mueca de ansiedad—. Dos pies y seis pulgadas.

Yo negué con la cabeza, mirándolo con el ceño fruncido, y rebañé el borde marrón de la sopa que había quedado dentro del plato. Hubo una época en que esas estúpidas preguntas me daban verdadero miedo, pero ahora, aparte del hecho de que tengo que saber la altura, la longitud, la anchura, el área y el volumen de prácticamente todas las partes de la casa y de su contenido, puedo llegar a entender la obsesión de mi padre como tal obsesión. A veces resulta mortificante cuando hay invitados en la casa, aunque sean de la familia y estén al corriente de lo que pasa. Se sientan, normalmente en el salón, preguntándose si Padre les va a ofrecer algo de comer o si les va a endilgar una conferencia improvisada sobre cáncer de colon o sobre la tenia, cuando de repente se acerca furtivamente a uno de ellos y, con un ensayado tono conspiratorio dice: «¿Ves aquella puerta? Tiene ochenta y cinco pulgadas, de esquina a esquina». Entonces guiña un ojo y sale de la habitación, o se deja caer en su sillón como si no hubiera dicho nada.

Desde que puedo recordar siempre ha habido pequeñas etiquetas de papel blanco, escritas con bolígrafo negro en perfecta caligrafía, adheridas por toda la casa. Pegadas a las patas de las sillas, a los bordes de las alfombras, a la base de las jarras, a las antenas de las radios, a las puertas de los armarios, a los cabezales de las camas, a las pantallas de los televisores, a las asas de los cazos, para proporcionar la exacta medida de la parte del objeto al que están adheridas. Hasta hay algunas escritas en lápiz pegadas a las hojas de las plantas. Cuando era un niño fui una vez por toda la casa despegando todas las etiquetas; me azotó con el cinturón y me mandó castigado a mi cuarto sin salir durante dos días. Más adelante mi padre pensó que sería bueno para formar mi carácter que me aprendiera todas las medidas, tal como él las sabía, de modo que tuve que sentarme durante horas y horas con el Libro de las Medidas (un enorme volumen con toda la información de las pequeñas etiquetas registrada cuidadosamente según habitación y categoría de los objetos), o ir por la casa con un lápiz y una libretita tomando mis propias notas. Y todo ello sin contar las clases de matemáticas, de historia y de otras materias que mi padre solía darme. No me dejaba mucho tiempo libre para salir a jugar, lo cual no se lo perdonaba. En esa época estaba librando una Guerra —me parece que era la de los Mejillones contra las Moscas Muertas— y, mientras yo estaba escudriñando el libro en la biblioteca, tratando de mantener los ojos abiertos, empollando toda aquella maldita estupidez de las medidas imperiales, el viento debía de estar dispersando por toda la isla mis ejércitos de moscas y el mar anegaría primero las conchas de los mejillones bajo los charcos que deja la marea para acabar cubriéndolos de arena. Afortunadamente, mi padre acabó cansándose de su gran plan y se contentó con lanzarme por sorpresa insólitas preguntas sobre la capacidad en pintas del paragüero o sobre el área total, en fracciones de un acre, de todas las cortinas colgadas en aquel momento en la casa.

—No pienso volver a contestar esa clase de preguntas —le dije mientras llevaba mi plato al fregadero—. Hace años que deberíamos haber pasado al sistema métrico.

Mi padre resopló dentro del vaso cuando estaba bebiendo.

—Hectáreas y todas esas tonterías. Ni hablar. Basado en las medidas de la tierra, como bien sabes. No hace falta que te diga el disparate que es todo eso.

Suspiré y cogí una manzana del frutero que había en el alféizar de la ventana. Mi padre me hizo creer durante un tiempo que la tierra era una cinta de Moebius, y no una esfera. Y según él no ha cambiado de opinión, y con gran solemnidad manda un manuscrito a los editores de Londres para intentar que le publiquen un libro en el que expone sus ideas al respecto, pero yo sé que en el fondo está actuando como el buscapleitos de siempre y que, con lo que verdaderamente disfruta, es mostrando su estupefacta incredulidad y, a continuación, su justa indignación cuando, finalmente, le devuelven el manuscrito. Esto ocurre cada tres meses, y dudo que la vida le resultara tan gratificante sin esa especie de ritual. De todos modos, es precisamente por esa razón por lo que no le da la gana cambiar al estándar métrico para sus estúpidas medidas, aunque la verdad es que es por pura pereza.

—¿Qué has estado haciendo hoy? —Me lanzó su mirada desde el otro lado de la mesa mientras se dedicaba a rodar el vaso vacío por la superficie de madera de la mesa.

—Ahí afuera —contesté encogiéndome de hombros—. Caminando y esas cosas.

—¿Construyendo presas otra vez? —me dijo con retintín.

—No —le contesté sacudiendo la cabeza con seguridad y mordiendo la manzana—. Hoy no.

—Espero que no hayas estado matando criaturas de Dios.

Volví a encogerme de hombros. Por supuesto que estuve matando cosas. ¿Cómo diablos se supone que voy a conseguir cabezas y cuerpos para los Postes y el Bunker si no mato cosas? Qué le voy a hacer si no hay suficientes muertes naturales. Pero claro, no puedes decirle eso a la gente.

—A veces pienso que tú eres el que tendrías que estar en un hospital, y no Eric. —Me miraba por debajo de sus oscuras cejas, con su voz más grave. En otro tiempo me habría acobardado ese comentario, pero no ahora.Ya casi tengo diecisiete años y no soy un niño. Aquí, en Escocia, hace un año que tengo edad suficiente para casarme sin el permiso de mis padres. Quizá no tendría mucho sentido que me casara, tengo que admitirlo, pero ahí están las reglas.

Además yo no soy Eric; yo soy yo y estoy aquí, y eso es todo. No molesto a la gente y mejor que no me molesten a mí si no quieren saber lo que es bueno. Yo no voy por ahí regalándole a la gente perros en llamas, ni asustando a los vagabundos locales con puñados de larvas o boqueadas de gusanos. La gente del pueblo puede que diga de mí: «Bueno, ya sabes, no está muy allá», pero es tan solo una bromita entre ellos (y a veces, para insistir, ni siquiera se señalan la cabeza al decirlo); no me importa. Ya he aprendido a vivir con mi incapacidad, y a vivir sin otra gente, de modo que no me molesto por esas cosas.

Pero mi padre parecía estar tratando de ofenderme porque normalmente no me diría algo así. Las noticias sobre Eric lo debieron de dejar trastornado. Creo que él sabía tan bien como yo que Eric acabaría volviendo y estaba preocupado por lo que pudiera pasar. No lo culpo, y no me cabe duda de que también estaba preocupado por mí. Yo soy la encarnación de un delito, y si Eric volviera para sacar trapos sucios podría salir a flote La Verdad Sobre Frank.

Nunca me inscribieron en el registro. No tengo partida de nacimiento, ni un número de carné de identidad: nada que diga que estoy vivo o que he existido. Ya sé que es un delito, como lo sabe mi padre, y creo que a veces se arrepiente de la decisión que tomó hace diecisiete años, en su época de hippy-anarquista, o de lo que fuera.

No es que yo haya sufrido por eso, no. Lo he disfrutado, y no se puede decir que no haya recibido una educación. Probablemente sé más sobre las típicas materias que se enseñan en un colegio que la mayoría de la gente de mi edad. Aunque podría quejarme de la veracidad de algunas de las informaciones que me ha pasado mi padre. Desde que fui capaz de ir solo a Porteneil y comprobar cosas en la biblioteca, mi padre tuvo que tener más cuidado con lo que me decía, pero cuando era más joven solía meterme rollos de vez en cuando, respondiendo a mis ingenuas preguntas con falsedades absolutas. Durante años creí que Pathos era uno de los tres mosqueteros, que Felación era un personaje de Hamlet, que Vitriolo era una ciudad de China, que los campesinos irlandeses tenían que pisar la turba para hacer la cerveza Guinness.

Bueno, en estos tiempos ya llego a los estantes más altos de la biblioteca de casa y me voy caminando hasta Porteneil para visitar la que hay allí, de manera que puedo comprobar todo lo que me dice mi padre, y a él no le queda más remedio que decirme la verdad. Me da la impresión de que le molesta bastante, pero así están las cosas. A eso se le llama progreso.

Pero he recibido una educación. Aunque no resistiera caer de vez en cuando en su inmaduro sentido del humor metiéndome algunas trolas, mi padre no se permitiría tener un hijo que, en cierto modo, no le hiciera justicia; mi cuerpo no albergaba ninguna esperanza de mejorar, de modo que solo quedaba mi mente. De ahí que me dedicara tantas clases. Mi padre es un hombre con educación y me ha transmitido mucho de lo que sabe, al mismo tiempo que se dedicaba por su cuenta al estudio de áreas sobre las que no sabía demasiado con la finalidad de enseñarme. Mi padre es doctor en Química, o quizá Bioquímica; no estoy seguro. Parece haber adquirido suficientes conocimientos de medicina —y quizá aún conservaba amigos en la profesión— como para asegurarse de que me pusieran las vacunas e inyecciones necesarias en los momentos en que debían ponérmelas, a pesar de mi no-existencia oficial en lo que respecta a la Seguridad Social.

Creo que mi padre trabajó en una universidad durante unos años después de graduarse, y puede que inventara algo; de vez en cuando deja caer que recibe una especie de derechos por una patente o algo así, pero sospecho que bajo cualquier fortuna familiar que pudieran haber encubierto los Cauldhame sobrevive el viejo hippy que hay en él.

La familia estuvo en esta parte de Escocia durante unos doscientos años o más, por lo que he podido averiguar, y durante mucho tiempo fuimos propietarios de gran parte de la tierra de por aquí. Ahora lo único que nos queda es la isla, y es bastante pequeña y, cuando baja demasiado la marea, ni siquiera es una isla. La única otra cosa que nos queda de nuestro glorioso pasado es el nombre del bar de moda en Porteneil, un mugriento pub llamado Cauldhame Arms a donde voy a veces, aunque por supuesto todavía no tengo la edad legal, y observo a algunos jóvenes del pueblo tratando de hacerse pasar por grupos musicales punkis. Allí es donde conocí y donde sigo encontrándome con la única persona a quien puedo llamar amigo: Jamie el enano, a quien le dejo subirse en mis hombros para que pueda ver actuar a los grupos.

—Bueno, no creo que llegue hasta aquí. Lo cogerán —volvió a decir mi padre después de un prolongado e intenso silencio. Se levantó para enjuagar su vaso. Yo me puse a canturrear para mis adentros, que es algo que siempre solía hacer cuando me entraban ganas de sonreír o reír pero me lo pensaba dos veces. Mi padre me miró—. Me voy a mi despacho. No olvides cerrar la puerta, ¿me has oído?

—No te preocupes —le dije asintiendo con la cabeza.

—Buenas noches.

Mi padre salió de la cocina. Yo me senté y miré mi pala, Golpeduro. Tenía unos granos de arena seca adheridos, así que se los sacudí. El despacho. Uno de mis pocos deseos insatisfechos que me gustaría cumplir consiste en llegar a entrar en el despacho del viejo. El sótano he podido verlo por fin, y alguna vez he estado allí; conozco todos los cuartos de la planta baja y del segundo piso; el desván es mi territorio privado y nada menos que el hogar de la Fábrica de las Avispas; pero sigo sin conocer ese cuarto del primer piso; ni siquiera le he echado un vistazo por dentro.

Sé que ahí guarda algunos productos químicos, y supongo que hace experimentos o algo así, pero no tengo ni idea de cómo es la habitación ni de lo que realmente hace allí. Lo único que he podido sacar en claro son algunos olores extraños y el toc-toc del bastón de mi padre.

Acaricié el mango de la paleta preguntándome si mi padre tendría un nombre para su bastón. Lo dudaba. No le da la misma importancia que yo a esas cosas.Yo sé que son importantes.

Me parece que hay un secreto en el despacho. Él lo ha insinuado más de una vez, vagamente, lo suficiente como para despertar mi curiosidad e incitarme a que se lo pregunte y comprobar así que quiero preguntárselo. Pero por supuesto que no pienso preguntarle nada, porque no conseguiría ninguna respuesta fiable. Lo único que conseguiría es que me contara un montón de mentiras, porque está claro que el secreto dejaría de ser un secreto si me dijera la verdad, y sabe tan bien como yo que, como ya voy siendo mayorcito, siente la necesidad de tenerme a raya como sea; ya no soy ningún niño. Tan solo esas ficticias parcelas de poder que se crea él mismo le permiten pensar que me tiene controlado, o creerse que sigue manteniendo lo que él ve como una adecuada relación padre-hijo. Es verdaderamente patético, pero con sus jueguecitos y sus secretos y sus comentarios hirientes lo que intenta es mantener a salvo su seguridad.

Me recosté en la silla de madera y me desperecé. Me gusta el olor de la cocina. La comida, y el barro en nuestras botas de agua y, a veces, el intenso hedor de la cordita que sube del sótano me proporcionan una agradable y penetrante sensación de estremecimiento cuando pienso en sus olores. Cuando ha llovido y tenemos dentro la ropa mojada el olor es diferente. En invierno la enorme estufa negra despide un calor que trae aromas de maderas encontradas en la playa, o de turba, y todas las cosas despiden vaho y la lluvia tamborilea en los cristales. Entonces tienes una sensación agradable de recogimiento y te hace sentir a gusto, como si fueras un enorme gato con la cola enroscada alrededor. A veces me gustaría tener un gato. Lo más que he llegado a tener fue una cabeza, y las gaviotas se la llevaron.

Me fui al cuarto de baño, al final del pasillo que da a la cocina, para cagar. No necesitaba mear porque ya me pasé la mañana meando en los Postes, infectándolos con mi olor y mi energía.

Me senté allí y pensé en Eric, a quien le había pasado algo tan desagradable. Pobre tío retorcido. Me pregunté, como de costumbre, cómo lo habría podido soportar yo. Pero no me pasó a mí. Yo me quedé aquí y Eric fue el que se marchó y todo ocurrió en otro sitio, y eso es lo que hay. Yo soy yo y aquí es aquí.

Me quedé escuchando a ver si podía oír a mi padre. Quizá se había ido directamente a la cama. A veces se queda dormido en su despacho en lugar de irse a su gran dormitorio en la segunda planta, en donde también está el mío. Es posible que ese dormitorio guarde demasiados recuerdos desagradables (o agradables) para él. En todo caso, no pude oír ningún ronquido.

Odio tener que quedarme sentado en el cuarto de baño tanto tiempo. Debido a mi desgraciada incapacidad me veo obligado a hacerlo a menudo, como si fuera una maldita mujer, pero lo odio. A veces, en el pub Cauldhame Arms lo hago de pie en el urinario, pero la mayor parte acaba empapándome las manos o las piernas.

Hice un último esfuerzo. Plop splash. Unas gotas de agua me salpicaron en el culo, y entonces fue cuando sonó el teléfono.

—Mierda —exclamé, y me dio la risa por la coincidencia de lo que acababa de decir. Me limpié el culo rápidamente, me subí los pantalones, tiré de la cadena y salí a trompicones al pasillo mientras iba cerrándome la cremallera. Subí corriendo hasta el primer rellano de las escaleras, donde está el único teléfono de la casa. Siempre estoy detrás de mi padre para que ponga más teléfonos, pero él dice que no nos llaman tanto como para justificar más extensiones. Llegué al teléfono antes de que colgaran. Mi padre no apareció.

—¿Diga? —respondí. Era desde una cabina.

—¡Aggrrhh! —se oyó por el auricular, como si alguien se aclarara la garganta. Me separé el teléfono de la oreja y me quedé mirándolo con el ceño fruncido. Ruidos lejanos continuaban saliendo del auricular. Cuando acabaron volví a ponerme el auricular en el oído.

—Aquí Porteneil 531 —dije con sequedad.

—¡Frank, Frank! Soy yo. ¡Yo! ¡Oiga! ¡Oiga!

—¿Hay un eco en esta línea o es que estás repitiendo todo dos veces? —dije yo. Podía reconocer la voz de Eric.

—¡Las dos cosas! Ja, ja, ja, ja!

—Hola, Eric. ¿Dónde estás?

—Aquí. ¿Dónde estás tú?

—Aquí.

—Pues si estamos los dos aquí, ¿por qué molestarnos en usar el teléfono?

—Dime dónde estás antes de que se te acaben las monedas.

—Pero si estás aquí tú deberías saberlo. ¿No sabes dónde estás? —y se puso a reír.

—Eric, deja de hacer el tonto —le dije calmadamente.

—No estoy haciendo el tonto. No pienso decirte donde estoy; se lo dirás a Angus y él se lo dirá a la policía, ¡y ellos volverán a llevarme al puto hospital!

—No digas palabras malsonantes. Ya sabes que no me gustan. Por supuesto que no se lo diré a papá.

—«Puto» no es una palabra malsonante. Además tiene cuatro letras. ¿No es ese tu número de la suerte?

—No. Venga, ¿vas a decirme dónde estás? De verdad, quiero saberlo.

—Te diré donde estoy si me dices cuál es tu número de la suerte.

—Mi número de la suerte es e.

—Eso no es un número. Es una letra.

—Es un número. Es un número trascendental: 2.718…

—Eso es hacer trampa. Me refiero a un número entero.

—Deberías haber sido más específico —le dije suspirando al tiempo que sonaban unos pitidos y Eric ponía más monedas—. ¿Quieres que te llame yo?

—Jo, jo. No te vas a quedar conmigo tan fácilmente. Bueno, ¿cómo estás?

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Cabreado, por supuesto —dijo bastante indignado. Tuve que sonreír.

—Mira, ya me he hecho a la idea de que vas a volver por aquí. Si lo haces, te pido por favor que no quemes perros ni ninguna otra cosa. ¿De acuerdo?

—Pero ¿qué estás diciendo? Soy yo, Eric. ¡Yo no quemo perros! —exclamó a gritos—. ¡Yo no quemo putos perros! ¿Quién te crees que soy? ¡No me acuses de quemar putos perros, pedazo de cabrón! ¡Cabrón!

—Bueno, Eric, lo siento, lo siento —me apresuré a decir—. Lo único que quiero es que estés bien; ten cuidado. No le lleves la contraria a la gente, ¿sabes lo que quiero decir? La gente es muy quisquillosa…

—Bueno… —le oí decir. Escuché su respiración y después cambió el tono de voz—. Pues sí, pienso volver a casa. Solo un momento, para ver cómo estáis. Supongo que estáis solo tú y el viejo.

—Sí, solo estamos nosotros. Estoy deseando verte.

—Bueno, me alegro. —Hubo una pausa—. ¿Por qué no vienes nunca a visitarme?

—Yo… Yo creía que Padre fue a visitarte en Navidad.

—¿Ah, sí? Bueno, pero ¿por qué no vienes tú a visitarme? —Sonaba dolido. Cambié el peso de mi cuerpo al otro pie, eché un vistazo al descansillo y miré hacia las escaleras que van al segundo piso con la sensación de que mi padre iba a aparecer de un momento a otro apoyado en la barandilla, o que vería su sombra proyectada en la pared del rellano de arriba, donde creía que podía esconderse para escuchar mis llamadas sin que yo lo supiera.

—Eric, no me gusta dejar la isla tanto tiempo. Lo siento, pero me entra esa horrible sensación en el estómago, como si se me hiciera un nudo enorme. Lo siento, pero no puedo ir tan lejos, no de un día para otro o… Lo siento, pero no puedo. Quiero verte, pero estás tan lejos…

—Me estoy acercando. —Ahora volvía a sonar seguro de sí mismo.

—Bien. ¿Por dónde estás?

—No te lo pienso decir.

—Yo ya te dije mi número de la suerte.

—Te mentí. No pienso decirte donde estoy.

—Eso no es…

—Bueno, tengo que colgar.

—¿No quieres hablar con papá?

—Todavía no. Ya hablaré luego con él, cuando esté más cerca. Tengo que irme. Nos vemos. Cuídate.

—Cuídate tú.

—¿De qué tengo que cuidarme? No me pasará nada. ¿Qué podría pasarme?

—Pues no hagas nada que pueda molestar a la gente. Ya sabes; me refiero a que la gente se enfada. Especialmente en lo que toca a sus animales de compañía. Bueno, no voy a…

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué insinúas con eso de los animales de compañía? —dijo gritando.

—¡Nada! Lo único que decía es…

—¡Maldito desgraciado! —exclamó—. Me estás acusando otra vez de quemar perros, ¿no? Y supongo que también me dedico a meter gusanos y larvas en las bocas de los niños y mearme encima, ¿eh? —dijo a grito pelado.

—Bueno —dije con calma, jugando con el cable del teléfono—, ya que lo mencionas…

—¡Cabrón! ¡Cabrón! ¡Desgraciado de mierda! ¡Te mataré! Tú… —Su voz se desvaneció y tuve que volver a retirarme el auricular del oído cuando empezó a golpear el teléfono contra las paredes de la cabina. Los porrazos sonaban sucesivamente por encima de los tranquilos pitidos que anunciaban el final de la llamada. Colgué el teléfono.

Miré hacia arriba pero Padre seguía sin dar señales de vida. Subí silenciosamente las escaleras y metí la cabeza entre las barandillas pero no había nadie en el rellano. Suspiré y me senté en los escalones. Tuve la impresión de que no había tratado a Eric con mucho tacto por teléfono. Erie es mi hermanastro y llevo más de dos años sin verlo, desde que se volvió loco.

Me levanté y volví a la cocina para cerrar la puerta y coger mis cosas, y después me fui al cuarto de baño. Decidí mirar la televisión en mi cuarto, o escuchar la radio e irme a dormir pronto para poderme despertar temprano y salir al amanecer a por una avispa para la Fábrica.

Me quedé tendido en la cama escuchando a John Peel por la radio, y el ruido del viento alrededor de la casa y el romper de las olas en la playa. Debajo de la cama mi cerveza casera despedía un olor a levadura.

Volví a pensar en los Postes de Sacrificio; esta vez con más detalle, imaginándomelos uno a uno, recordando su posición y sus elementos, contemplando en mi mente lo que divisaban aquellos ojos sin visión, y parpadeando entre vista y vista, como un guarda de seguridad que va cambiando de cámara en la pantalla de su monitor. No eché nada en falta; todo parecía estar en orden. Mis vigilantes muertos, esas extensiones de mí mismo que habían caído en mi poder por la simple y definitiva rendición de la muerte, no percibían nada que pudiera dañarme en la isla.

Abrí los ojos y volví a encender la luz de la mesilla. Me miré en el espejo de la cómoda que está al otro lado de la habitación. Estaba echado sobre el cubrecama, desnudo a excepción de los calzoncillos.

Estoy demasiado gordo. No es nada malo, y tampoco es culpa mía, aunque eso no sea una excusa. No tengo el aspecto que me gustaría tener. Rellenito, así estoy. Fuerte y en forma, pero aún así demasiado fofo. Debería tener el aspecto que me corresponde, el aspecto que habría tenido si no hubiera sufrido el desgraciado accidente. Por mi apariencia nadie diría que he matado a tres personas. No es justo.

Volví a apagar la luz. La habitación quedó totalmente a oscuras, y ni siquiera se veían las estrellas mientras se acostumbraban mis ojos. Quizá debería pedir una de esas radios con números digitales luminosos, aunque la verdad es que le tengo mucho cariño a mi viejo despertador de latón. Una vez até una avispa a cada una de las campanillas de color cobre que tiene en la parte superior, donde las golpearía el martíllete por la mañana, al sonar el despertador.

Siempre me despierto antes de que suene el despertador, así que tuve ocasión de verlo.

2. EL PARQUE DE LAS SERPIENTES

Recogí las cenizas en que se habían convertido los restos de la avispa y las metí en la caja de cerillas, envueltas en una vieja foto de Eric con mi padre. En la foto se veía a mi padre sosteniendo un retrato de su primera esposa, la madre de Eric, que era la única que sonreía. Mi padre miraba de frente a la cámara; parecía malhumorado. El jovencito Eric miraba a otra parte y se hurgaba la nariz con pinta de aburrido.

El día amaneció fresco y frío. Se podía ver la niebla sobre los bosques, bajo los montes, y la bruma que cubría el mar del Norte. Salí a todo correr por la arena mojada, por donde está más dura y firme, imitando el sonido de un avión a reacción con la boca y sujetando en una mano los binoculares y en otra la bolsa. Cuando llegué a la altura del Bunker me incliné en dirección a tierra y tuve que ir más despacio porque la arena era más blanda y se elevaba en pendiente. Revisé los restos de los barcos y los desechos que había dejado la marea, pero no había nada que valiera la pena, tan solo una vieja medusa, una masa rojiza con cuatro pálidos círculos en su interior. Entonces cambié ligeramente el rumbo para sobrevolarla haciendo «¡Trrrruufaouuu! ¡Trrrrrrrrrrrruuufaouuu!», pero la golpeé al pasar corriendo, y despidió un chorro de arena y gelatina que saltó por los aires a mi alrededor. «¡Puchrrt!», hizo el ruido de la explosión. Volví a inclinarme y me dirigí hacia el Bunker. Los Postes estaban perfectamente. No necesitaba la bolsa de cabezas y cuerpos. Me pasé la mañana revisándolos uno a uno y acabé enterrando la avispa muerta en su ataúd de papel, no entre los dos Postes más importantes, como había previsto, sino en el camino, justo en el lado de la isla donde está el puente. Una vez allí subí por los cables de suspensión hasta lo alto de la torre que está en tierra firme y eché un vistazo. Podía ver el tejado de la casa y uno de los tragaluces del desván. También podía divisar el capitel de la iglesia de Escocia en Porteneil y algunas humaredas que salían de las chimeneas del pueblo. Saqué mi navaja del bolsillo izquierdo de la camisa y, con cuidado, me hice un corte en el pulgar izquierdo. Me puse a oler el líquido rojo sentado a horcajadas en el extremo de la viga principal que une las traviesas de uno y otro lado de la torre, y a continuación me limpié la pequeña herida con una gasa desinfectante que traía en una de mis bolsas. Después bajé con trabajo y recuperé la bola de cojinete con la que le di al cartel el día antes.

La primera señora Cauldhame, Mary, la madre de Eric, murió de parto en la casa. La cabeza de Eric era demasiado grande para ella; sufrió una hemorragia y se desangró hasta morir en el lecho matrimonial en 1960. Eric ha padecido severos dolores de migraña durante toda su vida y siempre he atribuido su dolencia a su forma de llegar a este mundo. Yo creo que todo eso, lo de su migraña y lo de su madre muerta, tiene mucho que ver con Lo que le Pasó a Eric. Pobre alma infeliz; tuvo la desgracia de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, y pasó algo muy improbable, algo que por una absoluta casualidad, le afectó mucho más a él que a cualquier otra persona que hubiera pasado por lo mismo. Pero ese es el riesgo que corres cuando vives aquí.

Ahora que lo pienso, eso también significa que Eric también ha matado a alguien. Creía que yo era el único asesino de la familia, pero el viejo Eric me gana, pues mató a su madre antes siquiera de empezar a respirar. Sin intención, admitámoslo, pero no siempre es la intención lo que cuenta.

La Fábrica dijo algo sobre fuego.

Aún seguía pensando en eso, preguntándome lo que en realidad significaría. La interpretación más obvia era que Eric iba a prenderle fuego a unos perros, pero yo ya estaba acostumbrado a las tretas de la Fábrica para aceptar aquello como definitivo; sospechaba que se trataba de algo más complejo.

En cierto modo sentía que Eric se hubiera decidido a volver. Estaba pensando en organizar pronto una Guerra, quizá la semana siguiente o así, pero ante la probable aparición de Eric la había cancelado. No había montado una buena Guerra desde hacía meses; la última había sido de Soldados Rasos contra Aerosoles. En aquel campo de batalla, todos los ejércitos de la 72a división, con sus carros de combate y piezas de artillería y camiones e intendencia y helicópteros y lanchas, tenían que unirse para hacer frente a la Invasión de los Aerosoles. Era casi imposible detener a los Aerosoles, y los soldados, con todo su armamento y su equipo estaban acabando quemados y derretidos por todas partes hasta que un valiente soldado que se había aferrado a uno de los Aerosoles que volaba de vuelta a su base pudo regresar (después de muchas vicisitudes) con la noticia de que su cuartel general estaba en una madera de cortar pan que flotaba amarrada bajo un saliente de una ensenada. Una fuerza combinada de comandos consiguió llegar allí a tiempo haciendo saltar la base en mil pedazos y volando finalmente el mismo saliente que quedaba en lo alto de los restos humeantes. Una buena Guerra, con los ingredientes adecuados y un final mucho más espectacular que la mayoría (cuando llegué a casa por la noche mi padre me preguntó qué habían sido aquellas explosiones y aquel fuego), pero fue hace tanto tiempo…

De cualquier modo, con Eric en camino, no me parecía una buena idea empezar otra Guerra y tener que dejarla a medias para tener que enfrentarme con la vida real. Decidí postergar las hostilidades durante un tiempo. En lugar de eso, después de haber ungido con preciadas sustancias algunos de los Postes más importantes, construí una presa.

Cuando era más joven solía fantasear con la idea de que salvaba la casa construyendo una presa. Habría un incendio en el pasto de las dunas, o un avión se habría estrellado, y lo único que podría impedir que la cordita que hay en el sótano saltara por los aires sería mi intervención desviando agua desde un sistema de presas por un canal hasta la casa. En un época mi mayor ambición fue conseguir que mi padre me regalara una excavadora para poder construir presas verdaderamente grandes. Pero ahora mi idea sobre construcción de presas es mucho más sofisticada, hasta metafísica. Me he dado cuenta de que no se puede nunca vencer al agua; al final siempre se sale con la suya, filtrándose y calando y socavando y anegando. Lo único que puedes hacer es construir algo que desvíe o que bloquee su curso momentáneamente; convencerla de que haga algo que no quiere hacer. El placer se deriva de la elegancia del pacto que consigas acordar entre el lugar a donde quiere ir el agua (guiada por la gravedad y el medio sobre el que se mueve) y lo que tú quieras hacer con ella. La verdad es que hay pocos placeres en la vida comparables a la construcción de presas. Que me den una playa ancha con una pendiente razonable y sin demasiadas algas, y una corriente de agua de tamaño medio, y ese día me hacen el tío más feliz del mundo, cualquier día.

A esa hora el sol estaba en lo más alto y yo me quité la chaqueta para dejarla junto a mis bolsas y mis prismáticos. Mi Golpeduro se hundía en la arena, la despedazaba y troceaba y escarbaba, levantando un inmenso dique de tres plataformas, la sección principal de las cuales se enfrentaba a las aguas del arroyo del Norte a unos ochenta pasos; no muy lejos del récord que ostentaba hasta entonces teniendo en cuenta la posición que había elegido. Utilicé mi pieza de metal de costumbre para inundaciones, que la tenía escondida entre las dunas cerca del mejor emplazamiento para construir presas, y la piéce de resístence en este caso era un acueducto cuya base estaba forrada con una vieja bolsa plástica de basura que había encontrado entre los desechos de la playa. El acueducto conducía la corriente de agua para la inundación a través de tres secciones de un canal de desagüe que había cortado más arriba de la presa. Construí un pequeño pueblo corriente abajo, con sus carreteras y un puente sobre lo que quedaba del arroyo, y una iglesia.

Reventar una buena presa, o simplemente desbordarla, es casi tan agradable como planearla y construirla. Como siempre, utilizaba conchitas para representar a la gente del pueblo. Y como siempre, ninguna de las conchitas sobrevivía a la riada cuando se reventaba la presa; todas se hundían, lo que significaba que todo el mundo moría.

A esas alturas ya tenía mucha hambre, empezaban a dolerme los brazos, y tenía las palmas de las manos enrojecidas de agarrar la azada y cavar en la arena sin más ayuda. Contemplé la primera riada de agua bajar a raudales hasta el mar, sucia y enfangada, y a continuación me di la vuelta y me fui a casa.

—¿Te oí anoche hablando por teléfono? —me preguntó mi padre.

Yo sacudí la cabeza.

—No.

Estábamos acabando de cenar, sentados en la cocina, yo con mi estofado, mi padre con su arroz y su ensalada de algas. Llevaba puesta su Ropa de Calle; zapatos marrones de cordones, traje marrón de tweed de tres piezas y. sobre la mesa, su sombrero marrón. Miré mi reloj y vi que era jueves. Era inusual que saliera un jueves, ya fuera a Porteneil o a cualquier otro sitio. No pensaba preguntarle a dónde iba porque seguro que me mentiría. Cuando solía preguntarle a dónde iba siempre me respondía, «A Phucke», que, según él, era un pueblo al norte de Inverness. Tuvieron que pasar muchos años y muchas miradas burlonas en el pueblo hasta que averigüé la verdad.

—Hoy voy a salir —me dijo con la boca llena de arroz y de ensalada.Yo asentí con la cabeza y él continuó—:Volveré tarde.

Quizá se iba a Porteneil a emborracharse en el Rock Hotel, o quizá se largaba a Inverness, a donde va con frecuencia por negocios que prefiere mantener en el misterio, pero yo sospechaba que se trataba de algo que tenía que ver con Eric.

—Muy bien —le dije.

—Me llevaré una llave, así que puedes cerrar la casa cuando quieras. —Dejó los cubiertos en el plato vacío con un ruido metálico y se limpió la boca con una servilleta marrón de papel reciclado—. Pero no eches los pestillos por dentro, ¿de acuerdo?

—Muy bien.

—¿Te prepararás tú mismo algo para cenar?

Volví a asentir con la cabeza sin levantarla mientras comía.

—¿Y limpiarás los platos?

Volví a asentir.

—No creo que Diggs pase otra vez por aquí; pero si aparece, no quiero que te vea.

—Pierde cuidado —le dije, y suspiré.

—¿Estarás bien? —dijo levantándose.

—M’m-h’m —respondí acabándome lo que quedaba del estofado.

—Bueno, pues entonces me voy.

Levanté la vista a tiempo para ver cómo se encajaba el sombrero en la cabeza y echaba un vistazo a la cocina mientras se palmeaba los bolsillos. Volvió a mirarme y movió la cabeza de arriba abajo.

Yo dije:

—Adiós.

—Bueno —dijo él—. Pues aquí te quedas.

—Hasta luego.

—Bien. —Se dio la vuelta, volvió a girarse, echó un último vistazo a la habitación, sacudió la cabeza rápidamente y se fue hacia la puerta, agarrando al pasar el bastón que estaba en la esquina junto a la lavadora. Yo exhalé un suspiro.

Esperé un minuto más o menos, me levanté dejando allí mi plato casi limpio y me fui directamente al vestíbulo, desde donde podía ver el camino que iba entre las dunas hasta el puente. Mi padre caminaba por él con la cabeza baja, con un paso bastante rápido que se traducía en un ansioso contoneo acompasado con el balanceo del bastón. Pude ver cómo, de un tajo, cortó con el bastón unas flores salvajes al borde del camino.

Salí corriendo hacia arriba, deteniéndome un instante junto a la ventana que hay tras las escaleras para ver cómo mi padre desaparecía entre las dunas que hay antes de llegar al puente, subí las escaleras, llegué hasta la puerta de su despacho y giré el pomo con firmeza. La puerta estaba cerrada a cal y canto; no se movió un milímetro. Un día se olvidaría, estaba seguro, pero ese día aún no había llegado.

Después de acabarme la comida y lavar los platos, me fui a mi habitación, comprobé el estado de mi cerveza casera y agarré rni escopeta de aire comprimido. Me aseguré de tener suficientes perdigones en los bolsillos de mi chaqueta y salí de la casa en dirección a los Territorios del Conejo en tierra firme, entre el largo afluente del estuario y el vertedero del pueblo.

No me gusta emplear la escopeta; para mí resulta demasiado precisa. El tirachinas es una cosa Interna, pues requiere que tú y tu instrumento seáis uno. Si te sientes mal, fallarás; y si eres consciente de que estás haciendo algo malo, también fallarás. Una escopeta, excepto cuando se dispara desde la cadera, es algo totalmente Externo; encañonas, apuntas y listo, a menos que el punto de mira no esté calibrado o de que sople mucho viento. Una vez has amartillado la escopeta dispones de todo el poder en espera de ser liberado con solo apretar suavemente el dedo. Un tirachinas vive el momento contigo hasta el último instante; permanece tenso entre tus manos, respirando contigo, moviéndose contigo, listo para saltar, listo para silbar y contorsionarse, dejándote en esa pose tan espectacular, con los brazos y las manos extendidas mientras esperas que la parábola que la bola describe en el aire encuentre su blanco con ese maravilloso ruido seco.

Pero para cazar conejos, especialmente esos pequeños bribones astutos que andan sueltos por los Territorios, necesitas todos los medios que tengas a tu alcance. Un bolazo con el tirachinas y ya están escabullándose en sus madrigueras. La escopeta es suficientemente ruidosa como para asustarlos; pero con esa serena precisión quirúrgica que poseen, mejoran tus posibilidades de matar a la primera.

Que yo sepa, nadie en mi aciaga parentela ha acabado jamás muriendo de un disparo de escopeta. Tanto los Cauldhame como sus allegados por matrimonio han abandonado este mundo de maneras mucho más originales y, hasta donde yo sé, nunca se ha cruzado una escopeta en su camino.

Llegué al final del puente, en donde, técnicamente, termina mi territorio, y me quedé inmóvil un momento, pensando, sintiendo, escuchando, observando y oliendo. Todo parecía estar en orden.

Dejando aparte a los que yo he matado (y todos tenían más o menos mi edad cuando los maté) se me ocurren tres miembros de mi familia que abandonaron este mundo para reunirse con quién imaginaran que era su Hacedor, de maneras poco convencionales. Leviticus Cauldhame, el hermano mayor de mi padre, emigró a Sudáfrica y se compró allí una granja en 1954. Leviticus, una persona cuya estupidez era de tal calibre que sus facultades mentales seguramente habrían mejorado con los primeros síntomas de la demencia senil, se marchó de Escocia porque los Conservadores no derogaron las reformas Socialistas del gobierno Laborista anterior: los ferrocarriles seguían nacionalizados; la clase obrera procreando como conejos ahora que existía la sanidad pública que evitaba la selección natural por enfermedad; las minas en manos del estado… A Leviticus le gustó aquella tierra, a pesar de que había muchos negros sueltos. En sus primeras cartas se refería a la política de separación racial como «apart-hate», hasta que seguramente alguien le debió insinuar cómo se deletreaba correctamente la palabra. Estoy seguro de que no fue mi padre.

Leviticus pasaba un día frente al cuartel general de la policía en Johannesburgo, caminando tranquilamente por la acera tras una sesión de compras, cuando un enloquecido negro homicida se lanzó en estado inconsciente desde el último piso, al parecer arrancándose las uñas de cuajo mientras caía. Golpeó, hiriéndolo fatalmente, a mi inocente y desafortunado tío, cuyas últimas palabras balbucientes en el hospital, antes de que su coma se convirtiera en un punto y final, fueron: «Dios mío, estos cabrones han aprendido a volar…».

Unos desvaídos jirones de humo se elevaban ante mí desde el vertedero del pueblo. Hoy no pensaba llegar tan lejos, pero podía oír por allí la excavadora que suelen usar para desparramar la basura por el terreno, acelerando y empujando.

Hacía tiempo que no iba por el vertedero y ya iba siendo hora de que me diera una vuelta por allí para ver lo que las buenas gentes de Porteneil habían tirado a la basura. Allí fue donde conseguí los Aerosoles para la última Guerra, y no digamos algunas partes esenciales de la Fábrica de las Avispas, incluida la mismísima Esfera.

Mi tío Athelwald Trapley, por el lado materno de mi familia, emigró a América al final de la segunda guerra mundial. Dejó un buen trabajo que tenía en una compañía de seguros para largarse con una mujer y acabó, arruinado y desconsolado, en una caravana barata a las afueras de Fort Worth, donde decidió acabar con su vida.

Abrió la espita de la cocina y del calentador de gas sin encenderlos y se sentó tranquilamente a esperar el fin. Comprensiblemente nervioso, y sin duda un poco distraído tanto por la inesperada huida de su amada como por los planes que se reservaba para él mismo, no se le ocurrió otra cosa que recurrir a su método habitual para calmarse los nervios, y se encendió un Marlboro.

De un salto escapó de la deflagración devastadora y salió tambaleándose, ardiendo de la cabeza a los pies. Había intentado morir sin dolor, no acabar quemándose vivo. Así que se tiró de cabeza a un barril lleno de agua de lluvia que había detrás de la caravana. Se ahogó encajado en el barril cabeza abajo, sacudiendo patéticamente sus piernecillas mientras se atragantaba y resoplaba y trataba de sacar los brazos lo suficiente para poder salir de allí.

A unos veinte metros de la colina recubierta de hierba que da a los Territorios del Conejo cambié a la modalidad de Carrera Silenciosa, marchando sigilosamente a través de la alta maleza y los cañaverales, teniendo cuidado de no hacer ruido con las cosas que llevaba. Quería sorprender pronto a algunos miembros desprevenidos de la plaga fuera de su madriguera, pero, si me obligaban a ello, estaba dispuesto a esperar hasta que se pusiera el sol.

Me fui gateando silenciosamente por la pendiente, con la hierba deslizándose bajo mi pecho, con las piernas doloridas de impulsar el peso de mi cuerpo hacia delante. Tenía el viento en contra, y la brisa era bastante recia como para ocultar la mayoría de los ruidos que pudiera hacer. Desde donde yo estaba no se veían madrigueras de conejos en la colina. Me detuve a unos dos metros de la cima y amartillé la escopeta, comprobando el perdigón compuesto de acero y nailon antes de meterlo en la recámara y cerrarla. Cerré los ojos y pensé en el muelle comprimido, enclaustrado en la recámara, y en el pequeño perdigón situado en el fondo brillante del cañón estriado. Entonces me fui arrastrando hasta la cima de la colina.

Al principio pensaba que tendría que esperar. Los Territorios parecían vacíos bajo la luz de la tarde y solo la hierba se movía con el viento. Podía ver las madrigueras y las bolitas de excrementos en montoncitos o desparramadas, las retamas en la última pendiente por encima del terraplén donde estaban la mayoría de las madrigueras, donde las huellas de conejos dibujaban sinuosos senderos, como túneles zigzagueantes que atravesaban los arbustos, pero no había ni rastro de aquellos animales. Era en aquellos corredores de conejos donde los muchachos del pueblo solían colocar trampas de lazo. Pero, como había visto cómo las ponían, encontré los lazos de alambre y los corté o los puse bajo la hierba en el camino por donde ellos se acercaban cuando venían a revisar sus trampas. No sé si alguno de ellos tropezó con uno de sus propios lazos, pero me gustaría pensar que si lo hicieron iban arrastrándose con la cabeza por delante. De todos modos, ni ellos ni quienes los reemplazaron volvieron a poner trampas allí; supongo que ya no está de moda y que ahora se dedican a pintar eslóganes con spray en las paredes, a aspirar pegamento o a intentar follar cuanto antes.

Por lo general los animales no suelen sorprenderme, pero cuando vi a aquel macho allí quieto hubo algo que me llamó la atención, que me dejó helado un instante. Seguramente había estado allí todo el tiempo, sentado sin moverse y mirándome fijamente desde el extremo de la llanura de los Territorios, pero yo no me había dado cuenta. Cuando por fin lo vi, hubo algo en su absoluta quietud que me dejó paralizado. Sin llegar a moverme físicamente, meneé interiormente la cabeza y decidí que aquel enorme macho me proporcionaría una buena cabeza que colgar en un Poste. Por la carencia de movimientos aquel conejo parecía estar disecado, pero finalmente me di cuenta de que me miraba fijamente, sin parpadear, sin olisquear con su naricilla, sin doblar las orejas. Yo le devolví la mirada y lentamente fui llevándome la escopeta al hombro, haciendo primero un movimiento y después otro, como si fuera algo que se moviera empujado por el viento entre la hierba. Me llevó cerca de un minuto colocar la cabeza en la posición adecuada, con la mejilla apoyada contra la culata, y aquella bestia seguía sin moverse ni un milímetro.

Aumentada cuatro veces por la mira telescópica, su inmensa cabeza bigotuda se dividía claramente en las cuatro partes de la retícula pareciendo aún más impresionante aunque igual de inmóvil. Fruncí el ceño y levanté la cabeza pensando de repente que a lo mejor era verdad que estaba disecado; quizá alguien se estaba riendo a mi costa. ¿Los muchachos del pueblo? ¿Mi padre? ¿No sería Eric? ¿Tan pronto? Fue una estupidez hacer aquello; moví la cabeza demasiado rápido para que pasara por un movimiento natural y el macho salió disparado pendiente arriba. Bajé la cabeza y subí la escopeta al mismo tiempo y sin pensar. No tenía tiempo de volver a la posición adecuada, inspirar y apretar suavemente el gatillo; fue levantarme y bang, y entonces, con todo el cuerpo desequilibrado y ambas manos en la escopeta, me caí hacia delante y di una vuelta en el suelo para proteger la escopeta de la arena.

Cuando levanté la vista, con la escopeta entre los brazos, jadeando y la espalda llena de arena, no pude ver al conejo. Dejé caer los brazos y me golpeé las rodillas con la escopeta. «Mierda», murmuré.

El macho no podía estar en una madriguera. Ni siquiera estaba cerca del terraplén donde están las madrigueras. Estaba cruzando la llanura dando enormes brincos, directo hacia mí, y parecía agitar y sacudir la cabeza en el aire tras cada salto. Venía hacia mí como una bala, sacudiendo la cabeza, con los labios recogidos hacia atrás, mostrando aquellos dientes largos y amarillentos que eran con mucho los más grandes que jamás había visto en un conejo vivo o muerto. Sus ojos parecían balas estriadas. Con cada brinco saltaban salpicaduras rojas de sus cuartos traseros; lo tenía encima y yo estaba allí tan tranquilo mirando, como si nada.

No tenía tiempo para recargar. En el momento en que empecé a reaccionar ya no me quedaba tiempo más que para actuar instintivamente. Mis manos dejaron el rifle suspendido en el aire a la altura de las rodillas y fueron en busca del tirachinas que, como siempre, llevaba colgado del cinturón, con el mango sujeto entre este y los pantalones de pana. Hasta mis perdigones de emergencia resultaban inútiles en ese momento; tendría al conejo encima en medio segundo, dirigiéndose directamente a mi garganta.

Lo agarré con el tirachinas. Retorcí el negro tubo de goma en el aire cruzando los brazos y caí hacia atrás, pasándome al gran macho por detrás de la cabeza y después golpeándolo con las piernas y dándome la vuelta para ponerme al mismo nivel en donde había caído el conejo, que pataleaba y forcejeaba con la energía de un glotón de América, con las patas extendidas sobre la pendiente de arena y el cuello atrapado en la goma negra. Retorcía la cabeza de un lado a otro tratando de alcanzar mis dedos con sus cortantes dientes. Yo le siseaba a través de mis dientes y seguía apretando la goma alrededor de su garganta cada vez más. El macho se revolvió violentamente, escupió, y emitió un sonido penetrante, que jamás imaginé pudiera hacer un conejo, mientras pateaba furiosamente contra el suelo. Estaba tan desconcertado que miré a mi alrededor para asegurarme de que no hubiera señales de un ejército de conejillos como aquella especie de doberman dispuestos a saltarme a la espalda y hacerme picadillo.

¡Aquel maldito bicho se resistía a morir! La goma seguía estirándose y estirándose sin acabar de apretar, y no me atrevía a mover las manos por miedo a que me desgarrara un dedo o que me arrancara la nariz de un mordisco. Por la misma razón me resistía a embestirle con la cabeza; no estaba dispuesto a poner mi cabeza cerca de aquellos dientes. Tampoco podía llegar con una rodilla para romperle la columna porque, tal como estaba colocado, casi me estaba resbalando pendiente abajo y estaba claro que no podría sujetarme con una sola pierna en aquella superficie. ¡Era de locos! ¡Pero si no estaba en África! ¡Era un simple conejo, no un león! ¿Qué demonios estaba pasando?

Al final consiguió morderme retorciendo el cuello más de lo imaginable y alcanzando mi dedo índice derecho justo en el nudillo.

Se acabó. Grité y tiré con todas mis fuerzas, sacudiendo mis manos y la cabeza al tiempo que me lanzaba de espaldas y daba la vuelta sobre mí mismo, golpeándome una rodilla con la escopeta que había dejado tirada sobre la arena.

Acabé tendido sobre la escasa hierba que hay en la falda de la colina, con los nudillos pálidos de estrangular al conejo, sacudiéndolo delante de mi cara con el cuello agarrado por la fina línea negra del tubo de goma, atado ahora como un nudo en una cuerda negra. Yo seguía temblando, así que no podría decir si las vibraciones que sacudían aquel cuerpo eran debidas a él o a mí. Entonces la goma cedió. El conejo se estampó contra mi mano izquierda mientras el otro extremo de la goma me latigueaba la muñeca derecha; mis brazos salieron disparados en direcciones opuestas y chocaron contra el suelo.

Estaba tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en el terreno arenoso, con la mirada fija en el lado donde yacía el cuerpo del macho, al final de una negra línea curva, enredado con el mango del tirachinas. El animal no se movía.

Levanté la vista al cielo y, apretando el puño de una mano, comencé a golpear el suelo. Volví a mirar el conejo, me levanté y me arrodillé junto a él. Estaba muerto; cuando lo levanté, la cabeza se le cayó para atrás, tenía el cuello roto. El anca izquierda estaba completamente roja de sangre donde le había alcanzado un perdigonazo. Era grande; del tamaño de un gato montes; el mayor conejo que jamás he visto. Estaba claro que había pasado demasiado tiempo sin vigilar los conejos pues, de haber sido así, ya habría notado la presencia de una bestia como aquella.

Me chupé el hilillo de sangre que brotaba de mi nudillo. ¡Mi tirachinas, mi posesión más preciada, el Destructor Negro, destruido por un vulgar conejo! Supongo que podría haber corrido un tupido velo y conseguir una nueva banda de goma, o llevárselo al viejo Cameron para que me hiciera un apaño en su ferretería, pero jamás volvería a ser el mismo. Siempre que levantara el tirachinas para apuntar a un blanco —vivo o muerto— volvería a tener presente este momento. El Destructor Negro estaba acabado.

Me senté en la arena y eché un vistazo rápido a los alrededores. Seguía sin haber rastro de conejos. No me extrañaba. No había tiempo que perder. En casos como este solo se puede reaccionar de una manera.

Me levanté, cogí la escopeta, que estaba medio enterrada en la arena de la pendiente, subí hasta la cima de la colina, miré alrededor y decidí arriesgarme a dejar todo tal como estaba. Cargué la escopeta en mis antebrazos y salí corriendo a Velocidad de Emergencia, corriendo a todo trapo por el camino de vuelta a la isla, confiando en la suerte y en la adrenalina para no dar un mal paso y acabar tirado en el suelo, jadeante y con una fractura múltiple de fémur. En las curvas cerradas utilizaba el peso de la escopeta para mantener el equilibrio; la tierra y la hierba estaban secas, así que no era tan arriesgado como parecía. Corté por un atajo del camino, subí por una duna y bajé por el otro lado, allí donde asoma al exterior la tubería de agua y electricidad antes de cruzar la ensenada. Salté por encima de los salientes metálicos y aterricé con ambos pies sobre el cemento, corriendo a continuación por encima de la estrecha tubería hasta llegar a la isla.

Una vez en la casa me fui directamente a mi cobertizo. Dejé la escopeta, revisé la Mochila de Guerra y me pasé la cincha por encima de la cabeza atándome rápidamente el cordón de sujeción a la cintura. Cerré el cobertizo detrás de mí y salí a paso ligero hasta el puente mientras iba recobrando el aliento. Una vez pasada la estrecha verja en mitad del puente, me puse a correr de nuevo.

En los Territorios del Conejo todo estaba tal como lo dejé: el macho estrangulado en el suelo con el tirachinas roto, la arena levantada y revuelta en el lugar en donde me caí de espaldas. El viento seguía moviendo la hierba y las flores, y no había señal de animales por los alrededores; ni siquiera las gaviotas habían divisado la carroña. Me puse enseguida manos a la obra.

Lo primero que hice fue sacar de la mochila una bomba metida en un tubo metálico de veinte centímetros. Hice un tajo en el ano del macho. Comprobé que la bomba estuviera en buen estado, especialmente que los cristales blancos de la mezcla explosiva estuvieran secos; a continuación añadí una mecha en una pajita de plástico y una carga del explosivo alrededor del agujero horadado en el tubo negro y lo sujeté todo junto con cinta aislante. Introduje todo aquello dentro del cuerpo aún caliente del conejo y lo dejé medio sentado, como en cuclillas, mirando las madrigueras del terraplén. Después cogí otras bombas más pequeñas y las fui colocando en las entradas de las madrigueras, hundiendo seguidamente los techos de las entradas para obstruirlas, dejando únicamente unas pajitas con mecha asomando al exterior. Llené la botella plástica de detergente con gasolina y cebé la mecha, dejándolo todo en lo alto del terraplén en donde estaban la mayoría de las entradas de las madrigueras. Volví entonces a la primera de las madrigueras cegadas y encendí la mecha con mi encendedor desechable. El olor a plástico ardiendo se me metió en la nariz y el brillante resplandor de la mezcla inflamable bailaba en mis ojos mientras corría al siguiente agujero mirando el reloj. Había colocado seis pequeñas bombas y las había encendido todas en cuarenta segundos.

Yo estaba sentado en lo alto del terraplén, por encima de las madrigueras, y la mecha del lanzallamas ardía lentamente a la luz del sol cuando, al pasar un minuto, estalló el primer túnel. Lo sentí a través del trasero de mis pantalones y esbocé un mohín de disgusto. Las demás estallaron a continuación y, antes de que explotaran las cargas principales se podía apreciar la fumarada de la carga detonadora alrededor de la boca de cada bomba prorrumpiendo del humeante suelo. Tocones de tierra salían volando en mil pedazos por los Territorios del Conejo, y los ruidos secos se multiplicaban en el aire. Aquello me devolvió la sonrisa. En realidad el ruido no era para tanto. Seguro que desde la casa no se oiría nada. Gran parte de la potencia de las bombas se consumía en la voladura del terreno y en devolver el aire de las madrigueras.

Los primeros conejos aturdidos comenzaron a salir; dos de ellos sangraban por el hocico y, aunque no parecían estar heridos, iban tambaleándose, casi cayéndose. Apreté la botella de plástico y les rocié con un chorro de gasolina que hice pasar por la llama del mechero, mantenida a cierta distancia mediante una varilla de aluminio para sostener tiendas de campaña. La gasolina se inflamó en una llamarada al pasar por encima del mechero encendido, bramó en el aire y cayó entre destellos por encima y alrededor de los conejos. El fuego prendió en los conejos, que salieron corriendo envueltos en llamas, tropezándose y cayendo. Miré alrededor por si había otros, mientras los dos primeros desprendían llamaradas cerca del centro de los Territorios, y caían finalmente sobre la hierba, con los miembros rígidos pero retorciéndose, chisporroteando con el viento. Una pequeña llama centelleó alrededor de la boquilla de mi lanzallamas; la expulsé apretando la botella. Apareció otro pequeño conejo. Lo alcancé con el chorro de llamas y se fue zigzagueando hasta que lo perdí de vista en dirección al arroyo que hay al lado de la colina en donde me atacó el macho salvaje. Rebusqué en la Mochila de Guerra y saqué la pistola de aire comprimido, la amartillé y disparé en un solo movimiento. Fallé el disparo y el conejo siguió dejando un rastro de humo alrededor de la colina.

Me cargué a otros tres conejos con el lanzallamas antes de guardarlo en la bolsa. Lo último que hice fue dirigir la llamarada de gasolina al macho, que seguía sentado, relleno, muerto, y rezumando sangre a la entrada de los Territorios. Las llamas cayeron a su alrededor de manera que el enorme conejo desapareció entre jirones de humo negro y llamaradas naranjas. Tras unos segundos se prendió la mecha y aquella bola de fuego hizo explosión lanzando algo negro y humeante por el aire del atardecer y esparciendo toda clase de restos por los Territorios. La explosión, mucho mayor que las de las madrigueras, y sin nada que amortiguara el sonido, se expandió por las dunas como un latigazo, me dejó un pitido en los oídos y hasta me levantó del suelo.

Lo que quedó del macho aterrizó lejos, detrás de mí. Seguí el olor a chamusquina hasta encontrarlo. No quedaba prácticamente más que la cabeza, una pegajosa tira de la columna y las costillas y como la mitad de la piel. Rechiné los dientes y recogí los restos humeantes, me los llevé hasta los Territorios, y los lancé allí desde lo alto del terraplén.

Me quedé quieto bajo los últimos rayos de sol, cálidos y amarillentos a mi alrededor, con un hedor a carne y hierba quemada en el aire, con el humo elevándose desde madrigueras y cadáveres, gris y negro, con el dulce olor de la gasolina desparramada sin quemar que provenía de donde había dejado el lanzallamas, y respiré hondo.

Con la gasolina que quedaba rocié el tirachinas y la botella usada del lanzallamas que estaban sobre la arena y les prendí fuego. Me senté con las piernas cruzadas junto a las llamas, mirándolas fijamente con el viento a mi favor hasta que aquello se extinguió y tan solo quedó la estructura metálica del Destructor Negro. Después recogí aquel esqueleto requemado y lo enterré en donde había sido vencido, al pie de la colina. Ahora tendría un nombre. La colina del Destructor Negro.

Había fuego por todas partes; la hierba era demasiado verde y húmeda para prenderse. No es que me importara que todo hubiera salido ardiendo. Pensé en prenderle fuego a las retamas, pero cuando les salen las flores se ponen preciosas y además huelen mejor frescas que quemadas, así que no lo hice. Ya había causado suficiente caos en un solo día. El tirachinas había sido vengado, el macho —o lo que fuera, quizá su espíritu— había sido deshonrado y degradado, le había dado una buena lección, y me sentía orgulloso de ello. Si la escopeta hubiera escapado sin que le entrara arena en el punto de mira ni en ningún otro sitio difícil de limpiar, casi habría valido la pena. El presupuesto de Defensa podría permitir la compra de otro tirachinas mañana mismo; la compra de mi ballesta se podría posponer otra semana más o menos.

Imbuido en aquella maravillosa sensación de hartazgo, fui metiendo mis cosas en la Mochila de Guerra y me fui a casa fatigado, pensado en todo lo que me había pasado por la cabeza, tratando de averiguar las causas y motivos, ver las lecciones que tenía que aprender, los signos que debía descifrar en todo aquello.

De camino a casa me encontré con el conejo que creía que había escapado tirado junto a la burbujeante agua dulce del arroyo; renegrido y contorsionado, agazapado e inmóvil en una extraña torsión, con sus secos ojos muertos mirándome fijamente al pasar, acusadores.

De una patada lo tiré al agua.

Mi otro tío muerto se llamaba Harmsworth Stove, un medio tío por parte de la madre de Eric. Era un hombre de negocios de Belfast, y él y su mujer se hicieron cargo de Eric durante casi cinco años, cuando mi hermano era un bebé. Harmsworth acabó suicidándose con una taladradora eléctrica y una broca de un cuarto de pulgada. Se la insertó por un lado del cráneo y, al ver que seguía vivo a pesar de sentir cierto dolor, cogió el coche y se fue a un hospital cercano, en donde acabó muriendo poco después. Puede que yo haya tenido algo que ver con esa muerte, pues ocurrió menos de un año después de perder a su única hija, Esmerelda. Aunque no lo sabían —como no lo sabía nadie—, ella fue una de mis víctimas.

Aquella noche me quedé en la cama esperando que volviera mi padre y que sonara el teléfono mientras pensaba sobre lo ocurrido. Quizá el gran macho era un conejo de fuera de los Territorios, una bestia salvaje que llegó a las conejeras desde otro lugar para aterrorizar a los habitantes de aquel paraje y convertirse en el único jefe, sin saber que moriría en un encuentro con un ser superior al cual no podía llegar a imaginar.

En cualquier caso, era una Señal. De eso estaba seguro. Todo aquel episodio preñado de señales debía de significar algo. Mi respuesta instintiva consistiría en relacionarlo con el fuego que había presagiado la Fábrica, pero en el fondo yo estaba seguro de que eso no era todo, de que todavía no había pasado lo peor. La señal no se limitaba únicamente a la inesperada ferocidad del macho que había matado; también estaba en mi furibunda y casi impensable reacción y en el destino de los pobres conejos inocentes que mi ira se llevó por delante.

Pero si tenía algún significado en el presente, también lo tenía en el pasado. La primera vez que asesiné fue para ver cómo unos conejos acababan muriendo achicharrados, y aquella muerte flameante causada por la boquilla de mi lanzallamas era virtualmente idéntica a la que había provocado para vengarme de las conejeras. Eran demasiadas coincidencias, demasiado parecidas y perfectas. Los acontecimientos se estaban desarrollando peor y más rápidamente de lo que esperaba. Los Territorios del Conejo —ese coto de caza supuestamente idílico— habían demostrado lo que podía pasar.

Y pasando de lo particular a lo universal hay que reconocer que las repeticiones siempre acaban convirtiéndose en una verdad, y que la Fábrica me había enseñado a prestarles atención y a respetarlas.

Aquella primera vez que maté lo hice por lo que mi primo Blyth Cauldhame le hizo a nuestros conejos, a los de Eric y a los míos. Eric fue quien inventó el lanzallamas y fue mi primo, que había venido con sus padres a pasar el fin de semana con nosotros acompañado de sus padres, quien entró en nuestro cobertizo de las bicicletas (ahora mi cobertizo) y decidió que sería divertido montar en la bici de Eric por el barro blando que hay al final de la isla. Y así lo hizo mientras Eric y yo estábamos volando cometas. Después volvió y llenó el lanzallamas con gasolina. Se sentó en el patio trasero, a resguardo de las ventanas del salón (en donde estaban sus padres y mi padre), junto a la ropa tendida que se agitaba con la brisa, encendió el lanzallamas y roció nuestras dos jaulas de conejos con llamas, incinerando nuestros animalitos.

Eric se enfadó más que nadie. Se puso a llorar como una niña. Yo quería matar a Blyth allí mismo; en lo que a mí respecta no le serviría de nada el cobijo que logró de su padre, James, hermano de mi padre, especialmente por lo que le había hecho a Eric, mi hermano. Eric estaba inconsolable, desesperado de dolor por haber sido él quien había fabricado el instrumento que utilizó Blyth para destruir nuestras queridas mascotas. Siempre fue un poco sentimental, siempre fue el más sensible de los dos, el más brillante; hasta su desagradable experiencia todo el mundo estaba seguro de que llegaría lejos. Bueno, pues ese fue el origen de los Territorios de la Calavera, el área de la enorme duna parcialmente desenterrada que hay detrás de la casa y en donde acabaron muriendo nuestras mascotas. Los conejos quemados iniciaron aquello. El Viejo Saúl acabó allí antes que ellos, pero eso fue algo pasajero.

No le he contado a nadie, ni siquiera a Eric, lo que quise hacerle a Blyth. Teniendo en cuenta mi tierna edad, yo ya era muy sensato en mi niñez, a los cinco años, cuando la mayoría de los niños se pasan el día diciéndole a sus padres y amigos cuánto les odian y cómo les gustaría que estuvieran muertos. Yo me callaba la boca.

Cuando Blyth volvió el verano siguiente estaba más antipático que nunca pues había perdido una pierna por encima de la rodilla en un accidente de tráfico (el otro niño con quien estaba jugando en la calle a «policías y ladrones» acabó muerto). Blyth estaba amargado con su minusvalía; cuando le ocurrió tenía diez años y era un muchacho muy activo. Intentaba convencerse a sí mismo de que aquel aparato de color rosa que tenía que amarrarse no existía, que no tenía nada que ver con él. Le gustaba seguir montando en bicicleta, practicar la lucha libre y jugar al fútbol, generalmente de portero. En aquel entonces yo tenía seis años y, a pesar de que Blyth sabía que yo había sufrido un pequeño accidente cuando era mucho más pequeño, yo le parecía a él alguien mucho más ágil de lo que él era capaz. Encontraba muy divertido derribarme y ponerse a luchar conmigo, golpeándome en la cara y pateándome. Yo le seguía la corriente como si me apuntara a toda aquella payasada y durante toda una semana hice como si disfrutara tremendamente con aquello mientras iba pensando qué podría hacerle a mi primo.

Mi otro hermano, de padre y madre, Paul, aún vivía en aquella época. Se suponía que él, Eric y yo teníamos que mantener entretenido a mi primo. Hicimos lo que pudimos, llevándonos a Blyth a nuestros sitios favoritos, dejándole jugar con nuestros juguetes y participar en nuestros juegos. A veces Eric y yo teníamos que sujetarlo cuando se le ocurrían cosas como tirar al agua a Paul para ver si flotaba, o cuando quería derribar un árbol sobre las vías del tren que va a Porteneil, pero en general nos portamos sorprendentemente bien con él, a pesar de que me ponía furioso ver cómo Eric, que tenía su misma edad, le tenía miedo.

Así que un día muy caluroso y lleno de insectos en el que corría una brisa del mar, estábamos todos tendidos en la hierba en la zona llana que hay al sur de la casa. Paul y Blyth se habían quedado dormidos y Erie estaba echado de espaldas con la manos detrás de la cabeza, mirando fijamente el luminoso azul del cielo, medio amodorrado. Blyth se había quitado la hueca pierna de plástico y la había dejado en el suelo, enredada entre las correas y las largas hojas de hierba. Vi cómo Eric se iba quedando dormido, con la cabeza levemente inclinada a un lado y los ojos cerrados. Me levanté y salí a caminar hasta llegar al Bunker. El Bunker aún no había llegado a cobrar la importancia que tendría más adelante en mi vida, aunque ya por aquel entonces me gustaba mucho y me sentía como en casa en aquel lugar frío y oscuro. Era una construcción circular de cemento levantada poco antes de la última guerra para albergar un cañón que cubría la entrada del estuario, y sobresalía de entre la arena como una enorme muela gris. Entré y encontré la serpiente. Era una víbora. Tardé mucho en verla porque estuve muy ocupado metiendo un viejo poste de la valla por las rendijas del Bunker, como si fuera un cañón y estuviera disparando a barcos imaginarios. Una vez terminé con aquello me fui a una esquina para hacer un pis y fue entonces cuando miré a la otra esquina, donde había un montón de latas oxidadas, y vi allí las zigzagueantes rayas de la serpiente dormida.

Casi inmediatamente decidí lo que iba a hacer con ella. Salí silenciosamente y encontré un pedazo de madera de la longitud adecuada, volví al Bunker, agarré a la serpiente por el cuello con el pedazo de madera y la metí en la primera lata que encontré con tapa.

No creo que la serpiente se despertara completamente cuando la cogí, y tuve cuidado de no agitarla demasiado mientras volvía corriendo hasta donde estaban Blyth y mis hermanos tendidos en la hierba. Eric se había dado la vuelta, tenía una mano bajo la cabeza y con la otra se tapaba los ojos. Tenía la boca un poco abierta y su pecho se movía lentamente. Paul estaba tendido en el suelo, enroscado en una pequeña bola, bastante quieto, y Blyth estaba boca abajo, con la mejilla apoyada en sus manos y el muñón de su pierna izquierda hundido entre las flores y la hierba, saliendo de su pantalón como una monstruosa erección. Me acerqué, ocultando la lata oxidada en mi sombra. El tejado de la casa nos contemplaba desde lo alto, a unos quince metros, sin ventanas. Sábanas blancas ondeaban colgando en el patio trasero de la casa. El corazón me latía sin control y me pasé la lengua por los labios.

Me senté al lado de Blyth teniendo cuidado de no tapar su rostro con mi sombra. Me llevé la lata a la oreja y la mantuve quieta. No podía oír ni sentir el movimiento de la serpiente. Agarré la suave y rosada pierna ortopédica de Blyth, que estaba tirada a su lado, a su sombra. Acerqué la pierna a la lata y le quité la tapa, puse la pierna boca abajo sobre la lata y les di la vuelta al mismo tiempo. Agité la lata hasta que sentí que la serpiente cayó dentro de la pierna. Al principio no le gustó nada y empezó a moverse y a golpear contra las paredes de plástico y el borde de la lata, que yo sostenía apretada contra la pierna, sudando, escuchando el zumbido de los insectos y el rumor de la hierba, sin apartar la vista de Blyth, que seguía allí quieto y silencioso, con su cabello rizado movido de vez en cuando por la brisa. Me temblaban las manos y se me metía el sudor en los ojos.

La serpiente dejó de agitarse. Yo seguí sosteniendo la pierna en el aire, volviendo a mirar hacia la casa. Entonces fui inclinando la pierna y la lata hasta que la dejé en el suelo, en el mismo lugar en donde estaba, detrás de Blyth. Separé cuidadosamente la lata en el último momento. No pasó nada. La serpiente seguía metida en la pierna y ni siquiera podía verla. Me levanté y me fui caminando de espaldas hasta la duna más cercana, lancé la lata por encima de la duna, regresé a donde había estado sentado al principio, me tiré en el suelo y cerré los ojos.

Eric fue el primero en despertarse, después yo abrí los ojos como si estuviera soñoliento y ambos despertamos al pequeño Paul y a nuestro primo. Blyth me ahorró las molestias de sugerir que jugáramos un partido de fútbol porque él mismo fue quien lo sugirió. Eric, Paul y yo conseguimos unos postes para la portería mientras Blyth se ataba las correas de su pierna a toda prisa.

Nadie sospechó nada. Desde los primeros momentos, cuando mis hermanos y yo nos quedamos allí parados con cara de incredulidad mientras Blyth se ponía a chillar y a saltar agarrado a su pierna, hasta la despedida entre lágrimas de los padres de Blyth y las declaraciones que vino a tomar Diggs (llegó a aparecer una pequeña nota en el Inverness Courier que fue difundida por algunos corresponsales de la prensa de Londres), en ningún momento se le ocurrió a nadie sugerir que pudo tratarse de otra cosa que no fuera un accidente trágico y un poco macabro. Yo era el único que sabía la verdad.

No se lo conté a Eric. Él estaba muy impresionado por lo ocurrido y sinceramente apenado por Blyth y sus padres. Lo único que yo dije fue que pensaba que en manos de Dios estuvo que Blyth perdiera primero una pierna y en convertir más adelante su repuesto en el instrumento de su desventurado final. Y todo por los conejos. A Eric, que en aquella época estaba pasando por una fase religiosa, que supongo que hasta cierto punto yo estaba imitando, le pareció que lo que yo había dicho era algo horrible; Dios no era así. Le dije que el Dios en quien yo creía sí lo era.

En cualquier caso, esa fue la razón por la que aquel pedazo específico de tierra llevó desde entonces el nombre de Parque de la Serpiente.

Me quedé tendido en la cama, pensando en todo aquello. Padre no había vuelto todavía. Quizá pasaría la noche fuera. Eso era algo poco corriente y bastante preocupante. Podría ser que le hubieran dado una paliza o que hubiera fallecido de un ataque al corazón.

Siempre he tenido una actitud muy ambivalente en lo que se refiere a una posible desgracia de mi padre, y hoy sigo sintiendo lo mismo. Una muerte es siempre algo emocionante, y siempre hace que te des cuenta de lo vivo que estás, de lo vulnerable que eres y de lo afortunado que has sido hasta el momento; pero la muerte de un pariente te proporciona una buena excusa para volverte un poco loco durante una temporada, para hacer cosas que, en cualquier otra situación serían inexcusables. ¡Qué maravilla poder portarse verdaderamente mal y aún así conseguir que todo el mundo se desviva por ser simpático contigo!

Pero lo echaría de menos, y no sé cual sería mi situación legal en lo que respecta a quedarme a vivir solo en la casa. ¿Heredaría todo su dinero? Eso no estaría mal; podría conseguir mi moto ahora mismo en lugar de tener que seguir esperando. Dios mío, podría hacer tantas cosas que no sé por dónde empezar cuando pienso en ellas. Pero sería un cambio muy drástico, y no creo estar preparado todavía para soportarlo.

Sentía cómo poco a poco me iba deslizando hacia el sueño; comencé a imaginar y a ver toda clase de cosas en el interior de mis ojos: primero formas laberínticas y espacios interminables de colores desconocidos; después edificios fabulosos y naves espaciales y armas y paisajes. Ojalá pudiera recordar mejor mis sueños…

Dos años después de matar a Blyth asesiné a mi hermanito Paul, por razones muy diferentes y más esenciales de las que tuve para acabar con Blyth, y un año después acabé haciendo lo mismo con mi primita Esmerelda, más o menos por capricho.

Esos son mis resultados hasta el momento. Tres. Hace años que no mato a nadie, y no pienso volver a hacerlo nunca más.

Fue solo una mala racha que estaba pasando.

3. EN EL BUNKER

Mis mayores enemigos son las Mujeres y el Mar. Odio ambas cosas. A las Mujeres las odio porque son débiles y estúpidas y viven a la sombra de los hombres y no son nada comparadas con ellos, y al Mar porque siempre me ha frustrado, destruyendo lo que construyo, arrasando lo que he levantado, borrando las marcas que he dejado. Y no estoy seguro de que el Viento esté tampoco libre de culpa.

El Mar es una especie de enemigo mitológico, y yo le ofrezco algo parecido a sacrificios en mi alma, con cierto temor, respetándolo como se merece, pero tratándolo también en cierto modo como a un igual. Lo que hace afecta al mundo, como lo que yo hago; ambos deberíamos ser temidos. Las Mujeres… bueno, en lo que a mí respecta, las mujeres las tiene uno demasiado cerca para estar cómodo. Ni siquiera me gusta que estén en la isla, aun la señora Clamp, que viene cada semana los sábados para limpiar la casa y traemos alimentos. Es vieja y asexuada, como ocurre con los muy viejos o los muy jóvenes, pero sigue siendo una mujer, y tengo mis buenas razones para no perdonárselo.

Me desperté a la mañana siguiente intrigado por saber si mi padre había vuelto o no. Sin molestarme en vestirme me fui directamente a su habitación. Cuando iba a abrir la puerta pude oír sus ronquidos antes de tocar el picaporte, así que me di la vuelta y me dirigí al cuarto de baño.

En el baño, después de hacer un pis, realicé mi diario ritual de lavado. Primero me duché. La ducha es el único momento en las veinticuatro horas del día en que me quito completamente los calzoncillos. Eché los calzoncillos en la bolsa de ropa sucia que hay en el armarito con rejilla. Me duché a conciencia, comenzando por el pelo y acabando entre los dedos de los pies y debajo de las uñas. A veces, cuando tengo que fabricar preciadas sustancias como queso de uñas del dedo gordo del pie o pelusa de ombligo, tengo que pasarme días y días sin ducharme; odio tener que hacerlo porque enseguida me siento sucio y me pica todo el cuerpo, y lo único bueno que sale de tal abstinencia es lo bien que se siente uno cuando finalmente puede ducharse.

Tras darme una ducha y secarme enérgicamente, primero con una toalla de cara y después con una toalla de baño, me corto las uñas. A continuación me lavo los dientes a fondo con mi cepillo eléctrico. Después viene el afeitado. Siempre utilizo espuma de afeitar y lo último en cuchillas (las más avanzadas ahora mismo son las de doble hoja y cabeza basculante) para rasurar, con destreza y precisión, esa pelusilla marrón que me ha crecido el día y la noche anterior. Al igual que ocurre con todas mis abluciones, el afeitado sigue una pauta definida y predeterminada; me doy un mismo número de pasadas, de idéntica extensión y en el mismo orden cada mañana. Como siempre, cada vez que contemplo las superficies meticulosamente tonsuradas de mi cara, siento un creciente cosquilleo de emoción.

Me soné la nariz y me la hurgué hasta dejarla limpia, me lavé las manos, limpié la cuchilla, el cortauñas, la bañera y la ducha, escurrí el trapo de fregar y me peiné. Afortunadamente no tenía ningún grano, así que no me quedaba más que un lavado final de manos y un par de calzoncillos limpios. Coloqué todos mis útiles de limpieza, las toallas, la cuchilla y lo demás, en su lugar preciso, limpié un poco el vaho del espejo que hay en mi armarito del baño, y volví a mi habitación.

Allí me puse los calcetines; ese día tocaban verdes. A continuación una camisa caqui con bolsillos. En invierno me pondría una camiseta debajo y una chupa militar verde encima, pero en verano no. Después venían mis pantalones de pana verde seguidos de mis botas Kickers de color gamuza con las etiquetas arrancadas, como toda la ropa que llevo, pues me niego a servir de anuncio ambulante para nadie. Las demás cosas, mi cazadora de combate, la navaja, las bolsas, el tirachinas y el resto del equipo, me lo llevé directamente a la cocina.

Seguía siendo muy temprano y estaba a punto de caer la lluvia que habían anunciado el día anterior. Tomé mi frugal desayuno y ya estaba preparado.

Salí a la fresca humedad de la mañana y me puse a caminar con paso vivo para mantener el calor y dar la vuelta a la isla antes de que empezara a llover. Las colinas que hay detrás del pueblo estaban ocultas tras las nubes, y el mar se iba encrespando a medida que refrescaba el viento. La hierba estaba cubierta de rocío; gruesas gotas de rocío doblaban las flores cerradas y se aferraban también a mis Postes de Sacrificio, como sangre transparente en las resecas cabezas y en los cuerpos desecados. En un momento dado cruzaron el cielo un par de aviones a reacción, dos Jaguars que pasaron ala con ala a unos cien metros de altura y acelerando, cruzando toda la isla en un abrir y cerrar de ojos en dirección al mar. Les eché una mirada furibunda y seguí mi camino. Dos años antes, un par de aviones como aquellos me hicieron saltar. Llegaron a una altura ilegalmente baja tras unas prácticas de bombardeo en el campo de tiro que hay justamente debajo del estuario, retumbando sobre la isla tan inesperadamente que pegué un salto cuando estaba enfrascado en la delicada operación de conseguir introducir en un frasco una avispa que había en el viejo tronco caído cerca del abandonado corral de ovejas al final de la isla. La avispa me picó.

Aquel día fui al pueblo, me compré un modelo del Jaguar en un kit de modelismo, lo construí aquella misma tarde y, siguiendo un ceremonial, procedí a volarlo en mil pedazos en el techo del Bunker con una pequeña bomba de tubo. Dos semanas después se estrelló un Jaguar en el mar a la altura de Nairn, aunque el piloto pudo salir expulsado a tiempo. Me gusta pensar que ya en aquel tiempo funcionaba el Poder, pero sospecho que solo fue una coincidencia; los aviones de combate a reacción se estrellan con tanta frecuencia que no era nada sorprendente que mi destrucción simbólica y su destrucción real ocurrieran con quince días de diferencia.

Me senté en el montículo de tierra que da a la Ensenada Enlodada y me comí una manzana. Me recliné sobre un árbol que, cuando joven, había sido el Asesino. Ahora había crecido y era un poco más alto que yo, pero cuando yo era un niño y teníamos la misma altura me sirvió de catapulta fija para defender cualquier acercamiento por el sur de la isla. Entonces, como ahora, el árbol se encontraba frente a la ancha ensenada y al lodo de color acerado por donde sobresalían los restos carcomidos de un viejo barco de pesca.

Tras la Historia del Viejo Saúl decidí emplear la catapulta para otras cosas y se convirtió en el Asesino; flagelo de hámsters, ratones y jerbos.

Recuerdo que podía lanzar una piedra del tamaño de un puño por encima de la ensenada y llegar a unos veinte metros en tierra firme, y cuando por fin me acostumbré al ritmo, podía disparar cada dos segundos. Podía acertar en cualquier sitio dentro de un ángulo de sesenta grados según la dirección en la que tirara del arbolito y cuánto lo doblara hacia el suelo. Nunca utilicé un animalito para disparar cada dos segundos; tan solo caían unos cuantos a la semana. Durante seis meses fui el mejor cliente de la tienda de animales de Porteneil, pues iba cada sábado a comprar un par de bichos, y aproximadamente cada mes iba a comprar una lata de volantes de badmington de la tienda de juguetes. No creo que nadie atara cabos y relacionara ambas cosas, excepto yo.

Lo que hacía tenía un fin concreto; como prácticamente casi todo lo que hago. Estaba buscando la calavera del Viejo Saul.

Lancé el corazón de la manzana a la ensenada; cayó en el lodo del último montículo con un satisfactorio sonido de chapoteo. Decidí que era hora de echarle un vistazo al Bunker y salí trotando del montículo, esquivando la duna más al sur hacia el viejo círculo de cemento. Me detuve para observar la playa. No parecía haber nada de interés, pero recordé la lección aprendida el día anterior, cuando me detuve a olisquear el aire y todo parecía en orden y, diez minutos más tarde, me encontraba luchando a brazo partido con un conejo kamikaze, así que descendí a paso ligero por la ladera de la duna hasta llegar a la hilera de desechos que arroja el mar.

Había una botella. Un enemigo de poca monta, y además vacía. Me acerqué a la orilla y lancé la botella al mar. Se quedó balanceándose cabeza arriba, a unos diez metros. La marea no había cubierto aún los guijarros, así que cogí unos cuantos y comencé a apedrear la botella. Estaba lo suficientemente cerca como para poder utilizar el método de lanzamiento rasante por debajo de la cintura y los guijarros que había escogido eran más o menos del mismo tamaño, así que mi puntería fue muy certera: cuatro tiros a distancia de salpicadura y un quinto que destrozó el cuello de la botella. Hay que admitir que era una pequeña victoria, porque la verdadera derrota de las botellas tuvo lugar hace ya mucho tiempo, al poco de aprender a tirar piedras, cuando por primera vez caí en la cuenta de que el mar era un enemigo. De vez en cuando seguía poniéndome a prueba, aunque yo no estaba dispuesto a tolerarle la menor intrusión en mi territorio.

La botella se hundió y volví a las dunas, subí a lo alto de la duna en donde se erguía el Bunker medio enterrado y eché una mirada alrededor con mis prismáticos. La costa aparecía despejada, aunque el tiempo no lo estaba. Bajé hasta el Bunker.

Hace años reparé la puerta metálica engrasando las herrumbrosas bisagras y enderezando las guías del pestillo. Saqué la llave del candado y abrí la puerta. En el interior me reencontré con el mismo olor a cera y a quemado. Cerré la puerta, la atranqué con una madera y me quedé quieto un rato, acostumbrando mis ojos a la penumbra y mi mente a la sensación de aquel lugar.

Al rato ya podía ver entre tinieblas con la luz que se filtraba a través de los sacos colgados tras las rendijas que conforman las únicas ventanas del Bunker. Me descolgué del hombro la bolsa y los prismáticos y los colgué en clavos hundidos en las desmoronadas paredes de cemento. Saqué la latita con cerillas y encendí las velas; se consumían con una luz amarillenta, y yo me arrodillé apretando los puños y pensando. Encontré el material de fabricación de velas en el armario que hay debajo de las escaleras hará unos cinco o seis años, y estuve experimentando con colores y consistencias durante meses antes de dar con la idea de utilizar la cera como una prisión para avispas. Entonces miré hacia arriba y vi la cabeza de una avispa asomando en lo alto de una vela que había en el altar. La vela recién encendida, de un rojo sangriento y gruesa como mi muñeca, contenía la inmóvil llama y la pequeña cabeza dentro de su caldera de cera, como piezas en un juego extraterrestre. Mientras miraba, la llama, que sobresalía un centímetro por detrás de la cabeza sumergida en cera, acabó liberando las antenas de aquel derretido y emergieron por un momento antes de prenderse y quemarse. La cabeza comenzó a humear al tiempo que la cera iba derritiéndose a su alrededor y, al poco, el humo se convirtió en llamas, y el cuerpo de la avispa, una segunda llama en aquel cráter, flameó y chisporroteó, incinerando al insecto desde la cabeza.

Encendí la vela que había dentro de la calavera del Viejo Saúl. Aquella esfera de hueso, hueca y amarillenta, fue la que mató a todas aquellas pequeñas criaturas que encontraron su muerte en el lodo del extremo más lejano de la ensenada. Observé la humeante llama en el interior de aquel recipiente en donde en otro tiempo estuvo el cerebro del perro y cerré los ojos. Vi de nuevo los Territorios del Conejo, y los cuerpos en llamas, saltando y corriendo. Volví ver a aquel que escapó de los Territorios y murió poco antes de llegar al arroyo. Vi el Destructor Negro y recordé su trágico final. Pensé en Eric, y me pregunté de qué estaría tratando de prevenirme la Fábrica.

Me vi a mí mismo, Frank L. Cauldhame, y me vi tal como debería haber sido; un hombre alto y delgado, fuerte y seguro de sí mismo, que iba abriéndose paso por el mundo con determinación y propósito. Abrí los ojos, tragué un nudo en la garganta y respiré hondo. Una fétida luz resplandecía por los agujeros de los ojos del Viejo Saúl. Las velas colocadas a ambos lados del altar oscilaban junto con la llama de la calavera por una corriente de aire.

Eché un vistazo al interior del Bunker. Las cabezas cortadas de gaviotas, conejos, cuervos, ratones, buhos, topos y lagartijas me miraban desde lo alto. Todas ellas colgaban de pedazos de cuerda negra suspendidas de cordeles tendidos de pared a pared, de una esquina a otra, y borrosas sombras iban apareciendo en las paredes detrás de ellas. Desde el pie de las paredes, sobre poyetes de madera o de piedra, o encima de botellas y latas que había desechado el mar, me observaba mi colección de calaveras. Los amarillentos huesos craneales de caballos, perros, pájaros, peces y carneros miraban de frente al Viejo Saúl, algunos con los picos o las mandíbulas abiertas, otros cerradas, con los dientes expuestos al aire como garras. A la derecha del altar de ladrillo, madera y cemento en donde estaban las velas y la calavera, se encontraban mis pequeños frascos de preciados fluidos; a la izquierda se erguía una alta estantería de cajoncitos de esos diseñados para guardar tornillos, arandelas, clavos y ganchos. En cada cajón, no mucho más grande que una caja de cerillas, había una avispa que había pasado por la Fábrica.

Alargué el brazo para coger una gran lata que tenía a mi derecha, abrí la tapa haciendo palanca con la navaja y utilicé una cucharilla que había en el interior para poner un poco de la mezcla de color blanco que había dentro en un platillo metálico colocado delante de la calavera del viejo perro. Después saqué el cadáver de avispa más antiguo de su pequeño cajón y lo arrojé sobre el montoncito de gránulos blancos. Volví a cerrar la tapa de la lata, metí el pequeño cajón de plástico en su sitio y encendí la pequeña pira con una cerilla.

La mezcla de azúcar y herbicida chisporroteó y refulgió; la intensa luz me deslumbre y nubes de humo se elevaron rodeando mi cabeza mientras aguantaba la respiración y se me humedecían los ojos. En un segundo se apagó la llamarada convirtiendo la mezcla y la avispa en un negro montón de restos llagados y cicatrizados enfriándose tras un intenso resplandor amarillo. Entorné los ojos para inspeccionar los restos, pero tan solo quedaba en mis ojos la última imagen, difuminándose como el brillo del platillo de metal. Después de danzar en mis retinas un tiempo, desapareció. Había esperado encontrar el rostro de Eric, o cualquier otra pista que me indicara lo que iba a pasar, pero no encontré nada.

Me recliné hacia delante, apagué de un soplo las velas de las avispas, primero las de la derecha y después las de la izquierda, y a continuación soplé por el agujero de un ojo y apagué la vela que había dentro de la calavera del perro. Seguía deslumbrado, pero llegué hasta la salida tanteando las paredes entre la oscuridad y el humo. Salí afuera y dejé que el humo y los gases escaparan al aire húmedo; espirales de color azul y gris surgieron a jirones de mi pelo y de mis ropas mientras permanecía allí quieto, respirando hondo. Cerré los ojos un momento y después volví al Bunker para arreglarlo un poco.

Cerré la puerta y eché el pestillo. Volví a casa a comer y me encontré a mi padre cortando maderos de la playa en el patio trasero.

—Un buen día —dijo, secándose el sudor de la frente. Era húmedo y no particularmente cálido, y él se había quitado la chaqueta.

—Hola —dije yo.

—¿Fue todo bien ayer?

—Todo bien.

—No volví hasta muy tarde.

—Ya estaba dormido.

—Ya pensé que te habrías dormido. Supongo que querrás comer algo. Si quieres, ya lo prepararé yo hoy.

—No, no te preocupes. Puedes seguir cortando leña ya que te has puesto. Ya preparo yo la comida. —Bajó el hacha y se restregó las manos contra los pantalones sin quitarme la vista—. ¿Todo tranquilo ayer?

—Oh, sí —asentí con la cabeza sin moverme de donde estaba.

—¿No pasó nada?

—Nada especial —le aseguré dejando mis cosas en el suelo y quitándome la chaqueta. Agarré el hacha—. De hecho todo estuvo demasiado tranquilo.

—Muy bien —dijo, aparentemente convencido, y se metió en la casa. Yo empecé a levantar el hacha para seguir partiendo leña.

Después de comer me fui al pueblo con Gravel, que es como llamo a mi bicicleta, y algún dinero. Le dije a mi padre que volvería antes de la cena. Cuando estaba a mitad de camino de Porteneil comenzó a llover, así que me detuve para ponerme el impermeable. Cayó un buen chaparrón pero conseguí llegar sin contratiempos. El pueblo se veía gris y vacío bajo la mortecina luz de la tarde; unos coches pasaban como una exhalación por la carretera que va al norte, algunos con las luces encendidas, haciendo que todo se tornara más tenebroso a su paso. Primero fui a la armería y ferretería a ver al viejo Mackenzie para comprarle otro de sus tirachinas americanos de caza y unos perdigones para la escopeta de aire comprimido.

—¿Y cómo estamos hoy jovencito?

—Muy bien, ¿y usted?

—Bah, voy tirando. Ya ves —me dijo moviendo lentamente su cabeza canosa de un lado a otro, con sus amarillentos ojos y cabellos bastante macilentos bajo la luz eléctrica de la tienda. Siempre nos decimos las mismas cosas. A menudo me quedo en la tienda más tiempo del previsto porque huele muy bien.

—¿Y cómo le va a ese tío tuyo? No lo he visto desde… bueno, hace tiempo.

—Muy bien.

—Vaya, me alegro, me alegro —dijo el señor Mackenzie entornando los ojos con una leve expresión forzada y asintiendo lentamente con la cabeza. Yo también moví la cabeza de arriba abajo y miré mi reloj.

—Bueno, tengo que irme —le dije, y comencé a retroceder mientras metía mi nuevo tirachinas en la mochila que llevaba a la espalda y guardaba los perdigones envueltos en papel de estraza en los bolsillos de mi cazadora de combate.

—Oh, bueno. Si te tienes que ir, te tienes que ir —dijo Mackenzie mirando al mostrador y asintiendo, como si estuviera inspeccionando las moscas, las bobinas y los reclamos para patos que tenía expuestos. Tomó un paño que había junto a la caja registradora y comenzó a pasarlo lentamente por la superficie, levantando la vista una sola vez antes de que yo saliera para decirme—: Bueno, adiós.

—Sí, adiós.

En el Café Firthview sito en un enclave en donde debió de tener lugar un terrible y localizado hundimiento de tierras desde que le pusieron ese nombre que anuncia vistas al estuario, pues para poder ver el agua debería tener al menos un piso más de altura— me tomé una taza de café y jugué una partida de Invasores del Espacio. Tenían una máquina nueva, pero después de jugar más o menos una libra ya lo dominaba y gané una nave espacial extra. Enseguida me aburrí y me senté con mi café.

Revise los carteles que colgaban de las paredes del café para ver si había alguna actividad interesante programada en los alrededores, pero aparte del Cine Club no había mucho más. Entre las películas anunciadas estaba El tambor de hojalata, pero ese era un libro que me regaló mi padre hacía tiempo, uno de los pocos regalos de verdad que me había hecho jamás, y por eso evité por todos los medios leerlo, al igual que hice con Myra Breckímidge, otro de sus ocasionales regalos. Por regla general mi padre me da el dinero que le pido y me deja que me compre lo que quiera. No creo que le interese mucho lo que yo haga: pero por otra parte tampoco me niega nada. Por lo que a mí respecta, tenemos una especie de acuerdo tácito por el cual yo me callo la boca en lo que se refiere a mi inexistencia oficial a cambio de poder hacer más o menos lo que me venga en gana en la isla y de poder comprarme más o menos lo que quiera en el pueblo. El único motivo de discusión que tuvimos recientemente fue debido a la moto que él prometió comprarme cuando fuera un poco mayor. Yo le sugerí que no sería mala idea comprármela a mitad del verano, porque así podría practicar antes de que llegara el mal tiempo, pero él pensaba que en esa época habría demasiados turistas por el pueblo y por las carreteras. Me da la impresión de que es una excusa para seguir aplazándolo; debe de tener miedo de que gane demasiada independencia, o a lo mejor teme simplemente que me mate como muchos otros jóvenes que se compran una moto. No sé; la verdad es que nunca he sabido si se compadece de mí. Ahora que pienso en ello, yo tampoco sé nunca hasta qué punto él me da pena.

Cuando me fui a la ciudad esperaba encontrarme con alguien conocido, pero la única gente que vi fue al viejo Mackenzie en la armería y ferretería y a la señora Stuart en el café, gorda y aburrida tras su mostrador de fórmica, leyendo una novelita romántica de la colección Mills & Boon. No es que yo conozca a mucha gente de todas formas; Jamie es mi único amigo de verdad, aunque por él he conocido a otra gente de mi edad a los que considero conocidos. El no haber ido a la escuela y el haber simulado que no pasé toda mi vida en la isla me ha supuesto no crecer con amigos de mi edad (excepto Eric, por supuesto, pero incluso él desaparecía largas temporadas), y en la época en que decidí aventurarme fuera de los límites de la isla y conocer a más gente, Eric se volvió loco y las cosas se pusieron un poco difíciles en el pueblo.

Las madres les decían a sus hijos que, o se portaban bien o vendría Eric Cauldhame a llevárselos y les haría cosas horribles con gusanos y larvas. Supongo que era inevitable que la historia acabara deformándose gradualmente y que llegaran a decirles a los niños que Eric les prendería fuego a ellos mismos, no solo a sus perros; y como también supongo que era inevitable, muchos niños empezaron a pensar que yo era Eric, o que hacía lo mismo que él. O tal vez sus padres adivinaron algo sobre Blyth, Paul y Esmerelda. En cualquier caso, lo que empezó a pasar fue que los niños salían corriendo al verme, o me gritaban palabrotas desde lejos, así que traté de pasar desapercibido y restringí mis visitas al pueblo al mínimo indispensable. Hasta hoy día sigo recibiendo esas extrañas miradas de niños, jóvenes y adultos, y sé de algunas madres que les dicen a sus hijos que se porten bien o «vendrá Frank y te llevará», pero no me importa. Puedo soportarlo.

Me subí a la bicicleta y volví a casa haciendo un poco el loco, atravesando charcos por el camino y cogiendo el Salto —un trecho en el que hay una gran bajada empinada en una duna y después una breve subida en donde no es difícil despegar del suelo— a unos cuarenta kilómetros por hora, aterrizando con un enlodado ruido seco y a punto de estrellarme contra las retamas pero deseando volver a abrir la boca con aquella misma sensación. Al final llegué sin contratiempos. Le dije a mi padre que estaba bien y que volvería para la cena en una hora aproximadamente, y me fui directamente a mi cobertizo a limpiar mi bicicleta, Gravel. Cuando terminé, me puse a fabricar unas cuantas bombas nuevas para reponer las que había utilizado el día anterior, y algunas más de repuesto. Encendí la vieja estufa eléctrica dentro del cobertizo, no tanto para calentarme yo mismo sino para prevenir que la mezcla, de alto nivel higroscópico, absorbiera humedad adicional del aire.

Lo que a mí me gustaría sería no tener que molestarme en venir del pueblo cargado con bolsas de azúcar de kilo y latas de herbicida para meterlo todo en tubos metálicos de conducción eléctrica que Jamie el enano me consigue del constructor para el que trabaja en Porteneil. Con un sótano lleno de cordita suficiente como para volar por los aires la mitad de la isla parece una pérdida de tiempo, pero mi padre no me deja acercarme allí abajo.

Fue su padre, Colin Cauldhame, quien consiguió la cordita en los desguaces de barcos que solía haber en la costa. Uno de nuestros parientes trabajaba allí y encontró un viejo barco de guerra con un polvorín aún cargado con el explosivo. Colin compró la cordita y la utilizó para encender la chimenea y la cocina. La cordita sirve para encender fuegos cuando no está comprimida. Colin compró suficiente cantidad como para que nunca faltara en la casa en los siguientes doscientos años aunque su hijo hubiera seguido utilizándola, así que quizá pensó en revenderla. Sé que mi padre la empleó durante un tiempo para encender la cocina, pero hace mucho que no la usa. Dios sabe cuánto quedará todavía allí abajo; he visto grandes montones de sacas y tardos que todavía llevan el sello de la Armada Real, y he soñado en mil maneras de llegar hasta ella, pero como no haga un túnel desde el cobertizo y saque la cordita por el fondo de manera que los fardos aparezcan intactos al entrar en el sótano, no veo ninguna otra forma de hacerlo. Mi padre inspecciona el sótano cada tres o cuatro semanas, baja nervioso escaleras abajo con una linterna, se pone a contar los fardos y a oler el aire, y revisa el termómetro y el higrómetro.

En el sótano se está bien y hace fresco, pero no hay humedad, a pesar de que debe de estar justo al nivel del mar, y mi padre parece saber lo que se trae entre manos, igual que parece seguro de que el explosivo no se ha vuelto inestable, pero yo creo que en realidad el asunto lo pone nervioso y que está así desde que ocurrió lo del Círculo de la Bomba. (Vuelvo a declararme culpable; también fue culpa mía. Mi segundo asesinato, por el cual me da la impresión de que algunos miembros de la familia empezaron a sospechar.) Si está tan asustado no entiendo por qué no se le ocurre deshacerse de ella. Pero la impresión que tengo es que él tiene su propias supersticiones sobre la cordita. Algo relacionado con un eslabón del pasado, o con un demonio maligno que nos acecha, un símbolo de todas las desgracias de la familia; esperando, quizá, sorprendernos a todos un día.

La cuestión es que no hay modo de entrar allí y por eso tengo que cargar con metros de tubería metálica desde el pueblo con sudores y fatiga, doblarla y cortarla y taladrarla y remacharle los bordes y volver a doblarla, luchando a brazo partido hasta que la mesa de trabajo y el cobertizo empiezan a crujir con mi esfuerzo. Supongo que se puede considerar un trabajo artesanal, y no cabe duda de que requiere cierta habilidad, pero a veces me aburre, y lo único que me consuela tras tanto doblarme y levantarme es pensar en el fin que tengo destinado para esos pequeños torpedos negros.

Dejé todo en orden, limpié el cobertizo tras mis actividades de fabricación de bombas y me fui a cenar.

—Están buscándolo —me dijo mi padre de repente, entre bocados de coles y pedazos de soja. Sus negros ojos destellaron frente a mí como dos negros tizones y, a continuación, volvió a bajar la mirada. Yo le di un trago a mi última cerveza recién salida. La nueva remesa de cerveza casera sabía mejor que la última, y más fuerte.

—¿Eric?

—Sí, Eric. Lo están buscando en los páramos.

—¿En los páramos?

—Creen que puede estar en los páramos.

—Sí claro, eso explicaría que lo estén buscando allí.

—Por supuesto —dijo mi padre asintiendo con la cabeza—. ¿Por qué estás tarareando?

Yo me aclaré la garganta y seguí comiéndome mis hamburguesas como si no lo hubiera oído.

—Se me ha ocurrido… —comenzó a decir, sin dejar de llevarse a la boca cucharadas de aquel revoltijo verde-marronaceo y de masticarlas durante mucho tiempo. Me quedé esperando para ver si acababa de oír lo que iba a decirme. Dejó la cuchara en el aire, como apuntando hacia algún lugar en lo alto, y dijo—: ¿qué extensión dirías que tiene el cable del teléfono?

—¿Flojo o estirado? —solté yo sin pensármelo dos veces y dejando el vaso de cerveza en la mesa. Él gruñó y no dijo nada más, dedicándose a su plato de comida, aparentemente apaciguado, aunque no satisfecho. Yo bebí un trago.

—¿Hay algo especial que quieres que te encargue en el pueblo? —me preguntó finalmente mientras se enjuagaba la boca con zumo de naranja natural. Yo moví la cabeza de un lado a otro y bebí cerveza.

—No. Lo de siempre —contesté encogiéndome de hombros.

—Puré de patatas en polvo y hamburguesas congeladas y azúcar y pastel de frutas y especias picadas y copos de maíz y porquería de esa, supongo. —Mi padre esbozó una maliciosa sonrisa, a pesar de que lo dijo sin ningún retintín.

Yo asentí con la cabeza.

—Sí, con eso está bien. Ya sabes lo que me gusta.

—No comes una dieta sana. Debería ser más estricto contigo.

Yo no dije nada, pero seguí comiendo lentamente. Estaba seguro de que mi padre me estaba observando desde el otro extremo de la mesa, dando un gran trago de su zumo sin quitar la vista de mi cabeza, que estaba inclinada sobre mi plato.

Sacudió la cabeza y se levantó de la mesa llevándose su plato al fregadero para enjuagarlo.

—¿Vas a salir hoy? —me preguntó mientras abría el grifo.

—No. Hoy me quedaré. Salgo mañana por la noche.

—Espero que no acabes borracho como una cuba otra vez. Una noche de estas te van a arrestar y entonces… ¿qué va a ser de nosotros? —Me echó una mirada—. ¿Eh?

—Yo no voy por ahí emborrachándome como una cuba —le aseguré—. Simplemente me tomo un trago o dos para ser más sociable, y ya está.

—Pues cuando vuelves a casa armas demasiado follón para ser alguien que solo quiere ser sociable, y lo sabes muy bien. —Me dirigió otra de sus miradas sombrías y volvió a sentarse.

Yo me encogí de hombros. Por supuesto que me emborracho. ¿De qué sirve beber si no te emborrachas? Pero voy con cuidado; no quiero meterme en líos.

—Bueno, pues haz el favor de tener cuidado. Siempre sé cuanto has bebido por tus pedos. —Bufó, como imitando uno de ellos.

Mi padre tiene una teoría sobre la conexión entre la mente y la barriga que, según él, es una conexión crucial y directa. Es otra de esas ideas suyas que trata de venderle a la gente; ya tiene un manuscrito sobre el tema («El arte del pedo») que también manda de vez en cuando a editores de Londres y que ellos, como es de esperar, le devuelven a vuelta de correo. En su tratado afirma, con variados argumentos, que a partir de los pedos puede deducir, no solo lo que la gente ha comido o bebido, sino de qué clase de persona se trata, lo que debería beber o comer, si se encuentra en estado de inestabilidad emocional o contrariada, si guarda secretos, si se está riendo de ti a tus espaldas o si está tratando de congraciarse contigo, e incluso lo que está pensando en el preciso momento en que suelta el pedo (y todo ello básicamente por el sonido). Una estupidez de cabo a rabo.

—Humm —dije yo con el último bocado, reclinándome en mi asiento y limpiándome la boca con el dorso de la mano, más que nada para molestarlo. Él continuó moviendo la cabeza de arriba abajo.

—Sé con certeza cuando te has tomado una cerveza oscura o una lager clara. Y puedo afirmar que he llegado a oler Guinness que en alguna ocasión has expelido.

—Yo no bebo Guinness —dije mintiéndole, verdaderamente impresionado—. Tengo miedo de coger garganta de atleta.

Aquel ingenioso chiste no pareció pescarlo pues, sin detenerse, continuó:

—Eso es tirar el dinero, ya sabes. No creas que voy a costear tu alcoholismo.

—Vamos, no digas tonterías —le dije levantándome.

—Sé muy bien de lo que estoy hablando. He visto hombres mejores que tú pensar que podían controlar la bebida y que ha acabado en un estercolero puliéndose una botella de licor estomacal.

Si aquella última ocurrencia estaba destinada a golpearme por debajo de la cintura, no lo consiguió; lo de «hombres mejores que tú» lo tenía ya muy manido desde hacía tiempo.

—Bueno, es mi vida, ¿no? —le dije poniendo mi plato en el fregadero y saliendo de la cocina. Mi padre no dijo nada.

Aquella noche miré la televisión, me dediqué a poner papeles en orden, a corregir los mapas para añadir la recién bautizada colina del Destructor Negro, a escribir una breve descripción de lo que había hecho con los conejos y dejar constancia escrita tanto de los efectos de las bombas que había empleado como de la calidad de la última remesa. Decidí que a partir de entonces llevaría siempre la Polaroid en la Mochila de Guerra; en el caso de expediciones punitivas de bajo riesgo, como la acometida contra los conejos, compensaría de sobra el peso adicional de la cámara y el tiempo empleado en utilizarla. Pero está claro que para acciones verdaderamente diabólicas la Mochila de Guerra tiene que ir muy ligera, y llevar la cámara significaría un riesgo, aunque desde hace dos años no he tenido ninguna amenaza real, desde la época en que algunos chicos mayores del pueblo se dedicaron a meterse conmigo en Porteneil y a tenderme emboscadas en el camino.

Durante un tiempo pensé que la situación llegaría a ser insoportable, pero ellos no continuaron con las hostilidades tal como yo creía. Una vez, cuando me pararon en el camino con mi bicicleta y me empujaron para pedirme dinero, los amenacé con mi navaja. Aquella vez se retiraron, pero unos días después intentaron invadir la isla. Los mantuve a raya con bolitas de acero y piedras, y ellos respondieron con sus escopetas de aire comprimido, y durante un rato resultó bastante emocionante, pero entonces llegó la señora Clamp con el correo semanal y nos amenazó a todos con llamar a la policía, y después de insultarla, se fueron.

Fue entonces cuando inicié mi sistema de zulos, construyendo depósitos de aprovisionamiento de bolas de acero, piedras, tuercas y plomos de pesca enterrados en cajas en diferentes puntos estratégicos de la isla. También coloqué trampas de lazo y cables atados a botellas de cristal para tropezar, entre la hierba o en las dunas que hay sobre la ensenada, de modo que si alguien quisiera husmear acabaría cazándose a sí mismo o sacando la botella de su agujero en la tierra y rompiéndola contra una piedra. Las siguientes dos noches me quedé sentado, asomando la cabeza por el tragaluz trasero del desván, con los oídos atentos a cualquier tintineo de cristal rompiéndose o a interjecciones apagadas, o a la más común señal de pájaros que levantan el vuelo, pero no pasó nada. Lo que hice fue evitar durante un tiempo encontrarme con los muchachos por el pueblo, yendo únicamente con mi padre o en las horas que sabía que estaban en el colegio.

El sistema de zulos aún pervive, y hasta he añadido un par de bombas de gasolina a uno o dos de los depósitos secretos que se encuentran en una posible vía de ataque donde todavía están las botellas que se romperían pero en donde he desmantelado las trampas de lazo para llevármelas al cobertizo. Mi Manual de Defensa, que contiene cosas como mapas de la isla con la localización de los zulos marcados, probables rutas de ataque, un resumen de tácticas y una lista de las armas que tengo o podría tener, incluye en esta última categoría bastantes cosas desagradables, como cables para tropezar y trampas de lazo preparadas para la anchura de un cuerpo, sin contar con las botellas rotas medio enterradas boca arriba bajo la hierba, minas de detonación electrónica fabricadas con bombas de tubería y clavos pequeños, todas ellas enterradas en la arena, y algunas armas secretas interesantes, aunque improbables, como frisbees con cuchillas sujetas a sus bordes.

No es que quiera matar a nadie, pues todo esto tiene un carácter más defensivo que ofensivo, y hace que me sienta mucho más seguro. Pronto tendré dinero para una ballesta verdaderamente potente, que es algo que estoy deseando tener hace ya mucho tiempo; sería una buena compensación, ya que nunca he logrado convencer a mi padre de que me compre un rifle o una escopeta de repetición, que me vendría de maravilla de vez en cuando. Tengo mis tirachinas y mis hondas y la escopeta de aire comprimido, y todos ellos pueden resultar letales en las circunstancias oportunas, pero no tienen el poder de tiro a largo alcance que yo deseo. Con las bombas de tubería pasa lo mismo. Se tienen que colocar en el lugar preciso, o como mucho lanzarlas al objetivo, y hasta aquellas que se pueden lanzar con la honda —fabricadas del tamaño apropiado para tal efecto— resultan poco precisas y lentas. También se me pasan por la cabeza cosas horribles que pueden ocurrir empleando la honda; las bombas de honda tienen que llevar una mecha muy corta para que detonen al poco de llegar al blanco y no te las puedan lanzar de vuelta, y ya me he salvado un par de veces por los pelos con un par de ellas que detonaron cuando acababan de salir de la honda.

He experimentado con armas, por supuesto, tanto con armas de lanzamiento de proyectiles como con morteros caseros que pueden alojar una bomba de honda, pero eran muy rudimentarias, peligrosas y lentas, y con bastante tendencia a explotar.

Una escopeta de repetición sería ideal, aunque yo me conformaría con un rifle del 22, pero una ballesta me haría el apaño. Quizá algún día pueda ingeniarme algún modo de sortear mi inexistencia oficial y solicitar yo mismo una pistola, aunque en tal caso, y considerando todas las cosas, tal vez no me concederían la licencia. Ah, si estuviera en América, pienso a veces.

Estaba introduciendo en el registro las bombas de gasolina, que llevaba un tiempo sin inspeccionar para comprobar la evaporación, cuando sonó el teléfono. Miré mi reloj, sorprendido por lo tarde que era: casi las once. Corrí escaleras abajo hasta el teléfono y pude oír a mi padre saliendo de su habitación cuando pasé por delante.

—Porterieil 531. —Sonaron unos pitidos.

—Jódete. Frank, tengo ampollas en los pies de tanto andar. ¿Cómo está mi pequeño rufián?

Miré el auricular, después alcé la vista hasta mi padre, que estaba apoyado en la barandilla de la escalera en el piso de arriba remetiéndose la camisa de su pijama en los pantalones. Contesté al teléfono:

—¿Sí.Jamie, qué haces llamándome tan tarde?

—¿Cómo…? Ah, tienes al viejo a tu lado, ¿no? — dijo Eric—. Dile que es una pústula de pus efervescente, de mi parte.

—Jamie te manda recuerdos —le dije en voz alta a mi padre, que se dio la vuelta y regresó a su habitación. Oí cómo se cerraba la puerta. Volví a ponerme al teléfono—. Eric, ¿en dónde estás ahora?

—Ah, mierda, no pienso decírtelo. Adivínalo.

—Bueno. Pues no tengo ni idea… ¿Glasgow?

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —se desternillaba Eric. Yo apreté el plástico del teléfono con todas mis fuerzas.

—¿Cómo estás? ¿Estás bien?

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Fenomenal. Dime, ¿cómo estás comiendo? ¿Tienes dinero? ¿Haces auto-stop, o qué? Te están buscando, ya sabes, pero todavía no ha salido nada en las noticias. No habrás… —me contuve antes de decir algo que considerara una alusión directa.

—Estoy bien. ¡Me como perros! ¡Je, je, je!

Yo refunfuñé.

—Oh, vaya, ¿no me digas?

—¿Qué voy a comer si no? Es fabuloso, mi pequeño Frankie; no salgo de los campos y los bosques y camino mucho y hago auto-stop y cuando llego cerca de un pueblo busco un perro rollizo y jugoso y me hago amigo de él y me lo llevo al bosque y después lo mato y me lo como. ¿Hay algo más fácil? Me encanta la vida al aire libre.

—Pero los asas, ¿no?

—Pues claro que los aso, no seas jodido —dijo Eric indignado—. ¿Por quién me tomas?

—¿Y eso es lo único que comes?

—No. También robo cosas. Hurto en las tiendas. Es tan fácil… Robo cosas que no puedo comerme, solo por joder. Cosas como tampones y plástico para forrar armarios de cocina y bolsas de patatas fritas tamaño familiar y cien palillos para cóctel y doce velitas para tartas de cumpleaños de colores variados y marcos de fotografías y fundas para el volante del automóvil de piel falsa y barras para toallas y suavizante para lavadora y ambientadores de doble acción para acabar con esos olores que impregnan la cocina y lindas cajitas para guardar fruslerías y paquetes de cintas de audio y tapones de gasolina bloqueables para el coche y líquido para limpiar discos y agendas de teléfonos revistas para adelgazar agarradores para cazos calientes paquetes de etiquetas con nombres pestañas artificiales cajas de maquillaje mezcla anti-tabaco relojes de juguete…

—¿No te gustan las patatas fritas? —le interrumpí rápidamente.

—¿Cómo? —Sonaba confundido.

—Has mencionado bolsas de patatas fritas tamaño familiar como algo que no te comerías.

—Por el amor de Dios, Frank, ¿acaso consideras las bolsas de patatas fritas tamaño familiar como algo que tú puedes comer?

—¿Y cómo te mantienes? —dije rápidamente—. Me refiero a que debes de estar durmiendo al relente. ¿No irás a coger un resfriado o algo así?

—No duermo.

—¿Cómo que no duermes?

—Por supuesto que no. Uno no necesita dormir. Eso es simplemente un rollo que te cuentan para mantenerte controlado. Nadie necesita dormir; te enseñan a dormir cuando eres un niño. Si tienes suficiente fuerza de voluntad puedes superarlo. Yo he superado la necesidad de dormir. Ahora nunca duermo. Así resulta mucho más fácil mantenerte alerta y estar seguro de que nadie te va a saltar encima, y también puedes seguir avanzando. No hay nada como seguir avanzando. Te conviertes en una cabra.

—¿En una cabra? —Ahora sí que estaba confundido.

—Deja de repetir lo que digo, Frank —le oí poner más monedas en el teléfono público—. Ya te enseñaré a no dormir cuando vuelva.

—Gracias. ¿Cuándo crees que llegarás?

—Tarde o temprano. ¡Ja, ja, ja, ja!

—Oye, Eric, ¿por qué estás comiéndote perros si puedes robar todas esas cosas?

—Ya te lo he dicho, imbécil; esas cosas no se pueden comer.

—Pero entonces, ¿por qué no robas cosas que puedas comer en lugar de robar cosas que no puedes comer y dejas en paz a los perros? —le sugerí. Ya sabía yo que no era una buena idea; podía oír el tono de mi voz elevándose cada vez más a medida que iba pronunciando la frase, y aquello siempre era una señal de que me estaba metiendo en alguna clase de lío verbal.

Eric se puso a gritar:

—¿Estás loco? ¿Qué pasa contigo? ¿Qué estás insinuando? Son perros, ¿no? Como si fuera por ahí matando gatos o ratoncillos o pececitos de colores o cosas así… ¡Estoy hablando de perros, majadero! ¡De perros!

—No tienes por qué gritarme —le dije en tono moderado, a pesar de que estaba empezando a enfadarme—. Solo te preguntaba por qué malgastas tiempo robando cosas que no te puedes comer y después malgastas aún más tiempo robando perros cuando podrías robar y comer al mismo tiempo, según parece.

—¿«Según parece»? ¿«Según parece»? ¿Qué coño estás farfullando? —gritó Eric, con su voz estrangulada, como chillona y de contralto.

—Venga, no empieces a gritar —le dije en tono de queja, llevándome la otra mano a la frente, pasándomela por el pelo y cerrando los ojos.

—¡Gritaré todo lo que quiera! —gritó Eric—. ¿Por qué crees que estoy haciendo todo esto? ¿Eh? ¿Por qué coño crees que estoy haciendo todo esto? ¡Se trata de perros, pequeño descerebrado de mierda! ¿Es que no te queda cerebro? ¿Qué ha pasado con el cerebro que te quedaba, pequeño Frankie? ¿El gato se te comió la lengua? ¡Te he preguntado que si el gato se te comió la lengua!

—No empieces a aporrear el… —dije, aunque en realidad ya me había apartado el teléfono de la cara.

—¡Eeeeeeaaarrrggghhh Bllleeeaarrrgggrrllleeeooouurrgghh! —Eric escupió y se atragantó a través de la línea telefónica y a continuación siguió el ruido que hacían los golpes del auricular contra las paredes de la cabina. Suspiré y volví a colocar el auricular en su sitio con la máxima delicadeza. Al parecer me resultaba imposible tratar a Eric por teléfono.

Volví a mi cuarto e intenté olvidar lo de mi hermano; quería irme pronto a la cama para poder levantarme a tiempo para la ceremonia de bautizo del nuevo tirachinas. Ya pensaría en otra manera mejor de tratar a Eric cuando me quitara eso de encima.

…Como una cabra; ni que lo digas. Vaya lunático.

4. EL CÍRCULO DE LA BOMBA

A menudo he pensado en mí mismo como un estado; un país o, como mínimo, una ciudad. Solía parecerme que los diferentes modos en que consideraba las ideas, las decisiones que debía tomar, etcétera, eran como los diferentes estados de ánimo políticos por los que pasan los países. Siempre me ha parecido que la gente vota el cambio por un nuevo gobierno no porque estén de acuerdo con sus ideas políticas, sino porque simplemente desean un cambio. Creen de algún modo que las cosas irán mejor con la nueva remesa de políticos. Bueno, la gente es tonta, pero todo parece tener que ver más con el humor, el capricho y el ambiente que se respira que con una decisión sopesada cuidadosamente. Yo puedo sentir lo mismo en mi cabeza. A veces los pensamientos y las sensaciones que he tenido no concuerdan verdaderamente entre ellos, así que decidí que debía de haber gente diferente en mi cerebro.

Por ejemplo, siempre ha habido una parte de mí que se siente culpable por haber matado a Blyth, a Paul y a Esmerelda. Esa misma parte de mí se siente ahora culpable por haberme vengado en conejos inocentes por culpa de un macho bravucón. Pero yo lo comparo con un partido de oposición en el parlamento, o con una prensa crítica con el gobierno, que actúan como una conciencia y como un freno, pero sin estar en el poder y sin visos de conseguirlo. Otra parte de mí es racista, probablemente porque apenas me he encontrado con gente de color y todo lo que sé de ellos es lo que leo en los periódicos y lo que veo en la televisión, donde suelen hablar de los negros en plural y de que se presume su inocencia hasta que no se pruebe su culpabilidad. Esta parte de mi sigue teniendo bastante fuerza, aunque yo sé muy bien que no hay una razón lógica para el odio de razas. Cuando veo gente de color en Porteneil, comprando souvenirs o deteniéndose a tomar algo, siempre espero que me pregunten algo para así poder demostrarles lo educado que soy y probar que mis razonamientos son más poderosos que mis instintos naturales, o que mi educación.

Y, sin embargo, por la misma razón no había necesidad de vengarse con los conejos. Nunca es necesario vengarse, ni siquiera en el mundo de verdad. Yo creo que los ajustes de cuentas contra gente que solo está relacionada lejana o circunstancialmente con los que han obrado mal contra otros, solo sirven para que los que se toman la venganza por su cuenta se sientan mejor. Como la pena de muerte, la pides porque hace que tú te sientas mejor, no porque sirva para disuadir ni tonterías por el estilo.

Al menos los conejos no sabrán nunca que Frank Cauldhame hizo lo que hizo con ellos, a diferencia de las comunidades humanas, que terminan enterándose de lo que les hicieron los malos, consiguiendo que la venganza acabe teniendo el efecto contrario del que se perseguía, instigando la resistencia en lugar de aplastarla. Por lo menos admito que todo eso lo hago para inflar mi ego, para recuperar mi orgullo y darme gusto, no para salvar un país, ni para establecer la justicia, ni para honrar la memoria de los muertos.

De modo que había partes de mí que contemplaban la ceremonia de bautizo del tirachinas con cierto regocijo y hasta desprecio. Es como si en ese estado que tengo en mi cabeza hubieran intelectuales que se burlaran de la religión y al mismo tiempo se reconocieran incapaces de negar el efecto que tiene sobre las masas. En la ceremonia unté el metal, el plástico y la goma del nuevo tirachinas con cera de oídos, mocos, sangre, orina, pelusa de ombligo y queso de uña del dedo gordo, y lo bauticé disparando el tirador de goma vacío hacia una avispa sin alas que estaba subiendo por la esfera de la Fábrica, y también disparé contra mi pie desnudo y me hice un moretón.

Ciertas partes de mí mismo pensaban que todo aquello era una tontería, pero eran una minoría insignificante. El resto de mí sabía que ese tipo de cosas funcionaban. Me conferían poder, hacían que formara parte de las cosas que poseo y del lugar donde vivo. Me hacen sentir bien.

Encontré una fotografía de Paul cuando era un bebé en uno de los álbumes de fotos que conservaba en el desván y, tras la ceremonia, escribí el nombre del nuevo tirachinas en el dorso de la fotografía, la envolví alrededor de una bolita de acero y la aseguré con cinta adhesiva; a continuación salí del desván y de la casa a la fría llovizna de un nuevo día.

Llegué hasta el final agrietado de la vieja rampa que hay en el extremo norte de la isla. Estiré la goma del tirachinas casi hasta el máximo y lancé la bola de cojinete y la fotografía, siseando y dando vueltas, mar adentro. Ni siquiera la vi salpicar en el agua.

El tirachinas estará seguro mientras nadie sepa su nombre. Hay que reconocer que eso no le sirvió de nada al Destructor Negro, pero su muerte se debió a que yo cometí un error, y mi poder tiene tanta fuerza que, cuando extravía su rumbo (lo cual ocurre muy raramente, pero ocurre) hasta las cosas que he investido con un gran poder de protección, se vuelven vulnerables. Sentí de nuevo, en mi cabeza-estado, la rabia por haber llegado a cometer un error como aquel, y la determinación de que no volvería a ocurrir. Era como si a un general que ha perdido una batalla o algún territorio importante le abrieran un expediente disciplinario o fuera fusilado.

Bueno, yo ya había hecho todo lo que estaba en mi mano para proteger el nuevo tirachinas y, aunque sentía mucho que lo que me ocurrió en los Territorios del Conejo me hubiera costado un arma fiel, con tantos honores de guerra a su nombre (sin mencionar una suma importante que desaparecía del presupuesto de Defensa), pensé que quizá todo lo que había ocurrido había sido para bien. La parte de mí que cometió el error con el macho, dejándole que me sorprendiera por un momento con la guardia baja, podría seguir acechándome si no fuera porque aquella prueba del ácido la encontró. El incompetente, o mal aconsejado general, había sido expulsado. El regreso de Eric podría requerir que todas mis reacciones y poderes se encontraran en su mejor forma y eficacia.

Todavía era muy temprano y, aunque la niebla y la llovizna deberían haberme dejado un poco melancólico, seguía con buen ánimo y con confianza para llevar a cabo la ceremonia de bautizo.

Me apetecía una Carrera, así que dejé mi chaqueta cerca del Poste donde me encontraba el día en que llegó Diggs con la noticia y me encajé el tirachinas entre el cinturón y los pantalones de pana. Tras comprobar que tenía los calcetines estirados y sin arrugas, me apreté los cordones de las botas con tensión de carrera y me puse a trotar a paso lento hasta la franja de arena dura que hay entre la línea de algas de dos mareas. La llovizna iba y venía, y el sol se veía de vez en cuando a través de la niebla y las nubes, como si fuera un disco rojo y nebuloso. Soplaba un suave viento que venía del norte y giré hacia aquella dirección. Poco a poco fui aumentando el ritmo hasta conseguir una carrera regular de grandes pasos que pusieron a trabajar mis pulmones adecuadamente y activaron mis piernas. Mis brazos, con los puños cerrados, se movían con un ritmo fluido, enviando hacia delante primero un hombro y después el otro. Respiraba profundamente, pisando la arena con firmeza. Llegué a los trechos entrelazados del río que acaban desembocando en la arena, y ajusté mi paso para ir sorteando los pequeños canales sin mojarme, saltándolos de uno en uno. Una vez superados, bajé la cabeza e incrementé la velocidad. Mi cabeza y mis puños cortaban el aire, mis pies flexionados se agitaban, se agarraban a la arena y me impulsaban.

El aire me azotaba y breves rachas de viento con lluvia me salpicaban la cara. Mis pulmones explosionaban e implosionaban, explosionaban e implosionaban; plumas de arena mojada salían despedidas volando de mis talones: se alzaban a mi paso, caían trazando pequeñas curvas y salpicaban mientras yo me alejaba corriendo. Levanté la cara y eché la cabeza para atrás, descubriendo mi cuello al viento, como un amante, y a la lluvia, como una ofrenda. Mi respiración me raspaba en la garganta y el leve aturdimiento que había empezado a sentir poco antes debido a la hiperventilación se fue desvaneciendo cuando mis músculos empezaron a aprovechar el flujo adicional de energía que bombeaba mi sangre. De un impulso incrementé la velocidad mientras la zigzagueante línea de algas y maderas viejas y latas y botellas se deslizaba junto a mí; me sentí como una cuenta en un collar que fuera lanzado al aire ensartado en su bramante, absorbida por la garganta, los pulmones y las piernas, como un continuado salto en el aire de fluyente energía. Mantuve aquel acelerón final tanto como pude; después, cuando sentí que comenzaba a perderlo, me relajé y volví a correr simplemente rápido por un rato.

Seguí acometiendo, cruzando la arena, dejando que las dunas a mi izquierda se fueran desplazando como graderías en un hipódromo de carreras. Frente a mí podía distinguir el Círculo de la Bomba, donde debería detenerme o girar. Volví a acelerar, bajando la cabeza y gritándome interiormente a mí mismo, gritando mentalmente, utilizando mi voz como una prensa que se atornillaba comprimiéndose cada vez más hasta exprimir un último esfuerzo de mis piernas. Volé por encima de la arena, con el cuerpo inclinado demencialmente hacia delante, con los pulmones a punto de explotar y las piernas retumbando.

Aquel momento pasó y fui deteniéndome lentamente, reduciendo la carrera a un trote a medida que me aproximaba al Círculo de la Bomba, a donde casi llegué tambaleante para desplomarme en la arena de su interior y me quedé allí tendido, jadeante, exhausto, resollando, de cara al cielo gris y a la invisible llovizna, abierto de brazos y piernas en aquel círculo rodeado de rocas. Mi pecho subía y bajaba, mi corazón palpitaba dentro de su jaula. Un monótono zumbido me inundaba los oídos y todo mi cuerpo me cosquilleaba y retumbaba. Los músculos de las piernas parecían pasar por una especie de aturdimiento debido a la trepidante tensión soportada. Dejé caer la cabeza a un lado y apoyé la mejilla contra la húmeda arena fría.

Me pregunté qué se sentiría al morir.

El Círculo de la Bomba, la pierna de mi padre y su bastón, quizá su negativa a comprarme una moto, las velas en la calavera, los innumerables ratones y hamsters muertos: de todo ello tiene la culpa Agnes, mi madre y segunda mujer de mi padre.

No puedo recordar a mi madre porque si pudiera hacerlo la odiaría. Así las cosas, lo que odio es su nombre, su idea. Ella fue la que dejó que los Stove se llevaran a Eric a Belfast, que lo apartaran de la isla, de todo lo que él conocía. Pensaron que mi padre era un mal padre porque vestía a Eric con ropas de niña y lo dejaba suelto, y mi madre les permitió que se lo llevaran porque no le gustaban los niños en general, y Eric en particular; pensaba que, de alguna manera, afectaba negativamente su karma. Probablemente esa misma aversión a los niños la llevó a abandonarme tras mi nacimiento, y también la hizo volver en aquella única y fatídica ocasión en que acabó siendo parcialmente responsable de mi pequeño accidente. Si se considera todo en conjunto, yo creo que tengo razones más que suficientes para odiarla. Estaba tendido allí, en el Círculo de la Bomba, donde maté a su otro hijo, y tenía la esperanza de que ella también estuviera muerta.

Regresé a carrera lenta, resplandeciente de energía y sintiéndome incluso mejor que antes de comenzar la Carrera.Ya estaba deseando salir aquella noche: unas copas, una charla con Jamie, mi amigo, y un poco de música de gente sudorosa con pendientes en las orejas en el Arms. Di una pequeña carrerilla final, solo para sacudir la cabeza mientras corría y quitarme la arena que tenía en el pelo, y a continuación me relajé y volví a mi ritmo de trote.

Las rocas del Círculo de la Bomba me suelen dejar pensativo y esta vez no fue una excepción, especialmente si se considera el modo en que me tendí entre ellas, como un Cristo o algo así, abierto al cielo, soñando en la muerte. Bueno, Paul se fue al otro mundo en un abrir y cerrar de ojos; en aquella ocasión fui bastante humano. Blyth tuvo bastante tiempo para darse cuenta de lo que le estaba pasando, pegando saltos por el Parque de la Serpiente mientras la frenética y rabiosa víbora le mordía el muñón con saña, y la pequeña Esmerelda debió de tener algún atisbo de lo que le iba a ocurrir cuando se fue elevando con el viento.

Mi hermano Paul tenía cinco años cuando lo maté. Yo tenía ocho. Más de dos años después de haber substraído a Blyth de este mundo con la ayuda de una víbora encontré una oportunidad para deshacerme de Paul. No es que le tuviera una inquina personal; fue simplemente porque sabía que no podía quedarse. Sabía que no podría librarme del perro hasta que no desapareciera él (el pobre bienintencionado y brillante pero ignorante Eric seguía pensando que no había sido yo, y no podía decirle por qué sabía que sí).

Paul y yo salimos a dar un paseo por la arena de la playa en dirección al norte un luminoso día de otoño, después de una feroz tormenta que había caído la noche anterior despegando tablas del tejado de la casa, arrancando de raíz uno de los árboles que había junto al viejo corral de las ovejas y hasta rompiendo uno de los cables de suspensión del puente de madera. Padre hizo que Eric le ayudara con la limpieza y las reparaciones mientras Paul y yo nos escabullimos de su lado.

Siempre me llevé bien con Paul. Quizá porque desde muy pequeño supe que él no iba a durar mucho en este mundo, intenté que su estancia aquí fuera lo más agradable posible, y acabé tratándolo mucho mejor que la mayoría de los muchachos que tienen hermanos menores.

En cuanto llegamos al río que marca el final de la isla vimos que la tormenta había cambiado muchas cosas; el río había crecido tremendamente, socavando inmensos canales en la arena, haciendo que surgieran enormes torrenteras de agua marrón por todas partes y arrancando grandes pedazos de arena de los terraplenes. Tuvimos que caminar muy pegados a la orilla del agua en el límite de la marea baja para poder cruzar. Continuamos avanzando, yo agarrando a Paul de la mano, sin malicia alguna en mi corazón. Paul iba tarareando y haciéndome preguntas de esas que hacen los niños pequeños, como por ejemplo por qué el viento de una tormenta no se llevaba a los pájaros, y por qué el mar no rebosaba de agua cuando el río iba tan crecido.

Mientras caminábamos por la arena en aquella quietud, mirando las cosas interesantes que había arrojado la marea, la playa fue desapareciendo gradualmente. Donde la arena se extendía antes como una interminable línea dorada hacia el horizonte, ahora se veía una mayor extensión de suelo rocoso expuesto a la intemperie que aumentaba mientras más de lejos se mirara, hasta un punto en que las dunas parecían enfrentarse a una playa de pura roca. La tormenta había barrido toda la arena por la noche, comenzando justo después del río y continuando más allá de lugares a los que ni siquiera había puesto nombres o que no había visto jamás. Era una vista impresionante que al principio me asustó porque era un cambio muy drástico y me preocupaba que eso mismo pudiera ocurrirle a la isla algún día. Sin embargo recordé que mi padre me había contado que ese tipo de cosas habían ocurrido en el pasado y que la arena acababa volviendo en las semanas y meses siguientes.

Paul se divirtió mucho corriendo y saltando de roca en roca y tirando piedras a los charcos que se habían formado.

Los charcos entre las rocas eran una novedad para él. Seguimos avanzando por la playa y encontrando interesantes muestras de pecios de barcos hasta llegar a lo que yo pensé eran los restos herrumbrosos de un tanque de agua o una canoa medio enterrada. Se elevaba desde un montículo de arena, proyectándose en un ángulo muy empinado, sobresaliendo como un metro y medio de la playa. Paul intentaba agarrar peces en un charco mientras yo observaba aquella cosa.

Toqué el lado de aquel cilindro ahusado con expectación, sintiendo algo muy calmado y muy intenso, sin saber por qué. Después retrocedí y volví a mirarlo. Su forma me pareció clara y entonces pude adivinar aproximadamente qué parte de aquello seguía enterrado bajo la arena. Era una bomba, enterrada por la cola.

Volví hacia ella lentamente y comencé a acariciarla con ternura, haciendo con la boca sonidos tranquilizadores, como si fuera un niño dormido. Con la descomposición, ahora su color era rojo de óxido y negro, olía desagradablemente a humedad y proyectaba la sombra de un proyectil. Seguí la línea de la sombra por la arena, por encima de las rocas, y me encontré de repente observando al pequeño Paul que chapoteaba alegremente en un charco, chapaleando en el agua con un pedazo de tablón de madera casi tan grande como él. Sonreí y lo llamé.

—¿Ves esto? —le dije. Era una pregunta retórica. Paul asintió mirando con los ojos abiertos—. Esto —le dije— es una campana. Como las de la iglesia del pueblo. El ruido que oímos los domingos, ¿te acuerdas?

—Sí; Seguida después del ’sayuno, Frank?

—¿Cómo?

—El ruido seguida después ’sayuno del ’omingo, Frank —y me dio suavemente en la rodilla con su manita gordezuela.

Yo asentí con la cabeza.

—Sí, eso es. Las campanas hacen ese ruido. Son enormes pedazos de metal hueco llenos de ruidos y dejan salir los ruidos los domingos por la mañana después del desayuno. Eso es.

—¿Un ’sayuno? —Paul se quedó mirándome con sus cejitas levantadas. Yo moví la cabeza de un lado a otro con paciencia.

—No. Una campana.

—«C es para Campana» —canturreó tranquilamente moviendo la cabeza de arriba abajo y mirando aquel artefacto oxidado. Seguramente se había acordado de unas rimas del libro de canciones infantiles. Era un niño brillante; mi padre quería mandarlo más adelante a la universidad, cuando llegara el momento, y había empezado a enseñarle el alfabeto.

—Eso es. Muy bien, pues esta vieja campana ha debido de caerse de un barco, o quizá la ha arrastrado el río hasta aquí tras una crecida. Ya sé lo que haremos; yo me iré corriendo hasta las dunas y tú golpeas la campana con tu pedazo de madera y veremos si vo puedo oírla. ¿Lo hacemos? ¿Quieres que lo hagamos? Sonará muy fuerte y te puedes asustar.

Yo me agaché para poner mi cara a su altura. Él sacudió la cabeza enérgicamente y puso su nariz contra la mía.

—¡No! ¡No me asustaré! —dijo gritando—.Yo…

Estuvo a punto de salir frente a mí y golpear la bomba allí mismo con la tabla de madera —ya la había levantado por encima de la cabeza y la blandía en el aire— cuando alargué los brazos y lo levanté por la cintura.

—¡Todavia no! —le dije—. Espera a que yo me haya ido más lejos. Es una campana muy vieja y es posible que solo le quede un sonido. ¿No querrás desperdiciarlo, verdad?

Paul meneó el cuerpo de lado a lado, y la cara que puso indicaba que no le importaría malgastar lo que fuera con tal de poder golpear la campana con su tabla de madera.

—Bueeeno —dijo, y se quedó quieto. Lo dejé en el suelo—. Pero ¿puedo darle fuerte de verdad?

—Tan fuerte como puedas, cuando yo te haga una señal desde lo alto de aquella duna. ¿De acuerdo?

—¿Puedo praticar?

—Practica golpeando en el suelo.

—¿Puedo dar golpes en los charcos?

—Sí, practica dándole a los charcos de agua. Es una buena idea.

—¿Puedo dar golpes en este charco? —Señaló con la madera al charco circular que se había formado en la arena alrededor de la bomba. Negué meneando la cabeza.

—No, porque quizá se enfade la campana.

—¿Las campanas se ’fadan? —preguntó con el ceño fruncido.

—Sí, se enfadan. Ahora me voy. Tú golpeas fuerte a la campana y yo escucharé con atención.

—Sí, Frank.

—No golpearás la campana hasta que yo te haga una señal, ¿de acuerdo?

—Pometido —dijo meneando la cabeza.

—Muy bien. Es solo un momento. —Me di la vuelta y comencé a correr lentamente en dirección a las dunas. Sentía algo raro en la espalda. Fui mirando a los alrededores a medida que avanzaba para comprobar que no hubiera nadie por allí. Tan solo había unas gaviotas dando vueltas en un cielo apagado con nubes cargadas. Cuando miré hacia atrás pude ver a Paul por detrás de mi hombro. Seguía junto a la bomba, golpeando la arena con su tablón, agarrándolo con ambas manos y descargándolo con todas sus fuerzas, saltando al tiempo que lo hacía y gritando. Aceleré la carrera por las rocas hasta la arena dura, pasé la línea de algas de la marea y llegué a la arena dorada, más lenta y seca, y subí hasta la hierba, en lo alto de la duna más cercana. Llegué gateando a la cima y dirigí la vista hacia la arena y las rocas donde se encontraba Paul, una minúscula figura contra el brillo reflejado de los charcos y las arenas mojadas, oscurecido por la sombra del inclinado cono de metal que tenía junto a él. Me levanté, esperé a que me viera, eché un último vistazo alrededor y después ondeé las manos extendidas hacia arriba y me tiré al suelo con las manos detrás de la cabeza.

Mientras estaba tendido allí, esperando, caí en la cuenta de que no le había dicho a Paul dónde tenía que golpear la bomba. No pasó nada. Yo seguí allí tirado sintiendo que el estómago se me iba hundiendo lentamente en la arena de la cima de la duna. Suspiré con resignación y alcé la vista.

Paul se veía como un muñeco en la distancia, arremetiendo y brincando y echando los brazos atrás y dándole golpes una y otra vez a la bomba en el costado. Se podían oír sus gritos de júbilo por encima del rumor del viento en la hierba. «Mierda», me dije a mí mismo y me puse la mano bajo la barbilla justo en el momento en que Paul, tras echar una mirada en mi dirección, comenzó a atacar la espoleta de la bomba. La golpeó una vez y yo ya me había quitado las manos de debajo de la barbilla para volver a taparme la cabeza cuando de repente Paul, la bomba, el pequeño charco de agua que la rodeaba como un halo y todo lo que había a diez metros alrededor desapareció dentro de una ascendente columna de arena, humo y rocas volantes, iluminado todo un instante desde el interior en ese breve y cegador primer momento, por la detonación del potente explosivo.

La ascendente columna de restos se elevó y se ensanchó, y comenzó a descender cuando la onda expansiva me llegó como un latido de la duna. Tenía una vaga idea de que existían multitud de pequeñas grietas en las resecas laderas de las dunas cercanas. El estruendo se propagó por ellas como el encrespado ruido de tripas de un trueno. Observé un creciente círculo de salpicaduras que surgía del centro de la explosión a medida que los restos volvían a caer. La columna de gas y arena fue desplazada por el viento, oscureciendo la arena con su sombra y formando una cortina de niebla en su base, como la que se puede ver a veces bajo un nubarrón cuando comienza a descargar la lluvia. Ahora podía ver el cráter.

Salí corriendo duna abajo. Me detuve a unos quince metros del cráter aún humeante. No me paré a observar con detenimiento los restos que había alrededor, tan solo una mirada de reojo, como queriendo, y al mismo tiempo evitando, ver carne ensangrentada o ropas desgarradas. El estrepitoso sonido regresó retumbando posiblemente desde las colinas que hay detrás del pueblo. El borde del cráter estaba marcado con enormes astillas de piedras desgarradas del lecho rocoso que hay bajo la arena; se alzaban como dientes rotos alrededor de aquella escena, unas apuntando al cielo y otras desplomadas alrededor. Contemplé cómo la nube lejana de la explosión se iba desplazando por encima del estuario, dispersándose, y después me di!a vuelta y corrí con todas mis fuerzas hacia la casa.

Así que hoy en día estoy en condiciones de afirmar que se trataba de una bomba alemana de media tonelada, y que fue lanzada por un HE 111 averiado que iba de vuelta a su base en Noruega tras un infructuoso ataque a la base de lanchas rápidas que había al fondo del estuario. Me gusta imaginar que fue el cañón que estuvo instalado en mi Bunker el que le acertó y forzó al piloto a dar la vuelta y arrojar las bombas que llevaba.

Las puntas de algunas de aquellas astillas de roca ígnea todavía sobresalen de la superficie de la arena que acabó volviendo a la playa, y conforman el llamado Círculo de la Bomba, el monumento más apropiado para honrar la memoria del pobre Paul; un blasfemo círculo de piedra en donde juegan las sombras.

Volví a tener suerte. Nadie vio nada, y nadie podía imaginar que yo lo hubiera hecho. En esta ocasión estuve ocupado con el dolor, desgarrado por la culpa, y Eric tenía que cuidarme mientras yo representaba mi papel a la perfección, sin ayuda de nadie. No disfruté engañando a Eric, pero sabía que era necesario; no podía decirle que yo lo había hecho porque no habría entendido por qué lo había hecho. Se habría horrorizado, y probablemente jamás habría vuelto a ser mi amigo. Así que tuve que hacerme pasar por un niño torturado que se culpaba a sí mismo y Eric tenía que consolarme mientras mi padre seguía meditabundo.

La verdad es que no me gustó nada el modo en que Diggs me interrogó acerca de lo que había ocurrido, y por un momento pensé que podría haberlo adivinado, pero mis explicaciones le parecieron satisfactorias. No me ayudó mucho tener que referirme a mi padre como «mi tío» y a Eric y a Paul como «mis primos»; eso fue idea de mi padre para intentar ocultar a la policía mis lazos familiares en caso de que Diggs se pusiera a husmear y descubriera que yo no existía oficialmente. Le conté la historia de que yo era el hijo huérfano de un hermano más joven de mi padre que había desaparecido hacía tiempo y que tan solo pasaba largas temporadas de vacaciones1 en la isla, mientras pasaba de pariente en pariente, hasta que se resolviera definitivamente mi futuro.

De todos modos, salí bien parado de aquel difícil trago, y hasta el mar vino por una vez en mi ayuda, pues poco después de la explosión subió la marea y barrió todas las huellas delatoras que pude dejar en la arena, aproximadamente una hora antes de que llegara Diggs del pueblo para inspeccionar la escena del accidente.

Cuando llegué a la casa ya estaba allí la señora Clamp descargando la enorme cesta que llevaba sobre el manillar de su vieja bicicleta, apoyada contra la mesa de la cocina. Estaba ocupada rellenando los armarios de la cocina, el refrigerador y el congelador con la comida y las provisiones que había traído del pueblo.

—Buenos días, señora Clamp —le dije amablemente al entrar en la cocina. Ella se volvió a mirarme. La señora Clamp es muy vieja y extremadamente pequeña. Me miró de arriba abajo y dijo:

—Vaya, con que eres tú, ¿no? —y se dio la vuelta para seguir descargando cosas de la cesta, sumergiendo ambas manos en ella para emerger cargada de grandes paquetes envueltos en papel de periódico. Fue arrastrando los pies hasta el congelador, se subió a una banqueta que había al lado, deshizo los envoltorios, que revelaron bolsas de mis hamburguesas congeladas, y las metió en el congelador, introduciéndose casi hasta desaparecer. Me di cuenta de lo fácil que resultaría… Sacudí la cabeza para olvidar aquella estúpida idea. Me senté a la mesa de la cocina para observar cómo trabajaba la señora Clamp.

—¿Cómo le va, señora Clamp? —le pregunté.

—Bueno, pues no me puedo quejar —dijo la señora Clamp meneando la cabeza de un lado a otro y bajando de la banqueta para volver a coger más hamburguesas congeladas y seguir rellenando el congelador. Estaba seguro de que podía ver minúsculos cristales de hielo colgándole de su desvaído bigote.

—Vaya, hoy nos ha traído una carga enorme. Me sorprende que no se haya caído de camino hacia aquí.

—No me verás caer nunca, no. —La señora Clamp volvió, a negar con la cabeza, se dirigió al fregadero, extendió el brazo poniéndose de puntillas, abrió el grifo de agua caliente, se enjuagó las manos, se las secó con su mandil a cuadros de nailon, y sacó un trozo de queso de la cesta.

—¿Quiere que le prepare una taza de algo, señora Clamp?

—No te molestes por mí —dijo la señora Clamp meneando la cabeza dentro de la nevera, por debajo del compartimento del hielo.

—Bueno, pues entonces no preparo nada. —La observé mientras se volvía a lavar las manos. Cuando comenzó a separar las lechugas de las espinacas salí de la cocina y me dirigí a mi habitación.

Tomamos nuestro desayuno usual de los sábados: pescado con patatas de la huerta. La señora Clamp estaba sentada en el extremo de la mesa opuesto a mi padre, donde yo suelo sentarme. Yo estaba sentado hacia la mitad de la mesa, de espaldas al fregadero, colocando espinas de pescado en formas sugerentes mientras Padre y la señora Clamp intercambiaban comentarios muy formales, casi rituales. Formé un esqueleto humano con las espinas de los peces muertos y le puse un poco de salsa ketchup para darle un toque realista.

—¿Más té, señor Cauldhame? —dijo la señora Clamp.

—No, gracias, señora Clamp —respondió mi padre.

—¿Francis? —me preguntó la señora Clamp.

—No, gracias —repliqué yo. Un guisante resultaría una calavera demasiado verde para aquel esqueleto. Lo coloqué allí. Padre y la señora Clamp charloteaban de esto y aquello.

—He oído que el guardia estuvo por aquí el otro día, si no le importa que yo lo mencione —dijo la señora Clamp, y se aclaró la garganta educadamente.

—Por supuesto que no —dijo mi padre, y se metió en la boca una cucharada tan grande de comida que le impidió hablar durante los minutos siguientes. La señora Clamp movió la cabeza de arriba abajo ante su pescado demasiado salado y sorbió un poco de té. Yo me puse a tararear y mi padre me echó una mirada fulminante desde lo alto de aquellas mandíbulas que parecían enzarzadas en una pelea de lucha libre.

No se habló más del asunto.

Era sábado por la noche en el pub Cauldhame Arms y allí estaba yo como de costumbre, al fondo de aquel local lleno de gente y de humo, situado detrás del hotel, sosteniendo un vaso de plástico lleno de láger, las piernas levemente cruzadas en el suelo, la espalda contra la columna forrada de papel pintado, y Jamie el enano sentado a horcajadas sobre mis hombros, reposando de vez en cuando su pinta de cerveza negra en mi cabeza y dándome conversación.

—Bueno, ¿y qué has estado haciendo últimamente, Frankie?

—Nada del otro mundo. El otro día maté unos cuantos conejos y sigo recibiendo extrañas llamadas de Eric, pero eso es todo. Y tú, ¿qué?

—Pues nada. ¿Por qué te tiene que llamar Eric por teléfono?

—¿No lo sabías? —le dije, torciendo la cabeza para mirarle. Él se inclinó y me miró. Las caras se ven muy raras boca abajo—, Ah, pues porque se ha escapado.

—¿Escapado?

—Chisss. No hace falta ir contándoselo a la gente que no lo sabe. Sí, se largó. Ha llamado a casa un par de veces y dice que viene en esta dirección. Diggs vino el otro día y nos lo comunicó el mismo día que se fugó.

—Dios mío. ¿Lo están buscando?

—Eso dice Angus. ¿No ha salido nada en las noticias? Pensé que quizá tu sabrías algo.

—No. Vaya. ¿Crees que se lo dirán a la gente del pueblo si no lo agarran?

—Ni idea —le respondí, y me habría encogido de hombros si hubiera podido.

—¿Y qué va a pasar si sigue empeñado en prenderles fuego a los perros? Mierda. Y todos esos gusanos que usaba para intentar que se los comieran los niños. Los del pueblo se van a poner histéricos. —Podía notar cómo sacudía la cabeza de un lado a otro.

—Creo que no quieren alarmar a la gente. Seguramente piensan que pueden cogerlo.

—¿Tú crees que lo cogerán?

—Jo. Pues no tengo ni idea. Puede que esté loco, pero es inteligente. Si no lo fuera no se podría haber fugado, y cuando me llama por teléfono suena ingenioso. Ingenioso pero chalado.

—No pareces muy preocupado.

—Espero que lo consiga. Me gustaría volver a verlo. Y me gustaría que consiguiera llegar hasta aquí porque… bueno, solo porque sí. —Bebí un trago.

—Mierda. Espero que no cause ninguna agresión.

—Pudiera ser. Es lo único que me preocupa. Por lo que dice, parece que siguen sin gustarle demasiado los perros. Creo que, a pesar de todo, los niños no tienen nada que temer.

—¿Cómo viaja? ¿Te ha dicho si tiene intención de venir por aquí? ¿Tiene dinero?

—Debe de tener algo para ir haciendo esas llamadas, pero fundamentalmente se dedica a robar.

—Vaya. Bueno, al menos no puedes perder remisión de condena por escaparte de un manicomio.

—Ya —dije yo.

El grupo musical subió al escenario, un grupo de cuatro punks de Inverness llamados Los Vómitos. El cantante solista llevaba un corte de pelo a lo mohicano y muchas cadenas y cremalleras. Agarró el micrófono mientras los otros tres empezaban a destrozar sus respectivos instrumentos y a berrear:

Mí novia rn’ha dejao
y me siento un mentiroso,
M’han echao del trabajo
y con las pajas no me corro…

Apoyé los hombros más firmemente contra la columna y bebí un trago mientras los pies de Jamie me daban golpecitos contra el pecho y aquella música estridente y atronadora retumbaba en el local lleno de sudor.

Durante el descanso, cuando uno de los camareros se fue al frente del escenario con un cubo y una fregona para limpiar los escupitajos de la gente, me acerqué al bar a por más bebida.

—¿Lo de siempre? —me preguntó Duncan desde detrás de la barra y Jarme asintió con la cabeza—. ¿Cómo estamos, Frank? —preguntó Duncan sirviendo una láger y una negra.

—Muy bien. ¿Y usted? —le contesté.

—Vamos tirando, vamos tirando. ¿Todavía quieres que te guarde botellas?

—No, gracias. Por ahora tengo suficientes para mi cerveza casera.

—Pero seguiremos viéndote por aquí, ¿no?

—Oh, por supuesto —le respondí. Duncan alargó el brazo para pasarle a Jamie su pinta y yo agarré la mía dejando al mismo tiempo el dinero en el mostrador.

—Salud, muchachos —nos dijo Duncan cuando nos dábamos la vuelta para volver a la columna.

Unas pintas más tarde, cuando Los Vómitos estaban en su primer bis, Jamie y yo estábamos de pie bailando y saltando. Jamie gritaba y daba palmadas y bailaba sobre mis hombros. No me importa bailar con chicas cuando lo hago por Jamie, aunque una vez, con una rubia muy alta, quería que nos fuéramos los dos afuera con ella para poder besarla. La idea de sus tetas apretujadas contra mi cara casi me hace vomitar, y le fallé en esa ocasión. Además, la mayoría de las chicas punkies no huelen a perfume, y solo unas pocas llevan falda, y cuando la llevan generalmente es de cuero. A Jamie y a mí nos dieron unos empujones y estuvimos a punto de caernos al suelo un par de veces, pero resistimos hasta el final de la noche sin que nos tocaran un pelo. Desafortunadamente, Jamie acabó hablando con una mujer, pero yo ya estaba demasiado ocupado tratando de respirar profundamente y de mantener fija en la retina la pared del fondo para que me importara aquello.

—Sí tía, dentro de nada me voy a comprar una moto. Una doscientos cincuenta, por supuesto —iba diciendo Jamie. Yo lo escuchaba a medias. No se iba a comprar ninguna moto porque no llegaría con los pies a los pedales, pero no le habría contradicho aunque hubiera podido porque nadie espera que se le cuente la verdad a las mujeres y, además, para eso están los amigos, como dicen. La chica, cuando por fin pude echarle el ojo, era una veinteañera bastante ordinaria que llevaba encima de los párpados tantas capas de maquillaje como el chasis de un auto de choque. Fumaba un horrible cigarrillo francés.

—Mi amiga tiene una moto a la que llama Sue. Es una Suzuki 185GT qu’era de su hermano, pero está ahorrando pa’ una GoldWing.

Estaban empezando a poner las sillas encima de las mesas y a pasar la fregona y a barrer los cristales rotos y las bolsas de patatas vacías, y yo seguía sin encontrarme demasiado bien. Mientras más escuchaba a la chica más enfermo me ponía. Su acento era horrible: de algún rincón de la costa oeste; seguro que era de Glasgow.

—Naa, yo no me compraría una de esas. Demasiado potentes. Una de quinientos me daría el apaño. La que me molaría sería una Moto Guzzi, aunque no estoy yo muy seguro de la transmisión por eje…

Joder, estaba a punto de montarle allí mismo un Vómito en Technicolor encima de la chaqueta de la chica, con lágrimas incluidas que le oxidarían las cremalleras y le inundarían los bolsillos, y que probablemente enviaría a Jamie volando al otro extremo del local, donde están las cajas de cerveza bajo los pedestales de los altavoces, con mi primera boqueada pestilente, y allí seguían ellos dos intercambiando absurdas fantasías de motoristas.

—¿Quieres un pitillo? —dijo la chica blandiendo un paquete delante de mis narices hacia Jamie. Yo seguía viendo estelas de luces y colores del paquete azul después de que ella lo guardara. Jamie debió coger un cigarrillo, aunque yo sabía que él no fumaba, porque vi encenderse un mechero que prendió una lluvia de chispas ante mis ojos, como un festival de fuegos artificiales. Casi podía sentir cómo se me iba derritiendo mi lóbulo occipital. Pensé en hacerle a Jamie un comentario jocoso sobre las maravillas que podía hacer con su altura, pero todas las líneas de conexión que salían y entraban en mi cerebro parecían estar colapsadas con mensajes urgentes que provenían de mis tripas. Podía sentir perfectamente un horrible revoltijo que se iba formando allá abajo, y estaba seguro de que aquello solo podía acabar de una manera, pero no podía moverme. Estaba bloqueado allí como un contrafuerte entre el suelo y la columna, y Jamie seguía de cháchara con la chica hablando del ruido que hace una Triumph y de las carreras nocturnas a alta velocidad que había hecho por la carretera de la costa del lago Lornond.

—Tú qué, ¿de vacaciones?

—Si, yo y mis coleguillas. Tengo un novio, pero está currando en las plataformas petrolíferas.

—Ah, ya.

Yo seguía respirando hondo, intentando despejarme la cabeza con oxígeno. No podía entender a Jamie; tenía la mitad de mi tamaño, la mitad de mi peso o menos, y bebiéramos lo que bebiéramos juntos, nunca parecía afectarle. Desde luego no iba derramando sus pintas por el suelo a escondidas; si lo hubiera hecho me habría mojado. Me di cuenta de que la chica se había percatado por fin de mi presencia. Me tocó en el hombro y, poco a poco, me fui dando cuenta de que llevaba así algún tiempo.

—Hola —me dijo.

—¿Cómo? —dije con dificultad.

—¿Estás bien?

—Sí —le dije asintiendo lentamente, esperando que se contentara con aquello, para inmediatamente volver la vista a un lado y hacia arriba, como si de repente hubiera encontrado algo muy importante e interesante en el techo digno de llamar mi atención. Jaime me dio un toque con el pie—. ¿Cómo? —volví a decir, sin tratar de mirarlo.

—¿Piensas quedarte aquí toda la noche?

—¿Cómo? —dije—. No. ¿Cómo? ¿Es que quieres marcharte? Bueno, vamos. —Me llevé las manos hacia atrás para hallar la columna y, una vez la hube encontrado, me impulsé hacia arriba esperando que los pies no me resbalaran en el suelo lleno de cerveza.

—Quizá será mejor que me dejes bajar. Frank, tío — dijo Jamie dándome toques más fuertes con el pie. Volví a girar la cabeza a un lado y hacia arriba, como si intentara mirarlo a la cara, y asentí. Dejé que la espalda se me fuera deslizando por la columna hasta que me quedé prácticamente en cuclillas en el suelo. La chica ayudó a Jamie a saltar. De repente, su melena pelirroja y el cabello rubio de Jamie se veían extravagantes desde aquel rincón del local, ahora completamente iluminado. Duncan se estaba acercando con el cepillo y un enorme cubo, vaciando ceniceros y fregando mesas. Yo hice un esfuerzo por levantarme y después sentí cómo Jamie y la chica me agarraban cada uno por debajo de un brazo v me ayudaban. Estaba empezando a experimentar triple visión y a preguntarme cómo se podía conseguir eso con solo dos ojos. No estaba seguro de si me estaban hablando o no.

Solté «Sí», en caso de que me hubieran dicho algo, y después sentí cómo me llevaban al aire libre por la salida de incendios. Necesitaba ir al cuarto de baño, y con cada paso que daba me parecía que aumentaban las convulsiones de mi estómago.

Tuve esa horrible visión de mi estómago como si estuviera formado por dos compartimentos del mismo tamaño, uno lleno de pis y el otro de cerveza, whisky, patatas fritas, cacahuetes asados, escupitajos, mocos, bilis y uno o dos trozos de pescado con patatas, todo ello sin digerir. A alguna parte enferma de mi cerebro se le ocurrió de repente ponerse a pensar en huevos fritos flotando en aceite en mitad de un plato, rodeados de beicon crujiente y rizado donde flotaban pequeños charcos de grasa, y los alrededores del plato salpicados con manchones de grasa coagulada. Luché contra la espantosa necesidad de vomitar que surgía de mi estómago. Intenté pensar en cosas agradables; pero cuando me di cuenta de que me resultaba imposible pensar en ninguna, decidí concentrarme en lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Estábamos fuera del pub, caminando por la acera, pasando de largo el Banco, con Jamie a un lado y la chica al otro. Era una noche fría y cubierta de nubes, y las farolas eran de sodio. Dejamos atrás el olor del pub y traté de que el aire fresco circulara por mi cabeza. Me daba cuenta de que iba dando ligeros tumbos, empujando de vez en cuando a Jarme o a la chica, pero no podía hacer gran cosa para evitarlo; me sentía como uno de aquellos viejos dinosaurios, tan enormes que necesitaban virtualmente un cerebro aparte para mover sus patas traseras. Parecía como si yo tuviera un cerebro aparte para cada miembro, y que todos hubieran roto relaciones diplomáticas. Avanzaba, ladeándome y tropezando, lo mejor que podía, confiando en la suerte y en los dos que me acompañaban. La verdad es que no confiaba mucho en ninguno de ellos; en Jamie porque era demasiado pequeño para sostenerme si empezaba a desplomarme, y en la chica, porque era una chica. Probablemente demasiado débil; y, aunque no lo fuera, no me sorprendería que dejara que me rompiera la crisma contra la acera, porque a las mujeres les gusta ver a los hombres indefensos.

—¿Te carga siempre así? —dijo la chica.

—¿Así, cómo? —dijo Jamie sin demostrarle la adecuada medida de indignación que se merecía de entrada por aquella pregunta.

—Tú montado en sus hombros.

—Ah, no, eso es solo para que yo pueda ver mejor al grupo musical.

—Gracias a Dios que solo es eso. Pensaba que ibais juntos así al retrete.

—Oh, sí; nos metemos juntos en un cubículo y Frank lo hace en el váter mientras yo lo hago en la cisterna.

—¡Estás de cachondeo!

—Síii —dijo Jamie con la voz distorsionada por un mueca de complicidad. Yo iba caminando junto a ellos lo mejor que podía, escuchando todo aquel rollo. Estaba un poco molesto de que Jamie hubiera mencionado algo, aunque fuera de broma, en relación a mí y a ir al váter; sabe muy bien lo sensible que soy sobre este tema. Solo una o dos veces me ha provocado con bromas sarcásticas sobre el interesante deporte que significa ir al baño de caballeros en el Cauldhame Arms (o en cualquier lugar, supongo) y atacar las colillas empapadas en los urinarios con el chorro de pis.

Admito que he visto a Jamie hacerlo y me quedé bastante impresionado. El Cauldhame Arms cuenta con unas excelentes instalaciones para tal deporte, pues tiene un inmenso urinario que comprende una pared entera y media de la otra, con un solo desagüe. Según Jamie, la finalidad del juego consiste en desplazar una colilla mojada desde el lugar en que se encuentre del canalillo hasta el agujero destapado del desagüe, deshaciéndola lo más posible en route. Puedes puntuar según el número de baldosas que superes al mover la colilla (con puntos extra si acabas metiéndola en el desagüe y si la desplazas desde el principio del canalillo hasta el agujero), por la magnitud de la destrucción causada en la colilla —al parecer es muy difícil desintegrar el cono negro en el extremo quemado— y, a lo largo de la noche, por el número de colillas despachadas de ese modo.

También se puede jugar al juego de maneras más limitadas en los pequeños urinarios individuales que ahora están tan de moda, pero Jamie nunca lo ha probado en esos porque es tan bajito que si tuviera que usar uno de esos tendría que colocarse a un metro de distancia para hacer que su chorrillo llegara en una trayectoria por alto.

De todos modos, se lo montan de manera que hacer un pis largo resulte más interesante, pero no estoy hecho para esas cosas, gracias al cruel destino.

—¿Es tu hermano o algo así?

—No, es mi amigo.

—Oye, ¿y siempre se pone así?

—Sí, normalmente, los sábados por la noche.

Se trata de una monstruosa mentira, por supuesto. Raramente me emborracho tanto que me impida hablar o caminar derecho. Y se lo habría dicho yo mismo a Jamie si hubiera podido hablar y no hubiera estado tan concentrado en poner un pie detrás de otro. Me parecía que ya no iba a ponerme a vomitar, pero esa misma parte irresponsable y destructiva de mi cerebro —probablemente formado por unas pocas neuronas, pero supongo que en todos los cerebros hay unas pocas como esas, y solo hacen falta unos cuantos gamberros para dar un mal nombre al resto— volvió a pensar en aquellos huevos fritos con beicon en el plato frío, y cada vez que ocurría me entraban arcadas. Tuve que hacer un gran esfuerzo de voluntad para ponerme a pensar en vientos helados, en cimas de montañas o en las formas que proyecta la sombra del agua sobre la arena socavada por las olas, en esas cosas que siempre me han parecido el epítome de la claridad y la pureza, y que ayudaban a distraer a mi cerebro de esa tendencia a regodearse en el contenido de mi estómago.

Sin embargo, necesitaba hacer un pis más desesperadamente que nunca. Jamie y la chica estaban casi pegados a mí, cada uno agarrándome de un brazo y sufriendo de vez en cuando mis empellones, pero mi borrachera había alcanzado un nuevo estado —en el momento en que las dos últimas pintas de cerveza y el whisky de acompañamiento llegaron a pasar a mi riego sanguíneo— en el que me sentía como si estuviera en otro planeta, a juzgar por las esperanzas que tenía de lograr comunicarles lo que deseaba. Caminaban cada uno a un lado y seguían hablando entre ellos, farfullando completas estupideces como si dijeran algo importante, y yo, con más cerebro que los de ambos juntos e información de importancia vital que comunicar, no podía articular una palabra.

Tenía que haber una forma. Intenté sacudir la cabeza e inspirar hondo un par de veces. Regularicé mis pasos. Pensé cuidadosamente sobre palabras y sobre cómo construirlas. Revisé mi lengua y comprobé la garganta. Tenía que sobreponerme. Tenía que comunicarme. Miré a mi alrededor mientras cruzábamos la calle; vi la señal que anunciaba Union Street sujeta a un muro bajo. Volví la cara hacia Jamie y después hacia la chica, me aclaré la garganta y dije con toda claridad:

—No sé si en alguna ocasión vosotros habéis compartido (o, por supuesto, seguís compartiendo, que para el caso es lo mismo en lo que a mí respecta, al menos mutuamente entre vosotros pero en ningún caso incluyéndome a mí) la idea equivocada que, por ventura, en cierta ocasión mantuve acerca de las palabras que componen la señal de acullá en lo alto, pero es hecho cierto que otrora yo pensara que «unión» hacía referencia a, digamos, la nomenclatura que delineaba una asociación de trabajadores, y entonces me pareció que ponerle ese nombre a una calle era un detalle bastante socialista viniendo de los prohombres del pueblo; me sorprendió pensar que todavía quedaban esperanzas con respecto a una posible paz o al menos a un alto el fuego en la lucha de clases si un reconocimiento tal del valor de los sindicatos podía llegar hasta las venerables e importantes señales del callejero en las vías públicas, pero tengo que reconocer que, tristemente, muy pronto fui sacado de mi error ante la idea tan extremadamente optimista que yo sostenía cuando mi padre, que Dios se apiade de su sentido del humor, me informó que la entonces recién confirmada unión de los parlamentos de Escocia e Inglaterra había sido la causa por la que los próceres locales —en connivencia con otros cientos de municipios de lo que hasta entonces había sido un reino independiente— decidieron celebrarlo de manera tan solemne y permanente, sin perder de vista, por supuesto, las oportunidades de sacar beneficios que tal forma temprana de absorción empresarial brindaba.

La chica miró a Jamie.

—¿’dicho algo? ¿eh?

—Creía que solo se estaba aclarando la garganta —dijo Jamie.

—Ah, me pareció que había soltado algo sobre bananas.

—¿Bananas? —dijo Jamie incrédulo, mirando a la chica.

—Bueno —dijo ella, mirándome a mí y meneando la cabeza—.Ya está bien.

Para que después hablen de los problemas de comunicación entre la gente, pensé. Estaba claro que estaban tan borrachos que ni siquiera entendían una lengua hablada con corrección. Suspiré hondo mirando primero a uno y después a la otra mientras seguíamos avanzando lentamente por la calle principal, pasando los almacenes Woolworth y los semáforos. Miré hacia delante y traté de pensar qué demonios podía hacer. Me ayudaron a cruzar la calle siguiente y casi me caigo tratando de subir a la acera. De repente fui consciente de la vulnerabilidad de mi nariz y de mis dientes si llegaran a entrar en contacto con el duro granito de las aceras de Porteneil a cualquier velocidad levemente superior a una pequeña fracción de metro por segundo.

—Oye, yo y una de mis colegas hemos hecho carreras por los carriles de la Comisión Forestal que hay en los montes a cincuenta por hora, derrapando por todas partes como si fuera un circuito de carreras.

—Qué chulada.

Dios mío, seguían hablando de motos.

—¿A dónde lo llevamos? ¿A tu casa?

—A la de mi madre. Si aún está levantada nos preparará un té.

—¿Tu mamá?

—Sí.

—Vale.

Se me pasó por la cabeza como un flash. Estaba tan claro que no podía imaginar cómo es que no me había dado cuenta antes. Sabía que no tenía tiempo que perder y no podía dudarlo un instante —pronto iba a explotar— de manera que bajé la cabeza, me desembaracé de Jamie y de la chica y salí corriendo calle abajo. Me escaparía; haría como Eric para poder encontrar un lugar agradable y tranquilo en donde mear.

—¡Frank!

—Vamos, me cago en la puta, no jodas más, ¿qué quiere ese ahora?

La acera seguía bajo mis pies, que continuaban moviéndose más o menos como se espera de ellos. Podía oír a Jamie y a la chica corriendo detrás mío, gritando, pero ya había sobrepasado la vieja fábrica de serrín y el monumento a los caídos y estaba cogiendo velocidad. Mi distendida vejiga no mejoraba las cosas, pero tampoco me lo estaba poniendo tan imposible como temía.

—¡Frank! ¡Vuelve! ¡Frank, detente! ¿Qué te pasa? ¡Frank, estás loco, cabrón, te vas a romper el cuello!

—Oh, déjalo que se largue. Se habrá escondido.

—¡No! ¡Es mi amigo! ¡Frank!

Giré en la esquina de Bank Street, esquivando por poco dos farolas, y me lancé por la primera a la izquierda hacia Adam Smith Street para salir a la gasolinera de McGarvie. Llegué patinando con los pies a la explanada de la gasolinera y me escondí detrás de un surtidor, jadeando y eructando y sintiendo que se me salía el corazón. Me bajé los pantalones y me acuclillé, apoyando mi espalda contra el surtidor de cinco estrellas, respirando pesadamente al tiempo que el charco de humeante pis se iba acumulando en los huecos del deteriorado suelo de cemento de la estación de servicio.

Resonaron unos pasos y apareció una sombra a mi derecha. Volví la cabeza y vi a Jamie.

—Ahh… ahh… ahh — resoplaba sin aliento apoyándose con una mano en otro surtidor para equilibrarse, pues se había inclinado hacia delante y se miraba los pies, y con la otra mano en la rodilla, y el pecho inflándose y desinflándose—. Por… ahh… fin… ahh… por fin… ahh… te encuentro. Fffguauu…— Se sentó en la peana de cemento que sostienen los surtidores y se quedó mirando un rato el oscuro cristal de la oficina. Yo también estaba sentado, con la espalda pegada al surtidor, soltando las últimas gotitas. Me desplomé completamente contra mi espalda y me senté pesadamente en la peana, después me levanté tambaleante y me subí los pantalones.

—¿Por qué lo hiciste? —me dijo Jamie, todavía jadeante.

Yo le saludé con la mano, luchando por ponerme el cinturón. Estaba empezando a sentir nauseas de nuevo, y percibía descomunales emanaciones de humo del pub que surgían de mi ropa.

—Lo… —comencé a decir—. Lo siento — y las palabras se convirtieron en una arcada. La parte antisocial de mi cerebro se puso a pensar de repente en los huevos y en el beicon grasiento y mi estómago estaba a punto de entrar en erupción. Me doblé por la cintura, con arcadas y vómitos, sintiendo que el estómago se me contraía como un puño cerrado; involuntariamente, con vida propia, como una mujer debe de sentir las patadas de un teto. La garganta me raspaba con la fuerza del chorro. Jamie me agarró cuando estaba a punto de caerme. Me quedé allí quieto, como una navaja medio abierta, salpicando ruidosamente la explanada, Jamie metió una mano por la cintura de mis pantalones de pana para evitar que me cayera de bruces y me puso la otra mano en la frente mientras murmuraba algo. Yo seguía teniendo nauseas y ahora el estómago me dolía muchísimo; tenía los ojos inundados de lágrimas, la nariz me moqueaba y sentía la cabeza como si fuera un tomate maduro a punto de explotar. Luché por recobrar el aliento entre arcadas, arrojando chorros de vómito, y tosiendo y escupiendo al mismo tiempo. Oí cómo emitía un horrible sonido como el que hacía Eric cuando le daba un ataque por el teléfono, y confié en que no pasara nadie en ese instante y me sorprendiera en un momento tan indigno y en una posición tan delicada. Por fin paré, me sentí mejor, y volví a empezar, sintiéndome diez veces peor. Me eché hacia un lado con la ayuda de Jaime y me apoyé con las dos manos en una zona del suelo de cemento un poco más limpia, donde las manchas de aceite parecían estar secas. Tosí, escupí y sentí arcadas unas cuantas veces hasta que me eché hacia atrás y apoyé la espalda en los brazos de Jamie colocando las rodillas a la altura de la barbilla para aliviar el dolor de los músculos de mi estómago.

—¿Mejor ahora? —dijo Jamie. Yo asentí. Me incliné hacia delante hasta apoyarme en el trasero y los talones, con la cabeza entre las rodillas. Jamie me daba palmaditas en la espalda—. Quédate así un minuto, querido Frankie—. Sentí cómo se fue unos segundos. Volvió con unas toallitas de papel áspero del dispensador del patio y me limpió la boca con un trozo y el resto de la cara con otro. Hasta se las llevó y las tiró al cubo de la basura.

A pesar de que seguía sintiéndome borracho, de que me dolía el estómago y de que me sentía la garganta como si allí hubiera tenido lugar una pelea de puerco espines, me sentía mucho mejor.

—Gracias —conseguí decirle a Jaime, y comencé a levantarme. Jamie me ayudó a ponerme en pie.

—Por Dios, Frank, cómo te has puesto.

—Ya veo —le dije enjugándome los ojos con la manga de la camisa y echando un vistazo alrededor para comprobar que seguíamos solos. Le di un par de palmadas en el hombro y nos dirigimos a la calle.

Caminamos por las calles desiertas, yo respirando profundamente y Jamie sosteniéndome por un codo. La chica se había ido, no había duda, pero no lo sentía lo más mínimo.

—¿Por qué te pusiste a correr de ese modo?

—Tenía que largarme —le contesté meneando la cabeza.

—¿Cómo? —y se puso a reír—. ¿Y por qué no lo dijiste?

—No podía.

—¿Solo porque estaba allí la chica?

—No —le dije, y tosí—. No podía hablar. Demasiado borracho.

—¿Cómo? —dijo Jamie riendo.

—Sí —le dije asintiendo con la cabeza—. Volvió a reírse y sacudió la cabeza. Seguimos caminando.

La madre de Jamie todavía estaba levantada y nos preparó un té. Es una mujer grande que siempre lleva puesta una bata verde cuando la veo por las noches después de salir del pub en las ocasiones en que, como ocurre a menudo, su hijo y yo acabamos en su casa. No es muy desagradable, aunque hace ver que le agrado más de lo que en verdad siente.

—Mírate jovencito, no tienes muy buen aspecto. Venga, siéntate aquí y te traeré un té enseguida. Vaya oveja descarriada. —Yo estaba plantado en un sillón del salón en aquella casa de protección oficial mientras Jamie intentaba colgar nuestras chaquetas. Se podían oír sus saltos en el vestíbulo.

—Gracias —le dije con la voz rota y la garganta seca.

—Aquí tienes, cariño. Bueno, ¿quieres que encienda el fuego? ¿Tienes mucho frío?

Sacudí la cabeza y ella sonrió y asintió y me dio unas palmaditas en el hombro y se fue arrastrando los pies a la cocina. Jamie entró y se sentó en el sofá junto a mi sillón. Me miró, esbozó una sonrisa forzada y sacudió la cabeza.

—¡Estás hecho un desastre! ¡Estás hecho un desastre! —Dio una palmada y se hundió en el sofá, con los pies rectos delante de él. Yo parpadeé y miré a otro lado—. No te preocupes, querido Frankie. Con un par de tazas de té estarás como nuevo.

—Humm —logré murmurar, y me estremecí.

Me marché sobre la una de la mañana, más sobrio y empapado en té. Mi estómago y mi garganta casi habían vuelto a su estado normal, aunque mi voz seguía sonando áspera. Les di las buenas noches a Jamie y a su madre y me fui caminando por las afueras del pueblo hasta el sendero que lleva a la isla. Después continué por el camino en la más absoluta oscuridad, utilizando a veces mi pequeña linterna, en dirección al puente y a la casa.

Era un paseo muy tranquilo a través de terrenos de dunas, marismas y ocasionales pastos. Lo único que se podía oír, aparte de mis pasos en el sendero, era el lejano estruendo de los camiones pesados por la carretera que atraviesa el pueblo. El cielo estaba cubierto de nubes que apenas dejaban pasar la luz de la luna y me dejaban frente a una oscuridad absoluta.

Me acordé de una ocasión, en mitad del verano, hace dos años, cuando volvía por el sendero con el crepúsculo de la tarde después de pasar el día caminando por los montes que hay detrás del pueblo. A la caída de la noche vi unas luces extrañas desplazándose en el aire más allá de la isla. Ondeaban y se movían de un modo muy extraño, refulgiendo, desplazándose y destellando con una densidad y solidez impensables en algo que flota en el aire. Me paré y estuve observándolas un tiempo, tratando de captarlas con mis prismáticos, y me dio la impresión de que, de vez en cuando, entre las cambiantes imágenes de luz, podía distinguir estructuras a su alrededor. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y mi mente se apresuró a racionalizar lo que veía. Rápidamente desplacé la mirada a las tinieblas y volví a alzar la vista hacia aquellas lejanas y silenciosas torres de llamas oscilantes. Estaban suspendidas en el cielo como rostros de fuego que observaran la isla desde lo alto, como esperando algo.

Entonces caí en la cuenta y supe lo que estaba pasando.

Un espejismo, un reflejo de capas de aire en alta mar. Estaba contemplando las llamaradas de las plataformas petrolíferas, quizá a cientos de kilómetros de distancia, en el mar del Norte. Al volver a mirar aquellas formas difuminadas alrededor de la llama me parecieron plataformas, construidas vagamente con el fulgor de sus propios gases. Seguí mi camino feliz tras aquello —sin duda mucho más feliz de lo que estaba antes de ver la extraña aparición— y se me ocurrió que alguien menos lógico y menos imaginativo que yo habría llegado a la conclusión de que lo que estaba viendo eran OVNIS.

Finalmente llegué a la isla. La casa estaba a oscuras. Me quedé contemplándola en la oscuridad, apreciando en silencio su masa bajo la tenue luz de una luna borrosa, y pensé que parecía mayor de lo que era, como una inmensa cabeza de piedra, como una enorme calavera iluminada por la luna, llena de formas y recuerdos, que miraba al mar, unida a un vasto y poderoso cuerpo, enterrado en las rocas y la arena, dispuesto a desperezarse y a salir de allí, desenterrándose él mismo, esperando una orden o señal inescrutable.

La casa miraba fijamente al mar, a la noche, y yo entré en ella.

5. UN RAMILLETE DE FLORES

Maté a Esmerelda porque me pareció que me lo debía a mí mismo y al mundo en general. Después de todo, me había cargado a dos niños y por lo tanto le había hecho a las mujeres una especie de favor estadístico. Si tenía el valor para demostrar mis convicciones, pensé, debía equilibrar un poco la balanza. Mi prima fue, simplemente, el objetivo más obvio y más fácil.

Como en las otras ocasiones, no le guardaba ningún rencor personal. Los niños no son gente de verdad, en el sentido de que no son varones y hembras pequeñitos, sino una especie aparte que (probablemente) se convertirán en lo uno o lo otro a su debido tiempo. Los niños pequeños especialmente, antes de verse envueltos en la insidiosa y maligna influencia de sus padres y de la sociedad, son abiertamente asexuados y, por lo tanto, perfectamente dignos de aprecio. Me gustaba Esmerelda (aunque pensaba que su nombre era un poco empalagoso) y jugaba mucho con ella cuando venía a visitarnos. Era la hija de Harmsworth y de Morag Stove, mis medio tíos por parte de la primera esposa de mi padre; era el matrimonio que se hizo cargo de Eric desde los tres a los cinco años. A veces venían desde Belfast para pasar el verano con nosotros; mi padre se llevaba bien con Harmsworth y, como yo me ocupaba de Esmerelda, pasaban unas vacaciones bastante relajadas aquí. Me da la impresión de que a la señora Stove no le hacía mucha gracia que yo me ocupara de su hija ese verano, pues fue el verano siguiente de que yo volara por los aires al pequeño Paul en su más tierna edad, pero a los nueve años no había duda de que yo era un niño feliz y bien adaptado, responsable y bien hablado y, siempre que salía a relucir el tema, indudablemente entristecido por el fallecimiento de mi hermanito. Estoy convencido de que la razón por la que los adultos que me rodeaban estaban absolutamente convencidos de mi inocencia era debido a que yo tenía la conciencia verdaderamente limpia. Llegué a montar la doble farsa de mostrarme ligeramente culpable por motivos que no venían al caso, y así los adultos me decían que no me culpara a mí mismo por no haber podido prevenir a tiempo a Paul. Resultaba perfecto.

Ya había decidido que intentaría asesinar a Esmerelda antes de que llegaran ella y sus padres a pasar las vacaciones. Eric estaba fuera en un crucero con el colegio, así que estaríamos solos, ella y yo. Sería un poco arriesgado, tan seguido después de la muerte de Paul, pero tenía que hacer algo para equilibrar la balanza. Podía sentirlo en mis entrañas, en mis huesos; tenía que hacerlo. Era como una comezón interior, como algo que no podía evitar, como cuando vas por la calle en Porteneil y golpeas sin querer un talón en un adoquín. Entonces tengo que golpear el otro talón en otro adoquín con una fuerza parecida al del primer talonazo para volver a quedarme a gusto. Lo mismo me pasa si me rozo un brazo contra una pared o una farola; tengo que rozarme también el otro brazo enseguida, o por lo menos rascármelo con la otra mano. De otras muchas maneras como esas es como trato de mantener el equilibrio, aunque no tengo ni idea de por qué. Es simplemente algo que se tiene que hacer; y del mismo modo, me tenía que deshacer de alguna mujer, inclinar ligeramente la balanza hacia el otro lado.

Aquel año me había dado por las cometas. Era 1973, supongo. Empleaba multitud de cosas para fabricarlas: caña, listones de madera y perchas de alambre, varillas de aluminio para tiendas de campaña, y cubiertas de papel y de plástico y bolsas de basura y cordel y cuerda de nailon y bramante y toda clase de pequeñas trabillas y hebillas y trozos de cordón eléctrico y de cintas de goma y pedazos de cable y alfileres y tornillos y clavos y piezas desmontadas de los barcos de modelismo y de diversos juguetes. Construí un carrete manual con doble manubrio con retén y espacio para medio kilómetro de hilo en el tambor; elaboré diferentes tipos de colas para las diferentes necesidades de las cometas, y docenas de cometas, grandes y pequeñas, algunas de ellas de acrobacia. Las guardaba en mi cobertizo y, con el tiempo, tuve que sacar las bicicletas afuera y taparlas con una lona cuando la colección me desbordó.

Aquel verano llevé a menudo a Esmerelda a volar cometas. La dejaba jugar con una cometa pequeña de un solo hilo mientras yo usaba una de acrobacia.Yo me ponía a hacer bucles en el aire con la mía alrededor de la de ella, o la hacía descender en picado hacia la arena desde mi puesto en lo alto de una duna, bajando la cometa hasta hacer muescas en altas torres de arena que había construido y remontando el vuelo a continuación, mientras la cometa iba dejando en el aire una estela de arena de la desmoronada torre. Aunque me llevó un tiempo conseguirlo y estrellé un par de ellas, una vez llegué a echar abajo una presa con una cometa. La hacía bajar en picado y, tras cada pasada, conseguía mellar el muro con una esquina de la cometa hasta llegar a hacerle una hendidura al muro de la presa por donde el agua acababa saliendo y haciendo que finalmente se desmoronara toda la presa y arrasara el pueblo de casitas de arena que había debajo.

Y entonces, un día estaba yo en lo alto de una duna, tirando contra la fuerza del viento que empujaba la cometa, agarrando y cobrando y calibrando y ajustando y torciendo, cuando uno de aquellos giros se me apareció como un estrangulamiento alrededor del cuello de Esmerelda, y así nació la idea. Emplear las cometas.

Lo consideré con toda la tranquilidad del mundo, sin dejar de volar la cometa desde la duna, como si nada hubiera ocurrido excepto la computación maquinal de mi cerebro que guiaba la cometa, y me pareció razonable. Y mientras pensaba en ello, aquella idea cobró vida propia, germinando, tal cual, y alcanzando las proporciones de lo que finalmente concebí como la némesis de mi prima. Entonces, recuerdo que esbocé una sonrisa forzada y llevé la cometa acrobática en un vuelo rasante por encima de la hierba y del agua, de la arena y la espuma de las olas, corriéndola con el viento para, con un tironazo brusco, esquivar a la niña poco antes de que la golpeara en lo alto de la duna en donde estaba sentada sosteniendo en la mano su cometa, a la que daba tirones espasmódicos, conectada con el cielo. Se volvió hacia mí, sonrió y soltó una risotada chillona, entornando los ojos ante la luz del verano. Yo también me reí mientras seguía controlando, con igual presteza, tanto aquella cosa en las alturas del cielo, como la otra, que iba germinando en mi cerebro bajo las alturas.

Construí una cometa enorme.

Era tan grande que ni siquiera cabía en el cobertizo. La hice de viejos postes de aluminio de tienda de campaña, algunos de los cuales ya los había conseguido hacía tiempo en el desván y otros los había encontrado en el vertedero del pueblo. El entelado fue al principio de bolsas de basura, pero después lo sustituí por tela de tienda de campaña, también del desván.

Para el hilo empleé sedal de pesca naranja de gran resistencia enrollado en un tambor especialmente fabricado para el carrete, que había reforzado y que se encajaba en un arnés de pecho. La cometa tenía una cola elaborada con tiras de papel de revistas como Armas y municiones, que en aquel tiempo recibía regularmente. En la lona del armazón pinté una cabeza de perro de color rojo porque todavía no me había enterado de que yo no era del signo del Can. Mi padre me había contado hacía años que yo había nacido bajo el signo astral del Can Mayor porque Sirio era en aquel momento mi ascendente. Bueno, aquello era solo un símbolo.

Una mañana salí muy temprano; acababa de amanecer y no se había despertado nadie. Me fui al cobertizo, saqué la cometa, caminé un trecho por las dunas, la ensamblé, clavé una clavija de tienda de campaña en el suelo, amarré el nailon allí, y estuve un rato volando la cometa con el hilo muy corto. Hasta con aquel viento suave me hacía sudar y forcejear, y las manos se me fueron calentando a pesar de los recios guantes de soldador que llevaba puestos. Me convencí de que la cometa serviría y la volví a dejar en su sitio.

Aquella tarde, con el mismo viento —ahora más fresco— bañando la isla en dirección al mar del Norte, Esmerelda y yo salimos como siempre, deteniéndonos un momento en el cobertizo para recoger la cometa desmontada. Me ayudó a llevarla mientras nos alejábamos por las dunas, portando cumplidamente las cuerdas y el carrete apretados contra su pechito liso y dándole vueltas al trinquete, hasta que llegamos a un lugar que quedaba fuera de la vista de la casa. Era un alto cabezo de duna que miraba de frente a las lejanas costas de Noruega o Dinamarca, con hierba como cabellos que crecieran puntiagudos por encima del ceño.

Esmerelda se puso a buscar flores mientras yo iba construyendo la cometa con una lentitud solemne apropiada al caso. Recuerdo que ella les hablaba a las flores como si tratara de convencerlas de que salieran, para así cogerlas en un ramillete, arrancadas y apretadas. El viento agitaba su rubia cabellera frente a su rostro mientras ella caminaba, se agachaba, gateaba y hablaba, y yo seguía ensamblando la cometa.

Finalmente la cometa estaba lista, completamente montada y tirada en el suelo como una tienda de campaña caída sobre la hierba, verde sobre verde. El viento serpenteaba a su alrededor y la hacía flamear; el sonido de pequeños latigazos que la hacían removerse y parecer que estaba viva; la cara de perro amenazante. Desenrollé el hilo naranja de nailon y até algunos cabos al armazón, deshaciendo los nudos, uno a uno.

Llamé a Esmerelda para que viniera. Sostenía un ramillete de florecillas y me hizo esperarla pacientemente mientras me las iba describiendo una por una, inventándose los nombres que había olvidado o que nunca había sabido. Acepté la margarita que amablemente me ofreció y me la puse en el bolsillo izquierdo del pecho de la chaqueta. Le dije que ya había terminado de construir la nueva cometa y que podía ayudarme a probarla con el viento. Ella estaba emocionada y deseando agarrar los hilos. Le dije que quizá la dejara, pero que yo mantendría siempre el control. No quería soltar las flores de la mano y le dije que quizá también podría llevarlas.

Esmerelda exclamó ohhh y ahhh acerca del tamaño de la cometa y del fiero perrito pintado en ella. La cometa yacía sobre la hierba ondulada por el viento como una impaciente manta raya que encrespara su aletas. Encontré los hilos principales de control y se los entregué a Esmerelda, enseñándole cómo y dónde utilizarlos. Había hecho unas lazadas para pasarlas alrededor de sus muñecas de manera que, según le conté, no perdiera el agarre. Ella pasó sus manos por el nailon trenzado, asiendo con fuerza un hilo y tomando el manojo de flores y el otro hilo con la otra mano. Yo agarré mi parte de los hilos de control y los pasé en una lazada alrededor de la cometa. Esmerelda se puso a saltar y me dijo que me diera prisa y que empezara a volar la cometa. Eché un último vistazo alrededor y a continuación solo tuve que empujar un poco con el pie hacia arriba la parte superior de la cometa para que cogiera viento y se elevara. Retrocedí corriendo detrás de la espalda de mi prima mientras el hilo suelto entre ella y la cometa, que ascendía con rapidez, se iba tensando.

La cometa remontó el vuelo en el aire de manera brutal, elevando su cola con un sonido como el de cartón desgarrado. Dio una sacudida y crujió en el aire. Esquivó su propia cola y flexionó sus huecos huesos. Yo me coloqué detrás de Esmerelda y sostuve los hilos justo detrás de sus pequeños codos pecosos, esperando el tirón. Las líneas se tensaron y entonces llegó. Tuve que clavar los talones en el suelo para mantener el equilibrio. Choqué contra Esmerelda y ella dio un chillido. Había soltado los hilos cuando sintió el primer chasquido brutal al tensarse el nailon, y se quedó, alternativamente, mirándome con la cabeza vuelta y mirando al cielo que nos cubría. Seguía aferrada a sus flores y los tirones que yo daba lucían que sus brazos se movieran como los de una marioneta, atrapada en los lazos. Tenía el carrete sujeto al arnés, un poco suelto entre mi pecho y mis manos. Esmerelda volvió su rostro hacia mí una última vez, entre risitas, y yo también me reí. Entonces solté los hilos.

El carrete la golpeó al final de su espalda y dio un grito. Entonces fue elevándose sobre sus pies a medida que los hilos tiraban de ella y los lazos apretaban sus muñecas. Yo me tambaleé hacia atrás, en parte para que pareciera la reacción normal ante la remota posibilidad de que hubiera alguien observando, y en parte porque perdí el equilibrio al soltarme el carrete. Me caí al suelo cuando Esmerelda lo abandonaba para siempre. La cometa continuó chasqueando y flameando y flameando y chasqueando mientras iba alzando a la niña de la tierra y la encumbraba en el aire, con carrete incluido. Me quedé tendido de espaldas y contemplé aquello un segundo para levantarme enseguida y salir corriendo detrás de ella tan veloz corno pude porque, una vez más, sabía que no podría alcanzarla. Ella gritaba y agitaba las piernas con todas sus ganas, pero los crueles lazos la sujetaban por las muñecas, la cometa estaba a merced de las fauces del viento, y ya quedaba muy lejos de mi alcance aunque hubiera querido cogerla.

Corrí y corrí, saltando de una duna y rodando por la ladera que da al mar, contemplando cómo la pequeña figura gesticulante iba alzándose más y más en el cielo a medida que la cometa se la llevaba. Apenas se oían ya sus gritos y chillidos; solo un leve gemido arrastrado por el viento. Voló sobre las arenas y las rocas en dirección al mar, y yo corría, alborozado, debajo de ella, contemplando como el carrete atascado se balanceaba bajo sus agitados pies. Su vestido ondulaba a su alrededor.

Subió y subió y yo seguí corriendo, sobrepasado ahora por el viento y la cometa. Corrí atravesando los charcos rizados a la orilla del mar y después acabé metiéndome en el agua hasta las rodillas. Fue entonces cuando algo, que a primera vista me pareció homogéneo, y después vi separarse y disgregarse, cayó de ella. Al principio pensé que se había meado encima pero enseguida vi flores descendiendo del cielo y caer en el agua delante de mí como una rara lluvia. Avancé chapaleando por el agua poco profunda hasta que llegué hasta ellas y recogí las que pude, alzando la vista desde mi recolecta para contemplar cómo Esmerelda y la cometa partían hacia el mar del Norte. Se me pasó por la cabeza la posibilidad de que pudiera llegar a cruzar el maldito mar y llegar a tierra antes de que el viento amainara, pero estimé que, aunque tal cosa pudiera ocurrir, yo ya había hecho todo lo que estaba en mi mano, y mi honor estaba a salvo.

Observé cómo se iba haciendo más y mas pequeña, y después me di la vuelta y me dirigí a la playa.

Sabía que tres muertes en mi inmediata vecindad en un plazo de cuatro años tenía que parecer sospechoso, y ya había planeado cuidadosamente mi reacción. No salí corriendo hacia la casa sino que volví a las dunas y me senté allí con las flores en la mano. Me canté canciones, me inventé historias, me entró hambre, me revolqué un poco en la arena, me froté un poco los ojos con ella y, en general, intenté meterme a fondo en un estado mental que pareciera terrible para un niño como yo. Y allí seguía sentado al atardecer, mirando fijamente al mar, cuando un joven trabajador forestal del pueblo me encontró.

Formaba parte del grupo de búsqueda organizado por Diggs después de que mi padre y mis parientes nos echaran en falta y llamaran a la policía. El joven apareció en lo alto de las dunas silbando y golpeando de vez en cuando cañaverales y matojos con un palo.

Hice como si no lo viera. Me quedé mirando fijamente al mar, tiritando y aferrado a las flores. Mi padre y Diggs llegaron después de que el joven diera la voz a la brigada de gente en hilera que batía las dunas en nuestra busca, pero yo seguí sin reconocer su presencia. Al final había decenas de personas arracimadas a mi alrededor, mirándome, haciéndome preguntas, rascándose la cabeza, mirando sus relojes e intercambiando miradas. Yo hice como si no viera a nadie. Formaron de nuevo una hilera y se pusieron a buscar a Esmerelda mientras a mí me llevaban a la casa. Me ofrecieron una sopa, que deseaba más que nada en el mundo, pero que hice como si no la viera, me hicieron preguntas que contesté con un silencio catatónico y una mirada perdida. Mi tío y mi tía me sacudieron por los hombros, sus rostros enrojecidos y sus ojos en lágrimas, pero yo hice como si no los viera. Finalmente mi padre me llevó a mi cuarto, me desvistió y me metió en la cama.

No me dejaron solo en mi habitación durante toda la noche y, tanto si fue mi padre, Diggs, o cualquier otro quien me acompañaba, lo mantuve despierto quedándome tendido tranquilamente durante un rato, fingiendo estar dormido, y a continuación poniéndome a gritar con todas mis ganas y cayéndome de la cama para acabar tirado en el suelo. En cada ocasión me recogían, me abrazaban y me devolvían a la cama. Y en cada ocasión yo pretendía volver a dormirme y volverme loco a los pocos minutos. Si cualquiera de ellos me hablaba yo me quedaba tintando en la cama y lo miraba fijamente, sordo y mudo.

Estuve así hasta el amanecer, cuando la partida de búsqueda volvió, sin Esmerelda, y entonces decidí que ya podía dormirme.

Tardé una semana en recuperarme y tengo que reconocer que fue una de las mejores semanas de mi vida. Eric volvió de su crucero con el colegio y comencé a hablar poco después de su llegada; al principio solo fueron palabras sin sentido que se fueron transformando más adelante en indicios inconexos de lo que había ocurrido, seguido siempre todo ello de alaridos y de estado catatónico.

Alrededor de la mitad de la semana permitieron que el doctor MacLennan me viera un momento, después de que Diggs rechazara la prohibición de mi padre de que nadie, excepto él, podía realizarme un examen médico. Y aún así, mi padre permaneció en la habitación, ceñudo y circunspecto, para asegurarse de que el examen se llevaba a cabo dentro de unos límites; me alegré de que no dejara al doctor explorarme de arriba abajo, y correspondí a ello mostrándome un poco más lúcido.

Al final de la semana seguía representando ocasionalmente mis fingidas pesadillas, y de vez en cuando me ponía repentinamente a temblar y me quedaba en silencio, pero ya comía más o menos normalmente y podía responder a las preguntas con cierta despreocupación. Aunque hablar de Esmerelda y de lo que le había ocurrido seguía provocándome mini ataques de histeria seguidos de gritos y mutismo total, tras un laborioso y paciente interrogatorio por parte de mi padre y de Diggs. les dejé entender que estaba dispuesto a contar lo que había ocurrido…una cometa enorme; Esmerelda que se enreda en los hilos; yo intentando ayudarla y el carrete que se me escapa de las manos; carrera desesperada; después la mente en blanco.

Les expliqué que tenía miedo de estar bajo una maldición, de traer la muerte y la destrucción a cualquiera que se me acercase, y que también tenía miedo de que me pudieran mandar a la cárcel si la gente pensaba que yo había matado a Esmerelda. Sollocé y me abracé a mi padre y hasta llegué a abrazar a Diggs, oliendo la tela de su rígido uniforme azul mientras lo hacía y sintiendo como casi se derretía y me creía. Le pedí que fuera a mi cabaña y que se llevara todas mis cometas y las quemara, lo cual cumplió diligentemente en una hondonada que hoy lleva el nombre de Cañada de la Pira de Cometas. Lo sentí por las cometas, y ya me había hecho a la idea de que tendría que renunciar para siempre a volarlas para hacer que todo aquel montaje pareciera convincente, pero merecía la pena. Esmerelda jamás apareció; nadie la volvió a ver después de mí, a juzgar por el resultado de las indagaciones de Diggs entre pescadores y trabajadores de las plataformas petrolíferas.

Así que conseguí superarme a mí mismo y pasar una maravillosa, aunque agotadora, semana disfrutando con la actuación. Las flores a las que seguía aferrado cuando me llevaron a la casa habían sido arrancadas de mi mano y depositadas en una bolsa de plástico en lo alto del refrigerador. Allí las descubrí, marchitas y mustias, olvidadas y desapercibidas, dos semanas después. Una noche me las llevé al santuario del desván y allí siguen hasta este día: espirales marrones de plantas secas como cinta adhesiva cello vieja y apergaminada, metidas en un frasco de cristal. A veces me pregunto dónde acabaría mi prima; en el fondo del mar, o arrastrada hasta una costa escarpada y desierta, o aventada hasta la ladera de una alta montaña, para acabar devorada por gaviotas o por águilas…

Prefiero pensar que murió cuando aún flotaba en el aire arrastrada por la cometa gigante, que voló alrededor del mundo y después se fue elevando más y más al morir de hambre y deshidratación, perdiendo así más peso y acabando finalmente como un minúsculo esqueleto remontando las corrientes de aire del planeta; una especie de Holandesa Errante. Pero dudo que una visión tan romántica de los hechos se ajuste a la realidad.

Me pasé la mayor parte del domingo en cama. Tras mi juerga de la noche anterior lo que quería era descansar, muchos líquidos, poca comida, y que se me pasara la resaca. En esos momentos me entraban ganas de decidir no volver a emborracharme jamás, pero al ser tan joven me pareció que probablemente sería una decisión poco realista, así que resolví no volver a emborracharme tanto.

Llegó mi padre y se puso a aporrear la puerta cuando vio que no me presentaba a desayunar.

—¿Y ahora qué te pasa? Si es que se puede preguntar.

—Nada —le contesté con voz ronca.

—Eso espero —dijo mi padre sarcásticamente—. ¿Y cuánto bebiste anoche?

—No mucho.

—Humm —murmuró.

—Enseguida bajo —dije yo, moviéndome arriba y abajo en la cama para hacer ruidos que sonaran como que me estaba levantando.

—¿Eras tú el que llamó anoche por teléfono?

—¿Cómo? —pregunté dirigiéndome a la puerta y dejando de moverme.

—¿Eras tú, no? Ya pensé que serías tú; intentaste camuflar la voz. ¿Qué hacías llamando a esa hora?

—Ehh… No recuerdo haber llamado, papá, de verdad —dije con calma.

—Humm. Eres un irresponsable, jovencito —dijo, y a continuación se fue hacia el vestíbulo arrastrando su zapatones. Yo me quedé allí, pensando. Estaba casi seguro de no haber llamado a casa la noche anterior. Había estado con Jamie en el pub, después con Jamie y la chica en la calle, después estuve solo cuando me puse a correr, y después con Jamie, y más tarde con él y su madre, para acabar volviendo a casa casi sobrio. No había momentos en blanco. Supuse que debía de ser Eric quien llamó. Por lo que dijo mi padre no debió de hablar con él mucho tiempo pues, si no, habría reconocido la voz de su hijo. Estaba tendido en la cama, deseando que Eric siguiera huido y encaminándose hacia aquí, y que mi cabeza y mis tripas dejaran de recordarme lo mal que me sentía.

—Mira la pinta que tienes —me dijo mi padre cuando finalmente aparecí con la bata para ver una vieja película en el televisor aquella tarde—. Supongo que estarás orgulloso de ti mismo. Supongo que crees que sentirte así te convierte en un hombre. —Mi padre chasqueó la lengua y sacudió la cabeza antes de volver la vista a su lectura, el Scientific American. Yo me senté silenciosamente en uno de los grandes sillones del salón.

—Me emborraché un poco anoche, papá, lo admito. Siento mucho que te enfades, pero te aseguro que ya estoy sufriendo las consecuencias.

—Espero que hayas aprendido una lección. ¿Te das cuenta de la cantidad de neuronas que conseguiste matar anoche?

—Unos cuantos miles —dije yo tras pararme un instante a calcularlo.

Mi padre asintió entusiásticamente con la cabeza y añadió:

—Por lo menos.

—Bueno, trataré de no volver a hacerlo.

—Humm.

—¡Brrap! —soltó mi ano con estruendo, sorprendiéndome tanto a mí como a mi padre. Bajó la revista y se quedó mirando fijamente al espacio por encima de mi cabeza, con una sonrisa de conocedor, mientras yo me aclaraba la garganta y abanicaba el aire con los faldones de mi bata tan disimuladamente como podía. Pude ver cómo las aletas de su nariz se flexionaban y se estremecían.

—Láger y whisky, ¿eh? —dijo moviendo con satisfacción la cabeza de arriba abajo y volviendo a llevarse la revista a los ojos. Sentí cómo me sonrojaba y me chirriaban los dientes, agradecido de que se hubiera retirado tras las páginas de papel cuché. ¿Cómo podía hacerlo? Yo continué como si no hubiera pasado nada.

—Ah. Por cierto —dije—. Espero que no te importe, pero le conté a Jamie que Eric se había escapado.

Mi padre me lanzó una mirada furiosa por encima de la revista, sacudió la cabeza y continuó leyendo.

—Idiota —dijo.

Por la noche, tras picar algo en lugar de cenar, subí al desván y utilicé el telescopio para echar un vistazo a distancia a la isla y asegurarme de que no había ocurrido nada mientras yo descansaba en la casa. Todo parecía en calma. Aquella fría noche nublada salí a dar un breve paseo por la playa hacia el extremo sur de la isla, volví a casa y, cuando estaba viendo un poco de televisión, llegó la lluvia, transportada por un viento rasante, tamborileando en la ventana.

Ya estaba en la cama cuando sonó el teléfono. Me levanté rápidamente, pues no me había dormido del todo cuando lo oí, y salí corriendo escaleras abajo antes de que llegara mi padre. No sabía si todavía estaba despierto o no.

—¿Sí? —dije sin aliento mientras me remetía la camisa del pijama en los pantalones. Sonaron unos bips y a continuación una voz al otro lado suspiró:

—No.

—¿Cómo? —dije frunciendo el ceño.

—No —repitió la voz al otro lado.

—¿Eh? —dije yo. No estaba seguro de que fuera Eric.

—Has dicho «Sí».Yo digo «No».

—¿Qué quieres que diga?

—«Porteneil 531».

—Muy bien. Porteneil 531. ¿Diga?

—Muy bien. Adiós. —La voz soltó una risita y la línea se cortó.

Yo me quedé mirando el teléfono con cara de odio y después lo colgué. Estuve dudando. El teléfono volvió a sonar. Lo descolgué antes de que acabara el primer ring.

—Eres… —comencé a decir y entonces volvieron a sonar los pitidos. Esperé a que terminaran y dije—: Porteneil 531.

—Porteneil 531 —dijo Eric. Al menos yo creía que era Eric.

—Sí —dije yo.

—¿Sí qué?

—Sí, que aquí es Porteneil 531.

—Yo creía que aquí es Porteneil 531.

—Es aquí. ¿Quién es? ¿Eres…?

—Soy yo. ¿Es Porteneil 531?

—¡Sí! —exclamé con un grito.

—¿Y quién es usted?

—Frank Cauldhame —dije tratando de conservar la calma—. ¿Quién es usted?

—Frank Cauldhame —respondió Eric.

Miré alrededor, arriba y abajo, pero mi padre no daba señales de vida.

—Hola, Eric —dije con una sonrisa. Decidí que, pasara lo que pasara, aquella noche no haría enfadar a Eric. Antes de decirle algo improcedente y conseguir que mi hermano rompiera otra pieza del mobiliario urbano perteneciente a Correos y Telégrafos, colgaría el teléfono.

—Te acabo de decir que me llamo Frank. ¿Por qué me llamas «Eric»?

—Venga, Eric. Reconozco tu voz.

—Soy Frank. Deja de llamarme Eric.

—Muy bien. Muy bien. Te llamaré Frank.

—¿Y quién eres tú?

Me quedé pensativo.

—¿Eric? —dije probando.

—Me acabas de decir que te llamabas Frank.

—Bueno. —Exhalé un suspiro y me apoyé contra la pared con una mano, meditando lo que podía decir—. Era solo… era solo una broma. Oh, Dios mío, no sé. —Fruncí el ceño mirando al teléfono y me quedé esperando a que Eric dijera algo.

—Bueno, Eric —dijo Eric—, ¿qué noticias tenemos?

—Oh, bueno, nada especial. Anoche salí. Estuve en el pub. ¿Me llamaste anoche?

—¿Yo? No.

—Ah. Es que papá dice que llamó alguien. Pensé que quizá fuiste tu.

—¿Por qué iba yo a llamar?

—Bueno, pues no sé —me encogí de hombros—. Por la misma razón por la que has llamado esta noche. Por lo que sea.

—Bueno, ¿y por qué crees que he llamado esta noche?

—Pues no sé.

—Joder; no sabes por qué he llamado, no estás seguro de tu propio nombre, confundes el mío. No estás muy fino, ¿verdad?

—Por Dios… —dije más para mí mismo que para Eric. Podía sentir cómo la conversación estaba derivando por el camino equivocado.

—¿No vas a preguntarme cómo estoy?

—Sí, sí —dije—. ¿Cómo estás?

—Fatal. ¿Cómo estas tú?

—Bien. ¿Por qué te sientes fatal?

—La verdad es que no te importa.

—Por supuesto que me importa. ¿Qué te pasa?

—Nada que te importe lo más mínimo. Pregúntame cualquier otra cosa, como qué tiempo hace, dónde estoy o algo así. Ya sé que no te importa cómo me encuentro.

—Por supuesto que me importa. Eres mi hermano. Es normal que me importe —protesté yo. Justo en ese momento oí como se abría la puerta de la cocina y, segundos después, apareció mi padre al pie de las escaleras y, agarrando la bola de madera esculpida en el poste, se quedó mirándome furioso. Alzó la cabeza y la giró ligeramente a un lado para escuchar mejor. Yo me perdí parte de lo que Eric me estaba diciendo y solo pude oír:

—…importa como me sienta. Cada vez que llamo es lo mismo. «¿Dónde estás?» Eso es lo único que te importa; no te importa dónde está mi cabeza, solo mi cuerpo. No sé por qué me tomo la molestia, no sé. Mejor sería que no me molestara en llamar.

—Humm. Bueno. Tienes razón —le dije bajando la vista para mirar a mi padre y sonriendo. Seguía allí, inmóvil y en silencio.

—¿Ves lo que te digo? Eso es todo lo que se te ocurre decir. «Humm. Bueno. Tienes razón». Gracias por tu puta comprensión. Eso demuestra lo que te importo.

—De nada. Al contrario —le dije. Me aparté el teléfono de la boca y le grité a mi padre—: ¡Es Jamie otra vez, papa!

—… no sé por qué me tomo la molestia de hacer un esfuerzo.

Eric seguía enrollándose al teléfono sin, al parecer, percatarse de lo que yo acababa de decir. Mi padre tampoco me hizo mucho caso y se quedó en la misma posición que estaba, alzando la barbilla.

Yo me pasé la lengua por los labios y dije:

—Bueno, Jamie…

—¿Cómo? ¿Lo ves? Te has vuelto a olvidar de mi nombre. ¿De qué sirve todo esto? Eso es lo que me gustaría saber. ¿Humm? ¿De qué sirve? El no me quiere. Pero, tú sí que me quieres, ¿verdad? ¿Eh? Su voz se fue desvaneciendo poco a poco, convirtiéndose en un eco; debió de apartarse el teléfono de la cara. Sonaba como si estuviera hablando con otra persona dentro de la cabina.

—Sí, Jamie, por supuesto. —Sonreí a mi padre, asentí con la cabeza y me pasé la mano por debajo de la axila del otro brazo, intentando parecer lo más relajado posible.

—Tú sí que me quieres, ¿verdad, cariño? Como si tu corazoncito ardiera por mí… —seguía murmurando Eric en la distancia. Yo tragué saliva, sonreí y miré a mi padre.

—Bueno, así son las cosas, Jamie. Esta misma mañana se lo decía a mi padre aquí presente. —Le hice un gesto con la mano a mi padre.

—Te estás abrazando de amor por mí, ¿verdad, cariño?

Entonces sentí que mi corazón y mi estómago iban a entrar en colisión cuando empecé a escuchar un impetuoso jadeo por el teléfono que se superponía a los susurros de Eric. Un leve gemido y ciertos sonidos salivares me pusieron la carne de gallina. Me estremecí. Sentí una sacudida en la cabeza como si me hubiera echado al coleto un whisky de cien grados. Y seguía oyéndose jadeo tras jadeo, gemido tras gemido. Se oyó a Eric pronunciar al fondo unas palabras tranquilizadoras en voz baja. Oh, Dios mío, tenía un perro metido en la cabina. Oh, no.

—¡Bueno! ¡Oye! ¡Oye, Jamie! Dime qué te parece —dije en voz alta con desesperación, preguntándome si mi padre habría notado cómo se me ponía la piel de gallina. Pensé que se me salían los ojos de las órbitas, pero poco podía hacer para remediarlo; estaba intentando por todos los modos que se me ocurriera algo que pudiera llamar la atención de Eric—. Se me acaba… se me acaba de ocurrir que deberíamos… que deberíamos convencer aWilly de que nos deje probar otra vez su viejo coche, ¿sabes?: el Mini con el que se pone a saltar por la arena de vez en cuando. Nos lo pasamos bien aquella vez, ¿no? —A esas alturas ya casi no me quedaba voz y tenía la garganta seca.

—¿Cómo? ¿De qué estás hablando? —sonó la voz de Eric de repente, otra vez cerca del teléfono. Yo tragué y volví a sonreír a mi padre, cuyos ojos parecían haberse entornado ligeramente.

—Ahora te acuerdas, ¿verdad Jamie? Cuando probamos el Mini de Willy. Pues tengo que convencer a mi padre, aquí presente—, susurré estas dos últimas palabras— de que me compre un coche viejo para poder conducir por la arena.

—Estás diciendo estupideces. Nunca he conducido el coche de nadie por la arena. Te has vuelto a olvidar de quién soy —dijo Eric, que seguía sin oír lo que le estaba diciendo. Aparté la vista de mi padre y me puse a mirar al rincón, suspirando y musitando para mis adentros «Oh, Dios mío», apartado del teléfono.

—Sí. Sí, eso es, Jamie —continué ya sin esperanza—. Mi hermano sigue de camino hacia aquí, por lo que tengo entendido. Yo y mi padre, aquí presente, esperamos que se encuentre bien.

—¡Pero cabrón! ¡Si hasta estás hablando como si yo no estuviera aquí! ¡Joder, no puedo soportar que la gente haga eso! Tú no me harías eso, ¿verdad? No dejarías que se apagara la llama de tu pasión. —Su voz volvió a alejarse y pude escuchar el sonido de un perro (ahora que lo pienso, sonaba como un cachorro) por el teléfono. Estaba empezando a sudar.

Oí pasos en el vestíbulo y después se apagó la luz de la cocina. Los pasos retornaron y comenzaron a subir por la escalera. Me di la vuelta rápidamente y sonreí a mi padre al pasar.

—Bueno, pues eso es lo que te decía, Jamie —dije bastante patéticamente, quedándome seco, metafórica y literalmente.

—No te pases toda la noche al teléfono —me dijo mi padre al pasar, y continuó escaleras arriba.

—¡Muy bien, papá! —exclamé alegremente mientras comenzaba a experimentar ese dolor cerca de la vejiga que me entra cuando las cosas me van especialmente mal y no veo ninguna salida.

—¡Aaaaauuuuu!

Me aparté el teléfono de la oreja y me quedé mirándolo un segundo. No estaba seguro de quién había emitido el sonido, si Eric o el perro.

—¿Hola? ¿Hola? —susurré enfebrecido, levantando la vista para ver cómo la sombra de mi padre desaparecía de la pared del primer piso.

—¡Aaaoooguaaaooouuu! —llegaba el sonido a través de la línea. Me estremecí y di un paso atrás. Dios mío, ¿qué le estaba haciendo a aquel animal? Entonces oí un ruido metálico en el auricular y un grito como un insulto, y el teléfono volvió a matraquear y a golpearse—. Pequeño granuja… ¡Aaargh! Joder! ¡Mierda! Vuelve, pequeño…

—¡Hola! ¡Eric! ¡Digo… Frank! Quiero decir… ¡Hola! ¿Qué pasa? —susurré mirando de nuevo hacia arriba en busca de sombras, encorvándome alrededor del teléfono y cubriéndome la boca con la mano libre—. ¿Hola?

Se oyó un estruendo y a continuación un «¡Tú te lo has buscado!», seguido de un grito que pudo escucharse muy cerca del teléfono, y después otro golpe. Durante un tiempo se oyeron ruiditos indefinidos pero, aunque me esforcé, no pude adivinar de dónde provenían, y podían haber sido simples interferencias de la línea. Me preguntaba si debería colgar el teléfono, y estaba a punto de hacerlo cuando regresó la voz de Eric farfullando algo que no entendí.

—¿Hola? ¿Cómo? —dije.

—Sigues ahí, ¿eh? He perdido a ese granuja. Ha sido culpa tuya. Joder, ¿de qué me sirve hablar contigo?

—Lo siento —le dije, sintiéndolo de verdad.

—Ahora ya es demasiado tarde. Me ha mordido el muy mierda. Pero lo voy a agarrar otra vez. Cabrón —entonces sonaron los bips. Oí cómo ponía más monedas—. Supongo que estarás contento, ¿no?

—¿Contento, de qué?

—De que el maldito perro se haya escapado, gilipollas.

—¿Cómo? ¿Yo? —balbuceé.

—No vayas a decirme que sientes que el perro se me haya escapado, ¿eh?

—Ah…

—¡Lo has hecho a propósito! —gritó Eric—. ¡Lo has hecho a propósito! ¡Querías que se escapara! ¡No me dejas jugar con nada! ¡Prefieres que se divierta el perro a que me divierta yo! ¡Asqueroso! ¡Cabrón de mierda!

—Ja, ja —me reí sin convicción—. Bueno, gracias por llamar… eh… Frank. Adiós. —Le colgué el teléfono de un golpe y me quedé allí quieto un segundo, felicitándome por lo bien que había reaccionado, teniendo en cuenta lo que había hecho. Me pasé el dorso de la mano por el ceño, que me sudaba ligeramente, y miré por última vez a la pared libre de sombras del primer piso.

Sacudí la cabeza y subí pesadamente los escalones. Había llegado al último escalón de aquel tramo cuando volvió a sonar el teléfono. Me quedé helado. Si lo contestaba… Pero si no, y padre podía…

Volví corriendo sobre mis pasos, lo descolgué y oí caer las monedas; a continuación se oyó «¡Cabrón!» seguido por una serie de golpes ensordecedores de plástico contra metal y vidrio. Cerré los ojos y escuché los porrazos y golpes hasta que al final se oyó un fuerte sonido seco que acabó en un suave zumbido que normalmente no suelen emitir los teléfonos; a continuación coloqué el teléfono en su sitio, me volví, miré a la pared del primer piso, y me puse en marcha en silencio, escaleras arriba.

Estaba tendido en la cama. Tendría que buscar otro modo de solucionar este problema a largo plazo. Era la única manera. Tendría que intentar influir en las cosas partiendo de la raíz causante de todo: el Viejo Saúl. Se necesitaba una medicina potente si quería que Eric no se cargara él sólito toda la red telefónica de Escocia y diezmara la población canina del país. Pero antes que nada tendría que volver a consultar a la Fábrica.

No era exactamente culpa mía, pero me afectaba completamente y quizá podría arreglar algo mediante la calavera del viejo sabueso, con la ayuda de la Fábrica, y un poco de suerte. La sensibilidad de mi hermano para captar las vibraciones que yo pudiera mandarle era una cuestión en la que prefería no pensar dado el estado de su cabeza, pero tenía que hacer algo.

Esperaba que aquel cachorrillo hubiera salido bien librado. Maldita sea, yo no culpo a todos los perros por lo que ocurrió. El Viejo Saúl era quien tenía la culpa, el Viejo Saúl, que había pasado a formar parte de nuestra historia y nuestra mitología personal bajo el nombre de el Castrador, pero al que ahora, gracias a las pequeñas criaturas que volaron por encima de la ensenada, tenía sometido a mi poder.

No había duda de que Eric estaba loco, aunque fuera mi hermano. Tenía suerte de contar con alguien cuerdo que aún lo quería.

6. LOS TERRITORIOS DE LA CALAVERA

Cuando Agnes Cauldhame llegó, embarazada de ocho meses y medio, en su BSA 500 con el manillar estilo choper y un ojo de Sauron pintado en rojo en el depósito, puede entenderse fácilmente que mi padre no estuviera encantado de la vida de verla. Después de todo, ella lo abandonó casi inmediatamente después de mi nacimiento, dejándolo con aquella criatura lloriqueante en los brazos. Desaparecer tres años sin más que una llamada o una postal, aparecer de repente como si nada por el camino del pueblo, cruzar el puente —por donde los puños de goma del manillar pasaron rozando— llevando en las entrañas el niño o los niños de otro y esperar que mi padre la alojara, la alimentara, la cuidara y la ayudara a alumbrar, implicaba una pequeña dosis de arrogancia.

Como entonces yo solo tenía tres años, no puedo recordarlo bien. De hecho no puedo acordarme de nada de aquello, pues no tengo ningún recuerdo anterior a los tres años. Pero bueno, tengo mis buenas razones para que me ocurra eso. Por lo poco que he podido recabar en las ocasiones en que mi padre ha dejado escapar algo, he conseguido hacerme una idea bastante precisa de lo que ocurrió. La señora Clamp también ha ido dejando caer algunos detalles de vez en cuando, aunque seguramente no tienen mucha más credibilidad que los que mi padre me contó.

Eric estaba fuera en aquel tiempo, pasando una temporada con los Stove, en Belfast.

Agnes, bronceada, enorme, envuelta toda ella en una túnica y collares, decidió dar a luz en posición de loto (en la cual, según afirmaba, había sido concebido el niño) entonando el «Om», y se negó a responder a las preguntas de mi padre acerca de dónde había estado esos tres años y con quién. Ella le contestó que no fuera tan posesivo con ella y con su cuerpo. Estaba bien y con niño; eso era todo lo que tenía que saber.

Agnes se atrincheró en lo que había sido su dormitorio a pesar de las protestas de mi padre. Quién sabe si mi padre se alegró secretamente de su vuelta y si hasta concibió la absurda esperanza de que quizá volviera para quedarse. La verdad es que no creo que él sea tan resistente, a pesar del aura que impone su presencia meditabunda cuando quiere impresionar. Sospecho que la naturaleza decidida de mi madre debió bastar para modelar su carácter. En cualquier caso, ella se salió con la suya y se pasó un par de semanas viviendo a todo plan en aquel impetuoso verano de amor y paz, etcétera.

En aquella época mi padre aún disfrutaba completamente de sus dos piernas, y tenía que usarlas para correr arriba y abajo, de la cocina o del salón al dormitorio y viceversa, cada vez que Agnes agitaba las campanillas cosidas en las patas de elefante de sus pantalones vaqueros, que estaban doblados en una silla junto a la cama. Y al mismo tiempo que hacía todo eso, mi padre tenía que cuidarme. Yo caminaba tambaleándome, dando mis primeros pasos y haciendo travesuras, como haría cualquier niño saludable de tres años.

Como ya he dicho, no puedo recordar nada de esa época, pero me han contado que disfrutaba haciendo rabiar al Viejo Saúl, el anciano bulldog blanco y patizambo que tenía mi padre porque, según me cuentan, era muy feo y no le gustaban las mujeres. Tampoco le gustaban las motos y, cuando llegó Agnes, se puso hecho una furia, ladrando y acometiendo. Agnes lo mandó a la otra punta del jardín de una patada y se fue aullando hacia las dunas. Solo volvió a aparecer cuando Agnes se metió en su cuarto, confinada en su cama. La señora Clamp mantiene que mi padre tenía que haber acabado con aquel perro muchos años antes de que todo aquello ocurriera, pero yo creo que aquel viejo sabueso de labios babosos, de turbios ojos amarillentos y olor a pescado debió de caerle en gracia simplemente por ser tan repulsivo.

Agnes se puso de parto puntualmente tal como estaba previsto, un caluroso día alrededor de la hora de comer, bañada en sudor y entonando «Ommmm» para sí misma, mientras mi padre hervía ollas de agua y hacía otras cosas y la señora Clamp secaba el sudor de la frente de Agnes y le hablaba, como quien no quiere la cosa, de todas sus conocidas que habían fallecido al alumbrar. Yo jugaba afuera, corriendo por todas partes con mis pantaloneros cortos y, supongo, bastante feliz de que tuviera lugar allí aquel embarazo que me otorgaba más libertad para hacer lo que quisiera por la casa y el jardín sin que mi padre me vigilara.

Que yo hiciera algo que molestara al Viejo Saúl, que se debiera al calor que lo ponía especialmente agresivo, que si fue la señora Clamp quien le propinó una patada en la cabeza al llegar, como ella misma afirma: todas son meras hipótesis que no puedo confirmar. Lo cierto es que el sucio, bronceado y osado bebé de pelo enmarañado que era yo en esos días pudo muy bien dedicarse a preparar alguna travesura que implicara al perro.

Ocurrió en el jardín, en un lugar que más tarde se convirtió en huerto de vegetales cuando mi padre se obsesionó con la nutrición saludable. Mi madre ya se había puesto a jadear y a gemir, apretando y respirando hondo, como una hora antes de dar a luz, atendida por la señora Clamp y mi padre, cuando los tres (o al menos dos de ellos, ya que Agnes debía de estar demasiado preocupada) oyeron ladridos furiosos y un grito estridente.

Mi padre salió a la ventana, miró al jardín, gritó y salió corriendo de la habitación dejando sola a la desconcertada señora Clamp.

Llegó apresuradamente al jardín y me recogió. Volvió corriendo a la casa, llamó gritando a la señora Clamp, me tendió sobre la mesa de la cocina y empleó unas servilletas para detener la hemorragia lo mejor que pudo. La señora Clamp, ignorante de lo que estaba pasando y bastante enojada, apareció con las medicinas que le había pedido y por poco se desmayó cuando vio aquella mancha entre mis piernas. Mi padre cogió la bolsa y le dijo que volviera arriba con mi madre.

Una hora después ya había recobrado el conocimiento y yacía drogado y exangüe en mi cama mientras mi padre había salido con la escopeta que tenía entonces en busca del Viejo Saúl.

Lo encontró en un par de minutos, sin tener que salir propiamente de la casa. El viejo perro estaba escondido junto a la puerta del sótano, en la fresca sombra de los primeros escalones. Gimió y se sacudió, y mi sangre joven se mezcló en sus babeantes labios colgantes con apestosa saliva y espesa mucosa lagrimal al menear la cabeza y levantar la mirada, tembloroso y suplicante, hacia mi padre, que lo agarró y lo estranguló.

Bueno, con el tiempo conseguí que mi padre me contara esto; y, según él, fue en el mismo instante en que estaba retorciendo entre sus manos el cuello de aquel perro que luchaba por las últimas boqueadas de vida, cuando oyó otro chillido que, esta vez, provenía de arriba, del interior de la casa, y era del niño que estaba naciendo, a quien le pusieron de nombre Paul. No puedo ni remotamente imaginar qué retorcidos pensamientos pudieron cruzar por la mente de mi padre en aquel instante para que eligiera tal nombre para el niño, pero ese fue el nombre que escogió Angus para su nuevo hijo. Tuvo que elegirlo él mismo porque Agnes no se quedó mucho tiempo. Pasó dos días recuperándose, expresó su horror y consternación por lo que me había ocurrido y después se subió a la moto y salió pitando. Mi padre intentó detenerla interponiéndose en su camino, así que ella le pasó por encima y le partió la pierna de mala manera, en el camino que da al puente.

Así es como la señora Clamp se encontró de repente cuidando a mi padre, que insistía en cuidarme a mí. Seguía negándose a que la anciana señora llamara a cualquier otro médico y él mismo se soldó la fractura, aunque no correctamente; de ahí la cojera. La señora Clamp tuvo que llevar al niño recién nacido al dispensario local el día después de que se fuera la madre de Paul. Mi padre protestó pero, como decía la señora Clamp, bastante tenía con cuidar a dos inválidos en aquella casa para tener encima a un recién nacido que requiere también cuidados constantes.

Y esa fue la última visita de mi madre a la isla y a la casa. Dejó un muerto, un recién nacido y dos lisiados de por vida. No es un mal balance para un par de semanas en el verano del amor psicodélico y guay, de haz el amor y no la guerra y de la fraternidad del mundo.

El Viejo Saúl acabó enterrado en la pendiente detrás de la casa, que más adelante bauticé como los Territorios de la Calavera. Mi padre sostiene que abrió en canal al animal y encontró mis pequeños genitales en su estómago, pero nunca he conseguido que me diga lo que hizo con ellos.

Paul, por supuesto, era Saúl. Aquel enemigo era, debió de ser, lo suficientemente astuto para transferirse al niño. Por eso mi padre eligió un nombre como aquel para mi nuevo hermano. Afortunadamente me di cuenta a tiempo y me ocupé de él a tan tierna edad porque si no, Dios sabe en qué se podría haber transformado aquel niño poseído por el alma de Saúl. Pero la fortuna, la tormenta y yo nos confabulamos para ponerlo en contacto con la Bomba, y con aquello se terminó el juego.

En cuanto a los pequeños animales, los jerbos, los ratones blancos y los hámsters, todos ellos tuvieron que sufrir sus pequeñas muertes enlodadas para que yo pudiera recuperar la Calavera del Viejo Saúl. Catapultaba a los minúsculos animales al otro lado de la ensenada para así poder celebrar funerales. Como mi padre jamás me habría dejado que me pusiera a cavar en nuestro cementerio familiar de animales, no me quedó más remedio que lanzarlos de aquel modo y hacer que abandonaran esta vida vistiendo los indignos atavíos de medio volante de badmington. Solía comprar los volantes de badmington en la tienda de juguetes y deportes del pueblo y les cortaba el extremo de goma, después introducía al indómito conejillo de indias (en una ocasión utilicé literalmente uno de ellos, solo para hacer honor a su nombre, pero por regla general resultaban demasiado caros y un poco grandes) por el embudo de plástico hasta que se quedaba ajustado a su cintura corno un pequeño vestido. Así pertrechados, los lanzaba volando por encima del lodo y el agua hasta su asfixiante final; después los enterraba empleando como ataúdes las grandes cajas de cerillas que siempre teníamos en la cocina y que había ido guardando durante años para meter soldaditos de plástico, hacer casas en miniatura y cosas así.

Le dije a mi padre que estaba intentando pasarlos al otro lado de la ensenada, a tierra firme, y que los que tenía que enterrar, los que no llegaban, eran víctimas de la investigación científica, pero no creo que necesitara ninguna excusa; a mi Padre nunca pareció molestarle el sufrimiento de las formas inferiores de vida, a pesar de haber sido un hippy, y eso se debía seguramente a su formación médica.

Llevaba un registro, por supuesto, y por lo tanto tengo allí consignado que tuve que realizar al menos treinta y siete de esos supuestos experimentos de vuelo, antes de que mi leal pala de mango largo, al penetrar en la corteza de la tierra, en los Territorios de la Calavera, diera con algo más duro que el terreno arenoso, y averiguara por fin dónde yacían los huesos del perro.

Habría estado bien si hubiera pasado una década desde el día en que murió el perro hasta que exhumé su calavera, pero la verdad es que ocurrió a los cinco meses. Sin embargo, el Año de la Calavera, terminó con mi viejo enemigo en mi poder, y aquel cántaro óseo fue extraído de la tierra como una muela muy picada una noche oscura y tormentosa muy a propósito para el asunto, con la ayuda de una linterna y de mi pala Golpeduro, mientras mi padre dormía y yo hubiera tenido que estar haciendo lo mismo, y los truenos, la lluvia y el vendaval estremecían los cielos.

Cuando por fin llegué al Bunker con aquello, estaba temblando, aterrorizado con mis propias fantasías paranoides, pero lo había conseguido; llevé allí aquella sucia calavera y la limpié y le metí dentro una vela y la rodeé de magia potente, de cosas importantes, y regresé, helado y empapado, a cobijarme en mi cálida camita.

Así que, teniendo en cuenta lo que tuve que pasar, creo que no me puedo quejar, que he conseguido solucionar mis problemas de la mejor manera posible. Mi enemigo está doblemente muerto, y todavía sigue en mi poder. No soy un hombre completo, y nada puede ya cambiar eso; pero yo soy yo, y considero eso como suficiente recompensa.

Eso de ir por ahí incendiando perros es una estupidez como una casa.

7. INVASORES DEL ESPACIO

Antes de caer en la cuenta de que los pájaros eran mis aliados ocasionales solía jugarles malas pasadas: trataba de pescarlos, les disparaba, los ataba a estacas con la marea baja, les colocaba bombas con detonadores eléctricos bajo sus nidos, y cosas así.

Mi juego favorito consistía en capturar dos de ellos empleando un cebo y una red, y después atarlos juntos. Generalmente se trataba de gaviotas y lo que hacía era atarles una pata a cada una con un grueso hilo de nailon naranja de pesca. A veces combinaba una gaviota con un cuervo pero, fueran o no de la misma especie, enseguida descubrían que no podían volar juntos —aunque el sedal era en teoría lo suficientemente largo— y acababan (tras unos torpes intentos acrobáticos muy divertidos) peleándose.

Cuando finalmente uno de ellos acababa muerto la situación no era mucho mejor para el que quedaba, normalmente herido y atado a un pesado cadáver en lugar de a un contendiente vivo. He podido ver a un par de ellos, con gran determinación, que acabaron cortándole la pata al adversario vencido, pero la mayoría no lo conseguían, o ni siquiera se les ocurría, y acababan atrapados por las ratas al caer la noche.

Tenía otros juegos, pero ese siempre me pareció una de mis invenciones más maduras; cargada de un cierto simbolismo y de una rara mezcla de crueldad y de ironía.

Uno de los pájaros se cagó encima de Gravti cuando iba pedaleando por el camino que lleva al pueblo un martes por la mañana. Me detuve, lancé una mirada furibunda hacia las gaviotas que volaban en círculo y a un par de zorzales, arranqué un manojo de hierbas y limpié la mancha blancuzca amarillenta que me dejaron en el guardabarros delantero. Era un luminoso día soleado y soplaba una suave brisa. El pronóstico del tiempo para el día siguiente era bueno y esperaba que continuara hasta la llegada de Eric.

Me encontré con Jamie para comer juntos en el salón del Cauldhame Arms y nos sentamos a jugar a un juego electrónico en una mesa con televisor.

—Si está tan loco no entiendo por qué no lo han cogido todavía —dijo Jamie.

—Ya te lo he dicho; está loco pero es muy astuto. No es tonto. Siempre ha sido muy inteligente, desde niño. Aprendió muy pronto a leer y conseguía que todos los parientes y tíos y tías le dijeran «Vaya, en estos tiempos parecen personitas mayores desde tan pequeños» y cosas así antes, incluso de que yo naciera.

—Pero eso no quita que sea un demente.

—Eso es lo que ellos dicen, pero yo no lo sé.

—¿Y qué me dices de los perros? ¿Y de las larvas?

—De acuerdo, no te voy a decir que eso no es de locos, lo admito, pero a veces pienso que es posible que esté tramando algo, que, al fin y al cabo, no esté verdaderamente loco. Tal vez está simplemente harto de actuar como una persona normal y ha decidido actuar como un loco, y lo encerraron porque se pasó de la raya.

—Y los odia con locura —dijo Jaime con un mohín de incredulidad mientras se bebía su pinta mientras yo aniquilaba varias naves espaciales evasivas y multicolores en la pantalla.

—Bueno, si lo prefieres así —le dije echándome a reír—. Yo qué sé. Quizá esté realmente loco. Quizá yo sea quien está loco. Quizá todo el mundo está loco. O, por lo menos, toda mi familia.

—Así se habla.

Me quedé mirándolo un segundo y después sonreí.

—A veces lo pienso. Mi padre es un excéntrico… Supongo que yo también. —Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el campo de batalla— Pero no me molesta. Hay mucha gente mucho más loca por todas partes.

Jamie se quedó un rato en silencio mientras yo iba pasando de pantalla en pantalla, repletas de zumbadoras naves que me perseguían. Pero al final se me acabó la racha de suerte y me alcanzaron. Agarré mi pinta mientras Jamie se disponía a cargarse algunos de aquellos aguerridos escuadrones. Me fijé en su coronilla cuando bajó la cabeza para acercarse a la pantalla. Estaba empezando a quedarse calvo aunque yo sabía que solo tenía veintitrés años. Volvió a recordarme a un títere, con aquella cabeza desproporcionada y aquellos bracitos y piernecitas rechonchos que se agitaban con el esfuerzo de apretar el botón de «fuego», moviendo de un lado a otro el mando.

—Sí —dijo al rato, sin dejar de atacar las oleadas de naves invasoras—, y me da la impresión de que muchos de ellos son políticos y presidentes y cosas así.

—¿Cómo? —exclamé, sin saber muy bien de qué estaba hablando.

—Lo de que hay gente aún más loca. Me da la impresión de que muchos de ellos son dirigentes de países, de religiones o de ejércitos. Los que están auténticamente chalados.

—Sí, supongo que sí —le dije pensativo observando la batalla en la pantalla—. O quizá es que son los únicos que están en sus cabales. Después de todo, ellos son quienes acaparan todo el poder y la riqueza. Son quienes consiguen que todo el mundo haga lo que ellos quieren, como morir por ellos y trabajar para ellos y llevarlos al poder y protegerlos y pagar impuestos y comprarles juguetes, y son los que sobrevivirán a otra gran guerra, en sus búnkers y sus túneles. Así que, teniendo todo eso en cuenta, ¿quién se atreve a decir que son ellos los que están chalados porque no hacen las cosas como el hombre de la calle cree que se deberían hacer? Si ellos pensaran como el hombre de la calle entonces serían el hombre de la calle y en su lugar habría otro que se lo estaría pasando bomba.

—Supervivencia del más fuerte.

—Sí.

—Supervivencia del… —Jamie inspiró profundamente y sacudió el mando con tanta fuerza que por poco se cae del taburete, pero consiguió esquivar los veloces rayos amarillos que lo acosaban en la esquina de la pantalla— …más cabrón. —Alzó la mirada hacia mí y tras un rápido mohín volvió enseguida la vista a sus controles. Yo bebí un trago y asentí con la cabeza.

—Como prefieras llamarle. Si el que sobrevive es el más cabrón, entonces estamos bien jodidos.

—Cuando dices «estamos» te refieres a todos los que somos hombres de la calle —dijo Jamie.

—Sí, o a cualquiera. A toda la especie. Si verdaderamente fuéramos tan malos y desalmados como para llegar a utilizar todas esas maravillosas bombas H y bombas de neutrones contra nosotros mismos, entonces no sería una mala idea que acabáramos borrándonos nosotros mismos del mapa antes de llegar al espacio y empezar hacer cosas horribles contra otras razas.

—Quieres decir que llegaremos a ser los Invasores del Espacio.

—¡Sí! —dije riéndome y balanceándome en el taburete—. ¡Eso es! ¡Eso es lo que somos! —Volví a reírme y golpeé con un dedo la pantalla para señalarle una formación de cosas rojas y verdes que aleteaban cuando, en ese preciso momento, uno de ellos se separó de la formación y se lanzó en picado disparando sobre la nave de Jamie, sin llegar a alcanzarla pero golpeándole con una de sus alas verdes antes de desaparecer por el fondo de la pantalla, haciendo que la nave de Jamie detonara en una deflagración de destellos rojos y amarillos.

—Mierda —dijo incorporándose en su asiento. Sacudió la cabeza.

Yo me incorporé hacia delante en espera de que apareciera mi nave espacial.

Un poco mareado tras mis tres pintas me puse a pedalear silbando en mi bicicleta hacia la isla. Siempre disfrutaba con mis charlas de sobremesa con Jamie. A veces conversábamos cuando nos encontrábamos los sábados por la noche, pero no se puede oír nada cuando hay un grupo tocando, y después estoy demasiado borracho para hablar o, si puedo hablar, estoy demasiado borracho para recordar algo de lo que he dicho. Lo cual, si me paro a pensarlo, viene a ser lo mismo, a juzgar por el modo en que personas normalmente sensibles acaban metamorfoseándose en idiotas que farfullan y pontifican con malos modos y mucho ruido cuando las moléculas de alcohol en su flujo sanguíneo sobrepasan al número de sus neuronas, o lo que sea. Afortunadamente, eso solo se nota si uno permanece sobrio, así que la solución es tan agradable (al menos en ese momento) como obvia.

Cuando volví, mi padre estaba dormido en una silla de madera en el porche de entrada. Dejé la bici en el cobertizo y me quedé observándolo un rato con la puerta entornada detrás de mí, con el aplomo necesario en el semblante para que, en caso de que se despertara de repente, pareciera que yo estaba cerrando la puerta en ese mismo instante. Tenía la cabeza ladeada un poco en dirección a mí y la boca entreabierta. Tenía puestas unas gafas oscuras, pero a través de ellas podía ver sus ojos cerrados.

Tenía que ir a hacer pis de modo que no me quedé mirándolo mucho tiempo. Y tampoco es que tuviera una razón especial para andar observándolo; simplemente me gustaba. Me sentía bien sabiendo que yo podía verlo y que él no me podía ver, y que yo estaba consciente y despierto mientras que él no lo estaba.

Entré en la casa.

El lunes, tras la revisión habitual de los Postes, lo había pasado haciendo algunas reparaciones y mejoras en la Fábrica, trabajando toda la tarde hasta que me dolieron los ojos y mi padre tuvo que llamarme para que fuera a cenar.

Por la noche se puso a llover, así que me quedé en la casa y miré la televisión. Me fui a la cama pronto. Eric no llamó.

Tras descargar prácticamente la mitad de la cerveza que me había bebido en el pub, fui a echarle un vistazo a la Fábrica. Subí hasta el desván, inundado por la luz del sol, cálido y con el aroma de buenos y viejos libros, y decidí ordenar un poco aquel sitio.

Fui clasificando juguetes viejos en diferentes cajas, volví a colocar algunas alfombras enrolladas y rollos de papel pintado en su sitio, de donde se habían caído, volví a colgar con chinchetas un par de mapas en el techo inclinado de madera, quité de en medio algunas de las herramientas, componentes y piezas que había empleado para arreglar la Fábrica, y recargué las secciones de la Fábrica que necesitaban ser recargadas.

Encontré algunas cosas interesantes mientras hacía todo aquello: un astrolabio casero que había tallado en madera, una caja llena de piezas planas dobladas que pertenecían a un modelo a escala de las murallas de Bizancio, los restos de mi colección de aislantes de cerámica de los postes eléctricos y algunos cuadernos viejos de cuando mi padre me enseñaba francés. Al hojearlos no pude encontrar ninguna mentira obvia; no me había enseñado a decir nada obsceno en lugar de «Perdone» o «¿Me puede decir dónde queda la estación? Por favor», aunque estaba seguro de que para él la tentación debió de ser casi irresistible.

Acabé de ordenar el desván con un par de estornudos debido a las motas de brillante polvo que se levantaron flotando en aquel espacio dorado. Volví a mirar la reacondicionada Fábrica, tan solo por el placer de mirarla y porque me encantaba hacerle chapuzas, y tocarla, y manipular alguna de sus pequeñas palancas y compuertas y dispositivos. Al final tuve que obligarme a salir de allí diciéndome a mí mismo que ya tendría una oportunidad de usarla muy pronto. Aquella misma tarde capturaría una avispa en perfecto estado y la utilizaría a la mañana siguiente. Quería volver a interrogar a la Fábrica antes de que llegara Eric; quería tener algo más que una vaga idea de lo que iba a ocurrir.

Era un poco arriesgado, por supuesto, eso de hacerle dos veces la misma pregunta, pero pensé que las circunstancias excepcionales lo requerían y, al fin y al cabo, era mi Fábrica.

Conseguí la avispa sin ninguna dificultad. Prácticamente se metió ella sola en el frasco ceremonial que siempre he empleado para atrapar ejemplares para la Fábrica. Dejé el frasco, con la tapa agujereada y unas cuantas hojas y un trocito de piel de naranja en su interior, tumbado a la sombra de la rivera del río mientras me dedicaba a construir una presa allí mismo.

Trabajé y sudé bajo el sol toda aquella tarde, y al anochecer, mientras mi padre se dedicaba a pintar en la parte de atrás de la casa, la avispa consiguió introducirse dentro del frasco, meneando las antenas.

A mitad de la construcción de la presa —que no es el mejor momento— se me ocurrió que podría ser divertido reconvertirla en una presa Explosiva, así que puse a funcionar el rebosadero y volví corriendo por el sendero hasta el cobertizo para coger la Mochila de Guerra. La traje conmigo y seleccioné la bomba más pequeña que encontré con detonador eléctrico. La conecté con los cables a la linterna-disparador mediante los polos que salían por el agujero de la parte trasera de la linterna metálica negra y envolví la bomba en un par de bolsas de plástico. Enterré la bomba en la base del muro de la presa principal sacando los cables de allí y pasándolos alrededor del agua estancada hasta casi donde estaba la avispa arrastrándose dentro del frasco. Cubrí los cables con arena para que pareciera más natural y, a continuación, seguí construyendo la presa.

El sistema de contención de la presa acabó siendo enorme y complicado; incluía no uno, sino dos pueblos, uno situado entre dos de las presas y otro corriente abajo. Tenía puentes con pequeñas carreteras, un pequeño castillo con cuatro torres, y dos túneles de carretera. Justo antes de la hora del té saqué lo que quedaba de los cables de la caja metálica de la linterna y me llevé el frasco con la avispa a lo alto de la duna.

Desde allí podía ver a mi padre, que seguía pintando alrededor de la ventana que da al salón. Apenas puedo acordarme de los dibujos que solía pintar en la fachada de la casa, que es el frente que da al mar; ya en mi infancia estaban descoloridos, pero eran pequeñas obras maestras de arte psicodélico, según recuerdo; enormes torbellinos multicolores y mándalas que saltaban rodeando la fachada de la casa como tatuajes en Technicolor, curvándose alrededor de las ventanas y arqueándose por encima de la puerta. Eran una reliquia de los días en que mi padre era un hippy, formas desvaídas y disipadas, borradas por el viento y el mar y la lluvia y la luz del sol. Ahora solo pueden distinguirse algunos perfiles muy borrosos junto a algunas extrañas manchas de auténtico color, como piel descascarillada.

Abrí el compartimento de la linterna-disparador, le metí las dos pilas cilindricas, las encajé y, a continuación, apreté el botón de ráfaga que tiene la linterna en la parte superior. La corriente fluyó desde la pila de nueve voltios sujeta con cinta a la carcasa de la linterna y continuó por los cables que salían por el agujero en donde había antes una bombilla hasta la envoltura de la bomba. En algún lugar cerca de su centro, la resistencia de acero de la bombilla despidió un leve brillo incandescente, después resplandeció, comenzó a fundirse, y la mezcla de cristales blancos explotó, destrozando el metal —que me costó Dios y ayuda, sudor y horas, poder doblar— como si fuera papel.

¡Buumm! La pared frontal de la presa principal saltó en mil pedazos; un sucio batiburrillo de vapor, gas, agua y arena se levantó por el aire y volvió a caer salpicando por todas partes. El ruido estuvo bien y fue apagado, y a través del fondillo de mis pantalones, justo antes de oír el estruendo, sentí un fuerte temblor aislado.

La arena que saltó por el aire tue cayendo, salpicando en las aguas y desplomándose en pedazos con un ruido seco sobre las carreteras y las casas. Las aguas liberadas se desbordaron por el agujero abierto en la pared de arena y se desbordaron, succionando arena de los bordes de la brecha y derramándose en una curva oleada marrón en dirección hacia el primer pueblo, pasando por en medio, acumulándose ante la siguiente presa, refluyendo, demoliendo casas de arena, ladeando el castillo hacia un lado y socavando sus ya agrietadas torres. Los soportes del puente cedieron, la madera se deslizó, cayó a un lado, y entonces la presa comenzó a rebosar y enseguida su parte superior comenzó a ser arrasada y erosionada por la riada de la primera presa, que seguía acumulándose, con un frente de agua que seguía barriendo todo lo que se le ponía por delante con su pendiente de cincuenta metros de caída desde la corriente principal.

Dejé el frasco en el suelo y bajé corriendo la duna, extasiado ante la ola de agua que bajaba veloz por la trenzada superficie del lecho de la corriente, siguiendo carreteras y pasando por túneles hasta chocar con la última presa, desbordándola en un instante, para acabar aplastando el resto de las casas agrupadas en el segundo pueblo. Las presas se iban desintegrando, las casas se deslizaban en el agua, los puentes y los túneles se caían y los parapetos de arena se desplomaban por doquier; una maravillosa sensación de entusiasmo me subió desde el estómago como una ola y se asentó en mi garganta mientras yo me estremecía de emoción ante aquella devastación acuática que me rodeaba.

Vi como los cables se quedaban a la intemperie, barridos por el agua, y se enrollaban a un lado del curso de la corriente; después observé la cabeza de aquella riada de agua que se dirigía velozmente hacia el mar atravesando la arena seca. Me senté enfrente de donde estuvo antes el primer pueblecito de arena —por donde seguían fluyendo y avanzando lentamente oleadas de agua marrón— con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos. Me sentí cálido y feliz, y un poco hambriento.

Finalmente, cuando la corriente fue decayendo hasta su nivel normal y ya no quedaba prácticamente nada de lo que me había llevado horas de traba]o, divisé lo que había estado buscando: los restos negros y plateados de la bomba que sobresalían desnudos y desgarrados un poco más abajo de donde había destruido la presa. No me quite las botas pero, con las puntas de los pies apoyados en la arena seca, fui avanzando con ayuda de las manos, hasta que me quedé casi completamente estirado por encima del lecho de la corriente. Recogí los restos de la bomba del lecho de la corriente, sujeté cuidadosamente con la boca aquella carcasa dentada, y volví hacia atrás con las manos hasta que pude impulsarme y ponerme en pie.

Limpié aquella pieza de metal casi plana con un trapo que llevaba en la Mochila de Guerra, recogí el frasco con la avispa, y me dirigí a la casa para tomar el té, saltando la corriente justo por el punto más alto en donde las aguas habían refluido.

Nuestras vidas no son más que símbolos. Todo lo que hacemos forma parte de un patrón sobre el que, al menos, tenemos derecho a decidir. Los fuertes hacen sus propios patrones e influyen en otra gente; los débiles se encuentran con sus patrones ya hechos. Los débiles y los infelices y los tontos. La Fábrica de las Avispas es parte del patrón porque forma parte de la vida y —en mayor medida— de la muerte. Al igual que la vida, es compleja, de manera que todos sus componentes se encuentran allí. La razón por la que puede responder preguntas es porque cada pregunta es un principio en busca de un final, y la Fábrica tiene que ver con el Final: nada menos que con la muerte. A mí que no me hablen de vísceras, palillos, dados, libros, pájaros, voces, péndulos, ni de toda esa parafernalia adivinatoria; yo tengo la Fábrica, que tiene que ver con el presente y el futuro; no con el pasado.

Aquella noche me quedé en la cama con la certeza de que la Fábrica estaba en su mejor momento, lista y a punto para recibir a la avispa que trepó y acabó metiéndose en aquel frasco que tenía ahora sobre mi mesilla de noche. Pensé en la Fábrica, arriba en el desván, y esperé a que sonara el teléfono.

La Fábrica de las Avispas es bella y mortífera y perfecta. Me proporcionaría alguna pista sobre lo que iba a suceder, me ayudaría a saber qué debería hacer y, después de consultarla, intentaría contactar con Eric mediante la calavera del Viejo Saúl. Somos hermanos, después de todo, aunque solo sea a medias, y ambos somos hombres, aunque yo lo sea a medias. Nos entendemos a un nivel profundo, aunque él esté loco y yo cuerdo. Hasta tenemos en común algo en lo que no había caído hasta hace poco, pero que puede ser muy útil ahora: ambos hemos matado, y hemos utilizado la cabeza para hacerlo.

Entonces se me ocurrió, como otras veces, que para eso están precisamente los hombres. Cada uno de los sexos puede hacer una cosa especialmente bien: las mujeres pueden dar a luz y los hombres pueden matar. Nosotros —yo me considero un miembro honorario de los hombres— somos el sexo fuerte. Golpeamos, nos introducimos, acometemos y tornamos. El hecho de que yo solo sea capaz de asumir esta terminología sexual de manera metafórica no me desanima. Puedo sentirlo en mis huesos, en mis genes no castrados. Eric debe responder a eso.

Dieron las once y media, y después llegó la medianoche y la señal horaria, así que apagué la radio y me puse a dormir.

8. LA FÁBRICA DE LAS AVISPAS

Por la mañana temprano, mientras mi padre dormía y la fría luz se filtraba a través de la definida negrura de unos recientes nubarrones, me levanté en silencio, me lavé y me afeité meticulosamente, regresé a mi habitación, me vestí lentamente, y después cogí el frasco con la avispa, que parecía adormilada, y me fui con él al desván, donde me esperaba la Fábrica.

Dejé el frasco en el pequeño altar bajo la ventana y realicé las últimas preparaciones de última hora que requería la Fábrica. Cuando terminé me froté las manos con el ungüento limpiador verde que tengo en un bote junto al altar. Consulté las tablas de Marea y Distancia que aparecen en el pequeño libro rojo que tengo en el otro lado del altar, y tomé nota de la hora de marea alta. Dispuse las dos pequeñas velas de avispas en la posición en que habrían estado las manecillas de un reloj en la esfera de la Fábrica que mostrara la hora de la marea alta local, después levanté un poco la tapa del frasco y extraje las hojas y el pequeño trozo de piel de naranja, dejando sola a la avispa.

Puse el frasco sobre el altar, el cual estaba decorado con varias cosas que transmitían potente energía: la calavera de la serpiente que mató a Blyth (que fue encontrada por su padre y partida por la mitad con una pala de jardinería; yo la recogí entre las matas y escondí la parte delantera de la serpiente en la arena antes de que Diggs pudiera llevársela como prueba), un fragmento de la bomba que destruyó a Paul (los pedazos más pequeños que pude encontrar; había muchos), un trozo de tela de tienda de campaña de la que utilicé para elevar a Esmerelda (no era un pedazo de la cometa, por supuesto, sino un sobrante) y un platillo que contenía algunos de los gastados dientes amarillentos del Viejo Saúl (fácilmente extraíbles).

Me puse la mano en la entrepierna, cerré los ojos y repetí mis catecismos secretos. Podía repetirlos como una letanía, pero intenté pensar en lo que significaban mientras los repetía. Contenían mis confesiones, mis sueños y esperanzas, mis miedos y mis odios, y todavía me estremecen cuando los recito, ya sea automáticamente o no. Sería suficiente con que hubiera una grabadora por los alrededores para que la horrible verdad sobre mis tres asesinatos fuera descubierta. Es por esa razón por lo que son muy peligrosos. Los catecismos también dicen la verdad sobre quién soy, sobre lo que quiero y lo que siento, y podría ser muy perturbador oírte a ti mismo describirte tal como piensas que eres, de las maneras más honestas y abyectas, igual que resulta humillante oír lo que has pensado en tus momentos más esperanzados y alejados de la realidad.

Una vez terminado el ritual llevé la avispa sin más dilación hasta el borde inferior de la Fábrica, y la dejé entrar.

La Fábrica de las Avispas ocupa un área de varios metros cuadrados en un irregular y algo desvencijado amasijo de metal, madera, vidrio y plástico.Todo está basado en la esfera del viejo reloj que solía colgar encima de la puerta del Royal Bank of Scotland en Porteneil.

La esfera del reloj es el objeto más importante que he rescatado del vertedero del pueblo. La encontré allí en el Año de la Calavera y la traje a casa rodando por el camino que lleva a la isla y por el puente colgante. La guardé en el cobertizo hasta que mi padre se fue de casa y entonces sudé y me esforcé durante todo el día para trasladarla al desván. Está hecha de metal y mide casi un metro de diámetro; pesa bastante y está inmaculada; los números son romanos y fue construida, como el resto del reloj, en Edimburgo, en 1864, exactamente cien años antes de mi nacimiento. No hay duda de que no se trata de una mera coincidencia.

Como el reloj se podía ver por los dos lados, con toda seguridad debió de existir otra esfera idéntica, la otra cara del reloj; pero a pesar de que rebusqué por todo el vertedero durante semanas tras hallar la esfera que tengo, jamás encontré la otra, así que eso también forma parte del misterio de la Fábrica: su propia pequeña leyenda del Grial. El viejo Cameron, en su herrería del pueblo, me contó que había oído que un chatarrero de Inverness se llevó los mecanismos del reloj, así que tal vez la otra esfera acabó fundida hace años, o quizá ahora adorne la pared de alguna casa elegante en Black Isle, construida con los beneficios de la chatarra de los coches o del variable precio del plomo. Prefiero la primera posibilidad.

En la esfera había unos cuantos agujeros que me encargué de soldar, pero dejé el agujero en el centro muerto en donde el mecanismo se conectaba con las manecillas; es a través de ese agujero por donde se deja que entre la avispa en la Fábrica. Una vez allí dentro puede deambular por la esfera cuanto quiera, inspeccionando las pequeñas velas en donde yacen enterradas sus primitas, o ignorándolas si así lo prefiere.

Una vez que ha conseguido llegar hasta el borde de la esfera, cuyo perímetro tengo sellado con una franja de madera de dos pulgadas de alto y cubierto con un círculo de cristal de un metro de diámetro que le encargué especialmente al cristalero del pueblo, la avispa puede, a través de unas compuertas tamaño avispa, entrar en uno de los doce corredores que hay frente a cada uno de los inmensos —en comparación con el tamaño de las avispas— números de la esfera. Si la Fábrica lo estima conveniente, el peso de la avispa puede activar un delicado columpio de balancín fabricado con delgadas piezas de hojalata, hilo y pasadores, que hace que se cierre una pequeña puerta detrás del insecto, confinándolo al corredor que haya elegido. A pesar de que mantengo los mecanismos de las puertas bien lubricados y equilibrados, y de que los reparo y los pruebo para que el más insignificante temblor los ponga en funcionamiento —me resulta muy difícil discernir cuándo la Fábrica está llevando a cabo su mortífero y lento cometido—, en ocasiones la Fábrica no acepta a la avispa en el corredor de su primera elección y la deja trepar de vuelta para salir hacia la esfera de nuevo.

A veces las avispas se ponen a volar o se ponen a andar boca abajo por la parte interior del círculo de cristal, y en ocasiones se quedan mucho tiempo en el agujero bloqueado del centro por donde entran, pero tarde o temprano eligen un agujero y una puerta que funciona, y su destino queda sellado.

La mayoría de las muertes que ofrece la Fábrica son automáticas, pero algunas requieren mi intervención para el coup de gráce, y ello, por supuesto, tiene mucho que ver con lo que la Fábrica esté intentando comunicarme. Tengo que apretar el gatillo de la vieja escopeta de aire comprimido si la avispa se mete dentro del cañón o conectar la corriente si cae en la Piscina Hirviente. Si acaba metiéndose en el Salón de la Araña o en la Cueva de Venus o en la Hormiguería entonces no me queda más que esperar a que la naturaleza siga su curso y mirar. Si su recorrido la lleva al Pozo de Ácido o a la Cámara de Hielo o a esa otra cámara que lleva el irónico título de Caballeros (en donde el instrumento de exterminio es mi propia orina, por lo general bastante reciente), entonces puedo volver a ser un mero observador. Si cae en las múltiples púas electrificadas de la Cámara Voltaica, puedo contemplar al insecto chisporroteando; si tropieza en el Peso Muerto veo cómo acaba aplastado y espachurrado; y si acaba metiéndose en el Corredor de la Cuchilla lo veo cortado en dos y contorsionándose. Cuando añado alguna de las muertes alternativas puedo ver a la avispa derramar cera derretida sobre sí misma, comer mermelada envenenada o acabar atravesada por una aguja propulsada por una goma; puede incluso desencadenar una serie de acciones que acabarían con ella encerrada en una cámara sellada en donde se introduce dióxido de carbono de una bombona de sifón, pero si le da por elegir el agua caliente o el cañón del rifle en la trampa llamada Vuelta de Tuerca del Destino, entonces me toca participar directamente en su muerte. Y si elige el Lago Ardiente, entonces soy yo quien tengo que apretar la palanquita que provoca la chispa que hará arder la gasolina.

La muerte por fuego siempre ha estado en las Doce, y es uno de los Finales que nunca se reemplazan por una de las Alternativas. El final por Fuego significa para mí la muerte de Paul; aquello ocurrió cerca del mediodía, igual que la muerte de Blyth por veneno está representada por el Salón de la Serpiente en las Cuatro. Esmerelda murió probablemente ahogada (servicio de Caballeros), y he situado la hora de su muerte arbitrariamente a las Ocho, para mantener una cierta simetría.

Contemplé cómo la avispa salía del frasco, bajo la fotografía de Eric que había colocado boca abajo sobre el cristal. El insecto no perdió el tiempo; en un segundo ya estaba avanzando por la esfera de la Fábrica. Trepó por el nombre del fabricante, en donde se especificaba el año en que nació el reloj, pasó junto a las velas de avispas ignorándolas por completo, y se fue casi directamente en dirección al enorme XII, pasando por encima y atravesando la puerta opuesta, que se cerró silenciosamente tras ella. Avanzó rápidamente por el corredor pasando a través del túnel fabricado con una lata de langosta, el cual le impedía retroceder y, a continuación, entró en el túnel de acero pulido por el que se deslizó resbalando hasta la cámara cubierta de cristal donde moriría.

Entonces me recosté en mi asiento suspirando. Me pasé una mano por el pelo y volví a reclinarme hacia delante para observar el lugar donde había caído la avispa mientras ella iba trepando por un renegrido e irisado cuenco de alambres de acero que me habían vendido corno colador de té pero que ahora colgaba sobre un cuenco de gasolina. Sonreí de lástima. La cámara estaba bien ventilada con numerosos agujeros en la parte superior e inferior del tubo de cristal, de manera que la avispa no se ahogara con los efluvios de la gasolina; cuando la Fábrica estaba a punto, siempre se podía percibir un leve olor de gasolina en el desván. Ahora podía oler la gasolina mientras observaba a la avispa, y hasta pudiera ser que hubiera en el aire un leve rastro de pintura fresca, aunque no estaba seguro. Me encogí de hombros y presioné a fondo el botón de la cámara haciendo que un perno se deslizara por su guía hecha de palo de tienda de campaña y entrara en contacto con la rueda de la piedra y con el mecanismo de apertura de gas del encendedor desechable suspendido sobre el cuenco de gasolina.

Ni siquiera se necesitaron varios intentos para que prendiera; funcionó a la primera y las llamas, que, aunque débiles, relumbraban brillantemente en la temprana penumbra de aquel desván iluminado con la luz de la mañana, se encrespaban y abrazaban la malla abierta del colador. Las llamas no la atravesaron pero el calor sí lo hizo y la avispa se lanzó a volar, zumbando desesperadamente por encima de las llamas para acabar chocando contra el cristal, volviendo a caer, golpeándose con el lateral del colador, paseándose por el borde, a punto de caer a las llamas, y volviendo a levantar el vuelo, chocando varias veces con el tubo de metal del tobogán y volviendo a caer en la trampa de la malla metálica. Dio un último salto en el aire, voló desesperada unos segundos, pero debía de tener las alas chamuscadas porque su vuelo resultó bastante irregular y pronto acabó cayendo en el cuenco de malla metálica, en donde murió después de forcejear, retorcerse, quedarse inmóvil y humear levemente.

Me quedé sentado observando cómo el renegrido insecto se asaba y chisporroteaba, contemplando las calmadas llamas que se elevaban hasta la malla metálica y aleteaban a su alrededor como una mano, observando el reflejo de las llamas saltarinas en el extremo del tubo de cristal y, finalmente, me acerqué y desabroché la base del cilindro, deslicé el cuenco de gasolina apoyado sobre una cubierta de metal y apagué el fuego. Desarmé la parte superior de la cámara y con unas pinzas extraje el cadáver. Lo coloqué en una caja de cerillas y lo deposité en el altar.

La Fábrica no siempre entrega sus muertos; el ácido y las hormigas no dejan nada, y la trampa de moscas de Venus y la araña dejan únicamente un cascara hueca, si es que dejan algo. Pero esta vez, sin embargo, volvía a tener un cadáver calcinado; tenía que volver a deshacerme de unos restos. Me puse la cabeza entre las manos balanceándome adelante y atrás en mi pequeña banqueta. La Fábrica me rodeaba, el altar estaba detrás de mí. Le eché un vistazo a la parafernalia de lugares posibles de la Fábrica, a sus múltiples caminos hacia la muerte, a sus túneles y corredores y cámaras, a sus luces al final de los túneles, a sus tanques y contenedores y tolvas, a sus disparadores, sus pilas y sus hilos, sus puntales y soportes, a sus tubos y cables. Apreté varios interruptores y unas hélices comenzaron a zumbar por aquellos corredores conectados entre sí enviando el aire que succionaban por unos respiraderos, donde había untado un poco de mermelada, en dirección a la esfera. Estuve escuchándolos un rato hasta que llegó hasta mí el olor a mermelada, pero su función consistía en atraer a su final a las avispas lentas o reticentes, no a mí. Apagué el motor.

Empecé a apagarlo todo; a desconectar, vaciar y alimentar. La mañana se iba imponiendo en el espacio más allá de las claraboyas y se oyeron un par de pájaros madrugadores en el aire fresco del día. Cuando di por concluido el apagado ritual de la Fábrica me acerqué al altar y repasé con la vista todos sus componentes, la variedad de peanas en miniatura y pequeños recipientes de cristal, los recuerdos de mi vida, las cosas que en otro tiempo encontré y guardé. Fotografías de todos mis parientes muertos, los que yo maté y los que simplemente se murieron. Fotografías de los vivos: Eric, mi padre, mi madre. Fotografías de cosas; una BSA 500 (desgraciadamente no era una foto de la moto; creo que mi padre se encargó de destruir todas las fotos en las que aparecía), la casa, cuando todavía estaba reluciente con sus torbellinos de pintura, y hasta una fotografía del mismo altar.

Pasé la caja de cerillas que contenía la avispa muerta por encima del altar, la agité en el aire frente a él, delante del frasco de arena de la playa que hay junto a la casa, de los frascos con los preciados fluidos, de unas virutas sacadas del bastón de mi padre, de otra caja de cerillas que contiene un par de dientes de leche de Eric envueltos en algodón, de un frasquito con unos cabellos de mi padre, de otro frasquito lleno de óxido y pintura rascados del puente que nos une a tierra firme. Encendí las velas de avispas, cerré los ojos, mantuve la caja de cerillas-ataúd frente a mí para poder sentir la avispa desde el interior de mi cabeza; era un escozor, una sensación de cosquilleo que provenía del interior de mi cráneo. Cuando terminé apagué las velas, cubrí el altar, me levanté, me sacudí los pantalones de pana, recogí la fotografía de Eric que había colocado sobre el cristal de la Fábrica y envolví con ella el ataúd, la sujeté con una goma elástica y me metí el paquete en el bolsillo de la chaqueta.

Me fui caminando lentamente por la playa hacia el Bunker, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja, observando la arena y mis pies, pero sin prestarles atención. Lo que veía era fuego por todas partes. La Fábrica lo había mencionado en dos ocasiones, yo recurrí instintivamente a él cuando fui atacado por el conejo macho y ahora lo tenía metido en la cabeza. Eric también había contribuido a que cada día lo presintiera más cercano.

Alcé el rostro hacia el aire frío y los azules y rosas pastel del cielo recién abierto sintiendo la brisa húmeda, oyendo el siseo de la lejana marea de bajamar. Se oyó el balido de una oveja.

Tenía que probar al Viejo Saúl, tenía que intentar como fuera contactar con mi demente y loco hermano antes de todos aquellos fuegos se conjuraran y eliminaran a Eric, o acabaran con mi vida en la isla. Intenté convencerme a mí mismo de que no se trataba de algo preocupante, pero sentía en mis entrañas que sí lo era; la Fábrica no miente, y por una vez había sido excepcionalmente específica. Estaba preocupado.

Una vez en el Bunker y una vez hube colocado el ataúd frente a la calavera del Viejo Saúl, con aquella luz que salía por los órbitas oculares en donde en otro tiempo estuvieron sus ojos, me arrodillé en la incitante oscuridad frente al altar con la cabeza inclinada. Pensé en Eric; lo recordé tal como era antes de su desgraciada experiencia, cuando, a pesar de haber pasado tiempo fuera de la isla, formaba parte inseparable de ella. Lo recordé como el muchacho inteligente, amable y nervioso que había sido, y pensé en lo que se había convertido: una fuerza flamígera y perturbadora que se aproximaba por las arenas de la isla como un ángel demente que agitara la cabeza con gritos fragorosos de locura y delirio.

Me incliné hacia delante y, cerrando los ojos, puse la palma de mi mano derecha sobre el cráneo del viejo perro. La vela estaba recién encendida y el hueso solo estaba templado. Alguna parte cínica y desagradable de mi cerebro me decía que, en aquella posición, me parecía al míster Spok de Star Trek derritiendo una mente o algo así, pero yo lo ignoré; no había que distraerse. Inspiré profundamente y pensé aún más profundamente. El rostro de Eric se apareció borroso ante mis ojos, todo pecas, pelo rubio y sonrisa. Un rostro joven, delgado, inteligente y joven, tal como lo veía cuando intentaba pensar en él cuando era feliz, durante nuestros felices veranos en la isla.

Me concentré, apreté mis entrañas y contuve la respiración como cuando intentaba forzar una cagada cuando estaba estreñido; la sangre me subió a la orejas. Con el índice y el pulgar de la otra mano presioné mis párpados cerrados contra mi propio cráneo mientras la otra mano seguía calentándose sobre el Viejo Saul. Vi luces, formas caprichosas como ondas desplegándose en el agua o enormes huellas dactilares en espiral.

Sentí que se me contraía el estómago involuntariamente y que una ola de algo parecido a una emoción llameante surgía de él. Eran tan solo ácidos y glándulas, ya lo sabía, pero sentí que me transportaba de un cráneo a otro. ¡Eric! ¡Estaba comunicándome! Podía sentirlo; sentir los pies doloridos, las plantas llagadas, las piernas tambaleantes, las manos pegajosas de sudor seco, el cuero cabelludo sin lavar, escociendo; podía olerlo como a mí mismo, ver a través de aquellos ojos que apenas podían cerrarse y que ardían en su cráneo, crudos e inyectados en sangre, parpadeando secos. Podía sentir los restos de una horrible comida que yacía muerta en mi estómago, podía sentir el sabor de carne, huesos y pelos quemados en mi lengua; ¡Estaba allí! Estaba…

Una llamarada de fuego me flageló. Me vi lanzado por el aire, despedido desde el altar como una pieza de suave metralla y rebotado en el suelo de cemento cubierto de tierra hasta dar con la pared opuesta del Bunker, con la cabeza retumbando y la mano derecha dolorida. Me caí de lado y me enrosqué en mí mismo.

Me quedé allí tendido respirando hondo un momento, abrazándome los costados y moviéndome levemente, rascándome la cabeza con el suelo del Bunker. Sentía corno si mi mano derecha fuera del tamaño y color de un guante de boxeo. Cada leve latido de mi corazón bombeaba dolor por mi brazo. Me puse a canturrear quedamente y poco a poco fui incorporándome hasta quedarme sentado, frotándome los ojos y sin dejar de menearme suavemente, acercando las rodillas a la cabeza, recostándome sobre la espalda. Traté de recomponer mi maltratado ego.

Al otro extremo del Bunker, una vez pude volver a enfocar la vista borrosa, pude ver que la calavera seguía resplandeciente, la llama seguía viva. Le eché una mirada furiosa, levanté la mano derecha y comencé a lamérmela. Miré a mi alrededor para ver si mi vuelo de un lado a otro de la habitación había dañado algo pero me pareció que todo seguía en su sitio; el único afectado era yo. Exhalé un suspiro trémulo y me relajé dejando la cabeza apoyada contra la pared que tenía detrás.

Al rato me eché hacia delante y coloqué la palma de la mano, aún palpitante, sobre el suelo del Bunker para dejar que se enfriara. La mantuve así un buen rato y después la levanté y me sacudí la tierra que se me había pegado, entornando los ojos para forzar la vista en busca de alguna herida visible, pero la luz era muy escasa. Lentamente me puse en pie y me dirigí al altar. Encendí las velas con manos temblorosas, coloqué la avispa con el resto de las cosas en la estantería de plástico a la izquierda del altar y quemé su ataúd provisional en el platillo de metal que había frente al Viejo Saúl. La fotografía de Eric se prendió en llamas y su rostro aniñado se desvaneció en el fuego. Soplé por uno de los ojos del Viejo Saúl y apagué la vela.

Me quedé quieto un instante tratando de ordenar mis pensamientos y después me dirigí a la puerta de metal del Bunker y la abrí. La sedosa luz de la mañana cubierta de nubes brillantes inundó todo y me hizo encoger el rostro. Me di la vuelta, apagué las otras velas y le eché otro vistazo a mi mano. La palma estaba enrojecida e inflamada. La volví a lamer.

Casi lo había conseguido. Estaba seguro de que había tenido a Eric a mi alcance, que había conseguido tener su mente bajo mi mano y que había formado parte de él, que había visto el mundo a través de sus ojos, que había oído el palpito de la sangre en su cabeza, que había sentido la tierra bajo sus pies, que había olido su cuerpo y había probado su última comida. Pero Eric había resultado demasiado para mí. El incendio que ardía en su cabeza era demasiado intenso como para que alguien que estuviera cuerdo pudiera resistirlo. Tenía esa potencia lunática tan fiel a sí misma que solo pueden resistir de manera constante los dementes profundos, y que puede ser emulada momentáneamente por los más feroces soldados o los más agresivos deportistas. Todas las partículas del cerebro de Eric estaban concentradas en su misión de volver y prender fuego, y no hay cerebro normal, ni siquiera el mío, que estaba lejos de ser normal y era más potente que la mayoría, que pueda igualar tal despliegue de fuerzas. Eric estaba entregado a una Guerra Total, a una Jihad; cabalgaba sobre el Viento Divino, por lo menos hacia su propia destrucción, y no había nada que yo pudiera evitar con aquellos medios.

Cerré el Bunker y me volví por la playa hacia la casa, de nuevo con la cabeza baja y hasta más meditabundo y preocupado de lo que estaba en mi camino de ida.

Me pasé el resto del día metido en la casa, leyendo libros y revistas, viendo televisión y pensando todo el tiempo. No podía hacer nada por Eric desde dentro, así que tenía que cambiar el sentido de mi ataque. Mi mitología personal, sustentada por la Fábrica, era lo suficientemente flexible como para aceptar aquel fracaso que acababa de experimentar y utilizar aquella derrota como una vía para alcanzar la solución real. Mis pelotones de reconocimiento se habían chamuscado los dedos, pero me quedaban otros recursos. Acabaría venciendo, pero no lo conseguiría aplicando directamente mis poderes. Desde luego no mediante la aplicación directa de cualquier otro poder, sino empleando la inteligencia con imaginación, que siempre acaba siendo la base firme para cualquier empresa. Si no podía estar a la altura del reto que representaba Eric, entonces merecería acabar destruido.

Mi padre seguía pintando, trasladándose de un lado a otro con la escalera hasta las ventanas, con la lata de pintura y la brocha apretada entre los dientes. Le ofrecí mi ayuda, pero insistió en hacerlo él mismo. Yo había empleado la escalera en otras ocasiones para intentar llegar hasta el despacho de mi padre, pero tenía pestillos especiales en las ventanas, y hasta mantenía las persianas bajadas y las cortinas corridas. Estaba encantado de ver lo difícil que le resultaba subir y bajar por las escaleras. Nunca podría llegar al desván. Pensé que tenía suerte de que la casa tuviera la altura que tenía, porque si no mi padre podría haber trepado por la escalera de mano hasta el tejado y podría haber echado un vistazo por las claraboyas hacia el interior del desván. Pero ninguno de los dos teníamos nada que temer. Nuestras respectivas ciudadelas estaban seguras por el momento.

Por una vez mi padre me dejó hacer la cena y yo preparé unos vegetales con curry, que ambos encontramos aceptables, mientras veíamos un programa de geología de la Universidad Abierta en el televisor portátil que yo había trasladado a la cocina para la ocasión. Decidí que cuando terminara con el asunto de Eric tenía que reiniciar la campaña para convencer a mi padre de que comprara un aparato de vídeo. Era muy fácil perderse buenos programas en los días soleados.

Después de la comida mi padre se fue al pueblo. Era algo fuera de lo común pero no le pregunté a dónde iba. Aquel día parecía cansado tras pasarse tantas horas subiendo y bajando escaleras, pero se fue a su habitación, se cambió de ropa y apareció cojeando en el salón para despedirse de mí.

—Voy a salir —dijo. Echó un vistazo al salón como si buscara alguna prueba de que ya había comenzado yo a tramar alguna travesura antes de que él se fuera. Yo seguí mirando la tele y asentí con la cabeza sin mirarlo.

—Me parece muy bien —respondí yo.

—No llegaré tarde. No hace falta que cierres.

—Muy bien.

—¿No te importa?

—Desde luego que no. —Le miré, crucé los brazos y me arrellané aún más en el viejo sillón. Él dio un paso atrás y se quedó con los pies en el recibidor y el cuerpo metido en el salón, sostenido únicamente por la mano en el picaporte que le impedía caerse. Volvió a asentir con la cabeza, y el sombrero que llevaba puesto se le hundió aún más.

—De acuerdo. Te veré luego. Espero que te portes bien.

Yo sonreí y volví la vista a la pantalla.

—Sí, papá. Hasta luego.

—Humm —dijo y, tras echar un último vistazo al salón, como si quisiera asegurarse de que no había desaparecido la plata, cerró la puerta y se oyeron sus pasos por el recibidor hasta la puerta principal. Observé cómo ascendía por el sendero, me quedé un rato sentado y después fui a probar la puerta del despacho que, como de costumbre, estaba tan herméticamente cerrada que parecía que formara parte de la pared.

Me quedé dormido. La luz de fuera se iba desvaneciendo, en la tele ponían una horrible serie americana de detectives y me dolía la cabeza. Parpadeé sobre mis ojos pegados, bostecé para despegar los labios y quitarme el sabor rancio de la boca con un poco de aire y me desperecé para acabar aterido de frío; entonces oí el teléfono.

Salté del sofá, tropecé y casi me caigo, y llegué a la puerta, después al recibidor, a las escaleras y finalmente al teléfono lo más rápido que pude. Descolgué el teléfono con la mano derecha, que me dolía. Me apreté el auricular contra la oreja.

—¿Diga? —exclamé.

—Hola, amigo Frankie, ¿cómo te va? —dijo Jamie. Sentí una mezcla de alivio y decepción. Suspiré.

—Ah, Jamie. Bueno. ¿Cómo estás?

—De baja. Se me cayó una plancha de metal en el pie esta mañana y lo tengo hinchado.

—Pero no es nada grave, ¿verdad?

—Naa. Pasaré el resto de la semana de baja, con un poco de suerte. Mañana voy a ver al médico para que me extienda el certificado de enfermedad. Solo quería decirte que estaré en casa todo el día. Puedes traerme uvas si quieres.

—Muy bien. Seguramente pasaré mañana. Te llamaré antes para confirmártelo.

—Fantástico. ¿Alguna noticia de quien tú ya sabes?

—No. Pensé que podría ser él cuando sonó el teléfono.

—Ya, se me ocurrió que lo pensarías. No te preocupes. No he oído que haya pasado nada extraño en el pueblo, de modo que seguramente todavía no ha llegado.

—Sí, pero yo quiero volver a verlo. Lo que no quiero es que vuelva a hacer todas las locuras que hacía antes. Sé que tendrá que volver allí aunque no las haga, pero me gustaría verle. Quiero ambas cosas, ¿sabes lo que quiero decir?

—Sí, sí. Todo saldrá bien. Creo que al final todo acabará bien para él. No te preocupes por eso.

—No, si no me preocupo.

—Bueno. Bien, voy a salir a comprar unas pintas de anestésico al pub. ¿Te apetece venir conmigo?

—No, gracias. Estoy bastante cansado. Esta mañana me levanté muy temprano. Seguramente nos veremos mañana.

—Fantástico. Bueno, cuídate y esas cosas. Hasta luego, Frank.

—Muy bien Jamie, adiós.

—Adiós —dijo Jamie. Colgué y bajé las escaleras para cambiar de canal y poner algo más sensible, pero cuando no había llegado al último escalón el teléfono volvió a sonar. Volví a subir las escaleras. Y justamente cuando lo hacía un escalofrío me recorrió el cuerpo con la sensación de que sería Eric, pero cuando descolgué el teléfono no se oía ningún pitido. Apreté la cara y dije:

—¿Sí? ¿Has olvidado decirme algo?

—¿Olvidar? ¡No me he olvidado de nada! ¡Lo recuerdo todo! ¡Todo! —me gritaba una voz familiar al otro extremo de la línea.

Me quedé helado, después tragué un nudo en la garganta y dije:

—Er…

—¿Por qué me acusas de olvidarme de cosas? ¿De qué me acusas de haberme olvidado? ¿De qué? ¡No me he olvidado de nada! —Eric resolló y escupió.

—Eric, ¡lo siento! ¡Creí que eras otra persona!

—¡Soy yo! —me gritó—. ¡No soy otra persona! ¡Soy yo! ¡Yo!

—¡Creí que eras Jamie! —exclamé quejándome, cerrando los ojos.

—¿Ese enano? ¡Qué cabrón eres!

—Lo siento, yo… —Entonces me detuve y pensé en lo que había dicho—, ¿Por qué le llamas «ese enano», y con ese tono? Es mi amigo. No tiene la culpa de ser tan bajito —le dije.

—¿Ah, sí? —fue su respuesta—. ¿Y tú cómo lo sabes?

—¿A qué te refieres con eso de que cómo lo sé? ¡No es culpa suya haber nacido así! —le contesté enfadándome cada vez más.

—Solo cuentas con su palabra para demostrarlo.

—¿Que solo cuento con su palabra para qué? —le dije.

—¡Para afirmar que es un enano! —soltó Eric.

—¿Cómo? —le grité, sin poder dar crédito a mis oídos—. Puedo ver con mis dos ojos que es un enano, ¡imbécil!

—¡Eso es lo que él quiere que tú creas! ¡Quizá se trata realmente de un extraterrestre! ¡Quizá el resto de los suyos son hasta más pequeños que él! ¿Cómo sabes tú que no se trata de un extraterrestre gigante que viene de una raza de extraterrestres diminutos? ¿Eh?

—¡No seas imbécil! —le grité por el teléfono, agarrándolo con fuerza con mi mano quemada.

—Bueno, ¡después no me vengas con que no te avisé! —me gritó Eric.

—¡No te preocupes! —le contesté gritándole a mi vez.

—Bueno, pasando a otro tema, —dijo Eric con una voz repentinamente tranquila que me hizo pensar que quizá alguien se había metido en la línea con una interferencia, y que me dejó aún más perplejo cuando continuó con un tono de conversación absolutamente normal preguntándome—: ¿cómo estás?

—¿Eh? —dije, confundido—. Ah… bien. Bien. ¿Cómo estás tú?

—Bueno, no me puedo quejar. A punto de llegar.

—¿Cómo? ¿Aquí?

—No. Allí. Joder, no es posible que la línea se oiga tan mal a esta distancia, ¿puede ser?

—¿A qué distancia? ¿Eh? ¿Que si puede ser? Pues no tengo ni idea. —Me llevé la otra mano a la frente con la sensación de que estaba perdiendo completamente el hilo de la conversación.

—Digo que ya casi estoy allí —me explicó Eric con voz cansina y un suspiro de tranquilidad—. No que casi estoy aquí. Aquí ya estoy. ¿Desde dónde te iba a llamar sino desde aquí?

—Pero, ¿dónde es «aquí»? —le dije.

—¿Me vas a venir otra vez con que no sabes donde estás? —exclamó Eric con incredulidad. Yo cerré los ojos y suspiré desalentado. Él continuó—: Y encima me acusas de olvidarme de cosas. Ja!

—¡Mira, loco de mierda! —comencé a gritar al plástico verde mientras lo asía con todas mis fuerzas y me provocaba punzadas de dolor en el brazo derecho que hicieron que se me contorsionara la cara—. ¡Me estoy hartando de que me llames y te pongas deliberadamente a decirme tonterías! ¡Deja ya esos jueguitos! —Resollé en busca de aire—. ¡Ya sabes de sobra a lo que me refiero cuando te pregunto dónde es «aquí»! ¡Quiero decir que dónde coño estas! Yo sé perfectamente donde estoy y tú lo sabes igual de bien. Así que deja ya de liarme con eso, ¿de acuerdo?

—Humm. De acuerdo, Frank —dijo Eric corno si hubiera perdido interés en el tema—. Perdona si te he estado tocando las pelotas con eso.

—Bueno… —comencé a gritar de nuevo, pero me controlé un poco y me calmé, respirando hondo—. Bueno… solo…solo te pido que no me hagas eso. Simplemente quería saber dónde estás.

—Sí, no te preocupes, Frank; lo entiendo —dijo Eric con un tono monótono—. Pero la cuestión es que no puedo decirte dónde estoy porque alguien podría oírlo. Estoy seguro de que lo comprendes, ¿no?

—De acuerdo. De acuerdo —dije yo—. Pero no estás en un teléfono público, ¿verdad?

—Bueno, por supuesto que no estoy en un teléfono público —me dijo con un cierto retintín en la voz; a continuación percibí cómo corregía el tono—. Sí, tienes razón. Estoy en la casa de alguien. Bueno, a decir verdad es una casa de campo.

—¿Cómo? —le dije—. ¿Quién? ¿De quién?

—No tengo ni idea —me replicó con un tono en el que casi se podía advertir cómo se encogía de hombros—. Supongo que lo puedo averiguar si de verdad te interesa. ¿De verdad que quieres saberlo?

—¿Cómo? No. Sí. Quiero decir, no. ¿Y qué importa? Pero dónde… quiero decir, cómo… bueno, ¿de quién…?

—Mira, Frank —me dijo Eric con tono cansino—, es una casita de campo para las vacaciones o un retiro de fin de semana o algo así, ¿vale? No sé de quién es; pero, como tú mismo señalas agudamente, no importa, ¿de acuerdo?

—¿Me estás diciendo que te has metido en casa de alguien? —le dije.

—Sí, ¿y qué? De hecho, ni siquiera he tenido que forzar la puerta. Encontré la llave de la puerta trasera, en el canalillo del desagüe. ¿Qué hay de malo? Es una casita preciosa.

—¿No tienes miedo de que te encuentren?

—No mucho. Aquí estoy, en el salón de la casa contemplando el camino de entrada y se puede divisar la carretera hasta muy lejos. Sin problemas. Tengo comida y hay un baño y un teléfono y un congelador; joder, si hasta cabría un alsaciano ahí dentro, y una cama y de todo. De lujo.

—¡Un alsaciano! —exclamé con un alarido.

—Bueno, pues sí, si tuviera uno. No lo tengo, pero si tuviera uno me cabría perfectamente ahí. En este caso…

—No —le interrumpí cerrando los ojos de nuevo y levantando la mano como si él estuviera dentro de la casa conmigo—. No me lo digas.

—Muy bien. Bueno, solo pensé en llamarte para decirte que estoy bien y para ver cómo estás.

—Estoy bien. ¿Estás seguro de que tú también estás bien?

—Sí; estoy mejor que nunca. Me siento sensacional. Creo que es por mi dieta; todo…

—¡Escúchame! —le interrumpí desesperadamente sintiendo cómo se me iban abriendo los ojos mientras pensaba lo que le iba a preguntar—. No habrás sentido nada especial esta mañana, ¿verdad? ¿Al amanecer? ¿Algo diferente? Quiero decir, ¿alguna cosa? ¿No sentiste nada… eh… nada en tu interior? ¿Sentiste algo?

—¿Qué estás farfullando ahora? —dijo Eric levemente enfadado.

—¿Sentiste algo esta mañana, muy temprano?

—¿A qué diablos te refieres con lo de «sentiste algo»?

—Quiero decir que si experimentaste algo; cualquier mínima cosa, esta mañana alrededor del amanecer.

—Bueno —dijo Eric lentamente y con tono mesurado—. Es curioso que lo menciones porque…

—¿Sí? ¿Sí? —dije yo emocionado, apretando el auricular tan cerca de la boca que me golpeé los dientes contra el aparato.

—Nada de nada. Esta mañana ha sido una de las pocas en las que puedo afirmar honestamente que no he experimentado nada —me informó Eric cortésmente—. Estaba dormido.

—¡Pero si me habías dicho que no dormías! —le dije furioso.

—Por Dios, Frank, nadie es perfecto. —Y pude oír como se ponía a reír.

—Pero… —comencé a decirle. Cerré la boca y rechiné los dientes. Una vez más, cerré los ojos.

—Bueno, Frank, tío —dijo él—, para serte sincero, esto se está poniendo muy aburrido. A lo mejor te vuelvo a llamar pero, de todos modos, nos vemos pronto. Chao.

Antes de que yo pudiera decir algo la línea se cortó y me dejó furioso y con ganas de pelea, sosteniendo el auricular en la mano y mirándolo con rabia como si tuviera la culpa. Me dieron ganas de ponerme a golpear algo con él, pero me di cuenta de que sería como un mal chiste dadas las circunstancias, así que lo colgué de un porrazo. Soltó un tintineo de respuesta y le lancé otra mirada furibunda. A continuación le di la espalda y salí escaleras abajo, me tiré en el sofá y empecé a pulsar sin descanso los botones del mando a distancia del televisor, canal tras canal, una y otra vez, durante diez minutos. Al cabo de ese tiempo me di cuenta que, de tres programas que ponían (las noticias, otra horrible teleserie de detectives americana, para variar, y un programa de arqueología) había conseguido ver simultáneamente lo mismo que cuando los veía por separado. Tiré el mando a distancia enfadado y salí afuera, bajo la luz que se empezaba a desvanecer, para tirar unas piedras a las olas.

9. LO QUE LE PASÓ A ERIC

Dormí hasta bastante tarde. Mi padre había regresado justo después de que yo volviera de la playa y me fui enseguida a la cama, de modo que pude dormir largo y tendido. Por la mañana llamé a Jamie, se puso su madre, y me enteré de que había ido al médico pero que volvería enseguida. Cargué mi bolsa con comida, le dije a mi padre que volvería antes del anochecer y me puse en camino hacia el pueblo.

Jamie ya estaba en su casa cuando llegué. Bebimos un par de latas de Red Death y charlamos de nuestras cosas; después, tras compartir unos refrigerios y algunos de los pasteles caseros de su madre, me marché y dirigí mis pasos hacia las colinas que hay detrás del pueblo.

En lo alto de una cima cubierta de matorrales, una suave pendiente de rocas y tierra por encima de la hilera de árboles de la Comisión Forestal, me senté en una enorme roca y almorcé. Observé en la distancia difuminada por el calor, más allá de Porteneil, las tierras de pasto moteadas de ovejas, las dunas, el vertedero, la isla (no es que se distinguiera como tal isla, pues parecía parte de tierra firme), las playas y el mar. En el cielo flotaban unas nubéculas; el azul dominaba aquella vista y se iba diluyendo pálidamente hasta el horizonte y la inmensa calma del estuario y el mar. Las cigarras cantaban en el aire a mi alrededor y yo observaba un milano revoloteando en busca de movimiento entre la maleza, los matorrales, las retamas y las aulagas que tenía debajo. Los insectos zumbaban y bailaban, y yo sacudí un abanico de helechos trente a la cara para espantarlos mientras terminaba de comerme mis sándwiches y de beberme el zumo de naranja.

A mi izquierda los picos elevados de los montes se encaminaban hacia el norte, creciendo gradualmente en altura y difuminándose en grises y azules, refulgiendo en la distancia. Contemplé el pueblo que se extendía a mis pies con los prismáticos, vi camiones y automóviles en dirección a la carretera principal, y seguí con la mirada un tren que se dirigía al sur, parando en el pueblo y poniéndose de nuevo en marcha, serpenteando por el terreno llano que hay frente al mar.

De vez en cuando me gusta salir de la isla. No demasiado lejos; me gusta poder seguir teniéndola a la vista, si es posible, pero es bueno alejarse de vez en cuando y tener una sensación de la perspectiva desde más lejos. Soy consciente, por supuesto, de lo pequeño que es ese pedazo de tierra; no soy tonto. Conozco el tamaño de este planeta y me doy cuenta de lo minúscula que es la parte que conozco. He visto mucha televisión y cantidad de programas de naturaleza y de viajes como para no darme cuenta de lo limitado que es mi conocimiento de otros lugares en lo que se refiere a experiencia directa; pero no quiero aventurarme más lejos, no necesito viajar ni ver otras tierras extranjeras ni conocer a gente diferente. Sé quién soy y conozco mis limitaciones. Tengo razones de peso para restringir mis horizontes; temor —oh, sí, lo reconozco— y una necesidad de confianza y seguridad en un mundo que, por lo que sea, me ha tratado cruelmente a una edad en la que no tuve verdadera oportunidad de cambiarlo.

También hay que tener en cuenta la lección que aprendí de Ene.

Eric se fue. Eric, con su brillantez, su inteligencia, su sensibilidad y todo lo que prometía, abandonó la isla y trató de seguir su propio camino; escogió un sendero y lo siguió. Aquel sendero le condujo a la destrucción de prácticamente todo lo que era, lo transformó en una persona tan diferente que las similitudes que quedaron con el joven cabal que fue un día parecían simplemente obscenas.

Pero era mi hermano y, en cierto modo, seguí queriéndolo. A pesar de su trastorno seguí queriéndolo igual que, supongo, él me había querido a pesar de mi incapacidad. Es ese sentido protector, al parecer, que se supone que las mujeres deben sentir por los más pequeños y que los hombres se ven impulsados a sentir por las mujeres.

Eric abandonó la isla antes de que yo naciera y solo regresaba en vacaciones, pero tengo la impresión de que su espíritu siempre se quedó aquí, y cuando volvió para quedarse, un año después de mi pequeño accidente, cuando mi padre pensó que ya éramos suficientemente mayores como para que él siguiera cuidando de nosotros, no le guardé rencor por haber vuelto. Por el contrario, nos llevamos bien desde el principio, y estoy seguro de que se avergonzaba de tenerme todo el día pegado a él como una lapa copiando todo lo que hacía, aunque, siendo como es Eric, con su sensibilidad hacia los sentimientos de los demás, no se habría atrevido a decírmelo y arriesgarse a herirme.

Cuando le mandaron a las escuelas privadas yo lo pasé muy mal; al volver para pasar con nosotros las vacaciones yo estaba exultante de alegría; saltaba y me regocijaba y me emocionaba. Nos pasamos verano tras verano en la isla volando cometas, construyendo modelos con madera y plástico, con Lego y Mecano y con cualquier cosa que encontráramos por ahí, levantando presas y construyendo cabañas y trincheras. Volábamos aviones de aeromodelismo y navegábamos barcos en miniatura, construíamos yates de arena con sus velas al viento y nos inventábamos sociedades secretas, códigos y lenguajes. Me contaba historias que iba inventándose a medida que avanzaba. Y algunas de las historias las representamos nosotros mismos: soldados valerosos que luchaban entre las dunas, que ganaban y luchaban y luchaban y, a veces, morían. Fue únicamente en esas ocasiones cuando me hizo sufrir deliberadamente ya que alguna de sus historias requería su propia muerte heroica y yo me lo tomaba demasiado en serio mientras él yacía tirado en la hierba moribundo tras haber volado por los aires el puente o la presa o el convoy enemigo o incluso tras haberme salvado a mí mismo de la muerte; entonces yo prorrumpía en lágrimas y le empujaba levemente intentando cambiar mi propia historia y él se negaba, se dejaba resbalar entre mis brazos y moría; la mayoría de las veces moría.

Cuando sufría sus migrañas, que a veces le duraban días, yo vivía sobresaltado y le llevaba bebidas frías y algo de comida a su habitación a oscuras en el segundo piso, entrando a gatas, poniéndome en pie y temblando en ocasiones si él gemía o se removía en la cama. Yo me quedaba destrozado cuando él sufría y la vida no tenía sentido; los juegos y las historias me parecían tontos y absurdos, y lo único que soportaba era lanzar pedradas a botellas o a gaviotas. Salía a cazar gaviotas, decidía las cosas para que Eric no sufriera; cuando se recuperaba era como si el verano apareciera de repente otra vez y no cabía en mi cuerpo de alegría.

Al final, aquel impulso irrefrenable hacia fuera lo consumió, como le ocurre a cualquier hombre de verdad, y lo apartó de mí llevándolo hacia el mundo exterior con todas sus fabulosas oportunidades y sus desagradables peligros. Eric decidió seguir las huellas de su padre y convertirse en médico. Entonces me dijo que no me preocupara, que las cosas no cambiarían; seguiría teniendo libres la mayoría de los veranos, aunque tuviera que quedarse en Glasgow para hacer prácticas en hospitales o acompañar a médicos en sus rondas de visita a pacientes; me dijo que todo seguiría igual cuando estuviéramos juntos, pero yo sabía que no era verdad y podía darme cuenta de que en el fondo de su corazón él también lo sabía. Estaba claro, en sus ojos y en sus palabras. Abandonaba la isla, me abandonaba a mí.

No podía culparlo, ni siquiera entonces, cuando más lo sentí. Era Eric, mi hermano, y hacía lo que debía hacer, como el valeroso soldado que moría por la causa, o por mí. ¿Cómo podía dudar de él o culparlo cuando a él jamás se le ocurrió sugerir que dudara de mí o que me culpara? Dios mío; con todas aquellas muertes, aquellos tres niños asesinados, y uno de ellos un fratricidio. Y a él nunca se le habría pasado ni remotamente por la cabeza que yo hubiera tenido algo que ver con aquello. Me habría dado cuenta. No habría sido capaz de mirarme a la cara si hubiera sospechado algo pues era incapaz de ocultar nada.

De modo que se marchó, primero un curso, aceptado antes que la mayoría debido a sus brillantes resultados en los exámenes, y después otro curso. El verano entre ambos cursos volvió por aquí, pero había cambiado. Intentó seguir haciendo conmigo las mismas cosas que hacíamos antes, pero me di cuenta de que ya era algo forzado. Se había apartado de mí, su corazón no estaba ya en la isla. Estaba con la gente que había conocido en la universidad, con sus estudios, que le encantaban; quizá estaba en el resto del mundo, pero desde luego ya no estaba en la isla. Ya no estaba conmigo.

Salíamos mucho al aire libre a volar cometas, a levantar presas y cosas así, pero ya no era lo mismo; era un adulto intentando que me lo pasara bien, no otro chico compartiendo su entusiasmo conmigo. No lo pasamos mal, y no me arrepiento de que estuviera con nosotros, pero después de un mes se alegró de marcharse con algunos de sus amigos al sur de Francia de vacaciones. Yo lamenté lo que percibí como la pérdida del amigo y el hermano que había conocido, y sentí más punzante que nunca mi herida, esa cosa que sabía que me mantendría para siempre en un estado adolescente, que jamás me dejaría llegar a crecer y convertirme en un hombre de verdad, capaz de abrirme mi propio camino en el mundo.

Pero enseguida me olvidé de esas ideas. Tenía la Calavera, tenía la Fábrica y una vicaria sensación de orgullo varonil por la brillante actuación de Eric allí afuera mientras que yo, por mi parte, iba lentamente convirtiéndome en el señor incontestable de la isla y de las tierras que la rodeaban. Eric me escribió cartas contándome cómo le iba, me llamaba y hablaba conmigo y con mi padre, y me hacía reír por teléfono como solo un adulto puede hacerlo aunque tú no quieres que lo hagan. Nunca me quiso dar la impresión de que nos había abandonado, a mí y a la isla.

Entonces sufrió su desafortunada experiencia que, aunque ni mi padre ni yo lo sabíamos, le ocurrió después de otras muchas cosas, y que fue suficiente para acabar con la persona cambiada que yo conocía. Iba a lanzar a Eric despedido hacia algo distinto: una amalgama de su anterior yo (aunque satánicamente invertido) y de un hombre inteligente y mundano, un adulto herido y peligroso, confundido y patético y maníaco al mismo tiempo. Me recordaba a un holograma, quebrado; con la imagen completa contenida en un fragmento como una punta de lanza, al mismo tiempo fragmento y totalidad.

Ocurrió durante su segundo año, cuando estaba haciendo prácticas en un gran hospital universitario. Ni siquiera tenía que estar allí aquel día, en las entrañas de aquel hospital de desechos humanos; estaba echando una mano en su tiempo libre. Más tarde nos dijeron que hacía tiempo que Eric venía arrastrando problemas de los que no nos había hablado. Se había enamorado de una chica y aquello terminó mal; ella le dijo que nunca le había querido y se largó con otro. Sus migrañas habían sido especialmente intensas durante un tiempo y habían interferido en su trabajo. Por ello y por lo de la chica es por lo que Eric se había dedicado a trabajar por su cuenta en el hospital que había junto a la universidad, ayudando a las enfermeras en las guardias de noche, sentado en la oscuridad de la sala con sus libros mientras aquellos niños enfermos gemían y tosían.

Eso es lo que estaba haciendo aquella noche en que sufrió su desagradable experiencia. Aquella era la sala donde estaban internados los bebés y los niños que padecían deformaciones tan graves que requerían asistencia hospitalaria para seguir viviendo, y aún así no por mucho tiempo. Recibimos una carta con explicaciones de lo que había ocurrido de una enfermera que había hecho amistad con mi hermano, y por el tono de su carta se deducía que era una equivocación mantener vivos a aquellos niños; al parecer eran poco más que monstruos de feria utilizados por los médicos y los internos para mostrárselos a los estudiantes.

Era una noche cerrada y calurosa de julio y Eric estaba en aquella espantosa sala, cerca del almacén y de las calderas del hospital. Le había dolido la cabeza todo el día y, estando en la sala había empeorado hasta convertirse en una terrible migraña. La ventilación de aquel lugar había estado fallando desde las últimas dos semanas y unos ingenieros habían estado trabajando con el sistema; aquella noche era muy calurosa y sofocante, y las migrañas de Eric siempre han empeorado en tales condiciones. Alguien tenía que venir a relevarle en una hora aproximadamente pues, de otro modo, supongo que hasta Eric se habría dado por vencido y se habría vuelto a su habitación en la residencia para echarse un rato. Pero tal como ocurrieron las cosas, él estaba haciendo una ronda por la sala cambiando pañales y tranquilizando a las lloriqueantes criaturas, cambiando vendajes y goteos o lo que fuera, sintiendo la cabeza como si se le fuera a partir en dos y la vista distorsionada con luces y líneas.

El niño a quien estaba asistiendo cuando ocurrió aquello era más o menos un vegetal. Entre otros defectos padecía una incontinencia total y era incapaz de emitir cualquier sonido que no fuera un gorgoteo, no podía controlar adecuadamente sus músculos —hasta tenía que tener la cabeza sujeta por un soporte— y llevaba una placa metálica sobre la cabeza porque los huesos que debían formar su cráneo nunca llegaron a unirse y hasta la piel que tenía sobre el cerebro era fina como el papel.

Tenía que ser alimentado cada pocas horas con una papilla especia] y Eric estaba haciéndolo cuando sucedió. Había notado que el niño estaba un poco más callado y quieto de lo normal, sentado en su silla con la piernas colgando y con la mirada fija delante de él, respirando levemente, con los ojos vidriosos y una expresión casi de placidez en un rostro por lo general ausente. Y sin embargo parecía incapaz de tomarse su comida, una de las pocas actividades que normalmente era capaz de apreciar y en la que hasta participaba. Eric se lo tomaba con paciencia y mantenía la cuchara frente a sus ojos desenfocados; se la llevaba hasta los labios cuando normalmente el niño habría sacado la lengua o tratado de adelantarse para meterse él mismo la cuchara en la boca. Pero aquella noche permanecía sentado allí sin hacer nada, sin gorgotear, sin menear su cabecita ni hacer aspavientos con sus brazos ni mover los ojos de arriba abajo: tan solo miraba y miraba fijamente con ese curioso gesto en su rostro que podía ser tomado como una expresión de felicidad.

Eric perseveró y se acercó a su silla intentando olvidar el agobiante dolor que se expandía en su cabeza con el empeoramiento de su migraña. Le dijo al niño palabras cariñosas, algo que normalmente hacía que moviera sus ojos de un lado a otro y desplazara la cabeza hacia donde sonaban las palabras pero que aquella noche no tuvo ningún efecto. Eric revisó la hoja de papel que había junto a la silla para ver si le habían administrado al niño medicación adicional, pero todo parecía normal. Se acercó aún más, canturreándole, moviendo la cuchara, luchando contra las oleadas de dolor que surgían de su cerebro.

Entonces vio algo, algo que parecía un movimiento, un pequeño movimiento casi imperceptible, apenas visible en la cabeza rapada del niño de la leve sonrisa. Fuera lo que fuera era pequeño y lento. Eric parpadeó, sacudió la cabeza para tratar de disipar las luces trepidantes de la migraña que seguía creciendo en su interior. Se levantó sin dejar la cuchara con la pastosa comida. Se inclinó para acercarse aún más al cráneo de aquel niño y observó más de cerca. No podía ver nada, pero observó alrededor de la tapa metálica del cráneo que llevaba el niño, le pareció ver algo debajo y la levantó con facilidad desde la cabeza de aquel niño pequeño para comprobar que no hubiera nada mal.

Un operario de la sala de calderas oyó el grito de Eric y se apresuró hasta la sala blandiendo una enorme llave inglesa en la mano; encontró a Eric agazapado en un rincón aullando con todas sus fuerzas hacia el suelo, con la cabeza metida entre las rodillas medio arrodillado, medio tendido en posición fetal sobre las baldosas. La silla en la que se sentaba el niño había sido derribada y tanto la silla como el niño atado a ella —que seguía sonriendo— se encontraban unos metros más allá.

El operario de la sala de calderas sacudió a Eric pero no obtuvo respuesta. Entonces vio al niño atado a la silla y se fue hacia él, tal vez a poner la silla en pie; llegó a medio metro del niño y entonces salió corriendo hacia la puerta, vomitando antes de llegar. Una enfermera de la sala superior encontró a aquel hombre que seguía luchando con sus arcadas en el pasillo cuando bajó para ver a qué se debía aquel escándalo. Eric había dejado de gritar por entonces y se había quedado quieto. El niño seguía sonriendo.

La enfermera enderezó la silla del niño. Si ella pudo contener sus ganas de vomitar, o si se sintió mareada, o si había visto antes algo tan horrible o peor, es algo que no sé, pero la cuestión es que no perdió los nervios, llamó por teléfono para pedir ayuda y sacó a Eric de su rincón, rígido. Lo sentó en una silla, cubrió la cabeza del niño con una toalla y consoló al operario. Había retirado la cuchara del cráneo abierto del niño sonriente. Eric la había metido allí, pensando quizá en ese primer instante de su psicosis que sería mejor recoger lo que había visto.

Unas moscas se habían metido en la sala, probablemente a través del aire acondicionado que se había estropeado días atrás. Se habían introducido por debajo de la placa de acero inoxidable que cubría el cráneo del niño y depositaron allí sus huevos. Lo que Eric vio al levantar aquella placa, lo que pudo contemplar con todo aquel peso de sufrimiento humano que cargaba encima, con todo aquel poderoso despliegue agobiante de la ciudad caldeada y oscura que le rodeaba, lo que vio con su propio cerebro partido en dos, fue un nido de gruesas larvas que se retorcían flotando en sus propios jugos digestivos al tiempo que consumían el cerebro del niño.

De hecho, Eric pareció recuperarse de lo que le ocurrió. Estuvo sedado, pasó un par de semanas en el hospital como paciente y después unos días descansando en su habitación en la residencia de estudiantes. A la semana volvió a sus estudios y asistió a las clases como siempre. Pocas personas sabían lo que le había ocurrido, y se dieron cuenta de que Eric estaba más callado, pero eso fue todo. Mi padre y yo no supimos nada excepto que había faltado unos días a clase debido a una migraña.

Más adelante nos enteramos de que Eric comenzó a beber mucho, a faltar a clases, o a aparecer en clases que no le tocaban, a gritar en pesadillas y a despertar a otra gente de su planta en la residencia, a tomar drogas, a no asistir a exámenes y a clases prácticas… Al final la universidad tuvo que sugerirle que se tomara el resto del año libre porque había faltado a demasiadas clases. Eric se lo tomó mal; cogió todos sus libros, los amontonó en el pasillo al lado de la puerta de su tutor, y les prendió fuego. Tuvo suerte de que no le denunciaran, pero los responsables de la universidad hicieron la vista gorda con respecto al humo y los leves daños en los paneles de madera antigua, y Eric volvió a la isla.

Pero no volvió a mí. No quiso tener nada que ver conmigo y permaneció encerrado en su habitación escuchando sus discos a todo volumen y apenas sin salir, excepto para ir al pueblo, en donde pronto le prohibieron la entrada en los cuatro pubs por empezar peleas y gritar e insultar a la gente. Cuando por fin me prestó atención se quedaba mirándome fijamente con sus enormes ojos, o se tocaba la nariz y me guiñaba un ojo. Ahora sus ojos eran oscuros y tenía enormes ojeras y su nariz parecía haberle crecido mucho. Una vez me agarró y me dio un beso en los labios que verdaderamente me asustó.

Mi padre se fue volviendo tan cerrado como Eric. Se recluyó en una existencia indolente hecha de largos paseos y silencios malhumorados e introspectivos. Comenzó a fumar cigarrillos, llegando por un tiempo a fumarlos en cadena. Durante un mes o algo así la casa se convirtió en un infierno y yo me largaba en cuanto podía, o me quedaba en mi habitación y miraba la tele.

Entonces Eric empezó a asustar a los niños del pueblo, primero arrojándoles gusanos y más tarde metiéndoselos por la camisa cuando volvían del colegio. Cuando Eric empezó a forzar a los niños a comerse puñados de gusanos y de larvas, algunos de los padres vinieron a la isla acompañados de Diggs. Yo me quedé sentado en mi habitación, sudando, mientas se reunían todos en el salón de abajo y los padres le gritaban a mi padre. El médico del pueblo, Diggs y hasta un asistente social llegado de Inverness consiguieron hablar con Eric, pero él no soltó prenda; se quedó sonriendo y mencionando de vez en cuando la cantidad de proteínas que contenían las larvas. Una vez llegó a casa apaleado y sangrando, y mi padre y yo supusimos que algunos de los hermanos mayores de los chicos, o quizá sus propios padres, lo habían agarrado y le habían dado una paliza.

Parece ser que desde hacía dos semanas venían desapareciendo perros del pueblo antes de que algunos niños vieran a Eric rociando una lata de gasolina sobre un pequeño Yorkshire terrier y prendiéndole fuego. Sus padres les creyeron, salieron en busca de Eric y le encontraron haciendo lo mismo con un viejo perro callejero al que había atraído con caramelitos de anís y lo había agarrado. Lo persiguieron por los bosques que hay detrás del pueblo pero lo perdieron de vista.

Diggs volvió a la isla aquella tarde para comunicarnos que venía a detener a Eric por perturbación del orden público. Esperó hasta bastante tarde y solo aceptó un par de los whiskies que mi padre le ofreció, pero Eric no volvió. Diggs se marchó y mi padre se quedó esperándole, pero Eric siguió sin aparecer. No volvió hasta tres días y cinco perros más tarde, ojeroso y sin lavar, oliendo a gasolina y a humo, con las ropas hechas trizas y el rostro sucio y demacrado. Mi padre le oyó entrar muy temprano por la mañana, darle un repaso a la nevera, engullir varias comidas a la vez, y salir pitando a su habitación para meterse en la cama.

Mi padre fue sigilosamente hasta el teléfono y llamó a Diggs. quien llegó antes del desayuno. Pero Eric debió de oír o sospechar algo porque salió por la ventana de su habitación, se descolgó por el desagüe hasta el suelo y se escapó con la bicicleta de Diggs. Pasaron otra semana y dos o tres perros más antes de que lo cogieran sacando gasolina del coche de alguien en mitad de la calle. Le rompieron la mandíbula en el proceso de arrestarlo, y esta vez Eric no se escapó.

Unos meses después dictaminaron que estaba loco. Le hicieron pasar por todo tipo de pruebas, intentó escaparse en innumerables ocasiones, atacó a enfermeros, a asistentes sociales y a médicos, y les amenazó con todo tipo de acciones legales y con asesinatos. Lo fueron trasladando gradualmente a sanatorios de mayor seguridad para pacientes crónicos a medida que aumentaron sus pruebas, sus amenazas y sus peleas. Mi padre y yo oímos que se tranquilizó bastante una vez lo internaron en el hospital que está al sur de Glasgow y que no volvió a intentar fugarse, pero, considerando lo que ha ocurrido, se me ocurre que probablemente estaba tratando, al parecer con éxito, de conseguir que sus guardianes se confiaran.

Y ahora estaba desandando el camino de vuelta para visitarnos.

Recorrí lentamente con los prismáticos el terreno que se extendía frente a mí, de norte a sur, de neblina a neblina, la ciudad y las carreteras y la estación de ferrocarril y los campos y playas, preguntándome si en alguno de aquellos lugares que transitaba mi mirada se encontraría Eric en aquel preciso momento, si ya habría llegado hasta aquí. Sentí que estaba cerca. No sabía por qué, pero había tenido tiempo de sobra y la llamada de la noche anterior había sonado más clara que sus otras llamadas y… simplemente lo sentía. Podría ser que estuviera aquí en este instante, merodeando, esperando a que cayera la noche para avanzar, o emboscado en el monte, o tras las retamas, o agazapado en las hondonadas de las dunas, avanzando hacia la casa, o buscando perros.

Seguí caminando por la cresta de las colinas y después descendí unas cuantas millas en dirección a la ciudad, entre hileras de coníferas por donde se oía el murmullo lejano de las sierras eléctricas entre la sombra y la quietud de las oscuras masas de árboles. Crucé la vía del tren, atravesé unos campos de cebada, la carretera y los vastos pastizales de ovejas hasta llegar a las dunas.

Me dolían los pies, y al caminar por la franja de arena dura de la playa sentía un ligero dolor en las piernas. Una leve brisa se levantó desde el mar y me alegré de que llegara porque habían desaparecido las nubes, y el sol. aunque estaba cayendo, seguía pegando fuerte. Llegué a un río que va había cruzado antes por las colinas y volví a cruzarlo cerca del mar subiendo por las dunas hasta encontrar un puente de cables que había por allí. Me encontré rodeado de ovejas, algunas esquiladas, otras aún con su lana, que se apartaron de mí con sus balidos entrecortados y se detuvieron cuando vieron que estaban seguras, bajaron la cabeza o se arrodillaron para continuar triscando la hierba entreverada de flores.

Recuerdo que solía despreciar a las ovejas por ser tan profundamente estúpidas. Las había visto comer, comer y comer, había visto perros que habían dominado un rebaño entero de ellas, las había perseguido y me había reído del modo en que corrían, había podido contemplar cómo se metían en toda clase de líos enredándose tontamente en los matorrales, y siempre pensé que les estaba bien empleado eso de acabar en chuletas de cordero y merecían ser utilizadas como máquinas productoras de lana. Tuvieron que pasar muchos años y un largo proceso para que llegara a darme cuenta de que lo que verdaderamente representaban las ovejas no era su propia estupidez, sino nuestro poder, nuestra avaricia y nuestro egoísmo.

Cuando llegué a entender la evolución de las especies y a saber un poco de historia, de agricultura y de ganadería, vi claramente que aquellos espesos animales blancos de los que yo me reía por seguirse unos a otros y enredarse en los matorrales eran tanto el producto final de generaciones de granjeros como de generaciones de ovejas: nosotros las convertimos en lo que son, las moldeamos a partir de sus ancestros supervivientes y salvajes de manera que se hicieran dóciles, estúpidas y generosas productoras de lana. No queríamos que fueran inteligentes y, hasta cierto punto su inteligencia y su agresividad estaban ligadas. Por supuesto, los carneros son más inteligentes, pero hasta ellos se ven degradados por las hembras idiotas con las que tienen que tratar e inseminar.

Idéntico principio puede ser aplicado a las gallinas, a las vacas y a cualquier cosa en la que hayamos puesto nuestras avariciosas y hambrientas manos desde hace tiempo. De vez en cuando pienso que lo mismo podría haberles ocurrido a las mujeres pero, aunque la teoría resulte bastante atractiva, me temo que estoy equivocado.

Llegué a casa a tiempo para la cena, engullí el par de huevos, el bistec, las patatas y las judías, y me pasé el resto de la tarde viendo la televisión y hurgándome la boca con una cerilla para sacarme trocitos de vaca muerta.

10. PERRO EN FUGA

Siempre me molestó que Eric se volviera loco. Aunque no se trataba de algo pasajero, cuerdo un minuto y loco el siguiente, creo que no hay ninguna duda de que el incidente con el niño sonriente desencadenó algo en Eric que le llevó, casi inevitablemente, a su caída. Algo en su interior no pudo aceptar lo que había ocurrido, no pudo encajar lo que había visto con la manera en que debieran ser las cosas. Quizá alguna parte muy dentro de él, oculta bajo capas de tiempo y de sedimentos, como los restos romanos de una ciudad moderna, seguía creyendo en Dios y era incapaz de aceptar la realidad de que, si un ser tan improbable existía, pudiera dejar que le ocurriera una cosa así a una de sus criaturas que, supuestamente, había creado a su imagen y semejanza.

Fuera lo que fuera lo que se desintegró en Eric en aquella época, significaba una debilidad, un defecto fundamental que un auténtico hombre no podía permitirse. Las mujeres, lo sé de ver cientos —quizá miles— de películas y programas de televisión, no pueden soportar que les ocurra nada grave; las violan, o se muere su ser amado, y se vienen abajo, se vuelven locas y se suicidan, o se consumen de pena hasta morir. Por supuesto, tengo en cuenta que no todas ellas reaccionan del mismo modo, pero no hay duda de que es la regla general, y las que no la siguen son una minoría.

Debe de haber unas cuantas mujeres fuertes, mujeres cuyo carácter tiene más de hombre que la mayoría, y sospecho que Eric fue víctima de una identidad en la que había demasiado de mujer. Esa sensibilidad, ese deseo de no herir a los demás, esa inteligencia delicada y atenta, todas esas cosas formaban parte de su carácter porque, en cierto modo, pensaba demasiado como una mujer. Hasta que tuvo su desagradable experiencia nunca salió a flote esa parte de él, pero en aquel momento, en aquella situación límite, bastó para quebrar su espíritu.

La culpa es de mi padre, sin mencionar a la estúpida zorra que lo dejó tirado por otro hombre. Mi padre tiene que asumir su parte de culpa por todas aquellas estupideces que hizo cuando Eric era muy pequeño: dejarlo que se vistiera como quisiera dándole a elegir entre vestiditos y pantalones. Harmsworth y Morag Stove tenían razón en preocuparse por el modo en que estaban educando a su sobrino y hicieron lo correcto al ofrecerse a cuidarlo ellos mismos. Todo podría haber sido diferente si mi padre no hubiera tenido esas ideas extravagantes, si mi madre no le hubiera tenido resentimiento a Eric, si los Stove se lo hubieran llevado antes; pero así ocurrió y por eso espero que mi padre acepte su culpa del mismo modo que yo le culpo. Quiero que sienta continuamente sobre él el peso de la culpa, que pase las noches en vela por ello, y que tenga pesadillas que lo despierten empapado en sudor en las noches frías cuando haya conseguido dormirse. Se lo merece.

Eric no llamó aquella noche tras mi paseo por las colinas. Me fui a la cama bastante pronto, pero sé que habría oído el teléfono si hubiera sonado y dormí de un tirón, cansado tras mi larga caminata. Al día siguiente me levanté a la hora acostumbrada, salí a dar un paseo por las dunas con el frescor de la mañana y volví a tiempo para un abundante desayuno que había cocinado mi padre.

Me sentía intranquilo, mi padre estaba más callado de lo habitual, y el calor iba aumentando por momentos dejando el ambiente de la casa enrarecido, aún con las ventanas abiertas. Fui pasando por las habitaciones de la casa, asomándome a aquellos espacios abiertos, apoyado en los alféizares, batiendo el terreno con los ojos apretados para expulsar al enemigo. Al cabo de un rato dejé a mi padre adormilado en una silla del porche y subí a mi habitación, me cambié y me puse una camiseta y mi chaleco ligero lleno de bolsillos, los llené de cosas útiles, me colgué la bolsa de provisiones al hombro y salí dispuesto a echar un vistazo a fondo por los lugares de acceso a la isla y quizá me pasaría también por el vertedero, si no había demasiadas moscas.

Me puse las gafas de sol y aquellas Polaroid marrones hicieron los colores mucho más vivos. Comencé a sudar tan pronto salí por la puerta. Una brisa cálida, poco refrescante, revoloteaba por aquí y por allá, sin dirección definida, y traía olores de hierbas y flores. Caminé con paso vivo por el sendero que lleva al puente, lo crucé para llegar a la línea de tierra firme de la ensenada y el río, siguiendo su curso y saltando sus pequeños afluentes y tributarios hasta el área de construcción de presas. Entonces me dirigí al norte siguiendo la hilera de dunas que dan al mar, avanzando por sus arenosas cimas a pesar del calor y del agotamiento que significaba subir por sus laderas que dan al sur, para poder disfrutar finalmente de las vistas que ofrecían.

Todo refulgía bajo aquel calor, se convertía en mudable e incierto. La arena quemaba al tacto y los insectos de todos los tipos y tamaños zumbaban y revoloteaban a mi alrededor. Yo los apartaba con aspavientos.

De vez en cuando utilizaba los prismáticos tras enjugarme el sudor de las cejas y llevarme los visores a los ojos, para inspeccionar la lejanía a través del espeso aire fluctuante. La cabeza me hormigueaba con el sudor y me picaba la ingle. Verificaba las cosas que me había traído con más frecuencia de lo normal, palpando distraídamente la bolsa de perdigones, tocando el cuchillo de caza y el tirachinas que llevaba en el cinturón, asegurándome de que aún tenía el mechero, la cartera, el peine, el espejo y papel y bolígrafo. Bebí de la pequeña cantimplora de agua que había traído, aunque estaba templada y sabía ya un poco rancia.

Al volver la mirada a la playa y al mar ondulado pude apreciar algunas interesantes muestras de restos de naufragios y desechos arrojados por el mar, pero me quedé en las dunas, subiendo a las más altas cuando lo creía necesario, siguiendo en dirección al norte, cruzando riachuelos y marismas, pasando el Círculo de la Bomba y el lugar que nunca bauticé desde donde Esmerelda despegó.

Solo pensé en ellos una vez los hube pasado.

Después de una hora aproximadamente me dirigí al interior y después al sur, siguiendo las últimas dunas de tierra adentro, observando el desaliñado pasto en donde se movían lentamente las ovejas, como gusanos sobre la tierra, paciendo. En cierto momento me detuve un instante a contemplar un gran pájaro en las alturas, contra el límpido azul, volando en círculos y ascendiendo en espiral con las corrientes térmicas, girando a un lado y a otro. Más abajo se desplazaban unas gaviotas con las alas extendidas y moviendo sus cuellos blancos en busca de algo. Encontré una rana muerta en lo alto de una duna, reseca, con sangre en la espalda y llena de arena, y me pregunté cómo habría llegado allí. Probablemente la dejó caer un ave de presa.

Al cabo de un rato me puse mi gorra verde para protegerme los ojos de la intensa luz resplandeciente. Di la vuelta en el sendero, a la altura de la isla y la casa. Seguí mi camino, parándome de vez en cuando para observar con los prismáticos. Se veían pasar coches y camiones entre las hojas de los árboles, aproximadamente a una milla de la carretera. Un helicóptero pasó por encima, probablemente en dirección a uno de los pozos de petróleo o a un oleoducto.

Llegué al vertedero poco después del mediodía tras pasar una pequeña arboleda. Me senté a la sombra de un árbol e inspeccioné el vertedero con los prismáticos. Había algunas gaviotas, pero no había gente. Una pequeña humareda se elevaba desde el centro, y a su alrededor se esparcían los desechos del pueblo y de los alrededores: cartones y bolsas de plástico negro junto al resplandeciente blanco desbaratado de viejas lavadoras, cocinas y neveras. Los papeles alzaban el vuelo por sí mismos y se elevaban en círculos durante uno o dos minutos, iniciando un pequeño torbellino que al poco volvía a apagarse.

Fui abriéndome paso por el vertedero, inspirando su aroma a podrido, ligeramente dulce. Iba apartando con mis pies calzados en botas algunos desechos o le daba la vuelta a cosas que parecían interesantes, pero no encontré nada que mereciera la pena. Una de las cosas que me llegó a gustar con los años de aquel vertedero era que nunca era el mismo; se desplazaba como algo inmenso y vivo, desparramándose como una enorme ameba mientras iba absorbiendo la tierra saludable y los desechos colectivos. Pero aquel día parecía cansado y aburrido. Me sentí impaciente y hastiado frente a él, casi enfadado. Lancé un par de latas de aerosol al débil fuego que ardía en el medio, pero ni siquiera aquellas latas, que explotaron débilmente entre las apagadas llamas, me proporcionaron mucha diversión. Abandoné el vertedero y me dirigí hacia el sur.

Cerca de un arroyo, a un kilómetro del vertedero, había un gran chalet, una casa de vacaciones que daba al mar. Estaba cerrada y abandonada, y no había ni una reciente vereda de pisadas desde el accidentado camino que pasaba por allí y seguía hasta la playa. Fue en aquel camino donde Willie, uno de los otros amigos de Jamie, había llevado su viejo Mini para llegar junto a la playa y hacer carreras y derrapar.

Miré por las ventanas y vi las habitaciones vacías, los viejos muebles tan dispares ocultos entre sombras, polvorientos y abandonados. Había una vieja revista sobre una mesa con la esquina amarilleada por el sol. Me senté bajo la sombra del aguilón de la casa y acabé mi ración de agua de la cantimplora, me quité la gorra y me sequé el sudor de la frente con un pañuelo. Se podían oír en la distancia las apagadas explosiones del campo de tiro que hay más abajo en la costa, y en cierto momento pasó un reactor rugiendo sobre el mar en calma, en dirección al suroeste.

A partir de la casa comenzaba una cadena de montes coronados de retamas y de árboles torcidos por el viento. Desplacé los prismáticos hacia allí apartando las moscas que me rodeaban, con un leve dolor de cabeza y la boca seca a pesar del agua tibia que acababa de beber. Cuando bajé los prismáticos y volví a ponerme las Polaroid fue cuando oí aquello.

Algo aullaba. Algún animal —oh Dios, ojalá que aquel sonido no saliera de un ser humano— chillaba atormentado. Era un gemido lleno de angustia, un tono que solo podía producirlo un animal in extremis, el sonido que esperas que ningún ser vivo se vea jamás obligado a emitir.

Me senté empapado en sudor, requemado y dolorido por aquel sol de justicia; pero me estremecí. Un escalofrío me convulsionó el cuerpo en una oleada como la de un perro que se sacude para secarse, de un extremo al otro. El vello de la nuca, suelto a pesar del sudor, se me erizó. Me levanté rápidamente, apoyándome con las manos en la madera tibia de la pared de la casa, con los prismáticos rebotándome en el pecho. El chillido provenía de los montes. Me levanté las Polaroid, dejándomelas sobre la cabeza, y volví a mirar por los prismáticos, golpeándomelos contra el hueso por encima de los ojos mientras luchaba por regular la rueda para enfocar. Me temblaban las manos.

Un bulto negro surgió de los matorrales dejando una estela de humo. Salió corriendo colina abajo, por la maleza amarillenta, y se metió bajo un cercado. El temblor de las manos me distorsionaba la vista mientras trataba de seguir la escena con los prismáticos. El intenso quejido se expandía por el aire, agudo y terrorífico. Perdí de vista aquella forma tras unos arbustos y poco después volví a verla, ardiendo mientras corría y saltaba sobre el pasto y los cañaverales, dejando una estela tras de sí. La boca se me secó completamente; no podía tragar, me ahogaba, pero localicé de nuevo al animal, que ahora iba zigzagueando y dando vueltas, aullando desesperadamente, saltando en el aire, cayendo y volviendo a saltar como si rebotara. Después desapareció, a unos cientos de metros de donde yo estaba y a la misma distancia de la cima del monte.

Volví a llevarme rápidamente los prismáticos a los ojos para escudriñar los montes, recorriéndolos de lado a lado, de arriba abajo, y de nuevo de un extremo al otro, deteniéndome a propósito en una retama, descartándola con un movimiento de la cabeza, y volviendo a recorrer los montes desde el principio. A cierta parte irrelevante de mi cerebro le dio por preguntarse por qué en las películas, cuando la gente mira por los prismáticos y se divisa lo que se supone que están mirando, siempre se ve una especie de ocho apaisado, pero en cambio, cuando yo miro por unos prismáticos, lo que veo es un círculo perfecto. Volví a bajar los prismáticos, eché un vistazo rápido alrededor, no vi a nadie, salí corriendo de la sombra de la casa, salté la valla de alambre que rodeaba el jardín, y corrí hacia los montes.

Al llegar a la cima del monte me paré un momento y bajé la cabeza hasta las rodillas para recobrar el aliento, dejando que el sudor se escurriera de mi pelo y goteara sobre la hierba reluciente. Tenía la camiseta pegada al cuerpo. Me apoyé con las manos en las rodillas y levanté la cabeza, forzando los ojos para observar la línea de matorrales y árboles en lo alto del monte. Miré hacia abajo, por donde se extendían los campos más allá de la siguiente línea de matorrales que marcaban el corte por donde pasaba la línea férrea. Avancé a paso ligero, siguiendo la cima de los montes, barriendo con la mirada los alrededores, de un lado a otro, hasta que encontré una pequeña franja de hierba ardiendo. Apagué el fuego a pisotones, busqué huellas y las encontré. Corrí más deprisa, a pesar de las protestas de mis pulmones y mi garganta, volví a encontrar más hierba ardiendo y unas retamas que estaban prendiéndose. Las apagué a patadas y continué.

En el fondo de una hondonada, en la falda de los montes, habían crecido unos árboles casi normalmente, y sólo sus copas sobresalían del abrigo de la cresta de montes y se doblaban torcidas por el viento. Corrí hacia la hondonada cubierta de hierba, hacia una mancha inestable de sombra provocada por las hojas y ramas que se mecían lentamente. Había un círculo de piedras alrededor de un centro renegrido. Miré alrededor y vi un área de hierba aplastada. Me detuve, me calmé un poco, volví a mirar alrededor, a los árboles, la hierba y los helechos, pero no pude distinguir nada. Me acerqué a las piedras y las palpé, igual que las cenizas del interior. Estaban calientes, demasiado calientes para mantener las manos encima, a pesar de que estaban a la sombra. Se podía oler a gasolina.

Salí de la hondonada y me subí a un árbol, me encaramé en las ramas y escruté los alrededores, usando los prismáticos de vez en cuando. Nada.

Bajé del árbol, reposé unos instantes, y tras inspirar hondo salí corriendo hacia la ladera de los montes que da al mar dirigiéndome en diagonal hacia donde sabía que había estado el animal. Cambié una vez de dirección, para apagar otro pequeño fuego. Sorprendí a una oveja paciendo; salté por encima de ella al tiempo que se asustaba y salía brincando, balando.

El perro yacía en el riachuelo que desembocaba en la marisma. Aún estaba vivo, pero había perdido la mayoría de su pelaje negro y la piel de debajo se veía amoratada y rezumante. Temblaba dentro del agua, haciéndome temblar a mí también. Me quedé en la orilla mirándolo. Tan solo podía ver con el ojo que no estaba quemado cuando sacudía su cabeza fuera del agua. En el pequeño charco a su alrededor flotaban bolas de pelos medio quemados. Entonces advertí el olor a carne quemada y sentí como un peso que se me alojaba en el cuello, justo debajo de la nuez.

Saqué mi bolsa de bolitas de acero, coloqué una en la goma del tirachinas mientras me lo sacaba del cinturón, estiré los brazos, con una mano pegada a la cara, en donde se empapó de sudor, y solté la goma.

La cabeza del perro emergió del agua con una sacudida, salpicando al volver a caer, alejando al animal de mí y cayendo de lado. Flotó un rato corriente abajo, después tropezó con algo y se quedó varado en la orilla. Del agujero en donde antes estaba el ojo manaba un hilillo de sangre. «Te las verás con Frank», mascullé con rabia.

Saqué al perro a rastras y con mi cuchillo cavé un agujero en la pedregosa tierra río arriba, sintiendo arcadas de vez en cuando por el hedor del cadáver. Enterré al animal, volví a escudriñar los alrededores y después, tras comprobar que la brisa no arreciaba, me aparté un poco y le prendí fuego a la hierba. Las llamas alcanzaron los últimos rincones de la última guarida del perro, que era su tumba. Se detuvieron a la orilla del río, como había previsto, y tuve que apagar algunos brotes de llamas que empezaron a extenderse por la ribera, por donde habían caído algunas ascuas.

Cuando todo terminó y enterré al perro, me di la vuelta en dirección a casa y empecé a correr.

Volví a casa sin mayores contratiempos, me bebí de un golpe dos pintas de agua y traté de relajarme en un baño de agua fría con un cartón de zumo de naranja apoyado en el borde de la bañera. Todavía estaba temblando y me pasé una hora lavándome el pelo para quitarme el olor a perro quemado. Desde la cocina llegó el olor de los platos vegetarianos que preparaba mi padre para la cena.

Estaba seguro de que había estado a punto de ver a mi hermano. Estaba seguro de que no era allí donde había acampado, pero había estado allí, y no lo vi por muy poco. Hasta cierto punto me alegré, algo difícil de aceptar, aunque era cierto.

Volví a sumergirme en el agua y me sentí desbordado.

Bajé a la cocina en bata. Mi padre, con un chaleco y pantalones cortos, estaba acodado a la mesa, absorto en la lectura del Inverness Courier. Volví a poner el cartón de zumo de naranja en el refrigerador y levanté la tapa de la olla en donde el curry que había preparado mi padre se iba enfriando. En la mesa habían cuencos de ensalada para acompañar la comida. Mi padre pasaba las páginas del periódico sin prestarme atención.

—Hace calor, ¿no? —dije por decir algo.

—Humm.

Me senté al otro extremo de la mesa. Mi padre pasó otra página sin levantar la cabeza. Yo carraspeé.

—Había un fuego por donde está la casa nueva. Lo vi esta mañana. Fui y lo apagué —le dije para cubrirme las espaldas.

—Con este tiempo no me extraña —dijo mi padre sin levantar la vista. Yo asentí con la cabeza y me rasqué la entrepierna a través de la bata.

—En la predicción meteorológica han dicho que probablemente mañana por la noche cambiará. —Me encogí de hombros—. Eso dicen.

—Bueno, ya veremos —dijo mi padre volviendo a la primera página del periódico mientras se levantaba para mirar el curry. Yo asentí mientras jugueteaba con el extremo del cinturón de la bata, mirando de reojo el periódico. Mi padre se encorvó para oler el guiso en la olla. Yo no le quitaba la vista de encima.

Lo miré, me levanté, fui hasta la silla donde había estado sentado, me quedé quieto, como sí mirara por la puerta abierta pero de reojo leía el periódico. INCENDIO MISTERIOSO EN CHALET DE VACACIONES, decía en el faldón izquierdo de la portada. Un chalet al sur de Inverness había sido destruido por las llamas poco después de que el periódico entrara en rotativa. La policía estaba investigando el caso.

Regresé al otro extremo de la mesa y me senté.

Finalmente nos acabamos el curry y la ensalada y yo empecé a sudar otra vez. Antes pensaba que era un poco raro cuando, a la mañana siguiente de haber comido curry, notaba que los sobacos me olían a aquella cosa, pero ya me he enterado de que a Jamie le pasa lo mismo, así que no me siento tan mal. Me había comido el curry, un plátano y un yogur, pero seguía haciendo demasiado calor y mi padre, a quien le gusta preparar una versión un poco masoquista de ese plato, se dejó la mitad del suyo.

Yo seguía en bata, sentado frente al televisor en el salón, cuando sonó el teléfono. Me fui hacia la puerta, pero oí a mi padre salir de su despacho para contestar, así que me quedé tras la puerta escuchando. No podía oír mucho, pero entonces se oyeron unos pasos que bajaban por las escaleras y corrí de vuelta a mi sillón, me arrellané y dejé caer la cabeza hacia un lado, con los ojos cerrados y la boca abierta. Mi padre abrió la puerta.

—Frank, es para ti.

—¿Eh? —dije como despertándome, abriendo los ojos pegajosos, echando un vistazo al televisor y levantándome corrió medio atontado. Mi padre me dejó la puerta abierta y se retiró a su despacho. Me dirigí al teléfono.

—¿Eh? ¿Diga?

—Oiga, ¿está Frank? —preguntó una voz con acento muy inglés.

—¿Sí? ¿Oiga? —contesté extrañado.

—Je, je, ¡pequeño Frankie! —me gritó Eric—. ¡Aquí estoy, en tu tórax de los bosques y comiendo todavía los perritos calientes de siempre! ¡Jo, jo! ¿Cómo estamos, cabroncete? Te siguen protegiendo las estrellas, ¿no? Por cierto, ¿de qué signo eres? Se me ha olvidado.

—Del Can Mayor.

—¡Guau! ¿En serio?

—Sí. ¿De qué signo eres tú? —le pregunté siguiéndole la corriente en uno de sus juegos favoritos.

—¡Cáncer! —fue su respuesta a voz en grito.

—¿Benigno o maligno? —continué siguiéndole el juego.

—¡Maligno! —chilló Eric—. ¡Por el momento solo son tumores!

Me aparté el auricular de la oreja mientras Eric explotaba con sus risotadas.

—Escúchame, Eric… —comencé a decirle.

—¿Cómo estás? ¿Cómo te va? ¿Que tal te va la vida? ¿Estás bien? ¿Qué tal van las cosas? ¿Y a ti? ¿Dónde tienes la cabeza en este preciso momento? ¿De dónde eres? Joder, Frank, ¿sabes por qué los Volvos silban? Bueno, pues yo tampoco, pero ¿a quién le importa? ¿Qué dijo Trotsky? «Necesito a Stalin como necesito un agujero en la cabeza.» ¡Ja, ja, ja, ja! La verdad es que no me gustan esos coches alemanes; las luces de los faros están demasiado juntas. ¿Estás bien, Frankie?

—Eric…

—A la cama, a dormir; quizá a masturbarte. ¡Ah, ahí está el gusto! ¡Jo, jo, jo!

—Eric —le dije mirando alrededor y a lo alto de las escaleras para asegurarme de que mi padre no estuviera merodeando—. ¡Te quieres callar de una vez!

—¿Cómo? —dijo Eric con una voz débil y dolorida.

—El perro —le susurré—. Hoy vi a ese perro. El que estaba junto a la casa nueva. Yo estaba allí. Lo vi.

—¿Qué perro? —me dijo Eric con tono de perplejidad. Pude oír cómo suspiraba profundamente y se escuchó un estruendo al fondo.

—No intentes quedarte conmigo, Eric; lo vi con mis propios ojos. Quiero que dejes de hacer eso, ¿me entiendes? Se acabaron los perros. ¿Me oyes? ¿Lo entiendes? ¿De acuerdo?

—¿Cómo? ¿De qué perros hablas?

—Ya me has oído. Estás demasiado cerca. Nada de perros. Déjalos en paz. Y nada de niños, tampoco. Ni gusanos. Olvídate de eso. Ven a vernos si te apetece, me encantaría que vinieras, pero nada de gusanos, ni perros ardiendo. Te lo digo en serio, Eric. Mejor que me creas.

—¿Creer qué? ¿De qué estás hablando? —dijo lastimosamente.

—Ya me has oído —le dije, y colgué el teléfono. Me quedé allí quieto, mirando hacia arriba. Al cabo de unos segundos volvió a sonar. Lo descolgué, oí unos pitidos, y volví a colgarlo. Permanecí unos minutos sin moverme al lado del teléfono, pero no ocurrió nada.

Cuando me dirigía de nuevo al salón mi padre salió de su despacho limpiándose las manos con un trapo, rodeado de extraños olores, y con los ojos muy abiertos.

—¿Quién era?

—Nada. Era Jamie —dije con cierto retintín.

—Humm —respondió él, al parecer aliviado, y volvió a su despacho.

Aparte de aquel curry que se le repetía, mi padre pasó la tarde muy tranquilo. Cuando empezó a refrescar a la caída de la noche salí afuera a dar una vuelta a la isla. Las nubes se acercaban desde el mar, cerrando el cielo como una puerta y atrapando el calor del día sobre la isla. Retumbaron unos truenos al otro lado de los montes, sin relámpagos. Aquella noche dormí a ratos, sudando a mares y revolviéndome de un lado a otro en la cama, hasta que un sangrante amanecer alboreó sobre las dunas de la isla.

11. EL HIJO PRÓDIGO

Me desperté tras mi última racha de noches insomnes con la manta tirada al lado de la cama. Y sin embargo estaba sudando. Me levanté, me duché, me afeité lentamente y subi al desván antes de que el calor se hiciera insoportable.

El ambiente estaba muy cargado en el desván. Abrí las claraboyas, saqué la cabeza y repasé con los prismáticos la tierra que había detrás de la casa y el mar que tenía delante. El cielo seguía nublado; la luz parecía cansada y la brisa llegaba con un sabor rancio. Me puse a trastear un poco con la Fábrica, alimentando a las hormigas, a la araña y a la Venus, comprobando los cables y engrasando compuertas y demás mecanismos, más que nada para quedarme tranquilo. Le quité el polvo al altar y volví a colocar todo con cuidado, utilizando una regla para asegurarme de que los pequeños frascos y las demás piezas estuvieran dispuestas perfectamente simétricas sobre él.

Cuando volví a bajar ya estaba otra vez sudando, pero no podía permitirme otra ducha. Mi padre estaba levantado y preparó el desayuno mientras yo veía algún programa matutino del sábado. Comimos en silencio. Aquella mañana decidí hacer una ronda de reconocimiento por la isla, así que fui al Bunker y agarré la Bolsa de Cabezas para poder realizar cualquier reparación que necesitaran los Postes mientras hacía la ronda.

Tardé más de lo normal en completar el circuito porque no dejaba de subir y bajar de las dunas más cercanas para controlar los accesos. En ningún momento vi nada. Las cabezas en lo alto de los Postes de Sacrificio estaban en buen estado. Tuve que cambiar un par de cabezas de ratones, pero eso fue todo. Las otras cabezas y las cintas que hondeaban al viento estaban intactas. Encontré una gaviota muerta en la ladera de sotavento de una duna, al otro lado del centro de la isla. Me llevé la cabeza y enterré el resto del pájaro cerca de un Poste. Metí la cabeza, que ya empezaba a oler, en una bolsa de plástico que introduje a su vez en la Bolsa de Cabezas junto con las que tenía ya secas.

Oí, y después vi, unos pájaros que levantaron el vuelo; alguien se acercaba por el camino, pero sabía que era la señora Clamp. Subí a lo alto de una duna para comprobarlo y la divisé pedaleando por el puente en su vieja bicicleta de reparto. Cuando desapareció detrás de la duna que hay delante de la casa le eché otro vistazo a los prados y las dunas que hay más allá, pero no vi nada, tan solo ovejas y gaviotas. En el vertedero se distinguía una humareda y en ese momento pude oír el monótono traqueteo de una máquina de diesel por la vía férrea. El cielo seguía nublado, pero luminoso, y el viento pegajoso e inestable. En alta mar se podían distinguir esquirlas doradas por el sol cerca del horizonte, donde el agua relampagueaba bajo los claros de las nubes; pero estaban lejos, muy lejos.

Terminé la ronda de los Postes de Sacrificio y después me pasé como media hora cerca del viejo cabrestante dedicado tranquilamente a probar mi puntería. Coloqué unas cuantas latas sobre la vieja carcasa oxidada del tambor, me aparté unos treinta metros y las derribé todas con mi tirachinas, utilizando únicamente tres bolas de acero adicionales. Cuando recuperé todas las bolas de rodamientos excepto una volví a colocar las latas en su sitio, regresé a mi posición y lancé piedras a las latas, aunque esta vez tuve que tirar catorce pedradas hasta que las derribé todas. Acabé lanzando el cuchillo al tronco de un árbol que hay junto al viejo cercado de las ovejas y comprobé con satisfacción que calculaba bastante bien el número de vueltas que daba en el aire antes de clavarse en el mismo lugar de aquella corteza tan descascarillada.

Al volver a casa me lavé, me cambié de camisa y aparecí en la cocina a tiempo para que la señora Clamp me sirviera el primer plato que, no sé por qué extraña razón, era un caldo humeante. Lo abaniqué con una rebanada de suave pan blanco mientras la señora Clamp se inclinaba sobre su cuenco y sorbía ruidosamente al tiempo que mi padre desmigajaba pan integral, como si fueran virutas de madera, en su plato.

—¿Y cómo está usted, señora Clamp? —le pregunté cortés.

—Oh, estoy muy bien —dijo la señora Clamp iniciando un fruncimiento de ceño, como un hilo enganchado que se desenhebrara de un calcetín. Acabó de fruncir el entrecejo y con él señaló la cuchara chorreante que tenía bajo la barbilla, como dirigiéndose a ella—: Oh, sí, estoy muy bien.

—¿No está esto muy caliente? —le dije, y me puse a canturrear. Seguí abanicando la sopa mientras mi padre me lanzaba una mirada sombría.

—Es verano —me aclaró la señora Clamp.

—Ah, sí —dije yo—. Lo había olvidado.

—Frank —me dijo mi padre hablando de un modo en que apenas se le entendía, con la boca llena de verduras y de migas de pan—. Estoy seguro de que ya no te acuerdas de la capacidad de estas cucharas, ¿verdad?

—¿Un octavo de pinta? —sugerí inocentemente. Me lanzó una mirada furibunda y siguió sorbiendo su sopa. Yo no dejaba de abanicar la mía y tan solo me detenía para deshacer la capa marrón de grasa que se formaba en la superficie de mi caldo. La señora Clamp seguía sorbiendo.

—¿Y cómo van las cosas por el pueblo, señora Clamp? —le pregunté.

—Muy bien, por lo que yo sé —informó la señora Clamp a su sopa. Yo asentí. Mi padre estaba soplando su cuchara llena—. El perro de los Mackie ha desaparecido, o eso he oído yo —añadió la señora Clamp. Yo alcé las cejas levemente y esbocé una sonrisa que expresaba preocupación. Mi padre se detuvo y se quedó mirándome fijamente, y el sonido de la sopa que se le derramaba de su cuchara suspendida en el aire, cuyo extremo comenzó a inclinarse al oír las palabras de la señora Clamp, resonó en la cocina como las gotas finales de un pis en la taza de un váter.

—¿No me diga? —exclamé sin dejar de abanicar la sopa—. Qué pena. Menos mal que mi hermano no está aquí porque si no seguro que le echaban la culpa. —Sonreí, miré a mi padre y después volví a mirar a la señora Clamp, que me observaba con los ojos entornados a través del vaho que subía de su sopa. Finalmente la masa de la rebanada de pan con la que abanicaba mi sopa acabó sucumbiendo y se rompió en dos. Agarré a tiempo el trozo que se caía con la mano libre y lo dejé en el plato del pan, al tiempo que alzaba la cuchara llena de sopa para probar un sorbito del caldo.

—Humm —soltó la señora Clamp.

—La señora Clamp no ha podido conseguirte tus hamburguesas hoy —dijo mi padre tras aclararse la garganta en la primera sílaba de «podido»— así que hoy tienes carne estofada.

—¡Esos sindicatos! —murmuró la señora Clamp ásperamente, escupiendo sin querer en su sopa. Coloqué un codo en la mesa, apoyé la mejilla en un puño y la miré con extrañeza. Como si nada. Ni siquiera levantó la vista, y finalmente me encogí de hombros y seguí tomándome la sopa. Mi padre ya había dejado la cuchara en la mesa, se había enjugado el sudor del entrecejo con la manga y con una uña estaba intentando sacarse un pedazo de lo que parecía ser una viruta de madera de entre las paletas superiores.

—Señora Clamp, ayer vi un fuego muy extraño junto a la casa nueva; lo apagué, ¿sabe? Estaba por allí, lo vi y lo apagué —le dije.

—No presumas, muchacho —me dijo mi padre. La señora Clamp tenía la lengua fuera.

—Bueno, pues lo hice —dije sonriendo.

—Estoy seguro de que a la señora Clamp no le interesa.

—Oh, no, nada de eso —dijo la señora Clamp, moviendo la cabeza de arriba abajo con un énfasis un tanto extraño.

—¿Lo ves? —le dije, tarareando mientras miraba a mi padre y asentía con la cabeza en dirección a la señora Clamp, que sorbía ruidosamente.

No abrí la boca durante el segundo plato, que era un estofado, y tan solo en el postre de ruibarbo y natillas dejé caer que había notado un nuevo sabor en aquella mezcla de sabores, cuando de hecho estaba claro que la leche con que se había preparado estaba totalmente pasada. Sonreí, mi padre gruñó, y la señora Clamp siguió sorbiendo sus natillas y escupiendo los grumos de ruibarbo en la servilleta. Para ser sinceros, estaba poco hecho.

La cena me puso de buen humor y, aunque aquella tarde estaba resultando más calurosa que la mañana, me sentí más lleno de energía. No se veían ya manchas brillantes en alta mar y en la luz tamizada por las nubes había un cierto espesor que tenía que ver con el aire cargado y la caída del viento. Salí afuera y di una vuelta corriendo a la isla, sin esforzarme; vi cómo la señora Clamp volvía al pueblo, caminé en la misma dirección hasta sentarme en una duna alta que estaba a unos cien metros en el interior de tierra firme y me puse a barrer con los prismáticos aquel paisaje sofocado por el calor.

En cuanto me detuve el sudor me empapó todo el cuerpo y comencé a sentir un leve dolor de cabeza. Me había llevado un poco de agua, así que bebí y después rellené la cantimplora en un arroyo cercano. Mi padre aseguraba que la ovejas se suelen cagar en los arroyos, pero yo estaba convencido que a aquellas alturas ya estaba inmunizado de sobras contra cualquier cosa que pudiera coger en los arroyos locales después de haber bebido tantas veces de ellos mientras construía presas. Bebí más agua de la que realmente me apetecía y volví a la cima de la duna. Las ovejas se veían inmóviles en la distancia, tendidas sobre la hierba. Hasta las gaviotas estaban como ausentes, y solo las moscas seguían activas. El humo del vertedero seguía elevándose, y otra línea de difuminado azul surgió de las plantaciones de los montes, por el borde de un claro donde estaban cortando árboles para el molino de pulpa que hay más arriba de la orilla de la ensenada. Hice un esfuerzo con el oído para intentar distinguir el sonido de las sierras mecánicas, pero no oí nada.

Cuando barría con los prismáticos la zona sur vi de repente a mi padre. Salí instintivamente hacia él, pero enseguida me volví atrás. El desapareció y volvió a aparecer. Iba por el sendero, en dirección al pueblo. Estaba mirando en dirección a donde está el Salto cuando vi cómo mi padre subía la ladera de la duna por donde me gusta coger velocidad cuesta abajo con la bicicleta; lo divisé cuando había coronado el mismo Salto. Mientras lo observaba pareció tropezar en el sendero justo antes de llegar a la cima de la colina, pero recuperó el equilibrio y siguió andando. Su sombrero desapareció por el extremo de la duna. Me dio la impresión de que vacilaba al caminar, como si estuviera borracho.

Bajé los prismáticos y me froté la barbilla ligeramente rasposa. No había duda de que aquello no era muy normal. No había mencionado que iba a ir al pueblo. Me preguntaba qué estaría tramando.

Bajé corriendo la duna, salté el arroyo y volví a la casa corriendo a toda velocidad. Pude oler el whisky al entrar por la puerta trasera. Traté de recordar cuánto tiempo había pasado desde que comimos y se marchó la señora Clamp. Alrededor de una hora, una hora y media. Entré en la cocina, donde el olor del whisky era más intenso, y sobre la mesa descansaba una botella vacía de whisky de malta y un vaso vacío al lado. Miré en el fregadero en busca de otro vaso, pero solo había vasos sucios. Fruncí el ceño.

No era propio de mi padre salir dejando las cosas sin fregar. Agarré la botella y busqué una marca negra hecha con bolígrafo en la etiqueta, pero no había nada. Aquello podría significar que se trataba de una botella nueva. Sacudí la cabeza de incredulidad, me enjugué la frente con un trapo de cocina. Me quité el chaleco de bolsillos que llevaba puesto y lo dejé sobre la silla.

Entré en el recibidor. Al mirar hacia las escaleras me di cuenta enseguida de que el teléfono estaba descolgado y pendía al lado del aparato. Corrí enseguida a donde estaba y lo agarré. Emitía un extraño ruido. Lo volví a colgar en su sitio, esperé unos segundos, lo descolgué y oí el tono habitual de llamada. Lo solté y salí corriendo hacia arriba en dirección al despacho, giré el picaporte y empujé con todo mi cuerpo. Estaba atrancada.

—¡Mierda! —solté.

Podía imaginarme lo que había ocurrido y lo único que me preocupaba era que mi padre se hubiera dejado abierta la puerta de su despacho. Eric debió de llamar. Papá contesta la llamada, se alarma, y se emborracha. Probablemente se dirigía al pueblo a conseguir más bebida. Habría ido a algún sitio sin licencia para comprar alcohol o, miré mi reloj, ¿no sería esta la semana en que inauguraban el Rob-Roy con licencia para vender alcohol las veinticuatro horas? Sacudí la cabeza; aquello era lo de menos. Eric debió de llamar. Mi padre se emborracha. Seguramente iba al pueblo a por más bebida, o a visitar a Diggs. O quizá Eric había concertado un encuentro entre ambos. No, no era algo probable; seguramente se pondría primero en contacto conmigo.

Corrí arriba, me metí en el agobiante calor del desván, abrí el tragaluz de nuevo y observé los accesos con los prismáticos Volví a bajar, salí de la casa, cerré la puerta detrás de mí, y me puse a trotar por el puente, ascendiendo por el sendero, desviándome de nuevo por atajos para evitar las dunas más altas. Todo parecía normal. Me detuve en el lugar en donde vi por última vez a mi padre, justo en la cima del monte que lleva a la cuesta del Salto. Me rasqué la entrepierna lleno de exasperación, preguntándome qué debía hacer. No me sentía a gusto con la idea de abandonar la isla, pero tenía la sospecha de que lo que tenía que ocurrir pasaría en el pueblo o cerca de allí.

Pensé en llamar a Jamie, pero seguramente no estaría en condiciones de ponerse a buscar por Porteneil a mi padre ni de mantener despierto el olfato para oler un perro en llamas.

Me senté en el sendero y traté de pensar. ¿Cuál sería el siguiente paso de Eric? Podría esperar a que cayera la noche para acercarse a la casa (estaba seguro de que vendría; no iba a hacer todo este viaje para volverse en el último momento, ¿no?), o quizá se había arriesgado demasiado llamando y ahora pensaría que no arriesgaría mucho encaminándose directamente a la casa. Pero estaba claro que lo mismo podría haber hecho ayer, así que, ¿qué le impedía acercarse a la casa? Estaba planeando algo. O quizá fui demasiado brusco con él por teléfono. ¿Por qué le colgué? ¡Imbécil! ¡Quizá se iba a entregar, o a poner tierra por medio! ¡Y todo porque yo le había rechazado, su propio hermano!

Sacudí la cabeza enfadado conmigo mismo y me levanté. Todo aquello no me llevaba a ninguna parte. Había asumido que Eric iba a seguir en contacto conmigo. Eso significaba que debía regresar a la casa a donde, tarde o temprano, acabaría telefoneándome o llegando. Además, allí estaba el centro de mi poder y mi fuerza, y también era el lugar que necesitaba proteger con más atención. Una vez decidido, más tranquilo ahora que ya tenía un plan decidido —aunque fuera más un plan carente de acción que otra cosa— me volví a la casa corriendo.

En el tiempo que había estado fuera de casa el ambiente se había caldeado más aún. Me desplomé en una silla de la cocina y enseguida me levanté a lavar el vaso y tirar la botella de whisky. Me bebí un buen trago de zumo de naranja y llené una jarra de zumo y hielo, cogí un par de manzanas, media barra de pan y algo de queso y lo transporté todo al desván. Cogí la silla que tengo normalmente en la Fábrica y la puse encima de una pila de viejas enciclopedias, abrí el tragaluz que da a tierra firme y me fabriqué un cojín con unas viejas cortinas descoloridas. Me asenté en mi pequeño trono y me puse a observar por los prismáticos. Después de un rato cogí la vieja radio de baquelita y transistores de detrás de una caja de juguetes y la conecté al enchufe de la segunda luz con un transformador. Seleccioné Radio Tres, donde ponían una ópera de Wagner; pensé que era perfecto para mi estado de ánimo en aquel momento. Volví al tragaluz.

En el cielo encapotado se habían abierto unos cuantos claros; se desplazaban lentamente, proyectando manchas de sol refulgente en la tierra. A veces la luz brillaba en la casa; contemplé la sombra de mi cabaña moverse lentamente a su alrededor cuando el final de la tarde se iba transformando en la caída de la noche y el último sol se colaba por las deshilachadas nubes. Lentamente las ventanas de casas nuevas que se distinguían entre los árboles fueron relumbrando con el reflejo del sol, ligeramente encima de la parte vieja del pueblo. Gradualmente fue apagándose un conjunto de ventanas mientras otras comenzaban a refulgir, todo ello resaltado por ocasionales fulgores de ventanas que se abrían o se cerraban o de coches que pasaban por las calles del pueblo. Bebí un poco de zumo y me metí cubitos de hielo en la boca mientras la brisa cálida me abrazaba. Seguía barriendo regularmente el terreno con los prismáticos, de norte a sur, hasta donde podía sin caerme desde el tragaluz. La ópera se acabó y la siguió un horrible programa de música moderna que sonaba a grupos que podrían llamarse Hereje-a-la-parrilla o Perro Ardiendo, pero la dejé sonar porque con aquello era imposible dormirse.

Justo después de las seis sonó el teléfono. Salté de la silla, me dejé caer desde la puerta del desván, bajé los peldaños de las escaleras de dos en dos y descolgué el teléfono, llevándomelo a la boca con un rápido movimiento. Sentí un zumbido de emoción al verme actuar con movimientos tan coordinados, y contesté calmadamente:

—¿Sí?

—¿Frang? —se oyó la voz de mi padre, lenta y pastosa—. Frang, ¿eress tu?

Dejé que el desprecio que sentía se transmitiera a mi voz.

—Sí, papá, soy yo. ¿Qué ocurre?

—…toy en el pueblo, hijo —me informó lentamente, como si estuviera a punto de ponerse a llorar. Le oí inspirar profundamente—. Frang, sabes que siempre te he querido… te… te estoy llamando desde el pueblo, hijo. Quiero que vengas aquí, hijo, quiero que vengas… que vengas aquí. Han cogido a Eric, hijo.

Me quedé helado. Me quedé mirando fijamente el papel pintado sobre la pequeña mesa que hay en la esquina de las escaleras donde está el teléfono. El dibujo mostraba unas formas vegetales, verde sobre blanco, con una especie de enrejado de fondo que aparecía entre el follaje por algunos lados. Estaba ligeramente torcido. No le había prestado atención a aquel papel en años, desde luego no desde que contestaba al teléfono. Era horrible. Mi padre tenía que estar loco para haberlo elegido.

—¿Frang? —dijo aclarándose la garganta—. ¿Frang, hijo? —volvió a decirme, casi sin tartamudear, para volver a caer en lo mismo—: ¿Frang,…tas ahí? Di algo, hijo. Algo. Dim’algo, hijo.Te’ dicho qu’an cogío’a Eric. ¿M’oyes, hijo? ¿Frang,…tas ahí?

—Ya… —la boca seca me impedía hablar, y la frase murió. Me aclaré la garganta varias veces y volví a empezar—.Ya te he oído, papá. Han detenido a Eric. Te he oído. Enseguida voy. ¿Dónde nos encontramos? ¿En la comisaría?

—Na, na, hijo. Na,…vemos fuera de… fuera de… la bilioteca. Sí, la bilioteca. Nos vemos allí.

—¿La biblioteca? —le dije—. ¿Por qué allí?

—Bien,…vemos ’seguida, hijo. Date prisa, ¿eh? —Le oí trastear con el aparato unos instantes hasta que la línea se cortó. Bajé el teléfono lentamente, sintiendo con intensidad los pulmones y una sensación fuerte que provenía del retumbar de mi corazón y del ligero mareo que sentía.

Me quedé quieto un momento y después subí hasta el desván para cerrar el tragaluz y apagar la radio. Me di cuenta de que tenía las piernas doloridas y cansadas; quizá me había excedido un poco últimamente.

Los claros entre las nubes que cubrían el cielo se iban moviendo lentamente hacia el interior mientras caminaba de vuelta por el sendero hacia el pueblo. Estaba bastante oscuro para ser las siete y media, una penumbra veraniega de luz tenue que inundaba todo el paisaje. Algunos pájaros se despertaban agitándose a mi paso. Unos pocos estaban posados en los cables del teléfono que llegaban zigzagueando hasta la isla colgados en postes raquíticos. Las ovejas emitían sus desagradables y ásperos sonidos, y los carneritos les respondían balando. Había pájaros posados en las cercas de alambre de espino que se alzaban más adelante, donde los enredados mechones de lana sucia delataban las huellas de las ovejas que pasaban por allí. A pesar de toda el agua que había bebido durante el día, la cabeza empezaba a dolerme otra vez. Suspiré y seguí caminando por aquellas dunas que se iban haciendo más pequeñas tras las tierras baldías y los pastizales dispersos.

Poco antes de abandonar las dunas me senté con la espalda contra la arena y me sequé el sudor de la frente. Me sacudí un poco de sudor de los dedos y observé las ovejas estáticas y los pájaros posados en los cables. En el pueblo se podían oír campanas, probablemente de la iglesia católica. O quizá había corrido la voz de que sus jodidos perros ya estaban seguros. Esbocé una mueca de desprecio, resoplé por la nariz con una media sonrisa y miré más allá de los matorrales y la maleza hacia el campanario de la Iglesia de Escocia. Desde donde me encontraba casi podía divisar la biblioteca. Mis pies se resentían y me di cuenta de que no debía haberme sentado. Me dolerían cuando volviera a caminar. Sabía perfectamente que lo que estaba haciendo era retrasar mi llegada al pueblo, igual que había retrasado mi salida de casa tras la llamada de mi padre.Volví a mirar a los pájaros, colocados como notas de música en los mismos cables que me habían traído la noticia. Pero evitaban una sección. Lo noté.

Fruncí el ceño, miré con más atención, y volví a fruncirlo. Me llevé la mano a los prismáticos, pero lo único que noté fue mi pecho; me los había olvidado en la casa. Me levanté y comencé a caminar por la tierra baldía, apartándome del sendero, hasta iniciar una leve carrera; entonces empecé a correr y acabé a toda velocidad por encima de la maleza y los matojos, cruzando de un salto la cerca hasta el pastizal donde estaban las ovejas, que se levantaron y se dispersaron entre sonidos de queja.

Estaba sin aliento cuando llegué hasta la línea telefónica.

Y estaba cortada. El cable recién cortado colgaba apoyado contra la madera del poste. Miré hacia arriba, me aseguré de no estar imaginándome aquello. Algunos de los pájaros que estaban por allí salieron volando y se pusieron a dar vueltas en lo alto, piando con sus tonos estridentes en la quietud del aire, sobre los pastos dispersos. Me fui corriendo hacia el otro poste en dirección a la isla. Una oreja, cubierta de un corto pelaje negro y blanco, estaba clavada en la madera. La toqué y sonreí. Miré alrededor con furia y traté de calmarme. Giré el rostro hacia el pueblo, donde el campanario apuntaba como un dedo acusador.

—Cabrón mentiroso —dije casi sin aliento, y dirigí de nuevo mis pasos hacia la isla, cogiendo ritmo mientras avanzaba, dando pisotones y rasgando la tierra, golpeando el suelo hasta llegar al Salto y dejándome ir cuesta abajo al llegar allí. Grité y solté los peores insultos; después me callé y reservé mi preciado aliento para correr.

Volví a la casa, una vez más, y subí como una exhalación hasta el desván, cubierto de sudor, deteniéndome brevemente ante el teléfono para comprobarlo. La línea estaba cortada, no había duda. Corrí hasta el desván y me encaramé al tragaluz, eché un vistazo a los alrededores con los prismáticos y a continuación traté de recomponerme, armándome y comprobando que todo funcionara. Volví a la silla, conecté de nuevo la radio, y continué vigilando.

Estaba por alguna parte allí afuera. Gracias a Dios por los pájaros. Mi estómago se estremecía enviando una oleada de intensa emoción por todo mi cuerpo, haciéndome tiritar a pesar del calor. El viejo mentiroso de mierda, intentado apartarme de la casa con engaños solo porque él estaba demasiado asustado de tener que enfrentarse con Eric. Dios mío, qué estúpido había que ser para no haber notado aquel completo embuste que desvelaba su voz pastosa. Y tenía las agallas de gritarme porque bebía. Por lo menos yo lo hacía cuando sabía que me lo podía permitir, no cuando sabía que necesitaba todas mis facultades para afrontar una crisis. El cabrón. ¡Y llamarse hombre!

Me serví unos cuantos tragos de la jarra aún fría de zumo de naranja, me comí una manzana y un poco de pan y queso, y seguí escudriñando los alrededores. La noche se fue oscureciendo con la caída del sol y la cerrazón de las nubes. Las corrientes térmicas que habían abierto claros sobre la tierra fueron desapareciendo y aquella manta colgada sobre los montes y el llano se asentó, gris e indefinida. Al rato volví a oír truenos y algo en el aire se volvió intenso y amenazador. Me encontraba muy excitado y en el fondo estaba deseando que sonara el teléfono, aunque sabía que era imposible. ¿Cuánto tardaría mi padre en darse cuenta de que empezaba a retrasarme demasiado? ¿Esperaba que fuera en mi bicicleta? ¿Se habría caído en alguna cuneta, o estaría encabezando una partida de ciudadanos enarbolando antorchas en dirección a la isla para aprehender al Asesino de Perros?

No importaba. Podría distinguir a cualquiera que se acercara, aún con aquella luz, y podría salir a recibir a mi hermano o escapar de la casa para esconderme en la isla si aparecieran los ciudadanos vengativos. Apagué la radio para poder oír cualquier grito que pudiera venir de tierra firme y entorné los ojos para forzar la vista bajo aquella luz que se desvanecía. Después de un rato salí corriendo a la cocina y me preparé una ración de comida que introduje en la bolsa de lona que tenía en el desván. Era para el caso que tuviera que salir y encontrara a Eric. Quizá tendría hambre. Me instalé en la silla y seguí escrutando las sombras sobre el paisaje que iba oscureciéndose. En la distancia, al pie de los montes, se desplazaban luces por la carretera, relumbrando en el crepúsculo, destellando como faros irregulares a través de los árboles, por las curvas, sobre los montes. Me restregué los ojos y me desperecé tratando de quitarme el cansancio del cuerpo.

Seguí tomando precauciones y añadí unos analgésicos a la bolsa que me llevaría si saliera de la casa si fuera necesario. El tiempo que hacía podría provocar las migrañas de Eric y quizá necesitara un alivio. Esperaba que no sufriera una de las suyas.

Bostecé, abrí los ojos y me comí otra manzana. Las difusas sombras bajo las nubes se hicieron más oscuras.

Me desperté.

Había oscurecido completamente y yo seguía en la silla, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre el marco metálico del tragaluz. Y algo, un ruido en el interior de la casa, me había despertado. Me incorporé un segundo sintiendo cómo el corazón se me disparaba y la espalda se resentía de la posición en que me había quedado dormido. La sangre volvió a circular dolorosamente por aquellas partes de los brazos donde el peso de la cabeza había restringido su paso. Di la vuelta alrededor de la silla, rápida y silenciosamente. El desván estaba sumido en una oscuridad total, pero no noté nada. Apreté un botón en mi reloj y descubrí que pasaban de las once. Me había dormido varias horas. ¡Idiota! Entonces oí a alguien moviéndose abajo; pasos irreconocibles, una puerta que se cerraba, otros ruidos. Un cristal que se rompía. Sentí cómo se me erizaba el vello de la nuca; la segunda vez en una semana. Apreté fuertemente las mandíbulas y me prometí que no tendría miedo y que haría algo: Podría ser Eric o podría ser mi padre. Iría abajo y lo averiguaría. Para estar seguro me llevaría el cuchillo conmigo.

Salté de la silla y me dirigí lentamente hacia donde estaba la puerta, tanteando los ladrillos desnudos de la chimenea. Me detuve allí, me saqué el faldón de la camisa por fuera de los pantalones de pana y oculté el cuchillo que colgaba de mi cinturón. Me fui deslizando en silencio por la escala hasta llegar al rellano, que estaba a oscuras. Había una luz encendida en el recibidor, en la misma entrada, y proyectaba una serie de extrañas sombras, amarillas y tenues, en las paredes del rellano. Me acerqué hasta la baranda y miré por encima. No podía distinguir nada. Los ruidos habían cesado. Olí el aire.

Se percibía el olor a alcohol mezclado con humo del pub. Debía de ser mi padre. Me sentí aliviado. En ese instante lo oí salir del salón. Un sonido arrollador surgió tras de él, como un océano rugiente. Estaba tambaleándose, dándose contra las paredes y tropezando en las escaleras. Lo oí respirar pesadamente y farfullar algo. Me quedé escuchando, dejando que el olor y el sonido llegaran a mí. Me erguí y fui calmándome gradualmente. Oí cómo mi padre llegaba al primer rellano, donde estaba el teléfono. Después se oyeron pasos vacilantes.

—¡Frang! —gritó. Yo me quedé inmóvil, sin decir nada. Puro instinto, supongo, o un hábito aprendido de las innumerables veces que había fingido no estar donde realmente estaba, y de escuchar a la gente cuando cree estar sola. Respiré tranquilo.

—¡Frang! —volvió a gritar. Yo me dispuse a regresar al desván, girando sobre la punta de los pies y evitando los lugares en donde crujía el suelo de madera. Mi padre aporreó la puerta del cuarto de baño del primer piso y a continuación soltó una imprecación cuando se dio cuenta de que estaba abierta.

Oí cómo empezaba a subir las escaleras, hacia mí. Sus pasos resonaban, irregularmente, y gruñó al tropezar contra la pared y golpearse. Yo subí sigilosamente la escala de mano y con un impulso me encontré tendido en el suelo desnudo del desván, donde me quedé tal como estaba, con la cabeza a un metro, o así, de la trampilla abierta, apoyado con las manos en los ladrillos desnudos, preparado para agacharme bajo el cañón de la chimenea si mi padre intentaba echarle un vistazo al desván desde la trampilla. Parpadeé. Mi padre aporreó la puerta de mi habitación. La abrió.

—¡Frang! —gritó de nuevo. Y a continuación se oyó—: Ah… joder…

Mi corazón dio un salto mientras seguía tendido allí. Jamás en la vida le había oído soltar una palabrota como aquella. Sonaba obscena en su boca, no como algo ocasional como cuando Eric o Jamie lo decían. Le oía respirar allá abajo de la trampilla, por donde su olor ascendía hasta mí: whisky y tabaco.

De nuevo el sonido de los pasos vacilantes hasta el rellano de la escalera y la puerta de su dormitorio, que se cerró de un portazo. Volví a respirar y entonces me di cuenta que había estado aguantando la respiración. El corazón me palpitaba a punto de saltarme del pecho y casi me sorprendió que mi padre no lo hubiera oído retumbar a través de los paneles de madera encima de él. Esperé un rato, pero no oí nada más, tan solo aquel sonido distante que venía del salón. Era como si se hubiera dejado el televisor encendido mientras cambiaba de canal.

Me quedé allí tendido, le concedí cinco minutos, y después me levanté lentamente, me sacudí la ropa, me metí la camisa en los pantalones, recogí la bolsa en la oscuridad, me encajé el tirachinas eri el cinturón, tanteé el suelo en busca de mi chaleco y lo encontré; entonces con todo mi equipo a punto me deslicé por la escala hasta el rellano, lo crucé y bajé silenciosamente las escaleras.

En el salón el televisor destellaba su colorido siseo a una habitación vacía. Me acerqué y la apagué. Me di la vuelta para marcharme y entonces vi la chaqueta de tweed de mi padre tirada y arrugada en un sillón. La recogí y tintineó. Palpé los bolsillos con la nariz apretada ante el olor a alcohol y tabaco que despedía. Mi mano se cerró alrededor de un montón de llaves.

Las saqué del bolsillo y me quedé mirándolas. Estaba la llave de la puerta principal, la de la puerta de atrás, la de la bodega, la del cobertizo, un par de llaves más pequeñas que no reconocí, y otra llave, una llave que abría una de las habitaciones de la casa, como la llave de mi dormitorio, pero con los dientes diferentes. Sentí que la boca se me secaba y noté cómo la mano empezaba a temblarme. El sudor brillaba en mi mano y de repente comenzaron a formarse gotitas en las líneas de la palma. Podría ser la llave de su dormitorio o…

Subí corriendo los escalones, de tres en tres, rompiendo únicamente el ritmo en los tramos que sabía que crujían. Llegué al primer piso y pasé de largo el despacho para seguir subiendo hasta el dormitorio de mi padre. La puerta estaba entreabierta y la llave en la cerradura. Podía oír los ronquidos de mi padre. Cerré la puerta con cuidado y corrí abajo hacia el despacho. Metí la llave en la cerradura y dio una vuelta con engrasada facilidad. Me quedé quieto un par de segundos, giré el picaporte y abrí la puerta.

Encendí la luz. El despacho.

Estaba atestado y desordenado, el ambiente sobrecargado y caliente. La luz en mitad del techo no tenía pantalla y era muy brillante. Había dos mesas, un escritorio y un catre con un montón de sábanas retorcidas tiradas encima. Había una estantería, dos mesas grandes unidas llenas de variadas botellas y componentes de experimentación química; tubos de ensayo y frascos y un condensador en espiral que desaguaba en un fregadero en una esquina. El sitio olía a algo parecido al amoniaco. Me di la vuelta, saqué la cabeza al pasillo, escuché atentamente, y oí el sonido distante de un ronquido; a continuación cogí la llave y cerré la puerta, encerrándome por dentro y dejando la llave puesta.

Fue al volverme tras cerrar la puerta cuando lo vi. Un frasco de muestras que estaba colocado encima del escritorio situado justamente al lado de la puerta y que siempre quedaría escondido a la vista desde el pasillo cuando estaba abierta. El frasco estaba lleno de un líquido transparente: supuse que sería alcohol. En el alcohol flotaban unos pequeños genitales masculinos desgarrados.

Me quedé mirándolos, con la mano aún aferrada a la llave que estaba girando, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Sentí algo en mi garganta, algo muy dentro de mí, y los ojos y la nariz parecían congestionarse por momentos, a punto de estallar. Me quedé inmóvil y lloré dejando que las lágrimas me resbalaran por las mejillas y me llenaran la boca con su sabor a sal. Me puse a moquear y sorbí y resoplé y sentí que me faltaba aire en el pecho y que la mandíbula me temblaba descontroladamente. Me olvidé completamente de Eric y de mi padre, me olvidé de todo excepto de mí y de lo que había perdido.

Me llevó un rato recobrar el ánimo y no lo conseguí enfadándome conmigo mismo ni convenciéndome de que no debía actuar como una niña tonta, sino calmándome del modo más natural y distendido posible hasta que un cierto peso se descargó de mi cabeza y fue a asentarse en mi estómago. Me enjugué las lágrimas con la camisa y me soné los mocos tranquilamente. A continuación empecé a rebuscar metódicamente por toda la habitación ignorando aquel frasco que estaba sobre el escritorio. Quizá no había más secreto que aquel, pero quería estar seguro.

La mayoría de las cosas eran trastos inservibles. Trastos y productos químicos. Los cajones de la mesa y del escritorio estaban llenos de viejas fotografías y papeles. Había antiguas cartas, billetes y facturas de otro tiempo, escrituras y formularios y pólizas de seguros (ninguna que me concerniera y todas expiradas hacía mucho tiempo), páginas de un cuento o de una novela, plagada de correcciones, que alguien había estado escribiendo en una vieja máquina de escribir y que seguía siendo horrible (algo relacionado con hippies en una comuna en mitad del desierto que establecen contacto con extraterrestres); había algunos pisapapeles de cristal, unos guantes, unas insignias psicodélicas, unos viejos singles de los Beatles, unos ejemplares de Oz y de IT, unas plumas secas y lápices rotos. Basura, nada más que basura.

Entonces llegué a la parte del escritorio que estaba cerrada: era una sección que el escritorio ocultaba con su cierre de persiana, justo abajo, y tenía una cerradura en el borde superior. Saqué las llaves de la cerradura y, para mi sorpresa, una de las llaves encajaba. La compuerta se abrió hacia abajo, saqué el conjunto de cuatro pequeños cajones que había detrás y los coloqué sobre la mesa de trabajo del escritorio.

Me quedé mirando el contenido hasta que las piernas empezaron a temblarme y tuve que sentarme en la pequeña banqueta que estaba medio oculta bajo el escritorio. Dejé caer la cabeza hasta las manos y empecé a temblar de nuevo. ¿Qué más tendría que soportar aquella noche?

Metí las manos en uno de aquellos pequeños cajones y saqué una caja azul de tampones. Con dedos temblorosos extraje la otra caja del cajón. Llevaba una etiqueta que ponía «Hormonas masculinas». Dentro había cajitas más pequeñas, y en cada una de ellas había una fecha escrita con bolígrafo negro. La última fecha expiraba en seis meses. En otra caja de un cajón diferente ponía «KBr»,y aquellas siglas me sonaban a algo, pero no podía decir a qué. Los dos cajones restantes contenían rollos apretados de billetes de cinco y diez libras y bolsitas de plástico con pequeños trozos de papel en su interior. Pero ya no me quedaba valor para tratar de averiguar de qué podía tratarse aquello; mi cabeza estaba ocupada con una idea estremecedora que acababa de considerar. Me quedé allí sentado, mirando todo aquello fijamente, con la boca abierta y pensando. No levanté la vista hasta el frasco.

Pensé en aquel rostro delicado y en aquellos brazos casi sin vello. Intenté pensar si había visto alguna vez a mi padre desnudo hasta la cintura, pero no recordaba nada parecido en toda mi vida. El secreto. No podía ser. Sacudí la cabeza pero no podía apartar aquella idea. Angus. Agnes. Tan solo contaba con su palabra para certificar todo lo que había ocurrido. No tenía idea de hasta qué punto se podía confiar en la señora Clamp, ni de qué tipo de información tenían el uno del otro. Pero… ¡No podía ser! ¡Era algo tan monstruoso, tan espeluznante! Me levanté de un salto dejando que la silla cayera de espaldas y golpeara contra el suelo enmaderado. Agarré la caja de tampones y las hormonas, con las llaves abrí la puerta que había cerrado por dentro y salí como una furia escaleras arriba metiéndome las llaves en un bolsillo y desenvainando mi cuchillo de su funda. «Te las verás con Frank», mascullé con rabia.

Irrumpí en el dormitorio de mi padre y encendí la luz. Estaba tendido en la cama con la ropa puesta. Tenía un pie descalzo y el zapato estaba caído en el suelo bajo su pie, que colgaba al borde de la cama. Estaba boca arriba, roncando. Se removió y se puso un brazo sobre la cara, apartándose de la luz. Me fui hacia él, le agarré el brazo y le di dos bofetones en la cara, con ganas. Sacudió la cabeza y pegó un grito. Abrió un ojo y después el otro. Llevé el cuchillo frente a sus ojos y observé cómo trataba de enfocarlos en la hoja con la imprecisión de un borracho. El olor a alcohol que despedía era asqueroso.

—¿Frang? —pronunció débilmente. Entonces acerqué el cuchillo a su cara dejando el filo casi tocando el puente de su nariz.

—Eres despreciable —le solté en la cara—. ¿Qué coño es esto? —le dije mientras con la otra mano le mostraba los tampones y las hormonas. Profirió un gemido y cerró los ojos—. ¡Dímelo! —le grité volviendo a abofetearle con el dorso de la mano en la que sostenía e! cuchillo. Intentó escabullirse rodando por la cama, bajo la ventana abierta, pero lo agarré a tiempo apartándolo de aquella noche caliente y silenciosa que se veía afuera.

—No, Frang, no —dijo él meneando la cabeza y tratando de apartar mis manos. Dejé caer las cajas y lo agarré por un brazo con fuerza. Lo acerqué hacia mí y le puse el cuchillo en la garganta.

—Me lo vas a decir o te juro por Dios que… —dejé que las palabras se quedaran en el aire. Le solté el brazo y llevé las manos hasta sus pantalones. De un tirón le arranqué el cinturón de las trabillas de tela alrededor de su cintura. Intentó detenerme con torpes aspavientos pero le aparté las manos de un golpe y le pinché la garganta con el cuchillo. Le desabroché el cinturón y le bajé la cremallera sin quitarle la vista de encima, tratando de no imaginar lo que podría encontrar, lo que podría no encontrar. Le desabroché el botón que tenía encima de la cremallera. Le abrí los pantalones y le levanté la camisa. Tendido en la cama, me miró con ojos enrojecidos y brillantes y sacudió la cabeza.

—¿Qué vas’ hacer, Frangie?…siento, de veras que lo siento. Era na más qu’un experimento. Solo un experimen… No me hagas nada, por favor, Frangie… Por favor…

—¡Eres una puta, una mala puta! —le dije, sintiendo que empezaban a empañárseme los ojos y a flaquearme la voz. De un tirón, con rencor, le bajé los pantalones a él/ella.

Algo gritó afuera, en la noche que entraba por la ventana. Me quedé mirando la polla y los huevos de mi padre, rodeados de pelo oscuro, grandes, de aspecto grasiento, y algo animal, allí afuera, en el paisaje de la isla, gritó. Las piernas de mi padre temblaban. Entonces apareció una luz, naranja y ondulante, donde no debería haber ninguna luz, allí afuera, sobre las dunas, y se oyeron más alaridos.

—Por el amor de Dios, ¿qué es eso? —resopló mi padre volviendo su cabeza temblorosa hacia la ventana. Yo me levanté, rodeé el pie de la cama y observé por la ventana. Los horribles sonidos y la luz en el extremo de las dunas parecían acercarse. La luz aparecía rodeada de un halo sobre la duna grande que hay detrás de la casa, donde están los Territorios de la Calavera; centelleaba destellos amarillos con jirones de humo. El sonido era el que haría un perro en llamas, pero amplificado, repetido una y otra vez, y con un tono distinto. La luz se fue haciendo más intensa y algo vino corriendo por la cima de la gran duna, algo en llamas, gritando y corriendo por la ladera que da al mar en la duna de los Territorios de la Calavera. Era una oveja y venía seguida por otras. Primero otras dos, y después media docena de animales aparecieron en estampida sobre la hierba y la arena. En unos segundos la ladera se vio cubierta de ovejas ardiendo, con el vellón en llamas, balando salvajemente y corriendo ladera abajo, prendiendo la hierba y los matojos que crecían entre la arena y dejándolos ardiendo en su flamígera estela.

Y entonces vi a Eric. Mi padre llegó a mi lado temblando, pero no le hice caso y seguí observando las raquíticas figuras danzando y saltando en lo alto de la duna. Eric blandía una inmensa antorcha en una mano y un hacha en la otra. También estaba gritando.

—Oh, Dios mío, no —dijo mi padre. Me volví hacia él. Estaba subiéndose los pantalones. Lo aparté de mi camino y corrí hacia la puerta.

—Vamos —le grité. Salí del dormitorio y bajé corriendo las escaleras sin mirar si me seguía. Podía distinguir las llamas desde todas las ventanas y oír los gemidos de las torturadas ovejas por toda la casa. Llegué a la cocina, pensé en recoger agua mientras pasaba a toda carrera, pero decidí que no serviría para nada. Salí corriendo por el porche hasta el jardín. Una oveja, con los cuartos traseros ardiendo, estuvo a punto de chocar conmigo. Corría desesperada por el jardín en llamas y cuando estuvo delante de la puerta se desvió en el último momento con un balido estremecedor. saltando entonces la pequeña valla que da al jardín de delante. Yo corrí por la parte de atrás de la casa en busca de Eric.

Había ovejas por todas partes y el fuego lo invadía todo. La hierba que cubría los Territorios de la Calavera ardía y las llamas saltaban desde el cobertizo y los arbustos y las plantas y flores del jardín, y ovejas muertas, crepitantes, yacían en charcos de llamas vivas mientras otras corrían y saltaban por todas partes, gimiendo y aullando con sus voces guturales y entrecortadas. Eric estaba en los escalones que llevan al sótano. Vi la antorcha que había sostenido en su mano, ahora una llama vacilante apoyada contra la pared de la casa, bajo la ventana del lavabo de abajo. Estaba acometiendo la puerta del sótano con el hacha.

—¡Eric! ¡No! —le grité. Avancé hacia él y a continuación me volví, me apoyé en la esquina de la casa y asomé la cabeza para mirar la puerta del porche abierta—. ¡Papá! ¡Sal de la casa! —Podía oír el sonido de la madera restallando detrás de mí. Me volví y corrí hacia Eric. Salté sobre el humeante cadáver de una oveja justo antes de los escalones del sótano. Ene se dio la vuelta y blandió el hacha contra mí. Me agaché y rodé hacia un lado. Caí sobre mis pies y de un salto me puse en pie, listo para echar a correr, pero Eric había vuelto a golpear la puerta con el hacha, chillando con cada hachazo que descargaba, como si él fuera la puerta. La hoja del hacha desapareció tras la madera, se quedó atascada; él la movió de un lado a otro con todas sus fuerzas y la sacó, me miró y volvió a levantarla frente a la puerta. Las llamas de la antorcha arrojaban su sombra sobre mí; la antorcha estaba apoyada contra el lateral de la puerta y pude ver cómo la pintura reciente comenzaba a arder. Saqué mi tirachinas. Eric estaba a punto de echar la puerta abajo. Mi padre seguía sin aparecer. Eric volvió a mirarme y descargó el hacha contra la puerta. Una oveja gritaba detrás de nosotros mientras yo rebuscaba una bola de acero en mis bolsillos. Podía oír el crepitar de los fuegos por todos lados y olía a carne a la brasa. La esfera de metal encajó en el pedazo de cuero y estiré el brazo.

—¡Eric! —grité en el momento en que la puerta cedió. El sostuvo el hacha con una mano y con la otra agarró la antorcha; le dio una patada a la puerta y se vino abajo. Tensé el tirachinas un último centímetro. Fijé la vista en Eric a través de la Y del tirachinas. Él me miró. Tenía la cara sin afeitar, sucia, como la máscara de un animal. Era el muchacho, el hombre que había conocido, y era otra persona completamente distinta. Aquel rostro bañado en sudor se fruncía en una mueca maliciosa y se movía rítmicamente de arriba abajo al tiempo que su pecho subía y bajaba y las llamas palpitaban. Sostenía el hacha y el tizón ardiendo, y tenía detrás de él la puerta destrozada del sótano. Pensé que podría salvar los fardos de cordita, que ahora se veían de un naranja oscuro bajo la espesa y vacilante luz de los fuegos que nos rodeaban y de la antorcha que mi hermano sostenía en su mano. Meneó la cabeza, como expectante y confundido.

Yo moví la cabeza de un lado a otro, lentamente.

El se rió asintiendo con la cabeza, dejó caer, o medio lanzó la antorcha al sótano, y corrió hacia mí.

Estuve a punto de soltar la bola cuando lo vi venir hacia mí a través del tirachinas, pero justo en el último segundo antes de que mis dedos se abrieran vi cómo dejaba caer el hacha, que retumbó en los escalones del sótano al tiempo que Eric pasaba como una exhalación junto a mí y yo me tiraba a un lado agachado. Di una vuelta en el suelo y vi a Eric corriendo como una liebre por el jardín, en dirección al sur de la isla. Arrojé el tirachinas, bajé corriendo las escaleras del sótano y recogí la antorcha. Estaba metida un metro dentro del sótano, bastante lejos de los fardos. La lancé afuera rápidamente en el mismo momento en que las bombas que guardaba en el cobertizo empezaron a explotar.

El ruido era ensordecedor, la metralla silbaba por encima de mi cabeza, las ventanas de la casa estallaron hacia adentro y el cobertizo se había desplomado; un par de bombas salieron despedidas del cobertizo y explotaron en otras partes del jardín, pero afortunadamente no cayeron cerca. Cuando me pareció seguro asomar la cabeza el cobertizo ya no existía, todas las ovejas estaban muertas o habían huido, y Eric había desaparecido.

Mi padre estaba en la cocina, con un cubo de agua en una mano y un cuchillo de carne en la otra. Entré y él puso el cuchillo sobre la mesa. Parecía que tuviera cien años. Sobre la mesa estaba el frasco de muestras. Me senté a la cabecera de la mesa y me desplomé en la silla. Lo miré.

—Papá, Eric estaba en la puerta —le dije, y me reí. Los oídos me seguían resonando por las explosiones del cobertizo.

Mi padre se quedó allí en pie, viejo y estúpido, con los ojos turbios y húmedos, y las manos temblorosas. Sentí cómo me iba calmando gradualmente.

—¿Qué…? —comenzó a balbucear para aclararse a continuación la garganta—. ¿Qué… qué ha pasado? —Parecía como si estuviera sobrio de nuevo.

—Estaba intentando entrar en el sótano. Creo que quería volarnos por los aires. Ahora ha salido corriendo. He atrancado la puerta lo mejor que he podido. Casi todos los fuegos están apagados; no necesitarás eso —le dije señalando el cubo de agua que sostenía en la mano—. En lugar de eso me gustaría que te sentaras un momento y me contaras un par de cosas que me gustaría saber—. Me recosté en la silla.

Se quedó mirándome un segundo y, a continuación recogió el frasco de muestras, pero se le escurrió de los dedos, cayó al suelo y se rompió. Soltó una risa nerviosa, se agachó y volvió a incorporarse sosteniendo en la mano lo que había estado dentro del frasco. Me lo acercó para que lo viera pero yo le estaba mirando a la cara. Cerró la mano y volvió a abrirla, como un mago. En su palma había una bola de color rosa. No un testículo; una bola rosa, como un pedazo de plastilina, o de cera. Volví a mirarle fijamente a los ojos.

—Cuéntamelo todo —le dije.

Y entonces me lo contó.

12. LO QUE ME PASÓ A MÍ

Una vez, muy al sur, más allá incluso de la casa nueva, salí un día a construir unas presas entre la arena y los charcos de agua que se forman en las rocas que hay en esa parte de la costa. Era un día perfecto, calmado y luminoso. No había una línea que separara el mar y el cielo, y cualquier humareda ascendía en línea recta. El mar estaba en calma.

En los terrenos que se veían a lo lejos aparecían unos prados en la suave pendiente de una ladera. En uno de los prados había unas cuantas vacas y dos caballos marrones. Mientras estaba dedicado a la construcción apareció cruzando el prado una camioneta tirando de un remolque para transportar animales. Se paró en el portón de entrada del cercado, dio la vuelta y se quedó de espaldas a mí. Yo observaba con los prismáticos todo aquello que ocurría como a una milla y media. Dos hombres salieron. Abrieron la puerta trasera del remolque y sacaron una plataforma que servía de rampa hacia el interior. A los lados de la rampa colocaron unas vallas protectoras de tablas de madera. Los dos caballos se acercaron a husmear.

Me quedé en aquel charco entre las rocas, con mis botas de goma metidas en el agua, proyectando una sombra acuosa en la superficie. Los hombres se internaron en el prado y sacaron a uno de los caballos con una soga alrededor del cuello. El caballo salió sin protestar, pero cuando los hombres intentaron que subiera la rampa para meterlo en el remolque, entre las dos barandas de tablas de madera, se arrepintió y se negó a entrar, retrocediendo. El otro caballo empujaba la valla cerca de él. En aquel aire en calma sus relinchos me llegaron con unos segundos de retraso. El caballo no quería entrar. Algunas vacas que estaban en el prado levantaron la vista y después siguieron pastando.

Débiles olas, como transparentes arrugas de luz, inundaban la arena, las rocas y la maleza que me rodeaba, solapándose suavemente. Un pájaro cantó en aquella quietud. Los hombres trasladaron la camioneta un poco más lejos y llevaron allí al caballo, hasta un pequeño sendero que salía del camino. El caballo que seguía en el prado relinchaba y se puso a trotar en un absurdo círculo. Empecé a sentir cansancio en los ojos y los brazos y miré a otro sitio, a la línea de colinas y montañas que se iban desvaneciendo bajo la refulgente luz del norte. Cuando volví la vista al prado ya habían conseguido meter al caballo en el remolque.

La camioneta partió y sus ruedas patinaron brevemente en la arena. El caballo que había quedado solo, confundido de nuevo, comenzó a galopar de un extremo al otro del cercado, al principio siguiendo la camioneta, después no. Uno de los hombres se había quedado con él en el prado y, cuando la camioneta desapareció tras la ceja del monte, calmó al animal.

Más tarde, cuando volvía a casa, pasé junto al prado donde estaba el caballo, que pastaba tranquilamente en la hierba.

Estoy sentado en la duna que hay detrás del Bunker, en el fresco y la brisa de esta mañana de domingo, y recuerdo haber soñado anoche con el caballo.

Después de que mi padre me contara lo que tenía que contarme, de que yo pasara de la incredulidad y la ira a la estupefacta aceptación de lo que oía, y después de dar ambos una vuelta por los alrededores del jardín llamando a Eric, arreglando algunos desperfectos lo mejor que pudimos y de apagar los últimos rescoldos que quedaban, después de atrancar la puerta del sótano y volver a la casa, y de que él me dijera por qué había hecho lo que había hecho, nos fuimos a acostar. Yo cerré por dentro la puerta de mi dormitorio y estoy casi seguro de que él hizo lo mismo. Dormí, tuve un sueño en el que reviví aquella tarde de los caballos, me desperté temprano y salí en busca de Eric. Cuando salía vi a Diggs caminando por el sendero hacia la casa. Mi padre tenía mucho que contarle. Les dejé con sus cosas.

El tiempo se había aclarado. No había tormenta, ni truenos ni rayos, tan solo un viento que venía del este barriendo todas las nubes hacia el mar, y llevándose consigo lo peor del calor. Fue como un milagro, aunque lo más probable es que se tratara de un simple anticiclón sobre Noruega. Así que amaneció un día luminoso, claro y fresco.

Encontré a Eric tendido sobre la duna que hay encima del Bunker, dormido, con la cabeza entre las hierbas ondulantes, encogido como un niño pequeño. Me acerqué a él y me senté a su lado un rato; después pronuncié su nombre y le sacudí levemente el hombro. Él se despertó, me miró y sonrió.

—Hola Eric —le dije. Alzó una mano y la cerró. Meneó la cabeza de arriba abajo sin dejar de sonreír. Entonces cambió de posición y colocó su cabeza rizada sobre mi regazo, cerró los ojos y se durmió.

No soy Francis Leslie Cauldhame. Soy Francés Lesley Cauldlame. En eso se resume todo. Los tampones y las hormonas eran para mí.

Lo de vestir a Eric con ropa de niña por parte de mi padre no fue más que, como se confirmaría con el tiempo, un ensayo para lo que me esperaba a mí. Cuando el Viejo Saúl me atacó, mi padre vio aquello como la oportunidad ideal para realizar un pequeño experimento y como un modo de disminuir —quizá de eliminar por completo— la influencia de la hembra a su alrededor mientras yo crecía. Así que empezó a darme dosis de hormonas masculinas, y así ha seguido desde entonces. Por eso él siempre se ha encargado de preparar las comidas y por eso siempre pensé que lo que era el muñón de un pene era en realidad un clítoris agrandado. De ahí la barba, la ausencia de regla y todo lo demás.

Pero durante los últimos años tenía a mano las tampones sn caso de que mis propias hormonas llegaran a sobreponerse a las que él me metía en el cuerpo. Tenía el bromuro para evitar que el exceso de andrógenos me subiera la libido. Modeló unos genitales masculinos con la misma cera que encontré bajo las escaleras y con la que fabriqué mis velas. Si algún día yo llegaba a plantearle la situación de si estaba realmente castrado me enseñaría el frasco de muestras. Más pruebas; más mentiras. Hasta lo de los pedos era un engaño; hacía muchos años que era amigo de Duncan, el camarero, y le compraba bebida a cambio de una llamada informativa acerca de lo que yo había estado bebiendo en el pub. Incluso ahora no puedo estar seguro de que me haya contado toda la verdad, aunque parecía estar dominado por el ansia de confesarlo todo, y sus ojos estaban anoche inundados de lágrimas.

Cuando vuelvo a pensarlo, siento un nudo de rabia atenazándome el estómago, pero trato de evitarlo. Tras contarme todo y convencerme me entraron ganas de matarlo en ese mismo momento, allí mismo, en la cocina. Una parte de mí quería creer que se trataba de su última mentira, pero lo cierto es que sé que es verdad. Soy una mujer. Muslos con estrías, los labios exteriores un poco abultados, y soy consciente de que nunca seré atractiva, pero según papá soy una mujer normal, capaz de mantener relaciones sexuales y de dar a luz (la idea de ambas cosas me da escalofríos).

Miro hacia el mar fulgurante de luz mientras la cabeza de Eric descansa sobre mi regazo y vuelvo a pensar en aquel pobre caballo.

No sé lo que voy a hacer. No puedo quedarme aquí y me asusta la idea de irme a otro lugar. Pero supongo que tendré que marcharme. Qué rollo. Quizá consideraría la posibilidad del suicidio si no fuera porque algunos de mis parientes me lo han puesto difícil para superarlos.

Bajo la vista hacia la cabeza de Eric: tranquilo, sucio, dormido. Su rostro se ve calmado. No siente dolor.

Me quedé un rato observando cómo las pequeñas olas llegaban hasta la playa. En el mar, en esa lente de agua doblemente ondulada y bamboleante que envuelve la tierra, veo ahora un desierto combado cuando hace un rato lo veía tan plano como un lago salado. La geografía es diferente en todas partes; el mar se ondula; se mece y se abomba, se repliega en ondulaciones bajo refrescantes brisas, se amontona en repechos bajo los recios vientos alisios para retroceder finalmente coronado de blanco y azotado por rachas de viento en cadenas montañosas que se mueven en círculos embestidas por el viento que empuja la tormenta.

Y en este mismo lugar donde nos sentamos y nos tendemos y dormimos y observamos en este cálido día de verano, caerá la nieve dentro de medio año. El hielo y la escarcha, la helada y el relente, el aullante vendaval que nace en Siberia, toma fuerza en Escandinavia y barre el mar del Norte y las aguas más grises de este mundo y el aire de los cielos más pardos posarán sus frías y seguras manos sobre este lugar para hacerlo suyo durante un tiempo.

Sentado allí, pensando en mi propia vida, en mis tres muertes, me dan ganas de reír o de llorar, o de ambas cosas. En cierto modo ahora son cuatro muertes después de que la verdad de mi padre haya matado lo que yo era.

Pero sigo siendo yo; soy la misma persona, con los mismos recuerdos y las mismas acciones, los mismos (pequeños) logros, los mismos (estremecedores) asesinatos a mi nombre.

¿Por qué? ¿Cómo pude llegar a hacer esas cosas?

Quizá fue porque pensé que había sido privado de lo único que importaba en este mundo, de la única razón, y los medios, para nuestra continuidad como especie antes incluso de que llegara a conocer su valor. Quizá cada asesinato fue una venganza en la que cobraba celosamente, a través del único poder que tenía a mi alcance, un tributo a cualquiera que se acercara a mí; a mis iguales, que habrían crecido hasta llegar a convertirse en aquello que precisamente yo jamás llegaría a ser: un adulto.

Al carecer de algo parecido a un deseo vital, me fabriqué otro; lamerme mi propia herida. Los eliminé de este mundo para tomarme la revancha, en mi airada inocencia, por la emasculación de la que entonces no era consciente pero que, en cierto modo, a través de las actitudes de los otros, percibía como una privación injusta e irrecuperable. Al no tener finalidad en la vida ni en la procreación invertí todo mi talento en ese siniestro opuesto, encontrando así un negativo y una negación de la fecundidad de la que solo los demás podían hacer gala. Creo que decidí que si nunca podría llegar a ser un hombre, yo, el no-hombre, sobrepasaría en hombría a quienes me rodeaban, convirtiéndome así en el asesino, en una imagen a escala reducida del despiadado soldado-héroe que aparecía ensalzado en casi todo lo que había visto o leído. Encontraría o fabricaría mis propias armas y mis víctimas serían aquellas que fueran un producto reciente de ese preciso acto para el cual yo estaba incapacitado; mis iguales, que aunque tenían el potencial para engendrar, eran en ese momento tan incapaces como yo de realizar el acto requerido. Y después hablan de envidia del pene.

Ahora parece que todo eso ha sido para nada. Aquella venganza no era necesaria, era solo una mentira, un truco que debía haber salido a la luz, un disfraz que hasta yo debía de haber descubierto desde mi interior, pero que en el fondo no quería descubrir. Estaba orgulloso; eunuco pero único; una presencia aguerrida y noble en mis tierras, un guerrero tullido, un príncipe caído…

Ahora me doy cuenta de que el único engañado fui yo.

Al creer en mi enorme herida, en aquella mutilación literal de la sociedad de tierra firme, me parece que llegué a tomarme la vida demasiado en serio y, por la misma razón, la vida de los demás demasiado a la ligera. Los asesinatos eran mi única concepción; mi sexo. La Fábrica era mi intento de construir una vida, de reemplazar esa implicación que, por otra parte, no deseaba.

Bueno, siempre resulta más fácil triunfar en la muerte.

Dentro de esta maquinaria mucho más grande las cosas no resultan tan claras como se me han aparecido en mi experiencia. Cada uno de nosotros, en nuestra Fábrica personal, puede creer que ha caído rodando por un pasillo, y que nuestro destino está escrito y sellado (sueño o pesadilla, vulgar o exótico, bueno o malo), pero una palabra, una mirada, un desliz… cualquier cosa puede cambiarlo completamente y nuestro pasillo de mármol se convierte en una alcantarilla, o nuestra ratonera en un puente de plata. Nuestro destino sigue siendo al final el mismo, pero nuestro viaje, en parte escogido, en parte determinado, es diferente para cada uno de nosotros y sigue cambiando mientras vivimos y crecemos. Yo pensé que hace años se cerró una puerta detrás de mí, pero de hecho yo estaba caminando por la esfera. Ahora es cuando la puerta se ha cerrado y comienza mi viaje.

Vuelvo a bajar la vista hasta Eric y sonrío, asiento con la cabeza para mis adentros mientras las olas rompen y el viento mueve la hierba y rocía agua del mar y unos pájaros cantan. Supongo que tendré que contarle todo lo que me ha pasado.

Pobre Eric, volver a su casa para ver a su hermano y acabar enterándose (¡Zap! ¡Bum! ¡Presas explotan! ¡Bombas estallan! ¡Avispas se fríen: tssssl) de que tiene una hermana.