/ Language: Español / Genre:thriller

Código Génesis

John Case

Una trepidante trama de acción en la que se investigan unos infanticidios perpetrados por un grupo extremista de la Iglesia Católica y que están relacionados con el nuevo nacimiento del Anticristo.

John Case

Código Génesis

Traducción de Agustín Vergara

Título original The Génesis Code

A la memoria de Bob LaBrasca (1943-1992)

A la sabiduría iluminada de Racine

Dios de Dios, Luz de Luz,

Dios verdadero de Dios verdadero,

engendrado, no creado…

Credo niceno,

concilio de Calcedonia, 451 d.C.

Primera parte. Julio

CAPÍTULO 1

El padre Azetti se sentía tentado.

De pie, en la escalinata de la parroquia, acarició nerviosamente el rosario con los dedos. Al otro lado de la plaza estaba su trattoria favorita. Miró la hora. Eran las dos menos veinte y estaba muerto de hambre.

Supuestamente, la iglesia debía permanecer abierta de ocho a dos y, de nuevo, de cinco a ocho. Al menos, eso decía el cartel de la puerta, y el padre Azetti tenía que reconocer que el cartel tenía cierta autoridad. Llevaba ahí colgado casi cien años. Aun así…

La trattoria estaba en la via della Felice; un nombre grandioso para un pequeño callejón adoquinado que se alejaba serpenteando de la plaza hasta morir en el muro de piedra que definía los límites del pueblo.

Montecastello di Peglia, uno de los pueblos más remotos y bellos de toda Italia, se erguía sobre un promontorio de rocas, a trescientos metros de altura sobre la llanura de Umbría. Su orgullo era la piazza di San Fortunato, donde una pequeña fuente borboteaba a la sombra de la única iglesia del pueblo. Silenciosa y envuelta por el aroma de los pinos, la pequeña plaza era lugar de encuentro de amantes y estudiantes de arte que acudían a ella por las espléndidas vistas que ofrecía de la llanura. A sus pies se extendía un mosaico de cultivos, el corazón de la Italia rural, donde los campos de girasoles temblaban bajo el efecto del calor.

Pero ahora los amantes y los estudiantes estaban comiendo.

Un lujo que el padre Azetti todavía no podía permitirse. Una suave brisa le llevó el olor a pan recién horneado, carne a la parrilla, limón y aceite de oliva. Era una tortura.

Pero no tenía más remedio que desoír las quejas de su estómago. Por encima de todo, Montecastello era un pueblo. Ni siquiera tenía un hotel, tan sólo una pequeña pensión regentada por una pareja de ingleses. El padre Azetti llevaba menos de diez años en el pueblo. Era un forastero; para la gente del pueblo siempre lo sería. Y, como forastero, era el blanco de las habladurías de sus vecinos, sobre todo los más viejos, que controlaban cada uno de sus movimientos, siempre vigilantes, y ensalzaban continuamente las virtudes de su predecesor, «el cura bueno». ¿Azetti? Azetti era «el cura nuevo». Si al padre Azetti se le ocurriera cerrar la iglesia un solo minuto antes de tiempo durante las horas de confesión se armaría un escándalo en Montecastello.

Con un suspiro, el párroco le dio la espalda a la plaza y volvió a adentrarse en la penumbra de la iglesia. Construida en una época en la que el cristal era un lujo, la iglesia estaba condenada a las sombras perpetuas desde el mismo momento de su edificación. Al margen del débil resplandor de las bombillas de los candelabros y de una hilera de velas que se consumía en la nave central, la única iluminación de la estructura procedía de las estrechas ventanas que se abrían en lo alto de uno de los muros laterales. Aun siendo pequeñas y escasas, las ventanas conseguían un efecto de gran dramatismo cuando, en algunas ocasiones, como ésta, transformaban el sol de la tarde en haces de luz que descendían hasta el suelo de la iglesia. Al pasar junto a uno de los retablos de madera de caoba que marcaban las estaciones del vía crucis, el padre Azetti observó con una sonrisa al penitente que lo esperaba en una de esas lagunas de resplandor natural. Se adentró en la luz, gozando del efecto visual de los haces sobre su figura. Vaciló un momento, imaginándose cómo se vería la escena a través de los ojos de otra persona. Después entró en el confesionario, avergonzado de su propio narcisismo, y corrió la cortina. Se sentó en la oscuridad y esperó.

El viejo confesionario de madera estaba dividido por un tabique con una celosía que se podía tapar corriendo un panel. Debajo de la celosía sobresalía un pequeño estante. El padre Azetti tenía la costumbre de apoyar las puntas de los dedos en este estrecho saliente mientras inclinaba la cabeza para oír la confesión susurrada. Un hábito que claramente compartían muchos de sus predecesores, pues el pequeño estante estaba gastado por siglos de manos pías frotando la madera.

El padre Azetti suspiró, se acercó el dorso de la mano a los ojos y miró la esfera luminosa de su muñeca. Faltaban nueve minutos para las dos.

Cuando no se había perdido el desayuno, el párroco disfrutaba de las horas que pasaba en el confesionario. Como un músico que interpreta a Bach, se escuchaba a sí mismo y oía a sus predecesores en cada cambio de tonalidad. El confesionario resonaba con viejos latidos de corazón, secretos susurrados y absoluciones pasadas. Sus paredes habían escuchado un millón de pecados o, como solía decir el padre Azetti, una docena de pecados cometidos un millón de veces.

Los pensamientos del párroco fueron interrumpidos por un ruido familiar al otro lado del confesionario: el sonido de la cortina al abrirse seguido de la queja de un hombre mayor al arrodillarse. El padre Azetti respiró hondo y corrió el panel de madera.

– Bendígame, padre, porque he pecado…

No podía ver la cara del hombre, pero la voz le resultaba familiar. Era la voz del ciudadano más distinguido de Montecastello, el doctor Ignazio Baresi. En algunos aspectos, el doctor Baresi se parecía a él: era un forastero cosmopolita trasplantado a la asfixiante belleza de un pueblo de provincias. Inevitablemente, ambos hombres eran objeto de las habladurías del resto del pueblo e, inevitablemente, se habían hecho amigos. O, si no amigos, al menos aliados, que era todo lo que permitía su diferencia de edad e intereses. La verdad era que tenían poco en común, quitando una excelente educación. El médico era un septuagenario con las paredes de su casa cubiertas de diplomas y certificados que atestiguaban sus logros en la ciencia y la medicina. El cura era menos ilustre: un sacerdote de mediana edad que había sido apartado de los entresijos de la política vaticana.

Las tardes de los viernes solían sentarse en la plaza, delante del café Central, a jugar al ajedrez mientras se bebían un par de vasos de vino. Sus conversaciones eran frugales y carecían de cualquier tipo de intimidad. Un comentario sobre el tiempo, un brindis por la salud mutua y entonces: jaque al rey. Así, después de más de un año de comentarios banales y alguna reminiscencia aislada, sólo sabían un par de cosas el uno del otro, pero eso parecía bastarles.

Últimamente sus encuentros habían sido escasos. El párroco sabía que el médico había estado enfermo, pero no se había dado cuenta de hasta qué punto. Su voz sonaba tan débil que el padre Azetti tuvo que apretar la sien contra la celosía para poder oírlo.

Y no es que el párroco sintiera especial curiosidad. Al igual que con todas las demás personas que acudían a confesarse a su parroquia, Azetti apenas escuchó lo que decía. Después de diez años en Montecastello, se sabía de memoria las debilidades de todos sus feligreses. A sus setenta y cuatro años, el médico podría haber tomado el nombre de Dios en vano o quizá se hubiera mostrado poco caritativo. Antes de enfermar, puede que hubiera deseado a una mujer, incluso podría haber cometido adulterio, pero todo eso había quedado atrás para este pobre hombre, que cada día parecía más débil.

De hecho, en el pueblo se esperaba su fallecimiento con una ávida expectación de la que ni siquiera el padre Azetti estaba libre. Después de todo, il dottore era un hombre rico, pío y soltero. Y ya se había mostrado generoso en más de una ocasión con el pueblo y con la parroquia. Desde luego, pensó el padre Azetti, el médico…

«¿Qué?»

El párroco concentró toda su atención en la temblorosa voz del médico. Había estado divagando, justificándose, como suele hacer la gente antes de confesarse, evitando el pecado para hacer hincapié en sus intenciones, que, como siempre, eran dignas de alabanza. Había mencionado algo sobre el orgullo, sobre el orgullo que lo había cegado, y, además, estaba lo de su enfermedad y la toma de conciencia de su carácter mortal. Se había dado cuenta de lo erróneo de su comportamiento. No había nada sorprendente en eso, pensó Azetti; la perspectiva de la muerte siempre volvía más nítidas las prioridades de cada uno, sobre todo las prioridades de carácter moral. El padre Azetti estaba pensando en eso cuando el médico por fin confesó su pecado.

El párroco no pudo evitar interrumpirlo.

– ¿Qué?

Con un tono de voz apremiante, el doctor Baresi repitió lo que había dicho. Después empezó a entrar en detalles, para evitar cualquier posible confusión sobre lo que estaba diciendo. Mientras escuchaba los terribles pormenores, el padre Azetti sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Lo que este hombre había hecho, el pecado que había cometido, era el mayor pecado que ningún hombre pudiera imaginar; un pecado tan profundo y definitivo que tal vez ni el mismísimo cielo volviera a ser igual. ¿Acaso era posible?

El médico permaneció en silencio, respirando ahogadamente mientras esperaba la absolución de su amigo, de su aliado.

Pero el padre Azetti era incapaz de hablar. No podía pronunciar ni una sola palabra. Ni siquiera podía pensar. No podía ni respirar. Era como si lo hubieran arrojado a un frío río de montaña. Todo lo que podía hacer era jadear. Parecía que tenía la boca hecha de madera, de madera seca.

El médico también parecía haberse quedado mudo. Intentó hablar, pero sólo consiguió abrir la boca. Se aclaró la garganta con un sonido estrangulado que parecía salir de lo más profundo de su pecho y que finalmente estalló con tal fuerza que hizo que se estremeciera el confesionario. Por un momento, el párroco temió que el hombre fuera a morirse ahí mismo. Pero, en vez de eso, oyó cómo el médico corría la cortina y salía del confesionario.

El padre Azetti permaneció donde estaba, clavado en el sitio, como un testigo de un accidente mortal. En un gesto automático, su mano derecha dibujó la señal de la cruz. Se levantó, corrió la cortina y salió a una laguna de luz.

Por un momento, fue como si el mundo se hubiera evaporado. Sólo había polvo, ascendiendo hacia el cielo en una columna de luz amarillenta. Poco a poco, sus ojos se adaptaron a la luz, hasta que vio la frágil figura del médico alejándose por el pasillo con paso inseguro. Su blanca cabeza se balanceaba en la penumbra como la de un fantasma, mientras avanzaba hacia la puerta golpeando rítmicamente las baldosas del suelo con su bastón. El párroco dio un paso hacia él, después otro.

– Dottore ¡Por favor! -La voz del padre Azetti resonó en la iglesia. Al oírla, el médico vaciló un instante. Se volvió lentamente hacia el párroco, pero el padre Azetti no vio arrepentimiento en su gesto. El médico iba montado en un tren hacia el infierno y lo que irradiaba su cuerpo, como si fuera una aureola alrededor de la luna, era pánico.

Y desapareció detrás de la puerta.

CAPITULO 2

El padre Azetti escribió «Chiuso» en un trozo de cartón para que todos supieran que la iglesia estaba cerrada. Después clavó la nota en la puerta, cerró con llave y se marchó a Roma.

La voz del médico resonaba como un claxon en su cabeza, ahora baja, ahora más alta, ahora casi inaudible. Era como si en su alma se hubiera declarado el estado de emergencia; la confesión le llegaba una y otra vez, desde todos los ángulos. La voz susurrante y desesperada de Baresi era como una infección que se hubiera apoderado de él. En su interior, lo asaltaban una y otra vez las mismas palabras: «Tienes que hacer algo. ¡Lo que sea!» Y eso estaba haciendo. Iba a Roma. En Roma sabrían qué hacer.

Le pidió al marido de la mujer que limpiaba sus habitaciones que lo llevara al cercano pueblo de Todi, bastante más grande que Montecastello. Una vez en el coche, se sintió mejor; el bálsamo de la actividad mitigaba su ansiedad. Ya estaba de camino.

El conductor era un hombre grande y bullicioso que, como la posición del padre Azetti le permitía saber, tenía tendencia a abusar de las partidas de naipes y de la grappa. Hacía años que no trabajaba en nada y, para no poner en peligro los ingresos de su mujer, se mostraba excesivamente solícito, disculpándose continuamente por la pobre suspensión del coche, por el calor, el estado de las carreteras y el comportamiento enloquecido de los demás conductores. Cada vez que frenaba de golpe, extendía un antebrazo protector delante del párroco, como si el padre Azetti fuera un niño pequeño que no sabía lo suficiente sobre las leyes físicas como para sujetarse.

Cuando finalmente llegaron a la estación de tren, el hombre se bajó de un salto y rodeó el coche a toda prisa. La puerta del viejo Fiat, que había quedado abollada en alguna vieja colisión, se abrió con un gemido lastimero. Fuera del coche, el aire apenas era más fresco; un hilo de sudor descendió lentamente por la espalda del párroco. Mientras escoltaba a Azetti hasta la ventanilla donde se dispensaban los billetes, el conductor lo bombardeó con preguntas. ¿Quería que se encargara él de comprar el billete? ¿Quería que esperara en la estación hasta que llegara el tren? ¿Estaba seguro el párroco de que no quería que lo llevara a la estación central de Perugia? El párroco rechazó todas las ofertas: «No, no, no, no, no, no. Grazie, grazie!» Hasta que, por fin, el hombre se marchó con una inclinación de cabeza y un inconfundible gesto de alivio.

El padre Azetti tendría que esperar al menos una hora antes de coger el tren a Perugia. En Perugia cogería un autobús hasta la otra estación y esperaría otra hora antes de coger el tren a Roma. Mientras tanto, se sentó en un pequeño banco fuera de la estación de Todi. El aire era pesado y polvoriento, y los negros hábitos de su orden atraían los rayos del sol.

El padre Azetti era jesuita, un miembro de la Compañía de Jesús. A pesar del calor, no relajó los hombros ni dejó caer la cabeza. Permaneció sentado completamente recto, con una postura perfecta.

De haber sido un vulgar sacerdote de una pequeña parroquia de un pueblo de Umbría, la confesión del doctor Baresi probablemente no habría trascendido. De hecho, de haber sido un sacerdote cualquiera, el padre Azetti no habría comprendido la importancia de la confesión del doctor, y menos todavía sus implicaciones. Y, de haberlo hecho, no habría sabido qué hacer con la información ni a quién acudir con ella.

Pero Giulio Azetti no era un sacerdote cualquiera.

Había un término bastante popular en el mundo secular para los extraños giros del destino: sincronía. Pero, para una persona religiosa, la sincronía era un concepto inaceptable, incluso demoníaco. El padre Azetti veía cualquier cadena de incidentes como algo unido por una mano invisible, como una cuestión de voluntad, no de azar. Mirándolo así, su presencia en ese confesionario en concreto, escuchando esa confesión en concreto, se debía a la voluntad divina. Pensó en la manera popular de expresarlo: «Los caminos del Señor son inescrutables.»

Sentado en el andén, el padre Azetti meditó sobre las dimensiones del pecado que había oído en confesión. Dicho simplemente, era una abominación, un crimen que no iba sólo contra la Iglesia, sino contra el universo entero. Ofendía el orden natural de las cosas y contenía en sí mismo el final de la Iglesia; pero no sólo el de la Iglesia.

La oración era un escudo, así que intentó rezar, intentó usar la oración como una pantalla, pero era inútil. La voz del doctor Baresi calaba a través de sus rezos y ni siquiera la señal de la cruz conseguía alejarla.

El párroco movió la cabeza y posó la mirada en las malas hierbas que crecían llenas de polvo entre las grietas de hormigón de las vías del tren. Igual que las semillas que habían caído en esas grietas albergaban en su esencia la promesa de esta vegetación destructiva, de no tomarse medidas, el pecado confesado por el doctor albergaba en su esencia… ¿Qué albergaba?

¿El fin del mundo?

El calor de julio era tan intenso que las vías del tren y los edificios que se alzaban detrás de ellas parecían estremecerse, confundiéndose con el aire. Debajo de sus hábitos, el párroco estaba bañado en una fina capa de sudor.

Se secó la frente con la manga y empezó a ensayar lo que iba a decir al llegar a Roma; suponiendo, claro está, que el cardenal Orsini tuviera a bien recibirlo.

«Es un asunto de la mayor importancia, eminencia…»

«He tenido noticias de una grave amenaza contra la fe…»

Ya encontraría las palabras. Lo más difícil iba a ser eludir la burocracia eclesiástica. Intentó imaginarse las circunstancias en las que el cardenal, un dominico, aceptaría recibirlo. Sin duda, Orsini reconocería su nombre y, al acordarse de él, comprendería que su solicitud de audiencia no era una frivolidad. O puede que la familiaridad se volviera en su contra. Tal vez el cardenal pensara que estaba allí para defender su propio caso, que quería volver a Roma después de su largo exilio en Umbría.

El padre Azetti cerró los ojos. Ya encontraría una manera. Tenía que encontrar una manera.

Y, entonces, el suelo empezó a vibrar y un sordo zumbido ascendió a través de las suelas de sus brillantes zapatos negros. No muy lejos, una niña con sandalias rosas de plástico empezó a dar pequeños saltos. El padre Azetti se levantó. El tren estaba llegando.

CAPÍTULO 3

El tren que iba de Perugia a Roma era un viejo locale con asientos tapizados y fotos del lago de Como. Apestaba a colillas y paraba prácticamente en todas las estaciones. Extenuado por el hambre, pues todavía no había comido, y el tedio del tren, el padre Azetti se recostó en su asiento con la mirada fija en el crepúsculo. Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más urbano, menos interesante, hasta ceder finalmente ante los lúgubres suburbios industriales de la capital de Italia. Al llegar a la estación, el tren se detuvo con un estremecimiento, los frenos de disco suspiraron con alivio, las puertas se abrieron de golpe y los pasajeros inundaron el andén.

El padre Azetti buscó un teléfono y llamó a monseñor Cardone a Todi. Pidió perdón por su ausencia. Había ido a Roma por un asunto de gran importancia.

¡Roma!

Esperaba estar de vuelta en un día o dos, pero quizá tardara un poco más. En ese caso, alguien tendría que ocuparse de sus labores en Montecastello. Monseñor Cardone estaba tan asombrado que sólo emitió una última queja airada antes de que Azetti se disculpase por última vez y colgara.

Como no tenía dinero para pagar una habitación de hotel, el sacerdote pasó la noche tumbado en un banco de la estación. Por la mañana se aseó en el servicio de caballeros y fue a buscar una cafetería. Encontró una justo enfrente de la estación, se bebió un café solo y devoró un bollo que se parecía a un croissant, pero que no lo era. Con el hambre saciada, volvió a entrar en la estación y buscó la gran M roja que indicaba la entrada del metro. El destino del padre Azetti era una ciudad-Estado situada en pleno corazón de Roma: el Vaticano.

«Esto no va a ser fácil -pensó, -nada fácil.»

Como en cualquier Estado independiente, los asuntos del Vaticano son administrados por un aparato burocrático, en este caso por la Curia, cuya misión consiste en dirigir el inmenso organismo que todavía se conoce como el Sacro Imperio Romano. Además de la Secretaría de Estado, que se ocupa de los asuntos diplomáticos de la Iglesia, la Curia está formada por otras nueve «congregaciones» sacras. Cada una de ellas es equiparable a un ministerio y se encarga de una faceta u otra de los asuntos de la Iglesia.

La más importante de todas es la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que hasta 1965 se conocía como la Congregación para la Sagrada Inquisición del Error Herético. Con más de cuatrocientos cincuenta años de vida a sus espaldas, la Inquisición sigue ocupando un lugar central en los asuntos cotidianos de la Iglesia, aunque ya nadie la llame así.

Además de supervisar los planes de estudios de los colegios católicos a lo largo y ancho del mundo, la CDF, como se conoce popularmente, sigue investigando casos de herejía, juzgando amenazas contra la fe, disciplinando a sacerdotes y excomulgando a pecadores. En algunos casos excepcionales, parte de la congregación puede ser llamada a realizar exorcismos, a luchar cuerpo a cuerpo contra Satanás, o a tomar medidas especiales en caso de producirse una amenaza contra la sagrada fe.

Y el asunto por el que el padre Azetti había viajado a Roma estaba relacionado directamente con estas últimas responsabilidades.

El máximo responsable de la CDF era Stefano Orsini, el cardenal Orsini, que veinticinco años antes había compartido estudios con Azetti en la Universidad Gregoriana del Vaticano. Ahora, Orsini era un príncipe de la fe, el líder de una congregación vaticana que incluía a otros nueve cardenales menores, a doce obispos y a treinta y cinco sacerdotes; todos ellos académicos de primera fila.

Las dependencias del cardenal estaban a la sombra de la basílica de San Pedro, en el palacio del Santo Oficio; un edificio que Azetti conocía muy bien. Había pasado sus primeros años de sacerdocio rodeado de libros y manuscritos en una pequeña habitación, brillantemente iluminada, del segundo piso. Pero hacía mucho tiempo de aquello y, mientras subía la escalera que llevaba al tercer piso, el corazón le latía con fuerza.

No era por el esfuerzo físico, era por los peldaños, por la manera en la que el mármol se hundía desgastado en el centro después de tantos siglos de pisadas. Al ver la erosión de la piedra, al pensar que casi habían pasado veinte años desde la última vez que había subido esa escalera, se dio cuenta de que su vida se estaba consumiendo, de que ya llevaba haciéndolo mucho tiempo. Como los escalones, él también estaba empezando a desaparecer.

La idea hizo que se detuviera. Se quedó quieto en el rellano de las escaleras, agarrando la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. Un sentimiento parecido a la nostalgia se apoderó de él, pero no era nostalgia, era algo… más profundo, una sensación de pérdida que le produjo una punzada en la garganta. Lentamente, reemprendió su ascenso y, al hacerlo, penetró más y más profundamente en su propia melancolía.

Ahora era un forastero, alguien que iba de visita a la mansión de su Padre, y su intimidad con los detalles del edificio -la textura de la pintura, el cobre aterciopelado de la barandilla, la manera que tenía la luz de descender en rectángulos oblicuos sobre el suelo de mármol -le partía el corazón.

Siempre había pensado que pasaría la mayor parte de su vida entre las paredes del Vaticano: en la biblioteca, dando clases en una de las universidades de la Iglesia, en este mismo edificio. Había sido lo suficientemente ambicioso para pensar que algún día incluso podría llevar una birreta roja de cardenal.

Pero, en vez de eso, se había pasado la última década predicando a los fieles en Montecastello, donde su «rebaño» estaba formado por tenderos, campesinos y modestos comerciantes. Era un pensamiento poco caritativo, pero no podía evitarlo: ¿qué hacía un hombre como él en un sitio como ése?

Tenía un doctorado en derecho canónico y conocía a la perfección las maneras del Vaticano. Había trabajado durante años en la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y, después, en la Secretaría de Estado. Había hecho su trabajo admirablemente, inteligentemente, con compasión y eficacia. Algo que lo había llevado a ser considerado como un valor en alza. Durante el tradicional período de maduración en el extranjero había trabajado como subsecretario del nuncio apostólico, primero en México y después en Argentina. Nadie dudaba que algún día él también sería un embajador del papa.

Pero eso nunca llegó a ocurrir. Perdió el favor de la Curia al participar en las manifestaciones contra el brutal régimen militar de Buenos Aires. Azetti le exigió al gobierno argentino que le notificara el paradero de ciudadanos desaparecidos y concedió entrevistas a periodistas extranjeros; entrevistas tan incendiarias que, en dos ocasiones, provocaron el intercambio de notas diplomáticas.

Con la llegada del papa Juan Pablo II estaba claro que el Vaticano no iba a seguir tolerando el activismo político de curas como Azetti. El nuevo papa era un dominico, un polaco conservador de la época de la Guerra Fría que veía la justicia social como una misión de carácter más secular que religioso.

Los dominicos y los jesuitas casi siempre han perseguido objetivos distintos. Así que a nadie le sorprendió que la Compañía de Jesús cayera bajo sospecha. La orden entera fue amonestada por prestarle más atención a las cuestiones políticas que a servir a la Iglesia, algo que a ojos del nuevo papa representaba una clara falta de equilibrio.

Aunque el cuarto voto de los jesuitas es la obediencia al papa, el padre Azetti no podía compartir esa visión. ¿Cómo podía ser sacerdote y no defender a los pobres? En una conversación de carácter privado con un periodista norteamericano, Azetti dijo que Juan Pablo II no se oponía al activismo político en sí, sino a determinados tipos de activismo. Podría haberlo dejado ahí, pero, para que no quedara ninguna duda sobre lo que pensaba, añadió: «Se fomentan actividades anticomunistas, pero no se toleran denuncias contra regímenes fascistas, sin importar que puedan torturar y asesinar a miles de personas.»

Dos días después, sus comentarios aparecieron publicados, más o menos literalmente, en la Christian Science Monitor. El artículo iba acompañado por una foto de Azetti a la cabeza de una manifestación en la plaza de Mayo. Debajo de la foto figuraba su nombre y la pregunta: ¿cisma?

Dadas las circunstancias, Azetti tuvo suerte de no ser excomulgado. Fue llamado al Vaticano y desposeído de su rango a todos los efectos. Como ejercicio de humildad, fue enviado a una parroquia tan pequeña y remota que nadie sabía decirle dónde estaba exactamente. Unos decían que estaba cerca de Orvieto. O puede que de Gubbio. Desde luego, estaba en Umbría, pero ¿dónde? Finalmente encontró el pueblo con la ayuda de un mapa del ejército; era una cabeza de alfiler justo al norte de Todi. Desde entonces, no se había movido de Montecastello, y su prometedora carrera había quedado reducida a las labores de un cura de parroquia.

Pero de eso hacía mucho tiempo.

El padre Azetti entró en la antecámara que tan bien recordaba. Era una habitación sencilla, con dos bancos de madera, un viejo escritorio y un solitario crucifijo colgado en la pared. Las aspas de un gran ventilador giraban lentamente en el techo, removiendo el calor.

La habitación estaba vacía. En el escritorio, decenas de tostadoras con alas se movían silenciosamente por la pantalla de un ordenador portátil. Azetti buscó un timbre. Al no encontrarlo, tosió en señal de aviso. Después recurrió a un sonoro saludo. Finalmente se sentó en uno de los bancos, cogió su rosario y empezó a rezar.

Estaba en la decimosegunda cuenta cuando un sacerdote con hábitos blancos salió del despacho del cardenal. Al verlo, el sacerdote se detuvo con gesto de sorpresa.

– ¿Puedo ayudarlo en algo, padre?

– Grazie -dijo Azetti incorporándose.

El sacerdote le ofreció la mano y dijo:

– Donato Maggio.

– ¡Azetti! Giulio Azetti, de Montecastello.

El padre Maggio frunció el ceño.

– Es un pueblecito en Umbría -añadió Azetti.

– Ah -repuso Maggio. -Claro.

Los dos hombres permanecieron unos segundos en silencio, sonriendo de manera forzada. Por fin, Maggio se sentó frente a su escritorio.

– ¿En qué puedo ayudarlo? -dijo.

Azetti se aclaró la garganta.

– ¿Es usted el secretario del cardenal? -preguntó.

Maggio negó con la cabeza y sonrió.

– No, realmente sólo estoy sustituyéndolo durante unas semanas. Hay mucho trabajo. Está habiendo muchos cambios. Realmente soy ayudante de archivos.

Azetti asintió, retorciendo su sombrero entre las manos. Tendría que haber adivinado el puesto de Maggio. A pesar de todos los años que habían pasado, la frase le vino inmediatamente a la cabeza: un ratón de archivos. Así llamaban a quienes trabajaban en lo más profundo de los archivos, buscando pergaminos y viejos textos iluminados para los cardenales, los obispos y los profesores de las universidades vaticanas. Maggio moqueaba continuamente y tenía la nariz roja y los típicos ojos miopes de la especie. Al cabo de cierto tiempo, la escasa iluminación y los siglos de humedad acumulados en los libros hacían inevitable que todos compartieran esas características.

– Entonces… -dijo Maggio frunciendo el ceño, – ¿en qué puedo ayudarlo, padre? -Se sentía un poco decepcionado porque el sacerdote no le había preguntado la razón de tanto trabajo ni la naturaleza de los «cambios» que había mencionado. De haberlo hecho, Maggio podría haber mencionado algo sobre la salud del papa para disfrutar con la reacción de sorpresa del párroco ante la noticia. Pero este párroco parecía ensimismado en sus propios pensamientos. Maggio tuvo que repetir la pregunta. – ¿En qué puedo ayudarlo?

– He venido a ver al cardenal.

Maggio movió la cabeza.

– Lo siento -contestó.

– ¡Es urgente! -insistió Azetti.

Maggio pareció dudar.

– Una amenaza contra la fe -explicó Azetti.

El ratón de archivos sonrió parcamente.

– El cardenal está muy ocupado, padre. Usted debería saber eso.

– ¡Lo sé, lo sé! Pero…

– Cualquiera puede decírselo: las citas tienen que concertarse con mucha antelación. -El hombre detalló el procedimiento con desgana. Primero, Azetti debería haber consultado con el obispo de su diócesis. Pero, como no lo había hecho, como ya estaba en Roma, quizá fuera posible conseguirle una entrevista con algún prelado a quien Azetti podría explicarle la naturaleza del asunto. Y, si después se estimaba pertinente, tal vez fuera posible que viera al cardenal, aunque desde luego no antes de que transcurrieran varias semanas, o puede que incluso más. Quizá lo mejor fuera que escribiera una carta.

El padre Azetti dio unos golpecitos impacientes en el ala de su sombrero. Ya había sido acusado antes de arrogancia por creer que sus preocupaciones eran lo más importante cuando la Iglesia tenía otras prioridades. Pero ¿en este caso? No. No. Un intermediario no serviría, ni tampoco una carta. Tenía que hablar personalmente con el cardenal. Con este cardenal.

– Esperaré -decidió. Después volvió a sentarse en el banco.

– Creo que no me he explicado bien -dijo Maggio esbozando una débil sonrisa. -El cardenal no puede recibir a todas las personas que quieran verlo. Existen procedimientos.

– Se ha explicado perfectamente -dijo el padre Azetti ante la desesperación del secretario, -pero esperaré.

Y eso hizo.

Cada mañana, Azetti llegaba a la basílica de San Pedro a las siete en punto. Rezaba sus oraciones sentado en un banco cerca de la famosa estatua de San Pedro, observando cómo los devotos se acercaban y esperaban su turno para besar el pie de bronce del gran apóstol. Siglos de besos habían hecho desaparecer las separaciones entre los dedos y la parte delantera del pie había perdido su forma original; incluso la suela de la sandalia se había fundido con el bronce del pie.

A las ocho de la mañana, Azetti subía los escalones hasta la antecámara del tercer piso y le daba su nombre al padre Maggio. Cada día, Maggio bajaba la cabeza con frialdad y escribía el nombre de Azetti en el libro de registro con una precisión hostil. El párroco ocupaba su puesto en el banco, donde permanecía incómodamente sentado durante el resto del día. A las cinco de la tarde, cuando se cerraban las dependencias del cardenal, volvía sobre sus pasos, descendía la escalera, atravesaba la columnata de Bernini y salía por la puerta de Santa Ana.

Con el paso de los días, tuvo tiempo más que suficiente para reflexionar sobre el hombre al que intentaba ver. Recordaba a Orsini de sus años universitarios. Tenía el cuerpo grande y se movía con una torpeza que contrastaba con la agudeza de su mente incisiva. Orsini poseía una brillantez gélida, carente de cualquier tipo de compasión y de cualquier interés por el punto de vista de los demás.

Su única pasión era la Iglesia, y en la persecución de esa pasión derribó a todos los que se interpusieron en su camino. Su predecible ascenso en la jerarquía del Vaticano fue rápido. A nadie le sorprendió que acabara al frente del CDF. De alguna manera, era un trabajo de policía, y Orsini tenía alma de policía. Al padre Azetti le recordaba al despiadado policía de Les Miserables: insensible e implacable. La virtud convertida en piedra.

Claro que los hombres como él son necesarios, incluso indispensables. Orsini era la persona ideal a quien confiarle la confesión del doctor Baresi; sabría lo que debía hacerse y se aseguraría de que se hiciera.

Pero Azetti no quería pensar en lo que haría Orsini, en lo que podría ser necesario hacer. En vez de eso, intentaba buscar consuelo en la oración.

Pasaba las tardes en la estación de tren, donde, tras las primeras noches, había descubierto que si dejaba el sombrero encima del banco mientras dormía, al despertarse solía tener un par de miles de liras en la copa de su sombrero. Aunque su sueño era poco profundo, nadie lo molestaba. Por la mañana, después de lavarse en el servicio de caballeros, iba a la pequeña cafetería de enfrente y se gastaba las limosnas que había recibido en café, cornettos y agua mineral.

A partir del cuarto día, el padre Maggio dejó de mostrarse cortés. Hacía caso omiso de los buon giorno del padre Azetti y actuaba como si el sacerdote no estuviera presente. Mientras tanto, otros intermediarios iban y venían, preguntando si podían hacer algo por él. Azetti rechazaba sus ofertas con educación, pero firmemente, repitiendo una y otra vez que lo que tenía que decir sólo podía decírselo personalmente a il cardinale.

De vez en cuando, alguien asomaba la cabeza por la puerta para echarle un vistazo a «ese cura chiflado». También se oían murmullos y fragmentos de conversaciones por el pasillo. Al principio, los comentarios expresaban cierta curiosidad y tenían un tono de voz divertido, pero, gradualmente, las voces fueron endureciéndose.

– ¿Qué es lo que quiere?

– Quiere ver al cardenal.

– Eso es imposible.

– ¡Pues claro que es imposible!

Azetti no sólo se estaba convirtiendo en un fastidio, sino también en objeto de mofa. Por una parte, y a pesar de sus abluciones diarias en la estación de tren, empezaba a oler mal. El declive de su higiene personal lo avergonzaba considerablemente, pues, se mirara como se mirase, el padre Azetti era un hombre aseado. Sólo pudo soportar aquella situación porque no le quedaba más remedio. A pesar de todos sus esfuerzos, la suciedad se le incrustaba en la piel y se le pegaba a la ropa. Además, tenía el pelo grasiento. Pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

Sus intentos por asearse tenían lugar de noche, cuando menos gente había en el servicio de caballeros. Pero, incluso así, siempre parecía interrumpirlo alguien. Y a la mayoría de las personas les parecía divertido detenerse un momento a observar a un sacerdote entregado a su aseo personal.

Aunque no servía de mucho. Los lavabos eran diminutos y sólo tenían agua fría. El jabón era una especie de sustancia pegajosa que no producía espuma. Y, lo que era aún peor, no había toallas, tan sólo unas máquinas que expulsaban aire caliente. Por mucho que el padre Azetti lo intentara, por acrobáticas que fueran sus posturas, había partes del cuerpo que resultaba imposible secar con aire sin armar un escándalo. Así que la porquería lo acompañaba dondequiera que fuese. Por primera vez en su vida, entendió cómo debían de sentirse los vagabundos.

– ¿No podríamos hacer que lo echen? -preguntó una voz. Al sexto día ya hablaban de él sin ningún disimulo, como si fuera un extranjero, o un animal incapaz de entender lo que decían; como si no estuviera allí.

– ¿Qué pensaría la gente? ¡Es un sacerdote!

Pero Azetti no flaqueó en ningún momento. Bastaba con que recordara las palabras de Baresi. No volvería. No podía volver a Montecastello como único depositario de la confesión del doctor. Antes que eso, estaba dispuesto a esperar eternamente.

Al séptimo día, monseñor Cardone llegó desde Todi. Era un hombre arrugado, con aspecto de pájaro. Se sentó a su lado y guardó silencio durante un minuto entero sin apartar sus negros ojos de la pared de enfrente. Por fin, esbozó una sonrisa y apoyó la mano en la rodilla de Azetti.

– Me han dicho que estabas aquí -dijo.

– Ah -contestó el padre Azetti como si Cardone hubiera satisfecho su curiosidad.

– Giulio, ¿qué ocurre? Quizá yo pueda ayudarte.

Azetti movió la cabeza.

– No a menos que pueda interceder ante el cardenal -repuso. -Si no… -Se encogió de hombros.

Monseñor Cardone hizo todo lo que pudo. Se mostró encantador y le explicó la situación a Azetti. Sin duda, Azetti sabía cómo funcionaban estas cosas. Había maneras de proceder, un protocolo que seguir, ¡formalidades! Sin duda, él sabía mejor que nadie lo precioso que era el tiempo del cardenal.

– Venga, caminemos juntos -sugirió.

– No. Grazie. Molte grazie.

Entonces, Cardone optó por reprenderlo.

– Realmente, Azetti, está descuidando sus deberes. ¡Ha abandonado su parroquia! ¡Ha habido un bautizo, una muerte, una misa de funeral que oficiar! ¿Qué puede ser tan importante? ¡Empiezan a oírse rumores!

También intentó engatusarlo. Si Azetti le contaba lo que pasaba, intercedería por él ante el cardenal. Además, lo más probable es que el cardenal ni siquiera supiera que Azetti llevaba esperando todos estos días.

Azetti rechazó su oferta.

– Sólo puedo contárselo al cardenal Orsini -manifestó.

Finalmente, monseñor Cardone se levantó de golpe.

– Si persiste en su actitud, Giulio…

Azetti intentó buscar las palabras que pudieran mitigar la ira de Cardone; pero, antes de que pudiera decir nada, Donato Maggio asomó la cabeza por la puerta.

– El cardenal Orsini lo recibirá ahora -le dijo al sacerdote. Después de todo, Orsini había decidido que ésa era la manera más fácil de librarse de él.

Stefano Orsini estaba sentado detrás de una enorme mesa de madera, con los hábitos negros adornados en púrpura y un solideo rojo en la cabeza. Era un hombre grande con la cara carnosa y enormes ojos marrones. Sus facciones se tensaron un momento al percibir el hedor del padre Azetti.

– Giulio -dijo. -Cuánto me alegro de verte. Siéntate. Me han dicho que llevas mucho tiempo esperando.

– Eminencia… -El padre Azetti se sentó en el borde de un sillón de orejas y esperó a que el padre Maggio saliera de la habitación. No paraba de darle vueltas a las palabras que había ensayado una y otra vez durante su espera. En vez de irse, Maggio se sentó al lado de la puerta y cruzó las piernas.

Azetti tosió.

– ¿Y? -lo apremió el cardenal Orsini.

Azetti miró al padre Maggio.

Los ojos del cardenal fueron de un sacerdote a otro y volvieron al primero. Finalmente movió la cabeza y dijo:

– Es uno de mis ayudantes, Giulio.

Azetti asintió.

– Y se queda -añadió el cardenal.

Azetti volvió a asentir. Sabía que a Orsini se le estaba agotando la paciencia.

– ¿Es clemencia lo que has venido a pedir? -preguntó el cardenal con tono desdeñoso. – ¿Ya te has cansado de la vida en el campo?

Al oír la risa del padre Maggio a su espalda, Azetti se dio cuenta de que sí había perdido algo en su exilio: había perdido la ambición. Pero, por muy terrible que eso pudiera parecer, incluso a sus ojos, en el fondo sabía que realmente no era ninguna pérdida. Más bien era como recuperarse de unas fiebres. Mientras recorría el despacho de Orsini con la mirada, comprendió que, a pesar de la nostalgia que había sentido el primer día, realmente no deseaba volver a sumirse en las intrigas del Vaticano. En Montecastello había encontrado algo más valioso que la ambición.

Había encontrado su fe.

Pero eso no era algo que pudiera decirle a Orsini; aunque el cardenal también fuera un caso excepcional dentro del Vaticano, pues él también era un verdadero creyente, un ardiente e inquebrantable soldado de la cruz. Aun así, el padre Azetti sabía que Orsini no sentiría el menor interés por la condición de su alma. Lo que le interesaba al cardenal era el poder, y Azetti era consciente de que cualquier profesión de fe por su parte no sería vista como lo que realmente era, sino como una estratagema, como una maniobra política.

– No -contestó, -no he venido a pedir clemencia. -Miró a Orsini a los ojos. -Hay algo que la Iglesia debe saber. -Vaciló un instante. -Algo que podría…

El cardenal Orsini levantó una mano y le dedicó una sonrisa gélida.

– Giulio… Por favor -dijo, -ahórrate los preámbulos.

El padre Azetti suspiró. Miró nerviosamente al padre Maggio, con la mente en blanco. Olvidando el discurso que llevaba ensayando toda la semana, dijo:

– He escuchado una confesión, un pecado tan terrible que casi no se puede concebir.

CAPÍTULO 4

La entrevista con Azetti sumió al cardenal Orsini en una profunda preocupación.

Estaba preocupado por la humanidad. Estaba preocupado por Dios. Y estaba preocupado por sí mismo. ¿Qué podía hacer él? ¿Qué podía hacer nadie? Las implicaciones de la confesión del doctor Baresi eran tan profundas que, por primera vez en su vida, Orsini se sentía incapaz de soportar el peso de la responsabilidad. Sin duda, la cuestión debería ser llevada directamente al papa, pero su estado de salud no lo permitía; su lucidez se encendía y se apagaba como una señal de radio demasiado lejana. Un asunto como éste… podría matarlo.

Y lo que era peor, el cardenal Orsini no podía confiarle el asunto a nadie. De hecho, además de él, la única persona que lo sabía era el padre Maggio; una circunstancia de la que sólo se podía culpar a sí mismo. Azetti no quería que estuviera presente, pero él había insistido: «Es uno de mis ayudantes, Giulio.» Y luego una pausa. «Y se queda.»

¿Por qué había dicho eso? «Porque has pasado demasiado tiempo en el Vaticano -se dijo a sí mismo -y demasiado poco en el mundo. Eres un hombre arrogante que no podía concebir que un cura de pueblo pudiera tener algo importante que decir. Y, ahora, Donato Maggio se ha convertido en tu único confidente.»

Donato Maggio. La idea lo hizo temblar. Maggio era un investigador de archivos que en ocasiones le hacía de secretario, un ratón de archivos que no mostraba el menor reparo a la hora de expresar sus puntos de vista teológicos. Era un tradicionalista que abogaba por un catolicismo más férreo. Maggio le había hablado en más de una ocasión de la verdadera misa, algo que era, claro está, una crítica apenas velada de las reformas adoptadas por el Concilio Vaticano II.

Si el rito tridentino, que se decía en latín, con el sacerdote dándole la espalda a los fíeles, era la verdadera misa, entonces la nueva misa era un fraude. Y, como tal, un sacrilegio.

Aunque nunca había discutido ninguna cuestión teológica con el padre Maggio, al cardenal Orsini no le costaba nada imaginar la postura que mantendría el sacerdote respecto a una serie de cuestiones. No sólo odiaba la nueva misa, en la que el latín había sido sustituido por el inglés, el español y el resto de las lenguas vivas, sino que Maggio también se escandalizaría ante la posibilidad de cumplir con la obligación de la misa de domingo asistiendo a un servicio el sábado por la noche. Como otros tradicionalistas, se oponía tajantemente a cualquier intento de modernizar la Iglesia, de hacerla más accesible. Pero Maggio no sólo estaba en contra de medidas como la ordenación de mujeres, el matrimonio de los sacerdotes o la legitimación del control de natalidad. El conservadurismo de Maggio era mucho más profundo que todo eso: quería derogar las reformas que ya habían tenido lugar. Era un hombre de Neandertal.

Y, por eso, no tenía sentido pedirle su opinión sobre lo que había hecho el doctor Baresi. Los sacerdotes como Maggio no tenían opiniones: tenían reflejos, unos reflejos demasiado predecibles.

Aunque, por otra parte, daba igual. El padre Azetti había dejado caer su bomba de relojería en un momento de infrecuente actividad. Pero el aislamiento del cardenal Orsini no duraría demasiado. La enfermedad del papa era lo suficientemente grave para que el Sacro Colegio Cardenalicio ya se hubiera reunido -discretamente, claro está -para empezar a debatir sobre su posible sucesor. Se estaban redactando y revisando listas de posibles futuros papas y se había prohibido el uso de teléfonos móviles dentro del Vaticano para evitar cualquier filtración.

Eran días ajetreados en los que el trabajo cotidiano consistía fundamentalmente en reuniones secretas y confidencias susurradas al oído. Dadas las circunstancias, con la salud del papa empeorando por momentos, al cardenal Orsini no le quedaba más remedio que cargar solo con este peso rodeado de un ambiente de máxima crispación, de una atmósfera sobrecalentada en la que se aprovechaba cualquier ocasión para discutir sobre el próximo papa y el futuro de la Iglesia.

Pero, atormentado como estaba por la confesión del doctor Baresi, cuya trascendencia superaba en importancia la de cualquier otra cuestión, era inevitable que el cardenal Orsini acabara compartiendo el peso que había recaído sobre él con algunos de sus colegas. Y eso hizo, pidiéndoles consejo a dos o tres confidentes.

Todos ellos reaccionaron con prudencia y comentaron que no podía hacerse nada, o quizá pudiera hacerse algo, pero esa posibilidad era demasiado terrible para tenerse en cuenta. Y, aun así, todos estaban de acuerdo en que no hacer nada era en sí mismo un tipo de acción. Una acción cuyas consecuencias podían ser igualmente desastrosas.

No hacer nada, pensó Orsini. No hacer nada equivalía a dejar que el mundo se parara, como un reloj de cuerda que llevaba funcionando desde el principio de los tiempos.

Las implicaciones eran tan abrumadoras que los confidentes de Orsini, a su vez, compartieron el secreto con sus propios confidentes y la noticia se propagó como el fuego. Una semana después de la visita de Azetti, el debate ya causaba estragos en el Vaticano. Era un debate secreto en el que un prelado tras otro recorrían los archivos de la biblioteca del Vaticano buscando inútilmente algún tipo de orientación. El pasado no ofrecía ninguna reflexión que pudiera servir de guía en este asunto. El problema que planteaba el pecado del doctor Baresi no había sido previsto por ningún sabio de la Iglesia; no había sido previsto por nadie porque el pecado en sí no había sido posible hasta entonces.

El resultado fue un vacío dogmático que en última instancia dio paso a una situación de consenso. Tras semanas de debates secretos, la curia decidió que, fuera lo que fuese lo que había hecho el doctor Baresi, ésa era la voluntad de Dios. En consecuencia, no había nada que pudiera hacerse hasta que se recuperara el papa, o hasta que hubiera un nuevo papa. Entonces, quizá se pudiera abordar la cuestión ex cáthedra.

Hasta entonces, todo el mundo debería mantenerse al margen. Y eso hicieron.

Excepto el padre Maggio, que, ante la evolución de los acontecimientos, cogió el primer tren a Nápoles.

Las oficinas de Umbra Domini, o «Sombra del Señor», estaban en un palacete de cuatro pisos en la via Viterbo, a un par de manzanas del teatro de la Ópera de Nápoles. Fundada en 1966, poco después de que las medidas aprobadas por el Concilio Vaticano II pasaran a efecto, esta asociación religiosa había tenido la misma jerarquía canónica durante treinta años: era una «asociación secular» con más de cincuenta mil miembros y numerosas misiones repartidas por trece países. Aunque llevaba muchos años anhelando un rango más elevado dentro de la Iglesia, a ojos de la mayoría de los observadores del Vaticano, Umbra Domini ya tenía más que suficiente con no ser expulsada de la Iglesia.

Las críticas de esta asociación religiosa a las reformas del Concilio Vaticano II habían sido amplias, profundas y sonoras. Sus portavoces censuraban los esfuerzos del concilio por democratizar la fe, algo que veían como una rendición ante las fuerzas de la modernidad, el sionismo y el socialismo. La reforma más inadmisible, desde el punto de vista de Umbra Domini, era la renuncia a la misa en latín, que acababa con más de mil años de tradición y destruía un importante lazo en común entre los católicos de todas las esquinas del planeta. Según la visión de Umbra Domini, la misa vernacular era un rito bastardo, una versión descafeinada de la liturgia divina. Según el fundador de la organización, sólo se podía explicar la nueva misa de una manera: obviamente, el trono de San Pedro había sido ocupado por el Anticristo durante las deliberaciones del Concilio Vaticano II.

Y eso no era todo. Aunque las creencias de la asociación religiosa no estaban reunidas en ningún documento, era de dominio público que Umbra Domini condenaba la visión liberal del Concilio Vaticano II, según la cual las demás religiones también tenían elementos de verdad y sus fieles también vivían en el amor de Dios. Si eso fuera así, argumentaba Umbra Domini, entonces la Iglesia era culpable de persecución y genocidio. ¿Cómo si no podrían explicarse dieciséis siglos de una intolerancia doctrinal, abanderada por el papa, que habían culminado en la Inquisición? A no ser que, como afirmaba Umbra Domini, la doctrina estuviera en lo cierto desde el principio y los fieles de las otras religiones fueran infieles y, como tales, enemigos de la verdadera Iglesia.

En el seno de la Iglesia no faltaban voces que pedían la excomunión de los miembros de Umbra Domini, pero el papa no estaba dispuesto a ser el responsable de un cisma. Los emisarios del Vaticano se reunieron durante años en secreto con los líderes de Umbra Domini, y, finalmente, llegaron a un acuerdo. El Vaticano reconoció oficialmente la asociación y le concedió permiso para oficiar misas en latín con la condición de que Umbra Domini mantuviera lo que venía a ser un voto de silencio. En el futuro, Umbra Domini no haría ninguna declaración pública y todo acto de proselitismo se limitaría al boca a boca.

Inevitablemente, Umbra Domini se encerró en sí misma. Sus máximas figuras desaparecieron de la escena pública. De vez en cuando, algún artículo periodístico avisaba sobre el peligro de que la asociación se estuviera convirtiendo en una especie de secta. El New York Times acusó en una ocasión a Umbra Domini de «secretismo obsesivo y métodos de reclutamiento coactivos», al tiempo que prevenía sobre las inmensas riquezas que había conseguido acumular en muy pocos años. En Inglaterra, el Guardian iba todavía más lejos. Tras hacer hincapié en «el insospechado número de políticos, industriales y magistrados» que formaban parte de Umbra Domini, el periódico se preguntaba si estaría surgiendo una organización política neofascista disfrazada de asociación religiosa.

Estas acusaciones fueron rechazadas precisamente por el hombre al que el padre Maggio había ido a ver a Nápoles: Silvio della Torre, el joven y carismático «timonel» de Umbra Domini.

Della Torre se había defendido de las acusaciones sobre la naturaleza neofascista de la orden ante una audiencia de nuevos miembros de Umbra Domini, entre los que se encontraba el propio Donato Maggio. La alocución de Della Torre había tenido lugar en la diminuta y antiquísima iglesia napolitana de San Eufemio, un edificio que había sido donado a la asociación durante sus primeros años de existencia y que todavía albergaba los actos más significativos de Umbra Domini.

Era un edificio con una larga historia. La iglesia cristiana había sido construida en el siglo VIII en el emplazamiento de un antiguo templo donde se adoraba al dios Mitra. En 1972, el estado de conservación del edificio era tan deficiente que las autoridades no tuvieron más remedio que donar la iglesia a Umbra Domini para evitar que se viniera abajo.

A pesar de su escaso interés artístico en comparación con otras iglesias de la región, Umbra Domini restauró el templo tal y como había prometido. A menos de medio día de viaje en coche, las hordas de turistas podían admirar obras de Giotto, de Miguel Ángel, de Leonardo, de fra Filippo Lippi, de Rafael o de Bernini. San Eufemio, sin embargo, apenas atraía a los amantes de las artes.

Es cierto que la fachada contaba con un par de puertas de madera de ciprés del siglo VIII, pero el espacio interior era sombrío y estaba demasiado recargado. Las pocas ventanas que había dejaban pasar poca luz, pues eran de selenita, un precursor del cristal que resultaba translúcido con mucha luz, pero del que no se podía decir que fuera realmente transparente.

El resto de los posibles reclamos de la iglesia eran bastante poco atractivos: un feo relicario con el corazón de un santo que hacía tiempo que había perdido el favor popular y una vieja y tétrica Anunciación. La pintura en sí estaba tan oscurecida por el paso del tiempo que sólo se podían distinguir sus figuras en un día luminoso. Entonces, se veía una Virgen contemplando inexpresivamente al Espíritu Santo, que, en vez de estar representado por una paloma, era un ojo suspendido en el aire.

Rodeado por este tenebroso ambiente, Della Torre resplandecía como un cirio. El día que abordó las acusaciones de la prensa, que fue el mismo día en que Donato Maggio entró a formar parte de Umbra Domini, Della Torre manejó la controversia con gran maestría. Primero sonrió y después alzó las manos y movió la cabeza con tristeza.

– La prensa -empezó. -La prensa nunca deja de sorprenderme. No deja de sorprenderme porque es al mismo tiempo absolutamente inconstante y absolutamente predecible. Primero se quejan de que hablamos demasiado -dijo aludiendo a los días en los que Umbra Domini declaraba solemnemente sus puntos de vista. -Y, ahora -continuó, -se quejan de que no decimos nada. Porque sirve a sus intenciones, confunden la privacidad con el secretismo, la fraternidad con la conspiración; así demuestran su falta de rigor. -Un murmullo de aprobación recorrió a los fieles. -La prensa siempre lo confunde todo -dijo Della Torre para concluir. -De eso podéis estar seguros. -Donato Maggio y el resto de los nuevos adeptos sonrieron.

El padre Maggio, que era al mismo tiempo dominico y miembro de la asociación, no era ni mucho menos el único sacerdote que había entre las filas de Umbra Domini; al no ser Umbra Domini una orden religiosa, esta doble lealtad no implicaba ningún tipo de incompatibilidad. Lo inusitado del caso de Donato Maggio no era que fuese dominico, sino que trabajara en el Vaticano. El padre Maggio tenía un pie en dos mundos muy distintos y comprendía perfectamente el temor que cada uno inspiraba en el otro. A ojos del Vaticano, Umbra Domini era un grupo extremista que apenas resultaba tolerable, una especie de Hezbolá católica que podría explotar violentamente en cualquier momento. Por su parte, Umbra Domini veía al Vaticano como lo que era, o lo que parecía ser: un obstáculo. Un obstáculo inmenso y omnipresente.

Aunque el padre Maggio nunca había sido presentado formalmente a Silvio della Torre, no tuvo dificultad para conseguir una entrevista privada. Al oír que uno de los ayudantes del cardenal Orsini quería hablar con él sobre una cuestión de extrema gravedad, Della Torre sugirió que cenaran juntos esa misma noche. Maggio era consciente de que tal vez Della Torre creyera que su posición como secretario del cardenal Orsini era de carácter permanente, pero… ¿qué importaba eso? Aunque él sólo fuera un mísero ratón de archivos, sin duda Della Torre querría oír lo que tenía que decirle.

Se citaron en una pequeña trattoria que había cerca de la iglesia de San Eufemio. Aunque tuviera un aspecto bastante humilde por fuera, el restaurante I Matti era sorprendentemente elegante. El maître le dio la bienvenida cortésmente al padre Maggio y lo acompañó hasta un reservado situado en el piso de arriba. El reservado sólo tenía una mesa, ubicada junto a una alta ventana, una pequeña chimenea llena de troncos que crepitaban y crujían, y dos viejos candelabros que le daban un resplandor dorado al ambiente. Encima de la mesa había un mantel blanco, velas y una rama de romero.

Cuando entró el padre Maggio, Silvio della Torre estaba mirando por la ventana. Al oír el «Scusi, signore» del maître, Della Torre se volvió y Maggio lo vio de cerca por primera vez. El líder de Umbra Domini era un hombre tremendamente apuesto, de unos treinta y cinco años, alto y corpulento. Vestía ropa cara, pero poco llamativa. Su pelo, abundante y ondulado, era tan negro que, con el brillo de la luz, casi parecía azulado. Pero lo que más le llamó la atención a Maggio fueron sus ojos. Eran del color del mar, entre azules y verdes, y estaban perfilados por unas pobladas pestañas.

«Joyas engarzadas por Dios», pensó Maggio complacido consigo mismo. En sus ratos libres solía escribir poemas y él se consideraba prácticamente un profesional. Della Torre se levantó, y Maggio observó que sus facciones se parecían a las de las estatuas del Foro romano. Maggio se dijo a sí mismo: «Un clásico perfil romano…» El corazón le latía con fuerza. ¡Iba a cenar con Silvio della Torre!

– Salve -dijo Della Torre extendiendo la mano. -Usted debe de ser el hermano Maggio.

Maggio asintió nerviosamente, y los dos hombres tomaron asiento. Della Torre hizo un par de comentarios sin importancia mientras llenaba dos copas de Greco de Tufo y levantó la suya en un brindis:

– Por nuestros amigos de Roma -dijo mientras las copas chocaban.

La comida fue sencilla y exquisita, igual que la conversación. Mientras daban buena cuenta de sus platos de bruschetta, hablaron de fútbol, del Lazio y del Sampdoria y de las agonías de la primera división. Un camarero descorchó una botella de Montepulciano. Unos instantes después, un segundo camarero entró con dos platos de agnelotti rellenos de trufas y puerros. Maggio comentó que los agnelotti eran como «pequeñas y tiernas almohadas», y Della Torre respondió con lo que a Maggio le pareció un chiste verde, aunque quizás estuviera equivocado. Mientras comían y bebían, la conversación giró hacia la política, y Maggio observó con satisfacción que Della Torre compartía sus mismos puntos de vista: los demócratas cristianos estaban hechos un lío, la Mafia resurgía y los masones se hallaban por todas partes. Y, en lo que se refería a los judíos, bueno… También hablaron sobre la salud del papa y sobre sus posibles sucesores.

Un camarero entró con dos platos de trucha y limpió expertamente los pescados. Cuando se marchó, Della Torre comentó que se alegraba de saber que Umbra Domini tenía un amigo en la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Maggio se sintió halagado y, entre bocado y bocado de suculenta trucha, dio buena muestra de sus conocimientos de los mecanismos internos de la congregación y de la personalidad de los hombres que tenían acceso al terzo piano, el tercer piso del palacio del Vaticano, donde se encuentran las dependencias del papa.

– Siempre resulta provechoso saber lo que están pensando el cardenal Orsini y el Santo Padre -comentó Della Torre.

La trucha dio paso a una ensalada y, al poco tiempo, a un bistec a la parrilla. Por fin, la cena acabó. El camarero recogió los platos y cepilló las migas, dejó una botella de Vin Santo y un plato de biscotti sobre la mesa, avivó el fuego, preguntó si iban a necesitar algo más y salió del reservado, cerrando la puerta al salir.

Della Torre sirvió dos copas de Vin Santo, se inclinó hacia el padre Maggio y, mirándolo fijamente a los ojos, bajó la voz hasta convertirla en un débil susurro.

– Donato -dijo.

El padre Maggio se aclaró la garganta.

– ¿Silvio?

– Basta de gilipolleces. ¿Para qué querías verme?

El padre Maggio disimuló su sorpresa limpiándose los labios con una servilleta de hilo blanco. Dejó la servilleta a un lado, respiró hondo y volvió a aclararse la garganta.

– Un sacerdote, un cura de pueblo, vino al Vaticano hace un par de semanas.

Della Torre lo animó a que continuara con un movimiento de cabeza.

– Bueno -dijo Maggio encogiéndose de hombros. -A veces… Yo me entero de casi todo lo que ocurre en el despacho del cardenal; a no ser que el asunto en cuestión se considere demasiado trascendente para mis oídos. Pero esto no parecía importante en aquel momento, así que yo permanecí en el despacho mientras el sacerdote hablaba. Y ahora… -El padre Maggio se rió con malicia. -Bueno, estoy seguro de que el cardenal hubiera preferido que yo no estuviera presente.

– Entonces, se trata de un asunto delicado.

El padre Maggio asintió.

– Sí -dijo.

Della Torre meditó durante unos segundos.

– ¿Y dices que fue hace un par de semanas? -preguntó al fin

– Desde entonces, casi no se habla de otra cosa en el Vaticano; además de la salud del papa, por supuesto.

– ¿Y eso por qué?

– Porque tienen que decidir qué hacer.

– ¡Ah! ¿Y qué han decidido?

– No han decidido nada. O, mejor dicho, han decidido no hacer nada. Al fin y al cabo, es lo mismo. Por eso he venido.

Della Torre parecía preocupado. Rellenó la copa del padre Maggio y dijo:

– Bueno, Donato… Creo que ha llegado el momento de que me cuentes la historia.

El padre Maggio frunció el ceño y se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en la mesa y juntó las puntas de los dedos. Lentamente, las juntó y las separó varias veces.

– Todo empezó con una confesión… -dijo.

Cuando Maggio acabó la historia, Della Torre estaba sentado en el borde de su silla, sujetando un puro apagado en la mano. En el reservado sólo se oía el crepitar de las ascuas en la chimenea.

– Donato -dijo Della Torre, -has hecho bien en venir a contármelo.

El padre Maggio se bebió de un trago el Vin Santo que le quedaba en la copa y se levantó.

– Ya es hora de que me vaya -anunció.

Della Torre asintió.

– Has demostrado mucho valor al traerme esta noticia. Ellos no han sido capaces de decidir lo que debe hacerse porque no hay nada que decidir -afirmó. -Sólo hay una opción.

– Lo sé -contestó el padre Maggio. -A ellos les ha faltado valor.

Della Torre se incorporó, y Maggio le extendió la mano. En vez de estrecharla, Della Torre la cogió entre las suyas. Despacio, se llevó el dorso de la mano del sacerdote hasta los labios y la besó. Por un momento, el padre Maggio creyó notar la lengua del otro hombre contra su piel.

– Grazie -dijo Della Torre. -Molte grazie.

Segunda parte. Noviembre

CAPÍTULO 5

Hasta el 7 de noviembre, Keswick Lane era una de esas calles tranquilas en las que nunca pasa nada. Situada en el distrito de Burke, un suburbio de Washington, al norte de Virginia, la calle estaba flanqueada por casas de cuatrocientos mil dólares, coches alemanes y jardines con barbacoas. Las casas de la zona residencial de Cobb’s Crossing eran de estilo neocolonial. Cada casa se diferenciaba de las demás por el color de la fachada y por algunos detalles arquitectónicos, pero todas eran de la misma cosecha: la del noventa. No obstante, como los constructores habían preservado todos los árboles posibles y se habían gastado mucho dinero en ajardinar, a primera vista el barrio parecía más viejo y asentado.

Pero la verdadera historia de la zona residencial la contaba el inmaculado asfalto de la calzada. Keswick Lane trazaba una suave curva hacia el oeste antes de morir en un callejón sin salida. En cierto modo, era el sitio ideal para criar niños, pues podían jugar en la calle sin el peligro de los coches. Pero, con una sola excepción, los niños de Keswick Lane eran demasiado mayores para jugar en la calle. Dado el elevado precio de las casas, los abogados y los ejecutivos que vivían en ellas tenían ya cierta edad, al igual que sus hijos. Por lo general, los niños estaban en todas partes menos en la calle: dando clases de equitación o de judo, jugando al fútbol o al tenis o matando demonios en sus consolas de ordenador.

Así que las aceras de Keswick Lane daban la sensación de estar deshabitadas; muy raramente se veía un peatón, de la edad que fuese.

Excepto, claro está, las personas que sacaban a pasear a sus perros. Casi todas las casas de Keswick Lane tenían un residente canino. Entre semana, sus dueños solían estar fuera todo el día, lo cual significaba que los perros no disfrutaban hasta última hora de la tarde de su único paseo en condiciones, la vuelta de rigor a cualquiera de las impecables manzanas de Cobb’s Crossing.

El 2 de noviembre todavía se veían algunos restos de la víspera de Todos los Santos: calabazas mustias en los porches, algún esqueleto de cartulina colgando de una puerta, telarañas de mentira pegadas en las ventanas… A medianoche, una mujer paseaba a su perro labrador, Coffee, después de asistir a una representación de Tosca en el Kennedy Centén Coffee y su dueña se detuvieron a la altura del número 207 de Keswick Lane para que el perro pudiera olfatear la base de un buzón de correos.

De repente, Coffee levantó el hocico y empezó a gruñir. Levantó las orejas y erizó el pelo de la espalda. Sucedió con el primer ladrido: la calle se llenó de luz y un hombre salió despedido por una de las ventanas de la casa que había al otro lado de la calle.

El hombre estaba envuelto en llamas.

Aterrizó, ardiendo, sobre unas azaleas, se levantó, se tiró al suelo y empezó a rodar sobre el césped del jardín. Al otro lado de la calle, el perro tiraba de la correa y aullaba. Su dueña estaba petrificada, incapaz de procesar lo que estaba viendo; en vez de mirar al hombre, tenía la mirada fija en la ventana por la que había salido despedido.

De hecho, no era una ventana normal, sino una lámina de cristal cubierta por una cuadrícula de madera que hacía que la ventana pareciera estar formada por multitud de pequeños cuadrados. El hombre tenía enganchada parte de la cuadrícula de madera en la ropa. La visión era espeluznante: listones blancos de madera en llamas, crujiendo y retorciéndose mientras el hombre rodaba sobre el césped. A la mujer le recordó un espectáculo de fuegos de artificio que había visto en México unos años atrás; lo grotesco de la comparación le impedía hacer ningún movimiento. Durante unos segundos, que parecieron horas, permaneció en equilibrio, inclinada hacia atrás para contrarrestar los tirones del perro, que no paraba de ladrar. Hasta que el hombre rodó contra unos abedules, se paró en seco y permaneció inmóvil.

La mujer por fin salió de su trance. Soltó al perro, corrió hacia el hombre y se quitó la chaqueta para intentar sofocar el fuego. El hombre no paraba de gritar. Tenía la cabeza, cubierta en llamas, y las cejas habían desaparecido de su rostro. La mujer se dejó caer de rodillas y apretó la chaqueta contra la cara del hombre para sofocar las llamas.

De pronto hubo una explosión a su espalda. El perro gimió, y una onda expansiva de luz y calor atravesó el jardín. Cuando la mujer volvió la- cabeza, las cortinas de la casa estaban en llamas. A los pocos segundos, la casa entera estaba ardiendo.

El forro de su chaqueta también empezó a arder. La mujer tiró la prenda a un lado, se levantó y corrió hacia la casa de al lado para aporrear la puerta. Le abrió la puerta un hombre en calzoncillos con gesto preocupado y una botella de leche en la mano.

– ¡Una ambulancia! -gritó ella. – ¡Llame a una ambulancia!

Cuando la mujer volvió cargada con mantas, ya había bastante gente delante de la casa en llamas. La mayoría de sus vecinos llevaban un abrigo sobre sus prendas de dormir. Un par de hombres, uno de ellos vestido tan sólo con unos pantalones de pijama, cargaban con el herido para alejarlo del feroz calor que emanaba de la casa. No paraba de gemir. La mujer se oyó a sí misma diciendo:

– Había salido a pasear a Coffee. Estaba justo enfrente…

Siguió hablando de esa forma insistente y sin sentido que, como psicóloga que era, sabía que era una típica reacción traumática. Sólo se acordó de los inquilinos de la casa cuando vio el cochecito rojo y amarillo de juguete delante del garaje. La mujer… ¿Cómo se llamaba? ¿Karen? ¡Kathy! Y su entrañable niño, el único verdadero niño que vivía en la manzana, el niño que conducía ese coche de plástico por la calle los fines de semana, el niño que había llamado a su puerta disfrazado de conejo, con una calabaza de plástico en la mano, en la víspera de Todos los Santos. Recordaba la escena perfectamente: el niño delante de la puerta, su madre detrás, sonriendo.

– A ver, ¿quién puedes ser tú? -había dicho ella escondiendo detrás de la espalda la cesta de caramelos. – ¿Quién puedes ser tú?

El niño todavía no sabía pronunciar la letra jota.

– El coneito de pascua -dijo con determinación. Detrás de él, su madre no dejaba de sonreír.

¿Cómo no se había acordado antes? El coche del niño se estaba empezando a derretir; su superficie burbujeaba mientras la estructura se retorcía por el calor. ¿Estarían dentro? ¿Seguirían ahí dentro?

– Dios mío… ¡Dios mío! -dijo la mujer y salió corriendo hacia las llamas. Casi había llegado a los escalones de la entrada, cuando alguien la cogió por detrás y la obligó a retroceder.

El perro seguía ladrando.

En la sala de urgencias del hospital Fair Oaks, cuando las enfermeras estaban a punto de cortar la ropa del hombre, una de ellas hizo una mueca de fastidio.

– Poliéster -dijo al tiempo que movía la cabeza. El algodón arde. El poliéster se derrite. Cuando uno lo extrae, se lleva un buen trozo de piel pegado a la tela.

La víctima llevaba puesto un jersey negro de cuello vuelto. Al ver la sustancia viscosa que le rodeaba el cuello, la enfermera pensó que quitársela iba a resultar extremadamente desagradable. Las quemaduras eran de tercer grado y estaba segura de que la piel estaría infectada. Aun así, el paciente se recuperaría. El verdadero problema estaba en los pulmones. Le costaba respirar y lo más probable era que se los hubiera abrasado al respirar un aire tan caliente.

Tardaron un poco, pero las constantes vitales del hombre acabaron por estabilizarse. Con sondas en ambos brazos, lo trasladaron en camilla a la sala de operaciones y lo prepararon para la intervención quirúrgica. Lo primero sería hacerle una traqueotomía. Al margen de los problemas pulmonares, tenía el tejido de la garganta tan inflamado que casi no podía respirar, pero la traqueotomía resolvería ese problema. Después empezarían a desbridarlo, le extraerían la carne quemada y las partículas ajenas que tenía incrustadas en el cuerpo y lo dejarían crudo, desollado, supurando.

El anestesista estaba pensando que no había nada más doloroso que las quemaduras, cuando el paciente empezó a murmurar algo. El sonido era horrible: un susurro estrangulado en el que apenas podía reconocerse una voz humana.

– Es curioso -dijo una de las enfermeras. -No parece hispano.

El médico de guardia tenía las manos enguantadas levantadas en el aire, en lo que las enfermeras solían llamar en broma la postura «me rindo».

– Eso no es español -dijo. -Está hablando en italiano.

– ¿Y qué dice?

El médico se encogió de hombros.

– No lo sé. Sé muy poco italiano. -Bajó la cabeza y volvió a escuchar al hombre. -Creo que está rezando.

CAPITULO 6

Mientras intervenían al hombre quemado, los bomberos del condado de Fairfax se disponían a entrar en la casa de Keswick Lane en búsqueda de posibles víctimas. Los vecinos ya les habían dicho que vivían dos personas: la mujer a la que pertenecía la casa y su hijo de tres años. No había marido. Además, el Volvo de la madre estaba en el garaje.

A pesar del frío de noviembre y de lo tarde que era, la multitud de mirones había crecido hasta superar las cincuenta personas. Era una escena caótica, con ambulancias y coches de policía, camiones de bomberos y unidades móviles de televisión. Las luces de emergencia, rojas, amarillas, azules, iluminaban la oscuridad, encendiendo y apagando la noche. El jardín, que se había convertido en un barrizal, estaba lleno de enormes mangueras serpenteantes.

Dos equipos de televisión y un reportero de radio aumentaban la confusión con sus marañas de cables y sus focos de iluminación. Con ademán de sincera preocupación, les metían sus micrófonos en la cara tanto a los bomberos como a los curiosos que llenaban ambos lados de la calle.

– ¿Y cuál es su casa?

– Realmente, ninguna. Vivo en Hamlets. Lo he oído por la radio… Estaba sintonizando la frecuencia de la policía y me he acercado.

El fuego había sido virulento. Era imposible que nadie hubiera sobrevivido, aparte del hombre del hospital.

En su primera incursión al interior de la casa, los bomberos buscaron supervivientes sin éxito entre los escombros carbonizados y empapados del piso bajo. El estado de la escalera, estructuralmente inestable, retrasó el registro del segundo piso.

Fuera, una grúa con dos bomberos en lo alto, fue maniobrando hasta una ventana del segundo piso. Cuando estuvieron suficientemente cerca, uno de los bomberos rompió el cristal de la ventana.

Los bomberos estaban convencidos de que su misión era inútil; nadie podía haber sobrevivido a la combinación de las llamas y el humo. Si alguien hubiera conseguido escapar de las llamas, habría sucumbido ante el humo. Aun así, siempre existía alguna posibilidad, por muy remota que fuera, de que hubiera alguien acurrucado en un cuarto de baño interior; alguien con la suficiente sangre fría para tapar las rendijas de la puerta con toallas mojadas. Los fuegos eran impredecibles. A veces te perseguían y otras veces se olvidaban de ti. Nunca se sabía lo que podía pasar.

El más joven de los dos bomberos se asomó por la ventana y comprobó el estado del suelo con una barra de hierro. Al ver que no cedía, entró, mientras su compañero lo esperaba en la grúa, preparado para acudir en su ayuda si fuera necesario.

El bombero encontró exactamente lo que esperaba: dos cadáveres. Una persona adulta y un niño pequeño. Estaban tumbados en sus camas, o en lo que quedaba de ellas; los colchones habían quedado reducidos a muelles y trozos de tela carbonizada. La ropa de las camas había prendido, incrustándose en la piel carbonizada de las víctimas. Al lado de la cabeza del niño había un par de ojitos de cristal; los únicos restos de su peluche. Por suerte, todavía se podía distinguir a dos seres humanos en los restos del niño y la madre. Si los bomberos hubieran llegado unos minutos más tarde, o si la boca de incendios hubiera estado un poco más lejos, ambos habrían desaparecido con el resto de la casa. Humo y huesos; no quedaría nada más.

El subinspector de policía era el encargado de informar a los familiares. El incendio con víctimas de una casa de cuatrocientos mil dólares en un suburbio acomodado como Cobb’s Crossing era noticia y las noticias volaban. Aunque el fuego no había empezado hasta después del cierre de la última edición del Post, sin duda saldría en las noticias vespertinas. Así que el subinspector hizo las llamadas necesarias para averiguar que la casa pertenecía a una tal Kathleen Anne Lassiter, que vivía allí, o, mejor dicho, había vivido allí, con su hijo. Según los datos del seguro, el pariente más cercano era su hermano, Joseph, con domicilio en McLean.

Un hermano que, en ese momento, estaba soñando.

En sus sueños, Joe Lassiter estaba de pie en la orilla del río Potomac, justo encima de Great Falls, pescando percas. Con un golpe de muñeca, hizo que el sedal trazara un arco sobre el río. Era un lanzamiento en parábola perfecto, un lanzamiento de ensueño. La perca picó en cuanto la cucharilla cayó al agua. Él empezó a jugar con el pez, levantando la caña hacia el cielo y volviéndola a bajar una y otra vez.

Pero, en alguna parte, un teléfono empezó a sonar. Era suficientemente molesto que esos malditos aparatos sonaran en, pleno concierto de la filarmónica en el Kennedy Center o en el momento más emocionante de un partido de béisbol en el estadio de Camden Yards. ¡Pero esto ya era demasiado! Algún imbécil se había llevado su teléfono móvil a pescar. ¿Qué sentido tenía ir de pesca si uno se llevaba el puto teléfono?

Movió la caña suavemente hacia la derecha, rebobinando el carrete con la mano libre. A un metro de distancia, oyó su propia voz flotando hacia él:

«Hola, soy Joe Lassiter. Ahora mismo no estoy, pero déjame un recado y te llamaré en cuanto pueda.»

El río, el pez, la caña y el carrete… se evaporaron. Joe Lassiter permaneció tumbado en la cama con los ojos cerrados, despierto en la oscuridad, mientras esperaba a escuchar el mensaje. Pero, quienquiera que fuese, colgó. Típico, pensó Joe, hundiendo la cabeza en la almohada.

Quería volver, quería regresar al sueño, pero ya no estaba allí. El río había desaparecido y se había llevado con él al pez. Lo único que consiguió recuperar, lo único que todavía sentía, era la indignación por el sonido del teléfono. El teléfono fantasma. Su teléfono.

Y entonces volvió a sonar. Esta vez contestó.

– ¿Sí?

La voz del hombre sonaba profesionalmente tranquila, razonable, oficial. Pero lo que decía no tenía nada de razonable; realmente no caló en él hasta diez minutos después, mientras conducía hacia Fairfax. Había habido un incendio. No habían podido identificar los cuerpos, pero…

«No -pensó Joe. -No.»

… las características de los cuerpos coincidían con…

«¿Coincidían con?»

… lo que sabemos sobre los inquilinos de la casa. Su hermana…

«Kathleen.»

… y su hijo…

«Brandon. El pequeño Brandon.»

La carretera avanzaba paralela al Potomac, no demasiado lejos de donde había soñado que estaba pescando. Al otro lado del río, detrás de las agujas de las cúpulas de la Universidad de Georgetown, el cielo empezaba a clarear.

Estaban muertos. Aunque, claro, el hombre no lo había dicho así.

«Ha habido dos fallecimientos.»

Joe Lassiter tenía los dientes apretados con tanta fuerza que la cabeza le empezó a doler por la presión. Kathy. Por una vez en su puta vida, Kathy estaba feliz. Equilibrada. ¡Serena! En contra de lo que todo el mundo hubiera pensado, había resultado ser una madre magnífica. Y el niño…

La cara de Brandon se dibujó ante sus ojos. Lassiter miró hacia otro lado, intentando hacerla desaparecer. Bajó la ventanilla y sintió el aire frío contra la cara. En Rosslyn, enfrente del Kennedy Center, se desvió por la autopista 66. Ya había bastante tráfico en sentido contrario.

¿Cómo podía haberse quemado la casa? Lassiter no lo podía entender. Era prácticamente nueva y todo -el horno, el cableado eléctrico, el sistema de calefacción de tres fases, -todo, era de la mejor calidad. Él mismo lo había supervisado. Había detectores por todas partes, incluso había detectores de monóxido de carbono. ¡Si hasta tenía extintores! Desde que se había convertido en madre, la seguridad se había convertido en una obsesión para Kathy.

Lassiter sabía que no debería estar pensando en la casa; debería estar pensando en su hermana. Estaba convirtiendo una catástrofe en una abstracción. Se estaba comportando como si fuera un perito en vez de un hermano. Puede que fuera un caso típico de «negación», pero era incapaz de asimilar que estuviera muerta. El mero hecho de que le dijeran que estaba muerta no bastaba para hacerlo real. No podía creer que la casa se hubiera quemado; y, si la casa no se había quemado, ¿cómo podía estar muerta Kathy? ¿Cómo podía estar muerto Brandon?

¿Cómo era posible que no hubieran conseguido salir?

El hombre que lo había llamado por teléfono no le había dado ningún detalle. Necesitaba saber más cosas. Quería saber todos los detalles. Pisó más fuerte el acelerador, aunque sabía que no tenía ningún sentido. Fallecimientos. Ya no podía salvar a Kathy.

Aunque lo esperaban en el depósito de cadáveres, Joe Lassiter condujo como un autómata hasta la casa de su hermana. Un par de manzanas antes de llegar a Cobb’s Crossing el aire empezó a tornarse acre. Al oler el humo, el mundo se le vino abajo. Se había estado aferrando a un mínimo rayo de esperanza. Tenía que ser una equivocación: la dirección equivocada o una Kathy Lassiter distinta.

Cuando llegó, el incendio ya estaba apagado. Vio las luces de los camiones de bomberos, aparcó el Honda Acura, apagó el motor y recorrió a pie el resto del camino.

Sabía que ya se estarían investigando las causas del incendio; ése era el procedimiento habitual. Siempre se intentan averiguar las causas de los incendios. No se hace para satisfacer la curiosidad de nadie, ni siquiera para aprender con vistas al futuro. Se hace porque la causa de un incendio tiene importantes implicaciones legales y financieras. ¿Lo provocaría un cigarrillo? ¿Un radiador defectuoso? ¿Una chimenea en mal estado?

Era necesario determinar quién era el culpable para establecer quién, y cuánto pagaría; así que la pregunta se abordaba de inmediato.

Había seis coches aparcados delante de la casa. Lassiter los miró con interés profesional: un coche patrulla, dos coches de policía sin marcas, dos vehículos del cuerpo de bomberos y un Toyota Camry marrón, que podía pertenecer o no al perito de la compañía de seguros. Un agente uniformado estaba extendiendo un rollo de cinta amarilla delante de la casa. La cinta estaba impresa, una y otra vez, con las palabras:

POLICIA. PROHIBIDO EL PASO

El olor era intenso, una mezcla de madera y plástico quemados. Pero fue la casa en sí, la visión de la casa, lo que lo golpeó como un puñetazo en la cara. Era una casa muerta y, por primera vez desde la llamada telefónica, la palabra cobró toda su envergadura: fallecimientos. Su hermana estaba muerta. Su sobrino estaba muerto. La casa estaba rodeada por un amasijo de vigas de madera calcinada y trozos de metal ennegrecido tirados de cualquier manera en el jardín embarrado, cuyo césped estaba surcado por profundas huellas de coches. Las ventanas de la casa habían explotado y, sin su piel de cristal, tenían la expresión vacía que tienen los ojos de los muertos. A través de ellas, Lassiter pudo ver parte del interior sin vida de la casa. Se dio la vuelta y se acercó al policía que estaba desenrollando la cinta amarilla.

– ¿Qué ha pasado?

El policía era un hombre joven y pecoso. Tenía el pelo pelirrojo y los ojos azules. Miró a Lassiter con superioridad y se encogió de hombros.

– Un fuego es lo que ha pasado.

Lassiter sintió ganas de darle un puñetazo, pero en vez de eso respiró hondo. Su aliento parecía humo en el frío aire de la mañana.

– ¿Cómo ha empezado?

El policía lo miró como si estuviera intentando memorizar sus rasgos. Por fin, movió la cabeza hacia los coches de bomberos.

– Los bomberos dicen que ha sido provocado.

Por segunda vez en pocos minutos, Lassiter se sintió como si hubiera estado ciego. Se esperaba otra cosa. Quizás un cigarrillo. Kathy todavía fumaba; nunca alrededor del niño, pero todavía fumaba. Así que, quizás un cigarrillo. O un radiador o… No, un radiador no, en esa casa, con ese sistema de calefacción, no. Entonces, un rayo. Un cigarrillo. O un cortocircuito…

– ¿Qué?

El joven policía lo miraba como si fuera un sospechoso.

– ¿Quién es usted?

La cabeza de Lassiter trabajaba simultáneamente en dos planos. Por una parte, estaba pensando que el policía, que sabía perfectamente que los pirómanos a menudo volvían a la escena del crimen, empezaba a sospechar de él. Y, por otra, se decía que tendría que haberse dado cuenta al ver los coches de policía; una vez que se sospecha que un incendio ha sido provocado, la casa pasa a convertirse automáticamente en la escena de un delito. Y, si hay víctimas, se convierte en la escena de un homicidio.

– ¿Por qué iba querer nadie incendiar la casa de Kathy? -pensó Lassiter en voz alta.

CAPÍTULO 7

– ¡Joe! ¿Qué hace usted aquí?

La voz sonaba ligeramente guasona. Al oírla, Lassiter se dio la vuelta. Un hombre con la cara sonrosada le estaba sonriendo.

– Detective Jim Riordan -dijo el hombre.

– Sí, claro -repuso Lassiter.

– Bueno, dígame. ¿Qué está haciendo aquí? -insistió con un ademán exagerado.

La actuación del detective de policía estaba dirigida hacia las personas que tenía detrás: tres hombres y una mujer. Los cuatro miraban a Lassiter con una mezcla de expectación y neutralidad.

– Es la casa de mi hermana.

La sonrisa se borró de la cara de Riordan. Se tiró de la oreja derecha y movió la cabeza de un lado a otro. Por fin, dijo:

– Joder, Joe. Lo siento. No lo sabía.

Ya en la comisaría, Lassiter se sentó en frente del detective y esperó a que acabara de hablar por teléfono. La última vez que se habían visto, era Riordan quien se había sentado con gesto incómodo en el despacho de Lassiter. En aquella ocasión, el policía llevaba puesto lo que Lassiter supuso que sería su mejor traje: un traje gastado que le iba pequeño.

«Me queda un año -había dicho Riordan inclinándose sobre el escritorio. -Después estoy fuera. ¿Y qué voy a hacer entonces? ¿Pasarme todo el día sentado delante de la tele? La verdad, la idea no me atrae nada. Así que he pensado que quizá sea buena idea ponerme a buscar trabajo ahora. Ver cómo están las cosas. A ver si me sale algo. Y he pensado que, ya puestos, lo mejor sería empezar por arriba, ¿sabe? Y por eso he venido a hablar con usted.»

Lassiter tenía conversaciones parecidas una o dos veces a la semana; cuando no era un policía, era alguien del FBI, de la DEA -el departamento antidroga, -del Pentágono o de la CIA. Todos querían trabajo, y una empresa de investigación como la suya era el sitio lógico al que acudir. Pero la única razón por la que a Lassiter podría interesarle contratar a Riordan era por algo que el detective había mencionado de pasada: «Y si no encuentro nada, siempre puedo escribir mi historia.»

Eso sí que era interesante. Porque un policía que sepa escribir es algo tan raro como un leopardo albino, y Lassiter Associates siempre necesitaba investigadores capaces de escribir informes suficientemente buenos para poder ser enviados a los clientes, que, en su mayoría, eran abogados y corredores de bolsa. Por eso tenía a tantos periodistas trabajando en la empresa. Si Riordan sabía escribir, quizá pudiera encontrarle un puesto.

– ¡Es tu cabeza la que está en juego! -gritó Riordan al teléfono. El rencor que denotaba su tono de voz hizo volver a Lassiter a la realidad. El detective colgó el teléfono con un fuerte golpe, lo miró y se encogió de hombros. -Lo siento -se disculpó.

Después, Riordan buscó algo en su escritorio. Encontró un papel en concreto y se lo dio a Lassiter.

– No hay ninguna duda. El incendio ha sido provocado -afirmó. -Múltiples puntos de origen, residuos acelerantes; el equipo completo.

Lassiter miró el informe preliminar del cuerpo de bomberos, que incluía un crudo esbozo de cada piso de la casa. Había siete puntos marcados con sendas equis, incluidos los dos dormitorios. Lassiter sabía perfectamente que los incendios normales solían tener un patrón muy distinto, y un único origen. Miró a Riordan.

– Todavía hay más -dijo el detective dando unos golpecitos con los dedos en el escritorio. -El gas estaba encendido; y no sólo en el horno. También estaba encendido en el sótano. Alguien había manipulado el calentador de agua. Según el cuerpo de bomberos, si hubieran llegado cinco minutos después, la casa habría salido volando como un cohete. No habría quedado nada, lo que se dice nada.

Lassiter frunció el ceño.

– ¿Me está diciendo que…?

– Le estoy diciendo que quienquiera que hiciera el trabajo, no se anduvo con tonterías. Provocó el incendio y no intentó disimularlo. Además, lo hizo a lo grande. -La cara del detective se comprimió en un gesto de desconcierto. -Es como si… Es como si hubiera querido reducirlo todo a cenizas. -El detective se inclinó sobre el escritorio para acercarse a Lassiter. Abrió la boca para decir algo, pero después lo pensó mejor. Movió la cabeza y adoptó un gesto compungido. -No debería contarle estas cosas. Siempre me olvido. Usted no está investigando el caso; es un familiar de la víctima.

– Ya -dijo Lassiter quitándole importancia. -Pero la cosa es que usted estaba pensando que quien provocó el incendio pudo hacerlo para destruir pruebas. Y quiero saber qué tipo de pruebas; en qué estaba metida mi hermana.

Riordan lo interrumpió.

– Ahora mismo, lo que estoy pensando es que será mejor que lo acompañe a identificar los cuerpos al depósito de cadáveres. Antes de empezar a hablar de su hermana, será mejor que nos aseguremos de que realmente es su hermana.

Ya estaban saliendo cuando sonó el teléfono. Riordan vaciló un momento, pero luego se dio la vuelta y contestó.

– ¿Sí? -respondió al tiempo que se ponía el abrigo. Al oír lo que le decían, Riordan miró un momento a Lassiter. -Por Dios santo -dijo. -Sí. Sí. Vale. -Al salir del despacho, Riordan sacó un cigarrillo del paquete que tenía en el bolsillo de la camisa y lo encendió.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lassiter.

– ¿A qué se refiere? -contestó Riordan después de expulsar el humo.

– A la llamada.

Riordan se limitó a mover la cabeza, como dando a entender que no tenía importancia.

Diez minutos después aparcaron delante del Instituto Forense. Lassiter se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la puerta del coche, pero el detective lo detuvo con una mano.

– Mire, Joe -dijo, -quiero decirle algo. -Se aclaró la garganta. -Estará de acuerdo conmigo en que un médico no debe operar a su propio hijo, ¿verdad?

– ¿Qué?

– Un médico no debe operar a su propio hijo, un abogado no debe defenderse a sí mismo y usted… Usted debería dejar que yo me ocupe del caso.

– Lo tendré en cuenta.

Riordan le dio una palmada al volante.

– Realmente, es como hablarle a una pared. Aunque… -Miró un momento el reloj. -Aunque no es la primera vez que lo veo. Ya sabe, ex polis, detectives privados, investigadores militares; tipos con experiencia. Se involucran en casos que les atañen personalmente… y sólo complican las cosas. Para ellos resulta muy doloroso y, además, no ayuda en nada a la investigación.

Lassiter no dijo nada. El detective suspiró.

– He ordenado que traigan su coche. Quiero que, al salir, se vaya a casa. Ya lo llamaré yo más tarde.

El estado anímico de Joe Lassiter era muy extraño. Se sentía como si estuviera viendo las cosas desde otro plano, como si fuera una cámara mirándose a sí mismo. Casi no sentía. Sólo se decía: aquí estoy, de camino al depósito para identificar el cadáver de mi hermana. Se vio a sí mismo entrando en el edificio, avanzando hacia la habitación aséptica con cuadros de paisajes marinos que era la sala de espera. Habló con una mujer que llevaba una bata blanca con una tarjeta que la identificaba como «Beasley». Ella escribió su nombre en un gran libro verde y lo acompañó hasta la sala de las neveras, donde se guardaban los cadáveres en cajones con forma de nicho.

Incluso mientras identificaba a Kathy y después a Brandon, siguió sin sentir nada. Era como si lo estuviera haciendo todo una marioneta de Joe Lassiter, mientras el verdadero Joe Lassiter se limitaba a observar la escena.

El cabello rubio de su hermana era un amasijo de costra negra. Tenía los labios abiertos, y sus azules ojos miraban fijamente hacia la luz fluorescente del techo. Con las cejas y las pestañas quemadas tenía una expresión vacía, estúpida. El aspecto de Brandon era todavía peor: tenía toda la cara negra y llena de ampollas.

Lassiter había visto cadáveres antes, y eso es exactamente lo que parecían Kathy y Brandon: cadáveres. Parecían tan muertos como una muñeca, tan muertos que costaba creer que alguna vez hubieran estado vivos. La mujer de la bata blanca esperaba en una postura tensa, a la defensiva, como si temiera que él pudiera tener una crisis nerviosa, como si deseara impermeabilizarse ante sus sentimientos. Pero, en vez de perder el control, la marioneta de Joe Lassiter asintió e identificó a los cadáveres con voz tranquila. La mujer relajó los hombros y apuntó algo en un formulario. Lassiter escuchó con nitidez el rechinar del rotulador por encima del zumbido de las unidades de refrigeración. Después firmó algo sin leerlo, y los dos salieron de la sala.

En el pasillo, la mujer apoyó la mano suavemente sobre su brazo. Pero Lassiter no notó realmente la presión; tan sólo la intuía al ver los dedos de la mujer sobre la manga de su chaqueta.

– ¿Quiere sentarse un momento? -preguntó ella. – ¿Quiere que le traiga un vaso de agua?

– No, estoy bien. Pero me gustaría ver al forense.

– La verdad… -dijo ella con voz preocupada al tiempo que arrugaba la frente. -Me temo que eso no es posible.

– Soy amigo de Tom -repuso él con tono tranquilizador.

– Ahora mismo le aviso -contestó ella y descolgó inmediatamente el teléfono. -Puede que esté en medio de una au… Puede que esté ocupado.

En la sala de espera, dos niños hispanos esperaban aterrorizados en uno de los sofás de plástico naranja. Un agente de policía esperaba a su lado. Daba la impresión de que, cuando los llamaran, los niños saldrían disparados a través del techo. Lassiter observó uno de los paisajes marinos que colgaban de Ja pared. Era una insulsa representación de una tormenta en a costa; olas aceitosas rompiendo eternamente contra un revoltijo de rocas grises.

Oyó una voz detrás de él y se dio la vuelta al tiempo que la mujer colgaba el teléfono.

Vaya hasta el fondo del pasillo y… -empezó ella. Gracias, conozco el camino.

Tom Truong levantó la mirada del escritorio y se puso de pie.

– ¡Chou! -dijo extendiendo una mano delicada con un ligero aroma a formol. Parecía sonreír y fruncir el ceño al mismo tiempo. – ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Trabajas caso?

Su relación con el médico forense era bastante particular. Habían jugado juntos al fútbol en un equipo de veteranos hasta hacía un par de años, cuando Lassiter se había estropeado la rodilla. A pesar de su complexión ligera, Truong era un defensa durísimo, con codos como cuchillos y piernas que recordaban a una guadaña. Ya llevaban jugando juntos un par de años cuando surgió el tema del trabajo mientras se bebían unas jarras de cerveza en un bar. A partir de entonces, Lassiter empezó a contratar a Truong esporádicamente como experto forense y perito judicial. Era un forense meticuloso y dotado y, a pesar de su escaso dominio del idioma, un brillante testigo judicial.

– No estoy aquí por ningún caso -le dijo a Truong. -He venido por mi hermana. -Lassiter levantó un poco la barbilla. -Está ahí detrás, con mi sobrino.

Una de dos, o Truong pensó que le estaba gastando una broma o simplemente no le entendió.

– ¿Qué estás diciendo, Chou? -preguntó con mirada furtiva. – ¿Estás bromeando, verdad?

– No. Son las víctimas del incendio provocado.

La sonrisa de Truong desapareció de sus labios.

– Las… sit… ter -susurró para sus adentros. -Oh, Chou. Siento mucho, mucho.

– ¿Has acabado ya la autopsia?

Truong asintió con gravedad.

– Chimmy pidió especial prisa. Por ser provocado -suspiró. -Tú hermana. Y niño pequeño. -Sus ojos se tensaron hasta convertirse en dos rendijas. -No fuego lo que los mató.

Lassiter asintió. Y luego se dio cuenta de lo que acababa de oír.

– ¿Qué?

La gran cabeza de Truong se movió bruscamente sobre su delgado cuello.

– No partículas de humo en pulmones. No monóxido de carbono en sangre. Esto dice que víctimas mueren antes de fuego. Y no sólo eso. Pruebas adicionales. ¿Has visto cuerpos?

– Sí. Acabo de identificarlos. Por eso estoy aquí.

– No. ¿Ves cuerpos o ves caras?

– Caras.

– Si miras cuerpos, dos cuerpos, ves piel cubierta de… como pequeños cortes. Eso pasa a humanos en fuegos, sabes. Es normal, porque… piel se agrieta. Fluidos de carne expanden en calor. Piel no expande, así que piel se agrieta por todas partes; para dejar salir presión. Pero, en este caso, mujer adulta tiene pequeños cortes en dos manos, pero diferentes; no son sólo en piel. Tejido también dañado. Éstas son seguro heridas de defensa. Veo y sigo mirando y veo por qué. Tú hermana puñalada en pecho. Causa de fallecimiento: aorta. ¡Cortada! Niño pequeño… -Truong se inclinó sobre el escritorio -cuello cortado. De oreja a oreja. -Volvió a sentarse en su silla, como si la explicación lo hubiera dejado agotado.

Levantó las manos bruscamente, las dejó caer despacio, como si fueran hojas en otoño, y las juntó.

– No queda sangre en niño pequeño, Chou… Están muertos quizás una hora antes de fuego.

Lassiter lo miraba fijamente.

– ¿Y hombre? -preguntó Truong. – ¿Marido?

– ¿De quién hablas?

– He oído tercera persona en casa de tu hermana -dijo Truong. -Sale por ventana, en llamas. Como tu hermana muere así, pienso quizás él… -Se encogió de hombros.

– ¿Dónde está ese hombre?

– Unidad de quemados.

– ¿En qué hospital?

Truong volvió a encogerse de hombros.

– Quizá Fair Oaks. Quizá Fairfax.

CAPÍTULO 8

Una hora después, cuando Lassiter volvió a encontrarse con Riordan, el detective estaba sentado detrás de un escritorio en un despacho del hospital Fair Oaks. Una enfermera le enseñó el camino. Cuando vio entrar a Lassiter, Riordan se levantó con gesto tenso y dio la vuelta al escritorio, como si estuviera intentando esconder algo con el cuerpo. No parecía alegrarse de verlo.

– No escucha, ¿verdad? -dijo.

– No me había dicho que había un sospechoso.

– No era un sospechoso hasta que recibimos el informe del forense -contestó Riordan a la defensiva. -Hasta entonces, era una víctima más.

– Hay dos personas muertas, un tipo sale volando envuelto en llamas por la ventana de la casa de mi hermana, ¿y ni siquiera lo menciona? Y encima dice que pensaba que era otra víctima.

– Estaba completamente abrasado.

– Ya, claro. Eso sólo significa que es un incompetente. ¿Quién es?

– Sin nombre.

– ¿Cómo que «sin nombre»?

– Cuando lo ingresaron no estaba precisamente como para darnos su dirección. Y no llevaba encima ningún tipo de identificación.

Lassiter guardó silencio durante unos segundos.

– ¿Llaves del coche? -preguntó por fin.

– No. No llevaba ninguna llave, ningún tipo de identificación; ni siquiera llevaba dinero. No llevaba una mierda encima.

– Entonces, ¿qué? ¡Saltó en paracaídas! ¿Es ésa vuestra teoría?

– Venga, no me fastidie.

– ¿Habéis comprobado los coches?

– ¿Qué coches?

– ¡Los coches que había aparcados! Los coches de la zona. ¿No los habéis comprobado?

Riordan vaciló un instante.

– Sí -respondió. -Los están comprobando.

– ¿Ahora? Pero si… -De repente Lassiter se sentía agotado. Su cerebro parecía atontado hasta para hacer un simple ejercicio de aritmética. Los bomberos habían recibido el aviso hacia la medianoche. Ahora eran las dos de la tarde. Así que habían pasado catorce horas y, por el aspecto de Riordan, a nadie se le había ocurrido recorrer el barrio apuntando los números de las matrículas. A no ser que Sin Nombre trabajara solo, ya sería demasiado tarde.

– Tampoco tenemos restos de ropa -dijo Riordan. -Porque me imagino que eso es lo siguiente que iba a preguntar. La ropa estaba llena de sangre y tuvieron que cortarla para quitársela. Después las enfermeras se deshicieron de todo; normas del hospital. He intentado seguir el rastro, pero todo ha desaparecido. Hasta que los médicos me autoricen a hablar con él, lo único que podemos hacer es esperar. Cuando llegue ese momento, le haré las mismas preguntas que le haría usted y le tomaré las huellas dactilares. Con un poco de suerte, conseguiremos identificarlo. Así que, ¿por qué no se va a casa y me deja hacer mi trabajo?

– ¿Qué es eso?

– ¿El qué?

– Eso que está escondiendo.

Riordan respiró hondo, miró hacia el techo y dio un paso hacia un lado, para que Lassiter pudiera ver lo que había sobre el escritorio: una bandeja metálica de hospital. Había dos objetos en la bandeja. Uno de ellos era un cuchillo de unos veinte centímetros de longitud. Era un cuchillo grande, un cuchillo de caza, del tipo que se usa para desollar animales. Lassiter se acercó al escritorio.

– Es un cuchillo militar -explicó Riordan. -Un juguete de comandos.

– Así que puede que sea un soldado -dijo Lassiter.

Riordan se encogió de hombros.

– Puede. Pero lo importante es que el tipo entró con él en la casa. No es como si hubiera un forcejeo en la cocina y alguien cogiera un cuchillo… El tipo entró en la casa con un cuchillo militar. No es un cuchillo para untar mantequilla, es un cuchillo de combate.

– ¿Está diciendo que se trata de un asesinato premeditado?

– Sí. Sabía perfectamente a lo que iba.

Lassiter observó el cuchillo con atención. Había una sustancia viscosa, de color marrón, donde la hoja encajaba con la empuñadura. Parecía sangre. Había un par de pelos pegados a la sustancia. Rubios y muy finos. Cabello de niño. Cabello de Brandon. Y la voz de Tom Truong resonó en su cabeza: «No queda sangre en niño pequeño.»

El segundo objeto de la bandeja era un frasco que tenía más o menos el tamaño de una botellita de minibar. Tenía un aspecto muy poco corriente. Estaba hecha de un cristal basto y parecía muy vieja. Se cerraba con un tapón negro de metal con forma de corona rematado con una minúscula cruz en lo alto. Dentro del frasco había un centímetro de líquido transparente.

– Las enfermeras y los asistentes lo han manoseado todo, por supuesto -dijo Riordan. -Aun así, écheme una mano. -Le dio a Lassiter una bolsa de plástico con una etiqueta pegada que decía:

SIN NOMBRE

3601

02-11-95

Lassiter mantuvo la bolsa abierta mientras Riordan introducía los objetos empujándolos con un lápiz para no tocarlos.

– ¿Dónde está el tipo?

Riordan no le contestó.

– En cuanto vuelva a la comisaría incluiré esto como prueba. Sacaremos todas las huellas que podamos, eliminaremos las de las enfermeras y los asistentes y mandaremos las que queden al FBI. Después, veré qué puedo averiguar sobre el frasco. Analizaremos el líquido y veremos adonde nos lleva el cuchillo. -Hizo una pausa. -Mire, sea quien sea el tipo, su hermana se defendió. El forense ha encontrado tejido humano y sangre debajo de sus uñas. Así que pediré una prueba de ADN y veremos qué encontramos. -Hizo otra pausa. -Y ahora, ¿me hará el favor de irse a casa?

Riordan acompañó a Lassiter hasta la puerta. El detective llevaba la bolsa extendida delante del cuerpo, pellizcando la parte superior entre los dedos. Se detuvo y apoyó la mano que tenía libre en el hombro de Lassiter.

– ¿Sabe? No debería estar contándole estas cosas. No debería enseñarle las pruebas. Ya sabe… -Riordan se miró los pies. -Lo que quiero decir es que, técnicamente, usted es un sospechoso.

– Ya.

– Lo digo en serio.

– ¿De qué está hablando?

Riordan se encogió de hombros.

– ¿Y si su hermana le hubiera dejado todo su dinero? ¿Y sí resultara que estaban peleados? Lo que quiero decir es que… Bueno, ya sabe.

– Eso es absurdo.

– Desde luego -repuso Riordan sin inmutarse. -Sólo le estoy diciendo lo que pueden sugerir las apariencias. Nos machacan constantemente con eso. Tenemos reuniones todas las semanas y siempre insisten en lo de «la apariencia de lo impropio».

– ¿Lo impropio?

– ¡No! La apariencia de lo impropio. Es distinto. No hace falta que nadie haga nada mal. Basta con que parezca que algo está mal. Como, por ejemplo, enseñarle esto. -Riordan movió la barbilla hacia la bolsa que tenía en la mano. -Alguien podría interpretarlo mal.

Lassiter movió la cabeza de un lado a otro, pero no dijo nada. Estaba demasiado cansado para enfadarse. Y, además, Riordan no lo decía con mala intención. Y, técnicamente, tenía razón.

– Además -añadió el detective, -usted tiene que hacer muchas llamadas. Tiene que encargarse del funeral. Y en cuanto los periodistas se enteren de que no ha sido un simple incendio…

El sentido común de Riordan le cayó como un jarro de agua fría. Lassiter se dio cuenta de que había estado inmerso en un túnel; había estado tan ocupado intentando buscarle un sentido a las cosas, que se había olvidado de algo tan elemental como llamar a la familia. Riordan tenía razón. Claro que tenía muchas llamadas que hacer. No tenía más hermanos que Kathy y sus padres estaban muertos, pero estaban el ex marido de Kathy, sus amigos, sus compañeros de trabajo en la emisora de radio, la tía Lillian… ¿Y Brandon? Brandon no tenía padre, pero tenía padrinos. ¡Tenía que llamar a tanta gente! No quería que se enteraran de lo que había pasado por los medios de comunicación. La lista crecía en su cabeza mientras andaba como un autómata al lado de Riordan. Preparativos. Tenía que hacer los preparativos para el funeral. Tenía que elegir los ataúdes, las lápidas, las tumbas.

Tenía tantas cosas que hacer… Pero no podía dejar de pensar en Brandon, en el cuchillo, en la sangre, en el pelo. ¿Por qué le cortaría alguien el cuello a un niño de tres años? ¿Cómo podría hacer alguien una cosa así?

– Hablaré con Tommy Truong -dijo Riordan. -Me enteraré de cuándo se pueden retirar los cuerpos para…

– ¿Está grave?

– ¿Quién?

Lassiter se limitó a mirarlo.

– Ah, ¿se refiere al sospechoso? Sí, está grave, pero su condición es estable. Dicen que vivirá. ¿Le alegra oírlo?

– Sí.

– A mí también.

Riordan observó cómo Lassiter se alejaba por el pasillo hasta desaparecer detrás de la esquina. Lassiter era un tipo grande, pensó, un tipo grande y corpulento. Un tipo con aspecto atlético. Y, además, un tipo irritante. Incluso ese día, incluso allí, andaba como si fuera el dueño del mundo.

Riordan estaba pensando que, dada su relación con Lassiter, quizá fuera mejor desvincularse del caso, dejárselo a otra persona. Pero eso sería una cobardía. Modestia aparte, él era el mejor detective de homicidios del cuerpo, y no podría mirarse al espejo si se apartaba de un caso porque podía fastidiarle un posible trabajo en el futuro.

Sí, desde luego, Lassiter iba a ser un problema. De eso no cabía duda. Pero él tenía que tratar a Lassiter como a cualquier otra persona, y si eso le cerraba las puertas de su empresa… Bueno, así es la vida.

No es que el caso fuera complicado. Tenían un sospechoso y un arma homicida. Y tendrían mucho más; Riordan estaba seguro de ello. Las cosas tienden a encajar solas. Y, además, el fiscal presentaría cargos cualquier día de éstos. No sabían cómo se llamaba el tipo, ni tampoco sabían cuál era su motivo, pero eso no importaba porque podían probar lo que había hecho. Las cárceles están llenas de personas que han asesinado a gente por razones que nadie alcanza a comprender.

Y, además, puede que tuvieran suerte. Tal vez el sospechoso estuviera loco. O tal vez alguien le hubiera pagado por hacerlo. O quizás había un seguro de vida de por medio. O un ex marido. O un novio.

Esperaba que fuese un caso simple, porque, como no lo fuera, iba a tener a Lassiter todo el día encima, diciéndole que hiciera esto o aquello, que comprobara eso o lo de más allá. No. Sería todavía peor. Tal como lo veía Riordan, si él fuera Lassiter, si él fuera el dueño de una gran empresa de investigación, y si las víctimas fueran su propia hermana y su sobrino, llevaría a cabo una investigación por su cuenta y, además, se dejaría los huevos en ello. Y el policía encargado del caso, o sea él, se estaría tropezando con las huellas de Lassiter a cada paso.

Lassiter podría poner a trabajar a una docena de personas. ¡A varias docenas! Y no gente cualquiera; tipos que habían trabajado en el FBI, la DEA, la CIA, el Washington Post… Lassiter podría poner a trabajar en el caso a más personas y, para qué negarlo, mejor preparadas que la policía. De eso no había duda. Y también podría gastarse más dinero. Eso quería decir que Jimmy Riordan iba a acabar hablando con testigos que Lassiter ya había interrogado, que establecería conexiones que Lassiter ya habría establecido un par de días antes y que seguiría pistas que Lassiter ya habría desestimado, pero que él tendría que investigar de todas formas.

La mera idea bastaba para que se sintiera cansado. Y, de hecho, realmente lo estaba. Lo habían despertado en plena noche y desde entonces no había parado, sobre todo de andar. Le dolían los pies. Había gastado toda la adrenalina que tenía en el cuerpo. Necesitaba un café, pero antes tenía que llamar a la comisaría.

Porque Lassiter tenía razón en lo de los coches. Haría que un coche patrulla apuntara las matrículas de tos vehículos aparcados en los alrededores de Keswick Lane. Comprobarían las matrículas y, si encontraban un coche que no perteneciera al barrio, buscarían al dueño de puerta en puerta. Si no lo encontraban, acudirían al domicilio en el que estuviera registrado el vehículo. Y, si el dueño no estaba, averiguarían dónde trabajaba y lo buscarían allí. ¿Que el coche era de alquiler? Más de lo mismo.

Riordan hizo la llamada y esperó a que llegara la enfermera jefe. Por fin la vio aproximarse a toda velocidad por el pasillo. Era una mujer inmensa con dos pechos enormes que formaban una especie de escudo sobre el que descansaban sus gafas. Intentó desviar la mirada, pero no era nada fácil. (De eso también les habían hablado en la comisaría: «El contacto visual excesivo es un tipo de hostigamiento sexual.») Escribió el nombre de la enfermera jefe, la fecha y la hora y le dijo que tomaba posesión de los objetos personales del sospechoso. Ella le hizo firmar un papel. Él le hizo firmar otro a ella.

Se llevó la bolsa al coche, la metió en el maletero, cerró con llave y volvió a entrar en el hospital. Quería hablar con la enfermera que había encontrado los efectos personales del sospechoso. No quería dejar ningún cabo suelto; después de lo de O. J. Simpson, cualquier precaución era poca.

Encontró a la enfermera sentada, leyendo una novela rosa de Harlequin, en la cafetería. Sólo quería hacerle un par de preguntas. Una vez que ella las hubo contestado, Riordan se pidió un café y se sentó con su cuaderno de notas.

Era uno de los muchos que tenía; más de cien. Uno nuevo por cada caso importante, y todos ellos idénticos. Eran cuadernos negros, de once por dieciocho, con vueltas de alambre y papel cuadriculado. Riordan siempre escribía el nombre de la víctima, el número del caso y el número del artículo penal que había sido violado en la primera página. Lo hacía con una caligrafía meticulosa, incluso elegante. Podrán decir lo que quieran de Jimmy Riordan, pensó, pero nunca podrán criticar su letra. ¡Gracias, hermana Teresa!

Por el momento, este cuaderno estaba prácticamente vacío, aunque Riordan sabía que, antes o después, acabaría por llenarlo. Y entonces, después de transcribir los detalles en las hojas oficiales del cuerpo de policía, el cuaderno ocuparía su lugar junto a los demás en la estantería del cuartito que hacía las veces de despacho en su casa. Riordan bebió un poco de café y repasó mentalmente el caso. Además de lo que había hecho, lo único que sabía del sospechoso, de Sin Nombre, era que uno de los médicos le había oído murmurar algo en italiano.

Eso podría ser interesante. Aunque también podría ser un problema. Riordan se echó un poco de leche en el café, que apenas cambió de color. Puede que Sin Nombre fuera italiano, aunque Riordan esperaba que no fuera así. Había tenido algunos casos que involucraban a ciudadanos extranjeros y, dada la proximidad de Fairfax a Washington, las embajadas podían convertirse en un fastidio.

Hasta podría trabajar en una embajada, pensó Riordan. ¿Y si tuviera inmunidad diplomática?

Bebió un poco más de café.

El segundo sorbo nunca sabía tan bien como el primero.

Joe Lassiter no se había marchado del hospital. Estaba en el tercer piso, siguiendo una línea verde pintada en el suelo que avanzaba en zigzag por los distintos pasillos. Tenía muchas cosas que hacer, muchas, pero antes que nada quería ver al hombre que había matado a Kathy y a Brandon. Un auxiliar le había dicho que la línea verde lo llevaría hasta la unidad de quemados, así que la estaba siguiendo.

A no ser que uno fuera daltónico, los colores eran un buen sustituto para las palabras. No hacía falta saber inglés para seguir una línea pintada en el suelo. Ni siquiera había que estar en su sano juicio. Uno podía estar enfermo, drogado o alucinando o hablar sólo tagalo, y los colores lo llevarían hasta donde quisiera ir.

Lassiter había estado un par de veces en la central de la CIA. Allí usaban el mismo sistema, aunque con un propósito diferente. En la central de la CIA, todo el mundo llevaba una chapa de identificación en la chaqueta del traje. La identificación decía visitante, personal o seguridad e iba acompañada por una franja de color que, en vez de indicar adonde ir, establecía adonde no se podía acceder. Si uno iba andando por un pasillo con una línea roja dibujada en el centro y tenía una franja verde en su identificación, todo el mundo sabía que había rebasado sus límites. «¡Perdone! Creo que se ha equivocado.»

Atravesó un par de puertas de doble hoja siguiendo la línea verde como un autómata. O como un niño de preescolar. Como Brandon. Lassiter recordó una imagen de su sobrino: su intenso gesto de concentración infantil al escribir unas inmensas letras temblorosas con unas ceras. Y otra: Brandon durmiendo, con una sonrisa dibujada en los labios y el cuello abierto de oreja a oreja, como un animal degollado.

Y Kathy. Y las palabras de Tom Truong resonando en su cabeza: «Pequeños cortes en dos manos… Éstas son seguro heridas de defensa.»

Kathy. En la oscuridad. Dormida. Oye algo. No sabe qué es. Un cuchillo desciende hacia ella. Sus manos se levantan en un gesto reflejo…

Lassiter pasó junto a un grupo de enfermeras, pero nadie pareció fijarse en él. No estaba seguro de lo que haría cuando llegara al final de la línea verde; puede que sólo lo mirase.

Y, entonces, ahí estaba. No había mucho que ver. Tan sólo a Sin Nombre al otro lado de una gran ventana rectangular. Al menos, supuso que sería él, pues era el único paciente. Se encontraba conectado a todo tipo de tubos, y las partes de su cuerpo que no le habían vendado estaban cubiertas con un espeso ungüento blanco. Lassiter se había quemado la mano una vez, y el nombre de la sustancia blanca le vino a la cabeza: Silvederma.

Por lo que Lassiter sabía, nadie lo había visto antes de quemarse la cara, así que, verdaderamente, era un hombre Sin Nombre; no tenía descripción posible. ¿Quién era? ¿Por qué lo había hecho? ¿En que estaría pensando ahora mismo?

¿Estaría consciente? Lassiter no podía saberlo. Pero, si lo estaba, quizá pudiera responder a un par de preguntas. Preguntas simples. Lassiter estaba alargando la mano hacia el picaporte cuando un hombre vestido con una bata se asomó desde detrás de un biombo y, con un grito de ira, salió corriendo hacia él.

El médico se quitó la mascarilla de un tirón. Tenía los ojos pequeños y brillantes y unos incisivos que recordaban a una ardilla.

– ¿Es que no me expreso bien? ¡Ya se lo he dicho a su gente! Este entorno está esterilizado.

Lassiter no dijo nada. Tampoco se movió. Se limitó a mirar al médico con tal indiferencia que éste titubeó un momento antes de continuar.

– Esta terminantemente prohibido el paso.

Obviamente, el médico creía que Lassiter era de la policía y a él no se le ocurrió ninguna razón para sacarlo de su error.

– El paciente es sospechoso de cometer un doble homicidio -dijo. -Quisiera hablar con él lo antes posible.

– En este momento mi paciente está sedado. Además, su condición es extremadamente vulnerable a las infecciones -repuso el médico con tono paternalista. -Ya les avisaré cuando esté listo para ser interrogado.

Lassiter asintió.

– Gracias por su ayuda -dijo.

– Y vayan haciéndose a la idea de que eso no será hasta dentro de bastante tiempo.

– ¿Sí? ¿Y eso por qué?

El médico sonrió y se llevó un dedo al cuello.

– Ya se lo he dicho a sus compañeros: hemos tenido que hacerle una traqueotomía.

– ¿Qué quiere decir eso exactamente?

– Quiere decir que no puede hablar.

Lassiter miró a Sin Nombre a través del cristal. Luego volvió a mirar al médico.

– ¿En cuánto tiempo?

El médico se encogió de hombros.

– Mire, detective -dijo con tono exasperado, -todo lo que tienen que hacer es esperar. Antes que nada, las heridas del paciente tienen que ir cicatrizando. Tiene el lado izquierdo de la cara, el cuello y el pecho abrasados, pero saldrá adelante. Y, mientras tanto, le aseguro que no va a ir a ninguna parte. Los mantendremos informados sobre su condición.

– No dejen de hacerlo -dijo Lassiter. Se dio la vuelta y se fue.

Ya de noche, Lassiter se tumbó en el sofá y encendió la televisión. Debía de haber hecho unas cuarenta llamadas. La mitad de las personas con las que había hablado ya habían oído lo ocurrido y querían saber más detalles. Con el tiempo, la mera repetición de los datos consiguió alejarlo del significado de las palabras. Su voz tenía la compostura neutral de un presentador de noticias; era como si estuviera informando sobre alguna cosecha damnificada en algún remoto país.

Las otras llamadas, aquellas en las que la noticia cogía a sus interlocutores por sorpresa, como una bomba que cae de forma inesperada, habían sido mucho peores. Y, fuera cual fuese la reacción de éstos, sólo conseguía aumentar el dolor de Lassiter.

Fue de un canal a otro, aunque le resultaba imposible concentrarse en nada. Estaba demasiado inquieto. No conseguía librarse de la acuciante sensación de que se había olvidado de hacer algo, algo importante. Cogió una cerveza y subió la escalera de caracol que llevaba a la terraza del tercer Piso. La casa estaba encaramada en la ladera de una empinada colina, de tal manera que la terraza quedaba a la altura de las copas de los árboles. Se apoyó en la barandilla y observó el cielo pálido, obstruido, a través de las ramas negras. No había estrellas.

Oyó el teléfono. Primero pensó en no contestar, pero después cambió de opinión.

– ¿Sí?

La voz de Riordan estalló en el auricular.

– ¿Sí? ¿Eso es todo lo que tiene que decir? ¿Sí? ¡Pues váyase a la mierda!

Lassiter miró el auricular.

– ¿Qué? -dijo.

– ¿Cómo que qué? ¿Qué cojones hacía en la unidad de quemados?

– Ah, sólo se trata de eso.

– Le diré de qué se trata. El sospechoso se ha sacado el puto tubo de la garganta.

– ¿Qué?

– Que ha intentado suicidarse -dijo Riordan. -Los médicos me dicen que está tan drogado que no puede ni contar hasta uno, pero él va y se saca el puto tubo de la tráquea. Todavía lo tenía cogido en la mano cuando lo encontraron. Y parece que no quería soltarlo. Casi necesitan unas tenazas para abrirle los dedos.

Lassiter sintió una repentina sensación de pánico. No quería que Sin Nombre muriera. Tenía muchas preguntas, y él era el único que podía responderlas. Además, Sin Nombre era la persona que iba a pagar por su dolor; el objeto de su venganza.

– ¿Está bien? ¿No se estará…?

– No, no. Saldrá de ésta. El que me preocupa es usted. ¿En qué demonios estaba pensando? Tengo un nuevo compañero, ¿sabe? Uno de esos tipos jóvenes recién salidos de la academia. Se pasa el día pensando. Y esta vez ha pensado que tal vez no fuera el sospechoso quien se quitó el tubo. Dadas las circunstancias, estando tan sedado y todo eso, puede que alguien lo ayudara.

– ¿Qué? ¿Es que alguien…?

Riordan lo interrumpió.

– Y entonces el doctor Whozee dice algo sobre el «otro detective» que fue a la unidad de quemados. Y mi compañero dice: «¿Qué otro detective?» Y la descripción no encaja con ninguno de nuestros hombres. De hecho, con quien encaja es con usted.

– Quería verlo -dijo, reconociendo que había sido él.

Riordan se rió con un desagradable carraspeo.

– Claro. Sólo quería echarle un vistazo. Pues déjeme que le diga que no fue una buena idea.

– Ni siquiera llegué a entrar. El médico no me dejó pasar.

– Eso he oído.

– Pues ha oído bien. ¿Cuándo pasó lo del tubo?

– No lo sé. Quizá me lo pueda decir usted. ¿Adónde fue cuando el médico no lo dejó pasar?

– Un momento. ¿Está insinuando que fui yo el que le quitó el tubo? ¿Me está pidiendo una coartada? -Estuvo a punto de colgar. Era inocente y sentía la indignación de los injustamente acusados. -Me vine a casa -dijo. -Y llevo hablando por teléfono desde que llegué.

– Eso se puede comprobar -replicó Riordan.

– Adelante, compruébelo.

– Gracias a usted, no me queda más remedio que hacerlo -contestó Riordan. -Mire, déjeme que le diga algo. No creo que lo hiciera usted, ¿vale? Creo que lo hizo él solo. Eso es lo que pasó. Los médicos comprueban su estado cada diez minutos, hay otro chaval en el pabellón y hay enfermeras por todas partes. No hay más que gente por todas partes; es imposible entrar ahí. Pero usted…, usted es como una bala de cañón que ha perdido el control. Va a la unidad de quemados, se hace pasar por un detective de policía…

– Nunca dije que fuera de la policía. El médico lo…

Riordan hizo caso omiso de su interrupción.

– Y al final me echan la bronca a mí por no haber puesto a un agente vigilando. Algo que, de hecho, ya había solicitado, ¿sabe? Pero como el agente no parecía tener prisa por llegar al hospital… Y ahora tengo que perder el tiempo comprobando sus malditas llamadas. Y si no lo hago, parecerá raro, porque todo el mundo sabe que lo conozco. Y otra cosa: no creo que sólo quisiera verlo. Seguro que tenía la estúpida esperanza de hablar con él.

Lassiter respiró hondo.

– Lo único que nos faltaba -añadió Riordan. -Imagínese que lo consigue y el tipo le abre su corazón. ¿Qué cree que pasaría luego en el juicio? ¿Sabe la que podría montar un buen abogado defensor?

– ¿Por qué iba a querer matarse? -cambió de tema Lassiter.

Riordan suspiró.

– Puede que sintiera remordimientos -repuso Riordan.

– Me pregunto si…

– Hágame un favor -lo volvió a interrumpir Riordan. -No se pregunte nada. No haga nada. Si quiere ayudarme a resolver este caso, manténgase al margen.

La ira de Riordan le estaba empezando a producir dolor de cabeza.

– Me mantendré al margen -manifestó. -Lo haré en cuanto me diga quién ha matado a mi hermana.

– El puto Sin Nombre ha matado a su hermana.

– ¿Y quién es? ¿Y por qué lo ha hecho?

CAPITULO 9

Hacía calor para ser noviembre, casi veintisiete grados. Al caer, las hojas, relucientes como joyas, giraban mecidas por una brisa sofocante, casi tropical. El invierno estaba a punto de llegar, pero hacía tanto calor como en un día de junio. Y eso hacía que el reluciente follaje pareciera fuera de sitio, incluso artificial. Los que habían venido desde fuera de la ciudad sudaban incómodamente en sus prendas de cachemir, de pana o de lana. Incluso Lassiter se sentía un poco mareado. El calor desacostumbrado, la incomodidad de los asistentes, las hojas doblándose en el aire… Era como si estuvieran rodando una película fuera de secuencia y en la temporada equivocada.

Lassiter no podía deshacerse de esa sensación de irrealidad. Hasta los ataúdes parecían formar parte de un decorado. El de Brandon era minúsculo, como para añadir dramatismo a la crueldad de los hechos. El sacerdote de la Iglesia unitaria a la que Kathy acudía últimamente parecía elegido entre varios candidatos para interpretar el papel. Tenía exactamente el ademán de sinceridad que era de esperar y una capacidad innata para mirar fijamente a los ojos y estrechar manos con sentida emoción.

Pero la suya no era una emoción real o, si lo era, no estaba dirigida específicamente a Kathy. El sacerdote sentía una compasión universal, rebosaba compasión por todos lados, y o hacía que su dolor resultara fácil y abstracto. No es que a Lassiter le importara especialmente; la suya era una iglesia concurrida y el sacerdote no conocía realmente a su hermana. Por teléfono, mientras preparaban la misa y el entierro, el sacerdote le había pedido ayuda para «darle un carácter más personal a la ceremonia». Quería saber cómo llamaban a la difunta. ¿La llamaban Kathleen? ¿O la llamaban Kate? ¿O Kath? O Kathy? Quería conocer alguna anécdota de su vida, algo que hiciera que sus familiares y amigos recordaran a la «mujer de carne y hueso».

Ahora, frente a la tumba, las palabras del sacerdote sonaban monótonas, predeciblemente edificantes. Hablaba sobre la tierra sin ataduras que habitaban ahora Kathy y Brandon, sobre el alcance infinito del espíritu. Pero su tía Lillian, el único otro familiar presente, debió de sacar algo en claro de las palabras del sacerdote, porque se acercó a él y le estrechó la mano con fervor.

Lassiter pensó que, de alguna manera, esa sensación extrañamente artificial que tenía lo había acompañado desde el momento en que supo que Kathy había muerto. Al principio pensó que sería una reacción natural ante una muerte inesperada, una especie de shock emocional. Pero allí, de pie en el cementerio, se dio cuenta de que la sensación de irrealidad era tan persistente porque, como casi todo el mundo, había asistido a muchos más funerales cinematográficos que reales. Estaba esperando ese primer plano revelador, o ese plano amplio hasta la verde loma donde una figura misteriosa observa la ceremonia desde lejos, perfilada contra el sol. Un amante presentando sus respetos desde una distancia segura. O un asesino, deleitándose ante la calamidad que había forjado.

Lassiter estaba esperando algo, algo de música o un ángulo especial de la cámara, que pusiera el acontecimiento en perspectiva.

Pero no ocurrió nada. En última instancia, eso era lo que hacía que todo pareciese tan irreal. Faltaba algo, una razón Para las muertes que estaban llorando. Kathy y Brandon no eran víctimas de un acto fortuito de violencia; sus asesinatos sin duda habían sido premeditados. Pero, aun así, nada. La Policía ni siquiera tenía una teoría. Y el hombre que tenía las respuestas había empeorado. Estaba inconsciente, y su condición era crítica. Tenía los pulmones infectados y la piel le supuraba; podrían pasar semanas antes de que fuera posible interrogarlo.

Las personas que rodeaban la tumba tenían un aspecto abatido, cansado. La repentina y brutal muerte de alguien querido las había dejado desconsoladas. En el caso de Brandon, estaba la incrédula tristeza de los padres de media docena de amigos de preescolar. Su profesora, una mujer con el pelo castaño recogido en un moño, se frotaba los ojos. El labio inferior le temblaba. Cerca de ella, un niño pequeño cogía de la mano a su madre, una mujer que llevaba sombrero con velo y gafas de sol.

Habían acudido algunos compañeros de trabajo de la radio pública en la que Kathy trabajaba como productora de programación. Un par de vecinos. Su compañera de habitación de la universidad, que había conducido más de seiscientos kilómetros en deferencia a veinte años de tarjetas de felicitación. Y Murray, el infatigable Murray el ex marido de Kathy. Pero ningún amigo íntimo, porque, realmente, Kathy no tenía amigos íntimos.

Por parte de la familia sólo estaban él y la tía Lillian. Pero la escasa presencia de familiares no se debía al carácter introvertido y difícil de Kathy. Lassiter se sorprendió al darse cuenta de que él y Lillian, la hermana de su padre, de setenta y seis años, eran todo lo que quedaba de dos árboles genealógicos reducidos a la nada.

Murray fue el único que lloró. Igual que en el caso del sacerdote, su dolor no se correspondía específicamente con los cuerpos que descansaban en los ataúdes; Murray era el tipo de persona al que se le saltaban las lágrimas al deshacerse de un viejo sofá. Aun así, Lassiter se lo agradeció. Esa muestra desinhibida de tristeza parecía mejor tributo a su hermana que el mayor ramo de flores.

Tras una ostentación verbal sobre las luces que guían nuestras almas en el desierto, el sacerdote por fin acabó su sermón. Lassiter arrojó dos puñados de tierra y una rosa blanca para Kathy. Después, se dio la vuelta y se alejó.

Los demás siguieron su ejemplo. Lassiter avanzó por el camino y se detuvo a unos diez metros. Cada uno de los asistentes se acercó a él para estrecharle la mano o besarlo en la mejilla y decirle cuánto lo sentía.

Uno de los primeros en hacerlo fue la mujer con el niño pequeño, que se presentó como Marie Sanders.

– Y éste es Jesse -dijo con orgullo.

Lassiter sonrió al niño y se preguntó si sería su hijo; no se parecían en nada. Él era de tez oscura y tenía unos ojos marrones insondables y un cabello negro azabache que le caía en rizos sobre la frente. Era muy guapo, igual que lo era ella, pero de una manera distinta. Ella era pálida, rubia y… De alguna manera, le resultaba familiar.

– ¿La conozco? -preguntó Lassiter.

A ella no pareció sorprenderle la pregunta, pero movió la cabeza.

– No creo -dijo.

– Es que… No sé, tenía la sensación de que nos habíamos visto antes.

Ella sonrió nerviosamente.

– Sólo quería decirle cuánto lo siento. Kathy… -Bajó la mirada y movió la cabeza de un lado a otro. -Lo vi en las noticias.

– Lo siento. Intenté llamar a todos sus amigos…

– Oh, no. Por favor. No la conocía tanto.

– Pero ha dicho que…

– No vivo aquí -se apresuró a explicar ella. -Estábamos de viaje. Lo vi en un canal por satélite que incluía un noticiario de Washington. -Dejó de hablar y se mordió el labio. -Lo siento, lo estoy entreteniendo.

– En absoluto.

– Conocí a su hermana… en Europa y me cayó muy bien. ¡Teníamos tanto en común! Así que cuando vi su foto y la de Brandon en la televisión… -Su voz se tornó temblorosa. Lassiter vio a través del velo que sus ojos se habían llenado de lágrimas. -Bueno, algo me hizo venir. -Respiró hondo y recuperó la compostura. -Lo siento -dijo. -Siento tanto su pérdida…

– Gracias -repuso Lassiter. -Gracias por venir.

La mujer se fue, y Murray apareció delante de Lassiter con los ojos llenos de lágrimas.

– Qué difícil es -dijo al tiempo que abrazaba a Lassiter. -Maldita sea, ¡qué difícil es!

Lassiter había olvidado cómo se lloraba, pero la garganta le dolía por la tristeza. Había perdido a alguien que lo conocía como nunca podría conocerlo ninguna otra persona, alguien con quien había compartido su infancia. Había perdido la «Alianza», la palabra solemne que había elegido Kathy cuando eran niños para designar su vínculo, esa especie de sociedad de protección mutua que tenían contra sus padres.

Recordó su carita severa, en su cuarto de juegos de Washington, dentro de una especie de tienda de campaña que Kathy había construido con mantas y sábanas. Él tendría unos cinco años y Kathy diez. «Tenemos que mantenernos unidos -había dicho ella. -He decidido que tú y yo tenemos que formar una alianza.» Aunque la palabra no formaba parte de su vocabulario, él entendía lo que quería decir ella. Kathy tenía escrita una lista de normas que resumían sus responsabilidades. Se la leyó: Número 1: Nunca te chives de un miembro de la Alianza. Se pincharon los dedos, dejaron caer una gota de sangre en el papel y después lo enterraron junto al abeto. Incluso de adultos, mantuvieron el hábito de firmar las cartas que se escribían con el símbolo que había inventado Kathy: una A tumbada.

Su padre, Elías, había sido miembro del Congreso durante más de veinte años. Cada vez que su nombre aparecía en algún periódico, algo que ocurría a menudo, iba seguido de un pequeño paréntesis: (R-Ky)?. El dinero que había llevado a Eli hasta el Congreso era de su esposa, Josie. El abuelo de Josie había hecho una fortuna con el whisky, lo cual había convertido a Josie, que era hija única, en un partido más que estimable para un ambicioso joven de una familia sin abolengo.

Eli y Josie nunca estuvieron demasiado cerca de sus hijos. Como la mayoría de los miembros del Congreso, iban y venían entre Washington y su estado de origen. Como resultado de ello, más que por su padre y su madre, Kathy y Joe fueron criados por una sucesión de niñeras, au pairs, canguros y, más adelante, tutores.

Lassiter nunca le había dado demasiada importancia al abismo que lo separaba de sus padres. Tenía miedo de los arranques temperamentales de su padre y veía poco a su madre. Así eran las cosas, y él no le daba más vueltas. En el colegio privado de Washington en el que había estudiado, la mayoría de sus amigos compartían su misma situación. Pero a Kathy sí la afectaba, al menos hasta que todo empezó a darle igual.

Lassiter lo sabía porque en una ocasión, cuando Josie le pidió que le llevara una copa, apareció en pleno enfrentamiento entre su hermana y su madre. Kathy tenía una expresión fiera y estaba diciendo: «Realmente, no te importamos. Sólo querías tener hijos para poder enseñarles las fotos a tus amigos.»

Josie, sentada ante su tocador, bebió un poco de la copa que le había llevado. Ladeó la cabeza y se puso un pendiente. «Pero cariño, eso no es verdad -dijo sin apartar la mirada ni un solo momento de su reflejo. -Eres muy especial para mí.» Todavía podía oír el acaramelado acento del sur de su madre. Después, Josie se incorporó, cogió un perfumador de vidrio, perfumó el aire y atravesó la nube de aroma. «Y ahora dale un beso a mamá -añadió. -Ya llego tarde.»

Eli afrontaba sus responsabilidades paternas como si fueran obligaciones laborales. De hecho, incluía a sus hijos entre sus muchos quehaceres diarios, algo que Joe supo por su hermana. Una noche, en su casa de Washington, Kathy lo llevó al despacho de Eli y le enseñó la agenda forrada en cuero del congresista.

7.00: Oraciones y desayuno con jóvenes republicanos

8.30: Sede del partido. Comité Republicano de Dirección.

10.15: Zoo con los niños.

Prácticamente cada ocasión en la que Eli veía a sus hijos, al menos durante los años que vivieron en Washington, había sido planeada previamente.

Llevar a Joe a Camillo’s: corte de pelo.

Hablar con Kathy sobre Sueños frente a Planes.

Empezaron a mirar la agenda a escondidas para saber lo que su padre tenía planeado para ellos. Así podían fingir que estaban enfermos, o hacer otros planes, para eludir esos eventos a los que eran arrastrados como aderezo visual. Se encubrían el uno al otro. Presentaban un frente unido.

Comida para recaudar fondos para el senador Walling. Llevar familia.

«¡Mamá! ¡Mamá! Kathy está vomitando y yo tampoco me siento demasiado bien.»

Después de la ceremonia se ofreció un refrigerio. Lassiter se sorprendió a sí mismo deseando hablar sobre su infancia con Kathy, sobre la Alianza. Miró a su alrededor, buscando a Murray o a la hermosa mujer con el niño pequeño. ¿Cómo se llamaba? Marie. No podía dejar de pensar que se habían visto antes, que, de alguna manera, se conocían. Aunque puede que simplemente se sintiera atraído hacia ella porque, además de Murray, parecía ser la única persona presente para la que la muerte de Kathy suponía una pérdida personal. No tardó en encontrar a Murray. O, mejor dicho, Murray no tardó en encontrarlo a él. Pero no veía por ninguna parte a la mujer.

Al acabar el refrigerio llevó a la tía Lillian al aeropuerto de Dulles, y volvió por la autopista de peaje. Cuando llegó a su casa, ya era casi de noche. Normalmente solía disfrutar del largo camino de entrada, del crujido de los guijarros bajo las ruedas, del balanceo del coche al atravesar el puente de madera sobre el riachuelo. En cierto modo, ésa era la razón por la que había construido la casa. Se pasaba la mayor parte del día pensando en el trabajo, haciendo planes, acudiendo a reuniones y tomando decisiones; hasta que cruzaba el arroyo. Entonces se olvidaba de todo.

Le encantaba ver la silueta de la casa elevándose por encima de los árboles. No había ningún edificio igual en todo Washington. En parte porque el arquitecto era holandés y en parte porque estaba chiflado. O era un genio. O un poco de las dos cosas. En cualquier caso, era un antroposofista y, por tanto, un enemigo, por principio, de los ángulos rectos. El resultado era un racimo de curvas sinuosas, ángulos improbables e inesperados volúmenes que le había costado un millón de dólares.

Al ver la casa la gente reaccionaba de una de dos maneras. Algunas personas la admiraban boquiabiertos, incapaces de disimular su placer, mientras que otras se mordían el labio inferior y asentían sensatamente, como diciendo: «Otro millonario extravagante.» A Lassiter le gustaba pensar que podía descifrar a las personas por su manera de reaccionar al ver la casa, aunque realmente no era cierto. Algunas de las personas que más apreciaba, Kathy, por ejemplo, se limitaban a mover la cabeza de un lado a otro o a sonreír educadamente cada vez que la veían.

Pero, una vez dentro, casi todo el mundo acababa por rendirse ante sus encantos. La luz, que se derramaba a través del techo de cristal del atrio con bóvedas de cañón que atravesaba la casa de norte a sur, inundaba cada rincón. Las habitaciones eran enormes y se comunicaban armoniosamente las unas con las otras. De las paredes colgaban antiguas fotos de Nueva York en blanco y negro y dibujos cuidadosamente enmarcados de personajes de dibujos animados. No había muchos muebles, sólo un par de grandes sofás y un magnífico piano con el que Lassiter se enseñaba a tocar a sí mismo.

Volver a casa era su recompensa diaria. Pero, esta vez, ni las grandes paredes blancas ni los altísimos techos consiguieron elevarle el ánimo. Al contrario, la casa le pareció vacía y fría; más bien un fuerte que un refugio.

Se sirvió un poco de Laphroaig y fue a su habitación favorita: el despacho. Tres de las paredes, que dibujaban extraños ángulos entre sí, estaban cubiertas por estanterías desde el suelo hasta el techo y para llegar a los estantes más altos había sendas escaleras sobre rieles. En una esquina de la habitación, como a medio metro del suelo, había una chimenea de adobe con troncos apiñados debajo. Aunque no hacía frío, encendió un fuego y se pasó veinte minutos sentado, bebiendo whisky escocés mientras observaba cómo las llamas se agarraban a la madera.

Por fin, presionó la tecla de «mensajes» del contestador automático. Tenía diecisiete mensajes. Subió el volumen del altavoz y salió a escucharlos a la terraza mientras observaba los abedules agitarse en el viento. Había refrescado y podía sentir la lluvia que llegaría detrás del viento, tal vez en una hora.

Tenía un par de llamadas del trabajo. Estaba teniendo lugar una fusión hostil en TriCom y un abogado de Lehman Brothers quería verlo. Otra llamada le informaba sobre «un pequeño follón» en Londres. Al parecer, uno de sus investigadores había mostrado «un exceso de celo profesional» y la BBC estaba interesada en entrevistarlo.

La mayoría eran llamadas de condolencia de amigos y conocidos que no habían ido al entierro. También tenía una llamada de una cadena de televisión y otra del Washington Post. Y después la voz ronca de Mónica, diciéndole cuánto lo sentía, diciéndole que si había cualquier cosa, cualquiera… Bueno, seguía teniendo el mismo número de teléfono.

Lassiter meditó en ello. Pensó en llamarla, pensó en cómo había acabado su relación, y se dijo: «¿Qué es lo que me pasa?»

Y la respuesta llegó sin demora: «Lo mismo de siempre.»

O, para ser más exactos, lo que empezaba a convertirse en lo mismo de siempre. Conocía a una mujer que de verdad le gustaba, se veían durante un año, más o menos, y entonces la relación llegaba a un punto muerto. A ello seguía un ultimátum, un aplazamiento, otro aplazamiento y, entonces… Mónica daba paso a Claire, o a quien fuere. De hecho, ahora era Claire, aunque en este momento resultaba estar en una conferencia en Singapur. Le había telefoneado hacía dos noches. Le había hablado de la muerte de Kathy, pero Claire no conocía a Kathy, y cuando dijo algo sobre acudir al funeral él rechazó cortésmente una oferta que había sido hecha para ser rechazada.

Se acabó el whisky. La verdad era que disfrutaba de la compañía de las mujeres, de una en una. La monogamia o, por lo menos, la monogamia en serie, era algo natural en él, así que también debería serlo el matrimonio. Pero el matrimonio era algo con lo que Lassiter estaba decidido a acertar a la primera. Además, era lo suficientemente romántico para creer que, cuando llegara el momento, de alguna manera lo sabría. No tendría ninguna duda. Sería lo más importante del mundo, mientras que con Mónica el matrimonio le parecía… Bueno, sólo una opción.

El último mensaje era de Riordan. Lo escuchó sin prestar atención. Al acabar se dio cuenta de que no había oído ni una sola palabra. Rebobinó la cinta y apretó el botón de «mensajes» por segunda vez.

Riordan era uno de esos hombres a los que les incomoda hablar con una máquina. Hablaba demasiado rápido y demasiado alto. «Lo siento si he sido demasiado duro -decía con un tono de voz que no encajaba con el mensaje. -Me gustaría que se pasara por aquí mañana. Quiero comentarle un par de cosas.»

CAPÍTULO 10

El despacho de Riordan estaba en el tercer piso de una de esas horribles cajas que construyeron los responsables municipales durante los años cincuenta. Las fachadas exteriores eran un desfile de paneles de plástico y cristal azul separados por unas franjas de aluminio que hacía ya mucho tiempo que habían empezado a picarse. A pesar de ser un edificio moderno, pues era relativamente reciente, tenía mucho peor aspecto que los elegantes edificios del siglo XIX que se alzaban a su lado.

Dentro, las cosas tampoco mejoraban. Los paneles acústicos del techo estaban reblandecidos y sucios. El suelo de linóleo tenía décadas de porquería incrustadas bajo miles de capas de cera. Las escaleras le recordaban a Lassiter a su colegio. Cuando empezó a subirlas, le vino una bocanada de olor a leche rancia; aunque no podía saber si era real o imaginaria.

El segundo piso estaba reservado para las investigaciones de narcóticos. Cerca de la escalera, un cartel avisaba:

POLICIA SECRETA

PROHIBIDO EL PASO A TODA PERSONA NO AUTORIZADA

Lassiter encontró la brigada de homicidios en el tercer piso. Había un par de despachos, algunas habitaciones vacías que supuso que servían para los interrogatorios, y un laberinto de cubículos separados entre sí por paneles de conglomerado de madera de dos metros de altura. El sitio resultaba desordenado, incluso caótico, y, como en la redacción de un periódico, todo el mundo parecía estar sentado tecleando en un ordenador o, como en el caso de Riordan, inclinado sobre un teléfono.

Riordan tenía unos cincuenta y cinco años y ese tipo de piel irlandesa que más que envejecer se curte. Siempre tenía la cara y las manos rojas, pero seguramente tendría la piel del cuerpo blanca como la leche. Al ver a Lassiter abrió sus pálidos ojos azules en señal de bienvenida. Parecía cansado. Subió y bajó las cejas y señaló hacia una silla con la mano.

El calor era sofocante, ya que, en vez de regirse por el termómetro, el sistema de calefacción dependía del calendario. Todos los detectives estaban en manga corta. Lassiter observó que todos ellos, sin excepción, llevaban pistola, o en una funda colgada del hombro o detrás del pantalón. Los policías, por supuesto, estaban acostumbrados a la presencia constante de armas, pero eso era algo que nunca dejaba de sorprender a Lassiter cuando iba a una comisaría: todo el mundo iba armado.

Ésa era una de las razones por las que Lassiter Associates casi nunca contrataba a un ex policía. No era sólo que no supieran escribir. Es que eran incapaces de disimular su condición de ex policías; conducían «vehículos» en vez de coches y nunca iban a ningún sitio: se «dirigían» a él. Además, tenían un actitud, una manera de comportarse, propia e inconfundible. Prácticamente todos los policías pasaban algún tiempo patrullando las calles en uniforme y, como los actores y los políticos, esperaban que la gente reaccionara ante su presencia de una manera determinada. Daba igual que la reacción fuera negativa; lo importante es que hubiera una reacción. Y la experiencia le había enseñado a Lassiter que el síndrome de la pistola y la placa persistía mucho después de abandonar el cuerpo de policía.

Riordan colgó, se volvió hacia él y juntó sus dos grandes manos rojas dando una palmada.

– El coche -dijo. -Pensé que le gustaría saber que encontramos un coche de alquiler en la manzana de la casa de su hermana. Lo hemos investigado.

Lassiter asintió, pero no dijo nada. Sabía por el tono desenfadado del detective que, aunque su visita a la unidad de quemados lo hubiera cabreado, no le guardaba rencor. Ese asunto estaba zanjado.

– Hertz. Directo del aeropuerto. No hay ninguna duda de que es el coche de Sin Nombre. El maletero apesta. Probablemente sea queroseno. -Riordan hizo una pausa.

– ¿Y?

El detective se encogió de hombros.

– Bueno. Lo alquiló con una tarjeta de crédito. Juan Gutiérrez. La tarjeta está domiciliada en Brookville, Florida. Le pedí a la policía local que echara un vistazo. Es una casa en la que se alquilan habitaciones. El correo se amontona en la mesa de recepción. Hace dos o tres meses, un tipo que decía llamarse Juan alquiló una habitación, pero no paraba mucho por allí. De hecho, no iba casi nunca.

El teléfono sonó y Riordan contestó. Lassiter escuchó unos segundos, el tiempo suficiente para saber que la conversación no tenía nada que ver con él, y miró los paneles del cubículo de Riordan. Estaban decorados, si ésa era la palabra, con dibujos de niños. Colegio William Tyler. Figuras burdamente dibujadas empuñando pistolas con todo tipo de detalles realistas. Las balas disparadas estaban representadas como sucesivas líneas rectas. Unos gruesos trazos de cera roja marcaban las heridas y, en algunos casos, la sangre fluía en cuidadosas gotas individuales. De alguna manera, la sangre de cera parecía más brutal y real que la de las películas.

Riordan colgó.

– ¿Por dónde iba?

– Juan Gutiérrez.

– Ah, sí. Por lo que sabemos, la habitación de Brookville sólo era una dirección postal. Pero todavía no he acabado. Encontramos una llave de hotel en el cenicero del coche de alquiler. Hizo falta andar bastante, pero por fin dimos con el sitio. Es un hotel de la cadena Comfort Inn, cerca de la carretera 395. Juan Gutiérrez, habitación 214. Así que conseguimos una orden de registro. Encontramos una bolsa de viaje, un mapa del condado de Fairfax y una cartera.

– ¿Una cartera?

– La cartera contenía casi dos mil dólares en billetes, un carné de conducir, el carné de una biblioteca, una tarjeta de la Seguridad Social y un par de Visas. Todo a nombre de Juan Gutiérrez, Brookville, Florida. Hemos hecho una serie de averiguaciones y resulta que… Bueno, lo más probable es que el señor Gutiérrez no sea realmente el señor Gutiérrez.

– ¿Qué quiere decir?

– No tiene pasado. Todo empieza hace dos o tres meses, como si hubiera nacido a los cuarenta y tres años. Tiene un carné de biblioteca expedido en agosto, pero nunca ha sacado un libro. Tiene un carné de conducir expedido a principios de septiembre, pero es el primero que tiene en toda su vida; al menos que nosotros sepamos. Nunca se ha comprado un coche. Nunca le han puesto una multa. Y sus dos Visas son de débito. Ya sabe, de esas que le dan a la gente que tiene un mal historial bancario.

– ¿De esas que tienes que ingresar primero el dinero en el banco?

– Exactamente. Y tiene un saldo de dos mil dólares en cada una: Las tiene desde…

– Septiembre.

– Exactamente. Sólo ha pasado el tiempo suficiente para que el banco le pase un recibo, pero, en las dos tarjetas, volvió a subir el saldo inmediatamente a dos mil dólares. Ingresó el dinero mediante un giro postal.

– Así que es un fantasma. -Ése era el término que usaban en el negocio de la investigación para la gente que vivía bajo una falsa identidad.

– Es un fantasma de los gordos.

– ¿Qué quiere decir?

– No ha robado su identidad, ni tampoco la ha comprado. Parece que la ha creado partiendo de cero. Y el número de la Seguridad Social es un número auténtico y pertenece a un Juan Gutiérrez auténtico que vive en Tampa, Florida. Ese Juan Gutiérrez no conduce y tiene aproximadamente la misma edad que Sin Nombre. Si alguien se tomara la molestia de comprobar el número, daría por supuesto que son la misma persona.

– Está diciendo que es un trabajo de profesional.

– Exactamente. Es un trabajo cojonudo. Si lo para la policía…, no hay ningún problema. Si quiere alquilar un coche… ¡Adelante, caballero! Que quiere volar a alguna parte, pero no quiere pagar en efectivo porque resulta sospechoso…, tiene dos Visas. Podría ir a la luna si quisiera, que nadie iba a sospechar nada. No estoy diciendo que sea a prueba de balas, porque no lo es. Pero, si no lo hubiéramos arrestado, si no fuera sospechoso de haber cometido un asesinato, mejor dicho, dos asesinatos, no tendría ningún problema. El trabajo es tan bueno que te hace pensar.

– ¿Pensar qué?

Riordan lo miró fijamente.

– Que debe de ser un profesional. Y eso me lleva a la razón por la que le he pedido que viniera. -Riordan se recostó en su silla. -Creo que ha llegado el momento de que hablemos un poco más sobre su hermana.

Lassiter hizo una mueca.

– ¿Por qué? No hay nada que hablar.

– Siento discrepar.

– Mire, no hay nada en la vida de Kathy que pueda explicar por qué alguien con los hábitos de trabajo de un asesino profesional podría cortarle el cuello, quemar su casa y matar a su hijo.

– De hecho, no le cortó el cuello -señaló Riordan. -Le cortó el cuello a su sobrino. A su hermana la apuñaló en el pecho.

Lassiter empezó a decir algo, pero se calló.

Riordan se aclaró la garganta. Tenía una mirada rara. Cuando volvió a hablar, su voz tenía un tono dolido. De repente, Lassiter supo el aspecto que debía de haber tenido cuando era niño, un niño que había recibido una reprimenda injusta.

– Mírelo desde mi punto de vista. Aquí estoy, dejándome los cuernos por usted…

– ¿Por mí? ¡Es un doble homicidio!

– Para su información, tenemos cincuenta y siete homicidios sin resolver. Y yo le estoy dedicando recursos a uno que ya está prácticamente resuelto. ¿Me explico? Para su información, he hablado con el doctor Whozee esta mañana, y Sin Nombre no está nada bien. Tiene jodidos los pulmones. No estoy diciendo que la vaya a palmar, pero, tal y como lo ve la gente por aquí, estoy desperdiciando tiempo y dinero en un caso que podría quedar cerrado de un momento a otro.

– ¿Me está diciendo que, si se muere Sin Nombre, el caso queda resuelto?

– Sí, eso es exactamente lo que estoy diciendo. Una vez que las pruebas forenses sean concluyentes, el caso queda resuelto. Si sus huellas encajan con las huellas del cuchillo, si las pruebas de ADN resultan positivas, si podemos probar que el sospechoso A ha cometido el crimen X, entonces el caso queda resuelto -dijo levantando las manos y dejándolas caer a ambos lados de su cuerpo. -Y si además resulta que el sospechoso A está muerto… La verdad, me cuesta imaginarme un caso más resuelto.

Lassiter lo miró fijamente.

– Pero no sabríamos por qué lo hizo -dijo.

Riordan abrió y cerró las manos, haciendo un puño y estirando los dedos después.

– Por qué, por qué… ¿Y qué pasa si no hay un por qué? ¿Y si lo hizo porque se lo dijo una cucaracha? ¿Y si estaba drogado y le pareció una buena idea?

– Lo que pasa es que no parece que fuera así. ¿O me equivoco?

– No -repuso Riordan. -No se equivoca. No después de lo que hemos averiguado sobre su falsa identidad. -Hizo una pausa antes de continuar. -Pero ésa es exactamente la cuestión: mientras Sin Nombre siga aguantando, y yo pueda seguir indagando, me gustaría que no se le cruzaran los cables cada vez que le pregunto algo sobre su hermana.

– Tiene razón. Lo siento.

Eso pareció tranquilizar a Riordan; incluso esbozó una pequeña sonrisa.

– Pues, entonces, hábleme de ella -pidió.

Lassiter se encogió de hombros. De repente se sentía cansado.

– Le gustaba escuchar «El compañero de la pradera».

Riordan tomó nota.

– ¿Qué es eso? -inquirió.

Lassiter suspiró.

– Es un programa de radio de Minnesota.

Riordan se quedó mirándolo fijamente.

– Lo que quiero decir es que… ¿Qué quiere que le diga? Mi hermana llevaba una vida normal. Trabajaba en la radio pública. Trabajaba mucho. Toda su vida giraba en torno al trabajo y a su hijo. Su vida social consistía en ir a comidas del jardín de infancia y a reuniones de la Iglesia unitaria para padres y madres solteros. No se metía en la vida de nadie. No tenía enemigos.

– ¿Cómo puede estar tan seguro de eso?

Lassiter pensó en ello. No creía que Kathy le ocultara ningún secreto, pero no podía estar seguro.

– Teníamos una relación muy buena. Cuando nuestros padres murieron, Kathy tenía veinte años y yo quince.

– Sí, claro. El congresista. Lo recuerdo. Un accidente de avión.

– De helicóptero.

– Una tragedia -dijo Riordan de forma automática – ¿Heredó mucho dinero? Me he estado preguntando cómo podía pagar una casa tan cara.

– Mi padre consiguió gastarse la mayoría del dinero de mi madre, pero, aun así, heredamos un par de cientos de miles de dólares. Kathy era bastante frugal. Y era buena inversora. Cuando nació Brandon, vendió el apartamento del centro y se mudó a las afueras.

– ¿A quién le ha dejado su dinero? Lo que quiero decir es que… -Riordan movió las dos manos en el aire. -Todavía no hemos hablado de ese tema.

Lassiter era el albacea de Kathy. Movió la cabeza de un lado a otro.

– Podría enseñarle el testamento, pero no merece la pena. Se lo dejaba todo a Brandon. Si él moría antes que ella, o si morían al mismo tiempo, todo el dinero iría a fondos benéficos.

Riordan seguía apuntando cosas en su cuaderno.

– ¿Qué tipo de fondos benéficos?

– El colegio de Valley Drive, la universidad en la que estudió, Greenpeace…

– ¿Y a usted no le dejaba nada?

– Sólo algunos objetos personales. Fotos familiares y otras cosas por el estilo. Nada que sobreviviera al fuego.

Riordan parecía decepcionado.

– ¿No había ningún hombre en su vida?

– Ya hace algunos años que no.

– ¿Y el niño? ¿Recibía una pensión del padre?

– No.

– ¿Por qué no?

– No tenía padre.

Riordan parpadeó.

– Pero… ¿Cómo…? ¿Está muerto?

– No.

Riordan se rió como un niño.

– Explíqueme eso… y puede irse.

– Le estaba sonando «el reloj biológico». Así es como lo describía ella. Y como no había ningún hombre en su vida… Bueno, ella decía que no le hacía falta ninguno.

De hecho, Kathy no lo había dicho de una manera tan directa. Le había hablado de su intención de convertirse en madre el día que cumplió treinta y siete años. Él la había invitado a pasar la noche en una coqueta pensión en el campo. Durante la cena bebieron bastante. Por lo general, Kathy no bebía mucho, pero esa noche, después de una copa de jerez, un poco de Dom Pérignon y un Armagnac, los efectos del alcohol resultaban patentes en ella. Estaba sentada delante de él, con una sonrisita pícara en los labios, jugando con la salsa de frambuesa que era todo lo que quedaba de su cœur de créme. De repente, levantó la cabeza y lo miró fijamente. Bebió un último sorbo de Armagnac y dejó la copa sobre la mesa.

– Es la última copa que voy a beber en bastante tiempo.

Lassiter no entendía lo que quería decir. El alcohol nunca había sido uno de los problemas de Kathy.

– ¿Te ha dado por la vida sana?

– En cierto modo. -Kathy acarició el borde de la copa con un dedo hasta conseguir que sonara. Después apartó el dedo y sonrió. – ¿Qué pensarías si te dijera que estoy pensando quedarme embarazada? -dijo al tiempo que se sonrojaba.

Él dudó un momento. No quería decir nada sobre sus fracasos anteriores con Murray, ni sobre su batalla adolescente contra la anorexia, cuando se consumió hasta los treinta y dos kilos. Según dijeron entonces los médicos, su sistema reproductor podía haber quedado dañado de forma permanente.

– Te preguntaría quién es el afortunado. Y después te echaría la bronca por no habérselo dicho antes a esta mitad de la Alianza.

Enfrente de él, Kathy chupó los dientes del tenedor.

– ¿Y si te dijera que no hay ningún afortunado?

– Te diría que algo falla en tu plan.

Kathy soltó una risita.

– No es que sea difícil conseguir que te follen, claro -dijo, -pero ¿sin protección? ¿Con los tiempos que corren? ¿Y en el momento exacto? Además, si lo consiguiera, puede que el tío se pusiera pesado, que me demandara ante los tribunales para compartir la custodia, o algo así. Puede que hasta quisiera mudarse a mi apartamento. Créeme, los hombres pueden ser una auténtica pesadez. Pero, por suerte, estamos en los noventa; hay otras maneras de quedarse embarazada.

– Espera un momento. ¿Me estás diciendo…?

Ella asintió.

– Sí. Tengo una cita mañana. De hecho, esta vez sólo he quedado para hablar, para que me expliquen el procedimiento.

Al principio, Lassiter no aprobó el repentino entusiasmo de Kathy por la maternidad, aunque intentó que su hermana no lo notara. Kathy era tan impaciente, tan poco sociable… No podía imaginársela como madre. Pero, al final, su instinto había demostrado tener razón; hicieron falta cuatro años y una serie de costosas y dolorosas decepciones, pero mereció la pena. La maternidad la transformó por completo, liberándola de ese carácter introvertido que la había caracterizado desde niña. Lassiter no creía que fuera por el amor absoluto e incondicional que Brandon sentía por ella. Lo que pasaba era más bien que Kathy se había enamorado por primera vez: de su hijo.

Riordan se sonrojó. No lo podía creer.

– ¿Su hermana fue a… uno de esos sitios? ¿A una clínica de inseminación artificial? -Un gesto de desaprobación le contrajo la cara mientras movía la cabeza. Después miró a su alrededor con ademán furtivo y se inclinó hacia adelante para acercarse más a Lassiter. – ¿Sabe?, como no tengamos cuidado las mujeres van a acabar por hacerse con las riendas. No, no. No se ría. Lo digo en serio. Acabaremos como los putos zánganos.

Lassiter se dio cuenta de que debía de parecer sorprendido, porque Riordan se sintió obligado a explicarse.

– Zánganos -dijo al tiempo que asentía con un ademán exagerado. -Las abejas no pueden sobrevivir sin ellos, pero ¿qué sacan ellos? Se lo voy a decir: cuando llega el invierno, las abejas los echan a patadas de la puta colmena y ellos se mueren de frío. -Riordan hizo una pausa y asintió sensatamente para sí mismo. -No me extrañaría nada que le acabara pasando lo mismo a la especie humana. -De repente, adoptó un gesto preocupado, como si hubiera hablado demasiado. -No es nada personal contra su hermana -murmuró. Después respiró hondo, como si la mera posibilidad fuera demasiado para él, y arrastró la silla hacia atrás. Se levantó y extendió la mano. -Gracias por venir -dijo.

– De nada. Le agradezco lo que está haciendo -contestó Lassiter. Se estrecharon las manos. -Lo siento si he estado…

– No pasa nada. Olvídelo. -Riordan parecía distraído. -No es que haya sido de gran ayuda. Me refiero a lo que me ha contado sobre su hermana. -La gran cabeza del detective se balanceó tristemente de un lado a otro. -No tengo nada que nos pueda servir. -Se rascó el brazo e hizo un pequeño y extraño movimiento para colocarse la pistola de forma más cómoda. -No es por amor, no es por dinero, no es por la familia. No sé qué pensar. Después de todo, puede que el tipo esté loco.

– ¿Le importa que le haga una pregunta? -dijo Lassiter.

Riordan se encogió de hombros dentro de su americana y se ajustó la corbata.

– Dispare.

– ¿Hizo alguna llamada Sin Nombre desde el hotel?

Riordan se dio unos golpecitos en la muñeca con un paquete de cigarrillos, sacó uno con los dientes y se palpó los bolsillos buscando unas cerillas. En cuanto salieron del edificio encendió el cigarrillo, aspiró con fuerza y echó una nube de humo hacia el cielo gris. Por fin dijo:

– No lo sé -contestó por fin. -La verdad, no creo que lo comprobáramos. -Le dio otra calada al cigarrillo. -Pero lo haremos.

CAPÍTULO 11

Un par de días después del funeral, Lassiter empezó a volver a poner la radio del coche. Llevaba tiempo sin oírla porque, después de los asesinatos, cada vez que movía el dial intentando encontrar el programa de jazz de la emisora WPFW aparecía alguna noticia sobre el caso de Kathy y Brandon. Realmente, las noticias nunca decían nada nuevo; eran meras descripciones de los hechos que solían incluir alguna breve declaración de Riordan. Incluso así, había algo oscuro, profundamente perturbador, en escuchar los detalles de la catástrofe de la propia familia emitidos en forma de noticia breve entre el programa de Howard Stern y el último parte del tráfico.

«Te lo digo de verdad, Robin. No sabes lo salido que estaba esta mañana… El niño pequeño tenía la garganta cortada de oreja a oreja… Hay retenciones en el tramo exterior del cinturón de circunvalación…»

El primer día que volvió a escucharla oyó una noticia sobre una mujer cuyo cuerpo había sido encontrado en el maletero de un coche aparcado en el aeropuerto National. Un portavoz de la policía decía que la habían encontrado gracias a la extraña ola de calor que estaba sufriendo Washington. Decía que lo que les había llamado la atención era el fuerte olor que salía del vehículo, y que habían conseguido identificar a la mujer. Lassiter esperaba que sus familiares no estuvieran escuchando la radio.

Entonces, las noticias dieron paso al parte del tráfico. «En el cinturón de circunvalación hay que pisar el freno si se va en dirección sur», dijo la voz. «Desde Spout Run hasta el puente Memorial.» En efecto. Lassiter sólo veía luces rojas delante de él.

Casi habían transcurrido dos semanas desde los asesinatos y la verdad era que empezaba a acostumbrarse. Se había producido algún tipo de reajuste en su cabeza y el hecho de que su hermana y su sobrino hubieran sido asesinados mientras dormían ya no lo afectaba de la misma manera. Estaban muertos, muertos, y eso no lo podía cambiar nadie. Recordó cómo se había sentido cuando murieron sus padres. Pasado algún tiempo, le empezó a costar acordarse de cómo eran. Después llegó a tener la sensación de que nunca habían estado vivos.

Se desvió en el puente Key y avanzó por la autovía de Whitehurst hasta la calle E.

Debía de llevar trabajando aproximadamente una hora en su despacho, cuando Victoria lo llamó por el intercomunicador y le dijo que tenía una llamada de una periodista del Washington Post. «Algo relacionado con el caso de su hermana.» Después de sus reflexiones de camino a la oficina resultaba irónico y sorprendente que lo llamaran de un periódico. El interés de la prensa por casos como el de Kathy no solía durar mucho; siempre había algún desastre más reciente, e igualmente horrible, que le quitaba el espacio en las páginas y en las ondas.

La voz era femenina, joven y nerviosa. La periodista tenía acento del sur y esa costumbre tan típica de expresar afirmaciones como si fueran preguntas.

– Johnette Daly -dijo. -Siento molestarlo, señor Lassiter, pero he pensado…

¿En qué puedo ayudarla?

Bueno, me gustaría saber su opinión… ¿Quiere hacer algún comentario sobre lo ocurrido?

Lassiter estaba confuso. ¿Algún «comentario» sobre lo ocurrido? Se encendió otro botón en el teléfono que le indicaba que tenía una llamada de cierta importancia; si no, Victoria habría cogido el recado.

– ¿De qué se trata? -le preguntó a Johnette Daly.

Después de un breve silencio, la periodista volvió a hablar con voz nerviosa.

– Dios mío. ¿Es que no se ha enterado? -No esperó a oír la respuesta, sino que se apresuró a continuar. -Me imaginaba que lo habrían llamado inmediatamente. No sé si…

– ¿De qué está hablando?

– No me gusta tener que ser yo quien se lo diga…, pero…, en el cementerio de Fairhaven. Alguien ha cavado la tumba… Lo que quiero decir es que alguien ha desenterrado el cuerpo de su sobrino. Algún vándalo o algo así. Y yo he pensado que…

– ¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Una broma?

– La policía no quiere hacer declaraciones y yo he pensado que quizás usted…

– Lo siento -dijo él. -Ahora no puedo seguir hablando.

Lassiter colgó y se quedó mirando fijamente el auricular.

Un minuto después llamó a Riordan, que se disculpó una y otra vez por no haberlo llamado antes que esa periodista, que debía de haber oído la noticia en la frecuencia de radio de la policía.

– No me lo comunicaron inmediatamente porque… Bueno, ya se lo puede imaginar. Aquí nadie parece capaz de sumar dos más dos. Nadie se dio cuenta de que la tumba pertenecía a una víctima de asesinato -explicó Riordan. -Así que lo han tratado como si fuera un caso de vandalismo. Lo siento. Alguien tendría que haberlo llamado. Alguien ha metido la pata. -Suspiró. -Probablemente yo.

– ¿Qué demonios ha pasado?

– Por lo que sabemos, ocurrió entre la medianoche y las siete de la mañana -contestó Riordan. -Hay un vigilante nocturno en el cementerio, pero parece que se pasa la noche viendo la televisión. No oyó nada. No vio nada. El cementerio es muy grande. En cualquier caso, el aviso lo dio un tipo que fue a visitar la tumba de su madre a primera hora de la mañana.

– ¿Qué han hecho? ¿Han desenterrado el cuerpo de Brandon? ¿Por qué iba nadie a hacer eso? ¿Se lo…? Dios santo. ¿No se lo habrán llevado? -Tres palabras le retumbaron en la cabeza: ladrones de tumbas.

Se produjo un silencio. Luego Riordan se aclaró la garganta.

– Supongo que… la periodista… Me temo que no se lo ha contado todo. -Hablaba despacio, pronunciando dificultosamente las palabras. -Alguien ha… exhumado los restos de su sobrino. Después los han sacado del ataúd. Y, según el informe del laboratorio… Bueno, mejor se lo leo: «El autor de los hechos utilizó una mecha de magnesio…»

– ¿Qué?

– Estoy leyendo lo que dice el informe del laboratorio. «El autor de los hechos utilizó una mecha de magnesio para prender una mezcla de limaduras de aluminio y óxido de hierro, comúnmente conocida como…»

– Termita.

– Exactamente. Termita. Al parecer, alguien le ha prendido fuego a los restos de su sobrino. Alguien ha incinerado los restos de Brandon. -Riordan hizo una pausa. -Me pone la puta carne de gallina -añadió.

Lassiter no podía creerlo.

– ¿Por qué iba nadie a hacer eso?

– No tengo ni idea -dijo Riordan. -Estamos comprobando si ha habido algún suceso similar en alguna jurisdicción de los alrededores, pero hasta ahora no hemos encontrado nada. Las profanaciones de tumbas no son una cosa tan rara. La mayoría de las veces son cosas de chavales. Aunque, la verdad…

– ¿Chavales con una mecha de magnesio? ¿Chavales con termita?

– Ya. Sé lo que quiere decir. Por aquí se barajan todo tipo de teorías extravagantes.

– ¿Como qué?

– Ya sabe…

– ¿Como qué?

Como que alguien iba detrás de alguna parte del cuerpo. Ritos satánicos, ese tipo de cosas. Tonterías. Lo que quiero saber yo es qué relación tiene esto con los asesinatos, si es que tiene alguna. -Riordan tosió para aclararse la garganta. -Aunque, claro, hay una cosa que sí sabemos.

– ¿El qué?

Que no lo ha hecho Sin Nombre.

Por la tarde, Lassiter salió a correr con la esperanza de que eso le aclarase las ideas, pero no consiguió quitarse de la cabeza la cara carbonizada de Brandon. Al volver a la oficina se subió al coche y condujo hasta el cementerio, donde encontró una pequeña zona acordonada con cinta amarilla. Había un agente uniformado apoyado contra una lápida, fumándose un cigarrillo. Al ver acercarse a Lassiter, el policía tiró la colilla y se enderezó.

– Son las tumbas de mi hermana y mi sobrino -dijo Lassiter.

El policía lo miró de arriba abajo y se encogió de hombros.

– Mientras no cruce la cinta… -repuso.

Lassiter se quedó de pie, contemplando la escena. La tumba de Kathy seguía cubierta de coronas de flores marchitas. Las cintas blancas ondeaban en la suave brisa. Al lado, la lápida de la tumba de Brandon estaba tirada de costado en el suelo, justo al borde de lo que ahora era un agujero vacío en la tierra. Había un gran montón de tierra a un lado. Parecía más tierra de la que podría caber en el agujero. Se podían ver los residuos de los equipos de laboratorio. Había manchas de yeso en la lápida y en los sitios donde se habían tomado muestras de pisadas, marcas de pala y cosas por el estilo. Al pie de la tumba, alguien había cavado un hoyo poco profundo para incinerar el cuerpo de Brandon. El equipo del laboratorio había intentado recuperar todos los restos del niño, pero no lo habían conseguido. Quedaban un par de trozos de materia negra y algún pequeño montón de cenizas. La manera en la que estaban esparcidas las cenizas le recordó a la gravilla que solían esparcir por los escalones de la puerta de entrada de la gran casa de Georgetown cuando él era un niño.

La escena lo afectó profundamente, pues convertía la pesadilla en algo real. Alguien había quemado realmente el cuerpecito de Brandon. Alguien lo había desenterrado, lo había sacado del ataúd y lo había quemado. Según Riordan, el cuerpo de Brandon había sido rociado con gasolina y había ardido hasta quedar reducido a lo que Tommy Truong llamaba «huesos calcinados».

Al volver a su casa, ésta le pareció demasiado grande y silenciosa. Llamó a Claire, y ella le dijo que iría a verlo más tarde. Lassiter volvió a llamarla, le contó lo que había pasado y acabó diciéndole que esa noche prefería estar solo.

Se despertó en medio de la noche e intentó recordar algo que había pensado mientras dormía. Parecía muy importante. Era algo sobre el cuerpo de Brandon. Quería llamar a Riordan. Tenía que llamar a Riordan para decírselo. Pero, por mucho que lo intentara, no conseguía recordar qué era. Lo tenía ahí, en la punta de la lengua: pero, cuanto más se esforzaba por recordarlo, más lejos parecía esconderse, hasta que acabó perdiendo incluso la sensación que envolvía el pensamiento. Frustrado, pasó el resto de la noche dando vueltas en la cama.

Por la mañana, la noticia salía en el Washington Post. No quería leerla, ni siquiera quería mirarla, pero no pudo evitar ver el titular.

TUMBA DE VÍCTIMA DE ASESINATO EXHUMADA

Por la tarde recibió una extraña llamada telefónica de la funeraria Evans Funeral Home, la misma que se había encargado de los preparativos del entierro.

– La policía me ha pedido que lo llame -dijo una voz de hombre con un tono de voz que parecía perpetuamente afable y comprensivo. -Una vez que… acaben de examinar los restos… Cuando el equipo del forense lo autorice, ¿quiere que nos encarguemos de volver a enterrar los restos?

Lassiter dijo que sí.

– ¿Quiere una urna para las cenizas? La policía ya ha acabado de examinar el… ataúd, pero, la verdad, está algo dañado.

Lassiter pidió una urna.

– Tan sólo una cosa más, señor Lassiter. Eh… -El encargado de la funeraria titubeó ligeramente, como si se estuviera adentrando en un terreno dificultoso incluso para él. – ¿Desearía… desearía estar presente cuando… demos sepultura a los restos mortales? -Tosió. -Cuando lo volvamos a enterrar. Lo que quiero decir es si… quiere un nuevo funeral.

Lassiter volvió a sentir esa sensación en el pecho, como si el corazón le latiera sin control.

– Sin funeral -consiguió decir. -Pero sí quiero estar presente.

– Muy bien -dijo el hombre. -Lo llamaremos cuando llegue el momento.

Dos días después, el tiempo seguía siendo espléndido y Lassiter volvía a estar en el cementerio. Resultaba surrealista observar cómo volvían a enterrar las cenizas de Brandon. Pero esta vez no había ningún sacerdote, ninguna palabra reconfortante. Sólo estaban él y Riordan, que apareció a mitad del proceso. Entre los dos, volvieron a llenar la tumba con tierra. Lassiter se sintió algo mejor con el esfuerzo físico, pero era una tumba pequeña y no duró lo suficiente. Al acabar, los dos se quedaron de pie, sin moverse, algo más de un minuto. Después, Lassiter se dio la vuelta y empezó a andar hacia el coche.

– Nunca había visto nada igual -dijo Riordan moviendo la cabeza de un lado a otro. Sacó un cigarrillo del paquete, pero esperó a que estuvieran lejos de la tumba antes de encenderlo.

A partir de ese momento, los dos hombres empezaron a tutearse y Riordan empezó a llamar a Lassiter cada dos o tres días.

– Tengo que decírtelo, Joe. No tenemos nada. Tenemos moldes de escayola de la hoja de la pala y de las huellas de las zapatillas. Por cierto, son unas Nike. Nuevas. Modelo Chieftain. Talla cuarenta y tres. Son las únicas huellas, así que suponemos que sólo había un individuo. Pero, aparte de eso, no tenemos nada. No hemos encontrado huellas dactilares ni en el ataúd ni en la lápida. Quienquiera que lo hiciera llevaba guantes. -Hizo una pausa. -Algo que ya de por sí resulta indicativo.

Al margen de la macabra exhumación de los restos mortales de Brandon, la investigación de los homicidios avanzaba sin grandes sobresaltos. Riordan se encargaba personalmente de mantener a Lassiter bien informado. Durante sus conversaciones telefónicas cogieron el hábito de repasar las pruebas que tenían.

– Huellas dactilares. Adivina de quién.

– Está claro.

No resultaba sorprendente que el cuchillo, el coche y la cartera que habían encontrado en el hotel estuvieran llenos de huellas de Sin Nombre. Todo ello resultaba útil como prueba, pero no les decía nada sobre su identidad; Sin Nombre seguía siendo un desconocido.

– Sus huellas no figuran en el ordenador -dijo Riordan refiriéndose al ordenador del FBI que contenía más de cien millones de huellas dactilares, incluidas las de todas las personas que habían sido arrestadas alguna vez, por el delito que fuera; las de todas las personas que habían solicitado un permiso de armas; las de todos los miembros de las fuerzas armadas; todos los taxistas y los conductores de transportes públicos y todos los funcionarios.

– Todo el mundo está en el ordenador -señaló Lassiter.

– Casi todo el mundo.

– Ya. Estoy yo. Estás tú. El que no está es Sin Nombre.

– Sangre, pelo y tejido humano. Todo casa. Las huellas del cuchillo son suyas. La sangre del cuchillo es de tu hermana y de tu sobrino. El pelo, como suponías, es de Brandon. Y la piel…

– ¿Qué piel?

– La que tenía tu hermana debajo de las uñas. La piel también es de Sin Nombre. De eso no hay ninguna duda, incluso sin tener los resultados de las pruebas de ADN. El forense dice que tu hermana le arañó la cara, de derecha a izquierda, con cuatro dedos. No pudimos verlo por las vendas.

– El cuchillo. Mandamos a un dibujante a la unidad de quemados. Hizo varios dibujos. El último es muy bueno. Es él, Sin Nombre, sólo que sin quemaduras ni vendas. Con pelo y con cejas; aunque ahora, desde luego, no tiene nada de eso. En cualquier caso, excepto si llevaba tupé o no, sabemos exactamente qué aspecto tenía.

– ¿Y qué?

– Hemos enseñado el dibujo en más de veinte tiendas de armas y en cinco o seis de esas tiendas en las que venden excedentes del ejército. Adivina qué. El encargado de una tienda en Springfield dice que le vendió un cuchillo del ejército hace tres, quizá cuatro, semanas.

– ¿Se acuerda de él?

– Como si hubiera sido ayer.

– ¿Cómo es posible eso?

Muy fácil. Dice que el tipo destacaba muchísimo. Por lo visto, llevaba uno de esos trajes extranjeros que tienen mucha caída.

– Armani.

– Lo que sea. La cosa es que no ven muchos trajes así en una tienda como Sunny’s Surplus. Sus clientes suelen ser tipos con pantalones de camuflaje o chavales con la cabeza rapada y pantalones vaqueros ajustados. Este tipo parecía, y cito textualmente: «Salido directamente de una revista de moda.» Dejo de citar. El caso se ha convertido en un círculo cerrado, Joe.

Y así fue transcurriendo el tiempo. En el hospital, un policía hacía guardia fuera de la habitación del prisionero, comprobando sin demasiado entusiasmo las credenciales de todo el mundo que entraba y que salía. Pero, realmente, no parecía hacer falta; todos los que entraban era empleados del hospital y, además de Joe Lassiter y alguno que otro periodista, no llamaba nadie para interesarse por el estado de salud de Sin Nombre.

El lunes antes de la fiesta de Acción de Gracias, Riordan llamó por teléfono a Lassiter para decirle que los médicos iban a quitarle la respiración artificial a Sin Nombre. Ya estaba suficientemente bien para ser interrogado, y los médicos les habían dado permiso para ir a verlo el próximo miércoles.

– ¿Y después qué pasará? -quiso saber Lassiter.

– Lo trasladaremos a Fairfax. Y después presentaremos cargos contra él. Si es necesario, lo llevaremos a los tribunales en una silla de ruedas.

Según los médicos, la salud del paciente había mejorado de forma espectacular, aunque nunca se recuperaría del todo. Tenía todo el cuello y el lado izquierdo de la cara cubierto de cicatrices, y el tejido de los pulmones y de la laringe estaba dañado de forma permanente.

– Eso no le va a gustar demasiado -comentó Riordan.

– ¿Y a quién le gustaría?

– Lo que quiero decir es que, según los médicos, el tipo debía de ser un deportista. O al menos eso es lo que parece. En cualquier caso, su condición física es magnífica, o lo era.

– ¿Qué tipo de deportista? -inquirió Lassiter.

– No lo sé. Desde luego es un tipo grande. Ancho. Puede haber sido boxeador. O defensa de fútbol americano. O uno de esos matones de las discotecas. No lo sé. Alguien grande. Pensándolo bien, puede que fuera soldado.

– ¿Por qué lo dices?

– Tiene varias fracturas viejas. Y cicatrices. La espalda está cubierta de cicatrices, como si hubiera recibido latigazos.

– ¿Qué?

– Lo digo en serio. Deberías verlo. Y, además, tiene una herida de bala. Parece una vieja herida de rifle. Entrada frontal en el hombro derecho, orificio de salida a un centímetro de la columna. Y otra cosa.

– ¿El qué?

– ¿Quieres saber lo que pienso? No me extrañaría que trabajara colocando baldosas.

– ¿Qué?

Riordan se rió, claramente satisfecho consigo mismo.

– Ésa es la otra cosa. Tiene las rodillas llenas de callos. Callos duros como una piedra, inmensos. Así que se me ha ocurrido lo de las baldosas. ¿Se te ocurre una explicación mejor?

Lassiter lo pensó unos segundos.

– A ti tampoco, ¿verdad? -dijo Riordan.

CAPÍTULO 12

La mañana del miércoles que Riordan iba a interrogar a Sin Nombre, Lassiter fue a la oficina, se sentó en su despacho e hizo como si trabajara mientras esperaba la llamada del detective.

El despacho era grande y lujoso. Tenía una chimenea espléndida y amplias ventanas con vistas al Capitolio y al parque que alberga los principales monumentos de la ciudad. El suelo estaba cubierto por una moqueta de color gris paloma. Las paredes, revestidas con paneles de madera de nogal, se hallaban decoradas con litografías tenuemente iluminadas de Hockney. En un extremo de la habitación había un escritorio de madera ricamente tallado. En el otro había una pareja de sillones de orejas y un sofá de cuero. El resultado de todo ello era un ambiente sereno y discreto pensado para que tanto los ricos como los cautos y los atribulados se sintieran cómodos.

Las oficinas de Lassiter Associates ocupaban todo el noveno piso del edificio. Eso significaba que, además del que ocupaba el titular de la empresa, había otros tres despachos que hacían esquina. Uno de ellos era una sala de reuniones. Los otros dos alojaban a los subdirectores de la empresa: Judy Rifkin y Leo Bolton. Había otros ocho despachos con ventanas. Cada uno de ellos albergaba a un investigador jefe. El resto de los investigadores, el personal de informática, las secretarias y los demás empleados ocupaban la colmena de cubículos del espacio interior. Además de Joe Lassiter, había otras treinta y seis personas en la sede central de la empresa. Y aproximadamente otras cuarenta repartidas entre Nueva York, Chicago, Londres y Los Ángeles.

Las medidas de seguridad eran férreas y ostentosas, como correspondía. Empezaban en la zona de recepción, donde un moderno sistema de vigilancia por vídeo grababa los movimientos tanto de los visitantes como de los empleados. Detrás de la zona de recepción, el acceso a los despachos con ventanas estaba controlado con un sistema biométrico de cierre que verificaba mediante un escáner las huellas dactilares del dedo pulgar de las personas que tenían permitido el acceso. En los despachos, todas las ventanas tenían cortinas plastificadas que absorberían las vibraciones en el supuesto de que alguien intentara valerse de un dispositivo de láser para espiar las conversaciones a través del cristal. Todos los archivos incluían cerraduras de combinación y había una máquina para destruir documentos al lado de cada escritorio. Además de estas medidas de seguridad, también había otras menos patentes. Puesto que Lassiter Associates trabajaba fundamentalmente para grandes empresas y para los despachos de abogados más prestigiosos, sus informes no estaban hechos para ser copiados. En consecuencia, y a no ser que se especificase lo contrario, los informes se imprimían en papel impregnado con fósforo. Así, cualquier esfuerzo por fotocopiar un documento daría como resultado una hoja negra.

Los ordenadores de la oficina estaban equipados con claves de acceso; pero, desde el punto de vista de la seguridad, lo más importante era lo que no tenían: disqueteras. En la práctica, eso significaba que ninguno de los datos de la empresa podía grabarse en un disquete. También había equipos internos que controlaban los movimientos del correo electrónico. Y, si alguna vez algún intruso conseguía acceder al sistema de procesamiento de datos -y los expertos que habían instalado el sistema aseguraban que eso era imposible, -un algoritmo de 128 bits garantizaba que su contenido no pudiera ser decodificado al menos en un millón de años, y eso empleando la tecnología más avanzada.

Todo este proceso resultaba caro y algunos pensaban que era excesivo, pero, como bien sabía Lassiter, la verdad era que las medidas de seguridad se pagaban a sí mismas. La mayoría de los ingresos de la empresa procedían de dos fuentes: pleitos que involucraban a millonarios o a grandes empresas y fusiones y adquisiciones de empresas, a las que todo el mundo llamaba F y A. Ya fuera que el caso involucrara a la mujer de un hombre de negocios, que quería el divorcio y la mitad de los bienes de su marido, o bien una adquisición hostil y la perspectiva de todo tipo de complicadas maniobras financieras, las apuestas siempre eran muy altas, a menudo cientos de millones de dólares. Por lo tanto, la discreción, la absoluta discreción, era un imperativo. Según entendía el negocio Lassiter, lo ideal era que la parte contraria ni siquiera supiera que su empresa estaba involucrada en el caso. A no ser que, como ocurría a veces, el conocimiento de la participación de la empresa pudiera tener un impacto positivo. En esos casos se procedía a realizar una investigación «ruidosa», con filtraciones a los medios de comunicación, seguimientos agresivos y entrevistas con el adversario.

Y lo que era más importante, pensaba Lassiter, era que a los clientes les gustaban las medidas de seguridad. Les gustaban a los abogados, les gustaban a los corredores de bolsa y les gustaban a los consejeros delegados de las grandes empresas. Las cámaras, los códigos y los sistemas de cierre automático les daban una sensación de seguridad y la convicción de haber gastado bien su dinero. Y, sobre todo, los hacía sentirse importantes. Como solía decir Leo: «Qué demonios, por doscientos dólares la hora deberíamos poner alfombras persas en el servicio de caballeros.»

Pero, incluso así, con toda la alta tecnología del mundo a su disposición, Joe Lassiter no podía hacer que Jimmy Riordan lo llamara por teléfono. Por la mañana, Lassiter le había dicho a su secretaria que no le pasara ninguna llamada a no ser que fuera de Riordan. El resultado fue un silencio inacostumbrado en la esquina sudoeste del piso noveno. El sol matutino se arrastró silenciosamente hasta el mediodía, pero el teléfono siguió sin sonar. Lassiter pidió que le subieran unos sándwiches y se los comió solo, delante de la chimenea, mientras hojeaba una revista. Lentamente, el mediodía dio paso a la tarde y Lassiter pensó en irse a casa.

«Tiene que haber pasado algo», se dijo a sí mismo. Puede que Sin Nombre pidiera un abogado, y Riordan tuviera problemas para encontrar uno. Tal vez fuera el idioma, aunque no veía cómo podía ser eso un problema; Riordan le había dicho que iba a ir con un intérprete de italiano y español. O quizá la salud de Sin Nombre hubiera empeorado. O…

El teléfono sonó a las cinco y cuarto, cuando el sol se empezaba a hundir detrás del cementerio de Arlington.

– Acabo de llegar -dijo Riordan.

– ¿Y?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

– ¿Que qué he averiguado? No he averiguado absolutamente nada -contestó Riordan.

– ¿Qué?

– Espera un momento -dijo Riordan. Su voz se alejó. -Sí, sí, dame cinco minutos, ¿vale? -Después, la voz del detective volvió a acercarse. -Nada. No hemos conseguido sacarle ni una palabra. Nada.?

– ¿Llevaste un abogado? ¿Le preguntaste si…?

– No me has entendido. Lo que te estoy diciendo es que no ha abierto la puta boca. Nada. Le leímos sus derechos en tres idiomas y…

– ¿Estás seguro de que os entendió?

– Sí, nos entendió perfectamente. Se le notaba en los ojos. Entendía cada palabra que decíamos.

– Tiene que tener un abogado.

– ¡Ya lo sé! Y al cabo de un par de horas hice que le asignaran uno de oficio. Pensé que qué cojones, que quizás él pudiera sacarle algo. Un nombre. Cualquier cosa. Así que esperamos un par de horas hasta que llegó el maldito abogado. Y después estuvimos gastando suela durante, yo qué sé, media hora, mientras el abogado hablaba con él. Y ¿a que no adivinas lo que pasó? Nada. Sin Nombre no abrió la puta boca. Así que volví a entrar en la habitación y le conté lo maravilloso que es este país, que aquí todos somos iguales y que no importa quién seas, lo que importa es lo que hayas hecho. Obras buenas u obras malas. Le dije que no necesitábamos saber cómo se llama para juzgarlo, ni tampoco para ejecutarlo. Por lo que a mí respecta, da igual que lo juzguen como Sin Nombre; cuando acabe el juicio, la sentencia será la misma. Le dije que, si no cooperaba, era hombre muerto. Un hombre muerto sin nombre, pero muerto.

– ¿De verdad le dijiste eso?

– Sí. Y también le dije que está acusado de asesinato en primer grado y de provocar un incendio intencionadamente y que tenemos las pruebas necesarias para que lo declaren culpable. Le conté las pruebas que teníamos, una a una, y le enseñé el cuchillo…

– ¿Te llevaste el cuchillo al hospital?

– Me llevé un par de cosas al hospital. Pero no te preocupes, todo se ha hecho según las normas.

– ¿Cómo reaccionó?

– No reaccionó. ¿Te suena la esfinge? -Riordan soltó una de sus fuertes carcajadas. -Sólo reaccionó cuando le enseñé el frasco.

– ¿Qué frasco?

– El frasco de perfume, o lo que quiera que sea. El frasquito que tenía en el bolsillo.

– ¿Qué hizo?

– No hizo nada, pero de alguna manera se notaba que era importante para él. Fue como si los ojos… se le agrandaran, o algo así.

– Abrió mucho los ojos.

– Sí.

– Ah.

Riordan pasó por alto el sarcasmo.

– Estoy hablando en serio. El frasco le sorprendió. Así que voy a hacer que vuelvan a analizar el agua. Puede que encuentren algo que se les escapó la primera vez. Drogas o lo que sea.

– ¿Qué pasó después?

– Bueno, me quedé ahí sentado con él y con su abogado. Después le dije que, si cooperaba, yo podría hablar con el fiscal, que podría convencerlo de que pidiera la cadena perpetua en vez de la pena de muerte. Le dije que tenemos pruebas de que lo hizo con premeditación. Le dije que nos sobran pruebas. Le dije que, tal y como veo yo las cosas, está en una espiral descendente. Le dije que en un par de días lo íbamos a trasladar a un cuarto blindado en el hospital Fairfax. Y que entonces…

– ¿Qué es un cuarto blindado? -preguntó Lassiter.

– Exactamente lo que parece. Es una habitación de hospital, pero con ventanas a prueba de balas. No te puedes imaginar la cantidad de sospechosos que necesitan atención hospitalaria. Cada jurisdicción tiene uno. En Washington está en el Hospital General. Aquí está en el Fairfax. Tener a un agente de guardia en una habitación normal de hospital cuesta un montón de dinero, así que, en cuanto el enfermo está medianamente bien, se lo traslada a un cuarto blindado. Tienen barrotes, puertas de acero, las cerraduras están en la parte de fuera… Tienen de todo. En cualquier caso, le expliqué que, no bien estuviera lo suficientemente recuperado para salir del cuarto blindado, lo trasladaríamos a la cárcel del condado. Puede que a la enfermería si todavía estaba mal, pero, desde luego, a la cárcel. Y, ahí, las cosas iban a empeorar. Mientras tanto, lo que sé es que hoy los médicos le habían rebajado la dosis de calmantes para que pudiéramos hablar con él. Y eso lo estaba jodiendo. El muy cabrón quería su pequeña dosis. Se le notaba en los ojos. Claro, como su abogado estaba delante no lo podía amenazar, pero dejé bien claro que el personal médico de la cárcel del condado está más ocupado que un perro con dos pollas…

– Por Dios, Riordan.

– Oye, no le estaba mintiendo. Están muy ocupados y además es normal que en la cárcel no tenga tantas comodidades como en un hospital. No le dije nada que no fuera verdad. Le conté que hace un año, y si quieres puedes consultarlo en el Post, hubo un escándalo terrible. Resulta que ninguno de los presos que había en la enfermería estaba recibiendo nada para el dolor porque la enfermera les daba placebos para poder vender las drogas a los demás reclusos.

– Jim…

– Así que le dije que quizá, si cooperaba un poco, tal vez pudiera quedarse un poco más de tiempo en el cuarto blindado. Puede que una semana más. O dos. Eso le daría un poco más de tiempo para recuperarse.

– ¿Y?

– Nada.

– ¿Estás seguro de que te entendió?

– Sí.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro si no dijo nada?

– Sé que habla nuestro idioma. Habla con las enfermeras. Tiene sed. Tiene hambre. Siente dolor. Ha estado hablando con ellas, eso está claro. Y, además…, eso es algo que se nota. Debo de haber interrogado a más de dos mil tipos en mi vida. Y este tipo… Si quieres saber mi opinión, este tipo es un tipo duro. Estoy seguro de que no es la primera vez que lo interrogan.

Lassiter le creyó; ése era el tipo de cosa que Riordan sabía.

– ¿Y eso es todo?

– Más o menos. Al final, el médico nos echó. «El paciente necesita descansar.» -Riordan imitó al médico con un sonsonete burlón. -Así que mandó a una enfermera a buscar una inyección de Petidina y nosotros nos levantamos para irnos. A esas alturas, Sin Nombre tenía un aspecto horrible. Lo que quiero decir es que estaba sufriendo. Se le notaba en la cara. Estaba sudando y no paraba de moverse. Y hacía unos ruidos raros, como si le costara mantener el tipo. Así que yo puse cara de duro y le dije que volvería. Él me miró con su sonrisita de mierda y… ¿A que no sabes lo que me dijo?

– No. ¿El qué?

– Me dijo: «Ciao.»

– Ciao?

– Como si estuviéramos en un puto episodio de los «Vigilantes de la playa». Te lo juro por Dios, si no hubiera estado ya en el hospital, le habría enviado a él a golpes.

Lassiter permaneció unos segundos en silencio.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó por fin.

– Todo lo que le dije que iba a hacer -dijo Riordan con frialdad. -Empezando por el traslado al cuarto blindado. Los Médicos dicen que, si no hay complicaciones, lo podremos trasladar la semana que viene.

El día de la fiesta de Acción de Gracias, Lassiter se levantó a las ocho de la mañana. El tiempo por fin había cambiado. Fuera caían inmensos copos de nieve perfectamente definidos. Era el tipo de nieve que caía de copo en copo, como en las películas de Navidad.

Se vistió a toda prisa, cogió un par de latas de atún de la cocina y se montó en el coche. La comida era su cuota de inscripción en el Turkey Trot de Alexandria, una carrera popular de ocho kilómetros sin una sola cuesta que atraía a unos dos mil corredores cada año. El coche empezó a avanzar entre un torbellino de copos de nieve. Lassiter se inclinó sobre el volante. La visibilidad era tan mala que los coches de delante eran poco más que destellos de luces rojas que se encendían y apagaban detrás del muro de nieve. Cuando por fin llegó a Alexandria y encontró un sitio para aparcar, el mundo estaba cubierto por un manto blanco.

Mucha gente dice que correr aclara la mente, pues los movimientos repetitivos del cuerpo permiten que los pensamientos afloren sin ningún tipo de obstáculo. Lassiter no era una de esas personas. Nunca pensaba mientras corría, excepto en los términos básicos: dónde pisar, si debía quitarse los guantes, cuándo convenía mirar hacia atrás o ¿sería el dolor que sentía en la rodilla algo serio o una mala pasada que le estaba jugando la cabeza?

En la carrera de ese día, sus pensamientos eran de esa índole. Pensaba en el ritmo que llevaba y en la distancia que lo separaba de la próxima señal kilométrica. Se inventaba líneas imaginarias que lo llevarían delante de los corredores que lo precedían. Se limpiaba la nieve de los ojos, escuchaba la pesada respiración de los que lo rodeaban y se sorprendía del calor que sentía a pesar del frío que hacía. Su mente vagaba con la nieve, llevándolo hacia la meta. Lo que más le gustaba de correr era que, cuando lo hacía, dejaba de pensar en otras cosas. Cuando estaba corriendo era como si se evadiera de sí mismo; lo único que quedaba era el movimiento.

Una multitud de espectadores se amontonaba a ambos lados de la carretera durante los últimos cuatrocientos metros del recorrido. La gente animaba a los corredores con gritos como «venga, que vas bien» o «ya casi has llegado». Al cruzar la meta vio su tiempo en el cronómetro digital cubierto de nieve: 31.02. No está mal, pensó. Oyó al coordinador de la carrera gritar: «Los hombres a la izquierda, las mujeres a la derecha» y corrió hacia la rampa detrás de un hombre muy bajo que llevaba puestos unos leotardos rojos. A su alrededor, la gente respiraba pesadamente, con la cara congestionada, despidiendo nubes de vapor. La nieve seguía cayendo en grandes copos sin peso.

Lassiter habría jurado que no había pensado en nada durante la carrera. Había tenido la mente en blanco. Así que, cuando se arrancó el dorsal para dárselo a uno de los árbitros, le sorprendió darse cuenta de que en algún momento había tomado una decisión. La repasó mentalmente mientras avanzaba entre las mesas llenas de zumo de naranja y chocolatinas reconstituyentes. Iba a dejar de trabajar una temporada. Una semana, un mes; lo que hiciera falta. El tiempo que fuera necesario para averiguar por qué habían asesinado a Kathy y a Brandon y quién estaba detrás de los asesinatos. Estaba decidido. Ya no había vuelta atrás. Aunque en la empresa todavía no lo supieran, él ya estaba de baja temporal.

Entró en el edificio del colegio y encontró su chándal en la ventana donde lo había dejado. Se lo puso y empezó a estirar las piernas, molesto consigo mismo por haber tardado tanto tiempo en tomar una decisión que ahora le parecía evidente. ¿Para qué valía ser el dueño de una empresa de investigación si no la usaba cuando le hacía falta? Si en Wall Street querían averiguar algo, acudían a él. Si algún abogado de prestigio quería averiguar algo, acudía a él. ¿Qué sentido tenía entonces que Lassiter dejara la investigación de los asesinatos de Kathy y de Brandon en manos de la policía?

El coche estaba cubierto de nieve. Limpió el parabrisas lo mejor que pudo con el brazo y se subió. Las ventanas se empañaron con el calor que todavía emanaba de su cuerpo. Esperó a que la calefacción desempañara el cristal y se puso en marcha.

El viento cada vez soplaba con más fuerza. Los semáforos se balanceaban colgados de sus cables y las señales de tráfico vibraban enloquecidas. La nieve volaba hacia la luz de sus faros en un torrente horizontal. Al otro lado del río, cuyas aguas se habían tornado grises, la ciudad se había hecho invisible. Sólo se veía la luz roja que coronaba el monumento en memoria a Washington, encendiéndose y apagándose como un ojo malvado.

Fue por el puente de la calle 14 hasta la avenida Independence. Luego condujo en dirección oeste, directamente hacia la oficina de Foggy Bottom. El alumbrado público no funcionaba, y el escaso tráfico de vehículos circulaba precavidamente por un cruce oscuro tras otro.

Afortunadamente, su edificio tenía un generador propio, aparcó el coche en el estacionamiento subterráneo y avanzó con paso decidido hacia los ascensores. Incluso bajo tierra, podía oír el viento aullando en la superficie. Sintió un escalofrío. Mientras el ascensor lo llevaba hasta la planta novena, el sudor se le empezó a enfriar en la espalda.

Al llegar a su despacho fue directamente a la ducha. Aunque tenía los músculos rígidos por la carrera, la presión del agua caliente no tardó en relajarlo. Al cabo de un rato notó cómo el ácido láctico empezaba a ceder. Como tenía la costumbre de correr por el parque cuatro o cinco veces a la semana, siempre guardaba un cambio de ropa en el despacho. Se secó el pelo con una toalla, se puso unos pantalones vaqueros y un jersey, y se sentó frente a su escritorio.

Por primera vez en su vida, su despacho le resultó molesto. Las estanterías, los paneles de madera que revestían las paredes, las litografías… ¿A quién pretendía impresionar? Tenía una docena de fotos exquisitamente enmarcadas, pero ni una sola de Kathy ni de Brandon. Todas eran fotos de sí mismo acompañado por personas famosas: Lassiter conversando con el príncipe Bandar, Lassiter estrechándole la mano al asesor del presidente para la Seguridad Nacional, Lassiter en un helicóptero con un grupo de generales del Estado Mayor, Lassiter en la revista Forbes…

El narcisismo llevado hasta el ridículo. En una fotografía, Lassiter posaba jugando al golf con el portavoz de la minoría del Senado en el Club del Ejército y la Armada. El senador, con la cabeza alta, el palo alto y el tobillo girado, resultaba arquetípico: una imagen digna de un póster de los viejos valores norteamericanos. Lassiter, en cambio, parecía un loco. Estaba a un metro de distancia, con los labios torcidos y una mirada de concentración salvaje, haciendo un swing con un hierro del nueve.

Al lado de la horrible foto de golf tenía un regalo de Judy: un artículo del Washingtonian sobre los solteros más codiciados de la ciudad enmarcado en un corazón de plata. Lassiter era el número veintiséis. Lo cual, pensándolo bien, resultaba halagador. O puede que todo lo contrario.

Todo esto había tenido importancia para él en algún momento, o al menos le había parecido divertido, pero ¿que sentido tenía ahora? ¿Para qué valía? ¿Para abrir más sucursales? ¿Para ganar más dinero? ¿Para construirse una casa todavía más grande? ¿Para qué? La verdad era que el príncipe Bandar ni siquiera le caía bien. ¿Qué hacía entonces su foto colgada en la pared?

Descolgó las fotografías y las amontonó en una esquina. Después volvió al escritorio y cogió una hoja de papel. Trazó una línea vertical en el centro y escribió «Trabajo» en el lado izquierdo e «Investigación» en el derecho.

Permaneció un momento sentado, pensando en lo que iba a hacer. Como sus responsabilidades eran amplias y no estaban bien definidas, resultaba difícil reemplazarse a sí mismo, aunque sólo fuera temporalmente. Realmente, su cometido era hacer todo lo que fuera necesario para que las cosas funcionaran, y eso significaba encender fuegos y hacer de bombero al mismo tiempo. Podría decirse que hacía un poco de todo. O, mirándolo desde otro ángulo, podría decirse que hacía lo que le apetecía en cada momento. Y ¿cómo se delega algo así?

En la columna de «Trabajo» escribió «Bolton: todos los F y A» y, debajo, «Rifkin: todos los demás casos». Leo y Judy eran personas ambiciosas y tenían posiciones parejas en la empresa. Si le daba a uno más responsabilidades que al otro, este último se iría de la empresa. Incluso así, no bastaría con dividir los casos entre los dos. También había que ocuparse de las cuestiones administrativas, de la administración financiera, de los nuevos casos y de las relaciones con los clientes. Lassiter decidió que Bill Bohacker se encargara de todo ello. Bohacker trabajaba en la sucursal de Nueva York, pero podría hacer el trabajo perfectamente desde allí. Además, pensándolo bien, casi la mitad de las facturas de la empresa se enviaban a Wall Street.

«Bohacker: administración.»

Lo llamaría para que viniera a Washington el lunes. Si cogía uno de los primeros vuelos, podría estar en la oficina a las nueve, y los cuatro podrían reunirse para ultimar los detalles.

Encendió el ordenador, tecleó la clave de acceso de ese día y leyó el listado de casos de la oficina de Washington. Él sólo estaba involucrado directamente en dos de ellos, aunque, eso sí, los dos eran clientes muy importantes. Tendría que llagarlos y explicarles su ausencia. No creía que hubiera ningún Problema, pero, si lo había, les recomendaría que acudieran a Kroll; sin rencores.

Lassiter escribió dos notas en el lado izquierdo de la hoja:

«AFL-CIO (llamar a Uehlein)» y «American Express (llamar a Reynolds)». Estuvo pensando un rato y apuntó otro par de cosas. Después se levantó y se acercó a la ventana. En la calle, la nieve se estaba empezando a derretir. Una limusina derrapó a lo ancho de la avenida de Pennsylvania mientras los copos de aguanieve chocaban contra la ventana del despacho.

Volvió al escritorio, se sentó y miró el lado derecho de la hoja, el lado titulado «Investigación». Estaba en blanco. Con los ojos cerrados, se echó hacia atrás y pensó. ¿Por dónde empezar? ¿Se le habría pasado algo por alto a Riordan? Se pasó media hora sentado antes de escribir la primera palabra. La palabra que escribió fue «frasco».

La policía sólo había encontrado dos cosas en la ropa de Sin Nombre: un cuchillo grande y un frasco pequeño. La policía ya sabía todo lo que podía saberse sobre el cuchillo, pero no sabían nada sobre el frasco. Riordan había pedido que volvieran a analizar su contenido, pero tal vez también mereciera la pena investigar el frasco en sí. Parecía caro, o al menos poco común. Podía intentar conseguir unas fotos y pedirle a uno de sus investigadores que viera si podía averiguar algo.

Lo siguiente que escribió fue «Comfort Inn». Recordaba haberle preguntado a Riordan si Sin Nombre había hecho alguna llamada de teléfono desde el hotel, pero no recordaba haber obtenido ninguna respuesta. Lo más probable es que eso significara que Sin Nombre no había hecho ninguna llamada, pero merecía la pena asegurarse. Después de todo, pensó mirando la lista, tampoco es que tuviera muchas otras opciones.

CAPÍTULO 13

Un sonido insistente y un manto de sol cegador despertaron a Lassiter. La luz era tan brillante que tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para huir de ella. Mientras tanto, el teléfono no paraba de sonar. Como un vampiro atrapado por el sol, Lassiter atravesó la habitación sin abrir los ojos. Encontró el teléfono, forcejeó con el auricular, se aclaró la garganta y consiguió decir:

– ¿Sí?

La persona que había al otro lado de la línea tardó unos segundos en contestar.

– ¿Te he despertado? -Era Riordan.

– No -mintió Lassiter de forma automática. No sabía por qué, pero siempre que lo despertaba una llamada de teléfono negaba que hubiera estado durmiendo. Aunque fueran las tres de la madrugada, se sentía culpable, como si el mundo esperara que estuviera constantemente alerta. Si quienquiera que llamase estaba despierto, ¿por qué no lo estaba él?

– ¿Seguro que no?

– Seguro. ¿Qué hora es?

– Las siete.

– Espera un momento.

Había habido un corte de luz el día anterior, y Lassiter se había olvidado de reprogramar el reloj que controlaba el mecanismo de las persianas de los grandes ventanales y los tragaluces. A través de los ventanales podía ver los árboles, con los troncos, las ramas y las hojas cubiertos de hielo; el sol se reflejaba en ellos con una intensidad dolorosa. Era como si una inmensa ola de luz solar se derramara sobre la habitación. Lassiter apretó una tecla en la pared y escuchó un murmullo metálico en el techo. Lentamente, la habitación se fue oscureciendo. Volvió a coger el teléfono.

– Dime.

– Me han apartado del caso.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Bueno, hay dos razones. Primero… ¿Estás seguro de que no te he despertado? A veces llamo demasiado…

– Sí, estoy seguro.

– Así que tú también eres madrugador. Igual que yo.

– Sí.

– Bueno, tal y como lo ven mis superiores, el caso está resuelto. Si dependiera de mí…

– ¿Cómo que el caso está resuelto?

Sé lo que vas a decir, pero es que, además, tenemos un doble homicidio en Annandale. Y una de las víctimas es un poli.

– Lo siento.

– Un chaval de veinticuatro años, un buen chaval. Era nuevo en el cuerpo. Paró a tomarse un café. -Riordan hizo una pausa. -El chaval tenía una hija de dos meses. Iba de camino a casa. Su mujer lo estaría esperando con la cena y, ¡zas!, se lo cargan mientras pide un café.

– Es horrible…

– Todavía no te he contado ni la mitad. La otra víctima es una tailandesa. Consiguió la nacionalidad norteamericana hace dos días. Estaba trabajando el día de Acción de Gracias. Cinco dólares ochenta y siete centavos la hora. Y ¡pim, pam, pum! Tres disparos en la cara. ¡Bienvenida a América! ¡Feliz día de Acción de Gracias! ¡Descansa en paz!

– Mira, Jim, entiendo lo que estás diciendo, pero…

– Y, además, me han invitado a dar una charla en un congreso, así que tengo que prepararla.

– ¿Un congreso?

– Sí. Es una de esas reuniones para fomentar las buenas relaciones entre los distintos países. Lo dirige la Interpol. En Praga. ¿Has estado alguna vez en Praga?

– Hace mucho tiempo. ¿De qué tienes que hablar?

– Estoy con un par de franchutes y un ruso. Me imagino que debo encajar en el perfil del típico policía norteamericano, o algo así. Tengo que hablar del «Trabajo de la policía en una sociedad democrática». Los checos no saben lo que es eso, ¿sabes? Al menos desde hace bastante tiempo.

– Qué interesante.

– En cualquier caso, hasta que vuelva, Andy Pisarcik se va a encargar de los últimos detalles del caso de tu hermana y de tu sobrino. Es un chico inteligente. Te voy a dar su teléfono.

Lassiter tenía ganas de discutir. Riordan era uno de los mejores detectives de homicidios del norte de Virginia. Pero Riordan no tenía capacidad para decidir a quién se le asignaba cada caso.

– ¿Te importa que te haga un par de preguntas, ahora que todavía estoy a tiempo?

– Depende -dijo Riordan sin comprometerse.

– Sin Nombre. ¿Te enteraste por fin de si había hecho alguna llamada desde el hotel?

Riordan vaciló unos instantes.

– La verdad, no lo sé… Déjame que lo compruebe. El Comfort Inn. Sé que pedí que lo comprobaran. Tengo todos los papeles aquí. Espera un momento. -Lassiter escuchó el ruido de unas hojas. -Sí, aquí está. Hizo una llamada. Llamó a Chicago. La llamada duró menos de un minuto. Eso es todo.

– ¿Adonde llamó?

– Pues… -El detective pareció titubear. – ¡Qué demonios! Llamó a un hotel. El Embassy Suites.

– ¿Y?

– ¿Qué crees? Hablaría con la telefonista. Obviamente, no figura nada. -La voz de Riordan tenía un tono defensivo. -No hicimos más averiguaciones. Ya sabes, en el hotel habrá… ¿Qué? ¿Doscientas habitaciones? Y la llamada no duró ni un minuto. Por todo lo que sabemos, hasta puede que se equivocara de número.

– ¿Qué se sabe del frasco?

– Hemos conseguido algunas huellas dactilares, pero son todas de Sin Nombre. El laboratorio ha vuelto a analizar el contenido: agua. Así que el fracaso sigue siendo una gran interrogación.

– Habéis sacado fotos, ¿no? ¿Podríais mandarme unas copias?

Se oyó un gran suspiro al otro lado de la línea.

– Vale, veré lo que puedo hacer. Pero eso es todo, Joe. Yo ya no llevo el caso. A partir de ahora habla con Pisarcik.

– Lo haré. Sólo una cosa más. ¿Qué hay de lo de Florida? De la habitación donde «Gutiérrez» recibía el correo. ¿Tienes la dirección?

Riordan se rió.

– Venga ya -dijo. Después colgó.

Resultó que en Chicago había cuatro hoteles que se llamaban Embassy Suites. Y Lassiter no podía llamar a Riordan para preguntarle cuál de ellos era. Así que llamó a su oficina y le dijo a uno de sus investigadores, un antiguo agente del FBI que se llamaba Tony Harper, que fuera a ver qué podía averiguar en el Comfort Inn. Lassiter confiaba en que Tony conseguiría una copia de la factura de Sin Nombre, aunque Probablemente le costaría dinero. Tony no lo defraudó. Dos horas después le mandó por fax una copia de la factura y un recibo por cien dólares. El recibo era en concepto de «servicios prestados».

Además de una solitaria llamada al prefijo 312, la factura incluía el número de la tarjeta Visa de Juan Gutiérrez. Lassiter sabía que, por veinticinco dólares, podía comprar un historial de los créditos de Gutiérrez, pero, por doscientos, podría conseguir algo todavía mejor: un listado detallado de cada pago que Gutiérrez había hecho con la tarjeta. Con las dos tarjetas, porque creía recordar que Riordan le había dicho que Gutiérrez tenía dos tarjetas. Su contacto encontraría sin problemas la segunda tarjeta a través de la primera, y también cualquier otra que pudiera tener.

El procedimiento no era enteramente legal, pero, al fin y al cabo, tampoco es legal conducir por encima del límite de velocidad. En la «era de la información», la violación de la intimidad era el equivalente moral a conducir sin llevar puesto el cinturón de seguridad; si a uno lo pillan, paga la multa y se va. Lassiter buscó en el listín de teléfonos giratorio que tenía encima de la mesa el número de Mutual General Services, una empresa de venta de datos con base en Florida.

Mutual era una empresa especializada en desenterrar información. Si alguien quería un informe bancario, un número de teléfono que no aparecía en la guía, una copia del recibo de una tarjeta de crédito o de un número de teléfono, ellos lo conseguían, rápido y barato. Según Leo, lo hacían a la vieja usanza. O sea, sobornando a gente. Sin duda, tendrían a alguien en la nómina de las principales emisoras de tarjetas de crédito y de todas las compañías telefónicas de Estados Unidos. «Sólo hacen una cosa -decía Leo, -pero lo que hacen lo hacen bien.»

Lassiter llamó a Mutual, dio el número de su cuenta y le dijo lo que buscaba a la mujer que lo había atendido: copias de los recibos de los últimos tres meses de la tarjeta de crédito de Juan Gutiérrez. Le dio el número de la tarjeta y pagó un poco más para que se la mandaran de manera urgente.

Hecho esto, se concentró en la llamada telefónica que figuraba en el recibo del Comfort Inn. Le habían cobrado un dólar y veinticinco centavos por una llamada de un minuto, lo que significaba que la llamada había durado algo menos.

Lassiter analizó las distintas posibilidades. Un minuto, probablemente menos. Hacía falta más tiempo para hacer una reserva. Y, si quería hablar con alguien que se alojaba en el hotel, lo más probable es que no lo hubiera conseguido; la operadora del hotel habría tardado unos segundos en conectarlo, el teléfono tendría que sonar en la habitación… Así que todo parecía indicar que, a quienquiera que hubiera llamado Sin Nombre, no estaba. A no ser… A no ser que Sin Nombre hubiera viajado a Washington desde Chicago. En ese caso era posible que estuviera llamando a «casa». La mayoría de las suites de hotel tenían buzones de voz, así que puede que Sin Nombre estuviera comprobando si tenía alguna llamada.

Lassiter marcó el número del buzón de voz de su oficina e introdujo los números necesarios para avanzar por el sistema mientras cronometraba el proceso. Tenía dos mensajes cortos. Tardó noventa y dos segundos. Apuntó los mensajes, apretó la letra «B» para borrarlos y volvió a llamar. Cincuenta y un segundos.

Después marcó el número del hotel.

– Embassy Suites. ¿En que puedo ayudarlo?

– Estoy intentando ponerme en contacto con alguien que se aloja ahí. Juan Gutiérrez.

– Un momento, por favor. -Siguió una larga espera amenizada con música enlatada. -Lo siento. Me temo que no tenemos ningún huésped con ese nombre.

Una de las cosas que convertían a Lassiter en un buen investigador era la minuciosidad. Si se encontraba en un aparente callejón sin salida, siempre intentaba asegurarse de que no había ninguna puerta oculta. Así que, en vez de colgar, insistió.

– Este es el último número que nos ha dado. ¿Podría volver a comprobarlo? Sé que estaba alojado ahí hace un par de semanas y tenía entendido que iba a estar en Chicago una temporada. Puede que dejara un número de contacto. ¿Podría comprobarlo?

– ¿Es usted un amigo o…?

– No. Soy el abogado de la señora Gutiérrez. Está muy preocupada.

Más música enlatada. No estaba seguro de lo que esperaba averiguar, incluso en el supuesto de que Sin Nombre se hubiera alojado allí. Pero quizás hubiera otro recibo, más llamadas de teléfono.

La música se detuvo, y volvió a ponerse la recepcionista.

– Tiene razón. Sí hemos tenido un huésped con ese nombre. Parece ser que se fue sin pasar por recepción.

Lassiter hizo como si no entendiera.

– Lo siento, no la…

– Bueno, parece ser que…

– ¿No irá a decirme que se fue sin pagar la cuenta? Eso no sería propio de él.

– No, no, eso no es lo que quería decir. Hicimos una impresión de su tarjeta de crédito cuando se registró en el hotel. El problema es que… ¿Le importaría decirme su nombre?

– Por supuesto. Soy Michael Armitage. De Hulmán, Armitage y McLean, Nueva York.

– Y… ¿dice que es el abogado de la señora Gutiérrez?

– En efecto. La represento legalmente.

– Bueno, el problema es que el señor Gutiérrez ha sobrepasado el límite de su tarjeta de crédito. Hemos intentado comunicárselo, pero… no lo hemos encontrado.

– Entiendo.

– La cosa es que hay un saldo a favor del hotel.

– Creo que nosotros podremos encargarnos de eso. Pero, antes, quisiera saber durante cuánto tiempo se ha alojado con ustedes el señor Gutiérrez.

El largo silencio al otro lado de la línea le dijo que se había pasado de la raya; había hecho una pregunta de más.

– Creo que lo mejor será que hable con el director. Puedo pedirle que lo llame…

– No es necesario. Además, me están esperando. Muchas gracias -dijo Lassiter y colgó.

Tardó menos de cinco minutos en meter el chándal, las zapatillas y un cambio de ropa en una bolsa de viaje. Con la bolsa en una mano y una taza de café en la otra, salió de casa y caminó sobre la nieve hasta el coche.

Había una sucursal de Fotocopias Kinko en Georgetown, justo al otro lado del puente Key Cogió el cinturón de circunvalación hasta Rosslyn, cruzó el Potomac y fue hacia la calle M. Dejó el coche en el aparcamiento de la tienda de licores Eagle y cruzó el callejón hacia Fotocopias Kinko. Diez minutos después salió con una cajita de tarjetas de visita impresas en un papel relativamente grueso de color gris. Las tarjetas tenían escrito:

Víctor Oliver

Vicepresidente

Muebles Gutiérrez ?

2113 52nd Vi, SW

Miami, Florida 33134

305-234-2421

No tenía ni idea de si existía un 2113 52nd Place, pero el código postal estaba bien y con el número de teléfono tampoco habría problemas. Era un teléfono de contacto que tenía la DEA para operaciones secretas. Aunque claro, si llamaban preguntando por Víctor Oliver, alguien en la DEA iba a malgastar mucho tiempo intentando averiguar quién era.

No era un buen fin de semana para viajar sin reservas. Una de las pistas del aeropuerto National estaba cerrada, y los vuelos del aeropuerto de Dulles estaban saliendo con retraso por la nieve. Aun así, a las tres de la tarde, Lassiter ocupaba un asiento de primera clase en un vuelo de Northwest con destino al aeropuerto de O’Hare, en Chicago. Siempre había pensado que, excepto en vuelos muy largos, volar en primera clase era un desperdicio de dinero, pero era todo lo que había podido conseguir. El asiento de al lado estaba ocupado por una rubia con los ojos marrones y mucho más escote de lo que parecía razonable en un día tan frío. Llevaba mucho perfume y cada vez que decía algo se inclinaba hacia Lassiter y le tocaba el brazo. Tenía las uñas de tres centímetros de largo pintadas de un fuerte color rojo.

Se llamaba Amanda y estaba casada con un constructor que viajaba mucho. «De hecho, en estos momentos está de viaje.» Amanda criaba perros de Shetland. Ahora mismo volvía a casa después de un concurso en Maryland. Lassiter la escuchaba, asintiendo educadamente, mientras hojeaba la revista del avión. A pesar de su falta de entusiasmo, ella no dejó de hablar durante todo el vuelo. Le explicó todos los entresijos de los concursos caninos y los trucos del gremio, que, por lo visto, estaban relacionados con la laca, el esmalte transparente para las uñas y la vitamina E. «Una pizquita de ese aceite, justo en el hocico, y ¡no puede imaginarse cómo les brilla! Ya sé que parece un detalle insignificante, pero en este tipo de concursos esos pequeños detalles son fundamentales.»

Al aterrizar, el ruido de los motores ahogó su voz, aunque no por mucho tiempo. Mientras el avión avanzaba lentamente hacia la terminal, ella se inclinó hacia él, apoyando el pecho en su hombro mientras le cogía la mano.

– Si le apetece un poco de compañía -dijo Amanda al tiempo que le daba su tarjeta de visita, -vivo muy cerca del centro.

La tarjeta era rosa, estaba impresa con una letra llena de fiorituras y tenía un dibujo diminuto de un perro en una esquina. Había algo vulnerable en esa mujer. Como no quería herir sus sentimientos, Lassiter se metió la tarjeta en el bolsillo.

– Voy a estar muy ocupado -repuso, -pero ya veremos. Nunca se sabe.

Lassiter llamó al hotel desde el mismo aeropuerto.

– Embassy Suites. ¿En qué puedo ayudarlo? -Esta vez era la voz de un hombre.

– Bueno, la verdad… Yo no sé cómo… -dijo Lassiter. Era un imitador nato y adoptó un ligero acento extranjero, acordándose de incluir el sujeto en cada frase; algo que siempre hace que una voz suene «extranjera», incluso si el que la escucha no consigue adivinar el acento. -Yo me alojaba en su hotel hace unas semanas y yo me temo que me fui prematuramente. Un problema familiar.

– Lo siento.

– Sí, bueno, era una mujer muy mayor.

– Ah.

– Pero ¡la vida sigue! Y ahora a mí me gustaría pagar mi cuenta.

– ¡Ah! Ya veo. Entonces, ¿no pagó cuando se fue?

– Exactamente.

– Bueno, claro. A veces hay problemas que no pueden esperar. ¿Puede decirme cómo se llama? Lo miraré en el ordenador.

– Juan Gutiérrez.

– Un momento, por favor. -Lassiter oyó el sonido de las teclas y agradeció que no le pusieran el hilo musical. -Aquí está. Había reservado la habitación hasta el día doce, ¿verdad?

– Sí, así es.

– Bueno, parece que le guardamos la habitación mientras nos fue posible, pero… Ah, ya veo cuál es el problema. ¡Ha rebasado el límite de su tarjeta Visa!

– Eso es lo que yo me temía.

El recepcionista se rió comprensivamente.

– Me temo que ha quedado un saldo de seiscientos treinta y siete dólares con dieciocho centavos a nuestro favor. Si quiere, puedo ponerle con el director. Quién sabe, puede que le descuente un par de días.

– No, no. Yo tengo mucha prisa. Y, además, esto no es culpa del hotel.

– Podemos mandarle la cuenta.

– De hecho, uno de mis ayudantes, el señor Víctor Oliver, estará en Chicago mañana. Yo puedo pedirle que se pase por el hotel para saldar la cuenta. ¿Le parece bien?

– Por supuesto, señor Gutiérrez. Le tendré la cuenta preparada en recepción.

Lassiter respiró hondo.

– Sólo una cosa más. Yo me dejé un par de cosas en la habitación. ¿Las habrán…? ¿Las tendrán guardadas en algún sitio? -preguntó con ansiedad.

– Normalmente enviamos los objetos que nuestros clientes se olvidan a la dirección de la tarjeta de crédito, pero si la habitación estaba sin pagar… Me imagino que sus pertenencias estarán en el almacén. Me ocuparé personalmente de entregárselas a su ayudante.

– Gracias. Ha sido de gran ayuda. Yo le diré a Víctor que pregunte por usted.

– Bueno, yo no entro hasta las cinco, así que…

– Perfecto. Víctor tiene todo el día ocupado con reuniones. Yo no creo que pueda ir al hotel antes de las seis.

– Puede pedirle la cuenta a cualquier otra persona de recepción.

– Yo preferiría que fuera usted. Ha sido de gran ayuda.

– Gracias -dijo el hombre. -Bueno, dígale que pregunte Por Willis, Willis Whitestone.

A Lassiter le gustaba Chicago. Los rascacielos junto al lago, el brillo y la sofisticación nunca dejaban de sorprenderle. Fue en taxi al Near North Side y se registró en uno de sus hoteles favoritos, el Nikko. Era un elegante hotel japonés con un excelente servicio. Los arreglos florales eran tan bellos como sencillos y tenía un magnífico restaurante en la planta baja. Lassiter disfrutó de su exquisita comida esa misma noche, acompañando el sushi con dos botellas grandes de Kirin. Al volver a su habitación, lo normal hubiera sido encontrar un bombón en la almohada, pero, claro, aquello era el Nikko. En vez del bombón había una figurita hecha con papel de arroz: un lobo aullando, o quizá fuera un perro. Fuera lo que fuese, lo hizo pensar en Blade Runner.

Al día siguiente pasó la mayor parte de la mañana visitando el Art Institute. Después fue a la sucursal de su empresa para saludar a sus empleados. La oficina de Chicago era mucho más pequeña que la de Washington, pero sus empleados eran igual de eficaces y la facturación estaba creciendo. Les dio la enhorabuena. Después degustó un pesado pero delicioso almuerzo en Berghof's. Para bajar la comida, volvió andando hasta el hotel. Las calles estaban muy animadas. Había mujeres del ejército de salvación haciendo sonar sus campanas, luces navideñas y multitud de personas comprando regalos.

Al llegar al hotel se puso el chándal y las zapatillas y fue hacia la orilla del lago. Soplaba un viento fuerte, pero él bajó la cabeza y siguió corriendo; unos cinco kilómetros hasta el club náutico y vuelta. Cuando volvió al hotel ya había anochecido. Lassiter estaba agotado.

Se duchó para reanimarse y se vistió rápidamente. Una camisa azul grisáceo de la que Mónica solía decir que tenía exactamente el color de sus ojos; un traje azul oscuro con unas rayas casi imperceptibles; una corbata burdeos y negra; zapatos ingleses y guantes de cuero. Todo era de Burberry’s. Excepto los zapatos, que eran de Johnston & Murphy’s, y el abrigo: una prenda algo gastada de cachemir negro que había comprado en Zurich unos ocho años atrás. Lassiter solía vestir de forma sencilla, pero no ese día. Quería estar elegante cuando fuera a ver a Willis Whitestone.

El hotel estaba en la manzana de los números seiscientos de la calle State. Lassiter anduvo un poco, se tomó una copa en un bar cercano y calculó su llegada para las seis en punto. Se sentía algo nervioso; al fin y al cabo, estaba trabajando a ciegas. ¿Y si Sin Nombre se había dejado una pistola o un kilo de coca en la habitación? Respiró hondo y entró en el vestíbulo con paso decidido.

Willis Whitestone no podría haber sido más agradable. Lassiter le dio una de las tarjetas de visita de Víctor Oliver, comprobó la factura y sacó de la cartera siete billetes de cien dólares. Rechazó el cambio moviendo la mano al tiempo que decía:

– El señor Gutiérrez me ha dicho que ha sido usted de gran ayuda.

Willis le dio las gracias, selló la factura y le entregó una bolsa de cuero. Lassiter se colgó la bolsa del hombro, se despidió y volvió a salir a la fría noche de Chicago.

De vuelta en el Nikko, se quitó el abrigo, pero no los guantes. A pesar de estar bastante gastada, se notaba que la bolsa de cuero era de muy buena calidad. Era una maleta elegante, con una base rígida, laterales suaves y una gruesa correa de cuero. La etiqueta de dentro decía Trussardi. Tenía un compartimiento central y dos grandes bolsillos laterales. Abrió las tres cremalleras y dejó caer el contenido de la bolsa encima de la cama.

Había un par de camisas de cuello ancho, que debían de ser o muy caras o muy baratas, un cinturón, calcetines, ropa interior y un par de pantalones de algodón. Más prometedor parecía un estuche de piel de becerro que medía unos veinte centímetros. Dentro encontró un billete de avión usado de Miami a Chicago, un folleto de la empresa de coches de alquiler Álamo y tres cheques de viaje de veinte dólares firmados por Juan Gutiérrez.

Lassiter sintió una gran decepción.

Se dijo a sí mismo que tenía que haber algo más. Levantó la bolsa y la sacudió. Buscó con la mano en cada uno de los bolsillos y palpó los costados. Examinó el fondo, al derecho y al revés. Volvió a hacerlo todo de nuevo. Y otra vez más. Pensó que quizá tuviera un doble fondo, pero la base de la bolsa no se movía.

No encontró lo que buscaba, un bolsillo plano que ocupaba toda la base de la bolsa, hasta que repitió el proceso por cuarta vez. El ribete de cuero que unía la base a los laterales se abría si se tiraba con fuerza de él. De hecho, Lassiter pensó que estaba rompiendo las costuras, pero el ribete estaba pegado a los laterales mediante la magia del Velero. Lassiter sacó un grueso trozo rectangular de cartón: la base de la bolsa. Se abría como un libro y estaba dividida en dos compartimientos poco profundos. Uno de los compartimientos contenía un fajo de billetes de distintas monedas, el otro un pasaporte. Todo estaba hecho con tanto cuidado que ninguna de las dos cosas sobresalían.

Lassiter cogió el pasaporte y le dio la vuelta. Era italiano. Podía sentir como le latía el corazón mientras lo abría. Dentro estaba la foto del hombre que había matado a Kathy y a Brandon. Franco Grimaldi. La foto mostraba una versión más joven del retrato robot que había hecho la policía. Los músculos de Lassiter se tensaron de expectación, como un cazador cuya presa acaba de aparecer en la mirilla del rifle. Una reacción extraña teniendo en cuenta que el hombre yacía en la cama de un hospital vigilado por la policía. Aun así, Lassiter no pudo reprimir su entusiasmo.

Sin Nombre por fin tenía una identidad y Lassiter estaba seguro de que, hablara o no, él conseguiría descubrir el porqué de los asesinatos de Kathy y Brandon.

Nunca había entendido la necesidad apremiante que sentía alguna gente por averiguar cómo y por qué había muerto alguien a quien querían. Había leído sobre la apasionada búsqueda de datos, de justicia, de castigo y de detalles de los familiares de soldados desaparecidos en combate o de víctimas de atentados terroristas como el de Lockerbie, y su afán siempre lo había desconcertado. ¿Por qué no dejaban las cosas como estaban? ¿Por qué no intentaban proseguir con sus vidas y dejar atrás la tragedia?

Ahora lo entendía.

Cogió una botellita de whisky escocés del minibar, abrió la tapa y se sirvió dos dedos en un vaso. Se sentó delante del escritorio y estudió el pasaporte. La página de la foto contenía los datos personales: Grimaldi, Franco. Nacido el 17-3-1955. Debajo había pegado un trozo de papel blanco con un sello de aspecto oficial. Parecía ser un cambio de domicilio. 114 via Genova, Roma. Lassiter levantó el papel y vio que, en efecto, debajo había otra dirección: via Barberini, y un número. Además, el pasaporte incluía una descripción de Grimaldi. Estatura: 1,85 cm. Peso: 100 kg. Pelo: negro. Ojos: marrones. Mientras movía las páginas en busca de visados y sellos de aduanas, un trozo de papel cayó al suelo. Lassiter lo recogió.

Era un extracto de una transferencia bancaria a favor de Grimaldi por valor de cincuenta mil dólares en una cuenta corriente a nombre de la sucursal de Bahnhofstrasse del Crédit Suisse de Zurich. La transferencia estaba fechada hacía unos cuatro meses. Lassiter dejó el extracto bancario a un lado y volvió a concentrarse en el pasaporte. Pensaba que podría seguir los movimientos de Grimaldi gracias a los sellos de las distintas aduanas, pero las páginas estaban tan llenas que tuvo que hacer una lista. Pasó una página tras otra, descifrando todos los sellos posibles, y apuntó cada entrada y cada salida en un cuaderno. Al acabar, rompió la hoja del cuaderno en multitud de pequeños trozos y escribió una segunda lista, esta vez en orden cronológico.

El pasaporte abarcaba un período de diez años. Los sellos más antiguos, que databan de 1986, revelaban que Grimaldi había viajado con frecuencia entre Beirut y Roma. Lassiter reflexionó sobre ello. En 1986, Beirut era lo más parecido que había en la tierra al séptimo círculo del infierno. Los únicos europeos que había en la ciudad estaban encadenados a radiadores, en las calles estallaban continuamente coches bomba y los asesinatos estaban a la orden del día. ¿Qué cojones haría Grimaldi en Beirut?

Después de Beirut, había ido varias veces a San Sebastián y Bilbao: el País Vasco. En 1989 viajó a Mozambique. Después no había ni un sello en casi tres años. Por fin, en junio de 1992, Grimaldi volvió a viajar, esta vez a los Balcanes. Un par de viajes a la capital serbia, Belgrado, seguidos, un año después, por varias visitas a su equivalente croata, Zagreb. Y, después, nada hasta 1995, cuando Grimaldi viajó a Praga, Sao Paulo y Nueva York. El último sello era del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York y estaba fechado el 18 de septiembre de 1995.

Lassiter no sabía qué pensar. Puede que Grimaldi tuviera un segundo o incluso un tercer pasaporte, y quizá con nombres distintos. Y no sólo eso. Italia formaba parte de la Comunidad Europea, así que en el resto de los países comunitarios no le sellarían el pasaporte. Grimaldi podría haber hecho innumerables viajes por Europa sin que nadie se molestara en registrarlos.

Incluso así…, los tres años sin viajes, entre 1990 y 1992, resultaban elocuentes. ¿Una estancia en la cárcel? Podría ser. O tal vez estuviera viajando bajo otra identidad. Los viajes a Beldado, Zagreb y Beirut también resultaban interesantes; no eran destinos turísticos, ni mucho menos. ¿Y los viajes a España y a Mozambique? ¿Iría de vacaciones? Y, de ser así, ¿en que trabajaría? ¿A qué se dedicaría Grimaldi cuando no estaba matando gente? ¿Cómo se ganaría la vida?

No sin cierta frustración, Lassiter dejó el pasaporte a un lado y esparció el dinero sobre el escritorio. Había billetes de distintos países y, aunque no se molestó en contarlos, era una importante suma de dinero: al menos veinte mil dólares, puede que treinta mil.

Volvió a colocar la base en la bolsa de cuero, guardó el dinero y el pasaporte en los bolsillos laterales y metió la ropa en el compartimiento central. Después cerró las cremalleras. A la mañana siguiente le mandaría la bolsa a Riordan, anónimamente.

Y, en cuanto a él, ya era hora de volver a Washington. Estuvo haciendo llamadas hasta que por fin consiguió un asiento en un vuelo nocturno a Baltimore. Desde luego, no era un plan de viaje ideal. El vuelo no llegaba hasta la una de la madrugada y Baltimore estaba a 130 kilómetros del aeropuerto de Dulles, donde Lassiter había dejado aparcado el coche. Pero todo eso daba igual. Había alguien en Washington con quien quería hablar lo antes posible, un viejo amigo que trabajaba en un rincón muy oscuro del gobierno. Nick Woodburn. Woody.

CAPÍTULO 14

Sentado en el asiento trasero del taxi que le llevaba desde el aeropuerto de Baltimore a su oficina, Lassiter estuvo pensando en Nick Woodburn. Cuando eran dos colegiales, Joe y Woody habían sido íntimos amigos. Los dos habían crecido en Georgetown, no demasiado lejos de Dumbarton Oaks. Habían ido a los mismos campamentos de verano y a los mismos colegios privados. Los tres primeros años de enseñanza secundaria habían formado parte del equipo de atletismo de St. Alban’s y, si Woody no hubiera estado a la altura de su reputación, también habrían corrido juntos el último año. El «incidente», como acabó conociéndose en el colegio, tuvo lugar unas dos semanas antes de las carreras de Penn Relays, cuando un grupo de padres que estaban visitando el colegio se tropezó, literalmente, con Woody y una chica follando en el huerto de detrás de la mismísima catedral. Hubo exclamaciones de asombro, risitas y gritos escandalizados; un asunto que, en última instancia, hizo que Nick Woodburn tuviera que estudiar su último año de colegio en el estado de Maine.

Casi todo el mundo estaba de acuerdo en que Woody acabaría mal o, como decía un compañero de clase: «Nunca lo aceptarán en ninguna parte; tiene más manchas rojas en su historial académico que una pizza.» Y, de hecho, sus solicitudes de ingreso a Harvard y a Yale fueron rechazadas, al igual que las de Princeton, Dartmouth, Columbia y Cornell. Puede que lo hubieran aceptado en Brown, pero Woody no mandó la solicitud; se negaba a ir a la misma universidad que Howard Hunt.

Al final, Woody fue a la Universidad de Wisconsin, donde destacó en atletismo y se graduó en filología árabe. Sacó todo sobresaliente y consiguió una beca Rhodes.

Después de Oxford, ingresó directamente en el Departamento de Estado. Trabajó dos años en Asuntos Políticos y Militares, desempeñando misiones de enlace entre Foggy Bottom y el Pentágono. Después de ocho años destinado en el extranjero -Damasco, Karachi y Jartum, -volvió a Washington a trabajar en el Intelligence Research Bureau, que, por alguna inexplicable razón, se conocía como el INR, en vez del IRB. Llevaba cuatro años trabajando allí y ya era el jefe del departamento.

Con algo menos de cien miembros fijos en nómina, el INR es al mismo tiempo el más pequeño y el más discreto de todos los departamentos que componen el servicio de información del gobierno federal de Estados Unidos. Como tal, es incapaz de cometer los pecados que han hecho famosos a los departamentos de mayor tamaño. No monta, por ejemplo, operaciones paramilitares, ni tampoco se dedica al espionaje electrónico; aunque, desde luego, aprovecha el botín de aquellos que sí lo hacen. No pone LSD en las bebidas de sus empleados ni envía asesinos a remotos palacios y selvas. Lo que sí hace, y lo hace brillantemente, es analizar la información generada por 157 embajadas estadounidenses esparcidas a lo largo y ancho del mundo.

Inevitablemente, cuando Joe Lassiter necesitaba algo imposible, como, por ejemplo, información de Italia durante la Semana Santa, llamaba a su amigo Woody.

– Woody, ¿adivina quién soy?

Al otro lado de la línea, Woody exclamó con entusiasmo:

– ¡Joe! ¿Qué es de tu…? -Un brusco cambio de tono. -Oye, siento mucho lo de Kathy. Estaba en Lisboa cuando pasó. ¿Te llegaron las flores?

– Sí. Llegaron. Gracias.

– Los periódicos decían que habían encontrado al tipo… Al que lo hizo.

– Sí. De hecho, es por eso por lo que te llamo. Necesito que me hagas un favor.

– Tú dirás.

– El asesino es italiano. He pensado que quizá tú puedas enterarte de algo. Yo voy a hacer todo lo que pueda y la policía también pondrá su granito de arena. Pero he pensado que…

– Por supuesto. Mándame lo que tengas por fax y te llamaré el lunes.

Hablaron un poco más, quedaron para comer juntos algún día y se despidieron. Lassiter se puso unos guantes y fue a su despacho a fotocopiar las páginas del pasaporte de Grimaldi. Al acabar, le mandó a Woody por fax una fotocopia del pasaporte. Después volvió a meter el pasaporte en la bolsa de Grimaldi y cogió un taxi al aeropuerto de Dulles para recoger su coche.

Durante el camino de vuelta paró en el Pareéis Plus que había en Tyson’s Córner, compró una caja grande, metió dentro la bolsa de Grimaldi y escribió la dirección del detective James Riordan en la central de policía del condado de Fairfax. Se inventó un remite falso a nombre de Juan Gutiérrez y pagó el envío al contado sin quitarse en ningún momento los guantes. Pensó que quizá debiera mandarle la caja a… ¿Cómo se llamaba? Pisarcik. Pero desechó la idea. El nombre de Pisarcik no había salido en los periódicos, así que nadie tenía por qué saber que el caso había cambiado de manos.

Lo más probable es que Riordan se imaginara quién había mandado la caja, pero no diría nada a no ser que pudiera probarlo, en cuyo caso se pondría hecho una fiera. Pero, a falta de pruebas, lo más seguro es que Riordan le pasara la bolsa de Grimaldi a Pisarcik sin más comentarios.

Cuando volvió a la oficina, Lassiter fue directamente al despacho de Judy y llamó a la puerta. Era sábado, pero se imaginó que ella estaría en su despacho; Judy era todavía más adicta al trabajo que él.

– ¡Adelante! -gritó Judy. Después, al ver quién era, contorsionó la cara dibujando una mueca de sorpresa digna de un cómic. Estaba hablando por teléfono, con el auricular apoyado en el hombro, mientras tecleaba algo furiosamente en el ordenador.

Lassiter apreciaba a Judy. Tenía la cara delgada, rasgos marcados, la nariz aguileña y una aureola rizada de pelo negro que tendía a caérsele, pues se pasaba el día tirándose de algún mechón, retorciéndose los rizos nerviosamente con el dedo índice. Era de Brooklyn y se le notaba al hablar.

– ¡Hola, Joe! -dijo al tiempo que colgaba el teléfono. -Siento haberte hecho esperar. ¿Qué tal va todo? -De repente se acordó y cambió de tono. -Lo que quería decir es que… ¿Estás bien?

– Sí, voy tirando. Escucha, quiero comentarte un par de cosas. Voy a estar fuera una temporada. -Judy empezó a decir algo, pero él la detuvo con un gesto de la mano. -Ya te lo explicaré todo el lunes. Bill Bohacker va a venir a Washington y… Resumiendo, él se va a encargar de la administración mientras yo esté fuera. Leo se va a encargar de los F y A y quiero que tú te encargues de todas las demás investigaciones.

– La verdad, no sé qué… Gracias.

– Otra cosa.

– Dispara.

– Hay una adquisición de American Express de la que también quiero que te encargues.

Judy parecía confusa.

– ¿American Express? No sabía que estuviéramos trabajando con ellos.

– No lo sabe nadie. Las conversaciones se han llevado en secreto.

– Está bien -dijo ella al tiempo que cogía lápiz y papel. -Dime detrás de quién van.

– Detrás de Lassiter Associates.

Judy se quedó mirándolo fijamente. Después se rió nerviosamente.

– Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

Lassiter movió la cabeza.

– No. Quieren convertirnos en su departamento interno de investigación.

Judy reflexionó un instante. Por fin preguntó:

– ¿Y la idea te atrae?

Lassiter se encogió de hombros.

– No especialmente. Pero yo no formaría parte del trato. Se quedarían con la empresa, no conmigo.

– Así que vas a vender…

– Yo no diría tanto. Pero sí, tengo una oferta.

– Y quieres que yo la acepte.

– No. Quiero que negocies el mejor trato posible. Si se parece a la subida de sueldo que me sacaste en septiembre, nos haremos millonarios.

Judy sonrió.

– No estuvo mal, ¿verdad?

Lassiter hizo una mueca.

– No, para ti no estuvo nada mal.

Judy lo miró fijamente.

– Hablando en serio, Joe, ¿no crees que sería mejor que se encargaran de esto los abogados?

– No.

– Está bien.

– Antes de irme te pasaré una memoria con los puntos claves. No quiero que los abogados intervengan hasta que hayamos cerrado un trato. Incluso entonces, sólo después de que tú y yo hayamos hablado.

Judy asintió. Después frunció el ceño.

– ¿Por qué lo estás haciendo? ¿Por Kathy? ¿No sería mejor intentar aguantar una temporada?

– No -repuso Lassiter. -Quiero hacerlo. Supongo que lo de Kathy tiene algo que ver, pero… la verdad es que ya no me estoy divirtiendo. Tengo la sensación de que me paso el día dándole la mano a clientes, discutiendo con abogados y… Bueno, ya sabes. Es todo cuestión de investigar con minuciosidad a la parte contraria. Y, si te paras a mirar las cosas con objetividad, la mayoría de las veces estamos en el lado equivocado.

Judy sonrió.

– Así que tú también te has dado cuenta de eso, ¿eh? ¿Por qué crees que es?

– Bueno, la verdad, no es ningún misterio. Es porque cobramos unos honorarios tan altos que los malos son los únicos que pueden pagarnos.

– ¿Así que de verdad vas a vender?

– Sí. Soy lo que se suele llamar un «vendedor motivado».

– Vale. Esperaré a recibir tu memoria y me pondré a trabajar en ello.

– También podría invitarte a comer. Así te lo podría contar todo hoy.

– ¿Elijo yo el restaurante?

– Sí, siempre que sea etíope o vietnamita. ¿Te parece bien a la una?

– Perfecto. -Apuntó algo en la agenda que había sobre su mesa y volvió a mirar a Lassiter. -Has dicho que querías contarme un par de cosas. ¿Qué más necesitas?

A Judy le gustaba parecer desorganizada, dar la sensación de que los acontecimientos la desbordaban, pero realmente era la eficacia personificada. Lassiter se sacó del bolsillo de la chaqueta una fotocopia del pasaporte de Grimaldi y la dejó sobre la mesa.

– Esto es personal -dijo. -Quiero que te pongas en contacto con quienquiera que tengamos en Roma, a ver qué pueden averiguar sobre este tipo.

– Oh… Dios… mío -exclamó con dramatismo. – ¿Es él?

– Sí.

– Me pondré con ello inmediatamente, pero… -De repente parecía preocupada.

– Ya lo sé. Es fin de semana -dijo Lassiter.

– Peor todavía. Es Italia. Nuestro contacto trabaja, pero, ¿la burocracia? Ni lo sueñes.

Lassiter se encogió de hombros.

– Bueno. Haz todo lo que puedas. -Hizo una pausa. -Y dile a tu contacto que no haga demasiado ruido.

El domingo llegó y se marchó. El lunes Lassiter estuvo una ñora reunido con sus subdirectores, que, como era de esperar, aceptaron sus nuevas responsabilidades con una actitud de «grave entusiasmo».

Al acabar la reunión, Lassiter volvió a su despacho, aparentemente para recoger sus cosas, aunque realmente esperaba una llamada telefónica de Nick Woodburn.

Pero la llamada no llegaba y la mañana se iba consumiendo lentamente. A las dos y media, un mensajero demando viejo para llevar mallas elásticas y botas de ciclista le llevó un sobre de Riordan. Contenía un puñado de fotos de 20 por 25 del extraño frasco que la policía había encontrado en el bolsillo de Franco Grimaldi. Ahora que conocía la identidad del asesino, el frasco parecía casi irrelevante, pero Lassiter presionó la tecla del intercomunicador y le pidió a su secretaria que mirara a ver si Freddy Dexter estaba en la oficina.

Algunos de los investigadores que trabajaban para la empresa eran especialmente buenos en el cara a cara. Otros sobresalían en el análisis de documentos; no sólo toleraban la búsqueda de suciedad entre montones de alegatos, declaraciones juradas y demás material de archivo, sino que, de hecho, disfrutaban con ella. Freddy, que tan sólo hacía tres años que se había graduado en el Boston College, destacaba en ambas cosas.

Cuando entró en el despacho, Lassiter le dio las fotos y le hizo un par de sugerencias.

– Haz unas copias y dedícale todo el tiempo que necesites. Quiero saber quién lo ha fabricado, para qué es…; cualquier cosa que puedas descubrir. Tiene que haber un museo del cristal en alguna parte. Corning, Steuben, Waterford; alguien tiene que saberlo.

– Miraré en la biblioteca del Congreso y en el Smithsonian -dijo Freddy. -Si no tienen la información, seguro que sabrán quién puede ayudarme.

– También puedes probar en Sotheby’s o en alguna otra casa de subastas. Es muy probable que tengan un especialista en cristal.

– ¿De qué presupuesto dispongo?

– Puedes ir a Nueva York, pero no a París.

A las cinco de la tarde, Judy se asomó a la puerta agitando un fax.

– Acaba de llegar de Roma -dijo.

Lassiter señaló hacia una silla y extendió la mano para que le diera el fax.

– No te va a gustar -le avisó ella mientras le pasaba la hoja.

– ¿Por qué no?

– Porque nos ha cobrado una fortuna y sólo nos manda…

– Chorradas -concluyó Lassiter mientras hojeaba el fax-

– Exactamente. Según nuestro contacto, Grimaldi nunca ha sido arrestado. Eso sí, figura en el censo. Vota a Motore.

– ¿Qué es eso?

– Un grupo que quiere aumentar el límite de velocidad.

Lassiter la miró.

– ¿Nada más? -preguntó. – ¿Y eso basta para crear una plataforma política?

– Bepi dice que en Italia hay más de cien partidos. En cualquier caso, Grimaldi no está casado. Corrijo. Nunca ha estado casado. No tiene ningún préstamo de importancia, ninguna demanda judicial, nada de nada.

– ¿Tarjetas de crédito?

– Tiene una tarjeta de débito con un saldo de trescientos dólares en Rinascente.

– ¿Qué es eso?

– Unos grandes almacenes.

– Magnífico. -Lassiter siguió mirando el fax. – ¿Servicio militar?

– Nunca lo hizo. -Eso echaba por tierra la teoría de Riordan de que Grimaldi podía ser un soldado.

– ¿Trabajo?

– Ninguno.

– ¿Subsidio de desempleo?

Judy empezó a decir algo, pero se detuvo.

– Ya veo por dónde vas -dijo.

– Según esto, Grimaldi no tiene ninguna fuente de ingresos -señaló Lassiter. -Ni siquiera cobra el paro. ¡Nada! ¿De qué vive entonces?

– No lo sé.

– Pues yo quiero saberlo. -Lassiter reflexionó unos segundos. -Otra cosa -añadió. -Aquí dice que no tiene coche.

– En efecto.

– ¿No tiene coche y vota a un partido de automovilistas?

– Motore.

– Exactamente. Eso lo convertiría en el primer peatón de la historia de la humanidad que quiere aumentar el límite de velocidad.

Judy sonrió y extendió el brazo para que Lassiter le devolviera el fax.

– Te mantendré informado -dijo mientras avanzaba hacia la puerta.

– Un momento -la detuvo Lassiter. -Tengo otra pregunta.

– Y la respuesta son novecientos dólares -repuso Judy girándose hacia él. -Bepi dice que ha trabajado dieciséis horas.

– ¿Y tú le crees?

– Sí. Es un buen investigador y sabe que el trabajo es para ti. No ganaría nada mintiendo. No ha conseguido nada y sabe que tú estarás descontento. Lo más probable es que haya trabajado más horas de las que dice.

– Entonces, ¿tú qué opinas?

Judy frunció los labios y reflexionó durante unos instantes.

– ¿Con los datos que tenemos? Me parece que tu hombre es un fantasma.

Lassiter asintió.

– Sí -dijo. -Eso mismo pienso yo.

El martes por la tarde, Lassiter estaba sentado frente a su escritorio, sintiéndose como un idiota. Había delegado todas sus obligaciones en Leo, Judy y Bill, así que la empresa se estaba dirigiendo a sí misma o, al menos, eso esperaba. Además, le había dado la única pista que tenía a Freddy Dexter. Así que ahora se limitaba a esperar, sin nada que hacer.

Se acercó a mirar por la ventana. Después encendió un fuego y lo miró hasta que se apagó. Leyó el Wall Street Journal y estuvo pensando en salir a correr un poco. Luego estuvo buscando razones para no hacerlo. Pensó que debería llamar a Claire para cenar juntos. Hasta que sonó el teléfono.

– Joe.

– ¡Woody!

– Tengo lo que me pediste.

Eso era exactamente lo que Lassiter deseaba oír, pero había algo extraño en el tono de voz de Woody.

– Gracias -dijo Lassiter. -Te debo una.

– No me des las gracias todavía. -Silencio. -El tipo este me da escalofríos.

La intensidad de la voz de Woody lo asustó.

– ¿Qué quieres decir?

– Que me da tanto miedo que hasta me asusta haber pedido la información.

Lassiter no sabía qué decir.

– Déjame que te haga una pregunta -dijo Woody. – ¿Has hecho alguna otra averiguación sobre él?

– Sí. Tenemos a alguien en Roma que nos echa una mano cuando hace falta. ¿Pasa algo?

– A mí no, pero quizá debieras mandar a tu contacto de vacaciones.

– ¿Lo dices en serio?

– Y tan en serio.

Lassiter no podía creer lo que estaba oyendo.

– Pero ¡si no ha encontrado nada!

– Pues claro que no. Eso es lo que intento decirte: estamos ante un profesional. Seguro que vuestro tipo sólo encontró la información que figura en el censo, ¿no?

El silencio de Lassiter contestó la pregunta con mayor claridad que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Después guardaron silencio al teléfono como sólo pueden hacerlo dos buenos amigos.

– Déjame que te haga otra pregunta -dijo Woody por fin.

– ¿Qué?

– ¿En qué estaba metida tu hermana?

– ¿Metida? No estaba metida en nada. ¡Woody! Tenía un hijo. Tenía un trabajo. Veía «Friends» en la tele. Le gustaba comer helado. ¡Tú la conocías perfectamente!

Woody respiró hondo.

– Bueno, puede que se equivocara de mujer.

– Puede. Pero no mató sólo a una mujer. Por lo poco que pude ver, prácticamente degolló a Brandon. -Volvieron a guardar silencio. Esta vez fue Lassiter quien lo interrumpió. -Pero, dime, ¿qué has averiguado?

– Franco Grimaldi es lo que nosotros llamamos un peso pesado. De hecho, tiene una pegada mortal. Asesina a gente. Aunque, pensándolo bien, eso ya lo sabes. ¿Has oído hablar del SISMI?

– No. ¿Qué es?

Voy a mandarte algo. Escúchame bien. Mañana por la tarde pasará por tu despacho un agente del gobierno con un maletín esposado a la muñeca. Sacará un sobre, te lo dará y se irá. Ábrelo. Lee el informe, destrúyelo y quémalo. Y asegúrate de remover bien las cenizas.

Lassiter estaba de pie junto a la ventana, pensando en el tono de voz de Woody, cuando su secretaria se asomó a la puerta.

– Lo llama por teléfono un tal agente Pisarcik.

– Pásemelo. -Cogió el teléfono. – ¿Sí?

– ¿Señor Lassiter?

– Sí.

– Soy el agente Pisarcik, de la policía de Fairfax. ¿Cómo está usted?

– Bien, gracias.

– Lo llamo porque tenemos buenas noticias.

– ¿De verdad?

– ¡Así es! Hemos identificado al sospechoso del asesinato de su hermana, a Sin Nombre. Se trata de un ciudadano italiano: Frank Grimaldi. El detective Riordan me ha pedido que se lo comunicara inmediatamente.

– Fantástico.

– La otra razón por la que lo llamo es que… Creo que ya lo sabe. De ahora en adelante el detective Riordan ya no se encargará del caso.

– Eso he oído.

– Como a partir de ahora me ocuparé yo, he pensado que sería buena idea que usted y yo nos conociéramos.

– Está bien. ¿Podría usted pasarse por aquí? ¿Sabe dónde está mi oficina?

– ¡Por supuesto! Pero, eh… Me temo que hoy me va a resultar imposible. ¿Puedo decirle algo de forma confidencial?

– Sí, por supuesto.

– Vamos a trasladar al prisionero a las cuatro y media…

– Ah.

– Sí. Lo trasladamos al cuarto blindado del hospital general de Fairfax. Y después tengo que asistir a una charla en la comisaría: «Género, raza y ley.»

– Entonces, será mejor que lo dejemos para otro día -dijo Lassiter.

– Sí.

Lassiter colgó y miró la hora. Eran las cuatro en punto y empezaba a nevar débilmente. Aun así, pensó que podría llegar a tiempo.

Normalmente, Lassiter conducía despacio, pero esta vez pisó el acelerador a fondo. El Honda Acura serpenteó entre el tráfico, con los limpiaparabrisas moviéndose a toda prisa, de camino al hospital.

Lo que estaba haciendo no tenía sentido. Lo sabía perfectamente, pero le daba igual. Quería ver al asesino de su hermana de cerca. Y no sólo verlo. Quería enfrentarse a él. Más que eso: quería coger al muy hijo de puta y aplastarle la cara contra el suelo.

Eso era lo que realmente le hubiera gustado hacer. Pero se conformaría con menos. Se conformaría con decirle… No sabía bien qué. Puede que sólo dijera: «Oye, Franco», para ver la expresión de su cara al oír su nombre en boca de un desconocido. «Franco Grimaldi.»

Mientras Lassiter luchaba con el tráfico, en el hospital Fair Oaks el agente Dwayne Tompkins se estaba preparando para el traslado del sospechoso al cuarto blindado del hospital general de Fairfax. En el cuerpo se conocía al agente Tompkins simplemente como «Uvedoble» porque, cuando le preguntaban cómo se llamaba, siempre decía: «Dwayne, con uve doble.»

Miró el reloj. Estaba esperando a que el auxiliar le llevara la silla de ruedas. No es que el prisionero fuera incapaz de andar. Los fisioterapeutas llevaban diez días haciéndolo caminar por los pasillos, y Dwayne había estado a su lado a cada paso. Aun así, las normas del hospital exigían que los pacientes salieran en silla de ruedas, por muy bien que pudieran caminar.

Cuando llegara la silla, todavía tendría que esperar a que Pisarcik le comunicara que el furgón policial estaba esperando.

La misión de Dwayne consistía en acompañar al prisionero hasta la planta baja, donde lo estaría esperando Pisarcik. Entonces firmarían los formularios de rigor, y el cuerpo de policía del condado de Fairfax se haría cargo oficialmente de la custodia del prisionero.

Dwayne iría sentado al lado del prisionero en el furgón mientras Pisarcik los seguía en un coche patrulla. Ése era el procedimiento. Al llegar al hospital general de Fairfax pondrían a Sin Nombre en otra silla de ruedas, y Dwayne y Pisarcik lo escoltarían hasta el cuarto blindado. Entonces, y sólo entonces, permitirían que el prisionero se pusiera de pie. Lo encerrarían en el cuarto blindado y ya está; no tendría que volver a ver al maldito Sin Nombre.

Dwayne estaba encantado de que por fin hubiera llegado el momento del traslado. Así acabaría la que sin duda había sido la misión más aburrida de su corta carrera. Llevaba más de tres semanas sentado en una silla. ¡Ocho horas al día sentado delante de la puerta de la habitación de ese maldito tipo! Lo más emocionante que había hecho era comprobar las credenciales de las enfermeras y los médicos que entraban en la habitación. Los dejaba entrar y luego los dejaba salir. Si necesitaba ir al baño tenía que llamar a una enfermera; era humillante. Al poco tiempo, se encontró a sí mismo reduciendo la cantidad de líquidos que bebía. Y, para colmo, ¡ni siquiera podía ir a buscar algo de comer! Le llevaban la comida. Comida de hospital. Y tenía que comérsela allí mismo, sin levantarse de la silla, equilibrando la bandeja sobre las rodillas.

Aunque, claro, al menos estaba esa pequeña enfermera. Juliette. Iba a echarla de menos.

El médico hizo una última comprobación, Dwayne firmó un formulario, y la pequeña Juliette ayudó a Sin Nombre a sentarse en la silla de ruedas.

– ¿Cómo hacen el traslado exactamente? -le preguntó el médico. -Lo llevarán en un furgón, ¿no?

– Depende. A este tipo sí. Pero a otros se los traslada en ambulancia.

– Bueno, por mí ya pueden empezar.

– Empieza la juerga -dijo Dwayne. Llamó a Pisarcik por su walkie-talkie y le dijo que iban de camino. Después siguió a Juliette mientras ella empujaba la silla de ruedas por el pasillo. Era realmente atractiva, pensó Dwayne. Pero una de las otras enfermeras le había dicho que era una beata religiosa, así que podía ir olvidándose de ella.

Incluso así, cuando llegaron al ascensor, después de apretar el botón de bajada, se dio la vuelta y le guiñó un ojo. Nunca se sabe. Tal vez era su día de suerte.

Había más tráfico del que Lassiter había imaginado. Cuando detuvo el coche en el aparcamiento del hospital ya eran las cinco menos cuarto. Lassiter dejó el Acura en una plaza reservada para «empleados del hospital» y se dirigió hacia el lateral del edificio. Delante de la puerta de urgencias, un policía fumaba un cigarrillo, de pie, apoyado en un gran furgón blindado.

– Perdone -dijo Lassiter. – ¿Conoce al agente Pisarcik?

– Está ahí dentro -contestó el policía.

Lassiter se apresuró a atravesar las puertas automáticas. La sala de urgencias estaba llena. Había mucho movimiento, como pasaba siempre a esas horas de la tarde. Lassiter tardó bastante en conseguir atraer la atención de una enfermera.

– Estoy buscando al agente Pisarcik.

La enfermera giró la cabeza hacia el pasillo este.

– Al fondo de todo -indicó.

Lassiter avanzó en la dirección que le había indicado y encontró a Pisarcik delante del ascensor con un walkie-talkie en la mano; no tendría más de veinticinco años.

– No puede estar aquí -le advirtió Pisarcik. -Estamos trasladando a un prisionero.

– Ya lo sé.

– Hay otro ascensor en el ala sur.

– Soy Joe Lassiter.

– Ah -repuso Pisarcik. -Encantado. -Dudó un instante. – ¿No irá a…? -añadió.

– ¿A hacer alguna estupidez? No. Sólo quiero verle la cara.

– Vaya… No sé qué decir, señor Lassiter. Se supone que la zona tiene que estar despejada.

– ¿Qué le parece si…?

El walkie-talkie hizo un ruido metálico, atrayendo la atención de Pisarcik.

– Pisarcik -dijo.

– Tengo al sujeto. Listos para proceder. ¿Está todo despejado ahí abajo?

Pisarcik miró a Lassiter con cautela.

– Sí, todo despejado -contestó

– Vale. Vamos para allá.

Pisarcik se giró hacia Lassiter.

– ¿Le importaría alejarse un poco?

Claro que no -aceptó Lassiter mientras retrocedía unos pasos. El indicador luminoso del ascensor permaneció una eternidad en la planta novena. Lassiter se apoyó en la pared mientras Pisarcik daba vueltas de un lado a otro con el walkie-talkie en la mano.

Tengo una reunión en una hora -dijo el agente de policía. Ya lo mencioné antes. Creo que voy a llegar tarde.

– No es culpa suya. Está trabajando.

Pisarcik habló por el walkie-talkie.

– Oye, Uvedoble. ¿Qué pasa?

– Una urgencia. Un tipo que tiene que ir a rayos.

– Vamos a llegar tarde.

– Ya está. Vamos para allá.

Pisarcik se volvió hacia Lassiter.

– Ya bajan -le comunicó. Lassiter asintió, con los ojos fijos en el indicador luminoso.

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– Uvedoble dice que ésta es la misión más aburrida de toda su vida -comentó Pisarcik.

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– Ah.

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– Sí, lleva casi un mes sentado delante de esa puerta. Tenía que avisar a la enfermera cada vez que quería echar una meada.

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– Ah -repuso Lassiter.

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– Espero que a mí no me toque nunca una misión así. Me moriría de vergüenza si tuviera que llamar a una enfermera para eso.

3

Lassiter asintió, pero los pelos de la nuca se le estaban empezando a erizar.

– ¿Por qué se ha parado el ascensor? -preguntó.

Pisarcik miró el indicador luminoso.

– No lo sé -dijo. -No estaba previsto, pero…

La luz se apagó, el ascensor se puso en movimiento y esperaron a que se iluminara el 2.

4

5

– ¿Qué cojones…? -exclamó Lassiter separándose de la pared.

Los ojos de Pisarcik parecían demasiado grandes para sus órbitas. Le gritó al walkie-talkie.

– ¡Oye! ¡Uvedoble! ¿Qué diablos está pasando? ¡Dwayne! ¿Qué pasa, tío? -Como única respuesta, llegó el ruido de una interferencia eléctrica. Pero el ascensor volvió a cambiar de sentido.

4, 3, 2, 1. Pisarcik y Lassiter respiraron con alivio cuando por fin se detuvo en la planta baja. Se abrieron las puertas.

Dentro había un policía sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Tenía la boca abierta en una mueca de sorpresa. Un hilo de sangre le resbalaba por el lado derecho de la cara. La pared estaba salpicada de rojo. Le habían quitado la pistola. Y tenía un bolígrafo clavado hasta el fondo en el ojo derecho.

Pisarcik dio un paso hacia adelante, vaciló un momento, y, despacio, muy despacio, cayó al suelo. Lassiter tardó demasiado en darse cuenta de que se estaba desmayando. Por el rabillo del ojo vio cómo la frente del policía golpeaba contra el suelo de linóleo, pero ni siquiera entonces pudo apartar los ojos del hombre muerto. Sonó un timbre, y las puertas del ascensor empezaron a cerrarse. Lassiter extendió las manos instintivamente para detenerlas. Alguien gritó detrás de él. Las puertas del ascensor temblaron violentamente, volvieron a esconderse en la pared y, por segunda vez, empezaron a cerrarse. Por segunda vez, Lassiter volvió a detenerlas. Y otra vez. Y otra.

En alguna parte, una mujer gritó. Pisarcik gimió, y la gente empezó a correr.

CAPÍTULO 15

Hilo musical.

Lassiter estaba andando nerviosamente de un lado para otro en su despacho, intentando hacer caso omiso del sonido que le llegaba por el teléfono móvil que tenía pegado a la oreja. Riordan lo tenía en espera y…

De repente, el hilo musical se cortó. La hemos encontrado -dijo Riordan.

– ¿A quién?

A la enfermera. Juliette como se llame.

– ¿Está muerta?

– No, no está muerta, pero está hecha un manojo de nervios.

– ¿Qué os ha contado?

– Que Grimaldi susurró algo, como si no pudiera hablar bien. Cuando Dwayne se le acercó, Grimaldi lo cogió de la corbata y tiró de él. De repente todo se llenó de sangre, y Dwayne cayó al suelo con un bolígrafo clavado en la cabeza. Después, Grimaldi le cogió la pistola. Eso es lo que nos ha contado.

– ¿De dónde sacó el bolígrafo?

– ¿Y yo qué sé? Es un hospital. Hay bolígrafos por todas partes.

– ¿Y qué pasó después?

– Juliette lo sacó en la silla de ruedas.

– ¿Qué cojones…?

– ¿Qué querías que hiciera? ¡Grimaldi la obligó a punta de pistola! ¡Tenía una manta cubriéndole las piernas y una semiautomática en el regazo! Hizo lo que le dijo que hiciera. Fueron al tercer piso y ella lo llevó a otro ascensor. Todo muy normal. Parecían… lo que eran: una enfermera y un paciente. Así que cogieron el otro ascensor y bajaron al sótano. Cuando el primer ascensor se abrió en la planta baja y Pisarcik se desmayó, Grimaldi ya estaba en el aparcamiento.

– ¿Así de fácil?

– Sí.

Lassiter se dejó caer sobre el sofá que había delante de la chimenea.

– ¿Y después? -preguntó.

– ¿Después? Después ella lo llevó a donde él le dijo. Y eso es jurisdicción de los federales. Secuestro a mano armada. Así que ahora el FBI está metido en el caso.

– Mientras más seamos, más animada será la fiesta. ¿Adonde fueron?

– A Baltimore. Por carreteras secundarias. Sólo que nunca llegaron. Grimaldi la dejó tirada en una cuneta a unos ocho kilómetros de Olney. La policía local la encontró andando por el arcén. Todavía estamos buscando el coche.

– ¿Puede conducir?

– Supongo. Por lo que dice ella, andaba bastante bien.

– Entonces, ¿a cuento de qué viene lo de la silla de ruedas?

– Normas del hospital. Se entra sobre ruedas, y se sale sobre ruedas.

Lassiter no dijo nada.

– Te habrás dado cuenta de que ni siquiera te he preguntado qué hacías tú ahí -dijo Riordan.

Lassiter siguió sin responder.

– ¿Qué hay de tu compañero? ¿Pisarzo?

– Pisarcik. Bueno, como te podrás imaginar está muerto de vergüenza. Tiene un buen chichón y todo el mundo piensa que es un mierdecilla, pero, ¿sabes qué? Es un buen chaval. Saldrá adelante. -Riordan hizo una pausa. Lassiter casi podía oír cómo se movían los engranajes de su cerebro. -Déjame que te haga una pregunta.

– ¿Qué?

– ¿No tienes nada que decirme? ¿Estás seguro de que no le comentaste nada a nadie sobre el traslado del prisionero, aunque fuera de pasada?

– …

– ¿Me has oído?

– Ni siquiera me voy a molestar en contestar eso.

– Mira, no es que el traslado fuera un secreto de Estado -replicó Riordan. -Teníamos gente en la comisaría, gente en el hospital, gente en el otro hospital. Lo sabía mucha gente. Puede que a alguien se le escapara algo. Puede que se te escapara a ti.

– Claro -repuso Lassiter con tono sarcástico.

– En cualquier caso…, los médicos dicen que va a necesitar ayuda.

– ¿Qué tipo de ayuda?

– Necesita antibióticos. Y una especie de ungüento para las quemaduras. Correremos la voz. Quién sabe, tal vez tengamos suerte.

– A estas alturas, ya podría estar en cualquier sitio. Hasta podría estar en Nueva York.

– No importa dónde esté. Con un agente asesinado, el grado de cooperación de la policía va a ser completamente distinto. Y, además, no olvides que ahora los federales también están metidos en el caso. Y te aseguro que el muy hijo de puta no va a pasar desapercibido.

– ¿Por qué no?

– Porque es italiano, italiano de verdad. Y tiene la cara echa un Cristo. Y eso no va a cambiar. Al verlo, la gente aparta la mirada. Pero lo mirarán. ¿Me explico?

– Sí. Como cuando hay un herido en un accidente. -Los dos hombres guardaron silencio durante unos segundos.

Había algo que no le cuadraba a Lassiter, pero no sabía qué. Por fin cobró forma.

– ¿Cómo es que llevaba encima las llaves del coche?

– ¿Qué? ¿Quién? ¿De qué estás hablando?

– De la enfermera. ¿Cómo es que llevaba encima las llaves del coche? No conozco a ninguna mujer que lleve las llaves del coche en el bolsillo. Lo que quiero decir es que… Estaba de servicio, ¿no? Las mujeres guardan las llaves en el bolso, en un cajón, donde sea, pero no las llevan en el bolsillo.

– Quizás había acabado su turno, o quería coger algo del coche. Yo qué sé.

– ¿Se lo preguntarás?,

– Sí. ¿Por qué no?

– Es que me parece raro que una enfermera se pase todo el día de aquí para allá con un puñado de llaves en el bolsillo.

Riordan guardó silencio unos segundos.

– La verdad, no sé que pensar. Puede ser interesante. Se lo preguntaremos. Pero lo más probable es que simplemente las llevara encima, sin más.

– Ya. Lo más probable es que no tenga ninguna importancia. Pero no te olvides de preguntárselo, porque tu caso vuelve a estar abierto.

Ese día, Lassiter se quedó en la oficina hasta tarde y cenó comida tailandesa en su despacho. Su escritorio tenía un botón a la altura de las rodillas para accionar un panel que ocultaba tres pantallas de televisión en la pared; una modificación arquitectónica heredada de los anteriores inquilinos de la oficina, una empresa de publicidad que se había encargado de los vídeos electorales de Dan Quayle en la última campaña electoral. Lassiter apretó el botón con la rodilla, y el panel se deslizó hacia un lado.

Las noticias de las once abrieron con una ráfaga frenética de música. La foto de Grimaldi apareció en la pantalla, y el presentador comentó: «Una osada huida acaba con la vida de un agente de policía y deja a un asesino suelto entre nosotros.» Siguió un anuncio del Washington Post: «¡Si no te lo llevas, no te enteras!» y, por fin, el desarrollo de la noticia principal.

Una rubia muy atractiva, una tal Ripsy, empezó a hablar desde el aparcamiento del hospital. A su lado había una silla de ruedas caída en el suelo. Luego la cámara cambió de plano, y apareció en pantalla un hombre blanco de mediana edad con los ojos enrojecidos y demasiado pelo. Se llamaba Bill y estaba en una carretera en penumbras, «cerca de Olney». Comentó el «angustioso viaje» de la enfermera, y la cámara pasó a Michele, una mujer negra, que estaba sentada en un chalet de Reston con la madre de Dwayne Tompkins, que a duras penas conseguía mantener la compostura. La madre del policía fallecido miraba a la cámara con los ojos en blanco y parecía incapaz de hablar.

Lassiter lo observó todo con unos palillos en una mano y una cerveza en la otra. Le costaba prestar atención a lo que decía la televisión. La televisión tenía una capacidad especial para quitarle realidad de los acontecimientos, convirtiendo cualquier catástrofe en algo paladeable a la hora de cenar. La muerte de su hermana, la exhumación del cadáver de su sobrino, la huida de Grimaldi; de alguna manera, la televisión había procesado todas esas calamidades y las había convertido en una especie de entretenimiento. O, si no exactamente en un entretenimiento, desde luego en algo a lo que se podía sacar un beneficio, en mieses para el molino. Algo muy distinto de lo que realmente era: una cuestión personal.

Lassiter estaba pensando distraídamente en eso cuando se dio cuenta de que todos los presentadores llevaban el mismo pañuelo, o el mismo tipo de pañuelo: un pañuelo a cuadros negros y tostados que tenía un curioso efecto homogeneizador sobre sus diferencias físicas. Lassiter pensó que, por muy distintos que parecieran entre sí, todos ellos formaban parte de la misma tribu: la nación de Burberry’s.

La idea lo hizo sonreír, pero la sonrisa le desapareció de los labios al advertir que ése era exactamente el tipo de comentario sagaz que solía hacer Kathy. Irritado consigo mismo, apagó la televisión y se fue a casa pensando que al menos Riordan volvía a estar al frente del caso. Y eso lo deprimió todavía más. «Dios santo -pensó, -hablar de aferrarse a resquicios de esperanza…»

Le costó dormirse. No conseguía librarse ni del sonido de a cabeza de Pisarcik al golpear contra el suelo ni de la imagen del bolígrafo clavado en el ojo del policía muerto.

Y, lo que era todavía peor, sabía que era muy posible que no cogieran a Grimaldi por segunda vez. Y eso no sólo significaba que el asesino podía librarse de su castigo, sino que, además, él nunca sabría por qué habían asesinado a su hermana y a su sobrino.

Ciao.

Cuando por fin consiguió dormir, soñó con Kathy. En concreto, con algo que había pasado cuando eran niños.

Kathy debía de tener doce años y él siete. Estaban en Kentucky, remando en el lago, más que nada para huir de Josie. Kathy estaba tumbada en la proa de la barca, leyendo una revista. Llevaba unas gafas de sol graduadas que había elegido dos semanas antes de su cumpleaños para que se las enviaran en la fecha exacta. Le encantaban esas gafas de sol. Las llevaba todo el rato. Incluso dentro de casa. Incluso de noche.

En la barca de remos llevaba las gafas levantadas sobre el pelo. Se levantó, y las gafas se le cayeron al agua. Lassiter todavía podía oír el grito de Kathy, todavía podía ver las gafas hundiéndose en el agua. Recuperarlas parecía fácil. Pero, aunque Kathy se tiró inmediatamente al agua, aunque los dos volvieron al poco rato con gafas y tubos de bucear, aunque se pasaron horas buscando, nunca las encontraron.

En el sueño, Lassiter estaba buceando. Encontraba las gafas en el fondo del lago, con las patillas cruzadas, como si Kathy acabara de dejarlas encima de una mesa. Buceaba y buceaba, pero las gafas siempre resultaban ser un trozo de cuarzo, una lata de cerveza, un truco de la luz. Al final, siempre volvía a la superficie con las manos vacías. Al despertarse, Lassiter se sintió como si hubiera vuelto a fallarle a su hermana; hoy igual que entonces.

A la mañana siguiente, Freddy Dexter estaba en el vestíbulo, decorando un árbol de Navidad. Al ver entrar a Lassiter le dio la caja de ornamentos a la secretaria de recepción y corrió detrás de él.

– ¿Qué tal? -preguntó Lassiter.

– Quería hablarte del cristal -dijo Freddy con gesto satisfecho.

– ¿De qué? -Lassiter se quedó mirándolo.

– Del frasco de cristal -le recordó Freddy.

– Ah, sí. Ven a mi despacho. -Al entrar, Lassiter le señaló una silla. Después se sentó frente a su escritorio y levantó el auricular del teléfono. – ¿Quieres un café?

Freddy dijo que no. Lassiter colgó, se recostó en su asiento y esperó. Freddy se aclaró la garganta.

– Resulta que el cristal es más complejo de lo que parece -empezó.

– ¿Sí?

– Sí. Lo usamos para ver mejor, para beber… Pero eso es sólo el principio. Hay mucho más.

– Eso es lo que esperaba oír.

– Te podría hablar de todo tipo de cosas: cualidades dúctiles, hierros para soplar…

– ¿El qué?

– Tubos de hierro. Se hicieron por primera vez en Mesopotamia. En serio, no puedes imaginarte lo que costaba manufacturar cristal transparente.

– Tienes razón, no puedo imaginármelo.

Freddy sonrió.

– Bueno, la cosa es que nadie lo consiguió hasta el siglo quince. Pero, incluso entonces, no lo conseguían siempre. Y debemos estar agradecidos por ello -añadió, -porque ésa es la razón por la que existen las vidrieras de colores. En cuanto al frasco…

– ¡Aja! -dijo Lassiter.

Freddy hizo caso omiso del sarcasmo.

– En su época debió ser de lo mejorcito que se hacía.

Lassiter tardó unos segundos en reaccionar.

– ¿Me estás diciendo que es una antigüedad?

Freddy se acomodó en su asiento.

– Es posible que lo sea. Estamos trabajando con fotos. Sin tener el frasco, no se puede saber si es auténtico o si es una copia, una magnífica falsificación. Parece ser que, hacia finales del siglo pasado, los italianos se pusieron a hacer copias de todo lo que caía en sus manos: estatuas, reliquias, prendas de vestir, cristal… Por lo visto, fue cuando empezó el turismo a lo grande. Empezó a ir gente rica de todo el mundo a Italia y, de repente, surgió un mercado para las antigüedades.

– ¿Y qué tiene eso que ver con el frasco?

– Si no es original, es una magnífica copia del tipo de frasco que usaban los curas en la Edad Media.

– ¿Qué?

– Para el agua bendita. He consultado con varios expertos. He hablado con una mujer de Christie’s, con un experto del Smithsonian… Todos coinciden. El tipo de frasco del que estamos hablando, el tipo de frasco que llevaba tu hombre, sólo se fabricaba en Murano, una islita al lado de Venecia. En vista de las marcas que tiene y de la pequeña corona de metal de la tapa, este frasco en concreto debe de estar relacionado con los templarios. Por lo visto, se los llevaban a las Cruzadas. -Freddy se recostó en su silla, claramente satisfecho consigo mismo.

Lassiter se quedó mirándolo.

– Las Cruzadas -repitió.

– Sí. Contra el Islam.

– Y llevaban agua bendita en esos frascos.

– Así es. En cuanto a los viejos frascos -dijo Freddy, -los de agua bendita estaban muy valorados. Para sustancias menos preciadas se usaba arcilla. Podría contarte más cosas sobre frascos para agua bendita de las que puedas imaginar. Por ejemplo, que Marco Polo se llevó unos cuantos hasta China. Eso si es que realmente llegó a China. Pero eso es otro tema. En cualquier caso, me han dicho…

– ¿Tienes todo esto por escrito?

Freddy se dio unos golpecitos en el cuadernillo que llevaba en el bolsillo de la camisa.

– Claro. Te haré un informe. Pero pensé que te gustaría saber lo que había averiguado. Resumiendo: es un antiguo frasco de agua bendita.

– Gracias -dijo Lassiter. -Has hecho un buen trabajo. Creo. -Estaba perplejo.

– Sí, claro. De nada. Creo.

Por la tarde llegó el correo del gobierno con el maletín esposado a la muñeca. Le pidió a Lassiter que le enseñara algún tipo de identificación y, después de comparar la foto del carné de conducir con la cara que tenía delante, se sacó una llave del bolsillo y abrió el maletín.

Extrajo un sobre y le pidió a Lassiter que firmase en un cuaderno negro. Hecho esto, le dio el sobre, volvió a cerrar el maletín con llave y se marchó sin decir una sola palabra. Cuando la puerta se cerró a su espalda, Lassiter abrió el sobre y extrajo un fino expediente con un Post-it amarillo pegado a la primera página. El Post-it decía:

Ven a correr conmigo mañana.

A las 6.00 en la plataforma de Great Falls.

Woody

El expediente tenía como encabezamiento: Grimaldi, Franco. Estaba fechado el 29 de enero de 1989 e incluía varios sellos y clasificaciones del gobierno. Entre ellos la palabra no-forn, que, como Lassiter recordaba de sus días en las Fuerzas Armadas, quería decir que estaba prohibida la difusión del expediente fuera de las fronteras nacionales. La primera página del expediente era una lista de nombres y fechas.

Alias: Franco Grigio, Frank Guttman, NPD Gutiérrez.

Él podía ayudarles con el NPD, pensó Lassiter. El acrónimo significaba Nombre de Pila Desconocido. Se lo diría a Woody: Juan Gutiérrez.

Fecha de nacimiento: 17-3-1955; Rosarno, Calabria.

Madre: Vittorina Patuzzi.

Padre: Giovanni Grimaldi (fallecido).

Hermanos:

Giovanni: 12-2-1953 (fallecido).

Ernesto: 27-1-1954 (fallecido).

Giampolo: 31-3-1957.

Luca: 10-2-1961.

Angela (Sra. de Buccio): 7-2-1962.

Dante: 17-5-1964.

Direcciones:

Via Genova, 114, Roma.

Via Barberini, 237, Roma.

Heilestrasse, 49, Zuoz (Suiza).

Servicio militar:

Carabinieri: 20-1-1973.

SISMI: 15-11-1973 (ret.: 12-4-1986).

Refs.:

L’Onda.

89MAPUTO 008041-FLASH.

El texto que lo acompañaba era menos críptico. Explicaba que el Departamento de Estado había tenido noticias de Grimaldi por primera vez el 5 de enero de 1989, al recibir un mensaje cifrado de un agente de la CÍA en Maputo, la capital de Mozambique. El mensaje informaba sobre el asesinato de «un miembro importante de la dirección del Congreso Nacional Africano controlado unilateralmente». La policía local estaba buscando a un ciudadano italiano, un «mercenario» que había llegado de Johannesburgo el día anterior. Dada la relevancia del fallecido para los «intereses norteamericanos» en la región, la CÍA investigó activamente el asesinato.

Dicho esto, el autor del expediente volvía al principio. Explicaba que Rosarno era un pequeño puerto «en la punta de la bota». Grimaldi era hijo de un pescador, tenía seis hermanos y no mantenía buenas relaciones con su familia. Que se supiera, el único miembro de la familia con quien estaba en contacto era su hermana, Angela, que residía en Roma.

Según el expediente, el sujeto cumplió el servicio militar obligatorio de nueve meses en 1973. Después ingresó en el servicio de inteligencia militar italiano, el SISMI. Además de contraespionaje y operaciones antiterroristas, el informe aclaraba que, hasta 1993, la cartera del SISMI incluía todas las actividades de inteligencia en el extranjero, operaciones antimafia y todo tipo de seguimientos por medios electrónicos.

Grimaldi estaba destinado en la L ’Onda, un cuerpo paramilitar de élite con base en Milán inspirado en las SAS británicas. Su principal campo de operaciones era la lucha contra el terrorismo, pero su historial estaba «salpicado de manchas». Según el expediente, la reputación de L’Onda como unidad antiterrorista urbana quedó en entredicho en 1986, cuando se tuvo noticias de su involucración en una serie de asesinatos y atentados con bombas. Estos incidentes, que incluían atentados en estaciones ferroviarias y supermercados, acabaron con la vida de al menos 102 civiles durante un período de ocho años. Atribuidos inicialmente a la extrema izquierda, posteriormente se descubrió que los atentados habían sido instigados desde el propio seno de L’Onda. Al parecer, los incidentes formaban parte de una «estrategia de tensión» del SISMI, que, de tener éxito, habría acabado con la toma del poder por parte de un gobierno militar. La conspiración se descubrió en 1986 y L’Onda fue desmantelada de forma inmediata; aunque había quien mantenía que sólo se había hecho una aparente operación de limpieza y que L’Onda seguía operando con un nombre distinto. El desenmascaramiento de sucesivos casos de corrupción y de alianzas encubiertas con grupos como la Mafia siciliana obligó finalmente a una restructuración a fondo del SISMI. Pero, para entonces, ya hacía tiempo que Grimaldi había dejado el cuerpo.

El expediente también incluía varias fotografías del sujeto. Una, hecha para un documento de identidad militar, mostraba a un hombre joven y apuesto con ojos oscuros y brillantes. Al estar hechas desde lejos con un gran teleobjetivo, la segunda y la tercera estaban saturadas de grano. Las dos mostraban a Grimaldi saliendo de un Land Rover en un aeropuerto sin identificar en lo que parecía ser un país tropical. Había palmeras al fondo, y la mirada de Grimaldi ya tenía esa misma dureza que Lassiter había visto en el hospital.

Ciao.

Lassiter recordó los comentarios de Jimmy Riordan sobre la condición física de Grimaldi. Riordan había dicho que tenía muchos golpes, pero que seguía estando en magnífica forma. Había dicho que quizá fuese un soldado. Y tenía razón; al menos en parte.

Había una hoja adjunta al expediente con una anotación escrita a mano como encabezamiento: «Bienes.» Debajo había un listado de propiedades:

Un ático en la via Barberini, en el elegante barrio romano de Parioli.

Un segundo apartamento en la misma dirección. (Una nota a pie de página indicaba que el apartamento estaba alquilado a la hermana de Grimaldi, Angela.)

Un chalet en Zuoz, Suiza. (Una nota aclaraba que era un Pueblo al lado de Saint Moritz.)

Además de los bienes inmobiliarios, Grimaldi tenía una cuenta en el Banco Lavoro con un saldo medio de veintiséis mil dólares. El informe añadía que se creía que tenía cuentas adicionales en Suiza, en concreto en el Crédit Suisse, pero no se «disponía» de más detalles.

Bajo «Automóviles», había dos vehículos: un Jeep Cherokee matriculado en Roma y un Land Rover en Zuoz. Sólo tenía una tarjeta de débito de unos grandes almacenes y nunca había pedido un crédito. Obviamente, se tratara de comidas o de entretenimiento, de ropa o de cualquier otra cosa, «el sujeto» prefería pagar al contado.

Lassiter se acordó de las tarjetas Visa que Grimaldi se había tomado la molestia de conseguir a nombre de Juan Gutiérrez; desde luego, sabía lo que se hacía. Aunque el dinero al contado siguiera reinando en Europa, en Estados Unidos hacía ya tiempo que levantaba sospechas: contar mil dólares para comprar un billete de avión o para pagar la cuenta de un hotel era algo lo suficientemente infrecuente para que la otra persona recordara la transacción.

Lassiter se recostó en su asiento para reflexionar. El expediente le daba una personalidad, una identidad, a Grimaldi, pero era la identidad de un hombre misterioso y, lo que era aún peor, el expediente estaba anticuado. Con la única excepción de la referencia a Mozambique, el expediente no incluía ningún dato posterior a 1986. ¿Dónde habría estado Grimaldi, además de su viaje a Maputo, durante los últimos diez años? ¿Qué habría estado haciendo? ¿Seguirían siendo válidas las direcciones que incluía el expediente?

Lassiter cogió el Post-it. Al verlo por primera vez, había pensado en no acudir a la cita. Desde luego, no a las seis de la mañana. Pero iría.

Great Falls.

Aunque todavía era de noche, el cielo ya empezaba a clarear cuando Lassiter pasó conduciendo junto a la caseta cerrada que había en la entrada del parque. El parque de Great Falls estaba a tres kilómetros de su casa de McLean. Lassiter solía ir a correr allí dos o tres veces a la semana, pero nunca tan temprano. Pero Woody era un maratoniano y, además, le gustaba llegar al trabajo antes de las ocho, así que sus días empezaban casi invariablemente antes de rayar el alba. Aunque solía correr por un canal que había a un par de manzanas de su casa, en Georgetown, de vez en cuando iba a Great Falls para disfrutar de la suave superficie, del espectacular paisaje y de las cuestas que dejaban sin aliento.

Incluso desde el aparcamiento, Lassiter podía oír el agua rugiendo en la distancia. Hacía mucho frío, pero él iba preparado con un viejo chándal con el cuello y las mangas gastados por los años. Mientras andaba hacia la plataforma, el cielo empezó a colorearse por el este; un suave tono rosáceo comenzaba a teñir los árboles y las rocas de la orilla de Maryland. Pasó junto a un poste que tenía marcado el nivel al que había llegado el agua en las mayores inundaciones de este siglo; marcas sorprendentes, ya que el poste estaba en un promontorio, casi veinte metros por encima del cauce del río. Había una placa informativa y una fotografía de la inundación de 1932, cuando el agua había llegado por encima de la cabeza de Lassiter. Se dio cuenta de que ésa era una de las muchas cosas que le hubiera gustado enseñarle algún día a Brandon, cuando el niño fuera lo suficientemente mayor. Algo que ya nunca ocurriría.

Al llegar al borde del acantilado se apoyó contra la barandilla de metal y miró el agua que se agitaba debajo de él. Las rocas, golpeadas durante miles de años por el agua, parecían pulidas casi hasta el punto de derretirse. Y entonces vio una luz que se acercaba a él, subiendo y bajando, desde los árboles. Era Woody, que llevaba una linterna sujeta a la frente, como un minero echándose una carrerita.

– Hola -saludó Woody. Se dieron la mano mientras el hombre del Departamento de Estado se inclinaba hacia adelante para estirar los gemelos.

– Gracias por el expediente.

– ¿Te has deshecho de él?

– Sí. Tal y como me dijiste. Venga -dijo al tiempo que se incorporaba. -Vamos.

Los dos hombres empezaron a correr por un camino ecuestre que avanzaba entre los árboles.

– El único problema es que…

Ya lo sé. Está anticuado -lo interrumpió Woody.

Los dos hombres corrían con facilidad, hombro con hombro, evitando las piedras que aparecían de vez en cuando en el camino.

Tu hombre es un criminal -dijo Woody.

– ¡No me digas! -contestó Lassiter con ironía.

– Después del SISMI empezó a trabajar por libre.

– ¿Haciendo qué?

– Un poco de esto, un poco de aquello. Sobre todo cazando separatistas vascos a las órdenes de Madrid.

– ¿Qué?

– Separatistas vascos. Los cazaba en España y en Francia. Donde fuera. Le pagaban por cabeza.

– Explícame eso.

– Era una especie de cazador de recompensas. Muchas de sus víctimas eran lo que podría llamarse «objetivos fáciles». Gente exiliada en sitios como Estocolmo. Abogados, intelectuales… En 1989 fue a Mozambique. Un contrato distinto, pero el mismo tipo de trabajo. Se cargó a un tal Mtetwa. Un importante miembro del Congreso Nacional Africano. El tipo tenía cien años, o algo así. Pero había una cosa que Grimaldi no sabía: Mtetwa era uno de los nuestros. Y a la CÍA le molesta que maten a la gente que trabaja para ella.

– No vayas tan rápido.

– ¡Si sólo estoy trotando!

– Estás corriendo.

– Y gracias a eso tenemos este pequeño expediente.

Lassiter ya respiraba pesadamente cuando cruzaron un pequeño puente para peatones justo antes de una cuesta muy empinada que parecía interminable. Tardaron dos minutos enteros en llegar a la cima. A pesar de la baja temperatura, Lassiter tenía la camiseta cubierta de sudor. Se paró, apoyó las manos en los muslos, inclinó la cabeza y respiró pesadamente. Le salía vapor de la espalda.

– ¿Por qué dejó el SISMI?

– ¿Quién sabe? Mucha gente se fue del SISMI.

– ¿Y eso por qué?

– La nave se estaba hundiendo. Había tal nivel de corrupción que era imposible saber en qué bando estaba cada cual. Venga -dijo Woody, -me estoy enfriando. -Siguieron corriendo. Mientras lo hacían, Woody continuó: -Tenían agentes infiltrados en la Mafia, en la masonería, en el partido comunista, en las Brigadas Rojas. O puede que no los tuvieran. Puede que fuera al revés. ¿Quién sabe? Desde luego, nosotros no estábamos seguros y creo que ellos tampoco, al menos no del todo. Todo el mundo tenía sus propios intereses particulares: política, dinero, religión… Lo que fuese.

Volvieron a guardar silencio mientras la mañana se apoderaba del cielo. Al llegar a un claro junto al acantilado estuvieron unos segundos corriendo en el sitio mientras una canoa amarilla aparecía y desaparecía entre las aguas blancas del río.

Woody se volvió hacia Lassiter.

– El problema es que nada de esto tiene ninguna relación con tu hermana.

Lassiter asintió.

– Ya lo sé -dijo.

– Así que tal vez esté relacionado contigo.

– ¿Qué quieres decir?

Woody abrió las manos, con las palmas hacia el cielo.

– Todos esos años en Bruselas. Y también aquí, con tu empresa. Debes de tener bastantes enemigos.

– ¿Enemigos? -exclamó Lassiter. -Es posible que sí, pero no de ese tipo.

– ¿Estás seguro?

– Sí. Y, además, si alguien quisiera hacerme daño, lo lógico es que se asegurara de que yo me enterase. Si no, ¿qué sentido tendría? -Miraron al hombre de la canoa luchando contra la corriente y volvieron a ponerse en marcha. – ¿Eso es todo? -preguntó Lassiter.

– Más o menos -repuso Woody sin aliento. -Después de Mozambique, nuestro hombre desapareció de la escena. Como un viejo soldado. No hemos sabido nada nuevo de él hasta que mató a tu hermana y a su hijo.

Siguieron corriendo junto al acantilado que daba al Potomac. El suelo estaba salpicado de raíces de árboles, y necesitaron de toda su concentración para no tropezarse.

– ¿Y ahora qué? -inquirió por fin Woody.

Antes de que Lassiter pudiera contestar, delante de ellos apareció un árbol caído sobre el camino. Lassiter lo saltó y cayó al otro lado sin perder el paso. Woody estaba justo a su lado.

No lo sé -contestó Lassiter. -Puede que me vaya de viaje, para olvidarme de todo.

Es una buena idea -aprobó Woody. -Deja que se encargue del caso la policía.

– Sí, creo que eso es lo que haré.

Siguieron corriendo un poco más, hombro con hombro, hasta que llegaron al aparcamiento.

– ¿Y adonde crees que irás? -quiso saber Woody.

– No lo sé -repuso Lassiter encogiéndose de hombros. -. Estaba pensando en Italia.

Woody no se molestó en discutir con él. Se conocían demasiado bien. Tan sólo dijo:

– Ten cuidado.

CAPÍTULO 16

Roma. Aeropuerto Leonardo da Vinci.

Lassiter permaneció sentado en su asiento de primera clase, hojeando un ajado ejemplar de la revista Time mientras esperaba a que el 737 se vaciara. El pasillo del avión era un torrente de viajeros con el sueño cambiado y los ojos enrojecidos. Parecían desesperados por llegar a la terminal, donde, por supuesto, tendrían que volver a esperar juntos en una nueva cola. Unos cinco minutos después de que se hubieran levantado la mayoría de los pasajeros, cuando el último de ellos salió del avión cargado con una inmensa mochila, Lassiter dejó la revista en el asiento de al lado, se levantó y lo siguió.

Había una cafetería cerca de la cinta transportadora por la que debía salir el equipaje. Lassiter pidió un café con leche y lo pagó con tres billetes de un dólar. Sus compañeros de vuelo se amontonaban uno detrás de otro esperando a que sus maletas descendieran por la rampa. Tenían la mirada de depredadores cansados, escudriñando cada maleta mientras pasaba a su lado, esperando el momento de saltar sobre su presa. Después corrían con sus maletas hacia el control de pasaportes, donde volvían a esperar en una nueva cola.

Lassiter viajaba demasiado para compartir su impaciencia. Incluso cuando vio su maleta permaneció donde estaba, bebiéndose el café. Estuvo observando cómo la maleta daba vueltas, una y otra vez, hasta que se acabó el café. Entonces recogió la maleta y pasó el control de pasaportes.

Siempre se le olvidaba lo feo que era el aeropuerto de Roma. Puede que, como ingeniero, Leonardo hubiera admirado las máquinas voladoras, pero, desde luego, como artista habría cerrado los ojos ante la visión de la gris terminal, con sus suelos pegajosos y sus aburridos carabinieri. Aun en sus mejores días, el aeropuerto resultaba sucio, pequeño y caótico.

Ese día estaba abarrotado de turistas procedentes de todos los rincones del mundo. El entrenador de un equipo finlandés de bolos, con sus jugadores apiñados a su espalda, discutía con una italiana sentada con gesto adusto detrás de un mostrador de plástico con un gran signo de interrogación en rojo. Una diminuta pareja de indios avanzaba entre el gentío tirando de la maleta más grande que Lassiter había visto en toda su vida, una especie de cofre azul celeste atado con gruesas gomas elásticas. Varias mujeres árabes con el rostro cubierto esperaban sentadas en el suelo, mientras sus hijos alborotaban a su alrededor entre los hombres de negocios y los turistas italianos que iban de un lado a otro, empujando y arrastrando sus pertenencias en medio de un increíble estrépito. Las azafatas de tierra iban de una cola a otra, haciendo las mismas preguntas una y otra vez antes de pegar unos diminutos adhesivos en el equipaje de mano de los viajeros. Los guardias de seguridad paseaban de un lado a otro en parejas, con armas automáticas colgando del hombro. Lassiter hizo caso omiso de todo y se abrió camino hacia la calle para coger un taxi.

Hacía uno de esos días grises y fríos en los que la espesa bruma siempre parece a punto de convertirse en lluvia. Lassiter encontró un taxi, negoció la tarifa y, acomodándose en su asiento, descansó la vista en las grises colmenas de edificios y los suburbios industriales que se extendían a ambos lados de la carretera. Italia podría hacer las cosas mejor, pensó.

Y las hacía. Su hotel, el Hassler Medici, estaba agazapado sobre la escalinata recientemente restaurada de la piazza Spagna. Las ventanas daban a la via Condotti, donde se podía ver la sala de té Babington’s y un McDonald’s. Cerca de la Puerta del hotel, un chico y una chica repartían unas hojas entre los transeúntes. Lassiter cogió una, y la chica lo obsequió con un «grazie».

Al registrarse, un recepcionista vestido con esmoquin se disculpó por los chicos de las hojas y le explicó la razón de su presencia. Después de siglos de abusos, la escalinata había alcanzado tal nivel de deterioro que había sido necesario restaurarla a un enorme coste. Tras muchos retrasos, la restauración por fin había finalizado y se había inaugurado con gran pompa en una ceremonia que incluía el corte de una cinta. Pero, al concluir las fotos de rigor, los políticos la habían cerrado otra vez, por si los escalones volvían a deteriorarse.

La mera idea sacaba al conserje de quicio.

– ¡La arreglan y luego se aseguran de no tener que arreglarla nunca más! Quieren convertir la escalinata en un museo. -Una risita cínica. -Pero, claro, ¡se olvidan de que, después de todo, son escalones, de que están ahí por algo! -Movió la cabeza de un lado a otro. -Hoy están abiertos. Mañana, ¿quién sabe? -Disparó las manos hacia el techo. -Yo, desde luego, no me atrevería a asegurarlo. -Sonrió y le dio su llave a Lassiter. -Bienvenido a la Ciudad Eterna, señor Lassiter.

La habitación era grande y silenciosa y estaba lujosamente amueblada. Cuando la puerta se cerró detrás del botones, Lassiter se sentó en la cama, algo mareado por el largo viaje, y se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio. No tenía intención de quedarse dormido, pero estaba agotado y la luz grisácea de la calle hacía que pareciera que era casi de noche.

Cuando se despertó ya había oscurecido. Por un momento dudó si serían las seis de la mañana o las seis de la tarde. Acostado en la oscuridad, se recordó a sí mismo dónde estaba. Había llegado al hotel a las doce de la mañana, así que tenía que ser por la tarde.

Se levantó y deshizo la maleta mientras se iba despertando. Llevó el cepillo de dientes y la maquinilla de afeitar al cuarto de baño de mármol y se desvistió. Se metió en la ducha, cerró los ojos y dejó que el agua caliente lo golpeara en los hombros para liberarse de la somnolencia. Al cabo de unos cinco minutos cambió la ducha por la comodidad del grueso albornoz blanco que colgaba de un gancho detrás de la puerta del baño y fue al minibar en busca de una botella de agua de Pellegrino.

Ya despejado, desabrochó la bolsa negra en la que llevaba su ordenador portátil Compaq y enchufó el adaptador a la red eléctrica. Después de la comprobación rutinaria de la memoria, Lassiter buscó el archivo de viajes y sacó el documento que había preparado para el viaje a Roma. Luego marcó el número de teléfono del contacto de Judy, el detective privado que no había conseguido averiguar nada sobre Grimaldi.

– Pronto?

– Hola. Eh… ¿Habla mi idioma?

– Si-iii. -Lo dijo en dos sílabas, acabando en una nota alta. Al fondo, un niño reía fuera de sí.

– Estoy buscando al señor… Bepi… -El nombre resultaba imposible de pronunciar.

– ¡Bepistraversi! Soy yo. ¿Es usted Joe?

– Sí.

– Judy me dijo que llamaría.

– ¿Tiene un momento?

– Claro que sí. Y, por cierto, todo el mundo me llama Bepi.

– Bueno, Bepi, ¿dónde podríamos vernos? Puedo ir a su oficina…

– Un momento… -Bepi tapó el auricular y Lassiter oyó una súplica explosiva al otro lado de la línea. -Per favore! Ragazzi -Silencio. Risas. Y de nuevo la voz meliflua de Bepi. -Creo… Quizá sea mejor que quedemos en La Rosetta. Así podremos cenar algo. -Le explicó a Lassiter cómo llegar a una trattoria en el Trastevere. -Reservaré una mesa.

Lassiter se vistió y salió rápidamente a la calle. Compró el Herald Tribune en un quiosco de prensa y paró a tomarse un café en la pasticceria que había al lado. Las noticias eran malas, pero el café estaba tan bueno que pidió otro. Cerca borboteaba el agua de una fuente, y un aparato de música sonaba machaconamente al lado de un vendedor ambulante africano que se especializaba en escribir nombres en granos de arroz. La Rosetta era un diminuto restaurante en un antiguo barrio de clase trabajadora que hacía tiempo que se había convertido en un lugar de moda frecuentado tanto por turistas como por los propios romanos. Lassiter había estado allí el verano anterior, cuando la ciudad se cocía bajo el sol. Mónica y él habían comido en una osteria, sentados a una mesita en un estrecho callejón por el que pasaban continuamente todo tipo de ruidosos ciclomotores. Por lo que recordaba, la experiencia había resultado agridulce, una mezcla de romanticismo con velas y humo de gasolina.

Pero ahora era invierno. Las mesas habían pasado al interior, y con ellas los turistas, los hombres de negocios y las parejas de enamorados. La Rosetta resultó ser una cueva acogedora con ristras de ajos colgando de vigas de madera y un fuego encendido en la chimenea. Un joven elegantemente vestido se materializó delante de Lassiter en el preciso instante en que entró. Tenía una melena negra hasta los hombros, ojos verdes y una sonrisa esperanzada. Excepto por la sonrisa, parecía salido directamente de un anuncio de Armani.

– ¿Es usted Joe, verdad?

– Sí.

– Toni Bepi.

Se dieron la mano y encontraron una mesa al fondo de la habitación, cerca de la puerta de la cocina. Al principio, la conversación giró tensamente en torno a tópicos tan manidos como la polución de Roma y las fluctuaciones del tipo de cambio entre la lira y el dólar. Por fin, el camarero les llevó una garrafa de vino de la casa y una botella de San Gimingano y tomó nota de su pedido.

Cuando se marchó, Bepi se inclinó hacia Lassiter, bajó la voz y le preguntó:

– ¿Está enfadado conmigo?

– ¿Qué?

– ¡Una factura tan grande a cambio de tan poca información!

– ¿Qué factura?

– Grimaldi. -Bepi se apoyó contra el respaldo de su silla y asintió comprensivamente.

Lassiter movió la cabeza.

– No. No estoy enfadado.

– No me extrañaría que lo estuviera.

Lassiter se rió.

– No, de verdad…

– ¿Entonces…? -Bepi frunció el ceño. Si no era por eso, no entendía por qué habían quedado.

– He hablado con un amigo -explicó Lassiter, -un amigo que trabaja para el gobierno. Dice que Grimaldi es un tipo de cuidado.

Bepi repitió la expresión en voz baja, dudando sobre su significado.

– ¿De cuidado?

– Peligroso. Mi amigo del gobierno me ha dicho que ir por ahí haciendo preguntas sobre Grimaldi puede resultar peligroso. Eso es lo primero que quería decirle. Si no fue muy precavido, es posible que…

Bepi rechazó la idea con un movimiento de la cabeza. Le ofreció un paquete de Marlboro a Lassiter y, cuando éste lo rechazó, le preguntó si le molestaba que fumara. Lassiter le dijo que no. Bepi suspiró con alivio. Se encendió un cigarrillo, aspiró el humo y expulsó una nube de aire gris hacia la mesa de al lado.

– Fui -empezó. -Fui… ¿cómo se dice? Vigile, cuidadoso. Judy me dijo que tuviera cuidado. Siempre uso el mismo conducto, ¿sabe? Y cuando ellos hacen una investigación… -Parecía confuso mientras buscaba la palabra adecuada. -Cuando hacen una investigación… a fondo y no encuentran nada, ya sé que la persona es… ¿Cómo ha dicho? Un tipo de cuidado.

– ¿Y eso por qué?

Un ademán amplio de los brazos y otra nube de humo.

– ¡Somos italianos! ¡Tenemos la burocracia más famosa del mundo! ¡En Italia hay medio millón de personas que viven sólo para sellar papeles! Después siempre escriben tu nombre en alguna lista. ¡Hay miles de listas! Así que, cuando uno investiga a alguien y no encuentra nada… -Se encogió de hombros y se volvió a inclinar hacia adelante. -Dígame una cosa. ¿Conoce a Sherlock Holmes?

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno -dijo Bepi con una sonrisa satisfecha. -Éste es el perro que se comió el hueso: es el único que no ha ladrado.

Lassiter se rió. Después hablaron de cosas sin importancia hasta que llegó el camarero con media docena de platos en el brazo y los repartió, uno a uno, como si fueran naipes. Cuando se volvió a ir, Bepi miró fijamente a Lassiter.

– Dígame otra cosa.

– ¿Qué?

– ¿Es el SISMI o la Mafia? ¿O las dos cosas?

Lassiter lo miró un momento, pensando que no lo había valorado lo suficiente.

– El SISMI -contestó al fin.

Bepi asintió.

– Por eso es una suerte que haya tenido cuidado -añadió Lassiter.

El italiano se encogió de hombros.

¿Y ahora ha venido tras este hombre? ¿Tras Grimaldi? -Movió la cabeza de un lado a otro. -Si no es muy importante, no creo que sea una buena idea. Puede gastarse mucho dinero y no llegar a ninguna parte.

– No se preocupe por el dinero.

Bepi estuvo pensando unos segundos. Después hizo una pequeña mueca.

– ¿Puedo preguntar quién es el cliente?

– Yo soy el cliente. ¿No se lo ha dicho Judy?

– Ya conoce a Judy. Sólo dijo que usted llamaría y que esperase al lado del teléfono; nada más.

– Bueno, Grimaldi… apuñaló a mi hermana en el corazón. Y después le cortó el cuello a mi sobrino. Los dos están muertos.

– ¡Oh! -Bepi bajó la mirada un momento. -Yo… lo siento mucho. -Tras un silencio apropiado volvió a levantar la mirada. – ¿Y? -dijo moviendo la mano hacia adelante y hacia atrás, como si una puerta de batiente se estuviera abriendo y cerrando entre los dos.

– Necesito ayuda.

– Si-iii? -Igual que antes, cuando habían hablado por teléfono, la voz del italiano subió una octava, transmitiendo una sensación de cauta disponibilidad.

Lassiter sirvió dos vasos de vino y bebió del suyo.

– Voy a ir a las dos direcciones que tengo de Grimaldi, a ver si puedo averiguar algo. Tal vez vaya a visitar a su hermana. Necesitaré un intérprete y un guía.

Bepi bebió un poco de vino, lo meditó durante unos instantes y volvió a inclinarse hacia Lassiter.

– Lo ayudaré -declaró.

– ¿Está seguro?

Bepi hizo un gesto, como si estuviera apartando el peligro con la mano.

– Si es como dice, es una cuestión personal entre usted y Grimaldi -dijo Bepi. -Entonces no tengo por qué preocuparme. Después de todo, éste es un país civilizado. Ni siquiera los mafiosos están tan locos. Si sólo le estoy haciendo de intérprete…, entonces soy como el papel pintado de la pared. ¿Entiende?

Aunque seguía albergando ciertas dudas, Lassiter asintió y los dos hombres hundieron sus tenedores en los platos de calamares y verduras a la parrilla.

Al día siguiente, Bepi recogió temprano a Lassiter en su Volkswagen Golf. Aunque el coche era viejo, estaba inmaculado, tanto por dentro como por fuera. Aun así, tenía una estatuilla de Lenin en el salpicadero y un pequeño balón de fútbol colgando del espejo retrovisor. Bepi metió una cinta en el radiocasete y Verdi tronó por los altavoces.

Eludieron por los pelos una serie de encontronazos mortales mientras el italiano serpenteaba entre el tráfico, insultando a los otros conductores al tiempo que apretaba el claxon sin parar. Lassiter le enseñó las tres direcciones que tenía: la del pasaporte de Grimaldi y las dos que le había proporcionado Woody. Bepi frunció el ceño al ver las direcciones.

– Son dos mundos distintos -dijo. – ¿Por cuál quiere empezar?

– Por el más reciente. El del pasaporte.

El apartamento estaba en Testaccio, un barrio de clase trabajadora justo debajo del Aventine. Era un feo edificio de seis pisos con las fachadas grises salpicadas por la ropa que colgaba de cada ventana. Una vieja demacrada barría la acera mientras hablaba consigo misma.

– No puede ser aquí -opinó Lassiter.

– ¿Por qué no? -contestó Bepi mientras comprobaba la dirección.

– Porque tiene un Land Rover y una casa en Suiza.

– Es aquí. Éste es el número ciento catorce.

Lassiter no lo podía creer.

– Tiene que haber un error.

– Voy a preguntarle a la vieja. -Bepi se bajó del coche y se acercó a la mujer con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada en ademán suplicante.

– Scusi, bella…

Sólo tardó un minuto en volver.

– No lo ha visto desde hace un par de meses, pero ha pagado el alquiler. Vamos. Puede que consigamos echarle un vistazo al apartamento.

El apartamento de Grimaldi resultó estar en el último piso del edificio, que no tenía ascensor. Permanecieron un momento delante de la puerta, recuperando el aliento.

– Odio estas cosas -dijo Lassiter.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Bepi.

Lassiter hizo una mueca.

– Este tipo de cosa. Sólo lo he hecho una vez, en Bruselas, y no salió bien.

– ¿De verdad?

– Sí. Hace que desee tener una pistola.

– Eso no es ningún problema -repuso Bepi sacando una Beretta de la funda que llevaba detrás de la cintura. -Tome coja la mía.

Lassiter lo miró boquiabierto.

– ¡Por Dios santo! -exclamó. – ¡Aparte eso! ¿Quién se cree que es, Sam Spade?

Bepi se encogió de hombros y guardó la pistola. Lassiter llamó a la puerta sin saber bien lo que iban a encontrar dentro. Al comprobar que no contestaba nadie, volvió a llamar, un poco más fuerte. Y una tercera vez. Por fin se apartó para dejar que Bepi abriera la puerta, forzando la vieja cerradura con una tarjeta Visa.

– Sigo pensando que nos hemos equivocado de sitio -insistió Lassiter en el momento en que el pestillo cedía.

Entraron en una habitación inmaculada y tan vacía como la celda de un monasterio. El viejo suelo de madera de pino parecía recién acuchillado. Las paredes estaban desnudas, excepto por un crucifijo de madera con una palma seca entrelazada. No había ningún otro ornamento, ni ninguna foto, y muy pocos muebles. Tan sólo un estrecho camastro de metal, un armario viejo, una mesa, una silla de respaldo recto y un lavabo con el espejo roto. La única ventana daba a un patio lleno de basura, y no había más luz que la de una desnuda bombilla de cuarenta vatios que colgaba del techo.

– Mire -indicó Bepi señalando la mesa. -Parece que le gusta leer. -Cogió uno de los libros. Después otro. -O quizá lo que le guste sea rezar.

Había tres libros. El primero era una Biblia, con las páginas tan gastadas por el uso que no se cerraba bien. Debajo de la Biblia había un libro de lecciones de latín y, debajo de éste, un librillo que se titulaba Crociata Decima.

– ¿Qué es eso? -preguntó Lassiter.

Bepi le acercó el librillo. Debajo del título había un gran círculo ovalado que contenía un ligero trazo que sugería una colina con una cruz desnuda en la cima. La cruz proyectaba una larga sombra. Escritas en la sombra, en brillantes letras doradas, estaban las palabras Umbra Domini. Lassiter señaló el título.

– ¿Crociata Decima? ¿Qué quiere decir eso?

– Décima Cruzada -dijo Bepi.

– ¿Y qué es eso?

– No lo sé. No soy supersticioso.

– Querrá decir religioso.

– ¡Ehhh!

El sonido estalló a sus espaldas. Los dos se dieron la vuelta, esperando encontrarse con un policía, o algo todavía peor. En vez de eso, un hombre mayor entró en la habitación, moviendo el dedo índice de un lado a otro, como si estuviera regañando a unos niños, mientras gritaba:

– Vietato! Vietato! Vergogna!

Le arrancó a Lassiter el librillo de las manos, lo dejó encima del escritorio y los obligó a salir a empujones sin dejar de mover el dedo ni un solo momento.

– ¿De qué está hablando? -preguntó Lassiter mientras bajaban por la escalera.

– Dice que somos malos. Dice que debería darnos vergüenza.

Aunque la situación resultaba desconcertante, cuando llegaron al piso bajo y salieron a la calle los dos sonrieron.

– Desde luego, nos ha dejado en ridículo -dijo Lassiter mientras subía al coche. – ¿Qué era eso que hacía con el dedo?

– Vergogna! -contestó Bepi mientras arrancaba. – ¡Mire, sigue ahí! Creo que está apuntando el número de la matrícula.

Lassiter se dio la vuelta y vio al viejo de pie en la acera, observando cómo el coche se alejaba.

– ¿Y qué es eso de vergogna? -preguntó.

– Es lo mismo. Quiere decir que debería darnos vergüenza. -Bepi se encogió de hombros, sacó la mano por la ventanilla y se despidió del viejo. -Bueno, ¿adonde vamos ahora?

Lassiter se sacó un trozo de papel del bolsillo y se lo enseñó a Bepi.

– Via Barberíni.

El edificio de apartamentos era muy lujoso. Estaba justo al norte de Villa Borghese, en uno de los barrios más elegantes de Roma. La fachada era de un mármol cremoso y todo lo demás parecía ser de cristal o de bronce. Encontraron al portero en el vestíbulo, regando un banco de helechos al borde de u pequeña fuente. Incluso sin mirar, Lassiter supo que la estaría llena de carpas japonesas.

Al principio, el portero no recordaba a Grimaldi, pero un buen puñado de liras le refrescaron la memoria. El hombre mayor se metió el dinero en el bolsillo y sonrió. Le dijo a Bepi en italiano que hacía mucho tiempo, pero que recordaba bien al signor Grimaldi y a su hermana, y dio a entender que Grimaldi era un hombre muy ocupado.

– ¿A qué se dedicaba? -preguntó Lassiter.

Bepi se lo preguntó al portero y luego le tradujo la respuesta a Lassiter.

– A los negocios y a las mujeres. Se movía mucho.

El portero se rió y dijo:

– Si, si! ¡Giacomo Bondi!

– Dice que era como… -empezó a traducir Bepi.

– Ya. Como James Bond.

El portero procedió a describir a un hombre que vivía a lo grande hasta que, ¡puf!, se desinfló como un globo. Representó una explosión, levantando los brazos en el aire como si fueran paréntesis.

Por lo visto, de la noche a la mañana, el signor Grimaldi se había convertido en un hombre assolutamente diverso. Ni mujeres, ni fiestas, ¡ni propinas! Había vendido el coche. ¡Había vendido el apartamento! ¡Había vendido el otro apartamento! Había regalado los muebles, los cuadros; tutto, tutto, tutto. Se había deshecho de todo.

El portero reconoció que él mismo se había beneficiado de la filantropía de Grimaldi. Por lo visto, le había regalado una magnífica chaqueta de cuero.

– Si, si, si. Fino, suave.

El portero se acarició la manga durante unos segundos. Finalmente respiró hondo y miró hacia el cielo con gesto perplejo.

– ¿Cuándo ocurrió todo eso? -preguntó Lassiter. Bepi tradujo la pregunta.

– Hace cinco años.

– ¿Y después?

El portero se encogió de hombros.

– Niente.

– Pregúntele si sabe qué fue de su hermana.

Bepi lo hizo y el portero encadenó una serie de síes. Les indicó con un gesto que lo siguieran y los llevó hasta una pequeña habitación. Cogió una carpeta de la estantería, pasó las páginas hasta que encontró los nombres que buscaba y se los enseñó a Lassiter y a Bepi.

Grimaldi. Número 601-03. Via Genova, 114, Roma. Buccio. Número 314. Avenida Cristoforo Colombo, 1062, Roma.

Señaló las direcciones con el dedo índice, movió la cabeza en señal de desaprobación e hizo una mueca.

– No bueno -dijo el portero en el idioma de Lassiter.

El coche seguía aparcado, al estilo italiano, donde lo había dejado Bepi: encima de la acera. Una chica muy guapa lo estaba vigilando desde la puerta de un comercio, lista para intervenir si aparecía la policía de tráfico.

– Eh, Cinzia -dijo Bepi mostrando su mejor sonrisa. -Grazie!

Una mujer mayor, la propietaria de la floristería de al lado, salió a la calle y empezó a sermonearlos con gesto adusto. Bepi dijo algo con voz aguda y empezó a correr, con el culo encogido, como si la mujer le estuviera dando azotes. La chica se rió alegremente; incluso la mujer mayor sonrió. Bepi levantó un dedo, entró en la floristería y salió con una flor de pascua con el tiesto envuelto en papel de aluminio rojo.

– Pensé que podrían venir bien para la hermana -le explicó a Lassiter. -Unas flores casi siempre abren las puertas.

Bepi sacó papel de periódico y unas bolsas de plástico del maletero para asegurarse de que no se le ensuciara el coche y se tomó su tiempo colocando la planta en el suelo, detrás del asiento de Lassiter.

Unos cuarenta y cinco minutos después, Bepi detuvo el coche delante de una lamentable torre de apartamentos a las afueras de Roma. El edificio era una monstruosidad gris sin ningún tipo de ornamentación. Estaba cubierto de grafitos y rodeado de basura y escombros.

Bepi apretó un botón del viejo portero automático y le habló animadamente al artilugio. Al cabo de unos segundos, la puerta emitió un desagradable zumbido y Bepi la abrió de Un empujón.

– ¿Cómo ha conseguido que nos abriera? -preguntó Lassiter.

Bepi se encogió de hombros.

– Le he contado la verdad. Le he dicho que queríamos hacerle unas preguntas sobre su hermano Franco. De hecho, parecía contenta. Me ha preguntado si teníamos noticias de él Le he dicho que más o menos. -Bepi levantó las cejas y apretó la planta contra su pecho. El ascensor olía a orina.

Angela, la hermana de Grimaldi, tendría unos treinta y cinco años. Tenía grandes ojeras y llevaba una bata rosa y una pesada cadena de oro colgada del cuello. Bepi le ofreció la planta, que ella aceptó con gran alborozo. Después tuvieron una pequeña discusión que pareció resolverse cuando Bepi accedió a que los invitara a una limonada.

Mientras Angela preparaba las limonadas, Bepi recorrió la habitación con la mirada. Después miró a Lassiter. El desorden de la habitación era tal que transmitía una sensación de desespero. Había un arbolito de Navidad de plástico en una esquina y la pared estaba llena de inmensas fotografías de niños con marcos muy recargados. Todo estaba lleno de juguetes y pilas de ropa, periódicos y platos sucios. La monótona melodía de un juego de Nintendo salía de alguna habitación interior.

Cuando Angela por fin apareció con las bebidas en una bandeja dorada, los tres se sentaron en el destartalado comedor. Ella inclinó la cabeza, se acomodó en su silla y empezó a jugar con la cadena de oro que le colgaba del cuello.

Bepi dijo algo a modo de introducción y ella le sonrió mientras se retorcía un mechón de pelo negro con el dedo. Bepi gesticulaba y hablaba con aparente sinceridad. Lassiter entendió la palabra fratello.

Angela empezó a hablar animadamente, acompañando las palabras con amplios y rápidos movimientos de las manos. Parecía enfadada. Bepi tradujo.

– Quiere saber qué ha pasado esta vez, qué ha hecho ahora su hermano mayor. Ya le quitó su precioso apartamento. ¿Es que también quiere quitarle éste?

– No entiendo nada -dijo Lassiter. – ¿De qué está hablando?

La mujer dijo algo más. Después suspiró y su cara adopto una expresión resentida. Se golpeó el pecho repetidamente con el dedo pulgar.

– Su hermano le ha destrozado la vida -tradujo Bepi.

Más fuego cruzado de artillería.

– Franco era muy generoso -continuó Bepi. -Le compró el apartamento de Parioli. Donde estuvimos antes. Y después, hace unos cinco años, tuvo una… experiencia religiosa.

– ¿Una qué?

– Se hizo muy devoto. Le quitó el apartamento a Angela, lo vendió y donó el dinero a obras de caridad. Lo mismo con el coche. Y con su propio coche. Y con su propio apartamento. Se lo dio todo a uno de esos grupos religiosos. Decía que todo el mundo debería vivir como un monje. Y, después…, nada. Ella tuvo que alquilar una habitación en un barrio de mala muerte. Luego se peleó con su marido y él la abandonó. Se quedó sin nada. Entonces se vino aquí con los bambini. Dice que… -En ese momento, la voz de Angela empezó a subir de tono. -Dice que el muy beato de mierda le ha arruinado la vida. Que, ya puestos, podría haberle pegado un tiro para ahorrarle tantas desgracias. -Bepi respiró hondo y le ofreció un pañuelo a Angela.

Lassiter movió la cabeza. Estaba claro que la hermana de Grimaldi les había contado la verdad, o al menos su versión de la verdad, pero también estaba claro que se equivocaba. Los monjes no asesinan niños, ni van por ahí con veinte mil dólares escondidos en un falso fondo de una bolsa de viaje.

– Dígale que estoy intentando averiguar si su hermano conocía a mi hermana. Dígale que mi hermana se llama…, que se llamaba Kathy Lassiter.

Una nueva discusión. Lassiter entendió las palabras Stati Uniti. La mujer parecía confusa. Decía continuamente que no.

Bepi se encogió de hombros.

– No -tradujo.

– Dígale que el muy beato de mierda ha matado a mi hermana y a mi sobrino -dijo Lassiter. -Dígale que la policía lo busca por asesinato.

Bepi se lo dijo. Angela discutió con él, mirando hacia el techo sin dejar de mover la cabeza con incredulidad.

Non é possibile. Fantástico -exclamó la mujer. Después Juntó las manos como si estuviera rezando y levantó la mirada en un gesto digno de un personaje de Goya.

Dice que Franco era un hombre muy duro en el pasado, un hombre muy duro. Pero ¿lo que está diciendo? Eso es imposible -tradujo Bepi.

– ¿Por qué?

– Porque ahora es casi como un cura. Hizo votos de castidad y de pobreza. Se ha… -Bepi dibujó unas comillas en el aire. -Se ha «limpiado el alma». Vive en otro mundo. Ya no se preocupa por su pobre hermana. Ya no le importan sus sobrinos. Dice que Dios proveerá. -Bepi se encogió de hombros en un ademán elocuente. -Y no es que quiera hablar mal de la Iglesia, claro. -Volvió a encogerse de hombros. -Dice que usted se ha equivocado de persona.

La mujer todavía tenía más cosas que decir; todas igual de sonoras y sentidas.

– No puede haber matado a nadie -tradujo Bepi cuando Angela acabó de hablar. -Eso no es posible porque acabaría en el infierno. Dice que su hermano es un puto santo, y estoy citando sus palabras. Dice que… No sé cómo traducir esta palabra. Que se golpea a sí mismo cuando tiene pensamientos impuros.

– Se flagela.

– ¡Sí, eso es! Se flagela por pecados sin importancia, así que un gran pecado, un pecado mortal… Es algo imposible.

No había nada más que hablar. Angela miró el reloj y se levantó, dando a entender que la entrevista había acabado. Intercambiaron efusivos agradecimientos por la planta y por las limonadas, y Bepi y Lassiter volvieron al paisaje desolado de la calle.

– ¿Qué piensa? -preguntó Bepi mientras andaban hacia el coche.

De hecho, Lassiter estaba pensando en el extracto de la transferencia que se había caído del pasaporte de Grimaldi.

– Estaba pensando qué sentido puede tener que alguien que ha hecho voto de pobreza tenga una cuenta en un banco suizo.

CAPÍTULO 17

Lassiter y Bepi se despidieron delante del hotel Hassler.

En el coche habían quedado en que Bepi intentaría atar un par de cabos sueltos para Lassiter; por supuesto, con suma discreción. Para empezar, el italiano llamaría a los otros hermanos de Grimaldi que figuraban en el expediente del Departamento de Estado. Quién sabe, puede que supieran algo de él.

En cuanto a Lassiter, tenía intención de volar a Suiza al día siguiente.

– ¿No irá a intentar conseguir información sobre la cuenta suiza de Grimaldi? -le preguntó Bepi sorprendido. -Porque, ya sabe… Eso es… -Movió la cabeza de un lado a otro.

– Claro que no -contestó Lassiter, aunque no era sincero. -No olvide que Grimaldi también tenía una casa en Suiza.

– Es verdad -dijo Bepi con voz distraída mientras miraba a la guapa chica que pedía firmas para la reapertura definitiva de la escalinata. -Cerca de Saint Moritz, ¿no? ¿Y después qué planes tiene?

Lassiter no tenía ninguno.

La chica cogió a Bepi de la manga, engatusándolo coquetamente, y él se dejó llevar. Antes de firmar se dio la vuelta y sonrió a Lassiter encogiéndose de hombros.

El vuelo a Zurich sólo duraba una hora. Al aterrizar, Lassiter tardó casi lo mismo en encontrar alojamiento. Los principales hoteles de la ciudad estaban llenos. Finalmente consiguió una habitación en el Florida, un hotelito agradable, aunque un poco avejentado, que había cerca del lago. Ya se había alojado allí en una ocasión, cuando Lassiter Associates había trabajado en un caso relacionado con un litigio entre el Sindicato del Acero y una fundición de aluminio de West Virginia que pertenecía a un misterioso multimillonario europeo.

Su habitación se parecía mucho a la que recordaba de aquella otra ocasión. Era inesperadamente grande y tenía un ventanal que daba al Zurichsee. Probablemente tuviera una hermosa vista del lago, pero el cristal estaba empañado por la humedad.

Aunque no sabía explicar exactamente por qué, Zurich era una de sus ciudades favoritas. Gris y pétrea, antiquísima y apartada de todo, estaba encaramada al borde de un lago oscuro de aguas gélidas. Era una ciudad enamorada de la alta cultura, más alemana que suiza. Además, estaba pensada para pasear. Lassiter metió su bolsa de viaje dentro del armario y salió a caminar por la orilla del lago. Una débil nevada tamizaba el cielo incoloro, posándose en sus hombros. De camino al casco histórico de la ciudad, Lassiter observó a dos cisnes deslizándose por el agua casi negra. Quizá fuera por el barrio en el que estaba, pero cualquiera habría pensado que las principales actividades comerciales de Zurich eran las litografías, los libros y los instrumentos musicales antiguos, con los remedios de herbolario pisándoles los talones.

No tardó en cruzar el puente Munster y en acceder a las estrechas calles adoquinadas del casco histórico, llenas de tiendas con precios astronómicos. Tenía la esperanza de que el paseo le levantara el ánimo, y al principio lo hizo. Pero, al final, lo único que consiguió fue tener más frío que antes. Las tiendas eran preciosas, pero, dadas las circunstancias, inútiles; no necesitaba nada ni tampoco tenía nadie a quien hacerle un regalo.

Giró hacia la Bahnhofstrasse y recorrió un par de manzanas, hasta que llegó al edificio que había estado buscando sin saberlo: la sucursal del Crédit Suisse en la que Franco Grimaldi había recibido una transferencia cuatro meses antes.

No sabía por qué había ido hasta allí; sólo era un banco. Pero estar en esa oscura calle de Zurich, sabiendo que era parte del mundo de Grimaldi, que él había entrado y salido por esas mismas puertas, lo llenó de esperanza. Igual que la habitación desnuda de la via Genova, este lugar formaba parte del mundo de Grimaldi y, aquí, Lassiter sentía más cercana su presencia.

Comió una cena poco inspirada en el comedor del hotel y le preguntó al conserje cómo podía ir a Zuoz. El conserje le recomendó que no hiciera todo el trayecto en coche.

– Llegará antes si va en tren hasta Chur. Desde allí quizá sí le convenga conducir. -Si Lassiter quería, él podía encargarse de los preparativos, incluida la devolución del coche de alquiler. Los suizos son famosos por su falta de curiosidad, pero, puede que animado por la generosa propina de Lassiter, el conserje se interesó por sus planes. -Zuoz es un pueblo precioso. Va a esquiar, ¿no?

– Sí. – ¿Qué otra cosa podría haber dicho?

– Este año no hay mucha nieve, pero siempre puede esquiar en el glaciar de Pontresina.

Estuvieron comentando cosas por el estilo durante unos minutos. Al subir a su habitación, Lassiter abrió el minibar, sacó una botellita de whisky escocés y se sirvió un vaso. Después se sentó y marcó el número de teléfono de Max Lang.

Max era el máximo representante de la Hermandad Internacional de Trabajadores de Banca y Servicios Financieros, una asociación internacional con base en Ginebra que contaba con más de 2,3 millones de afiliados en países tan distantes como Noruega, India o Estados Unidos. Como el propio Max decía, se pasaba la mayoría del tiempo «volando de una conferencia a otra, de un aeropuerto al siguiente».

El caso de la fundición de aluminio había sido distinto. No le habían pedido a Max que diera una conferencia, sino que acabara con una guerra financiera que había dejado sin empleo a mil quinientos trabajadores en Emporia, West Virginia. Lassiter había sido contratado por el sindicato para investigar a la patronal. Desde West Virginia, donde estaba la fábrica, el rastro de papeles llevaba hasta Suiza, algo que resultaba sorprendente en sí mismo. Las sucesivas investigaciones revelaron que la fábrica pertenecía a un industrial holandés, un playboy de extrema derecha cuya principal afición consistía en «reventar» sindicatos.

La asociación de Lang, que, al fin y al cabo, representaba a trabajadores relacionados con el mundo de las finanzas, no tenía nada que ver con los trabajadores del metal. Pero Max, que había aceptado mediar con los banqueros del millonario holandés como «cortesía fraternal», convenció a éstos de que, a largo plazo, reventar sindicatos realmente iba en contra de sus intereses.

Los banqueros le escucharon y, al final, el conflicto se solucionó y los trabajadores recuperaron su trabajo; Max Lang quedó como un auténtico héroe.

– Max, soy Joe Lassiter.

– ¡Joe! ¡Qué sorpresa!

– ¿Cómo estás?

– Muy bien. ¿Tienes otro caso para mí?

– No.

– Es una pena. Les dimos bien, ¿eh?

– Sí.

– Desde luego, los jodimos bien.

– De hecho, Max, eso es exactamente lo que hicimos.

– ¡Porque se lo merecían!

– Así es.

– ¡Bien! Pues que se jodan.

Lassiter se rió. Se había olvidado de la manía de Max de imitar a Al Pacino en Scarface.

– Fueron buenos tiempos -dijo Max riéndose entre dientes. – ¡Los mejores! Con un final feliz y todo.

– Desde luego.

– Bueno, dime.

– Necesito que me hagas un favor, Max.

– Lo que sea.

– Es un favor muy grande. Entendería que no pudieras hacerlo.

Max gruñó.

– Dispara -dijo.

– No es algo de lo que se pueda hablar por teléfono.

– Entiendo.

– ¿Sigues usando PGP?

– Mientras no salga nada mejor -contestó Max.

– ¿El mismo código de siempre?

– Absolutamente.

– Quiero mandarte algo por correo electrónico. ¿Sigues teniendo la misma dirección?

– Sí, claro.

– Perfecto. Después podríamos vernos en Ginebra.

– Wunderbar!

– Puede que en un par de días. Te llamaré.

– Muy bien.

– Y, como te he dicho, si no te sientes cómodo con lo que te voy a pedir… Es importante, pero lo entendería.

– ¿Me vas a mandar la jodida información o no?

– Ahora mismo te la mando.

– Pues, ¿a qué esperas?

Lassiter colgó el teléfono, encendió el ordenador portátil, creó un documento nuevo -grimaldi- y escribió unas líneas:

Max:

Ya sé que lo que te voy a pedir no es fácil, pero… necesito los movimientos de una cuenta de la sucursal de la Bahnhofstrasse del Crédit Suisse de Zurich. Pensé que alguno de tus afiliados quizá podría conseguirlo. En cualquier caso… la cuenta está a nombre de un italiano. Se llama Franco Grimaldi. El número de cuenta es Q6784-319. Y lo que me interesa especialmente es una transferencia de $50.000 que recibió en julio. Necesito saber quién mandó el dinero.

Joe

Lassiter salvó grimaldi en el disco duro y accedió al directorio /n-cipher,pgp. Se trataba de un programa individualizado que garantizaba la más alta privacidad, un potente programa de codificación que resultaba prácticamente impenetrable. ¡Y ya podía serlo! Lo que le estaba pidiendo a Max Lang no sólo era un delito: era prácticamente una declaración de guerra, un ataque frontal a la mismísima raison d’être de Suiza: el secreto bancario. Tan sólo hablar de ello podía costarle el puesto a Max, así que Lassiter codificó el mensaje en el disco duro. El procedimiento era muy simple. Sólo tenía que acceder a la ventana principal, teclear «codificar» y seleccionar grimaldi como el documento elegido. Al hacerlo, una nueva ventana apareció en la pantalla, y Lassiter buscó en una larga lista hasta que encontró maxlang@ibbcfsw.org.ch. Una vez codificado el documento volvió al menú original y, para asegurarse de que Max no salvara el texto decodificado en su disco duro, Lassiter seleccionó «otras opciones» y eligió la opción «sólo lectura». Eso significaba que, una vez decodificado, el texto podría leerse en la pantalla pero no se podría salvar en ningún archivo.

Una vez tomadas estas precauciones, envió el documento. La respuesta le estaría esperando cuando llegara a Ginebra. O quizá no. Después de todo, lo que le estaba pidiendo a Max no era cualquier cosa.

La mañana siguiente, Lassiter desayunó en su habitación Y llamó por teléfono a Riordan.

– No deberías haberte molestado -dijo Riordan. – ¿Que qué novedades hay? ¿Qué cómo van las cosas? -Se rió. -No tenemos nada. Nada. Lo único que te puedo decir es que encontraron el coche de la enfermera en un descampado al norte de Hagersown.

– ¿Y Grimaldi?

– Se ha esfumado. Eso es lo que dicen los periódicos y, la verdad, tengo que darles la razón. El tipo se ha esfumado, ¿vale? Es un maldito desastre. Y encima han matado a otro agente en acto de servicio; es el segundo en una sola semana. Es Navidad y tenemos dos funerales. ¡Dos! Imagínatelo. A un lado la valiente madre número uno, al otro la valiente madre número dos y, en medio, una joven viuda incapaz de contener las lágrimas y un niño huérfano. ¿Y qué tenemos nosotros? Nada. ¡A un asesino con la cara como una piel de cerdo! -Se volvió a reír. -Pero no lo ha visto nadie. -Riordan hizo una pausa para recuperar el aliento. – ¿Y tú qué te cuentas? ¿Me vas a alegrar el día con alguna buena noticia? Y, además, ¿dónde demonios estás?

– En Suiza.

– Ah.

– Acabo de llegar de Roma.

– ¿De verdad? ¿Te has enterado de algo nuevo?

– Me he enterado de que Grimaldi tuvo una especie de conversión religiosa hace unos años. Se deshizo de todos sus bienes materiales. Donó todo su dinero a obras de caridad.

– Me estás tomando el pelo.

– En absoluto.

Después de un breve silencio, Riordan dijo:

– No lo creo.

Zuoz era un pueblecito precioso acurrucado en la ladera de una montaña. Las estrechas calles estaban flanqueadas por casas señoriales del siglo xvi de color crema, ocre o gris con grandes y bellísimas puertas de madera. Las aceras estaban repletas de personas excepcionalmente bien vestidas que iban de un lado a otro bajo una débil lluvia.

Incluso con un mapa, Lassiter tardó bastante en encontrar la dirección que buscaba, que, al final, resultó estar tan sólo a diez minutos andando del centro del pueblo. Pero, a pesar del mapa, y del reducido tamaño del pueblo, se perdió y tuvo que preguntar el camino dos veces, luchando con su alemán.

– Ist das der richtig Weg zu Ramistrasse?

– Ja.

Pasó por una placita con una fuente austera y perfectamente cuadrada. ¡Era tan distinta de las fuentes de Roma! El único ornamento lo constituía una estatua de un oso de pie con una de las patas cortadas: el emblema de alguna ancestral familia suiza.

Por fin, encontró la casa. Era un chalet de tres pisos con una placa de bronce al lado de una puerta de madera que sin duda tenía más años que todo Estados Unidos. La placa decía:

Gunther Egloff, Direktor

Salve Cáelo

Services des Catholiques Nord

Gemeinde Pius VI

Lassiter llamó a la puerta y esperó. Al cabo de bastante tiempo, oyó una voz por un micrófono escondido junto a la placa.

– Was ist?

Lassiter se identificó. Al poco tiempo, un hombre de mediana edad con aspecto próspero abrió la puerta. Algo de barriga, un jersey de cachemir, zapatillas de borrego en los pies. Sujetaba unas gafas de leer en una mano y un vaso de vino caliente en la otra. Del interior de la casa salía música de ópera y olor a leña.

– Bitte?

Lassiter vaciló. La razón que lo había llevado allí parecía remota, casi imposible, en ese reducto burgués de bienestar. Asesinatos. Incendios provocados. Terror en la noche.

– ¿Habla usted mi idioma?

– Un poco.

– Es que mi alemán…

– Sí, sí. Entiendo. ¿En qué puedo ayudarlo?

– Se trata del dueño de la casa, el señor Grimaldi.

Una expresión de sorpresa se apoderó de la cara del hombre. Después sonrió y abrió la puerta.

– Por favor, pase. Debe de tener frío.

Lassiter le dio las gracias y se presentó mientras cruzaban el umbral de la casa.

– Me llamo Egloff -dijo el hombre, haciéndole pasar a una enorme habitación presidida por una inmensa chimenea de piedra. – ¿Quiere un vaso de vino?

– Es usted muy amable -repuso Lassiter mientras su anfitrión bajaba el volumen de la música de Puccini. Después cogió una herramienta para el fuego y atizó las brasas.

– Pero me temo que está equivocado sobre la casa -dijo Egloff. -El señor Grimaldi dejó de ser el dueño hace varios años.

– ¿De verdad?

– Sí. ¿Puedo preguntarle…? ¿Es usted norteamericano? ¿Canadiense?

– Norteamericano.

– Y dígame: ¿Está interesado por la casa… o por el señor Grimaldi?

– Por Grimaldi.

– Ya veo. -Egloff sirvió un vaso de vino y se lo ofreció a Lassiter.

– Soy investigador privado -explicó Lassiter.

Las cejas de Egloff se alzaron. Parecía divertido.

– ¡Un detective!

La mirada de Lassiter se vio atraída hacia la pared del fondo, donde un mapa topográfico mostraba una región montañosa en un país sin fronteras. Egloff siguió su mirada.

– ¿Sabe de qué país se trata? -preguntó.

Lassiter se encogió de hombros.

– Puede ser Rusia. Quizá Georgia.

– Bosnia. Trabajamos mucho en Bosnia, con los refugiados.

– ¿A quién se refiere?

– A Salve Cáelo.

Lassiter movió la cabeza.

– Lo siento, pero no…

– Es una organización humanitaria. Trabajamos muy duro en los Balcanes.

– Ah -dijo Lassiter recordando los numerosos sellos de Zagreb y Belgrado que contenía el pasaporte de Grimaldi.

– ¿Está familiarizado con el problema de Bosnia, señor Lassiter?

Lassiter hizo un ademán indefenso con las manos.

– Lo suficiente para saber que es muy complejo -respondió.

– Al contrario. Es muy simple. Se lo puedo explicar en dos palabras.

Lassiter sonrió

– ¿Sí?

Egloff asintió.

– Imperialismo islámico. A lo que nos enfrentamos en Bosnia es a un tumor político, al principio de algo terrible. ¿Qué le parece?

– Me parece que ha usado más de dos palabras -señaló Lassiter.

Egloff se rió.

– ¡Tiene razón! Le ofrezco mis disculpas. Pero, ahora, dígame: ¿qué es eso que está investigando?

– Un asesinato. Asesinatos, en plural.

– ¡Vaya! Verdaderamente, señor Lassiter, ¡es usted una caja de sorpresas!

– Mataron a una mujer y a su hijo -contestó Lassiter.

– Ya veo. ¿Y el señor Grimaldi?

– Grimaldi es el asesino.

– Ah. -Egloff se sentó, cruzó las piernas y bebió un poco de vino. -La verdad, no lo creo.

Lassiter se encogió de hombros.

– Entonces se equivoca.

– Bueno, si está usted tan seguro… Pero ¿qué es lo que espera averiguar en Zuoz?

– Quiero saber la razón. Quiero saber por qué lo hizo.

Egloff hizo un sonido con el paladar y suspiró.

– ¿Y ha viajado desde América para eso? ¿Sólo para ver esta vieja casa?

– Estaba en Roma. Y sabía que Grimaldi tenía una casa aquí, así que…

– Sí. Claro. La casa. Como le he dicho, antes era suya. Pero de eso hace ya muchos años.

– Entonces, ¿usted lo conoce?

– Desde luego -dijo y bebió un poco más de vino.

– ¿Y que impresión tiene de él?

Algo que había apoyado sobre la mesa que Lassiter tenía al lado emitió un suave chirrido. Era una especie de intercomunicador, el tipo de aparato que Kathy solía llevar de un lado a otro de la casa para poder oír a Brandon mientras dormía.

– Mi mujer -explicó Egloff. -Está bastante enferma.

– Lo siento.

– Solo será un momento. Por favor, sírvase usted mismo -dijo señalando hacia la jarra de vino al tiempo que se incorporaba.

Mientras Egloff se ausentó, Lassiter estuvo observando las acuarelas que colgaban en las paredes. Eran unas pinturas realmente extraordinarias de temas religiosos de siempre adaptados a los tiempos actuales. Una Anunciación mostraba a una chica con un camisón con dibujos de renos arrodillada junto a su cama mientras un ángel musculoso salía del televisor. Había una Última Cena en una cafetería. Saúl camino a Damasco era un hombre caminando entre coches con una mochila a la espalda mientras una luz temblorosa caía sobre su cabeza como si fuera una cascada. Egloff no tardó en volver.

– Resultan sorprendentes -comentó Lassiter señalando las pinturas.

– Gracias. Las ha pintado mi mujer -dijo Egloff mientras se sentaba. -Volviendo a su señor Grimaldi… La verdad es que cuando vi la casa por primera vez me llevé una mala impresión de él. Estaba decorada con todo tipo de objetos dorados y los muebles eran de cuero. ¡Cuero negro! ¿Se imagina? ¡En un chalet como éste! Pero, después, cuando lo conocí personalmente…, me sorprendió muy gratamente. Vestía con modestia y se mostraba reservado; un auténtico caballero.

– ¿Y… consiguió la casa a un buen precio?

Egloff vaciló un instante antes de contestar.

– Sí. La compré a un precio justo.

– ¿Le dijo Grimaldi por qué quería vender la casa?

Egloff se encogió de hombros.

– Me dio la impresión de que estaba atravesando ciertas dificultades económicas.

– ¿De verdad? -preguntó Lassiter. -Pues a mí me han dicho que donó todo su dinero a obras de beneficencia.

– ¿Sí? ¿Y quién le ha dicho eso?

– Su hermana.

– Ya veo -dijo Egloff, que por primera vez parecía incómodo.

– Puede que su organización… Ha dicho que era una organización humanitaria, ¿verdad?

De repente, Egloff dio una palmada y se levantó con una sonrisa pesarosa.

– Bueno, aunque su compañía resulte de lo más interesante, me temo que… tengo que volver al trabajo. -Cogió a Lassiter del brazo, lo acompañó hasta la puerta de entrada y le dio la mano.

– Tal vez… -añadió. -Si me deja una tarjeta… Quién sabe, puede que recuerde algo que le pueda resultar de utilidad.

– Muy bien -contestó Lassiter y sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta.

Egloff observó la tarjeta.

– ¿Y mientras permanezca en Suiza, señor Lassiter?

– Estaré en el Beau Rivage de Ginebra.

– Muy bien. ¿Y después?

– Después volveré a Washington -repuso Lassiter. Y mientras lo decía se dio cuenta de que estaba mintiendo.

Egloff abrió la puerta y se dieron la mano por segunda vez. Lassiter salió a la calle y se levantó el cuello del abrigo para protegerse del frío.

Egloff le despidió con la mano y dijo:

– Ciao!

Y después cerró la puerta, dejando a Lassiter solo en los escalones de la entrada. Lassiter permaneció allí unos instantes, mirando la placa de bronce, memorizando los extraños nombres. Salve Cáelo. Services des Catholiques Nord. Gemeinde Pius VI. Al darse la vuelta para marcharse, la mirilla de la puerta pareció parpadear, como si fuera la membrana nictitante del ojo de un halcón, o de un búho.

Pero Lassiter sabía que eso era sólo su imaginación. La puerta no era más que una puerta y, si había alguna rapaz vigilándolo, ése era Egloff.

De hecho, Lassiter tenía planeado viajar a Ginebra esa misma noche. Incluso había comprado el billete para el tren a Ginebra que salía de Chur.

Mientras esperaba en el frío andén de Chur, comprobando la tabla de horarios, estuvo observando uno de esos magníficos mapas de los ferrocarriles suizos. Y cambió de idea. No tenía ninguna prisa por llegar a Ginebra y, además, tenía cosas que hacer allí mismo, en Chur. Encontró una habitación para pasar la noche en un hotelito que había justo enfrente de la estación.

La entrevista con Egloff había resultado desconcertante. Por un lado estaba todo aquello del «imperialismo islámico», pero, además, estaba el hecho de que Egloff no le hubiera hecho ni una sola pregunta sobre el asesinato de su hermana. Y eso resultaba sorprendente; la gente siempre sentía curiosidad cuando había un asesinato de por medio. En cambio, sí se había interesado por sus planes de viaje y por el hotel en el que se iba a alojar en Ginebra.

Pero había algo más, pensó Lassiter, mirando la estación de tren desde la habitación de su hotel. Su encuentro con Egloff había estado plagado de coincidencias, y las coincidencias lo ponían nervioso.

Egloff estaba involucrado en una organización humanitaria de carácter religioso; igual que Grimaldi, aunque sólo fuera como benefactor. Una de las organizaciones de Egloff había estado involucrada activamente en los Balcanes; igual que Grimaldi, según se deducía de su pasaporte. Aunque también podrían ser sólo eso: coincidencias. Mucha gente donaba dinero a obras de caridad y había muchas organizaciones humanitarias en Bosnia. Que Egloff y Grimaldi tuvieran tanto en común no era algo tan extraño. Lo que sí resultaba raro, pensó Lassiter, era la discrepancia sobre la venta de la casa. ¿Había vendido la casa Grimaldi, como mantenía Egloff, o la había regalado, como decía Angela? Diciéndolo de otra manera: ¿le había mentido Egloff? La respuesta le estaba esperando en Chur, la capital del cantón al que pertenecía Zouz.

Por la mañana le preguntó al conserje dónde estaba el Handelsregister, la oficina del registro de la propiedad. Resultó que sólo estaba a un par de manzanas. Una vez dentro, Lassiter le explicó al hombre que lo atendió que estaba interesado en una propiedad de Zuoz. El hombre asintió, fue a otra habitación y volvió un minuto después con un inmenso libro encuadernado en cuero. En él, Lassiter encontró un listado cronológico de cada transacción que había tenido lugar en Zuoz desde 1917. La lista estaba manuscrita en una docena de letras distintas, todas ellas en tinta azul. Pasó las páginas, una a una, hasta que encontró la anotación que buscaba.

La casa había sido vendida a Salve Cáelo en 1991 por un importe de un franco suizo, algo menos de un dólar. Inmediatamente debajo del registro de la transacción aparecían las firmas de Franco Grimaldi (Ital.) y Gunther Egloff. Con el libro delante, de pie en el Handelrregister, Lassiter siguió el trazo de la firma de Grimaldi con el dedo índice mientras se preguntaba por qué le habría mentido Egloff.

Después de pasar por un paisaje de postal tras otro, el tren se detuvo finalmente en la estación de Ginebra con gran estrépito de los frenos. Lassiter aprovechó la media hora que le sobraba para encontrar un hotel; cualquier hotel menos el Beau Rivage. Después fue andando hasta La Perle, donde encontró a Max sentado solo a una mesa con vistas al lago.

Max tenía la mala suerte de parecerse a uno de esos pequeños duendecillos de juguete que Kathy coleccionaba de niña. Tenía los mismos hoyuelos, las mismas grandes mejillas, el mismo cuerpo rechoncho y hasta el pelo algodonoso de color naranja que tenían los muñecos. Parecía un elfo, o uno de los ayudantes de Papá Noel. Con una gran sonrisa, Max se levantó como un resorte y cogió la mano de Lassiter entre las suyas. Cuando se sentaron, Lassiter no pudo evitar preguntarse si los pies le llegarían al suelo; probablemente no.

Max tenía un apetito enorme para ser un hombre tan pequeño y apenas tardó unos minutos en dar buena cuenta de un plato doble de carpaccio.

– Según mi médico, tengo el metabolismo de un colibrí -dijo Max.

– ¿Pasas mucho tiempo revoloteando por el aire?

Max masticó y guiñó un ojo.

– Eso es exactamente lo que hago: revolotear. -Se rió, divertido consigo mismo. -Vivimos buenos tiempos para los negocios. Cada vez hay más empresas. Debería haber más trabajo, pero no. Lo que hay son cajeros automáticos en sitios donde hace dos años no había ni un jodido teléfono. Hay cajeros automáticos hasta en las islas Célebes. ¡Hasta en Phnom Penh! ¡Si hace dos años ni siquiera tenían un banco! Antes, los bancos cobraban por las operaciones realizadas en cajeros automáticos. ¡Ahora quieren cobrar extra por hacer negocios con un ser humano! Pronto todos los cajeros se quedarán sin trabajo. ¡Yo mismo me quedaré sin trabajo! Y, entonces, me pregunto quién tendrá dinero para hacer ingresos en los bancos. Así que los bancos también se quedarán sin trabajo. Y eso sería el fin de la civilización. Créeme, Joe, no son los mansos los que están heredando el mundo. ¡Son los jodidos cajeros automáticos! ¿Se te ocurre algo más trágico que eso? El camarero retiró los platos. Mientras flambeaba con gran pompa el steak diane de Max, éste escarbó en busca de algo en su maletín. Por fin, sacó un sobre y lo deslizó sobre la mesa. Era de color rojo chillón y tenía algo escrito en letras blancas en el centro imitando la cruz de la bandera suiza. Las letras decían:

Seguridad

DISCRECIÓN

y confidencialidad con

su cuenta

suiza

Al otro lado de la mesa, la ironía del mensaje hizo que Max se sonrojara.

Los movimientos de la cuenta estaban impresos en una hoja de papel de ordenador a la vieja usanza. Lassiter los estudió en la habitación de su hotel. La hoja estaba salpicada de asteriscos escritos a mano acompañados de comentarios de Max.

Grimaldi había abierto la cuenta hacía doce años. Al principio, los movimientos eran relativamente escasos y de poca relevancia. Observando los apuntes, Lassiter pudo adivinar cuándo se había comprado Grimaldi los apartamentos de Roma, la casa de Zouz y los dos coches. Sin embargo, en la primavera de 1991 el patrón cambiaba. En el mes de abril, había una serie de transferencias procedentes de la cuenta de Grimaldi en el Banco di Lazio de Roma. Uno de los asteriscos de Max comentaba que estos apuntes reflejaban transacciones inmobiliarias; sin duda procedían de la venta de los apartamentos de Grimaldi. En ese momento, el saldo de Grimaldi ascendía a casi dos millones de francos suizos. Dos días después, no obstante, una serie de cheques redujeron el saldo a exactamente mil francos suizos. Tres de los cheques eran por importes relativamente pequeños: 10 000 francos suizos para ayudar a la restauración de la capilla Cecilia, 5000 francos suizos donados al Congreso Nacional Africano y 5 000 francos suizos donados a un fondo educativo del País Vasco.

El cuarto cheque, a nombre de Umbra Domini, S. A. (Napoli), era por el saldo restante: 1 842 300 francos suizos.

Lassiter se quedó mirando fijamente la hoja impresa, intentando sacarle algún sentido. Dos de los cheques de menor importe parecían relacionados con sus sangrientas actividades del pasado; gestos hacia el Congreso Nacional Africano y el movimiento vasco de liberación nacional, a cuyos líderes había cazado Grimaldi en el pasado. La donación a la capilla Cecilia probablemente fuera… simplemente eso: una donación. Y, después, el pez gordo: un cheque por casi dos millones de dólares.

Lassiter frunció el ceño. Sus conocimientos de latín se limitaban a un solo año de clases soporíferas en el colegio de Saint Alban’s. Aun así, sabía lo que significaba Umbra Domini. Sombra. Señor. «La sombra del Señor.» Y recordaba dónde había visto antes ese nombre: en el librillo que había en la habitación que tenía alquilada Grimaldi en la via Genova.

CAPITULO 18

Lassiter se levantó, se estiró y se acercó a la ventana para ver el lago Leman. La niebla formaba aureolas alrededor de las farolas. A lo lejos, un barco se deslizaba sobre el agua, avanzando casi imperceptiblemente. Una sirena sonó roncamente en la orilla francesa del lago, y Lassiter se maravilló ante la belleza de la escena. Aunque, realmente, no sentía la belleza en su interior.

Lo que le parecía realmente emocionante era la hoja de ordenador con los movimientos de la cuenta de Grimaldi. Seguirle el rastro al dinero casi siempre resultaba gratificante y Lassiter estaba acostumbrado a exprimirle todos sus secretos a los números.

Volvió a concentrarse en la hoja. Observó que en 1992 y 1993 Grimaldi había tenido unos ingresos de unos mil dólares mensuales procedentes de Salve Cáelo, la «organización humanitaria» de Egloff. Los ingresos habían durado aproximadamente un año. Luego habían dejado de llegar. A finales de 1993, la cuenta volvió a tener un saldo de exactamente mil francos suizos. Al lado había una anotación de Max: «Mínimo de mantenimiento exigido por el banco.»

Después, no había ningún movimiento hasta el 4 de agosto de 1995; la fecha del justificante de la transferencia que se le había caído del pasaporte en Chicago. Lassiter vio que los cincuenta mil dólares procedían de una cuenta de la sucursal de Nápoles del Banco di Parma. De nuevo, había un asterisco y la cuidadosa letra de Max: «¡Cuenta de Umbra Domini!»

Una semana después, el 11 de agosto, Grimaldi retiró todo el dinero en efectivo.

Así que el dinero que Lassiter había encontrado en Chicago, los veinte o treinta mil dólares en billetes de distintas monedas que había escondidos en el fondo de la bolsa de viaje de Grimaldi, debían de ser lo que quedaba del dinero de Umbra Domini. Pensó en ello durante unos minutos. Todo parecía indicar que Grimaldi había sido contratado para hacer un trabajo. Pero ¿qué trabajo?

¿Y a qué correspondían los pagos de 1992 y 1993? Lassiter miró las páginas del pasaporte, confirmando lo que creía recordar: los pagos mensuales coincidían con la época en la que Grimaldi había viajado a Serbia, Croacia y Bosnia. Todo parecía indicar que había estado trabajando para Salve Cáelo, pero ¿haciendo qué? El carácter de Grimaldi no era precisamente humanitario, aunque, pensándolo bien, tampoco podía decirse que la visión que Egloff tenía de la zona fuera precisamente compasiva. ¿Cómo lo había llamado? Un «tumor político».

Cogió el teléfono y marcó el número de Bepi en Roma sin apartar la mirada de los anillos de luz que surcaban las aguas del lago. El teléfono sonó y sonó. Cuando estaba a punto de colgar, oyó un golpe distante, el sonido de una mano buscando torpemente el auricular y la palabra:

– Pronto?

Risitas de mujer al fondo.

– ¿Bepi? Soy Joe Lassiter.

– ¡Joe! -Se aclaró la garganta. – ¿Cómo está?

Lassiter se disculpó por la hora, pero necesitaba algo urgentemente. Necesitaba saber todo lo que pudiera averiguar sobre Umbra Domini y sobre una organización religiosa de carácter humanitario que se llamaba Salve Cáelo.

– Vale.

– Pero con discreción. No quiero que haga ruido.

– Sí, sí. Seré discreto -contestó Bepi.

– Bien. ¿Puede ponerse a trabajar inmediatamente?

– ¿Necesita un informe escrito?

– No.

– Llamaré a Gianni. ¡No hay nada que él no sepa sobre, asuntos religiosos! No se preocupe, él le podrá decir todo lo que quiera saber.

– Vale. Volveré a Roma mañana. Podemos quedar a comer.

– Eso está hecho.

Quedó con Bepi en la terraza de un café de la via Véneto, bastante cerca de la Embajada de Estados Unidos. Aunque hacía fresco, se estaba bien en las mesas de la terraza, que estaban calentadas por estufas con forma de lámpara. Cuando llegó Lassiter, Bepi le presentó a Gianni Massina, un periodista que cubría las noticias religiosas para la revista Attenzione.

Al darle la mano, Lassiter se sorprendió de su parecido con Johny Carson. Pero en vez de los gestos contenidos del presentador norteamericano, se encontró con un lenguaje corporal expansivo. El periodista italiano se rió cuando Lassiter le comentó su parecido con su colega norteamericano.

– Ah, sí -dijo Massina, -el otro Gianni. Me lo han dicho muchas, muchas veces. Ojalá tuviera también su fortuna.

– A todos nos gustaría.

– Aunque parece ser que ha disminuido por su obsesión por casarse. -Massina movió la cabeza con pesar. -El problema de Estados Unidos es que nunca han llegado a dominar el arte del amor -añadió con un suspiro. -No me refiero a usted personalmente, claro. No sé… Lo que quiero decir es que acabamos de conocernos. Pero ¡América! Tiene que ser la herencia cultural puritana. Ustedes tienen leyes y divorcios. Nosotros tenemos pecados y aventuras. -Massina se rió de su propio comentario. De repente adoptó un gesto serio. -Lo siento. Aquí estoy, bromeando, cuando usted desea hablar de un asunto serio.

Se acercó un camarero y pidieron tres cafés.

– Bueno -dijo Massina, -mi amigo dice que usted está interesado en Umbra Domini.

– Así es.

Massina se inclinó hacia él.

– Entonces, debería tener cuidado. -Massina frunció el ceño mientras decidía cómo empezar. -Son unos de esos nuevos grupos de fanáticos religiosos. Es algo similar a lo que tienen en América. Como Pat Robertson. Dicen que la única fe que importa es la antigua fe. Pero, claro, en América estos grupos casi siempre son protestantes, así que fundan nuevas iglesias. Aquí permanecen dentro de la Iglesia católica y forman… ¿Cómo se dice? -Por fin encontró las palabras. -Asociaciones religiosas.

– ¿Quiere decir órdenes? ¿Como los dominicos?

– No. Es distinto. En las asociaciones como Umbra Domini los sacerdotes sólo son una pequeña parte. Estas asociaciones son más… Cómo lo diría. -Massina y Bepi comentaron algo en italiano. – ¡Como Hamás! -dijo Massina volviendo a mirarlo. – ¡Eso es! Debería pensar en Umbra Domini como una fuerza reaccionaria, ¡sólo que católica! Son muy estrictos. Están muy motivados. Pero, claro, estamos hablando de religión, no de política.

– ¿Y en qué creen exactamente?

– En las viejas maneras. En el culto tridentino.

– La misa en latín -explicó Bepi.

– En la que el sacerdote está de espaldas a los fieles -añadió Massina. -Desde el Concilio Vaticano segundo, el sacerdote se dirige a los fieles de frente y en su idioma vernacular.

– ¿Y eso tiene mucha importancia? -preguntó Lassiter.

– Para ellos es cuestión de vida o muerte -respondió Massina.

– Para ser más exactos -intervino Bepi, -es cuestión de la vida después de la muerte. -Massina aceptó la aclaración con una carcajada.

– Pero ¿en contra de qué están exactamente? -inquirió Lassiter.

Los dos italianos contestaron al unísono.

– Del Concilio Vaticano segundo.

Lassiter se acabó el café de un trago y se inclinó hacia adelante.

– Aunque pueda parecer una pregunta tonta, ¿qué es exactamente el Concilio Vaticano segundo? Es como la teoría de la relatividad; todo el mundo ha oído hablar del tema, pero nadie sabe exactamente lo que es.

– Fue un momento crucial en la historia de la Iglesia -explicó Bepi.

– Una bomba de relojería -lo corrigió Massina. -Estuvo a punto de romper la Iglesia en mil pedazos. Bueno, me estoy poniendo melodramático. Realmente fue un concilio, una congregación de los líderes católicos de todo el mundo para modernizar la Iglesia; algunos dirían que para liberalizarla. Los tradicionalistas se opusieron a muchas de las reformas, así que formaron sus propias asociaciones: grupos como Umbra Domini o la Legión de Cristo. Luego, en Francia, surgió el cardenal Lefebvre.

Bepi miró a Lassiter.

– Parece usted confuso -comentó.

– Tal vez haya que ser católico para entender todo esto.

– Es posible -admitió Massina. -Pero no tiene por qué serlo. Algunas de esas personas son… inestables. Dicen que el papa es el anticristo. Dicen que el diablo está sentado en el trono de san Pedro. A la misa vernacular la llaman misa negra.

Lassiter sonrió.

– Y lo creen de verdad. Y, cuando se piensa así, cualquier cosa es posible -añadió Massina.

– ¿Y Umbra Domini en concreto?

– Umbra Domini es la peor asociación de todas. Al principio hicieron mucho ruido y todos pensamos que habría un cisma, que Roma los excomulgaría. Pero no fue así. Hubo conversaciones con el Vaticano y al final llegaron a una especie de acuerdo. Ahora, ellos dicen la misa en latín, con los hombres separados de las mujeres; hasta tienen sus propios colegios.

– El Vaticano no quiere que se produzca un cisma -acotó Bepi.

– Y a ellos les conviene mantenerse dentro de la Iglesia. Aun así, la prensa los llama «la Hezbolá católica».

Bepi se rió abiertamente.

– ¿La prensa? -preguntó.

Massina hizo una mueca y sonrió.

– ¡Está bien! ¡Yo los llamo así! ¿Qué más da? ¿Soy o no soy periodista? ¿Y qué son ellos? Hezbolá significa «partido de Dios». ¿Y qué es Umbra Domini? Son lo mismo: un grupo religioso radical con objetivos políticos. Así que yo los llamo la Hezbolá católica. ¡Mire esto! -Massina buscó en su cartera de colegial y sacó un librillo. – ¡Mire! Lo he traído para enseñárselo. ¡Crociata Décima!

Lassiter observó el librillo. Era el mismo que había visto en la habitación que tenía Grimaldi en la via Genova.

– Umbra Domini distribuyó miles de librillos como éste hace cuatro o cinco años -explicó Massina. -Es un reclutamiento para la Décima Cruzada.

– ¿Qué Cruzada es ésa?

– La primera que ha habido en quinientos años -repuso Massina señalando el librillo. -Contra el islam, por supuesto. Dicen que Bosnia es «la punta de lanza del islam». Así que hacen un llamamiento a las armas. Y aquí es donde entra su otro grupo, Salve Cáelo. Están dirigidos por Umbra Domini.

– ¿La organización humanitaria? -inquirió Lassiter.

Massina rechazó la descripción con una mueca.

– Lo que hacen no es precisamente humanitario. Dirigían un «campo de refugiados» cerca de Bihac. Sólo que todo era un gran chiste. Es como decir que Auschwitz era un «campo de refugiados». Era un campo de concentración y un campo de entrenamiento para fuerzas de combate que luchaban contra los musulmanes. ¿Capta la ironía? ¡Ellos mismos creaban los refugiados y después los encerraban en sus campos! Primero lo hicieron para los serbios y después para los croatas. Eso sí, siempre contra los musulmanes.

– Entonces, ya sabemos lo que hacía Grimaldi en Bosnia -concluyó Lassiter. -Obras de caridad. -Ahora también entendía la conexión entre Egloff y Grimaldi.

– Ellos lo llaman catolicismo activo -apuntó Bepi.

– Esto es importante -continuó Massina dándole unos golpecitos al librillo, porque el Concilio Vaticano segundo declaró explícitamente que todas las religiones «permanecen en la luz de Dios». Usted no es católico, así que no lo puede entender, pero… antes del Concilio Vaticano segundo, entrar en una iglesia o un templo de otra religión era un pecado mortal. Así que la idea de que los musulmanes, los protestantes, quien sea, puedan «permanecer en la luz de Dios», la idea de que puedan compartir la gracia de Dios… Bueno, eso es un cambio radical para una religión que hace no demasiado tiempo quemaba a los herejes.

Lassiter asintió.

– ¿Y qué más hace Umbra Domini?

– Publican. Publican libros, folletos, vídeos, cintas…; de todo. Sobre control de natalidad, sobre los masones, sobre el aborto, sobre la homosexualidad; dicen que se debería marcar a fuego a los homosexuales.

– Que habría que tatuarlos -lo corrigió Bepi.

Lassiter pensó en todo lo que había oído.

– ¿De cuánta gente estamos hablando?

Massina se encogió de hombros.

– De unas cincuenta mil personas. Quién sabe, tal vez más. Hay muchos en Italia, en España, en Argentina. También en Estados Unidos. Hasta en Japón. Azules y blancos.

Lassiter parecía confuso.

– Son dos grupos distintos dentro de Umbra Domini -le explicó Massina. -Los blancos son muy estrictos. Asisten a misa y dan limosnas todos los días. Las mujeres se cubren el pelo y se tapan el cuerpo. ¡Pero los azules son todavía peores! Los azules abandonan el mundo.

– ¿Qué quiere decir?

– Son como monjes. Sólo los hombres pueden ser azules. Hacen votos de pobreza, de castidad…

– Yo, personalmente, no soy religioso -comentó Bepi.

– Y se flagelan -continuó Massina.

– ¿Con látigos?

– Es una vieja tradición, y ellos son tradicionalistas -repuso Massina.

– Cuéntale lo del paseo -dijo Bepi.

– ¿Qué paseo? -preguntó Lassiter.

– Es el mismo tipo de cosa -contestó Massina. -Otro tipo de penitencia. Los domingos, los azules van a comulgar de rodillas. Tienen que andar cierta distancia así, arrodillados, como Cristo en el Calvario. Por lo visto es muy doloroso. Van de rodillas por las piedras de la plaza, por los escalones de granito…

Lassiter desvió la mirada y oyó la voz de Riordan.

– «Baldosas» -dijo en voz alta.

– ¿Qué? -inquirió Bepi.

– Uno de los policías me dijo que Grimaldi debía de ganarse la vida colocando baldosas; no podía explicarse por qué si no tenía tantos callos en las rodillas.

– Bueno, si es un azul…

– ¿Quién dirige todo esto? ¿Un obispo?

Massina se inclinó hacia Lassiter y sonrió.

– Usted no es un hombre religioso, ¿verdad?

– No.

– Ya me lo imaginaba. La cabeza de la asociación es lo que se suele llamar un «simple sacerdote» -explicó Massina. -Se llama Della Torre.

– ¡Y una mierda, un simple sacerdote! -exclamó Bepi con una carcajada. -Eso es como decir que…

– Estaba a punto de decir que es un hombre bastante carismático -lo interrumpió Massina.

– Como decir que los Beatles son un simple grupo de música.

– Como acabo de decir -continuó Massina, -es un hombre bastante carismático. Y muy joven. Todavía no ha cumplido los cuarenta años. Dominico, por supuesto. Como el fundador de Umbra Domini.

– ¿Por qué por supuesto?

– Bueno, los dominicos son los grandes defensores de la ortodoxia. Los frailes negros. La inquisición fue cosa suya. En cualquier caso, este Della Torre es un orador irresistible. Cada vez que dice misa la iglesia se llena hasta rebosar. La multitud llega a amontonarse en la calle. Él avanza entre los feligreses y ellos le besan las faldas de la sotana. Realmente, es un espectáculo digno de verse.

– ¿Dónde es eso?

– En Nápoles. Iglesia de San Eufemio. Es un sitio minúsculo, antiquísimo. Creo que del siglo siete. Es como un teatro. Se han gastado una fortuna en iluminación. Por lo visto, contrataron a un profesional de Londres que se encarga de la iluminación en conciertos de rock. Sea como sea, el resultado es… gótico. Cuando Della Torre sube al pulpito, surgiendo de la oscuridad, un efecto de iluminación hace que parezca que la luz sale de dentro de él. Habla pausadamente, con pasión, de una forma que cautiva a la gente. Realmente, hace que deseen ser salvados.

– ¿Así que ha estado allí? -preguntó Lassiter.

– Sí, estuve una vez. Si quiere que le diga la verdad, me asustó. Estuve a esto de besarle la mano -confesó pellizcando una brizna de aire entre los dedos.

– ¿Cree que me recibiría?

Massina pareció dudar.

– Puede que sí. Si fuera en calidad de periodista… Al fin y al cabo, Della Torre está en el mundo para difundir la palabra de Dios.

– Entonces, digamos que si yo estuviera escribiendo un artículo sobre…

Bepi levantó la mano y dijo con tono pomposo:

– «Las nuevas direcciones en el catolicismo.»

– Quién sabe. Puede que funcionara -dijo Massina.

– ¿Habla inglés?

– Habla de todo. Ha estudiado en Heidelberg, en Tokio y en Boston. Está muy bien educado para ser un «simple sacerdote».

Bepi se inclinó hacia adelante.

– ¿Crees que puede resultar peligroso para Joe?

Massina se rió.

– No, no lo creo. A pesar de todo, es un sacerdote. Pero tenga cuidado -añadió volviéndose hacia Lassiter. -Quizás intente convertirlo a su causa.

Nápoles. Lassiter le pidió al taxista que lo dejara a un par de manzanas de la dirección de Umbra Domini y caminó el resto del trayecto, despacio.

Ahora que estaba allí, el pretexto ya no le parecía tan bueno. Aunque se había hecho hacer unas tarjetas de visita que lo identificaban como John C. Delaney, un productor de Washington que trabajaba para la CNN, existía al menos una remota posibilidad de que Della Torre supiera quién era realmente. Después de todo, había aporreado las puertas de los apartamentos de Grimaldi en Roma, había estado con su hermana y se lo había contado prácticamente todo a Gunther Egloff. Aunque era posible que el suizo se hubiera olvidado de él en cuanto salió de su casa, Lassiter realmente no creía que fuera así. Al fin y al cabo, Egloff le había pedido su tarjeta y le había preguntado en qué hotel se hospedaba y adonde se dirigía, algo sobre lo que Lassiter había mentido. Y, después, al marcharse, Egloff lo había estado espiando a través de la mirilla de la puerta.

Era lógico que así fuera, porque existía una cadena de eslabones que conectaba a Grimaldi con Umbra Domini. La misma cadena que unía a Umbra Domini con Salve Cáelo, a Salve Cáelo con Egloff y a Grimaldi con Egloff.

«Esto puede resultar de lo más embarazoso -se dijo Lassiter a sí mismo -o algo peor todavía.»

Estaba delante de un viejo palacete neoclásico cuyas inmensas puertas de madera se abrían a un pequeño patio interior. En el centro del patio, una fuente borboteaba alimentada por un grupo de gárgolas babeantes.

El interior era tan moderno como antiguo el exterior. El aire estaba iluminado con luces fluorescentes y zumbaba con máquinas de fax, teléfonos móviles y ordenadores. Una mujer bilingüe con un vestido de manga larga miró su tarjeta sin cogerla y lo condujo a la oficina donde se encargaban de las relaciones con la prensa.

Lassiter estuvo sentado diez minutos, rodeado de libros y folletos con el logotipo de Umbra: un círculo ovalado de tono dorado sobre un fondo púrpura, un trazo ascendente que sugería una ladera, una cruz en lo alto de la ladera y una larga sombra con las palabras umbra domini en brillantes letras doradas. Los folletos estaban escritos en varios idiomas, incluido el inglés; pero, antes de que Lassiter tuviera tiempo de mirarlos con más detenimiento, un hombre joven con el pelo engominado le dijo que lo acompañara a su despacho.

– Dante Villa -dijo extendiendo la mano.

– Jack Delaney. De la CNN.

– ¿Tiene una tarjeta?

– Por supuesto -contestó Lassiter. Después sacó una del bolsillo interior de la chaqueta y se la ofreció.

– ¿Y en qué puedo ayudarlo, señor Delaney?

– Bueno… Estamos pensando en hacer un reportaje sobre las nuevas tendencias en el catolicismo.

El joven arqueó las cejas y se acarició el pelo.

– Qué interesante.

– Desde luego. Y, por lo que nos han dicho, Umbra Domini es una de las asociaciones católicas con mayor número de seguidores. Así que he pensado que podría resultar interesante incluir su asociación en nuestro reportaje. Depende…

– ¿Sí? ¿De qué?

– Bueno, ya sabe cómo es esto de la televisión. Nunca se sabe cómo se puede comportar alguien delante de una cámara. Ésa es la razón por la que estoy aquí. Me han dicho que el padre Della Torre es exactamente lo que buscamos. Así que… esperaba tener la oportunidad de entrevistarme con él para poder hacerme una idea de cómo suena su voz, de cómo saldría en vídeo… No llevaría mucho tiempo. Además, así podría explicarle cómo vemos nosotros el reportaje.

El joven frunció el ceño.

– Me han dicho que es un hombre extraordinario -añadió Lassiter con entusiasmo.

Sin dejar de fruncir el ceño en ningún momento, Dante Villa le preguntó cuánto tiempo iba a estar en Nápoles.

Lassiter hizo una mueca.

– Ya sé que debería haber concertado una cita con antelación…, pero me ha resultado imposible. Estábamos trabajando en un reportaje que no tenía nada que ver y pensé, ¡qué demonios! ¡Perdone! Lo que quiero decir es que estaba en Roma… y pensé que no perdía nada por venir a intentarlo.

– Ya veo. -Dante Villa emitió un pequeño sonido con el paladar. -Por supuesto, como ya se imaginará, el padre Della Torre está extremadamente ocupado. Aunque, por otra parte, estoy seguro de que estaría encantado de poder ayudarlo… Realmente ve un gran futuro para la asociación al… otro lado del charco -dijo sonriendo realmente por primera vez.

– Ah.

– Sí. Tenemos varias comunidades en Estados Unidos.

– ¿De verdad? -Lassiter sacó un cuadernillo.

– Y me complace decirle que están teniendo una gran acogida. Si quiere, puedo darle más información.

– ¿Dónde están?

– Donde está la gente. En Nueva York, en Los Ángeles, en Dallas…

– Así que se trata de un fenómeno predominantemente urbano.

– De hecho, así es. Nos organizamos en torno a nuestros colegios. Aunque también tenemos algunos centros de retiro en el campo. Comunidades modestas, como se puede imaginar.

– Y ¿si quisiéramos grabar…?

– Ni siquiera tendrían que salir de Estados Unidos. -El hombre joven se acercó a la agenda giratoria que tenía en el escritorio, hizo girar las fichas y sonrió. -De hecho, no tendría ni que salir de Washington. Podría empezar por el colegio Saint Bartholomew’s.

– ¿Saint Bart’s?

– ¿Lo conoce?

– Solía competir contra ellos. Cuando estaba en el colegio. Ellos también corrían en la IAC.

– ¿Perdón?

– Es una liga escolar de atletismo.

– Ah…

– No sabía que Saint Bart’s fuese…

– ¿Uno de nuestros colegios? -Villa se rió. -La mayoría de la gente cree que todos los colegios católicos son iguales. Pero, por supuesto, no es así. -Se volvió a concentrar en la agenda del escritorio. -Maryland está cerca de Washington, ¿verdad?

– Sí -repuso Lassiter. -Justo al lado.

– Bien. Allí tenemos una comunidad de retiro. Y veo que tenemos otra en un sitio llamado Anacostia.

– Es un distrito de Washington.

– ¡Perfecto! Entonces le haré una lista.

– Magnífico.

– De hecho, si quiere, puedo darle uno de nuestros informes para la prensa.

– Me encantaría. Y… ¿en cuanto al padre Della Torre?

El hombre joven extendió una mano y le regaló una generosa sonrisa.

– ¿Qué le parece si mientras hojea el informe voy a hablar con su secretario? Si no le importa esperar aquí un momento, claro.

Mientras esperaba, Lassiter estuvo mirando un mapa desplegable del mundo. Nápoles estaba en el centro, marcado con el logotipo de Umbra Domini. Desde allí se extendían rayos de sol hacia los distintos países en los que estaba presente la asociación. Tenía comunidades al menos en veinte países: Eslovenia, Canadá, Chile. Estaban presentes literalmente en todo el mundo.

Dante Villa regresó con una gruesa carpeta que tenía el logotipo dorado y púrpura de Umbra Domini y un pequeño adhesivo que identificaba el idioma.

– Aquí encontrará toda la información que pueda necesitar -explicó Dante. -Incluido un artículo del New York Times y otro de la publicación católica Changing Times.

– Magnífico.

– En cuanto al padre Della Torre… -dijo con una sonrisa cada vez mayor. Miró la tarjeta falsa que le había dado Lassiter. -Ha tenido usted mucha suerte, señor Delaney.

– Eso me recuerda a mi padre -bromeó Lassiter. -A mí siempre me llaman Jack.

Dante Villa sonrió.

– Bueno, el padre Della Torre tiene una recepción para dar la bienvenida a los nuevos miembros de la orden a las nueve y una reunión de trabajo a las diez. Así que podría verlo hacia las… ¿Le parece bien a las once y media?

– Le agradezco mucho lo que ha hecho.

– Ha preguntado si irá con un fotógrafo.

– No. No…

– No tiene importancia. El informe para la prensa incluye varias fotografías del padre Della Torre. -Dante Villa se apartó un mechón de pelo de la cara y le ofreció la mano a Lassiter.

Tanta amabilidad empezaba a hacer que Lassiter se sintiera culpable.

– ¿A qué hora me ha dicho? -preguntó al tiempo que sacaba su agenda, como si tuviera docenas de compromisos.

– A las once y media. Pero no aquí. El padre Della Torre lo recibirá en la iglesia. Lo encontrará en su despacho. Permítame que le dibuje un plano.

CAPITULO 19

Lassiter estaba tan cansado que, de no ser por el traqueteo del taxi, probablemente se hubiera quedado dormido durante el camino de vuelta al hotel. Pero no lo hizo. Permaneció sentado en el asiento de detrás, agarrándose como podía mientras el taxi botaba y se sacudía de camino al puerto. El agotamiento que se había apoderado de él se debía en parte a la tensión del fingimiento. Mentir lo agotaba, siempre había sido así. Pero lo que realmente le molestaba era la imposibilidad de estar en dos sitios al mismo tiempo. Grimaldi estaba en Estados Unidos, pero las respuestas estaban en Europa, enterradas en el pasado de Grimaldi y la basura de Umbra Domini.

Además, empezaba a darse cuenta de que, realmente, el objetivo de Grimaldi no había sido Kathy, sino Brandon. Kathy había sido asesinada al defender la vida de su hijo, pero a Brandon le habían cortado el cuello de oreja a oreja, de una forma casi ritual, y, después…, después habían exhumado sus restos y los habían quemado hasta reducirlos a cenizas. Era Brandon, no Kathy.

Y no podía haberlo hecho Grimaldi, que estaba en el hospital.

Había sido otra persona quien había exhumado el cuerpo del niño y había prendido fuego a sus restos mortales. Y eso quería decir, casi con toda seguridad, que Grimaldi formaba parte de una conspiración. Eso prácticamente desechaba la teoría de Riordan, según la cual Grimaldi podía ser un lunático, alguien cuyas acciones resultaban imposibles de explicar porque no eran racionales. La experiencia le decía a Lassiter que los locos no conspiraban entre sí: simplemente actuaban. Y, cuando lo hacían, lo hacían solos.

La simple idea le daba dolor de cabeza. Ver los asesinatos como una conspiración lo cambiaba todo y alejaba todavía más la posibilidad de encontrar una respuesta. ¿Y qué relación podía tener todo aquello con Umbra Domini? Porque lo que estaba claro es que Umbra Domini le había pagado dinero a Grimaldi. Desde luego, le dolía la cabeza.

Lassiter se alojaba en un hotelito delante del puerto de Santa Lucia. Salió a la terraza de su habitación, con el teléfono en una mano y el auricular en la otra, y llamó a Bepi para ver si podía cenar con él al día siguiente. Mientras esperaba a que contestara, el sol se escondió detrás del Mediterráneo, como una mujer metiéndose en su bañera, rompiendo la superficie del agua con suavidad, muy lentamente, hasta desaparecer finalmente debajo de ella.

Bepi no contestaba. Lassiter marcó el teléfono de su busca y dio el número de teléfono del hotel de Nápoles para que Bepi lo llamara. Ya no podía hacer nada más. Y entonces se acordó del informe de prensa.

El informe incluía una cuidada presentación de lo que parecía ser una asociación transparente y benévola, una especie de club para el alma. Lassiter leyó la lista de asociaciones hermanadas con Umbra Domini, entre las que estaba Salve Cáelo. Pero el informe evitaba cualquier posible controversia y no había ninguna alusión al carácter extremista de la asociación.

Al contrario, se concentraba en las buenas obras y en el número cada vez mayor de miembros de la asociación. Estaba lleno de fotos de niños con grandes ojos jugando o escuchando atentamente sentados en las aulas de los colegios parroquiales patrocinados por Umbra Domini. Fotos de jóvenes recogiendo basura en un parque, ayudando a ancianos o ejerciendo de monaguillos. Fotos del antes y el después de iglesias restauradas, que competían por el espacio con imágenes de misioneros en la selva. Y, finalmente, una foto de un grupo de sonrientes musulmanes trabajando en una huerta en el «campo de refugiados» de Salve Cáelo en Bosnia.

El responsable de tantas buenas obras estaba retratado en varias fotografías a todo color. Y, si las fotos hacían justicia, pensó Lassiter, Silvio Della Torre podría trabajar en Hollywood. Era el sueño de cualquier mujer: un hombre con rasgos aniñados, pómulos altos, ojos de un sorprendente e intenso color azul y una amplia sonrisa irónica debajo de un halo de rizos negros como el azabache.

Además, el informe incluía un puñado de artículos periodísticos sobre las buenas obras de la asociación y varios perfiles en los que se elogiaba la personalidad de Della Torre. Los perfiles periodísticos hacían hincapié en los logros del sacerdote en las artes marciales y en la facilidad que tenía para los idiomas; hablaba seis o nueve idiomas, dependiendo del artículo. Como decía uno de los artículos: «El padre Della Torre puede competir con los mejores. Así que, ¡no bajes la guardia, Van Damme!»

El informe finalizaba con unas «directrices misionales» de un carácter sorprendentemente moderado. No se decía nada de las flagelaciones rituales ni del «imperialismo islámico» ni de los homosexuales. Al contrario, las directrices hacían hincapié en la importancia de los «valores familiares», la «cultura del cristianismo» y los «pilares básicos del catolicismo».

En suma, el informe de prensa resultaba soporífero, y Lassiter sucumbió ante sus efectos en la misma silla en la que estaba leyendo.

Cuando se despertó se sentía mejor, aunque su humor empeoró cuando paró a tomarse un café con leche en la cafetería que había al lado de la recepción del hotel. Un pequeño altavoz zumbaba con el ritmo irritante e implacablemente alegre del pop europeo. No entendía cómo podía gustarle a nadie esa música. Por lo menos, el café era muy bueno.

La iglesia de San Eufemio era muy pequeña. Los movimientos de tierra habían inclinado sus cimientos, de tal manera que no quedaba ningún ángulo arquitectónico realmente vertical. Estaba situada entre dos edificios mucho más grandes y modernos, y al ver la estructura inclinada de la iglesia, uno tenía la sensación de que sus dos vecinos estaban intentando deshacerse definitivamente de ella a base de empujones.

Una pequeña entrada conducía a dos enormes puertas arqueadas adornadas con tachones de metal, puertas tan viejas que la erosión había convertido la superficie de madera en una serie de surcos. Había visto las puertas en una fotografía incluida en el informe en la que aparecían abiertas de par en par, con una pareja de novios surgiendo desde la oscuridad del interior; Lassiter creía recordar que databan del siglo viii. Tocó la madera; parecía piedra.

Pero ahora las puertas no estaban abiertas y no veía ningún timbre ni ninguna aldaba, sólo una gran cerradura a la vieja usanza. Rodeó la iglesia y no tardó en encontrar una puerta lateral. Repasó por última vez sus palabras de presentación: «Jack Delaney… CNN… Nuevas tendencias en el catolicismo.»

Llamó a la puerta y, ante su sorpresa, le abrió Della Torre en persona. El líder de Umbra Domini vestía un jersey negro de cuello vuelto, pantalones negros y mocasines. Lassiter vio que, si eso era posible, Silvio Della Torre era todavía más apuesto de lo que parecía en las fotos. Al contrario que los actores que conocía, hombres que de alguna manera parecen más pequeños en carne y hueso, Della Torre era más grande de lo que había imaginado. El sacerdote era igual de alto que él, tenía los hombros anchos y aspecto atlético. No encajaba con la imagen mental que Lassiter tenía de un cura: un hombre de por lo menos sesenta años y el pelo canoso vestido con una sotana.

– Usted debe de ser Jack Delaney -dijo el sacerdote sonriendo. -Dante me dijo que vendría. Por favor, pase. -Hablaba un inglés impecable, sin nada de acento extranjero.

– Gracias.

Atravesaron una segunda puerta y accedieron a un elegante despacho escasamente amueblado. Lassiter se sentó en una silla Barcelona de cuero rojo delante de Della Torre, que a su vez se había acomodado detrás de un viejo escritorio de madera. Al recordar lo que le había comentado Massina sobre la habilidad de Della Torre para iluminarse a sí mismo durante la misa, Lassiter no pudo evitar fijarse en la sofisticada disposición de lámparas que había en el viejo techo de escayola y en la manera en que la luz caía sobre los cincelados rasgos del sacerdote.

– Tengo entendido que está preparando un reportaje para la CNN…

– Estamos estudiando la posibilidad.

– ¡Magnífico! A veces tengo la sensación de que los medios de comunicación nos evitan.

Lassiter se rió, tal y como Della Torre esperaba que lo hiciera.

– Seguro que exagera -dijo.

Della Torre se encogió de hombros.

– Quién sabe -repuso inclinándose hacia adelante. -Pero, ahora, eso es lo de menos. Usted está aquí. -Entrelazó los dedos de las manos, apoyó los codos sobre la mesa y descansó la barbilla en el dorso de las manos. – ¿Por dónde quiere empezar?

– Bueno -dijo Lassiter, -lo que quiero es familiarizarme con su asociación y hacerme una idea de cómo saldría usted en la televisión. Si pudiera hablarme un poco de los orígenes de Umbra Domini…

– Por supuesto -contestó Della Torre reclinándose en su silla. -Como sin duda sabrá, somos producto, algunos lo llamarían un subproducto, del Concilio Vaticano segundo. -Durante los siguientes diez minutos, el capo de Umbra Domini esquivó los dardos que le lanzaba Lassiter sin perder en ningún momento la sonrisa.

– ¿En qué aspectos ha cambiado la organización durante los últimos años?

– Bueno, no es ningún secreto que hemos crecido mucho.

– Si tuviera que elegir aquella cosa de la que se siente más orgulloso, ¿cuál sería?

– Sin duda, la acogida que han tenido nuestras comunidades. Me siento especialmente orgulloso de ello.

– Desde su punto de vista, ¿cuál es el mayor reto al que se enfrenta actualmente la Iglesia?

– Tenemos tantos retos… ¡Vivimos tiempos difíciles! Pero creo que el mayor reto al que nos enfrentamos los católicos es lo que yo suelo llamar «la tentación de la modernidad».

Lassiter asentía ante cada respuesta mientras tomaba notas en su cuaderno. Estaba midiendo a su adversario. Pero Della Torre era impenetrable como el teflón, sólo que aún más resistente. Una mezcla de teflón y acero. Decidió cambiar de táctica.

– Hay quien dice que Umbra Domini tiene ambiciones políticas.

– ¿De verdad? -Della Torre captó el cambio y ladeó la cabeza. – ¿Quién dice eso?

Lassiter se encogió de hombros.

– Tengo una carpeta llena de recortes de prensa en el hotel. Algunos son bastante críticos. Por ejemplo, dicen que Umbra Domini está relacionada con grupos de extrema derecha, como el Frente Nacional.

– Eso es ridículo. Es cierto que algunos de nuestros miembros están preocupados por el problema de la inmigración, pero ésa es una cuestión política, no teológica. Somos una asociación abierta. Nuestros miembros no comparten necesariamente las mismas ideas políticas.

– También se acusa a Umbra Domini de acosar a los homosexuales.

– Bueno…

– Incluso hay quien mantiene que son ustedes partidarios de tatuar a los homosexuales.

– ¡Bien! Me alegra que lo haya mencionado, porque me brinda la oportunidad de aclarar este asunto. Es cierto que creemos que la homosexualidad es un pecado y, en efecto, nuestra postura al respecto es tajante. En ese sentido, supongo que habrá quien piense que acosamos a los homosexuales -dijo Della Torre. -Pero también es igual de cierto que Umbra Domini tiene una función pedagógica. Somos profesores y, como profesores, a veces nos valemos de hipérboles para ilustrar nuestro punto de vista. Eso es precisamente lo que ha ocurrido. Haya dicho lo que haya dicho cualquier miembro de Umbra Domini, nadie en nuestra organización cree seriamente que se debería tatuarlos. Aunque sí creo que sería razonable que la policía mantuviera un registro de homosexuales.

– Interesante -comentó Lassiter al tiempo que escribía algo en su cuaderno. -Otra cosa que quería preguntarle: en uno de los artículos que obtuve a través de Internet se menciona a una organización humanitaria, Salve… -Lassiter hizo como si intentara recordar el nombre.

– Cáelo.

– Exactamente. Salve Cáelo. Por lo visto, el trabajo que ha desempeñado en Bosnia… Se dice que…

– Sé lo que se dice. Se dice que dirigíamos un campo de concentración. Y que lo hacíamos bajo la fachada de una misión humanitaria.

– ¿Y?

– Conozco bien el problema. Se ha investigado el asunto a fondo y nadie ha podido demostrar nada.

– Pero ¿es verdad?

Della Torre miró hacia el techo, como si estuviera apelando a una autoridad superior. Después miró fijamente a Lassiter.

– Permítame que le haga una pregunta.

– Dígame.

– ¿No le parece sorprendente que la fe y la devoción sean objeto de tantos ataques? Esas historias a las que alude son producto de la envidia.

– ¿Envidia? ¿A qué se refiere?

Della Torre suspiró. Cuando volvió a hablar, su voz, grave y pasional, llenó toda la habitación. Sus palabras estaban perfectamente moduladas, el timbre de su voz era profundo y sus silencios eran los de un orador magistral.

– Piense en Umbra Domini como en una bella mujer virgen -empezó inclinándose hacia adelante al tiempo que clavaba sus sorprendentes ojos azules en los de Lassiter. Lo que siguió fue un discurso que no se parecía a nada que Lassiter hubiera oído nunca, una apisonadora verbal, una inmensa ola cuyo significado de alguna manera parecía superior a la suma de las palabras. Lassiter se sentía como si estuviera entrando en trance. Era como si estuviera escuchando una melodía. Y, entonces, sucedió: el sol se escondió detrás de una nube, y una extraña luz opaca se apoderó durante un momento de la cara del sacerdote, lo suficiente para que Lassiter pudiera ver la máscara de vanidad de aquel hombre. Estaba en sus ojos. Eran el tipo de ojos que atraían a uno hacia su interior, no realmente azules, sino de una tonalidad marina que parecía robada de las aguas de un arrecife de coral. Eran unos ojos bellísimos, pero no eran reales. Con el extraño ángulo de luz, Lassiter pudo distinguir el brillo demasiado húmedo de unas lentillas. Y no de unas lentillas normales: de unas lentillas de color. Incluso reconoció la tonalidad.

Eran los ojos de Mónica.

Se preguntó si a Della Torre le habría costado tanto elegirlas como a ella, si él también habría dudado entre el azul celeste y el azul zafiro. Eso sí, obviamente habían coincidido en la decisión final. Y probablemente por la misma razón: era un azul muy seductor.

Della Torre sonrió y movió la cabeza. Obviamente, no se había percatado del cambio experimentado en la atención de Lassiter.

– Así que, cuando oigo que alguien ataca a Umbra Domini, cuando escucho rumores, murmuraciones que ponen en duda nuestra buena voluntad, no siento ira: siento tristeza. Siento pena. Las personas que dicen esas cosas, las personas que inventan esas historias, están perdidas en la oscuridad de sus propias almas.

Della Torre acabó su discurso igual que lo había empezado, con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en el dorso de sus manos entrelazadas.

Lassiter permaneció unos instantes en silencio, hasta que el sol salió de detrás de la nube y la habitación se llenó de luz. Se aclaró la garganta y, sin pensarlo dos veces, dijo:

– ¿Y qué hay de Franco Grimaldi?

Della Torre se reclinó en su silla y observó a Lassiter con gesto divertido.

– ¿Grimaldi? -repitió.

– Es un miembro de su asociación.

– ¿Y?

– La policía lo busca por asesinato.

Della Torre asintió pensativamente.

– Ya veo -dijo.

– En Estados Unidos.

Della Torre se balanceó en su silla.

– Eso es lo que ha venido a preguntarme, ¿verdad? -dijo por fin.

Lassiter asintió.

– Así es.

– Bueno… -comenzó el sacerdote encogiéndose de hombros.

– Quiero saber por qué hizo lo que hizo -lo interrumpió Lassiter.

– Y cree que yo puedo saberlo.

– Así es.

– Ya veo. ¿Y por qué cree eso?

«Ayúdalo un poco», pensó Lassiter.

– Porque le ha pagado una gran suma de dinero.

– ¿Yo? ¿Y cuando he hecho tal cosa?

– En agosto.

– Ya veo. -Della Torre hizo girar la silla y permaneció en silencio mirando por la ventana. La intensidad de sus pensamientos le arrugaba la frente. -Cuando dice que yo le pagué…

– Umbra Domini le pagó. Hicieron una transferencia a su cuenta del Crédit Suisse.

Della Torre volvió a mirar hacia la ventana. Por fin, hizo girar la silla hacia Lassiter.

– Comprobaré lo que dice -repuso. -Usted no es periodista, ¿verdad? -pregunto a continuación, casi con ternura.

– No.

– Y las personas a las que mató este hombre, ¿eran muy queridas por usted?

– Sí, muy queridas. -Mientras contestaba, Lassiter se sorprendió de que Della Torre hubiera empleado el plural. ¿Cómo sabía que Grimaldi había matado a más de una persona?

Della Torre permaneció en silencio unos segundos. Después dijo:

– ¿Sabe, Joe…? -Volvió a guardar silencio, para que Lassiter pudiera asimilar el hecho de que la fachada de Jack Delaney había quedado al descubierto. – ¿Sabe? -repitió Della Torre, -ya no hay nada que pueda hacer para recuperarlos.

– Lo sé -contestó Lassiter, -pero…

– Hablemos claro. Sé que ha estado en Zuoz; Gunther me lo ha dicho. Y sé lo que estuvo haciendo antes en Roma. Sé lo que hay en su corazón y, desde luego, no se lo reprocho.

De repente, Lassiter se sintió como una bomba de adrenalina.

– ¿Y qué? -replicó.

– Permítame que le haga una pregunta.

Lassiter asintió.

– ¿Cree usted en Dios?

Lassiter reflexionó unos segundos antes de contestar.

– Supongo que sí. Sí, creo que sí -dijo por fin.

– ¿Y cree que el bien emana de Dios?

Lassiter volvió a pensarlo.

– Supongo que sí.

– ¿Y el diablo?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Cree usted en el diablo?

– No -respondió Lassiter.

– En el mal, entonces. ¿Cree usted en el mal?

– Desde luego. Lo he visto con mis propios ojos.

– ¿Y de dónde emana entonces el mal si no es del diablo?

– No lo sé -repuso Lassiter, que empezaba a sentirse intranquilo. -Nunca he pensado en ello. Pero sé reconocerlo cuando lo veo. Y lo he visto.

– Todos lo hemos visto. Pero eso no es suficiente. Tiene que pensar en ello.

– ¿Por qué?

– Porque ésa es la razón por la que murieron su hermana y su sobrino.

La habitación palpitó con el peso del silencio mientras Lassiter intentaba comprender el auténtico sentido de las palabras del sacerdote.

– ¿Qué me está intentando decir? -inquirió al fin.

– Sólo lo que he dicho: que debería meditar sobre el origen del mal.

Lassiter movió la cabeza bruscamente de un lado a otro, como si eso pudiera ayudarlo a aclarar sus ideas.

– Si lo que me está diciendo es que Grimaldi es la encarnación del mal, ya lo sé. He visto de lo que es capaz.

– Eso no es lo que le estoy diciendo.

– Entonces ¿qué es? ¿Que el mal estaba en Kathy? ¿Que estaba en Brandon?

Della Torre lo observó en silencio durante lo que a Lassiter le pareció una eternidad. Después cambió bruscamente de tema.

– Permítame que le enseñe la iglesia -dijo al tiempo que se levantaba.

Lassiter siguió al sacerdote por un estrecho pasillo hasta la iglesia. Della Torre apretó un par de interruptores y el templo creció con la luz, aunque sus dimensiones reales seguían siendo inciertas. En lo alto, una hilera de pequeñas ventanas transmitía una extraña luz azul que envolvía a Della Torre. Durante un instante adquirió un aspecto fantasmal, como si estuviera hecho de humo en vez de carne y hueso.

– Rece conmigo, Joe. -El sacerdote atravesó el espacio que lo separaba del pulpito, una vieja estructura de madera ricamente ornamentada que, iluminada desde debajo, casi parecía flotar en el aire. Lassiter se sentó en uno de los bancos. Se sentía incómodo. Hacía mucho tiempo que no rezaba y realmente no deseaba hacerlo, sobre todo delante de Della Torre. De alguna manera, sabía que arrodillarse delante de este hombre podría ser peligroso.

Pero, aun así, se sentía tan solo… Y estar sentado allí le recordaba tiempos mejores, cuando él y Kathy se sentaban juntos en la catedral de Washington, «la séptima más grande del mundo». ¿Cuántas veces habrían oído las mismas palabras? Cientos de veces, puede que miles. Les encantaba la catedral, con sus vidrieras de colores y la música que lo envolvía todo, con sus misteriosas criptas, sus altísimos perfiles góticos y sus gárgolas, temibles y cómicas al mismo tiempo. Pero ahora todo eso quedaba atrás.

Nunca volvería allí.

Della Torre se alzaba delante de él en el pulpito, resplandeciendo en la luz, aunque de alguna forma resultaba demasiado sólido, como una estatua con las manos unidas en actitud de oración y la cabeza inclinada.

La luz se reflejaba en sus pómulos y se arremolinaba en sus rizos como una aureola. Era perfecto.

– Ya no hay lugar para el dolor -susurró Della Torre con voz lastimera, y su lamento resonó con tal magia que Lassiter tuvo la sensación de que el sacerdote estaba hablando dentro de su cabeza. -Ya no hay lugar para el dolor. -Della Torre apretó las palmas de las manos contra su pecho y levantó la mirada hacia el cielo. -Acudimos a ti en esta tu casa, Señor, para mostrarte el sufrimiento de uno de tus hijos. Libra su corazón de venganza, Señor, y vuelve a hacerlo tuyo, pues la venganza sólo a ti te pertenece. Recíbelo en tu corazón, Señor. ¡Líbralo del odio! Líbralo de todo mal.

Las palabras resonaron de tal manera que parecían envolverlo desde todas las direcciones al mismo tiempo.

– Acudimos a tu casa, Señor…

– Scusi!

Della Torre se quedó paralizado en el púlpito, con la boca abierta, como un pez fuera del agua.

– Scusi, Papa… -Un viejo borracho avanzaba por el pasillo con paso inseguro. Por un momento, pareció que iba a caerse, pero no lo hizo. Se arrodilló con un ademán beato, miró hacia el púlpito y se inclinó hacia adelante con tanto ímpetu que acabó golpeándose la frente contra el suelo.

Y entonces fue como si Della Torre se volviera loco. Agitó los brazos y le gritó al hombre caído:

– Vaffanculo! Vaffanculo!

Y aunque Lassiter no sabía italiano, el tono de voz del sacerdote no dejaba lugar a dudas sobre el significado de sus palabras. Era más que «vete». Era más bien: «¡Vete a tomar por culo!» La cara de Della Torre se había transformado; sin su máscara apuesta y piadosa, su rostro revelaba toda la violencia que albergaba en su alma. Y, entonces, con la misma brusquedad con la que había desaparecido, la máscara reapareció. De nuevo Della Torre parecía lleno de compasión. Descendió del púlpito para ayudar al hombre.

Lassiter se unió a él en el pasillo.

– Ayúdeme a llevarlo a mi despacho -pidió Della Torre. -Lo conozco. Lo mejor será que llame a su mujer.

Entre los dos cogieron al hombre de los brazos y lo llevaron hasta el despacho. Pero, al entrar en la habitación, el borracho se deshizo de ellos agitando los brazos.

– Papa! -gritó mientras golpeaba al sacerdote con el brazo. Della Torre se tambaleó. Mientras recuperaba el equilibrio, algo se le cayó del bolsillo.

Un frasco pequeño. Lassiter observó cómo rebotaba en las baldosas. Por fin se detuvo. Milagrosamente, estaba intacto. Lassiter se agachó para recogerlo y se quedó mirándolo sin poder creer lo que veía.

Era igual que el que la policía había encontrado en la ropa de Grimaldi. Lassiter recordó la primera vez que lo había visto, sentado con Riordan en un despacho del hospital. El frasco estaba en la bandeja metálica. Y también el cuchillo. El cuchillo con un delicado pelo rubio pegado a la sangre. El pelo de Brandon. Recordó las fotos policiales, el basto cristal con una cruz a cada lado, la tapa de metal con forma de corona.

– Gracias -dijo Della Torre extendiendo la mano. -Es sorprendente que no se haya roto.

Lassiter inclinó la cabeza.

– Ya es hora de que me vaya -anunció. -Si no voy a perder mi vuelo.

Y, antes de que el sacerdote pudiera decir nada, Lassiter ya estaba avanzando hacia la puerta. Della Torre lo siguió.

– Joe -dijo, – ¿qué ocurre? Por favor, ¡vuelva! Todavía tenemos algo que resolver.

Lassiter no se dio la vuelta. Siguió andando. Pero sus labios sí se movieron.

– Desde luego que sí -masculló.

CAPÍTULO 20

Lassiter no recordaba nada del camino de vuelta al hotel. Estaba demasiado ocupado pensando en Della Torre, intentando entender por qué le habría seguido la corriente con su farsa de Jack Delaney. De no haber hecho él la pregunta sobre Grimaldi, podrían haberse pasado horas hablando en círculos. Si Della Torre sabía quién era y lo que pretendía desde el primer momento, toda esa charada no tenía ningún sentido. ¿Por qué habría accedido a entrevistarse con él?

Al final, Lassiter decidió que Della Torre quería conocerlo, aunque sólo fuera para poder medir sus fuerzas. Y, al seguirle la corriente, el sacerdote le estaba enviando algún tipo de mensaje, alardeando de su posición de fuerza. De hecho, se había comportado como un matón de poca monta, abriéndose un poco la chaqueta para mostrarle el equivalente psicológico a un revólver escondido en el cinturón del pantalón.

O tal vez sólo quisiera mantenerlo ocupado un rato y realmente no le importara lo que pudiera pensar.

Esta última posibilidad se le ocurrió justo cuando el taxi se detenía delante de su hotel. Lassiter se bajó del taxi, le dio al conductor un puñado de liras y entró en el hotel. Al verlo, el conserje lo llamó.

– Signore!

Lassiter volvió la cabeza, pero siguió andando hacia el ascensor.

– ¿Sí?

El conserje abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir. Por fin, levantó una mano y dijo:

– Benvenutu!

– Grazie -contestó Lassiter. – ¿Podría ir preparándome la cuenta? Bajo en un momento.

– Pero… signore.

Lassiter llamó al ascensor.

– ¿Sí? -preguntó.

– Quizá… -dijo el conserje saliendo de detrás del mostrador. -Si me hiciera el honor… -Movió la cabeza hacia el bar y lo obsequió con una mueca de complicidad.

Lassiter rechazó la oferta.

– Es demasiado pronto para mí -repuso.

– Claro. Pero…

– Lo siento. Tengo prisa.

La habitación de Lassiter estaba en el tercer piso, al final del pasillo. Mientras se acercaba oyó sonar un teléfono. Al darse cuenta de que el sonido salía de su habitación, pensó que sería Bepi. Se apresuró hacia la puerta, buscando en los bolsillos la tarjeta blanca de plástico que hacía las veces de llave, la introdujo en la ranura y esperó a que se encendiera la lucecita verde. La luz empezó a parpadear al mismo tiempo que el teléfono dejaba de sonar. Lassiter abrió la puerta. Dentro de la habitación, alguien dijo: «Pronto.»

¿Qué?

Había un hombre inmenso, prácticamente cuadrado, sentado delante del ordenador de Lassiter. Tenía el auricular del teléfono en la mano. Su masa resultaba desproporcionada para el tamaño de la silla. Al ver a Lassiter, devolvió el auricular a su sitio, respiró hondo y se levantó. Después avanzó hacia la puerta andando con naturalidad.

Lassiter no sabía qué decir. Por fin preguntó:

– ¿Quién diablos es usted? -Mientras lo decía, pensó que el hombre parecía un armario. Eso sí, un armario al que le hacía falta un buen afeitado.

– Scusi -respondió el hombre con una sonrisa ceñuda al tiempo que hacía el ademán de apartar a Lassiter para poder salir.

Todo de una forma muy suave y lenta, casi educada. Lassiter lo cogió de la manga.

– Un momento -dijo.

Y, de repente, los acontecimientos se aceleraron. Una bola de bolera, o algo parecido, lo golpeó en la cara, en toda la cara al mismo tiempo, y la cabeza se le llenó de luces centelleantes, como si estuviera rodeado por un enjambre de luciérnagas. Saboreó la sangre en su boca mientras se tambaleaba hacia atrás hasta chocar contra la pared. El aire se le escapó de los pulmones, y levantó los brazos para protegerse de lo que fuese que viniera después; un ademán optimista que no evitó que algo parecido a una apisonadora le aplastara el pecho. Una vez. Dos veces. ¡Otra vez!

Su cuerpo se llenó de señales luminosas de alarma, mientras miles de terminaciones nerviosas se quejaban a una y la habitación empezaba a parpadear como una bombilla demasiado vieja. O tal vez lo que se estaba apagando y encendiendo fuera su propia cabeza; no estaba seguro.

Algo pesado lo golpeó en el cuello y lo hizo caer de rodillas. Entonces vio un zapato oscuro moverse hacia atrás, como si estuviera a punto de golpear una pelota de fútbol. Lassiter vio el zapato con una claridad asombrosa: las borlas del empeine, los dibujos del cuero, las costuras…

Y entonces oyó un grito. Por un momento pensó que era él quien había gritado, pero, al mirar hacia arriba, vio a una de las mujeres que se encargaban de la limpieza. Estaba en la puerta, con los ojos y la boca abiertos de par en par. Lassiter empezó a decir algo, pero el zapato aceleró repentinamente y una forma borrosa chocó contra sus costillas. Sintió cómo los huesos se le astillaban. La mujer gritó por segunda vez. O puede que no, puede que esta vez fuera él. Pero no. Tenía que haber sido ella, porque él no tenía suficiente aire en los pulmones para expulsar el grito de su garganta. De hecho, ni siquiera podía hablar. Y, ahora que lo pensaba, tampoco podía respirar. El mundo entero se había quedado sin aire, y él se sentía como si se estuviera muriendo.

Y entonces, igual que había empezado, de repente todo acabó. El armario desapareció, y la mujer se puso a correr de un lado a otro del pasillo, gritando con todas sus fuerzas. Lo más probable era que le acabara de salvar la vida, y Lassiter debería haberse mostrado agradecido, pero le dolía demasiado el cuerpo para decir nada. Así que se levantó como pudo, cerró la puerta sin decir nada y avanzó tambaleándose hasta el cuarto de baño.

Cada aliento era como una cuchillada en el costado, así que intentó respirar tomando el menor aire posible mientras se sujetaba con las manos lo que parecía un amasijo de costillas astilladas. Llegó al lavabo. No sabía por qué, pero lo primero que hizo fue abrir el grifo. Y eso lo ayudó. El sonido lo ayudaba.

Luchando contra su vanidad, se inclinó hacia adelante y se miró en el espejo. La verdad, podría haber sido peor. Estaba hecho un asco, pero tampoco se notaba demasiado que le había pasado por encima una apisonadora. Era más bien como uno de esos golpecitos en los que se rompe un faro y se abolla una esquina del coche. Estaba sangrando por la nariz y tenía el labio roto. Se tocó un colmillo con la mano y, ante su sorpresa, el diente se le cayó en la boca. Lo escupió y el colmillo no tardó en desaparecer por el desagüe.

Se levantó la camisa hasta que vio la nube morada que se estaba formando en su costado derecho. Con mucho cuidado, se tocó el hematoma con las yemas de los dedos; casi se desmaya. El dolor rugió en su interior como una ola y, como una ola, rompió, salpicándole las entrañas con una fuerza insoportable. Totalmente pálido, Lassiter lanzó un quejido estrangulado de dolor que no acabó hasta que apretó los dientes con todas sus fuerzas. «Necesitas una radiografía -pensó Lassiter. -Y un dentista. Y Petidina. Y no precisamente en ese orden.»

Y, desde luego, no en Nápoles.

Aunque fuera demasiado tarde, ahora sabía por qué Della Torre le había seguido la corriente en la iglesia: el sacerdote quería mantenerlo ocupado mientras registraban su habitación.

Alguien llamó con urgencia a la puerta.

– ¡Señor Lassiter! ¿Está usted bien? Per favore… -instó una voz de hombre.

– Estoy bien -gritó Lassiter dolorosamente. -No se preocupe.

– ¿Está seguro, signore? La policía…

– ¡Le he dicho que no se preocupe!

Quienquiera que fuese se marchó, murmurando algo en italiano.

Un minuto después sonó el teléfono. Por primera vez en su vida, Lassiter se alegró de que los hoteles tuvieran teléfono en el cuarto de baño. Contestó y, a pesar de la insistencia del director del hotel, le dijo que no quería hablar con la policía y que no quería poner ninguna denuncia.

– Pero, señor Lassiter, está usted en su derecho. ¡Lo han asaltado!

– Limítese a traerme el coche a la puerta y cárgueme la cuenta en la Visa.

– ¿Está usted seguro, signore?

– Bajaré en un momento.

Tardó casi media hora en cambiarse de camisa y hacer la maleta. Después, necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas para atravesar el vestíbulo sin encorvarse. El director estaba esperándolo en la entrada. Parecía aterrorizado, digno y avergonzado al mismo tiempo. El coche de alquiler de Lassiter lo aguardaba a un par de metros de distancia con el motor en marcha. El director se adelantó a él, le abrió la puerta y observó cómo su huésped se sentaba al volante. Después cerró la puerta con un ademán experto, inclinó la cabeza y sonrió.

– ¿Dónde está el conserje? -preguntó Lassiter mirando a su alrededor.

El director frunció el ceño.

– ¿Roberto? -preguntó.

– Sí. No lo he visto en el vestíbulo.

– Acaba de marcharse. El pobre hombre sufre de asma.

– Ya. Dígale de mi parte que se mejore.

– Grazie. Il signore é moho gentile! ¡Después de todo lo que ha pasado!

– Y dígale también a ese hijo de puta que la próxima vez que lo vea le voy a romper la cabeza.

Siguió un largo silencio. Por fin, el director dijo:

– Scusi?

– Y dígale que siempre cumplo mis promesas.

Con una bolsa de hielo apoyada en las costillas y hablándose a sí mismo mientras avanzaba hacia el norte por la autostrada, Lassiter condujo hasta Roma esa misma noche.

«¿En qué cojones estabas pensando? Aunque, claro, no estabas pensando, porque si hubieras pensado no habrías sido tan pardillo como para dejar que te pegaran una paliza en tu propia habitación. Y ahora lo más probable es que tengas un par de costillas clavadas en los pulmones; desde luego no vas a dormir de costado en una buena temporada y… ¡Joder! ¡Dios santo, cómo duele!»

Y no era sólo el cuerpo lo que le dolía; tenía el orgullo igual de maltratado. Della Torre lo había entretenido todo el tiempo que había podido, primero con su célebre oratoria y después rezando. ¡Rezando! Mientras tanto, su… colega, el armario, estaba registrando su habitación. Y lo más probable es que se hubiera quedado todavía más tiempo -«Recíbelo en tu corazón, Señor»- de no ser por el borracho que había roto el encantamiento al entrar en la iglesia. Y después el conserje, intentando entretenerlo. «Si me hiciera el honor.» ¿Cuántas pistas necesitaba para darse cuenta de que algo iba mal? ¿De que ese «algo» era él?

Y, después, lo de la habitación. «Pronto?» «¿Quién diablos es usted?» «Scusi.» ¡Zas!

Eso es lo que más le dolía, porque era bueno con los puños. Había boxeado en la universidad y no se le daba nada mal. No estaba acostumbrado a perder peleas; ni siquiera cuando el otro tipo era más grande que él. Sabía cómo golpear. Y cómo esquivar los golpes dirigidos a él. O al menos eso pensaba, hasta ese día.

Aun así, no todo era negativo. Que a uno le pegaran una paliza lo despertaba, afinaba los sentidos y hacía pensar, pensar mucho en cómo evitar que se repitiera la experiencia. Y ésa era la razón por la que Lassiter decidió no volver a alojarse en el Hassler. En vez de eso, se hospedó en el Mozart, un hotel apartado en una bocacalle adoquinada de la via del Corso.

El hotel ocupaba el ala occidental de un palacete que había conocido tiempos mejores. Tenía techos de más de cuatro metros de altura, un jardín medio abandonado y un bar oscuro.

Aunque ya era casi medianoche cuando llegó, consiguió que le dieran una suite en el segundo piso. Un botones de avanzada edad lo condujo hasta su habitación. Lassiter hizo todo lo que pudo por no quedarse atrás, apretando los dientes para amortiguar el dolor.

Cuando se marchó el botones, Lassiter cerró la puerta con llave, se acercó al minibar y vació dos botellitas de whisky escocés en un vaso. Después se sentó delante de la mesa que había junto a la ventana y cogió el cuaderno.

Años atrás, cuando vivía en Bruselas, había adoptado la costumbre de emplear un nuevo cuaderno cada vez que empezaba una nueva investigación. Resultaba útil por varias razones, pero sobre todo por una razón colateral: lo ayudaba a encontrar nombres que de otro modo se le olvidarían. Puede que no recordara el nombre de un investigador o un médico forense en concreto, pero nunca olvidaba un caso, y siempre recordaba con qué caso estaba relacionada la persona que estaba buscando. Una vez hecha esta asociación mental, resultaba fácil buscar el cuaderno en cuestión y encontrar el nombre.

Con el tiempo, se había acostumbrado a usar siempre el mismo tipo de cuaderno: un cuadernillo de espiral de diez por quince que podía sujetar con una mano y que le cabía holgadamente en el bolsillo interior de la chaqueta. A veces pensaba que, si dejaran de fabricarlos, lo más probable era que Lassiter Associates quebrara.

Cuando empezaba un cuaderno, escribía los nombres y los números de teléfono detrás, empezando por la última página. Así sabía dónde buscar cualquier nombre y nunca se quedaba sin espacio.

Había seguido la misma rutina en el caso de Kathy y de Brandon y ya tenía bastantes números apuntados. El primero era el de Riordan. Después estaban los de los médicos. Después, Tom Truong y el hotel de Chicago. Bepi. Angela. Egloff. Y Umbra Domini.

Bebió un poco de whisky y miró por la ventana. La habitación daba a una calle desierta con árboles alineados a lo largo de la acera. Cogió el teléfono, consultó el cuaderno y llamó a Bepi a su casa y al despacho. Después de oír los dos contestadores, lo llamó al teléfono móvil, pero estaba desconectado. Finalmente, lo llamó al busca y dejó el número de teléfono del hotel Mozart. Le preocupaba que Bepi no le hubiera devuelto las llamadas. No era propio de él, y Lassiter intuía que algo iba mal. Para empezar, él era un cliente demasiado bueno para no devolverle las llamadas. Y, lo que era todavía más importante, Bepi estaba enamorado de la tecnología y alardeaba de estar siempre localizable: «Da igual que esté viendo un partido del Lazio o volando a Los Ángeles o a Tokio.»

Lassiter había sonreído al oírle decir eso. Lo más probable era que ni siquiera hubiera estado en Ginebra; ¿qué decir de Los Ángeles?

Llamó a su oficina con la esperanza de que Judy se hubiera quedado trabajando hasta tarde. Cuando le contestaron y oyó el alboroto de fondo se acordó de que era la noche en la que celebraban la fiesta anual de Navidad. Le contestó una becaria cuyo nombre no reconocía y que obviamente no le oía bien.

– ¿Qué?

– Soy Joe Lassiter.

– ¿Quién?

– Joe Lassiter.

– Lo siento, el señor Lassiter no está en la oficina.

– No, eso no es lo que…

– Y, además, la oficina está cerrada.

Lassiter colgó y marcó el número de su buzón de voz. Tenía seis mensajes. El único de interés era de Jimmy Riordan, aunque estaba tan lleno de ruidos de fondo que resultaba incomprensible. Decía algo acerca de unos checos. «¡Te van a encantar los checos!» ¿Qué se suponía que quería decir eso?

Lassiter miró la hora. Eran las siete de la tarde en Estados Unidos. Llamó a casa de Riordan, pero no hubo respuesta. Después llamó a la comisaría.

– Lo siento. El detective Riordan está de viaje.

Lassiter golpeó la mesa con la palma de la mano. El whisky saltó dentro del vaso. ¡Vaya noche!

Preguntó cuándo volvería Riordan.

– No lo sé. Lo más probable es que vuelva el veinticuatro. Ya sabe, para Nochebuena.

– ¿Hay alguna manera de ponerse en contacto con él?

– Depende.

– Soy un amigo.

– Bueno, entonces ya sabrá que está en Praga.

– ¿Tiene algún número de teléfono donde se lo pueda localizar?

– Espere un momento.

Mientras esperaba, Lassiter recordó que Riordan le había mencionado algo sobre un congreso en Checoslovaquia; algo sobre Europa oriental y la democratización de la policía. Incluso le había enseñado un folleto en el que salía impreso su nombre.

– ¿Oiga?

– Sí -contestó Lassiter.

– Jimmy está en el fa… bu… loso hotel Intercontinental de la exótica Praga -dijo el policía. -El número es larguísimo. Primero tiene que marcar 07. Espero que tenga algo para apuntar, porque si no se le va a olvidar.

– Dispare.

Lassiter añadió el número a los demás que ya figuraban debajo del nombre de Riordan en la última página del cuaderno, colgó y marcó el número del hotel Intercontinental. Eran casi las dos de la mañana, pero Riordan no contestaba en su habitación, así que Lassiter le dejó un mensaje.

Después se tumbó en la cama, dejó caer los zapatos al suelo y, con un gemido, se durmió.

Casi era mediodía cuando por fin se despertó. Estaba exactamente en la misma postura en que se había acostado la noche anterior. Ayudándose con los brazos y los codos, consiguió sentarse, se levantó y caminó sujetándose el costado hasta el cuarto de baño. Con mucho cuidado, giró el tronco delante del espejo y se levantó la camiseta. Al ver los colores que le teñían el costado, hizo una mueca: amarillo y malva, morado, negro y una especie de rosa enfermizo.

Tardó casi cinco minutos en conseguir la temperatura apropiada del agua, y luego se duchó. Después tardó casi el doble en secarse. Había partes del cuerpo que casi no se atrevía a tocar con la toalla. No tenía prácticamente ninguna movilidad por encima de la cintura, agacharse era una agonía y los movimientos bruscos eran todavía peor. Y así, con infinita paciencia, se vistió, tomándose un descanso para pedir que le subieran un café y un croissant. Diez minutos después, cuando llegó el desayuno, estaba intentando atarse los zapatos. Pensó que debería comprase unos mocasines.

Al salir el camarero, Lassiter encendió el televisor. Fue cambiando de un canal a otro con el mando a distancia, buscando la CNN, hasta que vio la cara de Bepi en la pantalla del televisor. Ya había vuelto a cambiar de canal, así que tuvo que retroceder.

La foto era vieja, de cuando se había graduado en la universidad, o algo así. Bepi sonreía con orgullo. Lassiter observó que llevaba el pelo más corto y peinado con secador. Parecía un cruce entre un cantante de salón y un niño de coro; la imagen le habría hecho sonreír si no fuera porque le preocupaba que Bepi saliera en la televisión.

Lassiter intentó escuchar lo que decía el locutor, pero no entendió ni una sola palabra. Una escena en directo sustituyó a la foto de Bepi. Un periodista hablaba con ademán sombrío delante de una gran iglesia mientras un grupo de chiquillos gesticulaban ante la cámara. Detrás del periodista se veían dos coches de policía y una ambulancia.

La voz del periodista siguió hablando mientras la cámara viajaba hasta un trío de hombres uniformados que empujaban una camilla. La acera debía de ser irregular, quizá de adoquines, pues parecían tener muchas dificultades. La camilla subía y bajaba, balanceándose bruscamente, y tenían que levantarla continuamente para salvar algún nuevo obstáculo.

La cámara volvió a los estudios centrales. Escuchando con atención, Lassiter consiguió entender algunas de las palabras del locutor: «Santa Maria… Polizia… Bepistraversi… Molto strano.» Hasta que el locutor sonrió, retiró la hoja que tenía delante y pasó a otra noticia.

Lassiter cambió de un canal a otro, apretando sin pausa el mando a distancia. Vio cómo entrevistaban a una mujer de luto con lágrimas en los ojos, pero no sabía si era la mujer de Bepi o una refugiada de guerra.

Lleno de frustración, apagó el televisor y llamó a Judy Rifkin. Eran las siete y media de la mañana en Washington, pero no le importaba despertarla.

– ¡Joe! ¿Dónde estás?

– En Roma.

– Iba a llamarte por la tarde. Lo de American Express se está poniendo al rojo vivo…

– Creo que han matado a Bepi.

Silencio. Judy no dijo ni una sola palabra.

– Las cosas se están poniendo feas y… acabo de ver una foto de Bepi en la televisión -continuó. -No he entendido lo que decían, pero había una ambulancia, coches de policía y una camilla.

– ¿Estás seguro?

– No. ¿Cómo voy a estarlo? Puede que lo acusen de algo. No tengo ni puta idea de lo que ha pasado, pero no contesta en ningún teléfono y… -Una punzada de dolor le atravesó el costado, y Lassiter se quejó sin querer.

– ¿Qué te pasa?

– Nada… Anoche me dieron un par de golpes.

– ¿A ti?

– Sí. Pero escucha: ahora lo importante es Bepi. Consulta con las agencias de noticias: Reuters, AP, lo que haga falta. Mándame por fax lo que averigües.

– ¿Dónde estás?

Lassiter le dio el número del fax y colgó. Mientras esperaba, cogió el listín telefónico de Roma, buscó el número de Associated Press y llamó. No sabían nada. Ni tampoco la BBC, ni los buenos chicos del Rome Daily American.

Dos horas después, alguien deslizó un sobre por debajo de la puerta. Contenía dos hojas. En la primera, además de los datos de Lassiter Associates, había una nota de Judy:

Adjunto la noticia de Reuters. ¿Estás bien? Rifkin.

La segunda hoja era la noticia de Reuters:

Copyright 1995 Reuters, Limited

The Reuter Library Report

23 de diciembre de 1995.

TITULAR: Víctima encontrada a los pies de una iglesia

ORIGEN: Roma

TEXTO: Se ha encontrado el cuerpo de un investigador privado a primera hora de la mañana delante de la catedral de Santa Maña Maggiore, a escasa distancia del Coliseo. Según ha informado la policía, la víctima, Antonio Bepistraversi, de 26 años, fue torturado antes de fallecer.

El cuerpo fue descubierto por Lucilla Conti, de sesenta años. Encontró el cuerpo tendido en la escalinata de acceso a la entrada trasera de la basílica. Al ser entrevistada por los periodistas, la señora Conti dijo que al principio pensó que sería uno de los vagabundos que desde hace tiempo frecuentan la cercana plaza de Vittorio Emanuele II. Dio un pequeño rodeo por temor a que le pidiera dinero. Al ver que el hombre no se movía, se acercó a él y descubrió que tenía la cabeza envuelta en una bolsa de plástico.

Los detectives de homicidios informaron que el incidente tuvo lugar en «un barrio deteriorado» y mostraron su confianza en la pronta resolución del caso.

Lassiter leyó la noticia tres veces seguidas, con la esperanza de haberla entendido mal, pero el resultado era siempre el mismo: Bepi había muerto. Y, lo que era aún peor, había muerto violentamente.

De repente se dio cuenta de que la persona a la que debería haber llamado era Gianni Massina. Si alguien podía decirle lo que había ocurrido, ése era Massina. Lassiter encontró su número en las últimas páginas de su cuaderno y lo llamó.

– Pronto?

– Soy Joe Lassiter.

– Sí.

– Nos conocimos hace un par de días…

– Sí, ¡claro! -exclamó Massina. – ¿Se ha enterado de lo de Bepi?

– Sí. He visto la noticia en la televisión.

Massina suspiró.

– Todavía no lo puedo creer. -Volvió a suspirar.

– Lo llamo porque… No sé. Bepi seguía trabajando para mí y he pensado que puede que… Umbra Domini… Como lo han encontrado junto a una iglesia… -dijo Lassiter.

– Tratándose de Umbra Domini siempre hay rumores -replicó Massina. – ¿Pero esto? No creo. Es demasiado. Además, aunque esta iglesia es interesante, no tiene ninguna relación con Umbra Domini.

– Entonces ¿por qué dice que es interesante?

– ¡Porque lo es! Tiene más de seiscientos años y está consagrada a la Madre de Dios. Se dice que fue construida después de una gran nevada, una nevada milagrosa que al caer dibujó en el suelo el proyecto de la planta de la iglesia. ¡Ahí mismo, justo donde está ahora! Así que cada año, el día del aniversario de la construcción de la iglesia, se lanzan pétalos de flores, pétalos blancos, desde el duomo. Y además tiene valiosas reliquias. ¡Tiene trozos de madera del mismísimo portal de Belén! ¡Nada menos que cinco! ¿Qué me dice de eso?

– ¿Son auténticos?

– ¿Cómo lo voy a saber yo? Estamos hablando de religión. ¡Todo es auténtico! Y nada lo es. ¿Quiere saber lo que es auténtico? El barrio en el que está la iglesia es auténtico.

– Reuters dice que está «deteriorado».

Massina se rió.

– ¡La gente lo llama la piazza de la Mierda y las Agujas! Ni siquiera las putas se atreven a ir por ahí. No hay más que yonquis y locos…

– ¿Y qué? -replicó Lassiter.

– ¿Cómo que y qué?

– ¿Qué importancia tiene que sea un barrio asqueroso? La noticia de Reuters dice que lo torturaron antes de matarlo, así que tuvo que morir en otro sitio. La gente no va por ahí torturando a sus víctimas en la escalinata de una iglesia.

– Tiene razón. He hablado con la policía… Lo que le voy a decir es off the record, ¿vale? Por lo visto, dejaron el cadáver de Bepi delante de la iglesia hacia las cinco de la mañana. No saben dónde estaba antes pero, por la coagulación de la sangre, desde luego no murió en la escalinata. Al menos no en esa postura. Hasta es posible que ya llevara muerto un día. -Lassiter y Massina guardaron silencio unos instantes. – ¿Sabía que tenía un hijo? -dijo Massina por fin.

– Sí, me lo había dicho. -De nuevo, silencio.

– ¿Sabe cómo murió? -preguntó al cabo Massina.

– No. La verdad es que no. -Pero sabía que Massina iba a decírselo.

Massina respiró hondo.

– La policía no lo ha comunicado oficialmente, pero… le ataron las manos y las piernas detrás de la espalda y le pusieron una soga alrededor del cuello con un… No estoy seguro de cómo se dice. ¿Un nudo corrido?

– Un nudo corredizo.

– Un nudo corredizo. Mientras más se forcejea, más aprieta la soga. Ya sabe. La policía dice que puede durar muchas horas. Cuando la víctima se empieza a ahogar, el que lo está interrogando lo afloja un poco. Y así una y otra vez. Tenía múltiples abrasiones en el cuello. Y en las muñecas. Y en los tobillos. Eso quiere decir que debieron amenazarlo mientras lo tenían atado así, de modo que Bepi no podía evitar forcejear.

– ¿Qué quiere decir?

Massina volvió a respirar hondo.

– Le cubren la cabeza con una bolsa de plástico. La víctima aguanta la respiración todo el tiempo que puede, pero, al final, cuando el instinto acaba venciendo, ¡forcejea! Entonces la soga se tensa y, cuando está a punto de desmayarse, le quitan la bolsa y aflojan la cuerda. Vuelven a hacer lo mismo una y otra vez. Hasta que, una de las veces, no le quitan la bolsa. Y se acabó. Está muerto.

Lassiter no dijo nada. ¿Qué podía decir?

Massina se aclaró la garganta.

– ¿Qué cree que estaban buscando?

– Información.

– Sí, pero ¿qué información?

– No lo sé -contestó Lassiter. -Quizá sólo estuvieran… «pescando». Tal vez no sabrían lo que buscaban. Puede que sólo quisieran saber cuánto sabía él… o cuánto sabía yo. O puede que lo hicieran por diversión… Algún loco.

– No creo en los locos -replicó Massina.

– Ni yo tampoco.

Un pesado silencio volvió a apoderarse del teléfono, hasta que Lassiter por fin dijo:

– Bueno…

– Felice Natale, eh?

– Sí.

– Cuídese.

– Y usted también. Feliz Navidad.

CAPÍTULO 21

Justo después de colgar, el teléfono sonó como si fuera una alarma de incendios. Y volvió a sonar. Lassiter levantó el auricular como si fuera algo sucio.

– Lassiter -contestó con el tono de voz neutro que solía usar cuando su secretaria había salido en busca de un café.

– ¡Adivina quién soy!

– ¡Jimmy! -dijo. -Tengo muchas cosas que contarte…

– Iba a contarle lo que le habían hecho a Bepi y lo que le había pasado en Nápoles, pero no pudo competir con el torrente de voz de Riordan.

– Es increíble, ¿verdad? Cuando parece que uno está en un callejón sin salida, se va de viaje al otro lado del mundo y… ¿Puedes creerlo? Creo que tengo algo.

Lassiter se enderezó en su asiento.

Riordan se rió.

– Te he despertado la curiosidad, ¿eh?

– Sí. Desde luego.

– ¿Cuánto tardarías en llegar?

– ¿Adonde?

– A Praga. ¿Desde dónde te crees que estoy llamando?

– Jimmy. Han pasado muchas cosas. No…

– El vuelo sólo dura una hora. Es como ir de Washington a Nueva York.

Lassiter se dio cuenta de que Riordan realmente no lo estaba escuchando; parecía demasiado emocionado con algo.

– ¿Por qué no me lo cuentas por teléfono?

– ¡Porque hay alguien aquí a quien tienes que conocer! Así que súbete al próximo avión y vente a Praga.

– ¿Estás seguro de que…?

– Confía en mí. Es importante.

Después de colgar, Lassiter estuvo pensando unos minutos. Algo le decía que debía quedarse en Roma, hacer algo por Bepi, pero la verdad es que no se le ocurría qué podía hacer por él. Y, además, podía estar de vuelta en Roma al día siguiente. Puede que incluso antes.

Cinco horas después, Lassiter estaba en el aparcamiento del hotel Intercontinental, en la capital de la República Checa, observando la idea del progreso de algún antiguo dirigente comunista: un cubo de cristal y hormigón de un gusto más que dudoso que prometía recibirlo con obras abstractas insípidas, moquetas con manchas y pop europeo. Edificado en el apogeo de la Guerra Fría, el hotel pretendía ser una afirmación arquitectónica que proclamara a los cuatro vientos: ¡Marchamos hacia el futuro trabajando hombro con hombro! Pero, como ocurre tan a menudo con las afirmaciones arquitectónicas, ésta no había salido exactamente como era de esperar.

Una vez dentro, Lassiter encontró a Riordan sentado en el bar junto a un hombre checo con aspecto siniestro que llevaba un largo abrigo de cuero. Vestido con la chaqueta y la corbata de reglamento, Riordan parecía exactamente lo que era. En cambio, su compañero hacía pensar en un músico de rock en paro o en un genio huesudo con una larga melena de pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros. La mesa estaba llena de botellas vacías de Pilsner Urquell. Lassiter dejó su bolsa de viaje en el suelo y se sentó al lado de Riordan.

– Espero que de verdad sea importante -dijo.

Riordan tardó en reaccionar.

– Hombreeeee… ¡Joe! Te presento a Franz.

– Hola, Franz.

– Joe Lassiter, Franz Janacek -hizo las presentaciones Riordan.

Lassiter extendió la mano y el checo se la estrechó con fuerza. Tenía los ojos pequeños, marcas de viruela en la cara y una voz profunda, casi subterránea. Además, cada vez que abría la boca mostraba una muela de oro.

– Encantado -dijo Janacek.

– Franz es… ¿Qué cargo ocupas? ¿Ministro del Interior?

Janacek sonrió.

– Todavía no -repuso. Se sacó una tarjeta del bolsillo del abrigo y la dejó caer sobre la húmeda mesa. Lassiter la leyó con sorpresa. Janacek era el jefe de homicidios de la policía de Praga.

Riordan sonrió.

– ¿A que es un país maravilloso? ¡Me encanta la República Checa! Invito a una ronda -declaró. Después llamó al camarero con el gesto de un hombre que se está haciendo a la mar mientras su familia lo despide desde el muelle con los ojos llenos de lágrimas.

El bar estaba lleno de hombres de mediana edad vestidos con trajes oscuros. De pie, en grupos de tres o cuatro personas, hablaban animadamente al menos en seis idiomas distintos. Casi todos estaban fumando. El aire estaba cargado de vapores de tabaco barato y alcohol caro.

Riordan los señaló con un movimiento de la cabeza.

– ¡No falta nadie! FBI, Servicio Secreto, KGB. ¡Ha venido hasta la puta Policía Montada! Y Scotland Yard. Si hasta hay gendarmes. Nunca había conocido a un gendarme.

– El paraíso de los polis -comentó Janacek mientras encendía un cigarrillo.

Riordan se rió.

– Franz es un auténtico hippy.

Llegaron las cervezas, y Lassiter bebió un sorbo. Era una cerveza magnífica, pero le escocía en el corte del labio. Hizo una mueca, y Janacek sonrió.

– ¿Qué le ha pasado? -preguntó.

– Me he caído.

Riordan lo miró con incredulidad.

– En serio -dijo.

– Encontré a alguien registrando mi habitación -explicó Lassiter.

– ¿Y?

– Se resistió al arresto.

– ¿Se le escapó? -quiso saber Janacek.

– Sí. Por el momento, sí.

– Es una pena -manifestó Riordan. -Bueno, ya hemos hablado bastante sobre ti. Te estarás preguntando por qué te he pedido que vinieras.

Lassiter sonrió.

– Estás borracho, ¿no? -dijo.

– Técnicamente hablando, he rebasado mi límite. ¿Y qué? La cosa es que Franz y yo hemos participado en una mesa redonda.

– ¿Sobre qué tema? -inquirió Lassiter.

– Casos congelados.

Lassiter movió la cabeza.

– ¿Y eso qué es? -preguntó.

– Crímenes sin resolver. Un homicidio o cualquier otro crimen que no hayamos conseguido cerrar -contestó Janacek.

– Por falta de pruebas -matizó Riordan.

– O, peor todavía -añadió Janacek, -porque no tenemos un motivo.

– Es un problema serio -siguió Riordan. – ¿Qué se hace con un caso congelado? Además de esperar a que algún día, de alguna manera, se resuelva solo, claro está. ¿Qué se puede hacer con un crimen sin resolver?

– No lo sé -repuso Lassiter. – ¿Qué se puede hacer?

Riordan se encogió de hombros.

– Básicamente, lo que se hace es volver a hacer lo mismo una y otra vez. Vuelves a interrogar a todo el mundo, a ver si alguien confiesa. O rezas para que alguien invente algún tipo de tecnología nueva, como la prueba del ADN. Pero, la mayoría de las veces, un caso congelado es precisamente eso: un caso congelado. Resulta deprimente.

Lassiter movió la cabeza bruscamente, como si quisiera aclararse las ideas. Los labios de Janacek dibujaron una sonrisa maliciosa.

– Así que habéis comentado el caso de mi hermana -dedujo Lassiter. – ¿Y?

– De hecho, no comentamos nada -replicó Riordan. -Porque el caso no está congelado: está resuelto. Sólo tenemos que encontrar al tipo. -Riordan bajó la barbilla y eructó silenciosamente. -O, mejor dicho, volver a encontrarlo.

– Entonces, ¿por qué me has llamado? -se impacientó Lassiter. Riordan empezaba a irritarlo.

– Ten un poco de paciencia. La cosa es que… Bueno, vale, lo que ha pasado es que… Bueno, en la mesa redonda alguien preguntó algo sobre asesinatos en serie.

– Fue una buena pregunta -señaló Janacek, -porque en esos casos a menudo tenemos varias víctimas, pero ningún motivo evidente.

– Exactamente. Porque el asesino hace lo que hace… porque sí -explicó Riordan.

– Con una frialdad científica -añadió Janacek. -Personalmente, creo que eso es lo que pasa en muchos casos congelados.

– La cosa es que el tipo que hizo la pregunta nos pidió que le diéramos un ejemplo. Y Janacek… Venga, cuéntaselo tú.

El checo se inclinó hacia adelante.

– El ejemplo que le di ocurrió hace tres o cuatro meses. En agosto. La familia vivía cerca del parque Stromovka. Un buen barrio. Hubo un incendio provocado. Dos muertos.

– Y, mira por dónde -agregó Riordan, -las víctimas eran un niño de dos años, o dos años y medio, y su madre. Ocurrió de noche, mientras los dos dormían. La casa se quemó hasta los cimientos.

– Usaron sustancias acelerantes, así que no quedó nada -explicó Janacek. -Algunos huesos. Dientes. Al principio sospechamos del marido, pero no fue él.

– No había ninguna otra mujer, ningún otro hombre. Tampoco tenían ningún seguro -apuntó Riordan.

Janacek asintió.

– Ni siquiera tenían deudas. Nada, estaban limpios -concluyó el checo.

– Una familia feliz -dijo Riordan.

– ¿Dónde estaba el marido? -preguntó Lassiter.

Janacek agitó la mano como si estuviera limpiando una mancha en el aire.

– En un partido del Sparta. Fuera de la ciudad -repuso.

Riordan se balanceó en la silla.

– ¿Te suena?

– Sí -asintió Lassiter. -Me suena. ¿Cuándo dices que ocurrió?

– A finales de agosto.

Lassiter frunció el ceño. Estaba intentando recordar los detalles del pasaporte de Grimaldi.

– Ya lo he comprobado -informó Riordan. -Entró en la República Checa un par de días antes.

Los tres hombres permanecieron en silencio bebiendo cerveza. Por fin, Lassiter levantó la mirada.

– Podría ser una coincidencia -manifestó.

Riordan asintió.

– Desde luego -dijo.

– Podría ser una de esas extrañas coincidencias.

– ¿De verdad lo cree? -preguntó Janacek sin dejar entrever ninguna emoción.

– No -respondió Lassiter.

Janacek asintió, tanto para sí mismo como para los otros dos hombres.

Volvieron a quedarse en silencio hasta que Lassiter inquirió:

– ¿Podría hablar con el marido? ¿Sería eso posible?

Janacek frunció el ceño.

– ¿Con Jiri Reiner? No habla inglés.

– Bueno, puede que si usted me ayuda…

Janacek lo pensó unos segundos.

– ¿Y de qué serviría eso?

– Bueno, para empezar…, me gustaría saber si su mujer tenía algo en común con mi hermana. O quizá los niños tuvieran algo en común. Cualquier cosa que pudiera relacionarlos.

– ¿Como qué?

– No lo sé.

Janacek se encogió de hombros.

– Jiri todavía no se ha recuperado -explicó. -Está bajo tratamiento. Sedantes. Los médicos todavía temen que pueda intentar matarse. ¿Por qué no iba a hacerlo? -Miró a Lassiter con sus ojos pálidos. -Cualquiera que estuviera en su caso lo haría. Perdió todo lo que tenía en una sola noche -añadió, -a su hijo, a su mujer, su casa. -Bajó la mirada sombríamente.

– Bueno -dijo Lassiter. -Sólo era una idea.

Janacek inspiró entre dientes y movió la cabeza.

– Además, Jiri está… -Janacek abrió y cerró la mano varias veces, como si intentara encontrar la palabra en el aire. -No se comunica bien. ¿Entiende? La mayoría de las veces no dice nada.

Lassiter asintió.

– Aun así -prosiguió Janacek arrastrando las palabras, -ya que los casos son tan parecidos, tal vez podamos ayudarnos mutuamente. ¿Sería posible conseguir una copia del pasaporte del italiano?

Lassiter y Riordan se miraron un momento.

– Estoy seguro de que el detective puede conseguirle una -contestó Lassiter.

– ¿Y una fotografía?

Riordan asintió.

– Sí. No hay ningún problema -repuso.

Janacek se acabó la cerveza y se levantó.

– Está bien. Esto es lo que haré. Se lo preguntaré a Jiri personalmente. Y a su médico. -Se encogió de hombros. -Quién sabe. -Alargó la mano, y Lassiter y Riordan se la estrecharon. -Hablaremos por la mañana.

– Gracias -dijo Lassiter.

El checo asintió con gesto grave, se alejó un par de pasos y se dio la vuelta.

– ¿Sabe?, un caso que involucra a más de un país no es algo nada frecuente. Y este caso involucra a dos continentes. No conozco ningún otro caso así, a no ser que se trate de un caso de terrorismo. Y sabemos que esto no es terrorismo.

– ¿Lo sabemos? -replicó Riordan.

– Por supuesto.

– ¿Y por qué lo sabemos?

– Porque nadie ha reivindicado los asesinatos y el caso no tiene nada que ver con la política -terció Lassiter.

Janacek asintió y se volvió hacia Riordan.

– Tengo que irme -declaró. -Por cierto, cuando vuelvas a Estados Unidos, quizá puedas hablar con tu FBI, a ver si tienen algo que se asemeje a estos dos crímenes.

– Desde luego -dijo Riordan. -Hablaré con mi FBI, a ver si tienen algo.

Al día siguiente, el último del congreso, tanto Janacek como Riordan iban a estar ocupados hasta tarde. Primero tenían un desayuno y después un sinfín de debates, mesas redondas y charlas antes de la clausura. Por la noche, estaba previsto que tuviera lugar un banquete.

Janacek llamó para decir que estaba intentando concertar una cita con Reiner y que lo volvería a llamar más tarde.

Así que Lassiter se encontró con que tenía todo el día para sí mismo. Quería hacer un par de cosas, pero, sobre todo, quería salir a correr por la ribera del río y las calles del casco viejo. Aunque decir que tenía las costillas doloridas era quedarse corto, si se lo tomaba con calma y lo hacía despacio, podría correr unos kilómetros. Era cuestión de no chocarse con nadie ni de quedarse sin respiración; lo último que necesitaba era respirar profundamente por falta de aire.

Salió del hotel Intercontinental trotando suavemente. Sentía en la boca la contaminación que flotaba en el aire. El frío y el sabor a humo se le pegaban a los dientes. El legado del énfasis comunista en la industria pesada, combinado con el emplazamiento de la ciudad en un valle fluvial, había creado un serio problema de contaminación atmosférica en Praga, especialmente durante el invierno.

Aun así, el corazón de la ciudad seguía siendo bellísimo, pues se había librado tanto de los bombardeos como del incontrolado desarrollo urbano que habían sufrido la mayoría de las capitales europeas. Mientras cruzaba el famoso puente Carlos empezó a nevar. Lassiter pasó junto a las ennegrecidas estatuas de santos que salpicaban el puente cada diez o quince metros, observando desde lo alto a los peatones que cruzaban a toda prisa. Los vendedores de postales, fotos, decoraciones navideñas y distintos objetos artesanales se acurrucaban delante de diminutas hogueras de carbón. El viento era gélido. En las esquinas de las calles había mujeres envueltas en mantas delante de cubos de plástico llenos de carpas vivas. Riordan le había advertido sobre los peligros de esta vieja costumbre navideña. Por lo visto, una mujer había sacado la carpa cogida de las agallas con un gancho, la había colocado sobre una tabla y la había decapitado de un hachazo que había llenado los mejores pantalones de Riordan de salpicaduras de entrañas de pescado.

Después de tres o cuatro kilómetros, cuando Lassiter dio la vuelta para volver hacia el hotel, los vendedores ya no estaban. El viento se había calmado y la nieve empezaba a acumularse sobre las manos extendidas, los pies desnudos y los ojos vacíos de las figuras de los santos. Las aceras no tardaron en cubrirse de una escurridiza capa de nieve. Temiendo resbalar, Lassiter recorrió las últimas dos manzanas andando. Respiraba con bocanadas cortas, pero, aun así, le dolía hacerlo.

Tenía un recado de Janacek: la entrevista con Jiri Reiner tendría lugar a las ocho.

Después de ducharse, Lassiter sacó el transformador de su bolsa de viaje, enchufó el ordenador portátil y lo conectó a la línea telefónica. Quería hacer una búsqueda de noticias de prensa sobre casos de asesinato con incendios provocados similares al de Kathy y Brandon y al de la mujer y el hijo de Jiri Reiner. Tecleó el código internacional de acceso a la compañía telefónica AT &T y conectó el ordenador al servicio de Nexis. Podría haberle pedido a alguien que lo hiciera desde la oficina, pero la investigación online era un proceso intuitivo, sobre todo cuando uno no sabía exactamente lo que estaba buscando.

Nexis era una base de datos muy cara que contenía noticias procedentes de miles de publicaciones y servicios informativos de todo el mundo. No lo abarcaba todo, pero era amplia y profunda. El proceso de búsqueda era rápido y, una vez definidos los parámetros, encontrar la historia o las historias que se buscaban resultaba muy simple; daba igual que se tratara de un boletín del despacho de Reuters en Sofía o de un artículo sobre la investigación de la serotonina publicado en una revista especializada de endocrinología.

La base de datos funcionaba mediante parámetros lógicos: términos inclusivos como y/o y restrictivos como no, que operaban conjuntamente con las palabras claves que definían la noticia. Lassiter tecleó: «incendio provocado y homicidio y niño».

La pantalla del ordenador brilló silenciosamente durante unos segundos, hasta que apareció un mensaje diciendo que se habían encontrado más de mil citas, por lo que la búsqueda quedaba interrumpida. Después de reflexionar unos instantes, Lassiter estrechó los parámetros de la búsqueda añadiendo «y 1995.»

En escasos segundos, la base de datos anunció que había 214 citas. La mayoría eran recopilaciones de informes criminales, en las que el incendio provocado en cuestión no tenía ninguna relación ni con el niño ni con el homicidio que se mencionaban a continuación. Lassiter redefinió los parámetros de la búsqueda y tecleó: «Kathleen Lassiter y incendio provocado}’ 1995.»

Figuraban diecinueve noticias procedentes del Washington Post, el Washington Times, el Fairfax Journal y la Associated Press. Las noticias se dividían en tres categorías: ocho artículos sobre los asesinatos publicados durante los tres días siguientes, un par de historias sobre la exhumación del cadáver de Brandon y un torrente de historias sobre la fuga de Sin Nombre y el asesinato del agente de policía. Después de eso, no había nada.

La lectura de los artículos resultaba deprimente, en parte porque le volvía a presentar en toda su magnitud el horror de los asesinatos de su hermana y su sobrino, y en parte porque hizo que se diera cuenta de lo inadecuado del método de búsqueda que estaba empleando. Aunque podía configurar la búsqueda de tal manera que le permitiera obtener todas y cada una de las noticias relacionadas con la muerte de su hermana incluidas en Nexis, los términos de la búsqueda eran demasiado amplios para localizar casos similares de manera eficaz. «Niño», «incendio provocado» y «homicidio» tenían decenas de sinónimos. Si los incluía todos, tendría que abrirse paso entre miles y miles de artículos.

También resultaba descorazonador que la prensa le hubiera prestado tan poca atención a los asesinatos. Las muertes de Kathy y Brandon aparecían en las secciones locales de los periódicos y habían dejado de ser noticia mucho antes de lo que habría sido necesario para dejar claro el carácter deliberado y cruel del doble asesinato. Tampoco se había parado nadie a pensar en las implicaciones del desenterramiento de Brandon ni en la posibilidad de que Sin Nombre tuviera un cómplice. Se informaba sobre los hechos, pero nadie se había molestado en analizarlos.

Lassiter suponía que pasaría lo mismo en cualquier gran ciudad, donde el doble homicidio del sábado daba paso necesariamente al tiroteo del domingo. El caso de Kathy había sido especialmente horrible, pero, incluso así, había tenido una repercusión escasa y pasajera en los medios de comunicación.

Lassiter tecleó: «Reiner y incendio provocado y Praga.» Y no encontró nada. Frustrado, volvió a la búsqueda original y empleó una función especial que lo llevaba directamente a las palabras claves de cada una de las noticias. Al final, sólo encontró una noticia que podía tener interés. Era una breve noticia publicada en un diario de Bressingham, un pueblecito canadiense situado ciento cincuenta kilómetros al norte de Vancouver. La noticia contaba cómo Brian y Marión Kerr y su hijo de tres años, Barry, habían fallecido en un fuego de origen sospechoso.

Aunque no se trataba sólo de una mujer y su hijo, como en el caso de su hermana y de los Reiner, Lassiter procedió a realizar una nueva búsqueda: «Kerr y Bressingham y incendio.»

Como las muertes habían tenido lugar en una pequeña localidad, lo más probable es que la noticia fuera de relieve. Y así era. Encontró ocho artículos. Dos días después del suceso, la policía confirmó que el incendio había sido provocado. Las llamas habían empezado en tres sitios distintos y los análisis del laboratorio confirmaban el uso de sustancias acelerantes. Según varios testigos, un hombre había salido corriendo de la casa poco antes de que empezara el incendio.

Lo primero que se le ocurrió a Lassiter fue que todos los niños eran varones, al menos hasta el momento. Brandon. Y el hijo de los Reiner. Y ahora el hijo de los Kerr.

Aunque, por otro lado, los Kerr no acababan de encajar. El pasaporte de Grimaldi no incluía ningún sello de entrada en Canadá. Y, lo que era más importante todavía, el fuego había tenido lugar el 14 de noviembre. En esas fechas, Grimaldi estaba en el hospital. De hecho, el funeral por Kathy y Brandon había tenido lugar un par de días antes. Lassiter apagó el ordenador y llamó a Judy a la oficina de Washington.

– ¡Joe! ¿Dónde estás?

– En Praga.

– ¡Se suponía que ibas a mantenerte en contacto! Dame tú número de teléfono -dijo Judy.

Lassiter se lo dio.

– ¿Sabes algo nuevo sobre lo de Bepi? -preguntó ella.

Lassiter permaneció unos segundos en silencio.

– No -repuso al cabo.

– Entonces, puede que tuviera algo que ver contigo -comentó Judy. -Pero puede que no.

– Lo que está claro es que su asesinato está relacionado con el caso.

– Entonces creo que ya es hora de que hagas las maletas. ¡Lárgate de ahí!

– No estoy «ahí». Estoy en Praga. En cualquier caso, todavía es demasiado pronto.

– ¿Por qué?

– Porque todavía me quedan cosas que hacer. Y, además, hay un par de cosas que quiero que hagas tú. Para empezar, quiero que te ocupes de la familia de Bepi. Prepárales algún tipo de pensión. Lo suficiente para el niño y para quienquiera que tenga su tutela. Ya sabes a lo que me refiero: lo suficiente para salir adelante.

– ¿Durante cuánto tiempo?

– Durante todo el tiempo que sea necesario.

– Eso podría ser mucho dinero.

– Judy, tengo mucho dinero.

– Vale. ¿Qué más?

– American Express.

– ¿Qué pasa con American Express?

– Dímelo tú.

– Quieren saber cuál será tu… papel después de la venta.

– Ninguno.

– Eso no es lo que quieren ellos.

– Me da igual lo que quieran.

– En ese caso, tenemos una oferta de doce millones quinientos mil dólares, además de opciones sobre futuros por un importe aproximado de otros tres millones. El truco está en que no se puede disponer de esos tres millones hasta dentro de cinco años. Y además quieren que les firmes un compromiso de no competencia.

– No hay ningún problema.

– El tipo encargado de adquisiciones dice que, si tú te quedas al frente del negocio, estarían dispuestos a subir considerablemente la oferta.

– Lo harán de todas formas. Y diles que no me interesan las opciones sobre futuros. Quiero dinero.

– Vale.

– La idea es vender. Y, si voy a vender, quiero…

– Vender del todo. Entendido. Déjalo en mis manos.

Después, Lassiter llamó a Roy Dunwold, el director de la sucursal que Lassiter Associates tenía en Londres. Roy era un chico de clase trabajadora que se había criado en Derry, o Londonderry, dependiendo del punto de vista. De lo que no había duda es que había tenido una infancia dura. Había pasado dos años entre rejas en Borstal por una serie de robos de coches que acabaron bruscamente cuando el Porsche robado que conducía en ese momento chocó contra un cortejo funerario del IRA.

Después de tres meses en una cama de hospital y una estancia mucho más larga en un centro de reclusión de menores, salió en libertad condicional bajo la custodia de una tía que vivía en Londres. Su tía, una mujer de ideas claras que regentaba una pensión en Kilburn, le dijo algo que era obvio: robar coches era, en el mejor de los casos, una vocación, pero él necesitaba una profesión.

Así que Roy se matriculó en la escuela nocturna y, a continuación, en una de las mejores escuelas politécnicas del país. Era un buen estudiante y, después de licenciarse, encontró trabajo como especialista en sistemas de gestión de datos en el GCHQ-Cheltenham, el equivalente británico al Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Después de trabajar un año en la sede central lo destinaron a las montañas Troghodhos de Chipre. Pasó cinco años en el Mediterráneo, donde bebió suficiente vino griego y tuvo suficientes líos de faldas para quedarse saciado de por vida. Después volvió a Inglaterra, esta vez al sector privado. Como solía decirles a sus amigos: «Echaba de menos la lluvia.» Lassiter consiguió llevárselo a su empresa ofreciéndole un coche, además del mismo sueldo que ganaba en Kroll Associates.

Dunwold eligió un Porsche.

Lassiter tardó en encontrar a Roy. Cuando por fin lo consiguió, fue directamente al grano.

– No sé si estarás al tanto, pero… estoy trabajando en un asunto de índole personal.

– Lo de tu hermana.

– Y mi sobrino.

– Sí, es verdad.

– Una de las cosas que estoy buscando son crímenes con patrones similares -explicó Lassiter. -Homicidios con incendios provocados en los que falleciera algún niño. He encontrado uno en Praga y otro en Canadá.

– ¿Estás seguro de que están relacionados?

– No. -Una pausa. -Pero tal vez lo estén. Y se me ha ocurrido que quizá tú puedas ayudarme a encontrar otros casos similares.

– ¿Dónde?

– Donde sea. Podrías empezar por Europa.

– ¿Qué te parece Inglaterra?

– Está bien. Empieza por Inglaterra.

Dunwold permaneció unos segundos en silencio. Por fin dijo:

– Hay un problema.

– ¿Cuál?

– Bueno, hay muchos incendios provocados que nunca se sabe que lo son. Muchas veces figuran como incendios de origen eléctrico: cortocircuitos y ese tipo de cosas. Eso significa que habría que mirar cualquier fuego en el que muriera un niño.

– Me parece bien.

– Eso es mucho trabajo.

– Ya lo sé.

– ¿Cuál es el marco temporal?

– Cualquier cosa que puedas encontrar a partir del uno de agosto.

– Vale.

– He pensado que quizá convendría mirar lo que tiene la Interpol.

– Ésos son unos malditos inútiles. No sirven para nada. Será mejor ir directamente a las bases de datos que nos puedan ayudar. Y las compañías de seguros también pueden ser interesantes. No sería la primera vez que encontramos algo gracias a ellas. Llamaré a Lloyd’s.

– ¿Qué hay de la policía?

– Sí, claro. No hay que olvidarse de esos. Veré qué tiene la Europol, Scotland Yard… Lo de siempre.

– Espera un momento. Se me acaba de ocurrir algo. -Lassiter buscó las fotocopias del pasaporte de Grimaldi y miró los sellos fronterizos del período en cuestión. No tardó en encontrar el que buscaba. -Y mira a ver si encuentras algo en Sao Paulo, ¿vale?

– ¿En Brasil?

– Sí, entre el trece y el dieciocho de septiembre del año pasado. Ponte en contacto conmigo en cuanto tengas algo.

– Vale. ¿Quieres un informe por escrito?

– No, sólo la información. Judy sabe dónde localizarme.

– Dinero.

– No te preocupes por eso. Haz lo que tengas que hacer.

– ¡Perfecto!

Lassiter estaba a punto de colgar, cuando Dunwold dijo:

– ¡Joe! ¿Sigues ahí?

– Sí.

– Se me acaba de ocurrir que…

– ¿Qué?

– Esto puede tardar bastante. Es que… Es Navidad, ¿no? Me dedicaré a trabajar, pero…

– Tú haz lo que puedas.

– Vale. Entonces, un saludo. Feliz Navidad y todo eso. Te llamaré.

Lassiter se reunió con Janacek y Riordan en el vestíbulo del hotel a las siete y media. A las ocho y cuarto, después de un espeluznante trayecto en coche por las calles nevadas, ya estaban en el ascensor de la clínica Pankow, en un suburbio de Praga. Un médico con una bata blanca los condujo hasta la habitación en la que estaba Jiri Reiner.

Hacía un calor sofocante, pero Reiner estaba hecho un ovillo debajo de las mantas. Sus ojos parecían desproporcionadamente grandes en su cara demacrada.

– No come -susurró Janacek pasándose una mano por el pelo. El médico le susurró algo al oído al detective checo y se giró hacia Lassiter. Sin decir nada, levantó un dedo, recordándoles que deberían ser breves. Después se marchó.

Reiner miraba fijamente a Lassiter.

Janacek se volvió hacia él.

– Bien. Yo traduciré. ¿Qué quiere que le diga a pan Reiner? Perdón, al señor Reiner.

– Dígale que el siete de noviembre asesinaron a mi hermana, Kathy, y a su hijo pequeño, Brandon. Alguien les cortó el cuello y después prendió fuego a la casa. -Lassiter respiró hondo. -Pero algo salió mal, y el hombre que lo hizo saltó por la ventana de la casa con la ropa envuelta en llamas.

Janacek tradujo. Al acabar, se volvió hacia Lassiter y hundió la barbilla en el pecho.

– El hombre sufrió graves quemaduras, pero sobrevivió -continuó Lassiter. -Cuando lo interrogó la policía, se negó a responder. Nadie entiende la razón del crimen. -Lassiter movió la cabeza. -Nadie.

Observó a Reiner mientras Janacek traducía. Mientras el detective hablaba, los ojos del paciente se llenaron de lágrimas, pero no intentó secárselas. Por fin, cuando Janacek terminó, Reiner habló con una voz llena de sentimiento y los inmensos ojos mojados de un perro labrador.

– Pregunta si su hermana y su sobrino estaban muertos antes del incendio -tradujo Janacek.

Lassiter sabía perfectamente lo que buscaba Reiner.

– Así es -dijo. -No murieron quemados. Los mataron rápidamente, con un cuchillo. -Prefirió no decir nada sobre las heridas de Kathy, ni sobre los cortes que tenía en las manos como producto del forcejeo.

Reiner estaba sentado en la cama, balanceándose hacia adelante y hacia detrás con los ojos cerrados con fuerza. Cuando volvió a abrirlos y habló, su sensación de alivio quedaba patente en sus ojos. Sin duda, se había estado torturando con imágenes de su hijo y su mujer, atrapados, tosiendo, quemándose vivos. Ahora, por lo menos, tenía otra imagen distinta. El detective tradujo sus palabras.

– Pregunta quién era ese hombre.

– Un italiano. Se llama Grimaldi. Dígale que es un hombre con un pasado oscuro. Un mercenario. Un asesino a sueldo.

Janacek tradujo, y Lassiter observó cómo Jiri Reiner retorcía el gesto al oír el nombre de Grimaldi. Se mordió el labio inferior y una expresión de sorpresa se apoderó de su cara. Movió la cabeza tristemente de un lado a otro.

Lassiter se señaló a sí mismo llevándose el pulgar al pecho, y después extendió los brazos con las palmas hacia arriba e imitó el ademán de incomprensión de Reiner. Reiner no dejó de mirarlo ni un instante.

– El pasaporte de Grimaldi demuestra que estaba aquí, en Praga, cuando asesinaron a su mujer y a su hijo.

– Eso ya se lo he dicho antes -dijo Janacek con impaciencia.

– Vuelva a decírselo.

Reiner movió la cabeza con tristeza y se la tocó tres veces con un dedo, como diciendo que no tenía respuestas dentro.

Siguieron así, haciéndose preguntas a través de Janacek, durante algunos minutos. ¿Se conocían las dos mujeres? ¿Había estado alguna vez Hannah Reiner en Estados Unidos o Kathy Lassiter en Checoslovaquia? Lassiter le pidió a Riordan que le enseñara a Reiner una foto de Grimaldi, y también una de Kathy y de Brandon, pero el pobre hombre sólo sacudió la cabeza y murmuró:

– Ne, ne. Nevim, Nevim.

No hacía falta traducirlo. Reiner sacó de debajo de la almohada una pequeña foto enmarcada de su mujer con su hijo en brazos. El marco era de plata y tenía forma de corazón. Lassiter miró la foto y movió la cabeza ante la sonriente pareja. Entonces entró el médico. Resultaba patente que le disgustaba que aún estuvieran allí. Reiner dijo algo con una voz sonora. Lo que quería era el número de teléfono y la dirección de Joe Lassiter. Lassiter le dio una tarjeta. El médico intentó hacerlos salir de la habitación, pero Lassiter se acercó a la cama, cogió la huesuda mano de Jiri Reiner entre las suyas y la apretó con fuerza.

– Averiguaré por qué los mataron -prometió mirándolo a los ojos. Reiner le cogió la mano con fuerza, la atrajo hacia sí y se la apretó contra el pecho. Cerró los ojos y dijo:

– Dekuji moc. Dekuji moc.

– Eso quiere decir «muchas gracias» -tradujo Janacek.

– Sí, ya lo sé.

El médico les volvió a pedir que salieran de la habitación. Lassiter giró la cabeza y miró hacia atrás. Y los ojos de Jiri Reiner le quemaron. El médico estaba a punto de ponerle una inyección, pero a Lassiter se le ocurrió algo. Se dirigió con urgencia a Janacek.

– Sólo una pregunta más.

Janacek le dijo que no, pero Jiri Reiner apartó la mano del médico con una fuerza sorprendente.

– Prosim -dijo haciéndole un gesto a Lassiter.

– Pregúntele si su mujer estuvo alguna vez en Italia.

Kathy había estado en Italia al menos una docena de veces, y Lassiter se empezaba a preguntar si podría haber conocido a Grimaldi en uno de sus viajes, o si quizá lo había conocido Hannah Reiner. Cuando Janacek tradujo la pregunta, sucedió algo extraño.

Reiner bajó la mirada.

Puede que Lassiter lo estuviera interpretando de forma equivocada, pero tenía la impresión de que Reiner estaba avergonzado. Sin levantar la cara, el checo le dijo algo a Janacek y después escondió la mirada.

– Dice que fueron una sola vez -tradujo Janacek. -De vacaciones. Y ahora debemos irnos.

Lassiter asintió, se dio la vuelta y levantó la mano en señal de despedida, pero Reiner no separó la vista de la foto enmarcada que tenía cogida entre las manos.

– Ciao -murmuró entre dientes. -Ciao.

CAPÍTULO 22

Por la mañana, Lassiter llevó a Riordan al aeropuerto, siguiendo las señales azules que indicaban el camino a través del tráfico de Praga. El detective estaba sorprendentemente huraño.

– Quería hablar contigo -dijo Lassiter.

– No grites.

– No estoy gritando, detective Riordan. Estoy hablando en un tono de voz normal.

Riordan se quejó mientras Lassiter entraba en una rotonda y pisaba el acelerador a fondo para cambiar de carril. Al ver la señal azul que había a mitad de la rotonda, Lassiter tuvo que cruzar tres carriles para coger el desvío.

– Por favor -rogó Riordan. -No hagas eso.

– Es el precio que hay que pagar -le contestó Lassiter sin el menor atisbo de compasión. – ¿Cuántas copas bebiste anoche?

Riordan tardó unos segundos en contestar, como si las estuviera contando. Por fin dijo:

– ¿Qué es una copa?

A medida que se alejaban del centro y se adentraban en los suburbios, la arquitectura empezaba a degradarse. Poco a poco, la piedra fue dando paso al hormigón y la ornamentación cedió ante el vacío de la modernidad. Hasta las ventanas parecían distintas, carentes de toda personalidad.

Riordan respiró hondo y se volvió a quejar, como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho. Después se aclaró la voz y se enderezó en su asiento.

– Está bien -dijo. – ¿De qué querías hablar?

Lassiter lo miró.

– De Italia -contestó.

– ¿Italia? Campari. ¿Qué pasa con Italia?

Lassiter suspiró. ¿Por dónde empezar? Por Bepi.

– Bueno, para empezar, una de las personas con las que he estado trabajando, el chico que me estaba ayudando en Roma… Lo mataron hace un par de días.

Riordan tardó unos segundos en reaccionar.

– ¿Estás seguro de que el asesinato está relacionado con el caso?

– No puedo demostrarlo, pero, sí, lo estoy. Además, la noche anterior, cuando volví a mi hotel en Nápoles, me encontré a un tipo en mi habitación. Un tipo muy grande.

– Eso fue cuando te caíste, ¿no?

– Sí. Creo que me habría matado si no hubiera aparecido una de las mujeres de la limpieza.

– ¿Qué quería el tipo?

– Ése es el problema. No lo sé. Cuando entré en la habitación estaba mirando lo que había en mi ordenador. -La calle de Praga se convirtió en una carretera más ancha que giraba hacia el este. De repente, estaban en pleno campo. Los rayos del sol se derramaban a través del parabrisas. Riordan hizo una mueca que recordaba a Vladimir el Empalador.

– Tienes un aspecto horrible -comentó Lassiter.

Los rojos ojos de Riordan brillaron con fuerza al mirarlo. Cuando habló, lo hizo con el prosaico realismo de las grandes resacas.

– ¿Y qué otra cosa podía hacer? -contestó Riordan. -Era un banquete y la gente no dejaba de levantarse para brindar por los demás. Un país detrás de otro. Y después sirvieron licores. -Guardó silencio unos segundos. -Sí, ya me acuerdo. Era un licor de ciruela.

– ¿No estás un poco viejo para esas cosas?

Riordan desechó la pregunta con una mirada hastiada.

– ¿Y por qué creía el tipo ese que tú sabías algo? -preguntó.

– La verdad es que hicimos bastante ruido -reconoció Lassiter.

– ¿Hicisteis? ¿En plural?

– El chico que me estaba ayudando, el chico al que mataron, Bepi, y yo. Fuimos al apartamento donde vivía antes Grimaldi, hablamos con su hermana…

– ¿Y qué averiguasteis?

– Que se convirtió en una especie de beato hace unos cinco años.

– ¿En serio? ¿Y qué cojones era antes?

Lassiter movió la cabeza.

– Un matón. Un paramilitar.

– ¿De verdad?

– Sí.

– ¿Cómo lo sabes?

Lassiter se limitó a mirarlo a los ojos.

– ¿Cómo lo sabes? -repitió Riordan.

– Tengo un amigo que trabaja… en el gobierno. Me enseñó el expediente de Grimaldi.

– Eso ya es otra cosa. ¿Cuándo podré verlo?

– No puedes.

– ¿Y eso por qué?

– Porque ya no existe.

Riordan gruñó airado, o dolorido, o las dos cosas. Empezó a decir algo, pero cambió de idea.

– ¿Cómo que un beato? -inquirió al fin.

– Se hizo miembro de Umbra Domini. Le dio todo lo que tenía a una asociación católica que se llama Umbra Domini.

– La sombra del Señor -dijo Riordan.

Lassiter no lo podía creer.

– ¿Sabes latín?

– No. La que sabía latín era la hermana Mary Margaret. Yo sólo me acuerdo de un par de palabras.

– Lo que de verdad resulta extraño es que… ¿Te acuerdas de la transferencia que recibió Grimaldi?

– Sí.

– El dinero venía de Umbra Domini.

Riordan se rió.

– Eso sí que tiene gracia. ¿Cómo cojones te has enterado de eso? A nosotros los suizos no nos han dicho nada.

Lassiter se encogió de hombros.

– Un amigo que me debía un favor -explicó.

Riordan dio unos golpecitos en el suelo con el pie, más y más despacio. Por fin, paró.

– Oye… Un momento. La transferencia. Nosotros no hicimos eso público.

Lassiter cambió de carril.

– Ya estamos llegando -anunció.

Riordan suspiró.

– La verdad es que ya me imaginaba que eras tú el que había mandado la bolsa.

Antes de pararse en la terminal, Lassiter le contó a Riordan su viaje a Nápoles, sin olvidarse del frasco de agua bendita que se le había caído del bolsillo a Della Torre.

– Era exactamente igual que el de Grimaldi -comentó.

– ¿Adonde quieres llegar? -preguntó Riordan. – ¿Me estás intentando decir que esa asociación religiosa, los «umbras», o como se llamen, contrataron a Grimaldi para que matara a tu hermana?

– Y a mi sobrino.

– ¡Venga ya!

– Y a la familia de Jiri Reinen Y puede que a más gente.

– ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué iban a hacer eso? -Riordan miró la hora y suspiró. Después empezó a escarbar en su maletín. -Será mejor que apunte toda esta mierda -dijo.

– No hace falta. Tengo una carpeta preparada para ti. Voy a aparcar y te veo dentro. Te invito a un café.

– Vale. Te espero en el bar.

Quince minutos después, Riordan se sentía mucho mejor; hasta tenía mejor aspecto.

– ¿Dónde crees que está el truco? -preguntó. – ¿Crees que será el zumo de tomate o el vodka?

– Debe de ser el vodka -repuso Lassiter mientras se sentaba. Después le dio un sobre de color ocre a Riordan. Éste cogió sus gafas de leer y se puso a hojear el informe de prensa de Umbra Domini. El sistema de megafonía anunció algo en cuatro idiomas.

– Vale -dijo Riordan. -Gracias por la pista. Ahora, cuando llegue, sólo tengo que ir a ver al jefe y decirle que la culpa es de los católicos. ¿Tienes la menor idea de cómo le puede sentar eso?

– Esto no tiene nada que ver con los católicos -replicó Lassiter. -Tiene que ver con una asociación en concreto, que, por cierto, tiene un colegio en Washington, Saint Bart’s, y una especie de lugar de retiro en Maryland. Tal vez merezca la pena echarles un vistazo.

Riordan frunció el ceño.

– Está bien, veré lo que puedo hacer -aceptó por fin. -Pero tendré que consultarlo con los federales. Desde que Grimaldi secuestró a esa enfermera, tengo todo el día detrás a una niñera del FBI. -Riordan miró a Lassiter con una mirada tan intensa que parecía que había perdido la razón. Después le cogió la mano y se la estrechó con fuerza. -Derek Watson, Joe. Porque lo llamarán Joe, ¿verdad? Estamos haciendo todo lo que podemos. Sólo quiero que sepa eso. ¡Todo lo que podemos! -Riordan le soltó la mano a Lassiter y cerró los ojos. -Derek -repitió. -Tengo que ver a Derek mañana.

– Pues consúltalo con Derek.

– Parece mentira que no tengan nada mejor que hacer.

Lassiter se encogió de hombros.

– No -continuó Riordan. – ¡Lo digo en serio! Parece mentira que los malditos federales no tengan nada mejor que hacer.

– Sí, bueno… -Lassiter bebió un poco de café y cambió de tema. -Quiero preguntante una cosa -dijo.

– ¿El qué? -preguntó Riordan mientras removía el Bloody Mary con un palito de apio.

– Ya te lo he comentado antes. Es sobre la enfermera, Juliette. Sigue pareciéndome raro que tuviera las llaves del coche en el bolsillo cuando se montó en el ascensor con Grimaldi. Es que… No sé. Fue una casualidad tan afortunada para él… ¿Le preguntaste alguna vez por qué llevaba las llaves del coche en el bolsillo?

Riordan meditó un instante.

– No, la verdad es que no. Sé que te dije que lo haría, pero… Estaba bastante mal cuando la encontramos y, además…, como luego pusieron al frente del caso a Derek… La verdad es que no hablé con ella ni cinco minutos. -Se encogió de hombros. -Aunque estoy seguro de que le comenté a Derek lo de las llaves.

– ¿Y?

– La verdad, no me acuerdo. Supongo que no me hizo caso. Creo que dijo que él siempre llevaba las llaves en el bolsillo, que quizás ella tuviera la misma costumbre. Pero no sé si se lo preguntó a ella. -El detective agitó el hielo en el vaso y le pidió al camarero que le sirviera otra copa.

Lassiter frunció el ceño.

– ¿Lo comprobarás? -dijo.

Riordan hizo una anotación en el sobre que le había dado Lassiter: «Juliette. Llaves.»

– ¿Sabes si vivía cerca del hospital? -preguntó Lassiter.

– No -contestó Riordan. -Vivía lejísimos. En Maryland, cerca de Hagerstown.

Sus miradas se encontraron.

– ¿Y conducía desde tan lejos?

– De hecho, recuerdo que me dijo que estaba buscando un apartamento más cerca del hospital porque conducir desde tan lejos era un fastidio. Y tampoco es que lo hubiera hecho tantas veces.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque era nueva. Sólo llevaba un par de semanas trabajando en el hospital.

– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que empezó a trabajar en el hospital después de que ingresaran a Grimaldi?

Riordan se frotó los ojos.

– Sí. La trasladaron desde… no sé dónde. También es mala suerte. Su segunda semana en el trabajo y la cogen de rehén. Todavía está bajo tratamiento psicológico.

– ¿No ha vuelto al trabajo?

Riordan movió la cabeza y bostezó.

– Está demasiado trastornada.

– Jimmy…

Riordan levantó las manos.

– Vale, vale. Ya sé lo que estás pensando -dijo. -Sólo llevaba dos semanas en el hospital, iba por ahí con las llaves en el bolsillo…

– Y además da la extraña casualidad de que vive en un pueblo donde Umbra Domini tiene un centro de retiro.

Riordan asintió con un suspiro.

– Tienes razón. Lo comprobaré, ¿vale? Pero yo que tú no me haría demasiadas ilusiones. -Riordan vació la copa de un trago. -Bueno, ¿y tú qué? ¿Vas a volver a casa por Navidad?

– No.

– ¿Y eso por qué?

Lassiter se encogió de hombros.

– No quiero enternecerte, detective, pero ¿para qué? No queda nadie. No me queda nadie. Toda mi familia está muerta.

– Y, entonces, ¿qué vas a hacer?

– No estoy seguro. Lo más probable es que vuelva a Roma.

– ¿A Roma? ¿Cómo que a Roma? Acabas de decirme que le han volado los sesos a tu compañero. ¿Es que quieres que te maten también a ti?

– Murió de asfixia, y no, no quiero que me maten. Nadie me va a buscar en Roma. Estaré más seguro allí que en ningún otro sitio. Si alguien quiere encontrarme, me buscará en Estados Unidos. Al menos eso es lo que haría yo.

Riordan empezó a decir algo, pero el sistema de megafonía anunció a todo volumen la salida de su vuelo. Era un aeropuerto pequeño y, cuando el anuncio fue traducido al alemán, Lassiter ya había pagado la cuenta y estaba al lado de Riordan en la fila del control de pasaportes.

– Ese asunto de tu amigo -dijo Riordan, -el chico de Roma…

– Bepi.

– Sí… -Riordan dejó de hablar mientras le daba la tarjeta de embarque y el pasaporte al policía. -Los cadáveres se están empezando a amontonar -comentó. El policía miró los documentos, selló el pasaporte y le devolvió todo con una sonrisa aburrida. Unos metros más adelante, un hombre calvo se estaba vaciando los bolsillos mientras una rubia esperaba para registrarlo. -Tu hermana y tú sobrino -dijo Riordan. -Eso hacen dos. Tres con Dwayne. Luego Bepi. Si su muerte de verdad está relacionada contigo, ya son cuatro. Y ni siquiera estoy contando a la mujer de Praga y a su hijo, pero con ellos serían seis.

Riordan volvió a fruncir el ceño y ladeó la cabeza como un perro que oye un sonido distante. Abrió la boca para decir algo más, pero el policía le instó a avanzar. La mujer rubia ya había acabado con el hombre calvo, y los viajeros se empezaban a amontonar detrás de Riordan. El detective dejó el maletín sobre la cinta transportadora, levantó las manos y dio un paso hacia adelante. Ante la irritación de los que lo seguían, se detuvo debajo del detector de metales y se dio la vuelta.

– Mantente en contacto, ¿vale? Quienquiera que esté detrás de todo esto, Grimaldi, o quien sea, sabe perfectamente lo que hace. Lo sabes, ¿verdad?

CAPÍTULO 23

Llegaron la Nochebuena y la Navidad, pero no pasó nada.

En Italia, las fiestas resultaban más tranquilas y familiares que en Estados Unidos. Sin la enorme carga comercial que rodea esas fechas, sin el compromiso de comprar regalos y acudir a fiestas, sin la obligación de sumergirse en la alegría navideña, el ambiente en Roma resultaba sereno, incluso pacífico. Los días se sucedieron sin nada que los diferenciara entre sí, y el día de Nochevieja no tardó en llegar.

Para Lassiter fueron días extraños e inconexos. Alquiló una suite en un hotel retirado, justo al norte de los jardines de Villa Borghese. Fue a la clínica dental que había en la viale Regina Elena, donde un dentista británico le extrajo lo que quedaba del diente que le habían roto en Nápoles, y se hizo una radiografía en el hospital internacional Salvator Mundi; aunque estaba magullado, no tenía ninguna costilla rota.

Comía solo en pequeñas trattorie y leía un libro de bolsillo de Penguin detrás de otro. Se levantaba tarde y salía a correr. Había pensado en contarle a la policía lo que sabía de Bepi, pero una breve conversación con Woody lo hizo cambiar de idea. ¿Qué le iba a contar a la policía? Sólo tenía sospechas, y contárselas a la policía italiana no parecía demasiado buena idea. Al menos eso es lo que pensaba Woody. Sí, se había hecho una purga en el SISMI, pero ¿hasta qué punto? Sin duda, Grimaldi todavía tendría amigos. Y quién sabe si no había alguna relación entre el SISMI y Umbra Domini. Ahora era mejor pasar inadvertido y esperar a que la polvareda se volviera a asentar.

Así que Lassiter pasó las Navidades sin dejarse ver. Llamaba a Estados Unidos cada dos días desde una cabina de la estación de tren, pero nunca había nada nuevo. Incluso las negociaciones con American Express estaban paradas hasta después de Nochevieja. «Realmente, no hay casi nadie trabajando. Todo está parado», le dijo Judy. Lassiter le dijo que lo entendía. Y era verdad.

También comprobaba los mensajes que tenía en el contestador automático: invitaciones a fiestas, llamadas del tipo «mantente en contacto» y felicitaciones navideñas de personas ni demasiado cercanas ni demasiado queridas. Mónica le dejó un mensaje alegre y cariñoso, Claire uno tenso y hostil. Pensó en llamar a las dos, pero realmente no tenía nada que contarles.

Algunas noches se quedaba sentado en el viejo sillón de brocado de su habitación de hotel y pensaba en su casa de McLean. Había leído en el Herald Tribune que había habido una gran nevada en Washington. Unas Navidades blancas. Pensaba en el camino de entrada y en el puentecito, en el riachuelo y en los árboles tapizados con nieve. Y, dentro de la casa, la noche pálida, iluminada por la nieve, resplandeciendo en los ventanales del atrio.

A veces pensaba en Kathy y en Brandon. Empezaba a olvidar cómo eran físicamente. Pensar en Brandon lo deprimía. Era… Había sido… un niño alegre. Lo habría pasado fenomenal jugando con toda esa nieve. En un año o dos, Brandon habría empezado a jugar al fútbol. A Lassiter le hubiera gustado enseñarle. ¿Y por qué no? Brandon necesitaba un padre, aunque fuera postizo, ¿y quién mejor que Joe Lassiter, un miembro fundador de la Alianza?

Y después pensaba en Grimaldi. Y, después de Grimaldi, en la termita. Termita.

Entonces intentaba pensar en cosas menos traumáticas. El correo se estaría amontonando, rebosando del cesto donde lo dejaba su asistenta cuando él estaba fuera. Habría una montaña de revistas, catálogos y tarjetas de felicitación de despachos de abogados de Washington, Nueva York, Londres y Los Ángeles, pero ninguna de ellas incluiría la palabra Navidad. Simplemente dirían: «Felices fiestas.»

Tumbado en la cama, con la mirada clavada en el techo, Lassiter se dio cuenta de que realmente no deseaba volver a casa.

Hoy no. Ni mañana tampoco. Quizá nunca.

Tampoco le apetecía hacer turismo. Había ido un par de veces a los museos Vaticanos y la capilla Sixtina. Ambos eran impresionantes, pero Lassiter parecía haber perdido el interés por todo lo que no fuera Franco Grimaldi. Hacía los crucigramas del Herald Tribune y bebía demasiado vino tinto a la hora de cenar.

Y entonces llegó la víspera de Nochevieja, una noche que tradicionalmente se reserva para revisar el pasado y tomar resoluciones para el futuro. Esperó hasta las ocho y fue a cenar a una trattoria que había a una manzana del hotel. Le sirvieron calamares marinara, ensalada con hinojo, raviolis rellenos de piñones y espinacas y además cordero a la parrilla con salsa de menta. Pidió un café solo con un trocito de piel de limón y, después, la casa lo invitó a tiramisú y a una copa de Vin Santo.

Se bebió el vino, que era muy bueno, y dejó una abultada propina. Al volver al hotel encontró un viejo bar en un sótano con arcos de ladrillo. El bar, dominado por una inmensa pantalla de televisión, estaba lleno de hombres de clase trabajadora. Sus esposas no los acompañaban, pero sí había algunas mujeres con trajes muy coloridos, mucho rímel y uñas pintadas de color rojo brillante. No eran prostitutas, sino chicas de fiesta. Se reían mucho, pero las risas parecían forzadas. Por alguna razón, lo hicieron sentirse solo.

En el televisor había un partido de fútbol. Fiorentina-Lazio. Una cinta de vídeo. Obviamente, había ganado el Lazio, porque los hombres que llenaban el bar anticipaban cada momento de gloria local y cada ocasión de perfidia florentina, dándose codazos cada vez que estaba a punto de suceder algo mientras se quejaban de la incompetencia del árbitro.

Ya eran casi las once cuando Lassiter llamó al joven camarero y le dijo que quería invitar a todo el mundo a una ronda de champán. El camarero repartió las copas y, con la ayuda de dos clientes, sirvió una ronda de Moét Chandon. Los clientes levantaron sus copas y brindaron ruidosamente por él. Lassiter invitó a otra ronda y, cuando estaba a punto de invitar a la tercera, el camarero lo miró fijamente y movió la cabeza de un lado a otro. Después le pidió a Lassiter que le dejara su bolígrafo y escribió:

Moét Chandon: 14.400 lire

Asti Spumante: 6.000 lire

Después, el camarero le explicó con todo tipo de gestos que los ocupantes del bar estaban borrachos y que no sabían apreciar el Moét Chandon. Lassiter accedió, y el camarero sirvió una ronda de Asti Spumante sin que Lassiter apreciara ningún cambio en el ánimo festivo de los clientes del bar. Por fin llegó la medianoche y, con ella, Lassiter recibió una explosión de abrazos masculinos y muestras de afecto femenino. Cuando finalmente se levantó para marcharse, sólo un poco menos borracho que sus compañeros de celebración, todo el bar se puso en pie. Lassiter fue obsequiado con una ovación cerrada, una serie de brindis que no entendió y un explosivo «buona fortuna». Dejó una propina de casi doscientos dólares y se marchó.

El teléfono lo despertó a las ocho en punto de la mañana. Al darse la vuelta, Lassiter tuvo un momento de pánico al recordar que había estado besando a una mujer al salir del bar. Rogó a Dios que no se la hubiera llevado al hotel, porque… Bueno, porque no sabía hablar italiano.

«Dios santo -pensó, -ni siquiera tengo resaca. Sigo borracho.»

– ¡Buenos días! -La animada voz de Roy Dunwold atravesó el teléfono como una flecha. – ¿No te habré despertado, no?

– Claro que no. Estaba… rezando mis oraciones.

Dunwold se rió.

– Así que has estado de fiesta, ¿eh? ¿Quieres que te llame más tarde?

Lassiter se incorporó en la cama, y el mundo dio vueltas a su alrededor.

– No -contestó. -No te preocupes. Estoy bien.

– Pues nadie lo diría por tu voz. Bueno, da igual. Tengo algo para ti. De hecho, tengo un par de cosas.

– Ah.

– Primero Brasil.

– Aja.

– ¿Sigues ahí?

– Sí, sí.

– Río de Janeiro. La información la ha conseguido mi amigo Danny. -Roy hablaba a ráfagas. Estaba claro que se estaba reservando la bomba para el final. -Dos de la madrugada. Un incendio. Diecisiete de septiembre. En un chalet a todo trapo en Leblon.

– ¿Qué es eso?

– Leblon es un elegante barrio en la playa. Bla, bla bla… Aquí está. Murió un niño en el incendio. Acababa de cumplir cuatro años. Su mamá también murió. Y la niñera danesa también. Bla, bla, bla, bla, bla… El fuego se propagó a las casas de alrededor. Ningún otro herido de consideración. Los daños se estiman en no sé cuántos trillones de cruceiros. ¡Aquí está! «Incendio de origen sospechoso.»

Lassiter movió la cabeza demasiado fuerte.

– Es increíble -dijo.

– Todavía hay más. -Lassiter podía oír cómo Roy pasaba las hojas al otro lado de la línea. -Sí, aquí está. Las autoridades dicen que el incendio fue provocado. Más cosas sobre la familia. Vamos a ver… Una pareja adinerada. Bla, bla, bla… Señores de Peña. La señora era psiquiatra y el señoooor eeees… ¡un empresario! Rio Tino Zinc, hoteles Sheraton… La lista es interminable.

– ¿El niño era varón?

– Sí. Hijo único.

– Aja -repuso Lassiter.

– Todavía no he acabado. Tengo otro.

– ¿Otro qué?

– ¿Qué va a ser? Otro maldito crimen que encaja en tu patrón. Otro chavalín…

– ¿Cuándo? -preguntó Lassiter. – ¿Dónde?

– En octubre. Matilda Henderson y su hijo Martin. Aquí mismo, en nuestro queridísimo Londres.

El avión a Londres estaba prácticamente vacío. Año Nuevo. Heathrow tenía un aspecto igualmente desolado. Aun así, casi no vio a Roy al pasar la aduana.

Roy tenía un talento especial para pasar inadvertido, algo que resultaba muy útil para un investigador. Se describía a sí mismo como «un tipo de aspecto absolutamente normal». Pero eso no bastaba para explicarlo. Había algo en él que lo hacía prácticamente transparente a ojos de los demás. Lassiter se lo había comentado en una ocasión y, por el gesto de Roy, estaba claro que no era la primera vez que le decían algo parecido. «No es un talento innato -había dicho. -Es lo que me permitió sobrevivir a mi adolescencia.»

Mientras Lassiter recorría la terminal con la mirada, Roy se materializó a su lado. Llevaba puestas una chaqueta de lana y una bufanda que parecía tejida a mano por un principiante.

– Felices fiestas -le dijo al oído mientras le cogía la bolsa de viaje.

Roy siempre aparcaba en prohibido, pero nunca lo multaban. Tenía el coche justo a la salida, aparcado detrás de un autobús. El aire era frío y húmedo y olía a gasoil. Cada dos segundos, un avión estremecía el aire encima de sus cabezas.

Lassiter fue hacia la puerta derecha del coche, y Roy le tuvo que recordar que estaba en Inglaterra. Era un Jaguar azul marino que Roy tenía desde que Lassiter lo conocía. Mientras conducía, Roy le contó lo de los Henderson.

La mujer, Matilda, tenía mucho dinero gracias a una herencia y un divorcio muy exitoso. Era más o menos famosa en los círculos intelectuales. Escribía novelas. Libros serios. Nunca había vendido mucho, aunque había ganado un par de premios.

– No me suena -dijo Lassiter.

– Ya. Bueno, todavía estaba empezando, ¿sabes? He leído las necrológicas y un par de entrevistas. Tuvo a su único hijo a los cuarenta y un años. Según el Guardian, el niño «también abrió las compuertas de la fertilidad en su vida literaria».

– ¿Qué me dices del marido? -preguntó Lassiter.

– No tenía marido. Tuvo el niño sola. Fue a una de esas clínicas.

– ¿Qué clínicas?

– Ya sabes. Las clínicas esas de fecundación. Todo muy profesional.

«Espera un momento», pensó Lassiter.

Pero Roy estaba disparado.

– Es antinatural, eso es lo que es. En vez de disfrutar un rato, como Dios manda… No sé. Resulta demasiado aséptico. Y no es que esté diciendo que esté mal, no, peroooo… ¡Hay mujeres que hasta piden fotos de los donantes en los bancos de esperma! Y después miran los datos de los que más les han gustado. Altura, peso, coeficiente intelectual, color de los ojos, estudios… ¡Eligen al papá como si fuera un maldito papel pintado!

Roy parecía compartir la opinión de Riordan. Lassiter recordó las palabras del detective cuando le había dicho que Brandon no tenía padre: «¿Que no tiene padre? Explícame eso… y puedes irte.»

Roy seguía hablando, pero Lassiter no le prestaba atención. Una idea empezaba a germinar en su cabeza. Kathy también había concebido a Brandon en una clínica de fertilidad. Puede que ésa fuera la relación entre los distintos casos. Quizá Grimaldi fuera un donante de esperma. Quizá estuviera dando caza a sus propios retoños.

– ¿Qué pensaría el pobre Darwin? -Roy seguía hablando. -Te diré lo que pensaría. Pensaría que eso es selección antinatural, y no hay más que hablar.

Lassiter se recostó en el asiento, sin prestarle demasiada atención a Roy, mientras el Jaguar se abría paso a través de la noche. Descartó la posibilidad de que Grimaldi fuera un donante de esperma vengativo. Eso no explicaba lo que le habían hecho a Bepi. Ni lo de Umbra Domini. Ni que alguien desenterrara y quemara el cuerpo de Brandon.

Resultaba extraño cómo su estado de ánimo se había ido apagando a lo largo del día. Lo que le había contado Roy sobre el caso de Londres abría nuevas perspectivas para el caso. Al recibir su llamada había sentido tal impaciencia que había cogido el primer vuelo que salía hacia Londres. Y, además, estaba lo de las clínicas de fertilidad. Sin duda, eso era importante, pero no sabía por qué. Las clínicas eran un eslabón más en la cadena. De eso estaba convencido. Y la religión… La religión también formaba parte de la cadena. Intuía que se estaba acercando a algo, pero, aun así, la emoción que había sentido al principio había dado paso a un estado de ánimo cansado e irritable. Estaba agotado. Le dolían las costillas, y lo único que quería era darse una ducha y acostarse.

Al llegar a St. James Place, el Jaguar se detuvo delante de Dukes.

– Ya hemos llegado. Lo siento, no he parado de hablar ni un momento. A este paso acabarán encerrándome en una jaula para bichos raros.

– No tiene importancia -replicó Lassiter. -Lo que me has contado es muy interesante.

Un portero vestido con chaqué y chistera se acercó al coche.

– Espera un momento -dijo Roy y se dio la vuelta para coger un grueso sobre del asiento trasero. -Toma. Aquí está todo. Todos los datos sobre el caso de los Henderson. Y sobre lo de Brasil. Otra cosa más: te he concertado un par de citas para mañana.

– ¿Con quién?

– Con la hermana de Matilda Henderson y con su mejor amiga, la madrina del chico. Te recogeré hacia las diez, ¿vale?

Lassiter asintió y se bajó del coche. Un rayo iluminó las nubes, sonó un trueno y el cielo se abrió de par en par. El portero lo miró con gesto malhumorado, como si, de alguna manera, fuera culpa de Lassiter.

CAPÍTULO 24

La hermana de Matilda Henderson se mostró educada, pero nada más. Honor tendría unos cincuenta años y tenía el pelo gris muy corto. Llevaba grandes pendientes, unas feas gafas a la última moda y unos pantalones muy anchos con elásticos en los tobillos que le recordaron a Lassiter a los pantalones bombachos de las figuras animadas de Aladín; le parecía que había sido ayer cuando había llevado a Brandon a ver la película. Su apartamento de Chelsea estaba decorado en negro, blanco y gris. Honor no les ofreció nada de beber. Se limitó a indicarles con un movimiento de la mano que se sentaran en dos incómodas sillas que parecían hechas de tela metálica.

– He venido a verla porque tenemos algo en común -empezó Lassiter.

Ella arqueó una ceja.

A pesar de la frialdad de Honor, Lassiter continuó. Primero le dijo que su hermana y su sobrino habían muerto de una manera sorprendentemente similar a la de su hermana y su sobrino y después le contó la historia entera, desde el día en que se había enterado de la muerte de Kathy. Cuando Lassiter acabó, la habitación se sumió en un incómodo silencio. Y, entonces, Honor dijo:

– Sigo sin entender a qué ha venido, señor Lassiter.

Roy Dunwold dejó caer la mandíbula. Lassiter lo miró un momento. Después se inclinó hacia la mujer.

– Había pensado que… Posiblemente… Lo que quiero decir es que quizás algo de lo que le he contado… -Volvió a dudar. -Puede que algo de lo que he dicho le sugiriera algo sobre su hermana o sobre su sobrino…

– Algún lunático mató a mi hermana y a mi sobrino mientras dormían. Supongo que es posible que fuera su mismo lunático, pero ¿qué importancia puede tener eso?

Lassiter se quedó mirándola fijamente. No sabía qué decir.

– ¿No quiere que encuentren al asesino de su hermana?

Ella expulsó un hilo del humo de su cigarrillo y se encogió de hombros.

– El asesino tendrá que vivir con su conciencia -repuso agriamente. -Igual que O. J. Simpson. -Se levantó. -Soy budista y creo que todas estas cosas se compensan solas con el tiempo. Mi hermana y yo no teníamos una relación demasiado estrecha, como estoy seguro de que alguien se tomará la molestia de contarle. Si no hubiera estado de viaje en las Bahamas, estoy segura de que la policía habría sospechado de mí.

– Me extrañaría -interrumpió Roy. -Aunque sí había algo sobre una herencia.

Ella lo miró con gesto airado.

– No necesito el dinero de Matilda. Supongo que lo pondré en un banco y crearé un premio literario con su nombre. Y, ahora, si no les importa -dijo mirando el reloj, -tengo una cita.

Pero Lassiter estaba decidido a llegar hasta el fondo, aunque sólo fuera por no tener que volver a ver a Honor Henderson.

– ¿Por qué iban a sospechar de usted?

– Mi hermana me traicionó. Vivimos juntas aquí durante años en perfecta armonía. Yo pintaba y ella escribía. Éramos felices, hasta que empezó a obsesionarse con esa absurda idea de tener un hijo.

– Usted no aprobaba la idea.

– Por supuesto que no. Al final no tuve más remedio que pedirle a Matilda que se buscase otro sitio donde vivir. ¡Y menos mal que lo hice! Cuando nació Martin, el niño, Tillie se olvidó de todo lo demás. Sólo hablaba de pañales, de irritación en los pezones, de juguetes y de papillas naturales. Resultaba imposible mantener una conversación inteligente con ella. -De repente dejó de hablar y se sonrojó. -Se acabó. Yo ya he llorado sus muertes y las he superado. Le recomiendo que haga lo mismo, señor Lassiter. Y, ahora, si no les importa… -Honor Henderson los acompañó hasta la salida.

Al llegar a la puerta, Lassiter se detuvo y se dio la vuelta.

– ¿Sabe a qué clínica de inseminación artificial fue?

Un gran suspiro.

– La verdad, no me acuerdo. Estuvo en tantas… Viajó a Estados Unidos. ¿Puede creer que hasta fue a Dubai? Fue al menos a seis clínicas distintas. Se pasaba el día hablando del grosor de las mucosas y de ciclos de ovulación. -Frunció el ceño con asco. -Hasta se medía la temperatura vaginal. Y luego la apuntaba en un cuaderno.

– ¿Sabe si fue a alguna clínica en Italia? -preguntó Lassiter. -Se lo pregunto porque el hombre que mató a mi hermana es italiano.

– No lo sé. Al final, casi no nos hablábamos. Y, ahora, ¡por favor! Tengo una cita.

Cuando salieron, Honor cerró la puerta de golpe.

– Vaya mal bicho -dijo Roy. -Lo más probable es que sí los matara ella.

Kara Baker, la mejor amiga de Matilda Henderson, vivía al otro lado del Támesis, en la zona sur de Londres. Roy se abrió camino a través del atasco del centro con un uso muy liberal del claxon. Por fin, llegaron al puente Hammersmith. El teléfono del coche empezó a sonar justo cuando acababan de atravesarlo. Roy lo maldijo.

– Es un maldito incordio, eso es lo que es.

Lo descolgó, estuvo escuchando unos instantes y, con voz resignada, dijo:

– Está bien. Llámame allí dentro de una hora.

Uno de los empleados de Roy, que estaba trabajando en un caso en Leeds, había tenido un problema con la policía local. Roy no tenía más remedio que ir a arreglar el asunto.

Barnes era una urbanización con estanque para patos y pista de criquet. La casa de Kara Baker era una sólida construcción de ladrillo con viejos setos y dos pequeños leones de piedra, con cintas de terciopelo rojo alrededor del cuello, que hacían guardia sobre los pilares de piedra que flanqueaban la entrada.

La mujer que le abrió la puerta no podría haberse parecido menos a Honor Henderson, ni su casa haber sido más distinta del apartamento acromático de Chelsea. Kara Baker tendría treinta y tantos años y era sumamente hermosa. Llevaba la larga melena pelirroja sin recoger y tenía unos ojos azules llenos de brillo y un cuerpo con unas curvas que ningún hombre podía dejar de apreciar.

La casa estaba amueblada con antigüedades y muebles modernos que le conferían un aire exuberante y ecléctico. Los suelos de madera se hallaban cubiertos con viejas alfombras orientales, y había obras de arte de todas las épocas. Las plantas crecían libres, perdiendo hojas, subiendo por las columnas del salón, enroscándose en la barandilla de la escalera… Había papeles y revistas, libros, tazas y platos, sombreros y guantes por todas partes. Una bolsa roja de agua caliente descansaba en un sillón, y había una bolsa de patatas abierta encima de la banqueta del piano.

Kara se disculpó por el desorden, paró un momento para quitarse los zapatos y avanzó delante de él con los pies descalzos.

– ¿Quiere un café?

Lassiter la siguió hasta la cocina, una habitación inmensa con una fila de puertas correderas en una de las paredes. Se sentó delante de una mesa de madera mientras ella preparaba el café.

– Entonces, ¿ya ha ido a ver a Honor? -preguntó Kara Baker.

– La verdad es que no ha sido de gran ayuda.

– Pobre Honny -dijo ella con un suspiro. -Quiere aparentar dureza, pero realmente está destrozada. Me preocupa.

Lassiter vaciló un momento.

– No parecía precisamente destrozada.

– Ya me lo imagino. A veces se comporta como una bestia. Pero, créame, Tils, Matilda, era la única persona que le importaba en este mundo. Ella y Martin.

Lassiter ladeó la cabeza, como si no hubiera oído bien.

– Eso no es lo que me dijo a mí.

La cafetera empezó a sonar, y Kara la retiró del fuego.

– Tonterías -replicó mientras buscaba unas tazas. -Por eso le digo que me preocupa. Usted ha visto su apartamento, ha visto lo rígida que es. Espere un momento. Le voy a enseñar uno de sus dibujos. -Preparó la bandeja en la mesa: dos tazas con muescas, un azucarero de alabastro y una botellita de nata. Después fue a la pared más lejana de la cocina y volvió con un gran boceto a tinta de Picadilly Circus. Lo apoyó en una silla y los dos lo observaron unos instantes. – ¿Ve? -dijo. -Seguro que es el dibujo más estreñido que verá en toda su vida. -Señaló el dibujo. -Así… es Honny.

Era un gran dibujo con una composición brillante, un trazo atractivo y una perspectiva aérea, un poco inclinada, que resultaba intrigante. Pero era obsesivamente meticuloso y detallista.

– Entiendo lo que quiere decir.

Kara removió el café con un dedo y se lo chupó.

– Honor está sumida en lo que los psiquiatras llaman «negación», sólo que no está negando que los asesinatos tuvieran lugar, ni que Tils y Martin estén muertos; está negando que le importe. No le importa y, por lo tanto, el hecho de que estén muertos no tiene importancia. -Bebió un poco de café y suspiró con placer.

El café estaba muy, muy bueno, y Kara Baker era realmente atractiva, pero Lassiter se sentía extrañamente inmune a ese atractivo. Eso le preocupaba, porque estaba delante de una mujer que en condiciones normales hubiera despertado su deseo. Tal y como estaban las cosas, la atracción que sentía era casi intelectual, en vez de física. Y eso lo inquietaba.

– Mmmmm -dijo ella sujetando la taza con las dos manos. Después miró a Lassiter y arqueó las cejas, esperando a que él dijera algo.

– Honor me dijo que echó a Matilda del apartamento -explicó Lassiter. -Me dijo que se habían convertido en extrañas desde que Matilda se quedó embarazada.

– Tonterías -replicó Kara. -A Honor le encantaba la idea del bebé. Se pasaba horas leyendo sobre las últimas técnicas y los índices de éxito de las distintas clínicas. Le preparaba las citas a Tils. Hasta le controlaba la dieta. Honor se encargaba de todo.

Lassiter movió la cabeza.

– No parece que esté hablando de la persona que acabo de conocer.

– Mire, no tiene por qué fiarse de mi palabra. -Se inclinó hacia él. -Tils dejó escrito en su testamento que Honor recibiera la tutela de Martin si le pasaba algo a ella. Y lo de mudarse fue idea de Tils. No veía cómo iba a poder trabajar Honor con un bebé en el piso. Pero estaban buscando una casa de campo para compartir los fines de semana.

De repente, Kara dejó de hablar y los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Lo siento -se disculpó. – ¡La echo tanto de menos! Éramos amigas desde niñas y también queríamos compartir la vejez. Ya sabe, comprarnos sombreros extravagantes y viajar al sur de Francia o a la Toscana o…

Kara perdió el control por completo y rompió a llorar. Se tapó la cara con una mano y salió corriendo de la cocina.

– Lo siento. Lo siento. Ahora vuelvo.

Al quedarse solo en la cocina, Lassiter pensó en lo que le había dicho Kara. La conversación se había atascado en la relación entre las hermanas Henderson. Tendría que dirigirla hacia el tema que le interesaba: las posibles razones por las que alguien podría querer matar a su amiga. Y tendría que contarle su propia historia, lo que les había pasado a Kathy y a Brandon; tal vez ella encontrara alguna similitud con el caso de su amiga.

Recogió las tazas de café, las aclaró y las dejó al lado del fregadero. Después se acercó a la nevera para guardar la botellita de nata.

La nevera era inmensa, sobre todo para Inglaterra, donde lo normal eran los electrodomésticos pequeños. Las puertas estaban literalmente cubiertas con dos o tres capas de papeles, Era un auténtico museo de dibujos, fotos, invitaciones, recortes de periódico, postales, notas viejas y arrugadas, trozos de papel con números de teléfono, multas de tráfico, un dibujo de un niño…

La puerta de la nevera se enganchó al intentar abrirla y, de alguna manera, Lassiter tiró uno de los imanes. Unos papeles cayeron al suelo. Los recogió y, mientras intentaba colocarlos, vio la postal.

Se quedó mirándola petrificado. Kathy le había mandado exactamente la misma postal hacía años. Era una foto dentro de otra foto. El fondo mostraba una vista de un pueblo amurallado encaramado en lo alto de una colina rocosa en Italia. La foto que había dentro de la vista panorámica del pueblo mostraba el precioso hotelito que había encargado las postales: la pensión Aquila.

Lassiter todavía recordaba la parte de detrás de la postal que le había mandado Kathy y la mezcla de sensaciones que había sentido al leerla. Al leerla no, al mirarla, porque era un dibujo, una de esas típicas extravagancias de Kathy. Contenía cuatro recuadros que mostraban la misma cara de una mujer. Pero, de izquierda a derecha, el tono de la cara iba cambiando de color, hasta convertirse en un rojo chillón en el recuadro de la derecha. Lassiter entendió perfectamente el mensaje: embarazada. Kathy había firmado el jeroglífico con la vieja A tumbada de la Alianza.

Antes del viaje a Italia, Lassiter había intentado convencerla de que no fuese, de que se olvidara de quedarse embarazada. A esas alturas, ya llevaba tres años intentando ser madre y se había gastado más de sesenta mil dólares en el proceso. Era una obsesión que la estaba agotando, tanto física como emocionalmente. Cada vez parecía más frágil. La idea de que fuera a una remota clínica extranjera lo inquietaba, aunque había hecho indagaciones sobre la clínica y tenía una excelente reputación.

Al recibir la postal le había preocupado que la felicidad de Kathy acabara en una nueva decepción. Ya había ocurrido una vez antes, cuando había perdido el niño a los pocos meses de conseguir quedarse embarazada en una clínica de Carolina del Norte. Aquella vez Kathy se quedó desolada. Lassiter no quería que eso volviera a sucederle.

Cuando Kara Baker volvió a la c0cina se encontró a Lassiter leyendo la postal de su nevera:

Querida K…

Esto es precioso, y muy pacífico. Praderas y praderas de girasoles con las cabezas inclinadas por el peso. Mantén los dedos cruzados.

Un abrazo,

Tils

– ¿Qué…? -empezó a decir Kara Baker, pero, en vez de acabar la frase, se quedó mirándolo con una expresión extraña, como si no pudiera concebir tal falta de educación. Por fin, su boca dibujó una pequeña sonrisa, pero sus ojos lo contemplaron con frialdad. – ¿Sabe? Creo que será mejor que se marche.

– Lo siento -se disculpó él al tiempo que le enseñaba la postal como si estuvieran en una subasta. -Ya lo sé. Estoy leyendo una carta personal. Pero es que… Al guardar la nata en la nevera tiré unos papeles sin querer y al ver esta postal…

Ella se había puesto unos pantalones de chándal y un jersey viejo. Se notaba que había estado llorando mucho. Tenía los ojos rojos y la cara sofocada. Le quitó la postal de la mano a Lassiter, leyó lo que tenía escrito y le dio la vuelta. Se mordió el labio inferior y todo su cuerpo se estremeció en un suspiro.

– Éste es el pueblo donde estaba la clínica. Aquí es donde Tils se quedó embarazada de Martin. Por eso la guardé.

– Montecastello di Peglia.

Ella no pareció oírlo.

– De hecho, fui con ella para acompañarla en los momentos duros. Era precioso. Un pueblecito perfecto en Umbría. -Respiró hondo. -Ella estaba tan… feliz. Compré una botella buenísima de champán, pero, claro, ella no estaba dispuesta a beber ni una gota. Así que cogimos un taxi y derramamos la botella entera en el jardín de la clínica.

– ¿Qué le ha contado Roy de mí? -preguntó Lassiter.

Ella lo miró fijamente.

– ¿Roy? -Y entonces se acordó. -Ah sí, su compañero.

– ¿Le dijo por qué quería verla?

Ella se echó el pelo hacia atrás y frunció el ceño.

– Algo relacionado con su hermana -repuso. -Con su hermana y su hijo. -Kara parecía confusa. -Me dijo que podía guardar alguna relación con lo de Tils.

– La razón por la que he leído la postal es que…

– No se preocupe -lo interrumpió ella. -No pasa nada.

– No me entiende. ¡Escúcheme! Mi hermana me mandó la misma postal.

– …

– Mi hermana se quedó embarazada en la misma clínica. Después de intentarlo durante años, fue allí donde lo consiguió.

– Igual que Tils. -Kara tragó saliva. -La clínica Baresi. -Abrió los ojos de par en par y ladeó la cabeza. – ¿Y usted cree que…? ¿Qué es lo que está insinuando?

Lassiter movió la cabeza.

– No lo sé. Pero es extraño, ¿verdad? Matilda no le mencionaría nunca a un hombre llamado Grimaldi, ¿no? Franco Grimaldi.

Kara negó con la cabeza.

– No.

Lassiter le preguntó si podía hacer una llamada. Ella lo miró extrañada; después se encogió de hombros y señaló hacia las puertas correderas.

– Creo que me voy a dar un baño -indicó.

Lassiter observó cómo desaparecía al otro lado de la puerta antes de levantar el auricular. Tardó más de diez minutos, pero, finalmente, consiguió contactar con la central de policía de Praga. Después tuvo que volver a esperar mientras el detective Janacek se ponía al teléfono.

– Ne? -dijo Janacek.

– ¿Janacek? Soy Joe Lassiter, el amigo de Jim Riordan.

– Ah, sí -contestó el checo con tono inflexible. -Feliz Año Nuevo.

Lassiter le contó lo que había averiguado.

– Quiero que le pregunte a Jiri Reiner si su mujer acudió a una clínica de inseminación artificial para quedarse embarazada -dijo. -Y, si lo hizo, pregúntele a cuál. Quiero saber si fue a la clínica Baresi.

– Se lo preguntaré a pan Reiner -repuso Janacek. – ¿Me volverá a llamar usted?

– No le quepa la menor duda.

– Espere. No cuelgue. Llamaré a Reiner por la otra línea.

– Perfecto.

Lassiter permaneció varios minutos sentado con el teléfono en la mano, barajando mentalmente las posibilidades una y otra vez. Si la mujer de Reiner había concebido a su hijo en la clínica Baresi, el patrón sería indiscutible: alguien estaba exterminando, uno a uno, a los niños concebidos en esa clínica. Una masacre de inocentes. Pero ¿por qué? Estaba haciendo una lista mental, sopesando una razón improbable detrás de otra, cuando oyó la voz de Janacek a lo lejos y se llevó el auricular a la oreja.

– ¿Oiga? -dijo Janacek. – ¿Pan Lassiter?

Lassiter se dio cuenta de que estaba aguantando la respiración.

– Sí.

– Al principio, Jiri no quería contestarme. Me preguntó: «¿Por qué me pregunta eso?»

– Sí, ¿y?

– Yo le dije: «Jiri, han asesinado a su mujer y a su hijo. Contésteme a esta pregunta.» Y él… Él me dijo que se sentía mal…, como hombre. Por fin me dijo por qué se sentía mal: porque no pudo dejar embarazada a su mujer, porque ella tuvo que ir a una clínica. Yo tuve que insistir: «¿Qué doctor? ¿Dónde?» No le dije el nombre de la clínica. Por fin, él me dijo: «La clínica Baresi, en Italia.»

Lassiter respiró hondo.

– Dios santo -exclamó. -No lo puedo creer.

– ¿Ha estado usted en la clínica? -preguntó Janacek.

– Es mi próxima parada -contestó Lassiter.

Hablaron un poco más, y Lassiter le prometió al checo que lo mantendría informado. Justo cuando colgó, Kara Baker volvió a la cocina. Estaba envuelta en un albornoz blanco y tenía un aspecto fresco y aseado. Kara se acercó a él y apoyó la mano en el brazo de Lassiter mientras lo miraba con unos ojos que decían que no llevaba nada debajo del albornoz.

Lassiter se sorprendió a sí mismo moviendo la cabeza. Su propia indiferencia lo desconcertaba. Kara era una mujer realmente espectacular, pero, en vez de cogerla y estrecharla contra su cuerpo, le contó lo que le había dicho Janacek y le dio las gracias por el café y por su ayuda. Después se levantó para irse.

– No puedo agradecérselo bastante. Sin su ayuda, podría haber tardado meses en averiguar lo de la clínica. -Quién sabe -repuso Kara, fría como el hielo. Lassiter la miró y suspiró. -Tengo que irme -dijo. Y se fue.

CAPÍTULO 25

Lassiter estaba de pie junto a la ventana de su habitación, acariciando un vaso de Laphroaig mientras observaba cómo el viento empujaba la lluvia en el patio de debajo. Las rachas de viento golpeaban las ventanas en oleadas, como si la noche estuviera respirando: Inspirar… Espirar… Inspirar… Espirar.

De vez en cuando, un rayo rasgaba el cielo y un relámpago iluminaba la penumbra. De repente el patio se llenaba de luz, como si de un escenario se tratara, y, durante un largo instante, se podía ver perfectamente la lluvia golpeando la superficie encharcada del suelo, el resplandor de las paredes mojadas y las vagas siluetas de los edificios a lo lejos. Y, cuando el relámpago volvía a dar paso a la oscuridad, un trueno explotaba con tanta fuerza que el edificio parecía estremecerse.

Lassiter escuchó el siseo de la lluvia, agitó el hielo en el vaso y reflexionó sobre lo que sabía y lo que no sabía. Estaban asesinando a niños concebidos en una clínica de inseminación artificial de Italia. El asesino era un fanático religioso que, al parecer, trabajaba para una extraña asociación católica que se llamaba Umbra Domini.

Pero ¿dónde encajaba exactamente Umbra Domini? El hecho de que hubieran asesinado a Bepi mientras indagaba sobre la organización desde luego apuntaba hacia su culpabilidad. Aunque él no tenía por qué ser el único cliente de Bepi. Era posible que Bepi estuviera investigando muchos otros asuntos. En cuanto a la paliza que le habían dado en Nápoles, Lassiter sospechaba que Della Torre era el responsable, pero ¿y qué? No tenía ninguna prueba, tan sólo sospechas. Y luego estaban los frascos de agua bendita de Grimaldi y Della Torre.

Por muy extraña que fuera la coincidencia, tampoco demostraba nada. Tal vez todos los seguidores devotos de Umbra Domini, todos los azules, tuvieran un frasco igual. Tal vez los frascos estuvieran bendecidos… por el propio Della Torre… o por el mismísimo papa. O quizás el agua viniera de Lourdes.

Por otro lado estaba la transferencia.

Desconocía el propósito con el que se había realizado, pero, desde luego, era mucho dinero. Podía estar relacionada con el trabajo de Grimaldi para Salve Cáelo, con la compra de armas o con algún tipo de soborno. Pero eso era demasiado suponer. La realidad era que la transferencia se hizo justo antes de lo que ya se había convertido en una cadena de infanticidios. Pero el hecho de que los asesinatos se cometieran inmediatamente después de la transferencia tampoco probaba que una cosa causara la otra. ¿Cómo era la famosa falacia lógica? Post hoc, ergo propter hoc: después del hecho; luego, causado por él. Aun así…

Lassiter bebió un poco de whisky, deleitándose con su sabor ahumado, casi medicinal. Sabía muchas más cosas que hacía un mes, pero todo seguía apuntando hacia la misma pregunta elemental: ¿por qué?

Eso todavía no lo sabía. Y, además, era incapaz de imaginar por qué cometería nadie, y menos aún una persona religiosa, una cadena de infanticidios. No tenía ninguna lógica, ninguna.

En cuanto a Umbra Domini, ¿por qué iba a declararle la guerra a unos niños una asociación religiosa, por muy reaccionaria que pudiera ser? Los folletos de la Umbra Domini denunciaban las técnicas reproductivas modernas, y muchas otras cosas, pero eso no era ni mucho menos una razón para asesinar niños. Había algo más, algo mucho más oscuro. Pero ¿qué?

La noche seguía llena de electricidad. Un rayo atravesó el cielo y, una vez más, el trueno estremeció la habitación. Lassiter empezó a dar vueltas delante de la ventana, bebiendo pequeños sorbos de su vaso. Fuera cual fuese la respuesta, donde más posibilidades de encontrarla tenía era en la clínica Baresi. Volaría a Roma por la mañana, alquilaría un coche y conduciría unas tres horas hasta llegar a Montecastello. Reservaría una habitación en la pensión Aquila. Después ya vería.

Sacó el ordenador portátil del armario y transcribió las notas que había escrito sobre los asesinatos de los Henderson y los Peña. Salvó el documento en el disco duro, lo codificó, conectó el módem del ordenador al teléfono del hotel y envió el documento al ordenador de su casa. Después le mandó una nota por correo electrónico a Judy en la que le decía dónde podría localizarlo durante los próximos días.

Ya eran casi las tres y media cuando Lassiter condujo a través de las puertas medievales de Todi, un pueblo encaramado en una empinada colina sobre la planicie de Umbría. Le habían dicho que en la oficina de turismo que había cerca de la plaza principal podría conseguir un mapa de la zona, así que fue hacia la plaza, siguiendo las señales que indicaban la dirección hacia el centro. Con un impaciente taxista pegado a su parachoques trasero subió y bajó por una serie de calles, cada vez más estrechas, que, finalmente, lo condujeron a la piazza del Popolo.

La plaza era una vasta expansión de piedra grisácea presidida por un palacio del siglo XIII. Lassiter pasó junto a las mesas de un café y estacionó el coche en un aparcamiento que había justo al lado de un precipicio orientado hacia el norte.

Un vigilante con un uniforme verde le pidió dinero. Lassiter se encogió de hombros y, como si fuera el más tonto de los turistas, permitió que el hombre le cogiera los billetes de la mano. El vigilante contó seiscientas liras y después pellizcó otro billete de cien con los dedos. Arqueó las cejas y se señaló el pecho. Lassiter le entendió perfectamente: la propina. El vigilante escribió lo que parecía una gran cantidad de información en un trocito de papel blanco y lo colocó debajo del limpiaparabrisas.

– ¿Oficina de turismo? -preguntó Lassiter.

– Ahhhh, sí -contestó el hombre. -Sí. -Y a continuación le obsequió con una perorata en italiano que duró tres minutos y acabó con un movimiento sinuoso de la muñeca. -Shu, shu, shu -dijo levantando las palmas de las manos hacia el cielo. -Ecco!

Aunque resultara imposible de creer, siguiendo unas indicaciones que no había comprendido, Lassiter encontró inmediatamente la oficina de turismo. La encargada casi no hablaba inglés, pero pareció comprender lo que quería. Moviéndose rápidamente de un archivador de madera a otro, le dio un mapa detallado de la región de Umbría, un mapa de Todi y sus alrededores, incluido Montecastello, una lista de festivales, un póster con el escudo de la ciudad y cuatro postales.

Lassiter le dio las gracias, cogió un bolígrafo y un papel del escritorio y escribió: «Clínica Baresi. Montecastello.»

Al ver lo que había escrito, la mujer frunció el ceño y procedió a ofrecerle una elaborada pantomima, levantando las manos hacia el techo, cruzándolas entre sí y dejándolas caer después hacia un lado. Tosió, se frotó los ojos y dijo:

– ¡Puf!

Lassiter no tenía ni la menor idea de lo que intentaba decirle, pero sonrió e hizo como si comprendiera el mensaje.

– Sí, sí -dijo. -Ningún problema.

La mujer lo miró con gesto escéptico, pero después se encogió de hombros y le dibujó en el mapa el camino a la clínica y a la pensión Aquila. Después dibujó un asterisco en cada sitio, le devolvió el mapa y le deseó buenas tardes.

Lassiter volvió al coche, se subió, extendió el mapa sobre el asiento del pasajero y salió conduciendo en la dirección que indicaba el mapa. Descendió por una cuesta, atravesó la puerta de la ciudad amurallada y salió al campo. Después de una docena de curvas muy cerradas, la carretera llegó a un terreno plano y empezó a avanzar junto a un río.

Ocho kilómetros más adelante, Lassiter llegó a la gasolinera de Agip, que constituía la principal referencia del mapa. El río apenas medía quince metros de ancho, pero el mapa lo identificaba como el mítico Tíber y una señal en el puente indicaba su nombre en italiano: Tevere.

Giró hacia la izquierda y siguió conduciendo hasta que pasó junto a un almacén de contenedores azules y un bosquecillo reforestado. Resultaba extraño ver árboles así, plantados en filas perfectamente ordenadas, como si de una huerta se tratara. Al pasar el bosquecito, la carretera se dividía en dos. Lassiter paró en la cuneta y consultó el mapa. A la derecha estaba Montecastello, un pueblo amurallado encaramado en una colina de roca, a unos doscientos cincuenta metros por encima del valle. Lo reconoció por la postal de la nevera de Kara Baker, que, de hecho, parecía hecha desde algún lugar cercano.

La carretera de la izquierda era la que la mujer había marcado para ir a la clínica. Lassiter siguió subiendo por una suave cuesta rodeada de olivares, varios campos llenos de rastrojos invernales de maíz y alguna casa modesta.

Y entonces llegó. A su izquierda había dos inmensos pilares de piedra rodeados de maleza. Una señal escrita en elegantes le tras cursivas colgaba de una barra de metal oxidado: «Clínica Baresi.» El largo camino ascendente de grava estaba flanqueado por cedros altos y delgados. Pasó entre los pilares y unos ocho cientos metros después llegó a la cumbre de la colina.

Y cuando vio el edificio se sintió como si alguien lo hubiera golpeado en pleno corazón.

De no ser porque estaba construido con la misma piedra gris que los pilares de la entrada, sólo habrían quedado cenizas del edificio. Eso, por supuesto, era lo que la mujer de la oficina de turismo le había estado intentando explicar.

Humo. Fuego. ¡Puf!

Donde el calor había agrietado la argamasa, las piedras se habían desprendido, reuniéndose en montones ennegrecidos sobre el suelo. De la fachada derecha del edificio sólo quedaba una chimenea gris rodeada de escombros calcinados. El lado oeste estaba más o menos intacto, pero el tejado se había venido abajo. Sin techo, ni ventanas ni puertas, la clínica parecía una ruina mucho más antigua de lo que realmente era.

Lassiter se bajó del coche, sin poder creer lo que estaba viendo.

La visión de la clínica quemada le recordó aquella horrible mañana, cuando llegó a casa de Kathy, cuando olió el plástico quemado. Recordaba perfectamente la visión: un amasijo de vigas de madera quemadas y trozos negros de metal y plástico retorcido.

Después, la visión de la clínica quemada le hizo pensar en la tumba exhumada de Brandon. La policía había hecho lo que había podido por adecentarlo todo, pero Lassiter recordaba demasiado bien la lápida caída, las coronas de flores calcinadas, un par de franjas de hollín sobre la tierra rojiza, la ceniza negra por todas partes…

Le subió un escalofrío por cada brazo. Al llegar a la altura de los hombros, los escalofríos estallaron detrás de su cabeza. Un gélido hormigueo le recorrió la columna vertebral y, luego, una sensación de absoluto desamparo se apoderó de él. Lassiter se apoyó en el coche, dejando que su propio peso lo mantuviera en pie. Tenía la sensación de que cada vez que acudía a algún sitio en busca de respuestas sólo encontraba tierra calcinada.

Con la clínica Baresi reducida a escombros podía dar su investigación por concluida. Cuando por fin había encontrado una pista, algo que relacionaba a su hermana con las otras mujeres asesinadas, se encontraba con esto. La clínica Baresi era el mínimo común denominador del caso, pero el fuego también se había encargado de destruirlo.

Lassiter escuchó el sonido de su propia respiración. Estaba perdiendo la esperanza. Era así de simple. Por primera vez desde la muerte de su hermana empezaba a dudar que alguna vez llegara a averiguar por qué habían asesinado a Kathy y a Brandon.

Volvió conduciendo hasta el lugar donde la carretera se bifurcaba y giró hacia la izquierda, hacia la pensión Aquila de Montecastello. El sol estaba empezando a esconderse y, desde la distancia, el pueblo parecía una fortaleza pertrechada contra un cielo en llamas.

La carretera ascendía rodeando la montaña, primero con suavidad y después con mucha inclinación, hacia las puertas del pueblo amurallado que se erguía en la cima. Redujo de tercera a segunda y de segunda a primera sin apartar los ojos del indicador de la temperatura del coche, que iba subiendo lentamente. Después de diez largos minutos alcanzó un falso plano justo delante de las murallas del pueblo. Los coches que se disponían a empezar la bajada pisaban los frenos para asegurarse de su buen funcionamiento.

El falso plano era una especie de antesala de acceso al pueblo. Había un par de casas al borde de un pequeño parque, un lugar lleno de pinos donde unas mujeres observaban a sus hijos sentadas en el banco que había junto a una bella fuente. El resto de la explanada estaba reservado al estacionamiento de coches. Lassiter vio que había cinco plazas para la pensión Aquila. Aparcó en una de ellas, apagó el motor y se bajó del coche. En el poste oxidado de una farola vio una caja roja con la palabra mapa escrita a mano con grandes letras blancas. Abrió la tapa y sacó una tarjeta.

En un lado de la tarjeta había un mapa que indicaba cómo llegar a la pensión. El otro lado tenía dos dibujos separados por una raya vertical. El primero mostraba a un botones, con pantalones a rayas, una enorme sonrisa y una gorra con la palabra Aquila, que abandonaba el aparcamiento con dos maletas en cada mano y una quinta debajo del brazo izquierdo. El segundo dibujo mostraba al botones en el vestíbulo de la pensión, haciéndole una reverencia a una elegante señora; a su lado, las maletas esperaban colocadas cuidadosamente en fila. Era una manera muy eficaz de transmitir el mensaje, pero Lassiter no necesitaba que lo ayudaran con el equipaje.

Con el mapa en la mano, se acercó al borde del aparcamiento y se asomó al precipicio. Debajo se veía la oscura espiral del río atravesando el valle y, a lo lejos, las luces de Todi. Oyó gritos de niños y, al fijarse mejor, descubrió el pequeño campo de fútbol que había justo debajo de donde estaba él. Una docena de niños jugaba un partido en el ocaso.

El campo de fútbol estaba en el borde de la montaña. Mientras que un lado daba al aparcamiento, el otro acababa bruscamente en un terraplén. Todo el campo estaba rodeado por una red negra sujeta con postes metálicos; una precaución más que necesaria para que los balones no cayeran por el precipicio.

En circunstancias normales, Lassiter se habría quedado mirando unos minutos, pero se estaba haciendo de noche y pensó que sería mejor ir directamente a la pensión ahora que todavía podía ver por dónde andaba.

Obviamente, los coches tenían prohibido el acceso al pueblo. Al atravesar el arco de entrada comprendió la razón: no cabían. Atravesó las murallas por un estrecho túnel de piedra que acababa al pie de la via Maggiore, una hilera de escalones de piedra que subía a una calle tan angosta que se podían tocar las casas de ambos lados al mismo tiempo. Más adelante, el callejón pasaba por el piso bajo de un edificio de piedra gris y desembocaba en una plaza diminuta.

Era todo cuesta arriba. Cuando por fin vio el cartel ovalado con brillantes letras blancas que había junto a una inmensa puerta de madera, Lassiter ya estaba prácticamente sin respiración. El cartel decía:

Pensione Aquila

Fue una grata sorpresa. Las pensiones suelen ser alojamientos modestos, pero la Aquila estaba en un edificio elegante, sin duda un antiguo palacete.

El cartel que colgaba de la vieja puerta de madera invitaba a los viandantes a pasar sin llamar. Y eso hizo Lassiter. Al otro lado de la puerta encontró un vestíbulo de entrada con el suelo de mármol, tapices colgando de las paredes, un gran piano negro y un par de antiquísimas alfombras orientales. Había un hombre de unos cincuenta años sentado detrás de un inmenso escritorio de madera que sólo tenía encima un soporte para postales y un gran libro encuadernado en cuero. El hombre, que llevaba puesta una americana de color azul marino con un escudo de hilo dorado, tenía el pelo canoso y rizado. De alguna forma, resultaba casi teatralmente apuesto.