/ Language: Español / Genre:thriller

Todo Lo Que Muere

John Connolly

John Connolly posee todas las cualidades con las que cualquier editor sueña a la hora de dar a conocer a un autor: una primera novela que conmociona, una historia terrorífica muy bien tramada, personajes sólidos y complejos (que además aparecerán en otras entregas), una aguda visión de la sociedad y un gran talento y fuste literarios. Éste es, ni más ni menos, el caso de Todo lo que muere y del escritor irlandés Connolly. Que se preparen los adictos a la buena novela policíaca. Una noche, Charlie «Bird» Parker, inspector del Departamento de Policía de Nueva York, discute por enésima vez con su mujer y sale a tomar unas copas; cuando vuelve a casa, se encuentra a su mujer y a su hija de tres años salvajemente asesinadas. Entre los sospechosos figura el propio Parker, pero el crimen no podrá resolverse. Incapaz de superar los sentimientos de culpabilidad y expulsado del cuerpo de policía, Parker se convierte en un hombre atormentado, violento y deseoso de venganza. Cuando su ex jefe le pide ayuda para resolver el caso de una joven desaparecida, Parker acepta y se embarca en una investigación que le llevará hasta el sur de Estados Unidos, donde se las verá con el crimen organizado, con una extraña anciana que dice oír voces de ultratumba y con el «Viajero», un despiadado asesino en serie.

John Connolly

Todo Lo Que Muere

Charlie «Bird» Parker, 1

Primera parte

Porque yo soy todo lo que muere…

y heme aquí reengendrado.

De ausencias, sombra, muerte, cosas

que nada son.

John Donne,

«Nocturno sobre la festividad

de Santa Lucía»

Prólogo

En el coche hace frío, un frío sepulcral. Prefiero dejar el aire acondicionado al máximo para que la baja temperatura me mantenga alerta. Desde la radio apenas suena un murmullo, pero aún oigo una canción que se impone con cierta insistencia sobre el ruido del motor. Es R.E.M. en su primera etapa, algo que habla de hombros y lluvia. He dejado Cornwall Bridge unos quince kilómetros atrás; pronto entraré en South Canaan y luego en Canaan propiamente dicha, antes de cruzar la frontera del estado de Massachusetts. Ante mí, un sol radiante pierde intensidad a medida que el día se diluye lentamente en la noche.

La noche en que murieron llegó primero el coche patrulla lanzando destellos de luz roja en la oscuridad. Dos agentes entraron en la casa, con rapidez pero con cautela, conscientes de que acudían a la llamada de uno de los suyos, un policía que se había convertido en víctima en lugar de ser a él a quien recurrían las víctimas.

Permanecí sentado en el pasillo, con la cabeza entre las manos, cuando entraron en la cocina de nuestra casa de Brooklyn y echaron un vistazo a los cadáveres de mi esposa y de mi hija. Me quedé observando mientras uno de los agentes llevaba a cabo un breve registro en las habitaciones del piso superior y el otro inspeccionaba la sala de estar y el comedor; entretanto, la cocina reclamaba su presencia, les exigía que dieran fe de aquello.

Oí que informaban por radio de un probable doble homicidio y solicitaban la intervención de la Unidad de Delitos Graves. Percibí conmoción en sus voces, pese a que procuraban comunicar lo que habían visto de la manera más desapasionada posible, como correspondía a dos buenos policías. Quizá ya entonces sospechaban de mí. Eran policías, y ellos mejor que nadie sabían qué era capaz de hacer la gente, incluso uno de los suyos.

Y por eso permanecieron en silencio, uno junto al coche y el otro en el pasillo, a mi lado, hasta que llegaron los inspectores, seguidos de la ambulancia, y entraron en nuestra casa. Mientras, los vecinos iban apareciendo ya en los porches, tras las verjas, y algunos se acercaban para averiguar qué había ocurrido, qué desgracia había caído sobre la joven pareja de enfrente, la pareja de la niña rubia.

– ¿Bird?

Al reconocer la voz, me pasé la mano por los ojos. Un sollozo sacudió mi cuerpo. Tenía ante mí a Walter Cok, y más allá a McGee, con el rostro bañado por los destellos del coche patrulla pero todavía lívido, afectado por lo que había visto. Se oía llegar más coches. Un enfermero apareció en la puerta y la atención de Cok se desvió hacia él.

– Está aquí el auxiliar médico -dijo uno de los agentes mientras el joven enfermero, delgado y pálido, esperaba a un lado.

Cok asintió y señaló hacia la cocina.

– Bird -repitió Cok, esta vez con tono más perentorio y severo-. ¿Quieres decirme qué ha pasado aquí?

Dejo el coche en el aparcamiento que hay frente a la floristería. Sopla una suave brisa y los faldones del abrigo juguetean alrededor de mis piernas como las manos de los niños. Dentro de la tienda el ambiente es fresco, más de lo normal, y huele a rosas. Las rosas nunca pasan de moda, ni de temporada.

Un hombre, agachado, examina con detenimiento las gruesas hojas cerosas de una planta pequeña y verde. Se yergue lenta y dolorosamente cuando entro.

– Buenas noches -dice-. ¿En qué puedo servirle?

– Quiero unas rosas. Deme una docena. No, mejor dos docenas.

– Dos docenas de rosas, muy bien, señor.

Es un hombre corpulento y calvo, de poco más de sesenta años, quizás. Anda con rigidez, sin flexionar apenas las rodillas. Tiene las articulaciones de los dedos hinchadas por la artritis.

– Este aire acondicionado hace cosas raras -comenta. Al pasar ante el obsoleto mando instalado en la pared, ajusta el termostato. No ocurre nada.

Es una tienda vieja, con el invernadero al fondo tras una mampara de cristal. Abre la puerta y empieza a sacar con cuidado rosas de un cubo. Después de contar veinticuatro, vuelve a cerrar la puerta y las deja en el mostrador sobre una hoja de plástico.

– ¿Se las envuelvo para regalo?

– No. Basta con el plástico.

Me mira un instante y, cuando empieza el proceso de reconocimiento, casi oigo el ruido de las palancas del engranaje al bajar.

– ¿Le he visto en alguna parte?

En la ciudad la gente tiene recuerdos efímeros. Fuera, los recuerdos son más duraderos.

Informe policial suplementario

OPNY Caso número: 96-12-1806

Delito: Homicidio

Víctima: Susan Parker, B/M

Jennifer Parker, B/M

Lugar: Hobart Street 1219,

Cocina

Fecha: 12 dic. 1996

Hora: 21:30 aproximadamente

Medio: Apuñalamiento

Arma: Arma blanca, posiblemente

cuchillo (no encontrado)

Autor del informe: Walter Cole, sargento

Detalles: El 13 de diciembre de 1996 fui al 1219 de Hobart Street en respuesta a la petición del agente Gerald Kersh, que solicitó la intervención de inspectores ante la denuncia de un homicidio.

El denunciante, el inspector de segundo grado Charles Parker, declaró que había salido de la casa a las 19:00 h. después de discutir con su esposa, Susan Parker. Fue a la Tom's Oak Tavern y estuvo allí aproximadamente hasta la 01:30 h. del 13 de diciembre. Entró en la casa por la puerta delantera y vio los muebles cambiados de sitio. Entró en la cocina y vio a su esposa y a su hija. Declaró que su esposa estaba atada a una silla de la cocina, pero que el cuerpo de su hija parecía haber sido trasladado desde la silla contigua y colocado sobre el cuerpo de la madre. Avisó a la policía a la 01:55 h. y esperó en el lugar del delito.

Las víctimas, identificadas en mi presencia por Charles Parker como Susan Parker (esposa, 33 años) y Jennifer Parker (hija, 3 años), estaban en la cocina. Susan Parker estaba atada a una silla en el centro de la cocina, de cara a la puerta. A su lado había una segunda silla, en la que todavía podían verse unas cuerdas alrededor de los barrotes del respaldo. Jennifer Parker yacía sobre el regazo de su madre, boca arriba.

Susan Parker estaba descalza y vestía vaqueros y blusa blanca. Le habían desgarrado la blusa y se la habían bajado hasta la cintura, dejando los pechos al descubierto, y tenía los vaqueros y la ropa interior a la altura de las pantorrillas. Jennifer Parker estaba descalza y vestía un camisón de flores azul.

Ordené a Annie Minghella, la técnica asignada al lugar del delito, que llevara a cabo una investigación completa. Cuando el forense Clarence Hall certificó la muerte de las víctimas y se procedió al levantamiento de los cadáveres, acompañé los cuerpos al hospital. Observé al doctor Anthony Loeb mientras usaba el instrumental de análisis en caso de violación, que posteriormente me entregó. Recogí las siguientes pruebas:

96-12-1806-M1: blusa blanca del cadáver de Susan Parker (víctima n.º 1)

96-12-1806-M2: vaqueros del cadáver de la víctima 1

96-12-1806-M3: ropa interior azul de algodón del cadáver de la víctima 1

96-12-1806-M4: peinadura del vello púbico de la víctima 1

96-12-1806-M5: muestra de contenido vaginal de la víctima 1

96-12-1806-M6: restos en uñas de la víctima 1, mano derecha

96-12-1806-M7: restos en uñas de la víctima 1, mano izquierda

96-12-1806-M8: peinadura del cabello de la víctima 1, anterior derecho

96-12-1806-M9: peinadura del cabello de la víctima 1, anterior izquierdo

96-12-1806-M10: peinadura del cabello de la víctima 1, posterior derecho

96-12-1806-M11: peinadura del cabello de la víctima 1, posterior izquierdo

96-12-1806-M12: camisón blanco/azul de algodón de Jennifer Parker (víctima n.º 2)

96-12-1806-M13: muestra de contenido vaginal de la víctima 2

96-12-1806-M14: restos en uñas de la victima 2, mano derecha

96-12-1806-M15: restos en uñas de la victima 2, mano izquierda

96-12-1806-M16: peinadura del cabello de la víctima 2, anterior derecho

96-12-1806-M17: peinadura del cabello de la víctima 2, anterior izquierdo

96-12-1806-M18: peinadura del cabello de la víctima 2, posterior derecho

96-12-1806-M19: peinadura del cabello de la víctima 2, posterior izquierdo

Fue otra discusión violenta, agravada por el hecho de producirse después de hacer el amor. Se avivaron los rescoldos de peleas anteriores: mis borracheras, lo abandonada que tenía a Jenny, mis arranques de amargura y autocompasión. Cuando salí de casa hecho una furia, los gritos de Susan me siguieron en el aire frío de la noche.

Había un paseo de veinte minutos hasta el bar. Cuando el primer trago de Wild Turkey me llegó al estómago, la tensión del cuerpo se me disipó y, una vez relajado, entré en la habitual rutina del bebedor: primero ira, luego sensiblería, tristeza, arrepentimiento, rencor. Cuando me marché del bar, sólo quedaban allí los casos perdidos, un coro de borrachos batallando con Van Halen en la máquina de discos. Tambaleándome, me encaminé hacia la puerta, me caí por la escalera de la entrada y me raspé dolorosamente las rodillas en la grava de la acera.

Y cuando volvía a casa con paso vacilante, mareado y con náuseas, obligué a virar bruscamente a varios coches cada vez que, en mis vaivenes, invadía la calzada y veía los rostros de alarma y enojo de los conductores.

Ante la puerta, busqué a tientas la llave y en el forcejeo por introducirla rayé la pintura blanca bajo la cerradura. Había muchas marcas bajo la cerradura.

Supe que ocurría algo anormal en cuanto abrí la puerta y entré en el vestíbulo. Al irme, la casa estaba caldeada, con la calefacción al máximo porque a Jennifer le afectaba mucho el frío del invierno. Era una niña preciosa pero frágil, delicada como un jarrón de porcelana. En ese momento hacía el mismo frío dentro de casa que fuera. Caído sobre la alfombra había un pedestal de caoba, y, rodeado de tierra y partido por la mitad, yacía el tiesto que antes sostenía. Las raíces de la flor de Pascua quedaban a la vista, con un desagradable aspecto.

Llamé a Susan una vez, luego otra, en esta ocasión levantando más la voz. Los vapores del alcohol empezaban a disiparse y tenía el pie en el primer peldaño de la escalera que subía a los dormitorios cuando oí batir la puerta trasera de la cocina contra el fregadero. Instintivamente me llevé la mano al Colt DE, pero estaba arriba en mi escritorio, donde lo había dejado antes de enfrentarme a Susan y a un nuevo capítulo de la historia de nuestro agonizante matrimonio. En ese momento me maldije. Más tarde, aquello se convertiría en el símbolo de todos mis fracasos, de todos mis cargos de conciencia. Avancé con cautela hacia la cocina, rozando con las yemas de los dedos la fría pared a mi izquierda. La puerta estaba casi cerrada y la abrí despacio con la mano. «¿Susie?», llamé a la vez que entraba. Resbalé ligeramente al pisar algo húmedo y pegajoso. Bajé la vista, y estaba en el infierno.

En la floristería, el anciano entorna los ojos perplejo. Con gesto afable, agita el dedo ante mí.

– Estoy seguro de haberlo visto en algún sitio.

– No creo.

– ¿Es usted de por aquí? ¿De Canaan, quizá? ¿De Monterey? ¿De Otis?

– No. De otra parte. -Con una mirada le doy a entender que ésa no es la clase de indagaciones que le conviene hacer, y advierto que se echa atrás. Estoy a punto de usar la tarjeta de crédito, pero cambio de idea. Cuento el dinero, lo saco de la cartera y lo dejo sobre el mostrador.

– De otra parte -repite, y asiente con la cabeza como si esas palabras tuvieran para él un significado íntimo y profundo-. Debe de ser una ciudad grande. Trato con mucha gente de fuera.

Pero ya estoy saliendo de la tienda. Al poner el coche en marcha, veo que me observa a través del escaparate. Detrás de mí, el agua gotea de los tallos de las rosas y encharca el suelo.

Informe policial suplementario (continuación)

Caso número: 96-12-1806

Susan Parker estaba sentada en la silla de pino de la cocina, de cara al norte, hacia la puerta de la cocina. La parte superior de la cabeza estaba a tres metros y dieciocho centímetros de la pared norte y a un metro y noventa centímetros de la pared este. Tenía los brazos echados hacia atrás, a la espalda, y…

atados a los barrotes del respaldo de la silla con un cordón fino. También tenía los pies atados a las patas de la silla, y la cara, oculta casi toda por el pelo, parecía tan ensangrentada que no quedaba la menor porción de piel visible. La cabeza le caía hacia atrás, de modo que la garganta se le abría como una segunda boca, inmovilizada en un mudo grito rojo. Nuestra hija yacía desmadejada sobre el regazo de Susan, con un brazo colgando entre las piernas de su madre.

Alrededor todo era rojo, como el escenario de una terrible tragedia de venganza donde la sangre se convierte en eco de la sangre. Cubría el techo y las paredes como si la propia casa hubiera recibido una herida mortal. Espesa y viscosa, se extendía por el suelo y parecía engullir mi reflejo en una oscuridad escarlata.

Susan Parker tenía la nariz rota. La herida pudo haberse producido como consecuencia de un impacto contra la pared o el suelo. Una mancha de sangre en la pared, cerca de la puerta de la cocina, contenía fragmentos de hueso, vello nasal y mucosidad…

Susan había intentado huir en busca de ayuda para las dos, pero no llegó más allá de la puerta. Allí el asesino la alcanzó, la agarró por el pelo y la estampó contra la pared antes de llevarla a rastras, sangrando y dolorida, de regreso a la silla y a su muerte.

Jennifer Parker estaba tendida boca arriba, de través sobre los muslos de su madre, junto a la cual había una segunda silla de pino. El cordón que rodeaba el respaldo de la silla coincidía con las marcas en las muñecas y tobillos de Jennifer Parker.

Jenny no estaba tan ensangrentada, pero tenía el camisón manchado por la efusión del profundo corte en la garganta. Miraba hacia la puerta, el pelo le caía hacia delante y le ocultaba la cara, con algunos mechones adheridos a la sangre del pecho, y los dedos de sus pies descalzos casi rozaban el suelo embaldosado. Sólo pude posar la vista en ella durante un momento, porque Susan, muerta, atrajo mi mirada como había hecho en vida, incluso cuando nuestra relación estaba a punto de naufragar.

Y mientras la miraba noté que, apoyado contra la pared, me deslizaba hacia el suelo y un gemido, medio animal, medio infantil, surgía de lo más hondo de mí. Contemplé a la hermosa mujer que había sido mi esposa, y las cuencas vacías y ensangrentadas de sus ojos parecieron atraerme y envolverme en la oscuridad.

Los ojos de las dos víctimas habían sido mutilados, probablemente con una hoja afilada como la de un bisturí. El pecho de Susan Parker presentaba desollamiento parcial. Desde la clavícula hasta el ombligo, la piel había sido arrancada parcialmente, retirada por encima del pecho derecho y extendida sobre el brazo derecho.

La luz de la luna entraba por la ventana detrás de ellas, proyectando un frío resplandor sobre las relucientes encimeras, los azulejos de las paredes, los grifos de acero del fregadero. Iluminaba el pelo de Susan, bañaba en plata sus hombros desnudos, se reflejaba en la fina membrana de piel arrancada y extendida sobre el brazo como una capa, una capa demasiado delicada para proteger del frío.

Se advertían considerables mutilaciones…

Y luego les había desfigurado la cara.

Oscurece deprisa y los faros alumbran las ramas desnudas de los árboles, las franjas de césped cortado, los buzones blancos y limpios, la bicicleta de un niño tirada frente a un garaje. El viento sopla con más fuerza, y cuando dejo atrás el cobijo de los árboles, noto sus embestidas contra el coche. Me dirijo a Becket, Washington, las colinas de Berkshire. Ya casi he llegado.

No había indicios de allanamiento. Se hizo un bosquejo de la situación en la cocina y se anotaron las medidas detalladas. A continuación se procedió al levantamiento de los cadáveres.

Los polvos para la detección de huellas dactilares dieron los siguientes resultados:

Cocina/pasillo/sala de estar: huellas utilizables identificadas posteriormente como las de Susan Parker (96-12-1806-7), Jennifer Parker (96-12-1806-8) y Charles Parker (96-12-1806-9).

Puerta trasera de la casa desde la cocina: huellas no utilizables; las marcas de agua en la superficie indicaban que la puerta se había limpiado. Ningún indicio de robo.

Las pruebas realizadas en la piel de las víctimas no revelaron huellas.

Charles Parker fue conducido a Homicidios y prestó declaración (adjunta).

Sabía qué estaban haciendo mientras permanecía sentado en la sala de interrogatorios: yo mismo lo había hecho muchas veces. Me interrogaban como yo había interrogado antes a otros, usando las peculiares locuciones formales propias de un interrogatorio policial. «¿Qué recuerda de su siguiente movimiento?» «Con relación al bar, ¿qué recuerda de la actitud de los otros bebedores?» «En cuanto a la cerradura de la puerta trasera, ése fijó en qué estado se encontraba?» Es una jerga enrevesada y confusa, un anticipo de la jerigonza legal que oscurece todos los procesos penales como el humo en un bar.

Tras oír mi declaración, Cole la verificó con el camarero de Tom's y confirmó que yo me encontraba allí cuando decía haber estado, que no pude haber matado a mi esposa ni a mi hija.

Aun así, continuaron los cuchicheos. Me interrogaron una y otra vez sobre mi matrimonio, mis relaciones con Susan, mis movimientos durante las semanas previas a los asesinatos. Podía embolsarme una considerable suma del seguro de Susan, y también me interrogaron acerca de eso.

Según el forense, Susan y Jennifer llevaban unas cuatro horas muertas cuando las encontré. Presentaban ya rigor mortis en el cuello y el maxilar inferior, indicio de que habían muerto alrededor de las 21:30, quizás un poco antes.

Susan había muerto al seccionarle la arteria carótida, pero Jenny… Jenny había muerto a causa de lo que se describía como una secreción excesiva de epinefrina en el organismo que había provocado la fibrilación del corazón y la muerte. Jenny, una niña dulce y sensible, una niña con un corazón traicioneramente frágil, había muerto de miedo, en sentido literal, antes de que el asesino tuviera ocasión de degollarla. Estaba muerta cuando le desollaron la cara, dictaminó el forense. No podía decir lo mismo de Susan. Tampoco sabía por qué habían movido el cuerpo de Jennifer después de muerta.

Habrá posteriores informes.

Walter Cole, Sargento de Investigación

Tenía la coartada de un borracho: mientras alguien me arrebataba a mi esposa y a mi hija, yo bebía bourbon en un bar. Pero aún aparecen en mis sueños, a veces sonrientes y hermosas como eran en vida y a veces sin rostro y ensangrentadas como las dejó la muerte; me hacen señas para que me adentre aún más en una oscuridad donde se oculta el mal y no hay lugar para el amor, adornada con millares de ojos ciegos y los rostros desollados de los muertos.

Ha anochecido cuando llego y la verja está cerrada. La tapia es baja y me encaramo a ella con facilidad. Camino con cuidado para no pisar las losas conmemorativas ni las flores hasta que me encuentro ante ellas. Aun en la oscuridad sé dónde hallarlas, y ellas, a su vez, pueden encontrarme a mí.

A veces se me aparecen en el umbral entre el sueño y la vigilia, cuando las calles están en silencio y a oscuras o mientras el amanecer se filtra a través del resquicio entre las cortinas bañando la habitación con una luz tenue y gradual. Vienen a mí y veo sus siluetas en la penumbra, mi esposa y mi hija juntas, observándome en silencio, ensangrentadas en una muerte sin reposo. Vienen a mí, su aliento en las brisas nocturnas que me acarician la mejilla y sus dedos en las ramas de los árboles que golpetean la ventana. Vienen hacia mí y ya no estoy solo.

1

La camarera tenía más de cincuenta años y vestía una minifalda negra ajustada, blusa blanca y zapatos de tacón negros. Le rebosaba el cuerpo de cada una de las prendas, y daba la impresión de que se hubiera hinchado misteriosamente en algún punto entre el momento de vestirse y la llegada al trabajo. Me llamaba «cariño» cada vez que me llenaba la taza de café. No decía nada más, y por mí tanto mejor.

Llevaba ya alrededor de una hora y media sentado junto a la ventana observando la casa de piedra roja de la acera de enfrente, y la camarera debía de estar preguntándose cuánto tiempo más pensaba quedarme y si pagaría la cuenta. Fuera, en las calles de Astoria, pululaban los buscadores de gangas. Para matar el rato, mientras esperaba a que Ollie Watts, «el Gordo», saliera de su escondrijo, llegué a leer el New York Times de principio a fin sin quedarme dormido. Mi paciencia estaba a punto de agotarse.

En momentos de debilidad me planteaba prescindir del New York Times los días laborables y comprarlo sólo los domingos, ya que así podría al menos justificar la adquisición por el volumen. La alternativa era pasarme al Post, pero entonces empezaría a recortar cupones y a ir a la tienda en zapatillas de andar por casa.

Quizá mi pésima reacción de aquella mañana al leer el Times fue en cierto modo como matar al mensajero. Se anunciaba que Hansel McGee, juez estatal del Tribunal Supremo y, según algunos, uno de los peores jueces de Nueva York, se retiraba en noviembre y que posiblemente se incorporaría al consejo directivo de la Corporación Municipal de Sanidad y Hospitales.

Sólo con ver el nombre de McGee impreso me ponía enfermo. En la década de los ochenta había presidido el tribunal que vio el caso de una mujer que había sido violada a los nueve años por un tal James Johnson, de cincuenta y cuatro, un guarda del Pelham Bay Park que había cumplido ya condena en varias ocasiones por robo, asalto a mano armada y violación.

McGee rechazó la indemnización de tres millones y medio propuesta por el jurado con las siguientes palabras: «Una niña inocente fue brutalmente violada sin motivo alguno; sin embargo, ése es uno de los riesgos de vivir en la sociedad moderna». En su día, me pareció una sentencia insensible y una justificación absurda para revocar la resolución. Ahora, al ver otra vez su nombre después de lo ocurrido a mi familia, sus opiniones me resultaban mucho más abominables, un síntoma del fracaso de la bondad en presencia del mal.

Mientras me quitaba a McGee de la cabeza, plegué cuidadosamente el periódico, marqué un número en el teléfono móvil y dirigí la mirada hacia una de las ventanas superiores del bloque de apartamentos de enfrente, un tanto ruinoso. Descolgaron después de sonar tres veces el timbre, y una mujer saludó con voz cauta y susurrante; sonaba a tabaco y alcohol, como el chirrido de la puerta de un bar al rozar contra el suelo polvoriento.

– Dile a ese gordo gilipollas de tu novio que voy a subir a buscarlo, y vale más que no me obligue a perseguirlo -dije-. Estoy muy cansado y no tengo intención de andar corriendo por ahí con este calor.

Lacónico, así era yo. Colgué, dejé cinco dólares en la mesa y salí a la calle a esperar a que Ollie Watts, el Gordo, sucumbiera al pánico.

La ciudad padecía una ola de calor húmedo que, según los pronósticos, terminaría al día siguiente con la llegada de lluvias y tormentas eléctricas. Por el momento, las temperaturas eran lo bastante altas para justificar el uso de camisetas, pantalones de algodón y gafas de sol caras, o, si tenías la desgracia de ocupar un cargo de responsabilidad, eran lo bastante altas para sudar como un cerdo bajo el traje en cuanto te separabas del aire acondicionado. No soplaba ni una ráfaga de viento para redistribuir el calor.

Dos días antes, un solitario ventilador de sobremesa pugnaba por hacer mella en el aletargante calor de la oficina de Benny Low en Brooklyn Heights. A través de una ventana abierta oí hablar en árabe por Atlantic Avenue y me llegaron los olores a comida procedentes del Moroccan Star, a media calle de distancia. Benny era un fiador de poca monta que se dedicaba a avalar a procesados en libertad provisional y contaba con que el Gordo no hiciese nada raro hasta el juicio. Ese error de cálculo respecto a la fe del Gordo en el sistema judicial era una de las razones por las que Benny seguía siendo un fiador de poca monta.

Por Ollie Watts, el Gordo, ofrecían una suma razonable, y en el fondo de ciertos estanques vivían seres más inteligentes que la mayoría de los prófugos en libertad provisional. Para el Gordo se había establecido una fianza de cincuenta mil dólares, fruto de un malentendido entre Ollie y las fuerzas de la ley y el orden en relación con el verdadero propietario de un Chevy Beretta de 1993, un Mercedes 300 SE de 1990 y unos cuantos deportivos bien equipados que habían llegado a manos de Ollie por vías ilegales.

El declive del Gordo empezó cuando un agente con vista de lince, enterado de que la reputación de Ollie no era siquiera una rutilante luz en las tinieblas de un mundo sin ley, vio el Chevy bajo una lona y verificó la matrícula. Era falsa, y Ollie, tras un registro, fue detenido e interrogado. Mantuvo la boca cerrada y, en cuanto consiguió la libertad bajo fianza, lió los bártulos y se echó al monte a fin de evitar ulteriores preguntas acerca de quién había dejado los coches a su cuidado. Se sospechaba que procedían de Salvatore Ferrera, alias «Sonny», hijo de un importante capo. Corrían rumores de que en las últimas semanas se habían deteriorado las relaciones entre padre e hijo, pero nadie explicaba la razón.

– Líos de parentela -como había dicho Benny Low aquel día en su despacho.

– ¿Tiene algo que ver con el Gordo?

– ¿Y yo qué coño sé? ¿Quieres telefonear a Ferrera para preguntárselo?

Examiné a Benny Low. Estaba totalmente calvo y, por lo que yo sabía, se había quedado así a los veintitantos. En su cráneo pelado relucían pequeñas gotas de sudor. Tenía los carrillos rubicundos y la carne le colgaba del mentón y la mandíbula como cera fundida. El reducido despacho, situado sobre una carnicería árabe, olía a moho y sudor. Yo ni siquiera sabía muy bien por qué había aceptado el encargo. Tenía dinero -el dinero del seguro, el dinero de la venta de la casa, e incluso cierta suma en metálico de mi fondo de pensiones-, y Benny Low no iba a hacerme más feliz. Quizás el Gordo era sólo una manera de estar ocupado.

Benny Low tragó saliva ruidosamente.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

– Ya me conoces, Benny, ¿no?

– ¿Qué coño quieres decir con eso? Claro que te conozco. ¿Necesitas referencias o qué? -Se echó a reír con poca convicción y extendió sus manos regordetas en un amplio gesto de súplica-. ¿Qué? -repitió con voz vacilante.

Por primera vez tuve la impresión de que estaba verdaderamente asustado. Sabía lo que se había dicho de mí durante los meses posteriores a los asesinatos, conocía los comentarios de la gente sobre lo que había hecho, sobre lo que quizás había hecho. La expresión en los ojos de Benny Low revelaba que también él los había oído y que creía que podían ser ciertos.

En cuanto a la fuga de Ollie el Gordo, había algo que no acababa de encajar. No habría sido la primera vez que Ollie se hubiera enfrentado a un juez por una acusación de robo de vehículos, aunque en este caso el presunto vínculo con los Ferrera hubiera forzado al alza la fianza. Ollie tenía un buen abogado en quien confiar; de lo contrario, su única relación con la industria del automóvil habría consistido en fabricar matrículas de coche en alguna de las cárceles de la isla de Rikers. No existía ningún motivo especial para que Ollie escapara, ni la menor razón para que arriesgara la vida delatando a Sonny por una cosa así.

– Nada, Benny. No pasa nada. Si te enteras de algo más, dímelo.

– Claro, claro -contestó Benny-. Serás el primero en saberlo.

Cuando salía del despacho, le oí murmurar entre dientes. No podía saber con certeza qué dijo, pero sí lo que me pareció oír. Y me pareció oír que Benny Low había dicho que yo era un asesino como mi padre.

Haciendo las preguntas oportunas, tardé casi todo el día siguiente en averiguar quién era la amiga de Ollie en aquellos momentos, aparte de invertir otros cincuenta minutos de esa mañana en determinar si Ollie estaba con ella mediante el sencillo recurso de llamar a todos los restaurantes tailandeses con reparto a domicilio y preguntar si habían hecho alguna entrega en aquella dirección durante la última semana.

Ollie era un entusiasta de la comida tailandesa y, como la mayoría de los prófugos, seguía fiel a sus hábitos incluso durante la fuga. La gente no cambia mucho, y gracias a eso los tontos son, por lo general, los más fáciles de encontrar. Se suscriben a las mismas revistas, comen en los mismos sitios, beben la misma cerveza, llaman a las mismas mujeres, se acuestan con los mismos hombres. Tras amenazarlos con avisar a Sanidad, un motel oriental de mala muerte llamado Bangkok Sun House confirmó varias entregas a una tal Monica Mulrane en una dirección de Astoria, lo cual me llevó al café, al New York Times y a una llamada telefónica para despertar a Ollie.

Según lo previsto, Ollie, más corto que las mangas de un chaleco, abrió la puerta del 2317 unos cuatro minutos después de mi llamada, asomó la cabeza y, a continuación, bajó con paso torpe los peldaños hasta la acera. Era un personaje absurdo: mechones de pelo alisados a través de la calva, la cinturilla elástica del pantalón marrón claro dilatada sobre aquel vientre de proporciones descomunales. Monica Mulrane debía de quererlo mucho, porque él no tenía dinero y, desde luego, tampoco buena presencia. Curiosamente, Ollie Watts, el Gordo, me inspiró cierta simpatía.

Ollie acababa de poner el pie en la acera cuando un hombre que hacía jogging, vestido con una sudadera y con la capucha subida, corrió hacia él y le descerrajó tres tiros con una pistola que tenía el silenciador puesto. De pronto, la camisa blanca de Ollie se llenó de lunares rojos y él se desplomó. El hombre que hacía jogging era zurdo, se detuvo junto a él y le disparó una vez más en la cabeza.

Alguien gritó y vi a una muchacha morena -era, cabía suponer, Monica Mulrane, la ya desconsolada novia- detenerse por un instante en la puerta del bloque de apartamentos y bajar después rápidamente a la acera, donde se arrodilló junto a Ollie y, llorando, le acarició la cabeza calva y ensangrentada. El que hacía jogging inició la retirada, saltando sobre las puntas de los pies como un púgil que esperara a oír la campana. De repente se paró, regresó y disparó una sola vez a la mujer en la cabeza. Ella cayó doblada en dos sobre el cuerpo de Ollie Watts, cubriendo la cabeza de él con su espalda. Los transeúntes corrían a esconderse tras los automóviles, en las tiendas, y los coches que circulaban por la calle frenaron en seco.

Con mi Smith & Wesson empuñada, ya casi había cruzado la calle cuando el asesino apretó a correr. Mantenía la cabeza gacha y avanzaba deprisa, con el arma aún en la mano izquierda. Pese a llevar unos guantes negros, no había soltado la pistola en el lugar del crimen. O bien era un arma con algún rasgo distintivo, o aquel individuo era estúpido. Confié en que se tratara de lo segundo.

Empezaba a ganarle terreno cuando un Chevy Caprice con los cristales ahumados salió ruidosamente de un cruce y se detuvo a esperarlo. Si no disparaba, se escaparía. Si disparaba, se armaría un buen lío con la policía. Tomé una decisión. El individuo casi había llegado al Chevy cuando hice fuego dos veces: una bala dio en la puerta del coche; la otra abrió un agujero sanguinolento en el brazo derecho del asesino. Se volvió y descerrajó dos tiros a bulto en dirección a mí, y en ese momento vi que tenía los ojos abiertos como platos y muy brillantes. El asesino iba colocado.

Cuando se volvió hacia el Chevy, el conductor, asustado por mis disparos, aceleró y abandonó al asesino de Ollie el Gordo. Éste tiró de nuevo contra mí y la bala hizo añicos la ventanilla de un coche a mi izquierda. Oí gritos y, a lo lejos, el ululato de las sirenas cada vez más cerca.

El asesino apretó a correr hacia un callejón a la vez que echaba un vistazo por encima del hombro hacia donde oía el ruido de mis pisadas. Cuando llegué a la esquina, una bala rozó la pared, pasó silbando por encima de mí y me salpicó de trozos de cemento. Al asomarme, vi al asesino avanzar arrimado a la pared ya más allá de la mitad del callejón. Si salía por el otro extremo, lo perdería entre la multitud.

Por un instante, vi la calle despejada de gente al final del callejón y decidí arriesgarme a disparar. Tenía el sol a mis espaldas cuando me enderecé e hice fuego dos veces en rápida sucesión. Noté vagamente que la gente se dispersaba en torno a mí como palomas por efecto de una piedra en el momento en que el asesino arqueaba el hombro hacia atrás a causa del impacto de uno de mis disparos. A gritos, le ordené que soltara la pistola, pero él, al tiempo que se volvía torpemente, la alzó con la mano izquierda. Sin tiempo de colocarme en posición, descargué otros dos tiros desde unos siete metros. Su rodilla izquierda se hizo añicos al alcanzarle una de las balas de punta hueca, y se desplomó contra la pared del callejón. La pistola se le cayó y se deslizó de forma inocua hacia un montón de bolsas negras y cubos de basura.

Al acercarme vi que tenía el rostro lívido, una mueca de dolor en los labios y la mano izquierda crispada y convulsa junto a la rodilla destrozada sin llegar a tocar la herida. No obstante, aún le brillaban los ojos y me pareció oír que se reía cuando se apartó de la pared e intentó alejarse a la pata coja. Estaba a unos cinco metros de él cuando el chirrido de unos frenos ahogó sus risas. Alcé la vista y vi el Chevy negro parado a la salida del callejón con la ventanilla del copiloto bajada, y de pronto un fogonazo iluminó el oscuro interior.

El asesino de Ollie el Gordo se estremeció y cayó de bruces. Lo recorrió un espasmo y vi una mancha roja propagarse por su coronilla. Se oyó una segunda detonación. Un géiser de sangre brotó de la parte posterior de su cabeza y la cara rebotó contra el mugriento asfalto del callejón. Yo corría ya a cubrirme tras los cubos de basura cuando una bala se incrustó en los ladrillos sobre mi cabeza y me roció de polvo al horadar literalmente la pared. A continuación se cerró la ventanilla del Chevy y el coche partió hacia el este a toda velocidad.

Corrí hacia donde yacía el asesino. La sangre que manaba de sus heridas dibujaba una sombra de color rojo oscuro en el suelo. Las sirenas se oían cada vez más cerca y vi que se congregaba un corrillo de espectadores bajo la luz del sol para observarme mientras me hallaba de pie junto al cuerpo.

El coche patrulla apareció unos minutos después. Yo había puesto ya las manos en alto y colocado la pistola en el suelo ante mí con la licencia de armas al lado. El asesino de Ollie el Gordo yacía a mis pies con la cabeza en un charco de sangre, que fluía por el canal de la alcantarilla en el centro del callejón formando una corriente roja y coagulándose lentamente. Un agente me apuntó con su arma mientras el otro me obligaba a apoyarme contra la pared y me cacheaba con más energía de la necesaria. El policía que me cacheaba era joven, de unos veintidós o veintitrés años, y todo un gallito.

– Joder, Sam -comentó-, tenemos aquí a Wyatt Earp liándose a tiros como si esto fuera Solo ante el peligro.

– Wyatt Earp no salía en Solo ante el peligro -lo corregí mientras su compañero verificaba mi identidad.

En respuesta, el policía me golpeó con fuerza en los riñones y caí de rodillas. Oí más sirenas acercándose, junto con el inconfundible aullido de una ambulancia.

– Eres muy gracioso, listillo -dijo el agente de menor edad-. ¿Por qué le has disparado?

– Tú no andabas por aquí -respondí, apretando los dientes de dolor-. Si hubieras estado, te habría pegado un tiro a ti en lugar de a él.

Se disponía a esposarme cuando una voz conocida dijo:

– Guarda la pistola, Harley.

Miré a su compañero por encima del hombro. Era Sam Rees. Lo reconocí de mi época en el cuerpo y él me reconoció a mí. Dudo que le gustara lo que veía.

– Fue policía -aclaró-. Déjalo en paz.

Después, los tres esperamos en silencio a que los demás se reunieran con nosotros.

Llegaron otros dos coches patrulla antes de que un Nova de color marrón barro descargara en la acera a una figura vestida de paisano. Al alzar los ojos vi a Walter Cole encaminarse hacia mí. No lo había visto desde hacía casi seis meses, como mínimo desde su ascenso a teniente. Llevaba un largo abrigo de piel marrón, poco indicado para aquel calor.

– ¿Ollie Watts? -preguntó, señalando al asesino con una inclinación de cabeza.

Asentí.

Me dejó un rato solo mientras hablaba con unos policías de uniforme y los inspectores del distrito. Advertí que sudaba copiosamente bajo el abrigo.

– Puedes venir en mi coche -me propuso cuando regresó, y lanzó una mirada de aversión mal disimulada al agente Harley. Hizo señas a otros inspectores para que se acercaran y, tras dirigirles unas últimas observaciones con tono sereno y comedido, me indicó con un gesto que fuera hacia el Nova.

– Bonito abrigo -comenté en tono elogioso mientras nos encaminábamos hacia el coche-. ¿A cuántas chicas te has metido en el bolsillo?

A Walter se le iluminaron los ojos por un instante.

– Este abrigo me lo regaló Lee para mi cumpleaños. ¿Por qué iba a llevarlo, si no, con este calor? ¿Alguno de los disparos era tuyo?

– Un par.

– Sabes que hay una ley que prohíbe el uso de armas de fuego en lugares públicos, ¿no?

– Yo sí lo sé, pero dudo que lo supiera ese tipo que había muerto en el suelo, o el que disparó contra él. Quizá deberíais organizar una campaña con carteles informativos.

– Muy gracioso. Entra en el coche.

Obedecí y nos apartamos del bordillo ante las expresiones de curiosidad de la gente allí congregada, que nos siguió con la mirada mientras nos alejábamos por las concurridas calles.

2

Habían transcurrido cinco horas desde la muerte de Ollie Watts el Gordo, su novia Monica Mulrane y el asesino de ambos, aún sin identificar. Me habían interrogado dos inspectores de Homicidios a quienes no conocía. Walter Cole no intervino. Me trajeron café en un par de ocasiones pero, por lo demás, me dejaron tranquilo después de los interrogatorios. En cierto momento, cuando uno de los inspectores abandonó la sala para consultar con alguien, alcancé a ver a un hombre alto y delgado con un traje oscuro de hilo, las puntas del cuello de la camisa afiladas como hojas de afeitar y la corbata roja de seda sin una sola arruga. Parecía un federal, un federal vanidoso.

La mesa de madera de la sala de interrogatorios estaba gastada y picada y cientos o quizá miles de tazas de café habían dejado marcas de cafeína encima. En el lado izquierdo, cerca del ángulo, alguien había grabado un corazón roto en la madera, probablemente con una uña. Y recordé la otra ocasión en que vi ese corazón, cuando me senté en esa sala por última vez.

– Joder, Walter…

– Walt, no es buena idea que él esté aquí.

Walter observó a los inspectores que se habían alineado junto a las paredes, arrellanados en sillas alrededor de la mesa.

– No está aquí -dijo-. Por lo que se refiere a quienes nos encontramos en esta sala, nadie lo ha visto.

La sala de interrogatorios estaba llena de sillas y se había añadido otra mesa. Yo seguía de baja por motivos personales y, como se vería, faltaban dos semanas para que abandonara definitivamente el cuerpo. Mi familia había muerto hacía dos semanas y la investigación todavía no había dado resultados. Con el consentimiento del teniente Cafferty, a punto de jubilarse, Walter había convocado una reunión con los inspectores participantes en el caso, más un par de aquellos a quienes se consideraba los mejores inspectores de Homicidios de la ciudad. Sería una mezcla de confrontación de ideas y conferencia. La conferencia correría a cargo de Rachel Wolfe.

Aunque Wolfe tenía fama de buena psicóloga criminalista, el Departamento se negaba a consultarle porque contaba con su propio pensador de altos vuelos, el doctor Russell Windgate. Sin embargo, como dijo Walter una vez: «Windgate no sería capaz de elaborar siquiera el perfil de un pedo». Era un cabrón hipócrita y paternalista, pero era a su vez hermano del comisario, y eso lo convertía en un cabrón hipócrita y paternalista con influencias.

Windgate asistía en esos momentos a un congreso de freudianos comprometidos en Tulsa, y Walter había aprovechado la ocasión para consultar a Wolfe, que ocupaba la cabecera de la mesa. Era una pelirroja adusta pero con cierto atractivo, de poco más de treinta años, y la melena le caía sobre los hombros de su traje chaqueta azul oscuro. Tenía las piernas cruzadas y un zapato salón de color azul pendía de la punta de su pie derecho.

– Todos sabéis por qué Bird quiere estar presente -prosiguió Walter-. Vosotros en su lugar también querríais.

Con amenazas y camelos lo había persuadido para que me permitiera asistir a aquella reunión informativa. Había exigido la retribución de favores a los que ni siquiera tenía derecho, y Walter había cedido. No me arrepentía de lo que había hecho.

Los otros policías presentes en la sala no se dejaron convencer. Lo percibía en sus rostros, en la manera en que desviaban la mirada, en sus gestos de indiferencia y sus muecas de disgusto. No me importaba. Deseaba oír qué tenía que decir Wolfe. Walter y yo ocupamos nuestros asientos y aguardamos a que empezara.

Wolfe alcanzó unas gafas de la mesa y se las puso. Junto a su mano izquierda, el corazón roto grabado en la superficie de la mesa resplandecía debido al brillo de la madera. Hojeó unos apuntes, separó un par de hojas del montón y comenzó.

– Veamos, no sé hasta qué punto conocéis este asunto, así que iremos por pasos. -Guardó silencio por un momento-. Inspector Parker, es posible que algo de esto le resulte violento. -No utilizó un tono de disculpa; era sencillamente una afirmación. Asentí con la cabeza y ella continuó-: Por lo visto nos encontramos ante un homicidio de carácter sexual, un homicidio sexual y sádico.

Recorrí con la yema del dedo el contorno del corazón grabado en la mesa y la textura de la madera me devolvió por un momento al presente. La puerta de la sala de interrogatorios se abrió, y fuera vi pasearse al federal. Entró una recepcionista con una taza blanca donde se leía: i love new york. El café olía como si llevara haciéndose desde la mañana. Cuando añadí la leche en polvo, se produjo un mínimo cambio de color en el líquido. Tomé un sorbo e hice una mueca de asco.

– Por lo general, en un homicidio de carácter sexual se da algún tipo de actividad sexual en la secuencia de hechos previos a la muerte -prosiguió Wolfe, y paró para tomar un poco de café-. La desnudez de las víctimas y la mutilación de los pechos y los genitales indican el componente sexual del delito, y sin embargo no hay pruebas de penetración del pene, de dedos o de cuerpos extraños en ninguna de las víctimas. El himen de la niña estaba intacto, y la víctima adulta no presentaba indicios de trauma vaginal.

»Pero sí hay pruebas del componente sádico de los homicidios. La víctima adulta fue torturada antes de la muerte. Se produjo desuello, concretamente en la parte delantera del torso y el rostro. Unido esto al componente sexual, os halláis ante un sádico sexual que obtiene placer en la tortura física y, diría, también mental.

»Creo que ese hombre (y por razones que expondré después, doy por supuesto que es un blanco de sexo masculino) quería que la madre presenciara la tortura y el asesinato de su hija antes de ser torturada y asesinada ella misma. Un sádico sexual se excita con la respuesta de la víctima a la tortura; en este caso, contaba con dos víctimas, una madre y una hija, para utilizar a la una contra la otra. Expresa sus fantasías sexuales en forma de actos violentos, tortura y, finalmente, la muerte.

Al otro lado de la puerta de la sala de interrogatorios oí de pronto un alboroto de voces. Una era la de Walter Cole. No reconocía la otra. Las voces bajaron de volumen, pero supe que hablaban de mí. No tardaría en averiguar qué querían.

– Veamos. Los sádicos sexuales se centran principalmente en el grupo compuesto por mujeres blancas y adultas ajenas al círculo de gente que los rodea, aunque también pueden dirigir sus intereses hacia hombres o, como en este caso, niños. A veces existe también una correspondencia entre la víctima y alguna persona de la vida del delincuente.

»Las víctimas se eligen mediante un proceso sistemático de acecho y vigilancia. Probablemente el asesino espiaba a la familia desde hacía un tiempo. Conocía los hábitos del marido; sabía que si iba al bar, estaría ausente el tiempo necesario para permitirle cumplir sus propósitos. En esta ocasión, no creo que se cumplieran del todo.

»En este caso, el lugar del delito se sale de lo común. Para empezar, la naturaleza del crimen exige un sitio solitario a fin de que el delincuente disponga de tiempo a solas con su víctima. A veces, el delincuente habilita su propia vivienda para alojar a la víctima o usa una furgoneta o un coche adaptado para cometer el asesinato. Aquí, la elección del asesino fue otra. Creo que quizá le gustaba el grado de riesgo implícito. También creo que quería "impresionar", digámoslo así a falta de una palabra mejor.

Impresionar, pensé; como ponerse una corbata de color vivo en un funeral.

– El crimen se escenificó con sumo detenimiento para producir el mayor impacto posible en el marido cuando volviera a casa.

Puede que Walter tuviera razón. Quizá no debería haber asistido a esa sesión informativa. El realismo de Wolfe reducía a mi esposa y a mi hija al nivel de otro horripilante dato estadístico en una ciudad violenta, pero yo albergaba la esperanza de que alguna de sus observaciones resonase dentro de mí y me proporcionase una pista para impulsar la investigación. Dos semanas son mucho tiempo en un caso de asesinato. Después de dos semanas sin avances, a menos que uno tenga mucha suerte, la investigación comienza a tender a un punto muerto.

– Esto induce a pensar en un asesino con una inteligencia por encima de la media, un asesino a quien le gusta el juego y el riesgo -afirmó Wolfe-. Su aparente deseo de que la conmoción desempeñara un papel en todo esto podría llevarnos a la conclusión de que había un componente personal en sus actos, dirigido contra el marido, pero eso no son más que especulaciones, y en esta clase de delitos la pauta general es que no va dirigida contra un individuo concreto.

»Normalmente, los escenarios del crimen pueden clasificarse como organizados, desorganizados o una mezcla de ambos. Un asesino organizado planea el asesinato y selecciona a la víctima con sumo cuidado, y el escenario del crimen refleja a su vez este control. Las víctimas se ajustan a determinados criterios establecidos por el asesino: edad, quizá color del pelo, profesión, forma de vida. El uso de ataduras, como en este caso, es una característica habitual. Refleja el control y la planificación, ya que por lo general el asesino debe llevarlas consigo al lugar del delito.

»En casos de sadismo sexual, el acto del asesinato en sí suele tener una carga erótica. Implica un ritual; suele ser lento y no se escatiman esfuerzos para asegurarse de que la víctima permanece consciente y alerta hasta el instante mismo de la muerte. En otras palabras, el asesino no desea acabar prematuramente con la vida de sus víctimas.

»Ahora bien, en este caso sus deseos se vieron frustrados, porque Jennifer Parker, la niña, tenía un corazón débil, que dejó de latir a causa de la descarga de epinefrina en su organismo. Si a esto añadimos el intento de huida de la madre y las contusiones ocasionadas en el rostro por el golpe contra la pared, que acaso produjera una pérdida pasajera del conocimiento, creo que el asesino tuvo la sensación de que la situación se le escapaba de las manos. Pasó a ser un escenario desorganizado y, poco después de iniciar el desuello, se dejó arrastrar por la ira y la frustración y mutiló los cuerpos.

En ese punto deseé marcharme. Había cometido un error. Nada podía salir de aquello, al menos nada bueno.

– Como he dicho antes, la mutilación de los genitales y los pechos es un rasgo propio de esta clase de delito, pero este caso no coincide con la pauta general en diversos aspectos, todos ellos decisivos. A mi juicio, la mutilación fue o bien el resultado de la rabia y la pérdida de control, o bien un intento de ocultar otra cosa, algún elemento del ritual que ya había comenzado y del que el asesino quería desviar la atención. Con toda probabilidad, la clave está en el desuello parcial. Hay en eso un marcado componente de exhibicionismo. Es incompleto, pero ahí está.

– ¿Por qué está tan convencida de que es un hombre blanco? -preguntó Joiner, un inspector negro de Homicidios con quien yo había colaborado una o dos veces.

– Los delitos de sadismo sexual se dan con mayor frecuencia entre hombres blancos. No entre mujeres ni entre hombres negros. Sólo entre hombres blancos.

– Estás libre de sospecha, Joiner -comentó alguien.

Los demás prorrumpieron en carcajadas y disminuyó la tensión que venía acumulándose en la sala. Uno o dos de los presentes me lanzaron miradas, pero en su mayoría actuaron como si yo no estuviera. Eran profesionales y se concentraban en reunir cuanta información contribuyera a una mejor comprensión del asesino.

Wolfe aguardó a que se apagaran las risas.

– Las investigaciones han revelado que el cuarenta y tres por ciento de los asesinos sexuales están casados. El cincuenta por ciento tienen hijos. No os equivoquéis pensando que andáis tras un chiflado solitario. Este individuo bien podría ser el héroe de las reuniones de la asociación de padres o el entrenador del equipo de béisbol del colegio.

»Es posible que tenga una profesión con proyección pública, así que probablemente se trate de un hombre sociable y eso le permita seleccionar a sus víctimas. Puede que haya manifestado conductas antisociales en el pasado, pero no necesariamente lo bastante graves como para tener antecedentes policiales.

»A menudo, los sádicos sexuales son admiradores entusiastas de la policía o fanáticos de las armas. Quizás intente mantenerse al corriente de los avances de la investigación, así que permaneced atentos a los tipos que se presenten con pistas o pretendan vender información. También tiene el coche limpio y en buen estado: limpio para no llamar la atención; en buen estado para asegurarse de que no se quedará inmovilizado en el lugar del delito o cerca. Podría ser que lo hubiera manipulado para poder transportar a sus víctimas; habrá quitado las palancas de las puertas y de las ventanillas traseras, tal vez haya insonorizado el maletero. Si creéis tener a un posible sospechoso, comprobad si en el maletero lleva combustible de reserva, agua, cuerdas, esposas, cualquier clase de atadura.

»Si solicitáis una orden de registro, buscad objetos relacionados con comportamientos violentos o sexuales: revistas y vídeos pornográficos, publicaciones de sucesos del más bajo nivel, vibradores, pinzas, ropa de mujer, en especial prendas íntimas. Algunas quizás hayan pertenecido a las víctimas, o también es posible que se haya quedado con otros objetos personales de ellas. Buscad igualmente diarios o manuscritos; pueden contener detalles de las víctimas, fantasías, o incluso los propios crímenes. Asimismo, este individuo podría tener una colección de material policial y también, casi con toda seguridad, un buen conocimiento de la manera de actuar de la policía. -Wolfe respiró hondo y se recostó en su silla.

– ¿Volverá a hacerlo? -preguntó Walter.

En la sala se produjo un breve silencio.

– Sí, pero estás dando algo por sentado -respondió Wolfe.

Walter la miró con perplejidad.

– Estás dando por sentado que éste es el primer caso. ¿Supongo que ya se ha puesto en marcha un PDDV?

El PDDV, en vigor desde 1985, es el Programa para la Detención de Delincuentes Violentos. Según este programa, siempre debe realizarse un informe sobre los homicidios o atentados resueltos o pendientes de solución, en especial cuando se ha producido un secuestro o cuando son aparentemente aleatorios, inmotivados o con una clara orientación sexual; sobre casos de personas desaparecidas cuando existe una sospecha de criminalidad; y sobre cadáveres no identificados, cuando se sabe o se sospecha que un homicidio ha sido la causa de la muerte. El informe se remite al Centro Nacional de Análisis de Delitos Violentos, en la academia del FBI en Quantico, a fin de establecer si existen en la base de datos del PDDV casos de características análogas.

– Ya se envió.

– ¿Habéis solicitado un perfil?

– Sí, pero aún no ha llegado. Extraoficialmente, el modus operandi no coincide con ningún otro. La extracción de la piel de las caras lo convierte en caso aparte.

– Sí, ¿qué puedes decirnos en cuanto a las caras? -Era Joiner quien volvía a intervenir.

– Sigo indagando -contestó Wolfe-. Ciertos asesinos se llevan recuerdos de sus víctimas. En este caso podría haber un componente pseudorreligioso o expiatorio. Lo siento, pero en realidad aún no estoy segura.

– ¿Crees que podría haber hecho algo parecido antes? -preguntó Walter.

Wolfe asintió con la cabeza.

– Es posible. Si ha matado antes, quizás haya escondido los cadáveres, y estos asesinatos podrían representar una variación con respecto a una pauta de comportamiento anterior. Tal vez, después de matar callada y discretamente, quería saltar a un plano más público. Quizá deseaba atraer la atención sobre su obra. El hecho de que estos asesinatos hayan sido, desde su punto de vista, poco satisfactorios, podría inducirlo a volver a su antigua pauta; o bien podría pasar a un periodo latente, ésa sería otra posibilidad.

»Pero si he de arriesgar una respuesta, diría que ha estado preparando con mucho cuidado su siguiente paso. Esta vez cometió errores y dudo que alcanzara el resultado que pretendía. La próxima vez no habrá errores. La próxima vez, a menos que lo atrapéis antes, causará verdadero impacto.

La puerta de la sala de interrogatorios se abrió y entró Walter acompañado de otros dos hombres.

– Éste es el agente especial Ross, del FBI, y éste el inspector Barth, de Robos -dijo Walter-. Barth ha estado trabajando en el caso Watts y el agente Ross se ocupa del crimen organizado.

De cerca, el traje de hilo de Ross parecía caro y hecho a medida. Comparado con él, Barth, con su cazadora de JCPenney, parecía un desarrapado. Los dos permanecieron de pie, uno frente al otro, y saludaron inclinando la cabeza. Cuando Walter se sentó, Barth se sentó también. Ross se quedó de pie contra la pared. -¿Hay algo que no nos hayas contado? -preguntó Walter. -No -respondí-. Sabes lo mismo que yo.

– Según el agente Ross, Sonny Ferrera está detrás del asesinato de Watts y su novia, y tú sabes más de lo que dices.

Ross se quitó algo de la manga de la camisa y lo tiró al suelo con cara de aversión. Creo que con ese gesto daba a entender que para él yo era poco más que esa mota.

– Sonny no tenía ninguna razón para matar a Ollie Watts -contesté-. Hablamos de coches robados y matrículas falsas. Ollie no estaba en situación de estafarle a Sonny nada valioso, conocía tan poco las actividades de Sonny que un jurado no le dedicaría a eso ni diez minutos.

Ross, impacientándose, se acercó para sentarse en el borde de la mesa.

– Es curioso que aparezca usted después de tanto tiempo. ¿Cuánto ha pasado?, ¿seis meses?, ¿siete?…, y que de pronto nos encontremos metidos entre cadáveres hasta el cuello -dijo, como si no hubiera oído una sola de mis palabras. Tenía unos cuarenta años, quizá cuarenta y cinco, pero parecía estar en buena forma. Surcaban su rostro profundas arrugas que obviamente no se debían a una vida llena de risas. Algo me había hablado de él Woolrich, después de que éste se marchara a Nueva York para ser agente especial adjunto a cargo de la delegación de Nueva Orleans.

Se produjo un silencio. Ross me miró fijamente en espera de que yo desviase la vista, pero al final fue él quien, por aburrimiento, la apartó.

– El agente Ross opina que nos ocultas algo -explicó Walter-. Le gustaría hacerte sudar tinta un rato, por si acaso. -Mantenía una expresión neutra, sin aparente interés.

Ross había vuelto a fijar la mirada en mí.

– El agente Ross da miedo. Si me hace sudar tinta, quién sabe lo que puedo llegar a confesar.

– Así no vamos a ninguna parte -dijo Ross-. Es evidente que el señor Parker no está en absoluto dispuesto a cooperar y yo…

Walter alzó una mano para interrumpirlo.

– Quizá deberían dejarnos solos un rato. Váyanse a tomar un café o algo -propuso.

Barth se encogió de hombros y se fue. Ross se quedó sentado en la mesa y dio la impresión de que iba a seguir hablando. De pronto se puso en pie, salió apresuradamente y cerró la puerta con firmeza. Walter respiró hondo, se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa.

– No te burles de Ross. Es capaz de echar una tonelada de mierda sobre tu cabeza. Y sobre la mía.

– Ya te he contado todo lo que sé -insistí-. Quizá Benny Low sepa algo más, pero lo dudo.

– Ya hemos hablado con Benny Low. Según él, no sabía ni quién era el presidente hasta que se lo dijimos. -Hizo girar un bolígrafo entre los dedos-. «¡Eh, que zon zólo negocioz!», eso ha dicho.

Era una imitación aceptable de una de las rarezas verbales de Benny Low. Esbocé una lánguida sonrisa y el ambiente se distendió un poco.

– ¿Cuánto hace que has vuelto?

– Un par de semanas.

– ¿Qué has estado haciendo?

¿Qué podía decirle? ¿Que vagaba por las calles, que visitaba lugares a los que antes íbamos juntos Jennifer, Susan y yo, que me quedaba mirando por la ventana del apartamento y pensando en el hombre que las había matado y dónde estaría, que había accedido a trabajar para Benny Low porque temía acabar comiéndome el cañón de mi propia pistola si no encontraba una válvula de escape?

– Poca cosa. Tengo pensado ir a ver a algún que otro viejo soplón por si se sabe algo nuevo.

– No se sabe nada, al menos aquí. ¿A ti te ha llegado algo?

– No.

– No puedo pedirte que lo dejes correr, pero…

– No, no puedes. Ve al grano, Walter.

– En estos momentos éste no es un buen sitio para ti, y ya sabes por qué.

– ¿En serio?

Walter tiró con fuerza el bolígrafo sobre la mesa. Rebotó hasta el borde y allí quedó brevemente en equilibrio hasta caer al suelo. Por un instante pensé que iba a asestarme un golpe, pero la ira desapareció de su mirada.

– Ya volveremos a hablar del tema.

– De acuerdo. ¿Vas a facilitarme algún dato? -pregunté.

Entre los papeles de la mesa veía informes de Balística y Armas de Fuego. Cinco horas era poco tiempo para conseguir un informe. Obviamente, el agente Ross era un hombre que lograba lo que se proponía.

Señalé el informe con el mentón.

– ¿Qué dice Balística de la bala que quitó la vida al asesino?

– Eso no es asunto tuyo.

– Walter, lo vi morir. Quien disparó intentó hacer blanco conmigo y la bala traspasó limpiamente la pared. Aquí alguien tiene unos gustos muy personales en cuestión de armas. -Walter guardó silencio-. Es imposible hacerse con material como ése sin que nadie se entere -afirmé-. Si me proporcionas alguna pista, quizá pueda averiguar más cosas que vosotros.

Walter reflexionó por un momento y luego revolvió los papeles en busca del informe de Balística.

– Encontramos balas de metralleta, cinco coma siete milímetros, con un peso de menos de cincuenta grains.

Lancé un silbido.

– ¿Es eso munición de fusil a escala reducida, pero disparada con una pistola?

– La bala es básicamente de plástico, pero tiene una funda de metal, así que no se deforma con el impacto. Cuando da en un blanco, como el asesino de Watts, le transmite la mayor parte de su fuerza. Cuando sale, apenas le queda energía.

– ¿Y la que dio en la pared?

– Según los cálculos de Balística, la velocidad en la boca del cañón era de más de seiscientos metros por segundo.

Se trataba de una bala extraordinariamente rápida. Una Browning de nueve milímetros dispara balas de ciento diez grains a sólo trescientos treinta metros por segundo.

– Calculan asimismo que un proyectil de este tipo podría traspasar un chaleco antibalas Kevlar como si fuera papel de arroz. A doscientos metros podría atravesar casi cincuenta capas.

Incluso una Mágnum 44 atraviesa un chaleco antibalas sólo a muy corta distancia.

– Pero en cuanto da en un cuerpo blando…

– Se detiene.

– ¿Es de fabricación nacional?

– No. Balística dice que es europea. Belga. La llaman Five-seveN, con la F y la N mayúsculas, que es el nombre del fabricante. Es un prototipo creado por FN Herstal para operaciones en la lucha contra el terrorismo y el rescate de rehenes, pero ésta es la primera vez que aparece una fuera de las fuerzas nacionales de seguridad.

– ¿Vais a poneros en contacto con el fabricante?

– Lo intentaremos, pero sospecho que perderemos el rastro en los intermediarios.

Me levanté.

– Preguntaré por ahí.

Walter recogió su bolígrafo y me señaló con él como un maestro descontento sermoneando al listillo de la clase.

– Ross aún quiere echarte el guante.

Saqué un bolígrafo y anoté mi número de móvil en el dorso del bloc de notas de Walter.

– Lo tengo siempre conectado. ¿Puedo marcharme ya?

– Con una condición.

– ¿Cuál?

– Quiero que esta noche vengas a casa.

– Lo siento, Walter, pero ya no atiendo compromisos sociales.

Pareció dolido.

– No seas gilipollas. Esto no es un compromiso social. Ven o, por mí, Ross puede encerrarte en una celda hasta el día del Juicio.

Me dispuse a marcharme.

– ¿Seguro que nos lo has contado todo? -me preguntó de nuevo.

No me volví.

– Te he dicho todo lo que puedo decirte, Walter.

Lo cual era verdad, al menos en rigor.

Veinticuatro horas antes había encontrado a Emo Ellison. Emo vivía en un hotel de mala muerte en la periferia de East Harlem, esa clase de establecimiento donde los únicos huéspedes admitidos son putas, policías o delincuentes. Una pantalla de plexiglás cubría el despacho del portero, pero no había nadie dentro. Subí por la escalera y llamé a la puerta de Emo. No hubo respuesta, pero me pareció oír el sonido de una pistola al amartillarse.

– Emo, soy Bird. Necesito hablar contigo.

Oí que se acercaba a la puerta.

– Yo no sé nada de eso -dijo Emo a través de la madera-. No tengo nada que decir.

– Todavía no te he preguntado. Vamos, Emo, abre. Ollie el Gordo anda metido en un lío. Quizá yo pueda ayudarlo. Déjame pasar.

Siguió un momento de silencio y se oyó el tintineo de una cadena. La puerta se abrió y entré. Emo había retrocedido hasta la ventana, pero aún tenía empuñada el arma. Cerré la puerta.

– No necesitas eso -dije.

Emo sopesó la pistola y la dejó sobre una cómoda. Se le veía más relajado sin ella. Las armas no iban con él. Me fijé en que llevaba vendados los dedos de la mano izquierda y vi manchas amarillas en los extremos de las vendas.

Emo Ellison era un hombre delgado y pálido de mediana edad que trabajaba de forma esporádica para Ollie el Gordo desde hacía unos cinco años. Aunque no pasaba de ser un mecánico corriente, era leal y sabía mantener la boca cerrada.

– ¿Sabes dónde está?

– No se ha puesto en contacto conmigo.

Se dejó caer de golpe en el borde de la cama pulcramente hecha. La habitación estaba limpia y olía a ambientador. En las paredes colgaban un par de reproducciones, y en unos estantes de Home Depot, dispuestos en orden, había libros, revistas y algunos enseres personales.

– He oído que trabajas para Benny Low. ¿Por qué lo haces?

– Es trabajo -contesté.

– Si entregas a Ollie, será hombre muerto, ése es tu trabajo -dijo Emo.

Me apoyé contra la puerta.

– Quizá no lo entregue. Benny Low puede asumir la pérdida. Pero necesitaría una buena razón.

El conflicto al que se enfrentaba Emo se reflejaba en su rostro. Se retorció las manos y echó un par de vistazos al arma. Emo Ellison estaba asustado.

– ¿Por qué se fugó, Emo? -pregunté con delicadeza;

– Decía que eras buen tipo, un tipo de fiar. ¿Es verdad?

– No lo sé. En todo caso, no quiero que Ollie salga mal parado.

Emo me observó durante un rato y finalmente pareció tomar una decisión.

– Fue Pili. Pili Pilar. ¿Lo conoces?

– Lo conozco. -Pili Pilar era la mano derecha de Sonny Ferrera.

– Solía venir una o dos veces al mes, nunca más, y se llevaba un coche. Se lo quedaba durante un par de horas y lo devolvía. Un coche distinto cada vez. Era un trato que había hecho Ollie para no tener que pagar a Sonny. Colocaba matrículas falsas en el coche y lo tenía listo para cuando llegaba Pili.

»La semana pasada vino Pili, tomó un coche y se marchó. Yo llegué tarde esa noche porque me encontraba mal. Tengo úlceras. Pili ya se había ido.

»El caso es que, pasadas las doce, Ollie y yo estábamos allí sentados, de charla, esperando a que Pili devolviera el coche, y de pronto se oyó un ruido fuera. Cuando salimos, Pili se había estrellado con el coche contra la verja y estaba desplomado sobre el volante. También tenía una abolladura delante, así que supusimos que se había visto envuelto en un accidente y que había preferido largarse y no quedarse a esperar.

»Pili tenía una herida grave en la cabeza debido al golpe contra el parabrisas y el coche estaba manchado de sangre. Ollie y yo lo empujamos hasta el patio, y luego él llamó a un médico que conocía; el tipo le dijo que le llevara a Pili. Como Pili no se movía y estaba muy pálido, Ollie lo trasladó a la consulta del médico en su propio coche, y el médico insistió en mandarlo de inmediato al hospital porque creía que tenía una fractura de cráneo.

Las palabras salían de Emo a borbotones. Una vez iniciado el relato, deseaba terminarlo, como si contándolo en voz alta fuera a disminuir el peso que representaba saberlo.

– El caso es que discutieron un rato, pero el médico conocía una clínica privada donde no harían muchas preguntas, y Ollie accedió. El médico telefoneó a la clínica y Ollie volvió al garaje a ocuparse del coche.

»Tenía un número donde localizar a Sonny, pero no contestaban. Había vuelto a guardar el coche, pero no quería dejarlo allí por si…, ya sabes, por si había habido algún problema con la policía. Así que llamó al viejo y le contó lo ocurrido. El viejo le dijo que no se moviera, que enviaría a alguien a encargarse del asunto.

»Ollie salió a esconder el coche y, cuando volvió, tenía peor aspecto que Pili. Parecía mareado y le temblaban las manos. Le pregunté qué pasaba, pero él sólo me dijo que me marchara y no le contara a nadie que había estado allí. No quiso decirme nada más, sólo que me fuera.

»Ya no supe más de él hasta que me enteré de que la policía había organizado una redada en su negocio y de que luego Ollie salió en libertad bajo fianza y desapareció. Te lo juro, eso es lo último que supe.

– ¿Por qué la pistola, entonces?

– Uno de los hombres del viejo estuvo aquí hace un par de días. -Tragó saliva-. Bobby Sciorra. Quería información sobre Ollie; quería saber si yo había estado allí el día del accidente de Pili. Le contesté que no, pero no le bastó con eso.

Emo Ellison se echó a llorar. Levantó los dedos vendados y, lenta y cuidadosamente, empezó a quitarse la venda de uno.

– Me llevó a dar un paseo. -Alzó el dedo y vi una marca en forma de anillo coronada por una enorme ampolla que parecía palpitar ante mis ojos-. El encendedor. Me quemó con el encendedor del coche.

Veinticuatro horas después Ollie Watts, el Gordo, estaba muerto.

3

Walter Cole vivía en Richmond Hill, el más antiguo de los siete barrios de Queens, conocidos como las Siete Hermanas. Establecido en la década de 1880, el pueblo disfrutaba de un centro y unas tierras comunales, y cuando los padres de Walter abandonaron Jefferson City y se mudaron allí poco antes de la segunda guerra mundial, debía de parecer una recreación del centro de Estados Unidos a un paso de Manhattan. Walter se quedó la casa en la calle 113, al norte de la Myrtle Avenue, cuando sus padres se retiraron a Florida. Él y Lee comían casi todos los viernes en el Triangle Hofbräu, un viejo restaurante alemán de la Jamaica Avenue, y paseaban por las espesas arboledas de Forest Park en verano.

Llegué a casa de Walter poco después de las nueve. Me abrió la puerta él mismo y me hizo pasar a lo que, en caso de tratarse de un hombre menos educado, podría haberse llamado su «cubil», pero «cubil» era una palabra que no hacía justicia a la biblioteca en miniatura que había reunido a lo largo de medio siglo de ávida lectura: biografías de Keats y Saint-Exupéry compartían estantería con obras sobre medicina forense, delitos sexuales y psicología criminal. Fenimore Cooper estaba tapa con tapa en compañía de Borges; Barthelme parecía un tanto inquieto en medio de unos cuantos títulos de Hemingway.

Entre tres archivadores había un escritorio con la superficie de piel, y sobre éste un PowerBook de Macintosh. Cuadros de artistas locales adornaban las paredes y, en un rincón, una pequeña vitrina exhibía trofeos de caza, amontonados en desorden como si Walter se sintiera orgulloso de su habilidad y al mismo tiempo avergonzado de su orgullo. La mitad superior de la ventana estaba abierta, y en la cálida noche me llegó el olor a césped recién cortado y el bullicio de los niños jugando a hockey en la calle.

Se abrió la puerta del cubil y entró Lee. Ella y Walter llevaban juntos veinticuatro años y compartían sus vidas con una naturalidad y una armonía que Susan y yo nunca habíamos conseguido, ni siquiera en los mejores momentos. Los vaqueros negros y la blusa de Lee se ajustaban a una figura que había resistido los rigores de dos hijos y la pasión de Walter por la cocina oriental. Tenía el pelo de color negro azabache con mechones grises entretejidos como haces de luz de luna sobre agua oscura, y lo llevaba recogido en una cola. Cuando se acercó a darme un beso en la mejilla rodeándome los hombros con los brazos, su aroma a lavanda me envolvió como un velo y me di cuenta, no por primera vez, de que siempre había estado un poco enamorado de Lee Cole.

– Me alegro de verte, Bird -dijo, y al rozarme la mejilla con la mano derecha, unas arrugas de inquietud en su frente desmintieron la sonrisa de sus labios. Lanzó una mirada a Walter y entre ellos se estableció algún tipo de comunicación-. Volveré dentro de un rato con un café.

Al salir, cerró la puerta con suavidad.

– ¿Cómo están los niños? -pregunté mientras Walter se servía un vaso de Redbreast, su whisky irlandés de siempre con tapón de rosca.

– Bien -respondió-. Lauren sigue sin soportar el instituto. Ellen empezará a estudiar derecho en Georgetown este otoño, así que al menos un miembro de la familia entenderá los mecanismos de la ley.

Inhaló profundamente al llevarse el vaso a la boca y tomó un sorbo. Sin querer, tragué saliva y me asaltó una sed repentina. Walter advirtió mi turbación y se sonrojó.

– Mierda, lo siento -se disculpó.

– Da igual -contesté-. Es una buena terapia. Veo que sigues soltando tacos en casa.

Lee detestaba las palabras malsonantes y sistemáticamente repetía a su marido que sólo los patanes recurrían al lenguaje soez. Walter acostumbraba contraatacar aduciendo que, en una ocasión, Wittgenstein blandió un atizador durante una discusión filosófica, prueba irrefutable, desde su punto de vista, de que a veces el discurso erudito no posee la expresividad suficiente ni siquiera para las mentes más preclaras.

Fue a sentarse en un sillón de piel a un lado de la chimenea vacía y me indicó que ocupara el de enfrente. Lee entró con una cafetera de plata, una jarrita de leche y dos tazas en una bandeja y, antes de salir, dirigió una mirada de inquietud a Walter. Supe que habían estado hablando antes de que yo llegara; no tenían secretos el uno para el otro, y su nerviosismo parecía revelar que su preocupación por mi bienestar no era de lo único que habían conversado.

– ¿Prefieres que me siente bajo una lámpara? -pregunté. Una tenue sonrisa asomó al rostro de Walter con la levedad de una brisa y desapareció.

– Me he enterado de alguna que otra cosa en estos últimos meses -empezó a explicar con la vista fija en su vaso como un adivino observando una bola de cristal. Permanecí en silencio-. Sé que hablaste con los federales, que apelaste a ciertos favores para poder echar un vistazo a los archivos -continuó-. Sé que intentabas encontrar al hombre que mató a Susan y a Jenny. -Me miró por primera vez desde que había comenzado a hablar.

Yo no tenía nada que decir, así que serví café para los dos, alcancé mi taza y tomé un sorbo. Era de Java, fuerte y oscuro. Respiré hondo.

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Porque quiero saber a qué has venido, por qué has vuelto. No entiendo en qué te has convertido si es que algunas de las cosas que cuentan son ciertas. -Tragó saliva y lo compadecí por lo que se veía en la obligación de decir y preguntar. Si yo sabía la respuesta de algunas de sus preguntas, no estaba seguro de querer dársela, ni de que Walter realmente deseara oírla. Fuera los niños habían terminado el partido en cuanto empezó a oscurecer, y se respiraba en el aire una calma en la que las palabras de Walter sonaron como un presagio-. Cuentan que encontraste al culpable -añadió, esta vez sin titubeos, como si hubiera hecho acopio de valor para decir lo que tenía que decir-. Que lo encontraste y lo mataste. ¿Es verdad?

El pasado era como un cepo. Me permitía desplazarme un poco, moverme alrededor, volverme, pero al final siempre me arrastraba hacia sí de nuevo. En la ciudad topaba cada vez más a menudo con cosas -restaurantes favoritos, librerías, parques sombreados e incluso corazones blancos como el hueso grabados en una mesa vieja- que me recordaban lo que había perdido, como si un momento de olvido fuera un crimen contra la memoria de ambas. Abandoné el presente y salté al pasado, deslizándome por las cabezas de serpiente del recuerdo, hacia lo que fue y nunca volvería a ser.

Y así, con la pregunta de Walter, me remonté a finales de abril, en Nueva Orleans. Llevaban muertas casi cuatro meses.

Woolrich ocupaba una mesa al fondo de la terraza del Café du Monde, junto a una máquina expendedora de chicles, de espaldas a la pared del edificio. Frente a él, en la mesa, había una taza humeante de café con leche y un plato de buñuelos calientes cubiertos de azúcar glas. Fuera, la gente desfilaba por Decatur y dejaba atrás el toldo del café en dirección a la catedral o Jackson Square.

Vestía un traje barato de color marrón y llevaba una corbata tan dada de sí y descolorida que prefería dejar el nudo colgando a media asta en señal de duelo; ni siquiera se molestaba en abotonarse el cuello de la camisa. Alrededor, el suelo se veía salpicado de azúcar, al igual que la única parte visible de la silla en la que estaba sentado.

Woolrich era agente especial con rango de subjefe en la delegación del FBI ubicada en el 1250 de Poydras Street. También era una de las pocas personas de mi pasado policial con quien me había mantenido relativamente en contacto y uno de los pocos federales que había conocido que no me inducía a maldecir el día en que nació Hoover. Más aún, era mi amigo. Me había apoyado durante los días posteriores a los asesinatos, sin poner nada en tela de juicio, sin dudar. Lo recuerdo de pie junto a la tumba, empapado de agua, con el ala del enorme sombrero goteándole. Lo trasladaron a Nueva Orleans poco después, un ascenso que reflejaba un aprendizaje satisfactorio en otras tres delegaciones como mínimo y la capacidad de conservar la cabeza sobre los hombros en el turbulento ambiente de la delegación de Nueva York en el sur de Manhattan.

Su matrimonio había terminado hacía unos doce años con un penoso divorcio. Su ex esposa había vuelto a usar el apellido de soltera, Karen Stott, y vivía en Miami con un decorador de interiores con quien se había casado en fecha reciente. La única hija de Woolrich, Lisa -ahora Lisa Stott gracias a los esfuerzos de su madre-, se había unido a una secta en México, contaba él. Tenía sólo dieciocho años. Por lo visto, la madre y su nuevo esposo no parecían preocuparse de ella, a diferencia de Woolrich, que se preocupaba pero no conseguía encontrar la manera de hacer algo al respecto, me constaba que la desintegración de su familia le afectaba de un modo muy personal. Él mismo procedía de una familia rota, una madre de la más baja extracción social y un padre con buenas intenciones pero poco coherente, demasiado poco para quedarse junto a una esposa intratable. Creo que Woolrich siempre había querido una vida mejor. Él más que nadie, creo, comprendió mi sensación de pérdida cuando me arrebataron a Susan y a Jennifer.

Había engordado desde la última vez que lo vi y se le veía el vello del pecho a través de la camisa empapada en sudor. Las gotas resbalaban desde su espesa mata de pelo cada día más gris y descendían hasta los pliegues de carne de su cuello. Para un hombre de tal corpulencia, los veranos de Louisiana debían de ser una tortura. Puede que Woolrich pareciera un payaso, que incluso actuara como tal cuando le convenía, pero en Nueva Orleans nadie que lo conociera lo subestimaba. Aquellos que en el pasado habían incurrido en ese error se pudrían ya en la penitenciaría de Angola.

– Me gusta esa corbata -comenté. Era de un vivo color rojo con corderos y ángeles estampados.

– La considero mi corbata metafísica -contestó Woolrich-; mi corbata de lector de George Herbert.

Nos estrechamos la mano, y Woolrich, al levantarse, se sacudió las migas de buñuelo de la pechera de la camisa.

– Se meten por todas partes, las malditas -protestó-. Cuando muera, me encontrarán migas de buñuelo hasta en el culo.

– Gracias, lo tendré en cuenta.

Un camarero asiático con un gorro blanco de papel acudió solícitamente y pedí un café.

– ¿Le traigo unos buñuelos? -sugirió.

Woolrich sonrió. Rechacé los buñuelos.

– ¿Cómo va? -preguntó Woolrich, y tomó un trago de café lo bastante caliente para escaldarle la garganta a cualquier hombre de menor aguante.

– Bien. ¿Y a ti cómo te va la vida?

– Como siempre: envuelta en papel de regalo, adornada con un lazo rojo y entregada a otro.

– ¿Sigues con…? ¿Cómo se llamaba? ¿Judy? ¿Judy, la enfermera?

Woolrich contrajo el rostro en una mueca de disgusto, como si acabara de encontrar una cucaracha en uno de sus buñuelos.

– Judy la chiflada, querrás decir. Rompimos. Se ha ido a trabajar a La Jolla durante un año, quizá más. Mira, hace un par de meses decidí pasar con ella unas vacaciones románticas, reservar una habitación en uno de esos hoteles de doscientos dólares la noche cerca de Stowe, respirar el aire del campo si dejábamos la ventana abierta, ya me entiendes. El caso es que llegamos allí y aquello era más viejo que el mear, todo madera oscura y muebles antiguos y una cama en la que podía perderse un equipo de animadoras al completo. Pero de pronto Judy se pone más blanca que el culo de un oso polar y se aparta de mí. ¿Y sabes qué me dijo? -Aguardé a que continuara-. Me dijo que en una vida anterior yo la había asesinado en esa misma habitación. Retrocedió hasta la puerta buscando el picaporte y mirándome como si esperara que fuera a convertirme en Charles Manson. Tardé dos horas en calmarla, y aun entonces se negó a acostarse conmigo. Acabé durmiendo en un sofá del rincón, y te diré una cosa: esos condenados sofás de anticuario quizá parezcan de un millón de pavos y cuesten más aún, pero habría estado más cómodo sobre un bloque de hormigón. -Terminó el último trozo de buñuelo y se limpió con una servilleta de papel-. En plena noche me levanté a desaguar y me la encontré sentada en la cama, en vela, con la lámpara del revés en la mano, dispuesta a romperme la cabeza si me acercaba a ella. No hace falta que te diga que eso puso fin a nuestros cinco días de pasión. Nos marchamos al día siguiente, yo con mil dólares menos en el bolsillo.

«Pero ¿sabes qué es lo más gracioso? Su psicoterapeuta de regresión le ha dicho que me demande por daños y perjuicios en una vida pasada. Mi caso está a punto de sentar jurisprudencia para todos esos pirados que ven un documental en la PBS y se creen que en otro tiempo fueron Cleopatra o Guillermo el Conquistador.

Los ojos se le empañaron con el recuerdo de los mil dólares perdidos y las malas pasadas que juega el destino a aquellos que van a Vermont en busca de sexo sin complicaciones.

– ¿Has sabido algo de Lisa últimamente?

Se le nubló el semblante e hizo un gesto de desolación.

– Sigue con la secta, esos chiflados que sólo piensan en Jesús. La última vez que me telefoneó fue para decirme que estaba bien de la pierna y para pedirme más dinero. Si Jesús ahorra, seguro que tiene todo el dinero inmovilizado en una cuenta de alto rendimiento. -Lisa se había roto la pierna patinando el año anterior, poco antes de descubrir a Dios. Woolrich estaba convencido de que continuaba bajo los efectos de la conmoción cerebral. Me miró por un momento con los ojos entornados-. No estás bien, ¿verdad?

– Estoy vivo y estoy aquí. Sólo quiero que me digas lo que has conseguido.

Hinchó los carrillos y puso en orden sus ideas mientras soltaba el aire lentamente.

– Hay una mujer en St. Martin Parish, una vieja criolla. Tiene el don, dicen los lugareños. Protege del mal de ojo. Ya sabes, espíritus malignos y toda esa mierda. Ofrece curación para los niños enfermos, reconcilia a los amantes. Tiene visiones. -Se interrumpió y, con los ojos entrecerrados, se pasó la lengua por el interior de la boca.

– ¿Es vidente?

– Es una bruja, si estás dispuesto a creerte lo que cuentan los lugareños.

– ¿Y tú te lo crees?

– Ha sido… útil una o dos veces hasta la fecha, según la policía de aquí. Yo no he tenido nada que ver con ella antes.

– ¿Y ahora?

Llegó mi café y Woolrich pidió que también a él le llenaran la taza. Nos quedamos callados hasta que se fue el camarero y entonces Woolrich apuró medio café de un humeante trago.

– Tiene unos diez hijos y miles de nietos y bisnietos. Algunos viven con ella o cerca, así que nunca está sola. El clan familiar es más numeroso que el de Abraham. -Esbozó una sonrisa pero fue algo fugaz, un breve respiro antes de lo que estaba por llegar-. Dice que hace un tiempo mataron a una chica en los pantanos, la zona por donde merodeaban antes los piratas de Barataria. Informó a la oficina del sheriff pero no le hicieron mucho caso. No sabía el lugar exacto; sólo dijo que una chica había sido asesinada en los pantanos. Lo había visto en un sueño.

»El sheriff no movió un dedo. Bueno, eso no es del todo cierto. Pidió a sus hombres que tuvieran los ojos abiertos y luego prácticamente se olvidó del asunto.

– ¿Por qué ha vuelto a salir el tema?

– La vieja cuenta que oye llorar a la chica por las noches. -No habría sabido decir si Woolrich estaba asustado o sólo abochornado por lo que contaba, pero miró en dirección a la ventana y se enjugó el rostro con un pañuelo enorme y mugriento-. Pero hay una cosa más -añadió. Plegó el pañuelo y se lo metió en el bolsillo del pantalón-. Dice que a la chica le despellejaron la cara. -Respiró hondo-. Y que le arrancaron los ojos antes de matarla.

Fuimos por la I-10 en dirección norte durante un rato, dejamos atrás unas galerías comerciales y seguimos hacia West Baton Rouge, nos encontramos con restaurantes para camioneros y garitos, bares llenos de trabajadores de la industria petrolera y, por todas partes, negros bebiendo el mismo whisky de garrafa y la aguada cerveza del sur. Un viento caliente, cargado del denso olor a descomposición de los pantanos, agitaba las ramas de los árboles que bordeaban la carretera. Luego cruzamos el paso elevado de Atchafalaya, con los pilares asentados bajo el agua, para entrar en el pantano del mismo nombre y en territorio cajún.

Sólo había estado allí una vez, en la época en que Susan y yo éramos más jóvenes y felices. En la carretera de Henderson Levee pasamos frente al indicador del desvío hacia el McGee's Landing, donde yo había comido un pollo insípido y Susan había optado por la carne de caimán frita, tan dura que ni siquiera otros caimanes la habrían digerido con facilidad. Luego un pescador cajún nos llevó a dar un paseo en barca por el bosque de cipreses semisumergidos. El sol declinó y tiñó el agua de color rojo sangre, los tocones de los árboles se convirtieron en siluetas oscuras como dedos de cadáveres que señalaban el firmamento de manera acusadora. Era otro mundo, tan alejado de la ciudad como la luna de la tierra, y pareció crear una corriente erótica entre nosotros mientras, a causa del calor, las camisas se nos adherían al cuerpo y el sudor nos goteaba por la frente. Cuando regresamos al hotel de Lafayette, hicimos el amor con urgencia, con una pasión que superaba al amor, nuestros cuerpos moviéndose a la par, y el calor en la habitación tan denso como el agua.

Woolrich y yo no llegamos a Lafayette. Abandonamos la autopista por una carretera de dos carriles que serpenteaba a través de los pantanos antes de reducirse a poco más que un sendero con roderas y hoyos llenos de agua maloliente en torno a los cuales zumbaban espesos enjambres de insectos. Cipreses y sauces flanqueaban el camino, y a través de ellos se veían en el agua los tocones de los árboles, reliquias de cultivos del siglo pasado. Colonias de nenúfares se arracimaban en las orillas, y cuando el coche reducía la velocidad y la luz era la adecuada, vislumbré chernas que se deslizaban lánguidamente entre las sombras y asomaban de vez en cuando a la superficie del agua.

En una ocasión me contaron que los bucaneros de Jean Lafitte se refugiaban allí. Ahora otros ocupaban su lugar, asesinos y traficantes que utilizaban los canales y las marismas como escondrijos para la heroína y la marihuana, y como tumbas verdes y tenebrosas para sus víctimas, cuyos cadáveres contribuían al vertiginoso crecimiento de la naturaleza, donde el hedor de la descomposición quedaba camuflado entre el intenso olor de las plantas.

Tomamos una curva más, allí las ramas de los cipreses pendían sobre el camino. Con un sonoro traqueteo cruzamos un puente de madera en el que las tablas recuperaban su color original a medida que la pintura se desconchaba y desintegraba. Ya en el otro lado me pareció distinguir entre las sombras una figura gigantesca que nos observaba, con unos ojos blancos como huevos en la penumbra de los árboles.

– ¿Lo has visto? -preguntó Woolrich.

– ¿Quién es?

– El hijo menor de la vieja. Le llama Tee Jean. Petit Jean. Es un poco retrasado, pero cuida de ella. Como todos los demás.

– ¿Todos?

– En la casa viven seis personas: la vieja, un hijo, una hija, y los tres niños de su segundo hijo, que murió con su mujer en un accidente de coche hace tres años. Tiene otros cinco hijos y tres hijas, y todos viven a pocos kilómetros de aquí. También los vecinos cuidan de ella. Es como la matriarca de los alrededores, supongo. Una magia poderosa.

Lo miré para comprobar si hablaba en tono irónico, pero no.

Salimos de entre los árboles y llegamos a un claro donde había una casa alargada de una sola planta, elevada sobre tocones de árboles descortezados. Parecía vieja pero bien construida, con las tablas de la fachada rectas y cuidadosamente encajadas y las tejas en perfecto estado pero más oscuras allí donde habían sido reemplazadas. La puerta estaba abierta, sin más protección que una mosquitera, y en el porche, que abarcaba toda la parte delantera y continuaba por el costado, había sillas y juguetes esparcidos. Detrás se oían voces y el chapoteo de los niños en el agua.

La puerta mosquitera se abrió y en lo alto de la escalera apareció una mujer delgada y menuda de unos treinta años. Tenía las facciones delicadas, la piel de un ligero tono de color café y el cabello oscuro y exuberante recogido en una cola. Cuando salimos del coche y nos acercamos, vi que tenía marcas en la cara, resultado probablemente de un acné juvenil. Al parecer reconoció a Woolrich, ya que, antes de que habláramos, mantuvo la puerta abierta para dejarme pasar. Woolrich no me siguió. Me volví hacia él.

– ¿No entras?

– Si alguien pregunta, yo no te he traído aquí; ni siquiera tengo intención de verla -contestó. Tomó asiento en el porche y, apoyando los pies en la barandilla, contempló el resplandor del agua bajo el sol.

Dentro, la madera era oscura y el aire fresco. Había puertas a ambos lados, que daban a los dormitorios y a una sala de aspecto formal con muebles viejos y labrados a mano, sencillos pero trabajados con habilidad y esmero. En una radio antigua con el dial iluminado y nombres de lugares lejanos en la banda de frecuencias sonaba un nocturno de Chopin. La música me siguió por la casa hasta el último dormitorio, donde esperaba la anciana.

Era ciega. Tenía las pupilas blancas, hundidas en una cara grande y redonda con pliegues de carne que le colgaban hasta el esternón. Los brazos, visibles a través de las mangas de gasa del vestido multicolor, eran más gruesos que los míos y sus hinchadas piernas parecían troncos de árbol y terminaban en unos pies diminutos, casi delicados. Una montaña de almohadas la sostenía parcialmente incorporada en una cama enorme en medio de la habitación, protegida de la luz del sol por las cortinas corridas e iluminada sólo por un farolillo. Calculé que pesaba como mínimo ciento sesenta kilos, probablemente más.

– Siéntate, hijo -dijo. Me agarró una mano y recorrió los dedos con los suyos suavemente. Mientras seguía las líneas de mi mano, mantuvo los ojos fijos al frente, sin dirigirlos hacia mí-. Sé por qué has venido. -Tenía una voz aguda, infantil, como si fuera una descomunal muñeca parlante a la que, por equivocación, le hubieran puesto las cintas de un modelo de menor tamaño-. Sufres. Te consumes por dentro. Tu niña, tu mujer, se han ido.

En la tenue luz la anciana parecía centellear con una energía oculta.

– Tante, hábleme de la chica del pantano, la chica sin ojos.

– Pobre criatura -dijo la anciana, y arrugó la frente en una expresión de dolor-. Fue la primera aquí. Huía de algo y se extravió. Se fue a dar un paseo con él y nunca volvió. Le hizo tanto daño, tanto… Pero no la tocó, salvo con el cuchillo.

Dirigió los ojos hacia mí por primera vez y descubrí que no era ciega, o si lo era, carecía de importancia. Mientras trazaba las líneas de la palma de mi mano con los dedos, cerré los ojos y tuve la impresión de que ella había estado al lado de la chica durante los últimos momentos, que quizás incluso le había proporcionado cierto consuelo mientras la hoja del cuchillo llevaba a cabo su labor.

– Calla, hijo. Ahora ven con Tante. Calla, hijo, y agarra mi mano. Ahora te ha hecho sufrir a ti.

Mientras me tocaba, oí y sentí, en lo más hondo de mi ser, la hoja que hería, chirriaba, separaba el músculo de las articulaciones, la carne del hueso, el alma del cuerpo, al artista que trabajaba sobre su lienzo; y sentí agitarse en mí el dolor, formar un arco a través de una vida que se debilitaba como el destello de un relámpago, brotar como las notas de una melodía infernal a través de la chica desconocida en un pantano de Louisiana. Y en su agonía sentí la agonía de mi propia hija, de mi propia esposa, y tuve la certeza de que aquél era el mismo hombre. Y mientras el dolor llegaba a su fin para la chica en el pantano, ella estaba sumida en la oscuridad, y supe que el asesino la había cegado antes de matarla.

– ¿Quién es ese hombre? -pregunté.

La mujer habló, y en su voz se oyeron cuatro voces distintas: las de una esposa y una hija, la de una anciana obesa recostada sobre una cama en una habitación oscura, y la de una chica anónima que padeció una muerte solitaria y brutal entre el barro y el agua de un pantano de Louisiana.

– Es el Viajante.

Walter cambió de posición en la silla y el ruido de la cucharilla contra la taza de porcelana fue como el tintineo de un carillón. -No -dije-. No lo encontré.

4

Walter llevaba un rato callado y ya apenas quedaba whisky en su vaso.

– He de pedirte un favor. No para mí sino para otra persona. -Esperé -. Tiene que ver con la Fundación Barton.

La Fundación Barton se había creado por una disposición testamentaria del viejo Jack Barton, un empresario que amasó una fortuna suministrando piezas a la industria aeronáutica después de la guerra. La fundación concedía becas para la investigación de asuntos relacionados con la infancia, financiaba clínicas pediátricas y, en términos generales, proporcionaba dinero para el cuidado de los niños allí donde las ayudas estatales no llegaban. Aunque su presidenta nominal era Isobel Barton, la viuda del viejo Jack, la responsabilidad de la administración diaria recaía en un abogado llamado Andrew Bruce y en el director de la fundación, Philip Kooper.

Yo estaba al tanto de todo eso porque de vez en cuando Walter recaudaba fondos para la fundación -rifas, torneos de bolos- y también porque hacía unas semanas la fundación había saltado a la prensa por las peores razones posibles. Durante un acto de beneficencia celebrado en los jardines de la casa de los Barton en Staten Island, un niño, Evan Baines, había desaparecido. Pasado un tiempo, no se había encontrado el menor rastro del muchacho y la policía casi había abandonado toda esperanza de dar con él. Creían que, por algún motivo, se había alejado de los jardines y había sido secuestrado. La noticia mereció la atención de los periódicos durante una temporada y luego se olvidó.

– ¿Evan Baines?

– No, o al menos no lo creo, pero puede tratarse de una persona desaparecida. Una amiga de Isobel Barton, una joven, no ha dado señales de vida desde hace unos días y la señora Barton está preocupada. Se llama Catherine Demeter. No hay ningún vínculo con la desaparición de Baines; cuando eso ocurrió, ella ni siquiera conocía a los Barton.

– ¿Los Barton, en plural?

– Según parece, salía con Stephen Barton. ¿Sabes algo de él?

– Es un gilipollas. Aparte de eso, pasa droga a pequeña escala para Sonny Ferrera. Se crió cerca de la casa de los Ferrera en Staten Island y empezó a frecuentar a Sonny en la adolescencia. Toma esteroides, y también coca, creo, pero nada importante.

Walter arrugó la frente.

– ¿Desde cuándo sabes eso? -preguntó.

– No me acuerdo -contesté-. Habladurías de gimnasio.

– Dios mío, y no nos has contado algo que podría sernos útil. Yo lo sé sólo desde el martes.

– Se supone que no debes saberlo -dije-. Eres policía. Nadie te cuenta nada que no debas saber.

– Tú también eras policía -masculló Walter-. Has contraído alguna que otra mala costumbre.

– No me vengas con ésas, Walter. ¿Cómo voy a saber yo a quién andáis investigando? ¿Qué tengo que hacer? ¿Confesarme contigo una vez por semana? -Me serví un poco de café caliente en la taza-. En fin, dejémoslo. El caso es que crees que existe alguna relación entre esta desaparición y Sonny Ferrera, ¿verdad?

– Es posible -contestó Walter-. Los federales tuvieron a Stephen Barton bajo vigilancia durante un tiempo, hace un año quizás, en principio antes de que empezara a salir con Catherine Demeter. Como no estaban llegando a ninguna parte con él, lo dejaron correr. Según el expediente de Narcóticos, la chica no parecía estar implicada, al menos claramente, pero ¿qué sabrán ésos? Algunos de ellos todavía piensan que la nieve es algo que cae del cielo en invierno. Quizá la chica vio algo que no debería haber visto.

Su rostro delató lo poco convincente que le parecía la conexión, pero dejó que yo expresara la duda.

– Vamos, Walter, ¿esteroides y coca en pequeñas cantidades? Eso mueve dinero, pero es un juego de niños en comparación con los demás negocios de Ferrera. Si liquidó a alguien por un asunto de drogas para obsesos de los músculos, es más tonto aún de lo que nos consta. Incluso su viejo piensa que es el resultado de un gen defectuoso.

Se sabía que Ferrera padre, enfermo y decrépito pero aún respetado, de vez en cuando aludía a su hijo como «ese capullo».

– ¿Eso es lo único que tenéis?

– Como tú dices, somos policías. Nadie nos facilita información útil -respondió con aspereza.

– ¿Sabías que Sonny es impotente?

Walter se puso en pie y, balanceando el vaso vacío ante su cara, sonrió por primera vez esa noche.

– No. No, no lo sabía, y no estoy muy seguro de querer saberlo. ¿Tú quién diantres eres? ¿Su urólogo?

Me miró mientras alargaba el brazo hacia el Redbreast. Mostré mi indiferencia mediante un gesto con los dedos cuya sinceridad no iba más allá de la muñeca.

– ¿Pili Pilar sigue con él? -pregunté para tantear el terreno.

– Sí, que yo sepa. Oí que hace unas semanas Pili tiró a Nicky Glasses por una ventana porque se retrasó en el pago de sus deudas.

El Banco Mundial ofrecía créditos que devengaban un interés más bajo que las operaciones financieras de Sonny Ferrera. Pero probablemente el Banco Mundial no arrojaba a la gente de un décimo piso porque no podía hacer frente a los intereses, o al menos todavía no.

– Ahí se excedió con Nicky. En cien años más habría saldado el préstamo. A Pili más le vale controlar el mal genio o se quedará sin nadie a quien tirar por la ventana.

Walter no sonrió.

– ¿Hablarás con ella? -preguntó mientras volvía a sentarse.

– Personas desaparecidas, Walter… -dije con un suspiro.

En Nueva York desaparecían catorce mil personas al año. Ni siquiera quedaba claro si aquella mujer estaba desaparecida -en cuyo caso no quería ser encontrada o alguien no quería que la encontraran- o simplemente ilocalizable, lo cual significaría que de pronto había ahuecado el ala y se había trasladado a otra ciudad sin comunicar la noticia a su buena amiga Isobel Barton ni a su encantador novio, Stephen Barton.

Ésas son las cuestiones que un detective privado debe plantearse ante los casos de personas desaparecidas. Seguir el rastro a personas desaparecidas es la principal fuente de ingresos de un detective, pero yo no era detective. Había aceptado la fuga de Ollie el Gordo porque era un trabajo fácil, o eso me había parecido en un principio. No deseaba solicitar la licencia de investigador privado al Registro de Licencias de Albany. No deseaba dedicarme a la búsqueda de personas desaparecidas. Quizá temía que distrajera demasiado mi atención. O puede que sencillamente no me interesara, no en ese momento.

– Esa mujer no acudirá a la policía -dijo Walter-. Ni siquiera puede dársela por desaparecida oficialmente; nadie ha denunciado el hecho.

– ¿Y cómo es que vosotros os habéis enterado?

– ¿Conoces a Tony Loo-Loo?

Asentí con la cabeza. Tony Loomax era un detective de poca monta, tartamudo, que nunca había pasado de investigar fugas y casos de divorcio entre blancos de clase baja.

– Loomax no es el tipo de persona que Isobel Barton contrataría -comenté.

– Según parece, trabajó para alguien del servicio doméstico de los Barton hace uno o dos años. Localizó al marido, que se había largado con los ahorros de la pareja. La señora Barton le dijo que quería algo parecido, pero hecho con discreción.

– Eso no explica vuestro interés.

– Tengo algún que otro cargo pendiente contra Tony, transgresiones menores de los límites legales que él preferiría que yo dejara pasar. Tony supuso que me gustaría saber que Isobel Barton había hecho contactos en secreto. Hablé con Kooper. Opina que la fundación no necesita más publicidad negativa. Pensé que quizá podía hacerle un favor.

– Si Tony ha recibido el encargo, ¿por qué me lo propones a mí?

– Hemos disuadido a Tony de aceptarlo. Le ha dicho a Isobel Barton que le recomendará a otra persona de entera confianza porque él no puede ocuparse del caso. Por lo visto, su madre ha muerto y tiene que ir al funeral.

– Tony Loo-Loo no tiene madre. Se crió en un orfanato.

– Bueno, debe de haber muerto la madre de alguien -replicó Walter irritado-. Puede ir a ese otro funeral. -Se interrumpió, y advertí un asomo de duda en sus ojos cuando los rumores que había oído aletearon en las profundidades de su mente-. Y por eso acudo a ti. Aunque intentara resolver esto con discreción a través de los canales de costumbre, alguien se enteraría. ¡Por Dios, tomas un trago de agua en jefatura y lo mean otros diez tipos!

– ¿Qué se sabe de la familia de la chica?

Se encogió de hombros.

– No sé mucho más, pero no creo que tenga a nadie. Oye, Bird, te lo pido a ti porque haces bien tu trabajo. Eras un policía hábil. Si te hubieras quedado en el cuerpo, los demás habríamos acabado limpiándote los zapatos y abrillantándote la placa. Tenías olfato. Supongo que aún lo conservas. Además, me debes una: la gente que anda disparando por la calle no suele marcharse tan fácilmente.

Guardé silencio por un rato. Oía a Lee trastear en la cocina y el televisor de fondo. Quizá fuera un poso de lo que había ocurrido horas antes, el asesinato aparentemente sin sentido de Ollie el Gordo y su novia y la muerte del asesino, pero tenía la sensación de que el mundo estaba fuera de quicio y nada encajaba en su lugar. Incluso en aquello notaba algo raro. Me parecía que Walter me ocultaba algo.

Oí el timbre de la puerta y a continuación un apagado intercambio de voces, la de Lee y una grave voz masculina. Instantes después, tras llamar con los nudillos a la puerta, Lee hizo pasar a un hombre alto y canoso de unos cincuenta años. Llevaba un traje azul oscuro de chaqueta cruzada -parecía de Hugo Boss- y una corbata roja de Christian Dior estampada con las letras CD de color oro entrelazadas. Sus zapatos relucían como si se los hubieran lustrado con saliva, aunque, considerando que aquél era Philip Kooper, probablemente se trataba de la saliva de otro.

Nadie habría dicho que Kooper era director y portavoz de una organización benéfica de ayuda a la infancia. Delgado y pálido, tenía la rara habilidad de fruncir y dilatar los labios a la vez. Sus dedos, largos y puntiagudos, parecían garras. Daba la impresión de que lo hubieran desenterrado con la única finalidad de inquietar a la gente. Si se hubiera presentado en una de las fiestas infantiles de la fundación, todos los niños se habrían echado a llorar.

– ¿Es él? -preguntó a Walter tras rehusar una copa.

Sacudió la cabeza señalándome como una rana al tragarse una mosca. Yo jugueteé con el azucarero y fingí haberme ofendido.

– Es Parker -afirmó Walter.

Aguardé para ver si Kooper me tendía la mano. No lo hizo. Mantuvo las manos cruzadas delante, como un empleado de pompas fúnebres en un funeral especialmente anodino.

– ¿Le ha explicado la situación?

Walter volvió a asentir pero parecía incómodo. Kooper tenía peores modales que un niño malcriado. Permanecí sentado sin decir palabra. Kooper, de pie y en silencio, me miró con actitud desdeñosa. Daba la impresión de que ésa era una posición con la que estaba muy familiarizado.

– Se trata de una situación delicada, señor Parker, como sin duda usted sabrá comprender. Para cualquier novedad referente a este asunto deberá dirigirse a mí en primer lugar antes de informar a la señora Barton. ¿Queda claro?

Me pregunté si Kooper merecía el esfuerzo de indignarme y, tras observar el visible malestar de Walter, decidí que probablemente no, o al menos no de momento. Pero empezaba a compadecer a Isobel Barton sin conocerla siquiera.

– Yo tenía entendido que era la señora Barton quien contrataba mis servicios -dije por fin.

– Así es, pero me rendirá cuentas a mí.

– No lo creo. Está el pequeño detalle de la confidencialidad. Investigaré el caso, pero si no guarda relación con aquel niño, Baines, o los Ferrera, me reservo el derecho de mantener entre Isobel Barton y yo todo lo que averigüe.

– Eso no me convence, señor Parker -repuso Kooper. Un leve rubor apareció en sus mejillas y no se le fue hasta pasado un momento, como perdido en aquella tez árida como la tundra-. Quizá no me he expresado con suficiente claridad: en este asunto, me informará primero a mí. Tengo amigos influyentes, señor Parker. Si no colabora, me aseguraré de que le retiren la licencia.

– Deben de ser amigos muy influyentes, porque no tengo licencia. -Me levanté, y Kooper apretó ligeramente los puños-. Debería plantearse hacer yoga -sugerí-. Lo noto muy tenso.

Le di las gracias a Walter por el café y me dirigí hacia la puerta.

– Espera -dijo.

Me di media vuelta y lo vi cruzar una mirada con Kooper. Al cabo de un momento, Kooper hizo un gesto de indiferencia apenas perceptible y se acercó a la ventana. No volvió a mirarme. La actitud de Kooper y la expresión de Walter se confabularon contra mi buen criterio, y decidí hablar con Isobel Barton.

– ¿Supongo que la señora Barton espera verme? -pregunté a Walter.

– Le pedí a Tony que le dijera que eres un buen detective, que si la chica sigue viva la encontrarás.

Se produjo otro breve silencio.

– ¿Y si está muerta?

– El señor Kooper hizo esa misma pregunta -contestó Walter.

– ¿Qué le contestaste?

Apuró el whisky y los cubitos tintinearon contra el vaso como huesos viejos. Detrás de él, Kooper era una silueta oscura recortada contra la ventana, como un augurio de malas noticias.

– Le dije que traerías el cadáver.

Al final todo se reduce a eso: cadáveres, cadáveres hallados y por hallar. Y recordé que aquel día de abril Woolrich y yo nos quedamos frente a la casa de la anciana contemplando el pantano. Oía cómo el agua lamía suavemente la orilla y a lo lejos vi una pequeña barca de pesca mecerse en la superficie con una figura inclinada sobre la borda a cada lado. Pero Woolrich y yo mirábamos más allá de la superficie, como si, forzando la vista, pudiéramos penetrar en las profundidades y encontrar el cadáver de una chica anónima en las aguas tenebrosas.

– ¿Te ha parecido creíble? -preguntó por fin.

– No lo sé. La verdad es que no lo sé.

– Es imposible encontrar ese cadáver, en el supuesto de que exista, con lo poco que sabemos. Si empezáramos a rastrear los pantanos en busca de cuerpos, pronto estaríamos hundidos en huesos hasta las rodillas. La gente lleva siglos echando cadáveres a estas aguas. Sería un milagro que no encontráramos nada.

Me aparté de él. Tenía razón, claro. Suponiendo que hubiera un cadáver, no nos bastaba con la información que la anciana nos había proporcionado. Tenía la misma sensación que si intentase atrapar una nube de humo, pero lo que la anciana había dicho era hasta el momento lo más parecido que me habían dado a una pista sobre el hombre que había matado a Jennifer y a Susan.

Me pregunté si estaba loco por dar crédito a una ciega que oía voces en sueños. Probablemente lo estaba.

– ¿Sabe qué aspecto tiene ese hombre, Tante? -le había preguntado, y la observé mientras, como respuesta, movía despacio la cabeza de un lado a otro.

– Sólo lo verás cuando venga a por ti -contestó-. Entonces lo conocerás.

Llegué al coche y, al volverme, vi una figura con Woolrich en el porche. Era la mujer con marcas en la cara, que grácilmente se ponía de puntillas para inclinarse hacia él, más alto. Vi a Woolrich acariciarle con ternura las mejillas y susurrar su nombre: «Florence». La besó con ternura en los labios, se dio media vuelta y se encaminó hacia mí sin mirar atrás. Ninguno de los dos hizo el menor comentario al respecto en el viaje de regreso a Nueva Orleans.

5

Llovió durante toda la noche, y eso hizo que se rompiera el caparazón de calor que envolvía la ciudad; a la mañana siguiente parecía que se respiraba mejor en las calles de Manhattan. Casi hacía fresco cuando salí a correr. El pavimento sobrecargaba mucho las rodillas, pero en esa parte de la ciudad escaseaban las zonas verdes extensas. En el camino de regreso al apartamento compré el periódico. Al llegar, me duché, me vestí y leí las noticias mientras desayunaba. Poco después de las once salí hacia la casa de la familia Barton.

Isobel Barton vivía en Todt Hill en una casa apartada que su difunto marido había construido en los años setenta, un admirable aunque poco afortunado intento de reproducir en la Costa Este y a menor escala las mansiones anteriores a la guerra de su Georgia natal. Jack Barton, un hombre amable según contaban, había compensado con dinero y determinación su falta de buen gusto.

La verja del camino de acceso estaba abierta cuando llegué, y el humo que había dejado otro coche tras de sí flotaba aún en el aire. El taxi entró justo cuando la verja electrónica estaba a punto de cerrarse, y seguimos al primer coche, un BMW 320i blanco con cristales ahumados, hasta el pequeño patio que se extendía ante la casa. El taxi parecía fuera de lugar en aquel escenario, pero no sabía qué habría opinado la familia Barton de mi abollado Mustang, en ese momento en el taller.

Cuando el taxi se detuvo, una mujer esbelta vestida de forma convencional con un traje gris salió del BMW y me observó con curiosidad mientras pagaba al taxista. Tenía el pelo gris y lo llevaba recogido en un moño que no contribuía precisamente a suavizar sus severas facciones. En la puerta de la casa apareció un hombre negro con uniforme de chófer y se apresuró a cortarme el paso en cuanto me aparté del taxi.

– Parker. Creo que me esperan.

El chófer me lanzó una mirada con la que parecía darme a entender que, si había mentido, él mismo se encargaría de que me arrepintiese de no haberme quedado en la cama. Me indicó que esperara antes de volverse hacia la mujer de gris. Ésta me echó un vistazo breve pero poco cordial y luego cruzó unas palabras con el chófer, que se dirigió hacia la parte trasera de la casa mientras ella se acercaba a mí.

– Señor Parker, soy la señorita Christie, la secretaria particular de la señora Barton. Debería haber esperado en la verja para permitirnos comprobar quién era.

En una ventana, sobre la puerta, una cortina se movió un poco.

– Si hay una entrada para el servicio, la utilizaré la próxima vez -contesté, y tuve la impresión de que la señorita Christie albergaba la esperanza de que esa contingencia no llegara a producirse. Me examinó con frialdad por un momento y se dio media vuelta.

– Si tiene la bondad de acompañarme, por favor -dijo por encima del hombro mientras se encaminaba hacia la puerta. Llevaba el traje gris raído en los bordes, y me pregunté si la señora Barton regatearía con mis honorarios.

Si Isobel Barton andaba escasa de dinero, le bastaba con vender alguna de las antigüedades que decoraban la casa, porque por dentro ésta podría haber sido el sueño erótico de un subastador. Había dos grandes salas a los lados del vestíbulo, ambas llenas de muebles que parecían utilizarse sólo cuando se moría un presidente. Una ancha escalera curva subía a la derecha; había una puerta justo enfrente y otra encajonada bajo la escalera. Seguí a la señorita Christie a través de esta última y entré en un despacho reducido pero asombrosamente luminoso y moderno con un ordenador en un rincón y un módulo televisor y vídeo empotrado en una estantería. Quizá, después de todo, la señora Barton no regatease con mis honorarios.

La señorita Christie se sentó tras un escritorio de pino, extrajo unos cuantos papeles de su maletín y los hojeó con visible irritación hasta encontrar el que buscaba.

– Esto es un acuerdo de confidencialidad corriente redactado por nuestros asesores jurídicos -empezó a explicar, y me lo tendió con una mano a la vez que pulsaba el extremo de un bolígrafo con la otra-. Mediante este documento se compromete a mantener toda comunicación referente al asunto que nos ocupa entre usted, la señora Barton y yo. -Utilizó el bolígrafo para marcar los apartados pertinentes del acuerdo, como un corredor de seguros intentando endosarle una mala póliza a un incauto-. Me gustaría que lo firmara antes de que sigamos adelante -concluyó.

Por lo visto, en la Fundación Barton nadie era especialmente confiado.

– Me temo que no -dije-. Si les preocupa una posible vulneración de la confidencialidad, contraten a un sacerdote para este trabajo. De lo contrario, tendrán que conformarse con mi palabra de que nuestras conversaciones quedarán entre nosotros.

Quizá debería haberme sentido culpable por mentirle. Pero no fue así. Sabía mentir. Ése es uno de los dones que Dios concede a los alcohólicos.

– No puedo aceptarlo. Ya tengo ciertas dudas sobre la necesidad de contratarlo y desde luego considero que no es conveniente hacerlo sin…

La interrumpió el ruido de la puerta del despacho, que acababa de abrirse. Al volverme, vi entrar a una mujer alta y atractiva de edad imposible de determinar gracias, por una parte, a la bondad de la naturaleza y, por otra, a la magia de la cosmética. A simple vista habría dicho que rondaba los cincuenta, pero si aquélla era Isobel Barton, me constaba que estaba más cerca de los cincuenta y cinco como mínimo. Llevaba un vestido azul claro de una sencillez demasiado sutil para ser barato y exhibía una figura quirúrgicamente mejorada o muy bien conservada.

Cuando se acercó y vi con más claridad las pequeñas arrugas de su cara, supuse que se trataba de lo segundo: Isobel Barton no me pareció la clase de mujer que recurría a la cirugía estética. Un collar de oro y diamantes destellaba en torno a su cuello y un par de pendientes a juego centelleaban mientras andaba. También ella tenía el cabello gris, pero le caía largo y suelto sobre los hombros. Era todavía una mujer atractiva y caminaba como si lo supiera.

Tras la desaparición del pequeño Baines, la atención de la prensa había recaído principalmente en Philip Kooper, pero había sido más bien escasa. El niño pertenecía a una familia de drogadictos y desahuciados. Su desaparición se mencionó sólo por su vinculación con la fundación, y aun así los abogados y patrocinadores apelaron a antiguos favores a fin de que las especulaciones se redujeran al mínimo. La madre se había separado del padre y sus relaciones no habían mejorado desde entonces.

La policía aún le seguía la pista al padre ante la posibilidad de que se tratara de un secuestro, pese a que todo indicaba que éste, un delincuente común, aborrecía a su hijo. En algunos casos, ésa era justificación suficiente para llevarse al niño y matarlo a modo de agresión contra la esposa separada. Cuando yo empezaba a patrullar las calles, en una ocasión llegué a un bloque de apartamentos donde descubrí que un hombre había secuestrado a su hija de corta edad y la había ahogado en la bañera porque la ex esposa no le había permitido quedarse con el televisor tras la separación.

Del seguimiento informativo de la desaparición de Baines se me había quedado grabada una imagen en la memoria: una instantánea de la señora Barton con la cabeza inclinada durante su visita a la madre de Evan Baines, que vivía en un edificio de viviendas de protección oficial. En principio era una visita privada. El fotógrafo pasaba por allí tras acudir al escenario de un asesinato por un asunto de drogas. Uno o dos periódicos incluyeron la foto, pero en tamaño reducido.

– Gracias, Caroline. Hablaré un rato a solas con el señor Parker.

Si bien sonrió mientras lo decía, su tono no admitía discusión. Su secretaria afectó indiferencia al ver que la mandaban fuera, pero echaba chispas por los ojos. Cuando salió del despacho, la señora Barton se sentó en una silla de respaldo recto alejada del escritorio y me señaló un sofá negro de piel. Luego dirigió hacia mí su sonrisa.

– Lo siento mucho. Yo no autoricé ese acuerdo, pero a veces Caroline tiende a protegerme demasiado. ¿Le apetece un café, o prefiere una copa?

– Nada, gracias. Antes de que continúe, señora Barton, debo decirle que en realidad yo no me dedico a las personas desaparecidas.

Sabía por experiencia que era mejor dejar la búsqueda de personas desaparecidas en manos de agencias especializadas y con recursos humanos para seguir pistas y verificar las declaraciones de posibles testigos. Algunos investigadores que aceptaban en solitario esa clase de encargos en el mejor de los casos estaban mal preparados y en el peor eran parásitos que se cebaban con las esperanzas de quienes seguían vivos para continuar financiando esfuerzos mínimos a cambio de resultados aún menores.

– El señor Loomax me advirtió que quizá diría usted eso, pero sólo por modestia. Me pidió que le dijera que él lo consideraría un favor personal.

Sonreí a mi pesar. El único favor que yo le haría a Tony Loo-Loo sería no mearme sobre su tumba cuando muriera.

Según me contó la señora Barton, había conocido a Catherine Demeter a través de su hijo, que había visto a la chica en los grandes almacenes DeVrie's, donde trabajaba, y la había acosado hasta conseguir una cita. La señora Barton y su hijo -su hijastro, para ser exactos, ya que Jack Barton había estado casado antes una vez, con una sureña que se divorció de él tras ocho años de matrimonio y se marchó a Hawai con un cantante- no mantenían una relación estrecha.

Estaba al corriente de que su hijo se dedicaba a actividades «desagradables», como ella dijo, y había intentado inducirlo a cambiar de hábitos «tanto por su propio bien como por el bien de la fundación». Asentí con un gesto de comprensión. Lástima era la única cosa que podía inspirar cualquier persona relacionada con Stephen Barton.

Cuando ella se enteró de que tenía una nueva novia, propuso que se reunieran los tres y concertaron una cita. Al final, su hijo no se presentó, pero Catherine sí y, tras cierta incomodidad inicial, surgió enseguida entre ambas una amistad mucho más sincera que la relación que existía entre la chica y Stephen Barton. Las dos quedaban de vez en cuando para tomar un café o para almorzar. Pese a la insistencia de la señora Barton, Catherine siempre rehusó cortésmente las invitaciones para ir a la casa, y Stephen Barton nunca la llevó.

De pronto, Catherine Demeter se esfumó sin más. Había salido del trabajo temprano un sábado, y el domingo no había acudido a una cita con la señora Barton para almorzar. Eso era lo último que se sabía de Catherine Demeter, dijo la señora Barton. Desde entonces habían pasado dos días y aún no había tenido noticias de ella.

– Debido a…, en fin…, la publicidad que la fundación ha tenido en los últimos tiempos por la desaparición de aquel pobre niño, me he resistido a armar un revuelo o a atraer más atención negativa sobre nosotros -declaró-. Telefoneé al señor Loomax, y éste opina que quizá Catherine simplemente se ha marchado a otra parte. Ocurre con frecuencia, creo.

– ¿Piensa usted que puede haber otra razón?

– No lo sé, la verdad, pero estaba muy contenta con su trabajo y parecía llevarse bien con Stephen. -Se interrumpió por un momento al mencionar a su hijo, como si dudara de si debía continuar o no. Por fin añadió-: Stephen anda muy alocado desde hace un tiempo…, desde antes de la muerte de su padre, de hecho. ¿Conoce a la familia Ferrera, señor Parker?

– Sé quiénes son.

– Stephen empezó a relacionarse con su hijo menor pese a todos nuestros esfuerzos por evitarlo. Me consta que frecuenta malas compañías y que se ha metido en asuntos de drogas. Me temo que podría haber arrastrado a Catherine a algo de eso. Y… -Volvió a interrumpirse un instante-. Yo disfrutaba de la compañía de Catherine. Desprendía cierta dulzura y a veces se la veía muy triste. Decía que deseaba establecerse aquí después de ir de un sitio para otro durante tanto tiempo.

– ¿Le dijo dónde había estado?

– Por todas partes. Imagino que trabajaría en muchos estados.

– ¿Le contó algo de su pasado, dio señales de que algo la preocupara?

– Creo que cuando era niña le ocurrió algo a su familia. Me contó que una hermana suya murió. No entró en detalles. Dijo que no podía hablar de eso, y yo no insistí.

– Puede que el señor Loomax tenga razón. Quizá sólo ha vuelto a trasladarse a otra ciudad.

La señora Barton movió la cabeza en un obstinado gesto de disconformidad.

– No, me lo habría dicho, estoy segura. Stephen no ha tenido noticias de ella y yo tampoco. Temo por ella y quiero saber que está bien. Eso es todo. Catherine ni siquiera tiene que saber que lo he contratado a usted o que estoy preocupada por ella. ¿Aceptará el caso?

Seguía sin gustarme la idea de hacerle el trabajo sucio a Walter Cole y aprovecharme de Isobel Barton, pero apenas tenía algo más entre manos aparte de la comparecencia en un juicio al día siguiente como testigo de una compañía de seguros, otro caso que había aceptado por dinero y disponer de tiempo libre.

Si había alguna relación entre Sonny Ferrera y la desaparición de Catherine Demeter, casi con toda seguridad la chica estaba en un aprieto. Si Sonny estaba implicado en el asesinato de Ollie Watts, el Gordo, era evidente que había perdido el norte.

– Le dedicaré unos días -dije, y añadí-: A modo de favor. ¿Quiere saber mis honorarios?

Había empezado a extender un cheque a cargo de su cuenta personal, no de la fundación.

– Aquí tiene un anticipo de tres mil dólares, y ésta es mi tarjeta. Al dorso encontrará mi número de teléfono particular. -Desplazó la silla hacia delante-. Y dígame, ¿qué más necesita saber?

Esa noche cené en el River, en Amsterdam Avenue, casi en la esquina con la calle 70, donde preparaban una magnífica ternera que lo convertía en el mejor restaurante vietnamita de la ciudad, y donde los camareros se movían con tal delicadeza que uno tenía la sensación de que lo servían sombras o brisas pasajeras. Observé a una pareja joven en la mesa contigua con las manos entrelazadas. Se acariciaban mutuamente los nudillos y las yemas de los dedos, trazaban suaves círculos en las palmas y luego se tomaban las manos en un fuerte apretón. Y mientras simulaban así que hacían el amor, una camarera pasó a mi lado y me dirigió una sonrisa de complicidad.

6

Al día siguiente de mi entrevista con Isobel Barton pasé brevemente por el juzgado para el caso de la aseguradora. Una compañía telefónica había sido demandada por un electricista en nómina que alegaba haber caído por un agujero en el suelo mientras revisaba unos cables subterráneos y que, como consecuencia del accidente, no podía seguir trabajando.

Quizá no pudiera trabajar, pero sí había sido capaz de levantar doscientos veinticinco kilos en una competición de halterofilia con premios en metálico organizada por un gimnasio de Boston. Yo había grabado su momento de gloria con una microvideocámara Panasonic. La aseguradora presentó la prueba a un juez, que pospuso toda decisión al respecto hasta la semana siguiente. Ni siquiera tuve que prestar declaración. Después me tomé un café y leí el periódico en un bar antes de ir al viejo gimnasio de Pete Hayes en Tribeca.

Sabía que Stephen Barton hacía ejercicio allí de vez en cuando. Si su novia había desaparecido, era muy posible que Barton supiera adónde se había marchado o, igual de importante, por qué. Recordaba vagamente que era un hombre fornido de aspecto nórdico, con el cuerpo hinchado hasta límites repugnantes a causa de los esteroides. Aunque todavía no había cumplido los treinta, aparentaba diez años más debido a la textura de cuero viejo de su piel, fruto de la mezcla de culturismo y salones de bronceado.

Cuando los artistas y los abogados de Wall Street empezaron a mudarse a la zona de Tribeca, atraídos por los lofts de los edificios de hierro forjado y mampostería, el gimnasio de Pete subió de categoría; en lo que antes era un local con el suelo cubierto de escupitajos y serrín, había ahora espejos y macetas con palmeras y, para colmo de sacrilegios, un bar de zumos. Ahora las masas de músculos sin cerebro y los auténticos levantadores de pesas se codeaban con economistas que habían echado barriga y ejecutivas con teléfonos móviles y trajes sastre de marca. El tablón de la entrada anunciaba algo llamado spinning, que consistía en pasarse una hora sentado en una bicicleta hasta sudar sangre. Diez años atrás la asidua clientela de Pete habría reducido a escombros el gimnasio ante la sola idea de que pudiera utilizarse con ese fin.

Una rubia de aspecto saludable con unos leotardos grises me dejó pasar al despacho de Pete, el último bastión de lo que había sido el gimnasio en otro tiempo. Pósters antiguos de competiciones de halterofilia y concursos de Mister Universo compartían las paredes con fotografías en las que aparecía Pete en compañía de Steve Reeves, Joe Weider y, curiosamente, el luchador Hulk Hogan. En una vitrina había expuestos trofeos de fisioculturismo y tras un desportillado escritorio de pino estaba Pete, con sus músculos cada vez más fláccidos a causa de la edad pero todavía fuerte e imponente, y con el pelo entrecano cortado a lo militar. Yo había ido al gimnasio durante seis años, hasta que me ascendieron a inspector e inicié mi proceso de autodestrucción.

Pete se levantó y me saludó con la cabeza. Tenía las manos en los bolsillos y su holgado jersey no disimulaba la envergadura de sus hombros y sus brazos.

– ¡Cuánto tiempo sin vernos! -exclamó-. Siento mucho lo que ocurrió… -Bajó la voz gradualmente hasta interrumpirse y se encogió de hombros a la vez que movía el mentón en un gesto dirigido al pasado y lo sucedido.

Asentí y me apoyé contra un viejo archivador de color gris plomo salpicado de pegatinas con propaganda de suplementos vitamínicos y revistas de halterofilia.

– ¿Conque spinning eh, Pete?

Hizo un mohín.

– Sí, ya lo sé. Sin embargo, con el spinning me saco doscientos dólares la hora. En el piso de arriba, justo encima de nosotros, tengo cuarenta bicicletas, y no ganaría más dinero falsificando billetes.

– ¿Anda por aquí Stephen Barton?

Pete dio un puntapié a un obstáculo imaginario en el gastado suelo de madera.

– No viene desde hace una semana más o menos. ¿Está metido en algún lío?

– No lo sé -contesté-. ¿Lo está?

Pete se sentó lentamente y, con una mueca de dolor, estiró las piernas. Los años de sentadillas le habían pasado factura a sus rodillas dejándoselas débiles y artríticas.

– No eres el primero que pregunta por él esta semana. Ayer lo buscaban por aquí un par de individuos que vestían trajes baratos. Reconocí a uno de ellos, un tal Sal Inzerillo. Fue un buen peso medio hasta que empezó a pasarse alguna que otra temporada entre rejas.

– Lo recuerdo. -Guardé silencio por un instante-. He oído decir que ahora trabaja para el viejo Ferrera.

– Es posible -respondió Pete a la vez que asentía con la cabeza-. Es posible. Quizá ya trabajara para el viejo en el cuadrilátero si damos crédito a lo que se contaba. ¿Tiene algo que ver con las drogas?

– No lo sé -contesté. Pete me lanzó una mirada furtiva para comprobar si mentía, decidió que no y volvió a bajar la vista hacia sus zapatillas-. ¿Te has enterado de si hay algún problema entre Sonny y el viejo, algo relacionado con Stephen Barton?

– Tienen problemas, eso desde luego, o si no, ¿por qué iba a venir Inzerillo a estropearme el suelo con sus suelas negras de goma? Pero no me consta que Barton esté por medio.

Pasé al tema de Catherine Demeter.

– ¿Recuerdas si acompañaba a Barton una chica últimamente? Quizá viniera por aquí alguna vez. Baja, morena, dentuda, treintañera.

– Barton anda con muchas chicas, pero a ésa no la recuerdo. En general, no me fijo a menos que sean más listas que Barton, y entonces sólo porque me sorprende.

– No es difícil ser más listo que él -dije-. Ésta probablemente lo era. ¿Barton maltrata a las mujeres?

– Tiene un humor de perros, desde luego. Las pastillas le han trastornado el cerebro, la furia de los esteroides le ha salido por donde no debía. Para él todo se reduce a follar o pelearse. Básicamente a follar. Con mi mujer tendría una pelea detrás de otra. -Me miró con atención-. Sé en qué anda metido, pero aquí no vende. Le habría hecho tragarse su mierda por la fuerza si lo hubiera intentado.

No le creí pero lo dejé pasar. Ahora los esteroides formaban parte del juego y Pete no podía hacer gran cosa al respecto aparte de lanzar baladronadas.

Apretó los labios y dobló poco a poco las piernas.

– Muchas mujeres se sienten atraídas por su corpulencia. Barton es una mole y desde luego se da muchos aires. Algunas mujeres buscan la protección que puede ofrecerles un hombre así. Piensan que si le dan lo que él quiere, cuidará de ellas.

– Pues es una lástima que eligiera a Stephen Barton -comenté.

– Sí -convino Pete-. Quizás en realidad no fuera tan lista.

Me había llevado ropa de deporte e hice una sesión de noventa minutos en el gimnasio, con la imagen de mis esfuerzos reflejada en los espejos desde todos los ángulos. Hacía tiempo que no me empleaba a fondo. Para evitar el bochorno, prescindí del banco y me concentré en los hombros, la espalda y ejercicios ligeros de brazos, disfrutando de la sensación de fuerza y movimiento en los aparatos de flexiones y la tensión en los bíceps al contraer los brazos.

Aún tenía un aspecto aceptable, pensé, si bien la evaluación fue resultado de la inseguridad más que de la vanidad. Con algo menos de metro ochenta de estatura, mantenía algo de mi antigua complexión de levantador de pesas -los hombros anchos, los bíceps y tríceps bien definidos, y un pecho que al menos abultaba más que dos huevos friéndose en la acera-, y había recuperado sólo una pequeña parte de la grasa que había perdido durante el año. Todavía conservaba el pelo, aunque las canas se me extendían ya por las sienes y salpicaban el flequillo. Tenía los ojos de un color bastante claro como para poder calificarse sin lugar a dudas de azul grisáceo, en medio de una cara un poco alargada con las profundas arrugas del dolor vivido en torno a los ojos y la boca. Recién afeitado, con un corte de pelo decente, un buen traje y una luz favorable, aún podía reclamar cierto respeto. Con la iluminación adecuada, incluso podía afirmar que tenía treinta y dos años sin provocar risotadas. Eran sólo dos años menos que los que constaban en mi carnet de conducir, pero esas pequeñeces van cobrando importancia con la edad.

Cuando terminé, guardé mis cosas, rehusé el batido de proteínas que me ofreció Pete -olía a plátanos podridos- y paré en el camino a tomar un café. Relajado por primera vez desde hacía semanas, notaba cómo fluían las endorfinas por mi organismo y una agradable tensión cada vez más perceptible en los hombros y la espalda.

A continuación visité los grandes almacenes DeVrie's en la Quinta Avenida. El jefe de personal se hacía llamar jefe de recursos humanos y, como los jefes de personal de todo el mundo, era una de las personas menos afables que uno podía encontrarse. Sentado frente a él, era difícil no pensar que cualquiera capaz de considerar recursos a los individuos -reduciéndolos sin remordimiento alguno al mismo nivel que el petróleo, los ladrillos y los canarios en las minas de carbón-, probablemente no debería estar autorizado a ninguna relación humana que no implicara cerrojos y barrotes carcelarios. En otras palabras, Timothy Cary era un capullo de tomo y lomo, desde el pelo teñido y cortado al rape hasta las punteras de sus zapatos de charol.

Esa tarde, un rato antes, me había puesto en contacto con su secretaria para concertar una cita y le había dicho que trabajaba para

un abogado por un asunto de una herencia de la que la señorita De-meter era beneficiaría. Cary y su secretaria eran tal para cual. Un perro salvaje encadenado habría resultado más útil que la secretaria de Cary, y más fácil de sortear.

– Mi cliente está deseoso de localizar a la señorita Demeter cuanto antes -dije a Cary en su pequeño y atildado despacho-. Es un testamento sumamente pormenorizado y hay muchos formularios que rellenar.

– ¿Y su cliente es…?

– Por desgracia eso no puedo decírselo. No me cabe duda de que usted lo comprenderá.

A juzgar por su semblante, Cary lo comprendió pero contra su voluntad. Se reclinó en la silla y se atusó la cara corbata de seda que llevaba sujetándola entre los dedos. Tenía que ser cara. Era demasiado insulsa para no serlo. Nítidos pliegues surcaban la pechera de su camisa como si acabara de sacarla de su envoltorio, en el supuesto de que Timothy Cary tuviera el menor contacto con algo tan vulgar como un envoltorio de plástico. Si alguna vez salía de su despacho y visitaba la tienda, debía de ser como el descenso de un ángel, aunque un ángel con expresión de estar oliendo algo muy desagradable.

– Se esperaba que la señorita Demeter viniera a trabajar ayer. -Cary examinó la ficha colocada ante él en el escritorio-. Tenía el lunes libre, así que no la hemos visto desde el sábado.

– ¿Es eso habitual, tener libre el lunes?

No me moría de ganas de saberlo, pero la pregunta desvió la atención de Cary de la ficha. Isobel Barton no conocía la nueva dirección de Catherine Demeter. Normalmente, Catherine se ponía en contacto con ella, o la señora Barton pedía a su secretaria que le dejara un mensaje en DeVrie's. Cuando Cary se animó un poco ante la oportunidad de hablar de un tema trascendente para él y empezó a explayarse sobre horarios laborales, memoricé la dirección y el número de la seguridad social de la chica. Al cabo de un rato conseguí interrumpir a Cary el tiempo suficiente para preguntar si Catherine De-meter había estado indispuesta durante su último día de trabajo o se había quejado de algo.

– No estoy al corriente de ningún comentario en ese sentido. En estos momentos el empleo de la señorita Demeter en DeVrie's está en entredicho como resultado de su ausencia -concluyó con aire de superioridad-. Por su bien, espero que la herencia sea considerable.

Dudo que fuera un sentimiento sincero.

Tras varias tácticas dilatorias de rutina, Cary me dio permiso para hablar con la mujer que había trabajado con Catherine la última vez que ésta había acudido a los almacenes. Me reuní con ella en el despacho del supervisor, en la zona de administración. Martha Friedman tenía poco más de sesenta años. Era una mujer regordeta y llevaba el pelo teñido de rojo y la cara tan maquillada que posiblemente el suelo de la selva amazónica recibía más luz natural que su piel, pero intentó ayudarme. Había trabajado con Catherine Demeter el sábado en la sección de porcelanas. Era la primera vez que trabajaba con ella, porque la ayudante habitual de la señora Friedman se había puesto enferma y habían tenido que sustituirla.

– ¿Notó algo anormal en su comportamiento? -pregunté mientras la señora Friedman aprovechaba la ocasión de pasar un rato en el despacho del supervisor examinando discretamente los papeles de su mesa-. ¿Parecía alterada o nerviosa?

La señora Friedman arrugó un poco la frente.

– Rompió un objeto de porcelana, un jarrón de Aynsley. Acababa de llegar y estaba enseñándoselo a un cliente cuando se le cayó. Luego, mientras echaba una ojeada a mi alrededor, la vi correr hacia la escalera mecánica. Muy poco profesional, pensé, aunque se encontrara mal.

– ¿Y se encontraba mal?

– Dijo que se encontraba mal, pero ¿por qué correr hacia la escalera? Tenemos un baño para los empleados en todas las plantas.

Presentí que la señora Friedman sabía más de lo que decía. Disfrutaba de la atención que recibía y deseaba prolongarla. Me incliné hacia ella en actitud de confidencialidad.

– Pero ¿y usted, señora Friedman, qué piensa?

Ufanándose un poco, se inclinó también hacia mí y me tocó ligeramente la mano para dar más énfasis.

– Vio a alguien, alguien a quien intentaba dar alcance antes de que saliera de los almacenes. Tom, el guardia de seguridad de la puerta este, me dijo que pasó como una flecha por delante de él y se quedó en la calle mirando a un lado y a otro. En principio debemos pedir permiso para abandonar la tienda en horario de trabajo. Tom tendría que haber informado de eso, pero sólo me lo dijo a mí. Es un schvartze, un negro, pero buena persona.

– ¿Tiene idea de a quién vio?

– No. Se negó a hablar del asunto. Que yo sepa, no tiene amigos entre el personal, y ahora lo entiendo.

Hablé con el guardia de seguridad y con el supervisor, pero no pudieron añadir nada a la información que la señora Friedman me había proporcionado. Entré en un bar a tomar un café y un sándwich, regresé a mi apartamento a recoger una pequeña bolsa negra que me había dado mi amigo Ángel y cogí otro taxi para ir al apartamento de Catherine Demeter.

7

El apartamento, en un edificio rehabilitado de obra vista con cuatro plantas, estaba en Greenpoint, una parte de Brooklyn habitada mayoritariamente por italianos, irlandeses y polacos, entre estos últimos un gran número de ex activistas del sindicato Solidaridad. De la Fundición Continental de Greenpoint había salido el acorazado Monitor para combatir contra el buque confederado Merrimac cuando Greenpoint era el centro industrial de Brooklyn.

Los forjadores, los alfareros y los impresores ya habían desaparecido, pero muchos de los descendientes de los antiguos trabajadores seguían allí. Pequeñas boutiques y panaderías polacas compartían fachada con arraigadas tiendas de kosher y con establecimientos que vendían aparatos eléctricos de segunda mano.

La manzana donde vivía Catherine Demeter dejaba aún bastante que desear, y en los peldaños de la mayoría de los edificios se veía a muchachos sentados con zapatillas de deporte y vaqueros por debajo de la cintura, que se dedicaban a fumar, silbar y gritar a las mujeres que pasaban. Vivía en el apartamento 14, probablemente en uno de los últimos pisos del bloque. Llamé al timbre, pero no me sorprendió comprobar que nadie contestaba por el portero automático. Probé en el 20, y cuando respondió una anciana, le dije que era de la compañía de gas y que había recibido aviso de un escape pero que el portero no estaba en su apartamento. Guardó silencio por un instante y luego me dejó pasar.

Imaginé que lo verificaría con el portero, así que disponía de poco tiempo, aunque si el apartamento no revelaba nada sobre el posible paradero de Catherine Demeter, tendría que hablar con el portero de todos modos o recurrir a los vecinos, o quizás incluso al cartero. Al cruzar el vestíbulo, abrí el buzón del apartamento 14 con una ganzúa y allí sólo encontré el último número de la revista New York y dos sobres que parecían de propaganda. Cerré el buzón y subí al tercer piso por la escalera.

El tercer piso estaba en silencio, con seis puertas recién barnizadas a lo largo del rellano, tres a cada lado. Me acerqué sigilosamente al número 14 y saqué la bolsa negra del interior de la chaqueta. Volví a llamar a la puerta, sólo para mayor seguridad, y extraje la espátula eléctrica de la bolsa. Ángel era el mejor especialista en allanamiento de morada que conocía, y yo, incluso estando en la policía, había tenido razones para solicitar sus servicios. A cambio, nunca lo había molestado y él se había mantenido fuera de mi camino desde el punto de vista profesional. Cuando tuvo que cumplir condena, hice lo que pude por facilitarle un poco las cosas dentro. La espátula fue una especie de prueba de gratitud. Una prueba de gratitud ilegal.

Parecía un taladro eléctrico pero era más pequeña y delgada, con una púa en un extremo que actuaba como ganzúa y palanca. Introduje la púa en la cerradura y apreté el gatillo. La espátula vibró ruidosamente durante un par de segundos y el resorte cedió. Entré en silencio y cerré la puerta, segundos antes de que otra puerta se abriese en el rellano. Inmóvil, esperé a que se cerrara y entonces guardé la espátula en la bolsa, volví a abrir la puerta y saqué un mondadientes del bolsillo. Lo partí en cuatro trozos que metí en la cerradura. Eso me daría tiempo de llegar a la escalera de incendios si alguien intentaba entrar en el apartamento mientras yo estaba allí. A continuación cerré la puerta y encendí la luz.

Un pasillo corto, cubierto con una alfombra raída, daba a una sala de estar limpia y con muebles baratos, un televisor viejo y un sofá y unas butacas que no hacían juego. A un lado había una cocina pequeña y al otro un dormitorio.

Empecé por el dormitorio. Junto a la cama, sobre un estante, había unas cuantas novelas en rústica. El resto del mobiliario se reducía a un armario y un tocador, y ambos parecían hechos a partir de kits de montaje de IKEA. Miré bajo la cama y encontré una maleta vacía. No había cosméticos en el tocador, lo cual significaba que quizá se los había llevado junto con unas cuantas cosas más para pasar fuera un par de días. Probablemente no tenía intención de quedarse fuera mucho tiempo y desde luego no parecía haberse marchado para siempre.

Eché un vistazo al armario pero dentro sólo había ropa y unos cuantos pares de zapatos. Los dos primeros cajones del tocador también contenían sólo ropa, pero el último estaba lleno de papeles, los documentos, declaraciones de renta y certificados de trabajo de una vida transcurrida de ciudad en ciudad, de empleo en empleo.

Catherine Demeter había trabajado como camarera durante mucho tiempo, trasladándose de New Hampshire a Florida y viceversa según la temporada. También había pasado épocas en Chicago, Las Vegas y Phoenix, así como en numerosos pueblos, a juzgar por las nóminas y justificantes de ingresos del cajón. Había asimismo varios extractos bancarios. Tenía unos mil novecientos dólares en una cuenta de ahorros de una sucursal del Citibank, además de acciones y obligaciones cuidadosamente atadas con una ancha cinta de color azul. Al final encontré un pasaporte, renovado en fecha reciente, y dentro tres fotos de pasaporte sueltas de la propia Catherine.

Catherine Demeter, tal como Isobel Barton la había descrito, era una mujer menuda y atractiva de unos treinta y cinco años, un metro sesenta de estatura, cabello oscuro, media melena, ojos de color azul y tez clara. Me hice con las fotos sueltas y las guardé en mi cartera. Luego examiné el único objeto de carácter muy personal que había en el cajón.

Era un álbum de fotos, grueso y ajado en las esquinas. Mostraba lo que, supuse, era la historia de la familia Demeter: fotografías en sepia de los abuelos, la boda de un hombre y una mujer que probablemente eran sus padres y las fotos de dos niñas año tras año, a veces con sus padres y amigos, a veces juntas, a veces solas. Imágenes de la playa, de las vacaciones familiares, de los cumpleaños y las navidades y los días de Acción de Gracias; los recuerdos de dos hermanas que empezaban a vivir. El parecido entre ambas saltaba a la vista. Catherine era la menor, y ya entonces eran visibles sus dientes salidos. La que suponía que era su hermana tenía dos o tres años más, una niña de pelo rubio rojizo, preciosa ya a los once o doce años.

No había más fotografías de la hermana mayor a partir de esa edad. El resto era de Catherine sola o con sus padres, y el testimonio de su crecimiento se hacía menos frecuente, a la vez que desaparecía la sensación de celebración y alegría. Con el paso del tiempo, las fotos eran ya muy esporádicas, hasta una última de Catherine el día de su graduación, una muchacha de aspecto solemne, con ojeras y al borde del llanto. Firmaba el certificado adjunto el director del instituto Haven de Virginia.

Entre las hojas finales del álbum se notaba que se había extraído algo. A pie de página quedaban restos de lo que parecía papel de periódico, en su mayoría trozos diminutos del grosor de una hebra, pero había uno que era un cuadrado de unos cinco centímetros de lado. El papel amarilleaba y contenía un fragmento de un parte meteorológico en una cara y un trozo de una foto en la otra, que mostraba la parte superior de una cabeza de pelo rubio rojizo en uno de los ángulos. En la última página había dos partidas de nacimiento, una de Catherine

Louise Demeter, con fecha del 5 de marzo de 1962, y la otra de Amy Ellen Demeter, con fecha del 3 de diciembre de 1959.

Dejé el álbum en el cajón y entré en el cuarto de baño contiguo. Estaba limpio y ordenado como el resto del apartamento, con jabón, geles de ducha y espuma de baño pulcramente dispuestos sobre los azulejos blancos junto a la bañera y las toallas apiladas en un pequeño armario bajo el lavabo. Abrí uno de los lados del pequeño armario con espejos colgado de la pared. Contenía dentífrico, seda dental y elixir bucal, así como varios medicamentos de venta sin receta para alivio del resfriado y la retención de líquidos, cápsulas de prímula para el insomnio y diversas vitaminas. No había píldoras ni ningún otro tipo de anticonceptivo. Quizá Stephen Barton ya se ocupaba de eso, aunque lo dudaba. Stephen no parecía la clase de hombre consciente de esos problemas.

En el otro lado del armario había una farmacia en miniatura con estimulantes y calmantes de sobra para mantener a Catherine en marcha como si estuviera en una montaña rusa. Había Librium para los altibajos, Ativan para combatir el nerviosismo y Valium, Torazina y Lorazepam para la ansiedad. Algunos frascos estaban vacíos, otros a medias. El más reciente lo había adquirido con una receta del doctor Frank Forbes, un psiquiatra. Lo conocía. Forbes, alias «Frank el Cabrón», se había tirado o había intentado tirarse a tantas de sus pacientes que en un momento dado se planteó la posibilidad de presentar una demanda conjunta. Había estado a un paso de perder la licencia en varias ocasiones, pero al final las reclamaciones siempre se retiraban, nunca llegaban a los tribunales o eran anuladas gracias al oportuno desembolso de Frank el Cabrón. Había oído decir que llevaba un tiempo anormalmente tranquilo, desde que una de sus pacientes contrajo gonorrea después de una sesión con él y lo llevó a juicio sin pensárselo dos veces. En esa ocasión, por lo visto, Frank el Cabrón no lo había tenido tan fácil para enterrar el asunto.

Catherine Demeter era sin duda una mujer muy desdichada y difícilmente llegaría a ser más feliz si visitaba a Frank Forbes. La idea de ir a verlo no me entusiasmaba. Una vez había intentado propasarse con Elizabeth Gordon, la hija de una de las amigas divorciadas de Susan, y yo le había visitado para recordarle sus obligaciones como médico y amenazarlo con tirarlo desde la ventana de su consulta si aquello volvía a ocurrir. Después de ese suceso intenté tomarme un interés semiprofesional por las actividades de Frank Forbes.

No había nada más digno de mención en el cuarto de baño de Catherine ni en el resto del apartamento. Cuando me disponía a salir, me detuve ante el teléfono, descolgué el auricular y pulsé el botón de rellamada. Tras sonar varias veces el timbre, contestó una voz.

– Oficina del sheriff del condado de Haven, dígame.

Colgué y llamé a un conocido que trabajaba en la compañía telefónica. Al cabo de cinco minutos me proporcionó una lista de números locales a los que se había telefoneado desde allí entre el viernes y el domingo. Eran sólo tres llamadas, y todas intrascendentes: a un restaurante chino con reparto a domicilio, a una lavandería del barrio y a una línea de información sobre la cartelera de cine.

La compañía telefónica local no podía facilitarme detalles con respecto a posibles conferencias, así que llamé a un segundo número. Éste me puso en contacto con una de las muchas agencias que ofrecían la oportunidad de comprar ilegalmente información confidencial a detectives y a cuantos mostraban un profundo y pertinaz interés en los asuntos de otras personas. La agencia me comunicó al cabo de veinte minutos que el sábado por la noche, a través de la compañía telefónica Sprint, se habían realizado quince llamadas a números de Haven, en Virginia: siete a la oficina del sheriff y ocho a un teléfono particular del pueblo. Me dieron los dos números y marqué el segundo. El mensaje del contestador era lacónico: «Soy Earl Lee Granger. Ahora no estoy. Deje su mensaje después de oír la señal o, si es un asunto policial, póngase en contacto con la oficina del sheriff en el…».

Marqué el número, volvió a salirme la oficina del sheriff del condado de Haven, y pregunté por él.

Me dijeron que el sheriff Granger no podía ponerse, así que pregunté por el responsable en su ausencia. Averigüé que el ayudante de mayor rango era Alvin Martin, pero había salido de servicio. El que atendía el teléfono no sabía cuándo regresaría el sheriff. Sin embargo, por el tono de su voz supuse que el sheriff no había ido simplemente a comprar tabaco. Cuando me preguntó mi nombre, le di las gracias y colgué.

Al parecer, algo había inducido a Catherine Demeter a ponerse en contacto con el sheriff de su pueblo, pero no con el Departamento de Policía de Nueva York. Si no disponía de más información, tendría que ir de visita a Haven. Primero, no obstante, decidí visitar a Frank Forbes, el Cabrón.

8

Hice un alto en Azure, en la Tercera Avenida, compré piña y fresas frescas -a precio de oro- en la sección de alimentación, y me las llevé al Citicorp Center, a la vuelta de la esquina, para comer en el espacio público. Me gustaban las líneas sencillas del edificio y su extraño tejado en ángulo. Era uno de los pocos proyectos urbanísticos nuevos donde se había aplicado el mismo grado de imaginación tanto en el diseño interior como exterior: el atrio de siete plantas seguía poblado de árboles y arbustos, las tiendas y restaurantes estaban abarrotados de gente, y un puñado de fieles permanecía en silencio en la austera iglesia subterránea.

A dos manzanas de allí, Frank Forbes, el Cabrón, tenía una consulta de postín en un edificio de cristales ahumados de los años setenta, al menos de momento. Subí en ascensor y entré en la recepción, donde una morena joven y bonita escribía algo en el ordenador. Cuando entré, alzó la vista y me dedicó una radiante sonrisa. Procuré no quedarme boquiabierto al devolvérsela.

– ¿Podría ver al doctor Forbes? -pregunté.

– ¿Tiene hora con él?

– No soy un paciente, gracias a Dios, pero Frank y yo nos conocemos desde hace mucho. Dígale que Charlie Parker quiere verlo.

Su sonrisa vaciló levemente, pero habló con Frank por el interfono y le transmitió el mensaje. Aunque palideció un poco mientras escuchaba la respuesta, conservó la compostura de manera admirable, dadas las circunstancias.

– Sintiéndolo mucho, el doctor Forbes no puede recibirlo -dijo, y su sonrisa empezó a apagarse por momentos.

– ¿De verdad ha dicho eso?

Se sonrojó.

– No, no exactamente.

– ¿Es usted nueva aquí?

– Es mi primera semana de trabajo.

– ¿Frank en persona la seleccionó?

Me miró con cara de perplejidad.

– Sí.

– Búsquese otro empleo. Es un pervertido y tiene los días contados en la profesión.

Seguí adelante y entré en la consulta de Frank mientras ella asimilaba la información. No había ningún paciente, y el buen doctor hojeaba unas notas en su escritorio. Al parecer, no le complació verme. Su fino bigote se curvó como un gusano negro y un encendido rubor se le propagó desde el cuello hasta la abombada frente y desapareció entre el pelo negro e hirsuto. Medía más de metro ochenta y hacía ejercicio. Tenía muy buen aspecto, pero la bondad no iba más allá de las apariencias. En Frank Forbes, el Cabrón, nada era bueno. Si te daba un dólar, la tinta se correría antes de llegar a tu cartera.

– Parker, lárgate de aquí. Por si lo has olvidado, ya no puedes presentarte aquí por las buenas. Ya no eres policía y, probablemente, el cuerpo ha salido ganando con tu ausencia. -Se inclinó hacia el inter-fono, pero la recepcionista ya había entrado detrás de mí.

– Avisa a la policía, Marcie. Mejor aún, llama a mi abogado. Dile que tengo intención de entablar demanda por acoso.

– He oído decir que lo tienes muy ocupado en estos momentos, Frank -dije, y tomé asiento en una silla de piel de respaldo recto frente a su escritorio -. También he oído decir que Maibaum y Locke llevan el juicio de esa pobre mujer que contrajo una enfermedad venérea. He colaborado alguna vez con ellos y son francamente buenos. Quizá debería mandarles a Elizabeth Gordon. Te acuerdas de Elizabeth, ¿verdad, Frank?

De forma instintiva, Frank lanzó una mirada por encima del hombro en dirección a la ventana y alejó la silla de ella.

– Déjalo, Marcie, no hay problema -dijo a la recepcionista con un gesto nervioso. Oí cerrarse la puerta suavemente a mis espaldas-. ¿Qué quieres?

– Tienes una paciente que se llama Catherine Demeter.

– Vamos, Parker, ya sabes que no puedo hablar de mis pacientes. Aunque pudiera, no te diría una mierda.

– Frank, eres el peor psiquiatra que he conocido. No dejaría que trataras ni a mi perro, porque probablemente intentarías tirártelo, así que guárdate la ética para el juez. Creo que esa mujer puede estar en apuros y quiero encontrarla. Si no cooperas, me pondré en contacto con Maibaum y Locke tan deprisa que pensarás que tengo el don de la telepatía.

Frank simuló que luchaba con su conciencia, aunque no la habría encontrado sin una pala y una orden de exhumación.

– Ayer faltó a una sesión sin permiso previo.

– ¿Por qué te visitaba?

– Melancolía involutiva, básicamente. Una depresión, para que tú lo entiendas, un estado que se presenta desde la mediana edad hasta las etapas finales de la vida. Al menos eso parecía al principio.

– Pero…

– Parker, esto es confidencial. Incluso yo tengo principios.

– Bromeas, ¿no? Sigue.

Frank suspiró y jugueteó con un lápiz sobre su cartapacio. Por fin se acercó a un armario, sacó una carpeta y volvió a sentarse. La abrió, hojeó el contenido y empezó a hablar.

– Su hermana murió cuando ella tenía ocho años, o mejor dicho, la mataron. Fue asesinada, al igual que varios niños más, a finales de los años sesenta, principios de los setenta, en un pueblo llamado Haven, en Virginia. Los niños, de ambos sexos, eran secuestrados y torturados, y sus restos los abandonaban en el sótano de una casa vacía en las afueras del pueblo. -Frank hablaba ahora con objetividad: un médico revisando un historial clínico para él tan lejano como un cuento de hadas a juzgar por la emoción que ponía en el relato-. Su hermana fue la cuarta víctima, pero la primera niña blanca. Las sospechas recayeron en una mujer del pueblo, una mujer rica. Su coche fue visto cerca de la casa después de la desaparición de uno de los niños, y más adelante intentó, sin éxito, raptar a un chico de otro pueblo, a unos treinta kilómetros de allí. El chico le arañó la cara y luego dio la descripción a la policía.

«Fueron a buscarla, pero los vecinos del pueblo se enteraron y llegaron antes a la casa. Allí estaba el hermano de la mujer. Según los vecinos, era homosexual, y la policía creía que la mujer tenía un cómplice, un hombre que quizá conducía el coche mientras ella atrapaba a los niños. Los vecinos enseguida imaginaron que el hermano era el sospechoso más probable. Lo encontraron ahorcado en el sótano.

– ¿Y la mujer?

– Murió quemada en otra casa vieja. El caso, sencillamente, se olvidó.

– Pero Catherine no lo olvidó.

– No, ella no. Se marchó del pueblo tras graduarse en el instituto, pero sus padres se quedaron. La madre murió hace unos diez años y el padre poco después. Y Catherine Demeter siguió su vida.

– ¿Volvió alguna vez a Haven?

– No, no después de los funerales. Dijo que para ella allí todo estaba muerto. Y eso es todo, poco más o menos. Todo se remonta a Haven.

– ¿Algún novio o relación informal?

– Si lo había, no lo mencionó, y ahora el turno de preguntas ha terminado. Vete. Si sacas el asunto a relucir, te demandaré por agresión, acoso y cualquier otra cosa que se le ocurra a mi abogado.

Me levanté para marcharme.

– Una cosa más -dije-. Por Elizabeth Gordon y para que siga sin conocer a Maibaum y Locke.

– ¿Qué?

– El nombre de la mujer que murió quemada.

– Modine. Adelaide Modine y su hermano William. Ahora, por favor, desaparece de mi vida.

9

El taller de Willie Brew, visto desde fuera, presentaba un aspecto desastrado y de dudosa reputación, si no manifiestamente fraudulento. El interior no mejoraba mucho, pero Willie, un polaco que tenía un apellido impronunciable abreviado a Brew por generaciones de clientes, era casi el mejor mecánico que conocía.

Nunca me había gustado esa zona de Queens, cerca, en dirección norte, del estruendo de los coches que circulaban por la autovía de Long Island. Ya de niño la relacionaba con aparcamientos de coches de segunda mano en venta, almacenes viejos y cementerios. El garaje de Willie, cerca del Kissena Park, había sido una buena fuente de información a lo largo de los años, ya que todos sus amigos ociosos, sin nada mejor que hacer que entrometerse en los asuntos ajenos, tendían a congregarse allí en un momento u otro; no obstante, seguía sintiéndome incómodo en la zona. Incluso de mayor, detestaba bordear aquellos barrios en el trayecto desde el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy hasta Manhattan, detestaba ver las licorerías y las ruinosas casas.

En comparación, Manhattan era exótico, y su perfil, capaz de infinitos cambios según el acceso por el que uno entraba en la ciudad. Mi padre se trasladó al condado de Westchester tan pronto como pudo permitírselo y compró una casita cerca del Grant Park. Manhattan era el sitio adonde íbamos los fines de semana mis amigos y yo. A veces atravesábamos toda la isla para subir a la pasarela del puente de Brooklyn y contemplar desde allí el perfil urbano en continuo cambio. Bajo nosotros vibraban las tablas al paso del tráfico, pero para mí era más que eso: era la vibración y el zumbido de la propia vida. Los cables que unían las torres del puente diseccionaban y dividían el paisaje de la ciudad como si un niño lo hubiera recortado con unas tijeras y hubiera pegado los trozos sobre el cielo azul.

Tras la muerte de mi padre, mi madre se trasladó con nosotros a Scarborough, en Maine, su pueblo natal, donde las hileras de árboles sustituían al paisaje urbano y sólo los aficionados a la hípica, llegados desde Boston y Nueva York para asistir a las carreras de Scarborough Downs, traían consigo las imágenes y los olores de las grandes ciudades. Quizá por eso me sentía como un visitante cada vez que contemplaba Manhattan: siempre me parecía ver la ciudad con ojos nuevos.

El taller de Willie se encontraba en un barrio que luchaba con uñas y dientes contra el aburguesamiento. La manzana donde estaba el taller había sido comprada por el dueño del restaurante japonés contiguo -tenía otros intereses en el barrio de Flushing, o Little Asia, como se lo conocía ahora, y por lo visto quería expandir su área de influencia hacia el sur-, y Willie se hallaba envuelto en una batalla semilegal para asegurarse de que no lo obligasen a cerrar. El japonés respondía enviando al garaje de Willie, a través de los respiraderos, vaharadas de olor a pescado. A veces Willie le pagaba con la misma moneda y le pedía a Arno, su mecánico jefe, que se tomara unas cervezas y comida china y que luego saliera, se metiera los dedos en la garganta y vomitara ante la puerta del restaurante. «China, vietnamita, japonesa, toda esa mierda parece igual cuando la echas», decía Willie.

Dentro, Arno -un hombre pequeño, fibroso y moreno- trabajaba en el motor de un Dodge destartalado. El olor a pescado y fideos impregnaba el aire. Mi Mustang del 69 estaba sobre una plataforma elevada, y alrededor había esparcidas piezas irreconocibles de sus mecanismos internos. No parecía tener más probabilidades que James Dean de volver a la carretera en un futuro cercano. Había telefoneado antes para avisar a Willie de que pasaría por allí. Como mínimo podría haberse tomado la molestia de fingir que hacía algo con el coche cuando llegué.

Se oyó un estridente juramento en el despacho de Willie, que estaba en lo alto de una escalera de madera a la derecha del garaje. La puerta se abrió y Willie bajó ruidosamente; tenía manchas de grasa en la calva y llevaba el mono azul de mecánico abierto hasta la cintura, revelando una sucia camiseta blanca ceñida en torno a su voluminoso vientre. Se encaramó con dificultad a unas cajas colocadas a modo de peldaños bajo el respiradero y acercó la boca a la rejilla.

– ¡Eh, hijos de puta de ojos rasgados! -gritó-. Dejad de atufar mi garaje con pescado, pues de lo contrario os vais a enterar de lo que vale un peine.

Al otro lado del respiradero alguien vociferó en japonés y a continuación se oyeron unas carcajadas orientales. Willie golpeó la rejilla con la palma de la mano y bajó. Me miró en la penumbra con los ojos entornados antes de reconocerme.

– Bird, ¿qué tal? ¿Quieres un café?

– Quiero un coche. Mi coche. El coche que tienes aquí desde hace ya más de una semana.

Willie adoptó una expresión apesadumbrada.

– Estás enfadado conmigo -dijo con tono burlón y tranquilizador a la vez-. Entiendo tu enfado. Enfadarse está bien. Tu coche, en cambio, no está bien. Tu coche está mal. El motor está hecho una mierda. ¿Qué combustible pones? ¿Tuercas y clavos viejos?

– Willie, necesito el coche. Los taxistas ya me tratan como a un viejo amigo. Algunos ni siquiera intentan timarme. Me he planteado alquilar un coche para ahorrarme el bochorno. En realidad, si no te pedí que me dejaras un coche prestado, fue sólo porque me dijiste que lo repararías en un día o dos a lo sumo.

Arrastrando los pies, Willie se acercó al coche y tocó una pieza cilíndrica de metal con la puntera de la bota.

– Arno, ¿qué pasa con el Mustang de Bird?

– Es una mierda -contestó Arno-. Dile que le daremos quinientos dólares por la chatarra.

– Propone Arno que te demos quinientos dólares por la chatarra.

– Ya lo he oído. Dile a Arno que le pegaré fuego a su casa si no me arregla el coche.

– Pasado mañana -respondió Arno desde debajo del capó-. Perdón por el retraso.

Willie me dio una palmada en el hombro con su grasienta mano.

– Ven a tomarte un café y escucha los chismes del barrio. -Bajando la voz, añadió-: Ángel quiere verte. Le dije que vendrías por aquí.

Asentí y lo seguí escalera arriba. En el despacho, que estaba asombrosamente ordenado, cuatro hombres sentados alrededor de la mesa bebían café y whisky en tazas pequeñas de metal. Saludé con la cabeza a Tommy Q, que había cumplido condena una vez por distribuir vídeos pirateados, y a un ladrón de coches con un poblado bigote a quien, cómo no, apodaban Groucho. A su lado estaba Jay, el otro ayudante de Willie, el cual, a sus sesenta y cinco años, tenía diez más que Willie pero aparentaba como mínimo otros diez más. Junto a éste se hallaba Ed Harris, alias «el Ataúd».

– ¿Conoces a Ed el Ataúd? -preguntó Willie.

Moví la cabeza para asentir.

– ¿Sigues robando cadáveres, Ed?

– ¡Qué va! -contestó Ed el Ataúd-. Lo dejé hace tiempo. Empecé a tener problemas de espalda.

Ed Harris, el Ataúd, en su faceta de secuestrador había superado con creces a todos los secuestradores. Opinaba que tener rehenes vivos se parecía demasiado a un trabajo de verdad, porque uno nunca sabía qué podían hacer o quién podía andar buscándolos. Los muertos eran más manejables, así que Ed el Ataúd robaba en los depósitos de cadáveres.

Leía las necrológicas, elegía a un difunto de una familia relativamente rica y luego sustraía el cadáver del depósito o del tanatorio. Hasta que apareció Ed y puso en tela de juicio el sistema, los tanatorios se consideraban en general sitios bien vigilados. Ed el Ataúd guardaba los cadáveres en una cámara frigorífica industrial que tenía en el sótano y exigía un rescate, por lo general sumas razonables. La mayoría de los parientes pagaba de buen grado a fin de recuperar a sus seres queridos antes de que empezaran a descomponerse.

Las cosas le fueron bien hasta que un viejo aristócrata polaco, ofendido por el secuestro de los restos mortales de su esposa, contrató a un regimiento privado para dar caza a Ed el Ataúd. Lo localizaron, aunque Ed estuvo a punto de escapar por un pasadizo que llevaba de su sótano al patio del vecino. No obstante, fue él quien rió el último. La compañía de la luz le había cortado el suministro tres días antes por no pagar los recibos. La esposa del viejo polaco apestaba como una zarigüeya muerta cuando la encontraron. Desde entonces Ed el Ataúd había ido de capa caída, y ahora era una figura desharrapada al fondo del garaje de Willie Brew.

Por un momento se produjo un incómodo silencio, que rompió Willie.

– ¿Te acuerdas de Vinnie el Chato? -preguntó a la vez que me entregaba una taza metálica humeante de café solo, tan caliente que estaba poniendo al rojo vivo el metal, pero, pese a ello, no conseguía ocultar el olor a gasolina impregnado dentro-. Espera a oír lo que va a contarnos Tommy Q. Aún no te has perdido nada.

Vinnie el Chato era un allanador de moradas de Newark que había visitado demasiadas veces la prisión y había decidido reformarse o, como mínimo, reformarse en la medida de lo posible para un tipo que durante cuarenta años se había ganado la vida desvalijando apartamentos. Debía su apodo a un largo y baldío paso por el boxeo amateur. Vinnie, de corta estatura y víctima potencial de cualquier maleante de Nueva Jersey proclive a la violencia, vio su habilidad con los puños como una posible salvación, como tantos otros tipos bajos de barrios peligrosos. Por desgracia, la defensa de Vinnie era casi tan buena como la de Charles Manson, y con el tiempo la nariz le quedó reducida a una masa de cartílago con dos orificios semicerrados como pasas en un pudín.

Tommy Q empezó a contar una anécdota sobre Vinnie, una empresa de decoración y un cliente homosexual muerto que podría haberlo llevado a los tribunales si la hubiera contado en un lugar de trabajo respetable.

– Así que el esteta acaba muerto, en un cuarto de baño, con la silla metida en el culo, y Vinnie acaba en la cárcel por vender las fotos y robar el vídeo del muerto -concluyó, moviendo la cabeza en un gesto de incomprensión ante las extrañas costumbres de los varones no heterosexuales.

Aún estaba desternillándose de risa por la anécdota cuando la sonrisa se borró de su cara y la carcajada se convirtió en un sonido gutural, como si se hubiera atragantado. Miré atrás y vi a Ángel en la oscuridad, con unos mechones de pelo negro y rizado escapándosele del gorro azul de punto y una barba rala que habría hecho reír a un niño de trece años. La cazadora azul marino de estibador abierta dejaba ver una camiseta negra, y los vaqueros azules terminaban sobre unos zapatos Timberland sucios y gastados.

Ángel no medía más de un metro sesenta y cinco, y para un observador desinformado no habría sido fácil entender por qué a Tommy Q le intimidaba su presencia. Había dos razones. En primer lugar, Ángel era mucho mejor boxeador que Vinnie el Chato y habría convertido a Tommy Q en carne de caballo a golpes si se lo hubiera propuesto, cosa que bien podría haber ocurrido, dado que Ángel era homosexual y quizá no le viera ninguna gracia a lo que tanto divertía a Tommy.

La segunda razón del temor de Tommy Q, y probablemente la más poderosa, era el novio de Ángel, un hombre a quien sólo se le conocía por Louis. Al igual que Ángel, Louis no tenía un medio de vida definido, aunque todos sabían que Ángel, ahora casi retirado a la edad de cuarenta años, era uno de los mejores ladrones del medio, capaz de robarle al presidente la pelusa del ombligo si la retribución económica merecía la pena.

Menos conocido era el hecho de que Louis, alto, negro y con un gusto en el vestir muy sofisticado, era un asesino a sueldo casi sin igual, un delincuente que se había reformado hasta cierto punto gracias a su relación con Ángel y ahora elegía sus esporádicos objetivos con lo que podría describirse como conciencia social.

Según se rumoreaba, el asesinato en Chicago de un experto en informática alemán llamado Gunther Bloch el año anterior había sido obra de Louis. Bloch era un violador y torturador en serie que se cebaba con mujeres jóvenes, a veces muy jóvenes, en los centros de turismo sexual del Sudeste asiático, donde llevaba a cabo la mayor parte de sus negocios. El dinero solía encubrir todos los males, dinero pagado a chulos, a padres, a policías, a políticos.

Por desgracia para Bloch, alguien de las altas esferas del gobierno de una de esas naciones no se había dejado comprar, y menos cuando Bloch estranguló a una niña de once años y arrojó el cadáver a un cubo de basura. Bloch huyó del país, una partida de dinero se destinó a un «proyecto especial», y Louis ahogó a Gunther Bloch en la bañera de la suite de un hotel de lujo en Chicago.

O como decía, eso se rumoreaba. Verdad o no, se consideraba que la presencia de Louis nunca auguraba nada bueno, y Tommy Q quería poder darse un baño en el futuro, aunque fuera muy de cuando en cuando, sin miedo a morir ahogado.

– Una buena anécdota -comentó Ángel.

– Es sólo una anécdota, Ángel. No lo he dicho con mala intención. No quería ofenderte.

– No me has ofendido -respondió Ángel-. A mí no, al menos.

Detrás de él se advirtió un movimiento en la oscuridad, y apareció Louis. La calva le brillaba a la tenue luz y su musculoso cuello asomaba de una camisa gris de seda y un traje gris de corte impecable. Le sacaba a Ángel más de treinta centímetros, y miró a Tommy Q fijamente por un momento.

– ¿Esteta? -dijo-. Ésa es una palabra… ambigua, señor Q. ¿A qué se refiere exactamente?

Tommy Q se quedó lívido, y durante un buen rato apenas pudo tragar saliva. Cuando por fin lo consiguió, dio la impresión de que engullía una pelota de golf. Abrió la boca pero fue incapaz de articular palabra, así que volvió a cerrarla y miró al suelo con la vana esperanza de que éste se abriera y se lo tragara.

– No pasa nada, señor Q; es una buena anécdota -dijo Louis con una voz tan suave como su camisa-. Sólo lleve cuidado con la manera de contarla.

A continuación dirigió una radiante sonrisa a Tommy Q, la clase de sonrisa que un gato dedicaría a un ratón para que lo acompañara a la tumba. Una gota de sudor resbaló por la nariz de Tommy Q, permaneció suspendida en la punta por un instante y luego se estrelló contra el suelo. Para entonces, Louis ya se había marchado.

– No te olvides de mi coche, Willie -dije, y salí del garaje detrás de Ángel.

10

Caminamos una o dos manzanas hasta un bar-restaurante que Ángel conocía, abierto hasta altas horas de la noche. Louis nos precedía a unos cuantos pasos, y la multitud se separaba ante él como el mar Rojo ante Moisés. Alguna que otra mujer lo miró con interés. Los hombres, en su mayoría, mantenían la vista fija en la acera o de pronto encontraban algo interesante en los escaparates de las tiendas cerradas o en el cielo nocturno.

Del interior del bar nos llegó el sonido de un cantante vagamente folk que practicaba una intervención quirúrgica a guitarra abierta a Only Love Can Break Your Heart, de Neil Young. No parecía que la canción fuera a sobrevivir.

– Toca como si odiara a Neil Young -comentó Ángel cuando entramos.

Delante de nosotros, Louis se encogió de hombros.

– Si Neil Young oyera esa mierda, probablemente él mismo se odiaría.

Ocupamos un reservado. El dueño, un gordo dispéptico llamado Ernest, se acercó con andar torpe a tomar nota de lo que queríamos. Normalmente eran las camareras quienes lo hacían, pero Ángel y Louis imponían cierto respeto incluso allí.

– Eh, Ernest -dijo Ángel-, ¿cómo va el negocio?

– Si tuviera una funeraria, la gente dejaría de morirse -contestó Ernest-. Y antes de que me lo preguntes, mi mujer sigue tan fea como siempre.

Este diálogo era una arraigada costumbre entre ellos.

– Llevas cuarenta años casado, joder -dijo Ángel-. No va a ganar en belleza ahora.

Ángel y Louis pidieron sándwiches dobles de beicon y pollo, y Ernest se marchó.

– Si de niño me hubiera parecido a él, me habría cortado la polla para ganarme la vida cantando papeles de castrato, porque no iba a servirme para nada más.

– A ti ser feo no te ha perjudicado tanto -dijo Louis.

– No lo sé. -Ángel sonrió-. Si fuera más guapo, podría tirarme a un blanco.

Dejaron de discutir, y esperamos a que el cantante acabara con la agonía de Neil Young. Me resultaba extraño reunirme con aquel par ahora que ya no era policía. Cuando nos encontrábamos antes, en el garaje de Willie, o para tomar un café, o en el Central Park si Ángel tenía información útil que comunicarme, o simplemente si él quería charlar un rato para preguntarme por Susan y Jennifer, siempre había entre nosotros cierta incomodidad, cierta tensión, sobre todo si Louis andaba cerca. Sabía lo que habían hecho, lo que Louis, creía yo, aún hacía: acuerdos clandestinos, por más que tuvieran lugar en distintos restaurantes, establecimientos legalmente constituidos o el garaje de Willie Brew.

Ahora esa tensión ya no existía, y en su lugar experimenté por primera vez la fuerza del lazo de la amistad que de algún modo se había desarrollado entre Ángel y yo. Más aún, notaba en los dos preocupación, pesar, humanidad, confianza. No estaría allí, me constaba, si no sintiera eso.

Pero quizás había algo más, algo que sólo había empezado a percibir. Mi vida era la pesadilla de un policía. Los policías, sus familias, sus esposas e hijos, son intocables. Uno ha de estar loco para acosar a un policía, y más loco aún para arrebatarle a sus seres queridos. Son los supuestos con arreglo a los que vivimos, la convicción de que después de pasarnos el día viendo cadáveres, interrogando a ladrones y violadores, camellos y chulos, podemos volver a nuestras vidas con la certeza de que nuestras familias están al margen de todo eso, y de que gracias a ellas nosotros también podemos quedarnos al margen.

Pero esa convicción se había tambaleado con la muerte de Jennifer y Susan. Alguien no respetaba las reglas, y al no aparecer ninguna respuesta fácil, al no producirse la oportuna detención de un criminal con un agravio que reparar, hecho que habría podido explicar lo ocurrido, era necesario encontrar otra razón: yo de algún modo había cargado la culpa sobre mis hombros, y sobre los hombros de quienes se hallaban cerca de mí. Era un buen policía camino de convertirme en alcohólico. Estaba desmoronándome y eso me debilitaba, y alguien se había aprovechado de esa debilidad. Los demás policías me miraban y no veían a un compañero necesitado de ayuda, sino una fuente de contagio, de corrupción. Nadie lamentó mi marcha, quizá ni siquiera Walter.

Y, al mismo tiempo, lo sucedido me había acercado en cierta manera a Ángel y a Louis. Ellos no se hacían ilusiones con respecto al mundo en que vivían, no recurrían a interpretaciones filosóficas que les permitieran formar parte del mundo y al mismo tiempo quedarse al margen. Louis era un asesino: no podía recurrir a semejantes engaños. Por el estrecho vínculo que existía entre ellos, Ángel tampoco podía recurrir a ellos. Ahora también yo me había visto despojado de falsas ilusiones, como si una venda se hubiera desprendido de mis ojos, y tenía que reasentarme, encontrar un nuevo lugar en el mundo.

Ángel tomó un periódico abandonado del reservado contiguo y leyó el titular.

– ¿Has visto esto?

Eché un vistazo y asentí con la cabeza. Esa mañana, un tipo había intentado hacer una heroicidad durante un atraco a un banco en Flushing, y habían vaciado en él las dos recámaras de una escopeta de cañones recortados. Era la noticia del día en diarios y boletines informativos.

– Llegan unos tipos para hacer un trabajo -dijo Ángel-. No quieren que nadie salga herido. Su única intención es entrar, hacerse con el dinero, que además está asegurado y por tanto al banco le da lo mismo, y salir. Sólo llevan armas porque de lo contrario nadie va a tomarlos en serio. ¿Qué van a usar, si no? ¿Palabras severas?

»Pero siempre ha de haber un gilipollas que se cree inmortal porque todavía no está muerto. El tipo es joven, se conserva en forma, y se cree que va a ligar más que un ídolo del porno si frustra el atraco y salva el día. Fíjate: agente inmobiliario, veintinueve años, soltero, con unos ingresos de ciento cincuenta mil al año, y recibe un agujero más grande que el túnel de Holland. Lance Petersen. -Movió la cabeza con un gesto de perplejidad-. En mi vida he conocido a nadie que se llame Lance.

– Eso es porque están todos muertos -dijo Louis mientras miraba alrededor con aparente despreocupación-. Los muy tarados se quedan de pie en los bancos y les pegan un tiro. Probablemente ése era el último Lance que quedaba vivo.

Llegaron los sándwiches y Ángel empezó a comer. Sólo él lo hizo.

– ¿Y cómo van las cosas?

– Bien -contesté-. ¿A qué se debe esta emboscada?

– No escribes, no llamas. -Sonrió irónicamente.

Louis me miró con un ligero interés y luego volvió a concentrar la atención en la puerta, las otras mesas y las puertas de los servicios.

– Según he oído, has estado trabajando para Benny Low. ¿Cómo se te ocurre trabajar para ese gordo de mierda?

– Era sólo por matar el tiempo.

– Si quieres matar el tiempo, clávate agujas en los ojos. Benny no vale ni el aire que respira.

– Vamos, Ángel, ve al grano. Tú te andas por las ramas y Louis actúa como si la banda de Dillinger fuese a entrar y tirotear la barra de un momento a otro.

Ángel dejó el sándwich a medio comer y se limpió los labios con una servilleta casi remilgadamente.

– He oído decir que has estado preguntando por una novia de Stephen Barton. A cierta gente le pica mucho la curiosidad saber a qué se debe tu interés.

– ¿Como quién?

– Como Bobby Sciorra, tengo entendido.

Ignoraba si Bobby Sciorra era un psicótico o no, pero era un hombre al que le gustaba matar y en el viejo Ferrera había encontrado a un patrón bien dispuesto. Emo Ellison podía dar fe de las posibles consecuencias de que Bobby Sciorra se interesara por las actividades que llevabas a cabo. Sospechaba que Ollie Watts, en sus momentos finales, también lo había averiguado.

– Benny Low hablaba de ciertos problemas entre el viejo y Sonny -dije-. «Esos jodidos mañosos que andan peleándose entre sí», según sus propias palabras.

– Benny siempre ha sido muy diplomático -comentó Ángel-. Lo único raro es que no le hayan ofrecido ya un puesto en la ONU. Aquí pasa algo raro. Sonny se ha escondido y se ha llevado a Pili. Nadie los ha visto, nadie sabe dónde están, pero Bobby Sciorra no escatima esfuerzos para encontrarlos. -Tomó otro enorme bocado de sándwich-. ¿Y qué sabes de Barton?

– Supongo que también se ha escondido, pero no lo sé. Es una figura de segunda fila y difícilmente tendría trato profesional con Sonny o el viejo aparte de hacer de camello, aunque quizás en otro tiempo mantuvo estrechas relaciones con Sonny. Puede que no haya nada, que Barton no tenga nada que ver.

– Quizá no, pero vas a topar con problemas mayores que encontrar a Barton o a su chica. -Esperé-. Te busca un asesino a sueldo.

– ¿Quién?

– No es de aquí. Ha venido de fuera. Louis no sabe quién es.

– ¿Es por lo de Ollie el Gordo?

– No lo sé. Ni siquiera Sonny es tan imbécil como para poner precio a la cabeza de alguien por un matón que hubo que liquidar porque tú interviniste. Ese chico no le importaba a nadie, y Ollie el Gordo está muerto. Yo sólo sé que estás poniendo nerviosas a dos generaciones de la familia Ferrera, y eso no puede ser bueno.

El favor a Walter Cole estaba convirtiéndose en algo más complicado que la búsqueda de una persona desaparecida, si es que alguna vez había sido sencillo.

– Yo tengo una pregunta para ti -dije-. ¿Conoces a alguien con un arma capaz de abrir un agujero en un muro con una bala de cinco coma siete milímetros que pesa menos de cincuenta grains? Munición de metralleta.

– Me tomas el pelo. La última vez que vi algo así estaba en lo alto de la torreta de un tanque.

– Pues con eso mataron al asesino de Ollie. Vi cómo el cuerpo saltaba por los aires, después había un agujero en la pared detrás de mí. Es un arma de fabricación belga, diseñada para las fuerzas antiterroristas. Alguien de aquí se hizo con un artefacto como ése y lo llevó al campo de tiro; tiene que haber dado que hablar.

– Preguntaré -dijo Ángel-. ¿Alguna sospecha?

– Yo sospecharía de Bobby Sciorra.

– Yo también. ¿Y por qué tendría que andar arreglando los estropicios de Sonny?

– Por orden del viejo.

Ángel movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

– Ándate con cuidado, Bird.

Terminó el sándwich y se levantó para marcharse.

– Vamos. ¿Te llevamos a algún sitio?

– No, me apetece pasear un rato.

Ángel se encogió de hombros.

Asentí. Dijo que se mantendría en contacto. Los dejé en la puerta. Mientras caminaba, fui consciente del peso de la pistola bajo el brazo, de los rostros de toda la gente con la que me cruzaba, y del misterioso latido de la ciudad bajo mis pies.

11

bobby sciorra: un demonio malévolo, una viva representación de la ferocidad y el sadismo que se había aparecido ante el viejo, Stefano Ferrera, cuando éste estaba al borde de la locura y la muerte. Sciorra parecía haber llegado de algún tétrico rincón del infierno invocado por la ira y la amargura de un anciano, una manifestación física de la tortura y la destrucción que deseaba infligir al mundo que lo rodeaba. En Bobby Sciorra encontró el instrumento perfecto del dolor y la muerte más horrenda.

Stefano había visto levantar a su padre un pequeño imperio desde la humilde casa de la familia en Bensonhurst. Por aquel entonces Bensonhurst, delimitado por la bahía de Gravesend y el océano Atlántico, conservaba aún aires de pueblo. El aroma a delicatessen se mezclaba con el de los hornos de leña de las pizzerías. La gente vivía en casas bifamiliares con verjas de hierro forjado y, cuando lucía el sol, se sentaba en los porches y miraba a los niños jugar en los jardines.

A Stefano la ambición lo alejó de sus raíces. Cuando le llegó el momento de asumir las responsabilidades del negocio, construyó una casa enorme en Staten Island; al asomarse a las ventanas traseras, veía las lindes de la mansión de Paul Castellano en Todt Hill, la Casa Blanca de tres millones y medio de dólares, y, probablemente, desde la ventana más alta, los jardines de la finca de los Barton. Si Staten Island valía para el jefe de la familia Gambino y un millonario benévolo, valía también para Stefano. Cuando murió Castellano, tras recibir seis balazos en el Sparks Steak House de Manhattan, Stefano fue por un breve periodo de tiempo el principal capo de Staten Island.

Stefano contrajo matrimonio con una mujer de Bensonhurst llamada Louisa. Ella no se casó con él por la clase de amor que describen las novelas románticas; lo amaba por su poder, su violencia y, sobre todo, su dinero. Aquellos que se casan por dinero al final acaban pagándolo. En el caso de Louisa, así fue. Recibió malos tratos psíquicos y murió poco después en el parto de su tercer hijo. Stefano no volvió a casarse, y no fue por el dolor de la pérdida; sencillamente no necesitaba molestarse en buscar a otra esposa, porque la primera ya le había dado herederos.

El primogénito, Vincent, era inteligente y representaba la más clara esperanza para el futuro de la familia. Cuando murió en una piscina a los veintitrés años a causa de una hemorragia cerebral, su padre dejó de hablar durante una semana. Mató a los dos perros labradores de Vincent y se encerró en su habitación. Hacía diecisiete años que Louisa había muerto.

Niccolo, o Nicky, dos años menor que su hermano, lo sustituyó como mano derecha de su padre. En sus primeros pinitos, lo veía deambular por la ciudad en su enorme Cadillac blindado, rodeado de esbirros, labrándose una reputación de matón a la altura de su padre. A principios de los años ochenta la familia había vencido su inicial reticencia al tráfico de drogas e inundaba la ciudad con todo el veneno que le llegaba a las manos. La mayoría de la gente les dejaba paso libre y cualquier posible rival era disuadido o acababa convertido en comida para peces.

Los yardies eran otro cantar. Las bandas jamaicanas no le tenían el menor respeto a las instituciones establecidas, a las formas tradicionales de plantearse los negocios. Miraban a los italianos y veían carne muerta. Se apropiaron de un alijo de cocaína de los Ferrera valorado en dos millones de dólares y, en la operación, se cobraron dos vidas. En respuesta, Nicky ordenó una matanza selectiva de yardies: atacaron sus clubes, sus apartamentos y hasta a sus mujeres. En tres días murieron doce, entre ellos todos los responsables del robo de la cocaína.

Quizá Nicky imaginó que eso pondría fin al problema y que las aguas volverían a su cauce. Siguió paseándose en coche por las calles, comiendo en los mismos restaurantes, actuando como si la amenaza de violencia de los jamaicanos se hubiera disipado ante aquella demostración de fuerza.

Su establecimiento preferido era Da Vincenzo, un restaurante familiar de alto copete en el antiguo barrio de su padre, Bensonhurst, cuyos dueños habían sido lo bastante inteligentes como para no olvidar sus raíces. Puede que a Nicky le gustara también porque el nombre le recordaba a su hermano. No obstante, movido por su paranoia, hizo cambiar las ventanas y puertas de cristal por paneles a prueba de bomba, como los que se utilizaban para la protección del presidente.

Así, Nicky podía saborear en paz su plato de fusilli, sin inquietarse por la inminente amenaza de asesinato.

Un jueves de noviembre por la noche acababa de pedir su cena cuando una furgoneta negra paró en la bocacalle de enfrente con la parte posterior orientada hacia la ventana del restaurante. A lo mejor Nicky la vio detenerse, quizás advirtió que el parabrisas había sido sustituido por una rejilla negra, quizás incluso arrugó la frente cuando las puertas traseras se abrieron de par en par y un destello blanco surgió de la oscuridad del interior y la onda expansiva hizo temblar la rejilla.

Puede que también tuviera tiempo de atisbar la ojiva del RPG-7 cuando salió disparada hacia la ventana a ciento ochenta metros por segundo, dejando una estela de humo, y traspasó armando un gran estruendo los gruesos paneles antes de estallar dentro, donde fragmentos de cristal y metal caliente y los restos del revestimiento de cobre del proyectil hicieron pedazos a Nicky Ferrara hasta tal punto que el ataúd pesaba menos de treinta kilos cuando lo acarrearon por el pasillo de la iglesia tres días después.

Los tres jamaicanos autores del crimen desaparecieron en los bajos fondos y el viejo desahogó su cólera en sus enemigos y en sus amigos con una orgía de insultos, violencia y muerte. Su negocio se desmoronó en torno a él, y sus rivales se unieron, al ver en su locura la oportunidad de librarse de él para siempre.

Justo cuando su mundo parecía a punto de desmoronarse, un personaje apareció ante la verja de su mansión y pidió que le permitieran hablar con él. Dijo al guarda que traía noticias de los yardies. El guarda transmitió el mensaje y, tras un registro, se autorizó a Bobby a entrar. El registro no fue completo: Sciorra llevaba una bolsa negra de plástico que se negó a abrir. Lo mantuvieron encañonado mientras se aproximaba a la casa y le ordenaron que se detuviera en el jardín, a unos quince metros de la escalinata, donde lo esperaba el viejo.

– Si me haces perder el tiempo, daré orden de que te maten -advirtió el viejo.

Bobby Sciorra se limitó a sonreír y vació el contenido de la bolsa en el césped iluminado. Las tres cabezas rodaron y entrechocaron, los rizos enroscados como serpientes muertas, mientras Bobby Sciorra sonreía sobre ellas como un obsceno Perseo. Hilos de sangre fresca y viscosa pendían lánguidamente de los bordes de la bolsa hasta caer gota a gota en la hierba.

Bobby Sciorra se labró el porvenir esa noche. Al cabo de un año era un hombre de peso, y su ascenso en el escalafón de la familia era un hecho único tanto por la rapidez con que se produjo como por la relativa oscuridad de sus antecedentes. Los federales no lo tenían fichado y, en apariencia, Ferrera no sabía mucho más. A mí me llegaron rumores de que en el pasado se había enemistado con los Colombo, que había trabajado por su cuenta desde Florida, pero eso era todo. Sin embargo, el asesinato de aquellos tres elementos clave de la banda de los jamaicanos le bastó para granjearse la confianza de Stefano Ferrera y el derecho a una ceremonia en el sótano de la casa de Staten Island que culminó con un pinchazo en el dedo índice de Sciorra sobre una imagen sagrada y su unión a Ferrera y a los allegados a éste.

A partir de ese día, Bobby Sciorra ejercía el poder tras el trono de Ferrera. Guió al viejo y a su familia a través de los juicios y tribulaciones del Nueva York posterior a la entrada en vigor de las leyes contra la corrupción por influencia del crimen organizado; estas leyes, conocidas como proyecto RICO, permitían a los federales procesar a las organizaciones y conspiradores que se beneficiaban de un delito y no sólo a los individuos que lo cometían. Las principales familias de Nueva York -Gambino, Lucchese, Colombo, Genovese y Bonanno-, que en total sumaban alrededor de cuatro mil hombres de peso y allegados, encajaron severos golpes y los jefes acabaron encarcelados o muertos. Pero no los Ferrera. Bobby Sciorra se encargó de eso, sacrificando a algunos elementos de segunda fila en el camino para asegurar la supervivencia de la familia.

El viejo habría preferido ocupar un papel más secundario en los negocios de la familia de no haber sido por Sonny. El pobre Sonny, un hombre estúpido y sanguinario, sin la inteligencia de ninguno de sus hermanos pero con la capacidad para la violencia de los dos juntos como mínimo. Todas las operaciones que supervisaba terminaban con derramamiento de sangre, pero eso a él no le preocupaba. Corpulento y abotargado ya a los veinte años, obtenía placer con la destrucción y el asesinato. Por lo visto, la muerte de inocentes en concreto le producía una excitación casi sexual.

Poco a poco su padre lo relegó y al final dejó que hiciera lo que le diera la gana: los esteroides, narcotráfico a pequeña escala, prostitución y algún que otro acto de violencia. Bobby Sciorra intentaba mantenerlo bajo relativo control, pero Sonny era tan incontrolable como poco razonable. Sonny era malvado y sanguinario, y cuando su padre muriese, más de uno haría cola para asegurarse de que Sonny se reuniera con él lo antes posible.

12

Nunca pensé que acabaría viviendo en el East Village. Susan, Jennifer y yo habíamos vivido en Park Slope, Brooklyn. Los domingos podíamos ir de paseo hasta el Prospect Park y ver jugar a los niños a la pelota mientras Jennifer se entretenía dando patadas a la hierba, para luego acercarnos al Raintree's a tomar un refresco mientras oíamos a través de las vidrieras la música de la banda que tocaba en la pérgola.

En días así, la vida parecía tan larga y benigna como la verde vista de Long Meadow. Paseábamos los dos, Susan y yo, con Jennifer en medio, y cruzábamos miradas cuando ella prorrumpía en interminables andanadas de preguntas, observaciones y bromas comprensibles sólo para un niño. Yo llevaba a Jennifer de la mano y, a través de ella, podía sentirme unido a Susan y pensar que nuestras diferencias se resolverían, que de algún modo lograríamos salvar el abismo que se abría cada vez más entre nosotros. Si Jennifer echaba a correr, me acercaba a Susan, la tomaba de la mano y ella me sonreía al decirle que la quería. Luego desviaba la vista, se miraba los pies o llamaba a Jenny, porque los dos sabíamos que no bastaba con decirle que la quería.

Cuando decidí regresar a Nueva York a comienzos del verano, después de meses en busca de algún rastro de su asesino, informé a mi abogado y le pedí que me recomendara una agencia inmobiliaria. En Nueva York hay más de veinticinco millones de metros cuadrados destinados a espacio de oficina, pero no hay viviendas suficientes para alojar a quienes trabajan allí. No sabía por qué quería vivir en Manhattan. Quizá sólo porque no era Brooklyn.

En lugar de una agencia inmobiliaria, mi abogado me puso en contacto con una red de amigos y colegas que al final me llevó a alquilar un apartamento en una casa de obra vista del East Village, con postigos blancos y una escalinata ante la puerta de entrada, rematada con un montante en forma de abanico. Para mi gusto, estaba demasiado cerca de St. Mark's Place, pese a lo cual el precio era razonable. Desde los tiempos en que W.H. Auden y Leon Trotski vivieron allí, St. Mark's se había integrado plenamente en el East Village, y la zona estaba llena de bares, cafeterías y tiendas caras.

Era un apartamento sin amueblar y casi lo dejé así, sólo añadí una cama, un escritorio, unas butacas, un aparato de música y un televisor pequeño. Retiré del guardamuebles los libros, las cintas, los cedés y los discos de vinilo, junto con algún que otro efecto personal, y organicé mi vida en un espacio por el que sentía un mínimo apego.

Fuera había oscurecido cuando coloqué las armas en el escritorio, las desmonté y las limpié meticulosamente. Si los Ferrera venían por mí, quería estar preparado.

Durante mi etapa en el cuerpo de policía me había visto obligado a desenfundar el arma para protegerme en contadas ocasiones. Jamás había matado a un hombre y sólo en una ocasión había disparado contra un ser humano: cuando un proxeneta se abalanzó sobre mí con una navaja y lo herí en el estómago.

Como inspector, había trabajado casi siempre en Robos y Homicidios. A diferencia de la Brigada Antivicio, un mundo donde la amenaza de violencia y muerte era una posibilidad muy real para un policía, Homicidios implicaba una clase de trabajo muy distinta. Como decía Tommy Morrison, mi primer compañero, quienquiera que haya de morir en la investigación de un homicidio ha muerto ya cuando llega la policía.

Me había desprendido de mi Colt Delta Elite tras la muerte de Susan y Jennifer. Ahora tenía tres armas. El Colt Detective Special del 38 había sido de mi padre, la única pertenencia suya que yo conservaba. El emblema con el potro encabritado que había en el lado izquierdo de la culata estaba gastado y el armazón se veía rayado y picado, pero seguía siendo un arma útil, ligera con alrededor de un cuarto de kilo de peso y fácil, de ocultar en una pistolera de tobillo o en un cinturón. Era un revólver sencillo y potente, y lo guardaba en una funda sujeta con cinta adhesiva bajo el larguero de la cama.

Nunca había utilizado la Heckler & Kock VP70M fuera de un polígono de tiro. La semiautomática de nueve milímetros había pertenecido a un camello que murió por engancharse a su propio producto. Lo encontré muerto en su apartamento cuando un vecino se quejó del olor. La VP 70M, una pistola militar parcialmente de plástico con dieciocho balas en el cargador, permanecía, aún sin utilizar, en su estuche, pero había tomado la precaución de borrar con una lima el número de serie.

Al igual que el Colt, carecía de seguro. Su principal atractivo consistía en una culata accesoria para el hombro que el camello también había adquirido. Al acoplarla, se reajustaba simultáneamente el mecanismo de disparo y se convertía en una metralleta automática que disparaba doscientas veinte balas por minuto. Si alguna vez los chinos decidían invadir el país, podría mantenerlos a raya al menos durante diez segundos con la munición de que disponía. Después tendría que empezar a lanzarles muebles. Había sacado la H &K de un compartimento del maletero del Mustang, donde acostumbraba guardarla. No quería que alguien la encontrara por casualidad mientras reparaban el coche.

La Smith & Wesson de tercera generación era la única arma que llevaba encima, un modelo de diez milímetros desarrollado específicamente para el FBI y que había obtenido gracias a los esfuerzos de Woolrich. Después de limpiarla, la cargué con cuidado y la enfundé en la pistolera del hombro. Fuera veía a la gente camino de los bares y restaurantes del East Village. Me disponía a sumarme a la muchedumbre cuando sonó el móvil junto a mí. Treinta minutos más tarde me preparaba para ver el cadáver de Stephen Barton.

Los destellos de las luces rojas bañaban por completo el aparcamiento con el cálido resplandor de la ley y el orden. Una mancha oscura se perfilaba allí donde estaba el McCarren Park, y al sudoeste el tráfico circulaba por el puente de Williamsburg en dirección a la autovía de Brooklyn-Queens. Los agentes, inmóviles, cerca de los coches, impedían cruzar el cerco a curiosos y morbosos. Uno alargó el brazo para cortarme el paso.

– Eh, tiene que quedarse ahí -dijo, pero al instante nos reconocimos. Tyler, que recordaba a mi padre y nunca pasaría de sargento, retiró la mano.

– Es oficial, Jimmy. Me ha llamado Cole.

Echó un vistazo por encima del hombro, y Walter, que hablaba con un agente, le dirigió una mirada y asintió con la cabeza. El brazo de Jimmy se alzó como una barrera automática y pasé.

Incluso a varios metros de la cloaca me llegaba el hedor. Habían levantado un armazón alrededor de la boca de la alcantarilla y un técnico de laboratorio calzado con unas botas salía afuera.

– ¿Puedo bajar? -pregunté.

Dos hombres con trajes impecables y gabardinas de la marca London Fog se habían acercado a Cole, que apenas los saludó. No llevaban a la vista en la espalda las siglas FBI, así que supuse que estaban allí de incógnito.

– Increíble -comenté al pasar-. Casi parecen personas normales.

Walter frunció el entrecejo y ellos también.

Me puse unos guantes y bajé a la cloaca por la escalera. Al respirar sentí náuseas, y noté en el fondo de la garganta un sabor a bilis provocado por el río de inmundicia que corría bajo las arboladas avenidas de la ciudad.

– Es más fácil de soportar si toma aire con inhalaciones cortas -me aconsejó un trabajador del sistema de alcantarillado que estaba al pie de la escalera. Mentía.

Sin bajar de la escalera, saqué mi linterna del bolsillo y la dirigí hacia un grupo de empleados de mantenimiento y policías reunidos en torno a una zona iluminada, con los pies hundidos en una sustancia en la que preferí ni pensar. Los policías me echaron una ojeada y, con cara de aburrimiento, siguieron observando el trabajo del equipo forense. Stephen Barton yacía a unos cinco metros de la escalera en medio de un río de mierda y desperdicios, y la corriente agitaba su pelo rubio. Era evidente que lo habían arrojado por la boca de la alcantarilla desde la calle y que su cuerpo había rodado tras el impacto contra el suelo.

El forense se irguió y se quitó los guantes de goma. Un inspector de Homicidios vestido de paisano, uno que no reconocí, le dirigió una mirada burlona. Él se la devolvió con cara de frustración y enojo.

– Tendremos que examinarlo en el laboratorio. Aquí no distingo una mierda de otra.

– Vamos, no la tome con nosotros -protestó el inspector con un tono de lamento poco convincente.

El forense dejó escapar un resoplido de irritación.

– Estrangulado -dijo a la vez que se abría paso a codazos a través del pequeño grupo-. Primero lo dejaron inconsciente de un golpe en la parte posterior de la cabeza y luego lo estrangularon. Ni se le ocurra preguntarme la hora de la muerte. Podría llevar aquí un día más o menos, probablemente no más. El cuerpo aún está bastante fláccido.

A continuación empezó a trepar por la escalera y sus pisadas resonaron en la alcantarilla.

El inspector hizo un gesto de indiferencia.

– Las cenizas a las cenizas, la mierda a la mierda -dijo, y se volvió hacia el cadáver.

Subí a la calle seguido por el forense. No necesitaba examinar el cuerpo de Barton. El golpe en la cabeza era un procedimiento poco habitual pero no insólito. Matar a un hombre por estrangulación puede requerir unos diez minutos en el supuesto de que entretanto no logre zafarse. Me habían hablado de aspirantes a asesino que perdían mechones de pelo, trozos de piel y, en un caso, hasta una oreja durante el forcejeo con sus víctimas. Mucho mejor, si era posible, empezar por el golpe en la cabeza. Y si el golpe se asestaba con fuerza suficiente, la estrangulación podía ser innecesaria.

Como Walter seguía hablando con los federales, me aparté de la alcantarilla lo más posible sin salir del cordón policial y respiré hondo el aire de la noche. El olor de los desechos humanos lo impregnaba todo, adhiriéndose a mi ropa con la firme determinación de la propia muerte. Al final, los federales volvieron a su coche y Walter se acercó lentamente a mí con las manos en los bolsillos del pantalón.

– Van a detener a Sonny Ferrera -informó. Resoplé.

– ¿Para qué? No habrá tenido tiempo ni de echar una meada y su abogado ya lo habrá sacado. Eso suponiendo que esté implicado, o que lo encuentren. Éstos ni aun cayéndose encontrarían el suelo.

Walter no estaba de humor.

– ¿Qué sabes? El chico pasaba mierda para Ferrera; le hace una jugada y acaba muerto, estrangulado para ser más exactos. -La estrangulación se había convertido en el método preferido de la mafia para liquidar a sus víctimas en los últimos años: era silencioso y limpio-. Ésos son los argumentos de los federales, y, en cualquier caso, lo detendrían como sospechoso de infringir una prohibición de fumar si creyesen que podían demostrarlo.

– Vamos, Walter, esto no es obra de los Ferrera. Echar a un tipo a una alcantarilla no… -Pero Walter ya se alejaba indicándome con una mano en alto que no quería oír nada más. Lo seguí-. ¿Y qué hay de la chica, Walter? ¿No encajará en algún sitio?

Se volvió hacia mí y apoyó una mano en mi hombro.

– Cuando te llamé, no pensé que fueras a venir corriendo como Dick Tracy. -Lanzó una mirada en dirección a los federales-. ¿Has sabido algo de ella?

– Creo que se ha marchado de la ciudad. Por ahora sólo puedo decir eso.

– Según el forense, Barton podría haber sido asesinado a primera hora del martes. Si la chica dejó la ciudad después, quizás haya alguna relación.

– ¿Vas a hablarles de ella a los federales?

Walter negó con la cabeza.

– Déjalos que vayan tras Sonny Ferrera. Tú dedícate a la chica. -Sí, señor -contesté-. Seguiré buscando.

Paré un taxi, consciente de que los federales me miraban incluso después de montar y de alejarme en la noche.

13

Se sabía que al viejo no le resultaba fácil mantener bajo control al único hijo que le quedaba con vida. Ferrera había visto cómo se desintegraba la Cosa Nostra en Italia por intentar, con creciente brutalidad, intimidar y aniquilar a los investigadores del Estado. Contrariamente a lo pretendido, sus métodos habían servido para que los más valerosos se reafirmaran en su empeño de continuar la lucha; las familias, en la situación actual, recordaban a las víctimas del incaprettamento, el método de ejecución conocido como la «estrangulación de la cabra». Al igual que una víctima con los brazos y las piernas atados al cuello, las familias se encontraban con que, cuanto más forcejeaban, más se tensaban las ataduras. El viejo tenía la firme intención de que eso no le ocurriese a su organización.

Por el contrario, Sonny veía en la violencia de los sicilianos un método de tiranía acorde con sus aspiraciones de poder. Acaso fuera ésa la diferencia entre padre e hijo. Cuando un asesinato era necesario, el viejo Ferrera utilizaba en la medida de lo posible la «lupara blanca», la completa desaparición de la víctima sin un rastro de sangre siquiera que revelase la verdad de lo ocurrido. La estrangulación de Barton llevaba sin duda el sello de la mafia, pero no así el abandono del cuerpo. Si el viejo hubiera estado detrás de su muerte, probablemente su última morada habrían sido las cloacas, pero no sin disolver antes el cadáver en ácido y tirarlo por el desagüe.

Por tanto, no creía que el viejo hubiese ordenado el asesinato del hijastro de Isobel Barton. Su muerte y la repentina desaparición de Catherine Demeter se habían producido con demasiada proximidad en el tiempo para tratarse de una mera coincidencia. Era posible, claro está, que Sonny hubiese ordenado por alguna razón el asesinato de ambos, ya que si estaba tan loco como parecía, un cadáver más no debía de preocuparle. Ahora bien, también existía la posibilidad de que Demeter hubiera matado a su novio y huido. Quizás él le pegaba con frecuencia; en ese caso, la señora Barton me había contratado para localizar a una persona que no sólo era una amiga sino también la potencial asesina de su hijastro.

La casa de Ferrera se alzaba entre jardines arbolados. Se accedía por una única verja de hierro que se accionaba de forma electrónica. Había un interfono en el pilar de la izquierda. Llamé, di mi nombre y dije que deseaba ver al viejo. Una cámara instalada en lo alto del pilar enfocaba el taxi, y si bien no había nadie a la vista en el jardín, intuía la presencia de entre tres y cinco armas en las inmediaciones.

A unos cien metros de la casa había aparcado un sedán Dodge oscuro con dos hombres en los asientos delanteros. Preví una visita de los federales en cuanto llegara a mi apartamento, o posiblemente antes.

– Pase y espere junto a la verja -dijo la voz por el interfono-. Lo acompañaremos a la casa.

Obedecí y el taxi se fue. Un hombre de pelo cano con un traje oscuro y las consabidas gafas de sol salió de entre los árboles con un Heckler & Koch MP5 cruzado ante el pecho. Detrás de él apareció otro hombre, más joven, con indumentaria parecida. A mi derecha vi otros dos guardas, también armados.

– Apóyese contra la pared -dijo el hombre canoso.

Me registró profesionalmente bajo la atenta mirada de los otros, extrajo el cargador de mi Smith & Wesson y me quitó el de reserva que llevaba en el cinturón. Accionó el resorte para expulsar la bala de la recámara y me devolvió el arma. A continuación me indicó que me dirigiese hacia la casa y permaneció a mi derecha y un poco por detrás para no perder de vista mis manos. Nos siguieron dos hombres, uno a cada lado del camino. No era de extrañar que el viejo Ferrera hubiese vivido tantos años.

Desde fuera la casa parecía sorprendentemente modesta, un edificio alargado de dos plantas con ventanas estrechas en la fachada y una galería a lo largo del piso superior. Otros hombres patrullaban por el cuidado jardín y el camino de grava. A la derecha de la casa había un Mercedes negro, con el chófer al lado por si lo necesitaban. La puerta ya estaba abierta, y en el zaguán aguardaba Bobby Sciorra con la mano derecha cogida a la muñeca izquierda como un sacerdote en espera de los donativos.

Sciorra medía un metro ochenta y cinco y debía de pesar unos setenta kilos; bajo el traje gris, sus miembros se dibujaban como afiladas hojas. Su cuello estriado era casi tan largo como el de una mujer, y la inmaculada blancura de la camisa sin cuello, abrochada hasta el último botón, realzaba su palidez. Mechones de cabello corto y oscuro le rodeaban la calva, y su cabeza formaba un cono tan aguzado que parecía puntiaguda. Sciorra era un cuchillo hecho carne, un instrumento humano de dolor, a la vez cirujano y bisturí. El FBI creía que había intervenido directamente en más de treinta asesinatos. La mayoría de quienes lo conocían opinaba que el FBI se quedaba corto en sus cálculos.

Cuando me acerqué, sonrió mostrando unos dientes perfectamente blancos que resplandecían entre los finos labios. Pero la sonrisa no se reflejó en sus ojos; desapareció en la irregular cicatriz que descendía desde su oreja izquierda, cruzaba el puente de la nariz y terminaba justo debajo del lóbulo de la oreja derecha. La cicatriz devoró su sonrisa como una segunda boca.

– Has de tener huevos para presentarte aquí -dijo todavía sonriente, moviendo de manera casi imperceptible la cabeza de un lado a otro.

– ¿Es una admisión de culpabilidad, Bobby? -pregunté.

La sonrisa siguió inalterable.

– ¿Para qué quieres ver al jefe? No tiene tiempo para un mierda como tú. -La sonrisa se ensanchó visiblemente-. Por cierto, ¿cómo están tu mujer y tu hija? La niña debe de haber cumplido ya…, ¿cuántos? ¿Cuatro años?

Empecé a notar un latido rojo y sordo en la cabeza, pero me contuve apretando los puños a los costados. Sabía que sería hombre muerto aun antes de que mis manos se cerraran en torno a la blanca piel de Sciorra.

– Stephen Barton ha aparecido muerto en una cloaca esta noche. Los federales buscan a Sonny y probablemente a ti también. Me preocupa vuestro bienestar. No me gustaría que os pasara nada malo a ninguno de los dos sin mi intervención.

La sonrisa de Sciorra no cambió. Parecía a punto de contestar cuando una voz, baja pero imperiosa, sonó por el sistema intercomunicador de la casa. La edad le daba una ronca resonancia en la que estaba presente el estertor de la muerte, acechando desde el fondo como los vestigios de las raíces sicilianas de Don Ferrera.

– Déjalo pasar, Bobby -dijo.

Sciorra retrocedió y abrió una puerta de dos hojas situada en medio del zaguán para evitar las corrientes de aire. El canoso guarda entró detrás de mí cuando seguí a Sciorra, que esperó a que él hubiese cerrado la primera puerta antes de abrir una segunda al final del zaguán.

Aun sentado y encorvado por la edad, el viejo era un hombre imponente. Tenía el pelo plateado y alisado con brillantina hacia atrás desde las sienes, pero bajo su bronceada piel se adivinaba una palidez enfermiza y sus ojos parecían legañosos. Sciorra cerró la puerta dejando al guarda fuera, y volvió a adoptar su pose sacerdotal.

– Siéntese, por favor -dijo el viejo y señaló un sillón. Abrió una caja de taracea que contenía cigarrillos turcos, cada uno con una pequeña cinta dorada. Le di las gracias pero rehusé el ofrecimiento. Suspiró-. Lástima. Me gusta el aroma, y me los han prohibido. Nada de tabaco, nada de mujeres, nada de alcohol. -Cerró la caja y la contempló con nostalgia por un momento. Luego cruzó las manos y las apoyó en el escritorio-. Ahora no tiene usted título -añadió.

Entre los «hombres de honor» ser llamado «señor» cuando uno tenía un título equivalía a un insulto intencionado. A veces los investigadores federales lo utilizaban para denigrar a los sospechosos de la mafia, prescindiendo del trato más formal de «don» o «tío».

– Entiendo que no pretende insultarme, don Ferrera -contesté.

Asintió con la cabeza y se quedó en silencio.

Durante la época que fui inspector, había tratado alguna vez con los hombres de honor y siempre me dirigía a ellos con cautela y sin arrogancia ni presunción. El respeto debía pagarse con respeto y los silencios debían interpretarse como señales. Entre ellos, todo tenía un significado y en su forma de comunicarse aplicaban la misma economía y eficacia que en sus métodos de violencia.

Los hombres de honor hablaban sólo de lo que les atañía de forma directa, respondían sólo a preguntas específicas y preferían guardar silencio a mentir. Un hombre de honor estaba absolutamente obligado a decir la verdad y no quebrantaba estas normas más que cuando lo justificaba el comportamiento anómalo de los demás. Ello presuponía, para empezar, que se consideraba honorables a los chulos, a los asesinos y a los narcotraficantes, o que el código no era más que el extemporáneo ceremonial de otra época, conservado para conferir una pátina aristocrática a matones y criminales.

Aguardé a que rompiera el silencio.

Se levantó y, con andar lento y casi penoso, cruzó el despacho y se detuvo junto a un aparador sobre el que un plato irradiaba un brillo apagado.

– Al Capone comía en platos de oro, ¿lo sabía? -preguntó. Le contesté que no-. Sus hombres los llevaban en una funda de violín al restaurante y los ponían en la mesa para que Al Capone y sus invitados comieran en ellos. ¿Por qué cree que un hombre siente la necesidad de comer en un plato de oro?

Esperó una respuesta a la vez que intentaba ver mi reflejo en el plato.

– Cuando uno tiene mucho dinero, adquiere gustos raros, excéntricos -dije-. Al cabo de un tiempo, ni siquiera la comida le sabe bien a menos que se la sirvan en porcelana u oro. No es digno de alguien con tanto dinero e influencia comer en los mismos platos que la gente corriente.

– Se cae en la exageración, creo -afirmó, pero ya no parecía hablarme a mí y era su propio reflejo el que observaba en el plato-. En cierto modo está mal. Hay gustos que uno no debería permitirse porque son vulgares. Son indecentes. Van contra la naturaleza.

– Supongo, pues, que ése no es uno de los platos de Al Capone.

– No, me lo regaló mi hijo en mi último cumpleaños. Se lo conté y encargó el plato.

– Quizá no captó la esencia de la historia -dije.

El cansancio se dibujaba en su rostro. Era el rostro de un hombre que no dormía bien desde hacía tiempo.

– En cuanto a ese muchacho asesinado, ¿piensa que mi hijo ha tenido algo que ver?, ¿piensa que esto ha sido obra suya? -preguntó por fin, y volvió a situarse frente a mí, con la vista clavada en algo lejano. No seguí su mirada para averiguar en qué se fijaba.

– No lo sé. Pero, por lo visto, el FBI sí lo cree.

Esbozó una sonrisa vacía y cruel que por un instante me recordó la de Bobby Sciorra.

– Y su interés en esto es la chica, ¿no?

Me sorprendí, aunque no tenía por qué. Como mínimo para Bobby Sciorra, el pasado de Barton debía de ser sobradamente conocido, y con toda seguridad había circulado deprisa en cuanto se descubrió el cadáver. Pensé que mi visita a Pete Hayes quizá también hubiese contribuido. Ignoraba si el viejo sabría mucho o no, pero su siguiente pregunta lo dejó claro: no mucho.

– ¿Para quién trabaja?

– No puedo decirlo.

– Podemos averiguarlo. Al viejo del gimnasio le sacamos bastante información.

Así que había sido eso. Hice un leve gesto de indiferencia. De nuevo permaneció en silencio por un rato.

– ¿Cree que mi hijo ha matado a la chica?

– ¿La ha matado? -pregunté.

Don Ferrera volvió la cabeza hacia mí y aguzó sus ojos legañosos.

– Cuentan de un hombre que cree que su mujer le pone los cuernos. Acude a un amigo, un viejo amigo de confianza, y le dice: «Creo que mi mujer me engaña pero no sé con quién. La he observado pero no puedo averiguar la identidad del hombre. ¿Qué hago?».

«Resulta que su amigo es el hombre con quien lo engaña la esposa, pero éste, para despistarlo, dice que ha visto a la mujer con otro hombre, un individuo conocido por su comportamiento deshonroso con las esposas ajenas. Y entonces el cornudo dirige la atención hacia ese tipo y su mujer continúa engañándolo con su mejor amigo. -Terminó y me miró fijamente.

Todo ha de interpretarse, todo está en clave. Vivir mediante señales es comprender la necesidad de encontrar significado a información en apariencia intrascendente. El viejo se había pasado casi toda la vida buscando el significado de las cosas y esperaba que los demás obraran del mismo modo. Con su cínica anécdota expresaba la convicción de que su hijo no era el responsable de la muerte de Barton y de que quienquiera que fuese el responsable se beneficiaba del hecho de que el FBI y la policía se concentrasen en la presunta culpabilidad de Sonny. Tras aquellos ojos, don Ferrera sabía realmente qué ocurría. Sciorra era capaz de todo, incluso de perjudicar a su jefe en su propio provecho.

– Ha llegado a mis oídos que quizá Sonny tenga un repentino interés en mi estado de salud -dije.

El viejo sonrió.

– ¿Qué clase de interés en su salud, señor Parker?

– La clase de interés que podría provocar un súbito empeoramiento de mi salud.

– No sé nada de eso. Sonny es un hombre independiente.

– Es posible, pero si alguien me la juega, me encontraré con Sonny en el infierno.

– Pediré a Bobby que lo compruebe.

Eso no representó un gran alivio. Me levanté para marcharme.

– Un hombre inteligente buscaría a la chica -dijo el viejo, también de pie, dirigiéndose hacia una puerta del rincón, al otro lado del escritorio-. Viva o muerta, la chica es la clave.

Quizás estaba en lo cierto, pero debía de tener sus razones para señalarme en dirección a la chica. Y mientras Bobby Sciorra me acompañaba a la puerta de entrada, me pregunté si yo era el único que buscaba a Catherine Demeter.

Un taxi esperaba frente a la verja de la mansión de Ferrera para llevarme de regreso al East Village. Al final me dio tiempo de ducharme y preparar café en mi apartamento antes de que el FBI llamase a la puerta. Me había puesto un pantalón largo de deporte y una sudadera, así que tuve la sensación de ir vestido de un modo un tanto informal al lado de los agentes especiales Ross y Hernández. Como música de fondo, los Blue Nile tocaban A Walk Across de Rooftops, ante lo cual Hernández arrugó la nariz en un gesto de aversión. No vi necesidad de disculparme.

Era Ross quien más hablaba, mientras Hernández examinaba sin disimulo el contenido de la estantería, mirando las tapas de los libros y leyendo las polvorientas solapas. No me pidió permiso para hacerlo, y a mí no me gustó.

– En el estante de abajo hay algunos ilustrados -comenté-. Pero no tengo lápices de colores. Confío en que hayáis traído los vuestros.

Hernández me miró con expresión ceñuda. Contaba cerca de treinta años y probablemente aún daba crédito a todo lo que le habían enseñado en Quantico sobre la agencia. Me recordaba a los guías turísticos del Edificio Hoover, esos que llevan en rebaño de un lado a otro a las amas de casa de Minnesota mientras sueñan con abatir a tiros a narcotraficantes y terroristas internacionales. Probablemente Hernández aún se negaba a creer que Hoover se vestía de mujer.

Ross era harina de otro costal. Había pertenecido a la Brigada de Incautación de Alijos en Nueva York durante los años setenta y su nombre había sonado en relación con unos cuantos casos importantes posteriores a las leyes del proyecto RICO. Tenía la impresión de que probablemente era un buen agente pero un ser humano despreciable. Ya había decidido qué le diría: nada.

– ¿Qué has ido a hacer a casa de Ferrera esta noche? -preguntó después de declinar mi ofrecimiento de café como un mono que rechazara un fruto seco.

– Soy repartidor de periódicos y está en mi ruta.

Ross ni siquiera fingió una sonrisa. Hernández me miró con expresión aún más ceñuda. Si yo hubiera sido una persona nerviosa, quizá la tensión se me habría disparado.

– No seas gilipollas -replicó Ross-. Podría detenerte como sospechoso de estar implicado en el crimen organizado, dejarte encerrado durante un tiempo y luego soltarte, pero ¿de qué nos serviría eso a nosotros o a ti? Te lo preguntaré otra vez: ¿por qué has ido a casa de Ferrera esta noche?

– Llevo a cabo una investigación. Es posible que Ferrera tenga algo que ver.

– ¿Qué investigas?

– Eso es confidencial.

– ¿Quién te ha contratado?

– Confidencial. -Estuve tentado de repetirlo entonando como un sonsonete, pero dudé de que Ross estuviera de humor. Quizá tenía razón, quizá yo era un gilipollas; pero no me hallaba más cerca de encontrar a Catherine Demeter que veinticuatro horas antes, y la muerte de su amigo había abierto todo un abanico de posibilidades, sin que una sola de ellas fuera especialmente atractiva. Si Ross pretendía atrapar a Sonny Ferrera o a su padre, era su problema. Yo ya tenía problemas de sobra.

– ¿Qué le has dicho a Ferrera sobre la muerte de Barton?

– Nada que no supiera ya, teniendo en cuenta que Hansen llegó al lugar del crimen antes que vosotros -contesté. Hansen era un reportero del Post, un buen reportero. Había moscas que envidiaban la capacidad de Hansen para olfatear un cadáver, pero si alguien tuvo tiempo de pasar el soplo a Hansen, casi con toda seguridad ese alguien había informado a Ferrera aún antes. Walter estaba en lo cierto: en algunas secciones del Departamento de Policía había más filtraciones que en una casa con goteras.

– Oye -dije-, sé lo mismo que vosotros. No creo que Sonny esté involucrado, tampoco el viejo. En cuanto a otros…

Ross alzó la vista con un gesto de frustración. Un momento después me preguntó si conocía a Bobby Sciorra. Le dije que había tenido el placer. Ross se quitó una microscópica mota de la corbata, que parecía una de esas que encuentras en las rebajas de Filene's Basement cuando ya se han llevado todo lo que merecía la pena.

– Según he oído, Sciorra ha estado diciendo por ahí que va a darte una lección. Opina que eres un entrometido de mierda. Probablemente tenga razón.

– Espero que hagáis cuanto esté en vuestras manos para protegerme.

Ross sonrió, una mínima contracción de los labios que reveló unos colmillos pequeños y puntiagudos. Pareció la reacción de una rata al golpearle la cara con un palo.

– Quédate tranquilo, haremos cuanto esté en nuestras manos para encontrar al culpable en cuanto te pase algo.

Hernández sonrió también cuando se encaminaron hacia la puerta. Tal para cual.

Le devolví la sonrisa.

– Ya sabéis dónde está la salida. Y por cierto, Hernández… -Se detuvo y se volvió-. Voy a contar los libros.

Ross hacía bien concentrando sus energías en Sonny. Quizá fuera, en rigor, un personaje de segunda fila en muchos sentidos -unas cuantas salas de espectáculos porno cerca del puerto, un club en Mott con un letrero escrito a mano y pegado con cinta adhesiva sobre el teléfono que recordaba a los miembros que éste estaba pinchado, diversos trapicheos con la droga, préstamos con usura y proxenetismo difícilmente iban a convertirlo en un enemigo público número uno-, pero Sonny era el eslabón débil en la cadena de Ferrera. Si se rompía, quizá los llevara hasta Sciorra y el propio viejo.

Observé a los dos agentes del FBI desde la ventana mientras subían al coche. Ross se detuvo junto a la puerta del copiloto y miró hacia la ventana un instante. El cristal no se hizo añicos bajo la presión. Yo tampoco, pero tuve la sensación de que el agente Ross no se había esforzado realmente, no todavía.

14

A la mañana siguiente, pasaban ya de las diez cuando llegué a casa de los Barton. Un lacayo no identificado abrió la puerta y me acompañó al mismo despacho en el que había conocido a Isobel Barton el día anterior, con el mismo escritorio y la misma señorita Christie, quien, aparentemente, llevaba el mismo traje gris y tenía la misma expresión antipática en la cara.

No me ofreció asiento, así que permanecí de pie con las manos en los bolsillos para que los dedos no se me entumeciesen en aquel ambiente frío. Se concentró en unos papeles que tenía sobre el escritorio sin dirigirme siquiera la mirada de nuevo. Me acerqué a la chimenea y admiré un perro de porcelana colocado en el extremo de la repisa. Probablemente formaba parte de lo que en otro tiempo había sido una pareja, ya que había un espacio vacío en el lado opuesto. Parecía solo y sin un amigo.

– Pensaba que estas piezas venían por parejas.

La señorita Christie alzó la vista y arrugó el rostro con una mueca de enfado como una imagen de un periódico antiguo.

– El perro -repetí-. Pensaba que estos perros de porcelana se venden por parejas a juego.

El perro no me interesaba especialmente, pero ya me había cansado de que la señorita Christie hiciera como si yo no estuviese, e irritarla me proporcionó cierto placer.

– Formaba parte de una pareja -respondió al cabo de un momento-. El otro se… rompió hace tiempo.

– Debió de ser una pena -comenté, intentando aparentar que lo decía en serio pero sin conseguirlo.

– Lo fue. Tenía un valor sentimental.

– ¿Para usted o para la señora Barton?

– Para las dos.

La señorita Christie cayó en la cuenta de que la había obligado a reconocer mi presencia pese a sus esfuerzos, así que tapó el bolígrafo cuidadosamente, cruzó las manos y adoptó una actitud formal.

– ¿Cómo está la señora Barton? -pregunté.

Algo que acaso podría identificarse como preocupación asomó por un instante al rostro de la señorita Christie y desapareció, igual que una gaviota al perderse de vista tras el borde de un acantilado.

– Está bajo el efecto de los sedantes desde anoche. Como puede imaginar, la noticia la afectó mucho.

– No pensaba que ella y su hijastro estuviesen tan unidos.

La señorita Christie me lanzó una mirada de desprecio. Quizá la mereciera.

– La señora Barton quería a Stephen como si fuera su propio hijo. No olvide que es usted un simple empleado, señor Parker. No tiene derecho a poner en tela de juicio la reputación de los vivos o de los muertos. -Movió la cabeza con un gesto de reproche ante mi falta de sensibilidad-. ¿A qué ha venido? Tenemos muchas cosas que hacer antes… -Se interrumpió y pareció ensimismarse por un momento-. Antes del funeral de Stephen -concluyó, y advertí que posiblemente su manifiesto pesar por los acontecimientos de la noche anterior no era simple preocupación por su jefa. Para ser un individuo con los elevados principios morales de un pez martillo, Stephen Barton tenía, desde luego, toda una corte de admiradoras.

– Debo ir a Virginia -dije-. Puede que el anticipo que recibí no sea suficiente. Quería que la señora Barton lo supiera antes de marcharme.

– ¿Tiene eso algo que ver con el asesinato?

– No lo sé. -La frase empezaba a convertirse en un estribillo-. Puede que haya relación entre la desaparición de Catherine Demeter y la muerte del señor Barton, pero no lo sabremos hasta que la policía averigüe algo o aparezca la chica.

– Bueno, yo no puedo autorizar esa clase de gastos en este momento -comenzó a explicar la señorita Christie-. Deberá esperar hasta después de…

La interrumpí. Sinceramente, empezaba a cansarme de la señorita Christie. Estaba acostumbrado a caer mal a la gente, pero la mayoría, como mínimo, tenía la decencia de conocerme antes, aunque fuera un poco.

– No le pido que lo autorice, y en cuanto vea a la señora Barton, no creo que siga siendo asunto suyo. Pero, como elemental norma de cortesía, he venido a expresar mis condolencias e informarle de mis avances.

– ¿Y cuáles son sus avances? -preguntó ella entre dientes. Se había puesto de pie y tenía los nudillos blancos, apoyados en el escritorio. En sus ojos asomó algo malévolo y ponzoñoso que enseñó los colmillos.

– Es posible que la chica se haya ido de la ciudad. Creo que ha vuelto a su casa, o lo que antes era su casa, pero no sé por qué. Si está allí, la encontraré, me aseguraré de que sigue bien y me pondré en contacto con la señora Barton.

– ¿Y si no está?

Dejé la pregunta en el aire. No había respuesta, ya que si Catherine Demeter no estaba en Haven, sería como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra hasta que hiciera algo que permitiera seguirle la pista, como utilizar una tarjeta de crédito o telefonear a su preocupada amiga.

Me invadió una sensación de cansancio y crispación. Parecía que el caso se fragmentaba, y los trozos se apartaban de mí vertiginosamente y brillaban a lo lejos. Había en juego demasiados elementos para ser mera coincidencia, y sin embargo la experiencia me disuadía de intentar unirlos por la fuerza para formar una imagen con sentido pero falsa, un orden impuesto sobre el caos de la muerte y el asesinato. Aun así, tenía la impresión de que Catherine Demeter era una de las piezas, y de que debía encontrarla para establecer qué papel desempeñaba en todo aquello.

– Me voy a última hora de la mañana. Telefonearé si averiguo algo.

El brillo había desaparecido de los ojos de la señorita Christie y la virulenta criatura que habitaba dentro de ella había vuelto a enroscarse para dormir un rato. Ni siquiera estaba seguro de si me había oído. La dejé así, con los nudillos todavía sobre el escritorio, la mirada ausente, perdida en su interior, el rostro terso y pálido como si la inquietase lo que veía.

Finalmente me retrasé a causa de nuevos problemas con el coche, y eran ya las cuatro de la tarde cuando regresé en el Mustang a mi apartamento para hacer la maleta.

Soplaba una agradable brisa cuando subí por la escalinata buscando a tientas las llaves. Envoltorios de caramelos rodaban por la calle y las latas de refrescos vacías tintineaban como campanillas al desplazarse. Un periódico abandonado se deslizó por la acera, y el roce sonó como los susurros de una amante muerta.

Subí los cuatro tramos de escalera hasta mi puerta, entré en el apartamento y encendí una lámpara. Media hora después estaba terminándome el café, con la bolsa ya preparada a mis pies, cuando sonó el móvil.

– Hola, señor Parker -dijo una voz masculina. Era una voz neutra, casi artificial, y oía chasquidos entre las palabras como si éstas fueran fragmentos de otra conversación recompuesta.

– ¿Quién es?

– Ah, no nos han presentado, pero tenemos conocidos comunes. Su esposa y su hija. Podría decirse que estuve con ellas en sus últimos momentos.

La voz cambiaba cada pocas palabras: de pronto era aguda, de pronto grave, primero masculina, luego femenina. En cierto punto me dio la impresión de que hablaban tres voces simultáneamente y después pasó a ser de nuevo una única voz masculina.

Noté como si la temperatura del apartamento bajara y éste se alejara de mí. Sólo quedaban el teléfono, los diminutos orificios del micrófono y el silencio al otro lado de la línea.

– No es la primera vez que me llama un bicho raro -repliqué con más aplomo del que sentía-. Usted no es más que otro tipo solitario en busca de una casa que rondar.

– Les despellejé la cara. Le rompí la nariz a su mujer estampándola contra la pared junto a la puerta de la cocina. No dude de mí. Soy el hombre que ha estado buscando. -Pronunció las últimas palabras con voz de niño, alegre y penetrante.

Sentí una punzada de dolor tras los ojos y el rumor de la sangre en mis oídos sonaba tan intenso como el embate de las olas contra un promontorio inhóspito y gris. No me quedaba saliva en la boca, sólo una sensación de sequedad y polvo. Cuando tragué, fue como si me bajara tierra por la garganta. Me dolió y me costó recobrar la voz.

– Señor Parker, ¿se encuentra bien? -Aunque serenas, solícitas y casi tiernas, aquellas palabras parecían proceder de cuatro voces distintas.

– Le encontraré.

Se echó a reír. La distorsión del sintetizador se hizo más evidente. Parecía dividirse en pequeñas unidades, del mismo modo que la pantalla de un televisor cuando uno se acerca y la imagen se descompone en puntos diminutos.

– Pero soy yo quien le ha encontrado a usted -dijo-. Quería que le encontrara, como quería que las encontrara a ellas e hiciera lo que hice. Usted me metió en su vida. Existo gracias a usted. Estuve esperando su llamada durante mucho tiempo. Usted quería que murieran. ¿No odiaba a su mujer esas horas antes de que yo me la llevara? Y a veces, en la oscuridad de la noche, ¿no tiene que reprimir un sentimiento de culpabilidad por la sensación de libertad que le produce saber que ella está muerta? Yo le liberé. Lo mínimo que podría hacer es demostrar un poco de gratitud.

– Es usted un hombre enfermo, pero eso no le salvará.

Comprobé el identificador de llamadas del teléfono y me quedé paralizado. Reconocí el número. Era el de la cabina de la esquina. Me dirigí hacia la puerta y empecé a bajar por la escalera.

– No, «hombre» no. En sus últimos momentos su mujer lo supo, su Susan, mientras la besaba, boca para el beso de la boca de ella, y le quitaba la vida. ¡Cómo la deseé en esos intensos momentos finales! Pero, claro, ésa ha sido siempre una de las debilidades de los de nuestro género. Nuestro pecado no ha sido el orgullo, sino el deseo de humanidad. Y la elegí a ella, la señora Parker, y a mi manera la amé. -Ahora la voz era grave y masculina. Resonaba en mi oído como la voz de un dios o un demonio.

– Váyase a la mierda -dije, y la bilis me subió a la garganta mientras notaba cómo el sudor perlaba mi frente y resbalaba por mi cara, un sudor enfermizo, fruto del miedo, contrapuesto a la furia de mi voz. Había bajado tres tramos de escalera, sólo quedaba uno.

– No cuelgue aún. -La voz pasó a ser la de una niña, como mi hija, mi Jennifer, y en ese momento me asaltó un presentimiento sobre la naturaleza de aquel Viajante-. Pronto volveremos a hablar. Quizás entonces entienda usted con más claridad mis intenciones. Acepte el regalo que le mando. Espero que alivie su sufrimiento. Debería llegarle… más o menos… ahora.

Oí el timbre del interfono de mi apartamento. Dejé el móvil en el suelo y desenfundé la Smith & Wesson. Bajé los peldaños restantes de dos en dos a la vez que notaba la adrenalina fluyendo por mi organismo. La señora D'Amato, mi vecina, sobresaltada por el ruido, se había asomado a la puerta de su apartamento, el más cercano a la entrada, cerrándose la bata con la mano en torno al cuello. Pasé como un rayo ante ella, abrí la puerta y salí despacio retirando el seguro del arma con el pulgar.

En el portal había un niño negro de unos diez años a lo sumo. Sostenía un paquete cilíndrico, envuelto para regalo, y tenía los ojos abiertos como platos de miedo y sorpresa. Lo agarré por el cuello de la camiseta y tiré de él hacia dentro. Ordené a la señora D'Amato que lo retuviera, que permanecieran ambos alejados del paquete, y corrí escalinata abajo hasta la calle.

Estaba desierto salvo por los papeles y las latas que rodaban por la acera. Resultaba extraño que no hubiera nadie, como si el Viajante y los habitantes del East Village se hubiesen confabulado contra mí. La cabina se encontraba en un extremo de la calle, bajo una farola. Allí no había nadie, y el auricular colgaba del gancho. Me acerqué corriendo, apartándome de la pared a medida que me aproximaba a la esquina por si alguien me esperaba al otro lado. Allí, la calle bullía de transeúntes, alegres parejas paseando de la mano, turistas, amantes. A lo lejos vi las luces del tráfico y sentí alrededor los sonidos de un mundo más seguro y trivial que el que yo tenía la sensación de haber dejado atrás.

Me di la vuelta al oír de pronto unos pasos a mis espaldas. Una mujer joven se acercaba al teléfono buscando unas monedas en su cartera. Alzó la vista cuando me aproximé y retrocedió al ver el arma.

– Busque otra cabina -dije.

Eché un último vistazo alrededor, puse el seguro de la pistola y me la guardé al cinto. Apuntalé el pie en el poste del teléfono y, con las dos manos, arranqué el cable del teléfono con una fuerza que no era natural en mí. A continuación regresé a casa llevando el auricular ante mí como un pez al extremo de un sedal.

La señora D'Amato retenía en su apartamento al niño sujetándolo por los brazos mientras él forcejeaba con lágrimas en las mejillas. Lo agarré por los hombros y me agaché para estar a su altura.

– Eh, no pasa nada. Cálmate. No te has metido en ningún lío; sólo quiero hacerte unas preguntas. ¿Cómo te llamas?

El niño se tranquilizó un poco, pero aún sollozaba convulsamente. Lanzó una mirada nerviosa a la señora D'Amato y luego intentó escapar en dirección a la puerta. Casi lo consiguió al lograr quitarse la cazadora cuando tiró de los brazos, pero a causa del esfuerzo resbaló y se cayó, y yo me abalancé sobre él. A tirones, lo llevé hasta una silla, lo obligué a sentarse y le di a la señora D'Amato el número de teléfono de Walter Cole. Le pedí que le dijera que era urgente y que viniera cuanto antes.

– ¿Cómo te llamas, muchacho?

– Jake.

– Muy bien, Jake. ¿Quién te ha dado esto? -pregunté y señalé con la cabeza el paquete que estaba en la mesa a nuestro lado, envuelto en papel azul decorado con ositos y bastones de caramelo y coronado con un lazo de vivo color azul.

Jake negó con la cabeza, y lo hizo con tal energía que las lágrimas salieron despedidas en ambas direcciones.

– Tranquilo, Jake. No tengas miedo. ¿Era un hombre, Jake? -dije. Jake, Jake. Sigue llamándolo por su nombre, cálmalo, haz que se concentre.

Volvió la cara hacia mí con los ojos muy abiertos y asintió.

– ¿Has visto cómo era, Jake?

Bajó la barbilla y empezó a llorar con sollozos tan estridentes que la señora D'Amato regresó a la puerta de la cocina.

– Ha dicho que me haría daño -explicó Jake-. Ha dicho que me arrancaría la cara.

La señora D'Amato se acercó al niño, y éste rodeó con sus pequeños brazos la gruesa cintura de la mujer y escondió la cara entre los pliegues de su bata.

– ¿Lo has visto, Jake? ¿Has visto cómo era? -Se volvió hacia mí sin apartarse de la señora D'Amato.

– Tenía un cuchillo como los que usan los médicos en la televisión. -El niño abrió la boca con una mueca de terror-. Me lo ha enseñado, me ha tocado aquí con la punta. -Se llevó un dedo a la mejilla izquierda.

– Jake, ¿le has visto la cara?

– Estaba muy oscuro -contestó Jake, con creciente histeria-. No…, no se veía nada. -Su voz se elevó hasta convertirse en un alarido-. No tenía cara.

Pedí a la señora D'Amato que se llevara a Jake a la cocina hasta que llegara Walter Cole y luego me senté a examinar el regalo del Viajante. Tenía unos veinticinco centímetros de alto y unos veinte de diámetro y al tacto parecía contener algo de cristal. Saqué mi navaja de bolsillo y, con delicadeza, levanté un ángulo del envoltorio para comprobar si había cables o almohadillas de presión. No había nada. Corté las dos tiras de cinta adhesiva que fijaban el papel y retiré con suavidad los osos sonrientes y los bastones de caramelo.

La superficie del tarro estaba limpia y percibí el olor del desinfectante que había utilizado para borrar sus huellas. En el líquido amarillento que contenía vi mi propia cara reflejada por partida doble: primero en la superficie de cristal y después, dentro, en la cara de mi hija antes tan preciosa. Descansaba blandamente contra el costado del tarro, ahora descolorida e hinchada como el rostro de un ahogado, con jirones de carne semejantes a zarcillos sobresaliendo del contorno, y los párpados cerrados como si estuviera en reposo. Gemí en un arrebato cada vez más intenso de dolor y miedo, de odio y culpabilidad. En la cocina, Jake sollozaba, y de pronto oí mis gritos mezclados con los suyos.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que llegó Cole. Observó con el semblante lívido el contenido del tarro y luego avisó al Departamento Forense.

– ¿Lo has tocado?

– No. Hay también un auricular de teléfono. El número coincide con el que aparecía en el identificador del móvil, pero no sé si encontrarán huellas. Ni siquiera estoy seguro de que llamara desde ese teléfono; ese número no debería haber aparecido en el identificador. Su voz me llegaba a través de un sintetizador. Creo que filtraba las palabras mediante un software muy especializado, algo con reconocimiento de voz y manipulación del tono, y que quizás ha hecho pasar la llamada por ese número. No lo sé. Son sólo suposiciones. -Hablaba balbuceando, atropelladamente. Temía qué pudiera pasar si callaba.

– ¿Qué ha dicho?

– Creo que está preparándose para actuar otra vez.

Walter se sentó pesadamente y se pasó la mano por la cara y el pelo. A continuación, con la mano enguantada, agarró el borde del papel y, casi con ternura, lo utilizó para cubrir el tarro, como un velo.

– Ya sabes lo que tenemos que hacer -dijo-. Necesitamos saber todo lo que ha dicho, cualquier cosa que nos ayude a seguirle la pista. Haremos lo mismo con el niño.

Yo fijaba la mirada en Cole, en el suelo, en cualquier parte menos en la mesa y los restos de todo aquello que había perdido.

– Se cree que es un demonio, Walter.

Cole volvió a mirar la figura del tarro.

– Quizá lo sea.

Cuando salimos hacia la comisaría, un enjambre de policías frente al edificio se disponía a tomar declaración a los vecinos, a los transeúntes, a cualquiera que pudiera haber visto al Viajante. El niño, Jake, nos acompañó, y sus padres llegaron poco después con la expresión de temor y malestar que la gente pobre y decente adopta en la ciudad cuando se entera de que un hijo suyo está con la policía.

El Viajante debía de haberme seguido durante todo el día y haber observado mis movimientos para llevar a cabo sus planes. Repasé mis movimientos, intenté recordar las caras, a los desconocidos, a cualquiera cuya mirada se hubiera prolongado un instante más de lo necesario. No recordé nada.

En la comisaría, Walter y yo repasamos la conversación una y otra vez, separando todo aquello que podía ser útil, que podía poner de relieve algún rasgo distintivo del asesino.

– ¿Dices que la voz cambiaba? -preguntó.

– Repetidamente. En cierto momento incluso me pareció oír a Jennifer.

– Eso podría servirnos de algo. La síntesis de la voz a ese nivel tiene que haberse hecho con un ordenador. Mierda, podría haberse limitado a dirigir la llamada a través de ese número, como tú has dicho. Según el niño, le dio el tarro a las cuatro de la tarde y le encargó que lo entregara a las cuatro y treinta y cinco exactamente. Esperó en un callejón contando los segundos con su reloj digital de los Power Rangers. Eso le habría dado a ese tipo tiempo suficiente para volver a su casa y redirigir la llamada. No sé lo suficiente de estas cosas. Quizás haya necesitado acceso a una centralita para hacerlo. Debo encontrar algún experto que lo compruebe.

La mecánica de la síntesis de voz era una cosa, pero otra muy distinta era la razón para utilizar esa síntesis. Quizás el Viajante no deseaba dar demasiadas pistas. Una muestra de voz podía reconocerse, guardarse, compararse e incluso utilizarse contra él en el futuro.

– ¿Y qué te parece el comentario del niño, eso de que el individuo del bisturí no tenía cara? -preguntó Walter.

– Una máscara, quizá, para evitar el menor riesgo de identificación. Tal vez tenga alguna marca, ésa es otra opción. La tercera es que sea lo que parece ser.

– ¿Un demonio?

No contesté. No sabía qué era un demonio, si la inhumanidad de un individuo podía inducirlo a transformarse, a ser algo no humano; o si había cosas que ponían en tela de juicio toda idea convencional de lo que significaba ser humano, de lo que significaba existir en el mundo.

Cuando esa noche regresé al apartamento, la señora D'Amato me trajo un plato de fiambres y pan italiano, y se sentó conmigo durante un rato, por temor a cómo me encontraría después de lo ocurrido esa tarde.

Cuando se marchó, me puse bajo la ducha un buen rato con el agua lo más caliente que pude soportar, y me lavé las manos una y otra vez. Tardé mucho en dormirme enfermo de ira y miedo, con la vista fija en el teléfono móvil que había dejado en el escritorio. Tenía los sentidos tan despiertos que los oía zumbar.

15

– Léeme un cuento, papá.

– ¿Qué cuento quieres?

– Un cuento divertido. Los tres osos. El bebé oso es muy gracioso.

– Muy bien, pero luego tienes que dormirte.

– Vale.

– Sólo un cuento.

– Sólo uno. Luego me dormiré.

En una autopsia primero se fotografía el cuerpo, vestido y desnudo. Ciertas partes se radiografían para determinar la presencia de fragmentos de hueso u objetos extraños incrustados en la carne. Se toma nota de todos los rasgos externos: el color del cabello, la estatura, el peso, el estado del cuerpo, el color de ojos.

– El bebé oso abrió los ojos de par en par. «¡Alguien se ha comido mis copos de avena, y no queda nada!».

– ¡Nada!

Nada.

El examen interno se lleva a cabo desde arriba hacia ahajo, pero la cabeza es lo último que se examina. El pecho se examina para comprobar si hay indicio de fractura de costillas. Se practica una incisión en forma de «Y» cortando de hombro a hombro a través de los pechos y bajando luego desde el extremo inferior del esternón hasta el pubis. El corazón y los pulmones quedan a la vista. Se abre el pericardio y se extrae una muestra de sangre para determinar el grupo sanguíneo de la víctima. Luego se retiran el corazón, los pulmones, el esófago y la tráquea. Cada órgano se pesa, se hace un reconocimiento y se corta en secciones. Se extrae líquido de la cavidad pleural torácica para analizarlo. Se preparan muestras de tejido orgánico para su análisis bajo el microscopio.

– Y entonces Ricitos de Oro se fue corriendo y los tres osos no volvieron a verla nunca más.

– Léemelo otra vez.

– No. Un solo cuento, era el pacto. No tenemos tiempo para más.

– Sí tenemos tiempo.

– Esta noche no. Otra noche.

– No, esta noche.

– No. Otra noche. Habrá más noches y más cuentos.

Se examina el abdomen y se toma nota de cualquier lesión antes de la extracción de los órganos. Se analizan los fluidos del abdomen y se pesa, estudia y secciona cada órgano por separado. Se evalúa el contenido del estómago. Se toman muestras para el análisis toxicológico. El orden de extracción suele ser el siguiente: hígado, vesícula, glándulas suprarrenales y riñones, estómago, páncreas e intestinos.

– ¿Qué habéis leído?

– Ricitos de oro y los tres osos.

– Otra vez.

– Otra vez.

– ¿Vas a contarme un cuento a mí?

– ¿Qué cuento te gustaría oír?

– Alguno obsceno.

– Ah, conozco muchos cuentos de esos.

– Ya lo sé.

Se examinan los genitales en busca de lesiones o sustancias extrañas. Se obtienen frotis vaginales y anales y cualquier materia extraña recogida se envía al laboratorio para el análisis de ADN, se extrae la vejiga y se envía una muestra de orina a toxicología.

– Bésame.

– ¿Dónde?

– En todas partes. En los labios, los ojos, el cuello, la nariz, las orejas, las mejillas. Bésame en todas partes. Me encanta sentir tus besos.

– Supongamos que empiezo por los ojos y voy bajando desde ahí.

– Bien. Puedo sobrellevarlo.

Se examina el cráneo en un intento de encontrar indicios de lesión. La incisión trastemporal se realiza de oreja a oreja a la altura de la apófisis mastoides (por la parte superior de la cabeza). Se extrae el cuero cabelludo y se deja el cráneo al descubierto. Para cortar el cráneo se utiliza una sierra. Se examina y extrae el cerebro.

– ¿Por qué no podemos estar así más a menudo?

– No lo sé. Yo quiero que estemos así, pero no puedo.

– Yo te quiero así.

– Por favor, Susan…

– No… He notado el olor a alcohol en tu aliento.

– Susan, no puedo hablar de esto ahora. Ahora no.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo vamos a hablar de esto?

– En otro momento. Voy a salir.

– Quédate, por favor.

– No. Volveré dentro de un rato.

– Por favor…

Rehoboth Beach, en Delaware, tiene un largo paseo entarimado delimitado a un lado por la playa y al otro por la clase de salones de juegos recreativos que uno recuerda de la infancia: partidas a veinticinco centavos donde puntuabas metiendo unas bolas de madera en unos agujeros; carreras con caballos de metal que descendían por una pista en pendiente y en las que podías ganar un oso de peluche con ojos de cristal; un estanque de ranas que esperaban que las pescases con un hilo del que colgaba un imán.

Ahora hay además ruidosos videojuegos y simuladores de vuelo espacial, pero Rehoboth aún conserva ese encanto del que, por ejemplo, carecía Dewey Beach, más al norte en la misma costa, o incluso Bethany. Un transbordador te lleva desde Cape May, en Nueva Jersey, hasta Lewes, en la costa de Delaware, y Rehoboth está a ocho o diez kilómetros al sur. En realidad no es la mejor manera de viajar a Rehoboth, ya que se pasa por toda la gama de hamburgueserías, tiendas y galerías comerciales de la U.S.l. Es mejor acceder desde el norte por Dewey, recorriendo la playa con kilómetros y kilómetros de dunas.

Desde esa dirección, Rehoboth se beneficia del contraste con Dewey. Se cruza el pueblo propiamente dicho por encima de una especie de lago ornamental, se pasa frente a la iglesia y, de pronto, se encuentra uno en la calle mayor, con sus librerías, sus tiendas de camisetas, sus bares y restaurantes en enormes y viejas casas de madera donde es posible tomarse una copa en el porche y ver a la gente pasear el perro en el ambiente tranquilo de la noche.

Cuatro de nosotros habíamos elegido Rehoboth para pasar un fin de semana y celebrar el ascenso a teniente de Tommy Morrison, pese a que el pueblo tenía fama de centro de reunión gay. Acabamos alojándonos en el Lord Baltimore, con sus habitaciones cómodas y anticuadas que evocan otra época, a menos de una manzana del bar Blue Moon, donde una multitud de hombres bronceados y vestidos con ropa cara se divertían ruidosamente hasta bien entrada la noche.

Yo era compañero de Walter Cole desde hacía poco tiempo. Sospechaba que él había movido los resortes necesarios para que me designaran a su lado, aunque nunca hablamos del tema. Con el consentimiento de Lee, viajó conmigo a Delaware, junto con Tommy Morrison y un amigo mío de la academia llamado Joseph Bonfiglioli, que resultó muerto de un tiro un año más tarde cuando perseguía a un tipo que había robado ochenta dólares en una licorería. Cada noche a las nueve, sin falta, Walter llamaba a Lee para saber cómo estaban ella y los niños. Era un hombre muy consciente de la vulnerabilidad de un padre.

Por aquel entonces, Walter y yo nos conocíamos desde hacía tiempo: unos cuatro años, creo. Lo vi por primera vez en uno de los bares frecuentados por policías. Yo era joven, acababa de dejar el uniforme y aún admiraba mi imagen en el espejo con la placa nueva. De mí se esperaban grandes cosas. Muchos creían que mi nombre terminaría saliendo en los periódicos. Y así fue, pero no por los motivos que ellos habían imaginado.

Walter era un hombre robusto que vestía trajes ligeramente gastados y a quien se le notaba la sombra oscura de la barba en las mejillas y el mentón incluso una hora después de haberse afeitado. Tenía fama de investigador tenaz y preocupado, con ocasionales destellos de lucidez que podían dar la vuelta a una investigación cuando el trabajo preliminar no había ofrecido resultados y no llegaba la necesaria cuota de suerte de la que depende casi toda investigación.

Walter Cole era también un lector voraz, un hombre que devoraba todo aquello que pudiera ampliar sus conocimientos del mismo modo que ciertas tribus devoran los corazones de sus enemigos con la esperanza de ser así más valerosos. Compartíamos el interés por Runyon y Wodehouse, por Tobías Wolff, Raymond Carver, Donald Barthelme, la poesía de e.e. cummings y, curiosamente, por el conde de Rochester, el dandi de la Restauración atormentado por sus fracasos: su pasión por el alcohol y las mujeres y su incapacidad para ser el marido que, a su juicio, merecía su esposa.

Recuerdo a Walter andando por el paseo entarimado de Rehoboth con una piruleta en la mano, una camisa chillona por encima de los pantalones cortos de color caqui, las sandalias chacoloteando ligeramente sobre la madera salpicada de arena, y un sombrero de paja para protegerse la cabeza ya medio calva. Pese a que bromeaba con nosotros, leyendo las cartas de los restaurantes y perdiendo dinero en las máquinas tragaperras, robándole patatas fritas a Tommy Morrison de la enorme bolsa de papel y chapoteando entre las frías olas del Atlántico, yo sabía que echaba de menos a Lee.

Y sabía también que vivir una vida como la de Walter Cole -una vida casi prosaica basada en los placeres que obtenía de breves momentos de felicidad y de la belleza de lo familiar, pero poco común por el valor que le atribuía a eso- era algo digno de envidia.

Conocí a Susan Lewis, tal como se llamaba entonces, en Lingo's Market, una tienda de alimentación a la antigua donde vendían hortalizas y cereales junto con quesos caros y donde anunciaban a bombo y platillo su propia panadería. Aún era un negocio familiar: la hermana, el hermano y la madre, una mujer menuda de pelo canoso con la energía de un terrier.

La primera mañana que pasamos en el pueblo salí a comprar café y el periódico en Lingo's, con la boca seca y las piernas todavía vacilantes por los excesos de la noche anterior. Ella estaba junto al mostrador pidiendo café en grano y pacanas, con el pelo más o menos recogido en una cola. Llevaba un vestido veraniego amarillo, tenía los ojos de un azul oscuro e intenso, y era preciosa.

Yo, por mi parte, no estaba en mi mejor momento, pero me sonrió cuando me coloqué junto a ella ante el mostrador rezumando alcohol por los poros. Y luego se fue dejando tras de sí una estela de perfume caro.

Aquel día la vi una segunda vez en el gimnasio de la Asociación de Juventudes Católicas cuando salía de la piscina y entraba en los vestuarios mientras yo intentaba sudar el alcohol en un aparato de remo. Después, durante uno o dos días, tuve la sensación de verla fugazmente por todas partes: en la librería, mirando las cubiertas de los thrillers de abogados; pasando frente a la lavandería con una bolsa de buñuelos; echando un vistazo a través de la cristalera del bar Irish Eyes desde la acera en compañía de una amiga, y, por último, me tropecé con ella una noche en el paseo, de espaldas al ruido de los salones recreativos y con el romper de las olas enfrente.

Estaba sola, absorta en la contemplación del oleaje, que tenía un resplandor blanco en la oscuridad. Poca gente paseaba por la playa para entorpecer la vista, y, en la periferia, lejos de los salones recreativos y los puestos de comida rápida, todo estaba asombrosamente vacío.

Me miró cuando me acerqué a ella. Sonrió.

– ¿Ya te encuentras mejor?

– Un poco. Me pillaste en un mal momento.

– Olí tu mal momento -dijo ella, arrugando la nariz.

– Lo siento. Si hubiera sabido que estarías allí, me habría vestido de etiqueta. -Y no lo decía en broma.

– No pasa nada. Yo también he tenido momentos como ése.

Y así empezó todo. Ella vivía en Nueva Jersey, iba a diario a Manhattan en tren para trabajar en una editorial, y un fin de semana de cada dos visitaba a sus padres en Massachusetts. Nos casamos al cabo de un año y tuvimos a Jennifer un año después. Disfrutamos quizá de tres años buenos juntos antes de que la relación empezara a deteriorarse. La culpa fue mía, creo. Cuando mis padres se casaron, los dos sabían cómo podía afectar a un matrimonio la vida de policía, él porque vivía esa vida y veía sus efectos reflejados en las vidas de quienes lo rodeaban, ella porque su padre había sido ayudante de sheriff en Maine y había dimitido del cargo antes de que le costara demasiado caro. Susan no había pasado por esa experiencia.

Era la menor de cuatro hermanos, sus padres aún vivían y todos la adoraban. Cuajado murió, me retiraron la palabra. Ni siquiera me hablaron ante la tumba. Al desaparecer Susan y Jennifer, fue como si me hubieran apartado de la corriente de la vida y dejado a la deriva en aguas quietas y oscuras.

16

La muerte de Susan y Jennifer atrajo mucha atención, pero por poco tiempo. Los detalles más íntimos del asesinato -el desollamiento, la extracción de los ojos y la piel de la cara- no se hicieron públicos; aun así empezaron a salir tipos raros de vaya usted a saber dónde. Durante un tiempo, los entusiastas de las crónicas negras llegaban en coche hasta la casa y se filmaban unos a otros con sus videocámaras en el jardín. Un agente de policía del barrio sorprendió incluso a una pareja intentando forzar la puerta trasera para entrar y posar en las sillas donde Susan y Jennifer habían muerto. Durante los días posteriores al crimen, llamaba habitualmente por teléfono gente que afirmaba estar casada con el asesino o que tenía la seguridad de haberlo conocido en una vida pasada, o incluso, en una o dos ocasiones, sólo para decir que se alegraban de que mi esposa y mi hija estuvieran muertas. Al final abandoné la casa y permanecí en contacto por teléfono y fax con el abogado en cuyas manos había dejado la venta.

Topé con la comuna en el sur de Maine un día que volvía a Manhattan desde Chicago tras seguir una vez más una pista falsa, un presunto asesino de niños llamado Myron Able, que ya estaba muerto cuando llegué, asesinado en el aparcamiento de un bar después de meterse con unos matones. Quizá también buscaba un poco de paz en algún lugar conocido, pero nunca llegué a la casa de Scarborough, la casa que mi abuelo me había dejado en su testamento.

Por entonces yo estaba muy mal. Cuando la chica me encontró vomitando y llorando ante la puerta cerrada de una tienda de electrónica y me ofreció una cama para pasar la noche, sólo pude asentir. Cuando sus compañeros, unos hombres enormes con las botas embarradas y camisas con olor a sudor y pinaza, me llevaron a rastras a su furgoneta y me echaron en la parte de atrás, en cierto modo albergaba la esperanza de que me mataran. Casi lo hicieron. Cuando dejé la comuna, cerca del lago Sebago, seis semanas más tarde, había perdido más de diez kilos y los músculos del abdomen me sobresalían como las placas dorsales de un caimán. De día trabajaba en la pequeña granja y asistía a sesiones en grupo donde otros como yo intentaban purgarse de sus demonios. Aún ansiaba el alcohol, pero reprimí el deseo como me habían enseñado. Rezábamos por las noches y todos los domingos un pastor pronunciaba un sermón sobre la abstinencia. La tolerancia, la necesidad de que todo hombre y toda mujer hallaran la paz dentro de sí. La comuna se autofinanciaba mediante los productos del campo que vendía, algunos muebles que realizaba, y los donativos de aquellos que habían sacado provecho de sus servicios, algunos hombres y mujeres acaudalados en la actualidad.

Pero yo seguía enfermo, consumido por el deseo de vengarme de quienes me rodeaban. Me sentía atrapado en un limbo: la investigación se encontraba en punto muerto y no avanzaría hasta que se cometiera un crimen similar y pudiera establecerse una pauta de comportamiento.

Alguien me había arrebatado a mi esposa y a mi hija y había quedado impune. En mi interior, el dolor, la rabia y la culpabilidad crecían y se agitaban como una marea roja a punto de desbordarse. Sentía como un dolor físico que me desgarraba la cabeza y me roía el estómago. Me llevó de nuevo a la ciudad, donde torturé y maté a Johnny Friday, un chulo, en los lavabos de una estación de autobuses donde esperaba aprovecharse de los niños sin hogar que llegaban a Nueva York.

Ahora pienso que siempre había tenido intención de matarlo, pero que había mantenido oculto el plan en algún rincón de mi mente. Lo tapé con interesadas justificaciones y excusas, iguales a las que había utilizado durante tanto tiempo cada vez que veía servir un vaso de whisky u oía el estampido gaseoso del tapón de una botella. Paralizado por mi propia incapacidad y la incapacidad de los demás para encontrar al asesino de Susan y Jennifer, vi una oportunidad de arremeter y la aproveché. Desde el instante en que tomé la pistola y los guantes y salí a la estación de autobuses, Johnny Friday era hombre muerto.

Friday era un negro alto y delgado. Con sus trajes oscuros de marca de tres botones y sus camisas sin cuello totalmente abrochadas, parecía un predicador. Repartía pequeñas Biblias y panfletos religiosos entre los recién llegados y les ofrecía caldo en un termo, y cuando los barbitúricos que contenía empezaban a hacer efecto, los llevaba a la parte trasera de una furgoneta que esperaba frente a la estación. Luego desaparecían, como si nunca hubieran llegado, hasta que volvía a vérselos en las calles como drogadictos maltrechos, prostituyéndose por el chute que Johnny les suministraba a precios desmedidos mientras practicaban los juegos que lo enriquecían a él.

El suyo era un negocio descarnado, e incluso en un medio que no se caracterizaba por su humanidad, Johnny Friday era irredimible. Proporcionaba niños a pederastas entregándolos en la puerta de selectos pisos francos, donde los violaban y sodomizaban antes de devolverlos a su propietario. Si los clientes eran lo bastante ricos y depravados, Johnny les permitía acceso al «sótano», en un almacén abandonado de la zona de producción textil. Allí, por un pago en efectivo de diez mil dólares, podían elegir a alguno de los miembros del establo de Johnny, chico o chica, niño o adolescente, al que podían torturar, violar y, si lo deseaban, matar, y Johnny se encargaba del cadáver. En ciertos círculos era conocido por su discreción.

Descubrí la existencia de Johnny Friday buscando al asesino de mi esposa y de mi hija. Por mediación de un antiguo soplón, averigüé que Johnny traficaba a veces con fotos y vídeos de tortura sexual, que era uno de los principales proveedores de esta clase de material, y que cualquiera cuyos gustos fueran en esa dirección entraría en contacto, en algún punto, con Johnny Friday o con alguno de sus representantes.

Así pues, estuve observándolo durante cinco horas desde la cafetería Au Bon Pain de la estación y, cuando fue a los servicios, lo seguí. Éstos se dividían en secciones, la primera con espejos y lavabos, la segunda formada por una hilera de urinarios a lo largo de la pared del fondo, y dos filas de retretes una frente a otra, separadas por un pasillo central. Junto a los lavabos, sentado en un pequeño cubículo de cristal, había un anciano, con un uniforme manchado, totalmente absorto en una revista cuando entré tras Johnny Friday. Había dos hombres lavándose las manos, dos en los urinarios y tres en los retretes, dos en la fila de la izquierda y uno en la de la derecha. Se oía música ambiental, una melodía irreconocible.

Contoneándose, Johnny Friday fue al urinario, del extremo derecho. Yo me coloqué a dos urinarios de él y esperé a que los otros hombres acabaran. En cuanto se fueron, me situé detrás de Johnny Friday, le tapé la boca con la mano y apoyé el cañón de la Smith & Wesson bajo su barbilla. A continuación lo obligué a entrar en el último retrete, el más alejado del otro retrete ocupado de esa fila.

– Eh, no, tío, no -susurró con los ojos abiertos como platos.

Le asesté un rodillazo en la entrepierna y cayó pesadamente de rodillas mientras yo echaba el pestillo a la puerta. Hizo un débil intento de levantarse y le golpeé con fuerza en la cara. Volví a acercar el arma a su cabeza.

– No digas una sola palabra. Date la vuelta.

– Por favor, tío, no.

– Cállate. Date la vuelta.

De rodillas, se volvió poco a poco. Le bajé la chaqueta hasta los brazos y luego lo esposé. Del otro bolsillo saqué un trapo y un rollo de cinta adhesiva. Le metí el trapo en la boca y di dos o tres vueltas con la cinta adhesiva alrededor de su cabeza. Después lo levanté y lo obligué a agacharse sobre el inodoro. Me dio una patada en la espinilla con el pie derecho e intentó erguirse, pero había perdido el equilibrio y lo golpeé otra vez. En esta ocasión permaneció agachado. Sin dejar de encañonarle escuché un momento por si venía alguien a causa del ruido. Sólo se oyó la cadena de un inodoro. Nadie vino.

Le dije a Johnny Friday lo que quería. Entornó los ojos al darse cuenta de quién era yo. El sudor brotó de su frente e intentó quitárselo de los ojos parpadeando. Le sangraba un poco la nariz y un hilillo rojo salía de debajo de la cinta adhesiva y resbalaba hasta el mentón. Las aletas de la nariz se le abrían por el esfuerzo que le costaba respirar.

– Quiero nombres, Johnny. Nombres de clientes. Vas a dármelos.

Lanzó un resoplido de desdén y la sangre borboteó en su nariz. Ahora me miraba con frialdad. Parecía una serpiente larga y negra: con su pelo engominado y peinado con raya y sus ojos de reptil. Cuando le rompí la nariz, los abrió de par en par en una expresión de sorpresa y dolor.

Volví a golpearle, una vez, dos, violentos puñetazos en el estómago y la cabeza. A continuación le arranqué la cinta de un tirón y le saqué el trapo ensangrentado de la boca.

– Dame nombres.

Escupió un diente.

– Jódete -dijo-. Jodeos tú y tus dos putas muertas.

Aún no tengo claro lo que ocurrió entonces. Recuerdo que le golpeé una y otra vez, notando que sus huesos crujían y sus costillas se rompían y viendo cómo se oscurecían mis guantes con su sangre. Una nube negra enturbiaba mi mente y vetas rojas la traspasaban como extraños relámpagos.

Cuando paré, las facciones de Johnny Friday parecían haberse desdibujado. Le sujeté la mandíbula entre las manos mientras la sangre brotaba a borbotones de sus labios.

– Habla -mascullé.

Alzó los ojos hacia mí y, como si estuviera viendo una escarpada entrada al infierno, sus dientes rotos asomaron tras los labios cuando consiguió esbozar una última sonrisa. El cuerpo se le arqueó y lo recorrió un espasmo, y luego otro. De su nariz, su boca y sus oídos manó sangre negra y espesa, y murió.

Me aparté de él respirando entrecortadamente, me enjugué lo mejor que pude las manchas de sangre de la cara y me limpié parte de la sangre de la cazadora, apenas visible en el cuero negro y los vaqueros negros. Me quité los guantes, me los guardé en el bolsillo y tiré de la cadena antes de echar un vistazo afuera con sumo cuidado, salir y cerrar la puerta. La sangre se deslizaba ya fuera del retrete y corría por las junturas de las baldosas.

Me di cuenta de que el ruido de la muerte de Johnny Friday debió de haber resonado en los servicios pero no me importó. Al salir, pasé sólo junto a un negro de avanzada edad de pie ante un urinario, y éste, como buen ciudadano que sabe cuándo ha de ocuparse de sus propios asuntos, ni siquiera me miró. En los lavabos había otros hombres que me lanzaron breves miradas a través de los espejos. Advertí que el anciano de uniforme había abandonado su cubículo de cristal y me escabullí por una sala vacía mientras dos policías corrían hacia los servicios desde el piso superior. Salí a la calle entre las hileras de autobuses aparcados en la estación.

Quizá Johnny Friday mereciese morir. Desde luego nadie lo lamentó y la policía hizo poco más que un somero esfuerzo para encontrar a su asesino. Pero circularon rumores, ya que Walter, creo, los había oído.

Sin embargo, vivo con la muerte de Johnny Friday como vivo con la muerte de Susan y de Jennifer. Si lo merecía, si lo que recibió no fue i, más que su merecido, no me correspondía a mí erigirme en su juez y verdugo. «En la próxima vida obtendremos justicia», escribió alguien. «En ésta tenemos la ley.» En los últimos minutos de Johnny Friday no hubo ley sino sólo una especie de perversa justicia que yo no era quién para administrarle.

No creía que mi esposa y mi hija hubieran sido las primeras en morir a manos del Viajante, si es que él era el asesino. Aún pensaba que en algún lugar de un pantano de Louisiana yacía otra víctima y que su identidad era la clave que me abriría el mundo de este hombre que creía no ser un hombre. Esa chica formaba parte de una tétrica tradición en la historia humana, un desfile de víctimas que se remontaba a tiempos lejanos, hasta Cristo y más allá, hasta una época en que los hombres sacrificaban a quienes tenían alrededor para aplacar a unos dioses que no conocían la misericordia y cuyo carácter creaban y a la vez imitaban en sus acciones.

La chica de Louisiana formaba parte de una sangrienta sucesión, una niña de Windeby moderna, una descendiente de aquella muchacha anónima hallada en los años cincuenta en una tumba a pocos metros de profundidad en una turbera de Alemania, adonde la habían llevado hacía casi dos mil años, desnuda y con los ojos vendados para ahogarla en medio metro de agua. Podía trazarse un camino a lo largo de la historia desde su muerte hasta la muerte de otra muchacha a manos de un hombre que creía que podía apaciguar a sus demonios interiores quitándole la vida, pero que, una vez derramada la sangre y desgarrada la carne, quiso más y asesinó a mi mujer y a mi hija.

Ya no creemos en el mal, sino sólo en actos malvados que pueden explicarse mediante la ciencia de la mente. El mal no existe, y creer en él es sucumbir a la superstición, como cuando uno mira debajo de la cama por la noche o tiene miedo a la oscuridad. Pero hay individuos para quienes no encontramos respuestas fáciles, que hacen el mal porque son así, porque son malvados.

Johnny Friday y otros como él se ceban en aquellos que viven en la periferia de la sociedad, en aquellos que se han extraviado. Es fácil extraviarse en la oscuridad cuando se vive en los márgenes de la vida moderna, y una vez estamos perdidos y solos, hay cosas que nos aguardan donde no hay luz. Nuestros antepasados no se equivocaban en sus supersticiones: hay motivos para temer la oscuridad.

Y del mismo modo que podía trazarse una línea desde una turbera de Alemania hasta un pantano del sur, yo llegué a creer que también la maldad se remontaba a los orígenes de nuestra especie. Una tradición de maldad discurría bajo toda la existencia humana igual que las cloacas bajo una ciudad, y esa maldad proseguía incluso después de destruirse uno de los elementos que la constituían, porque éste era simplemente una pequeña parte de una totalidad mayor y más siniestra.

Quizás era eso, en parte, lo que me inducía a desear averiguar la verdad sobre Catherine Demeter, ya que, en retrospectiva, me doy cuenta de que la maldad había tocado también su vida y la había contaminado de un modo irremediable. Si no podía luchar contra la maldad transformada en el Viajante, la encontraría en otras formas. Creo lo que digo. Creo en la maldad porque la he tocado, y ella me ha tocado a mí.

17

Cuando telefoneé a la consulta privada de Rachel Wolfe a la mañana siguiente, su secretaria me dijo que estaba dando un seminario en un congreso en la Universidad de Columbia. Tomé el metro en el Village y llegué temprano a la entrada principal del campus. Me paseé un rato por el Barnard Book Forum, zarandeado por los estudiantes que iban y venían mientras curioseaba en la sección de literatura, antes de dirigirme a la entrada de la facultad.

Atravesé el gran patio cuadrado de la universidad, con la biblioteca Butler en un extremo, la administración en el otro y, como una mediadora entre la docencia y la burocracia, la estatua de Alma Mater en el círculo de hierba del centro. Al igual que la mayoría de los habitantes de la ciudad, rara vez iba a Columbia, y siempre me sorprendía esa sensación de tranquilidad y estudio a sólo unos pasos de las bulliciosas calles.

Rachel Wolfe acababa de concluir su clase cuando llegué, así que la esperé fuera de la sala hasta el final de la sesión. Salió hablando con un joven de aspecto serio, pelo rizado y gafas redondas, que la escuchaba con los cinco sentidos. Al verme, se detuvo y lo despidió con una sonrisa. Disgustado, el muchacho pareció dispuesto a quedarse, pero finalmente dio media vuelta y se marchó cabizbajo.

– ¿En qué puedo ayudarle, señor Parker? -preguntó con una expresión de perplejidad pero no por ello carente de interés.

– Ha vuelto.

Fuimos hasta la pastelería húngara de Amsterdam Avenue, donde chicos y chicas tomaban café entregados a la lectura de libros de texto. Rachel Wolfe llevaba unos vaqueros y un grueso jersey de punto con un dibujo en forma de corazón en el pecho.

Pese a todo lo ocurrido la noche anterior, sentía curiosidad por ella. Ninguna mujer me había atraído desde la muerte de Susan, y mi esposa fue la última mujer con quien me había acostado. Rachel Wolfe, con el pelo rojo peinado hacia atrás por encima de las orejas, despertó una sensación de deseo en mí que no era simplemente sexual. Experimenté una profunda soledad y un malestar en el estómago. Me miró con curiosidad.

– Disculpe -dije-. Tenía la cabeza en otra parte.

Ella asintió y alcanzó un bollo con semillas de amapola, del que arrancó un trozo enorme y se lo llevó a la boca dando un suspiro de satisfacción. Debí de observarla con cierto asombro, porque se tapó la boca con la mano y dejó escapar una risa discreta.

– Lo siento, pero estas cosas me vuelven loca. Tiendo a olvidarme de las delicadezas y los buenos modales en la mesa cuando alguien pone delante de mí algo así.

– Conozco la sensación. A mí me pasó eso mismo con los helados Ben & Jerry's hasta que me di cuenta de que empezaba a parecerme a uno de los envases.

Volvió a sonreír y empujó un trozo de bollo que intentaba escapar por la comisura de sus labios. La conversación decayó por un momento.

– Supongo que a sus padres les gustaba el jazz -comentó por fin.

Debí de poner cara de desconcierto, porque sonrió divertida mientras yo intentaba asimilar la pregunta. Me la habían hecho muchas veces antes, pero agradecí que desviara el tema, y creo que ella lo advirtió.

– No, mis padres no sabían nada de jazz -contesté-. Sencillamente a mi padre le gustó el nombre. La primera vez que oyó hablar de Bird Parker fue en la pila bautismal cuando el sacerdote se lo mencionó. Me contaron que el sacerdote era un entusiasta del jazz. Nada le habría alegrado más que mi padre le hubiera anunciado que pondría a sus hijos los nombres de los miembros de la orquesta de Count Basie. A mi padre, en cambio, no le hizo ninguna gracia la idea de poner a su primogénito el nombre de un jazzista negro, pero entonces ya era demasiado tarde para pensar en otra posibilidad.

– ¿Cómo llamó a sus otros hijos?

Me encogí de hombros.

– No tuvo la oportunidad. Mi madre no pudo dar a luz a más hijos después de mí.

– Quizá pensó que ya no podía mejorar el resultado -comentó con una sonrisa.

– No lo creo. De niño no le daba más que problemas. Volvía loco a mi padre.

Noté en su mirada que se disponía a preguntarme por mi padre, pero algo en mi rostro la disuadió. Apretó los labios, apartó el plato vacío y se recostó en la silla.

– ¿Puede contarme lo que ha pasado?

Reproduje los acontecimientos de la noche anterior sin omitir nada. Tenía las palabras del Viajante grabadas a fuego en la memoria.

– ¿Por qué lo llama así?

– Un amigo mío me presentó a una mujer que decía recibir…, esto…, mensajes de una chica muerta. La habían matado igual que a Susan y a Jennifer.

– ¿La encontraron?

– Nadie la buscó. Los mensajes de una vieja vidente no bastan para poner en marcha una investigación.

– Aunque fuese verdad, ¿está seguro de que la mató el mismo hombre?

– Eso creo, sí.

Me dio la impresión de que Wolfe quería seguir preguntando, pero se abstuvo.

– Repita lo que dijo por teléfono ese hombre, el Viajante, esta vez más despacio.

Lo hice hasta que levantó la mano para detenerme.

– Eso es una cita de Joyce: «boca para el beso de la boca de ella». Es la descripción del «pálido vampiro» del Ulises. Se trata de un hombre culto. Y eso sobre los de «nuestro género» parece bíblico; no estoy segura. Tendré que comprobarlo. Dígalo otra vez.

Repetí las palabras lentamente mientras ella las anotaba en un cuaderno de espiral.

– Un amigo mío da clases de teología y estudios bíblicos. Quizá encuentre la fuente. -Cerró el cuaderno-. ¿Sabe que en principio no debería implicarme en este caso?

Contesté que no lo sabía.

– Después de nuestras conversaciones anteriores, alguien se puso en contacto con el comisario. No le gustó que desairaran a su hermano.

– Necesito ayuda con esto. Necesito saber todo lo posible -dije, y de pronto sentí náuseas y, cuando tragué saliva, me dolió la garganta.

– No sé si es muy sensato. Probablemente debería dejar esto en manos de la policía. Sé que no es lo que desea oír, pero, después de todo lo ocurrido, corre el riesgo de hacerse daño. ¿Entiende lo que quiero decir?

Moví la cabeza en un lento gesto de asentimiento. Tenía razón. Una parte de mí deseaba apartarse de aquello. Sumergirse de nuevo en los vaivenes de la vida cotidiana. Deseaba quitarme de encima aquella carga, recuperar cierto parecido con una existencia normal. Deseaba rehacer mi vida pero me sentía paralizado, detenido en el tiempo por lo que había sucedido. Y ahora el Viajante había vuelto, me había arrebatado cualquier opción de normalidad y me había dejado a la vez tan incapacitado para actuar como lo estaba antes.

Creo que Rachel Wolfe lo comprendía. Quizá por eso había acudido a ella, con la esperanza de que me entendiera.

– ¿Se encuentra bien? -Alargó el brazo para tocarme la mano y casi grité. Volví a asentir-. Está en una situación muy complicada. Si ese hombre ha decidido ponerse en contacto con usted es porque quiere involucrarlo y quizás exista algún vínculo que pueda ser útil. Desde el punto de vista de la investigación, probablemente no convenga que se aparte de su rutina por si se pone en contacto otra vez, pero desde el punto de vista de su propio bienestar… -Dejó el final de la frase flotando en el aire-. Tal vez debería plantearse incluso algún tipo de ayuda profesional. Lamento hablarle de manera tan directa, pero es mi obligación decírselo.

– Lo sé, y le agradezco el consejo. -Me resultaba extraño sentirme atraído por alguien después de tanto tiempo y oírle recomendarme de pronto que fuera a un psiquiatra. Eso no auguraba ninguna clase de relación que no se desarrollara en sesiones de una hora-. Creo que los investigadores quieren que me quede aquí.

– Tengo la sensación de que no va a hacerlo.

– Estoy buscando a alguien. Se trata de otro caso, pero sospecho que esa persona puede estar en peligro. Si me quedo aquí nadie la ayudará.

– Tal vez no sea mala idea que se aleje de esto por un tiempo, pero a juzgar por lo que me dice, en fin…

– ¿Qué?

– Da la impresión de que intenta salvar a esa persona pero de que ni siquiera está seguro si es necesario salvarla.

– Quizá yo necesito salvarla.

– Quizá.

Esa misma mañana le dije a Walter Cole que seguiría buscando a Catherine Demeter y que, para ello, debía marcharme de la ciudad. Estábamos sentados en la quietud del Chumley's, el antiguo bar clandestino del Village en Bedford. Cuando Walter telefoneó, yo mismo me sorprendí por elegir ese establecimiento para nuestra cita, pero, mientras me tomaba allí un café, tomé conciencia de por qué lo había escogido.

Me gustaba la sensación de historia que transmitía, su lugar en el pasado de la ciudad, que se remontaba como una vieja cicatriz o la arruga en la comisura de un ojo. El Chumley's había sobrevivido a los tiempos de la Prohibición, en que los clientes escapaban a las redadas saliendo atropelladamente por la puerta trasera, que daba a Barrow Street. Había sobrevivido a las guerras mundiales, las crisis de la Bolsa, la desobediencia civil y la gradual erosión del tiempo, que era mucho más insidiosa que todo lo anterior. En «se momento yo necesitaba su estabilidad.

– Tienes que quedarte -dijo Walter. Aún iba con su abrigo de piel, colgado ahora en el respaldo de la silla. Alguien le había silbado al entrar con él puesto.

– No.

– ¿Cómo que no? -replicó enfadado-. Ese hombre ha abierto una vía de comunicación. Te quedarás, pincharemos el teléfono e intentaremos localizarlo cuando vuelva a llamar.

– No creo que vuelva a llamar, al menos durante un tiempo, y en todo caso dudo que podáis localizarlo. No quiere que le impidan actuar, Walter.

– Razón de más para impedírselo. Dios mío, fíjate en lo que ha hecho, lo que volverá a hacer. Fíjate en lo que has hecho tú por su…

Me incliné hacia delante y lo vi retractarse de lo que había dicho. Nos habíamos acercado al borde del abismo, pero se había echado atrás.

El Viajante quería que me quedara. Quería que esperase en mi apartamento una llamada que acaso no se produciría. No podía permitírselo. Sin embargo, tanto Walter como yo sabíamos que el contacto establecido podía ser el primer eslabón de una cadena que al final nos conduciría hasta él.

Un amigo mío, Ross Oakes, trabajaba en el departamento de policía de Columbia, en Carolina del Sur, en la época de los asesinatos de Bell. Larry Gene Bell secuestró y asfixió a dos chicas, una de diecisiete años a la que raptó cerca de un buzón y la otra de nueve, secuestrada en el patio del colegio. Cuando por fin los investigadores encontraron los cadáveres, éstos estaban demasiado descompuestos para determinar si había indicios de agresión sexual, aunque más tarde Bell admitió que así había sido en ambos casos.

A Bell lo localizaron porque se dedicó a hacer una serie de llamadas telefónicas a la familia de la víctima de diecisiete años, en las que conversaba sobre todo con la hermana mayor. También les envió por correo la última voluntad y el testamento de la chica. En las llamadas indujo a la familia a creer que la víctima seguía con vida, hasta que finalmente se halló el cuerpo una semana más tarde. Después del secuestro de la chica de menor edad, se puso en contacto con la hermana de la primera víctima y le describió el secuestro y el asesinato de la niña. Le dijo que ella sería la siguiente.

Se encontró a Bell gracias a unas marcas que habían quedado grabadas en el papel donde la víctima había escrito su carta, un número de teléfono semiborrado que llevó a una dirección a través de un proceso de eliminación. Larry Gene Bell era un hombre blanco de treinta y seis años, divorciado y por entonces instalado en casa de sus padres. Declaró a los agentes de la Unidad de Apoyo a la Investigación del FBI que «lo había hecho el Larry Gene Bell malo».

Sabía de docenas de casos similares en los que el contacto del asesino con la familia de la víctima conducía a su detención, pero también había visto las secuelas de esa clase de tortura psicológica. La familia de la primera víctima de Bell tuvo suerte porque sólo hubo de padecer los desvaríos de Bell durante dos semanas.

Además de la rabia y el dolor que yo había sentido la noche anterior, otro sentimiento me llevaba a temer futuros contactos con el Viajante, al menos por el momento.

Había sentido alivio.

Durante más de siete meses no había pasado nada. La investigación policial había llegado a un punto muerto, mis propios esfuerzos no me habían acercado más al asesino de mi mujer y de mi hija, y temía que hubiera desaparecido.

Ahora había vuelto. Había tendido su mano hacia mí y, con ello, había abierto la posibilidad de dar con él. Volvería a matar, y en el asesinato se pondrían de manifiesto unas pautas que nos aproximarían a él. Todas estas reflexiones se me pasaron por la cabeza en la oscuridad de la noche, pero, con la primera luz del alba, tomé conciencia de las consecuencias de lo que sentía.

El Viajante intentaba arrastrarme a un ciclo de dependencia. Me había arrojado una migaja en forma de llamada telefónica y los restos de mi hija, y al hacerlo me había inducido a desear, aunque fuera brevemente, las muertes de otras personas con la esperanza de que esas muertes me acercaran a él. Al darme cuenta de eso, decidí no establecer una relación así con ese hombre. Era una decisión difícil, pero sabía que, si se proponía volver a ponerse en contacto conmigo, me encontraría. Entretanto, dejaría Nueva York y seguiría buscando a Catherine Demeter.

Pero muy en el fondo, quizá sólo parcialmente reconocida por mí y sospechada por Rachel Wolfe, existía otra razón para continuar con la búsqueda de Catherine Demeter.

No creía en los remordimientos que no pudieran repararse. Había sido incapaz de proteger a mi mujer y a mi hija, y a causa de ello habían muerto. Quizá me engañaba, pero creía que si Catherine Demeter moría porque yo dejaba de buscarla, habría fracasado por segunda vez, y no estaba seguro de poder vivir con ese cargo de conciencia. En ella, quizás erróneamente, veía una oportunidad de expiación.

Intenté explicarle esto a Walter -la necesidad de evitar una relación de dependencia con aquel hombre, la necesidad de continuar con la búsqueda de Catherine Demeter, por ella y por mí mismo-, pero sólo en parte. Nos despedimos con una sensación de inquietud y de malhumor.

El cansancio se había apoderado gradualmente de mí a lo largo de la mañana y dormí con sueño agitado durante una hora antes de partir hacia Virginia. Al despertar, estaba bañado en sudor y casi deliraba, perturbado por pesadillas de interminables conversaciones con un asesino sin rostro y de imágenes de mi hija previas a la muerte.

Justo antes de despertar, soñé con Catherine Demeter rodeada de oscuridad, llamas y huesos de niños muertos. Y supe que una horrible negrura había caído sobre ella y que debía intentar salvarla, para salvarnos a los dos, de la oscuridad.

Segunda parte

Eadem mutata resurgo.

(Aunque cambiado, renaceré)

Epitafio de Jakob Bernoulli,

pionero suizo de la dinámica de fluidos

y el análisis matemático de espirales

18

Esa tarde viajé en coche a Virginia. Era una distancia larga pero me dije que necesitaba tiempo para darle rodaje al motor, para que se soltara después de tanto tiempo fuera de la carretera. Al volante, intenté analizar lo ocurrido durante los últimos dos días, pero mi mente volvía una y otra vez a los restos de la cara de mi hija en el tarro de formol.

Advertí la presencia del otro coche pasada una hora, un Nissan rojo de tracción en las cuatro ruedas con dos ocupantes. Se mantenían cuatro o cinco vehículos por detrás, pero cuando yo aceleraba también lo hacían ellos. Cuando me rezagaba, procuraban tenerme a la vista durante todo el tiempo posible y luego empezaban a reducir la marcha también. Llevaba las matrículas intencionadamente sucias de barro. Conducía una mujer, con el pelo recogido y los ojos ocultos tras unas gafas de sol. En el asiento contiguo viajaba un hombre de cabello oscuro. Los dos tenían treinta y tantos años, pero no los reconocí.

Si eran federales, cosa poco probable, eran muy torpes. Si se trataba de los asesinos a sueldo de Sonny, se correspondía con su tendencia a contratar el peor servicio. Sólo un payaso utilizaría un 4x4 para seguir a un coche o para intentar sacar de la carretera a otro vehículo. Un 4x4 tiene un centro de gravedad alto y vuelca con más facilidad que un borracho en una pendiente. Quizás era simple paranoia por mi parte, pero lo dudaba.

No intentaron nada y los perdí en las carreteras secundarias entre Warrenton y Culpeper de camino hacia la cordillera del Blue Ridge. Si volvían a aparecer detrás de mí, me daría cuenta: eran tan visibles como una mancha de sangre en la nieve.

Mientras conducía, el sol se filtraba entre los árboles haciendo brillar los capullos en forma de telaraña de las orugas. Sabía que, bajo las hebras, los cuerpos blancos de las larvas se retorcían como víctimas del síndrome de Tourette mientras reducían las hojas a materia muerta de color pardusco. Hacía un tiempo maravilloso y los nombres de los pueblos que bordeaban Shenandoah tenían una sonoridad poética: Wolftown, Quinque, Lydia, Roseland, Sweet Briar, Lovingston, Brightwood. A esa lista podía añadirse el pueblo de Haven, pero sólo si uno decidía no estropear el efecto visitándolo.

Caía una lluvia torrencial cuando llegué a Haven. El pueblo estaba enclavado en un valle al sureste de la cordillera de Blue Ridge, casi en el vértice del triángulo que formaba con Washington y Richmond. En el límite, un letrero rezaba bienvenidos al valle, pero Haven tenía poco de acogedor. Era un pueblo pequeño sobre el que parecía haberse instalado una nube de polvo que ni siquiera la intensa lluvia había podido disipar. Frente a las casas había aparcadas furgonetas herrumbrosas, y aparte de un único local de comida rápida y un pequeño supermercado anexo a una gasolinera, sólo atraían al viajero de paso el débil neón del bar del Welcome Inn y las luces del restaurante de enfrente. Era la clase de sitio donde, una vez al año, los miembros de la Asociación de Veteranos de Guerra se reunían, alquilaban un autobús y se iban a otra parte a rememorar a sus muertos. Tomé una habitación en el motel Haven View, a las afueras del pueblo. Era el único huésped, y un olor a pintura flotaba por los pasillos de lo que en otro tiempo debió de ser una casa de considerable tamaño, transformada ahora en un hotel de tres plantas funcional y vulgar.

– Estamos redecorando el segundo piso -explicó el conserje, que, según me dijo, se llamaba Rudy Fry-. Tengo que darle una habitación arriba, en el último piso. En principio no debería aceptar huéspedes, pero…

Con una sonrisa, me dio a entender que me hacía un gran favor dejándome quedar. Rudy Fry era un cuarentón de baja estatura y exceso de peso. Tenía en las axilas manchas amarillas de sudor seco desde hacía tiempo y olía vagamente a alcohol para friegas.

Eché un vistazo alrededor. El motel Haven View no parecía la clase de establecimiento que invitase a quedarse ni en su mejor momento.

– Sé lo que está pensando -dijo el conserje, y sonrió revelando una reluciente dentadura postiza-. Está pensando: «¿Por qué tirar el dinero decorando un motel en el culo del mundo?». -Me guiñó un ojo y se inclinó por encima del mostrador de recepción con un gesto de complicidad-. Pues se lo diré, caballero. Esto no será el culo del mundo durante mucho más tiempo. Van a venir los japoneses y, cuando vengan, esto se convertirá en una mina de oro. ¿Dónde van a alojarse, si no, por estos alrededores? -Movió la cabeza y se echó a reír-. Joder, vamos a limpiarnos el culo con billetes de dólar. -Me entregó una llave unida mediante una cadena a un pesado bloque de madera-. Habitación veintitrés. Suba por la escalera; el ascensor está averiado.

En la habitación había polvo pero estaba limpia. Una puerta comunicaba con la habitación contigua. Tardé menos de cinco segundos en forzar la cerradura con mi navaja; luego me duché, me cambié y volví al pueblo en coche.

La recesión de los años setenta había causado estragos en Haven y puesto fin a la poca industria existente. El pueblo podría haberse recuperado, podría haber encontrado otro medio para prosperar si su historia hubiese sido distinta, pero los asesinatos la habían empañado y el pueblo había entrado en decadencia. Y por eso, aun después de haber descargado el cielo sobre las tiendas y las calles, sobre la gente y las casas, sobre los árboles, las furgonetas, los coches y el asfalto, nada parecía limpio en Haven. Era como si la propia lluvia se hubiera ensuciado nada más entrar en contacto con el pueblo.

Pasé por la oficina del sheriff, pero ni éste ni Alvin Martin estaban allí. En su lugar, había tras la mesa un ayudante llamado Wallace, que me miró con expresión ceñuda mientras se llevaba a la boca un puñado de Doritos. Decidí esperar a la mañana siguiente con la esperanza de encontrar a alguien más complaciente.

El restaurante ya cerraba cuando crucé el pueblo, con lo que las únicas opciones eran el bar y la hamburguesería. Por dentro, el bar estaba mal iluminado, como si el letrero de neón rosa de fuera consumiese demasiada energía, the welcome inn, decían las rutilantes letras, pero el interior parecía desmentir la supuesta bienvenida.

Por un altavoz sonaba una especie de bluegrass y, sobre la barra, un televisor con el volumen al mínimo transmitía un partido de baloncesto, pero al parecer nadie atendía a la música ni a las imágenes. Habría unas veinte personas en torno a las mesas y ante la larga barra de madera oscura, incluida una pareja de descomunal corpulencia que parecía haber dejado al tercer oso con una canguro. Se oía el rumor de las conversaciones, algunas de las cuales cesaron cuando entré pero pronto se reemprendieron de nuevo.

Cerca de la barra, alrededor de una desastrada mesa de billar, un corrillo de hombres observaba con indolencia a un individuo enorme y robusto de poblada barba oscura jugar con otro de mayor edad que manejaba el taco como un timador. Me lanzaron una ojeada cuando pasé a su lado, pero siguieron jugando. No cruzaban una sola palabra. Obviamente, el billar era un asunto serio en el Welcome Inn.

En cambio, la bebida no lo era. Todos los hombres duros dispuestos en torno a la mesa de billar tenían en la mano botellas de Bud sin alcohol, que en un local de copas, para el verdadero bebedor, equivaldría a la lima con sifón.

Ocupé un taburete en la barra y pedí un café a un camarero que llevaba una camisa blanca deslumbrantemente limpia para un sitio como aquél. Con total deliberación fingió no oírme, en apariencia atento al partido de baloncesto, así que se lo pedí otra vez. Desvió hacia mí la mirada manifestando absoluta desgana, como si yo fuera un insecto paseándose por la barra y él estuviese ya cansado de aplastar insectos pero se preguntara si, ya puestos, no podía aplastar uno más para concluir la jornada.

– No servimos café -contestó.

Eché un vistazo a lo largo de la barra. Dos taburetes más allá, un anciano con un tabardo y una ajada gorra con el logo del puma tomaba un tazón de algo que olía a café solo y cargado.

– ¿Se lo ha traído él mismo, ese hombre? -pregunté señalando hacia allí con la cabeza.

– Sí -respondió el camarero con la vista fija en el televisor.

– Me conformaré con una Coca-Cola. Están detrás de usted, en el segundo estante empezando por abajo, a la altura de las rodillas. Cuidado no vaya a hacerse daño al agacharse.

Durante un largo rato dio la impresión de que no iba a moverse. Por fin, poco a poco, se inclinó sin apartar la mirada de la pantalla y, con un gesto instintivo, alcanzó el abridor del borde de la barra. A continuación colocó una botella ante mí y dejó al lado un vaso sin hielo. En el espejo vi las sonrisas de algunos parroquianos que encontraban graciosa la situación y oí la risa de una mujer, grave y empañada por el alcohol, en la que se adivinaba una promesa de sexo. Recorriendo el espejo con la mirada, localicé el origen de la risa: una mujer de rasgos toscos y cabello abundante y oscuro sentada en el rincón. Un hombre fornido le susurraba al oído palabras rancias como el arrullo de una paloma enferma.

Llené el vaso y tomé un largo trago. La encontré caliente y empalagosa y noté que se me adhería al paladar, la lengua y los dientes. El camarero, por pasar el rato, se dedicó a sacar brillo a unos vasos con un paño que, a juzgar por su aspecto, no habían lavado desde la investidura de Reagan. Cuando se aburrió de redistribuir el polvo de los vasos, se acercó y dejó el paño en la barra delante de mí.

– ¿Está de paso? -preguntó, aunque en su voz no se apreciaba la menor curiosidad. Parecía más un consejo que una pregunta.

– No -dije.

Asimiló la respuesta y esperó a que yo añadiese algo. Me quedé callado. Él cedió primero.

– ¿A qué ha venido, pues? -Miró a los jugadores de billar por encima de mi hombro y advertí que el golpeteo de las bolas se había interrumpido súbitamente. En sus labios se dibujó una rastrera sonrisa de complacencia-. Quizá yo pueda… -hizo una pausa y, con la sonrisa aún más amplia, adoptó un tono de afectada formalidad-, servirle de algo.

– ¿Conoce a algún Demeter?

La sonrisa de complacencia se le heló en los labios. Al cabo de un silencio, respondió:

– No.

– Entonces dudo que vaya usted a servirme de algo.

Dejé dos dólares en la barra y me levanté para marcharme.

– Por la bienvenida -dije-. Dedíquelo a la compra de un letrero nuevo.

Al darme media vuelta me encontré frente a un individuo menudo, con facciones de roedor, que llevaba una raída cazadora vaquera. Tenía la nariz salpicada de puntos negros y los dientes le sobresalían y amarilleaban como los colmillos de una morsa. En la gorra de béisbol que tenía puesta se leía la inscripción la peña con el clan, pero no era la clase de logo que habría agradado a John Singleton. Las palabras no estaban rodeadas por los motivos típicos de la región sino por encapuchados del Ku Klux Klan.

Bajo la cazadora vaquera vi la palabra «Pulaski» y una especie de emblema. Pulaski era la cuna del Ku Klux Klan, y allí se reunían anualmente los fanáticos de la pureza aria de todo el país; aunque podía imaginarme la expresión del viejo Thom Robb, el estirado y grandilocuente fundador del Klan, al ver a aquel roedor, con su cara contraída e infrainteligente, ir a respirar los aires de Pulaski. Al fin y al cabo, Robb pretendía que el Klan atrajese a la élite culta, los abogados y profesores. La mayoría de los abogados se habría mostrado reacia a aceptar al roedor como cliente, y ya no digamos como compañero de armas.

Aun así, el roedor probablemente tenía cabida en el actual Klan. Toda organización necesita soldados de a pie, y éste llevaba las palabras «carne de cañón» escritas en la cara. Cuando llegara el momento de que la «peña» invadiese la escalinata del Capitolio y reclamase para sí los Estados Unidos, el roedor estaría en primera fila, donde con toda seguridad daría la vida por la causa.

Detrás de él apareció el jugador de billar barbudo, de ojos pequeños y porcinos y cara de tonto. Tenía unos brazos gigantescos pero sin definición muscular y una prominente barriga ceñida por una camiseta de camuflaje. En la camiseta rezaba la leyenda mátalos a todos; ya hará dios las distinciones, pero aquel grandullón no era infante de marina. Era lo más cercano a un retrasado mental sin llegar al punto de necesitar a alguien dos veces al día para darle de comer y limpiarlo.

– ¿Cómo le va? -preguntó el roedor.

El bar se quedó en silencio y los hombres reunidos en torno a la mesa de billar ya no observaban con actitud indolente sino tensos en previsión de lo que se avecinaba. Obviamente, el roedor y su compinche formaban la pareja de humoristas del pueblo.

– De maravilla, hasta ahora. -Asintió como si yo acabase de pronunciar unas profundas palabras que hubieran despertado en él una natural adhesión -. ¿Sabe una cosa? Una vez me meé en el jardín de Thom Robb -dije, y era verdad.

– Más vale que vuelva a la carretera y siga su camino, creo yo -comentó el roedor tras un instante de silencio para elucidar quién era Thom Robb-. Así que, ¿por qué no lo hace?

– Gracias por el consejo.

Me eché a un lado con la intención de marcharme, pero su amigo apoyó en mi pecho una mano del tamaño de una pala y me empujó hacia la barra con una ligera flexión de muñeca.

– No era un consejo -aclaró el roedor. Señalando al grandullón con el pulgar, añadió-: Éste es Seis. Si no se mete en el puto coche ahora mismo y empieza a levantar polvo en la carretera, Seis va a hacerle una cara nueva.

Seis esbozó una vaga sonrisa. Saltaba a la vista que la curva de la evolución había ascendido de manera muy gradual allí donde Seis había venido al mundo.

– ¿Sabe por qué lo llaman Seis?

– A ver si lo adivino -contesté-. ¿En su casa hay otros cinco capullos como él?

Por lo visto, no iba a averiguar a qué debía Seis su nombre, porque dejó de sonreír y, apartando al roedor, se abalanzó hacia mí con el brazo extendido para agarrarme por el cuello. Para un hombre de su corpulencia, se movía con rapidez pero no la suficiente. Levanté el pie derecho y le descargué un golpe en la rodilla izquierda con el tacón. Se oyó el esperado crujido, y Seis, con una mueca de dolor, se tambaleó y cayó de costado.

Sus amigos acudían ya en su auxilio cuando se produjo un alboroto detrás del grupo y el ayudante del sheriff, bajo y regordete y cercano a los cuarenta, se abrió paso entre ellos con la mano en la culata de la pistola. Era Wallace, el ayudante Dorito. Se le veía nervioso y asustado, la clase de individuo que se metía en la policía para sentir cierta superioridad ante aquellos que se reían de él en el colegio, le robaban el dinero del almuerzo y lo molían a palos, sólo que a la hora de la verdad descubría que la gente aún se reía de él y no parecía considerar el uniforme un obstáculo para darle otra paliza. Con todo, esta vez llevaba un arma y quizá los demás sospechaban que, movido por el miedo, era capaz de encañonarlos.

– ¿Qué pasa aquí, Clete?

Reinó el silencio por un momento y, finalmente, el roedor tomó la palabra.

– Los ánimos se han caldeado un poco, Wallace, eso es todo. Nada que afecte a la ley.

– No hablaba contigo, Gabe.

Alguien ayudó a Seis a levantarse y lo acompañó hasta una silla.

– A mí me parece que aquí hay algo más que ánimos caldeados. Lo mejor será, quizá, que vengáis un rato a las celdas para calmaros.

– Déjalo, Wallace -replicó una voz grave. Procedía de un hombre delgado y fibroso, de ojos oscuros y mirada fría, con una barba moteada de gris. Tenía cierto aire de autoridad y una inteligencia muy superior a las cortas entendederas de sus acompañantes. Mientras hablaba, me observó con detenimiento, como el empleado de una funeraria examinaría a un posible cliente con vistas al ataúd.

– De acuerdo, Clete, pero… -contestó el ayudante Dorito bajando la voz gradualmente hasta quedar en silencio al darse cuenta de que, dijera lo que dijera, ninguno de los presentes tenía el menor interés en oírlo. Dirigió un gesto de asentimiento a la concurrencia como si la decisión de no tomar mayores medidas fuera suya. Mirándome, me aconsejó-: Señor, será mejor que se marche.

Fui caminando despacio hacia la puerta. Nadie hizo el menor comentario cuando salí. Ya en el motel, telefoneé a Walter Cole para saber si se conocían datos nuevos en relación con el asesinato de Stephen Barton, pero no lo encontré en el despacho y en su casa me salió el contestador. Dejé el número del motel e intenté dormir un rato.

19

A la mañana siguiente el cielo amaneció encapotado y gris, con una palpable amenaza de lluvia. Tenía el traje arrugado por el viaje del día anterior, así que, en su lugar, me puse unos pantalones de algodón, una camisa blanca y una chaqueta negra. Incluso saqué una corbata negra de punto, de seda, a fin de no parecer un vagabundo. Una vez más atravesé el pueblo en coche. No había ni rastro del 4 x 4 rojo ni de sus dos ocupantes.

Aparqué frente al restaurante Haven, compré el Washington Post en la gasolinera al otro lado de la calle y entré en el restaurante a desayunar. Ya pasaban de las nueve, pero la gente seguía tranquilamente instalada ante la barra y en las mesas, hablando del tiempo y, supuse, de mí, ya que algunos de ellos me lanzaron elocuentes miradas y dirigieron hacia mí la atención de sus vecinos.

Me senté a una mesa del rincón y hojeé el periódico. Una mujer madura que vestía delantal blanco y uniforme azul con el nombre dorothy estampado sobre el pecho izquierdo se acercó con un bloc para tomar nota del pedido: tostadas de pan blanco, beicon y café. Cuando terminé de pedir, vaciló por un instante y preguntó:

– ¿Es usted el que anoche le atizó en el bar a ese chico, Seis?

– El mismo.

Asintió en un gesto de satisfacción.

– Siendo así, le sirvo el desayuno gratis. -Sonrió con severidad y añadió-: Pero no interprete mi generosidad como una invitación a quedarse en el pueblo. Tampoco es usted tan guapo.

Parsimoniosamente, volvió a ocupar su puesto tras la barra y clavó el pedido en un alambre.

La calle mayor de Haven no estaba muy transitada, ni había a la vista gran actividad humana. Al parecer, la mayoría de los automóviles y camiones pasaban de largo camino de otros lugares. Daba la impresión de que el pueblo vivía anclado a una triste mañana de domingo.

Acabé de desayunar y dejé una propina en la mesa. Dorothy se inclinó sobre la barra, apoyando los pechos en la superficie abrillantada.

– Y ahora, adiós -dijo mientras me encaminaba a la salida.

Los demás me miraron fugazmente por encima del hombro y volvieron a sus desayunos y cafés.

Fui en coche a la biblioteca pública, un edificio nuevo de una sola planta en el otro extremo del pueblo. Tras la mesa de préstamos había una negra preciosa de poco más de treinta años y una blanca de mayor edad con el pelo como lana de acero. Cuando entré, ésta me observó con ostensible displicencia.

– Buenos días -saludé.

La joven me sonrió con cierto nerviosismo y la otra intentó poner orden en su lado de la mesa, ya impecable.

– ¿Cuál es el periódico local de aquí? -pregunté.

– Era el Haven Leader -contestó la joven tras un breve silencio-. Ya no se publica.

– Ando buscando una noticia antigua, números atrasados.

Miró a la otra mujer como para que la orientase, pero ésta continuó cambiando papeles de sitio en la mesa.

– Están en microfichas, en los archivadores que hay junto al visor. ¿Ha de consultar números de hace mucho tiempo?

– No mucho -respondí, y me dirigí hacia los archivadores.

Las fichas del Leader estaban ordenadas cronológicamente en pequeñas cajas cuadradas distribuidas en diez cajones, pero faltaban las de los años correspondientes a los asesinatos de Haven. Las revisé todas por si se habían traspapelado, aunque presentía que esas fichas en particular no se encontraban a disposición del visitante ocasional.

Regresé a la mesa de préstamos. La mujer de mayor edad había desaparecido.

– Creo que las fichas que busco no están ahí -expliqué.

La joven puso cara de desconcierto, pero me dio la impresión de que fingía.

– ¿Qué año busca?

– Años. 1969, 1970 y quizá 1971.

– Lo siento, pero esas fichas no… -intentó encontrar una excusa convincente-… las tenemos. Están en préstamo para un trabajo de investigación.

– Ah -dije. Le dediqué la mejor de mis sonrisas-. No importa. Me arreglaré con lo que hay.

Mostró cierto alivio, y yo volví al visor; por hacer algo, examiné las fichas en busca de cualquier cosa útil, sin más resultado que el aburrimiento. La oportunidad tardó media hora en presentarse. Un grupo de colegiales entró en la sección juvenil de la biblioteca, separada de la sección de adultos por una mampara de madera y cristal. La joven los siguió y se quedó de espaldas a mí hablando con los niños y la maestra, una rubia que, a juzgar por su aspecto, no hacía demasiado tiempo que había dejado la escuela.

La otra bibliotecaria seguía sin dar señales de vida, aunque había una puerta marrón medio abierta en el pequeño vestíbulo situado al fondo de la sección de adultos. Subrepticiamente, fui a la mesa de préstamos y empecé a revolver en los cajones y en el armario con todo el sigilo posible. En cierto momento pasé agachándome por delante de la puerta de la sección juvenil, pero la bibliotecaria seguía ocupada con sus jóvenes lectores.

Encontré las fichas desaparecidas en el último cajón, junto a una pequeña caja de monedas. Me las guardé en los bolsillos de la chaqueta y, ya salía de la zona de préstamos cuando, fuera, oí cerrarse la puerta del despacho y unos pasos que se aproximaban. Me acerqué rápido a una estantería, y al instante apareció la bibliotecaria de más edad. Se detuvo a un paso de la mesa de préstamos y lanzó una adusta mirada en dirección a mí y al libro que sostenía en la mano. Sonreí resueltamente y regresé al visor. No sabía cuánto tardaría el ogro de la mesa de préstamos en echar un vistazo al cajón y decidirse a pedir refuerzos.

Probé primero con las fichas de 1969. Pese a que en ese año el Haven Leader era un semanario, me llevó un buen rato. No se mencionaba ninguna desaparición. Aun en 1969 parecía que la población negra apenas contaba. Buena parte del contenido se centraba en los actos parroquiales, las conferencias del círculo de historia y las bodas locales. Incluía asimismo una breve sección de sucesos, en su mayoría infracciones de tráfico y alborotos públicos originados por el consumo de alcohol, pero nada que indujera a imaginar al lector desinformado que en el pueblo de Haven desaparecían niños.

De pronto, en un número de noviembre, encontré una alusión a un tal Walt Tyler. Acompañaba al artículo una fotografía de Tyler, un hombre bien parecido que uno de los ayudantes del sheriff llevaba esposado. HOMBRE DETENIDO TRAS AGREDIR AL SHERIFF, rezaba el titular sobre la imagen. El texto daba pocos detalles precisos pero, por lo visto, Tyler había entrado en la oficina del sheriff y empezado a causar destrozos antes de intentar arremeter contra el propio sheriff. La posible razón de la agresión sólo se insinuaba en el último párrafo.

«Tyler se hallaba entre el grupo de negros interrogados por la oficina del sheriff en relación con la desaparición de su hija y otros dos niños. Fue puesto en libertad sin cargos.»

Las fichas de 1970 fueron más productivas. La noche del 8 de febrero de 1970, Amy Demeter desapareció cuando se dirigía a casa de una amiga para entregar un tarro de la mermelada de su madre. Nunca llegó a la casa y, a unos quinientos metros de su domicilio, se encontró el tarro roto en una acera. El artículo incluía una foto de la niña, junto con la descripción detallada de la ropa que llevaba puesta y una breve historia de la familia: el padre, Earl, era contable; la madre, Dorothy, ama de casa y maestra; la hermana menor, Catherine, una niña simpática con cierto talento artístico. La noticia ocupó los titulares del periódico durante varias semanas: continúa la búsqueda de la niña de haven. La policía interroga a otros cinco sospechosos por el misterio demeter y, finalmente, apenas quedan esperanzas para amy.

Repasé el Haven Leader durante otra media hora, pero no salía nada más sobre los asesinatos ni su resolución, si la hubo. La única alusión fue una crónica de la muerte de Adelaide Modine en un incendio cuatro meses después, con una referencia a la muerte de su hermano. No se describían las circunstancias de ninguna de las dos muertes, pero sí aparecía una insinuación, de nuevo, en el último párrafo: «La oficina del sheriff de Haven tenía mucho interés en hablar con Adelaide y William Modine con relación a la investigación que estaban llevando a cabo de la desaparición de Amy Demeter y otros niños».

No hacía falta ser un genio para leer entre líneas y darse cuenta de que Adelaide Modine o su hermano William, o puede que ambos, fueron los principales sospechosos. La prensa local no publica necesariamente todas las noticias; ciertas cosas ya las sabe todo el mundo, y en ocasiones los periódicos se limitan a publicar lo justo para desorientar a los forasteros. La bibliotecaria mayor me estaba echando el mal de ojo, así que acabé de imprimir las copias de los artículos pertinentes, los recogí y me fui.

Un coche patrulla de la oficina del sheriff, un Crown Victoria marrón y amarillo, se hallaba estacionado frente a mi coche y uno de los ayudantes, con el uniforme limpio y bien planchado, me esperaba apoyado en la puerta del conductor de mi Mustang. Cuando me acerqué vi dibujados sus largos músculos bajo la camisa. Tenía los ojos apagados y sin vida, y cara de gilipollas. De gilipollas en forma.

– ¿Este coche es suyo? -preguntó con el dejo de Virginia, los pulgares metidos en el cinturón de la pistolera en el que resplandecían las impolutas herramientas propias de su oficio. En la placa perfectamente prendida del pecho destacaba el apellido «Burns».

– Claro que lo es -respondí, imitando su acento. Era una mala costumbre mía.

Tensó la mandíbula si es que era posible tensarla aún más.

– Me he enterado de que anda buscando unos periódicos antiguos.

– Soy aficionado a los crucigramas. Antes eran mejores.

– ¿Es usted otro de esos escritores?

A juzgar por el tono de su voz, no daba la impresión de que leyera mucho, o como mínimo nada que no contuviera ilustraciones o un mensaje de Dios.

– No -contesté-. ¿Vienen muchos escritores por aquí?

Dudo que creyese que no era escritor. Quizá me veía aspecto de intelectual, o quizá cualquiera a quien no conociese personalmente se convertía de inmediato en sospechoso de inclinaciones literarias encubiertas. La bibliotecaria me había delatado convencida de que no era más que otro escritorzuelo que pretendía embolsarse unos dólares a costa de los fantasmas del pasado de Haven.

– Voy a acompañarlo a la salida del pueblo -anunció-. Tengo su bolsa.

Fue al coche patrulla y sacó mi bolsa de viaje del asiento delantero. El ayudante Burns empezaba a colmar mi paciencia.

– Aún no tengo previsto marcharme -repuse-, así que quizá podría volver a dejarla en mi habitación. A propósito, cuando la deshaga, quiero los calcetines en el lado izquierdo del cajón.

Dejó caer la bolsa en la calle y se dirigió hacia mí.

– Oiga, tengo el carnet. -Me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta-. Soy…

Fue una estupidez, pero estaba exasperado, harto y cabreado con el ayudante Burns, y no pensaba con claridad. Vio un destello de la culata de mi pistola y al instante empuñó la suya. Burns era rápido. Probablemente se ejercitaba delante del espejo. En cuestión de segundos me encontré contra su coche, desarmado, y con unas resplandecientes esposas cerrándose en mis muñecas.

20

Me dejaron aparcado en una celda durante tres o cuatro horas, según mis cálculos, ya que el concienzudo ayudante Burns me había quitado el reloj junto con la pistola, la cartera y el carnet, mis notas, el cinturón y los cordones de los zapatos, por si decidía ahorcarme en un arrebato de culpabilidad por molestar a las bibliotecarias. Lo había dejado todo al cuidado del ayudante Wallace, quien había mencionado de pasada a Burns mi participación en el incidente de la noche anterior en el bar.

En cualquier caso, la celda era prácticamente la más limpia que había visitado en mi vida; incluso parecía que podía usarse el váter sin necesidad de una dosis de penicilina. Me dediqué a reflexionar sobre lo que había averiguado en las microfichas de la biblioteca e intenté encajar las piezas del rompecabezas para crear una imagen reconocible, a la vez que rechazaba cualquier cosa que me llevara a pensar en el Viajante y lo que pudiera estar haciendo.

Al final se oyó un ruido fuera y la puerta de la celda se abrió. Al alzar la vista, vi a un hombre negro y alto en uniforme que me observaba. Aparentaba cerca de cuarenta años, pero algo en su andar y la luz de la experiencia en su mirada me indicó que era mayor. Habría jurado que antes fue boxeador, con toda probabilidad peso ligero o medio, y caminaba con paso garboso. Parecía más listo que Wallace y Burns juntos, aunque eso no era precisamente una hazaña. Supuse que era Alvin Martin. No tuve prisa en levantarme, por si pensaba que no me gustaba su agradable y limpia celda.

– ¿Va a quedarse ahí otro par de horas, o está esperando que alguien lo saque en brazos? -preguntó. No hablaba con acento sureño; puede que de Detroit, tal vez de Chicago.

Me levanté y se apartó para dejarme paso. Wallace esperaba al final del pasillo, con los dedos metidos en el cinturón para descargar el peso de los hombros.

– Devuélvale las cosas, ayudante Wallace.

– ¿También la pistola? -preguntó Wallace, sin hacer ademán de moverse para obedecer. Wallace tenía una mirada inconfundible, la mirada de un hombre que no estaba acostumbrado a aceptar órdenes de un negro y al que no le gustaba verse obligado a ello. Me dio la impresión de que quizá tuviera más cosas en común con el roedor y sus amigos de lo que convenía a un escrupuloso agente de la ley.

– También la pistola -contestó Martin, sin perder la calma pero hastiado, lanzándole una mirada severa. Wallace se apartó de la pared como un barco especialmente feo al hacerse a la mar y desapareció tras el mostrador echando humo para asomar de nuevo con un sobre marrón y mi pistola. Firmé y Martin me señaló la puerta con la cabeza.

– Métase en el coche, por favor, señor Parker.

Fuera la luz empezaba a declinar y un viento frío soplaba de las montañas. Una furgoneta pasó armando ruido por la calle, con un armero en la parte trasera tapado y vigilado por un perro sarnoso.

– ¿Detrás o delante? -pregunté.

– Suba delante -contestó-. Me fío de usted.

Arrancó y durante un rato avanzamos en silencio, con el chorro del aire acondicionado dirigido a la cara y los pies. El pueblo quedó atrás y nos adentramos en un espeso bosque por una carretera que serpenteaba ciñéndose a los contornos del paisaje. De pronto brilló una luz a lo lejos. Nos detuvimos en el aparcamiento de un restaurante de paredes blancas llamado Green River, como indicaba un letrero de neón verde intermitente en la carretera.

Ocupamos un reservado en la parte de atrás, lejos de los demás parroquianos, que nos echaron miradas de curiosidad antes de seguir comiendo. Martin se quitó el sombrero, pidió café para los dos, se reclinó y me miró.

– Para un inspector sin licencia y armado, lo correcto suele ser pasarse por la oficina del sheriff local y explicar el motivo de su visita, al menos antes de ir por ahí maltratando a jugadores de billar y robando fichas en la biblioteca -dijo.

– Usted no estaba cuando fui. Tampoco el sheriff, y su amigo Wallace no se mostró muy dispuesto a ofrecerme galletas y a intercambiar los últimos chistes racistas.

Llegó el café. Martin añadió crema y azúcar al suyo. Yo me conformé con un poco de leche.

– He hecho unas cuantas llamadas para informarme sobre usted -explicó Martin mientras removía su café-. Un tal Cole lo avala. Por eso no lo echo del pueblo de una patada en el culo, al menos de momento. Por eso y por el hecho de que no le dio miedo vapulear a un gilipollas en el bar anoche. Demuestra que tiene usted orgullo cívico. De modo que quizás ahora no le importe explicarme a qué ha venido.

– Busco a una mujer llamada Catherine Demeter. Es posible que viniera a Haven la semana pasada.

Martin frunció el entrecejo.

– ¿Tiene algo que ver con Amy Demeter?

– Es la hermana.

– Lo suponía. ¿Por qué cree que puede estar aquí?

– La última llamada que hizo desde su apartamento fue a la casa del sheriff Earl Lee Granger. También telefoneó varias veces a su oficina esa misma noche. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de ella.

– ¿Lo han contratado para localizarla?

– Simplemente la busco -contesté en tono neutro.

Martin dejó escapar un suspiro.

– Llegué aquí desde Detroit hace seis meses -dijo tras un minuto de silencio-. Traje a mi mujer y mi hijo. Mi mujer es ayudante de bibliotecaria. Creo que ya la ha conocido. -Asentí con la cabeza-. El gobernador de aquí decidió que no había suficientes negros en las fuerzas del orden y que las relaciones entre la población minoritaria local y los policías quizá no fueran las mejores. Así que salió una plaza y presenté la solicitud, básicamente para alejar a mi hijo de Detroit. Mi padre era de Gretna, a un paso de aquí. No sabía nada de los asesinatos antes de venir. Ahora estoy más informado.

»Este pueblo murió junto con aquellos niños. Nadie más vino a instalarse aquí. Y cualquiera con una pizca de sentido común o ambición salió por piernas. Ahora la reserva genética es tan pobre que no se salvan ni las ratas.

»En este último par de meses se han visto señales de que podrían cambiar las cosas. Hay una empresa japonesa interesada en establecerse a un kilómetro del pueblo. Se dedican a la investigación y desarrollo de software, según he oído decir, y les gusta la intimidad y un lugar tranquilo y retrasado que puedan llamar Nipón. Traerían mucho dinero a este pueblo, proporcionarían puestos de trabajo para sus habitantes y quizá la oportunidad de dejar atrás el pasado. Para serle sincero, por aquí la gente no ve con mucho entusiasmo la idea de trabajar para los japoneses, pero saben que, hoy por hoy, están con la mierda hasta el cuello, así que trabajarán para cualquiera con tal de que no sea negro.

»Ahora lo que menos les interesa es que venga alguien a husmear en su historia remota, a remover el pasado y desenterrar los huesos de los niños muertos. Puede que muchos de ellos sean tontos. Puede que también sean racistas, camorristas y que maltraten a sus esposas, pero necesitan desesperadamente una segunda oportunidad y pararán los pies a cualquiera que se interponga en su camino. Si no lo hacen ellos, se ocupará Earl Lee en persona. -Alzó un dedo y lo blandió con resolución delante de mi cara-. ¿Me entiende? Nadie quiere que se hagan preguntas sobre unos asesinatos de unos niños que ocurrieron hace treinta años. Si Catherine Demeter volviera aquí, y sinceramente no sé por qué habría de volver si ya no tiene a nadie en este pueblo, tampoco sería bienvenida. Pero no está aquí, porque si hubiera vuelto, en el pueblo no se hablaría de otra cosa. -Tomó un sorbo de café y apretó los dientes-. Maldita sea, está frío. -Hizo una seña a la camarera y pidió otra taza.

– No quiero quedarme aquí más tiempo del necesario -dije-. Pero creo que es posible que Catherine Demeter haya vuelto o intentado volver. Desde luego quiso hablar con el sheriff, y yo también quiero hablar con él. ¿Dónde está?

– Se ha tomado un par de días libres y se ha ido del pueblo -contestó Martin mientras hacía girar el sombrero sobre el asiento de vinilo tirando del ala-. Está previsto que regrese…, bueno, estaba previsto que regresara hoy, pero podría dejarlo para mañana. Aquí el índice de criminalidad es más bien bajo, aparte de los borrachos, algún caso de violencia doméstica y las mierdas propias de un sitio como éste. Pero puede que, cuando vuelva, a él no le guste encontrarse con que usted lo está esperando. Sin ánimo de ofender, a mí tampoco me hace ninguna gracia verle aquí.

– ¿Por qué iba a ofenderme? De todos modos me parece que esperaré al sheriff. -También iba a necesitar más información sobre los asesinatos de Adelaide Modine, le gustase o no a Martin. Si Catherine Demeter había ahondado en el pasado de esa mujer, también yo tendría que hacerlo, o no llegaría a entender nada acerca de la persona que andaba buscando-. También tengo que hablar con alguien sobre los asesinatos. Necesito saber más.

Martin cerró los ojos y se pasó las manos por delante en un gesto de cansancio.

– No me está escuchando -empezó a decir.

– No, es usted quien no escucha. Busco a una mujer que podría encontrarse en apuros y quizás haya pedido ayuda a alguien de aquí. Antes de marcharme, voy a averiguar si está aquí o no, aunque tenga que remover cielo y tierra en este pueblo de mala muerte, y aunque sus salvadores japoneses se asusten y se vuelvan a Tokio. Pero si me ayuda, esto puede hacerse con discreción, y en un par de días se me habrán quitado de encima.

Estábamos los dos tensos, inclinados sobre la mesa. Otros clientes nos miraban sin prestar atención a la comida de sus platos. Martin echó un vistazo alrededor y se concentró de nuevo en mí.

– Muy bien -dijo-. Casi todos los que vivían aquí entonces se han ido, han muerto, o se negarán a hablar aunque les vaya la vida en ello. Sólo hay dos que quizá sí se presten. Uno es el hijo del médico que ejercía aquí en aquellos tiempos. Se llama Connell Hyams y tiene un bufete de abogado en el pueblo. Deberá dirigirse a él personalmente.

»El otro es Watt Tyler. Su hija fue la primera víctima. Vive fuera del pueblo. Primero hablaré yo con él, y quizá le reciba. -Se levantó para marcharse-. Cuando acabe su trabajo, más vale que se vaya; no quiero volver a verle la cara nunca más, ¿entendido?

En silencio, lo seguí hacia la puerta. Se detuvo y, mientras se ponía el sombrero, se volvió hacia mí.

– Otra cosa -dijo-. He tenido unas palabras con esos chicos del bar, pero recuerde: no hay ninguna razón por la que usted vaya a despertarles especial simpatía. Para serle sincero, sospecho que muchos pensarán como ellos cuando sepan por qué ha venido. Y se enterarán. Así que ándese con pies de plomo mientras esté en el pueblo.

– Vi que uno, Gabe creo que se llama, llevaba una camiseta del Ku Klux Klan -comenté-. ¿Hay mucho de eso por aquí?

Martin hinchó los carrillos y resopló.

– No hay ninguna célula organizada del Klan, pero en un pueblo pobre los tontos siempre buscan a alguien a quien culpar de su pobreza.

– Uno en particular…, su ayudante lo llamó Clete, no parecía tan tonto.

Martin me miró por debajo del ala del sombrero.

– No, Clete no es tonto. Es concejal y dice que sólo lo sacarán de allí a punta de pistola. Darle una paliza a usted podría suponerle unos veinte o treinta votos más si tuviera intención de hacerlo. En fin, puede que en la campaña le envíe incluso una pegatina de su candidatura. Pero, en cuanto al Klan, esto no es Georgia ni Carolina del Norte, ni siquiera Delaware. No le dé excesiva importancia. Puede pagar el café.

Dejé un par de dólares junto a la caja y salí en dirección al coche, pero Martin ya había arrancado. Vi que había vuelto a quitarse el sombrero dentro del coche; sencillamente no se sentía cómodo con él. Volví a entrar en el restaurante, telefoneé a la única compañía de taxis de Haven y pedí otro café.

21

Pasaban de las seis cuando regresé al motel. Las direcciones del domicilio y del bufete de Connell Hyams figuraban en el listín, pero cuando pasé por su oficina, las luces estaban apagadas. Llamé a Rudy Fry al motel y me dio indicaciones para llegar a Bale's Farm Road, donde no sólo vivía Hyams sino también el sheriff Earl Lee Granger.

Conduje con cautela por las tortuosas carreteras, buscando la entrada oculta mencionada por Fry y echando algún que otro vistazo al retrovisor por si el 4 x 4 rojo daba señales de vida. No lo vi. Pasé de largo ante la entrada de Bale's Farm Road y tuve que retroceder. La señal estaba medio tapada por la maleza e indicaba un camino sinuoso e irregular invadido de matojos, que al cabo de un rato daba a una hilera de casas pequeñas pero cuidadas con jardines alargados y lo que parecía un amplio patio en la parte trasera. La vivienda de Hyams era una de las últimas, una casa de madera grande y blanca de dos pisos. Había un farol encendido junto a la mosquitera, antepuesta a una maciza puerta de roble con un montante de cristal esmerilado en forma de abanico, y una luz en el zaguán.

Cuando aparqué, un hombre de pelo cano, con una chaqueta roja de lana, una camisa a rayas sin corbata y pantalones grises, abrió la puerta interior y me observó con relativa curiosidad.

– ¿El señor Hyams? -pregunté al acercarme a la puerta.

– ¿Sí?

– Soy detective. Me llamo Parker. Deseo hablar con usted sobre Catherine Demeter.

Permaneció en silencio durante un largo rato con la mosquitera entre ambos.

– ¿Sobre Catherine o sobre su hermana? -preguntó por fin.

– Sobre las dos, supongo.

– ¿Puedo saber por qué?

– Busco a Catherine. Es posible que haya vuelto aquí.

Hyams abrió la mosquitera y se apartó para dejarme pasar. Dentro los muebles eran de madera oscura y amplias alfombras de aspecto caro cubrían el suelo. Me llevó a un despacho al fondo de la casa, donde el escritorio estaba lleno de papeles y resplandecía el monitor de un ordenador.

– ¿Le apetece una copa?

– No, gracias.

Alcanzó una copa de coñac de la mesa y me señaló una silla al otro lado antes de sentarse. Ahora lo veía con mayor claridad. Tenía un aspecto circunspecto y aristocrático, las manos largas y estilizadas, las uñas bien cuidadas. La habitación estaba caldeada, y me llegaba el olor de su colonia. Se notaba que era cara.

– Eso ocurrió hace mucho tiempo -dijo-. La mayoría de la gente preferiría no hablar del tema.

– ¿Está usted entre esa «mayoría»?

Hizo un gesto de indiferencia y sonrió.

– Tengo mi sitio en esta comunidad y desempeño un papel. He vivido aquí casi toda mi vida, excepto cuando fui a la universidad y durante una época que ejercí en Richmond. Mi padre ejerció aquí durante cincuenta años, hasta el día de su muerte.

– Era médico, según tengo entendido.

– Médico, terapeuta, asesor jurídico e incluso dentista en ausencia del dentista oficial. Hacía de todo. Los asesinatos le afectaron de manera especial. Participó en las autopsias de los cadáveres. Creo que nunca lo olvidó, ni siquiera en sueños.

– ¿Y usted? ¿Estaba por aquí cuando ocurrieron?

– Por aquel entonces trabajaba en Richmond, así que iba y venía de un sitio a otro. Yo estaba al tanto de todo, sí, pero preferiría no hablar de ello. Murieron cuatro niños, y sus muertes fueron horrendas. Mejor dejarlos descansar en paz.

– ¿Se acuerda de Catherine Demeter?

– Conocía a la familia, sí, pero Catherine era más joven que yo. Se marchó después de graduarse en el instituto, si no recuerdo mal, y creo que ya no volvió salvo para asistir a los funerales de sus padres. Hace como mínimo diez años que estuvo aquí por última vez, y después la casa de su familia se vendió. Yo supervisé la venta. ¿Por qué cree que habría de volver ahora? Aquí no le queda nada, al menos nada bueno.

– No sabría decirle. Recientemente hizo unas llamadas al pueblo y desde entonces no ha vuelto a dar señales de vida.

– Eso no significa gran cosa.

– No -admití.

Hizo girar la copa entre los dedos, observando cómo se agitaba el líquido ambarino. Tenía los labios apretados en un gesto ponderativo, pero en realidad miraba a través del cristal y me observaba a mí.

– ¿Qué puede decirme de Adelaide Modine y de su hermano?

– Puedo decirle que, desde mi punto de vista, no había ningún motivo para sospechar que eran asesinos de niños. Su padre era raro, una especie de filántropo, supongo. Cuando murió dejó casi todo su dinero inmovilizado en un fondo fiduciario.

– ¿Murió antes de los asesinatos?

– Unos cinco o seis años antes, sí. Dejó instrucciones para que los intereses del fondo se repartieran entre determinadas organizaciones benéficas a perpetuidad. Desde entonces el número de organizaciones benéficas receptoras de donativos ha aumentado considerablemente. Es mi obligación saberlo, ya que administro el fondo, con la ayuda de una pequeña comisión.

– ¿Y los hijos? ¿Quedaron bien cubiertos?

– Sí, de sobra, según tengo entendido. -¿Qué pasó con el dinero y las propiedades cuando murieron?

– El estado emprendió acciones para quedarse con las propiedades y los bienes. Las impugnamos en nombre del municipio y, al final, se llegó a un acuerdo. Las tierras se vendieron y los bienes se incorporaron al fondo, destinándose una parte a financiar nuevos proyectos urbanísticos en el pueblo. Por eso contamos con una buena biblioteca, una moderna oficina del sheriff, una escuela excelente, un centro médico de primera. Este pueblo no tiene gran cosa, pero lo poco que tiene es gracias al fondo.

– Lo poco que tiene, sea bueno o no, es gracias a la muerte de cuatro niños -repuse-. ¿Puede decirme algo más acerca de Adelaide y William Modine?

Hyams contrajo ligeramente los labios.

– Como he dicho, ha pasado mucho tiempo y preferiría no entrar en detalles. Yo apenas los conocí. Era una familia rica, y los hijos iban a un colegio privado. Pero siento decirle que no nos relacionamos mucho.

– ¿Conocía su padre a la familia?

– Mi padre trajo al mundo a William y a Adelaide. Recuerdo un detalle curioso, pero no creo que le sea de gran ayuda: Adelaide tenía un hermano gemelo que no llegó a nacer y su madre murió a causa de las complicaciones del parto poco después. La muerte de la madre sorprendió a todos. Era una mujer fuerte y autoritaria. Mi padre pensaba que nos enterraría a todos. -Tomó un largo sorbo de su copa y entornó los ojos al recordar algo-. ¿Sabe usted algo de las hienas, señor Parker?

– Muy poco -reconocí.

– Las hienas moteadas suelen tener gemelos. Las crías nacen muy desarrolladas: ya tienen pelaje e incisivos afilados. Casi invariablemente un cachorro ataca al otro, a veces estando aún en la bolsa amniótica. El resultado suele ser la muerte. Por regla general el vencedor es la hembra, y si es la hija de una hembra dominante, se convertirá en su momento en la hembra dominante de la manada. Es una cultura matriarcal. En los fetos machos de la hiena moteada el nivel de testosterona es mayor que en los adultos, y las hembras presentan características masculinas incluso en el útero. Aun en la vida adulta, resulta difícil diferenciar los sexos. -Dejó la copa-. Mi padre sentía gran afición por las ciencias naturales. El reino animal siempre lo fascinó, y le gustaba encontrar paralelismos entre el reino animal y la sociedad humana.

– ¿Y encontró uno en Adelaide Modine?

– Quizás, en cierto sentido. No le inspiraba simpatía.

– ¿Estaba usted aquí cuando murieron los Modine?

– Volví a Haven la noche antes de que se descubriese el cadáver de Adelaide Modine y estuve presente en la autopsia. Llámelo curiosidad morbosa. Y ahora discúlpeme, señor Parker, pero estoy muy ocupado y no tengo nada más que añadir.

Me acompañó a la puerta y abrió la mosquitera para dejarme salir.

– No lo veo especialmente interesado en ayudarme a encontrar a Catherine Demeter, señor Hyams.

Resopló.

– ¿Quién le ha sugerido que hable conmigo, señor Parker?

– Alvin Martin mencionó su nombre.

– El señor Martin es un agente del orden competente y escrupuloso y de gran valía para este pueblo, pero está aquí desde hace relativamente poco -explicó Hyams-. Mi reticencia a hablar se debe a una cuestión de secreto profesional. Señor Parker, soy el único abogado del pueblo. En uno u otro momento, casi todos los que viven aquí, con independencia del color de su piel, su renta o sus creencias políticas y religiosas, han pasado por mi bufete. Eso incluye a los padres de los niños que murieron. Sé bien lo que ocurrió aquí, señor Parker, más de lo que desearía y desde luego mucho más de lo que me propongo compartir con usted. Disculpe, pero aquí se acaba la conversación.

– Entiendo. Otra cosa, señor Hyams.

– ¿Sí? -preguntó con visible hastío.

– El sheriff Granger también vive en esta calle, ¿no?

– El sheriff Granger vive en la casa de al lado, a la derecha. Aquí nunca han entrado a robar, señor Parker, lo que sin duda guarda relación con eso. Buenas noches.

Se quedó ante la mosquitera cuando me alejé. Eché un vistazo a la casa del sheriff al pasar pero no se veían luces encendidas ni un solo coche en el jardín. Mientras volvía a Haven empezaron a caer gotas en el parabrisas y, cuando llegué a las afueras del pueblo, éstas se habían convertido en un aguacero torrencial. Distinguí las luces del motel entre la lluvia. Vi a Rudy Fry de pie en la puerta, mirando el bosque y la creciente oscuridad.

Cuando aparqué, Fry había vuelto a ocupar su puesto en recepción.

– ¿Qué hace aquí la gente para divertirse, aparte de intentar echar a los forasteros del pueblo? -pregunté.

Fry hizo una mueca mientras trataba de separar el sarcasmo de la esencia de la pregunta.

– Aquí no hay gran cosa que hacer salvo beber en el bar -contestó al cabo de un rato.

– Eso ya lo intenté. No me entusiasmó.

Se lo pensó un poco más. Esperé el olor a humo pero no llegó.

– Hay un restaurante en Dorien, a unos treinta kilómetros al este de aquí. Se llama Milano's. Es italiano. -Lo dijo con tono despectivo, dando a entender que no le atraía demasiado ninguna clase de comida italiana que no se presentara en una caja goteando grasa por los agujeros-. Yo nunca he comido allí.

Arrugó la nariz, como para confirmar su recelo a todo lo europeo.

Le di las gracias, fui a mi habitación, me duché y me cambié. Empezaba a cansarme de la implacable hostilidad de Haven. Si a Rudy Fry no le gustaba un sitio, ése debía de ser el sitio adonde yo quería ir. Antes de salir eché una atenta mirada al aparcamiento y poco después dejaba atrás Haven de camino a Dorien.

Dorien no era mucho mayor que Haven, pero tenía una librería y un par de restaurantes, lo que lo convertía en algo así como un oasis cultural. Compré un ejemplar mecanografiado de e.e. cummings en la librería y entré a comer en el Milano's.

Tenía manteles a cuadros rojos y blancos y velas que reproducían el Coliseo en miniatura. Estaba casi lleno y la comida tenía buena pinta. Un esbelto maître con una pajarita roja se acercó diligentemente y me acompañó hasta una mesa en un rincón donde no asustaría a los demás clientes. Saqué el ejemplar de cummings para tranquilizarlos y leí «Un lugar adonde nunca he viajado» mientras esperaba la carta, disfrutando con la cadencia y el delicado erotismo del poema.

Susan no había leído a cummings antes de conocernos y, durante los primeros días de nuestra relación, le mandé ejemplares de sus poemas. En cierto modo, dejé que cummings la cortejara por mí. Creo que incluso añadí un verso suyo a la primera carta que le envié. Al recordarlo ahora, me doy cuenta de que era tanto una plegaria como una carta de amor, una plegaria para que el tiempo la tratara con misericordia porque era preciosa.

Se acercó un camarero y, tras consultar la carta, pedí bruschetta y pasta con salsa carbonara, y agua para beber. Miré alrededor pero nadie parecía fijarse en mí. Mejor así. No había olvidado la advertencia de Ángel y Louis, ni a la pareja del 4 x 4 rojo.

La comida, cuando llegó, era excelente. Me sorprendió el apetito con que la recibí y, mientras comía, fui dándole vueltas a lo que había averiguado por mediación de Hyams y las microfichas, y recordé el atractivo rostro de Walt Tyler, rodeado por la policía.

Me pregunté asimismo por el Viajante, y enseguida lo expulsé de mi pensamiento junto con las imágenes que lo acompañaban. Luego volví al coche y regresé a Haven.

22

Mi abuelo decía que el sonido más aterrador del mundo era el chasquido de una escopeta de repetición al entrar el cartucho en la recámara, una bala dirigida a ti. Ese sonido me arrancó del sueño en el motel cuando subían por la escalera. En ese momento las manecillas fosforescentes de mi reloj de pulsera marcaban las tres y media. Cruzaron la puerta unos segundos después y, en el silencio de la noche, las detonaciones fueron ensordecedoras cuando dispararon una y otra vez a la cama, haciendo volar las plumas y jirones de algodón como una nube de polillas blancas.

Pero para entonces yo ya estaba de pie, pistola en mano. La puerta de comunicación entre las dos habitaciones estaba cerrada y amortiguaba un poco el ruido de los disparos; por esa misma razón ellos tampoco oyeron el sonido de la puerta del pasillo, pese a que había cesado el fuego y el duro eco de los estampidos resonaba en los oídos. La decisión de no convertirme en un blanco fácil durmiendo en la habitación asignada había sido acertada.

Salí al pasillo con un movimiento rápido, me di la vuelta y apunté. El hombre del 4 x 4 rojo estaba allí, con el cañón de una Ithaca de repetición calibre doce cerca de la cara. Incluso en la tenue iluminación del pasillo vi que no había casquillos en el suelo a sus pies. Los disparos los había realizado la mujer.

En ese momento, mientras la mujer maldecía dentro de la habitación, él se volvió hacia mí al mismo tiempo que bajaba el cañón del arma. Disparé una vez. Una rosa oscura brotó de la garganta del hombre y la sangre manó en una lluvia de pétalos sobre su camisa blanca. La escopeta cayó al suelo enmoquetado cuando se llevó las manos al cuello. Le fallaron las rodillas y se desplomó; su cuerpo se retorció como un pez fuera del agua.

El cañón de una escopeta asomó por la puerta y la mujer disparó a discreción hacia el pasillo, haciendo saltar el yeso de las paredes. Noté un tirón en el hombro derecho y un lancinante dolor me recorrió el brazo. Intenté sujetar el arma, pero se me cayó al suelo mientras la mujer seguía disparando y las letales balas silbaban por el aire y se incrustaban en las paredes.

Eché a correr por el pasillo y atravesé la puerta de la escalera de incendios. Tropecé y caí rodando justo cuando cesaron los disparos. Supe que me seguiría en cuanto comprobara que su compañero estaba muerto. Si hubiese existido la menor posibilidad de que sobreviviese, quizás habría intentado salvarlo, y salvarse también ella.

Cuando llegué al segundo piso oí sus sonoras pisadas en los peldaños. Me dolía mucho el brazo y estaba seguro de que me alcanzaría antes de que llegase a la planta baja.

Crucé la puerta y entré en el pasillo. El suelo estaba cubierto de láminas de plástico y dos escaleras de tijera se alzaban como campanarios junto a las paredes. En el aire flotaba un intenso olor a pintura y disolvente. A unos siete metros de la puerta había un pequeño hueco, casi invisible hasta que uno llegaba a él; contenía una manguera contra incendios y un pesado y anticuado extintor de agua. Cerca de mi habitación había visto un hueco idéntico. Me metí dentro y, apoyándome contra la pared, intenté controlar la respiración. Levanté el extintor con la mano izquierda y traté de sujetarlo por debajo con la derecha en un vano esfuerzo por utilizarlo como arma, pero el brazo herido, que sangraba mucho, de poco me servía, y el extintor no era lo bastante manejable para ser eficaz. Oí los pasos de la mujer, ahora más lentos, y el suave susurro de la puerta cuando entró en el pasillo. Escuché sus pisadas sobre el plástico. Sonó un ruidoso golpe cuando abrió de una patada la puerta de la primera habitación, y luego otro cuando repitió la operación en la habitación siguiente. Casi había llegado hasta mí, pese a que caminaba con sigilo, el plástico la delataba. Noté cómo la sangre me resbalaba por el brazo y goteaba de las puntas de mis dedos mientras desenrollaba la manguera y esperaba a que ella apareciese.

Cuando estaba casi a la altura del hueco, lancé la manguera como un lazo. La pesada boquilla metálica le acertó en pleno rostro y oí el crujido de un hueso. Retrocedió tambaleándose y un inocuo disparo escapó de su arma a la vez que se llevaba la mano izquierda instintivamente a la cara. Lancé de nuevo la manguera y la goma rebotó contra su mano extendida mientras la boquilla le golpeaba a un lado de la cabeza. Gimió, y yo salí del hueco tan deprisa como pude, ahora con la boquilla en la mano izquierda, y le enrollé la goma alrededor del cuello como los anillos de una serpiente.

Sujetaba con firmeza la culata de la escopeta contra el muslo e intentó deslizar la mano a lo largo del cañón para volver a cargarlo mientras la sangre de la cara le corría entre los dedos de la mano derecha. Le asesté una patada al arma y se le escapó de las manos. Apuntalándome en la pared, la sujeté firmemente contra mí, con una pierna entrelazada a la suya para que no pudiera apartarse y el otro pie sobre la manguera para mantenerla tensa. Y allí permanecimos como amantes, la boquilla caliente a causa de la sangre que se deslizaba por mi mano y la manguera alrededor de la muñeca, mientras ella forcejeaba, hasta que, por fin, cayó exhausta entre mis brazos.

Cuando dejó de moverse, la solté y se desplomó. Le desenrollé la manguera del cuello y, agarrándola por la mano, la bajé a rastras por la escalera hasta la planta baja. Al ver el color amoratado de su rostro, comprendí que había estado a punto de matarla; aun así, no quería perderla de vista.

Rudy Fry yacía en el suelo de su despacho, con sangre coagulada en la cara cenicienta y alrededor de la brecha del cráneo fracturado. Telefoneé a la oficina del sheriff y, minutos después, oí las sirenas y vi el resplandor rojo y azul de las luces girar y reflejarse en el interior del vestíbulo a oscuras; la sangre y las luces trajeron a mi memoria una vez más otra noche y otras muertes. Cuando Alvin Martin entró pistola en mano, sentía náuseas debido a la conmoción y apenas me tenía en pie. La luz roja nos quemaba los ojos como si fuera fuego.

– Es usted un hombre con suerte -dijo la doctora de respetable edad, su sonrisa reflejaba una mezcla de sorpresa y preocupación-. Unos centímetros más allá, y Alvin estaría componiéndole un panegírico.

– Seguro que habría sido digno de oírse -contesté.

Estaba sentado a una mesa de la sala de urgencias del centro médico de Haven, pequeño pero bien equipado. La herida del brazo no era grave, pero había perdido mucha sangre. Me la habían limpiado y vendado, y en la mano sana sostenía un frasco de calmantes. Me sentía como si un tren me hubiese pasado al lado rozándome.

Alvin Martin permanecía junto a mí. Wallace y otro ayudante que no reconocí montaban guardia en el pasillo frente a la habitación donde estaba la mujer. No había recobrado el conocimiento y, por lo que oí de la breve conversación entre el médico y Martin, sospechaba que había entrado en coma. Rudy Fry también seguía inconsciente, pero se esperaba que se recuperase de las heridas.

– ¿Se sabe algo de los agresores? -pregunté a Martin.

– Todavía no. Hemos enviado las fotografías y las huellas digitales al FBI. Hoy mismo mandarán a alguien de Richmond.

El reloj de la pared marcaba las 6:45. Fuera continuaba lloviendo.

Martin se volvió hacia la doctora.

– ¿Podrías dejarnos un par de minutos a solas, Elise?

– Claro. Pero no lo sometas a demasiada tensión.

Martin le sonrió cuando salía, pero, tan pronto como se volvió hacia mí, la sonrisa desapareció.

– ¿Ha venido aquí sabiendo que le habían puesto precio a su cabeza?

– Había oído rumores, sólo eso.

– A la mierda usted y sus rumores. Rudy Fry ha estado a punto de morir y yo tengo en el depósito un cadáver sin identificar con un agujero en el cuello. ¿Sabe quién contrató a esos dos?

– Lo sé.

– ¿Va a decírmelo?

– No, aún no. Tampoco voy a decírselo a los federales. Necesito que me los quite de encima durante un tiempo.

Martin casi se echó a reír.

– ¿Y por qué iba a hacerlo?

– He de terminar lo que vine a hacer. Debo encontrar a Catherine Demeter.

– ¿Este tiroteo tiene algo que ver con ella?

– No lo sé. Quizá sí, pero no entiendo qué pinta en todo esto. Necesito que usted me ayude.

Martin se mordió el labio.

– En el ayuntamiento están fuera de sí. Creen que si esto llega a oídos de los japoneses, abrirán la fábrica en White Sands antes que venir aquí. Todos quieren que usted se marche. De hecho, quieren que lo detenga, le dé una paliza y lo eche.

En la habitación entró una enfermera y Martin se calló, optando por reconcomerse en silencio mientras ella hablaba.

– Lo llaman por teléfono, señor Parker -dijo-. Un tal teniente Cole de Nueva York.

Hice una mueca de dolor al levantarme, y ella pareció compadecerse de mí. En ese momento estaba más que dispuesto a aceptar la compasión de alguien.

– Quédese ahí -añadió la enfermera con una sonrisa-. Le traeré un supletorio y pasaremos aquí la llamada.

Regresó al cabo de unos minutos con el teléfono y lo conectó a una toma de la pared. Alvin Martin permaneció allí indeciso por un momento y finalmente salió hecho una furia; me quedé solo.

– ¿Walter?

– Me ha telefoneado un ayudante del sheriff. ¿Qué ha pasado?

– Dos de ellos han intentado liquidarme en el motel. Un hombre y una mujer.

– ¿Estás malherido?

– Un rasguño en un brazo. Nada grave.

– ¿Han escapado los agresores?

– No. El hombre ha muerto. La mujer está en coma, creo. En estos momentos analizan las fotos y las huellas. ¿Alguna novedad por vuestra parte? ¿Algo sobre Jennifer?

Intenté quitarme de la cabeza la imagen de su cara, pero seguía suspendida en la periferia de mi conciencia, como una figura atisba-da con el rabillo del ojo.

– El tarro estaba limpio. Es un tarro de almacenamiento médico normal y corriente. Intentamos ponernos en contacto con el fabricante para verificar el número de serie, pero cerró en 1992. Seguiremos intentándolo, veremos si es posible acceder a archivos antiguos, pero las probabilidades son escasas. El envoltorio debe de venderse en todas las tiendas de objetos para regalo del país. Tampoco hay huellas. El laboratorio está analizando muestras de piel por si acaso. Los técnicos suponen que redirigió la llamada, sólo así puede aparecer el número de una cabina en el móvil, y no hay manera de localizarla. Te tendré informado si se descubre algo más.

– ¿Y Stephen Barton?

– Tampoco hay nada. Es tan poco lo que sé que empiezo a pensar que me equivoqué de oficio. Lo dejaron sin conocimiento de un golpe en la cabeza, como dijo el forense, y luego lo estrangularon. Probablemente lo llevaron en coche hasta el aparcamiento y lo echaron a la alcantarilla.

– ¿Los federales siguen buscando a Sonny?

– No me han llegado noticias en sentido contrario, pero supongo que la suerte tampoco está de su lado.

– Por lo que se ve, de momento la suerte no está del lado de nadie.

– La mala racha pasará.

– ¿Sabe Kooper lo que ha ocurrido aquí?

Oí en el otro extremo de la línea algo parecido a una risa ahogada.

– Todavía no. Quizá se lo diga a media mañana. Una vez que el nombre de la fundación quede al margen del asunto, no le importará, pero no sé qué opinará de que un empleado de la casa ande agrediendo a la gente por los pasillos de un motel. Dudo que se haya encontrado antes con un caso así. ¿Cuál es la situación ahí?

– Los vecinos del pueblo no me han recibido precisamente con los brazos abiertos y guirnaldas de flores. Por ahora no hay ni rastro de la chica, pero presiento que aquí pasa algo raro. No sabría explicártelo, pero tengo esa sensación.

Dejó escapar un suspiro.

– Tenme al corriente de todo. «¡Puedo hacer algo desde aquí?

– ¿Supongo que no podrás quitarme de encima a Ross?

– Imposible. No le caerías peor aunque se enterase de que te has tirado a su madre y has escrito su nombre en la pared de los lavabos de hombres. Va de camino hacia allá.

Walter colgó. Al cabo de un segundo se oyó un chasquido en la línea. Supuse que Alvin Martin era un hombre cauto. Volvió al cabo de un momento, dejó pasar tiempo suficiente para que no diese la impresión de que había estado escuchando. No obstante, había cambiado la expresión de su cara. Quizá tenía su lado positivo que hubiera oído la conversación.

– Debo encontrar a Catherine Demeter -dije-. Para eso he venido. Cuando lo consiga, me iré.

Asintió con la cabeza.

– Hace un rato le he pedido a Burns que telefoneara a unos cuantos moteles de la zona -informó-. En ninguno tienen alojado a alguien con ese nombre.

– Lo comprobé yo mismo antes de salir de Nueva York. Es posible que use un nombre falso.

– Eso he pensado. Si me da una descripción, mandaré a Burns a hablar con los conserjes.

– Gracias.

– No hago esto porque me salga del corazón, créame. Sólo quiero que se marche de aquí.

– ¿Y qué hay de Walt Tyler?

– Si tenemos tiempo, le llevaré allí más tarde.

Fue a hablar con los agentes que custodiaban a la agresora. La doctora entró de nuevo y me examinó el vendaje del brazo.

– ¿Seguro que no prefiere descansar aquí un rato? -preguntó.

Le di las gracias pero rechacé el ofrecimiento.

– En parte ya lo suponía -dijo. Señaló el frasco de calmantes-. Puede que le den sueño.

Le di las gracias por la advertencia y me los guardé en el bolsillo cuando me ayudó a ponerme la chaqueta sobre el torso sin camisa. No tenía intención de tomar los calmantes. Su expresión reveló que eso también lo sabía.

Martin me llevó a la oficina del sheriff. Habían precintado el motel y trasladado mi ropa a una celda. Me duché protegiéndome el vendaje con una bolsa de plástico y luego me quedé en un duermevela en la celda hasta que dejó de llover.

Poco después del mediodía llegaron dos agentes federales y me pidieron explicaciones de lo ocurrido. Fue un interrogatorio superficial, lo cual me extrañó hasta que recordé que el agente especial Ross tenía previsto volar a Virginia esa noche. A las cinco de la tarde, cuando Martin entró en el restaurante Haven, la mujer seguía inconsciente.

– ¿Ha sabido Burns algo de Catherine Demeter?

– Burns ha estado atendiendo a los federales desde media mañana. Dice que visitará unos cuantos moteles antes de acabar la jornada. Me informará si encuentra algún rastro. Si aún le interesa ver a Walt Tyler, será mejor que nos pongamos en marcha.

23

Walt Tyler vivía en una casa de madera ruinosa pero limpia; apoyado contra una de las paredes se sostenía en precario equilibrio un montón de neumáticos de coche que, según un cartel de la carretera, estaban en venta. Dispersos por la grava y el césped bien cuidado había otros artículos vendibles en mayor o menor medida, entre ellos dos cortacéspedes a medio recomponer, varios motores y piezas de motores, y unos cuantos aparatos de gimnasio oxidados, además de un juego completo de barras y pesas.

Tyler era un hombre alto, un poco cargado de espaldas, con una mata de pelo canoso. Había sido atractivo en otro tiempo, como yo ya pude ver en la fotografía del periódico, y aún se movía con garbosa agilidad, como si se negara a admitir que aquel físico bien parecido era cosa del pasado, arruinado por los quebraderos de cabeza y el incesante dolor de un padre que ha perdido a su única hija.

A Martin Alvin le dispensó un saludo bastante caluroso, pero a mí me estrechó la mano con mucha menos cordialidad y, reacio a invitarnos a entrar, propuso que nos sentásemos en el porche a pesar de la amenaza de lluvia. Tyler se sentó en una butaca de mimbre de aspecto cómodo, y Martin y yo en dos recargadas sillas metálicas de jardín, piezas sueltas de un juego más completo y también en venta, según el letrero que colgaba del respaldo de la mía.

Sin que Tyler se molestara en pedirlo, una mujer unos diez años más joven que él nos sirvió café en unas tazas limpias de porcelana. También ella había sido más hermosa en otro tiempo, aunque, en su caso, la belleza de la juventud había madurado en algo quizás aún más atractivo: la serena elegancia de una mujer para quien la vejez no entrañaba temores y en quien las arrugas alterarían su atractivo sin borrarlo. Dirigió una mirada a Tyler, y éste, por primera vez desde nuestra llegada, esbozó una ligera sonrisa. Ella se la devolvió y entró de nuevo en la casa. No volvimos a verla en el porche.

El ayudante del sheriff empezó a hablar, pero Tyler lo interrumpió con un parco gesto de la mano.

– Ya sé por qué están aquí, agente. Sólo existe una razón por la que usted traería a un desconocido a mi casa. -Me miró con severidad, y en sus ojos amarillentos y ribeteados percibí una expresión de interés, casi risueña-. ¿Es usted el tipo que se ha liado a tiros en el motel? -preguntó, y la sonrisa asomó fugazmente-. Lleva una vida apasionante. ¿Le duele el hombro?

– Un poco.

– A mí me hirieron una vez, en Corea. Una bala en el muslo. Y no es que me doliera un poco; fue un tormento.

Hizo una mueca exagerada al recordarlo y luego calló. Se oyó un trueno y el porche pareció oscurecerse durante un rato, pero aún veía a Walt Tyler con la mirada fija en mí, ahora ya sin sonreír.

– El señor Parker es detective, Walt. Fue inspector de policía -explicó Alvin.

– Busco a una persona, señor Tyler -dije-. Una mujer. Quizá la recuerde usted. Se llama Catherine Demeter. Es la hermana menor de Amy Demeter.

– Ya sabía yo que usted no era escritor. Alvin no me traería aquí… -buscó la palabra adecuada- a una de esas sanguijuelas. -Tomó su taza y se bebió el café despacio y en silencio, como si no quisiera hablar más del tema y, me dio la impresión, para pararse a considerar lo que acababa de decir-. La recuerdo, pero no ha vuelto desde la muerte de su padre, y ya han pasado diez años. No tiene ninguna razón para volver.

Esa frase empezaba a parecer un eco.

– Aun así, creo que ha vuelto, y creo que forzosamente su regreso guarda relación con lo que pasó entonces -contesté-. Usted es uno de los pocos que quedan de aquella época, señor Tyler, usted, el sheriff y uno o dos más, los únicos implicados en lo sucedido.

Supuse que hacía mucho tiempo que no hablaba de aquello en voz alta, pero tenía la certeza de que nunca transcurrían largos periodos sin que lo ocurrido volviera a sus pensamientos o sin que él lo tuviera presente de manera más o menos viva, al igual que un antiguo dolor que nunca desaparece pero a veces se olvida en medio de otra actividad y luego vuelve. Y pensé que cada vez que el dolor volvía, grababa una arruga más en su rostro, y así un hombre antes apuesto podía perder su atractivo como una magnífica estatua de mármol se descascarilla poco a poco hasta convertirse en un vago remedo de lo que fue.

– A veces aún la oigo. Oigo sus pasos en el porche por la noche, la oigo cantar en el jardín. Al principio salía corriendo cuando la oía, sin saber si estaba dormido o despierto. Pero nunca la vi. Y pasado un tiempo dejé de echar a correr, aunque aún me despertaba. Ahora ya no viene tan a menudo.

Quizás, a pesar de la luz cada vez más tenue del crepúsculo, vio algo en mi semblante que le permitió comprender. No tengo la certeza, y él no dio señales de saberlo ni de que existiera algo más entre nosotros que una necesidad de información y un deseo de contar, pero interrumpió por un momento su relato y, en ese silencio, casi nos rozamos, como dos viajeros que se cruzan en un largo y arduo camino y se ofrecen mutuo consuelo en su recorrido.

– Era mi única hija -prosiguió-. Desapareció cuando volvía del pueblo un día de otoño y nunca más la vi viva. La siguiente vez que la vi era hueso y papel y no pude reconocerla. Mi esposa, que en paz descanse, denunció la desaparición a la policía, pero durante uno o dos días nadie vino, y en ese tiempo peinamos los campos y buscamos en las casas y por todas partes. Fuimos de puerta en puerta, llamando y preguntando, pero nadie supo decirnos dónde estaba ni adónde podía haber ido. Y de pronto, tres días después de marcharse, un ayudante del sheriff se presentó aquí y me detuvo por el asesinato de mi hija. Me retuvieron durante dos días, me golpearon, me acusaron de violar y maltratar a niños. Pero yo sólo dije lo que sabía que era verdad, y al cabo de una semana me soltaron. Y mi hija nunca apareció.

– ¿Cómo se llamaba, señor Tyler?

– Se llamaba Etta Mae Tyler y tenía nueve años.

Oí el susurro de los árboles agitados por el viento y los crujidos de los listones de la casa al asentarse. En el jardín, un columpio se balanceaba. Daba la impresión de que todo se movía alrededor mientras conversábamos, como si nuestras palabras hubieran despertado algo dormido desde hacía mucho tiempo.

– Tres meses después desaparecieron otros dos niños, los dos negros, en el transcurso de una semana. Hacía frío. La gente pensó que quizá la primera niña, Dora Lee Parker, se había caído por un agujero en el hielo mientras jugaba. El hielo volvía loca a aquella criatura. Pero la buscaron en todos los ríos, dragaron todos los estanques y no la encontraron. La policía vino a interrogarme otra vez, y durante un tiempo incluso algunos vecinos me miraron con cara rafa. Sin embargo, la policía volvió a desinteresarse. Eran niños negros y no vieron razón para relacionar los dos casos.

»El tercer niño no era de Haven, sino de Otterville, a unos sesenta kilómetros. Otro negro, que se llamaba… -Se interrumpió, se llevó la palma de la mano a la cabeza y, cerrando los ojos, se apretó la frente-. Bobby Joiner -añadió en voz baja, con un leve gesto de asentimiento-. Por entonces empezaba a cundir el pánico y se envió una delegación al sheriff y al alcalde. La gente no dejaba salir de casa a los niños, sobre todo de noche, y la policía interrogó a todos los negros en kilómetros a la redonda y también a algún que otro blanco, en su mayoría pobres hombres que se sabía que eran homosexuales.

»Creo que a continuación hubo una tregua. Esa gente quería dejar pasar un tiempo para que los negros respiraran tranquilos otra vez, que se despreocuparan, pero eso no ocurrió. La situación se prolongó durante meses, hasta principios de 1970. Entonces desapareció la pequeña Demeter y todo cambió. La policía interrogó a los habitantes de kilómetros a la redonda, tomó declaraciones, organizó partidas de búsqueda. Pero nadie vio nada. Era como si la tierra se hubiera tragado a la niña.

»Las cosas pintaron peor para los negros. Al final la policía cayó en la cuenta de que podía existir alguna relación entre las desapariciones y pidió la intervención del FBI. A partir de ese momento, cualquier negro que anduviera por el pueblo de noche se exponía a ser detenido o maltratado, o las dos cosas. Pero esa gente… -Repitió esas palabras y en su voz se percibió una especie de sacudida, un gesto de horror ante el comportamiento humano-. Esa gente disfrutaba con lo que hacía y no podía parar. La mujer intentó secuestrar a un niño en Batesville, pero estaba sola y el niño forcejeó, le dio patadas, le arañó la cara y escapó. Ella lo persiguió, pero al final desistió. Sabía lo que le esperaba.

»Aquél era un niño espabilado. Describió a la mujer, recordó el modelo del coche e incluso parte de la matrícula. Pero no identificaron el coche hasta el día siguiente y entonces fueron a buscar a Adelaide Modine.

– ¿La policía?

– No, la policía no. Una muchedumbre, algunos de Haven, otros de Batesville, dos o tres de Yancey Mill. El sheriff no estaba en el pueblo cuando ocurrió y los hombres del FBI ya se habían marchado. Pero el ayudante del sheriff, Earl Lee Granger, iba con ellos cuando llegaron a la casa de los Modine, y ella no estaba. Sólo estaba allí el hermano y se encerró en el sótano, pero entraron por la fuerza.

Se quedó en silencio y oí cómo tragaba saliva en la creciente oscuridad; supe que él había estado allí.

– Dijo que no sabía dónde estaba su hermana, que no sabía nada de los niños muertos. Así que lo colgaron de una viga del techo y quedó como un suicidio. Llamaron al doctor Hyams para certificarlo, pese a que en aquel sótano el techo quedaba a cinco metros de altura y era imposible que aquel muchacho hubiera llegado hasta allí para ahorcarse a menos que fuera capaz de trepar por las paredes. Después corrió el chiste de que Modine debía de tener muchas ganas de colgarse para subir hasta allí sin ayuda.

– Pero ha dicho que la mujer estaba sola cuando intentó secuestrar al último niño -comenté-. ¿Cómo sabían que su hermano estaba implicado?

– No lo sabían, o al menos no lo sabían con seguridad. Pero ella necesitaba la ayuda de alguien para hacer lo que hizo. No es tan fácil controlar a un niño. Forcejean, dan patadas y piden ayuda a gritos. Por eso no lo consiguió la última vez, porque nadie la ayudó. Al menos eso imaginaron.

– ¿Y usted?

El porche volvía a estar en silencio.

– Yo conocía a aquel chico y no era un asesino. Era débil… y blando. Era homosexual; lo sorprendieron con otro chico en el colegio privado donde estudiaba y lo expulsaron. Mi hermana se enteró cuando limpiaba casas de familias blancas en el pueblo. Se mantuvo en secreto, aunque corrían rumores sobre él. Creo que algunos quizá sospecharon de él durante un tiempo, sólo por eso. Cuando su hermana intentó llevarse al niño…, en fin, la gente decidió que él tenía que saberlo. Y es verdad que tenía que saberlo, supongo, o como mínimo sospecharlo. No lo sé, pero…

Miró a Alvin Martin y éste le devolvió la mirada.

– Sigue, Walt. Hay cosas que yo ya sé, y no dirás nada que yo no haya pensado o adivinado.

Tyler aún parecía inquieto pero asintió, más para sí que para nosotros, y prosiguió.

– El ayudante Earl Lee sabía que el chico era inocente. Estaba con él la noche del secuestro de Bobby Joiner. Otras noches también.

Miré a Alvin Martin, que bajó la vista y asintió lentamente.

– ¿Y usted cómo lo sabía? -pregunté.

– Los vi -se limitó a contestar-. Sus coches estaban aparcados fuera del pueblo, bajo unos árboles, la noche en que se llevaron a Bobby Joiner. A veces yo paseaba por el campo, para alejarme de aquí, pese a que era peligroso dadas las circunstancias. Descubrí a lo lejos los coches aparcados, me acerqué con sigilo y los vi. El chico, Modine, estaba…, bueno, de rodillas ante el sheriff, luego se fueron al asiento trasero y el sheriff lo penetró.

– ¿Y volvió a verlos juntos después?

– En el mismo sitio, un par de veces.

– ¿Y el sheriff permitió que lo ahorcaran?

– No se atrevió a decir nada -replicó Tyler-, por si la gente se enteraba. Y se quedó de brazos cruzados mientras colgaban al chico.

– ¿Y su hermana? ¿Qué sabe de Adelaide Modine?

– A ella también la buscaron. Registraron la casa y luego las tierras, pero se había ido. Después alguien vio fuego en las ruinas de una vieja casa de East Road a unos quince kilómetros del pueblo y enseguida ardió todo. Thomas Becker almacenaba allí pintura vieja y sustancias inflamables, lejos de los niños. Y cuando se apagó el incendio encontraron un cadáver, muy quemado, y dijeron que era Adelaide Modine.

– ¿Cómo la identificaron?

Fue Martin quien contestó.

– Había un bolso cerca del cuerpo con los restos de una gran cantidad de billetes, documentos personales, extractos bancarios básicamente. En el cuerpo se encontraron joyas que se sabía que eran suyas, una pulsera de oro y diamantes que llevaba siempre. Habían sido de su madre, dijeron. Las muestras dentales también coincidían. El viejo doctor Hyams sacó su historial clínico; compartía la consulta con el dentista, pero éste no estaba en el pueblo esa semana.

»Al parecer se había escondido, quizás esperando que su hermano o alguna otra persona fuera a buscarla, y se quedó dormida con un cigarrillo en la mano. Había estado bebiendo, dijeron, tal vez para entrar en calor. Ardió toda la casa. Encontraron su coche cerca de allí, con una bolsa llena de ropa en el maletero.

– ¿Recuerda algo de Adelaide Modine, señor Tyler? ¿Algo que pudiera explicar…?

– Explicar ¿qué? -me interrumpió-. ¿Explicar por qué lo hizo? ¿Explicar por qué alguien la ayudó a hacer lo que hizo? Yo no puedo explicar cosas así, ni siquiera a mí mismo. Desde luego había algo en ella, algo muy arraigado, algo siniestro y perverso. Le diré una cosa, señor Parker: no he conocido a nadie en este mundo tan cerca de la maldad en estado puro como Adelaide Modine, y he visto a hermanos negros colgados de árboles, a los que además prendían fuego una vez colgados. Adelaide Modine era peor que la gente que ahorcó a su hermano, porque, por más que me empeñe, no le veo ninguna razón a lo que hizo. Son cosas inexplicables, a menos que uno crea en el diablo y en el infierno. Sólo así puedo explicar sus actos. Era una criatura salida del infierno.

Me quedé callado durante un rato, intentando poner en orden y sopesar lo que acababa de oír. Walt Tyler me observó mientras todo aquello pasaba por mi mente y creo que adivinó qué pensaba. No podía culparlo por no haber contado lo que sabía del sheriff y William Modine. Una acusación semejante podía costarle la vida a un hombre y no era una prueba concluyente de que William Modine no estuviese directamente implicado en los asesinatos, aunque si Tyler había juzgado bien la personalidad del chico, el perfil de éste no se correspondía con el de un asesino de niños. Pero saber que quizás alguien implicado en la muerte de su hija hubiera podido escapar debía de haberlo atormentado durante todos aquellos años.

Quedaba por contar una parte de la historia.

– Encontraron a los niños al día siguiente, justo al empezar a buscarlos -concluyó Tyler-. Un chico que había salido de caza se refugió en una casa abandonada de la finca de los Modine y su perro comenzó a arañar la puerta del sótano, que estaba en el suelo, como una trampilla. El chico abrió la cerradura de un disparo, el perro bajó y él lo siguió. Luego corrió a casa y avisó a la comisaría.

»Allí abajo había cuatro cadáveres, mi hija y los otros tres. Los… -se interrumpió y contrajo el rostro, pero no lloró.

– No es necesario que siga -dije en voz baja.

– No, tiene que saberlo -contestó. Con voz más alta, como el grito de un animal herido, prosiguió-: Debe saber qué hicieron, qué les hicieron a esos niños, a mi hija. Mi niña tenía todos los dedos rotos, aplastados, y los huesos desencajados. -Ahora lloraba sin contenerse, con las grandes manos abiertas ante él como si suplicara a Dios-. ¿Cómo pudieron hacer una cosa así, y a niños? ¿Cómo? -En ese momento se replegó en sí mismo y me pareció ver la cara de la mujer en la ventana y las yemas de sus dedos deslizarse por el cristal.

Nos quedamos con él un rato más y luego nos levantamos para marcharnos.

– Señor Tyler -dije con delicadeza-, sólo una cosa más: ¿dónde está la casa en que encontraron a los niños?

– A unos cinco o seis kilómetros de aquí carretera arriba. Allí empieza la finca de los Modine. Una cruz de piedra marca el principio del camino que lleva hasta allí. La casa prácticamente ha desaparecido. Sólo quedan unas cuantas paredes y parte del tejado. El estado quería derribarla pero algunos protestamos. Queríamos que nos recordara lo que ocurrió, así que la casa Dane sigue allí.

Nos fuimos, pero mientras bajaba los peldaños del porche, oí su voz a mis espaldas.

– Señor Parker. -Volvía a hablar con voz potente, sin que le temblara, aunque en el tono se apreciaba todavía un residuo de dolor. Me di media vuelta para mirarlo-. Señor Parker, este pueblo está muerto. Nos persiguen los fantasmas de niños asesinados. Si encuentra a Catherine Demeter, dígale que se vuelva por donde ha venido. Para ella aquí sólo hay dolor y sufrimiento. Dígaselo, ¿quiere? No deje de decírselo cuando la encuentre.

Alrededor de su abarrotado jardín se intensificó el susurro de los árboles y dio la impresión de que, más allá de donde alcanzaba la vista, donde la oscuridad era casi impenetrable, algo se movía. Siluetas que iban y venían, que bordeaban la luz de la casa, y en el aire flotaban risas infantiles.

Y luego sólo las ramas de los pinos que abanicaban la oscuridad y el tintineo hueco de una cadena entre los despojos del jardín.

24

En la costa de Casuarina de Papúa Nueva Guinea habita la tribu de los asmat. La forman veinte mil miembros y siembran el terror entre las tribus vecinas. En su lengua, asmat significa «la gente, los seres humanos», y al definirse como los únicos humanos, relegan a los demás al rango de no humanos, con todo lo que ello implica. Los asmat tienen una palabra para referirse a los demás: los llaman manowe. Significa los «comestibles».

Hyams no encontraba una explicación para el comportamiento de Adelaide Modine; tampoco Walt Tyler. Tal vez ella, y otros como ella, tuviera algo en común con los asmat. Tal vez también ellos consideraran a los demás menos que humanos, de modo que su sufrimiento carecía de importancia, no merecía prestarle atención excepto por el placer que proporcionaba.

Recordé una conversación con Woolrich, tras la visita a Tante Marie Aguillard. De regreso en Nueva Orleans, caminamos en silencio por Royal Street y pasamos por delante de la vieja mansión de Madame Lelaurie, donde en otro tiempo se encadenó y torturó a esclavos en la buhardilla hasta que los bomberos los encontraron y la muchedumbre expulsó a Madame Lelaurie de la ciudad. Acabamos en el Tee Eva en Magazine, donde Woolrich pidió tarta de boniato y una cerveza Jax. Trazó con el pulgar una línea en la humedad del cristal de la botella y luego se frotó el labio superior con el dedo mojado.

– La semana pasada leí un informe del FBI -dijo-. Supongo que era una conferencia a modo de «estado de la nación» sobre los asesinos en serie, sobre en qué punto nos hallamos y hacia dónde vamos.

– ¿Y hacia dónde vamos?

– Vamos al infierno, ahí es adonde vamos. Esos individuos se propagan como bacterias y este país no es más que un enorme caldo de cultivo para ellos. Según estimaciones del FBI, podrían estar cobrándose unas dos mil víctimas al año. La gente que ve los programas de Oprah y Jerry Springer, o que suscribe las opiniones del reverendo Jerry Falwell, no quiere enterarse. Leen sobre ellos en las secciones de sucesos o los ven por televisión, y eso sólo cuando atrapamos a alguno. El resto del tiempo no tienen la más remota idea de lo que pasa alrededor. -Tomó un largo trago de Jax-. En estos momentos hay al menos doscientos asesinos de este tipo en activo. Como mínimo doscientos. -Recitaba cifra tras cifra y subrayaba cada dato estadístico señalándome con la botella-. Nueve de cada diez son hombres; ocho de cada diez son blancos, y a uno de cada cinco nunca lo cogen. Nunca.

»¿Y sabes qué es lo más raro? Que en este país hay más que en ninguna otra parte. Nuestro querido Estados Unidos de América produce a esos hijos de puta como muñecos de los personajes de Barrio Sésamo. Tres cuartas partes de ellos viven y trabajan aquí. Somos el principal productor mundial de asesinos en serie. Es un síntoma de enfermedad, eso es. Estamos enfermos y débiles, y esos asesinos son como un cáncer dentro de nosotros: cuanto más deprisa crecemos, más rápido se multiplican ellos.

»Y cuantos más somos, más nos distanciamos entre nosotros. Prácticamente vivimos unos encima de otros y sin embargo nunca hemos estado tan alejados. Y de pronto aparecen estos tipos, con sus cuchillos y sus cuerdas, y resulta que aún están más alejados que los demás. Algunos incluso tienen instintos de policía. Se reconocen entre sí por el olfato. En febrero encontramos a un tipo en Angola que se comunicaba con un presunto asesino de Seattle mediante códigos bíblicos. No me explico cómo se encontraron esos dos bichos raros, pero se encontraron.

»Lo curioso es que la mayoría de ellos están aún peor que el resto de la humanidad. Son unos inadaptados, desde el punto de vista sexual, emocional, físico, lo que sea, y se desahogan con. quienes los rodean. No tienen… -agitó las manos en busca de la palabra- visión. No tienen una visión más amplia de lo que hacen. Sus actos carecen de objetivo. No son más que la manifestación de una especie de defecto fatal.

»Y sus víctimas son tan tontas que no entienden qué ocurre alrededor. Esos asesinos deberían ponernos en guardia, pero nadie presta atención y eso agranda aún más el abismo. No ven más que la distancia, pero la salvan y nos liquidan, uno a uno. Nuestra única esperanza es que, si actúan con la suficiente frecuencia, identifiquemos sus pautas de comportamiento y establezcamos un vínculo entre nosotros y ellos, un puente para salvar la distancia. -Apuró la cerveza y levantó la botella para pedir otra-. Es la distancia -continuó, dirigiendo la vista hacia la calle con la mirada perdida-, la distancia entre la vida y la muerte, el cielo y el infierno, nosotros y ellos. Han de recorrerla a fin de acercarse a nosotros lo bastante para atraparnos, pero todo se reduce a una cuestión de distancia. Les encanta la distancia.

Y a mí me parecía, mientras la lluvia azotaba la ventana, que Adelaide Modine, el Viajante y las demás personas semejantes a ellos que deambulaban por el país estaban todos unidos por esa distancia respecto a los seres humanos corrientes. Eran como los niños que torturan animales o sacan a los peces de los acuarios para verlos retorcerse y boquear en el umbral de la muerte.

Sin embargo, Adelaide Modine parecía aún peor que muchos de los otros, porque era una mujer y sus actos no sólo iban contra la ley y la moralidad y cualquier otro de los nombres que damos a los lazos comunes que nos unen y nos impiden destrozarnos unos a otros; iban también contra la naturaleza. El hecho de que una mujer mate a un niño nos provoca un sentimiento que rebasa la repugnancia y el horror. Provoca una especie de desesperación, una falta de fe en los cimientos sobre los que hemos construido nuestras vidas, ya que tenemos la firme convicción de que una mujer jamás arrebataría la vida a un niño. Del mismo modo que Lady Macbeth rogaba que se la despojara de su sexo para matar al anciano rey, también una mujer que mataba a un niño aparecía ante nuestros ojos como un ser desnaturalizado, un ser disociado de su sexo. Adelaide Modine era como la arpía nocturna de Milton, «atraída por el olor de la sangre infantil».

Para mí, la muerte de un niño es inaceptable. El asesinato de un niño equivale a la muerte de la esperanza, la muerte del futuro. Recuerdo que antes escuchaba la respiración de Jennifer, observaba el movimiento de su pecho, experimentaba una sensación de gratitud, de alivio, a cada inhalación y espiración. Cuando lloraba, la mecía entre mis brazos hasta adormecerla, esperaba a que sus sollozos se apagaran y se acompasaran con el plácido ritmo del reposo. Y cuando por fin se quedaba tranquila, me inclinaba despacio, con sumo cuidado, notando un dolor en la espalda por la tensión de la postura, y la dejaba en la cuna. Cuando me la quitaron, fue como si todo un mundo muriese, como si un número infinito de futuros llegase a su fin.

Al acercarme al motel me abrumó el peso de la desesperación. Según Hyams, él no había detectado nada en los Modine que indicase lo hondo que había anidado en ellos la maldad. Walt Tyler, si era verdad lo que decía, sólo vio esa maldad en Adelaide Modine. Ella había vivido entre aquellas personas, se había criado con ellas, quizás incluso había jugado con ellas, se había sentado a su lado en la iglesia, las había visto casarse, tener hijos, y de pronto se había encarnizado con ellas, y nadie había sospechado nada.

Creo que yo deseaba tener una facultad de la que carecía: la facultad de percibir la maldad, la capacidad de mirar los rostros de la gente en una habitación atestada y ver en ellos los indicios de depravación y corrupción. La idea me trajo a la memoria un asesinato ocurrido en Nueva York unos años antes; un chico de trece años, en un bosque, había golpeado con unas rocas a un niño menor hasta matarlo. Fueron las palabras de su abuelo las que se me quedaron grabadas. «Dios mío», dijo. «Tendría que haber podido verlo de algún modo. Tendría que haber existido algo que yo hubiese podido ver.»

– ¿Hay fotos de Adelaide Modine? -pregunté por fin.

Martin arrugó la frente.

– Puede que el expediente de la investigación incluya una. Quizás también haya algo en la biblioteca. En el sótano tienen una especie de archivo municipal, los anuarios del colegio, fotos del periódico, esas cosas. Es posible que allí haya algo. ¿Por qué lo pregunta?

– Por curiosidad. Fue la responsable de muchas de las desgracias de este pueblo, pero me resulta difícil imaginarla. Tal vez quiera ver la expresión de sus ojos.

Martin me dirigió una mirada de perplejidad.

– Puedo pedirle a Laurie que busque en los archivos de la biblioteca. Le diré a Burns que revise nuestros propios expedientes, pero podría llevar su tiempo. Están todos en cajas y el sistema de clasificación es bastante confuso. Algunos ni siquiera están ordenados por fecha. Supone mucho trabajo sólo para satisfacer su curiosidad.

– De todos modos se lo agradecería.

Martin emitió un sonido gutural, pero guardó silencio durante un rato. Cuando el motel apareció a nuestra derecha, detuvo el coche en el arcén.

– En cuanto a Earl Lee… -dijo.

– Siga.

– El sheriff es un buen hombre. Por lo que he oído, mantuvo unida a la gente del pueblo después de los asesinatos de los Modine, él, el doctor Hyams y un par de personas más. Es un hombre íntegro y no tengo queja de él.

– Si lo que ha dicho Tyler es verdad, quizá sí debería tenerla.

Martin asintió con la cabeza.

– Es una posibilidad. Si es cierto, el sheriff debe de cargar con ello en su conciencia. Es un hombre angustiado, señor Parker, angustiado por el pasado, por sí mismo. No le envidio nada excepto su fortaleza. -Abrió las manos e hizo un gesto de indiferencia-. Una parte de mí opina que usted debería quedarse y hablar con él cuando vuelva; pero otra parte de mí, la parte inteligente, me dice que lo mejor para todos será que termine su trabajo lo antes posible y se marche.

– ¿Ha tenido noticias de él?

– No. Se toma algún que otro permiso y a veces se retrasa un poco, pero no voy a echárselo en cara. Es un hombre solitario. Un hombre al que le gusta la compañía de otros hombres aquí no puede encontrar mucho consuelo.

– No -dije, contemplando el parpadeo del letrero de neón del Welcome Inn-. Supongo que no.

El aviso llegó casi en el instante en que Martin arrancó. Se había producido una muerte en el centro médico: la mujer sin identificar que había intentado matarme la noche anterior.

Cuando llegamos, dos coches patrulla obstruían la entrada del aparcamiento, y vi hablar en la puerta a los dos hombres del FBI. Martin siguió adelante, y cuando salimos del coche, los dos agentes, pistola en mano, se encaminaron hacia mí al unísono.

– ¡Calma! ¡Calma! -exclamó Martin-. Ha estado conmigo todo el tiempo. Guarden las armas.

– Vamos a retenerlo hasta que llegue el agente Ross -dijo uno de los agentes, que se llamaba Willox.

– No van a retener a nadie, no hasta que averigüe qué pasa aquí.

– Ayudante, se lo advierto, este asunto le viene grande.

En ese momento Wallace y Burns, alertados por los gritos, salieron del centro médico. En honor a la verdad, debo decir que los dos se colocaron junto a Martin en ademán de empuñar sus armas.

– Como decía, dejemos las cosas como están -repitió Martin con tranquilidad.

Dio la impresión de que los federales no iban a ceder, pero al final enfundaron sus pistolas y se apartaron.

– El agente Ross se enterará de esto -le dijo Willox a Martin entre dientes, pero éste pasó de largo.

Wallace y Burns nos acompañaron a la habitación asignada a la mujer.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Martin.

Wallace enrojeció y empezó a balbucear.

– Joder, Alvin, hemos oído alboroto fuera del centro y…

– ¿Qué clase de alboroto?

– Se ha incendiado el motor de un coche, el de una enfermera. Me ha parecido muy raro. No había nadie dentro y ella no lo había utilizado desde esta mañana. No me he separado de esta puerta más de cinco minutos. Al volver, la mujer estaba así…

Llegamos a la habitación de la mujer. A través de la puerta abierta vi su piel pálida como la cera y la sangre en la almohada junto a la oreja izquierda. Un objeto metálico, terminado en una empuñadura de madera, brillaba en la oreja. La ventana por la que había entrado el asesino aún estaba abierta; habían roto el cristal para descorrer el pestillo. En el suelo había una lámina de papel adhesivo con fragmentos de vidrio. Quienquiera que hubiese matado a la mujer se había tomado la molestia de pegarlo a la ventana antes de romper el cristal a fin de amortiguar el sonido y asegurarse de que apenas hacía ruido al caer al suelo.

– ¿Quién más ha entrado aquí, aparte de vosotros dos?

– La doctora, una enfermera y los dos federales -dijo Wallace.

La doctora ya mayor llamada Elise apareció detrás de nosotros. Se la veía nerviosa y cansada.

– ¿Qué le ha pasado a esta mujer? -preguntó Martin.

– Un objeto punzante introducido por la oreja, creo que un punzón para romper hielo, le ha perforado el cerebro. Ya estaba muerta cuando hemos llegado.

– Han dejado el punzón -musitó Martin.

– Limpio y sencillo -dije-. Nada que relacione al asesino con lo ocurrido si lo… o la… atrapan.

Martin se volvió de espaldas a mí y empezó a consultar a los otros dos ayudantes. Mientras hablaban, me alejé y fui a los servicios de hombres. Wallace me miró y, con gestos, le indiqué que teñía náuseas. Desvió la vista con expresión de desprecio. Pasé cinco segundos en los lavabos y me escabullí del centro por la puerta trasera.

Se me acababa el tiempo. Sabía que Martin intentaría sonsacarme el nombre de quién había contratado a los asesinos. El agente Ross no tardaría en llegar. En el mejor de los casos me retendría hasta obtener la información que quería, y se esfumaría toda esperanza de encontrar a Catherine Demeter. Regresé al motel, donde seguía aparcado mi coche, y salí de Haven.

25

El camino a las ruinas de la casa Dane era poco más que dos roderas de barro y el coche avanzaba por ellas con grandes dificultades, como si la propia naturaleza conspirase para impedir que me acercara. Volvía a llover a cántaros, y el viento y el agua unidos hacían casi inútil el limpiaparabrisas. Agucé la vista para localizar la cruz de piedra y doblé por el desvío. La primera vez pasé por delante sin verla y sólo me di cuenta de mi error cuando el camino se convirtió en una masa de barro y árboles caídos y podridos que me obligó a volver marcha atrás lentamente por donde había llegado. Por fin detecté a mi izquierda dos pequeñas columnas derruidas y, entre ellas, las paredes casi sin tejado de la casa Dane recortándose contra el cielo oscuro.

Me detuve frente a los ojos vacíos de las ventanas y la boca abierta de lo que en otro tiempo fue una puerta, con trozos del dintel esparcidos por el suelo como antiguos dientes. Saqué la pesada linterna de debajo del asiento, me apeé y, soportando el doloroso golpeteo de la lluvia en la cabeza, corrí en busca de la exigua protección que el interior de las ruinas podía ofrecer.

Había desaparecido más de medio tejado y, a la luz de la linterna, lo que quedaba se veía aún ennegrecido. Había tres habitaciones: lo que fue una cocina americana, reconocible por los restos de un hornillo antiguo en el rincón; el dormitorio principal, ahora vacío excepto por un colchón sucio rodeado de preservativos usados, esparcidos como pieles mudadas de serpiente, y una habitación más pequeña, que quizás en otro tiempo fue el cuarto de los niños pero ahora era un amasijo de madera vieja y barras de metal herrumbrosas, junto con botes de pintura dejados allí por alguien demasiado perezoso para llevarlos al vertedero municipal. Las habitaciones olían a madera vieja, fuego sofocado hacía mucho y excrementos humanos.

En un rincón de la cocina había un viejo sofá cuyos muelles asomaban a través de los podridos cojines. Formaba un triángulo con las paredes adyacentes del rincón, a las que se adherían tenazmente los restos de un descolorido papel pintado de flores. Apoyando la mano en el respaldo, enfoqué la linterna por detrás del sofá. Estaba húmedo pero no mojado, ya que parte del tejado lo protegía aún de lo peor de la intemperie.

Detrás del sofá y casi alineada con el ángulo de las paredes vi una trampilla cuadrada de un metro de lado aproximadamente. Estaba cerrada con llave y la inmundicia parecía acumulada en los resquicios. El óxido había teñido de rojo los goznes, y trozos de madera y metal cubrían casi toda su superficie.

Aparté el sofá para echar un vistazo de cerca a la trampilla y oí corretear una rata por el suelo a mis pies. Buscó refugio en la oscuridad de un rincón y se quedó inmóvil. Me agaché para examinar el candado y el pasador. Rascando con mi navaja, quité parte de la capa de suciedad que rodeaba el ojo de la cerradura. Bajo la inmundicia vi el brillo del acero nuevo. Recorrí el pasador con la hoja de la navaja dejando a la vista una línea de acero que resplandeció en la oscuridad como plata fundida. Hice la misma prueba con el gozne, pero sólo saltaron escamas de herrumbre.

Observé con mayor detenimiento el pasador. Lo que en un primer momento me pareció óxido era seguramente barniz, aplicado con esmero para crear una apariencia uniforme entre la nueva capa y la trampilla. El aspecto destartalado del pasador podía haberse conseguido fácilmente arrastrándolo atado a un coche durante un rato. Era un trabajo bien hecho, concebido como estaba para engañar sólo a parejas de adolescentes que buscaban emociones fuertes en la casa de los muertos, o a niños que se retaban a tentar a los fantasmas de otros niños desaparecidos hacía mucho tiempo.

Guardaba una palanca en el coche, pero no me apetecía enfrentarme de nuevo a la lluvia torrencial. Al recorrer la habitación con la linterna vi una barra de acero de algo más de medio metro de largo. La tomé, la sopesé, inserté el extremo en la U del candado y presioné. Por un momento me dio la impresión de que la barra iba a doblarse o romperse, pero de pronto se oyó un agudo crujido y el candado cedió. Lo desprendí, deslicé el pasador y levanté la trampilla con un lastimero chirrido de los goznes.

Del sótano emanó un intenso hedor a descomposición que me revolvió el estómago. Me tapé la boca y me aparté, pero al cabo de unos segundos estaba arrojando junto al sofá, y el olfato se me saturó con el olor de mi propio vómito y el que procedía del sótano. Cuando me recuperé y respiré aire fresco fuera de la casa, corrí al coche a por el paño de limpiar las ventanillas del salpicadero. Lo rocié con el spray antivaho que llevaba en la guantera y me lo até en torno a la boca. Al inhalar el antivaho me mareé, pero me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta por si volvía a necesitarlo otra vez al entrar en la casa.

Aunque respiraba por la boca, notando el sabor del spray, el olor a putrefacción era insoportable. Descendí con cuidado por la escalera de madera agarrándome a la barandilla con la mano del brazo ileso y sosteniendo la linterna con la derecha, el haz de luz dirigido a mis pies. No quería pisar un peldaño roto y precipitarme a la oscuridad.

Al pie de la escalera, la luz de la linterna me mostró un destello de metal y una tela de color gris azulado. Cerca yacía un hombre corpulento de más de sesenta años, con las piernas flexionadas y las manos esposadas tras la espalda. Tenía el rostro ceniciento y una herida en la frente, un irregular orificio semejante a una oscura estrella al estallar. Por un momento, bajo el haz de la linterna, pensé que era el agujero de salida, pero al enfocar la parte posterior de la cabeza, vi la abertura del cráneo, y dentro, la materia gris en descomposición y el tótem blanco de su espina dorsal.

Probablemente habían apoyado el arma en su cabeza. La pólvora había manchado la frente, y la forma de estrella del orificio se debía a los gases que se habían expandido entre la piel y el hueso, dilatando y desgarrando la frente al estallar. La bala había tenido una salida aparatosa y se había llevado consigo casi toda la parte posterior del cráneo. La herida explicaba asimismo la peculiar postura del cuerpo: le habían disparado cuando estaba de rodillas, mirando la boca del arma al acercarse, y había caído de costado y hacia atrás al penetrar la bala. En el bolsillo interior de la chaqueta había una cartera con un carnet de conducir que lo identificaba como Earl Lee Granger.

Catherine Demeter yacía apoyada contra la pared del fondo del sótano, frente a la escalera. Casi con toda seguridad Granger la vio cuando bajó por su propio pie o le arrojaron desde la trampilla. Su cuerpo desmadejado estaba recostado contra la pared como una muñeca, con las piernas extendidas frente a ella y las manos en el suelo con las palmas hacia arriba. Una pierna se hallaba doblada en un ángulo poco natural, rota por debajo de la rodilla, y deduje que la habían empujado por la escalera del sótano y llevado a rastras hasta la pared.

Le habían disparado una sola vez a bocajarro en la cara. En torno a la cabeza, como un sangriento halo en la pared, se veían restos de sangre seca, tejido cerebral y hueso. Los dos cadáveres habían empezado a descomponerse rápidamente en el sótano, que parecía tener la longitud y la anchura de la casa.

Catherine Demeter tenía ampollas en la piel y de la nariz y los ojos se escapaban fluidos. Arañas y ciempiés correteaban por su rostro y se metían entre el pelo para dar caza a los insectos y ácaros que se cebaban ya en el cuerpo. Se oía el zumbido de las moscas. Calculé que llevaba muerta dos o tres días. Eché un rápido vistazo al sótano, pero sólo contenía fajos de periódicos podridos, unas cuantas cajas de cartón llenas de ropa vieja y un montón de tablas combadas, vestigios de vidas vividas hacía tiempo.

Al oír un ruido en el suelo sobre mi cabeza, el crujido de la madera provocado por unas cuidadosas pisadas, me di media vuelta y corrí hacia la escalera. Quienquiera que estuviese arriba me oyó, ya que apretó el paso sin preocuparse ya por el ruido que pudiera hacer. Cuando empecé a subir, me recibió el sonido de los goznes de la trampilla y vi reducirse por momentos el trozo de cielo estrellado. Dispararon dos veces a bulto por la abertura y oí el impacto de las balas contra la pared detrás de mí.

La trampilla estaba casi cerrada cuando encajé la linterna en el resquicio. Arriba se oyó un gruñido y al instante noté que alguien asestaba repetidos puntapiés a la linterna, obligándome a agarrarla con fuerza para que no se me soltara de la mano. Pese a que el extremo acampanado resistió, el hombro herido empezó a dolerme por el esfuerzo de empujar la trampilla y sujetar a la vez la linterna.

Arriba, el agresor había apoyado todo su peso en la trampilla y seguía pateando la linterna. Abajo me pareció oír el correteo de las ratas asustadas, pero ante la perspectiva de quedarme atrapado en aquel sótano, imaginé otras posibilidades. Temí que Catherine Demeter viniese hacia mí arrastrando la pierna rota por el suelo y ascendiese por los peldaños de madera, y que sus blancos dedos me agarrasen de la pierna y tirasen de mí.

Le había fallado. No había sido capaz de protegerla de un violento final en aquel sótano donde cuatro niños antes que ella habían muerto aterrorizados sin que nadie oyera sus gritos. Catherine Demeter había regresado al lugar donde pereció su hermana y, cerrando un extraño círculo, había reinterpretado una muerte que con toda seguridad había reconstruido muchas veces en su mente hasta aquel día. Momentos antes de morir consiguió una clara percepción de cómo había sido el horrendo final de su hermana. Y por tanto me haría compañía, me consolaría por mi debilidad y mi incapacidad para evitar su muerte, y yacería a mi lado mientras yo moría.

Respirando a través de los dientes apretados, el hedor de la descomposición se me antojaba una mano muerta sobre la boca y la nariz. Sentí náuseas de nuevo y reprimí el deseo de vomitar, ya que si dejaba de empujar hacia arriba por un instante, sin duda moriría en aquel sótano. Arriba, la presión cedió momentáneamente y empujé con todas las fuerzas que me quedaban. Fue un error que mi rival aprovechó al máximo. Golpeó una vez más la linterna, con mayor energía, y consiguió empujarla hacia dentro por la brecha que yo había logrado ensanchar. La trampilla se cerró como la puerta de mi tumba, y un eco burlón reverberó en las paredes del sótano. Lancé un gemido de desesperación y, en vano, volví a empujar la trampilla. De pronto arriba se oyó una explosión y la presión cedió por completo. La trampilla se levantó de golpe y, abierta de par en par, fue a caer contra el suelo.

Me lancé al exterior, me llevé la mano a la pistola bajo la chaqueta. El haz de la linterna proyectó absurdas sombras en el techo y las paredes mientras, dolorido, rodaba torpemente por el suelo.

El haz de luz enfocó al abogado Connell Hyams, apoyado contra la pared al borde de la trampilla, con la mano izquierda en el hombro herido mientras intentaba alzar su arma con la derecha. Llevaba el traje empapado y la limpia camisa blanca se le adhería al cuerpo como una segunda piel. Alumbrándolo con la linterna, extendí el otro brazo y le apunté con mi pistola.

– No -dije, pero siguió levantando el arma para disparar con una mueca de miedo y dolor en los labios.

Sonaron dos disparos. Ninguno de ellos salió del arma de Hyams. Se sacudió por el impacto de ambas balas, y apartó de mí la mirada para fijarla en algún punto por encima de mi hombro. Cuando se desplomó, yo ya estaba dándome la vuelta, siguiendo el haz de la linterna con el cañón de la pistola. A través de la ventana sin cristal, vislumbré una figura delgada y trajeada que desaparecía en la oscuridad, distinguí sus miembros como hojas de cuchillo envainadas y una cicatriz a través de sus facciones alargadas y cadavéricas.

Quizá debería haber llamado a Martin en ese momento y dejado que la policía y el FBI se ocuparan del resto. Me sentía enfermo y cansado, y me invadió una abrumadora sensación de pérdida que me desgarraba y amenazaba con acobardarme. La muerte de Catherine Demeter era como un dolor físico, así que me quedé por un momento en el suelo, frente al cuerpo sin vida de Connell Hyams, y atormentado me llevé las manos al estómago. Oí el ruido del coche cuando Bobby Sciorra se alejaba.

Eso fue lo que me impulsó a ponerme en pie. Había sido Sciorra quien mató a la asesina en el centro médico, probablemente por orden del viejo para que no revelara que Sonny la había contratado. Sin embargo no entendía por qué había matado a Hyams ni por qué me había dejado a mí con vida. Con el hombro dolorido, volví tambaleándome al coche y me dirigí hacia la casa de Hyams.

26

Al volante, intenté reconstruir lo que había ocurrido. Catherine Demeter había regresado a Haven en un intento de ponerse en contacto con Granger y Hyams había intervenido. Quizás había descubierto la presencia de Catherine en el pueblo por casualidad; la otra posibilidad era que alguien le hubiera informado e insistido en que no le permitiera hablar con nadie cuando llegara.

Hyams había matado a Catherine y a Granger, eso parecía claro. Por pura deducción, supuse que había estado pendiente del regreso del sheriff y lo había seguido hasta su casa. Si Hyams tenía una llave de la casa del sheriff -cosa muy probable, puesto que era vecino suyo y un ciudadano digno de confianza-, era posible que Hyams hubiera escuchado los mensajes del contestador del sheriff y, gracias a ellos, hubiera averiguado el paradero de Catherine Demeter. Ésta había sido asesinada antes de que regresara el sheriff. La prueba era que el cadáver de Granger no se hallaba en un estado de descomposición tan avanzado como el de Demeter.

Incluso era posible que Hyams hubiera borrado los mensajes, pero no podía tener la certeza de que Granger no los hubiera escuchado a distancia llamando con un teléfono por tonos. Fuera como fuese, Hyams no podía correr riesgos y actuó, quizá dejando al sheriff sin conocimiento de un golpe antes de esposarlo y trasladarlo a la casa Dane, donde ya había matado a Catherine Demeter. Probablemente se había deshecho del Dodge del sheriff o lo había llevado a otro pueblo y, de momento, lo había dejado en algún sitio donde no llamara la atención.

La elección de la casa Dane revelaba otra pieza del rompecabezas: casi con toda seguridad Connell Hyams fue el cómplice de Adelaide Modine en los asesinatos, y William Modine había sido ahorcado en lugar de él. Eso planteaba la duda de por qué se había visto obligado a actuar ahora, y pensé que también me hallaba cerca de la respuesta, aunque se trataba de una posibilidad que me revolvía el estómago.

La casa de Hyams estaba a oscuras cuando llegué. No vi ningún otro coche aparcado en las inmediaciones, pero me acerqué a la puerta pistola en mano. La idea de encontrarme con Bobby Sciorra me ponía la carne de gallina, y me temblaron las manos cuando abrí la puerta con las llaves que había encontrado en el bolsillo de Hyams.

Dentro reinaba el silencio. Con el corazón acelerado y el dedo en el gatillo de la pistola, fui de habitación en habitación. La casa estaba vacía. No había el menor rastro de Bobby Sciorra.

Atravesé el despacho de Hyams, corrí las cortinas y encendí la luz del escritorio. El acceso al ordenador estaba protegido con una contraseña, pero un hombre como Hyams sin duda guardaba copia de todos sus documentos. Aunque ni siquiera estaba seguro de qué buscaba, se trataba de algo que relacionase a Hyams con la familia Ferrera. La conexión parecía casi absurda, y estuve tentado de abandonar la búsqueda y regresar a Haven para explicárselo todo a Martin y al agente Ross. Los Ferrera podían ser muchas cosas, pero no eran cómplices de asesinos de niños.

La llave de los archivadores de Hyams estaba también en el juego. Actué deprisa, pasando por alto las carpetas de asuntos locales y otras que parecían intrascendentes o sin relación. No había carpetas con documentación de la cuenta fiduciaria, lo cual me extrañó hasta que recordé que tenía un bufete en el pueblo y se me cayó el alma a los pies. Si la documentación de la cuenta no estaba en la casa, cabía la posibilidad de que otras carpetas tampoco se encontraran allí. Si era así, la búsqueda quizá no sirviera para nada.

Al final, la conexión casi me pasó inadvertida, y sólo gracias a unas cuantas expresiones en italiano que medio recordaba me detuve y me fijé. Era un contrato de alquiler de un almacén del barrio de Flushing, en Queens, firmado por Hyams en representación de una empresa llamada Circe. El contrato tenía unos cinco años de antigüedad, y la otra parte era una compañía llamada Mancino Inc. Mancino, recordé, significaba «zurdo» en italiano. Derivaba de otra palabra que quería decir «engañoso». Era una de las bromas típicas de Sonny Ferrera: Sonny era zurdo y Mancino Inc era una de las sociedades fantasma fundadas por Sonny a principios de la década cuando aún no lo habían relegado al papel de bufón enfermizo y peligroso en el entorno de los Ferrera.

Salí de la casa y puse el coche en marcha. Cuando llegué al término municipal del pueblo, vi una furgoneta en el arcén de la carretera. En la parte trasera, dos hombres sentados bebían latas de cerveza envueltas en bolsas de papel marrón, mientras fuera un tercero permanecía apoyado contra la cabina con las manos en los bolsillos. La luz de los faros me reveló la identidad del hombre que estaba de pie, Clete, y de uno de los dos sentados, Gabe. El tercero era un hombre delgado con barba cuyo rostro no reconocí. Crucé una mirada con Clete al pasar por delante y vi que Gabe se inclinaba hacia él y le decía algo, pero Clete se limitó a levantar la mano mientras me alejaba. Bajo el haz de los faros de la furgoneta advertí que me seguía con la mirada, una sombra oscura recortada contra la luz. Casi sentí lástima por él: las probabilidades de Haven de convertirse en un Pequeño Tokio acababan de recibir el tiro de gracia.

No telefoneé a Martin hasta que llegué a Charlottesville.

– Soy Parker -dije-. ¿Está solo o hay alguien cerca?

– Estoy en mi despacho y usted está con la mierda hasta el cuello. ¿Por qué se ha fugado? Ha llegado Ross y quiere nuestras cabezas, sobre todo la suya. Oiga, cuando vuelva Earl Lee, va a organizarse una buena.

– Escúcheme. Granger ha muerto. Catherine Demeter también. Creo que los mató Hyams.

– ¿Hyams? -repitió Martin casi a voz en grito-. ¿El abogado? Usted ha perdido el juicio.

– Hyams también está muerto. -Aquello empezaba a parecer una broma de mal gusto, salvo que yo no me reía-. Ha intentado matarme en la casa Dane. Los cadáveres de Granger y Catherine Demeter están allí, en el sótano. Los he encontrado y Hyams ha intentado encerrarme dentro. Se ha producido un tiroteo y Hyams ha muerto. Hay otra persona en juego, el individuo que liquidó a la mujer en el centro médico. -No quería dar el nombre de Sciorra, al menos de momento.

Martin permaneció callado por un instante.

– Debe venir aquí. ¿Dónde está?

– Aún no he acabado. Tiene que quitármelos de encima.

– No voy a quitarle a nadie de encima. Este pueblo se está convirtiendo en un depósito de cadáveres por su culpa, y ahora es sospechoso de no sé cuántos asesinatos. Venga aquí. Ya tiene bastantes problemas.

– Lo siento, no puedo. Escúcheme. Hyams mató a Demeter para impedir que se pusiera en contacto con Granger. Creo que Hyams fue el cómplice de Adelaide Modine en los asesinatos de los niños. Si es así, si él escapó impune, también ella podría haber escapado. Hyams podría haber simulado la muerte de Adelaide. Él tenía acceso a sus muestras dentales en la consulta de su padre. Podría haber cambiado su historial por el de otra mujer, quizás una trabajadora inmigrante, quizás una mujer secuestrada en otro pueblo, no lo sé, pero algo movilizó a Catherine Demeter. Algo la impulsó a volver aquí. Sospecho que la vio. Sospecho que vio a Adelaide Modine, porque no tenía ninguna otra razón para volver, para desear ponerse en contacto con Granger después de tantos años.

Al otro lado de la línea se produjo un silencio.

– Ross parece un volcán con traje de hilo. Va tras usted. Ha conseguido la matrícula de su coche a través de la ficha del motel.

– Necesito su ayuda.

– ¿Dice que Hyams estuvo implicado?

– Sí. ¿Por qué?

– He pedido a Burns que examinara nuestros expedientes. No ha llevado tanto tiempo como me temía. Earl Lee tiene…, tenía el expediente relacionado con los asesinatos. Lo consultaba de vez en cuanto. Hyams vino a buscarlo anteayer.

– Presiento que, si lo encuentra, las fotos habrán desaparecido. Es posible que Hyams registrara la casa del sheriff para dar con él. Tenía que eliminar cualquier rastro de Adelaide Modine, cualquier cosa que pudiera vincularla con su nueva identidad.

Desaparecer no es fácil. Desde que nacemos dejamos una estela de papel, de documentos públicos y privados. En la mayoría de los casos definen qué somos ante el Estado, el gobierno, la ley. Pero hay maneras de desaparecer. Uno consigue una partida de nacimiento nueva, quizás a partir de un índice necrológico o utilizando el nombre y la fecha de nacimiento de otra persona, y le da un aspecto antiguo llevándola en el zapato durante una semana. Luego solicita el carnet de socio en una biblioteca y, a partir de ahí, obtiene una tarjeta del censo electoral. Después se dirige a la delegación de tráfico más cercana, enseña la partida de nacimiento y la tarjeta del censo, y con eso basta para tener un carnet de conducir. Es el efecto dominó, donde cada paso se basa en la validez de los documentos obtenidos en el paso previo.

La manera más fácil es adoptar la identidad de otra persona, alguien a quien nadie vaya a echar de menos, alguien con una vida marginal. Mi sospecha era que Adelaide Modine, con ayuda de Hyams, tomó la identidad de la chica que murió quemada en una casa abandonada de Virginia.

– Hay más -dijo Martin-. Existía un expediente aparte sobre los Modine. Ahí las fotos también han desaparecido.

– ¿Podría haber tenido Hyams acceso a esos expedientes?

Oí suspirar a Martin al otro lado de la línea.

– Sin duda -contestó por fin-. Era el abogado del pueblo. Todo el mundo confiaba en él.

– Vuelva a preguntar en los moteles. Estoy seguro de que encontrará los efectos personales de Catherine Demeter en alguno de ellos. Quizá contengan algo de interés.

– Oiga, tiene que volver, tiene que aclarar las cosas. Hay aquí muchos cadáveres, y su nombre está relacionado con todos. Yo ya no puedo hacer más de lo que he hecho.

– Haga lo que pueda. Yo no voy a volver.

Colgué y marqué otro número.

– Sí -contestó una voz.

– Ángel. Soy Bird.

– ¿Dónde coño te has metido? Aquí las cosas van de mal en peor. ¿Estás usando el móvil? Llámame desde un teléfono fijo.

Y volví a telefonearle unos segundos después desde un teléfono instalado junto a un supermercado.

– Unos matones del viejo han atrapado a Pili Pilar. Lo mantienen retenido a la espera de que Bobby Sciorra regrese de un viaje. Es mal asunto. Lo tienen aislado en la casa de Ferrera. A cualquiera que hable con él le pegarán un tiro en la cabeza. Sólo Bobby tiene acceso a él.

– ¿Han encontrado a Sonny?

– No, aún anda suelto por ahí, pero ahora está solo. Va a tener que rendirle cuentas de lo que sea a su viejo.

– Estoy en apuros, Ángel. -Le resumí lo ocurrido-. Voy a volver pero necesito un favor tuyo y de Louis.

– Lo que sea, tío.

Le di la dirección del almacén.

– Vigilad el sitio. Yo me reuniré allí con vosotros lo antes posible.

Ignoraba cuánto tardarían en empezar a seguirme la pista. Fui hasta Richmond y aparqué el Mustang en un garaje. Luego hice unas llamadas. Por mil quinientos dólares compré el silencio y un vuelo en avioneta desde un aeródromo privado hasta la ciudad.

27

– ¿Seguro que quiere que lo deje aquí? -preguntó el taxista, un hombre corpulento con el pelo lacio a causa del sudor, que le corría por las mejillas y los pliegues de grasa del cuello hasta perderse bajo el mugriento cuello de la camisa. Parecía ocupar toda la parte delantera del taxi y costaba imaginar cómo había entrado por la puerta. Daba la impresión de que había vivido y comido en el taxi durante tanto tiempo que ya no le era posible salir; el taxi era su casa, su castillo, y cabía pensar, a juzgar por el descomunal volumen de su cuerpo, que sería también su tumba.

– Seguro -contesté. -Es un barrio peligroso.

– No se preocupe. Tengo amigos peligrosos.

El almacén de vinos Morelli se encontraba entre los establecimientos de características similares que se sucedían a uno de los lados de una calle larga y mal iluminada al oeste del Northern Boulevard de Flushing. Era un edificio de obra vista, y el nombre se reducía a una sombra blanca y desconchada bajo el alero del tejado. Las ventanas estaban protegidas con tela metálica tanto en la planta baja como en los pisos superiores. No había farolas encendidas y la zona entre la verja y el edificio principal estaba prácticamente a oscuras.

En la otra acera se hallaba la entrada a un extenso apartadero lleno de depósitos de almacenamiento y contenedores ferroviarios. Dentro, el recinto estaba salpicado de charcos de agua inmunda y palés desechados. A la tenue luz de los sucios focos vi tirar de algo a un chucho tan flaco que parecía que las costillas le traspasaban la piel.

Cuando me apeé del taxi, unos faros destellaron por un instante desde el callejón contiguo al almacén. Segundos después, cuando el taxi se alejó, Ángel y Louis salieron de la camioneta Chevy negra, Ángel con una pesada bolsa de deporte a cuestas y Louis impecable con un abrigo negro de piel, un traje negro y un polo negro.

Ángel hizo una mueca al acercarse. No era difícil entender por qué. Yo llevaba el traje roto y manchado de barro y polvo después de mi encuentro con Hyams en la casa Dane. El brazo me sangraba otra vez y tenía el puño de la camisa teñido de rojo. Me dolía todo el cuerpo y estaba cansado de la muerte.

– Tienes buen aspecto -dijo Ángel-. ¿Dónde es la fiesta?

Miré en dirección al almacén de Morelli.

– Ahí dentro. ¿Me he perdido algo?

– Aquí no. Aunque Louis acaba de volver de la casa de Ferrera.

– Bobby Sciorra ha llegado hace alrededor de una hora en helicóptero -explicó Louis-. Supongo que él y Pili están manteniendo ahora una verdadera charla de amigos.

Asentí con la cabeza y dije:

– Vamos.

Una alta tapia de ladrillo rematada con pinchos y alambre de espino rodeaba el almacén. La puerta, en un punto de la tapia donde ésta se curvaba hacia el interior, también tenía alambre en lo alto y era maciza salvo por el hueco donde un sólido candado y una cadena sujetaban las dos hojas. Mientras Louis se paseaba por allí con relativa discreción, Ángel sacó de la bolsa un pequeño taladro adaptado e insertó la punta en el candado. Apretó el disparador y un agudo chirrido llenó la noche. Al instante, todos los perros de las inmediaciones empezaron a ladrar.

– Joder, Ángel, ¿has instalado un silbato en esa mierda? -protestó Louis entre dientes.

Ángel no le hizo caso y, al cabo de un momento, el candado se abrió.

Entramos y Ángel retiró el candado cuidadosamente y lo colocó en la parte interior de la verja. Volvió a poner la cadena para que, a ojos de un posible observador, pareciese bien cerrada, aunque, cosa curiosa, desde dentro.

El almacén databa de los años treinta, pero incluso entonces habría parecido funcional. Las viejas puertas a derecha e izquierda habían sido tabicadas y sólo podía accederse al edificio por delante. Incluso la salida de incendios en la parte posterior había sido soldada. Las luces de seguridad, que en otro tiempo alumbraban el patio, ahora ya no funcionaban, y las farolas no iluminaban lo suficiente como para ver en la oscuridad del almacén.

Ángel, sosteniendo en la boca una pequeña linterna y haciendo uso de un juego de ganzúas, se puso manos a la obra con la cerradura; en menos de un minuto estábamos dentro con las linternas grandes encendidas. Justo al otro lado de la puerta había una garita, que antes, cuando todavía se usaba el edificio, ocupaba probablemente un guarda de seguridad o un vigilante. Estantes vacíos cubrían las paredes y en el centro corría paralela una estantería similar, creando dos pasillos. Los estantes estaban divididos en casillas, cada una del tamaño justo para contener una botella de vino. El suelo era de piedra. Aquello había sido originalmente la zona de exposición, donde los visitantes podían examinar las existencias. Abajo, en los sótanos, se guardaban las cajas. Al fondo de la nave se alzaba una oficina sobre una plataforma, a la que se subía por una escalera de tres peldaños situada a la derecha.

Al lado de esa pequeña escalera bajaba otra más grande. Había asimismo un viejo montacargas abierto. Ángel entró y accionó la palanca. El montacargas descendió alrededor de medio metro. Lo hizo subir de nuevo, salió y me miró con una ceja enarcada.

Bajamos por la escalera. Se componía de cuatro tramos, lo equivalente a dos pisos, pero no había plantas intermedias entre la exposición y los sótanos. Al pie de la escalera encontramos otra puerta cerrada, ésta de madera con una ventana de cristal a través de la cual el haz de la linterna reveló los arcos del sótano. Me aparté para que Ángel se ocupara de la cerradura. Tardó segundos en abrir la puerta. Al entrar en el sótano, pareció asaltarlo cierto malestar, como si de pronto le pesara más la bolsa.

– ¿Quieres que te la lleve un rato? -preguntó Louis.

– Cuando esté demasiado viejo para cargar con una bolsa, tendrás que darme de comer con una pajita -contestó Ángel. Aunque en el sótano hacía frío, se lamió el sudor del labio superior.

– Ahora ya casi he de darte de comer con una pajita -masculló Louis a nuestras espaldas.

Ante nosotros se sucedía una serie de entrantes curvos, semejantes a cuevas. Cada uno estaba provisto de barrotes verticales desde el suelo hasta el techo, con una puerta en medio. Eran antiguas bodegas para almacenar vino. Estaban llenas de basura y era obvio que ya no se utilizaban. A la luz de las linternas vimos el suelo de una bodega distinto del de los otros. Era la más cercana a nosotros en el lado derecho, y el pavimento había sido levantado, quedando la tierra a la vista. La puerta estaba entreabierta.

El eco de nuestras pisadas resonó en las paredes de piedra cuando nos acercamos. Dentro el suelo estaba limpio y recién barrido. En un rincón había una mesa metálica verde con dos ranuras a los lados a través de las cuales pasaban unas correas de piel. En otro rincón se alzaba un enorme rollo de tamaño industrial de algo que parecía un envoltorio de plástico.

Adosados a la pared había dos estantes. Estaban vacíos salvo por un fardo, envuelto herméticamente en plástico, colocado contra la pared del fondo. Me aproximé a él y la luz de la linterna me mostró una tela vaquera y una camisa verde de cuadros, un par de zapatos pequeños y una mata de pelo, un rostro descolorido con la piel agrietada y tumefacta, un par de ojos abiertos de córneas lechosas y turbias. Despedía un intenso olor a descomposición, un tanto amortiguado por el plástico. Reconocí la ropa. Acababa de encontrar a Evan Baines, el niño que había desaparecido de la mansión de los Barton.

– ¡Santo Dios! -oí decir a Ángel.

Louis guardó silencio.

Me acerqué al cuerpo y examiné los dedos y la cara. Aparte de la descomposición natural, el cuerpo no presentaba lesiones y la ropa parecía intacta. Evan Baines no había sido torturado antes de morir, pero en la sien se advertía una decoloración mayor y se veía sangre seca en la oreja.

Tenía los dedos de la mano izquierda extendidos sobre el pecho, pero la pequeña mano derecha formaba un apretado puño.

– Ángel, ven. Trae la bolsa.

Se detuvo junto a mí y vi en su mirada ira y desesperación.

– Es Evan Baines -dije-. ¿Has traído las mascarillas?

Se inclinó y sacó dos mascarillas con filtro para el polvo y un frasco de loción para después del afeitado Aramis. Roció con loción las mascarillas, me entregó una y se puso la otra. Luego me dio unos guantes de plástico. Louis se quedó a cierta distancia, sin mascarilla. Ángel enfocó el cadáver con la linterna.

Cogí mi navaja y corté el plástico junto a la mano derecha del niño. A pesar de la mascarilla, el hedor se hizo más intenso y se oyó el silbido del gas acumulado al escapar.

Con el lado romo de la navaja hice palanca entre los dedos del niño para intentar abrirle el puño. La piel se rompió y se desprendió una uña.

– Mantén firme la linterna, maldita sea -dije entre dientes.

En el puño del niño veía un objeto pequeño y azul. Volví a hacer palanca, esta vez sin preocuparme por el posible deterioro en el cadáver. Tenía que saberlo. Tenía que encontrar la respuesta a lo que había ocurrido allí. Al final, el objeto se soltó y cayó al suelo. Me agaché a recogerlo y lo examiné a la luz de la linterna. Era un fragmento de porcelana azul.

Mientras yo escrutaba el fragmento de porcelana, Ángel había rastreado los rincones de la bodega con la linterna y luego había salido. Con la porcelana aún entre los dedos, oí que taladraba algo y que nos llamaba desde arriba. Subimos por la escalera y lo encontramos en una habitación pequeña, poco mayor que un armario, situada casi directamente encima de la bodega donde yacía el cuerpo del niño. Había tres vídeos conectados entre sí y colocados uno encima de otro sobre un estante; un cable delgado salía de un agujero en la parte inferior de la pared y desaparecía en el suelo del almacén. En uno de los vídeos, los segundos avanzaban inexorablemente hasta que Ángel lo paró.

– En un rincón del sótano hay un agujero minúsculo, no mucho mayor que mi uña, pero de tamaño suficiente para instalar un objetivo de ojo de pez y un sensor de movimiento -informó-. Otro cualquiera no los habría localizado a menos que supiera dónde estaban y dónde mirar. Supongo que el cable pasa por el sistema de ventilación. Alguien quería grabar lo que ocurría en esa bodega siempre que hubiese acción dentro.

Alguien, pero no quien trabajaba con los niños allí dentro. Una videocámara corriente colocada en la bodega habría proporcionado imágenes de mejor calidad. El único motivo para ocultarla era que el observador no deseara ser visto.

En la habitación no había monitor, así que el responsable de aquello o bien quería ver las cintas cómodamente en su casa, o quería asegurarse de que quien las recogiera no pudiese comprobar lo que contenían antes de entregarlas. Conocía a mucha gente capaz de concebir una cosa así, y Ángel también, pero tenía en mente a una persona en particular: Pili Pilar.

Regresamos al sótano. Saqué la pala plegable de la bolsa de Ángel y empecé a cavar. No tardé en topar con algo blando. Cavé a lo ancho y luego comencé a apartar la tierra escarbando, ayudado por Ángel, que usaba una paleta de jardinería. Descubrimos un envoltorio de plástico, y a través de él, apenas discernible, vi piel pardusca y arrugada. Retiramos el resto de la tierra hasta que el cadáver del niño quedó a la vista, encogido en posición fetal con la cabeza escondida bajo el brazo izquierdo. Pese a la descomposición, advertimos que los dedos estaban rotos; sin embargo, era imposible saber si se trataba de un niño o de una niña a menos que lo moviéramos.

Ángel recorrió poco a poco con la mirada el suelo del sótano, y yo le adiviné el pensamiento. Probablemente era aún peor de lo que él imaginaba. Aquel niño había sido enterrado a apenas quince centímetros bajo tierra, lo cual significaba casi con toda seguridad que había otros debajo. Aquella bodega había estado utilizándose durante mucho tiempo.

Louis entró en la bodega y se llevó un dedo a los labios. Echó un vistazo al niño y luego señaló sobre nosotros con la mano derecha. Permanecimos inmóviles, casi sin respirar, y oí unas tenues pisadas en la escalera. Ángel retrocedió hasta los estantes, se ocultó en las sombras y apagó la linterna. Louis ya había desaparecido cuando yo me puse en pie. Me dirigí hacia la puerta para apostarme al otro lado y, cuando me disponía a sacar la pistola, una linterna me enfocó la cara. Bobby Sciorra se limitó a decir:

– No.

Retiré la mano despacio. Se había movido con asombrosa rapidez. Salió de la oscuridad con la temible Five-seveN en la mano derecha y la linterna dirigida hacia mí, luego se acercó a la puerta abierta. Se detuvo a unos tres metros de mí y vi el brillo de sus dientes cuando sonrió.

– Estás muerto -dijo-. Tan muerto como los niños de esa bodega. Iba a matarte en aquella casa, pero el viejo te quería vivo, a menos que no hubiera otra opción, y acabo de quedarme sin opciones.

– Sigues haciendo el trabajo sucio a Ferrera -repuse-. Incluso tú deberías tener escrúpulos ante una cosa así.

– Todos tenemos nuestras flaquezas. -Hizo un gesto de indiferencia-. Sonny es miope. Le gusta mirar, ¿sabes? Con esa polla fláccida que tiene, no puede hacer otra cosa. Es un enfermo de mierda, pero su papá lo adora y ahora su papá quiere hacer limpieza.

Así pues, fue Sonny Ferrera quien había grabado los martirios de aquellos niños, quien había estado mirando cómo Hyams y Adelaide Modine los torturaban hasta matarlos, con el eco de sus gritos en las paredes, mientras el ojo mudo e imperturbable de la cámara lo registraba todo para reproducirlo en su sala de estar. Sabía quiénes eran los asesinos, los había visto matar una y otra vez, y sin embargo no hizo nada porque le gustaba lo que veía y no quería ponerle fin.

– ¿Cómo se enteró el viejo? -pregunté, pero ya conocía la respuesta. Ahora ya sabía qué contenía el coche cuando Pili se estrelló con él, o creía saberlo. Resultó que estaba tan equivocado a ese respecto como en todo lo demás.

Se produjo un leve movimiento en el rincón de la bodega, y Sciorra reaccionó con agilidad felina. Retrocedió y el haz de su linterna se ensanchó al mismo tiempo que dejaba de encañonarme a mí y, con toda precisión, apuntaba hacia el rincón.

La luz enfocó la cabeza inclinada de Ángel, que en ese instante alzó la vista, miró a Bobby Sciorra a los ojos y sonrió. Tras un momentáneo desconcierto, Sciorra abrió la boca al tomar conciencia lentamente de lo que ocurría. Empezó a darse la vuelta para intentar localizar a Louis, pero la oscuridad pareció cobrar vida alrededor de él, entonces abrió los ojos de par en par al darse cuenta demasiado tarde de que había llegado la hora de su muerte.

A la luz de la linterna se vio el brillo de la piel de Louis y la blancura de sus ojos mientras aferraba con la mano izquierda la mandíbula de Sciorra. Sciorra pareció tensarse y sacudirse en un espasmo, sus ojos desorbitados de dolor y miedo. Se irguió de puntillas y extendió los brazos a los lados. Lo recorrió una violenta convulsión, luego otra, y finalmente el aire pareció escapar de él, y sus brazos y su cuerpo quedaron exánimes; sin embargo, la cabeza permaneció rígida, con los ojos muy abiertos y la mirada fija. Louis retiró la larga y fina hoja de la nuca de Sciorra y lo empujó hacia delante. Cayó de bruces a mis pies, y su cuerpo se estremeció repetidas veces hasta que dejó de moverse. Ángel salió de la oscuridad de la bodega detrás de mí.

– Siempre he detestado a este espectro de mierda -comentó contemplando el diminuto orificio en la base del cráneo de Sciorra.

– Sí -convino Louis-. Ahora me gusta mucho más. -Me miró-, ¿Qué hago con él?

– Déjalo ahí. Dame las llaves de su coche.

Louis registró el cuerpo de Sciorra y me lanzó las llaves.

– Es un pez gordo. ¿Traerá esto problemas?

– No lo sé. Ya me ocuparé yo. Quedaos por aquí. En algún momento avisaré a Cole. Cuando oigáis las sirenas, desapareced.

Ángel se agachó y, con cuidado, recogió del suelo la Five-seveN levantándola con la punta de un destornillador.

– ¿Vamos a dejar esto aquí? -preguntó-. Lo que decías era verdad, es un arma impresionante.

– Se queda aquí -dije. Si no me equivocaba, el arma de Bobby Sciorra era el nexo entre Ollie Watts, Connell Hyams y la familia Ferrera, el nexo entre un asesinato de niños en serie que se había prolongado durante treinta años y una dinastía de la mafia que era el doble de antigua.

Pasé sobre el cadáver de Sciorra y salí raudo del almacén. Su Chevy negro estaba aparcado en el patio, con el maletero orientado hacia el almacén, y la verja tenía el candado echado. Se parecía mucho al coche desde el que habían eliminado al asesino de Ollie Watts, el Gordo. Abrí la verja y abandoné el almacén Morelli y después Queens. Queens, un revoltijo de almacenes y cementerios.

Y a veces las dos cosas al mismo tiempo.

28

Ya me encontraba cerca, cerca de un final, una especie de conclusión. Estaba a punto de presenciar el cese de algo que venía sucediendo desde hacía más de tres décadas y se había cobrado la vida de suficientes niños para llenar las catacumbas de un almacén abandonado. Pero fuera cual fuese el resultado, no bastaba para explicar lo ocurrido. Habría un final. El caso se cerraría. Pero no habría solución.

Me pregunté cuántas veces al año había viajado Hyams a la ciudad con su impecable traje de abogado, cargado con una bolsa de viaje cara pero discreta, dispuesto a destrozar a otro niño. Cuando subía al tren ante el revisor, o sonreía a la chica del mostrador de facturación de la compañía aérea, o pasaba ante la mujer del peaje en su Cadillac, cuyo interior olía a tapicería de piel, ¿había algo en su rostro que los indujera a pararse a pensar, a reconsiderar el juicio que se habían formado con respecto a aquel hombre cortés y reservado, de cuidado cabello gris y traje clásico?

Y me pregunté también por la identidad de la mujer que había muerto quemada en Haven hacía muchos años, ya que no era Adelaide Modine.

Recordé que Hyams me dijo que había vuelto a Haven el día antes de hallarse el cuerpo. No era difícil deducir la sucesión de acontecimientos: la llamada de Adelaide Modine, presa del pánico; la selección de una víctima idónea a partir de los historiales médicos del doctor Hyams; la sustitución de las muestras dentales para que coincidieran con las del cadáver; la colocación de las joyas y la cartera junto al cuerpo, y el parpadeo de las primeras llamas, el olor a cerdo asado cuando el cuerpo empezó a arder.

Y, a continuación, Adelaide Modine desapareció en las tinieblas para hibernar, para dejar pasar un tiempo durante el cual reinventarse a fin de continuar con los asesinatos. Era como una araña negra en la esquina de su tela, que se abalanzaba sobre su víctima cuando ésta entraba en su área de influencia y entonces la envolvía en plástico. Había actuado con entera libertad durante treinta años, mostrando una cara al mundo y otra muy distinta a los niños. Era un personaje que sólo veían los más pequeños, un coco, la criatura que esperaba agazapada en la oscuridad mientras el mundo dormía.

Me parecía ver su rostro. Asimismo, me parecía comprender por qué Sonny Ferrera se había convertido en blanco de la persecución de su propio padre, por qué Bobby Sciorra me había seguido la pista hasta Haven, por qué Ollie Watts, el Gordo, había huido temiendo por su vida y habían muerto a tiros en una calle mojada bajo el sol de finales del verano.

Las farolas destellaban como fogonazos de pistola. Aferrado al volante, vi que tenía las uñas sucias y me asaltó un deseo casi irresistible de parar en una gasolinera para limpiármelas, para hacerme con un cepillo de púas y restregarme la piel hasta que me sangrara, arrancando todas las capas de inmundicia y muerte que parecían haberse adherido a mí en las últimas veinticuatro horas. Noté un sabor a bilis en la boca y tragué saliva con insistencia, concentrándome en la carretera, en las luces del coche de delante y, sólo una o dos veces, en la descuidada disposición de las estrellas en el firmamento negro.

Cuando llegué a casa de Ferrera, la verja estaba abierta y no se veía rastro de los federales que vigilaban la mansión la semana anterior. Entré con el coche de Bobby Sciorra por el camino de acceso y lo aparqué en la penumbra bajo unos árboles. Me dolía mucho el hombro y un nauseabundo sudor manaba de mi cuerpo.

La puerta de la casa estaba entornada y vi que dentro iban de un lado a otro varios hombres. Bajo una de las ventanas de la parte delantera había una figura con traje oscuro sentada apoyando la cabeza entre las manos y la automática abandonada a su lado. Casi estaba ante él cuando me vio.

– Tú no eres Bobby -dijo.

– Bobby está muerto.

Asintió con la cabeza con gesto abstraído, como si aquello fuera previsible. A continuación se puso en pie, me registró y me quitó la pistola. Dentro de la casa, hombres armados conversaban en voz baja en las esquinas. Se respiraba un ambiente fúnebre, de consternación apenas contenida. Lo seguí hasta el despacho del viejo. Dejó que yo mismo abriese la puerta, mientras él permanecía detrás.

Sangre y materia gris salpicaban el suelo y una mancha de color negro rojizo se extendía por la tupida alfombra persa. La sangre empapaba también los pantalones marrones del viejo mientras acunaba la cabeza de su hijo en el regazo. Con los dedos de la mano izquierda teñidos de rojo jugueteaba con el cabello ralo y lacio de Sonny. Una pistola pendía lánguidamente de la mano derecha, apuntando al suelo. Sonny tenía los ojos abiertos y en sus oscuras pupilas vi reflejada la luz de una lámpara.

Supuse que había disparado contra Sonny mientras tenía su cabeza en el regazo, mientras su hijo le suplicaba de rodillas… ¿Qué? ¿Ayuda, clemencia, perdón? Sonny, con sus ojos de perro loco, vestía un traje de color crema de mal gusto y una camisa con el cuello desabrochado, e incluso en el momento de morir iba cargado de oro. El viejo mantenía un semblante severo e inflexible, pero, cuando se volvió a mirarme, detecté en sus ojos culpabilidad y desesperación; eran los ojos de un hombre que se había quitado la vida en el momento de quitársela a su hijo.

– Sal -ordenó el viejo con voz baja pero clara, ya sin mirarme.

Una suave brisa sopló a través de las contraventanas del jardín, arrastrando consigo pétalos y hojas y la inequívoca conciencia de que todo había terminado. Había aparecido una figura, uno de sus propios hombres, un soldado de cierta edad cuyo rostro reconocí aunque ignoraba su nombre. El anciano levantó la pistola y le apuntó con mano trémula.

– ¡Sal! -bramó, y esta vez el soldado se movió y entornó las contraventanas de forma instintiva al marcharse.

La brisa volvió a abrirlas y el aire de la noche comenzó a adueñarse de la habitación. Ferrera mantuvo el arma dirigida hacia allí durante unos segundos más y por fin su brazo flaqueó y cayó. Con la mano izquierda, que se había parado de golpe al aparecer el otro hombre, siguió acariciando metódicamente el cabello de su hijo muerto con la monotonía delirante y balsámica de un animal enjaulado dando vueltas en su reducido espacio.

– Es mi hijo -dijo, con la vista fija en el pasado que fue y en el futuro que podía haber sido-. Es mi hijo pero algo falla en él. Está enfermo. Está mal de la cabeza, mal por dentro.

Yo no tenía nada que decir. Callé.

– ¿Qué hace aquí? -preguntó-. Todo ha terminado. Mi hijo está muerto.

– Mucha gente ha muerto. Los niños… -repuse, y una fugaz mueca de dolor asomó en la cara del viejo-. Ollie Watts.

Sin pestañear, movió la cabeza despacio en un gesto de negación.

– Maldito Ollie Watts. No tendría que haberse fugado. Cuando se fugó, lo supimos. Sonny lo supo.

– ¿Qué supieron?

Creo que si hubiera entrado en el despacho unos minutos después, el viejo me habría mandado matar al instante o me habría matado él mismo. En lugar de eso, parecía buscar en mí una manera de desahogarse. Se me confesaría, descargaría su conciencia, y ésa sería la última vez que hablaría.

– Que había mirado dentro del coche. No debería haber mirado. Tendría que haberse marchado.

– ¿Qué vio? ¿Qué encontró en el coche? ¿Cintas de vídeo? ¿Fotos?

El viejo cerró los ojos con fuerza pero no pudo sustraerse a lo que había visto. Las lágrimas brotaron de las comisuras de los arrugados párpados y resbalaron por sus mejillas. Sus labios formaron mudas palabras: no, no, más, peor. Cuando volvió a abrir los ojos, estaba muerto por dentro.

– Cintas. Y un niño. Había un niño en el maletero del coche. Mi hijo, mi Sonny, mató a un niño.

Se volvió para mirarme otra vez, pero ahora el rostro no paraba de moverse, casi le temblaba, como si su cabeza no pudiera asimilar la atrocidad de lo que había visto. Aquel hombre, que había matado y torturado y que había ordenado a otros matar y torturar en su nombre, había encontrado en su propio hijo una oscuridad indescriptible, un lugar sin luz donde yacían niños asesinados, el corazón negro de todo lo muerto.

A Sonny ya no le había bastado con mirar. Había visto el poder que tenían aquellas dos personas, el placer que extraían de arrancar la vida lentamente a los niños, y quería experimentarlo también.

– Le dije a Bobby que me lo trajera, pero se escapó, se escapó en cuanto oyó lo de Pili. -Adoptó una expresión más severa-. Entonces ordené a Bobby que los matara a todos, a todos los demás, del primero al último. -Y de pronto dio la impresión de que hablaba de nuevo con Bobby Sciorra, rojo de ira-. Destruye las cintas, encuentra a los niños, averigua dónde están y luego escóndelos donde nunca los encuentren. Échalos al fondo del mar si puedes. Quiero que sea como si nunca hubiera ocurrido. Nunca ha ocurrido. -En ese momento pareció recordar dónde estaba y qué había hecho, al menos por un instante, y reanudó sus caricias-. Y entonces apareció usted buscando a la chica, haciendo preguntas. ¿Cómo iba a saberlo la chica? Le permití ir tras ella para alejarlo de aquí, para alejarlo de Sonny.

Pero Sonny había arremetido contra mí mediante sus asesinos a sueldo, y éstos habían fracasado. El fracaso obligó a su padre a tomar cartas en el asunto. Si la mujer sobrevivía y prestaba declaración, Sonny se vería acorralado de nuevo. Por tanto envió a Sciorra y la mujer murió.

– Pero ¿por qué mató Sciorra a Hyams?

– ¿Cómo?

– Sciorra mató a un abogado de Virginia, un hombre que intentaba matarme. ¿Por qué?

Ferrera me miró unos instantes con recelo y levantó el arma.

– ¿Lleva un micrófono?

Con expresión de hastío, negué con la cabeza y, dolorido, me abrí de un tirón la camisa. Bajó otra vez la pistola.

– Lo reconoció después de verlo en las cintas. Por eso le encontró a usted en aquella casa vieja. Bobby atravesaba el pueblo en su coche y de pronto se cruzó con ese tipo, que iba en sentido contrario y era el del vídeo, el tipo que… -se interrumpió de nuevo y se pasó la lengua por dentro de la boca, como si intentara producir saliva suficiente para seguir hablando-. Tenían que borrarse todos los rastros, todos.

– Pero ¿sin liquidarme a mí?

– Quizá debería haberlo matado también a usted cuando tuvo la oportunidad, hicieran lo que hiciesen después sus amigos de la policía.

– Debería -afirmé-. Ahora está muerto.

Ferrera parpadeó.

– ¿Lo ha matado usted?

– Sí.

– Bobby era un hombre de peso. ¿Sabe qué significa eso?

– ¿Sabe usted qué hizo su hijo?

Permaneció en silencio por un momento, como si la desproporción del crimen de su hijo lo asaltara una vez más, pero cuando volvió a hablar, aprecié en su voz una furia apenas reprimida y supe que mi tiempo con él se acababa.

– ¿Quién es usted para juzgar a mi hijo? Se cree que porque perdió a su hija es ya el santo patrón de los niños muertos. Váyase a la mierda. He enterrado a dos de mis hijos y ahora…, ahora he matado al único que me quedaba. No me juzgue. No juzgue a mi hijo. -Volvió a levantar la pistola y me apuntó a la cabeza-. Todo ha terminado.

– No. ¿Quién más aparecía en las cintas?

Parpadeó. La sola mención de las cintas era para él como una brutal bofetada.

– Una mujer. Ordené a Bobby que la encontrara y la matara también.

– ¿Y lo hizo?

– Bobby está muerto.

– ¿Tiene las cintas?

– Ya no existen. Ordené quemarlas todas. -Se interrumpió, como si volviera a recordar dónde estaban, como si las preguntas le hubieran apartado momentáneamente de la realidad de lo que había hecho y de la responsabilidad por las acciones de su hijo, por sus crímenes, por su muerte-. Váyase. Si vuelvo a verlo, será hombre muerto.

Nadie se interpuso en mi camino cuando me marché. Mi pistola estaba en una pequeña mesa junto a la puerta de entrada y aún conservaba las llaves del coche de Bobby Sciorra. Mientras me alejaba, observé la casa por el retrovisor; parecía en paz y en silencio, como si nada hubiera ocurrido.

29

Después de la muerte de Jennifer y Susan, cuando me despertaba cada mañana de mis extraños y trastornados sueños, por un momento tenía la sensación de que todavía estaban cerca de mí, mi mujer plácidamente dormida a mi lado, mi hija rodeada de juguetes en su habitación. Durante un instante aún vivían y yo experimentaba sus muertes como una nueva pérdida cada vez que despertaba, de modo que no sabía con certeza si era un hombre saliendo de un sueño de muerte o un soñador entrando en un mundo de pérdida, un hombre soñando con la desdicha o un hombre despertando a un profundo dolor.

Y en medio de todo eso me acompañaba el constante pesar de no haber conocido realmente a Susan hasta que se fue, y de amar a un espectro en la muerte como la había amado en vida.

La mujer y el niño estaban muertos, otra mujer y otro niño en un ciclo de violencia y desintegración que parecía irrompible. Lloraba la muerte de una joven y un muchacho a quienes no había conocido en vida, de quienes apenas sabía nada, y a través de ellos lloraba la muerte de mi esposa y de mi hija.

La verja de la mansión de los Barton estaba abierta; o bien alguien había entrado y planeaba salir enseguida, o bien alguien acababa de salir. No había más coches a la vista cuando aparqué en el camino de grava y me encaminé hacia la casa. Se veía luz a través del montante de cristal de la puerta. Llamé al timbre dos veces, pero nadie atendió, así que me acerqué a una ventana y eché un vistazo.

La puerta del vestíbulo estaba abierta, y por el resquicio vi las piernas de una mujer, un pie descalzo y el otro aún con un zapato negro colgando de los dedos. Tenía las piernas desnudas hasta lo alto de los muslos, donde el extremo de un vestido negro le cubría aún las nalgas. El resto del cuerpo quedaba oculto. Rompí el cristal con la culata de la pistola y esperé a que saltara una alarma, pero no hubo más sonido que el tintineo del cristal al caer al suelo.

Con cuidado, introduje la mano para descorrer el pasador y entré. La habitación estaba iluminada por las lámparas del vestíbulo. Noté que la sangre me palpitaba con fuerza en las venas, pude oírla junto al oído al abrir más la puerta, percibí el cosquilleo en las yemas de los dedos cuando entré y miré el cuerpo de la mujer.

Vi la piel de las piernas veteada de venas azules y la carne de los muslos un poco blanda y salpicada de hoyuelos. Le habían golpeado brutalmente la cara, y mechones de cabello gris se adherían a la carne desgarrada. Tenía los ojos abiertos y la boca oscurecida por la sangre. Dentro le quedaban sólo las raíces de los dientes; apenas podía reconocerse. Sólo el collar de oro con esmeraldas, el esmalte de uñas rojo intenso y el sencillo pero caro vestido de De la Renta indicaban que era el cuerpo de Isobel Barton. Le palpé el cuello; no tenía pulso -tampoco esperaba encontrárselo-, pero aún estaba caliente.

Entré en el despacho donde nos entrevistamos y comparé el fragmento de porcelana que había retirado de la mano de Evan Baines con el perro azul de porcelana de la repisa de la chimenea. El dibujo coincidía. Imaginé que Evan, cuando se descubrió el daño, había sufrido una muerte rápida a manos de Adelaide Modine en un arrebato de cólera por la pérdida de una reliquia familiar.

Desde la cocina, al otro lado del vestíbulo, me llegó una irregular sucesión de chasquidos y un ligero olor a quemado, como si hubieran dejado un cazo al fuego demasiado tiempo. Junto a éste, casi imperceptible hasta el momento, se notaba un leve tufo a gas. No se veía luz en el contorno de la puerta cerrada cuando me acerqué, pero el olor acre se hizo más evidente, más intenso, y el tufo a gas más fuerte. Abrí la puerta con cuidado y me aparté. Apoyé el dedo en el gatillo suavemente, pero mientras notaba la presión, estaba convencido de que el arma era inútil si había una fuga de gas.

Dentro no se produjo el menor movimiento, pero allí el olor era muy penetrante. Los extraños e irregulares chasquidos eran más sonoros, y los acompañaba un grave zumbido. Respiré hondo y me abalancé hacia el interior, intentando fijar la mira de mi inútil pistola en cualquier cosa que se moviera.

La cocina estaba vacía, la única claridad procedía de las ventanas, el pasillo y los tres grandes hornos microondas industriales colocados uno al lado del otro. A través de las puertas de cristal vi su luz azulada bañar diversos objetos de metal en el interior: cazos, cuchillos, tenedores, sartenes, y todos despedían chispas de color azul plateado. La cabeza empezó a darme vueltas a causa del olor a gas a la vez que aumentaba el ritmo de los chasquidos. Eché a correr. Ya había abierto la puerta de entrada cuando se produjo un sordo estampido en la cocina, seguido de una segunda detonación más potente, y de pronto me vi volando por los aires debido a la fuerza de la explosión, que me lanzó hasta el camino de grava. Se oyó ruido de cristales rotos y el jardín se iluminó cuando la casa estalló en llamas a mis espaldas. Tambaleándome en dirección al coche noté el calor del fuego y vi cómo éste se reflejaba en las ventanillas.

En la verja de la mansión de los Barton brillaron brevemente unas luces de freno y a continuación un coche dobló hacia la carretera. Adelaide Modine cubría su rastro antes de desaparecer otra vez en las tinieblas. La casa ardía y las llamas escapaban del interior para trepar por las fachadas como apasionados amantes en el momento en que salí a la carretera y seguí aquellas luces que se alejaban rápidamente.

Bajó a gran velocidad por la tortuosa Todt Hill Road, y en el silencio de la noche oí los chirridos de sus frenos al tomar las curvas. La alcancé a la altura de Ocean Terrace cuando se dirigía hacia la autovía de Staten Island. A la izquierda había una empinada pendiente densamente poblada de árboles, y al pie de ésta discurría Sussex Avenue. Fui ganando terreno, me metí en el arcén en Ocean y la embestí con violencia hacia la izquierda. El Chevy, con su peso, desplazó poco a poco hacia la cuneta opuesta al BMW, cuyos cristales ahumados me impedían ver el interior. Ante mí, vi cómo Todt Hill Road giraba con brusquedad a la derecha y viré para ceñirme a la curva justo en el momento en que las ruedas delanteras del BMW salían de la carretera y el coche se precipitaba por el terraplén.

El BMW se deslizó sobre basura y rocalla, chocó con dos árboles y se detuvo a media pendiente al topar contra la silueta oscura de un haya joven. El árbol, parcialmente desarraigado, se ladeó y, al final, las ramas fueron a apoyarse en precario equilibrio contra el tronco de otro árbol situado más abajo.

Paré en el arcén, sin apagar los faros, y corrí cuesta abajo, valiéndome del brazo ileso para sujetarme y no resbalar sobre la hierba.

Cuando me aproximaba al BMW, se abrió la puerta del conductor y la mujer que en realidad era Adelaide Modaine salió tambaleándose. Con una enorme brecha en la frente y el rostro manchado de sangre, allí en medio del bosque y las hojas, bajo la cruda luz procedente de los faros, semejaba una criatura misteriosa y salvaje, vestida con una indumentaria poco apropiada de la que se despojaría para volver a su feroz estado natural. Iba un poco encorvada, con la mano en el pecho allí donde se había golpeado con el volante, y se irguió con visible dolor cuando me acerqué.

Pese a ello, la maldad brillaba en los ojos de Isabel Barton. Brotó sangre de su boca cuando la abrió; vi que se palpaba algo con la lengua y a continuación escupió al suelo un diente ensangrentado. Advertí una expresión de astucia en su rostro, como si, incluso en esas circunstancias, buscara una manera de escapar.

Aún quedaba maldad en ella, una depravación que iba más allá de la limitada ferocidad de una bestia acorralada. Creo que estaba lejos de comprender conceptos como justicia, derecho, recompensa. Vivía en un mundo de dolor y violencia donde matar niños, torturarlos y mutilarlos era para ella tan normal como respirar. Sin eso, sin los gritos ahogados y las inútiles contorsiones de la desesperación, la existencia carecía de sentido y llegaría a su fin.

Me miró y casi pareció sonreír.

– Capullo -dijo con desprecio.

Me pregunté cuánto sabía o había sospechado la señorita Christie antes de morir en aquel vestíbulo. No lo suficiente, sin duda.

Estuve tentado de matar a Adelaide Modine allí mismo. Matarla sería erradicar una parte de la siniestra maldad que se había llevado la vida de mi hija junto con las de los niños del sótano, la misma maldad que había engendrado al Viajante, a Johnny Friday y a un millón de individuos como ellos. Yo creía en el demonio y el dolor. Creía en la tortura, la violación y una muerte lenta y cruel. Creía en el suplicio y el padecimiento y en el placer que proporcionaban a aquellos que los infligían, y a todo eso lo llamaba maldad. Y en Adelaide Modine vi prenderse en forma de sanguinaria llama la chispa roja y crepitante de esa maldad.

Amartillé la pistola. Ella no se inmutó. De hecho, soltó una carcajada y al instante hizo una mueca de dolor. Se dobló otra vez y quedó encogida en postura fetal, casi en el suelo. Percibía en el aire el olor de la gasolina que fluía del depósito perforado.

Me pregunté qué había sentido Catherine Demeter al reconocer a esa mujer en los grandes almacenes DeVrie's. ¿La vio en un espejo, en el cristal de una vitrina? ¿Se volvió sin dar crédito a sus ojos, con un nudo en el estómago, como si un puño se lo estrujase? Y cuando sus miradas se cruzaron, cuando comprendió que ésa era la mujer que había matado a su hermana, ¿sintió odio, ira o simplemente miedo, miedo a que esa mujer la atacase como antes atacó a su hermana? ¿Se había convertido Catherine Demeter otra vez, por un breve instante, en una niña asustada?

Quizás Adelaide Modine no la reconoció de inmediato, pero, en la mirada de la otra mujer, debió de advertir que ésta sí que la había reconocido. Tal vez los dientes ligeramente salidos la delataron, o acaso miró a Catherine Demeter a la cara y en el acto se vio en aquel sótano oscuro de Haven, matando a su hermana.

Y ante la imposibilidad de encontrar a Catherine buscó una solución al problema. Me contrató con un pretexto y ordenó la muerte de su hijastro, no sólo para que no desmintiese su versión, sino como el primer paso de un proceso que culminaría con la muerte de la señorita Christie y la destrucción de su casa a fin de borrar todo rastro de su existencia.

Quizá Stephen Barton era responsable en parte de lo ocurrido, ya que sólo él podía desvelar la conexión entre Sonny Ferrera, Connell Hyams y su madrastra cuando Hyams buscaba un lugar adonde llevar a los niños, propiedad de alguien que no hiciese demasiadas preguntas. Dudo que Barton supiese qué sucedía realmente, y al final fue su propia incomprensión lo que le costó la vida.

Y me pregunté cuándo había conocido Adelaide Modine la muerte de Hyams y había tomado conciencia de que estaba sola, de que había llegado la hora de dar el siguiente paso y dejar a la señorita Christie como señuelo del mismo modo que había dejado a una mujer desconocida para que ardiese en su lugar en Virginia.

Pero ¿cómo demostraría todo eso? Las cintas de vídeo habían desaparecido. Sonny Ferrera estaba muerto, y Pilar sin duda también. Hyams, Sciorra, Granger, Catherine Demeter, todos habían desaparecido. ¿Quién reconocería a Adelaide Modine en la mujer que tenía ante mí? ¿Bastaría con la palabra de Walt Tyler? Había asesinado a la señorita Christie, sí, pero ni siquiera eso podía demostrarse. ¿Se encontrarían en la bodega pruebas forenses suficientes para confirmar su culpabilidad?

Adelaide Modine, hecha un ovillo, se desenrolló como una araña que percibe un movimiento en su tela y saltó hacia mí. Hundió en mi cara las uñas de la mano derecha, buscando los ojos, e intentó, a la vez, con la izquierda, quitarme la pistola. La golpeé en la cara con la palma de la mano y simultáneamente la empujé con la rodilla. Se abalanzó de nuevo sobre mí y disparé. La bala le alcanzó por encima del pecho derecho.

Con la mano en la herida, retrocedió tambaleándose hasta topar con el coche y se apoyó en la puerta abierta.

Sonrió.

– Le conozco -dijo, obligándose a hablar a pesar del dolor-. Sé quién es.

Detrás de ella, el árbol se movió al desprenderse las raíces de la tierra por el peso del BMW. El enorme automóvil se desplazó un poco. Adelaide Modine se balanceó ante mí, con la sangre manando a borbotones de la herida del pecho. Vi en su mirada un extraño brillo y se me encogió el estómago.

– ¿Quién se lo ha dicho?

– Lo sé -repitió, y volvió a sonreír-. Sé quién mató a su mujer y a su hija.

Avancé hacia ella cuando intentó hablar de nuevo, pero el árbol cedió por fin y los chirridos del metal del coche engulleron sus palabras. El BMW se deslizó primero un poco y luego se precipitó pendiente abajo. En los impactos contra árboles y piedras, saltaron chispas del metal desgarrado y el coche se incendió. Y mientras lo observaba, comprendí que aquello no podía acabar de otro modo.

El mundo de Adelaide Modine estalló en llamas amarillas cuando se prendió la gasolina que la rodeaba. Envuelta por el fuego, echó atrás la cabeza y abrió la boca por un instante. Luego, golpeando débilmente con las manos las llamas que habían prendido en ella, cayó y empezó a rodar hacia la oscuridad. El coche ardía al pie del terraplén y una densa columna de humo negro se elevaba en el aire. Lo contemplé desde la carretera con el calor abrasándome la cara. Abajo, en la boscosa oscuridad, ardía otra pira de menor tamaño.

30

Estaba sentado en la misma sala de interrogatorios, ante la misma mesa de madera y el mismo corazón grabado en la superficie. Llevaba el brazo recién vendado y me había duchado y afeitado por primera vez en más de dos días. Incluso había conseguido dormir unas horas tendido sobre tres sillas. Pese a los denodados esfuerzos del agente Ross, no estaba en una celda. Me habían interrogado exhaustivamente, primero Walter y el subjefe de policía y, al final, Ross y uno de sus agentes, con Walter presente para asegurarse de que no me mataban a golpes por pura frustración.

En un par de ocasiones me pareció ver a Philip Kooper pasearse fuera, como un cadáver que se hubiese exhumado a sí mismo para demandar a la funeraria. Supuse que el perfil público de la fundación estaba a punto de recibir un golpe mortal.

Conté a la policía casi todo. Les hablé de Sciorra, de Hyams, de Adelaide Modine, de Sonny Ferrera. No les conté que me había visto implicado en el caso a instancias de Walter Cole. Dejé que ellos mismos llenaran las restantes lagunas de mi versión. Les dije que, sencillamente, había recurrido a la imaginación para llegar a ciertas conclusiones. En ese punto a Ross casi tuvieron que contenerlo por la fuerza.

Ya sólo quedábamos allí Walter y yo y un par de tazas de café.

– ¿Has estado allí abajo? -pregunté por fin para romper el silencio.

Walter asintió con la cabeza.

– Sólo un momento. No me he quedado.

– ¿Cuántos hay?

– Ocho por ahora, pero siguen excavando.

Y continuarían excavando, no sólo allí sino en diversos lugares del estado y quizás incluso más allá. Adelaide Modine y Connell Hyams habían disfrutado de libertad para matar durante treinta años. El almacén Morelli sólo llevaba alquilado una parte de ese tiempo, lo cual implicaba que probablemente existían otros almacenes, otros sótanos abandonados, garajes viejos y solares que contenían los restos de niños desaparecidos.

– ¿Desde cuándo lo sospechabas? -pregunté.

Al parecer, pensó que le preguntaba por otra cosa, quizás un cadáver en los lavabos de una estación de autobuses, porque se volvió hacia mí y dijo:

– Sospechar ¿qué?

– Que alguien de la familia Barton estaba implicado en la desaparición de Baines.

Casi se relajó. Casi.

– La persona que lo secuestró tenía que conocer los jardines, la casa. -En el supuesto de que el niño no saliera de la casa por su cuenta y lo secuestraran allí.

– En ese supuesto, sí.

– Y me enviaste a mí para que lo averiguara.

– Te envié a ti.

Me sentía culpable por la muerte de Catherine Demeter, y no sólo por haber fracasado al no encontrarla con vida, sino también porque, sin ser consciente de ello, quizás había puesto a Modine y a Hyams sobre su pista.

– Es posible que yo los llevara hasta Catherine Demeter -expliqué a Walter al cabo de un rato-. Dije a la señorita Christie que iba a Virginia para seguir una pista. Tal vez bastara con eso para delatarla.

Walter negó con la cabeza.

– Te contrató a modo de seguro. Modine debió de poner a Hyams sobre aviso en cuanto supo que la habían reconocido. Seguramente él ya estaba prevenido. Si no aparecía por Haven, confiaban en que tú la encontraras. Supongo que os habrían matado a los dos en cuanto dieras con ella.

Me asaltó la visión del cuerpo de Catherine Demeter desmadejado en el sótano de la casa Dane. Su cabeza en medio de un charco de sangre. Y vi a Evan Baines envuelto en plástico, así como el cadáver putrefacto de un niño medio cubierto de tierra y los demás cadáveres que aparecerían en el sótano del almacén Morelli y en otras partes.

Vi a mi propia esposa y a mi hija en todos ellos.

– Podrías haber enviado a otro -protesté.

– No, sólo a ti. Si el asesino de Evan Baines estaba allí, sabía que lo averiguarías. Lo sabía porque tú mismo eres un asesino.

La palabra quedó suspendida en el aire por un momento y de pronto se produjo una escisión entre nosotros, como si un cuchillo hubiera separado nuestro pasado en común. Walter se dio la vuelta.

Permaneció en silencio durante un rato y finalmente, como si él no hubiera hablado, comenté:

– Me dijo que sabía quién mató a Jennifer y a Susan.

Casi pareció agradecer que hubiese roto el silencio.

– No podía saberlo. Era una mujer enferma y malvada, y con eso pretendía atormentarte después de muerta.

– No, lo sabía. Sabía quién era yo poco antes de morir, pero creo que no lo sabía cuando me contrató. Habría recelado. No habría corrido el riesgo.

– Te equivocas -dijo-. Olvídalo.

Me callé pero sabía que, de algún modo, los siniestros mundos de Adelaide Modine y el Viajante habían coincidido.

– Estoy planteándome la posibilidad de retirarme -comentó Cole-. No quiero mirar a la muerte nunca más. Estoy leyendo a Sir Thomas Browne. ¿Has leído algo de él?

– No.

– Moral cristiana: «No contempléis las cabezas de la muerte hasta que no las veáis, ni miréis objetos mortificantes hasta que los hayáis pasado por alto». -Estaba de espaldas a mí pero veía su cara reflejada en la ventana y parecía tener la mirada perdida-. He pasado demasiado tiempo mirando a la muerte. No quiero obligarme a mirarla más. -Tomó un sorbo de café-. Deberías marcharte de aquí, hacer algo para dejar atrás tus fantasmas. Ya no eres lo que eras, pero quizás aún puedas volver atrás antes de perderte para siempre.

Una telilla empezaba a formarse sobre mi café intacto. Al ver que no respondía, Walter suspiró y habló con una tristeza en la voz que nunca le había notado.

– Preferiría no tener que volver a verte. Me pondré en contacto con ciertas personas para ver si puedes recurrir a ellas.

Algo había cambiado dentro de mí, eso era cierto, pero dudaba de que Walter lo viera tal como era. Quizá sólo yo podía comprender realmente lo ocurrido, lo que la muerte de Adelaide Modine había desencadenado dentro de mí. Conocer el horror de lo que ella había hecho a lo largo de los años, el dolor y el sufrimiento que había infligido a los más inocentes entre nosotros, era algo que no podía compensarse con nada de este mundo.

Y sin embargo había llegado a su fin. Yo lo había conducido a su fin.

Todo entra en decadencia, todo debe terminar, tanto lo malo como lo bueno. La muerte de Adelaide Modine, tan brutal y tan trágica entre las llamas, me demostraba que eso era verdad. Si había podido encontrar a Adelaide Modine y poner fin a sus atrocidades, podía hacer lo mismo con otros. Podía hacer lo mismo con el Viajante.

Y en alguna parte, en un lugar oscuro, un reloj se puso en marcha e inició la cuenta atrás, marcando las horas, los minutos y los segundos que faltaban para anunciar el fin del Viajante.

Todo entra en decadencia. Todo debe terminar.

Y mientras pensaba en las palabras de Walter, en sus dudas sobre mí, pensé también en mi padre y el legado que me había dejado. Sólo conservo recuerdos fragmentarios de mi padre. Recuerdo a un hombre corpulento y rubicundo llegando a casa con un árbol de Navidad, su aliento condensándose en el aire como las bocanadas de vapor de un tren antiguo. Recuerdo que una tarde entré en la cocina y lo encontré acariciando a mi madre, y las risas avergonzadas de ambos. Recuerdo que me leía por la noche, siguiendo las palabras con sus enormes dedos mientras las pronunciaba para que a mí me resultaran familiares cuando volviera a verlas. Y recuerdo su muerte.

Siempre llevaba el uniforme recién planchado y la pistola engrasada y limpia. Le encantaba ser policía, o esa impresión daba. Entonces yo no sabía qué lo impulsó a hacer lo que hizo. Quizá Walter Cole tuvo un deslumbre de eso mismo al contemplar los cadáveres de aquellos niños. Puede que yo también lo tenga ahora. Quizá me haya convertido en un hombre como mi padre.

Lo que está claro es que algo murió en su interior y el mundo se le presentó teñido de colores distintos, más oscuros. Había observado las cabezas de la muerte durante demasiado tiempo y se había transformado en un reflejo de lo que veía.

Fue un aviso de rutina: dos adolescentes tonteaban en un coche ya entrada la noche en un descampado urbano, encendiendo las luces y tocando la bocina. Mi padre acudió y se encontró con un muchacho del barrio, un delincuente de poca monta camino de especializarse en delitos mayores, y su novia, una muchacha de clase media que coqueteaba con el peligro y disfrutaba de la carga sexual que éste generaba.

Mi padre no recordaba qué le dijo el chico cuando éste intentaba impresionar a su amiga. Intercambiaron unas palabras, e imagino la voz de mi padre adquiriendo un tono de advertencia cada vez más grave y severo. El chico, en broma, hizo algún que otro ademán de llevarse la mano al interior de la cazadora para divertirse con el creciente nerviosismo de mi padre y envalentonándose con las carcajadas de la muchacha.

De pronto, mi padre desenfundó su pistola y las risas cesaron. Imagino al muchacho levantando las manos, negando con la cabeza, explicando que iba desarmado, que todo era una broma. Y que lo sentía. Mi padre le disparó en la cara, y la sangre salpicó el interior del coche, las ventanillas, el rostro de la chica en el asiento contiguo, boquiabierta por la conmoción. No creo que ella gritara siquiera antes de que mi padre le disparara también. Luego se marchó.

Asuntos Internos fue a buscarlo mientras se cambiaba en el vestuario. Lo detuvieron en presencia de sus compañeros para dar ejemplo. Nadie se interpuso en su camino. Para entonces, ya todos lo sabían, o creían saberlo.

Lo admitió todo pero fue incapaz de explicarlo. Cuando le preguntaron, se limitó a encogerse de hombros. Le quitaron el arma reglamentaria y la placa -la pistola de reserva, la que yo uso ahora, se quedó en su dormitorio-, y luego lo llevaron a casa en aplicación de una norma del Departamento de Policía de Nueva York que prohibía que se interrogara a un policía sobre la posible consumación de un delito hasta pasadas cuarenta y ocho horas. Cuando regresó parecía aturdido y se negó a hablar con mi madre. Los dos hombres de Asuntos Internos se quedaron enfrente dentro del coche patrulla, fumando, mientras yo los observaba desde la ventana de mi habitación. Creo que sabían qué ocurriría a continuación. Cuando sonó el disparo, no salieron del coche hasta que el eco se apagó en el aire frío de la noche.

Soy hijo de mi padre, con todo lo que eso implica.

Se abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró Rachel Wolfe. Vestía de manera informal con unos vaqueros, zapatillas de deporte de suela gruesa y un suéter negro de algodón con capucha de Calvin Klein. Llevaba el pelo suelto y le caía sobre las orejas hasta los hombros, tenía pecas en la nariz y en la base del cuello.

Tomó asiento frente a mí y me dirigió una mirada de preocupación y lástima.

– Me he enterado de que Catherine Demeter ha muerto. Lo siento. -Asentí y pensé en Catherine Demeter y el aspecto que presentaba en el sótano de la casa Dane. No eran pensamientos agradables-. ¿Cómo se encuentra? -preguntó. En su voz advertí curiosidad pero también ternura.

– No lo sé.

– ¿Se arrepiente de haber matado a Adelaide Modine?

– Ella se lo buscó. No pude evitarlo.

No sentía nada por su muerte, ni por el asesinato del abogado, ni por haber visto a Bobby Sciorra erguirse de puntillas cuando la hoja penetró en la base de su cráneo. Me asustaba esa insensibilidad, esa quietud dentro de mí. Creo que podría haberme asustado más aún de no ser porque a la vez experimentaba otro sentimiento: un profundo dolor por los inocentes que se habían perdido, y por aquellos que aún no habían sido encontrados.

– No sabía que visitara a domicilio -dije-. ¿Para qué la han llamado?

– No me han llamado -contestó, sin más.

De pronto me tocó la mano. Fue un gesto extraño y vacilante en el que sentí -¿esperé?- que había algo más que comprensión profesional. Le agarré la mano con fuerza y cerré los ojos. Creo que eso fue una especie de primer paso, un débil intento de restablecer mi lugar en el mundo. Después de todo lo sucedido durante los dos días anteriores, deseaba tocar, aunque fuera por un breve instante, algo positivo, tratar de despertar algo bueno dentro de mí.

– No pude salvar a Catherine Demeter -dije por fin-. Lo intenté y quizá sirvieron de algo mis esfuerzos. Aún sigo convencido de que encontraré al hombre que mató a Susan y Jennifer.

Sosteniéndome la mirada, movió la cabeza en un lento gesto de asentimiento.

– Sé que lo encontrará.

Hacía sólo un momento que había salido Rachel cuando sonó el móvil.

– ¿Sí?

– ¿Señor Parker? -Era una voz femenina.

– Sí, soy yo.

– Me llamo Florence Aguillard, señor Parker. Soy hija de Tante Marie Aguillard. Vino usted a vernos.

– Lo recuerdo. ¿En qué puedo ayudarla, Florence? -Sentí un nudo en el estómago, pero esta vez se debió a una súbita expectación, al presentimiento de que Tante Marie quizás hubiera encontrado algo para identificar a la chica que nos obsesionaba a los dos.

De fondo oía música de jazz, un piano, y las risas de hombres y mujeres, densas y sensuales como la melaza.

– Llevo toda la tarde intentando hablar con usted. Mi madre me ha pedido que lo llame. Dice que usted tiene que venir ahora mismo.

Percibí algo raro en su voz, algo que se confabulaba para que se le trabaran las palabras mientras hablaba atropelladamente. Era miedo y flotaba como una bruma distorsionadora en torno a lo que tenía que decir.

– Señor Parker, dice que tiene que venir ahora y que no ha de decirle a nadie que ha venido. A nadie, señor Parker.

– No lo entiendo, Florence. ¿Qué ocurre?

– No lo sé -respondió. Ahora estaba llorando, y se oía su voz entrecortada por los sollozos-. Pero dice que tiene que venir, tiene que venir ahora. -Recobró el control y la oí respirar hondo antes de volver a hablar-. Señor Parker, dice que el Viajante está de camino.

No existen las coincidencias, sino sólo esquemas subyacentes que no vemos. Esa llamada formaba parte de un esquema; estaba relacionada con la muerte de Adelaide Modine, cosa que yo aún no comprendía. No dije nada a nadie sobre la llamada. Abandoné la sala de interrogatorios, recogí mi pistola en el mostrador de la entrada, salí a la calle y regresé a mi apartamento en taxi. Reservé un billete de primera a Moisant Field, el único billete que quedaba en un vuelo a Louisiana esa tarde, me presenté en el mostrador de facturación poco antes de la salida, declaré la pistola y vi cómo desaparecía mi bolsa, engullida por la confusión general. El avión estaba atestado. La mitad de los pasajeros eran turistas incautos que se dirigían al sofocante calor de agosto en Nueva Orleans. Las azafatas sirvieron sándwiches de jamón con patatas fritas y una bolsa de pasas, todo ello metido en esas bolsas marrones de papel que a uno le daban en las excursiones escolares al zoo.

Cuando empecé a notar la presión en la nariz, la oscuridad se extendió bajo nosotros. Me disponía a tomar una servilleta de papel cuando me brotaron las primeras gotas, pero enseguida la presión se convirtió en dolor, un dolor intenso y penetrante que me obligó a recostarme sobre el respaldo.

El pasajero del asiento contiguo, un hombre de negocios a quien antes habían advertido que no utilizara su ordenador portátil hasta que el avión despegara, me miró primero sorprendido y luego asustado al ver la sangre. Lo vi pulsar repetidamente el botón para llamar a la azafata, y de pronto, con igual fuerza que si me asestasen un golpe, me obligaron a echar atrás la cabeza. La sangre manó a borbotones de mi nariz y manchó el respaldo del asiento delantero, las manos empezaron a temblarme sin control.

Entonces, cuando tenía la sensación de que iba a estallarme la cabeza a causa del dolor y la presión, oí una voz, la voz de una anciana negra en los pantanos de Louisiana.

– Hijo -dijo la voz-. Hijo, está aquí.

Y después desapareció y mi mundo pasó a ser negro.

Tercera parte

Las concavidades de mi cuerpo son, por su

capacidad, como otro infierno.

François Rabelais, Gargantúa

31

Se oyó un golpe sordo cuando el insecto chocó contra el parabrisas. Era una libélula enorme, un «caballito del diablo».

– Joder, ese bicho era del tamaño de un pájaro -dijo el conductor, un joven agente del FBI llamado O'Neill Brouchard.

Fuera debíamos de estar a unos treinta y cinco grados, pero con la humedad de Louisiana daba la sensación de que la temperatura era mucho más alta. Notaba la camisa fría y una sensación desagradable allí donde el aire acondicionado la había secado contra mi cuerpo.

Un borrón de sangre y alas quedó en el cristal y el limpiaparabrisas terminó por quitarlo. La sangre hacía juego con las gotas que aún manchaban mi camisa, un recordatorio innecesario de lo que había ocurrido en el avión, ya que aún me dolía la cabeza y, cuando me tocaba el puente de la nariz, también sentía dolor.

Junto a Brouchard, Woolrich guardaba silencio, absorto mientras colocaba un cargador nuevo en su SIG Sauer. El agente especial con rango de subjefe iba vestido con su indumentaria habitual, un traje de color marrón y una corbata arrugada. A mi lado, tirada en el asiento, había una parka oscura con las siglas del FBI.

Había llamado a Woolrich desde el teléfono del avión, pero no había conseguido establecer comunicación. En Moisant Field dejé un número en su buzón de voz y un mensaje para que se pusiera en contacto conmigo inmediatamente. Luego alquilé un coche y partí hacia Lafayette por la I-10. A las afueras de Baton Rouge sonó el móvil.

– ¿Bird? -dijo Woolrich-. ¿Qué demonios haces aquí?

Advertí preocupación en su voz. De fondo se oía el motor de un coche.

– ¿Has recibido mi mensaje?

– Sí. Escucha, ya vamos de camino. Alguien vio a Florence frente a su casa, con el vestido manchado de sangre y una pistola en la mano. Vamos a reunirnos con la policía local en la salida uno-dos-uno. Espéranos allí.

– Woolrich, puede que sea demasiado tarde…

– Tú espera. Aquí nada de fanfarronadas, Bird. También yo tengo cosas en juego. He de pensar en Florence.

Delante de nosotros veía las luces de posición de otros dos vehículos, coches patrulla de la oficina del sheriff del distrito de St. Martin. Detrás viajaban dos inspectores del pueblo, y los faros de su automóvil iluminaban el interior del Chevrolet del FBI y la sangre del parabrisas. A uno de ellos, John Charles Morphy, lo conocía vagamente, porque lo había visto una vez con Woolrich en el Lafitte's Blacksmith Shop, en Bourbon Street, mientras se mecía en silencio al son de la voz de Miss Lily Hood.

Morphy era descendiente de Paul Charles Morphy, el campeón mundial de ajedrez nacido en Nueva Orleans que se retiró de la competición en 1859 a la avanzada edad de veintidós años. Se decía que era capaz de jugar tres o cuatro partidas simultáneamente con los ojos vendados. Por contraste, John Charles, con su fornido cuerpo de culturista, no me parecía un hombre muy aficionado al ajedrez. A los concursos de levantamiento de pesas quizá, pero al ajedrez no. Según Woolrich era un hombre con un pasado turbio: un ex inspector del Departamento de Policía de Nueva Orleans que abandonó el cuerpo a raíz de una investigación llevada a cabo por la División de Integridad Pública sobre el asesinato de un joven negro llamado Luther Bordelon cerca de Chartres dos años atrás.

Eché un vistazo por encima del hombro y vi que Morphy me miraba. En el interior del Buick resplandecía su cabeza afeitada bajo la luz del techo; avanzaba por el irregular camino a través del pantano sujetando el volante con firmeza. Junto a él, su compañero, Toussaint, sostenía vertical el fusil Winchester modelo 12 entre las piernas. Tenía la culata picada y arañada y el cañón gastado, y supuse que no era el arma reglamentaria, sino propiedad de Toussaint. Había notado un intenso olor a petróleo mientras hablaba con Morphy a través de la ventanilla del coche al encontrarnos en el cruce de la Bayou Courtableau con la I-10.

Los faros del coche iluminaban las ramas de los palmitos, los tupelos y los sauces inclinados, algún que otro ciprés cubierto de musgo español y, de vez en cuando, los tocones de viejos árboles en el pantano más allá de la cuneta. Nos desviamos por un camino oscuro como un túnel, donde las ramas de los cipreses formaban un techo que impedía pasar la luz de las estrellas, y poco más adelante cruzamos ruidosamente el puente que llevaba a la casa de Tante Marie Aguillard.

Delante de nosotros, los dos coches de la oficina del sheriff doblaron en sentidos opuestos y aparcaron en diagonal, uno de ellos enfocó con sus luces la oscura maleza que se extendía hasta las orillas del pantano. Los faros del segundo alumbraron la casa, proyectando sombras sobre los troncos que la elevaban por encima del suelo, las tablas superpuestas de las paredes, y la escalera que subía a la puerta mosquitera, que esta vez estaba abierta hacia fuera y permitía acceder al interior a las criaturas nocturnas.

Woolrich se volvió hacia mí cuando nos detuvimos.

– ¿Estás preparado para esto?

Asentí con la cabeza. Tenía la Smith & Wesson en la mano cuando salimos del coche al aire cálido. Percibí un olor a vegetación descompuesta y un leve rastro de humo. Algo se movió a mi derecha a través del follaje y a continuación chapoteó ligeramente en el agua. Morphy y su compañero se acercaron a nosotros. Oí el ruido de una bala al entrar en la recámara del fusil.

Dos de los ayudantes del sheriff permanecieron vacilantes junto a su coche. Los otros dos, pistola en mano, avanzaron lentamente por el cuidado jardín.

– ¿Cómo lo hacemos? -preguntó Morphy. Medía un metro ochenta y tenía la característica forma de V de un levantador de pesas, ni un solo pelo en la cabeza y la boca circundada por la barba y el bigote.

– Que no entre nadie antes que nosotros -ordenó Woolrich-. Manda a esos dos payasos a la parte trasera, pero diles que esperen fuera de la casa. Los otros dos que se queden en la parte delantera. Vosotros dos, cubridnos. Brouchart, quédate al lado del coche y vigila el puente.

Sorteando con cuidado los juguetes desperdigados por la hierba, cruzamos el jardín. No había luz en la casa, ni indicio de ocupantes. Oía los latidos de la sangre en mi cabeza y me sudaban las manos. Estábamos a tres metros de la escalera del porche cuando oí el chasquido de una pistola y la voz del ayudante del sheriff apostado a nuestra derecha.

– ¡Oh, Dios Santo! -exclamó-. ¡Dios Santo, no es posible!

A unos diez metros de la orilla se alzaba un árbol muerto, poco más que un tronco. Las escasas ramas, unas minúsculas y otras gruesas como el brazo de un hombre, empezaban a un metro del suelo y continuaban hasta una altura de unos tres metros.

Apoyado contra el tronco estaba Tee Jean Aguillard, el hijo menor de la anciana, y su cuerpo desnudo brilló a la luz de la linterna. Tenía el brazo izquierdo en torno a una gruesa rama de modo que el antebrazo y la mano descarnada colgaban verticalmente. Su cabeza reposaba en la horquilla de otra rama y sus ojos destrozados semejaban oscuras simas en medio de la carne y entre los tendones expuestos de su rostro desollado.

El brazo derecho de Tee Jean pendía también alrededor de una rama, pero en este caso la mano no había sido descarnada. Entre sus dedos sujetaba un jirón de su propia piel, un jirón que colgaba como un velo abierto y revelaba el interior de su cuerpo desde las costillas hasta el pubis. Le habían extraído el estómago y casi todos los órganos del abdomen, y los habían depositado sobre una piedra junto a su pie izquierdo: un montón de partes del cuerpo blancas, azules y rojas, entre las que los intestinos se enroscaban como serpientes.

A mi lado, oí vomitar a uno de los ayudantes del sheriff. Al volverme, vi que Woolrich lo agarraba del cuello de la camisa y lo llevaba a rastras hasta la orilla, a cierta distancia de allí.

– Aquí no -dijo-. Aquí no.

Dejó al hombre de rodillas junto al agua y regresó hacia la casa.

– Tenemos que encontrar a Florence -dijo, con aspecto pálido y enfermizo a la luz de la linterna-. Tenemos que encontrarla.

Florence Aguillard había sido vista en el puente que conducía a su casa por el dueño de una tienda de artículos de pesca de los alrededores. Estaba cubierta de sangre y empuñaba un revólver Colt Service. Cuando el dueño de la tienda se detuvo, Florence levantó el arma y disparó un único tiro que atravesó la ventanilla del conductor: la bala le pasó a milímetros del cuerpo. El hombre avisó a la policía de St. Martin desde una gasolinera, y la policía avisó a su vez a Woolrich, quien previamente había dado instrucciones para que se le comunicara de inmediato cualquier incidente en relación con Tante Marie.

Woolrich corrió escaleras arriba, casi había llegado a la puerta cuando le alcancé. Apoyé una mano en su hombro y él se dio media vuelta con los ojos desorbitados.

– Tranquilo -dije.

La expresión enloquecida desapareció de sus ojos y asintió lentamente. Me volví hacia Morphy y, con una seña, le pedí que nos siguiera al interior de la casa. Él tomó el Winchester de Toussaint e indicó que se quedaría atrás con el ayudante del sheriff ahora que su compañero estaba indispuesto.

Un largo pasillo central, como el cañón de una escopeta, conducía a una amplia cocina al fondo de la casa. Seis habitaciones irradiaban de la artería central, tres a cada lado. Yo sabía que el cuarto de Tante Marie era el último a la derecha, y estuve tentado de ir derecho allí. No obstante, avanzamos con cautela habitación por habitación, abriendo brechas en la oscuridad con los haces de las linternas, en los que se mecían motas de polvo y mariposas nocturnas.

La primera habitación de la derecha, un dormitorio, estaba vacía. Había dos camas, una hecha y la otra, una cama de niño, deshecha, con la manta medio caída en el suelo. La sala de estar, enfrente, también estaba vacía. Morphy y Woolrich se repartieron las dos habitaciones siguientes cuando pasamos al segundo par de puertas. Eran dos dormitorios, ambos vacíos.

– ¿Dónde están todos los niños, los adultos? -pregunté a Woolrich.

– En la fiesta de una chica que cumple dieciocho años, a tres kilómetros de aquí -contestó-. En principio sólo se quedaban en casa Tee Jean y la anciana. Y Florence.

La puerta de la habitación situada frente a la de Tante Marie se hallaba abierta de par en par, y vi un revoltijo de muebles, una caja de ropa y juguetes apilados. Había una ventana abierta y la brisa de la noche agitaba ligeramente las cortinas. Nos plantamos ante la puerta de la habitación de Tante Marie. Estaba entornada, y vi dentro el claro de luna, alterado y distorsionado por las sombras de los árboles. A mis espaldas, Morphy tenía el fusil en alto y Woolrich sujetaba la SIG con las dos manos cerca de su mejilla. Apoyé el dedo en el gatillo de la Smith & Wesson, empujé con el lado del pie la puerta suavemente y, agachado, entré.

En la pared, junto a la puerta, se dibujaba la huella ensangrentada de una mano, y, al otro lado de la ventana, oí los sonidos de las criaturas nocturnas en la oscuridad. El claro de luna proyectaba sombras movedizas sobre un largo aparador, un enorme armario lleno de vestidos con estampados casi idénticos y un arcón oscuro y alargado colocado en el suelo cerca de la puerta. Pero lo que dominaba la habitación era la gigantesca cama adosada a la pared del fondo y su ocupante, Tante Marie Aguillard.

Tante Marie: la anciana que había tendido sus brazos a una chica agonizante mientras la hoja del cuchillo empezaba a desollarle la cara; la anciana que me había llamado con la voz de mi esposa cuando estuve en aquella habitación, ofreciéndome cierto consuelo en mi dolor; la anciana que me había tendido los brazos en su tormento final.

Estaba desnuda, sentada en la cama, una mujer enorme cuya corpulencia no había mermado la muerte. Tenía la cabeza y el torso apoyados contra una montaña de almohadas manchadas de sangre. Su cara era un amasijo rojo y violáceo. Tenía la mandíbula caída y la boca abierta revelaba unos dientes largos y amarillos de tabaco. El haz de la linterna iluminó sus muslos, sus gruesos brazos y sus manos, extendidas hacia el centro del cuerpo.

– Dios Bendito -dijo Morphy.

Tante Marie había sido abierta en canal desde el esternón hasta las ingles y la piel retirada quedaba sujeta a los lados por sus propias manos. Al igual que en el caso de su hijo, la mayor parte de los órganos internos habían sido extraídos y su vientre era una caverna hueca, encuadrada por las costillas, a través de las cuales se veía a la luz el brillo mate de una sección de su columna vertebral. El haz de la linterna de Woolrich descendió hacia la entrepierna. Lo detuve con la mano.

– No -dije-. Ya basta.

De pronto se oyó un sobrecogedor grito fuera, en medio de aquel silencio, y los dos echamos a correr hacia la puerta de la casa.

Florence Aguillard se balanceaba en la hierba frente al cadáver de su hermano. Su boca formaba un arco y tenía el labio inferior vuelto sobre sí mismo en una mueca de dolor. Llevaba el Colt de cañón largo en la mano derecha, apuntando al suelo. La sangre de su madre oscurecía en algunas partes su vestido blanco estampado de flores azules. No emitía sonido alguno, pero gritos inaudibles le sacudían el cuerpo.

Woolrich y yo bajamos lentamente por la escalera; Morphy y el ayudante del sheriff permanecieron en el porche. El otro par de ayudantes había regresado de detrás de la casa y estaba frente a Florence, con Toussaint un poco a la derecha de ellos. A la izquierda de Florence, yo veía la figura de Tee Jean colgada del árbol y, junto a él, a Brouchard con su SIG desenfundada.

– Florence -dijo Woolrich con delicadeza mientras se guardaba la pistola en la funda del hombro-. Florence, baja el arma. -Ella se estremeció y se rodeó la cintura con el brazo izquierdo. Se inclinó un poco y movió lentamente la cabeza de lado a lado-. Florence -repitió Woolrich-. Soy yo.

Ella volvió la cabeza hacia nosotros. En sus ojos se advertía angustia, angustia y dolor y culpabilidad y rabia, todo ello pugnando por abrirse camino en su mente atormentada.

Alzó el arma despacio y apuntó en dirección a nosotros. Vi que los ayudantes del sheriff levantaban de inmediato las suyas. Toussaint ya había adoptado postura de tirador, con los brazos extendidos al frente y sosteniendo la pistola con pulso firme.

– ¡No! -gritó Woolrich con la mano derecha en alto.

Vi que los policías lo miraban primero a él con cara de incertidumbre y luego a Morphy. Éste asintió y ellos se relajaron un poco, sin dejar de encañonar a Florence.

El Colt se desplazó de Woolrich a mí, y Florence Aguillard seguía moviendo la cabeza en un lento gesto de negación. Se oía su voz en la noche, un susurro, repitiendo la palabra de Woolrich como un mantra -«no, no, no, no, no»-; a continuación dirigió el revólver hacia sí misma, se colocó el cañón en la boca y apretó el gatillo.

La detonación sonó como el rugido de un cañón en el aire de la noche. Oí que aleteaban pájaros y movimiento de animales pequeños entre la maleza al tiempo que el cuerpo de Florence se desplomaba. Woolrich se postró de rodillas a su lado y alargó la mano izquierda para acariciarle la cara mientras con la derecha, de manera tan instintiva como inútil, le palpaba el cuello en busca del pulso. Después la levantó y acercó la cara de ella a la pechera de su camisa manchada de sudor, con una mueca de dolor en los labios.

A lo lejos destellaron unas luces rojas. Más allá oí el ruido de las hélices de un helicóptero segando el aire en la oscuridad.

32

El día amaneció cargado y húmedo en Nueva Orleans y el olor del Mississippi impregnaba el aire de la mañana. Salí de la pensión donde me alojaba y di un paseo eludiendo el Quarter en un esfuerzo por quitarme el cansancio de la cabeza y los huesos. Acabé en Loyola, donde el tráfico se sumaba al sofocante bochorno. El cielo, encapotado y gris, amenazaba lluvia y oscuros nubarrones pendían sobre la ciudad, como para impedir que el calor escapara. Compré el Times-Picayune en una máquina expendedora y lo leí de pie frente al ayuntamiento. El periódico rebosaba tal grado de corrupción que era extraño que el papel no se pudriera: dos policías detenidos por tráfico de drogas, una investigación federal sobre el procedimiento de las últimas elecciones al Senado, sospechas sobre un ex gobernador. La propia Nueva Orleans, con sus edificios decrépitos, el lóbrego barrio comercial de Poydras, los almacenes Woolworth con sus carteles de cierre inminente, parecía encarnar aquella corrupción, de modo que resultaba imposible saber si la ciudad había contagiado a la población o si algunos de sus habitantes arrastraban consigo a la ciudad.

Chep Morrison había construido el imponente ayuntamiento poco después de regresar de la segunda guerra mundial para destronar al millonario alcalde Maestri y conducir a Nueva Orleans al siglo XX. Algunos de los compañeros de Woolrich aún recordaban a Morrison con afecto, si bien se trataba de un afecto surgido del hecho de que la corrupción policial se había propagado bajo su mandato, junto con la prostitución, el juego y diversos negocios turbios. Más de tres décadas después el Departamento de Policía de Nueva Orleans lucha aún contra su legado. Durante casi dos décadas, la corruptela había encabezado la lista de quejas sobre la falta de ética policial y ascendido a más de mil denuncias al año.

El Departamento de Policía de Nueva Orleans se había basado en el principio de «la tajada»: al igual que los cuerpos de policía de otras ciudades sureñas -Savannah, Richmond, Mobile-, se había creado en el siglo XVIII para controlar y supervisar a la población esclava, y la policía recibía una parte de la recompensa por la captura de fugitivos. En el siglo XIX se acusaba a los miembros del cuerpo de violaciones, asesinatos, linchamientos, robos y cobro de sobornos por consentir el juego y la prostitución. El hecho de que cada año la policía tuviera que presentarse a unas elecciones representaba que ésta se veía obligada a vender su lealtad a los dos principales partidos políticos. El cuerpo manipulaba las elecciones, intimidaba a los votantes, e incluso participó en la masacre de políticos del sector moderado en el Instituto de Mecánica en 1866.

El primer alcalde negro de Nueva Orleans, Dutch Morial, intentó limpiar el departamento a principios de los años ochenta. Si la Comisión contra la Delincuencia Metropolitana, una institución independiente que llevaba un cuarto de siglo de ventaja a Morial, no había podido limpiar el departamento, ¿qué esperanzas podía albergar un alcalde negro? El sindicato de la policía, de mayoría blanca, fue a la huelga y el Mardi Gras se suspendió. Se solicitó la intervención de la guardia nacional para mantener el orden. Yo ignoraba si la situación había mejorado desde entonces. Esperaba que sí.

Nueva Orleans es asimismo la central del homicidio, con unos cuatrocientos avisos de Código 30 -el código del Departamento de Policía local para el homicidio- anuales. Quizá resuelven la mitad, lo cual deja a gran número de personas sueltas por las calles de Nueva Orleans con las manos manchadas de sangre. Es un dato que las autoridades urbanas prefieren no dar a los turistas, pese a que tal vez muchos de éstos visitarían la ciudad de todos modos. Al fin y al cabo, cuando una ciudad resulta tan apasionante que proporciona un abanico de posibilidades tales como el juego con apuestas a bordo de un barco, bares abiertos las veinticuatro horas, strip-tease, prostitución y un buen suministro de drogas, todo ello en un radio de unas cuantas manzanas, debe de tener también algún lado negativo.

Seguí paseando y finalmente me detuve para sentarme al borde de una jardinera frente al edificio rosa del New Orleans Center, tras el que se elevaba la torre del hotel Hyatt, donde esperé a Woolrich. En medio de la confusión de la noche anterior, quedamos para desayunar a la mañana siguiente. Había pensado alojarme en Lafayette o Baton Rouge, pero Woolrich me explicó que posiblemente la policía local prefería no tenerme tan cerca de la investigación y, como me señaló, él mismo residía en Nueva Orleans.

Dejé pasar veinte minutos y, al ver que no llegaba, empecé a caminar por Poydras Street, un desfiladero entre bloques de oficinas abarrotado ya de ejecutivos y turistas camino del Mississippi.

En Jackson Square, una multitud desayunaba en La Madeleine. El olor que desprendía el pan todavía en los hornos parecía atraer a la gente como a personajes de dibujos animados seducidos por la estela visible y serpenteante de un aroma. Pedí un café y un bollo y acabé de leer el Times-Picayune. En Nueva Orleans es casi imposible conseguir el New York Times. En algún sitio había leído que los ciudadanos de Nueva Orleans compraban menos ejemplares del New York Times que los de ninguna otra ciudad de Estados Unidos, si bien lo compensaban comprando más ropa de etiqueta que en ninguna otra parte. Si uno tiene todas las noches cenas de compromiso, no dispone de mucho tiempo para leer el New York Times.

Entre las magnolias y los plátanos de la plaza, los turistas contemplaban a los bailarines de claqué y a los mimos, y a un esbelto negro que se golpeaba las rodillas con un par de botellas de plástico con ritmo uniforme y sensual. Aunque una suave brisa soplaba desde el río, tenía la batalla perdida contra el calor de la mañana y se conformaba con agitar el pelo a los artistas que colgaban sus cuadros en la verja negra de hierro de la plaza y amenazaba con llevarse los naipes de las echadoras de cartas frente a la catedral.

Me sentía extrañamente alejado de lo que había visto en la casa de Tante Marie. Había temido que aquello avivara los recuerdos de lo que había presenciado en mi propia cocina, la visión de mi esposa y mi hija reducidas a carne, tendones y huesos. Sin embargo, sólo sentía cierta pesadumbre, como una manta mojada y oscura sobre mi conciencia.

Volví a hojear el periódico. La noticia de los asesinatos se había incluido al pie de la primera plana, pero no se habían facilitado a la prensa los detalles de las mutilaciones. Era difícil predecir cuánto tiempo podrían mantenerse en secreto; probablemente empezarían a circular rumores en el funeral.

En las páginas interiores aparecían las fotografías de dos cadáveres, el de Florence y el de Tee Jean, cuando los trasladaban a las ambulancias a través del puente. El puente había perdido firmeza a causa del tráfico y existía el temor de que se hundiera si las ambulancias intentaban pasar. Por fortuna, no se incluía ninguna foto de Tante Marie mientras la transportaban en una camilla especial, con aquel cuerpo enorme que parecía burlarse de la mortalidad incluso amortajado de negro.

Alcé la vista y vi que Woolrich se acercaba a la mesa. Se había cambiado el traje marrón por otro gris claro de hilo; el tostado había quedado salpicado con la sangre de Florence Aguillard. No se había afeitado y tenía ojeras. Pedí café y algo de bollería para él y permanecí callado mientras comía.

Había cambiado mucho desde que lo conocí, pensé. Tenía la cara más enjuta y, cuando la luz lo iluminaba desde cierto ángulo, sus pómulos parecían filos bajo la piel. Por primera vez me dio la impresión de que quizás estuviera enfermo, pero no se lo dije. Él mismo hablaría de ello cuando lo considerase oportuno.

Mientras comía, recordé la primera vez que lo vi, fue ante el cadáver de Jenny Ohrbach: una bella mujer de unos treinta años, que había mantenido la figura gracias al ejercicio regular y una cuidadosa dieta, y que, como se supo, había vivido rodeada de considerables lujos sin que se le conociera medio de vida alguno.

Yo estaba junto a su cadáver en un apartamento del Upper West Side una fría noche de enero. Las dos grandes contraventanas daban a un pequeño balcón sobre la calle 79 y el río, a dos manzanas de Zabar, la tienda de comida preparada de Broadway. No era nuestro territorio, pero Walter Cole y yo habíamos ido porque el modus operandi inicial parecía coincidir con el de dos allanamientos de morada con agravantes que estábamos investigando, uno de los cuales había provocado la muerte de una joven administrativa, Deborah Moran.

En el apartamento todos los policías iban con abrigo y algunos llevaban bufanda en torno al cuello. El apartamento estaba caldeado y nadie mostraba grandes prisas por volver a salir al frío, y menos todavía Cole y yo, pese a que aquello parecía un homicidio intencionado más que allanamiento de morada con agravantes. Aparentemente no habían tocado nada en el apartamento y, bajo el televisor, en un cajón, se encontró intacta una cartera con tres tarjetas de crédito y más de setecientos dólares en efectivo. Alguien había traído café de Zabar, y estábamos tomándolo en vasos de plástico, rodeándolos con ambas manos y disfrutando de la desacostumbrada sensación de calor en los dedos.

El forense casi había terminado su trabajo y los auxiliares médicos de una ambulancia esperaban para retirar el cadáver cuando entró en el apartamento un personaje desaliñado. Llevaba un abrigo marrón del mismo color que el jugo que desprende la carne asada, y la suela de uno de sus zapatos estaba desprendida en la parte delantera. A través del hueco asomaba un calcetín rojo y, por un agujero que tenía éste, un enorme pulgar. El pantalón marrón estaba tan arrugado como un periódico antiguo y la camisa blanca había renunciado a seguir luchando por mantener su tono natural, conformándose con la malsana palidez amarilla de una víctima de ictericia. Llevaba calado un sombrero de fieltro. Yo no había visto a nadie con un sombrero de fieltro en el escenario de un crimen desde el último ciclo de cine negro en la sala Angelika.

Pero fueron sus ojos lo que más me llamó la atención. Tenía una mirada viva, cínica y risueña, que parecía pasearse de acá para allá como una medusa a través del agua. Pese a su aspecto desarrapado, iba bien afeitado y exhibió unas manos impolutas cuando sacó unos guantes de plástico del bolsillo y se los puso.

– La noche está más fría que el corazón de una puta -comentó mientras se agachaba y, con delicadeza, acercaba un dedo a la barbilla de Jenny Ohrbach-. Fría como la muerte.

Noté que me rozaban en el brazo y, al volverme, vi a Cole a mi lado.

– ¿Quién demonios es usted? -preguntó.

– Soy de los buenos -contestó el personaje-. Mejor dicho, soy del FBI, con todo lo que eso implique para ustedes. -Nos enseñó su identificación-. Agente especial Woolrich.

Se levantó, suspiró y se quitó los guantes. A continuación hundió los guantes y las manos en los bolsillos del abrigo.

– ¿Qué lo ha obligado a salir en una noche como ésta? -pregunté-. ¿Ha perdido las llaves de las oficinas federales?

– ¡Vaya, el ingenio del Departamento de Policía de Nueva York! -replicó Woolrich con media sonrisa en los labios-. Menos mal que hay una ambulancia aquí, no sea que me descoyunte de la risa. -Ladeando la cabeza, examinó otra vez el cadáver y preguntó-: ¿Saben quién es?

– Sabemos su nombre, pero nada más -contestó un inspector que yo no conocía.

En ese momento, yo aún desconocía el nombre de la víctima. Sólo sabía que había sido una mujer bonita y ya no lo era. Le habían golpeado la cara y la cabeza con un trozo de cable coaxial que después habían abandonado junto al cuerpo. La alfombra de color crema estaba manchada de un rojo oscuro, y la sangre había salpicado las paredes y los sillones blancos de piel, caros y probablemente incómodos.

– Es la amiga de Tommy Logan -informó Woolrich.

– ¿El tipo de la recogida de basuras? -deduje.

– El mismo.

La compañía de Tommy Logan había conseguido varios contratos importantes de recogida de basuras en la ciudad durante los últimos dos años. Tommy, además, había ampliado el negocio a la limpieza de ventanas. O bien los chicos de Tommy limpiaban las ventanas de tu edificio o bien te quedabas sin ventanas que limpiar y posiblemente sin edificio. Cualquiera con semejante clase de contratos debía de tener buenos contactos.

– ¿Está interesada acaso la Brigada contra el Crimen Organizado en Tommy? -Era Cole quien preguntaba.

– Hay mucha gente interesada en Tommy. Cabe pensar que mucha más que de costumbre, en vista de que su novia yace muerta en la alfombra.

– ¿Cree que alguien, quizás, está mandándole un mensaje? -pregunté.

Woolrich se encogió de hombros.

– Es posible. Aunque quizá no habría estado de más que alguien le hubiera mandado un mensaje para recomendarle que contratara a un decorador que no se hubiera quedado ciego el año en que murió Elvis.

Tenía razón. El apartamento de Jenny Ohrbach era tan retro que no desentonaba con la pata de elefante y la perilla. Aunque eso a Jenny Ohrbach ya no le importaba.

Nunca se averiguó quién la había matado. Tommy Logan pareció sinceramente consternado cuando se le comunicó la muerte de su amante, tan consternado que incluso dejó de preocuparle que su esposa se enterara. Quizá Tommy decidió ser más generoso con sus socios como resultado de la muerte de Jenny Ohrbach, pero si fue así, sus negocios no duraron mucho más. Un año más tarde, Tommy Logan murió, degollado y arrojado por el Borden Bridge de Queens.

No obstante, volví a ver a Woolrich. Nuestros caminos se cruzaron de vez en cuando; fuimos a tomar una copa en un par de ocasiones antes de que yo volviera a casa y él a su apartamento vacío de Tribeca. Consiguió entradas para un partido de los Knicks; vino a casa a cenar; regaló a Jennifer un enorme elefante de peluche por su cumpleaños; me observó sin juzgarme ni entrometerse mientras yo arruinaba mi vida con el alcohol trago a trago.

Lo recuerdo en la fiesta de cumpleaños de Jenny, con un gorro de payaso de cartulina encasquetado y un envase del helado Cherry García de Ben & Jerry en la mano. Se le notaba incómodo allí sentado, con su traje arrugado, en medio de niños de tres y cuatro años y unos padres que los adoraban, pero también extrañamente feliz cuando ayudaba a los pequeños a hinchar un globo o les sacaba monedas de detrás de las orejas. Y les enseñó a sostener cucharillas en equilibrio sobre la nariz. Al marcharse, se advertía tristeza en su mirada. Sospecho que recordaba otros cumpleaños, cuando su hija era el centro de atención, antes de descarriarse.

Cuando Susan y Jennifer murieron, Woolrich me siguió hasta la comisaría y aguardó fuera durante las cuatro horas del interrogatorio. No podía volver a mi casa, y después de esa primera noche que pasé llorando en un vestíbulo del hospital, no podía alojarme en casa de Walter Cole, no sólo porque él participaba en la investigación, sino también porque yo no deseaba estar rodeado de una familia, no en esos momentos. Así que fui al pequeño y ordenado apartamento de Woolrich, con las paredes cubiertas de libros de poesía: Marvell, Vaughan, Richard Crashaw, Herbert, Jonson y Ralegh, cuyo «Peregrinación del hombre apasionado» citaba a veces. Me cedió su cama. El día del funeral permaneció detrás de mí bajo la lluvia sin protegerse del agua, y las gotas caían del ala de su sombrero como lágrimas.

– ¿Cómo te va? -pregunté por fin.

Hinchó las mejillas y resopló a la vez que movía un poco la cabeza de lado a lado, como esos perros de adorno en la bandeja trasera de los coches. Por su pelo se extendían mechones grises desde los claros plateados que tenía sobre las orejas. De las comisuras de sus ojos y de sus labios irradiaban arrugas como grietas en la porcelana resquebrajada.

– No muy bien -contestó-. He dormido tres horas, si puede llamarse «dormir» a despertarse cada veinte minutos en medio de destellos rojos. No puedo quitarme de la cabeza a Florence con la pistola y el momento en que se la metió en la boca.

– ¿Aún os veíais?

– No mucho. Alguna que otra vez. Últimamente nos habíamos encontrado en un par de ocasiones y yo fui a su casa hace unos días para ver si todo iba bien. ¡Dios, qué desastre!

Echó mano del periódico y leyó por encima la información sobre los asesinatos al tiempo que deslizaba el dedo al lado de cada párrafo ensuciándoselo de tinta. Cuando acabó, se miró la yema ennegrecida del índice, se la frotó suavemente con el pulgar y luego se limpió los dos dedos con una servilleta de papel.

– Tenemos una huella digital, una huella parcial -explicó como si ver las líneas y espirales de su propio dedo terminara de recordárselo.

Fuera, los turistas y el ruido parecieron alejarse y, ante mí, quedó sólo Woolrich con su mirada lánguida. Apuró el café y se limpió los labios con la servilleta.

– Por eso me he retrasado. Nos la han confirmado hace sólo una hora. La hemos comparado con las huellas de Florence, pero no es suya. Hay en ella rastros de sangre de la anciana.

– ¿Dónde la habéis encontrado?

– Debajo de la cama. Quizá se sujetó al armazón mientras cortaba, o tal vez resbaló. No parece que intentara borrarla. Estamos comparándola con las fichas locales y nuestros archivos generales de identificación de huellas. Si está en la base de datos, la encontraremos.

Las fichas no sólo incluían delincuentes, sino también funcionarios federales, inmigrantes, personal militar y todos aquellos que habían solicitado que se archivaran sus huellas a fin de facilitar su identificación llegado el caso. En las siguientes veinticuatro horas, la huella hallada en el lugar del crimen se contrastaría con otros doscientos millones más o menos.

Si resultaba ser la huella del Viajante, sería el primer avance real desde la muerte de Susan y Jennifer, pero no me hacía grandes ilusiones. Un hombre que había limpiado las uñas de mi esposa después de matarla difícilmente sería tan descuidado como para dejar su propia huella en el lugar del crimen. Miré a Woolrich y supe que pensaba lo mismo. Levantó la mano para pedir más café mientras contemplaba el gentío de Jackson Square y oía los resoplidos de los caballos que tiraban de los carruajes llenos de turistas en Decatur.

– Florence había ido de compras a Baton Rouge unas horas antes, y luego volvió a casa para cambiarse con la intención de ir a una fiesta de cumpleaños, el de una prima segunda. Te telefoneó desde algún bar de la zona de Breaux Bridge y volvió a casa. Estuvo allí hasta alrededor de las ocho y media y a eso de las nueve llegó a la fiesta de cumpleaños en Breaux Bridge. Según las declaraciones de testigos presenciales tomadas por la policía local, se la veía distraída y no se quedó mucho rato; al parecer, su madre había insistido en que fuera a la fiesta, y en que Tee Jean cuidaría de ella. Permaneció allí una hora, quizás hora y media, y regresó. Brennan, el dueño de la tienda de artículos de pesca, la vio unos treinta minutos después. Así que los asesinatos se cometieron en un intervalo de entre una y dos horas.

– ¿Quién se ocupa del caso?

– El grupo de Morphy, en teoría. En la práctica, la mayor parte recaerá en nosotros, ya que el modus operandi coincide con el de los asesinatos de Susan y Jennifer, y también porque yo quiero. Brillaud va a pincharte el teléfono por si te llama nuestro amigo. Eso significa que tendrás que quedarte cerca de la habitación del hotel por un tiempo, pero no veo qué otra cosa podemos hacer. -Eludió mi mirada.

– Estás dejándome fuera.

– No puedes involucrarte mucho en esto, Bird, ya lo sabes. Te lo he dicho antes y te lo repito: nosotros decidiremos en qué medida participas.

– En escasa medida.

– Pues sí, escasa. Escucha, Bird, tú eres nuestra conexión con ese tipo. Te ha telefoneado una vez y volverá a hacerlo. Esperaremos, veremos qué ocurre. -Extendió las anchas palmas de sus manos.

– La mató por la chica muerta. ¿Vais a buscar a la chica?

Woolrich alzó la vista en un gesto de frustración.

– ¿Dónde vamos a buscarla, Bird? ¿En todo el pantano, joder? Ni siquiera hay constancia de que esa chica haya existido. Tenemos una huella, seguiremos adelante con eso y veremos adónde nos lleva. Ahora paga la cuenta y vámonos. Tenemos cosas que hacer.

Me alojaba en un edificio restaurado de estilo Greek Revival, el Flaisance House, en Esplanade, una mansión blanca llena de muebles de personas que habían muerto hacía tiempo. Había elegido una habitación que había en la cochera reformada de la parte de atrás, en parte porque estaría más aislado, pero también porque incluía una alarma natural en forma de dos enormes perros que rondaban por el jardín y que, según el portero de noche, gruñían a quienquiera que no fuese huésped. En realidad, daba la impresión de que los perros se pasaban casi todo el día durmiendo a la sombra de una vieja fuente. Mi amplia habitación tenía balcón, un ventilador metálico en el techo, dos sólidos sillones de piel y un pequeño frigorífico que llené de botellas de agua.

Cuando llegamos al Flaisance, Woolrich encendió el televisor para ver un concurso que había a primera hora de la mañana y esperamos en silencio la visita de Brillaud. Llamó a la puerta unos veinte minutos después, tiempo suficiente para que una mujer de Tulsa ganara un viaje a Maui. Brillaud era un hombre de baja estatura y bien vestido, tenía unas pronunciadas entradas y el hábito de pasarse los dedos por el cabello cada pocos minutos como para asegurarse de que aún le quedaba algo. Detrás de él, por la escalera exterior de madera que conducía a las cuatro habitaciones de la cochera, dos hombres en mangas de camisa acarreaban con dificultad el equipo de vigilancia sobre una mesa metálica con ruedas.

– Ve preparándote, Brillaud -dijo Woolrich-. Espero que hayáis traído algo para leer.

Uno de los hombres en mangas de camisa enseñó un fajo de revistas y unos cuantos libros de bolsillo manoseados que había sacado de la repisa inferior de la mesa metálica.

– ¿Dónde estarás si te necesito? -preguntó Brillaud.

– Donde siempre -contestó Woolrich-. Por ahí.

A continuación se marchó.

Una vez, invitado por Woolrich, visité una sala anónima de las oficinas del FBI en Nueva York. Era la sala donde las brigadas dedicadas a investigaciones a largo plazo -crimen organizado, contraespionaje- supervisaban sus grabaciones. Seis agentes, sentados ante una hilera de magnetófonos de carrete activados por voz, registraban las llamadas siempre que los magnetófonos se ponían en marcha y anotaban concienzudamente la hora, la fecha y el tema de la conversación. En la sala reinaba un silencio casi absoluto, excepto por los chasquidos y el ronroneo de las grabadoras y el rasgueo de los bolígrafos sobre el papel.

A los federales les encantaba realizar escuchas telefónicas. Ya en 1928, cuando el FBI se llamaba Agencia de Investigación, el Tribunal Supremo autorizó poder intervenir teléfonos casi sin restricciones. En 1940, cuando el fiscal general Andrew Jackson intentó poner fin a las escuchas telefónicas, Roosevelt le ganó la partida y amplió las escuchas a las «actividades subversivas». Según la interpretación de Hoover, las «actividades subversivas» abarcaban desde tener una lavandería china hasta tirarse a la mujer de otro. Hoover era el rey de las escuchas telefónicas.

Ahora los federales ya no tenían que permanecer en cuclillas bajo la lluvia junto a cajas de empalmes intentando proteger sus cuadernos de los elementos. Normalmente basta con una orden judicial, seguida de una llamada a la compañía telefónica para que desvíe la señal. Cuando la persona en cuestión está dispuesta a cooperar, resulta aún más fácil. En mi caso, Brillaud y sus hombres ni siquiera tenían que hacinarse dentro de una furgoneta de vigilancia y olerse el sudor unos a otros.

Con la excusa de que iba a la cocina del edificio principal, me marché durante cinco minutos mientras Brillaud intervenía mi móvil y el teléfono fijo de la habitación. Al salir del Flaisance y cruzar el jardín, atraje la aburrida mirada de uno de los perros acurrucados a la sombra. Me dirigí a un teléfono público que había al lado de una tienda de alimentación a una manzana de allí. Desde allí llamé a Ángel. Me salió el contestador. En un mensaje, le expliqué la situación y le aconsejé que no me telefoneara al móvil.

En rigor, los federales deben reducir al mínimo necesario su intervención durante las escuchas telefónicas y las labores de vigilancia. En teoría, eso significa que los agentes han de pulsar el botón de pausa de la grabadora y quedarse al margen de la conversación, excepto para hacer alguna comprobación ocasional, si resulta obvio que se trata de una llamada privada sin relación con el asunto que los ocupa. En la práctica, sólo un idiota supondría que sus asuntos privados seguirían siendo privados en una línea intervenida, así que me pareció poco sensato mantener conversaciones con un allanador de moradas y un asesino mientras el FBI escuchaba. Después de dejar el mensaje, compré cuatro cafés en la tienda de alimentación, entré de nuevo en el Flaisance y subí a mi habitación, donde Brillaud, visiblemente nervioso, esperaba junto a la puerta.

– Podemos pedir que nos suban el café, señor Parker -dijo con tono de desaprobación.

– Nunca sabe igual -contesté.

– Tendrá que acostumbrarse -concluyó, y cerró la puerta cuando entré.

La primera llamada tuvo lugar a las cuatro de la tarde, después de pasarme horas viendo malos programas de televisión y leer el consultorio sentimental de ejemplares atrasados de Cosmopolitan. Brillaud se levantó al instante de la cama y, chasqueando los dedos, reclamó la atención de los técnicos, uno de los cuales ya estaba poniéndose los auriculares. Contó tres hacia atrás con los dedos y me indicó que cogiera el móvil.

– ¿Charlie Parker? -Era una voz de mujer.

– Sí, soy yo.

– Soy Rachel Wolfe.

Miré a los hombres del FBI y negué con la cabeza. Oí suspiros de alivio. Tapé el micrófono del móvil con la mano.

– Eh, mínima intervención, ¿recuerdan?

Se oyó un chasquido en la línea al detenerse el magnetófono. Brillaud volvió a tenderse sobre las sábanas limpias de la cama con los dedos entrelazados en la cabeza y los ojos cerrados.

Rachel pareció notar que ocurría algo.

– ¿Puede hablar?

– Tengo compañía. ¿Puedo telefonearla yo más tarde?

Me dio el número de teléfono de su casa y me dijo que no volvería hasta las siete y media de la tarde. Podía llamarla a partir de esa hora. Le di las gracias y colgué.

– ¿Una amiga? -preguntó Brillaud.

– Mi médica -contesté-. Padezco un síndrome de escasa tolerancia. Ella tiene la esperanza de que dentro de unos años aprenda a hacer frente a la curiosidad ajena.

Brillaud se sorbió ruidosamente la nariz pero no abrió los ojos.

La segunda llamada tuvo lugar a las seis. La humedad y el bullicio de los turistas nos habían obligado a cerrar la puerta del balcón y en el aire flotaba un acre olor a hombre. Esta vez no cabía duda de quién llamaba.

– Bienvenido a Nueva Orleans, Bird -dijo la voz a través del sintetizador, con tonos graves que parecían cambiar y oscilar como la bruma.

Permanecí en silencio por un momento y dirigí un gesto de asentimiento a los hombres del FBI. Brillaud se puso a localizar a Woolrich. En un monitor situado junto al balcón veía pasar un mapa tras otro y, a través de los auriculares de los hombres del FBI, oía débilmente la voz del Viajante.

– No era necesario que trajeras a tus amigos del FBI -dijo la voz, esta vez con la cadencia aguda y cantarina de una niña-. ¿Está ahí el agente Woolrich? -Volví a guardar silencio antes de responder, consciente del paso de los segundos y de las palabras «llamada anónima» en la pantalla del móvil-. ¡No me jodas, Bird! -exclamó, aún con voz infantil, pero esta vez con el tono malhumorado de una niña a quien se le ha prohibido salir a jugar con sus amigas, y el efecto resultaba aún más obsceno por el uso de una palabra malsonante.

– No, no está.

– Treinta minutos.

Se interrumpió la conexión.

– Lo sabe -dijo Brillaud, y se encogió de hombros-. No se alargará lo suficiente para que podamos localizarlo.

Volvió a tenderse en la cama a la espera de Woolrich.

Woolrich parecía agotado. Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño y el aliento le olía mal. Desplazaba el peso del cuerpo de un pie al otro sin cesar, como si le apretaran los zapatos. A los cinco minutos de su llegada, volvió a sonar el teléfono. Brillaud hizo la cuenta atrás y contesté.

– Sí.

– No me interrumpas. Sólo escucha. -Parecía una voz femenina, la voz de una mujer a punto de contarle a su amante una fantasía secreta, pero distorsionada, inhumana-. Lamento mucho lo de la amiga del agente Woolrich, pero lo lamento sólo porque la eché de menos. Debería haber estado allí. Le había reservado algo especial, pero supongo que ella tenía sus propios planes. -Woolrich cerró los ojos con fuerza por un instante, pero no dio más señales de alterarse por lo que oía-. Espero que os gustara mi demostración -prosiguió la voz-, quizás estéis empezando a entender. Si no es así, no os preocupéis. Aún os queda mucho por ver. Pobre Bird. Pobre Woolrich. Unidos en el dolor. Intentaré encontraros compañía. -La voz cambió de nuevo. Esta vez pasó a ser grave y amenazadora-. No volveré a llamar. Es de mala educación escuchar conversaciones privadas. El próximo mensaje que os llegue de mí estará manchado de sangre. -La llamada concluyó.

– ¡Mierda! -exclamó Woolrich-. Decidme que tenéis algo.

– No tenemos nada -contestó Brillaud, y lanzó los auriculares a la cama-. El número cambia una y otra vez. Lo sabe.

Dejé a los hombres del FBI mientras cargaban su equipo en una furgoneta Ford blanca y crucé el Quarter hasta el Napoleon House para telefonear a Rachel Wolfe. Prefería no utilizar el móvil. Por alguna razón, su función como medio de contacto con un asesino parecía haberlo ensuciado. Además, necesitaba moverme después de tanto rato encerrado en mi habitación.

Descolgó cuando el timbre sonó por tercera vez.

– Soy Charlie Parker.

– Hola… -Dio la impresión de que le costaba decidir cómo llamarme.

– Llámame Bird.

– Muy observador.

Se produjo un silencio incómodo y, a continuación, preguntó:

– ¿Dónde estás? Se oye mucho ruido.

– Hay mucho ruido. Estoy en Nueva Orleans -respondí, y la informé lo mejor que pude de lo ocurrido. Escuchó en silencio y, en un par de ocasiones, oí el rítmico golpeteo de un bolígrafo contra el auricular al otro lado de la línea. Al acabar pregunté-: ¿Te dice algo alguno de estos detalles?

– No estoy segura. Me suenan vagamente de mi época de estudiante, pero dudo que consiga rescatar esa información del fardo de mi memoria. Me parece que he descubierto algo relacionado con la anterior conversación que mantuviste con ese hombre. Aunque no está muy claro. -Calló por un momento-. ¿Dónde te alojas?

Le di el número de teléfono del Flaisance. Repitió para sí el nombre y el número mientras tomaba nota.

– ¿Volverás a llamarme?

– No -contestó ella-. Pienso reservar una habitación e ir a Nueva Orleans.

Al colgar eché un vistazo al bar poco iluminado del Napoleon House. Estaba atestado de gente de la propia ciudad y visitantes de aspecto más o menos bohemio, algunos de ellos eran turistas que ocupaban las habitaciones de los pisos superiores. Por los altavoces sonaba una pieza clásica que no identifiqué y el aire estaba cargado de humo.

Había algo en las llamadas del Viajante que me inquietaba, aunque ignoraba qué era. Él sabía que yo estaba en Nueva Orleans cuando llamaba, sabía también dónde me alojaba, ya que conocía la presencia de los federales, y eso significaba que los procedimientos policiales no le eran ajenos y que tenía controlada la investigación, lo cual se correspondía con el perfil esbozado por Rachel.

Estaba vigilando el lugar del crimen cuando llegamos, o lo visitó poco después. Su rechazo a prolongar la conversación telefónica era comprensible, teniendo en cuenta que los federales estaban a la escucha, pero esa segunda llamada… La reproduje en mi mente para discernir la causa de mi malestar, pero no lo conseguí.

Estuve tentado de reservar habitación en el Napoleon House para respirar la sensación de vida y alegría en el viejo bar, pero volví al Flaisance. Pese al calor, me acerqué a las grandes contraventanas de la habitación, las abrí y salí al balcón, contemplé los edificios descoloridos y los balcones de hierro forjado de la parte superior del Quarter e inhalé los aromas que desprendía la comida de un restaurante cercano, mezclados con el humo y los gases de escape. Escuché los acordes de música de jazz que llegaban de un bar de Governor Nicholls, los gritos y carcajadas de quienes se dirigían a los garitos de Bourbon Street, en los que se mezclaba el cadencioso acento sureño con las voces de los turistas, el bullicio de la vida humana que desfilaba bajo mi ventana.

Y me acordé de Rachel Wolfe, y de cómo le caía el cabello sobre los hombros, de las pecas que salpicaban su cuello blanco.

33

Esa noche soñé con un anfiteatro que tenía los pasillos en pendiente y estaba lleno de ancianos. De las paredes pendían damascos y, desde lo alto, dos antorchas alumbraban el centro, ocupado por una mesa rectangular con los bordes curvos y las patas talladas en forma de huesos. Florence Aguillard yacía sobre la mesa con la matriz al descubierto y, junto a ella, un hombre con barba, envuelto en una toga oscura, se disponía a sajar usando un bisturí con la empuñadura de marfil. En torno al cuello y tras las orejas de ella se veía la marca de una soga y tenía la cabeza ladeada en un ángulo imposible.

Cuando el cirujano cortó el útero, salieron anguilas de dentro y cayeron al suelo. La muerta abrió los ojos e intentó gritar. El cirujano la amordazó con un trozo de arpillera y siguió cortando hasta que en los ojos de ella se apagó la luz.

Desde un rincón en penumbra del anfiteatro observaban unas figuras. Se acercaron a mí desde las sombras, eran mi mujer y mi hija, pero en ese momento las acompañaba una tercera, apenas una silueta, que se quedó más atrás, en la oscuridad. Ésta venía de un lugar frío y húmedo y despedía un olor denso y arcilloso de vegetación descompuesta, de carne tumefacta y desfigurada por los gases y la putrefacción. Yacía en un espacio pequeño y estrecho, con los lados rígidos, y en ocasiones los peces chocaban por fuera mientras ella esperaba. Cuando desperté, me pareció percibir su olor, y aún oía su voz…

«Auxilio.»

Y la sangre me zumbaba en los oídos. «Tengo frío. Auxilio.»

Y yo sabía que debía encontrarla.

Me despertó el timbre del teléfono de la habitación. Una luz tenue se filtraba a través de las cortinas y mi reloj marcaba las 8:35. Descolgué.

– ¿Parker? Soy Morphy. Mueve el culo. Te espero en La Marquise dentro de una hora.

Me duché, me vestí y me encaminé hacia Jackson Square tras los fieles madrugadores que acudían a la catedral de San Luis. Frente a la catedral, un titiritero intentaba atraerlos con el número del tragafuegos y un grupo de monjas negras se apiñaba bajo un parasol verde y amarillo.

En cierta ocasión, Susan y yo asistimos allí a una misa, bajo el techo ornamentado del templo, en que aparecía Cristo entre los pastores y, sobre el pequeño sagrario, la figura de Luis XI, Roi de France, anunciando la séptima cruzada.

La catedral había sido reconstruida por completo dos veces desde que la estructura de madera original, diseñada en 1724, ardiera durante el incendio del Viernes Santo de 1788, fecha en que ochocientos edificios fueron pasto de las llamas. La catedral actual tenía menos de ciento cincuenta años de antigüedad, y sus vidrieras, orientadas hacia la Place Jean-Paul Deux, eran un obsequio del gobierno español.

Resultaba extraño que recordase con semejante claridad los detalles después de tantos años. Pero los recordaba no tanto por su interés intrínseco como porque los asociaba a Susan. Los recordaba porque ella estaba conmigo cuando los descubrí, su mano en la mía, su cabello recogido y sujeto con una cinta de color aguamarina.

Por un momento, tuve la sensación de que si me ponía en el mismo sitio y recordaba las palabras que entonces pronunciamos, podría retrotraerme a aquel tiempo y sentirla cerca de mí, agarrándome de la mano, su sabor aún en mis labios, su fragancia en mi cuello. Si cerraba los ojos, la imaginaba recorriendo despreocupada el pasillo, su mano en la mía, respirando los aromas mezclados del incienso y las flores, pasando bajo las vidrieras, de la oscuridad a la luz, de la luz a la oscuridad.

Me arrodillé al fondo de la catedral, junto a la escultura de un querubín con un surtidor en las manos y los pies sobre una visión del mal, y recé por mi mujer y mi hija.

Morphy ya estaba en La Marquise, una pastelería de estilo francés en Chartres. Lo encontré sentado en el patio trasero, con la cabeza recién afeitada. Llevaba un pantalón largo de deporte de color gris, unas zapatillas Nike y un jersey de lanilla Timberland. Sobre la mesa, frente a él, había un plato de cruasanes y dos tazas de café. Untaba meticulosamente la mitad de un cruasán cuando me senté ante él.

– Te he pedido café. Toma un cruasán.

– Me apetecía café, gracias. ¿Tienes el día libre?

– ¡Qué va! Simplemente me he escaqueado de la ronda matutina. -Tomó una mitad del cruasán y se la metió entera en la boca, utilizando el dedo para acabar de embutírselo. Sonrió con los carrillos hinchados-. Mi mujer no me deja hacer esto en casa. Dice que le recuerdo a un niño que se atiborra de comida en una fiesta de cumpleaños. -Tragó y se puso manos a la obra con la otra mitad del cruasán-. La policía del distrito de St. Martin ha quedado fuera de la película, aparte de andar por ahí buscando ropa ensangrentada debajo de las rocas. Woolrich y los suyos han asumido casi todo el peso de la investigación. A nosotros no nos queda gran cosa que hacer, excepto el trabajo de fondo.

Sabía qué haría Woolrich. Las muertes de Tante Marie y de Tee Jean confirmaban la existencia de un asesino en serie. Los detalles quedarían en manos de la Unidad de Apoyo a la Investigación del FBI, la atosigada sección responsable del asesoramiento sobre técnicas de interrogatorio y negociación en secuestros con rehenes, así como del VICAP, el ABIS -los programas de prevención de actos de piromanía y atentados terroristas- y, vital en este caso, de la elaboración de perfiles criminales. De los treinta y seis agentes de la unidad, sólo diez trabajaban en los perfiles, enclaustrados en un laberinto de oficinas a veinte metros bajo tierra, los sótanos que antes albergaban el refugio antinuclear del director del FBI en Quantico.

Y mientras los federales estudiaban las pruebas e intentaban reproducir la imagen del Viajante, la policía continuaba buscando sobre el terreno huellas físicas del asesino en las inmediaciones de la casa de Tante Marie. Podía imaginármelos: hileras de agentes a través de la maleza iluminados por la luz cálida y verdosa que se filtraba entre los árboles. Se les hundirían los pies en el barro y se les engancharían los uniformes en las zarzas mientras examinaban el suelo que pisaban. Otros avanzarían a través de las aguas verdes del Atchafalaya, matando a palmadas insectos que ni siquiera veían y con las camisas empapadas de sudor.

La casa de la familia Aguillard había quedado llena de sangre. El Viajante debía de estar bañado en ella al acabar su labor. Seguramente llevaba un mono y conservarlo era demasiado arriesgado. Era probable que lo hubiera tirado al pantano, o bien que lo. hubiera enterrado o destruido. Yo suponía que lo había destruido, pero la búsqueda debía continuar.

– Ahora yo tampoco tengo mucho que ver con la investigación -dije.

– Ya me he enterado. -Se comió otro trozo de cruasán y apuró el café-. Si has acabado, en marcha.

Dejó el dinero sobre la mesa, y salí tras él. Aparcado a media manzana de allí estaba el mismo Buick destartalado que nos había seguido a la casa de Tante Marie, con el rótulo policía de servicio escrito a mano y pegado con cinta adhesiva sobre el salpicadero. Bajo una de las varillas del limpiaparabrisas se agitaba una multa de aparcamiento.

– ¡Mierda! -exclamó Morphy a la vez que arrojaba la multa a un cubo de basura-. Aquí ya nadie respeta la ley.

Fuimos en coche hasta el complejo de viviendas de protección oficial Desire, un inhóspito paisaje urbano donde los jóvenes negros holgazaneaban en solares llenos de desechos o jugaban a los aros con desgana en patios alambrados. Las manzanas formadas por casas de dos plantas parecían barracones, alineados en calles con nombres que parecían chistes malos, como Piedad, Abundancia y Humanidad. Estacionamos cerca de una licorería, protegida como una fortaleza, y los jóvenes de alrededor se escabulleron al oler a policía. Incluso allí la característica calva de Morphy era, por lo visto, reconocida al instante.

– ¿Conoces bien Nueva Orleans? -preguntó Morphy al cabo de un rato.

– No -contesté.

Bajo su jersey de lanilla, se veía el bulto de la pistola. Tenía las manos encallecidas de agarrar barras de pesas, e incluso sus dedos eran musculosos. Cuando movía la cabeza, los músculos y los tendones sobresalían de su cuello como serpientes deslizándose bajo su piel.

A diferencia de la mayoría de los culturistas, Morphy transmitía una sensación de peligro contenido, y de que aquellos músculos no eran sólo para exhibirlos. Yo sabía que había matado a un hombre en un bar de Monroe, un chulo que había disparado contra una de sus chicas y contra el cliente que estaba con ella en la habitación de un hotel de Lafayette. El chulo, un criollo de cien kilos llamado Le Mort Rouge, le había clavado a Morphy una botella rota en el pecho y luego; había intentado estrangularlo en el suelo. Morphy, tras asestar varios puñetazos en la cara y el cuerpo a su agresor, había conseguido por fin agarrarlo por el cuello, y los dos permanecieron así, uno en manos del otro, hasta que algo estalló en la cabeza de Le Mort y cayó de costado contra la barra. Cuando llegó la ambulancia, ya estaba muerto.

Había sido una pelea limpia, pero, sentado junto a Morphy en el coche, me acordé de Luther Bordelon. Éste era un matón, de eso no cabía duda. Sus agresiones se remontaban a sus tiempos de delincuente juvenil y se sospechaba que había violado a una joven turista australiana. La chica había sido incapaz de identificar a Bordelon en una rueda de reconocimiento y no habían quedado pruebas físicas del violador en el cuerpo de la víctima, porque había utilizado un condón y la había obligado después a lavarse el pubis con una botella de agua mineral, pero al Departamento de Policía de Nueva Orleans le constaba que había sido Bordelon. A veces las cosas son así.

La noche que murió Bordelon, éste había estado bebiendo en un bar irlandés del Quarter. Llevaba una camiseta y un pantalón corto blancos, y, más tarde, tres clientes del bar con los que había jugado al billar declararon bajo juramento que Bordelon no iba armado. Sin embargo, Morphy y su compañero, Ray Garza, informaron de que Bordelon les había disparado cuando intentaron someterlo a un interrogatorio de rutina y había resultado muerto en el posterior intercambio de disparos. Junto al cadáver se halló un arma sin dos de las balas en el cargador. Una Smith & Wesson modelo 60 que tenía por lo menos veinte años. El número de serie del arma había sido borrado con lija del armazón bajo el montante del cilindro, lo cual hacía difícil identificarla, y, según el informe de Balística, era la primera vez que se utilizaba para cometer un delito en la ciudad de Nueva Orleans.

La presencia de aquel arma parecía un amaño, y esa impresión tuvo la División de Integridad Policial de Nueva Orleans, pero Garza y Morphy se mantuvieron en sus trece. Un año más tarde, Garza había muerto, apuñalado cuando intentaba mediar en una reyerta en el Irish Channel, y Morphy había sido trasladado a St. Martin, donde compró una casa. Eso fue todo. Así acabó la historia.

Morphy señaló hacia un grupo de jóvenes negros, con los fondillos de los vaqueros a la altura de las rodillas y enormes zapatillas de deporte que resonaban en la acera al andar. Nos devolvieron la mirada sin inmutarse, como si nos retaran. En el estéreo que llevaban sonaban los Wu-Tang Clan, una música para desatar la revolución. Me produjo cierto placer perverso reconocer al grupo. Charlie Parker compinche honorario.

Morphy hizo una mueca.

– Ése es el peor ruido que he oído en mi vida. Joder, esta gente inventó el blues. Si Robert Johnson oyera esta mierda, sabría con toda seguridad que había vendido el alma al diablo y había ido derecho al infierno. -Encendió la radio del coche y saltó de emisora en emisora con cara de insatisfacción. Resignado, puso una cinta y el cálido sonido de Little Willie John llenó el coche-. Yo me crié en Metairie, antes de que las viviendas subvencionadas invadieran esta ciudad. No diré que mis mejores amigos fueran negros ni nada por el estilo…, la mayoría de los negros iba a colegios públicos y yo no, pero nos llevábamos bien.

«Cuando aparecieron las viviendas subvencionadas eso se acabó. Desire, Iberville, Lafitte eran sitios donde uno no quería ni poner los pies si no iba armado hasta los dientes. Llegó el cabrón de Reagan y las cosas empeoraron. Dicen que ahora hay aquí más sífilis que hace cincuenta años, ¿lo sabías? La mayoría de estos chicos ni siquiera está vacunada contra las paperas. Si uno tiene una casa en esta parte de la ciudad lo mismo daría si la abandonara y la dejara pudrirse. Carece por completo de valor. -Movió la cabeza en un gesto de desolación y dio una palmada al volante-. Ante semejante pobreza, algunos pueden ganar fortunas si ponen la cabeza a trabajar. Muchos se disputan una tajada de los ingresos que proporcionan las viviendas protegidas, se disputan también una tajada en otras cosas: el valor del suelo, la propiedad, el alcohol, el juego.

– ¿Quién, por ejemplo?

– Por ejemplo, Joe Bonanno. Su gente dirige aquí el cotarro desde hace más o menos una década, controla el suministro de crack, caballo, lo que sea. Han intentado abarcar también otros negocios. Se habla de que quieren abrir un gran centro de ocio entre Lafayette y Baton Rouge, quizá construir un hotel. Quizá sólo pretendan echar allí unos cuantos ladrillos y cemento y declararse en quiebra por sobrecarga fiscal, y así blanquear dinero. -Dirigió una mirada ponderativa a las casas de alrededor-. Y aquí se crió Joe Bones -añadió con un suspiro, como si no entendiera que un hombre se dedicara a socavar el lugar donde se crió y llegó a la vida adulta. Volvió a poner el coche en marcha y, mientras conducía, me contó la historia de Joe Bones.

Salvatore Bonanno, el padre del Joe, tenía un bar en el Irish Channel, a pesar de que las bandas del barrio no creían que un italiano tuviera cabida en una zona donde la gente ponía a sus hijos nombres de santos irlandeses y donde predominaba una mentalidad sureña. La actitud de Sal no era especialmente honorable; nacía del pragmatismo. En la Nueva Orleans de posguerra de Chep Morrison se podía hacer mucho dinero si uno estaba dispuesto a encajar los golpes y untar las manos adecuadas.

El bar de Sal fue el primero de la serie de bares y locales nocturnos que adquirió. Tenía que saldar deudas, y los ingresos de un solo bar en el Irish Channel no iban a satisfacer a sus acreedores. Ahorró y compró un segundo bar, esta vez en Chartres, y a partir de ahí nació su pequeño imperio. En algunos casos bastaba con una sencilla transacción económica para tener el local que deseaba; en otros, se requerían métodos de persuasión más enérgicos. Cuando éstos no surtían efecto, la cuenca del Atchafalaya tenía agua suficiente para ocultar un gran número de pecados. Poco a poco, organizó su propio equipo para llevar el negocio, para tener contentas a las autoridades municipales, a la policía, a la alcaldía, a todos, y para hacer frente a las consecuencias cuando aquellos que ocupaban un puesto en la parte baja de la cadena alimentaria intentaban prosperar a costa de Sal.

Sal Bonanno contrajo matrimonio con María Cuffaro, natural de Gretna, al este de Nueva Orleans, cuyo hermano era uno de los hombres de confianza de Sal. Ésta le dio una hija, que murió de tuberculosis a los siete años, y un hijo que murió en Vietnam. Ella murió de cáncer de mama en 1958.

Pero la auténtica debilidad de Sal era una tal Rochelle Hines. Rochelle era lo que llamaban una «mujer de color amarillo oscuro», es decir, una negra cuya piel parecía casi blanca después de generaciones de mestizaje. Tenía la piel clara como la mantequilla, en palabras de Morphy, pero en su partida de nacimiento se leía: «Negra, ilegítima». Era alta, y su cabello largo y oscuro enmarcaba unos ojos almendrados y unos labios tiernos, anchos y tentadores. Tenía una figura capaz de parar un reloj, y corrían rumores de que en otro tiempo había ejercido la prostitución, aunque si era así, Sal Bonanno puso fin rápidamente a esas actividades. Bonanno le compró una casa en el Garden District y empezó a presentarla como su esposa tras la muerte de María. Probablemente no fue muy sensato. En la Louisiana de finales de los años cincuenta, la segregación racial formaba parte de la realidad cotidiana. Ni siquiera Louis Armstrong, que se crió en la ciudad, podía tocar con músicos blancos en Nueva Orleans, porque el estado de Louisiana prohibía las actuaciones en la ciudad de bandas racialmente integradas.

Así pues, si bien los blancos podían mantener queridas negras y tratar con prostitutas negras, un hombre que presentara como esposa a una negra, por clara que fuese su piel, andaba buscándose problemas. Cuando ella dio a luz un hijo, Sal insistió en ponerle su apellido y llevó al niño y a la madre a conciertos en Jackson Square empujando el enorme cochecito blanco por la hierba y haciendo gorgoritos a su hijo.

Quizá pensó Sal que su dinero lo protegería; quizá simplemente le traía sin cuidado. Se aseguró de que Rochelle estuviera siempre custodiada, de que no saliera sola de casa, de que nadie se acercara a ella. Pero al final no fueron a por Rochelle.

Una calurosa noche de julio de 1964, cuando su hijo tenía cinco años, Sal Bonanno desapareció. Lo encontraron tres días después, atado a un árbol a orillas del lago Cataouatche, con la cabeza casi separada del tronco. Parecía evidente que alguien había decidido aprovechar su relación con Rochelle Hines como excusa para apropiarse de sus negocios. La propiedad de sus locales nocturnos y bares se traspasó a un consorcio comercial con intereses en Reno y Las Vegas.

En cuanto hallaron a su «marido», Rochelle Hines se esfumó con su hijo, unas cuantas joyas y un poco de dinero en efectivo antes de que alguien se les echara encima. Reapareció un año más tarde en la zona que después se conocería como Desire, donde una hermanastra suya alquilaba una casa. La muerte de Sal había arruinado su vida: era alcohólica y adicta a la morfina.

Fue allí, entre las viviendas subvencionadas en construcción, donde se crió Joe Bones, de piel aún más clara que su madre, con una actitud hostil contra negros y blancos, ya que ni unos ni otros lo aceptaban. Joe Bones era un joven lleno de rencor, y lo volcó en el mundo que lo rodeaba. En 1990, diez años después de la muerte de su madre en un mugriento camastro en una de las casas del barrio, tenía más bares que su padre treinta años antes, y cada mes llegaban de México aviones cargados de cocaína destinada a las calles de Nueva Orleans y zonas del norte, este y oeste.

– Ahora Joe Bones se hace pasar por blanco y nadie le lleva la contraria -dijo Morphy-. En todo caso, ¿cómo va a hablar alguien con los huevos en la garganta? Ahora Joe no tiene tiempo para los hermanos. -Rió en silencio-. No hay nada peor que un hombre que no se lleva bien con su familia política.

Nos detuvimos en una gasolinera y Morphy llenó el depósito. Luego regresó con dos refrescos. Nos los tomamos junto a los surtidores viendo pasar los coches.

– Ahora hay otra banda, los Fontenot, y también ellos tienen la vista puesta en las viviendas subvencionadas. Son dos hermanos, David y Lionel. La familia era de Lafayette, creo, y aún tiene lazos allí, pero vino a Nueva Orleans en los años veinte. Los Fontenot son ambiciosos y violentos, y opinan que, quizás, a Bonanno le ha llegado la hora. Todo esto ha ido a más desde hace alrededor de un año, y puede que los Fontenot tengan algo planeado para Joe Bones.

Los Fontenot no eran jóvenes -los dos pasaban ya de los cuarenta- pero habían ido estableciéndose gradualmente en Louisiana y en la actualidad dirigían sus operaciones desde un complejo situado en Delacroix, con alambradas, perros y hombres armados, entre los que había un grupo principal de cajuns procedentes de Acadiana. Estaban metidos en el juego, la prostitución y en parte en las drogas. Tenían bares en Baton Rouge, y uno o dos en Lafayette. Si pudieran quitarse de en medio a Joe Bones, probablemente se abrirían camino en el mercado de la droga a gran escala.

– ¿Sabes algo de los cajuns? -preguntó Morphy.

– No, aparte de su música no conozco nada más.

– Son una minoría perseguida en este estado y en Texas. Durante el boom del petróleo, no conseguían trabajo porque los tejanos se negaban a darles empleo. La mayoría de ellos hicieron lo que hacemos todos en tiempos difíciles: ponerse manos a la obra e intentar sobrevivir de la mejor manera posible. Hubo enfrentamientos con los negros, porque los negros y los cajuns se disputaban el mismo puñado de empleos, y se produjo algún que otro hecho lamentable, pero la mayoría de la gente hizo lo que pudo por mantener unidos cuerpo y alma sin incumplir demasiadas leyes.

»Roland Fontenot, el abuelo, dejó todo eso atrás cuando vino a Nueva Orleans siguiendo los pasos de otra oscura rama de la familia. Pero los chicos no olvidaron sus raíces. Cuando las cosas se complicaron en los años setenta, se rodearon de un grupo de desafectos, muchos jóvenes cajuns y unos cuantos negros, y de algún modo consiguieron que la combinación no les estallara en las narices. -Morphy tamborileó con los dedos en el salpicadero-. A veces pienso que quizá todos somos responsables de que existan los Fontenot. Son un castigo divino, por el modo en que fue tratada su gente. Quizá Joe Bones sea también un castigo divino, un recordatorio de lo que ocurre cuando se oprime a una parte de la población.

Según Morphy, Joe Bones tenía una vena sádica. En una ocasión mató a un hombre quemándolo poco a poco con ácido durante toda una tarde, y algunos pensaban que le faltaba una parte del cerebro, la parte que controla las acciones irracionales en la mayoría de los hombres. Los Fontenot eran distintos. Mataban pero mataban como hombres de negocios al cerrar una operación poco beneficiosa o insatisfactoria. Mataban de manera profesional, sin entusiasmo. A ojos de Morphy, los Fontenot y Joe Bones eran mala gente por igual. Simplemente tenían maneras distintas de manifestarlo.

Me acabé el refresco y tiré la lata. Morphy no era la clase de hombre que cuenta una historia por simple placer. Todo aquello conducía a alguna parte.

– ¿Cuál es el problema, Morphy? -pregunté.

– El problema es que la huella digital que encontramos en la casa de Tante Marie es de Tony Remarr, uno de los hombres de Joe Bones.

Mientras él arrancaba el coche y salía a la calle reflexioné sobre ello e intenté hallar una relación entre aquel nombre y algún incidente ocurrido en Nueva York, cualquier cosa que pudiera vincularme a Remarr. No encontré nada.

– ¿Crees que fue él? -preguntó Morphy.

– ¿Y tú?

– No, imposible. De entrada, sí, quizás. En fin, la vieja era dueña de esas tierras. No sería muy difícil drenar aquello para construir algo.

– Eso si alguien contemplaba la posibilidad de abrir un gran hotel y construir un centro de ocio.

– Exacto, o si pretendía convencer a otro de que sus intenciones eran lo bastante serias para plantar allí unos cuantos ladrillos. Es decir, un pantano es un pantano. En el supuesto de que consiguiera los permisos de obras, ¿quién quiere compartir el aire cálido de la noche con una muchedumbre de bichos que incluso Dios se arrepiente de haber creado?

»Sea como fuera, la vieja no estaba dispuesta a vender. Era sagaz. Los suyos habían sido enterrados allí desde hacía generaciones. El propietario inicial, un sureño cuyos antepasados se remontaban a los Borbones, murió en el sesenta y nueve. En su testamento dejó dicho que debía ofrecerse a los arrendatarios la opción de compra de las tierras a un precio razonable.

»Casi todos los arrendatarios eran de la familia Aguillard, e invirtieron todo el dinero que tenían en esas tierras. La vieja tomaba todas las decisiones por ellos. Sus antepasados están allí y su historia en esas tierras empieza en la época en que llevaban grilletes en los tobillos y cavaban canales con sus propias manos.

– Es decir, Bonanno la había presionado para que vendiera pero ella se negaba, así que él decidió llevar las cosas más lejos -comenté.

Morphy asintió con la cabeza.

– Es posible que enviara a Remarr a presionarla más aún, quizás amenazando a la chica o a algunos de los niños, quizás incluso matando a uno, pero al llegar la encuentra muerta. Y quizá Remarr. Por la impresión, actúa de manera descuidada, piensa que no ha dejado el menor rastro y se marcha en plena noche.

– ¿Sabe Woolrich todo eso?

– Casi todo, sí.

– ¿Vais a detener a Bonanno?

– Lo detuvimos anoche y lo soltamos al cabo de una hora, acompañado de un abogado de altos vuelos que se llama Rufus Thibodeaux. Sostiene que no ha visto a Remarr desde hace tres o cuatro días, y no hay quien lo saque de ahí. Dice que él es el más interesado en encontrar a Remarr, por el dinero de cierto negocio en West Baton Rouge. Es todo una patraña, pero no se aparta del guión. Creo que Woolrich intentará ejercer cierta presión sobre sus actividades mediante el Departamento de Lucha contra el Crimen Organizado y el de Narcóticos, o sea, apretarle las tuercas para ver si cambia de idea.

– Eso puede llevar su tiempo.

– ¿Se te ocurre algo mejor?

Me encogí de hombros.

– Quizá.

Morphy entornó los ojos.

– No vayas a tontear con Joe Bones, ¿me oyes? Joe no es como vuestros muchachos de Nueva York, sentados en clubes sociales de Little Italy con los dedos en las asas de sus tazas de café, soñando con los tiempos en que todos los respetaban. Joe no tiene tiempo para eso; Joe no quiere que la gente lo respete; Joe quiere que la gente se muera de miedo al verlo.

Doblamos en Esplanade. Morphy puso el intermitente y se detuvo a unas dos manzanas del Flaisance. Miró por la ventanilla y tamborileó con el dedo índice de la mano derecha contra el volante siguiendo algún ritmo que sonaba en su cabeza. Presentí que tenía algo que añadir. Decidí dejar que lo dijera cuando lo considerase oportuno.

– Has hablado con ese tipo, el que mató a tu mujer y a tu hija, ¿verdad?

Asentí.

– ¿Es el mismo individuo? ¿El mismo que liquidó a Tee Jean y la vieja?

– Me telefoneó ayer. Es él.

– ¿Dijo algo?

– Los federales lo tienen grabado. Dice que volverá a actuar. -Morphy se frotó la nuca con la mano y cerró los ojos con fuerza. Supe que en su mente veía otra vez a Tante Marie-. ¿Vas a quedarte aquí?

– Durante un tiempo, sí.

– Es posible que a los federales no les guste.

Sonreí.

– Lo sé.

Morphy me devolvió la sonrisa.

Buscó bajo su asiento y me entregó un sobre marrón alargado. -Seguiremos en contacto.

Me guardé el sobre bajo la chaqueta y salí del coche. Me saludó discretamente con la mano al alejarse entre el tráfico del mediodía.

Abrí el sobre en la habitación del hotel. Contenía fotografías del lugar del asesinato y fotocopias de algunos fragmentos de los informes policiales, todo grapado. Incluía, por separado, el informe forense; una parte estaba resaltada con rotulador amarillo fosforescente.

El forense había hallado restos de clorhidrato de ketamina en los cuerpos de Tante Marie y Tee Jean, equivalentes a una dosis de un miligramo por kilo de peso. Según el informe, la ketamina era un fármaco poco común, un tipo especial de anestésico empleado para ciertas intervenciones quirúrgicas menores. Nadie sabía exactamente cómo actuaba, excepto por el hecho de que presentaba analogías con la fenciclidina, incidía en zonas del cerebro y afectaba al sistema nervioso central.

Cuando yo pertenecía aún al cuerpo de policía, empezaba a convertirse en la droga preferida en los locales nocturnos de Nueva York y Los Angeles, distribuida por lo general en cápsulas o comprimidos que se obtenían calentando el anestésico líquido para evaporar el agua, tras lo cual quedaba ketamina cristalizada. Los consumidores describían el viaje con ketamina como «nadar en la piscina K», porque distorsionaba la percepción del cuerpo y producía la sensación de estar flotando en un medio blando y a la vez consistente. Otros efectos secundarios incluían las alucinaciones, la distorsión de la percepción del espacio y el tiempo, y experiencias extracorporales.

El forense señalaba que la ketamina podía utilizarse para inmovilizar animales por medios químicos, ya que producía parálisis y aliviaba el dolor sin impedir el normal funcionamiento de los reflejos faríngeo-laríngeos. Con este propósito, conjeturaba, había inyectado el asesino la sustancia a Tante Marie y a Tee Jean Aguillard.

Mientras eran desollados y diseccionados, concluía el informe, Tante Marie y su hijo eran plenamente conscientes.

34

Cuando terminé de leer el informe del forense, me puse ropa de deporte y las zapatillas de hacer jogging y corrí unos siete kilómetros por el Riverfront Park, pasando una y otra vez junto a la muchedumbre que hacía cola para embarcarse en el vapor con paletas Natchez, cuyo silbato emitía melodías que se propagaban como emisarios de orilla a orilla del Mississippi. Cuando acabé, estaba bañado en sudor y me dolían las rodillas. Sólo tres años antes siete kilómetros no me habrían representado un esfuerzo tan grande. Me hacía viejo. Pronto empezaría a interesarme por las sillas de ruedas y notaría en las articulaciones cualquier amenaza de lluvia.

Al regresar al Flaisance me encontré con un mensaje de Rachel Wolfe en el que me anunciaba que vendría esa noche. El número de vuelo y la hora de llegada aparecían anotados al pie del papel. Me acordé de Joe Bones y pensé que quizás a Rachel Wolfe le gustaría ir acompañada en el vuelo a Nueva Orleans.

Telefoneé a Ángel y a Louis.

La familia Aguillard recogió los cadáveres de Tante Marie, Tee Jean y Florence ese mismo día unas horas más tarde. Una funeraria de Lafayette cargó el féretro de Tante Marie en un ancho coche fúnebre. Los ataúdes de Tee Jean y Florence iban en otro coche, uno al lado del otro.

Los Aguillard, con Raymond, el hijo mayor, a la cabeza, y acompañados por un reducido grupo de amigos de la familia, siguieron a los coches fúnebres en tres furgonetas descubiertas, hombres y mujeres de piel morena sentados en trozos de arpillera, entre piezas de máquinas y útiles de labranza. Permanecí detrás de ellos cuando se desviaron de la autovía y tomaron el camino surcado de roderas. Dejaron atrás la casa de Tante Marie -la brisa agitaba ligeramente las cintas del precinto policial- y siguieron hacia la de Raymond Aguillard.

Era un hombre alto y huesudo de unos cincuenta años, con cierto exceso de peso pero un físico aún imponente. Vestía un traje oscuro de algodón, una camisa blanca y una corbata fina de color negro. Tenía los ojos ribeteados de llorar. Yo lo había visto un momento la noche que se hallaron los cuerpos, un hombre fuerte que intentaba mantener unida a su familia ante una pérdida violenta.

Advirtió mi presencia mientras descargaban los ataúdes y los acarreaban hasta la casa, el de Tante Marie entre los forcejeos de un grupo de hombres. Yo destacaba porque era la única cara blanca en el cortejo. Una mujer, probablemente hija de Tante Marie, me lanzó una fría mirada al pasar junto a mí flanqueada por dos mujeres de más edad. Cuando estuvieron los cuerpos dentro de la casa, una construcción de listones no muy distinta de la de Tante Marie, Raymond besó un pequeño crucifijo que llevaba colgado del cuello y se acercó despacio a mí.

– Yo sé quién es usted -dijo cuando le tendí la mano. Tardó un instante en aceptarla y estrechármela en un apretón breve pero firme.

– Lo siento -me disculpé-. Siento todo lo que ha pasado.

Asintió con la cabeza.

– Lo sé.

Siguió adelante, más allá de la cerca que delimitaba la casa, y se detuvo junto al camino con la mirada fija en aquella franja de tierra. Un par de ánades reales nos sobrevolaron, su aleteo cada vez más lento a medida que se aproximaban al agua. Raymond los contempló con cierta envidia, la envidia que siente un hombre transido de pena hacia todo aquello ajeno a su dolor.

– Algunas de mis hermanas piensan que usted trajo a ese hombre. Piensan que no tiene derecho a estar aquí.

– ¿Eso cree usted?

No contestó. Al cabo de un rato continuó:

– Ella presintió que ese hombre venía. Quizá por eso mandó a Florence a la fiesta, para alejarla de él. Y por eso le hizo venir a usted: presintió que él venía, y creo que sabía quién era. -Tenía la voz empañada.

Acarició el crucifijo, deslizando el pulgar arriba y abajo. Noté que la elaborada talla original -aún se distinguían detalles de las volutas de los bordes- se había desgastado casi por completo debido al roce de la mano de aquel hombre a lo largo de los años.

– No lo considero culpable de lo que le ha ocurrido a mi madre y a mis hermanos. Mi madre hizo siempre lo que creía correcto. Quería encontrar a esa chica y detener al hombre que la mató. Y en cuanto a Tee Jean… -En sus labios se dibujó una triste sonrisa-. Según el policía, lo golpearon por detrás tres veces, quizá cuatro, y a pesar de eso tenía magullados los nudillos porque intentó defenderse de ese hombre.

Raymond carraspeó y respiró hondo, con la cabeza un poco inclinada hacia atrás como quien ha recorrido una larga distancia aguantando el dolor.

– ¿Se llevó a su mujer y a su hija? -preguntó.

Era más una afirmación que una pregunta, pero contesté de todos modos.

– Sí, se las llevó. Como usted ha dicho, Tante Marie creía que también se había llevado a otra chica.

Se apretó las comisuras de los ojos con los dedos pulgar e índice de la mano derecha y parpadeó para contener las lágrimas.

– Lo sé. La he visto.

El mundo a mi alrededor pareció quedar en silencio cuando me abstraje del canto de los pájaros, del susurro del viento en los árboles, del chapoteo lejano del agua en las orillas. Sólo quería oír la voz de Raymond Aguillard.

– ¿Ha visto a esa chica?

– Eso he dicho. Junto a un cenagal de Honey Island, hace tres noches. La noche antes de morir mi madre. También la he visto otras veces. Mi cuñado pone trampas en esa zona. -Se encogió de hombros. Honey Island era una reserva natural-. ¿Es usted supersticioso, señor Parker?

– Tengo que ir -contesté-. ¿Cree usted que es allí donde se encuentra, en Honey Island?

– Podría ser. Mi madre decía que ignoraba dónde se encontraba, sólo sabía que existía. Sabía que la chica estaba en alguna parte. Yo no me explico cómo lo sabía, señor Parker. Nunca comprendí el don de mi madre. Pero un día la vi, una figura cerca de un cipresal, con la cara envuelta en una especie de oscuridad, como si se la cubriera una mano, y supe que era ella. -Bajó la vista y, con la puntera del zapato, empezó a golpetear una piedra incrustada en la tierra. Cuando por fin consigue sacarla y echarla a un lado sobre la hierba, pequeñas hormigas negras corretearon y escaparon del agujero, y la entrada del hormiguero quedó totalmente al descubierto-. He oído que otros la han visto también, gente que va por allí a pescar o a echar un vistazo al aguardiente que destilan en alguna choza.

Observó las hormigas que pululaban alrededor de su zapato; algunas se encaramaban por el borde de la suela. Con delicadeza, levantó el pie, lo sacudió y se apartó.

Raymond me explicó que Honey Island tenía una superficie de veintiocho mil hectáreas. Por extensión, era el segundo pantano más grande de Louisiana, con sesenta y cinco kilómetros de largo y ciento treinta de ancho. Formaba parte de las tierras de aluvión del río Pearl, línea fronteriza entre Louisiana y Mississippi. Honey Island estaba mejor conservada que las Everglades de Florida: no se permitía dragar ni drenar ni recolectar madera, ni proyectos urbanísticos ni presas, y ciertas partes de Honey Island ni siquiera eran navegables. La mitad de su superficie era propiedad del estado; una parte estaba bajo la responsabilidad del Departamento de Protección de la Naturaleza. Si alguien se proponía arrojar un cadáver a un lugar donde existían pocas probabilidades de que se descubriera, Honey Island parecía el lugar ideal para hacerlo, siempre y cuando se eludieran las visitas turísticas en barco.

Raymond me dio indicaciones para llegar al cenagal y trazó un tosco mapa al dorso del cartón de un paquete de Marlboro desplegado.

– Señor Parker, sé que es usted un buen hombre y que siente lo que ha ocurrido, pero le agradecería que no viniera más por aquí. -Habló sin levantar la voz, pero con indudable contundencia-. Y tenga la bondad de no ir al entierro. A mi familia y a mí va a costarnos mucho superar esto.

A continuación encendió el último cigarrillo del paquete, movió la cabeza en un gesto de despedida y regresó a la casa dejando tras de sí una estela de humo.

Observé cómo se alejaba. Una mujer de pelo gris como el acero salió al porche y le rodeó la cintura con el brazo cuando llegó. Él le echó su enorme brazo a los hombros y la estrechó contra sí mientras entraban en la casa. La mosquitera se cerró con suavidad a sus espaldas. Y yo, mientras me alejaba de casa de los Aguillard levantando una nube de polvo, pensé en Honey Island y en los secretos que guardaba bajo sus verdes aguas.

Mientras conducía, el pantano se preparaba ya para revelar sus secretos. Honey Island arrojaría un cuerpo en menos de veinticuatro horas, pero no sería el de una chica.

35

Llegué temprano a Moisant Field, así que entré a curiosear un rato en la librería, procurando no tropezar con las pilas de novelas de Anne Rice. Llevaba alrededor de una hora sentado en la terminal de llegadas cuando Rachel Wolfe cruzó la puerta. Vestía unos vaqueros de color azul oscuro, zapatillas de deporte blancas y un polo rojo y blanco. El cabello rojo le caía suelto sobre los hombros y se había maquillado con tal esmero que apenas se notaba.

El único equipaje que acarreaba ella era una bolsa marrón de piel colgada al hombro. El resto de lo que supuse eran sus pertenencias lo llevaban Ángel y Louis, que la flanqueaban un tanto cohibidos; Louis con un traje de color crema de chaqueta cruzada y una elegante camisa blanca con el cuello desabrochado, Ángel con vaqueros, unas gastadas Reebok de suela alta y una camisa verde de cuadros que no había pasado por una plancha desde que salió de la fábrica hacía muchos años.

– Vaya, vaya -dije cuando los tuve delante-. He aquí representadas todas las formas de vida humana.

Ángel levantó la mano derecha, de la que pendían tres gruesas pilas de libros, atados con un cordel. Se le estaban amoratando las puntas de los dedos.

– Hemos traído también media Biblioteca Pública de Nueva York -se lamentó-. Atada con un cordel. No veía libros atados así desde la última reposición de La casa de la pradera.

Louis, observé, llevaba un paraguas rosa de señora y un neceser. Tenía el aspecto de un hombre que finge no darse cuenta de que un perro está meándosele en la pierna.

– Ni se te ocurra decir una sola palabra -advirtió-. Ni una sola palabra.

Entre los dos, cargaban también dos maletas, dos bolsas de viaje de piel y un portatrajes.

– Tengo el coche aparcado delante -dije mientras me dirigía a la salida con Rachel-. Puede que sólo haya espacio para las bolsas.