/ / Language: Español / Genre:thriller

Aguas Turbulentas

Ian Rankin

La desaparición de una estudiante, Philippa Balfour ¿niña rica rebelde, hija de un banquero bien acomodado e influyente? conduce a la policía a dos posibles pistas: la primera relacionada con la aparición de una muñeca de madera en un minúsculo ataúd abandonado en un paraje rural, a poca distancia de la casa de los Balfour; la segunda, su participación en un juego de rol a través de Internet dirigido por un misterioso gurú cibernético. Dos posibles pistas que vinculan casos antiguos de asesinatos no resueltos con otros más recientes. La policía, de Lothian y Borders, se pone en marcha, mientras Rebus investiga los deslavazados antecedentes históricos de crímenes sin resolver y la agente Siobhan Clarke sigue la pista virtual del misterioso «Programador», cuyas enrevesadas claves acaban dirigiendo los pasos de la investigación. Las vidas, virtuales y reales, dependen ahora de una fracción de segundo.

Ian Rankin

Aguas Turbulentas

The Falls

Nº 12 Serie Rebus

No por mi acento, del cual no perdí ni un ápice cuando vine a vivir a Inglaterra, sino más bien mi temperamento, esa parte típicamente escocesa de mi carácter, promiscua, agresiva, mezquina, morbosa y, pese a mis mejores deseos, profundamente deísta. Era, y siempre seré, un prófugo asqueroso del museo de historia antinatural…

PHILIP KERR, The Unnatural History Museum.

Capítulo 1

– Cree que yo la maté, ¿verdad?

Estaba sentado en el borde del sofá, la cabeza caída sobre el pecho. Tenía el pelo lacio, con flequillo largo, y las rodillas le temblaban como dos pistones; los talones de sus mugrientas zapatillas de deporte ni siquiera tocaban el suelo.

– ¿Has tomado algo, David? -preguntó Rebus.

El joven alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, cansados, y en su rostro alargado y anguloso se apreciaba que no se había afeitado. Se llamaba David Costello. No Dave o Davy, sino David; eso lo había dejado claro. Nombres, etiquetas y clasificaciones son datos muy importantes. Los periódicos diferían en su descripción: era «el novio», «el desdichado novio» o «el novio de la estudiante desaparecida». Era «David Costello, de veintidós años» o «el estudiante David Costello de veintipocos años», que «compartía piso con la señorita Balfour» o era «visitante habitual» del «piso de la misteriosa desaparecida».

Tampoco el piso era un piso más, sino «el piso en la lujosa nueva ciudad de Edimburgo», el «piso de un cuarto de millón de libras de los padres de la señorita Balfour». John y Jacqueline Balfour eran «los atribulados padres», «el anonadado banquero y su esposa», y su hija era «Philippa, de veinte años, estudiante de historia del arte en la Universidad de Edimburgo», «guapa», «vivaz», «despreocupada», «llena de vida».

Y había desaparecido.

El inspector Rebus, que estaba delante de la chimenea de mármol, cambió ligeramente de posición y se desplazó hacia un extremo de la misma. David Costello siguió con la mirada el movimiento.

– El médico me recetó unas pastillas -dijo por fin.

– ¿Las has tomado? -preguntó Rebus.

El joven negó despacio con la cabeza sin apartar los ojos de Rebus.

– No te lo reprocho -dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos-, te dejan unas horas aplatanado pero no cambian nada.

Hacía dos días que Philippa, «Flip» para los amigos y la familia, había desaparecido. No era mucho tiempo, pero era una desaparición inexplicable. Hacia las siete de la tarde habían ido a verla unos amigos al piso para confirmar que se reuniría con ellos una hora después en un bar del sector sur; era uno de esos pequeños locales modernos que habían surgido alrededor de la universidad a tenor del auge económico y del gusto por la iluminación discreta y los combinados carísimos.

Rebus los conocía porque había pasado por allí camino de la comisaría y al volver a casa.

No muy lejos había un pub anticuado donde se podían tomar combinados de vodka por una libra y media; sin embargo, las sillas no eran precisamente de lo último, y el personal, aunque sabía zanjar los altercados, no estaba muy al día en cuestión de cócteles.

La desaparecida salió del piso probablemente entre las siete y las siete y cuarto. Tina, Trist, Camille y Albie ya iban por la segunda ronda. Rebus había leído el expediente para verificar los nombres. Trist era el diminutivo de Tristram, y Albie, de Albert. Trist era pareja de Tina, y Albie, de Camille. Flip tenía que haber ido con David, pero éste, como ella les anunció por teléfono, no iba a acudir.

– Otra ruptura -les dijo en tono despreocupado.

Antes de salir del piso había conectado la alarma, aquello era para Rebus algo nuevo: un piso de estudiante con alarma; echó la llave de seguridad, bajó un tramo de escalera y salió a la calle. Hasta Princes Street había una buena cuesta, y otra más para alcanzar el sector sur en la ciudad vieja. No era corriente que lo hiciera a pie; pero no había ningún registro en el teléfono del piso ni en el móvil que demostrara que hubiese llamado a alguna empresa de taxis. Luego, si había tomado uno, debió de ser sobre la marcha, en la calle.

Si es que había llegado a avistar alguno.

– Yo no he sido, ¿sabe? -dijo David Costello.

– No has sido, ¿qué?

– Quien la mató.

– Nadie ha dicho que lo hicieras.

– ¿No? -replicó alzando la vista y clavándola en Rebus.

– No -respondió Rebus, pensando que en definitiva era su trabajo.

– Esa orden de registro… -empezó Costello.

– Es algo rutinario en un caso como éste -le informó Rebus.

Lo era, efectivamente: cuando se trata de una desaparición hay que comprobar todos los lugares en que puede hallarse la persona; se aplica el reglamento y se firma todo el papeleo para despejar cualquier incógnita. Había que registrar el piso del novio. Rebus podría haber añadido: «Lo hacemos porque nueve de cada diez veces el responsable es alguien conocido por la víctima». No son extraños los que buscan una víctima en plena noche, sino tus seres queridos los que te asesinan: cónyuges, amantes, hijos o hijas. Tu tío, tu mejor amigo; la persona en quien más confiabas. Te había engañado o la habías engañado tú. Sabías algo, tenías algo que les provocaba envidia o desprecio; o bien necesitaban dinero.

Si Flip Balfour estaba muerta no tardaría en aparecer el cadáver; si vivía y no quería que la encontraran, la tarea sería más difícil. Sus padres habían comparecido en la televisión rogándole que se pusiera en contacto con ellos; en la casa paterna había agentes para interceptar las llamadas en caso de que alguien pidiera rescate, y la policía registraba el piso de David Costello en Canongate, esperando encontrar algo, y también el piso de Flip Balfour. «Protegían» a David Costello para impedir que los medios de comunicación se le acercaran demasiado. Eso le habían dicho al joven y en parte era verdad.

La víspera se había hecho el registro del piso de Flip, del que Costello tenía llaves. A él le habían llamado a su piso a las diez de la noche: Trist le preguntaba si sabía algo de Flip, que tendría que haber salido hacia Shapiro's y no había llegado.

– Contigo no está, ¿verdad?

– En mí sería en el último en quien habría pensado -replicó Costello dolido.

– He oído que os habíais enfadado. ¿Por qué ha sido esta vez?

Trist se lo preguntó en tono dubitativo, un tanto en broma. Costello no contestó. Cortó la comunicación y llamó al móvil de Flip y, al saltarle el contestador, le dejó un mensaje para que le llamase. La policía había escuchado la grabación para detectar posibles indicios de falsedad en cada palabra, o frase. Trist volvió a llamar a Costello a medianoche; habían ido al piso de Flip y, como no estaba, preguntaron a otros amigos, pero nadie sabía nada. Aguardaron allí hasta que Costello llegó y abrió, pero en el piso no había ni rastro de Flip.

Todos pensaron que este caso pertenecía a la categoría de lo que la policía denomina «persona desaparecida», pero decidieron esperar a la mañana siguiente para avisar a casa de la madre de Flip en Lothian este. La señora Balfour marcó inmediatamente el 999. La mujer consideró que la centralita de la policía se la había sacado de encima, y llamó a su esposo al despacho de Londres. John Balfour era el socio mayoritario de un banco privado y, aunque el jefe de policía de Lothian y Borders no era cliente suyo, lo cierto es que al cabo de una hora ya había agentes asignados al caso por orden superior de la Casa Grande, es decir, de la Jefatura Central de Policía de Fettes Avenue.

David Costello abrió el piso a los dos agentes de Investigación Criminal. Todo estaba en orden y no encontraron indicio alguno del posible destino de Philippa Balfour. Era un piso precioso, con el suelo de madera natural y paredes recién pintadas. El salón era amplio, con dos balcones, y había dos dormitorios, uno de ellos transformado en estudio. La cocina moderna era más pequeña que el cuarto de baño, recubierto de madera de pino. En el dormitorio había muchas pertenencias de Costello y su ropa estaba apilada en una silla con libros, discos compactos y una bolsa de ropa sucia encima.

Cuando interrogaron a Costello al respecto, contestó que suponía que era cosa de Flip. «Nos enfadamos y seguramente reaccionó de esa manera», fueron sus palabras textuales. Sí, habían discutido en otras ocasiones, pero no recordaba que ella hubiese hecho un montón como aquél con sus cosas.

John Balfour llegó a Escocia en un jet privado que alquiló a un cliente comprensivo, y se presentó en el piso de la ciudad nueva casi antes que la policía.

«¿Y bien?», fue su primera pregunta, a la que Costello no supo responder más que con un «Lo siento».

Los de Investigación Criminal, hablando en privado del caso, habían atribuido diversos significados a tales palabras: podría tratarse de una discusión con la novia que acaba mal, la mata, esconde el cadáver pero, frente al padre, mantiene su educación innata y balbucea una semiconfesión.

«Lo siento.»

Había muchas maneras de interpretar esas palabras. Siento haber discutido con ella; siento que lo hayan molestado; siento que haya sucedido esto; siento no haberla cuidado; siento lo que he hecho…

Habían llegado también los padres de David Costello, que reservaron dos habitaciones en uno de los mejores hoteles de Edimburgo. Vivían en las afueras de Dublín. El padre, Thomas, era un hombre que «había hecho fortuna» y Theresa, la madre, era interiorista.

Dos habitaciones. En Saint Leonard se había hablado de aquel detalle de las dos habitaciones. Sí, era un matrimonio de un solo hijo, y vivían en una casa de ocho dormitorios.

Se había hablado aún más de por qué se ocupaba Saint Leonard de un caso ocurrido en la ciudad nueva; la comisaría más próxima al piso era la de Gayfield Square; sin embargo habían asignado especialmente a la investigación a agentes de Leith, Saint Leonard y Torphichen.

Todos interpretaban que alguien había movido los hilos para que se dejaran pendientes las demás investigaciones y se concentraran en el asunto de «la hija de un rico que se ha largado de casa».

Rebus, en su fuero interno, pensaba lo mismo del tema.

– ¿Quieres tomar algo? -dijo-. ¿Café, té?

Costello negó con la cabeza.

– ¿Te importa qué…?

Costello lo miró perplejo, pero inmediatamente comprendió.

– Por supuesto -respondió-. La cocina… -añadió con un gesto.

– Sé dónde está. Gracias -dijo Rebus.

Cerró la puerta al salir y se detuvo un instante en el pasillo, contento de estar fuera del agobiante salón. Le palpitaban las sienes y sentía la tensión de los nervios oculares. Oyó ruido en el estudio y asomó la cabeza por la puerta.

– Voy a poner el agua a hervir -dijo.

– Buena idea -repuso la agente Siobhan Clarke sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.

– ¿Alguna cosa?

– Té, gracias.

– No, quiero decir si…

– Ya. Todavía no tengo nada. Cartas a amigos y algunos fragmentos de sus trabajos de clase. Pero he de comprobar miles de correos electrónicos y necesitaría la contraseña.

– El señor Costello afirma que ella no se la dijo.

Clarke carraspeó.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Rebus.

– Significa que me pica la garganta -respondió Clarke-. Lo tomo con leche. Gracias.

Rebus la dejó, entró en la cocina, llenó la tetera y buscó bolsitas de té y tazas.

– ¿Cuándo podré marcharme?

Rebus se volvió hacia Costello, de pie en la entrada.

– Sería mejor que no te marchases -respondió Rebus-. Los periodistas y las cámaras… te acosarán y te llamarán constantemente por teléfono.

– Lo descolgaré.

– Te sentirás como un prisionero.

Vio que el joven se encogía de hombros diciendo algo que no entendió.

– ¿Cómo dices?

– Aquí no puedo quedarme -repitió Costello.

– ¿Por qué no?

– No lo sé…, es que… -Volvió a encogerse de hombros y se pasó las manos por el pelo aplastándoselo hacia atrás-. Echo de menos a Flip y casi no lo aguanto. No dejo de pensar que la última vez que la vi tuvimos una discusión.

– ¿Por qué motivo?

– Ni siquiera lo recuerdo -respondió Costello con una risa hueca.

– ¿Fue el día en que desapareció?

– Sí, por la tarde. Me largué hecho una furia.

– Discutíais mucho, ¿no? -preguntó Rebus como quien no quiere la cosa.

Costello no contestó, se quedó mirando al vacío y negó despacio con la cabeza. Rebus dio media vuelta, cogió dos bolsitas de té Darjeeling y las echó en las tazas. ¿Estaba Costello a punto de confesar? ¿Escuchaba Siobhan detrás de la puerta del estudio? Les habían encomendado el cuidado de Costello, y formaban parte de un equipo que hacía turnos de ocho horas; pero también lo habían llevado allí por otro motivo, pues era evidente que les era útil para aclararles los nombres que iban apareciendo en la correspondencia de Philippa Balfour. Rebus quería, además, que estuviera allí porque quizá fuese aquél el escenario del crimen, y cabía la posibilidad de que David Costello tuviera algo que ocultar. En Saint Leonard había empate de opiniones; en Torphichen, las apuestas eran dos contra uno y, para los de Gayfield, Costello era el sospechoso.

– Tus padres dijeron que podías ir a su hotel -dijo Rebus, volviéndose hacia el joven-. Han reservado dos habitaciones. Así que probablemente hay una libre.

Costello no entró al trapo. Siguió mirando al policía unos segundos, se dio media vuelta y asomó la cabeza por la puerta del estudio.

– ¿Ha encontrado lo que buscaba? -preguntó.

– Tardaremos aún -respondió Siobhan-. Lo mejor será que nos deje seguir.

– Ahí no va a encontrar nada -replicó él refiriéndose a la pantalla del ordenador; como ella no contestó, se irguió ligeramente y ladeó la cabeza-. ¿Es usted especialista?

– Es que es una tarea que hay que hacer -respondió ella en voz baja, como si no quisiera que se oyera fuera del cuarto.

Costello estuvo a punto de replicar, pero cambió de idea y volvió enfurecido al salón. Rebus entró con el té para Siobhan.

– Vaya estilo -dijo ella al ver la bolsita flotando en la taza.

– No sabía si te gustaba muy fuerte o no -repuso Rebus-. ¿Qué te ha parecido?

Clarke pensó un instante.

– Parece sincero.

– A lo mejor te dejas engañar por su carita de bueno.

Clarke resopló, sacó el sobre de té y lo echó a la papelera.

– Tal vez -dijo-. ¿A ti qué te parece?

– Mañana, conferencia de prensa -le recordó Rebus-. ¿Crees que podremos persuadir al señor Costello para que haga un llamamiento público?

* * *

Para hacer el turno de tarde llegaron dos agentes de Gayfield Square. Rebus se marchó a casa y se preparó un baño. Tenía ganas de estar un buen rato en el agua; echó lavavajillas bajo el chorro del agua caliente y recordó que era lo que hacían sus padres cuando él era niño. Llegaba sucio de jugar al fútbol y se daba un baño caliente con lavavajillas. No es que no pudiesen comprar gel de baño de burbujas, pero como decía la madre: «El lavavajillas está muy bien de precio».

En el cuarto de baño de Philippa Balfour había más de diez bálsamos, lociones de baño y aceites de burbujas. Rebus hizo recuento: maquinilla, crema de afeitar, pasta dentífrica, un cepillo de dientes y una pastilla de jabón; en el botiquín tenía tiritas, paracetamol y una cajita de condones. La abrió y vio que sólo quedaba uno; la había comprado en verano. Al cerrar el armarito vio reflejado en el espejo un rostro gris, de pelo canoso y carrillos fláccidos incluso cuando sacaba barbilla. Esbozó una sonrisa y vio una dentadura que se había saltado las dos últimas citas con el dentista, quien ya lo había amenazado con borrarlo de la lista.

– Paciencia, amigo, que hay más que esperan -musitó dando la espalda al espejo para desvestirse.

* * *

La fiesta de jubilación del comisario Granjero Watson comenzó a las seis. Era en realidad la tercera o cuarta fiesta, pero la última con carácter oficial. Habían adornado el Club de la Policía en Leith Walk con serpentinas, globos y una gran pancarta que decía: del arresto a un retiro bien merecido. En la pista de baile habían echado paja, completando la ambientación de una granja con un cerdo y una oveja hinchables. El bar estaba concurridísimo cuando llegó Rebus, quien en la entrada se cruzó con tres jefazos de la central que se iban. Miró el reloj y vio que eran las siete menos veinte. Habían concedido al jubilado cuarenta minutos de su precioso tiempo.

Por la mañana había tenido lugar una presentación en Saint Leonard a la que él no había asistido porque tenía servicio de vigilancia en el piso de la desaparecida, pero le habían explicado el discurso del ayudante del jefe de policía, Colin Carswell, y que otros oficiales de diversos destinos anteriores de Watson, algunos también retirados, habían pronunciado unas palabras. Estos eran los que se habían quedado para los festejos de la tarde y, por lo visto, se la habían pasado bebiendo a juzgar por las corbatas torcidas o ausentes y los rostros encendidos. Uno de ellos cantaba a voz en grito compitiendo con la música de los altavoces del techo.

– ¿Qué quiere tomar, John? -dijo Watson levantándose de la mesa para acercarse a Rebus, que había ido a la barra.

– Tal vez medio whisky, señor.

– ¡Sirva aquí media botella de whisky cuando pueda! -vociferó Watson al camarero que llenaba jarras de cerveza. Entornó los ojos y miró a Rebus-. ¿Ha visto a esos cabrones de la central?

– Me los he cruzado al entrar.

– Se han tomado un zumo de naranja, luego un simple apretón de manos y adiós. -Watson se esforzaba en no arrastrar las palabras para que no se le trabase la lengua y vocalizaba exageradamente-. Nunca había entendido del todo la expresión de «escoceses de pega», pero eso es lo que eran aquellos tipos.

Rebus sonrió y pidió al camarero que le sirviese un Ardbeg.

– Pero que sea un buen doble -ordenó Watson.

– Ha estado poniéndose a gusto, ¿eh, señor? -preguntó Rebus.

– Han venido unos antiguos compañeros a despedirme -dijo Watson dando un fuerte resoplido y asintiendo con la cabeza en dirección a la mesa.

Rebus miró hacia allí a su vez y vio a un grupo de beodos.

Más atrás había un buffet dispuesto sobre unas mesas con sandwiches, panecillos con salchichas, patatas fritas y cacahuetes. Vio caras conocidas de la jefatura regional de Lothian y Borders. Macari, Allder, Shug Davidson y Roy Frazer. Bill Pryde charlaba con Bobby Hogan, y Grant Hood estaba junto a Claverhouse y Ormiston, de la Brigada Criminal, tratando de aparentar que no le interesaba de qué hablaban. George Hi-Ho Silvers comenzaba a darse cuenta de la inutilidad de sus intentos de ligue con las agentes Phyllida Hawes y Ellen Wylie. Jane Barbour, de la central, charlaba con Siobhan Clarke, que había estado destinada un tiempo a sus órdenes en la Unidad de Delitos Sexuales.

– Si lo supieran los delincuentes harían su agosto -dijo Rebus-. ¿Quién hay en la comisaría?

– Sí, en Saint Leonard se han quedado en cuadro -contestó Watson echándose a reír.

– Ha venido mucha gente. No creo que haya tanta cuando yo me jubile.

– Me apostaría algo a que acudirá más -dijo Watson inclinándose-. Los primeros, los jefazos para asegurarse de que no es un sueño.

Rebus sonrió. Alzó el vaso y brindó por su jefe. Saborearon el whisky y Watson se pasó la lengua por los labios.

– ¿Cuándo va a ser eso? -preguntó.

Rebus se encogió de hombros.

– Aún no llevo treinta años en el cuerpo.

– Poco le faltará, ¿no?

– Ni idea.

Pero mentía, porque casi todas las semanas pensaba que con treinta años de servicio tendría derecho a jubilarse con la pensión máxima, el ansiado objetivo de casi todos los policías: retirarse a los cincuenta en un chalecito junto al mar.

– Le voy a explicar una historia que no suelo contar -dijo Watson-. Mi primera semana en el cuerpo, estaba yo de servicio en el turno de noche, en el mostrador de atención al público, cuando entró un chaval, no tendría ni trece años, que fue directamente a mí. «He roto a mi hermanita», dijo. -Watson miraba al vacío-. Parece que le estoy viendo decirlo… «He roto a mi hermanita.» Yo no sabía qué quería decir, pero resultó que la había empujado por la escalera y la había matado. -Hizo una pausa y bebió un trago de whisky-. Eso en mi primera semana en el cuerpo. ¿Sabe lo que me dijo el sargento? «La cosa irá a mejor.» -Watson forzó una sonrisa-. Nunca he estado muy seguro de que tuviese razón… -Alzó de pronto los brazos y sonrió abiertamente-. ¡Ah, por fin! ¡Aquí está! Pensaba que me daba plantón.

Dio un abrazo asfixiante a la comisaria jefa Gill Templer secundado por un beso en ambas mejillas.

– No me diga que viene a animar la velada con el espectáculo de su persona… Perdone el lenguaje sexista -añadió haciendo amago de darse un palmetazo en la frente-. ¿Va a denunciarme?

– Lo dejaré pasar por esta vez -respondió Gill Templer- a cambio de una copa.

– Pago yo la ronda -dijo Rebus-. ¿Qué tomas?

– Un vodka largo.

Bobby Hogan llamó a voces a Watson para que zanjara una discusión.

– El deber me llama -se excusó Watson para dirigirse a la mesa con paso tambaleante.

– ¿Es su numerito? -aventuró Gill Templer.

Rebus se encogió de hombros. La especialidad de Watson era recitar de carrerilla los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y su récord era menos de un minuto; en aquella ocasión seguro que no iba a ser menos.

– Un vodka largo -dijo Rebus al camarero de la barra-. Y otros dos de éstos -añadió alzando el vaso-. Uno es para Watson -aclaró al ver la mirada de Gill.

– Por supuesto -dijo ella con sonrisa de compromiso.

– ¿Tienes ya fecha para tu fiesta? -preguntó Rebus.

– ¿Cuál?

– La primera comisaria de la policía escocesa…, creo que merece una fiesta, ¿no?

– Me tomaré un zumo cuando me lo digan. -Vio que el camarero echaba un chorrito de angostura en su vaso-. ¿Qué tal el caso Balfour?

– ¿Es mi nueva jefa quien lo pregunta? -replicó Rebus mirándola.

– John…

Era curioso cuánto podía expresar una sola palabra. Rebus no acababa de captar todos los matices, pero sí los suficientes.

«John, no insistas.»

«John, sé que hay una historia entre nosotros, pero de eso hace mucho tiempo.»

Gill Templer se había roto los cuernos por llegar a ocupar aquel cargo, pero sabía que, en cualquier caso, iban a fiscalizarla al máximo porque había muchos que se alegrarían de un fracaso por su parte, y entre ellos algunos que ella habría calificado de amigos.

Rebus asintió con la cabeza, pagó las bebidas y echó el resto del whisky en el nuevo vaso.

– Para que no beba más -dijo señalando con la cabeza a Watson, que ya recitaba los libros del Nuevo Testamento.

– Tú siempre sacrificándote por los demás -soltó Gill Templer.

Watson concluyó su retahíla y se oyó una ovación. Alguien contó que era un nuevo récord, pero Rebus sabía que no, era sólo un cumplido protocolario como el reloj de oro de pulsera o de sobremesa. El whisky sabía a algas y a turba, y estaba convencido de que a partir de entonces, cuando bebiera Ardbeg, pensaría en aquel niño entrando en la comisaría…

Siobhan Clarke fue hacia ellos cruzando el salón.

– Enhorabuena -dijo dando la mano a Gill Templer.

– Gracias, Siobhan -contestó ella-. Quizá tú llegues algún día.

– ¿Por qué no? -repuso Siobhan-. El que la sigue la consigue -añadió alzando un puño sobre la cabeza.

– ¿Tomas algo, Siobhan? -preguntó Rebus. Las dos mujeres intercambiaron una mirada. -Es casi para lo único que sirven -dijo Siobhan haciendo un guiño; se echaron las dos a reír y Rebus se alejó.

* * *

El karaoke comenzó a las nueve. Rebus fue a los servicios y notó el sudor enfriándosele en la espalda. Se había guardado la corbata en el bolsillo y tenía la chaqueta colgada en el respaldo de una silla junto a la barra. Ya se habían marchado muchos de los asistentes, algunos para incorporarse al turno de noche, otros porque habían recibido una llamada por el móvil o por el busca, pero ahora llegaban otros que venían de cambiarse el uniforme en casa. Una agente de la sala de comunicaciones de Saint Leonard se había presentado con falda corta y era la primera vez que Rebus le veía las piernas. Un bullanguero cuarteto de veteranos destinados en comisarías de Lothian oeste, donde había trabajado Watson, irrumpió con fotos de la revista Farmer de veinticinco años atrás. Les habían añadido huellas dactilares y la cabeza de Watson estaba unida a cuerpos de tíos cachas, algunos en posturas más que exageradas.

Rebus se lavó las manos y se echó agua en la cara y en la nuca. Como de costumbre, había sólo secamanos eléctrico y sacó su pañuelo para usarlo como toalla; en aquel momento entró Bobby Hogan.

– ¿Tú también estás borracho? -preguntó Hogan dirigiéndose a los urinarios.

– ¿Acaso me has oído cantar, Bobby?

– Tú y yo deberíamos cantar a dúo Mi cubo tiene un agujero.

– Seguro que somos los únicos que conocemos esa canción.

Hogan contuvo la risa.

– ¿Recuerdas la época en que nosotros éramos los jóvenes reformistas?

– Hace un siglo de eso -replicó Rebus como hablando consigo mismo.

Hogan pensó que había oído mal, pero Rebus lo reiteró asintiendo con la cabeza.

– Bueno, ¿quién es el próximo homenajeado? -preguntó Hogan camino de la puerta.

– Yo no -dijo Rebus.

– ¿No?

– Yo no puedo jubilarme, Bobby -respondió Rebus secándose de nuevo el cuello-. Me moriría.

Hogan lanzó un bufido.

– Lo mismo me sucede a mí, pero el trabajo también me está matando.

Se miraron un instante y Hogan hizo un guiño al abrir la puerta. Volvieron al salón ruidoso y agobiante y Hogan, al ver a un viejo amigo, lo saludó con los brazos abiertos. Uno de los colegas veteranos de Watson empujó un vaso hacia Rebus.

– Bebe Ardbeg, ¿no?

Rebus asintió con la cabeza, relamió un poco lo que se le había vertido en el dorso de la mano y, al ver de nuevo a un chiquillo entrando en la comisaría, alzó el vaso y lo apuró de un trago.

* * *

Sacó las llaves del bolsillo y abrió el portal del edificio. Eran llaves nuevas, relucientes, hechas aquel mismo día. Rozó la pared con el hombro camino de la escalera y subió agarrándose bien a la barandilla. Con la segunda y tercera llave abrió la puerta del piso de Philippa Balfour.

No había nadie y la alarma no estaba conectada. Encendió las luces. La gruesa alfombra parecía enroscársele en los tobillos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para avanzar, agarrándose a la pared. Las habitaciones estaban tal como las había dejado, pero faltaba el ordenador, trasladado a la comisaría, donde Siobhan estaba segura de que el servidor de Internet de Balfour les facilitaría la contraseña de la desaparecida.

En el dormitorio ya no estaba el montón de ropa de David Costello. Se imaginó que se la habría llevado el muchacho sin permiso, porque no podía sacarse nada del piso sin autorización de los jefes. Aquellas prendas habrían debido examinarlas primero los del equipo forense para tomar muestras; aunque ya había oído rumores de que tenían que apretarse el cinturón porque en un caso como aquél los gastos podían ser astronómicos.

Fue a la cocina a servirse un gran vaso de agua y luego se sentó en el salón en el mismo sitio que había ocupado David Costello. Le chorreó agua por la barbilla. Los cuadros abstractos de las paredes producían visiones raras y se desplazaban cuando movía los ojos. Se agachó para dejar el vaso vacío en el suelo y acabó a cuatro patas. Algún cabrón le había echado algo en el whisky; no había otra explicación. Se dio la vuelta para sentarse y cerrar los ojos un instante. Personas desaparecidas: a veces es una pérdida de tiempo, porque al final aparecen o borran la pista si no quieren que las encuentren. Desaparecidos había muchos…; en la comisaría recibían constantemente descripciones y fotos de rostros ligeramente desenfocados como si ya fueran camino de convertirse en fantasmas. Parpadeó para abrir los ojos con fuerza y miró el techo y las elaboradas molduras. En la ciudad nueva, los pisos eran grandes, pero él prefería su barrio, había más tiendas y menos niebla.

Al Ardbeg tenían que haberle echado algo. Seguramente no volvería a beberlo para que no le evocara el fantasma del crío. Se preguntó qué habría sido de aquel chiquillo. ¿Lo habría hecho por accidente o ex profeso? Un chiquillo que ya sería padre, abuelo quizá. ¿Seguiría soñando con la hermana a la que había matado? ¿Recordaría al joven agente uniformado, nervioso, detrás del mostrador? Pasó las manos por el suelo. Era un suelo de madera bien pulido. No habían levantado aún los tablones; advirtió un hueco entre dos tablones y metió las uñas pero no consiguió nada y tumbó sin querer el vaso, que rodó por el suelo, llenando con su ruido el cuarto. Lo siguió con la vista hasta la puerta, donde lo detuvieron unos pies.

– ¿Qué demonios pasa aquí?

Rebus se puso en pie. El hombre que tenía ante sí aparentaba cuarenta y tantos años y lo miraba con las manos en los bolsillos de un abrigo de lana tres cuartos; separó las piernas bloqueando el paso.

– ¿Quién es usted? -preguntó Rebus.

El hombre sacó una mano del bolsillo y se la llevó a la oreja. Tenía un móvil.

– Voy a llamar a la policía -contestó.

– Soy policía -dijo Rebus sacando la identificación-. Inspector Rebus.

El hombre examinó el carnet y se lo devolvió.

– Soy John Balfour -dijo en tono más suave.

Rebus asintió con la cabeza. Se lo había imaginado.

– Lamento que… -comenzó a disculparse mientras se guardaba el carnet y sentía que la rodilla izquierda le flaqueaba.

– Usted ha bebido.

– Sí, lo siento. Vengo de una fiesta de jubilación. No estaba de servicio, si se refiere a eso.

– ¿Puedo preguntarle qué hace, en tal caso, en el piso de mi hija?

– Naturalmente -replicó Rebus mirando a su alrededor-. Es que quería… ver si…, es decir…

No encontró las palabras.

– Haga el favor de marcharse.

Rebus inclinó levemente la cabeza.

– Por supuesto -dijo, al tiempo que Balfour se apartaba para dejarle paso sin que lo rozara.

Rebus se detuvo en el pasillo y se volvió ligeramente para disculparse, pero el padre de Philippa Balfour estaba junto a la ventana del salón y miraba a la calle agarrado a las contraventanas con ambas manos.

Rebus bajó la escalera con cuidado, ya casi sobrio, y cerró el portal sin mirar atrás ni hacia la ventana del primer piso. No había nadie por la calle y la calzada brillante por efecto del chubasco reflejaba la luz de las farolas. Sólo se oía el ruido de sus zapatos subiendo la cuesta camino de Queen Street, George Street y Princes Street hacia el puente North. Era la hora de salida de los pubes, y la gente que volvía a casa andaba buscando taxi y a los amigos rezagados. Dobló a la izquierda en Tron Kirk y bajó hacia Canongate. Junto al bordillo había un coche patrulla con dos agentes, uno despierto y el otro dormido. Dos agentes de la comisaría de Gayfield; o les había tocado la china, o aquel ingrato turno de noche era un castigo del jefe. El que estaba despierto, con un periódico doblado e inclinado hacia la escasa luz del salpicadero, no reparó mucho en Rebus pensando que era un peatón, pero cuando éste dio un golpazo en el techo del coche soltó sobresaltado el periódico, que fue a caer en la cabeza del dormido, quien se despertó de un respingo, dando un zarpazo defensivo.

Mientras el cristal de la ventanilla bajaba, Rebus se inclinó hacia el agente.

– Llamada urgente de medianoche, caballeros -dijo.

– Casi me cago del susto -contestó el otro recogiendo las hojas del periódico.

Era Pat Connolly, que se había pasado sus primeros años en el departamento de Investigación Criminal batallando contra el apodo de Paddy; su compañero era Tommy Daniels, quien sí parecía satisfecho, como en todo lo demás, con el suyo, Distante, que decía bastante de su carácter. Despertado tan bruscamente de su sueño, al ver a Rebus, a quien conocía, se limitó a poner los ojos en blanco.

– Podrías habernos traído un café -dijo Connolly.

– Podría -replicó Rebus-. O un diccionario -añadió mirando el crucigrama del periódico, apenas rellenado con algunas palabras-. ¿Una noche tranquila?

– Sólo algún forastero que pregunta una dirección -contestó Connolly.

Rebus sonrió y miró a un lado y a otro. Era el centro del Edimburgo turístico. Junto a los semáforos había un hotel; en la otra acera, una tienda de géneros de punto y otra de regalos, pastillas y licoreras. Cincuenta metros más allá, un artesano de faldas escocesas, y algo más lejos, agazapada entre otras sin luces, la casa de John Knox. La ciudad vieja había sido una vez todo Edimburgo: una estrecha columna vertebral que discurría desde el castillo hasta Holyrood con escarpadas callejuelas laterales a guisa de costillas. Al aumentar la población y agravarse las malas condiciones higiénicas, se construyó la ciudad nueva, de una elegancia georgiana, como un reto a aquella ciudad vieja y a quienes no podían permitirse el traslado. A Rebus le intrigaba que, mientras que Philippa Balfour había elegido vivir en la ciudad nueva, David Costello hubiera optado por la vieja.

– ¿Está en casa? -preguntó.

– ¿íbamos a estar aquí de plantón, si no? -respondió Connolly mirando fijamente a su compañero, que se servía sopa de tomate de un termo. Distante olió el líquido con recelo y dio un trago-. Mire, quizás usted nos venga como anillo al dedo.

– ¿Ah, sí?

– Sí, para zanjar una discusión sobre Deacon Blue. «Wages Day», ¿es el primer disco o el segundo?

– Sí, ha sido una noche tranquila -dijo Rebus sonriendo-. El segundo -añadió tras pensarlo un instante.

– Me debes cincuenta libras -le recordó Connolly a Distante.

– ¿Os importa que haga una pregunta? -dijo Rebus agachándose y sintiendo crujir las rodillas.

– Adelante -concedió Connolly.

– ¿Qué hacéis si necesitáis mear?

Connolly sonrió.

– Si Distante está dormido, lo hago en su termo.

A Distante le salió el buche de sopa por la nariz. Rebus se puso en pie y sintió que la sangre le bombeaba las sienes; aviso a navegantes: resaca de fuerza diez a la vista.

– ¿Va a entrar? -preguntó Connolly.

Rebus volvió a mirar hacia el piso.

– Me lo estoy pensando.

– Es que tenemos que tomar nota.

– Lo sé -dijo Rebus asintiendo con la cabeza.

– ¿Viene de la fiesta de despedida de Watson?

– ¿Por qué lo dices? -preguntó Rebus volviéndose hacia el coche.

– Bueno, porque ha bebido, ¿no? Quizá no sea el momento más indicado de ir a ese piso…, señor.

– Seguramente tienes razón…, Paddy -replicó Rebus camino del portal.

* * *

– ¿Recuerdas lo que me preguntaste?

Rebus aceptó el café que le ofreció David Costello. Sacó dos paracetamoles del papel de plata y se los tomó con un trago. Era medianoche, pero Costello no dormía. Llevaba una camiseta negra, vaqueros negros y estaba en calcetines. Debía de haber hecho una escapada ilegal porque tenía en el suelo una bolsa con media botella de Bell's, de la que sólo faltaba un par de tragos. Bebedor no era, dedujo Rebus. No respondía al comportamiento de un bebedor ante una crisis; había recurrido al whisky, pero había tenido que comprarlo y no había liquidado la botella entera.

Era un cuarto de estar pequeño y al piso se accedía por una empinada escalera de caracol con escalones de piedra desgastados. Las ventanas eran minúsculas por tratarse de un edificio centenario de la época en que la calefacción era un lujo; cuanto más pequeñas fueran las ventanas, menos calor se perdía.

Separaban la cocina del cuarto de estar un peldaño y un tabique divisorio con una puerta de doble anchura. Como indicios de que a Costello le gustaba cocinar se veían cazuelas y sartenes colgadas de ganchos de carnicería. En la zona de estar no faltaban libros y discos compactos. Rebus echó una mirada a los discos: John Martyn, Nick Drake, Joni Mitchell. Tranquila pero cerebral. Los libros debían de ser textos de los estudios de literatura inglesa que seguía el joven.

Costello se sentó en un futón rojo y Rebus optó por una silla de respaldo recto. Eran muebles que tenían el aspecto de esos que colocan de reclamo fuera de las tiendas en Causewayside, cuya categoría de «antigüedades» incluye pupitres de los años sesenta y archivadores metálicos verdes, procedentes de remodelaciones de oficinas.

Costello se pasó la mano por el pelo y no dijo nada.

– Me preguntaste si pensaba que habías sido tú -añadió Rebus contestando a su propia pregunta.

– Había sido, ¿qué?

– El asesino de Flip. Me parece que dijiste: «Cree que la he matado yo, ¿verdad?».

Costello asintió con la cabeza.

– Es que es lógico, ¿no? Nos peleamos y es normal que me considere sospechoso.

– David, de momento eres el único sospechoso.

– ¿De verdad cree que le ha sucedido algo?

– ¿Qué crees tú?

– No hago más que estrujarme el cerebro desde el primer momento.

Permanecieron en silencio un rato.

– ¿A qué ha venido aquí? -preguntó Costello de improviso.

– Ya te he dicho que iba camino de casa. ¿Te gusta la ciudad vieja?

– Sí.

– Es algo distinta de la nueva. ¿No pensaste en trasladarte cerca de donde vive Flip?

– ¿Qué insinúa?

Rebus se encogió de hombros.

– Quizá vuestras preferencias sobre Edimburgo arrojen cierta luz sobre vosotros dos.

– Ustedes, los escoceses, son a veces muy reduccionistas -dijo Costello con una risa seca.

– ¿En qué sentido?

– Ciudad vieja frente a ciudad nueva, católicos contra protestantes, costa este y costa oeste… Las cosas suelen ser algo más complicadas.

– Yo me refería a que los contrarios se atraen.

Se hizo otro silencio y Rebus examinó el cuarto.

– ¿No revolvieron mucho?

– ¿Quiénes?

– Los que hicieron el registro.

– Podría haber sido peor.

Rebus dio un sorbo al café fingiendo que lo degustaba.

– Aquí no habrías dejado el cadáver, ¿verdad? Quiero decir que sólo los pervertidos hacen una cosa así. -Costello lo miró-. Perdona, me refería a que…; hablaba en teoría. No afirmo nada. Pero los de la científica no buscarían un cadáver. Ellos se ocupan de detalles que a nosotros nos pasan desapercibidos. Rastros de sangre, fibras, un cabello -añadió Rebus moviendo la cabeza despacio-. Los jurados creen todo eso. El criterio policial clásico ya no cuenta -dijo dejando la taza y metiendo la mano en el bolsillo para coger el tabaco-. ¿Te importa que…?

Costello se mostró indeciso.

– La verdad es que yo también me fumaría uno, si me lo ofrece.

– Por favor -dijo Rebus cogiendo un pitillo, encendiéndolo y tirando a continuación cajetilla y encendedor al joven-. Líate un porro si quieres -añadió-. Si es que fumas.

– No fumo.

– Veo que ahora la vida estudiantil es muy distinta.

Costello expulsó el humo mirando el cigarrillo como si fuera un objeto extraño.

– Supongo que sí -dijo.

Rebus sonrió. Eran dos adultos que charlaban afablemente fumando un cigarrillo. Cosas de la madrugada, la hora de la verdad, cuando los demás duermen y nadie escucha a escondidas. Se levantó y se acercó a la estantería de libros.

– ¿Cómo os conocisteis? -preguntó cogiendo un libro y hojeándolo.

– En una cena. Conectamos de inmediato. A la mañana siguiente, después de desayunar dimos un paseo por el cementerio de Warriston y supe que la quería… Quiero decir que no era una simple aventura de una noche.

– ¿Te gusta el cine? -preguntó Rebus al advertir que había una hilera de libros sobre el tema.

– Me gustaría escribir un guión algún día -respondió Costello mirándolo.

– Estupendo -concedió Rebus, que había abierto otro libro con una serie de poemas sobre Alfred Hitchcock-. ¿No fuiste al hotel? -añadió tras una pausa.

– No.

– Pero ¿has visto a tus padres?

– Sí.

Costello dio otra profunda calada al cigarrillo. Vio que no había cenicero y buscó con la vista algo adecuado: dos palmatorias. Una para Rebus y otra para él. Al dar la espalda a los libros, el pie de Rebus rozó algo: era un soldado de metal de apenas dos centímetros. Se agachó a recogerlo. Le faltaba el mosquete y tenía la cabeza torcida. Él no lo había roto, desde luego. Lo dejó con cuidado en un estante y se sentó.

– Entonces, ¿anularon la otra habitación? -preguntó.

– Mis padres duermen en habitaciones separadas, inspector -respondió Costello levantando la vista del punto de la palmatoria en que había apagado la colilla-. No es ningún delito, ¿verdad?

– No soy quién para juzgar. Hace tantos años que mi mujer me dejó que ni lo recuerdo.

– Me apostaría algo a que lo recuerda bien.

– Culpable. -Rebus sonrió de nuevo.

Costello apoyó la cabeza en el respaldo del futón y bostezó.

– Tengo que irme -dijo Rebus.

– Termínese el café, al menos.

Rebus lo había acabado, pero asintió con la cabeza, decidido a no marcharse hasta que lo echaran.

– A lo mejor aparece. La gente hace a veces cosas extrañas, ¿no es cierto? O le da por echarse al monte.

– Flip no era de las que se echan al monte.

– Pero a lo mejor tenía pensado marcharse a algún sitio.

Costello negó con la cabeza.

– Sabía que la esperaban en el bar. No lo iba a olvidar.

– ¿No? Imagínate que se encontró con alguien… y tuvo una reacción impulsiva, como en el anuncio.

– ¿Con otro hombre?

– Es posible, ¿no crees?

Una sombra cruzó los ojos de Costello.

– No lo sé. Precisamente fue una de las cosas que pensé…: si habría conocido a alguien.

– ¿Y la descartaste?

– Sí.

– ¿Por qué?

– Porque algo así me lo habría dicho. Es la manera de ser de Flip. Si se compra un vestido de mil libras o sus padres le regalan un vuelo en el Concorde, no puede callárselo.

– ¿Le gusta ser el centro de atención?

– ¿No nos sucede a todos de vez en cuando?

– No habrá hecho alguna tontería por el simple hecho de que la busquemos, ¿verdad?

– ¿Fingir que ha desaparecido? -Costello negó con la cabeza y volvió a bostezar-. Creo que voy a acostarme.

– ¿A qué hora es la conferencia de prensa?

– A primera hora de la tarde. Seguramente para que puedan incluirla en el informativo de la tele.

Rebus asintió con la cabeza.

– Tú no te pongas nervioso. Actúa tal como eres.

Costello apagó la colilla.

– ¿De qué otra manera voy a actuar? -replicó haciendo ademán de devolver a Rebus el paquete y el encendedor.

– Quédatelos. A lo mejor te entran ganas de fumar.

Se levantó y sintió el pálpito de la sangre en el cráneo, a pesar del paracetamol. «Es la manera de ser de Flip.» Lo había dicho en presente; ¿era un comentario casual o calculado? Costello se puso en pie con una sonrisa algo forzada.

– Al final no ha contestado a mi pregunta.

– Le doy un margen de confianza, señor Costello.

– ¿Ahora sí? -replicó Costello metiendo las manos en los bolsillos-. ¿Irá a la conferencia de prensa?

– Puede ser.

– ¿Y estará atento a cualquier lapsus, como sus colegas de la científica? -añadió el joven entornando los ojos-. Puede que sea el único sospechoso, pero no soy idiota.

– Entonces apreciarás que estemos del mismo lado de la mesa…, a menos que pienses lo contrario.

– ¿Por qué ha venido aquí? No está de servicio, ¿verdad?

Rebus dio un paso hacia él.

– ¿Sabes lo que se creía en otros tiempos, señor Costello? Antes se pensaba que las víctimas de un crimen retenían en los ojos la imagen del asesino… por ser lo último que habían visto, y algunos asesinos les arrancaban los ojos después de matarlas.

– Pero en la actualidad no somos tan ingenuos, inspector, ¿no es cierto? No se puede conocer a nadie ni descubrir su yo íntimo a simple vista -replicó Costello acercándose y abriendo más los ojos-. Mire bien por última vez porque la exposición va a cerrar.

Rebus le sostuvo la mirada con firmeza hasta que Costello parpadeó y rompió el hechizo; después se dio media vuelta y le pidió que se marchase. Cuando ya iba camino de la puerta, el joven lo llamó; estaba limpiando el paquete de cigarrillos con un pañuelo, hizo lo propio con el encendedor y le tiró ambos objetos a los pies.

– Creo que usted los necesitará más que yo.

Rebus se agachó a recogerlos.

– ¿Por qué los has limpiado con el pañuelo?

– Hay que ir con cuidado -respondió el joven-. Pueden aparecer pruebas en cualquier sitio.

Rebus se irguió, pero no dijo nada. Cuando salía, Costello le dio las buenas noches y, sólo cuando ya había descendido unos escalones, le devolvió la cortesía. Iba pensando en cómo el chico había limpiado la cajetilla y el encendedor. En todos los años que llevaba en el cuerpo nunca había visto hacer aquello a un sospechoso. Era prueba de que Costello esperaba verse acosado.

O quizá lo había hecho para que él lo creyera. En cualquier caso, el detalle le había mostrado la faceta fría y calculadora del joven, su capacidad de previsión…

Capítulo 2

Era uno de esos días fríos crepusculares, perfectamente posible en al menos tres estaciones escocesas, con un cielo como de pizarra y un viento que el padre de Rebus habría calificado de «cortante». Su padre le contó una historia una vez -en realidad muchas veces- sobre un crudo día de invierno en que entró en una tienda de comestibles en Lochgelly y se encontró con el tendero pegado a la estufa eléctrica. Él, señalando la vitrina refrigerada, le había preguntado: «¿Es esto su jamón de Ayrshire?», y el hombre contestó: «No, son mis manos, que las he puesto a calentar». Su padre le juró que era verídico y Rebus, que por entonces tendría siete u ocho años, se lo creyó; pero en esos momentos le parecía un chiste manido, algo que el viejo debía de haber oído y de lo que se había apropiado.

– Es raro verle sonreír -dijo su barista mientras le preparaba un doble con latte.

Ésas fueron sus palabras: barista, latte, la primera vez que le explicó en qué consistía su trabajo. Atendía un chiringuito instalado en una antigua caseta de policía en una esquina de los Meadows, al que Rebus acudía casi todas las mañanas camino de la comisaría. «Café con leche», decía él, y ella le corregía: latte. Él añadía: «doble», aunque ella se lo sabía de memoria; a Rebus le gustaba el sonido de la palabra.

– Sonreír no es delito, ¿no? -dijo mientras revolvía la espuma con la cucharilla.

– Usted lo sabrá mejor que yo.

– Y su jefe mejor que nadie -replicó Rebus pagando; echó la calderilla del cambio en el bote de margarina de las propinas y se encaminó a Saint Leonard. Seguramente la mujer no supiera que era policía… «Usted lo sabrá mejor que yo.» Lo había dicho sin intención, por seguir la broma, mientras que la observación de él sobre el jefe, dueño de una cadena de quioscos, había sido intencionada, por tratarse de un antiguo abogado. Ella, sin embargo, no pareció darse cuenta.

Al llegar a Saint Leonard se quedó un rato en el coche para disfrutar del último cigarrillo con el café. Había dos furgones en la puerta trasera de la comisaría en espera de conducir a alguien ante el juez. Él había comparecido días atrás en un juicio como testigo de cargo y aún no sabía cuál había sido el veredicto. Se abrió la puerta y en lugar de ver a los agentes de su custodia, quien apareció fue Siobhan Clarke. Ella, al ver su coche, sonrió, negó con la cabeza por lo previsible de la escena y se acercó. Rebus bajó el cristal de la ventanilla.

– Los condenados hacen un buen desayuno -saludó ella.

– Buenos días a ti también, Siobhan.

– Te esperan en el despacho supremo.

– Y el jefe envía al sabueso más capaz.

Siobhan no dijo nada y sonrió para sus adentros mientras Rebus bajaba del coche. Cruzaban el aparcamiento cuando oyó que ella decía:

– Ya no es «el» jefe.

Rebus se detuvo.

– Lo había olvidado -dijo.

– Por cierto, ¿qué tal la resaca? ¿Se te ha olvidado alguna cosa más?

Al abrirle ella la puerta para cederle el paso, Rebus tuvo la fugaz imagen de un guardabosque abriendo una trampa.

* * *

Ya no estaban las fotos de Watson ni la máquina de café, pero quedaban algunas tarjetas de felicitación encima del archivador. Salvo esos detalles, el despacho era el mismo y no faltaba ni el montón de papeles en la bandeja de entrada ni el cactus solitario en el alféizar de la ventana. Gill Templer parecía a disgusto en aquel sillón; el corpachón de Watson lo había moldeado de una manera que hacía imposible que ella pudiera ajustar en él su esbelta figura.

– Siéntate, John. -Apenas lo había hecho, cuando añadió-: Y cuéntame qué sucedió anoche.

Apoyaba los codos en la mesa, con las manos juntas enfrentadas por la punta de los dedos, gesto muy habitual en Watson cuando trataba de ocultar la irritación o la impaciencia. Se le había contagiado de él, o era un aditivo a su nuevo cargo.

– ¿Anoche?

– En el piso de Philippa Balfour, donde te encontró su padre. Por lo visto habías bebido -añadió alzando la vista.

– ¿No bebimos todos?

– Algunos más que otros -replicó ella mirando una hoja de papel-. El señor Balfour pregunta qué es lo que hacías y, francamente, también a mí me pica la curiosidad.

– Iba camino de casa…

– ¿Desde Leith Walk hasta Marchmont cruzas por la ciudad nueva?

Rebus advirtió que seguía con el vaso de café en la mano. Lo dejó en el suelo despacio.

– A veces lo hago -respondió-. Cuando no hay nadie, me gusta volver al lugar de los hechos.

– ¿Por qué?

– Por si encuentro algo que no hemos advertido -contestó él.

Templer reflexionó un instante.

– No creo que eso sea todo.

Rebus se encogió de hombros sin decir nada mientras ella miraba de nuevo la hoja.

– A continuación decidiste hacer una visita al novio de la señorita Balfour. ¿Tú lo ves normal?

– Eso sí que fue camino de casa. Me paré a hablar con Connolly y Daniels y, al ver luz en el apartamento del señor Costello, subí a asegurarme de que todo iba bien.

– El esforzado poli -dijo ella haciendo una pausa-. ¿Será por eso por lo que el señor Costello ha creído conveniente mencionar tu visita a su abogado?

– No sé por qué motivo -replicó Rebus rebulléndose ligeramente en la silla y cogiendo el café para disimular su nerviosismo.

– El abogado está hablando de acoso y a lo mejor tenemos que suspender la vigilancia -añadió ella mirándolo fijamente.

– Escucha, Gill, hace mucho tiempo que nos conocemos -dijo Rebus-. No es ningún secreto mi manera de trabajar. Estoy seguro de que Watson habrá dejado constancia por escrito.

– Hablas del pasado, John.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cuánto bebiste anoche?

– Más de lo debido, pero no fue culpa mía -replicó él, advirtiendo que ella enarcaba una ceja-. Estoy seguro de que alguien me echó algo en la bebida.

– Quiero que vayas al médico.

– Por Dios bendito…

– Por la bebida, por tu régimen de comidas, por tu salud en general… Quiero que hagas un tratamiento y lo que crea necesario el doctor. Y que lo cumplas.

– ¿Alfalfa y zumo de zanahoria?

– Ve al médico, John.

No era una simple sugerencia. Rebus lanzó un resoplido y apuró el café.

– Es leche semidesnatada -dijo alzando el vaso.

Gill Templer estuvo a punto de sonreír.

– Es un comienzo -señaló.

– Escucha, Gill… -Rebus se levantó y tiró el vaso en la papelera impoluta-. La bebida no es problema. No interfiere en mi trabajo.

– Anoche sí.

El negó con la cabeza, pero ella había endurecido su expresión. Finalmente lanzó un profundo suspiro y dijo:

– Antes de marcharte anoche…, ¿te acuerdas de ese momento?

– Claro -respondió Rebus, de pie ante la mesa con los brazos caídos.

– ¿Recuerdas lo que me dijiste? -La cara de él le dio a entender que su mente estaba en blanco-. Me pediste que me fuera contigo a casa.

– Perdona -dijo él, esforzándose por hacer memoria, cuando la verdad era que no recordaba el momento en que había salido del club.

– Márchate, John. Yo me encargo de concertar la cita con el médico.

Rebus dio media vuelta, abrió la puerta y ya salía cuando ella lo llamó.

– Era mentira -dijo Templer sonriente-. No me pediste nada. ¿No vas a desearme suerte en mi nuevo cargo?

Rebus intentó en vano esbozar una sonrisa despectiva. Gill Templer sostuvo la suya hasta que él salió dando un portazo. Watson la había aleccionado perfectamente sobre John aunque no le dijo nada que Gill no supiese: «Le gusta demasiado la bebida, si acaso, pero es buen policía, Gill. Es sólo que cree que puede prescindir de todos nosotros…». Tal vez era cierto, pero quizás estuviera también llegando el momento en que Rebus empezase a comprobar que eran los demás quienes podían prescindir de él.

* * *

Era fácil saber quién había estado en la fiesta de despedida; lo más seguro es que en las farmacias cercanas se hubieran vendido bastantes aspirinas, vitamina C y remedios contra la resaca. La deshidratación era generalizada, pues Rebus no había visto nunca tantas botellas de agua mineral, limonada y Coca-cola. Los sobrios, que no habían ido a la fiesta o no habían bebido más que refrescos, sonreían satisfechos, silbando con prepotencia y haciendo el máximo ruido posible con cajones y armarios. El centro de investigaciones para el caso de Philippa Balfour estaba en la comisaría de Gayfield Square, la más próxima a su piso pero, como había tantos agentes asignados al caso, el espacio escaseaba y habían reservado un rincón en el departamento de Investigación Criminal de Saint Leonard. Allí estaba Siobhan ocupada ante la pantalla y con un disco duro extra en el suelo; Rebus advirtió que, además de manipular el ordenador de Balfour, sostenía un teléfono entre el hombro y la mejilla sin dejar de teclear.

– Tampoco ha habido suerte -la oyó decir.

Rebus compartía su mesa con otros tres policías y se notaba. Tiró al suelo los restos de un paquete de patatas fritas y echó dos latas vacías de Fanta en la papelera más cercana. Sonó el teléfono y lo cogió, pero era un periodista tratando de puentear.

– Hable con el enlace de prensa -le contestó Rebus.

– No me fastidie.

Rebus se quedó pensativo, pues era el cargo anterior de Gill Templer. Miró a Siobhan.

– ¿Quién se encarga ahora de las relaciones con la prensa? -preguntó.

– La sargento Ellen Wylie -dijo el periodista.

Rebus le dio las gracias y colgó. El cargo habría sido una buena promoción para Siobhan, sobre todo en un caso importante como aquél. Ellen Wylie era una buena policía de Torphichen, y seguro que a Gill Templer, como especialista en relaciones con la prensa, le habrían pedido consejo para el nombramiento; era posible incluso que ella misma hubiese adoptado la decisión optando por Ellen Wylie. Rebus se preguntó qué motivos habría tenido.

Se levantó y examinó todo el papeleo que habían pegado a la pared detrás de la mesa. Listas de turnos de tareas, faxes, listas de números de contacto y direcciones. Había dos fotos de la desaparecida, una de ellas había sido cedida a la prensa, que la publicó y difundió en una decena de artículos sobre el caso. Si no aparecía pronto sana y salva, no iba a quedar sitio en la pared y tendrían que eliminar los artículos de periódico, repetitivos, inexactos y sensacionalistas. A Rebus le llamó la atención la expresión «el desdichado novio». Miró el reloj y vio que faltaban cinco horas para la conferencia de prensa.

Como Gill Templer había ascendido, en Saint Leonard se habían quedado con un inspector de menos; Bill Pryde aspiraba al cargo y pretendía imponer su autoridad en el caso Balfour. Rebus, que acababa de llegar a la sala donde se centralizaba el caso en Gayfield Square, se quedó maravillado al verlo. Pryde estaba elegante como nunca, con un traje que parecía recién estrenado, la camisa bien planchada y una corbata cara. Sus zapatos negros parecían un espejo y, si Rebus no se equivocaba, incluso había ido a la peluquería para arreglarse el poco pelo que le quedaba. Lo habían puesto al mando del personal para que designara los equipos encargados de hacer la rutina diaria de los interrogatorios y las visitas puerta a puerta. Estaban pasando por casa de todos los vecinos, a veces por segunda y tercera vez, y hablando con los amigos, estudiantes y profesores de la universidad; se verificaban los vuelos y el pasaje de transbordadores y habían enviado por fax la foto a ferrocarriles, empresas de autobuses y fuerzas de policía fuera de la jurisdicción de Lothian y Borders. Había que asignar a alguien la tarea de recopilar información sobre los últimos cadáveres aparecidos en Escocia, mientras otro equipo se centraba en los ingresos en hospitales. Quedaban, además, los taxis y las empresas de alquiler de coches. Todo requería tiempo y esfuerzos, fundamentalmente en cuanto a la faceta pública de la investigación, pero por otro lado habría que interrogar más específicamente al círculo más íntimo de familiares y amigos de la desaparecida. Rebus no pensaba que las indagaciones sobre posibles antecedentes dieran resultado alguno de momento.

Pryde terminó de dar instrucciones al grupo de policías y al dispersarse éstos vio a Rebus, le dirigió un guiño y se le acercó frotándose la frente.

– Ten cuidado -advirtió Rebus-, ya sabes que el poder siempre corrompe.

– Perdona, pero es que estoy disfrutando -dijo Pryde bajando la voz.

– Eso es porque eres competente, Bill. En jefatura han tardado veinte años en reconocerlo.

– Corre el rumor de que tú rehusaste el cargo hace tiempo -dijo Pryde asintiendo con la cabeza.

Rebus resopló.

– Rumores, Bill. Igual que el disco de Fleetwood Mac. Mejor no escucharlos.

La gente que iba y venía por la sala cumpliendo las diversas tareas parecía ser parte de una coreografía. Unos se ponían el abrigo, cogían llaves y blocs de notas y otros se remangaban la camisa y se acomodaban ante ordenadores y teléfonos. Por una especie de milagro presupuestario, habían llevado unas sillas nuevas azul pálido, giratorias y con ruedas, y los que se habían adueñado de ellas las defendían haciéndolas rodar por la sala en vez de levantarse.

– Ya no se vigila al novio -dijo Pryde-. Órdenes de la nueva jefa.

– Lo sé.

– Por presión de la familia -añadió Pryde.

– Eso no afectará al presupuesto -puntualizó Rebus enderezando la espalda-. ¿Hay trabajo hoy para mí, Bill?

Pryde pasó hojas de su carpeta portapapeles.

– Hay treinta y siete llamadas del público -dijo.

– A mí no me mires -replicó Rebus alzando las manos-. Los chiflados y bandidos son para principiantes.

Pryde sonrió.

– Ya las he asignado -dijo señalando con la cabeza a dos agentes recién ascendidos de su condición de uniformados que atendían el teléfono, abrumados por la tarea.

Las llamadas inútiles constituían el trabajo más ingrato y en todos los casos de relevancia pública había que contar con una serie de confesiones y de pistas falsas. Había individuos que gozaban llamando la atención aun a costa de pasar por sospechosos. Rebus conocía a unos cuantos en Edimburgo.

– ¿Ha llamado Craw Shand? -preguntó al azar.

– Tres veces declarándose culpable -respondió Pryde dando unos golpecitos en la lista.

– Dile que comparezca -ordenó Rebus-. Es la única manera de quitárnoslo de encima.

Juntó las notas de los interrogatorios preliminares. Algunos agentes vigilarían la calle; Rebus con otros tres cubrirían por parejas los pisos a ambos lados de la casa de Philippa Balfour. Sumaban un total de treinta y cinco, tres de ellos vacíos, así que tocaban a dieciséis visitas por equipo, de un cuarto de hora más o menos; en resumen: cuatro horas de trabajo.

La compañera de Rebus, la agente Phyllida Hawes, hizo el cálculo sobre la marcha cuando subían las escaleras del primer piso. Realmente, a Rebus le extrañaba que se pudiera denominar «pisos» a aquellas casas georgianas de la ciudad nueva en la que abundaban las galerías de arte y las tiendas de antigüedades. Se lo hizo saber a Hawes.

– ¿Casas de pisos? -sugirió ella sonriente.

Las plantas de los edificios eran de uno o dos pisos, algunos con el nombre del inquilino en una placa de latón o de cerámica. Pocos había que lo tuvieran en una simple etiqueta adhesiva.

– No creo que la Asociación Cockburn lo aprobase -dijo Hawes.

Los tres o cuatro nombres que figuraban en trozos de tarjeta debían de ser de estudiantes menos pudientes que Philippa Balfour, pensó Rebus.

Todos los rellanos estaban limpios y cuidados, con felpudos, maceteros e incluso tiestos colgados de la barandilla; las paredes, recién pintadas, y la escalera, bien barrida. En la primera casa, todo fue de perilla: en dos de los pisos no había nadie, dejaron la tarjeta en el buzón, y un cuarto de hora en cada uno de los otros dos. «Venimos a hacerle unas simples preguntas de seguimiento… por si tuviera algo que añadir.» En ambos casos, los inquilinos dijeron que no y manifestaron que estaban aún muy sorprendidos de que hubiera sucedido algo así en una calle tan tranquila.

A una vivienda de la planta baja se accedía por un portal que daba acceso a algo muy distinto: un gran vestíbulo con suelo de mármol blanco y negro flanqueado por dos columnas dóricas. Su inquilino lo ocupaba hacía tiempo y trabajaba en «el sector financiero». Rebus se hizo una composición de lugar: diseñador gráfico, consultor profesional, animador social… y ahora sector financiero.

– ¿Es que ya no hay trabajos de verdad? -preguntó a Hawes.

– Éstos son los trabajos de verdad -respondió ella.

Estaban en la calle y Rebus, que fumaba un cigarrillo, vio que ella lo miraba.

– ¿Quiere uno?

Hawes negó con la cabeza.

– Llevo tres años sin fumar.

– Estupendo -dijo Rebus mirando la calle arriba y abajo-. Si fuera una zona de casas de visillos ya estarían cotilleando.

– Si tuvieran visillos no se podría curiosear dentro y ver lo que uno se pierde.

Rebus aguantó el humo y lo expulsó por la nariz.

– La idea que yo me hacía de joven de la ciudad nueva era la de un barrio disoluto, con caftanes, hachís, fiestas y maleantes.

– Ahora ya no queda espacio para eso -dijo Hawes-. ¿Dónde vive usted?

– En Marchmont -respondió Rebus-. ¿Y usted?

– En Livingston. En aquel entonces no podía aspirar a más.

– Yo compré mi piso hace nueve años, cuando en casa entraban dos sueldos…

– No tiene por qué justificarse -dijo ella mirándolo.

– Lo que quiero decir es que en aquel entonces los precios no eran tan astronómicos.

Procuraba hablar sin soliviantarse, le había afectado la reunión con Gill y la broma que le había gastado, y haber fastidiado la vigilancia de Costello con su visita intempestiva al piso. Era posible que hubiera llegado el momento de hablar con alguien sobre lo de la bebida. Tiró la colilla en la calzada de piedras rectangulares brillantes que llamaban losetas; cuando llegó a Edimburgo, había cometido el error de llamarlas adoquines hasta que alguien le corrigió.

– En la próxima visita -dijo-, si nos ofrecen té, lo aceptamos.

Hawes asintió con la cabeza. Debía de tener treinta y tantos años o poco más de cuarenta y llevaba el pelo castaño largo hasta los hombros. Su cara era pecosa y regordeta, como si conservase el rostro de su infancia, y vestía un traje gris de chaqueta y pantalón con blusa esmeralda cerrada al cuello con un broche celta de plata. Rebus se la imaginó en el corro de una danza tradicional escocesa dando vueltas con la misma mirada de concentración que adoptaba en su trabajo.

Pasado el portal lujoso, bajando una escalinata curvilínea, estaba el «piso con jardín», así llamado porque le correspondía el jardín trasero de la casa. Las losas de piedra a lo largo de la fachada estaban cubiertas con macetas de flores. Tenía dos ventanas y otras dos a ras del suelo, indicio de que había un sótano al que debían de dar acceso dos puertas de madera que había frente a la puerta de entrada. Aunque ya las habían comprobado, Rebus trató de abrirlas, pero estaban cerradas con llave. Hawes miró sus anotaciones.

– Ya estuvieron aquí Grant Hood y George Silvers -reveló.

– Pero ¿cómo estaban las puertas, cerradas o abiertas?

– Se las abrí yo -dijo una voz a sus espaldas. Al volverse vieron a una anciana en el umbral de la puerta del piso-. ¿Quieren la llave?

– Sí, por favor, señora -contestó Phyllida Hawes.

La mujer entró en el piso y Hawes se volvió hacia Rebus haciéndole señal de que aquello era perder el tiempo, pero él levantó los dos pulgares.

* * *

El piso de la señora Jardine era como un museo de cretonas, cachivaches y figuritas de porcelana. El cubresofá de croché era una labor de dos semanas cuando menos. La anciana se disculpó por las latas y cazuelas que tenía en el suelo del invernadero diciéndoles que no terminaban nunca de arreglar el tejadillo. Rebus sugirió tomar allí mismo el té porque en el cuarto de estar cada vez que hacía un movimiento temía volcar algún adorno; pero en cuanto empezó a llover, la conversación fue amenizada con el concierto de las goteras, y las salpicaduras de la cazuela más cercana amenazaban con empapar a Rebus como si hubiese estado en la calle.

– Yo no conocía a la mocita -dijo la señora Jardine como entristecida-. Quizá si saliera algo más la habría visto alguna vez.

– Tiene usted un jardín muy bien cuidado -dijo Hawes mirando por los cristales.

Era decir poco porque el jardín alargado y estrecho era un césped impecable con flores a uno y otro lado del camino que lo surcaba.

– Gracias a mi jardinero -aclaró la anciana.

Hawes miró las notas del interrogatorio anterior: Silvers y Hood no habían anotado nada a propósito de un jardinero.

– ¿Cómo se llama su jardinero, señora Jardine? -preguntó Rebus con toda naturalidad en tono cortés; pese a ello, la anciana lo miró preocupada. Él le ofreció una de sus propias magdalenas caseras con una sonrisa-. Es que tal vez yo necesite un jardinero -mintió.

Lo último que hicieron fue mirar en los sótanos; uno de ellos alojaba un viejo depósito de agua caliente y el otro estaba vacío y lleno de humedad. Se despidieron de la anciana, dándole las gracias por el té.

– Algunos tienen suerte -dijo Grant Hood, que los esperaba en la calle con el cuello de la gabardina subido para protegerse de la lluvia-. A nosotros, de momento, no nos han dado ni la hora.

Lo acompañaba Distante Daniels, a quien Rebus saludó con una inclinación de cabeza.

– Qué, Tommy, ¿haciendo doble turno?

Daniels se encogió de hombros.

– Se lo he cambiado a un compañero -respondió tratando de contener un bostezo.

– No haces bien tu trabajo -dijo Hawes a Hood dando unos golpecitos en el bloc de notas.

– ¿Qué?

– La anciana tiene un jardinero -añadió Rebus.

– Ahora íbamos a hablar con los de la basura -dijo Hood.

– Ya hemos hablado nosotros -reveló Hawes-. Y hemos mirado también en los cubos de la basura.

Uno y otro se miraron como dispuestos a enfrentarse y Rebus pensó en mediar, pero él era de Saint Leonard, igual que Hood, y habría tenido que apoyarlo; en vez de hacerlo, optó por encender un cigarrillo. A Hood se le habían subido los colores. Era un agente del mismo rango que Hawes, aunque ella tenía más años de servicio, y él, aunque sabía que a veces con los veteranos era inútil discutir, no estaba dispuesto a callarse.

– Esto no ayuda en nada a Philippa Balfour -dijo en último extremo Daniels cortando la discusión.

– Bien dicho, hijo -añadió Rebus.

Era cierto. Las investigaciones laboriosas hacían que uno perdiera la perspectiva de lo esencial; te convertías en una ruedecita de la máquina y te volvías exigente para defender tu importancia. La propiedad de las sillas es una polémica fácil, algo que podía resolverse con rapidez, a diferencia del caso en sí, que crecía en proporción geométrica y hacía que uno se fuera empequeñeciendo hasta perder la perspectiva de lo fundamental, lo que el mentor de Rebus, Lawson Geddes, denominaba «lo determinante», es decir, que una o varias personas esperaban ayuda de ti y había un delito que resolver para enviar al culpable ante la justicia. Convenía recordarlo a veces.

Se separaron amigablemente; Hood anotó los datos del jardinero y prometió hablar con él. No tenían más remedio que volver a subir escaleras. Habían estado casi media hora en casa de la anciana, y los cálculos de Hawes dejaban bien patente esa otra verdad de que las indagaciones devoran tiempo; los días parecían volar sin que uno pudiera demostrar a qué se habían dedicado las horas, como si no se justificase el cansancio y sólo quedase la certeza de la frustración de algo sin terminar.

Llamaron a otros dos pisos en la planta baja, en donde no había nadie, y a continuación, en la primera, les abrió la puerta alguien que Rebus conocía pero no acababa de situar.

– Estamos indagando sobre la desaparición de Philippa Balfour -dijo Hawes-. Creo que ya han hablado con usted dos colegas nuestros, pero nosotros hacemos el seguimiento.

– Sí, naturalmente -concedió el hombre abriendo más la puerta negra reluciente y mirando sonriente a Rebus-. Usted no recuerda de qué me conoce, pero yo sí. Siempre se recuerda a los novatos, ¿no? -añadió sonriendo aún más.

Los hizo pasar y, al presentarse como Donald Devlin, Rebus recordó quién era. En la primera autopsia a la que asistió cuando ingresó en Investigación Criminal, era Devlin quien hacía la disección, pues en aquella época era catedrático de Medicina Forense en la universidad y patólogo jefe de Edimburgo. Sandy Gates era su ayudante. Ahora el catedrático de Medicina Forense era Gates y su ayudante el doctor Curt. Vieron en las paredes del vestíbulo fotos enmarcadas del ex catedrático recibiendo diversos premios.

– No recuerdo su nombre -dijo Devlin invitándolos a pasar al salón.

– Inspector Rebus.

– En aquel entonces sería agente, ¿no es cierto? -preguntó Devlin, y Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Está usted de mudanza? -preguntó Hawes al ver tantas cajas y bolsas de plástico negro para basura.

Rebus miró también. Había montones de papeles en precario equilibrio y cajones sueltos rebosantes de cosas que corrían el riesgo de desparramarse por la alfombra. Devlin contuvo la risa. Era un hombre bajo y grueso, de unos setenta años. Llevaba una chaqueta de punto deformada sin la mitad de los botones y usaba tirantes para sujetar los pantalones color gris marengo. Tenía un rostro regordete y surcado por venas, con pequeños ojos azules, velados por unas gafas de montura metálica.

– En cierto modo, sí -respondió recomponiendo sobre la calva unos escasos mechones de pelo-. Digamos que si «la de la guadaña» es el non plus ultra de los traslados, yo secundo gratuitamente su labor.

Rebus recordó que Devlin siempre hablaba así, utilizando el doble dé palabras de las necesarias, con algún latinajo, y que antaño resultaba horroroso tomar notas cuando era él quien practicaba las autopsias.

– ¿Se traslada a una residencia? -preguntó Hawes.

El anciano volvió a contener la risa.

– Lamentablemente, aún no. No, sólo voy a deshacerme de algunas cosas que no quiero conservar y así será más fácil para los inquilinos que vengan a llenar la carcasa de mi morada cuando yo me vaya.

– ¿Evitándoles molestias de tener que tirarlo?

Devlin miró a Rebus.

– Eso resume correctamente la situación -dijo con un gesto de aprobación.

Hawes cogió de una caja un libro encuadernado en piel.

– ¿Va a tirar todo esto? -preguntó.

– Ni mucho menos -replicó Devlin chasqueando la lengua-. Ese volumen, por ejemplo, es una antigua edición de diagramas anatómicos de Donaldson que pienso donar al Colegio de Médicos.

– ¿Sigue viendo al profesor Gates? -preguntó Rebus.

– Ah, sí, Sandy y yo nos tomamos a veces unas copitas. Él también se jubilará pronto para dejar sitio a los jóvenes, qué duda cabe. Nos engañamos pensando que la vida es cíclica, pero no es así. A menos que uno sea un budista convencido -añadió sonriendo por la observación.

– El hecho de ser budista no significa que uno se reencarne, ¿no es cierto? -preguntó Rebus para mayor deleite del anciano, mientras miraba un artículo de prensa enmarcado que había en la pared junto a la chimenea: hablaba de una condena por homicidio en 1957-. ¿Fue su primer caso? -aventuró.

– Pues sí. Una recién casada muerta a golpes por su esposo en Edimburgo durante el viaje de luna de miel.

– Sí que alegra el piso -replicó Hawes.

– También a mi esposa le resultaba macabro -explicó Devlin-. Volví a colgarlo cuando ella murió.

– Bien -dijo Hawes dejando el libro en la caja y buscando en vano dónde sentarse-, cuanto antes terminemos, antes podrá reanudar la limpieza.

– Encomiable pragmatismo -apuntó Devlin, que parecía dispuesto a que permanecieran allí los tres en medio de la enorme y desgastada alfombra persa, sin atreverse casi a moverse por no provocar un derrumbamiento de papeles.

– ¿Tiene usted ordenadas las cajas, o podemos coger un par de ellas para sentarnos? -preguntó Rebus.

– Creo que será mejor que hablemos en el comedor.

Rebus asintió con la cabeza y, mientras lo seguían, su mirada fue a posarse en una invitación que había sobre la repisa de la chimenea, «de etiqueta y con condecoraciones» del Real Colegio de Médicos para un banquete en el Surgeon's Hall.

El comedor estaba ocupado por una gran mesa con seis sillas rectas sin tapizar; para servir directamente desde la cocina había una ventana que los padres de Rebus habrían llamado un «agujero para fuentes», y un aparador pintado de oscuro lleno de cristalería y platería cubiertas de polvo. Las escasas fotos enmarcadas parecían especímenes primitivos del arte de la fotografía: una escena de estudio con góndolas venecianas y otras tal vez de obras de Shakespeare. La ventana alargada de guillotina daba a los jardines traseros del edificio, y Rebus vio que el jardinero de la señora Jardine había podado los setos, por azar o expresamente, de modo que vistos desde arriba parecían un signo de interrogación.

En la mesa había un rompecabezas a medio acabar del centro de Edimburgo a vista de pájaro.

– Cualquier ayuda será sumamente agradecida -dijo Devlin dirigiendo un gesto a las piezas.

– Sí que hay piezas -observó Rebus.

– Dos mil.

Hawes, que finalmente había optado por presentarse ella misma al anciano y que no acababa de sentirse a gusto en la silla, le preguntó cuánto tiempo hacía que estaba jubilado.

– Doce…; no, catorce años. Catorce años -contestó el hombre moviendo la cabeza de un lado a otro, admirado de lo rápido que pasaba el tiempo.

Hawes miró sus notas.

– En el primer interrogatorio dijo usted que aquella tarde estaba en casa.

– Así es.

– ¿Y no vio a Philippa Balfour?

– De momento, su información es correcta.

Rebus, en vez de acomodarse en una silla, optó por recostarse en la ventana, cruzándose de brazos.

– Pero ¿sí que conocía a la señorita Balfour? -preguntó.

– Sí, nos saludábamos.

– Pues ya hace casi un año que eran vecinos -añadió Rebus.

– Tenga en cuenta que estamos en Edimburgo, inspector Rebus. Yo hará casi treinta años que vivo en este piso…; me mudé a él cuando murió mi esposa. Aquí se tarda en conocer a los vecinos, y muchas veces se van sin que haya habido ocasión de hablar con ellos. Acaba uno por renunciar -añadió encogiéndose de hombros.

– Es una lástima -reconoció Hawes.

– ¿Usted dónde vive…?

– Si me permiten… -interrumpió Rebus-. Volvamos a lo que estábamos diciendo.

Se había apartado del alféizar de la ventana y fue a apoyar las manos en la mesa para mirar las piezas dispersas del rompecabezas.

– Sí, claro -dijo Devlin.

– Usted no salió en toda la tarde. ¿No oyó nada extraño?

Devlin alzó la vista, quizá por efecto de la última palabra de Rebus.

– Nada -contestó al cabo de una pausa.

– ¿Ni vio nada?

– No.

Hawes no sólo estaba incómoda sino que además le irritaban aquellas respuestas. Rebus se sentó frente a ella tratando de cruzar la mirada, pero ella ya tenía una pregunta preparada.

– ¿Tuvo usted alguna vez una discusión con la señorita Balfour?

– ¿Por qué íbamos a discutir?

– Por nada -replicó Hawes con frialdad.

Devlin la miró y se volvió hacia Rebus.

– Veo que le interesa la mesa, inspector.

Rebus se percató de que estaba pasando los dedos por la superficie de madera.

– Es del siglo diecinueve -añadió Devlin-, obra de un colega anatomista. -Miró a Hawes y de nuevo a Rebus-. Recuerdo una cosa…, probablemente sin importancia.

– ¿Qué?

– Un hombre que esperaba en la calle.

Rebus advirtió que Hawes iba a hacer una pregunta pero él se le anticipó.

– ¿Cuándo?

– Un par de días antes de que desapareciera, y también la víspera -dijo Devlin encogiéndose de hombros, consciente del efecto que causaba su afirmación.

Hawes se había ruborizado y parecía estar a punto de gritar: «¿Es que no pensaba decirlo?».

– ¿Afuera en la calle? -preguntó Rebus sin levantar la voz.

– Sí.

– ¿Lo vio usted bien?

– Tendría veintitantos años -respondió Devlin encogiéndose otra vez de hombros-, pelo moreno corto…, descuidado, pero limpio.

– ¿No era un vecino?

– Es posible. Yo sólo digo lo que vi. Me dio la impresión de que esperaba a alguien, o algo. Recuerdo que consultó el reloj.

– ¿No sería su novio?

– Ah, no; a David lo conozco.

– ¿Ah, sí? -preguntó Rebus, que seguía mirando distraídamente el rompecabezas.

– De hablar con él, sí. Nos cruzábamos a veces en la escalera. Es un joven muy simpático…

– ¿Cómo iba vestido? -preguntó Hawes.

– ¿Quién? ¿David?

– El hombre que vio.

A Devlin pareció casi complacerle la mirada asesina con que Hawes acompañó la aclaración.

– Con chaqueta y pantalón -respondió, mirándose la chaqueta de punto-. No puedo precisar más porque yo no sigo las modas.

Y era cierto: catorce años antes llevaba el mismo tipo de chaqueta de punto bajo la bata verde de médico, y corbatas de lazo siempre torcidas. La primera autopsia es algo que no se olvida; se quedan grabadas las imágenes, los ruidos y los olores a los que después uno se habitúa: el raspar del metal en el hueso o el roce del escalpelo sajando carne. Algunos patólogos tenían un cruel sentido del humor y ante los «novatos» hacían una demostración exagerada, pero Devlin no; él siempre se concentraba en el cadáver como si estuviera a solas con él, y ejecutaba su labor de carnicería con un esmero y un decoro rayanos en lo ritual.

– ¿Cree usted -dijo Rebus- que si reflexionara, recapacitando sobre su recuerdo, podría darnos una descripción más completa?

– Lo dudo, pero, desde luego, si cree que es importante…

– Es pronto para decirlo, como usted ya sabe, pero no podemos descartar nada.

– Por supuesto, por supuesto.

Rebus lo trataba como a un colega y estaba dando resultado.

– Incluso tal vez confeccionemos un retrato robot -prosiguió-. Así, si resulta ser un vecino o alguien conocido podemos descartarlo de inmediato.

– Lógico -concedió Devlin.

Rebus llamó por el móvil a Gayfield y concertó hora para el día siguiente por la mañana, y a continuación preguntó a Devlin si quería que le enviaran un coche.

– Me las arreglaré a pie. Todavía no estoy tan decrépito.

Pero le costó incorporarse y caminó con cierta rigidez al acompañarlos a la puerta.

– Gracias de nuevo -dijo Rebus estrechándole la mano.

Devlin asintió con la cabeza sin mirar a Hawes, que no le dio la mano y que, mientras subían al otro piso, murmuró algo que Rebus no entendió.

– ¿Cómo dice?

– He dicho: malditos hombres. -Hizo una pausa-. Mejorando lo presente. -Rebus no replicó nada para dejarla que se desahogase a gusto-. Seguro que si hubiésemos sido dos mujeres policías no habría dicho nada.

– Yo creo que depende del modo de enfocarle las cosas.

Hawes lo miró furiosa como si hubiese dicho una frivolidad.

– Parte de nuestro trabajo -continuó Rebus- es fingir que nos agrada todo el mundo y simular que nos interesa cuanto dicen.

– Ese hombre…

– ¿Lo ha puesto nervioso? A mí también. Es un tanto pretencioso, pero es su manera de ser. Hay que dejarle. Tiene razón; a lo mejor no nos habría dicho nada porque lo consideraba irrelevante. Pero luego se abrió por fastidiarla a usted -añadió Rebus sonriendo-. Buen trabajo. La verdad es que no tengo muchas oportunidades de hacer de «poli bueno».

– No fue sólo que me atacase los nervios -añadió Hawes.

– ¿Pues qué?

– Me ha dado miedo.

– ¿No es lo mismo? -replicó Rebus mirándola.

Hawes negó con la cabeza.

– El jueguecito de veteranos que se marcó con usted me irritó un poco porque yo quedé al margen, pero ese recorte de prensa enmarcado…

– ¿El de la pared?

Hawes hizo un gesto afirmativo.

– Me puso los pelos de punta.

– Es un patólogo -dijo Rebus- y los patólogos tienen la piel más dura que la mayoría de nosotros.

Hawes reflexionó un instante y se permitió una media sonrisa.

– ¿Qué pasa? -preguntó Rebus.

– Nada -respondió ella-, es que cuando nos marchábamos vi una pieza del rompecabezas debajo de la mesa…

– ¿Y allí la ha dejado? -dijo Rebus sonriendo también-. Con ese buen ojo acabará siendo muy buena policía.

Rebus llamó al timbre de la siguiente puerta.

* * *

La conferencia de prensa se celebró en la Casa Grande, con conexión directa a la sala de investigación, centralizada en Gayfield Square. Un agente se puso a limpiar con un pañuelo las huellas de dedos y las manchas de la pantalla del televisor, mientras otros cerraban las persianas para que no entrara el sol, que había hecho acto de presencia de improviso. Todas las sillas estaban ocupadas, había dos y en cada mesa tres agentes, y algunos almorzaban un tardío bocadillo acompañado de plátanos. Había tazas de té y de café, latas de zumo, y todos hablaban en voz baja. El encargado de filmar la conferencia de prensa en la central se la estaba buscando.

– Parece mi hijo de ocho años con la cámara de vídeo.

– Ése ha visto demasiado cine experimental.

La verdad era que la cámara no paraba de hacer barridos y de caer en picado captando cuerpos de cintura para abajo, filas de pies y respaldos de sillas.

– Aún no han empezado -dijo uno más prudente.

Efectivamente, los otros operadores de televisión estaban montando sus equipos y el público invitado -periodistas con el móvil en la oreja- iba ocupando sus asientos entre murmullos. Rebus estaba al fondo de la sala, bien lejos del televisor, seguramente a propósito. Tenía a su lado a Bill Pryde con una cara de cansancio que trataba de disimular sujetando la carpeta portapapeles contra el pecho y consultándola de vez en cuando como si en ella fuesen a aparecer consignas milagrosas. Una vez bajadas las persianas, sólo cruzaron la sala leves rayos de luz en los que flotaban motas de polvo que en otras circunstancias no se habrían visto. Rebus recordó las sesiones de cine de su infancia, aquel sentimiento expectante al encenderse el proyector, justo antes de comenzar la película.

Ya estaban casi todos sentados en la sala de conferencias. Rebus conocía aquel local anodino que reutilizaba para cursillos y actos como el presente. Al fondo habían montado una mesa larga y detrás una pantalla improvisada con la placa de la policía de Lothian y Borders. La videocámara de la policía giró y enfocó una puerta abierta por la que entraron varias personas, al tiempo que se hacía silencio en la sala. Rebus oyó el ronroneo de los motores de las cámaras y vio los fogonazos de los flashes. Eran Ellen Wylie y Gill Templer seguidas de David Costello y John Balfour.

– ¡Culpable! -dijo alguien situado frente a Rebus cuando la cámara enfocó el rostro de Costello.

Tomaron asiento los cuatro en la mesa ante una súbita formación de micrófonos, sin que la cámara se apartara del rostro de Costello, retrocediendo levemente para encuadrarlo hasta la cintura; pero fue la voz de Wylie, precedida de un carraspeo nervioso, la que surgió del altavoz.

– Buenas tardes, señoras y caballeros, gracias por acudir. Antes de empezar haré un breve resumen del procedimiento y las reglas…

Siobhan estaba a la izquierda de Rebus sentada en una mesa junto a Grant Hood, que miraba al suelo, quizás escuchando lo que decía Wylie. Rebus recordó que aquellos dos habían trabajado muy armoniosamente en el caso Grieve unos meses antes. Siobhan miró a la pantalla y luego de un lado a otro; tenía una botella de agua y se entretenía arrancándole la etiqueta.

Rebus pensó que ella aspiraba a aquel cargo y se sentía dolida. Le habría gustado que dirigiera la vista hacia él para responder con una sonrisa o un gesto de comprensión, pero Siobhan volvió a fijar la vista en la pantalla. Wylie había concluido su discurso y ahora tomaba la palabra Gill Templer, quien resumió y amplió los datos sobre el caso sin titubeos dada su experiencia en conferencias de prensa. Rebus oyó a Wylie carraspear otra vez en segundo plano, como queriendo que Gill Templer terminara.

En cualquier caso, la cámara no hacía caso de las dos oficiales de policía y sólo enfocaba a David Costello y a veces al padre de Philippa Balfour. Estaban los dos juntos y la cámara los encuadraba alternativamente, deteniéndose más tiempo en Costello. La imagen era perfecta hasta que el operador optó por ofrecer un plano general y tardó unos segundos en corregir el desenfoque.

– Culpable -repitió la voz.

– ¿Hacemos apuestas? -propuso otro.

– A ver si os calláis -vociferó Bill Pryde.

Se hizo el silencio y Rebus fingió aplaudirle, pero Pryde volvió a consultar sus papeles antes de fijar la vista en la pantalla, en la que Costello comenzaba a hablar. No se había afeitado y vestía la misma ropa de la noche anterior. Desdobló y aplanó sobre la mesa una hoja de papel pero, cuando empezó a hablar, no la miró y dirigió la vista a una cámara y a otra sin decidirse por ninguna. Su voz era seca y floja.

– No sabemos qué ha sucedido con Flip y todos deseamos desesperadamente saber algo, sus amigos, su familia… -añadió mirando a John Balfour-. Los que la conocemos y la queremos necesitamos saber algo de ella. Flip, si nos ves, ponte, por favor, en contacto con alguno de nosotros para que sepamos que estás…, que no te ha ocurrido nada. Nos tienes muy preocupados.

En sus ojos brillaron unas lágrimas incipientes y calló un instante, inclinando la cabeza; la levantó para coger el papel pero no encontró en él nada que no hubiese dicho y se volvió ligeramente de lado, buscando consejo. John Balfour le dio un apretón en el hombro y comenzó a hablar con voz estentórea, como si los micrófonos estuviesen mal ajustados.

– Si alguien retiene a mi hija, le ruego que se ponga en contacto conmigo. Flip tiene el número de mi móvil particular y me pueden llamar a cualquier hora del día o de la noche. Me gustaría hablar con usted, quienquiera que sea, para saber por qué ha hecho lo que ha hecho. Si hay alguien que sepa el paradero de Flip, al final de esta conferencia aparecerá un número en la pantalla. Sólo deseo saber que Flip está sana y salva. A quienes estén viendo en casa esta transmisión les ruego que se tomen unos segundos para mirar esta foto de Flip. -Las cámaras volvieron a enfocar un primer plano y él mostró la fotografía moviéndola de un lado a otro para que todas la captaran-. Se llama Philippa Balfour y tiene veinte años. Es mi hija. Si la han visto o creen haberla visto, hagan el favor de llamarme. Gracias.

Los periodistas rompieron a hacer preguntas, pero David Costello se había puesto en pie y se dirigía a la puerta.

– No es el momento… -se oyó decir a Wylie-. Les agradezco su presencia…

Pero la acosaban a preguntas mientras la videocámara enfocaba a John Balfour, que mantenía su compostura con las manos cruzadas en la mesa sin parpadear ante los fogonazos que proyectaban su sombra sobre la pared, a su espalda.

– No, realmente no…

– ¡Señor Costello! ¿Quiere decirnos…? -gritaban los periodistas.

– Sargento Wylie -vociferó otro-, ¿puede indicarnos los posibles móviles del secuestro?

– Aún no conocemos los móviles -replicó Wylie como aturdida.

– Pero ¿admiten que es un secuestro?

– No…, no, no he querido decir eso.

En la pantalla se vio a John Balfour contestando a una pregunta de los periodistas apelotonados en primera fila.

– Pues ¿qué ha querido realmente decir, sargento Wylie?

– Es que… yo no he dicho nada de que…

A la voz dubitativa de Ellen Wylie se superpuso la voz imperturbable de Gill Templer. Ella conocía bien a los periodistas.

– Steve -dijo-, sabe perfectamente que no podemos especular con semejantes detalles. Si quiere inventarse una mentira para vender más ejemplares, es cosa suya, pero eso muestra muy poco respeto por los padres y amigos de Philippa Balfour.

Las siguientes preguntas las atendió Gill Templer, reclamando previamente calma. Aunque no la veía, Rebus se imaginó que Ellen Wylie estaría visiblemente acoquinada. Siobhan movía los pies arriba y abajo como si de pronto se le hubiera activado la adrenalina. Balfour interrumpió a Gill para indicar que quería contestar a un par de las preguntas planteadas; lo hizo con calma y seguridad, y después de eso dio fin la conferencia.

– Un tío muy frío -dijo Bill Pryde antes de recuperar fuerzas para volver al trabajo real.

Grant Hood se acercó a Rebus.

– ¿En qué comisaría apostaban más a favor de la inocencia del novio? -preguntó.

– En Torphichen -contestó Rebus.

– Pues allí voy a apostar yo por culpable -dijo mirando a Rebus, que permaneció impasible-. ¡Vamos, hombre, si se le leía en la cara!

Rebus pensó en su visita nocturna a Costello y en la observación sobre el globo ocular y en cómo el joven se le había acercado diciendo: «Mire usted bien…».

Hood se alejó moviendo la cabeza de derecha a izquierda. Habían subido las persianas y a la breve tregua de sol había sucedido un cielo nuboso que cubría la ciudad. Enviarían la grabación de la comparecencia de Costello a los psicólogos para que detectaran el menor indicio de algo, cualquier fulgor en su mirada. Rebus no creía que encontraran nada. Siobhan se detuvo frente a él.

– Interesante, ¿no? -dijo.

– Me parece que a Wylie no se le da bien el trato con la prensa -contestó él.

– No habría debido estrenarse con un caso como éste…; era meterse en la boca del lobo.

– ¿No lo has pasado bien? -preguntó Rebus con toda intención.

– No me gustan los deportes violentos -replicó ella mirándolo y casi a punto de apartarse-. Bueno, ¿a ti qué te ha parecido?

– Creo que tienes razón en eso de interesante: muy interesante.

– ¿Te has percatado? -replicó ella sonriente.

Rebus asintió con la cabeza.

– Costello no ha dejado de decir «nosotros», mientras que el padre decía «yo».

– Como si la madre no existiese.

Rebus reflexionó.

– Puede que signifique simplemente que el señor Balfour tiene un exagerado sentido de su propia importancia. -Hizo una pausa-. Bueno, es algo lógico en un ejecutivo de banco. ¿Qué tal va lo del ordenador?

Ella sonrió. «Lo del ordenador» era una expresión más que elocuente en cuanto a los conocimientos de Rebus sobre discos duros y elementos análogos.

– Ya tengo la contraseña -respondió ella.

– Lo que quiere decir…

– … Que puedo leer sus últimos correos electrónicos… en cuanto vuelva a mi mesa.

– ¿No hay manera de acceder a los más antiguos?

– Ya lo he hecho. Claro, que no se puede saber los que ha borrado -reflexionó un instante-; al menos, eso creo yo.

– ¿No quedan almacenados en algún sitio…, en el ordenador central?

Siobhan se echó a reír.

– Estás pensando en las películas de espías de los sesenta y en esos ordenadores que ocupaban una habitación.

– Perdona.

– No te preocupes, no está mal para quien piensa que LOL significa Logia de Orange Leal.

Salieron de la sala y por el pasillo Rebus dijo:

– Voy a Saint Leonard. ¿Te llevo?

Ella rehusó con un gesto.

– He venido en mi coche.

– Muy bien.

– Parece que vamos a depender fundamentalmente del HOLMES.

Era una nueva tecnología que Rebus sí conocía, consistente en la centralización computerizada de datos del Ministerio del Interior para recoger datos y analizarlos a gran velocidad. Recurrir a ella significaba que al caso Balfour se le daba prioridad absoluta.

– ¿No sería gracioso que apareciese después de haber estado por ahí de compras? -musitó Rebus.

– Sería un alivio -dijo Siobhan plenamente convencida-, pero no creo, ¿y tú?

– Tampoco -respondió Rebus lacónico.

Fue a comprar algo para comer antes de volver a Saint Leonard.

* * *

En su mesa volvió a repasar los expedientes centrándose en los antecedentes familiares. John Balfour pertenecía a la tercera generación de una familia de banqueros radicada en Edimburgo desde principios del siglo XX, en Charlotte Square. El bisabuelo de Philippa había traspasado la dirección del banco a su hijo en los años cuarenta, pero no se había retirado hasta la década de los ochenta, al asumir su nieto John Balfour la dirección. La primera iniciativa del padre de Philippa fue abrir una sucursal en Londres para canalizar allí el negocio. La hija había ido a un colegio privado en Chelsea, pero los padres se trasladaron al norte a finales de los ochenta tras la muerte del abuelo de la joven, que ingresó en un colegio de Edimburgo. La casa familiar, Los Enebros, era una mansión rural con casi seis hectáreas y media de tierra entre Gullane y Haddington. Rebus se preguntó cómo se sentiría Jacqueline Balfour con once dormitorios y cinco cuartos de baño y el marido en Londres cuatro días por semana como mínimo. El banco de Edimburgo ocupaba la sede primitiva en Charlotte Square y el director era un amigo de John Balfour llamado Ranald Marr. Ambos se conocían desde su época de estudiantes en la Universidad de Edimburgo y habían viajado juntos a Estados Unidos para hacer el máster en Economía. Rebus pensaba que Balfour era un banquero mercantil, pero en realidad dirigía una pequeña banca privada con una cartera de clientes ricos que requerían asesoramiento en inversiones, en operaciones bursátiles, y tenían a gala el prestigio de un talonario de Balfour encuadernado en cuero.

En el interrogatorio a Balfour se había hecho énfasis en la posibilidad de un secuestro con móvil económico, por lo que no sólo el teléfono del matrimonio, sino también los del banco en Londres y Edimburgo, estaban intervenidos. La policía se hacía cargo igualmente de la correspondencia por si llegaba alguna petición de rescate: cuantas menos huellas dactilares, mejor. Pero hasta el momento sólo habían interceptado algunas notas de chiflados. Otra posibilidad era que se tratase de alguna venganza por una mala operación financiera, pero Balfour había sido terminante: él no tenía enemigos. En cualquier caso, no les permitió acceder a la base de datos de clientes del banco.

– Los clientes confían en mí. Sin esa confianza, el banco no es nada.

– Señor, con todo respeto, la vida de su hija quizá dependa…

– ¡Soy perfectamente consciente de ello!

En resumen: se estimaba, tirando por lo bajo, que el activo de la Banca Balfour ascendería a ciento treinta millones de libras, de los que un cinco por ciento constituía la fortuna personal de John Balfour. Más de seis millones de razones para un secuestro de profesionales. Pero ¿un profesional no se habría puesto ya en contacto? Rebus no sabía qué decir.

Jacqueline Balfour, de soltera Jacqueline Gil-Martin, era hija de un diplomático y terrateniente con una finca familiar que constituía una espléndida parcela de 360 hectáreas en Perthshire. El padre había muerto y la madre se había trasladado a una casita de la finca; la tierra la administraba la Banca Balfour y la mansión familiar, Laverock Lodge, se había convertido en sede de conferencias y reuniones. Por lo visto, habían filmado en ella un drama para la televisión, pero el título no le decía nada a Rebus. Jacqueline había desdeñado los estudios universitarios para desempeñar diversos trabajos, fundamentalmente como ayudante personal de hombres de negocios. Dirigía la finca de Laverock cuando conoció a John Balfour en una visita al banco del padre de éste en Edimburgo. Se casaron un año más tarde y dos años después nacía Philippa.

Hija única. John Balfour también lo era, mientras que Jacqueline tenía dos hermanas y un hermano, ninguno de los cuales vivía en Escocia. El hermano había seguido los pasos del padre y ocupaba un puesto diplomático en Washington. Rebus pensó que la dinastía Balfour tocaba a su fin, pues no se imaginaba a Philippa ansiando incorporarse al banco de papá, y se preguntó por qué el matrimonio no habría tratado de tener un hijo.

Detalles que, con toda probabilidad, no eran pertinentes a la investigación; sin embargo, era lo que a él le divertía del trabajo: establecer una red de relaciones, fisgar en las vidas de los demás, reflexionar y plantear preguntas.

Pasó a las notas sobre David Costello. Había nacido y estudiado en Dublín; los padres se trasladaron al sur, a Dalkey, a principios de los noventa. El padre, Thomas Costello, no parecía haber trabajado un solo día en su vida al tener asegurada la subsistencia con un fondo vitalicio creado por su padre, un promotor inmobiliario. El abuelo de David era propietario de excelentes terrenos en el centro de Dublín, con los que había hecho una fortuna, aparte de ser propietario de seis caballos de carreras; se dedicaba por completo a cosas por el estilo.

La madre, Theresa, era diferente: su origen podía calificarse de clase media-baja, pues la madre era enfermera y el padre maestro. De joven había ido a la escuela de Bellas Artes pero abandonó los estudios para ponerse a trabajar y ayudar a su familia al contraer la madre cáncer, circunstancia que dejó destrozado al padre. Había sido dependienta en unos grandes almacenes y después escaparatista, dando de ahí el salto a decoradora de interiores, primero de tiendas y después de gente rica; circunstancia en la que conoció a Thomas Costello. Cuando se casaron ya habían muerto los padres de ambos. Theresa probablemente no habría necesitado trabajar, pero siguió haciéndolo hasta crear su propia empresa, que evolucionó hasta convertirse en un negocio de cinco empleados y una facturación de varios millones. Tenía clientes en ultramar y la lista iba en aumento. Contaba ahora cincuenta y un años y no mostraba signos de cansancio. Su marido, un vividor un año más joven, aparecía en los recortes de periódicos irlandeses en carreras de caballos, fiestas y acontecimientos sociales por el estilo, sin que en ninguna de las fotos se viera a su esposa. En el hotel de Edimburgo habían pedido habitaciones separadas… Pero eso no era delito, como había dicho el joven Costello.

David había ingresado con retraso en la universidad a causa de un viaje de un año por el extranjero y ahora hacía el tercer curso del máster en Lengua y Literatura Inglesa. Rebus recordó los libros que tenía en el cuarto de estar: Milton, Wordsworth, Hardy.

– ¿Disfrutas con la visión, John?

– Estaba pensando, George -respondió Rebus abriendo los ojos.

– ¿No te estabas durmiendo?

– Ni mucho menos -replicó él mirándolo furioso.

Al alejarse Hi-Ho Silvers, Siobhan se acercó y se apoyó en la mesa.

– ¿Qué es lo que te tenía tan absorto? -inquirió.

– Me preguntaba si Rabbie Burns habría sido capaz de asesinar a una de sus amantes. -Ella lo miró sin decir nada-. O si alguien que lee poesía sería capaz de hacerlo.

– No veo por qué no. ¿No había en los campos de exterminio nazis comandantes que escuchaban a Mozart por las noches?

– ¡Qué alegre observación!

– Sabes que siempre estoy dispuesta a hacerte el día más agradable. ¿Me haces un favor?

– ¿Cómo podría negarme?

Siobhan le entregó una hoja de papel.

– ¿Tú qué crees que significa esto?

Asunto: Hellbank

Fecha: 5/9

De: Programador@PaganOmerta.com

A: Flipside1z23@HXRmail.com

«¿Has superado Hellbank? El tiempo pasa. Oclusión espera tu visita.»

ProAMADOR

Rebus levantó la vista.

– ¿Me das alguna pista?

– Es la copia de un correo electrónico -respondió ella cogiendo la hoja-. Philippa recibió diez o doce a partir del día en que desapareció. Pero este es el único que no va dirigido a su otro nombre.

– ¿Su otro nombre?

– Los IS… -Hizo una pausa-. Los servidores de Internet permiten adoptar generalmente cinco o seis nombres de entrada a la red.

– ¿Por qué?

– Para que puedas ser… distintas personas, supongo. Flipside 1223 es una especie de alias. Los otros mensajes van dirigidos a Flip guión Balfour.

– ¿Y qué quiere decir?

Siobhan expulsó aire.

– Eso es lo que me pregunto. Quizá signifique que tenía una faceta que no conocemos. Con ese nombre de Flipside 1223 no hay ningún otro mensaje. Así que, o los fue borrando a medida que los recibía, o lo recibió por error.

– No parece casual, ¿no crees?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Hellbank, Oclusión, PaganOmerta…

– Omerta es la ley del silencio de la mafia -dijo Rebus.

– Y ProAMADOR es la firma de Programador -indicó Siobhan-. Un toquecillo de humor juvenil.

Rebus volvió a leer el mensaje.

– Siobhan, no sé. ¿Qué te propones?

– Quisiera descubrir quién lo envió, pero no va a ser fácil. Lo único que se me ocurre es contestar.

– ¿Decirle a quien sea que Philippa ha desaparecido?

– No, más bien fingir que es ella la que contesta -respondió bajando la voz.

– ¿Crees que dará resultado? -preguntó Rebus en tono escéptico-. ¿Qué vas a decir?

– No lo he decidido.

Por la manera de cruzar los brazos, Rebus supo que lo haría.

– Díselo a la jefa cuando venga -aconsejó Rebus. Siobhan asintió con la cabeza y dio media vuelta para marcharse, pero él la llamó-. Tú, que fuiste a la universidad, ¿conocías a gente como Philippa Balfour?

– Esa gente es otro mundo -respondió ella con un bufido-. Ellos no tienen tutorías ni clases. A algunos sólo los veía en los exámenes. ¿Y sabes qué?

– ¿Qué?

– Que los cabrones siempre aprobaban.

* * *

Aquella noche, Gill Templer celebró su ascenso con una cena, pero antes fueron a tomar una copa al Palm Court del hotel Balmoral. Un pianista con esmoquin tocaba en un rincón y en la mesa tenían una botella de champán en un cubo con hielo y cuencos con cosas para picar.

– No olvidéis que después vamos a cenar -recordó Gill a sus invitadas.

Había reservado mesa en Hadrian's a las ocho y media y eran apenas las siete y media, momento en el que llegó la que faltaba.

Siobhan se disculpó mientras se quitaba el abrigo que un camarero se apresuró a recoger en tanto otro le servía champán.

– Salud -dijo sentándose y alzando la copa-. Y enhorabuena.

Gill Templer alzó su copa y sonrió.

– Creo que lo merezco -admitió ante la aprobación general.

Siobhan conocía a dos de las presentes. Eran ayudantes del fiscal y había trabajado con ellas en diversos casos. Harriet Brough tendría cerca de los cincuenta; llevaba permanente (quizá fuera pelo teñido) y ocultaba sus formas con ropas gruesas de tweed y algodón; Diana Metcalf pasaba de los cuarenta, tenía el pelo rubio ceniza y unos ojos hundidos que, en vez de suavizar con maquillaje, exageraba con sombra oscura; siempre se ponía prendas llamativas, que contribuían a realzar aún más su figura de anoréxica.

– Os presento a Siobhan Clarke -dijo Gill-, una agente de mi comisaría. -La manera en que había dicho «mi comisaría» daba a entender que era la dueña, y Siobhan pensó que no andaba muy lejos de la verdad-. Siobhan, te presento a Jean Burchill. Jean trabaja en el museo.

– Ah. ¿En cuál?

– En el museo de Escocia -contestó Burchill-. ¿Lo conoce?

– Cené una vez en The Tower -respondió Siobhan.

– Bueno, no es lo mismo -dijo discretamente Burchill.

– No, quería decir… -Buscaba una manera diplomática de explicarlo-. Cené allí poco después de la inauguración y el hombre que me acompañaba…; en fin, fue una mala experiencia y no me quedaron ganas de volver.

– Está claro -dijo Harriet Brough, como si cualquier contratiempo tuviera su explicación en función del sexo opuesto.

– Bueno, esta noche somos todas mujeres y no hay problema -dijo Gill Templer.

– Siempre que no vayamos después a un club nocturno -añadió Diana Metcalf con ojos brillantes.

Gill Templer cruzó una mirada con Siobhan.

– ¿Enviaste ese mensaje electrónico? -preguntó.

– No hablemos de trabajo, por favor -dijo Jean Burchill.

Las de la fiscalía aprobaron al unísono el comentario, pero Siobhan indicó a Templer con una inclinación de cabeza que había enviado el mensaje. Otra cuestión es que consiguiera engañar al destinatario. Por eso había llegado tarde, pues le había llevado su tiempo repasar todos los mensajes de salida de Philippa Balfour a sus amigos, tratando de encontrar el tono adecuado, el vocabulario y la sintaxis para resultar más convincente. Después de hacer más de diez borradores, al final optó por un texto sencillo. El caso era que algunos de los mensajes de Philippa eran más bien extensas cartas. ¿Y si sus anteriores mensajes a Programador habían sido también extensos? ¿Cómo reaccionaría el destinatario o destinataria ante una respuesta de estilo tan distinto? «Problema. Tengo que hablar contigo. Fiipside.» Y había añadido un número de teléfono, el de su móvil.

– He visto por televisión la conferencia de prensa de esta tarde -dijo Diana Metcalf.

– ¿Qué acabo de decir? -refunfuñó Jean Burchill.

Metcalf volvió hacia ella sus ojos oscuros y cansados.

– Esto no tiene que ver con el trabajo, Jean. El caso está en boca de todo el mundo. -Se volvió hacia Gill Templer-. No creo que fuese el novio, ¿y tú?

Gill se encogió de hombros.

– ¿No ves? -terció Burchill-. Gill no quiere hablar de eso.

– Es más posible que fuera el padre -dijo Harriet Brough-. Mi hermano fue compañero suyo de estudios y es un tipo muy frío. -Hablaba tajantemente y con una seguridad que revelaba su formación de jurista. «Seguramente, ya de pequeña quería ser abogado», pensó Siobhan-. ¿Dónde estaba la madre? -preguntó a Templer.

– A pesar de que se lo pedimos, no tuvo ánimo para acudir -respondió ella.

– Peor que esos dos no lo habría hecho -dijo Brough cogiendo un puñado de anacardos de un cuenco.

Gill Templer puso de pronto cara de cansada, y Siobhan decidió cambiar de tema preguntando a Jean Burchill qué hacía en el museo.

– Soy conservadora, y mi especialidad son los siglos dieciocho y diecinueve -contestó Burchill.

– Su principal especialidad es la muerte -terció Harriet Brough.

Burchill sonrió.

– Es cierto. Reúno objetos sobre creencias y…

– Reúne más bien -interrumpió Brough mirando a Siobhan- ataúdes y fotos de niños muertos de la época victoriana. Me ponen nerviosa siempre que paso por la planta…

– Cuarta -añadió Burchill con voz queda.

Siobhan encontraba muy guapa a Burchill. Era pequeña y delgada, con pelo castaño liso cortado a lo paje, tenía un hoyuelo en la barbilla y las mejillas bien formadas de un color rosado, apreciable incluso con la escasa luz del local. Se notaba que no llevaba maquillaje, y no lo necesitaba. Iba discretamente vestida con un conjunto de pantalón y chaqueta de tonos pastel, lo que en la tienda probablemente llamaban «marrón topo», un suéter gris de cachemira y una pashmina rojiza prendida en el hombro con un broche de Rennie Mackintosh. Tendría también cerca de cincuenta años, pero le sorprendió constatar que parecía tener quince años menos que todas las presentes.

– Jean y yo fuimos juntas al colegio -dijo Gill Templer-, pero después perdimos el contacto hasta que volvimos a encontrarnos hará unos cinco años.

Burchill sonrió al recordarlo.

– A mí no me gustaría encontrarme a ninguna de mis compañeras de colegio -dijo Harriet Brough con la boca llena de nueces-. Eran todas unas lerdas.

– ¿Quieren más champán las señoras? -preguntó el camarero sacando la botella del cubo.

– Ya era hora -espetó Brough.

Entre el postre y el café, Siobhan fue a los servicios y se cruzó en el pasillo con Gill Templer.

– Qué eminencias, mis amigas -dijo Templer con una sonrisa.

– Ha sido una cena estupenda, Gill. ¿De verdad que no quiere que yo…?

– Eres mi invitada -respondió Templer tocándole el brazo-. No todos los días hay algo digno de celebrarse. ¿Crees que dará resultado ese mensaje? -añadió seria. Siobhan se encogió de hombros-. ¿Qué te pareció la conferencia de prensa?

– La jungla habitual.

– A veces funciona -dijo Templer risueña.

Había tomado tres vasos de vino además del champán, pero el único indicio de que no estaba sobria era su modo de ladear levemente la cabeza y los párpados algo caídos.

– ¿Puedo decirle una cosa? -preguntó Siobhan.

– No estamos de servicio, Siobhan. Di lo que quieras.

– No debería habérsela encomendado a Ellen Wylie.

Gill Templer la miró a los ojos.

– Habría debido encomendártela a ti, ¿verdad?

– No quiero decir eso. Es que estrenarse en el cargo con ese caso…

– ¿Tú lo habrías hecho mejor?

– No es eso lo que quiero decir.

– Pues ¿qué es lo que quieres decir?

– Quiero decir que era la selva y usted la metió en ella sin mapa.

– Cuidado, Siobhan -dijo Templer con voz fría, haciendo una pausa para reflexionar y rematándola con un leve gesto despectivo mirando al pasillo-. Ellen Wylie me ha estado machacando la cabeza durante meses. Quería ocuparse de la coordinación de la prensa, y en cuanto he podido se la he dado. He querido comprobar si era tan apta como ella cree, pero me ha fallado -añadió acercando su cara a la de Siobhan, que ahora notó el olor a vino.

– ¿Le ha sentado mal?

– Dejemos el tema, Siobhan. Ya he tenido bastante -replicó Templer alzando la mano. Parecía que iba a decir algo más, pero se limitó a hacer un gesto evasivo y a esbozar una sonrisa-. Ya hablaremos -añadió camino de los servicios. Empujó la puerta, pero de pronto se detuvo-. Ellen ya no es enlace de prensa. Había pensado en pedirte a ti…

La puerta se cerró detrás de ella.

– No me haga ningún favor -replicó Siobhan, pero le estaba hablando a la puerta.

Era como si Gill Templer se hubiera endurecido de la noche a la mañana y aquella humillación de Ellen Wylie fuese un primer signo de fuerza. El caso es que… realmente quería aquel cargo, pero al mismo tiempo se sentía a disgusto consigo misma porque había disfrutado en la conferencia de prensa al comprobar el fracaso de Ellen Wylie.

Cuando Templer salió del servicio, Siobhan estaba sentada en una silla en el pasillo. Gill se detuvo ante ella y dijo:

– No nos agües la fiesta, mujer.

Y allí la dejó.

Capítulo 3

– Yo esperaba algún tipo de artista callejero -dijo Donald Devlin.

A Rebus le dio la impresión de que llevaba la misma ropa que en su primer encuentro.

El patólogo jubilado estaba sentado a una mesa junto al ordenador y al único agente de Gayfield Square que parecía conocer el programa de composición de rostros Facemaker, un banco de datos con ojos, orejas, narices y labios dotado de efectos especiales para alterar los detalles. Ahora Rebus comprendía cómo los viejos colegas de Watson habían injertado su cara a cuerpos musculosos.

– Las cosas han cambiado un poco -dijo Rebus.

Tomaba un café comprado en un bar, no tan bueno como el de su barista, pero mejor que el de la máquina de la comisaría. Había pasado una mala noche, se despertó sudoroso y temblando en el sillón del cuarto de estar. Pesadillas y sudores nocturnos. A pesar de lo que dijera cualquier médico, él sabía que tenía el corazón bien, pues lo notaba latir cumpliendo su función.

Pese al café se le escapaban los bostezos. El agente había terminado el dibujo y se disponía a imprimirlo.

– Hay algo… que no encaja -dijo Devlin por segunda vez. Rebus miró y vio un rostro anónimo, irrelevante-. Casi podría ser una mujer -añadió Devlin-. Y estoy seguro de que no lo era.

– ¿Y si le ponemos esto? -preguntó el agente pulsando el ratón. En la pantalla se vio que al rostro le quedaba agregada una poblada barba.

– Ah, eso es absurdo -protestó Devlin.

– Es una broma del agente Tibbet, profesor -se disculpó Rebus.

– Yo hago lo que puedo, ¿sabe?

– Se lo agradecemos. Quite la barba, Tibbet.

Tibbet quitó la barba.

– ¿Seguro que no era David Costello? -preguntó Rebus.

– A David lo conozco. No era él.

– ¿Lo conoce bastante?

Devlin parpadeó.

– Hemos hablado en varias ocasiones. Un día nos cruzamos en la escalera y le pregunté qué libros llevaba. Me enseñó El paraíso perdido de Milton y estuvimos hablando de él.

– Fascinante.

– Sí que lo fue, créame. Ese chico es inteligente.

Rebus quedó pensativo.

– ¿Le cree usted capaz de matar, profesor?

– ¿Matar a alguien David? -dijo Devlin echándose a reír-. No le creo lo bastante cerebral, inspector. ¿Sigue siendo sospechoso? -preguntó tras una pausa.

– Ya sabe usted cómo trabaja la policía, profesor. Todo el mundo es culpable mientras no se demuestre lo contrario.

– Yo pensaba que era al revés: todo el mundo es inocente mientras no se demuestre su culpabilidad.

– Me parece que usted nos confunde con los abogados. ¿A Philippa ha dicho que no la conocía mucho?

– También me cruzaba con ella en la escalera pero, a diferencia de David, la joven nunca se paraba.

– ¿Era un tanto engreída?

– Pues no sé qué decirle. Indudablemente se había criado en un ambiente enrarecido, ¿no cree? -Hizo una pausa como reflexionando-. En realidad, yo tengo una cuenta en la Banca Balfour.

– Entonces, ¿conoce al padre?

Los ojos de Devlin centellearon un instante.

– Oh, no. Yo no soy un cliente importante.

– Quería preguntarle qué tal va su rompecabezas.

– Despacio. Pero ése es el placer intrínseco del juego, ¿no cree?

– Nunca me han atraído los rompecabezas.

– Pero le gustan los enigmas. Anoche hablé con Sandy Gates y me habló de usted.

– Buena ganancia haría la compañía telefónica.

Se sonrieron y volvieron al trabajo.

Al cabo de una hora, Devlin manifestó que la primera representación era la mejor. Tibbet había guardado todas las versiones.

– Sí, no es perfecta -dijo Devlin-, pero puede decirse que se aproxima -añadió haciendo un gesto de levantarse de la silla.

– Ya que está usted aquí… -propuso Rebus abriendo un cajón y sacando un expediente con fotos-, podría mirar unas fotografías.

– ¿Fotografías?

– Fotos de vecinos y amigos de la universidad de la señorita Balfour.

Devlin asintió despacio con la cabeza, con poco entusiasmo.

– ¿Se trata del proceso de eliminación?

– Si se encuentra usted con ánimo, profesor.

– Tal vez un té poco cargado para estimular la concentración… -sugirió Devlin con un suspiro.

– Creo que podremos ofrecerle un té suave -dijo Rebus mirando a Tibbet, que manipulaba el ratón. Rebus se acercó al ordenador y vio en la pantalla un rostro muy parecido al de Devlin al que había agregado unos cuernos-. El agente Tibbet se lo traerá -añadió.

Tibbet tuvo la precaución de guardar la imagen antes de levantarse.

* * *

Cuando llegó a Saint Leonard corría ya la noticia de otro registro no divulgado, éste en un garaje de Calton Road donde David Costello guardaba su MG deportivo. La Unidad de Huellas Dactilares de Howdenhall lo había examinado sin descubrir nada relevante. Sabían de antemano que estaría lleno de huellas de Flip Balfour y no fue una sorpresa encontrar en la guantera objetos personales de la joven, como un lápiz de labios y unas gafas de sol. En el garaje no había nada comprometedor.

– ¿Ni un congelador con candado? ¿Ni una trampilla que diera paso a una cámara de torturas? -preguntó Rebus.

Distante Daniels, que hacía de mensajero llevando el papeleo entre Gayfield y Saint Leonard, negó con un gesto.

– Un estudiante con un MG -indicó moviendo de nuevo la cabeza.

– El coche es lo de menos -dijo Rebus-. El garaje en que lo guarda costará más que tu apartamento.

– Dios, es posible.

Intercambiaron una amarga sonrisa. Todos andaban ocupados y la observación más relevante era la conferencia de prensa de la víspera difundida por televisión y la actuación de Ellen Wylie, pero la tarea del momento consistía en verificar dónde había sido vista por última vez la desaparecida, lo cual requería muchas llamadas telefónicas.

– ¿Inspector Rebus? -Rebus se volvió hacia la voz-. Venga a mi despacho.

Era su despacho, desde luego. Ella ya le había infundido su carácter, ya fuese por el ramo de flores sobre el archivador, que perfumaba el ambiente, o por efecto de algún spray. El sillón de Watson ya no estaba: lo reemplazaba un modelo más utilitario en el que Gill Templer se sentaba erguida y no repantigada como su antecesor, como alerta para ponerse en pie. Le tendió una hoja de papel y Rebus tuvo que levantarse de la silla para cogerla.

– Es un lugar llamado Los Saltos -dijo-. ¿Lo conoces? -Rebus hizo un gesto negativo-. Yo tampoco.

Rebus leyó la nota referida a una llamada telefónica en la que daban noticia de que había aparecido una muñeca en Los Saltos.

– ¿Una muñeca? -preguntó.

– Quiero que vayas a echar un vistazo -contestó ella asintiendo con la cabeza.

– Me tomas el pelo -dijo Rebus riendo, pero al alzar la vista vio que Gill estaba seria-. ¿Es mi castigo?

– ¿Por qué?

– No sé. A lo mejor por ir bebido al apartamento de la hija de Balfour.

– No soy tan mezquina.

– No sé qué pensar…

– Adelante, di lo que sea.

– Lo digo por lo de Ellen Wylie.

– ¿Qué pasa con Ellen Wylie?

– Que no se lo merecía.

– ¿Qué eres, su protector?

– No se lo merecía.

– ¿Qué sucede, hay eco? -replicó ella llevándose la mano a la oreja.

– Te lo repetiré hasta que me escuches.

Se hizo un silencio y los dos sostuvieron la mirada. Sonó el teléfono y pareció por un instante que Gill no iba a contestar, pero al final descolgó sin dejar de mirar a Rebus.

– Diga -escuchó un instante-. Sí, señor. Voy enseguida. -Dejó de mirar a Rebus para colgar y lanzó un suspiro-. Tengo una reunión con el jefe en Fettes. Ve a Los Saltos, por favor.

– No te estorbo más.

– La muñeca estaba en un ataúd, John -dijo ella con súbita cara de cansancio.

– Será una broma de chiquillos.

– Quizás.

– Aquí dice Los Saltos en Lothian este -observó Rebus volviendo a mirar la nota-. Que se encarguen los de Haddington u otro sitio.

– Quiero que te encargues tú.

– No lo dirás en serio. Es una broma, ¿no? Igual que cuando me dijiste que había querido ligar contigo o que debería ir a un médico.

Ella negó con la cabeza.

– Los Saltos no es simplemente una localidad de Lothian este, John. Es donde viven los Balfour. -Hizo una pausa para que se diera cuenta-. Y la cita con el médico tienes que concertarla.

* * *

Salió de Edimburgo por la A 1 sin mucho tráfico y con un sol de justicia. Para él, Lothian este eran campos de golf y playas rocosas, campos de labranza planos y poblaciones de la periferia celosas de su identidad. La zona tenía su historia negra por los campings para caravanas, refugio de muchos delincuentes de Glasgow, pero era fundamentalmente una región tranquila frecuentada por turistas de paso o ruta alternativa en el viaje hacia el sur de Inglaterra. Para Rebus, pueblos como Haddington, Gullane y North Berwick eran localidades cerradas y prósperas con tiendecitas y clientela local que veía con recelo la cultura de supermercado de la cercana capital. Sin embargo, Edimburgo ejercía su influencia, y los precios de la vivienda allí hacían que cada vez hubiera más gente que optase por vivir lejos de la ciudad, por lo que el cinturón verde se deterioraba con nuevas construcciones y centros comerciales. La comisaría de Rebus estaba precisamente en una de las principales rutas de entrada por el sudeste, y en los últimos diez años ya se notaba el aumento de tráfico en las horas punta, las lentas e implacables caravanas de salida provocadas por los que vivían fuera de Edimburgo.

No le fue fácil encontrar Los Saltos. Guiándose por su instinto más que por el mapa, se saltó un indicador y acabó en Drem. Pero se detuvo allí un rato para comprar dos paquetes de patatas fritas y una lata de Irn-Bru y comérselas en el coche con el cristal de la ventanilla bajado. Seguía pensando que lo habían mandado a aquel lugar por imposición jerárquica, para meterlo en cintura; porque para su nueva jefa Los Saltos no era más que una pequeña localidad lejana. Cuando acabó de comer comenzó a silbar una melodía que no recordaba bien, una canción sobre el tema de vivir junto a un salto de agua; tenía la impresión de que era de una cinta que le había grabado Siobhan como parte de su iniciación a la música posterior a los años setenta. Drem no era más que una calle principal, y bien tranquila. Pasaba algún camión de vez en cuando pero no se veía un alma. El tendero trató de entablar conversación, pero él dio el silencio por respuesta a sus observaciones sobre el tiempo y no quiso preguntarle por dónde se iba a Los Saltos para no parecer un puñetero turista.

Sacó la guía de carreteras y vio que Los Saltos era un puntito insignificante; le intrigaba aquel nombre que tal vez fuera una deformación local de otra palabra. Tras otros diez minutos por carreteras tortuosas y en suave tobogán, dio con el lugar. Habría tardado menos de no haber sido por los cambios de rasante con el sol de frente y un tractor que lo obligó a ir en segunda un buen rato.

Los Saltos no era lo que él esperaba. El centro era un tramo de la carretera con casas a ambos lados, separadas y con jardines bien cuidados, y una hilera de chalecitos en el linde de la carretera. En uno de ellos vio un letrero de madera en el que se destacaba claramente pintada la palabra CERÁMICAS. Pero al final del pueblo, aldea más bien, había lo que le parecieron unas casas grises de protección oficial de los años treinta con vallas rotas y triciclos en la calzada. Entre las viviendas y la carretera había una franja de césped en la que dos críos se chutaban sin gran entusiasmo uno a otro una pelota. Al pasar por delante de ellos lo miraron fijamente como si fuera un bicho raro.

De pronto, igual que había entrado en el pueblo, se vio de nuevo en pleno campo. Paró junto al arcén y vio a lo lejos lo que le pareció una gasolinera; pero no pensaba que necesitara repostar. En ese momento pasó el tractor que había adelantado aminorando la marcha para girar hacia un campo a medio arar. El que lo conducía no hizo el menor caso de él. Paró la máquina con una trepidante sacudida y saltó de la cabina, en cuyo interior sonaba una radio a todo volumen.

Rebus bajó del coche y cerró la puerta con fuerza, pero el campesino siguió sin preocuparse de su presencia. Rebus apoyó la palma de las manos en la cerca de piedra.

– Buenos días -dijo.

– Buenos días -contestó el hombre, sin dejar de hurgar en la parte de atrás del tractor.

– Soy agente de policía. ¿Sabe dónde puedo encontrar a Beverly Dodds?

– En casa, seguramente.

– ¿Su casa, cuál es?

– ¿Ve la casita con el letrero de cerámicas?

– Sí.

– Pues ahí.

El hombre cuya voz sonó neutra no había mirado apenas en dirección de Rebus y continuaba abstraído en las aspas del arado. Era robusto, con pelo negro rizado y barba también negra que enmarcaba su rostro arrugado y gordezuelo. Rebus pensó un instante en los dibujos cómicos de su infancia y en aquellas caras raras que podían mirarse igual dándoles la vuelta.

– Viene por lo de la muñeca, ¿no?

– Sí.

– Es una tontería que les haya llamado por eso.

– ¿Usted no cree que tenga algo que ver con la desaparición de la señorita Balfour?

– Claro que no. Eso es cosa de los crios de Meadowside.

– Seguramente tiene razón. Meadowside, ¿son esas viviendas? -preguntó Rebus señalando con la cabeza hacia el pueblo; no veía a los niños, pero le pareció oír el rebote de la pelota no muy lejos.

El campesino hizo un gesto afirmativo.

– Ya le digo, una pérdida de tiempo. Un tiempo que ustedes pierden, me imagino, y que yo pago con los impuestos.

– ¿Usted conoce a la familia?

– ¿A cuál?

– La de los Balfour.

El campesino asintió de nuevo con la cabeza.

– Son los amos de estas tierras…, de casi todas, vaya.

Rebus miró a su alrededor y vio por primera vez que no había ninguna casa ni construcción aparte de la gasolinera.

– Creía que eran dueños sólo de la casa y el terreno.

El campesino dijo que no.

– Por cierto, ¿dónde tienen la casa?

El hombre miró por primera vez a Rebus a los ojos, satisfecho de sus verificaciones mecánicas, y se limpió las manos en los vaqueros desgastados.

– Se llega por el camino del otro extremo del pueblo -contestó-. A cosa de un kilómetro y medio encontrará una gran verja. No tiene pérdida. Y Los Saltos está a medio camino.

– ¿Una cascada?

– Un salto de agua. Querrá usted verlo, ¿verdad?

Más allá de los campos de labranza, la elevación del terreno era suave y costaba imaginar un salto de agua por allí.

– No quisiera gastar el dinero de sus impuestos haciendo turismo -contestó Rebus sonriendo.

– Pero qué va, esto no es turismo…

– ¿Qué, si no?

– Aquello es el lugar del crimen -replicó el hombre exasperado-. ¿Es que no se enteran en Edimburgo…?

Del pueblo salía un camino cuesta arriba que cualquiera de paso habría pensado que no tenía salida, como había creído Rebus, o que era particular. Pero al cabo de unos metros se ensanchaba, y fue allí donde dejó el coche arrimado al lindero. Lo cerró por instinto reflejo de urbanita y saltó la cerca que separaba el camino de un campo donde pastaban unas vacas que le prestaron la misma atención que el labriego. Notó su olor y oyó los resoplidos y el ruido que hacían rumiando, mientras intentaba alcanzar una arboleda sin pisar las boñigas. Seguro que los árboles señalaban el curso del riachuelo donde estaría el salto de agua en el que la mañana anterior había encontrado Beverly Dodds el diminuto ataúd. Cuando vio la cascadita se echó a reír. Era un salto de agua de un metro.

«No es precisamente una catarata del Niágara», dijo para sus adentros agachándose frente a él. No sabía dónde había aparecido la muñeca, pero miró a su alrededor. Era un sitio pintoresco al que seguramente acudirían los lugareños, a juzgar por un par de latas de cerveza y envases de chocolatinas. Se puso en pie y contempló el entorno: pintoresco y aislado, pues no se divisaban casas, y dudaba que alguien hubiese visto quién había dejado la muñeca; suponiendo, claro, que no la hubiese arrastrado la corriente. Lo único visible era el curso sinuoso del riachuelo colina abajo, y pensó que corriente arriba sería todo monte. En el mapa no figuraba siquiera el riachuelo y la panorámica eran unas colinas peladas por las que se podía andar días seguidos sin ver un alma. Se preguntó dónde estaría la casa de los Balfour, pero acabó moviendo la cabeza de un lado a otro. ¿Qué más daba? Aquello…, muñeca o no muñeca, con o sin ataúd, era dar palos de ciego.

Se puso otra vez en cuclillas y metió la mano en el agua con la palma hacia arriba. Era clara y estaba fría. Cogió un poco en el hueco de la mano y la dejó escurrir entre los dedos.

– Yo no la bebería -oyó decir. Alzó la vista y vio a una mujer que salía de entre los árboles. Era delgada y llevaba un vestido largo de muselina que dejaba transparentar su cuerpo. Al acercarse se echó hacia atrás el pelo rubio largo y rizado que le tapaba los ojos-. Los labradores usan abonos químicos que van a parar al riachuelo -explicó-. Organofosfatados y vaya usted a saber qué -añadió estremeciéndose.

– Yo el agua no la pruebo -dijo Rebus incorporándose-. ¿Es usted la señorita Dodds? -preguntó, secándose la mano en la manga.

– Todos me llaman Bev -dijo ella tendiéndole una mano esquelética al extremo de un brazo delgado.

Huesos de pollo, pensó Rebus, con cuidado de no estrechársela con demasiada fuerza.

– Soy el inspector Rebus -dijo-. ¿Cómo sabía que estaba aquí?

– Estaba en la ventana cuando pasó en coche y al ver que entraba en el camino tuve esa intuición -dijo poniéndose de puntillas para acentuar su acierto.

A Rebus le recordaba una quinceañera, pero distaba mucho de serlo por las bolsas bajo los párpados y las arrugas de expresión alrededor de los ojos. Tendría más de cincuenta años, pero conservaba un espíritu juvenil.

– ¿Ha venido a pie?

– Ah, sí -respondió ella mirándose las sandalias abiertas-. Me ha chocado que no viniera primero a mi casa.

– Quería echar un vistazo al lugar. ¿Dónde encontró exactamente la muñeca?

La mujer señaló hacia la cascadita.

– Justo al pie, en la orilla. Estaba totalmente seca.

– ¿Por qué hace esa puntualización?

– Porque sé que habrá pensado si no la traería la corriente.

Rebus no dejó traslucir que, efectivamente, lo había pensado, pero ella pareció notarlo y volvió a erguirse sobre la punta de los pies.

– Y estaba muy a la vista -añadió-, así que no creo que se la olvidaran casualmente porque la habrían recogido.

– ¿Ha pensado alguna vez en hacer carrera en la policía, señorita Dodds?

Ella lanzó un chasquido con la lengua.

– Llámeme Bev, por favor -dijo sin responder a la pregunta, aunque se notaba que le había complacido.

– No la habrá traído, claro.

Ella negó con la cabeza y, como volvió a caerle el pelo sobre la cara, se lo echó de nuevo hacia atrás.

– La tengo en casa.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Hace mucho que vive aquí, Bev?

– Ni siquiera tengo el acento, ¿verdad? -replicó sonriente.

– Le falta bastante -dijo Rebus.

– Soy de Bristol y pasé en Londres… muchos años, ya ni me acuerdo. Al divorciarme salí de estampía y acabé recalando aquí.

– ¿Cuánto hace de eso?

– Cinco o seis años. La casa donde vivo siguen llamándola «casa de los Swanston».

– ¿Por sus anteriores inquilinos?

Ella asintió con la cabeza.

– En Los Saltos son así, inspector. ¿De qué se ríe?

– No estaba seguro de cómo se pronunciaba.

– Por otra parte -añadió-, tiene gracia, ¿no? Un pequeño salto de agua y lo llaman «Los Saltos». Nadie sabe por qué. -Hizo una pausa-. Esto era un pueblo minero.

– ¿Había minas de carbón? -inquirió Rebus frunciendo el entrecejo.

Ella estiró el brazo hacia el norte.

– A unos dos kilómetros. Las explotaron muy poco. Le hablo de los años treinta.

– ¿La época en que construyeron Meadowside?

Ella asintió con un gesto.

– ¿Ahora ya no hay minas?

– Hace cuarenta años que cerraron. Creo que la mayor parte de la gente de Meadowside está sin trabajo. Ahora es una zona de maleza, pero cuando construyeron las primeras casas sí que era un prado. Después necesitaron seguir construyendo y edificaron más sobre él -añadió estremeciéndose otra vez-. ¿Cree que podrá dar la vuelta al coche?

Rebus asintió con la cabeza.

– Bien, no tenga prisa -dijo ella echando a andar-. Voy a preparar el té. Nos vemos en la Casa del Torno, inspector.

Lo del torno, explicó mientras ponía a hervir el agua para el té, era una referencia al torno de cerámica.

– Todo empezó como una terapia tras la ruptura -añadió haciendo una pausa-, pero descubrí que se me daba bastante bien y creo que a algunos amigos míos de entonces les sorprendió. -Por la manera de decirlo, a Rebus le pareció que esos amigos ya no contaban en su vida-. Así que tal vez el torno sea también las vueltas que da la vida -agregó cogiendo la bandeja y haciéndolo pasar a lo que ella llamaba «la sala».

Era una pieza pequeña de techo bajo llena de dibujos de colores y muestras de lo que Rebus imaginó obra de ella: platos y jarrones de cerámica vidriada azul, que él contempló detenidamente para que la mujer lo advirtiera.

– Son casi todas de las primeras -dijo quitándoles importancia-. Las conservo como recuerdo -añadió con un cascabeleo de pulseras mientras se echaba el pelo hacia atrás.

– Son muy bonitas -dijo Rebus.

Ella sirvió el té y le tendió una taza y un platillo de cerámica gruesa del mismo color azul. Rebus miró alrededor, pero no vio ningún ataúd ni ninguna muñeca.

– Lo tengo en el estudio -dijo ella como si le leyera el pensamiento-. ¿Quiere que lo traiga?

– Haga el favor.

Ella se levantó y salió a buscarlo. Rebus sentía claustrofobia. El té era una hierba sucedánea y pensó en echarlo en un jarrón, pero lo que hizo fue sacar el móvil para ver si había mensajes, mas la pantalla estaba en blanco y no daba señal. Quizá fuese por las gruesas paredes de piedra o porque el pueblo estaba en una zona sin cobertura; sabía que en Lothian este sucedía eso. El único mueble, aparte de la mesa, era una pequeña librería con libros de arte y artesanía sobre todo, y un par de volúmenes con el título de Wiccan. Rebus cogió uno.

– Es magia blanca. Fe en el poder de la naturaleza -dijo ella a su espalda.

Rebus dejó el libro y se volvió.

– Aquí tiene -dijo ella presentándole el ataúd como si fuese un objeto de culto.

Rebus avanzó un paso y ella se lo entregó con los brazos tendidos; lo cogió con cuidado, tal como ella esperaba, al tiempo que se le ocurría la idea de que aquella mujer estaba chalada y todo era un invento suyo. Pero el ataúd llamó su atención. Estaba hecho con una madera oscura, de roble viejo quizás, y lo habían ensamblado con clavos negros, como tachuelas de alfombra. Eran piezas medidas y bien serradas, con las aristas simplemente lijadas. Tendría unos veinte centímetros y no era obra de un carpintero; incluso Rebus, que era lego en la materia, lo advirtió. Ella abrió la tapa y fijó en él la mirada sin parpadear esperando sus observaciones.

– Estaba clavada, pero yo la abrí -añadió.

Dentro había una muñeca de madera con los brazos a los costados, de rostro modelado pero sin pintar y unos trozos de muselina a guisa de vestido. Era una pieza de talla rudimentaria en la que se notaban los surcos bastos de la gubia. Rebus intentó sacarla, pero no acertaba dado el escaso espacio entre la muñeca y los lados del ataúd. Y optó por volcarla sobre la palma de la mano. Su primer pensamiento fue comparar los trozos de tela con alguna de las de la sala, pero no había ninguna igual.

– La tela es bastante nueva y está limpia -musitó ella.

Rebus asintió con la cabeza. Tampoco el ataúd había estado mucho a la intemperie pues no había restos de humedad.

– Yo he visto cosas extrañas, Bev… -dijo Rebus con voz apagada-. ¿No había nada más en donde lo encontró? ¿Algo raro?

Ella negó despacio con la cabeza.

– Yo voy todas las semanas de paseo por allí y esto -dijo ella tocando el ataúd- fue la única cosa rara que encontré.

– ¿No vio pisadas…? -sugirió Rebus, pero pensó que era exigirle demasiado.

– No advertí ninguna -respondió ella sin vacilar apartando la mirada del ataúd y mirándolo-. Y examiné el terreno porque estaba segura de que no podía ser cosa de magia.

– ¿Hay alguien en el pueblo que trabaje la madera? ¿Un carpintero…?

– El más cercano está en Haddington, lejos de aquí. No conozco a nadie que…, quiero decir que ¿quién en su sano juicio va a hacer una cosa como ésta?

– Sí, supongo que se lo habrá preguntado -replicó Rebus sonriendo.

– No se me ocurre otra cosa, inspector -añadió ella sonriendo también-. Mire, normalmente ni habría hecho caso de algo así, pero después de lo que ha pasado con la hija de los Balfour…

– No nos consta que haya pasado nada -contestó Rebus sin poder evitarlo.

– Pero debe de existir una relación, ¿no?

– Puede ser un chalado -replicó Rebus mirándola a los ojos-. Según mi experiencia, en todos los pueblos hay algún trastornado.

– No pensará que yo… -interrumpió la frase al oír el ruido de un coche que paraba ante la casa-. Ah, será ese periodista -añadió poniéndose en pie.

Rebus fue con ella hasta la ventana y vio que de un Ford Focus rojo bajaba un joven, mientras en el asiento del copiloto un fotógrafo acababa de ajustar el objetivo de una cámara. El primero se estiró y rotó los hombros como si acabase de hacer un largo viaje.

– Estuvieron ya otra vez -dijo ella-, cuando desapareció la hija de los Balfour y, como me dejaron la tarjeta, al suceder esto…

Rebus fue tras ella hasta el estrecho vestíbulo de la entrada.

– No ha sido una idea muy acertada, señorita Dodds -dijo conteniendo su indignación cuando la mujer estaba a punto de abrir la puerta.

Ella se volvió con la mano en el pomo.

– Inspector, al menos ellos no insinuaron que estuviera chalada.

Rebus estuvo a punto de replicar: «Pero lo harán», aunque pensó que ya no serviría de nada.

El periodista se llamaba Steve Holly y trabajaba para un periódico sensacionalista de Glasgow con delegación en Edimburgo. No tendría mucho más de veinte años, lo que era una ventaja porque a lo mejor escuchaba un consejo. Si hubiera sido un veterano, ni habría merecido la pena molestarse. Era bajo, gordito y llevaba el pelo cortado en una cresta con picos tiesos por el fijador que a Rebus le recordaron el alambre de espino de las granjas. Llevaba en una mano el bloc de notas y el bolígrafo y tendió la otra a Rebus.

– No creo que nos conozcamos -dijo de un modo que a Rebus le hizo pensar que conocía su nombre-. Le presento a mi ayudante artístico, Tony. -El fotógrafo, que llevaba una bolsa de material al hombro, lanzó un resoplido-. Bev, hemos pensado si podríamos ir a la cascada para hacerle una foto cogiendo el ataúd.

– Claro, por supuesto.

– Así nos ahorramos los preparativos de hacer una toma interior -continuó Holly-. No porque a Tony le moleste, pero si se le deja en un cuarto se pierde en creatividad y arte.

– ¿Ah, sí? -dijo ella mirando complacida al fotógrafo.

Rebus contuvo una sonrisa al pensar que ella y el periodista daban muy distinto significado a los dos conceptos, tampoco a Holly se le escapó.

– Aunque, si quiere, después puede hacerle un buen retrato en el estudio -añadió.

– Estudio no puede llamárselo -replicó ella pensativa, pasándose un dedo por el cuello-. No es más que una simple habitación con el torno y algún dibujo que yo he forrado de papel blanco para aprovechar la luz.

– Hablando de luz -la interrumpió Holly mirando al cielo-, más vale que nos pongamos en marcha.

– Ahora es ideal y no durará mucho -dijo el fotógrafo.

Bev alzó también la vista y mostró su asentimiento de artista con una inclinación de cabeza. Aquella mujer sabía hacer su papel, pensó Rebus.

– ¿Quiere quedarse aquí al cuidado de esto? -preguntó el periodista a Rebus-. No tardaremos más de quince minutos.

– Tengo que volver a Edimburgo. ¿Puede darme su teléfono, señor Holly?

– A ver dónde llevo una tarjeta -contestó el joven buscando en los bolsillos y sacando una cartera de la que extrajo una tarjeta.

– Gracias -dijo Rebus-. ¿Podríamos hablar un momento…?

Mientras llevaba al periodista aparte vio que Bev preguntaba al fotógrafo si la ropa que vestía era adecuada y le pareció que aquella mujer echaba de menos la presencia de otro artista en el pueblo. Rebus les dio la espalda para que no oyeran lo que iba a decir.

– ¿Ha visto esa muñeca? -preguntó Holly. Rebus asintió con la cabeza y el periodista torció la nariz-. ¿No estaremos perdiendo el tiempo? -añadió en tono afable propiciando franqueza por parte de Rebus.

– Seguramente -respondió él mintiendo y convencido de que cuando Holly viese la curiosa talla tampoco lo creería-.

Pero no viene mal una jornada fuera de Edimburgo -añadió en tono despreocupado.

– Yo no aguanto el campo -dijo Holly-. Echo de menos el monóxido de carbono. Me sorprende que hayan enviado a un inspector…

– No hay que desechar ninguna pista.

– Sí, por supuesto; lo entiendo, pero creo que con un simple agente o un sargento…

– Como le digo… -Holly se dio media vuelta dispuesto a seguir con su trabajo, pero Rebus lo agarró del brazo-. ¿Sabe que si esto resulta ser algún tipo de prueba podríamos desear que no se divulgara?

Holly asintió con la cabeza de un modo mecánico y replicó tratando de darle un acento americano:

– Que su gente hable con mi gente. -Dicho lo cual, se soltó de Rebus y se volvió hacia Bev y el fotógrafo-. Escuche, Bev, con ese vestido… Yo creo que como hace tan buen día estaría mejor con una falda más corta.

* * *

Rebus volvió al camino, sin detenerse ahora en la cerca, pensando qué encontraría. Medio kilómetro después llegó a un camino de coches más amplio de gravilla rosa que terminaba de pronto ante una verja alta de hierro forjado. Detuvo el coche y se bajó. La cancela estaba cerrada con candado y tras ella vio que el camino discurría en curva por una arboleda que le impedía ver la casa. No había ningún letrero, pero estaba seguro de que era Los Enebros. A ambos lados de la verja se alzaba una tapia de piedra, pero algo más lejos su altura disminuía. Bajó unos cien metros por la carretera principal, saltó por donde la tapia era ya más baja y se metió en la arboleda. Pensó que si trataba de buscar un atajo podía acabar perdido entre bosques y regresó al camino de coches con la esperanza de no encontrarse con una curva tras otra. Pero fue precisamente lo que encontró. ¿Cómo llegaría allí el cartero?, se preguntó. Era un detalle que no debía de preocupar a John Balfour. Al cabo de cinco minutos de caminar divisó la casa. Era una construcción neogótica alargada con dos torretas en los extremos, de muros envejecidos color pizarra. No se molestó en aproximarse; ni siquiera sabía si había alguien, aunque supuso que habría algún tipo de vigilancia, algún policía que controlase el teléfono tal vez, pero no veía indicios. Delante de la casa había un césped cuidado flanqueado por parterres de flores y detrás del cuerpo principal del edificio se adivinaba una especie de prado. No veía coches ni cocheras; seguramente estarían en la parte de atrás. Le costaba imaginar que alguien pudiera vivir contento en un sitio tan adusto. Hasta la casa misma parecía alerta a cualquier manifestación de alegría o falta de corrección. Se preguntó si la madre de Philippa no se sentiría allí como una especie de pieza de museo. En ese momento vio un rostro fugaz en una ventana del piso de arriba. Sería tal vez un fantasma; pero un minuto después se abrió la puerta principal y una mujer bajó corriendo la escalinata hasta la entrada de grava, se dirigió hacia él, sin que Rebus pudiera verle la cara por el pelo alborotado; vio que tropezaba y se caía y echó a correr para ayudarla, pero ella se levantó rauda al ver que se le acercaba, sin preocuparse de las rodillas despellejadas, llenas aún de trocitos de grava, y recogió el móvil que se le había caído.

– ¡No se acerque! -gritó apartándose el pelo de la cara. Rebus vio que era Jacqueline Balfour-. Perdone… -añadió arrepentida alzando las manos en gesto conciliador-. Lo siento, es que… Sólo dígame qué quiere de nosotros.

En ese momento, Rebus comprendió que aquella acongojada mujer le tomaba por el secuestrador de su hija.

– Señora Balfour -dijo alzando igualmente las manos-, soy policía.

* * *

Cuando por fin dejó de llorar se sentaron los dos en la escalinata, como si quisiera evitar que la casa se apoderara otra vez de ella. Insistió en disculparse y Rebus volvió a decirle que era él quien se disculpaba.

– Pensé que no había nadie en la casa -dijo.

Pero había alguien más: por la puerta apareció una agente de uniforme a quien Jacqueline Balfour ordenó tajantemente que los dejase. Rebus preguntó si deseaba que él también se fuera, pero ella negó con la cabeza.

– ¿Ha venido a decirme algo? -preguntó afligida, devolviéndole el pañuelo mojado de lágrimas; lágrimas causadas por él.

Rebus la instó a que se lo quedara y ella lo dobló cuidadosamente, pero volvió a desdoblarlo rompiendo otra vez a llorar. No había advertido aún la magulladura de las rodillas y, al sentarse, la falda le quedó entre las piernas.

– No hay noticias -dijo Rebus con voz queda, y al ver que lo miraba desesperada añadió-: Tal vez haya una posible pista en el pueblo.

– ¿En el pueblo?

– En Los Saltos.

– ¿Qué clase de pista?

Rebus se arrepintió de haberlo dicho.

– En este momento no estoy autorizado a desvelarlo -respondió, diciéndose que era un error pues ella no tardaría en contárselo por teléfono al marido y él le llamaría para preguntar. Pero aunque no lo hiciera o se le ocultase el extraño hallazgo, la prensa no guardaría tal prudencia.

– ¿Philippa coleccionaba muñecas? -preguntó.

– ¿Muñecas? -inquirió ella dando vueltas al móvil en la mano.

– Es que han encontrado una junto al salto de agua.

La mujer negó con la cabeza.

– No, muñecas no -respondió despacio, como pensando que debía haber habido muñecas en la vida de su hija y que esa carencia era un reflejo de lo mala que era ella.

– Probablemente no es nada -añadió Rebus.

– Probablemente -repitió ella.

– ¿Está en casa el señor Balfour?

– Vuelve más tarde de Edimburgo -añadió ella mirando el teléfono-. No va a llamar nadie, ¿verdad? A los amigos de John les han recomendado dejar libre la línea, igual que a nosotros, por si llaman. Pero estoy segura de que no llamarán.

– ¿Usted no cree que la hayan raptado, señora Balfour?

Ella dijo que no.

– ¿Qué, entonces?

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y bolsas bajo los párpados por falta de descanso.

– Está muerta -dijo casi en un suspiro-. ¿No lo cree usted también?

– Es demasiado pronto para pensar eso. Yo conozco casos de personas que aparecieron al cabo de semanas o de meses.

– ¿Semanas o meses? No quiero ni pensarlo… Prefiero saberlo de una vez.

– ¿Cuándo vio a su hija por última vez?

– Hará unos diez días. Fuimos de compras por Edimburgo como de costumbre. No pensábamos comprar nada en concreto, pero comimos juntas.

– ¿Ella venía a casa con frecuencia?

– Él la tenía envenenada -respondió Jacqueline Balfour negando con la cabeza.

– ¿Cómo dice?

– David Costello. Envenenaba sus recuerdos, haciéndole creer que recordaba cosas inexistentes. La última vez que nos vimos, Flip estuvo preguntándome constantemente datos de su infancia; me dijo que había sido desgraciada, que no le prestábamos atención, que no la queríamos. Falsedades.

– ¿Y era David Costello quien le metía esas ideas en la cabeza?

La señora Balfour se irguió y lanzó un profundo suspiro.

– Eso creo yo.

Rebus reflexionó un instante.

– ¿Por qué cree que hacía una cosa así?

– Por ser quien es -respondió escuetamente la señora Balfour.

Sonó el teléfono de improviso y ella buscó torpemente el botón de conexión.

– ¡Diga! Ah, querido, ¿cuándo vuelves? -añadió más tranquila.

Rebus aguardó a que terminase de hablar mientras pensaba en la conferencia de prensa y en la manera de hablar de John Balfour, diciendo «yo» y no «nosotros», como si su esposa no padeciera ni existiera.

– Era mi marido -dijo, y Rebus hizo un gesto afirmativo.

– Pasa mucho tiempo en Londres, ¿verdad? ¿No se encuentra usted algo sola aquí?

– Tengo amigos -replicó ella mirándolo.

– No pretendía decir lo contrario. Además, me imagino que irá mucho a Edimburgo.

– Sí, una o dos veces por semana.

– ¿Ve con frecuencia al socio de su esposo?

Ella volvió a mirarlo.

– ¿A Ranald? Él y su mujer son probablemente nuestros mejores amigos… ¿Por qué lo pregunta?

Rebus hizo como que se rascaba la cabeza.

– No sé. Por dar conversación, supongo.

– Pues no lo haga.

– ¿Darle conversación?

– No me gusta. Me da la impresión de que todos quieren hacerme caer en una trampa. Es como en las fiestas de negocios; John siempre me previene para que no diga nada, porque nunca se sabe si tratan de averiguar cosas del banco.

– Nosotros no somos de la competencia, señora Balfour.

– Claro que no -concedió ella con una leve inclinación de cabeza-. Discúlpeme. Es que…

– No tiene por qué disculparse -dijo Rebus poniéndose en pie-. Está usted en su casa y aquí manda usted, ¿no es así?

– Bueno, ya que lo dice… -respondió ella algo más animada.

Pero Rebus estaba convencido de que, con su marido en casa, quien mandaba y establecía las reglas era él.

* * *

Dentro de la casa encontró a dos colegas cómodamente sentados en el salón. La agente uniformada dijo llamarse Nicola Campbell y el otro policía era del departamento de Investigación Criminal de la Jefatura de Policía de Fettes y se llamaba Eric Bain, pero solían llamarlo Cerebro. Bain estaba sentado frente a un escritorio en el que había un teléfono de línea fija, un bloc de notas con un bolígrafo y una grabadora, además de un móvil conectado a un ordenador portátil. Al comprobar que el que llamaba era el señor Balfour, Bain se había colgado los auriculares del cuello mientras tomaba yogur de fresa directamente del envase; al ver a Rebus, lo saludó con una inclinación de cabeza.

– Qué comodidad aquí -dijo Rebus mirando admirado el salón.

– Y un aburrimiento terrible -añadió Campbell.

– ¿Para qué es el ordenador?

– Es la conexión de Cerebro con los chalados de sus amigos informáticos.

Bain esgrimió un dedo amenazador hacia ella.

– Forma parte de la tecnología de localización de llamadas -explicó concentrado en apurar el yogur, sin advertir que la agente movía los labios hacia Rebus diciendo «chalado».

– Lo que sería estupendo si valiera la pena -opinó Rebus.

Bain asintió con la cabeza.

– Se han recibido muchas llamadas de apoyo de amigos y familiares y una cantidad impresionante de chalados que naturalmente no he apuntado.

– Ten en cuenta que la persona que buscamos puede ser un chiflado -le advirtió Rebus.

– En este pueblo es muy probable que no falten -añadió Campbell cruzando las piernas.

Se había sentado en uno de los tres sofás del salón ante unos ejemplares abiertos de Caledonia y Scottish Field. Al ver más revistas en otra mesita detrás del sofá, Rebus tuvo la impresión de que eran de la casa y ya se las debía de haber leído.

– ¿Por qué lo dice? -preguntó.

– ¿Ha pasado por el pueblo? ¿No ha visto a esos albinos en los árboles tocando el banjo?

Rebus sonrió y Bain la miró perplejo.

– Yo no he visto ninguno -dijo.

La mirada de Campbell venía a decir: «Porque en un mundo paralelo tú estás en los árboles con ellos».

– Dime una cosa -añadió Rebus-. En la conferencia de prensa, el señor Balfour mencionó su móvil…

– No debería haberlo hecho -respondió Bain negando con la cabeza-. Le habíamos advertido que no lo hiciera.

– ¿No es fácil localizar un teléfono móvil?

– Son más escurridizos que las líneas fijas, desde luego.

– Pero ¿se pueden localizar?

– Hasta cierto punto. Hay muchos móviles dudosos en funcionamiento. A lo mejor localizas la cuenta de uno y te encuentras con que lo han robado hace una semana.

Campbell contuvo un bostezo.

– ¿No ve lo divertido que es? -dijo mirando a Rebus-, emoción tras emoción.

* * *

Rebus regresó sin prisas a Edimburgo; el tráfico era intenso en dirección contraria. Era la hora punta y los ejecutivos regresaban a la campiña. Rebus conocía a gente que iba a diario a trabajar a Edimburgo desde localidades tan alejadas como Borders, Fife y Glasgow. Todos lo justificaban por el precio escandaloso de la vivienda, ya que una casa adosada de tres dormitorios en un buen lugar de la capital podía costarte doscientas cincuenta mil libras o más, y por ese dinero era posible adquirir una gran casa independiente en Lothian este o una calle entera en Cowdenbeath. Rebus, por su parte, había recibido alguna visita imprevista que preguntaba si vendía su piso de Marchmont y cartas dirigidas al «señor propietario» de compradores desesperados. Porque en Edimburgo también sucedía eso: que por muy altos que fueran los precios no faltaban compradores. En Marchmont solían ser los propietarios de otros pisos con ánimo de especular, o padres que buscaban un piso para sus hijos cerca de la universidad. Él vivía en el suyo desde hacía veintitantos años y había visto el proceso de cambio del barrio, habitado actualmente por menos familias y gente mayor, pero por más estudiantes y parejas jóvenes sin hijos. Dos grupos bastante antagónicos, pues los que habían pasado toda su vida en Marchmont veían cómo sus hijos tenían que irse a vivir más lejos por no disponer de medios para comprar un piso cerca. Rebus ya no conocía a nadie en su edificio ni en las casas contiguas y, que él supiera, era el único propietario que ocupaba su piso. Pero lo más preocupante era que debía de ser también el inquilino más viejo y no dejaban de llegarle cartas y ofertas pese al aumento de precios.

Por eso se mudaba, aunque todavía no sabía adónde iba a ir. A lo mejor buscaba algo de alquiler, así tendría la opción de vivir un año en un chalé en el campo, otro año junto al mar y un par de años encima de un pub. Aquel piso de Arden Street era demasiado grande para él; los otros dormitorios siempre estaban libres y muchas noches él dormía en un sillón en el cuarto de estar. Un piso-estudio sería más que suficiente para él.

Se cruzaba con Volvos, BMW y Audis deportivos y pensó si realmente deseaba irse a vivir a las afueras. Desde Marchmont podía llegar al trabajo a pie en quince minutos; era el único ejercicio que hacía. No le apetecía ir cada día en coche desde Los Saltos, por ejemplo, a Edimburgo. No había visto tráfico allí mientras había estado, pero a buen seguro no habría donde aparcar por la noche.

Precisamente buscando sitio para aparcar en Marchmont se percató de otro de los motivos para mudarse. Al final dejó el Saab en línea amarilla y fue a comprar el periódico, leche, panecillos y bacon. Llamó a la comisaría y preguntó si lo necesitaban, pero le dijeron que no. Al llegar a casa sacó una cerveza de la nevera y se sentó en el sillón junto a la ventana del cuarto de estar. La cocina estaba más desordenada de lo habitual porque había metido en ella cosas del vestíbulo mientras cambiaban la instalación eléctrica, que no se había renovado desde hacía años. Seguramente desde que él había comprado el piso. Luego llamaría a un pintor para que diera una mano de pintura color magnolia que animara el piso.

Le habían aconsejado no hacer muchas reformas, porque el comprador querría hacer las suyas propias. Simplemente cambiaría la instalación eléctrica y daría una mano de pintura. La agencia le había dicho que era imposible saber cuánto sacaría. En Edimburgo pones un piso en venta «a partir de» un precio determinado y esa cantidad puede subir hasta alcanzar un treinta o un cuarenta por ciento más. Tirando por lo bajo, calculaba que su piso de Arden Street valdría entre ciento veinticinco y ciento cuarenta mil libras, y como no había hipoteca pendiente era dinero contante y sonante.

«Podrías jubilarte con ese dinero», le había dicho Siobhan. Tal vez. Aunque se imaginaba que tendría que repartirlo con su ex mujer, a pesar de que le había enviado un cheque por el valor de su parte poco después de separarse. Y reservaría una cantidad para su hija Sammy, que era otro de los motivos por los que lo vendía, o al menos es lo que él se decía. Tras el accidente, aunque ya no estaba en silla de ruedas, seguía obligada a andar con un par de muletas; subir dos pisos la mataba…, aunque no lo visitaba mucho, ni siquiera antes del accidente.

Él no tenía muchas visitas; no era buen anfitrión. Al marcharse su esposa Rhona, no volvió a ser capaz de llenar el vacío. Alguien calificó en cierta ocasión el piso de «guarida», y no dejaba de ser verdad. Hacía de refugio para él, y era lo único que pedía. En el piso contiguo de estudiantes sonaba música semicañera, parecida a la de Hawkwind de veinte años atrás, malo, lo que seguramente significaba que era un grupo de moda. Miró su colección, encontró la cinta que le había grabado Siobhan y la puso. Eran tres canciones de un disco de The Mutton Birds, un grupo de Nueva Zelanda o un sitio por el estilo, pero uno de los instrumentos estaba grabado en Edimburgo. Era todo cuanto ella le había dicho al respecto. La segunda canción se titulaba The Falls (Los Saltos).

Volvió a sentarse. Tenía en el suelo una botella de Talisker, de sabor limpio y fuerte, con su vaso al lado; se sirvió brindando a su reflejo en la ventana, se recostó en el sillón y cerró los ojos. No pintaría aquel cuarto; lo había hecho él mismo no hacía mucho con su viejo amigo y compinche Jack Morton, ya fallecido. Otro fantasma más. Se preguntó si los dejaría atrás al mudarse, pero lo dudaba; y en lo más profundo de su ser los echaría en falta.

La canción hablaba de pérdidas y de redención. Los lugares cambian y la gente también, y los sueños son cada vez más inalcanzables. Pensó que no le importaría dejar Arden Street. Era hora de hacer un cambio.

Capítulo 4

Al día siguiente, camino de la comisaría, Siobhan no pensaba más que en Programador. No había recibido ninguna llamada en el móvil y ya iba redactando mentalmente otro mensaje para enviárselo. A él o a ella, porque no había que descartar nada, pero estaba casi convencida de que era un hombre. «Oclusión», «Hellbank»…, le parecía notar un trasfondo masculino, aparte de que la idea de un juego por ordenador sonaba a cosa de tíos con anorak recluidos en su habitación. El primer mensaje que ella había cursado, «Problema. Tengo que hablar contigo. Flipside», no había dado resultado al parecer. Iba a confesar quién era; le enviaría un mensaje diciéndole que era policía, que Flip había desaparecido y que se pusiera en contacto con ella. Había estado toda la noche con el móvil en la mesilla, despertándose cada hora para comprobar si la había llamado y no lo había oído. Pero no hubo ninguna llamada. Cuando estaba a punto de amanecer se vistió y salió a dar un paseo. Vivía en Broughton Street, en un barrio que se iba aburguesando; no era tan cara como la ciudad nueva colindante, era más parecida al centro. La mitad de su calle estaba llena de contenedores y sabía que a media mañana se llenaría de camionetas de la construcción peleándose por aparcar.

Paró a desayunar en un bar de los que abrían temprano y tomó una tostada con judías en salsa de tomate y un té tan fuerte que temió una intoxicación de tanino. En lo alto de Calton Hill se detuvo a contemplar la ciudad que se despertaba. A lo lejos, en Leith, un barco de contenedores ponía rumbo a alta mar. Al sur, los montes Pentland mostraban su manto de nubes bajas como manifestación de bienvenida. Aún no había mucho tráfico en Princes Street, sólo autobuses y taxis en su mayor parte. Era la hora que más le gustaba de Edimburgo, antes de iniciarse la rutina diaria. Vio el Hotel Balmoral destacándose entre otros edificios más próximos y pensó en la fiesta de Gill Templer, en la que había dicho que estaba muy atareada. Siobhan se preguntó si se había referido al caso Balfour o a su nuevo ascenso. El problema de su nuevo cargo era que llevaba un John Rebus incluido y ahora John Rebus era cosa de Templer y no de Watson. Se rumoreaba que John ya se había buscado un lío por ir bebido al piso de la desaparecida; tiempo atrás habían advertido a Siobhan que iba pareciéndose a Rebus, que adquiría sus defectos y sus virtudes. A ella no le parecía cierto.

No, no era verdad.

Bajó la colina hasta Waterloo Place; si doblaba a la derecha podía estar en casa en cinco minutos y doblando a la izquierda llegaría al trabajo en diez minutos. Dobló a la izquierda en dirección al puente North.

La comisaría de Saint Leonard estaba tranquila y en la sala de Investigación Criminal notó olor a cerrado por la cantidad de personas que trabajaban allí a diario. Abrió un par de ventanas, se hizo un café poco cargado y se sentó a su mesa. Miró el ordenador de Flip: no había mensajes, y decidió seguir conectada mientras redactaba uno. Llevaba escritas un par de líneas cuando vio la señal de mensaje de entrada. Era de Programador, un simple «Buenos días».

Ella contestó: «¿Cómo sabías que estaba aquí?». Y obtuvo una respuesta inmediata: «Eso es algo que Flip no habría preguntado. ¿Quién eres?»

Siobhan tecleó a toda velocidad sin molestarse en corregir las faltas: «Soy una agente de plocía de Edimburgo. Investigamos la desaparición de Philippa Balfour».

Aguardó un minuto a que contestara.

«¿Quién?»

«Flipside», tecleó.

«Nunca me dijo su verdadero nombre. Es una de las reglas.»

«¿Las reglas del juego?», tecleó.

«Sí. ¿Vivía en Edimburgo?»

«Estudiaba en la universidad. ¿Podemos hablar? Tienes el número de mi móvil.»

La espera volvió a parecerle interminable.

«Prefiero hacerlo así.»

«De acuerdo, ¿me dices qué es Hellbank?», tecleó Siobhan.

«Tienes que entrar en el juego. Dame un nombre para llamarte.»

«Me llamo Siobhan Clarke y soy agente de la policía de Lothian y Borders.»

«Me da la impresión de que es tu verdadero nombre, Siobhan. Has vulnerado una de las primeras reglas. ¿Cómo se pronuncia?»

«No es ningún juego, Programador», replicó Siobhan ruborizándose.

«Claro que es un juego. ¿Cómo se pronuncia?»

«Chob-an.»

Se hizo una pausa más larga y ya iba a repetir el mensaje cuando llegó la respuesta.

«En contestación a tu pregunta, Hellbank es uno de los niveles del juego.»

«¿Flipside participaba en un juego?»

«Sí. Oclusión es el siguiente nivel.»

«¿Qué clase de juego?»

«Después.»

«¿Qué quieres decir?», tecleó Siobhan.

«Ya hablaremos.»

«Necesito tu ayuda.»

«Pues ten paciencia. Podría cortar ahora mismo y no me encontrarías. ¿Es eso lo que quieres?»

A Siobhan le dieron ganas de teclear «Sí» y pegar un puñetazo a la pantalla.

Pero tecleó:

«Después.»

No hubo más mensajes. Había desconectado o seguía en la red, pero no respondía. No le quedaba más remedio que esperar, ¿o no? Entró en Internet y probó con todos los buscadores que conocía preguntando sitios relacionados con Programador y PaganOmerta. Encontró docenas de Programadores, pero le pareció que ninguno era el suyo. PaganOmerta no aparecía y separando las palabras obtuvo más de cien sitios, casi todos sectas de nueva era. Intentó Pagan Omerta.com y no había nada, era una dirección y no un sitio de la red. Cuando fue a hacer más café comenzaron a entrar los compañeros de turno; dos de ellos la saludaron, pero ella no estaba para nadie. Tuvo otra idea; se sentó a la mesa con el listín telefónico y el tomo de las páginas amarillas y cogió el bloc de notas y un bolígrafo.

* * *

Probó en primer lugar en tiendas de informática y finalmente le indicaron un establecimiento de cómics en South Bridge.

Para ella, cómics eran títulos como Beano y Dandy, aunque una vez tuvo un novio obsesionado con 2000AD, circunstancia parcialmente responsable de la ruptura con él. La tienda fue una revelación. Tenían miles de títulos y libros de ciencia-ficción, camisetas y diversos artículos. En el mostrador, una dependienta quinceañera hablaba sobre los méritos de John Constantine con dos colegiales. Siobhan no sabía si Constantine era un personaje de cómic, un escritor o un actor. Finalmente, los chicos advirtieron su presencia y dejaron de hablar para adoptar otra vez la actitud pazguata y desgarbada propia de los doce años. Quizá no estuvieran acostumbrados a ver mujeres escuchando. Seguramente no tendrían ni costumbre de tratar con mujeres.

– He oído lo que estabais diciendo y a lo mejor podéis ayudarme. -Ninguno de los tres abrió la boca y la dependienta se rascó una zona de acné en el cuello-. ¿Vosotros jugáis en Internet?

– ¿Se refiere a cosas como Dreamcast? -preguntó la joven con cara de ignorancia-. Es de Sony -aclaró.

– No, quiero decir juegos dirigidos por una persona en los que te llega el contacto por el correo electrónico para ponerte pruebas.

– Juegos de rol -dijo uno de los colegiales asintiendo con la cabeza y mirando al otro en busca de confirmación.

– ¿Habéis jugado vosotros alguna vez? -preguntó Siobhan.

– No -contestó el chico. Ninguno de ellos había jugado antes.

– Hacia la mitad de Leith Walk hay una tienda de juegos -dijo la dependienta-. Es una de D & M, pero a lo mejor pueden ayudarla.

– ¿De D y M?

– Dragones y mazmorras.

– ¿Cómo se llama esa tienda? -preguntó Siobhan.

– Gandalf's -dijeron los tres a coro.

Gandalf's era un tiendecita situada, para decepción de Siobhan, entre un estudio de tatuajes y un despacho de patatas fritas. Menos prometedor aún era el hecho de que su sucio escaparate quedaba oculto por una reja sujeta con candados. Empujó la puerta y se abrió sin dificultad haciendo sonar un juego de campanitas. Era evidente que había sido antes una tienda de algo distinto, tal vez de libros de segunda mano, y que no se habían molestado en hacer reformas. En las estanterías había diversos juegos de salón y piezas sueltas que le parecieron soldados sin pintar. Los carteles de las paredes exhibían Armagedones de cómics y había manuales sobados y, en el centro, cuatro sillas y una mesa plegable con un tablero de juego. No había mostrador ni caja. Oyó abrirse una puerta al fondo que dio paso a un hombre de unos cincuenta años barrigudo, con barba gris, coleta y una camiseta de Grateful Dead.

– ¿Es policía? -preguntó con voz taciturna.

– Departamento de Investigación Criminal -dijo Siobhan mostrándole el carnet.

– Sólo debo dos meses de alquiler -farfulló el hombre acercándose al tablero, y Siobhan vio que calzaba sandalias abiertas viejas-. ¿Usted movería algo? -preguntó de pronto sin dejar de mirar las piezas del juego.

– No.

– ¿Seguro?

– Seguro.

– Entonces, Tony está jodido -dijo sonriendo-. Con perdón. Estarán aquí dentro de una hora -añadió consultando el reloj.

– ¿Quiénes?

– Los jugadores. Ayer tuve que cerrar antes de que acabaran. Anthony debió de ponerse nervioso por no poder ganar a Will.

Siobhan miró el tablero y no vio las fichas dispuestas con arreglo a una estrategia definida. El barbudo dio unos golpecitos sobre el montón de naipes que había a un lado.

– Esto es lo que cuenta -dijo irritado.

– Ah -exclamó Siobhan-, yo no conozco el juego.

– Sí, claro.

– ¿Por qué lo dice?

– Por nada.

Pero Siobhan estaba segura de que insinuaba algo. Era un club privado para hombres y cerrado en todo al sexo contrario.

– No creo que pueda ayudarme -dijo mirando a su alrededor. Sentía picores y ganas de rascarse, pero se contuvo-. Me interesa algo un poco más técnico.

– ¿Qué quiere decir? -replicó el hombre picado.

– Me refiero a juegos de rol con ordenador.

– ¿Interactivos? -inquirió él abriendo los ojos con interés.

Siobhan asintió con la cabeza y él volvió a mirar el reloj, luego se acercó a la puerta y cerró con llave. Ella se puso en guardia, pero él simplemente se dirigió a la puerta del fondo y la invitó a pasar. Siobhan se sintió un poco como Alicia en la entrada del túnel, pero lo siguió.

Bajaron cinco escalones que desembocaban en una sala sin ventanas con poca luz en la que había montones de cajas -más juegos y accesorios, pensó ella-, un fregadero con una tetera y vasos en el escurreplatos. En una mesa de un rincón vio un ordenador que le pareció de última generación con una gran pantalla y un portátil al lado. Preguntó al hombre cómo se llamaba.

– Gandalf -contestó él risueño.

– Digo su verdadero nombre.

– Ya lo sé. Pero aquí es mi verdadero nombre -explicó el hombre sentándose ante el ordenador; lo enchufó y siguió hablando mientras movía el ratón.

Siobhan tardó un instante en percatarse de que era inalámbrico.

– Hay muchos juegos en Internet -continuó el hombre-. Se puede uno incorporar a un grupo que juega contra el programa o contra otros equipos, y hay ligas. ¿Ve? -añadió dando unos golpecitos en la pantalla-. Ésta es la liga Doom. ¿Sabe lo que es Doom? -preguntó mirándola.

– Un juego de ordenador.

El hombre asintió con la cabeza.

– Pero en éste se juega en colaboración con otros contra un enemigo común.

Siobhan leyó los nombres de los jugadores.

– ¿En qué grado se conserva el anonimato? -preguntó.

– ¿Qué quiere decir?

– Me refiero a si el jugador conoce contra quién juega o los nombres de los que forman el otro equipo.

– Si acaso, juegan con un nombre de guerra -respondió el hombre atusándose la barba.

Siobhan pensó en Philippa con su nombre secreto para el correo electrónico.

– Entonces, los jugadores pueden adoptar muchos nombres, ¿no?

– Ah, claro. Docenas. Gente que ha hablado contigo más de cien veces vuelve a ponerse en contacto con otro nombre sin que sepas que ya los conoces.

– ¿Y pueden mentir?

– Si quiere llamarlo así… Esto es un mundo virtual y no hay nada «real». La gente puede inventarse vidas virtuales.

– Estoy investigando un caso en el que interviene un juego.

– ¿Cuál?

– No lo sé, pero tiene niveles como Hellbank y Oclusión y lo dirige un tal Programador.

El hombre volvió a atusarse la barba. Al sentarse ante el ordenador se había puesto unas gafas de montura metálica y la luz del monitor se reflejaba en ellas velando sus ojos.

– No lo conozco -dijo al fin.

– A usted, ¿a qué le suena?

– Suena a juego de rol de localización sencilla, o SIRPS. El Programador asigna tareas o plantea preguntas y puede haber un jugador o docenas.

– ¿Equipos?

– No es fácil saberlo -respondió encogiéndose de hombros-. ¿Cuál es el sitio de la red?

– No lo sé.

– No tiene muchos datos, ¿eh? -replicó él mirándola.

– No -admitió Siobhan.

– ¿Es un caso muy importante? -añadió él con un suspiro.

– Se trata de una joven que ha desaparecido, que participaba en ese juego.

– ¿Y no sabe si existe relación?

– Exacto.

– Preguntaré por ahí -dijo el hombre apoyando lentamente las manos en el vientre-. A ver si podemos localizarle a Programador.

– Si al menos tuviera idea de qué es lo que implica el juego…

El hombre asintió con la cabeza y ella recordó el diálogo con Programador cuando le preguntó sobre Hellbank y él le contestó: «Tienes que entrar en el juego».

Sabía que conseguir un portátil le llevaría tiempo, y aun así tendría que conectarse a Internet. Camino de la comisaría pasó por una tienda de informática.

– El más barato cuesta unas novecientas libras -dijo la vendedora.

Siobhan se estremeció.

– ¿Y cuánto se tarda en conectarse a Internet?

– Depende del servidor que elija -respondió la mujer.

Le dio las gracias y siguió su camino. Podía seguir utilizando el de Philippa Balfour, pero no quería hacerlo por diversos motivos. De pronto tuvo una iluminación y cogió el móvil.

– ¿Grant? Soy Siobhan, podrías hacerme un favor…

El agente Grant Hood se había comprado el portátil por el mismo motivo que había adquirido un DVD, un minirreproductor para discos compactos y una cámara digital. Eran máquinas y la clase de compra con la que se impresiona a los demás. Indudablemente, cada vez que se compraba algún aparato nuevo, en Saint Leonard era el centro de atención durante cinco o diez minutos. Si no él, al menos el aparato. Pero Siobhan había advertido que Grant prestaba fácilmente sus artículos de alta tecnología a quien se los pidiera. Él no los usaba y, si lo hacía, se cansaba al cabo de unas semanas, o quizá nunca pasara de leer el manual; el de la cámara digital abultaba más que el aparato en sí.

Grant se prestó encantado a acercarse a su casa a buscar el ordenador portátil. Siobhan le dijo que sólo iba a utilizarlo para el correo electrónico.

– Ya está preparado -dijo Grant.

– Necesito tu dirección de correo y la contraseña.

– Pero así tienes acceso a mis mensajes -protestó él.

– A ver, Grant, ¿cuántos mensajes tienes tú a la semana?

– Algunos -respondió él a la defensiva.

– No te preocupes. Te los guardaré; y prometo no fisgar.

– Bueno, y luego está lo de mis honorarios -dijo Grant.

– ¿Tus honorarios?

– Podemos hablarlo -añadió él con una sonrisa.

Siobhan cruzó los brazos.

– Bueno, ¿cuáles son? -preguntó.

– No lo sé. Tendré que pensarlo…

Hecha la transacción, Siobhan volvió a su mesa. Ya tenía un conector para adaptar el móvil al portátil, pero antes comprobó en el ordenador de Philippa Balfour si había mensajes de Programador. Nada. Tardó cinco minutos escasos en entrar en la red con la máquina de Grant y desde ella envió un mensaje a Programador dándole la dirección electrónica de Grant.

«Tal vez entre en el juego. Contesta. Siobhan.»

Una vez enviado, dejó la línea abierta. El próximo recibo del móvil sería una fortuna, pero procuró no pensarlo. De momento, el juego era la única pista que tenía y, aunque no hubiera deseado jugar, quería averiguar algo más sobre ello. Vio a Grant al otro lado de la sala hablando con otros dos agentes y mirando hacia ella.

«Que miren», se dijo.

Rebus fue a Gayfield Square pero no había novedades y, aunque la actividad seguía siendo frenética, era evidente que comenzaba a crearse un cierto ambiente de desesperanza. El ayudante del jefe había hecho acto de presencia para que le informasen Gill Templer y Bill Pryde, pero dijo bien claro que había que llegar a una «conclusión rápida». Era la misma expresión que habían repetido después Templer y Pryde, y por eso lo sabía Rebus.

– Inspector Rebus -dijo un agente uniformado delante de su mesa-, la jefa le está esperando, quiere hablar con usted.

En cuanto entró en el despacho, ella le dijo que cerrara la puerta. A falta de espacio, Gill lo compartía con otros dos agentes que hacían turnos, y olía a sudor.

– Habrá que empezar a utilizar los calabozos -dijo ella recogiendo los vasos de la mesa sin encontrar sitio para dejarlos-. Peor no podemos estar.

– No te preocupes -dijo Rebus-, yo no me quedo.

– No, por supuesto -replicó ella dejando los vasos en el suelo y derribando uno casi acto seguido, aunque se sentó sin preocuparse del líquido vertido. Rebus se quedó de pie forzosamente, pues no había más sillas en el cuarto-. ¿Qué tal te fue en Los Saltos?

– Llegué a una conclusión rápida.

– ¿A cuál? -Ella lo fulminó con la mirada.

– Que será una buena historia para los periódicos sensacionalistas.

Gill asintió con la cabeza.

– Anoche leí algo en el periódico.

– La mujer que encontró, o que dice que encontró la muñeca, ha hablado con los periodistas.

– ¿Que dice «que encontró»?

Rebus se encogió de hombros.

– ¿Sospechas de ella?

– Vete a saber… -respondió Rebus metiendo las manos en los bolsillos.

– Hay quien puede saber algo. Una amiga mía, Jean Burchill, dice que deberías hablar con ella.

– ¿Quién es?

– Es conservadora del Museo de Escocia.

– ¿Y sabe algo de esa muñeca?

– Tal vez. -Hizo una pausa-. Según Jean, no es ni mucho menos la primera que aparece.

* * *

Rebus reconoció ante su guía que nunca había estado en el museo.

– Conocía el antiguo porque llevaba a mi hija cuando era niña.

– Pero éste es considerablemente distinto, inspector -dijo Jean Burchill.

– ¿No tienen animales disecados ni postes de tótem?

– No, que yo sepa -replicó ella sonriendo. Cruzaron la sala de exposiciones de la planta baja a la izquierda del enorme vestíbulo enjalbegado y se detuvieron ante el ascensor; Jean Burchill se volvió hacia él mirándolo de arriba abajo-. Gill me ha hablado de usted -dijo.

Se abrió la puerta del ascensor y entró seguida de Rebus.

– Espero que bien -añadió él, tratando inútilmente de sonar intrascendente.

Burchill volvió a mirarlo y a sonreír. A pesar de su edad le recordaba una colegiala por su mezcla de timidez y conocimiento, de formalidad y curiosidad.

– Ésta es la cuarta planta -dijo ella cuando el ascensor abrió las puertas. Caminaron por un pasillo estrecho lleno de sombras e imágenes mortuorias-. La sección de creencias -añadió apenas en un susurro-. Brujería, profanadores de tumbas y entierros.

Vio un coche funerario Victoriano y junto a él un ataúd metálico, y no pudo contener la tentación de tocarlo.

– Es un féretro de seguridad -aclaró Jean Burchill, y al ver que Rebus se quedaba en blanco, añadió-: La familia del difunto encerraba el ataúd en uno como éste los primeros seis meses para disuadir a los resurreccionistas.

– ¿Quiere decir, a los profanadores de tumbas como Burke y Hare? -Era una historia que él conocía bien: robaban cadáveres para venderlos a la universidad.

Ella lo miró como una profesora a un alumno tozudo.

– Burke y Haré no desenterraban cadáveres. Eso es precisamente el quid de la historia. Asesinaban a gente y vendían los cadáveres a los anatomistas.

– Exacto -dijo Rebus.

Pasaron por delante de trajes de duelo y fotos de niños muertos y se detuvieron en la última vitrina.

– Aquí están: son los ataúdes de Arthur's Seat.

Rebus miró y vio que eran ocho pequeños ataúdes de unos doce o quince centímetros, bien tallados y con clavos en la tapa, y en su interior había unas muñequitas de madera, algunas de ellas con ropa. Rebus no apartaba la vista de una con vestido a cuadros verdes y blancos.

– Hincha del Hibs -dijo.

– Todas estaban vestidas, pero la tela se pudrió. En 1836 -explicó ella señalando una fotografía de la vitrina-, unos niños que jugaban en Arthur's Seat los encontraron en la entrada oculta de una cueva. Eran diecisiete, pero sólo quedan éstos.

– Se llevarían un susto -dijo Rebus mirando la fotografía, tratando de figurarse en qué parte de la montaña estaba tomada.

– El análisis del material sugiere que fueron hechos a principios de la década de 1830.

Rebus asintió con la cabeza. Los detalles figuraban en una serie de tarjetas pegadas a los objetos. Los periódicos de la época publicaron que las muñecas eran obra de brujas que hacían maleficios a individuos, pero otra teoría popular sostenía que las habían dejado allí marineros como amuletos de buena suerte antes de embarcarse.

– Marineros en Arthur's Seat -musitó Rebus-. Esa sí que es buena.

– Inspector, ¿se trata de una observación homófoba?

Rebus negó con la cabeza.

– Lo digo simplemente por lo lejos que está del mar.

Ella lo miró, pero el rostro de Rebus no dejaba traslucir nada.

Rebus miró otra vez los ataúdes. Él no era de los que apostaban, pero de haberlo sido se habría jugado algo a que aquellos ataúdes tenían alguna relación con el de Los Saltos. Quien había dejado el ataúd junto a la cascada conocía la colección del museo y había decidido hacer una copia con alguna intención. Miró las otras macabras vitrinas mortuorias de la sala.

– ¿Es usted quien ha organizado esto? -preguntó.

Ella asintió con la cabeza.

– Pues debe de ser un tema de conversación muy recurrido en las fiestas.

– Le sorprendería saber cuánto -replicó ella tranquila-. ¿No sentimos todos curiosidad por lo que nos asusta?

* * *

En el antiguo museo de la planta baja se sentaron en un banco tallado parecido al costillar de una ballena. Había un estanque con peces y los niños estiraban los brazos, temerosos de tocarlos, retirándolos entre risitas en el último momento con el puño cerrado. Otro ejemplo de esa mezcla de curiosidad y temor.

Al fondo del amplio vestíbulo habían instalado un enorme reloj con un complejo mecanismo formado por esqueletos y gárgolas. A Rebus le llamó la atención una estatua de mujer desnuda envuelta en alambre de espino, y pensó que seguramente habría otras escenas de tortura aunque desde donde estaban no se veían.

– Es nuestro reloj del milenio -explicó Jean Burchill mirando el suyo de pulsera-. Faltan diez minutos para que dé la hora.

– Es interesante -dijo Rebus-: un reloj cargado de sufrimiento…

– No todo el mundo se percata de ello tan rápido -replicó ella mirándolo.

Rebus se encogió de hombros.

– Arriba, he leído en la vitrina algo que relacionaba las muñecas con Burke y Hare -dijo.

Ella asintió con la cabeza.

– Se trataría de un entierro simbólico de las víctimas. Diecisiete cadáveres vendidos para disección constituía un horrendo crimen, tanto más cuanto se decía que los muertos a los que se practicaba la disección no resucitaban el día del Juicio Final.

– Porque se les saldrían los intestinos -dijo Rebus.

Burchill hizo caso omiso de la observación.

– A Burke y Hare los detuvieron y éste en el juicio testificó en contra de su compinche, por eso sólo ahorcaron a William Burke. ¿Sabe qué sucedió con su cadáver?

La respuesta era fácil.

– ¿Le hicieron la disección? -aventuró Rebus.

Ella asintió con la cabeza.

– Llevaron el cadáver al antiguo Colegio de Médicos, siguiendo la misma ruta que casi todas sus víctimas, y allí sirvió para una clase de anatomía. Los hechos se remontan a enero de 1839.

– Y los ataúdes datan de los primeros años de esa década -añadió Rebus pensativo. ¿No se había jactado alguien en cierta ocasión de poseer no sé qué objeto hecho con piel de Burke?-. ¿Qué fue después del cadáver? -preguntó.

– En la sala de medicina del museo hay un librito -respondió ella mirándolo.

– ¿Hecho con piel de Burke?

Ella asintió con la cabeza.

– Es una lástima lo de Burke -prosiguió-. Parece que fue un hombre afable. Vino como emigrante a Escocia y la pobreza y la casualidad lo impulsaron a la primera venta. Alguien que fue a su casa y murió estaba cargado de deudas, y Burke sabía que en la boyante Facultad de Medicina de Edimburgo escaseaban los cadáveres.

– ¿Vivía muchos años la gente en aquella época?

– Ni mucho menos. Pero ya le digo, decían que un muerto sometido a disección no iba al cielo y los únicos cadáveres disponibles para los estudiantes de medicina eran los de criminales ajusticiados. Sólo con la ley de Anatomía de 1832 se puso fin al robo de cadáveres.

Su voz se fue apagando y pareció como si se hubiera perdido en la evocación del antiguo y sanguinario Edimburgo. Rebus divagaba también mentalmente pensando en ladrones de cadáveres y carteras de piel humana, brujerías y ahorcados. Junto a los ataúdes de la cuarta planta había visto una serie de adminículos de brujería como figuras con huesos, corazones de animales apergaminados con un clavo.

– Vaya lugar, ¿no?

Se refería a Edimburgo, pero ella pensó en el museo.

– Desde niña me he sentido aquí más tranquila que en ningún otro sitio de la ciudad. Tal vez le parezca morboso mi trabajo, inspector, pero serán aún menos las personas que reprueben el mío, que las que reprueben el que hace usted.

– Ha dado en el clavo -dijo Rebus.

– Los ataúdes me interesan porque constituyen un misterio. En la tarea de catalogación nos guiamos por las reglas de identificación y clasificación; las fechas de origen pueden ser dudosas, pero casi siempre sabemos qué es lo que estamos estudiando, ya sea un ataúd, una llave o unos restos romanos.

– Pero en el caso de estos ataúdes no saben concretamente qué significan.

Ella sonrió.

– Exactamente, y eso es frustrante para un especialista.

– Sé lo que se siente -dijo él-. A mí me sucede lo mismo cuando no se resuelve algún caso; no se me va de la cabeza.

– Le das vueltas y más vueltas…, elaborando otras hipótesis…

– Sí, o pensando en nuevos sospechosos.

Se miraron.

– Tal vez tengamos en común más de lo que pensamos -dijo Jean Burchill.

– Es posible, sí -admitió él.

El reloj comenzó a dar la hora pese a que la manecilla aún no estaba situada sobre las doce. Los visitantes se acercaron a él y el público infantil se quedó con la boca abierta al ver el movimiento mecánico de las llamativas figuras. Tras el toque de campanas sonó una música inquietante de órgano. El péndulo era un espejo y al mirarlo Rebus vio su propio reflejo, el de otros visitantes y el del edificio del museo.

– Vamos a observarlo de cerca -dijo Jean Burchill.

Se levantaron y se unieron al resto de espectadores. A Rebus le pareció reconocer dos figuras que representaban a Hitler y a Stalin accionando una sierra.

– Hay otros casos de muñecas aparecidas en otros lugares -reveló Jean Burchill.

– ¿Ah, sí? -dijo Rebus apartando la vista del reloj.

– Lo mejor será que le envíe la información.

* * *

Rebus pasó el resto de aquel viernes esperando que acabase su turno de servicio. Había colocado en la pared las fotos del garaje de David Costello, formando un verdadero rompecabezas con las otras informaciones del caso. El MG era un descapotable azul oscuro y, aunque los especialistas en huellas no tenían permiso para eliminar las huellas del vehículo y de las ruedas, hicieron un examen a fondo. El coche no había sido lavado últimamente; de haberlo sido, le habrían preguntado a David Costello por qué. Habían recogido más fotos de las amistades de Philippa Balfour y se las habían mostrado al profesor Devlin, insertando entre ellas algunas del novio, lo que había motivado la protesta del profesor, que lo consideraba un «truco deleznable».

Habían transcurrido cinco días desde la noche del domingo y era el quinto desde la desaparición. Cuanto más miraba el rompecabezas de la pared, menos claro veía el caso. Pensó en el reloj del milenio, que era todo lo contrario: cuanto más se miraba, más cosas se veían por efecto de aquellas figuritas que surgían de los engranajes. Pensándolo bien, era como un monumento a los desaparecidos; también, en cierto modo, el montaje de la pared, con fotos, faxes, turnos de servicio y diagramas, era un monumento, pero éste, al final, independientemente del resultado, se desmontaría y acabaría archivado en una caja.

No era la primera vez que reflexionaba al respecto; le había sucedido en otros casos, algunos no resueltos con entera satisfacción. Se esforzaba uno por no preocuparse, por mantener la objetividad, como decían en los cursillos de entrenamiento, pero costaba. A Watson le había quedado en el recuerdo aquel chiquillo de su primera semana de servicio en el cuerpo, y él tenía también sus recuerdos. Por eso, al acabar la jornada se fue a casa, se duchó, se mudó y se sentó en su sillón una hora con un vaso de Laphroaig y un disco de los Rolling Stones por compañía. Puso Beggars Banquet para la ocasión y, en realidad, bebió más de un vaso de Laphroaig, en medio de los rollos de alfombras del vestíbulo y de los dormitorios. Los colchones, los armarios…, aquello parecía un mercadillo; pero había paso hasta el sillón y de allí hasta el equipo de música. No necesitaba más.

Después de los Stones se tomó otro vaso de whisky, y puso Hurricane, del disco de Bob Dylan Desire, caso histórico de injusticia y de falsa acusación. Sabía que eso sucedía, unas veces a propósito y otras sin querer. Él había trabajado en casos en que las pruebas señalaban inequívocamente a un individuo, y de pronto surgía alguien confesándose culpable. Y antes, hacía mucho tiempo, hasta se habían llegado a «inventar» un par de criminales por quitárselos de en medio o para satisfacer la exigencia pública de culpables. Y en ocasiones se sabía con certeza quién era el culpable pero era imposible demostrarlo en juicio. Recordaba a un par de policías que se habían pasado de la raya.

Brindó en memoria de ellos y vio su reflejo en la ventana del cuarto de estar. Brindó por él mismo hacia el cristal y luego fue al teléfono a llamar un taxi.

Destino: los bares.

En el Bar Oxford entabló conversación con uno de los clientes habituales y le habló de su viaje a Los Saltos.

– Nunca había oído hablar de ese lugar -añadió.

– Ah, pues yo sí lo conozco -dijo su interlocutor-. ¿Wee Billy no es de allí?

Wee Billy era otro cliente habitual del Oxford que en aquel momento no estaba, pero que vieron entrar al cabo de veinte minutos con su uniforme de cocinero de un restaurante cercano. Se enjugó el sudor de la frente y se acercó a la barra.

– ¿Ya has acabado? -le preguntó uno.

– No, he venido a fumarme un cigarrillo -respondió consultando el reloj-. Por favor, Margaret, una caña.

Mientras la camarera la llenaba, Rebus pidió otra copa y le dijo que le cobrara a él.

– A tu salud, John -dijo Billy sorprendido por la invitación-. ¿Qué tal?

– Ayer estuve en Los Saltos. ¿Es cierto que tú eres de allí?

– Sí, allí nací, pero hace años que no voy.

– Entonces, ¿no conoces a los Balfour?

Billy negó con la cabeza.

– Yo ya estaba estudiando cuando ellos fueron a vivir al pueblo. Gracias, Margaret. A tu salud, John.

Rebus pagó y alzó su cerveza viendo cómo Billy vaciaba media jarra de tres sorbos.

– Dios, ahora me siento mejor.

– ¿Hay mucho trabajo? -preguntó Rebus.

– Lo normal. ¿Así que investigas el caso Balfour?

– Yo y toda la policía de Edimburgo.

– ¿Qué te ha parecido Los Saltos?

– Es pequeño.

Billy sonrió y sacó del bolsillo un librillo de papel y tabaco.

– Pero ha cambiado desde que yo vivía allí.

– ¿Tú vivías en Meadowside?

– ¿Cómo lo sabías? -preguntó Billy encendiendo el pitillo.

– Lo he adivinado.

– Soy hijo de minero. Mi abuelo trabajó toda su vida en la mina y mi padre también siguió sus pasos pero se quedó en el paro.

– Yo también me crié en un pueblo minero -reveló Rebus.

– Pues ya sabes lo que sucede cuando cierran la mina. Hasta ese momento, Meadowside estaba bien -dijo Billy mirando el botellero y recordando su niñez.

– Pues allí sigue -repuso Rebus.

– Ah, sí, pero ya no es lo mismo…, no puede serlo. Recuerdo a las mujeres limpiando la escalinata para dejarla como los chorros del oro, y a los hombres arreglando el jardín y acercándose a la casa del vecino a charlar o a pedir algo. -Hizo una pausa y pidió otra ronda-. Según me han dicho, ahora todos son yuppies. Los del pueblo no pueden aspirar más que a una vivienda en Meadowside y la gente joven se marcha, igual que lo hice yo. ¿Te hablaron de la cantera?

Rebus negó con la cabeza para que siguiera hablando.

– Hará cosa de tres años se habló de abrir una cantera en las afueras del pueblo. Puestos de trabajo y todo eso; pero cuando fueron a cursar la solicitud de autorización no la había firmado nadie de Meadowside, o no se la habían dado a firmar a nadie de allí. Total, que la cantera no se abrió. Y a partir de ahí comenzó la invasión de yuppies.

– ¿Los yuppies?

– O como se los llame ahora. Gente influyente. Tal vez el señor Balfour tenga algo que ver, por lo que yo sé. Los Saltos… -añadió negando con la cabeza-; ya no es lo que era, John. -Apuró el cigarrillo y lo apagó en el cenicero. De pronto añadió-: A ti te gusta la música, ¿no?

– Depende.

– Lou Reed va a tocar en el Playhouse y tengo dos entradas.

– Lo pensaré, Billy. ¿Te da tiempo a tomar otra?

El cocinero volvió a consultar el reloj.

– Tengo que irme. Otro día, ¿de acuerdo?

– Otro día -contestó Rebus.

– Y dime algo de las entradas.

Rebus asintió con la cabeza y contempló a Billy abrir la puerta y perderse en la noche. Lou Reed era un nombre del pasado. Walk on the Wild Side era una de las canciones preferidas de Rebus; tocaba el bajo el mismo que compuso Grandad para aquel actor de televisión en Dad's Army. A veces tenía exceso de información.

– ¿Otra, John? -preguntó la camarera.

Rebus dijo que no.

– Me llama la mala vida -añadió bajándose del taburete y yendo hacia la puerta.

Capítulo 5

El sábado fue al partido de fútbol con Siobhan. El sol bañaba el estadio de Easter Road y proyectaba la larga sombra de los jugadores sobre el terreno. Durante un rato, Rebus estuvo siguiendo aquel baile de sombras irreal, como de marionetas, más que el juego mismo. Easter Road estaba lleno, como sucedía siempre que jugaban dos equipos locales o que uno de ellos jugaba contra el Glasgow. Aquel día era el Rangers y Siobhan tenía abono. Rebus estaba en el asiento de al lado gracias a la entrada que le había cedido otro socio que no pudo utilizarla.

– ¿Es un amigo tuyo? -preguntó Rebus.

– He coincidido con él un par de veces en el pub después del partido.

– ¿Es un buen chico?

– Es un buen chico casado -replicó ella riendo-. ¿Cuándo vas a dejar de intentar casarme?

– Era una simple pregunta -respondió él con sonrisa burlona.

Vio que había cámaras de televisión transmitiendo el encuentro y que enfocaban casi todo el tiempo a los jugadores y sólo al público en algún barrido o a gente comiendo un bocadillo entre los dos tiempos; pero a él eran los hinchas los que realmente le interesaban. Se preguntaba qué experiencias podrían contar, qué tipo de vida llevarían, y no era el único, pues en torno a él había gente que se interesaba más por las payasadas de los espectadores que por el juego en sí. Siobhan, por el contrario, con los puños apretados sujetaba los extremos de su bufanda de hincha y se concentraba en el juego del mismo modo que lo hacía en las tareas policiales; gritaba a los jugadores y protestaba por las intervenciones del árbitro igual que otros aficionados cercanos a ella. El que Rebus tenía a su lado reaccionaba con igual fervor. Era un hombre gordo, con el rostro congestionado y lleno de sudor; Rebus temió que estuviera al borde del infarto. Lo oía farfullar en voz baja, y subir de tono, hasta lanzar un alarido final, tras el cual miraba a su alrededor sonriendo avergonzado; y vuelta a empezar.

– Tranquilo…, tranquilo, hijo -decía ahora a uno de los jugadores.

– ¿Hay alguna novedad en tu investigación sobre el caso? -preguntó Rebus a Siobhan.

– Hoy es día de fiesta, John -respondió ella sin apartar la vista del terreno de juego.

– Ya lo sé, sólo te lo preguntaba…

– Tranquilo…, así, despacio, hijo, sigue, sigue -decía el gordo aferrado al respaldo del asiento de delante.

– Podemos tomar una copa después -propuso Siobhan.

– Eso por descontado -respondió Rebus.

– ¡Eso es, hijo, muy bien! -exclamó el gordo casi bramando.

Rebus cogió otro cigarrillo. Era un día resplandeciente, pero no hacía calor y soplaba viento del mar del Norte, que impedía el vuelo reposado de las gaviotas.

– ¡Vamos! ¡Dale! -gritó el hombre-. ¡Vamos! ¡Éntrale a ese bárbaro!

Tras lo cual miró a su alrededor sonriendo avergonzado. Rebus encendió el pitillo y ofreció uno al hombre, quien rehusó con un movimiento de cabeza.

– Gritando me relajo, ¿sabe?

– Se relajará, amigo… -replicó Rebus, pero lo que siguió quedó ahogado por los gritos de protesta de Siobhan y de miles de espectadores puestos en pie para manifestar su criterio respecto a una falta que había pasado desapercibida tanto a Rebus como al árbitro.

* * *

El pub al que solían ir estaba a rebosar, pero no dejaba de entrar más público. Rebus echó un vistazo y sugirió ir a otro.

– Andando tardamos cinco minutos y estará más tranquilo.

– De acuerdo -dijo ella en tono de decepción porque la copa de después del partido era el pretexto para hablar de él y comentarlo entre aficionados, pero sabía que Rebus en ese terreno no se lucía mucho.

– Y quítate esa bufanda -ordenó él autoritario- que nunca se sabe si se tropieza uno con un hincha del Glasgow.

– Aquí no -replicó ella.

Y no andaba equivocada. Fuera del estadio, las fuerzas de policía eran numerosas y canalizaban prudentemente a los seguidores del Hibs por Easter Road y a los del Glasgow hacia los autobuses y la estación. Rebus tomó la delantera y atajaron por Lorne Street para llegar a Leith Walk, donde la gente que había salido de compras volvía cansada a sus casas. El pub que Rebus había elegido era un local anodino con ventanas de vidrios biselados y alfombra color sangre de toro llena de quemaduras de cigarrillo y manchas de chicle. En el televisor sonó un aplauso de concurso al tiempo que unos viejos en un rincón proferían palabrotas cada vez más gordas.

– Eres único invitando a una dama -protestó Siobhan.

– ¿No le apetece a la dama un Bacardi Breezer o quizás un Moscow Mule?

– Tomaré una caña -replicó Siobhan.

Rebus pidió para él una caña de Eighty con un whisky. Mientras se sentaban, Siobhan dijo que era evidente que él conocía los bares más horrendos de Edimburgo.

– Gracias -contestó él sin el menor asomo de ofensa-. Bien -añadió alzando la cerveza-, ¿qué dice el ordenador de Philippa Balfour?

– Hay un juego en el que ella participaba del que no sé gran cosa. Lo dirige un tal Programador, con quien he contactado.

– ¿Y qué?

– Pues estoy esperando a que me conteste -dijo ella con un suspiro-. De momento le he enviado diez mensajes y nada.

– ¿No se le puede localizar de otro modo?

– Que yo sepa, no.

– ¿Cómo es el juego?

– No tengo la menor idea -respondió ella dando un sorbo a la cerveza-. A Gill le parece que es una pista que no lleva a ninguna parte y me ha encargado que haga interrogatorios a estudiantes.

– Será porque tú has ido a la universidad.

– Ya lo sé. Si Gill tiene algún defecto es el de tomarse las cosas al pie de la letra.

– Pues ella de ti habla muy bien -dijo Rebus enarcando una ceja y ganándose un puñetazo en el brazo.

– Me ha ofrecido el cargo de enlace de prensa -añadió Siobhan cambiando de expresión y cogiendo la cerveza.

– Me lo imaginaba. ¿Vas a aceptarlo? -Siobhan negó con la cabeza-. ¿Por lo que sucedió con Ellen Wylie?

– No exactamente.

– ¿Por qué, entonces?

Siobhan se encogió de hombros.

– Tal vez no esté preparada para ello.

– Estás preparada -dijo Rebus.

– Si lo miras bien, no es trabajo policial, ¿no te parece?

– Pero es un ascenso, Siobhan.

– Lo sé -añadió ella mirando la cerveza.

– ¿Quién va a ocupar el puesto mientras tanto?

– Creo que Gill -respondió ella haciendo una pausa-. Encontraremos el cadáver de Flip, ¿verdad?

– Tal vez.

– ¿Tú crees que sigue viva? -inquirió mirándolo.

– No -respondió él con aire sombrío.

* * *

Aquella noche después de ir a unos cuantos bares más, cercanos a su casa primero, tomó un taxi al salir de Swany's para ir a Young Street. Iba a encender un cigarrillo cuando vio el letrero de «Prohibido fumar», al tiempo que el taxista le reprendía.

«Vaya policía que soy», se dijo. Había pasado el mayor tiempo posible fuera del piso porque los electricistas habían dejado la instalación el viernes a las cinco con la mitad de las tablas del suelo levantadas, cables por todas partes, el rodapié arrancado y las herramientas sin recoger porque, al saber que era policía, dijeron que «allí estaban seguras». Hablaron de volver tal vez el sábado por la mañana, pero no habían aparecido. Ese era el panorama que le esperaba el fin de semana: tropezones con tablas y rollos de cable. Por eso había desayunado en una cafetería y almorzado en un pub, y ahora le asaltaban deseos inconfesados de cenar unas asaduras de cordero y avena con salchicha ahumada de guarnición. Pero primero pasaría por el Bar Oxford.

Había preguntado a Siobhan qué planes tenía.

– Darme un baño caliente y leer un buen libro -respondió ella.

Pero era mentira. Lo sabía porque Grant Hood no se había recatado de decir a media comisaría que había quedado con él en recompensa por haberle prestado el portátil. A Rebus no le parecía mal que ella no quisiera decírselo, pero como estaba al corriente no se molestó en tentarla con una cena india o una invitación al cine. Sólo cuando se despidieron en la puerta de un pub de Leith Walk se le ocurrió pensar que quizás había sido una falta de cortesía por su parte. Si ninguno de los dos tenía planes para un sábado por la noche, ¿no habría sido lo más lógico que él le propusiese ir a algún sitio? ¿Estaría ofendida?

«La vida es corta», se dijo mientras pagaba el taxi y, al entrar en el pub y ver las mismas caras de siempre, siguió pensando igual. Pidió a Harry, el de la barra, el listín telefónico.

– Allí está -dijo Harry, tan atento como de costumbre.

Lo hojeó sin lograr encontrar el número que quería, pero recordó que le había dado su tarjeta de visita. La llevaba en el bolsillo y recordó que ella misma había añadido a lápiz el teléfono de su casa. Salió a la calle y sacó el móvil. Estaba seguro de que no le había visto anillo de casada. Sonaba el timbre del teléfono, pero no lo cogían. Un sábado por la noche, lo más probable…

– Diga.

– ¿Señorita Burchill? Soy John Rebus. Perdone que llame un sábado tan tarde…

– No tiene importancia. ¿Sucede algo?

– No, no…, es que había pensado si podríamos vernos. Me tiene intrigado eso que mencionó sobre otras muñecas.

Ella se echó a reír.

– ¿Quiere que nos veamos «ahora»?

– Bueno, más bien pensaba en mañana. Ya sé que es el día de descanso, pero podemos combinar trabajo y placer -dijo con una mueca de arrepentimiento por sus palabras. Habría debido pensar antes lo que iba a decirle y el modo.

– ¿De qué manera? -replicó ella risueña. Se oía de fondo música clásica.

– ¿Con un almuerzo?

– ¿Dónde?

Eso, dónde. Ya ni recordaba la última vez que había invitado a alguien a comer. Lo ideal sería un lugar impactante, un sitio…

– ¿No es usted de los que gustan de una buena fritura en domingo? -dijo ella como si hubiese notado su inquietud y quisiera ayudarlo.

– ¿Tanto se me nota?

– Ni mucho menos, pero usted es un auténtico escocés, mientras que a mí, por el contrario, me gustan las cosas sencillas, frescas y saludables.

Rebus se echó a reír.

– Me viene a la cabeza la palabra «incompatible» -dijo.

– Quizá no. ¿Dónde vive?

– En Marchmont.

– Pues vayamos a Fenwick's, que es perfecto -propuso ella.

– Estupendo -añadió él-. ¿A las doce y media?

– Iré con mucha ilusión. Buenas noches, inspector.

– Espero que no se pase el almuerzo llamándome inspector.

En el largo silencio que siguió, Rebus tuvo el convencimiento de que sonreía.

– Hasta mañana, John.

– Que pase bien el resto de…

Pero habían cortado. Volvió al pub y cogió otra vez el listín. Sí, allí estaba: Fenwick's, en Salisbury Place, a menos de veinte minutos andando desde su casa; seguro que había pasado más de diez veces por allí en coche. Era un restaurante situado a unos cincuenta metros del lugar del accidente de Sammy y a unos cincuenta metros del sitio en que un asesino casi le da una puñalada. Al día siguiente procuraría desechar esos recuerdos.

– Otra, Harry -dijo alzándose sobre la punta de los pies.

– Espere su turno como los demás -gruñó Harry.

Pero a él no le importo lo más mínimo.

* * *

Llegó diez minutos antes y ella entró cinco minutos más tarde, lo que era también pronto.

– Está muy bien este restaurante -dijo él.

– ¿Verdad que sí?

Llevaba un conjunto negro de chaqueta y pantalón con blusa gris de seda y un broche rojo brillante sobre el pecho izquierdo.

– ¿Vive cerca de aquí? -preguntó él.

– No, precisamente. En Portobello.

– ¡Pero si eso está lejísimos! Debería haberlo dicho.

– ¿Por qué? Me gusta este restaurante.

– ¿Come a menudo fuera de casa? -preguntó Rebus sin acabar de entender que hubiese ido hasta el centro de Edimburgo a comer.

– Siempre que puedo. Una de las ventajas de mi licenciatura es que cuando reservo mesa lo hago a nombre de doctora Burchill.

Rebus miró el comedor y vio que sólo había una mesa ocupada, por una familia, a juzgar por los dos niños y los seis adultos.

– Hoy no me he molestado en reservar porque a la hora del almuerzo hay poca gente. ¿Qué vamos a comer?

Rebus pensó en un entrante y un segundo plato pero, como ella sabía ya que lo que él realmente quería era fritura, fue eso lo que pidió. Ella optó por sopa y pato. Ambos añadieron, al unísono, café.

– Un buen desayuno-almuerzo. Muy de domingo -opinó ella.

Rebus no pudo por menos de darle la razón. Ella le dijo que fumase si quería, pero él se abstuvo. En la mesa del ágape familiar vio tres fumadores, afortunadamente a él no le acuciaban las ganas.

Empezaron hablando de Gill Templer para tantearse y ella planteó preguntas acertadas y agudas.

– Gill puede ser excesivamente enérgica, ¿no le parece?

– Ella hace lo que debe.

– Tuvieron los dos una historia hace tiempo, ¿verdad?

– ¿Se lo ha dicho Gill? -preguntó él sorprendido.

– No -contestó ella alisando la servilleta en el regazo-, pero me lo imaginé por la manera en que solía hablar de usted.

– ¿Solía?

– De eso hace ya tiempo, ¿no? -preguntó ella sonriendo.

– Pertenece casi a la prehistoria -contestó Rebus-. ¿Y usted?

– Espero que no me considere tan prehistórica.

Rebus sonrió.

– En absoluto, pero cuénteme algo de su vida.

– Nací en Elgin, mis padres eran maestros, fui a la Universidad de Glasgow y, como se me daba bien la arqueología, me doctoré en la Universidad de Durham y después hice estudios posdoctorales en Estados Unidos y Canadá sobre emigraciones del siglo diecinueve. Conseguí un empleo de conservadora en Vancouver y volví aquí en cuanto surgió una oportunidad. En el antiguo museo trabajé casi doce años y ahora estoy en el nuevo. A grandes rasgos -dijo encogiéndose de hombros.

– ¿Cómo conoció a Gill?

– Fuimos juntas al colegio un par de años y éramos muy amigas, pero perdimos el contacto.

– ¿No ha estado casada?

– Sí, lo estuve, en Canadá -respondió ella bajando la vista al plato-. Él murió joven.

– Lo siento.

– Bill se mató bebiendo, aunque sus padres se negaron a admitirlo. Supongo que volví a Escocia por eso.

– ¿Porque él murió?

Ella negó despacio con la cabeza.

– Si me hubiera quedado habría tenido que amoldarme a la mentira que ellos se empeñaban en creer.

Rebus creyó entenderla.

– Usted tiene una hija, ¿verdad? -preguntó ella para cambiar de tema.

– Sí, se llama Samantha y ahora… tiene veintitantos años.

– ¿No sabe su edad exacta? -preguntó ella echándose a reír.

Rebus esbozó una sonrisa.

– No, es que iba a decir que ahora está inválida, pero me lo callaba por delicadeza.

– Oh -exclamó ella simplemente, y lo miró-. Pero para usted es importante, de otro modo no habría sido lo primero que pensó.

– Es cierto. Bueno, ahora ya vuelve a caminar con uno de esos andadores para ancianos.

– Estupendo -dijo ella.

Rebus asintió con la cabeza. No pensaba explicarle la historia, pero comprendió que ella tampoco iba a preguntarle.

– ¿Qué tal la sopa?

– Está muy buena.

Estuvieron en silencio un par de minutos y a continuación ella le preguntó por su trabajo de policía. Le hacía ahora preguntas como las que se dirigen a una persona a quien se acaba de conocer. A Rebus solía resultarle incómodo hablar de su trabajo, porque no estaba seguro de que a la gente le interesara realmente; y aunque sucediera lo contrario, sabía que no les agradaba escuchar la versión completa: suicidios y autopsias; viles rencores y rencillas que llevaban a la gente a la cárcel; puñaladas al cónyuge; actos lamentables del sábado por la noche; matones profesionales y drogadictos. Siempre le invadía el temor de que cuando hablaba de ello su voz traicionara la pasión que sentía por la profesión. No es que él no se cuestionara muchas veces los métodos y los resultados, pero la verdad era que su trabajo le gustaba. Tenía la impresión de que una persona como Jean Burchill se percataría de ello y le serviría de clave para la lectura de otros detalles de su personalidad. Comprendería que su pasión por el trabajo era fundamentalmente voyeurista y cobarde, enfocada a las minucias de la vida de otras personas, de sus problemas, por eludir el análisis de sus propios defectos y fallos.

– ¿Se lo piensa fumar o no? -preguntó Jean risueña.

Rebus bajó la vista y vio que tenía un cigarrillo en la mano. Se echó a reír, sacó el paquete del bolsillo y volvió a guardarlo en él.

– En serio que no me importa que fume.

– Lo he hecho sin darme cuenta -dijo él, y para ocultar su turbación añadió-: Iba a explicarme lo de las otras muñecas.

– Cuando hayamos terminado -replicó ella con firmeza.

Cuando terminaron, Jean pidió la cuenta; la pagaron a medias y salieron del restaurante. El sol de la tarde se esforzaba por aminorar el frío.

– Demos un paseo -dijo ella de pronto, cogiéndolo del brazo.

– ¿Por dónde?

– ¿Por los Meadows? -sugirió ella.

Y hacia los Meadows fueron.

El sol había atraído a la gente hacia el terreno de juego bordeado de árboles. Mientras algunos lanzaban discos voladores, por su lado pasaba gente corriendo y en bicicleta, había jóvenes tumbados en el césped en camiseta y con latas de sidra. Jean lo ilustró sobre la historia del lugar.

– Creo que aquí había un estanque -dijo-. Desde luego, en Bruntsfield había canteras y Marchmont era todo tierras de labor.

– En la actualidad es más bien un zoológico -repuso Rebus.

– Se recrea siendo cínico, ¿verdad? -dijo ella mirándolo.

– Es para no oxidarme.

En Jawbone Walk, ella sugirió cruzar hacia Marchmont Road.

– ¿Dónde vive exactamente? -preguntó a Rebus.

– En Arden Street, una bocacalle de Warrender Park Road.

– Es cerca de aquí.

Él sonrió y la miró a los ojos.

– ¿Está insinuando que la invite?

– Pues sí, con toda sinceridad.

– El piso está hecho una pocilga.

– Me decepcionaría que estuviera de otra manera. Pero la vejiga me dice que no pondrá pegas.

* * *

Estaba poniendo orden a toda prisa en el cuarto de estar cuando oyó la descarga del agua de la cisterna. Miró a su alrededor y movió la cabeza: era como intentar quitar el polvo después de un bombardeo; así que volvió a la cocina y echó café en dos vasos; en la nevera tenía leche del miércoles, pero se podía tomar. Ella lo observaba desde la puerta.

– Menos mal que tengo una excusa por este desastre -dijo él.

– Yo también cambié hace unos años la instalación eléctrica del piso -explicó ella comprensiva-. Pensaba venderlo.

Rebus alzó la vista y ella comprendió que había dado en el clavo.

– Yo voy a ponerlo en venta -dijo él.

– ¿Por algún motivo concreto?

«Por los fantasmas», habría podido contestar, pero se encogió de hombros.

– ¿Va a empezar una nueva vida? -aventuró ella.

– Tal vez. ¿Con azúcar? -preguntó tendiéndole el vaso.

Ella miró el color marrón.

– Sin, y tampoco tomo leche -contestó.

– Dios, lo siento -dijo él queriendo retirárselo, pero ella se negó.

– No pasa nada -dijo echándose a reír-. Vaya policía; en el restaurante me ha visto que tomaba dos solos.

– Ni me he dado cuenta -confesó Rebus.

– ¿Hay sitio en el cuarto de estar para sentarse? Ahora que ya nos conocemos un poco voy a explicarle lo de las muñecas.

Rebus dejó libre un trozo de la mesa y ella puso en el suelo el bolso de bandolera y sacó una carpeta.

– Ya sé que esto a muchos les parece cosa de locos -dijo ella-, así que espero que usted tenga una mente abierta. Tal vez por eso he querido conocerlo antes un poco más.

Le tendió la carpeta y Rebus sacó un montón de recortes de prensa que extendió en la mesa mientras ella hablaba.

– De la primera tuve noticia por una carta que llegó al museo hará un par de años -dijo cogiendo el escrito en cuestión-. Era una tal señora Anderson de Perth que, al conocer la historia de los ataúdes de Arthur's Seat, se apresuró a informarme que cerca de Huntingtower había habido un suceso parecido.

El recorte adjunto a la carta era del Courier: «MISTERIOSO HALLAZGO CERCA DE UN HOTEL DE LA LOCALIDAD». Se trataba de una caja de madera en forma de ataúd con un jirón de tela al lado, encontrada en un bosquecillo por un hombre que paseaba al perro y que había llevado el objeto al hotel pensando que era un juguete, pero nadie había podido dar una explicación al hecho. El suceso se remontaba a 1995.

– La señora Anderson se interesaba por la historia local -dijo Jean Burchill- y eso la impulsó a recortar la noticia.

– ¿No había ninguna muñeca?

– Quizá se la llevara algún animal -respondió ella negando con un gesto.

– Puede ser -dijo Rebus mirando el segundo recorte, de 1982, de un periódico de Glasgow: «LA IGLESIA CONDENA LA BROMA DE MAL GUSTO».

– Fue también la señora Anderson quien me habló de este otro caso -dijo Jean-. En esta ocasión lo encontraron en un cementerio y dentro había una muñeca, un tarugo más bien, con una tela atada con una cinta.

Rebus miró la foto del periódico.

– Parece madera muy ligera, como de balsa o algo así -observó.

Ella asintió con la cabeza.

– Yo pensé que era simple coincidencia, pero desde entonces he estado alerta a piezas similares.

– Y parece que las ha encontrado -dijo Rebus separando los dos últimos recortes.

– He recorrido el país dando conferencias por cuenta del museo y en todas las localidades preguntaba si alguien sabía de un caso parecido.

– ¿Ha tenido suerte?

– Hasta ahora en dos ocasiones. Una en 1977 en Nairn, y otra en el 72 en Dunfermline.

Otros dos casos misteriosos. En Nairn, el ataúd había aparecido en la playa, y en Dunfermline, en una cañada. Uno con muñeca y otro sin ella. Cabía la posibilidad de que también en el segundo caso se la hubiera llevado un animal o un niño.

– ¿A usted qué le parece? -preguntó Rebus.

– ¿No debería ser yo quien hiciera la pregunta? -replicó ella. Rebus no contestó y siguió hojeando los informes-. ¿Cree que existe relación con el que usted encontró en Los Saltos?

– No lo sé -contestó mirándola-. ¿Por qué no lo averiguamos?

* * *

El tráfico dominguero los obligó a ir despacio, casi todos coches que entraban a Edimburgo tras la jornada campestre.

– ¿Cree que podrá haber más casos? -preguntó Rebus.

– Es posible. Los grupos de historia local están atentos a rarezas de ese tipo y además tienen buena memoria. Es como una red, y la gente sabe que es algo que me interesa -explicó ella apoyando la cabeza en el cristal de la ventanilla-. Yo creo que me habría enterado.

Al pasar el indicador que daba la bienvenida a Los Saltos, ella sonrió.

– Está hermanado con Angoisse -dijo.

– ¿Cómo dice?

– En el indicador dice que Los Saltos está hermanado con una ciudad llamada Angoisse. Debe de ser francesa.

– ¿Cómo lo sabe?

– Es que había una pequeña banderita francesa junto al nombre.

– Ah, sí, claro.

– Pero además es una palabra del francés que significa «angustia». Imagínese, una ciudad llamada angustia…

Como había coches aparcados a ambos lados de la calle principal, Rebus pensó que no habría sitio para aparcar, y dobló en el camino y allí dejó el coche. Yendo hacia la casa de Dodds pasaron junto a dos personas del pueblo que limpiaban el coche. Eran dos hombres de mediana edad vestidos de manera informal, los dos con pantalón de pana y jersey con cuello de pico, como si fuera un uniforme. Rebus imaginó que entre semana irían con traje y corbata, pensó en aquellas mujeres que en la memoria de Wee Billy fregaban la escalinata y se dijo que aquellos dos eran el equivalente actual. Uno de ellos los saludó con un «hola» y el otro con un «buenas tardes». Rebus les dirigió una inclinación de cabeza y llamó a la puerta de Dodds.

– Creo que está dando su paseo diario -dijo uno de los hombres.

– No tardará -añadió el otro.

Ninguno de los dos había interrumpido la labor de limpieza del coche y Rebus pensó si no era una especie de competición, no por la rapidez, sino por la concentración con que lo hacían.

– ¿Piensan comprar cerámica? -preguntó el primero mientras atacaba la parrilla del BMW.

– En realidad, quería ver la muñeca -dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos.

– No creo que pueda. Ha firmado una exclusiva con uno de sus competidores.

– Soy policía -replicó Rebus.

El dueño del Rover lanzó un resoplido por el error de su vecino.

– Eso es bien distinto -añadió riendo.

– Ha sido un suceso muy raro -dijo Rebus para entrar en conversación.

– Aquí suceden cosas raras.

– ¿Qué quiere decir?

El del BMW escurrió la esponja.

– Hace unos meses hubo una racha de robos y pintarrajearon la puerta de la iglesia.

– Fueron los críos de las casas baratas -dijo el del Rover.

– Tal vez -prosiguió su vecino-, pero es curioso que antes no hubiera sucedido. Luego desaparece la hija de los Balfour…

– ¿Conocen a la familia?

– Se les ve por aquí -contestó el del Rover.

– Hace dos meses dieron una merienda para algún acto benéfico que no recuerdo y abrieron la casa al público. A John y a Jacqueline se les veía muy satisfechos -añadió el del BMW mirando a su vecino al decirlo, y Rebus comprendió que era como un factor más del juego que se traían entre sí.

– ¿Y la hija? -preguntó Rebus.

– Ella siempre ha sido algo distante -se apresuró a decir el del Rover por no perder comba-. Con ella no era tan fácil entablar conversación.

– A mí me hablaba -replicó su rival-. Una vez estuvimos charlando de sus estudios en la universidad.

El del Rover lo miró furioso y Rebus pensó en un hipotético duelo lanzándose las gamuzas a una distancia de veinte pasos.

– ¿Y la señorita Dodds, es buena vecina? -preguntó.

– Hace una cerámica horrenda.

– Pero ese asunto de la muñeca no le habrá venido mal para el negocio.

– Qué duda cabe -dijo el del BMW-. Si es lista, sacará su provecho.

– La publicidad es la vida de cualquier negocio que empieza -añadió su vecino, y Rebus tuvo la impresión de que hablaban con conocimiento de causa.

– Un negocio complementario con té y tartas caseras hace maravillas -dijo el del BMW risueño.

Los dos dejaron su faena y permanecieron pensativos.

– Me pareció que era su coche el que estaba en el camino -dijo Bev Dodds acercándose a ellos.

Mientras se hacía el té, Jean preguntó si podía enseñarle sus piezas de cerámica. Una ampliación trasera de la casita albergaba la cocina y el segundo dormitorio convertido en taller. Jean elogió diversos cuencos y platos, pero Rebus se dio cuenta de que no le gustaban. Luego, cuando Bev volvió a ponerse su juego de pulseras y brazaletes, elogió también los adornos.

– Los hago yo -dijo la ceramista.

– ¿Ah, sí? -preguntó Jean entusiasmada.

Dodds estiró el brazo para enseñarlos mejor.

– Son piedras del lugar. Las lavo y las pinto para darles aspecto de cristal de roca.

– ¿Desprenden energía positiva? -aventuró Jean. Rebus no sabía ya si estaba realmente interesada o fingía-. ¿Me vendería una?

– Naturalmente -respondió Dodds encantada quitándose un brazalete; tenía el pelo alborotado y las mejillas rojas del paseo-. ¿Le gusta éste? Es uno de mis preferidos. Se lo dejo en diez libras.

Jean hizo una pausa al oír el precio, pero luego sonrió y le dio un billete de diez libras que Dodds se guardó en el bolsillo.

– La señorita Burchill trabaja en el museo -dijo Rebus.

– ¿De verdad?

– Soy conservadora -añadió Jean poniéndose el brazalete.

– Qué trabajo tan estupendo. Siempre que voy a Edimburgo procuro hacer una visita.

– ¿Ha oído hablar de los ataúdes de Arthur's Seat? -preguntó Rebus.

– Steve me dijo algo -respondió ella.

Rebus se imaginó que se refería a Steve Holly, el periodista.

– A la señorita Burchill le interesa el tema -añadió Rebus- y querría ver la muñeca que encontró usted.

– Naturalmente -dijo ella abriendo un cajón y sacando el ataúd.

Jean lo cogió con cuidado y lo puso encima de la mesa de la cocina para examinarlo.

– Está bastante bien hecho -explicó- y es más parecido a los de Arthur's Seat que los otros.

– ¿Los otros? -preguntó Bev Dodds.

– ¿Es una copia de alguno de ésos? -inquirió Rebus sin darle tregua.

– No exactamente copia, no -dijo Jean-. Los clavos son distintos y la construcción tampoco es igual.

– ¿No lo habrá hecho alguien que haya visto la exposición del museo?

– Es posible. En la tienda del museo hay a la venta postales de los ataúdes.

Rebus miró a Jean Burchill.

– ¿Se ha interesado alguien por la exposición últimamente?

– ¿Cómo quiere que lo sepa?

– Tal vez algún investigador, o alguien.

Burchill negó con la cabeza.

– El año pasado tuvimos una estudiante haciendo el doctorado…, pero regresó a Toronto.

– ¿Hay alguna relación? -preguntó Bev Dodds abriendo mucho los ojos-. ¿Hay una relación entre el museo y el secuestro?

– No sabemos si han secuestrado a alguien -replicó Rebus.

– Bueno…

– Señorita Dodds… Bev… -dijo Rebus mirándola fijamente-. Es importante que esta conversación no trascienda.

Ella asintió con la cabeza, pero Rebus sabía que en cuanto se marchasen telefonearía a Steve Holly. No acabó de tomarse el té.

– Tenemos que irnos -dijo.

Jean, que lo captó inmediatamente, dejó la taza en la bandeja.

– Gracias por el té.

– De nada. Gracias por comprarme el brazalete. Es mi tercera venta hoy.

Cuando volvían hacia el camino, pasaron dos coches que entraron en él. Excursionistas que van a ver la cascada, pensó Rebus. A la vuelta, seguramente pararían en casa de la ceramista para ver el célebre ataúd y a lo mejor compraban algo…

– ¿En qué piensa? -preguntó Jean Burchill subiendo al coche y mirando el brazalete a la luz.

– En nada -mintió Rebus.

Decidió cruzar el pueblo. El Rover y el BMW se secaban al sol del atardecer y ante la casita de Bev Dodds había una pareja joven con dos niños; el padre llevaba una cámara de vídeo en la mano. Rebus dejó pasar cuatro o cinco coches y siguió hacia Meadowside. En la hierba jugaban al fútbol tres críos, quizá dos de ellos eran los de la visita anterior. Paró, bajó el cristal de la ventanilla y llamó a uno. Ellos lo miraron sin dejar de jugar. Le dijo a Jean que era cuestión de un segundo y se bajó del coche.

– Hola -les dijo.

– ¿Usted quién es? -preguntó un niño delgaducho de cinco palmos de alto con las costillas marcadas y unos brazuelos que terminaban en puños apretados. Llevaba el pelo cortado al rape y guiñaba sus ojos frente a la luz con agresividad y desconfianza.

– Soy de la policía -contestó Rebus.

– No hemos hecho nada.

– Enhorabuena.

El niño dio una fuerte patada a la pelota, que golpeó violentamente en el muslo de otro, haciendo que el tercero se echara a reír.

– Quería preguntaros si sabéis algo de esa racha de hurtos de la que me han hablado.

El niño miró a Rebus y resopló.

– O si sabéis algo de las pintadas en la iglesia…

– No -respondió el crío.

– ¿No? -repitió Rebus haciéndose el sorprendido-. De acuerdo, ahí va la tercera: ¿y ese ataúd que han encontrado?

– ¿Qué?

– ¿Lo habéis visto?

El niño negó con la cabeza.

– Dile que se vaya a la mierda, Chick -dijo uno de los otros dos.

– ¿Chick? -dijo Rebus mirándolo para darle a entender que lo recordaría.

– Yo no he visto el ataúd -protestó el llamado Chick-. Yo no llamo a su puerta ni loco.

– ¿Por qué no?

– Porque es la hostia de rara -respondió Chick riendo.

– Rara, ¿cómo?

Chick estaba perdiendo la paciencia porque lo había enredado en una conversación.

– Rara como ellos.

– Son todos unos «enteraos» -añadió el otro tirando de él-. Vamos, Chick.

Echaron a correr con el tercer crío y la pelota. Rebus los miró un instante pero Chick no volvió la cabeza. Cuando regresó al coche vio que Jean había bajado el cristal de la ventanilla.

– Lo admito -dijo-: no se me da nada bien el interrogatorio infantil.

Ella sonrió.

– ¿Qué quería decir con lo de «enteraos»?

– Que son unos engreídos -respondió dándole al contacto.

* * *

Aquel domingo por la noche se encontraba en la acera frente al piso de Philippa Balfour con las llaves en el bolsillo. Pero no iba a entrar después de lo que había sucedido la última vez. Habían cerrado las contraventanas del cuarto de estar y del dormitorio, y no se veía ninguna luz.

Hacía una semana de la desaparición y se preparaba una reconstrucción. Vistieron con ropa igual a la que Flip habría llevado aquella noche a una agente que tenía un ligero parecido con la estudiante; como del guardarropa de la desaparecida faltaba una blusa de Versace, la agente se puso una igual. Salió de la casa y los periodistas dispararon sus cámaras; luego fue a paso rápido hasta el final de la calle a tomar un taxi previamente preparado, se bajó del taxi y continuó a pie cuesta arriba hacia el centro de la ciudad, seguida durante todo el camino por fotógrafos y agentes de uniforme que preguntaban a peatones y conductores. Así todo el trayecto hasta el bar de marras del sector sur.

Dos equipos de televisión, la BBC y la Escocesa, filmaron la reconstrucción para emitir un resumen en las noticias.

Era una manera de demostrar que la policía hacía algo.

Gill Templer captó la mirada de Rebus desde la acera opuesta y pareció saludarlo encogiéndose de hombros, antes de reanudar la conversación con el ayudante del jefe supremo, Colin Carswell, que tenía unas cuestiones que aclarar con ella. Rebus no ignoraba que la expresión «una conclusión rápida» surgiría al menos una vez en su conversación. Sabía por experiencia que cuando Gill Templer se irritaba tenía tendencia a juguetear con aquel collar de perlas que se ponía a veces. Aquel día lo llevaba, y ya lo estaba tocando con un dedo. Pensó en los brazaletes de Bev Dodds y que el crío había dicho de ella que era «la hostia de rara». Aquella Bev tenía libros de magia blanca en el cuarto de estar, que ella llamaba «salón». Se acordó de una canción de los Rolling Stones: «La araña y la mosca», de la cara B de Satisfaction. Vio a Bev Dodds como a una araña en la tela de su salón y, aunque la imagen era pura fantasía, no logró quitársela de la cabeza.

Capítulo 6

El lunes por la mañana, Rebus se llevó los recortes de Jean al trabajo. En la mesa le aguardaban mensajes de Steve Holly y una nota manuscrita de Gill Templer en la que le anunciaba una cita con el médico a las once. Fue a su despacho a protestar, pero una hoja de papel en la puerta le informó que iba a pasar el día en Gayfield Square; volvió a su mesa, cogió el tabaco y el encendedor y se dirigió al aparcamiento. Acababa de encender un cigarrillo cuando llegó Siobhan Clarke.

– ¿Ha habido suerte? -preguntó Rebus.

Siobhan alzó el portátil que llevaba.

– Anoche -dijo ella.

– ¿Qué sucedió?

– En cuanto acabes esa porquería -respondió ella mirando el cigarrillo-, sube y lo verás.

La puerta se cerró a su espalda y Rebus miró el pitillo, dio la última calada y lo tiró.

Cuando llegó a la sala de Investigación Criminal, Siobhan ya había puesto en marcha el portátil. Un agente le dijo que tenía a Steve Holly al teléfono, y Rebus movió la cabeza para indicarle que no lo cogía; sabía perfectamente lo que quería el periodista: Bev Dodds le había hablado de su viaje a Los Saltos. Alzó un dedo para indicar a Siobhan que aguardase un momento y llamó por teléfono al museo.

– Jean Burchill, por favor -dijo, y aguardó.

– Diga.

– Jean, soy John Rebus.

– John, precisamente iba a llamarle.

– No irá a decirme que han estado molestándola.

– Bueno, más que molestarme…

– ¿Un periodista llamado Steve Holly por lo de las muñecas?

– Ah, ¿a usted también?

– Lo mejor que puedo aconsejarle, Jean, es que no diga ni una palabra. No conteste a sus llamadas y, si logra que usted se ponga al teléfono, dígale que no tiene nada que informar, por mucho que insista.

– Entendido. ¿Ha sido Bev Dodds quien ha hablado?

– Es culpa mía. Debí imaginarme que lo haría.

– No se preocupe por mí. Estaré prevenida.

Se despidieron y Rebus colgó y se acercó a la mesa de Siobhan a leer el mensaje en la pantalla del ordenador portátil.

«Este juego no es un juego. Es una búsqueda. Hace falta ser fuerte, resistente, y no digamos inteligente. Pero hay buena recompensa. ¿Sigues queriendo jugar?»

– Le envié un mensaje diciendo que me interesaba, pero le pregunté cuánto duraba el juego -dijo Siobhan pasando el dedo por el teclado-. Me contestó que podía durar unos días o unas semanas. A continuación, pregunté si podía empezar con Hellbank y me contestó inmediatamente que Hellbank era el cuarto nivel y que tengo que jugar el juego entero. Dije que de acuerdo y a medianoche recibí este correo.

En la pantalla apareció otro mensaje.

– Ha utilizado una dirección distinta -explicó Siobhan-. A saber cuántas tiene.

– ¿Eso dificulta su localización? -preguntó Rebus, mientras lo leía:

«¿Cómo puedo estar seguro de que eres quien dices?»

– Se refiere a mi dirección de correo electrónico -explicó Siobhan-, porque primero utilicé la de Philippa y ahora uso la de Grant.

– ¿Qué le dijiste?

– Que tenía que confiar en mí, o que si quería podíamos vernos.

– ¿Y te pareció que le interesaba?

Siobhan sonrió.

– No abiertamente -contestó-, pero me envió esto -añadió pulsando otro botón.

«Seven fins bigh is king [1] La reina cena bien ante el busto.»

– ¿Eso es todo?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Le pregunté si podía darme una clave y volvió a repetir el mensaje.

– Seguramente porque el mensaje encierra la clave.

– Me he pasado casi toda la noche despierta -dijo ella pasándose un dedo por el pelo-. Me parece que a ti no te interesa.

– Tendrás que encontrar a alguien a quien le gusten los crucigramas. ¿No suele hacer crucigramas crípticos el joven Grant?

– ¿Ah, sí? -exclamó Siobhan mirando al otro lado de la sala donde Grant hablaba por teléfono.

– ¿Por qué no le preguntas?

Cuando Hood acabó de hablar por teléfono, Siobhan estaba a su lado aguardando.

– ¿Qué tal con el portátil? -inquirió él.

– Muy bien -contestó ella tendiéndole una hoja-. Me han dicho que te gustan las adivinanzas.

Él cogió la hoja, pero sin mirarla.

– ¿Y el sábado qué tal? -preguntó.

– El sábado estuvo bien -respondió ella.

La verdad es que lo había pasado bien; se habían tomado un par de copas y luego habían cenado en un buen restaurante nada rimbombante de la ciudad nueva. Hablaron de trabajo casi todo el rato porque no tenían mucho más en común, pero se rieron los dos con algunas historias que les habían sucedido. El había sido muy caballeroso y la acompañó después a casa; ella no lo invitó a que subiera a tomar café y él dijo que tomaría un taxi en Broughton Street.

Hood la miró y sonrió complacido de que le hubiera dicho «muy bien».

– «Seven fins high is king» -leyó en voz alta-. ¿Qué quiere decir?

– Tenía la esperanza de que tú me lo dijeras.

Él volvió a leer el mensaje.

– Podría ser un anagrama, aunque hay pocas vocales. ¿No será: «antes de la redada», en lugar de «ante el busto»? Bust es también «redada». ¿Una redada antidrogas, tal vez? -Siobhan se encogió de hombros-. ¿Por qué no me explicas un poco de qué se trata? -añadió.

Siobhan asintió con la cabeza.

– Mientras nos tomamos un café -contestó.

Tras su escritorio, Rebus vio que salían del departamento y cogió el primer recorte. Cerca de su mesa, alguien mantenía una conversación a propósito de la próxima conferencia de prensa; parecían estar de acuerdo en que, si Gill Templer se la encomendaba a una persona en concreto, estaba de uñas con ella. Rebus entornó los ojos: había una frase en el recorte de 1995 que había pasado por alto la primera vez. En el Hotel Huntingtower, cerca de Perth, un perro había encontrado el féretro y un trozo de tela, y un empleado del establecimiento había dicho: «Si no tenemos cuidado, Huntingtower va a crearse mala fama». ¿Qué habría querido decir? Cogió el teléfono pensando en que a lo mejor Jean Burchill lo sabía, pero no le llamó; no quería que pensase que era…, ¿qué exactamente? Lo había pasado bien la víspera y creía que ella también. La había acompañado a su casa en Portobello, pero había declinado su invitación a tomar café.

– Ya le he robado bastante de su día -dijo, y ella no replicó.

– En otra ocasión, entonces -repuso ella.

Cuando volvía a Marchmont sintió que se había desvanecido algo entre ambos y estuvo a punto de llamarle, pero puso la tele, se enfrascó en su programa sobre la naturaleza y después ya no pensó en otra cosa hasta que recordó lo de la reconstrucción y se acercó a verla.

Seguía con la mano sobre el teléfono. Cogió el auricular, marcó el número del Hotel Huntingtower y pidió que le pusieran con el director.

– Lo siento -dijo la telefonista-, está en una reunión en este momento. ¿Quiere dejar algún recado?

– Quiero hablar con alguien que trabaje en el hotel desde 1995 -respondió después de explicar quién era.

– Yo trabajo desde 1993 -dijo la mujer.

– Entonces, recordará un ataúd pequeñito que apareció.

– Sí, vagamente.

– Es que tengo un recorte de un periódico en el que se afirma que el hotel podía adquirir mala fama.

– Sí.

– ¿Y por qué motivo?

– No estoy segura, quizá fuera por la turista americana.

– ¿Qué turista?

– La que desapareció.

Rebus guardó silencio un instante y luego le pidió que repitiese lo que acababa de decir.

* * *

Rebus fue al anexo de la Biblioteca Nacional de Causewayside, que estaba a apenas cinco minutos a pie de Saint Leonard, enseñó su carnet de policía y dijo lo que quería; lo acompañaron hasta una mesa con lector de microfilmes consistente en una gran pantalla con dos bobinas debajo para pasar la película. Él ya había usado el aparato cuando la hemeroteca estaba en el edificio principal del puente George IV. Aunque señaló al empleado que era un «trabajo urgente», tardó casi veinte minutos en llegar un bibliotecario con la caja de los microfilmes pedidos. El Courier era el diario de Dundee; recordó que sus padres lo compraban y le constaba que hasta hacía poco había conservado la presentación tipográfica del siglo pasado con anuncios en la primera página, sin noticias ni fotos. Se decía que, cuando el hundimiento del Titanic, el Courier lo publicó con el titular de: «un hombre de Dundee perece en el océano». No era un periódico de miras estrechas.

Rebus llevaba el recorte sobre el hotel y pasó la cinta de microfilmes hasta un mes antes de la fecha de publicación. Allí estaba, en una página interior, «misteriosa desaparición de una turista, según la policía». La mujer se llamaba Betty-Anne Jesperson, tenía treinta y ocho años y estaba casada; había llegado con un grupo de turistas estadounidenses que hacían una gira llamada «Las místicas Tierras Altas de Escocia». La fotografía, tomada de su pasaporte, mostraba a una mujer fornida, de pelo negro con permanente y gafas de montura gruesa. Su esposo, Garry, manifestó que ella solía levantarse temprano para dar un paseo antes del desayuno, pero nadie del hotel la había visto salir. Habían batido los alrededores en su búsqueda y la policía recorrió el centro de Perth con fotos de ella para indagar. Rebus pasó la película siete fechas más adelante y la noticia ya no ocupaba más de diez párrafos; una semana después se reducía a un párrafo. Era una historia a punto de desaparecer, igual que Betty-Anne.

Según la recepcionista del hotel, Garry Jesperson había vuelto varias veces a la zona aquel año y al año siguiente pasó un mes entero; después, lo único que sabía la mujer era que había conocido a otra y se había trasladado de Nueva Jersey a Baltimore.

Rebus tomó nota de los datos en su bloc y se puso a dar golpecitos en la página hasta que uno de los lectores lanzó un carraspeo admonitorio en protesta por el ruido que hacía.

En el mostrador rellenó un formulario para que le enseñaran más periódicos: el Dunfermline Press, el Glasgow Herald y el Inverness Courier. Como sólo tenían microfilmado el segundo, empezó por éste y la muñeca del cementerio aparecida en 1982…, el año en que Van Morrison lanzó Beautiful Vision. Se puso a tararear «Dweller on the Threshold», pero calló de pronto al darse cuenta de dónde estaba. Él, en 1982 era sargento y trabajaba en casos con otro sargento llamado Jack Morton, y la comisaría estaba en Great London Road antes de sufrir un incendio. Cuando le llevaron el microfilme del Herald lo hizo pasar haciendo discurrir días y semanas a toda velocidad por la pantalla. Todos los policías de mayor rango que él de la época de Great London Road habían muerto o estaban jubilados, pero él no tenía contacto con ninguno. También se acababa de jubilar Watson y pronto, le gustara o no, le llegaría el turno a él. No pensaba retirarse por las buenas; tendrían que sacarlo a rastras.

La muñeca del cementerio había sido hallada en mayo. Comenzó a primeros de abril, pero el problema era que Glasgow era una ciudad grande, con mayor cantidad de delitos que una localidad como Perth. No estaba muy seguro de encontrar nada ni de si tardaría mucho. Por otro lado, si era una persona desaparecida, ¿lo habría publicado el periódico? Miles de personas desaparecen al año, y algunas sin que nadie lo advierta, como sucede con los sin techo o los que no tienen familia ni amigos. Vivías en un país en donde un cadáver podía estar días en un sillón junto al fuego hasta que el olor llamaba la atención de los vecinos.

Cuando terminó de repasar abril no había ninguna denuncia por persona desaparecida, pero encontró seis muertes, dos de ellas de mujeres. Una asesinada de una puñalada después de una fiesta; la noticia decía que un hombre ayudaba a la policía en las pesquisas. Pensó que sería el novio; estaba seguro de que si seguía leyendo acabaría viendo que el caso se resolvía en los tribunales. La segunda muerta era una ahogada en un tramo de un río que él nunca había oído nombrar, White Cart Water, en la orilla sur de parque Rosshall. Se llamaba Hazel Gibbs, tenía veintidós años y su marido la había abandonado con dos niños; los amigos aseguraban que sufría depresión y que la víspera la habían visto bebiendo sin preocuparse de los niños.

Rebus salió a la calle, cogió el móvil y marcó el número de Bobby Hogan, del departamento de Investigación Criminal de Leith.

– Bobby, soy John. Tú conoces un poco Glasgow, ¿verdad?

– Un poco.

– ¿Has oído hablar de White Cart Water?

– Pues no.

– ¿Y del parque Rosshall?

– ¿Cómo dices?

– ¿Tienes algún contacto en el oeste?

– Puedo hacer una llamada.

– Haz el favor.

Le repitió los nombres y colgó. Fumó un cigarrillo mientras miraba un pub nuevo en la acera de enfrente. Una copa no le haría daño, pero recordó que tenía que ver al médico. Qué diablos, que esperase; podía cambiar la cita. Cuando terminó el cigarrillo, como no había llamado Hogan, volvió a la mesa y comenzó a revisar los ejemplares de mayo de 1982. Sonó el móvil, y vigilantes y lectores lo miraron horrorizados. Lanzó una maldición y se llevó el aparato a la oreja, levantándose para salir otra vez.

– Soy yo -dijo Hogan.

– Dime -musitó Rebus camino de la salida.

– El parque Rosshall está en Pollok, al sudoeste del centro de la ciudad, y White Cart Water discurre por la parte superior del parque.

Rebus se detuvo.

– ¿Estás seguro? -preguntó en un susurro.

– Eso me dicen.

Rebus volvió a la mesa. Tenía el recorte del Herald junto a otro del Courier. Los separó para estar seguro.

– Gracias, Bobby -dijo, y cortó la comunicación.

La gente a su alrededor hacía gestos de exasperación pero él no hizo caso, «LA IGLESIA CONDENA LA BROMA DE MAL GUSTO»: la iglesia en cuyo cementerio habían encontrado el féretro estaba en Potterhill Road, en Pollok.

* * *

– Supongo que no pensarás explicarte -dijo Gill Templer.

Rebus se había acercado en coche a Gayfield Square para pedirle que hablara con él cinco minutos y lo hacían en el mismo despacho maloliente.

– Es precisamente lo que quiero hacer -replicó Rebus llevándose una mano a la frente. Sentía una especie de fiebre.

– Tenías que haber ido al médico.

– Ha sucedido algo. Dios, no vas a creerme.

Ella señaló con el dedo un periódico sensacionalista que tenía en la mesa.

– ¿Tienes idea de cómo se habrá enterado Steve Holly de esto? -preguntó.

Rebus dio la vuelta al periódico hacia él. Holly se las había arreglado en tan poco tiempo para hilvanar una historia en la que sacaba a relucir los ataúdes de Arthur's Seat, la intervención de una «especialista del museo de Escocia», el ataúd de Los Saltos y el «persistente rumor de que hay más ataúdes».

– ¿Qué quiere decir con eso de que hay «más ataúdes»? -preguntó Templer.

– Es lo que venía a decirte.

Le contó la historia que había descubierto en los tomos encuadernados en cuero del Dunfermline Press y el Inverness Courier, en confirmación de sus temores. En julio de 1977, apenas una semana antes del hallazgo del ataúd en la playa de Nairn, habían encontrado a Paula Gearing ahogada en la playa a cuatro kilómetros de la ciudad. Su muerte era inexplicable y se atribuyó a un «contratiempo». En octubre de 1972., tres semanas antes del hallazgo del ataúd en el barranco de Dunfermline, se había denunciado la desaparición de una joven, Caroline Farmer, estudiante de cuarto año en un instituto de Dunfermline. Acababa de dejarla plantada su novio y las suposiciones apuntaban a que esa fuera la causa de que hubiese abandonado la casa de sus padres: éstos afirmaron que no descansarían hasta encontrarla. Pero Rebus dudaba que dieran con ella.

Gill Templer escuchó sin hacer comentarios y, cuando Rebus terminó hojeó los recortes de prensa, las notas, y finalmente lo miró.

– Es muy poca base, John.

Rebus se puso en pie. Necesitaba moverse, pero allí no había espacio.

– Gill, ahí… algo hay.

– ¿Un asesino que deja ataúdes cerca del escenario del crimen? -dijo ella negando despacio con la cabeza-. No lo veo. Tenemos dos cadáveres sin ningún signo de violencia y dos desapariciones. No acaba de encajar.

– Tres desapariciones contando la de Philippa Balfour.

– Y otra cosa más: el ataúd de Los Saltos aparece menos de una semana después de su desaparición. No encaja.

– ¿Crees que me imagino cosas?

– Tal vez.

– ¿Puedo seguir investigándolo?

– John…

– Deja que intervengan un par de policías más y danos unos días a ver si te convencemos.

– Ya estamos bastante escasos de personal.

– Faltos de personal, ¿haciendo qué? Estamos perdiendo el tiempo hasta que vuelva, llame a su casa o aparezca muerta. Dame dos agentes.

Ella negó despacio con la cabeza.

– Uno, y puedes continuar tres o cuatro días como máximo. ¿Entendido?

Rebus asintió con la cabeza.

– Ah, John, ve a ver al médico o me encargo yo de que vayas. ¿Entendido?

– Entendido. ¿Con quién haré la investigación?

Templer reflexionó un instante.

– ¿Con quién quieres hacerla?

– Con Ellen Wylie.

– ¿Por algún motivo en concreto? -preguntó ella mirándolo.

Rebus se encogió de hombros.

– Nunca será buena presentadora de televisión, pero es buena policía.

– De acuerdo -dijo Templer sin dejar de mirarlo.

– ¿Hay alguna posibilidad de que nos quites de encima a Steve Holly?

– Puedo intentarlo -respondió ella dando unos golpecitos en el periódico-. Imagino que la «especialista» es Jean, ¿no? -Aguardó a que él asintiese con la cabeza y lanzó un suspiro-. No sé por qué os presentaría… -añadió restregándose la frente. Era algo que también hacía Watson cuando se enfrentaba a lo que él llamaba las «trastadas de Rebus».

* * *

– ¿Qué vamos a investigar exactamente? -preguntó Ellen Wylie.

Le habían ordenado acudir a Saint Leonard, pero ella no parecía demasiado ilusionada de trabajar mano a mano junto a él.

– Lo primero que hay que hacer -dijo Rebus- es cubrirnos las espaldas; es decir, asegurarnos de que nunca dieron con las desaparecidas.

– ¿Hablando con los padres? -preguntó ella anotándolo en el bloc.

– Exacto. En cuanto a los dos cadáveres habrá que revisar los informes de la autopsia y ver si al forense se le pasó algo por alto.

– 1977 y 1982… ¿No habrán tirado los expedientes?

– Espero que no. De todos modos, algunos forenses suelen tener buena memoria.

Wylie hizo otra anotación.

– Lo averiguaré. ¿Qué buscamos? ¿Cree que hay alguna posibilidad de que esas mujeres estén relacionadas con los ataúdes?

– No lo sé -contestó Rebus, consciente de lo que ella insinuaba: una cosa es creer algo y otra, demostrarlo, sobre todo ante un tribunal-. De ese modo me quedo tranquilo -añadió al fin.

– ¿Todo esto comenzó por unos ataúdes encontrados en Arthur's Seat?

Rebus asintió con la cabeza sin disipar el escepticismo de Wylie.

– Escucha -dijo-, si crees que me imagino cosas, dilo. Pero primero vamos a investigar.

Ella se encogió de hombros e hizo otra anotación en el bloc.

– ¿Me ha pedido usted o me asignaron para este trabajo?

– Lo pedí yo.

– ¿Y la jefa estuvo de acuerdo?

Rebus hizo un gesto afirmativo.

– ¿Hay algún problema?

– No lo sé -respondió ella reflexionando sobre la pregunta-. Probablemente no.

– De acuerdo, entonces. Manos a la obra -dijo Rebus.

* * *

Tardó casi dos horas en poner por escrito a máquina todos los datos para tener un «guión» en que basarse. Era una recopilación de fechas y páginas referenciadas de las noticias de las que había pedido copia en la biblioteca. Mientras, Wylie llamó a comisarías de Glasgow, Perth, Dunfermline y Nairn para que les remitiesen, si era posible, las notas sobre las pesquisas de los casos, si las conservaban en archivo, y los nombres de los patólogos. Rebus, cuando la oía reír, sabía que era porque al otro lado de la línea le decían: «Por pedir que no quede, ¿verdad?». Mientras él seguía tecleando, la oía trabajar y pudo comprobar que sabía hacerse la tímida, la dura, y hasta coquetear, sin que por ello cambiara su expresión de aburrimiento por la rutina.

– Gracias -repitió por enésima vez.

Colgó, anotó algo en el bloc, miró la hora y la anotó también. Había acabado.

– Promesas, promesas -dijo.

– Mejor que nada -repuso Rebus.

Wylie volvió a coger el auricular con un profundo suspiro y se dispuso a hacer otra llamada.

A Rebus le intrigaban las lagunas que había entre las fechas: 1972, 1977,1982 y 1995. Cinco años, cinco años, trece años y, ahora, otros cinco años. El cinco era casi una pauta, pero no acababa de encajar por la laguna entre 1982 y 1995, lo que podía tener diversas explicaciones: el hombre, o quien fuese, había estado fuera del país, quizás en la cárcel. ¿Qué certeza existía de que los ataúdes sólo se hubieran localizado en Escocia? Tal vez conviniera efectuar una investigación más amplia para ver si en otras comisarías se habían registrado casos parecidos. Si había cumplido condena en la cárcel, habría que comprobar los archivos. Trece años era mucho tiempo; una condena probablemente por homicidio.

Naturalmente, existía otra posibilidad: que no se hubiera marchado del país y que hubiese seguido matando sin preocuparse de ataúdes o que no los hubieran encontrado, porque una cajita de madera la destroza sin esfuerzo un perro; quizá se la había llevado un niño o podía haber acabado fácilmente en la basura. Mejor deshacerse cuanto antes de una broma de mal gusto. Un modo de averiguarlo, claro, era hacer un llamamiento público, pero Templer no lo autorizaría de buenas a primeras. Antes había que convencerla.

– ¿Nada? -preguntó cuando Wylie colgó.

– No contestan. A lo mejor ha corrido la alarma sobre la poli loca de Edimburgo.

Rebus hizo una pelota con una hoja de papel y la tiró a la papelera.

– Creo que nos estamos calentando demasiado la cabeza -dijo-. Hagamos una pausa.

Wylie fue a comprar un donut con mermelada y Rebus optó por dar un paseo. Las calles próximas a Saint Leonard no ofrecían mucho atractivo; todo eran viviendas protegidas y casas de pisos, o Holyrood Road con su intenso tráfico y los peñascos de Salisbury de telón de fondo. Decidió dirigirse al laberinto de callejas entre Saint Leonard y Nicholson Street, entró en una tienda a comprar una lata de Irn-Bru y se la fue bebiendo mientras caminaba. Decían que era ideal para la resaca, pero él la tomaba para acallar las ganas de beber algo auténtico: una jarra y un chupito en algún local con humo y carreras de caballos en la tele. El Southsider era una posibilidad, pero cruzó de acera para evitar la tentación. En la calzada jugaban unos niños, asiáticos en su mayoría; acababan de salir del colegio y gastaban sus energías, su imaginación. Pensó si no estaría él haciendo trabajar a su imaginación horas extraordinarias. En definitiva, era posible que viera relaciones donde no las había. Sacó el móvil y un papelito con un número apuntado.

Lo marcó y cuando contestaron pidió que le pusieran con Jean Burchill.

– ¿Jean? -dijo, y calló-. Soy John Rebus. Esos ataúdes del museo pueden ser fundamentales. -Escuchó un instante-. En este momento no puedo decírselo -añadió mirando a su alrededor-. Ahora tengo que ir a una reunión. ¿Tiene algo que hacer esta noche? -Volvió a escuchar-. Lástima. ¿Y si tomamos una copa? -Su rostro se iluminó-. ¿A las diez? ¿En Portobello o aquí? -Volvió a escuchar-. Sí, claro, entonces en Edimburgo cuando acabe. Yo la llevaré después a casa. ¿A las diez en el museo? De acuerdo. Adiós.

Miró a su alrededor. Estaba en Hill Square y había un letrero en la verja que lo orientó: era la parte trasera del salón del Colegio de Médicos; aquella puerta anodina ante él daba acceso a una exposición sobre la historia de la cirugía. Consultó el reloj y miró el horario de visita. Tenía unos diez minutos. «¿Y por qué no?», se dijo, empujando la puerta.

Era un portal como de una casa cualquiera; subió al primer piso y se encontró en un descansillo estrecho con dos puertas encaradas que le parecieron de viviendas particulares, y continuó hasta el segundo piso. Al cruzar el umbral del museo sonó un timbre que anunciaba la entrada de alguien para ver la muestra.

– ¿Ha estado en otra ocasión? -preguntó una empleada. Rebus negó con la cabeza-. Bien, la colección moderna está en la planta de arriba y a la izquierda tiene usted la exposición dental.

Dio las gracias a la mujer y entró. No había público y él no se entretuvo ni medio minuto porque no le pareció que hubiese cambiado mucho la tecnología dental en un par de siglos. La exposición principal del museo ocupaba dos plantas y estaba muy bien presentada en vitrinas bien iluminadas en su mayoría. Se detuvo ante una botica y, a continuación, se acercó a una reproducción de tamaño natural del cirujano Joseph Lister para leer sus logros, entre los que se contaban la introducción del antiséptico fenol y de la gasa estéril. Unos pasos más adelante se encontró con la vitrina que exhibía la cartera hecha con la piel de Burke, que a él le recordó una biblia encuadernada en cuero que le regaló su tío para un cumpleaños cuando era pequeño. Al lado se exhibía la cabeza de yeso del propio Burke, apreciándose en ella la señal de la soga de la horca y, junto a ella, la de John Brogan, el cómplice que lo había ayudado a transportar los cadáveres. Burke parecía tranquilo y estaba bien peinado, pero en Brogan se apreciaban señales de tortura: su mandíbula inferior estaba en carne viva y tenía el cráneo enrojecido y lleno de bultos.

A continuación había un retrato del anatomista Knox, el receptor de aquellos cadáveres aún calientes.

– Pobre Knox -oyó que decían a su espalda.

Se dio la vuelta y vio a un anciano vestido de etiqueta, con pajarita, fajín y zapatos de charol, al que tardó un instante en reconocer: era el profesor Devlin, vecino de Flip.

– Siempre hubo una fuerte polémica sobre hasta qué extremo él lo sabía.

– ¿Quiere decir que Burke y Hare eran asesinos?

Devlin asintió con la cabeza.

– Yo, por mi parte, estoy convencido de que lo sabía, pues en aquella época la mayoría de los cadáveres con que trabajaban los anatomistas estaban fríos, por descontado. Los traían a Edimburgo desde todos los puntos de Inglaterra, y algunos llegaban por el canal Union. Los ladrones de cadáveres los sumergían en whisky para que se conservaran durante el viaje. Era un negocio lucrativo.

– Pero ¿ese whisky se bebía después?

Devlin contuvo la risa.

– Desde un punto de vista estrictamente económico, yo presumo que sí -respondió-. Por ironías del destino, Burke y Hare emigraron a Escocia por imperativos económicos y trabajaron en la construcción del canal Union. -Rebus recordó que Jean Burchill se lo había explicado. Devlin hizo una pausa e introdujo un dedo en el fajín-. El pobre Knox… era un hombre genial y nunca se demostró que estuviera implicado en los asesinatos, pero tenía en contra a la Iglesia; ése fue el problema. Ya sabe que en aquellos tiempos el cuerpo humano era sagrado y el clero se oponía a su examen por considerarlo execrable, y fue el clero quien excitó a la chusma contra Knox.

– ¿Cómo acabó?

– Según la literatura médica, Knox murió de apoplejía. Hare, que testificó contra su cómplice, tuvo que huir de Escocia, pero sufrió una agresión y le arrojaron cal a la cara; acabó sus días ciego y mendigando en Londres. Creo que hay allí un pub llamado El Pordiosero Ciego, aunque no sé si guarda relación.

– Dieciséis asesinatos y en una zona tan reducida como West Port -dijo Rebus.

– En la actualidad es inimaginable, ¿verdad?

– En la actualidad hay forenses, autopsias…

Devlin sacó el dedo del fajín y lo esgrimió.

– Exacto -dijo-. Y no existiría la investigación forense de no haber sido por los ladrones de cadáveres como Burke, Hare y otros como ellos.

– ¿Ha venido acaso aquí a rendirle homenaje?

– Quizá -respondió Devlin. Luego consultó su reloj-. Tengo que asistir a una cena arriba a las siete y he venido antes de la hora para dar una vuelta por la exposición.

Rebus recordó la tarjeta de invitación en la repisa de la chimenea de Devlin: «De etiqueta y con condecoraciones».

– Perdone, profesor Devlin -los interrumpió la empleada del museo-. Es hora de cerrar.

– Muy bien, Maggie -contestó Devlin-. ¿Quiere ver el resto del museo? -preguntó a Rebus.

Rebus pensó en Ellen Wylie, que ya habría vuelto a la comisaría.

– En realidad…

– Venga, venga usted -insistió Devlin-. Ya que está aquí no puede perderse el Museo Negro.

La empleada les abrió dos puertas cerradas con llave que daban acceso al edificio principal de pasillos silenciosos y cubiertos de retratos de médicos. Devlin indicó con la mano la biblioteca y se detuvo a continuación en un vestíbulo circular de mármol, donde señaló hacia arriba.

– Ahí va a ser la cena. Un montón de catedráticos y médicos vestidos de punta en blanco y atracándose de pollo de goma.

Rebus alzó la vista y vio una cúpula acristalada circundada por una barandilla a la altura del primer piso, en el que había una sola puerta.

– ¿De qué celebración se trata? -preguntó.

– Dios sabe. Yo me limito a recibir la invitación y a enviarles un cheque.

– ¿Van a venir Gates y Curt?

– Probablemente. Ya sabe que Sandy Gates difícilmente se pierde un banquete.

Rebus miró atentamente al interior de la gran puerta principal. Él la conocía por fuera de pasar en coche por Nicholson Street, pero no recordaba haberla visto nunca abierta, y se lo contó a Devlin.

– Hoy la abrirán para que vayan entrando los invitados y suban por la escalera -dijo el profesor-. Venga por aquí.

Cruzaron más pasillos y subieron unos escalones.

– Seguramente está abierto -dijo Devlin en el momento de llegar a otra puerta imponente-, porque a los invitados les gusta dar un paseíto después de cenar y casi todos acaban aquí.

Probó el tirador y, efectivamente, estaba abierto. Entraron en una gran sala.

– Aquí tiene usted el Museo Negro -dijo el profesor haciendo un amplio gesto con los brazos.

– Ya había oído hablar de él -contestó Rebus-, pero nunca había tenido ocasión de visitarlo.

– Es que no está abierto al público -añadió Devlin-. Cosa que no entiendo, porque el colegio podría sacar su buen dinero abriéndolo a los turistas.

La sala reunía una colección de instrumentos quirúrgicos antiguos, más aptos por su aspecto para una cámara de tortura que para el quirófano. Había profusión de huesos y partes anatómicas, y tarros con objetos sumergidos en un líquido turbio. Accedieron por una escalera estrecha a otro piso en el que había más tarros.

– No le arriendo la ganancia al pobre que tenga que echarles formol -dijo Devlin con la respiración entrecortada por la subida.

Rebus escudriñó el contenido de uno de aquellos cilindros de cristal y vio un rostro de recién nacido que le pareció distorsionado hasta que se percató de que estaba unido a dos cuerpecitos. Se trataba de unos siameses unidos por la cabeza, cuyas caras formaban un todo. Él, acostumbrado a ver horrores, se quedó absorto contemplándolo con sombría fascinación. Pero había más: fetos deformes y cuadros, casi todos del siglo XIX, de soldados con los miembros amputados por efecto de un cañonazo o disparos de fusil.

– Este es mi preferido -dijo Devlin.

En medio de aquel escenario del horror, el patólogo le mostraba algo apacible, el retrato de un joven que esbozaba una sonrisa dirigida al pintor. Rebus leyó el rótulo.

– «Doctor Kennet Lovell, febrero, 1829.»

– Lovell fue uno de los anatomistas que hicieron la disección del cadáver de William Burke, y es probable que fuese él quien certificó su muerte después de ahorcado. Para este retrato posó un mes después.

– Parece un hombre satisfecho -dijo Rebus.

– ¿Verdad que sí? -replicó Devlin con los ojos brillantes-. Lovell era también artesano y trabajaba la madera, igual que Deacon William Brodie, de quien habrá oído hablar.

– Caballero de día, ladrón de noche -respondió Rebus.

– Y quizás el modelo en que se inspiró Stevenson para Doctor Jekyll y Mr Hyde. Stevenson tuvo de niño en su cuarto un armario obra de Brodie…

Rebus seguía contemplando el retrato. Lovell tenía unos ojos muy negros, barbilla partida y cabello negro abundante. No había duda de que el artista le había favorecido quizá quitándole años y unos cuantos kilos. De cualquier forma, Lovell era guapo.

– Es interesante lo de la hija de los Balfour -dijo Devlin.

Rebus se volvió hacia él, sorprendido. El anciano, con la respiración ya sosegada, no apartaba la vista del cuadro.

– ¿Por qué? -preguntó Rebus.

– Por los ataúdes que se encontraron en Arthur's Seat… y que la prensa vuelva sobre el tema -contestó, y se dio la vuelta hacia Rebus-. Se dice que representan a las víctimas de Burke y Haré…

– Sí.

– Y ahora, ese nuevo ataúd a modo de recuerdo de la joven Philippa.

– ¿Lovell trabajaba la madera? -preguntó Rebus mirando de nuevo el retrato.

– Obra suya es la mesa que tengo en el comedor -respondió Devlin.

– ¿Por eso la compró?

– Es un memento de los primeros tiempos de la anatomía patológica, inspector. La historia de la cirugía es la historia de Edimburgo -dijo Devlin inspirando con fuerza por la nariz y lanzando un suspiro-. ¿Sabe que lo echo de menos?

– Yo no lo echaría de menos.

Se apartaron del retrato.

– En cierto modo, fue un privilegio. Es fascinante lo que nuestro exterior animal oculta -añadió Devlin dándose unos golpecitos en el pecho para ilustrar sus palabras.

Rebus no quiso decir nada; para él, el cuerpo no era más que el cuerpo y, cuando éste perecía, todo cuanto pudiera hacerlo interesante desaparecía. Habría querido expresarlo, pero sabía que no estaba a la altura de la elocuencia del viejo patólogo.

Regresaron al vestíbulo principal y Devlin se volvió hacia él.

– Escuche, debería usted unirse a nosotros en la cena. Tiene tiempo de ir a casa a cambiarse.

– Creo que no -respondió Rebus-. Sólo se hablará de temas profesionales, como ha dicho usted.

Por otra parte, aunque se lo calló, no tenía esmoquin.

– Seguro que lo pasaría bien -insistió Devlin-. Precisamente por esto de lo que hemos estado hablando.

– ¿Por qué? -replicó Rebus.

– El conferenciante es un sacerdote católico que va a disertar sobre la dicotomía entre cuerpo y espíritu.

– Ahora sí que no lo sigo -dijo Rebus.

Devlin sonrió.

– Me parece que usted finge ser más ignorante de lo que es. Supongo que eso en su profesión es provechoso.

Rebus se encogió de hombros.

– ¿Ese conferenciante no será el padre Conor Leary? -añadió.

Devlin abrió los ojos sorprendido.

– ¿Lo conoce? Pues razón de más para que acuda.

– Tal vez venga a tomar una copa antes de la cena -repuso Rebus, no muy convencido.

* * *

En Saint Leonard encontró a Ellen Wylie enfadada.

– Su concepto de «pausa» es muy distinto del mío -dijo. -Me he encontrado con un conocido -alegó él.

Ella no dijo nada más pero Rebus se percató de que se lo estaba conteniendo, porque no relajaba su expresión de disgusto, y cuando cogió el teléfono lo hizo con premeditación. Parecía como si esperase alguna disculpa por su parte, o algún elogio. Rebus no dijo nada hasta que la vio coger otra vez el teléfono.

– ¿Estás molesta por lo de la conferencia de prensa?

– ¿Qué? -replicó ella colgando furiosa.

– Ellen -añadió él-, no vayas a pensar…

– ¡A mí no me hable en tono condescendiente!

Rebus alzó los brazos en gesto conciliador.

– De acuerdo, no te pongas así. Perdona si te he parecido condescendiente, sargento Wylie.

Ella lo miró furiosa; después, su expresión cambió y se hizo más relajada, forzó una sonrisa y se frotó las mejillas.

– Lo siento -dijo.

– Yo también. -Ella lo miró-. Por haberme retrasado -añadió encogiéndose de hombros-. Habría debido llamar. Pero ahora conoces mi secreto.

– ¿Cuál?

– Que para conseguir una disculpa de John Rebus hay que machacar un teléfono.

Wylie se echó a reír. No era una risa totalmente franca y revelaba cierta histeria, pero por lo visto le hizo mucho bien y los dos reanudaron el trabajo.

Pese a ello, poco sacaron en limpio, pero Rebus dijo que no se preocupase porque era normal no avanzar mucho al principio. Ella se puso el abrigo y le preguntó si quería ir a tomar una copa.

– Tengo un compromiso -respondió él-. Otro día, ¿de acuerdo?

– Claro -dijo ella como dudando que fuese verdad.

Se tomó una copa él solo antes de acercarse al Colegio de Médicos: un Laphroaig con un pelín de agua para rebajarlo. Se lo tomó en un pub que Ellen Wylie no conocía, porque no quería tropezarse con ella después de haberse negado a acompañarla. Iba a necesitar tomarse unas copas para decirle que se equivocaba y que la fallida conferencia de prensa no era el fin de su carrera. Gill Templer le había cogido manía, de eso no había duda, pero Templer no era tan imbécil para dejar que aquello evolucionase hacia una enemistad. Wylie era una buena agente de policía e inteligente. Ya tendría otra oportunidad. Si Templer seguía relegándola, ella sería la primera perjudicada.

– ¿Otra? -preguntó el camarero.

Rebus consultó el reloj.

– Sí, póngamela.

Le agradaba aquel local pequeño y anónimo apartado del ajetreo del centro. No tenía ni letrero fuera y estaba en una callecita donde sólo los parroquianos debían de encontrarla. En un rincón había dos clientes habituales sentados muy erguidos con la vista clavada en la pared de enfrente sosteniendo un diálogo escueto y gutural. La televisión estaba sin sonido, pero el camarero la miraba: era un drama norteamericano de tribunales con mucho movimiento, paredes grises y algunos primeros planos de una mujer que intentaba parecer preocupada y se retorcía las manos para reforzar su expresión facial. Rebus pagó la consumición y echó el resto de la primera en el nuevo vaso escurriendo hasta la última gota. Uno de los ancianos tosió y resopló al tiempo que su compañero decía algo y él asentía con la cabeza.

– ¿Qué sucede? -preguntó Rebus sin poderlo evitar.

– ¿Cómo?

– En la película. ¿De qué se trata?

– De lo de siempre -contestó el camarero, como si la rutina diaria fuese aplicable hasta a los dramas televisivos-. ¿Qué tal le ha ido el día a usted?

La frase sonó algo forzada, como si el hombre no tuviera costumbre de dar conversación a los clientes.

Rebus pensó en posibles respuestas. Una era la posibilidad de que hubiera por ahí un asesino en serie desde los años setenta; otra, la casi seguridad de que a una desaparecida la encontrasen muerta; o bien, un solo rostro deformado compartido por dos hermanos siameses.

– Uf -dijo al fin, al tiempo que el camarero asentía con la cabeza como si fuese exactamente la respuesta que esperaba.

Rebus se marchó poco después y tras un breve paseo por Nicholson Street llegó ante la puerta principal del Colegio de Médicos, que ya estaba abierta, como había explicado el profesor Devlin, para que entraran los invitados, que comenzaban a llegar. Él no tenía tarjeta de invitación, pero con una explicación y su carnet de policía le franquearo n la entrada. Los que ya llevaban un rato allí charlaban vaso en mano en el descansillo de la primera planta. Rebus subió y vio que la sala estaba dispuesta para el banquete y los camareros corrían de aquí para allá ultimando los preparativos. Justo a la entrada habían dispuesto una mesa sobre caballetes cubierta con un mantel blanco en la que no faltaban vasos y botellas. El personal de servicio llevaba chaleco negro sobre la camisa blanca recién planchada.

– ¿Qué toma el señor?

Rebus pensó en otro whisky, pero lo cierto es que cuando llevaba tres o cuatro no sabía parar. Y si paraba la resaca llegaría aproximadamente a la hora en que había quedado con Jean.

– Un zumo de naranja -dijo.

– Virgen santa, ahora puedo morir en paz.

Rebus se volvió sonriente.

– ¿Y eso por qué? -replicó.

– Porque era lo único que me faltaba por ver en este mundo. Dele a este hombre un whisky y no sea tacaño -dijo tajante al camarero, que se detuvo cuando iba a servir el zumo y miró a Rebus.

– Un zumo -insistió él.

– Ah, bueno, tu aliento huele a whisky -dijo el padre Conor Leary-, así que si no te has vuelto abstemio tendrás otro motivo para no beber… ¿Tiene algo que ver el bello sexo? -añadió pensativo.

– Se ha equivocado de profesión -comentó Rebus.

El padre Leary soltó una carcajada.

– ¿Quieres decir que habría sido un buen policía? Pues no te digo que no. Ya sabe -añadió mirando al camarero, quien sin decir lo más mínimo le tendió un whisky bien servido. Leary asintió con la cabeza.

– ¡Slainte! -dijo.

– ¡Slainte! -dijo Rebus dando un trago de zumo.

Conor Leary tenía muy buen aspecto desde la última vez que Rebus lo había visto, enfermo y con tantos medicamentos en la nevera que casi no quedaba sitio para las cervezas Guinness.

– Cuánto tiempo -exclamó el sacerdote.

– Ya sabe lo que pasa.

– Ya sé que los jóvenes tenéis poco tiempo para visitar a los enfermos por lo ocupados que estáis con los pecados carnales.

– Hace mucho tiempo que mi carne no entra en contacto con ningún pecado digno de confesar.

– Dios bendito, y carne te sobra -dijo Leary dándole unos golpecitos en la barriga.

– A lo mejor es por eso -terció Rebus-. Usted, por otro lado…

– Ah, ¿qué esperabas, que me achantase y me muriera? Pues no. He decidido comer y beber bien pase lo que pase.

Leary llevaba el alzacuello debajo de un suéter gris de cuello de pico, pantalones azul marino y zapatos negros relucientes. Algo de peso había perdido, pero tenía el estómago y las mejillas caídas; sus cabellos plateados parecían hilos de seda y el flequillo romano ensombrecía sus ojos hundidos. Sostenía el vaso en la mano del mismo modo que un obrero una botella.

– Nosotros no venimos vestidos para el acto -dijo mirando a los invitados de esmoquin.

– Usted, por lo menos, va de uniforme -apuntó Rebus.

– No del todo -replicó Leary-. Me he retirado del servicio activo -añadió con un guiño- pero, aunque dejes las herramientas, cada vez que me pongo el alzacuello para un acto como éste pienso que van a aparecer emisarios papales daga en mano para arrancármelo.

– ¿Es como cuando dejas la legión extranjera?

– ¡Ya lo creo! O como cortarse la coleta.

Estaban los dos riendo cuando se les acercó Donald Devlin.

– Me alegro de que haya venido -dijo a Rebus y tendiendo la mano al sacerdote-. Creo que usted ha sido el factor decisivo, padre -añadió explicándole el encuentro previo con Rebus en el que lo había invitado a la cena-. Invitación que sigue en pie. Estoy seguro de que le gustará la conferencia del padre.

Rebus negó con la cabeza.

– Lo que menos acepta un pagano como John es oír que le expliquen lo que le conviene a su salud espiritual -dijo Leary.

– Exacto -replicó Rebus-. Además, estoy seguro de que ya me lo ha dicho antes.

Cruzó su mirada con Leary y los dos pensaron en las largas conversaciones mantenidas en la cocina del sacerdote, con frecuentes viajes a la nevera y al armario de bebidas. Conversaciones sobre Calvino, el crimen, la fe y el ateísmo, en las que, aunque Rebus estuviera de acuerdo con el sacerdote, siempre asumía el papel de abogado del diablo, postura irreductible que divertía al anciano. Aquellas largas charlas habían sido periódicas hasta que Rebus comenzó a buscar excusas y a eludirlas, pese a que era incapaz de alegar un motivo si Leary le preguntaba en aquel momento. Quizás habría sido porque el cura había comenzado a plantearle puntos irrebatibles y él no tenía tiempo para pensar en ellos. Ese era el juego que se habían traído; Leary, por su parte, estaba convencido de que iba a poder convertir al «pagano».

– Ya que planteas tantos interrogantes, ¿por qué no consientes que alguien te dé las respuestas?

– Quizá porque prefiero las preguntas a las respuestas -había contestado Rebus, y el sacerdote alzaba los brazos en gesto de rendición antes de hacer otro viaje a la nevera.

Devlin preguntó a Leary de qué iba a tratar la conferencia. Rebus advirtió que el profesor llevaba un par de copas encima a juzgar por su rostro sonrosado; sonreía distraído con las manos en los bolsillos. Cuando casi había apurado el zumo aparecieron Gates y Curt, ambos patólogos casi con idéntico atuendo, lo que acentuaba más de lo normal su proverbial condición de dúo.

– ¡Maldita sea! -exclamó Gates-. No falta nadie. Un whisky para mí y una tónica para este marica -añadió al ver que el camarero se acercaba.

– No soy el único -replicó Curt con un bufido señalando con la cabeza el zumo de Rebus.

– Cielos, es cierto; John, dime que es con vodka -bramó Gates-. Pero ¿qué es lo que haces tú aquí? -añadió.

Gates llegaba sudoroso y casi congestionado porque le apretaba el cuello de la camisa. Curt, como de costumbre, se mostraba muy distendido; pese a que había ganado unos kilos seguía siendo esbelto, aunque su cara era gris.

«Es que no veo la luz del sol», era la explicación que siempre daba. Más de un agente uniformado de Saint Leonard lo llamaba Drácula.

– Quería veros a vosotros dos -dijo Rebus.

– La respuesta es no -contestó Gates.

– Pero si no sabes lo que voy a decir…

– Por el tono de voz sé que vas a pedirnos un favor alegando que es algo sencillo, que resultará complicadísimo.

– Se trata de un simple contraste de opinión a propósito de unas antiguas autopsias.

– En este momento no damos abasto de trabajo -dijo Curt.

– ¿De quién son las autopsias? -preguntó Gates.

– No las he recibido aún. Las hacen en Glasgow y Nairn, pero si vosotros las solicitáis activarían el envío.

– ¿No lo decía yo? -exclamó Gates mirando a los otros tres interlocutores.

– John, nos ocupan mucho tiempo las clases de la universidad -terció Curt-. Hay más estudiantes, más materias y pocos profesores.

– Sí, ya sé que… -comenzó a decir Rebus.

Gates alzó su fajín y señaló el busca que llevaba en la cintura.

– Incluso ahora mismo podemos recibir aviso de que hay un cadáver para examinar.

– Me da la impresión de que no los convences -dijo Leary riendo.

Rebus miró a Gates fijamente.

– Hablo en serio -insistió.

– Y yo. La primera noche libre que tengo desde hace siglos y tú vienes a pedirme uno de tus famosos «favores».

Rebus pensó que era inútil insistir si Gates no estaba de humor; quizás había tenido un mal día en el trabajo. Era algo humano.

Devlin carraspeó.

– Quizá yo podría…

– Ahí tienes, John -dijo Leary dando unas palmadas en la espalda del profesor-Una víctima propiciatoria.

– Sé que llevo varios años jubilado, pero no creo que hayan cambiado mucho teoría y práctica.

Rebus lo miró.

– Bueno, la verdad es que el caso más reciente es de 1982.

– Donald aún le daba al escalpelo en 1982 -dijo Gates, y Devlin asintió despacio con la cabeza.

A Rebus no acababa de satisfacerle aquella solución porque él quería alguien con influencia como Gates.

– Se aprueba la moción -dijo Curt decidiendo por él.

* * *

Siobhan Clarke estaba en su casa viendo la televisión. Había intentado hacerse una cena decente, pero lo había dejado a medias al poco de empezar a cortar los pimientos rojos; optó por guardarlo todo en la nevera y calentarse algo preparado del congelador. Allí estaba el envase vacío, en el suelo, delante del sofá, donde reflexionaba sentada sobre las piernas y la cabeza apoyada en un brazo. Tenía el portátil en la mesita, pero había desconectado el móvil porque no pensaba que Programador volviera a llamar. Cogió el bloc y miró la clave. Había gastado hojas y hojas combinando posibles anagramas y significados. Seven fins high is king… y las alusiones a la reina y «el busto». A ella le sonaba a juego de naipes, pero el manual de juegos de naipes que había sacado de la Biblioteca Central no le había servido de nada. Se estaba planteando si no convendría darle otro repaso, cuando sonó el teléfono.

– Diga.

– Soy Grant.

Siobhan bajó el volumen de la tele.

– ¿Qué sucede?

– Creo que a lo mejor tengo la solución.

– Cuál es -dijo ella balanceándose para apoyar los pies en el suelo.

– Prefiero enseñártela.

Se oía mucho ruido de fondo en la comunicación y Siobhan se puso en pie.

– ¿Me hablas desde el móvil? -preguntó.

– Sí.

– ¿Dónde estás?

– Enfrente de tu casa.

Siobhan se acercó a la ventana y vio el Alfa de Grant en medio de la calle. Sonrió.

– Aparca. Mi timbre es el segundo por arriba.

Cuando acababa de llevar a la cocina los platos sucios sonó el portero automático. Comprobó que era Hood y pulsó la tecla para abrirle. Estaba esperándolo con la puerta abierta cuando él salvó los últimos peldaños.

– Perdona que sea tan tarde -dijo- pero no podía aguantármelo.

– ¿Quieres café? -preguntó ella cerrando la puerta.

– Sí, gracias; con dos terrones de azúcar.

Llevaron los cafés al cuarto de estar.

– Bonito piso. Me gusta -dijo él.

Se sentó junto a ella en el sofá y puso la taza en la mesita, luego sacó del bolsillo un plano de Londres.

– ¿Londres? -preguntó ella.

– He repasado todos los reyes posibles de la Historia y todo lo relacionado con la palabra «king» -explicó alzando la guía en cuya cubierta aparecía un mapa del metro de Londres.

– ¿La estación de King's Cross? -aventuró ella.

Él asintió con la cabeza.

– Mira.

Ella cogió la guía. Notó que Grant estaba nervioso.

– Seven fins high is king -dijo él.

– ¿Y tú crees que se refiere a King's Cross?

Grant se arrimó y señaló con el dedo la línea azul que cruzaba la estación.

– ¿No ves? -preguntó.

– No -respondió ella muy seria-. Explícamelo.

– Una parada más al norte de King's Cross.

– Highbury Islington.

– Una más.

– Finsbury Park… Seven Sisters.

– Ahora hacia atrás -dijo él casi saltando de impaciencia.

– No vayas a orinarte -replicó ella mirando el plano-. Seven Sisters… Finsbury Park… Highbury & Islington… King's Cross. -En aquel momento lo entendió y miró a Grant-. Enhorabuena -dijo.

Grant se inclinó y le dio un apretón del que ella se zafó. A continuación, él se levantó y dio una palmada.

– No podía creérmelo -explicó-. De pronto me vino la idea y dije: «Es la línea Victoria».

Ella asintió con la cabeza; efectivamente, se trataba de un tramo del metro de Londres.

– Pero ¿qué significa? -preguntó.

Él volvió a sentarse y se inclinó con los codos apoyados en las rodillas.

– Eso es lo que tenemos que averiguar.

Ella se apartó un poco de él y cogió el bloc y leyó.

– «La reina come delante del busto» -dijo mirándolo, pero él se encogió de hombros.

– ¿Habrá que encontrar la solución en Londres?

– No lo sé -respondió él-. ¿En el palacio de Buckingham? ¿En Queen's Park? Podría ser Londres -añadió encogiéndose de hombros.

– ¿Qué significan esas estaciones de metro?

– Todas ellas están en la línea Victoria -respondió él.

Se miraron el uno al otro.

– La reina Victoria -dijeron al unísono.

Siobhan tenía una guía de Londres comprada para un fallido fin de semana. Tardó un rato en encontrarla mientras Grant ponía en marcha el ordenador para iniciar una búsqueda en Internet.

– Podría ser el nombre de un pub -aventuró.

– Sí -dijo ella leyendo-. O el museo Victoria & Albert.

– O la estación Victoria, que también está en la misma línea y en donde hay asimismo una estación de autobuses con la peor cafetería de Inglaterra.

– ¿Hablas por experiencia?

– Fui algunos fines de semana en autobús en mis tiempos de estudiante y no me gustó -respondió pasando unas líneas de texto en la pantalla.

– ¿No te gustó el autobús o Londres?

– Ninguna de las dos cosas. Eso de bust ¿qué será?

– Lo más probable es que sea una escultura -dijo ella-. Quizás en Queen Victoria con un restaurante enfrente.

Trabajaron en silencio un buen rato hasta que a Siobhan comenzaron a escocerle los ojos y se levantó a hacer más café.

– Dos terrones -pidió Grant.

– Lo sé -dijo ella mirándolo inclinado sobre el ordenador moviendo una rodilla de arriba abajo. Quería pedirle disculpas por haber esquivado el apretón, para que no se lo tomara a mal, pero sabía que ya no venía al caso.

Cuando volvió con las dos tazas le preguntó si había encontrado algo.

– Sitios turísticos -respondió él cogiendo el café y dándole las gracias.

– ¿Por qué tiene que ser Londres? -preguntó ella.

– ¿Por qué lo dices? -dijo él, sin dejar de ver la pantalla.

– Por si fuera en algún lugar más cercano.

– Quizá Programador viva en Londres, pero no lo sabemos.

– Es verdad.

– ¿Y quién dice que Flip Balfour fuera la única que jugaba a este juego? Para mí que debe haber, o ha habido, algún sitio en la red en el que se pueda entrar si quieres participar en el juego. No todos los jugadores van a vivir en Escocia.

Siobhan asintió con la cabeza.

– Yo no sé si Flip sería lo bastante inteligente para dar con la clave -dijo.

– Claro que sí. Si no, no habría llegado al siguiente nivel.

– Pero a lo mejor éste es otro juego -alegó ella, y él la miró-. A lo mejor, éste es un juego sólo para nosotros.

– Ya se lo preguntaré a ese cabrón si logro dar con él.

Media hora más tarde, Grant consultaba una lista de restaurantes de Londres.

– No puedes hacerte una idea de la cantidad de calles y avenidas Victoria que hay en esta maldita ciudad, y en la mitad de ellas hay un restaurante con ese mismo nombre.

Se recostó en el sofá y estiró la espalda como si estuviera exhausto.

– Y eso que no hemos mirado los pubes -dijo Siobhan apartándose el pelo de la frente-. Además…

– ¿Qué?

– La primera parte de la clave la has acertado estupendamente, pero ahora estamos colgados mirando listas. ¿Es que él espera que vayamos a Londres y recorramos todos los cafés y puestos de patatas fritas buscando un busto de la reina Victoria?

– Por mí, que espere sentado -dijo Grant en tono despectivo.

Siobhan miró el libro de juegos de naipes. Había estado un par de horas consultándolo sin encontrar nada útil después de haberlo conseguido justo cinco minutos antes de que cerraran la biblioteca, gracias a dejar el coche mal aparcado en Victoria Street arriesgándose a una multa…

– ¿Victoria Street? -pensó en voz alta.

– Sí, pero ¿cuál? Hay docenas.

– Pero algunas están en Edimburgo.

– Sí, claro -añadió él mirándola.

Grant bajó a coger del coche el atlas del servicio de cartografía de Escocia este y central, lo abrió por el índice y pasó el dedo por la lista.

– Parque Victoria…; hay un Hospital Victoria en Kirkcaldy y, en Edimburgo, dos calles -dijo mirándola-. ¿Tú qué crees?

– Creo que en Victoria Street hay un par de restaurantes.

– ¿Y estatuas?

– Afuera no.

Grant miró el reloj.

– Ya no estarán abiertos, ¿verdad?

Siobhan negó con la cabeza.

– Es lo primero que haremos mañana -dijo-. El desayuno lo pago yo.

* * *

Rebus y Jean estaban en el salón Palm Court. Ella tomaba un vodka y él un Macallan de diez años. El camarero había dejado en la mesa una jarrita de agua, pero Rebus no la había tocado. Hacía años que no había entrado en el Hotel Balmoral, que en sus tiempos se llamaba North British y que desde entonces había cambiado un poco. Pero Jean no parecía muy interesada por el lugar, y menos después de lo que él le había contado.

– ¿Así que es posible que se trate de asesinatos? -preguntó Jean Burchill.

Las luces del local eran discretas y un pianista animaba el ambiente con melodías que Rebus recordaba, aunque dudaba de que Jean reconociese alguna.

– Es posible -dijo.

– ¿Y lo basa todo en esas muñecas?

Sus miradas se cruzaron y él asintió con la cabeza.

– Tal vez me exceda, pero requiere investigación -contestó Rebus.

– ¿Y por dónde piensa empezar?

– Tienen que enviarnos los informes del primer caso. -Hizo una pausa al advertir que ella tenía bañados los ojos en lágrimas-. ¿Qué sucede?

Ella sorbió por la nariz y buscó un pañuelo en el bolso.

– Es que… pensar que he tenido guardados tanto tiempo esos recortes de prensa… Si se los hubiera dado antes a la policía…

– Jean -dijo él cogiéndole la mano-, ustedes simplemente tenían unas noticias sobre el hallazgo de unas muñecas en ataúdes.

– Sí, claro.

– Es ahora cuando tal vez pueda ayudarnos.

Jean no encontraba el pañuelo y cogió la servilleta de papel para enjugarse los ojos.

– ¿De qué modo? -preguntó.

– Este asunto se remonta al año 1972. Me interesa saber si en aquella época hubo alguien que mostrara interés por las piezas de Arthur's Seat. ¿Podría usted averiguarlo?

– Por supuesto.

– Gracias -dijo Rebus dándole otro apretón en la mano.

Ella le dirigió una sonrisa desmayada, cogió su vodka y lo apuró dejando sólo el hielo.

– ¿Quiere otro? -preguntó Rebus.

Ella negó con la cabeza y miró el local.

– Me da la impresión de que no es ésta la clase de bar que a usted le agrada -dijo.

– ¿Ah, sí? ¿Qué tipo de bares cree que me gustan?

– Yo creo que se encontraría más a gusto en un bar más pequeño, lleno de humo y de hombres amargados.

Le sonreía y él asintió con la cabeza.

– Es usted muy perspicaz -dijo.

Ella volvió a echar una mirada al salón y su sonrisa se desvaneció.

– Estuve aquí hace una semana, y lo pasamos tan bien… Parece que hubiera transcurrido mucho más tiempo.

– ¿Qué celebraban?

– El ascenso de Gill. ¿Cree usted que lo hace bien?

– Gill es Gill y sabrá arreglárselas. -Hizo una pausa-. Por cierto, ¿sigue molestándola ese periodista?

– Es muy insistente -respondió ella con una leve sonrisa-. Quiere saber de qué más hablé en casa de Bev Dodds. -Ya se había sobrepuesto-. Tengo que volver; seguramente encontraré taxi…

– Le prometí acompañarla a casa -dijo Rebus, haciendo una señal a la camarera para que le cobrase.

Tenía el coche aparcado en el puente North. Soplaba un viento frío y Jean se detuvo a contemplar la vista del monumento a Walter Scott, el castillo y el parque Ramsay.

– Esta ciudad es preciosa -dijo.

Rebus no podía negarlo, aunque ahora apenas la veía, pues Edimburgo ya no era para él más que un estado mental, una trama de ideas delictivas y bajos instintos. Le gustaba su tamaño mediano y le gustaban los bares, pero su apariencia externa había dejado de impresionarle hacía mucho tiempo. Jean se arropó con el abrigo.

– Cada rincón conserva algo, trozos de historia -explicó mirándolo, y él asintió con la cabeza, pero pensaba en los suicidios en que había intervenido y en las personas que se lanzaban desde el puente North, quizá por no llegar a ver la ciudad de la que ella hablaba.

– No me cansaría de contemplar esta vista -añadió Jean cuando volvían al coche.

Él asintió otra vez con la cabeza por no decepcionarla, pues para Rebus el puente no era para contemplar panorámicas sino el escenario preparado para una muerte.

Cuando arrancó, ella le pidió que pusiera música; Rebus conectó el casete y el coche se llenó con un estallido de En busca de espacio, de Hawkwind.

– Lo siento -dijo expulsando la cinta, mientras ella buscaba en la guantera entre las cintas de Hendrix, Cream y Rolling Stones-. Seguramente no es la música que le gusta.

– ¿No tiene Electric Ladyland por casualidad? -preguntó ella cogiendo una cinta de Hendrix.

Rebus la miró y sonrió.

Hendrix fue la música de fondo durante el camino hasta Portobello.

– ¿Por qué se hizo policía? -preguntó ella repentinamente.

– ¿Tan extraña es la profesión?

– Eso no es una respuesta.

– Cierto -dijo él mirándola y sonriendo; ella asintió con un gesto sin insistir, concentrándose en la música.

Portobello era el último lugar al que Rebus habría pensado en mudarse cuando dejara Arden Street. Tenía playa y una calle principal con tiendas. En su momento había sido un lugar estupendo, zona de asueto de la burguesía para bañarse y disfrutar de la brisa marina y, aunque ya no era tan elegante, el mercado de la vivienda iba imponiendo allí la rehabilitación; los que no podían permitirse una casa en el centro de Edimburgo se trasladaban a «Porty», donde aún quedaban enormes casas georgianas, aunque sin el prestigio propio. La casa de Jean estaba en una bocacalle próxima al paseo marítimo.

– ¿Es suya? -preguntó Rebus mirando la casa a través del parabrisas.

– La compré hace años, cuando Portobello no estaba tan de moda. -Hizo una pausa, indecisa-. ¿Quiere subir hoy a tomar café?

Sus miradas se cruzaron. La de Rebus interrogante y la de ella vacilante, hasta que ambos esbozaron una sonrisa.

– Encantado -contestó.

En el momento en que quitaba la llave de contacto sonó el móvil.

* * *

– Pensé que querría saberlo -dijo Donald Devlin con voz temblorosa.

Rebus asintió con la cabeza. Estaban tras la impresionante puerta del Colegio de Médicos; en la planta de arriba había grupos hablando en un susurro, y en la calle aguardaba un furgón del depósito de cadáveres junto a un coche de policía con ráfagas intermitentes que bañaban del azul de las luces giratorias la fachada del edificio.

– ¿Cómo fue? -preguntó Rebus.

– Un ataque cardíaco, al parecer. Estaba con un grupo junto a la barandilla tomándose un coñac después de la cena -añadió Devlin señalando hacia arriba- y de pronto empalideció, se apoyó en el pasamanos y todos pensaron que era para vomitar, pero el peso lo venció y cayó abajo.

Rebus miró el suelo de mármol, con leves restos de sangre. Siguieron fumando y hablando sobre el trágico acontecimiento. Cuando Rebus levantó la vista para mirar otra vez a Devlin, le pareció que el anciano lo examinaba como si fuera un espécimen en un frasco de formol.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó el profesor. Rebus asintió con la cabeza-. Tengo entendido que eran ustedes muy amigos…

Rebus no contestó. Sandy Gates se les acercó enjugándose la cara con algo parecido a una servilleta del banquete.

– Ha sido terrible -dijo-. Seguramente habrá que hacer la autopsia.

En ese momento sacaban el cadáver en una bolsa de plástico cubierta con una manta. Rebus resistió la tentación de hacerlos detenerse para abrir la cremallera. No, que el último recuerdo de Conor Leary fuese el de un hombre animado tomando una copa con él.

– La disertación fue extraordinaria -explicó Devlin-. Fue una especie de historia completa sobre el cuerpo humano. Desde el concepto de sacramento hasta el de Jack el Destripador como arúspice.

– ¿Aru…, qué?

– El que lee el destino en entrañas de animales.

Gates eructó.

– Yo, la mitad no la entendí -dijo.

– Y la otra mitad te dormiste, Sandy -añadió Devlin con una sonrisa-. Hizo una exposición exhaustiva sin tener que leer ni una nota -explicó admirado volviendo a alzar la vista al primer piso-. La caída del Hombre fue el punto de partida de la charla -precisó buscando un pañuelo en el bolsillo.

– Tenga -dijo Gates tendiéndole la servilleta.

Devlin se sonó ruidosamente.

– La caída del Hombre, y luego él mismo cayó -insistió Devlin-. Quizá tuviese razón Stevenson.

– ¿En qué?

– En calificar a Edimburgo como «ciudad de precipicios». Quizás el vértigo sea intrínseco al lugar…

Rebus comprendió lo que Devlin quería decir. Ciudad de precipicios… por los que sus habitantes caían lentamente casi sin darse cuenta…

– La cena fue horrible, por otro lado -añadió Gates, como si quisiera decir que habría preferido que Conor Leary hubiese muerto después de un banquete memorable. Indudablemente, se dijo Rebus, el propio Conor habría pensado lo mismo.

En la calle, Rebus se unió al doctor Curt, que estaba fumando.

– Te telefoneé -dijo Curt-, pero ya te habías marchado de la comisaría.

– Fue el profesor Devlin quien logró finalmente comunicarse conmigo.

– Sí, eso ha dicho. Creo que se percató del vínculo que había entre vosotros dos.

Rebus asintió despacio con la cabeza.

– Había estado muy enfermo, ya sabes -prosiguió Curt en aquel tonillo neutro como de quien dicta algo-. Esta noche estuvo hablándonos de ti.

Rebus carraspeó.

– ¿Qué dijo?

– Que a veces eras como una penitencia para él. Pero lo dijo riendo -añadió Curt sacudiendo la ceniza del cigarrillo, al tiempo que un latigazo azul cruzaba su rostro.

– Era un buen amigo -reconoció Rebus. «Y yo le abandoné», pensó.

Había tantas amistades a las que había dejado por preferir la compañía del sillón junto a la ventana en el cuarto de estar a oscuras… Las personas con las que había intimado en otros tiempos compartían todas una tendencia a sufrir accidentes, a morir incluso. Pero no era eso; no era eso. Pensó en Jean y en si podían llegar a algo. ¿Estaba dispuesto a compartir su vida con alguien? ¿Estaba preparado para dejarla entrar en sus secretos, en su oscuridad? No estaba seguro. Aquellas conversaciones con Conor Leary habían sido como confesiones en las que probablemente había revelado al sacerdote cosas sobre sí mismo que no había contado a nadie, ni siquiera a su esposa, o a su hija, ni a sus amantes. Había muerto, para ir al cielo quizás, aunque a dar guerra, eso sí, polemizando con los ángeles y en busca de una Guinness y de un buen razonamiento.

– ¿Te encuentras bien, John? -preguntó Curt estirando el brazo y tocándole el hombro.

Rebus negó despacio con la cabeza cerrando los ojos. Curt no entendió lo que decía y tuvo que repetírselo:

– No creo que exista el cielo.

Eso era lo terrible. Esta vida era lo único que había. Después, nada. Ninguna posibilidad de borrón y cuenta nueva.

– Vamos, vamos -dijo Curt, incómodo a ojos vistas en su papel poco habitual de consolador, tocándole con una mano más acostumbrada a extraer vísceras en las disecciones-. Se te pasará.

– ¿Sí? -replicó Rebus-. Entonces, no hay justicia en este mundo.

– De eso sabes tú más que yo.

– Ah, desde luego -dijo Rebus respirando hondo y expulsando el aire. Sentía el sudor enfriándosele bajo la camisa-. Se me pasará -añadió en voz baja.

– Claro que sí -asintió Curt apurando el cigarrillo y aplastándolo en el césped con el talón-. Como dijo Conor, aunque se rumoree lo contrario, estás de parte de los ángeles. Lo quieras o no -añadió quitándole la mano del hombro.

Devlin llegó presuroso hacia ellos.

– ¿Les parece que debo llamar un taxi?

– ¿Qué dice Sandy? -preguntó Curt mirándolo.

Devlin se quitó las gafas y las limpió meticulosamente.

– Me ha dicho que no me pase de «pragmático» -respondió volviendo a ponerse las gafas.

– Yo tengo el coche -dijo Rebus.

– ¿Se encuentra bien para conducir? -preguntó Devlin.

– ¡No es mi padre quien ha muerto! -vociferó Rebus, pero se disculpó inmediatamente por el exabrupto.

– Todos tenemos nuestro momento emocional -dijo Devlin quitándole importancia.

Se quitó las gafas y volvió a limpiarlas como si el mundo no acabara de estar lo bastante nítido para sus ojos.

Capítulo 7

El martes a las once de la mañana, Siobhan Clarke y Grant Hood iniciaban el recorrido de Victoria Street. Cruzaron el puente George IV olvidando que Victoria Street era dirección única y Grant lanzó una maldición al ver el indicador, pero tuvo que seguir el lento tráfico hasta el semáforo de Lawnmarket.

– Aparca junto al bordillo -dijo Siobhan, pero él negó con la cabeza-. ¿Por qué no?

– Ya anda fino el tráfico para que encima lo empeoremos.

Ella se echó a reír.

– ¿Siempre cumples las normas, Grant?

– ¿Qué quieres decir? -replicó él mirándola.

– Nada.

Grant, sin otra observación, puso el intermitente izquierdo mientras aguardaban detrás de tres coches a que cambiara el semáforo. Siobhan no pudo reprimir una sonrisa. Grant tenía un coche deportivo sólo por aparentar porque, en realidad, era un muchachito considerado.

– ¿Sales con alguien? -preguntó ella al cambiar el semáforo.

Grant reflexionó un instante.

– En este momento no -dijo al fin.

– Yo había pensado que Ellen Wylie y tú…

– ¡Sólo hemos trabajado juntos en un caso! -replicó él.

– Vale, vale. Es que me pareció que hacíais buenas migas.

– Nos llevábamos bien.

– Es lo que quiero decir. ¿Qué sucedió?

Grant se ruborizó.

– ¿Qué quieres decir?

– Estaba pensando si no habrá tenido algo que ver la diferencia de rango. Hay hombres que no lo aceptan.

– ¿Porque ella sea sargento y yo un simple agente?

– Sí.

– Pues no. Nunca le di importancia.

Llegaron a una glorieta cuya salida derecha llevaba al castillo, y tomaron la izquierda.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Siobhan.

– Voy a seguir hasta West Port, a ver si hay suerte y encontramos sitio en Grassmarket.

– Me apuesto algo a que pagas en los parquímetros.

– A menos que quieras hacerlo tú.

– Yo me arriesgo, muchacho -respondió ella sarcástica.

Encontraron sitio y Grant echó dos monedas en la máquina, extrajo tique y lo sujetó con el parabrisas.

– ¿Bastará con media hora? -preguntó.

– Depende de lo que encontremos -dijo Siobhan encogiéndose de hombros.

Pasaron por delante del pub La Ultima Caída, cuyo nombre aludía a la horca que en tiempos históricos se alzaba en Grassmarket. Victoria Street era una calle que discurría haciendo una curva hasta el puente Jorge IV, llena de bares y tiendas de regalos, pero en su extremo abundaban los pubes y las discotecas. Había un local que era a la vez bar cubano y restaurante.

– ¿Tú qué crees? -preguntó Siobhan.

– No hay ninguna estatua, aunque no me habría extrañado que tuvieran una de Fidel Castro.

Cuando llegaron al final de la calle volvieron hacia atrás por la otra acera. Había tres restaurantes, una tienda de quesos y otra de escobillas y cuerdas. En una llamada Pierre Victoire se detuvieron, miraron por el escaparate y Siobhan comprobó que era un local casi vacío con escasa decoración. Entraron sin molestarse en identificarse, pero salieron inmediatamente.

– Uno eliminado. Quedan dos -dijo Grant muy poco animado.

El siguiente se llamaba Grain Store y se accedía a él por una escalera. Estaban preparándose para la hora del almuerzo, pero no había estatuas.

Cuando bajaban, Siobhan repitió la clave: «La reina cena bien ante el busto» y movió la cabeza desalentada.

– A lo mejor no tiene nada que ver.

– Pues lo único que podemos hacer es enviar otro mensaje y pedir ayuda a Programador.

– No creo que nos ayude.

Grant se encogió de hombros.

– ¿Podemos tomarnos un café en el siguiente? Yo he salido sin desayunar.

– ¡Qué pensaría tu mamá! -dijo Siobhan.

– Pensaría que me dormí y yo le diría que fue porque me pasé media noche tratando de resolver la maldita adivinanza. -Hizo una pausa-. Y porque alguien prometió invitarme.

El último era el restaurante Bleu. Anunciaba «cocina internacional» pero, al entrar, notaron su ambiente tradicional: paneles de madera barnizados y una ventana pequeña que iluminaba el reducido interior. Siobhan miró a su alrededor y no vio ni un jarrón.

Se volvió hacia Grant, quien señaló una escalera de caracol.

– Tiene otro piso planta -dijo.

– ¿Qué se les ofrece? -preguntó una empleada.

– Un momento -respondió Grant siguiendo a Siobhan escaleras arriba.

Había dos saloncitos y cuando entraban en el segundo oyó que Siobhan lanzaba un suspiro como defraudada, pero enseguida la oyó exclamar: «¡Bingo!», justo en el momento en que él mismo veía un busto de mármol negro de medio metro de la reina Victoria.

– ¡Hostia, lo encontramos! -exclamó sonriente.

Cuando iba a dar un apretón de alegría a Siobhan, ella se acercó al busto. Estaba situado sobre una peana, entre dos columnas y rodeado de mesas, pero eso era todo.

– Voy a levantarlo -dijo Grant cogiendo a la reina por el tocado y alzándola del pedestal.

– Perdón -interrumpió una voz a sus espaldas-. ¿Sucede algo?

Siobhan metió la mano bajo el busto y retiró una hoja doblada, sonriendo a Grant, quien se volvió hacia la camarera.

– Dos tés, por favor -dijo.

– Uno con dos terrones de azúcar -añadió Siobhan.

Se sentaron a la mesa más cercana y Siobhan agarró la nota por una esquina.

– ¿Habrá huellas? -dijo.

– Valdrá la pena comprobarlo.

Siobhan se levantó y se acercó a una bandeja de cubiertos a coger un cuchillo y un tenedor, y la camarera estuvo a punto de dejar caer los tés pasmada al pensar que aquella clienta se disponía a desayunar una hoja de papel.

Grant cogió las tazas y le dio las gracias.

– ¿Qué dice la nota? -preguntó a Siobhan.

Pero ella miró a la camarera.

– La hemos encontrado ahí debajo -dijo señalando al busto-. ¿Tiene idea de quién pudo haberla dejado?

La camarera negó con la cabeza con gesto de animalito acorralado y Grant se dispuso a tranquilizarla.

– Somos policías -dijo.

– ¿Podríamos hablar con el encargado? -preguntó Siobhan.

Cuando se retiró la camarera, Grant repitió la pregunta a Siobhan.

– Léelo tú mismo -dijo ella dando la vuelta a la hoja hacia él con el tenedor y el cuchillo.

«B4 Law escocés suena dear.»

– ¿Dice eso?

– Lo ves tan bien como yo.

Grant se rascó la cabeza.

– No es muy explícito.

– Tampoco era explícito lo de antes.

– Pero había más datos.

Ella lo miró remover el azúcar del té.

– Si Programador lo ha colocado aquí…

– ¿Es que vive en Edimburgo? -aventuró él.

– O que alguien de aquí lo ayuda.

– Conoce el restaurante, porque alguien que entra por primera vez no va a subir aquí -dijo Grant mirando a su alrededor.

– ¿Tú crees que será un cliente habitual?

Grant se encogió de hombros.

– Veamos qué hay cerca del puente Jorge IV: la Biblioteca Central y la Biblioteca Nacional. Los intelectuales y los ratones de biblioteca son muy dados a las adivinanzas.

– Es cierto. El museo también está cerca.

– Y los juzgados… y el Parlamento -añadió él sonriendo-. Ha habido un momento en que pensé que no andábamos lejos.

– Quizá no -dijo ella alzando la taza en gesto de brindis-. De todos modos, a nuestra salud por haber resuelto la primera clave.

– ¿Cuántas faltan para llegar a Hellbank?

Siobhan reflexionó un instante.

– Eso depende de Programador, supongo. Me dijo que era el cuarto nivel. Después le enviaré un mensaje para explicárselo -contestó Siobhan guardando la hoja en una bolsita de plástico de pruebas mientras Grant pensaba en la clave-. ¿Alguna idea?

– Estaba pensando en ciertas pintadas que hacían en los váteres del colegio -dijo-, pero puede ser parte de una dirección -añadió escribiéndola en una servilleta y encogiéndose de hombros.

– O las coordenadas…

– ¿De un mapa? -preguntó él mirándola.

– Pero ¿de cuál?

– A lo mejor, las otras palabras se refieren a eso. ¿Qué tal andas de leyes escocesas?

– Hace años que pasé el examen.

– Igual que yo. ¿Hay alguna palabra latina para dear o algo que tenga que ver con la ley?

– Podemos consultarlo en la biblioteca -propuso ella-. Y al lado hay una buena librería.

– Voy a echar más monedas al parquímetro -dijo Grant mirando el reloj.

Rebus estaba en su mesa con cinco hojas de papel delante. Todo lo demás lo había puesto en el suelo. La oficina estaba tranquila porque la mayor parte del turno había acudido a Gayfield Square a una sesión informativa. No iba a gustarles la barrera que había organizado mientras estaban fuera, porque además de los papeles del escritorio había obstaculizado el paso entre las mesas con el ordenador, el teclado y la bandeja de entrada de correspondencia.

Tenía cinco vidas sobre su mesa. Cinco víctimas, posiblemente. Por la mañana había podido hablar con la madre de Caroline Farmer, la más joven, que tenía dieciséis años cuando desapareció. Una llamada nada fácil.

– Oh, Dios mío, ¿es que saben algo?

No había tenido más remedio que ahogar con su respuesta aquel grito de esperanza, pero había averiguado lo que quería. No pudieron encontrar a la joven a pesar de que los primeros días, cuando los periódicos publicaron la foto, hubo quienes afirmaron haberla visto. Pero eso fue todo.

– El año pasado vaciamos su habitación -dijo la madre.

Rebus pensó en aquel cuarto esperándola veinticinco años con los mismos pósteres en las paredes, la misma ropa de adolescente de los años setenta bien doblada en los cajones de la cómoda.

– En aquel entonces se pensó que éramos nosotros quienes… -añadió la madre-. ¡Sus propios padres!

Rebus no quiso decirle que, efectivamente, muchas veces es el padre, un tío o un primo el asesino.

– Después empezaron a sospechar de Ronnie.

– ¿El novio de Caroline? -aventuró Rebus.

– Sí. Un chiquillo.

– Pero habían roto, ¿no?

– Ya sabe cómo son los jovenzuelos.

Era como si la mujer hablase de hechos sucedidos hacía un par de semanas. A Rebus no le cabía duda de que debía tener frescos los recuerdos, siempre rondando para atormentarla durante el día, y quizá de noche.

– Pero ¿quedó descartado?

– Sí, dejaron de indagar, pero el chico ya no fue el mismo; los padres se marcharon de aquí; él me escribió hace unos años…

– Señora Farmer…

– Ahora soy señora Colquhoun. Joe me dejó.

– Lo siento.

– Yo no.

– ¿Él había…? Perdone, no es asunto mío -añadió Rebus.

– Él nunca hablaba mucho de ello -dijo la mujer.

Rebus se preguntó si el padre de Caroline habría llegado a olvidarla, al contrario que la madre.

– Tal vez le parezca una pregunta extraña, señora Colquhoun, pero ¿el barranco de Dunfermline significaba algo para Caroline?

– No…, no sé a qué se refiere.

– Simplemente se lo pregunto porque nos ha llegado información sobre un dato y nos preguntamos si no tendrá acaso relación con la desaparición de su hija.

– ¿Qué es?

Rebus pensó que no la animaría mucho saber que habían encontrado un ataúd allí y recurrió a la manida excusa de:

– De momento no estoy autorizado a decírselo.

Se hizo un silencio durante unos segundos.

– A ella le gustaba pasear por allí.

– ¿Sola?

– A veces sí. ¿Es que han encontrado algo? -añadió en tono emocionado.

– No es lo que usted piensa, señora Colquhoun.

– No la han desenterrado, ¿verdad?

– No.

– ¿Qué, entonces? -preguntó angustiada.

– De momento no estoy…

La mujer colgó y Rebus permaneció mirando el auricular hasta que colgó también.

Fue a los servicios a refrescarse la cara. Tenía los ojos cargados y abotargados. Por la noche, después del Colegio de Médicos, fue a Portobello en coche y aparcó delante de la casa de Jean. Cuando ya abría la puerta se detuvo al ver que no había luz en las ventanas. ¿Qué iba a decirle? ¿A qué iba allí? Volvió a cerrar la puerta sin hacer ruido y permaneció sentado en el coche con las luces apagadas escuchando a bajo volumen a Hendrix en The Burning of the Midnight Lamp.

De vuelta a su mesa vio que un funcionario civil de la comisaría acababa de dejarle una gran caja de cartón con documentos; al abrirla constató que estaba llena a medias. Sacó la primera carpeta y leyó la etiqueta: Paula Jennifer Gearing (Mathieson de soltera); fecha de nacimiento, 10-4-50; fallecida el 6-7-77. Era la ahogada de Nairn. Se sentó, arrimó la silla y comenzó a leer. Al cabo de veinte minutos, cuando estaba haciendo una anotación en un cuaderno, llegó Ellen Wylie.

– Perdone que llegue tan tarde -se excusó quitándose el abrigo.

– Se ve que tenemos distinto criterio horario -dijo él.

Wylie se ruborizó al recordar sus propias palabras la víspera, pero al mirarlo vio que sonreía.

– ¿Qué ha averiguado? -preguntó Wylie.

– Nuestros colegas del norte se han portado.

– ¿Paula Gearing?

Rebus asintió con la cabeza.

– Tenía veintisiete años, llevaba cuatro años casada con uno que trabajaba en una plataforma petrolífera del mar del Norte y vivían en una bonita casa unifamiliar en las afueras.

No tenían hijos; ella trabajaba a tiempo parcial en una tienda de periódicos…, seguramente más por no aburrirse que por necesidad.

– ¿Fue descartada la agresión sexual? -preguntó Wylie desde su mesa.

– Por lo que yo he leído -dijo Rebus dando unos golpecitos en sus notas-, no pudo determinarse. Tampoco parecía suicidio y además no se sabe en qué lugar de la costa cayó exactamente al agua.

– ¿Qué dice el informe forense?

– Aquí está. ¿Puedes ponerte en contacto con Donald Devlin, a ver si dispone de tiempo para examinarlo?

– ¿El profesor Devlin?

– Ayer me tropecé con él y dijo que revisaría las autopsias -dijo Rebus sin explicarle las circunstancias en que se había ofrecido el anciano, al negarle su ayuda Gates y Curt-. Tenemos su número de teléfono, porque vive en la misma casa que Philippa Balfour -añadió.

– Lo sé. ¿Ha leído el periódico?

– No.

Wylie lo sacó de su bolso y lo abrió por una página interior. Publicaba la foto robot del hombre que Devlin había visto ante la casa de Philippa Balfour unos días antes de su desaparición.

– Podría ser cualquiera -dijo Rebus.

Wylie asintió con la cabeza. Publicar en los periódicos una foto robot tan anodina como aquélla era el último recurso.

– Llama a Devlin -ordenó Rebus.

– Sí, señor.

Wylie cogió el periódico, se sentó a una mesa y negó ligeramente con la cabeza como sacudiéndose las telarañas, y cogió el teléfono para hacer la primera llamada de otra larga jornada.

Rebus siguió repasando la documentación hasta que atrajo su atención el nombre de uno de los agentes que habían intervenido en la investigación de Nairn: el inspector Watson.

¡El Granjero!

* * *

– Perdone que lo moleste, señor.

Watson sonrió y dio una palmada a Rebus en la espalda.

– Ahora ya no tiene que llamarme señor, John.

Lo invitó a entrar al cuarto de estar con un gesto. Watson vivía en una granja rehabilitada no lejos de la salida de la circunvalación. Las paredes estaban pintadas de verde claro y los muebles eran de los años cincuenta y sesenta. Habían suprimido un tabique para que la cocina quedara unida al cuarto de estar, separada únicamente por una barra para desayunar y un espacio de comedor. La mesa relucía y las encimeras de la cocina estaban igualmente limpias, el fogón impoluto y no había ni una cazuela ni un plato sucio a la vista.

– ¿Le apetece una taza de té? -preguntó Watson.

– Pues sí.

Watson contuvo la risa.

– A mi café le tenía terror, ¿verdad?

– Últimamente le salía mejor.

– Siéntese. Es un momento.

Pero Rebus dio una vuelta por el cuarto de estar. Watson tenía vitrinas con porcelana y objetos de adorno detrás; fotos familiares enmarcadas entre las que reconoció dos que recientemente su ex jefe había tenido en el despacho. Acababa de pasar la aspiradora por la alfombra y ni en el espejo ni en el televisor se apreciaba una sola mota de polvo. Se acercó a los ventanales y contempló un jardincillo que terminaba en un bancal escarpado cubierto de césped.

– Hoy ha venido la asistenta, ¿verdad? -preguntó Rebus.

Watson volvió a contener la risa mientras dejaba la bandeja con el té en la encimera.

– Me divierte hacer algo del trabajo de la casa desde que murió Arlene -dijo.

Rebus se volvió a mirar las fotos enmarcadas. Watson y su esposa en una boda, en una playa en el extranjero y en una fiesta familiar con sus nietos. Watson sonriendo, siempre con la boca levemente abierta; su mujer algo más reservada, más baja que él y con la mitad de su peso. Había muerto hacía unos años.

– Quizá sea una manera de conservar su recuerdo -añadió Watson.

Rebus asintió con la cabeza comprendiendo que se acordaba de ella, y se preguntó si guardaría su ropa en el armario, si aún conservaría sus joyas dentro de alguna cajita en el tocador.

– ¿Qué tal le va a Gill?

Rebus se acercó a la cocina.

– No para -contestó Rebus-. Me ordenó que fuese al médico y se le ha atravesado Ellen Wylie.

– Vi la conferencia de prensa -dijo Watson mirando la bandeja para asegurarse de que no faltaba nada-. Gill no le dio tiempo a ponerse al corriente.

– Aposta -añadió Rebus.

– Tal vez.

– Se hace raro no verlo a usted por allí, señor -confesó Rebus recalcando expresamente la última palabra y haciendo sonreír a Watson.

– Se agradece, John -dijo yendo hacia la tetera, que comenzaba a silbar-. Pero supongo que no ha venido a hacerme una visita puramente nostálgica.

– No. Se trata de un caso en el que intervino usted en Nairn.

– ¿En Nairn? -repitió Watson enarcando una ceja-. Hará veintitantos años. Entonces estaba en Lothian oeste, en Inverness.

– Sí, pero fue a Nairn a investigar el caso de una mujer ahogada.

Watson reflexionó un instante.

– Ah, sí -dijo al fin-. ¿Cómo se llamaba?

– Paula Gearing.

– Gearing. Exacto -asintió chasqueando los dedos, satisfecho de su buena memoria-. Pero quedó claramente determinado, ¿no?

– No estoy muy seguro, señor -respondió Rebus mirando cómo echaba el agua en la tetera.

– Bueno, vamos al salón con esto y me lo explica.

Rebus le expuso la historia de la muñeca de Los Saltos y el misterio de los ataúdes de Arthur's Seat, así como la serie de ahogadas y desaparecidas entre 1972 y 1995, enseñándole los recortes de prensa, que Watson examinó.

– Ignoraba esa historia de una muñeca hallada en Nairn -dijo-. Yo estaba ya de vuelta en Inverness, pues había concluido mi intervención allí por ser caso cerrado la muerte de Gearing.

– No se estableció ninguna relación en aquel entonces porque el cadáver de Paula Gearing apareció en la playa a seis kilómetros de la ciudad. Si alguien pensó algo al respecto, sería que lo atribuiría a una especie de gesto en memoria suya. Gill no está convencida de que haya relación -añadió Rebus.

Watson asintió con la cabeza.

– Porque piensa en la dificultad de demostrarlo ante un tribunal. Todo lo que me dice es puramente circunstancial.

– Lo sé -dijo Rebus.

– En cualquier caso… -añadió Watson recostándose-, son muchas coincidencias.

Rebus relajó la tensión de hombros y Watson pareció percatarse sonriendo.

– Llega un poco a destiempo, ¿verdad, John? Por una vez que logra convencerme de que seguramente ha encontrado algo, ya estoy jubilado.

– Podría usted hablar con Gill para convencerla.

Watson negó con la cabeza.

– No creo que me hiciera caso. Quien manda ahora es ella y sabe perfectamente que mi intervención ya no cuenta.

– Suena un poco duro.

– Pero usted sabe que es verdad -replicó Watson mirándolo-. Es a ella a quien tiene que convencer, no a un viejo jubilado.

– Apenas tiene usted diez años más que yo.

– Como usted mismo comprobará, los sesenta son muy distintos de los cincuenta. Tal vez esa visita al médico no sea tan mala idea.

– ¿Aun sabiendo de antemano lo que va a decirme? -replicó Rebus apurando el té.

Watson había vuelto a coger el recorte del caso de Nairn.

– ¿Qué es lo que quiere que haga yo?

– Usted dice que el caso estaba claro, pero quiero que lo piense bien, a ver si recuerda algo que en su momento le chocó…, cualquier cosa por nimia que fuese… -Hizo una pausa-. Quería también preguntarle si sabe usted qué fue de la muñeca.

– Ya le digo que ha sido ahora cuando me he enterado de que hubiera una muñeca.

Rebus asintió con la cabeza.

– Considera las cinco muñecas, ¿no es así? -inquirió Watson.

– Sería la única manera de demostrar que hay una relación.

– Es decir, que quien dejó la primera en 1972 ¿ha dejado esa otra en el caso de Philippa Balfour?

Rebus asintió en silencio.

– Si hay alguien capaz de hacerlo, John, ése es usted. Siempre he confiado en su tozudez y firme disposición a no hacer caso de sus superiores.

Rebus dejó la taza en el platillo.

– Se lo acepto como un cumplido -dijo echando de nuevo un vistazo al cuarto dispuesto a levantarse y despedirse, pero le llamó la atención el detalle de que aquella casa era el único lugar en que mandaba ahora Watson, poniendo orden allí del mismo modo que lo hacía en Saint Leonard, y que si perdía la voluntad y la capacidad de hacerlo se moriría.

* * *

– Es inútil -dijo Siobhan Clarke.

Habían pasado casi tres horas en la Biblioteca Central y se habían gastado unas cincuenta libras en una tienda en la compra de mapas y guías turísticas de Escocia. Se encontraban en la cafetería Elephant House, en una mesa para seis junto al ventanal del fondo, y Grant Hood miraba distraído hacia el cementerio de Greyfriars y el castillo.

– ¿Te has desconectado? -preguntó ella mirándolo.

– Hay que hacerlo de vez en cuando -respondió él sin apartar los ojos de la panorámica.

– Vaya, gracias por tu ayuda -replicó ella más enfadada de lo que habría querido.

– Es lo mejor que puede hacer uno -prosiguió él sin hacer caso-. A veces, cuando me quedo atascado en el crucigrama no me estrujo el cerebro; lo dejo a un lado y sigo más tarde, y no es raro que se me ocurran inmediatamente una o dos palabras. ¿Sabes lo que sucede? -añadió volviéndose hacia ella-. Que centras la mente en determinada pista y llegas a perder la perspectiva de otras alternativas. -Se levantó, fue hacia donde estaban los periódicos del café y volvió con el Scotsman-Éste es de Peter Bee -dijo doblándolo por la página del crucigrama-, que es críptico pero no recurre tanto como los demás a los anagramas.

Siobhan cogió el periódico y vio que Peter Bee era el autor del crucigrama.

– En la doce horizontal -añadió Grant- me hizo perder el tiempo pensando en el nombre de un arma romana antigua, y al final resultó que era un anagrama.

– Muy interesante -dijo Siobhan dejando el periódico en la mesa encima de media docena de mapas desplegables.

– Sólo trato de explicarte que a veces hay que despejar la cabeza un rato y volver a empezar.

– ¿Quieres decir que hemos perdido medio día? -replicó ella mirándolo furiosa.

Él se encogió de hombros.

– ¡Vaya, pues qué bien! -exclamó ella levantándose como impulsada por un muelle y dirigiéndose a los servicios.

Se apoyó en el lavabo mirando la reluciente superficie blanca. Lo malo era que Grant tenía razón; pero ella no podía distanciarse como él, pues había optado por jugar aquel juego y ahora estaba enganchada. Pensó si Flip Balfour se había obsesionado del mismo modo y al ver que no avanzaba habría pedido ayuda, y eso le hizo recordar que tenía pendiente preguntar a los amigos y familiares de la joven a propósito del juego. Nadie había dicho nada de él en las docenas de interrogatorios, pero tampoco había razón para que lo mencionaran pues quizás únicamente les había parecido un juego interactivo divertido, nada preocupante.

Gill Templer le había ofrecido el puesto de enlace de prensa, pero sólo después de hacer pasar por aquel rito humillante a Ellen Wylie. No habría estado mal sentir que había rehusado la oferta por un gesto de solidaridad con Wylie, pero no había sido por eso; ella misma se temía que era más bien por influencia de John Rebus, con quien trabajaba hacía varios años, por lo que entendía sus virtudes y defectos. En el fondo, como tantos otros policías, ella prefería su enfoque inconformista y le gustaría poder ser así, pero en el cuerpo imperaban otras ideas y sólo había sitio para un Rebus; si quería ascender, ya sabía a qué atenerse. Eso la situaba sin remedio y sin equívoco en el terreno de Gill Templer: cumpliría sus órdenes y la apoyaría sin arriesgarse más. Así estaría tranquila y subiría en el escalafón; llegaría a inspectora y quizás a comisaria después de los cuarenta. Comprendía ahora que Gill Templer la hubiera invitado a copas y a cenar para que viera en qué consistía el proceso: cultivas las amistades adecuadas, te portas bien sin prisas y obtienes tu recompensa. Una lección para Ellen Wylie y otra muy distinta para ella.

Al volver a la mesa vio que Grant Hood, resuelto el crucigrama, dejaba el periódico en la mesa y se recostaba en el asiento guardándose el bolígrafo como si nada, pero esforzándose a ojos vistas por no mirar a la mesa de al lado, donde una mujer que tomaba un café no se había perdido detalle de su rapidez, escudriñándolo por encima del libro que leía.

Siobhan llegó a la mesa y señaló el periódico.

– Creí que lo habías terminado.

– Es más fácil la segunda vez -contestó él con voz de falsete-. ¿De qué te ríes?

La mujer de la otra mesa había vuelto a enfrascarse en la lectura de un libro de Muriel Spark.

– Es que me he acordado de una antigua canción -respondió Siobhan.

Grant la miró, pero como ella no soltaba prenda estiró el brazo señalando el crucigrama.

– ¿Sabes qué es un homónimo?

– No, pero suena feo.

– Es una palabra que suena igual que otra que tiene distinto significado. En los crucigramas las utilizan mucho. En éste hay una que me ha hecho pensar.

– ¿En qué?

– En nuestra última clave, eso de «suena dear». Nosotros pensamos en la acepción de «caro» o «querido», ¿cierto?

Ella asintió con la cabeza.

– Pero puede ser un homónimo con otro significado.

– No te sigo -dijo ella sentándose sobre una pierna doblada e inclinándose interesada.

– A lo mejor quiere indicarnos que no es d-e-a-r sino d-e-e-r, «ciervo».

Siobhan frunció el entrecejo.

– Y entonces quedaría «B4 Law escocés deer». ¿Me lo parece, o ahora tiene aún menos sentido?

– Si tú lo dices… -replicó él encogiéndose de hombros y mirando de nuevo hacia fuera.

– No seas así -exclamó ella dándole una palmada en la pierna.

– ¿Es que eres tú la única que puede enfadarse?

– Perdona.

Grant la miró y vio que sonreía.

– Así está mejor -dijo-. ¿No había una historia sobre el origen del nombre de Holyrood? ¿Un rey de la Antigüedad que asaeteó a un ciervo?

– No tengo ni idea.

– Perdonen que haya escuchado lo que estaban diciendo -interrumpió la mujer de la mesa contigua dejando el libro-. Fue David el Primero en el siglo doce -añadió.

– ¿Ah, sí? -dijo Siobhan.

– Estaba cazando -continuó la mujer sin hacer caso de su tono hiriente- cuando un ciervo lo derribó en el suelo atrapándolo entre la cornamenta; él se agarró a ella y vio que se transformaba en una cruz y el venado desaparecía. Holyrood significa «santa cruz». El rey vio en ello un signo del cielo y mandó construir la abadía.

– Gracias -dijo Grant Hood. La mujer le dirigió una inclinación de cabeza y volvió a su lectura-. Es agradable dar con personas cultas -añadió dirigiéndose a Siobhan, quien entornó los ojos y arrugó la nariz-. A lo mejor es una clave que tiene algo que ver con el palacio de Holyrood.

– Y una de las habitaciones sería la B 4, como un aula de colegio -añadió Siobhan.

Grant se percató de que hablaba en broma.

– O podría formar parte de una ley escocesa relacionada con Holyrood, podría ser otra conexión con la realeza, como lo de Victoria.

– Tal vez -dijo Siobhan.

– Tendríamos que consultar a algún amigo abogado.

– ¿Podría servir uno de la fiscalía? -preguntó ella-. Yo conozco a alguien.

* * *

Los juzgados estaban en un nuevo edificio en Chambers Street frente al complejo del museo de Escocia. Grant volvió corriendo a Grassmarket para echar monedas en el parquímetro, a pesar de las protestas de Siobhan, que aseguraba que les saldría más barato pagar una multa, mientras ella entraba en los juzgados a preguntar hasta que localizó a Harriet Brough. La abogada llevaba también aquel día un traje sastre de tweed con medias grises y zapatos negros planos. Siobhan advirtió que tenía unos bonitos tobillos.

– Qué grata sorpresa, querida -dijo Brough estrechándole afectuosamente la mano un buen rato-. De verdad que es muy grato verla.

Siobhan reparó en que el maquillaje acentuaba aún más sus arrugas y le daba un aspecto chabacano.

– Espero no molestarla -dijo.

– En absoluto. ¿Ha venido a algún juicio?

Se hallaban en el espacioso vestíbulo por el que discurrían bedeles y letrados, guardias de seguridad y parejas con cara de aflicción. Allí se juzgaba a inocentes y culpables y se dictaminaban sentencias.

– No, es que tengo un problema y he pensado que tal vez podría ayudarme.

– Con mucho gusto.

– Se trata de una nota que he encontrado, que quizás esté relacionada con un caso, pero parece ser una especie de código.

– ¡Qué apasionante! -dijo la abogada abriendo animada los ojos-. Vamos a buscar sitio para sentarnos y me lo explica.

Encontraron un banco libre y Brough leyó la nota a través del plástico de la bolsita mientras Siobhan la miraba vocalizar las palabras.

– Se trata de una investigación sobre una persona desaparecida, que creemos que participaba en un juego -dijo Siobhan.

– ¿Y hay que resolver este acertijo para seguir adelante? Sí que es curioso.

En ese momento llegó Grant casi sin aliento y Siobhan los presentó.

– ¿Hay alguna solución? -preguntó Hood. Siobhan negó con la cabeza y él miró a la abogada-. ¿Tiene algún sentido B4 en la ley escocesa? ¿Algo así como un párrafo o una sección?

– Querido joven -respondió ella riendo-, podría haber cientos de referencias, aunque más probable en la forma 4B que B4. Por regla general, el numeral precede a la letra.

Hood asintió con la cabeza.

– ¿Sería, entonces, párrafo cuatro, sección b?

– Exacto.

– La primera clave -terció Siobhan- tenía una conexión monárquica y la solución era Victoria, y ahora nos preguntamos si ésta no tendrá algo que ver con Holyrood -añadió explicándole su hipótesis.

Brough volvió a mirar la nota.

– Bueno, ustedes son más inteligentes que yo -dijo la letrada-. Tal vez mi mentalidad de jurista sea muy literal -añadió devolviendo la nota a Siobhan, aunque la cogió de nuevo-. A lo mejor, la referencia a la ley escocesa es para despistar.

– ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Siobhan.

– Que si han querido hacer enrevesada la clave, lo habrán puesto para desviar la atención.

Siobhan miró a Hood, quien se encogió de hombros. Brough señaló la nota.

– Algo que aprendí cuando hacía excursionismo es que law en escocés significa «monte» -dijo.

* * *

Rebus llamó al director del hotel Huntingtower.

– Entonces, ¿lo conservan ustedes?

– No podría asegurárselo -contestó el director.

– ¿Puede comprobarlo o preguntar por si alguien recuerda algo?

– Puede que lo tiraran al hacer alguna reforma.

– No sabe cuánto aprecio su constructiva actitud, señor Ballantine.

– Quizás el que lo encontró…

– El que lo encontró dice que lo entregó en el hotel.

Rebus había llamado al Courier para hablar con el periodista que había cubierto el caso y, ante la curiosidad de éste, él le había informado del hallazgo de otro ataúd en Edimburgo, haciendo hincapié en que no tenía la menor relación porque no quería que la prensa metiera la nariz. El periodista le había facilitado el nombre del cazador que lo había encontrado y éste informó a su vez a Rebus que lo había entregado en el hotel.

– Bien, no le prometo nada… -añadió el director.

– Llámeme tan pronto como sepa algo -dijo Rebus repitiéndole su nombre y número de teléfono-. Es urgente, señor Ballantine.

– Haré lo que pueda -respondió el director con un suspiro.

Rebus colgó y miró hacia la otra mesa, en donde Ellen Wylie estaba sentada con Donald Devlin. El anciano llevaba otra chaqueta de punto, ésta con casi todos los botones. Recopilaban los dos buscando las notas de la autopsia sobre el caso de la ahogada de Glasgow y por la expresión de Wylie comprendió que no los acompañaba la suerte. Devlin había arrimado su silla a la de Wylie y permanecía inclinado a muy poca distancia mientras ella hablaba por teléfono; quizá sólo trataba de escuchar, pero Rebus advirtió que a Wylie no le gustaba y trataba de apartarse torciendo el cuerpo y dando la espalda al patólogo. De momento no había cruzado ninguna mirada con Rebus.

Hizo una anotación sobre Huntingtower y volvió al teléfono. El caso del ataúd de Glasgow era más enredado porque la periodista que cubrió la noticia había cambiado de periódico y en la redacción nadie recordaba el caso. Finalmente consiguió el número del pastor protestante de la iglesia en cuestión y habló con el reverendo Martine.

– ¿Tiene usted idea de dónde fue a parar el ataúd?

– Creo que se lo llevó la periodista -contestó el cura.

Rebus le dio las gracias, volvió a llamar al periódico y pudo finalmente hablar con el jefe de redacción, a quien tuvo que explicarle el hallazgo del «ataúd de Edimburgo», siempre precisando que no creía que existiese relación alguna.

– Ese ataúd de Edimburgo, ¿dónde lo encontraron exactamente?

– Cerca del castillo -respondió Rebus como quitándole importancia, aunque imaginándoselo tomando nota, tal vez con intención de dar seguimiento a la noticia.

Transcurridos un par de minutos, le pasaron con la sección de personal y al fin le facilitaron la dirección de la periodista en cuestión, Jenny Gabriel, en Londres, explicándole que se había marchado a trabajar a un diario de gran formato, que es lo que siempre había deseado.

Rebus salió a comprar café y bollos y cuatro periódicos: el Times, el Telegraph, el Guardian y el Independent, de los que repasó los pies de artículo sin encontrar el nombre de Jenny Gabriel, pero no se desanimó y se dispuso a llamar a los cuatro rotativos preguntando por ella. Al tercer intento, la telefonista le dijo que aguardase. Mientras le pasaba la comunicación vio cómo Devlin dejaba caer migas de bollo en la mesa de Wylie.

– Le paso.

Era la palabra más alentadora que había oído en todo el día.

– Noticias.

– Con Jenny Gabriel, por favor.

– Al habla.

Volvió a repetir la historia.

– ¡Dios mío, de eso hace veinte años! -exclamó la periodista.

– Más o menos -dijo Rebus-. Supongo que no conservará la muñeca.

– Pues no.

A Rebus se le cayó el alma a los pies en cierto modo.

– Cuando me vine al sur se la di a un amigo a quien siempre le había fascinado.

– ¿Podría tal vez ponerme en contacto con él?

– Un momento; le daré el número… -Se hizo una pausa y Rebus se entretuvo en desmontar el mecanismo de su bolígrafo, comprobando que no tenía la menor idea sobre su funcionamiento: el muelle, la funda, el recambio… Sabía montarlo pero no lo entendía-. Precisamente ahora vive en Edimburgo -añadió Jenny Gabriel, y le dio el teléfono de su amigo Dominic Mann.

– Muchas gracias -dijo Rebus, y colgó.

Dominic Mann no estaba en casa, pero el contestador automático le facilitó el número de un móvil, en el que sí obtuvo respuesta.

– Diga.

– ¿Dominic Mann?

Rebus volvió a contar su historia y esta vez tuvo suerte. Mann conservaba el ataúd y podía llevárselo a Saint Leonard más tarde.

– Se lo agradezco de veras -dijo Rebus-. Es curioso que lo haya conservado tantos años…

– Pensaba utilizarlo en una de mis instalaciones.

– ¿Qué instalaciones?

– Yo soy pintor. Bueno, lo era. Ahora dirijo una galería.

– ¿Ya no pinta?

– Poca cosa. Menos mal que no lo utilicé porque ahora formaría parte de algún cuadro y a lo mejor lo habría vendido.

Rebus le dio las gracias y colgó. Devlin había terminado el bollo mientras que Wylie había dejado a un lado el suyo, del que el anciano no apartaba los ojos. El caso del ataúd de Nairn resultó más fácil y con dos llamadas obtuvo lo que quería. Un periodista le dijo que aguardase mientras iba a mirarlo y no tardó en llamarle y darle un número de teléfono de Nairn cuyo propietario pudo al fin averiguar que lo guardaba un vecino en su cobertizo.

– ¿Quiere que se lo envíe por correo?

– Sí, por favor. Urgente -dijo Rebus pensando en que podría enviar un coche a recogerlo de no ser por las limitaciones presupuestarias. No era el primer memorándum interno que recibían al respecto.

– ¿Y los gastos?

– Adjunte su nombre y señas y se le reembolsará.

El hombre hizo una pausa pensándoselo.

– Bueno, sí, de acuerdo. Me fío de usted.

– ¿De quién va a fiarse si no es de la policía?

Colgó y miró otra vez a la mesa de Wylie.

– ¿Has encontrado algo? -preguntó.

– Nada aún -respondió ella en tono irritado y cansado.

Devlin se levantó dejando caer migas de su regazo, preguntó dónde estaban los servicios y Rebus se lo indicó. El hombre echó a andar, pero se detuvo ante su mesa.

– No sé cómo decirle lo que me divierte esto -dijo.

– Menos mal que hay alguien contento, profesor.

– Creo que está usted en su elemento -dijo Devlin sonriente apuntando con el dedo a la solapa de Rebus antes de abandonar la sala.

Rebus se acercó a la mesa de Wylie.

– Más vale que te comas ese bollo si no quieres que se le caiga la baba a Devlin.

Ella lo pensó y finalmente lo partió en dos y se llevó un trozo a la boca.

– He solucionado lo de las muñecas. Hay dos localizadas y otra posible -explicó Rebus.

Wylie dio un sorbo al café para deglutir el esponjoso bocado.

– Pues le ha ido mejor que a nosotros -dijo ella mirando el otro trozo y tirándolo a la papelera-. No has visto nada -añadió.

– Al profesor Devlin le disgustará.

– Eso espero.

– Ten en cuenta que ha venido a ayudarnos.

– Huele mal -replicó ella mirándolo.

– ¿Ah, sí?

– ¿No lo ha notado?

– Pues no.

Wylie lo miró de un modo que daba a entender que la respuesta lo decía todo sobre su persona y luego dejó caer los hombros desalentada.

– ¿Por qué me escogió a mí? No sirvo para nada. Lo demostré ante la prensa y las cámaras de televisión. Lo sabe todo el mundo. ¿Es que le gustan las inválidas o qué?

– Mi hija está inválida -replicó él sin alzar la voz.

– Por Dios, no era mi intención… -dijo ella ruborizándose.

– Pero sí que te diré que la única persona que por lo visto tiene problemas con Ellen Wylie es Ellen Wylie.

Ella se había llevado la mano al rostro como si tratara de borrar su rubor.

– Eso dígaselo a Gill Templer -replicó al fin.

– Gill fastidió las cosas, simplemente, pero no es el fin del mundo. -Sonó su teléfono e hizo ademán de dirigirse a su mesa-. ¿De acuerdo? -añadió, y esperó a que ella asintiese con la cabeza antes de ir a contestar la llamada.

Era del Hotel Huntingtower comunicándole que habían encontrado el ataúd en un sótano donde guardaban objetos olvidados, entre paraguas, gafas, sombreros, abrigos y cámaras fotográficas.

– Es asombrosa la cantidad de objetos que tenemos -añadió el señor Ballantine.

Pero a Rebus sólo le interesaba el ataúd.

– ¿Puede enviarlo por correo urgente? Le reembolsaremos…

Cuando regresó Devlin, Rebus andaba tras la pista del ataúd de Dunfermline, pero no tuvo éxito: ni la policía ni la prensa local sabían adonde había ido a parar. Le prometieron indagar. Rebus no abrigaba muchas esperanzas. Era un asunto de hacía casi treinta años y no iba a ser fácil aclarar nada. En la otra mesa, Devlin aplaudía en silencio mientras Wylie terminaba otra llamada y miraba a Rebus.

– Van a enviar los informes de la autopsia de Hazel Gibbs -dijo Wylie.

Rebus sostuvo su mirada y luego asintió despacio con la cabeza. Volvió a sonar su teléfono. Esta vez era Siobhan.

– Voy a hablar con David Costello -dijo Siobhan-. Si no estás ocupado…

– Pensaba que trabajabas en equipo con Grant.

– La jefa se lo ha llevado un par de horas.

– ¿Ah, sí? A ver si es para ofrecerle tu puesto de enlace de prensa.

– No me calientes la cabeza. Bueno, ¿vienes o no?

* * *

Costello estaba en su piso y les abrió la puerta sorprendido. Siobhan le dijo que no le llevaban ninguna mala noticia, pero él no pareció creérselo.

– ¿Podemos pasar, David? -preguntó Rebus.

Costello lo miró y asintió despacio. Rebus advirtió que vestía igual que la última vez y que la sala estaba sucia. Además, el joven estaba sin afeitar, lo que parecía avergonzarlo un poco porque se pasaba la mano por las mejillas.

– ¿No hay ninguna novedad? -inquirió sentándose en el futón sin invitar a Rebus y a Siobhan a hacer lo propio.

– Sólo datos deslavazados -dijo Rebus.

– ¿No pueden dar más detalles? -preguntó Costello buscando una postura cómoda.

– En realidad, David -dijo Siobhan-, es por algunos de esos detalles por lo que hemos venido -añadió tendiéndole un papel.

– ¿Qué es esto? -preguntó él.

– La primera clave de un juego. Un juego en el que participaba Flip.

– ¿Qué clase de juego? -inquirió Costello enderezándose y mirando de nuevo el mensaje.

– Algo de Internet. Lo dirige un tal Programador y los jugadores a medida que resuelven las claves pasan a otro nivel. Flip estaba resolviendo la clave del nivel llamado Hellbank y no sabemos si había llegado al final.

– ¿Flip? -dijo el joven en tono escéptico.

– ¿No te había contado nada?

Costello negó con la cabeza.

– Ni una palabra -añadió mirando hacia Rebus, que había cogido un libro de poesía.

– ¿No le atraían particularmente los juegos? -preguntó Siobhan.

Costello se encogió de hombros.

– Los de sobremesa, las charadas y cosas por el estilo, el Trivial y el Tabú.

– Pero ¿no los juegos virtuales o de rol?

Costello negó despacio con la cabeza.

– ¿Nada en Internet?

El joven volvió a pasarse la mano por la barba.

– Es la primera noticia -dijo mirando a uno y otro-. ¿Están seguros de que se trata de Flip?

– Completamente -respondió Siobhan.

– ¿Y creen que tiene algo que ver con su desaparición?

Siobhan se encogió de hombros y miró a Rebus por si tenía algo que preguntar, pero él estaba ensimismado en sus pensamientos recordando que la madre de Philippa Balfour había dicho que el joven la había predispuesto contra sus padres y que, al preguntarle él por qué motivo, ella le había contestado: «Por ser quien es».

– Este poema es muy interesante -dijo alzando el libro, que era más bien un folleto con grabados, y recitando un par de versos-: «No se muere por ser malo, se muere por estar disponible».

Cerró el libro y lo dejó en su sitio.

– Nunca me lo había planteado así -dijo Rebus-, pero es cierto. -Hizo una pausa para encender un cigarrillo-. David, ¿recuerdas aquello de lo que hablamos? -añadió aspirando el humo y haciendo ademán de pasar el paquete a Costello, quien rehusó con la cabeza. Vio que la media botella de whisky estaba vacía junto con seis latas de cerveza en el suelo junto a la cocina, además de vasos, platos, tenedores y envoltorios de comida para llevar. Pese a que había pensado que Costello no era bebedor, tal vez tendría que cuestionarse aquella opinión-. Te pregunté si Flip había conocido a alguien y me dijiste que te lo habría dicho, que ella era incapaz de callarse algo.

Costello asintió con la cabeza.

– Pero ahora resulta que hemos averiguado que participaba en un juego, un juego que no era ninguna simpleza, un montón de acertijos y juegos de palabras, y en el que habría necesitado ayuda.

– A mí no me la pidió.

– ¿Y nunca habló de Internet ni de un tal Programador?

Costello dijo que no.

– Bueno, ese Programador, ¿quién es?

– No lo sabemos -contestó Siobhan acercándose al libro.

– Acabará poniéndose en contacto con ustedes, supongo.

– Sí que nos gustaría -añadió Siobhan cogiendo de la estantería un soldadito de plomo-. Esto es de un juego, ¿no?

– ¿Ah, sí? -dijo Costello mirándolo.

– ¿No es de un juego tuyo?

– No sé ni de dónde ha salido.

– Desde luego, en la guerra ha estado -añadió ella examinando el fusil roto.

Rebus miró al ordenador portátil de Costello, que esperaba encendido junto a unos libros de texto, sobre la encimera; había una impresora en el suelo.

– Supongo que estarás conectado a la red, David -dijo.

– Como todo el mundo.

Siobhan esbozó una sonrisa y dejó el soldadito de plomo.

– El inspector Rebus sigue peleándose con la máquina de escribir eléctrica.

Rebus comprendió que trataba de ablandar al joven ridiculizándolo a él.

– Para mí, la red es lo que intenta defender el portero en el fútbol -dijo Rebus.

La frase suscitó una sonrisa de Costello. «Por ser quien es…» Pero ¿quién era realmente Costello? A Rebus comenzaba a intrigarle.

– Si Flip no te dijo nada al respecto, David -añadió Siobhan-, ¿no habrá más cosas sobre las que guardó el secreto?

Costello asintió con la cabeza de nuevo. Seguía rebulléndose en el futón como si no acabara de encontrar la postura.

– A lo mejor, en el fondo, yo no la conocía -dijo, volviendo a leer la clave-. ¿Saben lo que quiere decir esto?

– Siobhan lo ha resuelto -contestó Rebus-, pero simplemente llevaba a otro acertijo.

Siobhan le tendió la copia de la segunda nota.

– Es aún menos comprensible que la primera -dijo Costello-. La verdad es que no puedo creer que Flip estuviera en ello. No me la imagino con algo así -añadió devolviéndole la nota.

– ¿Y sus amigos? -preguntó Siobhan-. ¿Sabes de alguno a quien le gusten los juegos y los acertijos?

– ¿Cree que alguno ha podido…? -inquirió él mirándola.

– Únicamente me planteo si Flip recurriría a otra persona en busca de ayuda.

Costello reflexionó un instante.

– A nadie -dijo al fin-. No se me ocurre nadie.

Siobhan retiró de su mano la segunda nota.

– ¿Y ésa? -preguntó él-. ¿Sabe lo que significa?

Ella miró la clave, quizá por enésima vez.

– No -contestó-. Aún no.

Después de la visita a Costello, Siobhan llevó a Rebus de vuelta a Saint Leonard; durante el trayecto fueron callados los primeros minutos. El tráfico era horroroso; parecía que a medida que pasaban las semanas se anticipara la hora punta.

– ¿Tú qué crees? -preguntó ella rompiendo el silencio.

– Creo que habríamos llegado antes a pie.

Era más o menos la respuesta que ella esperaba.

– En tus ataúdes con muñecas también hay algo de juego, ¿no?

– Un juego bien raro, en mi opinión.

– Tan raro como hacer un concurso por Internet.

Rebus asintió con la cabeza sin hacer más observaciones.

– Es que no quiero ser la única que ve una relación entre las dos cosas -añadió ella.

– ¿Tengo que ser yo? -replicó Rebus-. De todos modos, la posibilidad existe, ¿no crees?

Siobhan hizo un gesto afirmativo.

– Siempre que haya un vínculo entre todas las muñecas -añadió.

– Sí, ya -dijo él-. Mientras tanto, convendría averiguar los antecedentes del señor Costello.

– A mí me pareció bastante sincero. Cuando nos abrió la puerta puso cara de temerse lo peor. Además, ya se han comprobado sus antecedentes, ¿no?

– Eso no quiere decir que no hayamos pasado algo por alto. Si no recuerdo mal, le asignaron la investigación a Hi-Ho Silvers, que es tan gandul que piensa que la pereza es un deporte olímpico. ¿Y tú qué haces? -añadió medio vuelto hacia ella.

– Yo trato de aparentar que hago algo.

– Quiero decir que qué haces ahora.

– Creo que me marcharé a casa y lo dejaré ya por hoy.

– Ve con cuidado, que a la jefa Templer le gusta que sus policías cumplan el turno de ocho horas.

– En ese caso, ella me debe bastantes… y a ti no digamos. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste un turno sólo de ocho horas?

– En septiembre de 1986 -contestó Rebus, haciéndola sonreír.

– ¿Qué tal va lo del piso?

– Ya casi han acabado de cambiar la instalación eléctrica y ahora van a venir los pintores.

– ¿Ya has encontrado algo para comprar?

Él negó con un gesto.

– Te pica el gusanillo, ¿verdad?

– Si quieres venderlo, allá tú.

– Ya sabes a lo que me refiero -replicó él mirándola serio.

– ¿A Programador? -inquirió ella pensándolo-. Casi me divertiría si…

– ¿Si qué?

– Si no tuviera la impresión de que él también se divierte.

– ¿Manipulándote?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Lo mismo que hizo con Philippa Balfour.

– Sigues pensando que es un hombre -dijo Rebus.

– Por pura comodidad -añadió ella. Se oyó sonar un móvil-. Es el mío -aclaró al ver que Rebus echaba mano al bolsillo. Ella lo llevaba conectado al pequeño cargador junto al casete; pulsó un botón y se oyó la comunicación a través de un altavoz incorporado.

– ¡Un manoslibres! -exclamó Rebus admirado.

– Diga.

– ¿La agente Clarke?

Siobhan reconoció la voz.

– ¿Señor Costello? ¿Qué desea?

– Es que he estado pensando en lo que dijo sobre juegos y cosas similares…

– ¿Y?

– Pues que conozco a alguien que es aficionado a esas cosas. Mejor dicho, lo conoce Flip…

– ¿Cómo se llama?

Siobhan miró a Rebus, que ya tenía el bloc y el bolígrafo preparados.

David Costello dijo el nombre, pero no se le oyó bien.

– Perdón -dijo Siobhan-, ¿podrías repetirlo? Esta vez lo oyeron los dos perfectamente: «Ranald Marr». Siobhan frunció el entrecejo y Rebus asintió con la cabeza. Sabía muy bien quién era Ranald Marr: el socio de John Balfour, el director del banco en Edimburgo.

* * *

La comisaría estaba tranquila. Los policías habían terminado su turno o estaban en Gayfield Square, aparte de los que andarían completando la indagación puerta por puerta, pero habían reducido los equipos porque casi no quedaba nadie por interrogar. Era una jornada más sin rastro de Philippa Balfour y con la incógnita de si estaba viva. No se detectaba ningún movimiento en sus tarjetas de crédito ni en sus cuentas bancarias, ni nadie se había puesto en contacto con los padres. En la comisaría se dijo que Bill Pryde perdió en un momento dado los estribos, haciendo volar la carpeta portapapeles por todo el departamento, y que todos tuvieron que agacharse para que no los golpease.

John Balfour presionaba y concedía entrevistas a la prensa criticando la falta de eficacia policial, y el jefe de policía había exigido un informe a su ayudante, lo que, en consecuencia, significaba que Carswell no dejaba en paz a nadie. A falta de nuevas pistas se repetían los interrogatorios por segunda y tercera vez, y en el cuerpo todos andaban nerviosos y crispados. Rebus trató inútilmente de hablar con Bill Pryde en Gayfield y llamó a la Central para hablar con Claverhouse u Ormiston, de la sección segunda de la Brigada Criminal. Fue Claverhouse quien cogió el teléfono.

– Soy Rebus. Necesito un favor.

– ¿Y qué te hace pensar que esté dispuesto a hacértelo?

– ¿Eres siempre tan amable?

– ¡Rebus, vete a la mierda!

– No es que no quiera, pero está llena de gente que enviaste allí, incluida tu mamá, que dice que te quiere mucho.

Era el modo de tratar con Claverhouse, exagerando el sarcasmo.

– Hizo bien, porque sabe que soy un cabrón, lo que me hace volver a la primera pregunta.

– ¿La de tono amable? Bien, digamos entonces que cuanto antes me ayudes antes puedo irme al pub a emborracharme.

– Hostia, hombre, ¿por qué no lo has dicho antes? A ver, dime.

– Necesito una información.

– ¿De quién?

– De la policía irlandesa de Dublín.

– ¿Sobre qué?

– Sobre el novio de Philippa Balfour. Quiero sus antecedentes.

– Yo he apostado diez libras a dos contra uno a que es culpable.

– Razón de más para que me ayudes.

Claverhouse reflexionó un instante.

– Dame un cuarto de hora, pero no te muevas de ese teléfono.

– Aquí estaré.

Rebus colgó y se recostó en la silla, pero advirtió algo al fondo de la sala; era el viejo sillón de Watson. Seguro que Gill Templer lo había dejado allí por si alguien lo quería. Lo llevó rodando hasta su mesa y se sentó cómodamente en él. Pensó en lo que le había dicho a Claverhouse: «… antes puedo irme al pub a emborracharme». Era pura broma, pero una parte de su ser lo ansiaba realmente, tenía necesidad de ese estado de olvido que sólo la bebida procura. Olvido era el nombre de uno de los grupos de Brian Auger, Oblivion Express, y él tenía su primer disco, A Better Land, que para su gusto era excesivamente jazzístico. Sonó el teléfono y lo cogió, pero no dejaba de sonar. Era su móvil. Lo sacó del bolsillo y lo arrimó a su oreja.

– Diga.

– ¿John?

– Hola, Jean. Iba a llamarle.

– ¿No le interrumpo?

– En absoluto. ¿Le ha estado dando mucho la lata ese periodista?

Sonó el teléfono de la mesa. Probablemente, Claverhouse. Se levantó de la poltrona de Watson, cruzó el departamento y salió al pasillo.

– No se preocupe -dijo Jean-. He estado haciendo averiguaciones tal como me pidió, pero me temo que no be descubierto gran cosa.

– No tiene importancia.

– Pues me ha ocupado todo el día…

– Si le parece, mañana me lo explica.

– ¿Mañana? Muy bien.

– A menos que esté libre esta noche…

– Ah. -Se hizo una pausa-. Es que prometí a una amiga pasar a verla porque acaba de tener un niño.

– Me alegro.

– Lo siento.

– No se preocupe. Nos vemos mañana. ¿Le parece bien venir a la comisaría?

– De acuerdo.

Convinieron la hora y Rebus volvió al departamento de Investigación Criminal. Le daba la impresión de que a ella le complacía que le hubiera propuesto verse aquella noche. Seguro que era lo que esperaba; indicio de que seguía interesada y de que no se trataba exclusivamente de trabajo.

O a lo mejor se estaba haciendo ilusiones.

En la mesa llamó a Claverhouse.

– Me has decepcionado, tío -dijo Claverhouse.

– Te dije que no me apartaba de la mesa y así ha sido.

– Pues ¿cómo es que no cogías el teléfono?

– Es que he tenido una llamada en el móvil.

– ¿De alguien que significa para ti más que yo? Estoy muy dolido.

– Era mi corredor de apuestas, a quien debo más de doscientas libras.

Claverhouse guardó silencio un instante.

– De eso sí que me alegro -dijo-. Bueno, pide hablar con Declan Macmanus.

– ¿No era ése el verdadero nombre? -dijo Rebus frunciendo el ceño.

– Bueno, es evidente que se lo pasó a alguien que lo necesitaba. -Claverhouse le dio el número de Dublín, incluido el código internacional-. Aunque no creo que esos tacaños de Saint Leonard te permitan poner una conferencia internacional -añadió.

– Hay que rellenar formularios -dijo Rebus-. Gracias por tu ayuda, Claverhouse.

– ¿Vas ahora a tomarte esa copa?

– Creo que es lo mejor. No quiero estar consciente cuando dé conmigo mi corredor de apuestas.

– Haces muy bien. Un brindis por los caballos perdedores y el buen whisky.

– Lo mismo digo -añadió Rebus colgando.

Claverhouse tenía razón; en Saint Leonard estaba prohibido hacer llamadas internacionales desde los teléfonos con línea exterior, pero Rebus decidió hacerla desde el del despacho de la jefa. El único problema era que Gill Templer había cerrado con llave. Reflexionó un instante y recordó que Watson tenía una llave de repuesto para casos urgentes, y se agachó para buscarla debajo del felpudo. Efectivamente, la llave seguía allí. Abrió y cerró con llave una vez dentro.

Miró el nuevo sillón, pero decidió permanecer de pie, recostado en el borde de la mesa, sin poder evitar pensar en el cuento de los tres osos. ¿Quién se ha sentado en mi sillón? ¿Quién ha llamado con mi teléfono?

Respondieron a su llamada al cabo de seis timbrazos.

– ¿Puedo hablar con… -de pronto se percató de que no sabía el rango de Macmanus- Declan Macmanus, por favor.

– ¿De parte de quién?

La voz de la mujer tenía ese tono seductor irlandés. Rebus se la imaginó con pelo negro y entrada en carnes.

– El inspector John Rebus, de la policía de Lothian y Borders, en Escocia.

– Un momento, por favor.

Mientras aguardaba, la imagen de un cuerpo carnoso se transformó en una jarra de Guinness servida hasta el borde lentamente.

– ¿Inspector Rebus?

Era una voz nítida y categórica.

– Me ha dado su número el inspector Claverhouse, de la Brigada Criminal escocesa.

– Una amabilidad por su parte.

– A veces no lo puede evitar.

– Bien, ¿qué es lo que desea?

– No sé si tendrá noticia de un caso nuestro sobre una desaparecida: Philippa Balfour.

– ¿La hija del banquero? La noticia aparece en todos los periódicos locales.

– ¿Debido a la relación con David Costello?

– Los Costello son muy conocidos, inspector. Forman parte de la élite social dublinense.

– Usted estará mejor informado que yo; por eso le llamo.

– Ah, ya.

– Quisiera saber más detalles sobre los padres de David -añadió Rebus comenzando a garabatear en una hoja-. Sin duda serán personas sin tacha, pero me quedaría más tranquilo con una confirmación oficial.

– No sé si puedo garantizarle que su reputación sea impecable.

– ¿Ah, no?

– En todas las familias hay trapos sucios, ¿no es cierto?

– Supongo que sí.

– Quizá pueda enviarle una lista de la lavandería de los Costello. ¿Qué le parece?

– Estupendo.

– ¿Tiene ahí número de fax?

Rebus se lo dictó.

– Tendrá que poner el prefijo internacional -añadió.

– Sí, claro. ¿Cuán confidencial va a ser esta información?

– Todo lo confidencial que yo pueda hacerla.

– Bien, en ese caso confío en su palabra. ¿Le gusta el rugby, inspector?

Rebus sintió que debía decir que sí.

– Sólo como simple espectador -contestó.

– Quiero ir a Edimburgo para la final de las Seis Naciones. A ver si nos vemos y tomamos una copa.

– Con mucho gusto. Le daré un par de números -dijo, y le pasó el de la comisaría y el de su móvil.

– No dejaré de llamarle.

– Hágalo. Lo invitaré a un buen whisky.

– Le tomo la palabra. -Una pausa-. En realidad no le gusta nada el rugby, ¿verdad?

– No -contestó Rebus, y oyó que el irlandés se echaba a reír.

Colgó pensando en que se había quedado sin saber qué rango tenía Macmanus ni ningún detalle sobre él. Miró los garabatos que había hecho en la hoja durante la conversación y vio que eran media docena de ataúdes. Aguardó veinte minutos a ver si llegaba el fax de Irlanda, pero la máquina no salió de su mutismo.

* * *

Fue primero al Maltings y después al Royal Oak y luego entró en el Swany's. Se tomó la habitual Guinness para empezar. Hacía mucho que no probaba aquella cerveza; estaba buena pero llenaba y sabía que no podía tomarse muchas. Cambió a una Indian Pale y finalmente pidió un Laphroaig con un pelín de agua. A continuación cogió un taxi para ir al Oxford, donde dio cuenta del último panecillo de buey con remolacha de la bandeja del mostrador, seguido de un plato de huevos a la escocesa. Allí pidió otra Indian Palé para acompañar la colación. Vio a clientes conocidos, pero el salón de atrás estaba lleno de estudiantes y en el de la entrada la gente apenas hablaba, como si lo que se oía arriba fuera de algún modo blasfemo. Atendía la barra Harry y se notaba que estaba deseando que se fueran los juerguistas. Cuando uno de ellos se acercó a pedir otra ronda, el camarero le hizo una serie de observaciones en la línea de «pronto os marcharéis a una discoteca, la noche es joven…», pero el joven barbilampiño se limitó a sonreír como lelo sin decir nada. Harry negó con la cabeza, disgustado, y una vez que el joven se hubo alejado con la bandeja cargada de jarras de cerveza en precario equilibrio, uno de los clientes dijo que estaba perdiendo facultades, pero la sarta de blasfemias que profirió el interesado fue para los presentes prueba de todo lo contrario.

Rebus había ido al Oxford con la vana esperanza de apartar de su mente los ataúdes de juguete, pero no se le iba de la cabeza que tenían que ser obra de una misma persona: un asesino; y se preguntaba si no habría más ejemplares pudriéndose quizás en algún monte perdido, ocultos en grietas o guardados en cobertizos como una macabra decoración por quienes los habían encontrado. De momento tenía los de Arthur's Seat, el de Los Saltos y los cuatro de Jean. En su opinión, había en todo ello una continuidad que lo espantaba. «A mí que me incineren o que me cuelguen de un árbol como hacen los aborígenes -pensó-. Cualquier cosa menos meterme en un estrecho ataúd; lo que sea.»

Se abrió la puerta y todos se volvieron a mirar. Rebus se irguió tratando de no delatar su sorpresa. Era Gill Templer, quien inmediatamente reparó en él y sonrió y procedió a desabrocharse el abrigo y quitarse la bufanda.

– Me imaginé que te encontraría aquí -dijo-. Te telefoneé a casa pero me salió el contestador.

– ¿Qué quieres tomar?

– Un gin-tonic.

Harry lo había oído y se acercó con un vaso en la mano.

– ¿Con hielo y limón? -preguntó.

– Sí, por favor.

Rebus advirtió que los de la barra se habían apartado un poco para procurarles algo de intimidad en el estrecho espacio. Pagó la consumición y contempló a Gill, que se la bebió de un trago.

– Me hacía falta -dijo ella.

– Salud -repuso Rebus alzando su vaso y brindando con ella. Después echó un trago.

Gill sonrió.

– Perdona -dijo-, ha sido una descortesía por mi parte.

– ¿Has tenido un día agitado?

– Un poco.

– ¿Qué te trae por aquí?

– Un par de cosas. Primero, que, como de costumbre, no te has preocupado de tenerme al corriente de la investigación.

– No hay mucho de lo que informar.

– ¿Es un callejón sin salida, entonces?

– No he dicho eso. Necesito unos días más -dijo Rebus alzando el vaso.

– Y después está lo de la cita con el médico.

– Sí, ya. Iré; te lo prometo -respondió asintiendo con la cabeza por encima de la cerveza-. Por cierto, ésta es la primera que tomo esta noche.

– Sí, cómo no -musitó Harry sin dejar de secar vasos.

Gill sonrió sin apartar la mirada de Rebus.

– ¿Cómo van las cosas con Jean? -preguntó.

Rebus se encogió de hombros.

– Bien. Ella está analizando la faceta histórica.

– ¿Te gusta?

Rebus la miró.

– ¿Es gratis el servicio de casamentera?

– Era simple curiosidad.

– ¿Y has venido hasta aquí para preguntármelo?

– Jean ya sufrió lo suyo por culpa de un alcohólico. Su ex marido.

– Me lo ha contado. No te preocupes.

Gill bajó la mirada hacia su copa.

– ¿Qué tal va Ellen Wylie?

– No tengo ninguna queja.

– ¿Te ha dicho algo de mí?

– Pues no.

Rebus había terminado su cerveza y alzó el vaso para indicarle a Harry que le sirviera otra. El camarero dejó el paño de secar y se la puso. Rebus se sentía incómodo con Gill allí de improviso; no le agradaba que los clientes habituales estuvieran oyendo lo que hablaban, y ella pareció advertirlo.

– ¿Preferirías hablar en la oficina?

Él se encogió de hombros.

– ¿Y tú, qué tal estás? ¿Te gusta el nuevo trabajo? -preguntó.

– Creo que me adaptaré.

– Seguro que sí -dijo él señalando el vaso con el dedo, ofreciéndole otra ginebra con tónica, pero ella rehusó.

– Tengo que irme. Simplemente quería beber algo antes de volver a casa.

– Yo también -dijo Rebus haciendo ademán evidente de consultar el reloj.

– Tengo el coche…

Rebus negó con la cabeza.

– Prefiero andar para estar en forma.

Harry lanzó un resoplido mientras Gill se arropaba con la bufanda.

– Bueno, entonces tal vez nos vemos mañana -dijo ella.

– Ya sabes dónde tengo la mesa.

Gill miró el local, las paredes del color del filtro de un cigarrillo usado, los grabados polvorientos de Robert Burns, y asintió con la cabeza.

– Sí, lo sé -respondió, luego dijo adiós con la mano como para todos los presentes y salió.

– ¿Es su jefa? -preguntó Harry. Rebus hizo un gesto afirmativo-. Se la cambio -añadió.

Los habituales se echaron a reír mientras llegaba otro estudiante del salón de atrás con una lista de consumiciones para una nueva ronda escrita en el reverso de un sobre.

– Tres Indian Palé, dos claras, una ginebra con lima y soda, dos Becks y un vino blanco seco -recitó Harry sin mirarla.

El estudiante miró la nota y asintió admirado. Harry dirigió un guiño a su público.

– A ver si creéis que los estudiantes son los únicos inteligentes que hay aquí.

* * *

Siobhan, sentada en su cuarto de estar, leía en la pantalla del portátil la respuesta al mensaje que había enviado a Programador diciéndole que estaba trabajando en la segunda clave.

«Olvidé decirte que de ahora en adelante actúas contrarreloj. Dentro de veinticuatro horas, la clave se anula.»

Siobhan tecleó: «Creo que deberíamos vernos. Tengo algunas preguntas que hacer». Hizo clic en enviar y aguardó. La respuesta no se hizo esperar.

«El juego contestará a tus preguntas.»

Siobhan volvió a teclear: «¿Tenía Flip alguien que la ayudara? ¿Participa alguien más en el juego?».

Aguardó unos minutos, pero no contestaba. Estaba en la cocina sirviéndose otro medio vaso de vino tinto chileno cuando sonó el portátil avisándole que tenía un mensaje. Se salpicó de vino las manos por volver corriendo al cuarto de estar.

«Hola, Siobhan.»

Miró la pantalla y vio que la dirección de quien se lo enviaba era una serie de cifras. Antes de que pudiera responder, el ordenador le avisó que tenía otro mensaje.

«¿Sigues ahí? Tienes las luces encendidas.»

Sintió un escalofrío y vio que la pantalla temblaba. ¡Estaba en la calle! ¡Frente a su casa! Fue corriendo a la ventana y vio abajo un coche aparcado con los faros encendidos: el Alfa de Grant Hood.

Él la saludó con la mano y Siobhan, lanzando maldiciones, salió corriendo de su piso y del edificio.

– ¿Qué clase de broma es ésta? -preguntó entre dientes.

Hood se bajó del coche como sorprendido por su reacción.

– Tenía conexión con Programador -dijo ella- y pensé que era él. -Hizo una pausa y entornó los ojos-. ¿Cómo lo has hecho?

Hood enarboló su móvil.

– Es un WAP. Me lo he comprado hoy -contestó avergonzado-. Con esto se puede enviar mensajes electrónicos y qué sé yo.

Ella se lo arrebató y lo examinó.

– Por Dios, Grant.

– Lo siento; sólo quería…

Siobhan le devolvió el móvil. Hood simplemente había pretendido hacerle una demostración con su último juguetito.

– Bueno, ¿qué haces aquí?

– Creo que lo he descubierto -dijo él.

Ella lo miró.

– ¿Otra vez?

Hood se encogió de hombros.

– ¿Y cómo es que siempre esperas a estas horas de la noche?

– Será que es cuando mejor pienso -respondió él mirando a la casa-. Bueno, ¿me invitas a entrar o seguimos dando el espectáculo gratis a los vecinos?

Siobhan miró a su alrededor y comprobó que se veían siluetas en algunas ventanas.

– Anda, entra -dijo.

En cuanto salió, lo primero que hizo fue mirar el portátil, pero Programador no había contestado.

– Creo que lo has espantado -aventuró Hood leyendo el diálogo en la pantalla.

Siobhan se dejó caer en el sofá y cogió lentamente el vaso.

– Bueno, ¿y qué es lo que traes esta noche, Einstein?

– Ah, la tan celebrada hospitalidad escocesa -replicó él mirando el vino.

– Tú tienes que conducir.

– Por un vaso no pasa nada.

Siobhan se levantó, con un leve gruñido de protesta, y fue a la cocina. Hood sacó mapas y guías turísticas de una bolsa que traía.

– ¿Qué es eso? -preguntó Siobhan, tendiéndole un vaso y sirviéndole vino. Se sentó, apuró su vaso, volvió a llenarlo y dejó la botella en el suelo.

– ¿Seguro que no te molesto? -dijo él tratando de tomarle el pelo, pero ella no estaba de humor.

– Vamos, dime qué has descubierto.

– Bueno…, si estás de verdad segura de que no te… -Siobhan lo fulminó con la mirada y él fijó la vista en los mapas-. Estuve pensando en lo que dijo la abogada.

– ¿Harriet? -inquirió ella frunciendo el entrecejo-. Explicó que en escocés «monte» es law.

Hood asintió con la cabeza.

– Law escocés -dijo-. Lo que tal vez signifique que hay que buscar lo que quiere decir law en escocés.

– Es decir…

Hood desplegó una hoja y comenzó a leer: «Monte, colina, cerro, loma, ladera, montaña, altozano, otero…».

– Figuran todos en el diccionario -añadió tendiéndole la hoja.

Siobhan cogió el papel y repasó la lista.

– Pero ya miramos en los mapas -dijo.

– Sin saber lo que buscábamos. Algunas de estas guías tienen un índice de colinas y montañas y en las otras miraremos la cuadrícula B4 de todas las páginas.

– ¿Buscando qué, exactamente?

– El monte del Ciervo, el cerro del Venado, la loma del Corzo…

Siobhan asintió con la cabeza.

– ¿Supones que dear quiere decir «ciervo» por similitud de sonido?

– Supongo muchas cosas -replicó Hood dando un sorbo al vino-, pero mejor eso que nada.

– ¿Y no podríamos dejarlo para mañana?

– No, puesto que Programador de pronto decide que el tiempo se acaba.

Cogió el primer mapa y pasó el dedo por el índice.

Siobhan lo observó por encima del vaso. Sí, tenía razón, pero realmente él acababa de enterarse de que se acababa el tiempo. No se le había pasado el tembleque por el mensaje que le había enviado con el WAP y esto la hizo pensar en qué capacidad de desplazamiento tendría Programador; porque conocía su nombre y la ciudad en que vivía; en la actualidad no era tan difícil averiguar la dirección de un particular y seguramente podía hacerse con ella con una búsqueda de cinco minutos en la red.

Hood no parecía darse cuenta de que ella seguía mirándolo.

«A lo mejor está más cerca de lo que crees», pensó Siobhan.

Al cabo de media hora puso música, un maxi-single de Mogwai de los más tranquilos del grupo, y preguntó a Hood si quería café; estaba sentado en el suelo, recostado en el sofá con las piernas estiradas. Tenía desplegado un mapa oficial sobre los muslos y escudriñaba una cuadrícula. Levantó la vista y parpadeó como si lo deslumbrara la luz del cuarto.

– Sí -dijo.

Cuando volvió con las tazas le explicó lo de Ranald Marr, y la expresión de Hood cambió. Frunció el entrecejo.

– ¿Es que te lo guardabas para ti sola?

– Pensaba decírtelo mañana.

La respuesta no pareció satisfacerlo y cogió el café farfullando un «gracias» a duras penas. Siobhan volvió a sentir irritación. Aquello era su casa. ¿A cuento de qué había tenido él que presentarse allí? El trabajo se hacía en la comisaría, no en su cuarto de estar. ¿Por qué no le había telefoneado pidiéndole que fuera a su casa? Cuanto más lo pensaba, más se percataba de que realmente no conocía a Grant Hood. Había trabajado antes con él, habían ido a fiestas juntos, a tomar copas y habían cenado una vez. No creía que hubiese tenido novia. En Saint Leonard, algunos lo llamaban «el de los aparatitos». Por buen agente que fuese, no dejaba de ser objeto de burla.

No era como ella. No tenían nada en común; pero allí lo tenía, compartiendo con él su tiempo libre, dejándole que convirtiese el tiempo de ocio en jornada de trabajo.

Siobhan cogió otra guía de las carreteras de Escocia. En la primera página, la cuadrícula B4 era la isla de Man. Aquello le fastidió, porque la isla de Man no pertenecía a Escocia. En la siguiente página, la B 4 correspondía a Yorkshire Dales.

– ¡Mierda! -exclamó.

– ¿Qué sucede?

– Esto es un mapa anexionista -dijo pasando a la siguiente página, en donde B4 correspondía a Mull of Kintyre, pero en la siguiente llamó su atención un «cerro Loch». Miró con mayor atención y vio que estaba cerca de Moffat y que la M 74 pasaba cerca. Ella conocía Moffat, un lugar pintoresco con un buen hotel en donde había parado en una ocasión a almorzar. En la parte superior de la cuadrícula, Siobhan vio un triangulito que señalaba un pico: cerro del Cervato. Tenía 808 metros de altura. Miró a Hood-. Un cervato es una clase de ciervo, ¿no?

Él se puso en pie y se le acercó.

– Claro; uno pequeño, macho.

– Pero ¿no se llaman cervatillos?

– Los cervatos son los que tienen más de seis meses, creo -respondió él mirando fijamente el mapa y tocando con el hombro el brazo de ella, quien a duras penas contuvo un estremecimiento-. Dios -exclamó Hood-, está en el quinto pino.

– Tal vez sea pura coincidencia -opinó Siobhan.

Hood asintió con la cabeza, pero ella notó que estaba convencido.

– Cuadrícula B4 -dijo-. Un cerro es otro nombre para un law. Un cervato, o hart, es una especie de ciervo, o deer… -La miró y negó con la cabeza-. No es una coincidencia.

Siobhan enchufó la tele y pulsó el botón de teletexto.

– ¿Qué haces? -preguntó Hood.

– Comprobar las previsiones meteorológicas para mañana. No voy a escalar el cerro del Cervato en medio de un temporal.

* * *

Rebus pasó por Saint Leonard a recoger las notas de los cuatro casos: Glasgow, Dunfermline, Perth y Nairn.

– ¿Se encuentra bien, señor? -preguntó un agente de uniforme.

– ¿Por qué no iba a estarlo?

Había tomado algunas copas, de acuerdo; pero no estaba incapacitado y tenía fuera un taxi esperando. Cinco minutos más tarde subía la escalera de su casa y otros cinco después estaba con un cigarrillo y un té abriendo el primer expediente. Se sentó en el sillón junto a la ventana, su pequeño oasis en medio del caos. Oyó una sirena a lo lejos por Melville Drive que le pareció de ambulancia. Tenía fotos de prensa de las cuatro víctimas, retratos sonrientes en blanco y negro. Le vino a la mente el verso del poema y pensó que las cuatro compartían la misma característica: habían muerto porque estaban disponibles.

Comenzó a pinchar las fotos con chinchetas en un gran tablero de corcho en el que tenía también una postal adquirida en la tienda del museo de un primer plano de tres de los ataúdes de Arthur's Seat sobre fondo negro. Dio la vuelta a la postal y leyó: «Figuras talladas, con vestimenta de tela, en ataúdes miniatura de pino, pertenecientes a un grupo hallado en un nicho rocoso en la vertiente nordeste de Arthur's Seat en junio de 1836». Pensó que si había intervenido la policía de la época seguramente existiría un expediente. Pero ¿cuán organizado estaría el cuerpo en aquella época? No se parecería en lo más remoto al moderno departamento de Investigación Criminal. A saber si en aquel entonces no recurrían al examen del globo ocular de las víctimas para obtener una imagen del asesino; un método nada alejado de la tesis de brujería, que fue una de las hipótesis del caso de las muñecas. ¿Habría habido brujas en Arthur's Seat? Sospechaba que en la época actual ya debían de tener hasta subvención oficial.

Se levantó y puso música: The Night Tripper de Dr John. Volvió a la mesa y encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior. El humo le entró en los ojos y los cerró. Cuando los abrió tardó un instante en ajustar la visión. Era como si una muselina cubriera las fotos de las cuatro mujeres. Parpadeó un par de veces y sacudió la cabeza para despejar el cansancio.

Cuando se despertó dos horas más tarde, continuaba sentado a la mesa con la cabeza apoyada en los brazos. Allí seguían las fotos: unos rostros inquietantes habían invadido sus sueños.

– Ojalá pudiera ayudaros -dijo.

Se levantó, fue a la cocina y volvió con un té que se llevó hasta el sillón junto a la ventana. Tenía una noche por delante pero, extrañamente, no se alegraba.

Capítulo 8

Rebus y Jean Burchill paseaban por Arthur's Seat. Era una mañana espléndida, pero soplaba un viento frío. Decían de Arthur's Seat que era como un león preparándose para saltar, pero a Rebus más bien le parecía un elefante o un mamut con un cabezón protuberante y una depresión en el cuello que se prolongaba formando el lomo.

– En sus tiempos fue un volcán -explicó Jean-, igual que el peñasco del castillo. Después hubo granjas, canteras e iglesias.

– La gente venía aquí en peregrinación, ¿no es cierto? -dijo Rebus deseoso de mostrar sus conocimientos.

Ella asintió con la cabeza.

– Y aquí desterraban a quienes tenían deudas hasta que las pagaban. Hay mucha gente que cree que el nombre procede del rey Arturo.

– ¿Y no es así?

Ella dijo que no.

– Lo más probable es que sea gaélico: Ardna-Said, o Alto de los Pesares.

– Un nombre muy alegre.

Ella sonrió.

– El parque está lleno de nombres por el estilo: peña del Púlpito, rincón del Polvorín -dijo mirándolo-. Por no citar acre del Crimen y risco del Ahorcado.

– ¿Eso dónde está?

– Cerca del estanque de Duddingston y del ferrocarril de los Inocentes.

– Al que llamaban así porque utilizaban caballos a falta de tren, ¿no es cierto?

– Puede ser -respondió ella sonriendo-, pero hay otras teorías. Las Costillas de Sansón -añadió señalando hacia el estanque-. Ahí hubo un fuerte romano. ¿No sabía tal vez que habían llegado tan al norte? -añadió dirigiéndole una mirada picara.

Rebus se encogió de hombros.

– La historia nunca ha sido mi fuerte. ¿Hay constancia de dónde encontraron los féretros?

– La documentación de la época es algo ambigua. «En la vertiente nordeste de Arthur's Seat», dice el Scotsman, en una pequeña abertura de un afloramiento apartado -dijo ella encogiéndose de hombros-. Yo me he recorrido todo el monte y no he dado con el lugar. Otro detalle que mencionaba el periódico es que los féretros estaban dispuestos en dos gradas, ocho en cada una, y que había una tercera grada recién empezada.

– ¿Como si alguien pensara añadir más?

Ella se envolvió en la chaqueta, pero a Rebus le pareció que no era sólo el viento lo que la hacía temblar. Pensó en el ferrocarril de los Inocentes, que en la actualidad era una senda y camino de bicicletas en la que hacía un mes se había cometido un atraco, pero consideró que no era el momento más apropiado para hablar de ello. También podía hablarle de los suicidios y las jeringuillas a un lado del camino, pero vivían en mundos muy diferentes.

– Me temo que lo único que yo puedo aportar es historia -dijo ella de pronto-. He indagado en todos los departamentos pero no recuerdan a nadie que mostrara interés por los ataúdes, con excepción de algún estudiante o turista. Esos ataúdes formaron parte de una colección privada y después pasaron a la Sociedad de Anticuarios, que los donó al museo. -Se encogió de hombros-. No le he sido de mucha ayuda, ¿verdad?

– Jean, en un caso como éste todo es útil; cualquier dato, aunque no aporte nada, sirve para descartar otros.

– Me da la impresión de que no es la primera vez que dice eso.

Rebus sonrió.

– Tal vez no, pero no lo digo por decir. ¿Está libre después?

– ¿Por qué? -replicó ella jugueteando con la pulsera que le había comprado a Bev Dodds.

– Voy a llevar los ataúdes a un experto y un poco de historia no vendría mal. -Hizo una pausa y contempló Edimburgo-. Dios, qué ciudad tan preciosa, ¿verdad?

– ¿Lo dice por complacerme? -preguntó ella mirándolo.

– ¿Cómo dice?

– La otra tarde, cuando nos paramos en el puente North, me pareció que no le impresionaba la vista.

– La miro, pero no siempre la veo. Ahora sí que la veo.

Estaban en la cara oeste del monte y desde allí apenas se dominaba la mitad de la urbe; Rebus sabía que desde más arriba la vista era completa, pero desde aquel lugar se apreciaban bien agujas, chimeneas y hastiales escalonados con el telón de fondo de los montes Pentland al sur y el Firth of Forth al norte y, más allá, la costa de Fife.

– Puede ser cierto -reconoció ella y, sonriendo, se puso de puntillas inclinándose hacia él y dándole un beso en la mejilla-. Mejor será irse -añadió.

Rebus asintió con la cabeza sin saber qué decir hasta que ella volvió a tiritar y vio que realmente tenía frío.

– Detrás de Saint Leonard hay un café -dijo él-. Invito yo. Pero no vaya a creer que es por altruismo, sino porque tengo que pedirle un gran favor.

Ella se echó a reír, llevándose la mano a la boca y disculpándose.

– ¿Qué he dicho? -preguntó Rebus.

– Nada; es que Gill me previno al respecto diciéndome que si seguíamos viéndonos estuviese preparada para «el gran favor».

– ¿Ah, sí?

– Y tenía razón, ¿verdad?

– No del todo, porque lo que le pido no es un gran favor, sino un favor enorme.

* * *

Siobhan llevaba camiseta de cuello vuelto y un suéter de cuello de pico de lana; unos viejos pantalones de pana gruesa remetidos en dos pares de calcetines. Había limpiado sus viejas botas de excursión con betún y le habían quedado bien. El anorak no se lo había puesto hacía años, pero para aquella ocasión le venía que ni pintado. Se había provisto, además, de un gorro con borla y de una mochila con un paraguas, el móvil, una cantimplora y un termo de té con azúcar.

– ¿Seguro que no te falta nada? -preguntó Hood riendo.

Él iba con vaqueros y chándal, y llevaba un chubasquero amarillo nuevo; al mirar al sol, los rayos destellaron en sus gafas. Aparcaron en un área de estacionamiento. Había que saltar una valla tras la cual arrancaba una pendiente suave que más arriba se hacía abrupta. La empinada cuesta estaba yerma, con excepción de algunas piedras y matas de tojo.

– ¿Tú qué crees? ¿Habrá una hora hasta la cumbre? -preguntó Hood.

– Con un poco de suerte -contestó Siobhan cargándose la mochila.

Las ovejas los miraron saltar la cerca con alambre de espino en el que había prendidos mechones de lana gris. Hood ayudó a Siobhan y después él salvó el obstáculo de un salto apoyándose con una mano en uno de los postes.

– No hace mal día -dijo cuando atacaron la subida-. ¿Crees que Flip lo habría hecho sola?

– No lo sé -contestó Siobhan.

– Yo no creo que fuera de ésas. Seguro que al ver esta pendiente habría vuelto a su Golf GTi.

– Lo malo es que no tenía coche.

– Oportuna puntualización. ¿Cómo habría llegado aquí, entonces?

Lo que también era un dato importante, porque por aquellos alrededores no había ningún pueblo y sólo se veía alguna granja aquí y allá. El paraje estaba a sesenta kilómetros escasos de Edimburgo, pero la ciudad, desde allí, parecía un recuerdo lejano. Siobhan pensó que por aquel lugar no pasarían muchos autobuses. Si Flip había estado allí, habría necesitado ayuda.

– A lo mejor vino en taxi -dijo.

– No es un servicio fácil de olvidar.

– No. -Cierto que, a pesar del llamamiento público y de las fotos en la prensa, ningún taxista había informado de una carrera semejante-. Tal vez la acompañó una amiga, o alguien que aún no hemos localizado.

– Puede ser -dijo Hood no muy convencido.

Siobhan advirtió que iba ya sin aliento y que un minuto después se quitaba el chubasquero y se lo ponía debajo del brazo.

– No sé cómo tú puedes llevar tanta ropa -repuso, y ella entonces se quitó el gorro y abrió la cremallera del anorak.

– ¿Satisfecho?

Hood se encogió de hombros.

Llegados al tramo más abrupto, se vieron obligados a trepar con pies y manos con cuidado pues aquel terreno pedregoso cedía bajo su peso. Siobhan se detuvo a descansar sentada con las rodillas hacia arriba y bien apoyada en los talones; dio un sorbo de agua.

– ¿Ya te desfondas? -preguntó Hood, que la precedía unos tres metros.

Ella le ofreció la cantimplora, pero él negó con la cabeza y continuó ascendiendo. Siobhan advirtió que tenía el pelo bañado en sudor.

– Grant, no se trata de una carrera -gritó, pero él no respondió.

Reemprendió el ascenso medio minuto después y vio que Hood se había adelantado bastante. «Esto es trabajo en equipo», pensó. Grant era como tantos otros que había conocido: obcecado y seguramente incapaz de razonar las cosas. Se guiaba más bien por una especie de instinto, un impulso básico irracional.

En un tramo en que la pendiente era más suave, Hood hizo un alto para descansar, estirándose con las manos en la cadera y contemplando la vista. Siobhan vio que agachaba la cabeza para escupir, pero la saliva era excesivamente viscosa y le quedó colgando de la boca como un hilo; sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió. Ella, al llegar a su altura, le tendió la cantimplora.

– Toma -dijo, y él, algo remiso, aceptó dar un trago-. Empieza a nublarse -añadió Siobhan, que prestaba más interés al cielo que a la panorámica. Habían aparecido unas nubes espesas y negras. Era curioso cómo cambiaba el tiempo de un momento a otro en Escocia y, además, la temperatura había descendido tres o cuatro grados, tal vez más-. A ver si nos cae un chaparrón -dijo, mientras Hood asentía con la cabeza y le devolvía la cantimplora.

Siobhan consultó el reloj y vio que llevaban veinte minutos de subida, lo que significaba que seguramente estaban a quince minutos del coche, teniendo en cuenta que el descenso sería más rápido. Miró hacia arriba y calculó que les faltarían otros quince o veinte minutos para la cumbre. Hood jadeaba ruidosamente.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Siobhan.

– Es un buen ejercicio -respondió él con voz ronca reanudando la escalada.

Vio que el sudor bañaba su sudadera azul oscuro. Seguro que no tardaría un minuto en quitársela para quedarse en camiseta justo cuando empezara a empeorar el tiempo. Efectivamente, ella vio que se detenía a quitársela.

– Comienza a hacer frío -dijo Siobhan.

– Pero yo tengo calor -repuso él atándose las mangas de la sudadera a la cintura.

– Ponte el chubasquero, por lo menos.

– Me asaría.

– Qué va.

Le pareció que iba a replicar, pero no lo hizo. Ella había vuelto a subirse la cremallera del anorak. Las nubes bajas y la niebla comenzaban a impedir la visibilidad del paisaje. O tal vez ya estaba lloviendo.

Cinco minutos más tarde empezó la lluvia. Al principio era fina, pero poco después comenzaron a caer gotas gruesas. Siobhan se puso el gorro y vio que Hood se enfundaba el chubasquero. Empezaron a soplar rachas de viento; Hood perdió pie y cayó sobre una rodilla, lanzando una maldición, pero siguió adelante cojeando y agarrándose la pierna.

– ¿Hacemos un alto? -preguntó ella, a sabiendas de que no respondería.

La lluvia arreciaba a pesar de que a lo lejos se veía ya el cielo azul. No duraría mucho. De todos modos, Siobhan tenía las piernas mojadas y los pantalones pegados a la piel. Oyó el ruido de chapoteo de las deportivas de Hood, pero él había puesto el piloto automático y miraba al vacío con la mente fija en llegar a la cima a toda costa.

Superaron un último repecho, la pendiente disminuyó notablemente y pronto alcanzaron la cumbre. La lluvia amainaba. A unos siete metros vieron un mojón de piedras. Siobhan sabía que los montañeros añadían a veces una piedra al llegar a la cima; ése sería seguramente su origen.

– Vaya, no hay bar -dijo Hood poniéndose en cuclillas a recobrar el aliento.

Había dejado de llover y un rayo de sol atravesó las nubes y bañó las colinas circundantes con un amarillo misterioso. Estaba temblando pero, como el agua había escurrido por el chubasquero empapándole la sudadera, no era cuestión de ponérsela. Sus vaqueros habían adquirido un color azul oscuro.

– Hay té caliente, si quieres -dijo Siobhan.

Él hizo un gesto afirmativo y ella le sirvió una taza. Hood lo tomó mirando el mojón.

– ¿Encontraremos algo terrorífico? -preguntó.

– Tal vez no encontremos nada.

Él asintió con la cabeza.

– Mira a ver -añadió.

Siobhan cerró el termo y se acercó al mojón. Dio la vuelta a su alrededor y comprobó que era un simple montón de piedras.

– Aquí no hay nada -dijo poniéndose en cuclillas para examinarlo mejor.

– Tiene que haber algo -repuso Hood levantándose y acercándose-. Tiene que haberlo.

– Pues si lo hay está bien escondido.

Hood tocó el mojón con el pie, lo derribó de una patada y se puso de rodillas a escarbar entre las piedras con cara de rabia y apretando los dientes. Enseguida, la pila de piedras había desaparecido. Siobhan, que había dejado de interesarse, miró a su alrededor por si había alguna otra posibilidad, pero no vio nada. Hood metió la mano en el bolsillo del chubasquero y sacó las dos bolsitas de plástico para pruebas que había llevado. Siobhan lo vio meterlas debajo de las piedras más grandes y ponerse a rehacer el monolito, que a media altura volvió a desmoronarse.

– Déjalo, Grant.

– ¡Qué mierda! -exclamó él.

– Grant -dijo ella con voz queda-, vuelve a nublarse. Vámonos.

Él no parecía muy dispuesto; se sentó con las piernas estiradas apoyado en los brazos hacia atrás.

– Ha sido un error -reconoció casi llorando.

Siobhan lo miró y comprendió que tendría que engatusarlo para iniciar el descenso. Estaba mojado, tiritando y como enajenado. Se agachó frente a él.

– Grant, tienes que sobreponerte -dijo apoyando las manos en sus rodillas-. Si me fallas, estamos perdidos. Formamos equipo, ¿recuerdas?

– Equipo -repitió él, mientras ella asentía con la cabeza.

– Así que vamos a actuar como un equipo marchándonos de aquí ahora mismo.

Hood le miró las manos y alargó las suyas cogiéndoselas, pero ella se puso en pie haciéndolo levantarse.

– Vamos, Grant.

Estaban de pie y él la miraba fijamente.

– ¿Recuerdas lo que dijiste cuando buscábamos aparcamiento cerca de Victoria Street? -preguntó.

– ¿Qué?

– Me preguntaste si siempre me atenía a las normas…

– Grant… -replicó ella tratando de mirarlo con simpatía en vez de con compasión-. No lo estropees -añadió en voz baja intentando soltarse de sus manos.

– ¿Estropear, qué? -inquirió él con voz de falsete.

– Formamos equipo -repitió Siobhan.

– ¿Ah, sí?

Él no dejaba de mirarla mientras ella asentía con la cabeza. Siguió haciendo aquel gesto y él le soltó poco a poco las manos. Siobhan echó a andar para iniciar el descenso y no había dado cinco pasos cuando él la adelantó a la carrera ladera abajo como un poseso, perdiendo pie un par de veces, pero recuperándose de un salto.

– No es granizo, ¿verdad? -lo oyó gritar finalmente.

Pero sí que lo era. Siobhan notaba las punzadas en la cara mientras seguía cuesta abajo tratando de alcanzarlo. Al saltar la cerca, a Hood se le enganchó el chubasquero en el alambre de espino y se le abrió una costura. La ayudó a saltar ruborizado y balbuciendo maldiciones.

Dentro del coche se quedaron sentados un minuto para recobrar el aliento, y comenzó a condensarse vaho en el cristal del parabrisas, así que Siobhan bajó su ventanilla. Había dejado de granizar y volvía a salir el sol.

– Maldito tiempo escocés -espetó Hood-. No es de extrañar que seamos unos resentidos.

– No me digas. Ni lo había notado.

Él lanzó un resoplido, pero sonrió. Siobhan lo miró esperando que todo hubiera pasado. Así lo parecía por su modo de actuar. Se quitó el anorak y lo echó en el asiento de atrás mientras él se quitaba el chubasquero. Su camiseta desprendía vapor. Siobhan sacó el portátil de debajo del asiento y conectó el móvil; la señal era débil, pero bastaría.

– Dile que es un cabrón -dijo Hood.

– Seguro que le encantaría -replicó ella comenzando a teclear un mensaje mientras él se inclinaba para leerlo.

«Acabo de subir al cerro del Cervato y no hay rastro de la siguiente clave. ¿Me he equivocado?»

Hizo clic en enviar y, mientras aguardaba, se sirvió un té. Hood trataba de despegar los vaqueros de las piernas.

– En cuanto arranquemos pondré la calefacción -dijo. Siobhan asintió con la cabeza y le ofreció otro té-. ¿A qué hora es la entrevista con el banquero?

Ella consultó el reloj.

– Tenemos dos horas por delante; nos da tiempo de ir a casa a cambiarnos.

– No debe de estar -dijo él mirando la pantalla.

Siobhan se encogió de hombros y él le dio a la llave de contacto. Rodaron en silencio a medida que el cielo iba despejándose, y enseguida vieron que había sido un aguacero local. Al llegar a Innerleithen, la carretera estaba seca.

– No sé si no habría sido mejor haber ido por la A 701 hasta la vertiente oeste. Habría sido más fácil subir.

– Ahora ya da igual -dijo Siobhan, consciente de que él seguía pensando en la montaña. El portátil anunció de pronto la recepción de un mensaje. Hizo clic en entrada, pero resultó ser un anuncio para un sitio porno-. No es el primero que recibo -explicó-. Qué harás tú con el ordenador…

– Los envían al azar -dijo él ruborizándose-. Deben de disponer de un programa que les señala cuándo estás en la red.

– Sí, claro.

– ¡Es verdad! -exclamó Hood.

– De acuerdo, de acuerdo. Te creo.

– Yo no haría eso nunca, Siobhan.

Ella asintió con la cabeza sin decir nada más. Estaban en las afueras de Edimburgo cuando llegó el anuncio de otro mensaje. Éste sí era de Programador. Hood detuvo el coche en el arcén.

– ¿Qué dice?

– Lee -dijo Siobhan volviendo hacia él la pantalla. Después de todo, eran un equipo…

«Del cerro del Cervato sólo quería el nombre. No había que escalarlo.»

– ¡Cabrón! -musitó Hood.

Siobhan tecleó la respuesta. «¿Lo sabía Flip?» La contestación tardó dos minutos. «Faltan dos pasos para Hellbank. Siguen claves en aproximadamente diez minutos. Tienes veinticuatro horas para resolverlas. ¿Quieres continuar?»

Ella miró a Hood.

– Dile que sí.

– Todavía no -replicó ella sosteniéndole la mirada-. Creo que ahora él depende tanto de nosotros como nosotros de él.

– ¿Podemos correr ese riesgo?

Pero Siobhan ya estaba tecleando: «Necesito saber si a Flip la ayudaba alguien. ¿Quién más jugaba?».

La respuesta fue inmediata: «Por última vez, ¿quieres seguir jugando?».

– No lo perdamos -dijo Hood.

– Sabía que iba a subir a esa montaña, seguramente del mismo modo que sabía que Flip no lo haría -explicó ella mordiéndose el labio inferior-. Creo que podemos apretarle un poco.

– Nos faltan dos claves para Hellbank, que es hasta donde Flip llegó.

Siobhan asintió con la cabeza despacio y comenzó a teclear: «Continúo hasta el siguiente nivel, pero, por favor, dime si a Flip la ayudaba alguien».

Hood se recostó en el asiento conteniendo la respiración. No contestaban y Siobhan consultó el reloj.

– Ha dicho diez minutos.

– Te gusta el juego, ¿verdad?

– ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?

– Una experiencia más tranquila y placentera.

– Habla el corredor de fondo -replicó ella.

Hood limpió el vaho del parabrisas.

– Si Flip no tuvo que subir al cerro del Cervato, a lo mejor no hizo ningún viaje. Quiero decir que tal vez resolviera el juego desde casa.

– ¿Con lo cual…?

– Con lo cual no habría ido a ningún lugar difícil.

– Quizá lo sepamos por la próxima clave.

– Si es que la hay.

– Hay que tener fe -dijo ella cantando.

– La fe para mí es eso: una canción de George Michael.

El portátil volvió a anunciar la entrada de otro mensaje, y Hood se inclinó para leerlo.

«El maíz aparece donde acabó el sueño del masón.»

Cuando aún estaban pensando en ello, llegó otro mensaje: «No creo que a Flip la ayudase nadie. ¿Te ayuda a ti alguien, Siobhan?».

Ella tecleó «No» e hizo clic en enviar.

– ¿Por qué no quieres que lo sepa? -preguntó Hood.

– Porque puede cambiar las reglas o enfadarse. Dice que Flip jugaba sola y quiero que piense lo mismo de mí -respondió Siobhan mirándolo-. ¿Hay algún problema?

Hood reflexionó un instante y negó con la cabeza.

– ¿Qué querrá decir esta clave?

– No tengo la menor idea. Supongo que tú no eres masón.

Hood volvió a negar con un gesto.

– No aprobé el ingreso. ¿Tienes tú idea de dónde podemos encontrar a un masón?

– ¿En la policía de Lothian y Borders? -replicó Siobhan sonriendo-. No creo que sea muy difícil.

* * *

Los ataúdes estaban en Saint Leonard, así como los informes de las autopsias, pero había un pequeño problema: el de Los Saltos lo tenía Steve Holly porque Bev Dodds se lo había entregado para hacer la foto. Así que Rebus decidió ir a ver al periodista; cogió la chaqueta y se acercó a la mesa de Ellen Wylie, donde ella miraba con cara de aburrimiento a Donald Devlin, que examinaba la documentación de una fina carpeta de papel Manila.

– Tengo que salir -dijo Rebus.

– Afortunado. ¿Necesita que lo acompañen?

– Quédate con el profesor. No tardaré.

– ¿Se puede saber adónde peregrina? -preguntó Devlin alzando la vista.

– Tengo que ver a un periodista.

– Ah, nuestro muy apreciado cuarto poder.

El modo de hablar del profesor le atacaba los nervios, y no era el único a juzgar por la mirada de Wylie, que estaba sentada lo más apartada posible del viejo y cuando podía situaba la silla en el otro lado de la mesa.

– Iré lo más rápido que pueda -añadió Rebus para tranquilizarla, pero ella lo siguió con la mirada hasta la puerta.

Él notaba, además, que Devlin se mostraba exageradamente dispuesto a ayudar. Era como si hubiese rejuvenecido al ver que volvía a ser útil; le complacía aquella revisión de los informes de las autopsias, leía párrafos en voz alta, y cuando él estaba ocupado tratando de concentrarse, era impepinable que el viejo le plantease alguna pregunta. No era la primera vez que Rebus maldecía a Gates y a Curt, e incluso Wylie había resumido perfectamente la situación al decir: «Dígame usted si quien nos ayuda es él o somos nosotros quienes le hacemos un favor. Quiero decir, si yo hubiera querido ser auxiliar geriátrica, habría pedido trabajo en una residencia de ancianos».

Rebus procuró no contar el número de bares por los que pasaba durante el trayecto en coche.

El periódico sensacionalista de Glasgow tenía sus oficinas en el ático de un edificio rehabilitado de Queen Street, unas puertas más allá de la BBC. Tentando a la suerte aparcó en línea amarilla justo enfrente. La entrada estaba abierta y subió los tres pisos hasta unas puertas de cristal que franqueó para entrar en una pequeña área de recepción, donde una telefonista le sonrió mientras acababa de atender una llamada.

– Creo que ha salido y ya no vuelve en todo el día. ¿Tiene el número de su móvil? -¿Tenía el pelo rubio corto peinado por detrás de las orejas y, sobre ellas, un conjunto negro de auriculares y micrófono-. Gracias -dijo poniendo fin a la llamada; pulsó un botón para atender otra y alzó un dedo para dar a entender a Rebus que no lo había olvidado aunque no lo mirase.

Él miró alrededor buscando dónde sentarse, pero no había sillas; sólo una maceta con un agave escuálido.

– Creo que ha salido y no vuelve en todo el día. ¿Tiene el número de su móvil? -dijo otra vez la mujer, y dictó el número a su nuevo interlocutor-. Lo siento -añadió dirigiéndose a Rebus.

– No pasa nada. Quiero ver a Steve Holly, pero me parece que ya sé lo que va a decirme.

– Me temo que estará fuera todo el día.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Tiene el número de su móvil?

– Lo tengo.

– ¿Le espera?

– No lo sé. He venido a recoger la muñeca, si ha terminado con ella.

– Aah, «eso» -exclamó la mujer haciendo un gesto de estremecimiento-. Esta mañana dejó en mi silla el pequeño ataúd para gastarme una broma.

– Debe de ser muy entretenido trabajar con él -repuso Rebus.

Ella volvió a sonreírle.

– Creo que lo tiene en su cubículo -dijo.

– ¿Han hecho ya las fotos? -preguntó Rebus.

– Oh, sí.

– Entonces, ¿podría…? -añadió señalando hacia donde pensaba que estaría el cubículo de Holly.

– No veo inconveniente -contestó la mujer al tiempo que volvía a sonar la centralita.

– Bien, no la molesto más -dijo Rebus dando media vuelta como si supiera con seguridad adónde iba.

Pero no resultó difícil, pues no había más que cuatro «cubículos» o mesas separadas por paneles. Estaban todas vacías y vio el pequeño ataúd junto al teclado de Holly, con un par de copias de Polaroid encima. Bendijo su suerte porque, de haber estado allí Holly, habría tenido que esquivar sus preguntas y quizás habría surgido algún problema. Aprovechó la oportunidad para echar una ojeada al puesto de trabajo del reportero. Tenía números de teléfono y recortes de prensa pinchados en la pared, un perrito Scooby Doo de cinco centímetros sobre el monitor, un calendario de mesa de Los Simpson con una página de tres semanas atrás llena de garabatos, una grabadora abierta y sin batería, y un titular de periódico pegado con cinta adhesiva a un lado del monitor: «El Cally, súper, como una bala; el Celtic, una pena». Rebus sonrió; tal vez Holly fuese hincha del Rangers o quizá sólo le gustaba el nuevo lenguaje generado por el fútbol. Ya iba a marcharse cuando advirtió en la pared junto a la mesa el nombre de Jean con su número de teléfono. Lo rompió y se guardó los papelitos, y en ese momento vio otro número debajo: el suyo… y el de Gill Templer. Y debajo, los nombres de Bill Pryde, Siobhan Clarke y Ellen Wylie. Tenía los números particulares de Templer y Clarke. No sabía si estarían apuntados en otro lugar, pero optó por llevárselos.

En la calle llamó a Siobhan al móvil, pero le contestaron que en ese momento no estaba disponible. En el parabrisas tenía una multa, pero no se veía ningún guardia. En Edimburgo los llamaban los «Blue Meanies» por el uniforme que llevaban; seguramente, él era el único que había visto El submarino amarillo sin estar «colocado» y entendía lo del nombre, los «azules malos», no pudo menos que maldecir que le hubiesen multado mientras guardaba el papelito en la guantera. Se fumó un cigarrillo durante el lento regreso a Saint Leonard. Había muchas calles de dirección prohibida; en Princes Street no pudo doblar a la izquierda, y las obras en el puente Waverley habían provocado un embotellamiento, así que continuó hasta The Mound y siguió por Market Street. Había puesto Buried Alive in the Blues (Enterrada viva en blues), de Janis Joplin. Mejor que agonizar en las calles de Edimburgo.

En la comisaría vio que Ellen Wylie también parecía a punto de entonar un blues.

– ¿Qué te parece un viajecito? -dijo Rebus.

– ¿Adónde? -preguntó ella mirándolo.

– Profesor Devlin, usted también está invitado.

– Qué intrigante -dijo el hombre. Aquel día no llevaba chaqueta de punto, sino un jersey con cuello de pico dado de sí en las axilas y encogido por detrás-. ¿Un viaje sorpresa?

– No exactamente -contestó Rebus-. Vamos a una funeraria.

– No hablará en serio -dijo Wylie mirándolo.

Rebus asintió con la cabeza señalando los ataúdes que tenía en fila en la mesa.

– Para saber la opinión de un especialista, hay que acudir a un especialista.

– Evidentemente -añadió Devlin.

* * *

La funeraria no estaba lejos de Saint Leonard. Rebus no había vuelto a visitar ninguna desde el fallecimiento de su padre, ocasión en la que entró en la sala mortuoria para tocar la frente del viejo como él mismo le había enseñado al morir su madre: «Johnny, si los tocas nunca tendrás miedo a los muertos». En algún lugar de la ciudad, Conor Leary descansaba en otro féretro. Todo el mundo compartía los impuestos y la muerte, aunque él conocía delincuentes que en su vida habían pagado un penique de impuestos, si bien, de todos modos, también a ellos les aguardaba el ataúd un día.

Jean Burchill, que había llegado antes que ellos, se levantó de la silla de la recepción contenta de tener compañía. Era un ambiente tétrico a pesar de los ramos de flores frescas; Rebus se preguntó si harían descuento en las coronas. Las paredes de la sala estaban forradas de madera y se notaba un leve olor a cera de muebles; los picaportes de latón de las puertas brillaban y el suelo era de mármol a cuadros blancos y negros, como un tablero de ajedrez. Rebus hizo las presentaciones. Al estrechar la mano de Jean Burchill, Devlin preguntó:

– ¿Y qué conserva usted concretamente?

– Objetos del siglo diecinueve relacionados con creencias y asuntos sociales…

– La señorita Burchill nos está ayudando en el caso aportando la perspectiva histórica -terció Rebus.

– No estoy muy seguro de entenderlo -dijo Devlin como perdido.

– Yo fui la encargada de organizar la exposición de ataúdes de Arthur's Seat.

Devlin enarcó las cejas.

– ¡Ah, qué interesante! ¿Existe alguna relación con la avalancha actual?

– No creo que se pueda denominar «avalancha» a la aparición de cinco ataúdes en treinta años -respondió Ellen Wylie.

Devlin quedó un tanto desconcertado, quizá porque nadie objetaba nunca su modo de hablar. Miró a Wylie y se volvió hacia Rebus.

– ¿Es que existe una conexión histórica?

– No lo sabemos. Es lo que intentamos averiguar.

Se abrió la puerta del fondo dando paso a un hombre de unos cincuenta años con traje oscuro, camisa blanca impecable y corbata gris brillante. Llevaba el cabello corto y canoso y su rostro era alargado y pálido.

– ¿Señor Hodges? -preguntó Rebus. El interpelado asintió con la cabeza casi haciendo una reverencia y Rebus estrechó su mano-. Hablé con usted por teléfono. Soy el inspector Rebus.

A continuación hizo el resto de presentaciones.

– Esta es una de las peticiones más curiosas que he recibido en mi vida, inspector -dijo casi en un susurro-. En cualquier caso, el señor Patullo los espera en su despacho. ¿Les apetece tomar un té?

Rebus aceptó complacido y Hodges los invitó a pasar.

– Como le expliqué por teléfono, inspector, en la actualidad la fabricación de féretros se basa prácticamente en lo que podríamos denominar producción en cadena. El señor Patullo es uno de esos artesanos excepcionales que aún los realiza por encargo. Nosotros utilizamos sus servicios hace muchos años, todos los que yo llevo en la empresa, desde luego.

El pasillo por donde Hodges los conducía estaba también forrado de madera, aunque sin luz natural, y terminaba ante una puerta. El hombre la abrió y los hizo pasar a un despacho espacioso, en el que todo estaba recogido y no había nada a la vista. Rebus se esperaba, si acaso, muestrarios de tarjetas de condolencia o catálogos de ataúdes, pero el único indicio de que formaba parte de una funeraria era la ausencia de detalle alguno. Era de lo más discreto. Quizá para que los clientes que entrasen allí olvidasen el objeto de la visita, porque, indudablemente, dedujo, no convendría en absoluto a los intereses de la funeraria que rompieran a llorar cada dos minutos.

– Los dejo con él -dijo Hodges cerrando la puerta.

Había sillas para todos, pero Patullo estaba de pie junto a una ventana de cristal esmerilado. Llevaba una gorra de tweed que sujetaba por el borde con unas manos de dedos nudosos y piel apergaminada. Rebus calculó que tendría más de setenta años. Conservaba un abundante cabello blanco y unos ojos límpidos aunque recelosos. Se mantenía erguido, si bien algo encorvado, y su mano tembló al estrechársela Rebus.

– Señor Patullo -dijo-, le agradezco enormemente su presencia.

El anciano se encogió de hombros y Rebus pasó a presentarles a todos antes de tomar asiento. Llevaba los ataúdes en una bolsa de supermercado, y los fue sacando y colocando sobre la impoluta superficie del escritorio del señor Hodges. Eran cuatro: el de Perth, el de Nairn, el de Glasgow y el más reciente de Los Saltos.

– Le agradecería que los examinara y nos dijera lo que observa en ellos -pidió Rebus.

– Observo que son ataúdes en miniatura -contestó Patullo con voz seca.

– Me refiero a su opinión como artesano.

Patullo se sacó unas gafas del bolsillo y se situó delante de los ataúdes.

– Cójalos si quiere -dijo Rebus, y el hombre lo hizo para examinar las tapas y las muñecas, estudiando los clavos.

– Son tachuelas de alfombra y clavos pequeños de carpintero -explicó-. Los machihembrados son muy toscos pero, claro, en un trabajo a esta escala…

– ¿Qué?

– Pues que no es de esperar que haya colas de milano perfectas. -Volvió a examinarlos-. ¿Quieren saber si los hizo un especialista en ataúdes? -Rebus asintió con la cabeza-. No creo. Se advierte cierta habilidad, pero falla algo. Las proporciones no son adecuadas. Son muy romboidales -añadió dándoles la vuelta para examinarlos por debajo-. ¿Ven ustedes aquí, donde marcó el contorno con lápiz?

– Rebus asintió con la cabeza.

– Los marcó y los cortó con una sierra, pero sin pasar la máquina de aplanar, sólo los lijó. ¿Desea saber si son obra de la misma persona? -añadió, mirando por encima de las gafas a Rebus, quien volvió a asentir-. Éste es algo más basto -dijo el hombre alzando el ataúd de Glasgow- y la madera es distinta, porque es de balsa y en los otros es de pino, pero los machihembrados son iguales y las medidas también.

– Entonces, ¿cree que son obra de la misma persona?

– No me jugaría la cabeza -replicó Patullo cogiendo otro de los ataúdes-. Mire, en éste las proporciones son distintas y la ensambladura es algo más tosca. O está hecho más de prisa o yo diría que es obra de otra persona.

Rebus miró el ataúd y vio que era el de Los Saltos.

– Entonces, ¿serían obra de dos personas? -preguntó Wylie y, como el anciano asintió, expulsó aire y puso los ojos en blanco. Dos culpables representaban el doble de trabajo y la mitad de posibilidades de llegar a una solución.

– ¿Serían imitación de un modelo? -aventuró Rebus.

– No podría asegurarlo -respondió el hombre.

– Con lo cual… -añadió Jean Burchill sacando de su bolsa de bandolera una caja de la que extrajo envuelto en papel de seda uno de los ataúdes de Arthur's Seat.

Rebus le había pedido que lo llevase y ella lo miró para darle a entender lo que le había dicho en el café, que estaba arriesgando su empleo, porque si descubrían que sacaba objetos del museo o si ocurría algún percance tendría que dimitir. Rebus hizo un gesto afirmativo, y ella se levantó y puso el ataúd en la mesa.

– Éste es bastante delicado -previno al anciano.

Devlin también se había levantado y Wylie se acercó para verlo mejor.

– ¡Dios mío! -exclamó Devlin con voz entrecortada-. ¿Es uno de los de…?

Jean Burchill asintió con la cabeza. Patullo, sin tocar el ataúd, se inclinó a mirarlo a la altura de la superficie de la mesa.

– Quisiéramos saber -dijo Rebus- si cree usted que ése podría ser el que ha servido de modelo a los demás.

Patullo se frotó una mejilla.

– Éste es un diseño mucho más sencillo, pero bien hecho; aunque los lados son excesivamente rectos. No es la forma de féretro que se lleva hoy. Han adornado la tapa con tachones. -Volvió a restregarse la mejilla y se incorporó apoyándose en la mesa-. No están copiados de él. Es cuanto puedo decir.

– Nunca había visto ninguno fuera del museo -dijo Devlin acercándose para ocupar el lugar de Patullo y sonriendo a Jean Burchill-. ¿Sabe que yo tengo una teoría sobre su autor?

– ¿Quién sería? -preguntó Burchill enarcando una ceja.

Devlin miró de nuevo a Rebus.

– ¿Recuerda el retrato del doctor Kennet Lovell que le mostré? -Rebus asintió con la cabeza y Devlin se volvió hacia Burchill-. Fue el anatomista que realizó la autopsia de Burke y sobre quien posteriormente recayó gran parte de culpabilidad en el caso.

– ¿Compraba cadáveres a Burke? -preguntó ella con interés.

Devlin negó con un gesto.

– No existen datos históricos que lo demuestren pero, como tantos anatomistas de la época, probablemente compraría los cadáveres sin hacer muchas preguntas sobre su procedencia. Lo curioso es -añadió pasándose la lengua por los labios- que el doctor Lovell se interesaba igualmente por la ebanistería.

– El profesor Devlin tiene una mesa hecha por él -dijo Rebus a Burchill.

– Lovell era un buen hombre y un buen cristiano -añadió Devlin.

– ¿Los haría como memorial mortuorio? -inquirió Burchill.

Devlin se encogió de hombros y miró a su alrededor.

– Yo no tengo pruebas, desde luego…

Su voz se apagó como si hubiese advertido que su entusiasmo estaba fuera de lugar.

– Es una teoría interesante -opinó Jean Burchill, pero Devlin se contentó con encogerse de nuevo de hombros como percatándose de que lo decía por condescendencia.

– Como les digo, está bastante bien hecho -añadió Patullo.

– Hay otras teorías -dijo Jean Burchill- según las cuales tal vez fuesen brujas o marinos los autores de los ataúdes de Arthur's Seat.

– Los marineros solían ser buenos carpinteros -afirmó Patullo-. Por necesidad en algunos casos y en otros para entretenerse durante las travesías.

– Bien -dijo Rebus-, gracias por haber venido, señor Patullo. ¿Quiere que le pida un coche?

– No es necesario.

Se despidieron y Rebus fue con el grupo al Café Metropole, donde pidieron cafés y se sentaron en un reservado.

– Un paso adelante y dos atrás -se quejó Wylie.

– ¿Por qué lo dices? -preguntó Rebus.

– Si no hay relación entre los otros ataúdes y el de Los Saltos, es como dar palos de ciego.

– Yo no lo creo -terció Jean Burchill-. Bueno, no sé si tengo vela en este entierro, pero a mí me parece que quien dejó el de Los Saltos debió de inspirarse en algún precedente.

– De acuerdo -dijo Wylie-, pero es más verosímil que lo hiciera por una visita al museo, ¿no cree?

Rebus miró a Wylie.

– ¿Quieres decir que deberíamos investigar los cuatro casos previos?

– Quiero decir que su única relevancia es ver si están relacionados con el de Los Saltos, suponiendo siempre que ello tenga realmente algo que ver con la desaparición de Balfour. Cosa de la que no estamos seguros. -Rebus fue a decir algo, pero ella prosiguió-: Si se lo planteamos a Templer, como es nuestra obligación, dirá lo mismo que acabo de decir. Cada vez nos alejamos más del caso Balfour -añadió llevándose la taza a los labios y dando un sorbo.

Rebus se volvió hacia Devlin, que estaba sentado a su lado.

– ¿Qué piensa usted, profesor?

– No tengo más remedio que estar de acuerdo, por mucho que me duela volver al anonimato de viejo jubilado.

– ¿No había nada en los informes de las autopsias?

– De momento no. Me da la impresión de que las dos mujeres cayeron al agua vivas porque sus cadáveres presentaban heridas, aunque es algo habitual por las piedras del río con que la víctima se golpea la cabeza al caer. En cuanto a la de Nairn, cabe señalar que las mareas y la fauna marina afectan terriblemente a un cadáver, y más si permanece mucho tiempo en el agua. Lamento no poder ayudarlos en nada más.

– Todo es útil -dijo Jean Burchill- porque aunque un dato no aporte nada puede servir para descartar otros.

Miró a Rebus, pensando que sonreiría al oír citadas sus propias palabras, pero él pensaba en otra cosa. Le preocupaba que Wylie tuviera razón. Cuatro ataúdes dejados por la misma persona y otro por alguien distinto inducía a descartar toda relación. El problema era que a él le parecía que esa relación existía, aunque fuera incapaz de hacérselo comprender a una persona como Wylie. En ocasiones había que guiarse más por el instinto, al margen del reglamento, y él pensaba que ésta era una de ellas, pero dudaba que Wylie quisiera secundarle.

Y no se lo reprochaba.

– Tal vez podría usted hacer un último repaso de los informes -dijo a Devlin.

– Encantado -respondió el anciano con una inclinación de cabeza.

– Y hable con los forenses de los casos. A veces recuerdan algo…

– Por supuesto.

Rebus centró su atención en Ellen Wylie.

– Podrías hacer el informe para Templer señalando lo que hemos averiguado. Seguro que tendrás trabajo en la investigación principal.

– ¿O sea que no abandona? -preguntó Wylie, enderezando la espalda.

Rebus le dirigió una sonrisa desmayada.

– Estoy casi a punto. Un par de días más y veremos.

– ¿Para qué, exactamente?

– Hasta convencerme de que no vamos a ninguna parte.

Por el modo en que Jean Burchill lo miró desde el otro lado de la mesa, comprendió que ella deseaba ofrecerle algo, algún tipo de consuelo: un apretón de manos o quizás alguna palabra de ánimo, pero le alegró que hubiera gente delante que se lo impidiera porque, si no, él habría farfullado alguna cosa, algo parecido a: «Consuelo es lo último que necesito».

A no ser que consuelo y olvido fueran lo mismo.

Beber durante la jornada de trabajo no era frecuente. En un bar, el tiempo deja de existir y con ello el mundo exterior. Mientras uno está en un pub se siente inmortal y joven, y cuando sales tambaleante a la hiriente luz del día, rodeado de gente que va a sus cosas, el mundo brilla de otra manera. En definitiva, es lo que hace la gente desde hace siglos: anestesiar su conciencia con alcohol. Pero aquel día…, aquel día Rebus fue sólo a tomarse dos copas. Sabía que podía salir perfectamente del bar con dos copas. Tres o cuatro habrían supuesto quedarse hasta la hora de cierre o hasta no poder tenerse en pie. Mientras que dos era una cifra razonable. Sonrió pensándolo.

Vodka con zumo de naranja; no era su bebida preferida, pero no dejaba olor. Podía volver a Saint Leonard y nadie lo notaría. Se la tomaba simplemente para que el mundo le pareciera algo más llevadero. Sonó el móvil y pensó en no hacer caso, pero el pitido molestaba a los clientes y lo cogió.

– Diga.

– A que acierto dónde estás -dijo la voz; era Siobhan.

– No pensarás que estoy en un pub.

Fue como si hubiera propiciado que el joven de la máquina tragaperras ganase en aquel preciso momento un especial con la consiguiente cascada de monedas.

– ¿Decías…?

– Es que tengo una cita.

– ¿No encuentras una excusa mejor?

– Bueno, ¿qué es lo que quieres?

– Necesito un masón listo.

– ¿Un qué?

– Alguien que sea masón. Ya sabes, esos que dan la mano de un modo raro y se remangan los pantalones.

– Lo siento; yo suspendí el examen de ingreso.

– Pero alguno conocerás.

Rebus reflexionó un instante.

– ¿Puede saberse de qué se trata?

Siobhan le explicó lo de la última clave.

– Vamos a ver -dijo él-. ¿Qué te parece Watson?

– ¿Él es masón?

– Sí, a juzgar por su modo de dar la mano.

– ¿Tú crees que le molestaría que le llamase?

– Todo lo contrario. -Hizo una pausa-. Ahora vas a preguntarme si tengo su número de teléfono; pues tienes suerte -añadió sacando su agenda y dándoselo.

– Gracias, John.

– ¿Qué tal va la investigación?

– Va bien.

Rebus detectó cierta reticencia.

– ¿Y Grant, qué tal? -preguntó.

– Muy bien.

– Está ahí contigo, ¿no?

– Sí.

– Entendido. Ya hablaremos. Ah, espera.

– ¿Qué?

– ¿Se ha puesto en contacto contigo un tal Steve Holly?

– ¿Quién es?

– Un buitre del cuarto poder.

– Ah, ése. Habré hablado con él un par de veces.

– ¿Te ha llamado alguna vez a casa?

– No seas tonto. Ese número no se lo doy a nadie.

– Es curioso, porque lo tiene con una chincheta en la pared de su despacho.

Siobhan no dijo nada.

– ¿Tienes idea de cómo se habrá hecho con él?

– Bueno, supongo que se las habrá arreglado de algún modo. No pienso darle ninguna información, si es eso lo que piensas.

– Lo único que pienso, Siobhan, es que hay que andar con cuidado con él porque es resbaladizo como la mierda fresca y huele igual de mal.

– Una delicia. Tengo que dejarte.

– Sí, yo también -dijo cortando la comunicación y apurando la segunda copa.

Bien. Ya estaba: dos y no más. Lo malo era que en la tele iba a empezar otra carrera y él había puesto el ojo en el caballo castaño llamado Long Day's Journey. Tal vez, una más no le haría daño. Sonó de nuevo el teléfono y, con una maldición en la boca, salió a la calle entrecerrando los ojos por la fuerte luz.

– ¡Diga!

– No ha estado nada bien.

– ¿Quién es?

– Steve Holly. Nos conocimos en casa de Bev.

– Qué curioso. Estaba pensando en usted.

– Suerte que nos conocimos allí porque, si no, no habría sabido quién era por la descripción de Margot. Margot es la telefonista rubia. La rubia lo ha delatado, Rebus.

– ¿Qué quiere decir?

– Vamos, Rebus: el ataúd.

– Dijo que ya había terminado con él.

– ¿Así que es una prueba?

– No, voy a devolvérselo a la señorita Dodds.

– Claro. Me huelo algo.

– Muy listo. Eso que «se huele» es una investigación policíaca. De hecho, estoy hasta el cuello de trabajo en este momento. Así que si no le importa…

– Bev dijo algo sobre los otros ataúdes…

– ¿Ah, sí? A lo mejor oyó mal.

– No creo -dijo Holly haciendo una pausa, pero Rebus no añadió nada más-. Muy bien -agregó el periodista-. Ya hablaremos.

«Ya hablaremos.» Lo mismo que él acababa de decirle a Siobhan. Por una fracción de segundo pensó que Holly había escuchado la conversación; pero era imposible. Cuando se cortó la comunicación le intrigaron dos cosas: que Holly no le hubiera dicho nada de los números de teléfono que le había quitado, así que seguramente aún no lo había advertido, y que, si le llamaba al móvil, era que sabía el número. Él, generalmente, daba el número del busca, pero el caso es que no recordaba cuál le había dado a Bev Dodds.

* * *

La banca Balfour no parecía realmente un establecimiento bancario. En primer lugar estaba en Charlotte Square, una de las zonas más elegantes de la ciudad nueva. Frente a ella, la gente que había salido de compras aguardaba cola resignadamente en la parada del autobús, pero dentro del edificio el ambiente cambiaba: mullidas alfombras, una escalera impresionante, una araña enorme y paredes recién pintadas de un blanco deslumbrante. Nada de ventanillas con colas: las transacciones las efectuaban tres empleados jóvenes y bien vestidos en sus respectivas mesas bien separadas para garantizar la discreción. Los demás clientes aguardaban turno sentados en cómodos sillones, hojeando periódicos y revistas de las mesitas de centro. Era un ambiente muy especial, como si el dinero allí, más que de respeto, fuera objeto de adoración. A Siobhan le recordó a un templo.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Hood.

– Cree que debemos hablar con Watson -respondió ella guardando el móvil en el bolsillo.

– ¿Es ése su número? -preguntó él señalando lo que había anotado en su bloc.

– Sí -contestó Siobhan marcando una G delante de las cifras con objeto de hacer más difícil la identificación si el bloc caía en manos de alguien. G de Granjero, su apodo. Le fastidiaba que un periodista a quien apenas conocía tuviera su número particular, a pesar de que no le había llamado.

– ¿Te parece que alguno de ésos tiene números rojos? -dijo Hood.

– Los empleados, seguro. Los clientes, no creo.

Una mujer de mediana edad apareció por una de las puertas, la cerró suavemente y se acercó a ellos con no menos discreción.

– El señor Marr los recibirá enseguida.

Pensaban que los conduciría a la puerta, pero la mujer se dirigió a la escalera, adelantándoseles cuatro o cinco escalones sin decir nada más. En el primer piso llamó con los nudillos a una puerta doble y aguardó.

– ¡Adelante! -oyeron decir, al tiempo que la mujer abría las dos hojas de la puerta y los invitaba a pasar con un leve gesto.

Era un despacho enorme con tres ventanales cubiertos con persianas venecianas de lino blanco. Había una mesa de roble para juntas con bolígrafos, blocs y jarras de agua que ocupaba un tercio del espacio, y una zona de recepción con un sofá de cuero y sillón a juego y un televisor en el que aparecían las cotizaciones de bolsa. Ranald Marr estaba de pie detrás de su monumental escritorio de anticuario de nogal. También él lucía una tez bruñida que parecía más efecto del Caribe que de un solárium de Nicholson Street. Era alto, de pelo canoso perfectamente cuidado y llevaba un traje de raya diplomática con chaqueta cruzada hecho a medida. Se dignó acercarse a ellos para recibirlos.

– Soy Ranald Marr -dijo innecesariamente-. Gracias, Camille -añadió para la mujer, que cerró la puerta a su espalda.

A continuación, Marr les señaló el sofá, donde ellos se sentaron mientras que él lo hacía en el sillón y cruzaba las piernas.

– ¿Hay alguna novedad? -preguntó con un gesto obsequioso.

– La investigación avanza, señor -contestó Hood, mientras Siobhan hacía esfuerzos para no mirarlo de reojo por aquella frase hecha, que parecía copiada de las noticias de la tele.

– El motivo de nuestra visita, señor Marr -añadió lentamente ella-, es que, al parecer, Philippa participaba en un juego de rol.

– ¿Ah, sí? -replicó Marr con gesto de sorpresa-. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

– Bien, señor -terció Hood-, es que nos hemos enterado de que a usted también le gusta esa clase de juegos.

– ¿«Esa clase de…»? Ah -exclamó Marr con una palmada-, ya sé a qué se refieren. Lo dicen por mis soldados. ¿Era eso a lo que jugaba Flip? -añadió frunciendo el entrecejo-. Nunca mostró interés…

– Se trata de un juego en el que se dan unas claves y quien participa en él debe ir resolviéndolas para avanzar a otro nivel.

– Ah, eso es muy distinto entonces -repuso Marr dándose una palmada en las rodillas y levantándose-. Vengan conmigo -dijo; fue a la mesa y sacó una llave de un cajón-. Por aquí -indicó abriendo bruscamente la puerta del despacho y avanzando por el rellano de la escalera principal hasta otra escalera más estrecha que conducía al segundo piso.

Siobhan advirtió que cojeaba levemente aunque lo disimulaba bien y seguramente no utilizaba bastón por vanidad. Olía a colonia y no llevaba alianza. Cuando introdujo la llave en la cerradura vio que el reloj de pulsera era un modelo muy elaborado con correa del mismo tono que el bronceado de su dueño.

Abrió la puerta y los precedió para encender las luces, pues la ventana del cuarto estaba cubierta con una tela negra. La pieza sería como la mitad del despacho del directivo y la ocupaba casi totalmente una mesa de unos seis por tres metros con una maqueta de un campo de verdes colinas, un río azul, con arboledas y casas en ruinas, sobre la que se enfrentaban dos ejércitos con sus respectivos regimientos en orden de batalla; estaban formados por varios centenares de soldaditos de menos de tres centímetros de altura, pero de impresionante realismo.

– Casi todos los he pintado yo mismo, procurando diferenciarlos en algo para darles mayor detalle.

– ¿Recrea usted batallas históricas? -preguntó Hood cogiendo un cañón.

A Marr no pareció gustarle y se limitó a asentir con la cabeza arrebatándole educadamente la pieza de la mano con el índice y el pulgar.

– Sí, exactamente. Juego a la guerra, podría decirse -añadió colocando en su sitio el cañoncito.

– Yo fui una vez a un juego de guerra en el que se dispara con pintura -dijo Hood-. ¿Ha probado usted eso?

Marr le dirigió una leve sonrisa.

– Fuimos en cierta ocasión con el personal del banco. A mí no acabó de gustarme; demasiado jaleo. Pero John lo pasó bien. Siempre está diciéndome que debemos repetirlo.

– Se refiere usted al señor Balfour -aventuró Siobhan.

Había una estantería llena de libros sobre construcción de maquetas y batallas y otras con cajas de plástico transparente llenas de tropas a la espera de entrar en combate.

– ¿Modifica usted alguna vez el resultado? -preguntó Siobhan.

– Eso forma parte de la estrategia -contestó Marr-. Se estudian los errores del vencido y así se intenta alterar la historia.

Siobhan advirtió un tono de entusiasmo en su voz y se acercó a un maniquí con uniforme. Había más uniformes, unos mejor conservados que otros, enmarcados con cristal en las paredes, pero no vio armas de ninguna clase.

– Éste es de la guerra de Crimea -dijo Marr señalando uno de los uniformes.

– ¿Juega usted contra otras personas? -preguntó Hood.

– A veces.

– ¿Acuden aquí?

– No, aquí nunca. Tengo un campo de batalla más grande en el garaje de casa.

– Entonces, ¿qué necesidad hay de tener otro aquí?

Marr sonrió.

– Me sirve para relajarme y me ayuda a pensar, las pocas veces que puedo hacer una pausa en el trabajo. ¿Cree que es algo infantil? -espetó.

– En absoluto -contestó Siobhan, no del todo sincera, pues a ella le parecía una afición algo machista y pueril, y advirtió que Grant Hood miraba aquellos soldaditos como un niño-. ¿Juega alguna vez de otra manera? -preguntó.

– ¿Qué quiere decir?

Ella se encogió de hombros como si lo hubiese dicho sin intención, por mantener la conversación.

– No sé -respondió-. Efectuando movimientos según instrucciones recibidas por correo. Me han dicho que hay ajedrecistas que juegan así. O bien por Internet.

Hood la miró captando lo que insinuaba.

– Conozco algunos sitios de Internet en los que se juega con una especie de cámara -dijo Marr.

– ¿Una cámara en la red? -aventuró Hood.

– Eso es. De ese modo es posible jugar de un continente a otro.

– ¿Lo ha hecho alguna vez?

– La tecnología no es mi fuerte.

Siobhan dirigió de nuevo su atención a la librería.

– ¿Ha oído hablar de un personaje llamado Gandalf?

– ¿Cuál de ellos?

Ella lo miró sin decir nada.

– Conozco dos: el mago de El señor de los anillos y un tipo bastante raro que tiene una tienda de juegos en Leith Walk.

– ¿Así que ha estado en esa tienda?

– He comprado algunas piezas durante años, pero generalmente las compro por correo.

– ¿Y por Internet?

Marr asintió con la cabeza.

– Un par de veces. Díganme: ¿quién les habló de esto?

– ¿De que le gustaban los juegos? -inquirió Hood.

– Sí.

– Ha tardado usted bastante en preguntarlo -dijo Siobhan.

– Se lo pregunto ahora -replicó Marr fulminándola con la mirada.

– Me temo no estar autorizada a decírselo.

Marr se mostró claramente contrariado, pero no hizo ninguna observación.

– ¿Acaso me equivoco si digo que el juego en que participaba Flip no tenía nada que ver con esto? -preguntó.

– Nada en absoluto, señor -contestó Siobhan.

Marr hizo un evidente gesto de alivio.

– ¿Se encuentra bien, señor? -inquirió Hood.

– Perfectamente. Es que… estamos todos bastante tensos por la desaparición.

– Lo comprendemos -dijo Siobhan y, tras echar un último vistazo al cuarto, añadió-: Bien, señor Marr, gracias por enseñarnos sus juguetes. No lo entretenemos más… Estoy segura de haber visto soldados igual que éstos en alguna parte. ¿No sería en el piso de David Costello? -preguntó casi a punto de dar media vuelta.

– Sí, creo que le di uno a David -repuso Marr-. ¿Fue él quien…? -comenzó a preguntar, pero se interrumpió negando con la cabeza-. Olvidaba que no están autorizados a contestar.

– Así es, señor -añadió Hood.

Cuando salían, Hood contuvo la risa.

– No le ha gustado nada que le dijeras «sus juguetes».

– Lo sé; por eso lo dije.

– No te molestes en abrir aquí una cuenta; seguro que te lo niegan.

– Conoce Internet, Grant -dijo ella sonriendo-. Y si le gusta esa clase de juegos tendrá una mente analítica.

– ¿Será Programador?

– No estoy segura. -Siobhan arrugó la nariz-. No veo qué interés podría tener para ello.

– Sí, quizá no mucho… -dijo Hood encogiéndose de hombros-, salvo el de hacerse con el control del banco.

– Sí, claro, siempre está ese móvil -admitió ella, pensando en el soldadito sin fusil y con la cabeza retorcida del piso de Costello. Un regalito de Ranald Marr…, pero el joven había afirmado que no tenía ni idea de dónde había salido. Sin embargo, después había llamado para mencionar la afición del banquero…

– Bueno -dijo Hood-, no hemos avanzado nada en la resolución de la clave.

Siobhan interrumpió por un instante sus pensamientos y se volvió hacia él.

– Grant, prométeme una cosa.

– ¿Qué?

– Que no vas a presentarte en mi apartamento a medianoche.

– No puedo prometértelo -replicó él-. Recuerda que trabajamos contrarreloj.

Ella lo miró, pensando en su reacción en lo alto del monte al cogerle las manos, pero ahora lo veía entregado, apasionado por la investigación.

– Prométemelo -repitió.

– De acuerdo. Te lo prometo -contestó él; después se volvió y le hizo un guiño.

* * *

En la comisaría, Siobhan se sentó en un váter y se miró la mano levantándola a la altura de los ojos. Le temblaba un poco. Era curioso cómo puede uno ser presa de estremecimiento interior sin que se note; pero sabía que su cuerpo lo manifestaba también de otro modo: sarpullidos o granos en el cuello y las mejillas, o aquel eczema que a veces le salía entre el pulgar y el índice de la mano izquierda.

Temblaba porque le costaba centrarse en lo fundamental. Era importante hacer bien el trabajo y también no cabrear a Gill Templer, pero ella no estaba tan endurecida como John Rebus. Aquel caso era importante y lo que le molestaba era no saber con certeza si Programador también lo era, aunque de una cosa estaba segura: el juego se estaba convirtiendo en una obsesión para ella. No hacía más que tratar de ponerse en el lugar de Flip Balfour y pensar como ella, pero era imposible saber si lo hacía bien. Además, estaba Grant, que cada vez le estorbaba más. Cierto que sin él no habría llegado muy lejos, por lo que también tenía su importancia contemporizar con él. No sabía con certeza si Programador era un hombre, aunque tenía la corazonada de que sí. Pero era un riesgo fiarse de las corazonadas; había visto a Rebus fastidiar más de un caso al fiarse de una corazonada respecto a la inocencia o la culpabilidad de una persona.

No dejaba de pensar en el cargo de enlace de prensa, diciéndose si no había quemado sus puentes. Gill debía su éxito al hecho de haber actuado como los jefes del cuerpo, hombres como Carswell, y aunque probablemente creyera habérsela jugado al sistema, a Siobhan le daba la impresión de que más bien el sistema se la había jugado a ella, moldeándola, cambiándola, amoldándola a su estructura de levantar barreras y guardar distancias, haciendo escarmentar a personas como Ellen Wylie.

Oyó la puerta y poco después llamaban discretamente con los nudillos en el cubículo.

– Siobhan, ¿estás ahí?

Era la voz de Dilys Gemmill, una agente de uniforme.

– ¿Qué sucede, Dilys?

– Es por lo de esta noche. ¿Vas a venir?

Era algo habitual. Cuatro o cinco agentes de uniforme y ella iban a un bar con música desenfrenada para hacer su tertulia tomando Moscow Mules, y ella era el único miembro honorífico de la policía secreta.

– No creo que pueda ir, Dilys.

– Vamos, mujer.

– La próxima vez, seguro. ¿De acuerdo?

– Tú te lo pierdes -dijo Dilys saliendo de los servicios.

– No es para tanto -musitó Siobhan levantándose y abriendo la cabina.

* * *

Rebus permaneció delante de la iglesia, en la acera de enfrente. Después de ir a casa a cambiarse, ahora no se decidía a entrar. Era una iglesia modesta, como era el deseo de Leary, quien se lo había reiterado en sus conversaciones: «Quiero un funeral modesto, rápido y sencillo». Llegó un taxi, del que se bajó el doctor Curt, quien reparó en él al detenerse para abrocharse la chaqueta.

Aunque el templo era pequeño, la asistencia era numerosa. Oficiaba el arzobispo que había estudiado en el colegio escocés de Roma con Leary y habían acudido decenas de sacerdotes y miembros del clero. El público sería modesto, pero Rebus dudaba mucho que fuera rápido y sencillo.

Curt cruzó la calle y Rebus tiró la colilla al suelo y, al meterse las manos en los bolsillos, advirtió que tenía ceniza en la manga, pero no se molestó en sacudirla.

– Hace un día muy a tono -dijo Curt mirando el gris cárdeno del cielo nublado, que incluso en la calle producía una sensación de claustrofobia.

Rebus se pasó la mano por la nuca y notó que sudaba. En tardes como aquélla, Edimburgo era como una ciudad-prisión, amurallada.

Curt se estiró unos centímetros la manga de la camisa para que se vieran los gemelos de plata antiguos. Llevaba un traje azul oscuro con camisa blanca y corbata negra, y había lustrado sus zapatos negros. El patólogo iba siempre impecablemente vestido, y Rebus se dijo que su traje, pese a ser el mejor y más serio de su vestuario, era andrajoso comparado con el de Curt. Lo había comprado hacía seis o siete años en Austin Reed, y se había visto obligado a meter barriga para abrocharse los pantalones, sin pasársele por la imaginación abrocharse la chaqueta. Quizás era ya hora de reemplazarlo. Ya no lo invitaban a muchas bodas y bautizos, pero sí a funerales de colegas y clientes de los bares que él frecuentaba, que iban cayendo. Tan sólo tres semanas antes había asistido a la cremación de un agente uniformado de Saint Leonard que había muerto apenas un año después de jubilarse; concluida la ceremonia, había puesto en una percha la camisa, la misma que llevaba ahora previa comprobación de que el cuello estaba presentable.

– ¿Entramos? -preguntó Curt.

Rebus asintió con la cabeza.

– Sí, ahora entraré -dijo.

– ¿Qué sucede?

– Nada -respondió Rebus-. Es que no sé… -añadió sacando las manos de los bolsillos para coger el paquete de cigarrillos, del que ofreció uno a Curt, quien lo aceptó.

– ¿No sabes, qué? -preguntó el forense dándole fuego.

Rebus aguardó a encender el suyo, dio un par de caladas y expulsó humo con profusión.

– Es que quiero recordarle tal como lo conocí -dijo-. Y si entro ahí tendré que oír discursos y recuerdos de otras personas; no será el Conor que tengo en mi cabeza.

– Sí, fuisteis muy amigos en otra época -repuso Curt-, pero yo no lo conocía tanto.

– ¿Va a venir Gates? -preguntó Rebus.

– Tenía un compromiso -respondió Curt.

– La autopsia, ¿la habéis hecho vosotros?

– Murió de una hemorragia cerebral.

Seguía llegando gente a pie y en coche, y se paró otro taxi, del que bajó Donald Devlin. A Rebus le pareció atisbar una chaqueta de punto debajo de la del traje. El viejo profesor subió a buen paso la escalinata de la iglesia y cruzó la puerta.

– ¿Te ha servido de ayuda? -preguntó Curt.

– ¿Quién?

– El veterano -dijo Curt señalando con la cabeza el taxi.

– No mucho, pero ha hecho cuanto ha podido.

– Pues ha cumplido igual que Gates o yo hubiéramos hecho.

– Supongo -dijo Rebus pensando en Devlin inclinado sobre la mesa, examinando los informes, y en Ellen Wylie manteniendo las distancias.

– Estuvo casado, ¿verdad? -preguntó.

Curt asintió con la cabeza.

– Sí, es viudo. ¿Por qué lo dices?

– Realmente, por nada.

Curt consultó el reloj.

– Yo voy a entrar. ¿Vienes? -preguntó tirando el cigarrillo.

– No, creo que no.

– ¿Vendrás al cementerio?

– Creo que tampoco -contestó Rebus mirando las nubes-. Ya veremos.

– Hasta luego, pues -dijo Curt.

– Hasta la próxima vez que haya un homicidio -replicó Rebus dando media vuelta y alejándose.

En su mente se agolpaban imágenes de la sala de disección y de las autopsias; del bloque de madera que colocaban bajo la cabeza de los muertos; de los canalillos de la mesa para el drenaje de los líquidos corporales; del instrumental y de los especímenes en tarros; lo que le hizo pensar en los que había visto en el museo del Colegio de Médicos entre el horror y la fascinación. Sabía que algún día, tal vez no muy lejano, él también acabaría en la mesa de disección, quizá para que lo examinaran Curt y Gates: sería uno de sus cadáveres rutinarios, una rutina igual que la que en aquel momento tenía lugar en la iglesia de la que se alejaba. Imaginaba que parte de la misma se desarrollaría en latín: a Leary le gustaba mucho la misa en latín y solía recitarle trozos enteros porque sabía que él no lo entendía.

«¿Cuando tú eras niño no enseñaban latín?», preguntó en una ocasión a Rebus.

«Tal vez en los colegios de ricos -contestó él-. Al que yo fui sólo enseñaban carpintería y metalistería.»

«¿Formaban trabajadores para la religión de la industria?», había replicado Leary conteniendo la risa que pugnaba por salir de su pecho. Aquel era el sonido que Rebus recordaba, igual que aquel chasquido de la lengua cuando el cura consideraba que le decía alguna sandez, o el gruñido exagerado cuando se levantaba para coger otra Guinness de la nevera.

«Ah, Conor», exclamó agachando la cabeza para que los que pasaban por su lado no vieran las lágrimas que afloraban a sus ojos.

* * *

Siobhan hablaba por teléfono con Watson.

– Me alegro de oírla, Siobhan.

– Bueno, señor, llamo para pedirle un favor, y perdone que turbe su paz y tranquilidad.

– No crea que viene bien tanta paz y tranquilidad -replicó Watson riendo, aunque ella notó algo tras sus palabras.

– Es bueno seguir activo -añadió Siobhan, y enseguida hizo una mueca porque le sonó a respuesta de consultorio sentimental.

– Sí, eso dicen -dijo él riendo de nuevo, ahora con menos naturalidad-. ¿Qué nueva ocupación me sugiere?

– No lo sé -respondió ella rebulléndose en la silla al advertir el rumbo que tomaba la conversación. Grant Hood estaba sentado frente a ella en aquel sillón de Rebus, que le parecía recuperado del despacho de Watson-. ¿El golf, quizá?

Hood frunció el entrecejo preguntándose de qué diablos hablaba.

– Yo siempre he sostenido que donde esté un buen paseo… -dijo Watson.

– Ah, sí, pasear es bueno.

– ¿Verdad? Gracias por recordármelo.

Notaba el tono picajoso de Watson y no acababa de entender qué nervio sensible había tocado.

– En cuanto al favor… -empezó Siobhan.

– Sí, mejor será que me lo pida rápido antes de que me ponga las zapatillas de deporte.

– Es una especie de clave para un acertijo.

– ¿De un revoltigrama?

– No, señor. Es algo relacionado con el caso de una desaparecida, Philippa Balfour; ella trataba de resolver ciertas claves y nosotros intentamos hacer lo mismo.

– ¿Y en qué puedo yo ayudarlos? -preguntó Watson, más calmado, con cierto interés.

– Pues bien, señor, la clave dice: «El maíz aparece donde acaba el sueño del masón», y pensamos que se refiere a alguien que pertenece a la logia masónica.

– ¿Les han dicho que yo era masón?

– Sí.

Watson guardó silencio un instante.

– Espere un momento, que coja un bolígrafo -dijo al fin, y luego se hizo repetir la clave para apuntarla-. Masón, ¿con eme mayúscula?

– No, señor. ¿Es importante la diferencia?

– Esto no lo sé con seguridad, pero lo normal sería verlo escrito con mayúscula.

– En ese caso, ¿habría que darle otra interpretación?

– Un momento, no digo que esté mal. Tengo que pensarlo. ¿Puede esperar una media hora?

– Naturalmente.

– ¿Me llama desde Saint Leonard?

– Sí, señor.

– Siobhan, no es necesario que siga llamándome «señor».

– Entendido…, señor. Lo siento, no puedo evitarlo -añadió sonriendo.

– Bueno -dijo Watson algo más animado-, le llamaré en cuanto haya reflexionado sobre esto. ¿Aún no tienen ninguna pista clara sobre el caso?

– Estamos haciendo cuanto podemos, señor.