/ Language: Español / Genre:sf

Pensad en Flebas

Iain Banks

La guerra se recrudece a lo largo de la galaxia. Las lunas, los planetas y las mismas estrellas se enfrentaron a una destrucción a sangre fría, brutal y, lo que es peor, aleatoria. Los Iridanos luchan por su fe; la Cultura, por su derecho moral a existir. No hay lugar para la rendición. En medio del conflicto cósmico, en las profundidades de un Planeta de los Muertos, yace una Mente fugitiva. Los rumores dicen que Horza el Cambiante, y su horda de mercenarios impredecibles, humanos y máquinas, se embarcaron en su propia cruzada por encontrarla… solo para hallar su propia destrucción.

Iain M. Banks

Pensad en Flebas

La idolatría es peor que cualquier mortandad.

El Corán, 2:190

Ya seas judío o gentil

Oh, tú que haces girar el timón y vuelves tu cara hacia allí de donde llega el viento,

Piensa en Flebas, quien en tiempos fue tan alto y hermoso como tú.

T. S. Eliot, La tierra baldía, IV

PRÓLOGO

La nave ni tan siquiera tenía nombre. La fábrica que la construyó había sido evacuada hacía mucho tiempo, por lo que no llevaría a bordo ninguna tripulación humana y, por la misma razón, no poseía sistemas de apoyo vital o unidades de alojamiento. No tenía número de clase o designación de la flota porque era un híbrido mestizo construido con fragmentos y piezas procedentes de varios tipos de nave; y no tenía nombre porque la fábrica no podía perder el tiempo en esos pequeños detalles.

La fábrica fue montando la nave como buenamente pudo con la cada vez más reducida cantidad de componentes de que disponía, aunque la mayor parte de los sensores y los sistemas de armamento y energía eran defectuosos, estaban anticuados o necesitaban un buen repaso. La fábrica de naves sabía que su destrucción era inevitable, pero existía una posibilidad de que su última creación tuviera la velocidad y la suerte necesarias para escapar.

El único componente perfecto y carente de precio del que la fábrica sí disponía era la poderosísima Mente alrededor de la que había construido el resto de la nave. La Mente poseía capacidades inmensas, aunque aún era algo tosca y carecía de entrenamiento, y si lograba llegar hasta un lugar seguro la fábrica de naves creía que podía hacer grandes cosas. Y, además, existía otra razón —la auténtica razón—, para que la madre en cuyos astilleros había nacido no le hubiese dado un nombre a la nave de combate que era su hija. La madre estaba convencida de que, dejando aparte todo lo anterior, también había otra cosa de la que no disponía: esperanza.

La nave abandonó la zona de construcción de la fábrica con casi todos los retoques finales pendientes. Aceleró al máximo —su rumbo sería una espiral de cuatro dimensiones que cruzaría por el centro de una ventisca de estrellas donde sabia que solo la aguardaba el peligro—, y los viejos motores de una nave que ya no existía la hicieron entrar en el hiperespacio. Usó los sensores dañados en combate que habían pertenecido a otra nave para ver como su lugar de nacimiento desaparecía a popa, y comprobó los anticuados sistemas de armas que habían pertenecido a una tercera nave. En el interior de su cuerpo nacido para la batalla los robots constructores se movían por los espacios angostos sometidos a la falta de luz y calor del vacío tratando de instalar o completar sensores, desplazadores, generadores de campo, disruptores de escudos, campos láser, cámaras de plasma, depósitos de cabezas de guerra, unidades de maniobra, sistemas de reparación y los miles de otros componentes básicos o secundarios necesarios para que un navío de combate pudiera funcionar como tal. La estructura interna de la nave fue cambiando a medida que cruzaba las inmensidades de espacio vacío que se extienden por entre los sistemas estelares, volviéndose menos caótica y más ordenada a cada nueva tarea completada por los robots obreros.

Cuando llevaba varias decenas de horas de su primer viaje, la nave comprobó su sensor de seguimiento enfocándolo hacia la ruta que había seguido y captó una terrible y aniquiladora explosión detrás de ella, justo allí donde había estado la fábrica. Vio expandirse la flor de radiación durante un tiempo, enfocó el campo de observación hacia lo que tenía delante e hizo fluir todavía más energía por sus ya sobrecargados motores.

La nave hizo cuanto le era posible para eludir el combate. Se mantuvo lejos de las rutas donde era más probable que encontrara las naves enemigas; y trató cada indicación de la proximidad de una nave como si fuera un avistamiento hostil confirmado. Zigzagueó, trazó curvas, subió y bajó mientras iba siguiendo un curso en espiral lo más rápido que podía, cruzando el fragmento del brazo galáctico en el que había nacido por el camino más directo que se atrevía a utilizar, dirigiéndose hacia los confines del gran istmo y el espacio comparativamente vacío que se extendía más allá de éste. Si lograba llegar al comienzo del miembro siguiente quizá se encontrara a salvo.

Y justo cuando estaba llegando a esa primera frontera, allí donde las estrellas se alzaban como un acantilado reluciente junto al vacío…, fue detectada.

La casualidad hizo que los rumbos de una flota de navíos hostiles se aproximaran lo suficiente al seguido por la nave. La flota detectó su ruidoso y tosco caparazón de emisiones y se dispuso a interceptarla. La nave se metió de lleno en la abrumadora oleada de su ataque. Superada en armamento, lenta, vulnerable… Apenas necesitó un instante para comprender que ni tan siquiera tenía la posibilidad de infligir algún daño a la flota enemiga.

Decidió destruirse. Hizo estallar todas las cabezas de guerra de que disponía, liberando repentinamente tal cantidad de energía que, durante un segundo y sólo en el hiperespacio, el destello luminoso creado por la explosión superó en brillantez a las emisiones de una enana amarilla de un sistema estelar cercano.

Un instante antes de que la nave se convirtiera en plasma la mayoría de los miles de cabezas de guerra se dispersaron a su alrededor y estallaron formando una esfera de radiación cada vez más grande a través de la que cualquier huida parecía imposible. La totalidad del enfrentamiento duró una fracción de segundo, y al final de éste hubo algunas millonésimas de segundo durante las que los ordenadores de combate de la flota enemiga analizaron el laberinto tetradimensional de radiaciones en expansión y comprendieron que existía una salida asombrosamente complicada e improbable que permitiría escapar a los cascarones concéntricos de energías en erupción que estaban desplegándose como los pétalos de una flor inmensa entre los sistemas estelares. Aun así, no era un camino que la Mente de un navío de combate tan pequeño y anticuado hubiera podido planear, crear y seguir.

Cuando se dieron cuenta de que la Mente de la nave había seguido ese camino y había atravesado su pantalla de aniquilación, ya era demasiado tarde para impedir que abandonara el hiperespacio y cayera hacia el pequeño y frío cuarto planeta que giraba alrededor del solitario sol amarillo del sistema cercano.

Y también era demasiado tarde para hacer algo respecto a la luz emitida por la detonación de las cabezas de guerra. La explosión había sido calculada para que crease un tosco código y describiera el destino de la nave, así como la posición y el estado de la Mente durante su huida. El código sería legible para cualquiera que captase la progresión de aquella luminosidad irreal a través de la galaxia. Lo peor de todo, quizá —y si su diseño les hubiera permitido algo semejante, aquellos cerebros electrónicos habrían sentido un terrible abatimiento—, era que el planeta hacia el que la Mente se había dirigido abriéndose paso a través de su pantalla de explosiones no entraba en la categoría de mundos que podían limitarse a atacar o destruir, y ni tan siquiera en la de aquellos que les estaba permitido visitar. Era el Mundo de Schar, muy cerca de la región de espacio estéril llamada el Golfo Sombrío que se extiende entre dos franjas de la galaxia. Era uno de los mundos prohibidos a los que se conoce como Planetas de los Muertos.

1. Sorpen

El nivel del líquido había llegado a su labio superior. Tenía la cabeza pegada a las piedras que formaban la pared de su celda, pero aun así su nariz apenas quedaba por encima de la superficie. No conseguiría liberarse las manos a tiempo; iba a ahogarse.

Una parte de su mente intentó reconciliarle con la idea de su muerte. Iba a morir en la oscuridad de aquella celda, rodeado por su pestilencia y su calor, con el sudor corriendo por su frente y sobre sus tensos párpados mientras el trance seguía y seguía… Pero había algo más, algo que se negaba a desaparecer, algo inútil y que sólo servía para molestarle, como un insecto invisible zumbando en el silencio de una habitación. Era una frase irrelevante y carente de sentido, una frase tan vieja que ya no recordaba dónde la había oído o leído, y la frase daba vueltas y más vueltas dentro de su cabeza como una canica girando dentro de un recipiente:

«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales hereditarios de los familiares más próximos al nuevo Rey Anual ahogándolos en las lágrimas del Empatauro Continental durante su Estación de la Tristeza.»

Poco después de que comenzara su ordalía el trance aún no había llegado a ser tan profundo, y hubo un momento en el que se preguntó qué sucedería si vomitaba. Ocurrió cuando las cocinas del palacio —unos quince o dieciséis pisos por encima de su cabeza, si sus cálculos eran correctos—, enviaron sus desperdicios por la sinuosa red de cañerías y conductos que terminaban en el recinto de la alcantarilla. El torrente de líquido gorgoteante había dejado libre un poco de comida podrida que debía de llevar allí desde la última vez en que algún pobre desgraciado se ahogó entre la basura y los excrementos, y fue entonces cuando tuvo la sensación de que podía acabar vomitando. Comprender que eso no alteraría en nada el momento de su muerte casi le resultó consolador.

Después sucumbió a ese estado de nerviosa frivolidad que aflige en algunas ocasiones a los que se encuentran atrapados por una amenaza letal y no pueden hacer nada salvo esperar, y se preguntó si el llorar aceleraría su muerte. En teoría sí, aunque en términos prácticos la cantidad de líquido representada por las lágrimas era totalmente irrelevante; pero ése fue el momento en que la frase empezó a dar vueltas por su cabeza.

«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales hereditarios…»

El líquido que podía oler, sentir y oír con una claridad excesiva —y que probablemente también habría podido ver con esos ojos suyos que distaban tanto de ser corrientes, suponiendo que los hubiera tenido abiertos—, se agitó y entró en contacto con la base de su nariz. Sintió como se introducía por sus fosas nasales, llenándolas con una pestilencia que le revolvió el estómago. Pero meneó la cabeza, intentó conseguir que su cráneo quedara todavía más pegado a las piedras y aquella sopa repugnante se alejó. Expulsó el aire por la nariz y sintió que podía volver a respirar.

Ya no faltaba mucho. Volvió a examinar sus muñecas, pero era inútil. Necesitaría otra hora o más, y sólo disponía de minutos, suponiendo que tuviera suerte.

Y, de todas formas, el trance ya había empezado a disiparse. Estaba volviendo a lo que era la conciencia casi total, como si su cerebro quisiera saborear plenamente el momento de su muerte y su propia extinción. Intentó pensar en algo profundo o ver cómo su vida pasaba velozmente ante sus ojos, o recordar repentinamente algún viejo amor, una profecía o premonición olvidada desde hacía mucho tiempo; pero no había nada, sólo una frase hueca y desprovista de significado, y las sensaciones lógicas de alguien que se está ahogando en la basura y los excrementos de otras personas.

«Viejos bastardos», pensó. Uno de sus pocos rasgos de originalidad o humor había sido el planear una forma elegante e irónica de morir. Oh, sí, qué adecuado debía parecerles mientras arrastraban sus cuerpos decrépitos hasta las letrinas de la sala de banquetes para, literalmente, defecar sobre todos sus enemigos y matarles con ese acto.

La presión del aire estaba aumentando y un distante rugido líquido le indicó que se aproximaba otra oleada procedente de las alturas. «Viejos bastardos… Bueno, espero que al menos hayas mantenido tu promesa, Balveda.»

«Los Jinmoti de Bozlen Dos matan a los asesinos rituales hereditarios…», pensó una parte de su cerebro mientras las cañerías del techo borboteaban y un chorro de basura y excrementos caía sobre la masa de líquido caliente que casi llenaba la celda. La ola pasó por encima de su rostro y retrocedió dejándole la nariz libre durante un segundo, con lo que le proporcionó el tiempo suficiente para llenarse los pulmones de aire. Después el líquido fue subiendo lentamente de nivel hasta volver a rozarle la base de la nariz, y se quedó allí.

Contuvo el aliento.

* * *

Cuando le colgaron al principio sintió dolor. Sus manos atadas y recubiertas por tensas bolsas de cuero quedaban justo encima de su cabeza. Estaban sujetas por gruesos aros de hierro incrustados en las paredes de la celda que soportaban todo su peso. Le habían atado los pies, dejándolos colgar en el interior de un tubo de hierro también unido a la pared, lo que le impedía descargar su peso sobre los pies o las rodillas y, al mismo tiempo, hacía que sólo pudiera mover las piernas un palmo en cualquier dirección. El tubo terminaba justo por encima de sus rodillas; encima de él sólo había un viejo taparrabos manchado que cubría la mugrienta desnudez de su cuerpo senil.

Eliminó el dolor procedente de sus muñecas y sus hombros antes de que los cuatro corpulentos centinelas —dos de ellos subidos en escaleras—, hubieran terminado de colocarle en aquella posición. Aun así, podía sentir una especie de cosquilleo en su nuca, la indicación de que debería estar sufriendo algún dolor. El lento ascenso del líquido pestilente que caía en su celda-alcantarilla había hecho flotar su cuerpo, y la sensación fue disminuyendo gradualmente hasta desaparecer.

Empezó a sumirse en el trance apenas se hubieron marchado los centinelas, aun sabiendo que probablemente no le serviría de nada. Su soledad no duró mucho. La puerta de la celda volvió a abrirse cuando sólo habían transcurrido unos minutos, la luz del pasillo hizo retroceder la oscuridad y un centinela dejó caer una pasarela metálica sobre las húmedas losas que formaban el suelo de la celda. Detuvo el trance del Cambio y giró la cabeza tensando el cuello para ver a su visitante.

La marchita y encorvada silueta de Amahain Frolk, ministro de seguridad de la Gerontocracia de Solpen, entró en la celda empuñando un báculo que emitía una fría claridad azulada. El anciano le sonrió, asintió con expresión aprobadora y se volvió hacia el pasillo. Alzó una mano flaca y pálida y le hizo señas de que entrase a alguien que estaba fuera de la celda. El prisionero supuso que debía de ser Balveda, agente de la Cultura y, en efecto, era ella. Los pies de la mujer se movieron con agilidad sobre la pasarela metálica, su cabeza giró lentamente para contemplar lo que la rodeaba y sus ojos acabaron posándose en la silueta suspendida de la pared. El prisionero sonrió y movió la cabeza en un intento de saludarla, sintiendo como sus orejas rozaban la desnudez de sus brazos.

—¡Balveda! Tenía la corazonada de que volveríamos a encontrarnos… ¿Has venido para ver al anfitrión de la fiesta?

Se obligó a sonreír. Oficialmente, aquél era su banquete; era el anfitrión. Otra de las pequeñas bromas de la Gerontocracia… Esperaba que su voz no contuviera ninguna huella de miedo.

Perosteck Balveda, agente de la Cultura, le sacaba toda una cabeza de ventaja al anciano que estaba en pie junto a ella, y seguía siendo asombrosamente bella incluso bajo la pálida claridad azulada del báculo. El prisionero vio como meneaba lentamente su hermoso y delicado cráneo. Su corta cabellera negra cubría su cabeza igual que una sombra.

—No —dijo—. No quería verte ni despedirme de ti.

—Tú me has traído aquí, Balveda —dijo el prisionero en voz baja.

—Sí, y es aquí donde debes estar —dijo Amahain-Frolk, avanzando por la pasarela todo cuanto pudo sin perder el equilibrio y verse obligado a pisar las húmedas losas del suelo—. Yo quería torturarte antes, pero la señorita Balveda aquí presente… —el ministro volvió la cabeza hacia la mujer y su voz aguda y estridente creó ecos en la celda—, intercedió por ti, aunque sólo Dios sabe qué razones puede tener para ello. Pero no cabe duda de que éste es el sitio donde debes estar, asesino.

Alzó el báculo y lo blandió ante el hombre casi desnudo que colgaba de la sucia pared de la celda.

Balveda se contempló los pies, apenas visibles bajo el extremo de la larga túnica gris que cubría su cuerpo. La luz del pasillo se reflejaba en el pendiente circular suspendido de una cadena que llevaba alrededor del cuello y lo hacía brillar. Amahain-Frolk retrocedió hasta quedar detrás de ella, alzó el báculo luminoso y contempló al prisionero con los ojos entrecerrados.

—¿Sabes una cosa? Incluso ahora… Casi podría jurar que es Egratin quien está colgado de la pared. Apenas… —Meneó su flaca y huesuda cabeza—. Apenas si puedo creer que no es él. Al menos, no hasta que abre la boca… ¡Dios mío, estos Cambiantes son unas criaturas peligrosas y aterradoras!

Se volvió hacia Balveda. La agente se pasó la mano por la nuca alisándose el cabello y bajó los ojos hacia el anciano.

—También son un pueblo antiguo y orgulloso, Ministro, y quedan muy pocos de ellos. ¿Puedo pedirle un poco más de tiempo? Por favor… Déjele vivir. Quizá…

El Gerontócrata alzó una mano flaca y nudosa ante ella y su rostro se retorció en una mueca.

—¡No! Señorita Balveda, haría bien olvidándose de todo el asunto. No siga pidiendo clemencia para este…, este asesino, este espía cobarde y traicionero. ¿Acaso cree que podemos tomarnos a la ligera el que asesinara a uno de nuestros ministros de Ultramundo y adoptara su personalidad? ¿Qué daños podría haber causado esta.., esta criatura? ¡Vaya, pero si cuando la arrestamos dos de nuestros guardias murieron a causa de unos meros arañazos! ¡Y otro ha quedado ciego de por vida después de que este monstruo le escupiera en los ojos! Bien, no importa… —Amahain-Frolk contempló al hombre encadenado a la pared y sonrió despectivamente—. Ya le hemos dejado sin dientes para herir, y tiene las manos encadenadas para que no pueda arañarse. —Se volvió nuevamente hacia Balveda—. ¿Dice que ya quedan muy pocos de ellos? Pues yo digo que es una suerte, y digo que pronto habrá uno menos. —El anciano entrecerró los ojos y contempló a la mujer—. Le agradecemos que nos revelara la auténtica identidad de este suplantador y asesino, pero no crea que eso le otorga el derecho a decirnos lo que debemos hacer. Algunos Gerontócratas no quieren tener ni la más mínima relación con ninguna influencia exterior, y sus voces se hacen más fuertes a medida que la guerra se aproxima a nosotros. No creo que le convenga indisponerse con aquellos que apoyamos su causa.

Balveda frunció los labios, volvió a clavar los ojos en sus pies y cruzó sus delgadas manos a su espalda. Amahain-Frolk se había encarado con el hombre que colgaba de la pared y estaba agitando su báculo ante él mientras hablaba.

—¡Pronto habrás muerto, impostor, y los planes de tus amos para dominar nuestro pacífico sistema morirán contigo! El mismo destino aguarda a cualquiera que pretenda invadirnos. Nosotros y la Cultura somos…

El prisionero meneó la cabeza todo cuanto pudo y le interrumpió con un rugido.

—¡Frolk, eres un idiota! —El anciano se encogió sobre sí mismo como si hubiera recibido un golpe físico. El Cambiante siguió hablando—. ¿No te das cuenta de que acabaréis siendo conquistados? Probablemente serán los idiranos, pero si no son ellos será la Cultura. Ya no controláis vuestros destinos; la guerra ha puesto fin a todo eso. Este sector no tardará en ser una parte más del frente…, a menos que lo convirtáis en una parte de la esfera idirana. Me enviaron para deciros aquello que ya deberíais saber, no para que os engañara y os hiciera cometer actos que luego lamentaríais. Por el amor de Dios, viejo, los idiranos no se os comerán crudos…

—¡Ja! ¡Pues por su aspecto nadie lo diría! Monstruos con tres pies; invasores, asesinos, infieles… ¿Y quieres que nos unamos a ellos? ¿Quieres que nos aliemos con monstruos que miden tres zancadas de alto? ¿Quieres que nos arrastremos bajo sus pezuñas y que adoremos a esos falsos dioses suyos?

—Al menos ellos tienen un Dios, Frolk. La Cultura ni tan siquiera tiene eso. —El esfuerzo de concentración que le exigía el hablar estaba haciendo que volviera a notar el dolor de sus brazos. Cambió de posición todo cuanto pudo y volvió a bajar los ojos hacia el ministro—. Al menos ellos piensan igual que vosotros. La Cultura no.

—Oh, no, amigo mío, oh, no. —Amahain-Frolk alzó una mano y meneó la cabeza—. No creas que te será tan fácil sembrar las semillas de la discordia.

—Dios mío… Viejo estúpido. —El prisionero se rió—. ¿Quieres saber quién es el auténtico representante de la Cultura en este planeta? No es ella. —Señaló a la mujer con la cabeza—. Es la rebañadera automática de carne que la sigue a todas partes, ese proyectil cuchillo suyo… Puede que ella tome las decisiones y el proyectil quizá haga lo que ella le dice, pero esa cosa es el auténtico emisario. Eso es lo único que interesa a la Cultura: las máquinas. Crees que el que Balveda tenga dos piernas y la piel suave hace que debáis poneros de su lado, pero en esta guerra sólo hay un bando que esté de parte de la vida, y es el de los idiranos y sus aliados…

—Bueno, pronto habrás muerto y podrás dejar de preocuparte por qué bando defiende la causa de la vida. —El Gerontócrata lanzó un bufido y miró a Balveda, quien estaba contemplando al hombre encadenado a la pared con el ceño fruncido—. Salgamos de aquí, señorita Balveda —dijo Amahain-Frolk, dándose la vuelta y cogiendo a la mujer por el brazo para guiarla hacia el pasillo—. La presencia de esta…, esta cosa me resulta todavía más pestilente que la celda.

Y entonces Balveda alzó los ojos hacia él ignorando al diminuto ministro que intentaba llevarla hacia la puerta. Clavó los ojos en el prisionero como si intentara atravesarle con la límpida negrura de sus ojos y extendió los brazos a los costados.

—Lo lamento —le dijo.

—Lo creas o no, yo también lo lamento —replicó él asintiendo con la cabeza—. Pero prométeme una cosa, Balveda. Prométeme que esta noche comerás y beberás poco… Me gustaría pensar que allí arriba hay una persona que está de mi parte y que esa persona quizá sea mi peor enemigo.

Había tenido la intención de que sus palabras sonaran como un desafío irónico, pero cuando las pronunció se dio cuenta de que en ellas no había nada salvo amargura. Apartó los ojos del rostro de la mujer.

—Lo prometo —dijo Balveda.

Se dejó llevar hasta la puerta y la pálida luz azulada se fue alejando del húmedo recinto de la celda, haciéndose cada vez más débil. Balveda se detuvo en el umbral. El prisionero podía verla si estiraba el cuello al máximo. Se dio cuenta de que el proyectil cuchillo también estaba allí: probablemente había estado todo el tiempo dentro de la celda, pero no había visto su reluciente y esbelto cuerpo flotando en la oscuridad. El proyectil cuchillo se movió y el prisionero clavó la mirada en los oscuros ojos de Balveda.

Durante un segundo pensó que Balveda le había dado instrucciones de que le matase deprisa y en silencio mientras su cuerpo se interponía entre él y Amahain-Frolk, y su corazón latió con más fuerza. Pero la máquina diminuta se limitó a pasar junto al rostro de Balveda y desapareció en el pasillo. Balveda alzó una mano en un gesto de adiós.

—Adiós, Bora Horza Gobuchul —dijo.

Se dio la vuelta rápidamente, bajó de la pasarela y salió de la celda. El centinela tiró de la pasarela hasta hacerla desaparecer y la puerta se cerró acompañada por el roce de las pestañas de goma sobre las losas mugrientas. Los sellos internos entraron en funcionamiento con un siseo haciendo que la puerta se convirtiera en un panel hermético que no dejaría escapar ni una sola gota de líquido. El prisionero se quedó inmóvil y contempló el suelo invisible durante un momento antes de volver al trance que Cambiaría sus muñecas, adelgazándolas lo suficiente para que pudiese escapar. Pero algo oculto en la extraña solemnidad con que Balveda pronunció su nombre, como si lo articulara por última vez, había hecho que un inmenso peso invisible le aplastara las entrañas y, en el caso de que no lo hubiera sabido antes, entonces supo que no habría escapatoria.

* * *

«…ahogándolos en las lágrimas…»

¡Sus pulmones estaban a punto de reventar! Su boca temblaba espasmódicamente, su garganta casi había sucumbido a las náuseas y tenía las orejas llenas de líquido pestilente, pero aun así pudo oír un terrible rugido y vio luces en la negrura. Los músculos de su estómago estaban tensándose y relajándose, y tuvo que apretar las mandíbulas para impedir que su boca se abriese buscando el aire que no estaba allí. Ahora. No… Ahora tenía que rendirse. Todavía no… Sí, ahora seguramente sí.

Ahora, ahora, ahora, en cualquier segundo; tenia que rendirse a ese horrendo vacío negro que había en su interior… Tenía que respirar… ¡Ahora!

Y antes de que pudiera abrir la boca algo aplastó su cuerpo contra la pared haciendo que las piedras se clavaran en su carne como si un puño de hierro gigantesco le hubiera golpeado. Dejó escapar el aire rancio que había estado conteniendo dentro de sus pulmones en una sola exhalación convulsiva. Su cuerpo se había enfriado repentinamente, y todas las partes de él que se hallaban en contacto con la pared palpitaban de dolor. Al parecer la muerte era peso, dolor, frío… y demasiada luz…

Alzó la cabeza. Vio la luz y lanzó un gemido. Intentó distinguir algo, intentó aguzar el oído. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué respiraba? ¿Por qué volvía a pesar tanto? Su cuerpo intentaba arrancarle los brazos de los hombros; la carne de sus muñecas se había desgarrado hasta casi mostrar el hueso. ¿Quién le había hecho todo esto?

La pared de enfrente se había convertido en un inmenso agujero de contornos irregulares cuya parte inferior se extendía por debajo del suelo de la celda. Los excrementos y la basura habían huido por aquel agujero. Los últimos riachuelos de líquido pestilente se deslizaron con un siseo sobre los bordes calientes del agujero produciendo vapores que se enroscaron alrededor de la silueta que impedía el paso del aire y de casi toda la luz procedente del exterior de Sorpen. La silueta medía tres metros de alto y guardaba un vago parecido con una pequeña nave espacial blindada sostenida por un trípode de patas muy gruesas. Su casco parecía lo bastante grande para contener tres cabezas humanas puestas en fila. Una de sus gigantescas manos sostenía casi despreocupadamente un cañón de plasma tan pesado que Horza habría necesitado las dos manos sólo para levantarlo; la otra mano de la criatura sostenía un arma algo más grande. Detrás de ella había una plataforma artillera idirana iluminada por el resplandor de las explosiones. Estaba acercándose al agujero, y Horza pudo sentir las vibraciones a través del hierro y la piedra a los que estaba encadenado. Alzó la cabeza para saludar al gigante inmóvil en el centro de la brecha y trató de sonreír.

—Bueno… —graznó. Su voz se convirtió en un balbuceo y tuvo que escupir—. Os lo habéis tomado con calma, ¿eh?

2. La mano de Dios 137

Fuera del palacio el límpido cielo de una fría tarde invernal estaba lleno de lo que parecía nieve resplandeciente.

Horza se detuvo en la rampa que llevaba a la lanzadera de combate, alzó los ojos y miró a su alrededor. Las paredes desnudas y las esbeltas torres de la prisión-palacio vibraban y reflejaban las detonaciones y destellos de los combates mientras las plataformas de artillería idiranas iban y venían disparando de vez en cuando. La brisa las envolvía en grandes nubes de señuelos procedentes de los morteros antiláser instalados en el techo del palacio. Una ráfaga más fuerte que las demás hizo que unos cuantos señuelos metálicos se desplazasen hacia la lanzadera, y Horza se encontró con un lado de su cuerpo húmedo y pegajoso repentinamente cubierto de plumaje reflectante.

—Por favor… La batalla aún no ha terminado —atronó la voz del soldado idirano que había a su espalda en lo que, probablemente, tenía intención de que fuese un murmullo.

Horza se volvió hasta quedar de cara al corpachón blindado y alzó los ojos hacia el visor del casco del gigante, donde pudo ver reflejado su rostro de viejo. Tragó una honda bocanada de aire, asintió con la cabeza, se dio la vuelta y fue hacia la lanzadera con paso un poco vacilante. Un destello luminoso proyectó su sombra en diagonal ante él, y la onda expansiva de una gran explosión producida en algún punto del interior del palacio hizo bailar el aparato mientras la rampa se hundía en el casco.

* * *

«Por sus nombres les conocerás», pensó Horza mientras se duchaba. Las Unidades Generales de Contacto de la Cultura —que habían soportado el peso principal de los primeros cuatro años de guerra en el espacio—, siempre habían escogido nombres extravagantes y pintorescos. Incluso las nuevas naves de guerra que estaban empezando a producir a medida que sus fábricas completaban los pasos necesarios para contribuir al esfuerzo bélico preferían nombres irónicos, sombríos o declaradamente desagradables, como si la Cultura no lograra tomarse totalmente en serio aquel vasto conflicto en el que se había metido.

Los idiranos eran distintos. Para ellos el nombre de una nave debería reflejar la seria naturaleza de su propósito, sus deberes y el uso que se iba a hacer de ella. En la inmensa armada idirana había centenares de naves bautizadas con adjetivos impresionantes y con los nombres de los mismos héroes, planetas, batallas y conceptos religiosos. El crucero ligero que había rescatado a Horza era la nave número ciento treinta y siete bautizada como La mano de Dios, y en aquellos momentos existía todo un centenar de naves con ese mismo nombre, por lo que su descripción completa era La mano de Dios 137.

Horza se colocó bajo el chorro de aire y se fue secando con cierta dificultad. Como todo el resto de equipo de la nave espacial, el secador estaba construido a una escala monumental adecuada al tamaño de los idiranos, y el huracán que producía casi le hizo salir despedido del compartimento de la ducha.

* * *

El Querl Xoralundra, padre-espía y guerrero sacerdote de las Cuatro Almas, secta tributaria de Farn-Idir, cruzó sus manos sobre la superficie de la mesa. Horza tuvo la impresión de estar contemplando el choque de dos placas continentales.

—Bien, Bora Horza —retumbó la voz del viejo idirano—, has sido rescatado.

—Justo a tiempo —asintió Horza frotándose las muñecas.

Estaba sentado en el camarote de Xoralundra de La mano de Dios 137, envuelto en un aparatoso pero bastante cómodo traje espacial que, aparentemente, había sido traído hasta allí pensando en él. Xoralundra —quien también llevaba un traje espacial—, había insistido en que lo llevara puesto porque La mano de Dios 137 seguía hallándose en situación de combate. Estaban siguiendo una órbita baja y no muy rápida alrededor del planeta Sorpen. Inteligencia Naval había confirmado la presencia en el sistema de una UGC clase Montaña de la Cultura; la Mano sólo podía contar con sus propios recursos, y hasta el momento no habían captado ni el más mínimo rastro de la nave de la Cultura, por lo que debían actuar con cautela.

Xoralundra se inclinó hacia Horza y proyectó una sombra encima de la mesa. Su inmensa cabeza —vista de frente tenía la misma forma que una silla de montar, con dos ojos de mirada penetrante que no parpadeaban situados en la parte delantera, junto a los bordes—, se alzó sobre el Cambiante.

—Has tenido suerte, Horza. No vinimos a rescatarte impulsados por la compasión. El fracaso siempre trae consigo su propia recompensa.

—Gracias, Xora. Si he de serte sincero, eso es lo más agradable que me han dicho en todo lo que llevo de día.

Horza se reclinó en su asiento y alzó una de sus manos de anciano para deslizaría por entre su escasa cabellera amarillenta. El aspecto senil que había asumido aún tardaría unos días en desaparecer, aunque su organismo ya le estaba enviando las primeras señales indicadoras de que empezaba a desvanecerse. La mente de un Cambiante contenía una imagen corporal mantenida y revisada continuamente a un nivel semi-subconsciente, y esa imagen era la responsable de que el cuerpo conservara el aspecto deseado. Horza ya no necesitaba tener el aspecto de un Gerontócrata, y la imagen mental del ministro que había suplantado para ayudar a los idiranos estaba fragmentándose y disolviéndose. El cuerpo del Cambiante no tardaría en volver a su estado de neutralidad normal.

La cabeza de Xoralundra se movió lentamente de un lado a otro por entre los bordes del cuello de su traje. Horza nunca había logrado entender del todo aquel gesto, aunque llevaba bastante tiempo trabajando para los idiranos y conocía a Xoralundra desde mucho antes de la guerra.

—No importa. Estás vivo —dijo Xoralundra.

Horza asintió y tamborileó con los dedos sobre la mesa para demostrar que estaba de acuerdo con su afirmación. Le habría gustado que la silla idirana en la que se hallaba sentado no le hiciera sentirse como un niño. Sus pies ni tan siquiera rozaban el suelo.

—A duras penas, pero… Gracias de todas formas. Siento haberos hecho venir hasta aquí para rescatar a un fracasado.

—Las órdenes son las órdenes. Personalmente, me alegro de que pudiéramos rescatarte con vida. Ahora debo contarte por qué recibí esas órdenes.

Horza sonrió y apartó la mirada del viejo idirano, quien acababa de obsequiarle con algo parecido a un cumplido; lo cual era muy raro entre los de su raza. Volvió a mirarle y vio como la inmensa boca del idirano —Horza pensó que era lo bastante grande para arrancarte las dos manos de un solo bocado— se movía articulando las secas y precisas palabras del lenguaje idirano.

—Hace tiempo formaste parte de una misión de cuidado y supervisión en el Mundo de Schar, uno de los Planetas de los Muertos Dra'Azon —afirmó Xoralundra. Horza asintió—. Necesitamos que vuelvas allí.

—¿Ahora? —dijo Horza sin apartar los ojos del gran rostro oscuro del idirano—. Allí hay otros Cambiantes. Ya te he dicho más de una vez que no estoy dispuesto a tomar la identidad de otro Cambiante y, desde luego, no pienso matar a ninguno.

—No te pedimos que hagas eso. Escucha con atención mientras te lo explico. —Xoralundra apoyó la espalda en el asiento de una forma que casi cualquier vertebrado, o, incluso, un invertebrado, habría definido con el adjetivo «cansada»—. Hace cuatro días estándar… —empezó a decir el idirano, y de repente el casco del traje que había dejado en el suelo junto a sus pies emitió un zumbido penetrante. Xoralundra cogió el casco y lo puso encima de la mesa—. ¿Sí? —preguntó.

Horza estaba lo bastante familiarizado con las voces idiranas para comprender que quien hubiera molestado al Querl haría bien teniendo una buena razón que justificara ese acto.

—Hemos capturado a la hembra de la Cultura —dijo una voz procedente del casco.

—Ahh… —murmuró Xoralundra y volvió a reclinarse en su asiento. El equivalente idirano de una sonrisa, boca fruncida y ojos entrecerrados, pasó velozmente por sus rasgos—. Bien, capitán. ¿Está a bordo?

—No, Querl. La lanzadera llegará dentro de unos dos minutos. He empezado a retirar las plataformas de artillería. Estamos preparados para abandonar el sistema tan pronto como se encuentren a bordo.

Xoralundra se inclinó sobre el casco. Horza inspeccionó la piel de anciano que cubría el dorso de sus manos.

—¿Y la nave de la Cultura? —preguntó el idirano.

—Seguimos sin saber nada de ella, Querl. No puede estar en ningún punto del sistema. Nuestro ordenador sugiere que se encuentra fuera de él, probablemente entre nosotros y la flota. Creemos que no tardará mucho en comprender que estamos solos.

—Prepárese para volver con la flota en cuanto la hembra agente de la Cultura se encuentre a bordo sin esperar la llegada de las plataformas. ¿Comprendido, capitán? —Xoralundra miró a Horza justo cuando el humano le lanzaba una mirada—. ¿Comprendido, capitán? —repitió el Querl sin apartar los ojos del humano.

—Sí, Querl —respondió la voz que brotaba del casco.

Horza pudo captar el tono gélido de la contestación incluso a través del minúsculo altavoz.

—Bien. Utilice su propia iniciativa para decidir cuál es la mejor ruta de regreso. Mientras tanto, destruirá las ciudades de De'aychanbie, Vinch, Easna-Yowon, Izilere e Ylbar con bombas de fusión según indicaban las órdenes del Almirantazgo.

—Sí, Querl…

Xoralundra accionó un interruptor y la voz del casco se esfumó.

—¿Habéis capturado a Balveda? —preguntó Horza, sorprendido.

—Sí, hemos capturado a la agente de la Cultura. Su captura o destrucción me parecía de escasa importancia, comparativamente hablando, pero sólo había una forma de conseguir que el Almirantazgo nos permitiera emprender una misión tan peligrosa como tu intento de rescate adelantándonos al resto de la flota, y era asegurarles que haríamos todo lo posible por capturarla.

—Hmmm… Apuesto a que no habéis conseguido haceros con el proyectil cuchillo de Balveda.

Horza dejó escapar un bufido y volvió a clavar los ojos en las arrugas que cubrían sus manos.

—El proyectil se autodestruyó mientras subías a la lanzadera que te ha traído a la nave —Xoralundra movió una mano y una ráfaga de aire que olía a idirano cruzó la mesa—. Ya es suficiente. He de explicarte por qué hemos arriesgado un crucero ligero para rescatarte.

—Oh, sí, desde luego… Explícamelo —dijo Horza, y se volvió hacia el idirano.

—Hace cuatro días estándar —dijo el Querl—, un grupo de nuestras naves interceptó a una nave de la Cultura de apariencia exterior convencional pero, a juzgar por su emisión identificadora, de construcción interna más bien extraña. La nave fue destruida sin demasiados problemas, pero la Mente escapó. Había un sistema planetario cerca. Parece que la Mente ha logrado llegar al espacio real y la superficie planetaria del mundo que escogió, lo cual indica un nivel de manejo del campo hiperespacial que creíamos…, mejor dicho, que esperábamos seguía estando más allá de las capacidades de la Cultura. Una cosa sí es indudable, y es que por ahora nosotros aún no somos capaces de llevar a cabo ese tipo de acrobacias espaciales. Debido a esa y otras indicaciones, tenemos razones para creer que la Mente en cuestión pertenece a una nueva clase de Vehículos Generales de Sistemas que está siendo desarrollada por la Cultura. La captura de la Mente constituiría un triunfo de inteligencia militar de primera categoría.

El Querl hizo una breve pausa. Horza aprovechó la oportunidad para hablar.

—¿Y esa cosa se encuentra en el Mundo de Schar? —preguntó.

—Sí. Según su último mensaje, tenía intención de buscar refugio en los túneles del Sistema de Mando.

—¿Y no podéis hacer nada al respecto?

Horza sonrió.

—Hemos venido a rescatarte. Eso ya es hacer algo al respecto, Bora Horza. —El Querl se quedó callado durante unos segundos—. Tus labios me indican que encuentras algo divertido en esta situación. ¿De qué se trata?

—Estaba pensando que… Bueno, pensaba en montones de cosas. En que esa Mente es muy lista o muy afortunada, en que vosotros habéis tenido la gran suerte de que yo estuviera cerca, y en que la Cultura no va a quedarse cruzada de brazos sin hacer nada.

—Trataré todos esos puntos por orden —dijo Xoralundra con sequedad—. Para empezar, la Mente de la Cultura es muy lista y muy afortunada; nosotros hemos tenido mucha suerte; la Cultura no puede hacer gran cosa porque, que sepamos, no disponen de ningún Cambiante y, desde luego, no tienen a ninguno que haya estado en el Mundo de Schar. Además, Bora Horza, me gustaría añadir otra cosa —dijo el idirano poniendo sus dos inmensas manazas sobre la mesa e inclinando su gran cabeza hacia el humano—. Tú también has tenido suerte, ¿no te parece?

—Ah, sí, pero la diferencia estriba en que yo creo en la suerte —replicó Horza sonriendo.

—Hmmm. Eso no dice mucho en tu favor —observó el Querl.

Horza se encogió de hombros.

—Bien, lo que quieres es que vaya al Mundo de Schar y que encuentre a esa Mente, ¿no?

—Si es posible… Puede que esté averiada. Puede que esté dispuesta a destruirse, pero aun así sigue siendo un premio por el que vale la pena luchar. Te proporcionaremos todo el equipo que necesites, pero tu sola presencia ya nos daría una cierta ventaja inicial.

—¿Y las personas que ya están allí? Me refiero a los Cambiantes que desempeñan funciones de supervisión…

—No hemos tenido noticias de ellos. Lo más probable es que ni tan siquiera se hayan enterado de la llegada de la Mente. Su siguiente transmisión rutinaria debería llegar dentro de pocos días, pero dadas las disrupciones actuales del sistema de comunicaciones provocadas por la guerra, quizá no sean capaces de transmitir.

—¿Qué sabéis sobre el personal de la base? —preguntó Horza, con los ojos clavados en la mesa mientras uno de sus dedos trazaba círculos sobre el tablero.

—Los dos miembros más veteranos han sido sustituidos por Cambiantes más jóvenes —dijo el idirano—. Los dos centinelas de menor edad se convirtieron en veteranos y se han quedado allí.

—No corren ningún peligro, ¿verdad? —preguntó Horza.

—Al contrario. Estar en un Planeta de los Muertos al otro lado de una Barrera del Silencio Dra'Azon… Supongo que debe de ser uno de los sitios más seguros que se pueden encontrar mientras duren las hostilidades actuales. Ni nosotros ni la Cultura podemos correr el riesgo de ofender a los Dra'Azon. Ésa es la razón de que no podamos hacer nada salvo utilizarte.

—Suponiendo que pueda apoderarme de ese ordenador metafísico y traéroslo… —dijo Horza, inclinándose hacia adelante y bajando un poco el tono de voz.

—Algo en tu voz me indica que nos aproximamos al asunto de la remuneración —dijo Xoralundra.

—Oh, sí, ciertamente. Llevo mucho tiempo arriesgando el cuello por vosotros, Xoralundra. Quiero dejarlo. Tengo a una amiga sirviendo en la base de ese Mundo de Schar, y si está de acuerdo, me gustaría que ella y yo nos alejáramos lo más posible de esta maldita guerra. Eso es lo que te pido.

—No puedo prometerte nada. Transmitiré tu petición. La devoción que has demostrado y el mucho tiempo que llevas a nuestro servicio serán tomados en consideración.

Horza se reclinó en el asiento y frunció el ceño. No estaba seguro de si Xoralundra le había respondido con ironía o no. Seis años probablemente no debían parecerle demasiado tiempo a una especie que era virtualmente inmortal; pero el Querl Xoralundra sabía con qué frecuencia su frágil subordinado humano lo había arriesgado todo para servir a sus amos alienígenas sin ninguna recompensa real, por lo que quizá hablaba en serio. El casco emitió un nuevo zumbido antes de que Horza pudiera seguir regateando. Horza torció el gesto. Todos los ruidos de la nave idirana le parecían ensordecedores. Las voces eran truenos; los timbres y zumbadores seguían resonando en sus oídos mucho tiempo después de haberse callado; y los anuncios hechos mediante el sistema de megafonía le obligaban a llevarse las dos manos a la cabeza. Esperaba que no hubiera ninguna alarma a gran escala mientras estuviera a bordo. Las alarmas de la nave idirana podían causar graves daños en unos oídos humanos no protegidos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Xoralundra volviéndose hacia el casco.

—La hembra está a bordo. Sólo necesitaré ocho minutos más para que las plataformas…

—¿Ha destruido las ciudades?

—Han sido destruidas, Querl.

—Salga de la órbita ahora mismo y diríjase hacia la flota a velocidad máxima.

—Querl, debo observar que… —dijo la vocecita que brotaba del casco colocado sobre la mesa.

—Capitán —dijo Xoralundra secamente—, hasta el momento, en esta guerra se han producido catorce enfrentamientos entre cruceros ligeros del Tipo 5 y Unidades Generales de Contacto de la clase Montaña. Todos han terminado con la victoria del enemigo. ¿Ha visto lo que queda de un crucero ligero después de que una UGC haya terminado con él?

—No, Querl.

—Yo tampoco, y no tengo ninguna intención de verlo por primera vez desde el interior de este crucero. Cumpla mis órdenes inmediatamente —Xoralundra volvió a accionar el botón del casco y clavó los ojos en el rostro de Horza—. Si tienes éxito, haré cuanto pueda para conseguir que te licencien del servicio con los fondos suficientes. Bien… En cuanto hayamos establecido contacto con el contingente principal de la flota irás al Mundo de Schar en un transporte rápido. Cuando hayas llegado a la Barrera del Silencio se te proporcionará una lanzadera. No dispondrá de armamento, aunque contará con el equipo que creemos puedes necesitar, incluyendo unos cuantos analizadores espectro-gráficos hiperespaciales de corto alcance por si se da el caso de que la Mente decida llevar a cabo una destrucción limitada.

—¿Cómo puedes estar seguro de que será «limitada»? —le preguntó Horza con cierto escepticismo.

—El tamaño de la Mente es relativamente pequeño, pero aun así pesa varios miles de toneladas. Una destrucción aniquilatoria partiría el planeta en dos mitades e irritaría considerablemente a los Dra'Azon. Ninguna Mente de la Cultura sería capaz de correr un riesgo semejante.

—Tu confianza me abruma —dijo Horza torciendo el gesto.

El ruido de fondo que les rodeaba se alteró bruscamente. Xoralundra dio la vuelta al casco y clavó los ojos en una de sus pequeñas pantallas internas.

—Bien. Hemos empezado a movernos. —Sus ojos volvieron a posarse en Horza—. Hay otra cosa de la que debería hablarte. El grupo de naves que interceptaron a la nave de la Cultura intentó seguir a la Mente en su huida hacia el planeta.

Horza frunció el ceño.

—¿Acaso no sabían que…?

—Hicieron cuanto pudieron. El grupo de combate contaba con varios animales distorsionadores chuy-hirtsi que habían sido desactivados para utilizarlos posteriormente en un ataque sorpresa a una base de la Cultura. Uno de ellos fue preparado a toda velocidad para una incursión a pequeña escala en la superficie planetaria y enviado hacia la Barrera del Silencio en un crucero. El plan no tuvo éxito. Mientras cruzaba la Barrera el animal fue atacado por algo parecido al fuego de rejilla y sufrió graves daños. Emergió de la distorsión cerca del planeta en un curso que acabaría con su combustión en la atmósfera. El equipo y la fuerza de tierra opinaron que debemos considerarlo difunto.

—Ya… Supongo que fue un buen intento, pero un Dra'Azon debe hacer que incluso esa Mente maravillosa tuya parezca un ordenador de válvulas. Hará falta algo más que eso para engañarles.

—¿Crees que serás capaz de conseguirlo?

—No lo sé. No creo que sean capaces de leer las mentes, pero… ¿Quién sabe? No creo que los Dra'Azon sepan gran cosa sobre la guerra o sobre lo que he estado haciendo desde que abandoné el Mundo de Schar…, y creo que tampoco les importa demasiado. Probablemente eso hará que no estén en condiciones de sumar uno y uno pero… ¿Quién sabe? —Horza se encogió de hombros—. Supongo que vale la pena intentarlo.

—Bien. Volveremos a hablar cuando nos hayamos reunido con la flota. Por ahora debemos rezar para que no haya más incidentes. Quizá quieras hablar con Perosteck Balveda antes de que sea interrogada. Me he puesto en contacto con el Inquisidor de la Flota y he obtenido permiso para que puedas verla, si así lo deseas.

Horza sonrió.

—Xora, nada me gustaría más que verla…

* * *

El Querl tenía otros asuntos de los que ocuparse mientras la nave se alejaba del sistema de Sorpen. Horza se quedó en el camarote de Xoralundra para descansar y comer antes de visitar a Balveda.

La comida que se le sirvió era el máximo esfuerzo de una autocantina de crucero dispuesta a producir algo adecuado para el consumo humano, pero sabía horrible. Horza comió lo que pudo y bebió cierta cantidad de agua destilada que tampoco sabía demasiado bien. El menú le fue servido por un medjel, una criatura parecida a un lagarto que medía dos metros y tenía una cabeza bastante larga y achatada y seis patas: cuatro de ellas servían para correr, y el primer par era utilizado como manos. Los medjels eran la especie compañera de los idiranos. Su complicada simbiosis social había abastecido de becas y fondos para la investigación a muchas facultades de exosociología de muchas universidades a lo largo de los milenios que los idiranos llevaban formando parte de la comunidad galáctica.

Los idiranos habían evolucionado lentamente en Idir, su mundo natal, hasta convertirse en los monstruos de mayor categoría de todo un planeta lleno de monstruos. La frenética y salvaje ecología de las primeras épocas de Idir había desaparecido hacía ya mucho tiempo, y lo mismo había ocurrido con todos los monstruos que lo poblaban, salvo los supervivientes de los zoológicos. Pero los idiranos habían conservado la inteligencia que les convirtió en vencedores de aquel largo combate, así como la inmortalidad biológica que —debido al salvajismo de la lucha por la supervivencia de aquellas primeras etapas, por no mencionar los elevados niveles de radiación idiranos— había sido una ventaja evolutiva en vez de una garantía de estancamiento racial.

Horza dio las gracias al medjel que iba trayéndole platos y se los llevaba casi intactos, pero la criatura no le respondió. La opinión general sobre la inteligencia de los medjels era que rozaba los dos tercios de la inteligencia de un humanoide promedio (fuera lo que fuese tal ser), lo cual les convertía en dos o tres veces más estúpidos que un idirano normal. Aun así, eran buenos soldados —aunque poco imaginativos—, y había montones de ellos; algo así como diez o doce por cada idirano. Cuarenta mil años de evolución y crianza habían conseguido que la lealtad acabara grabada hasta en su mismísimo código cromosómico.

Horza estaba cansado, pero no intentó dormir. Le dijo al medjel que le llevara hasta Balveda. El medjel se lo pensó durante unos segundos, pido permiso mediante el intercomunicador del camarote y se encogió visiblemente al recibir la severa reprimenda verbal administrada por Xoralundra, quien se hallaba en el puente de la nave con el capitán del crucero.

—Sígame, señor —dijo el medjel abriendo la puerta del camarote.

* * *

Una vez en los pasillos del crucero la atmósfera idirana era más perceptible de lo que había sido en el camarote de Xoralundra. El olor a idirano se había vuelto mucho más potente, y hasta los ojos de Horza eran incapaces de ver algo a más de unas cuantas decenas de metros. El suelo era blando y el aire caliente y húmedo. Horza caminó rápidamente por el pasillo viendo menearse el muñón de la cola del medjel que le precedía.

Durante el trayecto se encontró con dos idiranos, ninguno de los cuales le prestó la más mínima atención. Quizá lo sabían todo sobre él y lo que era, y quizá no. Horza sabía que los idiranos odiaban el exceso de curiosidad o el revelar cualquier carencia de información.

Llegaron a una intersección de pasillos y Horza estuvo a punto de chocar con las camillas antigravitatorias que transportaban a dos medjels heridos seguidos por dos soldados de su raza. Horza vio pasar a los heridos y frunció el ceño. Las espirales que cubrían sus armaduras de combate eran inconfundibles. Habían sido producidas por un chorro de plasma, y la Gerontocracia no poseía armas de plasma. Horza se encogió de hombros y siguió caminando.

Acabaron llegando a una parte del crucero en que el pasillo estaba bloqueado por paneles deslizantes. El medjel dijo algo ante cada barrera y éstas se fueron abriendo. Un centinela idirano con una carabina láser montaba guardia ante una puerta; vio acercarse a Horza y al medjel, y cuando llegaron ya había abierto la puerta. Horza saludó al centinela con un gesto de cabeza mientras cruzaba el umbral. La puerta se cerró con un silbido a su espalda y se encontró delante de otra, que se abrió una fracción de segundo después.

Balveda se volvió rápidamente hacia él apenas entró en la celda. A juzgar por su aspecto, parecía haber estado paseando de un lado para otro. Cuando vio a Horza echó la cabeza levemente hacia atrás y emitió un sonido gutural que quizá fuese una carcajada.

—Bien, bien… —dijo, y su voz suave era un ronco susurro—. Has sobrevivido. Te felicito. Por cierto, mantuve mi promesa. Cómo han cambiado las cosas, ¿eh?

—Hola —replicó Horza. Cruzó los brazos sobre el peto de su traje y contempló a la mujer de arriba abajo. Balveda vestía la misma túnica gris y no parecía haber sufrido ningún daño—. ¿Qué ha sido de esa cosa que llevabas colgando del cuello? —le preguntó.

Balveda bajó la vista hacia sus pechos, allí donde había estado el medallón.

—Bueno, lo creas o no, resultó ser un memoriforme.

Le sonrió y se sentó en el suelo cruzando las piernas. Dejando aparte la repisa de la cama, era el único sitio donde sentarse. Horza la imitó. Las piernas ya casi habían dejado de dolerle. Recordó las quemaduras en forma de espiral que había visto en la armadura del medjel.

—Un memoriforme… Supongo que no hay ninguna posibilidad de que también fuera un arma de plasma, ¿verdad?

La agente de la Cultura asintió con la cabeza.

—Pues sí. Entre otras cosas…

—Ya me lo imaginaba. He oído comentar que tu proyectil cuchillo decidió despedirse de este mundo a lo grande y haciendo mucho ruido.

Balveda se encogió de hombros.

Horza la miró a los ojos.

—Supongo que si tuvieras algo importante que contarles no estarías aquí, ¿verdad?

—Puede que estuviera aquí —admitió Balveda—, pero no seguiría con vida. —Estiró los brazos sobre su cabeza y suspiró—. Bueno, supongo que tendré que pasar el resto de la guerra en un campo de internamiento, a menos que encuentren a alguien con quien hacer un intercambio… Mi única esperanza es que esto no dure demasiado.

—Oh, ¿crees que la Cultura puede rendirse pronto?

Horza sonrió.

—No, creo que quizá no tarde mucho en ganar la guerra.

—Debes de estar loca.

Horza meneó la cabeza.

—Bueno… —dijo Balveda asintiendo con expresión melancólica—. Si he de serte sincera, creo que la Cultura acabará ganando.

—Si seguís retrocediendo como lo habéis hecho durante los últimos tres años, acabaréis en algún lugar de las Nubes.

—No voy a revelarte ningún secreto, Horza, pero quizá no tardes en descubrir que ya nos hemos hartado de retroceder.

—Eso está por ver… Francamente, me sorprende que hayáis aguantado tanto tiempo.

—Lo mismo le ocurre a nuestros amigos de tres patas. Todo el mundo está sorprendido. A veces pienso que hasta nosotros mismos estamos sorprendidos…

—Balveda… —Horza dejó escapar un suspiro de cansancio—. Para empezar, sigo sin saber por qué diablos lucháis. Los idiranos nunca representaron una amenaza para vosotros. Si dejarais de luchar contra ellos seguirían sin ser una amenaza. ¿Es que la vida en vuestra gran Utopía acabó volviéndose tan aburrida que necesitabais una guerra, o qué?

—Horza —dijo Balveda inclinándose hacia adelante—, yo tampoco comprendo por qué luchas. Sé que Hiedohre está en…

—Heibohre —la interrumpió Horza.

—De acuerdo, como se llame ese maldito asteroide en el que vivís los Cambiantes. Sé que se encuentra en el espacio idirano, pero…

—Eso no tiene nada que ver, Balveda. Lucho a su lado porque creo que tienen razón y que vosotros estáis equivocados.

Balveda se echó hacia atrás y puso cara de asombro.

—Tú… —empezó a decir. Bajó la cabeza y la movió lentamente de un lado para otro con los ojos clavados en el suelo. Finalmente, alzó la mirada hacia él—. No te comprendo, Horza. De veras… Debes saber perfectamente qué cantidad de especies, civilizaciones, sistemas e individuos han sido destruidos o…, o esclavizados por los idiranos y su maldita religión de locos. ¿Qué diablos ha hecho la Cultura que se pueda comparar con eso?

Tenía una mano sobre la rodilla y la otra ante el rostro de Horza, los dedos tensos como si estuviera estrangulando a alguien. Horza la observó y sonrió.

—Bueno, Perosteck, no cabe duda de que en ese aspecto los idiranos os llevan la delantera, y les he dicho en más de una ocasión que no me gustan nada algunos de sus métodos ni tampoco el fervor con que los aplican. Estoy a favor de que todo el mundo pueda llevar la clase de vida que prefiera. Pero el caso es que han decidido enfrentarse a vosotros, y eso lo cambia todo, al menos en mi caso. ¿Sabes por qué? No es que esté a favor de ellos. Estoy contra vosotros, y estoy dispuesto a… —Horza se calló durante unos segundos y acabó dejando escapar una risita—. Bueno, supongo que suena un tanto melodramático, pero te aseguro que… Estoy dispuesto a morir por ellos. —Se encogió de hombros—. Es así de sencillo.

Horza asintió con la cabeza mientras pronunciaba estas palabras y Balveda dejó caer la mano que había extendido hacia él y desvió la mirada a un lado, meneando la cabeza y dejando escapar el aire en una ruidosa exhalación. Horza siguió hablando.

—Porque… Bueno, supongo que creíste que estaba bromeando cuando le dije al viejo Frolk que estaba convencido de que el proyectil cuchillo era el auténtico representante de la Cultura. No bromeaba, Balveda. Entonces hablaba en serio y ahora también hablo en serio. No me importa lo justificada que crea estar la Cultura, o cuantas personas maten los idiranos. Están del lado de la vida…, la vieja, aburrida y anticuada vida biológica. Bien sabe Dios que la vida apesta, que es falible y miope…, pero es real y es la vida. Vosotros estáis gobernados por vuestras máquinas. Sois un callejón sin salida evolutivo. El problema es que intentáis olvidaros de eso, y la única forma de conseguirlo es arrastrar a todos los demás en vuestra caída. Lo peor que podría ocurrirle a la galaxia es que la Cultura acabara ganando esta guerra.

Se quedó callado para darle la oportunidad de decir algo, pero Balveda siguió con la cabeza gacha, meneándola lentamente de un lado para otro. Horza se rió de ella.

—¿Sabes una cosa, Balveda? Para ser una especie tan sensible hay momentos en los que demostráis poseer muy poca empatía.

—Usa tu empatía para comprender la estupidez y ya has recorrido la mitad del camino que te acaba llevando a pensar como un idiota —murmuró la mujer.

Seguía sin mirar a Horza, quien volvió a soltar una carcajada y se puso en pie.

—Tanta…, tanta amargura, Balveda —dijo.

Balveda alzó los ojos hacia él.

—Voy a decirte una cosa, Horza —replicó en voz baja—. Vamos a ganar.

Horza meneó la cabeza.

—No lo creo. No sabéis cómo conseguirlo.

Balveda inclinó la cabeza y cruzó las manos a su espalda. Estaba muy seria.

—Podemos aprender, Horza.

—¿De quién?

—De cualquiera que tenga alguna lección que enseñarnos —dijo ella hablando muy despacio—. Pasamos gran parte de nuestro tiempo observando a los guerreros y los fanáticos, los matones y los militaristas…, la gente que está decidida a vencer sea como sea. Oh, no nos faltan maestros.

—Si quieres saber algo sobre cómo vencer, pregúntaselo a los idiranos.

Balveda guardó silencio durante unos momentos. Su rostro estaba tranquilo y pensativo, quizá triste. Acabó asintiendo con la cabeza.

—Dicen que la guerra es peligrosa porque puedes acabar pareciéndote a tu enemigo —murmuró. Se encogió de hombros—. Bueno, lo único que podemos hacer es albergar la esperanza de que no nos ocurra eso. Si la fuerza evolutiva en la que pareces creer es real, trabajará a través de nosotros, no de los idiranos. Si te equivocas, esa fuerza merece verse superada.

—Balveda —dijo Horza dejando escapar una leve carcajada—, no me decepciones. Prefiero que me plantes cara… Parece como si estuvieras a punto de darme la razón.

—No —suspiró ella—. No voy a darte la razón. Échale la culpa al entrenamiento que me dieron en Circunstancias Especiales. Intentamos pensar en todo. Estaba siendo pesimista, nada más.

—Tenía la impresión de que CE no permitía esa clase de pensamientos.

—Pues te equivocas, señor Cambiante —dijo Balveda enarcando una ceja—. CE permite toda clase de pensamientos. Ésa es la razón de que algunas personas lo encuentren tan aterrador.

Horza creía saber a qué se estaba refiriendo. Circunstancias Especiales siempre había sido el arma de espionaje moral de la sección de Contacto, la punta de lanza de la política diplomática de interferencia de la Cultura, la élite de la élite en una sociedad que aborrecía toda clase de elitismo. Incluso antes de la guerra su posición y su imagen dentro de la Cultura habían sido algo ambiguas. Atraía y, al mismo tiempo, era peligrosa. Poseía un aura de sexualidad vagamente canallesca —no había otra palabra con que definirla—, que implicaba el comportamiento depredador, la seducción e, incluso, la violación.

Y también estaba envuelta en una atmósfera de secreto (en una sociedad que adoraba la ausencia de secreto) insinuadora de actos desagradables y vergonzosos, y un ambiente de relatividad moral (en una sociedad que se aferraba a sus absolutos: vida/bien, muerte/mal; placer/bien, dolor/mal) que era tan atractiva como repulsiva, pero que siempre resultaba excitante.

No había ninguna otra parte de la Cultura que representara con mayor exactitud lo simbolizado por la sociedad como un todo, o más militante en la aplicación de las creencias fundamentales de la Cultura. Y, aun así, cualquier otra parte de la sociedad encarnaba mejor su carácter cotidiano.

La guerra hizo que Contacto se convirtiera en el aparato militar de la Cultura, y Circunstancias Especiales pasó a ser su sección de inteligencia y espionaje (el eufemismo sólo se volvió un poco más obvio, eso era todo). Y la guerra hizo que la posición de CE dentro de la Cultura cambiase para empeorar. Se convirtió en el depósito de la culpabilidad experimentada por la gente de la Cultura que, para empezar, había accedido a entrar en guerra. Pasó a ser despreciada como un mal necesario, vilipendiada como un compromiso moral desagradable y considerada como algo en lo que ciertas personas preferían no pensar.

Aun así, lo cierto es que CE intentaba pensar en todo, y sus Mentes tenían la reputación de ser todavía más cínicas, amorales y escurridizas que las Mentes de Contacto. Eran máquinas sin ilusiones que se enorgullecían de pensar todo lo pensable llevándolo a sus máximos extremos y, como tales, habían emitido la predicción de que eso sería justamente lo que acabaría ocurriendo. CE se convertiría en un paria, un chivo expiatorio, y su reputación como tal sería una especie de glándula que serviría para absorber los venenos creados por la conciencia de la Cultura. Pero Horza suponía que saber todo eso no hacía que una persona como Balveda pudiera encontrarlo más fácil de soportar. La gente de la Cultura no podía aguantar el ser odiada, sobre todo por sus conciudadanos, y la tarea que había recaído sobre los hombros de aquella mujer ya era lo bastante difícil de por sí sin el peso añadido de saber que para la mayoría de personas de su propio bando su existencia era un anatema todavía mayor que para el enemigo.

—Bueno, Balveda, tanto da —dijo Horza estirándose. Flexionó sus rígidos hombros dentro del traje y se pasó los dedos por su rala cabellera amarillenta—. Supongo que el tiempo nos revelará quién tenía razón, ¿no te parece?

Balveda dejó escapar una risa carente de alegría.

—Nunca he oído palabras más ciertas…

Meneó la cabeza.

—De todas formas, gracias —dijo Horza.

—¿Por qué?

—Creo que acabas de reforzar mi fe en cuál será el desenlace de esta guerra.

—Oh, Horza… Vete.

Balveda suspiró y clavó los ojos en el suelo.

Horza quería tocarla, pasar la mano por sus cortos cabellos negros o pellizcar una de sus pálidas mejillas, pero supuso que eso sólo serviría para hacer que se sintiera más incómoda. Conocía demasiado bien la amargura de la derrota, y no quería agravar todavía más la experiencia de quien, en última instancia, era una adversaria justa y con sentido del honor. Fue hacia la puerta, habló con el centinela y éste le dejó salir de la celda.

* * *

—Ah, Bora Horza… —dijo Xoralundra cuando el humano cruzó el umbral de la celda. El Querl fue hacia él por el pasillo. El centinela que montaba guardia ante la celda irguió visiblemente el cuerpo y quitó unas motas de polvo imaginarias de su carabina láser—. ¿Cómo está nuestra invitada?

—No parece muy feliz. Intercambiamos unas cuantas justificaciones y creo que acabé ganando por puntos.

Horza sonrió. Xoralundra se detuvo ante él y miró hacia abajo.

—Hmmm… Bueno, a menos que prefieras gozar de tus victorias en el vacío, te sugiero que cuando vuelvas a salir de mi camarote mientras nos encontramos en situación de combate cojas tu…

Horza no oyó la siguiente palabra. La alarma de la nave acababa de ponerse en funcionamiento.

La señal de alarma idirana —tanto en un navío de combate como en cualquier otro sitio—, consiste en lo que parece una serie de explosiones muy secas. Es la versión amplificada del retumbar pectoral idirano, una señal evolucionada a lo largo del tiempo que los idiranos usaron durante varios centenares de miles de años para avisar a otros miembros de su rebaño o clan antes de convertirse en seres civilizados, y era producida mediante un pliegue del pecho, el único vestigio del tercer brazo idirano que no ha sido eliminado por la evolución.

Horza se llevó las manos a los oídos en un intento de amortiguar aquel sonido horrible. Podía sentir las ondas de choque en su pecho y por el cuello abierto de su traje. Algo le cogió y le aplastó contra el mamparo. Sólo entonces se dio cuenta de que había cerrado los ojos. Durante un segundo pensó que el rescate no había existido, que nunca se había apartado de la pared de la celda alcantarilla, que éste era el momento de su muerte y que todo lo demás había sido un sueño extraño e increíblemente vivido. Abrió los ojos y se encontró contemplando el hocico queratinoso del Querl Xoralundra, quien estaba sacudiéndole furiosamente. La alarma de la nave dejó de sonar, fue sustituida por un zumbido cuya intensidad era meramente dolorosa y el hocico se movió ante el rostro de Horza.

—¡EL CASCO! —gritó.

—¡Oh, mierda! —dijo Horza.

Xoralundra le dejó caer sobre la cubierta, giró rápidamente sobre sí mismo y alzó en vilo a un medjel que intentaba pasar corriendo junto a él.

—¡Tú! —gritó Xoralundra—. Soy el padre-espía Querl de la flota —le gritó a la cara mientras agarraba a la criatura de seis piernas por la pechera del traje y la hacía bailar en el aire—. Irás a mi camarote inmediatamente, cogerás el pequeño casco espacial que hay allí y lo llevarás a la escotilla de emergencia de babor lo más deprisa posible. Esta orden anula a todas las otras y no puede ser revocada por nadie. ¡Ve!

Arrojó al medjel en la dirección adecuada. La criatura cayó sobre sus cuatro patas y echó a correr.

Xoralundra hizo girar los goznes de su casco y accionó el visor. Parecía disponerse a decirle algo al Cambiante, pero el altavoz del casco emitió un crujido al que siguió una voz y la expresión del Querl cambió. La voz calló enseguida. Ahora sólo podía oírse el gemido del sistema de alarma del crucero.

—La nave de la Cultura se había ocultado en las capas superficiales del sol del sistema —dijo Xoralundra con amargura, más hablando consigo mismo que con Horza.

—¿En el sol? —Horza no podía creerlo. Se volvió hacia la puerta de la celda, como si todo aquello fuera culpa de Balveda—. Esos bastardos se vuelven más listos a cada momento que pasa.

—Sí —dijo secamente el Querl, y giró a toda velocidad sobre uno de sus pies—. Sígueme, humano.

Horza obedeció y echó a correr detrás del viejo idirano, pero tropezó con él cuando la inmensa silueta se detuvo de golpe. Horza observó aquel inmenso y oscuro rostro alienígena que se volvió para lanzar una mirada por encima de su cabeza al soldado idirano que seguía montando guardia sin mover un músculo ante la puerta de la celda. Una expresión que Horza no pudo interpretar pasó velozmente por el rostro de Xoralundra.

—Centinela —dijo el Querl en voz baja. El soldado de la carabina láser se volvió hacia él—. Mata a la mujer.

Xoralundra se alejó por el pasillo. Horza se quedó inmóvil durante un momento. Sus ojos fueron hacia la ya distante silueta del Querl y acabaron posándose en el centinela. Vio como comprobaba su carabina, daba la orden que abriría la puerta de la celda y entraba en ella. Después el hombre echó a correr por el pasillo en pos del viejo idirano.

* * *

—¡Querl! —jadeó el medjel mientras resbalaba por el suelo hasta detenerse delante de la escotilla sosteniendo el casco del traje junto a su pecho.

Xoralundra le quitó el casco de las manos y lo colocó sobre la cabeza de Horza.

—En la escotilla hay un equipo de distorsión —le dijo el idirano—. Aléjate todo lo que puedas. La flota estará aquí dentro de nueve horas estándar. No deberías tener que hacer nada: el traje pedirá ayuda emitiendo una señal codificada. Yo también…

El crucero tembló interrumpiendo a Xoralundra. Hubo una fuerte explosión y la onda expansiva derribó a Horza. El trípode formado por las piernas del idirano hizo que apenas se moviera. El medjel que había ido a buscar el casco salió disparado contra las piernas de Xoralundra y lanzó un chillido. El idirano dejó escapar una maldición y le dio una patada; el medjel huyó a toda velocidad. El crucero volvió a oscilar y las alarmas hicieron vibrar la atmósfera. Horza podía oler algo quemándose. Una confusión de ruidos que podían haber sido voces idiranas o explosiones ahogadas le llegaba desde algún punto situado sobre su cabeza.

—Yo también intentaré escapar —dijo Xoralundra—. Que Dios esté contigo, humano.

Antes de que Horza pudiera decir algo el idirano ya le había bajado el visor de un manotazo y estaba empujándole hacia la escotilla. La compuerta se cerró con un golpe seco. El crucero volvió a oscilar y Horza se estrelló contra un mamparo. Sus ojos recorrieron desesperadamente aquel pequeño espacio esférico buscando la unidad de distorsión. Allí estaba. Logró desprenderla de los imanes que la sujetaban a la pared después de un breve forcejeo, y se la colocó en la parte trasera del traje.

—¿Listo? —preguntó una voz en su oído.

Horza dio un salto.

—¡Sí! ¡Sí! —dijo—. ¡Dale ya!

La escotilla no se podía abrir de la forma convencional. El compartimento giró sobre sí mismo y le arrojó al espacio. Horza se alejó del disco achatado que era el crucero dando vueltas entre una minigalaxia de partículas heladas. Empezó a buscar con los ojos la nave de la Cultura, y un instante después se dijo que era una estupidez. Probablemente aún estaba a varios trillones de kilómetros de distancia… La guerra moderna ya no guardaba ninguna relación con las escalas humanas. Podías atacar y destruir desde distancias inimaginables, acabar con planetas enteros desde más allá de su propio sistema y convertir estrellas en novas desde varios años luz de distancia…, y, aun así, seguías sin tener una idea muy clara del porqué estabas luchando.

Horza dedicó un último pensamiento a Balveda y alargó la mano hasta encontrar la palanca que controlaba el incómodo bulto de la unidad de distorsión, pulsó los botones en la secuencia correcta y vio como las estrellas se retorcían y distorsionaban a su alrededor. La unidad estaba haciendo que él y su traje se alejaran lo más deprisa posible de la nave espacial idirana.

Jugueteó un rato con los controles incrustados en la muñeca de su traje intentando captar señales de La mano de Dios 137, pero no había nada, sólo estática. El traje habló con él en una ocasión: «Carga / unidad / distorsión / semi / agotada». Horza podía vigilar el funcionamiento de la unidad mediante una de las pequeñas pantallas que había en el interior de su casco.

Recordó que los idiranos tenían la costumbre de dirigir una especie de plegaria a su Dios antes de abandonar el espacio normal. En una ocasión viajaba con Xoralundra a bordo de una nave que se disponía a entrar en el hiperespacio, y el Querl insistió en que el Cambiante también debía unirse a la oración. Horza protestó diciendo que aquellas frases no significaban nada para él. Aparte de que sus convicciones personales no tenían ningún lugar para el Dios idirano, la oración estaba en una lengua muerta idirana que no entendía. La respuesta de Xoralundra —más bien fría— fue que lo importante era el gesto. En el caso de lo que los idiranos consideraban esencialmente como un animal (la mejor traducción de su palabra para referirse a los humanoides era «biotómata») sólo se exigía la apariencia exterior y la conducta propias de la devoción; lo que pasara por su corazón y por su mente no tenían ninguna importancia. Horza le preguntó qué ocurría con su alma inmortal y Xoralundra se rió. Fue la primera y única vez en que Horza había visto reírse al viejo guerrero. ¿Quién había oído hablar de un cuerpo mortal poseedor de un alma inmortal?

Horza desconectó la unidad de distorsión cuando ya casi no le quedaba carga. Las estrellas aparecieron a su alrededor haciéndose nítidas y visibles. Ajustó los controles de la unidad y se la quitó. La unidad y el traje se separaron, con Horza desplazándose lentamente en una dirección mientras la unidad se alejaba girando en otra. Los controles automáticos entraron en funcionamiento y la unidad desapareció. El resto de carga sería consumido impulsando la unidad en la dirección equivocada para despistar a cualquiera que pudiese haber estado siguiendo su rastro.

El Cambiante fue calmando gradualmente su respiración; llevaba cierto tiempo respirando deprisa y con cierto esfuerzo, pero redujo el ritmo de ésta y el de sus latidos mediante un esfuerzo consciente. Se acostumbró al traje, examinando sus funciones y capacidades. Por el tacto y el olor parecía nuevo, y daba la impresión de ser un artefacto construido en Rairch. Los trajes fabricados en Rairch estaban concebidos para ser los mejores. La gente decía que la Cultura fabricaba trajes aún más eficientes, pero la gente decía que la Cultura era capaz de hacerlo mejor todo, y aun así estaba perdiendo la guerra. Horza comprobó los láseres incorporados al traje, buscó la pistola oculta que sabía formaba parte del equipo y logró encontrarla disfrazada como una parte más del recubrimiento protector del antebrazo izquierdo: era una pequeña arma manual de plasma. Sintió deseos de disparar contra algo, pero no había nada contra lo que apuntar, así que volvió a guardarla.

Cruzó los brazos sobre la voluminosa placa pectoral y miró a su alrededor. Había estrellas por todas partes. No tenía ni idea de cuál era el sol de Sorpen. Así que las naves de la Cultura podían esconderse en la fotosfera de una estrella… Y una Mente —incluso si estaba desesperada y huyendo de sus enemigos— podía saltar al fondo de un pozo gravitatorio, ¿eh? Bueno, quizá los idiranos debieran enfrentarse a un trabajo más duro de lo que habían esperado. Eran guerreros por naturaleza, poseían la experiencia y los redaños necesarios y toda su sociedad estaba preparada para el conflicto continuo. Pero la Cultura, esa mezcla de especies más o menos humanas que producía una impresión de anarquía, hedonismo y desunión y que siempre estaba emitiendo o absorbiendo grupos distintos, llevaba casi cuatro años luchando sin dar ninguna señal de querer rendirse o de que estuviera empezando a pensar en la posibilidad de un compromiso…

Lo que todo el mundo había esperado iba a ser un enfrentamiento breve y limitado que duraría el tiempo suficiente para servir de lección a los adversarios se había transformado en un esfuerzo bélico que absorbía todos los recursos disponibles. Los reveses iniciales y las primeras megamuertes no habían tenido el efecto profetizado por los expertos y los sabihondos. La Cultura no se había rendido, horrorizada ante las brutalidades de la guerra pero orgullosa por haber llevado su vida colectiva al lugar que, normalmente, sólo estaba ocupado por las proclamas surgidas de su boca colectiva. No, la Cultura se había limitado a efectuar una retirada detrás de otra, preparándose, acumulando sus recursos y trazando planes. Horza estaba convencido de que las Mentes se encontraban detrás de todo aquello.

No podía creer que las personas corrientes de la Cultura hubieran querido la guerra, sin importar lo que hubiesen votado. Después de todo, ya gozaban de su Utopía comunista, ¿no? Eran seres blandos y mimados que veían satisfechos todos sus caprichos, y el materialismo evangélico de la sección de Contacto les proporcionaba las buenas obras con que calmar su conciencia. ¿Qué más podían querer? La guerra tenía que ser idea de las Mentes; era una parte más del impulso clínico de limpiar la galaxia y conseguir que funcionara de una forma limpia y eficiente donde no hubiera lugar para los desperdicios, injusticias o sufrimientos. Los imbéciles de la Cultura no podían comprender que un día las Mentes empezarían a pensar en lo ineficientes y derrochadores que eran los humanos de la Cultura.

Horza usó los giróscopos internos del traje para echar un vistazo a cada parte del cielo, y se preguntó qué áreas de aquel vacío puntuado de luces albergarían batallas donde morían miles de millones de personas. ¿Cuáles serían los lugares en que la Cultura seguía resistiendo y las flotas de combate idiranas ejercían presión sobre sus defensas? El traje zumbaba, siseaba y emitía leves crujidos a su alrededor; preciso, obediente, tranquilizador…

Y de repente el traje detuvo su lento girar con una sacudida tan violenta e inesperada que Horza sintió un castañeteo en los dientes. Un ruido desagradablemente parecido a una alarma de colisión zumbó en uno de sus oídos, y el rabillo de su ojo izquierdo le mostró cómo una micropantalla incrustada en el interior del casco se iluminaba ofreciéndole un holograma de gráficos rojizos.

—Blanco / adquisición / radar —dijo el traje—. Aproximándose / aumentando.

3. Turbulencia en cielo despejado

—¿Qué? —rugió Horza.

—Blanco / adqui… —empezó a repetir el traje.

—¡Oh, cállate! —gritó Horza.

Empezó a pulsar los botones de la consola incrustada en la muñeca del traje mientras contorsionaba el cuerpo a un lado y a otro examinando la oscuridad que le rodeaba. Debía existir alguna forma de conseguir una proyección global en la parte interior del visor del casco que le mostrara la dirección de la que estaban llegando las señales, pero no tenía el tiempo necesario para familiarizarse hasta ese extremo con los sistemas del traje, y no lograba encontrar el botón adecuado. Un instante después comprendió que si quería una proyección probablemente le bastaría con pedirla.

—¡Traje! ¡Dame una proyección global sobre la fuente de transmisiones!

La parte superior izquierda del visor se iluminó. Horza siguió girando lentamente sobre sí mismo hasta que un puntito rojo que se encendía y apagaba se materializó encima de la superficie transparente. Volvió a pulsar los botones de la muñeca, y el traje expulsó varios chorros de gas por los agujeros de las suelas de sus botas. Horza salió disparado a algo menos de una gravedad con un siseo de gases expulsados. Nada pareció cambiar aparte de su peso, pero la luz roja se desvaneció durante una fracción de segundo, aunque volvió a aparecer enseguida. Horza lanzó una maldición.

—Blanco / adquisición… —dijo el traje.

—Ya lo sé —replicó Horza.

Cogió la pistola de plasma de su brazo, activó los láseres del traje y desconectó el sistema que expulsaba los chorros de gas. Fuera lo que fuese, dudaba de que el traje pudiera moverse lo bastante deprisa para dejar atrás a su perseguidor. Volvía a carecer de peso. La lucecita roja seguía encendiéndose y apagándose en el visor. Horza se dedicó a observar las pantallas internas. La fuente de transmisiones estaba aproximándose en un rumbo curvo a cero coma cero un año luz en el espacio real. La señal del radar era de baja frecuencia, y no parecía especialmente potente. La tecnología era demasiado primitiva para pertenecer a la Cultura o los idiranos. Le dijo al traje que cancelara la proyección, hizo bajar los amplificadores de la parte superior del casco y los conectó, enfocándolos hacia el punto del que llegaba la emisión de radar. Una variación doppler de la señal que seguía apareciendo en una de las pequeñas pantallas internas del casco anunciaba que, fuera lo que fuese, aquello estaba reduciendo su velocidad. ¿Pensarían recogerle en vez de limitarse a hacerle pedazos?

Horza vio una imagen nebulosa en el campo de los amplificadores. La señal de radar se desvaneció. Su perseguidor estaba muy cerca. Tenía la boca seca, y las manos le temblaban dentro de los gruesos guantes del traje. La imagen de los amplificadores pareció estallar en una oleada de oscuridad. Horza los retrajo hacia la parte superior del casco y contempló los campos estelares y el océano de tinta de la noche. Algo hecho de la más pura negrura cruzó velozmente ante su campo visual moviéndose por el telón de fondo del cielo en el silencio más absoluto. Horza pulsó el botón que activaba el radar aguja del traje e intentó seguir aquella silueta que estaba pasando ante él ocultándole las estrellas; pero no lo consiguió, por lo que no tenía forma de saber lo cerca que estaba o cuál era su tamaño. Había perdido el rastro del objeto en los espacios vacíos que se abrían entre las estrellas cuando la oscuridad que tenía delante se iluminó. Horza supuso que el objeto debía de estar virando. Unos instantes después el traje volvió a captar la emisión de radar.

—Bla…

—Cállate —dijo.

Comprobó la pistola de plasma. La silueta oscura se expandió: la tenía casi delante. Las estrellas que había a su alrededor oscilaron, y su brillo aumentó de intensidad gracias al efecto lente del campo distorsionante de un motor no muy bien ajustado que se producía al iniciar el proceso de la desconexión. El objeto estaba cada vez más cerca. La señal de radar volvió a esfumarse. Horza conectó su radar aguja y el haz recorrió la nave que tenía delante. Estaba observando la imagen resultante en una pantalla interna cuando el gráfico parpadeó y se desvaneció, los siseos y zumbidos del traje se detuvieron y las estrellas empezaron a esfumarse.

—Proyector / absorción / dis… parado —dijo el traje mientras él y Horza se sumían en la flaccidez de la inconsciencia.

* * *

Había algo duro debajo de él. Le dolía la cabeza. No podía recordar dónde se encontraba o qué se suponía que debía estar haciendo. Sólo recordaba su nombre, Bora Horza Gobuchul, Cambiante del asteroide Heibohre empleado por los idiranos en su guerra santa contra la Cultura. Pero ¿qué relación podía tener eso con el dolor que sentía en el cráneo y con el duro y frío metal que notaba debajo de su mejilla?

Le habían dado de lleno. Aún no podía ver, oler u oír nada, pero sabía que le había ocurrido algo bastante grave, algo que casi había llegado a la categoría de fatal. Intentó recordar lo ocurrido. ¿Dónde estaba antes? ¿Qué había estado haciendo?

¡La mano de Dios 137!

El recuerdo hizo que el corazón le diera un vuelco. ¡Tenía que escapar! ¿Dónde estaba su casco? Xoralundra… ¿Por qué le había abandonado? ¿Dónde estaba ese medjel estúpido que debía traerle el casco? ¡Socorro!

Descubrió que no podía moverse.

Y, de todas formas, no estaba en La mano de Dios 137 ni en ninguna nave idirana. La cubierta era fría y dura —si es que aquello era una cubierta—, la atmósfera estaba saturada de olores extraños y, además, ahora podía oír voces de personas hablando. Pero seguía sin ser capaz de ver. No sabía si tenía los ojos abiertos y estaba ciego, o si los tenía cerrados y no podía abrirlos. Intentó llevarse las manos al rostro para descubrirlo, pero descubrió que tampoco podía moverlas.

Las voces eran humanas, y había varias. Estaban hablando la lengua de la Cultura, el marain, pero eso no quería decir gran cosa. Durante los últimos milenios el marain había ido haciéndose cada vez más corriente como segunda lengua de la galaxia. Horza podía hablarlo y comprenderlo, aunque no lo había usado desde…, desde que habló con Balveda, de hecho, pero antes de eso había estado mucho tiempo sin usarlo. Pobre Balveda… Pero aquellas personas no paraban de hablar, y Horza no lograba captar ninguna palabra. Intentó mover los párpados, y acabó sintiendo algo. Seguía sin tener ni idea de dónde podía estar.

Toda esta oscuridad… Entonces recordó que había estado dentro de un traje, y una voz que le hablaba de blancos o algo parecido. Comprendió que había sido capturado o rescatado. Olvidó cualquier intento de abrir los ojos y se concentró al máximo en lo que estaban diciendo aquellas personas. Había usado el marain hacía muy poco tiempo; podía conseguirlo. Tenía que conseguirlo. Tenía que enterarse de lo que estaban diciendo.

—… maldito sistema durante dos semanas y lo único que hemos encontrado es un viejo metido en un traje.

Una de las voces. Le pareció que pertenecía a una mujer.

—¿Qué diablos esperabas, una nave estelar de la Cultura?

Una voz masculina.

—Bueno, mierda… Esperaba encontrar un trozo de alguna.

La voz femenina de nuevo. Risas.

—Es un buen traje. Hecho en Riarch, a juzgar por su aspecto… Creo que me lo quedaré.

Otra voz masculina, con el tono inconfundible de quien está al mando.

Imposible. Demasiado bajo.

—Se adaptan, idiota.

El Hombre de nuevo.

—…habrá fragmentos de naves idiranas y de la Cultura flotando por toda la zona y podríamos…, ese láser de proa…, sigue jodido.

Otra voz de mujer.

—Nuestro proyector no lo habrá dañado, ¿verdad?

Otra voz masculina; joven, aparentemente, hablando al mismo tiempo que la mujer.

—Estaba preparado para chupar, no para destrozar —dijo el capitán, o lo que fuese.

¿Quiénes eran estas personas?

—… mucho menos que ese abuelo de ahí —dijo uno de los hombres.

¡Estaban hablando de él! Intentó no dar ninguna señal de vida. Acababa de comprender que estaba fuera del traje, naturalmente, yaciendo a unos metros de distancia de unas personas que debían de encontrarse de pie alrededor del traje. Suponía que algunos estarían dándole la espalda. Yacía con un brazo debajo del cuerpo, de lado, desnudo y de cara a ellos. La cabeza seguía doliéndole, y podía sentir el gotear de la saliva que brotaba de su boca entreabierta.

—…un arma de alguna clase. Pero no la encuentro —dijo el Hombre, y el tono de su voz se alteró como si estuviera cambiando de posición mientras hablaba.

Daba la impresión de que habían perdido la pistola de plasma. Eran mercenarios. Tenían que serlo. Bucaneros…

—Kraiklyn, ¿puedo quedarme con tu traje viejo?

El hombre joven.

—Bueno, eso es todo —dijo el Hombre. A juzgar por su voz se había levantado del sitio donde estaba acuclillado o se acababa de dar la vuelta. Parecía haber ignorado al que había hablado antes—. Quizá no sea gran cosa, pero por lo menos tenemos el traje. Más vale que nos larguemos de aquí antes de que aparezcan los pesos pesados.

—Y ahora ¿qué?

Una mujer de nuevo. Tenía la voz bonita. Ojalá pudiera abrir los ojos…

—Ese templo debería de ser carne fácil incluso sin el láser de proa. Sólo está a diez días de aquí. Echaremos mano a unos cuantos tesoros de sus altares y luego compraremos algún armamento pesado en Vavatch. Podemos gastarnos todas nuestras ganancias ilegales allí. —El Hombre, Krakeline o como se llamara, hizo una pausa. Se rió—. Doro, no pongas esa cara de susto. Será muy sencillo. Cuando seamos ricos me agradecerás el que oyera hablar de ese sitio. Pero si los malditos sacerdotes ni tan siquiera llevan armas… Será sencillísimo.

—Sí, ya lo sabemos.

Una voz de mujer; la más agradable. Horza empezaba a ser consciente de la luz: una claridad rosada delante de sus ojos. Seguía doliéndole la cabeza, pero ya se encontraba algo mejor. Hizo un examen de su cuerpo, y su mente pidió una respuesta a los nervios de retroalimentación para calibrar su estado físico. Descubrió que se encontraba bastante por debajo de lo normal, y no llegaría al máximo hasta que los últimos efectos de su apariencia geriátrica se hubieran desvanecido, cosa que requeriría unos cuantos días…, suponiendo que viviera tanto tiempo. Tenía la sospecha de que aquellas personas le creían muerto.

—Zallin, tira esa basura —dijo el Hombre.

Horza abrió los ojos sobresaltado al oír el eco de unos pasos aproximándose. ¡El Hombre había estado hablando de él!

—¡Ahh! —gritó una voz cerca de él—. No está muerto. ¡Ha abierto los ojos!

Los pasos se detuvieron de repente. Horza logró sentarse y entrecerró los párpados para proteger sus ojos de toda aquella luz. Le costaba respirar, y el esfuerzo de incorporarse hizo que le diera vueltas la cabeza, pero ya podía ver con claridad.

Estaba en un hangar pequeño, pero brillantemente iluminado. Una vieja lanzadera ocupaba la mitad del espacio disponible. Su espalda casi rozaba un mamparo; el grupo de personas a las que había oído hablar estaba de pie junto a otro mamparo. A medio camino entre él y el grupo había un joven corpulento y desgarbado de cabellos plateados y brazos muy largos. Tal y como había supuesto, el traje estaba en el suelo rodeado por el grupo de humanos. Horza tragó saliva y parpadeó. El joven de los cabellos plateados le miró y se rascó nerviosamente una oreja. Vestía pantalones cortos y una camiseta bastante maltrecha. La voz de uno de los hombres más altos del grupo —el que Horza había decidido debía ser el capitán—, hizo que el joven diera un salto.

—Wubslin, ¿qué le pasa a ese proyector? —Se volvió hacia otro hombre—. ¿Es que tampoco funciona?

«¡No permitas que hablen de ti como si no estuvieras aquí!» Horza carraspeó para aclararse la garganta y habló en el tono de voz más potente y decidido de que fue capaz.

—Vuestro proyector funciona perfectamente.

—En tal caso deberías estar muerto —dijo el hombre alto, sonriendo y enarcando una ceja.

Todos estaban mirándole, la mayoría con expresiones de suspicacia. El joven seguía rascándose la oreja; daba la impresión de estar perplejo, incluso asustado, pero el resto parecía querer librarse de Horza lo más pronto posible. Todos eran humanos, o estaban muy cerca de serlo; tanto los varones como las hembras; la mayoría vestían trajes, partes de trajes o pantalones cortos y camiseta. El capitán se abrió paso por entre el grupo y fue hacia Horza. Era alto y musculoso. Tenía una frondosa cabellera oscura que llevaba peinada hacia atrás, lejos de la frente; la tez, cetrina, y había algo de fiera en la expresión de los ojos y la boca. La voz le sentaba a la perfección. Cuando estuvo más cerca, Horza vio que empuñaba una pistola láser. Vestía un traje negro, y sus pesadas botas crearon ecos sobre el metal desnudo de la cubierta. Avanzó hasta quedar a la altura del joven de los cabellos plateados, quien estaba jugueteando con su camiseta mientras se mordisqueaba el labio.

—¿Por qué no estás muerto? —le preguntó el Hombre en voz baja y suave mirándole fijamente.

—Porque soy mucho más duro de lo que parezco —replicó Horza.

El Hombre asintió y sonrió.

—Debes serlo. —Se dio la vuelta para lanzarle una rápida mirada al traje—. ¿Qué estabas haciendo en pleno espacio metido dentro de ese trasto?

—Trabajo para los idiranos. No querían que la nave de la Cultura me capturase, y creyeron que podrían rescatarme más tarde, así que me echaron por una escotilla para que esperase a la flota. Por cierto, estarán aquí dentro de ocho o nueve horas, así que yo no me quedaría mucho tiempo.

—¿De veras? —preguntó el capitán volviendo a enarcar la ceja—. Pareces estar muy bien informado, viejo.

—No soy tan viejo. Esto es un disfraz para mi último trabajo…, una droga agática. Los efectos ya están empezando a desvanecerse. Un par de días y volveré a ser útil.

El Hombre meneó la cabeza con tristeza.

—No, no lo serás. —Se dio la vuelta y fue hacia los demás—. Échale fuera —le dijo al joven de la camiseta.

El joven dio un paso hacia adelante.

—¡Eh, maldita sea, espera un momento! —gritó Horza poniéndose en pie.

Retrocedió con las manos extendidas hasta pegar la espalda al mamparo, pero el joven ya venía en línea recta hacia él. Los otros le miraban o miraban a su capitán. Horza movió la pierna en un gesto demasiado rápido para el joven de los cabellos plateados. Su pie le acertó en la ingle. El joven jadeó y cayó sobre la cubierta, rodeándose el cuerpo con los brazos. El Hombre se había dado la vuelta. Bajó los ojos hacia el joven y miró a Horza.

—¿Sí? —preguntó.

Horza tenía la impresión de que estaba pasándoselo en grande.

—Ya te dije que podía ser útil —explicó, señalando al joven, que había logrado ponerse de rodillas—. Soy bueno peleando. Puedes quedarte con el traje…

—Ya me lo he quedado —dijo secamente el capitán.

—Bueno, al menos podrías darme una oportunidad, ¿no? —Los ojos de Horza recorrieron los rostros del grupo—. Sois mercenarios o algo parecido, ¿verdad? —Nadie dijo nada. Sintió como el sudor empezaba a correr por su rostro y lo detuvo—. Deja que me una a vosotros. Sólo pido una oportunidad, nada más… Si la cago a la primera vez, echadme por la escotilla.

—¿Y por qué no te echamos ahora y nos ahorramos todos esos problemas?

El capitán extendió los brazos hacia él y dejó escapar una carcajada. Algunos de los demás también se rieron.

—Una oportunidad —repitió Horza—. Mierda, no creo que sea pedir mucho, ¿verdad?

—Lo siento. —El Hombre meneó la cabeza—. Ya tenemos problemas de espacio.

El joven de los cabellos plateados estaba mirando a Horza con el rostro distorsionado por el dolor y el odio. Los otros miembros del grupo observaban a Horza con sonrisas burlonas o hablaban en voz baja entre ellos y le señalaban con la cabeza. Horza fue repentinamente consciente de que tenía todo el aspecto de un viejo desnudo.

—¡A la mierda! —rugió clavando los ojos en el rostro del Hombre—. Dame cinco días y acabaré contigo cuando me dé la gana.

El capitán enarcó las cejas. Durante un segundo dio la impresión de que iba a ponerse furioso, pero acabó echándose a reír. Señaló a Horza con el láser.

—De acuerdo, viejo, te diré lo que vamos a hacer… —Se puso las manos en la cintura y señaló con la cabeza al joven que seguía arrodillado sobre la cubierta—. Puedes luchar con Zallin. ¿Qué, Zallin, te sientes con ánimos?

—Le mataré —dijo Zallin sin apartar los ojos de la garganta de Horza.

El Hombre se rió. Algunos mechones de su cabellera negra asomaban por encima del cuello del traje.

—De eso se trata. —Miró a Horza—. Ya te he dicho que tenemos problemas de espacio. Si quieres quedarte con nosotros tendrás que provocar alguna baja en el personal. —Se volvió hacia los demás—. Dejad un poco de sitio, y que alguien le traiga unos pantalones cortos al viejo. Verle desnudo me está revolviendo el estómago.

Una de las mujeres le arrojó unos pantalones cortos. Horza se los puso. El traje fue recogido del suelo y la lanzadera desplazada un par de metros hacia un lado hasta quedar pegada al otro extremo del hangar. Zallin acabó levantándose de la cubierta y fue a reunirse con los demás. Alguien le roció los genitales con un anestésico. «Benditos sean los órganos sin protección», pensó Horza. Estaba descansando apoyado en el mamparo sin apartar los ojos del grupo. Zallin era el más alto de todos. Tenía unos brazos tan largos que casi parecían rozarle las rodillas, y su grosor casi igualaba el de los muslos de Horza.

Horza vio como el capitán le señalaba con la cabeza y una de las mujeres fue hacia él. Tenía los rasgos pequeños y la expresión dura. Su piel era bastante morena, y poseía una erizada cabellera rubia. Todo su cuerpo parecía esbelto y fuerte; Horza pensó que caminaba como un hombre. Cuando estuvo más cerca vio que la piel de su rostro, brazos y piernas estaba cubierta por una ligera capa de vello. La mujer se detuvo ante él y su mirada le recorrió desde los pies hasta los ojos.

—Soy tu ayudante —dijo la mujer—, aunque no sé si eso va a servirte de mucho.

Era la de la voz bonita. Horza estaba asustado, pero aun así se llevó una decepción. Agitó una mano.

—Me llamo Horza. Gracias por preguntármelo.

«¡Idiota! —se dijo a sí mismo—. Ahora ya saben cómo te llamas. Anda, ¿por qué no les cuentas también que eres un Cambiante? Maldito estúpido…»

—Yalson —dijo la mujer secamente, y le ofreció la mano.

Horza no estaba seguro de si aquella palabra era un saludo o su nombre. Estaba enfadado consigo mismo. Como si no tuviera bastantes problemas, había cometido la estupidez de revelar su verdadero nombre… Lo más probable era que eso no tuviese ninguna importancia, pero sabía que aquellos pequeños deslices y los errores aparentemente sin consecuencias solían significar toda la diferencia entre el éxito y el fracaso…, incluso entre la vida y la muerte. Cuando comprendió qué se esperaba de él extendió el brazo y estrechó la mano de la mujer. Su mano era seca y fresca, y muy fuerte. La mujer le apretó los dedos, pero le soltó la mano antes de que Horza tuviera tiempo de devolverle el apretón. No tenía ni idea de cuál era su origen, por lo que no sabía cómo interpretar el gesto. En el sitio del que venía Horza aquello habría sido considerado una invitación de naturaleza bastante precisa.

—Horza, ¿eh? —La mujer asintió y se puso las manos en las caderas tal y como había hecho el capitán—. Bien, Horza, buena suerte. Creo que Kraiklyn piensa que Zallin es el tripulante más inútil con que contamos, así que si ganas no le importará demasiado. —Bajó los ojos hacia la fláccida piel del vientre de Horza, observó la delgadez de su pecho tensado por las costillas, y frunció el ceño—. Si ganas —repitió.

—Muchísimas gracias —dijo Horza, intentando esconder el estómago y abombar el pecho. Señaló a los demás—. ¿Están haciendo apuestas?

Intentó sonreír.

—Sí, pero sólo sobre el tiempo que aguantarás.

Horza dejó que su intento de sonrisa se desvaneciera. Apartó los ojos de la mujer.

—¿Sabes una cosa? Probablemente sería capaz de deprimirme yo solo sin tu ayuda. Si quieres apostar algo de dinero, adelante…

Sus ojos se posaron en el rostro de la mujer. No vio compasión, ni tan siquiera simpatía. La mujer volvió a mirarle de arriba abajo, asintió, giró sobre sus talones y se reunió con el resto del grupo. Horza lanzó una maldición.

—¡Bien!

Kraiklyn hizo chocar sus manos enguantadas en una fuerte palmada. El grupo se disgregó y fue desplazándose por el hangar, ocupando la longitud de dos mamparos. Zallin estaba mirando fijamente a Horza desde el otro extremo del espacio que acababan de despejar. Horza se apartó del mamparo y se sacudió, intentando relajar los músculos con el fin de prepararse para la pelea.

—Es una pelea a muerte, ¿entendido? —anunció Kraiklyn sonriendo—. Nada de armas, pero no veo a ningún arbitro, así que… Todo vale. De acuerdo…, empezad.

Horza dejó un poco más de espacio entre él y el mamparo. Zallin estaba aproximándose con el cuerpo encorvado y los brazos extendidos como si fueran las mandíbulas de un insecto gigante. Horza sabía que si usaba todas las armas incorporadas a su organismo (suponiendo que dispusiera de todas ellas; tenía que recordarse continuamente que le habían arrancado los dientes venenosos en Sorpen), lo más probable era que ganase la pelea sin demasiados apuros, siempre que Zallin no tuviera la suerte de asestarle un golpe fatal. Pero estaba igualmente seguro de que si utilizaba la única arma efectiva que conservaba —las glándulas venenosas que había bajo sus uñas—, los otros se darían cuenta de lo ocurrido y Horza acabaría muerto. Una mordedura de sus dientes quizá le habría permitido salir bien librado. El veneno afectaba al sistema nervioso central, y las reacciones de Zallin se habrían ido volviendo gradualmente más lentas; probablemente nadie habría adivinado lo ocurrido. Pero arañarle sería fatal para los dos. El veneno contenido en las glándulas que había bajo las uñas de Horza paralizaba los músculos siguiendo una secuencia que se iniciaba en el punto de entrada del veneno, y resultaría obvio que Zallin había sido arañado por algo muy distinto a unas uñas corrientes. Aun suponiendo que los otros mercenarios no considerasen que había hecho trampa, existían bastantes posibilidades de que Kraiklyn, el Hombre, adivinara que Horza era un Cambiante y ordenara su muerte.

Un Cambiante era una amenaza para cualquiera que gobernase mediante la fuerza, tanto si empleaba la fuerza de voluntad como la fuerza de las armas. Amahain-Frolk lo había comprendido, y Kraiklyn también lo comprendería. Además, la especie a la que pertenecía Horza siempre provocaba un cierto grado de repugnancia en todos los seres humanos. Aparte de las considerables alteraciones que les separaban del material genético corriente, los Cambiantes eran una amenaza a la identidad, un desafío al individualismo de todos los que les rodeaban, incluso de aquellos que, probablemente, jamás podrían ser candidatos a la suplantación. No tenía nada que ver con las almas o la posesión espiritual o física; lo que causaba esa repugnancia era el que los Cambiantes copiaban la conducta de otro ser, y eso era algo que los idiranos entendían muy bien. La individualidad —ese aspecto que la mayoría de seres humanos valoraban por encima de cualquier otra cosa— era degradada por la facilidad con que un Cambiante podía ignorar las limitaciones que imponía y utilizarla en tanto que disfraz.

Horza había usado el Cambio para convertirse en un viejo, y su legado seguía con él. Zallin estaba muy cerca.

El joven se lanzó hacia adelante usando sus enormes brazos como un par de pinzas en un torpe intento de agarrar a Horza. Horza se agachó y saltó a un lado con mucha más rapidez de la que Zallin había previsto. Antes de que pudiera dar la vuelta para seguir a Horza el Cambiante ya había lanzado una patada dirigida a su cabeza que se estrelló contra el hombro del joven. Zallin lanzó una maldición y Horza le imitó. Se había hecho daño en el pie.

El joven volvió a avanzar hacia él frotándose el hombro. Al principio se movió de una forma casi despreocupada, pero uno de sus largos brazos salió disparado de repente y el puño casi chocó con el rostro de Horza. El Cambiante sintió el viento creado por el golpe rozándole la mejilla. Si ese puñetazo hubiera dado en el blanco habría puesto punto final a la pelea. Horza hizo una finta, saltó en dirección opuesta, giró sobre un talón y volvió a lanzar una patada, ahora hacia la ingle del joven. El pie llegó a su objetivo, pero Zallin se limitó a curvar los labios en una medio sonrisa mueca de dolor y volvió al ataque. El rociado anestésico debía haber dejado insensible toda aquella zona de su cuerpo.

Horza empezó a moverse en círculos alrededor del joven. Zallin le observaba con mucha atención. Seguía manteniendo los brazos extendidos delante del cuerpo igual que si fueran un par de pinzas, y los dedos se flexionaban de vez en cuando como si anhelaran desesperadamente entrar en contacto con la garganta de Horza. Horza apenas si era consciente de las personas que le rodeaban, o de las luces y el equipo del hangar. Lo único que podía ver era el cuerpo agazapado del joven que tenía delante, con sus inmensos brazos y sus cabellos plateados, su camiseta deshilachada y sus zapatillas deportivas. Zallin se lanzó al ataque y las suelas de goma chirriaron sobre el metal de la cubierta. Horza giró sobre sí mismo y su pierna derecha trazó una curva. Su pie acertó a Zallin en la sien derecha, y el joven se alejó bailoteando mientras se frotaba la oreja.

Horza sabía que estaba volviendo a jadear. Mantener el estado de tensión máxima exigía demasiada energía. Tenía que estar preparado para el siguiente ataque y, mientras tanto, no le estaba haciendo el daño suficiente a Zallin. Tal y como iban las cosas el joven no tardaría en dejarle agotado aunque no le diera ni un solo golpe. Zallin volvió a extender los brazos y avanzó. Horza saltó a un lado y sus músculos de anciano protestaron. Zallin giró sobre sí mismo. Horza saltó hacia adelante moviéndose sobre un pie y lanzó el talón del otro hacia la cintura del joven. El pie dio en el blanco con un thump muy satisfactorio, Horza se dispuso a apartarse… y se dio cuenta de que no podía mover el pie. Zallin había logrado atraparlo con una mano. Horza cayó sobre la cubierta.

Zallin estaba tambaleándose con una mano sobre la base de su caja torácica, jadeando con el cuerpo casi doblado en dos. Horza pensó que debía haberle roto una costilla, pero Zallin seguía sujetándole el pie con la otra mano. Por mucho que tirara y se retorciese, Horza era incapaz de romper la presa.

Intentó establecer un pulso de sudor en la parte inferior de su pierna derecha. No había practicado esa maniobra desde sus combates de ejercicio en la Academia de Heibohre, pero valía la pena intentarlo; cualquier truco que ofreciera una posibilidad de aflojar esa presa era digno de ser intentado… No funcionó. Quizá había olvidado el procedimiento adecuado, o quizá el envejecimiento artificial sufrido por sus glándulas sudoríparas había hecho que fueran incapaces de reaccionar con la rapidez exigida. Fuera cual fuese la respuesta, su pie seguía atrapado entre los dedos del joven. Zallin estaba recuperándose del golpe que le había propinado Horza. Sacudió la cabeza y las luces del hangar se reflejaron en su cabellera. Después agarró el pie de Horza con la otra mano.

Horza estaba caminando alrededor del joven apoyándose en las manos, con una pierna aprisionada y la otra colgando en un intento de descargar algún peso sobre la cubierta. Zallin miró al Cambiante e hizo girar las manos como si intentara arrancarle el pie derecho. Horza había previsto la maniobra e hizo girar todo su cuerpo antes de que Zallin empezara a ponerla en práctica. Acabó donde había empezado, con el pie entre las manos de Zallin y sus palmas desplazándose como cangrejos a través de la cubierta mientras intentaba seguir los movimientos del joven. «Puedo llegar hasta su pierna; una torsión del cuello y un mordisco —pensó Horza, intentando desesperadamente dar con alguna solución—. En cuanto empiece a reaccionar más despacio tendré una oportunidad. No se darán cuenta. Lo único que necesito es…» Y, entonces, naturalmente, se acordó. Le habían arrancado esos dientes. Parecía que esos viejos bastardos —y Balveda—, conseguirían acabar con él después de todo, y en el caso de Balveda sería una venganza desde más allá de la tumba. Mientras Zallin siguiera sujetándole el pie la pelea sólo podía seguir un camino.

«Qué diablos… Voy a morderle de todas formas». El pensamiento fue una sorpresa incluso para él mismo; su mente lo concibió y su cuerpo lo puso en práctica antes de que tuviera tiempo de tomar en consideración lo que hacía. Lo siguiente que supo era que estaba usando la pierna atrapada y el empujón dado con las manos para impulsarse hacia Zallin, y que su cuerpo estaba entre las piernas del joven. Horza clavó todos los dientes que le quedaban en la pantorrilla derecha del muchacho.

—¡Ah! —gritó Zallin.

Horza mordió con más fuerza, sintiendo cómo la presión ejercida sobre su pie se aflojaba ligeramente. Alzó la cabeza intentando desgarrar la carne del joven. Tenía la impresión de que su rótula iba a estallar y de que su pierna se partiría en dos, pero siguió masticando la carne viva que le llenaba la boca y sus puños se alzaron para golpear el cuerpo de Zallin con todas sus fuerzas. Zallin le soltó.

Horza dejó de morder al instante y se apartó antes de que las manos del joven pudieran caer sobre su cabeza. Logró ponerse en pie. Tenía el tobillo y la rodilla algo doloridos, pero no era grave. Zallin fue hacia él cojeando con la pantorrilla cubierta de sangre. Horza cambió de táctica y saltó hacia adelante, golpeando al joven en el vientre bajo la rudimentaria guardia de sus inmensos brazos. Zallin se llevó las manos al estómago y la parte inferior de la caja torácica, y se agachó en un movimiento reflejo. Horza pasó junto a él, se dio la vuelta y dejó caer las dos manos sobre su cuello.

Normalmente el golpe habría sido mortal, pero Zallin era fuerte y Horza seguía estando débil. El Cambiante se irguió y se dio la vuelta, pero tuvo que evitar a los mercenarios que estaban de pie junto al mamparo; la pelea había atravesado el hangar de un extremo a otro. Horza no tuvo tiempo de asestar otro golpe. Zallin había vuelto a incorporarse con el rostro contorsionado por la agresividad frustrada. Lanzó un grito y corrió hacia Horza, quien esquivó limpiamente la embestida. Pero Zallin tropezó, y el azar quiso que su cabeza chocara con el estómago de Horza.

El golpe resultó todavía más doloroso y desmoralizador porque era totalmente inesperado. Horza cayó y rodó sobre sí mismo intentando librarse de Zallin, pero el joven se desplomó sobre él, aprisionándole contra la cubierta. Horza se retorció, pero no ocurrió nada. Estaba atrapado.

Zallin se irguió apoyándose en una palma y tensó la otra mano convirtiéndola en un puño mientras contemplaba con una sonrisa burlona el rostro del hombre que tenía debajo. Horza comprendió que no podía hacer nada. Vio como aquel puño inmenso subía lentamente y empezaba a bajar. Tenía el cuerpo pegado a la cubierta y los brazos atrapados, y supo que ése era el final. Había perdido. Se preparó para mover la cabeza lo más deprisa posible apartándola del puñetazo destructor de huesos que estaba claro llegaría en cualquier momento y volvió a hacer un intento de mover las piernas, pero sabía que era inútil. Quería cerrar los ojos, pero sabía que debía mantenerlos abiertos. «Puede que el Hombre se apiade de mí. Debe haberse dado cuenta de que he luchado bien. Quizá decida detenerle…»

El puño de Zallin se inmovilizó durante una fracción de segundo, como si fuera la hoja de una guillotina en el punto más alto de su trayectoria antes de ser liberada.

El golpe nunca llegó a caer. Zallin tensó el cuerpo y la mano con que sostenía el peso de su torso resbaló sobre la cubierta; los dedos se deslizaron sobre su propia sangre y dejaron de soportar su masa. Zallin lanzó un gruñido de sorpresa. Cayó hacia Horza y retorció el cuerpo. El Cambiante pudo sentir como el peso que le aprisionaba disminuía bruscamente, y logró apartarse de la trayectoria seguida por el joven mientras éste intentaba rodar sobre sí mismo. Horza rodó en dirección opuesta, y casi chocó con las piernas de los mercenarios que observaban la pelea. La cabeza de Zallin se estrelló contra la cubierta. El golpe no fue demasiado fuerte, pero antes de que el joven pudiera reaccionar, Horza ya estaba sobre su espalda rodeándole el cuello con las manos y tirando de su cabeza hacia atrás. Dejó resbalar sus piernas por los flancos de Zallin, montando a horcajadas sobre él, y lo inmovilizó.

Zallin se quedó muy quieto. Su garganta dejó escapar una especie de gorgoteo. Le sobraban fuerzas para librarse del Cambiante o rodar sobre sí mismo hasta quedar de espaldas y aplastarle, pero antes de que pudiera hacer cualquiera de esas dos cosas un leve gesto de las manos de Horza le habría roto el cuello.

Zallin alzó los ojos hacia Kraiklyn, quien estaba prácticamente enfrente de él. Horza, cubierto de sudor y tragando aire con un jadeo espasmódico, también alzó la cabeza hacia los oscuros ojos del Hombre. Zallin intentó moverse. Horza tensó los antebrazos y el joven volvió a quedarse muy quieto.

Todos estaban mirándole… Todos los mercenarios, piratas, bucaneros o como quisieran llamarse. Permanecían inmóviles ante las dos paredes del hangar que habían ocupado durante la pelea y miraban a Horza. Pero el único que le miraba a los ojos era Kraiklyn.

—No tiene por qué ser a muerte —jadeó Horza. Bajó la vista durante una fracción de segundo hacia los cabellos plateados que tenía delante, algunos de ellos pegados al cuero cabelludo del chico por el sudor, y alzó nuevamente los ojos hacia Kraiklyn—. He ganado. Puedes desembarcar al chico en vuestra próxima parada. O dejarme allí. No quiero matarle.

Algo cálido y pegajoso estaba deslizándose sobre la cubierta junto a su pierna derecha. Horza comprendió que era la sangre que brotaba de la herida de Zallin. Kraiklyn estaba contemplándole con una expresión extrañamente distante. La pistola láser que había enfundado emergió de su pistolera, y su mano izquierda la alzó apuntando el cañón hacia el centro de la frente de Horza. El silencio del hangar le permitió oír con toda claridad el chasquido y el zumbido a un metro escaso de su cráneo: el Hombre había accionado el control de encendido de la pistola.

—Entonces morirás —dijo Kraiklyn con voz átona y tranquila—. En esta nave no hay sitio para alguien a quien no le gusta matar de vez en cuando.

Horza fue siguiendo con la vista el cañón de la pistola láser y siguió levantando la cabeza hasta que su mirada llegó a los ojos de Kraiklyn. El arma no se movió ni una fracción de milímetro. Zallin dejó escapar un gemido.

El crujido resonó en el hangar metálico como si fuera un disparo. Horza abrió los brazos sin apartar los ojos del rostro del jefe de los mercenarios. El fláccido cuerpo de Zallin cayó como un fardo sobre la cubierta, igual que si se desmoronara bajo su propio peso. Kraiklyn sonrió y enfundó el arma. El chasquido de la desconexión se convirtió en un leve zumbido que no tardó en morir.

—Bienvenido a la Turbulencia en cielo despejado.

Kraiklyn suspiró y pasó por encima del cadáver de Zallin. Fue hacia el punto central de un mamparo, abrió una puerta y cruzó el umbral.

Sus botas resonaron sobre un tramo de escalones. Casi todos los mercenarios le siguieron.

—Bien hecho.

Horza seguía arrodillado y se volvió al oír las palabras. Era la mujer de la voz hermosa, Yalson. Volvió a ofrecerle su mano, esta vez para ayudarle a levantarse. Horza la aceptó con gratitud y se puso en pie.

—No ha sido ningún placer —le dijo. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y la miró a los ojos—. Dijiste que te llamabas Yalson, ¿no?

La mujer asintió.

—Y tú eres Horza.

—Hola, Yalson.

—Hola, Horza.

Le obsequió con una leve sonrisa. Horza descubrió que le gustaba su sonrisa. Contempló el cadáver que yacía sobre la cubierta. La herida de la pierna ya no sangraba.

—¿Qué hacemos con ese pobre bastardo? —preguntó.

—Lo mejor será tirarle por la escotilla —dijo Yalson.

Miró a las únicas personas que quedaban en el hangar aparte de ellos, tres machos muy corpulentos cubiertos por una espesa capa de vello que vestían pantalones cortos. Los tres se habían quedado junto a la puerta por la que se habían marchado los demás y estaban contemplándole con expresiones de curiosidad. Los tres calzaban botas bastante gruesas, como si hubieran empezado a ponerse el traje espacial y les hubieran interrumpido en el mismo momento. Horza sintió deseos de reír, pero lo que hizo fue sonreír y saludarles con la mano.

—Hola.

—Ah, ésos son los Bratsilakin —dijo Yalson mientras los tres cuerpos peludos le devolvían el saludo de forma no muy sincronizada agitando tres manos de un gris oscuro—. Uno, Dos y Tres —siguió diciendo Yalson señalando con la cabeza a cada uno por turno—. Debemos ser la única Compañía Libre con un grupo clónico que sufre de psicosis paranoica.

Horza la miró para ver si hablaba en serio y los tres humanos peludos fueron hacia ellos.

—No creas ni una sola palabra de lo que dice —le aconsejó uno de ellos. Tenía una voz muy suave que Horza encontró más bien sorprendente—. Nunca le hemos gustado. Bueno, esperamos que estés de nuestro lado…

Seis ojos contemplaron a Horza con expresiones de preocupación. Horza hizo cuanto pudo por sonreír.

—Podéis contar con ello —dijo.

Los tres le devolvieron la sonrisa, se miraron e intercambiaron asentimientos de cabeza.

—Metamos a Zallin en un vactubo. Supongo que nos libraremos de él más tarde —dijo Yalson volviéndose hacia el trío velludo.

Fue hacia el cadáver y dos Bratsilakin la siguieron. Entre los tres llevaron el fláccido cuerpo de Zallin hasta una zona de la cubierta del hangar de la que quitaron algunas planchas metálicas revelando una escotilla curva. Después metieron el cuerpo en un espacio bastante angosto, cerraron la escotilla y volvieron a poner las planchas en su sitio. El tercer Bratsilakin cogió un paño de un panel mural y limpió la sangre que había caído sobre la cubierta. Después, el velludo grupo de clones fue hacia la puerta y se alejó por las escaleras. Yalson miró a Horza y movió la cabeza señalando a un lado.

—Ven conmigo —dijo—. Te enseñaré dónde puedes limpiarte.

Horza la siguió por la cubierta del hangar rumbo a la puerta. Yalson se volvió hacia él mientras caminaban.

—El resto ha ido a comer. Si acabas a tiempo te veré en el comedor. Basta con que te dejes guiar por tu nariz. De todas formas, tengo que cobrar mis ganancias.

—¿Tus ganancias? —preguntó Horza cuando llegaron al umbral.

Yalson puso la mano sobre lo que Horza supuso debían ser interruptores de la luz, se volvió hacia él y le miró a los ojos.

—Claro —dijo, y pulsó uno de los interruptores sobre los que había puesto la mano. La intensidad de las luces no varió, pero Horza sintió una vibración bajo sus pies. Oyó un silbido y lo que parecía una bomba poniéndose en funcionamiento—. Aposté por ti —dijo Yalson.

Se dio la vuelta y subió corriendo por la escalera que había más allá del umbral, saltando los peldaños de dos en dos.

Horza contempló el hangar vacío y la siguió.

La Turbulencia en cielo despejado expulsó el fláccido cuerpo de Zallin unos segundos antes de que la nave volviera al hiperespacio y sus tripulantes se sentaran a la mesa. El hombre vivo dentro de un traje que habían encontrado fue sustituido por un joven muerto que vestía pantalones cortos y una camiseta deshilachada, un cadáver que empezó a congelarse y dar vueltas lentamente sobre sí mismo mientras un delgado cascarón de moléculas de aire se iba expandiendo a su alrededor como si fuera una imagen de la vida que le había abandonado.

4. El Templo de la Luz

La Turbulencia en cielo despejado se abrió paso por entre la sombra de una luna, dejó atrás una superficie estéril puntuada de cráteres con su trayectoria subiendo y bajando de nivel mientras salvaba la parte superior de un pozo gravitatorio, y acabó descendiendo hacia un planeta azul verdoso cubierto de nubes. Apenas hubo pasado junto a la luna su curso empezó a curvarse y el morro de la nave espacial fue alejándose del planeta para apuntar hacia el espacio. En el punto central de esa curva la Turbulencia en cielo despejado dejó libre su lanzadera, y ésta se deslizó hacia el nebuloso horizonte del planeta y el filo en movimiento de la oscuridad que iba avanzando sobre la superficie del planeta como una capa negra.

Horza estaba sentado en esa lanzadera junto con la mayoría de la abigarrada tripulación de la nave. Todos llevaban puesto su traje espacial y ocupaban angostos bancos en el atestado compartimento de pasajeros de la lanzadera. La variedad de trajes era asombrosa; hasta los tres Bratsilakin llevaban modelos ligeramente distintos. El único ejemplo realmente moderno era el de Kraiklyn, el traje fabricado en Rairch que le había quitado a Horza.

Todos iban armados, y su armamento era tan variado como sus trajes. La mayoría llevaban láseres o, para ser más exactos, lo que la Cultura llamaba SAERC, Sistemas de Armamentos Emisores de Radiación Coherente. Los mejores funcionaban usando longitudes de ondas invisibles al ojo humano. Algunos contaban con cañones de plasma o pistolas pesadas, y uno de los tripulantes poseía un Microobús de aspecto bastante eficiente, pero Horza sólo tenía un rifle de proyectiles, que para colmo era un modelo anticuado, tosco y de disparo bastante lento. El Cambiante lo comprobó por décima o undécima vez y volvió a maldecirlo. También maldijo el viejo traje lleno de fugas que le habían dado; el visor estaba empezando a cubrirse de vaho. Aquello no podía salir bien.

La lanzadera empezó a oscilar y vibrar. Acababa de entrar en contacto con la atmósfera del planeta Marjoin, donde iban a atacar y robar los tesoros de algo llamado el Templo de la Luz.

* * *

La Turbulencia en cielo despejado había necesitado quince días para cubrir los aproximadamente veintiún años luz estándares que separaban el sistema de Sorpen del de Marjoin. Kraiklyn alardeaba de que su nave podía rozar los mil doscientos años luz de velocidad, pero afirmaba que velocidades de semejante magnitud estaban reservadas para los casos de emergencia. Horza había estado inspeccionando la vieja nave, y dudaba mucho de que pudiera alcanzar una velocidad de cuatro cifras sin que los motores que creaban el campo distorsionador esparcieran la nave y todo cuanto contenía por los cielos.

La Turbulencia en cielo despejado era una venerable nave de asalto blindada construida en Hron durante el reinado de una de las últimas dinastías de su declive, y había sido concebida buscando más la resistencia y la fiabilidad que la sofisticación y los alardes técnicos. Dado el nivel de capacidad de su tripulación, Horza opinaba que eso era una suerte. La nave medía unos cien metros de largo, veinte de ancho y quince de altura, con una cola de diez metros situada sobre la parte posterior del casco. A cada lado del casco asomaban los promontorios de las unidades de campo, que parecían pequeñas versiones del casco propiamente dicho. Los promontorios nacían justo detrás del morro y se extendían a lo largo de toda la nave, con muñones de alas en el centro y unas delgadas columnas voladizas conectando las estructuras al casco. La Turbulencia en cielo despejado tenía contornos aerodinámicos y estaba equipada con motores de fusión en la cola, así como con un pequeño propulsor situado en la proa que servía para desplazarse por las atmósferas y los pozos gravitatorios. Horza opinaba que en cuanto a comodidades y alojamientos de la tripulación dejaba mucho que desear.

Le habían asignado el catre ocupado por el difunto Zallin y compartía un cubo de dos metros —designado mediante el eufemismo de «camarote»—, con Wubslin, el mecánico de la nave. Wubslin se otorgaba el título de ingeniero, pero después de unos cuantos minutos de conversación en los que intentó sonsacarle detalles técnicos sobre la Turbulencia en cielo despejado, Horza se dio cuenta de que aquel hombretón corpulento de piel blanquecina sabía muy poco sobre los sistemas más complejos de la nave. Wubslin no era un tipo desagradable, no olía y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, por lo que Horza suponía que la situación podría haber sido mucho peor.

La nave albergaba a dieciocho personas repartidas en nueve camarotes. El Hombre, naturalmente, disponía de todo un camarote para él solo, y los Bratsilakin compartían un recinto de atmósfera más bien pestilente. Los Bratsilakin preferían que su puerta estuviese abierta; el resto de la tripulación prefería cerrarla de un manotazo cuando pasaba junto a ella. Horza se llevó una decepción al descubrir que sólo había cuatro mujeres a bordo. Dos de ellas apenas si salían de su camarote, y se comunicaban con los demás mediante signos y gestos. La tercera era una fanática religiosa que repartía su tiempo libre entre los intentos de convertirle a algo llamado el Círculo de Llamas y el atrincherarse tras la puerta del camarote que compartía con Yalson devorando cerebro-cintas de fantasía. Yalson parecía ser la única hembra normal a bordo, pero a Horza le resultaba bastante difícil pensar en ella como mujer. Aun así, fue quien se tomó la molestia de presentarle a los demás y contarle lo que necesitaba saber sobre la nave y su tripulación.

Horza se aseó en uno de los puntos de lavado de la nave —unos recintos que parecían ataúdes—, y cuando hubo terminado siguió la sugerencia de Yalson y dejó que su nariz le guiara hasta el comedor, donde fue más o menos ignorado pero acabó encontrándose ante un plato con comida. Kraiklyn le lanzó una rápida mirada mientras se sentaba entre Wubslin y un Bratsilakin, apartó los ojos de él y siguió hablando sobre armas, blindajes y tácticas sin prestarle ni la más mínima atención. Después de comer, Wubslin le acompañó hasta su camarote y se marchó. Horza quitó los trastos que cubrían el catre de Zallin, cubrió su dolorido y cansado cuerpo de anciano con unas sábanas medio rotas y se sumió en un profundo sueño.

Cuando despertó recogió los escasos objetos personales de Zallin. Era patético. El joven muerto había poseído unas cuantas camisetas, algunos pantalones cortos, un par de faldellines, una espada oxidada, una colección de dagas baratas con fundas tirando a maltrechas y unos cuantos libros de plástico de gran tamaño para microlector con imágenes en movimiento que repetían incansablemente escenas de viejas guerras mientras se los mantuviera abiertos. Eso era todo. Horza decidió conservar el traje del joven, aunque le quedaba demasiado grande y no era ajustable, y el viejo rifle de proyectiles que Zallin no había cuidado con demasiada devoción.

Envolvió todo lo demás en una de las sábanas más destrozadas y lo llevó al hangar. Todo estaba igual que cuando se había marchado de allí. Nadie se había molestado en mover la lanzadera devolviéndola a su posición original. Yalson estaba ejercitándose desnuda hasta la cintura. Horza se quedó inmóvil en el umbral al final de las escaleras viendo cómo la mujer pasaba de un ejercicio a otro. Yalson saltaba y giraba sobre sí misma, daba volteretas y saltos mortales, hendía el aire con patadas y puñetazos y acompañaba cada movimiento con leves gruñidos. Cuando vio a Horza se quedó quieta.

—Bienvenido. —Yalson se agachó a recoger la toalla que había dejado sobre la cubierta y empezó a frotarse el pecho y los brazos. Una capa de sudor hacía brillar el vello dorado que cubría su piel—. Creía que habías cascado.

—¿He dormido mucho rato? —preguntó Horza.

No tenía ni idea de qué sistema temporal se usaba a bordo de la nave.

—Dos días estándar. —Yalson pasó la toalla por su erizada cabellera y acabó colocándosela sobre los hombros—. De todas formas, tienes mejor aspecto.

—Me siento mejor —dijo Horza.

Aún no se había contemplado en un espejo o un inversor, pero sabía que su cuerpo estaba empezando a volver a la normalidad y que no tardaría en perder la apariencia de anciano que había asumido.

—¿Las cosas de Zallin?

Yalson movió la cabeza señalando el bulto que Horza sostenía en sus manos.

—Sí.

—Te enseñaré cómo funcionan los vactubos. Probablemente lo echaremos al espacio cuando salgamos del campo.

Yalson quitó un par de planchas y abrió la escotilla del tubo que había debajo, Horza dejó caer las cosas de Zallin dentro del cilindro y Yalson cerró la escotilla. El Cambiante captó el olor de su cuerpo recalentado y cubierto de transpiración y descubrió que le gustaba, pero en la actitud de Yalson no había nada indicador de que pudieran llegar a ser algo más que amigos. Bueno, mientras estuviera a bordo de esta nave se conformaría con la amistad. No cabía duda de que necesitaba alguien a quien llamar amigo.

Después fueron al comedor a tomar un bocado. Horza estaba hambriento. Su cuerpo exigía comida para reconstruirse y añadir un poco más de carne a la delgada y frágil silueta que había asumido cuando adoptó la identidad del ministro de Ultramundo de la Gerontocracia de Sorpen.

«Al menos la autococina funciona y el campo antigravitatorio parece bastante regular», pensó Horza. Los camarotes atestados, la comida podrida y un campo gravitatorio errático o mal ajustado siempre le habían horrorizado.

* * *

—Zallin no tenía amigos —dijo Yalson meneando la cabeza mientras se metía algo de comida en la boca.

Estaban sentados juntos en el comedor. Horza quería saber si existía algún tripulante que pudiera sentir deseos de vengar al joven.

—Pobre bastardo… —repitió Horza.

Dejó su cuchara sobre la mesa y sus ojos se clavaron en el otro extremo de aquel pequeño recinto de techo muy bajo destinado a comedor, perdiéndose en la nada durante un segundo. Volvió a sentir en sus manos la vibración veloz e irrevocable de aquel hueso partiéndose, y el ojo de su mente vio romperse la columna vertebral, el desplomarse sobre sí misma de la tráquea y las arterias que se comprimían acabando con la vida del joven como si alguien hubiera hecho girar un dial. Meneó la cabeza.

—¿De dónde era?

—¿Quién sabe? —Yalson se encogió de hombros. Se dio cuenta de la expresión que había en el rostro de Horza y, entre masticación y masticación, añadió:— Él te habría matado, ¿comprendes? Está muerto. Olvídale. Sí, claro, ya sé que resulta muy duro pero… De todas formas, era un tipo bastante aburrido.

Tragó otro bocado de comida.

—Me preguntaba si había alguien a quien debiera enviarle alguno de sus objetos personales. Amigos, relaciones o…

—Mira, Horza —dijo Yalson volviéndose hacia él—, cuando subes a esta nave dejas de tener un pasado. Preguntarle a alguien de dónde viene o lo que hizo con su vida antes de unirse a esta tripulación se considera una falta de educación muy grave. Puede que todos tengamos algunos secretos o quizá sea que no queremos hablar o pensar en ciertas cosas que hemos hecho, o algunas de las cosas que nos han hecho… Tanto da. No intentes averiguar nada sobre nadie. En esta nave sólo hay un sitio donde puedas gozar de cierta intimidad, y se encuentra entre tus orejas, así que intenta sacarle el máximo provecho. Si vives el tiempo suficiente puede que alguien quiera contarte todos sus secretos y problemas, probablemente cuando haya bebido demasiado, pero cuando llegue ese momento quizá no tengas demasiadas ganas de escucharle. Mi consejo es que te olvides de eso por ahora. —El Cambiante abrió la boca para decir algo, pero Yalson se le adelantó—. Te contaré todo lo que sé y así te ahorrarás el esfuerzo de preguntarlo. —Dejó la cuchara sobre la mesa, se limpió los labios con un dedo y giró en su asiento hasta quedar de cara a él. Alzó una mano. El vello de sus antebrazos y el dorso de sus manos hacía que su piel morena pareciera estar rodeada por una aureola dorada. Estiró un dedo—. Uno, la nave. Lleva centenares de años por el espacio y la fabricaron en Hron. Ha tenido por lo menos una docena de propietarios, y ninguno la ha cuidado demasiado. El láser de proa no funciona porque nos lo cargamos intentando alterar la longitud de onda. Dos… —Estiró otro dedo—. Kraiklyn ha poseído esta nave desde que le conocemos. Dice que la ganó en una partida de Daño no se sabe dónde justo antes de la guerra. Sé que juega, pero no sé si es bueno o no. No importa, supongo que eso es asunto suyo… Oficialmente se nos conoce como la CLK, la Compañía Libre de Kraiklyn, y él es el jefe. Es un líder bastante bueno y cuando las cosas se ponen duras no le importa arriesgar el pellejo con los demás. Siempre va delante, y según mis reglas eso le convierte en un buen tipo. Su truco es que nunca duerme. Tiene un…, ah…, una… —Yalson frunció el ceño en un obvio esfuerzo para dar con las palabras adecuadas—. Una división de tareas hemisférica cerebral aumentada. Una mitad duerme una tercera parte del tiempo y entonces se le nota un poco soñoliento y no muy despejado; después la otra mitad duerme su tercera parte del tiempo, y entonces es todo lógica y números y no puede comunicarse demasiado bien. En cuanto al tercio de tiempo restante lo reserva para cuando está en acción o cuando hay alguna emergencia, y entonces los dos lados están despiertos y funcionando. Eso hace que no exista forma alguna de pillarle desprevenido roncando en su catre.

—Clones paranoicos y un Hombre con un sistema de turnos craneales… —Horza meneó la cabeza—. De acuerdo, sigue.

—Tres, no somos mercenarios —dijo Yalson—. Somos una Compañía Libre. La verdad es que somos unos meros piratas, pero si ése es el nombre que Kraiklyn quiere darnos, eso es lo que somos. En teoría cualquiera puede unirse a nosotros siempre que coma la comida y respire el aire de la nave, pero en la práctica Kraiklyn se muestra un poquito más selectivo, y apuesto a que le gustaría poder serlo todavía más. Tanto da… Hemos cumplido unos cuantos contratos, casi todos de protección, y hemos hecho un par de escoltas a lugares del tercer nivel que se han encontrado atrapados en plena guerra, pero nuestra ocupación principal es atacar y robar allí donde suponemos que la confusión creada por la guerra hace probable que no tengamos problemas con la ley. Eso es lo que vamos a hacer en el sitio adonde vamos. Kraiklyn oyó hablar de un lugar llamado el Templo de la Luz que se encuentra en un planeta perdido casi-nivel-tres y piensa que será fácil entrar y será fácil salir…, por usar una de sus frases favoritas. Según él, ese templo está repleto de sacerdotes y tesoros. Mataremos a los sacerdotes y nos llevaremos los tesoros. Después nos dirigiremos hacia el Orbital Vavatch antes de que la Cultura dé la alarma y compraremos algo con que sustituir nuestro láser de proa. Supongo que los precios deben estar bastante bajos. Si nos quedamos por allí el tiempo suficiente es probable que acaben dándonos lo que queremos sin pedir nada a cambio…

—¿Qué está ocurriendo en Vavatch? —preguntó Horza.

Aquello era algo nuevo para él. Sabía que el gran Orbital se encontraba en la zona de guerra, pero creía que el ser propiedad de un grupo de grandes corporaciones serviría para mantenerlo fuera de la línea de fuego.

—¿Es que tus amigos idiranos no te lo han explicado? —Yalson bajó la mano que había utilizado para ir contando—. Bueno… —dijo al ver que Horza se limitaba a encogerse de hombros—. Como probablemente sabes, los idiranos están avanzando por todo el flanco interno del Golfo, el Acantilado Resplandeciente. La Cultura parece estar dispuesta a plantarles cara, aunque sólo sea para variar, o por lo menos da la impresión de hacer preparativos en ese sentido. Al principio parecía que acabarían llegando a uno de sus acuerdos habituales y Vavatch sería considerado territorio neutral. Esa manía religiosa centrada en los planetas que tienen los idiranos hacía que no estuvieran demasiado interesados en el O siempre que la Cultura no intentara utilizarlo como base, y la Cultura prometió que no lo haría. Mierda, con esas UGC tan jodidamente grandes que han empezado a construir últimamente no necesitan bases en Orbitales, Anillos, planetas ni nada semejante… Bueno, el caso es que todo Vavatch pensaba que la cosa acabaría yendo sobre ruedas, muchas gracias, y hasta debían imaginarse que ese tiroteo galáctico a su alrededor les permitiría hacer grandes negocios… Pero de repente los idiranos anunciaron que iban a tomar el control de Vavatch, aunque sólo de forma nominal; no habría presencia militar. La Cultura dijo que no pensaba consentirlo, los dos bandos se negaron a abandonar sus preciosos principios, y la Cultura dijo: «De acuerdo, si no os echáis atrás volaremos el Orbital antes de que lleguéis allí». Y eso es lo que está ocurriendo. La Cultura piensa evacuar todo el maldito Orbital y volarlo en pedazos antes de que las flotas de combate idiranas hayan tenido tiempo de llegar allí.

—¿Piensan evacuar un Orbital? —preguntó Horza.

Era la primera noticia que tenía al respecto. Los idiranos no habían hecho una sola referencia al Orbital Vavatch en ninguna de las reuniones que mantuvieron con él, e incluso cuando adoptó la personalidad de Egratin, ministro de Ultramundo, la mayoría de noticias que le llegaban del exterior eran meros rumores. Cualquier idiota podía darse cuenta de que el volumen de espacio alrededor del Golfo Sombrío iba a convertirse en un campo de batalla que mediría centenares de años luz de longitud, otros tantos de altura y varias décadas de profundidad, pero Horza no había logrado averiguar qué estaba ocurriendo realmente. No cabía duda de que el ritmo de la guerra había cambiado para volverse todavía más frenético, pero aun así sólo un lunático podía concebir la idea de evacuar a todos los habitantes de un Orbital.

Pero Yalson asintió.

—Eso es lo que dicen. No me preguntes de dónde sacarán las naves para semejante evacuación, pero eso es lo que dicen que harán.

—Están locos.

Horza meneó la cabeza.

—Sí, bueno… Creo que eso ya quedó demostrado cuando decidieron ir a la guerra.

—Cierto. Lo siento. Sigue —dijo Horza moviendo una mano.

—He olvidado lo que iba a decir. —Yalson sonrió, contempló los tres dedos que había extendido como si pudieran darle alguna pista al respecto y acabó alzando los ojos hacia Horza—. Bien, creo que eso es todo, más o menos… Mi consejo es que mantengas la cabeza agachada y no abras la boca hasta que lleguemos a Marjoin y a ese templo, y ahora que lo pienso bien… Bueno, una vez hayamos llegado allí sigue con la cabeza agachada. —Se rió, y Horza se encontró riendo con ella. Yalson asintió y cogió la cuchara que había dejado sobre la mesa—. Si sales bien librado de él, haber compartido un tiroteo con la tripulación hará que todo el mundo se sienta más dispuesto a aceptarte. No importa lo que hayas hecho en el pasado, y lo de Zallin tampoco cuenta; por ahora eres el bebé de la nave.

Horza la contempló con expresión dubitativa mientras pensaba en lo peligroso que podía ser atacar cualquier sitio —incluso un templo que carecía de sistemas defensivos—, con un traje de segunda mano y un rifle de proyectiles en el que no se podía confiar.

—Bueno —suspiró metiendo la cuchara en el plato—, mientras no se os ocurra volver a hacer apuestas sobre de que lado caeré…

Yalson le contempló en silencio durante un segundo, sonrió y volvió a concentrar su atención en la comida.

* * *

Pese a lo que le había dicho Yalson, el Hombre demostró que deseaba averiguar algo más sobre el pasado de Horza. Kraiklyn le invitó a su camarote. El cubículo estaba limpio y ordenado, con todos los objetos guardados, asegurados con redes o atornillados, y el aire olía agradablemente a frescura y limpieza. El suelo estaba cubierto con una alfombra de absorción e hileras de libros ocultaban toda una pared. Un modelo de la Turbulencia en cielo despejado colgaba del techo, y un rifle láser de considerable tamaño adornaba otra pared. El arma parecía un modelo de gran potencia: la mochila de la batería era muy voluminosa y el cañón terminaba en un divisor de rayo. Las suaves luces del camarote hacían que el metal reluciera como si estuviese recién limpiado.

—Siéntate —dijo Kraiklyn, señalando una silla mientras manipulaba el control de la cama para convertirla en un sofá y se dejaba caer en él.

El Hombre alargó la mano hacia un estante que había a su espalda y cogió dos esnifrascos. Ofreció uno a Horza, quien lo aceptó y rompió el sello. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado aspiró una honda bocanada de los vapores aromáticos que brotaron de su recipiente y tomó un sorbo del líquido. Horza le imitó. Reconoció la sustancia, pero no logró recordar su nombre. Era una de esas que podías inhalar para colocarte o beber limitándote a alcanzar un agradable estado de sociabilidad; los ingredientes activos sólo subsistían unos minutos a temperatura corporal, y la mayoría de conductos digestivos humanoides acababan disgregándolos en vez de absorberlos.

—Gracias —dijo Horza.

—Bueno, tienes mucho mejor aspecto que cuando te metimos en la nave —dijo Kraiklyn contemplando el pecho y los brazos de Horza.

Cuatro días de reposo y buena alimentación habían hecho que el Cambiante recuperara casi plenamente su aspecto normal. Su tronco y sus miembros habían ido acumulando carne hasta aproximarse bastante a su apariencia musculosa habitual, y su estómago no había aumentado. Su piel se había tensado cobrando un lustre entre marrón y dorado, y su rostro parecía más firme y, aun así, más flexible. Las raíces del cabello que le estaba saliendo eran de color oscuro; Horza ya había cortado los ralos mechones blanco amarillentos del Gerontócrata. Sus dientes venenosos también se estaban regenerando, pero harían falta unos veinte días más antes de que le fuera posible volver a utilizarlos.

—También me siento mucho mejor.

—Hmmm… Lo de Zallin fue una lástima, pero estoy seguro de que comprendes mi posición, ¿verdad?

—Claro. Me alegra que me dieras una oportunidad. Algunas personas habrían acabado conmigo y me habrían echado al espacio.

—La idea pasó por mi mente —dijo Kraiklyn mientras jugueteaba con el esnifrasco—, pero tuve la sensación de que había algo de verdad en tus afirmaciones. No es que creyera todo eso de la droga para envejecer y los idiranos, pero pensé que quizá supieras luchar. Aun así, creo que tuviste mucha suerte, ¿eh? —Sonrió y Horza le devolvió la sonrisa. Kraiklyn alzó los ojos hacia los libros que ocupaban toda la pared opuesta—. De todas formas, Zallin era una especie de peso muerto. Me comprendes, ¿verdad? —Sus ojos volvieron a posarse en el rostro de Horza—. Ese chaval apenas sí sabía con qué extremo de su rifle debía apuntar… Estaba pensando en dejarle tirado cuando llegáramos a nuestra siguiente parada.

Kraiklyn aspiró otra bocanada de vapores.

—Bueno vuelvo a decirte lo de antes… Gracias.

Horza estaba llegando a la decisión de que su primera impresión sobre Kraiklyn —que el Hombre era un mierda—, había sido más o menos correcta. Si pensaba librarse de Zallin no había ninguna razón para que la pelea fuese a muerte. Horza o Zallin podían haberse alojado en el hangar o en la lanzadera. Desde luego, una persona más no habría hecho que los recintos de la Turbulencia en cielo despejado estuvieran más despejados durante el tiempo que se tardaba en llegar a Marjoin, pero el trayecto no era tan largo, y no se habrían quedado cortos de aire ni nada parecido. Kraiklyn quería un espectáculo, así de simple.

—Te estoy muy agradecido —dijo Horza.

Alzó el esnifrasco ante el rostro del capitán antes de hacer otra breve inhalación y observó atentamente su expresión.

—Bueno cuéntame qué tal es trabajar para esos tipos con tres piernas —dijo Kraiklyn, sonriendo y apoyando un brazo en el estante que había junto a su sofá-cama. Enarcó las cejas—. ¿Hmmm?

 «Aja», pensó Horza.

—No tuve mucho tiempo para descubrirlo —dijo Horza—. Hace cinco días aún era capitán de los marines de Sladden. Supongo que no habrás oído hablar de eso, ¿verdad? —Kraiklyn meneó la cabeza. Horza se había pasado los dos últimos días trabajando en su historia, y sabia que si Kraiklyn se tomaba la molestia de hacer algunas comprobaciones descubriría que existía un planeta con ese nombre, que sus habitantes eran básicamente humanoides y que habían caído recientemente bajo la soberanía idirana—. Bueno, los idiranos iban a ejecutarnos porque seguimos combatiendo después de la rendición, pero me sacaron de la celda y me dijeron que si hacía un trabajito para ellos podría seguir vivo. Dijeron que me parecía mucho a un viejo al que deseaban tener de su lado… si le eliminaban, ¿sería capaz de fingir que era él? Qué diablos, pensé yo ¿Qué puedo perder? Tomé la droga y acabé en Sorpen fingiendo ser un ministro del gobierno. Todo fue bastante bien hasta que apareció esa mujer de la Cultura que me dejó con el culo al aire y casi consiguió que me mataran. Se disponían a acabar conmigo cuando apareció un crucero idirano que venía a capturarla. Me rescataron, la hicieron prisionera y volvíamos a reunimos con la flota cuando fuimos atacados por una UGC. Me metieron en ese traje y me lanzaron por la escotilla para que esperase la llegada de la flota.

Horza tenía la esperanza de que su historia no sonase demasiado ensayada. Kraiklyn clavó los ojos en el esnifrasco y frunció el ceño.

—He estado haciéndome algunas preguntas sobre eso… —Miro a Horza—. ¿Qué razones podía tener ese crucero para actuar en solitario con toda una flota detrás?

Horza se encogió de hombros.

—La verdad es que no tengo ni idea. Apenas si tuvieron tiempo de hablar conmigo antes de que la UGC surgiera de la nada. Supongo que debían de tener muchas ganas de echarle el guante a esa mujer de la Cultura, y pensaron que si esperaban la llegada de la flota la UGC la localizaría y saldría huyendo con ella.

Kraiklyn asintió con expresión pensativa.

—Hmmm… Sí, debían de tener muchas ganas de echarle el guante. ¿Llegaste a verla?

—Oh, sí, desde luego. Antes de que me delatara y después.

—¿Qué aspecto tenía?

Kraiklyn frunció el ceño y volvió a juguetear con su esnifrasco.

—Alta, delgada, bastante guapa pero también bastante desagradable. Demasiado condenadamente lista para mi gusto… Bastante parecida a todas las mujeres de la Cultura que he conocido. Lo que quiero decir es… Todas son distintas, ya sabes, pero ella no tenía nada raro que la hubiera hecho destacar.

—Dicen que algunos de esos agentes de la Cultura son gente muy especial. Se supone que son capaces de… Saben hacer trucos, ¿entiendes? Toda clase de adaptaciones especiales, una química corporal de lo más rara… ¿Hizo algo especial de lo que llegaras a enterarte?

Horza meneó la cabeza preguntándose adónde querría ir a parar con todo aquello.

—No que yo sepa —dijo.

Una química corporal de lo más rara, había dicho Kraiklyn. ¿Estaría empezando a sospechar? ¿Pensaba que Horza era un agente de la Cultura…, o un Cambiante? Kraiklyn seguía con los ojos clavados en su esnifrasco.

—Esas mujeres de la Cultura… —dijo asintiendo con la cabeza—. Son las únicas con las que me gustaría tener alguna clase de relación. Dicen que están llenas de… alteraciones, ¿entiendes? —Kraiklyn miró a Horza y le guiñó un ojo mientras tomaba otra inhalación de la droga—. Los hombres tienen pelotas especiales entre las piernas, ¿no? Una especie de mecanismo recirculante… Y las mujeres también tienen algo similar; se supone que son capaces de joder durante horas y horas… Bueno, por lo menos durante minutos…

Los ojos de Kraiklyn se habían vuelto ligeramente vidriosos y su voz acabó desvaneciéndose en el silencio. Horza intentó no dejar traslucir el desprecio que sentía. «Ya volvemos a empezar», pensó. Intentó contar el número de veces en que había tenido que escuchar cómo alguien —normalmente gente de sociedades situadas en el tercer nivel o el estrato más bajo del cuarto, normalmente bastante cercanas al tipo humanoide básico y, casi siempre, del sexo masculino—, hablaba en voz baja con una envidiosa admiración de lo Mucho Más Divertida que es la Cultura. En cuanto a ésta, prefería mostrarse perversamente púdica —aunque sólo fuese por una vez—, y tendía a minimizar la importancia que esos genitales alterados jugaban en la herencia de quienes habían nacido dentro de ella.

Naturalmente, esa modestia sólo servía para aumentar el interés de quienes no pertenecían a la Cultura, y cuando se topaba con humanos que exhibían esa especie de respeto temeroso ante la sexualidad cuasi-tecnológica que la Cultura engendraba con tanta frecuencia, Horza siempre tenía que luchar contra la tentación de enfadarse. Viniendo de Kraiklyn, aquello no le sorprendió ni pizca. Se preguntó si el Hombre se habría sometido a alguna operación de cirugía barata al estilo Cultura. Era algo bastante común, y también resultaba bastante peligroso. Esas alteraciones solían ser meros trabajos de fontanería, especialmente en el caso de los varones, y quienes las llevaban a cabo no hacían ni el más mínimo intento de mejorar el corazón y el resto del sistema circulatorio —por lo menos—, para que pudiera vérselas con el aumento de esfuerzo. (En la Cultura, naturalmente, ese tipo de capacidades formaban parte del genotipo fijo.) El resultado habitual de imitar aquel síntoma propio de la Cultura era, literalmente, un corazón destrozado. «Supongo que ahora oiremos hablar de esas maravillosas glándulas que fabrican drogas», pensó Horza.

—Sí, y también tienen esas glándulas de drogas —siguió diciendo Kraiklyn, con los ojos vidriosos y asintiendo para sí mismo—. Se supone que son capaces de atizarse una dosis de casi cualquier cosa cuando les dé la gana. —Kraiklyn acarició el esnifrasco que sostenía entre los dedos—. Ya sabes lo que cuentan, ¿no? Eso de que no puedes violar a una mujer de la Cultura… —No parecía esperar ninguna respuesta. Horza guardó silencio. Kraiklyn volvió a asentir con la cabeza—. Sí, no cabe duda de que esas mujeres tienen mucha clase… No son como la mierda que hay a bordo de esta nave. —Se encogió de hombros y tomó otra inhalación del esnifrasco—. Aun así…

Horza carraspeó para aclararse la garganta y se inclinó hacia adelante sin mirar a Kraiklyn.

—De todas formas está muerta —dijo alzando los ojos.

—¿Hmmm? —exclamó Kraiklyn con expresión ausente lanzándole una mirada al Cambiante.

—La mujer de la Cultura —dijo Horza—. Está muerta.

—Oh, sí. —Kraiklyn asintió y carraspeó—. Bueno, ¿qué quieres hacer? Espero que nos acompañes en lo del templo. Creo que nos debes ese favor a cambio del viaje, ¿no?

—Oh, sí, no te preocupes por eso —dijo Horza.

—Estupendo. Después de eso…, ya veremos. Si te adaptas podrás quedarte; si no, te dejaremos donde quieras…, dentro de unos límites razonables, como suele decirse. Esta operación no debería darnos ninguna clase de problemas: entrada fácil, salida fácil. —Kraiklyn movió la mano en una lenta curva hacia abajo, como si ésta fuera el modelo de la Turbulencia en cielo despejado que colgaba sobre la cabeza de Horza—. Después iremos a Vavatch. —Aspiró otra bocanada de vapores del esnifrasco—. Supongo que no sabes jugar al Daño, ¿hmmm?

Dejó el esnifrasco sobre el estante y Horza contempló aquellos ojos de animal de presa a través de las hilachas de niebla que brotaban del recipiente. Meneó la cabeza.

—No es uno de mis vicios. La verdad es que nunca he tenido ocasión de aprender cómo se juega.

—Ya, claro, me lo imagino. Es el único juego que merece la pena. —Kraiklyn asintió con la cabeza—. Aparte de esto… —Sonrió y miró a su alrededor. Estaba claro que se refería a la nave, la tripulación y lo que hacían—. Bueno —dijo Kraiklyn sonriendo e irguiéndose en el sofá—, creo que ya te he dado la bienvenida a bordo, pero de todas formas… Bienvenido a bordo. —Se inclinó hacia adelante y le dio una palmadita en el hombro—. Siempre que recuerdes quién es el jefe, ¿eh?

Le obsequió con una gran sonrisa.

—La nave es tuya —dijo Horza.

Apuró el contenido del esnifrasco, y lo puso en un estante junto a un holocubo que mostraba a Kraiklyn vestido con su traje negro empuñando el mismo rifle láser que colgaba de la pared.

—Creo que nos llevaremos estupendamente, Horza. Tienes que entrenarte un poco y familiarizarte con los demás, y luego le daremos una buena paliza a esos monjes. ¿Qué dices?

El Hombre volvió a guiñarle el ojo.

—Puedes apostar a que sí —replicó Horza.

Se puso en pie y sonrió.

Kraiklyn le abrió la puerta para que saliera del camarote.

«Y mi próximo truco será… —pensó Horza tan pronto como estuvo fuera del camarote y se encontró caminando por el pasillo rumbo a la cocina—, adoptar la personalidad de… ¡el capitán Kraiklyn!»

* * *

Durante los días siguientes Horza llegó a conocer bastante bien al resto de la tripulación. Habló con los que querían hablar, y observó o se dedicó a aguzar el oído para enterarse de algunas cosas sobre los que no tenían ganas de charla. Yalson seguía siendo su única amiga, pero se llevaba bastante bien con Wubslin, su compañero de camarote, aunque el corpulento ingeniero era un tipo callado y cuando no estaba comiendo o trabajando solía pasarse casi todo el tiempo dormido. Los Bratsilakin parecían haber decidido que Horza probablemente no estaba contra ellos, pero daban la impresión de reservarse su opinión sobre si estaba a favor hasta que llegaran a Marjoin y al Templo de la Luz.

La fanática religiosa que compartía el camarote con Yalson se llamaba Dorolow. Era más bien regordeta, de tez clara y cabellos rubios, y sus enormes orejas se curvaban hacia abajo hasta rozarle las mejillas. Hablaba con una voz muy aguda parecida a un graznido que, según ella, apenas si era audible, y le lloraban mucho los ojos. Sus movimientos eran tan nerviosos como los de un pájaro asustado.

El más viejo de la Compañía era Aviger, un hombrecillo curtido por los años y la vida al aire libre de piel morena y escasa cabellera. Aviger era capaz de ejecutar prodigios de flexibilidad con sus brazos y sus piernas, cosas como ponerse las manos detrás de la espalda y pasarlas por encima de su cabeza sin separar los dedos. Compartía un camarote con un hombre llamado Jandraligeli, un mondliciano alto y delgado de mediana edad que lucía las cicatrices rituales en la frente típicas de su mundo natal con orgullo y contemplaba con una mirada de inmutable desprecio a todos los que le rodeaban. El mondliciano ignoraba concienzudamente a Horza, pero Yalson le dijo que siempre hacía lo mismo con cada recluta nuevo. Jandraligeli pasaba mucho rato ocupándose de su traje, un modelo viejo pero bien cuidado, y haciendo que su rifle láser estuviera limpio y reluciente.

Gow y kee-Alsoforus eran las dos mujeres que apenas si se relacionaban con nadie y se suponía que cuando estaban solas dentro de su camarote «hacían cosas», lo cual parecía irritar considerablemente a los varones menos tolerantes de la Compañía…, es decir, a la mayoría de ellos. Las dos mujeres eran bastante jóvenes y apenas si hablaban el marain. Horza pensaba que quizá eso era lo que las mantenía tan aisladas, pero acabó descubriendo que las dos eran bastante tímidas. Eran de talla media y peso medio, y tenían la piel grisácea y rasgos muy pronunciados, con ojos que parecían lagos negros. Horza pensaba que quizá fuera una suerte que no mirasen nunca a la cara de los demás; con semejantes ojos una mirada suya podía resultar una experiencia de lo más inquietante.

Mipp era un hombretón gordo y sombrío con la piel negra como el azabache. Podía pilotar la nave manualmente cuando Kraiklyn no estaba a bordo y la Compañía necesitaba apoyo aéreo, o podía sentarse ante los controles de la lanzadera. Se suponía que también era bueno con el cañón de plasma o el rifle de proyectiles rápidos, pero tenía cierta propensión a las rabietas y solía acabar en un peligroso estado de embriaguez provocada por toda una variedad de líquidos ponzoñosos que obtenía de la autococina. Horza le oyó vomitar en una o dos ocasiones. Mipp compartía un camarote con otro borracho llamado Neisin que era bastante más sociable y se pasaba la vida cantando. Neisin tenía algo terrible que olvidar —o se había convencido a sí mismo de ello—, y aunque bebía de una forma más abundante y regular que Mipp, algunas de sus peores borracheras terminaban sumiéndole en el silencio y en terribles ataques de llanto. Neisin era bajito y flaco, y Horza se preguntaba dónde debía de guardar toda la bebida que consumía, y cómo era posible que aquella cabeza compacta de cráneo rasurado pudiera contener tal cantidad de lágrimas. Quizá hubiera sufrido alguna especie de corto circuito entre su garganta y sus conductos lagrimales…

Tzbalik Odraye era el genio informático de la nave. En teoría, entre él y Mipp podían anular la pauta de órdenes y fidelidades que Kraiklyn había programado en el ordenador no consciente de la Turbulencia en cielo despejado y largarse con la nave, por lo que nunca se les permitía estar juntos a bordo cuando Kraiklyn no se hallaba presente. De hecho, Odraye no estaba muy versado en ordenadores, cosa que Horza descubrió mediante un interrogatorio bastante serio al que se las arregló para dar la apariencia de una conversación casual. Aun así, Horza supuso que aquel hombre alto y ligeramente jorobado de rostro larguirucho y tez amarillenta sabía lo suficiente para vérselas con cualquier posible avería sufrida por el cerebro de la nave, el cual parecía haber sido diseñado más con vistas a la durabilidad que a las finezas filosóficas. Tzbalik Odraye compartía un camarote con Rava Gamdol, quien a juzgar por el vello y el color de la piel parecía nativo del mismo planeta que Yalson, aunque lo negaba. Yalson siempre se mostraba bastante vaga sobre el tema, y ninguno de los dos apreciaba mucho al otro. Rava también era un recluso; había cerrado el minúsculo espacio que había alrededor de su litera con paneles y tenía instaladas allí dentro unas cuantas luces y un ventilador. A veces se pasaba días enteros en su minicubículo, entrando en él con un recipiente lleno de agua y emergiendo con el mismo recipiente lleno de orina. Tzbalik Odraye hacía cuanto podía por ignorar a su compañero de camarote, y siempre negaba vigorosamente que se dedicase a soplar el humo de la pestilente hierba citreffesiana que fumaba por los agujeros de ventilación que aireaban el diminuto cubículo de Rava.

El último camarote era compartido por Lenipobra y Lamm. Lenipobra era el miembro más joven de la Compañía; un muchacho larguirucho y algo tartamudo con una asombrosa melena pelirroja. Tenía un tatuaje en la lengua del que estaba muy orgulloso, y aprovechaba cualquier ocasión para exhibirlo. El tatuaje representaba a una mujer humana y era tan tosco como grosero. Lenipobra era lo más parecido a un médico con que contaba la Turbulencia en cielo despejado, y rara vez se le veía sin un pequeño libro-pantalla que contenía uno de los textos sobre medicina panhumana más puestos al día. Lenipobra se lo enseñó con orgullo a Horza, incluyendo algunas de las páginas móviles, una de las cuales mostraba con gran abundancia de vividos colores las técnicas básicas para tratar quemaduras. Lenipobra parecía considerar que todo aquello era muy divertido. Horza hizo una anotación mental diciéndose que debía hacer todo lo posible para salir ileso del Templo de la Luz. Lenipobra tenía los brazos muy largos y flacos, y pasaba una cuarta parte de cada día estándar desplazándose sobre las manos y los pies, aunque Horza no logró descubrir si esto era algo natural en su especie o una mera afectación.

Lamm era más bien bajo, pero parecía sólido y tenía montones de músculos. Poseía dos pares de cejas y unos pequeños cuernos injertados que asomaban entre su no muy abundante pero negrísima cabellera sobre un rostro que, normalmente, intentaba mostrase una expresión lo más agresiva y amenazadora posible. Lamm hablaba más bien poco entre operación y operación, y cuando hablaba solía ser sobre batallas en las que había estado, gente a la que había matado, armas que había usado y ese tipo de cosas. Lamm se consideraba el segundo de a bordo, pese a que la política de Kraiklyn era tratar a todo el mundo igual. De vez en cuando Lamm les recordaba que no debían darle problemas. Iba bien armado y era mortífero, y su traje llevaba incorporado un artefacto nuclear que, según afirmaba, prefería detonar al ser capturado. La deducción que parecía esperar sacaran de esas afirmaciones era que si se cabreaba lo suficiente podía ser capaz de hacer estallar su fabulosa bomba nuclear en un mero acto de irritación.

* * *

—¿Por qué diablos me estás mirando de esa forma? —preguntó la voz de Lamm entre una tempestad de estática mientras Horza estaba sentado en la lanzadera temblando y agitándose dentro de aquel traje que le quedaba demasiado grande.

Horza se dio cuenta de que había estado mirando a Lamm, quien estaba sentado justo enfrente de él. Apretó el botón del micro de su cuello.

—Estaba pensando en otra cosa —dijo.

—No quiero que me mires.

—Todos tenemos que mirar a algún sitio, ¿no? —bromeó Horza, intentando calmar al hombre del traje negro y el casco con visor gris.

El traje negro hizo un gesto con la mano que no empuñaba el rifle láser.

—Bueno, pues no me jodas, ¿eh? Se acabó el mirarme.

Horza dejó que su mano se apartara del cuello. Meneó la cabeza dentro del casco de su traje. Le quedaba tan grande que el casco ni se movió. Clavó los ojos en la sección del fuselaje que había sobre la cabeza de Lamm.

Iban a atacar el Templo de la Luz. Kraiklyn estaba sentado ante los controles de la lanzadera dirigiéndola en un vuelo rasante sobre los bosques de Marjoin. Aún contaban con la protección de la noche, e iban hacia la línea del amanecer que empezaba a asomar sobre la compacta y humeante masa de verdor. El plan era que la Turbulencia en cielo despejado volvería a acercarse al planeta con el sol muy bajo detrás de ella, utilizando sus proyectores contra cualquier clase de equipo electrónico que pudiera haber en el templo mientras hacía tanto ruido y creaba tantos destellos como le fuera posible con sus láseres secundarios y unas cuantas bombas de fragmentación. La diversión absorbería cualquier capacidad defensiva de que pudiesen disponer los monjes, y la lanzadera se dirigiría en línea recta hacia el templo para desembarcar a la tripulación o, si había alguna reacción hostil, se posaría en el bosque al lado nocturno del templo y descargaría su pequeño contingente de soldados con traje espacial allí. Los miembros de la Compañía se dispersarían y, si les era posible, utilizarían sus antigravitatorios para volar hasta el templo o —como en el caso de Horza—, tendrían que arrastrarse, reptar, caminar o correr lo más rápido posible hasta llegar al grupo de torres achaparradas y edificios de poca altura con paredes curvas que formaban el Templo de la Luz.

Horza apenas si podía creer que fuesen a atacar sin haber efectuado ninguna clase de reconocimiento preliminar; pero cuando interrogó a Kraiklyn sobre ese punto durante la reunión previa al desembarco celebrada en el hangar éste insistió en que un reconocimiento podía acabar con el elemento sorpresa. Poseía mapas muy precisos del lugar y tenía un buen plan de batalla. Si todos se atenían al plan nada iría mal. Los monjes no eran unos completos imbéciles, y el planeta había sido Contactado, por lo que no cabía duda de que estaban enterados de la guerra que hacía estragos a su alrededor. Por lo tanto, y por si se daba el caso de que la secta hubiera contratado los servicios de algún equipo de observación, lo más prudente era no intentar ningún reconocimiento que pudiera delatar su presencia. Y, de todas formas, los templos nunca cambiaban demasiado, ¿verdad?

Horza y algunos de los demás no se dejaron impresionar mucho por aquella lectura de la situación, pero no podían hacer nada al respecto. Y aquí estaban ahora, sudando, nerviosos y siendo agitados como los ingredientes de un cóctel dentro de aquella lanzadera destartalada, avanzando por una atmósfera potencialmente hostil a velocidades hipersónicas. Horza lanzó un suspiro y volvió a comprobar su rifle.

El rifle era tan viejo y poco digno de confianza como la antigualla que llevaba por armadura; cuando lo usó a bordo de la nave con proyectiles de fogueo el mecanismo se atascó dos veces. Su propulsor magnético parecía funcionar razonablemente bien, pero a juzgar por la dispersión tendiendo a errática de los proyectiles el arma apenas si se podía apuntar con precisión. Los proyectiles eran bastante grandes —por lo menos tenían el calibre de un siete milímetros, y tres veces su longitud—, y el arma podía contener un máximo de cuarenta y ocho y dispararlos a una velocidad que no excedía los ocho por segundo. Por increíble que pareciera, aquellos proyectiles inmensos ni tan siquiera estaban rellenos de explosivos: no eran más que masas sólidas de metal. Y, para colmo, la mira no funcionaba; cada vez que se conectaba la pantallita quedaba invadida por una neblina rojiza. Horza suspiró.

—Nos encontramos a unos trescientos metros por encima de los árboles —dijo la voz de Kraiklyn desde la cubierta de vuelo de la lanzadera—, y vamos a una vez y media la velocidad del sonido. La Turbulencia en cielo despejado acaba de empezar a moverse. Otros dos minutos… Puedo ver el alba. Buena suerte a todos.

La voz chisporroteó en el casco de Horza y acabó extinguiéndose. Algunas de las figuras intercambiaron miradas. Horza volvió la cabeza hacia Yalson, quien estaba sentada al otro lado de la lanzadera a unos tres metros de distancia, pero tenía el visor en modalidad espejo. No había forma de saber si estaba mirándole o no. Sintió deseos de decirle algo, pero no quería molestarla usando el circuito abierto por si se daba el caso de que estuviera concentrándose y preparándose para lo que les esperaba. Dorolow estaba sentado junto a Yalson, con su mano enguantada trazando el signo del Círculo de Llamas encima del visor de su casco.

Horza repiqueteó con los dedos sobre su viejo rifle y sopló para dispersar la neblina de condensación que estaba formándose en la parte superior de su visor. Quizá debería aprovechar que seguían estando en la atmósfera de la lanzadera para abrirlo un rato…

La lanzadera tembló como si acabara de rozar la cima de una montaña. Todo el mundo fue arrojado hacia adelante tensando los arneses de su asiento, y un par de armas salieron disparadas hacia arriba y hacia adelante para estrellarse contra el techo de la lanzadera antes de caer y rebotar en la cubierta. La tripulación aferró sus armas o intentó recuperarlas y Horza cerró los ojos; no le habría sorprendido que alguno de aquellos entusiastas se hubiera olvidado de poner el seguro. Pero las armas fueron recuperadas sin que se produjera ningún percance, y sus propietarios volvieron a quedarse inmóviles mirando a su alrededor mientras las acunaban nerviosamente.

—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó Aviger, y dejó escapar una carcajada temblorosa.

La lanzadera dio comienzo a unas cuantas maniobras bastante difíciles, arrojando a una mitad del grupo contra el mamparo que tenían a la espalda mientras los del otro lado quedaban suspendidos de sus arneses. Después cambió de dirección y los papeles quedaron invertidos. El canal abierto del casco de Horza le trajo un abundante surtido de gruñidos y maldiciones. La lanzadera descendió a toda velocidad haciendo que el estómago de Horza sintiera el aleteo de algo que flota en el vacío, y volvió a estabilizarse.

—Un poco de fuego hostil —anunció con seca precisión la voz de Kraiklyn, y todos los cascos se volvieron primero a un lado y luego a otro.

—¿Qué?

—¿Fuego hostil?

—Lo sabía.

—Oh, oh.

—Joder.

—¿Por qué apenas oí esas palabras fatídicas, «fácil entrar, fácil salir», pensé que esto iba a ser…? —empezó a decir Jandraligeli con el tono de voz gangoso y aburrido de quien sabe de qué va la cosa, sólo para ser interrumpido por Lamm.

—Un jodido fuego hostil. Eso es justo lo que necesitábamos. Un jodido fuego hostil…

—Así que tienen artillería —dijo Lenipobra.

—Mierda, ¿y quién no tiene artillería estos días? —dijo Yalson.

—Chicel-Horhava, dulce dama; sálvanos a todos —murmuró Dorolow, acelerando el movimiento de su mano para que trazara más círculos por encima de su visor.

—Cállate, joder —dijo Lamm.

—Esperemos que Mipp consiga distraerles sin que le vuelen el trasero —dijo Yalson.

—Quizá deberíamos olvidarnos de este asunto —dijo Rava Gamdol—. Oye, ¿creéis que deberíamos olvidarlo? ¿Qué os parece, lo olvidamos? ¿Hay alguien que…?

—¡NO! ¡SÍ! ¡NO! —gritaron tres voces casi al unísono.

Todo el mundo se volvió hacia los tres Bratsilakin. Los Bratsilakin de los extremos se volvieron hacia el del centro y la lanzadera sufrió una nueva sacudida. El casco del Bratsilakin central giró una fracción de segundo hacia cada lado.

—Oh, mierda —dijo una voz por el canal general—. De acuerdo. ¡NO!

—Creo que quizá deberíamos… —dijo la voz de Rava Gamdol.

Y entonces la voz de Kraiklyn gritó:

—¡Allá vamos! ¡Todo el mundo preparado!

La lanzadera redujo la velocidad de golpe, inclinándose primero en una dirección y luego en otra, se estremeció durante una fracción de segundo y empezó a bajar. Tembló y se sacudió, y durante un momento Horza pensó que iban a estrellarse, pero la lanzadera se detuvo con una última sacudida y las puertas traseras se abrieron. Horza se levantó al mismo tiempo que los demás, saltó de la lanzadera y se encontró en la jungla.

Estaban en un claro. Al otro extremo unas cuantas ramas y tallos seguían desprendiéndose de algunos árboles inmensos, allí donde la lanzadera se había abierto paso sólo unos segundos antes por entre el espeso dosel del bosque mientras se aproximaba a la pequeña área de suelo llano cubierto de hierba que era su objetivo. Horza tuvo tiempo de ver como dos pájaros de plumaje multicolor se alejaban a toda velocidad de la arboleda, y captó un fugaz atisbo de cielo color azul rosado. Un instante después ya estaba corriendo con los demás hasta la parte delantera de la lanzadera —que seguía de un color rojo oscuro, con masas de vegetación humeante bajo el metal—, y adentrándose en la jungla. Algunos miembros de la Compañía empezaron a usar sus antigravitatorios y avanzaron flotando sobre la maleza que crecía entre los troncos cubiertos de musgo, pero las lianas parecidas a gruesas cuerdas adornadas con flores que iban de un árbol a otro les estorbaban considerablemente.

Aún no podían ver el Templo de la Luz, pero según Kraiklyn estaba justo delante de ellos. Horza miró a su alrededor y vio como sus compañeros de a pie trepaban sobre árboles caídos cubiertos de musgo y apartaban plantas trepadoras y raíces suspendidas.

—A la mierda con la dispersión; esto es demasiado duro.

Era la voz de Lamm. Horza miró a su alrededor, alzó la cabeza y vio el traje negro subiendo en una trayectoria vertical hacia la masa de follaje verde que había sobre sus cabezas.

—Bastardo —jadeó otra voz.

—Sí. B-b-bastardo… —dijo Lenipobra.

—Lamm —dijo Kraiklyn—, hijo de puta, no se te ocurra asomar la cabeza por ahí arriba. Dispersaos. ¡Dispersaos de una vez, maldita sea!

Y entonces la onda expansiva de una detonación que Horza pudo sentir incluso a través de su traje cayó sobre ellos. Horza se tiró al suelo y se quedó allí. Otra explosión se abrió paso por el sibilante altavoz de su casco, que estaba empezando a alimentarse con todo el ruido del exterior.

—¡Eso ha sido la Turbulencia en cielo despejado!.

No logró reconocer la voz.

—¿Estás seguro?

Una voz distinta.

—¡La vi por entre los árboles! ¡Era la nave!

Horza se puso en pie y echó a correr.

—Esa sucia hija de puta casi se me lleva la cabeza… —dijo Lamm.

Horza vio luz delante de él por entre los troncos y las hojas. Oyó algunos disparos: el seco chasquido de los proyectiles, el Swhoop semilíquido de los láseres y el chasquido-Swhooosh-explosión de un cañón de plasma. Corrió hacia un promontorio de tierra y maleza y se pegó a él de tal forma que pudiese asomar la cabeza para ver algo. Y, naturalmente, allí estaba el Templo de la Luz silueteado contra el amanecer, una estructura totalmente cubierta de lianas, musgo y plantas trepadoras con unas cuantas torres y pináculos alzándose hacia el cielo como angulosos troncos de árboles.

—¡Ahí está! —gritó Kraiklyn. Horza miró a lo largo del promontorio y vio a unos cuantos miembros de la Compañía en la misma posición que él—. ¡Wubslin! ¡Aviger! —gritó Kraiklyn—. Cubridnos con las armas de plasma. Neisin, dispara con el Microobús a cada lado del objetivo…, y más allá. ¡Los demás, seguidme todos!

Saltaron más o menos al unísono sobre la masa de musgo y arbustos, y llegaron al otro lado del promontorio abriéndose paso por entre la maleza y una hierba de tallos muy largos parecidos a los juncos cubiertos por una delgada capa de musgo verde oscuro. La protección ofrecida por el terreno les llegaba casi hasta el pecho y hacía que el avance resultara bastante difícil, pero eso haría que agacharse para esquivar una línea de fuego también resultaría considerablemente fácil. Horza se abrió paso por entre la espesura tan bien como pudo. Los chorros de plasma cantaban en el aire sobre sus cabezas iluminando la franja de terreno sumido en la penumbra que se extendía entre ellos y la curva formada por la primera pared del templo.

Los surtidores de tierra visibles a lo lejos y las detonaciones que podía sentir a través de las suelas de sus botas le indicaron que Neisin —quien se había mantenido sobrio durante los dos últimos días—, estaba creando una convincente y, lo que era más importante, precisa pauta de fuego con su Microobús.

—Unos cuantos disparos procedentes del nivel superior izquierdo —anunció la fría y tranquila voz de Jandraligeli. Según el plan, se suponía que debía estar escondido en el bosque vigilando el templo—. Voy a ocuparme de ellos.

—¡Mierda! —gritó alguien de repente.

Una de las mujeres. Horza podía oír disparos ante él, aunque no había ningún destello en la parte del templo visible.

—Ja, ja. —La voz de Jandraligeli le llegó por el altavoz del casco. Parecía muy satisfecho de sí mismo—. Les he dado.

Horza vio una nubécula de humo sobre la parte izquierda del templo. Ya había recorrido la mitad de la distancia que le separaba de él, quizá un poco más. Podía ver a algunos de los otros no muy lejos, tanto a su derecha como a su izquierda, abriéndose paso por entre la maleza y aquella especie de hierba-junco con las armas apoyadas en un hombro. El musgo verde oscuro estaba empezando a cubrir sus cuerpos, y Horza supuso que podía acabar siendo útil como camuflaje (naturalmente, siempre que no resultara ser alguna especie de musgo asesino inteligente no descubierta hasta ahora… Horza se dijo que debía dejar de pensar en semejantes tonterías).

Oyó varias detonaciones de gran potencia a su alrededor, fragmentos de tallos y matorrales pasaron volando junto a él como si fueran pájaros nerviosos y le hicieron arrojarse al suelo. La tierra se estremeció bajo su cuerpo. Rodó sobre sí mismo y vio llamas lamiendo los tallos cubiertos de musgo que tenía encima; un parpadeante sendero de fuego acababa de nacer justo delante de él.

—¿Horza? —preguntó una voz.

Era Yalson.

—Estoy bien —dijo.

Se acuclilló en el suelo y echó a correr por entre los tallos de hierba, dejando atrás matorrales y árboles jóvenes.

—Vamos a entrar —dijo Yalson.

También estaba en los árboles, junto con Lamm, Jandraligeli y Neisin. Según el plan, ahora todos —salvo Jandraligeli y Neisin—, empezarían a moverse por el aire o por el suelo en dirección al templo. Las unidades antigravitatorias de sus trajes les daban una dimensión extra con la que trabajar, pero aquello podía ser una especie de bendición ambigua. Una silueta en el aire tiende a ser más difícil de acertar que una en el suelo, pero también tiende a atraer mucho más fuego enemigo. La Compañía sólo contaba con otro equipo antigravitatorio propiedad de Kraiklyn, pero éste afirmaba que prefería usarlo para ataques sorpresa o en situaciones de emergencia, por lo que el Hombre seguía en el suelo junto con los demás.

—¡Estoy en los muros! —Horza creyó identificar la voz, de Odraye—. Todo parece normal. Los muros son realmente fáciles de escalar; el musgo hace que…

El altavoz del casco de Horza emitió un chisporroteo. No estaba seguro de si era algún problema de su comunicador o si le había ocurrido algo a Odraye.

—…bridme mientras estoy en…

—…tú, inútil…

Las voces se confundían en el casco de Horza. Siguió avanzando por entre la hierba-junco y golpeó un par de veces el lado de su casco donde estaba el altavoz.

—¡Gilipollas!

El altavoz del casco emitió un zumbido y se quedó mudo. Horza lanzó una maldición, se detuvo y se agachó. Manipuló los controles del comunicador en un intento de conseguir que el altavoz volviera a cobrar vida. Los guantes le quedaban tan grandes que estorbaban sus movimientos. El altavoz siguió mudo. Horza lanzó otra maldición, se puso en pie y siguió avanzando por entre la maleza y la hierba-junco hacia el muro del templo.

—¡… proyectiles dentro! —gritó de repente una voz—. Esto es…, ¡…mente sencillo!

No pudo identificar la voz, y el comunicador volvió a dejar de funcionar una fracción de segundo después.

Llegó a la base del muro; emergía de entre la maleza en un ángulo de cuarenta grados y estaba cubierto de musgo. Dos miembros de la Compañía estaban trepando por él a cierta distancia de Horza. Se encontraban a unos siete metros de altura, y ya casi habían llegado al final del muro. Horza vio una silueta que hacía eses por el aire y desaparecía detrás del parapeto. Empezó a trepar. Aquel traje enorme hacía que la ascensión resultara más difícil de lo que habría debido ser, pero logró llegar al final del muro sin caerse y saltó del parapeto a una explanada bastante ancha que corría a lo largo del edificio. Un muro similar cubierto de musgo se alzaba ante él subiendo hasta el siguiente piso. A la derecha de Horza el muro trazaba un ángulo debajo de una torre rechoncha; a su izquierda la explanada parecía esfumarse confundiéndose con una pared desnuda. Según los planes de Kraiklyn, el Cambiante debía ir en esa dirección. Tenía que haber una puerta más o menos por allí. Horza trotó hacia la pared desnuda.

Un casco asomó sobre el muro. Horza empezó a agacharse y girar sobre sí mismo, por si acaso, pero primero un brazo le saludó desde el mismo sitio, después una cabeza se unió al brazo y reconoció a Gow.

Horza echó hacia atrás el visor de su casco mientras corría y el aire con olor a jungla de Marjoin le acarició el rostro. Podía oír fuego de proyectiles dentro del templo, y el lejano tronar de una explosión provocada por el Microobús. Corrió hasta una angosta entrada medio cubierta por barbas colgantes de musgo que interrumpía la curvatura de la pared. Gow estaba arrodillada con el arma lista sobre los restos de una gruesa puerta de madera que había protegido el pasillo situado más allá. Horza se arrodilló junto a ella y señaló su casco con un dedo.

—Mi comunicador no funciona. ¿Qué ha ocurrido?

Gow pulsó un botón de su muñeca.

—De momento todo bien —dijo el altavoz exterior de su traje—. No bajas. Ellos en torres. —Señaló hacia arriba—. No dejan entrar vuelos. Enemigos tienen armas de proyectiles, ellos retroceden. —Asintió y siguió observando el umbral y el oscuro pasillo que había al otro lado. Horza también asintió. Gow le tocó el brazo—. Yo digo Kraiklyn que tú dentro, ¿sí?

—Sí, y dile que mi comunicador no funciona, ¿vale?

—Sí, claro. Zallin tener mismo problema. Tú cuida, ¿eh?

—Sí, cuídate tú también —dijo Horza. Se puso en pie y entró en el templo pisando las astillas y los fragmentos de piedra caliza esparcidos sobre el musgo por la demolición de la puerta. El pasillo se bifurcaba en tres direcciones distintas. Horza se volvió hacia Gow y señaló con la mano—. Pasillo central, ¿correcto?

La figura agazapada silueteada contra la luz del amanecer asintió.

—Sí, claro. Ir por centro.

Horza se puso en movimiento. El pasillo estaba cubierto de musgo. Cada pocos metros había luces eléctricas incrustadas en las paredes que emitían una débil claridad amarilla, proyectando charcos de luz fangosa que daban la impresión de ser absorbidos por la masa oscura del musgo. Aquel pasadizo angosto de paredes blandas y suelo parecido a una esponja hizo que Horza se estremeciera, aunque no hacía frío. Se aseguró de que su arma estaba lista para disparar. No oía nada salvo el sonido de su propia respiración.

Llegó a un cruce en forma de T y tomó por el ramal de la derecha. Vio unos escalones y subió corriendo por ellos. Sus pies intentaron escapar de sus enormes botas y estuvo a punto de caer, pero extendió el brazo y logró apoyarse en el peldaño. El impacto arrancó un poco de musgo, y la débil claridad amarilla arrojada por las luces de las paredes le permitió ver algo brillante. Recuperó el equilibrio, siguió subiendo por los peldaños meneando el brazo para aliviar el dolor del golpe y se preguntó qué habría impulsado a los constructores del templo a usar algo parecido al cristal para esos peldaños. Llegó al final del tramo de peldaños, avanzó por un pasillo no muy largo y subió otro tramo de peldaños sin iluminar que se curvaba hacia la derecha. Teniendo en cuenta su nombre, Horza pensó que el templo era un lugar notablemente tenebroso. Acabó emergiendo en un pequeño balcón.

La túnica del monje era tan oscura como el musgo, y Horza no le vio hasta que aquel rostro de piel pálida se volvió hacia él acompañado por el arma.

Horza saltó hacia la pared que tenía a la izquierda y, al mismo tiempo, disparó su rifle desde la cadera. El arma del monje se alzó de golpe y dejó escapar un chorro de proyectiles que se estrellaron contra el techo mientras el monje se derrumbaba. Los disparos crearon miles de ecos en el oscuro vacío que había más allá del pequeño balcón. Horza se acuclilló junto a la pared apuntando el arma hacia la oscuridad con el monje caído a sólo unos dos metros de él. Alzó la cabeza, vio lo que quedaba de la cabeza del monje entre la penumbra y aflojó un poco la tensión de sus músculos. El monje estaba muerto. Horza se apartó de la pared y se arrodilló junto a la balaustrada del balcón. Ahora podía ver una gran sala iluminada por la tenue claridad de unos cuantos globos que asomaban de su techo. El balcón se encontraba en el centro de una de las paredes más largas y, por lo que podía ver, había una especie de altar o estrado a un extremo de la sala. La luz era tan tenue que no podía estar seguro, pero creyó ver siluetas que se movían por el suelo de la sala. Se preguntó si serían miembros de la Compañía e intentó recordar si había visto más puertas o pasillos mientras iba hacia el balcón; se suponía que debía estar allí abajo, en el suelo de esa gran sala… Maldijo su comunicador inservible, y acabó decidiendo que debería correr el riesgo de comunicarse a gritos con las siluetas de la sala.

Se inclinó hacia adelante. Los disparos del monje habían hecho caer algunos fragmentos de cristal del techo, y la rodillera de su traje los pulverizó. Antes de que pudiera abrir la boca para gritar oyó ruidos procedentes de abajo: una voz estridente que hablaba un lenguaje hecho de chasquidos y graznidos. Horza se quedó muy quieto y no dijo nada. Suponía que podía ser la voz de Dorolow, pero ¿qué razón había para que usara un idioma distinto al marain? La voz volvió a decir algo. Horza creyó oír otra voz distinta, pero un instante después hubo una breve erupción de láseres y fuego de proyectiles procedentes del extremo de la sala opuesto a aquel en que se encontraba el altar. Horza se agachó, y el silencio que siguió al tiroteo le permitió oír un crujido a su espalda.

Giró en redondo tensando el dedo sobre el gatillo, pero no había nadie contra quien disparar. Un objeto redondo que tendría el tamaño de un puño infantil se balanceó sobre la balaustrada y acabó cayendo encima del musgo a un metro de distancia. Horza le dio una patada y se lanzó sobre el cadáver del monje.

La granada estalló en el aire justo debajo del balcón.

Horza se levantó de un salto mientras los ecos seguían rebotando en el altar. Se lanzó hacia el umbral que había al otro extremo del balcón, alargó una mano y se agarró a la esquina mientras seguía moviéndose, haciendo que su cuerpo girara sobre sí mismo y dejándose caer de rodillas. Alargó el brazo y apartó los fláccidos dedos del cadáver para apoderarse de su arma justo cuando el balcón empezaba a desprenderse de la pared con un tintineo de cristales rotos. Horza se metió por el pasillo que había a su espalda. El balcón se desplomó en el vacío entre una nube de fragmentos que brillaban con un leve resplandor mate y se estrelló contra el suelo con un estruendo ensordecedor, llevándose consigo la oscura silueta del monje muerto acompañada por un último aleteo de su túnica.

Horza vio unas cuantas siluetas que se dispersaban en la oscuridad a sus pies y disparó hacia abajo con el arma que acababa de conseguir. Después se dio la vuelta y contempló el pasillo en el que se encontraba, preguntándose si habría alguna salida que llevara a la gran sala o, al menos, alguna forma de volver al exterior del templo. Echó un vistazo al arma que le había quitado al monje; parecía bastante mejor que la suya. Se agazapó y echó a correr alejándose del umbral mientras volvía la cabeza para vigilar la sala con su viejo rifle encima del hombro. El pasillo sumido en la penumbra se curvaba hacia la derecha. Horza fue irguiendo el cuerpo gradualmente a medida que se alejaba del umbral, y dejó de preocuparse por las granadas. Y justo entonces la sala se convirtió en un manicomio.

Lo primero que supo fue que estaba proyectando una sombra ante él y que su silueta bailaba y parpadeaba sobre la curvatura del pasillo. Después una cacofonía de ruidos y un tartamudeo de ondas expansivas le hizo tambalearse y agredió sus oídos. Bajó rápidamente el visor de su casco y volvió a agazaparse mientras se giraba hacia la sala y los destellos luminosos. Aun con el casco cerrado creyó oír gritos acompañados por disparos y explosiones. Volvió sobre sus pasos a la carrera y se agazapó allí donde había estado antes, pegándose al suelo para observar la sala.

En cuanto comprendió lo que estaba ocurriendo bajó la cabeza lo más deprisa posible y usó sus codos para retroceder. Quería correr, pero se quedó donde estaba, sacó el rifle del monje muerto por la esquina del umbral y disparó en la dirección donde creía estaba el altar, hasta que el arma se quedó sin proyectiles, manteniendo su casco lo más lejos posible del umbral con el visor bajado. Cuando el arma dejó de disparar la arrojó lo más lejos posible y usó su rifle hasta que se encasquilló. Después se arrastró un trecho por el suelo y corrió pasillo abajo alejándose del umbral que daba a la sala. Tenía la seguridad de que el resto de la Compañía estaría haciendo lo mismo que él…, los que pudieran, al menos.

Lo que había visto tendría que haber sido increíble, pero aunque lo contempló durante muy poco tiempo —apenas el suficiente para que sus retinas captaran una sola imagen casi inmóvil—, sabía muy bien qué estaba viendo y qué estaba ocurriendo. Mientras corría intentó dar con alguna razón que justificara qué diablos hacía un sistema antiláser en el Templo de la Luz. Cuando llegó a la intersección en forma de T del pasillo se detuvo.

Golpeó la esquina con la culata de su rifle; el metal se estrelló contra el musgo y Horza estuvo seguro de que se habría doblado, pero sintió que algo más cedía también. Usó la débil luminosidad de las células linterna incrustadas a cada lado del visor para contemplar lo que había debajo del musgo.

—Oh, Dios… —jadeó en voz baja.

Golpeó otra zona de la pared con el rifle y volvió a examinar su hallazgo. Recordaba el destello de lo que había creído era cristal bajo el musgo de las escaleras, cuando se golpeó el brazo, y aquellos fragmentos que se habían pulverizado bajo su rodilla en el balcón. Se apoyó en la blandura de la pared, sintiendo deseos de vomitar.

Nadie se había tomado la extraordinaria molestia de instalar un sistema antiláser que abarcara todo el templo, o ni tan siquiera una gran sala. Habría sido horriblemente caro y, de todas formas, un planeta nivel tres no necesitaba semejantes aparatos. No; lo más probable era que todo el interior del templo (recordaba la piedra caliza a la que había estado unida la puerta de entrada) hubiera sido construido con bloques de cristal, y eso era lo que había enterrado bajo todas aquellas cantidades de musgo. El impacto de un láser vaporizaba el musgo en una fracción de segundo dejando que las superficies interiores del cristal situado debajo reflejaran el resto de la emisión lumínica y cualquier disparo subsiguiente que diera en ese mismo punto. Volvió a contemplar el segundo sitio que había golpeado con la culata de su rifle, observó con atención la superficie transparente y lo que había más allá y vio las luces de su traje devolviéndole un tenue reflejo desde una frontera de espejos perdida en el interior del bloque de cristal. Se apartó de la pared y corrió por el ramal derecho del pasillo dejando atrás varias gruesas puertas de madera, bajó un tramo curvo de peldaños y emergió a la luz del día.

Lo que había visto en la sala era el caos iluminado con láseres. Un mero vistazo que coincidió con varios destellos había grabado a fuego una imagen en sus ojos, una imagen que aún tenía la impresión de ver en parte… A un extremo de la sala, en el altar, había varios monjes agazapados disparando armas que emitían los destellos del fuego químico-explosivo; a su alrededor había explosiones oscuras de humo que indicaban la vaporización del musgo. Al otro extremo de la sala había varios miembros de la Compañía —de pie, tambaleándose o caídos en el suelo—; proyectando sombras gigantescas sobre la pared que tenían detrás. Estaban usando todo el armamento de que disponían. Los rifles creaban luces estroboscópicas en la pared del fondo, y los miembros de la Compañía estaban siendo alcanzados por sus propios disparos que rebotaban en las superficies internas de bloques cristalinos…, y ni tan siquiera se daban cuenta de contra qué apuntaban. A juzgar por la torpeza de sus posturas y por el hecho de que estaban disparando con el arma en una mano y el otro brazo extendido delante del cuerpo, un mínimo de dos ya se habían quedado ciegos.

Horza sabía demasiado bien que su traje y, especialmente, su visor, no podía detener un rayo láser, tanto si había salido de un arma de rayos X como de una que utilizaba longitudes de onda visibles. Lo único que podía hacer era esconder la cabeza y disparar todos los proyectiles de que disponía con la esperanza de liquidar a unos cuantos monjes o centinelas del templo. No haber sido alcanzado en el breve espacio de tiempo que había permanecido mirando hacia la sala ya indicaba una suerte más que considerable; ahora lo único que podía hacer era largarse de allí. Intentó gritar una advertencia por el micro de su traje, pero el comunicador no funcionaba; su voz resonó con un sonido hueco dentro del casco y el altavoz pegado a su oreja permaneció mudo.

Vio otra silueta sombría más adelante, una figura borrosa pegada a la pared con una aureola de luz diurna procedente de otro pasillo a su alrededor. Horza se arrojó de cabeza a un umbral. La silueta no se movió.

Examinó su rifle. Los golpes contra las paredes de cristal parecían haberlo desencasquillado. Una ráfaga hizo que la silueta cayera al suelo convertida en un fardo desmadejado. Horza emergió del umbral y fue hacia ella.

Era otro monje, con sus dedos muertos rodeando la culata de una pistola. Su pálido rostro era visible gracias a la luz que llegaba de otro pasadizo. La pared que había detrás del monje estaba salpicada con los círculos dejados por el musgo al quemarse; las límpidas superficies de cristal intacto eran claramente visibles bajo la capa de musgo. La túnica del monje —que empezaba a empaparse con el rojo de la sangre—, no sólo mostraba los agujeros provocados por los proyectiles de Horza, sino que también estaba repleta de quemaduras láser. Horza asomó la cabeza por la esquina y contempló la luz del exterior.

Un cuerpo recubierto por un traje yacía sobre el suelo musgoso enmarcado en un umbral de paredes inclinadas con el resplandor de la mañana detrás. El brazo extendido seguía empuñando la pistola de tal forma que el cañón de ésta apuntaba hacia Horza y el pasillo. Detrás del cuerpo había una puerta muy gruesa que colgaba en ángulo sostenida por una sola bisagra. «Es Gow», pensó Horza. Sus ojos volvieron a posarse en la puerta y tuvo la impresión de que había algo extraño en ella. La puerta y las paredes que llevaban a ella estaban cubiertas de quemaduras láser.

Fue por el pasillo hasta la silueta caída en el suelo y le dio la vuelta para poder ver su cara. Mientras la contemplaba sintió un leve mareo. Quien había muerto allí no era Gow sino su amiga, kee-Alsorofus. Su rostro agrietado y ennegrecido parecía observarle con los ojos secos al otro lado del visor de su casco, que seguía intacto y transparente. Horza se volvió hacia la puerta y el pasillo. Naturalmente… Estaba en otra parte del templo. La misma situación, pero en unos pasillos distintos y con una persona distinta…

El traje de la mujer tenía varios agujeros de unos cuantos centímetros de profundidad; el olor de la carne quemada se fue filtrando en el traje de Horza a través de los sellos y conexiones que le quedaban demasiado grandes, y le hizo sentir deseos de vomitar. Se puso en pie, cogió el láser de kee-Alsorofus, fue hacia la puerta que colgaba de una bisagra y salió a la explanada que reseguía el muro. Corrió por ella, dobló una esquina y tuvo que agacharse cuando un proyectil del Microobús cayó demasiado cerca de los muros del templo y provocó un diluvio de cristales y trozos de piedra caliza. Los cañones de plasma seguían disparando desde el bosque, pero Horza no pudo ver ninguna silueta volando por el cielo. Estaba intentando localizarlas cuando se dio cuenta de que tenía un traje al lado: estaba de pie en el ángulo del muro. Se detuvo, reconoció el traje de Gow y se quedó a unos tres metros de ella mientras le miraba. Gow levantó lentamente el visor de su casco. La piel de su rostro se había vuelto de un color entre el gris y el negro, y sus ojos parecidos a pozos no se apartaban del rifle láser que empuñaba. La expresión que había en su rostro hizo que el Cambiante deseara haber comprobado si el rifle seguía conectado. Horza bajó los ojos hacia su arma y los alzó hacia la mujer, que seguía contemplando su láser.

—Yo…

Quería explicarle lo ocurrido.

—Ella muerta, ¿no? —La voz de la mujer sonaba totalmente átona e inexpresiva. Pareció suspirar. Horza tragó aire y se dispuso a hablar, pero Gow se le adelantó con el mismo tono monocorde de antes—. Yo creí oír ella.

Y, de repente, alzó el arma. El cielo azul rosado del amanecer arrancó destellos al metal. Horza comprendió lo que iba a hacer y dio un paso hacia adelante, extendiendo un brazo aunque sabía que se encontraba demasiado lejos y ya era demasiado tarde para hacer nada.

—¡No! —tuvo tiempo de gritar, pero el cañón del arma ya estaba en la boca de la mujer.

Horza se agachó cerrando los ojos instintivamente, y una fracción de segundo después la parte trasera del casco de Gow se hizo añicos en un solo palpitar de luz invisible, proyectando una nube rojiza sobre la pared cubierta de musgo que había a su espalda.

Horza se acuclilló en el suelo con las manos alrededor del cañón del arma y los ojos clavados en la jungla distante. «Qué desastre —pensó—, qué jodido, horrible, estúpido y obsceno desastre…» No había estado pensando en lo que Gow acababa de hacerse a sí misma, pero sus ojos fueron hacia la mancha roja que cubría la curva de la pared y el cuerpo de Gow, y su mente volvió a repetir aquellas palabras.

* * *

Se disponía a bajar por el muro exterior del templo cuando algo se movió en el aire por encima de su cabeza. Se dio la vuelta y vio a Yalson posándose sobre la explanada interior. Yalson echó un vistazo al cuerpo de Gow y los dos intercambiaron lo que sabían sobre la situación —lo que ella había oído por el canal colectivo de su comunicador y lo que Horza había visto en la gran sala—, y decidieron no moverse de allí hasta ver salir a algún otro o hasta perder toda esperanza de que hubiera más supervivientes. Según Yalson, los únicos muertos seguros en el tiroteo de la gran sala eran Rava Gamdol y Tzbalik Odraye, pero los tres Bratsilakin también estaban allí, y nadie había tenido noticias de ellos después de que cesara el griterío y las comunicaciones del canal colectivo hubieran vuelto a ser inteligibles.

Kraiklyn estaba vivo y no había sufrido ningún daño, pero parecía haberse esfumado; Dorolow también estaba perdida —su llanto era audible por el comunicador, y quizá estuviera ciega—; y Lenipobra, haciendo caso omiso de todos los consejos y desobedeciendo las órdenes de Kraiklyn, había entrado en el templo por una puerta de un tejado y se dirigía hacia abajo en un intento de rescatar a los supervivientes con que pudiera encontrarse. Lenipobra había asegurado que sólo utilizaría la pistola de proyectiles que llevaba encima.

Yalson y Horza se sentaron espalda contra espalda en la explanada y Yalson mantuvo informado al Cambiante de cómo iban las cosas en el templo. Lamm pasó sobre ellos y se dirigió hacia la jungla, donde se apoderó de un cañón de plasma pese a las protestas de Wubslin. Acababa de posarse cerca de ellos cuando Lenipobra anunció con orgullo que había encontrado a Dorolow, y Kraiklyn informó de que podía ver la luz del día. Seguía sin haber noticias de los Bratsilakin. Kraiklyn apareció detrás de una esquina de la explanada; Lenipobra se hizo visible de repente sujetando a Dorolow contra su traje y fue aproximándose a los muros del templo en una lenta serie de grandes saltos mientras su unidad antígravitatoria luchaba para sostener su peso y el de la mujer.

Los supervivientes iniciaron el regreso a la lanzadera. Jandrageli podía ver movimiento en el camino que había más allá del templo, y unos cuantos francotiradores empezaron a dispararles desde ambos lados de la jungla. Lamm quería entrar en el templo con el cañón de plasma y vaporizar a unos cuantos monjes, pero Kraiklyn dio orden de retirarse. Lamm arrojó el cañón de plasma al suelo y emprendió el vuelo hacia la lanzadera en solitario, maldiciendo ruidosamente por el canal colectivo en el que Yalson seguía intentando establecer contacto con los Bratsilakin.

Avanzaron por entre los tallos de hierba-junco y la maleza bajo los senderos llameantes y los whoossh de los chorros de plasma, con Jandraligeli encargándose de cubrirles. De vez en cuando tenían que agacharse para esquivar los proyectiles de pequeño calibre que atravesaban la espesura a su alrededor.

* * *

Cuando llegaron al hangar de la Turbulencia en cielo despejado se fueron dejando caer junto al metal aún caliente de la lanzadera, que iba enfriándose con todo un acompañamiento de crujidos y chasquidos después de su ascenso a gran velocidad por la atmósfera.

Nadie tenía ganas de hablar, por lo que se limitaron a quedarse inmóviles sentados o tumbados en la cubierta, algunos con las espaldas pegadas al recalentado flanco de la lanzadera. Los que habían estado dentro del templo eran los más obviamente afectados; pero incluso los otros, que sólo habían oído los gritos y ruidos de la masacre por los comunicadores de sus trajes, parecían hallarse en un leve estado de shock. Cascos y armas yacían esparcidos a su alrededor.

—El Templo de la Luz —dijo Jandraligeli al cabo de un rato, y emitió lo que parecía una mezcla de carcajada y bufido.

—El Templo de la Jodida Luz, sí —dijo Lamm.

—Mipp —dijo Kraiklyn con voz cansina dirigiéndose a su casco—, ¿hay alguna señal de los Bratsilakin?

Mipp, que seguía en el pequeño puente de la Turbulencia en cielo despejado, le informó de que no había señales del trío.

—Tendríamos que bombardear ese lugar y joderles bien jodidos —dijo Lamm—. Echar una bomba nuclear encima de esos bastardos…

Nadie replicó. Yalson se puso en pie moviéndose muy despacio, salió del hangar y subió con paso cansado los peldaños que llevaban a la cubierta superior, el casco colgando de un brazo, el arma del otro y la cabeza gacha.

—Me temo que hemos perdido uno de los radares. —Wubslin cerró una compuerta de inspección y rodó sobre sí mismo hasta salir de debajo del morro de la lanzadera—. Esa primera granizada de fuego hostil…

No completó la frase.

—Al menos no hay nadie herido —dijo Neisin, y miró a Dorolow—. ¿Qué tal van tus ojos? ¿Están mejor? —La mujer asintió, pero siguió con los ojos cerrados. Neisin también asintió—. Los heridos… Es lo peor que puede ocurrir. Hemos tenido suerte. —Hurgó en la pequeña mochila que llevaba colgando delante del traje y sacó un pequeño recipiente metálico. Chupó un poco del contenido por la válvula superior y torció el gesto mientras meneaba la cabeza—. Sí, hemos tenido suerte. Y la verdad es que apenas si se enteraron. —Asintió para sí mismo sin mirar a nadie, sin importarle que nadie pareciera estar escuchándole—. ¿Os dais cuenta de que toda la gente que hemos perdido compartía el mismo…? Quiero decir que… Bueno, se fueron por parejas… O por tríos, ¿no?

Dio otra chupada de la válvula y meneó la cabeza. Dorolow estaba junto a él y alargó el brazo. Neisin la miró, sorprendido, y acabó entregándole el pequeño recipiente. Dorolow chupó un poco de líquido y se lo devolvió. Neisin miró a su alrededor, pero nadie más quería beber.

Horza se quedó sentado en silencio. Sus ojos no se apartaban de las frías luces del hangar, y su mente intentaba no ver la escena que había presenciado en la oscura sala de aquel templo.

* * *

La Turbulencia en cielo despejado salió de la órbita impulsada por su motor de fusión y se dirigió hacia el límite del pozo gravitatorio de Marjoin, donde podría poner en marcha sus motores de campo. No recogió ninguna señal de los Bratsilakin y no bombardeó el Templo de la Luz. El rumbo fijado les llevaría al Orbital Vavatch.

Las transmisiones radiofónicas del planeta que lograron captar les permitieron averiguar lo que había ocurrido allí, y por qué los monjes y sacerdotes del templo iban tan bien armados. Dos estados-naciones de Marjoin se hallaban en guerra, y el templo se encontraba cerca de la frontera que separaba a los dos países, por lo que siempre estaba preparado para repeler un ataque. Uno de los estados era vagamente socialista; el otro era de inspiración religiosa, y los sacerdotes del Templo de la Luz pertenecían a una secta de esa fe militante. Una parte de las razones que habían provocado esa guerra debía buscarse en el conflicto galáctico de dimensiones mucho mayores que estaba desarrollándose alrededor de Marjoin, y ello hacía que la guerra planetaria ofreciese una minúscula imagen aproximada de dicho conflicto.

* * *

Horza no estaba seguro de qué tal dormiría aquella noche. Estuvo despierto durante unas horas escuchando las no muy aparatosas pesadillas de Wubslin. Después alguien llamó suavemente a la puerta de su camarote. Yalson entró en el cubículo y se sentó en el catre de Horza.

Apoyó la cabeza sobre su hombro y se abrazaron. Pasado un rato ella le cogió de la mano y le guió en silencio por el pasillo en dirección opuesta al comedor —donde la luz y el eco distante de la música indicaban que Kraiklyn no dormía y estaba relajándose con la ayuda de un esni-frasco y una holocinta sónica—, hasta llegar al camarote que había alojado a Gow y kee-Alsorofus.

La oscuridad del camarote y la pequeña cama llena de olores extraños y texturas nuevas fue el escenario donde representaron la vieja obra del varón y la hembra, aunque en su caso —y ambos lo sabían—, se trataba de una conjunción casi inevitablemente estéril entre especies y culturas separadas por millares de años luz. Después los dos se quedaron dormidos.

Situación de la partida: Uno

Fal 'Ngeestra observó durante un rato como las sombras de las nubes se movían sobre la llanura de la que le separaban diez kilómetros en el sentido horizontal y uno en el vertical, lanzó un suspiro y alzó los ojos hacia la hilera de montañas coronadas de nieve que se encontraba al final de los pastizales. La cordillera estaba a más de treinta kilómetros de sus ojos, pero la tenue atmósfera invadida por las rocas y la resplandeciente blancura helada de las cimas hacía que los contornos de éstas fueran visibles con toda claridad. Su resplandor hería los ojos incluso a esa distancia y a través de toda aquella masa atmosférica.

Fal dio la vuelta y caminó sobre las grandes losas de la terraza del albergue moviéndose con un envaramiento nada propio de su juventud. El entramado de listones que había encima de su cabeza estaba cubierto de flores blancas y rojas, y proyectaba una pauta regular de sombras sobre la terraza. Fal caminó a través de la luz y la penumbra, con su cabellera volviéndose alternativamente oscura y dorada a medida que cada paso vacilante la llevaba desde la sombra hasta la claridad del sol.

La masa metálica de la unidad llamada Jase apareció al otro extremo de la terraza emergiendo del albergue. Fal sonrió al verla y tomó asiento sobre un banco de piedra que asomaba del múrete usado como separación entre la terraza y el paisaje. Estaban a bastante altura, pero hacía un día cálido y con mucho viento. Fal se limpió unas gotas de sudor de la frente mientras la vieja unidad flotaba sobre la terraza aproximándose a ella. Los haces oblicuos del sol pasaban sobre su cuerpo moviéndose siempre al mismo ritmo. La unidad se posó sobre las piedras que había junto al banco, y el gran disco en que terminaba su cuerpo metálico quedó al mismo nivel que la coronilla de la cabeza de la joven.

—Hace un día precioso, ¿verdad, Jase? —exclamó Fal volviéndose hacia las montañas.

—Sí —dijo Jase.

La unidad poseía una voz desusadamente grave y capaz de muchos matices, y siempre procuraba sacarle el máximo provecho posible. Desde hacía cuatro mil años o más las unidades conscientes de la Cultura poseían campos aurales cuyo color cambiaba según su estado anímico en un equivalente de la expresión facial o el lenguaje corporal, pero Jase era viejo y había sido construido cuando los campos aurales eran algo inconcebible, y se había negado a dejar que le hicieran las alteraciones necesarias para poder usarlos. Prefería confiar en su voz para expresar lo que sentía o ser inescrutable.

—Maldición… —Fal meneó la cabeza sin apartar los ojos de la nieve que brillaba en la lejanía—. Ojalá estuviera allí arriba haciendo alpinismo.

Chasqueó la lengua y bajó la vista hacia su pierna derecha, extendida rígidamente ante ella. Se había roto la pierna ocho días antes mientras escalaba las montañas que se alzaban al otro extremo de la llanura. El miembro fracturado estaba entablillado por el fino encaje de un campo de fuerza oculto bajo la elegante pernera de un pantalón muy ceñido.

Fal pensaba que Jase debería haber aprovechado sus palabras como excusa para volver a sermonearla sobre los peligros del alpinismo y recordarle que la única escalada prudente era la que se practicaba con un arnés de flotación puesto, con un robot de rescate cerca o, por lo menos, con algún acompañante humano, pero la vieja máquina no dijo nada. Fal la contempló. Su rostro bronceado brillaba bajo la luz del sol.

—Bueno, Jase, ¿tienes algo para mí? ¿Trabajo?

—Me temo que sí.

Fal se instaló lo más cómodamente posible sobre el banco de piedra y cruzó los brazos. Jase emitió un pequeño campo de fuerza para sostener la pierna, aun sabiendo que los campos del entablillado se encargaban de absorber toda la tensión exigida por aquella postura.

—Escúpelo —dijo Fal.

—Quizá recuerdes una entrada de la sinopsis diaria de hace dieciocho días que hacía referencia a una de nuestras naves espaciales. La nave fue construida por una fábrica de navíos en el volumen de espacio Interior del Golfo Sombrío; la fábrica tuvo que autodestruirse y, posteriormente, la nave tuvo que hacer lo mismo.

—Lo recuerdo —dijo Fal, quien olvidaba muy pocas cosas de lo que fuera, y que nunca olvidaba nada de una sinopsis diaria—. La nave fue una especie de trabajo improvisado. La fábrica estaba intentando conseguir que una Mente categoría VGS pudiera salir de allí.

—Bien —dijo Jase con un cierto tono de cansancio—, tenemos un pequeño problema con eso.

Fal sonrió.

No cabía duda de que la Cultura confiaba plenamente en sus máquinas tanto para la estrategia como para las tácticas de la guerra en que se hallaba comprometida. De hecho, podía afirmarse que la Cultura era sus máquinas, y que éstas la representaban a un nivel más fundamental que cualquier ser humano o grupo de humanos integrados en su sociedad. Las Mentes que estaban siendo producidas por las fábricas Orbitales situados en zonas seguras y VGS de mayor tamaño se contaban entre algunos de los conjuntos de materia más sofisticados existentes dentro de la galaxia. Eran tan inteligentes que ningún ser humano podía comprender hasta dónde llegaba su inteligencia (y las mismas máquinas eran incapaces de explicar y describir dicha inteligencia a una forma de vida tan limitada como la humana).

Mucho antes de que la guerra con los idiranos hubiera sido prevista la Cultura ya había preferido la máquina al cerebro humano, y había depositado su confianza en toda la gama de inteligencias mecánicas, desde aquellos colosos mentales y las máquinas más corrientes que seguían estando dotadas de conciencia hasta los ordenadores inteligentes pero, en última instancia, mecánicos y predecibles, y el más diminuto de los circuitos incorporados a un microproyectil que apenas si era más inteligente que una mosca. La razón de tal comportamiento era que la Cultura se veía a sí misma como una sociedad racional y autoconsciente; y las máquinas, incluso las máquinas inteligentes, eran más capaces de alcanzar ese estadio tan deseado y, al mismo tiempo, más eficientes a la hora de utilizarlo en cuanto se hubiese logrado. La Cultura se conformaba con eso.

Además, eso permitía que los humanos de la Cultura quedaran libres para ocuparse de las cosas que realmente importaban en la vida, como el deporte, los juegos, el amor, el estudiar lenguas muertas, sociedades bárbaras y problemas imposibles, y escalar montañas de gran altura sin la ayuda de un arnés de seguridad.

Una lectura hostil de semejante situación podía llevar a la conclusión de que el descubrimiento hecho por las Mentes de la Cultura de que algunos humanos eran capaces de igualar y, ocasionalmente, superar su capacidad de juzgar con precisión y sin errores un conjunto de hechos determinados haría que las máquinas sufrieran un ataque de indignación y les estallaran los circuitos, pero no había sido así. El hecho de que un conjunto de facultades mentales tan caótico y diminuto fuese capaz de emplear algún extraño truco de magia neurónica para producir una respuesta a un problema tan buena como la obtenida por las Mentes era algo que las fascinaba. Había una explicación, naturalmente, y quizá tuviera algo que ver con las pautas de causa y efecto que incluso el poder cuasidivino de las Mentes tenía muchas dificultades para desentrañar; también tenía mucho que ver con el puro y simple peso de los números.

La Cultura contaba con más de dieciocho trillones de personas, y prácticamente cada una de ellas estaba bien alimentada, había gozado de una excelente educación y contaba con una mente despierta y vivaz, y sólo treinta o cuarenta de ellas habían dado muestras de poseer la inusual habilidad de predecir y emitir juicios que estuvieran a la altura de los emitidos por una Mente bien informada (de las cuales ya existían muchos centenares de millares). No era imposible que fuese un puro caso de suerte; si se arrojan dieciocho trillones de monedas al aire durante cierto tiempo algunas de ellas tienen que caer del mismo lado durante mucho, mucho tiempo.

Fal 'Ngeestra era una Referenciadora de la Cultura, una de esas treinta o quizá cuarenta personas de entre sus dieciocho trillones de habitantes que podían darte una idea intuitiva de lo que iba a ocurrir, o explicarte por qué creían que algo que ya había ocurrido ocurrió de una forma determinada, acertando prácticamente siempre. Fal recibía un chorro continuo de ideas y problemas, y era utilizada y observada al mismo tiempo. Nada de cuanto decía o hacía escapaba a los archivos; nada de cuanto experimentaba era pasado por alto. Aun así, Fal insistía en que cuando estaba practicando el alpinismo sola o con amigos debía estar abandonada a sus propios recursos y hallarse libre de toda observación por parte de la Cultura. Durante aquellas excursiones Fal siempre llevaba consigo una terminal de bolsillo para registrarlo todo, pero no disponía de una conexión en tiempo real con ninguna parte de la red de Mentes de la Meseta en la que vivía.

Esa insistencia había sido la causa de que se pasara todo un día y una noche en la nieve con una pierna fracturada antes de que un equipo de búsqueda lograra dar con ella.

Jase había empezado a proporcionarle los detalles del viaje de la nave sin nombre desde el momento en que abandonó su fábrica madre, así como de su intercepción y autodestrucción. Pero Fal había vuelto la cabeza hacia las montañas y sólo le dedicaba una parte de su atención. Sus ojos y su mente estaban absortos en la contemplación de las distantes laderas nevadas que tenía la esperanza de volver a escalar dentro de pocos días, en cuanto los estúpidos huesos de su pierna hubieran curado del todo.

Las montañas eran muy hermosas. Había otras montañas en el otro extremo de la terraza del albergue y sus cimas parecían llegar al límpido cielo azul, pero comparadas con esos picachos afilados que se alzaban al otro lado de la llanura eran un simple juego de niños. Fal sabía que ésa era la razón de que la hubiesen instalado en el albergue; tenían la esperanza de que preferiría escalar esas montañas, con lo que se evitaría la molestia de subir a un deslizador y cruzar la llanura. Era una estupidez, claro. Tenían que dejarle ver las montañas o no sería ella misma; y mientras pudiera verlas no le quedaba más remedio que escalar esas cimas. Idiotas…

«En un planeta no podrías verlas tan bien —pensó—. No serías capaz de ver las primeras estribaciones de la cordillera, la forma en que las montañas brotan de la llanura…»

El albergue, la terraza, las montañas y la llanura se hallaban en un Orbital. Los humanos habían construido este lugar o, al menos, habían construido las máquinas que construyeron las máquinas que… Bueno, podías seguir así durante mucho tiempo. La Placa del Orbital era casi perfectamente lisa; de hecho, verticalmente era un poco cóncava, pero como el diámetro interno del Orbital terminado —sólo se le consideraba adecuadamente formado cuando todas las Placas individuales habían quedado unidas y se eliminaba la última pared divisoria—, medía más de tres millones de kilómetros la curvatura era mucho menor que en la superficie convexa de cualquier globo habitable por seres humanos. Eso hacía que la altura a la que se encontraba Fal le permitiera ver la base de aquella cordillera distante.

Fal pensaba que vivir en un planeta y ver las cosas a lo largo de una curvatura debía de ser muy extraño; por ejemplo, los mástiles de un barco aparecerían en el horizonte antes que el resto de la embarcación.

De repente se dio cuenta de que si estaba pensando en planetas era por algo que Jase había dicho. Se dio la vuelta y contempló la máquina color gris oscuro mientras su memoria a corto plazo le repetía exactamente lo que acababa de decir.

—¿La Mente se desplazó por el hiperespacio para llegar hasta el planeta? —preguntó—. ¿Y luego utilizó el campo distorsionante para esconderse?

—Eso es lo que dijo que intentaría hacer cuando envió el mensaje codificado en sus pautas de destrucción. El planeta sigue allí, así que debió conseguirlo. Si hubiera fracasado, un mínimo de la mitad de su masa habría reaccionado con la sustancia planetaria como si fuese antimateria.

—Comprendo —Fal se rascó la mejilla con un dedo—. Creía que eso era imposible…

El tono de su voz era interrogativo. Miró a Jase.

—¿El qué? —preguntó la unidad.

—Hacer… —el que Jase no la hubiera entendido al instante hizo que moviera la mano en un gesto de impaciencia mientras fruncía el ceño—. Hacer lo que hizo. Meterse por debajo de algo tan grande en el hiperespacio y rebotar por encima luego. Me dijeron que era algo absolutamente inconcebible, algo con lo que no podíamos contar…

—También se lo dijeron a esa Mente, pero estaba desesperada. El mismísimo Consejo de Guerra General decidió que deberíamos intentar duplicar esa hazaña usando una Mente similar y un planeta del que se pudiera prescindir.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó Fal, sonriendo ante la idea de un planeta «del que se pudiera prescindir».

—Ninguna Mente quiso tomar en consideración la idea; es demasiado peligroso. Hasta las Mentes elegibles del Consejo de Guerra se negaron.

Fal se rió y alzó los ojos hacia las flores rojas y blancas que cubrían el entramado de listones. Jase —que, en lo más hondo de su ser, era un romántico incurable— estaba convencido de que su risa era idéntica al murmullo tintineante de los arroyos de montaña, y siempre la grababa para disfrutar de ella posteriormente, incluso cuando se trataba de meros bufidos o risotadas, incluso cuando Fal estaba de mal humor y la risa era un arma más con que expresar su irritación. Jase sabía que una máquina no podía morirse de vergüenza —ni tan siquiera una máquina consciente—, pero también sabía que si Fal llegaba a enterarse de que grababa sus risas sería justamente lo que le ocurriría. Fal dejó de reír.

—¿Qué aspecto tiene esa cosa? —preguntó—. Quiero decir que… Nunca las ves sueltas, siempre están metidas en algo…, una nave o lo que sea. ¿Y cómo se las arregló para…? ¿Qué usó para crear el campo distorsionador?

—Externamente es un elipsoide —dijo Jase con su voz tranquila y mesurada de costumbre—. Cuando conecta los campos se parece a una nave muy pequeña. Mide unos diez metros de largo y unos dos y medio de diámetro. Internamente, cuenta con millones de componentes, pero los más importantes son las partes pensantes y la memoria de la Mente propiamente dicha; son muy densos y eso es lo que la hace tan pesada. Pesa casi quince mil toneladas. Naturalmente, posee su propia fuente de energía y cuenta con varios generadores de campo, cualquiera de los cuales puede ser utilizado como motor de emergencia en un momento dado. De hecho, se los diseña pensando en tal eventualidad… La única parte de la Mente que siempre está en el espacio real es la envoltura. El resto, al menos, todas las partes pensantes, se mantiene en el hiperespacio.

»Dando por supuesto, como debemos hacer, que la Mente hizo lo que dijo que pensaba hacer, sólo hay una forma posible de llevar a cabo esa tarea, dado que no posee un Desplazador o un motor de campo distorsionante. —Jase hizo una pausa y vio como Fal se inclinaba hacia adelante con los codos en las rodillas y las manos cruzadas debajo del mentón. Vio como movía la espalda para desplazar su peso, y captó la levísima mueca de dolor que cruzó por sus rasgos y desapareció casi al instante. Jase decidió que el banco de piedra estaba empezando a resultarle incómodo, y se puso en contacto con uno de los robots del albergue para ordenarle que trajese algunos almohadones—. La Mente posee un distorsionador interno, pero se supone que sólo debe ser utilizado para expandir volúmenes microscópicos de la memoria con el fin de crear más espacio alrededor de las secciones de información, en forma de partículas-espirales elementales del tercer nivel, que desee alterar. El límite de volumen normal de ese distorsionador es inferior a un milímetro cúbico. No sabemos cómo, pero esa Mente se las arregló para manipularlo de tal forma que abarcara toda su masa y la permitiera reaparecer bajo la superficie del planeta. Un lugar donde hubiera bastante espacio libre habría sido el objetivo más lógico, y los túneles del Sistema de Mando parecen una elección obvia; la Mente dijo que pensaba dirigirse hacia allí.

—Bien —dijo Fal asintiendo con la cabeza—. De acuerdo. Y ahora, ¿cuáles…? Oh.

Un robot de pequeño tamaño que sostenía dos almohadones enormes en su campo de fuerza acababa de aparecer junto a ella.

—Hmmm… Gracias —dijo Fal, sosteniéndose con una mano mientras colocaba un almohadón debajo de su cuerpo y ponía el otro detrás de su espalda—. ¿Esto ha sido cosa tuya, Jase? —le preguntó.

—No —mintió Jase, secretamente complacido—. ¿Qué ibas a preguntarme?

—Esos túneles… —dijo Fal, inclinándose hacia adelante de una forma bastante más cómoda que la vez anterior—. Ese Sistema de Mando… ¿Qué es?

—Para decirlo brevemente, consiste en dos aros gemelos interconectados de túneles que miden veintidós metros de diámetro enterrados a cinco kilómetros de profundidad. El conjunto del sistema mide varios centenares de kilómetros de longitud. Los trenes fueron diseñados para ser usados en tiempo de guerra como centros de mando móviles de un estado que existió en el planeta cuando éste se hallaba en la fase intermedia-sofisticada de la etapa tres. El arma más avanzada de aquella época era la bomba de fusión transportada mediante un cohete guiado transplanetario. El Sistema de Mando fue diseñado para…

—Sí —Fal alzó la mano y la movió rápidamente de un lado a otro—. Protegerles y mantenerles en movimiento para que no pudieran hacerlos volar en pedazos. ¿Correcto?

—Sí.

—¿Qué clase de protección rocosa tenían?

—Granito —dijo Jase.

—¿Batolítico?

—Un momento… —dijo Jase mientras hacía una consulta—. Sí. Correcto: un batolito.

—¿Un batolito? —preguntó Fal enarcando las cejas—. ¿Sólo uno?

—Sólo uno.

—¿Es un mundo de gravedad ligeramente baja? ¿Corteza gruesa?

—Ambas cosas.

—Ya… Así que la Mente está dentro de esos… —Sus ojos se pasearon por la terraza sin ver nada de lo que había en ella, pero el ojo de su mente estaba contemplando kilómetros de túneles sumidos en la oscuridad (y pensando que sobre ellos podía haber algunas montañas realmente impresionantes. Todo ese granito y la baja gravedad… Sería un territorio magnífico para el alpinismo). Acabó volviéndose de nuevo hacia la máquina—. Bien, ¿y qué ocurrió? Es un Planeta de los Muertos. ¿Los nativos lograron acabar consigo mismos o qué?

—Eliminaron su raza hasta el último humanoide hace once mil años. Utilizaron armas biológicas, no nucleares.

—Hmmm —Fal asintió.

El motivo de que los Dra'Azon hubieran convertido el Mundo de Schar en uno de sus Planetas de los Muertos resultaba obvio. Si eras una superespecie de energía pura que llevaba mucho tiempo alejada de la vida galáctica normal basada en la materia y tu objetivo era acordonar y conservar esos dos o tres planetas que creías podían ser un monumento adecuado a la muerte y la futilidad, el Mundo de Schar, con su sórdida y breve historia, parecía el tipo de sitio que pondrías en uno de los primeros lugares de tu lista.

Algo pasó por su cabeza.

—Ha transcurrido muchísimo tiempo. ¿Cómo es posible que los túneles no estén obstruidos? La presión correspondiente a cinco kilómetros…

—No lo sabemos —Jase suspiró—. Los Dra'Azon no se han mostrado muy dispuestos a proporcionar información al respecto. Es posible que los ingenieros del Sistema dieran con una técnica gracias a la cual los túneles han podido soportar la presión durante semejante período de tiempo. Admito que es improbable, pero por aquellos tiempos eran muy ingeniosos.

—Es una lástima que no consagraran algo más de ingenio a la tarea de mantenerse con vida, en vez de a concebir una carnicería masiva lo más eficiente posible —dijo Fal, y emitió una especie de resoplido.

Las palabras de la chica hicieron que Jase sintiera un cierto placer (el resoplido no) pero, al mismo tiempo, detectó en ellas una leve huella de esa mezcla de desprecio y autosatisfacción complaciente que la Cultura encontraba tan difícil de contener cuando observaba los errores cometidos por sociedades menos avanzadas, pese al hecho de que las civilizaciones que habían servido como fuentes a su pasado de mestizaje habían sido igualmente falibles. Aun así, Fal tenía razón. La experiencia y el sentido común indicaban que el método más fiable de escapar a la autoextinción era empezar no equipándose con los medios para llevarla a cabo.

—Bueno… —dijo Fal bajando la vista y golpeando las piedras grisáceas con el talón de su pierna sana—. La Mente está en los túneles; los Dra'Azon están fuera. ¿Cuál es el límite de la Barrera del Silencio?

—El habitual, la mitad de la distancia hasta la estrella más cercana. Por el momento y en el caso del Mundo de Schar, trescientos diez días luz estándar.

—¿Y…? —Extendió una mano hacia Jase, alzó la cabeza y enarcó las cejas. Una brisa casi imperceptible acarició el entramado de listones que había encima de su cabeza, y las sombras de las flores se movieron sobre su cuello—. ¿Cuál es el problema?

—Bueno —dijo Jase—, la razón de que la Mente estuviera dentro de esa nave es…

—Que tenía graves problemas. De acuerdo. Sigue.

Jase no había vuelto a irritarse ante las continuas interrupciones de Fal desde la primera vez en que ésta le regaló una flor cogida en la cima de una montaña.

—El Mundo de Schar cuenta con una pequeña base, al igual que ocurre en casi todos los Planetas de los Muertos —siguió diciendo—. Como de costumbre, el personal procede de alguna pequeña sociedad no dinámica nominalmente neutral de cierta madurez galáctica…

—El Cambiante —le interrumpió Fal hablando muy despacio, como si por fin hubiera encontrado la respuesta a un enigma que la había estado obsesionando durante horas y que debía haber sido muy fácil de resolver. Alzó los ojos hacia el entramado cubierto de flores y contempló el cielo azul que había más allá. Unas nubéculas blancas avanzaban muy despacio hacia el horizonte. Sus ojos volvieron a posarse en la unidad—. Tengo razón, ¿verdad? Ese Cambiante que…, y esa agente especial de Circunstancias, Balveda, y el sitio donde tienes que haber entrado en plena senilidad para gobernar… Los de la base del Mundo de Schar son Cambiantes y ese tipo… —Se quedó callada y frunció el ceño—. Pero creía que había muerto.

—Ahora no estamos tan seguros. El último mensaje de la UGC Energía nerviosa parecía indicar que quizá hubiera logrado escapar.

—¿Qué ha sido de la UGC?

—No lo sabemos. Perdimos el contacto con ella mientras intentaba capturar la nave idirana en vez de limitarse a destruirla. Se supone que ambas han dejado de existir.

—Capturarla, ¿eh? —dijo Fal con cierta sorna—. Otra Mente presumida… Pero se trata de eso, ¿verdad? Los idiranos podrían utilizar los servicios de ese tipo… ¿Cómo se llama? ¿Conocemos su nombre?

Bora Horza Gobuchul.

—Y nosotros no disponemos de ningún Cambiante.

—Tenemos una, pero se encuentra al otro extremo de la galaxia en una misión urgente no relacionada con la guerra; haría falta un año para traerla hasta aquí. Además, nunca ha estado en el Mundo de Schar y el aspecto más peligroso de todo el problema es que Bora Horza Gobuchul sí ha estado allí.

—Oh, oh —dijo Fal.

—Además, tenemos informaciones sin confirmar de que la misma flota idirana que interceptó a la nave también intentó seguir a la Mente hasta el Mundo de Schar enviando una pequeña fuerza de desembarco, pero no tuvo éxito. Por lo tanto, el Dra'Azon que se ocupa del Mundo de Schar quizá sospeche algo. Puede que deje pasar a Bora Horza Gobuchul porque ha trabajado antes con el personal de cuidadores del planeta, pero ni tan siquiera él tiene la seguridad de que se le permitirá llegar al planeta. Cualquier otra persona… Realmente, es muy dudoso.

—Naturalmente, ese pobre diablo podría estar muerto.

—Los Cambiantes son notoriamente difíciles de matar y, además, dadas las circunstancias, limitarse a confiar en esa posibilidad no me parece nada prudente.

—Y te preocupa que el Cambiante pueda encontrar a esa preciosa Mente y entregársela a los idiranos.

—Podría ocurrir.

—Suponiendo que ocurriera, Jase… —dijo Fal entrecerrando los ojos e inclinándose hacia la máquina—. ¿Qué más da? ¿Crees que eso cambiaría mucho la situación? ¿Qué ocurriría si los idiranos pudieran echarle mano a esa joven Mente que, y eso lo admito, parece tener tantos recursos?

—Dando por supuesto que vamos a ganar la guerra… —dijo Jase con voz pensativa—. Podría hacer que el proceso durase un puñado de meses más.

—¿Y cuántos meses se supone que alargaría eso el proceso? —preguntó Fal.

—Supongo que entre tres y siete. Depende de a qué especie pertenezca la mano que utilices.

Fal sonrió.

—Y el problema es que la Mente no puede destruirse sin hacer que el Planeta de los Muertos acabe todavía más muerto de lo que ya está… De hecho, si se destruye el planeta quedará convertido en un cinturón de asteroides.

—Exactamente.

—Por lo tanto, es posible que ese diablillo haya cometido un grave error salvándose de la quema. Quizá debería haberse hundido con su nave.

—Eso se llama instinto de supervivencia. —Jase hizo una pausa mientras Fal asentía y siguió hablando—. Está programado en la inmensa mayoría de seres vivos. —Su campo de fuerza acarició la pierna fracturada de la joven en una exhibición más bien melodramática—. Aunque, naturalmente, siempre hay excepciones…

—Sí —dijo Fal, obsequiándole con una mueca que esperaba resultase lo más parecida posible a una sonrisa condescendiente—. Muy gracioso, Jase.

—Captas el problema, ¿verdad?

—Capto el problema —dijo Fal—. Naturalmente, podríamos abrirnos paso hasta el planeta por la fuerza y, si es necesario, podríamos volarlo en pedacitos, y al infierno con los Dra'Azon.

Sonrió.

—Sí —admitió Jase—, y eso nos enemistaría con un poder cuya nebulosa y desconocida magnitud es exactamente igual a la extensión de su inmensidad, lo que pondría en peligro todo el desenlace de la guerra. También podríamos rendirnos a los idiranos, pero dudo mucho de que optemos por esa solución.

—Bueno, ya que estamos tomando en consideración todas las opciones posibles…

Fal se rió.

—Oh, sí.

—De acuerdo, Jase, si eso es todo… Deja que piense en el problema durante un tiempo —dijo Fal 'Ngeestra, irguiéndose en el banco y estirándose con un bostezo—. Parece interesante. —Meneó la cabeza—. Pero se trata de un problema cuya solución está en manos de los dioses, ¿no te parece? Tenme informada de todo lo que te parezca relevante o relacionado con el problema… Cualquier cosa, sea lo que sea. Me gustaría concentrarme en esta faceta de la guerra durante un tiempo; y quiero toda la información de que dispongamos sobre el Golfo Sombrío… Al menos, toda la que yo pueda absorber. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo Jase.

—Hmmm —murmuró Fal, asintiendo distraídamente con los ojos clavados en la nada—. Sí… Todo lo que tenemos sobre esa área… Me refiero al volumen…

Movió la mano en un lento círculo, y en su imaginación el gesto abarcó un cubo cuya arista medía varios millones de años luz.

—Muy bien —dijo Jase.

Se alejó lentamente de la mirada de la chica. Flotó sobre la terraza moviéndose entre los haces de sol y sombra, desplazándose por debajo de las flores hacia el albergue.

La chica se quedó sola en el banco, meciéndose hacia adelante y hacia atrás mientras canturreaba en voz baja, las manos bajo el mentón y los codos encima de las rodillas, con una articulación doblada y la otra recta.

«Aquí estamos —pensó—, matando a los inmortales, faltando muy poco para que nos metamos en los asuntos de algo que casi todas las personas llamarían un dios, y aquí estoy yo, a ochenta mil años luz de distancia, metro más o menos, y se supone que he de pensar cómo salimos de esta ridícula situación. Vaya broma… Maldición. Ojalá me dejaran trabajar como Referenciadora de Campo, allí donde está la acción. Pero no, tengo que estar lejos de todo, tan lejos que hacen falta más de dos años luz sólo para llegar hasta allí. Oh, bueno, qué se le va a hacer…»

Desplazó su peso sobre el banco y se sentó de lado para que su pierna rota descansara sobre la superficie de piedra. Después volvió la cabeza hacia las montañas que brillaban al otro extremo de la llanura. Apoyó el codo en el parapeto de piedra y se sostuvo la cabeza con la mano mientras sus ojos absorbían el panorama.

Se preguntó si realmente harían honor a su promesa de no mantenerla bajo observación cuando practicaba el alpinismo. Fal les creía perfectamente capaces de tener una miniunidad, un microproyectil o algo parecido cerca de ella por si se daba el caso de que le ocurría algo, y una vez ocurrido ese algo —después del accidente, después de que se hubiera caído—, dejarla tirada en la nieve, asustada, sufriendo las punzadas del frío y el dolor sólo para convencerla de que no la vigilaban y para ver qué efecto tenía aquella experiencia sobre ella. Siempre que no corriera ningún auténtico peligro mortal, claro… Después de todo, sabía cómo funcionaban sus Mentes. Si ella estuviese al mando, era justo el tipo de plan que podría haberle pasado por la cabeza.

«Quizá debería limitarme a hacer las maletas y largarme de aquí. Dejarles solos para que se metan su guerra donde les quepa… El problema es que… Todo esto me gusta tanto…»

Contempló una de sus manos, la piel de un marrón dorado bajo el rayo de sol. La abrió y la cerró observando atentamente los dedos. «De tres… a siete…» Pensó en una mano idirana. «Depende…»

Sus ojos recorrieron la llanura surcada de sombras hasta posarse en las montañas y suspiró.

5. Megabarco

Vavatch flotaba en el espacio como el brazalete de un dios. El aro de catorce millones de kilómetros relucía y centelleaba con destellos azul y oro, recortando su silueta contra el telón de fondo negro azabache que se desplegaba detrás de él. La Turbulencia en cielo despejado emergió del hiperespacio con el Orbital delante de la proa, y casi toda la tripulación se congregó ante la pantalla del comedor para observar cómo su objetivo se iba aproximando. El océano color aguamarina que cubría casi toda la superficie del material de base ultradenso utilizado en la construcción del artefacto estaba salpicado de nubéculas blancas que se agrupaban según los caprichos del clima para formar inmensos sistemas tormentosos o vastas cordilleras algodonosas. Algunas de ellas parecían extenderse a lo largo de los treinta y cinco mil kilómetros de anchura del Orbital que giraba lentamente sobre sí mismo.

La única tierra visible se encontraba a un extremo de la banda de agua que recubría el aro, trepando por la curvatura de un muro de contención hecho de cristal puro. Desde la distancia a la que la observaban, aquella rebanada de tierra parecía un minúsculo hilo marrón colocado junto a un inmenso radio del más vivido azul, pero ese hilo medía casi dos mil kilómetros de diámetro. Vavatch tenía tierra más que suficiente.

Pero los Megabarcos eran su mayor atractivo, y siempre lo habían sido.

* * *

—¿A qué iglesia perteneces? —preguntó Dorolow volviéndose hacia Horza—. Tendrás alguna religión, ¿no?

—Sí —replicó Horza sin apartar los ojos de la pantalla que ocupaba casi toda la pared al final de la mesa del comedor—. Creo en mi supervivencia.

—Entonces… Tu religión muere contigo. Qué pena —dijo Dorolow, apartando los ojos de Horza y posándolos en la pantalla.

El Cambiante prefirió no replicar.

La conversación había empezado cuando Dorolow, impresionada por la belleza del gran Orbital, expresó la creencia de que pese a haber sido construido por criaturas tan viles como los seres humanos ofrecía un testimonio triunfante del poder de Dios, ya que Dios había creado al Hombre y a todas las criaturas dotadas de alma. Horza no estaba de acuerdo con Dorolow, y el que aquella mujer pudiera utilizar una demostración tan obvia del poder de la inteligencia y el trabajo como un argumento con el que apoyar su sistema de creencias irracionales le había hecho sentir una irritación tan sincera como inesperada.

Yalson, que estaba sentada junto a Horza y cuyo pie acariciaba suavemente el tobillo del Cambiante, apoyó los codos sobre la superficie de plástico cubierta de platos y recipientes de líquido.

—Y van a hacerlo volar dentro de cuatro días. Qué jodido desperdicio…

Yalson nunca tuvo ocasión de averiguar si sus palabras habrían servido como finta para cambiar de tema, pues el altavoz del comedor emitió un crujido y en cuanto éste se hubo disipado oyeron la voz de Kraiklyn, que estaba en el puente.

—Bueno, amigos, pensé que quizá os gustaría ver esto…

La imagen del Orbital fue sustituida por una pantalla en blanco sobre la que apareció un mensaje en letras que parpadeaban.

AVISO / SEÑAL / AVISO / SEÑAL / AVISO / SEÑAL / AVISO:

¡ATENCIÓN NAVES! EL ORBITAL VAVATCH Y SU CUBO JUNTO CON TODAS LAS UNIDADES AUXILIARES SERÁ DESTRUIDO, REPETIMOS, DESTRUIDO. EXACTAMENTE A LAS A/4872.0001 TIEMPO DE MARAIN (EQUIVALENTE TIEMPO CUBO-GT 00043.2909.401: EQUIVALENTE TIEMPO MIEMBRO TRES 09.256.8: EQUIVALENTE TIEMPO RELATIVO IDIR QU'URIBALTA 359.0021: EQUIVALENTE TIEMPO VAVATCH SEG SÉPTIMO 4010.5) MEDIANTE HIPERINTRUSIÓN DE REJILLA NIVEL NOVA Y SUBSIGUIENTE BOMBARDEO AMC. MENSAJE ENVIADO POR EL VEHÍCULO GENERAL DE SISTEMAS DE LA CULTURA ESCATÓLOGO (NOMBRE PROVISIONAL). REGISTRADO A LAS A/4870.986: BASE MARAIN A TODAS LAS TRANSMISIONES… SIGUE FIN DE SEÑAL…

SIGUE REPETICIÓN DE SEÑAL NÚMERO UNO EN UN TOTAL DE SIETE:

AVISO / SEÑAL / AVISO / SEÑAL / AVISO…

—Acabamos de atravesar el radio de emisión de esa señal —añadió Kraiklyn—. Os veré luego.

El altavoz emitió otro crujido y se calló. El mensaje se desvaneció, y la imagen del Orbital volvió a ocupar toda la pantalla.

—Hmmm —dijo Jandraligeli—. Breve y conciso.

—Tal y como os había dicho —replicó Yalson, señalando la pantalla con la cabeza.

—Recuerdo… —empezó a decir Wubslin contemplando la brillante banda azul y blanca de la pantalla—. Recuerdo que cuando era muy pequeño una de mis maestras puso un barquito de metal dentro de un cubo y lo llenó de agua. Después agarró el cubo por el asa y me cogió en brazos, sosteniéndome con la espalda junto a su pecho para que mis ojos quedaran en la misma dirección que los suyos. Empezó a dar vueltas y más vueltas, moviéndose cada vez más deprisa, dejando que la inercia de sus giros alejara el cubo de su cuerpo, y el cubo acabó quedando paralelo al suelo con la superficie del agua que contenía formando un ángulo de noventa grados con relación a éste, y yo no podía moverme, y sentía la inmensa mano de una mujer adulta apretando mi estómago, y todo giraba a mi alrededor y no apartaba los ojos de ese barquito de juguete que seguía flotando en el agua, aunque la superficie del agua se había convertido en una línea recta paralela a mi cara, y mi maestra dijo: «Si alguna vez tienes la suerte de ver los Megabarcos de Vavatch te acordarás de esto».

—¿Sí? —dijo Lamm—. Bueno, pues la mano que sujeta la jodida asa del cubo está a punto de soltarla.

—Espero que nos hayamos alejado de la superficie cuando lo hagan —dijo Yalson.

Jandraligeli se volvió hacia ella y enarcó una ceja.

—Querida, después de ese último fracaso, creo que ya nada puede sorprenderme.

—Entrada fácil, salida fácil —dijo Aviger, y se rió.

* * *

El trayecto de Marjoin a Vavatch había requerido veintitrés días. La Compañía se fue recuperando gradualmente de los efectos provocados por el infortunado ataque al Templo de la Luz. Los que participaron en la incursión habían sufrido algunas distensiones musculares y arañazos; Dorolow estuvo ciega un par de días, y durante algún tiempo casi todos los miembros de la Compañía estuvieron más callados de lo normal y rehuyeron la compañía de los demás, pero cuando Vavatch se hizo visible la vida a bordo de la nave estaba empezando a resultar tan aburrida —incluso con menos gente ocupando el poco espacio disponible—, que todos anhelaban distraerse emprendiendo una nueva operación.

Horza se apropió del rifle láser que había pertenecido a kee-Alsoro-fus, y llevó a cabo todas las reparaciones rudimentarias y mejoras de su traje que el limitado equipo de la Turbulencia en cielo despejado podía permitirle efectuar. Kraiklyn no paraba de elogiar el traje que le había quitado a Horza; el traje le había permitido salir bien librado de la catástrofe en la sala del Templo de la Luz, y aunque había recibido algunos disparos de considerable potencia éstos apenas habían dejado señales, y mucho menos averías.

Neisin dijo que de todas formas siempre había odiado los láseres, y afirmó que jamás volvería a utilizar uno. Poseía un rifle de proyectiles de disparo rápido en perfecto estado, y tenía montones de munición. En el futuro siempre utilizaría el rifle o el Microobús.

Horza y Yalson habían empezado a dormir juntos cada noche en el que ahora era su camarote y que anteriormente había pertenecido a las dos mujeres. Los largos días del viaje habían hecho que su relación fuera volviéndose más íntima, pero seguían hablando poco, al menos para ser una pareja de recién enamorados. Los dos parecían preferirlo así. El cuerpo de Horza había completado su regeneración después de haber adoptado la personalidad del Gerontócrata, y todas las arrugas, cicatrices y cambios exigidos por aquel papel habían desaparecido. Horza había explicado a quien quisiera oírle que ése era su aspecto de siempre, pero en realidad había moldeado su cuerpo para que se pareciera considerablemente al de Kraiklyn. El nuevo Horza era un poco más alto y tenía el pecho más robusto que su yo neutral, y su cabello era más oscuro y abundante. Naturalmente, aún no podía permitirse Cambiar de rostro, pero los músculos y glándulas ocultos bajo la piel atezada estaban preparados para iniciar el proceso. Un trance de corta duración y estaría en condiciones de pasar por el capitán de la Turbulencia en cielo despejado; puede que Vavatch le diera la oportunidad que necesitaba.

Había pensado durante mucho rato en cuáles debían ser sus acciones futuras ahora que se había convertido en otro miembro de la Compañía. Eso le daba cierta seguridad, pero le impedía ponerse en contacto con sus jefes idiranos. Naturalmente, siempre podía seguir su propio camino, pero aquello habría sido una especie de traición a Xoralundra, tanto si el viejo idirano estaba vivo como si había muerto. Además, significaría huir de la guerra, de la Cultura y del papel que había escogido jugar en contra de ella. Aparte de todo eso, al principio también hubo una idea con la que Horza había jugueteado incluso antes de saber que su siguiente misión guardaba relación con el Mundo de Schar, y era la idea de reunirse con su antigua amante.

Su nombre era Sro Kierachell Zorant. Era lo que llamaban una Cambiante dormida, pues nunca había recibido entrenamiento y no deseaba practicar el arte del Cambio. Sro había aceptado el puesto en el Mundo de Schar en parte para escapar a la cada vez más belicosa atmósfera de Heibohrne, el asteroide natal de los Cambiantes. De aquello hacía ya siete años, y en aquellos momentos Heibohrne se encontraba dentro de lo que casi todo el mundo reconocía como espacio idirano. Muchos Cambiantes habían empezado a trabajar para los idiranos.

Horza fue enviado al Mundo de Schar en parte como castigo y en parte para su propia protección. Un grupo de Cambiantes había planeado poner en marcha las viejas centrales energéticas del asteroide y sacarlo del espacio idirano con el fin de que tanto su hogar como su especie recobraran la neutralidad en aquella guerra que comprendían iba volviéndose más inevitable a cada momento que pasaba. Horza descubrió el plan y mató a dos de los conspiradores. El tribunal de la Academia de Artes Militares de Heibohrne —su órgano de gobierno en todo salvo el nombre—, llegó a un compromiso entre el sentimiento popular del asteroide, que quería castigar a Horza por haber matado a dos congéneres, y la gratitud que sentía hacia él. El tribunal tuvo que enfrentarse a una tarea muy delicada, pues la mayoría de Cambiantes no sentían muchos deseos de que el asteroide siguiera en su posición actual dentro de la esfera de influencia idirana. El tribunal albergaba la esperanza de que enviar a Horza al Mundo de Schar con instrucciones de permanecer allí durante varios meses —pero sin imponerle ningún otro castigo— haría que todas las partes implicadas en el debate tuvieran la impresión de haberse salido con la suya. El plan del tribunal había tenido éxito; al menos, no se había producido ninguna revuelta popular, la Academia seguía siendo la fuerza rectora del asteroide y la demanda de los servicios prestados por los Cambiantes era mayor de lo que había sido nunca desde la aparición de aquella especie inimitable y única.

En ciertos aspectos Horza había tenido mucha suerte. No tenía amigos y carecía de influencia; sus padres habían muerto hacía tiempo, y su clan estaba prácticamente extinguido salvo por él. La sociedad de los Cambiantes atribuía una gran importancia a los lazos familiares, y teniendo en cuenta que carecía de una familia influyente o de amigos que hablaran en su favor, podía considerarse que Horza había salido bastante mejor librado de lo que tenía derecho a esperar.

Horza estuvo enfriándose el trasero en el Mundo de Schar durante menos de un año antes de abandonarlo para unirse a los idiranos en su lucha contra la Cultura, tanto antes como después de que recibiera el nombre oficial de guerra. Durante ese tiempo inició una relación con uno de los cuatro Cambiantes que había en la base, una mujer llamada Kierachell que mantenía puntos de vista opuestos a los de Horza en casi todo pero que, pese a ello, le había amado en cuerpo y alma. Cuando se marchó supo que el dolor de la separación fue mucho mayor para ella que para él. Su compañía le había hecho más llevadero el exilio y Kierachell le gustaba bastante, pero no había sentido nada de cuanto se supone ha de experimentar un ser humano cuando habla de amor, y poco antes de marcharse la relación estaba empezando —sólo empezando—, a resultarle un poco aburrida. En aquel entonces se dijo que la vida era así, y que si se marchaba era en parte por el bien de ella. Pero la expresión que había en sus ojos cuando la vio por última vez no era algo en lo que le gustara pensar, y Horza pasó mucho tiempo intentando olvidarla.

Había oído comentar que seguía allí, pensaba en ella y seguía conservando buenos recuerdos de aquellos momentos; y cuanto más arriesgaba la vida y cuanto más tiempo pasaba más quería volver a verla, y la idea de llevar una existencia menos agitada y peligrosa iba pareciéndole más atractiva. Se había imaginado la escena y la expresión que habría en sus ojos cuando volvieran a encontrarse… Quizá le hubiese olvidado, e incluso era posible que estuviera manteniendo una relación íntima con alguno de los otros Cambiantes de la base, pero la verdad es que Horza no lo creía. Pensaba en esas posibilidades sólo como si fuesen una especie de seguro contra riesgos.

Puede que Yalson le dificultara un poco las cosas, pero estaba intentando que su amistad y sus relaciones íntimas no adquiriesen demasiada intensidad emocional, aun estando bastante seguro de que para Yalson el tener a Horza por amante también se reducía a esas dos cosas.

Así pues, suplantaría a Kraiklyn si podía o, por lo menos, le mataría y se limitaría a tomar el mando con la esperanza de revocar las comparativamente toscas fidelidades personales programadas en el ordenador de la Turbulencia en cielo despejado o de conseguir que alguna otra persona se encargara de llevar a cabo esa tarea por él. Después iría al Mundo de Schar y se pondría en contacto con los idiranos si le era posible, pero tanto si lo conseguía como si no pensaba volver allí, suponiendo que el Señor Corrección —el apodo que los Cambiantes de la base del Mundo de Schar daban al Dra'Azon encargado de vigilar el planeta—, le permitiera atravesar la Barrera del Silencio después del fallido intento idirano de engañarle usando un animal chuy-hirtsi. Si era posible, permitiría que los demás miembros de la Compañía escogieran si querían marcharse o acompañarle.

Uno de los problemas era saber cuándo dar el golpe. Horza tenía la esperanza de que su estancia en Vavatch le ofrecería alguna oportunidad de acabar con Kraiklyn, pero Kraiklyn no parecía tener ningún plan bien definido, y eso hacía que a Horza le resultara bastante difícil trazar los suyos. Cada vez que se le había hecho alguna pregunta al respecto durante el viaje, Kraiklyn se limitó a hablar de las «grandes oportunidades» existentes en el Orbital, oportunidades que «debían surgir» debido a la inminente destrucción del artefacto.

* * *

—Ese bastardo mentiroso… —dijo Yalson una noche cuando ya llevaban recorrida la mitad de la distancia que separaba Marjoin de Vavatch.

Estaban acostados en el que ahora era su camarote, en la oscuridad de la noche de a bordo, con una media gravedad haciendo que resultara más fácil compartir el reducido espacio de la cama.

—¿A qué te refieres? —exclamó Horza—. ¿No crees que haya decidido ir a Vavatch?

—Oh, sí, iremos allí, seguro, pero no porque haya posibilidades desconocidas de hacer un trabajo con éxito. Quiere ir allí por la partida de Daño.

—¿Qué partida de Daño? —preguntó Horza, volviéndose hacia ella en la oscuridad hacia el punto en que sus hombros desnudos rozaban su brazo. Podía sentir la suavidad del vello de Yalson sobre su piel—. ¿Te refieres a una partida importante? ¿Una partida de verdad?

—Sí. El mismísimo Anillo… Lo último que oí al respecto era sólo un rumor, pero cada vez que pienso en ello me parece más lógico. Después de todo, la destrucción de Vavatch es algo seguro. Basta con que consigan un quorum.

—Los Jugadores en la Víspera de la Destrucción… —Horza dejó escapar una leve carcajada—. ¿Crees que Kraiklyn quiere jugar o piensas que se limitará a hacer de mirón?

—Supongo que intentará jugar. Si es tan bueno como afirma hasta es posible que le dejen participar, siempre que pueda apostar lo que se exije. Se supone que así es como ganó la Turbulencia en cielo despejado… No se la ganó a nadie que formara parte del Anillo, pero si apostaban naves me imagino que los otros jugadores debían de ser auténticos pesos pesados. Aun así, supongo que si no hay más remedio está preparado para conformarse con mirar. Apuesto a que ésa es la razón de que nos hayamos embarcado en este pequeña excursión de recreo. Puede que intente dar con alguna excusa o que monte alguna operación en el último instante, pero ésa es la auténtica razón: el Daño. O ha oído algo o actúa basándose en una hipótesis más o menos sólida, pero es tan jodidamente obvio…

Se quedó callada, y Horza sintió el roce de su cabeza en la piel de su brazo.

—Oye, uno de los habituales del Anillo es… —dijo.

—¿Ghalssel? —Horza sintió el leve peso de aquella cabeza cubierta de un vello muy suave asintiendo junto a su brazo—. Sí, estará allí. Suponiendo que le haya sido posible desplazarse, claro… Sería capaz de quemar los motores de la Ventaja para asistir a una partida importante de Daño, y teniendo en cuenta lo mucho que se ha caldeado últimamente la situación por aquella zona y la cantidad de maravillosas oportunidades tipo entrada-fácil, salida-fácil que ofrece… No me lo imagino dejando escapar la ocasión. —La voz de Yalson sonaba un tanto amarga—. En cuanto a mí, creo que Ghalssel tiene adjudicado el papel de protagonista en todos los sueños eróticos de Kraiklyn. Kraiklyn está convencido de que ese tipo es todo un jodido héroe. Mierda…

—Yalson, dos preguntas —dijo Horza en el oído de la mujer, sintiendo cómo su cabello le hacía cosquillas en la nariz—. Primera: ¿cómo es posible que Kraiklyn tenga sueños eróticos si no duerme nunca? Segunda: ¿y si ha instalado sensores en los camarotes?

La cabeza de Yalson se volvió rápidamente hacia él.

—Joder, ¿qué más da? No le tengo miedo. Sabe que soy una de las personas más preparadas y dignas de confianza de toda su tripulación; sé disparar y no lleno mis pantalones de mierda en cuanto las cosas empiezan a ponerse difíciles. Además, creo que Kraiklyn es lo más parecido a un líder que tenemos a bordo de esta nave. No es probable que encontremos a nadie mejor, y él lo sabe. No te preocupes por mí. De todas formas… —Horza sintió cómo sus hombros y su cabeza volvían a moverse, y supo que estaba mirándole—. Si alguien me dispara por la espalda tú me vengarías, ¿verdad?

La idea jamás había pasado por la cabeza de Horza.

—¿Verdad? —repitió Yalson.

—Bueno, yo… Claro que sí —dijo él.

Yalson no se movió. Horza podía oír el sonido de su respiración.

—Me vengarías, ¿verdad? —preguntó Yalson.

Horza extendió los brazos y la cogió por los hombros. Su cuerpo estaba caliente, el vello que cubría su piel era muy suave y los músculos y la carne del esbelto cuerpo que había debajo de la capa de vello eran fuertes y firmes.

—Sí, te vengaría —dijo, y sólo entonces se dio cuenta de que hablaba en serio.

* * *

Durante el trayecto entre Marjoin y Vavatch, el Cambiante descubrió cuanto quería saber sobre los controles y fidelidades de la Turbulencia en cielo despejado.

Kraiklyn llevaba un anillo de identidad en el dedo meñique de la mano derecha, y algunas cerraduras de la nave sólo funcionaban en presencia de la firma electrónica contenida dentro de ese anillo. El control de la nave dependía de una conexión identificatoria audiovisual; el ordenador de la nave reconocía el rostro de Kraiklyn, así como su voz cuando decía «Soy Kraiklyn». Era así de sencillo. Hubo una época en que la nave también poseía un sistema de identificación retinal, pero se había averiado hacía mucho tiempo y ya no estaba a bordo. Horza se alegró. Copiar la pauta retinal de una persona era una operación delicada y compleja que requería, entre otras muchas cosas, el cuidadoso desarrollo de una gran cantidad de células alrededor del iris. Casi tenía más sentido decidirse por una transcripción genética total donde el ADN del sujeto se convertía en el modelo para un virus que sólo dejaba sin alterar el cerebro del Cambiante y, si éste así lo quería, sus gónadas. Afortunadamente, adoptar la identidad del capitán Kraiklyn no requeriría medidas tan extremas.

Horza descubrió cuáles eran las fidelidades de la nave cuando habló con el Hombre para pedirle una lección de pilotaje. Al principio Kraiklyn mostró cierta reluctancia, pero Horza no insistió y respondió a un par de las preguntas aparentemente casuales sobre ordenadores que le hizo Kraiklyn después de su petición fingiendo la más absoluta ignorancia. Kraiklyn pareció convencerse de que enseñarle a pilotar la Turbulencia en cielo despejado no llevaba implícito el riesgo de que Horza se apoderase de la nave, por lo que acabó permitiendo que Horza practicara el pilotaje manual usando los más bien toscos controles en su modalidad de simulador bajo las instrucciones de Mipp mientras la nave atravesaba el espacio con rumbo a Vavatch dirigida por el sistema automático.

* * *

—Aquí Kraiklyn —anunció el sistema de megafonía del comedor pocas horas después de que hubieran atravesado la señal de la Cultura que advertía sobre la inminente destrucción del Orbital.

La tripulación estaba sentada a la mesa después de comer, bebiendo o inhalando vapores, relajándose o, en el caso de Dorolow, haciendo la señal del Círculo de Llamas sobre su frente y recitando la Plegaria de Gratitud. El gran Orbital seguía en la pantalla del comedor y había aumentado considerablemente de tamaño, llenando casi toda la imagen con el lado diurno de su superficie interna, pero todo el mundo se había hartado un poco de verlo y ahora sólo recibía alguna que otra mirada ocasional. Dejando aparte a Lenipobra y Kraiklyn, todos los demás estaban allí. Cuando oyeron la voz de Kraiklyn se miraron o alzaron los ojos hacia el altavoz.

—Tengo un trabajo para nosotros, algo que acabo de confirmar. Wubs-lin, prepara la lanzadera. Me reuniré con los demás en el hangar dentro de tres horas, tiempo de la nave. Quiero que llevéis el traje y todo el equipo. Y no os preocupéis; esta vez no habrá presencias hostiles. Esta vez es realmente lo-que-ya-sabéis tanto al entrar como al salir.

El altavoz emitió un crujido y se quedó callado. Horza y Yalson intercambiaron una rápida mirada.

—Bueno —dijo Jandraligeli, reclinándose en su asiento y cruzando las manos detrás del cuello. Su rostro adoptó una expresión pensativa y las cicatrices que lo adornaban se hicieron un poco más profundas—. Nuestro estimado líder ha vuelto a encontrarnos una misión para que empleemos nuestros pequeños talentos, ¿eh?

—Espero que no sea en otro jodido templo —gruñó Lamm, rascándose la carne que rodeaba a sus pequeños cuernos injertados.

—¿Qué pasa, crees que en Vavatch hay templos? —le preguntó Neisin.

Estaba un poco borracho, y eso le volvía ligeramente más hablador de lo que solía ser cuando se encontraba acompañado. Lamm volvió la cabeza hacia el hombrecillo sentado al otro lado de la mesa a unos cuantos asientos de distancia.

—Amigo, será mejor que te vayas quitando la mona de encima —le dijo.

—Barcos —replicó Neisin, cogiendo el cilindro terminado en una válvula que había ante él—. Ahí no hay nada, sólo barcos jodidamente grandes… No hay templos.

Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y bebió.

—Quizá haya templos en los barcos —dijo Jandraligeli.

—Y puede que en esta nave espacial haya un jodido borracho —dijo Lamm sin apartar los ojos de Neisin. Neisin le devolvió la mirada—. Procura que se te pase pronto, Neisin —añadió Lamm señalando con un dedo al hombrecillo.

—Creo que me iré al hangar —dijo Wubslin.

Se puso en pie y salió del comedor.

—Voy a ver si Kraiklyn quiere que le eche una mano —dijo Mipp y partió en dirección opuesta saliendo por otra puerta.

—¿Creéis que aún podremos ver alguno de esos Megabarcos?

Aviger estaba contemplando la pantalla. Dorolow también alzó los ojos hacia ella.

—No seas estúpido, joder —dijo Lamm—. No son tan grandes.

—Son muy grandes —dijo Neisin con un asentimiento de cabeza dirigido a sí mismo y al pequeño cilindro de bebida. Lamm le miró, miró a los demás y meneó la cabeza—. Sí —dijo Neisin—, son enormes.

—Bueno, la verdad es que sólo miden unos cuantos kilómetros de largo —suspiró Jandraligeli, reclinándose en su asiento y poniendo una expresión aún más pensativa que antes, con lo que sus cicatrices se hicieron todavía más profundas—. Eso hace que no se los pueda ver desde tan lejos. Pero no cabe duda de que son grandes.

—¿Y lo único que hacen es dar vueltas y más vueltas por el Orbital? —preguntó Yalson.

Ya conocía la respuesta, pero prefería oír hablar al mondlidiciano que soportar una discusión entre Lamm y Neisin. Horza sonrió para sí. Jandraligeli asintió.

—Una y otra vez… Necesitan unos cuarenta años para completar todo el recorrido.

—¿Es que nunca se detienen? —preguntó Yalson.

Jandraligeli la miró y enarcó una ceja.

—Jovencita, necesitan varios años sólo para alcanzar la velocidad máxima. Pesan un billón de toneladas. Nunca se detienen; se mueven en círculos sin parar. Cuentan con trasatlánticos para las excursiones y para las funciones auxiliares y de suministro; y también utilizan aeroplanos.

—¿Sabíais que en un Megabarco pesa menos? —preguntó Aviger, apoyándose los codos sobre la mesa y recorriendo con los ojos los rostros de todos los que seguían sentados a la mesa—. Eso es porque se mueven en dirección opuesta al giro del Orbital. —Aviger hizo una pausa y frunció el ceño—. ¿O es al contrario?

—Oh, joder… —dijo Lamm.

Meneó la cabeza con violencia, se puso en pie y se marchó.

Jandraligeli frunció el ceño.

—Fascinante —dijo.

Dorolow se volvió hacia Aviger y le sonrió. El anciano les contempló y asintió con la cabeza.

—Bueno, lo que sea… Es cierto —afirmó.

* * *

—Bien. —Kraiklyn puso un pie en la rampa trasera de la lanzadera y apoyó los puños en las caderas. Llevaba un par de pantalones cortos; su traje estaba detrás de él listo para ser utilizado, abierto a lo largo del pecho como si fuera la piel olvidada de algún insecto—. Ya os he dicho que tenemos un trabajo. Voy a explicaros en qué consiste. —Kraiklyn hizo una pausa y miró a los miembros de la Compañía que estaban esparcidos por el hangar, de pie, sentados o apoyados en sus armas y rifles—. Vamos a atacar un Megabarco.

Se quedó callado, aparentemente esperando una reacción. El único que puso cara de sorpresa y pareció algo impresionado fue Aviger; los demás, con sólo Mipp y el recién despertado Lenipobra ausentes, le contemplaron con expresiones impasibles. Mipp estaba en el puente; Lenipobra seguía en su camarote intentando prepararse para la misión.

—Bueno —dijo Kraiklyn, algo irritado—, todos sabéis que la Cultura destruirá Vavatch dentro de pocos días. La gente ha estado utilizando todos los medios de transporte disponibles para largarse de aquí, y ahora los Megabarcos están vacíos, dejando aparte algunos equipos de salvamento y desguace. Supongo que ya se han llevado todos los objetos y sistemas de valor que contenían. Pero existe un barco llamado Olmedreca donde un par de equipos mantuvieron una pequeña discusión. Una persona bastante descuidada se dejó a bordo una bomba atómica de pequeño tamaño, y ahora el Olmedreca tiene un agujero condenadamente grande en un flanco. Sigue a flote y continúa en movimiento, pero la bomba estalló en uno de sus flancos y eso no le ha ayudado a mantener un rumbo muy preciso, por lo que ha empezado a moverse en una gran curva, y a cada segundo que pasa se acerca más y más al muro del Borde exterior. Según la última transmisión que capté nadie está muy seguro de si se estrellará antes de que la Cultura acabe con Vavatch, pero no parecen muy dispuestos a correr riesgos, así que no hay nadie a bordo.

—Y tú quieres que vayamos allí —dijo Yalson.

—Sí, porque he estado en el Olmedreca y creo recordar algo que todo el mundo ha olvidado en su apresuramiento por largarse: los láseres de proa.

Algunos miembros de la Compañía intercambiaron miradas escépticas.

—Sí, los Megabarcos tienen láseres de proa.., especialmente el Olmedreca. Solía navegar por zonas del Mar Circular que la mayoría de barcos evitaban, sitios donde había montones de algas flotantes o icebergs. Dado su tamaño las maniobras le resultaban más bien difíciles, por lo que debía ser capaz de acabar con cualquier cosa que se cruzara en su camino, y necesitaba contar con la potencia de fuego suficiente para conseguirlo. El armamento frontal del Olmedreca haría ruborizarse de vergüenza a unos cuantos navíos de combate. Ese trasto podía abrirse camino a través de un iceberg mayor que él, y era capaz de acabar con islas de algas flotantes tan grandes que la gente solía pensar que estaba atacando la mismísima Tierra del Borde. Mi hipótesis, y es bastante sólida porque he estado escuchando las señales que recibimos y me he dedicado a leer entre líneas, es que nadie se ha acordado de todo ese armamento y, por lo tanto, nosotros iremos a echarle mano.

—¿Y si el barco se estrella contra el muro cuando estemos a bordo? —preguntó Dorolow.

Kraiklyn le sonrió.

—No estamos ciegos, ¿verdad? Sabemos dónde está el muro y sabemos dónde… Bueno, os aseguro que localizaremos al Olmedreca sin ninguna dificultad. Iremos allí, echaremos un vistazo y si decidimos que tenemos tiempo suficiente para ello desmontaremos unos cuantos de los láseres más pequeños… Diablos, bastaría con uno. Yo también estaré allí, ¿sabéis?, y si puedo ver el muro del Borde delante no arriesgaré mi propio cuello, ¿no os parece?

—¿Iremos en la nave? —preguntó Lamm.

—Sólo durante una parte del trayecto. El Orbital tiene la masa suficiente como para que la utilización del campo resulte bastante complicada, y las defensas automáticas del Cubo acabarían con nosotros en cuanto encendiéramos los motores de fusión. Creerían que nuestros motores eran meteoritos o algo parecido… No, dejaremos la nave aquí sin nadie a bordo. Si hay alguna emergencia siempre puedo manejarla por control remoto desde mi traje. Emplearemos los campos de fuerza de la lanzadera. Los campos de fuerza funcionan estupendamente en un Orbital. Oh, eso es algo que debéis recordar: no intentéis utilizar vuestras unidades antigravitatorias en el Orbital, ¿entendido? La antigravedad sólo es efectiva contra la masa, no contra la rotación, así que si salís disparados por encima del borde creyendo que podíais volar acabaríais tomando un baño inesperado.

—¿Qué haremos después de conseguir ese láser, si es que lo conseguimos? —preguntó Yalson.

Kraiklyn frunció el ceño durante un par de segundos y acabó encogiéndose de hombros.

—Probablemente lo mejor será dirigirse a la capital. Se llama Evanauth…, es el puerto donde construyeron los Megabarcos. Se encuentra en tierra firme, naturalmente…

Sonrió y miró a algunos de los demás.

—Sí, claro —dijo Yalson—. Pero ¿qué haremos cuando lleguemos allí?

—Bueno… —Kraiklyn clavó los ojos en la mujer. Horza se golpeó el talón con la punta del pie. Kraiklyn empezó a hablar y Yalson miró de soslayo al Cambiante—. Quizá podamos usar las instalaciones del puerto para montar el láser… En el espacio, naturalmente, debajo de Evanauth. Pero pase lo que pase tengo la seguridad de que la Cultura está dispuesta a cumplir su promesa, por lo que quizá debamos limitarnos a saborear los últimos días de uno de los puertos combinados más interesantes de toda la galaxia. Y sus últimas noches, podría añadir… —Kraiklyn miró a algunos miembros de la Compañía y se oyeron algunas risas y observaciones procaces. Dejó de sonreír y volvió a posar sus ojos en Yalson—. Podría resultar muy interesante, ¿no te parece?

—Sí. Claro… Tú mandas, Kraiklyn. —Yalson sonrió y bajó la cabeza—. ¿A que no adivinas dónde se jugará la partida de Daño? —preguntó en un susurro sibilante dirigido a Horza.

—¿Y no hay posibilidades de que ese gran barco atraviese el muro y destruya todo el Orbital antes de que la Cultura haga nada? —estaba preguntando Aviger.

Kraiklyn le obsequió con una sonrisa condescendiente y meneó la cabeza.

—Creo que descubrirás que los Muros del borde son capaces de soportar ese impacto y mucho más.

—¡Ja! ¡Así lo espero! —exclamó Aviger, y se rió.

—Bueno, no te preocupes por eso —le tranquilizó Kraiklyn—. Y ahora, que alguien ayude a Wubslin con las últimas comprobaciones de la lanzadera. Voy al puente para asegurarme de que Mipps sabe lo que ha de hacer. Partiremos dentro de unos diez minutos.

Kraiklyn retrocedió un par de pasos y se puso el traje, alzando la parte superior y metiendo los brazos en las mangas. Cerró los sellos principales del pecho, cogió su casco y saludó a la Compañía con un gesto de cabeza mientras pasaba junto a ellos y empezaba a subir por los peldaños que llevaban al puente.

—¿Estabas intentando hacerle enfadar? —preguntó Horza volviéndose hacia Yalson.

La mujer miró al Cambiante.

—Ah… Sólo quería soltarle una indirecta para que se diera cuenta de que le he calado. No puede engañarme.

Wusblin y Aviger estaban comprobando la lanzadera. Lamm estaba jugueteando con su láser. Jandraligeli tenía la espalda apoyada en el mamparo del hangar más cercano a la puerta con los brazos cruzados ante el pecho, los ojos clavados en las luces del techo y una expresión de aburrimiento en el rostro. Neisin estaba hablando en voz baja con Dorolow, quien veía al hombrecillo como un posible converso al Círculo de Llamas.

—¿Crees que esa partida de Daño va a celebrarse en Evanauth? —preguntó Horza.

Estaba sonriendo. El rostro de Yalson parecía muy pequeño dentro del gran aro del cuello de su traje, y estaba muy serio.

—Sí, eso es justamente lo que creo. Ese bastardo traicionero probablemente se ha inventado toda la operación del Megabarco. Nunca me había dicho que hubiese estado en Vavatch antes. Bastardo mentiroso… —Miró a Horza y golpeó el centro de su traje con el puño. Horza se rió y retrocedió bailoteando—. ¿Por qué estás tan sonriente?

—Porque eres muy graciosa —Horza se rió—. Bueno, supongamos que quiere jugar una partida de Daño. ¿Y qué? No paras de repetir que la nave es suya, que es el jefe y todas esas estupideces, pero te niegas a dejar que el pobre se divierta un poco.

—Bueno, ¿por qué no lo admite? —Yalson movió la cabeza en un gesto de irritación—. Porque no quiere compartir sus ganancias, por eso. La regla obliga a dividir todo lo que consigamos compartiéndolo según una…

—Si se trata de eso la verdad es que le entiendo —dijo Horza intentando hablar en el tono de voz más razonable posible—. Si gana una partida de Daño será gracias a sus propios esfuerzos; su triunfo no tendrá nada que ver con nosotros.

—¡No estoy hablando de eso! —gritó Yalson.

Sus labios se habían apretado hasta formar una línea muy delgada y tenía las manos apoyadas en las caderas. Estaba tan enfadada que pateó el suelo del hangar.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Horza sonriendo—. En tal caso… Cuando apostaste que derrotaría a Zallin, ¿por qué no devolviste todas tus ganancias inmediatamente para que fuesen repartidas?

—Eso es distinto y… —dijo Yalson exasperada.

Pero no pudo acabar de explicarse.

—¡Eh, eh! —Lenipobra bajó los peldaños de tres en tres y entró en el hangar justo cuando Horza se disponía a decir algo. Tanto él como Yalson se volvieron hacia el joven. Lenipobra fue hacia ellos cerrando los sellos que unían los guantes del traje a las muñequeras—. ¿V-v-vistéis ese mensaje? —Parecía muy nervioso y daba la impresión de que no podía estarse quieto. No paraba de frotarse las manos y mover los pies—. ¡F-f-fuego de rejilla grado nova! ¡Caray, vaya espectáculo! ¡Adoro la Cultura! Y luego una sesión de AMC c-c-como postre… ¡Yuuuupi!

Soltó una carcajada, se dobló por la cintura, golpeó el suelo del hangar con las dos manos, se irguió de un salto y sonrió a todos los presentes. Dorolow se rascó las orejas y puso cara de perplejidad. Lamm contempló con expresión feroz al joven por encima del cañón de su rifle. Yalson y Horza se miraron el uno al otro y menearon la cabeza. Lenipobra fue hacia Jandraligeli bailoteando y fingiendo boxear con su sombra. El mondliciano enarcó una ceja y observó al joven larguirucho y desgarbado que daba saltitos y hacía fintas ante él.

—El armamento capaz de acabar con el universo y este joven imbécil casi se ha corrido en los pantalones…

—Oh, vamos, Ligeli… Eres un aguafiestas —dijo Lenipobra. Dejó de bailotear, bajó los brazos con que había estado lanzando puñetazos al aire, se dio la vuelta y fue hacia la lanzadera arrastrando los pies—. Yalson, oye… —murmuró mientras pasaba junto a Yalson y Horza—, ¿qué diablos es eso de la AMC?

—Anti-Materia Colapsada, chaval.

Lenipobra siguió andando y Yalson sonrió. La cabeza del joven iba asintiendo lentamente dentro del cuello de su traje. Horza rió en silencio y fue hacia la rampa posterior de la lanzadera.

* * *

La Turbulencia en cielo despejado se puso en órbita. La lanzadera salió del hangar y se deslizó por debajo del Orbital Vavatch dejando que la nave espacial siguiera su curso como si fuese un minúsculo pez plateado bajo el oscuro casco de un barco inmenso.

Una pantalla de pequeño tamaño que había sido colocada a un extremo del compartimento principal de la lanzadera después de su última misión permitía que las siluetas protegidas por trajes pudieran observar la aparentemente interminable curva del material ultradenso acariciada por la luz de las estrellas que se perdía en la oscuridad. Era como volar cabeza abajo sobre un planeta metálico; y de entre todos los espectáculos y panoramas resultado de un esfuerzo consciente que existían en la galaxia el Orbital poseía un «valor ooooooh», como lo habría llamado la Cultura, que sólo era superado por un gran Anillo o una Esfera.

La lanzadera dejó atrás mil kilómetros de la pulida superficie inferior y, de repente, una cuña de oscuridad se alzó sobre ella, una rebanada de algo que parecía aún más liso que el material de base y que se adentraba en el espacio como el filo de un cuchillo cristalino abarcando más de dos mil kilómetros: el Muro del borde. Era la pared que limitaba con el mar al otro extremo del Orbital, allí donde estaba el hilo de tierra que habían visto mientras la Turbulencia en cielo despejado se aproximaba a Vavatch. Los primeros diez kilómetros de la curva eran tan oscuros como el espacio. Aquella superficie parecida a un espejo sólo era visible cuando las estrellas se reflejaban sobre ella, y contemplar aquella imagen perfecta podía hacer que la mente se aturdiera creyendo ver lo que parecían años luz de distancia, cuando de hecho la superficie se encontraba a sólo unos kilómetros.

—Dios, esa cosa es inmensa… —murmuró Neisin.

La lanzadera siguió subiendo, y un resplandor azulado que se convirtió en una reluciente extensión de océano se fue haciendo visible más allá del muro.

La lanzadera fue ascendiendo por el vacío que había junto al Muro del borde, moviéndose bajo la luz del sol que apenas si era filtrada por la pared transparente. A dos kilómetros de distancia había aire, aunque fuese muy tenue, pero la lanzadera estaba trepando por la nada, moviéndose en ángulo con respecto a la pared mientras ésta iba curvándose hasta alcanzar su cima. La lanzadera cruzó aquel borde afilado que se encontraba a dos mil kilómetros de la base del Orbital y empezó a seguir la curvatura de la pared por la parte interior. Atravesó el campo magnético del Orbital, una región donde pequeñas partículas magnetizadas de polvo artificial impedían el paso a una parte de los rayos del sol haciendo que el mar situado bajo ellas fuera más fresco que cualquier otro punto del mundo y produciendo los distintos climas de Vavatch. La lanzadera siguió bajando. Atravesó iones, luego gases tenue y acabó adentrándose en una atmósfera desprovista de nubes temblando en una corriente de chorro coriolis. El cielo que había sobre ella pasó del negro al azul. El Orbital de Vavatch, un aro de agua de catorce millones de kilómetros, parecía colgar desnudo en el espacio, extendido ante la lanzadera como una inmensa pintura circular.

—Bueno, al menos tenemos luz de día —dijo Yalson—. Esperemos que las informaciones de nuestro capitán sobre el paradero de ese barco maravilloso resulten ser exactas.

La pantalla mostraba nubes. La lanzadera siguió bajando y se aproximó a un paisaje falso compuesto por vapor de agua. Las nubes parecían perderse en el infinito siguiendo la curva interior del Orbital —que seguía dando la impresión de ser achatado incluso desde esa altura—, hasta acabar desvaneciéndose en la negrura del cielo. Si querían ver la extensión azulada del auténtico océano tenían que mirar mucho más allá, aunque había atisbos de agua bastante cerca.

—No os preocupéis por las nubes —dijo Kraiklyn por el altavoz del compartimento—. Cambiarán de posición a medida que vaya transcurriendo la mañana.

La lanzadera seguía bajando y avanzando por entre la atmósfera que se iba espesando gradualmente. Pasado un rato empezaron a atravesar las primeras nubes de gran altitud. Horza se removió ligeramente dentro de su traje. En cuanto la nave igualó su velocidad y trayectoria con las del gran Orbital desconectó su equipo antigravitatorio, y tanto la nave como la Compañía habían quedado sometidos a la gravedad falsa creada por el giro del artefacto. De hecho, la gravedad que soportaban era ligeramente superior, pues ser encontraban en una posición estacionaria con respecto a la base pero estaban lejos de ella. Los constructores originales de Vavatch procedían de un planeta de gravedad bastante elevada, y el giro del Orbital estaba concebido para producir un veinte por ciento de «gravedad» más que el promedio humano aceptado según el que funcionaban los generadores de la Turbulencia en cielo despejado. Eso hacía que Horza y el resto de la Compañía se sintieran más pesados que de costumbre. Su traje ya estaba empezando a irritarle la piel.

Las nubes llenaron la pantalla del compartimento con una masa de tonos grises.

* * *

—¡Ahí está! —gritó Kraiklyn.

No intentó ocultar la emoción que invadía su voz. Llevaba casi un cuarto de hora en silencio, y todo el mundo había empezado a ponerse algo nervioso. La lanzadera había cambiado de dirección unas cuantas veces, aparentemente buscando al Olmedreca. A veces la pantalla había estado despejada mostrando las capas de nubes que tenían debajo; en otros momentos había vuelto a ser invadida por una neblina grisácea indicadora de que estaban entrando en otra columna o cordillera de vapor. En una ocasión se había vuelto totalmente blanca.

—Puedo ver las torres superiores.

Los miembros de la Compañía se levantaron de sus asientos y se acercaron a la pantalla, apelotonándose en un extremo del compartimento. Los únicos que siguieron en sus sitios fueron Lamm y Jandraligeli.

—Ya iba siendo hora, joder —dijo Lamm—. ¿Cómo infiernos es posible que haga falta pasarse tanto rato buscando algo que mide cuatro kilómetros de longitud?

—Oh, es fácil cuando no tienes radar —dijo Jandraligeli—. Por mi parte, doy gracias de que no chocáramos con esa maldita cosa cuando volábamos a través de aquellas malditas nubes.

—Mierda —dijo Lamm, y volvió a inspeccionar su rifle.

—Fijaos en eso —dijo Neisin.

El Olmedreca avanzaba por una tierra baldía de nubes, una especie de inmenso cañón que hendía un planeta hecho de vapor, cruzando kilómetros de niveles distintos en un espacio tan largo y ancho que pese a la limpidez de la atmósfera enmarcada por las montañas de nubes el paisaje se limitaba a irse desvaneciendo gradualmente en vez de terminar.

Los niveles inferiores de la superestructura eran invisibles —el banco de neblina tan grande como un océano que envolvía la nave los escondía—, pero de aquellas cubiertas invisibles brotaban inmensas torres y estructuras de cristal y metales ligeros que se adentraban centenares de metros en el aire. Se movían con una tranquila lentitud sobre la superficie del banco de nubes como piezas en un interminable tablero de juegos dando la impresión de que no había nada que las uniera, y proyectaban tenues sombras que parecían estar hechas de agua sobre la parte superior opaca de la niebla mientras el sol del sistema de Vavatch se abría paso por entre las capas de nubes que había diez kilómetros más arriba.

Aquellas torres inmensas avanzaban a través del aire dejando detrás de ellas hilachas y hebras de vapor arrancadas a la lisa superficie de la neblina por el desplazamiento del inmenso barco que había debajo. Los pequeños espacios despejados que las torres y los últimos niveles de la superestructura iban creando en la neblina permitían algún atisbo fugaz de los niveles inferiores: pasarelas y avenidas, los arcos de un monorraíl, lagunas y pequeños parques con árboles y hasta algunas piezas de equipo auxiliar, como aerodeslizadores de pequeño tamaño y algún que otro mueble minúsculo que se diría hecho para una casa de muñecas. El ojo y el cerebro abarcaban la escena desde esa altura y podían distinguir el abultamiento en la superficie de la nube creado por el barco, un área de vapores de cuatro kilómetros de longitud y casi tres de ancho que destacaban ligeramente del resto y tenían la forma de una hoja o una punta de flecha.

La lanzadera bajó un poco más. Las torres oscuras y silenciosas desfilaban acompañadas por su cortejo de ventanas relucientes, puentes colgantes, pistas para aerodeslizadores, barandillas, cubiertas y toldos agitados por el viento.

—Bueno —dijo la voz de Kraiklyn en el tono que usaba para hablar de negocios—, parece que nos espera un pequeño paseo, equipo. Hay demasiados obstáculos para posarnos en la proa con la lanzadera. De todas formas, estamos a cientos de kilómetros del Muro, así que tenemos tiempo más que suficiente. Además, el barco no se está dirigiendo en línea recta hacia el Muro… Intentaré acercarme todo lo posible.

—Joder. Allá vamos —dijo Lamm con irritación—. Tendría que habérmelo imaginado.

—Justo lo que necesito, una buena caminata con esta gravedad —dijo Jandraligeli.

—¡Es inmenso! —Lenipobra seguía con los ojos clavados en la pantalla—. ¡Esa cosa es enorme!

Estaba meneando la cabeza. Lamm se levantó de su asiento, apartó al joven de un empujón y llamó con los nudillos a la puerta de la cubierta de vuelo de la lanzadera.

—¿Qué pasa? —preguntó la voz de Kraiklyn por el sistema de megafonía—. Estoy buscando un sitio donde bajar. Oye, Lamm, si eres tú vuelve a tu sitio y no te muevas.

Lamm contempló la puerta primero con una expresión de sorpresa y luego de disgusto. Lanzó un bufido y volvió a su asiento apartando a Lenipobra de su camino con un nuevo empujón.

—Bastardo —murmuró.

Bajó el visor de su casco y lo colocó en modalidad de espejo.

—Bueno —dijo Kraiklyn—, vamos allá.

Los que seguían en pie volvieron a sentarse, y unos segundos después la lanzadera fue bajando lenta y cautelosamente hasta posarse con una leve sacudida. Las puertas se abrieron y una ráfaga de aire frío entró por el hueco. Salieron del compartimento en fila india y se encontraron ante los inmensos panoramas del Megabarco, silencioso y tan sólido e inmóvil como una roca. Horza siguió en su sitio esperando a que hubieran salido todos, y se dio cuenta de que Lamm le estaba mirando. Se puso en pie y se inclinó burlonamente ante la silueta del traje oscuro.

—Después de usted —dijo.

—No —dijo Lamm—. Tú primero.

Movió la cabeza hacia un lado señalando la salida del compartimento. Horza bajó por la rampa de la lanzadera con Lamm detrás. Lamm siempre insistía en salir el último de la lanzadera; estaba convencido de que eso le daba suerte.

Se hallaban en una zona de aterrizaje para aerodeslizadores situada junto a la base de una gran torre rectangular que debía de medir unos sesenta metros de alto. Los distintos niveles de la torre se alzaban hacia el cielo, y tanto delante como a los lados de la zona de aterrizaje había otras torres y pequeños bultos perdidos en la niebla que emergían del banco de nubes indicando dónde se encontraba el resto del barco, aunque el estar tan abajo hacía que les resultara imposible decir dónde terminaba. Ni tan siquiera podían ver el agujero producido por la detonación de la bomba atómica. No había ni una sola sacudida o temblor que pudieran revelar el hecho de que estaban en un barco averiado que viajaba sobre el océano, y todo inducía a pensar que aquello era el centro de una ciudad desierta con las nubes pasando lentamente sobre ella.

Horza se reunió con algunos de los demás junto a un parapeto que delimitaba la zona de aterrizaje, y contempló una cubierta situada veinte metros más abajo que se hacía visible de vez en cuando por entre las delgadas hilachas de niebla. Cintas de vapor flotaban sobre el área que tenían debajo moviéndose en lentas oleadas sinuosas, a veces revelando y a veces ocultando una cubierta en la que había zonas de tierra con arbustos, así como pequeños doseles, sillas esparcidas por todas partes y unos edificios parecidos a tiendas. Todo tenía el aspecto abandonado y melancólico de un balneario en pleno invierno, y Horza se estremeció dentro de su traje. Por delante de ellos el paisaje parecía llevar a un punto implícito situado a un kilómetro de distancia, el lugar donde unas torres muy delgadas asomaban del banco de niebla junto a la proa invisible del barco.

—Parece como si estuviéramos yendo hacia una zona todavía más nubosa que ésta —dijo Wubslin, señalando en la dirección que llevaba el Megabarco.

Un inmenso acantilado formado por nubes flotaba en el aire extendiéndose de un confín del horizonte a otro, más alto que cualquiera de las torres del Megabarco. La cada vez más potente luz del sol hacía que brillase.

—Quizá se desvanezcan cuando haga más calor —dijo Dorolow, pero no parecía muy convencida.

—Si nos metemos ahí ya podemos olvidarnos de esos láseres —dijo Horza. Sus ojos fueron de quienes le rodeaban a la lanzadera, donde Kraiklyn estaba hablando con Mipp, quien montaría guardia mientras los demás iban hacia proa—. Sin radar tendremos que despegar antes de internarnos en el banco de nubes.

—Quizá… —empezó a decir Yalson.

—Bueno, voy a echar un vistazo por ahí abajo —dijo Lenipobra.

Bajó el visor de su casco y puso una mano sobre el parapeto. Horza le lanzó una mirada de soslayo.

Lenipobra les saludó con la mano.

—Os v-v-veré en la p-p-proa. ¡Yuuu-ju!

Saltó limpiamente por encima del parapeto y empezó a caer hacia la cubierta que se encontraba cinco niveles más abajo. Horza había abierto la boca para gritar y se lanzó hacia adelante para sujetar al joven pero, como le había ocurrido a los demás, tardó demasiado en comprender cuáles eran las intenciones de Lenipobra.

Lenipobra estaba allí y un segundo después ya había saltado por encima del parapeto.

—¡No!

—¡Leni!

Los que no estaban mirando hacia abajo corrieron hasta el parapeto. La silueta minúscula caía. Horza la vio y sintió el deseo de poder tirar de ella hasta subirla. Quería detenerla, hacer algo, lo que fuese… El grito empezó a sonar dentro de sus cascos cuando Lenipobra estaba a menos de diez metros de la cubierta inferior; se detuvo bruscamente cuando la silueta que había estado cayendo con los brazos y las piernas extendidos chocó con el comienzo de una pequeña zona cubierta de tierra. Lenipobra rebotó flaccidamente casi un metro sobre el suelo y se quedó inmóvil.

—Oh, Dios mío…

Neisin se sentó sobre la cubierta, se quitó el casco y se llevó las manos a los ojos. Dorolow bajó la cabeza y empezó a abrir los sellos de su casco.

—¿Qué infiernos ha sido eso?

Kraiklyn venía corriendo hacia ellos desde la lanzadera con Mipp detrás. Horza seguía mirando por encima del parapeto sin apartar los ojos de aquella silueta inmóvil parecida a un muñeco que yacía sobre la cubierta inferior. Los zarcillos e hilachas de calina se hicieron más abundantes y la niebla se espesó a su alrededor durante unos momentos.

—¡Lenipobra! ¡Lenipobra! —gritó Wubslin por el micrófono de su casco.

Yalson se dio la vuelta, maldijo en voz baja y desconectó el intercomunicador de su casco. Aviger se puso en pie, temblando, el rostro pálido e inexpresivo tras el visor de su casco. Kraiklyn se detuvo junto al parapeto y miró hacia abajo.

—¿Leni? —Se volvió hacia los demás—. ¿Es eso…? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué estaba haciendo? Si alguno de vosotros le ha…

—Saltó —dijo Jandraligeli. Le temblaba la voz. Intentó reír—. Supongo que los chicos de estos tiempos no saben distinguir la gravedad de su marco rotatorio de referencia.

—¿Que saltó? —gritó Kraiklyn. Cogió a Jandraligeli por el cuello del traje—. ¿Cómo es posible? Os dije que la antigravedad no funcionaría, os lo dije bien claro a todos cuando estábamos en el hangar…

—Lenipobra llegó tarde —le interrumpió Lamm. Pateó el delgado metal del parapeto, pero no logró abollarlo—. Ese pobre bastardo imbécil llegó tarde… Tendríamos que habérselo dicho, pero no se nos ocurrió.

Kraiklyn soltó a Jandraligeli y se volvió hacia los demás.

—Es cierto —dijo Horza. Meneó la cabeza—. Ni se me pasó por la mente. Nadie se acordó de advertirle. Lamm y Jandraligeli incluso llegaron a quejarse de que tendrían que caminar hasta la proa cuando Leni estaba en la lanzadera con nosotros, y tú dijiste algo al respecto, pero supongo que no lo oyó. —Horza se encogió de hombros—. Estaba muy emocionado.

Meneó la cabeza.

—Todos la hemos cagado —dijo Yalson con voz cansina.

Había vuelto a conectar su intercomunicador. Todos guardaron silencio durante unos momentos. Kraiklyn les miró, fue hasta el parapeto, apoyó las manos en él y miró hacia abajo.

—¿Leni? —dijo Wubslin por su comunicador mirando hacia abajo.

Había hablado en voz muy baja.

—Chicel-Horhava. —Dorolow trazó el signo del Círculo de Llamas, cerró los ojos y dijo:— Dulce señora, acepta su alma en paz.

—Mierda de gusano —maldijo Lamm, y se dio la vuelta.

Empezó a disparar su láser contra los puntos más distantes de la torre que se alzaba sobre sus cabezas.

—Dorolow —dijo Kraiklyn—, tú, Wubslin y Yalson bajad ahí. Ved si…, ah, mierda… —Kraiklyn se volvió hacia ellos—. Bajad ahí… Iremos a proa, ¿de acuerdo? —Sus ojos fueron recorriendo los rostros que le rodeaban, como desafiándoles—. Puede que sintáis deseos de volver, pero eso sólo significaría que la muerte de Leni no ha servido para nada.

Yalson giró sobre sí misma y volvió a desconectar su intercomunicador.

—Pensándolo bien, supongo que quizá será mejor que vayamos hacia la proa —dijo Jandraligeli.

—No —dijo Neisin—. Yo no pienso ir. Voy a quedarme aquí, con la lanzadera. —Se sentó con la cabeza inclinada entre los hombros y puso el casco en el suelo. Clavó los ojos en la cubierta y meneó la cabeza—. Yo no voy. No señor, no voy. Ya he tenido bastante por hoy. Me quedo aquí.

Kraiklyn miró a Mipp y señaló con la cabeza a Neisin.

—Ocúpate de él. —Se volvió hacia Dorolow y Wubslin—. Venga, moveos. Nunca se sabe; quizá podáis hacer algo… Yalson, tú también.

Yalson no estaba mirando a Kraiklyn, pero se volvió y siguió a Wubslin y a la otra mujer cuando partieron en busca de algún camino que llevara a la cubierta inferior.

La vibración que sintieron en las suelas de sus botas hizo que todos dieran un salto. Giraron en redondo y vieron a Lamm, una silueta lejana recortada contra el telón de fondo de las nubes, disparando contra los soportes de una zona de aterrizaje situada a cinco o seis niveles por encima de su cabeza. El haz invisible del láser creaba llamas que lamían el metal. Los soportes de otra zona de aterrizaje cedieron de repente, y la gran lámina cayó dando vueltas sobre sí misma como un naipe inmenso para acabar estrellándose contra el nivel en el que se encontraban con otro golpe que hizo vibrar toda la cubierta.

—¡Lamm! —gritó Kraiklyn—. ¡Basta ya!

El traje negro que enarbolaba el rifle fingió no oírle. Kraiklyn alzó su láser y apretó el gatillo. Una sección de cubierta a cinco metros por delante de Lamm quedó oculta por una cortina de llamas. El metal reluciente se curvó hacia arriba y volvió a derrumbarse unos instantes después. Una burbuja de gases provocados por el disparo emergió de la zona del impacto y chocó con Lamm, quien se tambaleó y estuvo a punto de caer. Lamm logró recobrar el equilibrio y se irguió. La rabia le hacía temblar de una forma claramente visible incluso a esa distancia. Kraiklyn seguía apuntándole con su arma. Lamm irguió los hombros, enfundó su láser y volvió hacia ellos dando largas zancadas que casi parecían saltitos, como si no hubiese ocurrido nada. Los demás se relajaron un poco.

Kraiklyn les agrupó y se pusieron en marcha, siguiendo a Dorolow, Yalson y Wubslin hasta el interior de la torre y la gigantesca espiral de unas escaleras cubiertas de moqueta que llevaban hacia las profundidades del Megabarco Olmedreca.

—Está más muerto que un fósil —dijo con amargura la voz de Yalson por los intercomunicadores de sus cascos cuando habían recorrido la mitad del trayecto—. Está más muerto que un maldito fósil…

Cuando pasaron junto a ellos de camino hacia la proa, Yalson y Wubslin estaban inmóviles al lado del cadáver esperando la polea que Mipp les enviaba desde arriba. Dorolow rezaba.

* * *

Llegaron a la cubierta con la que había chocado Lenipobra, se internaron en la niebla y siguieron avanzando por una angosta pasarela con el vacío a cada lado.

—Sólo cinco metros —dijo Kraiklyn, usando el radar ligero de aguja incorporado a su traje fabricado en Rairch para inspeccionar los abismos de vapor que había debajo de ellos.

El espesor de la niebla iba disminuyendo lentamente a medida que avanzaban —subiendo a una cubierta despejada, volviendo a bajar—, por las escalerillas exteriores y las largas rampas de conexión. El sol se hacía visible de vez en cuando, un disco rojo cuyo resplandor aumentaba o disminuía según la posición en que estuvieran. Atravesaron cubiertas, rodearon piscinas, cruzaron paseos y zonas de aterrizaje, dejaron atrás mesas y sillas, se abrieron paso por bosquecillos y caminaron bajo marquesinas, arcadas y bóvedas. Vieron torres alzándose sobre sus cabezas por entre la niebla, y en un par de ocasiones se asomaron a pozos inmensos que atravesaban el cuerpo principal del barco y estaban provistos de cubiertas y aún más explanadas, y creyeron oír el susurro del mar que se agitaba en el fondo de los pozos. La niebla cubría el final de aquellos cuencos inmensos moviéndose lentamente en remolinos como si fuera una sopa hecha de sueños.

Se detuvieron ante una hilera de pequeños vehículos provistos de ruedas y asientos con alegres toldos rayados multicolores como techo. Kraiklyn miró a su alrededor para orientarse. Wubslin intentó poner en marcha algún vehículo, pero ninguno funcionaba.

—Hay dos maneras de llegar hasta ahí —dijo Kraiklyn frunciendo el ceño y mirando hacia adelante. El sol había decidido arder unos instantes por encima de sus cabezas, y sus rayos hacían que los vapores de arriba y de los lados brillaran como el oro. Una torre se abrió paso por entre la niebla, y los zarcillos y ondulaciones de calina se movieron como brazos inmensos volviendo a oscurecer el sol. Su sombra cayó sobre el camino que se extendía ante ellos—. Nos dividiremos. —Kraiklyn miró a su alrededor—. Yo iré por ahí con Aviger y Jandraligeli. Horza y Lamm, vosotros iréis por ahí. —Señaló hacia el otro lado—. Eso tiene que llevaros a una de las proas laterales. Allí tendría que haber algo; inspeccionadlo todo. —Pulsó uno de los botones que cubrían su muñequera—. ¿Yalson?

—Hola —dijo Yalson por el intercomunicador.

Ella, Wubslin y Dorolow habían observado cómo el cadáver de Lenipobra era izado hasta la lanzadera y se habían puesto en marcha siguiendo a los demás.

—Bien —dijo Kraiklyn, observando una de las pantallas de su casco—, sólo estáis a trescientos metros de distancia. —Se dio la vuelta y sus ojos escrutaron el camino que habían seguido. Un grupo de torres situadas a varios kilómetros asomaban detrás de ellos. Casi todas empezaban en los niveles superiores de la estructura. Ahora podían ver una parte cada vez mayor del Olmedreca. La niebla se deslizaba en silencio junto a sus cuerpos—. Oh, sí —dijo Kraiklyn—, ya os veo.

Saludó con la mano.

Unas siluetas minúsculas que avanzaban por una cubierta distante situada junto a uno de los inmensos cuencos llenos de niebla le devolvieron el saludo.

—Yo también os veo —dijo Yalson.

—Cuando lleguéis al sitio donde estamos ahora id hacia la izquierda hasta encontrar la otra proa lateral. Allí hay varios láseres subsidiarios. Horza y Lamm irán…

—Sí, ya lo hemos oído —dijo Yalson.

—Bien. Pronto podremos mover la lanzadera hasta dejarla bastante cerca del sitio donde encontremos algo. Puede que incluso logremos posarla allí mismo… Seguid adelante y mantened los ojos bien abiertos.

Hizo una seña con la cabeza a Aviger y Jandraligeli y éstos se pusieron en movimiento. Lamm y Horza se miraron y partieron en la dirección indicada por Kraiklyn. Lamm le pidió por gestos a Horza que desconectara el canal del intercomunicador y que alzara, el visor de su casco.

—Si hubiéramos esperado un poco podríamos habernos posado con la lanzadera en el lugar adecuado —dijo después de haber subido su visor.

Horza asintió.

—Pequeño bastardo estúpido… —dijo Lamm.

—¿A quién te refieres? —preguntó Horza.

—A ese chico. Saltar de la maldita plataforma…

—Hmmm.

—¿Sabes lo que voy a hacer?

Lamm miró al Cambiante.

—¿Qué?

—Voy a cortarle la lengua a ese imbécil, eso es lo que voy a hacer. Una lengua con un tatuaje tiene que valer algo, ¿no te parece? Y, de todas formas, ese pequeño bastardo me debía dinero… ¿Qué opinas? ¿Cuánto crees que puede valer?

—No tengo ni idea.

—Pequeño bastardo —murmuró Lamm.

Siguieron avanzando a lo largo de la cubierta, desviándose en ángulo de la línea recta que habían ido siguiendo hasta ahora. Saber exactamente hacia donde se dirigían resultaba bastante difícil, pero según Kraiklyn acabarían llegando a una de las proas laterales que asomaban del Olmedreca como enormes escolleras formando puertos para acoger a las numerosas embarcaciones que habían visitado el Megabarco en su época gloriosa yendo y viniendo de éste a tierra firme con grupos de excursionistas, o trayendo suministros.

Pasaron por una zona con señales obvias de haber presenciado un tiroteo reciente. Toda una cubierta de recreo estaba llena de quemaduras láser, vidrios rotos y fragmentos metálicos, y las cortinas y los tapices desgarrados aleteaban bajo el soplo siempre regular de la brisa creada por el movimiento de la gran nave. Dos de aquellos pequeños vehículos con ruedas habían sido semidestrozados y yacían de lado. Las botas de Horza y Lamm hicieron crujir los trozos de metal y pulverizaron los vidrios rotos. Siguieron avanzando. Los otros dos grupos también se dirigían hacia proa, y a juzgar por sus informes y sus conversaciones estaban moviéndose bastante deprisa. El inmenso banco de nubes que habían visto antes seguía delante de ellos; ni se disipaba ni se volvía más espeso, y ahora sólo podían estar a un par de kilómetros de él, aunque calcular las distancias con precisión resultaba bastante difícil.

—Ya hemos llegado —dijo Kraiklyn pasado un rato.

Su voz chisporroteó en el oído de Horza. Lamm conectó su canal de transmisión.

—¿Qué?

Miró a Horza poniendo cara de perplejidad. Horza se encogió de hombros.

—¿Por qué tardáis tanto? —preguntó Kraiklyn—. Nosotros hemos tenido que recorrer más distancia. Estamos en la proa principal. Sobresalen un poco más que el sitio donde os encontráis.

—Y un cuerno, Kraiklyn.

Era la voz de Yalson. Se suponía que su grupo debía estar dirigiéndose hacia la otra proa lateral.

—¿Qué? —exclamó Kraiklyn.

Lamm y Horza se callaron para escuchar el intercambio de palabras que les llegaba por sus comunicadores. Yalson volvió a hablar.

—Acabamos de llegar al final del barco. De hecho, creo que estamos un poco fuera de la estructura principal, encima de una especie de ala o promontorio… Bueno, el caso es que aquí no hay ninguna proa lateral. Nos has enviado en la dirección equivocada.

—Pero vosotros… —empezó a decir Kraiklyn.

Su voz se desvaneció en el silencio.

—¡Kraiklyn, maldita sea, nos has enviado hacia la proa y tú estás en una proa lateral! —gritó Lamm por el micrófono de su casco.

Horza había estado llegando a la misma conclusión. Ésa era la razón de que siguieran andando y el equipo de Kraiklyn ya hubiera llegado a su punto de destino. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado guardó silencio durante unos segundos.

—Mierda, debéis de tener razón —dijo por fin. Pudieron oírle suspirar—. Supongo que lo mejor será que tú y Horza sigáis adelante. Mandaré a alguien en vuestra dirección cuando hayamos acabado de inspeccionar esto. Creo que puedo ver una especie de galería con un montón de cúpulas transparentes, y puede que algunas contengan láseres. Yalson, vuelve al sitio donde nos separamos y avísame cuando llegues allí. Veremos quién encuentra algo útil antes.

—Jodidamente maravilloso —dijo Lamm.

Se alejó hacia la niebla y Horza le siguió, deseando que aquel maldito traje demasiado grande para su talla no le rozase y le doliera en tantos sitios.

Los dos hombres continuaron avanzando. Lamm se detuvo para investigar algunos camarotes que ya habían sido saqueados. Telas de lujo que se habían enganchado en fragmentos de los cristales rotos flotaban como si fuesen partes de la nube que les envolvía. Entraron en un apartamento y vieron muebles de madera, una holosfera rota tirada en un rincón y un acuario de cristal tan grande como una habitación lleno de peces multicolores medio descompuestos y trajes magníficos flotando junto a los peces en la superficie del agua igual que algas exóticas.

Sus comunicadores les permitieron oír como el grupo de Kraiklyn descubría lo que creyeron era una puerta que llevaba a la galería donde —ésa era su esperanza—, encontrarían láseres montados detrás de las burbujas transparentes que habían visto antes. Horza se volvió hacia Lamm y le dijo que sería mejor que no malgastaran su tiempo, por lo que se olvidaron de los camarotes y volvieron a la cubierta para reanudar su avance.

—Eh, Horza —dijo Kraiklyn cuando el Cambiante y Lamm salían de la cubierta para internarse en un largo túnel iluminado por la tenue claridad solar que lograba atravesar la niebla y los paneles opacos del techo—. El radar de aguja de este traje no funciona como debería.

—¿Qué le pasa? —preguntó Horza mientras caminaban por el túnel.

—No atraviesa la nube, eso es lo que le pasa.

—La verdad es que nunca llegué a tener ocasión de… ¿Qué quieres decir?

Horza se detuvo. Sintió cómo si algo se anudara en sus entrañas. Lamm siguió caminando por el pasillo, alejándose de él.

—Está dándome una lectura de esa gran nube que tenemos delante en toda su longitud y hasta como medio kilómetro de altura. —Kraiklyn se rió—. Esa nube no es el Muro del borde, de eso no hay duda, y puedo ver que es una nube, y se encuentra más cerca de lo que el radar dice que está.

—¿Dónde estáis? —preguntó Dorolow—. ¿Habéis encontrado algún láser? ¿Qué hay de esa puerta?

—No, es una especie de solano o algo parecido —respondió Kraiklyn.

—¡Kraiklyn! —gritó Horza—. ¿Estás seguro de esa lectura?

—Estoy seguro. El radar dice que…

—Joder, desde luego aquí no hay mucho sol para broncearse… —dijo alguien, aunque la interrupción parecía accidental, como si quien había hablado no supiera que su comunicador estaba activado.

La frente de Horza empezó a cubrirse de sudor. Algo andaba terriblemente mal.

—¡Lamm! —gritó. Lamm, que se encontraba treinta metros más adelante, volvió la cabeza hacia él y siguió caminando—. ¡Vuelve! —gritó Horza.

Lamm se detuvo.

—Horza, no puede haber nada…

—¡Kraiklyn! —la voz de Mipp, desde la lanzadera—. No estábamos solos. Acabo de ver una lanzadera que ha despegado desde un punto situado algo más atrás de donde nos posamos. Ya se encuentra bastante lejos.

—De acuerdo, Mipp, gracias —dijo Kraiklyn sin perder la calma—. Escucha, Horza, por lo que puedo ver desde aquí la proa donde os encontráis acaba de entrar en la nube, así que es una nube… Mierda, todos podemos ver que es una maldita nube. No te…

El barco vibró bajo los pies de Horza. Se tambaleó. Lamm le lanzó una mirada de perplejidad.

—¿Has sentido eso? —gritó Horza.

—¿Sentir qué? —respondió Kraiklyn.

—¿Kraiklyn? —Mipp de nuevo—. Puedo ver algo…

—¡Lamm, vuelve aquí! —gritó Horza, tanto por el aire como a través del micro.

Lamm miró a su alrededor. Horza estaba seguro de que sentía temblar la cubierta, y las vibraciones no cesaban.

—¿Qué has sentido? —preguntó Kraiklyn.

Estaba empezando a enfadarse.

—He creído sentir algo —dijo Yalson—. No era gran cosa. Pero… Eh, escuchadme, se supone que estas cosas no…, se supone que estas cosas no…

—Kraiklyn —dijo Mipp en un tono de voz más apremiante—, creo que veo algo…

—¡Lamm!

Horza empezó a retroceder por donde habían venido. Lamm seguía sin moverse, poniendo cara de no saber qué hacer.

Horza podía oír algo, una curiosa especie de gruñido. Le recordaba el sonido de un reactor o un motor de fusión situado a mucha distancia, pero no era ninguna de esas dos cosas. Y también podía sentir algo bajo sus pies. Ese temblor, y además había una especie de tirón, algo que parecía atraerle hacia adelante, hacia Lamm, hacia la proa, como si se encontrara en un campo de poca intensidad, o…

—Kraiklyn! —chilló Mipp—. ¡Puedo verlo! ¡Está ahí! Yo… Vosotros… Estoy… —balbuceó.

—Oídme todos, ¿queréis hacer el favor de calmaros un poco?

—Puedo sentir algo… —empezó a decir Yalson.

Horza echó a correr hacia la entrada del pasillo. Lamm, que había empezado a retroceder, se detuvo y se puso las manos en las caderas apenas vio cómo Horza se alejaba corriendo de él. El aire vibraba con una especie de rugido distante, como una gran cascada oída desde el fondo de una cañada.

—Yo también puedo sentir algo, es como si…

—¿Qué estaba gritando Mipp?

—¡Vamos a estrellarnos! —gritó Horza mientras corría.

El rugido se aproximaba y se iba haciendo más fuerte a cada segundo que pasaba.

—¡Hielo! —Era la voz de Mipp—. ¡Voy a hacer despegar la lanzadera! ¡Corred! ¡Es una pared de hielo! ¡Neisin! ¿Dónde estás? ¡Neisin! ¡Tengo que…!

—¿Qué?

—¿HIELO?

El rugido seguía aumentando de intensidad. El pasillo empezó a gemir alrededor de Horza. Varios paneles del techo se resquebrajaron y los fragmentos cayeron al suelo enfrente de él. Una sección de pared salió disparada hacia adelante como una puerta que se abre y Horza apenas si logró esquivarla. No podía oír nada, sólo aquel ruido.

Lamm miró a su alrededor y vio que el extremo del pasillo venía hacia él. Toda la parte final del pasillo estaba moviéndose con una mezcla de rugido y rechinar, avanzando hacia Lamm con la velocidad de un hombre lanzado a la carrera. Lamm disparó el láser contra los paneles, pero éstos siguieron avanzando; el pasillo se llenó de humo. Lanzó una maldición, giró sobre sus talones y echó a correr en pos de Horza.

Ahora todo el mundo estaba gritando. Una confusión de voces casi imperceptibles resonaba en los dos oídos de Horza, pero lo único que podía oír era el rugido atronador que le rodeaba. La cubierta tembló y bailó bajo sus pies como si toda aquella embarcación gigantesca fuese un edificio en pleno terremoto. Las placas y paneles que formaban las paredes del corredor se estaban abombando; algunos puntos del suelo se curvaban; más paneles del techo se resquebrajaron y cayeron de sus soportes. Y aquella fuerza extraña seguía tirando de él, haciéndole moverse tan despacio como si estuviera atrapado en una pesadilla… Horza emergió a la luz del día y oyó a Lamm siguiéndole de cerca.

—¡Kraiklyn, estúpido cabrón, bastardo hijo de puta! —gritó Lamm.

Las voces parloteaban en sus oídos, su corazón latía a toda velocidad. Horza impulsó cada pie hacia adelante poniendo todas sus energías en el movimiento, pero el rugido se aproximaba e iba haciéndose más fuerte. Dejó atrás los camarotes vacíos. Los plásticos y materiales blandos estallaban, el techo estaba empezando a desplomarse sobre los recintos y la cubierta se inclinaba; la holosfera que habían visto antes rodó por el suelo y salió despedida por una ventana haciéndola añicos. Una escotilla estalló cerca de Horza emitiendo una ráfaga de aire presurizado y escombros voladores. Horza se agachó sin dejar de correr, sintiendo los impactos en su traje. La cubierta saltó y osciló bajo sus pies haciéndole resbalar. Los pasos de Lamm resonaban a su espalda. Lamm seguía insultando ferozmente a Kraiklyn por el intercomunicador.

El ruido que avanzaba detrás de él era como una cascada gigantesca, como una avalancha colosal, como una explosión continua o la erupción de un volcán. Le dolían los oídos y su mente vacilaba, aturdida por el volumen de aquel estrépito imposible. La hilera de ventanas de la pared que tenía delante se volvió de color blanco y estalló, creando un diluvio de partículas que golpearon su traje en una serie de nubéculas semisólidas. Horza volvió a agachar la cabeza y corrió hacia el umbral.

—¡Bastardo, bastardo, bastardo! —gritaba Lamm.

—¡… no para!

—¡… por aquí!

—Cállate, Lamm.

—¡Horzaaa…!

Las voces aullaban en su oído. Estaba corriendo sobre una alfombra por el interior de un gran pasillo; las puertas abiertas aleteaban, las luces del techo vibraban. Un diluvio de agua barrió el pasillo ante él a veinte metros de distancia, y durante un segundo pensó que estaba al nivel del mar, pero sabía que eso era imposible; cuando pasó corriendo por el lugar donde había estado el agua pudo ver y oír cómo espumeaba y gorgoteaba precipitándose por una inmensa escalera de caracol. Todo volvía a estar seco, y ahora sólo quedaban unos hilillos de líquido que caían del techo. El tirón producido por el lento frenado del barco parecía menos intenso, pero el rugido seguía rodeándole por todas partes. Su cuerpo estaba empezando a debilitarse. Horza siguió corriendo sumido en un trance de aturdimiento y cansancio, intentando mantener el equilibrio mientras el pasillo vibraba y se retorcía a su alrededor. Una ráfaga de aire acarició su cuerpo. Unas hojas de papel y unas cuantas láminas de plástico revolotearon dejándole atrás como si fuesen pájaros multicolores.

—… bastardo, bastardo, bastardo…

—Lamm…

Vio la luz del día delante. La claridad entraba por el techo de cristal y los inmensos ventanales de un solano. Horza saltó a través de una hilera de plantas de grandes hojas que crecían en maceteros y aterrizó sobre un grupo de sillitas colocadas alrededor de una mesa, destrozándolas.

—… jodido bastardo est…

—¡Lamm, cállate! —Era la voz de Kraiklyn—. No podemos oír…

La hilera de ventanas que había ante él se volvió de color blanco, se agrietó como si estuviera hecha de hielo y reventó. Horza saltó por uno de los huecos y patinó sobre los fragmentos esparcidos encima de la cubierta que había al otro lado. El extremo superior de la hilera de ventanas rotas empezó a acercarse lentamente al extremo inferior, como si la hilera de ventanas fuese una boca inmensa.

—¡Bastardo! ¡Cabrón hijo de…!

—¡Maldita sea, cambiad de canal! ¡Id a…!

Horza resbaló sobre los fragmentos de cristal y estuvo a punto de caer.

Todas las otras voces habían desaparecido. Sólo quedaba la voz de Lamm, llenando sus oídos con juramentos y blasfemias que se perdían en el rugido ensordecedor de la destrucción interminable que les perseguía. Horza miró hacia atrás durante una fracción de segundo y vio a Lamm saltando por entre las fauces de la hilera de ventanas. Lamm se estrelló contra la cubierta, rodó sobre sí mismo y se levantó. Seguía conservando su láser. Horza apartó la mirada. Sólo entonces se dio cuenta de que ya no tenía su arma; debía haberla tirado, pero no podía recordar dónde o cuando.

Horza iba cada vez más despacio. Era fuerte y estaba acostumbrado al ejercicio físico, pero la falsa gravedad de Vavatch y aquel traje demasiado grande estaban empezando a agotarle.

Siguió corriendo sumido en aquella especie de trance mientras los chorros de vapor de su aliento entraban y salían de su boca abierta al máximo e intentó imaginarse lo cerca que habían estado de las proas, y el espacio de tiempo durante el que el inmenso peso del barco sería capaz de seguir comprimiendo su sección delantera a medida que su masa de billones de toneladas se incrustaba en lo que —si ocupaba todo el banco de nubes que habían visto antes—, debía de ser un descomunal iceberg en forma de meseta.

El barco que le rodeaba era como un paisaje visto en sueños. La embarcación seguía envuelta en nubes y niebla, pero el diluvio dorado del sol caía sobre ella iluminándolo todo. Las torres y pináculos parecían intactos, y toda aquella estructura gigantesca seguía avanzando hacia el hielo mientras los kilómetros de Megabarco que había detrás de ella ejercían presión hacia adelante con la titánica inercia del navío. Horza dejó atrás pistas para juegos y pabellones de ondulante tela plateada, y atravesó un montón de instrumentos musicales. Una inmensa pared provista de varias cubiertas se alzó ante él, y sobre su cabeza había puentes que bailaban y se sacudían a medida que sus soportes escondidos en la niebla iban acercándose a la incontenible oleada de destrucción y eran engullidos por ella. Vio como una cubierta lateral se desplomaba en un vacío de neblina. La cubierta que había bajo sus pies empezó a subir lentamente en un tramo de quince metros o más por delante de él. Horza tenía que subir por una cuesta que se iba haciendo más empinada a cada segundo que pasaba. Un puente colgante se derrumbó a su izquierda y los cables de suspensión azotaron el aire. El puente desapareció por entre la niebla dorada y el ruido de su caída se perdió en el estruendo ensordecedor que hacía vibrar sus tímpanos. Los pies de Horza empezaron a resbalar sobre la cubierta. Cayó pesadamente sobre su espalda, se dio la vuelta y miró hacia atrás.

Rodó sobre los trozos de cristal y los fragmentos de barandilla que había al extremo de la cubierta, se agarró a una barandilla intacta, hizo fuerza con los dos brazos, se impulsó con un pie y saltó sobre la barandilla.

Sólo cayó la altura de una cubierta y se estrelló contra una superficie curva de metal. El impacto le dejó sin aliento. Se puso en pie lo más deprisa posible, inhalando aire por la boca y tragándolo mientras intentaba hacer funcionar sus pulmones. La pequeña cubierta sobre la que se encontraba también empezaba a doblarse, pero el punto de pliegue se hallaba entre él y la pared de destrucción. Horza perdió pie y resbaló sobre aquella superficie cada vez más inclinada mientras la sección de cubierta que había a su espalda se alzaba hasta formar un ángulo. El metal se rompió y los soportes de la cubierta superior se desprendieron como huesos rotos asomando de la piel. Ante él había un tramo de escalones que llevaba hasta la cubierta de la que acababa de saltar, pero la zona en que terminaban aún conservaba la estabilidad. Horza subió hasta aquella cubierta y llegó a ella cuando empezaba a doblarse. Se alejó lo más posible de la ola frontal de escombros, y vio como el metal de la cubierta seguía doblándose en una deformación cada vez más acentuada.

Bajó corriendo por la pendiente mientras el agua de los estanques ornamentales caía en cascadas a su alrededor. Más peldaños. Subió hasta la siguiente cubierta.

Su pecho y su garganta parecían estar llenos de carbones al rojo vivo y sus piernas de plomo fundido, y aquel espantoso tirón de pesadilla seguía llegando desde atrás atrayéndole implacablemente hacia la zona de destrucción. Horza se tambaleó, dejó atrás el final del tramo de peldaños y pasó junto a una piscina rota de la que iba escapando el agua.

—¡Horza! —gritó una voz—. ¿Eres tú? ¡Horza! ¡Soy Mipp! ¡Mira hacia arriba!

Horza alzó la cabeza. La lanzadera de la Turbulencia en cielo despejado flotaba entre la niebla a unos treinta metros por encima de él. Horza agitó débilmente la mano y el gesto hizo que se tambaleara. La lanzadera descendió hacia él atravesando la niebla con las puertas traseras abiertas hasta quedar suspendida sobre la cubierta que había encima de Horza.

—¡He abierto las puertas! ¡Salta! —gritó Mipp.

Horza intentó contestar, pero sólo consiguió producir una especie de jadeo asmático. Avanzó hacia la lanzadera tambaleándose, con la sensación de que todos los huesos de sus piernas se habían convertido en gelatina. El traje pesaba cada vez más y podía sentir cómo bailaba y crujía a su alrededor. Sus pies resbalaron sobre los cristales rotos que cubrían la cubierta temblorosa que había bajo sus botas. Aún tenía que subir el tramo de peldaños que llevaba a la cubierta donde le esperaba la lanzadera.

—¡Deprisa, Horza! ¡No podré esperarte mucho rato más!

Horza avanzó hacia los peldaños y empezó a trepar por ellos. La lanzadera oscilaba en el aire. La abertura de la rampa trasera tan pronto apuntaba hacia él como se alejaba. Los peldaños que había bajo sus pies vibraban. El estruendo que le rodeaba era un rugido lleno de gritos y golpes. Había otra voz gritando en sus oídos, pero no podía distinguir las palabras. Horza llegó a la cubierta superior e intentó correr hacia la rampa de la lanzadera. Estaba a pocos metros de ella; podía ver los asientos y las luces del compartimento, y el traje que contenía el cadáver de Lenipobra caído en un rincón.

—¡No puedo esperar más! Tengo que… —gritó Mipp intentando hacerse oír por encima del estrépito de la destrucción y los gritos de la otra voz.

La lanzadera empezó a elevarse. Horza saltó hacia ella.

Sus manos entraron en contacto con el comienzo de la rampa cuando ésta se encontraba al nivel de su pecho. La lanzadera le alzó en vilo y el cuerpo de Horza empezó a bailotear suspendido de sus brazos. La lanzadera siguió subiendo, y Horza se encontró contemplando el vientre de su fuselaje.

—¡Horza, Horza! —sollozó Mibb—. Lo siento…

—¡Estoy aquí! —gritó Horza con voz enronquecida.

—¿Qué?

La lanzadera siguió subiendo, dejando atrás cubiertas, torres y las delgadas líneas horizontales del tendido de monorraíl. Los dedos de Horza se habían convertido en ganchos que soportaban todo su peso. Sus guantes se curvaban sobre el filo de la rampa. Sentía un dolor terrible en los brazos.

—¡Estoy colgando de la maldita rampa!

—¡Bastardos! —gritó otra voz.

Era Lamm. La rampa empezó a moverse. El tirón estuvo a punto de hacer que los dedos de Horza perdieran su presa. Estaban a cincuenta metros de altura y seguían subiendo. Horza vio como la parte superior de las puertas se iba aproximando a sus dedos.

—¡Mipp! —gritó—. ¡No cierres las puertas! ¡Deja la rampa tal y como está, intentaré llegar al compartimento!

—De acuerdo —se apresuró a responder Mipp.

La rampa dejó de moverse quedando en un ángulo de unos veinte grados. Horza empezó a balancear las piernas de un lado para otro. Estaban a setenta, ochenta metros de altura, dándole la cola a la oleada de destrucción y alejándose lentamente de ella.

—¡Negro bastardo! ¡Vuelve! —gritó Lamm.

—¡No puedo, Lamm! —gritó Mipp—. ¡No puedo! ¡Estás demasiado cerca!

—¡Gordo de mierda! ¡Bastardo! —siseó Lamm.

Horza vio destellos luminosos bailando a su alrededor. El vientre de la lanzadera se cubrió de llamas en una docena de puntos distintos allí donde lo habían alcanzado los disparos del láser. Horza sintió un impacto en el pie izquierdo, en la suela de su bota, y toda su pierna derecha se sacudió convulsivamente en un espasmo de dolor.

Mipp lanzó un grito incoherente. La lanzadera empezó a acelerar, volviendo hacia el Megabarco para cruzarlo en una trayectoria diagonal. El aire rugía alrededor del cuerpo de Horza haciendo que sus dedos fueran perdiendo poco a poco su ya precario asidero.

—¡Mipp, no vayas tan deprisa! —gritó.

—¡Bastardo! —volvió a gritar Lamm.

La corta vida incandescente de un abanico de rayos láser iluminó la niebla a un lado de la lanzadera. El haz surgido del láser cambió de posición y la lanzadera volvió a ser alcanzada. Cinco o seis pequeñas explosiones chisporrotearon sobre la zona del morro. Mipp aulló. La lanzadera aumentó su velocidad. Horza seguía intentando pasar una pierna sobre la rampa, pero las puntas de sus dedos enguantados iban deslizándose lentamente sobre la áspera superficie metálica a medida que su cuerpo sentía la corriente de aire creada por la aceleración de la lanzadera.

Lamm gritó. La mezcla de alarido y gorgoteo estridente atravesó la cabeza de Horza como si fuera una descarga eléctrica. El grito se quebró de repente y durante un segundo fue sustituido por una especie de crujido, como si algo se estuviera partiendo en dos.

La lanzadera estaba avanzando rápidamente sobre la superficie del Megabarco a cien metros de altura. Horza podía sentir cómo sus dedos y brazos se iban quedando sin fuerzas. Contempló el interior de la lanzadera a través del visor de su casco. Estaba a sólo unos metros de distancia, pero sus dedos iban resbalando milímetro a milímetro.

El interior del compartimento emitió un destello y un instante después se iluminó con una cegadora e insoportable llamarada blanca. El instinto le hizo cerrar los ojos, y una abrasadora luz amarilla se abrió paso a través de sus párpados. Los altavoces de su casco produjeron un repentino estallido de zumbidos inhumanos y terriblemente penetrantes, como el aullido de una máquina. El sonido desapareció tan bruscamente como había llegado. La luz fue desvaneciéndose lentamente. Horza abrió los ojos.

El interior de la lanzadera seguía brillantemente iluminado, pero ahora también humeaba. Las turbulencias de aire que entraban por la puerta trasera arrancaban hilachas de humo a los asientos, tiras de sujeción y arneses calcinados, y a la bola de piel negra cubierta de ampollas en que se había convertido el rostro de Lenipobra. La oleada de fuego y luz parecía haber dejado un friso de sombras sobre el mamparo que había detrás de él.

Uno a uno, los dedos de Horza estaban acercándose al final de la rampa.

«Dios mío —pensó contemplando las sombras y el humo—, así que después de todo ese maníaco llevaba encima una bomba atómica…» Y entonces la onda expansiva les alcanzó.

Horza se vio lanzado hacia adelante por encima de la rampa, y su cuerpo entró en el compartimento justo antes de que la onda expansiva engullese a la lanzadera haciéndola oscilar y saltar por el cielo como si fuese un pajarillo atrapado en una tormenta. Horza fue arrojado de un lado a otro e intentó desesperadamente agarrarse a algo para no volver a caer por el hueco de las puertas. Su mano encontró algunas tiras de sujeción, y sus dedos se cerraron alrededor de ellas con sus últimas reservas de energía.

Horza miró hacia el hueco de las puertas. Una inmensa bola de fuego subía lentamente por el cielo abriéndose paso entre la neblina. Un ruido que parecía la suma de todos los truenos que Horza había oído en su vida vibró por el recalentado interior de la máquina que huía de aquel infierno. La lanzadera osciló, arrojando a Horza contra una hilera de asientos. Una gran torre desfiló velozmente por el hueco de las puertas y ocultó la bola de fuego durante un momento mientras la lanzadera empezaba a virar. Las puertas parecieron intentar cerrarse y acabaron atascándose.

Las superficies que habían estado expuestas a la bola de fuego inicial empezaban a emitir el calor creado por la explosión de la bomba. Horza tenía la sensación de estarse asando dentro del traje. Sentía un dolor terrible en la pierna derecha, en algún punto por debajo de la rodilla, y podía oler algo que se quemaba.

La lanzadera fue recobrando la estabilidad y enderezó el curso. Horza se puso en pie y avanzó cojeando hacia la puerta incrustada en el mamparo, allí donde los contornos de los asientos y del cadáver de Lenipobra —que ahora yacía hecho un fardo cerca de las puertas traseras—, habían quedado grabados a fuego bajo la forma de sombras congeladas en el blanco mate de la pared. Abrió la puerta y cruzó el umbral.

Mipp ocupaba el asiento del piloto y estaba encorvado sobre los controles. Las pantallas de los monitores no daban imagen, pero el panorama visible por el grueso cristal polarizado del parabrisas de la lanzadera mostraba nubes, neblina, algunas torres que se deslizaban bajo ellos y, más allá, el mar abierto sobre el que había aún más capas de nubes.

—Creí que… estabas muerto… —dijo Mipp con voz pastosa, medio volviéndose hacia Horza.

Mipp estaba encorvado en su asiento con la espalda doblada en una curva que casi le hacía parecer un jorobado. Tenía los ojos entrecerrados, y daba la impresión de estar herido. Gotitas de sudor brillaban sobre la oscura piel de su frente. El puente estaba lleno de un humo acre y, al mismo tiempo, curiosamente dulzón.

Horza se quitó el casco y se dejó caer en el asiento contiguo al de Mipp. Bajó los ojos hacia su pierna derecha. En la parte de atrás de su pantorrilla había un agujero negruzco de un centímetro de diámetro con los contornos muy precisos, y un agujero más grande y de contornos menos regulares a un lado. Flexionó la pierna y torció el gesto; no era más que una quemadura muscular ya cauterizada. No podía ver sangre.

Miró a Mipp.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Ya conocía la respuesta.

Mipp meneó la cabeza.

—No —dijo en voz baja—. Ese lunático me ha dado. La pierna…, y en la espalda, no sé dónde.

Horza examinó la parte trasera del traje de Mipp que no quedaba oculta por el respaldo del asiento. Un agujero en la curva de éste llevaba a una larga cicatriz oscura sobre la superficie del traje. Horza bajó la cabeza y contempló la cubierta del puente.

—Mierda —dijo—. Este trasto ha quedado lleno de agujeros.

El suelo estaba repleto de cráteres. Había dos directamente bajo el asiento de Mipp; un disparo del láser había causado aquella cicatriz oscura en su traje, y el otro debía de haber dado en su cuerpo.

—Siento como si ese bastardo me hubiera disparado justo en el culo, Horza —dijo Mipp intentando sonreír—. Llevaba encima una auténtica bomba nuclear, ¿verdad? Eso es lo que estalló. Se ha cargado todos los circuitos eléctricos… Lo único que sigue funcionando es el control óptico. Maldita lanzadera de mierda…

—Mipp, deja que me encargue de los controles —dijo Horza.

Habían llegado a las nubes; el cristal del parabrisas sólo mostraba una vaga claridad color cobre. Mipp meneó la cabeza.

—No puedo. No serías capaz de pilotar este trasto…, no en su estado actual.

—Tenemos que volver, Mipp. Los demás quizá hayan…

—No puede ser. Habrán muerto todos —dijo Mipp meneando la cabeza y aferrando los controles con más fuerza sin apartar los ojos del parabrisas—. Dios, este trasto se va a morir de un momento a otro… —Contempló la hilera de pantallas en blanco y meneó la cabeza más despacio que antes—. Puedo sentirlo.

—¡Mierda! —exclamó Horza sintiéndose impotente—. ¿Y la radiación? —preguntó de repente.

Todo el mundo sabía que si un traje adecuadamente diseñado te permitía sobrevivir al primer destello y a la onda expansiva, también te permitiría sobrevivir a la radiación; pero Horza no estaba muy seguro de que el traje que llevaba puesto estuviera demasiado bien diseñado. Uno de los muchos instrumentos de que carecía era un monitor de radiación, y por sí solo eso ya era mala señal. Mipp echó un vistazo a una pantallita de la consola.

—Radiación… —dijo. Meneó la cabeza—. No hay nada demasiado serio —añadió—. Pocos neutrones… —El dolor le hizo torcer el gesto—. Era una bomba bastante limpia. Probablemente ese bastardo habría preferido un artefacto muy distinto. Tendría que devolverla al sitio donde se la vendieron y reclamar…

Mipp dejó escapar una risita impregnada de desesperación.

—Tenemos que volver, Mipp.

Intentó imaginarse a Yalson huyendo de la ola de destrucción con una ventaja inicial superior a la de él y Lamm. Se dijo que debía de haberlo conseguido, que cuando la bomba estalló ya debía encontrarse lo bastante lejos para no haber sido afectada por la detonación, y que el Megabarco acabaría deteniéndose, que la avalancha metálica iría avanzando cada vez más despacio hasta quedarse inmóvil… Pero si había algún superviviente, ¿cómo se las arreglaría para salir del Megabarco? Intentó poner en funcionamiento el comunicador de la lanzadera, pero estaba tan muerto como el de su traje.

—No conseguirás hablar con ellos —dijo Mipp meneando la cabeza—. Los muertos no resucitan. Les oí; sus comunicaciones se fueron interrumpiendo mientras corrían. Intenté decirles que…

—Mipp, cambiaron de canal, eso fue todo. ¿No oíste a Kraiklyn? Cambiaron de canal porque Lamm no paraba de gritar.

Mipp se agazapó en su asiento y meneó la cabeza.

—No le oí —dijo pasados unos momentos—. No fue eso lo que oí. Estaba intentando avisarles de que había hielo…, su tamaño; su altura. —Volvió a menear la cabeza—. Están muertos, Horza. Todos están muertos.

—Se encontraban bastante lejos de nosotros, Mipp —dijo Horza en voz baja—. Por lo menos a un kilómetro de distancia… Lo más probable es que hayan sobrevivido. Si estaban a la sombra de algo, si echaron a correr al mismo tiempo que nosotros… Estaban más lejos. Lo más probable es que sigan vivos, Mipp. Tenemos que volver a recogerles.

Mipp meneó la cabeza.

—No puedo, Horza. Deben estar muertos. Incluso Neisin. Fue a dar un paseo…, después de que os hubierais marchado todos. Tuve que marcharme sin él. No logré comunicarme con su traje. Deben estar muertos. Todos ellos…

—Mipp —dijo Horza—, la bomba no era muy potente.

Mipp rió y dejó escapar un gemido. Volvió a menear la cabeza.

—¿Y qué? ¿No viste ese hielo, Horza? Era como…

Y en ese instante la lanzadera tembló. Horza se volvió rápidamente hacia el parabrisas, pero no había nada, sólo la claridad emitida por la nube que estaban atravesando rodeándoles en todas direcciones.

—Oh, Dios —murmuró Mipp—, la estamos perdiendo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Horza.

Mipp se encogió de hombros y el gesto le arrancó una mueca de dolor.

—Todo. Creo que estamos cayendo, pero no puedo utilizar el altímetro, el indicador de velocidad, el comunicador o el equipo de navegación. Todo está estropeado… Los agujeros y el que las puertas estén abiertas hacen que aún nos resulte más difícil seguir volando.

—¿Estamos perdiendo altura? —preguntó Horza mirando a Mipp.

Mipp asintió.

—¿Quieres empezar a tirar cosas fuera? —preguntó—. Bueno, pues hazlo. Puede que eso nos permita recuperar una parte de la altitud que hemos perdido.

La lanzadera volvió a oscilar.

—Hablas en serio —dijo Horza.

Le miró y empezó a levantarse del asiento.

Mipp asintió.

—Estamos cayendo. Sí, hablo en serio. Maldita sea, aun suponiendo que consigamos llegar hasta allí no podré hacer que este trasto supere el Muro del borde, ni tan siquiera con sólo una o dos personas a bordo…

La voz de Mipp se perdió en el silencio.

Horza logró levantarse de su asiento y cruzó el umbral del puente.

El compartimento de pasajeros estaba lleno de humo, niebla y ruidos. Una claridad difusa entraba por el hueco de las puertas. Horza intentó arrancar los asientos de las paredes, pero estaban bien sujetos. Contempló el cadáver de Lenipobra y su rostro calcinado. La lanzadera osciló; durante un segundo Horza tuvo la sensación de pesar bastante menos. Agarró el traje de Lenipobra por un brazo y empezó a tirar del joven muerto arrastrándolo hacia la rampa. Arrojó el cadáver por el hueco y el fláccido cascarón que había sido Lenipobra cayó al vacío desvaneciéndose en la niebla. La lanzadera bailoteó primero en un sentido y luego en otro, y Horza estuvo a punto de perder el equilibrio.

Encontró algunas otras cosas que podía tirar: un casco de repuesto, un rollo de cuerda, un arnés antigravitatorio y un trípode de rifle bastante pesado. Lo arrojó todo por el hueco de las puertas. Encontró un pequeño extintor. Miró a su alrededor, pero no parecía haber llamas que apagar y la cantidad de humo no había aumentado. Cogió el extintor y volvió al puente de vuelo. La atmósfera de allí parecía algo más limpia, como si el humo se estuviera disipando.

—¿Qué tal vamos? —preguntó.

Mipp meneó la cabeza.

—No lo sé. —Movió la cabeza señalando el asiento contiguo—. Puedes desprenderlo de la cubierta. Tíralo.

Horza encontró las agarraderas que unían el asiento a la cubierta. Las abrió, sacó el asiento por la puerta, lo llevó hasta la rampa y lo arrojó al vacío junto con el extintor.

—Hay unos controles en la pared cerca de esta mampara —gritó Mipp, y lanzó un gruñido de dolor—. Tira los asientos de las paredes —añadió.

Horza logró encontrar los controles y movió primero una hilera de asientos y luego la otra, con tiras y arneses incluidos, deslizándolas a lo largo de los raíles incrustados en el suelo del compartimento. Los asientos rebotaron en el borde de la rampa y se alejaron dando vueltas por entre la neblina iridiscente. La lanzadera volvió a oscilar.

La puerta que comunicaba el compartimento de pasajeros con el puente de vuelo se cerró de golpe. Horza fue hacia ella; la cerradura había sido accionada desde dentro.

—¡Mipp! —gritó.

—Lo siento, Horza. —La débil voz de Mipp le llegó desde el otro lado de la puerta—. No puedo volver. Si no ha muerto Kraiklyn me mataría. Pero te aseguro que no logré encontrarles… No pude. Fue una suerte que te viera.

—Mipp, no hagas locuras. Abre la puerta.

Horza la sacudió. La puerta parecía poco resistente; si no le quedaba más remedio podría tirarla abajo.

—No puedo, Horza… No intentes forzar la puerta. Si lo haces dirigiré el morro hacia el océano; te lo juro. De todas formas no podemos estar a mucha altura… Apenas si consigo mantener el rumbo… Si quieres, intenta cerrar las puertas manualmente. Tendría que haber un panel de acceso en algún lugar de la pared trasera.

—Mipp, por el amor de Dios… ¿Adónde vas? Este sitio estallará en mil pedazos dentro de pocos días. No podemos seguir volando eternamente…

—Oh, caeremos mucho antes de eso. —La voz de Mipp le llegaba en un susurro desde detrás de la puerta cerrada. Parecía estar muy cansado—. Caeremos antes de que vuelen el Orbital, Horza, no te preocupes… Este trasto se muere.

—Pero, ¿adonde vas? —repitió Horza gritando con la boca pegada a la puerta.

—No lo sé, Horza. Puede que al otro lado… Evanauth… No lo sé. Quiero alejarme lo más posible. Yo…

Oyó un golpe ahogado, como si algo hubiera chocado contra la cubierta, y Mipp lanzó una maldición. La lanzadera se estremeció y bailoteó locamente durante unos segundos.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Horza.

—Nada —dijo Mipp—. El equipo de primeros auxilios… Se me ha caído.

—Mierda —jadeó Horza.

Se dejó caer al suelo y apoyó la espalda en el mamparo.

—No te preocupes, Horza. Yo… haré… Haré todo lo que pueda.

—Sí, Mipp —dijo Horza.

Volvió a ponerse en pie ignorando las punzadas de dolor que recorrieron los agotados músculos de sus piernas y la agonía que atravesó su pantorrilla derecha, y fue al compartimento de atrás. Buscó un panel de acceso, logró encontrar uno y lo abrió. El hueco contenía otro extintor de incendios. Horza lo arrojó al vacío. El panel de la otra pared contenía una manivela. Horza la colocó en el control manual y empezó a darle vueltas. Las puertas se fueron cerrando lentamente y acabaron atascándose. Horza luchó con la manivela hasta que la rompió; lanzó una maldición y la arrojó por el hueco.

La lanzadera dejó atrás la niebla. Horza miró hacia abajo y vio la superficie ondulada de un océano gris surcado por el lento movimiento de las olas. El banco de niebla del que habían emergido era como una cortina grisácea y las aguas desaparecían debajo de ella. Los rayos de sol cruzaban las capas de niebla siguiendo trayectorias oblicuas, y el cielo estaba repleto de nubes deshilachadas.

Horza vio como la manivela caía dando vueltas hacia el océano volviéndose más y más pequeña. Chocó con el agua creando una señal blanca y desapareció en las profundidades. Debían de estar a unos cien metros por encima del océano. La lanzadera tembló y Horza tuvo que agarrarse al marco de las puertas; el aparato viró y empezó a seguir un rumbo casi paralelo al banco de nubes.

Horza fue hasta el mamparo y golpeó la puerta con el puño.

—¿Mipp? No consigo cerrar las puertas.

—No importa —replicó Mipp con un hilo de voz.

—Mipp, abre. No seas idiota.

—Déjame en paz, Horza. Déjame en paz, ¿entiendes?

—Maldita sea… —murmuró Horza.

Volvió al compartimento trasero sintiendo el impacto de las ráfagas de viento que entraban por el hueco de las puertas. A juzgar por el ángulo del sol, daba la impresión de que estaban alejándose del Muro. Detrás de ellos no había nada, sólo mar y nubes. No vio señales del Olmedreca, ni de ningún otro barco o nave. El horizonte aparentemente liso que tenían a cada lado desaparecía entre la calina; el océano no daba la impresión de ser cóncavo, sólo inmenso. Horza intentó asomar la cabeza por una esquina del hueco para ver hacia dónde iban. La fuerza del viento le obligó a retroceder antes de que pudiera ver nada, y la lanzadera volvió a temblar, pero Horza había tenido la impresión de distinguir otro horizonte tan liso y carente de rasgos distintivos como ése al otro lado. Retrocedió unos pasos e intentó activar su intercomunicador; pero los altavoces de su casco no emitieron ningún sonido. Todos los circuitos estaban muertos. El pulso electromagnético creado por la explosión atómica en el Megabarco parecía haber acabado con la totalidad del sistema.

Horza pensó en quitarse el traje y tirarlo por el hueco, pero ya tenía frío y sin el traje se quedaría prácticamente desnudo. No, seguiría con él puesto a menos que empezaran a perder altura de repente. Se estremeció. Sentía dolores por todo el cuerpo.

Dormiría un rato. De momento no podía hacer nada, y su organismo necesitaba descansar. Jugueteó durante unos segundos con la posibilidad de Cambiar, pero acabó decidiendo que sería mejor no hacerlo. Cerró los ojos. Vio a Yalson tal y como la había imaginado antes, corriendo por las cubiertas del Megabarco, y abrió los ojos. Se dijo que Yalson estaba perfectamente y volvió a cerrarlos.

Puede que cuando despertase hubieran dejado atrás las capas de polvo magnetizado que había en la atmósfera superior. Quizá hubieran logrado salir de la región ártica y estuvieran en la zona tropical o, al menos, en una zona más cálida… Pero, probablemente, eso sólo significaría que acabarían cayendo en aguas cálidas, no en un océano gélido. No podía imaginarse a Mipp o al aparato aguantando el tiempo suficiente para completar un viaje a través de todo el Orbital.

… suponiendo que la distancia fuera de treinta mil kilómetros; puede que estuvieran avanzando a unos trescientos por hora…

Horza se fue sumiendo en el sopor con la cabeza llena de números que cambiaban continuamente. Su último pensamiento coherente fue que no iban lo bastante rápido y, probablemente, que no había forma alguna de ir más deprisa. Cuando la Cultura hiciera volar el Orbital, convirtiéndolo en un halo de luz y polvo de catorce millones de kilómetros, Mipp y Horza seguirían volando sobre el Mar Circular dirigiéndose hacia tierra firme…

* * *

Horza despertó y descubrió que estaba rodando por el compartimento. Durante los primeros segundos de confusión que siguieron a su despertar creyó que ya había caído por el hueco de las puertas y que estaba precipitándose a través del vacío; después su mente se aclaró y se encontró yaciendo en el suelo del compartimento trasero con los brazos y las piernas extendidos al máximo, observando cómo el cielo azul del exterior se inclinaba con una nueva oscilación de la lanzadera. El aparato parecía estar moviéndose más despacio de lo que recordaba antes de quedarse dormido. No podía ver nada, sólo cielo azul, un mar igualmente azul y unas cuantas nubes blancas, y decidió asomar la cabeza por el hueco.

El viento que le abofeteó el rostro era bastante cálido, y tenían una islita delante, más o menos en la dirección que seguía el aparato. Horza la contempló con incredulidad. La isla era realmente minúscula, y estaba rodeada por atolones todavía más pequeños y arrecifes de un verde claro que sobresalían de los bajíos. Poseía una montaña que asomaba por entre los círculos concéntricos de vegetación y arena amarilla.

La lanzadera bajó un poco y se niveló dirigiéndose en línea recta hacia la isla. Horza metió la cabeza en el compartimento y dejó descansar los músculos de su cuello y sus hombros para que se recuperaran del esfuerzo que les había exigido al mantener erguida la cabeza contra la corriente de aire. La lanzadera redujo todavía más la velocidad y volvió a descender. La estructura del aparato tembló levemente. Horza vio cómo un toroide de agua color lima aparecía en el mar detrás de la lanzadera; volvió a asomar la cabeza por el hueco y vio la isla delante del aparato a unos cincuenta metros más abajo. Unas siluetas corrían por la playa hacia la que se estaban aproximando. Un grupo de seres humanos cruzaban la arena dirigiéndose hacia la jungla transportando lo que parecía una inmensa pirámide de arena dorada y una especie de litera sostenida por largas pértigas.

Horza observó la escena que pasaba bajo sus ojos. Había pequeñas hogueras ardiendo en la playa, y unas cuantas canoas. A un extremo de la playa, allí donde los árboles casi rozaban el agua, se encontraba una lanzadera con el morro en forma de pala y el fuselaje muy grueso, un aparato que debía de tener dos o tres veces el tamaño de la Turbulencia en cielo despejado. La lanzadera pasó sobre la isla abriéndose paso por entre columnas de humo grisáceo.

La playa casi se había quedado vacía. Los últimos rezagados —que parecían estar muy flacos e iban casi desnudos—, corrieron a refugiarse bajo los árboles como si tuvieran miedo del aparato que estaba volando sobre sus cabezas. Una silueta yacía en la arena cerca del módulo. Horza vio otra figura humana algo más vestida que las otras que no corría. Estaba inmóvil, señalando la lanzadera que volaba sobre la isla con el brazo extendido, y sostenía algo en su mano. Un instante después la cima de la montaña apareció bajo el hueco de las puertas obstruyéndole la visión. Horza oyó una serie de secas detonaciones que parecían pequeños estallidos.

—¡Mipp! —gritó, y fue hacia la puerta del puente.

—Estamos listos, Horza —dijo débilmente la voz de Mipp desde el otro lado del panel. Su tono estaba impregnado por una especie de jovialidad desesperada—. Ni los nativos son amistosos…

—Parecían asustados —dijo Horza.

La isla estaba desapareciendo detrás de ellos. La lanzadera seguía avanzando en línea recta, como si Mipp quisiera alejarse, y Horza se dio cuenta de que estaban acelerando.

—Uno de ellos tenía un arma —dijo Mipp.

Tosió y dejó escapar un gemido.

—¿Viste esa lanzadera? —preguntó Horza.

—Sí, la vi.

—Creo que deberíamos volver, Mipp —dijo Horza—. Creo que deberíamos dar la vuelta.

—No —dijo Mipp—. No, no creo que debamos hacer eso… No creo que sea buena idea, Horza. El aspecto de ese sitio… No me ha gustado ni pizca.

—Mipp, es tierra firme. ¿Qué más quieres?.

Horza se volvió hacia el hueco de las puertas. La isla ya casi estaba a un kilómetro de distancia, y la lanzadera seguía acelerando y ganando altura a cada momento que pasaba.

—Tenemos que seguir adelante, Horza. Tenemos que llegar a la costa…

—¡Mipp, nunca conseguiremos llegar! ¡Necesitaríamos un mínimo de cuatro días y la Cultura hará volar todo esto dentro de tres!

Silencio desde el otro lado de la puerta. Horza golpeó el delgado panel de superficie granulada con la mano haciéndolo vibrar.

—¡Déjame en paz, Horza! —gritó Mipp. Horza apenas si pudo reconocer el graznido estridente en que se había convertido su voz—. ¡Olvídalo! ¡Si no lo haces, te juro que los dos acabaremos muertos!

La lanzadera osciló repentinamente. El morro apuntó hacia el cielo y el hueco de las puertas señaló hacia el mar. Los pies de Horza empezaron a deslizarse sobre el suelo del compartimento. Metió los dedos en la ranura que había sujetado la parte superior de los asientos y quedó suspendido de aquel precario asidero mientras la lanzadera seguía su repentina ascensión.

—¡Está bien, Mipp! —gritó—. ¡De acuerdo!

La lanzadera cayó bruscamente en un rápido movimiento lateral. Horza se vio arrojado hacia adelante. El aparato puso punto final a su veloz descenso y Horza sintió un repentino aumento en su peso. El mar se movía debajo de ellos a sólo cincuenta metros de distancia.

—Déjame en paz, Horza —dijo la voz de Mipp.

—Vale, Mipp —dijo Horza—. De acuerdo.

La lanzadera subió un poco, ganando altitud e incrementando su velocidad. Horza retrocedió, alejándose del mamparo que le separaba de Mipp y el puente de vuelo.

Meneó la cabeza y volvió al hueco de las puertas para contemplar la isla con sus bajíos color lima, sus rocas grises, su follaje verde azulado y su franja de arena amarilla. Todo estaba empequeñeciéndose poco a poco, y el marco de las puertas iba llenándose de mar y cielo a medida que la isla se perdía entre la calina.

Se preguntó qué podía hacer. Sabía que sólo le quedaba un curso de acción a seguir. En esa isla había una lanzadera; era difícil que se encontrara en peor estado que el aparato en el que se hallaba ahora, y sus posibilidades actuales de ser rescatado eran prácticamente nulas. Se volvió hacia la frágil puerta que conducía al puente de vuelo sin soltarse del marco, sintiendo cómo el viento cálido le abofeteaba y se desparramaba en remolinos a su alrededor.

No sabía si saltar ahora mismo o hacer un nuevo intento de razonar con Mipp antes. Aún seguía pensando en ello cuando la lanzadera se estremeció y empezó a caer como una piedra hacia el mar.

6. Los Devoradores

Durante un segundo Horza careció de peso. Sintió como su cuerpo era atrapado por los torbellinos de viento que entraban remolineando por el hueco de las puertas, atrayéndole hacia ellas. Se agarró a la ranura de la pared que había utilizado antes para sujetarse. La lanzadera inclinó el morro, y el rugido del viento se hizo más potente. Horza estaba flotando con los ojos cerrados, sus dedos metidos en la hendidura de la pared, esperando el choque final; pero el aparato logró volver a nivelarse y Horza se encontró otra vez con los pies en el suelo.

—¡Mipp! —gritó.

Fue tambaleándose hacia la puerta. Sintió que el aparato empezaba a virar y se volvió hacia el hueco de las puertas traseras. Seguían cayendo.

—Se acabó, Horza —dijo Mipp con un hilo de voz—. La he perdido. —Parecía encontrarse muy débil, como si estuviera sumido en una mezcla de calma y desesperación—. Voy a volver a la isla. No llegaremos allí, pero… Nos estrellaremos dentro de unos momentos… Será mejor que te acuestes junto al mamparo y que te prepares para el impacto. Intentaré hacer que se pose de la forma más suave posible…

—Mipp —dijo Horza, sentándose en el suelo con la espalda pegada al mamparo—, ¿puedo hacer algo?

—Nada —dijo Mipp—. Ahí vamos… Lo siento, Horza. Agárrate fuerte.

Horza hizo justamente lo contrario y relajó todos los músculos de su cuerpo. El aire que entraba rugiendo por el hueco de las puertas aullaba dentro de sus oídos; la lanzadera temblaba debajo de él. El cielo estaba muy azul. Captó un fugaz atisbo de olas. Hizo que los músculos de su espalda conservaran la tensión justa para que su cabeza siguiera pegada a la superficie del mamparo. Después oyó gritar a Mipp. No había palabras; sólo un grito de miedo, un ruido puramente animal.

La lanzadera chocó con algo. El impacto hizo que el cuerpo de Horza quedara pegado a la pared, pero la presión desapareció enseguida. El aparato alzó un poco el morro. Horza sintió que su peso disminuía, vio olas y espuma blanca entrando por el hueco de las puertas. Las olas desaparecieron, vio el cielo y cerró los ojos mientras el morro de la lanzadera volvía a bajar.

El aparato se estrelló contra las olas, resbalando sobre ellas hasta detenerse. Horza sintió como si la pata de algún animal gigantesco intentara aplastarle contra el mamparo. Se quedó sin aliento, oyó el rugir de su sangre y notó las mordeduras del traje. Todo su cuerpo tembló bajo aquella fuerza que trataba de aplastarle y entonces, justo cuando el impacto parecía haber terminado, otro golpe terrible cayó sobre su espalda y su cuello, y sus ojos dejaron de ver.

Lo siguiente que supo era que había agua por todas partes. Estaba jadeando y resoplando, debatiéndose en la oscuridad mientras sus manos chocaban con superficies duras que se habían partido llenándose de ángulos nuevos. Podía oír el gorgoteo del agua, y el sonido ahogado de su propia respiración. Expulsó agua por la boca y tosió.

Estaba flotando en una burbuja de aire rodeada de agua caliente. No había luz. Casi todo su cuerpo parecía sufrir alguna clase de dolor distinto. Cada miembro y cada parte aullaban su propio mensaje de dolor.

Movió los brazos tanteando cautelosamente el pequeño espacio dentro del que se hallaba atrapado. El mamparo se había derrumbado; Horza se encontraba en el puente de vuelo con Mipp. Localizó el cuerpo de Mipp aplastado entre el asiento y el panel de instrumentos, aprisionado e inmóvil, a medio metro bajo la superficie del agua. Su cabeza, que Horza podía tocar si metía el brazo por entre el respaldo del asiento y lo que parecían las entrañas del monitor principal, se movía con demasiada facilidad en el cuello del traje, y la frente estaba destrozada.

El nivel del agua iba subiendo. El aire escapaba por el morro de la lanzadera, que flotaba en el mar con la proa hacia arriba oscilando lentamente. Horza sabía que la única solución era sumergirse y nadar por el compartimento trasero del aparato hasta salir por el hueco de las puertas; de lo contrario quedaría irremisiblemente atrapado dentro de la lanzadera.

Estuvo respirando lo más profundamente posible durante todo un minuto pese al dolor de sus costados, y el nivel del agua fue aumentando gradualmente hasta obligarle a meter la cabeza en el ángulo creado por el techo del puente y el panel de instrumentos. Cuando hubo llenado sus pulmones de aire se sumergió.

Fue bajando por el compartimento, alejándose del asiento aplastado en el que había muerto Mipp y dejó atrás los retorcidos paneles de aleaciones ligeras que habían sido el mamparo. Podía ver una vaga claridad entre gris y verde que formaba un rectángulo ante él. El aire atrapado dentro de su traje burbujeaba a su alrededor deslizándose por sus piernas con dirección a sus pies. El aire de sus botas le hizo flotar durante unos segundos y detuvo su avance. Horza pensó que no iba a conseguirlo, que se quedaría atrapado en aquella posición y que acabaría ahogándose con la cabeza hacia abajo y los pies apuntando hacia arriba. Un instante después el aire escapó con un leve burbujeo por los agujeros que el láser de Lamm había hecho en sus botas y Horza siguió bajando.

Se abrió paso por entre el agua con dirección al rectángulo de luz, cruzó el hueco de las puertas y se adentró en las espejeantes profundidades verdosas que había debajo del aparato. Movió las piernas y empezó a subir, emergiendo de las olas con un jadeo que llenó sus pulmones de aire cálido. Sintió cómo sus ojos se adaptaban a la claridad oblicua pero aún potente de las últimas horas del atardecer.

Se agarró al metal abollado y lleno de agujeros del morro —que asomaba unos dos metros por encima del agua—, y miró a su alrededor intentando ver la isla, pero no lo consiguió. Siguió moviéndose lo justo para permanecer a flote dejando que su maltrecho cuerpo y su cerebro tuvieran tiempo de recuperarse. Vio como el morro del aparato se iba hundiendo en el agua y se deslizaba lentamente hacia adelante de tal forma que la lanzadera acabó flotando sobre las olas que lamían su parte superior. El Cambiante logró izarse al techo de la lanzadera con un esfuerzo que creó nuevos dolores en sus brazos, y se quedó tumbado allí como un pez varado en la playa.

Empezó a desconectar las señales del dolor, como si fuese un sirviente cansado que recoge los trocitos de los objetos frágiles destrozados por su amo en un ataque de rabia.

Y sólo entonces, tumbado sobre la parte superior del fuselaje de la lanzadera sintiendo el roce de las olas, se dio cuenta de que toda el agua que había estado tragando y escupiendo entre toses era agua dulce. Hasta aquel momento ni se le había pasado por la cabeza que el Mar Circular pudiera ser otra cosa que una inmensa extensión de agua salada, como la mayoría de océanos planetarios, pero el agua no contenía ni pizca de sal y Horza se alegró, pensando que por lo menos no moriría de sed.

Se incorporó cautelosamente sobre el techo mientras las olas se estrellaban contra sus pies. Miró a su alrededor y pudo ver la isla…, a duras penas. La claridad del atardecer hacía que pareciese muy pequeña y distante y, aunque había una débil brisa cálida que soplaba más o menos hacia la isla, Horza no tenía ni idea de en qué dirección podían llevarle las corrientes, si es que las había.

Se sentó sobre el fuselaje y acabó acostándose, dejando que las aguas del Mar Circular se deslizaran por la superficie que había debajo de su espalda y se dispersaran, formando pequeñas murallas de espuma al chocar contra su cada vez más destrozado traje. Pasado un rato se quedó dormido. No había sido su intención, pero cuando se dio cuenta de que estaba adormilándose no se resistió. Se dijo que sólo dormiría una hora.

Despertó para ver un sol que seguía alto en el cielo, pero ahora brillaba con un resplandor rojo oscuro a través de las capas de polvo que cubrían el lejano perfil del Muro. Volvió a ponerse en pie; la lanzadera no parecía más hundida que antes. La isla continuaba estando bastante lejos, pero daba la impresión de haberse acercado un poco. Las corrientes o los vientos parecían estarle llevando en la dirección adecuada. Horza volvió a sentarse.

El aire seguía siendo bastante cálido. Pensó en quitarse el traje, pero acabó decidiendo que sería mejor no hacerlo. Le molestaba, pero sin él quizá tuviera demasiado frío. Acabó tumbándose sobre el fuselaje.

Se preguntó dónde estaría Yalson ahora. ¿Habría sobrevivido a la bomba de Lamm y a la destrucción del Megabarco? Esperaba que lo hubiese conseguido. Horza creía que era bastante probable; no podía imaginársela muerta o agonizando. No era mucho en que basarse, y Horza se negaba a creer que fuera supersticioso, pero ser incapaz de imaginársela muerta le resultaba extrañamente reconfortante. Yalson sobreviviría. Hacía falta algo más que una bomba nuclear táctica y un Megabarco estrellándose contra un iceberg tan grande como un pequeño continente para acabar con ella. Horza se dedicó a repasar sus recuerdos de Yalson, y descubrió que estaba sonriendo.

Habría querido pasar más tiempo acordándose de Yalson, pero había otro asunto en el que debía pensar.

Esta noche Cambiaría.

Era lo único que podía hacer. Probablemente a esas alturas ya no serviría de nada. Kraiklyn estaba muerto o —suponiendo que hubiese sobrevivido—, lo más probable era que nunca volviera a encontrarse con Horza, pero el Cambiante se había preparado para la transformación. Su cuerpo estaba esperándola, y no se le ocurría nada mejor.

Se dijo que la situación no era desesperada. No había sufrido heridas graves, parecía estar aproximándose a la isla —y la lanzadera quizá siguiera allí—, y si conseguía llegar a tiempo siempre estaba Evanauth y esa partida de Daño. Además, la Cultura quizá anduviera buscándole, por lo que mantener la misma identidad durante demasiado tiempo podía resultar peligroso. Qué diablos… Cambiaría. Se quedaría dormido siendo el Horza que habían conocido los miembros de la Compañía y despertaría convertido en una copia del capitán de la Turbulencia en cielo despejado.

Preparó su cuerpo maltrecho y dolorido para la alteración tan bien como pudo. Relajó los músculos, activó glándulas y grupos de células y su cerebro envió señales al cuerpo y el rostro usando nervios que sólo los Cambiantes poseían.

Contempló el sol. Su brillo rojizo iba disminuyendo y la esfera luminosa estaba cada vez más cerca del océano.

Ahora dormiría; dormiría y se convertiría en Kraiklyn. Adoptaría otra identidad, otra forma que añadir a las muchas que había asumido durante su existencia…

Quizá no sirviera de nada, quizá estuviera a punto de adoptar otra identidad sólo para morir con ella. «Pero, ¿qué puedo perder?», pensó.

Horza observó el lento descenso del cada vez más oscuro ojo rojizo del sol hasta sumirse en el sueño del Cambio, y aunque el trance del Cambio se llevaba a cabo con los ojos cerrados y esos mismos ojos estaban alterándose bajo sus párpados, tuvo la impresión de que seguía viendo aquel resplandor agonizante…

* * *

Ojos de animal. Los ojos de un depredador. Estaba atrapado detrás de ellos contemplando lo que había fuera.. Nunca dormía, porque era tres personas. Propiedad; rifle, nave y Compañía. Quizá no fuese gran cosa, pero algún día…, con solo un poquito de suerte, sólo la pequeña ración de suerte que todo el mundo tiene derecho a esperar…, oh, sí, un día les daría una buena lección. Sabía lo bueno que era, sabía para qué estaba preparado y quién podía ayudarle. Los demás sólo eran objetos sin valor. Eran suyos porque estaban bajo su mando; después de todo, la nave era propiedad suya, ¿no? Las mujeres especialmente… No eran más que piezas del juego. Podían ir y venir, y no le importaba en lo más mínimo. Bastaba con que compartieras sus peligros y creían que eras maravilloso. No podían comprender que para él no había ningún peligro; aún le quedaba mucho que hacer en la vida. Sabía que no iba a morir ninguna estúpida y miserable muerte en combate. Algún día toda la galaxia conocería su nombre, y cuando llegara el momento de su muerte le lloraría o le maldeciría… Aún no había decidido si prefería el llanto o las maldiciones… Puede que la elección dependiera de cómo le tratase la galaxia hasta que llegara ese momento… Lo único que necesitaba era un poquito de suerte, una pequeña ocasión que aprovechar, justo lo que habían tenido los demás, los líderes de las Compañías Libres más grandes y de más éxito, las más conocidas, temidas y respetadas. Ellos también debían haber tenido sus momentos de suerte, ¿no? Quizá parecieran mucho más grandes de lo que él era ahora, pero un día alzarían los ojos para contemplarle. Todo el mundo lo haría. Todos conocerían su nombre: Kraiklyn.

* * *

Horza despertó bajo la claridad del amanecer. Seguía tumbado sobre el techo de la lanzadera sintiendo la caricia de las olas, como un trozo de carne cuidadosamente lavado y colocado encima de una mesa. Estaba medio dormido y medio despierto. Hacía más frío y la luz era algo más tenue y azulada, pero todo lo demás seguía igual que antes. Su mente volvió a sumirse en el sueño, alejándose del dolor y las esperanzas perdidas.

Nada había cambiado, sólo él…

* * *

Tendría que nadar hasta la isla.

Despertó por segunda vez aquella misma mañana. Se sentía distinto, más fuerte y descansado. El sol iba emergiendo de la calina que había sobre su cabeza.

La isla se encontraba más cerca, pero iba a pasar de largo. Las corrientes estaban haciendo que él y la lanzadera se alejaran de aquel pedazo de tierra firme después de haberles llevado hasta unos dos kilómetros del grupo de arrecifes y bancos de arena que rodeaban la isla. Horza se maldijo por haber dormido tanto tiempo. Se quitó el traje —ya no servía de nada y merecía que lo abandonara—, y lo dejó sobre el techo de la lanzadera para que fuese lamido por las olas. Tenía hambre y su estómago había empezado a protestar con rugidos ahogados, pero se sentía con fuerzas más que suficientes para la travesía a nado. Calculaba que la isla debía estar a unos tres kilómetros de distancia. Se zambulló y hendió las aguas. La pierna derecha seguía doliéndole a causa del disparo de Lamm, y aún notaba alguna que otra molestia en varias zonas de su cuerpo, pero podía conseguirlo. Estaba totalmente seguro de que podría llegar hasta la isla.

Miró hacia atrás después de haber nadado unos minutos. Podía ver el traje, pero no la lanzadera. El traje vacío era como el capullo abandonado por algún animal después de su metamorfosis, un cascarón vacío que parecía flotar sobre las olas que se agitaban a su espalda. Horza se dio la vuelta y siguió nadando.

La isla se iba acercando muy despacio. Al principio el agua estaba caliente, pero pareció irse enfriando, y los dolores de su cuerpo se fueron haciendo más intensos. Hizo caso omiso de ellos y envió señales de desconexión a los nervios, pero podía sentir cómo su avance iba haciéndose más lento, y comprendió que había empezado la travesía con demasiado ímpetu. Se quedó quieto durante unos segundos, moviéndose en el agua para mantenerse a flote; tragó un sorbo de agua dulce y reanudó su avance, nadando a un ritmo más suave pero igualmente decidido hacia la torre gris que coronaba la isla.

Se repitió a sí mismo lo afortunado que había sido. El impacto sufrido por la lanzadera no le había causado heridas graves, aunque los dolores seguían molestándole, como si fuesen parientes ruidosos encerrados en una habitación lejana que le impedían concentrarse debidamente. El agua cálida parecía estar enfriándose, cierto, pero al menos era agua dulce, por lo que podía bebería y no se deshidrataría; aun así, le pasó por la cabeza que le habría costado menos mantenerse a flote si fuese agua salada.

Siguió avanzando. Tendría que haber sido fácil, pero cada momento que transcurría hacía que nadar le resultara más difícil. Dejó de pensar en ello y se concentró en los movimientos; el lento subir y bajar rítmico de piernas y brazos que le impulsaba a través del agua; enfrentarse a una ola, superarla, bajar por ella; una ola, superarla, bajar por ella…

«Con mis propios recursos —pensó—, con mis propios recursos, sin nadie que me ayude.»

La montaña de la isla iba aumentando de tamaño muy despacio. Tenía la sensación de estar construyéndola, como si el esfuerzo necesario para que fuera haciéndose más grande ante sus ojos fuese idéntico al que le habría exigido la edificación de aquel picacho; amontonar una roca encima de otra con sus propias manos…

Dos kilómetros. Después sólo uno.

El sol iba subiendo en ángulo por el cielo.

Y, finalmente, el primer círculo de arrecifes y los bajíos; los atravesó casi sin darse cuenta de lo que hacía y se encontró en aguas poco profundas.

Un mar de dolor. Un océano de agotamiento.

Nadó hacia la playa abriéndose paso por entre un abanico de olas y espuma que irradiaba de la brecha en el anillo de arrecifes por la que había pasado…

… y sintió como si no se hubiera quitado el traje, como si aún siguiera llevándolo, y la oxidación o el paso del tiempo habían hecho que el traje se volviera rígido, o como si estuviera lleno de agua o arena húmeda. El traje se tensaba y tiraba de él intentando hacerle retroceder.

Podía oír el ruido de las olas rompiendo en la playa, y cuando alzó los ojos pudo ver gente; siluetas delgadas de piel morena vestidas con harapos que se agrupaban alrededor de tiendas redondas y hogueras o caminaban por entre ellas. Algunas estaban en el agua transportando cestas, unas inmensas cestas de juncos que sostenían junto a sus cinturas. Iban recogiendo cosas del mar mientras caminaban por entre las olas, poniendo lo que encontraban dentro de los cestos.

No le habían visto. Siguió nadando, moviendo lentamente los brazos e impulsándose con débiles patadas.

La gente que estaba recogiendo la cosecha del mar no parecía haberse dado cuenta de su presencia. Seguían caminando por entre las olas, agachándose de vez en cuando para desenterrar algo oculto en la arena, moviendo los ojos incesantemente de un lado para otro en una continua búsqueda cuyo objetivo estaba tan cerca de ellos que les impedía verle. El ritmo de las brazadas se fue frenando hasta convertirse en un lento manoteo agónico. No podía sacar los brazos del agua, y sus piernas estaban paralizadas…

Y entonces oyó varias voces que gritaban cerca de él y un sonido de chapoteo que se fue aproximando, abriéndose paso por entre el estruendo del oleaje como algo surgido de un sueño. Seguía nadando débilmente cuando otra ola le alzó en su seno, y vio a varias siluetas muy delgadas vestidas con taparrabos y túnicas harapientas que avanzaban por el agua hacia él.

Sus brazos sostuvieron a Horza guiándole por entre las olas, a través de los últimos bajíos moteados de sol y, finalmente, le llevaron a las arenas doradas. Horza se dejó caer sobre la playa rodeado de aquellas personas flacas de expresiones adustas. Estaban hablando en voz baja entre ellas usando una lengua que no había oído nunca. Horza intentó moverse, pero no lo consiguió. Sus músculos parecían haberse convertido en harapos mojados.

—Hola —graznó.

Repitió el saludo en todas las lenguas que conocía, pero aquella gente no parecía entender ninguna. Observó los rostros de las personas que le rodeaban. Eran humanos, desde luego, pero aquella palabra podía aplicarse a muchas especies distintas esparcidas por toda la galaxia, lo cual había creado una interminable discusión sobre quién era humano y quién no lo era. Al igual que ocurría en un número excesivo de asuntos, el consenso de la opinión general estaba empezando a aproximarse considerablemente a las teorías de la Cultura sobre el tema. La Cultura fijaba las leyes (dejando aparte, claro está, el hecho de que la Cultura no tenía ninguna ley realmente digna de ese nombre) sobre en qué consistía el ser humano, o hasta dónde llegaba la inteligencia de una especie determinada (y, al mismo tiempo, dejaba bien claro que la inteligencia pura por sí sola no significaba gran cosa), o cuánto tiempo debían vivir las personas (aunque sólo como un tosco criterio de guía aproximado, naturalmente), y la gente aceptaba todas aquellas afirmaciones sin ponerlas en tela de juicio porque todo el mundo creía la propaganda de la Cultura, y esa propaganda sostenía que la Cultura era una sociedad sincera y carente de prejuicios, justa y totalmente desinteresada cuya única meta era la verdad absoluta…, etcétera.

Por lo tanto, ¿podía decirse que las personas que le rodeaban eran auténticos seres humanos? Su altura era bastante parecida a la de Horza, daban la impresión de poseer una estructura ósea y un sistema respiratorio muy similares, sus cuerpos mostraban una clara simetría bilateral; y sus rostros —aunque cada uno era distinto—, siempre contaban con ojos, orejas, boca y nariz.

Pero estaban mucho más delgados de lo que habría sido normal, y su piel, dejando aparte la textura o el color, parecía afectada por algún tipo de enfermedad.

Horza se quedó quieto. Volvía a tener la sensación de que pesaba mucho, pero al menos ahora se encontraba en tierra firme. Por otra parte, y a juzgar por el estado de los cuerpos que le rodeaban, la isla parecía ser bastante pobre en alimentos. Horza supuso que ésa era la razón de que todos estuvieran tan delgados. Alzó la cabeza e intentó ver la lanzadera que había divisado antes por entre aquel bosque de flacas piernas. Sólo consiguió ver la parte superior de la máquina asomando sobre una de las grandes canoas varadas en la playa. Sus puertas traseras estaban abiertas.

Una vaharada de un olor pestilente bailoteó bajo la nariz de Horza y le hizo sentir deseos de vomitar. Volvió a bajar la cabeza hacia la arena, exhausto.

Las personas que le rodeaban dejaron de hablar y sus cuerpos delgados y morenos o, por lo menos, de tez oscura, se volvieron lentamente hasta quedar de cara a la playa. Sus filas se abrieron para dejar un espacio justo por encima de la cabeza de Horza y, por mucho que lo intentara, el Cambiante descubrió que no podía apoyarse en un codo o mover la cabeza para ver qué o quién se aproximaba. Siguió tumbado sobre la arena y esperó. Las personas que había a su derecha retrocedieron, y una hilera de ocho hombres apareció a ese lado sosteniendo un palo muy largo en sus manos izquierdas y extendiendo el brazo derecho para conservar el equilibrio. Era la litera que les había visto transportar por la jungla el día antes, cuando la lanzadera había sobrevolado la isla. Horza intentó alzar la cabeza para ver lo que contenía. Dos hileras de hombres dieron la vuelta a la litera para que quedase de cara a Horza y la dejaron en el suelo. Después los dieciséis se sentaron en el suelo con expresión de estar agotados. Horza no podía apartar los ojos de la litera.

Sentado en ella estaba el ser humano más enorme y obscenamente gordo que había visto en toda su vida.

El día anterior había visto la litera y su inmensa carga desde la lanzadera de la Turbulencia en cielo despejado, y confundió al gigante con una pirámide de arena dorada. Ahora podía ver que su primera impresión se había aproximado bastante a la realidad, aunque sólo en la forma y no en la sustancia. Horza no estaba seguro de si aquel enorme cono de carne humana pertenecía a un varón o a una hembra; inmensos pliegues de carne con aspecto de mamas brotaban de la parte superior y central de su torso, pero colgaban sobre olas todavía más enormes de grasa desnuda y carente de vello, que eran sostenidas en parte por las piernas del coloso y en parte las rebasaban para reposar sobre la superficie de lona de la litera. Horza no pudo ver la más mínima prenda de ropa sobre el cuerpo de la monstruosidad, pero tampoco había ninguna señal de genitales; fueran lo que fuesen, quedaban enterrados bajo los rollos de aquella carne entre marrón y dorada.

Horza fue alzando los ojos hasta llegar a su cabeza. El grueso cono del cuello terminaba en baluartes concéntricos de papadas que sostenían la calva cúpula de carne hinchada en la que había una fláccida longitud de labios muy pálidos, una nariz minúscula en forma de botón y unas rendijas que debían contener los ojos. La cabeza reposaba sobre las capas de grasa del cuello, los hombros y el pecho como una gran campana dorada sobre un templo de muchos niveles. El gigante cubierto de sudor movió bruscamente las manos haciéndolas girar al extremo de los globos hinchados y recubiertos de grasa que tenía por brazos hasta que aquellos dedos —que, en comparación, resultaban meramente rollizos—, se encontraron y se unieron tan estrechamente como se lo permitía su tamaño. La boca se abrió para hablar, y uno de aquellos humanos flacuchos cuyos harapos parecían algo menos maltrechos que los de los demás entró en el campo visual de Horza, colocándose un poco detrás del gigante.

La cabeza con forma de campana se movió unos centímetros a un lado y giró lentamente sobre sí misma diciéndole algo al hombre que había detrás. Horza no logró oír las palabras. Después la montaña de carne alzó los brazos con un obvio esfuerzo y contempló a las delgadas siluetas agrupadas alrededor de Horza. Su voz parecía grasa semisólida derramándose dentro de un recipiente; Horza pensó que era una voz capaz de ahogarte, como si surgiera de una pesadilla. Aguzó el oído, pero no logró comprender ni una sola palabra del lenguaje que estaba utilizando. Miró a su alrededor para ver qué efecto estaban produciendo aquellas palabras sobre la multitud de aspecto famélico que le rodeaba. Sintió que la cabeza le daba vueltas durante un momento, como si su cerebro hubiera cambiado de posición mientras su cráneo seguía inmóvil; y fue como si estuviera de nuevo en el hangar de la Turbulencia en cielo despejado cuando los rostros de la Compañía se volvieron en su dirección haciéndole sentirse tan desnudo y vulnerable como se sentía ahora.

—Oh, no, otra vez no —gimió en marain.

—¡Oh-hoo! —dijeron los rollos de carne dorada. La voz se despeñó por las pendientes de grasa en una vacilante serie de tonos casi musicales—. ¡Magnífico! ¡Nuestro botín marino habla! —La cúpula sin vello giró un poquito más volviéndose hacia el hombre que estaba en pie junto a ella—. Señor Primero, ¿no es maravilloso? —burbujeó la voz de aquella masa de carne.

—El destino es bueno con nosotros, oráculo —dijo el hombre con voz malhumorada.

—Sí, Señor Primero, el destino favorece a quienes ama. Hace alejarse a nuestros enemigos y nos envía tesoros…, ¡tesoros del mar! ¡Alabado sea el destino!

La gran pirámide de carne empezó a temblar y los brazos se alzaron arrastrando tras ellos rollos de carne un poco más pálida. Aquella cabeza parecida a una tórrela se inclinó hacia atrás, y la boca se abrió para revelar un espacio oscuro en el que sólo había unos cuantos colmillos diminutos que brillaban como si estuvieran hechos de acero. Cuando la voz burbujeante volvió a hablar empleó el lenguaje que Horza no podía entender, pero se dio cuenta de que se limitaba a repetir la misma frase una y otra vez. El resto de la multitud no tardó en unirse a la montaña de carne, quien agitó las manos en el aire y empezó a canturrear con voz enronquecida. Horza cerró los ojos, intentando despertar de lo que sabía no era un sueño.

Cuando abrió los ojos los humanos seguían cantando, pero habían vuelto a rodearle con sus flacos cuerpos, impidiéndole ver a la monstruosidad de piel entre marrón y dorada. Aquella multitud de seres famélicos cayó sobre él sin interrumpir el cántico. Sus rostros estaban encendidos por un deseo feroz, abrían la boca mostrando los dientes y curvaban las manos como si fuesen garras.

Le quitaron los pantalones cortos. Horza intentó resistirse, pero eran demasiados y lograron inmovilizarle. Su estado de agotamiento hacía que sus fuerzas fuesen tan reducidas como las de cualquiera de ellos, y no les costó demasiado dominarle. Le dieron la vuelta, le hicieron poner las manos a la espalda y se las ataron. Después le ataron los pies y tiraron de sus piernas hacia atrás hasta que sus pies casi le rozaron las manos, y los ataron a sus muñecas con un trozo de cuerda. Desnudo y atado como un animal que es conducido al sacrificio, Horza fue arrastrado sobre la arena caliente hasta dejar atrás una hoguera que ardía con un débil llamear chisporroteante. Sus captores le hicieron erguirse y le obligaron a inclinarse sobre un pequeño poste clavado en la arena hasta pasarlo por entre su espalda y sus miembros inmovilizados por las cuerdas. Sus rodillas se hundieron en la arena soportando la mayor parte de su peso. La hoguera ardía ante él enviando nubes de un humo acre a sus ojos, y aquel olor horrendo volvió a invadir sus fosas nasales. Parecía venir de un grupo de cuencos y recipientes esparcidos alrededor de la hoguera. Horza vio que en la playa había más hogueras con grupos de recipientes a su alrededor.

El inmenso montón de carne que el Señor Primero había llamado «oráculo» fue depositado junto a la hoguera. El Señor Primero se quedó inmóvil junto al prodigio de obesidad contemplando a Horza con sus ojos hundidos en las cuencas de aquel rostro pálido y más bien sucio. La montaña dorada de la litera hizo entrechocar sus rechonchas manos.

—Forastero, regalo del mar —dijo—, bienvenido seas. Yo soy Fwi-Song, gran oráculo del destino.

Aquella inmensa criatura hablaba una variedad bastante tosca del marain. Horza abrió la boca para decirle su nombre, pero Fwi-Song siguió hablando antes de que pudiera hacerlo.

—¡Nos has sido enviado en nuestro tiempo de prueba como un fragmento de carne humana trasportado por la marea de la nada, una cosecha arrebatada a la insípida oleada de la vida, una golosina que repartir y ser compartida en nuestra victoria sobre la bilis ponzoñosa de la incredulidad! ¡Eres una señal del Destino, y damos las gracias por haberla recibido!

Fwi-Song alzó sus inmensos brazos; rollos de grasa oscilaron en los hombros a cada lado de aquella cabeza parecida a una torreta y casi cubrieron las orejas. Fwi-Song gritó algo en un lenguaje que Horza no conocía; y las siluetas que le rodeaban repitieron la frase, canturreándola varias veces.

Los brazos recubiertos de grasa volvieron a bajar.

—Eres la sal del mar, regalo del océano —dijo la almibarada voz de Fwi-Song volviendo a emplear el marain—. Eres una señal, una bendición del Destino; ¡eres el que ha de convertirse en muchos, el único que ha de ser compartido; tuyo será el don definitivo, la belleza bendita de la transustanciación!

Horza contempló horrorizado a aquella inmensidad dorada. No se le ocurría nada que decir. ¿Qué podías decirle a alguien semejante? Horza carraspeó para aclararse la garganta con la esperanza de decir algo, pero Fwi-Song siguió hablando.

—Sabe pues, regalo del mar, que somos los Devoradores; los Devoradores de cenizas, los Devoradores de basura, los Devoradores de arena, de hierbas y árboles; los más básicos, los más amados y los más reales. ¡Hemos trabajado duramente con el fin de prepararnos para nuestro día de prueba, y ahora ese día se encuentra gloriosamente cercano! —La voz del oráculo de la piel dorada se volvió estridente; varios pliegues de grasa temblaron cuando Fwi-Song extendió los brazos—. ¡Contémplanos mientras aguardamos el momento de nuestra ascensión y alejamiento de este plano mortal con los vientres vacíos, las entrañas huecas y las mentes hambrientas!

Las manos gordezuelas de Fwi-Song se encontraron en una palmada; los dedos se entrelazaron como inmensos gusanos engordados gracias a una buena dieta de carroña.

—Si puedo… —graznó Horza.

Pero la inmensidad de carne estaba hablando de nuevo con los humanos famélicos, y su voz burbujeaba sobre las arenas doradas, las hogueras para cocinar y los rostros adustos de aquellos seres malnutridos.

Horza meneó la cabeza y sus ojos recorrieron la playa hasta posarse en el hueco de las puertas de la lanzadera. Cuanto más la veía más seguro estaba de que era una máquina fabricada por la Cultura.

No se trataba de nada que pudiera definir con precisión, pero cada instante que pasaba contemplando la máquina hacía que estuviera más seguro de ello. Supuso que debía contar con cuarenta o cincuenta asientos; el tamaño justo para transportar a todas las personas que había visto en la isla. No parecía especialmente nueva o rápida, y no daba la impresión de tener ninguna clase de armamento, pero algo en la forma de diseñar y construir aquella silueta tan sencilla y utilitaria hablaba de la Cultura. Si la Cultura diseñase un carro de bueyes o un automóvil, aquellos artefactos seguirían compartiendo algo con la máquina que había al final de la playa, pese a todo el abismo de tiempo existente entre las épocas representadas por cada objeto. El enigma habría sido más fácil de resolver si la Cultura usase algún emblema o logotipo, pero su negativa a depositar ninguna fe en los símbolos era otro más de los muchos aspectos en que la Cultura mostraba su falta de realismo y su inexplicable orgullo. La Cultura afirmaba ser justamente lo que era y decía no necesitar ese tipo de representaciones exteriores. La Cultura estaba compuesta por todos y cada uno de los seres humanos y máquinas que vivían en ella, no por una sola cosa o faceta determinada. Al igual que no podía aprisionarse a sí misma con leyes, empobrecerse con el uso del dinero o engañarse confiando en los líderes, no estaba dispuesta a autorrepresentarse de forma engañosa mediante signos.

Aun así, la Cultura poseía un conjunto de símbolos del que estaba muy orgullosa, y Horza no tenía duda de que si la máquina que estaba contemplando era un producto de la Cultura habría unos cuantos caracteres del alfabeto marain escritos en alguna parte de ella.

Horza se preguntó si la presencia de la lanzadera guardaría alguna relación con la masa de carne que seguía arengando a los flacos humanos congregados alrededor de la hoguera. Lo dudaba. Fwi-Song hablaba un marain vacilante y bastante tosco. El dominio del marain del que podía enorgullecerse Horza distaba mucho de ser perfecto, pero conocía aquella lengua lo bastante bien para darse cuenta de que Fwi-Song la maltrataba cada vez que salía de sus labios. Y, de todas formas, la Cultura no tenía costumbre de alquilar sus vehículos a chalados religiosos. Entonces, ¿estaría allí para evacuarles? ¿Habría venido para llevarles hasta un lugar seguro cuando el huracán de mierda creado por la alta tecnología de la Cultura chocara contra el Orbital Vavatch? Horza comprendió que ésa era la respuesta más probable, y comprenderlo le deprimió considerablemente. Así que no había escapatoria… O era sacrificado o lo que fuese que pretendían hacerle aquellos chalados, o viajaría hasta el cautiverio por cortesía de la Cultura.

Se dijo que no debía dar por sentado lo peor. Después de todo, ahora tenía el aspecto de Kraiklyn, y no era probable que las Mentes de la Cultura hubiesen establecido todas las conexiones correctas entre él, la Turbulencia en cielo despejado y Kraiklyn. Nadie era capaz de pensar en todo, ni tan siquiera la Cultura. Pero… Probablemente sabían que había estado a bordo de La mano de Dios 137; probablemente sabían que había escapado de aquella nave; y probablemente también sabían que la Turbulencia en cielo despejado se hallaba dentro de aquel volumen de espacio en aquellos momentos. (Recordó las estadísticas que Xoralundra había citado cuando hablaba con el capitán de la Mano; sí, la UGC debía de haber salido vencedora de aquel combate… Recordó los toscos motores de campo de la Turbulencia en cielo despejado; lo más probable era que produjesen una estela que cualquier UGC que sintiese un mínimo de respeto hacia sí misma podría seguir desde siglos de distancia)… Maldita sea; quizá fueran capaces. Quizá estaban examinando a todas las personas que evacuaban de Vavatch. Lo identificarían en cuestión de segundos con sólo una muestra celular, una escama de piel o un pelo, y por lo que sabía quizá ya le hubiesen tomado una muestra. Un microproyectil enviado desde aquella lanzadera bien podía haberse llevado consigo algún trocito minúsculo de tejido… Dejó caer la cabeza, y los músculos de su cuello se unieron al concierto de dolores que atormentaba su maltrecho y exhausto cuerpo.

«Basta —se dijo—. Deja de pensar como un fracasado. Demasiada autocompasión, maldita sea. Haz algo para salir de este lío. Aún cuentas con tus dientes y tus uñas…, y con tu cerebro. Si sabes esperar a que llegue el momento adecuado…»

—Ved —trinó Fwi-Song—, los que no tienen dios, los más odiados, los despreciados-por-los-despreciados, los Ateos, los Anatematices, nos han enviado este instrumento de la Nada y del Vacío… —Horza alzó los ojos mientras la inmensidad de carne pronunciaba aquellas palabras y vio cómo Fwi-Song señalaba hacia la lanzadera—. ¡Pero no vacilaremos en nuestra fe! ¡Resistiremos el falso atractivo de la Nada que hay entre las estrellas donde moran los que no tienen dios, los Anatematizados del Vacío! No mantendremos ningún trato con la gran Blasfemia de lo Material. Actuaremos igual que las rocas y los árboles…, ¡seremos firmes, seguros, profundamente enraizados, sólidos e inflexibles!

Fwi-Song volvió a alzar los brazos y su voz atronó por toda la playa. El hombre de la expresión adusta y la piel de un color blanco sucio gritó unas cuantas palabras dirigidas a la multitud que se había sentado sobre la arena y ésta le devolvió el grito. Fwi-Song sonrió a Horza desde el otro lado de la hoguera. Su boca era un agujero negro con cuatro diminutas protuberancias metálicas que parecían colmillos asomando allí donde los labios formaban una sonrisa. Los colmillos reflejaban la luz del sol.

—¿Es así como tratáis a todos vuestros invitados? —preguntó Horza intentando no toser hasta el final de la frase.

Se aclaró la garganta. La sonrisa de Fwi-Song se desvaneció.

—No eres un invitado, oh despojo del mar, regalo de la sal. Eres una recompensa y un trofeo: nuestro para que nos lo quedemos, mío para que te utilice. Botín del mar y del sol y el viento que nos ha traído el Destino. Je, je, je… —La sonrisa de Fwi-Song volvió acompañada por una risita de colegiala, y una de sus inmensas manos se alzó para ocultar los pálidos labios—. ¡El destino reconoce a su oráculo y le envía sabrosos regalos! ¡Y se los envía justo cuando algunos miembros de mi rebaño habían empezado a sentir ciertas dudas! ¿No es así, Señor Primero?

La cabeza con forma de tórrela se volvió hacia la flaca silueta del hombre de la piel blanquecina que permanecía inmóvil junto a la montaña de carne con los brazos cruzados. El Señor Primero asintió en silencio.

—El destino es nuestro jardinero y nuestro lobo. El destino acaba con los débiles para honrar a los fuertes. El noble y viril oráculo ha hablado.

—Y la palabra que muere en la boca vive dentro del oído —dijo Fwi-Song, volviendo su inmensa cabeza hacia Horza.

«Bueno, al menos ahora sé que es un varón —pensó Horza—. No sé si me servirá de algo, pero siempre es un comienzo.»

—Poderoso oráculo —dijo el Señor Primero. La sonrisa de Fwi-Song se hizo un poco más ancha, pero siguió sin apartar los ojos de Horza.—. El regalo del mar debería ver el destino que le espera. Puede que el traicionero cobarde Veintisiete…

—¡Oh, sí! —Las inmensas manos de Fwi-Song se juntaron en una palmada y una sonrisa iluminó todo su rostro. Durante una fracción de segundo Horza creyó ver el blanco de unos ojos diminutos que le contemplaban desde más allá de las rendijas—. ¡Oh, sí, hagámoslo! Traed al cobarde, y hagamos lo que debe hacerse.

El Señor Primero se dirigió con voz cantarina a los humanos emaciades que seguían sentados alrededor de la hoguera. Algunos de ellos se pusieron en pie y se alejaron hacia la jungla. El resto empezó a gritar y canturrear.

Unos minutos después Horza oyó un grito seguido por una serie de alaridos y chillidos que se fueron aproximando poco a poco. Los que se habían marchado volvieron a aparecer trayendo consigo un tronco corto y grueso bastante parecido al que mantenía inmovilizado a Horza. Colgando del tronco había un joven que se debatía gritando y aullando en el lenguaje que Horza no entendía. Horza vio gotas de sudor y saliva resbalar por el rostro del joven, desprenderse de él y manchar la arena. Uno de los extremos del tronco estaba muy afilado. Los que habían traído al joven lo clavaron en la arena al otro lado de la hoguera que ardía ante Horza, de tal forma que el joven quedó colocado de cara al Cambiante.

—Este, mi libación de los mares —dijo Fwi-Song volviéndose hacia Horza mientras señalaba al joven que temblaba y gemía con los ojos girando locamente dentro de sus cuencas y los labios goteando saliva—, es mi muchacho travieso, llamado Veintisiete desde su renacimiento. Era uno de nuestros muy respetados y amadísimos hijos, uno de nuestros ungidos, uno de aquellos con quienes compartíamos la nobleza de ser bocados sabrosos, uno más de quienes forman la hermandad de papilas gustativas de la gran lengua de la vida. —La voz de Fwi-Song burbujeaba con una risa apenas contenida mientras hablaba, como si comprendiera lo absurdo del papel que estaba representando y apenas pudiera resistir la tentación de la autoparodia—. Esta astilla de nuestro árbol, este grano de nuestra playa, este réprobo se atrevió a correr hacia el siete veces maldito vehículo del Vacío. Rechazó el don de la carga con que le honramos; escogió abandonarnos y huir a través de las arenas cuando el enemigo alienígena pasó sobre nosotros el día de ayer. No confió en nuestra gracia salvadora, sino que se volvió hacia un instrumento de la oscuridad y la nada, hacia la sombra contaminante de quienes no tienen alma, los Anatemáticos… —Fwi-Song contempló al joven que seguía temblando en el poste clavado al otro lado de la hoguera. El rostro del oráculo se endureció en una mueca de reproche—. El Destino ha hecho que el traidor que abandonó nuestro bando y puso en peligro la vida de su oráculo fuera atrapado para que pudiera comprender su lamentable error y expiar su terrible crimen.

Fwi-Song bajó el brazo. La inmensa cabeza osciló lentamente de un lado para otro.

El Señor Primero se volvió hacia las siluetas sentadas alrededor de la hoguera y gritó algo. Las siluetas se volvieron hacia el joven llamado Veintisiete y empezaron a canturrear. Los horribles olores que Horza había captado antes volvieron con más fuerza cosquilleándole la nariz y haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas.

El Señor Primero y dos mujeres desenterraron unos saquitos ocultos en la arena. Los demás seguían cantando y Fwi-Song no apartaba los ojos del joven. Los saquitos contenían unas cuantas prendas de tela muy delgada con las que se fueron vistiendo. Mientras se vestía, Horza vio una funda con una gran pistola de proyectiles de aspecto bastante pesado bajo la mugrienta túnica del Señor Primero. El Cambiante supuso que debía de ser el arma que había disparado contra la lanzadera el día anterior cuando él y Mipp sobrevolaron la isla.

El joven abrió los ojos, vio a las tres personas que acababan de vestirse y empezó a gritar.

—Escuchad cómo el alma apenada grita pidiendo su lección, oíd cómo suplica su botín de pena y dolor, su solaz de refrescante sufrimiento… —Fwi-Song miró a Horza y sonrió—. Nuestro pequeño Veintisiete sabe lo que le espera, y aunque su cuerpo que ya ha demostrado ser muy débil se quiebra ante la tormenta, su alma grita: «¡Sí! ¡Sí! ¡Oh, Poderoso Oráculo, socórreme! ¡Hazme parte de ti! ¡Dame tu fuerza! ¡Ven a mí!» ¿Acaso no te parece un sonido dulce y de lo más edificante?

Horza contempló los ojos del oráculo y no dijo nada. El joven seguía gritando e intentaba liberarse del tronco que le inmovilizaba. El Señor Primero se arrodilló ante él e inclinó la cabeza murmurando en voz baja para sí mismo. Las dos mujeres estaban llenando un gran número de cuencos con el líquido humeante de las ollas y recipientes que había alrededor de la hoguera, y empezaron a calentar algunos sobre las llamas. Los olores llegaron a Horza haciendo que se le revolviera el estómago.

Fwi-Song pasó al otro lenguaje y pronunció unas cuantas palabras volviéndose hacia las dos mujeres, quienes miraron a Horza y fueron hacia él sosteniendo un cuenco cada una. Las mujeres le pusieron los cuencos bajo la nariz y Horza apartó la cabeza. Sus rasgos se retorcieron en una mueca de repugnancia ante lo que parecía y olía como entrañas de pescado aliñadas con una salsa de excrementos. Las mujeres se llevaron los cuencos que contenían aquella horrible sustancia, pero las fosas nasales del Cambiante ya habían quedado impregnadas con la pestilencia que desprendía. Horza intentó respirar por la boca.

Las mujeres introdujeron unas cuñas de madera entre los labios del joven para que no pudiera cerrarlos y sus gritos ahogados cambiaron de tono. El Señor Primero le sujetó y las mujeres empezaron a introducir el líquido de los cuencos en su boca. El joven tosió y gimoteó, se atragantó e intentó escupir. Lanzó un gemido desgarrador y acabó vomitando.

—Deja que te muestre mi armamento y mi obra benefactora —dijo Fwi-Song volviéndose hacia Horza.

Metió la mano detrás de su vasto cuerpo, y cuando volvió a aparecer sus dedos sostenían un gran fardo de harapos que empezó a desplegar. Las telas se fueron apartando y revelaron un conjunto de objetos metálicos parecidos a cepos minúsculos que brillaron bajo los rayos del sol. Fwi-Song se llevó un dedo a los labios, examinó su colección de trampas metálicas y acabó cogiendo uno de los pequeños artilugios. Se lo metió en la boca e hizo encajar las dos partes del cepo en las protuberancias metálicas que Horza había visto antes.

—Ya eztá —dijo Fwi-Song, alzando su boca en una ancha sonrisa hacia el Cambiante—. ¿Qué opinaz de éztoz? —Los dientes artificiales brillaban en su boca. Horza vio hileras de puntas muy afiladas con los contornos aserrados—. O de éztoz otroz… —Fwi-Song se quitó el artefacto y lo sustituyó por uno repleto de colmillos minúsculos que parecían agujas. Después vino otro con dientes en ángulo que parecían ganchos recubiertos de pequeños pinchos, y luego otro cuyos dientes estaban agujereados—. Eztupendoz, ¿eh? —Sonrió a Horza enseñándole el último artefacto que se había colocado y se volvió hacia el Señor Primero—. ¿Qué opinaz, Zeñor Primero? ¿Eh? O… —Fwi-Song se quitó los dientes con agujeros y se puso otro artefacto que hacía pensar en un juego de palas muy largas parecidas a cuchillos—. ¿Éztoz? Éztoz zon muy bonitoz, ¿no oz parece? Zí, empecemoz con éztoz… Caztiguemoz a eze mocozo traviezo.

La voz de Veintisiete se había convertido en un gemido gutural. Cuatro hombres se arrodillaron ante él, le obligaron a extender una pierna y se la inmovilizaron. Fwi-Song fue transportado en la litera hasta quedar delante del joven. Abrió la boca enseñando los dientes que parecían cuchillos, se inclinó hacia adelante y le arrancó un dedo del pie a Veintisiete en un movimiento muy veloz curiosamente parecido a un asentimiento de cabeza.

Horza apartó la mirada.

Durante la siguiente media hora de tranquila deglución el inmenso oráculo fue mordisqueando varias partes del cuerpo de Veintisiete, atacando las extremidades y los escasos depósitos de grasa que aún le quedaban mediante varios juegos de dientes. Los gritos del joven iban haciéndose más fuertes con cada nueva carnicería.

Horza, tan pronto observaba como desviaba los ojos. Había momentos en que intentaba irritarse lo suficiente para llegar a un estado anímico desafiante que le permitiera encontrar un medio de dar su merecido a aquella grotesca distorsión de un ser humano, y había momentos en que sólo deseaba que aquella horrenda ceremonia llegara a su fin. Fwi-Song reservó los dedos de las manos de su ex discípulo para el final, y los devoró con los dientes agujereados, usándolos como si fueran herramientas para pelar cables eléctricos.

—Muy zabrozoz —dijo cuando hubo terminado, limpiándose el rostro manchado de sangre con un antebrazo gigantesco.

Veintisiete se hallaba cubierto de sangre y gemía débilmente. Estaba medio desmayado. Las mujeres le amordazaron con un trozo de harapo y el joven fue colocado de espaldas sobre la arena. Le atravesaron las palmas de sus manos destrozadas con estacas de madera y una inmensa roca le aplastó los pies. Cuando vio aproximarse la litera que transportaba al oráculo Fwi-Song empezó a gritar débilmente a través de su mordaza. Fwi-Song fue colocado casi encima de aquella silueta gimiente, y sus manos lucharon con unos cordoncillos que había a un lado de su litera hasta que consiguió abrir una trampilla situada en la parte inferior de ésta. El hueco de la trampilla quedaba justo sobre el rostro del infeliz humano cubierto de sangre que se retorcía encima de la arena. El oráculo hizo una seña y los porteadores le colocaron sobre el cuerpo del joven ahogando sus gemidos. El oráculo sonrió y se acomodó con leves y delicados movimientos de su inmenso cuerpo, como si fuera un pájaro que se coloca sobre sus huevos para empollarlos. Su masa colosal ocultaba todo el cuerpo del joven que había debajo de él. Fwi-Song empezó a canturrear para sí mismo mientras la multitud de aspecto famélico le contemplaba acompañándole con un canturreo casi inaudible mientras balanceaban sus cuerpos de un lado para otro sin moverse del sitio. Fwi-Song empezó a mecerse hacia adelante y hacia atrás, al principio muy despacio y luego cada vez más deprisa. Una capa de sudor perló la cúpula dorada de su rostro. Emitió un jadeo y alzó una mano hacia la multitud. Las dos mujeres vestidas con aquella especie de túnicas fueron hasta él y empezaron a lamer los hilillos de sangre que habían brotado de la boca del oráculo, siguiendo su trayectoria sobre los pliegues de sus papadas y la colosal extensión de sus tetillas y su tórax como si fueran chorritos de leche roja. Fwi-Song dio un respingo, pareció encogerse sobre sí mismo y se quedó inmóvil durante un segundo. Después sus inmensos brazos se movieron con una rapidez y una ferocidad sorprendentes y golpearon a las dos mujeres en la cabeza. Las mujeres huyeron corriendo y volvieron a reunirse con la multitud. El Señor Primero empezó a canturrear en un tono de voz bastante más alto y la multitud se unió a él.

Fwi-Song acabó dando la orden de que volvieran a levantarle. Los porteadores de la litera alzaron aquella montaña de carne por los aires revelando el cuerpo destrozado de Veintisiete. Sus gemidos habían sido silenciados para siempre.

El cadáver fue liberado de sus ataduras y decapitado. Le arrancaron la parte superior del cráneo y devoraron sus sesos. Horza había logrado aguantar hasta entonces, pero ver aquello hizo que vomitara.

—Y ahora todos nos hemos convertido en todos los demás —canturreó solemnemente Fwi-Song como si hablara con aquel objeto hueco que antes había sido la cabeza del joven.

Lanzó su cuenco ensangrentado por encima del hombro hacia el fuego. El resto del cuerpo fue llevado hasta el mar y arrojado a las aguas.

—Sólo la ceremonia y el amor del Destino nos distinguen de las bestias, oh señal de la devoción del Destino —trinó Fwi-Song volviéndose hacia Horza mientras el inmenso cuerpo del oráculo era limpiado y perfumado por las dos mujeres.

Horza, atado a su poste clavado en el suelo con la boca saturada de sabor a vómitos, había concentrado toda su atención en el acto de respirar y ni tan siquiera intentó contestarle.

* * *

El cadáver de Veintisiete se fue alejando lentamente sobre las olas. Sus seguidores secaron a Fwi-Song con toallas. Los humanos emaciados se sentaron sobre la arena con los ojos perdidos en el vacío, o se ocuparon de aquel líquido pestilente que burbujeaba en las ollas y recipientes. El Señor Primero y sus dos ayudantes se quitaron sus vestimentas, revelando los harapos maltrechos de las mujeres y la túnica mugrienta pero aún intacta del hombre. Fwi-Song hizo que los porteadores colocasen su litera delante de Horza.

—¿Ves, botín de las olas, cosecha del océano eternamente agitado? Mi pueblo se prepara para romper su ayuno.

El oráculo hizo girar uno de los temblorosos rollos de carne y grasa que eran sus brazos y señaló a los que se ocupaban de las hogueras y los recipientes. El olor de la comida putrefacta estaba invadiéndolo todo.

—Comen lo que los demás dejan y lo que los demás no quieren tocar porque quieren estar más cerca de la mismísima textura del Destino. Comen la corteza de los árboles y la hierba del suelo y el musgo de las rocas; comen la arena, las hojas, las raíces y la tierra; comen las conchas y las entrañas de los animales marinos y la carroña de la tierra y del océano; comen los productos de su cuerpo y comparten los míos. Yo soy la fuente. Soy el manantial, el sabor que hay en sus lenguas.

»Tú, burbuja que espumeas en el océano de la vida, eres una señal. Cosecha del océano, antes de que llegue el momento de tu disolución comprenderás que eres todo cuanto has comido, y que la comida no es más que excremento aún no digerido. Yo lo he visto y lo he comprendido; tú lo verás y lo comprenderás.

Una de las ayudantes volvió del mar con las dentaduras postizas de Fwi-Song que había estado limpiando en el agua. Fwi-Song las cogió y las envolvió en los harapos, volviendo a guardarlas detrás de su espalda.

—Todos caerán salvo nosotros. Todos se dirigen hacia sus muertes y su disolución. Sólo nosotros perduraremos sin desaparecer, llevados a la gloria de nuestra consumación definitiva.

El oráculo le sonrió. Las largas sombras del atardecer se deslizaban sobre la arena y aquellas personas emaciadas y de aspecto enfermizo se sentaron para consumir su repugnante alimento. Horza vio como intentaban comer. Algunos lo hicieron, animados por el Señor Primero, pero la mayoría eran incapaces de retener nada dentro de sus estómagos. Jadeaban intentando tragar aire y sorbían los líquidos, pero lo más frecuente era que acabasen vomitando aquello que habían logrado engullir con tanto esfuerzo. Fwi-Song les contempló con tristeza y meneó la cabeza.

—¿Ves? Ni aquellos de mis hijos que se encuentran más cerca de mí están preparados… Debemos rezar y suplicar al Destino para que estén preparados cuando llegue el momento, tal y como debe llegar y llegará en cuestión de pocos días. Debemos albergar la esperanza de que la falta de comprensión y simpatía con las cosas que atenaza sus cuerpos no les hará despreciables a los ojos y la boca de Dios.

«Gordo asqueroso… Estás dentro de mi radio de alcance. Si lo supieras… Podría cegarte desde aquí; podría escupir en tus ojillos y quizá…»

Pero quizá no pudiera conseguirlo. Los ojos del gigante estaban tan hundidos en la fláccida piel de sus mejillas y su frente que existía una considerable posibilidad de que el escupitajo venenoso con que Horza podía acertar al monstruo dorado no lograra abrirse paso hasta llegar a las membranas del ojo. Pero era todo cuanto Horza podía encontrar como alivio a su situación. Podía escupir al oráculo; y ahí se acababa todo. Quizá llegara un momento en el que aquello pudiese cambiar las cosas, pero hacerlo ahora sería una estupidez. Un Fwi-Song ciego y enfurecido le parecía algo todavía más peligroso y digno de ser evitado que un Fwi-Song sonriente y capaz de ver.

Fwi-Song siguió hablando sin parar, sin hacerle ni una sola pregunta y empezando a repetirse cada vez con mayor frecuencia. Le habló de sus revelaciones y de su vida anterior; primero como fenómeno de circo, luego como algo parecido a un animal doméstico en el palacio de un sátrapa de otra especie en un Megabarco y después como converso a una religión de moda en otro Megabarco. Su revelación tuvo lugar allí cuando convenció a unos cuantos conversos para que se marcharan a una isla donde esperarían el Fin De Todas Las Cosas. Cuando la Cultura anunció cuál iba a ser el destino del Orbital Vavatch llegaron más conversos. Horza le escuchaba sin prestarle demasiada atención. Su mente funcionaba a toda velocidad intentando dar con alguna forma de escapar.

—Aguardamos el fin de todas las cosas y la llegada del último día. Nos preparamos para nuestra consumación final mezclando los frutos de la tierra y el mar y la muerte con nuestros frágiles cuerpos de carne, sangre y hueso. Tú eres nuestra señal, nuestro aperitivo, nuestro aroma. Debes sentirte muy honrado.

—Poderoso Oráculo —dijo Horza, tragando saliva y esforzándose al máximo para conseguir que su voz sonara tranquila y firme. Fwi-Song se calló. Sus ojillos se hicieron todavía más pequeños y el inicio de un fruncimiento de ceño apareció en su frente. Horza siguió hablando—. Cierto, soy vuestra señal. Yo mismo he venido a vosotros; soy el seguidor…, el discípulo cuyo número es el Ultimo. Vengo a libraros de la máquina del Vacío. —Horza volvió los ojos hacia la lanzadera de la Cultura que seguía inmóvil con las puertas abiertas al final de la playa—. Sé cómo eliminar esa fuente de tentaciones. Deja que te demuestre mi devoción llevando a cabo este pequeño servicio para tu inmensa majestuosidad. Cuando lo haya hecho sabrás que soy tu último y más fiel servidor: aquel cuyo número es el Ultimo, el que se presenta antes de la disolución final con el fin de…, de templar el ánimo de tus seguidores para la prueba que se aproxima y acabar con el artefacto tentador de los Anatemáticos. Me he mezclado con las estrellas, el aire y el océano, y te traigo este mensaje y esta liberación.

Horza se calló. Tenía la garganta y los labios resecos, y una ligera brisa cargada con la pestilencia mezclada al olor de especias que brotaba de la comida de los Devoradores estaba haciendo que le llorasen los ojos. Fwi-Song se había quedado totalmente inmóvil en su litera, contemplando el rostro de Horza con sus ojillos casi cerrados y su bulbosa frente llena de arrugas.

—¡Señor Primero! —dijo Fwi-Song, volviéndose hacia el hombre de piel blanquecina vestido con la túnica.

El Señor Primero estaba masajeando el vientre de un Devorador mientras el infortunado seguidor yacía gimiendo sobre la arena. El Señor Primero se puso en pie y fue hacia el oráculo, quien señaló a Horza con la cabeza y habló en el lenguaje que el Cambiante no podía entender. El Señor Primero hizo una pequeña reverencia y se colocó detrás de Horza sacando algo de debajo de su túnica mientras desaparecía del campo visual del Cambiante. El corazón de Horza empezó a latir a toda velocidad y sus ojos desesperados se posaron en el rostro de Fwi-Song. ¿Qué había dicho? ¿Qué iba a hacerle el Señor Primero? Unas manos aparecieron sobre la cabeza de Horza sosteniendo algo. El Cambiante cerró los ojos.

Un harapo cayó sobre su boca y fue sujetado con un nudo muy tenso. Apestaba a aquella comida repugnante. Las manos tiraron de su cabeza obligándole a apoyarla en el tronco. El Señor Primero volvió a ocuparse del Devorador que seguía gimiendo sobre la arena. Horza miró a Fwi-Song.

—Bueno, ya está —suspiró éste—. Y ahora, como iba diciendo antes…

Horza dejó de escucharle. La cruel fe del obeso oráculo era muy parecida a un millón de credos esparcidos por toda la galaxia. Lo único que la hacía destacar en aquellos tiempos teóricamente civilizados era su increíble grado de barbarie. Otro efecto colateral de la guerra, quizá; otra cosa de que culpar a la Cultura. Fwi-Song siguió hablando, pero escucharle no serviría de nada.

Horza recordó que la actitud de la Cultura ante alguien que creía en un Dios omnipotente era compadecerle, y prestar tan poca atención a la sustancia de su fe como se la habría prestado a los delirios balbuceantes de alguien que afirmara ser el Emperador del Universo. La naturaleza de la creencia no era totalmente irrelevante —unida al historial de la persona y a su educación, podía darte alguna pista sobre qué problema particular había acabado llevándola a tan penosa situación—, pero lo que nunca debías ni podías hacer era tomártela en serio.

Eso era justamente lo que Horza sentía hacia Fwi-Song. Tenía que tratarle como el maníaco que obviamente era. El hecho de que su locura estuviera envuelta en los oropeles de la religión no significaba nada.

Horza tenía la seguridad de que la Cultura no habría estado de acuerdo con él. La Cultura opinaba que la locura y las creencias religiosas compartían muchas facetas pero, después de todo, ¿qué se podía esperar de la Cultura? Los idiranos sabían cosas que la Cultura ignoraba, y aunque no estaba de acuerdo con todo cuanto defendían y representaban, Horza respetaba sus creencias. Toda su forma de vida y casi cada pensamiento individual estaba iluminado, guiado y gobernado por el conjunto de su religión/filosofía: una creencia en el orden y el lugar y una especie de racionalidad sacra.

Los idiranos creían en el orden porque habían mantenido una larga relación con su opuesto, primero en su propio telón de fondo planetario mientras tomaban parte en la competición evolutiva extraordinariamente feroz de Idir, y luego —cuando entraron en la sociedad de su grupo de sistemas estelares—, en las especies que les rodeaban. Esa falta de orden había hecho que padecieran terribles sufrimientos. Habían muerto a millones en guerras estúpidas inspiradas por la codicia que les habían acabado involucrando sin que ellos lo quisieran. Habían sido ingenuos e inocentes, y habían dependido excesivamente del instinto que les impulsaba a creer que las otras especies compartían la clase de pensamiento racional y tranquilo que les guiaba.

Los idiranos creían en el destino del lugar. Algunos individuos tenían que estar en ciertos lugares —las tierras altas, los campos fértiles, las islas de clima templado y apacible—, tanto si habían nacido allí como si no; y lo mismo se aplicaba a tribus, clanes y razas (e incluso a las especies; la mayoría de viejos textos sagrados habían demostrado ser lo suficientemente flexibles y vagos para vérselas con el descubrimiento de que los idiranos no estaban solos en el universo. Los textos que afirmaban lo contrario no tardaron en ser abandonados, y sus autores sufrieron primero la maldición ritual y luego el más absoluto olvido). Tomado en su expresión más mundana, el credo podía definirse como la certeza de que había un sitio para todo y de que todo debía estar en su sitio. Cuando todo se hallara en su sitio Dios estaría satisfecho del universo y la paz y la alegría eternas sustituirían al caos actual.

Los idiranos se veían a sí mismos como agentes de aquel inmenso reordenamiento. Eran los escogidos, los primeros a quienes se concedió la paz necesaria para comprender lo que Dios deseaba, y cuando lo hubieron comprendido fueron impulsados a la acción en vez de a la contemplación por esas mismas fuerzas del desorden que, poco a poco, vieron era su obligación combatir. Dios tenía un propósito inextricable reservado para ellos. Tenían que encontrar su sitio en el conjunto de la galaxia; y quizá incluso fuera de ella. Las especies más maduras podían buscar su propia salvación; tenían que crear sus propias reglas y hallar su propia paz con Dios (y el que Dios se alegrara de sus logros incluso cuando negaban Su existencia era un signo más de la generosidad divina). Pero las otras especies, las razas sumidas en el caos y los conflictos…, necesitaban ser guiadas.

Había llegado el momento de olvidar los juguetes de la lucha y el esfuerzo guiados por el interés egoísta. Que los idiranos lo hubiesen comprendido era un signo de que ese momento ya había llegado. Un nuevo mensaje había empezado a difundirse en ellos y en la Palabra que era su herencia de lo divino, el Hechizo contenido dentro de su herencia genética: Creced. Portaos bien. Preparaos.

Horza compartía la incredulidad de Balveda hacia la religión de los idiranos, y aquellos ideales excesivamente planeados y deliberados le parecían idénticos a las fuerzas restrictivas de la vida que tanto despreciaba en la ética de la Cultura, aunque en principio ésta fuese bastante más benigna. Pero los idiranos confiaban en sí mismos, no en sus máquinas, y eso hacía que siguieran formando parte de la vida. Horza opinaba que ésa era la gran diferencia, y se conformaba con ella.

Horza sabía que los idiranos jamás lograrían someter a todas las civilizaciones en vías de desarrollo esparcidas por la galaxia. El día del juicio con el que soñaban no llegaría jamás. Pero la misma certeza de esa derrota final hacía que los idiranos no resultaran peligrosos, los convertía en normales y les hacía formar parte de la vida general de la galaxia. Los idiranos eran una especie más que crecería, se iría expandiendo hasta llegar a la fase de meseta que acaban alcanzando todas las especies no suicidas, y se conformaría con lo que había conseguido hasta entonces. Dentro de diez mil años los idiranos serían una civilización más que se contentaría con llevar una existencia tranquila. La era actual de conquistas quizá fuese recordada con cariño, pero a esas alturas se habría convertido en algo irrelevante explicado más que de sobras por alguna teología creativa. Los idiranos ya habían pasado por un período de calma e introspección; con el tiempo volverían a entrar en otro.

Y, en última instancia, eran seres racionales. Escuchaban los dictados del sentido común con preferencia a sus propias emociones. Su única creencia carente de pruebas era que la vida tenía un sentido y un propósito, que existía algo que en la mayoría de lenguajes se traducía como «Dios» y que ese Dios deseaba una existencia mejor para Sus creaciones. Por ahora los idiranos perseguían ese objetivo ellos mismos y se consideraban los dedos, las manos y los brazos de Dios. Pero cuando llegara el momento serían capaces de asimilar la comprensión de que se habían equivocado y de que la llegada del orden definitivo no era asunto suyo. Acabarían calmándose y encontrarían el lugar que les correspondía. La galaxia y sus muchas y variadas civilizaciones les asimilarían.

La Cultura era distinta. Horza no podía ver fin a su política de interferencia continua en eterna escalada. Esa política no estaba gobernada por ninguna clase de limitaciones naturales, y eso hacía que pudiera seguir adelante por los siglos de los siglos. Al igual que una célula trastornada o un cáncer cuya composición genética no lleva incorporada la orden «desconectarse», la Cultura seguiría expandiéndose mientras pudiera hacerlo. No se detendría por voluntad propia y, por lo tanto, había que detenerla.

Mientras escuchaba el canturreo estridente de Fwi-Song, Horza se dijo que había decidido consagrarse a aquella causa hacía ya mucho tiempo. Y si no lograba escapar de los Devoradores no podría seguir sirviéndola en el futuro…

Fwi-Song siguió hablando durante un rato y —después de que el Señor Primero le dijera algo—, hizo que los porteadores le dieran la vuelta a la litera para que pudiera dirigirse a sus seguidores. La mayor parte de ellos se encontraban muy enfermos o daban la impresión de estarlo. Fwi-Song pasó a emplear el lenguaje local que Horza no entendía y les soltó lo que, evidentemente, era un sermón, ignorando las ocasionales y ruidosas vomitonas de algún que otro miembro de su rebaño.

El sol iba descendiendo hacia el océano, y la atmósfera se estaba enfriando.

El sermón llegó a su fin y Fwi-Song se quedó inmóvil y silencioso en su litera mientras los Devoradores se aproximaban a él uno por uno, hacían una reverencia y le hablaban con voz apremiante. La cabeza en forma de cúpula del oráculo oscilaba de vez en cuando en lo que parecía una señal de asentimiento, y sus labios se mantenían curvados en una gran sonrisa.

Después, los Devoradores cantaron y gritaron mientras las dos mujeres que habían ayudado como oficiantes en la muerte de Veintisiete lavaban y frotaban a Fwi-Song con aceites aromáticos. Después, Fwi-Song fue llevado por la playa saludando alegremente a su rebaño con la mano mientras su inmenso cuerpo reflejaba los últimos rayos del sol poniente, y acabó desapareciendo en la pequeña jungla que había detrás del único promontorio existente en la isla.

Los Devoradores trajeron madera, alimentaron las hogueras con ella y se fueron dispersando para refugiarse en sus tiendas o alrededor de los fuegos. Algunos se marcharon con toscos cestos de mimbre, aparentemente en busca de algún despojo fresco que intentarían comer más tarde.

El Señor Primero se reunió con los cinco Devoradores silenciosos que habían estado sentados alrededor de esa hoguera a la que Horza ya estaba empezando a hartarse de contemplar. Faltaba poco para el crepúsculo. Los emaciados humanos apenas si habían prestado atención a la presencia del Cambiante, pero el Señor Primero se sentó muy cerca del hombre atado al poste. Horza vio que una de sus manos sostenía una piedra, y la otra una de las dentaduras postizas que Fwi-Song había utilizado sobre el cuerpo de Veintisiete unas horas antes. El Señor Primero empezó a afilar y pulir la dentadura postiza mientras hablaba con los otros Devoradores. Un par de ellos acabaron marchándose a sus tiendas y el Señor Primero se colocó detrás de Horza y le quitó la mordaza. Horza respiró por la boca para librarse de aquel sabor a rancio, ejercitó su mandíbula y se removió intentando aliviar los dolores que se iban acumulando en sus brazos y sus piernas.

—¿Cómodo? —preguntó el Señor Primero volviendo a sentarse sobre la arena.

Siguió afilando los colmillos metálicos que brillaban bajo la luz de la hoguera.

—Me he sentido mejor —dijo Horza.

—También te sentirás peor…, amigo.

El Señor Primero se las arregló para que la última palabra sonara como una maldición.

—Me llamo Horza.

—No me importa cómo te llames. —El Señor Primero meneó la cabeza—. Tu nombre no importa. Tú no importas.

—Había empezado a formarme esa impresión —admitió Horza.

—Oh, ¿de veras? —exclamó el Señor Primero. Se puso en pie y se acercó un poco más al Cambiante—. ¿De veras? —Movió la mano que sostenía los dientes metálicos y las puntas arañaron la mejilla izquierda de Horza—. Te crees muy listo, ¿eh? Crees que vas a salir bien librado de ésta, ¿eh? —Le pateó el vientre. Horza jadeó y se atragantó—. ¿Ves? No importas. No eres más que un pedazo de carne. Como todo el mundo… Carne, sólo carne. Y, de todas formas —volvió a patearle—, el dolor no es real. Todo es cuestión de sustancias químicas, electricidad y esa clase de cosas, ¿verdad que sí?

—Oh —graznó Horza, sintiendo una breve punzada de dolor en sus heridas—. Sí. Tienes razón.

—Estupendo. —El Señor Primero sonrió—. Recuerda esto mañana. Estupendo… No eres más que un pedazo de carne, y el oráculo es un pedazo de carne mucho más grande que tú.

—Tú… Eh… Así que no crees en las almas, ¿eh? —preguntó Horza con el máximo respeto posible, esperando que aquello no le ganara otra patada.

—¿Almas? A la mierda con tu alma, desconocido. —El Señor Primero se rió—. Más te vale que no exista. Hay personas que son devoradores natos y las hay cuyo destino es ser devoradas, y estoy convencido de que las almas de quienes son devorados acaban sufriendo el mismo destino que los cuerpos. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que tú eres uno de los que han nacido para ser devorados, más te vale que eso de las almas sea un mito. Es tu única esperanza, créeme. —El Señor Primero cogió el harapo que había usado como mordaza y volvió a colocarlo sobre la boca de Horza—. No… En tu caso, amigo mío, te conviene más no tener alma. Pero si acaba resultando que tienes alma te agradeceré que vuelvas y me lo digas para que pueda reírme un buen rato, ¿de acuerdo?

El Señor Primero tensó el nudo de la mordaza y la cabeza de Horza volvió a entrar en contacto con el tronco.

El lugarteniente de Fwi-Song acabó de afilar los relucientes juegos de dentaduras postizas, se puso en pie y habló con los Devoradores que seguían sentados alrededor de la hoguera. Pasado un rato fueron a las tiendas y la playa quedó desierta. Horza se dedicó a contemplar la agonía de las hogueras.

Las olas rompían suavemente contra la arena, las estrellas se movían en lentos arcos sobre su cabeza y el lado diurno del Orbital era una línea de luz en lo alto. La silenciosa masa de la lanzadera enviada por la Cultura esperaba en silencio reflejando la luz de las estrellas y del Orbital. El hueco de sus puertas traseras parecía una caverna que ofrecía el refugio de la oscuridad.

Horza ya había examinado los nudos que le inmovilizaban las manos y los pies. Disminuir el grosor de sus muñecas no serviría de nada; la cuerda, liana o lo que fuera que habían utilizado para atarle estaba tensándose de forma casi imperceptible a cada momento, por lo que compensaría la reducción en grosor apenas se produjera. Quizá se encogía al secarse y la habían mojado antes de atarle. No tenía forma de saberlo. Podía aumentar la cantidad de ácido producida por sus glándulas sudoríparas allí donde la cuerda tocaba su piel, y siempre valía la pena intentarlo, pero lo más probable era que ni la larga noche de Vavatch fuera lo suficientemente prolongada para que el proceso sirviera de algo.

«El dolor no es real —se dijo—. Gilipolleces.»

* * *

Despertó cuando amanecía, al mismo tiempo que unos cuantos Devoradores, y les vio caminar lentamente hacia el mar para lavarse en las olas. Horza tenía frío. Empezó a temblar apenas hubo despertado, y era consciente de que el leve trance necesario para alterar las células de la piel de sus muñecas había hecho que su temperatura corporal bajase bastante durante la noche. Tiró de las ataduras manteniéndose atento a la más leve señal de debilitamiento o rotura de las fibras. Nada, sólo más dolor en las palmas de sus manos allí donde algunas gotas de sudor habían caído sobre la piel que no había alterado y que, por lo tanto, no tenía ninguna protección contra el ácido excretado por sus glándulas sudoríparas. Aquello le preocupó durante unos segundos, pues sabía que si deseaba poder pasar por Kraiklyn sin levantar sospechas tendría que copiar sus huellas dactilares y palmarias, por lo que necesitaba que su piel estuviera en una condición de Cambio perfecta. Un instante después se rió de sí mismo por preocuparse pensando en aquello cuando lo más probable era que no llegase a ver el ocaso de aquel día.

Pensó vagamente en suicidarse. Podía hacerlo. Unos pequeños preparativos internos le permitirían utilizar uno de sus propios dientes para envenenarse. Pero mientras hubiera alguna posibilidad de salir con vida no podía considerar seriamente aquella solución. Se preguntó cómo se encararían con la guerra las gentes de la Cultura. Se suponía que ellas también podían tomar la decisión de morir, aunque los rumores afirmaban que en su caso el suicidio requería algo más complicado que un veneno. Pero, ¿cómo se las arreglaban aquellas almas blandas y mimadas por la paz? ¿Cómo podían resistir el deseo de morir? Horza las imaginó entrando en combate y practicando la autoeutanasia apenas oían los primeros disparos y veían las primeras heridas. La idea le hizo sonreír.

Los idiranos poseían un trance de muerte, pero sólo se usaba en casos de extrema humillación y caída en desgracia, o cuando la obra de una vida estaba completa, o ante la amenaza de una enfermedad incurable y muy dolorosa. Y a diferencia de la Cultura —o de los Cambiantes—, los idiranos no poseían inhibidores incorporados al genotipo, por lo que sentían todo el dolor de la situación sin nada que lo amortiguase. Los Cambiantes opinaban que el dolor era una especie de residuo semi-redundante de la evolución animal y la Cultura se limitaba a temerlo, pero los idiranos lo trataban con una especie de orgulloso desprecio.

Los ojos de Horza recorrieron la playa, dejaron atrás las dos canoas y se posaron en las puertas traseras de la lanzadera. Dos pájaros de plumaje multicolor iban y venían por su techo con leves movimientos ritualizados. Horza les observó durante un rato mientras el campamento de los Devoradores iba despertando y el sol de la mañana brillaba cada vez con más fuerza. La niebla brotaba de la jungla y había unas cuantas nubes perdidas en lo más alto del cielo. El Señor Primero salió de su tienda bostezando y estirándose, sacó la pesada pistola de proyectiles que llevaba debajo de la túnica y disparó al aire. Aquello parecía una señal para que los Devoradores despertaran y emprendieran sus tareas cotidianas, suponiendo que aún no lo hubieran hecho.

El ruido de la tosca arma asustó a los dos pájaros posados sobre el techo de la lanzadera enviada por la Cultura, que emprendieron el vuelo y se alejaron sobre los árboles y la maleza dirigiéndose hacia el otro lado de la isla. Horza les vio desaparecer, dejó que sus ojos se posaran sobre la arena dorada y empezó a respirar de una forma lenta y profunda.

—Tu gran día, desconocido —dijo el Señor Primero con una sonrisa yendo hacia él.

Metió la pistola en la funda que llevaba debajo de la túnica. Horza le miró, pero no dijo nada. «Otro banquete en mi honor», pensó.

El Señor Primero caminó alrededor de Horza observándole atentamente. Horza le fue siguiendo con los ojos siempre que podía y esperó a que se diera cuenta de los daños que el sudor ácido hubiera logrado infligir a las ataduras que rodeaban sus muñecas, pero el Señor Primero no dio señales de haber visto nada que se saliera de lo habitual. Cuando reapareció en el campo visual de Horza sus labios seguían curvados en la misma sonrisita de antes. Asintió con la cabeza, aparentemente convencido de que el hombre atado al tronco seguía siendo incapaz de moverse. Horza tensó los músculos de sus brazos al máximo intentando romper las ataduras de sus muñecas. Las fibras no cedieron ni una fracción de milímetro. No había funcionado. El Señor Primero se marchó para supervisar la botadura de una canoa pesquera.

* * *

Fwi-Song emergió de la jungla sentado en su litera poco antes del mediodía, justo cuando la canoa volvía de su expedición.

—¡Regalo de los mares y del aire! ¡Tributo de la inmensa riqueza del gran Mar Circular! ¡Observa el maravilloso día que te aguarda! —Fwi-Song se hizo transportar hasta Horza y ordenó que le depositaran al otro lado de la hoguera. Miró al Cambiante y le sonrió—. Has tenido toda la noche para pensar en lo que te reserva este día; has podido contemplar los frutos del Vacío durante todas las horas de la oscuridad. Has visto los espacios que se extienden entre las estrellas, y has comprendido lo abundante que es la nada y lo escasa que es la vida. ¡Ahora puedes apreciar qué honor se te ha concedido; lo afortunado que eres al haberme sido ofrecido como signo y ofrenda!

Fwi-Song dio una palmada de puro placer y su inmenso cuerpo tembló en todas direcciones. Sus manos regordetas subieron hasta su boca mientras hablaba y los pliegues de carne que había encima de sus ojos se alzaron durante una fracción de segundo para revelar el blanco de las órbitas.

—¡Jo, jo, jo! ¡Ah, cómo vamos a divertirnos!

El oráculo hizo una señal y los porteadores le llevaron al mar para la ceremonia de lavarle y ungirle.

Horza observó cómo los Devoradores preparaban su comida. Destriparon los peces arrojando la carne a un lado y recogiendo las entrañas, pieles, cabezas y espinas en recipientes. Sacaron los crustáceos de sus caparazones y tiraron todas las partes comestibles. Después trituraron los caparazones y conchas hasta formar un puré que también contenía algas y algunas orugas marinas de muchos colores. Horza observó cómo todo aquello ocurría ante él y se dio cuenta de hasta dónde llegaba la desnutrición y debilidad de los Devoradores. Vio las costras y llagas, las enfermedades causadas por las deficiencias alimentarias y la debilidad general que les dominaba. Los temblores y toses, la piel escamada y los miembros parcialmente deformados indicaban una dieta cuyo resultado final sólo podía ser la muerte. La carne y los animales marinos fueron devueltos a las aguas mediante grandes cestos manchados de sangre. Horza lo observó todo tan atentamente como se lo permitían su mordaza y la distancia, pero no vio que ninguno de los Devoradores mordiera disimuladamente algún pedazo de carne cruda mientras la arrojaban de los cestos a las olas.

La litera de Fwi-Song estaba en la arena a poca distancia de donde rompían las olas. El oráculo contempló cómo la comida era arrojada al mar y asintió en señal de aprobación, animando de vez en cuando a su rebaño con alguna que otra palabra de aliento. Después dio una palmada y la litera fue transportada lentamente a lo largo de la playa hasta la hoguera y el Cambiante.

—¡Objeto de la ofrenda! ¡Benefacción! ¡Prepárate a ti mismo! —trinó Fwi-Song, acomodándose en su litera con pequeños movimientos que hicieron ondular los inmensos pliegues y curvas de aquel cuerpo colosal.

La respiración de Horza se aceleró. Su corazón palpitaba con fuerza. Tragó saliva y luchó con las ataduras que le inmovilizaban las manos. El Señor Primero y las dos mujeres estaban cavando en la arena para desenterrar los sacos que contenían sus atuendos.

Todos los Devoradores se congregaron alrededor de la hoguera mirando fijamente a Horza. Sus ojos parecían bolas de negrura o se limitaban a mostrar un vago interés, nada más. Sus acciones y expresiones estaban envueltas en un aura de abatimiento y apatía que Horza encontraba todavía más deprimente de lo que le habrían parecido el odio declarado o la alegría del sadismo.

Los Devoradores empezaron a canturrear. El Señor Primero y las dos mujeres estaban envolviendo sus cuerpos con aquella especie de túnicas. El Señor Primero miró a Horza y sonrió.

—¡Oh, momento feliz de los últimos días! —dijo Fwi-Song, alzando las manos y subiendo el tono de voz. Sus palabras crearon ecos que se alejaron hacia el centro de la isla. La pestilencia de la repugnante cocina de los Devoradores volvió a invadir las fosas nasales del Cambiante—. ¡Hagamos que la disolución y sublimación de esta criatura sea un símbolo para nosotros! —siguió diciendo Fwi-Song, y dejó que sus brazos cayeran sobre los inmensos rollos de carne blanca. Las superficies de un marrón dorado reflejaban la luz del sol. El oráculo entrelazó sus gordos dedos—. ¡Que su dolor sea nuestro deleite, así como nuestra disolución será nuestra unión; que su despellejamiento y consumación sean nuestra satisfacción y delectación!

Fwi-Song alzó la cabeza y empezó a canturrear en el lenguaje que hablaban sus seguidores. El cántico se hizo más potente y su ritmo se alteró. El Señor Primero y las dos mujeres se aproximaron a Horza.

Horza sintió cómo el Señor Primero le quitaba la mordaza de la boca. El hombre de la piel blanquecina se volvió hacia las dos mujeres, les dijo algo y fue hacia las ollas donde burbujeaba el líquido pestilente. Horza sentía que la cabeza le daba vueltas. Su garganta estaba saturada por un sabor que le resultaba terriblemente familiar, como si parte del ácido de sus muñecas hubiera logrado encontrar un camino que lo había llevado hasta su lengua. Luchó contra las ataduras sintiendo cómo le temblaban los músculos. El cántico seguía y seguía; las mujeres estaban llenando recipientes con aquel potaje repugnante. Su estómago vacío ya empezaba a protestar.

Hay dos formas básicas de escapar a las ataduras aparte de las que están abiertas a los no-Cambiantes [decían los textos de la Academia]: mediante la pulsación de sudor ácido a un nivel sostenido allí donde la sustancia de la que están compuestas las ataduras es susceptible a tal ataque; y mediante el adelgazamiento preferencial maleable del extremo del miembro involucrado.

Horza intentó exprimir un poco más de energía de sus cansados músculos.

Un exceso de sudor ácido puede dañar no sólo las superficies de piel adyacentes, sino también el cuerpo como conjunto a través de la peligrosa alteración que suponen los desequilibrios químicos. El exceso en el segundo método supone correr el riesgo de que los músculos se vean sometidos a tal consunción y el hueso se debilite de tal forma que su uso subsiguiente puede verse severamente restringido tanto a corto como a largo plazo después del intento de evasión.

El Señor Primero estaba acercándose con los trozos de madera que metería en la boca de Horza. Un par de los Devoradores más corpulentos se habían puesto en pie y dieron unos cuantos pasos hacia adelante, listos para ayudar al Señor Primero si lo necesitaba. Fwi-Song ya estaba metiendo la mano detrás de su espalda. Las mujeres empezaban a alejarse de las ollas burbujeantes.

—Ábrela bien, desconocido —dijo el Señor Primero enseñándole los dos trozos de madera—. ¿O quieres que usemos una palanqueta?

El Señor Primero sonrió.

Horza tensó los brazos. Uno de sus antebrazos se movió. El Señor Primero captó el movimiento y se quedó quieto durante un momento. Una de las manos de Horza logró liberarse de sus ataduras. La mano giró en una fracción de segundo con las uñas listas para arañar el rostro del Señor Primero. El hombre de piel blanquecina retrocedió, pero no fue lo bastante rápido.

Las uñas de Horza se engancharon en las ropas del Señor Primero cuando éstas se separaron de su cuerpo al encogerse para esquivarle. Horza, que había tensado sus músculos al máximo para alejarse lo más posible del tronco, sintió cómo sus uñas se abrían paso a través de las dos capas de tela sin entrar en contacto con la carne que había debajo. El Señor Primero retrocedió tambaleándose y chocó con una de las mujeres que traían los cuencos de líquido apestoso. Las manos de la mujer dejaron caer el cuenco. Una de las cuñas de madera salió disparada por los aires y aterrizó en la hoguera. El brazo de Horza completó su giro justo cuando los dos Devoradores que se habían puesto en pie acababan de recorrer la distancia que les separaba de él y agarraban al Cambiante por la cabeza y el brazo.

—¡Sacrilegio! —gritó Fwi-Song. El Señor Primero miró a la mujer con la que había chocado, a la hoguera, al oráculo y, finalmente, le lanzó una mirada de furia al Cambiante. Alzó un brazo e inspeccionó los desgarrones de su atuendo—. ¡El regalo-basura profana nuestras vestimentas! —gritó Fwi-Song. Los dos Devoradores seguían sujetando a Horza y empezaron a retorcerle el brazo para devolverlo a su posición original mientras le obligaban a pegar la cabeza al tronco. El Señor Primero dio unos pasos hacia Horza, sacó la pistola que llevaba debajo de la túnica y la cogió por el cañón como si fuera un garrote—. ¡Zeñor Primero! —dijo secamente Fwi-Song. Su grito hizo que el hombre de piel blanquecina se quedara tan inmóvil como una estatua—. ¡Atráz! Guarda eza arma; ¡yo le enzeñaré a ezte niño traviezo cómo tratamoz a loz de zu claze!

Los dos Devoradores tiraron del brazo de Horza hasta dejarlo extendido ante él. Uno de los Devoradores pasó una pierna por detrás del tronco, apoyó el cuerpo en él y atrapó la otra mano de Horza con su peso. Fwi-Song se había puesto el reluciente juego de dientes de acero con agujeros. Miró fijamente al Cambiante, y el Señor Primero retrocedió sosteniendo la pistola de proyectiles por el cañón. El oráculo hizo una seña con la cabeza a otros dos Devoradores que se acercaron a Horza y le obligaron a abrir los dedos de la mano atándole la muñeca a un palo. Horza podía sentir cómo todo su cuerpo temblaba. Desconectó toda las sensaciones de aquella mano.

—¡Traviezo, traviezo regalo del mar! —dijo Fwi-Song.

Se inclinó hacia adelante y el dedo índice de Horza desapareció dentro de su boca. Fwi-Song cerró el juego de dientes con agujeros sobre él atravesando la carne y se echó hacia atrás en un movimiento muy rápido.

El oráculo masticó y tragó sin apartar los ojos del rostro del Cambiante y frunció el ceño.

—¡No ez muy zabrozo, bendición de laz corrientez del océano! —El oráculo se lamió los labios—. Y, dezde luego, tampoco ha zido zuficiente para dejarme zatizfecho, ¿verdad que no? Veamoz qué otro bocado puede zatizfacerme…

Fwi-Song volvió a fruncir el ceño. Los ojos de Horza fueron más allá de los Devoradores que le sujetaban y se posaron en la mano atada al palo y el dedo índice despojado de su carne. Los huesos colgaban flaccidamente y la sangre goteaba del extremo del último huesecillo.

Fwi-Song se quedó inmóvil en su litera frunciendo el ceño con el Señor Primero a su lado. El Señor Primero no apartaba los ojos de Horza y seguía agarrando el arma por el cañón. El silencio de Fwi-Song se prolongó durante tanto rato que el Señor Primero acabó volviéndose hacia el oráculo.

—Veamoz zi…, zi otro bocado… —dijo Fwi-Song.

Alzó la mano con cierta dificultad y se quitó los dientes agujereados de la boca. Los dejó junto a los demás juegos encima del harapo que tenía delante y se llevó una mano regordeta a la garganta y la otra al vasto hemisferio de su vientre. El Señor Primero siguió contemplándole durante unos momentos y se volvió hacia Horza, quien hizo cuanto pudo por sonreír. El Cambiante abrió las glándulas de sus dientes y chupó veneno.

—Señor Primero… —empezó a decir Fwi-Song. Apartó la mano de su vientre y la extendió hacia su lugarteniente. El Señor Primero no parecía saber qué hacer. Se pasó la pistola de una mano a otra y cogió la mano que le ofrecía el oráculo con la que tenía libre—. Creo que yo…, yo… —dijo Fwi-Song y sus ojos empezaron a abrirse. Las rendijas se convirtieron en pequeños óvalos. Horza podía ver cómo su cara empezaba a cambiar de color. «Pronto perderá la voz. En cuanto las cuerdas vocales reaccionen…»—. ¡Ayúdeme, Señor Primero!

Los dedos de Fwi-Song se cerraron sobre uno de los rollos de grasa que cubrían su garganta como si intentara aflojarse un chal demasiado apretado; se metió los dedos en la boca introduciéndolos hasta su garganta, pero Horza sabía que eso no le serviría de nada. Los músculos estomacales del oráculo ya estaban paralizados. No podía expulsar el veneno vomitándolo. Los ojos de Fwi-Song se habían convertido en dos círculos blancos; su rostro estaba volviéndose de un gris azulado. El Señor Primero estaba contemplando al oráculo como si no pudiera creer lo que veía y seguía sosteniendo su manaza. Sus dedos habían quedado enterrados en las profundidades del gran puño dorado de Fwi-Song.

—¡A-a-ayu-da! —graznó el oráculo.

Un instante después ya sólo podía emitir jadeos ahogados. Los círculos blancos de sus ojos se desorbitaron todavía más, el inmenso cuerpo se estremeció y la cabeza en forma de cúpula se volvió de color azul.

Alguien empezó a gritar. El Señor Primero miró a Horza y alzó su enorme pistola. Horza tensó el cuerpo y escupió con todas sus fuerzas.

El escupitajo cayó sobre el rostro del Señor Primero abarcando desde la boca hasta una oreja en una especie de hoz que también cubría un ojo. El Señor Primero retrocedió tambaleándose. Horza inhaló una bocanada de aire, chupó más veneno y escupió y sopló al mismo tiempo: el segundo chorro de saliva venenosa cayó justo sobre los ojos del Señor Primero. El Señor Primero se llevó la mano al rostro dejando caer el arma. Su otra mano seguía atrapada entre los dedos de Fwi-Song. El obeso oráculo temblaba y se estremecía. Sus ojos estaban muy abiertos, pero no veía nada. Los Devoradores que mantenían sujeto a Horza vacilaron; el Cambiante captó el estremecimiento de sus cuerpos. Ahora había más personas gritando. Horza retorció la espalda y lanzó un nuevo escupitajo al rostro de uno de los hombres que sostenían el palo al que estaba atado. El hombre dejó escapar un chillido estridente y cayó de espaldas; los demás soltaron el palo y huyeron a la carrera. Fwi-Song estaba empezando a ponerse azul del cuello para abajo. Seguía temblando y agarrándose el cuello con una mano y al Señor Primero con la otra. El Señor Primero estaba de rodillas con el rostro inclinado hacia el suelo. Gemía e intentaba quitarse la saliva venenosa de la cara para aliviar la insoportable sensación de quemadura que estaba consumiéndole los ojos.

Horza miró rápidamente a su alrededor. Los Devoradores miraban fijamente a su oráculo y su primer discípulo o a él, pero no hacían nada para ayudarles o para impedirle escapar. No todos gritaban o lloraban; algunos seguían cantando con voz rápida y temerosa, como si alguna de las palabras que salían de sus labios pudiera detener aquellos acontecimientos terribles que estaban teniendo lugar ante ellos. Pero todos estaban empezando a retroceder, alejándose poco a poco del oráculo y el Señor Primero, así como del Cambiante. Horza tensó el brazo intentando liberar la mano que seguía atada al palo; podía notar cómo las ligaduras empezaban a ceder.

—¡Aah!

El Señor Primero alzó la cabeza con la mano tapándose un ojo mientras gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. La mano que seguía atrapada entre los dedos del oráculo se tensó en un intento de liberarse. Pero Fwi-Song seguía sin soltarle aunque su cuerpo temblaba y se ponía azul y sus ojos estaban cada vez más desorbitados. Horza logró soltarse la mano; tiró de las ligaduras que le sujetaban al tronco e hizo cuanto pudo con su mano herida para desatar los nudos. Los Devoradores estaban gimiendo. Algunos seguían canturreando, pero todos habían empezado a alejarse. Horza lanzó un rugido dirigido en parte a ellos y, en parte, a los tozudos nudos que había a su espalda. Varios Devoradores echaron a correr. Una de las mujeres vestidas con aquella especie de túnicas gritó, lanzó su cuenco de líquido pestilente hacia Horza sin acertarle y se derrumbó sollozando sobre la arena.

Horza sintió que las cuerdas empezaban a ceder. Logró liberarse el otro brazo y un pie. Se puso en pie con bastante dificultad y observó como Fwi-Song gorgoteaba y se asfixiaba mientras el Señor Primero aullaba moviendo la cabeza a un lado y a otro mientras movía el brazo aprisionado como en una monstruosa parodia de un apretón de manos. Los Devoradores habían echado a correr hacia las canoas o la lanzadera, y algunos se arrojaban de bruces sobre la arena. Horza logró liberarse del todo y avanzó hacia el dúo grotescamente disparejo de hombres unidos por la mano. Saltó hacia adelante y se apoderó de la pistola caída sobre la arena. Mientras se arrodillaba y se ponía en pie, Fwi-Song emitió un último gorgoteo que se convirtió en un sonido balbuceante, como si sus ojos hubieran recuperado la capacidad de ver a Horza, y se fue derrumbando lentamente hacia el Señor Primero, que seguía tirando de él. El Señor Primero volvió a caer de rodillas sin dejar de gritar mientras el veneno destrozaba las membranas de sus ojos y atacaba los nervios que había detrás de ellas. Fwi-Song seguía cayendo como una montaña que se moviera a cámara lenta. Su mano y su brazo se fueron aflojando y el Señor Primero alzó la cabeza y miró a su alrededor con el tiempo justo de ver el inmenso cuerpo del oráculo precipitándose hacia él. Lanzó un aullido, una especie de inhalación de aire muy prolongada, y logró liberar su mano de aquellos dedos rechonchos que se habían convertido en una masa azulada. Empezó a incorporarse, pero Fwi-Song rodó sobre sí mismo y cayó sobre él aplastándole contra la arena. Antes de que el Señor Primero pudiese emitir otro sonido el inmenso oráculo ya había caído sobre su discípulo, hundiéndole en la arena desde la cabeza hasta las nalgas.

Los ojos de Fwi-Song se fueron cerrando lentamente. La mano que se había llevado a la garganta aleteó sobre la arena y acabó llegando a la hoguera, donde empezó a chamuscarse.

Las piernas del Señor Primero golpearon espasmódicamente la arena y el último de los Devoradores huyó corriendo, saltando tiendas y hogueras para alejarse hacia las canoas, la lanzadera o la jungla. El flaco par de piernas que asomaba bajo el cuerpo del oráculo sufrió una última serie de espasmos y, pasado un rato, se quedó quieto. Ninguno de sus movimientos había conseguido que el cuerpo de Fwi-Song se desplazara un solo centímetro.

Horza sopló sobre la pesada arma para quitarle los granos de arena que se le habían pegado y fue en la dirección del viento para escapar al hedor a carne quemada que brotaba de la mano del oráculo. Examinó el arma y contempló la extensión de playa desierta donde estaban las hogueras y las tiendas. Las canoas estaban siendo lanzadas a las aguas. Algunos Devoradores se agolpaban ante las puertas de la lanzadera enviada por la Cultura.

Horza estiró sus doloridos miembros y echó una mirada a los huesos de su dedo. Se encogió de hombros, se puso la pistola debajo de un sobaco, rodeó los huesos con su mano buena y tiró de ellos haciéndolos girar. Ya no le servían de nada. Los huesos se desprendieron de la articulación y Horza los arrojó al fuego.

«De todas formas, el dolor no es real», se dijo, y trotó hacia la lanzadera de la Cultura.

* * *

Los Devoradores que habían entrado en la máquina le vieron venir hacia ellos y empezaron a gritar. Salieron corriendo y algunos fueron hacia la playa para internarse entre las olas en pos de las canoas que huían mientras otros se dispersaban por la jungla. Horza aflojó el paso para darles tiempo de que escaparan y contempló cautelosamente el hueco de las puertas traseras. Podía ver asientos más allá de la corta rampa, luces y un mamparo al final del compartimento. Tragó una honda bocanada de aire, subió por la leve pendiente de la rampa y entró en la lanzadera.

—Hola —dijo una voz no muy bien sintetizada.

Horza miró a su alrededor. La lanzadera parecía bastante vieja y daba la impresión de haber sido muy utilizada. Estaba prácticamente seguro de que había sido fabricada en la Cultura, pero no tenía el aspecto impoluto y flamante que la Cultura tanto apreciaba en sus productos.

—¿Por qué te tenían tanto miedo?

Horza seguía mirando a su alrededor, preguntándose a quién debía dirigirle la palabra y en qué dirección.

—No estoy muy seguro —dijo encogiéndose de hombros. Estaba desnudo y seguía blandiendo el arma. El dedo mutilado por el oráculo apenas conservaba dos tirillas de carne, pero la hemorragia había cesado enseguida. Horza pensó que su aspecto debía resultar bastante amenazador, pero quizá la lanzadera no tuviese medios para verle—. ¿Dónde estás? ¿Qué eres? —preguntó, decidiendo fingir ignorancia.

Miró a su alrededor de la forma más obvia y teatral posible, e incluso se tomó la molestia de asomar la cabeza por la puerta del mamparo para examinar la zona de control que había al otro lado.

—Soy la lanzadera. Su cerebro. ¿Qué tal estás?

—Estupendamente —dijo Horza—, estupendamente… ¿Y tú?

—Considerando las circunstancias, muy bien, gracias. No es que me aburriera, pero siempre resulta agradable tener a alguien con quien conversar. Hablas un marain excelente. ¿Dónde lo aprendiste?

—Ah… Hice un cursillo —respondió Horza, y siguió mirando a su alrededor—. Oye, no sé adonde mirar cuando te hablo. Eh… ¿Hacia dónde debería mirar?

—Ja, ja —se rió la lanzadera—. Supongo que será mejor que mires hacia aquí… El mamparo y un poco más adelante. —Horza así lo hizo—. ¿Ves esa cosita redonda que hay en mitad del techo? Es uno de mis ojos.

—Oh —dijo Horza. Saludó con la mano y sonrió—. Hola. Me llamo… Orab.

—Hola, Orab. Yo me llamo Tsealsir. La verdad es que eso es sólo una parte del nombre con que se me designa, pero puedes llamarme así. ¿Qué ha ocurrido ahí fuera? No he estado observando a las personas que vine a rescatar; me dijeron que no debía hacerlo porque eso podía hacer que se pusieran nerviosas, pero cuando se acercaron oí gritos y cuando entraron parecían bastante asustadas. Después te vieron y echaron a correr. ¿Qué llevas en la mano? ¿Es un arma? Tendré que pedirte que me la entregues para que te la guarde. Estoy aquí para rescatar a la gente que quiera ser rescatada y escapar a la destrucción del Orbital, y no podemos tener armas peligrosas a bordo. Alguien podría salir malparado, ¿no te parece? Oye, ¿te has hecho daño en el dedo? Dispongo de un equipo médico excelente. ¿Quieres utilizarlo, Orab?

—Sí, quizá sea buena idea.

—Estupendo. Está al otro lado de la puerta que lleva a mi compartimento frontal, a la izquierda.

Horza fue hacia el morro del aparato dejando atrás las hileras de asientos. Pese a su antigüedad, la lanzadera olía a… No estaba seguro de a qué olía. Supuso que debía de ser cosa de los materiales sintéticos con que había sido fabricada. Comparado con los olores naturales pero increíblemente repugnantes de la playa, el olor de la lanzadera era muy agradable, por mucho que fuese un objeto fabricado en la Cultura y, por lo tanto, propiedad del enemigo. Horza acarició el arma que sostenía como si le estuviera haciendo algo.

—Acabo de poner el seguro —le explicó al ojo del techo—. No quiero que se dispare por accidente, pero esas personas de ahí fuera intentaron matarme hace un rato, y me siento más seguro con ella en la mano. ¿Comprendes a qué me refiero?

—Bueno, Orab… La verdad es que no del todo, pero… —dijo la lanzadera—. Sí, creo que te comprendo. Aun así, tendrás que entregarme el arma antes de que despeguemos.

—Oh, claro. Tan pronto como cierres esas puertas.

Horza ya había llegado a la puerta que separaba el compartimento principal de la pequeña zona de control. En realidad era un pasillo muy corto —menos de dos metros de longitud—, con una puerta que daba a cada compartimento. Horza miró rápidamente a su alrededor, pero no pudo ver ningún otro ojo. Un instante después vio abrirse un panel a la altura de su cadera. Dentro había un equipo médico muy completo.

—Verás, Orab, si pudiera cerraría esas puertas para hacer que te sintieras más seguro, pero debes comprender que he venido para rescatar a las personas que quieran ser rescatadas y que no deseen estar aquí cuando llegue el momento de destruir el Orbital, por lo que cualquiera que desee entrar tiene derecho a hacerlo. La verdad es que no logro comprender que alguien pueda tener razones para no querer escapar, pero me dijeron que si algunas personas decidían quedarse no debía preocuparme por ello. Aun así, debo decir que eso me parece más bien estúpido por su parte… ¿No opinas lo mismo, Orab?

Horza estaba hurgando en el equipo médico, pero sus ojos no paraban de recorrer los marcos de las puertas incrustadas en la pared de aquel corto tramo de pasillo.

—¿Hmmm? —murmuró—. Oh, sí, desde luego. De todas formas… ¿Cuándo está previsto que ocurra?

Asomó la cabeza por la esquina que daba al compartimento de control o puente de vuelo, y vio otro ojo colocado en la misma posición que el ojo del compartimento principal, pero éste había sido situado de tal forma que pudiera observar el otro lado de la gruesa pared que los separaba. Horza sonrió, saludó con la mano y se retiró.

—Hola. —La lanzadera se rió—. Bueno, Orab, me temo que nos veremos obligados a destruir el Orbital dentro de cuarenta y tres horas estándar. A menos que los idiranos se den cuenta de que están actuando como unos estúpidos, entren en razón y retiren su amenaza de utilizar Vavatch como base militar, claro está…

—Oh —dijo Horza.

Estaba observando el marco de una puerta situada junto al panel que contenía el equipo médico. Por lo que podía ver, los dos ojos quedaban separados por el grosor de la pared que había entre los dos compartimentos. A menos que hubiese un espejo que no podía localizar, mientras permaneciera en aquel corto tramo de pasillo la lanzadera no podía verle.

Se volvió hacia el hueco de las puertas traseras. El único movimiento visible era el del humo procedente de las hogueras y algún que otro temblor en las copas de unos árboles lejanos. Comprobó el arma. Los proyectiles parecían estar ocultos en una especie de cargador, pero un pequeño dial circular con una aguja indicaba que o bien quedaba una bala o sólo se había gastado una de las doce que había en el arma.

—Sí —dijo la lanzadera—. Es lamentable, naturalmente, pero supongo que en tiempos de guerra… Bueno, no hay más remedio que hacerlo, ¿no te parece? No es que pretenda entender mucho de esas cosas, claro está. Después de todo, no soy más que una humilde lanzadera. La verdad es que me cedieron como regalo a un Megabarco porque era demasiado anticuada y tosca para la Cultura, ¿sabes? Personalmente, creo que podrían haberme modernizado pero no quisieron hacerlo; se limitaron a regalarme. Bueno, tanto da… Ahora vuelvo a ser necesaria, y debo decir que eso me alegra mucho. Tenemos entre manos una tarea inmensa, ¿sabes? Transportar a toda la gente que quiere salir de Vavatch, nada menos. Sentiré verlo desaparecer; me lo he pasado muy bien aquí, créeme… Pero supongo que así es la vida, ¿no? Por cierto, ¿qué tal va ese dedo? ¿Quieres que le eche una mirada? Coge el equipo médico y llévalo a uno de los dos compartimentos para que pueda echarle un vistazo. Quizá pueda ayudarte, ¿sabes? ¡Oh! ¿Estás tocando algún otro panel del pasillo?

Horza estaba intentando abrir la puerta más cercana al techo usando el cañón del arma como palanca.

—No —dijo mientras seguía intentándolo—. No me he acercado a ninguno.

—Qué raro… Habría jurado que he sentido algo. ¿Estás seguro?

—Pues claro que estoy seguro —dijo Horza, dejando caer todo su peso sobre el cañón del arma.

La puerta cedió revelando tubos, conductos de fibras, botellas metálicas y más maquinaria irreconocible, así como sistemas eléctricos, equipo óptico y unidades de campo.

—¡Ay! —dijo la lanzadera.

—¡Eh! —gritó Horza—. ¡Se ha abierto solo! ¡Ahí dentro hay algo que arde!

Alzó el arma con las dos manos. Apuntó cuidadosamente… Sí, más o menos por esa zona.

—¡Fuego! —chilló la lanzadera—. ¡Pero eso es imposible!

—¿Crees que no sé reconocer el humo en cuanto lo veo, maldita máquina enloquecida? —gritó Horza.

Apretó el gatillo.

La detonación le hizo retroceder e impulsó sus brazos hacia arriba. El ruido de la exclamación de la lanzadera quedó ahogado por el estrépito del proyectil al dar en el blanco y estallar. Horza se tapó la cara con un brazo.

—¡No puedo ver! —gritó la lanzadera.

El humo estaba empezando a brotar del compartimento que Horza había forzado. El Cambiante entró tambaleándose en el compartimento de control.

—¡También estás ardiendo por aquí! —gritó—. ¡Sale humo de todas partes!

—¿Qué? Pero… No puede ser…

—¡Estás ardiendo! ¡No comprendo cómo es posible que no lo notes o lo huelas! ¡Vas a quedar convertida en cenizas!

—¡No confio en ti! —gritó la máquina—. Suelta esa arma o…

—¡Tienes que confiar en mí! —gritó Horza.

Sus ojos recorrieron el área de control buscando el cerebro de la lanzadera. Podía ver pantallas y asientos, hileras de indicadores e incluso el sitio donde podían estar ocultos los controles manuales, pero no había ninguna señal de dónde estaba el cerebro.

—¡Hay humo por todas partes! —repitió, intentando que su voz sonara lo más histérica posible.

—¡Aquí! ¡Coge el extintor! ¡Voy a conectar el mío! —gritó la máquina.

Un panel giró sobre sí mismo y Horza cogió el grueso cilindro unido a la parte interior del panel. Los cuatro dedos sanos de su mano herida apretaron con fuerza la culata del arma. Oyó una especie de siseo y vio una neblina parecida a vapor brotando de varios puntos del compartimento.

—¡No sirve de nada! —gritó Horza—. Hay montones de humo negro y… ¡Aarghhh! —Fingió toser—. ¡Aaarghhh! ¡Se está haciendo más espeso!

—¿De dónde viene? ¡Rápido!

—¡Sale de todas partes! —gritó Horza mientras sus ojos recorrían el área de control—. Cerca de tu ojo… Debajo de los asientos, encima de las pantallas, debajo de las pantallas… No puedo ver…

—¡Sigue! ¡Estoy empezando a oler el humo!

Horza se volvió hacia la casi imperceptible humareda grisácea producida por el pequeño incendio del hueco al que había disparado. Las hilachas de humo estaban empezando a filtrarse en el área de control.

—Viene de…, de esos sitios, y de las pantallas de datos que hay a cada lado de los asientos del final, y… Justo encima de los asientos, en las paredes laterales, allí donde hay esa especie de protuberancia que…

—¿Qué? —gritó el cerebro de la lanzadera—. ¿La de la izquierda que sobresale hacia adelante?

—¡Sí!

—¡Empieza por ése! —chilló la lanzadera.

Horza dejó caer el extintor y volvió a agarrar el arma con las dos manos apuntando el cañón hacia el abultamiento de la pared que había sobre el asiento de la izquierda. Apretó el gatillo: una vez, dos, tres veces. Las detonaciones del arma hicieron temblar todo su cuerpo; chispazos y fragmentos de maquinaria salieron despedidos por los agujeros de sus disparos.

—EEEeee… —dijo la lanzadera.

Luego, el silencio.

Una leve humareda brotó del abultamiento de la pared y se unió a la que llegaba del pasillo para formar una leve capa que se fue acumulando debajo del techo. Horza bajó lentamente el arma, miró a su alrededor y aguzó el oído.

—Blanco —dijo.

* * *

Usó el extintor manual para apagar los pequeños incendios en la pared del pasillo y el hueco que había albergado el cerebro de la lanzadera. Después salió al compartimento de pasajeros y se sentó junto a las puertas para esperar a que el humo acabara de disiparse. Sus ojos recorrieron la playa y la jungla, pero no pudo ver a ningún Devorador. Las canoas también habían desaparecido. Buscó los controles de la puerta y los encontró. Las puertas se cerraron con un siseo y Horza sonrió.

Volvió al área de control y empezó a pulsar botones y abrir paneles hasta conseguir que las pantallas cobraran una vida parcial. Las pantallas se encendieron cuando estaba jugueteando con los botones situados en el brazo de uno de aquellos asientos parecidos a divanes. El ruido de oleaje que invadió el puente de vuelo le hizo pensar que las puertas volvían a estar abiertas, pero no eran más que los micrófonos externos transmitiendo el sonido del exterior. Las pantallas parpadearon llenándose de diagramas y cifras, y los paneles situados delante de los asientos se abrieron sin hacer ruido. Las palancas y las ruedas de control brotaron de los huecos y se colocaron en posición de ser usadas. Horza las contempló. Llevaba muchos días sin sentirse tan feliz. El Cambiante dio comienzo a una búsqueda de alimentos que acabó siendo coronada por el éxito, pero que demostró ser bastante más larga y frustrante. Tenía un hambre terrible.

* * *

Una multitud de insectos estaba desfilando en hileras impecables por el inmenso cuerpo derrumbado sobre la arena. Una mano calcinada y ennegrecida yacía entre las agonizantes llamas de una hoguera.

Los insectos empezaron comiéndose los ojos hundidos en las órbitas. La lanzadera despegó y se alzó por el aire con una lenta serie de sacudidas, aceleró trazando un giro bastante desgarbado sobre la montaña y se alejó de la isla con un rugido atronador hendiendo el cielo de comienzos del atardecer. Los insectos apenas si le prestaron atención.

Interludio en la oscuridad

La Mente tenía una imagen favorita para ilustrar su capacidad de acumular información. Le gustaba imaginarse los contenidos de su almacén de memoria como si estuvieran escritos en tarjetas; trocitos de papel cubiertos de caracteres minúsculos que apenas si eran lo suficientemente grandes para que un humano pudiera leerlos. Suponiendo que los caracteres tuvieran un par de milímetros de altura y que cada tarjeta tuviera unos diez centímetros cuadrados de superficie y estuviera escrita por los dos lados, cabrían unos diez mil caracteres en cada una. Un cajón de un metro de longitud lleno de esas tarjetas podría almacenar un millar de cuadraditos de papel: diez millones de datos. Un cuartito que tuviera unos metros cuadrados de superficie con un pasillo central de la anchura justa para que pudieras abrir uno de esos cajones te permitiría contar con mil cajones colocados dentro de archivadores pegados los unos a los otros: diez billones de caracteres en total.

Un kilómetro cuadrado de esas pequeñas celdas abarrotadas de cajones contendría cien mil cuartitos; mil pisos de un kilómetro cuadrado darían como resultado un edificio de dos mil metros de altura con cien millones de cuartitos. Si seguías construyendo esas torres cuadradas pegándolas las unas a las otras hasta que cubrieran toda la superficie de un mundo tamaño promedio tirando a grande —un billón de kilómetros cuadrados aproximadamente—, tendrías un planeta con un trillón de kilómetros cuadrados de espacio para archivos, cien cuatrillones de habitaciones repletas de tarjetitas, treinta años luz de pasillos y un número de caracteres almacenados lo suficientemente grande para hacer vacilar la mente de cualquiera.

En base diez ese número sería un uno seguido por veintisiete ceros, e incluso esa cifra tan vasta sólo representaba una fracción de la capacidad de la Mente. Para igualarla necesitarías mil mundos como ése; sistemas enteros de ellos, un conjunto de globos repletos de información…, y esa inmensa capacidad estaba contenida en un espacio físico más pequeño que uno solo de esos cuartitos minúsculos, dentro de la Mente…

* * *

La Mente aguardaba en la oscuridad.

Había contado el tiempo que llevaba esperando hasta ahora, y había intentado calcular el tiempo que debería esperar en el futuro. Sabía el tiempo que llevaba en los túneles del Sistema de Mando con una precisión que llegaba hasta la fracción de segundo más pequeña imaginable, y pensaba en ese número con más frecuencia de lo que habría necesitado hacerlo, viendo como crecía dentro de sí misma. Suponía que era una forma de sentirse mínimamente segura, como un pequeño fetiche; algo a lo que aferrarse…

Había explorado los túneles del Sistema de Mando recorriéndolos y analizándolos. Estaba debilitada, había sufrido daños y se encontraba casi totalmente impotente; pero echar un vistazo por el laberíntico complejo de túneles y cavernas había valido la pena aunque sólo fuese para apartar su atención del hecho de que se encontraba allí en calidad de refugiada. Los lugares a los que no podía acceder por sí misma fueron visitados por el único robot manejado a control remoto que le quedaba, y eso le permitió averiguar cómo eran y ver cuanto había que ver en ellos.

Y todo lo que contenían era al mismo tiempo aburrido y terriblemente deprimente. El nivel de tecnología alcanzado por los constructores del Sistema de Mando era realmente muy limitado; todo lo que había en los túneles funcionaba mecánica o electrónicamente. Engranajes y ruedecillas, cables eléctricos, superconductores y fibras ópticas… No cabía duda de que todo aquello era muy tosco, y la Mente se dio cuenta de que no había nada susceptible de interesarle. Un rápido vistazo a cualquiera de las máquinas y artefactos que había en los túneles le bastaba para desentrañar todos sus misterios: de qué estaban hechas, cómo habían sido fabricadas e, incluso, el objetivo para el que habían sido fabricadas. No había ningún misterio, nada en que utilizar sus facultades.

Además, la inexactitud de que estaba rodeada contenía algo que la Mente encontraba casi aterrador. Podía contemplar alguna pieza de metal cuidadosamente torneada a máquina o un trozo de plástico delicadamente moldeado sabiendo que para los ojos de los humanoides que habían construido el Sistema de Mando aquellos objetos eran exactos y precisos, que habían sido fabricados para alcanzar las tolerancias más sutiles con líneas perfectamente rectas, filos impecables, superficies lisas y ángulos rectos inmaculados. Pero incluso teniendo sus sensores dañados la Mente podía ver las irregularidades de los contornos y captar la tosquedad de las partes y las piezas que formaban aquellos objetos. Oh, sí, habían sido lo bastante buenos para las gentes de su época, y no le cabía ni la más mínima duda de que habían satisfecho el criterio más importante de todos: funcionaban.

Pero eran toscos y poco elegantes, y habían sido diseñados y manufacturados de una forma terriblemente imperfecta. La Mente no sabía por qué, pero aquello la obsesionaba y la preocupaba.

Y tendría que utilizar esta vieja y tosca tecnología surgida de talleres y fabricas que rezumaban aceite. Tendría que entrar en conexión con ella…

Había analizado la situación en todas sus facetas, y decidió trazar planes para enfrentarse a la posibilidad de que los idiranos consiguieran hacer que alguien cruzase la Barrera del Silencio, amenazándola con el descubrimiento.

Se armaría, y crearía un lugar donde esconderse. Ambas acciones implicaban dañar el Sistema de Mando, por lo que no actuaría hasta no estar absolutamente segura de que se hallaba amenazada. En cuanto supiera que lo estaba, se vería obligada a actuar y correr el riesgo de irritar al Dra'Azon.

Pero quizá no llegara a ser necesario. Tenía la esperanza de que no lo sería. Trazar planes era una cosa; ejecutarlos era otra y muy distinta. Además, era improbable que tuviera mucho tiempo para armarse o esconderse. Las circunstancias podían obligarla a poner en práctica ambos planes de una forma bastante tosca, especialmente si las únicas herramientas de que disponía para manipular las instalaciones del Sistema eran un robot dirigido por control remoto y unos campos internos bastante maltrechos.

Aun así, siempre eran mejor que nada. Tener problemas era mucho mejor que permitir que la muerte los eliminara…

Aparte de eso, había descubierto otro problema de relevancia menos inmediata pero intrínsecamente más preocupante, y el problema quedaba implícito en una sola pregunta: ¿quién era?

Sus funciones más elevadas se habían visto obligadas a desconectarse cuando se transfirió del espacio tetradimensional al espacio tridimensional. La mayor parte de datos de que disponía estaba almacenada en forma binaria dentro de espirales compuestas por protones y neutrones; y cuando se encontraban fuera de un núcleo o cuando se hallaban fuera del hiperespacio los neutrones sufrían un proceso de conversión (se convertían en protones, ja, ja; poco después de haber entrado en el Sistema de Mando la inmensa mayoría de su memoria se habría reducido a un mensaje asombrosamente revelador: «000000000…»), por lo que la Mente congeló su memoria primaria y sus funciones cognitivas envolviéndolas en campos que evitaban tanto la degradación como el uso. Ahora la Mente estaba trabajando con picocircuitos de reserva que funcionaban en el espacio real, y se veía obligada a usar la luz del espacio real para pensar (qué humillante).

De hecho, seguía pudiendo acceder a toda esa memoria almacenada (aunque el proceso era complicado, y demasiado lento), por lo que no había perdido todo cuanto contenían. Pero en cuanto a pensar y ser ella misma…, eso era otro asunto muy distinto. La Mente no era la de siempre. Era una tosca copia o abstracción de sí misma, un simple plano básico con el que construir toda la complejidad laberíntica de su auténtica personalidad. Aquel plano constituía la copia más fiel posible que su limitada escala actual era teóricamente capaz de proporcionar, y la Mente seguía siendo consciente de sí misma; consciente incluso según las pautas de medida más rigurosas aplicables. Aun así, un índice no era el texto, un plano de calles no era la ciudad, y un mapa no era el terreno que representaba.

Por lo tanto, ¿qué era?

No la entidad que creía ser, ésa era la respuesta, y resultaba de lo más desconcertante, porque sabía que el yo en que se había convertido jamás podría pensar en todas las cosas que su antigua personalidad era capaz de abarcar con el pensamiento. La Mente se sentía indigna de sí misma. Se sentía falible, limitada y… torpe.

«Pero hay que pensar de forma positiva. Pautas, imágenes, la analogía indicadora…, sácale el máximo provecho a aquello de que dispones. Limítate a pensar que…»

Si no era ella misma, entonces sería algo distinto.

Entre su estado actual y lo que había sido antes había la misma distancia que entre ella y el robot (hermosa comparación).

El robot sería algo más que sus ojos y oídos en la superficie, dentro o en las proximidades de la base de los Cambiantes; sería más que un mero vigilante y un ayudante en los indudablemente frenéticos preparativos para equiparse y esconderse que se producirían si daba la alarma. Sería algo más que eso. Y algo menos.

«Mira el lado bueno de las cosas». ¿Acaso no había obrado de una forma muy astuta? Sí, claro que sí.

Su huida de la nave de guerra improvisada con los componentes disponibles había sido asombrosamente brillante y genial, aunque fuera ella misma quien aplicara esos términos. Su valerosa utilización del campo distorsionador a tales profundidades de un pozo gravitatorio habría sido extremadamente temeraria salvo en el terrible conjunto de circunstancias dentro del que se había visto atrapada, pero no cabía duda alguna de que había sabido manejarlo de una forma soberbiamente hábil… Y su asombrosa transferencia del hiperespacio al espacio real no se limitaba a ser un acto más brillante e incluso más valeroso que cualquiera de los que había llevado a cabo hasta entonces, sino que también era casi indudablemente una primicia cósmica. Su vasto almacén de información no contenía ni un solo dato indicador de que alguien hubiera eso hecho antes. La Mente estaba orgullosa de sí misma.

Pero después de todo eso ahora estaba aquí, atrapada; una lisiada intelectual, convertida en una mera sombra filosófica de su antiguo yo.

Ahora lo único que podía hacer era dejar transcurrir el tiempo, y albergar la esperanza de que quien viniera a su encuentro estuviera animado por intenciones amistosas. La Cultura debía saber lo que le había ocurrido; la Mente estaba segura de que su señal había funcionado y de que habría sido recogida en algún sitio. Pero los idiranos también sabían dónde estaba. La Mente no creía que intentaran llegar hasta allí por la fuerza. Los idiranos sabían tan bien como ella que enemistarse con los Dra'Azon era una pésima idea. Pero, ¿y si los idiranos lograban encontrar una forma de llegar hasta ella y la Cultura no? ¿Y si toda la región de espacio que rodeaba al Golfo Sombrío había caído bajo el dominio idirano? La Mente sabía que si caía en manos idiranas sólo podía hacer una cosa, pero no sólo tenía razones puramente personales para no querer autodestruirse, sino que además tampoco quería autodestruirse en las proximidades del Mundo de Schar por la misma razón por la que los idiranos jamás se presentarían allí con una flota de combate. Pero si era capturada en el planeta, ésos podían ser los últimos momentos en que tendría una posibilidad de autodestruirse. Cuando se la llevaran del planeta los idiranos quizá hubieran dado con alguna forma de impedir que se autodestruyera.

También cabía la posibilidad de que huir hubiese sido un error. Quizá debería haberse destruido junto con el resto de la nave, ahorrándose todas aquellas complicaciones y problemas. Pero cuando fue atacada y descubrió que se encontraba tan cerca de un Planeta de los Muertos… Bueno, le pareció como si el mismo cielo le enviara una posibilidad de escapar. La Mente quería vivir, desde luego, pero dejar pasar por alto una ocasión tan soberbia… Aun suponiendo que su supervivencia o su destrucción no le importaran en lo más mínimo, habría seguido siendo un auténtico desperdicio.

Bueno, ahora ya no podía hacer nada al respecto. Estaba aquí y no le quedaba más remedio que esperar. Esperar y pensar, considerar todas las opciones de que disponía (pocas) y las posibilidades existentes (muchas). Tenía que hurgar en las memorias disponibles buscando cualquier cosa que pudiera ser relevante y que pudiera ayudarla. Por ejemplo (y el único dato realmente interesante no le hacía concebir muchas esperanzas), había descubierto que existían muchas probabilidades de que los idiranos pudieran contar con los servicios de un Cambiante que había trabajado una temporada con los cuidadores asignados al Mundo de Schar. Naturalmente, el Cambiante podía estar muerto o muy ocupado con otra misión, o demasiado lejos, o —para empezar—, también era posible que la información fuese incorrecta y que la sección de recogida de datos de la Cultura hubiera cometido un error…

La creencia de que la información nociva no existía —salvo en términos muy relativos—, estaba incorporada a todos los niveles de la estructura de la Mente, pero a medida que pasaba el tiempo iba deseando con más fervor que sus bancos de memoria no hubiesen contenido aquella brizna de información. Preferiría no haber sabido nada sobre aquel hombre, el Cambiante que conocía el Mundo de Schar y que probablemente trabajaba para los idiranos. (Y, en una muestra más de perversidad, también se encontró deseando saber el nombre de aquel Cambiante.)

Pero si tenía un poco de suerte la información resultaría ser irrelevante, o la Cultura llegaría al Mundo de Schar primero. O el Dra'Azon se daría cuenta de que una Mente estaba en apuros, se conmovería ante su parentesco espiritual y la ayudaría, o… cualquier cosa.

* * *

La Mente aguardaba en la oscuridad.

Cientos de aquellos planetas se encontraban vacíos; los cien millones de torres repletas de cuartitos estaban allí; los cuartitos, los archivadores y los cajones y las tarjetas y los espacios para los números y las letras estaban allí; pero las tarjetas estaban en blanco y no contenían ni un solo signo… (A veces la Mente se distraía imaginando que viajaba por los angostos pasillos que separaban las hileras de archivadores con uno de sus robots flotando entre los archivos de memoria acumulados en aquellos corredores, de una habitación a otra, de un piso a otro, kilómetro tras kilómetro, recorriendo continentes enterrados de habitaciones, océanos repletos de habitaciones, cordilleras convertidas en llanuras, bosques talados, desiertos de habitaciones). Esos sistemas enteros de planetas oscuros y esos trillones de kilómetros cuadrados de papel en blanco representaban el futuro de la Mente; todos los espacios que llenaría durante la existencia que la aguardaba.

Si es que tenía algún futuro.

7. Una partida de Daño

—Daño… el juego prohibido en toda la galaxia. Esta noche los jugadores se reunirán en ese edificio sin nada de particular que se encuentra bajo la cúpula al otro lado de la plaza… El grupo más selecto de psicópatas millonarios de toda la galaxia humana ha venido aquí para tomar parte en el juego que es a la vida real lo que los folletines a la tragedia.

»Estamos en la ciudad biportuaria de Evanauth, en el Orbital Vavatch, el mismo Orbital Vavatch que será convertido en átomos dentro de unas once horas estándar a contar desde ahora cuando la guerra entre Idir y la Cultura llegue a una nueva cima de intensidad en el aférra-te-a-tus-principios-pase-lo-que-pase y se produzca un nuevo abismo en el sentido común en esta parte de la galaxia, cerca del Acantilado Resplandeciente y el Golfo Sombrío. Lo que ha atraído a estos buitres escatólogicos es esa destrucción inminente, no la fama de los Megabarcos o los milagros tecnológicos color azul del Mar Circular. No, estas personas se encuentran aquí porque todo el Orbital está condenado a desaparecer dentro de pocas horas, y porque están convencidas de que jugar una partida de Daño —un juego de cartas normal y corriente con algunos embellecimientos para que quienes sufren trastornos mentales lo encuentren atractivo—, en lugares que se hallan al borde de la aniquilación es mucho más divertido que hacerlo en otros sitios.

»Han jugado en mundos que estaban a punto de sufrir lluvias de meteoros o el choque con un cometa de gran tamaño, en calderas volcánicas a punto de hacer erupción, en ciudades que iban a sufrir bombardeos nucleares en el marco de guerras rituales, en asteroides que se dirigían hacia el centro de una estrella, ante acantilados de hielo o lava en movimiento, dentro de misteriosas naves espaciales alienígenas vacías y abandonadas por sus tripulantes cuyos cursos las llevaban hacia agujeros negros, en inmensos palacios a punto de ser asaltados por turbas de hayan marchado. Quizá les parezca una forma muy extraña de divertirse, pero supongo que en una galaxia tiene que haber de todo, ¿no creen?

»Y ésa es la razón de que esos hiperricachones superaburridos hayan venido hasta aquí en sus naves alquiladas o en sus yates particulares. En estos momentos se encuentran recobrando la sobriedad o superando los efectos de las drogas, sometiéndose a cirugía plástica o terapia comportamental —o a las dos simultáneamente—, con el fin de resultar aceptables en lo que pasa por ser la sociedad normal incluso en estos círculos de atmósfera tan rarificada después de meses enteros sumidos en la carísima e improbable perversión o libertinaje que más atractivo les resulta o que más de moda está en un momento determinado… Al mismo tiempo, ellos y sus secuaces están acumulando todos sus créditos aoish —dinero cantante y sonante, nada de papeles—, y recorriendo los hospitales, los asilos y los almacenes de congelamiento en busca de nuevas Vidas.

»El cortejo que sigue a los jugadores también está aquí…, los que buscan fortuna, los que enloquecen por tocar a un Jugador o por hacer alguna cosa más con él, los que han fracasado en partidas anteriores y anhelan desesperadamente tener otra oportunidad si consiguen reunir el dinero y las Vidas…, y esos desechos humanos que sólo se encuentran flotando alrededor del Daño: los emóticos, víctimas de los residuos emocionales desprendidos por el juego; los yonquis mentales que sólo viven para devorar las migajas de éxtasis y angustia que caen de los labios de sus héroes, los Jugadores del Juego.

»Nadie sabe con exactitud qué sistemas emplean todos estos grupos tan distintos para enterarse de que va a haber una partida o cómo se las arreglan para presentarse a tiempo, pero el rumor siempre llega a oídos de quienes realmente necesitan o quieren oírlo, y ellos acuden en bandada como necrófagos dispuestos a gozar del juego y de la destrucción.

»Originalmente el Daño se jugaba en tales ocasiones porque sólo el derrumbamiento de la ley y la moralidad y la confusión y el caos que suelen rodear a los Acontecimientos Finales permitían que la partida pudiera desarrollarse en algún lugar que guardara un remoto parecido con la galaxia civilizada; y lo crean o no, a los Jugadores les gusta creer que forman parte de ella. Ahora, la inminencia de una nova, la destrucción de un mundo o cualquier otro cataclismo es vista como una especie de símbolo metafísico que representa la mortalidad de todas las cosas, y como las Vidas que toman parte en una Partida Completa son siempre voluntarias, un montón de sitios —como el buen y viejo Orbital Vavatch, siempre permisivo y orientado a la consecución del placer—, permiten el juego con la bendición de las autoridades. Algunos afirman que ya no es el juego que solía ser, incluso hay quien dice que se ha convertido en una especie de farsa representada en beneficio de los medios de comunicación, pero yo afirmo que sigue siendo un juego para los locos y los pervertidos; los ricos y aquellos para quienes nada tiene importancia; un juego para los que tienen un tornillo flojo…, pero que gozan de buenas relaciones. La gente sigue muriendo en el Daño, y las víctimas no se limitan a las Vidas o al círculo de los Jugadores.

»Se ha afirmado que es el juego más decadente de toda la historia. Lo único que se puede decir en defensa suya es que sirve para mantener ocupadas las mentes deformes de algunas de las personas más extrañas y retorcidas de la galaxia que lo prefieren a la realidad. Sólo los dioses saben a qué se dedicarían si el juego no existiera… Y en cuanto a si el juego hace algún bien aparte de recordarnos —como si necesitáramos que nos lo recordaran—, las locuras que puede llegar a cometer el carboniforme bípedo que respira oxígeno, no olvidemos que de vez en cuando un Jugador queda fuera de la circulación para siempre y los demás pasan una temporada bastante asustados. Muchas personas consideran que vivimos tiempos de locura, y cualquier reducción o atenuación de la locura quizá sea algo por lo que debamos estar agradecidos.

»Volveré a informarles en algún momento durante el desarrollo de la partida desde dentro del auditorio, si consigo entrar en él. Pero mientras tanto, adiós y cuídense. Sarbe el Ojo ha estado con ustedes desde Ciudad Evanauth, Vavatch.

La imagen de un hombre inmóvil bajo la luz del sol que caía sobre una plaza se esfumó de la pantalla de muñeca. El rostro juvenil medio cubierto por una máscara desapareció.

Horza guardó la pantalla de su terminal en la manga. El reloj parpadeaba lentamente con la cuenta atrás de la destrucción de Vavatch.

Sarble el Ojo, uno de los reporteros que trabajaban por cuenta propia más famosos de toda la galaxia humanoide y también uno de los que mejor sabía introducirse en aquellos sitios donde no se deseaba su presencia, debía estar intentando entrar en el auditorio donde iba a celebrarse la partida…, si es que no lo había conseguido ya. La retransmisión que Horza acababa de presenciar había sido grabada esa tarde. No cabía duda de que Sarble iría disfrazado, por lo que Horza se alegró de haber conseguido acceso mediante el soborno antes de que la retransmisión del reportero fuese difundida y los guardias de seguridad que rodeaban el lugar extremaran aún más su vigilancia. Incluso sin Sarble, las cosas ya habían resultado bastante difíciles.

Horza —en su nueva personalidad de Kraiklyn—, había fingido ser un emético, uno de los yonquis emocionales que iban siguiendo el errático y sigiloso deambular de las grandes partidas por los confines más dudosos y menos respetables de la civilización, y no tardó en descubrir que el día anterior ya se habían agotado todas las plazas salvo las más caras. Los cinco créditos aoish con que contaba esa mañana se habían reducido a tres; aunque también tenía algo de dinero en dos tarjetas de crédito que había comprado, pero el valor real de aquel dinero iría disminuyendo a medida que se acercara el momento de la destrucción.

Horza tragó una honda y satisfactoria bocanada de aire y contempló la gran arena que le rodeaba. Había subido lo más arriba posible mediante los peldaños, pendientes y plataformas, usando el intervalo de tiempo que precedía al comienzo de la partida para hacerse una idea general de la zona.

La cúpula de la arena era transparente y dejaba ver las estrellas y la línea brillante que era el lado más distante del Orbital, ahora bañado por la luz diurna. Las luces de las lanzaderas que iban y venían —la mayoría se marchaban, naturalmente—, trazaban líneas a través de los puntos inmóviles. Debajo de la cúpula flotaba una mezcla de humo y niebla iluminada por las luces parpadeantes de una pequeña exhibición de fuegos artificiales. La atmósfera vibraba con los ecos creados por el cántico de un coro de escamiconos que ocupaba el otro extremo del auditorio. Los humanoides que componían el coro eran idénticos en todo salvo en la estatura y en los sonidos que producían mediante sus largos cuellos y sus torsos abombados. Parecían ser los culpables de todo el estrépito ambiental, pero cuando miró hacia abajo Horza pudo distinguir débiles resplandores color púrpura que flotaban en el aire e indicaban la existencia de otros campos de sonido más localizados. Los campos de sonido se cernían sobre escenarios de tamaño más reducido donde los danzarines danzaban, los cantantes cantaban, los artistas del pomo se desnudaban y los boxeadores boxeaban, aunque también había algunos donde sólo se veían grupos de personas charlando.

La parafernalia del juego que se agrupaba a su alrededor hacía pensar en una gigantesca tormenta. Debía de haber entre diez y veinte mil personas, la mayoría de ellas humanoides, pero también había seres totalmente distintos, incluyendo una buena cantidad de máquinas y unidades, que estaban tumbadas, sentadas, de pie o caminando mientras observaban a los magos, malabaristas, luchadores, inmoladores, hipnóticos, acoplantes, actores, oradores y cien categorías más de profesionales del entretenimiento que ofrecían sus números. Algunas de las terrazas más grandes estaban llenas de pabellones; las demás contaban con hileras de asientos y divanes. Muchos escenarios de pequeño tamaño ardían con el resplandor de las luces, las humaredas y los destellos de hologramas y solidogramas. Horza vio un laberinto tridimensional que abarcaba varias terrazas lleno de tubos y ángulos, algunos transparentes y otros opacos, algunos en movimiento y algunos inmóviles. Sombras y siluetas borrosas se deslizaban lentamente por su interior.

Un acto de trapecio con animales a velocidad lenta iba alcanzando gradualmente su apogeo por encima de su cabeza. Horza reconoció a los animales que lo ejecutaban; más tarde se convertiría en un número de combate.

Algunas personas pasaron junto a Horza; eran humanoides de considerable estatura vestidos con atuendos fabulosos que relucían como el abigarrado paisaje nocturno de una ciudad vista desde el cielo. Hablaban entre ellos con voces tan agudas que casi resultaban inaudibles, y una fina red de tubos de color dorado que se desparramaba alrededor de sus rostros rojo fuerte y púrpura oscuro emitía nubéculas de gas incandescente que se enroscaba alrededor de la desnudez de sus hombros y sus cuellos semiescamosos, deshilachándose lentamente en una aureola anaranjada que se iba disipando a su espalda. Horza les vio pasar. Sus capas ondulaban dando la impresión de pesar tan poco como el aire a través del que avanzaban, y se encendían y se apagaban continuamente mostrando la imagen de un rostro alienígena. Cada capa mostraba una parte de una inmensa imagen en movimiento, como si un proyector situado en los cielos enfocara con su haz las capas del grupo. El gas anaranjado invadió las fosas nasales de Horza y el Cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas durante un segundo. Dejó que sus glándulas inmunológicas se encargaran de anular los efectos de la sustancia narcótica y siguió observando la arena.

El ojo de la tormenta —el punto de calma e inmovilidad central—, era tan pequeño que habría sido fácil pasarlo por alto incluso examinando todo el auditorio despacio y con mucha atención. No estaba en el centro, sino en un extremo del elipsoide de terreno llano que formaba el nivel visible más bajo de la arena. Un dosel de unidades de iluminación que aún no funcionaban casi ocultaba una mesa redonda del tamaño justo para acomodar a los dieciséis sillones de varios estilos que la rodeaban. Cada sillón estaba encarado a una cuña de color colocada sobre la superficie de la mesa. Delante de cada sillón había una consola incrustada en la mesa sobre la que se encontraban arneses de sujeción y otros artilugios para inmovilizar a las personas. Detrás de cada sillón había una zona de espacio despejado en la que se encontraban doce asientos bastante más pequeños que el sillón. Una valla de escasa altura los separaba del sillón que tenían delante, y otra valla circundaba los doce asientos, separándolos de una zona mucho más extensa donde ya había bastantes personas —la mayoría eméticos—, que aguardaban en silencio.

La partida parecía llevar cierto retraso. Horza se sentó en lo que era un asiento excesivamente adornado o una escultura no muy imaginativa. Estaba en el comienzo del último nivel de las terrazas que circundaban la arena, y tenía una buena vista de casi todas las demás. No había nadie cerca. Metió la mano bajo la gruesa tela de su blusa y arrancó un pedazo de piel artificial de su abdomen. Enrolló la piel hasta formar una pelota y la arrojó a un macetero con un arbolito situado justo detrás de donde estaba sentado. Después comprobó los décimos de crédito aoish, la tarjeta negociable con memoria, la terminal de bolsillo y la pistola láser ligera que habían estado ocultas bajo la barriga formada por la piel falsa. Miró por el rabillo del ojo y vio a un hombrecillo vestido con ropas oscuras que se le acercaba. El hombrecillo se detuvo a unos cinco metros de distancia, observó durante unos momentos a Horza con la cabeza ladeada y siguió viniendo hacia él.

—Eh, ¿quieres ser una Vida?

—No. Adiós —dijo Horza.

El hombrecillo soltó un bufido y se alejó por la explanada de paseo, deteniéndose a unos metros de distancia para empujar con el pie una silueta que yacía al extremo de una terraza muy angosta. Horza miró hacia allá, y vio como una mujer alzaba la cabeza con expresión de aturdimiento y la meneaba lentamente haciendo bailotear los largos e hirsutos mechones de su cabellera canosa. La luz de un reflector hizo que su rostro resultara visible durante una fracción de segundo. Era hermosa, pero parecía agotada. El hombrecillo volvió a dirigirle la palabra, pero la mujer meneó la cabeza y agitó una mano. El hombrecillo se marchó.

* * *

El vuelo en la ex lanzadera de la Cultura apenas si tuvo acontecimientos dignos de mención. Horza pasó por una etapa inicial de confusión y acabó logrando ponerse en contacto con el sistema de navegación del Orbital. Descubrió dónde estaba en relación a la última posición conocida del Olmedreca y se dirigió hacia allí para averiguar si quedaba algo del Megabarco. Mientras se atracaba con las raciones de emergencia de la Cultura logró acceder a un nuevo servicio y encontró un informe sobre el Olmedreca en el índice de temas. Las imágenes mostraban el barco, un poco escorado y con una pequeña parte de las proas debajo del agua, flotando en un mar de aguas tranquilas rodeado de hielo. El primer kilómetro de su casco parecía haber quedado enterrado bajo el inmenso iceberg en forma de meseta. Varios aerodeslizadores ligeros y unas cuantas lanzaderas estaban suspendidas o volaban alrededor del gigantesco despojo como moscas yendo y viniendo sobre los restos de un dinosaurio. El comentario que acompañaba a las imágenes hablaba de una misteriosa segunda explosión nuclear a bordo del barco. También informaba de que cuando los vehículos de la policía llegaron al lugar descubrieron que el Megabarco estaba abandonado.

Nada más oírlo Horza decidió cambiar el destino que había fijado. Hizo girar la lanzadera y puso rumbo a Evanauth.

Horza llevaba encima tres décimos de un crédito aoish. Vendió la lanzadera por cinco décimos. El precio resultaba ridiculamente barato, sobre todo teniendo en cuenta que la destrucción del Orbital era inminente, pero tenía prisa y no cabía duda de que la comerciante que se quedó con el aparato corría un cierto riesgo. Estaba claro que la lanzadera había sido construida en la Cultura y estaba igualmente claro que el cerebro había sido destrozado a tiros, por lo que apenas si podía haber dudas de que era un vehículo robado; y para la Cultura destruir la conciencia de una lanzadera era un delito tan grave como asesinar a un ser humano.

En sólo tres horas Horza había vendido la lanzadera y había comprado ropas, tarjetas, un arma, un par de terminales y cierta información. Salvo la información, todo lo demás le había salido francamente barato.

Ahora sabía que una nave cuya descripción encajaba con la de la Turbulencia en cielo despejado se encontraba en el Orbital o, mejor dicho, debajo de él, dentro del ex Vehículo General de Sistemas de la Cultura llamado Los fines de la inventiva. Le resultó bastante difícil de creer, pero no había ninguna otra nave cuya descripción se pareciera lo suficiente. Según la agencia de información, una nave que encajaba con la descripción de la Turbulencia en cielo despejado había sido llevada a bordo por uno de los armadores de Puerto Evanauth para efectuar ciertas reparaciones en sus unidades de campo. Cuando la nave fue remolcada hasta allí hacía ya dos días sólo podía utilizar los motores de fusión. Horza no logró averiguar cuál era su nombre o el lugar exacto donde se encontraba.

Horza tenía la impresión de que la Turbulencia en cielo despejado había sido utilizada para rescatar a los supervivientes del grupo de Kraiklyn. Debía de haber volado sobre el Muro del Orbital guiada por control remoto utilizando sus unidades de campo. Había recogido a la Compañía Libre y había vuelto por el mismo camino, sufriendo alguna avería en sus motores de campo durante el proceso.

Tampoco había conseguido averiguar cuál podía ser el paradero de los supervivientes, pero daba por sentado que Kraiklyn debía ser uno de ellos. Nadie más podía haber guiado la Turbulencia en cielo despejado por encima del Muro. Tenía la esperanza de encontrar a Kraiklyn en la partida de Daño, pero pasara lo que pasase, Horza había decidido que en cuanto terminara iría a la Turbulencia en cielo despejado. Seguía teniendo intención de dirigirse hacia el Mundo de Schar, y la Turbulencia en cielo despejado era la mejor forma de llegar hasta allí. También esperaba que la información de que Los fines de la inventiva estaba totalmente desmilitarizada fuese cierta, y que el volumen de espacio cercano a Vavatch estuviera libre de naves de la Cultura. Después de todo el tiempo transcurrido y teniendo en cuenta lo astutas que eran las Mentes de la Cultura, Horza las creía muy capaces de haber descubierto que la Turbulencia en cielo despejado se encontraba en el mismo volumen de espacio que La mano de Dios 137 cuando fue atacada, y haber establecido una o dos conexiones entre esos hechos.

Se reclinó en su asiento —o en la escultura— y se relajó, dejando que la pauta interna del emótico abandonara su mente y su cuerpo. Tenía que empezar a pensar como Kraiklyn. Cerró los ojos.

Pasados unos minutos pudo oír como empezaban a ocurrir cosas en los niveles inferiores de la arena. Abrió los ojos y miró a su alrededor. La mujer de la cabellera canosa que había estado tumbada en la terraza contigua se había levantado y estaba bajando con paso algo vacilante hacia la arena. La gruesa tela de su túnica iba barriendo los peldaños. Horza se puso en pie y bajó rápidamente por las escaleras siguiendo el rastro de su perfume. Cuando pasó junto a ella, la mujer no le prestó ninguna atención. Estaba muy ocupada jugueteando con la tiara torcida que llevaba en la cabeza.

Las luces situadas sobre la mesa de colores donde iba a celebrarse la partida ya se habían encendido. Algunos de los escenarios estaban empezando a cerrarse o a disminuir la intensidad de sus focos. El público iba gravitando gradualmente hacia la mesa de juego, los asientos, las zonas de recreo y áreas para los espectadores de a pie que daban a ella. Siluetas muy altas vestidas con túnicas negras se movían lentamente bajo el resplandor de las luces comprobando las piezas del equipo necesario para el juego. Eran los adjudicadores y arbitros ishlorsinami. Su especie tenía la reputación de ser la más poco imaginativa, honesta, estirada, incorruptible y carente de sentido del humor que podía encontrarse en toda la galaxia, y siempre desempeñaba las funciones administrativas y auxiliares en las partidas de Daño porque no había ninguna otra raza en quien se pudiera tener más confianza.

Horza se detuvo ante un puesto de comida para hacer acopio de provisiones y bebidas. Esperó a que le entregaran lo que había pedido, y mató el tiempo observando la mesa de juego y las figuras que se movían a su alrededor. La mujer de la túnica y la larga cabellera canosa pasó junto a él y siguió bajando por las escaleras. Había conseguido que la tiara quedase casi recta, aunque la tela de su larga túnica estaba muy arrugada. Cuando pasó junto a Horza éste la vio bostezar.

Horza pagó con una tarjeta y siguió a la mujer hacia la creciente multitud de personas y máquinas que empezaba a congregarse junto a todo el perímetro exterior de la zona de juego. Volvió a dejarla atrás medio corriendo y medio caminando, y cuando le vio pasar junto a ella la mujer le lanzó una mirada suspicaz.

Horza sobornó a un acomodador para que le dejara entrar en una de las mejores terrazas. Sacó el capuchón de su gruesa blusa del compartimento del cuello tensándolo sobre su frente y echándolo un poco hacia adelante para que su rostro quedara oculto entre las sombras. No quería que el auténtico Kraiklyn le viese ahora. La terraza dominaba unos cuantos niveles situados más abajo e iba descendiendo en ángulo, proporcionando un excelente panorama de la mesa y las armazones metálicas del equipo de iluminación que había encima de ella. La mayor parte de las zonas protegidas por vallas que rodeaban la mesa también eran visibles. Horza se instaló en un sofá junto a un grupo bastante ruidoso de trípedos extravagantemente vestidos que no paraban de gritar y escupir dentro de un gran recipiente situado en el centro del círculo formado por el grupo de divanes que se mecían suavemente, donde se habían acomodado para contemplar la partida.

* * *

Los ishlorsinami parecían haberse convencido de que todo funcionaba y de que nadie había intentado hacer trampas. Las siluetas vestidas con túnicas negras bajaron por una rampa incrustada en la superficie del suelo elipsoidal de la arena. Algunas luces se apagaron; un campo de silencio fue eliminando lentamente los ruidos procedentes del resto del auditorio. Horza aprovechó aquella pausa para examinar rápidamente los alrededores. Algunos escenarios y estrados seguían iluminados, pero sus luces ya estaban empezando a apagarse. Pero el acto de trapecio con animales a cámara lenta seguía desarrollándose entre la oscuridad que se acumulaba bajo las estrellas. Los inmensos y pesados cuerpos de los animales volaban por los aires entre los destellos de sus arneses de campo. Giraban sobre sí mismos y daban saltos mortales, pero ahora cada vez que sus evoluciones aereas les hacían encontrarse con otro animal extendían sus patas terminadas en garras, lanzando silenciosos y lentos zarpazos dirigidos al pelaje de su adversario. Nadie más parecía estar observándoles.

Horza se sorprendió al ver que la mujer a la que había dejado atrás dos veces en las escaleras volvía a pasar junto a él y se dejaba caer sobre un sofá vacío con la señal de reservado en la parte delantera de la terraza. No le había parecido lo bastante rica para poder permitirse el estar en aquella zona.

Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción aparecieron subiendo por la rampa que llevaba al suelo de la arena guiados por un ishlorsinami. Su llegada no estuvo acompañada por ninguna clase de fanfarria o anuncio. Horza echó un vistazo a su terminal. Faltaban siete horas estándar exactas para la destrucción del Orbital. Aplausos, vítores y —al menos cerca de Horza—, sonoros abucheos acogieron a los jugadores, aunque los campos de silencio se encargaron de que los ruidos apenas resultaran audibles. Los Jugadores fueron emergiendo de entre las sombras que cubrían la rampa. Algunos saludaban a la multitud que había acudido para verles jugar, mientras que otros no le prestaban ninguna atención.

Horza reconoció a unos cuantos. Los que conocía —o aquellos de los que había oído hablar— eran Ghalssel, Tengayet Doy-Suut, Wilgre y Neeporlax. Ghalssel, de los Incursores de Ghalssel…, probablemente la Compañía Libre con más éxitos en su haber. Horza había oído llegar a la nave mercenaria desde más de once kilómetros de distancia mientras estaba haciendo el trato con la mujer que le compró la lanzadera. La mujer se había quedado como paralizada y se le vidriaron los ojos. Horza no quiso preguntarle si creía que aquel ruido indicaba la llegada de la Cultura y la destrucción del Orbital unas horas antes de lo anunciado o, sencillamente, que venían a por ella por haber comprado una lanzadera de procedencia dudosa.

Ghalssel era un hombre de aspecto corriente, lo bastante corpulento como para que estuviera claro que había nacido en un planeta de alta gravedad, pero sin la apariencia de poder contenido y compacto que suelen poseer la mayoría de esas personas. Vestía con sencillez y llevaba la cabeza totalmente afeitada. Los rumores afirmaban que sólo las estrictas reglas de una partida de Daño podían obligar a Ghalssel a quitarse el traje espacial que era su eterno atuendo.

Tengayet Dot-Suut era muy alto. Tenía la piel oscura y también vestía con sencillez. El Suut era el Jugador Campeón de Daño, tanto en promedio de partidas como en ganancias y créditos máximos. Llegó de un planeta que había sido Contactado recientemente, hacía veinte años. Se rumoreaba que en su mundo de origen también era un gran campeón de todos los juegos basados en el azar y el farol. Allí era donde se había hecho extirpar la cara, sustituyéndola por una máscara de acero inoxidable. Sólo los ojos seguían teniendo vida: dos joyas blandas carentes de expresión incrustadas en el metal bruñido. La máscara tenía un acabado mate para impedir que sus oponentes vieran el reflejo de las cartas en ella.

Wilgre necesitó la ayuda de unos cuantos esclavos de su séquito para subir por la rampa. El gigante azul de Ozleh vestía una túnica espejo, y daba la impresión de ir siendo propulsado por las minúsculas siluetas humanas que le seguían, aunque de vez en cuando el extremo de su túnica se movía para mostrar como sus cuatro piernas rechonchas luchaban por impulsar su inmenso cuerpo rampa arriba. Sus manos sostenían un gran espejo y un látigo de plomo en cuyo extremo había un ro-gothur cegado —sus cuatro patas estaban recubiertas de metales preciosos, su hocico quedaba oculto por un bozal de platino y sus ojos habían sido sustituidos por esmeraldas—, que hacía pensar en una esbelta pesadilla del más puro color blanco. La gigantesca cabeza del animal se movía de un lado para otro mientras utilizaba su sentido ultrasónico para captar lo que le rodeaba. Las treinta y dos concubinas de Wilgre ocupaban una terraza situada casi en línea recta ante la de Horza. Cuando vieron a su señor arrojaron a un lado sus velos corporales y se dejaron caer sobre las rodillas y los codos para adorarle. Wilgre las saludó moviendo el espejo. Casi todos los teleobjetivos de aumento y microcámaras que habían logrado entrar en el auditorio burlando la vigilancia de los guardias giraron sobre sus ejes para enfocar a las treinta y dos hembras de aquel harén que tenía la reputación de ser el más soberbio y escogido de toda la galaxia conocida.

Neeporlax ofrecía un cierto contraste con los demás. Su flaca y desgarbada silueta vestida con una túnica no muy limpia avanzó por la rampa parpadeando bajo las luces de la arena mientras su mano aferraba un muñeco de peluche. El chico era el segundo mejor Jugador de Daño de la galaxia, pero siempre regalaba sus ganancias y hasta el hotel de taxicamas más mugriento se lo habría pensado dos veces antes de admitirle como cliente. Neeporlax estaba medio ciego, sufría incontinencia urinaria, tenía aspecto de encontrarse seriamente enfermo y era albino. Solía perder el control de su cabeza en los momentos más tensos del juego, pero sus manos sostenían las holocartas tan firmemente como si estuvieran incrustadas en un peñasco. Neeporlax también necesitó ayuda para subir por la rampa. Una joven le acompañó hasta su sillón, le peinó, le dio un beso en la mejilla y fue a la zona de los doce asientos, colocándose inmediatamente detrás de Neeporlax.

Wilgre alzó una de sus rechonchas manos azules y arrojó unos cuantos centesimos ala multitud que se había congregado detrás de las vallas. Los espectadores lucharon entre sí para apoderarse de las monedas. Wilgre tenía la costumbre de arrojar unas cuantas monedas de valor bastante más alto entre los centésimos. Antes de una partida celebrada hacía varios años dentro de una luna que se dirigía hacia un agujero negro arrojó un billón junto con la calderilla, desprendiéndose de lo que bien podía ser una décima parte de su fortuna con un mero giro de la muñeca. Wilgre, un vagabundo de los asteroides en plena decrepitud que había sido rechazado como Vida porque sólo tenía un brazo, había acabado convirtiéndose en propietario de un planeta entero.

El resto de los Jugadores formaban un grupo variopinto, pero Horza no les conocía…, con una excepción. Tres o cuatro de ellos fueron acogidos con vítores y algunos fuegos artificiales, por lo que era de suponer que tenían cierta fama; el resto eran nuevos o fueron recibidos con un silencio desdeñoso.

El último jugador que subió por la rampa era Kraiklyn.

Horza se reclinó en su diván y sonrió. El líder de la Compañía Libre se había hecho practicar una pequeña alteración facial temporal —probablemente un estiramiento—, y se había teñido el cabello, pero no cabía duda de que era él. Vestía un traje de una sola pieza de color claro, iba afeitado y tenía el cabello castaño. Los otros tripulantes de la Turbulencia en cielo despejado quizá no le hubieran reconocido, pero Horza le había observado con mucha atención, fijándose en sus movimientos, su forma de caminar y la estructura de sus músculos faciales. Para el Cambiante, Kraiklyn destacaba entre los demás Jugadores de forma tan estridente como un peñasco en un campo cubierto de guijarros.

Cuando todos los Jugadores hubieron ocupado sus puestos, las Vidas de cada uno fueron acompañadas hasta los asientos situados detrás de cada Jugador.

Todas las Vidas eran humanoides. La mayoría daban la impresión de estar ya medio muertos, aunque físicamente todos estaban intactos. Fueron llevados uno a uno hasta sus asientos y se les ató con los arneses de sujeción. Sus cabezas desaparecieron bajo los cascos negros ultraligeros que cubrían todo su rostro con excepción de los ojos. La mayoría se dejaron caer hacia adelante en cuanto se les ató al asiento. Unos pocos mantuvieron la postura erguida, pero ninguno alzó la cabeza ni miró a su alrededor. Todos los Jugadores regulares disponían del complemento máximo de Vidas permitido; algunos las hacían adiestrar en instituciones especiales, otros dejaban que sus agentes les proporcionaran el tipo de personas que deseaban. Los Jugadores menos ricos y no tan bien conocidos —como Kraiklyn—, tenían que conformarse con la cosecha de las prisiones y los asilos, y con unos cuantos depresivos a sueldo que legaban su cuota de las posibles ganancias a otra persona. Los miembros de la secta del Abatimiento solían dejarse convencer con bastante facilidad para actuar como Vidas, tanto gratuitamente como a cambio de una donación para su causa, pero Horza no vio ninguno de los tocados de varios niveles o los símbolos del ojo sangrante que distinguían a los devotos de esa secta.

Kraiklyn sólo había conseguido encontrar tres Vidas, por lo que daba la impresión de que su presencia como Jugador en la partida no sería muy larga.

La mujer de la cabellera canosa que ocupaba el diván reservado en la parte delantera de la terraza se puso en pie, se estiró y empezó a pasear por la terraza, moviéndose entre los divanes y sillones con una expresión de aburrimiento en el rostro. Cuando estaba acercándose al diván de Horza se produjo un altercado en una terraza situada detrás de ellos. La mujer se detuvo y se dedicó a observarlo. Horza se dio la vuelta. El campo de silencio no bastaba para ahogar los gritos que profería una voz masculina. Al parecer se había producido una pelea. Dos guardias de seguridad intentaban separar a dos personas que rodaban por el suelo. Los otros ocupantes de la terraza habían formado un círculo alrededor de los combatientes y les observaban, repartiendo su atención entre los preparativos de la partida de Daño y los puñetazos intercambiados ante sus ojos. Los guardias lograron levantarles, pero en vez de detener a los dos sólo sujetaron al más joven. Horza tuvo la impresión de que su aspecto le era vagamente familiar, aunque parecía haber intentado disfrazarse con una peluca rubia que estaba empezando a deslizarse sobre su cráneo.

El otro combatiente sacó lo que parecía una tarjeta del bolsillo y se la enseñó al joven, que seguía gritando. Después, los dos guardias uniformados y el hombre que había enseñado la tarjeta se alejaron llevándose al joven. El hombre de la tarjeta pasó la mano por detrás de una de las orejas del joven y se apoderó de un objeto diminuto. El joven fue medio llevado medio arrastrado hacia un túnel de acceso. La mujer de la larga cabellera canosa cruzó los brazos delante de su pecho y siguió paseando por la terraza. El círculo de espectadores de la terraza volvió a cerrarse sobre sí mismo como un agujero en una nube.

Horza observó como la mujer se abría paso por entre los divanes hasta que abandonó la terraza y la perdió de vista. Alzó los ojos. Los animales seguían girando, saltando y luchando por los aires. La sangre de color blanco que manchaba sus flancos velludos parecía brillar. Los animales gruñían en silencio y se atacaban moviendo sus largas patas delanteras, pero tanto sus acrobacias como su puntería se habían deteriorado considerablemente. Estaban empezando a cansarse y se movían con creciente torpeza. Horza volvió la cabeza hacia la mesa de los Jugadores. Todos estaban preparados, y la partida iba a empezar.

* * *

El Daño no era más que un juego de naipes bastante complicado. Exigía un poco de habilidad, un poco de suerte y un poco de osadía y capacidad para engañar a los adversarios. Lo que lo hacía tan interesante no eran sólo las grandes sumas que se jugaban y ni tan siquiera el hecho de que cada vez que un jugador perdía una vida perdía una Vida —un auténtico ser humano consciente que respiraba y se daba cuenta de lo que le ocurría—, sino el uso de complejos campos electrónicos que alteraban la conciencia en dos direcciones alrededor de la mesa.

Cuando tenía las cartas en su mano un jugador o jugadora podía alterar las emociones de un adversario, y a veces de varios. Miedo, odio, desesperación, esperanza, amor, camaradería, duda, júbilo, paranoia… Prácticamente todos los estados emocionales que el ser humano era capaz de experimentar podían ser utilizados en beneficio propio o irradiados hacia un adversario. Si se estaba lo bastante lejos o rodeado por un escudo protector, el juego podía parecer un mero pasatiempo para mentes trastornadas o no demasiado inteligentes. Un jugador con una mano de cartas obviamente buena podía arrojarla sobre la mesa negándose a utilizarla; alguien que no tenía ni un solo naipe útil podía apostar todos los créditos de que disponía; los Jugadores se echaban a llorar o reían incontrolablemente sin previo aviso y sin razón que lo justificara. Podían enamorarse locamente de un jugador a quien todos conocían como su peor enemigo, o debatirse desesperadamente intentando romper los arneses de sujeción para atacar a su mejor amigo.

O podían suicidarse. Los jugadores de Daño debían estar aprisionados en sus sillones durante toda la partida (si alguno conseguía liberarse, un ishlorsinami le disparaba inmediatamente con una potente pistola aturdidora), pero podían destruirse a sí mismos. Cada consola de juegos —el sitio desde el que las unidades emotoras irradiaban las emociones relevantes, sobre el que se jugaban las cartas y en el que los Jugadores podían ver el tiempo y el número de Vidas que les quedaban—, contaba con un botoncito hueco en cuyo interior había una aguja envenenada lista para inyectar su dosis mortal en el dedo que lo pulsara.

El Daño era uno de esos juegos en los que no resulta prudente hacerse demasiados enemigos. Sólo quienes tenían una inmensa fuerza de voluntad podían resistir el impulso apremiante de suicidarse implantado en sus cerebros por el ataque concertado de media mesa de Jugadores.

Al final de cada mano el Jugador que tenía más puntos recogía el dinero apostado, y todos los Jugadores que habían participado en la apuesta perdían una Vida. Cuando no les quedaba ninguna debían abandonar la partida, igual que ocurría si se quedaban sin dinero. Las reglas decían que la partida terminaba cuando sólo quedaba un Jugador que siguiera disponiendo de alguna Vida, aunque en la práctica terminaba cuando los Jugadores no eliminados hasta el momento se ponían de acuerdo y decidían que si la partida duraba más tiempo lo más probable era que perdiesen sus propias Vidas a causa del desastre inminente bajo cuya sombra se había celebrado toda la partida. La proximidad del momento de la destrucción podía hacer que el final de una partida resultara muy interesante. Si la mano había durado cierto tiempo y había una gran cantidad de dinero apostado era muy posible que uno o varios Jugadores no estuvieran dispuestos a dar la partida por terminada. Ése era el momento en que los sofisticados quedaban separados de los simios, y la partida de Daño se convertía más que nunca en un juego de nervios. Algunos de los mejores Jugadores de Daño del pasado habían perecido intentando superarse los unos a los otros en circunstancias semejantes.

Desde el punto de vista de un espectador, el atractivo especial del Daño consistía en que cuanto más cerca estuvieras de la unidad emotora de algún participante más te afectaban las emociones que estaba experimentando. Los escasos centenares de años transcurridos desde que el Daño se convirtió en un juego tan selecto pero popular habían hecho surgir toda una subcultura de personas adictas a esas emociones y sentimientos de tercera mano: los emóticos.

Había otros grupos que también jugaban al Daño. Los Jugadores de la Víspera de la Destrucción eran el más famoso y el más rico. Los emóticos podían obtener su dosis de droga emocional en montones de sitios esparcidos por toda la galaxia, pero las experiencias más intensas sólo podían obtenerse en una partida celebrada al filo de la aniquilación y donde participaran los mejores Jugadores (más algunos que aspiraban a tal categoría). Cuando descubrió que el pase de acceso más barato costaba el doble de la cantidad de dinero que había ganado vendiendo la lanzadera, Horza estaba haciéndose pasar por uno de aquellos infortunados. Sobornar al guardia de una puerta le había costado mucho menos dinero.

Los auténticos emóticos se amontonaban detrás de la valla que les separaba de las Vidas. Dieciséis grupos de personas sudorosas y aspecto muy nervioso —casi todos varones, como ocurría entre los Jugadores—, se debatían e intentaban conseguir un sitio en primera fila, lo más cerca posible de la mesa y de los Jugadores.

Horza les observó mientras el ishlorsinami repartía las cartas. Los emóticos daban saltos intentando ver lo que ocurría, y los guardias de seguridad provistos de cascos dispersores que repelían las radiaciones de las unidades emotoras patrullaban el perímetro de las vallas, moviéndose con mucha cautela y rozando ocasionalmente algún muslo o la palma de la mano de un emótico con aguijones neurónicos.

—Sarble el Ojo… —dijo alguien cerca de él, y Horza se dio la vuelta.

Un humano de aspecto cadavérico tumbado en un diván situado un poco detrás y a la izquierda de Horza estaba hablando con otro y señalaba hacia la terraza donde se había producido el altercado de unos minutos antes. Horza oyó las palabras «Sarble» y «descubierto» unas cuantas veces más procedentes de varias direcciones distintas a medida que la noticia se iba difundiendo. Volvió a concentrar su atención en el juego, y vio que los Jugadores estaban inspeccionando las cartas que les habían tocado en suerte. Las apuestas empezaron unos instantes después. Horza pensó que era una pena que hubiesen descubierto al reportero, pero eso quizá hiciera que los guardias de seguridad relajaran un poco su vigilancia, dándole más posibilidades de pasar desapercibido y de que nadie le pidiera su pase.

Horza estaba sentado a cincuenta metros del jugador más cercano, una mujer cuyo nombre había oído mencionar pero que ya no recordaba. A medida que se desarrollaba la primera mano su mente captó versiones muy tenues de lo que estaba sintiendo y lo que los demás jugadores le estaban haciendo sentir. Aun así la experiencia le pareció bastante desagradable, por lo que conectó el campo dispersor del diván usando el pequeño control incrustado en uno de sus brazos. De haberlo querido habría podido eliminar el efecto producido por la jugadora detrás de la que estaba sentado y sustituirlo por los efectos de cualquier otra unidad emotora de la mesa. La intensidad del efecto así obtenido era mucho menor de la que experimentaban los emóticos o las Vidas, pero no cabía duda de que le habría dado una buena idea de lo que estaban sintiendo los Jugadores. La mayoría de quienes le rodeaban estaban utilizando los controles con ese fin, pasando de un jugador a otro en un intento de evaluar el estado general de la partida. Horza se concentraría en las emociones de Kraiklyn cuando la partida llevara cierto tiempo, pero por ahora sólo quería captar el aura general de emociones que rodeaba al juego.

Kraiklyn se retiró de la primera mano lo bastante pronto para asegurarse de que no perdería una Vida cuando llegara a su fin. Tenía tan pocas Vidas a su disposición que ése era el rumbo de acción más prudente, a menos que la suerte le entregara una mano de cartas realmente magnífica. Horza observó atentamente a Kraiklyn mientras éste se reclinaba en su asiento y se relajaba. Su unidad emotora no estaba transmitiendo prácticamente nada. Kraiklyn se lamió los labios y se pasó la mano por la frente. Horza decidió que durante la siguiente mano conectaría con Kraiklyn para saber qué se sentía jugando al Daño.

La mano llegó a su fin. Wilgre fue el ganador. Saludó con el brazo agradeciendo los vítores de la multitud. Algunos emóticos ya se habían desmayado; el rogothur rugía dentro de su jaula al otro extremo del elipsoide. Cinco Jugadores perdieron Vidas; cinco humanos que habían permanecido inmóviles presa de la desesperanza y el abatimiento mientras los efectos de los campos emotores aún vibraban dentro de ellos quedaron repentinamente fláccidos en sus asientos cuando los cascos saturaron sus cráneos con una descarga neural lo bastante fuerte para aturdir a las Vidas que estaban sentadas junto a ellos. Los eméticos más cercanos se encogieron sobre sí mismos, igual que el Jugador a quien pertenecía cada una de las Vidas perdidas en la mano.

Los ishlorsinami abrieron los arneses que mantenían sujetos a los humanos muertos y se los llevaron por la rampa de acceso. Las Vidas restantes se fueron recobrando poco a poco, pero siguieron tan inmóviles y abatidas como antes. Los ishlorsinami afirmaban comprobar de la forma más rigurosa que cada Vida estaba realmente decidida a desempeñar tal función, y decían que las drogas que les administraban sólo servían para impedir que se pusieran histéricas, pero se rumoreaba que había algunas formas de engañar al proceso de verificación empleado por los ishlorsinami, y que algunas personas habían logrado librarse de sus enemigos dragándolos o hipnotizándolos y haciendo que se ofrecieran como «voluntarios» para participar en el juego.

Nada más empezar la segunda mano Horza ajustó el monitor de su diván para experimentar las emociones de Kraiklyn. La mujer de la cabellera canosa apareció por el pasillo y volvió a ocupar su sitio delante de Horza en la parte frontal de la terraza, dejándose caer con una expresión de cansancio sobre el diván como si estuviera aburriéndose terriblemente.

Horza no sabía lo suficiente sobre el Daño en tanto que juego de cartas como para poder seguir de forma exacta el desarrollo de la mano, ya fuese leyendo las emociones que iban circulando por la mesa o analizando cada mano después de que hubiera terminado —como estaban haciendo con la primera mano los ruidosos trípedos que tenía al lado—, cuando los datos sobre cómo habían sido repartidas y jugadas las cartas aparecían en los circuitos de transmisión interna de la arena. Aun así, decidió sintonizar las emociones de Kraiklyn para hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo en el interior de su cabeza.

El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba siendo atacado desde varias direcciones distintas a la vez. Algunas de las emociones eran contradictorias, por lo que Horza supuso que no se estaba haciendo ningún esfuerzo concertado con Kraiklyn como objetivo. Por el momento, sólo tenía que soportar los efectos del armamento secundario de los demás Jugadores. Había un considerable impulso de sentir simpatía por Wilgre. Ese color azul tan atractivo…, además, con esas cuatro patitas diminutas no podía ser ninguna amenaza demasiado seria… La verdad es que pese a todo su dinero resultaba bastante cómico e inofensivo. En cambio la mujer que estaba sentada a la derecha de Kraiklyn… Desnuda hasta la cintura, sin pechos y con la vaina de una espada ceremonial colgando a través de su espalda… Había que vigilarla atentamente… Claro que, después de todo, aquello era más bien risible… Nada tiene importancia; todo es una broma, un chiste; la vida es una broma, el juego es una broma… Si lo piensas con detenimiento todas las cartas se parecen mucho, ¿no? Bah, para lo que importa tanto da que las arrojes al aire… Ya casi le había llegado el turno de jugar… Primero esa puta con el pecho tan liso como una tabla… Oh, chico, tenía una carta que iba a acabar con ella…

Horza desconectó el monitor. No estaba seguro de si había captado lo que Kraiklyn pensaba de la mujer o lo que algún adversario estaba intentando hacerle pensar de ella.

Volvió a sintonizar los pensamientos de Kraiklyn más avanzada la mano, cuando la mujer ya había quedado fuera y estaba relajándose con los ojos cerrados y la espalda apoyada en el sillón. (Horza le lanzó una breve mirada a la mujer de la cabellera canosa reclinada en el diván que tenía delante; parecía estar observando la partida, pero tenía una pierna pasada sobre el brazo del diván y la balanceaba hacia atrás y hacia adelante, como si su mente estuviera muy lejos de allí.) Kraiklyn se sentía estupendamente. Para empezar, la zorra había quedado fuera de la mano, y estaba seguro de que eso se debía a alguna de las cartas que había jugado, pero también había una especie de júbilo interior… Aquí estaba, jugando al Daño con los mejores jugadores de toda la galaxia… Los Jugadores, nada menos. Él. Él… (un repentino pensamiento inhibitorio bloqueó el nombre que su mente iba a formar), y la verdad es que no lo estaba haciendo nada mal… Estaba logrando mantenerse a su altura… De hecho, esta mano tenía un aspecto condenadamente bueno… Ah, sí, las cosas empezaban a ir bien… Por fin… Iba a ganar algo… Ya había tenido demasiados problemas…, bueno, estaba eso de… ¡Piensa en las cartas! (de repente) ¡Piensa en el aquí y el ahora! Sí, las cartas… Veamos… Puedo liquidar a esa vaca azul con… El Cambiante cortó la conexión.

Estaba sudando. Nunca había llegado a imaginarse la clase de retroalimentación procedente del cerebro del Jugador que se alcanzaba en aquellas situaciones. Había creído que sólo recibiría las emociones; no había soñado que pudiera meterse hasta tal punto en la mente de Kraiklyn. Y, aun así, esto sólo era una pequeña parte de todo lo que Kraiklyn, los eméticos y las Vidas que había detrás de él estaban recibiendo. Era una auténtica retroalimentación, sólo que bajo control y deteniéndose cuando le faltaba muy poco para convertirse en el equivalente emocional del sonido que emite un altavoz saturado, aumentando de nivel incesantemente hasta llegar a la destrucción… El Cambiante comprendió el atractivo del juego, y por qué algunas personas habían llegado a enloquecer durante una partida.

Y por mucho que le hubiera disgustado la experiencia, Horza sintió un nuevo respeto hacia el hombre a quien como mínimo pretendía suplantar.., y, muy probablemente, matar.

Kraiklyn poseía una cierta ventaja. Las emociones y pensamientos que recibía emanaban en parte de su propia mente, mientras que las Vidas y los emóticos tenían que soportar chorros de emisiones extremadamente potentes surgidos de mentes totalmente distintas a las suyas. Aun así, vérselas con lo que estaba claro que soportaba Kraiklyn debía exigir una considerable fuerza de voluntad o un largo y duro entrenamiento. Horza volvió a sintonizar su monitor. «¿Cómo se las arreglan los emóticos para aguantarlo? —pensó. Y un instante después se dijo:— Ten cuidado. Puede que todos empezaran así…»

* * *

Kraiklyn perdió la mano dos rondas de apuestas más tarde. Neeporlax, el albino medio ciego, también fue derrotado y el Suut recogió sus ganancias. La luz reflejada en los créditos aoish que tenía delante hacía brillar su rostro de acero. Kraiklyn se dejó caer contra el respaldo de su asiento. Horza sabía lo que estaba sintiendo: quería morirse. Una lenta ondulación de agonía resignada y casi agradecida atravesó a Kraiklyn desde atrás cuando su primera Vida murió, y Horza también pudo sentirla. Tanto sus rasgos como los de Kraiklyn se retorcieron en una mueca.

Horza desconectó el monitor y echó una mirada a su terminal. Había pasado menos de una hora desde que logró burlar la vigilancia de los guardias situados ante las puertas exteriores. Tenía algo de comida sobre una mesita junto a su diván, pero se puso en pie y subió por la terraza yendo hacia el paseo más cercano donde le esperaban los bares y puestos de comida.

Los guardias de seguridad estaban comprobando los pases. Horza les vio ir de una persona a otra por la terraza. Mantuvo la vista hacia el frente, pero sus ojos se fueron desplazando de un lado para otro observando los movimientos de los guardias. Una guardia de seguridad estaba casi directamente en su camino, inclinándose para pedirle su pase a una hembra de apariencia bastante avejentada tumbada sobre una cama de aire que emitía vapores perfumados alrededor de la delgada desnudez de sus piernas. La mujer estaba observando el juego con una gran sonrisa en los labios, y tardó un poco en captar la presencia de la guardia. Horza apretó el paso para dejar atrás a la guardia de seguridad cuando volviera a erguirse.

La anciana enseñó su pase y volvió a concentrar toda su atención en el juego. La guardia extendió un brazo ante Horza.

—¿Me permite ver su pase, señor?

Horza se detuvo y sus ojos recorrieron el rostro de la corpulenta joven. Después volvió la cabeza hacia el diván en el que había estado sentado.

—Lo siento, creo que me lo he dejado en mi sitio… Volveré dentro de un segundo. ¿Puedo enseñárselo entonces? Tengo un poco de prisa. —Desplazó el peso de un pie a otro y dobló ligeramente la cintura—. Me dejé llevar por las emociones de la última mano, ¿sabe? Bebí demasiado antes de que empezara la partida. Siempre igual… Nunca aprenderé. ¿Le importa?

Extendió las manos con su mejor expresión de inocencia fingiendo que iba a darle una palmadita en el hombro. Volvió a desplazar su peso de un pie al otro. Los ojos de la guardia de seguridad fueron hacia el diván donde Horza decía haberse dejado el pase.

—Bien, señor…, por ahora. Ya lo veré luego. Pero no debería dejar olvidado su pase en cualquier sitio. No vuelva a hacerlo.

—¡Claro, claro! ¡Muchas gracias!

Horza dejó escapar una carcajada y se alejó rápidamente por el paseo circular hasta encontrar un lavabo, por si la guardia de seguridad había decidido seguir observándole. Se lavó la cara y las manos, escuchó cómo una borracha canturreaba una melodía irreconocible en la sala de ecos, salió por otra puerta distinta a la que había usado para entrar y fue a otra terraza donde compró algo de comer y se tomó un refresco. Después sobornó al guardia de otra terraza. Ésta era todavía más cara que aquella en la que había estado antes, pues se encontraba junto a la ocupada por las concubinas de Wilgre. Una pared de un reluciente material negro había sido erigida en la parte trasera y los flancos de su terraza para protegerlas de las miradas indiscretas más cercanas, pero aun así el olor de sus cuerpos podía captarse en toda la terraza a la que acababa de acceder. El genotipo de las hembras del harén había sido manipulado con el fin de que resultaran asombrosamente atractivas para una amplia gama de varones humanoides, y también poseían feromonas cargadas de afrodisíacos. Antes de que Horza pudiera comprender lo que ocurría ya estaba teniendo una erección, y su cuerpo había vuelto a cubrirse de sudor. La mayoría de hombres y mujeres que le rodeaban se hallaban en un obvio estado de excitación sexual, y los que no seguían el juego en una especie de doble drogadicción exótica estaban muy ocupados con los preliminares del acto amoroso o practicando el coito. Horza volvió a activar sus glándulas inmunológicas y caminó con paso envarado hasta llegar a la parte delantera de la terraza. Dos varones y tres hembras acababan de dejar libres cinco divanes y estaban rodando por el suelo detrás de la valla. Sus ropas yacían esparcidas sobre el suelo de la terraza. Horza se sentó en uno de los divanes que habían dejado libres. Una cabeza femenina perlada de sudor emergió del amasijo de cuerpos convulsos el tiempo suficiente para mirar a Horza.

—Adelante, adelante, como si fuera tu diván —jadeó—, y si tienes ganas de…

Puso los ojos en blanco y lanzó un gemido. La cabeza volvió a desaparecer entre la masa de cuerpos.

Horza meneó la cabeza, soltó una maldición y se abrió paso hacia la salida. Su intento de recuperar el dinero que había gastado en el soborno para entrar fue recibido con una risita y una mirada de compasión.

Horza acabó sentándose en un taburete delante de una combinación de garito de apuestas y bar. Pidió un cuenco de drogas e hizo una pequeña apuesta con Kraiklyn como ganador de la siguiente mano mientras su cuerpo iba liberándose gradualmente de los efectos provocados por las glándulas sudoríparas manipuladas de las concubinas. La velocidad de su pulso fue bajando y su respiración entrecortada se normalizó; las gotas de sudor dejaron de rodar por su frente. Tomó sorbos del cuenco de drogas e inhaló los vapores mientras observaba como Kraiklyn perdía primero una mano y luego otra, aunque en la primera abandonó lo bastante pronto para no perder una Vida. Aun así, ahora sólo le quedaba una Vida. Si no disponía de nadie sentado a su espalda, un jugador de Daño podía apostar su propia vida, pero era algo bastante raro, y en aquellas partidas donde los mejores se enfrentaban a los aspirantes —como ocurría en ésta—, los ishlorsinami tenían tendencia a prohibirlo.

El capitán de la Turbulencia en cielo despejado no quería correr riesgos. Se retiró de cada mano antes de que pudiera perder una Vida. Estaba claro que esperaba una mano casi imposible de superar, y que no haría la que bien podía ser su última apuesta en el juego hasta que el azar no se la hubiera proporcionado. Horza comió. Horza bebió. Horza aspiró vapores de drogas. A veces intentaba distinguir la terraza donde había estado al principio y a la mujer de aspecto aburrido, pero las luces se lo impedían. De vez en cuando alzaba los ojos hacia los animales que luchaban en los trapecios. Estaban bastante cansados, y habían sufrido un considerable número de heridas. La elaborada coreografía de sus primeros movimientos había desaparecido, y ahora ya sólo eran capaces de aferrarse a su trapecio con una pata mientras usaban la otra para atacar cada vez que el azar les hacía acercarse lo bastante a un adversario. Gotas de sangre blanca caían de lo alto como copos de nieve dispersa y se posaban sobre el campo de fuerza invisible que había veinte metros más abajo.

Las Vidas fueron muriendo gradualmente. La partida seguía. El tiempo pasaba lentamente o se movía a la velocidad del rayo, dependiendo de donde estuvieras. El precio de las bebidas, las drogas y la comida iba subiendo lentamente a medida que se aproximaba el momento de la destrucción. Las luces de las lanzaderas que abandonaban Vavatch creaban breves estallidos de llamas visibles a través de la aún transparente cúpula de la vieja arena. Dos apostadores empezaron a pelear delante del bar. Horza se puso en pie y se alejó antes de que los guardias de seguridad se presentaran para separarlos.

Contó su dinero. Le quedaban dos décimos de crédito aoish y un poco de dinero acreditado a las tarjetas negociables, que iban volviéndose cada vez más difíciles de utilizar a medida que los ordenadores de la red financiera del Orbital capaces de aceptarlas iban dejando de funcionar.

Se apoyó en la barra del bar de una pasarela circular y observó el progreso de la partida en la mesa de abajo. Wilgre iba ganando; el Suut le seguía de cerca. Los dos habían perdido el mismo número de Vidas, pero el gigante azul tenía más dinero. Dos de los aspirantes habían abandonado la partida, uno después de haber intentado persuadir al ish-lorsinami que actuaba como arbitro de que podía permitirse el lujo de jugar apostando su propia vida y no haber conseguido convencerle. Kraiklyn seguía aguantando; pero el primer plano de su cara que Horza captó fugazmente en la pantalla de un bar de drogas ante el que pasó le dijo que el Hombre estaba teniendo serias dificultades para resistir.

Horza jugueteó con uno de los décimos de crédito aoish. Deseaba que la partida llegara a su fin o, por lo menos, que Kraiklyn abandonara. La moneda se le pegó a la mano y Horza bajó los ojos hacia ella. Era como contemplar la entrada de un tubo infinito de un diámetro minúsculo con una lucecita brillando en el fondo. Si la colocabas ante uno de tus ojos y cerrabas el otro podías sufrir un ataque de vértigo.

Los aoish eran una especie de banqueros natos, y los créditos eran su máximo invento. La galaxia no contaba con ningún otro medio de intercambio universalmente aceptado, y cada crédito daba derecho a quien lo poseyera a convertir una moneda en un peso dado de cualquier elemento estable, un área en un Orbital libre o un ordenador de una capacidad y velocidad previamente determinadas. Los aoish garantizaban la conversión y que, se supiera, siempre habían sido fieles a su palabra, y aunque el índice de intercambio podía sufrir variaciones más considerables de las oficialmente permitidas —como había ocurrido durante la guerra entre Idir y la Cultura—, en conjunto podía afirmarse que el valor real y teórico de la moneda siempre era lo bastante predecible para que resultara un medio de protección muy sólido contra tiempos inciertos, y no el mero sueño de un especulador. Los rumores —como ocurre siempre, estaban tan alejados de la realidad visible que resultaban sospechosamente dignos de credibilidad—, afirmaban que en toda la galaxia no había ningún grupo que poseyera más cantidad de monedas que la Cultura, la sociedad más militantemente antidinero de todo el escenario civilizado. Pero Horza no creía en esos rumores. De hecho, pensaba que eran justamente el tipo de rumores sobre sí misma que la Cultura disfrutaría propalando.

Vio que Kraiklyn extendía el brazo hacia el centro de la mesa y arrojaba algunas monedas sobre el ya considerable montón acumulado. Horza se guardó el dinero en un bolsillo interior de su blusa. El Cambiante fue hacia el bar-puesto de cambios más cercano observando con mucha atención todo lo que le rodeaba, recibió ocho centesimos a cambio de un décimo (la comisión resultaba exorbitante incluso para lo que solía ser habitual en Vavatch) y utilizó parte del cambio como soborno para entrar en una terraza donde había algunos divanes vacíos. Una vez allí sintonizó los pensamientos de Kraiklyn.

¿Quién eres? La pregunta surgió de la nada y se adentró en las profundidades de su ser.

* * *

La sensación participaba del vértigo y del mareo más terrible. Era un equivalente considerablemente aumentado de la desorientación que pueden sufrir los ojos cuando se concentran en un dibujo sencillo y muy regular, y el cerebro acaba no sabiendo calcular la distancia que le separa de ese dibujo. El foco falso parece tirar de los ojos, los músculos luchan contra los nervios y la realidad se debate contra lo que se da por seguro. No era que la cabeza le estuviese dando vueltas. Tenía la impresión de estarse hundiendo, como si manoteara en el vacío.

¿Quién eres? (¿Quién soy?) ¿Quién eres?

Golpe, golpe, golpe; el sonido de barrotes cayendo para encerrarle, el sonido de puertas cerrándose; ataque y encarcelamiento, explosión y derrumbe al mismo tiempo.

No era más que un pequeño accidente. Un ligero error. Una de esas cosas que pasan. Una partida de Daño y un impresionista de alta tecnología…, qué combinación tan infortunada. Dos productos químicos inofensivos por separado que al mezclarse… Retroalimentación, un aullido que se parecía al dolor, y algo que se rompía…

Una mente entre espejos. Estaba ahogándose en su propio reflejo (algo que se rompía), cayendo a través de él. Una parte de su ser estaba desvaneciéndose…, ¿la parte que no dormía? ¿Sí? ¿No? Oyó un grito que surgía de las oscuras profundidades del pozo en el que estaba cayendo: Cambiante…, Cambiante…, Cambiante… (eeee)…

* * *

El sonido fue disminuyendo hasta convertirse en un susurro, y el susurro se desvaneció para convertirse en el gemido del aire estancado moviéndose por entre los árboles muertos de un desolado solsticio de medianoche, el alma del invierno en algún lugar tranquilo y de pétrea dureza.

Sabía…

(Vuelve a empezar…)

Alguien sabía que en algún lugar había un hombre sentado en un sillón en un inmenso auditorio en una ciudad en…, un lugar muy grande, un lugar muy grande amenazado por algún peligro; y el hombre estaba jugando…, estaba jugando a un juego (un juego que mataba). El hombre seguía allí, vivo y respirando… Pero sus ojos no veían y sus oídos no captaban ningún sonido. Ahora sólo conservaba un sentido, el que se encontraba dentro de él, aprisionado…, ahí, en las profundidades de su ser.

Un murmullo: ¿Quién soy?

Se había producido un pequeño accidente (la vida es una sucesión de accidentes; la evolución depende de los errores y los tropiezos; todo el progreso es una mera función de que las cosas vayan mal)…

Él (y olvida quién es este «él», limítate a aceptar el término carente de nombre mientras esta ecuación se resuelve a sí misma)…, él es el hombre sentado en el sillón en el gran auditorio, el que ha caído en alguna sima dentro de sí mismo, en algún lugar de su ser…, otro. Un doble, una copia, alguien que finge ser él.

Pero en esta teoría hay algo que no encaja…

(Vuelve a empezar…)

Haz acopio de fuerzas.

Necesito pistas, puntos de referencia, algo a lo que agarrarme.

El recuerdo de una célula dividiéndose vista fotograma por fotograma, el mismísimo comienzo de la vida independiente que, aun así, sigue siendo dependiente. Retén esa imagen…

Palabras (nombres); necesito palabras.

Todavía no, pero…, algo está a punto de moverse y dar la vuelta; un lugar…

¿Qué estoy buscando?

Mente.

¿La mente de quién?

(Silencio.)

¿La mente de quién?

Silencio

¿La mente de quién?

Silencio.

(…Vuelve a empezar…)

Escucha. Todo esto es cosa del shock. Te han dado, y con mucha fuerza. Esto no es más que alguna forma de shock, y te recuperarás.

Eres el hombre que está jugando el juego (como todos)… Aun así, algo anda mal, hay algo que falta y, al mismo tiempo, hay algo que no estaba antes. Piensa en esos errores vitales; piensa en esa célula que se divide, la misma y distinta a la vez, el lugar que está vuelto del revés, el grupo de células que se vuelve del revés a sí mismo, el que parece un cerebro partido en dos (sin dormir, moviéndose). Escucha con atención a quien intenta hablar contigo…

Silencio.

(Y todo esto llega desde ese abismo de noche, desnudo en la tierra baldía, el gemir del viento helado su única protección y atuendo, sólo en la oscuridad bajo un gélido cielo de obsidiana.)

¿Quién ha intentado hablar conmigo? Nadie lo ha intentado, nunca. ¿Cuándo escuché? ¿Cuándo fui nada salvo yo mismo, cuándo me preocupé por alguien que no fuera yo mismo?

El individuo es el fruto del error; por lo tanto sólo el proceso tiene validez… Bien, ¿quién va a hablar en su nombre?

El viento aúlla, y su gemir carente de significado se lleva consigo el calor y acaba con toda la esperanza, distribuyendo el calor de su cuerpo agotado por los negros cielos, disolviendo la llama salada de su existencia, helándole hasta el núcleo, erosionando y frenando. Vuelve a sentir que está cayendo, y sabe que esta vez el abismo es aún más profundo y que sólo terminará allí donde el silencio y el frío son absolutos, allí donde nunca se oye gritar ninguna voz, ni tan siquiera ésta…

(Una voz que es como el aullido del viento:) ¿Hubo alguien a quien le importara lo suficiente para hablar conmigo?

(Silencio).

¿Hubo alguien…?

(Silencio).

¿Hubo…?

(Un murmullo:) Escucha: «Los Jinmoti de…»

…Bozlen Dos.

Dos. Alguien había hablado en una ocasión. Era el Cambiante, era el error, la copia imperfecta.

Estaba jugando un juego distinto al del otro (pero seguía teniendo la intención de acabar con una Vida). Estaba observando, sintiendo lo que sentía el otro, pero sintiendo más cosas que él.

Horza. Kraiklyn.

Ahora lo sabía. El juego era… el Daño. El lugar era… un mundo donde una cinta de la idea original había sido vuelta del revés… Un Orbital: Vavatch. La Mente en el Mundo de Schar. Xoralundra. Balveda. ¡La (encontró su odio y lo clavó en la pared del abismo, como si fuera un garfio del que colgar una cuerda) Cultura!

Una brecha en la pared celular; las aguas abriéndose paso; la luz liberándose, la iluminación… que llevaba al renacimiento.

Peso, frío y claridad, una luz brillante…

Mierda. Bastardos… Lo he perdido todo gracias a un Abismo de Auto-Duda…

Una ola de furia impotente recorrió todo su ser y algo murió.

* * *

Horza se arrancó la frágil conexión del monitor de la cabeza. Se quedó inmóvil en el diván con el cuerpo tembloroso, los ojos irritados y llenos de legañas, contemplando las luces del auditorio y los dos animales medio muertos que seguían luchando el uno con el otro suspendidos de los trapecios. Se obligó a cerrar los ojos, y volvió a abrirlos para escapar de la oscuridad.

El Abismo de la Auto-Duda. Kraiklyn había sido atacado por cartas que hacían dudar de su propia identidad al jugador que era objeto de la ofensiva. A juzgar por el tenor de los pensamientos de Kraiklyn antes de que se arrancara la conexión, el Cambiante tuvo la impresión de que Kraiklyn no se había dejado dominar por el terror, sino de que había sufrido una mera desorientación momentánea. El ataque le había distraído lo suficiente para perder la mano, y eso era todo lo que sus oponentes pretendían. Kraiklyn había quedado eliminado de la partida.

El efecto sobre él, que intentaba ser Kraiklyn pero sabía que no lo era, había sido bastante más severo. No había ningún misterio. Horza estaba seguro de que cualquier Cambiante habría tenido el mismo problema que él…

Los temblores empezaron a desvanecerse. Se sentó y puso los pies en el suelo. Tenía que marcharse. Kraiklyn no tardaría en marcharse, y no le quedaba más remedio que seguirle.

«Cálmate, maldita sea.»

Bajó los ojos hacia la mesa. La mujer sin pechos había ganado. Kraiklyn le lanzó una mirada feroz mientras la mujer recogía sus ganancias y los ishlorsinami le libraban del arnés de sujeción. Kraiklyn abandonó la arena y pasó junto al cuerpo fláccido y todavía caliente de su última Vida justo cuando la liberaban de sus ataduras.

Pateó el cadáver y la multitud le abucheó.

Horza se puso en pie, giró sobre sí mismo y tropezó con un cuerpo muy duro que resistió el impacto sin retroceder ni un milímetro.

—¿Puedo ver ese pase ahora, señor? —preguntó la guardia de seguridad a la que había mentido antes.

Horza sonrió con nerviosismo. Era consciente de que aún temblaba un poco; tenía los ojos enrojecidos y su rostro estaba cubierto de sudor. La guardia de seguridad le contemplaba fijamente con el rostro inexpresivo. Algunas de las personas que llenaban la terraza les estaban observando.

—Yo… Lo siento —dijo el Cambiante hablando muy despacio mientras se palmeaba los bolsillos con manos temblorosas.

La guardia de seguridad alargó el brazo y le cogió por el codo izquierdo.

—Quizá sería mejor que…

—Oiga —dijo Horza inclinándose hacia ella—, yo… No tengo pase. ¿Se conformaría con un soborno?

Empezó a meter la mano dentro de la blusa para coger sus créditos. La guardia de seguridad le golpeó con la rodilla y le retorció el brazo izquierdo por detrás de la espalda. Hizo todo aquello de la forma más experta concebible, y Horza tuvo que dar un salto hacia atrás para que el rodillazo no fuera demasiado doloroso. Permitió que su hombro izquierdo se desconectara y empezó a doblarse sobre sí mismo, pero no antes de que su mano izquierda hubiera arañado ligeramente el rostro de la mujer (y mientras se dejaba caer comprendió que eso había sido una reacción instintiva y no algo razonado. No estaba muy seguro del porqué, pero le pareció bastante divertido.)

La guardia de seguridad le cogió por el otro brazo y le inmovilizó las dos manos a la espalda usando su guante de sujeción para dejarlas atrapadas en esa postura. Alzó la otra mano y se limpió la sangre del rostro. Horza había quedado de rodillas sobre la superficie de la terraza, y estaba gimiendo como gemiría casi todo el mundo si tuviera un brazo roto o dislocado.

—Tranquilos, no pasa nada. No es más que un pequeño problema con un pase… Por favor, sigan divirtiéndose —dijo la guardia de seguridad. Alzó el brazo y el guante de sujeción tiró de Horza obligándole a incorporarse. Horza lanzó un chillido de dolor fingido y fue empujado por los peldaños que llevaban al paseo con la cabeza gacha—. Siete tres, siete tres; varón código verde por paseo siete en el sentido de la rotación —dijo la mujer por el micrófono de su solapa.

Horza sintió cómo su captora empezaba a debilitarse apenas llegaron al paseo. Aún no podía ver a ningún otro guardia. Los pasos de la mujer que iba detrás de él se fueron haciendo más lentos y vacilantes. La oyó jadear, y un par de borrachos apoyados en el mostrador de un autobar les lanzaron una mirada de perplejidad. Otro cliente giró sobre su taburete para observarles.

—Siete… tr… —balbuceó la guardia de seguridad.

Se le doblaron las rodillas. Horza se vio arrastrado con ella. Los músculos del cuerpo de la mujer estaban relajándose, pero el guante de sujeción seguía tan rígido como antes. Horza volvió a conectar las sensaciones de su hombro, ejerció presión y se contorsionó. Los filamentos del campo contenido en el guante acabaron cediendo, dejándole con el comienzo de unos moretones lívidos en sus muñecas. La guardia de seguridad yacía de espaldas sobre el suelo del paseo con los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Horza pensó que debía de haberla arañado con una uña de veneno no letal; pero no podía quedarse el tiempo suficiente para averiguarlo. Estaba seguro de que no tardarían en venir más guardias, y no podía permitir que Kraiklyn le cogiera demasiada delantera. Tanto si volvía a la nave —era lo que suponía que iba a hacer— como si se quedaba para seguir observando la partida, Horza quería estar cerca de él.

El capuchón se le había caído cuando la mujer le arrastró al suelo. Se tapó la cabeza, alzó el cuerpo de la guardia de seguridad y la llevó hasta el autobar donde estaban los dos borrachos. La instaló en uno de los taburetes, le cruzó los brazos por delante del cuerpo colocándolos sobre el mostrador y dejó que su cabeza bajara hasta quedar apoyada en ellos.

El borracho que había estado observando lo ocurrido le sonrió. Horza intentó devolverle la sonrisa.

—Bueno, cuide de ella —dijo.

Vio la capa que había junto al taburete del otro borracho, se volvió hacia su propietario con una sonrisa en los labios y la cogió. El borracho estaba demasiado ocupado pidiendo otra bebida y no se dio cuenta de nada. Horza colocó la capa sobre los hombros de la mujer ocultando su uniforme.

—Para que no coja frío —le dijo al primer borracho, quien asintió con la cabeza.

Horza se alejó sin hacer ruido. El segundo borracho, que no se había fijado en la mujer hasta entonces, cogió su bebida del panel que se había abierto ante él, vio a la mujer cubierta con la capa apoyada en el mostrador y le dio un codazo.

—Eh, parece que te gusta mi capa, ¿verdad? —le dijo—. ¿Quieres que te invite a tomar algo?

Antes de abandonar el auditorio, Horza miró hacia arriba. Los animales de combate ya no volverían a luchar. Una de las bestias flotaba en un gran charco de sangre lechosa bajo el aro reluciente que era el extremo más distante —y, por ahora, diurno—, de Vavatch. Los cuatro miembros de su inmenso cuerpo formaban una X suspendida sobre la mesa de juego. El vello oscuro y la gran cabeza estaban manchados de sangre y cubiertos de heridas. La otra criatura colgaba de su trapecio balanceándose lentamente. Su cuerpo goteaba sangre blanca y giraba sobre sí mismo suspendido de una zarpa envarada por la rigidez cadavérica. Estaba tan muerto como su adversario.

Horza se devanó los sesos, pero no logró recordar los nombres de aquellas extrañas bestias. Meneó la cabeza y se alejó lo más deprisa posible.

* * *

Encontró la zona de Jugadores. Un ishlorsinami estaba inmóvil ante los dos paneles de una puerta en el comienzo de un pasillo situado muy por debajo de la superficie de la arena. Una pequeña multitud de personas y máquinas esperaba de pie o sentada a su alrededor. Algunas estaban haciéndole preguntas al silencioso ishlorsinami; la mayoría hablaban entre ellos. Horza tragó una honda bocanada de aire y se abrió paso a codazos por entre el gentío agitando sus ahora inservibles tarjetas de crédito negociables.

—Seguridad, venga, apártense, déjenme pasar —iba diciendo—. ¡Seguridad!

La gente protestaba pero se apartaba ante él. Horza se plantó delante del ishlorsinami. Unos ojos que parecían hechos de acero le contemplaron desde un rostro de rasgos muy delgado y expresión impasible.

—Tú —dijo Horza chasqueando los dedos—. ¿Adónde ha ido ese Jugador? El que viste un traje de una pieza color claro y los cabellos castaños.

El humanoide vaciló.

—Venga, venga —dijo Horza—. He estado persiguiendo a ese tramposo por media galaxia, y no quiero perderle ahora que estoy tan cerca de él.

El ishlorsinami señaló con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a la entrada principal de la arena.

—Acaba de marcharse.

La voz del humanoide hacía pensar en dos trozos de cristal frotándose el uno con el otro. Horza torció el gesto, pero asintió rápidamente, volvió a abrirse paso entre la multitud y echó a correr por el pasillo.

En el vestíbulo del complejo de la arena había una multitud todavía mayor. Guardias, robots de seguridad provistos de ruedas, guardaespaldas privados, conductores, pilotos de lanzadera, policías de la ciudad; gente con cara de desesperación que agitaba tarjetas negociables; gente haciendo listas de las personas que estaban comprando espacio en alguna de las lanzaderas-autobús o aerodeslizadores que no tardarían en partir hacia la zona del puerto; gente que se limitaba a rondar por allí para ver lo que iba a ocurrir o tenía la esperanza de ver aparecer el taxi que habían solicitado; gente que vagaba de un lado para otro con expresiones de aturdimiento en sus rostros; otros que sonreían y se pavoneaban sosteniendo bolsas o maletines pegados a sus cuerpos, y que solían ir acompañados por algún guardia particular al que acababan de contratar… Todos iban y venían por aquel inmenso espacio atestado de cuerpos y ruidos que llevaba del auditorio propiamente dicho a la plaza y al aire libre bajo las estrellas y la línea iluminada del extremo más alejado de Vavatch.

Horza tiró de su capuchón y se abrió paso a través de una barricada de guardias. Los guardias parecían obsesionados con no dejar entrar a nadie incluso en esta etapa final del juego y la cuenta atrás de la destrucción. Horza quería salir, y no le pusieron ningún obstáculo. El Cambiante contempló la masa remolineante de cabezas, capas, cascos, tocados y adornos mientras se preguntaba cómo se las arreglaría para alcanzar a Kraiklyn entre semejante confusión. Hasta verle parecía imposible. Una cuña de cuadrúpedos uniformados pasó junto a él con algún alto dignatario tumbado sobre una litera en el centro. Horza aún no había logrado recobrar el equilibrio cuando un neumático se deslizó sobre su pie. El neumático pertenecía a un bar móvil que iba pregonando su amplia gama de bebidas y drogas.

—¿Le gustaría tomarse algún cóctel de drogas, señor? —le preguntó la máquina.

—Vete a la mierda —respondió Horza, y se dio la vuelta para seguir a la cuña de criaturas con cuatro patas que se dirigía hacia las puertas.

—Desde luego, señor. ¿Seco, normal o…?

Horza se abrió paso a codazos por entre la multitud siguiendo a los cuadrúpedos. Logró alcanzarles, se pegó a su retaguardia y logró llegar hasta las puertas sin demasiadas dificultades.

Fuera la atmósfera era sorprendentemente fría. Horza vio las nubecillas de su aliento ante él mientras miraba rápidamente a su alrededor intentando localizar a Kraiklyn. La multitud que había fuera de la arena parecía casi tan compacta y numerosa como la del interior. La gente pregonaba sus mercancías, vendía entradas, se tambaleaba o paseaba de un lado para otro, intentaba mendigar dinero de cualquier desconocido, robaba carteras, observaba los cielos o los grandes espacios despejados que había entre los edificios. Un desfile interminable de máquinas relucientes caía del cielo con un rugido o emergía de los bulevares. Los aparatos se detenían unos momentos y se alejaban a toda velocidad repletos de personas.

Horza no podía ver nada. Se fijó en un guardia gigantesco, un coloso de tres metros con un traje espacial muy pesado que blandía una pistola enorme y miraba a su alrededor con ojos inexpresivos. Tenía la piel muy pálida y unos mechones pelirrojos asomaban por debajo de su casco.

—¿Estás libre? —preguntó Horza moviéndose en una especie de brazada para atravesar un grupo de gente que estaba observando a unos insectos luchadores y llegar hasta el gigante.

Aquel ancho rostro de rasgos toscos asintió solemnemente y el guardia se puso en posición de firmes.

—Lo estoy —gruñó.

Tenía un vozarrón acorde con su estatura.

—Aquí tienes un centesimo —se apresuró a decir Horza, metiendo una moneda en el guante del hombretón, donde pareció desvanecerse—. Deja que me suba a tus hombros. Estoy buscando a alguien.

—Muy bien —dijo el guardia después de pensárselo un segundo.

Fue doblando lentamente una rodilla extendiendo el rifle ante él para no perder el equilibrio hasta que acabó apoyando la culata en el suelo. Horza pasó las piernas sobre los hombros del gigante. El hombretón volvió a erguirse sin esperar a que Horza se lo pidiera, y el Cambiante se encontró bastante por encima de las cabezas de la multitud. Volvió a taparse el rostro con el capuchón de su blusa y sus ojos recorrieron el gentío buscando una silueta vestida con un traje de una pieza de color claro, aunque sabía que Kraiklyn podía haberse cambiado de atuendo. Incluso era posible que ya se hubiera marchado… Horza podía sentir como una mezcla de tensión nerviosa y desesperación estaba empezando a agarrotarle el estómago. Intentó tranquilizarse diciéndose que el haber perdido a Kraiklyn ahora no tenía mucha importancia, que siempre podía dirigirse a la zona portuaria y llegar al VGS donde estaba la Turbulencia en cielo despejado; pero sus entrañas se negaban a dejarse calmar tan fácilmente. Era como si la atmósfera del juego y la excitación de aquellas últimas horas de existencia del Orbital, la ciudad y la arena hubieran alterado su química corporal. Podía haberse concentrado en ella obligándose a relajarse, pero ahora no podía permitirse el lujo de perder esos momentos. Tenía que buscar a Kraiklyn.

Examinó la abigarrada colección de individuos que esperaban la llegada de las lanzaderas en un área acordonada y después recordó uno de los pensamientos de Kraiklyn que había captado, algo sobre haber desperdiciado un montón de dinero. Apartó los ojos de allí y examinó el resto de la multitud.

Le vio. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado estaba de pie en una cola de gente que esperaba subir a los taxis y autobuses. Se encontraba a unos treinta metros de distancia, con su traje color claro parcialmente cubierto por una capa gris, los brazos cruzados ante el pecho y los pies bastante separados. Horza se inclinó hacia adelante hasta que su cara casi rozó el rostro invertido del guardia.

—Gracias. Ya puedes bajarme.

—No tengo cambio —gruñó el hombretón mientras empezaba a inclinarse.

La vibración recorrió todo el cuerpo de Horza.

—No importa, quédate el resto.

Horza saltó de la espalda del guardia. El gigante se encogió de hombros y Horza echó a correr, agachándose y haciendo fintas para esquivar a la gente, dirigiéndose hacia el lugar donde había visto a Kraiklyn.

Echó un vistazo a la terminal que llevaba en la muñeca izquierda. Faltaban dos horas y media para la destrucción. Horza empujó, se deslizó por los huecos que encontraba, pidió excusas y se disculpó sin dejar de moverse por entre la multitud, y durante el trayecto vio a muchas personas con los ojos clavados en relojes, terminales y pantallas, oyó muchas vocéenlas sintetizadas que graznaban la hora y a muchos humanos nerviosos que la repetían.

Allí estaba la cola. Horza pensó que parecía sorprendentemente ordenada, y unos instantes después se dio cuenta de que estaba siendo supervisada por los mismos guardias de seguridad que había visto dentro de la arena. Kraiklyn ya casi había llegado al comienzo de la cola, y un autobús estaba acabando de llenarse. Varios deslizadores y vehículos más pequeños esperaban detrás de él. Kraiklyn señaló hacia uno de ellos mientras un guardia de seguridad con una pantalla de notas le decía algo.

Horza contempló la fila de siluetas que esperaban y supuso que debía de haber varios centenares de personas en ella. Si se les unía perdería a Kraiklyn. Miró rápidamente a su alrededor y se preguntó qué otra forma de seguirle podía haber.

Alguien chocó contra su espalda y Horza giró sobre sí mismo para encontrarse con un grupo de personas que vestían ropas multicolores y hacían mucho ruido. Una mujer enmascarada con un traje plateado muy ceñido estaba gritando e insultando a un hombrecillo de expresión perpleja con una larga cabellera que llevaba unos complicados aros de cordel verde oscuro por único atuendo. La mujer siguió gritando incoherencias durante unos segundos y acabó abofeteando al hombrecillo. Horza le vio retroceder meneando la cabeza. La gente estaba observándoles. Horza se aseguró de que no le habían robado nada cuando sintió el choque en su espalda y volvió a mirar a su alrededor en busca de algún medio de transporte.

Un aerodeslizador pasó ruidosamente por encima de su cabeza y dejó caer panfletos escritos en un lenguaje que Horza no comprendía.

—Sarble… —dijo un hombre de piel transparente volviéndose hacia su acompañante mientras los dos emergían de entre la multitud y pasaban junto a Horza.

El hombre estaba intentando ver las imágenes de una pequeña terminal mientras caminaba. Horza captó un fugaz atisbo de algo que le sorprendió. Conectó su terminal y sintonizó el canal adecuado.

Estaba viendo lo que parecía el mismo incidente al que había asistido en el auditorio unas horas antes, el altercado de la terraza situada sobre la suya cuando oyó comentar que Sarble el Ojo había sido capturado por los guardias de seguridad. Horza frunció el ceño y acercó la pantalla de muñeca a sus ojos.

Era el mismo sitio y se trataba del mismo incidente, visto desde casi el mismo ángulo y distancia aparente a que se encontraba cuando los había observado. Horza contempló la pantalla torciendo el gesto e intentó imaginarse desde dónde podían haber grabado la imagen que estaba viendo ahora. La escena llegó a su fin y fue sustituida por varios planos de seres bastante excéntricos divirtiéndose en el auditorio mientras la partida de Daño seguía desarrollándose al fondo del plano.

«Si se pusiera en pie y diera unos cuantos pasos…», pensó Horza.

Era la mujer.

La mujer de cabellera canosa que había visto antes de pie en el último nivel de la arena jugueteando con su tiara; la misma mujer que había estado en esa misma terraza junto a su diván cuando se produjo el incidente que acababa de ver en la pantalla. La mujer era Sarble el Ojo. La tiara debía de ser una cámara, y la persona de la terraza superior algún ayudante suyo cuya misión era despistar a los guardias de seguridad.

Horza desconectó la terminal. Sonrió y meneó la cabeza como para desalojar aquella pequeña e inútil revelación del centro de su atención. Tenía que encontrar algún medio de transporte.

Empezó a caminar rápidamente por entre la multitud, abriéndose paso a través de los grupos, filas y colas buscando un vehículo libre, una puerta abierta o los ojos del encargado de algún servicio de taxis. Captó un fugaz vislumbre de la cola en que estaba Kraiklyn. El capitán de la Turbulencia en cielo despejado se encontraba de pie ante la puerta de un vehículo rojo, aparentemente discutiendo con su conductor y con otras dos personas de la cola.

Horza notó el nacimiento de un mareo. Empezó a sudar. Sentía deseos de dar patadas y apartar de su camino a toda la gente que se agolpaba a su alrededor. Volvió sobre sus pasos. Tendría que correr el riesgo de sobornar a alguien para que le dejara colocarse en los primeros puestos de la cola de Kraiklyn. Estaba a sólo cinco metros de la cola cuando Kraiklyn y las otras dos personas dejaron de discutir y se metieron en el taxi, que se alejó a toda velocidad. Horza volvió la cabeza para seguirlo con los ojos sintiendo un nudo en el estómago y apretando los puños, y justo entonces vio a la mujer de la cabellera canosa.

Llevaba una capa azul con capucha, pero mientras intentaba abrirse paso por entre el gentío apelotonado al borde de la calzada la capucha se deslizó hacia atrás revelando su rostro. Un hombre bastante alto le pasó el brazo por encima de los hombros y señaló hacia la plaza. La mujer volvió a subirse la capucha.

Horza se metió la mano en el bolsillo hasta tocar su arma y fue hacia la pareja justo cuando un aerodeslizador de color negro mate y contornos muy estilizados emergía con un siseo de la oscuridad y se detenía ante ellos. Horza apretó el paso. La puerta del aerodeslizador se abrió hacia arriba como si fuese un ala y la mujer que era Sarble el Ojo se inclinó para entrar en el vehículo.

Horza alargó el brazo y su mano se posó sobre el hombro de la mujer, quien giró en redondo volviéndose hacia él. El hombre alto dio un par de pasos hacia Horza y el Cambiante tensó la mano dentro de su bolsillo alzándola un poco para revelar el bulto de su arma. El hombre se detuvo y miró hacia el suelo como si no supiera qué hacer. La mujer se quedó paralizada con un pie sobre el umbral del vehículo.

—Creo que van en mi dirección —se apresuró a decir Horza—. Sé quién es. —Movió la cabeza señalando hacia la mujer—. Sé qué es lo que lleva en la cabeza. Lo único que quiero es que me lleven al puerto. Eso es todo. Si lo hacen no habrá jaleo.

Señaló con la cabeza a los guardias de seguridad que estaban controlando la cola.

La mujer miró al hombre alto y se volvió hacia Horza. Retrocedió lentamente.

—De acuerdo. Después de usted.

—No, usted primero.

Horza movió la mano sin sacarla del bolsillo. La mujer sonrió, se encogió de hombros y entró en el vehículo seguida por el hombre alto y Horza.

—¿Quién es…? —empezó a decir la conductora, una mujer calva y de expresión más bien feroz.

—Un invitado —dijo Sarble—. Limítate a conducir.

El aerodeslizador se puso en movimiento.

—Vaya tan deprisa como quiera —dijo Horza—. Estoy buscando un vehículo de superficie de color rojo.

Sacó el arma de su bolsillo y giró hasta quedar de cara a Sarble el Ojo y el hombre alto. El aerodeslizador aceleró.

—Te dije que habían emitido la grabación demasiado pronto —siseó el hombre alto.

Tenía una voz áspera y un poco estridente. Sarble se encogió de hombros. Horza sonrió y se dedicó a contemplar el tráfico que se movía alrededor del vehículo en el que viajaban, pero siguió vigilando a sus dos acompañantes por el rabillo del ojo.

—Mala suerte —dijo Sarble—. Cuando estaba en el auditorio no paraba de tropezarme con este tipo.

—Entonces, ¿usted es realmente Sarble? —preguntó Horza.

La mujer no contestó y siguió con la cabeza vuelta hacia el hombre alto.

—Oiga —dijo el hombre alto volviéndose hacia Horza—, le llevaremos al puerto, si es que ese coche rojo va allí, pero no intente nada raro, ¿de acuerdo? Si no queda más remedio nos resistiremos. No me da miedo morir.

El hombre alto parecía asustado e irritado al mismo tiempo; su rostro blanco amarillento recordaba al de un niño que está a punto de echarse a llorar.

—Me ha convencido —dijo Horza sonriendo—. Y ahora, ¿por qué no intenta localizar a ese coche rojo? Tres ruedas, cuatro puertas y tres personas en el compartimento trasero. En cuanto le eche el ojo encima lo reconocerá.

El hombre alto se mordió el labio. Horza movió el arma unos centímetros indicándole que mirase hacia adelante.

—¿Es ése? —preguntó la conductora calva.

Horza vio el vehículo al que se refería. Parecía el mismo en el que había subido Kraiklyn.

—Sí. Sígalo, pero no de muy cerca.

El aerodeslizador redujo un poco la velocidad.

Entraron en la zona del puerto. Las siluetas iluminadas de las grúas y las armazones metálicas brillaban en la lejanía. Vehículos de superficie, aerodeslizadores e incluso lanzaderas estaban aparcados e inmóviles a ambos lados de la calzada. El coche que seguían se encontraba justo delante de ellos, moviéndose lentamente detrás de dos aerobuses que subían por una rampa bastante angosta. El motor de su aerodeslizador emitió un gruñido cuando empezaron a subir por la superficie de la rampa.

El coche rojo abandonó la calzada principal y siguió una curva bastante larga flanqueada por charcos de agua que emitían destellos oscuros.

—Así que es realmente Sarble, ¿eh? —dijo Horza volviéndose hacia la mujer de la cabellera canosa, que seguía sin mirarle—. Delante del auditorio hace un rato… ¿Era usted? ¿O no? ¿Cuántas personas son Sarble?

Sus acompañantes guardaron silencio. Horza se limitó a sonreír sin apartar los ojos de ellos y asintió levemente con la cabeza. El silencio que reinaba en el interior del vehículo sólo era roto por el rugido del viento.

El aerodeslizador abandonó la calzada y se dirigió hacia un bulevar, dejando atrás grúas inmensas y las masas de maquinaria iluminada que se alzaban hacia el cielo como torres colosales. Después aceleró por una carretera a cuyos lados había hileras de almacenes sumidos en las tinieblas. Empezó a reducir la velocidad junto a un muelle secundario.

—No se le acerque mucho —dijo Horza.

La mujer calva redujo todavía más la velocidad. El coche rojo se deslizó junto al muelle pasando bajo las cajas cuadradas formadas por los soportes de las grúas.

El coche rojo se detuvo junto a un edificio brillantemente iluminado. Un conjunto de luces que giraba alrededor de su base indicaba en varios idiomas que ahí estaba el «ACCESO 54 A LA SUB-BASE».

—Estupendo. Pare —dijo Horza. El aerodeslizador se detuvo y sus faldones de goma entraron en contacto con el suelo—. Muchas gracias.

Horza bajó del vehículo sin dar la espalda ni un solo momento al hombre alto y la mujer de la cabellera canosa.

—No hemos intentado resistirnos. Puede considerarse muy afortunado —dijo el hombre alto con voz irritada mientras asentía secamente con la cabeza.

Sus ojos emitían destellos iracundos.

—Ya lo sé —dijo Horza—. Adiós.

Le guiñó el ojo a la mujer de la cabellera canosa, quien se dio la vuelta y movió un dedo hacia él en lo que Horza sospechó debía de ser un gesto obsceno. El aerodeslizador ascendió unos centímetros, salió disparado hacia adelante, dio la vuelta y se alejó rugiendo por el camino que habían seguido para llegar hasta allí. Horza volvió los ojos hacia la entrada de la subplataforma. Las tres personas que habían bajado del coche rojo estaban ante ella con sus cuerpos silueteados por las luces del interior. Horza tuvo la impresión de que una de ellas acababa de volver la cabeza hacia el muelle. No estaba seguro de si lo había hecho, pero el Cambiante retrocedió hacia las sombras proyectadas por la grúa que se alzaba sobre él.

Dos de las personas que esperaban ante el tubo de acceso desaparecieron en el interior del edificio. La tercera persona —que podía ser Kraiklyn—, echó a caminar hacia uno de los extremos del muelle.

Horza se metió el arma en el bolsillo y fue hacia allí moviéndose rápidamente bajo las sombras de otra grúa.

Un rugido casi idéntico al producido por el aerodeslizador de Sarble cuando se alejó —pero mucho más potente y grave—, llegó a sus oídos desde el interior del muelle.

Un inmenso vehículo que se movía sobre un colchón de aire —similar en principio al aerodeslizador que Horza había requisado, pero mucho más grande—, emergió de la oscura extensión del océano llenando el extremo del muelle que daba a las aguas de luces y espuma. Los torbellinos de espuma bailotearon por los aires envueltos en la luminiscencia lechosa de las estrellas, el resplandor del lado diurno del Orbital que se curvaba sobre el muelle y las luces del vehículo. La enorme máquina avanzó lentamente por entre las paredes del muelle acompañada por el gemido estridente de sus motores. Detrás de ella se podía ver otro par de nubes también iluminadas desde el interior por luces parpadeantes. El vehículo avanzó por el muelle envuelto en un estallido de fuegos artificiales. Horza logró distinguir una hilera de ventanas y lo que parecía gente bailando al otro lado de ellas. Bajó la vista hacia el muelle. El hombre al que estaba siguiendo había empezado a subir los peldaños que llevaban hasta una pasarela situada bastante por encima del suelo. Horza corrió sin hacer ruido agachándose para pasar por debajo de los soportes de las grúas y saltando sobre los gruesos manojos de cables. Las luces del vehículo caían sobre la negra superestructura de las grúas; el alarido de los reactores y las hélices de propulsión creaba ecos entre las paredes de cemento.

Un vehículo mucho más pequeño —oscuro y silencioso, salvo por el chirriar que su desplazamiento creaba al hendir la atmósfera— pasó sobre la cabeza de Horza como si quisiera resaltar la comparativa tosquedad de la escena que tenía ante sus ojos. El vehículo desapareció en el cielo nocturno convirtiéndose en una manchita de existencia muy fugaz sobre la superficie del lado diurno del Orbital. Horza la observó durante la fracción de segundo que necesitó para desaparecer, y volvió a concentrar su atención en la silueta iluminada por los focos del inmenso vehículo que seguía desplazándose lentamente a lo largo del muelle. El segundo aerodeslizador ya estaba enfilando el muelle para seguirle.

Horza llegó a los peldaños que llevaban hasta la pasarela del angosto puente colgante. El hombre que caminaba como Kraiklyn y se cubría con una capa gris ya había recorrido la mitad del trayecto. Horza apenas si podía ver lo que había al otro lado del muelle, pero supuso que si dejaba que su presa recorriera el resto del puente antes de que empezara a seguirla había bastantes probabilidades de que la perdiese de vista. Lo más probable era que aquel hombre —Kraiklyn, si es que era él—, lo hubiese comprendido; Horza supuso que debía haberse dado cuenta de que estaba siendo seguido. Puso un pie en el puente. La superficie metálica osciló ligeramente bajo su cuerpo. El ruido y las luces del gigantesco aerodeslizador estaban casi directamente debajo de él. Los olores de agua estancada del muelle saturaban la atmósfera. El hombre no se volvió hacia Horza, aunque debía de haber sentido cómo sus pisadas se unían a las suyas para hacer vibrar el puente.

La silueta llegó al otro extremo del puente. Horza la perdió de vista y echó a correr con el arma delante de él. El movimiento del vehículo que tenía debajo estaba creando ráfagas de aire y espuma que le dejaron empapado. La música de sus cubiertas estaba tan alta que ni el aullido de los motores lograba ahogarla. Horza llegó al final del puente y bajó corriendo la espiral de peldaños que llevaba al muelle.

Algo surgió de la oscuridad que había bajo la espiral y se estrelló contra su rostro. Una fracción de segundo después algo chocó con su espalda y la parte trasera de su cráneo. Horza cayó sobre algo duro y se preguntó confusamente qué había ocurrido mientras las luces se movían por encima de él. El aire rugía y atronaba en sus orejas, y oía una música distante. Un potente haz luminoso cayó sobre sus ojos y una mano echó hacia atrás el capuchón que le cubría el rostro.

Oyó un jadeo ahogado de sorpresa, el jadeo de un hombre que aparta el capuchón de un rostro para encontrarse con su propia cara. (¿Quién eres?) Si se trataba de eso, los efectos de la sorpresa harían que el hombre fuese vulnerable durante unos pocos segundos (¿Quién soy?)… Horza aún conservaba las energías suficientes para lanzar una patada y acompañarla con un movimiento hacia arriba de los brazos. Sus dedos encontraron una tela, y su pantorrilla entró en contacto con una ingle. El hombre intentó saltar sobre Horza dirigiéndose hacia el muelle. Un instante después Horza sintió cómo unas manos le cogían por los hombros, y cuando el hombre al que había logrado agarrar cayó al suelo, el cuerpo de Horza giró por los aires.

Ya no estaba en el muelle. El hombre había caído justo en el borde y había resbalado arrastrando consigo a Horza. Estaban cayendo al agua.

Horza fue consciente de una sucesión de luces y sombras, de que seguía teniendo agarrado al hombre por el traje o la capa y de que había una mano encima de su hombro. Siguieron cayendo. ¿Qué distancia les separaba del agua? El ruido del viento. Atento al sonido de…

Fue un impacto doble. Chocó con el agua, y después llegó una colisión de líquido y cuerpo estrellándose contra algo más duro. Hacía mucho frío, y le dolía el cuello. Estaba debatiéndose locamente, no muy seguro de dónde estaba el arriba y dónde el abajo. Los golpes en la cabeza le habían dejado bastante aturdido. Algo tiró de él. Horza lanzó un puñetazo y su mano chocó con algo blando. Logró erguirse y se encontró de pie en un metro escaso de agua. Avanzó con paso tambaleante. Aquello era un auténtico manicomio: luces, sonidos y espuma por todas partes, y alguien que seguía agarrado a él y no parecía dispuesto a soltarle.

Horza volvió a manotear. Las nubes de espuma se disiparon durante un instante y vio la pared del muelle dos metros a su derecha y, justo delante de él, la popa de aquel inmenso vehículo que iba alejándose lentamente a cinco o seis metros de distancia. Una potente ráfaga de aire que olía a aceite le hizo caer nuevamente al agua, ahora de espaldas. La nube de espuma se cerró sobre él. La mano le soltó y Horza volvió a encontrarse cayendo a través de las aguas.

Horza logró incorporarse con el tiempo justo de ver cómo su adversario se abría paso por entre la nube de espuma siguiendo el lento avance del aerodeslizador muelle arriba. Intentó correr, pero el agua era demasiado profunda. Tenía que mover las piernas hacia adelante a cámara lenta en la versión pesadillesca de una carrera, colocando el torso en ángulo de tal forma que su peso le ayudase a avanzar. Horza siguió al hombre de la capa gris retorciendo exageradamente el cuerpo de un lado para otro, usando sus manos como si fueran remos en un intento de moverse más deprisa. La cabeza le daba vueltas. Sentía un dolor terrible en la espalda, el cuello y la cara, y veía borroso, pero al menos no había abandonado la persecución. El hombre que corría ante él parecía mucho más deseoso de escapar que de plantarle cara y pelear.

Los gases liberados por los motores del aerodeslizador aún en movimiento crearon otro agujero en la nube de espuma y revelaron la cubierta que asomaba sobre el muro bulboso de los faldones de la máquina. La cubierta quedaba a unos tres metros de la superficie del agua y sobresalía por encima de ella. El chorro caliente de humo y vapores asfixiantes cayó primero sobre el hombre que huía y luego sobre Horza, empujándoles hacia atrás. La profundidad del agua estaba disminuyendo. Horza descubrió que podía sacar las piernas del agua lo suficiente para avanzar bastante más deprisa. El ruido y la espuma volvieron a envolverles, y Horza perdió de vista al hombre que perseguía durante un momento. Después el panorama que tenía delante volvió a hacerse visible y pudo contemplar como aquel inmenso vehículo se movía sobre su colchón de aire hasta llegar a una zona de cemento seco. Las paredes del muelle se extendían hasta una altura considerable a cada lado, pero el agua y las nubes de espuma ya casi habían desaparecido. El hombre al que perseguía subió tambaleándose por el corto tramo de rampa que nacía en el agua —ahora sólo les llegaba hasta los tobillos—, y terminaba en el cemento. Tropezó y estuvo a punto de caer, pero logró recobrar el equilibrio y dio comienzo a una vacilante carrera en pos del aerodeslizador que iba acelerando sobre la zona de cemento dirigiéndose hacia el cañón central del muelle.

Horza logró salir del agua con un último chapoteo y corrió detrás del hombre siguiendo el aletear de la empapada capa gris.

El hombre tropezó, cayó y rodó sobre sí mismo. Horza saltó sobre él cuando empezaba a levantarse y los dos cayeron al suelo. Lanzó un puñetazo a su rostro ensombrecido por las luces que tenía a la espalda, pero falló. El hombre le pateó y trató de levantarse. Horza se arrojó sobre sus piernas y volvió a derribarle. La capa mojada aleteó sobre su cabeza. Horza logró ponerse a cuatro patas y le dio la vuelta hasta poder verle la cara. Era Kraiklyn. Echó el brazo hacia atrás para golpearle. El pálido rostro afeitado que tenía debajo estaba contorsionado por el terror y oscurecido por las sombras de unas luces que se movían a espaldas de Horza, allí donde se oía otro rugido colosal… Kraiklyn gritó. No estaba mirando al hombre que tenía su mismo rostro, sino detrás y por encima de él. Horza giró en redondo.

Una masa negra envuelta en chorros de espuma venía rápidamente hacia él con muchas luces ardiendo sobre ella. Oyó el aullido de una sirena y un instante después aquel inmenso bulto negro estaba sobre él, golpeándole y aplastándole contra el suelo, martirizando sus tímpanos con ruido y presión, más fuerte, más fuerte, más fuerte… Horza oyó una especie de gorgoteo. La presión intentaba hacer que su cuerpo se confundiera con el pecho de Kraiklyn. Los dos estaban siendo presionados contra el cemento como si se hallaran bajo el peso de un pulgar gigantesco.

Era otro aerodeslizador, el segundo de la fila que había visto antes.

El peso desapareció de repente y su desaparición fue acompañada por una llamarada de dolor que le recorrió desde los pies hasta la cabeza, como si un coloso estuviera intentando apartarle del suelo con un' inmenso cepillo. Las sensaciones de hacía unos instantes fueron sustituidas por la oscuridad más absoluta, un ruido capaz de reventar cráneos y las violentas turbulencias de la presión del aire.

Estaban bajo los faldones del vehículo. Se encontraba justo encima de ellos, moviéndose lentamente hacia adelante o quizá —estaba demasiado oscuro para ver—, inmóvil sobre la explanada de cemento. Quizá se disponía a dejarse caer sobre ésta aplastándoles…

Un golpe hizo vibrar la oreja de Horza como si formara parte del torbellino de dolor que le atormentaba. El impacto hizo que su cuerpo saliera despedido hacia otro punto de la oscuridad. Rodó por la áspera superficie de cemento, giró sobre un codo tan pronto como le fue posible y se apoyó en una pierna mientras extendía la otra hacia la dirección de la que había venido el golpe. Sintió cómo su pie chocaba contra algo que cedió.

Se puso en pie, y se agachó apenas recordó que las hélices de los propulsores debían estar girando en algún lugar sobre su cabeza. Los remolinos y vórtices de aire cálido saturado de aceite le hacían oscilar como si fuera un bote minúsculo perdido en un mar agitado por la tormenta. Tenía la sensación de ser un títere controlado por un borracho.

Avanzó tambaleándose con los brazos extendidos y golpeó a Kraiklyn. Sintió que volvían a caer y le soltó, golpeando con todas sus fuerzas allí donde supuso que debía de estar la cabeza de Kraiklyn. Su puño se estrelló contra un hueso, pero no sabía dónde. Retrocedió un par de pasos para evitar el posible puñetazo o patada de represalia. Sus tímpanos estaban a punto de estallar; sentía una terrible opresión en la cabeza. Podía notar cómo le vibraban los ojos en las cuencas. Tenía la impresión de que se había quedado sordo, pero podía sentir un lento palpitar en su pecho y su garganta. Aquellas pulsaciones rítmicas estaban dejándole sin aliento y le obligaban a jadear y toser. Logró distinguir una débil cinta de luminosidad que les rodeaba por todas partes, como si estuvieran en pleno centro del aerodeslizador. Vio una zona de oscuridad pegada a esa frontera de luz y saltó hacia ella moviendo el pie de abajo arriba. Su pie volvió a chocar con algo blando, y la zona oscura desapareció.

Una ráfaga de aire terriblemente fuerte le hizo perder el equilibrio. Horza cayó sobre el cemento y chocó con Kraiklyn. Su última patada había logrado derribarle. Horza recibió otro puñetazo en la cabeza, pero el golpe era muy débil y apenas si le dolió. Buscó a tientas la cabeza de Kraiklyn y logró encontrarla. La cogió entre sus manos, la golpeó contra el cemento y repitió la acción. Kraiklyn intentó liberarse, pero sus manos rebotaron inútilmente en el pecho y los hombros de Horza. La zona de claridad que había más allá de la penumbra del suelo estaba aumentando de tamaño y parecía aproximarse. Horza volvió a estrellar la cabeza de Kraiklyn contra el cemento y pegó su cuerpo al suelo. La parte trasera del faldón pasó sobre él. Sintió una punzada de dolor en las costillas y tuvo la sensación de que alguien estaba pisándole el cráneo. Las sensaciones desaparecieron en una fracción de segundo y los dos combatientes volvieron a encontrarse al aire libre.

El inmenso vehículo se estaba alejando con un rugido atronador envuelto en hilachas de espuma. Había otro cincuenta metros más abajo, y venía hacia él.

Kraiklyn seguía inmóvil a un par de metros de distancia.

Horza se puso a cuatro patas y reptó hacia el hombre caído en el suelo. Le miró a los ojos y vio que sus pupilas se movían.

—¡Soy Horza! ¡Horza! —gritó, pero ni tan siquiera él podía oír su voz.

Meneó la cabeza. Los rasgos de aquel rostro que no le pertenecía se contorsionaron en una mueca de frustración —lo último que vio el auténtico Kraiklyn antes de morir—, agarró la cabeza del hombre que yacía sobre el cemento y la hizo girar con todas sus fuerzas en una brusca rotación rompiéndole el cuello tal y como había roto el de Zallin.

Logró arrastrar el cadáver hasta un lado del muelle con el tiempo justo para escapar al avance del tercer y último aerodeslizador. La masa hinchada de sus faldones pasó a dos metros de distancia de donde estaba Horza, medio sentado y medio tumbado, jadeando y cubierto de sudor con la espalda pegada al frío cemento mojado del muelle. Tenía la boca abierta al máximo y el corazón le latía como si se hubiera vuelto loco.

* * *

Desnudó a Kraiklyn, cogió la capa y el traje de una pieza de color claro que llevaba, se quitó la blusa desgarrada y los pantalones cubiertos de sangre y se puso la ropa de Kraiklyn. También cogió el anillo que Kraiklyn llevaba en el dedo meñique de su mano derecha. Luego tiró de la zona de piel de sus manos donde la palma se convertía en muñeca. Toda la capa de piel que cubría su mano derecha entre la muñeca y la yema de los dedos se desprendió limpiamente. Frotó la fláccida y pálida palma de la mano derecha de Kraiklyn con un trozo de tela mojada y puso la piel sobre ella apretando con todas sus fuerzas. Separó la piel con mucha cautela y volvió a colocarla sobre su propia mano. Después repitió la operación usando su mano izquierda.

Hacía frío, y el proceso pareció requerir mucho tiempo y un considerable esfuerzo. Horza acabó yendo con paso tambaleante hacia una escalera metálica incrustada en la pared de cemento del muelle y subió por ella izándose con manos temblorosas y pies algo inseguros mientras los tres vehículos de colchón de aire se detenían y dejaban bajar a sus pasajeros medio kilómetro muelle abajo.

Se quedó tumbado en el suelo durante un rato, se levantó, subió por la espiral de peldaños que llevaba al pequeño puente colgante, lo recorrió tambaleándose hasta llegar al otro lado y entró en el acceso circular del edificio. Las personas de expresiones nerviosas y ropajes multicolores que acababan de abandonar los aerodeslizadores y aún seguían con bastantes ganas de juerga se callaron bruscamente en cuanto le vieron detenerse ante las puertas del ascensor. La cápsula les llevaría hasta la zona del espaciopuerto, a medio kilómetro por debajo de sus pies. Horza apenas si podía oír nada, pero podía ver sus rostros preocupados y captaba la incomodidad que estaba provocando con su cara ensangrentada y llena de heridas y sus ropas empapadas de agua.

La cápsula llegó por fin. Los que habían asistido a la fiesta en los aerodeslizadores fueron entrando en ella, y Horza entró también apoyándose en la pared a cada paso que daba. Alguien le cogió del brazo para ayudarle, y Horza movió la cabeza dándole las gracias. Una voz dijo algo que sus oídos convirtieron en un murmullo distante. Horza intentó sonreír y volvió a asentir con la cabeza. La cápsula empezó a bajar.

La zona subterránea les acogió con lo que parecía una vasta extensión de estrellas. Pasados unos momentos, Horza fue comprendiendo que era la parte superior tachonada de luces de una nave espacial mucho más grande que cualquiera de las que había visto antes. De hecho, jamás había oído hablar de una máquina tan inmensa. Tenía que ser Los fines de la inventiva, la nave desmilitarizada de la Cultura. A Horza su nombre le importaba un comino. Se conformaba con subir a bordo y llegar hasta la Turbulencia en cielo despejado.

La cápsula del ascensor se detuvo en un tubo transparente situado sobre una zona de recepción esférica que colgaba en el vacío a cien metros bajo la base del Orbital. La esfera era el punto de origen de pasarelas y túneles tubulares que se alejaban en todas direcciones llevando a las estructuras de acceso y los muelles abiertos y cerrados de la zona portuaria propiamente dicha. Los muelles abiertos eran aquellos donde las naves se limitaban a atracar, por lo que necesitaban estar provistos de escotillas y se encontraban vacíos. El ex-Vehículo General de Sistemas de la Cultura Los fines de la inventiva había sustituido a todos esos muelles, ya que se encontraba directamente debajo de toda la zona portuaria y su acceso quedaba muy cerca del área de recepción circular. La inmensa llanura formada por su techo se extendía kilómetro tras kilómetro en todas direcciones, ocultando casi totalmente el panorama de cielo y estrellas que se encontraba más allá. Sus sistemas de iluminación arrancaban destellos a la parte superior de la nave y mostraban las conexiones establecidas entre ella y los tubos de acceso y túneles del puerto.

La mente de Horza estaba empezando a captar por fin las dimensiones colosales de aquella nave. El Cambiante sintió que la cabeza le daba vueltas. Nunca había visto un VGS y, naturalmente, jamás había estado en el interior de uno. Conocía su existencia y sabía para qué servían, pero hasta ahora jamás había apreciado debidamente el logro que representaban. Éste ya no formaba parte de la Cultura, al menos teóricamente. Horza sabía que estaba desmilitarizado, que había perdido casi todo su equipo básico y que ya no poseía la Mente o Mentes que lo habrían controlado en circunstancias normales; pero la estructura por sí sola era más que suficiente para impresionar a cualquiera.

Los Vehículos Generales de Sistemas eran como mundos encerrados dentro de una cápsula metálica. Eran algo más que meras espacio-naves de gran tamaño. Eran hábitats, universidades, fábricas, museos, astilleros, bibliotecas…, incluso centros de exhibición móviles. Representaban a la Cultura y eran la Cultura. Casi cualquier cosa que pudiera hacerse en algún lugar de la Cultura era factible dentro de un VGS. Podían crear cualquier objeto que la Cultura fuese capaz de fabricar, contenían todo el conocimiento acumulado por la Cultura a lo largo de su existencia, llevaban dentro o podían construir equipo especializado de todos los tipos imaginables para cualquier eventualidad concebible, y siempre estaban manufacturando naves de menor tamaño: normalmente Unidades Generales de Contacto; ahora, naves de guerra. Sus complementos se medían como mínimo en millones. Las tripulaciones de las naves que fabricaban surgían de su propio incremento de población. Eran las embajadoras de la Cultura, sus ciudadanos más visibles y sus pesos pesados tecnológicos e intelectuales, inmensas naves-mundo autosuficientes, independientes del exterior, productivas y, al menos en tiempos de paz, dedicadas a un continuo intercambio de información. Si alguien quería asombrarse y quedar impresionado ante la sorprendente escala y el inmenso poder de la Cultura no necesitaba viajar desde los confines más lejanos y atrasados de la galaxia hasta algún planeta distante que formara parte de la Cultura; un VGS podía traértelo todo directamente a tu puerta.

Horza siguió a las multitudes de ropajes multicolores a través de la frenética actividad que se desarrollaba en el área de recepción. Había unas cuantas personas uniformadas, pero no estaban allí para impedir el paso a nadie. Horza estaba tan aturdido que tenía la impresión de ser un pasajero dentro de su propio cuerpo. Aquel titiritero borracho imaginario en el que había pensado antes parecía haber recobrado la sobriedad y estaba guiándole por entre la gente hacia las puertas de otro ascensor. El Cambiante intentó aclarar un poco sus pensamientos meneando la cabeza, pero el gesto le hizo sentir una nueva punzada de dolor. Sus tímpanos estaban recobrando lentamente la capacidad auditiva.

Se miró las manos, y se quitó la piel que había usado para copiar las huellas dactilares, frotándose cada mano contra una de las solapas de su traje hasta que se desprendió y cayó al suelo del pasillo.

Cuando salieron del segundo ascensor se encontraron dentro de la nave espacial. La multitud se fue dispersando por anchos pasillos decorados en tonos suaves, y la cápsula del ascensor descendió rápidamente hacia el área de recepción. Un robot de pequeño tamaño flotó hacia él. Tenía las dimensiones y la forma de una mochila de traje estándar, y Horza lo contempló con cautela, no muy seguro de si era un artefacto de la Cultura o no.

—Discúlpeme —dijo la máquina—. ¿Se encuentra bien?

Su voz era grave y firme, pero parecía amistosa. Horza apenas si podía oírla.

—Me he perdido —dijo Horza hablando en un tono de voz excesivamente alto—. Me he perdido… —repitió en voz más baja, con lo que apenas pudo oírse a sí mismo.

Era consciente de que se tambaleaba ligeramente sobre sus pies, y sentía cómo el agua se iba deslizando hacia el interior de sus botas y goteaba por la capa empapada para caer sobre la blanda superficie absorbente que había debajo de sus pies.

—¿Adónde quiere ir? —preguntó el robot.

—A una nave llamada… —Horza cerró los ojos sintiendo una oleada de cansancio y desesperación. No se atrevía a dar su auténtico nombre—. La arrogancia del mendigo.

El robot guardó silencio durante un segundo.

—Me temo que no hay ninguna nave con ese nombre a bordo —dijo por fin—. Quizá se encuentre en la zona portuaria, y no a bordo de Los fines de la inventiva.

—Es una vieja nave de asalto fabricada en Hron —dijo Horza con voz cansada buscando algún sitio donde sentarse. Vio algunos asientos unidos a unos metros de distancia, junto a la pared, y fue hacia ellos. El robot le siguió. En cuanto Horza se hubo sentado descendió unas decenas de centímetros para seguir a la altura de sus ojos—. Mide unos cien metros de largo —siguió diciendo el Cambiante, a quien ya no le preocupaba demasiado la posibilidad de estar delatándose—. Estaba siendo reparada por unos armadores del puerto. Sufrió una avería en sus unidades de campo.

—Ah… Creo que sé a qué nave se refiere. Está más o menos en línea recta yendo desde aquí. No tengo registrado su nombre, pero parece la que anda buscando. ¿Puede llegar hasta allí por sus propios medios, o quiere que le lleve?

—No sé si lo conseguiré —dijo Horza, y no mentía.

—Espere un momento. —El robot siguió flotando en silencio ante sus ojos durante unos segundos—. Bien, acompáñeme —dijo pasado ese tiempo—. Bastará con que bajemos sólo una cubierta para llegar a un tubo de acceso.

La máquina retrocedió e indicó la dirección por la que debían ir emitiendo un débil campo luminoso. Horza se puso en pie y fue detrás de ella.

Bajaron por un pequeño pozo provisto de un ascensor antigravitatorio, y atravesaron una gran explanada donde estaban almacenados algunos de los vehículos con ruedas y propulsión sobre aire utilizados en el Orbital. El robot le explicó que serían conservados para la posteridad como ejemplo de los medios de transporte con que contaba el Orbital. Los fines de la inventiva ya tenía un Megabarco a bordo. La colosal embarcación había sido colocada en una de sus dos bodegas Generales y se encontraba trece kilómetros más abajo, casi tocando el fondo de la nave. Horza no estaba muy seguro de si debía creerle o no.

Llegaron a un nuevo pasillo situado en el otro extremo del hangar y una vez allí entraron en un cilindro de unos trece metros de diámetro y seis de longitud. La puerta se cerró en silencio, el cilindro giró sobre sí mismo y fue absorbido por la oscura boca de un túnel. El interior estaba iluminado con luces indirectas. El robot le explicó que las ventanas eran opacas porque si no estabas acostumbrado a tales experiencias un viaje por cápsula dentro de un VGS podía ponerte algo nervioso, tanto debido a la velocidad como a la brusquedad con que se producían los cambios de dirección. El ojo captaba esos cambios, pero el cuerpo no. Horza se dejó caer sobre uno de los asientos abatibles que había en el centro de la cápsula, pero sólo pudo reposar durante unos segundos.

—Ya hemos llegado. Minibodega 27492, en caso de que necesite volver. Nivel interno S-10-derecha. Adiós.

La puerta de la cápsula se hundió en el suelo. Horza saludó al robot con un asentimiento de cabeza y salió a un pasillo de paredes transparentes. La puerta de la cápsula volvió a subir por sus guías y la máquina se desvaneció. Horza tuvo una fugaz impresión de algo que pasaba parpadeando junto a él, pero todo ocurrió tan deprisa que quizá fuese una mera ilusión y, de todas formas, aún seguía viendo algo borroso.

Miró hacia su derecha. Las paredes transparentes le permitieron contemplar un espacio vacío. Kilómetros y más kilómetros de vacío… Había alguna especie de techo muy por encima de su cabeza, con apenas una sugerencia de nubes algodonosas. Unos cuantos vehículos diminutos se movían por aquella inmensidad. A su altura, lo bastante lejos para resultar tan confusos como enormes, había hangares, una gran cantidad de niveles unos encima de otros. Bodegas de carga, muelles, hangares… El nombre que se les diera no tenía ninguna importancia. Las hileras de niveles ocupaban todo el campo visual de Horza, extendiéndose a lo largo de muchos kilómetros cuadrados, mareándole sólo con su tamaño. Su cerebro ejecutó una especie de salto mortal. El Cambiante parpadeó y se estremeció, pero los niveles seguían allí. Los vehículos se movían, las luces se encendían y se apagaban, una capa de nubes situada muy por debajo de él hacía que todo resultara aún más confuso y algo pasó a toda velocidad delante del pasillo en el que se encontraba: era una nave, y debía medir sus buenos trescientos metros de largo. La nave pasó junto al nivel en el que estaba, se alejó y giró a la izquierda cuando ya se encontraba a una distancia considerable de él, moviéndose elegantemente por el aire para desaparecer en otro enorme pasillo brillantemente iluminado que parecía cruzarse en ángulo recto con el que Horza estaba contemplando. En la otra dirección —aquella por la que había aparecido la nave—, se alzaba un muro aparentemente liso y totalmente desnudo. Horza lo observó con más atención y se frotó los ojos. Vio que el muro estaba cubierto por una pauta de luces ordenadas en forma de rejilla: miles y miles de ventanas, focos y balcones. Naves de menor tamaño iban y venían ante él, y los puntos de las cápsulas que se movían por los tubos de viaje subían y bajaban a toda velocidad o lo atravesaban en diagonal.

Horza tuvo la sensación de que no aguantaría muchas más sorpresas. Miró hacia su izquierda y vio una rampa que descendía pasando por debajo del tubo dentro del que viajaba la cápsula. Fue hacia ella con paso tambaleante, y entró en el acogedoramente diminuto espacio de una minibodega de carga que tan solo tenía doscientos metros de longitud.

* * *

Horza sintió deseos de llorar. La vieja nave reposaba sobre tres soportes achaparrados en pleno centro de la bodega con algunas piezas y repuestos esparcidos a su alrededor. Horza no pudo ver a nadie, sólo maquinaria. La Turbulencia en cielo despejado parecía vieja y maltrecha, pero estaba intacta y entera. A juzgar por el aspecto de la bodega, las reparaciones ya habían terminado, o quizá aún no hubieran empezado. El ascensor del compartimento principal estaba inmóvil al final de su trayecto, reposando sobre el blanco suelo de la bodega. Horza fue hacia allí y vio una escalerilla que llevaba hasta el interior brillantemente iluminado del compartimento. Un insecto se posó unos segundos sobre su muñeca. Horza movió la mano y el insecto se alejó volando. «Qué falta de higiene por parte de la Cultura —pensó distraídamente Horza—. Permitir que un insecto revolotee por una de sus impecables y relucientes naves…» Claro que Los fines de la inventiva ya no pertenecía a la Cultura, al menos oficialmente. Trepó lentamente por la escalerilla, estorbado por el peso de la capa mojada y acompañado por el rechinar de sus botas.

El compartimento estaba lleno de olores familiares, aunque la ausencia de la lanzadera hacía que pareciese extrañamente espacioso. No había nadie. Horza subió el tramo de escaleras que llevaba a la zona de los camarotes. Fue por el pasillo que terminaba en el comedor preguntándose quién seguiría con vida, quién estaría muerto y qué cambios se habrían producido, suponiendo que los hubiese. Sólo habían transcurrido tres días, pero tenía la sensación de haber estado años fuera. Ya casi había llegado al camarote de Yalson cuando la puerta se abrió bruscamente ante él.

La cabeza de Yalson asomó por el hueco con una expresión de sorpresa —y, sí, incluso de alegría—, empezando a formarse en sus rasgos.

—¿Qué…? —exclamó.

Se quedó callada, le contempló frunciendo el ceño, meneó la cabeza y murmuró algo antes de volver a desaparecer dentro de su camarote. Horza se había detenido al verla.

Se quedó inmóvil pensando en que le alegraba verla con vida, y se dio cuenta de que no había estado caminando como Kraiklyn. El sonido de sus pasos seguía siendo el mismo de siempre. Una mano emergió del hueco de la puerta y un instante después Yalson salió al pasillo. Se había puesto una bata de tela delgada. Los firmes rasgos de su delgado rostro parecían algo preocupados, pero la expresión dominante en ellos era la cautela.

—¿Qué diablos te ha ocurrido? —preguntó.

—Una pelea. ¿Es que no se nota?

La voz le salió bastante bien. Los dos se quedaron inmóviles observándose en silencio.

—Si quieres que te ayude… —empezó a decir Yalson.

Horza meneó la cabeza.

—Ya me las arreglaré.

Yalson asintió con una media sonrisa y sus ojos le recorrieron de arriba abajo.

—Sí, claro… Bueno, pues ya te las arreglarás. —Señaló con el pulgar por encima del hombro en la dirección general del comedor—. Tu nueva recluta acaba de subir su equipo a bordo. Está esperándote en el comedor, aunque si vas a verla con el aspecto que tienes ahora quizá empiece a pensar que unirse a esta tripulación no ha sido tan buena idea.

Horza asintió. Yalson se encogió de hombros, se dio la vuelta y fue por el pasillo dejando atrás el comedor hasta llegar al puente. Horza la siguió.

—Nuestro glorioso capitán —le dijo a alguien mientras pasaba por el comedor.

Horza vaciló durante unos segundos ante la puerta del camarote de Kraiklyn, siguió adelante hasta llegar al comedor y asomó la cabeza por el hueco de la puerta.

Vio a una mujer sentada al final de la mesa con las piernas apoyadas en una silla delante de ella. La pantalla que había sobre su cabeza estaba encendida. Quizá la había estado contemplando. El monitor mostraba una panorámica de un Megabarco que estaba siendo sacado de las aguas por centenares de pequeños remolcadores agrupados a su alrededor y debajo del casco. Por su forma no cabía duda de que eran máquinas de la Cultura de modelos ya bastante anticuados. Pero cuando asomó la cabeza por el hueco la mujer había apartado los ojos de la pantalla y estaba mirándole.

Era delgada, alta y de piel bastante pálida. Parecía fuerte y sana, y sus ojos negros brillaban en un rostro que estaba empezando a mostrar una mezcla de sorpresa y preocupación provocada por la visión de aquel rostro maltrecho que la contemplaba desde el umbral. Vestía un traje ligero. El casco del traje estaba encima de la mesa delante de ella. Se había anudado un pañuelo rojo alrededor de la cabeza, justo por debajo del nacimiento de su cabellera rojiza. Llevaba el pelo bastante corto.

—Oh, capitán Kraiklyn —dijo, bajando los pies del asiento e inclinándose hacia adelante con la sorpresa y la compasión claramente visibles en sus rasgos—. ¿Qué le ha ocurrido?

Horza intentó hablar, pero se le había secado la garganta. No podía creer lo que estaba viendo. Sus labios se movieron y se los lamió con una lengua que parecía un estropajo. La mujer empezó a levantarse del asiento, pero Horza extendió una mano y le indicó que se quedara donde estaba. La mujer volvió a dejarse caer lentamente sobre la superficie del asiento.

—Estoy bien —logró decir Horza—. Ya la veré más tarde. Yo… Quédese… Bueno, quédese aquí.

Se apartó del marco y fue tambaleándose por el pasillo hasta llegar al camarote de Kraiklyn. Metió el anillo en la cerradura y el panel giró sobre sus goznes. El Cambiante estuvo a punto de caer al suelo.

Cerró la puerta sumido en algo bastante cercano a un trance, se quedó inmóvil con los ojos clavados en el mamparo del otro extremo y acabó inclinándose lentamente hasta quedar sentado en el suelo.

Sabía que seguía estando algo aturdido, sabía que veía borroso y que aún no oía del todo bien. Sabía que era improbable…, o que si no lo era no cabía duda de que era una pésima noticia. Pero estaba seguro. Oh, sí, estaba absolutamente seguro, tan seguro como lo había estado sobre Kraiklyn cuando le vio subir por la rampa que llevaba a la mesa donde se jugaría la partida de Daño en pleno centro de la arena del auditorio.

Como si no hubiera tenido bastantes emociones para una sola noche… Ver a la mujer que estaba sentada al final de la mesa del comedor le había reducido al silencio y había hecho que su mente dejara de funcionar. ¿Qué haría ahora? No podía pensar. La sorpresa y la incredulidad seguían creando ecos dentro de su cabeza. La imagen parecía haber quedado grabada para siempre detrás de sus ojos.

La mujer sentada a la mesa del comedor era Perosteck Balveda.

8. Los fines de la inventiva

«Puede que sea un clon —pensó Horza—. Quizá es una coincidencia.» Seguía sentado en el suelo del camarote de Kraiklyn —ahora era su camarote—, con los ojos clavados en las puertas de los armadlos que había en la pared de enfrente. Era consciente de que debía hacer algo, pero no estaba muy seguro del qué. Los golpes, sacudidas y emociones sufridos a lo largo de la noche le habían dejado el cerebro bastante maltrecho. Necesitaba quedarse quieto y pensar durante unos momentos.

Intentó convencerse de que estaba equivocado, de que no era realmente ella, de que se encontraba cansado y confuso, de que estaba empezando a dejarse vencer por la paranoia y tenía alucinaciones. Pero sabía que era Balveda, aunque lo suficientemente alterada como para que sólo un amigo íntimo o un Cambiante pudiera reconocerla. Aun así, no cabía duda de que era ella. Estaba viva, sana y, probablemente, iba armada hasta los dientes…

Se puso en pie moviéndose como un autómata sin apartar los ojos de la pared de enfrente. Se quitó las ropas mojadas, salió del camarote y fue hasta la zona de aseo, donde dejó las ropas para que se secaran y se lavó. Volvió al camarote, encontró una bata y se la puso. Empezó a inspeccionar aquel pequeño espacio repleto de cosas y acabó dando con una pequeña grabadora de voz. La puso en marcha y escuchó.

—… ahhh…, incluyendo a…, ahhh…, Yalson —dijo la voz de Kraiklyn emergiendo de la rejilla que había a un lado de la máquina—, quien supongo seguía sin haber superado su…, hummm…, su relación con…, ahhh…, Horza Gobuchul. Se ha mostrado… bastante brusca, y no creo que pueda contar con el apoyo…, que ella…, que debería prestarme… Si las cosas siguen igual tendré unas palabras con Yalson, pero…, ahhh…, por ahora, durante las reparaciones y todo lo demás…, no me parece que vaya a servir de mucho… No lo estoy posponiendo… Ah… Sencillamente, creo que esperaré a ver qué tal reacciona después de que el Orbital haya sido destruido y nos hayamos puesto en camino. Ahhh… En cuanto a la nueva… Gravant… Parece eficiente. Tengo la impresión de que quizá necesite…, ah, necesite… un poco de mano dura…, parece necesitar disciplina… No creo que vaya a tener…, ah, conflictos con nadie. La que más me preocupaba era Yalson, pero no creo…, ah… Creo que todo irá bien. Pero con las mujeres nunca se sabe, ah…, naturalmente, así que… Pero me gusta… Creo que tiene clase y quizá… No sé… Quizá pudiera ser una buena número dos, si sabe adaptarse.

»La verdad es que necesito más gente… Ummm… Las cosas han ido bastante mal últimamente, pero creo que he sido… No me han apoyado lo suficiente. Jandraligeli, obviamente…, y no sé; intentaré averiguar si puedo hacer algo con él, porque… La verdad es que se ha portado… Ahhh… Me ha traicionado; no hay otra forma de expresarlo… Creo que se trata de eso; cualquiera estaría de acuerdo conmigo. Puede que hable con Gahlssel durante la partida, suponiendo que se presente… No creo que esté a la altura de lo que necesita, y pienso decírselo francamente a Ghalssel dado que los dos estamos metidos… en el mismo, ah…, negocio, y yo… Sé que habrá oído rumores…, bueno, escuchará lo que tenga que decirle, porque conoce las responsabilidades del liderazgo y…, ah…, mi forma de actuar.

»Bueno… Reclutaré a unas cuantas personas más después de la partida, y después de que el VGS haya partido dispondré de algún tiempo… Tendremos que pasar bastante tiempo en esta bodega y haré correr la voz. Tiene que haber… montones de personas con ganas de alistarse… Ah… Oh, sí; no debo olvidar lo de la lanzadera mañana. Estoy seguro de que puedo conseguirla por un precio más barato. Ah, naturalmente, podría ganar la partida… —La vocecita que brotaba de la rejilla se rió: un eco metálico—. Sería increíblemente rico y… —La risa volvió a sonar, ahora aún más distorsionada que antes—. Entonces toda esta mierda dejaría de importarme, claro…, mierda, sólo…, ja…, podría regalar la Turbulencia en cielo despejado al primero que encontrara…, bueno, la vendería… y me retiraría… Ya veremos…

La voz se desvaneció. Horza desconectó la grabadora. La dejó donde la había encontrado y frotó el anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Después se quitó la bata y se puso su traje, el que Kraiklyn le había robado. El traje empezó a hablarle y Horza le ordenó que desconectara el sistema vocal.

Se contempló en el campo inversor de las puertas del armario, irguió los hombros, se aseguró de que la pistola de plasma que colgaba de su muslo estaba activada, guardó los dolores y el cansancio en las profundidades de su mente, salió del camarote y fue por el pasillo hacia el comedor.

Yalson y la mujer que era Balveda estaban sentadas al extremo de la mesa debajo de la pantalla. La habían apagado y estaban hablando. Cuando Horza entró en el comedor las dos alzaron la cabeza y le miraron fijamente. Horza fue hacia ellas y se sentó a dos sitios de distancia de Yalson, quien contempló su traje con expresión pensativa.

—¿Vamos a algún sitio? —le preguntó.

—Quizá —dijo Horza mirándola a la cara durante unos segundos. Volvió la cabeza hacia Balveda y sonrió—. Lo siento, Gravant, pero me temo que he cambiado de opinión en cuanto a usted. No me queda más remedio que rechazarla. Lo siento, pero no hay sitio para usted a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Espero que lo comprenda…

Cruzó las manos sobre la mesa y volvió a sonreír. Balveda —cuanto más la miraba más seguro estaba de que era ella—, pareció tomárselo bastante mal. Abrió la boca como si se dispusiera a hablar y sus ojos fueron de Horza a Yalson y volvieron a posarse en Horza. Yalson estaba frunciendo el ceño.

—Pero… —empezó a decir Balveda.

—¿De qué diablos estás hablando? —exclamó Yalson con voz irritada—. No puedes…

—Verás —dijo Horza sonriendo—, he decidido que debemos reducir el número de gente a bordo y…

—¿Qué? —gritó Yalson, golpeando la mesa con la palma de su mano—. ¡Pero si sólo quedamos seis! ¿Qué diablos se supone que podemos hacer siendo sólo seis si…? —No llegó a completar la frase. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono de voz más suave, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados como si quisiera verle mejor—. ¿O es que hemos tenido suerte en un juego…, en un juego de azar, quizá, y no queremos movernos en más direcciones de las que sean absolutamente necesarias?

Horza la contempló en silencio durante unos segundos y sonrió.

—No, pero he vuelto a contratar los servicios de un ex miembro de nuestra tripulación —dijo—, y eso altera un poco los planes que me había trazado… El hueco en la dotación de esta nave que tenía intención de llenar con Gravant ya no existe.

—¿Has conseguido que Jandraligeli vuelva con nosotros después de todo lo que le dijiste?

Yalson se rió y se reclinó en el asiento.

Horza meneó la cabeza.

—No, querida mía —dijo—. Como habría podido explicarte hace ya bastante rato si no me hubieras interrumpido a cada momento, cuando estaba en Evanauth me encontré con nuestro amigo el señor Gobuchul, y tiene muchas ganas de volver con nosotros.

—¿Horza?

Yalson pareció estremecerse levemente y su voz tembló a causa de la tensión. Horza pudo ver cómo intentaba controlarse. «Oh, dioses —dijo una vocecilla dentro de su mente—, ¿por qué todo esto me resulta tan doloroso?»

—¿Está vivo? ¿Estás seguro de que era él? Kraiklyn, ¿estás seguro?

Los ojos de Horza fueron rápidamente de una mujer a otra. Yalson estaba inclinada sobre la mesa con los puños apretados. Las luces del comedor hacían brillar sus ojos. Su esbelto cuerpo parecía muy tenso, y el vello dorado que cubría su piel morena relucía con destellos iridiscentes. Balveda parecía confusa, como si no supiera qué hacer. Horza vio cómo empezaba a morderse los labios y se contenía enseguida.

—Vamos, Yalson, jamás se me ocurriría gastarte semejante clase de bromas —le aseguró Horza—. Horza está perfectamente, y se encuentra no muy lejos de aquí. —Contempló la pantalla repetidora de la muñequera de su traje para ver qué hora era—. De hecho, he quedado citado con él en una de las esferas de recepción del puerto a las…, bueno, justo antes de que el VGS se marche de aquí. Me dijo que necesitaba resolver un par de asuntos pendientes en la ciudad. También me pidió que te dijera que…, ahhh…, esperaba que siguieras apostando por él. —Se encogió de hombros—. Algo así…

—¡No estás bromeando! —exclamó Yalson y sus labios se curvaron en una sonrisa. Meneó la cabeza, se pasó una mano por el pelo y sus dedos golpearon suavemente la superficie de la mesa un par de veces—. Oh… —dijo.

Volvió a apoyar la espalda en su asiento. Sus ojos pasaron de la mujer al hombre y acabó encogiéndose de hombros sin decir nada más.

—Por lo tanto, Gravant, ya no te necesitamos —dijo Horza volviéndose hacia Balveda.

La agente de la Cultura abrió la boca, pero Yalson se le adelantó con un leve carraspeo.

—Oh, Kraiklyn, deja que se quede a bordo —dijo—. ¿Qué importancia tiene una persona más o menos?

—La tiene, Yalson —dijo Horza con cautela, repasando mentalmente todo lo que sabía sobre Kraiklyn—. Soy el capitán de esta nave y soy quien toma las decisiones.

Yalson dio la impresión de querer decir algo, pero lo que hizo fue volverse hacia Balveda y extender los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Se reclinó en su asiento, cerró los ojos y acarició la mesa con las yemas de los dedos. Estaba intentando no sonreír.

—Bueno, capitán —dijo Balveda poniéndose en pie—, usted sabrá lo que le conviene… Recogeré mis cosas.

Salió rápidamente del comedor. El ruido de sus pasos se mezcló con los de otra persona, y tanto Horza como Yalson oyeron algunas palabras ahogadas. Un instante después Dorolow, Wubslin y Aviger entraron en el comedor. Aviger abrazaba a la pequeña y regordeta Dorolow. Todos iban vestidos con ropas multicolores, tenían el rostro enrojecido y parecían muy contentos.

—¡Nuestro capitán! —gritó Aviger. Los dedos de Dorolow no se apartaban de la mano que Aviger le había puesto en el hombro. Sonrió. Wubslin le saludó distraídamente; el corpulento ingeniero parecía bastante borracho—. Veo que ha estado en la guerra —dijo Aviger contemplando el rostro de Horza.

El Cambiante había dado instrucciones a su organismo para que intentara reducir los daños al mínimo, pero su rostro seguía indicando que había estado metido en una pelea.

—¿Qué ha hecho Gravant, Kraiklyn? —graznó Dorolow.

También parecía muy animada, y su voz era todavía más estridente de lo que recordaba.

—Nada —dijo Horza. Contempló a los tres mercenarios y les sonrió—. Pero Horza Gobuchul ha vuelto de entre los muertos, por lo que he decidido que no la necesitamos.

—¿Horza? —exclamó Wubslin, y su bocaza se abrió en una expresión de sorpresa casi exagerada.

Los ojos de Dorolow fueron de Horza a Yalson, y la expresión de su rostro y su sonrisa transmitían claramente la pregunta «¿Es cierto?» Yalson se encogió de hombros, y le lanzó una mirada de felicidad y esperanza aún levemente teñida de suspicacia al hombre que creía era Kraiklyn.

—Estará a bordo poco antes de que Los fines de la inventiva se marche de aquí —dijo Horza—. Tenía algunas cosas que hacer en la ciudad. Quizá fuera algún asunto turbio… —Horza les obsequió con la sonrisa condescendiente que Kraiklyn utilizaba de vez en cuando—. ¿Quién sabe?

—Vaya —dijo Wubslin, tambaleándose ligeramente y contemplando a Aviger por encima de Dorolow—. Puede que ese tipo estuviera buscando a Horza… Quizá deberíamos advertirle.

—¿Qué tipo? ¿Dónde? —preguntó Horza.

—Tiene alucinaciones —dijo Aviger moviendo una mano—. Demasiado vino de hígado.

—¡Tonterías! —exclamó Wubslin, asintiendo con la cabeza y mirando primero a Aviger y luego a Horza—. Y un robot… —Puso las manos delante de su rostro, juntó las palmas y las separó unos veinticinco centímetros—. Un cabroncete bastante pequeño. No debía ser más grande que esto…

—¿Dónde? —Horza meneó la cabeza—. ¿Y por qué crees que alguien puede andar detrás de Horza?

—Ahí fuera, debajo del tubo de viaje —dijo Aviger.

—Por la forma en que salió de la cápsula daba la impresión de que esperaba pelea en cualquier momento —dijo Wubslin—. Estoy seguro de que ese tipo era un policía, o algo parecido.

—¿Y Mipp? —preguntó Dorolow. Horza guardó silencio durante un segundo y su frente se arrugó en un fruncimiento de ceño que no iba dirigido a nada ni a nadie en particular—. ¿Dijo algo de Mipp? —le preguntó Dorolow.

—¿Mipp? —exclamó Horza alzando los ojos hacia Dorolow—. No. —Meneó la cabeza—. No, Mipp no lo consiguió.

—Oh, lo siento —dijo Dorolow.

—Escuchad —dijo Horza mirando a Wubslin y Aviger—, ¿creéis que ahí fuera hay alguien que anda detrás de uno de nosotros?

—Un hombre —dijo Wubslin asintiendo lentamente con la cabeza—, y un robotito minúsculo con pintas de ser todo un mal bicho.

Horza se acordó del insecto que se había posado unos instantes sobre su muñeca en la bodega justo antes de subir a bordo de la Turbulencia en cielo despejado y se estremeció. Sabía que la Cultura poseía máquinas e insectos artificiales de ese tamaño.

—Hmmm —dijo Horza frunciendo los labios. Asintió para sí mismo y alzó los ojos hacia Yalson—. Deprisa, asegúrate de que Gravant abandona la nave, ¿de acuerdo? —Se puso en pie y le dejó el camino libre a Yalson, quien salió rápidamente del comedor. Horza la vio alejarse por el pasillo hacia los camarotes. Miró a Wubslin y le indicó con los ojos que fuese hacia el puente—. Vosotros dos quedaros aquí —dijo en voz baja volviéndose hacia Aviger y Dorolow.

Aviger y Dorolow se separaron lentamente el uno del otro y se sentaron. Horza fue al puente.

Le hizo una seña a Wubslin para que ocupara el puesto del ingeniero y se sentó en el del piloto. Wubslin dejó escapar un suspiro de cansancio. Horza cerró la puerta y repasó a toda velocidad cuanto había descubierto sobre los procedimientos a seguir en el puente durante las primeras semanas que había pasado como tripulante de la Turbulencia en cielo despejado. Estaba inclinándose hacia el panel de comunicaciones para conectar los canales cuando algo se movió junto a la consola muy cerca de sus pies. Horza se quedó inmóvil.

Wubslin miró hacia abajo, se agachó con un esfuerzo claramente audible y metió su cabezota entre las piernas. La nariz de Horza captó una vaharada de olor a alcohol.

—¿Todavía no has terminado? —preguntó Wubslin, con la voz ahogada por sus muslos.

—Me asignaron otro trabajo; acabo de volver —protestó una vocecita artificial.

Horza se reclinó en el asiento y miró bajo la consola. Un robot que debía medir unas dos terceras partes del tamaño del que le había escoltado desde el ascensor a la bodega donde estaba la Turbulencia en cielo despejado emergió del laberinto de cables que asomaba por una compuerta de inspección abierta.

—¿Qué es esa cosa? —preguntó Horza.

—Oh —dijo Wubslin con voz cansada dejando escapar un eructo—, es el mismo que ha estado aquí desde… Lo recuerda, ¿no? Venga, tú —dijo volviéndose hacia la máquina—. El capitán quiere hacer una prueba de comunicaciones.

—Oye, ya he terminado —dijo la máquina. Su voz sintetizada estaba impregnada de irritación—. Estoy poniendo un poco de orden aquí dentro y acabando de limpiar, ¿entendido?

—Bueno, pues muévete —dijo Wubslin. Sacó la cabeza de debajo de la consola y miró a Horza como pidiéndole disculpas—. Lo siento, Kraiklyn.

—No importa, no importa. —Horza movió la mano y conectó el comunicador—. Ah… —Miró a Wubslin—. ¿Quién controla el movimiento del tráfico por aquí? He olvidado con qué departamento he de hablar. ¿Y si quiero abrir las puertas de la bodega?

—¿Tráfico? ¿Abrir las puertas? —Wubslin le miró con cara de perplejidad y acabó encogiéndose de hombros—. Bueno, supongo que bastará con sintonizar el canal del control de tráfico, como cuando llegamos…

—Claro —dijo Horza. Pulsó el interruptor de la consola—. C