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El Rey De Les Halles

Juliette Benzoni

Una niña de cuatro años vaga por el bosque de Anet. Su nombre es SyIvie de rey de Valaines y su familia acaba de ser asesinada, tal vez por orden del cardenal Richelieu para recuperar eiertas cartas comprometedoras.Un muchacho de diez años la recoge y la pone a salvo. Se Ilama François de Borbón Vendôme, príncipe de Martigues.Criada entre los Vendóme, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y será amiga de Mdemoiselle de Hautefort, eon quien campartirá el peligroso secreto del nacimiento del Futuro rey. Ella misma, a los quince años, habrá de enfrentarse a los temibles poderes Luis XIII, del cardenal Richelieu y del misteriosó asesino de su madre.Obligada a casarse con el abúlico y complaciente La Ferriére, y tras un encuentro terrible con el hombre al que llaman el «verdugo del cardenal, logra escapar y como en otro tiempo, encuentra a François en su camino.Pero en adelante será preciso volver a ocultarse, ya que los enemigos de la joven no descansan. François, por su parte, piensa únicamente en el odio que le inspira Mazaríno, un odio que hará de él uno de los jefes de la resistencia, conocida por el pueblo entusiasta como el rey de Les Halles ».Juliette Benzoni es una de las escritoras más populares de Francia y autora de una cincuentena de libros. Se han vendido alrededor de cincuenta millones de ejemplares de ellos, traducidos a casi todos los idiomas.

Juliette Benzoni

El Rey de Les Halles

Secretos de Estado II

Índice

PRIMERA PARTE

1. Tres hombres de Dios

2. El puerto del Socorro

3. Un amor tan grande…

4… y una tan grande amistad

SEGUNDA PARTE

5. El país de los poetas

6. Las lágrimas de un rey

7. Un frasquito de veneno

8. De Caribdis a Scylla

9. La sombra del patíbulo

10. El hombre más honrado de Francia

TERCERA PARTE

11. El pájaro voló…

12. Pasos en el jardín

13. ¡Víveres para París!

Fin

PRIMERA PARTE

La casa junto al mar

1938

1. Tres hombres de Dios

Atizado por el viento, el fuego zumbaba con furia y escupía al cielo haces de chispas y columnas de humo. Amanecía, pero el único sol del nuevo día parecía ser aquel incendio expiatorio que las gentes de la aldea vecina, alineadas en un terraplén como pájaros en una rama, miraban con espanto. De vez en cuando una de las cargas de pólvora dispuestas en el interior del castillo explotaba produciendo nuevas llamaradas. Muy pronto, La Ferrière no sería más que un montón de ruinas sobre las que la hiedra y las zarzas del bosque reconquistarían sus derechos. Sólo quedaría en pie la capilla, protegida por el amplio espacio vacío de su explanada. Así lo había querido François de Vendôme, duque de Beaufort, al ordenar prender fuego a su auto de fe.

A caballo, desde lo alto de la colina tras la cual se apiñaba la aldea, observaba el cumplimiento de la venganza con la que castigaba el martirio de Sylvie. Venganza incompleta, por lo demás, puesto que sólo uno de los dos culpables había sido castigado; pero cada cosa a su tiempo, y por el momento François se daba por satisfecho.

Cuando las llamas disminuyeron en intensidad, dirigió su caballo hacia el terraplén donde los aldeanos seguían inmóviles, sombrero en mano. Al verle aproximarse, se apretaron un poco más. Tenían tanto miedo que faltó poco para que cayeran de rodillas. Hay que reconocer que con la ropa sucia, el rostro ennegrecido y las manchas de sangre en el hombro, el aspecto del joven duque no era tranquilizador, pero les sonrió y al hacerlo mostró la blancura de sus dientes y desapareció la dureza que hasta entonces habían mostrado sus ojos claros.

— Cuando se apague el fuego y se enfríen las cenizas, buscad los restos de quienes se encuentran ahí dentro y dadles cristiana sepultura -ordenó-. Todo lo demás que consigáis recuperar será para vosotros.

Un anciano que parecía su portavoz se aproximó hasta casi tocar el cuello del caballo:

— ¿Habrá seguridad para nosotros, monseñor? El hombre que vivía ahí pertenecía a…

— ¿Al señor cardenal? Lo sé, amigo mío. Pero no por ello era menos criminal, y lo que acaba de ocurrir en esta casa, en la que demasiada sangre se ha vertido ya, ha sido la justicia de Dios. En lo que respecta a vosotros, sabed que no tenéis nada que temer: hablaré con el juez de Anet, y en París veré a Su Eminencia. ¡Tomad! -añadió, tendiendo al anciano una bolsa pesada y repleta-. ¡Repartíos esto! Pero no olvidéis rezar por las almas en pena de quienes han quedado encerrados ahí dentro.

Más tranquilo, el buen hombre hizo una reverencia y se reunió con los demás al tiempo que Beaufort marchaba al trote hasta el lugar donde le aguardaban su escudero Pierre de Ganseville, Corentin y los tres guardias que había llevado consigo al emprender su expedición punitiva.

— ¡Volvamos, señores! -les dijo-. Ya nada tenemos que hacer en este lugar.

Los aldeanos permanecieron largo tiempo al borde del camino. Finalmente el viento del oeste trajo gruesas nubes cargadas de lluvia; el chaparrón hizo silbar los rescoldos de aquel enorme brasero y dejó empapados a los silenciosos espectadores, que se apresuraron a refugiarse en sus casas para secarse mientras hacían el recuento de su reciente fortuna. Ya habría tiempo más tarde, cuando la lluvia les hubiese ahorrado la tarea de extinguir las brasas, para ir a ver lo que quedaba del castillo y dar sepultura a sus últimos habitantes con gran aparato de agua bendita para evitar que sus fantasmas volviesen a rondar el lugar. También sería conveniente dedicarles algunas oraciones.

Una mañana de abril, en el castillo de Rueil, el cardenal-duque de Richelieu, ministro del rey Luis XIII, bajó a los jardines en compañía de su superintendente en bellas artes, el señor Sublet de Noyers, para examinar sus tiernos plantones de castaños. Los arbolitos -los primeros de su especie plantados en Francia- eran entonces una gran novedad. El cardenal había pagado por ellos un alto precio a la Serenísima República de Venecia, que los había importado de la India para él. De modo que les dedicaba una atención casi paternal.

El momento era importante: los jóvenes castaños iban a abandonar el invernadero y sus grandes tiestos de madera, para ser plantados en el paseo dispuesto para ellos; los jardineros habían cavado ya los agujeros destinados a recibir las pesadas pellas de tierra abonada con estiércol de caballo.

Su Eminencia estaba de un humor excelente. A pesar del tiempo fresco y ligeramente húmedo, nada aconsejable para el reuma, los numerosos achaques que lo afligían le habían concedido una tregua bienhechora y dejado su ánimo bien dispuesto para una tarea tan placentera. Por desgracia, alguien vino a aguarle la fiesta.

El primer castaño acababa de ocupar su emplazamiento definitivo bajo la mirada enternecida del cardenal, cuando llegó el capitán de la guardia anunciando una visita. El duque de Beaufort acababa de presentarse y solicitaba una breve entrevista en privado.

A pesar de su sorpresa, porque Richelieu se preguntó qué buen viento podía traer hasta allí al sobrino por línea bastarda de Luis XIII, un joven huraño que muy rara vez se acercaba a visitarlo, apenas dejó entrever sus sentimientos con un leve alzamiento de cejas.

— ¿Le has dicho que estaba ocupado?

— Sí, monseñor, pero el duque insiste. Sin embargo, ha anunciado que si su petición incomoda en exceso a Vuestra Eminencia, está dispuesto a esperar el honor de ser recibido tanto tiempo como sea preciso.

¡Esto sí era una novedad! Beaufort el Torbellino, el arrogante Beaufort que derribaba las puertas en lugar de abrirlas, tenía que haber cometido un desaguisado enorme para mostrarse tan civilizado. Era una circunstancia demasiado rara para perdérsela. Con todo, a pesar de su curiosidad, el cardenal se concedió el placer de aplazar el conocimiento de los motivos de una docilidad tan novedosa.

— Llévalo a mi gabinete y ruégale que me espere allí. ¿Tienes idea de lo que quiere?

— Ni la más mínima, monseñor. El duque se ha contentado con anunciar que se trata de un asunto grave.

Richelieu despidió al oficial con un gesto y regresó al lado de Sublet de Noyers, a quien encontró en compañía de un discípulo de Salomón de Caus, el hombre ya difunto que había diseñado sus magníficos jardines. Los dos discutían acerca de una nueva disposición, y el cardenal departió con ellos mientras los castaños, uno a uno, ocupaban los lugares previstos. Finalmente, no sin disgusto, decidió volver a su gabinete de trabajo. De pasada, echó una ojeada al patio de honor, que esperaba ver ocupado por una carroza, criados y un par de escuderos más dos o tres gentileshombres, como convenía a un príncipe de sangre. Sin embargo, no vio más que dos caballos y un solo escudero: Fierre de Ganseville, al que conocía muy bien. Desde luego, una visita emprendida con tanta modestia resultaba cada vez más intrigante. Y por lo demás, su recreo había concluido.

En la amplia cámara en que admirables tapices flamencos alternaban con preciosos armarios repletos de libros, François, indiferente al esplendor de la decoración, miraba por una ventana al tiempo que se mordía la uña del pulgar. Absorto en sus pensamientos, no oyó abrirse la puerta, y Richelieu se concedió unos instantes para observar a su joven visitante y pensar que, de todos los descendientes de Enrique IV y la bella Gabrielle, era sin duda el de mejor presencia, lo que hacía comprensible la afición que le profesaba la reina… Vestido con un jubón ceñido de paño gris muy sencillo -un atuendo de viaje, más que de corte-, pero adornado con un cuello y puños de encaje de una blancura deslumbrante que hacían plena justicia a su figura esbelta y sus anchos hombros, François de Beaufort, a sus veintidós años, era uno de los hombres más apuestos de Francia. Con su largo y claro cabello que desdeñaba someter a la moda del rizado, y su rostro de tez bronceada que la arrogante nariz de los Borbones y el voluntarioso mentón eximían de la afectación que suele acompañar a los rasgos demasiado perfectos, hacía perder la cabeza a muchas mujeres sin pretenderlo siquiera.

Arrancado de sus ensoñaciones por el ruido de la puerta al cerrarse, hizo una profunda reverencia que las plumas blancas de su sombrero parecieron enfatizar; pero no bajó sus ojos azules, que siguieron la marcha del cardenal hasta la mesa abarrotada de papeles, informes y misivas, tan grande que dejaba en un segundo plano el resto de la decoración.

Llegado a su sillón, Richelieu hizo incorporarse a Beaufort con un gesto cortés, pero no le invitó a sentarse.

— Me dicen, señor duque, que deseáis comunicarme un asunto grave -comenzó-. Deseo creer que no afecta a ningún miembro de vuestra augusta familia.

— No exactamente, pero casi. De todas maneras, de haberse tratado de mi padre o mi hermano, vos lo habríais sabido antes que yo. Por más que no lo sabéis siempre todo, monseñor, o al menos así quiero creerlo.

— ¡Desembuchad! -ordenó Richelieu con rudeza-. ¿De qué queréis hablarme?

— De una joven que habéis conocido con el nombre de Mademoiselle de l'Isle y que se llamaba en realidad Sylvie de Valaines.

El cardenal frunció el entrecejo.

— ¿Se llamaba? No me gusta mucho ese pretérito.

— A mí tampoco. Ha muerto. Asesinada por vuestros hombres.

— ¿Qué?

El cardenal se levantó como impulsado por un resorte. A menos que fuera un comediante genial, su sorpresa era genuina. Beaufort no lo esperaba, y experimentó un amargo placer: no estaba al alcance de todo el mundo conseguir sobresaltar a la impenetrable estatua del Poder. Pero el placer fue breve. Recubierto de nuevo de hielo, Richelieu volvió a tomar asiento.

— Espero una explicación. ¿A quién acusáis, en concreto? Y ¿de qué?

— Al teniente civil Laffemas y a un antiguo oficial de vuestra guardia: el barón de La Ferrière. ¿Lo que han hecho? El primero raptó a Mademoiselle de l'Isle aquí mismo, cuando salía de una audiencia que vos le habíais concedido. En lugar de llevarla de nuevo a Saint-Germain, como anunció a los presentes, la forzó a beber una droga y la llevó al castillo de La Ferrière, cerca de Anet, donde hace años fueron asesinados su madre, su hermano y su hermana… por el mismo Laffemas. Allí se preparó un simulacro de matrimonio con el barón, después de lo cual La Ferrière cedió sus derechos de esposo (si es que poseía tales derechos) a su cómplice y dejó que éste violara brutalmente a la pobre Sylvie antes de regresar a París.

El cardenal tendió la mano hacia una jarra con agua, llenó un vaso y lo bebió de un trago.

— ¡Continuad! -ordenó.

— Herida en el cuerpo, pero aun así no tanto como en el alma, la pobre niña (recordad que sólo tenía dieciséis años) consiguió escapar de su suplicio y huyó a través del bosque descalza y en camisa a pesar del frío… Así la encontré.

— ¿Es una costumbre que tenéis? ¿No la habíais recogido ya una vez en parecidas circunstancias?

— En efecto, después de la matanza de sus parientes. Ella tenía cuatro años y yo diez, y fue así como mi madre la crió y le dio otro nombre, para evitar que corriera la suerte de los suyos.

— ¡Muy romántico! Pero ¿qué estabais haciendo vos en el bosque ese día?

— Esa noche -precisó François-. Debo volver atrás para precisar que Mademoiselle de l'Isle fue raptada por Laffemas en las mismas narices de su cochero, un fiel servidor de su padrino. Ese hombre valeroso se lanzó en persecución del raptor…

— … Robando el caballo de uno de mis guardias, ¿no es así?

— Cuando una persona querida está en peligro, no se anda uno con miramientos, monseñor, y estoy dispuesto a reparar el perjuicio, porque el caballo murió en el curso de la persecución. Gracias a Dios, al coche de Laffemas se le rompió una rueda, y eso redujo el retraso de su perseguidor. Este, un antiguo servidor de mi madre, pudo suponer adonde la llevaban. Se detuvo en Anet a pedir ayuda, y quiso la suerte que yo estuviera allí. Pero todo eso llevó tiempo; el crimen, de una crueldad inimaginable, había sido ya perpetrado y Laffemas desaparecido cuando encontramos a la pobre niña en el estado que he dicho. La recogimos y la llevamos a Anet.

— ¿Y decís que ha muerto? ¿Tan graves fueron las heridas recibidas?

— Eran serias, pero no hasta el punto de matarla. El daño infligido a su alma resultó mucho más grave, y fue incapaz de soportarlo. Mientras yo iba a exigir cuentas al infame falso esposo, ella se arrojó al estanque del castillo.

Un súbito silencio se abatió sobre los dos personajes, como suele suceder cuando se siente el roce de las alas de la muerte. Para su sorpresa, François vio pasar la sombra de una emoción por el rostro severo del cardenal.

— ¡Pobre avecilla canora…! -murmuró-.¿Quién podrá nunca sondear el abismo de fango que algunos hombres ocultan en su interior? -Como antes la cólera, Richelieu reprimió también la emoción en beneficio de cuestiones más urgentes-: ¿Exigisteis cuentas a La Ferrière? ¿Quiere eso decir que ha habido un duelo?

— Había pasado la noche emborrachándose, de modo que habría podido matarlo fácilmente, pero no soy un asesino. Lo desperté con un cubo de agua fría y le puse su espada en la mano. Salvo por el miedo que sentía, estaba en plena posesión de sus sentidos cuando lo maté, mientras mis hombres se enfrentaban a los suyos en una proporción de uno contra dos. Después hice volar e incendiar ese funesto castillo. Ellos estaban dentro.

El tono de Beaufort era tranquilo, casi plácido: el de un simple narrador, y Richelieu no daba crédito a sus oídos.

— ¡Un duelo…! ¡Varios, mejor dicho, y el incendio de un castillo! ¿Y venís a contármelo a mí?

— Sí, monseñor, porque estimo que, antes de pediros la cabeza de Laffemas, os soy deudor de la verdad.

— ¡Cuán virtuoso! Pero la ley es la ley, y es la misma para vos que para los demás, por grandes que sean.

— ¡Aunque se llamen Montmorency! Lo sé -dijo François en tono ligero.

— De modo que voy a haceros arrestar, señor duque, y conduciros a la Bastilla a la espera del juicio.

— Hacedlo.

Semejante sangre fría llevó al todopoderoso ministro al paroxismo de la cólera. Tendía ya la mano hacia una campanilla, cuando el visitante añadió:

— No olvidéis recomendar que me amordacen o, mejor aún, que me arranquen la lengua, porque si no lo hacéis gritaré tan fuerte que el rey no dejará de oírme, a mí, su sobrino.

— Como nunca ha tenido razones para presumir de la suya, el rey carece de espíritu de familia. Pero, a propósito, ¿por qué, en lugar de venir aquí, no habéis ido a contarle a él vuestros agravios?

François miró fijamente al cardenal con una gravedad que impresionó a éste.

— Monseñor, porque vos sois el amo de este reino en mucha mayor medida que él. Además, desde hace algún tiempo tengo la impresión de que mi presencia en Saint -Germain no es realmente deseada.

— ¿Significa eso que a la reina ya no le apetece veros? -repuso Richelieu con una leve sonrisa.

— Todavía no se lo he preguntado, pero es cierto que recibe menos. Y eso es muy natural en su estado de buena esperanza. ¿Qué hacemos, pues, monseñor? ¿Estoy arrestado?

Richelieu apreciaba el valor. Acostumbrado a ver temblar a las personas en su presencia, hasta el punto en ocasiones de ser incapaces de expresarse, decidió que podía hacerse algo mejor que enviar a aquel joven tarambana a la Bastilla. En el ejército conocían su excepcional bravura. Debía ser empleada en el servicio del Estado.

— No. Dadas las circunstancias, olvidaré lo que me acabáis de… confesar. Me gustaba mucho la pequeña Sylvie: era fresca, pura y recta como el salto de un riachuelo de montaña. Diré misas por ella, pero vos habréis de contentaros con la venganza que os habéis tomado con La Ferrière. ¡No os entregaré a Laffemas!

— ¿No vais a castigar a ese monstruo? -dijo François-. No sólo violó a Sylvie y la dejó en un estado deplorable, sino que también asesinó a la baronesa de Valaines, su madre, por no mencionar a las rameras que han aparecido en estos últimos tiempos degolladas y marca das con un sello de lacre rojo.

— Lo sé.

— ¿Lo sabéis? Y sin embargo mantenéis en prisión a un hombre de bien, el padrino de Sylvie, Perceval de Raguenel, al que Laffemas ha tenido el cinismo de acusar de sus propios crímenes.

El cardenal descargó el puño sobre el escritorio.

— ¡Basta! -exclamó-. ¿Quién os ha permitido gritar de ese modo en mi presencia? Sabed que el caballero de Raguenel ha salido de la Bastilla hace ya unos diez días, creo…

— ¿Cómo es posible?

— Renaudot, que resultó herido en el mismo lance, recuperó el sentido y me contó la verdad. Profesa una gran estima y amistad por el caballero de Raguenel.

— Y sin embargo Laffemas…

— ¡Lo necesito! -gruñó el cardenal-. Y mientras sus servicios sigan siéndome útiles, no dejaré que lo toquéis.

— Sí, sí, le llaman el verdugo del cardenal -replicó François con amargura-. No debe de ser fácil de reemplazar.

— Oh, por lo que respecta a esa clase de trabajo, siempre es posible encontrar a alguien, pero Laffemas posee otras cualidades. Entre ellas, ¡que es honrado!

— ¿Honrado? -dijo Beaufort, que esperaba cualquier cosa menos ésa.

— Incorruptible, si lo preferís. Es mío, y nadie, ni siquiera al precio de la mayor fortuna, podría comprarlo. Quizá se deba a su ascendencia protestante, pero los hombres así son escasos. Su padre fue un buen servidor del Estado, y también él presta grandes servicios.

— ¿Acaso fue por orden vuestra que secuestró a Mademoiselle de l'Isle?

El cardenal dio un nuevo puñetazo contra la mesa.

— ¡No seáis ridículo! Esa niña vino aquí a implorar justicia para su padrino, y yo la escuché favorablemente. Al acabar la visita, la confié a uno de mis guardias para que la acompañase hasta su coche. El teniente civil actuó por iniciativa propia cuando pidió al señor de Saint-Loup que le cediera el puesto.

— Eso quiere decir que no siempre obedece.

— No desobedeció, puesto que yo ignoraba su presencia aquí. Es preciso que os decidáis, señor duque. Mientras yo viva, os prohíbo que le persigáis. Después, obrad como mejor os parezca.

— ¿Podrá continuar asesinando a pobres mujeres en las calles de París las noches de luna llena?

Richelieu se encogió de hombros.

— Por su cuenta y riesgo. De noche todos los gatos son pardos, pero aun así hablaré con él. Por lo demás, quiero vuestra palabra de gentilhombre de que no intentaréis nada antes de mi muerte. Es posible, en efecto, que esas infelices encuentren un vengador surgido de las sombras. ¡Me disgustaría acusaros a vos, o a uno de vuestros hombres!

— Monseñor -rugió Beaufort-, me hacéis lamentar haber venido a pediros justicia. Si hubiera ido directamente a su mansión a degollarle en una noche oscura, nunca habríais imaginado quién era el culpable.

— ¡No estéis tan seguro! Siempre averiguo lo que deseo saber, y muerto Laffemas, me quedaría Laubardemont, que es un hombre temible. Vuestra hazaña de La Ferrière ha tenido muchos testigos: él habría pasado el peine a todos los campesinos para conocer la verdad, yos habría encontrado sin demasiado trabajo. Entonces habríais sentido el peso de mi cólera, por muy príncipe que seáis. De modo que habéis obrado con más prudencia de lo que imagináis.

Para escapar a la terrible mirada que parecía querer escudriñar hasta el fondo de su alma, el joven duque apartó los ojos y se debatió interiormente: jurar que no iba a estrangular a aquel miserable en la primera ocasión, era pedirle demasiado. ¿Cómo contener las fuerzas violentas que lo embargaban? ¿Podría tener paciencia para esperar aún… unos años? Pero Richelieu leía en él como en un libro abierto.

— Mi salud sigue siendo precaria -dijo con una media sonrisa-. Probablemente no sea tanto tiempo como teméis…

— Ni por asomo se me había ocurrido esa idea, Eminencia.

— Sois un hombre de honor. ¡Por eso quiero vuestra palabra!

Beaufort le miró a los ojos:

— No tengo elección. ¡Os doy mi palabra de gentilhombre y de príncipe francés!

Enseguida, con un saludo que nada tenía de protocolario, giró sobre los talones y salió a toda prisa con una sensación que no conocía aún: la de derrota. Se sentía vencido por el juramento que le había sido arrancado, y que jamás habría prestado si únicamente le afectara a él. Pero ¿podía arriesgar la libertad, la vida incluso, de los suyos, de todos los de su casa? Con todo, lo más duro era tal vez la vaga impresión que se llevaba consigo: a Richelieu no le había contrariado el anuncio de la muerte de Sylvie. Ya no tendría que preocuparse más por uno de los testigos del secreto del nacimiento del delfín…

Todavía sufrió más cuando, al llegar al gran vestíbulo, divisó una silueta negra, la última que deseaba encontrar en su camino: el teniente civil acudía sin duda a informar a su amo de las últimas noticias de París. La sangre se agolpó en la cabeza del joven duque, que se llevó maquinalmente la mano a la empuñadura de su espada; luego pensó que acababa de dar su palabra. Con todo, se concedió una pequeña satisfacción: se encaminó directamente hacia el personaje y le dio un empujón tan fuerte que le hizo perder el equilibrio y rodar por la escalera gritando. Con la soberbia de un príncipe de sangre para quien la canalla no existe, François, sin siquiera volver la cabeza, siguió su camino y llegó hasta donde le esperaban los caballos.

— Y bien, monseñor -suspiró Ganseville-, empezaba a preguntarme si el hombre rojo no os habría arrojado a alguna mazmorra [1] o enviado a la Bastilla. Esperaba veros aparecer desarmado entre cuatro corchetes.

— ¿Qué habrías hecho en ese caso?

— Les habría seguido, por supuesto, porque también podría haber sido Vincennes. Después habría ido a alertar a toda la casa de Vendôme, a vuestros amigos e incluso al populacho, para marchar en bloque a avisar al rey, y habríamos gritado por todas partes lo ocurrido en La Ferrière.

Beaufort sabía que, en efecto, lo habría hecho. Aquel normando rubio, que entró a su servicio como escudero en el momento de su primera campaña militar y que se le parecía un poco en la estatura y el color del cabello, poseía las cualidades de su tierra natal: obstinación en la fidelidad y fidelidad en la obstinación, además de un arte consumado para no decir ni sí ni no, así como una auténtica pasión por los caballos. Por lo demás era un compañero siempre alegre, mujeriego y dotado de un magnífico apetito, pero se entendía bastante mal con el otro escudero de Beaufort, Jacques de Brillet, un bretón tranquilo y frío cuyas costumbres recordaban las de un fraile. Brillet desconfiaba de las mujeres, no bebía, comía lo estrictamente necesario, rezaba mucho, conocía la Biblia como un protestante y no perdía ocasión de citar los Evangelios. Pero todo eso no le impedía tener tan mal carácter como su colega. De hecho, los dos jóvenes, de veintitrés y veinticuatro años, únicamente estaban de acuerdo en un punto: su devoción absoluta y enteramente desprovista de envidias por el joven duque.

— Richelieu no me ha mandado a la Bastilla, pero poco ha faltado. ¡Sólo me ha dejado libre a cambio de mi palabra de no atentar contra la vida de Laffemas hasta que él mismo haya dejado este mundo! Me siento un poco avergonzado de mí mismo…

— ¡No hay por qué! Yo habría hecho lo mismo. Dicen que la venganza es un plato que sabe mejor si se comefrío…

— Brillet te diría que la venganza pertenece al Señor.

— Lo diría, sí, pero no lo creería. Vuestro encarcelamiento no habría beneficiado a nadie y habría indignado a demasiada gente.

— No es suficiente motivo. No sé si algún día llegaré a faltar a mi juramento. ¿Lo has visto hace un instante? ¡Basta con ver el aspecto de ese miserable para volverme loco!

— Calmaos, mi príncipe, y escuchadme un momento: ¿habéis jurado a Richelieu no matar a su teniente civil?

— Acabo de decírtelo.

— Pero ¿no habéis jurado a nadie no matar a Richelieu? -Ganseville dejó caer su insinuación con una sonrisa tan bonachona que Beaufort no le entendió al principio.

— ¿Qué has dicho?

— Me habéis oído muy bien. ¡Y no me digáis que os escandalizo! No haréis más que aumentar el número de los que sueñan cada noche con librar al rey de su ministro. ¡Preguntádselo al duque César, vuestro padre!

De pronto, François soltó una sonora carcajada que le liberó de su angustia. Después de dar un golpecito en el hombro de su escudero, montó el caballo.

— ¡Magnífica idea! ¡Debería habérseme ocurrido antes! Ah, casi lo olvidaba: se ha reconocido la inocencia del caballero de Raguenel en las muertes de que se le acusaba. Debe de estar de vuelta en su casa.

— ¿Vamos allí?

El rostro de François se ensombreció de nuevo.

— ¡No! Todavía no. Necesito reflexionar un poco… ¡y también debo confesarme!

Ganseville estuvo a punto de contestar con una broma, pero intuyó que sería mal recibida. Siempre era así cuando el rostro de su amo mostraba cierta gravedad próxima a la severidad. Sin ser tan piadoso como Brillet, François nunca transigía con sus deberes de cristiano y su fe era profunda, por más que en su vida cotidiana mostrara cierta propensión a maltratar algunos de los diez mandamientos.

— En tal caso, ¿vamos primero al hôtel de Vendôme y luego a los Capuchinos?

— No, vamos primero a Saint-Lazare. Quiero hablar con Monsieur Vincent.

Inquieto, Ganseville se apresuró a preguntar:

— ¿Es a causa de… lo que acabo de proponer? La idea no ha salido de vos, monseñor. No tenéis nada de lo que acusaros.

François le dirigió una mirada cansada.

— ¿De qué hablas? ¡Ah, de la muerte del…! Aún no he pensado en ello, y no estoy seguro de desearlo de verdad. No; tengo otros pecados. Por ejemplo, últimamente he mentido mucho. Y eso no me gusta…

Situada en las afueras de la ciudad, en el faubourg Saint-Denis, la casa de Saint-Lazare era sin duda la que poseía, en comparación con sus semejantes, el mayor terreno religioso bajo el cielo de París. Era también, por su composición, la más extraña: a un tiempo hospital, leprosería -desde su fundación-, lugar de retiro, seminario y establecimiento disciplinario, porque algunos padres quejosos encerraban allí a sus hijos excesivamente turbulentos. Además, separada de la calle por un pequeño jardín, se encontraba allí una mansión real en la que los reyes únicamente se detenían en dos ocasiones en su vida: la primera, para la «feliz entrada» en su capital, y la segunda cuando sus restos mortales se dirigían al panteón real de Saint-Denis.

Aquel amplio conjunto estaba gobernado por un hombre próximo a la sesentena, pero robusto aún. En su rostro redondeado, un poco alargado por la perilla puesta a la moda por Enrique IV, se afirmaban una nariz poderosa, ojos pequeños y vivos algo hundidos en las profundas arcadas superciliares, y una boca grande en todo momento curvada en una sonrisa maliciosa. Se llamaba Vincent de Paul y había nacido en una aldea pobre de las Landas como un sencillo campesino; nunca había querido abandonar la apariencia de sus orígenes salvo por una sotana, siempre la misma, raída por el paso del tiempo; pero era el regalo más bello que la región del Sudoeste había hecho a la Francia del buen rey Enrique. Su aspecto era rústico, pero tenía un alma luminosa habitada por un auténtico amor a Dios y los hombres.

También su camino en la vida había sido sorprendente. Se ordenó sacerdote muy pronto, lo que le permitió seguir los estudios a pesar de la penuria familiar, y la cultura adquirida a fuerza de trabajo le valió ser escogido como preceptor de los hijos de Philibert de Gondi, duque de Retz, general de las galeras, de las que fue nombrado capellán. El capellán, por otra parte, más extraño que nunca haya existido: un hombre que, al ver desvanecerse a un galeote bajo los azotes de un cómitre, exigió que se encadenase a éste en su lugar. Sin embargo, rechazaba los honores y un buen día abandonó a la ilustre familia de la que era confesor y partió con su hatillo para convertirse en cura de Châtillon, un pueblecito perdido en la región pantanosa de Dombe, azotado permanentemente por las fiebres, la miseria y la indiferencia de los aldeanos. Y allí, en seis meses, lo había cambiado todo, atrayéndose incluso la amistad de los protestantes. Sin embargo, los Gondi no le olvidaban: al morir la duquesa, su esposo entró en el Oratorio y legó a «Monsieur Vincent» -todo el país iba a darle ese nombre, como una consagración- el oro suficiente para fundar su congregación de los Sacerdotes de la Misión. Una misión no dirigida aún hacia tierras lejanas, sino hacia los pueblos y aldeas marcados por las lacras de la miseria -empezando por los que rodeaban París-, donde la simple supervivencia era una cuestión ardua y Dios parecía muy leja-no. Sin duda los hombres de Monsieur Vincent difundían la palabra divina, pero sobre todo se esforzaban por aliviar los sufrimientos más patentes y, de ser necesario, por ayudar en los trabajos del campo.

Era a este asombroso personaje, que conocía desde hacía mucho tiempo y al que la casa de Vendôme reverenciaba, a quien François deseaba confiar los tormentos de su espíritu y su conciencia.

Lo encontró en la farmacia, con las mangas recogidas sobre sus brazos musculosos y ocupado en triturar hojas de col sobre un ladrillo. Por desgracia no estaba solo, y el joven que le hacía compañía era el último que François hubiese querido encontrar allí. Fue él, por lo demás, quien recibió al recién llegado gritando a voz en cuello:

— ¡Mirad quién está aquí, Monsieur Vincent! ¡El astro de las bellas parisinas, eclipsado desde hacía semanas! ¿Dónde os habíais metido, querido duque?

Este empezó por saludar al religioso con respeto, antes de replicar:

— Si hubiese sabido que os encontraría aquí, señor chistoso, habría venido más tarde.

Sin interrumpir el trabajo, Vincent de Paul se echó a reír.

— ¡Bonita forma de empezar una conversación! Hijos míos, no confundáis la casa del buen Dios con la Place Royale… ¡Bienvenido, François! Hace tiempo que no te veía. ¡Tú, muchacho, hazle sitio!

Tenía una voz cálida, un poco ruda pero tranquilizadora y llena de comprensión, teñida con un alegre acento gascón.

— ¡Ventajas de ser duque! -suspiró el joven, pero Beaufort se encogió de hombros, sin dejarse engañar ni por un instante por aquella falsa humildad.

Conocía a Paul-François-Jean de Gondi, sobrino del arzobispo de París y hermano del actual duque de Retz, desde la infancia, por haberlo encontrado en varias ocasiones en Belle-Isle durante los días ociosos del verano. Y no le gustaba en absoluto. No debido a su físico singular -era pequeño, cetrino, con una nariz en forma de silla de montar, siempre mal peinado, de piernas torcidas y de una torpeza casi proverbial, porque era incapaz de abotonarse solo el chaleco-, sino a causa de la inteligencia malévola y afilada como una navaja que chispeaba en sus ojos, tan oscuros como el resto de su persona. Destinado a la Iglesia por un padre piadoso, siguió los estudios con una idea en la cabeza: no ordenarse jamás. ¡Le gustaban demasiado las mujeres! Se le conocían al menos dos amantes: la princesa de Guéménée, que tenía veinte años más que él, y la bonita -y joven- duquesa de La Meilleraye, cuyo marido era el gran maestre de la artillería.

Se trataba, en resumen, de un personaje muy fuera de lo común, tal como habían predicho el día de su nacimiento las gentes del pueblo de Montmirail, en la Champaña, porque pescaron en el río un esturión -especie inhabitual en aquellas aguas- a la misma hora en que su madre la duquesa daba a luz en el castillo. La sabiduría popular llegó a la conclusión de que el recién nacido sería un fenómeno.

Bravo pese a todo, y excelente espadachín, había recibido de Monsieur Vincent, por entonces su preceptor y el de sus hermanos, los primeros rudimentos de la cultura así como una firme educación cristiana. De todo ello apenas subsistía un poco de fe y un gran respeto, un verdadero afecto por un hombre al que no llegaba a entender cabalmente. En cuanto a Beaufort, le retribuía gustoso su enemistad y se ingeniaba para burlarse de su desternillante falta de cultura y de un ingenio menos acerado que el suyo.

Tan sólo un punto tenían en común el «abate de Gondi» y François: los dos detestaban a Richelieu. El primero por orgullo: pensaba que su espina dorsal era demasiado rígida para doblarla ante un hombre al que consideraba inferior por nacimiento. Aunque le concedía algún mérito, solía decir que Richelieu no poseía ninguna cualidad que no fuera causa o consecuencia de algún enorme defecto. El segundo, por las razones que conocemos y por amor a la reina que tanto había sufrido por culpa del cardenal-duque.

Tal como le habían invitado a hacer sin demasiados miramientos, Gondi se retiró para alivio de François, que aguardó su marcha para exponer el motivo de su visita.

— He venido, Monsieur Vincent, a rogaros que tengáis a bien oírme en confesión.

Sin dejar su trabajo, el anciano sacerdote enarcó las cejas.

— ¿Confesarte, yo? Pero hijo mío, ¿no tienes en la mansión de Vendôme al señor obispo de Lisieux, Philippe de Cospéan, que vela por las almas de tu madre la duquesa y de tu buena hermana? Me consta que está ahí en este momento…

— Está, y es un santo, pero muy distraído y demasiado indulgente en lo que se refiere a nuestra familia. Yo necesito otra mirada…

— ¡Ah!

Monsieur Vincent paró de trabajar y se quedó un instante con las manos levantadas, mirando con una especie de desesperación el montón de hojas de col que quedaba todavía por triturar.

— Te escucharía con gusto, hijo, pero me da pena dejar todo esto. Nuestro hermano boticario está enfermo y necesitamos con urgencia una gran cantidad de este ungüento milagroso para nuestros reumáticos. ¡Dios sabe lo que están sufriendo con la humedad de este principio de primavera! Tendré que llevarte a la capilla…

— ¿Es necesario? Podéis escucharme y seguir trabajando… y yo también. Permitidme ayudaros.

Bajo la mirada risueña del anciano, Beaufort se quitó el jubón, se arremangó la camisa y se puso un delantal que encontró en un rincón. Cogió un grueso mortero y empezó a apilar las grandes hojas verdes según las indicaciones de Monsieur Vincent, al que su disposición a ayudar divertía y enternecía, sin impedirle, sin embargo, escucharlo con una seriedad un tanto solemne.

El joven no olvidó nada de lo que desde hacía unos meses pesaba sobre su conciencia de cristiano. Su oyente comprendió pronto que lo que le estaba siendo confiado era ni más ni menos que un secreto de Estado en el que se había venido a mezclar la terrible aventura de una niña de la corte aplastada por el cruel amor de un monstruo. Un monstruo cuya vida, sin embargo, se había visto obligado a jurar respetar el penitente debido a otra razón de Estado.

Su absolución fue plena y completa, bajo la única condición de que François prometiera no acercarse más a la intimidad de la reina.

— Los caminos del Señor son impenetrables -murmuró para terminar-. Si El ha permitido que te conviertas en el instrumento del destino, debes olvidar desde ahora…

— ¿Olvidar? ¡No imagináis hasta qué punto la amo!

— ¡No quiero saberlo! Esa mujer debe ser en adelante sagrada para ti por el fruto que lleva en ella y cuyo padre no puede ser otro que el rey. ¿Me has comprendido? Desde este instante no debes ser para la reina otra cosa que un súbdito muy fiel, un amigo si te sientes con valor para ello, ¡pero nada más! ¿Lo juras?

Tan poderoso era el magnetismo de aquel hombrecillo de apariencia rústica que François, fascinado, extendió la mano para prestar juramento sin pensar que lo que tenía delante era un mortero repleto de hojas de col y no los Evangelios; pero para los dos hombres, el gesto tuvo el mismo significado.

— En cuanto a las demás cosas que me has confiado -añadió Monsieur Vincent-, te absuelvo porque, en verdad, no podías haber obrado de otra manera. ¡Vete en paz!

Al marchar de Saint-Lazare, Beaufort se sintió a la vez aliviado y pesaroso. Había dado por supuesto que aquel santo varón no aceptaría que prosiguiese sus relaciones amorosas con Ana de Austria, y de todas maneras era imposible una solución distinta. Lo sabía, pero desde el instante en que la prohibición divina se alzaba entre ellos, la reina se le aparecía todavía más querida, todavía más deseable.

Mientras le acercaba el caballo, Ganseville se puso a olisquear.

— ¿Qué extraño olor es ése, monseñor? No será el de santidad, supongo.

A pesar de su tristeza, François no pudo evitar echarse a reír. Por lo demás era una necesidad permanente en él. Dotado de un gran sentido del humor, recurría gustosamente a la risa en los momentos de tensión. Eso le relajaba. De modo que, al encaramarse a la silla, ya había recuperado parte de su optimismo habitual.

— He trinchado coles en un pilón -gruñó-, pero como estaba en compañía de Monsieur Vincent, la santidad no estaba lejos. ¡Volvamos a casa!

El hôtel de Vendôme estaba situado, como Saint-Lazare, fuera de las murallas de París, y los dos jinetes siguieron el camino que bordeaba los fosos hasta llegar al faubourg Saint-Honoré. Allí, paredaña con el convento de las Capuchinas que parecía integrarse en ella, se alzaba una amplia mansión cuyos jardines, que se extendían hasta los molinos de la colina de Saint-Roch, habían ocupado parte de un antiguo mercado de caballos. La duquesa de Vendôme, madre de François, habitaba aquel lugar durante el invierno con su hija Elisabeth y su primogénito Louis, duque de Mercoeur; la temporada estival quedaba reservada al castillo de Anet o al de Chenonceau, residencia habitual y forzosa de su esposo, el duque César de Vendôme, hijo bastardo pero reconocido de Enrique IV y de Gabrielle d'Estrées, a quien una orden de exilio del rey Luis XIII, su hermanastro, obligaba a residir allí desde hacía varios años. [2] Era un lugar tranquilo y recogido, en el que se oía con más frecuencia el murmullo de los rezos que la música de los violines; no obstante, al hijo menor le gustaban aquel decorado principesco y la belleza de los jardines, aparte del afecto de su madre y su hermana.

Aquel día, sin embargo, alguien le había precedido, y al entrar en el gabinete de la duquesa Françoise encontró, sin la menor alegría, al abate de Gondi instalado junto a ella como si estuviera en su propia casa.

— ¡Ah! -exclamó éste al verle aparecer-. ¡Ya os decía que no tardaría en aparecer! ¡Uno no corre a ver a su querida cuando sale de hablar con Monsieur Vincent!

— ¡Hijo mío! -exclamó Madame de Vendôme iluminada por la alegría-. Nos preguntábamos dónde podíais estar estos últimos tiempos, y os confieso que vuestra hermana y yo estábamos bastante preocupadas.

— No había motivo, madre -dijo François, que pasó de los brazos de su madre a los de Elisabeth-. Estaba en Anet. Recordad que os había hablado de mi deseo de alejarme de París.

— ¡No sin motivos! -exclamó Gondi en un tono compungido que el brillo burlón de su mirada desmentía-. ¡Y esa temporada en el campo os ha conducido directamente a parar entre las santas manos del señor de Paul! ¿Teníais tal vez algo que haceros perdonar?

— ¿Y vos? -replicó Beaufort, y sus ojos azules adquirieron un brillo amenazador.

— Oh, yo iba sencillamente a despedirme antes de un largo viaje que me dispongo a hacer a Venecia y Roma.

— No os sabía tan aficionado a los largos viajes. ¿Cómo os las arreglaréis lejos de la Place Royale y del Arsenal?

— A nuestro pobre amigo no le queda otro remedio -suspiró Elisabeth, que sentía cierta debilidad por aquella especie de duende con alzacuello-. El cardenal quiere alejarlo porque ha solicitado predicar en la corte, un honor que Su Eminencia reserva al señor de La Motte-Houdancourt, que es amigo suyo.

— ¡Cosa que yo no soy, Dios me aguarde! Siempre he dicho que, pese a sus aires de gran señor, es un mozo de cuerda. De modo que he elegido mi propio lugar de exilio antes de que él se tome la molestia de indicarme uno.

En Venecia tengo amigos, y en Roma veré al Papa. Pero antes -añadió con tono más serio- me dispongo a ir a Belle-Isle, a saludar a mi hermano.

Para sorpresa de su hermana, que lo observaba, Fran-cois enrojeció y dirigió al joven abate una mirada casi de espanto.

— Si vuestra ausencia será sólo momentánea, ¿tiene alguna utilidad ir a asustar a vuestro hermano y a vuestra cuñada con esos chismes de exilio?

— ¡No tienen un corazón tan sensible! Y es una norma de familia el mantenernos siempre informados de nuestros viajes… Al parecer no seguís el mismo principio, ya que vuestra madre y vuestra hermana ignoraban dónde estabais.

El duque se encogió de hombros, con mal humor.

— ¿De verdad es necesario enviar cartas de notificación para trasladarse a una posesión de la familia situada a unas veinticinco leguas de distancia? ¡Id a Belle-Isle, si os apetece! ¿Cuándo marcháis?

— Al cabo de tres o cuatro días: el tiempo de saludar a mi tío el arzobispo de París y… a algunas amigas. ¿Os contraría quizá que vaya a visitar a mi hermano?

— ¡En absoluto! Por mí podéis dar la vuelta a Bretaña para ir a Venecia, si os apetece.

— ¿Y si hablamos de otra cosa? -propuso Elisabeth con una vocecita angelical-. Hablemos de temas serios. ¿Sabéis, hermano, que estamos muy preocupadas por nuestra Sylvie? Hace tres semanas que ha desaparecido y todos, incluida la reina, ignoran qué ha sido de ella.

— ¿No habéis tenido ninguna noticia de ella desde entonces?

— Lo que sabemos resulta bastante inquietante. Jeannette, su camarera que la esperaba en el castillo de Ruellen el coche del caballero de Raguenel, vio cómo la subían (¡la raptaban, diría incluso!) a la carroza del teniente civil. Corentin, el criado del señor de Raguenel, robó el caballo de uno de los guardias y salió al galope detrás de la carroza. ¡Y tampoco nadie lo ha vuelto a ver!

— ¡Qué imprudencia, ir a meterse así en la boca del lobo! -exclamó Gondi-. Nunca es aconsejable mezclarse en sus asuntos, y mucho me temo que jamás volváis a ver a la muchacha… ni al criado.

— No pensaréis que la han encerrado en la Bastilla o en otra prisión -gimió la duquesa-. Mademoiselle de l'Isle no tiene aún dieciséis años, y Su Eminencia la invitaba a veces a cantar para él. Además, iba a verle para interceder por su tutor, acusado de crímenes tan horribles que era imposible creer que fuera culpable de ellos. El recuperó la libertad pocos días después de la desaparición de Sylvie. La inquietud está a punto de hacer perder la razón al pobre desdichado…

De improviso, una pesada atmósfera de angustia reemplazó a la calma del salón. Sensible como todas las naturalezas nerviosas, el abate se sintió afectado por ella y, como se consideraba suficientemente ocupado con sus propios problemas, se despidió con gracia, pero también con cierto apresuramiento. François agradeció su marcha. Sin embargo, la duquesa había perdido su aire afable y se mostraba nerviosa y preocupada.

— Estamos verdaderamente inquietas por Sylvie -dijo, tomando la mano que le tendía su hija-. Estos días pasados, monseñor de Cospéan ha obtenido audiencia del padre Joseph du Tremblay, que está muy enfermo pero se ha prestado de todos modos a intentar averiguar algo a través de su hermano, el gobernador de la Bastilla. Nuestro amigo ha recibido toda clase de seguridades por ese lado: la pobre chiquilla no está ni en la Bastilla ni en Vincennes.

— Lo cual tampoco es muy tranquilizador -dijo Elisabeth con un suspiro-, porque en ese caso, ¿dónde puede estar? Hemos pensado, por supuesto, en los subterráneos de Rueil, y en que el rapto en el patio no era más que una comedia. Pero nuestro hermano mayor piensa que en ese caso Corentin Bellec habría regresado.

— Y también nos ha apenado mucho que la reina, a quien hemos acudido, no haya querido preocuparse de una de sus doncellas de honor. Sólo piensa en su embarazo y no quiere oír hablar de ningún suceso triste.

François sonrió. De todo lo que acababa de oír, tan sólo le importaba una información: que la eminencia gris, el consejero más secreto y más fiel de Richelieu, caminaba hacia su fin, y eso no era una mala noticia. Todo lo que debilitase a su enemigo le alegraba. Pero como su sonrisa pareció extrañar a «sus mujeres», se apresuró a borrarla y a preguntar:

— ¿Dónde está Jeannette? Me gustaría hablar con ella…

— No está aquí -respondió su madre-. Marchó cuando Perceval de Raguenel volvió a su casa. Ha querido ir a su lado y compartir con él esta terrible prueba. Da pena ver al pobre…

François no tuvo tiempo de comentar las últimas palabras: entró el mayordomo y anunció un correo del rey, lo que enfrió ligeramente el ambiente, como si la severa silueta de Luis XIII acabara de inmiscuirse en el círculo familiar. El correo, un oficial de caballería ligera, traía un pliego cerrado con un sello de lacre rojo.

— De parte del rey para el señor duque de Beaufort -dijo con una inclinación, después de haber barrido la alfombra con las plumas rojas de su sombrero. Después de entregar su mensaje se retiró, dejando a las dos mujeres llenas de curiosidad.

Nervioso, François hizo saltar con un dedo el delgado sello con las armas de Francia y abrió el mensaje; a medida que leía, su rostro se fue ensombreciendo.

— El rey me envía a Flandes, a reunirme con las tropas del mariscal-duque de Châtillon, madre… Debo partir en cuanto mi equipaje esté listo.

— ¿Os envían a la guerra, hijo? Pero yo creía…

— ¿Que el rey desdeñaba para sus armas la sangre de los Vendôme? Por lo visto, el cardenal no piensa como él…

— ¿Y vuestro hermano?

— No hay aquí ninguna indicación sobre Mercoeur. Puede quedarse tranquilamente en París. Cosa que por cierto no le envidio, y no os oculto que en otras circunstancias me sentiría muy feliz de ir a respirar el olor de la pólvora; pero habría preferido que fuera más tarde. Por eso, algo me dice que detrás de esta orden está la mano del cardenal. No le gusto, y si un mosquete español pudiera desembarazarle de mí, se sentiría feliz…

— ¡No digáis esas cosas! -exclamó Elisabeth-. No vais a…

— ¿A hacerme matar? No tengo la menor intención de conceder ese placer a Su Eminencia… Por el momento, madre, os, estaré muy agradecido si atendéis a los preparativos de mi marcha. Que se ocupe Brillet. Yo debo marcharme y me llevo a Ganseville.

— ¿Vais a salir tan tarde? Pero…

— No os alarméis. Una simple visita, y no durará mucho tiempo.

Cuando se hubo marchado, Elisabeth se acercó a su madre, que había palidecido y murmuraba:

— ¿Adónde irá? Espero que no se meta en más complicaciones…

La joven tomó su mano y la colocó sobre su fresca mejilla.

— Se diría que no lo conocéis, madre. ¿Puede irse de París sin despedirse de alguna bella dama? Siempre se habla, al respecto, de Madame de Montbazon, pero a mí no me parece que haya nada entre ellos. ¿Tal vez Madame de Janzé?

François no iba a ver a ninguna de las dos. Amaba demasiado a la reina para entregar su corazón a otra mujer. Por el momento recorría, seguido por Ganseville, la Rue Saint-Honoré; luego tomó la de la Ferronnerie y la des Lombards, la una a continuación de la otra, y finalmente la Rue Saint-Antoine en dirección a la Bastilla, atravesando de ese modo París en toda su longitud y pasando de largo la Rue Saint-Thomas du Louvre, donde se alzaba el hôtel de Montbazon. Pero bastante antes de llegar a la vieja fortaleza, dobló a la izquierda por una calle bastante estrecha, desmontó ante un pequeño edificio de bella apariencia y, sin esperar a que se encargara de ello su escudero, fue él mismo a tirar de la campanilla del portal.

— Anunciad al señor caballero de Raguenel que el duque de Beaufort desea hablar con él. Por más que la hora sea impropia, tengo que decirle algo de la mayor urgencia -dijo al portero, que salió asustado a la carrera, dejando a los dos hombres entrar por su cuenta en el patio.

— Tenía entendido que pensabais esperar un poco antes de verle -observó el escudero.

— No tengo tiempo. Me marcho a Flandes por la mañana…

— Nos marchamos a Flandes -corrigió Ganseville-. ¡Vaya, es una buena noticia!

— No; lo he dicho bien: me marcho. Tú te reunirás conmigo más tarde. Tengo una misión para ti…

— ¿Adonde he de ir? -preguntó Pierre, decepcionado.

— Al lugar del que venimos… pero no irás solo: acompañarás a una joven a la que ya conoces y de la que cuidarás con tus cinco sentidos. Habría querido hacerlo yo mismo, pero el rey y su ministro han dispuesto otra cosa.

— ¿Me mandáis otra vez a Bretaña?

— Exactamente. Y llevarás contigo a Jeannette. Yo creía que estaría con mi madre, pero al parecer ha venido a hacer compañía al señor de Raguenel desde que salió de la Bastilla…

Se interrumpió. Perceval acudía, y François se sorprendió al ver el cambio producido en tan poco tiempo: su atuendo, siempre tan cuidado a pesar de su gusto por la sencillez, era el mismo, pero bajo la espesa cabellera rubia que la cercanía de la cuarentena empezaba a platear en las sienes, el rostro había perdido su expresión despreocupada, y los ojos su viveza. El dolor había marcado con su garra cada uno de sus rasgos, y François se reprochó no haber acudido antes a visitar a aquel antiguo escudero de su madre y amigo de su infancia. Sus ojos grises estaban abiertos de par en par y le interrogaron tanto como la voz:

— ¿Vos aquí, monseñor…? ¿Venís a darme la noticia que más temo?

Beaufort le tomó las manos, siempre tan firmes, y notó que temblaban.

— ¡Entremos! -dijo con dulzura-. Lo que he de deciros no está hecho para el viento de la noche.

2. El puerto del Socorro

Al día siguiente, domingo, a las cinco de la mañana, una modesta pareja de jóvenes burgueses ocupaba su plaza en la diligencia de Rennes, que en sólo una semana iba a conducirles hasta su destino. En el esposo, vestido de un paño gris con cuello vuelto de holanda blanca, calzado con pesados zapatos de hebilla y tocado con un redondo sombrero negro, nadie habría reconocido a Pierre de Ganseville, el elegante escudero del duque de Beaufort. No se sentía muy cómodo: echaba de menos su espada, pero había sido necesario guardarla en el cofre que habían colocado en la parte trasera del coche.

Esa clase de detalles no preocupaban a su compañera: apenas existía diferencia entre la forma de vestir de una burguesa y la de una camarera al servicio de la corte. La cofia almidonada y el vestido gris con cuello y mangas adornados de encaje eran su atuendo habitual, y lo completaba con una amplia capa negra con capuchón que la envolvía por completo. Jeannette se sentía menos triste: el día era bueno, y el viaje -aunque no conociera el lugar al que se dirigían- le gustaba, sobre todo porque no tendría que soportar mucho tiempo el traqueteo de aquel carruaje público y, por tanto, incómodo y maloliente: en Vitré lo dejarían con cualquier pretexto, así como el disfraz de Ganseville, y alquilarían caballos de posta que, por Châteaubriant, les llevarían hasta Piriac, donde embarcarían. Lo importante era salir de París burlando la vigilancia que esperaba Beaufort por parte del teniente civil. Laffemas no debía de ignorar a esas alturas lo que había ocurrido en La Ferrière, y Raguenel le había dicho que algunas personas de aspecto sospechoso rondaban su casa desde que había regresado a ella. De modo que, la víspera de la partida, François se había llevado a Jeannette al hôtel de Vendôme, donde se encontraba su lugar natural, porque vivía en ella desde que Sylvie había sido adoptada por la duquesa.

Al pensar en su amo, Ganseville se sentía melancólico, ya que mientras él iba entre sacudidas por caminos mal pavimentados con gruesos adoquines y llenos de baches, Beaufort, escoltado por Brillet y dos lacayos, galopaba por la ruta de Flandes con la perspectiva de la fiebre de las batallas, el tronar de los cañones, el crepitar de las descargas de fusilería, el redoble de los tambores, la gloria tal vez… ¡La vida, en una palabra! Su único consuelo era que aquel viaje anodino representaba una misión de extrema confianza relacionada con el secreto que tenía el honor de compartir con el amo al que quería.

El viaje transcurrió con toda normalidad, en compañía de personas que no incitaban a la conversación: un sacerdote que rezaba todo el rato, una viuda que lloraba todo el rato también, y una pareja de ancianos que, cuando no cuchicheaban entre risitas, dormían concienzudamente. A pesar de ello, al llegar a Vitré, Ganseville tenía hormigueo en las piernas y Jeannette se moría de impaciencia. Pero en aquella antigua villa, que conservaba su imponente aspecto feudal, les bastó una corta estancia en el hôtel Du Plessis, cuyos dueños eran viejos amigos de los Vendôme, para que Pierre recuperase su aspecto habitual. Entonces fue Jeannette quien perdió el suyo y se convirtió en un esbelto jinete -su joven ama había hecho que la enseñaran a montar para que pudiera seguirla en sus galopadas a través de los bosques, en Anet o Chenonceau-. Se montó en la silla con un aplomo que complació a su compañero, un poco inquieto al principio sobre el ritmo que iba a imponerle la presencia de una mujer.

— ¿Vais a decirme de una vez adónde vamos? -preguntó la muchacha cuando hicieron la primera parada en Bain-. Durante todo el viaje no habéis despegado los labios. ¡Bonito marido el mío, han debido de pensar las personas que nos acompañaban!

— ¿Habrías preferido que te hiciera la corte? -bromeó Ganseville, y rió.

— ¡Oh, no! No lo toméis a mal, pero ya estoy prometida con un hombre al que no sé qué puede haberle ocurrido -repuso con tristeza-. Desapareció con nuestra señorita, y ni siquiera sabemos si siguen con vida…

— Yo soy como santo Tomás, ¡si no lo veo no lo creo! En cuanto a nuestro destino, es un pequeño puerto de pesca que se llama Piriac.

— ¿Y qué vamos a hacer allí?

— Embarcar para Belle-Isle. Espero que no te marees… Me horrorizan las personas que vomitan.

— ¿Y qué haremos en Belle-Isle?

— Iremos a saludar al señor duque de Retz y a la señora duquesa. Y ahora, no más preguntas. Ya te he dicho bastante.

— Sigo sin enterarme, y me gustaría saber a qué viene tanto misterio…

— Querida mía, cometiste una enorme tontería al instalarte en casa del señor de Raguenel en lugar de quedarte prudentemente con nosotros. Deberías haber sabido que su casa estaría vigilada. A mí me encargaron la misión de hacerte salir de París sin despertar las sospechas de los espías del teniente civil, y eso he hecho…

— Entonces ¿por qué no me contáis algo más? Estamos muy lejos de París…

— Porque el gobernador de Bretaña es el cardenal de Richelieu, que desposeyó al duque César; y allí donde está él instalado, siempre es de temer que haya un espía escondido detrás de cada matojo.

— ¿Y en Belle-Isle no los hay?

— No. Está bastante lejos de la costa y su propietario es Pierre de Gondi, duque de Retz. ¡Y ahora, a caballo! No contestaré a ninguna pregunta hasta que lleguemos allí abajo. ¡Y aun así…!

Esta vez, Jeannette se conformó. Además, la diferencia social existente entre ella, una simple camarera, y un gentilhombre le imponía límites que conocía muy bien. Y el nuevo ritmo del viaje apenas permitía las conversaciones, porque ya no tenían que detenerse hasta llegar al mar, sólo para cambiar de caballos y tomar algún bocado. Después de Bain, por Redon y la Roche-Bernard llegaron al estuario del Vilaine, y desde allí marcharon directamente a Piriac, un pequeño puerto pesquero al que la pobre muchacha llegó rendida: una cosa era seguir a Sylvie en agradables paseos por el campo, y otra saltar de un caballo a otro sin descanso, fuera de día o de noche.

— ¡Nunca podré volver a sentarme! -gimió cuando Ganseville, compadecido al fin de ella, la ayudó a bajar de su montura-. ¡Y quizá ni siquiera a andar!

— Habría tenido que aconsejarte cataplasmas de cera-suspiró él-, pero eso nos habría hecho perder tiempo. Sé lo penoso que resulta esto para ti, y que habrías preferido un coche, pero en Bretaña los caminos son muy malos, y con un caballo se está seguro de salvar todos los obstáculos, ¡y más aprisa!

— Entonces ¿tenemos mucha prisa?

— La tenemos, y esta cabalgata nos ha hecho ganar tres días. Hemos de llegar a Belle-Isle antes que otra persona. Te prometo una sorpresa cuando arribemos…

Ganseville la dejó sentada en una roca y fue a buscar una embarcación y después, mientras esperaban la marea, los dos se dedicaron a reponer fuerzas con una deliciosa sopa de pescado y galleta de alforfón endulzada con miel, todo ello regado con una sidra ligeramente espumosa.

Al caer la tarde, los dos embarcaron en una barca de pesca puesta bajo la advocación de Sainte-Anne-d'Auray. Jeannette, envuelta en una manta que olía a pescado para protegerse de las salpicaduras del oleaje, instaló sus doloridas posaderas en otra manta que doblaron para ella en un rincón de la barca y, por más que aquello no fuera el sumo de la comodidad, se durmió de inmediato. Por suerte, la mar estaba relativamente en calma y su fatiga extrema le evitó los efectos del balanceo. Así pues, de las cuatro leguas que separaban tierra firme de Belle-Isle no vio nada, y tampoco de la pesca a la que se dedicó la tripulación durante el trayecto.

Cuando abrió los ojos, después de que la sacudieran sin demasiados miramientos, la barca franqueaba la bocana de un puerto que, a la luz rosácea de la aurora, le pareció el más hermoso del mundo. Asentado en la desembocadura de uno de esos arroyos marinos por los que asciende la marea, ocupaba el espacio entre una colina cubierta de árboles torcidos por las tormentas y un promontorio rocoso sobre el cual se alzaba una ciudadela de torres bajas y redondas de las que asomaban las bocas negras de los cañones. La villa parecía agruparse detrás de las murallas que la defendían, y al fondo del puerto un puente romano unía las dos orillas y daba acceso a una mansión señorial alargada cuyos jardines ascendían hasta una segunda colina, más alta que la primera. [3] Era una gran casa blanca, muy hermosa, cuyas altas ventanas reflejaban los colores inflamados del sol naciente.

— Estamos en Belle-Isle -comentó Ganseville-, y ese pueblo, el principal de la isla, se llama Le Palais. No es difícil comprender por qué…

— ¿Es allí adónde vamos?

— Exacto. Y encontrarás a personas queridas por las que estás sufriendo.

El escudero tuvo de súbito la impresión de que toda la luz del día que nacía se refugiaba en los ojos azules de la joven.

— ¿Sylvie? ¡Oh, quiero decir Mademoiselle de l'Isle…!

— ¡Chist! ¡Nada de nombres!

Ella quiso echar a correr por la carretera que llevaba a las hileras de altos tamarindos que protegían los jardines de la furia del viento, pero él la retuvo con mano firme.

— ¡Tranquila! No vayas a entrar en esa casa dando voces y llamándola como una loca. Recuerda que si la han traído aquí es por una razón muy grave. La han escondido desde que escapó de una suerte horrible, pero la amenaza no ha desaparecido. De modo que el señor duque ha decidido, de acuerdo con el señor de Gondi, que pasará por muerta hasta que el peligro haya cesado por completo.

— ¡Dios mío! ¿Qué le ha ocurrido? -gimió ella, dispuesta ya a echarse a llorar.

— Ya lo sabrás, pero de momento caminemos. No podemos quedarnos todo el día en medio del camino. Además, veo que vienen a recibirnos.

Dos lacayos con libreas rojas se acercaban a ellos. Ganseville extrajo una carta de su justillo.

— ¡De parte de monseñor el duque de Beaufort para el señor [4] duque de Retz, con sus parabienes!

Los lacayos saludaron; uno de ellos tomó la carta y el otro se hizo cargo del saco de viaje de Jeannette.

— Tened la bondad de seguirme -dijo el primero.

Los dos viajeros fueron llevados ante un mayordomo que les hizo esperar en un gran vestíbulo enlosado en blanco y negro, y les explicó que los duques oían a esa hora una misa matinal en la capilla del palacio y no se les podía molestar.

Esperaron, pues, en un silencio casi monacal que ni el uno ni la otra se atrevían a romper, pero a Jeannette la impaciencia la devoraba: ¿dónde tendrían escondida a la pequeña Sylvie en aquel enorme caserón? En cuanto a Ganseville, acostumbrado a ver abrirse todas las puertas ante su amo, no se sentía especialmente contento de que su mensajero hubiera de esperar como un vulgar pedigüeño.

Finalmente se abrió una puerta y apareció el duque en persona, seguido por su mayordomo. Fue a éste a quien se dirigió en primer lugar:

— Llevad a esta joven ante la señora duquesa, que la espera en sus aposentos. -Y a Ganseville-: ¡Me hace feliz veros de nuevo, joven! Espero que hayáis tenido un buen viaje, y que me traigáis noticias. Venid por aquí. Hablaremos con más tranquilidad en mi gabinete.

A sus treinta y seis años, Pierre de Gondi, segundo duque de Retz, parecía tener diez más: su rostro, alargado y curtido por la intemperie, mostraba un aire de tedio debido a que tres años antes se había visto forzado a retirarse y lo soportaba mal. En efecto, nombrado general de las galeras del rey para suceder a su padre, que había tomado los hábitos a la muerte de su madre -todo ello en el año 1627-, había sido destituido por Richelieu de un mando al que se había dedicado en cuerpo y alma, en beneficio del sobrino de éste, el marqués de Pontcourlay. Desde entonces se había encerrado en su castillo de Belle-Isle para rumiar allí su rencor; huelga añadir que no sentía precisamente afecto por el cardenal-ministro.

Mientras Ganseville le informaba de las últimas noticias de la capital, una joven camarera bretona, vestida con el traje regional, llevaba a Jeannette a la habitación de la duquesa, que desayunaba después de la comunión. Diez años más joven que su marido, del que también era prima hermana, hija del anterior duque de Retz -el título había pasado de la rama mayor a la menor- y hermana de la duquesa de Brissac, Catherine de Gondi habría sido considerada bella si la austeridad de sus costumbres y cierta dosis de avaricia no hubiesen impregnado de una rigidez peculiar sus rasgos finos y delicados. Recibió a Jeannette como se recibe a una criada, es decir que la dejó de pie mientras ella seguía mojando trozos de pan en un tazón de leche, sin dejar por ello de examinar a la recién llegada. Como no esperaba otra cosa, la muchacha no se incomodó, pero no pudo dejar de pensar que también a ella le habría gustado un tazón de leche. La duquesa se limpió la boca con una servilleta bordada y dijo por fin:

— ¿Sois la camarera de la pequeña que nos ha confiado el señor de Beaufort? ¿De dónde procedéis, hija mía?

— De Anet, señora duquesa; allí nací, y allí, muy joven, entré al servicio de Mademoiselle de l'Isle. Después la acompañé a la corte, cuando ella se convirtió en doncella de honor de Su Majestad la reina…

— ¡Se nota! No tenéis un aire rústico. Pues bien, hija mía, sabréis que vuestra ama se encuentra en un estado calamitoso. Según me han contado, fue raptada por un secuaz de Richelieu que había perseguido en otro tiempo a su madre con un amor abominable, y entregada por él a otro compinche, que cedió después sus derechos maritales al primer personaje, el cual usó de ellos de una manera absolutamente deplorable…

El sucinto relato, narrado con un tono indiferente, horrorizó a Jeannette, que exclamó:

— ¡Oh, Dios mío! ¡Y yo que no sabía nada! ¡Pobre…, pobre niña! Pero ¿por qué entonces el señor François…, quiero decir, monseñor el duque de Beaufort, la ha traído aquí?

— Porque si bien el duque ha eliminado al marido, tiene aún que deshacerse del principal verdugo, cosa que no es fácil. Esta desventurada necesitaba un refugio alejado, secreto y sobre todo situado fuera del radio de acción de los hombres del cardenal. Belle-Isle nos pertenece en propiedad. Es una tierra soberana y ni siquiera los hombres del rey pueden tener acceso aquí sin nuestro consentimiento.

Jeannette comprendió, pero no por ello deploró menos en su fuero interno que la pobre Sylvie hubiese sido confiada a aquella mujer que era tal vez una cristiana ejemplar, ya que había recibido las enseñanzas de Monsieur Vincent, como su esposo, pero que no parecía haber extraído de ellas mucho provecho en lo relativo al capítulo de la caridad.

— Debe pasar por muerta… por lo menos mientras viva el cardenal -concluyó Madame de Gondi-, y esta isla del fin del mundo ha debido de parecerle ideal al señor de Beaufort.

— ¿Puedo pedir a la señora duquesa que me permita ir a su lado? Estoy impaciente por empezar a cuidar de ella y juzgar por mí misma el estado en que se encuentra.

— No es excelente. Naik os llevará. Pese a lo que piense el señor de Beaufort, recibimos con frecuencia visitas. Demasiadas para mi gusto porque, como ella vivía en la corte, alguien podría reconocerla. De modo que la hemos aposentado en el pequeño pabellón del extremo del jardín. Vive allí, atendida por la vieja Maryvonne, que estuvo al servicio de la difunta Madame de Gondi, mi suegra, y de ese muchacho, ese Corentin que estaba al servicio de su… ¿tío, tal vez?

A Jeannette le dio un vuelco el corazón. ¡Corentin! ¡También Corentin estaba allí! «Su» Corentin, puesto que era su prometido desde siempre. Y aquella bocanada de alegría mitigó un poco el disgusto que le había causado la exposición de los hechos por parte de la duquesa, tan seca y desprovista de compasión.

Unos instantes después, caminaba a buen paso detrás de una joven bretona a través del espeso bosquecillo de higueras, palmas datileras y laureles que se extendía en los confines del jardín. Una casita y un pozo aparecieron de repente en una especie de claro, pero todo lo que vio Jeannette fue a su Corentin ocupado en sacar agua. Incapaz de contenerse, dejó caer su equipaje y corrió hacia él con un grito de alegría.

— ¡Mi Corentin! Creía que no iba a verte nunca más -gritó, llorando de felicidad.

El la miró como si cayera del cielo.

— ¿Jeannette?… Pero ¿cómo estás aquí?

— El señor de Ganseville me ha traído por orden de monseñor François.

Corentin apartó a la joven y se pasó las manos por el rostro, del que Jeannette pudo entonces apreciar la fatiga. Suspiró:

— ¡Dios mío! ¡Me habéis escuchado y nunca os lo agradeceré bastante! Quizás estemos aún a tiempo…

— ¿Qué pasa? -preguntó Jeannette, angustiada-. ¿Y Mademoiselle Sylvie?

— ¡Ven a verla!

La vio, en efecto, y su corazón se encogió. Pálida y demacrada, con aspecto de conservar tan sólo un soplo de vida, Sylvie, ataviada con un triste vestido negro del que asomaba un poco la enagua, estaba tendida en un sillón junto a un fuego raquítico. Sus cabellos castaños de tan bellos reflejos plateados caían en desorden sobre sus hombros. Sostenía un tazón de leche que no bebía, cosa que no parecía preocupar a la vieja campesina sentada a la entrada, tricotando sin pausa. El mobiliario -un aparador, una mesa, cuatro sillas y un pequeño armario- se reducía al mínimo necesario. No había alfombras ni tapices para calentar las paredes y el suelo; sólo un crucifijo en la pared y un banquillo colocado frente a él recordaban que aquélla era una de las posesiones más piadosas de Francia. Se percibía un abandono, una miseria casi, que hizo brotar lágrimas a la recién llegada. Un impulso la hizo caer de rodillas a los pies de su joven ama, que no parecía haber advertido su presencia y seguía con los ojos cerrados. Le quitó el tazón para cubrir aquellas manos frágiles con las suyas.

— ¡Mademoiselle Sylvie…! ¡Miradme! Soy Jeannette, vuestra Jeannette.

Los bonitos ojos color avellana, enrojecidos por el llanto continuo, se entreabrieron y Sylvie murmuró:

— Eres tú, mi Jeannette. Creía seguir soñando al oír tu voz…

La suya era débil, dubitativa, como si aquella muchacha de dieciséis años no pudiera levantarla mucho. Jeannette se puso en pie y, con los brazos en jarras, examinó aquella habitación miserable con cólera creciente.

— Me parece que ya era hora de que me trajeran aquí. ¿Qué mosca ha picado a monseñor François para confiaros a esta gente…? ¡Eh, tú, la de la calceta! -llamó a la campesina, que seguía imperturbable con sus agujas-. ¿Así es como la cuidas? ¿No ves que está enferma? ¿No te ha pasado por la cabeza que es una gran dama y que no está ni mucho menos acostumbrada a esto?

— No te canses -dijo Corentin-. No te entiende, no habla más que bretón. Madame de Gondi piensa que es mejor para la seguridad de Sylvie que pase por una enferma grave. Por suerte, me tiene a mí para hablarle…

— ¿Que pase por una enferma? ¡Pero es que lo está! Compruébalo por ti mismo. ¿Y qué esperáis, tu Madame de Gondi y tú, que se muera?

— Voy a explicártelo, Jeannette, pero dime primero quién te ha traído aquí. ¿Es…?

Ella adivinó el nombre que él esperaba.

— No, no es monseñor François. Está en camino para la guerra. Es el señor de Ganseville quien me ha acompañado. En este momento está hablando con el señor de Gondi, pero tienes que decirme por qué dejáis a mi pequeña ama en este estado, con un viejo vestido raído, sin peinar…, ¡desastrada, y con un viejo andrajo como única compañía! Si el señor de Raguenel viese esto pasarías un mal rato.

— No me permiten hacer nada más, mi pobre Jeannette. Este es territorio de mujeres, y depende únicamente de Madame de Gondi. Desde que se marchó monseñor François, nos ha instalado aquí y viene de visita de vez en cuando, siempre sola por miedo a las lenguas de sus camareras. Nadie debe saber que está aquí escondida, y soy yo quien va a buscar la comida. A ella le está prohibido salir, para evitar la curiosidad de la gente.

Jeannette explotó:

— Y esa comida que vas a buscar, ¿es muy abundante? Tampoco tú has engordado que digamos. ¡Virgen santa! ¿Por qué la han traído a esta isla? ¡Como si no hubiese en Vendôme o en Anet buenas gentes para cuidarla como es debido! ¿Está loco monseñor François?

— No, pero ama Belle-Isle desde su infancia, y para él es una especie de paraíso. Además, no conoce realmente a los Gondi. Oh, el duque es un buen hombre y estoy seguro de que ignora lo que sucede…

— ¿Y no podías decírselo tú?

— No. Es la duquesa quien lo controla todo, y todavía más en este tema, porque él se ha desentendido. He hecho lo que he podido, Jeannette, te lo juro; incluso, hace tres días, he escrito a monseñor François para pedirle que encuentre otro refugio. No imagina hasta qué punto la duquesa es una mujer severa, religiosa y austera… A ella no le ha gustado demasiado que viniéramos a este lugar… Ven, salgamos -añadió, tirando de Jeannette hacia el exterior antes de proseguir-. Creo que está convencida de que Mademoiselle Sylvie es una amiguita de François, y me parece que, por su parte, ella está un poco enamorada de él. Así pues, juzga tú misma… Para ella es cómodo tenerla encerrada con el pretexto de que el duque recibe muchas visitas y de que alguien podría reconocerla. Y eso no es todo.

— ¿Todavía hay más?

— Sí. Lo peor es nuestra enferma. Creo…, creo que ha perdido las ganas de vivir. A pesar de mi insistencia, apenas se alimenta. Tengo miedo de que se deje morir…

Jeannette había palidecido, pero ya estaba de vuelta en la casa y había emprendido una inspección impaciente; abrió una puerta que daba a una habitación estrecha con los postigos cerrados que sólo contenía una cama de madera. Sus exclamaciones furiosas sacaron a Sylvie de su sopor.

— ¡Cálmate, te lo ruego! Me siento tan débil…

— ¿Cómo no vais a estarlo en una casa en la que el sol tiene prohibido entrar y vos salir? Lo que me asombra es que no hayáis muerto aún con este régimen bárbaro. ¡Pero os juro que esto va a cambiar! ¡No me da miedo vuestra duquesa!

— Tranquilicémonos -dijo con voz jovial Ganseville, que acababa de entrar y barría el suelo con sus plumas grises para saludar a Sylvie-. Monseñor os besa las manos, mademoiselle, y lamenta no haber podido venir en persona como era su deseo, pero es un soldado, y un soldado ha de obedecer. Por esa razón nos ha enviado a nosotros, como Jeannette os lo ha debido de decir. De hecho, venimos a cambiaros de residencia, porque aquí ya no estáis segura. Dentro de pocos días llegará el abate de Gondi, de quien ya conocéis su lengua suelta y sus ideas locas. De modo que tengo órdenes de comprar para vos una casita apartada en la que podréis vivir con vuestra gente. Creo, por otra parte -añadió, girando sobre los talones para examinar lo que le rodeaba-, que tendremos que hacerlo con urgencia… ¡Cuando monseñor François sepa esto! ¡Esta gente os trata de una manera indigna! No lo esperaba del duque…

— ¡Entonces llevadnos a cualquier otro lugar, y aprisa! -exclamó Jeannette-. No veo por qué tendríamos que comprar nada en esta isla inhóspita. Hay muchos rincones tranquilos en el Vendômois…

— No. Se supone que Mademoiselle Sylvie ha muerto, y si alguien tiene dudas, irá allá a buscarla. Ha de quedarse aquí, pero puedes estar tranquila, Belle-Isle es grande: nunca más verá a los Gondi si no lo desea.

— Tendré que quedarme para siempre en este lugar -intervino Sylvie, desolada.

— No. Monseñor vendrá a buscaros en cuanto sea posible. Únicamente os será preciso un poco de paciencia…, y sobre todo recuperar la salud. Estáis en muy mal estado. Monseñor se desesperaría si os viera así…

Las pálidas mejillas se tiñeron levemente de rojo. Desde que François se había marchado, Sylvie se había dejado invadir por una sombría desesperación, con la idea de que nunca volvería a verle. Y sin embargo, aquel viaje al fin del mundo había sido tan dulce…

Había habido en primer lugar el instante divino que repetía el de su infancia, cuando él la había recogido del suelo, la había tomado entre sus brazos y la había abrazado y besado, porque temía que ella estuviera muerta.

El desvanecimiento de Sylvie, debido a un terrible agotamiento, había durado menos tiempo del que creía Francois, pero era tan maravilloso, después del horror que acababa de vivir, apretarse contra él y dejarse acunar y acariciar, que siguió con los ojos cerrados más tiempo del necesario. Sin embargo, por fuerza había tenido que volver a la realidad.

La realidad fueron los cuidados que recibió en Anet, después de que la mujer del intendente la acostase en una de las dos o tres habitaciones dispuestas siempre para recibir a algún miembro de la familia de Vendôme, mientras que el resto estaba cerrado. Fue una suerte para Sylvie que François de Beaufort hubiera aparecido por allí con la única compañía de Ganseville después de que la reina se negara a recibirlo pretextando estar cansada, y de que Mademoiselle de Hautefort lo acompañara hasta la puerta de Saint-Germain diciéndole que cuando su presencia fuera deseada ya se le haría saber. Lo que probablemente no ocurriría hasta transcurrido bastante tiempo.

Corentin Bellec, que, lanzado tras las huellas de los raptores de la joven, se había presentado en el castillo para pedir ayuda, había tenido la agradable sorpresa de encontrarse con el joven duque, y los dos habían marchado rápidamente a La Ferrière para encontrar allí a Sylvie, evadida de su infierno en el estado que conocemos. Un estado que se había revelado peor aún de lo que se suponía cuando la mujer del intendente le quitó el camisón manchado de sangre, desgarrado y sucio tras haberse descolgado por la hiedra del muro y caído en el camino: aquel cuerpo frágil y gracioso estaba cubierto de moretones y rasguños como si lo hubieran encerrado con unos gatos furiosos, pero sobre todo la salvaje violación lo había desgarrado en su tierna intimidad. Ante aquel desastre, la mujer del intendente se había declarado impotente.

— Una buena comadrona sabría qué hacer -había dicho a François al darle cuenta de la situación-, pero la que tenemos aquí está borracha la mayor parte del tiempo, y las mujeres prefieren arreglárselas entre ellas cuando llega el momento. En un caso así, sería necesario ir a buscar un médico a Dreux. Pero el tiempo urge; la pobre niña sigue perdiendo sangre…

Fue entonces cuando Ganseville tuvo una idea: ¿por qué no recurrir a la Charlot? Recibida primero con exclamaciones de indignación, la propuesta acabó por atraer el interés de Beaufort. La Charlot era la mujer que regentaba el burdel de Anet, más o menos instalado por Madame de Vendôme en persona a fin de proteger a las mujeres y las muchachas de la región cuando ella y el duque se instalaban en el castillo con toda su casa, que incluía cierto número de soldados. La duquesa, que se interesaba de cerca por la suerte de las prostitutas, había seleccionado con cuidado a la regente: para la Charlot, la limpieza no era una palabra vana, y las chicas recibían los cuidados oportunos siempre que era necesario. Por consiguiente, fue a ella a quien llamaron, y el veredicto que siguió a su examen fue terminante: era preciso recoser los tejidos desgarrados.

Y eso es lo que llevó a cabo con una delicadeza inesperada, después de hacer beber a su paciente una taza de vino al que había añadido unos granos de opio que Ganseville se encargó de ir a buscar a la botica. No por ello resultó la operación menos dolorosa. Después, Sylvie se sumió en un sueño poblado de pesadillas mientras Beaufort, su escudero y Corentin partían de nuevo para llevar a cabo su expedición punitiva contra La Ferrière. Sylvie no supo nada del consejo de guerra que celebraron y que concluyó con la decisión de hacerla pasar por muerta y, a fin de ocultarla mejor, llevarla a Belle-Isle, un lugar donde no se les ocurriría buscarla a los esbirros de Richelieu.

Sylvie guardaba aquel viaje en su corazón como su recuerdo más precioso, a pesar de que se encontraba todavía débil y dolorida, aunque ya no febril. Iba sola con François en uno de los carruajes de los Vendôme y, durante todo el trayecto, él tuvo la mano de ella en la suya cuando no tomaba a Sylvie entre sus brazos para aliviar sus angustias y el terrible sentimiento de vergüenza que la torturaba. La jovencita alegre, risueña, fácilmente irritable, tierna y maliciosa, se había convertido por culpa de Laffemas en una mujer lastimada, angustiada, enferma de pena por su conciencia de haber sido envilecida y por juzgarse en adelante indigna de aquel cuyo amor, pese a la diferencia de rango, había esperado llegar a conquistar desde su primera infancia…

Con una intuición de la que muchos le habrían creído incapaz, Beaufort adivinó lo que pasaba en el interior de la que consideraba una hermana pequeña, y se esforzó a lo largo de todo el camino en luchar contra los negros demonios que la asaltaban, explicándole que seguía siendo la misma, que lo que había padecido no era una tacha para ella, como sucedería si hubiese sido violada en una ciudad tomada por asalto por los bárbaros, que debía considerar nulo su matrimonio con La Ferrière puesto que había sido obligada a consentir, no había sido consumado y, de todas maneras, el hombre en cuestión había desaparecido de entre los vivos. Debía pensar sobre todo en curarse, física y moralmente. Y él estaba allí, siempre estaría allí, para ayudarla. Y además, ella iba a conocer Belle-Isle…

Divinas palabras que ella escuchaba con delicia pero sin creer demasiado en ellas, ya que conocía el entusiasmo que ponía François en todo, en particular cuando se encontraba bajo el influjo de una emoción intensa, y porque sabía que la reina era dueña de su amor y de sus sentidos. E incluso la perspectiva de vivir en aquella isla tan amada por él no llegaba a consolarla porque, una vez tranquilizado acerca de su suerte, él la dejaría. Volvería a marcharse, aunque sólo fuera para vengarla del abominable Laffemas…

Sin embargo, Belle-Isle la encantó. El inicio de la primavera, tan frío y húmedo en el continente, florecía ya en aquella tierra de clima suave. Se encontraban allí árboles desconocidos y grandes extensiones de retama que la iluminaban incluso cuando el cielo estaba gris. Ella supo también enseguida que iba a compartir la pasión de François por el mar. Tal vez, en efecto, el exilio que le imponía el destino sería menos cruel frente al océano cuyas extensas olas cambiantes venían a romper al pie de los roquedos de granito.

La acogida de que fue objeto la entusiasmó menos. No porque fuera desagradable, al menos por parte del duque Pierre, afable y generoso; pero desde el primer momento tuvo la impresión de no gustar a Catherine de Gondi. Por mucho que la joven duquesa declarara que la fugitiva podía permanecer en su casa todo el tiempo que deseara, lo hizo como expresión de un deber cristiano, no siguiendo el impulso de la simpatía. Y eso a pesar de que no supo toda la verdad respecto de Sylvie.

Tal vez François puso un calor excesivo en su alegato en favor de Sylvie, y su actitud fue interpretada como el eco de una pasión; el caso fue que Sylvie sorprendió un relámpago de malestar bajo las cejas súbitamente fruncidas de la joven duquesa que, en el instante inmediatamente anterior, la acogía con benignidad. ¿Estaba también ella enamorada de su antiguo compañero de infancia, de la lejana época en que los Vendôme pasaban en Belle-Isle algunas semanas de veraneo?

Mientras Beaufort permaneció en la isla todo fue bien, pero apenas se alejó su barca, instalaron a Sylvie en el pabellón que había al fondo del jardín.

Tal vez ella lo hubiese preferido a la atmósfera fría del palacio si no se hubiera decretado que los postigos no debían estar nunca abiertos «por prudencia, a fin de que vuestra presencia pase inadvertida a visitantes eventuales». La duquesa decidió, además, que su estado exigía aislamiento. La antigua Sylvie habría protestado con vehemencia, pero se vio obligada a aceptar las imposiciones de quienes le daban hospitalidad. Y allí permaneció, custodiada por la vieja Maryvonne, taciturna y silenciosa, que no la entendía y a la que tampoco ella entendía. Y también por Corentin que, por su parte, hablaba a la perfección la lengua bretona. Impotente y desolado, intentó plantear algunas objeciones pero se le dio a entender que si las nuevas disposiciones no le gustaban, siempre le quedaba la opción de marcharse.

El criado había llegado a pensar en ir al galope hasta París para poner a Beaufort al corriente de lo que ocurría, pero ¿cómo abandonar a su suerte a un ser tan frágil y dolorido? ¿Encontraría a Beaufort al final del camino? Y sobre todo, ¿creería él lo que iba a contarle? Una vez había dado su amistad, a François le costaba mucho retirarla. Para él los Gondi eran personas maravillosas ligadas a las bellas imágenes de la infancia, y sin duda estaba convencido de haber tomado la mejor decisión para el bien de Sylvie. De modo que, mientras la pobrecilla languidecía convencida de que François la había abandonado, el infeliz Corentin se esforzaba en impedir que ella se hundiese más y más, cosa que fue haciéndose cada vez más difícil. ¡Qué alivio, entonces, ver llegar a Jeannette y al escudero de Beaufort! ¡Verdaderamente, ya era hora!

Más tarde, mientras Ganseville regresaba al castillo para acabar de arreglarlo todo con Gondi, Jeannette hacía milagros. Había abierto los postigos, se había procurado todo lo necesario para lavar a fondo a su joven ama, que lo necesitaba mucho, la había obligado a tomar un poco de sopa y algunos bizcochos que Corentin había ido a buscar a las cocinas, y luego, apartando de un empujón a la vieja Maryvonne cuando quiso impedirlo, llevó a Sylvie, ataviada con un vestido púrpura y bien peinada, a dar un breve paseo bajo los árboles para «enseñarla de nuevo a respirar» aprovechando la aparición de unos rayos de sol. En cuanto a Pierre de Ganseville, se multiplicó.

A la mañana siguiente, un carricoche utilizado para el aprovisionamiento del castillo fue a buscar a Sylvie y Jeannette, con los pocos enseres que poseían. Ganseville conducía.

— ¿Adónde vamos? -preguntó Jeannette-. Y ¿dónde está Corentin?

— Está en el sitio al que vamos, ocupado en terminar los preparativos para recibiros.

— ¿Abandonamos esta casa? -preguntó Sylvie con un acento de esperanza muy parecido a la alegría.

— Si monseñor François hubiera podido suponer que os encerrarían ahí dentro, nunca os habría traído a este lugar, puedo asegurároslo. Es lo mismo que le he dicho al señor de Gondi, el cual no sabía nada del estado al que os habían reducido. En adelante, viviréis en una casa propia, al otro lado del pueblo y la ciudadela, lejos de este castillo. Os encontraréis mejor y tendréis libertad.

La marcha tuvo lugar en presencia únicamente de la vieja criada. La duquesa, a un tiempo aliviada y molesta, no apareció. En cuanto al duque, se había trasladado a Locmaria, en el extremo oriental de la isla, para inspeccionar unas fortificaciones que estaba construyendo allí. Sylvie estaba contenta de apartarse de aquella mujer que había prometido a François velar por ella. Cualquier lugar adonde fuera, incluso una choza, sería preferible al hogar de la duquesa.

Pero no se trataba de una choza, sino de una pequeña casa construida antaño por los monjes de la abadía de Quimperlé cuando, antes que los Gondi, poseían Belle-Isle. A Sylvie le gustó desde el primer momento.

Situada junto a un bosquecillo de pinos que dominaba una cala, constaba de una gran sala y tres pequeñas habitaciones que habían sido en tiempos celdas monásticas. Sin duda los monjes habían sido personas desconfiadas, porque su residencia estaba protegida por una sólida puerta, rejas de hierro forjado en las ventanas y un alto murete alrededor de lo que había sido un jardín. Además, un molino desplegaba sus aspas a la misma altura, en el otro lado de la playa.

Sylvie dio un gritito de alegría al descubrir el inmenso panorama de rocas y agua que se extendía a sus pies. La marea baja dejaba al descubierto las piedras planas de la punta de Taillefer que avanzaba profundamente hacia el norte, como para enlazar con las defensas naturales, las rocas y los bajíos de la península de Quiberon. Entre una y otra, un brazo de mar con fama de peligroso, la Teignouse, permitía el paso de los buques. Eran todos nombres que Sylvie desconocía aún, pero que muy pronto iban a serle familiares. Empezando por el lugar mismo en que se encontraba.

— Se llama puerto del Socorro -le explicó uno de los dos aldeanos que Corentin había reclutado para ayudarle a instalar la nueva casa-. El nombre se debe a que aquí era posible encontrar la ayuda de los monjes contra las miserias del naufragio y las enfermedades de la tierra.

— ¿Por qué se marcharon los monjes?

— No se entendían bien con los soldados de la ciudadela. Y además el priorato está ahora en Haute-Boulogne, de dónde venimos. No tenían nada que hacer aquí.

Después de informarse, Sylvie fue a sentarse sobre una roca para contemplar el paisaje. En adelante iba a vivir frente al mar, compartiendo su respiración, al ritmo de sus humores violentos o perezosos, y se encontraría así más próxima a François, que tanto amaba el gran océano que había acunado sus sueños de niño: «Es en Bretaña donde está más bello. No puede comparársele el Mediterráneo, tan azul, sedoso y pérfido -decía quien llevaba entonces el título de príncipe de Martigues-. El mar del sur es mujer, el océano pertenece a los héroes, ¡es varón, es el rey! Cuando estoy frente a él, puedo pasar horas contemplando sus azules, sus verdes, sus grises, sus estallidos nevados y su poderoso oleaje…» Sí, Sylvie se encontraría bien en ese lugar mientras esperaba a que su vida rota recuperase un curso más normal…

La brisa que soplaba de tierra le llevó un grato aroma de pescado a la brasa y despertó un apetito que creía desaparecido para siempre. Se levantaba ya para seguir la dirección que le indicaba su olfato, cuando encontró a Ganseville, que bajaba por el camino.

— Venía a buscaros -dijo de buen humor-. Es hora de sentarse a la mesa. ¿Tenéis apetito?

Obtuvo así la primera auténtica sonrisa, algo maliciosa, de la pequeña Sylvie de otras épocas.

— Sí. Diría más bien que me estoy muriendo de hambre. Pero decidme, señor de Ganseville, esta casa…

— Es vuestra. Tenía órdenes de comprar un pequeño inmueble en el que os sintierais verdaderamente en vuestra casa. Monseñor se ocupó únicamente de lo más urgente al traeros aquí, y pensaba volver en persona. Por mi parte, he cumplido ya mi tarea y partiré con la marea de la tarde.

— ¿Vais a reuniros con él?

— Sí, en algún lugar de Flandes. Sé que me espera con impaciencia, pero esta vez os dejo en buenas manos.

— ¡Una cosa más, señor de Ganseville! ¿Sabéis algo del caballero de Raguenel, mi padrino, que estaba en la Bastilla?

— Claro que sí. Salió de allí, y ahora que le hemos tranquilizado respecto a vos, todo va mejor para él…

— ¿Vendrá aquí?

— No. Sería una grave imprudencia. Tiene que llevar luto y desempeñar su papel. Ni siquiera nos hemos atrevido a permitir que os escriba: habríamos podido ser detenidos de camino…

— Esperaré, entonces. -Sylvie suspiró, y añadió-: Si por casualidad lo veis, decidle que le quiero…

— Y a monseñor ¿qué debo decirle?

Ella se ruborizó, como si toda la sangre le hubiera ascendido al rostro.

— Nada… No, no le digáis nada. El lo sabe todo… o al menos eso espero…

Al día siguiente, sentada en aquella misma roca que había adoptado de forma definitiva, Sylvie no vio la embarcación de Ganseville salir del puerto en dirección a Piriac: el promontorio que coronaba la ciudadela impedía la vista en esa dirección, pero no sintió pena por ello. Un poco de envidia sí, porque él iba a reunirse con François, y sobre todo una inmensa gratitud, pues sin su intervención ella habría seguido pudriéndose en aquel horrible pabellón de los postigos cerrados. Ahora intentaría revivir, si conseguía derrotar definitivamente la angustia que todavía la asaltaba por las noches.

¿Se repetiría la horrible noche vivida en La Ferrière? Si así fuera, Sylvie sabía que, a pesar de todos los principios cristianos recibidos en la casa de Madame de Vendôme, no tendría valor para seguir con vida, y las olas transparentes de aquel bien llamado puerto del Socorro se la llevarían un atardecer, a la hora en que el sol se pone…

Alguien más pensaba lo mismo en ese mismo momento. Sentada en el umbral de la casa, con una ensaladera sobre las rodillas, Jeannette desvainaba unas habichuelas con gesto maquinal. Su mirada no se apartaba de la delgada silueta vestida de gris sentada en la roca. Sylvie mejoraba, eso era indiscutible. Su llegada y la de Ganseville habían conseguido que recuperara algo de energía. Comía bien, pero las noches seguían siendo malas. ¿Qué sucedería si se encontraba encinta?

Corentin, que volvía del cuarto trastero con una brazada de troncos, se detuvo en la esquina de la casa para observar a su vez a Jeannette: ésta había dejado de desvainar y, con el cuello estirado y el rostro crispado, miraba a Sylvie. Entonces se acercó.

— Sé en lo que piensas -dijo-. Ya es una mujer como las demás, y es posible que una violación tenga consecuencias.

— Sí -contestó Jeannette sin moverse-. Y estoy segura de que esa idea la obsesiona. Por las noches tiene pesadillas y no sabe dónde está; la violencia que ha sufrido y su herida sin duda han trastornado sus reglas… pero ¿hasta qué punto? Ya han pasado seis semanas desde aquello. ¿Qué haremos, en caso de que…? Y sobre todo, ¿qué hará ella?

— Oh, eso puedo decírtelo: se matará. Ya quería hacerlo cuando la recogimos… en el estanque de Anet. Y aquí… -añadió señalando con el mentón la extensión azul coronada de espuma-. Nuestro deber está claro: hemos de vigilarla en todo momento.

— ¿Y si nuestros temores estuvieran fundados?

— Puedes figurarte que, desde que estoy aquí, me he informado. Hay una guarnición, y por consiguiente tentaciones para las muchachas. Parece que no muy lejos de aquí una mujer se ocupa de esas cosas. Vive en una cueva. Al parecer en la isla hay aún muchas brujas. Todavía se adora a los viejos dioses celtas.

— ¿Crees que ella nos permitirá que la llevemos allí?

— Lo haremos por la fuerza si es preciso. Si le ocurriera una desgracia, el señor caballero y monseñor Fran-§ois no nos lo perdonarían.

Jeannette se encogió de hombros.

— El señor de Raguenel desde luego, pero no estoy tan segura de monseñor François. Está demasiado ocupado con la reina para dar a nuestra Sylvie otra cosa que afecto y compasión…

Corentin sacudió la cabeza y torció los labios con aire de duda.

— Ella le importa más de lo que él mismo cree. Si lo hubieras visto cuando la encontró en el camino y supo… Creí que se volvía loco. ¡Y en La Ferrière no dio cuartel!

— Habría hecho lo mismo por una hermana pequeña o una prima.

— ¡No con esa furia! Si quieres saber lo que pienso, todavía está deslumbrado por la reina, pero ella tiene quince años más que él, y un día dejará de verla de la misma manera.

— Quizá. Pero ¿y Madame de Montbazon? Ella no tiene quince años más que él, sino sólo cuatro, y es bella, muy bella…

— No creo que sea su amante. La corteja para dar celos a la reina. Por lo demás, entre el amor y la cama hay diferencias… ¡Ocúpate de tus asuntos! Ahí vuelve…

Sylvie dejaba la playa y subía los peldaños rústicos que conducían a la casa. Parecía estar contando algo con los dedos…

Seis días después, seguía contando. Hiciera el tiempo que hiciera, permanecía durante horas sentada en la roca, envuelta en la amplia capa negra de las isleñas, mirando el mar con ojos de sonámbula. Comía poco, dormía aún menos y enflaquecía de nuevo. Intranquilos, Jeannette y Corentin se las arreglaban para que al menos uno de los dos la tuviera siempre a la vista, y sin que ella lo supiese velaban por turnos durante la noche ante la puerta de su dormitorio, la única salida posible porque la ventana, con su reja de hierro, ofrecía un hueco demasiado estrecho para pasar por él. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a tratar con ella el angustioso tema, el único que podía trastornarla hasta ese punto.

— Tendremos que decidirnos -dijo una mañana Corentin, que, con un cesto al brazo, se disponía a bajar al mercado de Le Palais-. No podemos continuar así. Esta noche le hablaré.

— Me toca a mí hacerlo, pero tengo miedo. ¿Y si esa mujer lo hace mal? También es posible morir de eso…

Jeannette dirigió una mirada desolada a la puerta cerrada detrás de la cual se suponía que Sylvie estaba durmiendo. Corentin la atrajo hacia sí y la abrazó.

— ¿Prefieres que se mate ella misma? Créeme, no nos queda mucho tiempo…

No les quedaba ya ninguno. En su pequeña habitación, desde la que lo había oído todo, Sylvie acababa de decidirse a terminar de una vez. No quedaba la menor duda sobre su estado: en unos meses, si no hacía nada para evitarlo, daría a luz lo que no podía ser sino un monstruo. No sabía todavía lo que planeaban Jeannette y Corentin, pero no confiaba en otra liberación que la muerte. Se preparó, escribió una breve nota que dejó bien visible sobre la cama, se vistió y esperó a que el chirrido de la puerta de entrada le indicara que Jeannette, creyéndola aún dormida, había salido para ir, como cada lunes, a poner la colada en remojo en el trastero donde Corentin le había instalado una especie de lavadero.

En cuanto oyó aquel leve ruido, salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Una vez fuera de la casa, en lugar de bajar hacia las rocas se internó en el pinar después de saltar el murete, y se dirigió hacia el norte, donde la costa formaba un promontorio rocoso a cuyo pie rompían las olas. Al salir del bosque, echó a correr a través de la landa. Hacía un día gris, más bien templado, aunque los vientos recorrían la isla formando torbellinos. A su izquierda el mar estaba revuelto, con innumerables crestas blancas, y las gaviotas, sintiendo tal vez que se acercaba una tormenta, huían como flechas en busca de un refugio. Sylvie sonrió: ella iba a encontrar enseguida ese abrigo, y le gustaba que fuera en aquel decorado que las retamas empezaban a dorar. En pocos días todo estaría amarillo, aquel tono que a ella siempre le había gustado y que tan bien le sentaba. Ya no tenía miedo ni vergüenza. Se sentía liberada, hasta tal punto la toma de una decisión difícil remueve las cargas más pesadas. Pensaba también que, si Dios le perdonaba haber elegido la hora de su fin sin pedirle permiso, tal vez permitiese a su alma velar sobre su querido François. El Señor, en su bondad, no podía permanecer insensible al gran amor que albergaba su corazón y al que iba a sacrificar la envoltura carnal que otro hombre había manchado.

Un sendero se abría a su derecha, entre rocas orladas por líquenes blancos. Ella sabía perfectamente adonde conducía, y se adentró en él, más aprisa ahora por el temor de que Jeannette se hubiese dado cuenta de su fuga. Sus rápidas piernas corrían con ligereza, y pronto vio la abertura que, como bien sabía, se abría al vacío.

Sin embargo, cuando estuvo en el borde, se detuvo para contemplar por última vez al magnífico paisaje marino y aspirar una gran bocanada de aire con sabor de algas y sal. Abrió los brazos y el viento hinchó su capa como si fuera la vela de un navío. Iba a lanzarse cuando algo le cayó encima y tiró de ella hacia atrás. Creyó que era Jeannette y lanzó un grito de desesperación mientras se debatía:

— ¡Déjame! ¡Te lo ruego, déjame! No tienes derecho a impedirme…

La tela que habían arrojado sobre su cabeza para apartarla del vacío ahogó su voz. Cuando se la quitaron, estaba tendida de través en el sendero y un curioso personaje estaba arrodillado encima de ella. Era un hombrecillo ridículo de cabellos hirsutos y nariz en forma de silla de montar. Al reconocerlo no pudo disimular su estupefacción.

— ¿El señor abate de Gondi…? ¡Oh, Dios mío…!

— Ya era hora de que os acordarais de Él, pequeña desgraciada que tan gravemente ibais a ofenderle. ¡Pero…, pero yo también os conozco! Sois… la protegida de Madame de Vendôme, Mademoiselle de… de l'Isle -concluyó en tono triunfal-. ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? No iríais a…

— ¡Sabéis muy bien que sí, puesto que me lo habéis impedido! -exclamó ella, en un repentino acceso de cólera-. Pero ¿por qué os entrometéis?

— Porque es una cuestión que afecta a todo hombre honrado, sobre todo si además es un hombre de Iglesia. ¿Queríais realmente morir, tan joven, tan encantadora?

— No hay edad ni encanto que valgan cuando se está desesperada… ¡Marchaos, señor abate, y olvidad que me habéis visto!

— ¡De ninguna manera! Volveréis conmigo y…

Ella se levantó con la agilidad de una gata y lo rechazó con un gesto brusco. Él estuvo a punto de caer, pero consiguió agarrar la capa negra, cuyo cierre empezó a estrangular a Sylvie. Ésta se debatió con más energía cuando advirtió que, aprovechando esa ventaja, él le echaba los brazos encima.

Aunque pequeño, Gondi era más fuerte que una muchacha de dieciséis años. Además, sus músculos estaban bien ejercitados, ya que practicaba con asiduidad la esgrima y la equitación. Sin embargo, la lucha no se decidió durante unos instantes, debido a la rabia con que defendía Sylvie su mortal proyecto. Los dos rodaron por el suelo sin que ninguno llegara a tomar ventaja sobre el otro, y sin darse cuenta de que llegaban al borde del sendero. Y entonces, de repente, no hubo nada por debajo de ellos. Enlazados, cayeron…

3. Un amor tan grande…

A partir del 28 de agosto, toda Francia empezó a rezar para obtener del Cielo el parto feliz de la reina, próxima ya a salir de cuentas, pero también y sobre todo para que diera a luz un delfín. El Santo Sacramento estuvo expuesto día y noche en las iglesias de París, y grandes rogativas públicas marcaron el inicio de una espera que los médicos estimaban que se prolongaría de ocho a diez días.

No sucedía lo mismo en el Château-Neuf de Saint-Germain, que Ana no había abandonado desde el inicio de su embarazo. Ante la inminencia del parto, se preparaba alojamiento para los príncipes y las princesas que habían de asistir al acontecimiento. El rey, atrincherado en el Château-Vieux, [5] se consideró demasiado cercano todavía a aquel barullo y se retiró por dos días a su mansión de Versalles. Por su parte, el cardenal había marchado a Chaulnes.

En el centro de toda aquella agitación, Marie de Hautefort velaba a la reina como una loba a sus pequeños. Si el rey se había alejado, era en buena medida para escapar de su humor agresivo. En efecto, había vuelto a caer bajo el influjo de sus encantos: después del ingreso en el convento de su único amor verdadero, Louise de La Fayette, Luis XIII había buscado un hombro amigo sobre el que llorar y había vuelto a su anterior amorío. Pero el hombro que encontró estuvo lejos de mostrarse compasivo: dedicada enteramente a la reina, la orgullosa joven abusó cruelmente de su poder para hacer pagar a aquel hombre triste y enfermo todos los desprecios que Ana de Austria había sufrido de él, y en particular el drama del año anterior. [6] Y aquella agotadora sucesión de riñas y reconciliaciones resultaba tanto más penosa por el hecho de que en ella no intervenían para nada los sentidos. La joven dama de compañía no estaba en absoluto dispuesta a entregarle su virginidad, y por su parte él no se atrevía a pedírsela siquiera, por crueles que fueran en ocasiones los tormentos del deseo.

Aquel día, Mademoiselle de Hautefort -a la que llamaban Madame debido a su cargo-, en pie junto a una ventana, veía llegar una tras otra las grandes carrozas que traían a las altas damas emparentadas con la familia real: la princesa de Condé y su hija la encantadora Anne-Geneviève, la condesa de Soissons, la duquesa de Bouillon, la pequeña Mademoiselle, hija del hermano del rey Gastón d'Orléans, y finalmente la duquesa de Vendôme y su hija Elisabeth. El patio de honor se llenaba de ruido y colores realzados por el oro o la plata. El panorama era fastuoso: parecía como si los jardineros hubieran decidido de repente volcar delante del Grand Degré todo el contenido de sus parterres, incluida la música que les era propia: la de los pájaros… Las princesas llegaban todas juntas como si se hubieran dado cita previamente, pero los únicos hombres que las acompañaban eran sus servidores: lacayos, cocheros u otros…

— Asombroso, ¿no crees? -dijo detrás de la joven una voz divertida-. El rey sólo ha autorizado a las damas: Monsieur, su hermano, no será llamado hasta el último momento. El duque de Bouillon y el Condé de Soissons, los dos en rebelión abierta, están fuera del reino, y el duque de Vendôme sigue exiliado en su castillo de Chenonceau, donde su hijo Mercoeur le hace compañía. En cuanto a su otro hijo, Beaufort, acaba precisamente de regresar de Flandes con una pierna entablillada, y el rey no quiere verlo.

Marie abandonó su puesto de observación para tomar del brazo a Madame de Senecey, la fiel dama de honor de la reina, y suspiró:

— Sí, me temo que la corte no sea un lugar muy alegre en estos tiempos. El rey no para de escribir al cardenal que ya tiene ganas de que la reina dé a luz para poder irse de aquí… ¡y ni siquiera contamos ya con las canciones de nuestra pequeña Sylvie para alegrar el ambiente!

— ¿La echáis de menos?

— Sí. La quería mucho y me enfurece que no se haya intentado averiguar a fondo las circunstancias de una muerte tan extraña. Me niego a creer que se diera muerte a sí misma; no es propio de ella. Me inclino más a pensar… -Calló y se mordió el labio.

— Y bien, ¿qué es lo que pensáis?

— No… nada. Una idea sin sentido…

Tenía confianza en su compañera, pero no hasta el punto de hacerla partícipe del secreto de la alcoba de la reina, un secreto que compartían únicamente tres personas: Pierre de La Porte, en el exilio desde su salida de la Bastilla, ella misma y Sylvie. Era extraño, sin embargo, que la niña hubiera desaparecido después de una larga entrevista con Su Eminencia, y Marie se sentía inclinada a pensar que las mazmorras subterráneas de Rueil tal vez no eran únicamente una leyenda. Si Richelieu sospechaba alguna cosa respecto de las relaciones de la reina con Beaufort, no pararía hasta haber eliminado a todas las personas que compartieran el secreto. Sobre todo si el niño que estaba a punto de nacer era un varón. Ahora bien, Sylvie había muerto y La Porte parecía haber desaparecido. Tal vez ella misma se estuviera beneficiando simplemente del aplazamiento de una condena ya dictada. ¿Bastaría el amor del rey, al que maltrataba con tanta dureza, para defenderla de los esbirros del cardenal, si nacía el tan deseado delfín? Nunca la había asustado el peligro, ¡pero los palacios reales estaban tan llenos de ratoneras y de servidores venales! Quedaba todavía Beaufort, el peón principal; pero debido a su temerario arrojo, sería fácil matarlo en algún campo de batalla. El también se había desvanecido al mismo tiempo que Sylvie. Se decía que había aterrizado en París unas semanas más tarde, pero una orden real le había enviado de inmediato a Flandes. ¿Seguía aún allí?

— ¿Dónde estáis, querida? -se quejó cariñosamente la dama de honor-. Os hablo y no me escucháis…

Un paje que llegaba a toda prisa le evitó recurrir a una mentira: el médico real reclamaba a Madame de Hautefort. De inmediato ella, inquieta, recogió sus faldas de raso gris claro, descubriendo unos pies perfectos calzados en chinelas de tafetán rojo, y echó a correr sin esperar a su compañera, que la siguió a paso más moderado. Encontró a Bouvard que se paseaba inquieto delante de la puerta de la reina, guardada por dos suizos. No le gustaba mucho aquel discípulo de Esculapio, al que reprochaba su pasión por las sangrías y los enemas, pero en esta ocasión no tuvo la menor dificultad en adivinar la causa de su mal humor: al otro lado de la doble puerta magníficamente decorada se oía un alboroto de pajarera enloquecida. El no le dio tiempo ni siquiera de abrir la boca.

— ¿Dónde estabais, señoras? -gritó con una mirada de indignación que transfirió de Marie a Madame de Senecey-. Estaba examinando a Su Majestad cuando nos hemos visto asaltados por todas las coronas principescas de París. Primero las señoras de Guéménée y de Conti, luego Mademoiselle, que se ha puesto a corretear por todas partes y quería a toda costa tocar el vientre de Su Majestad, luego Madame de Condé…

— ¿Ya están aquí? Acabo de verlas llegar.

— Han debido de subir las escaleras al galope, tanta prisa tenían, y yo, desbordado e impotente, me he visto obligado a cederles el sitio. ¿Quién soy yo al lado de ellas? -añadió con amargura-. ¡Oídlas! Cada una aporta su consejo, su elixir, ¡qué sé yo!

Sin responder, Marie empezó por cerrar el paso a la duquesa de Vendôme, que llegaba acompañada por su hija y por la condesa de Soissons.

— Pronto veréis a la reina -suplicó-, pero por el momento debo dejar pasar al doctor Bouvard. ¡Venid, Senecey!

Las dos mujeres entraron en el aposento, donde hacía mucho calor. Alguna persona solícita había considerado útil cerrar las ventanas, y la acumulación de los perfumes y las respiraciones de tantas mujeres hacía el aire irrespirable.

En medio de la estancia, la pobre reina, colorada y sudorosa bajo los rasos que se pegaban a su cuerpo deformado, se esforzaba por responder a todas, sofocada a pesar del abanico que agitaba blandamente una de sus doncellas de honor. Aquel comienzo de septiembre seguía muy caluroso, y el sol próximo ya al ocaso daba aún con fuerza en las altas ventanas del Grand Cabinet.

Marie empezó por dirigir una rápida reverencia a la concurrencia, corrió a abrir de nuevo las ventanas y dijo en voz tan alta como pudo:

— Señoras, ¿no comprendéis que incomodáis a la reina y que además estáis impidiendo que su médico le dedique sus cuidados?

— No exageréis, Madame de Hautefort -contestó en tono áspero la princesa de Condé-. Hemos traído remedios para ayudar a Su Majestad…

— Imploro vuestro perdón, señora princesa, pero ¿no veis que la reina se sofoca? ¡Podríais ser acusadas de regicidio… sobre todo si el niño es un delfín! ¿No sería mejor que esperarais en la antesala?

Entre murmullos y protestas, pero sumisas, las princesas salieron una tras otra mientras Bouvard se precipitaba hacia su paciente, que tendía una mano temblorosa a su dama de compañía.

— ¿Por qué me habéis abandonado, Marie? -dijo con voz apagada-. No me encuentro bien…, nada bien…

Una persona que llevara algún tiempo sin ver a Ana de Austria habría tenido dificultades en reconocerla, hasta tal punto la había cambiado el embarazo que llegaba a su término. Su rostro, siempre resplandeciente de frescura a pesar de sus treinta y ocho años, había adquirido la «máscara» temida por toda mujer encinta. Llevaba mucho tiempo padeciendo de náuseas y, por miedo a que perdiera su fruto como en ocasiones anteriores, le habían prohibido toda clase de ejercicio, incluso un simple paseo: la llevaban de su cama a un sillón y de un sillón a otro, hasta volver a acostarla. Como era golosa, había engordado demasiado, y tenía un vientre enorme.

«¡Señor! -se dijo Marie mientras llevaban de nuevo a la reina a su dormitorio-. Me pregunto qué pensaría el loco de François si la viera ahora.» Sin embargo, no por ello dejó de prodigar los cuidados más tiernos a la que posiblemente estaba a punto de dar a luz un delfín. Aunque ese delfín representara una sentencia de muerte para ella.

Los dolores empezaron durante la noche de aquel día, del 4 al 5 de septiembre. Fueron a prevenir al rey al Château-Vieux y a despertar a todas las personas que debían ser testigos del alumbramiento. Un correo partió hacia París para anunciar la noticia a Monsieur.

Alrededor de la medianoche empezó todo, pero tres horas más tarde la atmósfera se había hecho irrespirable en aquella habitación donde la futura madre se retorcía de dolor en medio de mujeres vestidas de gala que asistían al acontecimiento sin emoción, como a un espectáculo. Habían cerrado las ventanas por miedo al fresco de la noche, y de nuevo el ambiente era asfixiante. El parto no avanzaba porque la criatura no estaba colocada como era menester. Hacia las seis, se oyó al médico gruñir que las dificultades eran cada vez mayores…

Marie de Hautefort, refugiada según su costumbre en el vano de una ventana, se echó a llorar. El rey, hasta entonces inmóvil y mudo en un sillón, se levantó y se acercó a ella.

— ¡Dejad de lloriquear! -le dijo con rudeza-. No hay ninguna razón para afligirse. -Y en voz más baja añadió-: Por mi parte, me tendré por satisfecho si el niño se salva, y vos, señora, tendréis tiempo para consolaros de la pérdida de la madre…

— ¿Cómo podéis ser tan cruel, tan insensible? -murmuró ella, indignada-. Es vuestro hijo el que tortura así a vuestra esposa…

— Precisamente. El es más importante…

— ¡Mereceríais que fuera una niña!

— Será lo que Dios quiera. ¡Voy a hablar con Bouvard!

Y recomenzó la interminable espera, agotadora incluso para quienes no hacían otra cosa que mirar. Dividido entre la esperanza y el horror, Gastón d'Orléans estaba gris. Para apaciguar un poco sus nervios, Marie se acercó a Elisabeth de Vendôme, que rezaba sin descanso al lado de su madre, y se hincó al lado de ella.

— ¿Tenéis noticias de vuestro hermano Beaufort? -susurró.

— Volvió hace tres días con una nueva herida. No muy grave, por fortuna. Escapó por muy poco a la muerte; un explosivo estalló casi bajo sus pies cuando volvía a su campamento.

A la dama de compañía le dio un vuelco el corazón. ¡Un atentado! Acababa de escapar a uno… ¿Sobreviviría al siguiente?

Hacia las once y media de la mañana, en un momento en que los repetidos dolores dieron una breve tregua a la reina, Bouvard aconsejó al rey que no demorara su almuerzo. El aceptó e invitó a los señores presentes a acompañarle, pero apenas tuvo tiempo de sentarse: un paje llegó con la noticia de que la reina por fin había dado a luz.

— ¿Se sabe ya si es niño o niña?

— Aún no, Sire; me han enviado en cuanto ha aparecido la cabeza…

Luis XIII tira entonces al suelo su servilleta, y corre a los aposentos de su esposa. En la puerta se encuentra con la reverencia de Madame de Senecey, que le anuncia:

— Sire, la reina acaba de dar a luz a monseñor el delfín…

El corre al lecho donde dame Péronne, la comadrona, tiene en sus brazos un paquete que patalea envuelto en un lienzo de hilo fino.

— ¡Vuestro hijo, Sire!

Luis XIII cae de rodillas mientras a su alrededor estallan aclamaciones frenéticas y una señal hace partir, desde el patio del castillo, mensajeros en todas direcciones. Finalizada su acción de gracias, el rey ordena que se abran las puertas de la antecámara. Pasa delante de su hermano, que no tiene buen aspecto, y se dispone a recibir las felicitaciones de sus gentileshombres cuando Marie de Hautefort llega hasta él y lo detiene, tocándole el brazo con audacia.

— ¿No vais a besarla? -pregunta señalando el lecho en torno al cual se afanan las mujeres-. Me parece que lo ha merecido.

No hay cariño en las miradas que se cruzan los dos extraños enamorados. A regañadientes, Luis XIII se deja llevar al lado de su esposa, medio muerta entre sus sábanas arrugadas y manchadas. Se inclina sobre ella y la besa en la frente.

— ¡Muchas gracias, señora! -dice tan sólo, y enseguida se vuelve para recibir al Gran Limosnero, que acaba de tomar en sus brazos al bebé.

La reina se ha dormido. Marie de Hautefort, agotada también, ha vuelto a su aposento, se ha desvestido y acostado con un curioso hormigueo de desazón. Es verdad que ha conseguido su objetivo: el rey tiene un heredero y el espectro de la repudiación, que planea desde hace tanto tiempo sobre la cabeza de su querida soberana, acaba de desaparecer, pero ¿cómo olvidar que ahora es ella misma la que está en peligro… y que sólo tiene veintidós años?

No por ello durmió menos profundamente, y el sol del nuevo día que hacía brillar las gotas de rocío en los jardines en terraza del Château-Neuf le devolvió todo el coraje que necesitaba la dama de compañía de una reina para afrontar una jornada de duro trabajo. En efecto, el Sena, donde tan agradable resultaba bañarse en los días cálidos del verano, estaba ya lleno de embarcaciones venidas de París que transportaban a damas y gentileshombres deseosos de rendir homenaje al recién nacido. El camino fluvial, más lento sin duda, era más agradable que las fuertes sacudidas de los carruajes.

Sin embargo, fue a caballo y acompañado por un solo escudero como llegó el marqués d'Autancourt. Marie, que le había visto llegar, se las arregló para encontrarse con él. Le había tomado simpatía desde que se declarara enamorado de Sylvie y, al verle acercarse a lo largo de la gran galería, delgado y elegante como de costumbre en un traje de terciopelo azul oscuro, pensó que la vida estaba mal hecha: aquel muchacho amable, guapo y encantador desde cualquier punto de vista, rico y heredero de un título ducal, lo tenía todo en el mundo para ser feliz, pero el destino le había colocado en el camino de Sylvie, y Sylvie ya no existía. La huella de la pena marcaba aquel rostro joven, algo severo pero seductor cuando una sonrisa lo iluminaba.

Marie no lo había visto desde que se reuniera en el Rosellón con el mariscal-duque de Fontsomme, su padre, cuyas fuerzas habían acudido a reforzar las del príncipe de Condé. Ignoraba incluso que hubiese regresado, pero era evidente que sabía ya a qué atenerse. Se alegró visiblemente de verla y acompañó su saludo con una sonrisa triste.

— Sois la primera persona que encuentro, señora… y me alegro infinitamente de ello.

— No sabía que estuvierais de vuelta, pero supongo que el señor mariscal, vuestro padre, os ha enviado a expresar sus deseos de felicidad a la reina y a monseñor el delfín.

— En efecto, madame, pero, aunque vos seguramente lo ignoráis, mi padre nunca podrá doblar la rodilla ante su príncipe: se nos muere, y hacía falta una gran circunstancia como ésta para que yo abandonara la cabecera de su lecho.

— ¿Se muere? ¿Qué ha pasado?

— Delante de Salses fue alcanzado por fragmentos de metralla cuando, debido al fuerte calor, no llevaba puesta su coraza. Como las cosas iban mal para nuestras armas, monsieur el príncipe tuvo a bien pedirme que me encargara de llevarlo a París. De intentarlo al menos porque, en verdad, pensábamos que no llegaría vivo a su casa. Sin embargo así fue, y en estos momentos lucha contra la muerte porque nunca ha admitido ser vencido por ella, aunque la espera con resignación cristiana. El señor de Paul vino a visitarle ayer, y él sintió una gran alegría…

— Estoy desolada, amigo mío -dijo Marie al tiempo que colocaba su mano sobre el brazo del joven-. Un gran dolor que llega demasiado cerca de la desaparición de la muchacha a quien amabais… ¡a quien amábamos todos!

Esperaba una crispación en su rostro, tal vez unas lágrimas mal contenidas, pero no ocurrió nada de eso. Para su sorpresa, la mirada que le dirigió Jean d'Autancourt fue serena, tierna y casi luminosa.

— ¿Estáis hablando de Mademoiselle de l'Isle?

— Claro que sí. ¿De quién, si no? ¿Sabéis, imagino…?

— Sí. El rumor llegó hasta mí en el otro extremo de Francia, pero me he negado a creerlo.

— Sin embargo, es cierto. El señor de Beaufort en persona trajo la noticia a Sus Majestades. La pobre niña, víctima de un miserable que pagó el crimen con su vida, reposa en el castillo de Anet. La señora duquesa de Vendôme, que está todavía haciendo compañía a la reina, podrá confirmároslo. Ha hecho grabar una lápida con su nombre en la capilla…

Se produjo un silencio, y luego el joven sonrió de nuevo.

— No le preguntaré nada -dijo-, porque nada de lo que pueda decir afectará mi convicción de que tal vez Mademoiselle de l'Isle ha muerto, pero Sylvie vive.

— ¿Qué queréis decir?

— Es difícil de explicar. Sé que no ha muerto, eso es todo.

— ¿Queréis decir que vive en vos como viven en nosotros las personas amadas que la muerte nos ha arrebatado?

— No. En absoluto. La llevo en mí desde la primera mirada que intercambiamos en el parque de Fontainebleau, tan íntimamente unida que, si hubiese dejado de respirar, si su corazón ya no latiese, el mío también se habría detenido y lo habría sentido en cada fibra de mi cuerpo como una de esas heridas mortales por las que se escapa la sangre…

— Es insensato.

— No. Es amor. Nunca he amado ni amaré más que a ella, y hasta que no la haya visto con mis ojos, repetiré que vive y sabré encontrarla algún día… Pero os estoy entreteniendo a vos, que tan preciosa sois para Su Majestad. Os pido mil perdones. El rey está aquí, según me han dicho, y voy a solicitar el favor de ser conducido a su presencia. Se alejó, dejando a Marie confusa y admirada ante un amor tan grande. Jean d'Autancourt no tenía nada de un visionario. Hablaba con tanta convicción, con tal seguridad que Marie sintió que sus certezas vacilaban. El no ofrecía ninguna explicación ni aportaba ninguna prueba: sencillamente sabía, Dios sabe cómo, y lo más curioso era que, en contra de toda lógica, Marie se sentía ahora inclinada a darle la razón.

Al día siguiente de aquella feliz jornada, Beaufort, en su apartamento del hôtel de Vendôme, escuchaba con cierta melancolía el alboroto de una ciudad presa de la locura. Desde la víspera, las campanas no paraban de tañir. En Notre-Dame cantaban un solemne tedeum. En las plazas se encendían hogueras, y en la que llevaba el nombre de Place Dauphine (del Delfín) había un concierto de oboes y gaitas. Desfilaban procesiones alegóricas presididas por las corporaciones gremiales. Había bailes casi por todas partes, y como delante de todas las mansiones aristocráticas se habían perforado barricas y el vino corría gratuitamente, por la noche, cuando estallaran los fuegos artificiales, los parisinos estarían borrachos como esponjas en honor de su futuro rey.

A François le habría gustado mezclarse con toda aquella agitación en torno a la cuna de un niño al que deseaba amar, pero su herida en la pierna, que le había roto la tibia, no le permitía recorrer las calles como tanto le gustaba hacer por la simple alegría de mezclarse con el pueblo llano, que siempre lo acogía con entusiasmo. Las mujeres le encontraban guapo, y los hombres apreciaban su sencillez, generosidad y bravura. Y a todos les gustaba recordar que era nieto de aquel Vert-Galant cuyo recuerdo seguía gozando de tanta popularidad. De modo que aquel día se sentía un poco abandonado: su madre, su hermana, su hermano y sus mejores amigos habían acudido a Saint-Germain para ofrecer sus felicitaciones y sus mejores deseos. De todos modos, ni siquiera cojeando le habría sido posible acompañarles. Las órdenes de la reina, transmitidas a través de Marie de Hautefort, eran taxativas: en ningún caso debía aparecer en la corte antes de ser autorizado para ello. ¡Tal era el amargo precio que había de pagar por algunos momentos de felicidad, al parecer ya olvidados!

Acababa una melancólica partida de ajedrez con Ganseville-Brillet había ido a celebrar el acontecimiento en Notre-Dame, cuando un lacayo anunció a una dama que deseaba hablarle en privado. La dama no había querido dar su nombre, pero se anunciaba «de parte de Sus Majestades». Su corazón, entonces, brincó de alegría: ¡en aquel día de triunfo, Ana pensaba en él! ¡No cabía engaño, a pesar del plural!

Envuelta en una capa de seda ligera y con un antifaz del mismo color azul cubriéndole el rostro, la visitante entró sin decir palabra, pero bastó que el capuchón resbalara un poco y descubriera la frente pura y el magnífico cabello dorado para que él la identificara.

— ¡Madame de Hautefort! ¿Aquí, en mi casa… y en este día? ¡Qué inmensa felicidad!

Con un movimiento de los hombros Marie hizo caer su capa, mientras sus dedos retiraban el antifaz.

— No cantéis victoria, querido François. No vengo de «su» parte, sino únicamente de la mía; pero, en primer lugar, ¿estamos realmente solos?

— Espero que no lo pongáis en duda. Pierre de Ganseville, que acaba de salir, vigila detrás de esa puerta cerrada.

— He venido a hablaros de Sylvie. ¿Dónde está?

— ¡Qué pregunta tan estúpida! ¿Acaso no lo sabéis? -gruñó él, súbitamente irritado.

— No. Sé dónde dicen que está, en la capilla de Anet, no dónde se encuentra en realidad. Porque está viva, ¿no es así?

— ¿Quién os ha metido semejante idea en la cabeza?

— Primero, el joven marqués D'Autancourt, que se niega a creer en su muerte porque el inmenso amor que profesa a Sylvie le susurra que ella vive todavía.

— ¡Qué tontería! -exclamó Beaufort, rojo de cólera-. Ese joven inexperto sueña despierto, ¡y toma sus sueños por la realidad! ¡Deberían sumergirle la cabeza en un cubo de agua fría!

Marie se echó a reír.

— Ese joven inexperto, querido duque, sólo tiene dos años menos que vos, pero desde el punto de vista moral cuenta con diez años más. Cuando dice que ama a alguien, puede dársele crédito. Y creedme, ama a Sylvie.

— ¡Es una locura! Y lo que es más, peligrosa para su propia razón. ¿No puede contentarse con llorarla, en lugar de dedicarse a chismorreos estúpidos?

— Habló conmigo en privado. Yo no llamo a eso chismorrear. En cuanto a los peligros de esa locura, me parecen menores que los de la vuestra.

— ¿Estoy loco yo? Verdaderamente, señora, me repetís lo mismo cada vez que nos encontramos, pero deberiáis comprender que en este momento mi pretendida locura es inofensiva para cualquiera, ¡y sobre todo para aquella que ya está olvidándome!

— ¡Un momento, amigo mío! No nos entendemos. Recordad que no estamos hablando de la reina, sino de Sylvie, y os digo que al declararla muerta habéis atendido posiblemente a lo más urgente, pero habéis cometido una locura… Y no soy yo la única que lo afirma.

Del corsé de encaje blanco en el que reposaban sus arrebatadores senos, Marie extrajo una carta con el sello roto, que agitó delante de las narices de su anfitrión, quien preguntó de mala gana:

— ¿Qué pasa ahora?

— ¡Qué manera de perder el tiempo! Deberíais preguntarme de quién es esta carta. Os lo diré enseguida. Permitid, mientras tanto, que os lea… Pero por favor, sentaos. Me resulta penoso veros dar saltitos sobre un solo pie, como una garza.

Sin esperar la reacción de François, leyó, luego de precisar que la carta venía de Lyon:

— «Antes de proseguir mi viaje a la ciudad de los Dogos cedo, querida amiga, a la necesidad imperiosa de daros un buen consejo que tal vez os parecerá oscuro, pero sé que sois tan aguda que no os será difícil encontrar el cabo del hilo. Decid al imbécil de B. que su protegida no está tan bien escondida ni tan a resguardo de los peligros como él cree. Además de los ataques de desesperación, de los que he tenido la felicidad de salvar su vida no sin estar a punto de perder la mía, es insensato confiar un ser tan encantador a una mujer naturalmente inclinada a detestarlo porque está secretamente enamorada de ese matasiete…»

— ¡Por todos los diablos del infierno! -rugió François, levantándose una vez más de su asiento de forma tan brusca que su pierna entablillada resbaló y a punto estuvo de hacerle caer-. Mataré a ese sacristán en cuanto vuelva a asomar por Francia su fea jeta…

— ¿Por qué os habéis sentido retratado? -susurró Marie con una sonrisa ingenua que hizo que Beaufort se pusiera rojo de furia.

— Y también lo he reconocido a él. Sólo un hombre en el mundo puede escribir tales infamias sobre mí: ese miserable del abate de Gondi, que el diablo se lo lleve…

— ¡Dejad de una vez de invocar a Satanás! ¿Queréis saber la continuación de la carta?

— Si sigue en el mismo tono…

— No. Está llena de alabanzas a mi persona. Me dice que habría sido preferible pedirme ayuda y confiarme el problema. Dice también que tal vez no es demasiado tarde para llevar a esa persona a un convento seguro en el que al menos su alma, si no su cuerpo, estará segura…

François explotó una vez más.

— ¡Un convento! ¡Mi avecilla canora en un convento! ¡Moriría asfixiada!

— Al parecer -observó Marie, de nuevo con tono grave-, no es mucho más feliz en el refugio donde la habéis ocultado. La carta habla de ataques de desesperación. Se diría que la pobre niña ha intentado acabar con una vida que…

— ¿Creéis que no lo he entendido? No soy tan estúpido como pretende vuestro querido amigo… ¿Por qué, Dios mío, por qué? -François se cubrió la cara con las manos y, dejándose caer en un taburete, rompió a llorar.

Conmovida en parte por aquella explosión de dolor y por la angustia que reflejaba, Marie apoyó en su hombro una mano apaciguadora y dijo:

— Calmaos, os lo suplico, e intentemos mirar las cosas de frente…

— ¿Qué puedo hacer, si ni siquiera me es posible montar a caballo para ir a toda prisa allá…?

— En último término podríais viajar en coche, pero eso no arreglaría nada. En cambio, podríais pedir que os traigan algo de vino y unos mazapanes: no he comido nada en todo el día y me muero de hambre. Después me lo contaréis todo. Y para empezar, vuelvo a mi primera pregunta: ¿dónde está?

— ¡En Belle-Isle! -exclamó Beaufort mientras agitaba una campanilla que hizo aparecer a Ganseville-: Di que nos traigan vino y bizcochos.

Acompañó a Marie en su colación, y el calor del vino de España restauró algo su moral. Además, le pareció que sería un gran alivio compartir su secreto -que ya no lo era, ay, después de que el metomentodo de Gondi lo había descubierto- con aquella joven tan orgullosa y tan recta, que quería sinceramente a Sylvie y en la que podía confiar. ¿Por qué no lo habría pensado antes? Pero ¿cómo pensar con claridad bajo el dominio de la indignación, el dolor y la protesta?

Marie lo escuchó en silencio y olvidó casi por completo mordisquear el pastelillo de almendra que sostenía con dos dedos. Al oír los sufrimientos padecidos por Sylvie, vertió lágrimas sinceras, aplaudió el incendio de La Ferrière y luego preguntó:

— ¿Y el otro, el verdadero criminal? ¿Qué pensáis hacer con él?

François se encogió de hombros con desánimo.

— Cometí la locura de pedir su cabeza al cardenal -repuso-. La «muerte» de Sylvie me daba derecho a ello.

— ¿Y qué dijo?

— Que ese hombre, de una integridad perfecta al parecer, es demasiado precioso para el servicio del Estado. Me vi obligado a dar mi palabra de gentilhombre de que no atentaré contra él mientras siga con vida el propio Richelieu…

— Pues bien, amigo mío, ¡habrá que procurar que no viva demasiado tiempo! ¿No habéis jurado, que yo sepa, no conspirar?

— No. La misma reacción tuvo Pierre de Ganseville, mi escudero…

— ¡Ya lo veis! Vamos a reflexionar -añadió la joven, sacudiendo las migas que habían quedado entre sus encajes-. Porque además ha sugerido al rey unas órdenes bárbaras: la reina no tendrá derecho a educar en persona a su hijo, ni siquiera hasta que estrene sus primeros pantalones. El delfín será llevado a una casa regida con plenos poderes por Madame de Lansac. La han elegido por ser hija del señor de Souvré, el antiguo preceptor del rey. Una mujer seca, que da únicamente importancia a su rango. ¡Pobre pequeño! Habría sido más feliz y habría estado mejor cuidado en casa de mi abuela, Madame de La Flotte, para la que solicité el puesto…

— ¿Y el rey se ha atrevido a negároslo? ¿A vos, de quién es esclavo?

— Un esclavo al que no molestan demasiado sus cadenas cuando habla el cardenal. ¡Pero dejemos eso y volvamos a Sylvie! ¿Qué podemos hacer si ese chiflado cuenta su aventura a todo el mundo?

— Si no me equivoco, va camino de Venecia. Supongo que lo que pase en Belle-Isle no apasionará a la gente del Rialto. Eso nos da un poco de tiempo. Yo no puedo moverme, y cuando esté curado habré de reincorporarme al ejército de inmediato. ¿Y vos?

— ¿Yo? ¿Cómo queréis que me aleje en estos momentos? Pero en el fondo, ¿qué tenemos que temer de inmediato? ¿El mal humor de Madame de Gondi, que debe de creer que Sylvie es vuestra amante y se dedica a hacerla sufrir?

— Ya no está en su casa. Cuando supe que el abate tenía intención de ir a saludar a su hermano antes de marchar a Italia, envié allí a Ganseville, que la instaló en un lugar apartado donde no tiene nada que temer de la duquesa, la cual en efecto la trataba muy mal. Nunca la habría creído capaz…

— ¡Como si conocieseis algo de las mujeres! ¿Ignorabais la inclinación que sentía por vos esa beata?

— ¿Con su actitud contrita y sus ojos bajos? Estaba a cien leguas de imaginar…

— El inconveniente con vos, querido François, es que siempre estáis a cien leguas de un montón de cosas. ¿Nunca habéis imaginado, por ejemplo, que yo podía sentirme atraída por vuestra persona?

— ¿Vos? ¡Qué agradable sorpresa!

— ¡Despacio! Si os hablo de ese pequeño acceso de locura, es porque ya pasó. Todo el mundo está expuesto a un brote de fiebre, pero el caso de Sylvie es distinto: nunca amará a nadie más que a vos. Es hora de que os preocupéis de sus sentimientos. ¿Olvidáis lo que escribe el abate? La salvó del suicidio.

— No, no lo he olvidado -murmuró François, de nuevo sombrío-. ¿Por qué llegó a ese extremo?

— Lo ignoro… Quizá porque se creyó abandonada por vos para siempre. Cuando os plantan en una isla agreste en el fin del mundo, supongo que es fácil tener esa impresión. Deberíais encontrar el medio de hacerle llegar una carta en que la tranquilizarais respecto de vuestro cariño. Y convendrá que, al mismo tiempo, la duquesa de Retz sepa que… el señor de Paul se inquieta por esa niña perdida, ya que desearía… ¿ganarla para la religión, por ejemplo? -añadió Marie, inventando a medida que hablaba-. Eso debería calmar los ardores belicosos de nuestra beata. En el caso de una visita de los esbirros del cardenal, callará.

Esta vez François se echó a reír.

— Poseéis el genio de la conspiración, querida Aurora. La idea me parece buena, sobre todo porque se lo conté todo a Monsieur Vincent después de mi entrevista con el cardenal…

— ¡Perfecto! Pedidle que venga a asistiros en el triste estado en que os encontráis, e implorad su ayuda. No os la negará. En cuanto a conspirar, a fe que me siento muy dispuesta. Además de que la reina ya ha sufrido bastante, no hay que dejar que nuestra gatita se pase años marchitándose en aquella roca perdida. Pensaré algo…

Y después de ponerse de nuevo el antifaz, Marie de Hautefort tendió una mano en la que François posó los labios mientras con la otra recogía la capa de seda azul. En el momento en que salía, él preguntó:

— ¿Estáis segura de no amarme ya?

— ¡Qué fatuo! -exclamó ella y soltó una risita-. No, querido, ya no os amo: ¡sois un hombre demasiado complicado! Lo que yo necesito es un corazón sencillo…

Unos días más tarde, un cura muy ordinario, uno de los que Monsieur Vincent enviaba de misión a las regiones más miserables, salía de Saint-Lazare con un hatillo a la espalda. Su marcha no tenía nada de excepcional y no llamó la atención de nadie, pero sin duda aquel clérigo tenía un largo camino por recorrer, porque fue a tomar la diligencia de Rennes…

El mismo día, en el castillo de Rueil, al que había vuelto Richelieu, éste recibía a una de las doncellas de honor de la reina, Mademoiselle de Chémerault, tan bonita como astuta, dos cualidades que habían hecho de ella su mejor agente de información en el entorno de la soberana. Sin embargo, el cardenal no pareció complacido al verla.

— Os he recomendado que evitéis en lo posible veros conmigo, tanto aquí como en el Palais-Cardinal…

— Me ha parecido que la ocasión bien merecía una entrevista. Por lo demás, nadie en la corte ignora que soy incondicional vuestra. La reina y Madame de Hautefort no pierden ocasión de hacérmelo sentir…

— ¿Qué me traéis?

— Una copia que he hecho de una carta que Madame de Hautefort recibió de Lyon al día siguiente del nacimiento de monseñor el delfín, pero que había llegado a Saint-Germain un poco antes. Su reacción fue muy interesante. Se precipitó al hôtel de Vendôme, donde el señor de Beaufort estaba solo.

Con ceño, el cardenal leyó el texto que le fue presentado. Luego levantó la mirada hacia su visitante, que lucía un vestido de terciopelo de un rojo oscuro que hacía plena justicia a su belleza morena.

— ¿Y qué habéis concluido de esta carta? -preguntó con tono cortante.

— Pues… que la tan dramática desaparición de Mademoiselle de l’Isle podría no serlo tanto como se ha querido presentar. A pesar de las medias palabras, por lo demás muy transparentes, que emplea el abate, no veo que pueda tratarse de ninguna otra persona de la corte… Lo que me gustaría saber es qué esconde todo esto…

El cardenal guardó silencio, se levantó de su mesa de trabajo y se acercó a la alta chimenea en que ardía el gran fuego que requería su frágil salud. Tomó en sus brazos su gato favorito que dormía allí, enroscado sobre un cojín, y frotó su cara contra aquel pelaje sedoso. Su mirada se perdió entre el flamear del fuego.

— ¡A mí no me interesa ese asunto! -dijo en tono seco-. Y os estaré agradecido, Mademoiselle de Chémerault, si olvidáis que habéis leído esta carta…

— Pero es que…

— ¿Tendré que decir que os lo ordeno? Sé todo lo relacionado con Mademoiselle de l'Isle y no deseo que se prosiga una investigación que, en cierta forma, perjudicaría mis proyectos…

Con lentitud majestuosa, se volvió hacia la joven, que no podía disimular su decepción, y su mirada imperiosa la atravesó.

— Detestáis a Mademoiselle de l'Isle, ¿verdad? ¿Es a causa del joven D'Autancourt?

Una brusca cólera enrojeció el rostro de la doncella de honor.

— Me parece que es razón suficiente. Antes de conocerla, él galanteaba conmigo, y aún no he renunciado a convertirme en duquesa.

— ¿Habéis hablado a alguien de esta carta?

— Sabéis muy bien, monseñor, que primero hablo con Vuestra Eminencia.

— Así lo tengo entendido. En tal caso, olvidad la carta.

— Pero…

Una sola mirada bastó para hacerla callar; luego, con tranquilidad, el cardenal lanzó el papel al fuego. Sumisa pero furiosa, ella se inclinó en una reverencia a la que él respondió con un gesto de la cabeza antes de volver asentarse a su mesa de trabajo, apoyando en el respaldo de la silla su cabeza cansada.

— ¡Pobre avecilla canora! -murmuró-. Si Dios, en su compasión, ha querido que sobrevivas a la espantosa suerte que los hombres te habían destinado, y si El te ha evitado el pecado mortal del suicidio, no seré yo quien vaya contra su Santa Voluntad. ¡Vive en paz… si puedes!

La entrada de un religioso interrumpió sus cavilaciones.

— Pregunta por vos, monseñor.

— ¿Ha empeorado?

— No, su espíritu está claro, pero se agita mucho.

Siguiendo al hábito de paño buriel agrisado, Richelieu entró en un pequeño aposento algo apartado de la planta baja, compuesto por una biblioteca y una celda monacal. Allí transcurrían los últimos días de un anciano de larga barba gris. El padre Joseph du Tremblay, a quien llamaban la Eminencia Gris, no tenía una edad muy avanzada pero a sus sesenta y un años agonizaba, consumido por una extraña epidemia de fiebre que también había afectado al propio rey y a buena parte de sus mosqueteros y soldados de caballería ligera, y también por el trabajo incesante de un cerebro implacable, apasionadamente volcado en los asuntos de Estado. Aquel hijo de un embajador, que había soñado con una nueva cruzada y consagrado su vida a la lucha contra la casa de Austria, era el consejero más valioso del cardenal.

Cuando éste entró en su celda, casi cayó al suelo al intentar incorporarse en su jergón, y tendió al ministro una mano amarilla y seca que temblaba.

— ¡Brisach! -jadeó-. Brisach… ¿Cómo estamos?

La toma de aquella importante fortaleza, cabeza de puente sobre el Rin y que bloqueaba el acceso de los imperiales a Alsacia y la comunicación con los Países Bajos, era la pesadilla de los días y las noches del anciano. Veía en ella una especie de remate de su obra política, pero, sitiada para el rey de Francia por uno de sus mejores soldados, el duque Bernardo de Sajonia-Weimar, y por sus mercenarios alemanes, la plaza se defendía con denuedo.

Richelieu sonrió, tomó la mano extendida y la sujetó entre las suyas.

— Las últimas noticias son buenas, amigo mío, calmaos. Hemos cerrado la pinza sobre Brisach y la plaza, que carece de víveres y agua. No se nos escapará. Su caída es sólo cuestión de días…

— ¡Ah…! ¡Dios todopoderoso…! ¡Necesitamos Brisach! Un fracaso echaría a perder todo el esfuerzo hecho en esta guerra interminable. España se recuperaría…

— No tiene la menor posibilidad de ello. Nuestros ejércitos avanzan en todos los frentes…

El cardenal tomó asiento en un escabel junto al lecho de su viejo compañero, que, presa de una especie de frenesí, pasaba revista a todos los teatros de operaciones de la interminable contienda que pasaría a la historia con el nombre de Guerra de los Treinta Años, y que enfrentaba desde 1618 a la corona de Francia con la enorme coalición de los Habsburgo, los de España y los austríacos.

Siempre es doloroso constatar los estragos provocados por la vejez y el progresivo desgaste en una gran inteligencia, y al cabo de un rato el cardenal no pudo seguir soportándolo. Se fue aduciendo que quería ver si llegaban nuevos despachos, y se llevó con él al médico religioso que atendía al padre Joseph.

— ¿Cuánto tiempo le queda? -preguntó cuando se encontraron fuera del alcance de los oídos del enfermo.

— Es difícil de decir, monseñor, porque tiene una constitución vigorosa y ansias de vivir, pero su espíritu, como habéis podido constatar, empieza a hundirse en las tinieblas de la senilidad. El cuerpo no resistirá. Digamos… un mes. Tal vez dos.

— ¿La curación está excluida?

— No sólo la curación, sino cualquier forma de mejoría… a menos que Dios opere un milagro…

— Vos no lo creéis, y yo tampoco.

A pesar de que desconfiaba de la ciencia de los médicos laicos, Richelieu tenía confianza en aquel capuchino que, antes de tomar los hábitos, había estudiado en varios países la medicina árabe y la de los judíos. Rara vez se equivocaba. De modo que el padre Joseph iba a morir antes de que terminara el año…

De vuelta en el silencio de su gabinete, Richelieu reflexionó largamente, reclinado en su sillón y con los ojos cerrados. Adivinaba sin esfuerzo lo que sucedería al día siguiente de su muerte si no tenía la precaución de formar a un sucesor. Y como ignoraba de cuánto tiempo disponía, necesitaba elegir a un hombre de espíritu vivo y profundo a la vez.

Sabía desde hacía algún tiempo quién respondía mejor a esas condiciones, pero todavía no se había decidido a dar el paso porque el hombre en cuestión era la antítesis del padre Joseph: mundano, seductor, y un eclesiástico de boquilla (nunca había sido ordenado sacerdote). Lo había visto en acción como nuncio del Papa en el asunto de Cásale y recordaba todavía la alegría que le había inundado al encontrarse frente a aquel monsignore, tan sonriente como grave era él mismo, con el que las conferencias se convertían en un verdadero placer. Al descubrir además que aquel hombre amaba a Francia hasta el punto de de-sear adquirir su nacionalidad, pensó que había llegado el momento de reclamarlo.

Así pues, desdeñando llamar a su secretario, escribió de su puño y letra al Papa para rogarle que le enviara, en el más breve plazo, a monsignore Giulio Mazarini, a quien pensaba convertir en su sucesor.

La carta era franca y directa. Richelieu no ignoraba que en política ocurre que la verdad cruda tiene mayor peso que los más hábiles rodeos diplomáticos. A Urbano VIII le complacería sin duda ver a una de sus criaturas tomar el poder en Francia. Para la Santa Sede, aquélla sería una baza nada desdeñable… Por su parte, Richelieu estaba seguro de que, bajo su dirección, Mazarini se haría francés y se aferraría a su obra como el perro se aferra al hueso…

Una hora más tarde, un mensajero partía para Roma a galope tendido. En adelante, la suerte estaba echada.

Unas semanas más tarde, la Eminencia Gris moría con una sonrisa en los labios. Para apagar la angustia que ensombrecía su agonía, la Eminencia Roja había ido a anunciarle, con todas las señales de la más viva alegría, que Brisach acababa de caer. De hecho, Brisach no cayó hasta unos días después, pero el padre Joseph du Tremblay murió feliz…

El mismo día en que el correo del cardenal tomó el camino de Roma, un billete anónimo destinado al teniente civil fue entregado por un pillete en el cuerpo de guardia del Grand Châtelet en el que estaban instalados sus servicios. Con una letra desfigurada, el misterioso -o misteriosa- corresponsal informaba de que «la que dicen muerta no lo está, sino que se esconde en un lugar conocido sólo por el duque de Beaufort y el abate de Gondi. Un problema divertido para un hombre experimentado…».

Con gesto nervioso, Laffemas empezó por estrujar el papel, pero luego lo alisó y lo releyó con mayor atención. No cabía duda: sólo podía tratarse de ella, de la hija de Chiara, aquella jovencísima muchacha que había desencadenado en él las fuerzas más devastadoras de la pasión, pero que en este momento suscitaba sobre todo su rencor. Guardaba el recuerdo humillante de la dura filípica que le había dedicado el cardenal.

— Debería haceros ahorcar por los crímenes de rapto, matrimonio forzado y violación, que llevaron a una inocente a la muerte. Sé, además, que sois el autor de los crímenes perpetrados contra prostitutas a las que después marcáis con un sello de lacre rojo, y en vano habéis intentado culpar de ellos a un inocente. ¿De qué barro estáis hecho, Laffemas?

— Estoy hecho de la misma sustancia que todo hombre nacido de mujer. Tengo mis vicios, lo admito, pero ¿no soy un buen servidor para vos, monseñor?

— Es la razón por la que aún no habéis sido arrestado.

— Y nunca daréis esa orden, ¿no es así, monseñor? El amo del perro guardián ignora o no se preocupa de las inmundicias con que se alimenta ni de su ferocidad. Lo que le pide es que sea un guardián seguro, fiel e implacable. ¡Yo soy todo eso, y más aún!

— El verdugo del cardenal. Así os llaman…

— Necesitáis uno, y a mí no me importa serlo. Soy cruel y lo reconozco, pero ¿de qué le serviría a Vuestra Eminencia un santo?

— Os defendéis con habilidad y admito que deseo conservaros. Pero no volváis a atacar a ninguna muchacha, noble o plebeya. En caso de violación o asesinato, o ambas cosas, de una virgen, seré implacable. ¡Marchaos ahora mismo! Yo sentía afecto por esa pequeña…

El teniente civil no dejó de observar que únicamente le estaban prohibidas las jóvenes vírgenes, y que las busconas no habían aparecido en el discurso del cardenal-duque. Eran simplemente carne destinada al placer. ¡Qué importaba lo que les ocurriese! Evidentemente, no estaba seguro de encontrar el mismo placer en sus agresiones. El cuerpo joven, tan fresco y dulce, de Sylvie, poblaba sus noches de espantosas pesadillas desde que había llegado la noticia de su ahogamiento en el canal de Anet. ¡Y ahora resultaba que podía estar viva, escondida, inaccesible tal vez, pero viva! Encontrarla sería una partida de caza apasionante porque tampoco ella cabía en los límites impuestos por el cardenal, ya que no era virgen…

Dudó. ¿Llevaría aquel billete a su amo? Sería una satisfacción para su amor propio, pero también una falta de prudencia. Se sentiría mucho más libre si llevaba a solas su investigación; y cuando encontrara a Sylvie, le pertenecería tanto más por cuanto el cardenal seguiría creyéndola muerta.

En verdad, el día empezaba bien. Laffemas decidió continuarlo de una manera agradable yendo a presidir el interrogatorio de un monedero falso, por más que lamentó que ya no fuera posible, como en los felices tiempos de la Edad Media, enviarlo a acabar sus días sumergido en un caldero de agua hirviendo…

4… y una tan grande amistad

Aquella noche, Théophraste Renaudot cenaba en casa de su amigo el caballero de Raguenel. Entre el padre de la Gazette y el antiguo escudero de la duquesa de Vendôme había nacido una sólida amistad, reforzada si cabe por la terrible aventura vivida en las proximidades del Petit-Arsenal, a consecuencia de la cual uno de ellos había resultado gravemente herido y el otro preso en la Bastilla bajo la acusación de asesinato. A los dos les gustaba reunirse en torno a los platos cocinados por Nicole Hardouin, el ama de llaves de Perceval, que parecía no tener otra finalidad en la vida que hacer engordar a un amo cuya obstinada delgadez la habría ofendido si no supiera que en gran parte se debía a un dolor tenaz. Ella misma se sentía en ocasiones menos entregada a su labor desde que la pequeña Mademoiselle de l'Isle y Corentin Bellec, el fiel servidor del caballero, habían desaparecido sin que nadie diera razón de lo que les había sucedido. Incluso Jeannette les fue arrebatada una buena tarde por monseñor el duque de Beaufort, con el pretexto de que su lugar estaba en el hôtel de Vendôme y la duquesa la necesitaba. Evidentemente, a Nicole le habría gustado tener noticias suyas, pero por nada del mundo se habría permitido ir hasta la gran mansión del faubourg Saint-Honoré a preguntar por ella… Así se lo explicaba a su eterno prometido, el oficial de policía Désormeaux. Era a él a quien debía la llegada a la casa de Pierrot, un muchacho de doce o trece años que había sido por un tiempo marmitón en Aux Trois-Cuillers, y que la ayudaba en la cocina y el servicio de mesa, tarea en la que mostraba cierta habilidad.

Conocedora de los gustos de Renaudot, Nicole servía aquella noche un magnífico solomillo de buey al punto, comprado en una carnicería del Petit-Pont y asado en el espetón a fuego lento, encargando a Pierrot que pusiera toda su atención en darle vueltas y regarlo de vez en cuando con el jugo de la grasera. Ya al final, Nicole había sazonado ese jugo con un chorrito de vinagre y un poco de ajo finamente trinchado. Acompañó el plato con alubias rojas y lo hizo preceder por un paté de anguila a la pimienta comprado en la casa de maese Ragueneau, el mesonero vecino del Palais-Cardinal. De postre serviría un manjar blanco con confitura.

Los dos comensales degustaron los platos en silencio al principio, y luego mientras comentaban las últimas noticias de la Gazette, que se extendía sobre el problema de las revueltas de los Un-Pieds, los Descalzos, en Normandía contra los recaudadores de impuestos. En muchos lugares, la miseria era muy grande y enfurecía a la gente. Por ejemplo, en Ruán el populacho se había apoderado de un agente del fisco, le había clavado en el cuerpo varios clavos y había hecho pasar una carreta por encima de su cuerpo. Los burgueses se habían encerrado a cal y canto en sus casas, mientras los Un-Pieds merodeaban por los campos. El rey había enviado contra ellos al mariscal de Gassion…

— Esa gran miseria de la que son víctimas los campesinos pobres es una de las plagas de nuestra época. El cardenal, en tanto que sacerdote…

— Es sensible a ella, podéis estar seguro. Conozco ejemplos -le interrumpió Renaudot-, pero gobierna desde muy arriba… demasiado para preocuparse de lo que para él es un incidente menor. Se debe a Francia…

— Pero Francia no es una abstracción. Está hecha de tierra, sin duda, pero sobre todo de carne y sangre. Sin embargo, él no tiene piedad.

— Los hombres le han hecho despiadado. Pensad que está continuamente amenazado por el puñal de los asesinos… Admito, sin embargo, que resulta aterrador. Al parecer envía al señor de Laffemas detrás de Gassion…

— ¡El verdugo detrás de los militares! ¡Pobre gente! Es verdad que para los parisinos puede resultar una buena noticia. Ese hombre es el diablo…

Hubo un silencio que los dos hombres aprovecharon para pasarse un pote de cerámica decorado con un rameado azul y lleno de tabaco con el que cebaron sus pipas, que encendieron con un tizón de la chimenea. Durante unos momentos, el gacetista fumó la suya sin hablar, siguiendo con una mirada distraída las volutas del humo. De repente, como si una fuerza interior le impulsara a hablar, dijo:

— ¿Sabéis que otras dos mujeres han sido asesinadas en el último mes?

Arrancado de la dulce placidez en la que empezaba a sumirse, Raguenel se sobresaltó.

— ¿Como…, como antes?

— Exactamente. Sólo ha cambiado el sello. Ahora lleva la letra sigma… pero el proceso es el mismo: violada, degollada y marcada.

— ¿Por qué no me lo habéis dicho hasta ahora?

— Ni siquiera ahora habría debido hablaros. Cuando tuve noticia de la primera de esas nuevas muertes, pedí audiencia al cardenal y él me prohibió no sólo publicar nada en la Gazette, sino además hablar a nadie del tema. Si falto por vos a mi palabra, es porque sois mi amigo y es normal, en mi opinión, que estéis al corriente de los hechos, ya que tan cara pagasteis vuestra participación en nuestra aventura…

— De modo -dijo Perceval con la lentitud del que escoge sus palabras- que el cardenal ha decidido, ahora que conoce al asesino, dejarle seguir su monstruosa carrera.

— Necesita a ese miserable, y sin duda estima que encuentra en esa actividad un escape menos dañino, porque es evidente que ese asesino está loco. Debo añadir que la vida de unas cuantas meretrices no representa nada para Richelieu: en su opinión, esas mujeres han decidido vivir peligrosamente.

— ¡Hasta que llegue, acaso, el día en que ataque a mujeres honestas! -repuso Raguenel con amargura.

— Una mujer honesta no está hecha de distinta manera que una fulana -bramó de improviso una voz desconocida-. Sufren las dos de la misma manera, con la diferencia quizá de que la segunda soporta mejor el dolor que la primera. Y quiero decir además que las dos poseen un alma que les ha dado Dios.

Mientras su invitado se daba la vuelta, Raguenel se puso en pie y quedó frente al personaje enmarcado en el umbral de la puerta, con una pistola cargada en cada mano. Vestía una casaca de uniforme de un rojo desteñido bajo una capa negra echada hacia atrás, botas negras bien lustradas y guantes de cuero a juego, y, como si se tratara de un gentilhombre, llevaba una espada envaina-da a un costado y un sombrero de plumas negras, un poco rozadas pero aún presentables. En cuanto a su rostro, lo ocultaba una grotesca máscara de carnaval.

— Comparto vuestra opinión -dijo con frialdad Raguenel-. Pero ¿quién sois y qué deseáis?

El otro se tocó el ala del sombrero con una de sus pistolas, en un gesto que podía interpretarse como un saludo.

— Me llaman capitán Courage y soy el rey de todos los ladrones del reino…

— Mi mayor riqueza consiste en los libros que veis aquí -dijo Raguenel mostrando con un gesto amplio las paredes tapizadas de volúmenes-. En cuanto a mi bolsa…

— No quiero vuestra bolsa ni la de vuestro invitado. He venido a buscar un nombre…

— ¿Un nombre?

— El del asesino del que hablabais hace un momento. Estoy seguro de que lo habéis averiguado después de haber sido arrestado en su lugar. No os pido ninguna otra cosa. La última víctima era mi querida…

— ¿Y dejabais que hiciera las calles en la oscuridad, al lado del río? ¡No me parece que hagáis honor a vuestro nombre!

— Era una mujer testaruda. Quería a toda costa visitar a una amiga que necesitaba ayuda, en la Rue du Petit-Musc, y se tropezó con el criminal del sello de lacre. Quiero su pellejo. Pero primero su nombre.

— No. Dároslo sería haceros un flaco favor…

— Eso es cuenta mía, me parece… -Y de súbito se le oyó reír detrás de la narizota roja de su máscara-. Tiene que ser alguien importante, porque, si he oído bien, el hombre de la sotana roja lo protege y le permite sus… fantasías, pero aunque fuera su propio hermano… ¡no, a su hermano no lo necesita para nada! Aunque fuera su criatura más odiosa, el teniente civil en persona, lo mataré. ¡A mi manera, es decir, lentamente!

— ¡Estáis loco! -exclamó Théophraste Renaudot, presa de un miedo repentino-. ¿Sabéis a lo que os arriesgáis?

El capitán Courage se acercó a él, estudió atentamente su rostro alargado que había adquirido de repente el mismo tono gris de su barba, y de nuevo se echó a reír.

— ¿Entonces es él? Lo sospechaba, pero necesitaba una confirmación. ¡Os doy las más rendidas gracias, señor!

— ¡Pero si no he dicho nada! -gimió Théophraste, angustiado por la idea de haber faltado a la palabra dada al cardenal.

— Vuestra reacción ha sido muy reveladora. ¿Juraríais sobre el Evangelio que no es él?

Ante la actitud espantada de su amigo, Perceval decidió intervenir.

— Vos no habéis dicho nada, no… pero yo, que no estoy sujeto a ningún juramento, lo digo: ¡el asesino es Laffemas!

— ¡Por fin! Eso es franqueza. Pero decidme, vos tenéis muchas cuentas pendientes con ese personaje. ¿Por qué no intentáis vengaros?

— Porque una persona muy querida por mí podría sufrir las consecuencias. Por otra parte, es necesario que os advierta de que cualquiera que atente contra tan precioso servidor del Estado será castigado con la muerte.

— De todas maneras moriré algún día, y no me ahorcarán dos veces. -Y rió.

— Muy cierto, pero cuidad de no implicar a otras personas y de que no haya ninguna duda sobre el ejecutor.

¿Sabéis que un príncipe se ha visto obligado a dar su palabra de no atacarlo antes de la muerte del cardenal?

El repentino silencio dio la medida de un asombro invisible bajo la máscara. Finalmente, el hombre emitió un silbido.

— ¿Nada menos?… Falta saber de qué príncipe se trata. Algunos no me merecen ninguna consideración.

— El duque de Beaufort.

— ¡Ah, eso es diferente! Ese me gusta… Pues bien, señores, ¡gracias por la información y gracias por haberme advertido! ¡Tengo el honor de saludarles!

La máscara siguió en su lugar, pero el capitán Courage barrió el suelo con las plumas de su sombrero, inclinándose con cierta gracia. Al hacerlo, descubrió una espesa cabellera morena y rizada. Después, desapareció tan silenciosamente como había llegado.

— ¿Creéis que ha sido prudente contárselo todo? -reprochó Renaudot-. ¡Puede ser peligroso!

Perceval sonrió y fue a servir dos copas de vino, de las que tendió una a su huésped.

— ¿Habéis olvidado que antes de nuestra aciaga aventura común teníamos el proyecto de arriesgarnos a acudir a una de las cortes de los milagros para pedir la ayuda del Gran Coesre? -dijo-. No vamos a quejarnos ahora de haber recibido su visita en casa.

— ¿Pensáis que ese hombre es el mítico gran jefe?

— Se ha anunciado como el rey de los ladrones de Francia. Es todo un título, creo… Vamos a ver qué ha sido de Nicole y Pierrot. Sospecho que les encontraremos atados y amordazados.

Lo estaban, y concienzudamente, porque el capitán Courage no había venido solo, pero los dos coincidieron en que no habían recibido maltrato y que los métodos de aquel extraño personaje eran, por lo visto, bastante civilizados.

— ¡Se aseguró de que las cuerdas no me hicieran daño -dijo Nicole-, e incluso me dio unas palmaditas en la mejilla y me llamó «preciosa»!

— Ahora vais a decirme que es un gentilhombre -comentó con ironía Renaudot.

— ¡He conocido algunos menos corteses! ¡Y en cuanto a los servidores de la ley, no hablemos! -replicó Nicole, que no siempre tenía razones para presumir de la galantería de su buen amigo el oficial Désormeaux…

Perceval se contentó con ordenar a Pierrot que fuese a buscar más leña para alimentar la chimenea, y se guardó sus reflexiones. ¿Un gentilhombre? ¿Por qué no? La voz y el tono de aquel hombre le habían dado que pensar, y después de todo, ¡sólo Dios sabía quién podía estar interesado en sumergirse en la cloaca de los milagros!

Tres días más tarde, un jueves, día de aparición de la Gazette, los parisinos fueron informados de que su teniente civil había sido agredido cuando regresaba a su domicilio a una hora tardía, y que si seguía con vida era gracias a la inesperada intervención de la ronda. Había recibido una herida leve que apenas tendría tiempo de cuidar, dado que se le había encomendado una misión pacificadora en Normandía, al lado del mariscal de Gassion.

— ¡Ese imbécil ha errado el golpe! -rugió Perceval, y a punto estuvo de romper en pedazos el precioso periódico que su amigo le había llevado.

— Ha querido ir demasiado deprisa. Un golpe como ése hay que prepararlo bien. Y ahora…

— ¡Ahora estará alerta! ¡Quiera el ciclo por lo menos que el señor de Beaufort no se vea perjudicado por esta chapuza!

— No lo creo. El cardenal ha recibido de parte del capitán Courage una carta grandilocuente, un verdadero desafío destinado a Laffemas, en la que dice que el firmante no se dará tregua ni reposo mientras el teniente civil siga osando respirar el aire del buen Dios.

— ¿Cómo lo habéis sabido?

— Su Eminencia me lo ha dicho. Y ha añadido una prohibición formal de hablar del tema en la Gazette. Tiene miedo de que el tal capitán se atraiga la simpatía de la gente y se convierta en una leyenda.

— Bueno, al menos eso me tranquiliza. Monseñor François no tiene nada que temer…

— Yo no estoy tan seguro. No aseguraría que no se sospeche de él, bajo el disfraz de capitán Courage. ¡Esa clase de locura sería tan propia de él…! Oh, no lo atacarán de frente, pero el cardenal podría tenderle cualquier día una de sus trampas. Decididamente no le gustan los Vendôme, y éste menos todavía que los otros. Es demasiado seductor…

— Vos, que frecuentáis la villa y la corte, sabréis si es cierto que se ha convertido en amante de Madame de Montbazon, como se rumorea desde hace bastante tiempo.

— Es siempre difícil saber la verdad en esa clase de asuntos, pero hay una posibilidad de que sea cierto. Mademoiselle de Borbón-Condé, a la que pretendía el duque en matrimonio, acaba de casarse con el duque de Longueville, que era precisamente el amante oficial de Madame de Montbazon. Ese cambio de parejas sería muy propio de él. Naturalmente, se dice que está loco por ella, pero me pregunto si no alimentará personalmente el rumor para dar celos a la reina…

Una vez solo, Raguenel meditó largamente sobre las últimas palabras de su amigo. Pensaba que una nueva pasión hace desaparecer la anterior, y que en cierta forma era bueno que François olvidase unos amores demasiado peligrosos; pero por otra parte, al pensar en su pequeña Sylvie, se alegró por una vez de que estuviera lejos, en su isla del fin del mundo. Saber todas esas cosas la haría sufrir…

Conocía Belle-Isle por haber acompañado en otro tiempo a la duquesa de Vendôme y sus hijos. Sabía que los paisajes eran espléndidos, y el puerto del Socorro, con su antiguo priorato, le recordaba algo. Una breve nota de Ganseville, cuando el escudero había pasado por París para ir a reunirse con su amo, le había informado de que Sylvie estaba instalada allí con Jeannette y Corentin, y de que todo iba bien. Ciertamente, la época de las vacaciones y el invierno debían ser diferentes, pero, bien protegida y al margen de las intrigas de la corte con las que se había visto antes demasiado implicada, la niña tal vez recobraría un poco de su antigua alegría de vivir. Esperarlo así y rezar por ella era todo lo que podía hacer Perceval, que ofrecía al Señor su dolor de verse separado de ella y sin ningún medio a través del cual recibir noticias de ella…

Las que habría podido tener le habrían alegrado mucho: Sylvie estaba bien. E incluso, después del accidente que había sufrido en compañía del abate de Gondi, recuperaba el gusto por la vida. Como le había dicho su compañero de infortunio, más valía que renunciara a quitarse la vida, porque con toda evidencia Dios Nuestro Señor no quería que ella abandonara este mundo. Por tanto, era preferible resignarse.

En efecto, si se hubiese arrojado al vacío, se habría matado al estrellarse contra los escollos apenas cubiertos por el agua; y en cambio los dos, estrechamente abrazados, habían rodado sin perder contacto con el suelo hasta que un saliente rocoso tapizado por un arbusto detuvo su caída. Un pescador, alertado por el grito del abate, se había apresurado a buscar socorro y, menos de una hora más tarde, un grupo de personas encabezadas por Jeannette y Corentin sacaba a ambos de su peligrosa situación. Sylvie no se acordaba del salvamento porque al aterrizar se había dado un golpe en la cabeza y había perdido el conocimiento. Despertó en su cama, con unos dolores agudos que pronto desaparecieron y que se llevaron de su joven cuerpo las últimas secuelas de la violación. Jeannette había dado gracias al Cielo de rodillas, e incluso había llorado de alegría… la primera vez después de tanto tiempo, y sobre todo de alivio.

Sólo Jeannette y Corentin estaban al corriente de aquel triste secreto.

— Mientras os llevábamos a casa, advertí que perdíais sangre, y procuré que nadie más lo viera porque comprendí lo que pasaba, gracias a Dios -explicó Jeannette-. Y aquí, quise quedarme a solas con vos. Además, todos encontraron más divertido conducir al señor abate a la casa del señor duque, que podía darles una recompensa: gritaba como un gato escaldado por todas las espinas que se le habían clavado en el cuerpo. ¡Vos también teníais algunas, pero muchas menos…! ¡Oh, Mademoiselle Sylvie, el Señor se ha apiadado de vos! No era justo que, siendo inocente, pagarais el terrible precio del crimen de otra persona. Ahora podréis olvidar…

Sin embargo, la impresión de estar manchada persistía. Su cuerpo estaba limpio, pero sus sueños se habían marchitado para siempre. Su amor por François iba ahora unido a la desesperación: aun admitiendo que un día consiguiera conquistarlo, ¿cómo atreverse a ofrecerle los restos dejados por Laffemas?

Bien es verdad que el padre Le Floch, enviado por Monsieur Vincent a Madame de Gondi para manifestarle todo el interés que a éste le inspiraba Mademoiselle de Valaines y que había venido a visitarla, sugirió una solución: ofrecer a Dios su persona y su alma, y lo hizo a través de un largo discurso en torno a la idea general de que únicamente Dios es digno del amor más grande, y que sus esposas conocen una felicidad serena. Sylvie, sin embargo, no conseguía imaginarse encerrada para siempre en un claustro: allá dentro se escatiman en exceso las bellezas de la naturaleza y sobre todo el aire fresco de la libertad…

— Vivo en una de sus antiguas casas -le dijo ella-, y a mi alrededor no hay sino el cielo, el mar y la landa. Nuestras oraciones no encuentran ningún obstáculo y estamos en paz. Por más que el señor de Paul lo estime deseable, no tengo ninguna apetencia por tomar los hábitos…

Volvió a marcharse sin haber obtenido nada más. En cambio, la duquesa de Retz empezó a honrar de vez en cuando con su presencia la casa junto al mar. La intervención de Monsieur Vincent había sido útil por la razón de que, ahora, la gran dama no intentaría ya perjudicar a la que creía amante de Beaufort, y en cambio, parecía haberse fijado la misión de inclinarla a la vida monástica, la mejor manera según ella de escapar de todas las heridas del mundo.

Sylvie empezó por escucharla dócilmente, pero los sermones de Catherine acabaron por aburrirla. De modo que llegó a un pacto con el joven Gwendal, el rapaz del molino de Tanguy Dru, en el otro extremo del puerto del Socorro. Cuando él veía el carruaje ducal, corría a avisarla y así Sylvie tenía tiempo de refugiarse en la landa o en algún hueco entre las rocas, y dejar que Jeannette explicara con muchas reverencias que su joven ama gustaba del aislamiento en plena naturaleza, obra del Creador, a fin de recogerse en la contemplación y esperar tal vez la Llamada.

Apenas si todo ello era mentira. La belleza de la isla afectaba a Sylvie. Le gustaba descubrir sus diferentes aspectos por medio de largos paseos, pero sobre todo era la mar lo que la atraía y lo que nunca se cansaba de contemplar. Tendida sobre la hierba en algún mirador de la landa, contemplaba, a través de las puntas vellosas de las gramíneas y de las umbelas de los aromáticos hinojos, el vaivén de las olas, a veces ligero y manso, otras rugiente, espumoso y lleno de fuerza. De no haber sido tan penoso para los pescadores, algunos de los cuales se habían hecho amigos suyos, habría preferido el mal tiempo, por lo bien que expresaba la inmensa fuerza del océano. Sabía que François había hecho en otro tiempo lo mismo que ella, y la dicha de seguir los pasos de su amigo la reconfortaba y la hacía sentirse casi feliz.

Nunca bajaba a Le Palais, y todavía menos, si le era posible, a la residencia de los Gondi. La ría que se abría en el puerto era para ella una frontera que no deseaba cruzar. Sus deberes cristianos los cumplía con exactitud en la pequeña iglesia de Roserières, una aldea próxima a su casa cuyo anciano párroco había trabado amistad con Corentin, con el que iba a pescar. Poco a poco los aldeanos habían adoptado a aquella muchacha siempre vestida de negro, de la que se decía que guardaba un luto doloroso, sin precisar cuál (¡y con razón!). Además, ella adoraba a los niños, aún tan próximos a ella misma, y los de los alrededores no tardaron en darse cuenta de ello. En cambio, los oficiales de la ciudadela que intentaron ser recibidos en su casa se vieron despedidos con tanta cortesía como firmeza. Las personas de la casa del mar conocían demasiado bien la fragilidad de una reputación femenina.

Dos inviernos habían transcurrido así. Unos inviernos que en Belle-Isle eran clementes. Era raro que nevase, y a pesar de que el antiguo priorato estaba orientado hacia el nordeste, las borrascas y las tempestades se soportaban bien gracias a la fascinación que producían los colores del mar y el cielo. Las lloviznas de diciembre y los aguaceros de marzo no impedían a Sylvie salir. Decía incluso que la lluvia era beneficiosa para el cutis y el cabello.

— Pronto cumplirá los dieciocho años y es muy bonita -confiaba Jeannette a Corentin, que empezaba a encontrar que el tiempo se alargaba demasiado-. ¿Hasta cuándo tendrá que estar escondida en estas tierras del fin del mundo? Si al menos tuviéramos noticias, pero se diría que el mundo entero se ha olvidado de nosotros…

— En el continente pasa por muerta, y nosotros con ella. No se escribe a los difuntos.

— Pero incluso en el castillo o en el pueblo se ignora lo que pasa en París o en otros lugares. Yo creía que al duque le gustaba recibir visitas.

— Sí, pero recibir es caro, y he oído que su fortuna mengua por momentos. La duquesa aprovecha la menor ocasión para moderar su ritmo de vida.

— Ni siquiera el abate ha vuelto por aquí. Ese por lo menos era divertido.

— Sin duda tendrá otras cosas que hacer.

Y Corentin que, como buen bretón, se encontraba a gusto a pesar de que la existencia que llevaban le pareciera un poco monótona, dejó a Jeannette suspirando sola junto al fuego y se fue a colocar unas cuantas cañas de pescar y a beber luego un vaso de sidra en casa de su amigo el molinero.

Una mañana de primavera en que la isla parecía recién pintada, Corentin bajó al puerto a la hora del regreso de los barcos después de la pesca nocturna. Parecía una bella jornada estival, el tiempo estaba templado y la mar lisa como el terciopelo. La actividad era intensa. No sólo las barcas volcaban sobre el muelle un diluvio de sardinas de un magnífico azul plateado, sino que además dos pontones descargaban sillares destinados a la reparación de la torre norte de la ciudadela. En efecto, el duque de Retz era el dueño soberano de su tierra, pero estaba obligado a velar por el buen estado de las fortificaciones construidas años atrás por su abuelo. Eran gastos imposibles de evitar, por mucho que el estado precario de su fortuna le pusiese las cosas cada vez más difíciles.

Otro barco llamó la atención de Corentin; se trataba de una urca de poco tonelaje que llevaba los colores del obispo de Vannes y maniobraba para atracar. La conocía bien, por haberla visto muchas veces llevar al prelado en visita pastoral, o bien a algunos invitados, o incluso venir a buscar para las cocinas episcopales legumbres que en las huertas de Belle-Isle tenían una calidad peculiar. Aquella mañana, Corentin vio desembarcar a una dama acompañada por una camarera y cuatro lacayos armados como conviene cuando se va de viaje. La dama se echó hacia atrás el capuchón de terciopelo y descubrió un rostro joven de una gran belleza, y un magnífico cabello rubio; Corentin la reconoció con un escalofrío de alegría y no pudo evitar echar a correr hacia ella: ¡era Marie de Hautefort!

Olvidando toda prudencia y pensando únicamente en la alegría que aquella recién llegada podía causar a Sylvie, estaba a punto de abordarla cuando un pensamiento le retuvo: la dama de compañía de la reina formaba parte de un mundo al que Sylvie ya no tenía acceso, un mundo para el cual ella era tan sólo una sombra, pero en el cual los Gondi ocupaban todavía un lugar.

A disgusto, dio media vuelta y echó a correr; pero ella le había visto y mandó tras sus pasos a uno de sus lacayos, al que apenas costó esfuerzo dar alcance a un hombre que se alejaba a regañadientes.

— Por favor -dijo aquel muchacho de sólidas pantorrillas-, mi ama desea hablaros.

Las dudas de Corentin se disiparon. La ocasión era demasiado buena para no aprovecharla, y, un instante más tarde, se inclinaba ante la joven, que le sonrió.

— ¿Se encuentra bien ella? -preguntó.

— Muy…, muy bien, señora -respondió él, aún jadeante.

— Decidle que iré a verla después del almuerzo. El protocolo me obliga a alojarme en casa de la señora duquesa de Retz, pero enseguida haré que me conduzcan a su residencia. Si estoy aquí, es por ella…

— La haréis feliz, pero… no le traéis malas noticias, ¿verdad?

— Como no nos hemos visto durante más de dos años, por fuerza hay de todo, pero no me parece que lo malo sea lo que predomine. ¡Id a avisarla, amigo mío!

Corentin no se lo hizo repetir dos veces. Subió por la calle mayor de Haute-Boulogne y recorrió el camino hasta el puerto del Socorro a tal velocidad que llegó echando los bofes y se dejó caer en el banco colocado junto a la chimenea en que Jeannette preparaba una sopa. En cuanto hubo recuperado el aliento, lanzó la noticia como un son de trompeta.

— ¡Mademoiselle de Hautefort está aquí, y seguramente vendrá a ver a Sylvie!

— ¡Corre a avisarla! Está abajo, pescando cangrejos con los pies en el agua. ¡Dios mío! ¡Estoy impaciente por saber qué noticias trae! Pero entretanto tendré que poner un poco de orden. ¡Esta casa es una leonera!

Era una afirmación muy exagerada, pero apenas se hubo marchado Corentin hacia la playa, Jeannette empezó a poner todo patas arriba. Trabajaba con tanta energía que no oyó el grito de alegría de Sylvie. La llegada de su amiga era para la exiliada una respuesta del Cielo a sus incesantes oraciones pidiendo por lo menos noticias de François. Aquel silencio demasiado largo se le hacía insoportable.

Cuando apareció Marie, se abrazaron sin pronunciar palabra, demasiado emocionadas para hablar; pero no eran mujeres para detenerse demasiado tiempo en emociones. Tomadas de la mano, fueron a sentarse en el banco de piedra que Corentin había colocado en la parte trasera de la casa, junto a una gran mata de retama. Sylvie se sentía tan feliz que no podía hablar y se contentaba con mirar a su amiga con una ancha sonrisa y ojos cuyo intenso brillo revelaba que las lágrimas estaban próximas. Marie sintió las manos de su amiga temblar en las suyas.

— He venido a buscaros -dijo con una dulzura muy poco habitual en ella-. Ha llegado el momento de regresar al mundo de los vivos.

— ¿Es François quien os envía?

— ¡Dios mío, no! No me envía nadie. Vuestro héroe está al lado del rey, con el ejército que sitiará Arras. La corte se encuentra en Amiens. Quiero añadir que el abate de Gondi, que os besa las manos, aprueba mi gestión. Los dos pensamos que ya no estáis segura en este lugar.

La decepción borró la sonrisa de Sylvie.

— Así pues, ¿el abate ha vuelto de Italia?

— Hace meses. Es un hombre que no puede vivir mucho tiempo lejos de la Place Royale. Además, como es insaciablemente curioso e intrigante, consigue enterarse de cosas en verdad extraordinarias. Por ejemplo, de que el teniente civil, que procede del Delfinado, tiene familia en La Roche-Bernard y planea irse a vivir allí cuando deje su cargo. Lo cual no tardará en ocurrir, porque acaba de escapar a dos atentados y siente la necesidad de cambiar de aires.

La siniestra silueta de su verdugo, evocada de improviso bajo el cielo de su isla, hizo estremecerse a Sylvie, que palideció.

— ¿Y dónde está La Roche-Bernard?

— No muy lejos. De camino para embarcar en Piriac. De modo que, como he dicho, vengo para llevaros conmigo…

— Si es para encerrarme en un convento como desea el señor Vincent de Paul, y por tanto también el señor de Beaufort, y como sueña además Madame de Gondi, prefiero correr el riesgo de quedarme aquí. No estoy sola; hay quien vela por mí, y soy muy capaz de defenderme…

Marie se echó a reír.

— ¿Quién ha hablado de convento? Os conozco demasiado para saber lo poco que os gustan las tocas. Os llevo de vuelta…

— ¿A París? -exclamó Sylvie, recuperando la esperanza-. ¿La reina me llama a su lado?

Le tocó entonces a Marie el turno de entristecerse:

— La reina os cree muerta, mi gatita. Y añadiré que apenas os ha llorado. Aún siento afecto por ella, pero he de reconocer que es una mujer olvidadiza, egoísta… ¡y no demasiado inteligente!

Se produjo un silencio que permitió a Sylvie sopesar las últimas palabras.

— Nunca creí que os oiría decir algo así -observó finalmente-. Pero… ahora que lo pienso, si la corte está en Amiens, ¿qué hacéis aquí?

— Es que ya no formo parte de ella.

— ¿Ya no sois dama de compañía?

— ¡Pues no! Y os diré, además, que he sido exiliada… para complacer al señor de Cinq-Mars. Sin duda recordáis al señor de Cinq-Mars, aquel encantador oficial de la Guardia protegido del cardenal, que os acompañó al palacio de éste y rechazaba con tanto empeño el cargo de maestre del guardarropa del rey.

— Sería difícil olvidarlo. Siempre se mostró amable…

— Ahora lo es mucho menos. Hasta el año pasado, tal vez os acordáis de ello, yo había tomado… el relevo de Mademoiselle de La Fayette. El rey me cortejaba con asiduidad, no veía más que con mis ojos cuando no lo maltrataba demasiado, y todavía más cuando sí lo maltrataba. Dio fiestas en mi honor, y escribió ballets que bailábamos juntos. Después del nacimiento del delfín, en la corte reinaba una alegría loca…

— Pero nunca habéis…

— ¿Qué? ¿Cedido ante el rey? ¿Por quién me tomáis? Le dejaba quererme. Si lo hacía era por su cuenta y riesgo, y él lo sabía. Por otra parte, nunca le pedí nada, ni un favor ni un cargo, salvo en una única ocasión, cuando le rogué que nombrara a mi abuela gobernanta del niño, y después dama de honor en sustitución de Madame de Senecey. Se negó, y comprendí el motivo.

— Pero ¿qué tiene que ver con todo eso el señor de Cinq-Mars?

— ¿Que qué tiene que ver? Pues sencillamente que hoy en día él es el favorito del rey. El cardenal, que me detesta, ha dado un golpe maestro. ¡Ese muñeco hace que el rey coma de su manita! Se hace cubrir de oro, e incluso le ha pedido el cargo de Gran Escudero, que seguramente conseguirá. Le llaman Monsieur le Grand…, lo que no le impide correr cada noche al Marais, en cuanto el rey se acuesta, para visitar a su querida, la bella Marión de Lorme.

— ¿Es posible que os haya reemplazado en el afecto del rey?

— ¡Pues sí! Pero eso no le ha bastado. Con el fin de consolidar su poder sobre nuestro Sire, ha querido reinar solo y ha exigido mi despido. Supongo que algo ha tenido que ver también el cardenal… Así pues, me han hecho saber que mi presencia ya no era deseada. Y un buen día, como le había ocurrido antes a Louise de La Fayette, había una carroza esperándome para devolverme «a mi familia» en presencia de toda la corte.

Su voz se quebró y apenas consiguió retener un sollozo. Sylvie adivinó lo que habría debido de ser, para la orgullosa Hautefort, aquella humillación pública.

— Pero ¿qué os reprochan?

— ¡Que ya no gusto…, e incluso que molesto! -repuso Marie con rabia-. El rey debió de darse cuenta de lo que sentía porque, en el momento de mi reverencia, me tendió la mano y me dijo: «¡Casaos! Os daré una buena posición…»-Pero, mientras tanto, os mandaba al exilio sin un motivo. ¿Y la reina, qué ha dicho?

Marie se encogió de hombros con pesar.

— Me abrazó en privado, pero no hizo nada por conservarme a su lado. Y además… está de nuevo encinta.

Sylvie abrió los ojos como platos.

— Pero… ¿cómo lo habéis conseguido? François…

— Oh, él no ha tenido nada que ver en este asunto. Por lo demás, me pregunto cómo se habrá tomado la cosa…

— ¿Quién, entonces?

Esta vez Marie se echó a reír, y al oír aquella explosión de júbilo Sylvie se dijo que tal vez el mal no fuera tan grande como había pensado.

— Se diría que no tenéis mucha fe en la virtud de vuestra reina. ¡Pues el rey, hija mía! ¡El rey, al que Cinq-Mars ha llevado a rastras, por así decirlo, a la cama de su esposa, con la amenaza de dejar de verle durante un mes por lo menos, si no lo hacía! Oh, el favorito tiene un enorme poder: dijo que era preciso asegurar la descendencia antes de que la reina dejase de estar ya en estado de procrear. Se espera el nacimiento para el mes de septiembre… ¡Lo cual no significa que el rey ame más a su mujer! Sospecha de ella más que nunca. Por esa razón no le guardo demasiado rencor. Tanto más que su nueva dama de honor, Madame de Brassac, es una fiel del cardenal, lo mismo que su esposo, que como por casualidad ha sido nombrado superintendente de la casa de la reina. ¡Ah, me parece que se han acabado los tiempos de las bellas aventuras amorosas…!

— Nada ha terminado si ella sigue amando a François tanto como él la ama.

— Ésos eran, en efecto, sus sentimientos cuando me fui. Pero…

— ¿Pero?

— ¿Recordáis todas las cosas bonitas que la reina recibió de Italia en el momento de la concepción del delfín? -preguntó Marie.

— Ya lo creo. Las enviaba un tal monsignore Maz…, Maz…

— Mazarini. Pues bien, se presentó el pasado mes de enero para reemplazar al padre Joseph en la confianza de Richelieu. Se ha hecho francés y ahora se hace llamar Mazarino. La reina lo ve con buenos ojos… -Y de súbito la orgullosa Hautefort explotó de nuevo-: ¡El muy bellaco! Ese falso sacerdote es un verdadero intrigante, hijo de un criado del príncipe Colonna. ¡Y se atreve a pavonearse delante de la reina de Francia!

— También me acuerdo de que lo detestabais. Diría que no ha mejorado la opinión que tenéis de él.

— Lo aborrezco. ¡Y más aún porque, como dice mi abuela, se parece al difunto milord Buckingham! ¡Esa clase de parecidos es peligrosa!

— ¡Pobre François! -murmuró Sylvie, siempre inclinada a compadecer al que tanto amaba y que, en cambio, parecía haberla olvidado…

Marie se mordió la lengua. Iba a decir que Beaufort no era tan digno de lástima, pero se detuvo a tiempo porque pensó que de momento Sylvie ya sabía bastante. Se levantó y sacudió su vestido, en el que habían quedado prendidas algunas florecillas de retama.

— ¡Ya hemos hablado bastante por hoy! Tenéis que prepararos, Sylvie, nos iremos mañana con la marea del amanecer…

— Pero ¿adónde me lleváis? Estoy bien aquí…, soy casi feliz -dijo Sylvie extendiendo los brazos para abarcar el paisaje marino que la rodeaba.

— Vuestra felicidad durará poco si Laffemas os descubre. Corréis el riesgo de ser raptada de nuevo, con todas las consecuencias que eso comporta. Os llevaré junto a mi abuela, al castillo de La Flotte. Es allí donde he sido «consignada», y más vale que regrese lo antes posible…

— Os seguiré con gusto, y lo mismo harán mis compañeros, pero ¿qué dirá el señor de Beaufort, que se ha tomado tanto trabajo para encontrarme un buen escondite?

— Me parece que tendréis ocasión de preguntárselo: entre La Flotte y Vendôme apenas hay diez leguas de distancia.

El rostro de Sylvie se encendió y sus ojos brillaron con más intensidad.

— ¿De verdad?

— ¿Os he mentido alguna vez? Os diré, además, que mi abuela es una Du Bellay (ya veis que si añadimos a Bertrand de Born, que fue vizconde de Hautefort, en mi familia no faltan los poetas) y que su sobrino, Claude, es el actual gobernador de Vendôme…

Esta vez Sylvie la abrazó con ímpetu.

— Voy a decir que preparen todo para nuestra marcha… -exclamó jubilosa.

Corría ya hacia el interior de la casa pero de repente se detuvo y volvió despacio hacia su compañera, con aire de preocupación.

— Sin duda tendré que ir a despedirme de la señora duquesa de Retz -murmuró.

— Y la idea no os seduce. Tranquilizaos, no será necesario. Vuestra marcha debe realizarse con la máxima discreción, y la marea llega a las cinco de la mañana. Además, esta casa es vuestra, y tenéis todo el derecho a hacer un viaje corto sin pedirle permiso. Ahora os dejo: tenéis cosas que hacer, y yo también. Dos de mis lacayos vendrán por la noche a hacerse cargo de vuestro equipaje…

— Apenas tenemos…

— Entonces será más fácil. En cuanto a vos, ¿tendréis valor para bajar a pie hasta el puerto antes del amanecer?

— Claro que sí. No está tan lejos.

— Estad allí a las cuatro y media. El barco se llama Saint-Cornely, y el patrón estará prevenido.

— Si tan importante es la discreción, no enviéis a vuestros criados. Os repito que tenemos pocas cosas: simples sacos, fáciles de transportar. Y Corentin es fuerte.

— Tenéis razón. Soy una pésima conspiradora.

— Siempre me ha parecido lo contrario. Pero ¿de verdad vamos a conspirar?

— ¡No haremos otra cosa! No contra el rey ni contra la reina, por supuesto, sino contra ese maldito ministro, contra su compinche y contra su verdugo.

Todavía era de noche cuando el Saint-Cornely abandonó el puerto de Le Palais. En el faro que señalaba la entrada todavía ardía el fuego, y sus reflejos rojos danzaban sobre la mar, algo picada aquella mañana. Al doblar la punta nordeste de la isla de Houat, se cruzaron con un barco procedente de Piriac. Llevaba a un único viajero. Era Nicolas Hardy, sin duda el mejor sabueso de Laffemas, que le había enviado como explorador disfrazado de mercero, y como tal visitaría a los habitantes de Belle-Isle a fin de decidir si sería interesante para su amo desplazarse allí en persona. Los marineros se saludaron al pasar, pero sus pasajeros, sentados en el fondo, resultaban invisibles desde la otra embarcación. Además, envueltas en sus largas capas y con los capuchones bajados, las dos mujeres eran irreconocibles.

Feliz por aproximarse a François, Sylvie se dejaba mecer por el oleaje. Por haber acompañado varias veces a Corentin en un barco de pesca, sabía que la mar era su amiga y no le produciría el menor mareo.

Cuando amaneció, la isla estaba ya muy lejos. Sus altos acantilados no eran más que una silueta en el horizonte. Sylvie pensó entonces, en voz alta:

— ¡Me gustaría volver aquí! ¡No puede uno imaginarse hasta qué punto es hermosa esta isla!

— Vuestro querido François me ha atiborrado los oídos muchas veces -dijo Marie-. No estaba equivocado, por lo que he podido ver.

— De no ser por ciertas personas, sería posible vivir muy feliz allí.

— Eso, querida, vale también para muchos otros lugares del mundo. Espero que os gustará el sitio adonde os llevo.

SEGUNDA PARTE

Un camino lleno de obstáculos

5. El país de los poetas

Marie de Hautefort, al igual que Théophraste Renaudot, se equivocaba al pensar que el duque de Beaufort ya no amaba a la reina. La ostentación de sus nuevos amores con la bella Marie de Montbazon respondía sobre todo a la necesidad de dar que hablar de sí para que el rumor llegara a los oídos reales, y de alardear de una amante capaz de suscitar los celos de cualquier mujer.

Se había enredado en esta aventura después de que la Gazette anunciara el nuevo embarazo de Ana de Austria. Consciente de que en esta ocasión él no era el padre, la ira le había llevado directamente a Saint-Germain donde la corte, abandonando el viejo Louvre en obras, se había instalado desde el triunfal anuncio de un nacimiento en el que ya nadie creía. El aire era mucho más limpio que el de París, y los jardines dispuestos en terrazas, con sus suaves aromas a la llegada de la primavera, sustituían con ventaja el ruido y las pestilencias de la capital. La única conclusión que importaba a François de la nueva instalación era que su amada vivía demasiado lejos del hôtel de Vendôme y, en la casa de cristal que era Saint-Germain, resultaba imposible verla en privado. No obstante, había marchado, a caballo y sin la escolta de ningún escudero, abrasado por la furia de los celos, con la idea de que le bastaría una mirada para descubrir al hombre que le había sustituido en el corazón y en el lecho de su bienamada, porque se negaba a creer que fuera el rey.

En aquellos comienzos del año, los caminos se encontraban en un estado deplorable: un súbito ascenso de las temperaturas había transformado la nieve en barro y las placas de hielo en charcos. Sin embargo, una larga hilera de carrozas avanzaba a paso lento en dirección al castillo. El furioso caballero la adelantó, no sin provocar algunas protestas, pero cuando por fin descabalgó delante de la escalinata del Château-Neuf, se dio cuenta de que sus botas y su gran capa mostraban más barro del conveniente para aparecer en un salón. La capa quedó en manos de un lacayo que llevó su obsequiosidad hasta limpiar un poco las botas a fin de que las alfombras de los aposentos no se resintiesen demasiado. No por ello estaba menos salpicado Beaufort cuando llegó al Grand Cabinet, donde recibía la reina.

Había mucha gente, más de la que él habría deseado; y también el paisaje de la corte le pareció distinto. La amable Madame de Senecey había dejado su lugar a una mujer hombruna, no mal parecida pero que se daba aires de carabina española; la Aurora ya no animaba la reunión con su resplandor y sus réplicas cáusticas. Finalmente, aunque el batallón de las doncellas de honor, agrupado en un rincón, parecía siempre igual a sí mismo, el visitante se sorprendió buscando una guitarra y una carita vivaz asomando bajo unos cabellos resplandecientes sujetos con cintas amarillas… También la atmósfera había cambiado. Sabía que su presencia en la corte no era deseada por el rey ni por el cardenal, pero no esperaba quela concurrencia le observara de reojo con tanta curiosidad, cuchicheando a su paso. Alguien intentó tomarle del brazo, pero él se desasió con brusquedad, sin mirar. Sólo veía a la reina, vestida de raso rosa con encajes blancos que componían un bonito estuche para su garganta. Sonreía a un hombre moreno, delgado y de aspecto agradable, que llevaba el hábito negro de los eclesiásticos de la corte, realzado con ribetes violetas, y conversaba con ella desde muy escasa distancia.

Ella le pareció más bella, más deseable aún que en sus recuerdos, y se detuvo, sin atreverse a aproximarse hasta que ella le vio con un sobresalto.

— ¡Ah, señor de Beaufort! Venid aquí, que tengo que reñiros. Os hacéis muy caro de ver en los últimos tiempos…

Aquellas palabras amables habrían tenido que poner algo de bálsamo en las heridas de François, pero el tono mundano e indiferente les quitaba todo valor. Además, el abate se había vuelto hacia él, y una bocanada de cólera extinguió la decepción: desde su primer encuentro años atrás, cuando era nuncio del Papa, Beaufort sabía que siempre detestaría a monsignore Mazarini.

Sin embargo, éste le saludó con la sonrisa abierta de las gentes decididas a gustar, y Ana de Austria esbozaba ya una presentación:

— Seguramente no conocéis a…

No tuvo tiempo de pronunciar el nombre. Beaufort respondía ya, con relámpagos en los ojos e inclinando apenas el busto:

— Oh, ya he conocido al señor abate, pero no pensaba que volvería…

Fue el interesado quien se encargó de responder. Con una graciosa inclinación del cuerpo y una sonrisa más graciosa aún bajo el fino bigote de puntas galantemente realzadas, dejó oír una voz sedosa en un francés cantarín:

— Su Eminencia el cardenal de Richelieu me ha llamado a su lado para que le asista en su pesada tarea.

— No me gusta el cardenal, pero es francés. ¿Para qué diablos habría de necesitar a un italiano?

— ¡Beaufort! -exclamó la reina-. Olvidáis dónde os encontráis, y ese defecto empieza a ser demasiado frecuente para gustarme…

— ¡Dejadlo, señora, dejadlo! El señor duque ignora que ahora soy francés, y enteramente dispuesto a consagrarme a mi nueva patria. Así pues, nada de Mazarini. Ha bastado una orden de Su Majestad el rey para que nazca Mazarino. Enteramente a vuestro servicio…

— El del Estado debería bastaros, señor. ¡Yo no os necesito! -replicó Beaufort con una dureza que le valió una nueva llamada al orden de Ana de Austria.

— Yo pensaba -dijo con aspereza- que habíais venido, como todos aquí, a ofrecerme vuestros votos para el hijo que espero, pero se diría que únicamente os habéis molestado en venir para provocar a mis amigos.

— ¿Es que el señor se cuenta ahora entre vuestras amistades? Es cierto que desde Roma os cubrió de magníficos regalos, pero para una reina de Francia las personas de esa clase se llaman proveedores, no amigos…

Roja de furia, Ana de Austria se disponía a golpear al insolente con su abanico, cuando al lado de Beaufort, en un nivel más bajo, se oyó un parloteo irritado: un niño vestido de raso blanco con un bonete a juego, todavía entre las manos de su gobernanta, hacía esfuerzos para caminar sin perder el equilibrio e ir a golpearle con sus puñitos crispados.

— ¡Mamá…, mamá! -gritaba, al tiempo que fulminaba con sus ojos azules a aquel intruso desagradable que parecía haberla ofendido.

¡Era Luis, el delfín!

Presa de una emoción demasiado fuerte para poder reprimirla, François dobló la rodilla, por respeto pero sobre todo para ver mejor a aquel niño de dieciocho meses que no había previsto encontrar y que hizo palpitar su corazón.

— ¡Monseñor! -murmuró con una infinita dulzura en su voz, y no pudo añadir nada más, dividido entre el deseo de llorar y el de tomar a aquel hombrecito en sus brazos: estaba tan encantador con su carita redonda y los grandes rizos, del mismo color rubio de su madre, que asomaban bajo su bonete…

Pero al niño no le había gustado aquella falta de protocolo, porque seguía gritando lo que, en su media lengua, no podían ser más que insultos entrecortados con llamamientos frenéticos a «mamá». La reina reía ahora, y tendía sus brazos hacia el pequeño, cuando se oyó una nueva voz:

— ¡Se diría que mi hijo no os quiere, sobrino! Si os sirve de algún consuelo, sabed que tampoco yo le gusto. En cuanto me ve, grita como si viese al diablo y llama a su madre.

El rey, en efecto, tomó en brazos al bebé, que se dobló hacia atrás con la esperanza de escapar a su abrazo al tiempo que chillaba con más fuerza. De modo que el rey ni siquiera intentó besarlo, y lo depositó sin demasiados miramientos sobre las rodillas de la reina. Su rostro anguloso estaba aún más sombrío que de costumbre, si tal cosa era posible.

— ¿Qué os decía? -gruñó-. ¡Bonita familia formaremos si el niño que ha de venir se le parece! ¡Venid, Monsieur le Grand! ¡Vámonos!

Las últimas palabras iban dirigidas al magnífico joven vestido de brocado gris y raso dorado que, después de saludar a la reina, se había apartado unos pasos. Beaufort, que no le veía hacía mucho tiempo, pensó que el joven Henri d'Effiat de Cinq-Mars había recorrido mucho camino y era todavía más guapo que antes. Tal vez se debía al aire triunfal que emanaba de su persona. Aquel joven de veinte años tenía al rey en la palma de la mano sin que por ello se le pudiera acusar de vicio contra natura. Era conocida su pasión por Marión de Lorme, la más bella de las cortesanas, y se decía incluso que quería casarse con ella; y por otra parte, el horror del rey por las manifestaciones de la carne no dejaba ninguna duda acerca de la naturaleza de sus relaciones. Luis XIII se había sentido cautivado por un milagro de belleza, como Pigmalión por su estatua, con la diferencia de que Cinq-Mars atormentaba a su amo continuamente, algo de lo que sería incapaz una estatua.

Así, en lugar de dejarse llevar, se resistió.

— Permitidme al menos, Sire, saludar al señor duque de Beaufort. Sabéis hasta qué punto aprecio la bravura y el valor militar, ¡y él tiene para dar y regalar! ¡Es un placer muy raro el de encontraros, señor duque! Permitidme que lo aproveche para declararos mi amistad…

— ¿Cómo es posible que no os encontréis nunca? -gruñó el rey-. ¿No sois los dos habituales de la Place Royale o de sus inmediaciones?

— Yo frecuento sobre todo el garito de la Blondeau, Sire -dijo Beaufort con una sonrisa irónica-, y Mademoiselle de Lorme vive en el otro extremo. ¡No hay la menor oportunidad de que nos veamos!

— Muy pronto os proporcionaré la ocasión. ¡En Artois, que vamos a recuperar para el reino! Doscientos milhombres al mando de los mariscales de Châtillon, de Chaulnes y de La Meilleraye han recibido la orden de tomar Arras. ¡Responden de ello con sus cabezas!

Un estremecimiento recorrió a los presentes. Pero Luis XIII tenía aún algo que añadir y se volvió a su esposa, que había palidecido y abrazaba nerviosa a su hijo:

— Estoy decidido, señora, a extirpar la peste española de mi reino, a cualquier precio. Este niño no reinará sobre una Francia amputada por culpa de los vuestros.

Era un ataque brutal. Beaufort comprendió la angustia de Ana y recogió valerosamente el guante.

— Podéis estar seguro, Sire -dijo-, de que todos los aquí presentes combatiremos con el encarnizamiento necesario para que las cabezas de nuestros mariscales sigan sobre sus hombros. ¡Están vertiendo su sangre con demasiada generosidad para que la que aún les queda sea vertida en un cadalso!

Dicho lo cual, saludó y salió, con un regusto amargo en la boca. La orden bárbara que acababa de anunciar el rey le llenaba de odio y horror, no hacia Luis XIII sino hacia quien con toda evidencia la había sugerido, el hombre que se había propuesto eliminar a todos los grandes del reino: ¡el cardenal! Tal vez había llegado el momento de pensar en eliminarlo, antes de que la sangría dejara exhausta a la alta nobleza.

Con todo, de su visita a Saint-Germain, François recordaría con simpatía al joven favorito, debido al detalle amistoso que había tenido con él en un momento en el que acababa de recibir una doble herida: la mujer que amaba estaba encinta de otro, sonreía a un bellaco, y el niño hacia el que se sentía atraído su corazón lo había detestado nada más verlo. Era peor que una derrota: un desastre, y François pensó que, a la espera de la borrachera de las batallas, necesitaba otra de una especie distinta. ¡Varias otras, incluso! Aquella noche, en casa de la Blondeau ganó al juego pero se emborrachó como una cuba, y al día siguiente tomó casi por asalto a Marie de Montbazon, a quien encontró en un baile organizado por la princesa de Guéménée, tal vez el último porque se susurraba que después de una vida de amores tumultuosos, entre los cuales uno de los últimos había sido el abate de Gondi, la princesa, llegada ya a la cincuentena, tenía la intención de entrar en religión.

En realidad, la bella duquesa apenas se defendió. Hacía años que ella y François intercambiaban escaramuzas, hasta el punto de que muchas veces se había dado como segura una aventura hasta entonces puramente imaginaria. Aquella noche, después de que ambos bailaran juntos una de esas pavanas lentas y graciosas que pretendían evocar el cortejo amoroso del pavo real, François llevó a su acompañante a una pequeña habitación apartada donde la dueña de la casa solía tener sus citas, y, apenas hubieron entrado, la estrechó entre sus brazos y la cubrió de besos antes de colocarla sin más ceremonia sobre un sofá en el que su vestido plateado se abrió como una flor.

Ella no se había defendido de los besos, e incluso los había devuelto, pero cuando él quiso ir más lejos, ella lo sometió al doble fuego de sus magníficos ojos azules, colocó su mano como una muralla entre su boca y la del asaltante, y dijo con mucha calma:

— Aquí no.

— ¿Dónde, pues? ¡Os quiero! ¡Os quiero ahora mismo!

— ¡Diablos, cuánta urgencia! Me halagáis, por más que vuestro interés resulte un poco repentino. ¿Habéis descubierto tal vez…?

— ¿Que os amo? La verdad es que no lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que si no queréis ser mía, provoco al primero que vea a duelo y me hago matar… o lo mato, lo que vendrá a ser lo mismo, porque me mandarán al patíbulo.

— ¡Más y más halagador! Pero vais a esperar, mi guapo amigo, digamos… ¿hasta medianoche? En mi casa.

— ¿Y vuestro esposo?

— Ausente. El gobernador de París se ha trasladado a su castillo de Rochefort-en-Yvelines. De todas maneras, a sus setenta y dos años, a Hercule le preocupa muy poco lo que yo haga.

Más tarde, en el gran hôtel de la Rue des Fossés-Saint-Germain, aún visitado por el fantasma del almirante Coligny, asesinado en él durante la noche de San Bartolomé, François vivió la noche más ardiente que había conocido hasta entonces, y al llegar la mañana se descubrió enamorado -por lo menos desde el punto de vista físico- de una mujer cuya increíble belleza había descubierto con delicia. El cuerpo de Marie, de un blanco apenas rosado, engastado en una masa brillante de cabellos casi negros, era la perfección misma, pero una perfección animada por la pasión y más conocedora de las artes del amor que una cortesana. Lo que François ignoraba es que Marie lo amaba desde hacía mucho tiempo, y que, teniéndolo por fin a su merced, estaba decidida a conservarlo. En cuanto a él, había buscado un escape a la furia de los celos pero se encontró atrapado en una dulce trampa que se cerraría sobre él por un tiempo bastante mayor del que imaginaba.

Cuando, antes del alba, dejó el hôtel de Rohan-Montbazon, tenía la impresión de haber hecho un alto refrescante en algún delicioso oasis después de largos días de marcha por un desierto ardiente; y durante el tiempo en que Ana sufriese los inconvenientes del embarazo, se disponía a desplegar ante sus ojos la imagen de una felicidad quizás un poco ficticia, pero lo bastante convincente para una mujer quince años mayor que él. Sabía que el amor no había muerto pero, con la ayuda de Marie, conseguiría vivirlo de una forma menos dolorosa…

Naturalmente, se las arregló para que la noticia llegara a París con la máxima rapidez y luego al Château-Neuf antes de difundirse entre todos los posibles interesados a lo largo y ancho de Francia. Mademoiselle de Hautefort se enteró poco antes de dejar la corte, pero la conservó cuidadosamente en el fondo de sí misma, decidida a no mencionarla jamás delante de Sylvie.

Todavía pensaba en ello mientras la llevaba consigo a la residencia campestre de su abuela. El valle del Loira no estaba tan lejos de París. Los ecos de la capital llegaban hasta allí, pero a pesar de ello estaba tranquila: después de todo, hacía años que se asociaba el nombre de François al de la bella duquesa. Sylvie no lo ignoraba, y era muy posible que no diese más importancia a los ecos recientes que a los de otras épocas…

A pesar de que el paisaje tenía muy poco parecido con las inmensidades del océano, el castillo de La Flotte sedujo a Sylvie. Situado sobre una colina, en la confluencia del Loira y la Braye, poseía el encanto de las viejas mansiones visitadas por el talento. Lo que aún conservaba de su estructura feudal parecía una capa echada negligentemente sobre una preciosa mansión con ventanas de ajimeces esculpidos como joyeles bajo unos altos tragaluces decorados con florones. Un jardín en terrazas desplegaba ante la fachada principal un brocado de arbustos de boj y floridos arriates, mientras que en la parte de atrás un parque con árboles añosos constituía un fondo ideal sobre el que destacaban las piedras blancas y las pizarras azules.

Para Marie se trataba del hogar de su infancia -¡mucho más que Hautefort, en el Périgord!-, porque era el de su madre, Renée du Bellay, muerta al darla a luz pocas semanas después de que su esposo, Charles de Hautefort, hubiera caído en Poitiers durante una escaramuza. Aquel matrimonio ejemplar dejó cuatro hijos: Jacques, nacido en 1610; Gilles, nacido en 1612; Renée, en 1614, y Marie, en 1616. Madame de La Flotte, su abuela, había criado a los pequeños en este rincón encantador del Vendômois y en París, donde la familia, muy rica, poseía una magnífica mansión.

Cuando llegaron después de un viaje sin contratiempos, en La Flotte únicamente estaba la señora. De los dos hermanos de Marie, Gilíes, el menor, se había incorporado en Artois a las tropas del mariscal de La Meilleraye, y el mayor estaba en el Périgord. Tenía el título de marqués de Montignac y vivía dedicado a su señorío de Hautefort, donde había mandado construir, en torno de una hermosa residencia renacentista, un magnífico castillo a la altura de las glorias familiares. Apasionado por la construcción en una época en que Richelieu derribaba tantas torres señoriales, veía en aquella afición una manera elegante de resistir a una tiranía sublevadora en el sentido más estricto del término. En cuanto a Renée, se había convertido por matrimonio en duquesa d'Escars y se ocupaba en las posesiones de la familia en dar descendencia a su esposo, muy al contrario que el primogénito, que no quería oír hablar de matrimonio.

— ¡Ni mujer ni hijos, sino el castillo más bello del mundo, ésa es su divisa! -explicó Madame de La Flotte mientras guiaba a Sylvie y Jeannette a sus aposentos-. No hace falta decir que apenas le vemos. Cuenta con su hermano para perpetuar el nombre…

Sylvie conocía ya a la abuela de Marie, por haberla encontrado varias veces en el Louvre o en Saint-Germain. Era entonces una dama anciana y prudente, dotada por la naturaleza de una belleza tan grande que aún podía lucir algunos restos: la Aurora había heredado su cabello rubio y su tez sonrosada. Su nombre de soltera era Catherine le Vayer de La Barre, de una familia terrateniente de los alrededores, y se había casado por amor con René II du Bellay, que la había hecho señora de La Flotte al regalarle la propiedad. Era una mujer tan inteligente como cariñosa, adoraba a su hija y sus nietos, y sin duda habría sido mucho mejor gobernanta para el delfín que la seca marquesa de Lansac, cuyo único atributo para merecer el cargo residía en que era una incondicional del cardenal. Bastaba para convencerse de ello ver con cuánta autoridad llena de buen humor dirigía a su numerosa familia.

Como además poseía un sentido muy vivo de la hospitalidad y una gran generosidad, dedicó a Sylvie una acogida calurosa y reconfortante, sin extrañarse de recibir a una señorita de Valaines que había conocido antes como Mademoiselle de l'Isle. Sin duda Marie la había informado de todo, y se diría que aquel cambio de identidad la complacía.

— Es muy agradable saber a qué atenerse en relación con alguien -declaró de buen humor-. En otro tiempo fui una de las damas de la reina María, y recuerdo muy bien a vuestra madre, cuando llegó en 1609 de Florencia acompañada por su hermano mayor. Sólo tenía doce años pero era preciosa: una pequeña madona. Os parecéis un poco a ella… pero sois distinta, y también muy bonita. Ya tendremos tiempo de hablar.

Además de reconfortarla, aquellas palabras abrieron ante Sylvie una perspectiva inesperada: al oír hablar a Madame de La Flotte del hermano mayor que había llevado a Chiara Albizzi a París, se dio cuenta de que lo ignoraba todo de la familia florentina en cuyo seno había nacido su madre. Nadie le había hablado de ella desde su llegada a Anet, y con razón, porque Madame de Vendôme se había esforzado en hacer que sus recuerdos se borraran. Mademoiselle de l'Isle no tenía ningún punto en común con Florencia y sus habitantes, pero al volver a ser ella misma, Sylvie se prometió intentar saber más cosas. Y a la espera de poder interrogar a su anfitriona, empezó por hacer algunas preguntas a Corentin. Éste admitió su ignorancia con una nota de tristeza que no pasó inadvertida a Sylvie.

— Es el señor caballero el que conoció bien a vuestra familia, mademoiselle, y es poco hablador. Nunca me ha dicho nada… ¿Tenéis ganas de marchar lejos de Francia? -añadió, con una inquietud que no intentó ocultar.

— Ni de marcharme ni de llevarte conmigo -repuso Sylvie-. ¡No tengas miedo!

— No tengo miedo…

— ¡Oh, sí! Y te preguntas, igual que yo misma, cuánto tiempo tendremos que estar aún separados de mi querido padrino. Debes de echarle de menos tanto como yo misma… -Dejó pasar aquel instante de emoción, y luego, de improviso, dijo-: ¿Por qué no vuelves con él, Corentin? Debe de sentirse muy infeliz sin ti, e imagino que tú también sin él.

— Sin duda, pero no me perdonaría que faltara a mi deber, que es protegeros. Yo elegí ese camino el día en que me lancé tras la carroza de Laffemas…

— Nunca te lo agradeceré bastante, pero creo que puedes considerar que Mademoiselle de Hautefort ha tomado el relevo. Ya no estoy sola en el fin del mundo…

Por la mirada que él le dirigió, advirtió que la idea le atraía. Sin embargo, aún puso una objeción:

— No podré entrar si la casa está vigilada…

— ¿Después de dos años? Los espías se habrán cansado ya. Además, puedes cambiar de aspecto… o representar la comedia del herido grave. Yo estoy muerta, es cierto -añadió con una amargura que no pudo reprimir-, pero ¿tú? ¿Por qué al intentar salvarme no habrías podido resultar herido de gravedad? Y así se explicaría una ausencia tan larga.

— ¿Por qué no, en efecto? -exclamó Marie, que había escuchado la conversación-. ¡Bravo, querida, imaginación no os falta! En cuanto a vos, Corentin, podéis ir sin temor a reuniros con vuestro amo. Él será doblemente feliz, porque le llevaréis noticias de su ahijada. Y podéis estar seguro de que aquí no bajaremos la guardia.

No añadió que, por su parte, tramaba un plan para poner definitivamente a salvo a Sylvie, pero Corentin ya no necesitaba más argumentos. Al día siguiente se fue de La Flotte, llevándose una larga carta de Sylvie y las lamentaciones de la pobre Jeannette, que veía alejarse una vez más un matrimonio del que hablaban hacía ya bastantes años.

Con la llegada del verano, Sylvie se abandonó a los placeres de la vida en el castillo, rodeada únicamente por amigos. Los jardines desbordaban de flores. Madame de La Flotte resultaba una compañía muy agradable, y mientras Marie pasaba el tiempo urdiendo planes, cada uno más belicoso que el anterior, Sylvie charlaba con su abuela, que recordaba su primera juventud -había nacido durante el reinado de Carlos IX, a medio camino entre la noche de San Bartolomé y la muerte del rey- y hablaba sobre todo de poesía. A su primo angevino Joachim du Bellay, tan encariñado con su pueblo de Liré, y a Bertrand de Born, el pendenciero antepasado de los Hautefort, cabía añadirles el querido Pierre de Ronsard, de cuya mansión natal podían ver, en la otra orilla del Loira, las veletas de las torres y los espesos bosques. Madame de La Flotte adoraba a Ronsard y quería mucho a la viuda y las hermanas del último de su apellido: Jean, fallecido en junio de 1626, por los mismos días en que los Valaines fueron asesinados. En varias ocasiones llevó a Sylvie a La Possonnière. Marie no formaba parte de esas expediciones: no le gustaban los versos demasiado dulces y prefería los serventesios fulminantes de su antepasado perigordino. Y además estaba muy ocupada entretejiendo una correspondencia asidua con personas cuyo nombre no mencionaba jamás, pero algunas de las cuales se presentaron en fechas bastante próximas.

El primero fue, a finales de agosto, el anciano gobernador de Vendôme, Claude du Bellay, primo y buen amigo de la señora del castillo. Casi cayó de su coche en brazos de Madame de La Flotte, riendo y llorando a la vez.

— ¡Ah, prima! -exclamó-. Tenía que venir a compartir con vos mi felicidad y la de todas las gentes de Vendôme. En Arras, el rey ha conseguido una gran victoria, y nuestros jóvenes señores desempeñaron un papel tan brillante que todo el mundo canta sus alabanzas.

Después de esas palabras, rompió a llorar con más fuerza, y a hipar, como un corredor que llega a la meta extenuado después de una larga etapa, y necesitó más de dos vasos de vino de Vouvray para recuperar la respiración y el uso inteligible de la palabra. Arras había caído el 9 de agosto, después de una batalla de cuatro horas en el curso de la cual los dos hijos de César de Vendôme, Louis de Mercoeur y François de Beaufort, habían hecho «maravillas, expuestos siempre al nutrido fuego de los cañones, matando a cuantos se les ponían por delante y animando a las tropas con su valor». A Louis de Mercoeur, colocado inicialmente al frente de los voluntarios, le habían retirado el mando en el último momento en beneficio de Cinq-Mars, por orden de Richelieu. Resentido con razón, había combatido en las filas de los soldados y se había jurado a sí mismo que demostraría cuál de los dos era más valiente; combatió a la cabeza de todos, y recibió una herida de poca gravedad. En cuanto a Beaufort, después de atravesar la Scarpe a nado con todas sus armas, se había arrojado contra los reductos españoles y había conquistado uno de ellos prácticamente solo.

— De vuelta en Amiens, me han dicho que el rey los abrazó, y luego les confió un gran convoy destinado a reavituallar las tropas cruzando las líneas enemigas. Y allí de nuevo se cubrieron de gloria, porque condujeron el convoy hasta su destino sin perder ni un solo hombre. ¡Ah, en verdad monseñor César puede estar orgulloso de sus hijos! ¡Y el buen rey Enrique debe de bendecirlos desde el cielo!

— ¿Ha sido informado el duque César? -preguntó Marie, que observaba a Sylvie con el rabillo del ojo.

— Podéis imaginar que le he enviado varios mensajes desde que tuve conocimiento de las noticias, pero he querido venir en persona a contároslo a vos, que tanta estima sentís por ellos. Supongo que en estos momentos se disponen a disfrutar en París del recibimiento que merecen. ¿Tal vez también de la reina? Eso sería muy valioso para monseñor François, al que ella maltrata bastante en los últimos tiempos. Bien es cierto -añadió el viejo charlatán bajando la voz y con una sonrisa de connivencia- que ha encontrado los más dulces consuelos en una bella dama. Madame de…

— ¿Un poco más de vino? -se apresuró a proponer Marie-. Con este calor resulta un refresco maravilloso. ¿No deseáis ir a vuestra habitación para quitaros el polvo del camino?

Vano esfuerzo. Sylvie quería saber más, y le ofreció el vaso que su amiga acababa de llenar.

— ¡Oh, un momento nada más! -dijo-. ¡Es tan interesante lo que cuenta el señor gobernador! ¿Hablabais de una dama, señor? ¿Quién consuela tan bien al señor de Beaufort?

— La duquesa de Montbazon, mademoiselle. Todo el mundo dice…

— ¡Montbazon! -interrumpió otra vez Marie-. ¡Valiente novedad!

— Ya sé que hace mucho que se habla de una aventura entre ellos, pero ahora es serio. Se trata de una pasión que, por lo que me han asegurado, tiene a todas las damas maravilladas y un poco celosas. Como un caballero de la Edad Media, el duque ha llevado en el combate los colores de su bella amiga en la forma de un nudo de cintas sujeto a su hombro…

Esta vez, Mademoiselle de Hautefort abandonó. El mal estaba hecho, y bien hecho. Una tensión repentina en la bonita cara de Sylvie y sus ojos turbios de lágrimas lo testimoniaban. Dio el primer pretexto que se le ocurrió para salir de la sala y subir a su habitación. Marie no la siguió y prefirió dejarla llorar en paz, pero, mientras los invitados al castillo se preparaban para la cena, se sentó a su escritorio, llenó rápidamente una hoja con su gran letra voluntariosa, y después secó la tinta con arena, dobló, selló el pliego con sus armas y llamó a su camarera para que hiciera subir al viejo mayordomo, al que tendió la carta:

— Quiero que un correo a caballo lleve este mensaje a París en el plazo más breve -ordenó.

Después meditó unos instantes, fue hasta la habitación de Sylvie, vecina a la suya, y entró sin llamar. Esperaba verla desmadejada sobre la cama llorando a lágrima viva, pero pese a que descubrió algo menos dramático, no le resultó menos sobrecogedor: sentada junto a una ventana, Sylvie, con las manos cruzadas en el regazo, miraba al exterior mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. No oyó entrar a su amiga y no volvió la cabeza cuando ésta se sentó a su lado en el banco de piedra.

— No es más que un hombre, Sylvie… -murmuró Marie-. Y un hombre joven, ardiente. Eso supone que tiene necesidades. Vuestro error ha sido convertirlo en un dios.

— Sabéis bien que es imposible impedir que el corazón lata por aquel a quien se ama. Sé, desde hace mucho tiempo, que he sido creada para amarlo. Vos misma…

— ¡Es verdad! Me gustaba, pero creo que ese sentimiento-nunca fue demasiado lejos. ¡Se lo dije, además! Su reacción estuvo llena de enseñanzas, ¡y qué masculina, por cierto! No se imaginaba que yo pudiera sentir alguna inclinación hacia él, pero al saber al mismo tiempo que esa inclinación había desaparecido, de inmediato me encontró más interesante. ¡Deberíais probarlo!

— ¿Queréis que ame a otro? ¡Pero eso es imposible!

— Valdría más que algún día fuera posible. No querréis estar toda vuestra vida parada al borde de su camino, sufriendo tanto por su felicidad como por sus desgracias. Pensad lo que os plazca, pero la aventura con Montbazon no me parece tan grave. Por lo que sé de él, más me parece un desafío a la reina por el hecho de que se encuentre de nuevo encinta, y no de él.

— ¿Eso creéis? -exclamó Sylvie.

— Es sólo una hipótesis, y no pretendo daros esperanzas con ella. ¿Qué diréis, qué haréis si un día se casa? Hace poco parecía pretender a Mademoiselle de Borbón-Condé, que es muy bella. El cardenal se opuso a ese matrimonio para evitar ver reunidas dos facciones que considera peligrosas, pero hay otros partidos dignos del duque de Beaufort. Y es un príncipe de sangre.

Sylvie apartó la mirada.

— Es inútil recordarme que siempre estará situado demasiado alto para mí, como lo estaba cuando yo era pequeña la torre de Poitiers en el castillo de Vendôme. Él me dejaba al pie de la escalera y yo juraba que crecería y crecería hasta conseguir reunirme con él arriba, en la luz. Y ya veis dónde estoy: más abajo que nunca porque, además de mis pocos méritos de nacimiento, ahora estoy manchada y…

Marie se levantó bruscamente, aferró a Sylvie por los hombros, la obligó a levantarse también y la sacudió con fuerza.

— ¡No quiero volver a oír eso! Es ridículo porque, sabedlo, sólo mancha el mal que se lleva a cabo por propia voluntad. Habéis sido víctima de un monstruo y de una trama innoble. El hombre con el que os forzaron a desposaros está muerto, el teatro del crimen destruido por el fuego…

— ¡Queda el verdugo! Él sigue vivo. Y el cardenal lo protege, de modo que puede destruirme cuando le plazca.

— No. ¡Su vida está demasiado unida a la de su amo! El día en que muera Richelieu, morirá también su servidor. ¡Esforzaos por no pensar en ello y por mirar hacia delante! Ese hombre pertenece a un pasado que, con la ayuda de Dios, borraremos. -Con un gesto brusco, atrajo a la joven hacia sí y la estrechó entre sus brazos-. ¡Y vos reviviréis, volveréis a ver el sol… tan cierto como que yo soy la Aurora!

Soltó a Sylvie, le dio un beso en cada mejilla y salió de la habitación dando un portazo tras de sí, lo que era siempre señal de una firme determinación.

Alejada de la corte y de sus movimientos, Mademoiselle de Hautefort ignoraba que el joven duque de Fontsomme acababa de ser enviado por el rey a socorrer a su hermana la duquesa de Saboya, forzada a replegarse en Chambéry, en tanto que el Condé d'Harcourt expulsaba a los imperiales de Turín. Fontsomme estaba por tanto ausente de París cuando llegó la llamada de socorro que le había dirigido Marie, segura de que se apresuraría a acudir. Pero pasó el tiempo sin que diera señales de vida.

Llegó el otoño, y ni siquiera el nacimiento en septiembre de un segundo hijo de Francia pudo convencer a Madame de La Flotte de acudir a Saint-Germain.

— Cuando exilian a mi nieta, me exilian a mí también -dijo-. Eso le evitará al rey ponerme una cara de palmo en cuanto me vea…

— ¡Es ridículo! La reina os quiere, y dicen que el rey está feliz con este nuevo nacimiento… -exclamó Marie.

— A propósito, ¿no lo encontráis curioso? Él, que es-taba de tan mal humor cuando nació el delfín, ahora delira, o casi, delante de éste. Quizás es porque es tan moreno como él mismo, mientras que el delfín es rubio como su madre y…

— ¡No desviéis la conversación! Creo que vuestro deber es ir allá…

— ¿Para defender vuestra causa? Esa clase de maniobra no es propia de vos, Marie, siempre tan orgullosa.

Una brusca cólera hizo que la Aurora enrojeciera.

— No se os tenía que haber ocurrido siquiera esa idea. Yo no soy de las que mendigan. Volveré con honores de guerra, o no volveré… Pero nuestra familia no debe estar ausente de los grandes acontecimientos del reino.

— Vuestra hermana D'Escars y vuestro hermano Gilíes la representarán muy dignamente. ¡Yo estoy enfadada!

Como sabía que su abuela era tan testaruda como ella misma, Marie no insistió, contenta en el fondo por el afecto que le mostraba con su actitud. Su marcha a París habría dejado el castillo casi vacío, de modo que Sylvie y ella misma se habrían visto un poco abandonadas. Tuvo una nueva ocasión de felicitarse de la resolución de su abuela ya entrado el invierno, cuando las intrigas de la corte -que desde luego añoraba- volvieron a rondarla en extrañas circunstancias.

Aquella noche, las tres mujeres se disponían a cenar con la intención de no prolongar la velada y acostarse temprano después de una jornada fatigosa: Marie había pasado varias horas ocupada en la caza de un jabalí que causaba destrozos, en tanto que Madame de La Flotte y Sylvie habían acudido a La Possonnière, donde Madame de Ronsard y sus hijas habían sufrido una especie de intoxicación por haber comido caza demasiado manida. De súbito, el galope de un caballo surgió del fondo de la noche, creció y fue a detenerse en la escalinata de la entrada; luego se oyó el rápido taconeo de botas en el gran vestíbulo, y finalmente la doble puerta se abrió bajo la mano autoritaria del jinete, antes incluso de que el mayordomo pudiera anunciarlo.

— Mi buena amiga -dijo el duque de Vendôme-, vengo a pediros asilo durante dos o tres noches. Me he visto obligado a huir de Chenonceau antes de que me prendiesen los esbirros de Richelieu.

La sorpresa hizo que las tres mujeres se levantaran, pero la señora del castillo no tuvo tiempo de adelantarse: él estaba ya junto a ella y le había tomado las manos para besárselas.

— ¿Vos, huido? Pero ¿qué ha ocurrido?

— Una historia absurda que os contaré mientras cenamos si tenéis a bien invitarme. Me muero de hambre… ¡Ah, Mademoiselle de Hautefort! Perdonadme, no os había visto.

Detuvo el movimiento que había ya esbozado de sentarse en una silla, sin dudar de la respuesta de Madame de La Flotte, y se dirigió a saludar a Marie, cuando sus ojos crecieron hasta casi salirse de las órbitas: acababa de reconocer a Sylvie.

— ¿Acaso tengo el don de ver fantasmas? ¿O bien formáis parte de la pesadilla en que vivo?

El primer movimiento de Sylvie había sido buscar las sombras para disolverse en ellas, pero el estupor la dejó paralizada demasiado tiempo. Ahora iba a ser necesario afrontar la situación. Retuvo con un gesto a Marie, que se disponía a responder, y se adelantó; la anciana dama no habría tenido nada que reprochar a su reverencia.

— No soy un fantasma, señor duque, y tampoco soy tan importante como para aparecer en vuestros malos sueños. Sencillamente soy otra…

— ¿Qué queréis decir? ¿Habéis muerto y resucitado?

— En cierta forma. Gracias a quienes me salvaron. Yo también me escondo, monseñor…

— ¿Y quién os ha salvado?

Marie se encargó de responder. No estaba dispuesta a dejar a Sylvie enfrentarse sola con el temible hijo de Enrique IV y Gabrielle d'Estrées, y optó por no entrar en detalles:

— En primer lugar, vuestro hijo François, y después mi señora abuela y yo. Está aquí bajo la salvaguarda de nuestro afecto.

César, sin embargo, sólo había oído el principio de la explicación.

— ¿François, eh? ¿Otra vez François? -exclamó con una risita aviesa-. ¿Es realmente necesario que sigáis pegada a él como la hiedra a la roca? Si hubieseis sabido…

— ¡Basta, César! -le interrumpió con severidad Madame de La Flotte-. No es de recibo, puesto que venís pidiendo ayuda, que hostiguéis a esta niña a la que queremos y que está aquí en su casa.

— ¿En su casa? ¿No le basta, entonces, el señorío de l’Isle que mi mujer me obligó a darle?

— ¡No olvidéis que estoy muerta! -exclamó Sylvie, sublevada por el tono despectivo del duque-. El señorío de l'Isle ha revertido naturalmente en vos. Mi supervivencia tiene lugar con el nombre de Valaines…

— No por eso dejáis de ser mi vasalla…

Era más de lo que Marie podía escuchar.

— Si seguís por ese camino, señor duque -replicó-, me voy de esta casa a riesgo de ser encarcelada, porque bestoy exiliada, y me llevo conmigo a Mademoiselle de Valaines…

— ¿Y si dejáramos todos de decir tonterías? -dijo de improviso Madame de La Flotte con un buen humor inesperado-. Nuestras discusiones no son adecuadas para los oídos del servicio. ¡Cenemos, pues, y luego nos diréis hasta qué punto tenéis necesidad de nosotras!

A pesar de su sonrisa, acentuó las últimas palabras de modo que el duque se diese cuenta de que no estaba en situación de dar órdenes. El acabó por comprenderlo así y se sentó a la mesa, en la que reinó el silencio mientras duró la cena. Desde su sitio Sylvie, que apenas probó bocado, lo observaba. No le había vuelto a ver desde su dramática entrevista en la pequeña casa desierta del Marais a la que él le había hecho acudir para darle un frasco de veneno destinado al cardenal. [7] Habían pasado cuatro años desde entonces. Si sus cuentas eran exactas, César tenía ahora cuarenta y siete, y su belleza se había ajado mucho más, como constató ella con desagrado al pensar en el parecido que tenía con su hijo menor. El exilio rural en su castillo de Chenonceau, donde el rey y Richelieu le habían confinado desde hacía más de veinte años, tenía por lo menos la ventaja de permitirle conservar músculos de cazador bajo una piel curtida por el sol y la intemperie, pero los excesos sexuales que le llevaban a perseguir a todos los muchachos capaces de atraer sus sentidos, iban dejando marcas cada vez más profundas en su rostro, en otro tiempo uno de los más hermosos de Francia. A ellas se añadían los estigmas de una intemperancia en la bebida que no contribuía a arreglar las cosas. César ofrecía en aquel momento una demostración convincente: el escanciador llenaba continuamente una copa que el duque vaciaba casi enseguida de un solo trago. También comió mucho, con un apetito estimulado por la larga cabalgata desde Chenonceau.

— ¿Cómo es que habéis venido solo? -preguntó su anfitriona en cuanto él se reclinó en su asiento con un suspiro de satisfacción.

— Os lo he dicho: huyo. Mi hijo Mercoeur me envió un mensaje diciendo que Richelieu mandaba gente para arrestarme, de modo que dejé plantada a toda la familia y salí a escape. Pido disculpas por haber irrumpido de esta forma, pero no he hecho más que seguir el consejo que me dio Mercoeur. El vendrá aquí, y me acompañará a Inglaterra…

— ¿A Inglaterra? -repitió Marie, asombrada-. Está lejos, ¿por qué no a Bretaña, donde conserváis buenos amigos?

— Que el maldito hombre rojo conoce de sobras. Podéis estar segura de que es allí donde me buscará después de en Vendôme, Anet, etcétera. Y el camino para llegar a la costa normanda en la bahía del Sena no es tan largo: unas cincuenta leguas aproximadamente, creo.

— Pero en fin, ¿por qué huís?

César vació su copa y la tendió de nuevo. Su rostro se había enrojecido y tenía los ojos inyectados en sangre.

— ¡Una historia de locos! -dijo con una risotada-. Dos aventureros de Vendôme que se hacían pasar por santos ermitaños, Guillaume Poirier y Louis Aliáis, tan pendencieros que yo había tenido problemas con ellos en varias ocasiones, fueron arrestados en diciembre pasado por acuñar moneda falsa. Para ganar tiempo e intentar obtener la indulgencia de los jueces, declararon que habían tenido una conversación conmigo en el curso de la cual yo les había entregado un veneno para acabar con el maldito cardenal.

Sylvie no se esperaba aquello. Soltó la cuchara y dirigió al duque una mirada asustada. El mismo, a pesar del sopor etílico que empezaba a invadirle, se dio cuenta de lo que acababa de decir, y delante de quién. Sus miradas se cruzaron. Lo que ella leyó en la de él la espantó: era odio, pero también miedo. Afortunadamente, el momento no se prolongó. Madame de La Flotte y Marie se escandalizaron, incapaces de imaginar que el vil veneno pudiera ser considerado un arma aceptable por un príncipe de la casa de Francia.

A partir de ese momento César dejó de beber, y la cena concluyó rápidamente. Se rezó en común y después cada cual se retiró a sus habitaciones. Como los demás, Sylvie fue a la suya, pero no se acostó. Algo le decía que aún no había acabado con el señor de Vendôme por aquella noche…

Y en efecto, todavía no había transcurrido una hora cuando a la luz de las dos velas, colocadas una en la cabecera de la cama y la otra sobre la mesa a la que estaba sentada, vio abrirse la puerta sin poder reprimir la angustia que produce siempre esa visión, incluso cuando se espera…

— ¿Dónde lo habéis puesto? -preguntó el duque sin preámbulos.

— ¿De qué habláis?

— ¡No os hagáis la idiota! Del frasco que os entregué cierta noche para obligaros a salvar a mi hijo si era detenido por culpa de aquella ridícula historia de un duelo.

— No lo tengo.

Él la aferró del brazo para obligarla a levantarse:

— Tenéis muchos defectos, pequeña, pero mentís muy mal. ¿Dónde está?

— No miento cuando digo que no lo tengo.

— ¿Lo habéis tirado? No -se corrigió-, nadie tira un medio para salir rápidamente de la vida cuando cae en sus manos. Apostaría a que lo habéis guardado. Aunque no fuese más que para vos misma en caso de desesperación. ¿Me equivoco?

Ella le miró con asombro. Que fuera capaz de seguir el hilo de sus pensamientos con tanta exactitud resultaba bastante sorprendente en un hombre al que había tenido a menudo la tendencia a considerar como un rústico, a pesar de su donaire de nobleza.

— No… Es verdad que lo pensé. Incluso se me ocurrió compartirlo con el cardenal a fin de evitar lo que seguramente me habría ocurrido después: la… la tortura y la muerte en el patíbulo. Pero os repito una vez más que no lo tengo. Fui raptada al salir del castillo de Rueil, figuraos, y cuando os invitan a esa clase de viaje, no os queda mucho tiempo para preparar el equipaje.

— ¿Dónde está, entonces?

— En el Louvre.

César abrió más los ojos.

— ¿En el Louvre?

— En la habitación que ocupaba yo como doncella de honor de la reina. Primero lo había disimulado en un pliegue del baldaquín de mi cama, pero después pensé que podía suceder que alguien sacudiera, incluso involuntariamente, las cortinas. Busqué otro escondite, y lo encontré detrás de un tapiz que representa al pobre Jonás en el momento de ser tragado por la ballena; hay una grieta entre dos piedras que parecía hecha a la medida para aquel frasquito. Está más o menos a la altura de la boca del animal…

— ¡Gracias por tanto lujo de detalles! -gruñó César-. No pensaréis que voy a arriesgarme e ir a buscarlo, ¿verdad? Acordaos de que estoy huyendo.

— ¡Y yo estoy muerta! Os lo decía para el caso de que pudierais enviar a alguna persona de confianza.

— Las vínicas personas de confianza de las que podría disponer están muy próximas a mí. Ahora bien, soy ya sospechoso de intento de envenenamiento. ¿Qué se diría si uno de los míos fuese sorprendido? No sólo yo sería condenado sin remedio; probablemente ellos lo serían también.

— ¡Oh, no! -suspiró Sylvie-. ¿No iréis a empezar de nuevo vuestro odioso chantaje con monseñor Fran-$ois…? Además, en caso de que pensarais obligarme a resucitar, si yo fuera detenida también me relacionarían con vos. ¿No creéis que lo mejor para todos es dejar el frasco donde está? Os aseguro que para encontrarlo hay que buscar mucho. Además, no soy la única doncella de honor que ha ocupado esa habitación, y me parece que el frasco no lleva grabadas vuestras armas.

El no respondió enseguida. Con los codos apoyados en el manto de la chimenea, acercaba al fuego un pie y luego el otro, al tiempo que reflexionaba. Dejó escapar un suspiro y exclamó:

— ¡Tal vez estáis en lo cierto! No tenemos ningún medio para recuperarlo, ni vos ni yo… Pues bien, os deseo buenas noches, mademoiselle de…, ¿de qué, a fin de cuentas?

— Valaines -dijo Sylvie con tristeza-. Se diría que vuestra memoria no es tan buena para vuestros vasallos en desgracia como para vuestras malas acciones, señor duque. Yo también os deseo buenas noches… y un buen viaje a Inglaterra.

— Tendréis que soportarme hasta que llegue Mercoeur. En cuanto a Beaufort, ¡manteneos apartada de él! ¡Sabed que emplearé todos los medios, incluso los más viles como una denuncia anónima, para librarlo de vos!

— ¿Una denuncia? ¿Por qué motivo?

La risita malvada de aquel hombre le hizo a Sylvie el efecto de un rallador frotado contra sus nervios en tensión.

— Una vez en Inglaterra, poco tendré que temer del hombre rojo, y podría indicar dónde se encuentra el famoso frasco. ¡Pensad en ello, querida!

En la galería, Marie de Hautefort, que escuchaba en camisón y descalza sobre las losas heladas, decidió que había llegado el momento de volver a su dormitorio. Lo que acababa de oír confirmaba la opinión que siempre había tenido del magnífico bastardo del Vert-Galant, salvo que hasta ahora no era tan desastrosa: ¡era un miserable completo!

Cuando César salió, vio desaparecer una sombra blanca entre las sombras del largo pasillo, y se persignó precipitadamente: ¡era supersticioso y creía en los fantasmas!

La amenaza que acababa de proferir contra Sylvie iba a quedar sin efecto al cabo de pocas horas, ya que uno de los tres jinetes que cruzaron al día siguiente la entrada del castillo de La Flotte era Louis de Mercoeur, pero los otros dos eran el duque de Beaufort y su escudero Pierre de Ganseville.

Desde la ventana de su habitación, en la que había decidido permanecer hasta la marcha de Vendôme, Sylvie les vio llegar y, sin escuchar más que a su corazón, olvidando toda prudencia después de las amenazas de César, corrió recogiendo sus faldas, bajó a saltos la gran escalera y llegó al vestíbulo en el mismo momento en que François cruzaba el umbral. Sus bonitos ojos avellana, brillantes de felicidad, se cruzaron con la mirada azul del joven, que viró a un gris verdoso al mismo tiempo que su sonrisa se borraba. Olvidó incluso saludar a Madame de La Flotte, que llegaba del salón escoltada por Marie, y fue directamente hacia Sylvie:

— ¡Por todos los diablos del infierno! ¿Qué estáis haciendo aquí? El padre Le Floch, enviado del señor de Paul, me había dado a entender a su vuelta que tenía buenas razones para esperar vuestro pronto ingreso en un convento. ¡Y os encuentro aquí, de vuelta al mundo como si nada hubiera pasado! ¡Estáis loca, palabra!

La filípica le llegó a Sylvie al corazón, y apagó como una ducha fría su alegría de verle.

— De modo que realmente queríais sepultarme en el fondo de un convento. ¿Para no volver a oír hablar de mí, sin duda?

— ¡En efecto, eso es lo que deseaba! ¡Tengo otros asuntos de que ocuparme! ¿No sabéis el peligro que corre mi padre? ¡Y para colmo de desgracia, os venís a interponer!

— ¡Un momento! -terció Marie-. Sylvie no tiene nada que reprocharse. Soy yo quien fue a buscarla porque ya no estaba segura en esa isla del fin del mundo donde la habíais dejado hasta el fin de los tiempos, supongo…

— Tan sólo hasta la muerte de Richelieu, y Belle-Isle es el lugar más bello que conozco. Por lo que se refiere a su seguridad, si hubiera seguido los consejos del abate Le Floch, ningún peligro habría podido alcanzarla en el convento del que…

— ¡Del que Richelieu habría podido sacarla en el momento en que le apeteciera! ¡Las cosas han cambiado bastante desde la última vez que nos vimos!

— Es posible, pero al acogerla aquí estáis poniendo en peligro a los vuestros y…

— Un peligro que os preocupa muy poco cuando se trata de dar refugio a vuestro padre. Sylvie no está acusada de intento de envenenamiento, que yo sepa.

Era más de lo que la infeliz podía soportar:

— ¡Por piedad, Marie, callaos! ¿No habéis comprendido aún que el señor duque deseaba por encima de todo librarse de mí para siempre?

Y para ocultar los sollozos que ya no podía reprimir, subió presurosa la escalera.

— Muy bien -aprobó César de Vendôme, que entraba y siguió la retirada desconsolada de la joven-. ¡He aquí una cosa bien hecha! Ya era hora, hijo mío, de que comprendierais la necesidad de apartarla de vos. ¡No os es de ninguna utilidad! Pero a propósito, ¿por qué estáis aquí, Beaufort? Sólo Mercoeur tenía que reunirse conmigo.

El hermano mayor, que hasta entonces había considerado prudente no mezclarse en lo que no le concernía, se encargó de explicarlo:

— ¡Oh, es muy sencillo, padre! Lo he traído para impedir que hiciera otra de las suyas. Al saber que la policía os buscaba, nuestro paladín propuso a Richelieu ir a la Bastilla en vuestro lugar con el fin de proclamar públicamente que estaba convencido de vuestra inocencia.

La expresión de burla del duque se suavizó de inmediato. Con visible emoción se acercó para dar una palmada en el hombro de su hijo menor.

— ¡Gracias, hijo mío! -dijo-. Sólo que no se os ocurrió que en ese caso sería yo quien no podría soportar la idea de saberos prisionero. ¡Richelieu nos odia demasiado! Habríais arriesgado vuestra cabeza… como yo arriesgo la mía si me entretengo. ¿No estáis muy cansados?

— ¡En absoluto!

— Entonces, si nuestra querida duquesa tiene a bien servirnos algo de comida, partiremos inmediatamente después.

Mientras Mercoeur y él almorzaban, François comió tres bocados, se levantó de la mesa y tomó a Marie del brazo para llevarla a una sala vecina.

— ¿Necesitáis escuchar más verdades? -preguntó ella con aspereza.

— Lo que necesito es averiguar un poco más sobre lo que guardáis en el fondo de vuestra bella cabeza. Ignoro exactamente por qué razón fuisteis a buscar a Sylvie.

— Os lo he dicho: Laffemas andaba cerca de ponerle la mano encima.

— ¡Excusas! ¿Habéis olvidado el gran amor del joven Fontsomme, del que me hablasteis en otra ocasión? Fue por él por quien corristeis a buscarla. ¿Para dársela?

— No. Lo creáis o no, se encontraba en grave peligro, pero confieso también que más adelante he intentado reunirles…

— ¿A ella y ese jovenzuelo pomposo?

— Es el muchacho más encantador que conozco, y la adora. Supongo que no querréis que ella se pase la vida entera contemplando vuestra imagen, de preferencia entre sollozos. Tiene derecho a una felicidad que vos sois incapaz de darle.

— Entonces ¿por qué no está él aquí? -repuso François, burlón.

— Lo ignoro, y no tengo idea de dónde se encuentra.

— Le escribisteis y vuestra carta quedó sin respuesta, ¿no es así?

— Lo admito, pero no pongáis esa cara de gato a punto de zamparse un ratón. Temo que alguna desgracia le haya impedido recibirla.

— Nada le ha ocurrido, querida. Está en el Piamonte, junto a la duquesa de Saboya. Una embajada a la que se ha unido ese meapilas al que ahora llaman Mazarino. ¡Ese corre detrás de un capelo de cardenal! En cuanto a vuestro héroe, apuesto a que habrá encontrado allá abajo alguna beldad más provista de encantos que nuestra pobre gatita. Tienen mujeres magníficas…

— ¡Es posible, pero no le darán ni frío ni calor! No es culpa vuestra, querido François, pero sois incapaz de tener un sentimiento noble. ¡Me parece que eso se debe a unos apetitos un tanto vulgares que también se reflejan en vuestro lenguaje! Por mi parte, sólo tengo una cosa más que deciros: haré todo lo que pueda para extirpar del cerebro de Sylvie vuestra imagen de héroe de pacotilla.

Y con un aire de magnífico desdén, Mademoiselle de Hautefort fue al encuentro de Madame de La Flotte…

Una vez los Vendôme hubieron marchado con el estruendo que acompañaba siempre sus movimientos, incluso los más secretos, el castillo de La Flotte volvió a quedar en silencio, aunque no por mucho tiempo: al día siguiente un correo del rey puso pie a tierra bajo la mirada inquieta de Marie, que se preguntó si aquel hombre sería portador de la orden de conducirla a prisión; aunque se tranquilizó al comprobar que llegaba solo. Además, su carta iba dirigida a Madame de La Flotte. De hecho, contenía una orden bastante inesperada: la amable dama debía ir, tan discretamente como le fuera posible, a reunirse con el rey en su pequeño castillo de Versalles.

La mirada de Marie se avivó: ¿empezaba a añorarla su antigua víctima y, mediante el rodeo de una entrevista con la abuela, deseaba entablar conversaciones para devolverla a su favor? Sin pecar de presunción, no veía otra razón para una entrevista tan poco conforme a las costumbres de la corte.

— ¿Y si el motivo es alguno de vuestros hermanos? -aventuró la anciana para refrenar un poco un entusiasmo que le parecía un tanto petulante, pero Marie se echó a reír.

— ¡No haría tantas historias! Creedme, abuela, tengo razón. ¡Si no es eso, me voy a España con la duquesa de Chevreuse!

— ¡Sois demasiado buena francesa! Nunca haríais eso. Pues bien, creo que tendré que acelerar los preparativos si quiero llegar a tiempo a la audiencia del rey.

Iba a salir, pero Sylvie la retuvo:

— ¡Por favor, señora, llevadme con vos!

— ¿A ver al rey?

— ¿Cómo, Sylvie, queréis dejarme? -exclamó Marie.

Sylvie miró a aquellas dos mujeres queridas, y sonrió.

— Ni lo uno ni lo otro; pero me parece la mejor solución. Madame podría dejarme en un convento como desea el señor de Beaufort, y vos, Marie, pensad que no podré acompañaros si el rey os llama a su lado. Me convertiría en una molestia y una preocupación añadida, porque creo que me queréis bien. Únicamente pediría que ese convento sea parisino, para poder volver a ver por fin a mi querido padrino.

Aquel pequeño discurso produjo cierto efecto.

— ¡Tiene razón, Marie! -dijo la condesa-. Si os piden que volváis, ella se quedará sola aquí, y por tanto estará insegura. En la Visitation Sainte-Marie estaría segura. Madame de Maupeou, la superiora, es amiga mía…

— Y contamos con otra: Louise de La Fayette. Es probable que las dos tengáis razón…, ¡pero sólo por un tiempo! ¡No vayáis a pensar en tomar los hábitos, Sylvie! Seréis únicamente dama pensionista, y yo os veré tantas veces como desee, ¡delante mismo de los espías de Richelieu! -concluyó con una carcajada-. La Visitation es inviolable.

— ¿No lo era también el Val-de-Grâce?

— No, porque pertenecía a la reina. Este convento está protegido por la hermana Louise-Angélique, y en consecuencia por el rey en persona. Nunca toleraría una intrusión. ¡Dicho y hecho! ¡Id a preparar vuestro equipaje, mi pequeña Sylvie! ¡Y que Dios nos ayude!

Al amanecer del día siguiente, Madame de La Flotte abandonaba su mansión ancestral, flanqueada por dos acompañantes: una era su auténtica camarera y la otra Sylvie, modestamente vestida. La pena que sentía ésta por separarse de su amiga estaba compensada por la idea de volver a ver muy pronto al querido Perceval de Raguenel, que ocupaba un lugar tan importante en su corazón.

6. Las lágrimas de un rey

En su bella casa de la Rue Saint-Julien-le-Pauvre, Isaac de Laffemas vivía momentos difíciles: sólo podía salir acompañado por una fuerte escolta. Se acabaron las escapadas nocturnas en las que sin correr el menor riesgo podía saciar sus pulsiones secretas con mujeres para él sin rostro, porque a todas les aplicaba mentalmente una máscara, siempre la misma, que reproducía la imagen de Chiara de Valaines, la pasión de su vida, una pasión jamás saciada, ¡ni siquiera cuando un genio malo había puesto en sus manos a su hija! Sin embargo, al poseer aquel cuerpo joven, tan fresco y suave, había experimentado un bienestar, una alegría tal que sólo se había marchado de La Ferrière a disgusto, maldiciéndose por haberla entregado a aquella bestia de carga de Justin, al que había convertido en su esclavo. Habría tenido que guardarla, esconderla en una habitación cerrada para tenerla siempre a su disposición. Pero podía darse por satisfecho de que la protección de Richelieu hubiera impedido, después del anuncio de la muerte de Sylvie, que aquel energúmeno que le había hecho rodar por las escaleras de Rueil no llegara a tomar represalias más graves.

— ¡Sólo mientras os necesite! -había dicho el cardenal-. ¡Pero si, por un milagro, esa desgraciada niña estuviera aún viva, responderíais con vuestra cabeza de cualquier nuevo ataque contra ella!

De momento, la amenaza no le había importado. ¿Por qué había de hacerlo si estaba muerta? Y con toda naturalidad había vuelto a los placeres nocturnos que se permitía desde la muerte de su mujer, una bonita muchacha de pocos alcances a la que había matado a fuerza de someterla a sus caprichos más malvados, desde el momento en que comprendió que era estéril. Madeleine no había sido más que una copia borrosa de Chiara, un remedio socorrido…

Pero, por la vía que ya sabemos, tuvo conocimiento de la imprudente carta de Gondi a Mademoiselle de Hautefort, y la esperanza había vuelto. De modo que ella estaba viva, bien escondida sin duda pero viva, y para él eso significaba que un día u otro caería en sus manos. Manos que temblaban ante la simple idea. ¡Encontrarla, hacerla suya una y otra vez! ¡Y al diablo con las amenazas del cardenal! ¡Bastaría con casarse con ella!

De ese modo, Sylvie había ocupado el lugar dé su madre. Se había convertido en la única pasión de aquel hombre, próximo ya a la vejez, que sólo encontraba placer en las torturas que infligía. Había despachado en su busca a Nicolas Hardy, su mejor sabueso, carne de horca por otra parte, al que había librado de una condena a galeras cuando comprendió que en su pesado corpachón habitaba una inteligencia tan retorcida como la suya propia. Y Nicolas Hardy había marchado a Belle-Isle porque era una posesión de los Gondi, y desde siempre éstos mantenían lazos de amistad con los Vendôme. Pero Hardy volvió con las manos vacías.

Su astucia y sus trucos no le sirvieron de nada: había chocado contra paredes ciegas y sordas. Los bretones, rudos, orgullosos e independientes, percibieron muy pronto al espía en aquel personaje demasiado amable y de dinero fácil. Casi toda la isla había sabido que una joven, una víctima del cardenal protegida por Monsieur Vincent, se había escondido o estaba aún escondida allí, pero Sylvie había entrado en la leyenda, tan cara al corazón de todo celta bien nacido. Y ni siquiera entre los más pobres habló nadie. En cuanto a interrogar al duque de Retz y los suyos, no era factible. Todo lo que consiguió descubrir -sólo por casualidad, al sorprender en la taberna la conversación de dos soldados de la guarnición- fue que una gran dama de la corte, de extraordinaria belleza, había venido a hacer una breve visita. No habían pronunciado su nombre, pero uno de ellos, al decir entre suspiros que «era bella como la aurora», le había dado una pista. Su olfato y algunas gestiones aparentemente anodinas hicieron el resto: Mademoiselle de Hautefort había venido a la isla, y tal vez en el viaje de regreso iba acompañada.

Fue al empezar a trabajar sobre esta nueva pista cuando Nicolas Hardy tuvo un accidente: como los huesos de los espías no tienen mayor solidez que los de las personas decentes, la rótula de Hardy se hizo añicos como consecuencia del brutal encontronazo con el casco de una mula atrabiliaria. Al verse inmovilizado largo tiempo en su albergue de La Roche-Bernard, y cojo para el resto de su vida, el enviado de Laffemas no vio otra solución que avisar a su amo por carta, pero cuando ésta llegó, el «chico para todo» de Richelieu había marchado a una nueva expedición punitiva contra otra revuelta de los Un-Pieds en los confines de Normandía.

De regreso finalmente en París, Laffemas leyó la carta y se enfureció con el imbécil patoso que había dejado escapar una pista aún caliente. ¿Cómo averiguar adonde había encaminado sus pasos la antigua dama de compañía? Había sido exiliada, y por consiguiente se le había asignado una residencia, por lo que nunca habría podido trasladarse a Belle-Isle, pero al parecer había acatado las órdenes con cierta laxitud, como muchas otras personas por lo demás, que apenas salidas de París parecían sufrir una irreprimible necesidad de moverse continuamente de un lado a otro. Lo único que podía hacerse era enviar a alguien a vigilar el castillo de La Flotte, pero, en ausencia de Nicolas Hardy, Laffemas no confiaba en casi nadie. Y además necesitaba en París al puñado de personas leales con que contaba, para velar por su propia vida, amenazada sin cesar por aquella especie de fantasma inasible que se hacía llamar capitán Courage.

Por dos veces, gracias sobre todo a Nicolas Hardy, el teniente civil había escapado a una emboscada, pero después su enemigo había cambiado de táctica, como si deseara que muriese de miedo. Apenas Laffemas abría una ventana, una flecha procedente de ninguna parte iba a clavarse en la pared de su dormitorio, con un mensaje que le amenazaba con una muerte espantosa como preludio del fuego eterno.

¡Se diría que esos mensajes llegaban hasta él por arte de magia! Y le habían hecho nacer un terror creciente, porque daban la impresión de que un ojo invisible le observaba y, contra aquel enemigo, su poder tenía pies de arcilla.

En efecto, tal era el caso: su poder dependía enteramente del cardenal, y era cada vez más evidente que éste no viviría mucho tiempo. La situación habría sido distinta si Laffemas hubiese dispuesto del conjunto de las fuerzas policiales de la capital, pero nunca había tenido el tiempo, los medios ni la posibilidad de reunir bajo una misma bandera a todos sus miembros.

La policía como tal existía desde hacía siglos bajo la autoridad general del Châtelet, pero siempre había sido considerada un apéndice de la Justicia, que funcionaba sin reglas definidas y que dirigían conjuntamente el teniente civil en los aspectos relativos al municipio y el teniente penal en las muertes violentas -si bien Laffemas reunía en su persona las dos funciones-, sin contar al preboste de los mercaderes en lo relacionado con la vía fluvial y el comercio, y al preboste de la Isla en la «seguridad pública», a medias con el caballero que mandaba la ronda. Con el paso del tiempo, entre las diferentes autoridades se habían producido disputas crecientes, que en ocasiones habían derivado en auténticas batallas, y un considerable desorden del que se beneficiaban los delincuentes de toda laya y sus santuarios, las cortes de los milagros, diseminadas por los distintos barrios de la ciudad.

A todo lo cual se añadía el hecho de que los comisarios del Châtelet se desentendían sistemáticamente de aquellas de sus funciones que no les proporcionaban ningún beneficio. Por lo demás, la mayoría de ellos ni siquiera vivían en los barrios sobre los que tenían jurisdicción. [8]

Además, Laffemas sabía que casi todos sus colegas del orden público le detestaban cordialmente.

Sin embargo, aquella noche necesitaba salir, y de la manera más discreta posible. En efecto, a causa de la angustia que sentía se había decidido a pedir su horóscopo al astrólogo real, Jean-Baptiste Morin de Villefranche, que en el curso de la jornada le había hecho saber que realizaría el trabajo, con la condición de que acudiera en persona y de noche cerrada.

Era un personaje curioso aquel Morin, nacido en Villefranche de Beaujolais en el siglo anterior, y que no habría desentonado en la corte del emperador Rodolfo II, el maestro de los misterios. Era a la vez médico, filósofo, matemático, astrónomo y astrólogo, y titular de la cátedra de matemáticas en el Collège Royal [9] desde que predijo la curación del rey en un momento en que se le daba por moribundo en Lyon. Morin había afirmado rotundamente que el soberano sobreviviría, y Luis XIII, agradecido, le había concedido el puesto además del nombramiento más o menos honorífico de astrólogo real. Un cargo que iba a ser el último en ocupar.

Sin embargo, apenas aparecía por la corte ya que Richelieu desconfiaba de él y no lo quería. En cuanto a la reina, encerrada en su rígida piedad a la española, aquel hombre alto y flaco de aspecto severo le daba miedo; siempre parecía estar viendo alguna cosa encima de su cabeza. Así que, por más que se moría de envidia, nunca se atrevió a pedirle que le leyera el porvenir. Tal vez por miedo a lo que podría ser revelado a un esposo al que traicionaba de muchas maneras.

No era eso lo que temía el teniente civil, sino el ridículo: el efecto que produciría en todas las personas a las que atemorizaba, y también en quienes le despreciaban y odiaban, el ver su coche o bien su caballo, y en cualquiera de los dos casos su escolta, delante de la casa en la que habitaba Morin, en la Rue Saint-Jacques. Una cosa era enviar a un criado a llevar un pliego, y otra muy distinta ir él en persona. Sin embargo, si Laffemas quería saber lo que le reservaban los astros, era necesario desplazarse hasta allí: Morin, bien protegido por el rey, no tenía la menor intención de aceptar molestarse por un vulgar teniente civil que no le asustaba lo más mínimo.

Para tranquilizarse, Laffemas pensó que el camino no era muy largo, que la parte trasera de su casa se abría a la Rue du Petit-Pont por una puerta utilizada por el servicio, y que le bastaba con ponerse una librea, una capa y un sombrero de ala ancha para disfrazarse, sobre todo en plena noche.

El tiempo pasaba, y con él pasaron también sus dudas. Al oír sonar las nueve en el reloj del Petit-Châtelet, se decidió. Cambió de traje, se encasquetó un sombrero y salió por la puerta trasera. La noche era fría y le pareció tranquila cuando observó los alrededores antes de dejar el abrigo del umbral. Sus ojos amarillos poseían, como los de los gatos, la facultad de ver en la oscuridad, y acabaron de tranquilizarlo. Nada se movía. Entonces se puso en camino, llegó en unas cuantas zancadas a la Rue Saint-Jacques, y empezó a remontarla a un paso más vivo cuanto más se alejaba de su mansión.

Casi había llegado a su destino cuando oyó el estruendo de una carroza que se acercaba a buena velocidad. Muy pronto la vio: iba precedida por dos corredores con antorchas, de los que alquilan los viajeros nocturnos en las principales puertas de la ciudad. El pesado carruaje avanzaba tirado por cuatro caballos, y en el pescante iban, bien abrigados, el cochero y un lacayo.

De improviso, uno de los corredores resbaló en alguna inmundicia y cayó al suelo soltando la antorcha, cuya llama asustó a uno de los caballos del tren delantero.

Con un relincho aterrorizado, el animal frenó con las cuatro patas y se encabritó, desestabilizando el tiro. La carroza se ladeó y a punto estuvo de chocar contra la fachada de una casa, pero finalmente recuperó la vertical. En su interior se oyeron gritos femeninos. Mientras el cochero reorganizaba a los caballos, el otro corredor volvió sobre sus pasos y se aproximó a la portezuela.

— ¡No ha sido nada, señoras! Sólo un buen susto. Mi compañero ha tenido la culpa, porque se ha caído y ha soltado el hachón.

— ¡Vamos, sigamos cuanto antes! -dijo Madame de La Flotte, cuyo amable rostro acababa de aparecer a la luz amarillenta de la antorcha.

Laffemas, oculto en un entrante del edificio, no había perdido detalle de una escena que le parecía estúpida, pero de repente quedó petrificado: otro rostro, encuadrado por un pequeño bonete blanco bajo un capuchón negro, había aparecido junto al de la condesa, y ese rostro era el que poblaba sus noches y sus sueños, que para otra persona habrían sido pesadillas: ¡era Sylvie! Lo habría jurado. ¡Habría puesto la mano en el fuego y la cabeza en el tajo! ¡Nadie más tenía aquellos bonitos ojos avellana! Y en cuanto a la anciana dama…, sí, era Madame de La Flotte, la abuela de la bella Hautefort.

Presa de una alegría que le hizo olvidar su propio peligro e incluso el horóscopo del señor Morin, decidió seguir aquel coche allá donde fuera; de ser necesario, hasta el infierno, donde sin duda sería alegremente recibido como un hermano.

Después del accidente del que acababa de escapar, el coche avanzaba más despacio y Laffemas pudo seguirlo sin que advirtieran su presencia. Ya no era joven, pero de sus abuelos montañeses había heredado unas pantorrillas de acero y una resistencia excepcional. El camino fue largo, pero ni por un instante pensó que forzosamente volvería solo a casa una vez que el coche llegara a su destino.

Atravesaron los dos brazos del Sena y luego, siguiendo la Grève, llegaron a la Rue Saint-Antoine, pero, cuando el portal del convento de la Visitation Sainte-Marie se abrió delante de la carroza, su perseguidor hizo una mueca de desagrado: si la que deseaba se quedaba allí, le resultaría imposible apoderarse de nuevo de ella. Una vez entrada en aquel lugar -y las puertas abiertas para el coche en plena noche demostraban que era esperado-, una mujer estaba tan bien defendida como detrás de los muros de la Bastilla, cuyas gruesas torres redondas montaban, en sus proximidades, una guardia temible y significativa. Mejor defendida aún, porque en la vieja fortaleza el teniente civil conservaba todavía cierto poder, pero ninguno en el convento.

Fundada en Annecy en 1610 por Francisco de Sales y la baronesa de Chantal, que al enviudar quiso consagrarse a Dios, la orden de la Visitación, de la que ella fue la primera superiora, se extendió con mucha rapidez. En una treintena de años, bajo el impulso de la Contrarreforma, se abrieron casas en gran parte de Francia. La primera de ellas, la de la Rue Saint-Antoine, creció hasta convertirse en pocos años en el convento más noble y frecuentado de París. También en el mejor dirigido: Monsieur Vincent fue su limosnero durante dieciocho años. Por lo que respecta a Madame Maupeou, la superiora, no tenía que envidiar a aquél en cuanto a piedad, austeridad de costumbres y energía. Nacida en el seno de una ilustre familia parlamentaria, dirigía su mundo conventual con mano maestra, rodeada del respeto de todos. Y sobre todo, el propio rey tenía el convento bajo su protección desde quela hermana Louise-Angélique, que había sido en el mundo Louise de La Fayette había tomado los hábitos. [10] Ni siquiera el propio cardenal de Richelieu se habría atrevido a atacar aquella fortaleza celestial, a la que decidió -tal vez a falta de otra cosa- inscribir en lugar preferente en la lista de sus caridades.

Baste con lo dicho para comprender que un teniente civil cualquiera sólo podía romperse la crisma si intentaba escalar los altos muros de la Visitation Sainte-Marie. Sin embargo, se negó a darse por vencido ante la simple vista de un portal cerrado. Sentado en un poyo para caballos en el otro lado de la calle, Laffemas reflexionó largo rato. La carroza que había visto entrar acabaría por salir alguna vez, porque era poco probable que Madame de La Flotte hubiera decidido pronunciar sus votos. Faltaba saber si la visita de aquella noche era una simple parada para evitar abrir su mansión, o si la anciana había ido allí para acompañar a Sylvie. En cuyo caso…

Acostumbrado a examinar los problemas uno por uno, no llevó más lejos su meditación. Después de vigilar un momento más el convento silencioso, Laffemas abandonó un acecho que le había permitido un pequeño descanso, corrió hasta el Grand Châtelet donde encontró a uno de sus oficiales de guardia, y le envió al convento.

— Te quedas allí hasta que veas salir una carroza -siguió una descripción de la misma- que ha entrado esta noche. Cuando salga, espabílate para ver cuántas personas la ocupan y qué aspecto tienen. Si sale de París, haz que los centinelas de las puertas te presten un caballo, y síguela.

— ¿Hasta dónde? -preguntó el oficial, que no era otro que Désormeaux, el buen amigo de Nicole Hardouin, una circunstancia que el teniente civil ignoraba, para bien de los moradores de la casa de Raguenel.

— Hasta el primer relevo de la posta, donde te las arreglarás para saber adónde va. Si te dicen que regresa a su casa, en el valle del Loira, la dejas ir y vuelves a informarme.

Esa clase de misión no era muy del gusto de Désormeaux, cuya naturaleza era más bien contemplativa. Las cabalgatas le fatigaban y sacudían su panza abultada debido a los excelentes guisos de Nicole. Sin embargo, sentía como todos sus colegas un santo terror por el teniente civil, y nunca se hubiera permitido sugerir a Laffemas que recurriese a alguien más esbelto, puesto que el caso era urgente.

Fue sin duda la misión más agotadora de su vida. Cuando al día siguiente por la tarde se dejó caer prácticamente desde lo alto de su caballo, estaba medio muerto, y las noticias que traía sumieron a su jefe en la perplejidad y la inquietud.

— La carroza fue a Versalles -declaró-. En su interior iba una señora de edad, ¡una auténtica dama! Se quedó allí más de dos horas, y luego regresó a la Rue Saint-Antoine.

— ¿A Versalles? Pero ¿a qué lugar de Versalles? No sería…

— Sí. Al castillo. Y el rey estaba allí, porque montaba la guardia una compañía de mosqueteros… ¿Puedo ir a acostarme ahora, o vuelvo al convento?

Sumido en un abismo de reflexiones, Laffemas se contentó con despedir a Désormeaux con un gesto impaciente, y a gruñir:

— ¡Ve a acostarte!

¿Qué podía querer el rey de la abuela de la Hautefort, puesto que nadie entraba en Versalles sin haber sido invitado por Luis XIII?

La misma pregunta se hacía la anciana desde que partió de su castillo a orillas del Loira, pero pensando, con razón, que la respuesta le sería dada, se sentía relativamente tranquila al cruzar el umbral del pequeño castillo de ladrillo rosa y piedra blanca coronado por techos de pizarra que Luis XIII había hecho construir en 1624 en el lugar en que se había alzado una antigua casona señorial perteneciente a los Gondi. Cuando perseguía a los ciervos hasta la noche cerrada en los bosques de los alrededores, pernoctaba allí con sus compañeros, sobre un montón de paja, con las botas puestas y abrigado con su capa.

A pesar de su larga experiencia en la corte, la excelente señora no pudo ofrecer más que una reverencia vacilante, tan cambiado le pareció el rey. Su aspecto era casi tan deplorable como el que tenía cuando estuvo enfermo en Lyon.

De hecho, desde la infancia Luis XIII sufría una enteritis crónica que se resistía tenazmente a los tratamientos -sangrías y enemas- que le aplicaban. Era además un hombre muy nervioso que sufría accesos de angustia y pasaba por períodos de depresión. De hecho, la ignorancia de los médicos tenía la culpa de buena parte de la ruina progresiva de una naturaleza que, al margen del aporte de sangre de los Médicis, se parecía a la del seco y vigoroso Enrique IV. En un solo año, el rey había recibido doscientas quince lavativas y doscientas doce purgas, además de cuarenta y siete sangrías, liberalmente suministradas por su médico Bouvard. A la larga, todos habían acabado por acostumbrarse a su flacura y a su tez, que las intemperies sufridas por aquel cazador compulsivo habían bronceado ligeramente sin llegar a disimular del todo la palidez. En esta ocasión, sin embargo, Madame de La Flotte quedó espantada: la delgadez había llegado a tal extremo que los músculos parecían haberse fundido, la piel presentaba un color plomizo y los ojos aparecían hundidos. Luis XIII se parecía hasta tal punto a un personaje pintado por El Greco que la condesa estuvo a punto de persignarse: ciertamente, la muerte no tardaría mucho en presentarse…

El rey recibió a su visitante en el gran gabinete contiguo a su dormitorio. Estaba sentado junto al fuego, y las tapicerías que lo rodeaban, dedicadas al tema de la caza, eran tan vivas y evocadoras que parecía encontrarse en el corazón de un bosque encantado en el que algún genio se había divertido instalando una chimenea. Sobre el terciopelo gris sin bordados de su vestido, la blancura del gran cuello vuelto y las altas mangas de encaje almidonado resaltaban aún más el aspecto enfermizo del rostro de ojos enrojecidos y de las bellas manos, antes tan fuertes y ahora de una palidez diáfana. Una de esas manos indicó una silla, en tanto que una sonrisa devolvía de repente su edad a aquel hombre de cuarenta años con aspecto de uno de sesenta.

— Apenas me atrevía a esperar que vendríais -dijo-. Imponeros un viaje tan largo en este tiempo invernal y a vuestra edad, es un pecado.

— ¡De ninguna manera, Sire! Siempre me ha gustado viajar a pesar de los inconvenientes, y además la llamada de Vuestra Majestad me ha causado una gran alegría… Por eso me he apresurado a venir puntualmente…

Luis enarcó las cejas.

— ¿Una gran alegría? Es raro que mis órdenes produzcan ese efecto. Tanto más por cuanto no habéis tenido grandes motivos de agradecimiento hacia mí en el último año o algo más. Me he negado a confiaros el puesto de gobernanta del delfín, y después el de dama de honor de la reina…

— Si el rey no me ha juzgado digna, ¿quién soy yo para reprochárselo? -dijo Madame de La Flotte con un buen humor que provocó una nueva sonrisa.

— Sois una buena persona, Madame de La Flotte. Pero también he…, he exiliado a vuestra nieta.

— Lo que me ha extrañado muchas veces es que Vuestra Majestad no lo hiciera antes. ¡Marie puede llegar a ser insoportable!

El rostro triste de Luis se iluminó de golpe como si, al paso de una nube, hubiera sido alumbrado de súbito por el sol.

— Lo cierto es que no quería hacerlo. Le pedí que se alejara por algún tiempo…, ¡quince días todo lo más!

— Y ella contestó que si se iba por quince días, ya no volvería. Por lo demás, Sire, ya que hablamos del tema, ¿puedo deciros algo en confianza?

— Ciertamente.

— ¿Habríais vuelto a llamarla pasados esos quince días? ¡Aquel, o mejor dicho, aquellos que querían su marcha son… tan queridos al rey!

— ¿De quién estáis hablando?

— Pues del señor cardenal… y también del señor de Cinq-Mars.

Un dolor súbito demudó el rostro real y en sus ojos aparecieron unas lágrimas.

— ¡Monsieur le Grand es cien veces, mil veces más insoportable de lo que nunca lo fue Marie! -exclamó-. No para de atormentarme pidiéndome nuevos favores.

— ¿Nuevos favores? ¿Cuándo es Gran Escudero de Francia a los veinte años? -exclamó Madame de La Flotte, sofocada.

— Cierto, cierto…, pero lo ha merecido. Ahora bien, de ahí a entrar en el Consejo como pretende…

— ¿En el Consejo? ¿A título de qué?

— ¡No lo sé muy bien! Guardián de los Sellos, tal vez… Quiere que le haga duque, par del reino…

— ¿Y por qué no primer ministro?

— Por qué no, eso es. Claro que sería difícil que el señor cardenal estuviera de acuerdo, pero está muy enfermo. Algún día será necesario sustituirlo…

— ¿Por el señor de Cinq-Mars?

Luis XIII dirigió a su visitante una mirada inquieta.

— ¿Tal vez sea un poco pronto? Aún es muy joven…

La condesa miró a su rey con un estupor que no intentó disimular. Los rumores de la relación casi amorosa que unía a Luis XIII con aquel joven excesivamente guapo habían saltado de París y Saint-Germain al resto de Francia. Algunos se reían y otros fruncían el entrecejo, pero en el fondo nadie -sin duda a excepción de Richelieu- había medido la extensión y la profundidad del mal. Y no hacía más que crecer, ya que Luis XIII estaba considerando la posibilidad de sustituir a Richelieu, un estadista excepcional a pesar de la opinión que sobre él tenían muchas personas, por un lechuguino de la corte…

— Permitidme que me asombre, Majestad. ¿Por qué razón tiene tanta prisa Monsieur le Grand? Como Vuestra Majestad acaba de decir, es joven, tiene toda la vida por delante. Además, quitar al cardenal su puesto…

— Sucederle, querida, sucederle… Ciertamente es mucho, ¿verdad? Su Eminencia sirve bien los intereses del reino: hemos reconquistado el Artois, estamos a punto de anexionarnos la Lorena, y en el Rosellón la marcha de nuestras armas permite esperar un desenlace feliz. Hay que dar al cardenal tiempo para concluir su obra… Es lo que no paro de repetir a ese joven impaciente.

— Una vez más, si el rey lo permite, ¿por qué esa impaciencia? ¿No ha conseguido ese joven hasta ahora todo lo que deseaba?

— No le niego nada. ¡Es un espectáculo tan bello verle feliz! En cuanto a su prisa… el motivo se resume en el nombre de una dama.

— ¿Marión de Lorme, la cortesana que es su amante y a la que se empieza a llamar Madame la Grande?

— No. Ese es un asunto que siempre me ha molestado, pero en el fondo carece de importancia. Si Cinq-Mars lo quiere todo y ahora mismo, es con el fin de llegar a la altura suficiente para casarse con una princesa. Se ha enamorado de María de Gonzaga…

Una vez más, Madame de La Flotte se quedó atónita. ¡Vaya novedad! María de Gonzaga, princesa de Mantua y duquesa de Nevers, por lo que era conocida como Mademoiselle de Nevers, era una de las mujeres más ambiciosas de la corte. Había intrigado mucho tiempo para casarse con Monsieur y convertirse así en cuñada del rey. Naturalmente fue el cardenal quien se opuso a la maniobra, y desde entonces ella le profesaba un odio feroz. Era hermosa, en el estilo de Juno, majestuosa y marmórea, pero hermosa sin discusión posible.

— Pero ¿no es mayor que él?

— ¡Diez años! Al parecer no da importancia a ese hecho. Desde que la conoció en el baile ofrecido en Saint-Germain para la purificación de la reina después del nacimiento de mi hijo Philippe, Cinq-Mars sueña sin cesar con ella.

— ¿Y ella? ¿Lo ha convertido en su amante?

— No lo decís en serio. Cuando una mujer de su clase quiere a un hombre, no se entrega hasta después de haber conseguido la victoria. Se conforman con el amor cortés -dijo el rey con una risa seca como un chirrido-. Ella es la dama, y él el caballero dispuesto a combatir con gigantes para obtenerla. Quiere el título de par, un ducado y un alto cargo…

— Sire, un matrimonio así es imposible sin el consentimiento del rey.

— ¡Y yo no lo daré nunca, nunca! ¿Lo oís? Por lo menos mientras el cardenal… ¡Oh, deseo tanto que él acepte ser feliz a un precio menor!

Luis XIII ocultó el rostro entre las manos para que su visitante no viera brotar nuevas lágrimas. Ella juzgó que era momento de cambiar de conversación. Los reyes están hechos de tal manera que a veces ocurre que hagan pagar caro un movimiento de debilidad a quienes han sido testigos de él.

— Sire -dijo con suavidad-, ¿consentirá el rey en confiarme la razón por la que he sido llamada?

De inmediato las manos bajaron, secando de paso algunas lágrimas, aunque los ojos enrojecidos aún revelaban su existencia.

— ¡Es muy justo! Quiero saber cómo se encuentra Marie.

— Bien, Sire.

— Me alegra saberlo. Yo… ¡Oh, para qué andar con cortesías! La añoro, señora. Por dura que haya sido conmigo, me transmitía un poco de su valor, de su capacidad de resistencia…

— Y por esa razón han querido su marcha. Era un baluarte frente a algunas grandes ambiciones.

— Sin duda, pero ella ni siquiera intentó torcer mi voluntad… Oh, no me habléis de su orgullo, demasiado lo conozco, pero esperaba que me amara un poco. Por desgracia, únicamente ama a la reina…, ¡una ingrata que no ha hecho nada para conservarla a su lado!

El rey se levantó, se paseó por la habitación y luego volvió a detenerse delante de la chimenea, tendiendo las manos hacia el fuego.

— ¿Es que le resultaba imposible amar a la vez a la reina y al rey? -suspiró, más para sí mismo que para su visitante-. Ella sabía muy bien que yo jamás le habría pedido nada contrario al honor. En ciertos momentos llegué a creer que me amaba un poco. Tenía impulsos, que enseguida reprimía, claro está, miradas que a veces se suavizaban… -Se volvió con brusquedad-. ¡Quiero volver a verla! ¡Hablar con ella como lo hacíamos en otro tiempo! Es una guerrera. Yo también lo soy, pero ella es más fuerte que yo. ¿No puede volver?

— No, si el rey no revoca su orden de exilio. Y el rey no lo hará…

— No, sin duda. ¡Habría demasiado alboroto! Pero le aconsejé que se casara. ¿Puedo buscarle un partido digno de ella?

— Marie no aceptará el matrimonio si no es por amor, y no ama a nadie…

— ¿Ni siquiera al marqués de Gesvres, a quien prohibí que se casara con ella?

— Ni siquiera a él, Sire, porque si lo hubiese amado, sería ya su mujer, le placiera o no a Vuestra Majestad.

Con la facilidad de los niños para pasar de la pena a la alegría, Luis XIII rompió a reír. ¿Quizá debido al alivio de saber que Marie no amaba a otro? Luego, tras carraspear dos o tres veces, aventuró:

— ¿Y si le escribiera una carta? Una simple carta, ¿me entendéis? Yo os la entregaría, y le permitiría, sin regresar a la corte, vivir más cerca de París. En Créteil, por ejemplo.

— ¿En Créteil?

— ¡Vamos, no simuléis que no entendéis la idea! En la época en que eran obispos de París, los Du Bellay tenían allí una posesión. El castillo de Mesches, si mi memoria no flaquea.

— ¡Vuestra memoria es excelente, Sire! Pero la propiedad correspondía al obispado de París, como también el señorío de Créteil.

— Cierto, cierto, pero vuestra familia ha conservado allí una mansión, próxima a la antigua granja de los Templarios, una casa muy bonita que antaño perteneció a Odette de Champdivers, la favorita de Carlos VI, el pobre rey loco. ¿No la conserváis aún?

Viendo el punto al que pretendía llegar el rey, a Madame de La Flotte no le pareció útil -ni prudente- mentir: estaba muy bien informado.

— ¡Oh, sí! Pero vamos allí muy poco, y serán precisas reformas…

— ¡Hacedlas! Os daré un bono de mi caja personal, pero encargaros con discreción. Nada que pueda llamar demasiado la atención. Después de todo, bien podéis haber recuperado la afición por esa mansión familiar y desear residir allí…

— ¿Y también Marie? Entendámonos bien, Sire. Dejando aparte el hecho de que ignoro cómo acogerá vuestra carta, nunca aceptará el puesto de Odette de Champdivers.

El puño del rey golpeó con fuerza una mesa en la que aparecía el escudo con sus armas.

— ¡Quiero hablar con ella, señora, no acostarme con ella! ¡Deberíais conocerme mejor!

— Ruego al rey que me perdone, pero, admitiendo que Marie acepte, el cardenal no tardará en saberlo. ¡Es imposible ocultarle nada!

— ¡Salvo cuando yo lo quiero! Por lo demás, tiene otros motivos de preocupación en estos días. ¿Sabéis que pasado mañana casa a su sobrina con el hijo del príncipe de Condé, que babea de gratitud? ¡Bonita boda, en verdad! Claire-Clémence de Brézé no tiene más que doce años y está lejos de ser bonita. Tampoco Enghien es guapo, pero posee ese tipo de fealdad que atrae a las mujeres. Además está enamorado de otra, que es encantadora. Pero a su señor padre le atraen tanto la dote como las ventajas de entrar en la familia de mi ministro. De modo que yo iré al Palais-Cardinal con la reina para firmar el contrato…

Era evidente que ese matrimonio le disgustaba, pero su visitante aprovechó la ocasión para tantear el terreno en otra dirección.

— ¿Puedo pedir al rey noticias de Su Majestad la reina?

El rey, que mientras hablaba se había sentado a una mesa de la que había tomado papel y pluma, levantó la cabeza.

— ¿Por qué no se las pedís vos misma? No estáis exiliada, que yo sepa. Cuando volváis a París, pasad por Saint-Germain para saludarla. ¡Tomad! Aquí tenéis una autorización para Marie, si consiente en venir a Créteil, y aquí la carta de que os he hablado -añadió sacando del bolsillo una carta ya sellada-. Decidle que si viene, no me costará nada visitarla. Sabéis que me sigue gustando ir a cazar al valle del Marne cuando me instalo en Saint-Maur.

Hizo una pausa, y añadió con la extraña sonrisa que, a pesar de los estragos de la enfermedad, le devolvía a su infancia:

— ¡Otro castillo construido por los Du Bellay, antes de que lo comprara Catalina de Médicis! Vuestra familia era muy poderosa en esta región. ¿Por qué no habría de volver a serlo?

Madame de La Flotte entendió muy bien lo que quería decir el rey, y la reverencia que hizo lo reflejó de alguna manera, porque se sentía llena de alegría y esperanza al pensar en sus queridos nietos. De modo que se marchó decidida a combatir con todas sus fuerzas las razones que podría argumentar Marie para seguir encerrada en La Flotte. Aunque a decir verdad, ¡podía apostarse a que cogería la pelota al vuelo! El campo en invierno no resulta muy divertido. Y además, la reina, que debía de echar mucho de menos a su fiel dama de compañía, tal vez también le enviaría unas palabritas…

Si esperaba una acogida calurosa por parte de la reina, quedó decepcionada. Su aparición en el Grand Cabinet de Ana de Austria más pareció una piedra arrojada a una charca llena de ranas que la llegada de una persona bienvenida, a pesar de la amplia y suntuosa sala más recordaba a una pajarera gracias al batallón de doncellas de honor que piaban en un rincón, como si quisieran formar pantalla entre el grupo formado por Ana de Austria y dos visitantes, y el que rodeaba a Madame de Brassac, la dama de honor. Los visitantes no eran otros que María de Gonzaga y el favorito del rey, el joven Cinq-Mars, más Adonis que nunca en presencia de una altiva Juno a la que dedicaba miradas llenas de amor.

Cuando anunciaron a Madame de La Flotte se hizo un silencio repentino y todos mostraron el aire de dolorosa sorpresa que resulta de rigor ante un objeto vagamente escandaloso que ofende la vista. Cinq-Mars arrugó su hermosa frente. La reina se rehízo con rapidez.

— ¿Cómo, condesa? ¿Vos aquí? ¡Qué agradable sorpresa! ¿Por fin os habéis decidido a abandonar el campo?

Sin ser tan abrupto como el de su nieta, el orgullo de Madame de La Flotte no era menos quisquilloso.

— El deseo de saludar a Vuestra Majestad me habría traído de mucho más lejos que mi casa de París. ¿Puedo recordar a la reina que nadie, hasta el momento, me ha exiliado?

Para su sorpresa fue Cinq-Mars quien, con la audacia de quien se sabe todopoderoso, respondió:

— Todos pensábamos que preferiríais permanecer junto a Mademoiselle de Hautefort, para confortarla en su desgracia.

Habría hecho mejor callándose.

— Desgracia inmerecida, señor Gran Escudero, y todos sabemos a quién la debe. De todas maneras, no os hablaba a vos. De hecho, señora -añadió, dirigiéndose de nuevo a la reina-, mi intención era sobre todo traer a nuestra soberana el testimonio de nuestro obediente respeto y decirle…

— Estamos absolutamente convencidas de ello -interrumpió la reina-. Yo amaba mucho a Mademoiselle de Hautefort, y ella lo sabe.

— ¿Quiere decir Vuestra Majestad que ya no la ama?

— ¡Qué idea, vamos! Gracias por vuestra visita, condesa, me he alegrado mucho de veros -dijo la reina con nerviosismo-. ¡Madame de Motteville! ¡Tened la bondad de acompañar a Madame de La Flotte hasta su coche! Parece muy cansada, y me figuro que tiene prisa por regresar a su casa lo más pronto posible.

Con asombro indignado, la condesa vio acercarse a una joven de aproximadamente veinte años, rubia y sonriente pero con los ojos más chispeantes y fisgones que quepa imaginar. A pesar del tiempo transcurrido la reconoció, porque la había visto de niña cuando estaba ya al servicio de la reina y había sido incluida en la especie de cortejo hacia el exilio que acompañó a la duquesa de Chevreuse y al embajador español Mirabel. Se llamaba entonces Françoise Bertaut y era la sobrina del poeta del mismo nombre. En cuanto al nombre de Motteville -Madame de La Flotte lo sabría más tarde-, le venía de un presidente del Parlamento de Normandía, mucho más viejo que ella y que acababa de dejarla viuda. De ahí la reciente llamada para que volviera a la corte, donde ocupaba el puesto privilegiado de camarera de la reina.

Con un gesto tajante, la abuela de Marie rechazó la mano que se le ofrecía.

— Agradezco a Vuestra Majestad su solicitud, pero mis piernas todavía me sostienen bien. Me han traído hasta aquí y sabrán también devolverme a mi carroza. ¡Soy la humilde servidora de Vuestra Majestad!

Tras una impecable reverencia dejó el lugar llena de dignidad, sin querer advertir el gesto de la reina, que le tendía la mano. Estaba furiosa y descorazonada a la vez. Que el rey se hubiera dejado seducir por el encanto de aquel muchacho demasiado guapo aún podía explicarse, por más que su intento de recuperar a Marie tenía bastante parecido con una llamada de auxilio, pero que también la reina hubiera caído en la trampa tendida por el cardenal, era demasiado.

— El rey tiene razón -murmuró, mientras su coche se alejaba del castillo-. Es una ingrata, nada más que una ingrata. Habrá que enseñar a Marie a seguir la línea de conducta de sus antepasados: ¡servir al rey ante todo! Y para empezar, intentar reconciliarse con él…

Así pues, en cuanto estuvo de nuevo en la Visitation Sainte-Marie, aunque era ya muy tarde y, como no había probado bocado desde la mañana, se moría de hambre, se tomó tiempo para escribir a su intendente de Créteil y darle instrucciones a fin de poner en condiciones su casa, en la que pensaba residir algunas semanas a partir del mes siguiente. Después fue a buscar a Sylvie.

La encontró en la gran capilla nueva, consagrada a Nuestra Señora de los Ángeles. Sentada en la parte de la nave reservada a los visitantes y a las escasas pensionistas, escuchaba con lágrimas en los ojos a las Visitandines dispuestas en el coro, del lado de la clausura, cantar a media voz un stábat máter que ella misma había cantado con las religiosas del Val-de-Gráce en una época que sólo ahora comprendía hasta qué punto había sido feliz: ella amaba a François, y éste amaba a la reina pero la trataba a ella con una ternura llena de solicitud. Ahora, François no amaba a la reina ni a ella. Se había desviado de su camino para unirse a una mujer demasiado bella para no ser también peligrosa. Y si estaba perdido definitivamente para ella, Sylvie tenía miedo de reconocer que, sin él, su vida ya no tendría sentido, ni sabor…

Sin embargo, el instante presente le proporcionaba una serenidad inesperada, tal vez porque era un momento de belleza pura. Las llamas de los cirios arrancaban reflejos de la cruz de plata que las monjas llevaban sobre sus severos hábitos negros, nimbaban con una suave luz dorada los perfiles de sus rostros enmarcados por la cofia de estameña blanca y el velo negro, e iluminaban la cohorte blanca de las novicias.

Era a ellas sobre todo a quienes observaba Sylvie, consciente de que bastaría una palabra para ocupar un lugar en medio de ellas. Una palabra que tal vez acabaría por pronunciar, a pesar de la poca atracción que sentía por los conventos. Era un puerto como cualquier otro, ¡y se sentía tan cansada de su vida desarraigada! No tenía ni siquiera derecho a regresar a Belle-Isle, a la casa que había empezado a amar, porque según Marie los esbirros de Laffemas habían ido hasta allí, a estropear el maravilloso paisaje con su presencia. ¡Quizá lo peor fuera encontrarse tan cerca de la pequeña casa de la Rue des Tournelles en la que vivía Perceval de Raguenel, y no poder visitarle! Aquél era su verdadero refugio, el único que añoraba después de tantos meses pasados lejos, pero le estaba prohibido para no ponerlo en peligro… ¿Pronunciaría tal vez, después de todo, la palabra que se esperaba de ella? ¿No le había declarado el propio François, de una manera bastante brutal, que no veía otro destino posible? Y además, si aceptaba tomar el velo se convertiría en intocable, y su padrino podría venir a verla al locutorio…

Alzó la cabeza hacia la alta cúpula invadida por las sombras de la noche, hacia las que parecía ascender la Virgen cuya Asunción radiante dominaba el altar mayor, y pensó que el Cielo estaba en verdad demasiado por encima de sus fuerzas, como años atrás lo había estado la torre de Poitiers, en Vendôme, cuando ella era una niña muy pequeña y antes incluso de poner el pie en el primer peldaño de la escala de Jacob necesitaba sentarse a reflexionar. Se disponía a salir cuando Madame de La Flotte se sentó a su lado y la tomó de la mano.

— Nuestros asuntos están mejor aún de lo que pensaba -cuchicheó la anciana-. Por más que han tomado un sesgo bastante inesperado. Pero hablemos de vos. ¿Qué pensáis de esta casa?

— Que quienes la habitan parecen estar animadas por la inspiración divina, ¡y no es mi caso!

— Tampoco el mío, y no es eso lo que os pregunto. ¿Creéis que podréis quedaros aquí algún tiempo sin morir de aburrimiento hasta el extremo de pronunciar, por simple rutina, unos votos perpetuos?

— Querría sobre todo volver a ver a mi padrino. Por eso quise acompañaros aquí. Si no, cualquier otro convento habría servido para obedecer las órdenes del señor duque de Beaufort.

— Dejad de decir tonterías y escuchadme. Hay grandes posibilidades de que Marie venga dentro de poco tiempo a vivir en la casa que poseemos en Créteil. No me preguntéis nada más…

— El rey quiere volverla a ver -dijo Sylvie-. Debe de ser difícil olvidarla.

— Ya, pero al parecer no es el caso de la reina. Dicho esto, dejadme acabar: a vuestro padrino le veréis en los próximos días, y también sin duda a Madame de Vendôme, a la que iré a visitar mañana antes de marchar de aquí; pero para eso, y sobre todo para garantizar vuestra protección, habréis de pedir entrar en el noviciado. No compromete a nada y se puede abandonar en cualquier momento, a no ser que hayan pasado más de dos años -añadió, ante el gesto de protesta de Sylvie-. Así me volveré más tranquila. Lo que no ocurriría si os quedarais aquí como simple pensionista… ¿Aceptáis?

— No tengo alternativa.

— Sólo instalaros en la Rue des Tournelles, con todas las consecuencias posibles, para vos misma y para las personas a las que amáis.

Sylvie no contestó enseguida. En ese momento, el coro de religiosas entonó un cántico de Eustache du Caurroy que ella conocía, y, después de una ligera duda, se puso a cantar. Su voz se elevó de improviso, tan pura, tan fresca, que en el coro todas las cabezas se volvieron hacia ella; y lentamente avanzó por la nave con una vibración en el fondo del corazón parecida a la alegría. Acababa de pensar que al menos iba a poder cantar tanto como le apeteciese.

Al día siguiente, la madre Marie-Madeleine entregó a Mademoiselle de Valaines el hábito, la cofia y el velo blanco. Una hora más tarde, Madame de La Flotte, aliviada de un gran peso, emprendía el camino del Vendômois preguntándose cómo acogería Marie la carta del rey. Era capaz de romperla sin siquiera leerla.

De modo que se sintió agradablemente sorprendida cuando la Aurora, después de una lectura que no inspiró el menor signo de emoción en su bello rostro, volvió a doblar el papel para abanicarse distraídamente con él antes de deslizado en un bolsillo de su vestido, en el que dio después unos golpecitos con aire satisfecho…

— ¡Tendré que reflexionar! Digamos… hasta la primavera. Los viajes son más agradables cuando los manzanos están en flor.

— ¿No es poner demasiado a prueba la paciencia del rey? Me ha parecido desamparado.

— Hacerse desear nunca ha perjudicado a nadie. Y además tranquilizaos, abuela, le haré llegar un mensaje. Por el momento debo quedarme aquí. La orden de arresto dictada contra el duque de Vendôme tiene revolucionada la región. Vuestro primo Du Bellay se prepara incluso para la defensa de Vendôme. ¿El rey no os ha dicho nada de él?

— Teníamos otros temas de que hablar, y admito que, dada vuestra actual situación, no tenía el menor deseo de añadir a nuestros problemas el caso siempre candente del duque César y sus hijos. Sin embargo, antes de volver pasé por el hôtel de Vendôme. La duquesa y su hija no tienen noticias, y procuran pasar tan inadvertidas como pueden. Rezan mucho, pero no hay por qué compadecerlas. El obispo de Lisieux, el abate de Gondi, su tío el arzobispo de París e incluso Monsieur Vincent las protegen con su solicitud, porque, por supuesto, nadie puede creer que el hijo de Enrique el Grande sea un vil envenenador. Pienso que todas esas santas influencias acabarán por favorecer a los fugitivos. El cardenal tendrá que contar con ellas…

Unos golpes casi inaudibles en la puerta la interrumpieron. Jeannette, que había oído la llegada de la carroza desde el ropero, donde estaba ayudando a planchar, venía tímidamente a pedir noticias. Ante su pobre carita angustiada, Marie, siempre tan distante, tuvo el impulso de correr hacia ella y pasar un brazo protector por sus hombros.

— No te atormentes más, Jeannette -le dijo-. Todo va bien. ¡La Visitation cuenta con una novicia más, y eso es todo!

— ¿Una novicia? ¡Pero si nunca ha querido oír hablar del convento! ¡Monseñor François ha sido muy cruel al enviarla allí!

— No se quedará, puedes estar tranquila, pero en ninguna parte estará mejor protegida. Y además volverá a ver a su querido padrino, que irá a visitarla al locutorio. Sin contar a Madame de Vendôme y su hija, cuando se atrevan a salir otra vez de casa.

Lo cierto es que Marie estaba menos tranquila de lo que aparentaba. Habría preferido cien veces que Sylvie se quedara con ella. París y, sobre todo, la proximidad del teniente civil le parecían inquietantes, por más que entre ellos se interpusiera una clausura lo bastante estricta para hacer retroceder al rey y el cardenal. Y el caso Vendôme no contribuía a arreglar las cosas. Marie conocía demasiado el carácter impulsivo de Sylvie, capaz de saltar la tapia del convento para ir a echarse a los pies de la reina, del cardenal o de no importa quién, en el caso de que los Vendôme fueran apresados y llegase hasta ella la noticia de su arresto. ¡En fin! Era preciso esperar que no ocurriese nada desagradable hasta al cabo de un mes, fecha en la que se trasladaría a la casa de Créteil.

Pero primero llegaron noticias de los Vendôme, y ¡vaya sorpresa! Después de haber instalado a su padre en Inglaterra, donde había encontrado una excelente acogida por parte de la reina Enriqueta, su hermanastra, Mercoeur y Beaufort habían regresado a la región después de una breve estancia en París: apenas el tiempo necesario para que les fuera entregada una orden de exilio en sus tierras, con prohibición de salir de ellas hasta el final de la instrucción del proceso a César. Una vez en el Vendômois, se habían separado: mientras el mayor se instalaba en Chenonceau, François optaba por encerrarse en Vendôme, donde la población le había acogido con entusiasmo.

Fue más de lo que podían soportar la curiosidad y la impaciencia de Marie. Después de hacer que le prepararan un equipaje ligero pero a pesar de todo suficiente para incluir dos vestidos de recambio, se montó al caballo y, seguida por Jeannette en lugar de su propia camarera, que se había quemado con una plancha de la ropa, y por dos criados, tomó el camino de Vendôme.

Si pensaba encontrar a François paseando por las calles de la villa o inspeccionando las fortificaciones, quedó desengañada: el señor duque estaba en el castillo, donde recibía a algunos amigos. Entre ellos se encontraba al parecer Madame de Montbazon, porque la primera cosa que vio Marie al entrar en el patio de honor fue una carroza con su blasón. Era poco probable que el gobernador de París hubiera acompañado a su esposa, y el humor de la visitante se agrió. Aquel amor que se exhibía con tanto impudor estaba adquiriendo las dimensiones de la pasión, y le desagradaba. No por ella misma ni por la reina, que parecía tener otras ocupaciones, sino por Sylvie, a la que Fran‹jois había enviado al convento simplemente con chascar los dedos.

Estuvo a punto de volver grupas, pero desde el momento de cruzar las puertas de Vendôme había sido anunciada, y Beaufort acudió en persona, exhibiendo una amplia sonrisa, a sostenerle las riendas.

— ¿Vos, amiga mía? ¡Qué gran placer inesperado!

— ¿Tan inesperado como ese otro? -dijo ella medio en broma medio en serio, señalando el coche con una mano mientras François le besaba la otra.

— No. Ése era esperado. Están aquí algunos amigos que han venido a festejar nuestro regreso a casa. Algunos de ellos llegan de Inglaterra, pero como no me cabe duda de que se cuentan entre vuestros innumerables admiradores, nuestra pequeña reunión será tanto más agradable. ¡Venid! Ya he dado orden de que os preparen un aposento.

Luego, al darse cuenta de repente de la presencia de la camarera de Sylvie, preguntó:

— ¿Jeannette? ¿Cómo es eso?

— Cuando se entra en el convento -respondió Marie-, se deja a la puerta a los criados, e incluso los vestidos.

— ¿Sylvie está en el convento?

— En la Visitation Sainte-Marie. La enviasteis allí con tanta desenvoltura que no ha querido negaros ese placer…

— ¡Pero es insensato! Me enfureció ver que se había marchado de Belle-Isle, pero nunca quise…

— Digamos que disimulasteis muy bien, y ella os creyó. Ha obedecido sin mucho entusiasmo, debo reconocerlo, pero al menos tendrá la felicidad de volver a ver en el locutorio al caballero de Raguenel, al que quiere profundamente. Además, nadie podrá llegar hasta ella en ese refugio. ¡Pero hablaremos de ella más tarde! Me gustaría refrescarme un poco.

— Por supuesto. Después de todo, mientras no pronuncie votos perpetuos…

— Ese es un asunto entre Dios y ella, pero me admira la tranquilidad con que os acomodáis a los pequeños problemas que vais creando, querido duque.

A pesar de todo, Beaufort no se había atrevido a instalar a su amante en los aposentos que utilizaba su madre en sus visitas a Vendôme, de modo que fue Mademoiselle de Hautefort quien los heredó, con cierta satisfacción que la incitó a hacer gala de una perfecta cortesía cuando se encontró frente a Madame de Montbazon. Por otra parte, ambas mujeres poseían en grado sumo ese tono de la corte que tanto ayuda en las negociaciones diplomáticas. Además, no las animaba ninguna antipatía personal y, si la Marie morena era la amante oficial de François, Marie la rubia no pretendía rivalizar con ella. Así pues, todo transcurrió del mejor modo posible.

En cambio, el resto de los «amigos» anunciados por Beaufort no dejó de sorprenderla, por su aspecto heteróclito: dos hermanos normandos, Alexandre y Henri de Campion, que habían servido al Condé de Soissons hasta la mortal victoria de éste en el combate de La Marfée; el padre La Boulaye, confidente de César y recién nombrado por él prior de la colegiata de Saint-Georges, que formaba parte del castillo; el Condé de Vaumorin, del que Marie supo muy pronto que servía de correo entre Londres y Vendôme. Todos ellos parecían gravitar alrededor de un personaje muy curioso, un jorobado pequeño y de pelo negro, Louis d'Astarac de Fontrailles, senescal de Armagnac y sobre todo confidente y representante de las ideas de Monsieur. También él llegaba de Londres, donde le retenía en principio una orden de exilio. Finalmente, estaba allí un joven bien parecido al que Marie conocía bien por haberle visto en muchas ocasiones en el círculo de la reina, de la que era ferviente admirador, y que había más o menos reemplazado a Beaufort en el papel de galán. Se llamaba François de Thou, procedía de una gran familia parlamentaria y era buen amigo de Cinq-Mars, que le llamaba en broma «Su Inquietud»: era una persona cultivada y seria que extrañaba encontrar en medio de todos aquellos rayos de la guerra, porque ocupaba el puesto, claramente inferior a sus aptitudes, de bibliotecario del rey, después de haber combatido valerosamente en Arras. Unía a todos ellos un rasgo común: el odio a Richelieu, de quien todos tenían queja por una u otra razón. Fontrailles porque en una ocasión se había burlado de su deformidad; De Thou porque consideraba ridículo su puesto de rata de librería; los demás, por razones diversas que se resumían en su devoción a la casa de Vendôme. Mademoiselle de Hautefort, en otro tiempo dama de compañía de la reina y castigada con el exilio sin una razón justificada, recibió de aquellos hombres una acogida calurosa, debida tanto a su resplandeciente belleza como a su «desgracia».

Sin embargo, muy pronto descubrió que su actual papel, como el de Madame de Montbazon, había de ser simplemente decorativo. Aquellos hombres, con la excepción de Fontrailles que representaba a Monsieur, eran portadores de las órdenes de César de Vendôme, que desde la corte de Saint James dictaba a sus hijos.

Después de una cena irreprochable, agradable desde todos los puntos de vista y en la que la mayor ocupación consistió en complacer a las damas, los criados se retiraron mientras los escuderos de Beaufort, Ganseville y Brillet, vigilaban las puertas de la gran sala. Fue Fontrailles el primero en tomar la palabra, con un saludo a las dos mujeres:

— Señores, y vosotras también, señoras, estamos aquí para afinar nuestros instrumentos musicales en la gran partitura destinada a librar al reino, por fin y para siempre, del hombre que lo estrangula desde hace tantos años.

Aunque era feo y contrahecho, la naturaleza le había concedido un encanto sorprendente: una voz de violonchelo, de un tono oscuro y aterciopelado, con un curioso poder de seducción. Desde las primeras palabras, todos se sintieron atrapados por su encanto.

— Únicamente estoy aquí de paso para llevar a nuestra amiga la duquesa de Chevreuse, en España desde hace demasiado tiempo, el testimonio de la amistad y la confianza del señor duque de Vendôme. A través de ella, tengo la seguridad de ser recibido rápidamente por el Condé-duque de Olivares, primer ministro de Su Majestad el rey Felipe IV.

Como los demás, Marie escuchaba la musicalidad de aquella voz excepcional, pero no tardó en interesarse también por el texto. Sin sorpresa, descubrió que se trataba de una conjuración destinada a eliminar a Richelieu con la ayuda de España, pero se sintió confusa al enterarse de que el jefe de aquella amplia conspiración en la que participaban Monsieur -¿se podía conspirar sin él?- y la reina, no era otro que el Gran Escudero, el favorito agasajado de mil maneras por Luis XIII, el demasiado seductor Cinq-Mars. Como, sin embargo, había sido informada por su abuela de las ambiciones del joven, no dudó en entrar en el debate.

— Que el señor de Cinq-Mars desee desembarazarse del cardenal, que le impide ascender hasta donde desea con el fin de desposarse con Mademoiselle de Nevers, no me sorprende, pero ¿qué pasa con el rey? ¿Contáis, señores, con eliminarle también a él?

— ¡De ninguna manera! Somos sus súbditos fieles. Como estáis alejada de la corte desde hace un tiempo, ignoráis sin duda que los sentimientos de Su Majestad hacia su ministro han cambiado considerablemente. El rey está cansado de soportar una tutela insoportable…

— ¿Os lo ha dicho?

— No a mí, pero sí a Monsieur le Grand. Cuando éste le suplicó que se librara de una férula odiosa «agradeciendo» sus servicios a Su Eminencia, el rey se negó y mostró todos los signos de un temor muy grande. Entonces nuestro amigo sugirió algo más… definitivo.

— ¿Y qué dijo el rey? ¿Siguió espantado?

— No. Reflexionó un momento y luego murmuró, como hablando consigo mismo: «Es sacerdote y cardenal, yo sería excomulgado.» Cabe añadir que nuestro Sire está muy enfermo… ¡y también Richelieu, por otra parte!

— En ese caso, ¿por qué mezclar a España en un asunto francés? -intervino Beaufort-. Quizá baste con esperar.

— Monsieur y Cinq-Mars no pueden esperar más, precisamente porque la salud del rey es mala. Monsieur quiere la regencia, y Cinq-Mars…

— A Mademoiselle de Nevers, a quien se pretende casar con el rey de Polonia. Estoy de acuerdo, pero España…

— La habéis combatido demasiado para amarla, querido duque -prosiguió el jorobado-, pero nos proporcionará los medios para no ser acusados de la muerte del cardenal. Nos suministrará el arma y el ejecutor, cuando el rey y su funesto ministro viajen al Rosellón y a Cataluña, como tienen intención de hacer.

— ¿Y si mi tío el rey muere antes que el cardenal?

— Monsieur obtendría la regencia… pero como el cardenal tiene partidarios infiltrados en todas partes, no viviría mucho tiempo. Y también estaría en peligro toda la nobleza de Francia. Por eso es necesario librarnos de él.

Beaufort se volvió hacia el joven De Thou, que escuchaba sin decir palabra.

— ¿Qué piensa nuestro jurista?

Este enrojeció, pero ofreció a su anfitrión una sonrisa encantadora.

— Que los riesgos son tan grandes que será necesario protegerse con todas las garantías posibles. El viaje del señor de Fontrailles a España puede ser una buena cosa. Falta saber lo que ofrecerá ésta… y a qué precio.

Allí quedó todo y la reunión concluyó, porque el jorobado debía partir por la mañana. François fue a tomarla mano de Madame de Montbazon, que no había abierto la boca, y la besó, antes de pasarla a Pierre de Ganseville, encargado de conducirla a sus aposentos.

— Iré a saludaros enseguida, mi dulce amiga. Por el momento, disculpad que me ocupe de ciertas disposiciones…

Como no hizo lo mismo con Mademoiselle de Hautefort, ésta pensó que debía de formar parte de las disposiciones aludidas, y se acercó a la chimenea, en la que ardía un tronco entero. Los demás comprendieron y fueron a saludarla antes de retirarse.

— ¿Y bien? -dijo François al volver con ella-. ¿Qué pensáis de todo esto?

— Que cualquier asunto en el que ande mezclado Monsieur es peligroso por principio. Dios sabe lo mucho que odio a Richelieu, y que admito gustosa que su desaparición sería beneficiosa. Pero Cinq-Mars es un joven alocado, ebrio de ambición, al que le da vértigo la posición que ha alcanzado. Si queréis creerme, François, manteneos al margen de todo esto.

— Pero ¿y mi padre?

— El duque César está lejos y no irán a buscar su cabeza al otro lado del Canal si el complot fracasa, como todos los que lo han precedido. Si tenéis cariño a vuestra propia cabeza, como creo, manteneos quieto. Sonreíd, aprobad, pero sobre todo no firméis nada y, si me permitís que os dé un consejo…

Con un gesto rápido, él se inclinó hacia ella y posó en sus labios un ligero beso.

— ¡No me lo deis, mi querida Prudencia! Si España ha de participar en una conjuración de cualquier tipo que sea, yo no aceptaré colaborar. Soy un príncipe francés, señora, y antes que nada un soldado. Pensar en España me hace verlo todo rojo…

— Yo tenía entendido que amabais… al menos a una española.

— ¡Y no he cambiado, Marie! Si llegáis a verla, decidle que ahora tiene un hijo (¡tiene dos, de hecho!) y que las cosas ya no son como eran. Me cuesta creer que la reina de Francia pueda prestar su bella mano a una conspiración que podría costar el trono al pequeño Luis.

Marie fijó su mirada azul en la de su anfitrión, como si quisiera leer en sus profundidades:

— ¿La amáis todavía?

— Siempre.

— ¿Entonces? -Con la cabeza, indicó la puerta por la que había salido la divina duquesa.

François sonrió:

— ¡Dios mío, qué joven sois! Tengo veinticinco años, mi bella Aurora, y nunca he hecho voto de vivir como un monje. La que me espera arriba, en la torre de los Cuatro Vientos, me da más de lo que yo me atrevía a esperar. Quizás a ella le debo el conservar la cabeza fría en medio de los torbellinos que se forman a mis pies.

— ¿Tan sólo la cabeza?

— Por supuesto. Me hace apreciar la felicidad de sentirse vivo.

— ¿Habéis olvidado que la muerte de Richelieu os permitiría matar a Laffemas y liberar así a una persona por lo menos tan deliciosa como vuestra duquesa?

— ¿Por qué creéis, si no, que escucho a esos señores y les recibo en mi casa? Les deseo el mejor de los éxitos, pero sin mí. Y con la condición de que no toquen al rey. De lo cual aún no estoy seguro.

— No se atreverían…

— ¿A matarlo? No, pero a adelantar el instante de la muerte de un hombre tan enfermo, tal vez sí. Estoy seguro de que De Thou no piensa así, pero Fontrailles… Id a dormir, amiga mía, y estad segura de que no daré un paso más en este asunto. Os doy mi palabra.

Mientras subía a su habitación, Marie pensó que ya era demasiado que aquella reunión «preparatoria» se hubiera celebrado en Vendôme. Antes de acostarse, se acercó a la ventana, azotada por una lluvia rabiosa y fría. Vio llover y se dijo que aquel tiempo era espantoso para viajar. Sin embargo, sabía que, apenas de vuelta en La Flotte, apresuraría su marcha a Créteil, incluso aunque hubiese de helarse durante unos días en una casa mal preparada para recibirlas a ella y a su abuela. No era que la idea de ver morir al cardenal le inspirara un dolor atroz, lo detestaba demasiado para eso, pero, como a Beaufort, le disgustaba la intervención de España y, más aún, le horrorizaba la idea de que el joven Cinq-Mars, cubierto de honores gracias al cardenal y colmado de regalos por un rey demasiado débil, no pensaba sino en morder o incluso mutilar la mano que lo alimentaba.

A pesar de todo, tuvo una sonrisa para Jeannette, que acudió a ayudarla a desvestirse:

— Muy pronto volveremos a ver París, Jeannette.

— ¿Han vuelto a llamar a Mademoiselle?

— Sí y no. Yo estaré en las afueras de la ciudad, pero a ti nadie te impedirá darte una vuelta por la Rue des Tournelles. O incluso volver a visitar el hôtel de Vendôme. En este momento, deben de necesitar mucho a los servidores fieles…

La alegría que iluminó de súbito el rostro, antes tan triste, de la joven camarera, vino a compensar los sombríos pensamientos que asaltaban a Marie, y le permitió conciliar el sueño.

7. Un frasquito de veneno

Tras descubrir que Sylvie se encontraba en el convento de la Rue Saint-Antoine, Laffemas vivía en un estado de excitación que casi le llevaba a olvidar la amenaza constante de que era objeto. Que la muchacha estuviese tan cerca y en cambio resultase inaccesible estimulaba un deseo que le mantenía despierto durante largas horas por las noches. Como no podía hacerlo en persona -su cargo se lo prohibía-, hacía vigilar la Visitation día y noche con el nebuloso pretexto de que una conspiradora de alto linaje acababa de refugiarse allí con su acompañante. Incluso dio a entender que se trataba de la duquesa de Chevreuse. Sus esbirros tenían orden de seguir a una u otra de las dos mujeres, en el caso de que salieran del convento. Como sabía que no había la menor oportunidad de que la «Chevrette», la cabrita, bien conocida por la policía e instalada en Madrid, apareciera por la Rue Saint-Antoine, se había esforzado por hacer de su pretendida acompañante un retrato que reproducía con una exactitud maníaca el rostro y la silueta de Sylvie. Naturalmente, Nicolas Hardy, que conocía la verdad, era quien se encargaba más a menudo de la vigilancia, lo cual no le entusiasmaba: no sentía la menor simpatía por la muchacha que le habían enviado a buscar al fin del mundo para volver de allí tullido. No había la menor oportunidad de que se le escapara, pero, como distaba mucho de ser estúpido y quería inclinar del todo la balanza a su favor, se había asegurado la colaboración de dos pilletes que iban en ocasiones a vender velas al convento. Por ellos supo que una señorita de Valaines acababa de ser admitida entre las novicias, información que llevó al colmo la exasperación de su patrón: siempre cabía alguna esperanza de hacer salir a una Sylvie refugiada, pero si estaba protegida por el velo de una futura religiosa se convertía en intocable.

Al pasar las semanas sin que nada se moviera detrás del portal con postigo enrejado, el miserable cayó en una especie de desesperación. Ni siquiera contaba con el recurso de verla al otro lado de la reja del locutorio, porque el acceso a las casas religiosas le estaba vedado, salvo en la de Vincent de Paul, que habría acogido al mismo diablo a poco que diese muestras del menor arrepentimiento; pero Madame de Maupeou no tenía las mismas razones evangélicas que aquel hombrecillo empapado de santidad y amor por sus semejantes. Además, existía entre su familia y la de Laffemas un viejo rencor que databa de las guerras de Religión, y que las actividades del verdugo de Richelieu no habían contribuido a apaciguar. Sin embargo, éste no podía aceptar la idea de haber perdido para siempre a la hija de Chiara. Estaba dispuesto a adoptar cualquier forma de esperanza, por infame que fuese.

Fue entonces cuando recibió la visita de Mademoiselle de Chémerault.

Sus relaciones con el cardenal habían llevado a la doncella de honor de la reina y al teniente civil a encontrarse en ocasiones. Los dos obtenían de esos encuentros cierta satisfacción, que por supuesto nada tenía que ver con ninguna clase de contacto físico; pero la Bella Bribona, como la llamaban, muy bonita, muy coqueta, muy aficionada a gastar y sin demasiadas posibilidades de hacerlo, agradecía los pequeños suplementos de numerario que recibía de Laffemas a cambio de informaciones que no interesaban a Richelieu. Celosa de su reputación, ella nunca ponía los pies en el Grand Châtelet; prefería con mucho la tranquilidad de la Rue de Saint-Julien-le-Pauvre, y la oscuridad a la luz del día. Ello no era obstáculo, empero, para que entre ambos se hubiese desarrollado una especie de amistad.

Cuando retiró el grueso capuchón de seda que cubría su cabeza y dejó caer el antifaz de raso con que cuitaba el rostro, se instaló frente a su huésped y aceptó la copa de vino de España que le ofreció él para hacerla entrar en calor.

— Me han llegado más noticias de esa pájara de l’Isle que todos creen muerta -declaró a modo de preámbulo, con un suspiro de satisfacción.

— ¡Oh! Cada vez hay menos personas que siguen en el error con respecto a ella.

— El caso es que acaba de resucitar, muy discretamente, en el mismo París y bajo las augustas bóvedas del convento de la Visitation Sainte-Marie. Ha ingresado allí con el nombre de Mademoiselle de Valaines para tomar el hábito de novicia…

Laffemas se cuidó mucho de decir que ya lo sabía, en virtud del principio de que nunca se debe desanimar a las malas voluntades. Simuló estar asombrado.

— ¡Pero qué hábil sois! Y tan joven, es extraordinario. ¿Cómo lo habéis descubierto?

— Vos tenéis vuestros secretos, y yo los míos. Dejad que los guarde… No, si he venido a informaros es porque, tanto en el mundo como en religión, la dulce Sylvie, la preciosa «gatita» de la reina, me resulta insoportable. Es una insolente, una intrigante que me quitó en mis narices el puesto que yo tenía buenas razones de esperar en las confidencias de Su Majestad. Además, incluso llegó a seducir al cardenal. Cuando fui a llevarle la carta de Gondi que conocéis porque hice copia de ella, me dio la orden de olvidarla. ¡No se lo perdonaré nunca!

Con los ojos semicerrados, Laffemas escuchaba extasiado cómo reventaba el absceso de odio que aquella bonita muchacha llevaba en su interior. Presintió que en nombre de aquel odio podría pedirle que hiciera cualquier cosa.

— ¿Eso es todo?

— ¡Eso debería bastaros! Sin embargo, no, no es todo. No sé si habéis conocido al joven marqués d'Autancourt.

— Que se ha convertido en duque de Fontsomme a la muerte de su padre.

— Exactamente. Yo había puesto los ojos en él, pero bastó que esa pécora apareciera para que dejara incluso de mirarme…

— Pero dado que ella pasa por muerta, volvéis a tener oportunidades.

— No, porque él no cree, no ha creído nunca en su muerte. Dice que si tal fuera el caso, él lo habría sentido en su corazón.

— ¡Qué bello es un amor así! Pero no alcanzo a captar lo que deseáis de mí. En el convento de la Visitation, Mademoiselle de l'Isle, o de Valaines, o cualquiera que sea el nombre con que se oculte, es intocable…

— No si estuviese convicta de un crimen de lesa majestad o poco menos.

El teniente civil se encogió de hombros.

— Nunca ha hecho nada reprochable. ¿A quién haríais creer una cosa así? Incluso yo veo difícil seguiros en ese terreno…

El gesto desdeñoso de Mademoiselle de Chémerault dejó entender que no daba a aquello ninguna importancia porque guardaba una carta más alta en la manga.

— Pues… al cardenal y al rey.

— ¡Deliráis!

— De ninguna manera. La idea se me ocurrió desde que se busca a César de Vendôme por intento de envenenamiento. ¿Por qué no iba a seguir las instrucciones de su jefe esa sirvienta fiel de la familia? Si se descubre veneno en su posesión o en un lugar que ella haya habitado, todos saldrían ganando porque eso confirmaría la acusación contra César. Y para los dolores del cardenal, sería una buena medicina poder desembarazarse al fin de los Vendôme. ¡Los odia desde hace tanto tiempo…!

— Sigo pensando que veis visiones, señorita, y que el odio os ha extraviado. Creo que podríais demoler el Louvre, Saint-Germain, Fontainebleau, Chantilly, Madrid y todas las posesiones reales sin encontrar ninguna prueba de que ella sea una envenenadora.

— Me disgusta contradeciros, señor teniente civil, pero cuando se busca una cosa con la firme intención de encontrarla, siempre se consigue.

De su manga ribeteada de pieles, extrajo un frasquito de grueso vidrio azul que reflejó entre sus dedos enguantados la luz de las velas. Laffemas se sobresaltó y sus pupilas se estrecharon. Tendió la mano hacia el objeto, que su interlocutora retiró de inmediato.

— ¿De dónde habéis sacado eso?

— ¡Poco importa! Lo que cuenta es que el frasco sea descubierto en el lugar preciso y por la persona precisa. Después, sólo tendréis que enviar a vuestra gente a la Visitation con una orden de arresto contra la cual ni Madame Maupeou, ni el mismo Monsieur Vincent si pasara por allí, podrán hacer nada.

El teniente de policía se levantó muy agitado y se puso a caminar arriba y abajo por su gabinete; finalmente dio un puñetazo sobre la mesa y dijo:

— No contéis conmigo. Vuestro proyecto quizá sea perfecto para llevar a cabo vuestra venganza, pero conduce a Sylvie de Valaines directamente a la tortura y el patíbulo. Y yo la quiero a ella, no a un cadáver sin cabeza o a un cuerpo destrozado por el verdugo.

— ¡No digáis tonterías! ¡Me hacéis dudar de vuestra inteligencia! Cuando la chica esté tras las rejas de la Bastilla, tendréis todas las oportunidades del mundo para saciar vuestra… pasión.

— ¿Bajo la vigilancia del gobernador, el señor du Tremblay, que me aborrece?

— Pues bien, ayudadla a evadirse y escondedla en algún rincón tranquilo. ¡La tendréis toda para vos, y como la habréis salvado de una muerte atroz, además os estará eternamente agradecida!

El cuadro era idílico, pero Laffemas tenía buenas razones para dudar de obtener nunca la gratitud de Sylvie. Iba a decir algo cuando su visitante se puso en pie, colocó de nuevo el frasquito en su manga y se dispuso a partir. El protestó:

— ¡No hemos terminado de discutir este tema, mademoiselle!

— ¡Yo sí! Ah, lo olvidaba: habrá un baile en la corteen honor del mariscal de La Meilleraye, que tantas bellas victorias ha conseguido para nosotros, y no tengo nada adecuado en mi guardarropa. Mis trapos están ya vistos, revistos y aburridos. ¡Y quiero estar guapa!

— ¿Eso significa que queréis dinero? Pues bien, sea, pero yo quiero ese frasco.

— ¿Para que lo tiréis y dejéis que me siga obsesionando esa mosquita muerta? ¡Nunca!

— ¡O eso o nada! No obtendréis nada de mí si no me dais el frasco. Os juro que no lo tiraré y que tengo intención de servirme de él… ¡pero a mi manera! ¿Dónde decís que lo han encontrado?

— Entre dos piedras de la muralla, detrás de una tapicería, en el castillo de Saint-Germain, en la habitación que ella ocupaba. Pero…

— ¡He dicho que me lo deis!

Ella no se decidió a obedecer hasta que una bolsa bastante abultada apareció en la mano de Laffemas. Y aun entonces lo hizo a regañadientes, y sin que pudiera contenerse de preguntar:

— ¿Qué vais a hacer con él?

— El cardenal lo recibirá de manos de una persona que no será ni vos ni yo, dado que él tiende a desconfiar de nosotros cuando se trata de esa joven. O mucho me equivoco, o hará saber a Madame de Maupeou que desea hablar de un asunto grave con la novicia, y, como cada vez le resulta más difícil desplazarse, se la enviarán con una fuerte escolta. Yo seguiré de cerca los acontecimientos, y según sea el resultado de la entrevista, actuaré…

— ¿Y qué haréis?

— Aún lo ignoro, pero tanto si vuelven a llevar a Mademoiselle de Valaines a la Visitation como si la trasladan a la Bastilla, el camino será el mismo, porque apenas hay unos pasos entre los dos edificios. Añado, únicamente para vuestra satisfacción, que poseo en Nogent una casa bastante bonita con la que ella tendrá que contentarse.

— Si estáis dispuesto a llevar a cabo una cosa así, es que estáis todavía más loco de lo que creía, pero haced lo que os plazca… Y si no, ya me las arreglaré para hacer yo lo que me plazca a mí.

Cuando ella se disponía ya a cruzar la puerta, la retuvo.

— Una pregunta más. ¿En qué circunstancias habéis descubierto el frasco?

— Oh, muy sencillo: hacía tiempo que no me gustaba la habitación que me habían asignado en el castillo, y conseguí por fin que me dieran otra: precisamente la que había ocupado antes la «gatita». Naturalmente, quise cambiar algunos detalles… y encontré el frasco. Muy sencillo, como veis.

Cuando el traqueteo de su coche se apagó en la noche, Laffemas permaneció pensativo, con la mirada fija en el frasco que había colocado delante de él, en su escritorio. No le cabía la menor duda de que se trataba de una fábula inventada por la ávida Chémerault, y que el veneno tenía alguna otra procedencia misteriosa. No dejaba de resultar inquietante que aquella amable señorita pudiera procurarse veneno a voluntad. ¿No era eso lo que había sugerido cuando le advirtió que si el proyecto de Laffemas fracasaba, ella lo retomaría por cuenta propia? En ese caso, más valdría abstenerse en el futuro de compartir con la Bella Bribona cualquier tipo de comestible…

— Mientras tanto -acabó sus reflexiones en voz alta-, hay que descubrir dónde se procura esa poción. ¡Y ésa es tarea para mí!

Mientras tanto, en la Visitation Sainte-Marie, Sylvie llevaba una existencia mucho más agradable de lo que había imaginado. Ciertamente, la regla y la madre superiora eran severas, pero en su isla Sylvie se había habituado a una vida bastante austera, y los frecuentes ayunos no le importaban. En cambio, la falta de sueño regular que exigían los oficios nocturnos le resultaba penosa, y también las largas horas arrodillada sobre las losas de la capilla, pero esos pequeños inconvenientes quedaban compensados por la atmósfera amable y serena que la rodeaba. Las mujeres con las que convivía estaban allí por una elección deliberada, no obligadas. También supuso para ella una alegría volver a ver a la hermana Louise-Angélique.

Siempre igual de bella, pero con una belleza más etérea bajo el severo hábito negro, y siempre tan dulce, la hermana Louise experimentó un verdadero placer al encontrarse de forma inesperada con la novicia conocida únicamente en el convento con el nombre de Marie-Sylvie. Gracias a ella, por entonces maestra de novicias, ésta fue muy pronto apreciada por sus compañeras, sobre todo por tres hermanas, Anne, Elisabeth y Marie Fouquet, que eran sobrinas de la superiora, hijas de su hermana casada con un consejero de Estado, François Fouquet, que había llegado a la magistratura a través del comercio al por mayor. La pareja, verdadero modelo de virtudes cristianas, muy unida a Monsieur Vincent, a los Arnauld y a todo ese mundo surgido de la Contrarreforma y protegido por Richelieu, había tenido una decena de hijos, seis o siete niñas y tres varones. Todos ellos habían abrazado el servicio de Dios, ellas en diferentes conventos y ellos en las órdenes, a excepción de uno, el más dotado y brillante, destinado a continuar la familia y a ilustrarla tanto como le fuera posible. En aquella época el patriarca había fallecido y el jefe de la familia, aparte los derechos del primogénito, obispo de Bayona, era el joven Nicolas, relator en el Parlamento de París y ya poseedor de una considerable fortuna, engrosada además por una boda rica; a veces se acercaba al locutorio de la Visitation a saludar a sus «novicias», o a la capilla a arrodillarse ante la tumba de su padre o de su joven esposa, muerta de parto.

En varias ocasiones Sylvie conversó con Nicolas Fouquet y entre ambos nació una corriente de simpatía, prolongación de la que con toda espontaneidad la había aproximado a su hermana Anne. Era un hombre joven de rostro fino e inteligente, con unos bellos ojos grises y una sonrisa que raramente dejaba de alcanzar su objetivo. Moreno, no muy alto pero elegante, siempre admirablemente vestido, el joven relator no debía de sufrir muchos desaires femeninos, a juzgar por las significativas miradas de algunas visitantes cuando se encontraba con ellas en el locutorio. Sus hermanas lo adoraban, y la propia Sylvie se sorprendió pensando que si su corazón no perteneciese a François, tal vez se hubiese mostrado sensible al encanto de aquel muchacho seductor que no conseguía entender lo que hacía ella metida en un convento, y así se lo repetía cada vez que la veía.

Pero la gran felicidad de Sylvie fue volver a ver a su padrino. Por un favor especial debido a la situación en cierto modo excepcional de la «novicia», se vieron, no en el gran locutorio sino en el reservado a la madre superiora, desprovisto de rejas. Allí tuvieron ocasión de caer el uno en brazos de la otra con una emoción tan grande que los privó momentáneamente del habla. Fue únicamente después de numerosos abrazos, los de un padre que encontraba a su hija perdida y de una hija reunida de nuevo con su padre, cuando Perceval apartó a Sylvie hasta la distancia de sus brazos estirados, para verla mejor.

— ¡Nunca habría creído poder vivir lejos de ti tanto tiempo! -suspiró-. Y es una dura prueba encontrarte vestida con ese hábito.

— ¿Es que no me sienta bien? -repuso Sylvie, girando sobre los talones en un gesto tranquilizador sobre el estado de su antigua coquetería.

— Sí, pero oculta tu precioso cabello, y es una pena. Además, te hace mayor… ¿O es que te has hecho mayor, después de tanto tiempo?

— Creo que sí -sonrió Sylvie-. Me parece ver las cosas desde más alto, ¡pero no hasta el punto de sentir vértigo! ¡Oh, querido padrino, he pensado en vos tan a menudo! ¿Creéis que podré algún día volver a vivir a vuestro lado? Ahora ya no pido ninguna otra cosa a la existencia…

Raguenel se echó a reír.

— ¡Pues hay que pedir más! Tienes toda la vida por delante y espero que sepas emplearla en otra cosa que en leer o preparar tisanas para un futuro viejo.

— Sin embargo, es lo que más deseo -dijo Sylvie, cuyo rostro se ensombreció-. Ya veis, incluso en el caso de que a François se le ocurriera amarme por no sé qué alquimia del destino, siempre permanecería entre nosotros el peso del horror que arrastro detrás de mí. Por lo demás, ama a otra, ¡que está muy por encima de mí!

— ¡No sólo existe él en el mundo! -se impacientó Perceval-. Sé cuánto le amas, mi pequeña, pero tienes derecho a una vida propia, que no sea la sombra de la suya. ¿No te gustaría tener hijos?

— ¡Oh, sí! Pero para tener hijos hace falta un marido, ¡y me parece que aún prefiero desposar al Señor!

— Reducirlo a la situación de un mal menor no es muy halagador para El.

— ¡Oh, tiene tantas prometidas fervorosas que yo pasaría inadvertida entre ellas! El por lo menos sabe lo que he tenido que sufrir. Si hubiera de confesarlo a otra persona, me moriría de vergüenza. Y por otra parte, ¿quién me iba a querer ahora?

— ¡Calla! Te prohíbo tener esas ideas, que además son blasfemas. Cuando podamos sacarte de aquí no tendrás ninguna dificultad en casarte si lo deseas…

Después de aquella entrevista, Perceval había vuelto en varias ocasiones, pero mezclado con los demás visitantes del locutorio, que era sin duda el más elegante y frecuentado de París.

Cierto día no acudió solo. Súbitamente confusa, Sylvie descubrió detrás de la reja la silueta alta y esbelta de su enamorado de otra época, convertido entonces en un amigo querido al que seguía llamando Jean d'Autancourt. Pero muy pronto el placer de verle hizo desaparecer su confusión, y Sylvie le tendió espontáneamente dos manos tan menudas que pasaron sin dificultad entre los barrotes de madera.

— ¡Querido marqués! ¡Qué alegría volver a veros…!

— Tendrás que llamarle señor duque -le corrigió Raguenel con una sonrisa-. Nuestro amigo ha pasado por la pena de perder a su padre el mariscal…

— ¡Ni lo uno ni lo otro! -interrumpió el joven-. Para vos yo era Jean en otro tiempo, y me gustaría seguir siéndolo.

— No deseo otra cosa. También he sabido que ahora sois diplomático y que os enviaron a una misión en la corte de la señora duquesa de Saboya…

— Fue muy interesante, pero gracias a Dios no me quedé allí. Nunca me lo habría perdonado: al volver a casa, encontré una carta de Mademoiselle de Hautefort que me citaba en el Vendômois. Por desgracia, cuando llegué allí, no había nadie. Madame de La Flotte y su nieta se habían ido, sin decir a nadie su nueva dirección. Me enteré de que habían recibido por algún tiempo la visita de una joven llamada Sylvie y su acompañante, a la que llamaban Jeannette. Entonces regresé a París para ver al señor caballero de Raguenel, que tenía…

— Muchas cosas que contarle -completó la frase Perceval, con una mirada significativa que hizo ruborizarse a Sylvie.

— ¿Qué le habéis dicho?

— Todo lo que debe saber un hombre cuando pide a una mujer en matrimonio -respondió con gravedad el caballero-. Todo, excepto el nombre del monstruo. Se lo diremos cuando ya no sea un peligro para nadie…

— Es ridículo -protestó el joven-. Puedo afrontar no importa qué peligro, y el rey me distingue con su favor.

— No lo dudo, pero os jugaríais la cabeza sin ningún beneficio para nadie. Creedme, vale más esperar. Yo os avisaré cuando llegue la hora.

En ese momento una religiosa, con las manos ocultas en las amplias mangas del hábito, se acercó a Sylvie y se inclinó para hablarle al oído. Ella se levantó de inmediato.

— Os ruego que me perdonéis -dijo a sus visitantes-, pero la madre superiora pide verme en privado, y debo…

— Nos vamos -anunció Perceval-. No debes hacerla esperar…

— Pero volveremos, ¿no es cierto? ¿Queréis que vuelva? -preguntó el joven duque en tono de súplica.

— Siempre me hará feliz el veros -contestó Sylvie antes de alejarse tras la hermana.

La estancia en que la madre Marguerite recibía a sus visitantes no se parecía en nada al salón de una gran dama: el mobiliario consistía en una mesa de roble con patas en espiral, dos sillas de paja, un candelabro y un reclinatorio; aunque, en la pared, un gran cristo en la cruz de Philippe de Champaigne aportaba una nota de doloroso esplendor. Frente a él, esperaba en pie un hombre vestido severamente de negro pero con la elegancia de un encaje muy bello en el cuello y las mangas. Se apartó al entrar Sylvie, pero ella tuvo la impresión de haberle visto ya en otra ocasión.

— Aquí está Mademoiselle de Valaines -dijo la superiora, acercándose a recibirla-. Hija mía, éste es el Monsieur de Chavigny. Es secretario de Estado y viene de parte de Su Eminencia, que os reclama. El os conducirá al Palais-Cardinal…

— ¿A mí? Pero… creía que el cardenal ignoraba que yo estuviera en París.

— El cardenal lo sabe siempre todo, mademoiselle. Tened la bondad de disponeros a seguirme.

Y, como Sylvie seguía sin comprender, la madre Marguerite volvió a tomar la palabra:

— Valdrá más que utilicéis de nuevo, para esta visita, vuestros vestidos mundanos. No sería conveniente que vieran salir de nuestra casa a una monja con su hábito. Por lo demás, aún no lo sois -añadió con una sonrisa.

— Como gustéis, pero tenía visitas en el locutorio. ¿Puedo ir a despedirme de ellos antes de seguir al señor?

Con un gesto vivo, Chavigny se opuso:

— No. Los avisarán de que tenéis una tarea que cumplir, y que… esperáis volver a verlos muy pronto. ¡Vamos! ¡Daos prisa! A Su Eminencia no le gusta esperar.

Sylvie lo sabía desde hacía mucho tiempo, de modo que se apresuró a cambiarse de ropa. Unos minutos más tarde, subía a un coche con el blasón del cardenal cuyas cortinillas estaban bajadas. El señor de Chavigny subió detrás de ella y el coche partió hacia el Louvre y el Palais-Cardinal siguiendo la Rue Saint-Antoine, pero, aparte de que el camino le pareció extrañamente largo, Sylvie se dio cuenta de que doblaban varias veces a la derecha, luego a la izquierda, y por fin otra vez a la derecha. Se inclinó para levantar la cortinilla, pero su acompañante, silencioso desde su marcha, se opuso.

— ¡Estaos quieta!

— Habéis dicho que íbamos…

— ¡A donde Su Eminencia desea que vayáis! De modo que estad tranquila. Por lo demás, ya llegamos.

La inquietud de Sylvie aumentó al darse cuenta de que pasaban ante un cuerpo de guardia, y luego de otro, después de haber cruzado un puente de madera. Una campana sonó cinco veces, se oyeron voces de mando, y cuando por fin se abrió la portezuela y bajaron el estribo del coche, al apearse tuvo la sensación de estar en el fondo de un pozo formado por edificios negruzcos y gruesas torres redondas con troneras en las que aparecían bocas de cañón. ¡La Bastilla! ¡La habían hecho recorrer todo aquel camino para llevarla a la Bastilla, que estaba sólo a unos pasos de la Visitation!

Chavigny le dio tiempo a apreciar la sorpresa que le había reservado, y tal vez esperaba gritos, lágrimas o protestas, pero Sylvie había sufrido demasiados golpes del destino para no preocuparse ante todo por su orgullo y su propia dignidad. Posó sobre su acompañante una mirada gélida.

— ¿Es aquí donde me espera Su Eminencia?

— No. Le veréis más tarde, tal vez.

— Entonces ¿por qué esta comedia? Porque lo es, ¿no es así? Madame de Maupeou nunca habría consentido en dejarme salir si hubiese sabido adonde me llevabais.

— En efecto, pero se da el caso de que el servicio del cardenal, como el del Estado, que es la misma cosa, exige el empleo de la mentira.

Sylvie se permitió el lujo de alzar una ceja con insolencia.

— ¿El cardenal y el Estado son la misma cosa? ¿Dónde dejáis al rey, señor?

El otro se encogió de hombros, molesto.

— Me he expresado mal. Entremos. Os conducirán a vuestro alojamiento.

Fue al pasar por la escribanía cuando Sylvie supo por qué había sido detenida: estaba acusada de haber tenido intención, por cuenta y en complicidad con el duque de Vendôme, de envenenar al cardenal de Richelieu e incluso al rey Luis XIII.

Entonces sintió verdadero miedo, y apretando los dientes se dejó conducir a lo largo de una bella escalera de caracol, lo bastante ancha para que pudieran subirla tres personas en fila, que la llevó hasta el segundo piso de una de las torres. Pero en lugar del sórdido calabozo que temía, fue encerrada en una gran habitación provista de chimenea, una cama oculta tras una cortina de sarga verde, una mesa, dos taburetes y algunos útiles de aseo. Lo único de todo ello que vio Sylvie fue la cama, y fue a tenderse en ella sacudida por sollozos largo tiempo reprimidos, mientras, bajo la mano encallecida del carcelero, se oía el chasquido de los cerrojos que se cerraban a sus espaldas.

Al día siguiente, Jean de Fontsomme volvió al convento. No le había gustado el eclipse de su estrella, y aún menos la explicación que le habían dado: la hermana Marie-Sylvie estaba ocupada en una tarea urgente. El profundo amor que sentía por la joven le había tenido desvelado toda la noche, insinuándole que algo inhabitual, o incluso anormal, había sucedido. Y de hecho, cuando al ser recibido pidió una entrevista con la novicia, le contestaron de inmediato que no era posible y que hasta nueva orden era preferible que no renovara su petición. Con toda evidencia, le ocultaban alguna cosa. Como sabía que conseguir hacer hablar a una religiosa sin la aprobación de su superiora era poco menos que milagroso, no insistió, montó de nuevo a caballo y se fue a casa de Perceval, al que encontró en su librería dándole vueltas en la cabeza a ideas cuyo centro era Sylvie. De modo que escuchó con una atención ceñuda lo que su amigo deseaba decirle.

— ¡Iré allí! -decidió-, y pediré ver a la madre superiora. Soy el padrino y tutor de Sylvie: tendrá que darme respuesta.

Sin embargo, la respuesta fue una negativa a recibirle cortés pero firme. No tanto sin embargo para desanimar al visitante, que iba a lanzarse ya a un vibrante alegato cuando un joven bien parecido que acababa de entrar y había oído la respuesta de la religiosa se adelantó, saludó a Perceval con una cortesía perfecta, y luego se dirigió a la religiosa:

— ¿Cómo es posible que mi tía se niegue a recibir a este gentilhombre? ¿Se encuentra enferma, acaso?

— No, pero…

El final de la frase fue una especie de balido que hizo sonreír al desconocido bajo su bigote fino.

— Por favor, id a decirle que yo acompaño al señor…

— Caballero Perceval de Raguenel, escudero honora-rio de la señora duquesa de Vendôme -completó éste, con una reverencia.

— ¡El caballero de Raguenel es un buen amigo mío! Le ruego que nos conceda unos instantes de conversación. -Y tras una mirada al rostro angustiado del visitante, añadió-: ¡Añadid que es muy desgraciado, y que ella nunca cierra su puerta al dolor, del tipo que sea! Me llamo Nicolas Fouquet -explicó cuando la hermana se hubo alejado-, relator en el Parlamento de París. La madre Marguerite es hermana de mi madre.

Esta debía de querer mucho a su sobrino y confiar plenamente en él, porque muy pronto los dos hombres cruzaron la puerta de su austero gabinete, donde ella se paseaba con las manos en el fondo de sus mangas y una agitación inusual. Se detuvo al verles entrar y protestó de inmediato.

— Al forzar de este modo mi puerta, querido Nicolas, me ponéis en una situación cruel. Y no estoy segura de que no me hayáis mentido: ¿el señor es amigo vuestro?

— Amigo reciente, debo confesarlo, pero no ignoráis, señora, que no soporto ver sufrir a alguien. Ahora os dejo…

— No -cortó Perceval-. Os habéis hecho acreedor, señor, al derecho de saber lo que me trae aquí. Madre, por piedad, decidme qué le ha ocurrido a mi pupila, Mademoiselle de Valaines…

— ¡Si al menos yo lo supiera! -exclamó ella, dirigiéndole una mirada en la que él percibió auténtica angustia.

— ¿Cómo? -dijo Fouquet-. ¿Esa muchacha encantadora con la que ha hecho amistad mi hermana Anne? ¿Qué le ha ocurrido?

Madame de Maupeou guardó silencio, pero visiblemente ardía en deseos de descargar su corazón de una preocupación grave, y la respuesta no tardó en llegar.

— Ayer, después del almuerzo, recibí la visita del señor de Chavigny, secretario de Estado adjunto al cardenal de Richelieu, que traía una carta de éste. En la carta, Su Eminencia me pedía que tuviera a bien confiar a Mademoiselle de Valaines al citado Chavigny, a fin de que él la llevara a su presencia para una conversación confidencial. Me era imposible negarme a lo que pedía el cardenal, sobre todo cuando su enviado era una persona de tanta importancia. Además, Mademoiselle de Valaines sólo está aquí como novicia. De modo que se cambió el hábito por un vestido normal para seguir al señor de Chavigny, que había de traerla de nuevo aquí. Pero…

— Pero ¿no ha vuelto? -completó Perceval, con el corazón presa de una angustia creciente al pensar en lo que le había ocurrido a Sylvie después de visitar el castillo de Rueil.

— ¿Habéis enviado a preguntar a Su Eminencia? -quiso saber el joven Fouquet.

— Sí. No sé por qué, me asaltó una duda… Como pasaba el tiempo sin que regresara, pedí a nuestro limosnero que llevara un mensaje al Palais-Cardinal, y volvió con esto.

Tendió a Perceval una corta esquela de propia mano de Richelieu, que le hizo erizar el vello de la nuca:

Como sospechosa de colusión con el duque César de Vendôme en el intento de envenenamiento de que está acusado, Mademoiselle de Valaines ha sido encarcelada por orden mía en la Bastilla, hasta el esclarecimiento de los hechos.

Richelieu

— Leed, señor -dijo Perceval, y tendió la esquela a su nuevo amigo-, tenéis derecho a saberlo…

La reacción del joven fue inmediata.

— ¡Es grotesco! -exclamó-. ¿Una envenenadora, esa niña? ¡Es necesario no haberla mirado jamás de frente para creer una cosa así! Tiene una mirada transparente. En sus ojos puede verse el fondo de su corazón.

— Sin embargo, el cardenal la conoce bien. Cuando era doncella de honor de la reina, fue a cantar para él en varias ocasiones.

— ¡Ay, eso no es nada bueno! Si Richelieu tiene razones para suponer que ella le ha engañado, será despiadado… De hecho, siempre lo es, pero cuando su amor propio está en juego…

— ¡Señor, señor, me espantáis! -gimió Perceval.

— Perdonadme -dijo Fouquet con una sonrisa-, tengo la mala costumbre de ponerme en el peor de los casos. Soy abogado de formación, ya veis… Y, dicho sea de paso, os propongo asumir la defensa de vuestra ahijada si el caso llega a verse ante un tribunal. Creedme, soy bastante hábil.

— No lo dudo, y os doy las gracias. Gracias también a vos, señora, por haberme hecho saber la verdad.

— Habría querido ahorrárosla, pero soy como mi sobrino, no consigo creer que sea culpable. Es una muchacha deliciosa, y muy espontánea. ¡Estoy desolada al saber que la han llevado a la Bastilla! Sin contar lo que me veré obligada a decirle a Madame de La Flotte, que me la confió…

— ¡No os angustiéis de antemano, que cada día tiene su afán, querida tía! Os beso las manos. Venid, caballero, vamos a mi casa y charlaremos acerca de esta acusación inverosímil.

— ¡Mil gracias! Pero más tarde, si lo tenéis a bien. En primer lugar debo regresar a mi casa, porque me espera allí un joven que…

— ¡Ni una palabra más! Corred a su lado. Id a verme cuando os venga bien. Vivo en la Rue de la Verrerie.

Al volver a su casa, Perceval no dejó de mirar en la dirección de la Bastilla, cuyas formidables torres se alzaban como un telón de fondo al final de la Rue Saint-Antoine. ¡Su pequeña Sylvie, tan encantadora y delicada, estaba en aquel monstruo de piedra! Sin embargo, a pesar de la terrible amenaza que pendía sobre su cabeza, Raguenel no pudo impedir el experimentar un gran alivio, tal había sido su temor de que recomenzara la horrible desventura y la niña hubiera caído de nuevo en manos del sádico asesino de su madre. Ciertamente, era de temer que el teniente civil consiguiera llegar hasta ella, pero todo el mundo conocía el rigor con que Charles du Tremblay, hermano del difunto ministro de Richelieu conocido como la Eminencia Gris, dirigía la fortaleza y a sus subordinados. Era un hombre de una piedad austera, y no era concebible que se perpetrara ningún atentado en un castillo cuya guarda le había encomendado el rey.

Fue lo que intentó explicar a Jean cuando se reunió con él en su biblioteca. El joven duque escuchó su relato sin pronunciar palabra, pero apenas Perceval hubo terminado de hablar, tomó sus guantes y su sombrero y declaró que iba a ver al rey. Cuando Perceval intentó hacerle ver que era prematuro, y que tal vez podrían discutir la conveniencia de dar un paso así más adelante, respondió en un tono desconocido en él:

— ¡La inocencia de Mademoiselle de Valaines no se discute! ¡Y tampoco los medios de librarla de una suerte tan espantosa e injusta!

— Pero ¿qué diréis al rey?

— ¡Que antes de incorporarme en Perpiñán al ejército que manda el mariscal de Brézé, exijo que se devuelva a su familia a la futura duquesa de Fontsomme!

— ¿Seguís deseando casaros con ella? ¿A pesar de… lo que os he contado?

— Más que nunca, precisamente porque deseo hacerla olvidar incluso el nombre de su verdugo. ¡No se rechaza a una mártir, caballero, se la ama todavía más por ello!

Pero cuando Jean de Fontsomme llegó a Saint-Germain, ya hacía varias horas que el rey había partido en dirección a Fontainebleau, desde donde tenía previsto tomar el camino del Rosellón. Se llevaba con él a Cinq-Mars…

Jean ni siquiera intentó ver a la reina, que no tenía ningún poder y de la que desconfiaba un tanto. Su camino le pareció claramente trazado: volvió a su mansión, ordenó los preparativos de marcha y luego fue a despedirse de Raguenel.

— Volveré con lo que pretendo, o no volveré -le dijo.

— ¡Eso sería una estupidez, amigo mío! ¡Sylvie os necesita vivo! ¡Bonita ayuda le prestaréis desde el otro mundo!

El joven se echó a reír.

— ¡Tenéis razón! Me temo que estoy cayendo en la grandilocuencia. Os prometo que haré todo lo posible por protegerme… salvo en un único caso.

— ¡Lo sé! Si se diera ese caso, tampoco yo tendría el menor deseo de seguir en este mundo. ¡Dios os guarde!

— ¡Dios la guarde a ella, sobre todo!

Pasaron varios días sin que Sylvie recibiera más visita que las del carcelero. Si se exceptuaba la privación de libertad y la semioscuridad en que la mantenía la claraboya enrejada abierta a mucha altura en una muralla de casi dos metros de espesor, el régimen de la prisión no era penoso: daban una comida excelente, y demasiado abundante para ella. No le faltaba ni ropa limpia ni jabón. Pero todo ello no impedía que viviera bajo el temor de la terrible acusación que pesaba sobre su cabeza: complicidad con el duque César en un crimen de envenenamiento. La desgracia quería que en parte fuera cierto, desde la famosa noche en que en la mansión desierta del Marais había recibido un frasco cuyo contenido estaba destinado al cardenal en caso de que hiciera arrestar a François por haber matado a un hombre en duelo. [11]Ella había aceptado aquel frasco porque no podía obrar de otra manera, pero se había jurado no utilizarlo jamás, salvo en su propia persona, y lo había escondido como sabemos. ¿Quién había podido encontrarlo en aquella grieta del muro disimulada por un tapiz? Y sobre todo, ¿quién había conseguido establecer una relación entre el frasco y ella, cuando habían pasado tantos meses, años incluso, desde que dejase el servicio de la reina?

No cesaba de repetirse esas preguntas. Le quitaban el sueño y también el apetito, hasta el punto de que debía obligarse a tomar el alimento necesario para la conservación de sus facultades: no quería, cuando la llevaran ante los jueces, ofrecer la imagen de una piltrafa humana sostenida únicamente por un resto de voluntad. ¡Pero qué largo se le hacía el tiempo!

La única distracción con que contaba eran los ruidos de la fortaleza, la campana del reloj que tocaba todos los cuartos de hora, el entrechocar de las llaves o los cerrojos descorridos y vueltos a correr, el paso de los centinelas por las rutas de ronda, las idas y venidas en el patio, las súplicas en ocasiones, y también alguna vez el eco de una canción entonada por una voz gruesa, no muy lejos de ella:

Vive Henri IV, vive ce roy vaillant
Ce diable a quatre a le triple talent
De boire et de battre et d'être un vert galant…

[12]

Asombrada de la alegría de vivir de que parecía hacer gala aquel preso, preguntó al carcelero cómo se llamaba. El hombre se echó a reír y contestó:

— ¡El mariscal de Bassompierre, mademoiselle! Es una buena persona, y si canta tan fuerte se debe a que le he dicho que había una dama muy bonita justo encima de su celda. Es su manera de haceros la corte…

— ¿Y hace mucho que está ahí?

— Pronto hará doce años, pero no parece aburrirse: come bien, bebe aún mejor y escribe sus memorias. Es posible que muera aquí. Ya no es joven, ¿sabéis?

— ¿Y qué hizo para que lo encerraran?

— Lo ignoro, y si lo supiese, no os lo revelaría porque no tengo derecho a hacerlo. Pero le diré que os ha gustado su música. ¡Eso le alegrará!

En efecto, el mariscal cantó más a menudo y varió su repertorio. Sylvie se lo agradeció, porque en aquella voz sin rostro le parecía haber encontrado un amigo, y al escucharla sus temores se apaciguaban un poco. Sin embargo, una noche, cuando acababa de acostarse, la puerta se abrió y apareció el carcelero. No venía solo: le acompañaban un oficial de la Bastilla y cuatro soldados. Sylvie tuvo que vestirse bajo la mirada de aquel hombre, y renunció a peinarse porque le temblaban demasiado las manos.

Escoltada, bajó, atravesó una parte del patio iluminada apenas por los braseros colocados sobre la muralla, entró por una puerta baja y finalmente se encontró en una sala, también de techo bajo pero muy larga, cuyas bóvedas estaban sostenidas por gruesos pilares. Apoyada en el muro del fondo, en el que se abría una estrecha ventana aspillerada, vio una mesa iluminada por candelabros detrás de la cual estaban sentados tres hombres, dos de ellos de cabello muy corto, flanqueando a otro con el cabello más largo y canoso. Un cuarto hombre escribía, sentado ante una mesa lateral más pequeña. Los guardias llevaron a Sylvie ante los jueces -únicamente podían ser eso- y se retiraron a la entrada de la sala. A pesar de su miedo, la prisionera soltó un ligero suspiro de alivio porque en algún momento había temido encontrarse frente a aquel teniente civil que poblaba sus pesadillas.

El hombre del centro era un comisario del Châtelet. Levantó la vista de los papeles que examinaba y los posó, fríos como los de un basilisco, en la prisionera.

— Os llamáis Sylvie de Valaines, y fuisteis recogida y criada por la señora duquesa de Vendôme, que os introdujo en la corte bajo un falso nombre para ocupar el rango de doncella de honor de la reina.

Como Richelieu lo sabía todo sobre ella, Sylvie no se asombró al ver tan bien informado a aquel hombre. Curiosamente, aquello le dio nuevas fuerzas para defenderse.

— No era un falso nombre -dijo, aparentando más calma de la que en realidad tenía-. El feudo de l'Isle, en el Vendômois, me fue otorgado con todos los requisitos legales por el duque César, a petición de la duquesa.

— Para haberse mostrado tan generosos, debían de amaros mucho. Evidentemente, vos sentíais agradecimiento y también afecto hacia ellos.

— Es cierto. Quiero y respeto infinitamente a la duquesa…

— ¿Y al duque César?

— Menos. Siempre me ha considerado una intrusa, y me ha reprochado la amistad que me unía a sus hijos.

— ¡Ah! ¿Os la reprochaba? En tal caso, es de suponer que habréis aceptado ayudarle a fin de que os viera con buenos ojos.

— ¿Ayudarle a qué?

— Pues… a envenenar a monseñor el cardenal, que os honraba con su predilección.

Una brusca cólera tiñó de púrpura las mejillas de Sylvie.

— Su Eminencia, en efecto, me hacía el honor de llamarme a veces para que le cantara algunas canciones… ¡y yo no tengo por costumbre envenenar a las personas que me reciben con amabilidad!

— ¿Pretendéis afirmar que el duque César nunca os entregó el frasco de veneno que ha sido encontrado en vuestra habitación?

— ¿Mi habitación? Deberíais saber, señor, que las doncellas de honor de la reina no tienen una habitación fija, y pueden pasar de una a otra. Así, cuando estaba en el Louvre, me alojaba en una habitación en la que había vivido antes que yo Mademoiselle de Châteauneuf, que se casó; y supongo que después de mi marcha la adjudicaron a otra persona. Ahora bien, hace mucho tiempoque no soy doncella de honor, y me gustaría saber, si se ha encontrado un frasco sospechoso, por qué razón se supone que me pertenecía a mí y no a otra persona.

— Porque tenéis relación con personas que manejan el veneno con cierta habilidad. Habladme de vuestra habitación en Saint-Germain.

En la mente de Sylvie se dibujó un gran signo de interrogación. ¿Por qué diablos le hablaban de Saint-Germain, adonde ella nunca había llevado el maldito veneno?

— En el Château-Neuf de Saint-Germain sucede lo mismo, incluso agravado, porque al ser el edificio menos amplio, éramos dos e incluso tres cuando había gran servicio de honor. Yo compartía la habitación de Mademoiselle de Pons.

— ¿Estáis pensando en acusarla a ella?

— ¡Dios me libre! Mademoiselle de Pons no tiene nada que reprocharse. Si han encontrado un frasquito, es posible que estuviera en su escondite desde hace decenios. ¿Por qué no desde la época de la reina María? Tengo entendido que entre los Médicis el uso del veneno era bastante corriente.

— Estamos divagando, y os aconsejo que no desviéis el tema. Así pues, ¿negáis haber tenido ese frasco en vuestro poder?

— Pero ¿de qué frasco habláis? Enseñádmelo, al menos.

— No lo tenemos aquí. En cambio, poseemos algunos medios para soltar las lenguas que se niegan a decir la verdad…

Sylvie palideció y sintió que le flaqueaban las piernas. Dios todopoderoso, si le aplicaban la tortura, ¿hasta qué punto resistiría sin confesar lo que fuera con tal de que cesara el sufrimiento? Sin embargo, reunió el valor suficiente para responder:

— No lo dudo, pero sí dudo, en cambio, que la verdad, la auténtica, pueda obtenerse con tales medios.

— Hay ejemplos numerosos y convincentes. Sin embargo, responded antes a una última pregunta: ¿negáis haber recibido del duque César de Vendôme un frasco de veneno destinado al cardenal o al rey?

A Sylvie le dio un vuelco el corazón. Siempre le había inspirado horror la mentira, pero en esta ocasión su vida, la de César y tal vez la de otras personas más queridas dependían de ella. Se irguió, muy derecha, miró al hombre a los ojos y afirmó:

— Lo niego de forma tajante.

— ¡Bien!

El comisario hizo una seña y dos soldados tomaron a la prisionera de los brazos y la llevaron a una sala contigua. Ella adivinó lo que le esperaba y se esforzó por resistirse, pero fue en vano. Se encontró delante de una aterradora maquinaria compuesta por una cama de madera toscamente labrada y provista de un colchón de cuero manchado y enrojecido en algunos puntos, con dos tornos de mano dispuestos uno en la cabecera y el otro a los pies, y provistos de cuerdas para estirar los miembros del torturado. Al lado, delante de un sillón con correas de cuero, se mostraban las tablillas de madera llamadas «borceguíes», con el martillo y las cuñas que se clavaban entre ellas para quebrar las rodillas y las piernas. También había unas largas varas de hierro calentadas al rojo en un brasero llameante y, entre las sombras del fondo de la sala, una gran rueda provista de púas de hierro. Un hombre de gruesos brazos desnudos y musculosos que salían de un justillo de cuero manchado y enrojecido como el colchón, vigilaba aquellos aparatos como un genio maléfico. La infeliz, al borde de la náusea, sintió vacilar sus piernas mientras el comisario le explicaba con lujo de detalles el funcionamiento de aquellos abominables instrumentos. Cerró los ojos, a la espera de que la acostaran en aquella cama, y suplicó un desmayo que no llegaba ni llegaría nunca. Su juventud y buena salud la privaban de esa escapatoria tan socorrida entre las damas de la buena sociedad. Con todas sus fuerzas, pidió ayuda al Cielo en una oración tan ferviente como desordenada. Pero enseguida oyó:

— Ahora que habéis comprendido lo que os espera, os devolverán a vuestra celda con el fin de que reflexionéis; pero sabed que seréis llamada de nuevo una noche próxima, y que si os obstináis en vuestro silencio culpable, tendréis conocimiento de los talentos de nuestro verdugo… ¡Hablaréis, creedme! No hay ningún ejemplo de lo contrario…

Más muerta que viva, Sylvie volvió a su habitación. Su corazón palpitaba con tal fuerza que tuvo la impresión de que iba a ahogarse. Se sentía tan mal que se dejó caer sobre la cama sin fuerza para desvestirse de nuevo, y allí, como la tarde de su llegada, rompió en sollozos desesperados que sacudieron durante largo rato su cuerpo, antes de que se sumiera en un sueño poblado de pesadillas.

Llegó el día, y con él algo más de lucidez, y Sylvie se esforzó por buscar una salida a la horrible situación en que se encontraba. Ciertamente, el duque César vivía en Inglaterra, de donde sin duda no pensaba regresar por el momento, y en consecuencia no tenía nada que temer de las confesiones que podían arrancar a Sylvie, pero pensaba en el resto de la familia: la duquesa, Elisabeth y, sobre todo, François. Por un instante imaginó un patíbulo al que subían juntos y morían dándose la mano, pero sabía muy bien que era una vana esperanza, y que ella habría de ascender sola los peldaños fatales. Nada podría salvarla de la espada del verdugo, salvo el darse muerte ella misma. Por un momento olvidó los muros entre los que estaba encerrada y volvió a ver las rocas de Belle-Isle, el mar de Belle-Isle, el inmenso paisaje de Belle-Isle habitado por gaviotas plateadas, brumosos amaneceres irisados, gloriosos atardeceres y el acantilado en el que había querido morir. Descubrió entonces que al margen de la alegría de volver a ver a Marie y reencontrar la mirada bondadosa y tierna de su padrino, todos los meses invertidos en intentar devolverla a una vida normal únicamente habían servido para hundirla aún más.

— No es sólo que no estoy hecha para la felicidad -pensó en voz alta-, sino que no estoy segura de poder aportarla a los que me aman…

Ahora el futuro aparecía obstruido por la silueta siniestra de un lecho de tortura que prefiguraba el patíbulo que llegaría después, y eso no lo quería a ningún precio. Como había razonado tiempo atrás en su refugio bretón, Dios no podía castigar a quien elegía abandonar la vida de una manera más dulce que la decidida por los hombres… Evidentemente, en la Bastilla sería menos fácil que frente al océano, porque aquel lugar era ya de por sí una tumba, pero después de todo, ¿qué importaba el decorado? Lo indispensable era acabar cuanto antes-Esperó el paso del carcelero con el almuerzo de mediodía, del que comió una parte según su costumbre; pero en esta ocasión vació el jarro de vino de Borgoña: aun impulsada por el miedo, necesitaba valor para darse la muerte.

Cuando el hombre volvió a recoger la bandeja, sin ocultar su desencanto ante el jarro que tenía la costumbre de vaciar él mismo al salir de la habitación, ella puso manos a la obra. Tomó una de sus sábanas y desgarró con los dientes una tira lo bastante firme para hacer las veces de cuerda; luego subió a un taburete para atarla al armazón de nogal que sostenía las cortinas de su cama. Después hizo un nudo corredizo, se aseguró de que aquel dogal rudimentario funcionaría y, dejando el taburete a los pies de la cama, se arrodilló para pedir perdón a Dios. Lamentó no poder escribir una esquela de despedida a su padrino. En cuanto a François, no valía la pena: él ya la había olvidado.

— ¡Basta de divagar de un lado a otro! -murmuró-. Es preciso acabar de una vez.

Subida de nuevo en el taburete, acababa de pasar el lazo por su cabeza cuando resonó el estruendo de los cerrojos. Apartó entonces su soporte con un puntapié furioso, pero ni siquiera llegó a sentir en el cuello la mordedura de la tela retorcida. Ya estaba junto a ella el oficial que había venido a buscarla de noche, sosteniéndola en sus brazos.

— ¡A mí, vosotros! -gritó a los soldados-. ¡Cortad esto!

Luego la soltó con tanta brusquedad que ella cayó al suelo.

— ¡El suicidio está prohibido aquí! -rugió-. ¡Habrían tenido que meteros en un calabozo! Allí, por lo menos, no hay nada que se pueda utilizar para darse muerte…

— ¡Ni para vivir! -gritó Sylvie, cuya decepción se había convertido en cólera-. ¿Qué puede importaros que alguien se suicide? Es ahorrarle trabajo al verdugo…

— Precisamente, le quitáis el pan de la boca -repuso el hombre con una horrible lógica-. ¡Venid, os esperan!

Ella intentó resistirse, pero muy pronto estuvo inmovilizada.

— ¡Por piedad, dejadme aquí, dejadme morir! -gimió-. ¡No quiero volver abajo!

— Iréis donde tenéis que ir. ¡Vamos, en marcha!

Con la muerte en el alma, si aún no en el cuerpo, Sylvie siguió a los guardias por la escalera, rezando sin esperanza para que sucediera alguna cosa, para que se desprendiera un peldaño o una piedra de la bóveda la aplastara, a fin de evitarle el horrible sufrimiento que se dibujaba en su horizonte.

Al llegar al patio, se volvía ya hacia la puerta baja que tanto temía, cuando el oficial la sujetó del brazo.

— ¡Esta vez no! Vais a dar un pequeño paseo…

El alivio fue enorme, hasta el punto de que Sylvie se habría echado a reír, pero sus piernas aún temblaban cuando la hicieron subir a una carroza idéntica a la que la había esperado delante de la Visitation, y se dejó caer desmadejada, más que sentarse, en los almohadones de paño gris. Se dio cuenta entonces de que a su lado había un hombre vestido de negro, y se echó atrás al acordarse de su aventura de Rueil, pero era únicamente el comisario que la había interrogado la noche anterior y ella se sorprendió agradeciendo a Dios que pareciese haber borrado a Laffemas de su camino. Su prueba habría sido mucho más dura si hubiese tenido que soportarla bajo la mirada inhumana de aquel miserable.

— Sé que no vais a responderme, pero ¿adónde vamos?

— No es un secreto. Vamos al Palais-Cardinal.

De nuevo, las tablas del puente levadizo de la Bastilla crujieron al paso del coche…

8. De Caribdis a Scylla

Al bajar del coche en el patio del palacio, Sylvie se dio cuenta de que se estaba preparando un viaje. En torno a un extraño carruaje tapizado de púrpura que lucía las armas del cardenal, parecido a una enorme cama provista de varales, se afanaba un enjambre de servidores y guardias, los unos amontonando cofres y bultos en las carretas, y los otros verificando su equipo y procediendo a un minucioso examen de sus monturas y sus armas.

— ¿Se marcha de París Su Eminencia? -murmuró Sylvie, que había recuperado la suficiente presencia de ánimo para hacer una pregunta.

— Va a reunirse con el rey en el Mediodía, para participar en la gloria de las últimas conquistas. ¡Tened cuidado sobre todo de no irritarle más! El cardenal está muy enfermo, y emprende este viaje al precio de un terrible esfuerzo de voluntad.

¿Muy enfermo? Sylvie no lo dudó cuando fue introducida en la estancia donde Richelieu acababa de vestirse. Un fuego infernal combatía victoriosamente el frío exterior. El ambiente era sofocante, pero el cardenal estaba tan pálido como si ya hubiera muerto. Más que delgado, aparecía ahora demacrado, y su rostro, alargado porla perilla ya casi blanca, apenas tenía más espesor que la hoja de un cuchillo. Los ojos estaban hundidos, y la larga sotana de muaré rojo sobre la que destacaba la cinta azul de la Orden del Espíritu Santo, dejaba ver debajo, en el cuello y las mangas, los paños blancos que vendaban las llagas de las que se decía que estaba cubierto. Sin embargo, su espalda seguía derecha, y la mirada conservaba toda su autoridad. Con paso de autómata, el cardenal fue hasta un sillón colocado junto a una mesita cubierta de frascos y potes de medicinas, y luego, con un gesto autoritario, hizo salir a los sirvientes.

Era la primera vez que Sylvie le veía sin sus gatos, pero su sorpresa no duró mucho: un magnífico gato de tupido pelaje gris ceniciento apareció de súbito y saltó sobre las flacas rodillas, que lo recibieron con un estremecimiento de dolor. De inmediato, la larga y pálida mano se hundió en el pelaje sedoso, al tiempo que una voz profunda, un poco ronca, decía:

— De modo que estamos aquí de nuevo, Mademoiselle de… ¿Valaines? ¿Es así?

— Tuve el honor, hace ya mucho tiempo, de confesarlo a Vuestra Eminencia…

— Es verdad. Hace mucho tiempo, pero apenas habéis cambiado. ¿Habéis crecido un poco, tal vez? ¿Qué edad tenéis?

— Muy pronto cumpliré veinte años, monseñor.

— No voy a preguntaros qué habéis hecho durante estos años. Primero porque en parte ya lo sé, y después porque no dispongo de mucho tiempo. ¿Cantáis aún?

— En la capilla de la Visitation volví a cantar, después de muchos meses sin hacerlo. Para cantar bien se necesita tener el corazón alegre…

— O infinitamente triste. Se dice que el cisne, en el momento en que va a morir, canta de forma admirable. Me gustaría que cantarais para mí aún una última vez… Buscad en el gabinete florentino, debe haber por ahí una guitarra.

— No podría, monseñor -murmuró Sylvie sin moverse.

— ¿Por qué?

— No soy un cisne, y además… es posible que la proximidad de la muerte mejore la voz, pero el miedo la estrangula.

— ¿Tenéis miedo? Sin embargo, me parece acordarme de haberos oído asegurar que no me temíais.

— Los tiempos han cambiado, monseñor. Entonces estaba al lado de la reina, libre dentro de los límites de sus órdenes. Hoy vengo de la Bastilla, donde me han encerrado con el pretexto de que he querido envenenar a Vuestra Eminencia…

Una tos seca, cavernosa, sacudió el cuerpo enflaquecido del cardenal y puso dos manchas rojas en sus mejillas lívidas. Se inclinó, tomó un vaso de la mesa y bebió despacio.

— Y… naturalmente… vos nunca habéis… querido envenenarme.

— ¿Yo? ¡Nunca! -afirmó Sylvie con énfasis.

— Quizá no vos misma, pero sí otras personas que os son queridas. El duque César…

— Nunca le he querido. Si no hubiese sido por la señora duquesa, él nunca habría hecho nada por mí. Le estoy agradecida, y eso es todo.

— ¡Admitámoslo! Deseo creeros, pero vos misma poseéis buenas razones para querer mi muerte, porque mientras yo viva, vuestro amigo Beaufort está obligado a respetar la persona de Isaac de Laffemas, que es mi servidor. No me diréis que a él no le deseáis mil muertes.

— Una sola me bastaría, monseñor, porque los recuerdos abominables que guardo de él tal vez llegarían a borrarse, y sobre todo porque me sería posible volver a vivir sin experimentar de nuevo el terror de verle aparecer… ¡como lo he temido cada día pasado en la Bastilla!

— ¡Ridículo! Tiene la orden de no importunaros…

— Una pena muy ligera para un matrimonio forzado y una violación.

— ¡Lo admito, pero cuando yo doy una orden, esa orden se respeta!

— ¿Hasta cuándo? ¿Quién dice que él no espera también la desaparición de Vuestra Eminencia para acabar conmigo?

— ¡No digáis bobadas! Sus enemigos son innumerables, y yo soy su única defensa. Aun así, por dos veces ha estado a punto de sucumbir a las emboscadas de un truhán, un ladrón, un hombre del saco que se hace llamar capitán Courage y que ha jurado matarlo.

— ¡Lástima que no lo haya hecho! Habría bendecido su nombre.

— ¡No os hagáis ilusiones! Laffemas se protege ahora con toda clase de precauciones. Atacarlo sería ir a una muerte segura… Pero, ya veis que tenéis las mejores razones para desear mi muerte.

Sylvie guardó silencio por un momento. Oír alabar a su verdugo era más de lo que podía soportar, y dejó escapar la cólera que hervía en su interior.

— Cierto, tengo las mejores razones, pero nunca me han gustado los caminos tortuosos, y nunca he desesperado de vengarme con mis propias manos de ese…

— ¡Por eso os procurasteis el veneno, el arma favorita de las mujeres! -exclamó el cardenal, con un tono de triunfo que acabó de exasperar a la joven-. El veneno que os dio César de Vendôme y que ha sido encontrado en vuestra habitación en Saint-Germain…

La sorpresa hizo desaparecer de golpe la furia de la joven.

— ¿En Saint-Germain? -balbuceó, consciente de no haberse llevado nunca el dichoso frasco a la residencia estival de los reyes.

— ¿No os lo han dicho?

— Me han dicho que lo habían encontrado en mi habitación. Pero yo he puntualizado que otras doncellas de honor han ocupado las mismas estancias que yo, y que no veía por qué se tenía que sospechar de mí.

— Tal vez porque sois la única relacionada con César de Vendôme, ese maestro envenenador -tronó el cardenal-. ¿Os atreveréis a jurar que esto no os ha pertenecido?

De la mesa abarrotada situada a su lado, Richelieu tomó un frasquito y lo presentó en su mano abierta y temblorosa a Sylvie, con la intención de abrumarla con el peso de la evidencia; pero al contrario de lo que él pensaba, ella creyó ver abrirse el cielo y cantar los ángeles. La angustia que la sofocaba, el miedo horroroso a comprometer la salvación de su alma con un perjurio, todo desapareció de golpe. Cayó de rodillas, tendió la mano hacia la cruz labrada que palpitaba sobre el pecho del cardenal.

— Por la salvación de mi alma, por la memoria de mi madre, juro que nunca he visto este frasco. ¡Que Dios sea mi testigo!

No sabía muy bien a qué debía aquel milagro, porque ciertamente milagro era: el frasco que brillaba ante sus ojos era de grueso vidrio azul, mientras que el de César era verde oscuro con una pequeña cuadrícula plateada. Tal vez aquello explicaba por qué le hablaban de Saint-Germain cuando su escondite estaba en el Louvre. Pero entonces, ¿de dónde venía aquel objeto?

Sorprendido por el arrebato de la joven, el cardenal se resistió sin embargo a darse por vencido.

— ¿El duque César nunca os ha dado esto? ¡Juradlo también!

— ¡Por lo más sagrado, monseñor! ¡Por el amor que profeso a su hijo!

Pensativo, Richelieu volvió a dejar en la mesa el minúsculo frasquito. Era imposible no creer en la sinceridad de la joven, porque si alguna mirada había sido en alguna ocasión sincera y transparente, sin duda era la suya. Por otra parte, dado su conocimiento del alma humana, tenía que reconocer que le había costado mucho creerla culpable. Si ella hubiese querido realmente envenenarlo, no le habían faltado ocasiones de hacerlo.

— ¿Se han atrevido a engañarme? -murmuró, pensando en voz alta.

— Quien quiere perder a alguien, se atreve a todo, monseñor -dijo Sylvie en voz baja-. Ignoro si es cierta la acusación contra el duque César, pero quizás era normal que se pensase en mí, que le estoy obligada, para reforzar la acusación. Los señores de Vendôme…

— ¡No pronunciéis ese nombre en mi presencia! -rugió él-. Habéis salvado vuestra cabeza, pequeña, pero la de ellos sigue en peligro…

— ¿Todavía? -preguntó Sylvie sin poder contenerse, sintiendo que su angustia volvía-. Pero están en Inglaterra.

— El padre está en Inglaterra, los hijos han vuelto y el rey les ha exiliado en sus dominios, en consideración a los servicios prestados en Arras. Podéis estar segura de que en Vendôme, en Chenonceau o en Anet, no pierden el tiempo… -Arrastrado por la cólera y olvidando a su joven visitante, añadió-: Conspiran, lo sé, ¡y muy pronto tendré en mis manos la prueba! Conspiran con Monsieur le Grand, que sólo es tan grande porque yo lo he querido, pero que no lo será por mucho tiempo; conspiran con Monsieur, el eterno conspirador, con la reina… ¡y también con España!

— ¿Beaufort con España? ¡Es imposible! ¡La combate con demasiado ardor! En cuanto al señor de Cinq-Mars…

— ¡Quiere casarse con una princesa y yo me opongo! Quiere mi puesto, ¡y, por supuesto, yo me opongo! Pero ¿qué hago discutiendo estas cosas con una mocosa?

Debía de ser también la opinión de quienes estaban reunidos en el patio, porque un oficial hizo una tímida aparición:

— Monseñor… Sin duda no olvidáis que el tiempo pasa y que…

La mirada relampagueante se apagó, y volvió la tos.

— ¡Sí, tenéis razón!… ¿Mademoiselle de Chémerault aún espera?

— Por supuesto…

— ¡Hacedla venir!

Una bocanada de perfume ambarino entró con ella en la estancia e hizo estornudar a Sylvie, que detestaba ese olor casi tanto como a su propietaria. Elegante según su costumbre, la doncella de honor de la reina mostraba una impresionante sinfonía de pieles y terciopelos rojos. El cardenal no le dio tiempo a finalizar su reverencia.

— He averiguado lo que deseaba saber. Tal como hemos convenido, llevaréis a Mademoiselle de Valaines de vuelta a la Visitation Sainte-Marie en el coche que os espera. Al salir, diréis a Le Doyen que venga a verme antes de regresar a la Bastilla. -Luego se volvió hacia Sylvie, cuyo placer por la vuelta a la Visitation se veía aminorado por la perspectiva de hacer el camino en la compañía de Chémerault-. ¡Adiós, Mademoiselle de Valaines! Antes de dejaros, aceptad un consejo: tomad el velo en la Visitation. Solamente en ese lugar encontraréis la paz.

— No tengo vocación, monseñor.

— No seréis la primera en esa situación y, si Dios os ama, os dará una señal.

— Entonces, esperaré la señal.

Sabía que un deseo del todopoderoso ministro equivalía a una orden, y que al responder así le desafiaba, pero Dios la había liberado de la mentira y no quería caer de nuevo en ella. Su mirada, siempre tan límpida, se cruzó con la aún tormentosa del cardenal bajo la maraña gris de sus cejas, pero él depuso su cólera y se limitó a un encogimiento de hombros.

— Permaneceréis allí hasta que os autorice a salir. ¿Me lo prometéis?

— Sí, lo prometo. ¡Que Dios guarde a Vuestra Eminencia!

— Vaya, he aquí un deseo que no escucho con frecuencia…

En la carroza, impregnada del olor a ámbar, las dos mujeres guardaron silencio. Sylvie, que tenía prisa por llegar, veía desfilar las casas. En cuanto a su acompañante, había cerrado los ojos desde la partida. Sin embargo, cuando pasaron sin detenerse ante la capilla del convento, [13] Sylvie protestó:

— ¿Por qué continuamos? Su Eminencia ha ordenado que me lleven de vuelta al convento.

Desde el fondo de sus pieles, la Bella Bribona abrió sus grandes ojos con una expresión de fastidio.

— No hay prisa. Quería ir a dar un abrazo a mi hermano, que se va a la guerra dentro de una hora. En mi programa no estaba previsto ocuparme de vos. ¿Tanta prisa tenéis por perderme de vista?

— Nunca hemos sido amigas y no entiendo por qué deseáis que esté yo presente en un momento de emoción íntima. Sería preferible dejarme aquí…

— No, no es tan sencillo, porque debo dar unas instrucciones bastante largas a la madre Marguerite, y correría el riesgo de no ver a mi hermano. No tardaré mucho tiempo, y lo importante es que estéis en la Visitation antes de la cena.

— Como queráis.

Así pues, cruzaron la muralla de París. Después de la gran abadía de Saint-Antoine, se internaron en el bosque cerrado como una enorme mano verde en torno al castillo de Vincennes, con sus torres cuadrangulares, su gigantesco torreón y todo su aparejo bélico, apenas corregido por el esbelto campanario de su Sainte-Chapelle, hermana casi gemela de la maravilla de que se enorgullecía el palacio de la Cité de París. La carroza bordeó los fosos del castillo, y Mademoiselle de Chémerault dejó escapar una risita.

— Se comprende que el duque César haya optado por poner el mar entre su persona y este torreón. Aquí languideció cinco largos años, y su hermano, el Gran Prior de Malta, murió al cabo de dos años en extrañas circunstancias. Por lo demás, es la única cosa inteligente que ha hecho.

— ¿Qué queréis decir?

— Que es ridículo que César haya querido envenenar al cardenal en estos últimos tiempos. Hace cuatro o cinco años sí, pero ¿ahora? Al cabo de seis meses Richelieu habrá muerto. Tal vez antes, incluso.

— Creía que lo amabais. Es cierto que su estado de salud no es bueno, pero no me parece propio de un moribundo lanzarse por los caminos de Francia hasta los confines del reino.

— No por los caminos, sino por los ríos. Su litera descenderá hasta Lyon, y desde allí hasta Tarascón, siguiendo el curso de los ríos. Ya no soporta siquiera el paso de las muías, y cuando lo desembarcan, su litera es transportada a hombros.

— ¿Ese enorme armatoste? Pero no puede pasar por todas partes.

— Los obstáculos se derriban, incluso si se trata de la muralla de una ciudad. Ya ha sucedido, e incluso en esas condiciones el cardenal padece mil muertes a cada movimiento. Pero es un hombre de hierro, y el orgullo le sirve de sostén. Por eso lo he admirado siempre.

— Es bien sabido. ¿Qué haréis cuando ya no esté? ¿Encontraréis a alguna otra persona a la que… admirar?

— No creo que eso os importe.

El viaje continuó por un camino más practicable de lo que cabía esperar, sobre todo con aquel tiempo tan frío. La campiña era bella, ondulada, cuidada incluso en las cercanías del bosque, que era el menos peligroso de los alrededores de París gracias a la presencia de la nutrida guarnición de Vincennes. Grandes propiedades se repartían la mayor parte de los pueblos de los alrededores: Conflans, Charenton, Saint-Mandé -que pertenecía a los Bérulle-, Nogent, la poderosa abadía de Saint-Maur, Créteil y Saint-Maurice.

Sylvie encontró algo largo el camino y preguntó:

— Pero ¿adónde vamos?

— A Nogent -respondió su acompañante con un dejo de impaciencia.

Empezaba a hacerse de noche y cada vez se cruzaban con menos coches o gente a caballo pero, unos minutos después de la pregunta de Sylvie, cruzaron la verja de entrada de una gran propiedad cuyos jardines, prados y huertos descendían hasta las orillas de un río, el Sena, aunque Sylvie lo ignoraba en aquel momento.

Al final de una larga avenida flanqueada por dos hileras de árboles, apareció una bella mansión que databa probablemente del siglo anterior. Cosa extraña, no se veía ninguna luz a pesar de la hora crepuscular, ni ningún preparativo de marcha. Tampoco el ruido del coche atrajo a ningún servidor.

— Se diría que vuestro hermano no os ha esperado -observó Sylvie-. Aquí no hay nadie…

Françoise de Chémerault consideraba la situación con aire perplejo.

— Es extraño, en efecto. Sin embargo, la nota que he recibido era muy clara.

Al ver que nadie se movía en el interior de la carroza, el cochero se acercó a la portezuela.

— ¿Me he equivocado de lugar, señorita?

— No. Es aquí. Sin embargo, no veo ninguna luz.

— Hay una, señorita, en el primer piso. La he visto desde lo alto del pescante.

— Voy a ver. En fin -añadió de mal humor-, ¡no puede decirse que enciendan luminarias en mi honor! ¿Venís conmigo? -preguntó a Sylvie, que se permitió una sonrisa.

— Se diría que tenéis miedo.

La Chémerault se encogió de hombros y exclamó:

— ¡Eso es ridículo! Nunca tengo miedo de nada…

Sin embargo, sus manos temblaban al recoger las pieles que le molestaban para apearse del coche.

— Yo tampoco -dijo Sylvie-. Os acompaño.

En el cielo gris subsistía aún un resto de luz diurna que les permitió dirigirse a la casa, en la que debían de haber preparado una cena, porque un agradable aroma de pan caliente, caramelo y asado de ave emanaba del interior. También había una mesa preparada en una salita de la parte trasera, desde la cual, a través de dos altos ventanales, se divisaba al fondo el río, ya casi oculto detrás de una cortina de niebla. Un candelabro de plata provisto de velas encendidas prestaba bellos reflejos a la vajilla de plata dorada y a las copas de cristal tallado.

— No sé si vuestro hermano parte a la guerra -dijo Sylvie-, pero si esta mesa os esperaba a los dos, tiene menos prisa de la que habéis dicho. ¿Se trata realmente de vuestro hermano? Esto parece más bien una cena galante.

— ¡Dejad de decir tonterías! -gruñó la Chémerault-. De todas maneras, ya de poco sirve el disimulo… ¡Oh, Dios mío!

Al rodear la mesa para colocar en su lugar una flor caída sobre el mantel, acababa de tropezar con un cuerpo tendido en medio de un charco de sangre. Había un hombre allí, con los ojos cerrados y una herida aún sangrante en el pecho. Al inclinarse, Sylvie lo reconoció con horror: era Laffemas. Entonces comprendió todo, y al incorporarse su mirada se cruzó con la de Chémerault, llena de furia y decepción.

— El muy imbécil se ha hecho asesinar -murmuró ésta.

Luego reaccionó de una manera inusitada: dio un brutal empujón a Sylvie, que al caer hacia atrás se golpeó la cabeza contra la pata de una silla, y estuvo aturdida durante unos instantes. Fue suficiente para que su acompañante huyera a la carrera del lugar del crimen, cerrara con llave la puerta a sus espaldas y llegara al coche. Cuando Sylvie se puso en pie, un poco vacilante, oyó alejarse la carroza, abandonándola sola con un cadáver. Que fuera el de su peor enemigo no le ofrecía demasiado consuelo y, temblorosa, se dejó caer en un sofá para intentar poner en orden sus ideas, entre las cuales destacaba una evidencia: la Chémerault la había arrastrado a una trampa innoble. Quería entregarla a Laffemas, y no era difícil imaginar por qué en aquella mesa sólo había dos cubiertos. Al pensar en lo que habría sucedido después, Sylvie sintió que el corazón se le paraba y su boca se llenó de un regusto amargo que la mareó. En la mesa había un frasco de vino. Vertió un poco en una copa y, al beberlo, creyó reconocer su aroma: era el mismo vino de España que bebía en otro tiempo en el palacio del cardenal. ¿Tal vez éste se lo ofrecía a su verdugo preferido?

En cualquier caso, se sintió mejor y empezó a tomar conciencia de lo peligroso de su situación. Era cierto que nada tenía ya que temer de Laffemas, salvo el ser acusada de su muerte. ¿Quién podía asegurarle que la detestable Chémerault no estaba en camino para alertar a las primeras autoridades que encontrara, tal vez en el mismo castillo de Vincennes? Si la encontraban junto al cadáver, le costaría mucho probar su inocencia. Era preciso salir de allí, ¡y lo más aprisa posible!

Mientras reflexionaba, una llave giró en la cerradura, la puerta se abrió y apareció un personaje tan extraño que Sylvie dio un grito de espanto.

— No temáis nada, mademoiselle -dijo una voz agrá-dable e incluso cultivada-. Llevo una máscara, y os pido permiso para conservarla puesta…

En efecto, bajo un sombrero negro de ala ancha aparecía una cara abotargada con una nariz larga e hinchada y rasgos grotescos, rojizos a la luz de las velas.

— ¿Quién sois? -preguntó ella con un hilo de voz, no del todo tranquilizada.

— Me llaman capitán Courage. Y vos, ¿quién sois y qué hacéis aquí?

— Me llamo Sylvie de Valaines y he sido traída a este lugar con engaños, para ser entregada a ese hombre. Juro sin embargo que no lo he matado.

— Lo sé muy bien, porque he sido yo quien le ha dado muerte. No ignoro quién sois, y ha sido una suerte que, al oír llegar el coche, me haya escondido para ver quién venía. ¡No nos entretengamos! Este lugar es peligroso, tanto para vos como para mí.

Arrastrada por él, Sylvie volvió a cruzar la casa a la carrera. Ya en la escalinata de la entrada, el «capitán» silbó enérgicamente con dos dedos en la boca, y un caballo ensillado salió de la oscuridad.

— ¡Es Sultán! -explicó el extraño personaje-. Como veis, me obedece a la voz y al gesto, y más aún…

Mientras ayudaba a Sylvie a montar, silbó de nuevo, tres veces en esta ocasión, y aparecieron varios jinetes, todos enmascarados. El les preguntó:

— ¿Dónde están los guardias del teniente civil?

— Atados, amordazados y dispersos por el bosque. El primero que vaya a buscar champiñones los encontrará. Esperemos que no hiele esta noche, porque se estropearía la cosecha -respondió una voz burlona.

— Dime, capitán, ¿ésa es el botín? -preguntó un hombre señalando a Sylvie.

— Un poco de respeto. Aquí no se roba nada. Una cucharilla que hubiera pertenecido al verdugo del cardenal nos traería mala suerte.

— ¿Has vengado a Semiramis?

— ¡Sí, y ahora nos volvemos! Cada cual por su lado, como de costumbre. Yo voy a devolver a esta muchacha a su casa. ¡Dispersaos!

Los jinetes desaparecieron de forma tan repentina como habían aparecido. El capitán Courage montó a caballo.

— Sujetaos bien -aconsejó-. ¡Me gusta ir deprisa!

— ¿Adonde pensáis llevarme? Tendría que volver a la Visitation.

— Ya no hay necesidad de monjas. ¡Os llevo a vuestra casa!

— ¿A mi casa? Pero…

— A casa del señor de Raguenel, si lo preferís. ¡Ahora, chitón! No conviene llamar la atención gritando como si estuviéramos sordos. ¡Y ya os he dicho que os sujetéis!

Tanto para no caer como para tener algo más de calor, porque la noche se anunciaba glacial, Sylvie se apretó contra la espalda de su acompañante, lo bastante para constatar que de aquel ladrón -¡porque era un ladrón, a fin de cuentas!- emanaba un perfume de verbena. Un signo de interrogación suplementario, añadido a los que se acumulaban ya en la mente de la joven. En todo caso, aquella experiencia le aportó una enseñanza más: aprendió que era posible entrar en París con todas las puertas cerradas. En efecto, mucho antes de que estuviera a la vista la puerta de Saint-Antoine, giraron hacia el este hasta llegar a un viejo albergue situado en las afueras de un pueblo. Allí, el hombre ayudó a apearse a Sylvie, llevó los caballos a la cuadra y la condujo a una bodega en la que, detrás de un montón de leña, se abría un túnel por el que recorrieron una buena distancia antes de subir por la escalera de otro albergue; al salir se encontraron al pie mismo de la muralla, pero por la parte interior. Era la primera vez que Sylvie veía las antiguas murallas de tan cerca. Estaban muy necesitadas de un revoco, por más que habían sido objeto de una reparación bastante considerable en 1636, cuando se temía ver aparecer a los soldados del cardenal-infante ante la capital de su cuñado.

— ¿Conoce este camino mucha gente? -preguntó Sylvie.

— Algunos. Los que lo necesitan. Hay más subterráneos, pero éste es el mejor porque está cerca del recinto del Temple, donde no entra quien quiere. También es el más cómodo para mí…

Unos instantes más tarde, en efecto, se encontraron en un dédalo de calles y callejuelas de casas en estado más o menos ruinoso. Pero el recorrido fue corto: tras caminar unos minutos vieron perfilarse en el cielo oscuro las torres de la Bastilla y se detuvieron ante la pequeña vivienda de la Rue des Tournelles que Sylvie conocía tan bien y que tanto había añorado.

Cuando sonó la campanilla, acudió a abrir un muchacho desconocido, provisto de una linterna que paseó por sus rostros antes de dejarlos plantados con una exclamación de alegría, para correr hacia la casa.

— ¡Señor caballero! -gritó desde el vestíbulo-. ¡Es Mademoiselle de Valaines con el capitán Courage!

El anuncio hizo que el vestíbulo se llenara de inmediato: Perceval bajó presuroso la escalera del primer piso, Nicole llegó de la cocina y Corentin de la leñera cargado con un enorme cesto lleno de leños que dejó caer al suelo cuando ya el caballero abrazaba a su ahijada.

— ¿Dónde la habéis encontrado, amigo mío? -exclamó.

— En Nogent, en la casa de Laffemas. No os inquietéis, que nada le ha pasado; os lo contaré todo en un lugar menos propicio a las corrientes de aire. Pero dime -añadió volviéndose a Pierrot, que le miraba con una sonrisa feliz-, ¿quién te ha dicho el nombre de esta señorita?

— Hace mucho tiempo que la conozco. Desde el día en que ajusticiaron a mi padre. Ella impidió que Laffemas me aplastara bajo los cascos de su caballo. En aquel momento se llamaba Mademoiselle de l'Isle. ¡Oh, no la he olvidado nunca! Fue por ella por quien quise venir a servir aquí. Vos lo sabéis bien, porque os lo expliqué cuando dejé la banda…

Aún incrédula, Sylvie miraba a aquel muchacho intentando relacionarlo con la imagen trágica que acababa de evocar: un niño que había suplicado por la vida de su padre, al que iban a aplicar la rueda, y que Laffemas había tirado sobre el barro helado e iba a pisotear cuando ella se lanzó a socorrerlo.

— ¿De modo que eras tú? -dijo por fin con una sonrisa-. Y te encuentro en casa de mi padrino. ¿Te acuerdas de que también me robaste la bolsa?

— ¡Tenía que vivir! Tampoco estaba muy repleta, por otra parte.

El capitán Courage soltó una carcajada.

— Este pillo tenía ya dedos muy hábiles. Le eché de menos cuando nos dejó, pero era por una buena causa.

— Pero ¿tú eres un robabolsas? -rugió Nicole Hardouin, y empezó a buscar algún utensilio para golpearle.

Pierrot dio un salto y le sujetó el brazo.

— Vamos, señora Nicole, ¿os ha faltado nunca por culpa mía un céntimo, o siquiera un terrón de azúcar? No pido otra cosa que seguir trabajando para vos… ¡porque os quiero mucho! -Y plantó dos sonoros besos en aquellas mejillas rojas de cólera, que muy pronto enmarcaron una amplia sonrisa.

— No. Siempre he creído que eras un buen muchacho… y espero seguirlo creyendo mucho tiempo. Porque… ¡ojo, si no!

— Nicole -dijo Perceval-, sírvenos vino caliente con especias y algo para comer. Sylvie está aterida, y nosotros la tenemos aquí aturdida con nuestra charla.

Se reunieron en la cocina. Allí se estaba más caliente que en ninguna otra parte, y en un santiamén Nicole dispuso en la mesa una empanada de anguila, pollo frío, queso, mazapanes, confituras y frascos de vino, alrededor de todo lo cual se sentaron juntos amos, truhán y criados, unidos por una mutua estima muy parecida a la amistad. Sylvie, cuya curiosidad había excitado la máscara grotesca del capitán, le vio quitársela por fin y descubrir así un rostro enérgico y joven que habría podido ser el de un mosquetero y que, de golpe, hizo cambiar el objeto de su curiosidad. Privado de su careta de feria, aquel hombre, con su negro bigote fino y la perilla de su mentón, no habría desentonado en compañía de gentiles-hombres. Sus ojos oscuros, vivos y alegres parecieron gozar con su sorpresa.

— No os equivoquéis, señorita, no soy persona de noble cuna. Provengo de una familia de leguleyos de provincias, gente prudente, austera, convencional, temerosa de Dios, del diablo, del cardenal y del rey. Lo que no impidió que fueran pasados a cuchillo en ocasión de una revuelta campesina con la que nada tenían que ver. El verdugo del cardenal acudió a vigilar las ejecuciones.

— ¿Fue él quien mató a vuestros padres?

— No, ya estaban muertos antes. A quien mató, de la manera que todos sabemos -dijo paseando por la mesa una mirada circular-, fue a mi amante: una bonita muchacha de Bohemia llamada Semiramis. Por ella me hice ladrón, aunque no os oculto que ya antes tenía una asombrosa disposición. Yo la adoraba y ella me amaba. Pero no lo bastante para hacerme caso y renunciar a unas costumbres independientes y algo locas… que le costaron la vida. Todos aquí excepto vos, mademoiselle, saben que juré matar a Laffemas. Por dos veces erré el golpe, y entonces cambié de táctica y me dediqué a hacerle morir de miedo utilizando toda clase de medios que le obligaban a estar vigilante día y noche pero no impedían mis mensajes amenazadores, enviados mediante una flecha que él ignoraba desde dónde era lanzada. Por Pierrot, que me abrió la puerta una noche, conocí a Monsieur de Raguenel. Por él, precisamente, supe quién era el asesino de Semiramis. Luego hicimos una especie de pacto, y desde que tuvimos conocimiento de que os encontrabais aquí, redoblamos la vigilancia. Como disponemos de muchos amigos, descubrimos la casa de Nogent, y cuando os supimos en la Bastilla, decidimos que era preciso acabar de una vez por todas con el teniente civil. En prisión estabais demasiado expuesta a sus… fantasías.

— Pero ¿cómo estabais informados de que me llevarían allí esta noche?

Courage mostró las palmas de sus manos, bellas y fuertes, con un gesto de impotencia.

— Lo ignorábamos. Encontraros allí ha sido una sorpresa propiciada por una serie de circunstancias fortuitas. Desde hace unos días Laffemas, siempre protegido por sus esbirros, se había instalado en el campo. Sin duda quería aparentar no tener nada que ver en vuestro arresto. Y además parecía esperar algo… -Interrumpió su relato para beber un largo trago de vino, se secó el bigote y prosiguió-: Uno de mis hombres había conseguido ser contratado por él como pinche de cocina, y siempre tenía a gente mía rondando por los alrededores…

— ¿Con este frío? -se extrañó Sylvie.

— Estamos acostumbrados a toda clase de tiempo, señorita, más incluso que los soldados. En el mundo en que vivo, la miseria da resistencia a los hombres que no destruye. Hace dos días, el teniente civil recibió la visita de una hermosa dama. La que os acompañaba esta noche.

— ¿La Chémerault?

— La misma. ¡Tenían el aspecto de ser los mejores amigos del mundo, los dos!

— Ella carece de fortuna -intervino Perceval-, y él es rico. Sin duda le paga.

— Es verdad que ella exhibe unos atuendos muy lujosos. Por supuesto, mi marmitón no pudo escuchar su conversación, que tuvo lugar en un gabinete cerrado, pero cuando la dama salió, cogió al vuelo algunas palabras. Ella decía: «La enviará seguramente a la Visitation y yo cuidaré de que me adjudique el encargo. No tendré más que traérosla. Por lo demás, el cardenal parte de París pasado mañana. Tendréis el campo libre…» Yo no sabía si estaban hablando de vos, pero por si acaso vigilamos las idas y venidas de la Chémerault. Ayer no se movió, pero esta tarde fue al Palais-Cardinal y yo pensé que era inútil esperar más. Con el grueso de mi banda asaltamos la casa de Nogent, matamos o inmovilizamos a los guardias; finalmente me encontré frente a ese monstruo y le acorralé en el saloncito donde había hecho servir la cena galante que os reservaba, señorita. Cuando me vio, se derritió con mis insultos. Suplicaba clemencia y se arrastraba de un modo inmundo. Le atravesé con mi espada. Luego subí a la habitación del miserable para registrar sus papeles y, ¿quién sabe?, devolver la esperanza o la libertad a algún desgraciado. Estaba absorto en ese trabajo cuando oí llegar un coche. De él se apeó la Chémerault con otra mujer que no pude reconocer. No me moví, a la espera de lo que sucediera, cuando la Chémerault volvió a salir corriendo. Saltó al interior del coche y gritó al cochero que fuera al galope al castillo de Vincennes. Entonces comprendí que la muy zorra quería echar la culpa de mi justicia a otra persona… y fui a buscaros. El resto ya lo conocéis.

— Nunca os estaré lo bastante agradecida -dijo Sylvie con lágrimas en los ojos-. No solamente me habéis salvado la vida; gracias a vos, ahora soy libre, ¡enteramente libre, puesto que Laffemas ha muerto! ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podré corresponderos?

El capitán le ofreció su curiosa sonrisa ladeada.

— Proporcionándome una muerte rápida, con veneno o cuchillo, cuando tiendan en la rueda al ladrón y asesino que soy. Creo que es la única forma de morir que temo verdaderamente, porque le sustrae a uno toda su dignidad.

Se levantaba ya, pero Perceval fue más rápido y tomó las manos del joven.

— Si ese horrible día llegara, será porque antes habrán fracasado mis esfuerzos por salvaros, y en todo caso seré yo quien me ocupe de proporcionaros la liberación que deseáis. Mientras tanto, no olvidéis que contáis aquí con amigos a los que podéis pedir cualquier favor. Seremos vuestro refugio y sostén en cualquier circunstancia.

— ¿Olvidáis que soy el príncipe de los ladrones?

— Eso es asunto vuestro. Prefiero a un ladrón dotado de vuestra generosidad que a un buen cristiano como Laffemas.

— Os doy las gracias. Ahora os dejo, y os aviso de que no volveré. Soy una persona demasiado comprometedora, y ya habéis tenido demasiado que sufrir en los últimos tiempos. Sin embargo, cuando penséis en mí, intentad acordaros únicamente de mi verdadero rostro y de mi nombre: me llamo Alain.

— ¿Alain de qué? -preguntó Sylvie.

El joven se ruborizó y dijo:

— Gracias, pero ya os he dicho que no tengo derecho a la partícula.

— ¡Lástima! -exclamó ella con una sonrisa-. ¡Tenéis todas las cualidades de un caballero, capitán Courage!

— En tal caso, perdonadme que no diga más. La profesión que he elegido me ordena olvidar, yo el primero, un nombre que debe permanecer sin mancha. Adiós, amigos míos…

Fue a recoger su capa, pero una vez más Perceval le retuvo.

— ¿Por qué adiós? ¿Por qué no volver? Concibo que el capitán Courage no desee aventurarse aquí; pero nadie conoce el rostro de Alain.

— Es difícil salirse del mundo que he elegido. Debo seguir en él, pero no perderé de vista esta casa. ¡Dios quiera preservarla en adelante!

Sintiendo que la emoción le embargaba, precipitó su marcha y Perceval hubo de correr a acompañarle a la puerta. Cuando volvió, Nicole estaba recogiendo la mesa con la ayuda de Sylvie, y Corentin, de pie junto a la chimenea, daba chupadas a la pipa que acababa de encender y miraba las llamas con aire abstraído.

— Le pasa algo raro -comentó Nicole-. Está embobado…

— ¿Ocurre algo, Corentin? -preguntó Raguenel.

— Sé quién es. Nos ha mentido cuando ha hablado de leguleyos de provincias. Es un bretón y debería llevar un antiguo nombre. Es verdad que sus padres fueron asesinados, pero le quedan aún parientes próximos a la corte…

Aquellas palabras produjeron un profundo silencio. Todos quedaron inmóviles.

— ¿Cómo lo sabes? -preguntó el caballero.

— ¿Os acordáis de los benedictinos de Jugon, adonde me llevaron los míos hace muchos años?

— Te escapaste de allí. Esas cosas no se olvidan.

— Él también estuvo, y en mis mismas condiciones. Era el pequeño de una familia con varios hijos varones, y le endosaron el hábito igual que si lo metieran en una mazmorra. Estuvo menos tiempo aún que yo, pero no se me ha olvidado su cara. Se llamaba…

— ¡No! -le interrumpió Perceval-. ¡Calla para siempre, incluso ante mí! Ese secreto no te pertenece, y no tienes derecho a revelarlo. En nuestras oraciones será Alain, y punto.

— Perdón -murmuró Corentin con la cabeza gacha-. He estado a punto de cometer una mala acción.

— Lo importante es que no la has cometido -dijo el caballero, y le dio una palmada en la espalda-. ¡Ahora, a la cama! Yo acompañaré a Sylvie a su habitación.

Con una alegría sin sombras, la joven recuperó por fin su bonita alcoba amarilla. Tocó de nuevo los objetos de tocador de plata y el bello espejo veneciano que, claro está, le devolvió una imagen distinta de la de antes, como borrosa por la fatiga y las angustias de los últimos días. Sin embargo, y en ello había un milagro de su juventud, Sylvie tuvo la impresión de que todo lo que había soportado, sufrimientos y vejaciones, desaparecía a medida que se desvestía. Allí, en aquella habitación cálida, al abrigo de la ternura de su padrino, descubrió que en ella lo principal seguía intacto: su vitalidad, su gusto por la vida e incluso por la lucha, y sobre todo su amor por François, a pesar de que él la hubiese rechazado. Ahora que Laffemas había entregado al Creador -¡o más probablemente al señor Satanás!- su fea alma negra, todo estaba bien, todo estaba en orden y la antigua Sylvie de otra época podía renacer.

Esa felicidad duró dos días…

Exactamente hasta la llegada de un Théophraste Renaudot considerablemente agitado, que llegaba para anunciar que Laffemas aún vivía.

— Un mensajero que fue a llevarle una esquela lo encontró por la mañana bañado en sangre, pero respirando aún -explicó a sus consternados amigos-. Recuperó el conocimiento e incluso encontró fuerzas para exigir que se buscara, para atenderle, al famoso Jean-Baptiste Morin de Villeneuve, el astrólogo del rey, del que se dice que cuando se dedica a su antigua profesión de médico, consigue milagros.

— ¿Y se ha repuesto? -preguntó Perceval.

— Está muy lejos de ello. Recibió una estocada en el pecho, tiene fiebre alta e incluso me han contado que delira hasta el punto de que sus allegados han considerado conveniente aislarlo, ya que dice cosas terribles.

— ¿Se sabe quién le atacó?

— Los criados y los guardias, a los que han encontrado en el bosque atados y medio muertos de frío, han hablado de jinetes enmascarados, pero debajo del cuerpo había un papel en el que se leía: «Courage lo ha hecho», lo cual no me extraña lo más mínimo -añadió el gacetista-. Podréis enteraros de todo en la Gazette de mañana.

— ¡No deis demasiados detalles, amigo mío! Por ejemplo, vuestros lectores deben ignorar hasta nueva orden que el capitán Courage, aunque no consiguió dar muerte a Laffemas, salvó la vida de mi ahijada, a la que la Chémerault llevó con engaños a su amigo el teniente civil… -Contó entonces punto por punto la aventura de Sylvie, que le escuchó con lágrimas de rabia.

— ¡Tenéis razón! -asintió Renaudot cuando concluyó el relato-. Es mejor decir lo menos posible. Los lectores serán informados únicamente de que Laffemas ha sido atacado en su casa y gravemente herido. Luego daremos los partes médicos, y eso es todo. ¡Es una suerte que el cardenal se haya ausentado de París para bastante tiempo! Las órdenes que pueda dar sobre este asunto no serán ejecutadas con tanto celo como si estuviera aquí. Primero porque la mayoría de los policías detesta al teniente civil, por no decir que le odian, y después porque todo el mundo sabe que el cardenal no vivirá mucho tiempo. Eso frenará iniciativas que podrían resultar peligrosas…

— En todo caso -exclamó Sylvie, al borde de una crisis nerviosa-, tendré que volver al convento. ¡Se acabó la buena vida que me esperaba en esta casa! ¡Está escrito que ese miserable siempre ha de ganar!

El gacetista posó una mano tranquilizadora sobre las de la joven.

— No hay prisa -dijo-. Ya os he contado que está lejos de haberse restablecido. Quizá nunca lo consiga. Si he comprendido bien, en esta casa estáis por lo menos tan segura como en el convento. Hay gente suficiente para defenderos, y nada puede suplir al afecto. Quedaos aquí, y esperemos el desarrollo de los acontecimientos… Es posible que no os veáis obligada a esconderos de nuevo.

— ¡Ojalá tenga razón! -dijo Sylvie con un suspiro cuando Renaudot los dejó después de declarar que, pensándolo bien, la Gazette esperaría a la semana siguiente para hablar de Laffemas-. ¡Yo soñaba con vivir a vuestro lado en esta casa tan querida, y dedicarme a vos como debe hacerlo con su padre una hija amante!

— No hay que prejuzgar el futuro, mi pequeña Sylvie. Yo espero para ti uno mucho más brillante. ¿Has olvidado a tu amigo Jean?

— ¿Cómo olvidar a una persona tan encantadora? Y a propósito, ¿dónde está ahora? Me gustaría verle.

— En estos momentos ya debe de haberse reunido con el rey en algún lugar entre Lyon y Perpiñán.

— ¡Oh! ¿Ya se ha marchado? -Había en su voz un pesar que hizo sonreír a Perceval.

— Sí, pero no para batirse con el enemigo. Ha ido a exigir al rey que haga salir de la Bastilla a la futura duquesa de Fontsomme…

Sylvie se ruborizó.

— Pero yo no recuerdo haber aceptado…

— No. Por supuesto que no, y podrás decir más tarde que recoges tu palabra, ¡pero piensa en el peso que te daría un título tan grande! Laffemas ya sólo podría mirarte de lejos, y arriesgaría la cabeza si se atreviera a acercarse a ti con malas intenciones. Además, querida niña, creo que ningún hombre te amará nunca tanto como él. Se ha entregado por completo y no pide nada…

— Más que mi mano y mi persona.

— Déjame terminar la frase: nada más que lo que tú quieras concederle. No ignora nada de lo que has sufrido.

Nada, ¿me entiendes? Como ya te he dicho, se lo conté todo.

— ¿Y quiere hacer de mi una duquesa? Es una locura. Nunca sabré…

Perceval se echó a reír.

— No se necesita ningún conocimiento especial, y tú has estado junto a la reina. Estoy seguro de que se sentiría muy feliz de recuperar a su «gatita», ahora con una corona de ocho florones en la cabeza…

¡La reina! Hacía mucho tiempo que Sylvie no se acordaba de ella. Tal vez porque estaba convencida de que, dedicado a Madame de Montbazon, François había dejado de amarla.

— Hace mucho tiempo que no la veo. ¿Cómo está ahora?

— ¿Quién? ¿La reina? Personalmente la encuentro más bella que nunca. Su doble maternidad le ha proporcionado una plenitud que va más allá de lo imaginable. La verdad…

— ¿Intentáis decirme que él sigue amándola a pesar de su… relación?

— ¡No pongas esa cara de enfurruñada, Sylvie! Sí, creo que sigue amándola.

— ¿Le habéis visto, entonces?

— Sí. Antes de marchar a reunirse con su padre vino a hacerme algunas recomendaciones… ¡Sylvie! Ya es hora de que mires las cosas de frente. Sé muy bien que le amas todavía, pero ya no eres una niña pequeña y tienes que saber que nunca te pertenecerá. Así pues, no eches a perder tu vida por un sueño.

— ¡Un sueño!… Precisamente, hay noches en las que sueño que estamos juntos, que es enteramente mío y que estamos solos en un lugar magnífico que conozco bien: ¡en Belle-Isle! Desde que me fui de allí, algo me dice que un día le esperaré en ese lugar, y que él vendrá…

— ¡Sylvie, Sylvie!… No es raro que en los sueños nos parezca que se realizan las cosas que deseamos con más ardor. ¡Pero yo quiero verte feliz!

— Sin él, es difícil.

— Pero no imposible. Piensa que algún día yo ya no estaré, y que mi sueño es dejarte en unas manos leales y cariñosas. Si no es así, ¡el paraíso más bello será un infierno!

Sylvie se puso de pie, se acercó por detrás a Perceval, pasó los brazos alrededor de su cuello y apoyó su mejilla en la de él. Su expresión era tan infeliz que ella se avergonzó de su intransigencia. Sobre todo porque le parecía que él tenía razón.

— Os prometo reflexionar, padrino. En todo caso, puedo al menos deciros esto: un día me impusieron un esposo abominable. En el momento en que me ponía por la fuerza un anillo en el dedo, fue en Jean en quien pensé. ¡No en François! De modo que os hago una promesa: si está escrito en las estrellas que debo casarme, nunca me casaré con un hombre que no sea él.

Perceval se alegró un poco, y los dos permanecieron largo rato abrazados, sintiendo el calor de un cariño reafirmado.

9. La sombra del patíbulo

Las semanas siguientes fueron tranquilas para los habitantes de la Rue des Tournelles. Laffemas se debatía entre la vida y la muerte, y el cardenal, en la otra punta del reino, tenía otros problemas que resolver. Mientras el rey, resucitado, afrontaba con energía el asedio de Perpiñán, del que informaba a los parisinos a través de un comunicado de propia mano que publicaba la Gazette, Richelieu se había instalado en Narbona y allí luchaba con un agravamiento de sus abscesos y úlceras, pero también contra la reina. Después de haber obtenido para su fiel Mazarino el capelo de cardenal, que el interesado recibió del rey con una alegría desbordante, sus espías le informaron de extraños rumores relativos a una conjura cuyas cabezas eran Ana de Austria, Cinq-Mars, el rey de España y Monsieur, hermano del rey. Su reacción fue inmediata: puesto que Ana de Austria no había entendido todavía que una reina de Francia no conspira contra el reino del que es heredero su hijo, le quitó la guarda de sus hijos. El resultado no se hizo esperar: frente a un peligro grave que podía desembocar en la repudiación y el exilio, con la eventual perspectiva de morir en la miseria en algún rincón de Alemania como acababa de ocurrirle a María de Médicis pese a ser madre de Luis XIII, Ana se vio forzada a intentar un acercamiento al cardenal, que se contentó con enviarle a Mazarino «para recibir sus felicitaciones por el cardenalato».

¿Qué se dijeron la reina en peligro y el nuevo prelado? No se sabe, pero el poder de persuasión de aquel hombre, cuya seducción ella no negaba, era muy grande. El resultado de la larga entrevista entre ambos apareció una buena mañana sobre la mesa de trabajo de Richelieu en la forma de uno de los tres ejemplares del tratado secreto acordado en marzo por Fontrailles con el Condé-duque de Olivares, tratado cuya puesta en práctica se preveía para después del asesinato del cardenal, y que contemplaba la devolución a España de todas las plazas conquistadas en el norte, el este y el sur de Francia, a cambio de lo cual la reina, convertida en regente -se suponía que Luis XIII no tardaría en seguir a su ministro a la tumba-, reinaría con el eficaz apoyo de Monsieur y recibiría importantes compensaciones por las plazas entregadas. El señor de Cinq-Mars sería nombrado primer ministro y contraería matrimonio con María de Gonzaga; todos los exiliados serían acogidos de nuevo en el reino, y una lluvia de oro caería sobre cada uno de ellos. Era la conspiración de mayor envergadura jamás tramada contra Richelieu, sin duda, pero sobre todo contra Francia. Mazarino, cuando la reina puso el tratado en sus manos, sintió que un sudor frío humedecía su frente.

— Nunca agradeceré bastante a Vuestra Majestad que haya comprendido cuál era su deber -murmuró-. Si la reina desea que monseñor el delfín reine algún día, es hora de que aprenda a comportarse como francesa… Su Eminencia sabrá reconocer lo que debe a Vuestra Majestad.

El cardenal, por su parte, no reaccionó de ninguna forma visible. El sitio de Perpiñán había concluido con una resonante victoria, y el rey, cubierto de gloria, marchaba a su encuentro. Al día siguiente estaría en Narbona, y allí se alojaría en el obispado. Richelieu se contentó con entregar el ejemplar del tratado a su fiel Chavigny.

— Daréis esto al rey en cuanto se levante -le dijo-. Después iréis a ver a Monsieur y le rogaréis que os dé su propio ejemplar. ¡Por si acaso el rey no llega a convencerse de la culpabilidad de Monsieur le Grand!

El rey se sintió tanto más herido ante la traición de su favorito, el efebo al que había colocado tan alto, por el hecho de que su entrevista secreta con Marie de Hautefort había terminado mal. Indignado por el hecho de que ella hubiera tenido la audacia de atacar a Cinq-Mars, y convencido de que lo hacía por venganza, le había dado la orden de regresar a La Flotte y no salir más de allí. Ahora, la evidencia le alcanzó como un mazazo. Sin embargo, no se permitió la menor vacilación: de inmediato dio orden de arrestar a Cinq-Mars, De Thou, Fontrailles y los demás conjurados, mientras Chavigny visitaba a Monsieur para hacerle oír algunas verdades serias.

— El delito cometido por Vuestra Alteza es tan grave que Su Eminencia no puede responder de nada. Incluso vuestra vida está en peligro…

Verde de miedo, Gastón d'Orléans no perdió tiempo en abogar por su propia causa.

— Chavigny, tengo que salir de este apuro. Vos me habéis ayudado ya dos veces ante Su Eminencia, pero os prometo que ésta será la última.

— El único medio es confesarlo todo.

Con su sempiterna cobardía, el hermano del rey no deseaba otra cosa, e inculpó a todos los que le habían seguido, incluido el duque de Beaufort, pese a que se había negado a participar. Así pues, el segundo ejemplar del tratado fue a acompañar al primero sobre la mesa del rey y acabó de hacer desaparecer las últimas dudas, muy débiles, a las que intentaba aferrarse el desdichado. Sintió que se le desgarraba el corazón hasta el punto de que cayó enfermo, pero no impidió que la justicia siguiera su curso.

La noticia del arresto de Cinq-Mars y François-Auguste de Thou cayó como una bomba en el castillo de Vendôme, en el que Beaufort, después de una buena jornada de caza, se divertía alegremente con sus gentiles-hombres y sus amigos. La llegada del mensajero -uno de los correos de la duquesa de Vendôme, llegado de París al galope- hizo caer una ducha helada sobre aquella juventud exuberante. En efecto, la duquesa apremiaba a su hijo a huir:

Se sabe que en vuestra casa tuvo lugar una reunión en la que no estaban presentes los jefes, pero sí sus representantes. Por más que no disteis vuestra conformidad a esa conjura, a esa locura -y lo sé muy bien-, no por ello estáis menos comprometido. Se dice también que van a rodar cabezas, y la vuestra me es infinitamente preciosa, hijo mío. Avisad, por lo que pudiera ocurrir, a vuestro hermano Mercoeur que está en Chenonceau; pero sobre todo, os lo suplico, ¡huid de Vendôme antes de que sea demasiado tarde!

François, cuya alegría desapareció, rompió la carta enfurecido.

— ¡Huir, cuando mi honor no me reprocha nada! -exclamó-. ¡Cuando me he negado a conchabarme con España ni siquiera para hacerme con el pellejo del cardenal! ¡Nunca!

— Monseñor -suplicó Ganseville-, me parece que deberíais pensarlo dos veces. La señora duquesa vuestra madre no es persona predispuesta a perder la cabeza sin razón, y sabéis bien hasta qué punto odia el cardenal a los de vuestra casa. Una falsa denuncia puede enviaros al patíbulo, sin que sirvan de nada vuestras protestas. Si el rey entrega a su favorito a la venganza de su ministro, es preciso temer lo peor… El hecho de que seáis su sobrino no cambiará nada, porque no os ama ni la mitad de lo que ama a Cinq-Mars. ¡Dejadme preparar vuestro equipaje y disponer los caballos!

Todos los presentes se unieron a esa petición, pero Beaufort no cedió.

— Huir sería confesar -repetía-; y no tengo nada que confesar.

— Vuestro padre el duque ha sido más prudente -intervino Henri de Campion, antes gentilhombre del Condé de Soissons y ahora agregado a la casa de Vendôme-. Y sin embargo era tan inocente como vos. Y no podéis negar que habéis recibido aquí a los emisarios de los conjurados…

François, sin embargo, se obstinó en no partir. A la mañana siguiente, se disponía a perseguir un ciervo al sur de su ciudad, cuando llegó hasta él un jinete cubierto de polvo, bajo cuyo sombrero emplumado reconoció con estupor a Madame de Montbazon. Ella no le dejó tiempo para abrir la boca.

— ¿Qué hacéis aquí, infeliz? ¿Habéis perdido la razón? Vengo precediendo en apenas dos horas al señor de Neuilly, gentilhombre del rey, que os trae una carta. ¡Tenéis que huir de inmediato!

Beaufort sacó de su bolsillo un pañuelo de encaje que pasó con delicadeza por el rostro polvoriento de su amiga.

— ¡Qué encantador jinete! -dijo con una sonrisa-. ¿Cómo conseguís estar tan bella, incluso en estas circunstancias?

Quiso tomar su mano para besarla, pero ella la retiró con brusquedad.

— ¿Estáis realmente en vuestros cabales? -espetó-. Lo que digo es grave, François, y si he venido no sólo es para preveniros, sino porque estoy resuelta a huir con vos…

— ¿Cómo? ¿Os comprometeréis hasta ese punto?

— Ya estoy comprometida. Ni vos ni yo nos escondemos, y además olvidáis que también estuve en esa famosa reunión, aunque no abrí la boca. Venid, volvamos para preparar nuestra marcha a toda prisa. Necesitaremos caballos frescos y…

— No necesitamos nada en absoluto. Vuelvo a casa, sí, pero para acostarme.

— ¿Acostaros? ¿Qué os proponéis?

— Simularé estar enfermo. Creedme, el señor de Neuilly va a encontrarme en un estado lamentable.

— ¿Vos enfermo? ¿Os habéis mirado? ¡Estáis rebosante de salud! Ni siquiera un ciego os creería…

— Ya lo veréis. Volvamos. Os vendrá bien un buen baño y vestidos limpios.

De camino, le explicó su intención de utilizar cierto elixir que le había proporcionado un viejo médico provenzal cuando, con su hermano, había visitado su principado de Martigues. El anciano, que pretendía ser descendiente de Nostradamus, le había dado unos ungüentos para curar las heridas, que habían probado su eficacia; un licor de hierbas apto para «sustentar los humores y confortarlos cuando se debilitan», y finalmente un elixir que provocaba la rápida aparición en el cuerpo de manchas y placas rojas «muy propias para dar la apariencia de una enfermedad grave sin que se vea afectada la salud».

— ¿Por qué os dio eso? -preguntó Marie de Montbazon-. Me parece un regalo muy extraño…

— Decía que, al darme la apariencia de un enfermo contagioso, esa pócima podría alejar a mis enemigos y salvarme la vida en determinadas circunstancias. Creo que ha llegado la ocasión de utilizarla.

— No me tranquiliza mucho. ¿Y si fuera un veneno?

— ¿Por qué diablos me lo habría dado, cuando sus demás regalos han sido tan beneficiosos?

Nada logró apartarle de su proyecto, y cuando el enviado real se presentó en el castillo fue informado de que el señor duque estaba muy enfermo, noticia que no pareció impresionarlo.

— No lo estará tanto que no pueda leer una carta -dijo-. Y debo entregársela en propia mano -añadió ante la actitud contrita de Brillet, que tendía una mano respetuosa para recibirla. Este se inclinó con una reverencia y dijo:

— En tal caso, señor, os será forzoso presenciar un doloroso espectáculo.

En efecto, el elixir del médico de Martigues había producido un efecto inesperado. Beaufort, acostado en una cama en desorden, con la camisa abierta, parecía víctima de un sarampión furibundo. No había una pulgada de su cara, su cuello y su cuerpo que no estuviera cubierta de manchas rojas de aspecto repugnante. En la cabecera, Marie de Montbazon sollozaba, tapándose la nariz con un pañuelo.

— ¿Qué desea de mí el rey? -preguntó François con voz mortecina.

— Esta carta os lo dirá, monseñor. Creo que os manda acudir a su presencia…

— Leédmela vos, señor, porque no veo.

Ésa era la causa de las lágrimas de desesperación de la duquesa. El efecto del agua milagrosa había sido más espectacular de lo esperado. El falso enfermo se hallaba sumido en una ceguera total que lo aterrorizaba. Si aquel estado se prolongaba, Beaufort confesaría todo lo que le pidieran para ser ejecutado lo más aprisa posible.

El enviado real debió de considerar inverosímil aquella escena porque sacó de su cinto un cuchillo y, sin decir palabra, lo colocó con un gesto rápido delante de los ojos de François, que ni siquiera parpadeó. Neuilly pareció convencido, entonces.

— Dignaos disculparme, monseñor, pero las órdenes del rey son estrictas… Voy a leeros su carta.

Esta no parecía inquietante a primera vista:

Hemos sabido -escribía Luis XIII-, que Monsieur le Grand ha intentado arrastraros en sus malos designios, y que os habéis negado a participar en ellos. Así pues, os prometemos el olvido, con la condición de que vengáis a reuniros de inmediato con nosotros, a fin de informarnos de todo lo que sepáis sobre este asunto…

Sin embargo, una lectura entre líneas mostraba que se trataba de una amenaza seria. Beaufort suspiró y dijo:

— Como podéis constatar, señor, me es imposible obedecer las órdenes de Su Majestad, pero en cuanto me sienta mejor, si Dios lo quiere, acudiré a su lado. Mientras tanto, os ruego, señora duquesa, que deis órdenes para que el señor de Neuilly sea tratado de acuerdo con su rango y con el de la persona a la que representa…

Asombrado por lo que acababa de ver, el mensajero marchó al día siguiente hacia Tarascón, donde se encontraba entonces Luis XIII, dejando a todo Vendôme angustiado por Beaufort, que había abandonado el lecho pero sólo para sentarse en un sillón, porque seguía ciego. Además de Marie, sus amigos Henri de Campion y Vaumorin, sus escuderos Ganseville y Brillet, e incluso el señor du Bellay, todos le suplicaban que huyera.

— Ese hombre volverá -argumentaba la duquesa-, y esta vez quizás a la cabeza de un pelotón de gente armada. ¡Tenéis que huir, amigo mío!

— ¿Huir cuando no veo nada? No me pidáis eso; si no recupero la vista, prefiero morir…

— ¡No seáis tonto! Supongo… en fin, quiero creer que la vista volverá cuando pase el efecto de ese maldito elixir. Mientras tanto, dejad que uno de vuestros amigos vaya a preparar las postas hasta el Sena, donde podréis embarcar para reuniros con el duque César.

— Marcho ahora mismo -dijo Henri de Campion-. Iré a contratar un barco a El Havre y volveré a esperaros a Jumièges; pero, si puedo permitirme opinar, señora duquesa, dejadle marchar solo. Habría un escándalo demasiado grande si se supiera que le habéis seguido, y ese agravio suplementario podría perjudicar a nuestro amigo…

— Aún no he decidido si me voy o no -tronó François-. ¿Quién da las órdenes aquí?

— Vos, monseñor… mientras tengáis facultades para hacerlo -dijo Ganseville-, ¡pero los que os queremos estamos dispuestos a salvaros aun a pesar vuestro!

— Pero hasta el momento nada indica que el rey me quiera mal.

— Nada decía tampoco en 1626, cuando el rey llamó al duque César a Blois, que en realidad era para encarcelarlo junto al Gran Prior -recordó a su vez Vaumorin-. Dejad marchar a Campion y pedid a la señora duquesa que vuelva a su casa. Nadie se extrañará de que pase una temporada en Montbazon, pero si huyera con vos…

— Tienen razón, amigo mío -dijo la joven, a punto de echarse a llorar-. Es muy duro para mí dejaros, pero os amo demasiado para no querer por encima de todo vuestro bien.

— Mi dulce amiga -murmuró Beaufort emocionado-. ¡Y pensar que ni tan sólo puedo veros! Haced lo que os parezca, pero tened en cuenta que sólo partiré si Dios me concede poder llevarme conmigo la imagen de ese maravilloso rostro…

— ¡Esperemos que se dé prisa, porque el tiempo apremia!

Así pues, Henri de Campion se fue solo mientras los demás permanecían allí, turnándose para esperar el más pequeño signo favorable. El resto del tiempo lo pasaban en la colegiata de Saint-Georges, implorando al Cielo que se apiadara de aquel hombre al que todos querían. Las manchas rojas empezaban a borrarse, pero en la ceguera parecía no haber cambios, hasta que al atardecer del cuarto día después de la marcha de Henri, Beaufort dio de repente un brinco en su sillón.

— ¡Veo! -gritó-. ¡Veo! ¡Dios todopoderoso, habéis tenido misericordia de mí a pesar de que he recurrido a la mentira! ¡Bendito sea vuestro Santo Nombre!

Cayó de rodillas para recitar una ferviente oración, mientras a su alrededor todo parecía renacer. Una hora más tarde, loco de alegría por haber escapado a las tinieblas y contarse de nuevo entre los realmente vivos, François, seguido por Vaumorin, Ganseville, Brillet y su criado, cruzaba al galope la puerta de Vendôme en dirección al valle del Sena. Desde las ventanas del castillo, Marie le vio desaparecer entre las sombras azuladas de aquel crepúsculo ya estival. Al día siguiente, ella misma marcharía para pasar una temporada en Montbazon antes de regresar a su casa de París. Aliviada de que François marchase hacia la libertad; aun así no podía evitar un poco de tristeza: él no había insistido mucho en tenerla a su lado. Mejor dicho, no había insistido nada en absoluto, en tanto que ella estaba dispuesta a afrontar el escándalo y abandonarlo todo para consagrarle el resto de su vida. Pero tenía la suficiente experiencia para saber que en el amor, salvo raras excepciones, siempre hay uno que ama más que el otro. En la pareja que formaban era ella, por más que en los momentos de intimidad él fuera el más fogoso, el más ardiente de los amantes. ¡Ella lo había esperado durante tanto tiempo, cuando todo París murmuraba que eran amantes, sin que hubiera nada entre ellos! Y luego, un buen día, se habían unido y ella había experimentado una dicha inmensa. ¡Por fin lo tenía! Se había jurado entonces no dejarlo escapar, pero para ello era necesario que perdurara el acuerdo mágico de sus cuerpos.

— ¡Mientras yo sea bella! -murmuraba a menudo, mientras estudiaba en el espejo su rostro arrebatador y su cuerpo sin defectos-. Mientras sea bella… pero ¿y después?

Unos días más tarde, Beaufort volvió a encontrar, no sin fatigas, el oleaje y las grandes extensiones marinas que tanto amaba. Al llegar a El Havre, una decepción esperaba a los fugitivos: el navío fletado por Campion se había visto obligado a alejarse ante una tempestad que le había arrancado el ancla. Sin embargo, era imposible esperar en aquel lugar a que preparasen un nuevo medio de pasar a Inglaterra: el hombre que gobernaba la ciudad en nombre del duque de Longueville formaba parte, como su señor, de los enemigos de Beaufort. Vaumorin propuso entonces retirarse a Franqueville, cerca de Yvetot, donde tenían un amigo en la persona del señor de Mémont. Allí tomaron nuevas disposiciones y fue en Yport, junto a Fécamp, donde el pequeño grupo pudo finalmente embarcar, con el alivio que puede suponerse. Empeñado en hacer constar su inocencia, François dejó al embarcar una carta dirigida al rey su tío, en la que, con mucho respeto, fijaba su posición:

Si negara la acusación lanzada contra mí por Vuestra Majestad, perdería el respeto que le debo y atraería sobre mí su cólera; si la reconociera, dañaría tanto a mi conciencia como a mi honor. Estas respetuosas consideraciones me obligan a marchar a Inglaterra, donde visitaré a mi señor padre…

Cuando se reunió en Londres con César, sin embargo, empezó a lamentar su fuga. En torno al duque se agrupaban todos los descontentos del reino, verdaderos y falsos conjurados unidos por la misma nostalgia de las propiedades que se habían visto obligados a abandonar para salvar sus vidas. Entre ellos estaba Fontrailles, el fautor del tratado en tres ejemplares que hacía pesar sobre tantas personas la sombra del patíbulo. Como los demás, llevaba una vida alegre, y ganaba o perdía al juego lo que poseía con una desenvoltura que irritó a Beaufort.

— ¿No os advertí que era un grave error tratar con España? -le increpó-. Ved el resultado: Cinq-Mars preso, como De Thou, que sólo participó por amor a la reina; ella misma comprometida y tal vez en peligro, y yo y los míos obligados a huir por un delito que no hemos cometido.

— Querido, así es el juego de las conspiraciones. Si triunfan, la gloria es para todos; si fracasan, cada cual ha de mirar por sí. Confieso que aún no entiendo cómo ha podido tener Richelieu una información detallada de todos los artículos del tratado. Es preciso que haya tenido en sus manos uno de los ejemplares… y sólo había tres. ¿Cuál, entonces? ¿El de Monsieur, o el de la reina?

— No puedo responder a esa pregunta, pero tiemblo por los que han caído en manos de Richelieu y de su verdugo -repuso mientras evocaba mentalmente al hombre que más detestaba en el mundo, y del que ignoraba que estaba gravemente herido. Cosa curiosa, en el mismo instante otra imagen vino a sustituir la del teniente civil: la de Sylvie.

En los últimos tiempos, cuando por casualidad se acordaba de ella, se apresuraba a expulsarla de su mente con la misma cólera que había experimentado en La Flotte al descubrir que había rechazado el asilo que él le ofreció, para correr aventuras en compañía de la alocada Marie de Hautefort. Aquel día se prometió mantenerse para siempre a distancia de la pequeña ingrata, y hasta el momento lo había conseguido. ¿Por qué, entonces, surgía de las nieblas del Támesis con su gracia frágil y sus grandes ojos dorados siempre resplandecientes de una hermosa luz cuando se posaban en él? Una vez más, procuró dejarla a un lado y evocar el bello rostro de la reina, su amor de siempre, y también el de Marie, gracias a cuya pasión podía ahora sentirse feliz. Sin embargo, la imagen de Sylvie resistió, y acabó por imponerse. Dejó entonces de luchar y se abandonó al placer un poco melancólico de los recuerdos de adolescencia y de los días felices, que descubría tan próximos aún, cuando los creía sepultados en lo más profundo de su memoria. Recordó incluso los versos de Théophile de Viau, al revivir los días de Chantilly, cuando tantos esfuerzos desesperados hizo por llevarse con él a la reina:

En regardant p ê cher Sylvie
Je voyais battre les poissons
A qui plus t ô t perdrait la vie
En l'honneur de sus hame ç ons…

[14]

François abandonó los pensamientos melancólicos y se trató a sí mismo de imbécil. ¿No tenía ya bastantes problemas por resolver sin ir a buscar los de una pequeña idiota? Y para estar más seguro de haber terminado con un tema deprimente, fue a reunirse con la alegre compañía que gravitaba alrededor del duque César y se emborrachó a conciencia, después de haber propuesto una serie de brindis por la bella duquesa de Montbazon, en la que no había vuelto a pensar hasta haber vaciado su primera copa. ¡Una manera como cualquier otra de tranquilizar su conciencia!

Jean de Fontsomme había vuelto a la Rue des Tournelles cargado de buenas noticias, y también de otras no tan buenas. Estuvo a punto de olvidarlas todas cuando, al apearse de un salto de su caballo, vio frente a la entrada a Perceval de Raguenel, que había salido a recibirle con una mano apoyada en el hombro de Sylvie. Mientras cruzaba Francia al galope furioso de los caballos de la posta, dejando que su escudero llevase a un ritmo más sosegado sus propias monturas, sólo había pensado en ella. Temía que su estancia en la Bastilla hubiera dejado pesadas secuelas.

Sin embargo, no sólo le parecía fiel a su anterior imagen, sino más exquisita aún de lo que imaginaba. Como con la intención de borrar mejor el tiempo, llevaba el mismo atuendo de antaño, de un amarillo solar bordado con florecitas blancas, y las cintas que anudaban su brillante cabellera eran iguales a la que ella le había dado en una ocasión, y que seguía llevando siempre junto a su corazón. Se sintió tan maravillado que, cuando ella le tendió la mano, él hincó una rodilla en tierra, como habría hecho un caballero de otras épocas. A pesar de ello, sobrecogido por su antigua timidez, guardó únicamente para los oídos de Perceval las «buenas noticias» de que era portador. En efecto, había un mundo entre pedir al rey que le devolviera a su «prometida» y anunciar a Sylvie, a la que no había preguntado su parecer, que estaba comprometida con él.

Raguenel, que adivinó lo que pasaba por la mente del joven, empezó por invitarle a cenar; luego despachó a Sylvie a la cocina con el encargo de que avisase a Nicole y le ayudase a dar a aquella comida un aire de celebración, y finalmente animó ajean a que fuese a refrescarse y librarse del polvo del camino.

— Entonces, amigo mío, ¿qué resultado traéis de vuestra embajada? -preguntó cuando el joven, afeitado, lavado, peinado y provisto de una copa de vino de Vouvray, estuvo sentado frente a él en su gabinete-. ¿El rey os puso buena cara?

— El rey sobrepasó todas mis esperanzas, caballero. Leed.

Sacó de su justillo una carta signada con el pequeño sello privado de Luis XIII, de lacre verde. Perceval la desplegó y pasó rápidamente la vista por la terminología oficial del comienzo: «Nos, Luis decimotercero de nombre, rey de Francia por la gracia de Dios, etcétera», para llegar al tema principal:

Es nuestro deseo y nuestra voluntad que la noble señorita Sylvie de Valaines, conocida hasta el presente bajo el nombre de Mademoiselle de l'Isle, sea sacada de nuestra fortaleza de la Bastilla y recupere, cerca de Su Majestad la Reina nuestra esposa bienamada, el lugar otrora el suyo y que ocupará hasta su matrimonio, etcétera.

Sin hacer comentarios pero con una chispa de diversión en la mirada, Perceval devolvió el papel regio a su poseedor, que en lugar de guardarlo lo dejó encima de la mesa con otro que era la orden de puesta en libertad para el gobernador de la Bastilla:

— Oh, podéis quedaros con todo esto -dijo-. ¡Ya no sirve para nada!

— ¿Porque Sylvie ha salido de la prisión sin vuestra ayuda?

— Ciertamente. Yo me había imaginado…

— … Que, loca de alegría al verse en libertad, caería en vuestros brazos, lo cual sería un buen principio para la segunda parte del programa ideado por el rey.

Fontsomme se ruborizó, pero no bajó la mirada.

— Es verdad. Al verla a vuestro lado me he sentido muy feliz… y muy decepcionado, lo cual os dará una idea muy pobre del amor que siento por ella, ya que, de modo inconsciente, deseaba que sufriera más tiempo… ¡Oh, es indigno, indigno!

— ¡Pero muy natural! -dijo Perceval, risueño-. Habéis podido constatar que Sylvie estaba encantada de volver a veros. Y lo que le traéis está muy lejos de ser desdeñable -añadió, recuperando la seriedad-. La posibilidad de recuperar su puesto, su rango, su verdadera personalidad, y eso con la aprobación de todos, puesto que fue el cardenal en persona quien la puso en libertad. Y es importante, porque ha sucedido con frecuencia que Richelieu corrija e incluso anule una orden del rey, dejando para más tarde el darle explicaciones sobre el tema…

— En efecto, pero no creo que sea el caso. Mientras el rey escribía, me pareció advertir que sentía un placer maligno al contradecir a su ministro. Nuestro señor se siente muy infeliz por haber tenido que ordenar el arresto de Cinq-Mars. La evidencia de la traición era demasiado flagrante, pero no estoy seguro de que se mostrara tan severo si únicamente se hubiera tratado de un intento de asesinato del cardenal. Por una parte, son frecuentes, y además hay momentos en los que cabe preguntarse si el rey no desearía, en lo profundo de su corazón, verse libre de un hombre cuyo genio político le resulta tan admirable como agobiante.

— De todas maneras, informaremos a Sylvie de las buenas disposiciones del rey respecto a ella. Lo mejor sería que vos visitarais a la reina para informarle finalmente de la verdad acerca de la que llamaba su «gatita».

— No creo que sea una buena idea. Me es imposible seguir con la fábula de nuestro próximo matrimonio. Sería una fea manera de presionarla. Y además, no estoy seguro de desear que ella se vea de nuevo mezclada en las intrigas de la corte y formando parte de ese batallón de doncellas de honor en el que, sin Mademoiselle de Hautefort, podría sentirse desdichada.

— Tampoco yo lo deseo, y juraría que Sylvie será de la misma opinión. Nunca consentirá en volver a ostentar el rango de doncella de honor. Con todo, para su porvenir, sí querría que recuperara la protección de la reina.

— ¿Después de lo que le ha sucedido?

— Sí. Voy a explicaros cómo regresó aquí, y la trampa que le tendió Mademoiselle de Chémerault, de la que con mucha suerte logró escapar. -Después de terminar su relato, Perceval añadió-: Confieso haber pecado de egoísmo por no haberla devuelto al convento. ¡Pero me sentí tan feliz de recuperarla! Por supuesto, también habría podido enviarla a Madame de Vendôme, pero temo que su protección no le sea en estos momentos de gran utilidad.

Jean de Fontsomme, que había escuchado a su huésped mientras se paseaba por la estancia para combatir su indignación, se detuvo bruscamente.

— Las malas noticias que traigo se refieren precisamente a esa casa, y como conozco los sentimientos de vuestra ahijada, desearía que lo que voy a deciros quede entre nosotros.

El joven duque explicó entonces que antes de visitar a su amigo Raguenel había acudido al hôtel de Vendôme para ofrecer su ayuda a la duquesa y su hija. Había estado al lado del rey cuando se dio orden de arrestar a Beaufort, y fue a ponerse al servicio de las dos mujeres, a las que estimaba.

— A pesar de que las órdenes reales no suponen ninguna amenaza para ellas, han preferido retirarse por un tiempo en las Capuchinas, donde reciben frecuentes visitas de monseñor el obispo de Lisieux, de Monsieur Vincent y del nuevo coadjutor del obispo de París, el abate de Gondi. Están tranquilas y serenas. Me han informado de que el señor de Beaufort ha marchado a Inglaterra. Mercoeur no ha sido acusado de nada y sigue en Chenonceau. Todas esas noticias me han tranquilizado.

— ¿Tanto queréis al duque François? -preguntó Raguenel, medio en broma medio en serio.

— Sé que Sylvie le ama y confieso que, si ella no existiera, me gustaría ser su amigo. Es sincero, valiente, un poco alocado, pero tan de ley como el oro. Es insensato que se le acuse de colusión con España. Es un hombre que se ha equivocado de siglo: en la época de las Cruzadas, habría conquistado Tierra Santa él solo. Espero que no se le ocurra volver a Francia mientras viva Richelieu: han puesto precio a su cabeza.

— Habéis hecho bien en hablarme a mí primero. Sylvie se imagina que su amigo de la infancia está viviendo el amor perfecto en Vendôme con Madame de Montbazon. Eso la entristece, y está bien que así sea. El saber que ha sido proscrito y corre peligro de muerte devolvería toda su fuerza a un afecto que yo quisiera que ella mantuviera definitivamente en su estado actual.

La cena posterior fue deliciosa. Sylvie se ruborizó al saber que el rey deseaba que ella reapareciera en la corte, pero se negó a volver con las doncellas de honor.

— Mucho me temo que cuento con bastantes enemigas entre ellas, y sin Marie de Hautefort no me sentiría a gusto. Pero decidme, amigo mío, ¿cómo habéis conseguido que el rey se interesara tanto por mi modesta persona?

— Erais víctima de una gran injusticia y…

— Es inútil que argumentéis -cortó Perceval-, ya le he explicado a título de qué habéis reclamado su liberación.

Correspondió entonces al joven el turno de ruborizarse.

— Quería poner todos los medios para sacaros de la prisión, pero os suplico que creáis que no tenéis el menor compromiso conmigo. Incluso un noviazgo oficial puede romperse, y todavía es más fácil cuando no existe ese estado oficial. Más adelante diremos al rey que… hemos cambiado de opinión. Lo importante es que olvidéis esa pesadilla y que podáis reaparecer en el entorno de la reina.

Sylvie poso una mano sobre la del joven.

— ¿Qué os estáis figurando? Sabéis que os aprecio y que siento por vos una inmensa gratitud por haber aclarado así mi situación. No prejuzguemos el futuro. Tal vez un día os concederé mi mano, pero aún es pronto. Necesito intentar ver claro en mí misma, ¡y vos os merecéis un corazón enteramente consagrado a vos!

— Conseguir un lugar, por pequeño que sea, en el vuestro, tendrá para mí más valor que cualquier otra cosa. ¡Concededme tan sólo el favor de velar por vos!

A la Gazette no le faltaba material en aquel final de verano, y su redactor acudía casi todas las tardes a casa de su amigo Raguenel para comentar las noticias de la jornada. La ejecución en Lyon de Cinq-Mars y De Thou había causado un enorme revuelo, hasta el punto de casi hacer olvidar la paz de Perpiñán, que dejaba definitivamente en manos de la corona de Francia el Rosellón y parte de Cataluña. Parecía que un gigantesco remolino nacido al pie del cadalso de la Place des Terreaux ampliaba más y más sus círculos concéntricos. Cinq-Mars y su amigo De Thou habían subido a él sonrientes, uno vestido de color castaño cubierto de encaje de oro, con medias verdes de seda y una capa escarlata, y el otro de un severo terciopelo negro; eran tan jóvenes y hermosos los dos, que una intensa emoción se apoderó de la muchedumbre, y hubo muchas lágrimas cuando los dos muchachos se abrazaron antes de colocar sus cabezas en el tajo.

— Se dice -comentó Renaudot- que el canciller Séguier, enviado a Lyon para dirigir el proceso, hizo todo lo posible por salvar a De Thou, agente de la reina en esta historia, pero cuya culpabilidad no ha sido posible demostrar.

— Entonces ¿por qué una condena capital? -preguntó Perceval.

— Porque se negó, incluso sobre los Evangelios, a acusar a su amigo el duque de Beaufort. Muy al contrario, negó siempre que hubiera participado en ningún aspecto de la gran conjura, y dijo que desde que tuvo conocimiento de ella, había rechazado cualquier participación. Entonces Richelieu exigió que acompañara en el cadalso a Monsieur le Grand.

— El cardenal quiere la muerte de F…, del señor de Beaufort -gimió Sylvie, que se acercaba para reunirse con los dos hombres y los había oído.

— Por desgracia, sí, mademoiselle. Es una suerte que haya conseguido refugiarse en Inglaterra porque, si no, sin duda estaríamos deplorando la ejecución de un príncipe francés, en tanto que Monsieur, uno de los principales conjurados, escapará con una simple condena al exilio en sus tierras. Si se arriesga a volver, la cabeza de Beaufort caerá, por más inocente que sea.

La mirada de Sylvie, arrasada en llanto, buscó la de su padrino, visiblemente incómodo.

— ¿Sabíais todo eso? -le preguntó.

— Sí, pero como ha conseguido huir a Inglaterra, ¿para qué hablar de ello? Ya habéis sufrido bastante.

— Sufro todavía más cuando no sé nada. Así pues, ha ido a reunirse con su padre… pero en esta ocasión no podrá volver nunca.

Los dos hombres se miraron, y fue Renaudot quien dijo como conclusión:

— No hasta que muera el cardenal… y quizá también el rey.

Sylvie inclinó la cabeza sin responder, saludó al gacetista y se retiró en silencio. Pero en cuanto Renaudot se hubo marchado, fue a buscar a su padrino.

— ¿Queréis, por favor, pedir al señor de Fontsomme que me lleve ante la reina lo más pronto posible?

El, inquieto, intentó leer en aquel rostro resuelto.

— ¿Te propones volver al grupo de doncellas de honor?

— No. Únicamente quiero verla y hablar con ella. Quiero que sepa que no he olvidado nada. El señor de Thou ha muerto por culpa de ella, porque ella se hizo representar por él en una conjura de hombres de armas en la que no había lugar para un hombre de leyes. Después, si lo he entendido bien, ella misma lo denunció al entregar el tratado. Así pues, quiero recordarle que el hombre al que amaba, el padre de su hijo, está en peligro de muerte, porque no es hombre que se resigne a permanecer mucho tiempo fuera de las fronteras de Francia.

Perceval se puso de pie, pálido. Era la primera vez que la joven aludía al terrible secreto que compartía con Marie de Hautefort, La Porte y él mismo. Comprendió que el peligro que corría Beaufort la había trastornado, y se asustó al pensar que era capaz de todo.

— ¿Has perdido la razón, Sylvie? Ese secreto no te pertenece a ti, sino al Estado, y no tienes derecho a servirte de él, porque es de los que matan con tanta seguridad como la espada del verdugo.

— ¿Qué me importa, si es la única manera de salvar a François?

— No te necesita a ti para salvarse, y le conozco lo suficiente para asegurarte que jamás te perdonaría, porque, al hacer lo que te propones, firmarías la condena de muerte de nosotros dos, de Mademoiselle de Hautefort y de otras personas, incluida tal vez la misma reina. Pero además, allí donde está nadie le amenaza, y te cubrirías de ridículo si fueras a implorar la salvación de un hombre que en estos momentos probablemente se dedica a la caza del zorro o a bailar con las damas.

Nunca había empleado Perceval aquel tono severo con la niña a la que tanto quería, pero la dureza guardaba proporción con su amor. Le dolía aquella discusión que los enfrentaba. Ella apretó los labios y mantuvo la mirada fija en la alfombra, sin responder, y él percibió su obstinación. Entonces continuó, en un tono más suave:

— Además, ¿quieres hacer de Jean de Fontsomme, el joven que te adora, el instrumento de tu denuncia? Para sacarte de la Bastilla ha declarado que eras su prometida. ¿Crees que se librará de la catástrofe que pretendes desencadenar? Te seguirá al patíbulo con alegría, feliz de morir a tu lado…

Ella giró bruscamente sobre los talones y salió del gabinete, ocultando el rostro entre las manos. De hecho, su cólera la había arrastrado demasiado lejos; más que obligar a la reina a proteger a su amante, su intención había sido sobre todo recuperar su antigua familiaridad con los palacios reales. Quería volver al Louvre con un pretexto cualquiera, a fin de recuperar el frasquito de veneno que le había dado el duque César con el fin de salvar a François de un peligro entonces ilusorio pero que ahora se había hecho muy real: si se había puesto precio a su cabeza, cualquier traidor podía entregarlo para cobrar la recompensa. Por esa razón Sylvie se sentía dispuesta ahora a llevar a cabo lo que antes le inspiraba horror: ¡asesinar a Richelieu con sus propias manos! Sólo él era de temer, porque, una vez muerto, nunca Luis XIII, por más que Renaudot pensase de otra manera, firmaría la orden de ejecución de su sobrino.

Aquélla era su idea, y no ponía en peligro a nadie más que a ella misma; pero era imposible confiarla a Raguenel. Sin embargo, temerosa de haberle herido, Sylvie se disponía a volver a su lado para tranquilizarlo cuando el chirrido de la puerta al abrirse y el repiqueteo apresurado de cascos de caballo en los adoquines de la entrada le hicieron correr a la ventana. Vio desde allí ajean de Fontsomme, que parecía fuera de sí, poner pie a tierra y correr al interior de la casa. Le dejó tiempo de anunciarse y se dirigió después al gabinete de su padrino, donde encontró a los dos hombres cara a cara. Perceval leía un documento que Jean acababa de entregarle, pero los dos se volvieron hacia ella con la misma expresión, que la hizo sonreír.

— Bueno, ¿qué ocurre? Parecéis muy nerviosos…

— Ocurre -exclamó el joven duque- que soy el peor de los tontos, y que os he colocado en una posición imposible. Mediante esta carta, el secretario de la reina me invita a que vaya a presentar a Su Majestad a Mademoiselle de Valaines, mi prometida. Tenemos hora fijada mañana y no sé cómo…

— No parece una cosa tan terrible -sonrió Sylvie-. Me hará muy feliz acompañaros, querido Jean.

— ¡No, Sylvie! ¡No puedes hacer eso! -protestó Raguenel-. No quiero que…

Ella corrió a abrazarlo tiernamente.

— ¡Vamos, querido padrino! -exclamó-. ¡No os inquietéis! Os prometo que me portaré muy bien y no diré nada inconveniente.

— ¿Quién puede imaginaros inconveniente? -dijo Jean, que, más tranquilo, recuperaba el buen humor.

— Mi querido padrino me cree capaz de las peores fechorías. Sin embargo, debería saber que aunque en ocasiones subo como la leche puesta al fuego, luego me bajo muy deprisa también. Quedamos entonces para mañana…

Fue así como, vestida de terciopelo negro, Sylvie volvió al castillo de Saint-Germain después de dar un rodeo que le costó cuatro años y unas trescientas leguas. La corte llevaba entonces luto por la reina madre, muerta en Colonia casi en la miseria sin haber vuelto a ver Francia ni a un hijo que nunca le perdonó su posible implicación en el asesinato de su padre Enrique IV. El protocolo exigía que el atuendo de los visitantes respetara esta circunstancia, lo que causó un considerable revuelo en la casa de Raguenel: el guardarropa de Sylvie era bastante reducido y no incluía ningún vestido negro. Pero Corentin, enviado al hôtel de Vendôme, trajo un vestido que pertenecía a Elisabeth, y Nicole pasó parte de la noche trabajando para adaptarlo a la talla más menuda de Sylvie.

El corazón de ésta latía con fuerza mientras ascendía despacio el Grand Degré, su enguantada mano sostenida con firmeza por la de Jean, en dirección a los aposentos de la reina. En apariencia todo seguía igual que en sus recuerdos, con los guardias y los cortesanos desplegados como un tapiz a lo largo de los muros, pero una vez hubo cruzado la doble puerta del Gran Gabinete, se hicieron evidentes las diferencias a los ojos de la joven. En primer lugar, entre las damas había caras desconocidas para ella, y luego la silueta familiar de Stefanille, la anciana camarera española siempre ocupada en alguna labor, se había desvanecido, porque la muerte se la había llevado. En otra esquina estaba el habitual batallón de las doncellas de honor, pero tan silencioso en sus vestidos de luto que apenas resultaba reconocible. Por lo demás, también entre ellas había caras nuevas, y otras habían desaparecido. Empezando por la Chémerault, que había considerado preferible no estar presente en el momento en que reaparecía su enemiga (¿qué otro nombre darle?). Finalmente, Sylvie también encontró cambiada a la reina. Sin duda seguía bellísima, y más aún detrás de sus velos negros, pero había engordado un poco y las huellas de las lágrimas y las preocupaciones empezaban a dejar señales en su hermoso rostro, añadiéndole quizá sensibilidad y un punto de patetismo. Con todo, su recibimiento fue de una encantadora espontaneidad.

— ¡Mi gatita! Por fin estás aquí otra vez -exclamó, y le tendió una mano siempre admirable, que ella besó con la rodilla doblada-. ¡Pero cuántas aventuras, Dios mío! ¡Y cuántas cosas tenemos que contarnos!… Querido duque, nunca os agradeceré bastante haber sabido recuperarla para nosotros.

Era muy agradable escuchar aquello, pero Sylvie no se dejó enternecer. ¿Cómo olvidar que esa mujer coronada había permitido que se exiliara a Marie de Hautefort, su confidente, su amiga más fiel? Bien es cierto que, en otro tiempo, no había podido defender a Madame de Chevreuse, pese a todo el cariño que sentía por ella… Ahora, a su lado estaba colocada una mujer joven, rubia y rolliza, de tez lechosa, que parecía tener el cometido de ayudarla en todo, como antes Marie. Todo aquello resultaba bastante triste.

Sin embargo, Ana de Austria siguió hablando después de indicar a Sylvie que se sentara a su lado, lo que constituía un extraordinario signo de favor que provocó un leve murmullo en el salón.

— Señoras, algunas de vosotras habéis conocido, hace pocos años, a Mademoiselle de l'Isle, criada por Madame de Vendôme con ese nombre para sustraerla a graves peligros. Hoy regresa a nuestro lado con su nombre verdadero. Señoras, os presento a Mademoiselle de Valaines, que además es la prometida del señor duque de Fontsomme…

Sylvie se puso en píe e hizo una cortés reverencia. Tenía la impresión de ser una comedianta colocada en un escenario para representar un papel ya un tanto gastado. Sin embargo, en esta ocasión sólo vio sonrisas en los rostros femeninos que la rodeaban; y la joven dama rubia añadió, por su parte:

— ¡Deseo, señora, que realmente regrese para quedarse entre nosotras! Nos hacen mucha falta bellas voces, y como Vuestra Majestad ha ordenado guardar la guitarra de Mademoiselle así como sus efectos personales…

— Es mi más vivo deseo, mi querida Motteville. Vos no veréis en ello nada inconveniente, ¿no es así, querido duque?

La mirada inquieta del joven se detuvo un instante en el grupo silencioso de las doncellas de honor, lo que dijo a la reina más sobre sus temores que un largo discurso. Añadió entonces:

— No. No en su antiguo puesto, en el que por lo demás Mademoiselle de Valaines nunca ha sido inscrita. Me gustaría tenerla de…, ¿de lectora?; a la espera de su matrimonio, por supuesto, momento en el que será admitida entre mis damas. Quizá con un rango privilegiado -insistió con una sonrisa torcida en dirección a Madame de Brassac, una fiel de Richelieu y dama de honor suya a la fuerza-. ¿Qué me decís, Sylvie?

— Que estoy a las órdenes de Vuestra Majestad -respondió ésta con una sonrisa resplandeciente. Si quedaba al margen de las doncellas de honor, estaba de acuerdo en reintegrarse en la corte. Eso era conveniente para sus planes, sobre todo durante el tiempo que no le ocupara su función de lectora. Le sería muy fácil ir a buscar al Louvre lo que años atrás había escondido allí. Luego, y dado que iba a volver a cantar, sólo quedaba esperar a que el cardenal la hiciera llamar. Entonces…

Unos días más tarde, Sylvie, tras escribir a Marie de Hautefort para reclamar a Jeannette, se trasladó al castillo de Saint-Germain, a un pequeño dormitorio próximo al de la reina y que iba a ocupar sola. Esta última circunstancia había apaciguado los temores expresados tanto por Jean como por Perceval, ambos bastante sorprendidos por el entusiasmo con que Sylvie había acogido los deseos de la reina. Pero como aquello parecía complacerla, no tuvieron valor para reprochárselo. Por lo demás, en su nueva situación de prometido, el joven duque tendría todas las posibilidades de velar por su amada.

— Después de todo -concluyó con una sonrisa que hizo desaparecer el ceño de su amigo-, tal vez acabe por aceptar convertirse en mi esposa.

Perceval lo dudaba, y su inquietud, aunque disimulada, subsistió. Algo le preocupaba en aquella historia. Estaba seguro de que Sylvie perseguía un objetivo secreto, disimulado entre sonrisas y un entusiasmo que a él le parecía ficticio; pero no pudo averiguar nada más. Sylvie estaba sola cuando, con el pretexto de recuperar una medalla perdida, hizo que el guardián del Louvre, que la conocía bien, le abriera su antigua habitación. El frasquito de cristal verde oscuro seguía allí. Lo deslizó en su corsé y, después de simular encontrar la pieza que había traído consigo, partió hacia el nuevo destino que se había trazado.

10. El hombre más honrado de Francia

Lo que no había cambiado en la residencia de los reyes de Francia era la atmósfera. La antigua tensión seguía presente. Desde la conjura de Cinq-Mars, la reina volvía a ser sospechosa para su marido, y ello a pesar de los dos hijos que le había dado. Antes, la amenaza que pesaba sobre ella era la repudiación; ahora, ver cómo le arrebataban a sus hijos dos hombres, el rey y su ministro, tan enfermos y tan atrabiliarios. Al reintegrarse a una corte cuya melancolía acrecentaba el actual luto, Sylvie acusó aquel ambiente con una sensibilidad exacerbada por las penas. Según ella, era peor incluso que antes. No sólo ya no se ofrecían bailes, comedias ni grandes festejos a excepción de los religiosos, sino que la reina vivía retirada en el centro de un círculo en el que reinaban los Brassac, marido y mujer, y en el que las expresiones de simpatía escaseaban porque habían apartado de ese círculo a todas las personas a las que quería: La Porte seguía exiliado, la buena Madame de Senecey había sido enviada junto a su familia, y otro tanto cabía decir de Marie de Hautefort, por supuesto. Entre las doncellas de honor también había muchos cambios, como entre las damas del círculo habitual: la princesa de Guéménée había entrado en un convento; Madame de Montbazon, entregada a Beaufort, se mantenía alejada, y la joven duquesa de Longueville hacía lo mismo porque encontraba la corte demasiado aburrida. En cambio, se veía a menudo a la ex Madame de Combalet, convertida en duquesa d'Aiguillon por voluntad de su tío el cardenal, y que, segura de su poder, lo ejercía sin miramientos. En resumen, tan sólo la recién llegada Françoise de Motteville suponía una fuente real de cariño, y Sylvie comprendió que la reina, en su turbación, se hubiese refugiado en aquella normanda tranquila, culta y con unas dotes de filósofa que iban más allá de los límites del círculo regio, porque en los salones de París la llamaban «Socratine». Además, escribía muy bien, y como llevaba regularmente un diario, servía de historiógrafa a la reina, que le relataba complacida los acontecimientos anteriores a su llegada a la corte.

Madame de Motteville acogió a Mademoiselle de Valaines con visible satisfacción. Primero porque de inmediato le resultó simpática, y después por la distracción que su guitarra y sus canciones aportaban a la soberana. Por otra parte, Sylvie, como ella misma, hablaba el español, y ocurría que las tres mujeres, reunidas ya de noche cerrada en la alcoba de la reina, se quedaban charlando durante horas en la lengua nativa de la mujer que aún no había llegado a hacerse a la idea de que ya no era, y nunca más iba a ser, una infanta de España.

Al rey se le veía poco. Mantenía intactas, a pesar de sus enfermedades, la pasión por la caza y la necesidad de vivir al aire libre; y sólo salía de su pequeño castillo de Versalles para galopar por los alrededores de París o detenerse en la Visitation junto a la hermana Louise-Angélique, para solicitar de su antiguo amor consuelo por la trágica muerte de su favorito. Un día estaba en Chantilly, al siguiente en Verberie, y luego en Nanteuil con los Schomberg, en Claye, en Meaux, en Livry, en Jossigny, en Saint-Maur…

Por su parte, el cardenal buscaba en las aguas de Bourbon-Lancy un hipotético alivio a sus sufrimientos, y el nuevo cardenal Mazarino apenas se separaba de él, lo que agudizó la curiosidad de Sylvie. No lo había visto aún, pero, cuando la reina hablaba de él, lo hacía con un calor que le recordó el día no muy lejano de la concepción del delfín, cuando Ana de Austria había dado tantas muestras de alegría al recibir los objetos que él le enviaba de Italia. También recordó la violenta reacción de Beaufort. Por desgracia, Marie ya no estaba allí para recibir las confidencias de la reina, y quien las escuchaba en la actualidad no tenía la menor intención de compartirlas con la nueva lectora. Era imposible saber si subsistía la pasión de otros tiempos.

Durante aquella estancia un poco sofocante en Saint-Germain, Sylvie tuvo a pesar de todo la impresión de haberse hecho un amigo. Un día en que se había retirado a su habitación mientras la reina estaba en el jardín, cambiaba una cuerda de su guitarra cuando vio de improviso delante de ella al delfín, que la observaba con la gravedad que en muy pocas ocasiones abandonaba. Sorprendida, ella quiso levantarse para saludarlo según el protocolo, pero él la detuvo.

— No -dijo-. Sólo he venido a preguntaros si querríais enseñarme a tocar la guitarra.

No era la primera vez que lo veía, y de inmediato volvió a sentir la emoción que le producía su presencia. Era un guapo niño de cuatro años que, para un observador superficial, se parecía mucho a su madre, cuya boca redonda tenía; pero en aquel rostro infantil Sylvie podía rastrear otras huellas: la forma de la nariz, por ejemplo, y el azul resplandeciente de la mirada. Como el propio Beaufort, cuando por primera vez se encontró ante el pequeño príncipe, sintió que a su corazón no le representaría ningún esfuerzo amarlo, y le dedicó la más cálida de sus sonrisas.

— Monseñor, seguramente encontraréis maestros mejores que yo.

— No -replicó él con firmeza-. Os quiero a vos, porque me enseñaréis canciones, sois bonita y oléis bien.

La última precisión la hizo reír. En efecto, al contrario que muchos de sus contemporáneos, Sylvie, a ejemplo de François, era una partidaria de los beneficios del agua, de preferencia fría. Todo empezó el día en que, en Vendôme y cuando volvía de bañarse en el Loira, él le había contado que su abuela casi legendaria, Diana de Poitiers, conservó su belleza hasta una edad avanzada debido a que lavaba diariamente su cuerpo con agua fría, tanto en verano como en invierno. En Belle-Isle, desde que se había recuperado de su postración inicial, Sylvie se bañaba a diario en el mar, y después se había esforzado en no perder la costumbre del baño, lo que no siempre era fácil, sobre todo en la Visitation.

— En ese caso -dijo ella, después de acabar de afinar la cuerda y de rasguear algunas notas-, ¿queréis que empecemos?

— ¡Oh, sí! -exclamó él.

Su expresión de arrobo enterneció el corazón de Sylvie, que instaló al niño a su lado y empezó la lección pensando que el tamaño del instrumento tal vez plantearía algún problema. Pero su inquietud se desvaneció al ver la determinación que ponía el pequeño Luis en dominar la guitarra. Los días siguientes, después de que la reina diera el consiguiente permiso, Sylvie se divirtió con aquellas lecciones que el pequeño príncipe nunca encontraba demasiado largas y que hicieron crecer entre ambos una amistad silenciosa, que en Sylvie se transformó en auténtico cariño. Luis era un alumno ideal: tenía un oído muy fino y un don innato para la música, y cuando cantaba su voz fresca subyugaba.

Naturalmente su hermano Philippe, dos años menor que él, quiso participar, pero Luis se opuso con tanta violencia, llegando incluso a jurar que dejaría las lecciones si su hermano las compartía, que nadie se atrevió a contradecirle.

— Más tarde, monseñor, cuando Vuestra Alteza sea mayor -explicó Sylvie a aquel pequeño demasiado guapo para no resultar seductor y un tanto enigmático.

La joven no alcanzaba a comprender cómo Philippe, tan parecido al rey, conseguía sin embargo resultar encantador. Es cierto que con sus bucles espesos, negros y brillantes, sus grandes ojos oscuros siempre chispeantes y su carita sonrosada, era un niño irresistible. La reina, que sentía por su hijo menor una especie de idolatría, le llamaba su «niñita» y se divertía vistiéndolo como si nunca hubiera de llevar otra cosa que faldas y adornos femeninos.

A Sylvie le gustaban tanto sus nuevas ocupaciones que casi había olvidado sus dramáticos proyectos. Tanto más fácil le resultaba por el hecho de que no había noticias de los emigrados de Londres y el cardenal seguía ausente. Sin embargo, un día corrió la voz de que Richelieu, siempre por vía fluvial, acababa de regresar a su castillo de Rueil, adonde fue a visitarle la reina el 30 de octubre.

A su vuelta, hizo llamar a Sylvie.

— Me ha parecido que podía prometer a Su Eminencia que iríais a cantar para él esta tarde. No, no digáis nada -añadió, ante el rechazo instintivo de la joven-. Ahora es un hombre muy enfermo, y haréis con él un acto de caridad.

— Hace tanto tiempo que dicen que está enfermo, señora, e incluso de la mayor gravedad, que no alcanzo a ver dónde estaría la caridad. Además, mi última visita al castillo de Rueil me ha dejado un recuerdo…

— Horrible, lo sé, pero esta vez iréis en uno de mis coches y os acompañará el señor de Guitaut en persona. Nada puede sucederos. ¡Vamos, gatita, un poco de ánimo! Pensad que soy yo, y sabéis muy bien todo lo que he sufrido por su culpa, quien os pide ese esfuerzo. ¿Lo haréis?

Sylvie se inclinó en una reverencia; ya había hecho constar su desagrado lo suficiente.

— A las órdenes de Vuestra Majestad.

— Muy bien. ¡Id a prepararos!

De vuelta en su habitación, lo primero que hizo Sylvie fue extraer de su corpiño el frasquito de veneno, del que ahora nunca se separaba. ¡Había llegado el momento que esperaba y temía a la vez! Tal vez iba a tener la ocasión de acabar con el hombre que desde siempre se esforzaba por destruir a los Vendôme, y en particular a François debido a su amor correspondido por la reina. Pero ¿conseguiría hacerle beber el veneno? Era poco probable que Richelieu, si estaba tan enfermo como decía la reina, le pidiera una copa de vino de España.

De todas maneras, no estaba preparada para el espectáculo que le esperaba en la alcoba del cardenal.

Había pensado encontrar a una especie de inválido inmóvil en su lecho, casi confundido con la blancura de las sábanas, y en cambio vio, revestido de su púrpura cardenalicia sobre la que destacaba la cinta azul del Espíritu Santo, a un hombre recostado en media docena de grandes almohadones adornados con encajes. Tenía las manos cruzadas sobre un rosario, y el rostro más parecido que nunca a la hoja de un cuchillo. La fiebre teñía de rojo sus pómulos descarnados hasta el punto de que parecía maquillado.

Observó cómo Sylvie, con la guitarra apoyada en el suelo, le hacía una gran reverencia. Luego dijo:

— Volvemos a vernos, Mademoiselle de Valaines, y doy gracias a Dios por permitirme ofreceros alguna excusa. Malos servidores parecen haber adoptado la costumbre de tenderos una trampa en cada ocasión en que venís a mi casa. La reina me ha informado de la última, y me parece importante deciros que yo nada tuve que ver.

— Nunca he creído que Vuestra Eminencia estuviera implicada en unas maquinaciones tan viles. De todas maneras, nada tengo que temer esta tarde. El mismo señor de Guitaut me espera…

— Por consejo mío -precisó él-. Y me hace feliz el tener de nuevo el placer de escucharos. ¿Qué vais a cantarme?

— Con el permiso de Vuestra Eminencia, quisiera preguntar primero por vuestra salud.

— Muy amable de vuestra parte. Oh, estoy enfermo, tal vez más que de costumbre, pero con la ayuda de Dios espero salir muy pronto de esta cama. Por lo menos para trasladarme a un sillón.

— ¿Qué desea escuchar Vuestra Eminencia?

— La Endecha de la Chèvrefeuille, y también Mi amor, y luego todo lo que más os complazca cantar. Sea lo que sea, sé que me hará un gran bien.

Sylvie cantó las dos piezas solicitadas. Luego, como si estuviera reflexionando sobre lo que entonaría a continuación, guardó silencio por unos instantes. Con los ojos cerrados, Richelieu aguardaba, pero lo que oyó fue muy distinto de lo que esperaba.

— Monseñor -murmuró Sylvie-, ¿nunca permitiréis volver a Francia al señor de Beaufort?

Los párpados se alzaron de súbito y dejaron ver la fría cólera de su mirada.

— ¡Si habéis venido a abogar por esa mala causa, será mejor que os retiréis!

— No es una mala causa, y suplico a Vuestra Eminencia que me escuche un instante, uno tan sólo. El sentido de la justicia y del honor de Vuestra Eminencia es demasiado acusado para que haga recaer sobre el hijo las culpas del padre. Únicamente podéis reprochar al señor de Beaufort el comportarse como un buen hijo -concluyó, rechazando con decisión el uso de la tercera persona, que le resultaba demasiado difícil para su alegato.

— Le reprocho haber conspirado con España contra la seguridad del Estado.

— Sabéis muy bien que eso no es cierto. En diez ocasiones, a pesar de su juventud, las armas españolas han derramado la sangre del duque. Es fiel a su rey, leal…

— A pesar de lo cual, celebró en Vendôme una importante reunión en la que se encontraban los emisarios de los conjurados…

— Reunió a algunos amigos para ir de caza, eso es todo. No fue culpa suya que algunos de ellos alimentaran malas intenciones. Al pie mismo del cadalso, y después de recibir la Santa Comunión, el señor de Thou siguió proclamando que el señor de Beaufort no había participado en la conspiración y que, por el contrario, se había negado a colaborar.

— Abnegación de un amigo fiel que no tenía nada que perder…

— No. ¡Verdad de un hombre que no tenía derecho a mentir en el momento de comparecer ante Dios! Creedme, monseñor, François es inocente. Dejadle volver y recuperar el puesto más adecuado para él: al frente de una tropa armada.

Desde su lecho, el cardenal dejó escapar una risa parecida al crujido de una nuez al quebrarse.

— Seríais un brillante abogado, pequeña, pero perdéis el tiempo. Si Beaufort se atreve a poner el pie en Francia, será arrestado de inmediato… ¡Y ahora, cantad o marchaos!

Sylvie volvió a tomar la guitarra y rasgueó unos acordes. ¿Cómo había podido ser tan tonta para imaginar que él la escucharía? Dudaba todavía sobre lo que iba a cantar, cuando él dijo:

— ¡Un momento! En el armario que está a vuestra espalda hay un frasco de elixir de los cartujos. Id a buscar un poco para mí. No…, no me encuentro bien.

La joven sintió que su corazón se detenía. ¿Era una señal del destino aquella ocasión inesperada? Es fácil idear proyectos, incluso proyectos terribles, pero de pronto descubría que en el momento de ejecutarlos el ánimo flaquea muchas veces. Sin embargo, era preciso hacer algo. Pensó en todas las personas que se pudrían en las mazmorras de aquel hombre despiadado; en François, que podría volver a ver el cielo del país que tanto amaba. Ella perdería la vida, pero ganaría en el corazón de él un lugar que nadie podría nunca disputarle; y él pensaría siempre en ella con ternura…

— ¿Y bien? -se impacientó el enfermo-. ¿Qué esperáis? Estoy sufriendo.

Para darse valor, ella recurrió al pensamiento consolador de que iba a terminar también con el largo padecimiento de aquel hombre, y buscó en el armario el elixir y un vaso en el que dejó caer unas gotas de veneno antes de acabar de llenarlo con el licor verde que rezumaba una agradable fragancia a plantas. Luego volvió junto al lecho y ofreció el brebaje mortal.

— Bebed vos primero -ordenó el cardenal.

Ella tuvo un instante de vacilación, y comprendió de inmediato, al encontrar su terrible mirada, que él únicamente la había hecho venir para ponerla a prueba.

— ¡Vamos, bebed! -insistió-. ¿Tenéis algo que temer?

Entonces, se resignó. Después de todo, daba lo mismo acabar de inmediato; y tal vez, si el veneno no la fulminaba de inmediato, él también bebería. Acercó el vaso a sus labios, pero lo dejó escapar de sus manos al ser empujada involuntariamente por un gesto mecánico del enfermo, sacudido en aquel instante por un violento acceso de tos. El licor se derramó por la sábana, mezclado con el flujo de sangre que el cardenal vomitó de repente. Sylvie se precipitó hacia la puerta, detrás de la cual esperaban criados y médicos.

— ¡Deprisa! Su Eminencia no se encuentra bien.

— He oído la tos -dijo Bouvard, el médico real-. Iba a entrar… ¡Dios mío! ¡Otra vez ha tenido un vómito de sangre!

— ¿No es la primera vez?

— No. Sus pulmones están gravemente afectados…

Las huellas de licor verde en las sábanas no parecieron sorprenderlo, contrariamente a lo que temía Sylvie. Se contentó con refunfuñar, encogiéndose de hombros:

— Ha vuelto a pedir ese licor, que no le hace ningún bien. Me gustaría quitárselo, pero nadie es capaz de prohibirle nada…

Todos se afanaban en torno al enfermo y Bouvard, tomando del brazo a Sylvie, la llevó a la antecámara:

— Volved a palacio, mademoiselle. Mucho me extrañaría que Su Eminencia reclamara un concierto los próximos días…

Ella no pedía otra cosa, aliviada por no haberse convertido en una asesina. De modo que, al llegar a Saint-Germain, se dirigió directamente a la capilla para dar gracias a Dios por haberle impedido llevar a cabo el gesto fatal, y al mismo tiempo por haberle conservado la vida. Había visto la muerte tan de cerca que, a pesar de que hacía un tiempo detestable -desde hacía una semana no paraba de llover-, encontró magnífica la tierra, y radiante el tiempo.

El cardenal no murió aquella noche, y al día siguiente se hizo trasladar a París. Le pareció que su salud mejoraría entre las maravillas que había reunido en el Palais-Cardinal. En cambio, el rey dejó de galopar a través de la región y ya no se movió de Saint-Germain, a la espera de la noticia de un final inevitable y que le traería una especie de liberación ahora que la victoria coronaba sus armas y había hecho retroceder la guerra más allá de las fronteras del reino.

Sylvie, por su parte, vivió angustiada los días que siguieron a su visita a Rueil. A cada momento temía ser llamada junto a Richelieu, pues sabía que nunca tendría valor suficiente para repetir su intento de asesinato. El frasco de veneno acabó su peripecia en las letrinas del castillo. ¡Decididamente, no era fácil convertirse en una heroína trágica!

El 3 de diciembre, el rey acudió a la cabecera del enfermo; a su vuelta, comentó a quienes le rodeaban:

— Creo que no volveré a verlo con vida. Es el final, ¡pero qué final cristiano!

En efecto, desde su regreso a París el cardenal únicamente se ocupaba de Dios y de su alma, y soportaba sus sufrimientos con más estoicismo que nunca. A pesar del tesón con que se aferraba a la vida, por fuerza hubo de admitir que sus días estaban ya contados. Finalmente, el 4 de diciembre de 1642, Louis-Armand du Plessis, cardenal-duque de Richelieu, ofreció al Creador su alma impenetrable, murmurando:

— In manos tuas, Domine…

Y se produjo un gran silencio.

Podía haberse esperado una explosión de alegría, manifestaciones de contento, porque el terrible dictador ya no estaba, pero no: el pueblo de París, que durante cuatro días desfiló delante de los restos mortales antes de que éstos fueran trasladados a la Sorbona, donde habían de reposar cuando estuviese terminada la capilla, permaneció en silencio, sin atreverse apenas a respirar; y las miradas que dirigía al muerto, envuelto en el esplendor de un muaré púrpura que acentuaba su palidez y con la corona ducal depositada a sus pies sobre un cojín, estaban teñidas de incredulidad, pero también de respeto.

Todos experimentaban una sensación extraña: se había producido una especie de vacío, y flotaba la pregunta de si, en ausencia del timonel, el navío Francia podría continuar su gloriosa travesía. En algunas ocasiones es terrible ver desaparecer a una persona temida, detestada incluso, pero a la que oscuramente se admira. A pesar de la proliferación inmediata de panfletos, pagados por los antiguos conspiradores, el sentimiento general era que el reino, después de él, ya nunca volvería a ser lo que había sido antes. Era muy sencillo: Richelieu había hecho temblar a Europa al mismo tiempo que a Francia, porque quería hacer grande a ésta…

Luis XIII no lloró a su compañero de fatigas: le había hecho sufrir demasiado en sus afectos. Pero quienes esperaban un cambio de régimen se equivocaron, pues nada cambió. Todo el aparato administrativo levantado por el cardenal siguió en su lugar, hasta el más modesto funcionario, incluido Isaac de Laffemas, que, después de una larga convalecencia, pudo finalmente reintegrarse a sus funciones. La reina intentó que fuera despedido, pero el rey se negó. Respondió lo que Richelieu había respondido a Beaufort:

— Es un hombre íntegro, y con él el orden está asegurado en París.

El día 5 de diciembre, en el Parlamento se tomaron dos decisiones importantes. La primera confirmaba la derrota de Monsieur. Se prohibía al eterno conspirador abandonar sus posesiones. La segunda era todavía más significativa: el cardenal Mazarino, el mejor discípulo del desaparecido, entró en el Consejo, y cabía esperar que continuaría la política de su maestro. En consecuencia, nada había cambiado.

En el entorno de la reina, la atmósfera se aclaró de manera sensible, a pesar de que la corte, apenas salida del luto de la reina madre, volvió a enfundarse en sus vestidos negros en honor del cardenal. Una mañana, después de oír misa, Sylvie se puso de rodillas ante Ana de Austria para pedir el regreso de los exiliados, de dos de ellos al menos: Marie de Hautefort y el duque de Beaufort.

La reina le acarició la mejilla, le indicó que se levantase y la abrazó.

— Es demasiado pronto. El rey no aceptaría contradecir la voluntad del cardenal. No quiere mucho a vuestro amigo François. En lo que se refiere a Marie, no sé muy bien lo que piensa él. Temo que el doloroso recuerdo de Cinq-Mars le haya hecho olvidar a sus antiguos amores. Estad segura de que tengo tantos deseos como vos de volver a verles, así como a mi querida duquesa de Chevreuse, alejada de mí desde hace tantos años. Pero nos hará falta todavía un poco más de paciencia…

El diálogo fue interrumpido por la entrada de Madame de Brassac, que venía a preguntar si la reina tenía a bien conceder audiencia a Su Eminencia el cardenal Mazarino.

El tono de la dama de honor se había dulcificado sobremanera desde la muerte de Richelieu. Su puesto dependía ahora únicamente de la voluntad de Ana de Austria. Si ésta pedía su despido al rey, lo obtendría. La reina se contentó con sonreír.

— Voy al instante… -Luego, cuando Madame de Brassac se hubo retirado, añadió-: ¡Ya veis! Un cardenal sucede a otro cardenal. Parece que en este país la religión está firmemente anclada en los puestos de mando del Estado. ¿Será porque mi esposo el rey consagró Francia a Nuestra Señora en agradecimiento por el feliz nacimiento del delfín?

— ¿No tenía ya antes el título de Rey Cristianísimo?

— Por supuesto, pero me pregunto si mi hijo, cuando llegue a la edad de reinar, seguirá el ejemplo de su padre. Vos que lo veis a menudo, sabéis muy bien que, a pesar de ser tan joven, muestra ya una voluntad de hierro. ¡No creo que se deje imponer por un ministro, quienquiera que sea! Mientras tanto -añadió con un suspiro-, no tengo quejas del actual, que ha supuesto un cambio agradable. ¡Es un hombre encantador! Pero creo que aún no lo conocéis.

— No he tenido ese honor.

— ¡Pues bien, venid! Juzgaréis por vos misma…

La reina tenía razón. Con su gracia italiana y su mirada zalamera, Mazarino era encantador en el sentido de que desplegaba mucho encanto. Sin embargo, no gustó a Sylvie. Acostumbrada a la altanería con frecuencia despectiva de Richelieu, a su elevada estatura y a la nobleza con que llevaba la sotana, tuvo la impresión de ver una mala copia reducida. Ciertamente, Mazarino era mucho más guapo que su maestro y su sonrisa era seductora, pero no imponía respeto como su predecesor. Tal vez eso se debiera a que, pese a los diversos cargos eclesiásticos que ocupaba, nunca había sido ordenado sacerdote, y Sylvie no admitía que se pudiera ser cardenal sin ser eclesiástico. Tal vez también se debiera a que gesticulaba demasiado con las manos, unas manos hermosas, muy cuidadas y perfumadas.

A cambio de su reverencia, recibió un saludo, una sonrisa radiante y un cumplido lleno de galantería; pero ella no era Marie de Hautefort, y no intentó quedarse. Se retiró muy pronto. Lo que se dijeran aquellas dos personas no le interesaba. Sin embargo, no pudo impedir el preguntarse qué pasaría cuando volviera Beaufort y se encontrara con aquel «hijo de un lacayo italiano» instalado en el puesto del gran cardenal.

No había de tardar mucho en recibir respuesta a su pregunta. El 21 de febrero, Luis XIII cae enfermo en Saint-Germain, de tal gravedad que se instala su lecho en el Grand Cabinet de la reina, más cómodo y con mejor calefacción que sus propios aposentos, de una austeridad espartana. No por ello deja el rey de retener con firmeza en sus manos los asuntos del Estado. Se diría que el ejemplo de Richelieu le impide dar signos de agotamiento. ¡Y sin embargo, cuántos motivos de inquietud! En Inglaterra, donde reina su hermana Enriqueta, avanza la revolución dirigida por Cromwell, un burgués londinense. Todavía no se ha firmado la paz con España, a la que la muerte de Richelieu devuelve algunas esperanzas. El rey se encuentra enormemente debilitado, roído por la tuberculosis; y los remedios, sangrías y enemas de sus médicos lo postran todavía más…

Sin embargo, aún se levanta en los días siguientes. Tal vez debido a que rechaza con obstinación los pretendidos remedios de sus médicos, lo cierto es que se produce una mejoría; pero está seriamente afectado, y muy pronto dicta sus últimas voluntades. La reina sabe que será regente, pero que el jefe del Consejo será -y en este punto cabe preguntarse por los motivos del rey- su hermano, el indigno Monsieur, duque de Orléans. Bien es verdad que formarán parte de ese Consejo el príncipe de Condé, Mazarino, el canciller Séguier, el superintendente de Finanzas Bouthillier y el señor de Chavigny. Finalmente, ordena que se proceda al bautismo del delfín, al que apadrinarán la princesa de Condé y Mazarino. Será, antes de los funerales del rey, la última gran ceremonia del reinado. El pequeño príncipe, ataviado con un vestido de hilo de plata, recibe el sacramento con una gravedad que asombra a todos los asistentes. Y con la misma gravedad responde, un poco más tarde, a la pregunta que le formula su padre:

— Hijo mío, ¿cuál es ahora tu nombre?

— Luis XIV.

— Todavía no, pero lo será quizá muy pronto, si es la voluntad de Dios…

Sin embargo, aún transcurren varias semanas, marcadas por grandes padecimientos y breves treguas; por dos veces acude Monsieur Vincent a iluminar el lecho del enfermo con su fe ardiente, su sonrisa y sus exhortaciones llenas de bondad y sencillez. A Sylvie, que le da las gracias por haber velado por ella, el santo le dice:

— Me equivoqué al querer haceros entrar en un convento. ¡Casaos, pequeña! Necesitáis un buen esposo.

— Ya lo ha encontrado -dice Ana de Austria-, pero las circunstancias son poco favorables para celebrar una fiesta.

Los ojos oscuros y vivos del anciano se clavan en los de la joven, como si leyera lo que se esconde en el fondo de su alma.

— A pesar de todo, sería preferible casarla cuanto antes.

No era ésa la opinión de Sylvie. No ignoraba -la reina lo repetía a menudo en su presencia- que el primer gesto de Ana, una vez investida regente, iba a ser llamar de inmediato a todos los exiliados. Sylvie no era la única que deseaba apasionadamente volver a ver a François… Las dos sabían que su regreso estaba próximo.

El 13 de mayo por la mañana, Luis XIII abrió los ojos y, al reconocer al príncipe de Condé entre las personas que abarrotaban la habitación, le dijo:

— Señor, el enemigo ha cruzado nuestras fronteras con un poderoso ejército…

— ¡Sire! ¿Qué podemos…?

— ¡Dejadme… hablar! Sé… que dentro de ocho días vuestro hijo va a vencerlo y obligarlo a emprender… una vergonzosa retirada.

¡Extraña intuición la de los moribundos! Ocho días más tarde, en Rocroi, el joven duque d'Enghien expulsaría a los españoles de Francia por mucho tiempo.

Al día siguiente, 14 de mayo, entre las dos y las tres de la tarde, el rey Luis, decimotercero de este nombre, exhaló su alma pronunciando el nombre de Jesús. El mismo día, treinta y tres años antes, Ravaillac había asesinado a su padre Enrique IV.

Antes de que su esposo expirara, la reina, seguida por tres de sus damas entre las que se encontraba Mademoiselle de Valaines, había abandonado, para cumplir la costumbre, el aposento mortuorio, es decir el Château-Neuf, y se había trasladado al Château-Vieux, donde se encontraban el delfín y su hermano. El murmullo de los rezos llenaba por completo la agradable mansión de recreo en la que Ana de Austria se había instalado permanentemente desde hacía varios años.

En el momento en que el pequeño cortejo llegaba al vestíbulo, Sylvie sintió una emoción tan intensa que dejó caer el misal que llevaba en las manos. Suntuosamente vestido de terciopelo negro recamado en azabache, sobre el que resaltaba su cabello rubio, esperaba allí un hombre acompañado por tres de sus gentileshombres; un hombre que se adelantó e hincó la rodilla ante la reina.

— Señora -dijo Beaufort-, heme aquí de vuelta, convocado por monseñor el obispo de Lisieux, en respuesta a la llamada de Vuestra Majestad, y dispuesto a servirla en todo lo que se le ofrezca.

Ana de Austria le tendió la mano para que la besara, sin poder disimular la alegría que brillaba en sus ojos.

— Levantaos, señor duque, y acompañadnos…

En ese momento empezó a tocar a muerto la campana de la capilla. Todo el mundo se arrodilló y, tras unos instantes de recogimiento, la reina acabó su frase:

— … ¡A ver al rey!

Aquellas palabras, que consagraban a su pequeño alumno, hicieron estremecerse a Sylvie. El grupo entró en el viejo palacio en silencio. François marchaba junto a la reina, un paso detrás de ella, y no había visto a Sylvie, cuyo regreso a la corte ignoraba. Ella sólo veía de él los anchos hombros y la cabeza. El corazón le latía con fuerza. Por primera vez iba a ver juntos al delfín y a su verdadero padre.

En los aposentos de los infantes reales, Ana de Austria tomó a Luis en brazos y lo besó con ternura; luego dio un paso atrás y dedicó al niño una profunda reverencia antes de besar su manecita.

— Sire -dijo con una emoción que le devolvió el acento español-, tenéis ante vos a vuestra madre y vuestra más fiel súbdita. -Luego se irguió e hizo adelantarse a François, que saludó profundamente-. Este es el señor duque de Beaufort, vuestro primo y nuestro amigo, a quien os confío a vos y también a vuestro hermano. Él cuidará de vosotros: es el hombre más honrado de Francia.

El niño no dijo nada, pero la sonrisa que había tenido para su madre se borró y dio paso a una gravedad inesperada. Tendió la mano y François, rodilla en tierra, la besó. Las manos le temblaban.

Apenas hubo tiempo para decir nada más: una avalancha de personas hacía temblar las escaleras e incluso los muros del castillo. Encabezada por Monsieur y el príncipe de Condé, toda la corte, abandonando al difunto a las plegarias de los religiosos y los cuidados de los embalsamadores, se precipitaba, como en cada cambio de reinado, hacia el nuevo soberano, sin imaginar que aquel niño que aún no tenía cinco años los abrasaría con los rayos de un sol deslumbrante…

Fue una jornada extraña, en el curso de la cual el astro de François ascendió al cénit. En un instante, su poder se había hecho inmenso: la reina se apoyaba únicamente en él para tomar cualquier decisión. La primera fue que se regresaría a París el día siguiente, para mostrar el rey al pueblo y sobre todo al Parlamento, con cuya intervención planeaba Ana de Austria romper el testamento de Luis XIII: quería la regencia en exclusiva, sobre todo sin la presencia de su cuñado y de Condé. Con ello quedaba sobreentendido que le bastaría la ayuda de Beaufort. Éste, aun guardando las formas exteriores del luto, aparecía radiante de felicidad, y pensaba de forma insensata que ahora por fin podría vivir a la luz del día sus amores regios. Tanto era así que aquella misma noche tuvo un altercado con el príncipe de Condé.

Toda la corte estaba reunida en torno a la reina, y ésta se sintió de repente muy cansada. Beaufort decidió tomar medidas.

— ¡Señores, retiraos! -ordenó con voz estentórea-. La reina desea descansar.

El príncipe de Condé se sintió molesto.

— ¿Quién habla y da órdenes en nombre de la reina estando yo presente?

— Yo -respondió François-, que siempre sabré llevar a cabo lo que Su Majestad me ordene.

— ¿De verdad? Me satisface saber que sois vos, para enseñaros el respeto que me debéis…

— Ante la reina, yo no os debo nada…

— ¡Señores, señores! -intervino Ana de Austria-. No es día de discusiones.

Y luego, cuando Condé, tras un saludo muy seco, se retiraba con sus gentileshombres, suspiró:

— ¡Dios del Cielo, todo está perdido! El señor príncipe de Condé se ha encolerizado.

— No es grave, señora, y nada se ha perdido. Mañana tendréis plenos poderes y yo sabré aconsejaros.

Lo que acababa de ocurrir le encantaba. Se sentía feliz por haber bajado los humos a aquel viejo chocho que se había atrevido, para no atraerse la cólera del difunto cardenal, a negarle la mano de su hija.

La muchedumbre se dispersó y pronto no quedaron junto a la soberana, a excepción de los gentileshombres de servicio, más que las damas de la reina. Fue entonces cuando François advirtió a Sylvie, y de golpe olvidó todo protocolo.

— ¿Vos? Pero ¿qué hacéis aquí? -exclamó sin entretenerse en preámbulos.

— Ya lo veis, señor duque, sirvo a la reina. Soy su lectora… y doy lecciones de guitarra al rey Luis XIV.

— Palabra, tenéis el diablo en el cuerpo. La última vez que os vi…

— La última vez me disteis a entender que mi verdadero lugar estaba en un convento. Por desgracia, ni yo quería convento, ni el mismo convento me quería realmente a mí. Si añadís a ello que un personaje muy poderoso me sacó de allí para arrojarme a la Bastilla, en la que tal vez me encontraría aún de no ser por la ayuda de mis verdaderos amigos…

— ¿Yo no soy uno de ellos, quizá?

— Sabéis muy bien que sí-repuso Sylvie con una especie de cansancio-. Me salvasteis de un destino peor que la muerte y me llevasteis a un lugar donde pensabais que estaría segura. Gracias a vos conocí Belle-Isle y la conservo en mi corazón; pero no intentasteis saber qué era de mí, y todo lo que se os ocurrió ofrecerme, cuando hube de abandonarla, fue entrar en un convento. Y me tratasteis como si fuera una criada poco cumplidora…

Los dos se habían apartado hasta un rincón de la amplia estancia, pero sus voces, al alzarse debido a la cólera, acabaron por acallar el murmullo de las conversaciones. La reina fue hacia ellos.

— ¿Y bien? ¿Así es como se reencuentran dos antiguos amigos?

— Mademoiselle se ha enfadado -gruñó Beaufort-, cuando yo no he hecho otra cosa que asombrarme al ver aquí resucitada a Mademoiselle de l'Isle.

— Ya no se llama Mademoiselle de l'Isle, sino Sylvie de Valaines… a la espera de un nombre más ilustre -dijo Ana de Austria, sonriendo ante la sorpresa que iba a causar.

— ¿Un nombre más ilustre?

— Pues sí. Nuestra gatita será muy pronto la señora duquesa de Fontsomme, tendrá derecho al taburete y formará parte de mis damas.

— La duquesa de…

François quedó sorprendido, pero no en el buen sentido. Ni siquiera intentó disimular su disgusto, lo que hizo reír a la reina. Pero ésta recuperó su seriedad para añadir:

— Fontsomme. El joven duque se ha enamorado de ella, hasta el punto de que fue al galope hasta Tarascón para arrancar del rey la orden de liberación de su amada, injustamente arrestada como cómplice de vuestro padre en aquella oscura historia de envenenamiento. No sólo obtuvo su libertad, sino que me devolvió a Sylvie. Ahora es su prometida…

El rostro de François se tornó de hielo. Se inclinó con tanta rigidez que pareció partirse en dos.

— ¡Mis felicitaciones, señorita! Espero que por lo menos habréis pedido su autorización a Madame de Vendôme, mi madre, que os educó.

— Es inútil recordármelo -murmuró Sylvie-. Nunca olvidaré lo que le debo…

— Fui yo quien se la pidió, el primer día en que vino a visitarme después de la muerte del cardenal. Se alegró mucho, y también vuestra hermana -intervino la reina en tono seco.

— ¡Pues bien, todo va entonces de maravillas! Ahora permitid que me retire, señora. Debo hacer la ronda de las diferentes guardias del rey.

Se alejó después de un profundo saludo, sin una mirada para Sylvie, cuyos ojos se humedecieron mientras la reina, sin darse cuenta de ello, se volvía hacia las damas de servicio para proceder al coucher, la ceremonia de acostarse. Entonces una mano se posó sobre el hombro de la j oven, y una voz familiar susurró:

— Siempre hubo momentos en que me parecía estúpido, pero ahora su actitud resulta de lo más divertida.

Con un gritito de alegría, Sylvie se volvió y se precipitó entre los brazos de Marie de Hautefort que, todavía en traje de viaje, le sonreía.

— ¡Marie, por fin! Desde la muerte del cardenal, cada día he esperado vuestro regreso…

— El rey no lo permitió. Confieso que me he dado mucha prisa cuando la reina me ha enviado un coche a La Flotte. Esperaba llegar a tiempo para un último gesto de respeto y afecto. Infortunadamente, los caminos no permiten grandes velocidades…

Ahora era Marie quien tenía lágrimas en los ojos.

— ¿Le amabais más de lo que pensabais?

— Me di cuenta un poco tarde. Tal vez lo que sentía confusamente en mi interior me hizo mostrarme tan dura con él… ¡Pobre rey mío!

Con sus habituales maneras decididas, Marie se deshizo de su pena como de un manto raído.

— ¡Hablemos de vos! No hay ninguna razón para que os aflijáis por las groserías de vuestro querido François. Tienen un curioso parecido con los celos.

— ¿Celos, cuando tiene aquí mismo a quienes más ama? Madame de Montbazon y la…

— Es posible, pero eso no impide que haya adquirido desde hace mucho tiempo la costumbre de consideraros propiedad suya, y puedo aseguraros que no está contento. Yo, en cambio, estoy encantada. Cuando seáis duquesa estaréis en su mismo nivel, y Jean de Fontsomme es el muchacho más encantador que conozco.

La furia de François era tan real que hacía que se sintiera desconcertado ante sus propios sentimientos. En el momento en que tocaba con las manos la gloria suprema, en que el amor de la reina le llevaba al pináculo, en que disponía a su voluntad de la más adorable de las amantes, aquella pequeña calamidad, al recordarle su existencia, acababa de propinarle alrededor del corazón un pinchazo que no conseguía explicarse. Tal vez lo más insoportable era que, en su ingenua candidez de varón muy poco habituado a los meandros del alma femenina, pensaba que la horrible experiencia de La Ferrière habría alejado para siempre a Sylvie de cualquier posible matrimonio.

Sin embargo, desde su regreso a Francia, y antes incluso de ver a la reina, se había ocupado de vengarla. Con la única compañía de Ganseville había corrido, al caer la noche, a la Rue de Saint-Julien-le-Pauvre. Allí había encontrado una casa devastada, con las ventanas rotas, antela que los paseantes tardíos pasaban desviando la mirada. Sólo un hombre, sentado en un poyo, fumaba su pipa mientras contemplaba el portal arrancado de sus goznes.

— ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Beaufort-. Se diría que ha pasado un huracán…

— El peor de todos: el de la furia popular. En cuanto se supo la muerte de Richelieu, una muchedumbre se precipitó aquí. Lo sé porque yo fui el primero en llegar, y eso movido por buenas razones. Hace varios meses hundí mi espada en el pecho de Laffemas, y él encontró la manera de sobrevivir. Había venido a concluir mi obra…

— ¡Oh! -dijo Ganseville, que estaba bastante al corriente de los chismes parisinos-. ¿Entonces sois el famoso capitán Courage? ¿A cara descubierta? ¿Dónde está vuestra máscara?

— Sólo la uso por la noche. Y vos, monseñor, sois el duque de Beaufort, el héroe de los parisinos…

— ¿Me conocéis?

— Por supuesto. Todo el mundo aquí conoce al verdadero nieto de Enrique IV. ¡El que habríamos preferido tener como rey! ¿Buscabais vos también a Laffemas, señor?

— Sí, tengo una vieja cuenta que saldar. ¿Qué ha sido de él?

— Nadie sabe nada. Ha desaparecido como si la tierra se lo hubiese tragado. Creedme, lo he registrado todo. Nada aquí, ni en Nogent. Ha conseguido escapar…

— Eso habrá que averiguarlo. Si aún vive en algún lugar, debo encontrarlo. ¡Está en juego mi honor!

— También el mío, monseñor, por más que os parecerá de escasa importancia. Es lo que pensaba cuando habéis llegado…

— ¡En ese caso, unamos nuestras fuerzas! Si os enteráis de alguna cosa, hacédmelo saber en el hôtel de Vendôme.

— Y si vos tenéis necesidad de mí, sabed que al margen de la corte de los milagros, donde es peligroso introducirse, se me puede encontrar, con el nombre del Griego, en la taberna Deux-Anges. Todos los días paso por allí un momento tal como me veis ahora.

Dicho lo cual, el truhán saludó y desapareció entre las sombras de la noche.

— Curioso personaje -comentó Ganseville-. No lo encuentro desagradable.

— Tampoco yo. En cualquier caso, puede ser un aliado interesante.

Mientras no diese con el paradero de Laffemas, Beaufort podía consagrarse por entero al servicio de la reina. Pesadas responsabilidades recaían ahora sobre los hombros del «hombre más honrado de Francia». Debía velar muy de cerca por el sagrado depósito que le había sido confiado, y con todas sus fuerzas expulsó de su interior la imagen de aquella Sylvie que, con toda evidencia, ya no le necesitaba. Por más que aquello fuera difícil de admitir…

La noche de la muerte del rey, después de inspeccionar las rondas y cuando la reina se había retirado ya a sus aposentos con sus damas, para rezar más que para dormir, François fue a instalarse en la antecámara del pequeño rey para velar allí, armado hasta los dientes, a aquel niño del que acababa de descubrir que le era infinitamente precioso. Más aún de lo que había sido su madre. Había pasado el tiempo de los amores locos. El de los hombres y el del honor llegaría con la próxima aurora…

Cuando apareció ésta, y mientras los despojos mortales de Luis XIII permanecían en soledad en los castillos de Saint-Germain abandonados por la corte, una larga caravana de carretas que transportaban muebles y baúles descendió hacia París, con destino al viejo Louvre. El cortejo del niño rey y de su madre iba detrás, en medio de una multitud. Beaufort, el organizador de aquel verdadero espectáculo, hizo las cosas a lo grande, sabedor de la importancia que tienen para el pueblo las pompas y el despliegue de las fuerzas del soberano. La carroza real que llevaba a Ana de Austria, a sus hijos, a Monsieur y a la princesa de Condé (el príncipe seguía enfadado), iba precedida por la guardia francesa, la guardia suiza, los mosqueteros, la caballería ligera del mariscal de Schomberg, los escuderos de la reina, la guardia de Corps y la guardia de la puerta. Iban detrás el Gran Escudero con la espada real, las doncellas de honor, la guardia escocesa, los cien suizos y otro regimiento de la guardia francesa que escoltaba la carroza vacía del rey difunto. Detrás aún desfilaba una multitud de carrozas, coches, gente a caballo y a pie. El lucido cortejo del flamante nuevo rey, salido a mediodía de Saint-Germain -seis horas después de la mudanza-, tardó más de siete horas en llegar al Louvre en medio de un entusiasmo indescriptible. Los parisinos, deseosos de adorar a su rey niño, habían llegado a temer que sus soberanos no quisieran residir más en la capital y prefirieran el encanto, el amplio panorama, el aire fresco y las arboledas de Saint-Germain. Sería excesivo afirmar que la reina se sintió encantada al volver a encontrarse en el viejo palacio, que un abandono de cinco años no había contribuido a mejorar. Miró abrumada las paredes sucias, los techos agrietados y las huellas dejadas por el hielo y la humedad.

— ¿Conseguiremos vivir aquí? -gimió, al tiempo que se volvía despacio para apreciar mejor los desperfectos.

— Nadie os obliga a ello, hermana -dijo Monsieur, que la había oído.

— ¿Estáis pensando en darnos hospitalidad en vuestro suntuoso palacio del Luxembourg?

— ¡Claro que no! Apenas es lo bastante grande para mí. Pero os recuerdo que el difunto cardenal legó al rey su palacio, que está aquí al lado. No podríais encontrar un alojamiento más magnífico y mejor amueblado.

El rostro sombrío de Ana de Austria se iluminó de golpe y dedicó a su cuñado una sonrisa radiante.

— ¡Tenéis mil veces razón, hermano! Mañana mismo haré que inspeccionen el lugar y tomen toda clase de disposiciones para adaptarlo como nuestra vivienda. Más tarde iré a verlo yo misma.

Mientras tanto, era preciso alojarse. Los grandes, todos ellos poseedores de mansiones en París, regresaron a sus moradas, y Sylvie, que ya no formaba parte de las doncellas de honor y no podía recortar aún más el ya reducido aposento de la reina, volvió a la Rue des Tournelles, donde fue recibida con alegría. Allí encontró también a Jeannette, que había vuelto con Mademoiselle de Hautefort, y que cayó en sus brazos llorando de felicidad. Por primera vez desde hacía cinco años, la «familia» del caballero de Raguenel se encontró reunida al completo, y aquella noche se festejó la ocasión hasta muy tarde.

La repentina y fulgurante elevación de Beaufort no dejó de sorprender a Perceval.

— Sabía que los Vendôme estaban de vuelta -dijo-. El duque César lleva aquí unos días, y atruena el faubourg Saint-Honoré con su vozarrón y con los amigos ingleses que ha traído consigo. Era un poco prematuro, porque el rey aún vivía. Dice ya que ha venido a reclamar el gobierno de Bretaña, al que tanto apego tenía. Comprendo su alegría por volver después de diecisiete años de exilio, pero un poco de discreción sería más prudente.

— Si monseñor François va a encargarse del gobierno -dijo Corentin, que volvía de la bodega y le había oído-, no veo por qué su padre habría de recatarse: ¡tendrá todo lo que pida! Monseñor François siempre ha querido mucho a su padre. Incluso pidió ser encarcelado en su lugar.

— Los afectos particulares y el gobierno de un gran reino son cesas muy distintas. Y, si queréis mi opinión, no me imagino a nuestro Beaufort como primer ministro. No es hombre de estudios y carece de habilidad.

— Todavía es joven -argumentó Sylvie, siempre dispuesta a defender a su héroe-. Con los años cambiará, madurará…

Perceval sonrió, le dio una palmada en la mejilla y encendió su pipa.

— Me extrañaría -dijo-. Por lo demás, aún no ha sido nombrado, ¡y dudo que lo sea alguna vez! Pueden hacerle almirante, general de las galeras o lo que se quiera, pero que no pongan a Francia en sus manos: hará un estropicio. Por otra parte, antes de ocupar el lugar de Richelieu tendrá que vérselas con sus enemigos, los incondicionales del difunto cardenal, y sobre todo con su herencia: el cardenal Mazarino no se ha aupado al primer plano para ceder su puesto al primer recién llegado, y mucho me temo que es un zorro lleno de recursos.

— ¿Y creéis que ese italiano lo hará mejor que él al frente del gobierno? -se indignó Sylvie-. ¡No es más que un comediante!

— ¡Un diplomático! -rectificó Raguenel-. Y eso es lo que necesita un pueblo que desea la paz…

Los días siguientes le dieron la razón.

Después de la gran sesión del Parlamento que rompió el testamento de Luis XIII para ofrecer a Ana de Austria poderes plenos y completos, después de los suntuosos funerales que llevaron al difunto rey a la cripta de Saint-Denis, el Louvre entró en un agradable período de reencuentros. A continuación de Marie de Hautefort, que recuperó su puesto de dama de compañía, el fiel La Porte, exiliado después del asunto del Val-de-Grâce, volvió con toda naturalidad a ocupar su puesto de jefe de protocolo de la reina, que le recibió con lágrimas en los ojos. Ni el uno ni la otra habían cambiado, y mucho menos Madame de Senecey, feliz de dejar su castillo de Conflans por el cargo de gobernanta de los infantes de Francia, en el que sustituyó a la marquesa de Lansac, invitada a visitar sus tierras. Reapareció también el mariscal de Bassompierre, salido de la Bastilla después de doce años de prisión empleados en escribir sus memorias. Había envejecido mucho, pero seguía siendo el mismo jovial conversador, y Perceval de Raguenel se apresuró a visitarlo. El antiguo círculo de la reina quedó así casi reconstituido, y lo mismo ocurrió con el capítulo del Val-de-Grâce, en el que la madre de Saint-Etienne recuperó el báculo de abadesa. Con todo, subsistió una ausencia, y de importancia: la duquesa de Chevreuse, la amiga de sus veinte años, exiliada casi ese mismo tiempo; la reina no se atrevió a llamarla. Tal vez hubo en ello alguna influencia de Mazarino: la duquesa conocía el secreto de la aventura con Buckingham y otros más peligrosos aún, los de las conjuras incesantes con España, cuyo punto álgido había sido la de Cinq-Mars.

Cuando finalmente reapareció, aún bellísima a pesar de sus cuarenta y tres años, siempre arrogante y dispuesta a hincar el diente a los bocados más jugosos de la rica Francia, siempre relacionada con las cancillerías de los países más hostiles al reino, se dio cuenta de que, de su antigua influencia, únicamente subsistía el recuerdo de los buenos ratos de otros tiempos. La reina la recibió con afecto, pero las dos mujeres no estuvieron mucho rato solas. Muy pronto apareció Mazarino, todo sonrisas: venía a ofrecer a la recién llegada una bonita suma de dinero para reparar su castillo de Dampierre, en el valle de Chevreuse, con la condición de que ella misma se ocupara de dirigir las obras. La duquesa comprendió de inmediato: no la querían en la corte y le remuneraban sus servicios. No rechazó el dinero, porque siempre había tenido los dientes largos, pero al abandonar el palacio se llevó consigo una rabia bien disimulada, un odio consistente por Mazarino y un rencor nuevo hacia la reina. Se fue decidida a vengarse un día u otro.

Los ojos atentos de Marie de Hautefort lo observaron todo con sumo interés, e iluminaron para Sylvie los meandros de aquel enorme cambalache.

— O mucho me equivoco -dijo un día a su amiga-, o nuestro François podría sufrir a no mucho tardar una amarga decepción. ¡No me gustan nada los continuos cuchicheos de nuestra reina con ese mentecato! -Se sobrentiende que, en su lenguaje, mentecato se escribía «Mazarino».

No habían llegado las cosas aún a ese punto. Los Vendôme estaban de vuelta y hacían bastante ruido, en particular el duque César, convertido en una especie de curiosidad desde la época en que se hablaba continuamente de él sin verle nunca. Apareció, pues, con gran aparato de gentileshombres para recuperar su sitio en la corte, pero, más astuto que Beaufort, hizo mil carantoñas al nuevo cardenal. Durante el exilio había soñado demasiado con el gobierno de Bretaña, que consideraba patrimonial, para no desear ardientemente recuperarlo. La muerte de Richelieu -que ostentaba el título y ejercía el cargo- lo había dejado vacante. Pero, ay, sus sonrisas no sirvieron de nada: el ansiado gobierno ya había sido adjudicado al mariscal de La Meilleraye, al que César odiaba. Al saberlo se retiró a su tienda, como Aquiles, y se dedicó a refunfuñar bajo los artesonados dorados de su hôtel de Vendôme.

Al predecir una decepción a François, Marie de Hautefort no se equivocaba, y muy pronto padre e hijo coincidieron en el odio profundo que les inspiraba el nuevo cardenal. En efecto, una vez en posesión de sus plenos poderes, la regente dejó pasar un plazo discreto antes de lanzar un cañonazo: el nombramiento de Mazarino como primer ministro. François de Beaufort creyó morir de rabia, pero se guardó mucho de protestar. Su táctica consistió en endurecer su posición y empujar al otro al rango de simple ejecutor, tanto de las voluntades reales como de las suyas propias.

Por instinto, aborrecía a aquel hombre y no comprendía por qué «su» reina dependía de aquella imitación de prelado, hasta el punto de no tomar ninguna decisión sin oír antes su consejo. Poco a poco, aquel italiano marrullero y tal vez celoso iba levantando una barrera entre la regente y el hombre que tanto la había amado. Naturalmente, Beaufort no soportó mucho tiempo aquella situación. Decidió afirmar su ascendencia sobre Ana, sus derechos de amante, a pesar de que el duelo real no le autorizaba a ello. Quiso su mala fortuna que, arrastrado por su carácter fogoso, lo hiciera con una torpeza que avergonzó a Sylvie, presente en el Grand Cabinet cuando apareció él una mañana reclamando ver a la reina.

— Es imposible, monseñor -le dijo La Porte-, Su Majestad está en su alcoba y no recibe.

François se limitó a sonreír y afirmó:

— ¡Vamos, La Porte, sabéis muy bien que a mí sí me recibirá!

— No, señor duque. La reina está en el baño.

— ¡Qué importa!

Y, con un empujón al servidor, entró tranquilamente en la alcoba sin querer escuchar el grito de Sylvie, a la que ni siquiera había dedicado una mirada. No se quedó allí mucho tiempo: un chaparrón de insultos en español, aderezados con el acento oportuno, le obligó a batirse en retirada con una precipitación que provocó las risas de Marie de Hautefort, presente al lado de la reina. Sin esperar más explicaciones, François se marchó del aposento real con la única satisfacción de cerrar la puerta en las narices de un guardia suizo.

La furia de la reina no duró mucho tiempo. Todavía amaba a François demasiado para guardarle rencor, por más que Mazarino insistiera en lo inconveniente de la escena. Otro incidente vino a añadirse a aquél para agrandar un poco más el foso que se abría entre la pareja. La amante de Beaufort, la bella Montbazon, que detestaba a la ex Mademoiselle de Condé, ahora duquesa de Longueville, porque François había sido en tiempos uno de los pretendientes a su mano, intentó atacar su reputación de recién casada. Un azar maligno quiso que Madame de Montbazon encontrara en su salón, después de la marcha de algunos visitantes, dos cartas femeninas, muy bellas y tiernas, perdidas por el marqués de Coligny. De inmediato decretó que la autora de las mismas era Madame de Longueville, convenció a François de la justeza de sus argumentos, e hizo correr el rumor aprovechando la gran reunión de la corte y la alta nobleza en torno a Elisabeth de Vendôme, el día de su boda con el duque de Nemours.

Aquel matrimonio -el primero del reinado de Luis XIV- se celebró en el antiguo Palais-Cardinal, ahora Palais-Royal, en el que acababan de instalarse la reina y sus hijos. La mansión, verdaderamente principesca, era una vivienda mucho más agradable que el viejo Louvre, decrépito y siempre en obras.

La princesa de Condé, madre de la duquesa de Longueville, se indignó, clamó que aquello era un insulto público y una calumnia, y la reina le dio la razón: la imprudente Montbazon hubo de acudir al hôtel de Condé para presentar excusas públicas. Naturalmente el salón estaba abarrotado de gente, pero ella actuó con una insolencia y una desenvoltura muy del estilo de Beaufort: con las maneras de una mala comediante y una sonrisa de desprecio, dio lectura a un breve texto que llevaba sujeto con un alfiler a su abanico, y que después dejó caer desdeñosamente. El resultado fue que, en la siguiente reunión en que se encontraron las damas de la reina y la princesa de Condé, la regente rogó a Madame de Montbazon que se retirara. Loco de rabia, Beaufort se precipitó a los aposentos de Ana.

— ¡Ella ha hecho lo que vos le ordenasteis! -gritó, sin preocuparse de las personas presentes-. No teníais derecho a humillarla de nuevo.

La reina, muy bella entre sus velos negros que armonizaban bien con la blanca tez, intentó calmarlo.

— Hay maneras de hacer las cosas, amigo mío. Si no quisierais tanto a la duquesa me daríais la razón.

La amargura que teñía la voz de Ana no fue percibida por el joven, que se encogió de hombros. Quiso la mala suerte que Mazarino, que había entrado un instante antes, se aproximara armado con su sonrisa meliflua. Furioso, Beaufort dijo:

— Cuán lejos parece estar, señora, el tiempo en que sabíais escuchar la voz de vuestros verdaderos amigos. Los nuevos la acallan, y vos ni siquiera os dais cuenta del poco valor que tienen…

Al girar sobre los talones sin saludar, tropezó con Sylvie que llegaba, acompañada de Fontsomme, a la zaga del cardenal. Dado el mal humor que le dominaba, François sintió aquello como una nueva ofensa. Sus ojos relampagueantes recorrieron de arriba abajo a la pareja con una mirada en la que la cólera se esforzaba por expulsar el dolor, y su rostro palideció bajo el bronceado.

— ¡Vaya! -exclamó-. ¡Este sí que es un día completo! Se diría que habéis escogido vuestro bando, Mademoiselle de Valaines. Llegáis envuelta en las faldas de Mazarino.

Jean iba a responder, pero Sylvie no le dejó.

— No llego envuelta en las faldas de nadie -replicó-. Vengo simplemente a cumplir mi servicio junto a la reina. El cardenal ha llegado delante de nosotros y no teníamos ninguna razón para querer adelantarnos a él. Después de todo, es el primer ministro y…

— ¡Y en ningún caso un hombre de Dios! ¿Olvidáis que es el enemigo de todos los que os han amado hasta hoy? ¿Y vos, duque? ¿Venís también a cumplir vuestro servicio?

— Por más que eso no os incumba, monseñor -respondió el joven-, soy portador de una carta para la reina…

— ¿De parte de quién? -preguntó Beaufort con altanería.

— ¡No abuséis de mi paciencia! -repuso el joven-. Sabed solamente -añadió al advertir la expresión de dolor que sustituía a la cólera en el rostro de su adversario- que Mademoiselle de Valaines y yo nos hemos encontrado en…

— ¡No necesitáis excusas! ¡Como si todo el mundo no estuviera informado de vuestro compromiso! La idea de convertiros en duquesa os gusta sin duda, ¿no es así, Sylvie? ¡Qué desquite contra el destino!

Ella perdió entonces la paciencia.

— Os creía más inteligente -dijo-, pero nunca comprenderéis más que lo que os interesa. Y lo que os interesa es simular que no me conocéis. Enteraos ahora de lo que voy a deciros: aún no había nada definitivo entre el señor de Fontsomme y yo. Era libre… hasta este momento.

— ¿Qué queréis decir?

— ¡Que ya no lo soy! -Y, volviéndose hacia su acompañante, añadió-: Nos casaremos cuando lo deseéis, querido Jean. Ahora vamos a pedir permiso a Su Majestad.

Si tuvo la tentación de arrepentirse de su impulsiva declaración, la olvidó al ver la felicidad que iluminó el rostro del joven duque. Con un cariño infinito, él tomó la mano que acababa de serle concedida.

— ¡Me hacéis inmensamente feliz, Sylvie! Pero ¿estáis segura…?

— ¡Completamente! Ya es hora de que mi corazón aprenda a latir a un ritmo distinto del de otros tiempos.

Aquella decisión hizo palidecer todavía más a François. Descubrió que siempre había amado a Sylvie pero que, de forma inconsciente, consideraba su amor como algo adquirido, un jardín secreto en el que siempre se en-contrarían. Y ahora también ella se apartaba de él. Sintió que la imagen de la muchacha, tal como se le presentaba en el momento de perderla, nunca se borraría de su mente. ¡Dios, qué bonita era!

Iba vestida de un ligero raso gris humo atravesado por hilos de oro que, sumados a las flechas luminosas que emanaban de la sedosa masa de cabellos, la rodeaban de un aura de encanto. ¡Y aquel tesoro se le escapaba en beneficio de otro! Y como en su naturaleza estaba el reaccionar con violencia, sintió un impulso loco de precipitarse sobre ella y tomarla en brazos para llevársela lo más lejos posible de aquella corte degenerada y de las fieras que la habitaban, hasta… ¡hasta Belle-Isle, sí! ¡Allí, solamente allí podrían ser felices, aislados del resto del mundo!

Tuvo la impresión de encontrarse solo en medio de un enorme silencio, y así era en efecto, porque todos seguían la escena sin decir palabra. Iba a hablar, cuando se escuchó la voz cantarina de Mazarino:

— La reina os espera, señorita, y a vos también, señor duque. Su Majestad arde en deseos de daros su parabién. Vuestra boda la llena de alegría.

El instante mágico había pasado. François huyó a la carrera como si le persiguiera el infierno, pero Mazarino se había equivocado al entrometerse en un asunto que no era de su incumbencia. El odio que inspiraba a Beaufort se multiplicó por diez. Con una perfecta injusticia, el duque le culpó de una boda que con tanta crueldad le hería. Y aquél fue el inicio de una espiral fatal. Decidido a librarse del importuno por cualquier medio, Beaufort, con la ayuda de los decepcionados por la regencia recién iniciada, montó la conspiración que la historia había de llamar «de los Importantes»: el cardenal debía ser ejecutado durante un viaje a Vincennes…

Como todas las conspiraciones de aquella época insensata, sin embargo, también ésta fue descubierta. El castigo resonó como un trueno.

El 1 de septiembre de 1643, en la capilla del Palais-Cardinal y en presencia del rey niño, de la reina regente y de toda la corte, Jean de Fontsomme contrajo matrimonio con Sylvie de Valaines, señora de l'Isle en Vendômois. Dos personas faltaron a la ceremonia: César de Vendôme, que «tomaba las aguas en Conflans», y su hijo François, que había ido a visitarlo para que no se aburriera.

Al día siguiente, seguro de no encontrarse con la pareja, que a petición de Sylvie había marchado a sus posesiones a pasar su luna de miel. Beaufort acudió a palacio llamado por la reina. Esta le recibió sola en el Grand Cabinet con mucha amabilidad, y luego pasó a su alcoba alegando que iba a buscar un objeto que deseaba confiarle. No la vio volver.

A quien vio fue a Guitaut, el capitán de la Guardia, que venía a arrestarlo en nombre del rey. Aquella misma tarde, el duque de Beaufort fue encarcelado en Vincennes, en la misma celda en que su tío Alexandre, Gran Prior de la Orden de Malta en Francia, había muerto quince años antes en circunstancias lo bastante sospechosas para que se hablara de asesinato…

TERCERA PARTE

Un viento de fronda

1648

11. El pájaro voló…

Por tres veces retumbó el cañón de Vincennes. El cochero refrenó los caballos y se inclinó.

— Al parecer algo sucede en el castillo, señora duquesa -dijo.

— Muy bien, Grégoire, veamos de qué se trata -dijo Madame de Fontsomme, presa de una extraña emoción.

Como cada vez que viajaba desde su casa de Conflans a su mansión parisina y viceversa, Sylvie daba un rodeo para pasar junto al torreón de Vincennes, aduciendo que prefería pasar por la puerta de Saint-Antoine. Así tenía la ocasión de contemplar la vieja torre y permitir a su corazón latir con un poco más de fuerza, al ritmo de un pasado agridulce, doloroso con frecuencia pero poseedor de un secreto encanto. Allí arriba, cerca de las nubes y lejos del suelo, guardado como el tesoro más precioso, vivía en cautiverio aquel a quien todavía llamaba François…

¡Cinco años! Pronto se cumplirían cinco años de prisión de aquella fiera atrapada en la trampa por una rata vestida con la púrpura cardenalicia. Cuando pensaba en ello -lo que ocurría a menudo-, la joven duquesa de Fontsomme no podía evitar una punzada de remordimiento, porque para ella aquellos cinco años habían sido muy dulces, al lado de un esposo ausente con frecuencia -la guerra se había recrudecido tal vez aún más que en la época de Richelieu- pero cariñoso, lleno de atenciones y más enamorado, si cabía, desde que ella le había dado, dos años antes, una pequeña Marie con la que estaba entusiasmado y cuyos padrinos habían sido el joven rey Luis XIV y la ex Mademoiselle de Hautefort, ahora duquesa de Halluin por su matrimonio con el mariscal de Schomberg.

Llegaba a suceder que aquella felicidad confortable la engañaba sobre el estado real de sus sentimientos, pero cuando veía las murallas de Vincennes, su corazón, tan sensato, dejaba de latir por un instante. Y lo mismo le ocurría cuando en un salón -a pesar de que los frecuentaba muy poco- coincidía con Madame de Montbazon, cuya fidelidad al preso era algo casi proverbial, hasta el punto de que corría una canción popular sobre el tema:

Beaufort est dans le donjon
Du bois de Vincennes
Pour supporter sa prison
Avec moins de peine
Zeste, zeste,
Il aura sa Montbazon
Deuxfois la semainer

. [15]

El verse colocada así en la categoría de las mujeres públicas a las que se admitía en las cárceles reales para aliviar la soledad de los presos, no parecía ofender a la altiva duquesa. ¡Muy al contrario! Llena de orgullo y sin preocuparse de un marido anciano al que el asunto no molestaba lo más mínimo, ella respondía a quienes le preguntaban y daba noticias cuyas primicias reservaba para Madame de Vendôme y Madame de Nemours, pero que a Sylvie siempre le provocaban un deseo salvaje de estrangularla.

Sabía, sin embargo, cuánta necesidad tenían de aquel consuelo su bienhechora y su amiga de la infancia, porque desde el arresto de François la suerte de la familia no tenía nada de envidiable. El duque César se había visto obligado a huir de su castillo de Anet debido a la «visita» de las gentes del rey, y había vuelto a tomar el camino del exilio, pero ahora ya no en Inglaterra, donde, ay, los «cabezas redondas» dirigidos por Cromwell se habían rebelado contra el rey Carlos I y la reina Enriqueta, su cuñado y su hermana. Había marchado a Italia y, después de visitar Venecia y Roma, se había instalado en Florencia. En compañía de algunos gentileshombres fieles y de un ramillete de guapos jovencitos, llevaba allí su habitual vida disipada, que contrastaba con la de su hijo mayor, Mercoeur, encerrado en Chenonceau y preguntándose sin cesar si un eventual ataque no le obligaría a refugiarse en el escondite disimulado en uno de los pilares del puente. Contrastaba también con la de su mujer, confinada en su hôtel del faubourg Saint-Honoré, donde, confortada por su viejo amigo el obispo de Lisieux, Philippe de Cospéan, y por la cálida amistad de Monsieur Vincent, se esforzaba en conseguir que su François por lo menos tuviese un proceso justo, tanta era su seguridad de que saldría libre de cargos. Su hija era asimismo una gran ayuda para ella; y, fiel a sí misma, Françoise de Vendôme siempre encontraba tiempo para la tarea a la que había consagrado sus mejores energías: socorrer a las prostitutas, libres o encerradas en burdeles. Naturalmente, Sylvie visitaba con frecuencia a la madre y a la hija.

Mientras tanto, en Vincennes la voz de bronce del cañón seguía manifestando una agitación desacostumbrada. Sylvie ordenó detener su carruaje bajo los árboles y envió a uno de sus dos lacayos a informarse. Cuando regresó después de unos minutos interminables, a ella le sorprendió su rostro sonriente.

— ¿Y bien? -preguntó.

— ¡Grandes noticias, señora duquesa! Monseñor el duque de Beaufort acaba de evadirse…

A Sylvie le dio un vuelco el corazón.

— Se diría que eso os alegra, amigo mío.

— ¡Oh, sí! No necesito decir a la señora duquesa cuánto quiere la gente sencilla al señor de Beaufort. París va a saltar de alegría cuando sepa que se le ha escapado a Mazarino.

El regocijo empezaba al parecer en los propios servidores de Sylvie, muy unidos a su joven ama, de la que conocían las ideas poco conformistas; bajaron de sus asientos y se abrazaron antes de volver al lado de ella.

— No es necesario preguntar a la señora duquesa si está contenta también -dijo el viejo Grégoire, el cochero, último titular de una dinastía dedicada al servicio de los Fontsomme desde la Edad Media, y que por ello se permitía algunas familiaridades.

— Es verdad, estoy contenta-dijo Sylvie-. ¿Se sabe cómo ha ocurrido?

— No muy bien. Al parecer bajó por una cuerda desde lo alto del torreón; la cuerda era corta y tuvo que saltar. ¡Pero lo que sí es seguro es que está fuera!

— Bien. Intentaremos averiguar algo más. ¡Ve al hôtel de Vendôme!

Los tres hombres no se lo hicieron repetir, treparon cada cual a su lugar y la carroza reemprendió la marcha mientras Sylvie se recostaba en los cojines de terciopelo. ¡Así que él estaba libre! ¡De modo que la predicción se había cumplido! En efecto, desde hacía varios meses Mazarino vivía momentos difíciles por culpa de un cierto Coysel, que había profetizado que por Pentecostés Beaufort estaría libre. El italiano, supersticioso, se esforzó en restar importancia a un tema que le angustiaba, pero de todos modos había hecho que se reforzara la guardia del prisionero. ¡Y hoy, día de Pentecostés, había ocurrido! Oh, Sylvie no necesitaba un gran esfuerzo de imaginación para ver, sobre la pantalla de sus párpados cerrados, galopar a François con el cabello al viento a través de campos y bosques, ebrio por la libertad recuperada y por una felicidad fácil de adivinar. Pero ¿quién galopaba a su lado, y adonde se dirigía?

La joven veía dos respuestas a esas preguntas: Madame de Montbazon, que habría ido sin duda a esperarle, disfrazada probablemente, y el castillo de Rochefort-en-Yvelines que pertenecía al marido, aún gobernador de París, y en el que Mazarino no se aventuraría a entrar.

En efecto, admitiendo que en alguna ocasión la hubiera tenido, la popularidad de Mazarino estaba en su nivel más bajo. El pueblo, sujeto durante tanto tiempo bajo el puño de hierro de Richelieu, no veía apenas diferencia entre el florentino Concini, que tanto peso había tenido en la regencia de María de Médicis, y «Mazarini», siciliano de origen, cuya sotana proyectaba su sombra púrpura sobre Ana de Austria. Para el pueblo, los dos entraban en el mismo saco: el de los favoritos ocupados en las graciosas fluctuaciones de sus caudales antes que en el bien del Estado. En tales condiciones, por mucho que fuera el genio de Mazarino, nunca se le valoraría. Dios sabe, sin embargo, que no era tarea fácil mantener la política de Richelieu en el interior, y sobre todo en el exterior, donde la guerra proseguía interminable. Era verdad que las victorias del ex duque d'Enghien, ahora príncipe de Condé, contenían al enemigo fuera de las fronteras, pero desde hacía casi cuatro años, el Congreso de Westfalia se esforzaba por poner punto final a una guerra que asolaba gran parte de Europa, enfrentando entre sí al rey de Francia, al de España, al emperador, y al rey y luego la reina de Suecia.

En el interior del reino, Mazarino se veía obligado a contar con Condé, consolidado gracias a sus victorias y cuya ambición rebasaba cualquier medida: no paraba de reclamar nuevos títulos y honores, y no ocultaba que aspiraba al puesto de primer ministro.

De hecho, la gran victoria de Mazarino en aquel momento la había conseguido sobre la regente. Había convertido a aquella española tan firmemente sujeta a los intereses de su patria, en una verdadera reina de Francia, dispuesta a arrasarlo todo en beneficio de la gloria futura de su hijo, y que sólo le escuchaba a él, apartándose de todos los que la habían servido, amado y apoyado. Llegó a decirse que se había casado con él en secreto.

El poder del cardenal, sin embargo, aún era frágil. La guerra incesante cuando la paz parecía estar a las puertas, la sangría de vidas humanas, y su corolario, los aumentos constantes de impuestos, exasperaban los ánimos, sobre todo porque un año antes el Parlamento de París se había visto obligado a votar, a regañadientes, veintisiete artículos de contenido casi exclusivamente fiscal. Desde entonces la indignación dominaba a los parlamentarios, hasta el punto de llevarles quince días antes, el 13 de mayo de 1648, a votar el arrêt d'Union, acta de desobediencia formal que permitía a los diputados de las cuatro Cortes soberanas reunirse sin autorización del rey (por consiguiente, también del cardenal) para reformar el Estado. Desde entonces, las miradas de los parisinos se volvían más y más hacia el torreón de Vincennes en el que su príncipe favorito, la víctima más ilustre de Mazarino, vivía su injusta cautividad.

En todo caso, la noticia de la evasión corrió por París más deprisa que los caballos de Sylvie. Cuando llegó al hôtel de Vendôme, tuvo que cruzar entre una aglomeración de carruajes de personas que, al salir de las vísperas, se habían precipitado a dar testimonio de su entusiasmo a la madre del héroe. Dada la fiesta que se celebraba aquel día, los buenos parisinos no estaban lejos de pensar en un milagro obrado en su favor por el Espíritu Santo. Se necesitaba al menos una ayuda divina para haber adormecido el celo de los guardianes -el príncipe estaba vigilado à vue (permanentemente a la vista)- y dado alas a François de Beaufort… Sin embargo, todos abrieron paso a la carroza de Sylvie, que desde su matrimonio se había sumado a las tradiciones caritativas de las duquesas de Fontsomme con el ardor que ponía en todas las cosas. Tanto en su hôtel de la Rue Quincampoix como en su casa de campo de Conflans, todas las miserias recibían socorro y consuelo. Además, flanqueada por dos lacayos cargados con grandes cestos de viandas, visitaba a personas postradas en sus jergones por la enfermedad, cuya dirección le era proporcionada por Monsieur Vincent, amigo suyo desde la infancia. De modo que a Grégoire le bastó gritar: «¡Paso a la duquesa de Fontsomme!», para que todos se apartaran con un murmullo de simpatía.

Casi más difícil fue abrirse paso en la sala de Madame de Vendôme, abarrotada de personas que hablaban todas a la vez. Allí se habían reunido todos los amigos, y la madre de François, abrumada por tantas muestras de cariño, pasaba de los brazos de una a los de otra, a pesar de los esfuerzos de Monsieur Vincent y del obispo de Lisieux por librarla de perecer ahogada. Sylvie ni siquiera intentó aproximarse a ella y se dirigió a Madame de Nemours, que se ocupaba en que todos pudieran brindar a la salud del evadido.

Elisabeth resplandecía de alegría y no paraba de repetir el subterfugio mediante el cual había podido, con ayuda de algunos amigos leales, sacar a su hermano de las prisiones reales.

— ¡Un pastel! ¡Un simple pastel cuyo relleno ayudé a preparar! Dentro había una cuerda de seda muy resistente, un bastón para sostenerse, dos puñales y un narcótico destinado al oficial La Ramee, al que el señor de Chavigny, alcaide de Vincennes, había encomendado de forma especial la vigilancia de mi hermano.

— Ese pastel debía de ser enorme -dijo alguien.

— En efecto, pero François lo había pedido para veinte personas, dado que los postres que le enviábamos siempre iban a parar a los soldados encargados de su custodia.

— Bien, pero sin duda habréis conseguido alguna ayuda en el interior de la fortaleza -dijo una dama de voz chillona a la que Sylvie no conocía, pero aun así le contestó:

— Son cosas de las que no es prudente hablar, señora. Pensad que está en juego la vida de varias personas. El cardenal Mazarino debe de estar furioso…

— Oh, estáis también aquí, querida Sylvie -exclamó Elisabeth, que aún no la había visto-. Amigos míos, permitid que diga unas palabras en privado a la señora duquesa de Fontsomme. Vuelvo enseguida.

Tomó a su amiga del brazo y fue a encerrarse con ella en el gabinete de baño de su madre, donde ambas se sentaron en el reborde de la pesada bañera de madera, que parecía un tonel.

— Me gustaría que me hicierais un favor, querida. Ir al Palais-Royal y observar cómo están las cosas en el entorno de la reina.

— Voy de inmediato. Por lo demás, era allí adonde me dirigía cuando, al pasar delante de Vincennes, me enteré de la evasión, y entonces corrí aquí…

— ¿Estáis de servicio hoy?

— No, y tendría que estar en Conflans con mi pequeña Marie, pero ayer recibí un mensaje de la reina que me pedía que pasara un momento a ver a nuestro joven rey, que está enfermo y me ha reclamado.

— ¿Volveréis para decirme cómo se han tomado el suceso?

— Si puedo. Depende de la hora en que salga. Si es demasiado tarde, os haré llegar una nota en cuanto esté de vuelta en la Rue Quincampoix. Esta noche no volveré a Conflans.

— ¡Sois un amor! ¿Tenéis buenas noticias de vuestro esposo?

— Apenas me escribe, no es su fuerte, pero sé que todo va bien. Sigue entre Arras y Lens junto al príncipe de Condé. A veces es difícil ser la esposa de un militar. ¡Está ausente tan a menudo!

— Le amáis mucho, ¿no es cierto?

— Mucho…

No añadió que a veces se reprochaba no amarlo más debido a aquella parte de su alma que había madurado fijada a una imagen, y Madame de Nemours no hizo más preguntas. De la gran sala llegó el eco de una voz potente, y Elisabeth se puso en pie de inmediato. Un poco, según un pensamiento poco caritativo que se le ocurrió a Sylvie, como un caballo de batalla al oír la trompeta:

— ¡Ah! ¡Ha llegado el abate de Gondi! Yo… le esperábamos más temprano. ¡Dadnos pronto noticias, Sylvie!

Y desapareció en un torbellino de tafetán azul, dejando a su amiga atónita por el descubrimiento que acababa de hacer. ¿Era posible que, casada con uno de los hombres mejor parecidos de Francia, Elisabeth siguiera aún enamorada de aquel clérigo pequeño, nervioso, lleno de tics y de ingenio, del que se decía que había sido su amante? No obstante, Nemours siempre la había engañado con otras, y después de todo es muy raro encontrar la felicidad en un matrimonio principesco…

Dejando para otro momento el abrazo a la madre de François, Sylvie volvió a su coche y tomó la dirección del Palais-Royal, donde era esperada. Pero ya no sentía el mismo placer de otro tiempo. De no ser por el pequeño Luis, al que le unía un amor casi maternal, tal vez habría renunciado a su puesto de dama de palacio que después de su boda había sustituido al de lectora, pero que apenas si representaba un cambio de sus funciones junto a las personas reales: aún seguía leyendo para la reina, y sobre todo pasaba largos ratos junto al rey niño, con la guitarra como objeto de comunión entre los dos.

Era, para ambos, uno de los mejores momentos del día. En efecto, con la excepción de las ceremonias solemnes a las que debían asistir el niño y su hermano menor Philippe, Luis, a pesar de la adoración que sentía por su madre, únicamente la veía una vez al día: cuando se levantaba, lo que ocurría entre las diez y las once de la mañana. Ana recibía entonces a sus damas y a los principales oficiales de la corona. Le llevaban a sus hijos y Luis tenía el privilegio de ponerle la camisa. Luego los niños regresaban a sus aposentos, y allí hacían más o menos lo que querían mientras su madre, entre el Consejo, las devociones, las visitas, el círculo, las comidas y los espectáculos, llevaba una vida intensa que se prolongaba por lo general más allá de la medianoche. Seguía viviendo a la hora española… Debido a ese régimen, la reina iba acumulando grasas y perdía belleza, aunque conservaba su frescura de tez. Cultivaba también la indolencia, y aunque amaba profundamente a sus hijos, apenas se ocupaba de ellos, contentándose con verlos guapos y bien vestidos en los actos oficiales, y sin preocuparse de cómo transcurría su vida lejos de su mirada.

De modo que Luis y Philippe quedaban la mayor parte del tiempo en manos de criados que no se preocupaban ni del estado de sus vestidos ni de las horas de las comidas. No era raro que el rey de Francia y el duque de Anjou se presentasen en las cocinas a pedir una tortilla para mitigar su hambre. Jugaban mucho y estaban poco vigilados: el rey niño había estado a punto de morir ahogado en un estanque, sin que nadie, a excepción del guardia suizo que acudió corriendo al oír sus gritos, se diera cuenta de lo que ocurría.

Habría podido pensarse que, al pasar a los ocho años al cuidado de los hombres -el marqués de Villero y pasó a ser el gobernante de Su Majestad, y el abate Hardouin de Péréfixe su preceptor-, las cosas iban a cambiar. No fue así, y el fiel La Porte, nombrado primer valet de cámara, se quejaba con frecuencia, casi siempre únicamente ante Sylvie.

— El señor de Villeroy es un buen hombre y el abate un gran cristiano, pero son personas poco instruidas, y si el rey se comporta bien en los actos públicos, ya no le piden nada más. Y a mí los criados no me hacen caso. Me dicen que para tratar al rey y a su hermano como es debido haría falta dinero, y que el cardenal Mazarino no lo da…

— ¡Está demasiado ocupado en guardárselo él! -respondió la joven, irritada.

E incapaz de callarse, fue a explicar a la reina una situación que le parecía increíble. Tropezó con una apatía total, y Mazarino se encargó de darle a entender que, si quería conservar el privilegio musical que le había sido concedido ante el rey, más le valdría no entrometerse en la vida interna del palacio. Su esposo le dijo lo mismo.

— Mazarino es demasiado fuerte para ti, corazón. No te empeñes en una batalla perdida de antemano. La reina lo apoyará siempre. Acuérdate de lo que le ha ocurrido a nuestra amiga Hautefort.

En efecto, Marie, poco después del arresto de Beaufort, no había podido contener su indignación. Una mañana en que, en su papel de dama de compañía, ayudaba a la reina a elegir zapatos y ponérselos, había intentado explicar -con buenas maneras, lo que en ella era casi una hazaña- que la regente debería guardar más recato en sus relaciones con un ministro del que se empezaba a murmurar, pero no pudo llegar muy lejos en el desarrollo de su idea: Ana, presa de un ataque de cólera «española», había dado un puntapié a la joven arrodillada delante de ella, la había despedido de inmediato de su servicio y se había marchado sin querer oír nada más.

Para la orgullosa Marie había sido una herida cruel. Como otras antes que ella, como Madame de Chevreuse, retirada con el corazón repleto de hiel en su castillo de Couziéres, acababa de descubrir que la ingratitud formaba parte de los defectos de Ana de Austria, y que si ésta había apreciado su amistad en los momentos difíciles, una vez alcanzada la felicidad del poder encontraba más cómodo desembarazarse de las personas que sabían demasiado. Su brusco acceso de cólera se pareció demasiado a un pretexto.

— ¡Tened cuidado de que un día no llegue vuestro turno! -había aconsejado Marie a Sylvie mientras concluía sus preparativos de marcha-. Mucho me temo que la reina abrigue sentimientos excesivamente tiernos respecto de Mazarino. Así que mucho cuidado…

Por fortuna, al perder una amistad querida Marie encontró el amor, el verdadero, el que nunca habría creído posible. El mariscal de Schomberg, enamorado de ella, obtuvo no solamente su mano sino también su amor. Tenía veinte años más que ella, pero era «bello y grave como un dios». Se amaron con pasión, y desde ese momento Marie, durante las ausencias de su esposo, apenas salió de su hermoso castillo de Nanteuil-le-Haudouin, adonde Sylvie la visitaba con frecuencia.

Al entrar en el Palais-Royal, aquel día de Pentecostés, Sylvie se preguntó cómo sería recibida, a pesar de la orden que la requería. Pero le esperaba una sorpresa: cuando entró en la estancia de la reina, Mazarino estaba con ella y los dos reían de tan buena gana que ni siquiera se dieron cuenta de su presencia. Se acercó a Madame de Motteville y susurró:

— ¿Por qué están tan alegres? No será por…

— Por la evasión del guapo François, sí. Su Eminencia encuentra que ha sido una hazaña magnífica.

— Vaya, no pensaba que estuviera desprovisto de rencor hasta ese punto.

En ese momento, la risa de la reina acabó con una frase de despedida, y el cardenal se inclinó antes de retirarse.

— ¡De todas formas, ha hecho bien! -dijo-. Nos habría sido difícil liberar a ese loco sin que alguien encontrara motivos de queja. ¡Ah, señora de Fontsomme! El rey os espera con impaciencia…

— ¿Está enfermo Su Majestad?

— No -dijo la reina-. Se encuentra bien, pero desde ayer no para de gritar que ha compuesto una canción y quiera cantarla con vos. ¿Supongo que estáis al tanto de la gran noticia del día? Vuestro amigo Beaufort ha escapado. Estaréis contenta, ¿verdad?

El tono era un tanto irónico, pero hacía falta bastante más para sacar a Sylvie de sus casillas.

— Es verdad, señora, estoy contenta. Son muy largos, cinco años de prisión. ¡Sobre todo para él!

— No tenía que haberse colocado en el trance de entrar. Sin embargo, si cree habernos hecho una jugarreta, se equivoca. El señor cardenal, que habría debido ser el perjudicado, no está en absoluto descontento.

— Pero después de la predicción de Coysel, hizo doblar la guardia del preso.

— Una reacción muy natural -asintió la reina-, pero luego Su Eminencia ha encontrado un medio excelente para atraerse las simpatías de toda la familia de Vendôme. De ahí la tranquilidad con que ha recibido la noticia de la evasión.

Como Sylvie no se atrevía a seguir preguntando y la miraba con una vaga inquietud, la reina le dio unos golpecitos en el brazo con su abanico.

— ¡No lo adivinaréis nunca! Una boda, querida, una gran y rica boda. De la mayor de sus sobrinas con el duque de Mercoeur. El futuro duque de Vendôme se convertirá así en su sobrino, y nuestro pobre Beaufort se verá obligado a estarse quieto… ¡Id a ver al rey, enseguida! Yo me reuniré con vos dentro de un momento.

«¡Señor! -pensó Sylvie, todavía bajo la impresión de la noticia-. ¡Esta gente está loca! El duque César nunca aceptará, por exiliado que esté, mezclar la sangre de Enrique IV con la de ese italiano. Y no puedo ni siquiera imaginar lo que diría François… ¡Los Mazarino en casa de los Vendôme! ¡Parece un cuento de hadas!»En efecto, desde hacía meses Mazarino se había propuesto hacer participar a su familia de los beneficios de su fortuna. El 11 de septiembre del año anterior habían llegado de Italia tres sobrinas y un sobrino: dos morenitas de trece y diez años de edad, respectivamente Laura y Olympe Mancini, y una rubia también de diez años, Anna-María Martinozzi. En cuanto al varón, Paul Mancini, tenía doce años. [16] Lo más asombroso fue la acogida que les dispensó la reina. Aquellas niñas- bonitas, o que prometían serlo- fueron tratadas de inmediato como auténticas princesas. Y como el cardenal vivía en la vecindad del palacio, se educaron allí. Madame de Senecey, disponible desde que el rey había pasado a las manos de un gobernante, quedó encargada de su educación. Aquello escandalizó a mucha gente, pero al parecer el pueblo y la nobleza no habían agotado todavía sus reservas de asombro ante los designios del cardenal en relación con las que ya eran llamadas «las Mazarinettes». Pretendía colocarlas en los lugares más elevados, y para conseguirlo no perdía el tiempo.

Sylvie encontró al joven Luis XIV tumbado en una butaca junto a una ventana abierta a los parterres floridos del jardín. Parecía triste y fatigado, y al punto ella se inquietó.

— ¿Se encuentra mal Vuestra Majestad?

No era una pregunta de cumplido. El anterior mes de noviembre, el joven rey había contraído la viruela, y muy pronto se consideró grave su estado. De hecho, el niño sólo estuvo enfermo dos semanas y recuperó enseguida la salud, de modo que la terrible enfermedad no dejó más huellas que unas ligeras marcas en el rostro infantil; pero Sylvie vivió cada uno de aquellos días desesperada ante la idea de que el hijo de François, que ella consideraba en cierto modo como suyo, podía morir. De ahí la angustia que vibró ahora en su voz.

El rey niño, que aún no tenía diez años, le sonrió.

— ¡Estoy bien, duquesa! ¡No os atormentéis! Sólo que estoy muy enfadado y os pido perdón por haberos hecho venir, porque no tengo ningún deseo de cantar ni de tocar la guitarra.

— ¿Estáis enfadado, mi rey? ¿Me permitís preguntaros por qué razón?

— ¡Por esa evasión del señor de Beaufort! Todo el mundo aquí parece considerarla una cosa muy divertida. ¡Una gran broma!

— ¿Y Vuestra Majestad no lo ve de la misma manera?

El rostro del niño, serio con frecuencia, se hizo severo.

— ¡No, señora! Cuando un hombre es encarcelado debido a un delito lo bastante grave para merecer el castigo, su evasión no puede ser considerada algo divertido, porque se le encerró en nombre del rey, ¡y el rey soy yo! Se están riendo de mí, y eso es algo que no toleraré jamás, ¿me entendéis? ¡Jamás!

La mirada del niño reflejaba una cólera tan augusta que Sylvie agachó la cabeza como si fuera culpable. Al mismo tiempo se sintió algo asustada porque, en pocas palabras, Luis había revelado el fondo de su carácter. Había nacido para ser rey y tenía plena conciencia de ello, lo que permitía suponer que tal vez sería un gran rey… a menos que se convirtiera en el peor de los tiranos una vez accediese al poder.

A pesar de todo, Sylvie no quiso dejar pasar la ocasión sin abogar por la causa de François.

— Vuestra Majestad tiene razón -dijo-, y confieso que soy la primera sorprendida por la manera como se ha recibido aquí la noticia, pero, Sire, pensad que se trata de un hombre preso desde hace cinco años por una simple presunción. Nunca se ha probado que el señor de Beaufort quisiera atentar contra la vida del cardenal.

— Es posible, duquesa, pero es muy capaz de ello. No os sorprenderá que os confíe que quiero muy poco a Su Eminencia… ¡pero quiero menos aún al señor de Beaufort!

— Sire -le reprochó Sylvie con dulzura-, es el más leal de vuestros súbditos. Nadie podría dudar del amor que profesa a su rey.

— Tal vez deberíais decir el amor que profesa a su reina -repuso el niño con una amargura reveladora de unos celos que su interlocutora no podía por menos que entender. Luego añadió, puesta una mano sobre las de Sylvie-: No quiero causaros pena, señora. Sé que es amigo vuestro desde la infancia y que le queréis mucho, pero ya veis que yo no soy más dueño que vos de mis sentimientos. No creo que llegue el día en que quiera al señor de Beaufort.

Aunque trataron otros temas de conversación en la hora siguiente, fueron esas últimas palabras las que persiguieron a Sylvie mientras recorría el corto trayecto entre el Palais-Royal y su hôtel de la Rue Quincampoix: veía en ellas una amenaza para el futuro, cuando aquel niño de nueve años, ahora bajo la doble tutela de su madre y su ministro, llegara al poder. Adivinaba que sería terrible en sus enemistades. ¿Qué cabía esperar de sus odios? ¿Qué sería entonces del padre oculto bajo la imagen tal vez un poco exagerada de un súbdito turbulento? ¡Pobre François, cuyas pasiones acababan siempre por volverse en su contra! ¡Cuánto sufriría si un día llegaba a saber que su hijo no le amaba!

Ya era tarde, pero en las calles del Marais reinaba una agitación desacostumbrada, y al llegar a la Rue Quincampoix vio un gentío delante de la taberna de l'Epée de Bois. Por la más extraña de las casualidades, el hôtel de Beaufort [17] era vecino del de los duques de Fontsomme. Un vecino silencioso, ciego y sordo, que sólo llamaba la atención de la joven por su nombre, ya que François nunca lo había habitado.

Había sido uno de los regalos de Enrique IV a Gabrielle d'Estrées cuando la nombró duquesa de Beaufort. Sus primores de estilo renacentista convenían a la perfección a una mujer hermosa, pero también un varón podía encontrarse cómodo allí. Sin embargo, el actual poseedor del título no lo habitaba por una razón muy sencilla: perseguidos desde hacía años por la enemistad del cardenal o del rey -a menudo de ambos-, los Vendôme preferían no estar separados cuando residían en París. Ocupaban en bloque la mansión familiar, y aunque en alguna ocasión François había expresado la vaga intención de formar su propia casa, nunca había sido más que una idea efímera, penosa además para su madre dada su inclinación a reunir en torno suyo a sus polluelos, como una gallina clueca. De modo que aquella hermosa mansión presentaba cierto aire de abandono, y sin embargo era allí adonde el pueblo dirigía por instinto sus aclamaciones, como si la alta silueta de François fuera a asomarse de un momento a otro al balcón. Sylvie se sintió conmovida: desde aquella mañana, el hôtel de Beaufort se había convertido para toda aquella gente en un símbolo, como lo era para ella desde hacía cinco años, cuando, recién casada, llegó al hôtel de Fontsomme y puso por primera vez los ojos en sus ventanas despintadas y su jardín invadido por zarzas y hierbajos.

Al contrario que otras casas nobles, que se vaciaban en las proximidades del verano para poblar los castillos, el hôtel de Fontsomme conservaba de forma permanente el personal suficiente para mantenerlo abierto y preparado para acoger a sus dueños. Lo mismo sucedía en la casa de Conflans. La gran fortuna de los duques les permitía ese lujo, habida cuenta, además, de que el castillo familiar, situado entre las fuentes del Somme y la pequeña aldea de Bohain, había sufrido en 1634 serios desperfectos debido al avance de las tropas españolas y a una ocupación que, gracias al ejército del señor de Turenne, sólo había durado un año. Pero los destrozos habían sido de importancia y el castillo aún era inhabitable a pesar de las grandes obras emprendidas por el mariscal-duque, padre de Jean, y también por éste. Así pues, al llegar a la Rue Quincampoix, Sylvie encontró la casa dispuesta para recibirla, como de costumbre cuando así lo exigía su servicio junto a la reina y el rey niño.

Ya era noche cerrada cuando, después de haberse envuelto en una bata y tomado una cena ligera, bajó al jardín para respirar el aire templado de aquel último día de mayo. Un aire, de todas formas, más ruidoso que de costumbre. Por encima de los techos le llegaban los ecos de las canciones improvisadas para el héroe del día con la tonada del Rey Enrique. De vez en cuando, un orador improvisado alzaba la voz para llamar a los presentes a sublevarse contra el «Mazarino chupador de la sangre del pueblo y verdugo de monseñor François», y luego se afinaban los violines en medio de gritos alegres. Podía apostarse sin miedo a que habría baile improvisado, y que aquella noche se dormiría poco en el barrio.

Lo cual no molestaba a Sylvie. Se sentía feliz por aquella especie de consagración que el pueblo llano ofrecía a François, y decidió quedarse acurrucada como un pájaro entre las ramas y las flores, hasta adormecerse al son de los violines. Se sentía arrullada por la dulce sensación de que François por fin estaba libre y de que para ella había acabado el temor que la atenazaba desde hacía cinco años: el de enterarse algún día de su muerte en prisión por alguna enfermedad tan misteriosa como repentina.

Medio tendida en un banco provisto de almohadones, escuchaba la música, miraba los arriates iluminados por la luna y aspiraba la fragancia de las rosas. Las había por todas partes en el jardín, menos grande y lujuriante que el de Conflans; pero su esposo, que conocía su amor por ellas, había ordenado a los jardineros que las plantaran en cualquier sitio, por más que aquello no se ajustara a la moda de los arriates de formas geométricas, que a Sylvie no le gustaban.

Se había sumido en un ligero ensueño cuando de repente se estremeció: allí, detrás de las ventanas del primer piso del edificio desierto, se movía una luz. Sin duda, un candelabro. ¿Quién estaba allí? ¿Era posible que fuera…? Oh, no, sería una colosal imprudencia, porque no había que fiarse del rostro sonriente de Mazarino, compuesto para dar gusto a la reina. En realidad, el cardenal tenía que estar hirviendo de cólera y podía tenerse la seguridad de que, desde el momento en que se conoció la noticia, había ordenado a toda la policía del reino lanzarse tras las huellas del fugitivo.

Era extraña, esa luz que cruzaba la mansión en toda su longitud. Parecía un fantasma, pero Sylvie no creía en apariciones. ¿Entonces? ¿Un admirador del propietario que, aprovechando la fiesta callejera, se había introducido en la casa? Era posible, pero poco probable. Aunque la mansión había estado deshabitada durante muchos años, no por ello dejaba de estar bien cerrada e incluso guardada. La propia Sylvie se había dado cuenta de ello cuando, impulsada por la curiosidad, había intentado entrar un día. Ni su íntima relación con los Vendôme ni su título de duquesa le habían servido de nada: el guardián, un viejo soldado que había servido a las órdenes del rey Enrique, se había mostrado tan cortés como inflexible.

— Mientras no esté presente el dueño para abrir la puerta, nadie debe entrar, y pido perdón por ello a la señora duquesa.

Aquella escena se remontaba a dos años atrás, aproximadamente, y desde entonces nunca había intentado entrar ni había vuelto a preocuparse por el guardián. ¿Seguía estando allí? Era muy viejo y tal vez había muerto. Arriba, el resplandor del candelabro seguía su paseo, y Sylvie decidió averiguar qué ocurría. Rogando a Dios que a nadie se le ocurriera ponerse a buscarla, se dirigió al fondo del jardín, a un lugar donde el muro medianero, cubierto en gran parte de hiedra, se había derrumbado, y se dispuso a franquear aquel obstáculo.

No sin trabajo: su amplia bata de damasco amarillo no era el atuendo ideal para trepar por las tapias, y menos aún sus pequeñas zapatillas de terciopelo, pero, fiel a sus antiguas costumbres, Sylvie no se dejaba vencer por ninguna dificultad cuando quería algo, y lo que quería ahora era ver quién se paseaba por la casa desierta de la bella Gabrielle.

Salvado el muro sin demasiadas complicaciones, avanzó a lo largo de lo que había sido una galería, reconocible todavía a pesar de la maleza. Para no tropezar, se vio obligada a mirar dónde ponía los pies y no pudo vigilar adecuadamente la luz. De modo que cuando llegó a la escalinata que daba acceso a los salones, la fachada estaba de nuevo a oscuras. Sin embargo, no renunció y subió los peldaños, anchos y bajos, hasta llegar a una puerta que, para su sorpresa, se abrió con un chirrido. Allí le fue preciso detenerse, porque en el interior no se veía absolutamente nada. Tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Olía a humedad, pero también a cera caliente. El candelabro debía de haber sido encendido ahí.

Finalmente, distinguió el pie de la escalera y se dirigía hacia allí cuando una claridad amarillenta iluminó desde lo alto los polvorientos peldaños de piedra. Se oyeron unos pasos cautos que de repente se precipitaron, y antes de que la sorprendida Sylvie tuviera tiempo de ocultarse se encontró frente a Madame de Montbazon, que al ver la sombra clara que surgía de las tinieblas hizo primero un movimiento de retroceso pero al punto se echó a reír.

— No podéis ser el fantasma de Gabrielle d'Estrées, porque soy yo quien representa ese papel -dijo al tiempo que levantaba el candelabro, lo que le permitió reconocer a la recién llegada-. ¡Oh, Madame de Fontsomme! ¿Os habéis equivocado de puerta?

— No. Estaba tomando el fresco en mi jardín y he visto vuestra luz. Como sabía que la casa está deshabitada desde hace mucho tiempo, sentí curiosidad y salté el muro por una parte medio derruida. Pero ¿cómo habéis entrado vos? Si hubieseis cruzado entre toda la gente que baila en la calle, yo habría oído las aclamaciones…

La duquesa dejó el candelabro sobre un escalón y se sentó a su lado, indicando a Sylvie que la imitara.

— ¡Bien observado! -dijo-. La verdad es que he venido por el túnel que comunica este edificio con las bodegas de una casa vecina, que me pertenece. ¡Dos salidas posibles, siempre! Asilo quiso el rey Enrique IV, que conocía bien al pueblo y sabía con cuánta facilidad se puede alzar contra una favorita. Pero eso no impidió que la pobre Gabrielle d'Estrées muriera envenenada en casa del banquero Zamet…

— ¿Envenenada? Murió de convulsiones después de un parto horrible…

— Esa es la versión oficial, que no ha convencido a mucha gente. Pensad un poco. Unos días más y se habría convertido en reina de Francia. Y eso no lo aceptaba nadie, o casi nadie. Tenía que morir…

— ¿Y Zamet se habría atrevido?

— El no, y por otra parte el rey nunca le reprochó nada; pero sí otras personas a su servicio. ¿Os dais cuenta de lo que habría significado para nuestros amigos que Gabrielle fuera coronada? César de Vendôme sería rey en este momento, y Mercoeur delfín de Francia. En cuanto a nuestro querido François, sería duque de Orléans. Algo que da que pensar, ¿no es así?

— Más aún de lo que imagináis -suspiró Sylvie-. ¿Sabéis que Mazarino proyecta casar a la mayor de sus sobrinas con Mercoeur? Podría tratarse incluso de un matrimonio por amor…

Madame de Montbazon la miró como si se hubiera vuelto loca, y se echó a reír.

— ¿Mercoeur, sobrino de Mazarino? ¡Sangre de Cristo! ¡Beaufort es capaz de matar a su hermano para impedir ese escándalo!

¡Ya estaba! La gran silueta de François acababa de alzarse entre las dos mujeres sentadas en su escalera como pájaros posados en una rama.

— ¿Dónde está? -preguntó Sylvie, incapaz de callar por más tiempo una pregunta que le quemaba la lengua-. Mazarino simula reírse de la broma graciosa que le han gastado, pero estoy segura de que ha puesto todos los medios para buscarlo.

— ¡Por supuesto! Pero tranquilizaos, está en un lugar seguro. Sólo que, ya lo conocéis: el problema con él es que se niega a esconderse en algún castillo de provincias. Quiere volver a París… y por eso estoy aquí esta noche. He venido a visitar este edificio y ver qué hará falta para hacerlo habitable.

— ¿Volver a París? No es razonable…

— Él nunca es razonable, lo sabéis bien. Pero yo me he acostumbrado a hacer su voluntad, y al mismo tiempo a facilitarle las cosas tanto como me sea posible.

— ¿Puedo ayudaros?

Marie de Montbazon no respondió enseguida. Empleó algún tiempo en escrutar el rostro de la joven con aire meditabundo. Finalmente preguntó:

— ¿Qué edad tenéis?

— Veinticinco años. Seis menos que François.

— Y yo cuatro más… Naturalmente, le amáis, o de lo contrario no estaríais aquí.

Sylvie apartó la vista para escapar a aquella mirada que parecía escudriñar el fondo de su alma, pero se puso en pie y adoptó un muy bien compuesto aire de dignidad.

— Lo he amado -dijo con cierta aspereza-. Fue el héroe de mi infancia, pero en la actualidad amo a mi marido.

— ¿No es ésa una verdad a medias? Digamos que a vuestro marido lo queréis mucho y que por otra parte lo merece con creces; pero en el fondo, muy en el fondo de vuestro corazón, ¿qué hay?

— ¿Por qué tengo que mirar tan lejos? De todas maneras, él os ama a vos… -murmuró Sylvie con una pizca de amargura que no pudo retener.

— No, ya no, y confieso que añoro la época de Vincennes, porque entonces estaba segura de ser la única, ¡por fuerza! Pero desde su fuga, estoy segura de que ama a otra…

— ¿Aún conserva su antigua pasión por la reina?

— Ella tiene casi cincuenta años. No, hay otra cosa. Me ama a mí con su cuerpo, pero estoy segura de que alguien más ocupa su corazón.

— ¿Quién? -preguntó Sylvie con tanta vehemencia que casi fue un grito de angustia.

— No es a mí a quien confiaría ese secreto -respondió la duquesa encogiéndose de hombros-, porque tiene miedo de mis celos. La verdad es que no lo sé. Y ahora, despidámonos -añadió al tiempo que se ponía en pie-:. He visto lo que deseaba ver y es hora de que me vaya. Imagino que vos también.

— En efecto. Sin embargo, repito mi ofrecimiento: ¿necesitáis la ayuda de una vecina?

— Por el momento no, pero os lo agradezco…

Iba a internarse de nuevo en las profundidades de la casa, llevando su candelabro, cuando se detuvo.

— ¡Ah! Una cosa más, por favor.

— Os lo ruego.

— No hagáis reparar el muro de vuestro jardín, por si acaso las demás salidas quedaran bloqueadas. Aunque también es cierto que nunca le ha dado miedo un muro en buen estado. Los de Vincennes podrían atestiguarlo.

— A propósito de la evasión… ¿No resultó herido?

— ¿Al caer? Sí, se dislocó el brazo: la cuerda era un poco corta. Pero un curandero de Charenton volvió a colocarlo en su sitio. ¡Hasta la vista, querida!

— ¡Hasta la vista! Y quedaos tranquila en cuanto al muro: seguirá como está.

Sylvie pasó el final de la noche en el jardín, disfrutando tanto del cielo estrellado como del bullicio de la bacanal en honor de François, que tanto contrastaba con el silencio y la oscuridad de la antigua mansión de la favorita… Al llegar el día, marchó a Conflans a pesar del deseo que sentía de permanecer allí. La idea de que quizá muy pronto François estaría en la casa vecina a la suya causaba turbulencias en su corazón, pero al pensar en Jean, que combatía al lado del señor de Condé, decidió que no sería ni oportuno ni honesto para con él quedarse en París. Y además, no le gustaba pasar mucho tiempo lejos de su pequeña Marie, tan adorable con sus rizos rebeldes y su siempre sonriente carita sonrosada que encantaba a todo el mundo. Y sobre todo a Jeannette, ascendida al rango de gobernanta y a la que las demás criadas llamaban Mademoiselle Déan, porque, a pesar de las súplicas de Corentin, todavía no se habían casado.

— Tú no puedes dejar al señor caballero de Raguenel -le había dicho a su pretendiente-, y yo no quiero dejar a Mademoiselle Sylvie… bien, a la señora duquesa. Para casarnos tendríamos que decidirnos por el uno o la otra. Pero ya ves que es imposible… Al menos de momento.

— ¿Crees que llegará algún día…?

— Lo espero, porque nos queremos. Voy a decirte una cosa: tendríamos que habernos casado cuando estábamos en Belle-Isle.

— Claro que sí, pero ahora tendríamos el mismo problema. En fin -concluyó Corentin-, tendremos un poco más de paciencia.

A decir verdad, desde el nacimiento de Marie, a Jeannette le costaba menos «tener paciencia». Estaba loca por la niña y la mimaba con tanto ardor que en ocasiones provocaba la risa de Sylvie.

— Si no estuviera tan segura de haberla traído al mundo -decía-, me preguntaría si no lo he soñado y tú eres la verdadera madre.

— No digáis esas cosas delante del señor duque. ¡Se enfadaría conmigo!

— ¿Crees que te reprocharía un cariño tan grande? ¡Lo contrario es lo que le disgustaría!

Se echaron a reír. Así transcurrían plácidamente los días en la casa que el mariscal de Fontsomme había hecho construir en la orilla del Sena poco después del incendio de su castillo picardo, con la intención de contar con una casa campestre agradable para los días del verano. La finca de Carrières se encontraba entre el castillo de Conflans, que pertenecía a Madame de Senecey, y unos terrenos situados ya en el término de Charenton, propiedad de la marquesa du Plessis-Bellière. Las relaciones con ambas vecinas eran excelentes: Sylvie conocía desde hacía mucho tiempo a la ex dama de honor de Ana de Austria, convertida ahora en gobernanta de los infantes de Francia, y simpatizó de inmediato con su otra vecina.

La marquesa, de soltera Suzanne de Bruc, procedía de una familia noble bretona que se remontaba a las Cruzadas, era unos diez años mayor que Sylvie y vivía permanentemente en su propiedad de Charenton, en la que recibía a la flor y nata del mundo de las letras: los dos Scudéry, Benserade, Scarron, Corneille, Loret, el abate de Boisrobert… todos ellos amigos de su hermano, el señor de Montplaisir, que era también poeta. A lo largo del año, aquellas personas un tanto excéntricas hacían resonar en la casa y los jardines sus parrafadas, poemas o efusiones líricas cuyo tema era con frecuencia la dueña de la casa, una mujer de gran belleza pero también honesta, fiel a un esposo militar que faltaba de su hogar casi tanto tiempo como Jean de Fontsomme. Llevaba una vida placentera que Sylvie compartía con tanto más gusto por el hecho de que volvía a encontrar allí a amigos de la época del convento de la Visitation Sainte-Marie. Y en particular, a Nicolas Fouquet.

El joven magistrado había enviudado y se había convertido en intendente de la Generalidad de París, además de ocupar un puesto importante en el Parlamento, sin por ello faltar lo más mínimo a su lealtad al rey. Mantenía con Perceval de Raguenel excelentes relaciones. Muy seductor, un auténtico donjuán, Nicolas repartía en aquel momento sus preferencias entre su anfitriona y la joven Madame de Sévigné, una simpática plumífera que escribía las cartas más bonitas del mundo. Las dos se hacían desear, la primera por amor a su esposo, y la segunda por virtud pura y simple. En cuanto a Sylvie, a pesar de que le gustaba infinitamente, sabía que nada podía esperar de ella salvo una buena amistad, y era lo bastante perspicaz para no intentar rebasar los límites de ésta. Al comprobar la admiración apasionada que sentía la pequeña Marie de Fontsomme por el lorito de Madame du Plessis-Bellière, un día Fouquet se presentó en Conflans con otro de regalo, tan bonito y charlatán como el primero, que sumió a la pequeña en un asombro maravillado y a Sylvie en la perplejidad cuando se enteró de que el pájaro, azul como un cielo de verano y vanidoso como un pavo real, respondía al nombre de Mazarino.

— He intentado darle otro nombre-explicó Fouquet a la joven-, pero si lo llaman de otra manera se encierra en sí mismo como una ostra. Por lo demás, es sumamente charlatán, y lo he encontrado a la vez tan bonito y divertido que no he podido resistir la tentación de comprarlo. Después de todo, si algún día recibís al cardenal, sólo tenéis que encerrarlo… Espero no haberos molestado.

— Mirad la cara de Marie. Ella os responderá por mí, pero es demasiada generosidad, amigo mío. ¡Una niña tan pequeña!

— Si llega a ser tan encantadora como su madre, recibirá muchos más regalos -concluyó el joven parlamentario, besándole la mano.

Desde ese día, Zarino se convirtió en el compañero inseparable de la niña, incluso durante sus paseos, en los que lo llevaba un lacayo adscrito a su servicio. Formaban en conjunto un grupo pintoresco y colorido, que divertía a los jardineros. Con él se encontró Sylvie, a su regreso de París, mientras paseaba alrededor de un estanque en el que un chorro de agua salpicaba con gotas luminosas.

Al ver a su madre, Marie dejó de salpicar a Zarino, al que pretendía bautizar de aquella manera, y corrió hacia ella tan deprisa como pudo, gorjeando cuando Sylvie la tomó en brazos para cubrir de besos su carita redonda; y durante un instante hubo un intercambio, absolutamente incomprensible para los no iniciados, de murmullos, palabras cariñosas y grandes besos. Marie ronroneaba como un gatito y apretaba sus brazos en torno al cuello de su madre.

— Está toda mojada -protestó Jeannette-, y ya íbamos a entrar. ¡También os vais a mojar, señora duquesa!

— No tiene importancia, Jeannette. Me recuerda a la temporada de los patos en el estanque de Anet. ¿Te acuerdas de cómo nos divertíamos? De todas maneras, tendría que cambiarme. ¿No ha habido ninguna novedad desde que me fui?

— Una carta del señor duque. Está en vuestra alcoba.

Era, como de costumbre, una carta muy tierna en la que Jean anunciaba su esperanza de una próxima victoria, pero ponía en guardia a su mujer contra eventuales disturbios.

Aquí se habla continuamente de la hostilidad de las Cortes soberanas respecto de la política del cardenal, sobre todo en lo relativo a los impuestos. Eso no resulta nada tranquilizador para mí, y al estar tan lejos de vos me supone una verdadera angustia. Por eso os suplico que os mováis lo menos posible de Conflans. París es una ciudad imprevisible, y de creer los informes que recibimos aquí, bastaría poca cosa para producir una explosión. ¡Tened piedad de mí, mi Sylvie bienamada, y no os expongáis! La reina tendría que saber prescindir de vos por algún tiempo…

¡El querido Jean! Había tres páginas así, repletas de amor y preocupación por sus «dos» mujeres. Era muy propio de él, aquello: pensar en los demás cuando él mismo afrontaba continuamente la muerte o, peor aún, una mutilación o invalidez; pero Sylvie sabía lo que representaban para él su hogar y las dos personas que lo animaban. Por su parte, ella daba gracias al Cielo todos los días por haberle dado un esposo así. No era posible encontrar en el mundo un hombre más delicado, y su conducta en los primeros días de su matrimonio lo había probado, desde la noche de bodas.

Cuando Sylvie, acordándose de cierta otra noche, temblaba en el gran lecho en que sus criadas la habían colocado, él había venido simplemente a sentarse junto a ella y tomado en las suyas las manos heladas de la joven.

— No tenéis nada que temer, Sylvie. Vais a dormir tranquilamente en esta cama y yo me instalaré en el sofá… -Y como ella le miró sin comprender, aunque aliviada, añadió-: El amor, por lo menos el corporal, os ha mostrado hasta el presente un rostro amenazador, hosco, un rostro que no es el auténtico. Habéis sido herida, y estoy seguro de que en este momento estáis muerta de miedo. Estas manitas frías lo demuestran. Pero no padezcáis, Sylvie, yo os amo lo bastante para esperar…

— ¿No vais a…?

— No. Dormiréis sola y yo velaré vuestro sueño. Más tarde, pero únicamente cuando lo deseéis, vendré a vuestro lado.

Durante varias noches había dormido en el sofá, hasta una en la que un frío tempranero había llevado a Sylvie a aconsejarle que durmiera con ella. El había aceptado con alegría, pero se había mantenido a la distancia que permitía la amplitud del lecho. Tanto amor conmovió profundamente a la joven, y fue ella la que lo buscó, una hermosa noche. La actitud de Jean fue tan suave, tan contenida y tan hábil al mismo tiempo, que ella se dejó arrastrar por la ola de placer; y si saludó la culminación final con un grito, se trató de un grito de alegría que finalizó en un suspiro feliz… La maternidad llegó más tarde: Jean quiso que ella pudiera saborear plenamente la alegría de ser mujer antes de sumirse en el universo de náuseas y mareos que con frecuencia precede a la mayor felicidad…

«Cuando vuelva, tendré que intentar darle un hijo varón», pensó Sylvie mientras guardaba la carta en un pequeño secreter de marquetería, con incrustaciones de cobre y conchas. Al mismo tiempo, se prometió no poner el pie en París más que en caso de necesidad. Y aun así se las arreglaría para volver por la tarde a Conflans. Junto a la pequeña Marie, estaría bien protegida de la tentación de saltar otra vez el muro derruido…

Lo consiguió durante varias semanas, aduciendo que estaba enferma, pero la resonante victoria de Condé sobre los imperiales en Lens la obligó a salir de su retiro. Iba a cantarse un tedeum en Notre-Dame, adonde el marqués de Châtillon había llevado las numerosas banderas enemigas capturadas. El rey, la reina y la corte acudirían allí en procesión, y se ordenó a Sylvie que ocupara su lugar en ella.

Era domingo y hacía un tiempo radiante. Los parisinos, entusiasmados con el espectáculo que se les ofrecía, lucían sus mejores atuendos y corrían a apretujarse al paso del cortejo real. Todas las campanas de la capital repiqueteaban alegremente al unísono, y todo el mundo se sentía feliz, con la excepción, tal vez, de los señores del Parlamento, para los que aquella victoria representaba un desagradable mentís porque, desde hacía meses, pretendían liberarse de todo mandato real con el pretexto de que los impuestos servían para emprender guerras interminables que nunca se ganaban.

A las diez, el cañón del Louvre retumbó para anunciar la salida del rey. Suntuosamente vestido de azul y oro, apareció en una carroza dorada al lado de la imponente silueta de su madre, de negro. Una enorme ovación lo escoltó, y fue creciendo a medida que los caballos blancos avanzaban detrás de los mosquetes de los guardias. Detrás venían las carrozas de las damas y los oficiales de la casa del rey. Sylvie compartía la de Madame de Senecey y Madame de Motteville, las dos con atuendo de gala. Ella se había vestido de muaré blanco orlado con un fino encaje negro, a juego con los guantes y con unos zapatos de raso rojo claro. A través de la mantilla blanca y negra que envolvía su cabeza, resplandecía el magnífico collar de rubíes y diamantes que le había regalado su esposo con motivo del nacimiento de Marie, con los pendientes a juego oscilando a lo largo de sus mejillas. Se sentía relajada, casi feliz. ¿Cómo creer que aquel pueblo tan alegre podía alimentar designios sombríos? Y además, si la guerra finalizaba, Jean volvería muy pronto. Y para terminar, nadie parecía interesarse en Beaufort y una cosa era segura: no le habían atrapado.

La ceremonia fue tal como debía ser: grandiosa. El arzobispo de París, monseñor de Gondi, y su sobrino y coadjutor, el abate de Gondi, desplegaron toda la gravedad y la pompa indicadas para la ocasión. Fue el sobrino quien pronunció el sermón, con mucho talento además; pero Sylvie no comprendió muy bien por qué el oficiante, al tiempo que daba gracias a Dios por haber coronado las armas del rey de Francia, se permitía poner a ese mismo rey en guardia contra los excesos de la autosatisfacción y le recordaba que, si el pueblo pagaba las guerras con su sangre, era injusto hacérselas pagar dos veces. El resultado fue que, al salir de la catedral, la reina estaba furiosa y Mazarino, que había cosechado durante el trayecto más abucheos que bendiciones, ponía una cara rara. En cuanto al joven rey, parecía francamente molesto.

— El señor coadjutor -susurró a su madre- me parece demasiado amigo de los señores del Parlamento para ser nunca uno de los míos.

— Es un hombre peligroso del que conviene desconfiar -respondió Ana de Austria.

El solemne servicio de acción de gracias finalizó sin más incidentes y el cortejo regresó al Palais-Royal como había venido, en medio de un inmenso entusiasmo popular; pero el joven soberano seguía distraído, por no decir malhumorado. Sylvie se valió de la amistad que él le mostraba para preguntarle qué le inquietaba.

— Lo ignoro -respondió él-, pero siento que alguna cosa se prepara. ¿Habéis observado la sonrisa amenazadora del señor cardenal al regresar a palacio?

— Sí lo he hecho, Sire, pero Vuestra Majestad sabe muy bien que apenas entiendo de política.

— Y está muy bien así. Las mujeres deberían contentarse con ser bellas, y -añadió, cambiando de tono y apoderándose de la mano de la joven- vos lo estáis hoy de una manera milagrosa, señora…

Bajo aquella mirada infantil a la que asomaba ya la del hombre de mañana, Sylvie enrojeció. Aquello hizo que Luis recuperara el buen humor.

— Es un privilegio hacer ruborizarse a una mujer bonita, y es la primera vez que me ocurre. Gracias, querida Sylvie. Ahora, un consejo: tendríais que volver de inmediato a Conflans, junto a vuestra pequeña Marie. Durante la misa he oído algunas palabras que daban a entender que en la ciudad podría haber tumulto…

— En un día de fiesta es bastante normal.

— Preferiría saber que estáis en vuestra casa. Estad tranquila, diré a mi madre que os he encontrado desmejorada (¿no habéis estado enferma los últimos días?) y os he mandado al campo.

Sylvie aceptó gustosa, conmovida por la solicitud de aquel niño verdaderamente fuera de lo común, dotado por añadidura de un excelente oído. En efecto, un rumor inhabitual flotaba en París: gritos, disparos incluso, y el sordo ruido que produce una multitud al concentrarse. Además, cuando se disponía a marchar del Palais-Royal, entraba en él el coche del coadjutor, Paul de Gondi, escoltado por el mariscal de La Meilleraye, que al parecer había sufrido algún incidente en el camino, y por el nuevo teniente civil Dreux d'Aubray, [18] éste con aspecto asustado. Gondi saltó de su coche vestido aún con roquete y muceta, y dirigió a Sylvie una sonrisa y una vaga bendición antes de entrar rápidamente en el palacio con sus dos improvisados acompañantes. Los ruidos parecían aproximarse, y Sylvie vaciló.

— ¿Qué hacemos, señora duquesa? -preguntó Grégoire.

— Si no te asusta un poco de agitación, vámonos, amigo mío.

Por toda respuesta, el hombre hizo restallar su látigo y puso en marcha el carruaje. Pero no llegó muy lejos: en las proximidades de la Croix-du-Trahoir se encontró bloqueado por una manifestación de personas vestidas de fiesta, pero que no por ello reclamaban con menos convicción la cabeza de Mazarino. Otros gritaban «¡Viva Broussel!» o «¡Libertad!». Grégoire intentó parlamentar para que le dejaran pasar, pero le contestaron que diera media vuelta porque las puertas de París estaban cerradas, y cuanto más pronto desapareciera de allí, mejor para él. Sylvie se asomó entonces a la portezuela.

— ¡Dejadnos pasar, por favor! Tengo que regresar a Conflans.

— ¡Vaya, qué bonita es! -gritó un muchachote desaliñado que debía de ser panadero a juzgar por las huellas de harina en su ropa.

Grégoire se enfadó y esgrimió su látigo de manera amenazadora.

— ¡Ésos no son modos de hablar a una dama! -espetó-. ¡Te estás dirigiendo a la señora duquesa de Fontsomme, insolente!

— No he dicho nada malo -replicó el otro-. Sólo que es bonita. ¡Eso no es un insulto!

— Quizá, pero mejor harías contándonos a qué viene este barullo.

Una gruesa comadre, fresca como un ramillete de rosas y que llevaba el bonito vestido de fiesta de las mujeres del mercado, intervino:

— Viene a cuento del señor consejero Broussel, que el Mazarino acaba de hacer arrestar en su casa por el señor de Comminges, y llevarlo a la cárcel. ¡Un hombre tan bueno! ¡El padre de los pobres! ¿A la cárcel? ¡Vaya que no! Y todo porque no quiere que el Mazarino se nos lleve las perras. Así que vamos a ocuparnos de eso, y vos haríais mejor quedándoos en la Rue Quincampoix, señora duquesa.

— ¿Me conocéis?

— No, pero vuestra gente compra las legumbres en mi puesto, de modo que sé dónde vivís -explicó, doblando la rodilla a modo de reverencia-. Me llaman la señora Paquette, para serviros.

— Muy honrada -dijo Sylvie con una sonrisa-, pero es que en esta temporada estoy viviendo en Conflans, y me gustaría volver allí para cuidar de mi hijita.

La señora Paquette se apoyó con la mayor familiaridad en la portezuela de la carroza.

— Desista de ir hasta allí esta tarde, señora duquesa. Las cosas están calientes aquí, y dentro de una hora París será una olla hirviendo. Hay gente en las puertas con orden de detener los coches de los presos: Broussel, al que llevan a Saint-Germain, y Blancmesnil que va a Vincennes. Nos las vamos a arreglar para que el Mazarino nos los devuelva, ¡y pronto! Así que creedme, es mejor que os quedéis como una buena chica en la Rue Quincampoix. Si queréis, os doy escolta para que no os hagan ningún daño.

— ¡Vaya! -gruñó Grégoire-. ¡Estamos en presencia de una autoridad!

— Pues sí, y tengo amigos que están colocados más alto que tu pescante, ¡ya lo creo! ¿Has oído hablar de monseñor el duque de Beaufort? ¡Pues bien, yo sólo recibo órdenes de él! ¡Es muy guapo, todo hay que decirlo! -añadió en tono enfático.

El admirador de Sylvie le dio un codazo en las costillas.

— ¡Hablas demasiado, como si no supieras que nadie sabe dónde está! Y además, no está bien lanzar así un nombre al aire. ¡Nunca se sabe dónde puede caer!

— Qué más da…

Sylvie ardía en deseos de saber algo más sobre las relaciones de François con la verdulera, pero el panadero tomó con decisión la iniciativa:

— Entonces ¿vamos a la Rue Quincampoix?

— No. Vamos a la Rue des Tournelles, si no es molestia.

— ¡Por supuesto que no!

Se colocó entre los dos caballos delanteros, tomándolos de la brida con las manos, y condujo el coche a través de la multitud. Al llegar a su destino, se despidió con un gran saludo que casi le hizo dar con la nariz en las rodillas, y al incorporarse envió un beso con la punta de los dedos.

— Ya estáis en casa, señora duquesa. ¡Hasta pronto, espero, porque nunca he visto una duquesa tan bonita como vos!

Dicho lo cual desapareció a la carrera mientras Sylvie, halagada, se echaba a reír. En casa de su padrino tardaron mucho en abrirle, y supo entonces que únicamente estaba en casa Nicole Hardouin. El señor caballero y Corentin habían marchado aquella misma mañana a Anet, a petición de Madame de Vendôme, y Nicole había aprovechado para emprender una limpieza a fondo ayudada por Pierrot, al que acababa de enviar a hacer un recado. A pesar de su amable recibimiento, Sylvie comprendió que su presencia sería un estorbo.

— Cuando vuelva -pidió a Nicole-, diga a mi padrino que me gustaría que fuese a pasar unos días a Conflans. Hace mucho tiempo que me lo ha prometido, pero nunca viene.

Era una constatación un poco triste, no un reproche. En efecto, sabía que desde el encarcelamiento de François, Perceval se desvivía por los Vendôme perseguidos, y que además había estrechado más aún los lazos que le unían a su amigo Théophraste Renaudot, maltratado también por el nuevo régimen y por sus propios hijos, que pretendían quitarle la dirección de la Gazette.

— Irá… ¡Os prometo que irá! -aseguró Nicole con una reverencia que puso fin a la conversación.

Así pues, Sylvie hubo de resignarse a volver a la Rue Quincampoix…

12. Pasos en el jardín

Una vez de regreso en su casa, Sylvie se encontró mejor de lo que esperaba. Era como un remanso de paz, una isla apartada de la mar tormentosa, por más que entre los criados fuera perceptible algún nerviosismo; pero la solemnidad un poco pontifical de Berquin, el mayordomo, y de la señora Javotte, la gobernanta que era además su esposa, imponía a la tropilla de lacayos y camareras el respeto suficiente para mantener el orden. Se habían contentado con enviar a un lacayo y un marmitón en busca de noticias para no verse sorprendidos en caso de que se produjera un verdadero motín.

Había hecho calor a lo largo de todo el día, y con el crepúsculo aparecieron sobre la ciudad nubes de tormenta. La joven cambió entonces su atuendo por un amplio vestido de batista blanca adornada con encajes, después de haberse refrescado en un barreño de agua fría. Como apenas tenía apetito, se contentó con una cena ligera y después despidió a sus sirvientas diciéndoles que no necesitaba ayuda y se acostaría sola. Finalmente, bajó al jardín con la intención de quedarse allí el mayor tiempo posible, hasta que la tormenta la obligara a entrar.

Pero la tormenta no parecía dispuesta a estallar, y los ruidos inusuales que se oían no venían del cielo, sino del suelo de París como si su población estuviese ocupada en alguna gigantesca construcción, lo que daba a la noche extrañas resonancias. Salvo los sonidos habituales de la taberna vecina, la calle estaba en silencio. No había baile esa noche, y cuando Sylvie llegó al fondo del jardín, encontró la casa vecina igualmente silenciosa y completamente a oscuras; pero era mejor así. Su impresión de estar haciendo algo que no debía se desvaneció y, resguardada en el cenador de las rosas que tanto le gustaba, pudo disfrutar sin remordimientos del frescor del jardín, que habían regado a la caída de la tarde. Se estaba bien en soledad, apartada del ir y venir de la casa, donde los sirvientes se dedicaban a ordenar las habitaciones y guardar las cosas. Tan bien que se adormeció cuando en la vecina iglesia de Saint-Gilíes el reloj daba las campanadas de las diez…

El ruido de unos pasos la despertó con un sobresalto. Alguien que tomaba precauciones -las pisadas eran muy ligeras- se acercaba por el otro lado de la tapia.

Al principio Sylvie se quedó inmóvil. Luego se levantó, escuchó y pensó en Madame de Montbazon, pero ningún roce de sedas acompañaba los pasos, que en ese momento se detuvieron por un instante. Comprendió entonces que se trataba de un hombre y que debía de encontrarse cerca del muro, porque oyó una aspiración seguida de inmediato por olor de tabaco: se había parado a encender su pipa. Sylvie dedujo que podía tratarse del guardián de la mansión, que amenizaba su vigilancia dándose un paseo nocturno, y volvió a sentarse en el banco. No por mucho tiempo: ahora alguien escalaba el muro derruido, después de lo cual reanudó tranquilamente la marcha como si no estuviera pisando una propiedad ajena. El visitante se comportaba como si estuviese en su propia casa. Ella le oyó silbar y salió del cenador en el momento preciso en que François se disponía a entrar en él.

La sorpresa fue absoluta para ambos. Fue él quien se repuso primero; la emoción de verlo tan de improviso había hecho que a la joven se le formara un nudo en la garganta.

— ¡Sylvie…! Pero ¿qué estás haciendo aquí?

Lo incongruente de la pregunta devolvió de inmediato el habla a Sylvie.

— ¿No podríais variar vuestra manera de abordarme? -dijo-. Cada vez que me encontráis, me preguntáis lo mismo. ¿Puedo sugeriros que esta noche soy yo más bien quien debe preguntaros qué hacéis en mi casa?

El dejó escapar una risa silenciosa que hizo relucir sus dientes blancos.

— Es verdad. ¡Perdóname! Mi excusa es que ignoraba tu presencia. Te creía de veraneo en Conflans.

— Vuestra excusa no me vale. Tenéis también un jardín, me parece. ¿Por qué no os quedáis en él?

— ¡El tuyo es más hermoso! El mío parece una selva y, dado que vivo escondido, no me es posible traer a mis jardineros. De modo que he tomado la costumbre de venir a pasar un momento aquí cada noche, para respirar el olor de tus rosas. ¿Es un pecado tan grave?