/ Language: Spanish / Genre:thriller

Situación Límite

Joseph Conrad

La aventura y la angustia de la encrucijada de un destino. Hay momentos en que todo lo que ha sido un hombre, todo lo que ha hecho, todas las experiencias, relaciones e intereses de su vida, pueden conden¬sarse en un solo instante dramático: es entonces la situación límite, la aventura o la catástrofe, el desenlace o la reiniciación. Los testigos de uno de esos momentos excepcionales pueden no enten¬der, el novelista sí entiende. Es la historia de una de esas situaciones límite la que narra Conrad, en una obra maestra hasta ahora desconocida para los lectores de lengua castellana.

Joseph Conrad

Situación Límite

Título original: The End of the Theter

Traducción: Francisco Cusó

1

Aunque hacía ya mucho que el vapor Sofala había virado hacia la costa, la baja y húmeda franja de tierra seguía pareciendo una simple mancha obscura al otro lado de una franja de resplandor. Los rayos del sol caían con violencia sobre la mar calma, como si se estrellasen sobre superficie diamantina produciendo una polvareda de centellas, un vapor de luz deslumbradora que cegaba la vista y agobiaba el cerebro con su trémulo brillo.

El capitán Whalley no contemplaba nada de esto. Cuando el fiel serang se había acercado al amplio sillón de bambú que llenaba cumplidamente para informarle en voz baja de que había que cambiar el rumbo, se había levantado enseguida y había permanecido en pie, mirando al frente, mientras la proa del buque giraba un cuarto de círculo. No había dicho palabra, ni siquiera para ordenar al timonel que mantuviese el rumbo. Era el serang, un viejo malayo muy despierto, de piel muy obscura, el que había musitado la orden al hombre del timón. Y entonces el capitán Whalley se había sentado de nuevo lentamente en el sillón del puente para clavar la mirada en la cubierta que tenía bajo los pies.

No albergaba esperanzas de ver nada nuevo en aquella ruta marina. Llevaba tres años por aquellas costas. Desde el Cabo Bajo hasta Malantan había cincuenta millas, que eran seis horas de navegación para el viejo barco a favor de la marea, y siete en contra. Luego enfilaba recto hacia tierra y pronto se recortaban en el cielo tres palmeras altas y delgadas, cuyas irregulares copas formaban un ramo, como criticando confiadas a los obscuros mangles. El Sofala se acercaría a la sombría franja costera, que en un momento dado, al llegar a ella oblicuamente el barco, mostraría varias fracturas claras y llenas de luz: el estuario pletórico de un río. Luego, surcando un líquido pardo, tres cuartas partes agua y una cuarta parte tierra negra, por entre bajas costas, tres cuartas partes tierra negra y una cuarta parte agua salada, el Sofala se abriría camino cual arado corriente arriba, como lo hacía una vez al mes desde hacía siete años o más, mucho antes de que él tuviese conciencia de la existencia del barco, mucho antes de que se le viniese a las mientes que pudiese tener relación con aquel barco y sus viajes invariables. El viejo cascarón tenía que conocer el camino mejor que la tripulación, que en todo ese tiempo había ido cambiando; mejor que el fiel serang, que él se había traído de su último barco para hacer las guardias del capitán; mejor que él mismo, que sólo llevaba tres años de capitán del buque. Este merecía toda la confianza. Sabía encontrar el camino, no perdía la brújula. No había que preocuparse, pues era como sí los años le hubiesen dado sabiduría, prudencia y firmeza. Avistaba las escalas con precisión de rumbo, y cumpliendo el horario casi al minuto. Aun sentado en el puente sin levantar la mirada, o tumbado en el camarote, con sólo calcular el día y la hora podía saber en cualquier momento dónde estaba, el punto exacto de la ruta. El mismo capitán se sabía de memoria aquella monótona ruta de vendedor ambulante, estrechos arriba y estrechos abajo; se sabía el orden y los paisajes y la gente. Empezando por Malaca, donde entraba de día y salía de noche, cruzando con una rígida estela fosforescente aquel camino real del Lejano Oriente. Oscuridad y destellos en el agua, limpias estrellas en un cielo negro, tal vez las luces de un vapor británico que mantenía impávido su ruta por el centro, o quizá la sombra elusiva de una embarcación nativa deslizándose sigilosamente con las velas desplegadas… y avistar luego al otro lado con la luz del día una costa baja. A mediodía las tres palmeras de la siguiente escala, a la que arribaría remontando un lento río. El único hombre blanco residente allí era un joven marinero retirado, con quien había trabado amistad en el curso de innumerables viajes. Sesenta millas más allá se encontraba otra escala, una profunda bahía en cuya playa sólo había dos casas. Y así seguía, arribando a tierra y haciéndose a la mar, cogiendo carga costera aquí y allá hasta acabar con un recorrido de cien millas por entre el laberinto de las isletas de un archipiélago, para llegar a un gran poblado nativo, fin de la ruta. Allí el viejo barco tenía tres días de descanso antes de zarpar para recorrer de nuevo, en orden inverso, las mismas costas, vistas desde otro ángulo, oyendo las mismas voces en los mismos lugares, hasta volver al puerto de matrícula del Sofala, enclavado en el camino real del Lejano Oriente, donde ocuparía un muelle casi enfrente del gran montón de piedras de las oficinas del puerto hasta que llegase el momento de empezar de nuevo la vieja ruta de 1.600 millas y treinta días.

No era una vida con mucho aliciente para el capitán Whalley, Henry Whalley, por otro nombre Harry Whalley el Temerario, del Cóndor, clíper famoso en su época. No era aliciente aquello para un hombre que había servido en compañías famosas, al mando de barcos famosos (varios de ellos propiedad suya); que había realizado travesías famosas, descubriendo rutas y tráficos; que había dirigido sus barcos por zonas desconocidas de los mares del Sur, y había visto salir el sol encima de islas que no constaban en los mapas. Cincuenta años en el mar, y cuarenta en Oriente («un aprendizaje de lo más completo», solía observar, sonriendo) le habían convertido en hombre conocido y respetado por toda una generación de armadores y comerciantes de todos los puertos, desde Bombay hasta donde el Este se funde con el Oeste, en la costa de las dos Américas. Su fama había quedado escrita, no muy ampliamente, pero con toda claridad, en los mapas del Almirantazgo. ¿No había en cierto punto situado entre Australia y China una Isla Whalley y un bajío Cóndor. El célebre clíper había estado encallado en aquella peligrosa formación de coral durante tres días, mientras el capitán y la tripulación echaban la carga por la borda con una mano y con la otra, por así decir, mantenían a raya a una flotilla de canoas de guerra salvajes. En aquella época ni la isla ni el arrecife tenían existencia oficial. Más tarde, la oficialidad del vapor de su majestad Fusilier, enviado a explorar la ruta, adoptó esos dos nombres como reconocimiento de la gesta del hombre y la solidez del buque. Por lo demás, todo el mundo puede comprobar que el General Directory, vol. II, p. 410, inicia la descripción del «Malotuor Whalley Passage» con las palabras: «Esta acertada ruta fue descubierta en 1850 por el capitán Whalley al mando del buque Cóndor», etc., y acaba recomendándola encarecidamente a los buques que zarpen de los puertos de China en dirección al Sur en los meses que van de diciembre a abril, ambos incluidos.

Era este el logro más claro de su vida. Nada podía privarle de esta fama. La apertura del canal que cruza el Istmo de Suez, como rompiendo un dique, había lanzado al Oriente una avalancha de nuevos buques, nuevos hombres, nuevos métodos comerciales. Había cambiado la faz de los mares del Este y el espíritu mismo de su vida; por tanto, las experiencias anteriores del capitán no significaban nada para la nueva generación de hombres del mar.

En aquellos tiempos pasados había manejado muchos miles de libras de sus empresarios y suyos propios; había cumplido fielmente, como por ley tiene que hacer un jefe de barco, respetando los intereses conflictivos de propietarios, fletadores y aseguradores. Nunca había perdido ningún barco ni consentido en transacciones indignas; y había aguantado mucho tiempo, sobreviviendo al cabo a las condiciones pretéritas en que se había labrado un nombre. Había enterrado a su esposa (en el Golfo de Petchili), había casado a la hija con el hombre en mala hora elegido por ella, y había perdido más que una posición económica holgada con la quiebra de la importante Corporación Bancaria de Travancore y del Decán, cuya ruina había sacudido el Oriente como un terremoto. Y tenía sesenta y siete años de edad.

2

Esos años le pesaban poco; y no se avergonzaba en absoluto de su ruina. No había sido el único en creer en la estabilidad de ese Banco. Hombres tan dignos de crédito en materias financieras como él en el oficio de navegar habían alabado el acierto de aquellas inversiones y habían perdido también ellos grandes cantidades en la escandalosa quiebra. La única diferencia era que él lo había perdido todo. O casi. De la fortuna perdida le quedaba un barquito precioso, Fair Maid, que había comprado para ocupar su ocio de marinero retirado…, «un juguete», como él mismo decía.

Se había declarado formalmente cansado del mar el año anterior al matrimonio de su hija. Pero una vez que la joven pareja hubo ido a instalarse en Melbourne, descubrió que no conseguía ser feliz en tierra. Era demasiado capitán de mercante como para que le pudiesen satisfacer los paseos de placer. Necesitaba la ilusión de los negocios; y la adquisición del Fair Maid preservaba la continuidad de su vida. En diversos puertos presentó a sus amistades el barco como «el último que mando». Cuando fuese demasiado viejo para poder mandar un barco, lo inutilizaría y desembarcaría para que le enterrasen, dejando instrucciones de que el día del entierro se remolcase el barco a alta mar, y lo hundiesen dignamente. Su hija no podría quejarse de que tuviese la satisfacción de saber que ningún forastero mandaría tras su muerte su último barco. Con la fortuna que iba a dejarle, el valor de un barco de quinientas toneladas no tenía importancia. Todo esto lo decía guiñando el ojo con picardía: aquel enérgico anciano tenía demasiada vitalidad como para caer en sentimentalismos amargos; y lo decía con cierta nostalgia, porque se encontraba a gusto en la vida y disfrutaba realmente con los sentimientos y las posesiones; gozaba de la dignidad de su reputación, del amor que sentía por su hija y de la satisfacción que le daba el barco, juguete de su ocio no compartido.

Había dispuesto el camarote de conformidad con su simple ideal de comodidad en el mar. Un lado estaba ocupado por una gran librería (era un señalado lector); frente al lecho tenía el retrato de su última esposa, un óleo bituminoso y desvaído que representaba el perfil y un largo mechón ondulado, negro, de una mujer joven. Tres cronómetros le ayudaban con su tic-tac a dormirse y le saludaban al despertarle con la pequeña competición de sus timbres. Se levantaba todos los días a las cinco. El oficial de la guardia de mañana, que se tomaba el primer café a popa, junto al timón, oía por el amplio orificio de los respiradores de cobre los chapoteos, soplidos y restregones que hacía el capitán al lavarse. Ruidos seguidos por un murmullo sostenido y profundo, el del Padrenuestro recitado en voz alta y firme. Cinco minutos más tarde emergían por la escotilla la cabeza y los hombros del capitán Whalley. Invariablemente, se detenía un momento en las escaleras, girando la mirada para abarcar todo el horizonte; levantaba la vista para ver la posición de las velas; inhalaba profundamente el aire fresco. Sólo entonces salía a la toldilla, devolviendo el saludo de la mano puesta en la visera con un solemne y benévolo -Buenos días-. Recorría las cubiertas hasta las ocho en punto. Alguna vez, no más de dos días al año, tenía que utilizar un grueso bastón, parecido a una porra, a causa del agarrotamiento de la cadera…, lo que suponía una leve traza de reuma. Aparte de eso, desconocía todas las enfermedades de la carne. Cuando la campana llamaba a desayunar bajaba a alimentar a los canarios, dar cuerda a los cronómetros, y ocupaba la cabecera de la mesa. Desde allí divisaba las grandes fotografías en carbón de su hija, el marido de ésta y dos niños de piernas gordezuelas -sus nietos- puestas en marcos negros incrustados en el mamparo de arce de la cocina. Después del desayuno limpiaba él mismo con un paño el cristal de esos retratos, y pasaba por el óleo de su mujer un plumero que tenía colgado de un pequeño gancho de latón junto al solemne marco dorado. Entonces, con la puerta del camarote cerrada, se sentaba en la cama, bajo el retrato, a leer un capítulo de una gruesa Biblia de bolsillo -su Biblia-. Pero algunos días se limitaba a estar allí media hora sentado, con el dedo entre las hojas y el libro cerrado sobre las rodillas. Tal vez había recordado de repente cuánto le encantaba a ella navegar.

Había sido una auténtica compañera de navegación y también una auténtica mujer. Para él era como un artículo de fe que nunca había habido ni podría haber ni a flote ni en tierra firme un hogar más entrañable y luminoso que su casa de debajo de la toldilla del Cóndor, con la gran cámara toda en blanco y oro, engalanada como para una fiesta perpetua con guirnaldas inmarcesibles. Ella había decorado el centro de cada panel con un ramillete de flores domésticas. Le llevó doce meses rodear todo el comedor con esa labor de amor. Para él aquello quedó como un primor de pintura, la mayor perfección de gusto y habilidad; y en cuanto al viejo Swinburne, su compañero, cada vez que bajaba a comer quedaba como paralizado de admiración al ver el progreso de la obra. Aquellas rosas casi se podían oler, según decía aspirando el lánguido olor de turpentina que en aquella época llenaba el salón, y (según confesó luego) le disminuía un poco su apetito habitual. Pero en cambio, nada empañaba el deleite que le causaba el canto de ella.

– Mrs. Whalley es un auténtico ruiseñor con todas las de la ley, señor -proclamaba con aire de juez, tras escuchar profundamente a la luz de la lumbrera hasta el fin de la pieza.

Cuando hacía buen tiempo, durante la guardia de seis a ocho de la tarde, los dos hombres podían oír sus trinos y gorgoritos acompañados por el piano. El instrumento lo había encargado el capitán a Londres el mismo día que se prometieron; pero no les llegó hasta un año después de la boda, dando vuelta por El Cabo. La gran caja formaba parte de primera carga general directa desembarcada en el puerto de Hong Kong…, acontecimiento que parecía oscuro y lejano a los que circulaban ahora por los ajetreados muelles de ese puerto. Pero el capitán Whalley podía en media hora de soledad vivir de nuevo toda su vida, con el romance, el idilio y la pena. Tuvo que cerrarle los ojos él mismo. Se fue de debajo de la bandera como correspondía a una esposa de marinero, marinera de corazón. El le leyó las oraciones, con el libro de plegarias de ella misma, sin que le temblase la voz ni una sola vez. Al levantar la mirada pudo ver delante al viejo Swinburne con la gorra apretada contra el pecho y el rostro curtido, rojizo e impasible sudando a mares como un trozo de granito rojo cincelado bajo un aguacero. Era muy propio que aquel viejo lobo de mar gritase. Tenía que leer sin parar hasta el fin; pero después de la zambullida, apenas recordaba lo que había ocurrido en varios días. Un anciano marinero, diestro en el manejo de la aguja confeccionó un vestido de luto para la niña con una falda negra de la difunta.

No era fácil que el hombre lo olvidase; pero no puede uno contener la vida como quien embalsa una corriente perezosa. La vida tiene que abrirse camino y fluir por encima de las preocupaciones de uno, cerrándose sobre una pena como el mar sobre un cadáver, por grande que sea el amor que se haya ido al fondo. Y el mundo no es malo. La gente se había portado muy bien con él; particularmente Mrs. Gardner, esposa del socio principal de Gardner, Patteson amp; Co., empresa propietaria del Cóndor. Se ofreció a cuidar de la pequeña, y en su momento se la llevó a Inglaterra (cosa que en aquella época representaba un señor viaje, aun yendo por la ruta terrestre del correo), con sus propias hijas, para que completasen su educación. Tardó diez años en volver a verla.

De niña, nunca había tenido miedo del mal tiempo; pedía que la llevasen a cubierta enfundada en el impermeable para contemplar cómo se echaban sobre el Cóndor los enormes mares. Los torbellinos y choques de las olas parecían llenar su almita de un deleite que la dejaba sin respiración.

– Lástima de chico que hubieras sido -solía decirle él en broma.

La había llamado Ivy -hiedra- por el sonido de la palabra, y obscuramente fascinado por una vaga asociación de ideas. Se había enredado prieta en torno a su corazón, y él quería que la chica se mantuviese junto al padre como torre de fuerza; olvidó así, mientras ella fue niña, que por la naturaleza de las cosas ella elegiría, probablemente, arrimarse a algún otro sostén. Pero el hombre amaba la vida lo bastante como para que incluso ese acontecimiento le produjese cierta satisfacción, aparte del sentimiento íntimo de pérdida.

Cuando hubo comprado el Fair Maid para ocupar su soledad, se apresuró a aceptar un cargamento poco beneficioso para Australia sólo por tener ocasión de ver a la hija en su propia casa. Lo que le disgustó allí no fue que ésta se apoyase en otro, sino que el soporte que había elegido, visto de cerca, parecía «un poste bastante endeble», incluso en cuestión de salud. Le disgustaba la estudiada urbanidad del yerno, tal vez más aún que su método de administrar la suma de dinero que él había dado a Ivy al casarse. Pero no dijo ni palabra de sus aprensiones. Sólo el día de la despedida, con el portal abierto de par en par, cogió las manos de la hija y, mirándola firmemente a los ojos, le dijo:

– Querida, ya sabes que todo lo que tengo es para tí y para los críos. Escríbeme con toda franqueza.

Ella le contestó con un movimiento de cabeza casi imperceptible. Se parecía a la madre en el color de los ojos, y en el carácter, y también en que le comprendía sin muchas palabras.

Claro que le iba a escribir; y algunas de las cartas hicieron arquear las blancas cejas del capitán Whalley. Por lo demás, éste sentía recompensados todos los afanes de su vida al poder dar todo lo necesario cuando ella se lo pedía. En cierto modo, nada le había dado tanta satisfacción desde la muerte de su esposa. Y, cosa curiosa, la puntualidad con que el yerno fracasaba le hacía sentir, desde lejos, cierta simpatía por él. El hombre se veía tan constantemente obligado a resguardarse en cualquier costa, que echarle la culpa de todo eso a su impericia en navegar, hubiera sido claramente injusto. ¡No! El sabía muy bien a qué se debía eso. Era mala suerte. La suya había sido maravillosa, pero a lo largo de la vida había visto a muchos hombres de valía -marineros y no marineros- hundirse por el simple peso de la mala suerte, y sabía reconocer los síntomas de la fatalidad. De modo que estaba pensando cuál sería la mejor forma de ahorrar muy estrictamente hasta el último penique que pudiese legarles cuando, con una racha premonitoria de rumores (cuyo eco le alcanzó por primera vez en Shangai), vino el impacto de la enorme quiebra; y después de pasar por las fases de estupor, incredulidad, indignación, tuvo que aceptar el hecho de que no podía ya hablar de dejar nada en herencia.

A todo esto, como si hubiese estado aguardando precisamente a esta catástrofe, allí en Melbourne, aquel desafortunado abandonó su ruinoso juego y se quedó clavado en una silla de ruedas de inválido.

– Nunca volverá a andar -escribió la esposa.

Por primera vez en la vida, el capitán Whalley sintió que se tambaleaba.

A la vista de esto, el Fair Maid tenía que ponerse a trabajar urgentemente. Ya no se trataba de mantener viva la memoria de Harry Whalley el Temerario en los mares del Este, ni de proporcionar a un anciano dinero para pequeños gastos, para vestir, y tal vez para permitirse unos cientos de cigarros de primera clase al cabo del año. Tendría que poner todo el empeño en mantener el barco trabajando al máximo, con una escasa asignación para hacer la vida agradable a los hombres de proa y de popa.

Esta situación de necesidad le abrió los ojos a los cambios fundamentales ocurridos en el mundo. De su pasado sólo quedaban, acá y allá, algunos nombres familiares, pero las cosas y los hombres que él conociera habían desaparecido. Todavía se veía el nombre de Gardner, Patteson amp; Co., en las paredes de los depósitos del muelle, en placas de metal y cristaleras de los barrios de negocios de más de un puerto del Oriente, pero ya no había ningún Gardner ni Patteson en la firma. Al capitán Whalley ya no le aguardaba un sillón y una calurosa bienvenida en un despacho particular, ni la disposición a facilitarle algún negocio por mor de los servicios prestados. Tras las mesas de despacho de la habitación donde él tenía libre entrada en tiempos del viejo Gardner, aún mucho después de haber dejado la casa, se sentaban ahora los yernos. Los barcos de la compañía llevaban ahora chimeneas amarillas con cimera negra, y un calendario de rutas similar al de un maldito servicio de tranvías. Les daban lo mismo los vientos de diciembre que los de junio; los capitanes (que él no dudaba serían jóvenes excelentes) estaban, sin duda, familiarizados con la isla de Whalley, porque en los últimos años el Gobierno había instalado un faro fijo blanco en el extremo norte de la misma (estableciendo un sector rojo de peligro en el arrecife Cóndor), pero la mayor parte de ellos se habrían sorprendido muchísimo de oír que todavía existía un Whalley de carne y hueso… un anciano que iba por el mundo tratando de encontrar carga aquí y allá para su pequeño barco.

Y en todas partes ocurría lo mismo. Desaparecidos los hombres que habrían asentido complacidos a la sola mención de su nombre y se habrían sentido obligados por su honor a hacer algo por Harry Whalley el Temerario. Desaparecidas las oportunidades que él habría sabido cómo aprovechar; y con ellas la bandada de clíper de blancas alas que vivían en la vida incierta y agitada de los vientos, rescatando grandes fortunas de la espuma de los mares. En un mundo que disminuía los beneficios hasta un mínimo irreductible, en un mundo capaz de contar dos veces al día el tonelaje desocupado y en que los fletes se establecían por cable con tres meses de antelación, no había posibilidad alguna de fortuna para un individuo que erraba al azar con un pequeño barco… no podía haber rincón ninguno para él.

Cada año se le hacía más difícil la cosa. Sufría mucho con la nimiedad de las transferencias que podía mandar a la hija. Había renunciado a los buenos cigarros, e incluso limitó a seis diarios la ración de puritos corrientes. Nunca le contaba a ella sus dificultades, y ella nunca se extendía en contarle su lucha por la vida. La confianza que había entre ambos no necesitaba explicaciones, y la perfecta comprensión mutua se mantenía sin protestas de gratitud ni de pesar. Le habría pasmado que ella se hubiese deshecho en frases de agradecimiento, pero encontró perfectamente natural que le dijese que necesitaba doscientas libras.

Había llegado con el Fair Maid lastrado a buscar carga al puerto donde estaba matriculado el Sofala. Allí recibió la carta. El tenor de ésta era que no valía la pena embellecer las cosas. No le quedaba más remedio que abrir una casa de huéspedes, para la que juzgaba había buenas perspectivas. Al menos lo bastante buenas como para que ella le dijese francamente que con doscientas libras podría ponerla en marcha. El hombre arrugó con el puño el sobre abierto y lo echó impulsivamente a la cubierta, donde se lo había entregado el representante de los abastecedores, que trajo el correo en el momento de anclar el barco. Por segunda vez en la vida se sintió abrumado, y permaneció clavado en la puerta del camarote, con el papel temblándole en las manos. ¡Abrir una casa de huéspedes! ¡Doscientas libras para empezar! ¡El único recurso! Y él no tenía forma de conseguir ni doscientos peniques.

El capitán Whalley se pasó la noche recorriendo la toldilla del buque anclado, como si estuviese a punto de arribar a tierra con temporal, sin saber a ciencia cierta en qué posición se hallaba tras una singladura de muchos días grises sin ver el sol, la luna ni las estrellas. La negra noche parpadeaba con las linternas de los marines y las inmóviles hileras de farolas de la costa; y todo alrededor del Fair Maid las luces de posición de los barcos arrojaban rastros temblorosos al agua del fondeadero. El capitán Whalley no vio ningún destello en ninguna parte hasta que vino el alba y cayó en la cuenta de que tenía toda la ropa empapada por el denso rocío.

El barco había despertado. Se detuvo en seco, se sacudió la húmeda barba, y bajó por la escalera de toldilla de espaldas, arrastrando los pies. Al verle el primer oficial, que vagaba dormitando por la toldilla, se quedó boquiabierto en mitad de un bostezo matinal.

– Buenos días tenga usted -dijo el capitán Whalley, solemnemente, entrando en el camarote. Pero se detuvo en la puerta y, sin mirar atrás, añadió:

– Por cierto, en el trastero tiene que haber una caja de madera vacía. ¿No la habrán roto, verdad?

El hombre cerró la boca, y luego, preguntó desconcertado:

– ¿Qué caja vacía, señor?

– Una caja de embalaje grande, plana, que pertenecía a ese cuadro que tengo en mi habitación. Que la traigan a cubierta, y dígale al carpintero que la revise. Es posible que la necesite pronto.

El primer oficial no movió ni una pestaña hasta que oyó que en el comedor se cerraba la puerta de la cámara del capitán. Luego llamó a popa con una señal del índice al segundo piloto para decirle que «aquí pasa algo».

Al sonar la campanilla, la voz imponente del capitán Whalley resonó a través de la puerta cerrada:

– Siéntense y no me esperen.

Los impresionados oficiales ocuparon sus puestos, intercambiando miradas y susurros. ¿Cómo? ¿No desayunaba? Y, al parecer, después de dar vueltas toda la noche por cubierta, sin duda, ocurría algo. En la lumbrera de encima de sus cabezas, inclinadas ávidamente sobre los platos, tres jaulas de alambre temblaban y resonaban con los saltos inquietos de unos canarios hambrientos; y podían detectar el ruido de los movimientos decididos del «viejo» en su camarote. El capitán Whalley estaba dando cuerda metódicamente a los cronómetros, quitaba el polvo al retrato de su última esposa, sacaba de los cajones una camisa blanca limpia, preparándose con su habitual parsimonia y puntillo para ir a tierra. Aquella mañana no podría haber tomado un solo bocado. Había decidido vender el Fair Maid.

3

Precisamente en aquellos momentos los japoneses andaban buscando por todas partes buques de construcción europea, y no tuvo ninguna dificultad en encontrar un comprador, un especulador que regateó duro, pero pagó al contado por el Fair Maid, con la perspectiva de revenderlo con una buena ganancia. Y así sucedió que cierta tarde el capitán Whalley se encontró bajando las escaleras de una de las oficinas de correos más importantes del Oriente con un pedazo de papel azulado en la mano. Era el recibo de una carta certificada que contenía un talón por doscientas libras, dirigida a Melbourne. El capitán Whalley se metió el papel en el bolsillo del chaleco, empuñó el bastón que llevaba bajo el brazo y echó a andar calle abajo.

Era una avenida recién abierta, y mal acabada, con rudimentarias aceras y una capa de polvo que cubría a modo de colchón toda la anchura de la calle. Uno de los extremos daba a la abigarrada calle de tiendas chinas de cerca del puerto, y el otro se adentraba unos tres kilómetros por áreas despobladas llenas de manchas de vegetación de jungla, hasta las verjas de la nueva Consolidated Docks Company. Las frías fachadas de nuevos edificios gubernamentales se alternaban con las vallas lisas de solares sin edificar, y el vasto espacio de cielo parecía dar más amplitud aún al panorama. Pasadas las horas comerciales, los nativos huían de aquellos parajes como si tuviesen miedo de que alguno de los tigres de las cercanías de los nuevos depósitos de agua apareciese en lo alto de la colina y bajase al trote hasta el centro a llevarse algún tendero chino para cenar. El capitán Whalley no se sentía pequeño ante la soledad de una calle de trazado tan anchuroso. Tenía demasiado buen porte como para eso. Era sólo una figura solitaria que caminaba concienzudamente, con una gran barba como de peregrino, y un grueso bastón que parecía un arma. A un lado, el nuevo Palacio de Justicia tenía un pórtico bajo y sin ornato de columnas cuadradas medio ocultas por unos pocos árboles vetustos que habían dejado en pie a la entrada. Al otro lado, los pabellones que formaban las alas del nuevo Tesoro Colonial llegaban hasta la altura de la calle. Pero el capitán Whalley, que ya no tenía casa ni barco, recordaba al pasar que, en aquel mismo sitio, cuando él llegó por primera vez procedente de Inglaterra, había un poblado de pescadores, unas pocas tiendas de lona levantadas con palos, entre un entrante del mar lleno de limo y un embarrado camino que serpenteaba adentrándose en una selva enmarañada, sin ningún almacén ni depósito de agua.

Sin barco ni casa. Y su pobre Ivy lejos, también sin casa. Una casa de huéspedes no tiene nada que ver con un hogar, aunque pueda sustentarle a uno. Sólo pensar en la casa de huéspedes hería profundamente sus sentimientos. Desde su posición, mantenía profundamente arraigada esa concepción genuinamente aristocrática caracterizada por el desprecio de los oficios vulgares y por prejuicios sobre la naturaleza degradante de ciertas ocupaciones. Por su parte, siempre había preferido dirigir buques mercantes (ocupación muy noble) a comprar y vender mercancías, tarea cuya esencia es conseguir lo más posible de otro en el regateo… en el mejor de los casos una indigna prueba de astucia. Su padre había sido el coronel (retirado) Whalley, del servicio del Honorable Regimiento de las Indias Orientales, con recursos muy escasos aparte de la pensión, pero relacionado con gente distinguida. Podía recordar que, siendo niño, los camareros de los cafés, los comerciantes del campo y gente de ese tipo se dirigían con un «My Lord» al antiguo guerrero, de porte vigoroso.

El propio capitán Whalley (habría ingresado en la Armada de no haber fallecido su padre antes de que tuviese catorce años) tenía cierto aire de grandeza que no habría desmerecido en un veterano y glorioso almirante. Pero como brizna de paja en el torbellino de un torrente, se perdió en la ebullición de una humanidad morena y amarilla que llenaba una calle que, por contraste con la vasta y amplia que acababa de dejar, parecía un callejón absolutamente desbordante de vida. Las paredes de las casas eran azules; las tiendas de los chinos abrían sus fauces como guaridas cavernosas; montones de mercancías indescriptibles colmaban la sombra de la larga hilera de arcos, y la ardiente serenidad de la puesta de sol llenaba el centro de la calle, de punta a cabo, de un resplandor semejante al reflejo de un fuego. Caía sobre los colores vivos y las caras obscuras de la muchedumbre descalza, sobre las espaldas amarillas de los coolies semidesnudos que tropezaban unos con otros, sobre los correajes de un alto soldado de caballería Sij, de barba partida y gran mostacho, que estaba de centinela a la puerta de los edificios de la policía. Por encima de las innumerables cabezas, envuelto en un halo de polvo rojo, el tranvía de cable parecía enorme y navegaba cautamente remontando la corriente humana, tocando sin cesar la bocina, a la manera de un vapor que avanzase a tientas en la niebla.

El capitán Whalley emergió en el otro lado como un buzo, y se quitó el sombrero en una sombra desierta que había entre paredes de tiendas cerradas, para secarse el sudor de la frente. La profesión de patrona de una casa de huéspedes comportaba cierta mala nota. Se decía de esas mujeres que eran rapaces, sin escrúpulos y falsas; y aunque él no condenaba a ninguna categoría de concriaturas -¡Dios le librase!- le resultaba inverosímil que un Whalley se expusiese a esas sospechas. Pero no había querido discutir con ella. Confiaba en que ella compartía sus sentimientos; lo sentía por ella; tenía confianza en su buen juicio; consideraba un don digno de gratitud el poder ayudarla una vez más… pero en lo más hondo de su aristocrático corazón le hubiese resultado más fácil reconciliarse con la idea de que se hiciese marinera. Recordaba vagamente que años atrás había leído una obra conmovedora llamada «Canto de la Blusa». Estaba muy bien hacer canciones sobre pobres mujeres. ¡La nieta del coronel Whalley, patrona de una posada! ¡Uf! Se volvió a poner el sombrero, metió las manos en los bolsillos, y deteniéndose un instante a aplicar una cerilla encendida a la punta de un cheroot barato, echó una amarga bocanada de humo a un mundo que podía guardarle a uno tales sorpresas.

De algo estaba seguro, de que era digna hija de una madre cabal. Y ahora que había llegado al punto de separarse del barco, se daba cuenta de que ese paso era inevitable. Tal vez se había ido dando cuenta de eso desde hacía tiempo, sin querer confesárselo. Pero ella, allí lejos, tenía que haberlo percibido intuitivamente, y había tenido redaños para mirar la verdad de cara y valor para hablar… todas las cualidades que habían hecho de su madre tan excelente consejera.

¡Tenía que llegar a eso! Era una suerte que ella le hubiese forzado. Al cabo de uno o dos años más, la venta hubiera sido una ruina. Año tras año se había ido comprometiendo, cada vez más, para mantener el barco en funcionamiento. Se encontraba sin defensas ante los embates insidiosos de la adversidad, a cuyos ataques más abiertos podía hacer frente con firmeza; como un acantilado que se yergue inconmovible ante las arremetidas francas del mar, ignorando arrogante la erosión traidora que mina su base. Tal como habían ido las cosas, una vez pagado todo, cumplida la petición de la hija, y sin deber un penique a nadie, le quedaba de la operación todavía una suma de quinientas libras para poner a buen recaudo. Además, llevaba encima un resto de cincuenta dólares… lo suficiente para pagar la factura del hotel, con tal de que no se entretuviese demasiado en la modesta habitación en que se había refugiado.

Sobriamente equipada, de suelo encerado, daba a una de las terrazas laterales. El irregular edificio de ladrillo, tan ventilado como una jaula de pájaro, resonaba con las incesantes sacudidas de persianas de caña hostigadas por el viento entre los encalados pilares cuadrados que daban al mar. Las habitaciones eran altas, y raudales de luz solar las llenaban hasta el techo. Las periódicas invasiones de turistas de algún vapor de pasajeros atracado en el puerto irrumpían por entre el polvo de las estancias, zarandeado por el viento, con el tumulto de sus voces no familiares y sus presencias fugaces, como relevos de sobras migratorias condenadas a dar vueltas corriendo a la tierra sin dejar nunca rastro. La babel de sus irrupciones se esfumaba tan de repente como había aparecido; los espaciosos pasillos y las chaise-longues de las terrazas ya no conocían su prisa por ver ni su reposo exhausto; y el capitán Whalley, constante y dignificado, abandonado solo de noche en el vasto hotel por todos los presurosos, se sentía, cada vez más, como un turista varado, sin objetivo a la vista, como viajero perdido y sin hogar. Fumaba pensativo en la soledad de la habitación, contemplando los dos cofres de marino que contenían todo lo que podía llamar suyo en este mundo. En un rincón, apoyado en la pared, veíase un grueso fajo de mapas en funda impermeable; debajo de la cama asomaba la caja plana que contenía el retrato al óleo y las tres fotos carbón. Estaba cansado de discutir condiciones, asistir a inventarios, de toda la rutina comercial. Lo que para las otras partes era meramente la venta de un barco, era para él un acontecimiento importante que implicaba una forma radicalmente nueva de ver la existencia. Sabía que después de aquel barco no habría ya ninguno más; y las esperanzas de la juventud, el ejercicio de sus capacidades, todo sentimiento y logro de su madurez, habían estado indisolublemente ligados a los barcos. Había servido en barcos, había poseído barcos, e incluso los años de su auténtica jubilación del mar habían sido soportables sólo gracias a la idea de que le bastaba con extender la mano llena de dinero para hacerse con un barco. Había sido libre por sentir como si fuese propietario de todos los buques del mundo. La venta de éste había sido fatigosa; pero cuando al fin se esfumó cuando firmó el último recibo, era como si todos los barcos hubiesen desaparecido del mundo, dejándole en la costa de inaccesibles océanos con setecientas libras en el bolsillo.

Caminando con aplomo y sin prisas por el muelle, el capitán Whalley apartaba la mirada de los familiares fondeaderos. Dos generaciones de marineros nacidos desde el momento en que él pasó su primera jornada en el mar, se interponían entre él y todos aquellos barcos anclados. El suyo estaba vendido, y él se preguntaba: ¿Y ahora, qué?

De ese sentimiento de soledad y vacío interior -y también de pérdida, como si le hubiesen arrancado violentamente el alma-surgió al principio un deseo de salir corriendo hacia su hija.

– Aquí tienes hasta el último penique que me queda -le diría-. Tómalo, cariño. Y aquí tienes a tu anciano padre: tienes que cogerle también.

Se le estremeció el alma, como asustada de lo que se ocultaba en el fondo de este impulso. ¡Rendirse! ¡Nunca! Cuando uno está completamente agotado, se le ocurren toda clase de tonterías. Menudo regalo sería aquello para la pobre mujer: setecientas libras con el engorro de un viejo de buena salud, que podía durar años y años. ¿No era tan capaz de morir trabajando como cualquier joven de los que tenían a su cargo aquellos barcos fondeados allá lejos? Estaba tan fuerte como en los mejores momentos de su vida. Pero, ¿quién querría darle trabajo? Eso era harina de otro costal. Se temía que no le tomasen en serio si se presentaba con su aspecto y antecedentes a buscar la plaza de un joven; o que si conseguía impresionarles, tal vez se apiadasen de él, lo que sería como desnudarse para que le diesen una patada. No tenía ningunas ganas de entregarse por menos que nada. No quería la compasión de nadie. De otro lado, no era nada fácil encontrar en la primera esquina el mando de un buque, que era lo único decente a que podía aspirar. Ahora no abundaban las ofertas de mando. Desde que desembarcara para realizar la venta, había mantenido el oído alerta, sin oír ni indicios de que hubiese alguna vacante en el puerto. Y aunque la hubiese habido, su éxito del pasado era un obstáculo. Había sido demasiado tiempo empresario de sí mismo. La única credencial que podía presentar era el testimonio de toda su vida. ¿Qué mejor recomendación se podía pedir? Pero sentía, vagamente, que ese documento único sería observado como curiosidad arcaica de los mares de Oriente, como un mensaje escrito en palabras obsoletas… en un lenguaje medio olvidado.

4

Dando vueltas a estos pensamientos se paseaba por junto a las verjas del muelle, con el pecho hinchado, erguido como si sus grandes hombros nunca hubieran sentido el peso de las cargas que tenemos que llevar entre la cuna y la tumba. Ni una sola arruga traidora, ni una señal de preocupación desfiguraba la estampa reposada de su rostro. Era éste lleno y sin broncear; y de la exuberancia de pelo plateado de abajo emergía imponente y calma la parte superior, con tez clara de chocante delicadeza y poderosa anchura de frente. El primer destello de su mirada le resultaba a uno cándido y pronto, como de chiquillo; pero el irregular alero de paja blanca de las cejas daba a su afable atención el carácter de un agudo e inquisitivo indagar. La edad le había hecho más abundante de carnes, aumentando su diámetro como un viejo árbol que no presenta síntomas de decadencia; e incluso el opulento y lustroso vello blanco del pecho parecía atributo de vitalidad y vigor inextinguibles.

Orgulloso en otro tiempo de su gran fortaleza física, e incluso de su aspecto personal, consciente de lo que valía y firme en su rectitud, le había quedado como herencia de una prosperidad pasada el porte tranquilo de un hombre que en todo se había mostrado a la altura de la vida que eligiera. Caminaba sin vacilaciones bajo la ancha ala de un antiguo sombrero de Panamá. Tenía copa baja, reborde alrededor y una cinta negra estrecha. Imperecedera y un tanto descolorida, esta prenda permitía distinguirle de lejos en medio de las multitudes más abigarradas. Nunca había querido pasarse a la moda relativamente moderna de los salacot.

Le desagradaba la forma; y confiaba en poder mantener la cabeza fría hasta el fin de sus días sin todos esos ingenios para la ventilación higiénica. Llevaba pelo corto y camisas de blancura inmaculada; el terno de franela gris liviana, desgastado pero cepillado escrupulosamente, flotaba en torno a sus recias piernas, dando mayor amplitud aún a su aspecto por lo holgado del corte. Los años habían moderado el buen humor y la audacia imperturbable de los años mozos, tornándolos en un aire sereno y resuelto; y el tranquilo repiqueteo de la punta de hierro del bastón acompañaba sus pasos con sonido que daba confianza. Era imposible relacionar un porte tan distinguido y un talante tan tranquilo con las angustias de la pobreza; toda la existencia de aquel hombre parecía pasar por delante de uno, fácil y cómoda, con libertad de medios tan anchurosa como el corte del traje.

El miedo irracional a tener que morder las quinientas libras para gastos personales en el hotel turbaba el equilibrio de su mente. No había tiempo que perder. La factura estaba subiendo. Acariciaba la esperanza de que si todo lo demás fallaba las quinientas le sirviesen para conseguir algún trabajo que, garantizándole la subsistencia (no muy costosa), le permitiese ser útil a su hija. En su forma de verlo, estaba invirtiendo un dinero de ella para respaldar al padre en beneficio de ella misma. Una vez trabajase, podría ayudarla con la mayor parte de lo que ganase; todavía podía durar muchos años, y aquel asunto de la casa de huéspedes, se decía, fuesen las que fuesen las perspectivas, en ningún caso resultaría desde el principio una mina de oro. Pero ¿en qué podía trabajar? Estaba dispuesto a asirse a cualquier posibilidad decente con tal de resolver pronto el problema; porque las quinientas libras había que guardarlas para cualquier eventualidad. Eso era lo fundamental. Con las quinientas intactas, se sentía como respaldado; pero le parecía que si bajaban a cuatrocientas cincuenta, o incluso a cuatrocientas ochenta, aquel dinero perdería toda su virtud, como si la cifra redonda tuviese cualidades mágicas. Pero ¿en qué podía trabajar?

Asediado por esta pregunta, como por un espectro molesto que no tuviese fórmula para exorcizar, el capitán Whalley se detuvo en lo alto de un puentecillo que cruzaba a gran altura el lecho de un entrante marino canalizado con costas de granito. Anclado entre los macizos bloques, medio oculto por el arco, flotaba un prao malayo de navegación de altura, con las vergas bajadas, sin que se oyese a bordo ni el más leve sonido, cubierto de proa a popa por una estera de hojas de palmera. Había dejado atrás las ardientes calzadas flanqueadas por fachadas de piedra que seguían la ondulación de los muelles como imponente acantilado; y se abría ante él un panorama ilimitado de aspecto ordenado y silvestre, con enormes manchas de hierba acamada, como piezas de una alfombra verde suavemente ensartadas, largas hileras de árboles alineados en colosales porches de oscuros pilares y bóvedas de ramaje.

Algunas de aquellas avenidas acababan en el mar. Era una costa rodeada de columnatas; y más allá, en el llano panorama, profundo y brillante como la mirada de un ojo azul oscuro, una franja oblicua de difuminada púrpura se alargaba indefinidamente por la brecha que dejaban un par de islas gemelas verdes. Muy lejos, en los fondeaderos exteriores, surgían directamente del agua los mástiles y vergas de unos pocos barcos, formando fino enrejado de líneas rosas trazadas a pincel sobre la clara sombra del flanco oriental. El capitán Whalley les dirigió una larga mirada. Allí estaba anclado el barco que fuera suyo. Le descuadraba pensar que ya no podía tomar un bote en el muelle para que le llevase hasta allá al llegar la noche. A ningún barco. Tal vez nunca más. Antes de que la compraventa se hubiese consumado, cuando todavía tenían que entregarle dinero, pasaba cada día algún tiempo a bordo del Fair Maid. Pero aquella misma mañana le habían dado todo el dinero y de repente, no había ya ningún barco al que pudiese subir cuando le viniese en gana; ningún barco que necesitase su presencia para trabajar… para vivir. Era una situación increíble, demasiado extraña como para poder durar mucho. Si el mar estaba lleno de embarcaciones de todos tipos. Allá estaba aquel prao tan quieto, resguardado por el cobertor de hojas de palmera cosidas… también el prao tenía su hombre indispensable. El malayo que él nunca había visto, y aquella cosa de popa alta y escaso tamaño que parecía descansar tras larga travesía, vivían uno gracias al otro. Y cada uno de aquellos barcos que se veían cerca o lejos, cada uno tenía un hombre, el hombre sin el que el mejor barco es algo muerto, un tronco que flota sin objeto.

Tras echar esa única mirada al fondeadero siguió adelante, pues no había motivo para mirar atrás, y hay que pasar el tiempo. Las avenidas de grandes árboles desembocaban rectas en la Explanada, cortándose entre sí con ángulos diversos, columnares abajo y exuberantes arriba. Allá arriba, las entrelazadas ramas parecían dormir; no se movía ni una hoja, y en mitad de la avenida las estiradas farolas de hierro fundido, doradas cual cetros que empequeñecían en la profunda perspectiva, con sus globos de porcelana blanca en lo alto, semejaban bárbaro decorado de huevos de avestruz desplegados en hilera. El cielo llameante llenaba de tenue resplandor carmesí la brillante superficie de cada concha de cristal.

Con la barbilla un poco hundida, las manos tras la espalda, y trazando en la grava con la punta del bastón una leve línea ondulada tras los tacones, el capitán Whalley meditaba que si un barco sin hombre era como cuerpo sin alma, un marinero sin barco no valía mucho más en este mundo que un tronco a la deriva en el mar. El tronco podía ser muy bueno, lleno de nervio, difícil de destruir… pero ¡para qué! Un repentino sentimiento de inutilidad irremediable lastró sus pies como una enorme fatiga.

Por el recién abierto paseo marítimo venía rodando una retahíla de coches descubiertos. Al otro lado de los parterres de césped se podían ver los discos vibrátiles que formaban los radios al girar. Las rutilantes copas de las sombrillas se inclinaban levemente hacia fuera como prietas flores en el cuello de un jarrón; y la quieta sábana de agua azul oscuro, cruzada por una franja de púrpura, servía de fondo al girar de las ruedas y a la vigorosa acción de los caballos, mientras los turbantes de los criados indios se elevaban sobre la línea del horizonte marino para adentrarse en el azul más pálido del cielo. En un espacio abierto cerca del puentecillo cada carruaje describía al trote una solemne curva alejándose de la puesta del sol; y entonces, de una embestida, enfilaban la gran avenida formando una fila de lento movimiento con la quietud aún muy roja del cielo a la espalda. Los troncos de potentes árboles se erguían teñidos todos de rojo por el mismo flanco, el aire parecía encendido bajo el alto follaje, y hasta el suelo que pisaban los cascos era rojo. Las ruedas giraban majestuosamente; una tras otra las sombrillas bajaban, plegando sus colores como ubérrimas flores que cerrasen sus pétalos al final del día. En todo aquel kilómetro de seres humanos ninguna voz emitía un sonido diferenciado, sólo el apagado ruido de los cascos se entremezclaba con leves campanilleos, y las cabezas y hombros inmóviles de hombres y mujeres sentados por parejas emergían impasibles de las caperuzas bajadas, como si fuesen de madera. Pero luego llegó un coche y un tiro que no se pusieron en la fila.

Adelantó a los demás en rápida y sigilosa carrera; mas al enfilar la avenida uno de los obscuros alazanes relinchó, arqueando el cuello y revolviéndose contra la vara de guardia rematada en acero; un copo de espuma cayó del freno hasta el encaje de un hombro de satén, y la cara hosca del cochero se echó enseguida hacia adelante, mientras las manos cogían con brío las riendas. Era un largo landó verde oscuro, de digno y flotante balanceo sobre los dos muelles en C, y cuya elegancia tenía cierta majestad estrictamente oficial. Parecía mayor de lo normal, y los caballos también sobresalían por su talla; los jaeces y ornato tenían un punto de perfección, y los lacayos del pescante parecían ir más elevados y erguidos. Los vestidos de las tres damas -dos jóvenes y bellas y otra agradable, de amplias proporciones y edad madura parecían llenar completamente el cuerpo poco profundo del carruaje. El cuarto rostro era el de un hombre de pesados párpados, distinguido y de tez cetrina, con perilla y mostacho espesos de color gris acero oscuro, que en cierto modo parecían apéndices sólidos. “Su Excelencia…” pensó el capitán Whalley.

El rápido movimiento de aquel carruaje singular hizo que todos los demás pareciesen claramente inferiores, deficientes, condenados a arrastrarse laboriosamente a paso de tortuga. El landó dejó atrás a toda la hilera en una especie de arremetida sostenida; los rasgos de sus ocupantes desaparecieron de la vista dejando una impresión de miradas fijas y ausencia impasible; y una vez que se hubo desvanecido como de un vuelo, a pesar de la larga fila de vehículos que refrenaban sus caballerías al paso, el amplio panorama de la avenida pareció quedar desierto de vida, como en augusta soledad.

El capitán Whalley había levantado la cabeza para mirar, y su mente, viendo interrumpida la meditación, se volvió admirada (como ocurre con las mentes humanas) hacia materias sin importancia. Le chocó que fuese a este mismo puerto en que acababa de vender el último barco, a donde había venido con el primer buque de su propiedad, con la cabeza llena de planes para inaugurar una nueva ruta comercial con una zona distante del archipiélago. El gobernador de entonces le había dado ánimo sin fin. Aquel Mr. Denham no era ninguna Excelencia, era un gobernador que se sacaba la chaqueta; un hombre que por así decir pasaba día y noche al pie del cañón, velando por la creciente prosperidad del enclave con la entrega abnegada de una nodriza para con el niño al que ama; soltero que vivía como acampado con unos pocos criados y con sus tres perros en lo que entonces llamaban el Bungalow del Gobernador: una estructura de techo bajo en la ladera a medio talar de un monte, con un asta nueva de bandera delante y un policía de guardia en la galería. Recordaba cómo subía aquella cuesta bajo un sol de justicia para tener audiencia con él; el aspecto desnudo de la estancia fría y sombría; el largo escritorio cubierto en un extremo de papeles, y en el otro por un par de fusiles, un telescopio de latón, una pequeña botella de petróleo con una pluma en el cuello… y la aduladora atención que le prestaba aquella autoridad. Había ido a exponerle una empresa llena de riesgos, pero veinte minutos de conversación en el Bungalow del Gobierno, en la colina, sirvieron para que ésta se desarrollase desde el principio sobre ruedas. Y cuando él se retiraba, Mr. Denham, sumergido ya en sus papeles, le llamó de nuevo.

– El mes que viene el Dido va a zarpar en esa dirección, y le pediré oficialmente al capitán que no pierda de vista el asunto de ustedes y vea cómo les va.

El Dido era una de las fragatas rápidas de que disponía la base de China, y… treinta y cinco años era mucho tiempo. Treinta y cinco años antes una empresa como aquella tenía suficiente importancia para la colonia como para que velase por ella un buque de Su Majestad la Reina. Mucho tiempo había pasado. En aquella época los individuos contaban. Hombres como él mismo. O como el pobre Evans, por ejemplo, con su cara rubicunda, barba negro azabache y ojos inquietos, que había establecido el primer dique registrado para la reparación de pequeños buques, al borde mismo de la jungla, en una solitaria bahía tres millas más arriba. Mr. Denham había alentado también aquella empresa, y sin embargo, el caso fue que el pobre Evans acabó muriendo en Inglaterra olvidado y hundido. Se decía que su hijo se ganaba el sustento sacando aceite de los cocos en alguna isla perdida del Océano Indico; pero de aquel dique registrado de una solitaria bahía boscosa habían salido los astilleros de la Consolidated Docks Company, con sus tres enormes diques secos, excavados en roca sólida, sus muelles y sus espigones, central eléctrica, instalaciones de vapor que accionaban grúas gigantescas capaces de elevar las cargas más pesadas que se pudiesen transportar por mar, y cuyas cabezas emergían sobre los promontorios arenosos y franjas de jungla a los ojos del que se acercaba al Puerto Nuevo procedente del Oeste, como extrañas cimas de un monumento blanco.

Había habido un tiempo en que los hombres contaban. Entonces no había en la colonia tantos carruajes, aunque suponía que Mr. Denham tenía un buggy. Y parecía que el capitán Whalley hubiese sido barrido de la gran avenida por el torbellino de un vendaval mental. Recordaba costas fangosas, un puerto sin muelles, con un solitario malecón de madera, arqueado, que se adentraba en el agua (era una instalación pública), los primeros almacenes de carbón levantados en Monkey Point, que se incendiaron misteriosamente y ardieron durante días, de modo que los atónitos buques llegaban a un fondeadero lleno de niebla sulfurosa, y a mediodía el sol brillaba rojizo. Recordaba las cosas, los rostros, y también algo más: como el débil aroma de una copa apurada hasta el fondo, como una sutil luminosidad del aire que era imposible encontrar en la atmósfera de hoy.

En esta evocación, rápida y llena de detalles como un flash de magnesio proyectado sobre los nichos de una obscura cripta, el capitán Whalley contemplaba cosas en otro tiempo importantes, los esfuerzos de hombres pequeños, el crecimiento de una gran base, despojada ya sin embargo de relevancia por la magnitud de las realizaciones posteriores, por esperanzas mayores todavía; y todo ello le dio por un instante una aprehensión casi física del tiempo, una comprensión tal de nuestros sentimientos inmutables, que se detuvo en seco, dio un golpe en el suelo con el bastón y exclamó mentalmente:

– ¡Qué diablos estoy haciendo aquí!

Parecía perdido en una especie de sorpresa; pero oyó que le llamaban por su nombre en tono de susurro una vez, y otra… y se dio vuelta lentamente.

Percibió entonces a un hombre de aspecto a la antigua, como gotoso, de pelo tan blanco como el suyo, pero mejillas afeitadas y floridas, con una corbata que era casi un pañuelo de extremos almidonados que se proyectaban más allá de la barbilla; piernas redondas, brazos redondos, cuerpo redondo, aquella corta estampa producía el efecto de haber sido hinchada con una bomba de aire lo más que diesen de sí los pliegues del traje. Se dirigía hacia él con porte autocrático. Era el Delegado General del puerto. Un delegado general es un comisario de puerto con el grado máximo; en Oriente es una autoridad de importancia en ese campo, como funcionario magistrado de las aguas del puerto, y poseía una autoridad amplia aunque mal definida sobre los marineros de todo tipo. De aquel Delegado General en concreto se decía que consideraba totalmente inadecuada su autoridad por el hecho de que no incluía derecho sobre la vida o muerte de sus súbditos. Era una exageración chistosa. El capitán Eliott estaba muy satisfecho con su cargo, y no alimentaba ningún sentimiento inconsiderado del poder que detentaba. Su talante pagado de sí y autoritario no le permitía dejar que ese poder vacilase en sus manos por falta de uso. La franqueza tormentosa y colérica de sus comentarios sobre el carácter y comportamiento de la gente le hacía profundamente temido. Aunque de boquilla muchos se las daban de no hacer caso de él, otros se limitaban a sonreír irónicamente al oír su nombre y los había que incluso osaban llamarle «viejo rufián entrometido». Pero para casi todos ellos un estallido de cólera del capitán Eliott resultaba una perspectiva casi tan desagradable como verse al borde del aniquilamiento.

5

En cuanto estuvo cerca profirió en una especie de gruñido:

– Whalley, ¿qué me dicen de que vendes el Fair Maid?

El capitán Whalley, apartando la mirada, dijo que ya era cosa hecha, que esa mañana le habían pagado; y el otro expresó inmediatamente su aprobación por un paso tan extremadamente sensible. Había salido del cabriolé para estirar las piernas, le explicó, antes de ir a casa a cenar. Sir Frederick tenía buen aspecto para estar en la vejez, ¿no?

El capitán Whalley no podía decirle; sólo había visto pasar el coche.

El Delegado General, sumergiendo las manos en los bolsillos de una chaqueta de alpaca demasiado corta y ajustada para un hombre de su edad y aspecto, caminaba con una leve cojera, y la cabeza le llegaba apenas al hombro al capitán Whalley, que caminaba ágilmente, mirando al frente. Años atrás habían sido buenos compañeros, casi íntimos. Por entonces Whalley mandaba el famoso Cóndor, y Eliott tenía a su cargo el casi tan célebre Ringdove, propiedad de los mismos armadores; y cuando se creó el puesto de Delegado General Whalley hubiera sido el único candidato que le pudiese hacer sombra. Pero el capitán Whalley, que entonces estaba en la flor de la vida, había decidido no servir a nadie más que a su benévola fortuna. Muy lejos, atendiendo a sus negocios, se alegraba al oír que al otro le había ido bien. El fofo Ned Eliott tenía una flexibilidad mundana que le sería muy útil en aquella especie de cargo oficial. Y en el fondo ambos eran tan distintos que cuando llegaban lentamente al fin de la avenida, delante de la catedral, a Whalley no se le hubiera ocurrido que él pudiese estar en el lugar de aquel hombre, en su puesto vitalicio.

El sagrado edificio, erguido en solemne aislamiento entre las convergentes avenidas de árboles enormes, como para inspirar graves pensamientos celestiales en las horas de ocio, presentaba a la luz y la gloria de Poniente, un portal gótico cerrado. El rosetón de encima de la ojiva brillaba como recio carbón en el labrado profundo de una rueda de piedra. Los dos hombres se pararon a contemplarlo.

– ¿Sabe usted lo que tendrían que hacer ahora, Whalley? -gruñó de repente el capitán Eliott.

– Pues…

– Tendrían que mandar a un auténtico lord de sangre real acá cuando le llegué la hora a Sir Frederick. ¿No le parece?

El capitán Whalley simplemente no podía ver por qué un lord de sangre real no podría cumplir tan bien como cualquier otro. Pero no era este el punto de vista de su acompañante.

– No, no. Esto marcha por sí solo. No hay quien lo pare ya. Es ideal para un gran lord -gruñó en frases sentenciosas-. -Observe los cambios de nuestra época. Ahora aquí necesitamos un lord. En Bombay ya tienen uno.

Cada año cenaba un par de veces en Gobierno -un palacio con arcadas y muchas ventanas en lo alto de una colina llena de jardines y carreteras-. Y últimamente había estado llevando en su lancha de vapor a un duque a visitar las reformas del puerto. Antes de eso había ido «con toda deferencia» a buscar personalmente una buena dotación para el yate ducal. Luego, le habían invitado a comer a bordo. La propia duquesa almorzó con ellos. Una opulenta dama de rostro rubicundo. Tenía la piel completamente quemada por el sol. Una ruina. Modales muy graciosos. Iban camino del Japón…

Espetó todos esos detalles para edificación del capitán Whalley, deteniéndose a hinchar los carrillos como con un sentimiento contenido de importancia, y proyectando repetidamente hacia fuera sus gruesos labios hasta que el extremo carmesí de la nariz parecía hundirse en la leche de su mostacho. Aquel lugar se gobernaba solo; era idóneo para cualquier lord; no había problemas salvo en el departamento de Marina… en el Departamento de Marina, repitió por dos veces, y tras un pesado suspiro empezó a contarle que el otro día el Cónsul General de Su Majestad en la Conchinchina francesa le había cablegrafiado -oficialmente- pidiéndole que mandase a un hombre cualificado a hacerse cargo de un mercante de Glasgow cuyo capitán había muerto en Saigón.

– Pasé aviso a la sede de los oficiales de la Casa del Mar -continuó, mientras la cojera parecía acentuarse con la irritación creciente de la voz-. Los hay a docenas. El doble de los puestos disponibles en el mercado local. Todos buscan un trabajo fácil. Y hay el doble de los necesarios… y, ¿a usted qué le parece, Whalley?…

Se detuvo en seco. Con los puños cerrados y profundamente hundidos, parecía dispuesto a romper los bolsillos de la chaqueta. Al capitán Whalley se le escapó un leve suspiro.

– ¿Eh? Se imaginaría uno que iban a pisarse el trabajo unos a otros. Pues ni asomo de esto. Les daba miedo volver a Inglaterra. Es bonito y agradable estar tumbado en una terraza aguardando a que haya trabajo. Y yo aguardando la respuesta en el despacho. Nadie venía. ¿Qué se imaginaban? ¿Qué me iba a quedar allí pasmado como un tonto con el cable del Cónsul General encima de la mesa? Faltaría más. Revisé una lista que tenía y mandé a por Hamilton -el más vago de todos ellos- y le dije sin más que fuese. Amenacé con dar instrucciones al director de la Casa del Mar para que le pusiese de patitas en la calle. El consideraba que el puesto no era lo bastante bueno… por… favor.

– Tengo aquí su pequeña ficha -le dije-. Usted desembarcó aquí hace dieciocho meses, y desde entonces no ha trabajado ni seis meses. Tiene usted una fuerte deuda con la Casa, y supongo que se imaginará que a fin de cuentas pagará el Departamento de Marina, ¿no? De acuerdo; pero si no aprovecha usted esta oportunidad, va a salir para Inglaterra en el primer vapor que pase por aquí en dirección a la metrópoli. Usted no es más que un mendigo. Aquí no queremos mendigos blancos -le increpé-. Pero fíjese el trabajo que me dio el asunto.

– Pues se lo hubiera podido ahorrar -dijo el capitán Whalley casi involuntariamente-, si hubiese mandado a por mí.

Al capitán Eliott le divirtió enormemente la salida; se estremecía todo él de risa conforme caminaba. Pero de repente dejó de reír. Le había pasado por la mente un vago recuerdo. ¿No había oído decir cuando la catástrofe del Travancore y Decán que el pobre Whalley había perdido absolutamente todo? Este tío lo tiene mal, ¡cielos!, pensó; e inmediatamente dirigió una mirada de reojo hacia su compañero. Pero el capitán Whalley sonreía austeramente con la mirada fija al frente, erguida la cabeza con gesto que no hubiera podido presentar ningún hombre que estuviese sin un penique. Y se tranquilizó. Imposible. No podía haber perdido todo. Aquel barco era sólo un hobby. Y un hombre que le acababa de confesar que a la mañana había recibido una suma de dinero presumiblemente notable no era fácil que se le echase encima pidiendo un pequeño préstamo, pensamiento que le dejó completamente tranquilo. Sin embargo, se había producido una larga pausa en la conversación, y sin saber reanudarla, gruñó sobriamente:

– Nosotros, los viejos, deberíamos descansar ya. -Para algunos de nosotros, lo mejor sería morir con el remo en la mano -respondió despreocupadamente el capitán Whalley.

– Vamos, vamos. A estas alturas, ¿no está un poco cansado de todo esto? -murmuró el otro sombrío.

– ¿Se siente usted cansado?

El capitán Eliott sí se sentía. Sólo se aferraba al puesto para conseguir la pensión máxima, y retirarse entonces a Inglaterra. Aunque de todos modos sería una miseria; pero era lo único que le libraba del asilo. Y además, tenía una familia. Tres chicas, como Whalley sabía. Le dio a entender al «viejo Harry» que las tres chicas eran lo que más ansiedad y preocupación le causaba. Como para sacarle de quicio a uno.

– ¿Y pues? ¿Qué han hecho? -preguntó el capitán Whalley con una especie de divertida ausencia mental.

– ¿Hacer? ¡Nada! Precisamente. Desde la mañana a la noche con tenis sobre hierba y sucias novelas…

¡Si al menos una hubiese sido un chico! ¡Pero las tres chicas! Y para colmo de mala suerte, no parecía que quedase en el mundo ningún chico decente. Cuando pasaba revista en el club sólo veía una colección de petimetres presumidos demasiado egoístas para pensar en hacer feliz a una mujer buena. Con toda aquella cuadrilla que mantener en casa, se veía abocado a una indigencia extrema. Había acariciado la idea de construirse una casita en el campo -en Surrey- donde terminar sus días, pero se temía que no había ni que pensar en aquello… y su errante mirada se dirigió hacia arriba con ansiedad tan patética que el capitán Whalley asintió caritativamente con la cabeza, reprimiendo un deseo enfermizo de reír. -Tú también sabes por experiencia lo que es esto, Harry. Las chicas son una auténtica calamidad por las preocupaciones y ansias que te hacen pasar.

– Ya. Pero la mía anda bien -dijo lentamente el capitán Whalley, mirando hacia el fondo de la avenida.

El Delegado General se alegró de eso. Extraordinariamente. La recordaba muy bien. Era una chica encantadora.

El capitán Whalley, caminando despreocupadamente, asintió como soñando:

– Era muy linda.

La procesión de coches se estaba rompiendo. Uno tras otro dejaban la fila para salir al trote, animando la vasta avenida con su despliegue de vida y movimiento; pero pronto volvió a tomar posesión de la ancha y recta vía el aspecto de majestuosa soledad.

Un edecán de blanco iba conduciendo a pie un poney birmano enganchado a un coche de dos ruedas barnizado; y el conjunto, parado en la curva, no parecía mayor que un juguete de niño olvidado bajo los exuberantes árboles. El capitán Eliott se dirigió hacia allí con andares balanceantes, como si fuese a trepar adentro, pero se contuvo; apoyando lánguidamente una mano en la barandilla, cambió de conversación, pasando de la pensión, las hijas y la pobreza de nuevo al único otro tema de su vida: el Departamento de Marina, los hombres y barcos del puerto.

Se puso a sacar ejemplos de lo que tenía que hacer; y su gruesa voz se adormeció en la calmada atmósfera como si fuese el obstinado zumbido de un enorme moscardón. El capitán Whalley ignoraba qué fuerza o qué debilidad le impedía decir buenas noches y alejarse. Como si se sintiese demasiado cansado para hacer ese esfuerzo. Qué raro. Más extraño que ninguno de los ejemplos de Ned. ¿O sería que un sentimiento apabullante de vacío le hacía permanecer allí escuchando aquellas historias? Ned Eliott no se había visto tumbado nunca por nada realmente serio; y gradualmente empezó a detectar en él, como envuelto en aquel monótono y sonoro zumbido, un resto de la voz clara y animosa del joven capitán del Ringdove. Se preguntaba si él habría cambiado también en la misma forma; y le parecía que la voz del antiguo compañero no había cambiado tanto… que era el mismo. No era mal tipo aquel agradable y jovial Ned Eliott, siempre amigable, siempre responsable en sus tareas…, y siempre un poco fanfarrón. Recordó cuánto divertía a su pobre esposa. Esta le adivinaba los pensamientos. Cuando el Cóndor y el Ringdove coincidían en el mismo puerto, ella le pedía muchas veces que invitase al capitán Eliott a cenar. Desde aquella época no se habían visto con frecuencia. A veces pasaban cinco años sin verse. Miraba desde debajo de las blancas cejas a aquel hombre a quien no podía confiarse en aquel momento. Y el otro seguía con sus desahogos íntimos, tan alejado de su oyente como si estuviese hablando desde lo alto de una colina, a dos kilómetros de distancia.

Ahora andaba un tanto perplejo por el vapor Sofala. Últimamente le tocaba desenredar todos los líos que le producían en el puerto. Le echarían de menos cuando se fuese al cabo de dieciocho meses, y nombrasen, para cubrir el puesto, cosa probable, a algún oficial retirado de la Armada: un hombre que ni entendería nada ni se ocuparía de nada. Aquel vapor cubría una ruta costera que aseguraba el tráfico comercial hasta un punto tan al norte como era Tenasserim; pero el problema era que no había capitán que quisiese hacerse cargo de él. Nadie estaba dispuesto. Y, naturalmente, él no tenía autoridad para obligar a nadie a coger el puesto. Dar un empujón a petición de un cónsul general, muy bien, pero…

– ¿Y qué ocurre con ese barco? -le interrumpió el capitán Whalley en tono mesurado.

– Al barco no le ocurre nada. Es un viejo vapor en buen estado. Su propietario ha estado esta tarde en mi despacho tirándose de los pelos.

– ¿Es un blanco? -preguntó Whalley con voz interesada.

– Se hace pasar por tal -contestó el Delegado General con desprecio-; pero lo más que puede tener de blanco es la piel. Y eso se lo dije a él a la cara.

– Pero, ¿quién es entonces?

– Es el maquinista primero del barco. ¿Se da cuenta, Harry?

– Ya caigo -dijo el capitán Whalley pensativo-. El maquinista. Entiendo.

Como el tío se había convertido a la vez en propietario del buque, era una auténtica historia. El capital Eliott recordaba que había llegado como tercero de un buque de la metrópoli quince años antes, y le habían despedido junto con el patrón y su jefe a consecuencia de una riña de la peor especie. Él caso es que parecieron aprovechar la ocasión para sacárselo de encima. Sin duda, era un tipo pendenciero. Y se quedó allí como auténtico estorbo, embarcado y desembarcado una y otra vez, incapaz de mantener un trabajo mucho tiempo; apenas habría ningún cuarto de máquinas a flote en aquella colonia que no le hubiese visto desfilar. Luego, de repente:

– ¿Qué cree usted que ocurrió, Harry?

El capitán Whalley, que parecía perdido en un esfuerzo mental como si estuviese efectuando sumas, se sobresaltó un poco. No podía ocurrírsele. La voz del Delegado General vibró sordamente con un ostensible énfasis. Aquel hombre había tenido la suerte de que le tocase el segundo premio de la lotería de Manila. Todos los maquinistas y oficiales compraban participaciones de ese juego. Parecían tener una auténtica manía. Todo el mundo pensaba que se volvería a Inglaterra con el dinero, y se iría al diablo como le pareciese. Pero no. Los propietarios del Sofala habían encargado en Europa un nuevo vapor porque éste resultaba demasiado pequeño y poco moderno para el tráfico que realizaba, y lo vendían a buen precio. Se lanzó a comprarlo. Aquel hombre nunca había mostrado síntomas de ese tipo de intoxicación mental que puede producir la posesión de una gran suma de dinero… hasta que consiguió un buque propio; pero entonces se salió de casillas inmediatamente: irrumpió en el Departamento de Marina por un asunto de transferencias, con el sombrero caído sobre el ojo izquierdo y jugando con un pequeño bastón, y les contó a cada uno de los oficinistas que: «Ahora nadie me puede echar ya. Ahora me toca a mí. Ya no tengo a nadie por encima, ni nunca más tendré a nadie encima». Daba vueltas hinchado por entre las mesas de la oficina, hablando a pleno pulmón, y temblando todo el rato como una hoja, de forma que todo el tiempo que estuvo allí se interrumpió el trabajo de la oficina, y todos los presentes se quedaron con la boca abierta contemplando al bufón. Luego le vieron en las horas más cálidas del día, con el rostro colorado como el fuego recorriendo arriba y abajo los muelles para contemplar su barco desde distintas perspectivas; parecía dispuesto a detener a cualquier desconocido con que se cruzase sólo para hacerle saber que ya no habría nadie por encima de él; que había comprado un barco: que nadie le podría echar ya de su sala de máquinas.

Aun siendo una buena compra, el precio del Sofala le llevó casi todo el dinero que le había tocado. No le quedó capital para trabajar. No era mucho problema, porque aquellos eran tiempos de prosperidad para el tráfico costero de vapor, hasta que algunas navieras de la metrópoli pensaron en establecer flotas locales para alimentar sus líneas principales. Una vez se organizaron estas flotas, naturalmente, se llevaron la parte del león; y al mismo tiempo una banda de condenados bribones alemanes pasó al este del Canal de Suez y fue a por todas las migajas. Recorrían ávidamente la costa y todas las islas, yendo a lo barato, como una manada de tiburones, dispuestos a zamparse todo lo que uno dejase caer. Se habían acabado para siempre los buenos tiempos; él valoraba que durante años el Sofala no había hecho otra cosa que ir tirando bien. El capitán Eliott consideraba como un deber ayudar por todos los medios a que no fuese desplazado un navío inglés; y era evidente que si por falta de capitán el Sofala empezaba a perder viajes, pronto perdería el mercado. Ahí venía la perplejidad. Aquel hombre era demasiado imposible.

– Desde el principio ha sido como un mendigo a caballo, -explicó-.

– Y parecía hacerse peor conforme pasaba el tiempo. En los últimos tres años han desfilado once patronos; él había hecho gestiones con todo oficial allí presente, salvo los de las líneas regulares. Ya le había advertido que así no conseguiría nada. Y claro, ahora, nadie quiere saber del Sofala. Estuve hablando en mi despacho con un par de hombres; pero, como me decían, ¿para qué coger el puesto, llevar una mala vida durante un mes y quedar en tierra después del primer viaje? Naturalmente, el tío me dijo que todo esto era absurdo; que desde hacía años le amenazaba un complot y ahora había fraguado. Todos los malditos marineros del puerto se habían conjurado para ponerle de rodillas, porque él es un maquinista.

El capitán Eliott dejó escapar una risa gutural:

– Y lo cierto es que si pierde un par más de viajes no vale la pena que se preocupe ya de volver a empezar. No encontrará ninguna mercancía en su antigua ruta. Actualmente hay demasiada competencia como para que la gente tenga la carga almacenada aguardando a un barco que no llega a su tiempo. Tiene una perspectiva muy negra. El jura y perjura que se va a encerrar a bordo y morirá de hambre en el camarote antes que vender el barco… aunque encontrase un comprador. Y esto es sumamente difícil. Ni siquiera los japoneses pagarían el valor por el que está asegurado, Esto no es como vender veleros. Los vapores, además de envejecer quedan anticuados.

– Pero tiene que haber acumulado cantidad de dinero -observó tranquilamente el capitán Whalley.

El jefe del puerto hincho increíblemente sus colorados mofletes.

– Ni un real, Harry. Ni-un-so-lo-real.

Aguardó. Pero como el capitán Whalley, mesándose lentamente la barba, miraba al suelo sin decir palabra, le dio unas palmadas en el antebrazo, y susurró sordamente:

– La lotería de Manila se lo ha ido comiendo todo.

Frunció el ceño levemente, y asintió con pequeñas muecas afirmativas. Todos andaban tras eso; una tercera parte de los sueldos pagados a los oficiales («en mi puerto», respondió) van a parar a Manila. Era una manía. Aquel Massy la había padecido desde el principio, como los demás; pero después de ganar una vez parecía haberse convencido de que le bastaba con volver a probar para conseguir otro premio gordo. Desde entonces cogía cantidad de participaciones de cada sorteo. Con ese vicio y su falta de conocimiento en el oficio, había andado más o menos corto de dinero desde que compró con tan poca previsión el barco.

En opinión del capitán Eliott, esto ofrecía una ocasión a que algún hombre de mar sensible que dispusiese de algunas pocas libras se lanzase a salvar a aquel loco de las consecuencias de su locura. En realidad, había contratado a algunos hombres muy competentes, que habrían querido quedarse en el barco si él se lo hubiese permitido. Pero de ningún modo. Parecía pensar que no era propietario si no andaba despidiendo a alguien a la mañana y no reñía a la noche con el sustituto. Lo que necesitaba era que un patrón con doscientas libras o algo así entrase como socio en el barco estableciendo unas condiciones convenientes. Si uno sabe que tiene que devolverle al otro su parte, no anda despidiendo a nadie solo por el gusto de decirle que recoja sus trastos y desembarque. Y de otro lado, un hombre que tenga intereses en el barco no es fácil que deje el puesto por cualquier nadería. Se lo había dicho a Massy. Le había dicho:

– Mr. Massy, así no vamos a ninguna parte. Empieza usted a tener todo el Departamento de Marina hasta el gorro. Lo que tiene que hacer ahora es buscarse un patrón que entre como socio. Me parece que es la única forma. Y le he dado un buen consejo, Harry.

El capitán Whalley, apoyado en el bastón, estaba absolutamente inmóvil. La mano se quedó a medio camino de un gesto violento y abrazó toda la barba. ¿Y qué había dicho el hombre?

El tipo tuvo la osadía de meterse con el Delegado General. Había recibido el consejo con la mayor de las desvergüenzas.

– No vine acá para que se burlen de mí -había chillado-. Apelo a usted como armador y como inglés llevado al borde de la ruina por una conspiración ilegal de sus miserables marineros, ¡y todo lo que usted se aviene a hacer por mí es decirme que me busque un socio!…

El tipo había osado dar una patada de rabia en el suelo del despacho particular. ¿De dónde iba a sacar un socio? ¿Le tomaba por tonto? Ni uno solo de la despreciable banda que estaba en tierra en la «Casa» tenía ni dos peniques en el bolsillo. Eso lo sabían hasta los propios perros nativos del bazar…

– Y es muy cierto, Harry -dijo el capitán Eliott con voz bronca y poco articulada, como sentenciando-. Lo más fácil es que no haya ni uno solo que les deba dinero a los chinos de Denham Road por la ropa que lleva puesta.

– Bien -le dije-, creo que usted arma demasiado escándalo por esto, Mr. Massy. Buenos días. -Salió dando un portazo. ¡Dios, un portazo en mi despacho, maldito sea!

El jefe del Departamento de Marina jadeaba de indignación; luego, como volviendo a orientarse.

– Acabaré por llegar tarde a la cena si sigo aquí soltando la tarabilla con usted… Y a mi mujer no le agrada esto.

Trepó pesadamente al cabriolé; se recostó sobre un lado, y sólo entonces dio un silbido preguntándose qué sería de la vida del capitán Whalley. Llevaban años y años sin verse hasta que el otro día le había visto inesperadamente en la oficina.

– ¿Qué diablos…?

El capitán Whalley parecía sonreír para sí entre sus blancas barbas.

– El mundo es muy grande -dijo vagamente.

El otro, como para comprobar la afirmación, miró en torno desde su asiento. La Explanada estaba muy calma; sólo a lo lejos, muy lejos, a gran distancia del mar, se oía lánguidamente el tut-tut-tut del teleférico que iniciaba ante el vacío peristilo de la Biblioteca Pública su recorrido de cinco kilómetros hasta los Nuevos Docks del Puerto.

– Y todavía parece que resulte pequeño -gruñó el Delegado General-, porque esos alemanes vienen a darnos codazos a cada paso. En nuestra época eso no pasaba.

Cayó en profunda meditación, respirando con estertores, como si estuviese echando una siesta con los ojos abiertos. Tal vez también él había detectado en la silenciosa figura como de peregrino que estaba en pie junto a las ruedas del coche, como peatón que se hubiese detenido, los trazos enterrados de los rasgos del joven capitán del Cóndor. Buen tío, aquel Harry Whalley. De pocas palabras siempre. Nunca sabías a ciencia cierta qué buscaba, era un tanto más espontáneo de la cuenta en el trato con gente importante, y capaz de ver mal las acciones de un compañero. Se tenía en demasiado buen concepto. Hubiese tenido ganas de decirle que subiese para ir a cenar con él. Pero nunca se sabía. A la esposa le disgustaría.

– Y es curioso pensar, Harry -siguió en un tono bajo muy sonoro-, que da la impresión de que los únicos que aquí podamos recordar cómo era esta parte del mundo somos usted y yo…

Estaba a punto de dejarse llevar por la ternura de un acceso sentimental, pero de repente le llamó la atención que el capitán Whalley, sin pestañear ni decir palabra, parecía estar aguardando algo… tal vez esperaba… Recogió las riendas al instante y saltó con exclamaciones cordiales:

– ¡Ah! ¡Muchacho! A cuántos hombres hemos conocido… Los barcos que hemos llevado… ¡ay! Y la de cosas que hemos hecho…

El poney se lanzó hacia adelante, el edecán se apartó del camino. El capitán Whalley levantó el brazo.

– Adiós.

6

Se había puesto el sol. Y cuando tras perforar un profundo agujero con el bastón, se fue de aquel lugar, la noche había reunido, bajo los árboles, su ejército de sombras. Llenaban los extremos orientales de la avenida como si aguardasen sólo una señal para efectuar un avance en toda la línea por los espacios abiertos del mundo; se estaban concentrando abajo entre los hondos flancos de piedra del canal. El prao malayo, medio oculto por el arco del puente, no había cambiado de posición ni un cuarto de pulgada. El capitán Whalley pasó largo tiempo mirando hacia abajo, inclinado sobre la barandilla, hasta que al cabo la inmovilidad flotante de aquella cosa maldita pareció infundirle un sentimiento inexplicable de alarma. La media luz abandonaba el cenit; sus destellos reflejos abandonaban el mundo que tenían debajo, y el agua del canal parecía volverse alquitrán. El capitán Whalley acabó de cruzar el puente.

Faltaban pocos pasos para el desvío a la derecha que conducía a su hotel. Se detuvo de nuevo (todas las casas que daban al mar estaban cerradas, el paseo del muelle desierto salvo un par de nativos que caminaban a lo lejos) y empezó a calcular el montante de la factura. Tantos días en el hotel a tantos dólares por día. Para contar los días se valió de los dedos; metiendo una mano en el bolsillo hizo sonar unas piezas de plata. No había problemas para pasar tres días más; y entonces, a no ser que ocurriese algo, tendría que echar mano de los quinientos -dinero de Ivy, invertido en el padre-. Le dio la impresión de que la primera comida costeada con aquel dinero le sentaría mal… sin ninguna duda. Era inútil razonar. Le guiaba el sentimiento, que nunca le había engañado.

No giró a la derecha. Siguió andando, como si todavía hubiese en el fondeadero un buque al que pudiese hacerse llevar por la noche. Lejos, más allá de las casas, en la ladera de un promontorio añil que cerraba el panorama de los muelles, la tenue columna de una chimenea de fábrica humeaba tranquila recto arriba por el claro aire. Un chino, agachado en la popa de uno de la media docena de sampanes que flotaban más allá de la punta del espigón, percibió una mano que le hacía gestos. Se puso en pie de un brinco, se enrolló la coleta en torno a la cabeza rápidamente, se aseguró con dos rápidos movimientos los anchos pantalones obscuros mucho más arriba de las amarillas caderas, y con un solo y sigiloso movimiento de los remos como aletas, dirigió el sampán hasta ponerlo junto a los peldaños con la facilidad y precisión de un pez que evoluciona en el agua.

– Sofala -articuló el capitán Whalley desde arriba; y el chino, probablemente emigrante de poco tiempo, miró hacia arriba con tensa atención, como si esperase que la extraña palabra cayese visiblemente de los labios del blanco.

– Sofala -repitió el capitán Whalley; y de repente le falló el corazón. Se detuvo. Las costas, las isletas, las elevaciones de la tierra, los puntos bajos, todo estaba oscuro: el horizonte se había tornado sombrío; y al otro lado del arco oriental de la costa, el obelisco blanco que señalaba el lugar en que el cable telegráfico se hundía en tierra, erguíase como pálido espectro sobre la bahía ante el oscuro despliegue de tejados desiguales, entremezclados con palmeras, de la ciudad nativa. El capitán Whalley empezó de nuevo:

– Sofala. ¿Entiendes Sofala, John?

– Esta vez el chino emitió un sonido raro, y asintió con un gruñido sin elaborar, en el fondo de su cuello desnudo. Con el primer guiño amarillo de una estrella que apareció como cabeza de un alfiler clavado profundamente en el suave tejido pálido y trémulo del cielo, el filo de un agudo frío pareció abrirse paso por el cálido aire de la tierra. En el momento de poner pie en el sampán para ir a por el mando del Sofala, el capitán Whalley se estremeció levemente.

Cuando a la vuelta desembarcó en el muelle, a su espalda, Venus, como gema selecta encastrada en la orilla del cielo, lanzaba una estela de suave oro sobre el fondeadero, liso como un suelo de piedra obscura pulimentada. Sobre su cabeza, las altas bóvedas de las avenidas estaban obscuras, y los globos de porcelana de las farolas semejaban perlas de forma de huevo, gigantescas y luminosas, desplegadas en una hilera cuyo extremo más lejano parecía descender a lo lejos hasta la altura de las rodillas. Se puso las manos atrás. Tenía que considerar pausadamente si era un paso conveniente, antes de dar al día siguiente la última palabra. Sus pasos aplastaban ruidosamente la grava… si era conveniente. Más fácil hubiera sido valorarlo de haber tenido alguna alternativa viable. Sin duda era un trato decente: le hacía un favor al hombre; periódicamente, su sombra saltaba densa a su lado sobre los troncos de los árboles, para alargarse luego oblicua y obscura, alejándose sobre la hierba, repitiendo sus pasos.

Si era conveniente ¿Cabía otra opción? Parecía que hubiese perdido ya algo de sí mismo; como si hubiese entregado a un espectro hambriento algo de su verdad y dignidad, para poder vivir. Pero su vida era necesaria. Que la pobreza cruel le cobraba su tributo de humillación. Sin duda Ned Eliott le había hecho sin saberlo un gran favor, que no le hubiera podido pedir. Esperaba que Ned no pensase que había habido nada oscuro o tal vez pensase sólo que Whalley era un excéntrico loco. A qué hubiera venido contárselo… y a qué contarle toda la historia a aquel Massy. Quinientas libras para invertir. Que las aprovechase como pudiese. Que pensase lo que quisiese usted necesita un capitán… Yo necesito un barco. Esto basta. Brrr. Qué desagradable impresión la de aquel vapor vacío, oscuro, lleno de ecos…

Un vapor parado era algo muerto, sin duda; un velero en cierto modo parece siempre dispuesto a saltar vivo con el aliento del cielo incorruptible; pero un vapor, pensaba el capitán Whalley, con los fogones apagados, sin que te reciban en las cubiertas los cálidos soplos que vienen de abajo, sin el silbido del vapor ni los tañidos de hierro en su pecho… yace tan frío, inmóvil y sin pulso como un cadáver.

En la soledad de la avenida, toda negra por arriba e iluminada por abajo, consideraba el capitán Whalley la conveniencia de tomar aquel camino, y topó como por azar con el pensamiento de la muerte. Lo apartó con desagrado y desprecio. Casi se rió de él. Y con la inquebrantable vitalidad de sus años pensó en lo poco que necesitaba para mantener el alma en el cuerpo. Aquel sólido armazón del padre no era una mala inversión para la pobre mujer. Por lo demás, en cualquier caso, el acuerdo tenía que ser claro: las quinientas le serían pagadas íntegramente a ella en el plazo de tres meses. Íntegramente. Hasta el último penique. No iba a perder nada del dinero de ella, cayese lo que cayese… un poco de su dignidad, del respeto a sí mismo. Nunca había permitido que nadie pudiese hacerse mala impresión sobre él. Pues bien, había que pasar por eso… por el bien de ella. Al fin y al cabo, él nunca había dicho nada falso… y el capitán Whalley se sentía corrompido hasta el tuétano. Se rió un poco con íntimo desprecio de su prudencia mundana. Era claro que con un sujeto de aquella especie, y dada la peculiar relación que iba a darse entre ambos, no hubiera sido conveniente explicarle claramente su situación. No le caía bien el sujeto. Le desagradaban su arrebatos de locuacidad pretenciosa y sus explosiones de resentimiento. En definitiva…, un pobre diablo. No le hubiera gustado estar en su piel. Al fin y al cabo, los hombres no eran malos. Le desagradaba su pelo lustroso, su rara forma de estar en pie dándole a uno el lado, con la nariz elevada y mirándole a uno por encima del hombro. No. En conjunto, los hombres no eran malos… sólo eran torpes o desgraciados.

El capitán Whalley había terminado el análisis de la conveniencia de dar aquel paso… y todavía tenía la noche entera por delante. Cuando la luz le daba de lleno la larga barba brillaba como peto de plata que le cubriese el corazón; en los espacios que mediaban entre las farolas su magna estampa pasaba más confusa, alcanzando proporciones colosales, tambaleante y misteriosa. No; realmente los hombres no eran muy peligrosos; y todo el tiempo marchaba con él la sombra, sesgada a su izquierda y hacia adelante… lo cual constituye en Oriente un mal augurio.

* * *

– ¿No puedes ver aún el grupo de palmeras, serang? -preguntaba el capitán Whalley desde su butaca del puente del Sofala al acercarse al bajío de Batu Beru.

– No, Tuan. Ya aparecerá. El viejo malayo, enfundado en traje azul mahón, con los huesudos pies obscuros clavados bajo el toldo del puente, se puso las manos detrás y miró hacia adelante por en medio de las innumerables arrugas de las comisuras de los ojos.

El capitán Whalley estaba sentado quieto, sin levantar la cabeza para mirar por sí mismo. Tres años… treinta y seis veces. Había abordado aquellas palmeras treinta y seis veces desde el sur. Se dejarían ver en el momento oportuno. Gracias a Dios, el viejo barco llegaba a las escalas de la ruta puntual como un reloj. Al cabo murmuró de nuevo.

– ¿Todavía no?

– El sol deslumbra mucho, Tuan.

– Vigila bien, serang.

– Sí, Tuan.

Un hombre blanco había subido desde la cubierta por la escala, sigilosamente, escuchando atentamente aquel breve coloquio. Luego avanzó por el puente y se puso a pasear de un lado para el otro, sosteniendo la larga caña de madera de cerezo de una pipa. El negro pelo cruzaba aplastado en entecas bandas la calva cima del cráneo; tenía cejas espesas, tez amarilla, y una gran nariz amorfa. Una clara barba no ocultaba el perfil de la mandíbula. Su aspecto era de gran preocupación; y al chupar una boquilla curvada y negra, presentaba un perfil tan proyectado hacía adelante y hacia abajo, tan ominoso, que ni el serang podía evitar a veces el pensamiento de que algunos blancos eran extremadamente desagradables.

El capitán Whalley pareció enderezarse en la butaca, pero no dio señales de haber advertido su presencia. El otro soltaba bocanadas de humo; entonces, de repente:

– Nunca podré entender esta nueva manía suya de tener a este malayo aquí como si fuese su sombra, socio.

El capitán Whalley se levantó de la butaca con toda su imponente estatura y caminó hasta la bitácora con tal firmeza que el otro tuvo que hacerse atrás rápidamente para dejarle paso, y quedó como intimidado, con la pipa temblándole en las manos.

– Ahora páseme por encima -musitó con una especie de susurro de asombro y descomposición. Luego dijo lenta y claramente:

– Yo… no… soy… una basura. Y añadió desafiante: Como usted parece pensar.

El serang dio un brinco.

– Ahora veo las palmas, Tuan.

El capitán Whalley avanzó hasta la barandilla; pero en lugar de encaminarse directamente al punto preciso, con la mirada segura y penetrante de un marinero, sus ojos erraron irresolutos en el espacio, como si él, descubridor de nuevas rutas, hubiese perdido el camino en aquel estrecho mar.

Subió el puente otro blanco, el segundo. Era alto, joven, delgado, con un bigote como de lancero, y de mirada un tanto maliciosa. Se situó junto al maquinista. El capitán Whalley, de espaldas a ellos, preguntó:

– ¿Qué velocidad marca la corredera?

– Ochenta y cinco -contestó rápidamente el segundo, dándole un codazo al maquinista.

Las musculosas manos del capitán Whalley apretaban la barandilla metálica con fuerza extraordinaria; su mirada brillaba con enorme esfuerzo; juntaba las cejas, le caía el sudor por debajo de la gorra… y murmuró en voz baja: serang, mantén el rumbo… cuando estemos en la posición adecuada.

El silencioso malayo fue para atrás, aguardó un poco, y levantó el brazo para hacer seña al timonel. El timón giró rápidamente para ajustarse al movimiento del barco. El segundo llamó de nuevo la atención del maquinista con un codazo. Pero Massy se volvió hacia él.

– Mr. Sterne -dijo violentamente-, permítame que le diga -como armador- que no es usted más que un maldito loco.

7

Sterne bajó sonriendo con afectación y sin mostrar ningún desconcierto, pero el maquinista Massy permaneció en el puente, paseando con aires de inquieta autoafirmación. A bordo, todos eran sus inferiores… todos sin excepción. El les pagaba el salario y les alimentaba. Comían su pan y se embolsaban su dinero, sin merecérselo; y no tenían que preocuparse de nada, mientras él debía hacer frente solo a todas las dificultades de un armador. Cuando contemplaba toda la amenazadora realidad de su posición, le parecía que desde hacía años era presa de una banda de parásitos; llevaba años lleno de náusea por todos los relacionados con el Sofala, a excepción, tal vez, de los fogoneros chinos que lo mantenían en marcha. Estos tenían una utilidad manifiesta: eran una parte indispensable de la maquinaria que le pertenecía.

Cuando recorría las cubiertas empujaba brutalmente con el hombro a cualquiera que se le cruzase en el camino; pero los marineros malayos habían aprendido a apartarse. Se veía obligado a tolerarlos debido a la necesidad de trabajo manual en el barco. El tenía que luchar y hacer planes para mantener a flote el Sofala… ¿y qué recibía a cambio? Ni siquiera el suficiente respeto. No podrían agradecérselo ni aunque todos sus pensamientos y acciones fuesen dirigidos a tal fin. Para esta época, había él dejado muy atrás la vanidad de la posesión y la vanagloria del poder, y sólo le quedaban los problemas materiales, el miedo de perder aquella posición que había resultado no valer la pena, y un ansia mental constante que ninguna sumisión abyecta de los hombres podía compensar.

Caminaba de un lado para otro. Al fin y al cabo, el puente era suyo. Lo había pagado él; y con la pipa en la mano se detenía a veces en seco como para escuchar con atención profunda y concentrada el golpeteo amortiguado de las máquinas (sus máquinas) y el leve rechinar de las cadenas del timón, sobre el fondo del continuo restregar del agua contra los flancos del buque. De no ser por esos ruidos el barco hubiera parecido completamente parado, como si estuviese amarrado a un muelle, y tan silencioso como si hubiese desertado de él todo bicho viviente; sólo la costa, la baja costa de barro y mangles con tres palmeras formando un ramo en la jiba, se distinguía cada vez con más detalle, con su alargada silueta; ni un solo rasgo de ella llamaba la atención. Los pasajeros nativos del Sofala yacían en esteras, bajo los toldos; el humo de la chimenea parecía la única señal de vida, relacionada, en misteriosa forma, con el movimiento deslizante.

El capitán Whalley, de pie, con unos prismáticos en la mano y el pequeño malayo al lado, como un viejo gigante servido por pigmeo anémico, estaba llevando el buque por las aguas poco profundas del bajío.

La cresta submarina de barro, arrancada por la corriente al blando lecho del río, para amontonarlo fuera, lejos, sobre el duro fondo del mar, era difícil de franquear. No teniendo la costa aluvial señales distintivas, había que rastrear la posición del punto de travesía por referencia a la forma de las montañas del interior. Había que buscar una forma aplanada y de cima desigual como una muela, y otra forma más suave, como de silla de montar, entre la gran luminosidad sin nubes que parecía deslizarse flotando como una densa niebla seca que llenase el aire y viniese del agua, velando las distancias y abrasando los ojos. En ese velo de luz sólo destacaba firmemente el borde próximo de la costa, negro azabache casi, de solidez opaca e inmóvil. A cincuenta kilómetros de distancia, la serranía del interior se extendía por el horizonte con perfiles y formas azules, lánguidos y trémulos como un fondo de gasa sutil pintado sobre la textura ondeante de una impalpable cortina tendida hasta el llano de suelo aluvial; y las aberturas del estuario parecían con sus blancos destellos como pedazos de plata engastados en los espacios cuadrados recortados limpiamente en el cuerpo de aquella tierra rodeada de mangles.

En la parte de delante del puente el gigante y el pigmeo se hablaban con frecuencia en tranquilos murmullos. Tras ellos Massy estaba de lado con expresión de desdén e inquietud. Sus ojos globulares estaban perfectamente inmóviles, y parecía haber olvidado la larga pipa que sostenía en la mano.

En la cubierta de delante del puente, tapada por las apretadas pendientes blancas de los toldos, un marinero nativo había trepado hasta situarse fuera de la batayola. Se ajustó rápidamente una ancha banda de lona de vela bajo los sobacos, y apoyando el pecho en ella se colgó afuera, encima del agua. La manga de la ligera camiseta de algodón, muy corta, dejaba al descubierto un brazo moreno de formas llenas y redondeadas y piel de satén como la de una mujer. Blandía aquel brazo con el gesto rotatorio y amenazador de un hondero: el peso de seis kilos hendía circularmente el aire hasta que de repente, salió lanzado hasta la altura de la proa. La fina y húmeda sirga silbó como seda arañada al pasar por entre los dedos morenos del hombre, y el plomo al hundirse cerca del casco del buque hizo una fugaz herida de plata en el resplandor dorado: luego, tras un intervalo, la voz del joven malayo izado y estirado anunció en su propia lengua la profundidad del agua.

– Tiga stengah -gritaba tras cada chapuzón y pausa, afanándose en recoger la sirga para lanzar otra vez.

Tiga stengah, que significa tres brazas y media, seis metros. Viniendo de alta mar, había cosa de una milla en que la profundidad era uniforme, hasta llegar al bajío mismo.

– Tres y media. Tres y media. Tres y media -y el modulado grito, repetido fácilmente, monótono como el reclamo reiterado de un pájaro, parecía flotar entre los rayos del sol e irse por el espacioso silencio del mar vacío y de una costa sin vida, que se extendía abierta por el norte y el sur, el este y el oeste, sin que lo turbase ni la sombra de una sola nube ni el susurro de ninguna otra voz.

El propietario-maquinista del Sofala permanecía muy quieto tras los dos marineros de distinta raza, credo y color; el europeo con el vigor de aquel viejo armazón que desafiaba al tiempo, y el pequeño malayo viejo también, pero entero y quebrantado como hoja parda y seca depositada por caprichoso viento a los pies del otro. Muy ocupados en observar la tierra, no distraían una sola mirada; y Massy, mirándoles por la espalda, parecía sentir aquella atención al deber como menosprecio personal hacia él.

Era irracional; pero él llevaba muchos años viviendo en su propio mundo de resentimientos irracionales. Al fin, pasando la palma húmeda por las clareadas vetas de pelo astroso de la cima de su cráneo amarillo, empezó a hablar lentamente.

– ¡Y necesita usted un sondeador! Supongo que ahora se hace así en los buques correo. ¿No tiene suficiente conocimiento para saber dónde está con sólo mirar a tierra? Pues yo aún no llevaba doce meses en la ruta y ya le tenía cogido el tranquillo… y sólo soy un maquinista. Desde aquí mismo le puedo indicar dónde está el bajío, y le podría decir también que no meterá el barco en el barro en cinco minutos: sólo que usted diría que eso es interferencia, me imagino. Y ahí está ese su acuerdo escrito que dice que no tengo que interferir.

Se calló. El capitán Whalley, sin relajar la inmóvil severidad de sus facciones, movió los labios para preguntar en rápido murmullo.

– ¿Estamos cerca, serang?

– Ya muy cerca, Tuan -musitó rápidamente el malayo.

– Lo más despacio posible -dijo el capitán en voz alta, con tono firme.

El serang palmoteo el mango del telégrafo. Abajo sonó un gong. Con un bufido de desprecio, Massy se fue a poner la calva debajo de la lumbrera de la sala de máquinas.

– Igual nos marean las máquinas, Jack -mugió. El espacio que miraba era hondo y muy oscuro; y los destellos grises del acero al fondo parecían fríos en comparación con el resplandor intenso del mar en torno al barco. Sin embargo, recibió en el rostro una bocanada de aire caliente y cargado. Un leve sonido gutural al que hubiera sido inútil buscar una interpretación vino desde el fondo. Era la forma en que respondía a su jefe el segundo maquinista.

Era un hombre de media edad y modales distraídos, aparentemente sumido en una preocupación tan taciturna por sus máquinas que parecía haber perdido la facultad de hablar. Cuando alguien se dirigía directamente a él, no respondía más que con un gruñido o exclamación inarticulada, según la distancia. En todos los años que llevaba en el Sofala nadie recordaba que hubiese intercambiado ni un franco buenos días con ninguno de sus compañeros de tripulación. No parecía ser consciente de que por el mundo circulaba gente; no parecía ver a nadie. En realidad, cuando estaba en tierra hacía como que no conocía a sus compañeros. Se pasaba las comidas (los cuatro blancos del Sofala compartían mesa) mirando desapasionadamente el plato, y cuando acababa se ponía en pie de un brinco y se lanzaba hacia abajo como si se le hubiese ocurrido repentinamente que alguien pudiese robar las máquinas mientras él comía. Cuando el Sofala rendía viaje en el puerto de destino, él desembarcaba regularmente sin que nadie supiese dónde ni cómo empleaba las noches. La flota costera local conservaba la leyenda incoherente y extraña de sus pretensiones por la esposa de un sargento de cierto regimiento de infantería irlandesa. Sin embargo, aquel regimiento había cumplido su turno de guarnición en la plaza hacía siglos, y se había ido a la otra punta del globo, perdiéndose toda noticia de él. A lo largo del año se pasaba en la bebida como cosa de dos o tres veces. En tales ocasiones volvía a bordo en hora más temprana que de costumbre; recorría la cubierta bamboleándose con los brazos extendidos como un equilibrista en la cuerda floja; cerraba la puerta del camarote y empezaba a conversar y discutir consigo mismo durante toda la noche en los tonos más variados; tormentas, burlas y lamentos se sucedían con inagotable persistencia. En su cubil contiguo, Massy, incorporándose sobre el codo, descubría que su ayudante recordaba el nombre de cada uno de los blancos que habían pasado por el Sofala durante años y años. Recordaba el nombre de los que habían muerto, de los que habían vuelto a Inglaterra, de los que se habían ido a América; recordaba con las copas el nombre de hombres cuya relación con el barco había sido tan breve que Massy casi había olvidado las circunstancias y apenas podía evocar sus rostros. La voz ebria del otro lado del mamparo se extendía en comentarios sobre todos ellos con un veneno extraordinario e ingenioso lleno de invenciones escandalosas. Parecía como si todos ellos le hubiesen ofendido de alguna forma, y en venganza les hubiese visto partir a todos. Musitaba sombríamente; reía sardónico; les aplastaba a uno tras otro; menos a su jefe, Massy, del que parloteaba con admiración llena de ingenuidad y malicia. ¡Lista sabandija! No se tropieza uno cada día con hombres como él. Basta mirarle. ¡Ja! ¡Qué grande es! Barco propio. No hay peligro de que a él le vayan mal las cosas. No, ¡el muy bruto! Y Massy, tras escuchar con sonrisa llena de satisfacción aquellos toscos tributos a su grandeza, empezaba a chillar, aporreando el mamparo con ambos puños…

– ¡Cierra esa boca, lunático! ¿Te has propuesto no dejarme dormir, imbécil?

Pero en sus labios permanecía una media sonrisa de orgullo; afuera, el solitario marinero nativo de guardia de puerto, tal vez un joven recién salido de una aldea de la jungla, permanecía inmóvil entre las sombras de la cubierta escuchando la inacabable cháchara del borracho. El corazón le debía latir más aprisa por el respeto que le imponían los blancos: aquellos hombres arbitrarios y obstinados que perseguían inflexiblemente sus incomprensibles propósitos… seres de exótica entonación en la voz, movidos por sentimientos inexplicables, impelidos por motivos inescrutables.

8

Tras la gutural respuesta de su segundo, Massy estuvo un tiempo inclinado sobre la sala de máquinas con aire taciturno. Cualquiera hubiera imaginado que aquella costa era nueva para el capitán Whalley, que por la gracia de las quinientas libras había mantenido el mando durante tres años. Parecía incapaz de bajar los prismáticos, como si se hubiesen incrustado bajo las contraídas cejas. Aquel ceño fruncido daba a su rostro un aire de severidad invencible y justa; pero el codo que tenía levantado temblaba ligeramente, y el sudor que caída por debajo de la gorra como sí un segundo sol se hubiese encendido de repente en el cenit junto al globo ardiente y firme que estaba ya allí, a cuyo calor blanco y cegador giraba y brillaba la tierra como una mota de polvo.

De cuando en cuando, sin bajar los prismáticos, levantaba la otra mano para limpiarse el sudor del rostro. Las gotas resbalaban por las mejillas y caían como lluvia sobre el blanco pelo de la barba, y de repente, como movido por un impulso incontrolable y angustiado, el brazo alcanzó el pulsador del telégrafo de la sala de máquinas.

Abajo, sonó el gong. La vibración regular de la velocidad mínima cesó, y con ella todo sonido y temblor del barco, como si la gran quietud que reinaba en la costa hubiese penetrado por sus flancos de acero para tomar posesión hasta de sus más recónditos rincones. La ilusión de perfecta inmovilidad pareció caer sobre él desde la luminosa cúpula azul sin una sola mancha que se arqueaba sobre un cielo liso sin una sola arruga. La tenue brisa que el propio barco causaba expiró, como si de golpe el aire se hubiese hecho demasiado espeso para moverse; incluso se apagó el leve silbido del agua en la proa. El casco estrecho y alargado, siguiendo su camino sin el menor chasquido de agua, parecía aproximarse a escondidas a las aguas poco profundas del bajío. La zambullida de la sonda con el grito luctuoso y mecánico del marinero se producía a intervalos más largos; y los hombres del puente parecían contener el aliento. El malayo que iba al timón miraba fijamente la rosa de los vientos y el capitán y el serang tenían la vista fija en la costa.

Massy había dejado la lumbrera y con andares patosos volvió sigilosamente al mismo punto del puente que había ocupado antes. Una lenta y prolongada sonrisa dejó al desnudo la hilera de dientes blancos; en la sombra del toldo brillaban uniformes como el teclado del piano en una habitación obscura.

Al cabo, haciendo como que hablaba para sí, dijo en voz no muy alta:

– Parar las máquinas ahora. A saber lo que vendrá luego.

Aguardó, encogiéndose de hombros, con la cabeza baja, mirando de reojo. Luego, elevando algo más la voz.

– Si osase hacer una observación absurda diría que no es usted capaz de…

Pero el marinero de la sonda había sido presa de una chillona excitación, como si se hubiese adueñado de su cuerpo algún espíritu que, insospechadamente, vagase por la vasta quietud de la costa. La lánguida monotonía de su sonsonete se tornó clamor rápido y agudo. La sonda volaba tras una sola vuelta, la cuerda silbaba, las zambullidas se sucedían apresuradamente. El agua se había hecho poco profunda, y el hombre, en lugar de la cansina recitación de brazos, estaba cantando los sondeos en pies.

– Quince pies. Quince, catorce. Catorce, catorce…

El capitán Whalley bajó el brazo que sostenía los prismáticos. Descendió lentamente como por su propio peso; no se movió ninguna otra parte de su imponente cuerpo; y los rápidos gritos en tono alarmado le alcanzaban como si estuviese sordo.

Massy, muy envarado, escuchando con atención, había clavado la mirada en la nuca plateada y afeitada de aquella vieja testuz. Hubiera parecido que el barco no se movía, de no ser por el descenso gradual de la profundidad bajo su quilla.

– Trece pies… ¡Trece! ¡Doce! -gritaba el de la sonda ansioso bajo el puente. Y, de repente, el serang de pies desnudos se apartó sin hacer ruido para echar una mirada por la borda.

Estrecho de hombros, enfundado en ajado traje azul de algodón, con un viejo sombrero de fieltro gris calado hasta las orejas y un hoyo en la obscura nuca, con sus escuálidas piernas, por la espalda parecía un chaval de catorce años. Y algo había de impulsividad infantil en la curiosidad con que miraba expandirse las amplias convoluciones amarillas que surgían a la superficie del agua como enormes nubes que evolucionasen hacia el cielo insondable. No le asombró en absoluto verlo. Estaba seguro de que la quilla del Sofala tenía que estar levantando limo, y por eso había ido a mirar por la borda.

Sus ojos penetrantes, oblicuos, en un rostro de tipo chino, pequeño e impasible, como tallados en viejo roble oscuro, le habían informado mucho antes de que el barco no abordaba el bajío adecuadamente. Despedido del Fair Maid junto con el resto de la tripulación una vez consumada la venta, había aguardado con su traje azul gastado y su amplio sombrero gris a las puertas de las oficinas del puerto, hasta que un día, al ver que el capitán Whalley iba a contratar tripulantes para el Sofala, le había salido discretamente al paso con sus pies desnudos en el polvo y mirando mudo hacia arriba. Su antiguo patrón había posado la mirada en él bien dispuesto -debía de ser un día de suerte- y en menos de media hora los blancos de la oficina habían escrito su nombre en un documento como serang del Sofala. Luego había escudriñado repetidamente aquel estuario, aquella costa, desde aquel puente y desde aquel lado del bajío. Los datos del mundo visual caían sobre su mente inocente como sobre placa sensible a través de la lente de una cámara fotográfica. Su conocimiento era absoluto y preciso; de todos modos, si le hubiesen preguntado su opinión, y sobre todo si le hubiesen interrogado a la manera directa y alarmante de los blancos, habría respondido con la vacilación de la ignorancia. Estaba seguro de sus hechos, pero esa seguridad pesaba muy poco frente a la duda de si la respuesta agradaría. Cincuenta años antes, en una aldea de la jungla, y antes de que tuviese un día de vida, su padre (que murió sin llegar a ver nunca un rostro blanco) había hecho vaticinar sobre su nacimiento a un hombre experto y sabio en astrología, porque la disposición de las estrellas puede revelar hasta la última palabra de cualquier destino humano. Su destino había sido prosperar en el mar gracias al favor de diversos hombres blancos. Había fregado las cubiertas de los buques, había estado al timón, había sido pañolero, y la fin había llegado a serang; y su plácida mente seguía siendo incapaz de penetrar en los motivos más simples de aquellos a quienes servía lo mismo que éstos eran incapaces de penetrar la corteza de la tierra para conocer la naturaleza secreta de su corazón, que no saben si es fuego o piedra. Pero no le cabía la menor duda de que el Sofala estaba fuera del curso correcto para cruzar el bajío de Batu Beru.

Era un error leve. El barco no podía estar más de dos veces su propia longitud al norte del paso; y un blanco perplejo con razón (porque era imposible atribuir al capitán Whalley un error de ignorancia, falta de oficio o negligencia) se hubiera visto inclinado a dudar del testimonio de los sentidos. Un sentimiento de este tipo mantenía a Massy inmóvil, enseñando los dientes con una sonrisa angustiada. Al serang no le ocurría esto. No le turbaba ninguna desconfianza intelectual hacia los sentidos. Si el capitán quería remover el lodo, estaba bien. A lo largo de su vida había tenido ocasión de ver a los blancos permitirse salidas no menos extrañas. Lo único que realmente le interesaba era ver qué iba a ocurrir. Al cabo, aparentemente satisfecho, se apartó de la barandilla.

No había hecho ningún ruido; sin embargo, el capitán Whalley parecía haber observado los movimientos de su serang. Manteniendo la cabeza rígidamente erguida, preguntó con un leve movimiento de los labios.

– ¿Seguimos avanzando, serang?

– Un poco todavía, Tuan -contestó el malayo. Y añadió despreocupadamente-: Hemos pasado.

La sonda confirmaba sus palabras; la profundidad del agua aumentaba a cada lanzamiento, y el estado de excitación desapareció repentinamente del marinero nativo colgado de la banda de lona junto al flanco del Sofala. El capitán Whalley ordenó retirar la sonda, poner en marcha las máquinas sin prisa, y apartando la mirada de la costa dio instrucciones al serang para que mantuviese el rumbo por el centro de la entrada.

Massy se llevó la palma de la mano a las caderas con sonoro golpe.

– Ha rozado usted el banco. Mire por la popa y lo verá. Fíjese el rastro que hemos dejado. Puede verlo bien claro. ¡Estaba convencido de que iba a hacer esto! ¿Por qué? ¿Por qué diablos lo ha hecho? Estoy seguro de que está usted tratando de asustarme.

Hablaba lentamente, como con gran circunspección, manteniendo los prominentes ojos negros encima del capitán. Su creciente ira tenía cierto dejo de lamento, pues era ante todo un claro sentimiento de haber sufrido un mal sin merecerlo lo que le hacía odiar al hombre que por quinientas miserables libras reclamaba una sexta parte de los beneficios, según el acuerdo firmado por tres años. Siempre que el resentimiento podía con el respeto que le inspiraba la persona del capitán Whalley, se ponía a chillar y lamentarse furioso.

– No sabe usted qué inventar para hacerme la vida imposible. Nunca hubiera imaginado que un hombre como usted se rebajase a…

Se detenía medio esperanzado, medio tímido, cada vez que el capitán Whalley hacía el más leve movimiento en la butaca del puente, como si esperase la reconciliación de un suave discurso o bien ver que el otro se lanzaba sobre él y le echaba a patadas del puente.

– Me sorprende -siguió, mostrando alerta los dientes, sin sonreír-. No sé qué pensar. Creo que usted está tratando de asustarme. Por poco deja el barco encallado en la arena doce horas al menos, además de llenar las máquinas de barro. Actualmente un barco no puede permitirse perder doce horas en una ruta… y usted debería saberlo muy bien y sin duda lo sabe perfectamente, pero…

Su lenta volubilidad, su forma de estirar el cuello de lado, las negras miradas de reojo, dejaban impávido al capitán Whalley. Este miraba a la cubierta con el ceño fruncido. Massy aguardó un poco, y luego empezó a amenazar lastimero.

– Usted se imagina que me tiene atado de pies y manos con ese acuerdo. Se ha creído que puede torturarme a su antojo. ¡Ah! Pero recuerde que todavía tiene que cubrir seis semanas. Tiempo suficiente para que yo le despida antes de los tres años. Todavía hará usted algo que me dé ocasión de despedirle y hacerle aguardar doce meses para recuperar el dinero, antes de que se despida y se lleve las quinientas dejándome sin un solo penique para conseguir unas calderas nuevas para el barco. Disfruta usted sólo de pensarlo, ¿no? Está usted frotándose las manos. Es como si hubiese vendido el alma por quinientas libras para verme al cabo condenado eternamente…

Se detuvo, sin aparente exasperación, y continuó sin gritar.

– … con las calderas desbastadas y amenazado por la inspección, capitán Whalley… Capitán Whalley, me pregunto qué va a hacer con su dinero. Tiene que tener dinero a espuertas en alguna parte. Un hombre como usted tiene que estar forrado. Es elemental. No soy tonto, sabe, capitán Whalley…, socio.

Se detuvo de repente, como definitivamente. Se pasó la lengua por los labios, dirigiendo una mirada al serang que tenía a la espalda dirigiendo el barco con tranquilos susurros y leves señales con la mano.

La estela de la hélice producía rápidas ondas de negro barro coronadas por cresta de espuma. El Sofala había entrado en el río; la huella que había dejado encima del bajío quedaba ya a una milla por la popa, fuera de vista, y había desaparecido completamente; y el mar suave y vacío que bordeaba la costa había quedado atrás en la desolación resplandeciente de los rayos del sol. A ambos lados del barco, abajo, crecían sombríos mangles retorcidos sobre orillas semilíquidas; y Massy seguía en su viejo tono, con un arranque brusco, como si le hiciesen soltar las peroratas lo mismo que a una caja de música, dándole cuerda.

– Y si alguien consiguió de mí todo lo posible, es usted. No me importa decirlo. Ahí tiene, ya lo dije. ¿Qué más quiere usted? ¿No es esto bastante para su orgullo, capitán Whalley? Me dominó usted desde el principio. Cuando vuelvo la mirada atrás, veo que es todo de una pieza. Usted me permitió insertar aquella cláusula sobre la intemperancia sin decir palabra, sólo poniendo mala cara cuando yo señalé que esto debía constar blanco sobre negro. ¿Cómo podía yo saber cuáles eran sus fallos? Normalmente, todo el mundo tiene alguna debilidad. ¡Oh sorpresa! Cuando usted viene a bordo resulta que lleva años 5 años acostumbrado a no beber más que agua.

Cesaron sus chillidos dogmáticos y regañones. Meditaba profundamente, a la manera de los hombres arteros y sin inteligencia. Parecía inconcebible que el capitán Whalley no se riese de la expresión de disgusto que embargaba a aquella figura pesada y amarillenta. Pero el capitán Whalley no levantaba la mirada, permanecía sentado en la butaca, ultrajado, digno, inmóvil.

– De mucho me sirvió -rebufaba Massy monótonamente-, insertar una cláusula de despido por intemperancia contra un hombre que sólo bebe agua. Y usted parecía tan contrariado cuando leyó mi borrador aquella mañana en el bufete del abogado. Capitán Whalley… parecía usted tan apesadumbrado que quedé convencido de que había dado con su punto flaco. Un armador no toma nunca bastantes precauciones en lo que se refiere al patrón que contrata. Usted debía de reírse por dentro todo el tiempo… ¿eh? ¿Qué va usted a decir?

El capitán Whalley se había limitado a mover levemente los pies. La mirada sesgada de Massy mostró una sorda animosidad.

– Pero recuerde que hay otros tres motivos de despido. La negligencia habitual, que equivale a incompetencia, y una grave y persistente negligencia del deber. No soy tan tonto como usted. Últimamente ha prestado poco cuidado… lo deja todo en manos de ese serang. ¡Vaya! He visto que deja que ese viejo malayo loco dé las órdenes por usted, como si usted fuese demasiado importante para atender a su trabajo personalmente. ¿Y cómo calificaría usted la estúpida forma de rozar el bajío ahora mismo? Usted piensa que yo voy a tolerar esto sin tomar medidas

Apoyando el codo en la escalerilla de la parte de popa del puente, Sterne, el segundo, intentaba captar la conversación, guiñando el ojo todo el tiempo de lejos al segundo maquinista, que había subido un momento, y estaba en la escotilla de la sala de máquinas. Limpiándose las manos con un puñado de borra de algodón, miraba en torno con indiferencia a izquierda y derecha, a las orillas del río que se deslizaban velozmente hacia la popa del Sofala.

Massy se volvió de cara a la butaca. El tono de sus gritos se hizo otra vez amenazador.

– Lleve cuidado. Todavía puedo despedirle y congelarle el dinero durante un año. Puedo…

Pero ante la inmovilidad silenciosa y rígida del hombre cuyo dinero había llegado por los pelos a tiempo de salvarle de la ruina total, se le ahogó la voz en la garganta.

– No es que yo quiera que usted se vaya -arrancó de nuevo tras un silencio, con un tono absolutamente Insinuante-. Lo que yo querría por encima de todo es que fuésemos amigos y renovásemos el acuerdo, si usted consiente en encontrar otras doscientas libras para contribuir al gasto de las calderas nuevas, capitán Whalley. Ya se lo dije anteriormente. El barco necesita unas calderas nuevas: usted lo sabe tan bien como yo. ¿Ha reflexionado sobre esto?

Aguardó. El delgado tallo de la pipa de saliente cazoleta le coleaba de los gruesos labios. Se había apagado. De repente, se la sacó de los dientes y retorció levemente las manos.

– ¿No me cree usted? Metió la cazoleta de la pipa en el bolsillo de la chaqueta negra brillante por el desgaste.

– ¡Es como tratar con el diablo! -dijo-. ¿Por qué no habla usted? AI principio me trataba usted con tal altivez que apenas me atrevía a arrastrarme por mi propio barco. Ahora no consigo arrancarle una palabra. Como si no me viese. ¿Qué significa esto? A fe que me aterroriza con ese truco de hacerse el sordomudo. ¿Qué pensamientos cruzan por esa cabeza suya? ¿Qué conspira ahí con tanto empeño que no puede decir una palabra? Nunca me hará creer que usted, usted, no sabe de dónde sacar un par de cientos. Me ha hecho usted maldecir el día que nací…

– Mr. Massy -dijo el capitán Whalley de repente, sin moverse.

El maquinista saltó violentamente.

– Si es así, sólo puedo pedirle que me perdone.

– Estribor -musitó el serang al timonel; y el Sofala empezó a girar para enfilar el segundo tramo.

– ¡Ough! -se estremeció Massy-. Me hiela usted la sangre. ¿Qué le movió a usted a venir acá? ¿Por qué se presentó aquella noche tan de repente, con sus palabras altivas y su dinero, a tentarme? Siempre me he preguntado qué motivos tendría. Usted se me pegó para tener una situación tranquila v vivir a expensas de mi sangre, como le digo. ¿Fue eso? Me da que es usted lo más miserable que hay en el mundo, pues de lo contrario, por qué…

– No. Sólo soy pobre -interrumpió el capitán Whalley, como de piedra.

– Ahí, firme -murmuró el serang. Massy se alejó con el mentón en el hombro.

– No lo creo -dijo en su tono dogmático. El capitán Whalley no hizo ningún movimiento-. Usted está ahí sentado como un buitre harto de comida… exactamente igual que un buitre.

Abarcó el centro de la corriente y ambas orillas con una sola mirada circular, ciega, vacía, y dejó el puente lentamente.

9

Al volverse para bajar Massy percibió la cabeza de Sterne, el segundo, que vagaba por allí con su sonrisa maliciosa y confiada, su bigote rojo y ojos parpadeantes, al pie de la escalera.

Antes de incorporarse al Sofala, Sterne había sido oficial subalterno en una de las navieras más importantes. Había dejado el puesto, decía, «por un principio general». Se quejaba de que la promoción en el empleo era muy lenta, y pensaba que ya era tiempo de que intentase conseguir algo en la vida. Parecía como si nadie fuese a morirse nunca ni a dejar la firma; todos estaban aferrados a sus puestos hasta pudrirse; estaba cansado de esperar; y se temía que cuando se produjesen vacantes los mejores servidores de la empresa no fuesen recompensados adecuadamente. Además, el capitán a cuyas órdenes estaba, el capitán Provost, era un hombre absolutamente incomprensible al que había caído mal sin saber por qué. Probablemente, por ser demasiado celoso en el cumplimiento de su deber. Cuando hacía algo mal, aguantaba las reprimendas como un hombre. Pero esperaba que se le tratase también como a un hombre, y no que se dirigiesen a él sistemáticamente como si fuese un perro. Había pedido, lisa y llanamente, al capitán Provost, que le dijese qué delito había cometido, y el capitán Provost, con el mayor desprecio, le había dicho que era un perfecto oficial, y que si le disgustaba la forma en que le hablaba allí tenía la pasarela… podía desembarcar en el acto. Pero todo el mundo sabía qué tipo de persona era el capitán Provost. De nada servía apelar a las oficinas de la firma. El capitán Provost tenía demasiada influencia. De todos modos, tenían que dar buenas referencias de él. Decidió que nada en el mundo iba a cerrarle el paso, y como se había enterado de que el segundo del Sofala estaba hospitalizado por una insolación, pensó que no perdería nada mirando si…

Se presentó al capitán Whalley recién afeitado, con el rostro colorado, enjuto, sacando el poco pecho que tenía; recitó su breve historia con toda seguridad y hombría. De vez en cuando parpadeaba ligeramente, y se atusaba con la mano el extremo de un bigote exuberante; sus cejas eran rectas y espesas, de color castaño, y la franqueza de su mirada parecía rozar el descaro. El capitán Whalley le había contratado temporalmente; luego, habiendo mandado los doctores al otro a convalecer a su casa, se había quedado para otro viaje, y luego para otro. Ahora había conseguido ser fijo, y cumplía sus obligaciones con aire de aplicación seria y concentrada. En cuanto le hablaban empezaba a sonreír atentamente, y toda su actitud expresaba gran deferencia; pero el rápido parpadeo que no le dejaba tenía algo de inquietante, como si poseyese el secreto de algún truco universal, impenetrable para los demás mortales, y capaz de burlar a toda la creación.

Grave y sonriente, contemplaba cómo Massy bajaba peldaño a peldaño; cuando el primer maquinista alcanzó la cubierta, él le salió al encuentro y se encontraron cara a cara. De parecida estatura pero profundamente distintos, se enfrentaban como si hubiese algo entre ellos… algo más que la brillante faja de luz solar que caía por el amplio espacio de entre los dos toldos, cruzaba de través las estrechas planchas de la cubierta y separaba los pies de los dos como si fuese una corriente; algo profundo y sutil, incalculable, como una comprensión mutua no expresada, un misterio secreto, o algún tipo de miedo.

Al cabo Sterne, guiñando sus profundos ojos y echando hacia adelante la barbilla suave y de neto perfil, tan colorada como el resto de la cara, murmuró:

– ¿Vio usted? ¡Lo rozó! ¿Vio usted?

Massy, despreciativo y sin levantar la cara amarillenta y carnosa, replicó en el mismo tono:

– Tal vez. Pero si hubiese sido usted, pronto hubiéramos estado encallados en el lodo.

– Perdone usted Mr. Massy. Le ruego me permita negarlo. Naturalmente, un armador puede decir todo lo que le venga en gana en su propia cubierta. Está muy bien; pero le ruego que…

– ¡Apártese de mi camino!

El otro tuvo un arranque, como producido por la indignación contenida, pero se mantuvo donde estaba. La mirada baja de Massy vagaba a derecha e izquierda, como si toda la cubierta en torno a Sterne estuviese cubierta de huevos y no quisiese pisarlos, buscando irritado lugares en que poner el pie rápidamente. Pero, al cabo, tampoco él se movió y no era por falta de espacio.

– Oí que usted decía ahí arriba -siguió el segundo-, y sin duda es una observación muy justa, que todo el mundo tiene algún punto débil.

– Su punto débil es escuchar tras las puertas, Mr. Sterne.

– Si quisiese escucharme sólo un instante, Mr. Massy, podría…

– Es usted un falso -interrumpió Massy rápidamente, tan rápido que pudo repetir-: un falso de lo más vulgar -antes de que el segundo pudiese replicar.

– Pero, señor, ¿usted qué quiere? Quiere…

– Quiero… quiero -martilleó Massy, furioso y asombrado. -¿Quiero? ¿Cómo sabe usted que yo quiero algo? ¿Cómo se atreve…? ¿Qué significa esto? ¿Qué busca usted… usted…?

– Promocionarme -Sterne le acalló con cándida presunción. Las mejillas regordetas y caídas del maquinista temblaron, pero dijo con bastante tranquilidad:

– Lo único que consigue es calentarme los cascos -y Sterne le atajó con una leve sonrisa confiada.

– Un tipo metido en negocios que yo conozco (y que ahora está situado muy arriba) me dijo que había que hacer así. «Ponte siempre delante», decía, «siempre a la vista de tu jefe. Entrométete siempre que tengas ocasión. Muéstrale lo que sabes. Que se canse de verte.» Ese consejo me dio. Y yo no tengo aquí más jefe que usted. Usted es el propietario, y nadie cuenta lo mismo, a mi entender. ¿Ve usted, Mr. Massy? Quiero progresar. No le oculto que soy de los decididos a progresar. Que son la gente útil, señor mío. Me atrevería a decir que usted no ha llegado a lo más alto del árbol sin haber descubierto esto.

– Aburrir al jefe para progresar -repetía Massy, como sobrecogido por la irreverente originalidad de la idea. -Pues, no me extrañaría que los del Ancora Azul le hubiesen despedido a usted, precisamente por esto. ¿A eso le llama triunfar? Creo que como no se ande con ojo aquí conseguirá los mismos resultados. Puedo asegurárselo.

A esto Sterne agachó la cabeza pensativo, perplejo, parpadeando intensamente y con la mirada clavada en la cubierta. Todos sus intereses de establecer relaciones confidenciales con el amo habían acabado últimamente por no conducir a otro resultado que esas siniestras amenazas de despido; y una amenaza de despido era capaz de reducirle inmediatamente a un silencio lleno de vacilaciones, como si no estuviese seguro de que había llegado el momento de arriesgarse. En esta ocasión pareció durante un momento que se había quedado sin lengua, y Massy, poniéndose en movimiento, pasó rudamente por junto a él con un intento fallido de empujarle con el hombro. Sterne lo impidió apartándose. Se volvió entonces rápidamente, abriendo desmesuradamente la boca como si fuese a gritarle algo al maquinista, pero pareció pensarlo mejor.

No tenía inconveniente en confesar que en su búsqueda de alguna oportunidad para triunfar, tenía por sistema y se había convertido casi en instinto el vigilar la conducta de sus superiores inmediatos tratando de descubrir algo «a lo que poder agarrarse». Estaba convencido de que no había en el mundo patrón que pudiese mantener el mando un solo día si los armadores pudiesen «estar informados». Esta teoría romántica e ingenua le había causado problemas más de una vez, pero era incorregible; y su temperamento era tan instintivamente desleal que siempre que llegaba a un barco en el fondo de su pensamiento llevaba la idea de hacer perder el puesto al capitán para ocupar su lugar. Era algo que había venido a considerar normal. Llenaba los ratos de ocio fantaseando con planes minuciosos y descubrimientos comprometedores, y llenaba los sueños con imágenes de acontecimientos felices y accidentes favorables. Se contaban muchos casos de capitanes que habían enfermado y muerto en alta mar, circunstancia inmejorable para que un segundo despierto pudiese demostrar de qué madera estaba hecho. También había oído un par de casos de capitanes que se caían por la borda. Y otros… Pero era como innato en él considerar que no había capitán cuya conducta pudiese resistir la prueba de una atenta vigilancia por parte de un hombre que supiese lo que se traía entre manos y que mantuviese los ojos muy abiertos todo el tiempo.

Una vez consiguió empleo fijo a bordo del Sofala dio rienda suelta a sus perennes esperanzas de llegar muy arriba. Para empezar era una gran ventaja tener de capitán a un anciano: es gente que fácilmente dejan el puesto pronto por una razón o por otra. Sin embargo, le produjo gran pesar averiguar que aquel hombre no mostraba indicio alguno de dejar el oficio. De todos modos, la gente mayor se desmorona muchas veces de la noche a la mañana. Además, tenía al propietario maquinista al alcance de la mano, con lo que podía impresionarle con su celo y firmeza. Sterne no dudaba, ni por un instante, de lo obvios que eran sus propios méritos (y realmente, era un oficial excelente); sólo que actualmente los méritos profesionales no bastan para que uno llegue todo lo lejos que puede. Tiene que tener uno cierto empuje, y tiene que poner todas sus facultades en acción. Decidió que si alguien heredaba el mando de aquel vapor, sería él; y no es que apreciase el mando del Sofala como una gran presa, sino simplemente que, sobre todo en Oriente, todo era empezar, y un mando conduce a otro.

Empezó por prometerse que se comportaría con gran circunspección; el talante sombrío y fantástico de Massy le intimidaba, resultándole ajeno a la experiencia normal de un hombre de mar; pero era suficientemente inteligente para darse cuenta desde el principio de que se encontraba ante una situación excepcional. Su particular imaginación de rapaz lo captó rápidamente; el sentimiento de que allí había gato encerrado exasperaba su impaciencia por promocionarse. Y así acababa un viaje, y otro, y había empezado el tercero sin ver aún una ocasión a la que aferrarse con alguna esperanza de éxito. Todo era muy raro y muy oscuro; algo estaba sucediendo cerca de él, como separado por un abismo de la vida normal y de la rutina de las labores del barco, que era exactamente como la vida y la rutina de cualquier otro vapor costero de aquel tipo. Mas llegó el día en que hizo el descubrimiento. Se le ocurrió tras tres semanas de atenta observación y de suposiciones que le dejaban perplejo; de repente, como la solución largo tiempo buscada a un problema que de repente se le hace a uno presente como en un relámpago. Aunque no con la misma certeza, ¡santo cielo! ¿Era posible? Tras permanecer unos pocos segundos como herido por el rayo, trató tenazmente de apartar de su mente la idea, como si fuese producto de un deslizamiento insano hacia lo increíble, lo inexplicable, lo nunca oído… ¡La locura!

Aquel momento de iluminación había tenido lugar durante el viaje anterior, en el trayecto de vuelta. Acababan de dejar un lugar del continente llamado Pangu; estaban saliendo de una bahía a la mar abierta. Por el Este cerraba el panorama un enorme macizo cubierto por irregular vestido de opulentos matorrales y enredaderas retorcidas. El viento había empezado a cantar en el aparejo; el mar era, a lo largo de la costa, verde y parecía como hinchado un poco por encima de la línea del horizonte, como si de cuando en cuando se derramase, con lenta caída y estrépito de trueno, sobre las sombras del cabo de sotavento; y al otro lado del espacio abierto la más cercana de un grupo de pequeñas islas permanecía envuelta en la neblinosa luz amarilla de un amanecer con mucha brisa; más lejos aún emergían inmóviles las formas redondeadas de otras isletas por encima del agua de los canales intermedios, azotada despiadadamente por la brisa.

La ruta habitual del Sofala lo conducía tanto a la ida como a la vuelta a cruzar aquella región infestada de escollos. Seguía un ancho camino de agua y dejaba atrás uno tras otro aquellos grumos de la corteza terrestre que semejaban un escuadrón de galeones desarbolados encallados sin orden ni concierto en un fondo uniforme de rocas y bancos de arena. Realmente, algunos de aquellos trozos de tierra no parecían mayores que un barco varado; otros, muy planos, yacían lamidos por las olas cual almadías ancladas, como pesadas y negras almadías de piedra; varios, redondos por la base y pesadamente boscosos, emergían cual cúpulas achatadas de follaje verde oscuro que se estremecía sombrío de arriba a abajo con las repentinas conmociones de la estación de las lluvias. Las tormentas de la costa estallaban con frecuencia en aquel archipiélago, que se ensombrecía entonces en toda su extensión; se obscurecía más aún y aparecía como más quieto a la luz de los rayos; como más silencioso entre el fragor de los truenos; sus formas borrosas se desvanecían, difuminándose a veces totalmente entre la densa lluvia, para reaparecer nítidas y negras a la luz de la tormenta sobre la sábana gris de las nubes, desperdigadas sobre la redonda mesa de pizarra que era el mar. Invulnerables en las tormentas, resistiendo la labor de los años, imperturbadas por las luchas del mundo, permanecían intactas tal cual aparecieran cuatro siglos antes a los primeros ojos occidentales que las contemplaron desde una carabela de alta popa.

Era uno de esos lugares retirados que pueden hallarse en el poblado mar, lo mismo que en tierra da uno a veces con el racimo de casas de una aldea respetada por la inquietud de los hombres, por sus anhelos, por su pensamiento, como olvidada por el tiempo mismo. Habían pasado por allí de largo las vidas de incontables generaciones y las multitudes de albatros, abriéndose paso desde todos los puntos del horizonte para dormir en las peñas exteriores del grupo, desplegaban las evoluciones convergentes de su vuelo en largas y sombrías serpentinas sobre el resplandor del cielo. La nube palpitante de sus alas se hundía y plegaba sobre los pináculos de las rocas, sobre rocas delgadas como agujas de campanario, erguidas como torreones; sobre peñascos que parecían pétreas murallas hendidas y rotas por el rayo… con el adormecido y limpio brillo del agua en cada brecha. El ruido de sus gritos continuados y violentos invadía toda la atmósfera.

Ese estrépito recibía al Sofala cuando venía de Batu Beru; le recibía en tardes calmas, como clamor despiadado y salvaje debilitado por la distancia. El clamor de los albatros que se disponían a descansar y pugnaban por hallar un rincón al acabarse el día. Nadie les prestaba demasiada atención a bordo; era la voz de la arribada segura de su barco, al cabo de aquel tramo final de cien millas, el trayecto había culminado cuando emergían una a una aquellas isletas, puntas de rocas, leves gibas, tierra… y la nube de pájaros las cubría… la inquieta nube que emitía un rugido estridente y…cruel, el sonido de una escena familiar, parte viviente de la tierra rota que tenían debajo, del extenso mar y del alto cielo, sin una sola mancha.

Pero cuando el Sofala se acercaba a tierra después de puesto el sol, lo encontraba todo muy quedo bajo el manto de la noche. Todo estaba en calma, mudo, casi invisible, de no ser por el eclipse de las constelaciones más bajas tras las vagas masas de las isletas cuyo auténtico perfil se ocultaba a la vista entre los espacios obscuros del cielo; y las tres luces del barco, como tres estrellas, la roja y la verde, con el blanco encima, las tres luces, como tres estrellas que errasen juntas por la tierra, mantenían su curso sin vacilaciones para pasar por el extremo sur del grupo. A veces, había ojos humanos que observaban cómo se acercaban, deslizándose suavemente por el vacío oscuro; los ojos de pescador desnudo que bordeaba los escollos en su canoa. Pensaba indiferente: «¡Ea! el barco de fuego que cada luna va y viene a la bahía de Pangu». No sabía mas de el. Y en cuanto detectaba el leve ritmo de la hélice que sacudía el agua encalmada a milla y media de distancia, había negado el momento en que el Sofala cambiaba de rumbo, y las luces apartaban de él su triple haz, y desaparecían.

Unas pocas familias miserables y semidesnudas, algo así como una tribu de malditos de largas melenas, flacos, de mirada salvaje, luchaban por la vida en la silvestre soledad de aquellas islas que yacían como avanzadillas abandonadas de la tierra a las puercas de la bahía. Bajo sus ligeras y viejas canoas, talladas en el tronco de un árbol, el agua era mas transparente que el cristal, entre las pendientes y rugosidades de las rocas, las formas del tondo se ondulaban levemente al hundir el remo; y los hombres parecían suspendidos en el aire, encerrados entre las fibras de un tronco oscuro y manchado, pescando pacientemente en un aire extraño, nítido y verde, por encima del fondo poco profundo.

Sus cuerpos se deslizaban morenos y enjutos como secados por el sol; sus vidas discurrían silenciosamente; las casas en que habían nacido, descansaban y morían -endebles cobijos de juncos y hierbajos y algunas pocas esteras deshilachadas- quedaban ocultas a la vista de quien pasase por el mar abierto, ningún resplandor de sus hogares sorprendió nunca a los marineros con un brillo rojizo sobre la noche ciega del grupo de isletas, y las calmas de la costa, las largas calmas ardientes del ecuador, las calmas sin aliento, concentradas como introspección profunda de una naturaleza apasionada, meditaban terriblemente durante días y semanas, pesando abrumadoras sobre la suerte inmutable de sus hijos; hasta que al cabo las piedras, cálidas como brasas vivas, herían el suelo desnudo, hasta que el agua se pegaba caliente y podrida, como aferrándose a las piernas de los hombres entecos de lomos mal cubiertos, que avanzaban hundidos hasta las caderas por el pálido ardor de aquellas aguas poco profundas. Y, de cuando en cuando, sucedía que el Sofala, por algún retraso en alguna de las escalas, enfilase la bahía de Pangu incluso a mediodía.

Como borrosa nube al principio, la estrecha niebla de su humo, surgía misteriosamente desde un punto vacío por encima de la clara línea del cielo y del mar. El pescador taciturno oculto tras los escollos extendía los escuálidos brazos hacia alta mar; y las morenas figuras que se agachaban en las estrechas playas, las figuras morenas de hombres, mujeres y niños que escarbaban la arena en busca de huevos de tórtola, se erguían, doblando el codo para poner la mano sobre los ojos, a fin de contemplar cómo aquella aparición mensual, se dirigía hacia ellos deslizándose sobre la mar, giraba, y se iba. Sus oídos captaban el jadeo del barco; sus ojos lo seguían hasta que pasaba por entre los dos cabos del continente a toda máquina, como si esperase abrirse camino imparable hasta el fondo mismo de la tierra.

En esos días el luminoso mar no mostraba signo alguno de los peligros que acechaban a ambos lados del camino del barco. Todo permanecía en calma, aplastado por la fuerza abrumadora de la luz; y el amplio archipiélago, opaco bajo los rayos del sol -las rocas que semejaban pináculos, las que parecían ruinas, las isletas de forma de colmena, o de topera; las isletas que recordaban formas de almiares, contornos de torres cubiertas de hiedra- todas se reflejaban cabeza abajo en el agua sin arrugas, como juguetes tallados en marfil, alineados sobre el cristal plateado de un espejo.

La llegada de una tormenta envolvía inmediatamente todo el conjunto en la espuma de las olas que rompían a barlovento como en súbita nube; y la clara agua parecía hervir en todos los canales. El mar provocado dibujaba exactamente sobre airada espuma la amplia base del grupo; el poso sumergido de escombros y residuos de la construcción de la cercana costa, los peligrosos salientes, bañados de agua, que se adentraban en el canal, silbando con malignos y largos esputos: salivazos mortales de espuma y de piedras.

Incluso una simple brisa fresca -como la de aquella mañana del viaje anterior, cuando el Sofala dejó a tempranas horas la bahía de Pangu, cuando el descubrimiento de Mr. Sterne se abrió como flor de terrible e increíble aspecto nacida de la pequeña semilla de la sospecha instintiva- incluso una brisa así tenía fuerza suficiente para arrancar del rostro del mar la máscara de placidez. Para Sterne, que lo contemplaba con indiferencia, había sido como una revelación observar por primera vez los peligros marcados por las silbantes manchas lívidas que aparecían en el mar tan claramente como en el grabado de un mapa. Pensó que días como aquel eran los mejores para que intentase el paso un forastero: días claros, con viento suficiente como para que el mar rompiese contra cada escollo, señalando como con boyas el curso a seguir; mientras que con el mar en calma tenía que fiarse uno exclusivamente de la brújula y del cálculo de una mirada experta. Y, sin embargo, los sucesivos capitanes del Sofala más de una vez habían tenido que pasar por allí de noche. Actualmente no podía uno desperdiciar seis o siete horas de ruta de un vapor. Imposible. Pero todo era cosa de costumbre, y llevando cuidado… El canal era suficientemente amplio y seguro; lo fundamental era dar con la entrada a obscuras. Porque si se liaba uno en aquella extensión inacabable de escollos no conseguiría nunca salir de allí con el barco entero… si es que llegaba a salir vivo.

Fue éste el último hilo de pensamiento de Sterne independiente del gran descubrimiento. Acababa de ver cómo amarraban el ancla y se había entretenido a proa unos instantes. El puente estaba a cargo del capitán. Bostezando levemente, abandonó la contemplación del mar y apoyó los hombros en el pescante del ancla.

Fueron aquellos los últimos momentos de auténtica calma que conoció a bordo del Sofala. Todos los instantes posteriores estarían embargados por un empeño tenaz y serían intolerables por la perplejidad. No cabían más pensamientos ociosos y casuales; el descubrimiento los arrumbaría todos, hasta el punto de que, a veces, deseaba no haber realizado nunca aquel descubrimiento. Tontería, porque si sus posibilidades de triunfar radicaban en dar con «algún fallo», nunca hubiera podido pedir mejor filón de buena suerte.

10

Realmente, era un hallazgo demasiado turbador. Había «una debilidad», y con recochineo, y era simplemente aterrador encarar la certidumbre moral de lo que ocurría. Sterne había estado vagando por la popa tan despreocupado que, por una vez, no pensaba mal de nadie. En el puente, su capitán se le ofrecía como una visión totalmente natural. Qué insignificante y casual fue el pensamiento que disparó el curso del descubrimiento… como una chispa casual que hace estallar la carga de una mina tremenda.

Bajo la arremetida de la brisa, los toldos de popa se hinchaban y deprimían lentamente, y por encima de su pesado palmoteo, la tela gris de la amplia chaqueta del capitán Whalley ondeaba sin cesar en torno a brazos y tronco. Afrontaba el viento con toda decisión, apretada contra el pecho, la gran barba plateada; las cejas colgaban pesadamente sobre las sombras desde las que sus ojos parecían mirar agudamente al frente. Sterne podía detectar apenas el brillo gemelo del blanco del ojo deslizándose bajo los sombríos arcos del ceño. A corta distancia, a pesar de los afables modales del hombre, aquellos ojos parecían penetrarle a uno hasta el tuétano. Sterne nunca podía evitar ese sentimiento cuando tenía ocasión de hablar con su capitán. Le disgustaba. Qué hombrón parecía allá arriba, con aquella menudencia de serang atento a todos sus deseos… como era normal en aquel extraordinario vapor. Maldita y absurda costumbre. Le hacía daño. Bien podría el viejo cuidar del barco sin tener al lado a aquel engorroso nativo. Sterne se encogió de hombros disgustado. ¿Qué era aquello? ¿Indolencia?

El viejo patrón tenía que haberse vuelto vago con los años. Todos se volvían vagos allí en Oriente (Sterne era muy consciente de su propia actividad sin par); se cansaban. Pero aquel hombre estaba muy erguido en el puente, imponente; y abajo, a su lado, como un niño que apenas asoma del borde de la mesa, el gastado sombrero blando y el rostro moreno del serang miraba por encima de la lona blanca de la batayola.

Sin duda, el malayo estaba más atrás, más cerca del timón; pero la gran disparidad de talla entre ambos divirtió a Sterne como si observase un extraño fenómeno de la naturaleza. Eran los más exóticos peces que pudiese ver uno en el mar.

Vio al capitán Whalley volver rápidamente la cabeza para hablar a su serang; el viento azotaba de lado toda la gran masa de la barba blanca. Le estaría indicando al tipo que mirase la brújula por él o algo así. Claro. Sería demasiado trabajo dar unos pasos para mirar él mismo. El desprecio de Sterne por aquella indolencia corporal que a veces se apodera de los blancos en el Oriente se hizo más intenso. Los había que se encontrarían completamente perdidos de no tener nativos a su disposición en cualquier momento, y perdían todo sentido de la vergüenza al respecto. Él no era de esos, gracias a Dios. No le iba el depender para su trabajo de cualquier malayo enano y arrugado como aquél. ¡Como si pudiese uno fiarse alguna vez para algo de un sucio nativo! Pero aquel distinguido anciano pensaba de forma distinta, al parecer. Ahí estaban los dos, siempre cerca uno de otro; formaban una pareja que recordaba a una vieja ballena auxiliada por un pequeño pez piloto.

Esta comparación fantástica le hizo sonreír. ¡Una ballena con el inseparable pez piloto! Eso parecía el viejo; porque no se podía decir que tuviese pintas de tiburón, aunque Mr. Massy le llamase así a veces. Mr. Massy ni se enteraba de lo que llegaba a decir en sus salvajes arrebatos de cólera. Sterne sonrió para sí… y poco a poco se le impusieron las ideas evocadas por el sonido por la imagen de la palabra pez piloto; las ideas de ayuda, de guía necesitada y recibida: la palabra piloto sugería el pensamiento de confianza, de dependencia, la idea de una bienvenida ayuda clarividente a un hombre de mar que buscase a tientas la costa, en la oscuridad, entre brumas, presintiendo el camino en medio de tormentas que llenasen el aire de una neblina salada surgida del mar, estrechando por todos lados el horizonte, hasta dejar sólo visible lo que está al alcance de la mano.

Un piloto ve mejor que un forastero, porque su conocimiento local, cual visión más aguda, completa el perfil de las cosas apenas entrevistas; penetra los velos de espuma extendidos sobre la tierra por las tormentas marinas; define con certeza los rasgos de una costa que yace bajo el manto de la niebla, las formas de puntos de referencia medio enterrados en una noche sin estrellas como en tumba poco profunda. Reconoce porque ya conoce. El piloto busca la certeza no en una visión más penetrante, sino en un conocimiento más extenso, la certeza sobre la posición del barco, de la que puede depender la buena fama de uno y la paz de su conciencia, la justificación de que hayan depositado en sus manos confianza, y su propia vida, que rara vez le pertenece a él solo, y las vidas humildes de otros arraigados en afectos distantes, tal vez, y que vienen a ser tan gravosas como si fuesen vidas de reyes, por el peso de los misterios desconocidos. El conocimiento del piloto alivia al capitán del barco y le da seguridad; pero el serang, comparado fantásticamente a un pez piloto que auxilia a una ballena, no podía tener, por ningún concepto, un conocimiento superior. ¿Por qué iba a tenerlo? Los dos habían embarcado a la vez, el mismo día: el blanco y el moreno; y, naturalmente, un blanco podía aprender más en una semana que un hombre de color en un mes. El capitán lo tenía pegado a sí como si le fuese de alguna utilidad, como dicen que el pez piloto es útil a la ballena. Pero, ¿en qué?, ¿cómo? Un pez piloto… un piloto… un… Si no tenía un conocimiento superior, entonces…

Se había producido el descubrimiento de Sterne. Repugnaba a la imaginación, chocaba con su concepto de la honradez, con su idea de la humanidad. Aquella barbaridad trastornaba toda su perspectiva de lo que era posible en este mundo; era como si el sol se hubiese vuelto azul, proyectando una luz nueva y siniestra sobre los hombres y la naturaleza. La verdad es que en los primeros momentos, sintió un mareo, como si le hubiesen dado un golpe bajo: por un segundo hasta el color mismo del mar cambió, y se hizo raro a su mirada errante; y una sensación pasajera de inseguridad le recorrió todas las extremidades, como si la tierra se hubiese puesto a girar en sentido contrario.

La incredulidad, muy natural, que sucedió a ese sentimiento de trastorno le alivió un tanto. Habría soñado; basta. Pero durante todo aquel día le asaltaron en mitad de sus ocupaciones repentinos paroxismos de duda. Tenía que detenerse y sacudir la cabeza. La rebelión de incredulidad se había desvanecido casi tan rápido como la emoción inicial del descubrimiento, y en las siguientes veinticuatro horas no pudo conciliar el sueño. Imposible. A las horas de las comidas (en la mesa dispuesta en el puente para los cuatro blancos, él ocupada el lado opuesto a la cabecera) no podía evitar perderse en una contemplación absorta del capitán Whalley, que tenía enfrente. Observaba los movimientos deliberados con que levantaba el brazo; el viejo se llevaba la comida a la boca como si nunca esperase hallar el menor gusto en la comida diaria, como si no se enterase. Se alimentaba como un sonámbulo.

– Es un espectáculo terrible-, pensaba Sterne; y observaba el largo período de inmovilidad silenciosa y sombría, la gran mano morena asida despreocupadamente al plato, hasta que advertía que los dos maquinistas que tenía a derecha e izquierda le contemplaban a él atónitos. Entonces cerraba apresuradamente la boca, bajaba la mirada al plato y parpadeaba. Era terrible ver al viejo allí, y terrible pensar que con tres palabras podría asestarle un golpe que le hiciese salir volando. Le hubiera bastado con elevar la voz y pronunciar una sola frase breve, pero parecía tan imposible intentar siquiera ese acto tan simple como sacar al sol del lugar que ocupaba en el firmamento. El viejo podía comer en aquella forma mecánica, horrorosa; pero Sterne, debido a la excitación mental, no podía… aquella noche no podía, de ningún modo.

Luego, había tenido suficiente tiempo como para acostumbrarse a la tensión de las horas de comer. Nunca lo hubiera creído. Pero la costumbre lo puede todo; sólo que la propia potencia de su éxito le impedía ninguna reacción que semejase orgullo. Se sentía como quien, al buscar un arma cargada que necesite para abrirse camino por el mundo diese con un torpedo… un torpedo viviente, con carga devastadora en la cabeza y una presión de muchas atmósferas en la cola. Un tipo de arma que pone nervioso y consume de ansia a quien la posee. No tenía ningunas ganas de volar él también; y no podía librarse de la idea de que la explosión le iba a dañar a él también, de algún modo.

Esa vaga aprensión le había agarrotado al principio. Ahora era ya capaz de comer y dormir con aquel arma terrible al lado, teniendo siempre presente la idea de su potencia. No lo había conseguido mediante ningún proceso reflexivo; pero una vez que la idea había penetrado en su cabeza, se había ido desarrollando una convicción aplastante basada en multitud de hechos pequeños a los que antes apenas prestaba atención. La entonación abrupta e insegura de aquella voz profunda; la taciturnidad que le cubría como una armadura; los movimientos deliberados y como precavidos; las prolongadas inmovilidades, como si el hombre al que observaba temiese molestar al aire mismo, todo gesto familiar, toda palabra pronunciada, todo suspiro mas profundo de la cuenta adquirió significado especial, carácter de prueba.

Cada día pasado a bordo del Sofala le parecía a Sterne repleto de pruebas incontrovertibles. A la noche, cuando no estaba de servicio, salía sigilosamente del camarote en pijama (en busca de más pruebas) y era capaz de pasar una hora entera con los pies desnudos debajo del puente, tan absolutamente inmóvil como el poste del toldo sujeto a la cubierta, que tenía al lado. En los tramos de navegación fácil no es habitual que un capitán de buque costero pase todo el tiempo de guardia en cubierta. Es normal que se quede el serang en su puesto; en alta mar, con rumbo recto, se le suele confiar la vigilancia del buque. Pero aquel viejo parecía incapaz de quedarse tranquilamente abajo. Sin duda, no podía dormir. Nada extraño. Eso también era una prueba. De repente, en el silencio del buque que jadeaba sobre el mar oscuro y calmo, Sterne oía encima una voz que exclamaba nerviosa:

– ¡Serang!

– ¡Tuan!

– ¿Vigilas bien la brújula?

– Sí, estoy vigilando, Tuan.

– ¿Sigue el barco su rumbo?

– Sí, Tuan, muy recto.

– Bien; recuerda, serang, que tienes orden de dar órdenes al timonel y vigilar atentamente, como si yo no estuviese en cubierta.

Luego, tras la respuesta del serang, cesaban en el puente las graves palabras y en torno a Sterne todo parecía quedar en una calma y silencio más profundos que antes. Lleno de frío y sintiendo dolor en la espalda por la inmovilidad, se volvía sigilosamente a su camarote de babor, en la cubierta. Hacía largo tiempo había abandonado los últimos vestigios de incredulidad; del cúmulo de emociones desencadenadas por el descubrimiento, sólo le quedaba algún rastro de temor reverencial. No era temor del hombre mismo -le podía mandar por los aires con sólo decir seis palabras- sino más bien una indignación llena de temor ante la perversidad desconsiderada de la avaricia (¿qué otra cosa podía ser?), ante la decisión loca y siniestra que por mor de unos pocos dólares parecía aniquilar las normas habituales de la conciencia y pretendía luchar contra el decreto mismo de la Providencia.

Era imposible encontrar otro hombre como aquél en todo el mundo, gracias a Dios. La naturaleza de aquel engaño tenía un algo de desfachatez diabólica que le dejaba a uno sin respiración.

Otras consideraciones producto de la prudencia le habían hecho cerrar el pico día tras día. Le parecía que hubiese sido más fácil hablar nada más realizar el descubrimiento. Casi lamentaba no haber montado el escándalo inmediatamente. Pero luego, la propia monstruosidad del descubrimiento… ¡Vamos! Apenas se atrevía a encararlo él mismo, ¿cómo señalárselo a otros? Además, con un desesperado como aquél, nunca se sabía. El objetivo no era echarle a él (cosa prácticamente hecha), sino ocupar su lugar. Por extraño que pareciese, el hombre podía pelear. Un hombre que se lanza a tal fraude tenía que tener redaños para cualquier cosa; diríase que era un hombre que se enfrentaba al propio Dios Todopoderoso. Era un prodigio siniestro. Ni más ni menos. Perfectamente capaz de enfrentar el asunto con el mayor descaro hasta conseguir echarle del barco a él (Sterne) y dañar irreparablemente su porvenir en aquella parte del Oriente. Sin embargo, si quieres conseguir algo, tienes que arriesgarte. A veces Sterne pensaba que había sido indebidamente tímido a la hora de pasar a la acción; y peor aún, había llegado un momento en que ya no sabía qué acción emprender.

La taciturnidad rabiosa de Massy era demasiado desconcertante. Constituía un factor incalculable de aquella situación. Era imposible decir qué había tras su ferocidad insultante. ¿Cómo podía uno confiar en un temperamento así? No causaba en Sterne ningún terror visceral de tipo personal, pero le hacía temer sobre manera por sus perspectivas.

Aunque naturalmente inclinado a atribuirse excepcionales poderes de observación, había vivido ya demasiado tiempo a solas con su descubrimiento. No prestaba atención a nada más, hasta que al cabo cierto día se le ocurrió que aquello era demasiado obvio como para que a nadie le pudiese pasar desapercibido. A bordo del Sofala no había más que cuatro blancos. Jack, el segundo maquinista, era demasiado romo para darse cuenta de nada que ocurriese fuera de su sala de máquinas. Quedaba Massy -el propietario, el interesado- casi loco de preocupación. Sterne había oído y visto a bordo demasiado como para saber qué le calentaba los cascos; pero la exasperación parecía volverle sordo a sus cautas insinuaciones. Si lo hubiese sabido, era precisamente lo que buscaba. Pero ¿cómo se podía negociar con un hombre de aquella especie? Era como ir a la cueva de un tigre con un trozo de carne en la mano. Cabía perfectamente que no le recompensase a uno por el trabajo que se había tomado. En realidad, siempre andaba amenazando con hacer algo así; y lo urgente del caso, la imposibilidad de manejarlo con seguridad, hacían revolcarse a Sterne en su jergón, jurando con los ojos abiertos, durante horas, como si ardiese de fiebre.

Sucesos como el roce del bajío que acababa de producirse resultaban extremadamente alarmantes para sus perspectivas. No quería encontrarse en seco debido a alguna catástrofe repentina. Claro, estando Massy en el puente, el viejo tendría que animarse a hacer algún número. Pero las cosas le estaban ya saliendo muy mal. Esta vez, incluso Massy se había visto con valor para echarle en cara el fallo; Sterne, que escuchaba al pie de la escalera, había oído los quejidos y denuncias torpes del otro. Por suerte, el bestia era muy estúpido y no podía ver la razón de todo aquello. Sin embargo, no había que reprochárselo; se necesitaba ser muy listo para dar en el clavo. Y sin embargo, ya era hora de hacer algo. El juego del viejo no podía durar muchos días más.

– Todavía puedo perder la vida en esta locura… y no digamos la oportunidad, -musitaba Sterne para sí, muy irritado, una vez que la espalda gibosa del primer maquinista hubo desaparecido por el rincón de la lumbrera. Sí, sin duda -pensaba-; pero espetar por las buenas lo que sabía no le iba a servir para promocionarse. Al contrario, podía arruinar sus perspectivas. Tenía miedo de otro fracaso. Tenía cierta conciencia de no ser muy apreciado por sus compañeros en aquella parte del mundo; cosa inexplicable, porque no les había hecho nada. Sería envidia, suponía. La gente siempre se echa encima de cualquier tío listo que declare abiertamente su intención de abrirse camino en la vida. Sería la mayor de las locuras pensar que cumplir con su deber le granjearía la gratitud de aquel bestia de Massy. Era malo, malo. ¡Inhumano! ¡Perverso! ¡Pésimo elemento! ¡Una bestia! Un bestia sin ningún destello de humanidad en toda su persona; sin ni siquiera un mínimo de curiosidad, pues de lo contrario sin duda habría reaccionado de alguna forma a las incansables insinuaciones que le había hecho… Aquella insensibilidad resultaba casi misteriosa. El estado de exasperación de Massy le hacía a los ojos de Sterne más estúpido de lo que es normal en los armadores.

Meditando en lo engorroso de aquella estupidez, Sterne se abandonó completamente. Su mirada pétrea, estaba clavada sin pestañear en las planchas de la cubierta.

El leve temblor que agitaba toda la fábrica del barco era más perceptible en el silencioso río, sombrío y en calma como un sendero de la jungla. El Sofala, deslizándose con movimiento regular, había dejado atrás el cinturón costero de barro y mangles. Las márgenes eran más elevadas, formando recias moles inclinadas, y la selva de grandes árboles llegaba hasta la orilla misma. Donde la tierra había cedido a los embates del agua, un empinado corte pardo dejaba al desnudo una masa de raíces enredadas como si peleasen bajo tierra. Y en el aire, las copas entrelazadas, trabadas y cargadas de enredaderas, seguían la lucha por la vida, entremezclando sus follajes en una sólida muralla de hojas, en la que destacaba acá y allá un enorme pilar oscuro, o una brecha, como desgarrón hecho por bala de cañón, que mostraba la impenetrable oscuridad del interior, la sombra secular e inviolable de la selva virgen. El golpeteo de las máquinas reverberaba como latidos de metrónomo que midiesen el vasto silencio, la sombra de la muralla oeste había caído sobre el río, y el humo que salía de la chimenea hacia atrás formaba un torbellino tras el barco, extendiendo un leve velo oscuro sobre las aguas obscuras que, chocando con la marea, parecían permanecer estancadas en toda la longitud de aquel tramo del río.

El cuerpo de Sterne, como si tuviese raíces en aquel lugar, temblaba levemente de punta a cabo con la vibración infernal del barco; bajo sus pies se oía a veces un repentino resonar de acero, o el estallido ruidoso de un grito; por la derecha las hojas de las copas capturaban los rayos del sol bajo y parecían brillar con luz propia, verde-dorada, rutilante, en torno a las ramas más elevadas, negras sobre el cielo azul claro que parecía pender sobre el lecho del río como el techo de una tienda. Los pasajeros para Batu Beru, arrodillados sobre las planchas, estaban ocupados en enrollar sus jergones de estera; liaban hatillos, aseguraban las cerraduras de cofres de madera. Un chamarilero marcado por la viruela echó la cabeza atrás para beber las últimas gotas de una botella de arcilla antes de envolverla en un lío de sábanas. Grupos de vendedores ambulantes conversaban en voz baja en la cubierta; el séquito de un pequeño rajá de la costa, simples jóvenes de rostro aplanado con bombachos blancos, gorros redondos de algodón blanco y sarongs de colores vivos cruzados sobre hombros de bronce, aguardaban de cuclillas en la escotilla, mascando betel con bocas rojas brillantes como si estuviesen saboreando sangre. Sus lanzas, amontonadas en medio del círculo que formaban los pies desnudos, parecían un desordenado haz de bambúes secos; un chino lívido y flaco, con un gran bulto envuelto en hojas ya bajo el brazo, miraba alerta hacia adelante; un rey errante se frotaba la dentadura con un pedazo de madera, echando por la borda con los labios un brillante chorro de agua; el grueso rajá dormitaba en una tumbona destartalada… y a la vuelta de cada curva reaparecían las dos murallas de hojas, paralelas a las orillas, con su impenetrable solidez que se desvanecía en lo alto entre la leve niebla vaporosa de incontables ramitas libres que surgían de la punta más alta de vetustos troncos, y velludas puntas de enredadera cual delicados surtidores de plata que se erguían sin el menor temblor. En ninguna parte había señales de algún claro; ni rastro de habitación humana, excepto en cierto punto en que sobre la desnudez de una punta plana, bajo un grupo aislado de frágiles helechos arborescentes, aparecieron los restos embarullados y maltrechos de una antigua cabaña, con ese aspecto peculiar de las paredes de bambú en ruinas, que parecen como aplastadas con alguna porra. Más adelante, medio oculta bajo la vegetación que caía sobre las aguas, una canoa con un hombre, una mujer y un montón de cocos, retembló fuertemente tras el paso del Sofala, como ingenio navegador de aventurados insectos, de hormigas viajeras; mientras dos cristalinos pliegues de agua salían disparados de cada flanco del vapor y recorrían toda la anchura del río ascendiendo suavemente a contracorriente, frotando sus puntas con ruidosos espumarajos marrones contra los pies de limo de cada orilla.

– Tengo que hacer comprender su situación a ese bestia de Massy- pensaba Sterne. -Está resultando demasiado absurdo. Ahí está el viejo sepultado en la butaca -que lo mismo podría ser su tumba para lo que de útil puede ya hacer en el mundo- y el serang tiene el mando. Eso es lo que ocurre. Tiene el mando. Ocupa el lugar que me corresponde por derecho. Tengo que hacer entrar en razón a ese bestia salvaje. Y lo voy a hacer inmediatamente…

Cuando el segundo salió disparado, un chaval moreno semi-desnudo, de grandes ojos negros, que llevaba escrita la buenaventura en un collar, quedó muerto de pánico. Soltó la banana que estaba mordisqueando y corrió a refugiarse entre las rodillas de un grave árabe moreno de ropajes ampulosos, sentado cual figura bíblica, incongruentemente, en un cofre de cinc amarillo, amarrado con una cuerda de rota trenzada. El padre, impasible, puso la mano en la cabecita rapada y la palmeó.

11

Sterne cruzó la cubierta en pos del primer maquinista. Jack, el segundo, retirándose hacia adentro por la escalera de la sala de máquinas, y sin dejar de secarse las manos, le brindó una incomprensible sonrisa de dientes blancos en su rostro duro y contorsionado; no había rastro de Massy en ninguna parte. Sterne golpeó suavemente la puerta de éste con los nudillos, y luego, aplicando los labios a la alcachofa del ventilador, dijo:

– Tengo que hablar con usted Mr. Massy. Concédame sólo un par de minutos.

– Estoy ocupado. Aléjese de mi puerta.

– Pero, por favor, Mr. Massy…

– Lárguese. ¿No me oye? Váyase inmediatamente… a la otra punta del barco… lo más lejos que pueda…- La voz del interior bajó de tono. -Al diablo.

Sterne se detuvo, y luego, muy suave:

– Es bastante urgente. ¿Cuándo cree usted que estará libre, señor?

La respuesta fue un exasperado -Nunca-; e inmediatamente, Sterne, con expresión de firmeza en el rostro, giró el pomo.

La habitación de Mr. Massy -un camarote estrecho, de una cama- olía extrañamente a jabón, y ofrecía a la vista una desolación limpia de polvo y totalmente desprovista de ornato, no tan desnuda como desierta, no tan severa como reseca y falta de humanidad. Semejaba el patio de un hospital público, o más bien (por lo pequeño de las dimensiones) el limpio refugio de una persona desesperadamente pobre, pero ejemplar. Ni un solo marco de fotografía adornaba la cabecera; ni una sola prenda de vestir pendía de las perchas de latón, ni siquiera un sombrero. Todo el interior estaba pintado de un azul pálido liso; dos grandes cofres de mar cubiertos de lona y con cerrojos de hierro encajaban exactamente en el espacio de debajo de la litera. Bastaba una mirada para abarcar toda la franja de planchas pulimentadas que unían los cuatro visibles rincones. Era chocante la ausencia del habitual banco; la cimera de madera de teca del lavabo parecía herméticamente cerrada, lo mismo que el cajón del escritorio, que sobresalía del tabique de los pies de la cama. Esta tenía un colchón delgado como una torta bajo raído cobertor de descolorida franja roja, y una mosquitera doblada para las noches de puerto. No se veía en parte alguna ni un pedazo de papel, ni desperdicios de ningún género, ni una mota de polvo; ni siquiera ceniza, cosa moralmente turbadora tratándose de un fumador empedernido, como manifestación de hipocresía extrema; y el asiento del viejo sillón de madera (el único asiento), pulido por el mucho uso, brillaba como si hubiese cubierto de cera su decadencia. La cortina de hojas de la orilla, pasando como si se desplegase sin fin por el agujero redondo del ojo de buey, proyectaba en la estancia una temblorosa trama de luz y sombras.

Sterne, manteniendo la puerta abierta con una mano, había introducido cabeza y hombros. Ante esa intrusión increíble, Massy, que no estaba haciendo absolutamente nada, se puso en pie de un brinco, mudo.

– No me cubra de insultos, -murmuró Sterne, rápidamente. -No lo permitiría. Sólo pienso en su bien, Mr. Massy.

Siguió una pausa de pasmo extremo. Ambos parecían haber perdido la lengua. Luego el segundo siguió con discreta locuacidad:

– Le digo que no podría usted ni imaginarse lo que está sucediendo a bordo de su buque. Es usted demasiado bueno… demasiado… recto, Mr. Massy, como para sospechar de nadie tales… Se le pondrían a usted los pelos de punta.

Aguardó a ver el efecto producido: Massy parecía desconcertado, incapaz de comprender. Se limitó a pasar la palma de la mano por los emplastos negro azabache que le cruzaban la cima del cráneo. En tono repentinamente confidencial y audaz, Sterne se apresuró a añadir:

– Recuerde que sólo quedan seis semanas… -El otro le estaba mirando como petrificado… -O sea que a no tardar mucho va a necesitar usted un capitán para el barco.

Sólo entonces, como si la sugerencia le hubiese herido la carne a la manera de un hierro de marcar al rojo, Massy arrancó, y parecía dispuesto a chillar. Se contuvo con gran esfuerzo.

– Que necesitaré… un capitán -repitió con lentitud severa-. ¿Quién necesita un capitán? Se atreve usted a decirme que yo necesito que mi barco lo lleve alguno de ustedes los miserables marineros. Usted y los de su especie llevan años engordando a mi costa. No me hubiera sabido tan mal echar el dinero por la borda. Es-ta-fa-do-res inú-ti-les mi-ma-dos. Este viejo barco sabe tanto como el que más de ustedes- Cerró sonoramente las mandíbulas y gruñó entre dientes. -La maldita ley exige un capitán.

Entretanto Sterne había conseguido a duras penas recuperar ánimo.

– Y los cretinos de los seguros también, -dijo, rápidamente.- Pero no se preocupe por eso. Lo que quiero preguntarle, señor, es: ¿Por qué no iba a servirle yo? Naturalmente, usted sería tan capaz de dar la vuelta al mundo con un vapor como cualquiera de nosotros, los marineros. No pretendo explicarle precisamente a usted que eso es un gran cuento… -Emitió una breve y vacía carcajada, y siguió en tono familiar. -Yo no hice la ley, pero ahí está; y yo soy un joven activo; estoy muy de acuerdo con sus ideas; he llegado ya a conocer su forma de ver las cosas, Mr. Massy. No se me ocurriría darme unos aires como los de… ese… pff… vago viejo de ahí arriba.

Puso un énfasis muy notable en las últimas palabras, para alejar a Massy de la pista… pero ya no dudaba de que tendría éxito. El primer maquinista parecía desbordado, como un hombre lento al que invitan a coger algún molinete.

– Lo que usted necesita, señor, es un tipo que no tenga manías, y se contente con ser el jefe de navegación de usted. Pues muy bien. Yo soy tan apto para la labor como ese serang. Porque la cosa es así. ¿Sabe usted señor, que el mando de su barco lo tiene un maldito malayo que parece un mono, y nadie más que él? Ahora mismo está conduciendo el barco río arriba mientras el gran hombre se mece en la butaca,… tal vez dormido; y aunque no esté dormido, no hay mucha diferencia… le doy mi palabra.

Intentó adentrarse algo más en la habitación. Massy, con la frente baja, asido con una mano al respaldo del sillón, no se movía.

– Usted señor, piensa que le tiene a usted en un puño con aquel acuerdo… -Al oír esto Massy levantó un rostro grave y crispado… -Bien, señor, no puede uno dejar de oír esto a bordo. No es ningún secreto. Y en la costa llevan años hablando de esto; la gente ha estado haciendo apuestas sobre esto. ¡No, señor! Es usted quien lo tiene en un puño. Dirá usted que no puede despedirle por indolencia. Es difícil demostrarlo ante un tribunal, etc. De acuerdo. Pero si dice usted la palabra que hace falta, señor, puedo contarle algo sobre su indolencia que le dará el derecho clarísimo a despedirle inmediatamente y confiarme a mi el mando ya para lo que queda de este viaje… sí, señor, antes de que dejemos Batu Beru… y él tendrá que pagar un dólar al día por su manutención hasta que volvamos, si usted quiere. Vamos, ¿qué le parece? Señor mío, basta una palabra suya. Le trae a usted cuenta, y estoy dispuesto a contentarme con su palabra. Una declaración clara por su parte vale para mí lo mismo que un documento notarial.

Empezaban a brillarle los ojos. Insistió. Sólo una declaración… y pensaba para sí que conseguiría el puesto por todo el tiempo que le conviniese conservarlo. Se haría indispensable; el barco tenía mala fama en su puerto; sería fácil evitar la competencia. Massy tendría que quedarse con él.

– Bastaría con una declaración clara por mi parte, -repetía Massy lentamente.

– Sí, señor. Bastaría. -Sterne sacó la barbilla jovialmente y le hizo guiños muy de cerca con aquel descaro inconsciente que tenía la virtud de sacar a Massy de casillas más que nada en el mundo.

El maquinista dijo con toda claridad:

– Entonces, escúcheme usted bien, Mr. Sterne: No… ¿me oye? No le prometería ni dos peniques por nada que pueda contarme usted.

Apartó el brazo de Sterne con un hábil golpe, y tomando el pomo de la puerta la empujó. El terrible portazo ensombreció momentáneamente el camarote a sus ojos como ocurre tras el relámpago de una explosión. Se sumergió al instante en la silla. -¡Ah, no! ¡usted no! -susurró débilmente.

En aquel punto el barco tenía que rozar tan de cerca la orilla que la gigantesca muralla de hojas vino a deslizarse por el ojo de buey como una persiana; la oscuridad de la selva primitiva pareció fluir al interior de aquel camarote desnudo con el aroma de hojas que se pudrían, de suelo fangoso… el fuerte olor a barro de la tierra viva que humea tras el paso de un diluvio. Los matorrales daban afuera estrepitosos chasquidos; arriba se oía el crepitar que acompañaba la dura lluvia de pequeñas ramas rotas al caer sobre el puente; una enredadera golpeó con sonoro crujido el pescante de un bote, y una larga y exuberante rama verde azotó literalmente por dentro y por fuera el abierto ojo de buey dejando sobre la manta de Mr. Massy unas pocas hojas retorcidas. Luego, al adentrarse el barco en la corriente, la luz empezó a retornar, pero no pasó de media luz, pues el sol ya estaba muy bajo y el río, torciendo su sinuoso curso por entre multitud de árboles seculares, como si recorriese el fondo de un abismo, estaba ya invadido por una creciente oscuridad, temprano precursor de la noche.

– ¡Ah, no! ¡Usted no! -murmuró de nuevo el maquinista. Los labios le temblaban casi imperceptiblemente; y las manos también un poco. Para calmarse abrió el escritorio, desplegó una hoja de papel grisáceo cubierta por una masa de guarismos impresos y empezó a escudriñarlos atentamente por vigésima vez al menos en el curso de aquel viaje.

Con los hombros hundidos y el rostro entre las manos, pareció perderse en el estudio de un abstruso problema de matemáticas. Era la lista de números premiados en el último sorteo de la gran lotería que durante tantos años de su existencia había sido lo único que le estimulase. Había desaparecido completamente para él la noción de que pudiese haber una vida sin aquel trozo de papel periódico. Lo mismo que otros hombres, por su natural, hubieran sido incapaces de concebir un mundo sin aire fresco, sin actividad, o sin afecto. Había ido creciendo durante años en el escritorio, un gran montón de macilentas hojas, mientras el Sofala, accionado por el fiel Jack, gastaba sus calderas corriendo para estrechos arriba y estrechos abajo, de cabo en cabo, de río en río, de bahía en bahía. La dura labor de un barco agotado y superexplotado había acumulado aquella masa ennegrecida de documentos. Massy los guardaba bajo llave y candado, como un tesoro. Lo mismo que la experiencia de la vida, tenían la fascinación de la esperanza, la excitación de un misterio a medio entrever, la nostalgia de un deseo semisatisfecho.

Durante los viajes se encerraba días enteros en el camarote a solas con ellos; el latido de las máquinas pulsaba en sus oídos; y se calentaba los cascos estudiando detenidamente las hileras de guarismos inconexos, desconcertantes por su absurda secuencia, que semejaba los azares del propio destino. Alimentaba la convicción de que tenía que haber una lógica que rigiese de algún modo los resultados cambiantes. Creía haber detectado el patrón de esa lógica. La cabeza le flotaba; las extremidades le dolían; aspiraba mecánicamente la pipa; un estupor contemplativo suavizaba las aristas de su carácter, como la quietud corporal pasiva producida por una droga, mientras el intelecto permanece despierto y en tensión. Nueve, nueve, cero, cuatro, dos. Lo escribía en un billete. El siguiente número premiado con el gran premio era el cuarenta y siete mil cinco. Naturalmente, habría que evitar esos números al escribir a Manila pidiendo participaciones. Murmuraba, lápiz en mano… -Cinco. Hmm… hmm.- Se humedecía el dedo; los papeles crujían. ¡Ajá! ¿Pero qué es esto? Hace tres años, en el sorteo de septiembre, tocó el nueve, cero, cuatro, dos. Sumamente curioso. ¡Aquello tenía todas las trazas de ser una norma clara! Temía que le pasase desapercibido algún recóndito principio debido a la inconmensurable riqueza de aquel material. ¿Qué podía ser aquello? Pasaba media hora mudo como un muerto, encorvado sobre el escritorio, sin mover ni un solo músculo. A su espalda todo el camarote estaba lleno de una densa humareda, como si hubiese estallado una bomba sin hacer ruido, sin que nadie lo notase.

Al cabo cerraba el escritorio con la decisión de una confianza inquebrantable, se ponía en pie y salía. Echaba a andar rápidamente de acá para allá por la parte de la cubierta de proa que quedaba libre de los trastos y los cuerpos de los pasajeros nativos. Eran un gran engorro, pero también una fuente de beneficios que no se podía despreciar. Necesitaba hasta el último penique de beneficio que pudiese producir el Sofala. ¡Era bien poco, desde luego! La incertidumbre de la suerte no le preocupaba, porque con los años había llegado a la convicción de que a todo número tenía que llegarle la suerte en un momento dado. Era sólo cosa de tiempo y de tomar tantas participaciones como pudiese en cada sorteo. En general, aumentaba la cantidad; todos los ingresos del buque se iban por ese camino, y también los sueldos que se debía a sí mismo como primer maquinista. Lo que lamentaba con pesar razonado y al tiempo apasionado eran los sueldos que pagaba a otros. Les fruncía el ceño a los marineros nativos que empuñaban la escoba en cubierta, a los camareros que frotaban las barandillas de cobre con trapos grasientos; le costaba poco dar un puñetazo en la mesa y rugirle insultos en mal malayo al pobre carpintero… un chino tímido, enfermizo, lleno de opio, que llevaba por todo vestido unos anchos pantalones azules, y que invariablemente soltaba las herramientas y echaba a correr estremeciéndose de pies a cabeza y meneando la coleta ante la furia de aquel «demonio». Pero los momentos en que más le cegaba la rabia eran aquellos en que levantaba la mirada al puente, donde siempre había uno de aquellos estafadores marineros plantados por la ley al mando del buque. Abominaba de todos ellos; era un agravio antiguo, que le duraba desde el momento en que se embarcó por primera vez y se metió en una sala de máquinas, como aprendiz sin experiencia. La de injurias que había recibido. Las persecuciones que había padecido a manos de los patronos… de quienes eran realmente unos don nadie en cuanto a las máquinas de vapor se refería. Y ahora que se había elevado hasta la categoría de armador seguían siendo una plaga: se veía absolutamente obligado a pagar un dinero precioso a aquellos pretenciosos inútiles y engorrosos. Como si un maquinista plenamente cualificado… que al mismo tiempo era propietario… no fuese capaz de hacerse cargo total y exclusivamente de un barco. Bien, sin duda se lo había hecho pasar mal a todos esos. Pero era un pobre consuelo. Con el tiempo había llegado a odiar también el barco por las reparaciones que necesitaba, las facturas de carbón que tenía que pagar, por las miserables tarifas que cobraba. En mitad de sus paseos cerraba el puño y daba un súbito golpe a la barandilla, con rabia, como si pudiese hacerle daño. Pero no podía pasar sin el barco; lo necesitaba; tenía que aferrarse a él con uñas y dientes para mantener la cabeza por encima del agua hasta que llegase torrencial el esperado flujo de la fortuna y le transportase al buen recaudo de la alta costa de su ambición.

Esa meta era no hacer nada, absolutamente nada, y disponer de muchísimo dinero para mantenerse así. Había catado el poder, la más alta forma de poder de que tenía conocimiento en su limitada experiencia: el poder del armador. ¡Qué decepción! ¡Vanidad de vanidades! Le asombraba lo loco que había sido. Había despreciado la sustancia por la sombra. No conocía lo suficiente las delicias de la riqueza como para excitar la imaginación con visiones de lujo. ¿Cómo iba a poder tenerlas él, hijo de un calderero borracho… que había pasado directamente del taller a la sala de máquinas de una mina del norte? Pero podía concebir muy bien la noción del ocio absoluto que proporcionaba la riqueza. Soñaba en ella para olvidar sus apuros presentes; se imaginaba caminando por las calles de Hull (de niño había conocido muy bien las alcantarillas de esa población) con los bolsillos llenos de soberanos. Se podría comprar una casa; sus hermanas casadas, los maridos de éstas, los antiguos compañeros de taller, le rendirían homenaje infinito. Nada le podría preocupar. Su palabra sería ley. Cuando le tocó el premio, llevaba mucho tiempo sin trabajo, y recordaba que la noche que llegó la noticia, Carlo Mariani (conocido comúnmente como Charley el panzudo), el gerente maltés del hotel del extremo más sórdido de Denham Street, lleno de alegría le había hecho mil reverencias.

El pobre Charley, aunque vivía a costa de explotar varios vicios abyectos, les fiaba la comida a muchos despojos blancos. Se alegró ingenuamente al pensar que iba a cobrar tantas facturas atrasadas, y enseguida se imaginó que habría una serie de fiestas en la cavernosa taberna de los sótanos. Massy recordaba el aspecto curioso y respetable de los «despreciables» blancos que la frecuentaban. El pecho le estallaba de satisfacción. Massy dejó con pose altiva el infame garito de Charley en cuanto se dio cuenta de las posibilidades que se le abrían. Luego, el recuerdo de aquellas adulaciones le causaba gran tristeza.

Ese era el auténtico poder del dinero… y sin problemas, sin tener que preocuparse. Pensaba con dificultad y tenía sentimientos muy vivos; para su corto cerebro los problemas que se presentaban en cualquier tipo de vida le parecían crueles maquinaciones ideadas por la evidente malicia de los hombres. Siendo armador, todos habían conspirado para convertirle en un don nadie. ¿Cómo podía haber sido tan loco de comprar aquel barco maldito? Había caído en un abominable engaño; el fraude a que estaba sometido no tenía fin, y conforme las dificultades de su ambición nada previsora estrechaban el cerco, llegó realmente a odiar a todos los que en alguna forma habían estado en contacto con él. Un temperamento irritable de natural y una sorprendente sensibilidad respecto de los derechos de su propia personalidad habían acabado por convertir su vida en una especie de infierno: un lugar en que el alma perdida se veía entregada al tormento de salvajes quebraderos de cabeza.

Pero nunca había odiado a nadie tanto como a aquel viejo que se presentó cierta noche a salvarle de un desastre total… de la conspiración de los siniestros hombres de mar. Pareció caer a bordo llovido del cielo. Los pasos que resonaban en el vacío vapor, y la voz de extrañas tonalidades graves repitiendo interrogativamente en la cubierta las palabras -Mr. Massy, ¿está Mr. Massy?- habían sido una maravilla sorprendente. Saliendo de las profundidades de la fría sala de máquinas, por donde vagaba deprimido con una vela, entre las enormes sombras proyectadas en todas direcciones por los miembros esqueléticos de la maquinaria, Massy había quedado pasmado y atónito al encontrarse en presencia de aquel imponente anciano de barba cual peto de plata, que se erguía alto en una oscuridad lívida por las llamas agonizantes de la puesta del sol.

– ¿Qué quiere usted verme para tratar de negocios? ¿Qué negocios? Ahora no trabajo. ¿No ve que el barco tiene las calderas apagadas?- Ante la agobiante ironía de su desastre, Massy se había ensenado. Luego, no podía prestar crédito a sus oídos. ¿A dónde iba aquel viejo? Las cosas no suceden así. Debía de ser un sueño. Seguro que despertaría y vería que aquel hombre se había desvanecido como una forma de niebla. La gravedad, la dignidad, el tono firme y cortés de aquel forastero mayor y atlético impresionaron a Massy. Casi estaba asustado. Pero no era ningún sueño. Quinientas libras no son ningún sueño. Inmediatamente entró en sospechas. ¿Qué significaba aquello? Naturalmente era una oferta que había que aceptar a ojos cerrados. Pero ¿qué podía haber detrás?

Antes de despedirse estableciendo una cita en el bufete de un procurador para primeras horas de la mañana, Massy estaba ya preguntándose: ¿Qué motivos tendrá? Dedicó la noche a esculpir las cláusulas del acuerdo, un documento único en su género cuyo tenor se hizo en cierto modo famoso y vino a ser comidilla y asombro de todo el puerto.

El objetivo de Massy era asegurarse cuantas más formas mejor de poderse librar del socio sin tener que devolverle inmediatamente su parte. Los esfuerzos del capitán Whalley se dirigían a asegurar el dinero. ¿No era el dinero de Ivy, una parte de la fortuna de ella, que aparte de eso no tenía más recurso que el cuerpo de su viejo padre, que desafiaba al tiempo? Cargado de paciencia por la fuerza del amor hacia ella, aceptó con majestuosa serenidad los párrafos estúpidamente avisados de Massy contra su incompetencia, su deshonestidad, su embriaguez, a cambio de otras estipulaciones que le atasen. Al cabo de tres años quedaba en libertad para retirarse de la sociedad, llevándose el dinero. Se estipulaban disposiciones para formar un fondo con que pagarle. Pero si por cualquier causa (salvo la muerte), dejaba el Sofala antes de ese plazo, Massy dispondría de todo un año para pagarle. -¿Caso de enfermedad?- había sugerido el abogado, un joven recién llegado de Europa, que no estaba sobrecargado de encargos y al que casi divertía el trato. Massy empezó a quejarse zalamero, -¡No iban a imaginar que él…!

– Déjelo,- dijo el capitán Whalley con una soberbia confianza en su cuerpo. -Son cosas de Dios,- añadió. En mitad de la vida encontramos la muerte, pero él confiaba con audacia aún mayor en su hacedor, en el hacedor que conocía sus pensamientos, sus afectos humanos y sus motivos. El creador sabía qué uso estaba haciendo de la salud, cuánto la necesitaba… -Confío en que mi primera enfermedad sea la última. Nunca estuve enfermo, que recuerde,- observó. -Déjelo.

Pero ya en aquellos primeros momentos despertó la hostilidad de Massy al negarse a que fuesen seiscientas en lugar de quinientas.

– No puedo hacerlo -fue todo lo que dijo, simplemente, pero con tanta decisión que Massy desistió inmediatamente de hacer presión al respecto.

Aunque pensó para sí:

– ¡Qué no puede! Viejo canalla ¡No quiere! Tiene que tener dinero a espuertas, pero a cambio de un puesto tranquilo y la sexta parte de mis beneficios, si pudiese se ahorraría pagar ni un céntimo.

Durante aquellos años el disgusto de Massy creció bajo la coacción de algo que parecía miedo. La simplicidad de aquel hombre parecía peligrosa. Sin embargo, últimamente había cambiado. Parecía menos formidable, como si le hubiese disminuido el vigor vital, como si hubiese encajado una herida secreta. Aun con eso, seguía siendo incomprensible por la simplicidad, valor y rectitud. Y cuando Massy supo que pensaba abandonarle al expirar el plazo, dejándole confrontado con el problema de las calderas, el disgusto se convirtió en su interior en una llamarada de odio.

El odio le había abierto los ojos; ya hacía mucho tiempo que Sterne no podía contarle nada que él no supiera. Tenía mucho empeño en aterrorizar a aquella sabandija para que callase; quería afrontar la situación solo; y, por increíble que pudiese parecerle a Sterne, todavía no había perdido el deseo y la esperanza de hacer que el odiado viejo se quedase. ¡Claro! No había otra posibilidad, si quería mantener sus posibilidades de hacer fortuna. Pero ahora, de repente, desde que cruzaron el bajío de Batu Beru, todo parecía encaminarse rápidamente al desenlace. Le inquietaba esto tanto que el estudio de los números premiados no conseguía calmarle, y la media luz del camarote se iba haciendo más sombría.

Apartó la lista, musitando una vez más:

– ¡Ah, no! ¡Usted, no! No lo consentiré. -No estaba dispuesto a que el entrometido petimetre le forzase la mano con sus guiños. Se volvió a sujetar la cabeza con las manos; la inmovilidad de su figura confinada en la oscuridad de aquel rincón cerrado parecía convertirle en algo infinitamente alejado del ajetreo y los ruidos de cubierta.

Les oía. Los pasajeros estaban empezando a charlar animadamente todos a la vez; alguien arrastraba un pesado cofre por junto de su puerta. Oyó la voz del capitán Whalley arriba:

– Todo el mundo a sus puestos, Mr. Sterne -y la respuesta que venía de la parte de la cubierta de proa:

– Sí, sí, señor.

– Esta vez lo amarraremos mirando a la corriente; tenemos marea baja.

– Mirando a la corriente, señor.

– Ocúpese de ello, Mr. Sterne.

La contestación quedó sepultada por el autocrático tañido del gong de la sala de máquinas. La hélice siguió golpeando lentamente: uno, dos, tres; uno, dos, tres… con pausas como si dudase en seguir girando. El gong sonaba una y otra vez, y el agua lanzada en diversas direcciones por las palas causaba gran conmoción a todo lo largo del buque. Mr. Massy no se movió. En la otra orilla, a un cuarto de milla, giraba un faro pequeño, como una estrella diminuta, recorriendo lentamente el círculo del puerto. Desde el espigón de Mr. Van Wick otras voces contestaron a los gritos del buque; se lanzaron cuerdas que no llegaron, las volvieron a lanzar; la llama vacilante de una antorcha a bordo de un gran sampán que iba a recoger majestuosamente al rajá de la costa introdujo de repente en el camarote un resplandor rojizo, que tiñó su propia persona. Mr. Massy no se movió. Tras unas últimas y pesadas vueltas, las máquinas se pararon, y el prolongado tañer del gong señaló que el capitán las había parado. Gran número de botes y canoas de todos los tamaños abordaron al Sofala por el lado contrario al muelle. Luego, al rato, fue amainando lentamente el tumulto de chapuzones, gritos, pies que se arrastraban, bultos que caían sordamente, chillidos de los pasajeros nativos al alejarse. En la costa, una voz cultivada, levemente autoritaria, dijo muy cerca del costado del barco.

– ¿Hay correo para mí esta vez?

– Sí, Mr. Van Wick. -Era Sterne el que contestaba desde la batayola en tono de respetuosa cordialidad. -¿Se la llevo arriba?

Pero la voz preguntó de nuevo:

– ¿Dónde está el capitán?

– Todavía en el puente, creo. No se ha movido de la butaca. ¿Quiere…?

La voz le interrumpió despreocupada:

– Subiré yo a bordo.

– Mr. Van Wick.

– Saltó de repente Sterne con deliberado esfuerzo.

– ¿Querría usted hacerme el favor…?

El segundo se fue rápidamente a la pasarela. Hubo un silencio. En la oscuridad, Mr. Massy no se movió.

Ni siquiera se movió cuando oyó lentos pasos torpes por delante de su camarote. Se contentó con gritar por la puerta cerrada:

– ¡Usted… Jack!

Los pasos retrocedieron sin prisa; la cerradura crujió y apareció en el vano el segundo maquinista, como sombra obscura sobre la luz que venía de la lumbrera del pasillo con el rostro tan negro como el resto de la estampa.

– Hemos tardado mucho en subir esta vez. -Gruñó Mr. Massy, sin cambiar de actitud.

– ¿Y qué quiere usted si la mitad de las tuberías de las calderas están obturadas y tienen escapes. -El segundo se sentía locuaz.

– Mucho pico -dijo Massy.

– Muchas calderas podridas, digo yo -contestó el fiel subordinado sin animación alguna, sombrío.

– Baje y déles presión fuerte si se atreve. Yo no me atrevo.

– No merece la sal que come -dijo Massy.

El otro hizo un ruido leve que parecía una risa pero hubiera podido ser un estertor de burla.

– Mejor ir despacio que quedarse con el barco parado -advirtió el admirado superior. Al cabo Mr. Massy se movió. Se giró en la silla y enseñó los dientes.

– ¡Maldito sea y maldito sea el barco! Ojalá estuviese en el fondo del mar. Entonces se moriría usted de hambre.

El fiel segundo maquinista cerró la puerta suavemente.

Massy escuchó. En lugar de dirigirse al baño, a donde debería haber ido a limpiarse, el segundo entró en su camarote, que era el contiguo. Mr. Massy se puso en pie de un brinco y aguardó. De repente oyó que echaba el pestillo. Salió disparado y dio una enérgica patada a la puerta.

– ¡Creo que está encerrando para emborracharse!-Gritó.

Al poco llegó una respuesta apagada.

– Mi tiempo libre.

– Si empieza a emborracharse durante el viaje le despido. -Gritó Massy.

Amenaza que fue seguida por un obstinado silencio. Massy se alejó perplejo. En la orilla aparecieron dos figuras que se acercaban a la pasarela. Oyó una voz teñida de desprecio.

– Francamente, me inclino a no creerle. Pero tenga la seguridad de que le hablaré de esto.

La otra voz, que era la de Sterne, dijo con una especie de deber.

– Gracias. Es todo lo que quiero. Tenía que cumplir con mi pesar y formalidad.

Mr. Massy se sorprendió. Una silueta breve y distinguida subió ágilmente a cubierta y casi chocó con él, que estaba fuera del círculo de luz del farol de la pasarela. Cuando hubo pasado hacia el puente, tras intercambiar un apresurado:

– Buenas tardes -Massy le dijo amenazador a Sterne, que seguía al otro con pasos breves-. ¿Para qué anda ahora contándole historias a Mr. Van Wick?

– Nada de eso, Mr. Massy. No soy yo quién para que Mr. Van Wick me haga caso. Y me temo que él tampoco cree que usted sea quién. Al parecer, el capitán Whalley, sí. Ha ido a pedirle que cene en su casa esta noche.

Luego musitó sombríamente para sí.

– Espero que le parezca bien la idea.

12

Mr. Van Wick, el hombre blanco de Batu Beru, antiguo oficial de la armada que por razones que él sabría había abandonado una carrera prometedora para convertirse en pionero de la plantación de tabaco en aquella apartada parte de la costa, había llegado a apreciar notablemente al capitán Whalley. La aparición del nuevo patrón le había llamado la atención. Era imposible imaginar nada más diferente de todos los diversos sujetos que se habían ido sucediendo en el puente del Sofala.

En aquella época Batu Beru no era lo que ha venido a ser luego: el centro de un próspero distrito tabaquero, un pequeño conjunto de bungalows con aspecto de zona residencial tropical, formando una calle sombreada por doble hilera de árboles, entre la exuberancia placentera de jardines floridos, con una carretera de cinco kilómetros para los paseos vespertinos y un residente de primera clase con esposa obesa y jovial para presidir la sociedad de apoderados de hacienda casados y de jóvenes casaderos al servicio de las grandes compañías.

Toda esa prosperidad no había llegado aún; y Mr. Van Wick prosperaba sólo en la margen izquierda de aquel profundo claro excavado en la selva, que más arriba y más abajo llegaba hasta la orilla del agua. Su bungalow solitario se levantaba frente a las casas del sultán del otro lado del río. Era ése un viejo señor inquieto y melancólico que sabía ya todo sobre el amor y sobre la guerra, y esperaba morir antes de que los blancos se decidiesen a arrebatarle sus dominios. Cruzaba el río con frecuencia (nunca con menos de diez barcas atiborradas de gente), con la esperanza ansiosa de sacarle a su único blanco alguna información sobre el tema. Ocupaba siempre cierta butaca de la terraza, mientras los dignatarios de la corte se ponían en cuclillas sobre las alfombras y pieles en los espacios que dejaba el mobiliario. La gente inferior permanecía abajo, en el césped que separaba la casa del embarcadero, en filas de tres o cuatro, cubriendo todo el trecho. No era raro que la visita empezase al amanecer. Mr. Van Wick toleraba esas incursiones. Saludaba con la cabeza desde la ventana de su habitación, llevando en la mano el cepillo de dientes o la navaja de afeitar, o pasaba por entre los cortesanos en albornoz. Aparecía y desaparecía tarareando, se limaba las uñas con detención, se frotaba el rostro recién afeitado con agua de Colonia, tomaba el primer te, salía a ver el trabajo de sus coolies. Volvía, hojeaba algunos papeles del escritorio, leía un par de páginas de un libro o se sentaba ante el piano de campo echándose para atrás en el taburete, estirando las piernas, recorriendo el teclado con las manos, balanceándose levemente a derecha e izquierda. Cuando se veía absolutamente obligado a hablar respondía con evasivas vagamente tranquilizadoras, por pura compasión. Y probablemente era ese mismo sentimiento el que le hacía ser tan hospitalario y tan generoso al sacar bebidas carbónicas que a veces se quedaba él toda una semana sin soda. El viejo le había concedido toda la tierra que se tomase la molestia de limpiar; ni más ni menos, una fortuna.

Fuese la fortuna o el aislamiento lo que Mr. Van Wick buscaba, había acertado el lugar. Incluso las lanchas de la compañía concesionaria del correo que recorrían las chozas de palma de la costa pasaban muy por fuera de la boca del río Batu Beru. El contrato era viejo: tal vez en cosa de pocos años, cuando expirase, incluirían a Batu Beru en el servicio; entretanto, todo el correo para Mr. Van Wick iba a Manila, desde donde su agente lo mandaba una vez al mes a bordo del Sofala. Por tanto, si Massy se quedaba sin dinero (por comprar demasiada lotería), o tenía dificultades para encontrar un patrón, Mr. Van Wick se veía privado de la correspondencia y los periódicos. Esto le hacía directamente interesado en la suerte del Sofala. Aunque se consideraba un ermitaño (y desde luego no era por antojo pasajero, ya que llevaba ocho años recluido), quería saber lo que ocurría en el mundo.

En la galería en un anaquel de nogal (lo había traído el año anterior el Sofala… todo lo traía el Sofala), bajo pisapapeles de bronce, había un montón de The Times, edición semanal, las grandes páginas del Rotterdam Courant, el Graphic con sus cubiertas verdes universales, una publicación ilustrada holandesa sin cubierta, ejemplares de una revista alemana con cubiertas de color «Bismarck malade». También había partituras de música nueva, aunque el piano (traído años antes por el Sofala) estaba notablemente desafinado por la húmeda atmósfera de la selva. Era vejatorio verse durante sesenta días a veces separado de todo, sin medio de saber qué pasaba. Y cuando el Sofala reaparecía Mr. Van Wick bajaba las escaleras de la galería y caminaba por el césped de delante de la casa hasta la orilla, con el blanco ceño fruncido.

– Me imagino que algún accidente les obligó a quedar fuera de servicio.

Se dirigía al puente, pero seguro que antes de que nadie pudiese contestar Massy habría saltado ya a tierra por encima de al batayola y se habría dirigido a él juntando las palmas de las manos, inclinando la cabeza de cima totalmente engomada con hilos y tiras de pelo negro. Y le irritaba tanto la necesidad de tener que dar esas explicaciones que sus quejidos resultaban auténticamente lastimeros. Mientras, andaba todo el tiempo tratando de formar una sonrisa con sus gruesos labios.

– No, Mr. Van Wick. Le parecería increíble. Pero no podía conseguir un mal diablo de esos para que me sacase el barco a la mar. Ni uno solo de esos brutos vagos, no había forma de convencerles, y ya sabe usted, Mr. Van Wick, que la ley…

Se lamentaba largo y tendido para excusarse; las palabras conspiración, complot, envidia, afloraban una y otra vez a sus labios, gruñidas con energía, Mr. Van Wick, mirándose las pulidas uñas con leve mueca, decía:

– Hummm. Qué desgracia -y le volvía la espalda.

Exigente, listo, un algo escéptico, habituado a la mejor sociedad (el año último antes de abandonar la Armada y la metrópoli había ocupado un cargo muy envidiado en el Ministerio de Marina), poseía un latente calor de sentimiento y una capacidad de simpatía que quedaban ocultos bajo modales de indiferencia como altanera y arbitraria, producto de su educación; y no faltaba mucho para que un enemigo pudiese llamarle petimetre por su aspecto, eco distorsionado de su elegancia de otra época. Había conseguido mantener una disciplina casi militar entre los coolies de aquella hacienda que había dado a luz a partir de la maraña v sombras de la jungla; y la camisa blanca que llevaba cada tarde con peto almidonado y ornado, y cuello alto, parecía indicar que estaba decidido a mantener la ceremonia de la etiqueta, pero se había ceñido una gruesa faja carmesí como concesión a la selva, antes su adversario y ahora compañera. Además, era una precaución higiénica. Abierta por el pecho, le colgaba de los hombros una chaqueta corta de cierta seda ligera. El pelo holgado, bonito, claro en lo alto del cráneo, se ondulaba levemente a los flancos; un bigote cuidadosamente recortado, la frente sin adornos, el brillo de unos zapatos bajos de charol que asomaban bajo el ancho vuelo de pantalones cortados de la misma tela que la delicada chaqueta, completaban una estampa que, con la faja, recordaba a un jefe pirata de novela, y al tiempo la elegancia de un dandy levemente calvo que en su retiro se permitía alguna prenda poco ortodoxa.

Era su traje de etiqueta. La hora de llegada del Sofala era una hora antes de ponerse el sol, y el caballero resultaba un tanto pintoresco, y sin duda elegante, al pasear por la orilla, sobre el fondo de césped coronado por un bungalow bajo y alargado con empinada techumbre de palma, cubierto hasta el alero por enredaderas floridas. Mientras estaban amarrando el Sofala él paseaba a la sombra de los escasos árboles que habían quedado cerca del desembarcadero, aguardando para poder subir a bordo. Los blancos de aquel barco no eran de su especie. El viejo sultán (por mucho que sus amistosas invasiones fuesen un engorro) resultaba realmente mucho más aceptable para su gusto exigente. Pero aun así, eran blancos; las visitas periódicas del barco rompían la atareada monotonía sin turbar por ello su reclusión. Además, era necesario desde el punto de vista comercial. Y su vena de precisión innata se irritaba cuando el barco no aparecía en su momento.

La causa de esas irregularidades era demasiado absurda, y Massy, en su opinión, un despreciable imbécil. La primera vez que el Sofala reapareció bajo el nuevo acuerdo, contoneando el recodo de río abajo cuando él ya había perdido toda esperanza de volverlo a ver, se irritó tanto que no bajó inmediatamente al desembarcadero. Los criados corrieron a darle con la nueva, y el arrastró una silla hasta junto a la barandilla frontera de la galería, echó los codos sobre ella, apoyó la barbilla en las manos, y quedó contemplando fijamente el barco que amarraban frente a su casa. Podía distinguir fácilmente todos los rostros blancos de a bordo. ¿Qué diablos era aquella especie de patriarca que habían puesto ahora en el puente?

Al cabo se levantó y bajó por el sendero de grava. La verdad era que hasta la grava de sus caminos había tenido que importarla por el Sofala. Exasperado y tranquilamente orgulloso, sin prestar atención a nadie, se dirigió directamente a Massy en forma tan decidida que el maquinista, retrocediendo, empezó a tartamudear en forma ininteligible. Sólo se podían distinguir las palabras:

– Mr. Van Wick… Realmente, Mr. Van Wick… En adelante, Mr. Van Wick. -Y la profusión de sangre tornó el rostro bilioso de Massy de un color naranja artificial, en el que brillaban extraordinariamente los desconcertados ojos negro azabache.

– Es absurdo. Estoy harto. Me pregunto si tiene Vd. el descaro de presentarse en mi muelle como si lo hubiese hecho construir para su conveniencia.

Massy trató de protestar vehemente. Mr. Van Wick estaba muy irritado. Había decidido firmemente recurrir a una firma alemana -aquella gente de Malaca… ¿cómo se llamaban?… los de las chimeneas verdes. Aquella gente no se haría rogar, verían el cielo abierto si les ofrecía la oportunidad de abrir una nueva ruta. Sí, Schnitzler, Jacob Schnitzler, aceptaría al instante. Era cosa hecha. Había decidido escribir sin más tardanza.

El agitado Massy tuvo que coger al vuelo la pipa que le había caído de los labios.

– ¡No querrá hacer eso, señor! -chilló.

– Usted no tendría que echar a perder su negocio de esta ridícula forma.

Mr. Van Wick dio media vuelta. Los otros tres blancos del puente no habían ni pestañeado durante la escena. Massy echó a andar rápidamente de un lado para otro, hinchando los mofletes, sofocado.

– ¡Orgulloso holandés!

Y musitó febrilmente una retahíla de agravios. Los esfuerzos que había hecho en todos aquellos años para complacer a aquel hombre. Y esa era la recompensa ¿no? Bonito. Escribir a Schnitzler… pasarse a las chimeneas verdes… venderse a un judío de Hamburgo que le arruinaría. No, realmente era para reírse… Se rió sollozando… ¡Ja, ja! Y seguramente querría que llevase la carta en su propio barco.

Tropezó con una reja y juró. No dudaría en echar por la borda la correspondencia de aquel holandés… todo el paquete entero. El en la vida había cobrado ningún recargo por aquel servicio. Pero el capitán Whalley, su nuevo socio, probablemente no se lo permitiría; además, sería sólo espantar aquel día aciago. Por su parte, prefería hacer un agujero en el agua antes que ver impasible que las chimeneas verdes le quitaban la ruta.

Deliraba en voz alta. Al pie de la escalera, los camareros chinos se echaron para atrás con los platos. El gritó desde lo alto del puente: -¿Es qué esta noche no vamos a probar bocado? Y se volvió violentamente hacia el capitán Whalley, que aguardaba grave y paciente a la cabecera de la mesa, pasándose silenciosamente la mano por la barba de cuando en cuando con un gesto de tolerancia.

– No parece que le importe lo que me ocurre. ¿No ve que esto perjudica sus intereses tanto como los míos? No es ninguna broma.

Se puso a la mesa gruñendo entre dientes.

– A no ser que usted tenga unos miles guardados en cualquier lado. Yo no los tengo.

Mr. Van Wick cenaba en su bungalow completamente iluminado, que daba un punto de esplendor a la noche en aquel claro situado sobre la obscura orilla del río. Luego se sentó al piano, y en una pausa se dio cuenta de que se oían lentos pasos en el sendero, delante de la casa. Crujieron un par de tablas bajo fuertes pisadas; se volvió en redondo girando el taburete y escuchó con las puntas de los dedos aún sobre el teclado. El pequeño terrier ladró violentamente, y entró desde la galería. Una voz profunda pedía excusas gravemente por «aquella intrusión». Salió rápidamente.

En lo alto de las escaleras, aguardando se erguía la figura patriarcal que al aparecer era el nuevo capitán del Sofala (había visto desfilar a más de una docena de ellos, pero ninguno de aquella especie). El perrito no dejaba de ladrar, hasta que el tremolar del pañuelo de Mr. Van Wick le apartó y redujo al silencio. El capitán Whalley chocó con una decidida oposición cuando trató de introducir el tema.

Mantuvieron la discusión de pie, donde se habían encontrado frente a frente. Mr. Van Wick observaba atentamente al visitante. Luego, al cabo, como obligado a salir de su reserva:

– Me sorprende que interceda usted por ese maldito loco.

Era un principio casi de cumplido, como si quisiese decir:

– ¡Que un hombre como usted interceda! -El capitán Whalley lo dejó pasar sin pestañear. Hubiérase dicho que no le había oído. Se limitó a continuar, señalando que estaba personalmente interesado en componer las diferencias entre ellos. Personalmente…

Pero Mr. Van Wick, realmente fuera de sí por su indignación hacia Massy, se puso muy incisivo…

– La verdad, si he de serle franco, le diré que ese personaje no me parece particularmente estimable ni de fiar…

El capitán Whalley, siempre erguido, pareció crecerse y ensancharse aún un poco, como si las dimensiones de su pecho se hubiesen ampliado bajo la barba.

– Apreciado señor, no pensará usted que he venido a discutir sobre un hombre con el que me encuentro, estoy… hmm… estrechamente asociado.

Hubo unos instantes de solemne silencio. No estaba acostumbrado a pedir favores, pero la importancia que daba a aquel asunto le había impelido a intentar… Mr. Van Wick, favorablemente impresionado y súbitamente distendido por el deseo de reír, le interrumpió…

– Si usted hace de esto cuestión personal, está muy bien; pero lo menos que puede hacer es sentarse a fumar un cigarro conmigo.

Tras una leve pausa, el capitán Whalley avanzó pesadamente. En el futuro, él se hacía responsable de la regularidad del servicio; y se llamaba Whalley… nombre que a un marinero (estaba hablando con un marinero, ¿no?) tal vez le resultase algo conocido. Actualmente había un faro, en una isla. Tal vez el propio Mr. Van Wick…

– ¡Ah, sí! Desde luego. -Mr. Van Wick captó inmediatamente. Le señaló una butaca. Qué interesante. Por su parte había cubierto algún servicio en la última guerra, pero sin llegar nunca tan al Este. ¿La isla de Whalley? Claro. Pues qué interesante. La de cambios que su huésped tenía que haber visto en todo ese tiempo.

– Y en tiempos anteriores, también… medio siglo entero.

El capitán Whalley se explicó un poco. El aroma del buen cigarro (era una de sus debilidades) le había llegado directamente al corazón, y también la educación de aquel joven. Aquel contacto accidental tenía un algo que le había faltado en aquellos años de lucha.

El entrante de la fachada formaba un rincón recoleto dispuesto como si fuese una habitación aparte. Una lámpara de pantalla de cristal ahumado, suspendida bajo la pendiente del alto techo al extremo de una delgada cadena de latón, proyectaba un brillante cerco de luz sobre una mesilla en que había un libro abierto y un cortapapeles de marfil. Y en las sombras que se traslucían más allá, se podían ver otras mesas, cierto número de sillas de diversas hechuras con gran profusión de pieles tendidas como alfombras sobre el entarimado de teca que cubría toda la galería. Las enredaderas en flor enriquecían el aire. Su follaje recortado entre los montantes, formaba como varios marcos de hojas espesas y quietas que reflejaban la luz de la lámpara con resplandor verdoso. Por la apertura que tenía al lado, el capitán Whalley podía ver el farol de la pasarela del Sofala, que ardía amarillento junto a la orilla, las sombrías moles de la ciudad al otro lado de la vasta y lustrosa oscuridad del río, y, como colgado del recto borde de las hojas, una estrecha franja negra del firmamento nocturno lleno de estrellas, resplandeciente. Con el excelente cigarro entre los dedos, tuvo un momento de complacencia.

– No tiene importancia. Alguien ha de abrir camino. Yo me límite a demostrar que se podía hacer; pero ustedes, los que están acostumbrados al vapor, no pueden concebir la gran importancia de aquel pequeño descubrimiento afortunado para el comercio oriental de la época. La nueva ruta reducía el tiempo medio de una travesía del Sur en once días durante más de la mitad del año. ¡Once días! Eso es ya historia. Pero lo curioso -hablando con un marinero- diría yo que fue…

Hablaba bien, sin egotismo, profesionalmente. La poderosa voz, emitida sin esfuerzo, llenaba las habitaciones vacías de bungalow con resonancia profunda y límpida, pareciendo que producía el silencio afuera; y Mr. Van Wick estaba sorprendido de la serenidad del tono, de la perfección de amabilidad masculina que respiraba. Apoyando sobre la rodilla un pequeño pie calzado con calcetín de seda y zapato de piel genuina, estaba inmensamente entretenido. Parecía que nadie supiese hablar ahora de esa forma, y los ojos hundidos en profunda sombra, la florida barba blanca, la gran envergadura, la serenidad, todo el talante del hombre, fuesen una sorprendente supervivencia de los tiempos prehistóricos del mundo, llevada por el mar a las costas de Batu Beru.

El capitán Whalley había sido también el pionero del comercio en el Golfo de Pe-Tchi-li. Incluso tuvo ocasión de mencionar que había enterrado allí a su «querida esposa» veintiséis años antes. Mr. Van Wick, impasible, no pudo evitar preguntarse enseguida, qué tipo de mujer haría pareja con un hombre como aquel. ¿Habrían sido una pareja aventurera y bien avenida? No. Muy posiblemente ella fuera pequeña, débil, sin duda muy femenina, o probablemente una mujer común de instintos domésticos, totalmente insignificante. Pero el capitán Whalley no era un charlatán latoso, y sacudiendo la cabeza como para disipar la tristeza momentánea que había aparecido en su agradable rostro veterano, aludió coloquialmente a la soledad de Mr. Van Wick.

Mr. Van Wick afirmó que, a veces, tenía más compañía de la deseada. Mencionó sonriendo algunas peculiaridades de la relación que mantenía con «mi sultán». Le visitaba con un alarde de fuerzas. Aquella gente estropeaban el parterre de hierba que tenía delante de la casa (no era nada fácil conseguir en los trópicos algo que se pareciese al césped), y el otro día habían roto algunas raras plantas que había puesto allí. El capitán Whalley recordó inmediatamente que en el 47, el sultán de entonces, «abuelo del de ahora», había sido famoso como gran protector de las flotas piratas de praos de más hacia el Este. Encontraban refugio seguro en el río de Batu Beru. En particular, había financiado a un jefe balinini llamado Haji Daman. El capitán Whalley arqueó expresivamente sus pobladas cejas blancas; sabía bastante de todo aquello. El mundo había progresado desde aquella época.

Mr. Van Wick objetó a esto con acritud inesperada. ¿Progresado, en qué?, preguntaba.

Pues, en conocimiento de la verdad, en decencia, en justicia, en orden… y también en honradez, pues si los hombres se hacían daño unos a otros era, fundamentalmente, por ignorancia. El capitán Whalley concluyó confiado que la vida era más agradable en ese mundo de ahora.

Mr. Van Wick se negó impulsivamente a admitir que Mr. Massy, por ejemplo, fuese más agradable que los piratas balinini.

Aquel río no había ganado mucho con el cambio. A su modo, los piratas no eran menos honrados. Sin duda, Massy era menos feroz que Haji Daman, pero…

– ¿Y qué me dice de usted, señor mío? – se rió el capitán Whalley con sonora y profunda risa-. Usted, sin duda, es una mejora.

Siguió en el mismo tono jovial. Un buen cigarro era mejor que un golpe en la cabeza… que era el tipo de recibimiento que habría encontrado en aquel río cuarenta o cincuenta años antes. Entonces, inclinándose levemente hacia adelante, se puso tremendamente serio. Parecía como si aparte de sus propias tribus de gitanos del mar, aquellos corsos parecían odiar a toda la humanidad con un encono incomprensible y sangriento. La nueva generación amaba el orden, era pacífica, vivía en aldeas prósperas. Podía decirlo por experiencia propia. E incluso los supervivientes de aquel tiempo, que ya eran ancianos, habían cambiado tanto que hubiera sido de mal gusto reprocharles que en sus tiempos habían andado cortando pescuezos. Tenía presente en particular a uno de ellos: un digno y venerable jefe de cierto gran poblado de la costa, a unas sesenta millas al sudoeste de Tampasuk. Le animaba a uno verle, oír cómo hablaba aquel hombre. Podía haber sido, en otro tiempo, un salvaje feroz. Lo que los hombres necesitan es verse confrontados a una inteligencia superior, a un conocimiento superior, y también a una fuerza superior… Sí, una fuerza dada por Dios y santificada por el uso de ella en conformidad con la voluntad expresada por Él. El capitán Whalley creía que en todo hombre había una disposición al bien, aunque en su conjunto el mundo no fuese un lugar muy feliz. En lo que no confiaba tanto era en la sabiduría de los hombres.

Admitía que aquella disposición necesitaba a veces algunas ayudas un tanto enérgicas. Los hombres podían ser torpes, desgraciados, tener mala cabeza; pero, naturalmente malos, no. Al menos en el fondo, eran completamente inofensivos.

– ¿Cree usted? -saltó amargo Mr. Van Wick.

El capitán Whalley se rió de la interpelación, con el buen humor de una certidumbre amplia y tolerante. Había visto medio siglo, dijo. El humo respiraba plácidamente por entre los pelos blancos que ocultaban sus agradables labios.

– De todos modos -siguió tras una pausa-, me alegro de que no hayan tenido aún tiempo para hacerle a usted mucho daño.

La alusión a su relativa juventud no ofendió a Mr. Van Wick, que se puso en pie y encogió los hombros con una media sonrisa enigmática. Caminaron amigablemente por la noche estrellada hasta la orilla del río. Sus pasos resonaban desiguales en el sendero oscuro. En el lado de tierra de la pasarela, el farol, colgado de la barandilla a baja altura, proyectaba una luz vivida sobre las piernas blancas y los grandes pies negros de Mr. Massy, que aguardaba allí ansioso, de cintura para arriba quedaba sumergido en la oscuridad, salvo una hilera de botones que brillaban hasta el vago contorno de su mentón.

– Puede estarle usted agradecido al capitán Whalley -dijo Mr. Van Wick secamente antes de darse media vuelta.

Las lámparas de la galería proyectaban por entre los pilares, hierba abajo, tres anchas fajas de luz. Un murciélago aleteó errante delante de su rostro como mota giratoria de negrura aterciopelada. A lo largo del seto vivo de jazmín el aire de la noche parecía grávido con la caída de una humedad perfumada; el sendero estaba bordeado por parterres; los arbustos recortados se erguían como obscuras y redondas moles esparcidas delante de la casa; el denso follaje de las enredaderas filtraba el halo de la luz de la lámpara del interior con un suave resplandor a todo lo largo de la fachada; y todo, cerca y lejos, estaba sumido en una gran inmovilidad, en una gran suavidad.

Mr. Van Wick (que unos años antes había tenido ocasión de pensar que a nadie había tratado tan mal como a él una mujer) sentía por las opiniones optimistas del capitán Whalley el desdén de quien ha sido también crédulo en otro tiempo. Su disgusto con el mundo (aquella mujer había llenado antes todo el mundo) tomó la forma de actividad retirada, porque, aunque capaz de una gran profundidad de sentimiento, era hombre enérgico y esencialmente práctico. Pero aquel marinero tan poco común que había dado en pasar por junto a su ocupada soledad tenía un algo que fascinaba a su escepticismo. Su misma simplicidad (bastante divertida) era como delicado refinamiento de un carácter recto. La chocante dignidad de los modales no podía ser en un hombre reducido a posición tan humilde, más que expresión de la nobleza esencial noble de su carácter. Aun con toda su confianza en la humanidad, no era un loco; la serenidad de su temperamento al cabo de tantos años, ya que, evidentemente, no era fruto del éxito, tenía aires de sabiduría profunda. A Mr. Van Wick le divertía a veces. Incluso los rasgos físicos del veterano capitán del Sofala, su poderosa complexión, su aspecto reposado, su rostro inteligente y agradable, las grandes piernas, la cortesía benigna, el toque de áspera severidad de aquellas cejas espesas, le convertían en una personalidad seductora. Mr. Van Wick despreciaba la pequeñez de toda especie, pero en aquel hombre nada era pequeño, y a lo largo de la ejemplar regularidad de muchos viajes se desarrolló entre ellos cierta intimidad, un sentimiento de cálido afecto en el fondo, bajo unas formas de afable solemnidad, muy agradable a su gusto exigente.

Ambos mantenían sus respectivas opiniones sobre todos los temas del mundo. Sus propias convicciones. El capitán Whalley nunca se entrometía. La diferencia de edades era otro salto entre ambos. En cierta ocasión al serle reprochado lo poco caritativo que era siendo joven. Mr. Van Wick, recorriendo con la mirada las vastas proporciones de su interlocutor, replicó con amigable dureza.

– ¡Ah! Pues ya llegará usted a convencerse de que tengo razón. Tiene aún mucho tiempo por delante. No se las dé de viejo; su aspecto promete que va a llegar a centenario.

No pudo evitar una viveza algo crispada, y aun moderándola con una sonrisa casi afectuosa añadió:

– Y para entonces probablemente consentirá usted en morir de simple asco.

El capitán Whalley, sonriendo también, meneó la cabeza.

– ¡Dios no lo quiera!

Pensaba que, tal vez, en definitiva, mereciese algo mejor que morir con tales sentimientos. Naturalmente, ese momento tendría que llegar, y confiaba en que su Creador proveería una forma de ida de la que no tuviese que avergonzarse. Por lo demás, esperaba que si tenía que ser así viviría hasta los cien; en otros casos había sucedido; no sería ningún milagro. El no esperaba milagros.

El tono enfático y reflexivo hizo que Mr. Van Wick levantase la cabeza para mirarle con firmeza. El capitán Whalley tenía la mirada clavada a lo lejos, con expresión absorta, como si hubiese visto escrito en la pared, el decreto favorable de su Creador. Estuvo totalmente inmóvil unos segundos, y luego puso en pie su gran mole con tanto ímpetu que Mr. Van Wick quedó sorprendido.

Se dio un fuerte puñetazo en el hinchado pecho; y extendiendo firme en el aire horizontalmente, un gran brazo que no temblaba, como rama de árbol en día sin viento…

– No me duele nada. ¿Distingue usted el menor temblor?

Hablaba quedamente, en contraste grave y confiado con el énfasis abierto de sus movimientos. Se sentó bruscamente.

– No es para envanecerme, ya sabe. Yo no soy nada -dijo sin ningún esfuerzo con aquella voz fuerte, que parecía fluir tan naturalmente como un río. Recogió el trozo de cigarro que había dejado, y añadió tranquilamente, con un leve movimiento afirmativo de la cabeza.

– Lo que ocurre es que mi vida es necesaria; no es mía, de ningún modo… Dios lo sabe.

No habló ya mucho el resto de la noche, pero en varios momentos Mr. Van Wick detectó una lánguida sonrisa de seguridad aleteando bajo el gran mostacho.

Más adelante, el capitán Whalley consentiría alguna que otra vez en cenar «en la casa». Incluso se dejaba arrastrar a beber un vaso de vino.

– No piense que me da miedo, señor mío -explicaba-. Tuve mis buenos motivos para dejarlo.

En otra ocasión, echándose para atrás cómodamente, señaló:

– Mi querido Mr. Van Wick, usted me trató desde el principio con la mayor… con la mayor humanidad.

– Admitirá usted que tuvo cierto mérito- insinuó Mr. Van Wick, irónico.

– Un socio de ese excelente Massy… Bien, bien, mi querido capitán, no voy a decir ni media palabra contra él.

– De nada serviría que hablase usted contra él -afirmó el capitán Whalley un tanto sombrío-. Como le dije alguna vez, mi vida… mi trabajo, es necesario, no sólo para mí. No tengo opción…

Se detuvo, dio vueltas al vaso que tenía delante…

– Tengo una hija única.

El amplio movimiento con que bajó el brazo hasta la mesa parecía sugerir una niña pequeña, muy lejos.

– Espero verla otra vez antes de morir. Entretanto, me basta con saber que me tiene sano y firme, gracias a Dios. No puede usted comprender lo que siente uno. Huesos de mis huesos, carne de mi carne; la imagen viva de mi pobre esposa. Bien, ella…

Se detuvo de nuevo, y luego pronunció estoicamente las palabras:

– Ella tiene que luchar muy duro.

Y le cayó la cabeza sobre el pecho, con las cejas entrelazadas en un esfuerzo de meditación. Pero, por lo general, su mente parecía asumida en la serenidad de una confianza sin límites en un poder más alto. Mr. Van Wick se preguntaba a veces en qué medida se debía eso a la espléndida vitalidad de aquel hombre, al vigor corporal que parece impartir parte de su fuerza al alma. El caso es que había llegado a apreciarle muchísimo.

13

Por este motivo, el mensaje confidencial de Mr. Sterne, transmitido apresuradamente en la orilla, junto al obscuro y silencioso barco, había turbado su ecuanimidad. Era lo más incomprensible e inesperado que podía suceder; y quedó tan alterado que, olvidando totalmente la correspondencia, subió rápidamente la escalera del puente.

Un par de muchachos con coleta estaban poniendo la mesa portátil para la cena a la izquierda del timón, discutiendo uno con otro sobre el trabajo, como de costumbre, mientras otro chino muy amarillo, triste, grandote que se parecía a Mr. Massy, aguardaba apático con el mantel sobre el brazo y un montón de gruesos platos apretados contra el pecho. Una lámpara normal de camarote, sin el globo, traída de abajo, estaba colgada del armazón de madera del toldo; habían bajado todas las cortinas laterales. El capitán Whalley, llenando las profundidades de la butaca de mimbre, parecía un hombre insensible en mitad de una tienda de lona iluminada con estridencia, y utilizada para almacenar efectos náuticos; una desvencijada rueda de timón, una bitácora de latón gastada en un armario recio de caoba, dos salvavidas viejos, una vieja defensa de corcho en el rincón, unos cajones de cubierta con asas de alambre de cinc en lugar de las originales.

Se sacudió el aspecto de embotamiento para devolver el saludo inusualmente vivaz de Mr. Van Wick, pero inmediatamente volvió a quedar ausente. Aceptar una insistente invitación a cenar «arriba en la casa» le llevó otro visible esfuerzo físico. Mr. Van Wick, perplejo, cruzó los brazos, y le examinó atentamente apoyando la espalda en la barandilla y echando hacia adelante los pies pequeños, negros, brillantes.

– Me han dicho que últimamente no parece usted el mismo viejo amigo. Pronunció con tono muy afectuoso las dos últimas palabras. Nunca se había expresado tan vividamente la auténtica intimidad que les unía.

– ¡Qué va, qué va!

El sillón de mimbre crujió pesadamente.

– Irritable -comentó Mr. Van Wick para sí, y añadió en voz alta:

– Entonces, le espero dentro de media hora -dijo despreocupadamente, yéndose.

– Dentro de media hora -repitió a sus espaldas la rígida cabeza plateada del capitán Whalley, como saliendo de su embebimiento.

Hacia mitad del barco, junto a la sala de máquinas, podían oírse dos voces, discutían, una irritada y lenta, la otra alerta.

– Le digo que el bestia se ha encerrado para emborracharse.

– No tiene remedio ya, Mr. Massy. Al fin y al cabo, uno tiene derecho a encerrarse en el camarote durante el tiempo libre.

– Pero no para emborracharse.

– Le oí jurar que los apuros que le daban las calderas eran como para hacer emborracharse a cualquiera -dijo Sterne malicioso.

Massy susurró algo sobre echar la puerta abajo. Mr. Van Wick, para esquivarles, cruzó a obscuras por el otro lado de la desierta cubierta. Las tablas del embarcadero crujieron levemente bajo sus apresurados pasos.

– ¡Mr. Van Wick! ¡Mr. Van Wick!

Siguió andando; alguien corría por el sendero.

– Olvidó usted la correspondencia.

Sterne le alcanzó, con un fajo de papeles en la mano.

– ¡Ah! Gracias.

Pero como el otro seguía andando a su lado, Mr. Van Wick se detuvo en seco. Las hojas que pendían delante de la iluminada fachada del bungalow proyectaban su negra y recta sombra hacia la gran extensión de noche de aquella parte. Todo estaba en calma. Se oía el tintineo de copas y vajilla. Los criados de Mr. Van Wick estaban poniendo la mesa para dos en la galería.

– Me temo que no dé crédito usted a mis buenas intenciones en este caso.

– Lo único que sucede es que no le entiendo.

– El capitán Whalley es un hombre muy audaz, pero va a comprender que se acabó la partida. Es lo único que tiene que salir de mis labios. Créame, siento la mayor consideración, pero el deber es el deber. No quiero armar un escándalo. Todo lo que le pido a usted, como amigo de él, es que le diga de mi parte que se acabó la partida. Con esto bastará.

Mr. Van Wick se estremeció apesadumbrado ante ese extraño privilegio de la amistad. No iba a rebajarse pidiendo la menor explicación; tampoco creía prudente despedir al otro con cajas destempladas… al menos por el momento. Tanta seguridad le hacía dudar. A saber lo que podía haber en el fondo de aquello, pensaba. Su aprecio por el capitán Whalley tenía la tenacidad de un sentimiento desinteresado, y el instinto práctico le ayudó a ocultar el desprecio.

– De lo que me dice deduzco que se trata de algo grave.

– Sumamente grave -asintió Sterne, solemnemente, encantado de haber producido efecto al cabo. Se disponía a añadir algunas efusivas protestas de pesar alegando la «ineludible necesidad» en que se había visto, pero Mr. Van Wick le cortó tajante, aunque educado.

Una vez en la galería Mr. Van Wick se puso las manos en los bolsillos y abriendo las piernas, se agachó a mirar una piel de pantera negra tendida en el suelo delante de un balancín.

– Parece como si ese hombre no tuviese redaños para jugar abiertamente una partida tan delicada -pensó.

Estaba en lo cierto. A la vista del último rechazo por parte de Massy, Sterne no se atrevía a declarar lo que sabía. Su objetivo era simplemente conseguir el mando del vapor y mantenerlo algún tiempo. Massy nunca le perdonaría que se impusiese; pero si el capitán Whalley dejaba el barco a iniciativa propia, el mando le correspondía para el resto del viaje; y así dio con la brillante idea de asustar al viejo para que se fuese.

Siendo un asunto tan crudo, bastaría una amenaza vaga, una insinuación. Y con una extraña mezcla de compasión pensaba que Batu Beru era un lugar muy bueno para tirar la toalla. El patrón podría desembarcar tranquilamente, y quedarse con aquél su holandés. ¿No eran tan íntimos? Reflexionando, llegó a la conclusión de que había una forma de conseguir todo por medio de aquel gran amigo del viejo. Era otra idea brillante. Tenía una preferencia innata por los métodos retorcidos. En aquel caso particular, deseaba permanecer a la sombra lo más posible, para evitar exasperar innecesariamente a Massy. ¡Ningún escándalo! Dejemos que todo ocurra naturalmente.

Mr. Van Wick tuvo durante toda la cena conciencia de la sensación de aislamiento que invade a veces la intimidad de la relación humana. Los intentos del capitán Whalley de comer algo fracasaban lamentable y ostensiblemente. Parecía abrumado por una extraña ausencia mental. Movía la mano en el aire sin control, como si la mente preocupada la hubiese dejado sin guía. Mr. Van Wick le había oído venir desde muy lejos, en medio del silencio de toda la orilla, y había percibido el carácter irresoluto de sus pasos. El tacón del zapato había chocado con el peldaño inferior como si hubiese venido distraído y absorto hasta las escaleras de la galería. Si el capitán del Sofala hubiese sido otro tipo de hombre, habría imaginado que era el peso de los años. Pero bastaba con echarle una mirada. El tiempo, aunque sin duda le había marcado con la señal que distingue sus posesiones, le había dejado útil, y su fe simple veía, en eso una prueba del favor divino.

– ¿Cómo puedo decidirme a advertirle? -Mr. Van Wick se lo preguntaba como si el capitán Whalley hubiese estado a millas y millas de distancia, donde no pudiese alcanzarle ningún peligro. Sentía náuseas de Sterne. Sería decididamente indecente mencionar siquiera a un hombre como Whalley aquella amenaza. La insinuación resultaba más vil e injuriosa que una acusación definida… tenía el cariz repelente del chantaje.

– ¿De qué podría acusarle nadie? -Se preguntaba. Era una personalidad límpida. -¿Y con qué objeto?

El poder en que confiaba aquel hombre había tenido a bien no dejarle en la tierra nada que la envidia pudiese ambicionar, más que un simple pedazo de pan.

– ¿No va a probar un poco de esto? -Preguntó acercándole levemente una fuente.

De repente se le ocurrió a Mr. Van Wick que Sterne podía ambicionar el mando del Sofala. Su escepticismo se vio sobresaltado por lo que parecía una prueba de que ningún hombre puede estar a salvo de sus semejantes salvo en el abismo más profundo de miseria. No valía la pena preocuparse mucho por una intriga de aquel género, pensó; de todos modos, teniendo que habérselas con un loco como Massy, era necesario poner sobre aviso a Whalley.

En ese momento, al otro lado de la mesa, el capitán Whalley, muy erguido, cubiertas las profundas cavidades de los ojos por unas cejas espesas, y con una gran mano morena posada a cada lado del plato vacío, se puso abruptamente a hablar.

– Mr. Van Wick usted siempre me ha tratado con la más humana consideración.

– Mi querido capitán, le da usted demasiada importancia al simple hecho de que no soy un salvaje.-Mr. Van Wick completamente rebelado al pensar en el obscuro intento de Sterne elevó incisivamente la voz, como si el segundo hubiese podido estar escondido escuchando.-Cualquier deferencia que haya podido tener con usted no ha sido más que lo que merece alguien a quien en todo este tiempo he aprendido a considerar con una estima que nada puede quebrantar.

El ligero tintineo de un vaso le hizo levantar la mirada de la tajada de piña que estaba cortando en el plato. Al cambiar de posición, el capitán Whalley había derribado un vaso vacío.

Lo buscó torpemente, sin mirar en esa dirección, apoyándose de lado en el codo y cubriéndose la vista con la otra mano, hasta que desistió. Van Wick miraba atónito, como si de repente hubiese sucedido algo de gran importancia. No sabía por qué tenía que sentirse tan sorprendido; pero olvidó por el momento completamente a Sterne.

– Vamos, ¿qué sucede?

Y el capitán Whalley medio advertido, musitó en voz apagada y llena de agitación…

– ¡Estima!

– Y puedo añadir algo más -dijo lentamente Mr. Van Wick con la mirada clavada en él.

– ¡Pare! ¡Basta!

El capitán Whalley no cambió de actitud ni elevó la voz.

– ¡No diga nada más! No puedo corresponderle. Actualmente soy demasiado pobre hasta para eso. Merece la pena gozar de su estima. Usted no es hombre que pudiese rebajarse a engañar ni al más miserable diablo que haya en la tierra, ni a hacer incapaz de navegar un barco cada vez que lo lleva a la mar.

Mr. Van Wick, inclinado hacia adelante, con el rostro totalmente sonrosado, con la servilleta sobre las rodillas, estaba por no dar crédito a sus sentidos, a su poder de comprensión, a la salud mental de su huésped.

– ¿Y pues? ¿Por qué? ¡En nombre de Dios! ¿Qué es esto? ¿Qué barco? No entiendo quién…

– En nombre de Dios, eso es lo que yo estoy haciendo. Un barco no es capaz de navegar si su capitán no ve. Yo me estoy quedando ciego.

Mr. Van Wick tuvo un breve movimiento de sobresalto, y luego quedó muy quieto durante algunos segundos; entonces, pensando en las palabras de Sterne «se acabó la partida», se agachó bajo la mesa para recoger la servilleta que se le había caído de las rodillas. Aquella era la partida. Y al mismo tiempo le envolvió la voz en sordina del capitán Whalley.

– Les he engañado a todos. Nadie lo sabe.

Se enderezó completamente colorado. El capitán Whalley, inmóvil bajo el chorro de luz, se cubría los ojos con la mano.

– ¿Y ha tenido usted valor para eso?

– Llámelo como quiera. Pero usted es humano, es… un caballero, Mr. Van Wick. Podría haberme usted preguntado qué he hecho con mi conciencia.

Parecía meditar, profundamente callado y quieto, con aquel aspecto de tristeza.

– Empecé a estropearla con mi orgullo. Cuando uno se está volviendo ciego, empieza a ver muchas cosas. No podía ser franco ni siquiera con un viejo colega. No era franco con Massy… no, en absoluto. Sabía que él me tomaba por un marinero rico y antojadizo, y yo se lo permitía. Quería mantener mi importancia… porque allí lejos estaba la pobre Ivy, mi hija. ¿Por qué quería yo traficar con la desgracia de ese hombre? Lo hice por ella. Y ahora, ¿qué favor podía esperar de él? Si lo sabía, sería él el que traficaría con mi desgracia. Echaría a patadas al que le engañó, y se agarraría al dinero durante un año. El dinero de Ivy. Y yo no me he guardado ni un penique para mí. ¿Cómo voy a vivir un año? ¡Un año! Dentro de un año no habrá ya sol en la tierra para su padre.

Su profunda voz surgía como velada por la reverencia, como si le hubiese pillado un corrimiento de tierras y hablase los pensamientos que acosan a los muertos en sus tumbas. Un temblor frío recorrió el espinazo de Mr. Van Wick.

– ¿Y cuánto tiempo lleva usted…? -empezó a preguntar.

– Desde mucho antes de que yo mismo llegase a creer en esta… esta… prueba.

El capitán Whalley hablaba con sombría paciencia, cubriéndose con la mano.

Había pensado que él no se merecía eso. Había ido engañándose a sí mismo día tras día y semana tras semana. Tenía a su disposición al serang… un viejo servidor suyo. Le vino gradualmente, y cuando ya no pudo engañarse a sí mismo…

Casi se le extinguió la voz.

– Antes que traicionarla a ella, decidí engañarles a todos ustedes.

– Es increíble.

Susurró Mr. Van Wick. El sobrecogedor murmullo del capitán Whalley prosiguió.

– Ni siquiera la señal de la ira de Dios podía hacer que me olvidase de ella. ¿Cómo podía abandonar a mi hija, si seguía sintiéndome vigoroso y la sangre me latía con fuerza? Tan caliente como la de usted. Tengo la impresión de que podría encontrar fuerzas para derribar un templo encima de mi cabeza lo mismo que el Sansón ciego. Ella es luchadora… mi niña, por ella rezábamos juntos, mi pobre esposa y yo. ¿Recuerda usted el día en que le dije que creía que Dios me dejaría llegar a los cien por el bien de ella? ¿Qué pecado hay en querer a una hija? ¿Lo ve? Por ella estaba yo dispuesto a vivir eternamente. Y medio me creía que podría hacerlo. Desde que me ha ocurrido esto, rezo para que me venga la muerte. ¡Ah! Hombre presuntuoso… ¿querías vivir?

Una tremenda conmoción estremeció el gran armazón de aquel hombre, sacudido por un sollozo ahogado. Hizo tintinear todos los vasos de la mesa, y pareció que la casa temblaba hasta la punta más alta del tejado. Y Mr. Van Wick cuyo sentimiento de amor ultrajado se había transformado en una especie de lucha con la naturaleza, podía comprender muy bien que para aquel hombre cuya vida entera había sido condicionada por la acción, no podía existir expresión distinta de todas aquellas emociones; que dejar voluntariamente de aventurarse, de hacer y aguantar por el amor de su hija, hubiera sido exactamente igual que arrancarle del corazón el amor de ella. Algo demasiado monstruoso, demasiado imposible, impensable incluso.

El capitán Whalley no había cambiado de actitud, parecía expresar vergüenza, pena y desafío.

– Le he engañado incluso a usted. Si no hubiese sido por esa palabra: «estima». No son palabras para mí. Le hubiera mentido a usted. ¿No le he engañado? ¿No iba usted a confiar sus bienes a ese barco, en este mismo viaje?

– Tengo un seguro de navegación anual -dijo Mr. Van Wick casi sin darse cuenta, como desconcertado por la repentina irrupción de un detalle comercial.

– Ese barco no es capaz de navegar, se lo digo. La póliza sería inválida si se supiese…

– En tal caso, compartiremos la culpa.

– Nada puede disminuir la mía -dijo el capitán Whalley.

No se había atrevido a consultar a algún médico; tal vez le hubieran preguntado quién era, qué estaba haciendo; podría haber llegado a oídos de Massy. Había vivido sin ninguna ayuda, humana ni divina. Las propias oraciones se le atravesaban en la garganta. ¿Para qué iba a rezar? Y la muerte parecía tan lejana como siempre. Una vez se metía en el camarote, no se atrevía a salir de nuevo; cuando se sentaba no osaba levantarse; no se atrevía a levantar la mirada al rostro de nadie, recelaba de mirar al mar o al cielo. El mundo se desvanecía ante su gran temor de traicionarse. El viejo barco era su último amigo; no le daba miedo; conocía cada pulgada de su cubierta; pero tampoco se atrevía apenas a mirarlo, por miedo a descubrir que veía menos que la víspera. Le envolvía una inmensa incertidumbre. El horizonte había desaparecido; el cielo se mezclaba obscuramente con el mar. ¿Quién era aquella persona que estaba en pie allí lejos? La terrible duda sobre la realidad de lo que podía ver hacía que los restos de visión que le quedaban se convirtiesen en un mayor tormento; una trampa siempre dispuesta para que cayese en ella su miserable pretensión. Tenía pánico de tropezar inexcusablemente con algo… de decir un fatal Sí, o No a una pregunta. La mano de Dios había caído sobre él, pero no podía arrancarle de su hija. Y como en una pesadilla de humillación, todo hombre sin facciones parecía un enemigo.

Dejó caer pesadamente la mano sobre la mesa. Mr. Van Wick, con los brazos caídos y la barbilla pegada al pecho, con un destello de los blancos dientes sobre el labio inferior, meditaba las palabras de Sterne «se acabó la partida».

– Entonces, el serang no lo sabe.

– Nadie -dijo el capitán Whalley con seguridad.

– Claro. Nadie. Muy bien. ¿Puede aguantar usted así hasta el fin del viaje? Es el último del acuerdo con Massy.

El capitán Whalley se levantó y permaneció erguido, majestuoso, con las grandes barbas blancas cubriendo cual peto de plata el secreto de su corazón. Sí; era la única esperanza que le quedaba de volver a verla, de poner a buen recaudo el dinero de ella, lo último que podía hacer por ella, antes de arrastrarse a cualquier rincón… inútil, una carga, un reproche para sí mismo. Le fallaba la voz.

– ¡Fíjese! No volver a verla: al único ser humano que queda en la tierra aparte de mí que pueda recordar a mi esposa. Es clavada a su madre. Por suerte la pobre mujer está donde no se derraman lágrimas por aquellos a quienes quiso en la tierra y por los que hay que seguir rogando para que no caigan en la tentación… Porque supongo que la bendita sabe el secreto de la gracia de lo que Dios dispone sobre sus criaturas.

Se tambaleó un poco, y dijo con dignidad austera:

– Yo, no. Yo sólo conozco a la hija que Él me dio.

Y empezó a caminar. Mr. Van Wick, poniéndose en pie rápidamente, vio todo el significado de la cabeza rígida, los pies vacilantes, la mano vagamente extendida. El corazón le latía con fuerza; apartó una silla y avanzó instintivamente para cogerle el brazo. Pero el capitán Whalley pasó por junto a él dirigiéndose hacia las escaleras bastante derechamente.

No podía verme si no estaba delante de él. Pensó Mr. Van Wick con una especie de veneración. Luego se dirigió a lo alto de las escaleras y preguntó un tanto trémulo:

– ¿Cómo es? ¿Cómo una niebla… como…?

El capitán Whalley, a mitad ya de las escaleras, se detuvo, y se volvió firme para responder:

– Es como si se estuviese apagando la luz del mundo. ¿No ha visto usted cómo se retira el mar de una amplia playa, y cada vez se aleja más? Pues lo mismo… sólo que la marea no volverá a subir. Nunca. Es como si el sol se estuviese empequeñeciendo, como si las estrellas fuesen desapareciendo una a una. Ya no deben de quedar muchas que pueda ver. Pero últimamente no he tenido valor para comprobarlo…

Debió de ser capaz de distinguir a Mr. Van Wick, porque le detuvo con un gesto autoritario y estoico.

– Todavía puedo caminar solo.

Parecía haber cogido resueltamente un camino, rechazando toda ayuda de los hombres una vez expulsado de su cielo cual presuntuoso titán. Mr. Van Wick, sin moverse, parecía contar de oído los peldaños. Se metió luego por entre las mesas, taconeando, cogió un cortapapeles, lo dejó tras mirar vagamente la hoja; luego se puso al piano, hizo vibrar algunas cuerdas, de pie ante el teclado con pose atenta, como si lo estuviese afinando; lo cerró, giró en redondo bruscamente, esquivó al pequeño terrier que dormía confiado con las patas cruzadas, se llegó a las cercanas escaleras y, como si hubiese perdido el equilibrio en el peldaño superior, salió de cabeza afuera. Los criados, que empezaban a recoger la mesa, le oyeron musitar para sí allá abajo (palabras malas sin duda), y luego, tras una pausa, alejarse al trote en dirección al muelle.

El flanco del Sofala, pegado a la orilla, formaba como una muralla baja y negra en el ondulado contorno de la costa. Detrás, se alzaban dos mástiles y una chimenea, inclinada, como si fuese a caerse. En la mitad, una sólida elevación cuadrada soportaba las formas espectrales de botes blancos, las curvas de pescantes, tramos de barandilla y postes, todo entremezclado y confuso por todos lados; pero abajo, a mitad del barco, un solo ojo de buey iluminado en medio de la noche, perfectamente redondo, como una pequeña luna redonda, cuyo haz amarillento daba sobre un camino embarrado, el borde de hierba pisoteada, dos cables curvados que se enrollaban en el pie de un grueso poste de madera hincado en el suelo.

Mr. Van Wick, al escudriñar el barco, oyó una voz poco articulada y jactanciosa que parecía burlarse de cierta persona llamada Prendergast. Soltaba tremendas injurias, se detenía; luego pronunció muy claramente la palabra «Murphy», y se rió. Hubo un sonido trémulo de cristal. Todos esos ruidos venían del ojo de buey iluminado. Mr. Van Wick vaciló, se agachó; era imposible ver adentro sin hundirse en el barro.

– Sterne… naturalmente. Mira como parpadea. ¡Mírale! Sterne, Whalley, Massy. Massy, Whalley, Sterne. Pero el que lleva las de ganar es Massy. Nadie puede con él. Le gustaría que nos muriésemos todos de hambre.

Mr. Van Wick se apartó, se fue hasta donde asomaba una cabeza debajo los toldos como de guardia, y habló pausadamente en malayo.

– ¿Está durmiendo el segundo?

– No. Estoy a su disposición.

Sterne apareció al instante, caminando sigilosamente como un gato hasta el embarcadero.

– Está tan endiabladamente obscuro. Y no tenía idea de que usted hubiese bajado esta noche.

– ¿Qué es ese tremendo escándalo? -preguntó Mr. Van Wick como para explicar la causa del estremecimiento ostensible que tuvo.

– Jack se ha cogido una borrachera de aúpa. Es el segundo maquinista. Tiene esta costumbre. Mañana por la tarde estará perfectamente, sólo que Mr. Massy andará preocupado cubierta arriba cubierta abajo. Mejor nos alejemos.

Murmuró algo para sugerir una entrevista «arriba en la casa». Tiempo llevaba deseando entrar allí, pero Mr. Van Wick objetó despreocupadamente. Se temía que tal vez no fuese muy prudente, y la opaca sombra negra de debajo de uno de los dos grandes árboles que habían quedado en el embarcadero se los tragó, impenetrablemente densa junto al ancho río, que parecía trenzar el reflejo de unas pocas grandes estrellas esparcidas acá y allá por aquella extensión quieta y fluida.

– Sin duda, la situación es grave -dijo Mr. Van Wick. Sus blancos trajes parecían espectros, no podían distinguirse uno a otro los rasgos, y los pies no hacían ruido sobre el blando suelo. Se oyó como un ronroneo. Mr. Sterne se sentía gratificado por aquel empiece.

– Mr. Van Wick, yo pensé que un caballero como usted se daría cuenta de lo desagradable de mi situación.

– Sí, desde luego. Evidentemente, está muy mal de salud. Tal vez esté definitivamente quebrantado. He visto, y él es muy consciente de ello -parto de que hablo a un hombre prudente- que las piernas le están fallando.

– Las piernas… ¡Ah!

Mr. Sterne estaba desconcertado, y se puso un tanto sombrío.

– Puede usted llamarlo las piernas o como quiera; lo que yo quiero saber es si va a abandonar tranquilamente.

– ¡Esta sí que es buena! ¡Las piernas! ¡Bueno!

– Pues, sí. Fíjese sólo en la forma en que anda.

Van Wick le puso en su lugar en un tono perfectamente frío y firme.

– Sin embargo, la cosa es procurar que el sentido del deber de usted no le aparte demasiado de sus auténticos intereses. Al fin y al cabo, yo también podría hacer algo por servirle a usted. Sabe bastante quién soy.

– Todo el mundo ha oído hablar de usted en los estrechos, señor.

Mr. Van Wick supuso que esta información era un gesto de benevolencia. Sterne se rió suavemente de la ocurrencia. ¡Tómelo así! Asintió atentamente a lo que el otro dijo de entrada, que el acuerdo de sociedad iba a expirar al fin de aquel mismo viaje. Era consciente de ello. No se oía otra cosa a bordo en todo el santo día. En cuanto a Massy, no era ningún secreto que se encontraba empantanado con el asunto de las calderas inservibles. De entrada, tendría que conseguir un préstamo de un par de cientos para pagar al capitán; y luego tendría que hipotecar el barco para poder comprar calderas nuevas… eso si daba con alguien que se aviniese a la operación. En el mejor de los casos todo eso significaba perder tiempo, interrumpir el negocio, ganar menos ese año… y siempre había el peligro de que los alemanes le quitasen la ruta. Se rumoreaba que había sondeado ya a un par de firmas, y que nadie quería saber nada con él. El barco era demasiado viejo, y el hombre demasiado conocido en el lugar… El rápido parpadeo final de Mr. Sterne quedó enterrado en la profunda oscuridad que silbaba con sus susurros.

– Entonces, suponiendo que consiga el préstamo -resumió Mr. Van Wick en tono deliberadamente bajo.

– Según lo que usted mismo explica es más que probable que le impongan como capitán a un hombre de los acreedores hipotecarios. Por mi parte, en caso de tener que poner dinero, desde luego pondría esa condición. Y, la verdad, estoy pensando en hacerlo. Me sería útil por varios motivos. ¿Comprende usted las consecuencias que tiene esto para lo que andábamos discutiendo?

– Gracias, señor. Estoy seguro de que no encontraría usted a nadie que sirviese mejor sus intereses.

– Bien, pues me interesa que el capitán Whalley acabe tranquilamente el plazo. Probablemente a la vuelta coja un pasaje con ustedes para cruzar los estrechos. Si es posible, quisiera estar presente cuando tengan lugar todos esos cambios, de modo que pueda mirar por su interés, señor.

– Mr. Van Wick, es lo mejor que hubiera podido desear. Desde luego, estoy infinitamente…

– Entonces, doy por supuesto que esto puede hacerse sin mayores problemas.

– Bien, señor, los riesgos no se pueden evitar; pero (y ahora le hablo como a mi empresario); hay más seguridad de la que parece. Si alguien me lo hubiese contado no lo hubiera creído, pero lo he observado yo mismo. Ese viejo serang está perfectamente entrenado para la tarea. No hay ningún problema con su… sus piernas, señor. Es chocante cómo se ha acostumbrado a hacer las cosas a su modo. Y permítame que le diga, señor, que el capitán Whalley, el pobre, no es en modo alguno inútil. Es un hecho. Permítame que le explique, señor. Se aferra a ese viejo mono malayo, que sabe bien lo que tiene que hacer. Tiene que haber hecho las guardias del capitán en todo tipo de buques costeros desde hace veinticinco años. Esos nativos, señor, en tanto tengan a un blanco vigilándoles de cerca, obran muy correctamente, es sorprendente, aunque lo tengan que hacer todo ellos. Claro, el blanco tiene que ser hombre capaz de cuadrarles, y el capitán es hombre ideal para eso. La verdad, señor, es que le tiene tan bien educado que apenas necesita ya hablarle. Yo he visto a ese pequeño mono arrugado sacar el barco de la Bahía de Pangu, sorteando las islas, en una mañana de tormenta, y sacarlo con maestría, junto al viejo, con tal finura que usted no podría adivinar por nada del mundo quién de los dos estaba realizando la labor allá en el puente. Por eso digo que nuestro pobre amigo puede ser útil todavía para el barco aunque… aunque… no pudiese mover un pie, señor. Con tal de que el serang no sepa que hay algún problema.

– No lo sabe.

– Claro que no. Desborda su capacidad de comprensión. No pueden entender nada de nosotros, señor.

– Parece usted un hombre listo -dijo Mr. Van Wick con un murmullo entrecortado, como si se encontrase mal.

– Comprobará que sé servir bien, señor.

Mr. Sterne aguardaba al menos un apretón de manos, pero inesperadamente, con un:

– ¿Qué ocurre? Mejor no nos vean juntos.

La blanca forma de Mr. Van Wick osciló, y al instante pareció fundirse en la negra atmósfera de debajo de las altas copas. El segundo quedó desconcertado. Sí. Se oían unos golpes sordos.

Salió sigilosamente de la sombra. Desde lejos se distinguía el ojo de buey iluminado. La cabeza le flotaba por la intoxicación del éxito repentino. ¡Qué maravilla tratar con un caballero! Subió a bordo, y se dio cuenta de que algo raro sucedía en aquella extensión sombría de cubiertas vacías, que resonaban con gritos y ruidos procedentes de una zona de mitad del barco particularmente obscura. Mr. Massy estaba hecho una furia ante la puerta del camarote: la voz ebria de dentro seguía imperturbable en medio de la violenta embestida de patadas.

– ¡Calle! ¡Apague la luz y túmbese, maldito cerdo borracho! ¿No me oye, pedazo de bestia?

Las patadas cesaron, y aprovechando la pausa, la voz borrosa del oráculo anunció desde dentro:

– ¡Ah! Massy… ya es otra cosa. Massy es profundo.

– ¿Quién anda ahí atrás? ¿usted Sterne? Es capaz de cogerse las curdas más horrorosas.

El primer maquinista apareció vago y grande en la esquina de la lumbrera de la sala de máquinas.

– Mañana estará en perfectas condiciones para trabajar. Yo en su caso le dejaría, Mr. Massy.

Sterne se dirigió a su camarote, y tuvo que sentarse inmediatamente. La cabeza le flotaba exultante. Se metió en el jergón como soñando. Le invadió un sentimiento de paz profunda, de alegría pacífica. En cubierta, todo estaba tranquilo.

Mr. Massy, con el oído pegado a la puerta del camarote de Jack, escuchaba críticamente la respiración profunda y a estertores del interior. Era un profundo sueño de borracho. El ataque había pasado, y tranquilizado por ello, también él se metió en el camarote y con lentos movimientos se sacó la vieja chaqueta de tweed. Era una prenda de muchos bolsillos, que usaba en diversos momentos del día, cuando le daban repentinos ataques de frío; al sentir calor se la sacaba y la dejaba colgando en cualquier parte del barco. Se veía aquella chaqueta balanceándose en las cabillas, echada en lo alto de los cabrestantes, o colgada de los pomos de las puertas. ¿No era el propietario? Pero el lugar favorito era un gancho del puntal de madera del toldo del puente, casi delante de la bitácora. Al principio esta preferencia le había costado más de un encontronazo con el capitán Whalley, que quería el puente limpio. En aquella época, Massy se había molestado muchísimo. Sin embargo, últimamente, había conseguido desafiar impunemente a su socio. El capitán Whalley no parecía darse cuenta de nada. En cuanto a los malayos, el miedo que sentían por aquel blanco irascible impedía que ninguno pusiese la mano encima de la prenda, estuviese donde estuviese.

Tan de improviso que Mr. Massy dio un brinco y dejó caer la chaqueta al suelo, llegó desde el camarote vecino el estruendo de una caída aparatosa. El fiel Jack debía de haberse quedado dormido sentado, y ahora habría rodado con silla y todo, rompiendo a juzgar por el ruido todas las botellas y vasos de la estancia. Tras el terrible choque todo quedó un tiempo en calma, como si hubiese muerto en el acto. Mr. Massy contuvo la respiración. Al cabo, al otro lado del mamparo se produjo lentamente un suspiro quejumbroso y somnoliento, inseguro.

– Espero que esté demasiado borracho para despertarse, -musitó Mr. Massy.

El sonido de una suave risita de inteligencia le llevó al borde de la desesperación. Juró violentamente para sus adentros. Seguro que aquel loco no le dejaba pegar ojo en toda la noche. Maldijo su suerte. A veces necesitaba olvidar sus problemas enloquecedores durmiendo. No podía detectar movimientos. Sin hacer al parecer ni el menor intento de levantarse, Jack siguió riendo para sí en el suelo; luego echó a hablar, como si dijésemos recogiendo el hilo anterior.

– ¡Massy! ¡Me gusta ese sucio canalla! Querría condenar a su pobre Jack a morirse de hambre… pero fijaos, lo arriba que ha llegado…

Tosió espasmódicamente, como con autosuficiencia…

– Armador, como los buenos. Necesita un billete de lotería. ¡Ja, ja! Te voy a dar billetes de lotería muchacho. Deja que el viejo barco se hunda y el viejo colega se muera de hambre… eso está bien. El no se equivoca nunca… Massy, no. Nunca. Es un genio… eso es lo que es ese hombre. Es la forma de recuperar el dinero: que se vayan al cuerno el barco y el colega.

Ese condenado viejo chocho se lo ha tomado a pecho, musitó Massy para sí. Escuchaba atentamente tratando de detectar cualquier indicio de que le volviese a dar el ataque. Se sintió profundamente descorazonado por un estallido de risa lleno de ironía alegre.

– ¡Querrías ver el barco en el fondo del mar! ¡Ah, más que listo! ¡Diablo! Quieres que se hunda, ¿eh? Sin duda, muchacho; con este vejestorio se hundirían todos tus problemas. Recogerías el dinero del seguro… le volverías la espalda al viejo colega… y todo resuelto… otra vez hecho un caballero.

El rostro de Massy había quedado de piedra, sombrío. Sólo sus grandes ojos giraban incómodos. Aquel loco de atar. Pero todo lo que decía era cierto. Sí. Billetes de lotería. Todo cierto. ¿Empezar de nuevo? No, esperaba que no…

Pero siempre pasaba eso. El imaginativo borracho del otro lado del mamparo sacudió la quietud mortal que tras sus últimas palabras había invadido el obscuro barco amarrado en un muelle silencioso.

– No se le ocurra decir nada contra George Massy, caballero. Cuando se haya cansado de esperar, se deshará del barco. ¡Fíjese! Todo al cuerno, el barco y el colega. El sabrá cómo…

La voz vacilaba, fatigada, soñadora, pérdida, como desvaneciéndose en un gran espacio abierto.

– … encontrar un truco que funcione. Anda tras esto… no tema…

Tenía que estar muy borracho, pues al cabo se apoderó de él un pesado sueño, repentinamente, como un hechizo, y la última palabra se alargó hasta convertirse en un ronquido interminable, ruidoso, profundo. Luego se acabó hasta el roncar, y todo quedó en calma.

Pero daba la impresión de que súbitamente Mr. Massy había empezado a dudar de la eficacia del sueño contra los apuros de uno; o tal vez hubiese hallado el alivio que necesitaba en la quietud de una contemplación tranquila que podía contener los pensamientos vividos de riqueza, de una racha de suerte, de un ocio interminable, y podía poner ante la vista de uno la imagen de todo lo que desease. Porque, se dio vuelta, puso los brazos sobre la litera, y se quedó allí de pie con los pies sobre la vieja chaqueta preferida mirando afuera por el ojo de buey la noche y el río. A veces un aliento de viento entraba y le daba en el rostro, un aliento fresco cargado del toque húmedo y fresco de una gran extensión de agua. Todo lo que podía ver era algún destello ocasional; y en un momento dado pudo suponer que en definitiva había dormitado, pues súbitamente, y sin relación con ningún sueño, aparecieron ante su vista una serie de guarismos llameantes y gigantescos -tres cero siete uno dos- que formaban un número de boleto de lotería. Y luego, de pronto, el ojo de buey ya no estaba negro: era gris perla, y enmarcaba una costa llena de casas, abigarrados techos de paja, paredes de estera y bambú, aguilones de madera de teca labrada. Hileras de viviendas levantadas sobre un bosque de columnas bordeaban la orilla de acero del río, llena de salientes y calmo, con la marea cambiando de signo. Era Batu Beru… y había amanecido.

Mr. Massy se sacudió, se puso la chaqueta de tweed, y temblando muy nervioso, como quien ha sufrido un gran shock, anotó el número. Era una inspiración rara y cargada de buenos augurios. Sí; pero para buscar la fortuna necesitaba dinero… dinero en mano.

Salió dispuesto a bajar a la sala de máquinas. Había que atender a varias tareas, y Jack estaba tendido como muerto en el suelo del camarote, con la puerta cerrada por dentro. Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en trabajar. ¡Ay! Si uno quería no hacer nada, antes tenía que conseguir una buena cantidad de pasta. Un barco no era solución. Totalmente cierto. Estaba cansado de aguardar alguna ocasión que le librase de una vez de aquel barco que había venido a ser una maldición.

14

El profundo e interminable alarido de la sirena de vapor tenía en su grave y vibrante nota un algo intolerable que causó un leve estremecimiento en la espalda de Mr. Van Wick. Eran las primeras horas de la tarde; el Sofala estaba zarpando de Batu Beru para Pangu, la próxima escala. Surcó la corriente, mal escoltado por algunas canoas, y deslizándose por el ancho río dejó de verse desde el bungalow de Van Wick.

Esta vez, el hacendado no había ido a despedirlo. Generalmente bajaba hasta el embarcadero, intercambiaba algunas palabras con el puente mientras el buque se alejaba y en el último momento saludaba con la mano al capitán Whalley. Aquel día no salió ni a la balaustrada de la galería.

– Tampoco me iba a ver, -dijo para sí-. Me gustaría saber si puede siquiera distinguir la casa.

En cierto modo, ese pensamiento le hizo sentirse más solo que en ningún otro momento de aquellos años. ¿Cuántos eran? ¿Seis o siete? Siete. Era mucho tiempo.

Se sentó en la galería con un libro cerrado sobre las rodillas, y contempló por así decir su soledad, como si el hecho de la ceguera del capitán Whalley le hubiese abierto los ojos. Había muchos tipos de penas y dolores del corazón, y no había lugar en que pudiese uno ponerse a salvo. Y se sintió avergonzado, como si durante seis años se hubiese comportado como un chiquillo enfurruñado.

Su pensamiento seguía la ruta del Sofala. Apremiado por las circunstancias, había actuado impulsivamente, atendiendo a lo más urgente. ¿Qué otra cosa pudiera haber hecho? Más adelante vería. Parecía necesario que saliese al mundo, al menos por un tiempo. Tenía dinero… algo podría hacer; no ahorraría tiempo, ni esfuerzos, ni pérdida de soledad. Sentía un peso en el corazón… veía al capitán Whalley cubriéndose los ojos con la mano, allí sentado, como si decepcionado en la confianza de su fe, se encontrase más allá de todo el bien y todo el mal que puedan hacer manos humanas.

El pensamiento de Mr. Van Wick seguía al Sofala río abajo, dando giros, cruzando la franja costera de la selva, entre los troncos enormes de los grandes árboles, luego entre mangles y finalmente cruzando el bajío. En pleno día el barco lo atravesó fácilmente, pilotado en aquellos momentos por Mr. Sterne, que tenía la guardia de cuatro a seis, y luego bajó a sumergirse con fruición en la perspectiva de estar virtualmente empleado por un hombre rico… como Mr. Van Wick. No concebía que pudiese interponerse ya ningún obstáculo. No parecía capaz de sobreponerse al sentimiento de que «al fin estaba instalado». De seis a ocho, cumpliendo con su deber, el serang veló sólo por el barco. Tenían un camino sencillo hasta las tres de la madrugada aproximadamente, cuando se acercarían al archipiélago Pangu. A las ocho Mr. Sterne salió contento a tomar el mando hasta la medianoche. A las diez estaba todavía gorjeando y tarareando en el puente, y para ese tiempo el pensamiento de Mr. Van Wick abandonaba al Sofala. Mr. Van Wick había caído dormido al cabo.

Massy, cerrando la escotilla de la sala de máquinas, se enfundó airado en la chaqueta de tweed, mientras el segundo aguardaba con el ceño fruncido.

– ¡Ah! ¡Ahora aparece! ¡Será imbécil! Bien, ¿qué alega en su defensa?

Había cuidado las máquinas hasta entonces. Una rabia sombría le obscurecía la mente: una rabia enconada contra el barco, contra los hechos de la vida, contra lo falsa que era la gente, contra sí mismo también… por el temblor que le sacudía el alma.

Por toda respuesta recibió un gruñido incomprensible.

– ¿Cómo? ¿No puede abrir la boca ahora? Pues bien sabe chillar sus tonterías cuando está borracho. ¿Qué pretende molestando a la gente de esa forma? ¡Un inútil cocido es lo que es usted!

– No puedo evitarlo. No recuerdo nada de eso. Usted no debería escuchar.

– ¡Encima! ¿Qué pretende usted cogiendo cogorzas como esa?

– No me pregunte. Me habían puesto malo las malditas calderas… A usted le pasaría lo mismo. Estoy harto de la vida.

– Entonces, ojalá estuviese muerto. A mí me puso malo usted ¿No recuerda el escándalo que montó anoche? ¡Miserable cuba de licor!

– No… no. No pretendía. La bebida es la bebida.

– Pues no sé por qué no le echo. ¿Qué pretende usted?

– Relevarle. Lleva usted ya bastante tiempo aquí, George.

– De George nada… ¡Viejo canalla harto de vino! Si yo me muero mañana, se muere de hambre. ¡Recuérdelo. Diga Mr. Massy.

– Mr. Massy -repitió el otro, estúpidamente.

Hecho un cristo, con ojos inyectados de sangre, camisa grasienta y llena de hollín, pantalones manchados por todas partes, pies desnudos metidos en alpargatas rotas, se lanzó hacia abajo en cuanto Massy le dejó paso.

El primer maquinista miró en torno. La cubierta estaba vacía hasta el coronamiento de popa. Todos los pasajeros nativos se habían apeado en Batu Beru esta vez, y no había subido ninguno. En el extremo del barco, el limbo de la corredera tintineaba, periódicamente. Había una calma chicha, y bajo el cielo nublado, por una atmósfera quieta que parecía abrazarse cálida con aroma de algas a su alargado casco, el barco avanzaba con la quilla inconmovible, como si flotase totalmente libre en un espacio vacío. Pero Mr. Massy se dio una palmada en la frente, se tambaleó, y se asió a una cobilla del pie del mástil.

– Voy a volverme loco -musitó caminando por cubierta con paso inseguro. Una pala estaba recogiendo el carbón esparcido abajo… se cerró una portezuela del fogón. En el puente, Sterne empezó a silbar una nueva melodía.

El capitán Whalley, sentado en el lecho, despierto y totalmente vestido, oyó que abrían la puerta de su camarote. No hizo el menor movimiento, aguardando a reconocer la voz, con un tremendo esfuerzo de prudencia.

La luz de una lámpara del mamparo cayó sobre la blanca pintura, la pana carmesí, el barniz tostado de las cimeras de caoba. La blanca caja de embalaje de madera de debajo de la cama había permanecido cerrada desde tres años antes, como si el capitán Whalley hubiese sentido que tras perderse el Fair Maid no pudiese haber en el mundo lugar seguro para sus afectos. Mantuvo las manos sobre las rodillas; su agradable rostro de grandes cejas presentaba un perfil rígido al que lo veía desde el pasillo. Al fin, la voz esperada habló.

– Una vez más: ¿Cómo debo llamarlo?

Ah Massy. De nuevo. El hastío de aquella insistencia le hacía migas el corazón… y el dolor de la vergüenza era casi mayor que lo que podía soportar sin chillar.

– Bien. ¿Seguiremos siendo socios?

– No sabe lo que me pide.

– Al menos, sé lo que quiero… Y quiero intentar convencerle una vez más.

El tono era mitad persuasivo, mitad amenazador.

Massy entró y cerró la puerta.

– Porque no sirve de nada que me diga que es pobre. Cierto que no gasta nada para usted, esto es muy cierto; pero eso tiene otro nombre. Usted piensa que va a arrancarme lo que quiere durante tres años, y luego va a dejarme tirado sin oír siquiera lo que pienso de usted. Se imagina que yo iba a someterme a sus antojos si hubiese sabido que tenía sólo quinientas miserables libras. Tendría usted que habérmelo dicho.

– Tal vez -dijo el capitán Whalley bajando la cabeza. -De todos modos, ese dinero le salvó…

– Massy se echó a reír despreciativo…

– Se lo he dicho muchas veces.

– Y ahora no le creo. ¡Cuando pienso cómo le he dejado señorear en mi barco! ¿No recuerda Vd. Las broncas que me echaba por dejar la chaqueta en su puente? Así era. ¡Su puente! «Yo no puedo consentir esto. Nunca se me hubiera ocurrido hacer esto». ¡El honrado! Y ahora sale la realidad. «Soy pobre, no puedo. Lo único que tengo son esas quinientas».

Contemplaba la inmovilidad del capitán Whalley, que parecía interponer un obstáculo insuperable en su camino. Su rostro tomó un aire sombrío.

– Es usted un hombre duro.

– Bastante -dijo el capitán Whalley, volviéndose hacia él.

– No me sacará usted nada, porque ya no tengo nada mío que darle.

– Eso cuénteselo a su abuela.

Mr. Massy volvió la vista al salir; luego cerró la puerta, y el capitán Whalley, solo, quedó tan quieto como antes. No tenía nada suyo… incluso había perdido su propio pasado de honor, de verdad, de justo orgullo. Toda su vida sin mancha se había hundido en el abismo. Se había despedido ya de eso. Pero lo que le pertenecía a ella, iba a salvarlo. Era sólo un poco de dinero. Se lo llevaría personalmente, como último regalo de un hombre que había durado demasiado. Un impulso inmenso e imparable, la pasión misma de la paternidad, llameó con todo el vigor inquebrantable de su inútil vida en un deseo de verle la cara.

Exactamente al otro lado de la cubierta, Massy se dirigía recto a su camarote, encendía una luz y cogía ávidamente el papel en que había anotado el número soñado, aquellos guarismos que llamearan con el ardor de otra pasión. Tenía que arreglárselas para no perder el sorteo. Aquel número significaba algo. Pero ¿a qué podía recurrir para mantenerse a flote?

– ¡Condenado miserable! -musitó.

En ningún momento pudiera Mr. Sterne haberle contado nada nuevo sobre su socio, pero él podría haberle dicho a Mr. Sterne que cabía utilizar la desgracia de otro para algo más que para echarle y diferir así el pago durante un año. Guardar el secreto de esa desgracia e inducirle a quedarse era una jugada mejor. Si estaba desprovisto de medios, ansiaría quedarse; y esto zanjaba la cuestión de devolverle su parte. No sabía exactamente hasta qué punto estaba el capitán Whalley hundido en la miseria; pero si ocurría que encallaba el barco irremediablemente en cualquier costa, eso no era culpa del propietario ¿no? Este no tenía obligación de saber que había problemas en la ruta. Pero probablemente nadie plantearía siquiera la cuestión, y el barco estaba totalmente asegurado. Se había contenido lo suficiente como para recibir ahora el justo pago. Más no era eso todo. No podía pensar que el capitán Whalley estuviese tan totalmente desprovisto como para no tener algún dinero guardado. Si él, Massy, podía echarle mano a ese dinero, con eso cubriría el gasto de las calderas, y todo seguiría como antes. Y si al cabo se perdía el barco, tanto mejor. Lo odiaba; maldecía las preocupaciones que apartaban su mente de la labor de perseguir a la fortuna. Deseaba verlo en el fondo del mar y tener en el bolsillo el dinero de la póliza. Y cuando dejó el camarote del capitán Whalley, frustrado, su odio abarcaba tanto al barco y sus calderas como al hombre de ojos obscuros.

En definitiva, nuestro comportamiento viene tan determinado por sugerencias exteriores que de no haber sido por la cháchara del borracho Jack, habría ajustado cuentas allí mismo, sin más demora, con aquel miserable que no quería ayudar, ni quedarse, pero tampoco echar a perder el barco. ¡Viejo falso! Ansiaba ponerle de patitas en el puerto. Pero se contuvo. Había tiempo para eso… podía hacerlo cuando quisiese. Ahora daba vueltas a otro pensamiento, terrible. ¿No estaba ya decidido a ello, en definitiva? ¡Cómo deliraba esa bestia de Jack! «Encontrar un truco seguro para librarse de él.» Bien, Jack no andaba tan descaminado. Se le había ocurrido un truco muy ingenioso. Pero ¡ay! ¿Y el riesgo que comportaba?

Se le hinchó el pecho con un sentimiento de orgullo -el orgullo de estar por encima de los prejuicios vulgares-, el corazón le latió más rápido, la boca se le secó. No todo el mundo se atrevería a eso; pero él era Massy, y estaba decidido.

En cubierta dieron seis campanadas. Bebió un vaso de agua y se sentó cosa de diez minutos para serenarse. Luego sacó del cajón una pequeña linterna que tenía y la encendió.

Casi enfrente del camarote, al otro lado del estrecho pasadizo de debajo del puente, en la estructura de acero que en aquella cubierta rodeaba la zona de calderas y dependencias de la sala de máquinas, había un pañol de mamparas de hierro, techo de hierro y suelo cubierto de hierro, debido al calor de abajo. Allí se amontonaban todo tipo de desperdicios; en un rincón había un cúmulo de chatarra; también había rimeros de latas de petróleo vacías; sacos de borra de algodón, un montón de carbón, una fragua de cubierta, fragmentos de jaulas de gallinas con las paredes hechas jirones, restos de faroles y un sombrero marrón de fieltro, tirado por un hombre ya muerto (de unas fiebres, en la costa del Brasil) que había sido segundo del Sofala, llevaba años aprisionado tras un tramo de tubo de cobre requemado, sacado en alguna época de la sala de máquinas. Una negrura total e implacable dominaba aquel Cafarnaún de cosas olvidadas. Un delgado haz de luz de la linterna de Mr. Massy la atravesó sesgado.

Llevaba la chaqueta desabrochada; echó el pestillo (no había otra puerta), y agachándose ante el montón de chatarra, empezó a llenarse los bolsillos de trozos de hierro. Los recogía con cuidado, cual si las tuercas oxidadas, los cerrojos rotos, los eslabones de cadena, hubiesen sido piezas de oro que sólo podía salvar cogiéndolos en aquel momento. Se llenó los bolsillos laterales hasta que se hincharon, el bolsillo de pecho, los interiores. Daba vuelta a las piezas para examinarlas. Rechazaba algunas. En torno a sus ocupadas manos empezó a formarse una fina niebla de óxido en polvo. Mr. Massy tenía cierto conocimiento de la base científica de su astuto truco. Si uno quiere desviar la aguja magnética de la brújula de un barco, el hierro fundido es lo mejor; y muchas piezas pequeñas en el bolsillo de una chaqueta causan mayor efecto que unos pocos trozos mayores, porque de ese modo se consigue una superficie mucho mayor de hierro, y lo que cuenta es la superficie.

Se escabulló rápidamente -dos pasos bastaron- y en el camarote se dio cuenta de que llevaba todas las manos rojas, llenas de orín. Esto le desconcertó, como si las hubiese visto llenas de sangre; se miró la ropa. ¡Toma, los pantalones también! Se había frotado las manos en las perneras.

Con las prisas arrancó el botón interior del pecho. Cepilló la chaqueta, se lavó las manos. Con esto perdió ya el aire de culpabilidad, y se sentó a aguardar.

Estaba erguido y cargado de hierro. Tenía una abultada y dura masa contra cada cadera, sentía el hierro de los bolsillos en las costillas a cada respiración, y el peso de las bolsas de hierro le cargaba sus hombros. Parecía muy embotado durante aquella espera, y el rostro amarillo, de inmóviles ojos negros, tenía algo de pasivo y triste.

Cuando oyó que encima de su cabeza daban ocho campanadas, se levantó y se dispuso a salir. Sus movimientos parecían desorientados, el labio inferior le colgaba un poco, la mirada vagaba por el camarote, y la tremenda tensión de voluntad le había arrebatado todo vestigio de inteligencia.

Con el último tañido de la campana apareció en el puente el serang a relevar al segundo. Sterne se deshizo en amabilidades, pues no deseaba otra cosa.

– Lleva los ojos bien abiertos, serang. Está bastante obscuro; aguardaré hasta que te acostumbres.

El viejo malayo murmuró algo entre dientes, miró hacia arriba con sus gastados ojos, se fue hacia la luz de la bitácora, y asiéndose las manos por la espalda, clavó la vista en la rosa de los vientos.

– A eso de las tres y media tendrás que mirar adelante con cuidado, para avistar tierra. Aunque es bastante claro. Al pasar habrás avisado al capitán, ¿no? ¿Sabe la hora que es? Bien, entonces me voy.

Al pie de la escalera se apartó para dejar paso al capitán. Observó cómo éste subía con paso regular y seguro, y quedó un momento pensativo. -Es curioso-, se dijo. -pero nunca puedes saber si ese hombre te ha visto o no. Esta vez hasta tiene que haberme oído la respiración.

Una vez todo resuelto, había que reconocer que aquel hombres era admirable. Se decía que en su época había sido famoso. Y Mr. Sterne podía creerlo; concluyó serenamente que el capitán Whalley tenía que ser capaz de ver más o menos a la gente -como a él mismo, hacía un momento- pero no estando seguro de nada tenía que mantener aquel talante silencioso por miedo a traicionarse. Mr. Sterne era un agudo observador.

Esa necesidad constante llenaba el corazón del capitán Whalley de la humillación de ser falso. Había caído en ello por amor paternal, por incredulidad, por confianza sin límites en la justicia divina, ajustada a los sentimientos humanos en esta tierra. Le daría a su pobre Ivy otro mes de trabajo; tal vez la desgracia fuese sólo temporal. Sin duda Dios no privaría a su criatura de ayuda, ni le echaría desnudo a una noche sin fin. Se asía a cualquier esperanza; y cuando la evidencia de la catástrofe fue más fuerte que la esperanza, intentaba no creer lo obvio.

En vano. Conforme el universo se obscurecía tenazmente, sus ideas adquirían una claridad siniestra. Los momentos lúcidos de sufrimiento le hacían ver la vida, los hombres, todas las cosas y el mundo entero con su carga de naturaleza creada, como no lo había visto nunca.

A veces le asaltaba un vértigo sutil y un terror abrumador; y entonces aparecía la imagen de la hija. Tampoco a ella la había visto con tal claridad anteriormente. ¿Era posible que se viese incapacitado para hacer ya nada por ella? Nada. ¿Y que no la viese más? ¿Nunca?

¿Por qué? Era un castigo demasiado grande sólo por un poco de presunción v orgullo. Al cabo llegó a aferrarse a esa decepción con decisión v empeño de llegar hasta el fin, de mantener intacto el dinero de ella, y de volver a verla, otra vez. Y luego, ¿qué? La idea del suicidio hacía rebelar el vigor de su humanidad. Había rezado pidiendo la muerte hasta que las oraciones se le atravesaban en la garganta. Cada día de su vida había rezado pidiendo el pan diario, no caer en la tentación, con la humildad de espíritu de un niño. ¿Significaban algo las palabras? ¿De dónde venía el don de la palabra? Los violentos latidos del corazón le reverberaban en la cabeza… y parecían hacerle añicos el cerebro.

Se sentó pesadamente en la butaca de cubierta para fingir que hacia su guardia. La noche era cerrada. Ahora, todas las noches eran cerradas.

– Serang-; dijo a media voz.

– Si Tuan, aquí estoy.

– ¿Hay nubes?

– Sí, Tuan.

– Rumbo recto. Al Norte.

– Vamos al Norte, Tuan.

El serang se echó para atrás. El capitán Whalley reconoció los pasos de Massy en el puente.

El maquinista fue hacia babor y volvió, pasando varias veces por detrás de la butaca. El capitán Whalley notó que sus andares tenían un carácter inusual de prudente cuidado. La presencia próxima de aquel hombre tenía siempre la virtud de recrudecer el sufrimiento moral del capitán Whalley. No era remordimiento. Al fin y al cabo, no le había hecho ningún mal a aquel pobre diablo. Tenía también una sensación de peligro, de que había que llevar más cuidado.

Massy se detuvo y dijo:

– ¿O sea, que se empeña usted en irse?

– Tengo que irme, desde luego.

– ¿Y no podría usted, al menos, dejar el dinero para un plazo de algunos años?

– Imposible.

– ¿No quiere confiármelo sin estar usted controlándolo, no?

El capitán Whalley guardó silencio. A espaldas de su butaca, Massy suspiró profundamente.

– Sería lo suficiente para salvarme -dijo con voz trémula.

– Ya le salvé una vez.

El primer maquinista se sacó la chaqueta con movimientos cuidadosos y procedió a palpar el gancho de latón atornillado en el poste de madera. A tal efecto se colocó delante mismo de la bitácora, ocultando completamente la rosa de los vientos al timonel de guardia.

– ¡Tuan! -musitó suavemente al cabo el nativo, para indicar al blanco que no podía ver para guiar el timón.

Mr. Massy había conseguido su propósito. La chaqueta colgaba del clavo, a quince centímetros de la bitácora. Y en cuanto se hubo apartado, el timonel, un malayo de Sumatra de media edad, con viruela, tan obscuro casi como un negro, percibió asombrado que en tan breve espacio, con mar en calma, sin el menor viento, el barco se había apartado tanto del rumbo. Nunca en la vida había visto que se escapase así. Con un leve gruñido de asombro giró rápidamente el timón para poner proa al norte, como debía ser. El chirrido de las cadenas del timón, los murmullos enfurruñados del serang, provocaron cierto revuelo, que atrajo la atención del ansioso capitán Whalley.

– Lleva más cuidado -dijo.

Y en el puente todo volvió a la habitual calma. Mr. Massy había desaparecido.

Pero el hierro de los bolsillos de la chaqueta había cumplido su misión; y el Sofala, rumbo al norte según una brújula falseada por tan simple ardid, ya no se dirigía por camino seguro a la bahía de Pangu.

El silbido del agua al hender la proa, el palpitar de las máquinas, todos los sonidos de su vida fiel y laboriosa, seguían ininterrumpidos en la gran calma del mar que por todos lados se fundía con la inmóvil capa de nubes que cubría el firmamento. Una quietud agradable tan vasta como el mundo parecía aguardar su paso, envolviéndolo cariñosamente en una caricia suprema. Mr. Massy pensaba que no podía haber noche mejor que aquella para un naufragio provocado.

Encallar a seco en uno de los escollos del Este de Pangu… aguardar al amanecer… agujero en el fondo… sacar los botes… y la misma tarde estarían en Pangu. Algo así. En cuanto chocase él se precipitaría al puente, cogería la chaqueta (a obscuras nadie se daría cuenta), y vaciaría los bolsillos por la borda, o bien la soltaría al mar. Era un pequeño detalle. ¿Quién podría imaginar? La chaqueta había colgado de aquel gancho cientos de veces. Sin embargo, mientras aguardaba sentado en el peldaño inferior de la escalera del puente las rodillas entrechocaban temblorosas. Lo peor era la espera. A veces empezaba a jadear rápidamente, como si estuviese corriendo, y luego respiraba profundamente, hinchándose, con un sentimiento íntimo de dominio del destino. De cuando en cuando oía los desnudos pies del serang que se arrastraban por allá arriba; voces tranquilas y bajas intercambiaban unas pocas palabras y caían casi enseguida en el silencio.

– Serang, avísame en cuanto avistes tierra.

– Sí, Tuan. Todavía no.

– No, todavía no -asentía el capitán Whalley.

El barco había sido el mejor amigo de su decadencia. Todo el dinero que había conseguido en y gracias al Sofala se lo había mandado a la hija. Su pensamiento se detuvo al mentar a ésta. Cuántas veces habían hablado la mujer y él inclinados sobre su cuna en el gran camarote de popa del Cóndor; crecería, se casaría, les querría, vivirían cerca de ella contemplando su felicidad… así siempre. Y bien, la esposa había muerto, a la hija le había dado todo lo que tenía; esperaba poder ir donde ella algún día, verla, ver una vez más su cara, vivir con el sonido de su voz, que podía hacer soportable la negrura de la tumba viviente que le aguardaba. Llevaba demasiado tiempo privado de cariño. Imaginaba la ternura de la hija.

El serang había estado escudriñando a proa, y de cuando en cuando echaba una mirada a la butaca. Iba inquieto de un lado para otro y, de repente, estalló, al lado mismo del capitán.

– Tuan, ¿ve usted tierra por alguna parte?

Aquella voz alarmada puso en pie inmediatamente al capitán. ¡El! ¡Ver! Ante aquella pregunta, la maldición de su ceguera pareció aplastarle con fuerza redoblada.

– ¿Qué hora es? -gritó.

– Las tres y media, Tuan.

– Estamos cerca. Tenemos que ver tierra. Mira, te digo. Mira.

Mr. Massy, despertado por el repentino ruido de voces cuando dormitaba en el peldaño inferior, se preguntó qué hacía allí. ¡Ah! Sintió un desmayo. Una cosa es sembrar la semilla de un accidente y otra muy distinta ver que el fruto monstruoso pende sobre la cabeza de uno a punto de caer por el temblor de una voz agitada.

– No hay peligro -musitó con energía para sí.

El horror de la incertidumbre se había apoderado del capitán Whalley. La miserable desconfianza en los hombres, en las cosas… en la tierra misma. Había dirigido aquella ruta treinta y seis veces con el mismo rumbo. Si de algo estaba seguro en el mundo era de la absoluta e infalible corrección del rumbo. Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Mentía el serang? ¿Y por qué mentía? ¿Por qué? ¿Se estaría volviendo ciego también?

– ¿Hay niebla? Mira por abajo, encima mismo del agua. Muy abajo, te digo.

– Tuan, no hay nada de niebla. Observe usted mismo.

El capitán Whalley reprimió con un esfuerzo el temblor de las piernas. ¿Debería parar las máquinas inmediatamente y rendirse? El sabor de la indecisión hacía bailar en su mente todas las nociones firmes. Se había producido lo inusual, y no estaba en condiciones de afrontarlo. En aquel instante de inexpresable angustia vio el rostro de ella -la cara de una niña- con una tremenda fuerza de sugestión. No, no tenía que rendirse después de haber llegado tan lejos por mor de ella.

– ¿Has mantenido el rumbo? Dime la verdad.

– Sí, Tuan. Estamos en la ruta. Mire.

El capitán Whalley se dirigió a la bitácora, que para él constituía un débil punto de luz en medio de una infinita sombra amorfa. Antes, agachándose para mirar muy de cerca, era capaz…

Como tenía que agacharse tanto sacó instintivamente el brazo para donde sabía se encontraba un poste y asirse a el. La mano dio con algo que no era madera, sino ropa. Al aumentar el peso con el leve empujón, el garfio se rompió y la chaqueta de Mr. Massy cayó a cubierta con sordo ruido, acompañado por unos repiqueteos.

– ¿Qué es esto?

El capitán Whalley se arrodilló extendiendo las manos abiertas en un gesto de ceguera ostensible. Aquellas manos temblaban buscando la verdad. La vio. Hierro cerca de la bitácora. Curso errado. ¡Hundirlo! Su barco. ¡Ah, no! Eso no.

– ¡Corre a pararlo! -rugió con una voz que no era la suya.

El mismo corrió… con las manos por delante, como un ciego, y mientras el clamor del gong resonaba en todo el barco, éste pareció erguirse para embestir el flanco de una montaña.

Había marea baja en toda la parte norte del estrecho. Mr. Massy no había prestado atención a esto. En lugar de embarrancar medio casco, el Sofala chocó con el filo agudo de un acantilado que hubiera quedado cubierto por la marea alta. Con esto, el choque fue absolutamente terrible. Derribó a todos los que estaban en pie en el buque; las jarcias rotas azotaban hasta los motones. Todas las luces se apagaron. Varios tirantes saltaron y daban contra la chimenea; se oían choques, cables que estallaban, ruidos de astillado y de grandes quiebras; el farol del mástil saltó de las argollas volando, y todas las puertas de cubierta echaron a abrirse y cerrarse con estruendo. Luego, el barco, reboteado, volvió a chocar en el mismo lugar como un ariete. Con esto se consumó la ruina: la chimenea, soltados todos dos tirantes, se derrumbó con un estrépito vacío de trueno, haciendo añicos la rueda del timón, aplastando el armazón de los toldos, rompiendo los compartimentos estancos, llenando el puente de una masa de maderamen roto. El capitán Whalley se puso en pie, con los escombros hasta la rodilla, zarandeado, sangrando, consciente del peligro de que había escapado sobre todo por el sonido, y sosteniendo en el brazo la chaqueta de Mr. Massy.

Para entonces Sterne (que había caído del jergón rodando) había puesto marcha atrás. Las máquinas dieron unos cuantos giros, y luego una voz aulló:

– ¡Salga de la condenada sala de máquinas, Jack?

…y se pararon! Pero el barco se había soltado del acantilado y estaba quieto, emanando espesas nubes de humo de los tubos rotos de cubierta y desvaneciéndose en la noche con formas frágiles. A pesar de lo repentino del desastre nadie gritaba, como si la propia violencia del choque hubiese medio atontado a la sombría serie de gente que iban de un lado para otro por las cubiertas. La voz del serang se dejó oír clara por encima de los murmullos confusos.

– No da con fondo -había recogido la sonda.

A continuación gritó Mr. Sterne con timbre agudo y forzado.

– ¿A dónde diablos fue a parar el barco? ¿Dónde estamos?

El capitán Whalley replicó con voz grave y pausada.

– Entre los escollos del Este.

– ¿Es cierto eso, señor? Entonces, nunca saldrá de aquí.

– En cinco minutos se habrá ido a pique. Botes Sterne. Con esta calma, uno solo podría salvarles a todos.

Los fogoneros chinos se dirigían desordenadamente hacia los botes de babor. Los malayos, tras un momento de confusión, se quedaron quietos, y Mr. Sterne mostró un gran aplomo. El capitán Whalley no se había movido. Sus pensamientos eran negros en aquella noche en que había perdido el primer barco.

– Me hizo perder un barco.

Otra silueta alta situada ante él, entre los escombros del puente, susurró insanamente:

– No diga nada de esto.

Massy se acercó, tropezando. El capitán Whalley oyó el rechinar de sus dientes.

– Tengo la chaqueta.

– Échela y vámonos -acució la voz temblorosa-. ¡B-b-b-bote!

– Esto le va a costar cinco años.

Mr. Massy había quedado mudo. Sus palabras quedaban en mero carraspeo.

– ¡Tenga piedad!

– ¿La tuvo usted cuando me hizo perder el barco? Mr. Massy, ¡esto le va a costar cinco años!

– ¡Necesitaba dinero! ¡Dinero! ¡Mi propio dinero! Le daré parte a usted. Quédese la mitad. A usted también le gusta el dinero.

– Pero hay una justicia…

Massy hizo un esfuerzo terrible, y consiguió exclamar a espasmos, extrañamente:

– ¡Condenado ciego! ¡Fue usted el que me empujó a esto!

El capitán Whalley, apretando la chaqueta contra el pecho, no dijo nada. La luz había desaparecido del mundo para siempre… que se hundiese todo. Pero aquel hombre no debía escapar impune.

La voz de Sterne daba órdenes:

– ¡Bajadlo!

Las poleas crepitaron.

– ¡Ahora! -gritó-. Bajad vosotros. Por ahí. Usted Jack, aquí. ¡Mr. Massy! ¡Mr. Massy! ¡Capitán! ¡Rápido, señor! Vámonos.

– Yo iré a la cárcel por tratar de estafar a la compañía, pero usted quedará en la miseria; usted, el hombre honrado que ha estado engañándome. Usted es pobre, ¿no? No tiene más que las quinientas libras. Pues bien, ahora ya no tiene nada: el barco se ha perdido, y el seguro no va a pagar.

El capitán Whalley no se movió. ¡Cierto! El dinero de Ivy. Perdido en el naufragio. Tuvo de nuevo un relámpago de lucidez. Estaba realmente llegando al fin del camino.

Voces acuciantes gritaron a la vez junto al casco. Massy no parecía capaz de apartarse del puente. Mascullaba frases ininteligibles, silbaba.

– ¡Entrégueme esto! ¡Entréguemelo!

– No -dijo el capitán Whalley-. No puedo dárselo. Será mejor que se vaya. Si quiere vivir, no se quede aquí. Está hundiéndose por la proa muy rápido. No; me voy a quedar con esto, pero permaneceré a bordo.

Massy no parecía comprender; pero el amor a la vida, despertado repentinamente, le apartó del puente.

El capitán Whalley dejó la chaqueta en el suelo, y avanzó por entre los escombros hacia el flanco.

– ¿Está Mr. Massy con usted? -gritó en la noche.

Le contestó la voz de Sterne desde el bote:

– Sí, ya le tenemos. Véngase, señor. Es una locura quedarse más tiempo.

El capitán Whalley palpó cuidadosamente la batayola, y sin decir palabra, soltó el cabo del bote. Todavía estaban esperándole abajo. Le esperaron hasta que, de repente, una voz exclamó:

– ¡Estamos a la deriva! ¡Fuera!

– ¡Capitán Whalley! ¡Salte…! Dése un pequeño impulso…, ¡salte! Puede usted nadar.

En aquel corazón viejo y aquel cuerpo vigoroso, había un horror a la muerte que, al parecer, no podía ser superado por el horror a la ceguera. Pero, al fin y al cabo, por Ivy había llegado hasta ese punto, caminando a obscuras hasta el borde mismo de un crimen. Dios no había escuchado sus plegarias. La luz había acabado por desaparecer del mundo; ni un destello. Una inmensa negrura solitaria; pero era inverosímil que un Whalley que había llegado tan lejos para conseguir algo, siguiese con vida. Tenía que pagarlo.

– Salte lo más lejos que pueda, señor; le recogeremos. No le oyeron responder. Pero sus gritos parecieron recordarle algo. Deshizo el camino recorrido, y buscó la chaqueta de Mr. Massy. Sin duda, podría nadar. Gente arrastrada por el remolino de un barco al hundirse vuelven a veces a la superficie, y era impensable que un Whalley que había decidido morirse se viese empujado por el azar a la lucha. Se puso todos aquellos trozos de hierro en los bolsillos.

Los otros, mirando desde el bote, vieron el Sofala, negra mole en mitad de un mar negro, inclinado de forma sorprendente. No se oía en el ningún sonido. Luego, con un insólito ruido de resbalón, como si las calderas se hubiesen abierto paso por las mamparas y con una detonación sorda, donde había estado el barco apareció por un instante algo delgado que se elevaba, como una roca que saliese del mar. Luego, desapareció también eso.

Cuando el Sofala faltó a la cita regular en Batu Beru, Mr. Van Wick comprendió inmediatamente que nunca volvería a verlo. Pero ignoraba lo sucedido hasta que algunas semanas más tarde el sultán le dejó una embarcación nativa para que se llegase al puerto de registro del Sofala, donde empezaba ya a olvidarse la existencia del buque y la investigación oficial sobre su pérdida.

No había sido un caso notable ni interesante, salvo por el hecho de que el capitán se había hundido con el barco. Era la única vida que se perdiera; y Mr. Van Wick no hubiera podido enterarse de ningún detalle de no ser por Sterne, con quien tropezó cierto día en el muelle cercano al puente del riachuelo, casi en el mismo lugar a donde se había dirigido el capitán Whalley en busca de un sampán que le llevase al Sofala para preservar intactos las quinientas libras de su hija.

Desde lejos, Mr. Van Wick vio que Sterne le guiñaba el ojo y se llevaba la mano al sombrero. Se refugiaron en la sombra de un edificio (un banco), y el segundo relató la llegada de los botes a la bahía de Pangu con la tripulación a bordo unas seis horas después del accidente, y cómo habían vivido desprovistos de todo un par de semanas, hasta que encontraron medios para salir de aquel lugar de bestias. La investigación había eximido de culpa a todos. La pérdida del barco fue atribuida a una desviación inusual de la corriente. Y, realmente, no podía haber sido otra cosa: no había forma de explicar que el barco se encontrase a siete millas al este de su posición durante la guardia de medianoche.

– He tenido muy mala suerte, señor.

Sterne se pasó la lengua por los labios y miró de reojo.

– He perdido la fortuna de que me emplease usted, señor. Sumamente lamentable. Pero ahí tiene: el veneno de uno es comida para otro. A Mr. Massy no le hubiera podido resultar más oportuno; ni que el naufragio lo hubiese preparado él. Es la pérdida más oportuna que oí en la vida.

– ¿Y qué se ha hecho de ese Massy? -preguntó Mr. Van Wick.

– ¿Ese, señor? ¡Ja, ja! Andaba contándome que se compraría otro barco; pero en cuanto tuvo el dinero en el bolsillo se fugó a Manila en el primer vapor de la mañana. Le perseguí a bordo, y me dijo que iba a poner a buen recaudo su fortuna en Manila. Por su parte, yo podía irme al diablo. Y, sin embargo, bien me había prometido darme el mando de un barco si no hablaba más de la cuenta.

– Usted no diría nada… -empezó Mr. Van Wick.

– No señor. ¿Por qué iba a hacerlo? Yo pretendo abrirme camino, pero los muertos no son ningún obstáculo -dijo Sterne. Sus párpados subían y bajaban rápidamente, y quedaron un instante cerrados-. Además, señor, hubiera sido mal negocio. Usted me hizo callar la boca algo más tiempo de lo preciso.

– ¿Sabe usted cómo fue que el capitán Whalley se quedó a bordo? ¿Se negó realmente a abandonar el barco? ¡Vamos! ¿O fue tal vez un casual…?

– ¡Nada! -Sterne le interrumpió con energía-. Le digo que yo le grité que saltase por la borda. Y la verdad, tuvo que ser él mismo el que soltase el cabo del bote. Todos nosotros, le gritamos… es decir, Jack y yo. Ni siquiera nos contestó. Al final el barco estaba más silencioso que una tumba. Luego las calderas saltaron, y se hundió. ¡Accidente! ¡De ningún modo! La partida se había terminado, señor, yo se lo dije. Era todo lo que Sterne tenía que decir.

Naturalmente, Mr. Van Wick fue recibido como huésped en el club durante dos semanas, y allí fue donde encontró al abogado en cuyo bufete se había firmado el acuerdo entre Massy y el capitán Whalley.

– Un viejo extraordinario -dijo-. Apareció en mi despacho como llovido del cielo, con sus quinientas libras a invertir, y con aquel maquinista que le pisaba los talones ansioso. Ahora ha desaparecido de manera un tanto inexplicable, lo mismo que se había presentado. Nunca conseguí comprenderle completamente. En cuanto a Massy no había misterio alguno, ¿eh? Me preguntó si Whalley se negaría a abandonar el barco. Hubiera sido una locura. No tenía ninguna culpa, y así lo estableció el tribunal.

Mr. Van Wick le había conocido muy bien, dijo, y no podía creer que se tratase de un suicidio. Un acto de este tipo no encajaba con lo que sabía de aquel hombre.

– Lo mismo opino yo -asintió el abogado. La teoría más extendida era que el capitán había permanecido demasiado tiempo a bordo tratando de salvar algo de importancia. Tal vez el mapa que demostraría su inocencia, o algo de valor que tuviese en el camarote. El cabo del bote se habría desprendido solo, a lo que suponían. Sin embargo, cosa bien extraña, algún tiempo antes de ese viaje el pobre Whalley había acudido a su bufete para confiarle un sobre sellado dirigido a su hija, remitir en caso de que él muriese. De todos modos, no era nada fuera de lo común, particularmente en un hombre de su edad. Mr. Van Wick meneó la cabeza. El capitán Whalley tenía aspecto de quien va a llegar a los cien.

– Totalmente cierto -asintió el abogado-. Parecía como si ese viejo hubiese venido al mundo ya crecido y con esa barba. En cierto modo, era imposible imaginarle más joven ni más viejo…, ¿sabe usted? Daba una sensación de fuerza física notable. Y tal vez fuese ése el secreto de aquel aire peculiar de su persona que sorprendía a todo el que entraba en contacto con él. A uno se le antojaba que ninguno de los medios que ponen fin a la vida de cualquiera de nosotros pudiese destruirle. Sus modales, deliberada y majestuosamente corteses, estaban llenos de significado. Como si estuviese convencido de que le sobraba tiempo para todo. Sí, había en él algo indestructible; y la forma en que hablaba a veces podía inducir a pensar que él lo creía así. Cuando vino a verme por última vez con aquella carta que quería encomendarme, no estaba en modo alguno deprimido. Tal vez algo más reflexivo en su habla y porte. Pero deprimido, no, en absoluto. Me pregunto si tendría algún presentimiento. ¡Quién sabe! De todos modos, ese final parece demasiado miserable para un personaje tan espléndido.

– ¡Oh, sí! Fue un fin miserable -dijo Mr. Van Wick, con tanto ardor que el abogado levantó la mirada, curioso, para observarle; y luego, tras despedirse de él, le comentó a un amigo.

– Ese plantador holandés de tabaco de Batu Beru es un personaje curioso. ¿Sabe algo de él?

– Tiene montañas de dinero -contestó el gerente bancario-. Se dice que en el próximo vapor va a ir a la metrópoli a formar una sociedad que se haga cargo de sus tierras. Ha abierto otro distrito tabaquero. Creo que sabe lo que se hace. Estos tiempos de prosperidad no van a ser eternos.

En el Hemisferio Sur la hija del capitán Whalley no tenía ningún presentimiento de desgracias cuando abrió el sobre que le llegaba, escrito de puño y letra del abogado. Lo había recibido después de comer; todos los huéspedes habían salido, los chicos estaban en la escuela, y el marido sentado en el piso de arriba en el gran sillón, con un libro, chupado el rostro y envuelto en mantas hasta el pecho. La casa estaba en calma, y la grisura de un día nublado se pegaba a los cristales de las ventanas. En la sombría salita, donde todo el año flotaba un leve olor frío a platos, sentada en el extremo de una larga mesa rodeada por numerosas sillas con el respaldo pegado al mantel siempre puesto, leyó las frases introductorias: «Lamento profundamente… un deber doloroso… su padre ha dejado de existir… de acuerdo con sus instrucciones… una casualidad fatal… consuelo… no empañe su recuerdo…

Tenía el rostro demacrado, las sienes un poco hundidas bajo los mechones suavísimos de pelo negro, los labios permanecieron absolutamente apretados mientras los obscuros ojos se ensanchaban, hasta que, al fin, con un grito apagado, se levanto y al instante tuvo que agacharse a recoger otro sobre que se se había caído de las rodillas al suelo.

Lo rasgó, y cogió ávidamente el contenido…

«Queridísima niña -decía-, te escribo esto aprovechando que todavía soy capaz de escribir de forma legible. Me estoy esforzando por guardarte todo el dinero que me queda; sólo lo tengo para servirte mejor. Es tuyo. No tiene que perderse; no hay que tocarlo. Son quinientas libras. Hasta ahora no me he reservado nada de lo que gano. En cuanto al futuro, si vivo, tendré que guardarme algo, un poco, para poder ir a donde tú. Tengo que ir. Tengo que verte otra vez.

»Es duro pensar que algún día puedas leer estas líneas. Dios parece haberme olvidado. Quiero verte… y, sin embargo, la muerte sería el mayor favor. Si alguna vez lees estas palabras, te ruego que ante todo des gracias a un Dios que al cabo se habrá mostrado misericordioso, pues estaré muerto, y eso estará bien. Querida, estoy en las últimas.»

El siguiente párrafo empezaba con las palabras:

«La vista se me va…».

Aquel día, la hija no pudo leer más. La mano que sostenía el papel pegado a sus ojos cayó lentamente, y su entera figura con vestido negro liso caminó rígida hacia la ventana. Tenía los ojos secos; de sus labios no partió hacia el cielo ningún grito de pena, ningún susurro de gracias. La vida había sido demasiado dura, a pesar de todo lo que su amor se esforzara. Había silenciado sus emociones. Pero, por primera vez en todos aquellos años, había desaparecido su estigma, el agobio de la pobreza que la carcomía, los apuros de la dura lucha por el pan. Incluso parecieron desvanecerse en la media luz del atardecer la imagen del marido y de los hijos; sólo veía el rostro de su padre, como si hubiese ido a verla, siempre tranquilo y grande, tal como le viera la última vez, pero con aspecto un tanto más augusto y tierno.

Se guardó la carta doblada entre los dos botones del liso corpiño negro, y apoyando la frente en el cristal de la ventana permaneció allí hasta que anocheció, totalmente inmóvil, dedicándole todo el tiempo de que podía disponer. ¡Se había ido! ¿Era posible? Dios mío, ¿era posible? El golpe había llegado amortiguado por los vastos espacios terráqueos, por años de ausencia. Había habido días enteros en que no le había dedicado ni un pensamiento… no tenía tiempo. Pero le amaba, y sentía que al fin y al cabo, le había amado siempre.