/ Language: Español / Genre:thriller

Reunion in Death Traducido

J. Robb

Walter Pettibone llegó a su casa a las 7:30 p.m. para encontrarse con su familia y un centenar de amigos que le recibieron con el grito de <<¡Sorpresa!>>. Era su fiesta de cumpleaños. Y, aunque no tenía idea de la fiesta que le habían organizado, la verdadera sorpresa estaba por llegar. A las 8:45 p.m., una mujer con ojos del color de las esmeraldas y cabello rojo le entregó una copa de champán. Y un sorbo del burbujeante líquido después… Walter estaba muerto. El nombre de la mujer es Julia Dockport y nadie en la fiesta sabe quién es. Pero la detective Eve Dallas la recuerda muy bien. Diez años atrás, Eve fue la responsable de la encarcelación de Julie. Y ahora, liberada por buena conducta, sigue teniendo las mismas intenciones de antaño. Parece que quiere encontrarse de nuevo con Eve… en una reunión que ninguna olvidará…

J. D. Robb

Reunion in Death Traducido

Book 16 of the Eve Dallas Mysteries

El veneno más seguro es el tiempo.

– Emerson

CAPITULO 1

La muerte estaba trabajando. La muerte era una seria tarea para el asesino, la víctima, para los sobrevivientes. Y para aquellos que se mantenían de la muerte. Algunos hacían el trabajo devotamente, otros con descuido.

Y para algunos, el asesinato era un trabajo de amor.

Cuando dejó su condominio en Park Avenue para su regular paseo matutino, Walter C. Pettibone era plenamente feliz, sin tener conciencia de que estaba en sus últimas horas de vida. Era un robusto sesentón y un astuto hombre de negocios que había incrementado su ya considerable fortuna familiar a través de las flores y el sentimentalismo.

Era rico, saludable, y justo alrededor de un año atrás había adquirido una esposa joven y rubia que tenía el apetito sexual de un doberman ardiente y el cerebro de un repollo.

Su mundo, en la opinión de Walter C. Pettibone, era exactamente como quería.

Había deseado y tenido dos hijos de su primer matrimonio los que un día llevarían adelante el negocio que él había heredado de su padre. Mantenía una razonablemente amistosa relación con su ex, una mujer fina y sensible, y su hijo e hija eran individuos agradables e inteligentes que lo hacían sentir orgulloso y satisfecho.

Tenía un nieto que era la luz de sus ojos.

En el verano de 2059, “El mundo de las flores” era una empresa intergaláctica mayor con floristas, horticultores, oficinas y viveros dentro y fuera del planeta.

Walter amaba las flores. Y no sólo por su margen de beneficios. El amaba sus olores, los colores, las texturas, la belleza del follaje y la flor y el simple milagro de su existencia.

Cada mañana debía visitar a un puñado de floristas, controlar la existencia, los arreglos, y sólo olfatear y conversar y perder tiempo entre las flores y la gente que las amaba.

Dos veces a la semana se levantaba antes del amanecer para acudir a los mercados de jardinería fuera de la ciudad. Ahí podía vagar y entretenerse, hacer los pedidos o criticar.

Era una rutina que raramente variaba en el curso de un medio siglo, y de la que nunca se cansaba.

Hoy, después de una hora o más entre los macizos de flores, entró en las oficinas de su corporación. Le dedicó más tiempo de lo usual a los pedidos para darle a su esposa el tiempo y el espacio para terminar los preparativos de su propia fiesta de cumpleaños sorpresa.

Lanzó una risita al pensar en eso.

Su corazoncito no podría mantener un secreto a menos que le abrocharan los labios juntos. El había sabido de la fiesta por semanas, y estaba esperando la noche con el regocijo de un niño.

Naturalmente actuaría sorprendido y había incluso practicado expresiones atónitas en su espejo solo esta mañana.

Entonces Walter entró en su rutina diaria con una sonrisa en las esquinas de su boca sin tener idea de cómo iba a ser sorprendido.

Eve dudaba de haberse sentido mejor en su vida. Descansada, recargada, segura y liberada, se preparaba para su primer día de regreso al trabajo después de dos semanas de vacaciones maravillosamente libres de exigencias donde las más fastidiosas tareas que había enfrentado habían sido comer o dormir.

Una semana en la villa en México, la segunda en una isla privada. Y en ambos lugares no habían faltado oportunidades de sol, sexo y siestas.

Roarke había tenido razón otra vez. Ellos necesitaban un tiempo juntos. Fuera. Ambos necesitaban un período de descanso. Y si la forma en que se sentía esa mañana era alguna indicación, habían hecho su trabajo.

Ella se paró frente a su guardarropas, frunciendo el ceño ante la jungla de ropas que había adquirido desde su casamiento. No quiso pensar que su confusión se debía al hecho de que había pasado la mayor parte de los últimos catorce días desnuda o casi. A menos que estuviera muy equivocada, el hombre había organizado poner disimuladamente más ropa en él.

Extrajo una larga falda azul en un tipo de material que parecía chisporrotear y destellar al mismo tiempo. -Había visto esto antes?

– Es tu guardarropas. -En el área de sillones del dormitorio, Roarke revisaba los reportes financieros en la pantalla de pared, mientras disfrutaba de una taza de café. Pero le lanzó una mirada. -Si estás planeando vestir eso hoy, el elemento criminal de la ciudad va a quedar muy impresionado.

– Hay más cosas aquí de las que había hace dos semanas atrás.

– En serio? No imagino como fue que sucedió.

– Debes parar de comprarme ropa.

El se agachó para levantar a Galahad, pero el gato volvió la nariz en el aire. Se había mostrado ofendido desde el momento en que retornaran la noche anterior. -Porque?

– Porque es embarazoso. -Murmuró y se metió adentro para encontrar algo razonable para vestir.

El sólo le sonrió, observando como ella extraía un top sin mangas y pantalones para deslizarlos sobre el cuerpo largo y esbelto que nunca paraba de desear.

Estaba bronceada, de un oro pálido, y el sol había intensificado los mechones rubios en su corto cabello castaño. Se vistió rápida y económicamente, con el aire de una mujer que nunca pensaba en la moda. Sería por eso, supuso él, que nunca podía resistirse a apilar moda sobre ella.

Ella había descansado en el tiempo que pasaron juntos afuera, pensó. Había visto hora tras hora, día tras día, como las nubes de fatiga y preocupación se deslizaban fuera de ella. Ahora había luz en sus ojos color Whisky, y un brillo saludable en su rostro estrecho y de finos huesos.

Y cuando se puso el arnés con el arma, hubo un gesto en su boca, amplia y generosa, que le dijo a él que la teniente Eve Dallas estaba de regreso. Y lista para patear algunos culos.

– Porque será que una mujer armada me excita?

Ella le disparó una mirada, buscando en el armario una chaqueta liviana. -Córtala. No voy a llegar tarde a mi primer día de regreso porque tienes alguna calentura residual.

Oh, sí, pensó él levantándose. Ella estaba de regreso. -Querida Eve. -El contuvo, apenas, una mueca de dolor. -Esa chaqueta no.

– Que? -Ella se detuvo en el acto de meter su brazo en una manga. -Es un verano pesado, esto cubre mi arma.

– Eso no va con esos pantalones. -Se detuvo en el guardarropas, buscó y extrajo otra chaqueta del mismo material que los pantalones caqui. -Esta es la correcta.

– No estoy planeando hacer un video de tiros. -Pero se la cambió porque era más fácil que discutir.

– Aquí. -Después de otra incursión en el guardarropa, él salió con un par de botas cortas de rico cuero marrón claro.

– De donde vinieron esas?

– Las hadas del guardarropa.

Ella frunció el ceño a las botas, con sospecha, señalando los dedos de los pies. -No necesito botas nuevas. Las viejas no están rotas del todo.

– Es un término educado para lo que eran. Trata con éstas.

– Sólo voy a arruinarlas. -murmuró, pero se sentó en el brazo del sofá para ponérselas. Se deslizaron en sus pies como manteca. Eso hizo que lo mirara estrechamente. Probablemente las había mandado a hacer a mano para ella en una de sus innumerables fábricas y seguramente costaban más de lo que un policía de homicidios de New York ganaba en dos meses. -Mira esto. Las hadas del guardarropa parecen conocer mi número de zapato.

– Una cosa asombrosa.

– Supongo que es inútil decirle que un policía no necesita botas tan caras que probablemente hayan sido cosidas a mano por alguna pequeña monja italiana, cuando esté trabajando contra reloj en el campo escarbando o golpeando puertas.

– Ellas tienen sus propias ideas. -Le deslizó la mano a través de su pelo, tirando lo suficiente para pegar la cara de ella a la de él. -Y te adoran.

Hizo que su estómago cayera escuchándolo decir eso, viendo su rostro cuando lo hacía. Ella a menudo pensaba porque no se ahogaba en esos ojos, en todo ese salvaje y perverso azul.

– Eres tan malditamente hermoso. -No había pensado decirlo en voz alta, por lo que casi saltó ante el sonido de su propia voz. Y observó el destello de su sonrisa, rápida como un disparo cruzar por el rostro que parecía una pintura o un grabado en piedra, con sus huesos fuertes y su seductora boca de poeta.

Joven Dios irlandés, supuso que podría ser el título. No habían sido los dioses seductores, implacables y protegidos por su propio poder?

– Tengo que irme. -Ella se paró con rapidez, él también se puso de pie por lo que sus cuerpos chocaron. -Roarke.

– Sí, es volver a la realidad para ambos. Pero… -Su manos bajaron por los costados de ella, en un movimiento largo y posesivo que la hizo recordar, demasiado claramente, justo lo que aquellos rápidos y hábiles dedos eran capaces de hacerle a su cuerpo. -Creo que podemos tomarnos un momento para me des un beso de despedida.

– Quieres que te de un beso de despedida?

– Lo quiero, sí. -Había un toque de diversión y de irlandés en el tono que hizo que ella sacudiera la cabeza.

– Seguro. -En un movimiento tan rápido como su sonrisa, tomó puñados del negro cabello que casi caía hasta los hombros, tironeando, y luego estampó su boca contra la de él.

Sintió que el corazón de él saltaba como lo hacía el suyo. Un golpe de calor, de reconocimiento, de unidad. Y ante el sonido de placer que él emitió, ella se volcó entera en el beso, llevándolos a ambos rápido y profundo con una pequeña guerra de lenguas, un rápido pellizco de dientes.

Luego lo empujó hacia atrás, poniéndose ágilmente fuera de su alcance. -Nos vemos, as. -le gritó mientras atravesaba la habitación.

– Que tengas un buen día, teniente. -El lanzó un largo suspiro, y luego se sentó en el sofá. -Ahora, -le dijo al gato- cuanto me va a costar para que volvamos a ser amigos?

En la Comisaría Central, Eve trepó a un deslizador hacia Homicidios. E inspiró hondo. No tenía nada contra los dramáticos precipicios del oeste de México o las calmadas brisas de las islas tropicales, pero había extrañado el aire de ahí: el olor a sudor, café malo, recios desinfectantes y por encima de todo, las poderosas energías que se formaban del enfrentamiento entre policías y criminales.

El tiempo fuera sólo le había afilado los sentidos ante el estruendo sordo de demasiadas voces hablando a la vez, el todavía tranquilo y discordante pitido y zumbido de los enlaces y comunicadores, el apuro de la gente haciendo algo importante para quien fuera.

Escuchó a alguien gritando obscenidades tan rápido que cayeron juntas en un vicioso guiso de palabras que era música para sus oídos.

Bienvenida a casa, pensó alegremente.

El trabajo había sido su hogar, su vida, su simple definición de propósitos antes de Roarke. Ahora que estaba con él, o tal vez porque lo tenía a él, permanecía siendo una parte esencial de lo que ella era.

Una vez ella había sido una víctima indefensa, usada y quebrada. Ahora, era una guerrera.

Entró en la sala de detectives, lista para pelear cualquier batalla que le pusieran delante.

El detective Baxter levantó la vista de su trabajo, y lanzó un silbido bajo. -Guau, Dallas. Hubba-hubba.

– Que? -Confundida, ella miró por sobre el hombro, y luego cayó en que la sonrisa lasciva de Baxter era para ella. -Eres un hombre enfermo, Baxter. Es tranquilizador ver que algunas cosas no cambian.

– Tú eres la que está totalmente cambiada. -El se puso de pie, rodeando los escritorios. -Bonito -agregó, acariciando la solapa de ella con los dedos. – Eres un verdadero muestrario de modas, Dallas. Para vergüenza del resto de nosotros.

– Es sólo una chaqueta -murmuró ella, mortificada. -Córtala.

– Te has bronceado, también. Te hicieron un trabajo de cuerpo completo?

Ella le mostró los dientes en una sonrisa feroz. -Quieres que te patee el culo?

Divirtiéndose, él apuntó con el dedo. -Y que es eso en tus orejas?-Cuando ella levantó la mano, confundida, él parpadeó como sorprendido. -Vaya, me imagino que esos son pendientes. Y son realmente bonitos también.

Ella había olvidado que los tenía puestos. -Quieres decir que los criminales de repente han parado de matar mientras yo estaba fuera por lo que pierdes tu tiempo parado aquí criticando mi guardarropas?

– Sólo estoy deslumbrado, teniente. Absolutamente deslumbrado desde tu impactante presentación. Botas nuevas?

– Muérdeme. -Ella se volvió y siguió su camino ante la sonrisa de él.

– Y ella ha vuelto! -anunció Baxter con un aplauso.

Cretinos, pensó ella cuando se dirigía a su oficina. El Departamento de Policía y Seguridad de New York estaba poblado por un manojo de cretinos.

Jesús, como los había extrañado.

Entró en su oficina, y se paró en seco, apenas un paso más allá del umbral, parpadeando.

Su escritorio estaba despejado. Más aún, estaba limpio. De hecho, el lugar entero estaba limpio. Como si alguien hubiera venido y chupado todo el polvo y la mugre y luego hubiera lustrado lo que quedaba detrás. Con sospecha, pasó un pulgar por la pared. Sí, era definitivamente pintura fresca.

Estrechando los ojos, entró en la habitación. Era un espacio pequeño con una pequeña ventana, un escritorio abollado y ahora lustrado, y un par de sillas con los muelles rotos. El archivador, ahora brillante, había sido despejado. Una planta verde que aparentemente prosperaba, estaba encima de él.

Con un gemido de angustia, saltó hasta el archivador, tirando de un cajón para abrirlo.

– Lo sabía, lo sabía, lo sabía. El bastardo me lo sacó otra vez.

– Teniente?

Gruñendo, Eve miró hacia atrás. Su ayudante estaba parada en la puerta, tan ordenada como la habitación con su almidonado uniforme de verano.

– El maldito ladrón de caramelos encontró mi reserva.

Peabody frunció los labios. -Tenías caramelos en el archivero. -Inclinó su cabeza- Debajo de la M?

– M por mío, maldita sea -Molesta, Eve cerró el cajón de un empujón. -Olvidé sacarlo antes de irme. Que demonios pasó aquí, Peabody? Tuve que leer el nombre en la puerta para asegurarme que era mi oficina.

– Una vez que te fuiste pareció un buen momento para limpiar y pintar. Había una bonita mugre aquí.

– Yo quería usarlo así. Donde están mis cosas? -demandó- Tenía algunos pendientes, algunos cinco, y los reportes de los EM y los barredores del caso Dunwood deberían haber llegado mientras estaba fuera.

– Me ocupé de eso. Hice los cinco y cerré los pendientes, y archivé los reportes. -Ella mostró la sonrisa que danzaba en sus ojos oscuros. -Tuve algo de tiempo en mis manos.

– Hiciste el papeleo?

– Sí, señor.

– Y arreglaste para hacer la limpieza de mi oficina?

– Creo que había organismos multicelulares criándose en las esquinas. Están muertos ahora.

Lentamente Eve deslizó sus manos en los bolsillos, hamacándose en los talones. -Esta no debería ser tu forma de decirme que cuando estoy aquí no te doy tiempo para ocuparte de los asuntos diarios.

– Absolutamente no. Bienvenida de regreso, Dallas. Y tengo que decirte que, wow, te ves realmente tremenda. Elegante traje.

Eve se dejó caer en la silla de su escritorio. -Como demonios me veo usualmente?

– Es una pregunta retórica?

Eve estudió el rostro cuadrado de Peabody, su aspecto robusto contenido por un cuenco de cabello oscuro. -Estoy tratando de pensar si extrañaba tu boca irónica. No, -decidió- Ni un poco.

– Aw, estaba segura de que lo harías. Grandioso bronceado. Imagino que pasaste un poco de tiempo empapada al sol y otras cosas.

– Supongo que lo hice. Y donde conseguiste el tuyo?

– Mi que?

– El bronceado, Peabody. Te diste con una lámpara de sol?

– No, lo conseguí en Bimini.

– Bimini, como la isla? Que demonios fuieste a hacer a Bimini?

– Bueno, tú sabes, de vacaciones como tú. Roarke sugirió que, ya que tú ibas a estar fuera, tal vez yo podría tomarme una semana fuera, también, y…

Eve leventó una mano. -Roarke sugirió?

– Si, él pensó que McNab y yo podríamos usar un poco de tiempo libre, entonces…

Eve sintió que el músculo bajo su ojo empezaba a saltar. Había tomado el hábito de hacerlo cada vez que pensaba demasiado duro sobre Peabody y la moderna relación con el Detective de la División Electrónica.

En su defensa, presionó los dedos contra él. -Tú y McNaB. En Bimini. Juntos.

– Bueno, tú sabes, ya que estamos tratando de que este asunto de somos-una-pareja encaje, parecía una buena idea. Y cuando Roarke dijo que podíamos usar uno de sus transportes y ese lugar que tiene en Bimini, saltamos.

– Su transporte. Su lugar en Bimini. -El músculo saltó contra sus dedos.

Los ojos brillando, Peabody dejó de lado su empaque lo suficiente para apoyar una cadera en la esquina del escritorio. -Hombre, Dallas, era absolutamente ultra. Parece un pequeño palacio o algo así. Tiene su propia cascada en la piscina, y un todoterreno, y unos hidroskys. Y la habitación principal tiene esa cama de gel que parece de la medida de Saturno.

– No quiero escuchar sobre la cama.-

– Y es realmente privado, además piensa que está justo en la playa, por lo que sólo retozamos desnudos como monos la mitad del tiempo.

– Y no quiero escuchar sobre retozar desnudos.

Peabody abultó la lengua contra la mejilla. -A veces estábamos solo medio desnudos. De todas formas, -dijo antes de que Eve chillara- fue mágico. Y quiero darle a Roarke algún tipo de regalo de agradecimiento. Pero ya que él tiene de todo, literalmente, no tengo idea. Pensé que tal vez podrías sugerirme algo.

– Esto es una tienda para policías o un club social?

– Vamos, Dallas. Estamos al día con el trabajo. -Peabody sonrió esperanzada. -Pensé que tal vez podría darle una de las bufandas que hace mi madre. Tú sabes, ella teje, y hace unos trabajos realmente buenos. Podría gustarle eso?

– Mira, él no va a esperar un regalo. No es necesario.

– Fue la mejor vacación que tuve jamás, en mi vida. Quiero que sepa lo mucho que lo aprecio. Significa mucho para mí, Dallas, que él haya pensado en eso.

– Si, él siempre está pensando. -Pero se ablandó, podía ayudarla. -A él realmente le impactaría tener algo hecho por tu madre.

– En serio? Es grandioso. Me voy a poner en contacto con ella esta noche.

– Ahora que hemos tenido nuestra pequeña reunión aquí, Peabody, tenemos algún trabajo para hacer?

– En realidad, estamos libres.

– Entonces traeme algún caso frío.

– Alguno en particular?

– Elige alguno de traficantes. Tengo que hacer algo.

– Estoy en eso. -Ella empezó a salir, y se detuvo. -Sabes cual es una de las mejores cosas de salir de vacaciones? Regresar.

Eve pasó la mañana picando a través de caso irresueltos, buscando un hilo que no hubiera sido tirado, un ángulo que no hubiera sido explorado. El único que le interesó fue la cuestión de una mujer de poco más de veintiséis años, Marsha Stibbs, que había sido encontrada sumergida en la bañera por su esposo, Boyd, cuando había regresado de una gira de negocios fuera de la ciudad.

En la superficie, parecía ser uno de esos trágicos y típicos accidentes caseros, hasta que el reporte de los EM había verificado que Marsha no se había ahogado, sino que había muerto antes que la última burbuja del baño.

Ya que se había metido en la bañera con un cráneo fracturado, ella no se había deslizado en la espuma y la fragancia por sus propios medios.

El investigador había levantado evidencia que indicaba que Marsha había estado teniendo un romance. Un paquete de cartas de amor de alguien que se señalaba a si mismo con la inicial C había estado oculto en el cajón de lencería de la víctima. Las cartas eran sexualmente explícitas y llenas de súplicas para que ella se divorciara de su esposo y se fuera con su amante.

De acuerdo al reporte, las cartas y su contenido habían shockeado al esposo y a cada entrevistado que había conocido a la víctima. La coartada del esposo había sido sólida, ya que tenía todos los comprobantes de respaldo.

Boyd Stibbs, un representante regional de una firma de artículos deportivos, era desde todas las apariencias, un clásico hombre americano, teniendo un ingreso levemente mejor que el promedio, casado por seis años con su novia del colegio quien había llegado a ser compradora para una tienda mayorista. A él le gustaba jugar fútbol los domingos, no bebía, no jugaba, ni tenía problemas con ilegales. No había una historia de violencia, y él había tomado voluntariamente una prueba de la verdad, que había pasado sin inconvenientes.

Ellos no tenían hijos, vivían en un tranquilo edificio de apartamentos de West Side, socializaban con un estrecho círculo de amigos, y hasta el momento de la muerte de ella habían mostrado todos los signos de tener un matrimonio sólido y feliz.-

La investigación había sido minuciosa, cuidadosa y completa. Todavía el primario no había podido encontrar ningún rastro del nombrado amante con la inicial C.

Eve enganchó a Peabody con el enlace interoficinas. – Ensilla, Peabody. Vamos a golpear algunas puertas. -Echó el enlace en su bolsillo, levantó la chaqueta del respaldo de su silla y salió.

– Nunca había trabajado con un caso frío antes.

– No pienses que está frío. -le dijo Eve. -Piensa que está abierto.

– Cuanto tiempo ha estado abierto este? -preguntó Peabody.

– Va para seis años.

– Si el tipo con que ella estaba teniendo el asunto extra-marital no ha aparecido en todo este tiempo, como vas a encontrarlo ahora?

– Un paso a la vez, Peabody. Lee las cartas.

Peabody las sacó de la bolsa de campo. Hacia la mitad de la primera nota, ella lanzó un Ouch! -Estas cosas son inflamables. -dijo, soplándose los dedos.

– Guárdalas.

– Estás bromeando? -Peabody meneó su trasero en el asiento. -No puedes detenerme ahora. Me estoy educando. -Ella continuó leyendo, abriendo mucho los ojos, tratando de tragar. -Jesus, creo que estoy teniendo un orgasmo.

– Gracias por compartir esa pieza de información. Que otra cosa puedes sacar de ellas?

– Una real admiración por la imaginación y la resistencia del Sr. C.

– Déjame reformular la pregunta. Que no puedes sacar de ellas?

– Bueno, él nunca pone su nombre completo. – Sabiendo que estaba olvidando algo, Peabody volvió a las cartas de nuevo. -No tienen sobre, por lo que deben haber sido entregadas en mano o por correo. -Suspiró- Me estoy sacando una D en esta clase. No sé que puedes haber visto aquí que yo no.

– Que yo no haya visto más es el punto. No hay referencia de cómo, cuando o donde se encontraban ellos. Como se hicieron amantes. No menciona donde se exprimieron el cerebro el uno al otro en varias atléticas posiciones. Eso hace que me detenga y piense.

En las nubes, Peabody meneó su cabeza. -En que?

– En la posibilidad de que nunca haya habido un Sr. C.

– Pero…

– Tienes a una mujer, -interrumpió Eve- casada por varios años, con un trabajo bueno y de responsabilidad, un círculo de amigos que mantiene, otra vez, por varios años. De acuerdo a todas las declaraciones ninguno de esos amigos tenían indicios de un romance. No en la forma en que ella se comportaba, hablaba, vivía. Ella no faltó al trabajo. Entonces cuando encontró lugar para esos atléticos jueguitos?

– El esposo viajaba casi regularmente.

– Es cierto, lo que abre la posibilidad para un romance si uno tiene esa inclinación. Todavía nuestra víctima exhibía todas las indicaciones de lealtad, responsabilidad, honestidad. Iba a trabajar, y volvía a casa. Salía en compañía de su esposo o con grupos de amigos. No hizo llamadas sin comprobar o cuestionables desde su hogar, su oficina o su enlace portátil. Como hacían ella y el Sr. C para discutir su próximo encuentro?

– En persona? Tal vez era alguien del trabajo.

– Tal vez.

– Pero tú no crees eso. Ok, ella parece estar bien comprometida con su matrimonio, pero los de afuera, a menudo amigos cercanos, no conocen realmente lo que pasa dentro de otro matrimonio. A veces el compañero tampoco lo sabe.

– Absolutamente cierto. El primario en esto concuerda contigo y tiene toda la razón para hacerlo.

– Pero tú no lo crees. -reconoció Peabody. -Crees que el esposo lo montó, hizo ver como que ella estaba engañándolo, entonces montó la coartada y volvió a casa para matarla, o lo mandó hacer?

– Es una opción. Por lo que vamos a ir a hablar con él.

Eve subió una rampa hacia el segundo nivel de un estacionamiento callejero, acomodando su vehículo entre un sedan y una bici-jet. -El trabaja fuera de su casa la mayoría del tiempo. Señaló hacia el edificio de apartamentos. -Veamos si está aquí.

El estaba en casa. Un hombre en forma y atractivo vistiendo shorts deportivos y una camiseta, y llevando una niñita en su cadera. Una mirada a la placa de Eve hizo aparecer una sombra en sus ojos. Una que tenía la textura del dolor.

– Es sobre Marsha? Tienen alguna novedad? -Hundió su cara, brevemente, en el cabello rubio, casi blanco, de la niña que cargaba. -Lo siento, entren. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien se puso en contacto sobre lo sucedido. Si quieren sentarse, me gustaría dejar a mi hija en la otra habitación. Preferiría que ella no…

Movió su mano hacia el cabello de la niña. Protectoramente. – Sólo denme un minuto.

Eve esperó hasta que salieran de la habitación. -Que edad tendrá la niña, Peabody?

– Alrededor de dos, diría yo.

Eve asintió y se movió dentro del living. Había juguetes desparramados sobre el piso y pequeños muebles.

Escuchó una música alta, risitas infantiles y una firme demanda. -Papi! Jugar!

– En un ratito, Trade. Juega tú ahora, y cuando mami vuelva a casa tal vez vayamos al parque. Pero debes portarte bien mientras hablo con estas señoritas. De acuerdo?

– Hamacas?

– Puedes apostar.

Cuando el regresó, se pasó las manos por su cabello rubio oscuro. -No quiero que nos escuche hablar sobre Marsha, sobre lo que sucedió. Hubo alguna novedad? Finalmente lo encontraron?

– Lo siento, Sr. Stibbs. Es un seguimiento de rutina.

– Entonces no tienen nada? Yo esperaba… Supongo que es estúpido después de todo este tiempo pensar que lo encontrarían.

– Usted no tiene idea de quien estaba teniendo un romance con su esposa.

– No lo tenía. -El mordió las palabras, saltándole la furia a la cara y volviéndose duro. -No me importa lo que diga nadie. Ella no estaba teniendo un romance. Yo nunca creí… Al principio lo hice, supongo, cuando todo estaba loco y no podía pensar en firme. Marsha no era mentirosa, no me engañaba. Y me amaba.-

Cerró los ojos, pareciendo encerrarse en sí mismo. -Podemos sentarnos?

El se dejó caer en una silla. -Lamento haberme descargado con usted. No puedo estar con la gente hablando de Marsha. No puedo dejar que la gente, los amigos piensen eso de ella. No se merece eso.

– Se encontraron unas cartas en su cajón.

– No me importa de las cartas. Ella no me hubiera engañado. Nosotros teníamos…

El miró hacia atrás, hacia la habitación donde estaba cantando desentonadamente. -Mire, teníamos una buena vida sexual. Una de las razones por las que nos casamos tan jóvenes era porque no podíamos sacarnos las manos de encima el uno al otro, y Marsha pensaba fuertemente en el matrimonio. Le digo lo que yo pienso. -Se inclinó hacia delante. -Pienso que alguien estaba obsesionado con ella, fantaseaba o algo. Le debe haber enviado esas cartas. Nunca supe porque ella no me lo dijo. Tal vez, supongo que tal vez, ella no quería preocuparme. Pienso que él vino aquí cuando yo estaba en Columbus, y la asesinó porque no la podía tener.

Está registrando alto en el medidor de la sinceridad, pensó Eve. Muchas cosas podían ser fingidas, pero cual era el punto aquí? Porque insistir en que la víctima era pura cuando pintándola como adúltera servía al propósito? -Si ese fuera el caso, Sr. Stibbs, realmente no tiene idea de que persona podría ser?

– Ninguna. Estuve pensando sobre eso. Durante el primer año que pasó, pensé constantemente en algún otro. Quería creer que iba a ser encontrado y castigado, que habría alguna suerte de castigo por lo que hizo. Eramos felices, teniente. No habíamos tenido una maldita preocupación en el mundo. Y entonces, pasó eso. -El apretó los labios. -Sólo pasó.

– Lo siento, Sr. Stibbs. -Eve esperó un momento. – Es una niña muy linda.

– Trade? -Se pasó una mano sobre la cara como si quisiera regresar al presente. -La luz de mi vida.

– Volvió a casarse.

– Alrededor de tres años atrás. -Suspiró, sacudiendo levemente los hombros. -Maureen es grandiosa. Ella y Marsha eran amigas. Ella fue una de las pocas que me ayudó a pasar el primer año. No se donde hubiera ido sin ella.

Mientras él hablaba, la puerta del frente se abrió. Una bonita morocha con una bolsa de comestibles, la cerró de una patada. -Hey, equipo. Estoy en casa. No se imaginan lo que yo…

Se detuvo cuando vió a Eve y Peabody. Y cuando su mirada se centró en el uniforme, Eve vió el miedo pintarse en su cara.

CAPITULO 2

Boyd pareció haberlo visto también, porque se levantó y se acercó a ella rápidamente. -No pasa nada. -Le tocó el brazo, en un ligero gesto de reafirmación antes de tomar las bolsas de ella. -Están aquí por lo de Marsha. Un seguimiento de rutina.

– Oh, bueno… Trade?

– En su habitación. Ella está…

Mientras él hablaba, la niña se disparó como una pequeña bala rubia, abrazándose a las piernas de su madre. -Mami! Vamos a las hamacas!

– Los vamos a dejar seguir con lo suyo tan pronto como sea posible. -dijo Eve. -Podríamos hablar con usted un momento, Sra. Stibbs?

– Lo siento, no se lo que yo puedo… Los alimentos.

– Tracie y yo podemos ocuparnos de ellos, no es así, compañera?

– Preferiría…

– Ella no cree que nosotros sepamos donde va cada cosa. -Boyd interrumpió a su esposa con un guiño hacia su hija. -Vamos a mostrárselo. Vamos, linda. Trabajo en la cocina.

La pequeña corrió delante de él, charlando en la extraña lengua extranjera de los niños.

– Lamento este inconveniente. -empezó Eve. Su mirada, fija en el rostro de Maureen, era tranquila, e inexpresiva. -Esto no nos va a llevar mucho. Usted era amiga de Marsha Stibbs?

– Si, de ambos, de ella y de Boyd. Esto es muy triste para Boyd.

– Si, estoy segura de que lo es. Por cuanto conoció a la Sra. Stibbs antes de su muerte?

– Un año, un poco más. -Ella miró desesperadamente hacia la cocina donde se sentían traqueteos y risas. -Ella se fue hace más de seis años ya. Tenemos que dejarlo atrás.

– Seis días, seis años, alguien tomó su vida. Eran íntimas?

– Eramos amigas. Marsha era muy extrovertida.

– Ella nunca le confió que se estaba viendo con algún otro?

Maureen abrió la boca, dudó, luego sacudió la cabeza. -No. Yo no sabía nada. Hablé con la policía cuando sucedió, y les dije todo lo que pude. Lo que sucedió fue horrible, pero esto no lo cambia. Tenemos una nueva vida ahora. Una buena vida, tranquila. Usted viene aquí con esto y sólo hace que Boyd sufra otra vez. No quiero que mi familia se moleste. Lo siento, pero me gustaría que se fueran ahora.

Fuera en el hall, Peabody miró hacia atrás mientras Eve caminaba hacia el elevador. -Ella sabe algo.

– Oh, si, ella sabe.

– Me imagino que vas a presionarla un poco.

– No en su casa. -Eve entró en el elevador. Ya estaba calculando, ya estaba reacomodando las piezas en el rompecabezas. -No con su hija aquí, y Stibbs. Marsha esperó hasta ahora, un poco más de tiempo no es problema para ella.

– Tú crees que él está limpio.

– Pienso… -Eve sacó el archivo en disco de su bolso, y se lo dio. -Tú podrías trabajarlo.

– Señor?

– Trabaja en el caso, Peabody. Ciérralo.

Con la mandíbula colgando, Peabody la miró. -Yo? Como primaria? En un homicidio?

– Puedes hacer el trabajo principalmente en tu propio tiempo, especialmente si conseguimos algún activo. Lee el archivo, estudia los reportes y declaraciones. Puedes rehacer las entrevistas. Conoces el paño.

– Me estás dando un caso a mí?

– Haces las preguntas, y las contestas. Puedo asesorarte cuando lo necesites. Dame copia de todos los datos y reportes del progreso.

Peabody sintió que la adrenalina surgía a través de su sangre, y los nervios le inundaban el estómago. -Sí, señor. Gracias. No voy a dejarla atrás.

– No debes dejar atrás a Marsha Stibbs.

Peabody abrazó el archivo contra su pecho como si fuera un niño amado. Y lo mantuvo ahí durante todo el camino de regreso a la Central.

Mientras salían desde el garage, Peabody le envió a Eve una larga mirada de costado. -Teniente?

– Hmm.

– Me pregunto si tal vez podría preguntarle a McNab si puede asistirme con los datos electrónicos. Los enlaces de la víctima, los discos de seguridad del edificio de apartamentos y todo eso.

Eve enterró sus manos en los bolsillos. -Es tu caso.

– Es mi caso. -repitió Peabody, con un susurro respetuoso. Estaba sonriendo, de oreja a oreja, cuando entraron al corredor que llevaba a la oficina de detectives.

– Que demonios es ese jaleo? -Las cejas de Eve se unieron, sus dedos danzaron instintivamente sobre su arma ante el sonido de golpes, silbidos y el retumbo general que salía de la División Homicidios.

Ella entró primero, revisando la habitación. Nadie estaba en su escritorio o cubículo. Al menos había una docena de debidamente autorizados oficiales de la ley apiñados en el centro de la habitación haciendo lo que sonaba sospechosamente como una fiesta.

Su nariz se movió. Olfateó delicias de panadería.

– Que demonios pasa aquí! -Tuvo que gritar y su voz apenas se sintió a través del estruendo. -Pearson, Baxter, Delricky! -A la vez que acompañaba esto con un rápido puñetazo en el hombro de Pearson, un codazo al estómago de Baxter mientras pasaba a través de la multitud, trató de conseguir algo de atención. -Están bajo la ilusión de que la muerte se ha tomado unas jodidas vacaciones? De donde demonios sacaron esa masas?

Mientras Eve señalaba con un dedo, Baxter se metió una entera en la boca. Como resultado, su explicación fue incoherente. El simplemente sonrió con la boca rodeada de glaseado y señaló.

Ella vió ahora masas, galletas, y lo que parecía haber sido un pastel antes de que una partida de lobos hubiera descendido sobre él. Y divisó a dos civiles en el medio de la partida. El hombre alto y escuálido y la mujer robusta y bonita sonreían de oreja a oreja y servían una suerte de líquido color rosa pálido de una enorme juguera.

– Deténganse! Cada uno de ustedes deténganse y regresen a sus asuntos. Esto no es un maldito servicio de té.

Antes de que pudiera abrirse camino hacia los civiles, escuchó el grito de Peabody.

Se volvió, el arma lista en su mano, y casi se cayó cuando su ayudante la hizo a un lado y se lanzó hacia los civiles.

El hombre la atrapó, y escuálido o no, se las arregló para levantar a la robusta Peabody sobre sus pies. La mujer se giró, su larga falda azul revoloteando cuando los envolvió en sus brazos haciendo un raro sandwich con Peabody.

– Esta es mi chica. Esta es mi DeeDee. El rostro del hombre relucía con obvia admiración, y la mano de Eve deslizó el arma en la funda y quedó colgando a un costado.

– Papi. -Con algo que sonó entre un sollozo y una risita, Peabody enterró la cara contra el cuello del hombre.

– Me ahogué. -Murmuró Baxter y atrapó otra masa. -Llegaron aquí hace alrededor de quince minutos. Trayendo esas cosas maravillosas con ellos. Hombre, esas cosas son letales. -agregó y se zampó la masa.

Eve tamborileó sus dedos en su muslo. -Que clase de pastel era ese?

Baxter sonrió. -Excepcional. -le dijo, y volvió detrás de su escritorio.

La mujer aflojó su abrazo mortal alrededor de la cintura de Peabody y se volvió. Era remarcablemente bonita, con el mismo cabello oscuro de su hija peinado en una larga cascada que caía por su espalda. Su falda azul caía sobre sencillas sandalias de soga. La blusa era larga y suelta de color manteca y tenía sobre ella al menos media docena de cadenas y pendientes.

Su cara era blanda como la de Peabody, con líneas del tiempo saliendo desde las esquinas de sus directos y brillantes ojos marrones. Se movió como una bailarina cuando cruzó hacia Eve con ambas manos extendidas.

– Usted es la teniente Dallas. Tenía que conocerla alguna vez. -Atrapó las manos de Eve con las suyas. -Soy Phoebe, la madre de Delia.

Sus manos eran cálidas, algo ásperas en las palmas, y tachonadas con anillos. Los brazaletes chocaron y tintinearon en sus muñecas.

– Encantada de conocerla, Sra. Peabody.

– Phoebe. -Ella sonrió, y aferrando aún las manos de Eve tiró de ella. -Sam, suelta a la chica y ven a conocer a la teniente Dallas.

El la soltó, pero mantuvo su brazo alrededor de los hombros de Peabody. -Estoy tan feliz de conocerla. -Tomó las manos de Eve, en la misma forma que su esposa. -Siento como si ya la conociera, con todas las cosas que Delia nos dijo de usted. Y Zeke. Nunca vamos a poder agradecerle bastante por lo que hizo por nuestro hijo.

Un poco incómoda con toda las buenas intenciones hacia ella, Eve liberó su mano. -Y como está él?

– Muy bien. Estoy seguro de que le hubiera enviado sus mejores deseos si hubiera sabido que veníamos.

El sonrió entonces, suave y fácilmente. Ella pudo ver el parecido ahora, entre él y el hermano de Peabody. La cara estrecha de apóstol, los ojos soñadores de color gris. Pero había un toque agudo en los ojos de Sam Peabody, algo que hizo que el cuello de Eve picara.

El hombre no era el cachorrito manso que era su hijo.

– Déle los míos cuando hable con él. Peabody, tómate un tiempo libre.

– Sí, señor. Gracias.

– Es muy amable de su parte. -dijo Phoebe. -Pienso si será posible para nosotros tener un poco de su tiempo. Usted debe estar ocupada. -dijo antes de que Eve pudiera hablar. -pero tengo la esperanza de que podamos comer juntos esta noche. Y con su esposo. Tenemos regalos para usted.

– No es necesario que nos de nada.

– Los regalos no son por obligación sino por afecto, y espero que ustedes los disfruten. Delia nos habló mucho sobre usted, y Roarke y su casa. Debe ser un lugar magnífico. Espero que Sam y yo tengamos oportunidad de verla.

Eve sintió que la caja se cerraba alrededor de ella, viendo que la tapa se cerraba lentamente. Y Phoebe sólo continuaba sonriendo serenamente mientras Peabody de repente miraba con ávido interés hacia el techo.

– Seguro. Ah. Podrían venir a cenar.

– Nos encantaría. Le queda bien a las ocho en punto?

– Sí, a las ocho está bien. Peabody conoce el camino. De todas formas, bienvenidos a New York. Tengo que hacer algunas… Cosas. -terminó pobremente y tratando de escapar.

– Teniente? Señor? Vayan saliendo. -murmuró Peabody a sus padres y salió detrás de Eve. Antes de que llegaran a la puerta de la oficina el nivel de ruido del salón se elevó otra vez.

– Ellos no pueden evitarlo. -dijo Peabody rápido. -Mi padre realmente ama la panadería y siempre están llevando comida a todos lados.

– Como demonios trajeron todo eso en un avión?

– Oh, ellos no vuelan. Han venido en su caravana. Cocinando todo el camino. -agregó con una sonrisa. -No son grandiosos?

– Si, pero debes decirles que no traigan masas cada vez cada vez que vengan a verte. Vamos a terminar con un puñado de detectives gordos en coma diabético.

– Rescaté una para tí. -Peabody sacó la masa que tenía detrás de su espalda. -Sólo voy a tomar un par de horas, Dallas, los voy a llevar para que instalen.

– Tómate el resto del día.

– Ok. Gracias. En serio. Um… -Ella hizo una mueca, luego cerró la puerta de la oficina. -Hay algo que debería decirte. Sobre mi madre. Ella tiene el poder.

– El poder de que?

– El poder de hacer que hagas cosas que no querías hacer, o no pensabas que querías hacer. Y ella hace que digas cosas que no pensabas decir. Y que jamás balbucearías.

– Yo no balbuceo.

– Lo harás. -dijo Peabody triste. -La amo. Es asombrosa, pero hace esas cosas. Ella sólo te mira y sabe.

Frunciendo el ceño, Eve se sentó. -Ella es una sensitiva?

– No. Mi padre lo es, pero es realmente estricto sobre no infrigir la privacidad de la gente. Ella es sólo… una madre. Es algo que viene con ser madre, pero ella lo tiene a paladas. Hombre, mamá ve todo, sabe todo, todas las reglas. La mitad del tiempo no sabes que ella lo hace. Como tú invitándolos a cenar esta noche, cuando nunca invitas a nadie a cenar.

– Lo hago también.

– Uh-uh. Roarke lo hace. Tú podrías haber dicho que estabas ocupada, o hey, bien, vamos a encontrarnos en algún restaurante o algo, pero ella quería ir a tu casa a cenar, así que tú se lo preguntaste.

Eve trató de no retorcerse en su silla. -Fui educada. Sé como serlo.

– No, fuiste atrapada por La Mirada. -Peabody sacudió la cabeza. -No tienes poder contra eso. Sólo pensé que debía decírtelo.

– Desaparece, Peabody.

– Desapareciendo, señor. Oh y um… -Ella dudó en la puerta. -Tengo una especie de cita con McNab esta noche, entonces él podría ir también a cenar. De esa forma, sabes, él podría conocerlos sin que fuera tan raro como sería de otra manera.

Eve se tomó la cabeza con las manos. -Jesus.

– Gracias! Te veo esta noche.

Sola, Eve frunció el ceño. Luego se comió la masa.

– Así que pintaron mi oficina, y se robaron mi caramelo. Otra vez. -En casa, en el espacioso living con sus antigüedades lustradas y brillantes cristales, Eve paseaba por la invaluable alfombra oriental. Roarke apenas había llegado a casa por lo que ella no había encontrado a nadie para quejarse en la hora anterior.

En lo que a ella concernía, un compañero que recibiera las quejas era uno de las grandes ventajas del matrimonio.

– Y Peabody terminó todo el papelerío mientras yo estaba fuera, por lo que no tengo nada que hacer.

– Ella debería estar avergonzada. Imagínate, tu ayudante haciendo el papeleo a tus espaldas.

– Guárdate tus comentarios de culo-listo, amigo, porque tienes algunas explicaciones que darme.

El juntó las piernas, cruzándolas por los tobillos. -Ah. Entonces Peabody y McNab disfrutaron de Bimini?

– Eres un caballero realmente generoso, no? Enviándolos fuera a alguna isla donde puedan correr desnudos y deslizarse por las cascadas.

– Tomaré eso como que pasaron un buen momento.

– Camas de gel. -murmuró ella. -Desnudos como monos.

– Disculpa?

Ella sacudió la cabeza. -Debes parar de interferir en esta… Cosa que están teniendo.

– Tal vez lo haga. -dijo él, perezosamente- Cuando tú dejes de ver la relación de ellos como una especie de bugaboo.

– Bugaboo? Que demonios es eso? -Frustada, se metió una mano en los cabellos. -No puedo ver esta cosa como un bugaboo porque nunca supe lo que eso significa. Los policías…

– Se merecen una vida. -interrumpió él- Como cualquier otro. Relájate, teniente. Nuestra Peabody tiene una buena cabeza sobre los hombros.

Lanzando un suspiro, Eve se dejó caer en una silla. -Bugaboo. -Resopló. -Eso probablemente no sea una palabra, y si lo es, es una palabra realmente estúpida. Le di un caso a ella hoy.

El la alcanzó sobre el espacio que los separaba para jugar con los dedos que ella tamborileaba sin descanso sobre su rodilla. -No mencionaste que hubieras tomado un caso hoy.

– No lo hice. Extraje uno de los archivos fríos. Seis años atrás. Mujer, bonita, joven, con un empleo en ascenso, casada. El esposo estaba fuera de la ciudad, regresó y la encontró a ella muerta en la bañera. Un homicidio pobremente disfrazado de auto-terminación o accidente. La coartada de él es sólida, y quedó limpio en un silbido. Todos los entrevistados dijeron que eran la pareja perfecta, felices como almejas.

– Alguna vez pensaste como podemos determinar la felicidad de las almejas?

– Le voy a dedicar a eso algunos pensamientos más tarde. De todas formas, había cartas ocultas en su cajón de la ropa interior. Cartas de sexo realmente explícitas de alguien que señalaba su nombre como C.

– Romance extramatrimonial, amante despechado, asesinato?

– El primario original pensó eso.

– Pero tú no?

– Nadie encontró nunca al tipo, nadie lo vió nunca, nadie que la conocía a ella la escuchó hablar del tipo. O por lo menos es lo que dijeron. Fui a ver al esposo, y conocí a su nueva esposa e hija. Una niña de poco más de dos años.

– Uno podría asumir, justificablemente, que después de un período de duelo, él siguió adelante, haciendo una nueva vida.

– Uno podría asumir. -replicó ella.

– No es lo que yo haría, por supuesto. Bajo similares circunstancias, yo me vería sin objetivos, un hombre destrozado, perdido para todo propósito.

Ella lo miró escéptica. -Es así?

– Naturalmente. Ahora se supone que tú dices algunas líneas sobre que no tendrías vida ni nada sin mí.

– Sí, sí. -Ella sonrió cuando él mordió los dedos con los que había estado jugando. -Entonces volviendo al mundo real. Creo que se como podría seguirlo. Un par de buenos y duros empujones y lo voy a sacar del frío.

– Pero preferiste en vez de empujar, dárselo a Peabody.

– Ella necesita experiencia. Un poco más de tiempo no es problema para Marsha Stibbs. Si Peabody se va por los canales equivocados, la puedo hacer regresar.

– Se debe haber emocionado.

– Cristo, tenía estrellas en los ojos.

Eso lo hizo sonreir. -Cual fue el primer caso que Feeney de puso en las manos?

– Thomas Carter. Entró en su sedan una bonita mañana, lo encendió, y el bastardo explotó, enviando pedazos de él volando por sobre todo el West Side. Casado, dos hijos, vendedor de seguros. Sin problemas en su pasado, sin enemigos, sin vicios peligrosos. Sin motivos. El caso se estancó, y se volvió frío. Feeney lo recuperó, y me dijo que lo trabajara.

– Y?

– Thomas Carter no era el objetivo. Thomas K. Carter, un traficante de ilegales de segunda línea con adicción al juego lo era. El cretino del asesino alquilado le pegó al hombre equivocado. -Ella miró hacia Roarke que seguía sonriéndole. -Y sí, recuerdo como me sentí cuando me pusieron en las manos el archivo y lo cerré.

– Eres una buena entrenadora, Eve, y una buena amiga.

– La amistad no tiene nada que ver con esto. Si no creyera que ella puede manejar el caso, no se lo hubiera dado.

– Esa es la parte del entrenador. La amistad es la parte que viene ahora.

– Cena. Que demonios vamos a hacer con ellos cuando no estemos comiendo?

– Eso se llama conversación. Socializar. Algunas personas en realidad tienen el hábito de hacer de ambas una práctica diaria.

– Sí, también algunas personas están locas. Probablemente te van a gustar los Peabody. Te dije que cuando volví a la Central, ellos estaban alimentando al corral con masas y galletas? Y pastel.

– Pastel? Que clase de pastel?

– No lo sé. Para el momento en que llegué todo lo que quedaba de él era la bandeja y pienso que alguien se la comió también. Pero las masas eran asombrosas. De todas formas. Peabody se metió en mi oficina y dijo todas esas cosas raras sobre su madre.

El jugaba con las puntas del pelo de Eve ahora, divirtiéndose con los mechones rubios. Entendía perfectamente la afirmación de Boyd Stibbs de no poder sacar las manos de encima de su mujer. -Supongo que aceptaron complacidos la invitación.

– Sí, se veían felices. Pero ella dijo que necesitaba advertirme que su madre tenía poderes.

– Wiccan?

– Uh-uh, y tampoco es la cosa del vudú Free-ager, sin embargo creo que ella dijo que su padre es un sensitivo. Dijo que su madre puede hacerte hacer cosas que necesariamente no harías o decir cosas que te guardarías para ti mismo. De acuerdo con Peabody, yo sólo le pregunté si querían cenar esta noche porque fui atrapada por La Mirada.

Intrigado, Roarke inclinó su cabeza. -Control de la mente?

– Me choca, pero ella dijo que era sólo una cosa de madre, y su madre era particularmente buena en eso. O algo así. No me hizo sentir nada a mi.

– Bueno, ninguno de nosotros sabe mucho sobre cosas de madres, no? Y como ella no es nuestra madre, imagino que estamos perfectamente a salvo de sus poderes maternales, o lo que sea que tenga.

– No estoy preocupada por eso, sólo te pasaba la advertencia.

Summerset, el mayordomo de Roarke y la plaga en la existencia de Eve, llegó a la puerta. Levantó la nariz, su rostro huesudo lleno de líneas de desaprobación. -Ese Chippendale es una mesa de café, teniente, no un apoyapié.

– Como puede usted caminar con ese palo en el culo? -Ella dejó sus pies donde estaban, apoyados confortablemente en la mesa. -Debe ser doloroso, o es lo que le hace andar de prisa?

– Sus invitados a cenar -dijo él, curvando sus labios. -han llegado.

– Gracias, Summerset. -Roarke se puso de pie. -Vamos a tomar los hors d’ouevres aquí. -Le tendió la mano a Eve.

Ella esperó, deliberadamente, hasta que Summerset saliera antes de bajar sus pies al piso.

– En interés de la buena camaradería, -empezó Roarke mientras se encaminaban hacia el vestíbulo, -podrías no mencionar el palo en el culo de Summerset por el resto de la noche?

– Ok. Si él me maltrata sólo se lo voy a sacar y le voy a pegar en la cabeza con él.

– Eso podría ser entretenido.

Summerset ya había abierto la puerta, y Sam Peabody le estrechaba la mano, sacudiéndosela en un amistoso saludo. -Es grandioso conocerlo. Gracias por recibirnos. Soy Sam y ésta es Phoebe. Es Summerset, no? DeeDee nos dijo que usted se encarga de la casa, y todo lo que hay en ella.

– Es correcto. Sra. Peabody. -dijo, asintiendo hacia Phoebe. -Oficial. Detective. Puedo ocuparme de sus cosas?

– No, gracias. -Phoebe aferró la caja que cargaba. -Los jardines del frente y los diseños son hermosos. Y tan inesperados en el medio de una de las ciudades más grandes del mundo.

– Si, y estamos totalmente complacidos con ello.

– Hola otra vez. -Phoebe sonrió a Eve mientras Summerset cerraba la puerta del frente. -Y Roarke. Tenías razón, Delia, es realmente espectacular.

– Mamá. -Peabody se atragantó con la palabra y el rubor se extendió por su rostro.

– Gracias- Roarke tomó la mano de Phoebe, llevándola a sus labios. -Es un cumplido que puedo devolver. Es maravilloso conocerla, Phoebe. Sam. -Se volvió, sacudiendo la mano que Sam le ofrecía. -Ustedes criaron una deliciosa y encantadora hija.

– La amamos. -Sam apretó los hombros de Peabody.

– También nosotros. Por favor, pasen. Pónganse cómodos.

El es tan bueno para ésto, pensó Eve mientras Roarke acomodaba a todos en el salón principal. Suave con el satén, brillante como cristal. En pocos momentos, todos tenían un trago en las manos y él estaba contestando preguntas sobre varias antigüedades y piezas de arte en la habitación.

Ya que él estaba tratando con los Peabody, Eve volvió su atención a McNab. El mago de la DDE estaba cubierto por lo que, se imaginó Eve, él consideraba su atuendo más conservador. Su centelleante camisa estaba metida dentro de los pantalones sueltos y sedosos en el mismo tono. Sus botas al tobillo eran también centelleantes. Ùna media docena de bonitos aros de oro desfilaban en el lóbulo de su oreja izquierda.

Llevaba su largo cabello rubio en una cola de caballo que le colgaba a la espalda. Y su bonita cara, notó Eve, era aproximadamente del color de la langosta hervida.

– Te olvidaste el bloqueador solar, McNab?

– Sólo una vez. -Hizo rodar sus ojos verdes. -Deberías ver mi culo.

– No. -Ella tomó un profundo trago de vino. -No debería.

– Sólo estoy conversando. Estoy un poco nervioso. Tú sabes. -El cabeceó hacia el padre de Peabody. -Es realmente raro tener una pequeña conversación con él cuando ambos sabemos que soy el que se está tirando a su hija. Más aún, es síquico, entonces me preocupa que si pienso sobre tirármela a ella, él sepa que estoy pensando en tirármela. Y eso también es raro.

– No debes pensar en eso.

– No puedo evitarlo. -Chasqueó McNab. -Soy un hombre.

Ella le miró el traje. -Es un rumor de todas formas.

– Discúlpeme. -Phoebe tocó el brazo de Eve. -Sam y yo queremos darles a usted y Roarke este regalo. -ofreció a Eve la caja. -Por su generosidad y amistad de los dos para con nuestra hija.

– Gracias. -Los regalos siempre la hacían sentir torpe. A pesar de haber estado casi un año con Roarke y su hábito de darle cosas, nunca sabía como recibirlos.

Tal vez eso era porque había pasado la mayor parte de su vida sin nadie que la quisiera bastante para darle un regalo.

Ella bajó la caja, tirando del sencillo lazo doble. Abrió la cubierta, rasgando el envoltorio. Acomodados adentro había dos esbeltos candeleros decorados con brillantes piedras en verde y púrpura que se fundían juntas.

– Son hermosos. En serio.

– Las piedras son fluoritas. -le dijo Sam. -Para limpiar el aura, la tranquilidad de la mente, la claridad de pensamiento. Nosotros pensamos, ya que ambos tienen demandantes y difíciles ocupaciones, que esta piedra podría ser muy beneficiosa.

– Son adorables. -Roarke acarició uno. -Exquisito trabajo artesanal. De ustedes?

Phoebe le envió una brillante sonrisa. -Los hicimos juntos.

– Entonces son doblemente preciosos. Gracias. Ustedes venden este trabajo?

– Alguna que otra vez. -dijo Sam.- Preferimos hacerlos para regalarlos.

– Yo los vendo cuando necesito venderlos. -apuntó Phoebe. -Sam es de corazón demasiado blando. Yo soy más práctica.

– Con su permiso. -Otra vez, Summerset se paró en la puerta. -La cena está servida.

Fue más fácil de lo que Eve pensaba. Eran gente agradable, interesante y entretenida. Y el orgullo de Peabody era tan obvio que era imposible no enternecerse con ellos.

– Nos preocupamos, por supuesto. -dijo Phoebe cuando empezaban con la ensalada de langosta, -cuando Dee nos dijo lo que quería hacer con su vida, y donde. Un trabajo peligroso en una ciudad peligrosa. -Ella sonrió a su hija a través de la mesa. -Pero entendimos que esa era su llamada, y confiamos en que haría un buen trabajo.

– Es una buena policía. -dijo Eve.

– Que es una buena policía? -ante el ceño fruncido de Eve, Phoebe hizo gestos. -Quiero decir, cual sería su particular definición de un buen policía?

– Alguien que respete la placa y la aguante, y no se detenga hasta que haga una diferencia.

– Si. -Phoebe asintió en aprobación. Sus ojos, oscuros y directos, permanecieron fijos en Eve.

Y aún cuando era tan calma, estar sabiendo que la miraba hizo que Eve quisiera moverse en su asiento, por lo que decidió que Phoebe sería un as en Entrevista.

– Para hacer una diferencia es que estamos todos aquí. -Phoebe levantó su vaso, haciendo gestos con él antes de sorber. -Algunos lo hacen con oraciones, otros con arte, con comercio. Y algunos con la ley. La gente a menudo piensa que los Free-Agers no creen en la ley, la ley de la tierra, digamos. Pero nosotros lo hacemos. Creemos en orden y balance, y en el derecho del individuo de conseguir vida y felicidad sin dañar a los demás. Cuando usted sostiene la ley, sostiene el balance para todos aquellos individuos que han sido dañados.

– El tomar una vida, algo que nunca he comprendido, hace un agujero en el mundo. -Sam puso una mano sobre la de su esposa. -Dee no nos dice mucho sobre su trabajo, los detalles de él. Pero sí dijo que usted hace una diferencia.

– Es mi trabajo.

– Y la estamos avergonzando. -dijo Phoebe levantando su vaso de vino. -Por lo que voy a cambiar de tema y decirle que hermosa casa tienen ustedes. -Se volvió hacia Roarke.-Espero que después de cenar podamos hacer una visita por ella.

– Tienen seis u ocho meses? -murmuró Eve.

– Eve se queja de que hay habitaciones que nosotros no conocemos todavía. -comentó Roarke.

– Pero usted lo hizo. -Phoebe levantó las cejas. -Usted las conoce a todas.

– Mis disculpas. -Summerset entró. -Tiene una llamada, teniente, desde Despacho.

– Lo siento. -Ella dejó la mesa, saliendo rápidamente.

Regresó en pocos minutos. Una mirada a su cara le dijo a Roarke iba a terminar la noche entreteniéndose por sus propios medios.

– Peabody, conmigo. Lo lamento. -Ella repasó caras, deteniéndose en la de Roarke. -Tenemos que irnos.

– Teniente? Quiere que las acompañe?

Ella miró atrás hacia McNab. -Puedo utilizarte. Vamos. Lo siento. -dijo otra vez.

– No te preocupes por esto. -Roarke se paró, deslizandole la punta de los dedos por la mejilla. -Cuídate, teniente.

– Claro.

– El riesgo del trabajo. -Roarke volvió a sentarse cuando quedó solo con Phoebe y Sam.

– Alguien ha muerto. -dijo Sam en voz alta.

– Sí, alguien ha muerto. Y ahora, -dijo Roarke. -ellos van a trabajar para encontrar el balance.

CAPITULO 3

Walter C. Pettibone, el niño del cumpleaños, había llegado a su casa precisamente a las siete y treinta. Ciento setenta y tres amigos y asociados habían gritado ¡sorpresa! Al unísono en el momento en que entró por la puerta.

Pero eso no lo había matado.

El había sonreído de oreja a oreja como un niño, regañando en broma a su esposa por sorprenderlo, y había agradecido a sus invitados con calidez y placer. Hacia las ocho, la fiesta estaba en su furor, y Walter se había consentido espléndidamente con el enorme y variado despliegue de comida provista por los cocineros. Había comido huevos y caviar, salmón ahumado y rollos de espinaca.

Pero eso tampoco lo había matado.

Había bailado con su esposa, abrazado a sus chicos, y vertido una pequeña lágrima ante el sentimental brindis de cumpleaños de su hijo.

Y había sobrevivido.

A las ocho y cuarenta y cinco, con su brazo enredado alrededor de la cintura de su esposa, levantó todavía otro vaso de champán, llamó pidiendo la atención de sus invitados, y se embarcó en un corto pero realmente sentido discurso con respecto a la suma de la vida de un hombre y las riquezas que tenía cuando era bendecido con amigos y familia.

– Para ustedes, -dijo, en una voz que temblaba con emoción, -mis queridos amigos, mi agradecimiento por compartir este día conmigo. Para mis hijos, que me hacen sentir orgulloso, gracias por toda la felicidad que me dan. Y para mi hermosa esposa, que hace que todos los días agradezca por estar vivo.

Hubo una agradable ronda de aplausos, y luego Walter levantó su vaso, bebiendo hasta el fondo.

Y eso fue lo que lo mató.

Se atragantó, sus ojos se abultaron. Su esposa lanzó un pequeño chillido cuando él arañó el cuello de su camisa. Su hijo lo golpeó entusiastamente en la espalda. Tambaleándose, fue lanzado hacia los invitados de la fiesta, derribando a varios de ellos como si fueran pinos de bowling antes de caer al piso y empezara a tener convulsiones.

Uno de los invitados era médico, y corrió para prestar ayuda. Los técnicos médicos de emergencia fueron llamados, y aún cuando respondieron en cinco minutos, Walter ya se había ido.

El toque de cianuro en su copa de brindis había sido un inesperado regalo de cumpleaños.

Eve lo estudió, el leve tinte azul alrededor de la boca, los ojos sorprendidos y fijos. Reconoció el tenue y casi imperceptible olor a almendras amargas. Lo habían movido hasta el sofá y desprendido su camisa en el intento inicial de revivirlo. Nadie había barrido todavía el vidrio y la porcelana rotos. La habitación olía fuertemente a flores, vino, langostinos fríos y muerte fresca.

Walter C. Pettibone, pensó ella, quien había venido y se había ido del mundo en un mismo día. Un círculo ordenado, pero uno que la mayoría de los humanos hubieran preferido evitar.

– Necesito ver al doctor que trabajó con él primero. -le dijo a Peadoby, luego revisó el piso. -Vamos a tener que llevarnos toda esta mierda rota, identificar que recipiente o recipientes fueron contaminados. Nadie se va. Eso va para los invitados y el plantel. McNab, puedes empezar tomando nombres y direcciones para hacer el seguimiento. Mantén a la familia separada por ahora.

– Parece como si hubiera sido un infierno de fiesta. -comentó McNab mientras salía.

– Teniente. El doctor Peter Vance. -Peabody escoltaba a un hombre de contextura media. Tenía cabello corto de color arena y una barba corta del mismo color. Cuando su mirada se deslizó a través de ella hacia el cuerpo de Walter Pettibone, Eve vió dolor y furia endureciendo sus ojos.

– Era un buen hombre. -Su voz era contenida y con acento británico. -Un buen amigo.

– Alguien no era su amigo. -apuntó Eve. -Usted reconoció que había sido envenenado, e instruyó a los TM de que notificaran a la policía.

– Es correcto. Las señales eran de un libro de texto, y lo perdimos muy rápido. -El desvió la mirada del cuerpo y volvió a Eve. -Quiero pensar que fue un error, algún horrible accidente. Pero no lo es. El justo terminaba de hacer un pequeño brindis sentimental, como le gustaba hacer. Tenía una gran sonrisa en su cara y lágrimas en los ojos. Nosotros aplaudimos, él bebió, luego se atragantó. Colapsó ahí mismo y empezó a tener convulsiones. Eso pasó en minutos. No hubo nada que pudiera hacer.

– De donde tomó él la copa?

– No podría decirlo. El personal del catering estaba pasando con champán. Otras bebidas venían desde los bares que estaban instalados aquí y allá. La mayoría de nosotros llegó aquí alrededor de las siete. Bambi estaba frenética con que los invitados estuvieran en su lugar cuando Walter llegara a casa.

– Bambi?

– Su esposa. -replicó Vance. -Segunda esposa. Se habían casado hace un año más o menos. Ella había estado planeando esta fiesta sorpresa por semanas. Estoy seguro que Walter lo sabía todo. Ella no es lo que usted llamaría una persona inteligente. Pero él simuló estar sorprendido.

– A que hora dice que llegó él?

– Siete y treinta, en punto. Todos nosotros aullamos sorpresa! Por instrucción de Bambi. Nos reímos un buen rato de eso, y luego seguimos comiendo y bebiendo. Hubo algo de baile. Walt hizo las rondas. Su hijo hizo un brindis. -Vance suspiró. – Desearía haber puesto más atención. Estoy seguro que Walt estaba bebiendo champán.

– Usted lo vió bebiendo en ese momento?

– Yo creo… -El se frotó los ojos, como si eso lo hiciera recordar. -Me parece que lo hacía. No creo que no hubiera bebido después de un brindis propuesto por su hijo. Walt adoraba a sus hijos. Creo que debe haber tomado un vaso fresco porque me parece que estaba lleno cuando hizo su propio brindis. Pero no puedo decir con certeza si lo levantó de una bandeja o alguien se lo puso en la mano.

– Ustedes eran amigos?

La pena ensombreció su rostro otra vez. -Buenos amigos, sí.

– Algún problema en su matrimonio?

Vance sacudió la cabeza. -Era totalmente feliz. Francamente, la mayoría de los que lo conocíamos nos sorprendimos cuando se casó con Bambi. El había estado casado con Shelly por, cuanto sería? Más de treinta años, supongo. Su divorcio fue bastante amigable, como pueden serlo los divorcios. Luego de unos seis meses él se involucró con Bambi. La mayoría de nosotros pensamos que era sólo una locura de la mediana edad, pero resultó en serio.

– Su primera esposa estaba aquí anoche?

– No. Ellos no quedaron tan amigables.

– Alguien que usted conozca que hubiera querido verlo muerto?

– Absolutamente nadie. -Levantó las manos en un gesto de indefensión. -Sé que decirle que no tenía un enemigo en el mundo es absurdo, teniente Dallas, pero es exactamente lo que yo diría sobre Walt. La gente lo apreciaba, y una gran cantidad de gente lo amaba. Era un hombre de naturaleza dulce, un empleador generoso, un padre devoto.

Y uno muy rico. Pensó Eve después de liberar al doctor. Un hombre rico que había cambiado a la esposa número uno por una modelo jeven y sexy. Ya que la gente no andaba llevando cianuro a las fiestas, alguien lo había traído esta noche con el expreso propósito de asesinar a Pettibone.

Eve hizo la entrevista con la segunda esposa en una habitación de descanso fuera del dormitorio de la mujer.

La habitación estaba oscura, las pesadas cortinas rosadas corridas sobre las ventanas por lo que una sencilla lámpara desprovista de pantalla proveía una luz color caramelo.

Al entrar, Eve pudo ver la habitación, toda rosa, blanca y espumosa. Como el interior de un pastel cargado de azúcar, pensó. Había montañas de almohadas, armadas de baratijas, y la pesada esencia de demasiadas rosas en un solo lugar.

En medio de todo el esplendor femenino, Bambi Pettibone estaba reclinada en un sillón de satén rosado. Su cabello estaba rizado, trenzado y teñido en el mismo carnaval rosa del que salía una cara de muñeca. Vestía de rosa también, un brillante conjunto que colgaba bajo sobre un pecho y dejaba al otro coquetamente expuesto a no ser por un parche de material transparente que lo hacía brillante como una rosa.

Sus grandes ojos azules brillaban atractivamente con las lágrimas que caían en ordenadas y graciosas gotas bajando por sus suaves mejillas. El rostro hablaba de juventud e inocencia, pero el cuerpo que la acompañaba mostraba otra historia.

Tenía una esponjosa pelota blanca en su regazo.

– Sra. Pettibone?

Ella emitió un gorgoteante sonido y metió su cara dentro de la pelota blanca. Cuando la pelota lanzó un rápido quejido, Eve decidió que eso era, posiblemente, alguna especie de perro.

– Soy la teniente Dallas, NYPSD. Esta es mi ayudante, la oficial Peabody. Lamento mucho su pérdida.

– Boney está muerto. Mi dulce Boney.

Boney y Bambi, pensó Eve. Que es lo que está mal con la gente? -Sé que este es un momento difícil. -Eve miró alrededor y decidió que no tenía más elección que sentarse en algo esponjoso y rosa. -Pero necesito hacerle algunas preguntas.

– Yo sólo quería darle una fiesta de cumpleaños. Todos vinieron. Estábamos pasando un buen momento. Nunca llegó a abrir sus regalos.

Ella gimió al terminar de decirlo, y la pequeña pelota esponjosa produjo una lengua rosa y le lamió la cara.

– Sra. Pettibone… podría tener su nombre legal para el registro?

– Soy Bambi.

– Es real? Olvídelo. Estaba parada junto a su esposo cuando él colapsó.-

– Estaba diciendo un montón de cosas agradables sobre todos. Realmente le gustaba la fiesta. -Ella sorbió, mirando implorante a Eve. -Es algo, verdad? Estaba feliz cuando eso sucedió.

– Usted le dió el champán para el brindis, Sra. Pettibone?

– Boney amaba el champán. -Hubo un sentimental y empapado suspiro. -Era su verdadero favorito. Teníamos catering. Yo quería todo en el lugar. Le dije al Sr. Markie de que se asegurara de que sus servidores pasaran con champan todo el tiempo. Y canapés, también. Trabajé realmente duro para hacerlo perfecto para mi Boney. Luego se puso enfermo y todo sucedió tan rápido. Si hubiera sabido que estaba enfermo, no hubiéramos hecho una fiesta. Pero estaba bien cuando se levantó esta mañana. Estaba tan bien.

– Usted comprendió lo que sucedió con su esposo?

Ella abrazó al perro pelota esponjoso, enterrando su cara en él. -Se puso enfermo. Peter no pudo hacerlo poner mejor.

– Sra. Pettibone, pensamos que fue problemente el champán el responsable de la muerte de su esposo. De donde tomó el vaso que bebió antes de colapsar?

– De la chica, supongo. -Ella hipó, mirando a Eve con una expresión confundida. -Porque el champán lo haría enfermar? Nunca le pasó antes.

– Que chica?

– Que chica? -repitió Bambi, con su cara en blanco.

Paciencia, se recordó Eve a si misma. -Usted dijo que “la chica” le dio al Sr. Pettibone el champán para su brindis.

– Oh, esa chica. Una de las servidoras. -Bambi levantó un hombro, sacudiendo el pequeño perro. -Ella le dio a Boney un vaso nuevo cuando él quiso hacer su brindis.

– Lo tomó él de su bandeja?

– No. -Ella frunció los labios, sorbiendo despacio. -No, recuerdo que se lo puso en la mano y le deseó un feliz cumpleaños. Le dijo “Feliz cumpleaños, Sr. Pettibone”. Muy educada también.

– Usted la conocía? La había empleado antes?

– yo contraté al Sr. Markie, y él trajo a los camareros. Usted puede dejarle todo al Sr. Markie. Es un mago.

– Como se veía ella?

– Quien?

Dios, dame la fuerza para no sacudir de las solapas a esta cretina. La camarera, Bambi. La camarera que le dio a Boney el vaso de champán para su brindis.

– Oh. No lo sé. Nadie ve realmente a los camareros, no? -dijo confundida cuando Eve la observó fijamente. -Ordenada. -dijo después de un momento. -El Sr. Markie insiste en que su equipo presente una apariencia pulcra.

– Ella era mayor, joven, alta, baja?

– No lo sé. Se veía como uno de los camareros, es todo. Y tienen todos el mismo aspecto, realmente.

– Vió si su esposo hablaba con ella?

– Le dijo gracias. Boney es muy educado también.

– No pareció que él la reconocía? A la camarera. -agregó Eve rápidamente cuando la boca de Bambi empezó a fruncirse en que seguramente sería otro Quien?

– Porque lo haría?

Nadie, decidió Eve, podía simular tener ese nivel de idiota. Eso era sincero. -Está bien. Sabe usted de alguien que hubiera querido dañar a su esposo?

– Todos amaban a Boney. Usted lo haría también.

– Usted amaba a Boney mientras él estaba casado con su primera esposa?

Sus ojos se agradaron y redondearon. -Nosotros nunca, nunca la engañamos. Boney ni siquiera me besó hasta después de haberse divorciado. Era un caballero.

– Como lo conoció?

– Yo trabajaba en uno de sus negocios de flores. El que está en Madison. El acostumbraba ir a veces y mirar el stock, y hablar con nosotros. Conmigo. -agregó con una temblorosa sonrisa. -Entonces un día el llegó justo cuando yo estaba saliendo y ofreció llevarme a casa. Me tomó del brazo mientras caminábamos. Me dijo que estaba tramitando el divorcio y deseaba invitarme a comer con él alguna vez. Me imaginé que era sólo una línea que los tipos dicen en momentos como esos, usted sabe, cuando están dejando a su mujer, o como ella no los hacen felices, y todo ese tipo de cosas para llevarte a la cama con él. No soy estúpida.

No, pensó Eve, tú redefines la palabra.

– Pero Boney no era como esos. Nunca trató de hacer algo fuera de lugar.

Ella suspiró y empezó a frotar su mejilla otra vez con la piel del perro. -Era un romántico. Después de divorciarse nos citamos y me llevó a lugares realmente agradables pero nunca trató de hacer algo fuera de lugar. Finalmente yo traté de hacer algo fuera de lugar porque él era tan lindo, tan tierno y apuesto. Y después de eso, me preguntó si quería casarme con él.

– Diría que su primera esposa se resintió por esto?

– Probablemente. Quien no se resentiría por no tener a Boney para su propio deleite? Pero ella fue siempre muy agradable, y Boney jamás dijo nada malo sobre ella.

– Y sus hijos.

– Bueno, yo no pensé que ellos me agradarían al principio. Pero Boney dijo que iban a llegar a amarme porque él lo hacía. Y nunca tuvimos una pelea o algo así.

– Un gran familia feliz. -repitió Eve despúes de otros diez minutos con Bambi. -Todos querían a todos y Pettibone es el prototipo de buena persona.

– La esposa es boba. -Sugirió Peabody.

– La boba fue lo bastante lista para enganchar un esposo rico. Puede ser lo bastante lista para poner alguna pequeña extra en sus burbujas de cumpleaños. -Pero se detuvo un momento en lo alto de las escaleras para dejar que varias opciones jugaran en su mente.

– Hay que ser realmente listo, y tener nervios de acero para hacerlo mientras estaba parada justo al lado de él frente a una habitación llena de buenos deseos y testigos. Vamos a cavar un poco en la historia de ella, ver cuanto de ese toque de azúcar es real y cuanto es un acto. Alguien que vive con esa cantidad de rosa está en el tope de mi corta lista.

– Pienso que es una especie de muñeca, jugando el papel de “Me encanta ser una chica”.

– A veces me asustas, Peabody. Vamos a hacer una búsqueda tipo de ella para empezar. Bambi, -agregó saliendo- La gente que llama su hija Bambi debería saber que al crecer ella va a ser una boba. Ahora vamos a jugar con el Sr. Markie. A quien se le ocurrió esta mierda?

– Vamos a encontrarlo a él y al equipo de catering en la cocina.

– Bien. Vamos a encontrar a quien le dio a Pettibone el champán y le deseo feliz cumpleaños.

Cuando comenzó a cruzar el piso principal hacia la cocina, McNab corrió detrás de ella. -Dallas? El EM está aquí. Concuerda con el TM y el doctor sobre la apariencia de envenenamiento. No pueden decirlo oficialmente hasta que tengan al agarrotado en el depósito de cuerpos y hagan algunos exámenes.

– Gracias por ese colorido reporte, detective. Que el EM demore la información hasta que yo tenga la confirmación de la causa de la muerte ASAP. Ve adelante y dale una mirada a las entradas y salidas de los enlaces de la casa de las últimas veinticuatro horas, por si alguien fue descuidado.

– Estoy en eso. -Logró darle a Peabody una rápida palmada en el culo antes de irse.

– Teniendo a tus padres durmiendo contigo deberías dejar la tontería de jugar al toca-culo con McNab por un ratito.

– Oh, ellos no se quedan en mi casa. Dijeron que era muy pequeña y no querían sofocarme. No pude convencerlos. Ellos están su caravana. Les dije que no deberían hacerlo. Las ordenanzas de la ciudad y todo eso, pero sólo me palmearon en la cabeza.

– Llévalos a un hotel, Peabody, antes de que algún uniformado los cite.

– Me voy a ocupar de eso tan pronto como volvamos.

Entraron a la cocina. Era enorme, toda en blanco cegador y centelleante plateado. Y en ese momento reinaba el caos. Comida en varios estados de preparación estaba desparramada sobre los mostradores. Las bandejas estaban apiladas en torres, las copas en pirámides. Eve contó ocho uniformados del equipo apretados en un rincón comiendo y charlando con la energía nerviosa que las escenas de un crimen a menudo contagiaban a los testigos.

Una enorme jarra de café estaba dispuesta para el uso de policías y camareros. Uno de sus propios uniformados se estaba ayudando con una bandeja de bocadillos y otro estaba atacando el carro de postres.

Sólo fue necesaria su presencia para que la habitación cayera en la inmovilidad, y el silencio.

– Oficiales, si pueden organizarse y dejar la actitud de comer-todo-lo-que-pueda-del-buffet, tomen posiciones fuera de las puertas de ambas salidas de la cocina. Como la causa de la muerte no ha sido oficialmente declarada, les recuerdo que se están metiendo evidencia en la boca. Si es necesario, los voy a abrir a ambos en caso de que esa evidencia deba ser removida.

– No hay nada mal con mi comida. Un hombre se adelantó mientras los dos uniformados corrían afuera. Era bajo, de aspecto sencillo y una complexión olivácea. Su cabeza estaba afeitada y relucía suavemente como un témpano de hielo. Vestía un delantal blanco de carnicero sobre un formal traje negro.

– Usted es Markie?

– Sr. Markie. -dijo con fría dignidad. -Demando saber lo que ha pasado. Nadie nos dice nada, sólo nos ordenaron permanecer aquí. Si usted está a cargo…

– Estoy a cargo. Teniente Dallas, y lo que ha pasado es que Walter Pettibone ha muerto y estoy aquí para establecer como y porque.

– Bueno, teniente Dallas, puedo decirle que el Sr. Pettibone no encontró su fin por culpa de alguno de mis platos. No voy a permitir que se desbande ningún rumor con respecto a mi comida y mi negocio. Mi reputación es intachable.

– Detenga sus embates, Markie. Nadie lo está acusando de nada. – Ella levantó una mano antes de que él pudiera hablar y volvió su atención a los empleados. -Quien de ustedes sirvió al Sr. Pettibone antes de su brindis?

– No fue ninguno de nosotros. Estuvimos hablando sobre eso.

Eve estudió a la atractiva mujer asiática. -Y usted es?

– Sing-Yu. Estaba en el living cuando eso sucedió. Pero estaba terminando de hacer la vuelta con el champán cuando los invitados en esa sección levantaron los vasos para el brindis del Sr. Pettibone. Y Charlie… -movió el hombro hacia el delgado hombre negro a su lado. -El estaba trayendo los bocados de cangrejo.

– Yo estaba trabajando en el bar de la terraza. -Otro camarero levantó una mano. -Robert McLean. Y Laurie atendía a los invitados de la terraza. No dejamos nuestra estación hasta que escuchamos el griterío.

– Yo estaba en la cocina. -dijo otro hombre. -Yo soy, um, Don Clump. Usted recuerda, Sr. Markie? Estábamos aquí juntos cuando escuchamos la conmoción.

– Es correcto. -asintió Markie. -Justo había enviado a Charlie con los bocados de cangrejo, y estaba instruyendo a Don para empezar a pasar con los arrollados de hongos. Gwen estaba llegando con los vacíos, y escuchamos el griterío.

– Tengo un testigo que declaró que una mujer miembro de su equipo le puso en la mano al Sr. Pettibone un vaso de champán justo antes de que empezara su brindis.

Las miradas se cruzaron, cayeron.

– Esa debe ser Julie. -Sing Yu habló otra vez. – Lo siento, Sr. Markie, pero ella es la única que podría haber hecho eso, y es la única que no está aquí.

– Quien es Julie y porque no está aquí. -demandó Eve.

– No me gusta que mis empleados cotilleen sobre otro de ellos. -empezó Markie.

– Esta es una investigación policial. Las declaraciones de los testigos no son cotilleos y espero que usted y sus empleados cooperen. Quien es Julie? -preguntó Eve, volviéndose hacia Sing Yu.

– Ella tiene razón. -Markie lanzó un largo suspiro, luego se movió para palmear el hombro de Sing Yu. -Lo siento, mi querida, no estoy enojado contigo. Julie Dockport. -le dijo a Eve. -Ella estuvo con mi compañía por dos meses. En cuanto a donde está, no puedo decirle. Debe haberse deslizado afuera en la confusión que siguió inmediatamente cuando el Sr. Pettibone cayó. Me tomó unos pocos minutos darme cuenta de donde estaba el problema y salí de la cocina hacia el living. No pude verla. Cuando la policía llegó y nos dijo que viniéramos aquí, y nos quedáramos, ella no vino.

– Ella vestía este uniforme? -Eve señaló hacia el conjunto de pantalones negros y almidonadas camisas blancas del equipo de camareros.

– Si.

– Descríbala.

– Estructura mediana, supongo, del tipo atlético. Cabello corto rojo, atractiva. Alrededor de treinta, año más o menos. Debe chequear mi archivo de empleados para ser exacto.

– Peabody, lleva el equipo a otra área. Pon a un uniformado con ellos, luego busca a Julie Dockport.

– Sí, señor.

Cuando todos salieron, Eve se sentó, llamando a Markie con un gesto.

– Ahora. Dígame lo que sabe sobre esta mujer.

No era mucho. Escuchó palabras como competente, confiable, cooperativa.

– Ella se esmeró para conseguir un puesto. -Markie se paseó. -Controlé sus referencias. Era una excelente empleada. Sólo puedo pensar que se sintió mal y se asustó con lo que sucedió aquí esta noche y se fue.

Ambos volvieron la mirada cuando Peabody regresó. -No pude localizarla en ningúna lado, teniente.

– Haz una búsqueda, consigue su dirección. Necesitamos encontrarla. -Se puso de pie. -Puede irse.

– Mi equipo y yo tenemos que empacar la comida y las provisiones.

– No, no puede. Esta es una escena de crimen. Se va a quedar como está por ahora. Vamos a ponernos en contacto con usted cuando terminemos para que pueda limpiar la casa.

Ella buscó al hijo y a la hija a continuación. Con sus esposos ellos estaban apiñados en la punta de una mesa en el comedor formal. Cuatro pares de ojos rojos e hinchados, con lágrimas, se volvieron hacia Eve.

El hombre que se paró, apoyando una mano en la mesa, era de complexión ligera con cabello rubio denso y opaco, que llevaba corto y prolijo. Tenía una mandíbula suave y labios que parecían desaparecer cuando los presionaba juntos en una severa línea.

– Que sucedió? Quien es usted? Necesitamos algunas respuestas.

– Wally. -La mujer junto a el era igual de rubia, pero su cabello era brillante y largo. -Sólo lo haces peor.

– Como puede ser peor? -demandó él. -Mi padre ha muerto.

– Soy la teniente Dallas. Lamento mucho su pérdida, y me disculpo por la demora en hablar con usted, Sr. Pettibone.

– Walter C. Pettibone IV, -le dijo a ella. -Mi esposa, Nadine. -El aferró con su mano la de la rubia que le había hablado, apretándola. -Mi hermana, Sherilyn, y su esposo, Noel Walker. Porque nos mantienen aquí de esta forma? Necesitamos estar con mi padre.

– Eso no es posible en este momento. Hay cosas que es necesario hacer para darle esas respuestas que usted necesita. Siéntese, Sr. Pettibone.

– Que sucedió con mi padre? -Fue Sherilyn quien habló. Era una pequeña morocha, y Eve pensó que probablemente era remarcablemente bonita bajo mejores circunstancias. Ahora su rostro estaba devastado por las lágrimas. -Puede decirnos, por favor? -Ella alcanzó la mano libre de su hermano y la de su esposo, formando todos una unidad. -Que sucedió con papá?

– La causa de la muerte no ha sido confirmada.

– Yo escuché a los TM. -Lanzó un suspiro largo y profundo, y su voz se afirmó. -Los escuché decir que él fue envenenado. Eso no puede ser cierto.

– Lo vamos a saber muy pronto. Ayudaría si ustedes me dijeran lo que estaba haciendo cada uno, en que lugar de la habitación estaban cuando el Sr. Pettibone colapsó.

– Estábamos ahí mismo, parados junto a él. -empezó Sherilyn, -Todos estábamos parados ahí…

– Sherry. -Noel Walker llevó sus manos unidas hacia los labios. Era un gesto que Roarke a menudo hacía, como notó Eve. Uno de consuelo, de amor, de solidaridad.

El volvió su atención hacia Eve. Su cabello era oscuro como el de su esposa y caía en ondas alrededor de un rostro fuerte y atractivo. -Walt estaba haciendo un brindis. Dulce y sentimental. Era un hombre dulce y sentimental. Bambi estaba del lado derecho. Sherry estaba junto a ella y yo estaba a su derecha. Wally estaba directamente a su izquierda, con Nadine a su lado. Cuando él terminó su brindis, tomó un trago de champagne. Todos lo hicimos. Luego empezó a atragantarse. Creo que Wally lo palmeó en la espalda. Bambi lo aferró cuandl él se tambaleó. Se tiró del cuello de la camisa, como si estuviera demasiado apretado, luego cayó hacia delante.

Miró hacia Wally para que lo confirmara.

– Estaba jadeando. -continuó Wally- Lo volvimos sobre la espalda. Peter Vance, él es médico, pasó a través de la gente que se había amontonado alrededor. Y mi padre tenía una especie de convulsión. Peter dijo que llamaran a los TM. Nadine corrió a hacerlo.

– El pudo hablar con alguno de ustedes?

– Nunca dijo nada. -respondió Sherilyn. -El me miró. -Su voz se quebró otra vez. -Me miró a mi justo antes de caer. Todos estaban hablando a la vez. Sucedió tán rápido, no hubo tiempo de decir nada.

– De donde sacó él la bebida?

– De una bandeja, supongo. -dijo Wally. -Los camareros estaban pasando con champán desde que los invitados empezaron a llegar a las siete.

– No. -Sherilyn sacudió la cabeza suavemente. -No, una de las camareras se lo puso en la mano. Ella no cargaba una bandeja, sólo una copa. Le tomó la copa vacía y le dio una llena. Ella le deseó feliz cumpleaños.

– Es cierto. -confirmó su esposo. -La pequeña pelirroja. Le presté atención. Tenía unos ojos verdes sorprendentes. Soy pintor. -explicó. -Retratos principalmente. Tiendo a notar caras y lo que las hace únicas.

– Que hizo ella después de darle la bebida?

– Ella, ah, déjeme pensar. Walt llamó la atención de todos. La mayoría de los invitados estaban en el living en ese momento. Las conversaciones se calmaron cuando él empezó a hablar. Ella fue hacia atrás. Lo estaba escuchando, como el resto de nosotros. Sonriendo, creo. Sí, recuerdo haber pensando que era muy presentable, y como parecía estar interesada en lo que Walt estaba diciendo. Creo que le sonreí a ella cuando Walt terminó su brindis, pero lo estaba mirando a él. Luego todos bebimos, y no me volví a fijar en ella cuando Walt empezó a atragantarse.

– Yo creo que la ví. -Nadine levantó una mano hacia la larga cuerda triple de perlas que llevaba. -Cuando corrí para llamar por ayuda, la ví en el vestíbulo.

– Que estaba haciendo? -preguntó Eve.

– Creo que, bueno, debe haber estado yéndose. Estaba caminando hacia la puerta.

– Ninguno de ustedes la había visto antes de anoche? -Dado que ellos se miraron el uno al otro, con una especie de desconcertada negación con la caneza, Eve insistió. -Habían escuchado en nombre de Julie Dockport alguna vez? Tal vez su padre se los mencionó.

– Nunca lo escuché mencionar ese nombre. -Wally miró alrededor al resto de la familia, que negaron con la cabeza otra vez.

– Saben si estaba preocupado por alguien o algo? Un asunto de negocios, un problema personal.

– El era feliz. -dijo Sherilyn suavemente. -Era un hombre feliz.

– Un hombre feliz -declaró Eve después de liberar a la familia, -amado por todos no es envenenado en su cumpleaños. Hay algo debajo de este bonito cuadro, Peabody.

– Sí, señor. Los oficiales que fueron a la dirección de Dockport reportaron que no estaba ahí. Su vecina que vive cruzando el hall les dijo que ella salió esta mañana. Declaró que se fue a Filadelfia.

– Quiero a los barredores ahí, ahora. Quiero que peinen el lugar. No van a encontrar nada, pero quiero que lo hagan.

– Señor?

– Parece que nos la vemos con un profesional.

CAPITULO 4

Aunque era más de la una de la mañana cuando volvió a casa, Eve no se sorprendió de encontrar a Roarke en su oficina. Era raro que él durmiera más de cinco horas en una noche. También era raro que él no esperara levantado hasta que ella llegara a casa.

El trabajo era combustible para él, y ella lo sabía. Más que la obscena cantidad de dinero que hacía en un negocio, era el asunto en sí mismo, la planificación, la estrategia, la negociación, lo que impulsaba su interés y su energía.

El compraba porque las cosas estaban para ser compradas. Ella pensaba a menudo que las compañías, las fincas, las fábricas, los hoteles que él adquiría eran sus juguetes, pero bien sabía que era un hombre que tomaba sus juguetes muy, muy seriamente.

El había ampliado considerablemente los horizontes de ella desde que estaban juntos. Viajes, cultura, sociedad. Como se organizaba él para extraer tiempo para todo y más. El dinero no era nada para él, pensó, a menos que fuera disfrutado.

El hombre que dirigía un imperio comercial con un oportunismo más allá de lo razonable estaba sentado en su escritorio a la una y quince de la mañana, con un brandy junto a su mano, un gato gordo y ronroneante en su regazo y las mangas enrolladas mientras trabajaba en su computadora como cualquier oficinista mal pagado.

Y, pensó ella, lo disfrutaba.

– Estás en el medio de algo o estás jugando?

El levantó la mirada. -Un poco de ambos. Guardar datos y archivar. -ordenó a la computadora, luego se echó hacia atrás. -Los medios ya tienen tu homicidio. Lamenté escuchar sobre Walter Pettibone.

– Lo conocías?

– No demasiado. Pero lo bastante para apreciar su sentido de negocios y para saber que era un tipo de hombre agradable.

– Sí, todo el mundo amaba al bueno y viejo Walter.

– Los reportes de los medios dijeron que él colapsó durante una fiesta para celebrar su cumpleaños sesenta. Uno al que estábamos invitados, -agregó- Pero como no estaba precisamente seguro de cuando ibamos a regresar o con que humor, lo decliné. El asesinato no fue mencionado, sólo que la policía estaba investigando.

– Los buitres de los medios no tienen el informe oficial del EM todavía. Lo sé por mí misma. Es homicidio. Alguien le deslizó un poco de cianuro en su bebida. Que sabes sobre su ex esposa?

– No gran cosa. Creo que estuvieron casados por muchos años, y se divorciaron sin ningún escándalo. El se casó con alguna cosa joven y bonita un tiempo después. Hubo algunas sacudidas de cabeza sobre eso, pero el cotilleo murió bastante rápidamente. Walter no era de la clase de hombre para ser objetivo de chismorreo. No era bastante jugoso.

Eve se sentó, estirando las piernas. Cuando trató de acariciar a Galahad, el gato le gruñó por lo bajo. Con una mirada felina hacia Eve, sacudió la cola, se bajó y se alejó de ella.

– Está molesto porque no lo llevamos de vacaciones. -Roarke sofocó una sonrisa cuando Eve frunció el ceño detrás del gato. -El y yo hicimos un arreglo, pero aparentemente está manteniendo el rencor en lo que a ti concierne.

– Pequeño bastardo.

– Llamarlo con ese nombre no es la forma de reparar ofensas. Trata con atún fresco. Hace maravillas.

– No voy a sobornar a un maldito gato. -Ella levantó la voz, por cierto que la fiesta en cuestión estaba fuera de su alcance. -Si él no quiere que lo toque, bien. El quiere joderme porque… -Se detuvo cuando se escuchó si misma. -Jesus. Que estoy haciendo? Pettibone. Jugoso. Bueno, él era lo bastante jugoso para que alguien quisiera matarlo. Y en la forma en que lo hicieron, pagaron a un profesional.

– Un profesional liquidó a Walter Pettibone? -Roarke levantó una ceja. -Eso no se ve como un buen asunto.

– Una mujer consiguió trabajo con los camareros justo cerca del momento en que la actual Sra. Pettibone estaba planeando la gran fiesta sorpresa. La misma mujer trabajó en el asunto Pettibone, y le dio al chico del cumpleaños la copa de champán fatal. En la mano, personalmente, deseándole feliz cumpleaños. Se hizo atrás, pero permaneció en la habitación mientras él hacía su brindis, y bebía. Cuando se desplomó al suelo, ella salió del apartamento y puf! Se desvaneció.

Ella frunció un poco el ceño cuando Roarke se levantó, le sirvió un vaso de vino, y luego se sentó sobre el brazo de su silla.

– Gracias. Puse barredores en su casa, una casa que rentó dos días antes de tomar el trabajo de catering, y de la que se fue esta mañana. Una casa donde, de acuerdo a su vecina, ella pasaba poco tiempo. No hay huellas ni rastros de evidencia. Ni un jodido pelo perdido. Ella lo limpió. Fui a ver por mi misma. Un pequeño apartamento de una sola habitación, alquiler bajo, seguridad baja. Pero tenía cerrojos policiales instalados para mantener a los curiosos fuera.

– Estuviste viendo a… como es su nombre? Muffy? Twinkie?

– Bambi. Parece como si tuviera la capacidad mental de un brocoli, pero vamos a revisarla. Parece sinceramente una boba, pero ahora es una viuda boba realmente rica. Tal vez la ex esposa esperó su momento. -musitó Eve. -Jugando a ser agradable mientras trabajaba las cosas por fuera. Estuviste casada con un tipo por treinta años, hiciste una seria inversión. Podrías haberte irritado cuando él te dejó de lado.

– Voy a tenerlo en cuenta.

– Yo no voy a alquilar un asesino. -Ella lo miró al apetitoso rostro. -Te voy a dar la cortesía básica de asesinarte yo misma.

– Gracias, querida. -El se inclinó para besarle la cabeza. -Es reconfortante saber que te tomas interés personal en el asunto.

– Voy a chequear a la primera Sra. Pettibone en la mañana. Si ella hizo el contrato, es mi mejor enlace con esta Julie Dockport.

– Interesante. Una asesina profesional que selecciona el nombre de una prisión como apellido.

Ella se detuvo con el vaso de vino en los labios. -Que?

– El Centro de Rehabilitación Dockport. Creo que tengo un conocido que pasó algún tiempo en esas particulares instalaciones. -replicó mientras jugaba con el pelo de ella. -Creo que está en Illinois, o tal vez Indiana. Uno de esos lugares del Medio Oeste.

– Espera un minuto, espera un minuto. -Se paró de un salto. -Dockport. Veneno. Espera, espera. -Presionó los dedos sobre las sienes, exprimiéndolas por los datos.

– Julie. No, no Julie. Julianna. Julianna Dunne. Ocho, nueve años atrás. Justo después de que yo consiguiera mi escudo dorado. Envenenó a su esposo. Un gran recolector de fondos de caridad en la metrópoli. Yo trabajé en el caso. Era resbaladiza, muy hábil. Lo había hecho antes. Dos veces. Una en East Washington, otra en Chicago. Fue por eso que la atrapamos, por la de Chicago. Trabajé con el Departamento de Policía de Chicago. Estaba casada con un tipo rico, luego lo liquidó, tomó el dinero, y se reinventó a si misma para un próximo objetivo objetivo.

– Tú la enviaste ahí?

Distraída, ella sacudió la cabeza y continuó paseando. -Yo era parte de eso. No pude quebrarla en entrevista, nunca le saqué una confesión, pero teníamos bastante para una acusación, bastante para una condena. Mucho pesaron los test síquicos. Ella estaba tocada. Seriamente tocada. Odiaba a los hombres. Y al jurado no le gustó ella. Era jodidamente engreída, demasiado fría. Ellos le agregaron tres esposos muertos y cerca de medio billón de dólares y le direon de diez a veinte años. Fue lo mejor que pudimos conseguir y tuvimos suerte con eso.

– Tres asesinatos y le dieron diez a veinte?

Estaba recordando, en una suave marea ahora. -East Washington no pudo sujetarla. Lo que nosotros teníamos aquí se había estancado. Los abogados pidieron que los otros cargos cayeran y como la mayoría era circunstancial, tuvimos que tragárnoslos. Ella tuvo reducida por capacidad disminuída. Traumas de la infancia, blah, blah. Ella usó la mayor parte del dinero del primer esposo, lo único que podía usar legalmente, para disputar el trato y pagar el juicio y las apelaciones. Eso la jodió. Llevaron el juicio a Chicago, y yo fui ahí para el veredicto. Estoy segura de que fui ahí. Después, ella pidió hablar conmigo.

Ella se sentó detrás del escritorio, y pensó mientras lo miraba que Roarke sabía que ella estaba diez años atrás, y viendo a Julianna Dunne. -Dijo que ella sabía que yo era la responsable por su arresto, su condena. Los otros policías… espera un minuto. -murmuró y se envió atrás en el tiempo para escuchar la voz de Julianna.

– Los otros policías eran solo hombres, y ella nunca hubiera perdido una batalla con un hombre. Ella me respetaba, de mujer a mujer, y entendía que yo sólo había hecho mi trabajo. Y ella también. Estaba convencida de que yo llegaría a verlo eventualmente. Ibamos a hablar otra vez, cuando yo lo hiciera.

– Que le respondiste?

– Que si hubiera sido por mí, la hubiera encerrado por los tres asesinatos y nunca hubiera visto la luz del día otra vez. Que si yo era responsable por ponerla a ella donde estaba, bien por mí, pero si yo hubiera sido el juez, hubiera purgado tres condenas consecutivas de por vida. Y que esperaba que llegara a verlo eventualmente, porque no teníamos nada más que hablar.

– Claro, conciso y al punto, aun con tu reluciente nueva insignia dorada.

– Si, supongo. A ella no le gustó, ni un poco, pero sonrió y dijo que estaba segura de que la próxima vez que nos encontráramos yo iba a ver las cosas más claramente. Y eso es todo. El del catering va a transmitirnos los registros de empleo en la mañana. No puedo esperar tanto. Puedes meterte en ellos, sacar su foto y datos?

– De quien es el catering?

– El Sr. Markie.

– Excelente elección. -El se levantó y fue detrás del escritorio.

– Puedo usar yo esta otra unidad?

– Eres mi invitada. -El se sentó y empezó a trabajar.

Mientras él lo hacía, Eve ordenó subir los datos de Julianna Dunne. Repasó el texto que apareció en la pantalla de pared, escuchando con la mitad de un oído la información de respaldo mientras estudiaba la más reciente foto de identificación.

En el momento en que fue sacada la foto ella llevaba el pelo largo. Largo y delicadamente rubio iba bien con el rostro clásico y los rasgos. Su boca era blanda, un poco pesada arriba, nariz estrecha y perfecta. A pesar de una década en prisión, su piel se veía suave y cremosa.

Se veía, imaginó Eve, como una de esas glamorosas chicas de los viejos videos que Roarke disfrutaba tanto.

Liberada del Centro de Rehabilitación Dockport, febrero 17, 2059. Purgados ocho años, siete meses. Sentencia reducida por buena conducta. Sujeto alcanzó los requerimientos de rehabilitación. Cumplido mandamiento de control por sesenta días, firmado abril 18 por orden del oficial consejero de rehabilitación Otto Shultz, Chicago, sin restricciones. Residencia actual 29 Tercera Avenida, apartamento 605, ciudad de New York.

– Nada más -comentó Eve.

– Tus datos, teniente. -dijo Roarke y las puso en la siguiente pantalla de pared.

Ella estudió las imágenes de Julianna una junto a la otra. -Se cortó el cabello, lo tiñó de rojo, cambió el color de ojos. No se parecen en mucho más. Esto no encaja con su vieja pauta. Registramos su dirección correcta, aunque temporaria. Julianna llegó a un punto y lo cruzó. Porque haría lo que hizo con Walter Pettibone?

– Crees que ella se volvió profesional?

– Le gusta el dinero, -murmuró Eve. -Eso, no sé, alimenta alguna necesidad. La misma necesidad que alimenta asesinando hombres. Pero no concuerda con su vieja pauta. El punto es, que ella regresó, y asesinó a Pettibone. Tengo que actualizar todos los puntos.

– Has considerado que haya regresado aquí, asesinado aquí, por tu causa?

Eve suspiró. -Tal vez. Eso significaría que yo le dejé una impresión del infierno en ella todos esos años atrás.

– Tú tiendes a dejar una impresión.-

Ya que ella no pudo pensar en una respuesta, sacó su comunicador y ordenó un boletín con todos los nuevos puntos sobre Julianna Dunne.

– Si está siguiendo la vieja pauta, ya estará fuera de la ciudad. Pero la atrapamos una vez, vamos a atraparle de nuevo. Necesito meter a Feeney en esto. Eramos compañeros cuando la atrapamos.

– Si bien le tengo aprecio, espero que no intentes hacerlo hasta la mañana.

– Sí. -le dió una ojeada a su unidad de muñeca. -No se puede hacer nada más por esta noche.

– No lo sé. -El rodeo su escritorio, y deslizó sus brazos sobre ella. -Puedo pensar en algo.

– Generalmente lo haces.

– Porque no vamos a la cama, y te desnudo. Luego vemos si tú piensas en algo también.

– Supongo que es razonable. -empezó a salir con él. -No te pregunté: como siguió el resto del asunto con los Peabody?

– Mmm. Bien.

– Me lo imaginaba. Te manejas con los desconocidos mejor que yo. Oye, supe que ellos se iban a quedar en su caravana, en la que viajaron hasta acá, y no es una buena idea. Pensé que ya que tienes hoteles y todo eso podrías conseguirles una habitación.

– Eso no va a ser necesario.

– Bueno sí, porque si ellos acampan en esa cosa en la calle o en algún lugar, la policía los va a citar, tal vez los desalojen. No pueden quedarse con Peabody porque su casa es pequeña. Consígueles una habitación vacía en un hotel o algún departamento que puedan usar.

– Me imagino que puedo hacerlo, sí, pero… -En la puerta del dormitorio, él la empujó adentro, hacia la cama. -Eve.

Ella empezó a sentir una mala espina. -Que?

– Tú me amas?

Realmente una mala espina. -Tal vez.

El bajó su boca hacia ella, besándola suave y profundo. -Sólo dí que sí.

– No voy a decir que sí hasta que sepa porque estás preguntando.

– Tal vez porque estoy inseguro, y necesito, y quiero tranquilizarme.

– Mi culo.

– Sí, quiero tu culo también, pero primero está la cuestión de tu grandioso, generoso e incondicional amor por mi.

Ella lo dejó que la despojara del arnés con el arma, notando que la ponía bien fuera de su alcance antes de volverse y desprenderle los botones de la camisa. -Quien dijo que era incondicional? No recuerdo haber incluído esa cláusula en el trato.

– Porque será que tu cuerpo es una constante fascinación para mí? -El le pasó los dedos ligeramente por los pechos. -Es tan firme y suave a la vez.

– Estás dando vueltas. Y tú nunca lo haces. -Ella le aferró las muñecas antes que pudiera terminar el trabajo de distracción. -Hiciste algo. Que hiciste… -La realidad la golpeó y su mandíbula cayó casi hasta los pies. -Oh mi Dios.

– No se como fue que sucedió, precisamente. Realmente no puedo decir como fue que los padres de Peabody están ahora instalados en la habitación de invitados del tercer piso. Ala este.

– Aquí? Se quedaron aquí? Les dijiste si querían quedarse aquí? Con nosotros?

– No estoy seguro.

– Que quieres decir con no estoy seguro? Se lo preguntaste o no?

– No es el punto empezar una discusión -Uno debía, como él sabía muy bien, cambiar a la ofensiva cuando la defensa se caía. -Tú fuiste la que los invitó a cenar, después de todo.

– A cenar, -siseó ella, como si pudieran escucharla en el ala este. -Una comida no viene con privilegios para dormir. Roarke, son los Peabody. Que demonios vamos a hacer con ellos?

– Yo tampoco sé. -El humor reapareció en sus ojos, y se sentó sonriendo. -No soy fácil de convencer. Tú lo sabes. Y te juro que aún ahora no estoy seguro de cómo lo organizó ella, pienso que lo tenía organizado, y lo hizo, cuando los estaba entreteniendo después de cenar y Phoebe pidió recorrer la casa. Estaba diciendo que debe ser agradable tener tantas habitaciones adorables, y que confortable y hogareño era todo a pesar del tamaño y el espacio. Y estábamos en el ala este y ella deambulaba por una de las habitaciones de invitados y fue hacia la ventana y dijo que había una maravillosa vista de los jardines. Y mira, Sam, no es una vista maravillosa y todo eso. Extrañaba sus flores, me dijo. Y yo dije algo sobre que era bienvenida a recorrer el jardín si quería.

– Y como fue que llegaste de caminar por los jardines a dormir en la habitación de invitados?

– Ella me miró.

– Y?

– Ella me miró, -repitió con una especie de atontada fascinación- y desde ahí es difícil de explicar. Ella decía que reconfortante era para ellos saber que su Delia tenía tan buenos amigos, almas generosas y algo por el estilo. Y cuanto significaba tener este momento para llegar a conocer a esos amigos. Antes de que me diera cuenta estaba haciendo arreglos para que sus cosas fueran recogidas, y ella me estaba dando un beso de buenas noches.

– Peabody dijo que ella tenía el poder.

– Yo te lo digo ahora, la mujer tiene algo. No es mi imaginación. Es una casa grande y ellos me gustan bastante. Pero, por Cristo, usualmente sé lo que voy a decir antes de que salgo de mi boca.

Divertida, ella se le acercó, enganchando sus brazos en el cuello de él. -ella te hizo un hechizo. Estoy un poco apenada por no darme cuenta.

– Ah, lo ves? Tú me amas.

– Problemente.

Estaba sonriendo cuando lo hizo rodar con ella en la cama.

En la mañana, Eve dedicó treinta minutos a trabajar en el gimnasio, y los terminó con unas vueltas en la piscina. Cuando disponía del tiempo, era una rutina invariablemente instalada en su mente y hacía que su sangre se moviera. Para el momento en que pasó la décima vuelta, ya había delineado los próximos pasos en el caso Pettibone.

Seguir tras Julianna Dunne era prioritario, y eso significaba excavar en los viejos archivos, dándole una dura mirada a pautas, asociaciones, rutinas y hábitos. Eso implicaba, muy probablemente, una gira a Dockport, para entrevistar a los internos o guardias con los que Julianna hubiera tenido una relación.

En lo que la memoria servía, Julianna estaba muy capacitada para mantenerse por sí misma.

La siguiente prioridad era el motivo. Quien quería la muerte de Pettibone? Quien se beneficiaba. Su esposa, sus hijos. Posiblemente un competidor en los negocios.

Una mujer que se veía como Bambi podría tener otro hombre en su vida. Vería por ese lado. Un antiguo amante celoso. O un plan a largo plazo para enganchar al viejo rico, envolverlo y luego eliminarlo.

Luego estaba la ex esposa, que podría obtenido revancha y satisfacción pagándole por dejarla a un lado.

Podía ser que Pettibone no fuera el santo que parecía ser. Podía hacer conocido a Julianna. Podía haber sido uno de sus potenciales objetivos un década atrás, alguien que hubiera seducido con un romance. O ella podía haberlo investigado mientras estaba en prisión, para jugar con él cuando fuera liberada.

Ese ángulo estaba alto en su lista, y era demasiado pronto para descartar cualquier posibilidad.

Para conocer al asesino, conoce a la víctima, pensó. Para conocer al asesino, o encontrar el motivo, tenía que saber más sobre Pettibone. Y verse a sí misma como Julianna Dunne.

Al final de la vuelta veinte, sintiéndose suelta y relajada, se echó el pelo hacia atrás y se paró en la parte baja de la piscina. Ahí empezó a bracear, moviéndose como a través de una jungla de plantas. Adelantando la cabeza, empujando con el cuerpo.

– Bueno, si esto es lo que los tipos malos ven antes de que los arreste, no imagino como no caen de rodillas pidiendo clemencia.

Phoebe entró caminando, llevando una toalla. -Lo siento, -agregó- Sé que no me escuchó cuando entré. Me detuve a observarla. Nada como un pez, en el mejor sentido de la palabra.

Porque estaba tan desnuda como un pez, Eve tomó la toalla, envolviéndose rápidamente en ella. -Gracias.

– Roarke dijo que usted había bajado aquí. Le traje un poco de café. -Le dejó una taza de gran tamaño sobre la mesa. -Y una de las asombrosas medialunas de Sam. Quería tener un momento para agradecerle por su hospitalidad.

– No hay problema. Ustedes, ah, están bien instalados?

– Es difícil estar de otra manera aquí. Tiene un minuto, o está apurada?

– Bueno, yo…

– La medialuna es recién hecha. -Ella le alcanzó el plato, lo bastante cerca para la fragancia la hipnotizara. -Sam se encargó de encantar a Summerset para que lo dejar usar la cocina.

– Puedo tomarme un minuto. -Porque ponerse una bata significaba sacarse la toalla primero, se sentó como estaba. Y porque Phoebe la estaba observando, rompió una esquina de la medialuna.

– Grandiosa. -E inmediatamente comió otro pedazo.- Realmente grandiosa.

– Sam es un cocinero brillante. Eve, puedo llamarla Eve? Sé que la mayoría no lo hace.

Tal vez era por la tranquila mirada, o el tono de la voz, o la combinación de ambas, pero Eve dejó de retorcerse en la silla. -Seguro, está bien.

– La estoy incomodando. No deseo hacerlo.

– No, usted… -Ella se retorció. -Es que no soy buena con la gente.

– No creo que eso sea cierto. Usted ha sido buena con Delia. Excepcionalmente buena. Y no me diga que es sólo por el trabajo, porque sé que no lo es. -Phoebe tomó una taza de té, observando a Eve mientras bebía. -Eso fue un cambio para ella el año pasado. Ella ha crecido, como persona. Dee siempre pareció saber lo que quería hacer, lo que quería ser, pero desde que está trabajando con usted encontró su lugar. Tiene más confianza, lamentablemente en cierta forma, creo que es por las cosas que ha visto y hecho. Pero la ha endurecido. Sus cartas y llamadas hablan siempre de usted. Imagino que sabe lo mucho que significa para ella que la haga participar en lo que usted hace.

– Escuche, Sra. Peabody… Phoebe… -corrigió- Yo no hice… Yo no tengo… -Ella suspiró- Voy a decirle algo sobre Peabody, y no quiero que se lo diga a ella.

Los labios de Phoebe se curvaron. -De acuerdo. Lo que me diga va a quedar entre nosotros.

– Ella tiene buen ojo y un cerebro rápido. La mayoría de los policías lo tienen o no durarían mucho. Tiene buena memoria, por lo que no tienes que perder tiempo sobre el mismo tema con ella. Sabe lo que significa servir y proteger, lo que realmente significa. Eso hace una diferencia en que clase de policía quieres llegar a ser. Yo pasé un largo tiempo trabajando sola. Me gustaba de esa forma. No había nadie que yo quisiera conmigo después que mi antiguo compañero fuera transferido a DDE.

– El Capitán Feeney.

– Sí, cuando Feeney consiguió sus barras y se fue a la DDE, yo trabajé sola. Luego me crucé con Peabody, toda chispeante y pulcra y con su sarcasmo disimulado. Yo no quería tener una uniformada. Nunca intenté ser entrenador de nadie. Pero… ella es una chispa. No sé de que otra forma decirlo. Tú no ves este tipo de cosas cada día en el trabajo. Ella quería ir a Homicidios, y me imagino que los muertos necesitan toda la chispa que puedan tener. Lo hubiera conseguido sin mí. Sólo le dí un impulso.

– Gracias. Me preocupo por ella. Es una mujer crecida, pero es mi niñita. Siempre lo será. Es la maternidad. Pero me voy a preocupar menos después de lo que usted me dijo. Supongo que no querrá decirme lo que piensa de Ian McNab.

Algo parecido al pánico se cruzó en la garganta de Eve. -Es un buen policía.

Phoebe echó atrás la cabeza y rió hasta el que el rico y divertido sonido llenó la habitación. -Como sabía yo que usted diría eso? No se preocupe, Eve, él me gusta mucho, más aún desde que él metido de amor con mi pequeña.

– Metido en las sábanas está. -murmuró Eve.

– Ahora, sé que necesita ir a trabajar, pero tengo un regalo para usted.

– Ya nos dió un regalo.

– Ese era de parte de mi hombre y mío para usted y su hombre. Este de mi parte para usted. -Ella se volvió para tomar una caja puesta en el piso, y la puso sobre el regazo de Eve. -Los regalos no debería ponerla nerviosa. Sólo tiene que tomarlos, por aprecio o por afecto. Ambos en este caso. Lo traje conmigo antes de estar completamente segura de que veníamos camino a New York. Antes de estar completamente segura de dárselo. Tenía que conocerla primero. Por favor, ábralo.

Sin otra salida, Eve abrió la cubierta. Adentro había una estatua de mujer, tal vez de más de ocho pulgadas, esculpida en un cristal casi transparente. Su cabeza estaba echada hacia atrás, por lo su cabello le caía por la espalda casi hasta los pies. Los ojos estaban cerrados, la boca abierta en una tranquila sonrisa. Tenía los brazos a los costados, con las palmas levantadas.

– Es la diosa- -explicó Phoebe. -Tallada en alabastro. Representa la fuerza, el coraje, la prudencia, la compasión que es únicamente femenina.

– Es estupenda. -Levantándola, Eve observó que la luz que entraba por las ventanas brillaba en la figura tallada. -Parece vieja, en una buena forma. -agregó rápidamente e hizo reir a Phoebe otra vez.

– Si, es vieja, en una buena forma. Era de mi tatarabuela. Fue pasando de mano en mano, de mujer a mujer hasta que llegó a mi. Y ahora a usted.

– Es hermosa. Realmente. Pero no puedo quedármela. Es algo que usted necesita mantener en su familia.

– Phoebe extendió el brazo, poniendo una mano sobre las de Eve, que tenía sobre la estatua. -La estoy manteniendo en mi familia.

Su oficina en la Central era demasiado pequeña para un encuentro donde dos de más personas estuvieran involucradas. Su llamada para reservar una sala de conferencias terminó en una corta, amarga e insatisfactoria discusión.

Con sus opciones reducidas, ella se reorganizó y programó la reunión en la oficina de su casa.

– Problemas, teniente? -preguntó Roarke entrando desde su oficina a la de ella.

– No hay salas de conferencia disponibles hasta las cuatro? Eso es una mierda.

– Eso es lo que te escuché decir, bastante brutalmente, en el enlace. Tengo que irme al centro. -Se acercó, deslizando la punta de sus dedos a lo largo de la hendidura de su barbilla. -Hay algo que pueda hacer por ti antes de irme?

– Ya lo arreglé

Bajó los labios hacia los de ella, entreniéndose ahí. -No debería demorarme. -El retrocedió, y divisó la estatua sobre el escritorio. -Que es esto?

– Me lo dió Phoebe.

– Alabastro. -dijo cuando la levantó. -Es adorable. Una diosa de alguna clase. Te la dio a ti.

– Sí, es para mí. La diosa de los policías. -Miró fijamente la cara tranquila y serena de la estatua, recordando haber quedado atrapada en la tranquila y serena cara de Phoebe Peabody. -Me estuvo diciendo cosas. Creo que son los ojos. Si quieres mantener tus pensamientos para ti mismo, nunca la mires directamente a los ojos.

El rió y puso la estatua en su lugar otra vez. -Me imagino a un número de personas diciendo exactamente lo mismo de ti.

Era algo para pensarlo, pero tenía trabajo que hacer. Sacó archivos, repartiendo datos en varias pantallas, buceando luego en el registro de Julianna Dunne.

Ya había hecho una segunda página de nuevas notas cuando Peabody y McNab llegaron. -Hagan la incursión al AutoChef ahora -ordenó sin levantar la vista. -Los quiero instalados cuando llegue Feeney.

– Tienes un nuevo enfoque? -preguntó Peabody.

– Quiero reunir a todos a la vez. Necesito más café aquí.

– Sí, señor. -cuando Peabody trató de alcanzar la taza vacía de Eve, vió la estatua. -Te dio la diosa.

Ella levantó la vista ahora, y ante su terror, vió lágrimas brotando de los ojos de Peabody. McNab las había visto también. El murmuró, -cosas de chicas- y desapareció en la cocina adjunta.

– Escucha, Peabody, en cuanto a eso…

– Y la pusiste en tu escritorio.

– Sí, bueno… Me imagino que se suponía que era para ti, así que…

– No, señor. -Su voz era temblorosa cuando levantó los ojos empapados hacia Eve. Y sonrió. -Ella te la dio, y eso significa que confía en ti. Te acepta. Eres de la familia. Y tú la pusiste aquí, justo en tu escritorio, y eso significa que lo aceptas. Es muy emocionante para mí -agregó y sacó un pañuelo. -Te amo, Dallas.

– Oh, diablos. Si tratas de besarme, te corto la cabeza.

Peabody lanzó una húmeda risa y se sonó la nariz. -No estaba segura de que ibas a hablar conmigo esta mañana. Papá llamó y dijo que se estaban quedando aquí.

– Tu madre le puso el hechizo a Roarke. Eso fue lo que pasó.

– Sí, puedo imaginarlo. No estás molesta?

– Sam hizo medialunas esta mañana. Tu madre me llevó una, con café.

La sonrisa iluminó la cara de Peabody. -Está todo bien entonces.

– Aparentemente. -Eve levantó la taza, frunciendo los labios al mirar adentro. -Pero parece que no tengo café en este momento. Como puede ser?

– Voy a corregir ese descuido inmediatamente, teniente. -Peabody recuperó la tasa, y dudó. -Un, Dallas? Bendiciones para ti.

– Que?

– Lo siento, no puedo evitarlo. El entrenamiento Free-ager. Es sólo… Gracias. Por todo. Gracias.

CAPITULO 5

– Julianna Dunne. -Feeney tragó su café y sacudió la cabeza. Tenía el vivo rostro de un basset hound, los ojos caídos de un camello. Su corto cabello color gengibre, salpicado de plata, se veían como si hubiera sido atacado por algún tipo de maníaco con tijeras de jardín. Lo que significaba que había sido recientemente recortado.

Estaba sentado en la oficina de Eve, sus piernas más bien regordetas, estiradas. Ya que tenía puesta una media marrón y una negra, Eve concluyó que su esposa no se había encargado de organizarle la ropa esa mañana.

No era muy moderno para vestir. Pero cuando se trataba de electrónicos, él mandaba.

– Jamás esperé recibir otro noticia de ella.

– No tenemos huellas o ADN ni en la escena del crimen ni en el apartamento que dejó Julie Dockport para verificar. Pero la visual -hizo gestos hacia las fotos de ID desplegadas en la pantalla- me da una identificación ocular. Corrí una probabilidad en forma, y dio un noventa y nueve por ciento de que Julie Dockport y Julianna Dunne sean la misma persona.

– Si sólo salió de la jaula en la primera parte del año, -comentó McNab- trabaja rápido.

– Trabaja. -dijo Eve- Ahora tiene treinta y cuatro años. En el momento en que tenía veinticinco se había casado con tres hombres, y asesinado a tres hombres. Por lo que sabemos. En la superficie era por los beneficios. Se enfocaba en tipos ricos mayores, hombres establecidos. Cada uno de ellos había estado casado previamente y divorciado. Su relación más corta fue de siete meses, la más larga, de trece. Otra vez, en cada caso ella recibió una buena herencia al desaparecer el cónyuge.

– Bonito trabajo si te animas a hacerlo. -apuntó Peabody.

– Elegía a cada hombre, investigaba sobre él, su historia, lo que le gustaba y lo que no, hábitos y todo lo demás. Meticulosamente. Sabemos esto porque pudimos localizar una caja de seguridad en Chicago que contenía sus notas, fotografías y datos del esposo número dos, Paul O’Hara. Ese fue uno de los ladrillos que usamos para encerrarla. Nunca pudimos encontrar cajas similares en New York o East Washington.

– Podría tener un compañero? -preguntó Peabody. -Alguien que removiera o destruyera evidencia?

– Improbable. Por lo que cada investigador pudo descubrir, ella trabajaba sola. Su perfil síquico lo corroboró. Su patología básica era bastante directa. Su madre se divorció de su padre cuando Julianna tenía quince. Su padrastro era también divorciado, viejo, rico, un típico ranchero tejano que llevó los golpes al hogar. Ella reclamó que él la molestó sexualmente. La policía siquiátrica fue incapaz de determinar si las relaciones sexuales de Julianna con su padrastro, que él negó, fueron consensuales o forzadas, pienso que ella llegó a creerle a Julianna. En todo caso, era una menor cuando fue abusada.

– Y fue el argumento principal para acortar la condena. -agregó Feeney.

– Entonces ella está asesinando a su padrastro. -Peabody miró hacia la pantalla- Una y otra vez.

– Tal vez.

Y viendo fijamente la pantalla, Eve pudo ver a la niña que ella misma había sido, acobardada en la esquina de la habitación fría y mugrienta, enloquecida por el dolor de la última paliza, la última violación. Cubierta de la sangre de él, con el cuchillo que había usado para matar a su padre, firme y goteando en su mano de poco más de ocho años.

Su estómago se revolvió, y tuvo que forzar la imagen hacia atrás.

– Nunca compré eso. -Eve mantuvo su voz tranquila, esperando controlar la naúsea. -Hizo los asesinatos con premeditación. Donde está la rabia, el terror, la desesperación? Lo que sea que haya sucedido con su padrastro, ella lo usó. Es una asesina fría como una piedra. Nació de esa forma, no se hizo.

– Voy a estar con Dallas en esto. -agregó Feeney. -Esta mujer tiene hielo en vez de sangre, y no es ninguna víctima. Ella caza.

– Los barredores no han recogido nada todavía. -Eve se volvió- No espero que lo hagan. Debe haberlo planificado cuidadosamente, tendrá ya un nuevo nombre, nueva personalidad, nueva historia. No puede cambiar su aspecto en mucho. Es demasiado vanidosa, y le gusta la forma en que se ve. Le gustan las cosas de chicas. Como ropas, cabello, chucherías. Meterse en las mejores tiendas y restaurantes. No la vas a encontrar en los negocios de sótano, clubes de sexo o bares. Prefiere las ciudades grandes, dentro del planeta. Vamos a pasarle su foto a los medios, y puede que tengamos suerte.

– Eso podría agregarle un poco de suerte al trabajo policial, pensó Eve. Julianna comete pocos errores. Nuestro problema es que ella se mezcla con la gente. Está muy preparada para eso. La gente que la conoce ve una mujer atractiva, haciendo sus negocios. Si hace amigos, son sólo herramientas temporarias. Ninguno llega a intimar con ella.

– Si ella se hizo profesional, puedes apostar tu culo a que es buena. -Feeney infló sus mejillas. -Puede ir a cualquier-jodido-lugar desde ahora, Dallas.

– Entonces vamos a empezar a mirar. Todo-jodido-lugar. Recuerdas al primario de Chicago?

– Sí. Sí, ah… Spindler.

– Exacto. Y Block en East Washington. Puedes contactarlos? Mira que tienen ellos.

– Sí. Yo tenía algunas notas personales sobre ella, también. Las saqué, y las agregué a la mezcla.

– El perfilador que hizo el trabajo y las pruebas de Julianna se ha retirado. Voy a pasar por lo de Mira, a ver si ella pueda consultar con el perfilador del registro. McNab, ahora mismo eres un droide. Quiero que saques todos los datos de todos los casos, quiero los índices, referencias cruzadas de cada una de las similitudes. Haz archivos. Conexiones familiares, asociados conocidos, finanzas. Consigue al enlace con los prisioneros de Dockport y que te de los nombres de los reclusos que trabajaban con ella, los que estaban en su bloque. Quiero conocer a la gente con la que ella pasaba tiempo. Yo me voy a ver que puedo sacarle a la primera Sra. Pettibone. Peabody, conmigo.

Eve se puso detrás del volante, y dado que Shelly Pettibone vivía en Wetchester, tocó el mapa en el salpicadero para conseguir la mejor ruta y direccion. Fue una placentera sorpresa cuando la ruta en el acto apareció en pantalla.

– Mira eso! Funciona.

– La tecnología es nuestra amiga, teniente.

– Seguro, cuando no nos está clavando con sus propios juegos enfermos. Eso está a un par de millas de la casa del Comandante Whitney. Con mi suerte la Sra. Pettibone es la mejor amiga de la esposa del comandante.

Dando vueltas sobre la posibilidad, inició la marcha.

– Papá dijo que él y mamá iban a los suburbios hoy. A ver el Village y SoHo y todo eso.

– Hmmm? Oh, sí. Bien.

– Los voy a llevar a cenar esta noche, por lo que te van a dejar libre.

– Ajá.

– Luego les dije de hacer un sexo conjunto, y McNab y yo hicimos varios actos sexuales exóticos para ellos.

– Suena bien.

– Pensé que si tú y Roarke querían venir también, podíamos armar una pequeña orgía. Tú sabes, un cuarteto.

– Crees que no te estoy escuchando, pero te equivocas. -Eve se introdujo en el tráfico.

– Oh. Oops.

Eve pasó apenas una luz en amarillo, gruñéndole al maxibus que se cruzaba en su camino. Con una vuelta de volante, Ella pasó a través de una estrecha brecha, apretando el acelerador, y con otro volantazo, dejó atrás al bus limpiamente.

La ráfaga de irritados bocinazos le trajo un ligero rubor.

– Así que me imagino que entre tus padres y el caso fresco no has tenido mucho tiempo para trabajar con Stibbs.

– Algo hice. Maureen Stibbs, de soltera Brighton, no sólo vivía en el mismo edificio que la fallecida, sino en mismo piso. Y como lo hace ahora, Boyd Stibbs a menudo trabajaba desde su casa, mientras su primera esposa viajaba hasta su lugar de empleo durante la semana laboral. La antigua Srta. Brighton estaba empleada como consultora de diseño desde su hogar, y también trabajaba fuera de su oficina en casa cuando no viajaba para ver clientes. Esto le daba al actual matrimonio tiempo y oportunidad para un hanky-panky.

– Hanky-panky. Es un término legal?

– Boyd Stibbs se casó con Maureen Brighton dos años y medio después de la trágica muerte de Marsha Stibbs. Me figuro que es un tiempo bastante largo si estaban enroscándose…

– Otro término legal. Peabody, estoy tan impresionada.

– … mientras Marsha estaba viva. -continuó Peabody. -Pero eso también sería bastante astuto. De todos modos, si ellos estaban haciendo la rumba horizontal, éste un término médico, y querían hacerlo un asunto permanente, el divorcio era la opción más fácil. No es como si Marsha tuviera una pila de dinero que Boyd hubiera perdido si la hubiera abandonado. No puedo imaginarme ningún motivo para premeditación.

– Y porque estabas buscando premeditación?

– Las cartas. Si decimos que todas las declaraciones de amigos, conocidos, gente con la que ella trabajaba, incluso de su esposo y su reemplazante, son válidas, tenemos que aceptar el ángulo de que ella nunca tuvo un amante. Entonces alguien tuvo que plantar las cartas. Alguien tuvo que escribirlas, y ponerlas en su cajón. Después del crimen.

– Porque después?

– Porque una mujer sabe lo que tiene en el cajón de la ropa interior. Si ella hubiera ido por un par de medias, hubiera encontrado las cartas. -Peabody hizo una pausa. -Esto es como un examen?

– Sigue. Armalo para mi.

– Ok, alguien con acceso al departamento de ella, alguien que estuvo ahí la noche que ella murió, puso las cartas en su cajón. Y me parece que la elección del cajón es cosa de una mujer. No es probable que un tipo esté picando en el departamento de lencería para esconder algo. No sabemos cuando fueron escritas las cartas porque no sellos de envío, o estampillas. Podrían haber sido escritas la noche en que fue asesinada. Y si fue así, eso descarta la premeditación y se traslada a cubrir un impulso. Un crimen de pasión.

– Entonces la teoría es que una persona o personas desconocidas asesinaron a Marsha Stibbs en un impulso, luego la pusieron en la bañera esperando cubrir el asesinato con un accidente. Preocupada porque no fuera suficiente, esta persona escribió luego cartas de un amante inexistente, las plantó en el cajón de la víctima para que luego pudiera aparentar que ella fue asesinada por un amante inexistente en una discusión.

– Ok, eso suena un poco fuera de lugar.

– Entonces mételo en su lugar.

– Estoy nerviosa, porque ésto realmente se siente como una prueba. -Peabody aclaró su garganta cuando Eve simplemente le envió una mirada pétrea. -Algo del resto de la teoría es sólo instinto. Mira en la forma en que los dos reaccionaron con nosotras. Boyd parecía triste, un poco tembloroso inicialmente, pero se alegró de que fuéramos. Podría haber sido una actuación, pero no tuvo tiempo para prepararse, y parecía real su insistencia en que Marsha no tenía un amante.

Hizo una pausa, esperando la afirmación o la refutación de Eve, pero no obtuvo más que silencio. -Ok, sigo. La coartada de él es sólida, y aún si hubiera arreglado el asesinato, me parece que debería haber estado nervioso o molesto cuando nos metimos en su agradable nueva vida y abriendo la posibilidad de exponerlo. Por el otro lado, cuando ella llegó, se asustó, se enojó, y quiso que nos fuéramos. Fuera de su agradable nueva vida con el esposo de su amiga muerta. Tal vez es una reacción normal, pero podría tomarse fácilmente como ser culpable y con miedo a quedar expuesta.

– Culpable porque ella estaba… como era eso? Enroscándose con el esposo de su amiga muerta antes de que la amiga estuviera muerta?

– Tal vez, pero que si no lo estaba? -Ansiosa y un poco excitada, Peabody se giró en el asiento para enfrentar el perfil de Eve. -Que si ella sólo lo deseaba? Que si ella estaba enamorada de él, y él está ahí, justo cruzando el hall, día tras día, felizmente casado, viéndola como a una amiga de su esposa? Ella lo quiere para sí, pero él nunca se va a fijar en ella mientras esté Marsha en el cuadro. Es culpa de Marsha que él no pueda amarla. Es culpa de Marsha que ella no esté viviendo en ese agradable hogar soñado, con su grandioso esposo, tal vez un par de bonitos niños por el camino. Eso la jode, la hace infeliz. Ella siempre estuvo actuando como la amiga y vecina y no puede sacarse de la cabeza la fantasía de cómo podría ser.

– Que crees que hizo ella?

– Ella tuvo un enfrentamiento con Marsha. Boyd está fuera de la ciudad, ahora es el momento. Atacó a Marsha por salir a trabajar cada día en vez de quedarse en casa y cuidar de su hombre. Ella no se merece a Boyd. Si ella fuera su esposa, se quedaría ahí para hacer las comidas, comprar los alimentos. Le daría un hijo. Le daría una familia. Pelearon por eso.

Ella quería verlo así, y sabía que Eve podía ver más cosas. Pero las imágenes era indistintas. -Probablemente Marsha le dijo que se fuera al infierno. Que se mantuviera fuera del camino de su esposo. Apuesto que le dijo que le iba a decir todo a Boyd. Que ninguno de ellos querría tener nada que ver con ella otra vez. Eso fue demasiado para Maureen. Empujó a Marsha y cuando cayó, se partió la cabeza. El archivo dice que había caído contra la esquina de una mesa de vidrio reforzado y eso la mató. Ella entró en pánico, trató de cubrirlo. Desnudó a Marsha, la puso en la bañera. Tal vez creerían que se había resbalado, golpeado la cabeza en la bañera y se había ahogado.

– Pero luego empezó a pensar de nuevo, y pensó que tal vez no creerían que era un accidente. Más aún, era una oportunidad. Como un regalo. Ella no había querido matarla, pero había pasado. No podía remediarlo. Si Boyd y la policía creían que Marsha tenía un amante, podía resolver todo. Lo iban a ver como un sospechoso. Porque iban a fijarse en ella? Así que escribió las cartas, las plantó, y luego se fue a casa y esperó para hacer su juego. Apuesto a que después de un tiempo, empezó a creer que había sucedido en la forma que ella había hecho ver. Era la única manera que podía vivir con eso, la única manera en que podía dormir junto a él nocha tras noche y no enloquecer.

Ella suspiró, tragando duro porque su garganta estaba seca. -Esa es la teoría que estoy trabajando. Vas decirme que la jodí?

– Como llegaste a eso?

– Estuve revisando los reportes, los datos, las fotografías. Leí las declaraciones hasta que me dolieron los ojos. Luego estuve tendida en la cama anoche con todo eso dando vueltas por mi cabeza. Entonces lo puse todo en esta esquina de mi cerebro, y usé el resto de él para tratar de pensar como tú. O como creo que tú piensas. Tú sabes, como caminas por la escena del crimen y empiezas a visualizar, como si estuvieras viendo todo lo que sucedió. Y esa fue la forma en observé lo que sucedió. Un poco turbia, pero es como yo lo vi.

Empezó a soltar otro profundo suspiso, y parpadeó. -Estás sonriendo.

– Vas a ir a verla cuando él no esté alrededor. Vas a interrogarla cuando esté sola. Con él y la niña, ella va tener las defensas levantadas. Puede decirse a sí misma que los está protegiendo. Llévala a Entrevista. Hazlo formal. Ella no va a querer, pero el uniforme puede intimidarla ahí adentro. No es probable que chille pidiendo un abogado enseguida, porque le va a preocupar que la haga aparecer culpable. Déjame saber cuando estés lista para meterla ahí y voy a tratar de observar.

Peabody sintió que su corazón latía otra vez. -Piensas que estoy en lo cierto? Piensas que ella lo hizo?

– Oh sí, lo hizo.

– Lo sabías. En el minuto en que ella entró en el apartamento, lo supiste.

– No es la cuestión lo que yo sabía o lo que se. Es tu caso, así que la cuestión es que tú lo sepas y la lleves a ella para que te lo diga.

– Si tú haces la entrevista…

– Yo no voy a hacer la entrevista, tú la harás. Es tu caso. Trabaja con tu enfoque, tu tono, y luego traéla y quiébrala.

Eve se metió en una entrada, y Peabody miró alrededor confundida. De alguna manera habían llegado a los suburbios de la ciudad.

– Ahora pongamoslo de esta forma. -ordenó Eve. -Pettibone está al frente y al centro ahora.

Ella se tomó un momento, estudiando la casa de ladrillos rosados. Era bastante modesta, casi sencilla hasta que agregabas los jardines. Inundaciones, ríos, piscinas de flores fluyendo desde la base de la casa, bordeando todo el camino hacia la entrada. No había césped propiamente dicho, había altas terrazas de una especie de hierba ornamental creativamente trabajada en el mar de color.

El camino de entrada en piedra esta ribeteado de esa manera desde la base de un porche cubierto donde florecían vides, con sus flores de púrpura profundo, siguiendo su camino hacia arriba por los postes.

Había sillones con almohadones blancos en el porche, mesas con tapas de vidrio, y todavía más flores en macetas artísticamente desteñidas en verdín. Obviamente a Shelly Pettibone le gustaba sentarse y contemplar sus flores.

Mientras Eve pensabe eso, la mujer salió por la puerta del frente cargando una bandeja.

Estaba profundamente bronceada, lo que se notaba en sus brazos largos y delgados contra las mangas cortas de una camiseta suelta color azul. Vestía jeans recortados a la mitad de la pantorrilla.

Ella depositó la bandeja, observando a Eve salir del auto. La brisa reolvió su cabello castaño desteñido por el sol, que llevaba corto y despeinado alrededor del rostro atemperado y atractivo de una mujer que vivía una gran parte de su vida al aire libre.

Cuando Eve se acercó, vió que los ojos de la mujer eran castaños y brillaban con los estragos del llanto.

– Hay algo que pueda hacer por usted?

– Sra. Pettibone? Shelley Pettibone?

– Sí. -Su mirada se desvio hacia Peabody. -Es sobre Walter.

– Soy la teniente Dallas. -Eve mostró su placa. -Mi ayudante, Oficial Peabody. Lamento molestar en este difícil momento.

– Necesita hacerme preguntas. Justo acabo de cortar el enlace con mi hija. No veo como puedo hacer algo para ayudarla. No puedo pensar en las palabras justas. No puedo pensar en nada. Lo siento, siéntense por favor. Iba a tomar un poco de café. Voy a buscar más tazas.

– No se moleste por nosotras.

– Me da algo que hacer, y justo ahora no tengo casi nada para hacer. Es un minuto. Es mejor si hablamos aquí afuera, no? Prefiero estar afuera por ahora.

– Seguro, está bien.

Ella volvió a entrar, dejando la puerta abierta.

– Si un tipo te echa a la basura por una modelo joven después de treinta años, -empezó Eve- Como te sentirías tú si eso te pasara?

– Difícil de decir. No puedo imaginarme viviendo con alguien por tres años, mucho menos por treinta. Tú eres la casada aquí. Como te sentirías?

Eve abrió la boca para hacer algún comentario intrascendente, y se detuvo. Estaría herida, pensó. Dolorida. Lo que fuera que él hiciera, ella sufriría por la pérdida.

En vez de responder, miró alrededor, fijándose en la puerta. -Bonito lugar, si te gustan este tipo de cosas.

– Nunca había visto nada como este patio. Es realmente mágico y debe costar un montón de trabajo mantenerlo. Se ve natural, pero está realmente bien planeado. Tiene todo plantado para el máximo efecto estacional, fragancias, colores y texturas. Estoy oliendo arvejillas. -Olió profundamente el aire. -Mi abuela siempre tenía arvejillas fuera de la ventana del dormitorio.

– Le gustan las flores, Oficial? -Shelley regresó, con tazas en la mano.

– Sí, señora. Su jardín es hermoso.

– Gracias. Es lo que hago. Diseño de paisajes. Estaba estudiando horticultura y diseño cuando conocí a Walter. Un millón de años atrás. -dijo suavemente. -No puedo dejar de pensar que él se ha ido. No puedo pensar que nunca lo voy a ver otra vez.

– Lo veía a menudo? -preguntó Eve.

– Oh, cada semana o dos. No sólo estuvimos casados mucho tiempo, sino que teníamos un gran interés en común. -Ella sirvió el café con manos que no llevaban anillos. -El a menudo me recomendaba a sus clientes, como yo a él. Las flores eran uno de los vínculos entre nosotros.

– Sin embargo se divorciaron, y él se volvió a casar.

Sí. Y sí, él fue el que quiso terminar el matrimonio. -Recogió sus piernas y levantó la taza. -Yo estaba satisfecha, y estar satisfecha era suficiente para mí. Walter necesitaba más. Necesitaba ser feliz, ser excitado e involucrado. Perdimos esa chispa esencial a lo largo del camino. Con los chicos crecidos y fuera del hogar, con el envejecer de los dos… Bueno, no pudimos revivir la chispa. Necesitaba más de lo que yo le daba. Pienso que era difícil para él, me dijo que necesitaba un cambio.

– Se debe haber sentido molesta.

– Lo estaba. Molesta, herida y desconcertada. Nadie quiere ser descartado, aunque sea gentilmente. Y él era gentil. No tenía un hueso de maldad en su cuerpo.

Sus ojos brillaron otra vez, pero parpadeó para alejar las lágrimas, y tomó un profundo sorbo de café. -Si yo hubiera insistido, si lo hubiera puesto contr el rincón nuestro matrimonio hubiera seguido, él se hubiera quedado.

– Pero no lo hizo.

– Yo lo amaba. -Ella sonrió cuando lo dijo, forzando el corazón. -Fue su culpa, mi culpa, que nuestro amor hubiera caído en algo demasiado cómodo, demasiado insulso para ser interesante a la larga? No puedo decir que no fue difícil dejarlo ir, enfrentar la vida por mis propios medios. Estuvimos casados más de la mitad de mi vida. Pero mantenerlo junto a mi por obligación? Tengo demasiado orgullo para eso, y demasiado respeto por ambos.

– Como se sintió usted cuando se casó con una mujer tan joven como su hija?

– Divertida. -El primer destello de humor apareció en el rostro de Shelly, y lo hizo bonito y malicioso. Sé que es mezquino, que es poco, pero creo que tengo derecho a un momento o dos de diversión. De que otra forma podría ser? Ella es un pedazo de pelusa tonta, y francamente, no puedo creer que hubieran durado juntos. El estaba deslumbrado con ella, y orgulloso en la forma en que lo hacen los hombres cuando pueden colgar de su brazo algo estupendamente decorativo.

– Muchas mujeres se hubieran sentido avergonzadas, enojadas.

– Sí, y tambíen tan tontas como para medirse a si mismas contra un estúpido adorno? Mi reacción fue la opuesta. De hecho, su relación con ella fue una buena forma de ayudarme a resolver lo que había sucedido entre nosotros. Si su felicidad, aún temporaria, dependía de un hermoso par de pechos y una jovencita sonriente, bueno, él no iba a conseguir eso de mi, no?

Suspiró, dejando su taza en la mesa. -Lo hizo feliz, y a su manera lo amaba. Uno no puede evitar querer a Walt.

– Eso estuve escuchando. Pero alguien no lo quería, Sra. Pettibone.

– Estuve pensando sobre eso. -Todo el humor desapareció de su cara. -Pensé y pensé. No tiene sentido, teniente. Para nada. Bambi? Dios, con ese nombre. Es tonta y despistada, pero no malvada. Se requiere maldad para asesinar, no es así?

– A veces sólo hace falta una razón.

– Si yo pensara, por un instante, que ella hizo esto, haría todo lo que pudiera para ayudarla a usted a probarlo. Para verla pagar. Pero, por Dios, es una idiota inofensiva que si lograra tener dos pensamientos a la vez seguro los escucharía chocar en esa vacía cabeza que tiene.

– No podría haberlo dicho mejor. Pensó Eve.

– Y que razón tendría para hacerlo? -demandó Shelly- Tiene todo lo que quiere. El era increíblemente generoso con ella.

– Era un hombre muy rico.

– Sí, y era de los que compartían su riqueza. El acuerdo de divorcio fue más que justo. Yo nunca hubiera tenido que trabajar de nuevo si no fuera porque amo mi trabajo. Sé porque él me lo dijo que le había regalado a Bambi un fondo sustancial cuando se casaron. Nuestros hijos fueron generosamente provistos y tienen una buena participación en el Mundo de las Flores. La herencia que nosotros, y sí, soy una de las beneficiarias, íbamos a recibir en caso de su muerte, es considerable. Pero ya era considerable lo que teníamos.

– Y que hay de los socios de negocios? Competidores?

– No sé de nadie que deseara dañar a Walt. En cuanto a los negocios, asesinarlo no sería efectivo. La compañía está bien establecida, bien organizada, con nuestros hijos ocupandose más y más de la administración. Asesinarlo no tiene sentido.

Tiene sentido para Julianna, meditó Eve. La mujer no haría nada a menos que tuviera sentido. -Ya que ustedes mantenían una buena relación, porque no acudió a su fiesta?

– Me pareció embarazoso. El me urgió a ir, aunque no demasiado. Se suponía que era una sorpresa, pero por supuesto que él lo supo semanas atrás. Estaba muy excitado. Siempre era como un niño cuando se trataba de ir a fiestas.

Eve hurgó en su bolso, sacando dos fotografías de Julianna Dunne. -Conoce a esta mujer?

Shelly las tomó, poniéndolas lado a lado. -Es muy bonita, con ambos aspectos. Pero no, nunca la había visto antes. Quien es?

– Que estaba haciendo usted la noche de la fiesta de su esposo?

Ella dió un pequeño suspiro, como sabiendo que er un golpe que tenía que enfrentar. -No tengo realmente lo que llamaría una coartada ya que estaba sola. Trabajé afuera en el jardín hasta casi la puesta de sol, y alguno de los vecinos puede haberme visto. Me quedé en casa esa noche. Amigos me habían dicho de cenar en el club, el Westchester Country Club, pero no sentí deseos de salir. Usted debe conocerlos. Jack y Anna Whitney. El es comandante de policía en la ciudad.

Eve sintió que su estómago se hundía. -Si. Conozco al comandante y su esposa.

– Anna estuvo tratando de apoyarme desde el divorcio. Ella no puede entender como puedo ser feliz sin un hombre.

– Y lo es? Si usted pensara que la relación de su marido con su actual esposa fracasaría, si sintiera que eso pasaría, él hubiera regresado con usted?

– Sí. Pensé en eso, lo consideré. Y el hecho es que no creo que él hubiera vuelto conmigo.

Una mariposa, color blanco cremoso, aleteó a través del porche y se estiro para coquetear con las flores de la maceta. Observándola, Shelly suspiró.

– Y sé que no le hubiera hecho a él lo que me hizo a mi. -agregó- Yo lo amé, teniente, y él siempre va a ser una parte vital de mi vida. Aún ahora que se ha ido. Es el hombre con el que viví, dormí, y crié hijos. Tenemos un nieto que ambos adoramos. Hay muchos recuerdos, y son preciosos. Pero no estábamos más enamorados el uno del otro. Y voy a seguir con la vida que me hice por mis propios medios. Disfruto del desafío y de la independencia. Y a pesar de que desconcierta a Anna y algunos de mis otros amigos, no estoy lista para dejar esa independencia. No sé si lo haré por siempre. Walter era un buen hombre, un hombre muy, muy bueno. Pero ya no era mi hombre.

Le devolvió las fotos a Eve. -No me dijo quien era ella.

Puede escucharlo por ahí, pensó Eve, a través de los medios o por su conexión con Anna Whitney. -Es la mujer que le dio a Walter Pettibone el champagne envenenado. Y nuestra principal sospechosa.

– Ella me gustó. -dijo Peabody mientras regresaban a la ciudad.

– También a mi.

– No puedo verla contratando un asesino. Es demasiado directa, y no sé, sensible. Y si el motivo era devolverle lo del divorcio, porque no enfocarse en Bambi, también? Porque debería la reemplazante conseguir el papel de viuda doliente y quedarse con la herencia?

Dado que Eve había sacado las mismas conclusiones, asintió. -Voy a ver si Whitney puede darme un ángulo diferente del divorcio o de su actitud hacia Pettibone. Pero el punto es que la bajamos en la lista.

– Cual es el pròximo paso?

– Si Julianna era una asesina contratada, debe ser costosa. Vamos a empezar con sus finanzas, a ver si hay alguna salida importante de dinero recientemente.

Julianna no estaba necesitada de dinero. Sus esposos, Dios los guarde, habían sido muy generosos con los arreglos. Largo tiempo antes de asesinarlos, ella había abierto seguras cuentas numeradas bajo varios nombres en algunas discretas instituciones financieras.

Se había cubierto bien, y aún durante su odiado tiempo en prisiòn, su dinero había hecho dinero para ella.

Podría haber vivido una vida larga y caprichosa en cualquier lugar del mundo o sus satélites. Pero esa vida nunca hubiera sido completa a menos que pudiera tomar las vidas de otros.

Realmente disfrutaba asesinando. Era un trabajo muy interesante.

El único beneficio de la encarcelación había sido el tiempo, infinito para ella, para considerar como continuar ese trabajo una vez que estuviera libre.

Ella no odiaba a los hombres. Los aborrecía. Sus mentes, sus cuerpos, sus manos tanteando, sudorosas. Más que todo, detestaba su simplicidad. Con los hombres, todo se trataba de sexo. Aunque lo vistieran de romanticismo, lo justificaran, dignificaran, la meta principal era meter su cabeza dentro tuyo.

Y demasiado estúpidos para saber que una vez que lo hacían, te daban todo el poder.

No tenía simpatía por las mujeres que clamaban que habían sido abusadas o violadas o molestadas. Si una mujer era tan estúpida, tan débil, para no saber cual era la medida del poder de un hombre y usarlo contra él, se merecían todo lo que les pasaba.

Julianna nunca había sido estúpida. Y aprendía rápido. Su madre no había sido más que una tonta, que se había dejado montar por un hombre e ido de prisa por otro. Y siempre que ellos la llamaban, siempre aceptaba y se moldeaba.

Ella nunca aprendió. Ni aún cuando Julianna sedujo al idiota de su segundo esposo, lo atrajo a su lecho, y le hizo todas esas despreciables cosas que los hombres se desvivían por hace con su fresco y flexible cuerpo de quince años.

Había sido tán fácil hacer que él la quisiera, convencerlo de que podía salir disimulamente del lecho de su esposa y meterse en el de la hija. Jadeando por ella como si fuera un cachorro ansioso.

Había sido tan fácil usar eso contra él. Todo lo que había hecho era colgarse de su sexo, y él le había dado lo que quisiera. Todo lo que ella había hecho era amenazarlo con exponerlo,y él le dio más.

De esa manera ella se fue a la ciudad a los dieciocho, con un montón de dinero y sin una mirada atrás. Nunca olvidaría el rostro de su madre cuando le dijo lo que había hecho bajo su nariz por tres largos años.

Había sido tan brutalmente satisfactorio ver el shock, el horror, el dolor. Ver que el peso de todo eso la quebraba y aplastaba.

Naturalmente, ella dijo que había sido violada, forzada, amenazada. Siempre servía para protegerse.

Tal vez su madre creyó que era cierto, y tal vez no. No le importaba. Lo que importaba era que en ese momento Julianna descubrió que tenía el poder de destruir.

Y eso hacía ella.

Ahora, años después, estaba parada en el dormitorio de la casa de Madison Avenue que había adquirido más de dos años antes. Bajo otro nombre. Estudiandose a si misma en el espejo, decidió que le gustaba verse morocha. Se veía sensual, particularmente con el tono dorado del polvo que había elegido para su piel.

Prendió un cigarrillo de hierbas, viéndose de costado en el espejo. Pasó una mano sobre su estómago plano. Había aprovechado bien de las instalaciones de salud de la prisión, poniéndose en forma.

De hecho, creía que estaba en mejor forma de lo que había estado antes de entrar. Firme, delgada, endurecida. Tal vez podría asociarse a un club de salud aquí, uno exclusivo. Era una excelente forma de conocer hombres.

Cuando escuchó su nombre, se volvió hacia la pantalla de entretenimiento y el último boletín. Encantada observó su rostro, y el de Julie Dockport en el flash. Admitió que no esperaba que la policía la identificara completamente tan rápido. Eso no la preocupaba, no demasiado.

No, ellos no la preocupaban. Ellos o uno de ellos la desafiaban.

Detective Eve Dallas, ahora teniente.

Ella había regresado por Dallas. Para dar guerra.

Había algo sobre Eve Dallas, pensó, algo frío, algo oscuro había pasado con ella.

Espíritus afines, cavilò, y como la idea la intrigó se había encontrado pasando las horas sin fin de su tiempo en prisión, estudiando a esa particular oponente.

Tenía tiempo todavía. La policía se estaría comiendo las uñas buscando una conexión entre ella y Walter Pettibone. No iban a encontrar nada porque no había nada que encontrar.

Ese era el tono de su trabajo ahora, los esposos de otras mujeres. No tenía que tener sexo con ellos. Sólo iba a asesinarlos.

Saliendo de la habitación, caminó hacia su oficina para destinar el próximo par de horas estudiando las notas de su investigación sobre la próxima víctima.-

Podía haberse tomado un sabático forzado, pero Julianna estaba de regreso. Y raramente se iba.

CAPITULO 6

Aunque demorar las cosas la hacía sentir débil y estúpida, Eve sólo logró tomar el camino hacia la oficina del Comandante Whitney hacia el mediodía.

La única satisfacción de estar a cargo era haber podido ignorar al as de los reporteros de Canal 75, Nadine Furst cuando ella requirió una entrevista con respecto a la historia Pettibone-Dunne.

Esto era algo más que ella tenía que acomodar, pensó mientras atrapaba un deslizador fuera de homicidios. Los recursos investigadores de Nadine eran tan filosos y amplios como su guardarropa. Ella era una herramienta de mano.

Cuando fue introducida en la oficina de Whitney sin siquiera una momentánea espera, Eve tuvo que imaginarse que él la estaba esperando.

Estaba sentado en su escritorio, un hombre de grandes hombros con una cara gastada y amplia. Tenía buenos ojos y claros, y ella tenía razones para saber que el tiempo que llevaba fuera de las calles no lo había ablandado.

El se reclinó hacia atrás, haciéndole señas con un dedo para que entrara. -Teniente. Debe estar bastante ocupada.

– Señor?

– Hizo un viaje hasta mi vecindario esta mañana, le hizo una visita a Shelly Pettibone. -Tenía juntas sus grandes manos, y su rostro era impenetrable. -Tuve una llamada de mi esposa.

– Comandante, es el procedimiento de rutina para preguntar a todos los conectados con la víctima.

– No creo haberlo dicho de otra manera. -Su voz era profunda, retumbona y tan impenetrable como su cara. -Cual es su impresión de Shelly Pettibone?

– Que es una mujer sensible, tranquila y directa.

– Tengo que decir que es una descripción perfecta, y yo la debo conocer desde hace unos quince años. Tiene alguna razón para creer que tuvo algo que ver con la muerte de su esposo?

– No, señor. No hay evidencias que me conduzcan en esa dirección.

El asintió. -Me alegra oir eso. Teniente, usted le tiene miedo a mi esposa?

– Sí, señor. -dijo Eve sin dudar. -Lo tengo.

Los labios temblaron por un instante en lo que pudo haber sido una delicada sonrisa. Luego asintió otra vez. -Estoy de acuerdo con usted. Anna es una mujer muy voluntariosa con opiniones muy definidas y particulares. Voy a hacer lo que pueda para mantenerla lejos de su espalda en esto, y si Shelly no está en su corta lista, eso parece muy posible. Pero si cae sobre usted o sobre mí, se las arreglará por sus propios medios.

– Comprendido.

– Solo hasta saber donde estamos parados. Déjeme darle alguna información básica. -Hizo gestos hacia una silla. -Mi familia ha tenido una gran amistad con los Pettibone por muchos años. De hecho, uno de mis hijos salió con Sherilyn cuando eran adolescentes. Fue un amargo desengaño para mi esposa que esta relación no terminara en matrimonio, pero lo tuvo que aceptar.

Había un holograma de su esposa enmarcado en el escritorio. En un sutil movimiento, Whitney lo giró hasta que enfrentó la pared en vez de mirarlo a él. -Anna y Shelly son muy buenas amigas, y creo que para Anna fue más dificil de aceptar que para Shelly, el hecho de que Walter la dejara. De hecho, Anna rehusó ver o hablar con Walt, y es por eso que nosotros y nuestros hijos no estábamos en la fiesta. Estábamos invitados, pero uno no puede discutir con Anna sobre asuntos sociales.

– No pienso menos de usted por eso, Comandante.

Sus cejas se arquearon y por otro instante hubo un destello de humor en sus ojos. -Anna está metida y determinada en que Shelly se case otra vez, o que al menos desarrolle un serio interés romántico. Shelly no ha cooperado. Ella es, como usted dijo, sensible y tranquila. Se hizo una vida cómoda por si misma y mantenía, para el desconcierto de Anna, una cordial relación con Walt. Y en cuanto a Walter, yo estaba encariñado con él.

El humor murió otra vez. -Muy encariñado con él. No era un hombre de hacer enemigos. Incluso Anna no podía tenerle antipatía. Sus hijos lo adoraban, y como los conozco casi tan bien como a los míos, le digo que aunque usted debe seguir investigándolos, va a encontrar que ellos no tienen parte en el asesinato.

– No encontré evidencias ni motivos para seguir en esa dirección, Comandante. Ni hacia sus esposas.

– Pero encontró a Julianna Dunne.

– Sí, señor.

El se levantó y salió de atrás de su escritorio. -Hay veces, Dallas, en que el sistema falla. Aquí falló al no mantener este individuo en la jaula. Ahora un buen hombre está muerto porque el sistema falló.

– Ningún sistema es infalible, pero saberlo no lo hace más fácil cuando usted ha perdido un amigo.

El reconoció su oferta de condolencia con una cabezada. -Porque lo asesinó?

Ya que él se había parado, Eve lo hizo también. -Su pauta había sido enfocarse en un hombre con alguna riqueza y prestigio, desarrollar una relación con él hasta llavarlo al matrimonio, asegurándose legalmente a sí misma con la intención de ganar todo o una porción de esa riqueza después de su muerte. En los tres casos que conocimos, el objetivo no era menos de veinticinco años mayor que ella, y se convertía en la segunda esposa. Si bien Pettibone encaja en el tipo general de su objetivo favorito, no tenemos evidencia que nos muestre que la conocía personalmente. Ella no es un heredero legal en esta ocasión, y por lo tanto no podría beneficiarse con su muerte como lo hace usualmente.

Eve sacó los discos de su reporte del bolsillo, dejándolos en el escritorio. -El motivo más lógico que queda es la ganancia financiera. Estoy siguiendo la posibilidad de que Dunne fuera contratada. Hicimos un primer nivel de rastreo en las finanzas de la familia y los asociados más cercanos. No encontramos nada que indique alguna gran extracción o muchas pequeñas seguidas que podrían indicar el honorario de un asesino profesional. Necesito ir más profundo, y tengo que requerir autorizaciòn para un segundo nivel.

– Ella debe ser buena en esto. -comentó Whitney-

– Sí, señor, lo es.

– Su pauta también puede haber sido cambiada en cuanto a reestablecerse en otra ubicación despúes de tener el dinero en mano.

– Ya había roto la pauta. Si dejó New York debería estar en otra gran ciudad. Y una, en mi opinión, que le es familiar. Debe estar tratando de asentarse y debe preferir lo conocido. Le voy a decir a Feeney que se ponga en contacto con la policía de Chicago y de East Washington. También voy a llamar a la Dra. Mira para una consulta. Quiero que estudie los reportes y los resultados de las pruebas de Dunne.

– No intentó contactar con el perfilador original?

– No, señor. En mi opinión el perfilador previo fue demasiado blando con ella, y yo prefiero que lo tome Mira. Dunne sabe como jugar con la gente. Además, su madre y su padrastro todavía viven. Ella podría intentar contactarlos en algún momento. Como agregado, McNab compiló una lista de gente con la que puede haber formado una relación mientras estuvo en Dockport. Creo que un viaje hasta ahí podría darnos alguna idea.

– Cuando tiene planeado ir?

– Espero ir mañana, señor. Pienso solicitar que Feeney venga conmigo en este caso. Ambos tratamos personalmente con Dunne, y si bien Peabody puede usar la experiencia, su agenda está llena. Sus padres están en la ciudad, y yo le dí recientemente un caso frío para investigar.

Su ceño se frunció. -Un homicidio? Está lista para eso?

– Sí, señor, está lista. Está en el camino correcto, y creo que puede cerrarlo.

Mántengame al día con todas las novedades. Voy a estar fuera de la oficina la mayor parte de mañana. Diciendo adiós a un amigo.

Se sentía extraño poder salir a horario al fin de la jornada, y llegar a casa a tiempo. Era extraño entrar por la puerta del frente y no tener a Summerset al acecho en el vestíbulo, listo con algún agudo comentario u observación. En realidad se encontró esperando ahí por un minuto o dos, esperándolo, antes de darse cuenta de lo que hacía.

Raramente avergonzada, empezó a subir las escaleras, casi convencida de que él estaba ahí, en una especie de espera a escondidas. Pero hizo todo el camino hacia el dormitorio sin una señal de él. O del gato.

Eso hacía, cavilò, que no se sintiera realmente en casa.

Hasta que escuchó correr la ducha, y las voces murmurando desde el baño adjunto. Se detuvo dentro y vió la figura larga y delgada de Roarke a través del vidrio ondulado de la pared de la ducha.

Era suficiente para hacer que una mujer quisiera relamerse los labios.

Las voces venían desde una pantalla enpotrada en los azulejos de la ducha, y parecían ser una especie de reporte financiero. La mente del hombre estaba llena de números la mitad del tiempo, pensó, y dedidió volverlo hacia otra ocupación.

Se desnudó donde estaba, y entrando silenciosamente en los chorros cruzados por detrás de él, le deslizó las manos alrededor de la cintura. Y hacia abajo.

El cuerpo se le puso rígido, en un rápido reflejo de músculos e instinto animal.

– Querida. -Su voz ronroneó. -Mi esposa puede llegar en cualquier momento.

– Clávala.

El rió. -Con mucho gusto. -dijo, y volviéndose la presionó contra los azulejos mojados.

– Subir la temperatura del agua a ciento un grados.

– Demasiado caliente. -murmuró él contra su boca cuando los chorros se calentaron, echando vapor.

– Lo quiero caliente. -En un rápido movimiento, ella invirtió sus posiciones, clavándole sus dientes en la mandíbula. -Te quiero caliente.

Ella ya estaba húmeda y estaba acelerada. Sus manos y boca se ocuparon con él, sometiéndolo a una suerte de alegre ataque. El no pudo escuchar más las voces enérgicas en la pantalla, detallando el último reporte de acciones, las proyecciones del mercado. Sólo el siseo de los chorros y el golpe de su propia sangre.

El era capaz de desearla cada minuto de cada día. Ella era lo único que echaría en falta despúes de haber muerto. Ella era el pulso, la razón, el aliento.

Cuando atrapó su cabello goteante con su mano, levantándole la cabeza para que su boca pudiera fundirse en ella, fue como alimentar a un hambriento que nunca, nunca estaría saciado.

Ella lo sintió venir de él, el filo de ese violento apetito que a menudo enmascaraba con elegancia, estilo y paciencia. Cuando ella lo saboreó, la hizo ansiar lo primitivo, hizo que su lujuria se liberara ante el peligro de dejar que el animal dentro de ellos quedar suelto para alimentarse.

Con él, ella podía ser tierna, donde nunca había tenido ternura. Y con él, ella podía ser brutal, sin miedo.

– Ahora. Ahora, ahora, ahora! Dentro de mí.

El la agarró de las caderas, dedos hábiles resbalando sobre la piel mojada, enterrándose en ella. Contuvo el aire cuando él empujó su espalda contra los azulejos, liberándolo con un grito cuando se impulsó dentro de ella.

Su cuerpo se precipitó a través del primer brutal orgasmo, apurándose luego por más.

Los ojos de ella se clavaron en los de él. Podía verse a sí misma ahí, nadando, ahogándose en ese vívido azul. Confiando en la fuerza de él, ella le enroscó las piernas alrededor de la cintura para tomarlo más a fondo.

El vapor los envolvía en una fina neblina. Ríos de agua, lluvia caliente. El empujó duro y profundo, mirando, siempre mirando el demoledor placer que irradiaba el rostro de ella. Podía ver que ella trataba de llegar al clímax otra vez, en la forma en que sus ojos se desenfocaban, el castaño dorado se profundizaba un instante antes de quedarse ciegos, un instante antes de que su cuerpo se alzara, para luego estremecerse.

Ella se envolvió con fuerza alrededor de él, un caliente y húmedo puño, y casi lo arrastró con ella.

– Toma más. -Su voz sonó ronca, sus pulmones ardían. -Toma más, y más, hasta que grites por mi.

Ella podía escuchar el agudo y rítmico batir de carne contra carne, de carne contra azulejos, y pudo saborear, cuando la boca de él cruzó sobre la suya, una vez más la escandalosa necesidad en él. Y cuando se hundió dentro de ella, cuando el placer y el dolor y la locura se unieron en una sólida masa dentro de ella, se escuchò a si misma gritar.

Flojos como trapos, enredados en una maraña, se deslizaron hacia el piso de la ducha.

– Cristo Jesus. -articulò él.

– Vamos a quedarnos aquí por una hora o dos. Posiblemente no nos ahogaremos. -Su cabeza cayó sobre el hombro de él como una piedra.

– Es posible que nos vayamos por los desagües. -Pero no hizo el esfuerzo de moverse.

Ella volvió la cabeza para que el chorro cayera sobre su cara. -Pero se siente bien.

El le acarició los pechos. -Dios lo sabe.

– Donde diablos están todos?

– Creo que están aquí. -Sus pezones aún estaban duros, aún calientes, y lo inspiraron a acercarse lo suficiente para saborearlos.

Ella parpadeó para sacar el agua de sus ojos. -Debes estar bromeando.

– No creerás que lo hago si me das unos minutos aquí. Menos si el agua no estuviera tan ferozmente caliente.

– Baja la temperatura y verás mi ira. -Ella le enmarcó la cara con las manos, levántandole la cabeza. Sonrió. -Mejor que salgamos como el diablo de aquí. El nivel del agua está subiendo.

Una vez que lograron levantarse el uno al otro, ella se fue al tubo de secado. Roarke atrapò una toalla.

– En serio, donde están todos?

– La última vez que miré, Phoebe se estaba pasando un buen momento jugando en el invernadero. Sam y Summerset tenían sus cabezas juntas en la cocina sobre algún recipiente. Estaban viendo como mezclar hierbas y salsas y lo que sea. Escuché que iban a salir con Peabody por la noche, así que no debes preocuparte por entretenerlos.

Ella saliò del tubo, tomando la bata que él le ofrecía, y observando como se envolvía una toalla flojamente en las caderas. -Feeney y yo vamos a volar a Chicago mañana, y tomaremos un rápido a Dockport. Y no -dijo antes de que él pudiera hablar. -no vamos a tomar uno de tus transportes. Vamos a usar el de línea, como la gente común.

– Bien por ti. Algùn nuevo avance?

– Nada en firme todavía. -Ella lo siguió al dormitorio, atrapando un par de jeans. -Encontré que la primera esposa de Pettibone y la esposa del comandante son íntimas. Lo hace un poquito difícil, aunque pienso que ella no está al tope de mi lista. Pedí hacer un segundo nivel de búsqueda en las finanzas de los principales jugadores.

El levantó la vista mientras sacaba pantalones limpios, encontrando el ceño fruncido de ella. -No voy a decir lo que pienso.

– No puedo escuchar lo estás pensando, amigo, y no. Pedí autorización para un segundo nivel, y es lo más profundo que voy a ir por ahora. No necesito que uses tu equipo sin registrar para zambullirme a otra profundidad. Ya estuvimos jugando suficiente con el libro de reglamento.

– Nunca te preguntaste quien escribió ese libro?

– El largo brazo de la ley. Si tienes algo de tiempo libre, yo no podría imaginarme que te estás metiendo en las finanzas. Tú ves números diferentes a los que yo veo.

– Teniente, siempre tengo tiempo para ti.

El le dió dos horas, y después se instalaron a comer pizza en oficina de ella mientras estudiaban los asuntos financieros de la familia Pettibone y los altos ejecutivos y asociados de negocios. Depósitos, retiros, transferencias, recibos y bonos. -No hay nada que me llame la atención. -dijo Roarke al final. -Tienes aun par de asociados de negocios que podríanusar mejores consejos en sus portafolios, y esa cuenta en Tribeca debería rendir un poco más por año, así que no me sorprendería que un poco de eso vaya a algún bolsillo aquí y ahí. Nada importante, pero si fuera mía, taparía los agujeros.

– Cuanto crees que se escapa por ahí? Ocho mil, nuevo mil tal vez, y es sólo en este año. Un bocado mezquino. No es suficiente para matar.

– Hay gente que mata por cambio de bolsillo, Roarke.

– Quiero decir que no es suficiente para contratar un profesional. Puedes querer conversar con ese gerente, aunque yo digo que no vas a encontrar más que lo formal. No tiene bastante para afrontar los honorarios de un profesional, apenas para un amateur, y no ha desviado un monto importante de su cuenta personal o del negocio de flores que dirige. Debe tener un problema menor con el juego o una pieza de lujo al lado.

– Una pieza de lujo.

El la miró. -Bueno, que las piezas laterales tienden a ser de lujo, es como una regla, no? De todas maneras, opto por el juego ya que no tengo ninguna compre que indique que tiene una mujer. No hay recibos de hoteles, o cargos por cenas para dos en restaurentes discretos, no hay viajes fuera de la ciudad en los que un hombre podría ir con una mujer que no fuera su esposa.

– Me parece que sabes un montòn sobre como un hombre mantiene una pieza de lujo.

– Es en serio? No dije más que lo que haría tu hombre regularmente, y por supuesto en un sentido puramente intelectual, incluso académico.

Ella levantó otra tajada de pizza. -No es una idea que esté de acuerdo contigo, sobre esto?

– Es un gran alivio para mí.

– Voy a tener una conversación con el tipo de los dedos pegajosos. -Se levantó, masticando pizza mientras paseaba. -Debe ser sobre dinero. Es el motivo lógico. Pero no parece como si fuera sobre dinero. Porque ella volvió a New Yorik y liquidó a un hombre que nunca había conocido?

– Tal vez lo conocía, o al menos lo había planeado antes de que fuera interrumpida casi diez años atrás.

– El estaba casado diez años atrás. -empezó Eve, y se detuvo para considerarlo. -Pero tal vez él ya estaba entonces cansado del matrimonio. Tal vez había signos de esa clase de insatisfacción que una esposa, una familia, amigos cercanos, no pueden ver. Pero sí uno de afuera, uno capaz de ver que la discordia podía filtrarse. El podía haber estado en la lista de ella como una posibilidad, alguien que estaba investigando con la idea de distraer lo de su esposa con una relación, y luego matrimonio. Habría sido un verdadero desafío para ella porque él básicamente era un hombre decente, muy honesto. Hubiera podido corromperlo?

Considerándolo, Eve se volvió. -Debe haber sido atractivo para ella. Nunca pudimos determinar cuanto mantenía a cada uno de sus objetivos a la vista. Bien puede haber mantenido a Pettibone como un futuro mercado, y luego cayó en prisión. Mientras estaba fuera del cuadro, él se divorció de su esposa, y terminó con una nueva esposa fresca. Tal vez lo asesinó porque nunca tuvo la chance de tenerlo en sus manos antes.

– Si esa teoría se sostiene, no tienes un enlace.

– No, pero tengo un jodido motivo. Si ella no asesinó por dinero, entonces ya tiene dinero, porque necesita una vida espléndida. Y tal vez asesinó sólo porque perdió la carrera. Tiene el dinero de la víctima de East Washington, pero no lo ha tocado. Lo controlé. Así que tuvo otros ingresos y bien guardados, esperando por una década. Si encuentro eso, la encuentro a ella.

– Si yo tuviera que guardar dinero por las dudas, lo haría en cuentas numeradas,varias isntituciones, envarias ciudades. -El bajó la pizza con un excelente cabernet sauvignon. -Dentro y fuera de la ciudad, dentro y fuera del planeta. No demasiado en cada lugar. -agregó cuando frunció el ceño. -En ese caso, si no puedes acceder o salvarlo de ese lugar en particular, siempre habrá otro.

– No sería sólo dinero. Le gustaban las acciones, bonos, ese tipo de cosas. Si pusieras unos buenos pedazos en el mercado, no podrías sentarte y dejarlo correr por al menos una década? Lo harías?

– No si tienes una célula trabajando en el cerebro. Necesitas mantener un ojo en las cosas, desviar fondos, vender, comprar, y todo eso. O tener alguien de tu confianza manejándolo.

– Ella no confía en nadie. Lo que me dice que de manejarlo desde la prisión personalmente. Eso significa transmisiones, de adentro hacia fuera, y se supone que son monitoreadas.

– Un soborno en la mano correcta se ocuparía de eso. Inversiones conservadoras, un toque a los de azul, y no necesitaría mucho tiempo para supervisar sus cuentas. Unas pocas horas a la semana como mucho.

– Feeney y yo vamos a encontrar la mano que engrasó.

– Planeas volver a casa de nuevo en este siglo? -El inclinó su cabeza. -Buscar un guardia de prisión o recluso abierto a los sobornos no debería tomarte más de veinte o treinta años descubrirlo.

– Ten un poco de fe. -Ella lamió la salsa de pizza de su pulgar. -Voy a volver a casa a tiempo para cenar.

– Dos noches seguidas? Lo voy a marcar en el calendario. -Cuando ella sólo continuó frunciendo el ceño, él sacudió su cabeza. -Que?

– Nada. Estaba pensando. -Ella volvió a pasear, tomó otra tajada de pizza, y la dejó.

Porque él conocía a su mujer, Roarke calló y esperó que lo soltara.

– Cuando estuve entrevistando a Shelly Pettibone hoy, habló sobre su matrimonio. Parecía como si mantuviera un montón de sentimientos por él, a pesar de de que la dejó de lado y se casó con alguien de la mitad de su edad, y con grandes tetas. Pero era más como si estuviera hablando sobre un hermano que de su esposo en ese momento. Ella dijo… De todas formas, tú crees que la pasión, el sexo, la forma en que lo hacemos nosotros se va a ir suavizando y destiñendo después de un tiempo?

– Muérdete la lengua.

– Quiero decir, la gente no termina en el piso de la ducha todo el tiempo. Y cuando ese tipo de cosas dejen de suceder, puedes dejar todo eso que nos mantiene juntos? Necesitaremos estar juntos o terminaremos siendo dos personas viviendo en la misma casa?

– Ven aquí.

– No necesito reafirmaciones, Roarke. -Y ya estaba deseando haber mantenido la boca cerrada. -Eso me sacudió, es todo. Es un poco triste, pero comprensible.

– Ven aquí de todas formas. -Alargó una mano hacia ella, y cuando la tomó, la atrajo a su regazo. -No puedo imaginarme de otra forma que necesitándote tanto que me duele. Viéndote, oliéndote, tocándote, tengo todo lo que necesito. Más, después que tengamos unos ciento veinte años y esto sea más recuerdo que realidad, voy a seguir necesitándote, Eve en miles de formas.

– De acuerdo. -Ella le apartó el pelo de la cara.

– Espera. Recuerdas cuando te vi por primera vez. En el invierno, con la muerte entre nosotros?

– Sí, lo recuerdo.

– No te ví como un policía. Eso me molestó durante un tiempo, ya que estaba orgulloso de poder descubrir a un policía a media milla en la oscuridad. Pero cuando me volví y te miré, no ví a un policía. Vi una mujer. Vi a la mujer, la que pensé que no existía. Sólo sé que miré, y ví, y todo cambió. Nada volvería a ser lo mismo para mí después de ese instante.

Ella recordaba como él se había girado, mirado hacia atrás sobre el mar de dolientes en el funeral, como sus ojos se habían encontrado con los suyos como si fueran los únicos ahí. Y el poder de esa mirada la había sacudido hasta los dedos de los pies.

– Tú me sacudiste. -murmuró ella.

– Eso quería. Te miré, querida Eve, y vi a la mujer que amaría, confiaría y necesitaría cuando yo nunca había esperado amar o confiar o necesitar a ninguna alma viva. La única mujer con la que quería estar, vivir, dormir y despertarme. Y aghra, llegar a viejo.

– Como lo haces? -Ella apoyó su frente contra la de él. -Como haces para decir siempre lo que yo necesito oir?

– Hay gente que viven sus vidas juntos, y no sólo por hábito o conveniencia o por miedo de cambiar. Sino por amor. Tal vez el amor tiene ciclos. No hemos estado en ésto lo suficiente para saberlo, no? Pero estoy completamente seguro de una cosa. Te amaré hasta que me muera.

– Lo sé. -Las lágrimas corrieron por su mejilla. -Lo sé porque es lo mismo para mi. Sentí pena por esa mujer hoy porque ella perdió eso. Lo perdió, y no supo como ni donde. Dios. -Ella tuvo que hacer dos largas inspiraciones porque su garganta estaba rígida. -Estuve pensándolo después, pensando lo que ella dijo, como lo dijo. Me pareció que las cosas eran demasiado fáciles entre ellos, demasiado tranquilas.

– Bueno, -El le dió un pellizco fuerte y rápido. -Fáciles y tranquilas? Esos son problemas matrimoniales que nunca van a preocuparnos.

CAPITULO 7

Con las mandíbulas caídas y arrastrando los pies, cientos de trabajadores subían a los vuelos. O eran subidos, pensó Eve, como cargamentos y cadáveres, por los zánganos uniformados de rojo y los droides del Manhattan Commuter Transporte Service.

La terminal era una colmena de ruidos, una gran cacofonía de sonidos que más era un zumbido de insectos que un tono bajo. Por encima de esto, las incomprensibles voces de los anunciadores de vuelos zumbaban, los niños gemían, los enlaces de bolsillo chillaban.

Ella pensó quien había tenido la idea de diseñar lugares como este, con techos elevados y muros blancos donde aquellos que tenían el infortunio de usar los servicios eran como hromigas atrapadas dentro de un tambor.

Olió café malo, sudor, insoportables colonias, y lo que asumió era un pañal con una desesperada necesidad de ser cambiado.

– Como en los viejos tiempos. -dijo Feeney después que hicieran uso de sus músculos y atraparan dos de los asientos diseñados para culos estrechos de anoréxicos de veinte años. -Cuanto hace que no usas un transporte público?

– Creo que lo olvidé. -Ella hizo su mejor esfuerzo para mantener la cara lejos del desfile de entrepiernas y traseros que presionaban dentro del pasillo embutido obligando a arrastrar los pies. -Como conseguiste algo tan malo?

– No es tan malo. Estaré aquí adentro una media hora, si no la fastidian. -El jugó con las almendras azucaradas de la bolsa que sacó de uno de sus bolsillos. -Hubiéramos ganado tiempo con uno de los transportes de Roarke.

Ella pescó en la bolsa, masticó, consideró. -Piensas que soy estúpida por no usar sus cosas?

– Nah, tú eres sólo tú, chica. Estar sofocados aquí nos ayuda a mantenernos en contacto con el hombre común.

Cuando la tercera maleta la golpeó en la espinilla, y un tipo se enroscó como un sacacorchos en el asiento junto a ella, aplastándola contra Feeney de modo que el espacio personal entre ellos era menos que el de un par de gemelos siameses, Eve decidió que mantenerse en contacto con el hombre común estaba sobrevalorado.

Despegaron con esa especie de temblor mecánico que siempre le enviaba el estómago hasta las rodillas. Ella mantuvo los dientes apretados y los ojos cerrados hasta que aterrizaron. Los pasajeros fueron vomitados fuera del vuelo, dispersándose. Eve y Feeney se unieron al rebaño que se dirigía hacia el tren con destino al este.

– No fue tan malo. -comentó él.

– No si te gusta empezar el día con un paseo por el carnaval. Esto nos va a dejar a una media cuadra de las instalaciones. El nombre del director es Miller. Vamos a bailar con él primero.

– Quieres que recorramos la lista juntos o la repartimos?

– Estaba pensando que podemos dividirnos, ganar tiempo, pero hay que poner la siembra en la tierra primero. Supongo que necesitamos jugar a los políticos, parando en los policías de Chicago.

– Podría ser que Julianna retroceda sobre su pasado. Si lo hace, Chicago es su próxima parada.

Eve optó por quedarse parade en el tren, y se aferró a un gancho. -Sí. No puedo meterme dentro de su cabeza. Cual es su propósito esta vez? Es lógico que lo tenga. Es fastidioso, pero es lógico. Estoy pensando si volvió a New York porque tenía cosas importantes pendientes. Tiene algo que probarnos, a nosotros, Feeney. Si es así, entonces los objetivos son secundarios. Esto es sobre golpearnos a nosotros, golpear al sistema esta vez. – Sacudió la cabeza. – De cualquier forma que lo pongas, ella ya tiene su próxima marca.

Dockport se asemejaba a una pequeña ciudad, autocontenida y ordenada, con torres de guardia, barras y muros electrificados. Ella dudó que los residentes apreciaran en su totalidad las calles bien mantenidas, los parches de verde, o la arquitectura suburbana. No cuando la abrumadora urgencia de dar un paseo fuera de los límites podía resultar en la alerta de un sensor y una enérgica sacudida que podía enviarte a caer de culo a unos buenos diez pies de distancia.

Perros droides patrullaban el perímetro. El campo de recreación de las mujeres era vasto y estaba equipado con cancha de basket, sendas para correr, y mesas de picnic pintadas de un alegre azul.

Los muros que lo rodeaban tenían doce pies de alto y tres de grosor.

Adentro los pisos eran tan limpios y brillantes como la cocina de una abuela. Los pasillos eran anchos y espaciosos. Las áreas estaban divididad con puertas de vidrio reforzado diseñado para contener el golpe de explosivos caseros o tiros de laser.

Los guardias vestían de azul oscuro, otro equipo con ropas de calle cubiertas con chaquetas blancas de chef. Los reclusos vestían de monos color naranja neon con un blasón en la espalda con las iniciales negras CRD.

Pasaron a través de la seguridad de la entrada principal, educadamente etiquetados con sus escudos de ID y brazaletes, y les requirieron entregar todas sus armas.

Miller, pulcro y distinguido a pesar de la estúpida chaqueta, era todo sonrisas cuando los saludó. Aferró con sus dos manos la de Eve y luego la de Feeney, disparando bienvenidas como el propietario de un centro turístico de moda.

– Apreciamos que que se tome tiempo para recibirnos, Director Miller. -empezó Eve.

– Supervisor. -Emitió una risita campechana. -Hace mucho que no usamos términos anticuados como director. El Centro de Rehabilitación Dockport es una instalación completamente moderna. Fue construído hace justo veinticinco años y empezó a aceptar residentes en el 34. Aquí en el Centro de Mujeres del CRD, albergamos un máximo de mil quinientos, y mantenemos un equipo de seiscientos treinta a tiempo completo, cincuenta y ocho a tiempo parcial y veinte consultores externos. Estamos totalmente auto-equipados con instalaciones de salud, bancos, tiendas y comedores. Esperamos que nos acompañen a almorzar en el comedor del personal. Tenemos alojamiento para pasar la noche para visitantes y consultores, terapia física y ejercicios, centros de salud mental y emocional, instalaciones para entrenamiento que ofrecen clases de una variedad de cuidadosas elecciones y recursos dirigidos hacia la resocialización están totalmente disponibles en los locales. El Centro para Hombres está equipado en forma similar.

Pasaron a través de un área de oficinas donde la gente estaba ocupada en sus asuntos, corriendo a lo largo de los corredores, ocupando escritorios, respondiendo enlaces. Un número de ellos vestía el brillante mono naranja.

– Los prisioneros están permitidos en esta área? -preguntó Eve.

– Residentes. -corrigió Miller con suavidad. -están permitidos fomentando su aplicación en trabajos rentables después de que hayan completado la mitad de su entrenamiento de rehabilitación. Esto los ayuda a ajustarse al mundo exterior cuando salgan de aquí, por lo que pueden reinsertarse en la sociedad con propia significativa propuesta.

Uh-uh.Bueno, una de sus antiguas residentes se ha reinsertado en la sociedad con una significativa propuesta. Le gusta asesinar hombres. Necesitamos hablar sobre Julianna Dunna, Supervisor Miller.

– Si. -El juntó las manos como un predicador antes de llamar a la congregación a la oración. -Estoy muy angustiado de saber que usted cree que ella está involucrada en un homicidio.

– Yo no creo que está involucrada. Sé que ella es una asesina. Justo lo que era cuando llegó aquí.

El se detuvo. -Con su perdón, teniente, pero por su tono tengo la impresión de que no cree en los principios de la rehabilitación.

– Creo en crimen y castigo, y que algo se aprende de él. Aprender lo suficiente para cambiar el modo en que viven en el mundo real. También creo que hay algunos que no pueden cambiar o no quieren hacerlo.

A través de la puerta de vidrio a la espalda de Miller, observó a dos reclusas haciendo un rápido intercambio de envoltorios. Créditos por ilegales, supuso Eve.

– A ellos les gusta lo que son. -agregó- y no pueden esperar la oportunidad de regresar a ello. Julianna ama lo que ella es.

– Ella era una residente modelo, -dijo él molesto.

– Apuesto a que si. Y apuesto a que se aplicó en una posición de trabajo donde pasaba la mitad de su tiempo. Donde trabajaba ella?

El resopló. La mayor parte de su cálida actitud se enfrió bajo el insulto y la desaprobación. -Estaba empleada en Centro de coordinación de visitantes.

– Con acceso a computadoras? -preguntó Feeney-

– Por supuesto. Nuestras unidades están aseguradas y tienen códigos de seguridad. Los residentes no tienen permitido transmisiones sin supervisión. Su inmediata superior, Georgia Foster, le dio a Julianna las más altas evaluaciones.

Eve y Feeney cambiaron miradas. -Si quisiera apuntarme en la dirección del centro, -dijo Feeney- quisiera hablar con la Sra. Foster.

– Y yo quisiera entrevistar a las reclusas de esta lista. -Eve sacó un papel de su bolsillo. -Lo siento, residentes. -corrigió, pero no sin un desdén en su voz.

– Por supuesto. Voy a arreglarlo. -La nariz de Miller se había levantado en el aire y Eve dudó que la invitación a almorzar estuviera todavía sobre la mesa.

– Viste ese pase? -murmuró Feeney cuando Miller les dio la espalda para hablar por su comunicador interno.

– Sip.

– Vas a decirle a ese imbécil?

– Nop. Las iniciativas de negocios de las residentes y las actividades recreacionales son su problema. Y si tengo que escuchar su conferencia otra vez, tal vez me de un toque con un poco de Zoner yo misma.

Eve tomó las entrevistas una a la vez en un área de conferencia equipada con seis sillas, un sofá alegremente estampado, una pequeña pantalla de entretinimiento, y una robusta mesa hecha unproducto de papel reciclado.

Había unas pinturas insulsas de arreglos florales en los muros y una señal en la parte interior de la puerta que les recordaba a las residentes y sus visitantes que debían comportarse de manera cortés.

Eve supuso que ella era la porción invitada de esa declaración.

No había espejos de dos vías, pero divisó las cuatro cámaras escondidas en las esquinas. La puerta que conducía adentro era de vidrio con pantalla de privacidad opcional. Ella no la puso.

La guardia, una mujer de hombros anchos y cara de torta y que parecía tener bastante experiencia y sentido para no pensar que las reclusas eran residentes, trajo a María Sánchez primero.

Sanchez era una fuerte y pequeña latina mezclada con abundante pelo negro rizado atado en una cola. Había un pequeño tatuaje de un rayo en la accidentada cicatriz al costado derecho de su boca.

Entró sin apuro, meneando desenfadadamente sus caderas, luego se dejó caer en una silla y tamborileó sus dedos en la mesa. Eve notó las pulseras con sensores en ambas muñecas y tobillos.

Miller podía haber sido un cretino, pero sin embargo no era tan estúpido como parecía, para darle oportunidades a un caso difícil como Sanchez. Al asentimiento de Eve, la guardia se retiró al otro lado de la puerta.

– Fumas? -preguntó Sanchez en una voz rasposa y musical.

– No.

– Mierda. Me sacaste de mi tiempo recreacional matutino y no fumas?

– Estoy realmente apenada por arruinar su partido diario de tenis, Sanchez.

– Mierda. Yo juego round ball. -Se hizo hacia atrás, estirando el cuello para ver bajo la mesa. -Tienes un montón de piernas pero igual podría azotarte el culo en la cancha.

– Vamos a encontrar tiempo para hacer un partido uno de estos días, pero ahora estoy aquí por Julianna Dunne. Estuviste en la jaula junto a ella los tres últimos años.

– No las llamamos jaulas por aquí. -dijo con una mueca. -Las llamamos áreas personales. Jodidas áreas personales. Miller es un imbécil.

Eve no estaba segura de lo que quería decir que ella y Sanchez tuvieran ese básico punto de acuerdo. – De que hablaban tú y Dunne cuando estaban en su respectiva área personal?

– No voy a darles nada a los policías. Oh, espera, voy a darle algo a la policía. -Ella levantó su dedo medio.

– Apuesto que tienen un salón de belleza en este club de campo. Te hiciste una manicura. Tú y Dunne tenían conversaciones de chicas?

– Yo no le decía nada a ella, ella no me decía nada a mí. La puta se creía que era mejor que todas.

– No te gusta ella, y tampoco a mí. Podemos empezar desde ahí.

– Me gusta más ella que los policías. Se rumorea que liquidó a un rico viejo bastardo en New York. Porque debería importarme eso?

– Ella está afuera y tú no. No es suficiente?

Sanchez examinó sus uñas como si efectivamente contemplara esa manicura. -No me pela el culo donde está ella, pero apuesto que el tuyo está ardiendo.

– Supongo que crees que Julianna es bastante lista.

Sanchez resoplo por la nariz. -Ella se cree que lo es.

– Demasiado lista para un policía? Soy una de los policías que la puso aquí.

Una sonrisita se insinuó en la esquina derecha de la boca de Sanches. -No pudiste mantenerla aquí.

– Ese no es mi trabajo. -Eve se echó hacia atrás. -Vas a estar adentro otros diez o quince años por tu afición a clavar implementos afilados en areas sensitivas de la anatomía de otra gente.

– No hice nada que esos hijos de puta no trataran de hacerme a mí. Las mujeres tienen que defenderse por su cuenta en este malo, malo mundo.

– Tal vez, pero tú no vas a respirar el aire de este malo, malo mundo por un tiempo, más considerando que tu registro aquí no te va a ganar la corona de Miss Simpatía o enviarte hacia una liberación anticipada por buena conducta.

– Que mierda me importa? En un lugar como este, puedes hacer un centavo parándote de cabeza y rascándote el culo.

– Puedes traer cónyuges aquí, Sanchez?

Sus ojos centellearon. -Seguro. Parte del jueguito de rehabilitación. Debes mantener la máquina en forma, cierto?

– Pero tú tienes tendencias violentas. Y a esas sólo les traen droides para jugar. Puedo regatear para ti un acompañante autorizado. Un auténtico cuerpo cálido para una noche de romance. Un intercambio.

– Quieres joder conmigo?

– No, pero puedo traerte a un profesional que lo haga si me das algo que pueda usar. Con quien hablaba ella, a quien usaba. Que es lo que sabes?

– Quiero un tipo grande, de buena pinta, que pueda mantener su miembro duro hasta que yo diga basta.

– Dime algo que quiera escuchar, y te voy a traer un conyuge, el resto depende de ti. Julianna Dunne.

Era elegir entre sexo real y clavar a un policía. Sanchez eligió el sexo real. -Puta. Jodida gringa reina de belleza de Texas. Se guardaba para si misma todo lo que podía. Trataba a las guardias como si fueran maestras de la escuela de domingo. Si, señora, gracias, señora. Te hacía querer vomitar. Ellas se deleitaban con eso, le daban privilegios extra. Ella metía fichas adentro. Engrasaba manos, le pagaba a algunas de las lesbos para dejarla afuera. Pasaba el tiempo libre en la biblioteca o el gimnasio. Tenía a Loopy como su puta. No en un sentido de sexo, más como una mascota.

– Y Loopy sería?

– Lois Loop, una basura adicta, le dieron veinte por enfriar a su viejo. Tenía la jaula del otro lado de la puta. La escuché hablando a veces. -Sanchez se encogió de hombros. -Le prometió a Loopy ponerla en un lugar cómodo cuando pudiera salir, dijo que tenía un montón de dinero y un bonito lugar para vivir. Texas, tal vez.

– Planeaba regresar a Texas?

– Dijo que tenía asuntos en Dallas. Negocios sin terminar.

Eve lo dejó cocinarse en su cerebro, y envió por Lois Loop.

No necesitaba de la descripción de Sanchez. La mujer tenía la piel como desteñida por lejía, el pelo descolorido, y los ojos rosados de conejo de los adictos perdidos. La droga tenía el efecto lateral de erradicar los pigmentos. La desintoxicación podía devolverlos, pero no podía reestablecer los colores.

Una mirada a las pupilas contraídas le dijo a Eve que la desintoxicación no había sido muy buena tampoco.

– Toma asiento, Loopy.

– La conozco? Yo no la conozco.

– Toma asiento de todas formas.

Comenzó a avanzar hacia la mesa, con movimientos mecánicos. Donde quiere que ella hubiera conseguido su solución, pensó Eve, no había sido una reciente.

– Tu dosis, Loopy? Cuanto hace desde que la conseguiste?

Loopy lamió sus labios blancos. -Tomé mi sintético diario. Parte de la desintoxicación. Es la ley.

– Sí, claro. -Eve se inclinó. -Julianna te dio fichas, para que pudieras conseguir la droga real aquí adentro?

– Julianna es mi amiga. Conoce a Julianna?

– Sí, nos conocimos tiempo atrás.

– Ella regresó al mundo?

– Así es. Se mantuvo en contacto?

– Cuando usted la vea, dígale que ellos deben haber robado las cartas, porque no recibí ninguna y ella me las prometió. Tenemos permitido recibir cartas.

– De donde venían las cartas?

– Ella iba a escribir y decirme donde estaba, y cuando yo regrese al mundo, voy a ir ahí también. -Sus músculos temblaban mientras hablaba, como si no estuviera conectados a la carne y los huesos. Pero sonreía serenamente.

– Dime donde fue ella y la voy a encontrar para ti. Le voy a contar de las cartas.

– Tal vez está aquí, tal vez está allá. Es un gran secreto.

– Nunca fuiste a New York, antes?

Los ojos perdidos se agrandaron. -Se lo dijo?

– Como te dije, nos conocemos. Pero New York es un lugar muy grande. Me va a ser difícil encontrarla si no tengo una dirección.

– Ella tiene una casa, toda suya. En algún lugar. Y tal vez iba a hacer algún viaje. Iba a venir a visitarme cuando viniera de Chicago.

– Cuando iba a volver?

– Alguna vez. Ibamos a ir de compras. New York, Chicago, New L.A. -Ella cantaba las ciudades, como un niño cantando una canción de cuna. -Dallas y Denver. Como los vaqueros.

– Dijo algo sobre la gente que iba a ver? Viejos amigos o nuevos? Dijo los nombres, Loopy.

– Quería olvidar a los viejos conocidos. Vamos a hacer una fiesta para Año Nuevo. Con pastel. Conoce al hombre hueso?

– Tal vez.

– Ella me leía todo tipo de cosas sobre el hombre hueso. El vive en un palacio de la ciudad. Tiene mano verde y las flores salen de ellas. Ella iba a visitarlo.

Pettibone, pensó Eve. Primer golpe. -A quien más iba a visitar?

– Oh, el hombre oveja y el vaquero y el tipo de Dallas. Tenía que ver gente, ir a lugares.

– Cuando ella te leía sobre el hombre hueso, donde estaban?

– Es un secreto. -susurró ella.

– Puedes decírmelo. Julianna te quería y yo puedo encontrarla y decirle sobre las cartas.

– Y la droga. -dijo Loopy en un susurro. -Me iba a traer la droga.

– Se lo voy a decir, pero debes decírmelo primero.

– Ok-. Ella tiene una pequeña computadora en su jaula. Una que cabe en su mano. Podía hacer su trabajo en ella. Siempre tenía un montón de trabajo que hacer.

– Apuesto a que lo tenía.

– Ella te envió para verme? Te envió con droga? Siempre me traía droga, pero ahora no consigo.

– Voy a ver que puedo hacer por ti.

Eve la miró, el espástico temblor de sus músculos, la piel fantasmal. Rehabilitación, pensó. Madre de Dios.

Para el momento en que se reencontró con Feeney, Eve estaba echando vapor. Cada entrevista había agregado algo al cuadro de Julianna Dunne, múltiple asesina, danzando a través del sistema recogiendo privilegios y favores, y pasando fichas, sobornos, endulzando los oídos de las guardias, personal y otras prisioneras para lo que fuera que ella necesitaba o quería hacer.

– Como si ellos fueran malditos sirvientes. -explotó Eve. -Y éste su maldito castillo. No podía salir, pero ciertamente organizó lo que quería hacer desde aquí. Un jodido computador personal, Feeney. Cristo sabe lo que envió o recibió en él.

– Tengo al zángano de oficina que trabajó sobre su autorización. -agregó. -Puedo garantizar que estaba llena de transmisiones autorizadas desde las unidades de este complejo. Tenía rienda suelta.

– Si conseguimos una orden de secuestro, puedes rastrearlas?

– Ya me pongo en eso. Podría ser escupir en el viento, pero podemos ir a través de cada una de ellas, ver si dejó una marca. Hablando con su controlador, disculpame, su consultor emocional para una buen reintegro. -Sus labios se fruncieron ante el término como si estuviera chupando una rodaja de limón.- Tiene un trauma de niñez temprana, interpretando este bonito término como asesinar en un parpadeo, decaimiento, contrición, y Cristo sabe. Todo agregado al convencimiento general de que Dunne fue exitosamente rehabilitada y ya lista para conseguir un lugar como un productivo miembro de la sociedad.

– No sería raro que consigamos la misma canción de su OP. Vamos a dar la vuelta y verlo, Chequear con los locales, e irnos al diablo de Chicago. -Lanzó un suspiro. -Hay algo mal conmigo, Feeney, que miro este lugar y veo una enorme pila de mierda siendo volcada en los contribuyentes?

– Debe ser la misma cosa que está mal conmigo.

– Algunos pueden cambiar, pueden volver por si mismos. O ser ayudados a volver. Las prisiones no son sólo almacenes. No deberían serlo.

– No deberían ser geniales centros de vacaciones tampoco. Vámonos al diablo de aquí. Este lugar me da escalofríos.

El Oficial de Palabra Otto Shultz tenía sobrepeso, dientes de caballo y solucionaba su problema de calvicie con un peinado que empezaba con una raya al lado de su oreja izquierda.

Eve imaginó que su salario de servidor civil estba lejos de ser estelar, pero pensó porque él no invertía una parte de eso en un básico mantenimiento del cuerpo.

El no estaba feliz de verlos, reclamó estar muy ocupado, criminalmente sobrecargado de trabajo, y trató de despedirlos con promesas de copias de todos los reportes y evaluaciones de Julianna Dunne.

Eve hubiera estado satisfecha con eso, si no hubiera sido por los nervios que podía oler brotando por todos sus poros.

– Usted la ayudó a pasar bajo el sistema, y la primera cosa que hace es matar. Supongo que eso lo tiene algo nervioso, Otto.

– Mire. -Sacó un pañuelo, secándose la cara sudorosa. -Yo seguí el libro. Ella pasó todas las evaluaciones, siguiendo las reglas. Soy un OP, no un adivino.

– Siempre que pensé que la mayoría de los OP tenían un barómetro de mierda realmente bueno. Que piensas tú, Feeney?

– Trabajando con consultores cada día, escuchando todas las historias, las excusas, la basura. -Con los labios fruncidos, él asintió. -Sip, me hubiera imaginado que un OP con alguna experiencia podía oler la mierda.

– Ella pasó todas las pruebas- empezó Otto.

– No sería la primera en saber como maniobrar a los técnicos, las preguntas y las máquinas. -Donde te atrapó ella, Otto. -preguntó Eve tranquilamente. -Aquí en la oficina o te pidió que la llevaras a tu casa contigo?

– Usted no puede sentarse aquí y acusarme de tener una relación sexual con un cliente.

– Cliente, por Cristo. Ese término políticamente correcto está empezando a joderme. No te estoy acusando, Otto. -Eve se inclinó hacia él. -S´ñe que jodiste con ella. Realmente no me importa una mierda, y no estoy interesada en reportar este hecho a tus superiores. Ella es una herramienta de trabajo y jugar contigo debe haber sido un juego de niños. Debes sentirte agradecido de que ella te necesitara para ayudarla a salir, y no quisiera tu muerte.

– Ella pasó las pruebas. -dijo y su voz tembló. -No hizo trampas. Su pizarra está limpia. Yo le creí. No soy el único que le creyó, así que no me tire esto encima. Tenemos gente rezumando odio aquí cada día, y la ley dice que si ellos no rompen sus obligaciones de palabra, tenemos que devolverlos a la sociedad. Julianna no era así. Ella era… diferente.

– Sí. -Disgustada, Eve se puso de pie. -Ella es diferente.

El primer respiro de aire fresco en el día llegó en un abarrotado y sucio comedor que olía malamente a comida frita. El lugar estaba saturado de policías, y a través de una pequeña mesa, el teniente Frank Boyle y el capitán Robert Spindler se embutían sandwiches de pavo del tamaño de Hawaii.

– Julianna. -Spindler quitó una mancha de mayonesa condimentada de su labio superior. -La cara de un ángel, el alma de un tiburón. Posiblemente la puta más fría que conocí.

– Te estás olvidando de mi primera esposa. -le recordó Boyle. -Cuesta creer que estemos de vuelta aquí, nosotros cuatro, casi diez malditos años después. -Boyle tenía una alegre cara irlandesa, hasta que le mirabas los ojos. Eran duros y llanos, y un poco atemorizantes.

Eve pudo ver los signos de demasiada bebida, demasiadas preocupaciones en la roja hinchazón de su mandíbula, la ácida curvatura de su boca.

– Pusimos antenas. -continuó Spindler, -Alimentamos los medios, tocamos sus viejos contactos. No conseguimos nada nuevo. -El mantenía su aspecto, el pelocorto como un militar, delgado, autoritario. -No tenemos nada de ella, nada que indique que está metiéndose en nuestro camino. Fui a revisar su libertad condicional. -continuó- Hice un intento personal al que ella se negó. Traje el archivo de los casos, documentación. Los tengo aquí mismo. Ella estaba sentada, como una perfecta dama, los ojos bajos, las manos unidas, el leve brillo de lágrimas. Si yo no hubiera sabido lo que era, me habría creído la actuación.

– Saben algo sobre la adicta que estaba con ella? Lois Loop?

– No me suena. -dijo Spindler.

– Era la mascota de Julianna, mejor dicho, la esclava. Lo que sea. Estaba empezando a divagar cuando la entrevisté. Le saqué alguna información, pero puede tener más. Tal vez tú puedas trabajarla otra vez. Me dijo que Julianna había ido a New York para ver el hombre hueso. Pettibone. Y hay un hombre oveja. Puedes pensar en alguien que encaje en su objetivo stardard y que tenga oveja en su nombre?

Tanto Boyle como Spindler sacudieron sus cabezas. -Pero podemos buscar por ahí. -prometió Spindler. -Ver que salta.

– También hay un vaquero y el tipo de Dallas.

– Suena como si estuviera pensando en volver a Texas y cobrársela a su padrastro. -Boyle tomó otro enorme bocado de su sandwich. -a menos que tú seas Dallas y ella esté apuntando a tu amigo.

Eve ignoró el retortijón en su estómago. -Sí, eso va a ocurrir. Vamos a notificar a la policía de Dallas. Yo puedo cuidar a mi propio amigo. New L.A. y Denver son otras de las ciudades que Loopy recordaba. Apostaría a que si su mente estuviera clara, recordaría más.

– Puedo hacerle una pasada. -Boyle miró a Spindler. -Si estás de acuerdo…Capitán.

– Adoro que me recuerdes que tengo las barras. No es mucho más lo que podemos hacer por ustedes. Francamente, me gustaría ver que la atrapas en New York. Me voy a perder la fiesta, pero maldito si no quiero que ella caiga de nuevo en Dockport.

Ella estaba de regreso en New York para las cinco y optó por ir a casa en vez de volver a la Central. Podía trabajar ahí y asegurarse personalmente de la seguridad de Roarke.

El no encajaba en el perfil del objetivo, se recordó a si misma. Era demasiado joven, no tenía ex esposa. Pero tenía una esposa que había jugado un buen papel metiendo a Julianna dentro.

Casi había llegado a casa cuando dio unn impulsivo giro y se dirigió a lo de la Dra. Mira.

Estacionó en la zona de descarga a media cuadra, compuso un aspecto oficial, y luego corrió hacia el digno y antiguo edificio de piedra. Había flores en suave rosa y blanco en macetas azúl pálido alegrando la entrada. Una puerta más allá una mujer sacó un enorme perro con largo pelo dorado decorado con lazos rojos. Le envió a Eve un amistoso ladrido, y luego se deslizó en la misma forma que su dueña como si estuvieran en un desfile.

En el otro lado, un trío de chicos irrumpieron fuera, ululando como maníacos. Cada uno de ellos cargaba un fluorescente aero patín y se deslizaron calle abajo por la vereda como cohetes fuera de una base de lanzamiento.

Un hombre en traje de negocios con un enlace personal colocado en su oreja trató de eludirlos limpiamente, pero prefirió antes que gritar o sacudir un puño detrás de ellos, emitir una risita, y mientras seguía hablando se volvió hacia la puerta de otra casa.

Otro lado más de New York. -penso Eve. El amistoso vecindario de clase alta. Era muy probable que la gente realmente conociera el nombre de cada uno en esa cuadra. Se juntarían para compartir cócteles, llevarían rebaños de hijos o nietos hacia el parque en grupos, y se pararían a conversar en la puerta de calle.

Era exactamente el tipo de lugar que concordaba con la Dra. Charlotte Mira.

Eve volvió hacia la puerta, tocó la campana. Luego inmediatamente cambió de idea. No tenía que llevar asuntos desagradables al hogar de Mira. Retrocedió, pensando retractarse, cuando la puerta se abrió.

Reconoció al esposo de Mira a pesar de que ellos no habían tenido contacto personal. Era alto y campechano, una especie de amistoso espantapájaros con un cardigan holgado y arrugas flojas. Su cabello era color peltre, en una salvaje e interesante maraña alrededor de una cara larga que era de alguna forma erudita e inocente.

Cargaba una pipa, y su sweater estaba mal abotonado.

El sonrió, y sus ojos, del color de la hierba de invierno, desconcertaban. -Hola. Como está usted?

– Ah. Bien. Lo siento, Sr. Mira, no debería molestarlo en su casa. Yo sólo iba a…

– Usted es Eve. -Su rostro se aclaró, cálido. -Déme un minuto. Reconocí su voz. Pase, pase.

– En realidad, yo debería…

Pero él se estiró, la aferró de la mano, y tiró de ella hacia la puerta. -No me había dado cuenta de que usted iba a venir. No puedo seguir la senda. Charlie! -Gritó hacia los escalones. -Tu Eve está aquí.

La protesta murió en la garganta de Eve ante la idea de que la elegante Mira fuera llamada Charlie.

– Venga a sentarse. Creo que estaba preparando bebidas. Mi mente divaga. La vuelvo loca a Charlie.

– Estoy interrumpiendo. Puedo ver a la Dra. Mira mañana.

– Sí, aquí está el vino. Estaba seguro de que lo había traído. Lo lamento, no puedo evitarlo. La esperábamos a cenar?

El aún sujetaba su mano, y ella no pudo encontrar una forma educada de liberarla. Y él estaba sonriéndole con tan amigable confusión y humor, que ella se sintió un poquito enamorada.

– No, ustedes no me esperaban para nada.

– Entonces que bonita sorpresa.

CAPITULO 8

Antes de que ella pudiera responder, Mira apareció y Eve experimentó todavía otro Shock al ver a la generalmente elegante Mira en una camiseta talla extra grande y pantalones ajustados negros. Los pies descalzos, las uñas pintadas de un bonito rosa caramelo.

– Dennis? Quien dijiste que…Oh, Eve.

– Lo lamento. No debería estar aquí. Estaba camino a mi casa y yo… me disculpo por molestarla en su hogar. Yo sólo, ah, la voy a contactar en su oficina en la mañana.

Era raro, pensó Mira, ver a Eve nerviosa. -No nos has molestado en absoluto. Vamos a tomar vino, Dennis?

– Vamos a tomar? -El miró confundido otra vez, luego se fijó en la botella en su mano. -Oh. Si, vamos a tomar. Traeré otro vaso.

– No, por favor. No se moleste. No debería estar aquí. Debo irme.

– No seas tonta. -Mira le sonrió. -Siéntate. Si estás en una misión, podemos ofrecerte algo más ligero que vino.

– No, estoy fuera, pero…

– Bien. -Ella cruzó la habitación, deteniéndose para reabotonar el cardigan de su esposo con tan simple intimidad que hizo que Eve se sintiera más como una intrusa que si ellos hubieran intercambiado un húmedo y descuidado beso. Mira eligió otro vaso para si misma de un gabinete, y luego simplemente puso una mano en el hombro de Eve para empujarla hacia una silla.

Por lo que Eve se encontró sentada en el living de Mira, una bonita y colorida habitación, aceptando un vaso de vino.

– Como estuvo tu vacación? -empezó Mira.

– Bien. Estuvo buena.

– Te ves descansada.

– Si, bueno, jugué a la babosa la mitad del tiempo.

– Lo necesitabas. Tú y Roarke. El está bien, confío.

– Sí. -Eve se giró en la silla. -Está bien. -Y ella pensaba mantenerlo en esa forma.

Mira sorbió el vino, inclinando su cabeza hacia su esposo. -A menudo discutimos aspectos de casos con Dennis, pero si lo prefieres podemos subir a mi oficina.

– No, no quiero arruinar su momento en casa. No tendría que haber traído un caso a su living. De todas formas, usted no tuvo tiempo de leer los datos.

– Pero tengo tiempo.

– Que haría usted… -Eve se obligó a cortar. -Luego llamo a su oficina en la mañana y hago una cita.

– Relájate Eve. Podemos hablar ahora. No hubieras venido aquí de esta manera si no fuera importante. Y me gustaría que te sintieras lo bastante cómoda, aunque sea momentáneamente, para hacerlo. Hubo un tiempo, no hace mucho, en que tú no hubieras considerado hacerlo.

– Siempre respeté sus habilidades, Dra. Mira.

– Respeto y comodidad son diferentes materias. Estás aquí por Julianna Dunne.

– La maldad -dijo Dennis a nadie en particular, -viene en todas las formas, y a menudo algunas atractivas. – Volvió sus ojos repentinamente intensos y claros a Eve. -Crees en la maldad?

– Si.

– Bien. No puedes detnerla si no crees en ella.

– Dennis es hábil para definir un punto en su más elemental nivel. Es muy útil para mi.

Mira sorbió su vino otra vez, y luego se sentó junto a una pequeña mesa redonda antes de continuar. -Julianna Dunne fue completamente probada, evaluada, examinada antes y durante su juicio. La opinión de los expertos llamados para esos propósitos fue el sujeto había sufrido el trauma del abuso sexual de parte de un miembro de la familia, lo que había dañado su mentalidad y emocionalidad. Con esta capacidad disminuída, ella, siendo una adulta, buscó otros hombres que representaran a su abusador. Luego castigó a estos representativos ya que había sido incapaz de castigar al hombre que la había lastimado a ella.

Hizo una pausa para recoger sus bonitas y formadas piernas debajo de ella. -Con el frío cálculo de los asesinatos y su beneficio de ellos, la defensa fue incapaz de negociar una condena en unn centro de salud mental, ni convencer al jurado que el sujeto era inocente, completamente inocente, dada su disminuída capacidad. Ellos, sin embargo, pudieron darla a su cliente una sentencia de por vida.

– Prefiero su punto de vista que el perfil inicial.

– Adenás está eso. En mi opinión, dados los datos, los expertos se equivacon en sus evaluaciones y conclusiones. Julianna Dunne no estaba operando bajo capacidad disminuída, no en un sentido legal. Ella jugó el juego perfectamente, -continuó Mira- Sus respuestas fueron exactamente acertadas, como fueron sus reacciones, sus gestos su tono. Y ese fue su error, uno de los que pasó por alto. Esa clase de perfección debe ser calculada. Es una mentirosa, pero una excelente.

– Ella nunca fue violada cuando era adolescente. -Eve se inclinó hacia delante. -No fue atemorizada, o cazada. No hay dolor, ni miedo, ni rabia dentro de ella.

Mira la alcanzó, apoyando brevemente su mano sobre la de Eve. Sabía que no podían hablar de la infancia de Eve con Dennis en la habitación. -Mi opinión es, y puedo tener las pruebas de su personalidad para asegurarme, que esa relación sexual fue consensual. Para Julianna, el sexo es un arma. El hombre es el enemigo. Es improbable que disfrute la experiencia sexual. Es un trabajo, una intención para un fin. Y que el hombre disfrute de eso, de su cuerpo, es una cuestión de orgullo y disgusto.

– Porque no se volvió hacia las mujeres, sexualmente?

– Tiene más respeto por ellas, como especie. Y otra vez, el sexo no le interesa. Ella no puede ver placer ahí. Su placer viene de causar dolor, humillación, de conquistar y arruinar a los vencidos.

– Si yo pudiera. -Dennis abrió las manos, atrapando la atención de Eve. El había estado tan tranquilo y quieto, que ella lo había olvidado. -Los hombres no son oponentes. Son vïctimas. Ella necesita víctimas para poder prosperar.

– Ella trata de atraerlos. -agregó Eve.- En la forma que harías con algún tipo de presa. Ella se convierte en lo que los atrae, deslizándose en una personalidad como tú lo harías en un traje nuevo. Un hombre mayor, uno que esté cansado o insatisfecho o sólo aburrido de su esposa, su familia, su vida sexual es el perfecto objetivo. Más fácilmente atraído hacia la belleza, más fácilmente atrapado.

– Un hombre de una cierta edad es candidato a ser halagado por las atenciones románticas de una joven y bella mujer. Cada género tiene sus puntos débiles.

– Practicó con su padrastro. Ella hizo la seducción ahí. -declaró Eve. -Afilando sus habilidades. El no quiso testificar en el juicio contra ella. La fiscalía no tuvo la oportunidad de llamarlo, dejando que el jurado lo viera. La defensa pudo aprovecharlo igual. Vean esto, este hombre que forzó a esta pobre, inocente jovencita. Ella estaba indefensa, atrapada. El era su padre, debería haber estado a salvo con él. Sin embargo el tomó su inocencia, la dejó dañada. Si alguien es responsable por las muertes, es él.

– Ella no podía permitir que lo llamaran ahí, bajo juramento. -dijo Mira- Y eso le cavó la fosa. Tú quieres hablar con él por ti misma.

– Está en Texas. En Dallas.

– Si, lo sé. -los ojos de Mira decían un millon de palabras. -Ví los datos. Puedes ir?

No quieres ir. -pensó Eve. Puedes ir. -No lo sé. No lo sé. -repitió.

Mira se volvió, tocó la mano de su esposo. -Dennis. – fue todo lo que dijo, y él descruzó sus largas piernas y se paró.

– Si ustedes, señoras, me disculpan, tengo alguna que otra cosa que hacer. Tenías razón sobre ella, Charlie. -El dejó un toque de sus labios sobre la cabeza de Mira, luego puso una mano larga y estrecha sobre la curva de su brillante cabello castaño. -Pero siempre la tienes. Encantado de haberla visto, Eve. Vuelva cuando quiera.

– No tenía que mandarlo fuera. -dijo Eve cuando él salió de la habitación. -Esto no es sobre mí.

– Mírame. Mírame, Eve. -Mira dejó su copa, tomó una de las manos de Eve entre las suyas. -Si no estás lista para regresar a Dallas, envía por él. Traelo aquí.

– No tengo causas ni autoridad para traer a Jake Parker a New York.

– Entonces haz la entrevista vía enlace o por holograma.

– Usted sabe que tiene que ser hecho cara a cara si voy a presionarlo para me diga lo que sucedió, como sucedió, que hizo ella, a quien se lo hizo. El no va querer venir aquí. Hay también una posibilidad de acuerdo a los datos que conseguí hoy de que él pueda ser un objetivo. Tengo que ir, y no se si puedo manejarlo.

– Voy contigo.

Por un momento Eve pudo sólo mirarla fijo, y luego su visión se enturbió. Tuvo que parase y volverse. -Jesus.

– Yo puedo ayudarte, Eve. Quiero hacerlo. Por un largo tiempo no me dejaste acercar, me ofendiste. Pero eso cambió.

– No quise ofenderla. Usted me asustaba. La gente que me asusta me jode.

– Me alegro de no asustarte más.

– A veces lo hace. -Ella se pasó el dorso de su mano bajo la nariz, y luego se volvió. -No estoy lista, o no quiero poner todo lo que era dentro de lo que soy ahora. Viene en pedazos, y los pedazos se van agrandando. No se lo que va a suceder conmigo cuando el cuadro esté completo. Pero cuando esté lista, voy a ir con usted. Ok?

– Si.

– De todas maneras. -Ella se sentó para tomar aliento. -Como dije, esto no sobre mí. Feeney y yo estuvimos en Dockport hoy.

Se sentó otra vez, dándole a Mira el resto de los detalles.

– Crees que ella puede enfocarse en Roarke. Desearía decirte que tus instintos están equivocados.

Un puño cerró la garganta de Eve y otro le golpeó el estómago. -Porque lo haría? El no encaja en el perfil de sus objetivos.

– Porque es tuyo. Lo que Dennis dijo sobre que los hombres no son rivales para ella es exacto. Pero las mujeres son oponentes, compañeras, herramientas, competidoras. Sus sentimientos hacia ellas pueden haber sido reforzados y refinados por su tiempo en una instalación correccional de mujeres. De los oficiales primarios que trabajaron para arrestarle, tú eras la única mujer. La única con la que ella pidió hablar personalmente. Tú la superaste, y eso la impresionó. Ella quería tu respeto y no quisiste dárselo. Es lógico que dada la oportunidad, quiera una revancha, no sólo por la detuviste, sino que la rechazaste. Esto responde porque vino a New York.

– Y porque se queda aquí. Sé que está aquí. Ella subió un escalón en su proceder anterior. Ya no utiliza el romance, el matrimonio. No trata de seducirlos. Pero si está vigilando a Roarke, está buscando una forma de atraerlo.

Se levantó de la silla otra vez, apretando las manos en los bolsillos y paseando. -Maldita sea, usted sabe lo que está sucediendo ahora. Voy a ir a casa, decirle a Roarke, pedirle que incremente la seguridad y agregue protección policial. Se va a rebelar, me va a decir que puede protegerse solo. Blah, blah, blah. Luego tendremos una pelea. -Suspiró.- No hemos tenido una pelea hace tiempo. Supongo que lo haremos.

– Si temes por él, deja que él lo vea.

– Sé que puede cuidarse a sí mismo. Pero no va impedir que me preocupe por él.

– Me imagino que él tiene el mismo conflicto sobre ti, cada vez que sales de casa con esa arma colgada a tu costado. Tengas o no tu pelea sobre esto, vas a encontrar una manera de hacer esto juntos. Así es el matrimonio.

– Demasiado matrimonio es un grano en el culo.

– Oh, ciertamente, lo es.

– Usted le acomodó los botones. -murmuró Eve.

– Que?

Sorprendida de haber hablado en voz alta, Eve se detuvo, nerviosa. -Nada.

– Botones? Que… oh! El sweater de Dennis- Mira presionó una mano sobre el corazón y rió. -Si, supongo que lo hice. El nunca presta atención a sus ropas o a las mías, esa es la cuestión. Eso a veces me molesta, cuando tengo un nuevo vestido, que se ve particularmente bien, y él no se da cuenta.

– El me gusta.

– También a mi.

– Los voy a dejar volver a sus… cosas. Dígale gracias por el vino. Aprecio que usted haya dedicado tiempo a esto.

– Tú siempre eres bienvenida aquí. -Se levantó para acompañar a Eve a la salida.

– Dra. Mira?

– Si?

– Que quiso decir su esposo, que usted tenía razón sobre mi?

– Puede haber querido decír un número de cosas, pero bajo estas circunstancias, imagino que quiso decir que yo tenía razón cuando te describí como brillante, complicada, y valiente. Ahora te he avergonzado. -Gentilmente, Mira tocó con sus labios la mejilla de Eve. -Ve a casa y pelea con Roarke.

Ella no quería pelear. Solo quería que él se mantuviera fuera de línea para variar. Ya que las posibilidades eso eran cero, delineó un par de enfoques en el camino a casa.

Pero cuando entró a la casa, había una fiesta en marcha.

Escuchó música, risas, voces, e inmediatamente sintió que sus sienes empezaban a latir ante el prospecto de tener que tratar con gente. A menos que el sonido de las risas salvajes de su bienamada amiga Mavis no se detuviera, el dolor de cabeza vendría.

Se imaginó a si misma subiendo subrepticiamente las escaleras y escondiéndose en una habitación oscura con una puerta cerrada.

Valiente, mi culo. -pensó.

Hizo un cauteloso paso hacia las escaleras cuando Summerset se deslizó en el vestíbulo y la atrapó.

– Teniente. Tiene invitados.

– Que, estoy sorda?

– Tal vez su oído es defectuoso si está yendo en la dirección opuesta a la reunión del salón.

– Tal vez yo solo estaba subiendo las escaleras para cambiarme o algo. -Porque sabía que el argumento era flojo, porque él simplemente se quedó parado con esa mueca levemente afilada en su cadavérico rostro, ella alzó los hombros. -Oh, muérdeme. -murmuró y se dirigió hacia el salón.

– Aquí está! -Mavis voló a través de la habitación, un pequeño remolino con manojos de flores púrpura colocadas en estratégicos puntos sobre su cuerpo, esta vez su cabello era color plateado brillo de luna, con más flores irrumpiendo de él. Le dio a Eve un abrazo entusiasta, danzando sobre sus zapatos plateados con tacones de cuatro pulgadas y flores alrededor de los tobillos.

– Leonardo y yo íbamos hacia el Down and Dirty por algo de acción, y pasamos para ver si tú y Roarke querían ir. Y mira a quien encontramos. -Ella giró para sonreir a Phoebe y Sam. -La enganché a Peabody, y ella y McNab van a encontrarnos en el D y D. Roarke dijo que tal vez no llegarías a casa a tiempo, pero aquí estás.

– Aquí estoy. Tengo que trabajar, Mavis.

– Hey, tómate un par de horas para divertirte. -Empujó a Eve dentro de la habitación. -Empieza con mi zinger. Leonardo, muñeco, donde puse mi zinger?

Con sus pies y medio, el hombre de piel dorada que era el amor de su vida para Mavis, no parecía un muñeco. Estaba apenas vestido con una X de satén rojo que cruzaba sus pectorales y parecía estar sosteniendo en su lugar los pantalones fluidos y relucientes que caían desde su cintura hasta sus sandalias rojas cruzadas. Tachas de rubí formando una comilla en la esquina de su ojo izquierdo guiñaron cuando él sonrió y le pasó un vaso a Mavis.

– Que bueno verte, Dallas. -Se acercó y le dio uno sus tímidos besos de mariposa. -Te traigo un zinger fresco si quieres.

– Paso, pero gracias. -Le envió a Roarke una agradecida mirada cuando el bajó el volumen de la música. -Siento haber demorado más de lo que planeaba. -le dijo- Hice una parada camino a casa.

– No hay problema. -Fue hacia ella y con la excusa de un beso de bienvenida, murmuró- Quieres que me deshaga de ellos?

Ella casi dijo que sí, pero le pareció mezquino y cruel. -No, podemos ir una hora al D y D si quieres.

El le levantó la barbilla. -Tienes algo en mente.

– Déjalo ahi.

– Y un dolor de cabeza también.

– Se va a pasar. -Y estaba la posibilidad, aunque remota, de que unos momentos con amigos pudieran inducirlo a cooperar.

– Entonces vamos? -demandó Mavis girando con su zinger.

– Seguro. Dame un minuto para subir y ocuparme de unas cosas.

– Bárbaro. Roarke? -Mavis lo tomó de la manga mientras Eve salía. -Podemos ir en la limo? Sería totalmente magnífico para todos nosotros llegar al D y D con estilo.

Como el Down and Dirty era un local de strip con tanta clase como una ardilla rabiosa, Eve se figuró que harían un infernal alboroto llegando con una limo de una milla de largo y chofer uniformado. Se sintió agradecida de que la cosa estuviera construída como un tanque armado.

Se despojó del arnés de su arma, y desatando la funda del tobillo, chequeó la pequeña arma no reglamentaria para asegurarse de que estaba totalmente cargada. Con el propósito de arreglarse, pasó los dedos a través de su cabello y consideró el trabajo hecho.

Salió del dormitorio y se detuvo en seco cuando vió a Sam esperando en el hall. -No quería molestarla, -empezó- pero tiene dolor de cabeza. Puedo sentirlo. -explicó antes de que pudiera hablar ella. -Puedo ayudarla con eso.

– Está bien. No es nada.

– Odio ver a alguien sufriendo. -Su expresión era suave, compasiva. -Sólo tomará un minuto.

– No me gusta tomar químicos.

Ahora él sonrió. -No la culpo. Soy un sensitivo. -Caminó hacia ella. -Con un toque de empatía. Es aquí, no? -El señaló con un dedo el centro de la frente de ella, pero no la tocó. -Y detrás de los ojos. Se va a poner peor si va un club ruidoso sin ocuparse de él. No voy a hacerle daño.

Su voz era calma y fascinante. A pesar de que ella sacudió la cabeza, él continuó hablando, y la envolvió gentilmente.

– Es una cuestión de toque, de concentración. Cierre los ojos, trate de relajarse. Piense en otra cosa. Fue a Chicago hoy.

– Sí. -Los párpados se le cerraron cuando él rozó con el dedo su frente. -Para entrevistar gente en prisión.

– Toda esa violenta y conflictiva energía. No dudo que tiene un dolor de cabeza.

Los dedos se apoyaron contra sus párpados cerrados. Calidez. El murmuraba. Confort. Ningún hombre le había ofrecido nunca ambas cosas, salvo Roarke. Ella se dejó caer. Era casi imposible no hacerlo. Y el pensamiento pasó a través de su cabeza, la idea de lo que hubiera sido tener un hombre, un padre, dándole ternura en vez de dolor.

Sam sintió que el dolor salía, en sus dedos, en las palmas de sus manos. Latía ahí, sordamente, pulsando como un eco en la cabeza de él, antes de pudiera desparramarlo y disiparlo.

Y ahí, como descolorido, sintió otro afilado dolor. Profundo, se clavó rápido y violento en su propio centro. Y con eso, tuvo una visión. Y vio dentro de la mente de ella, sus pensamientos, su memoria, antes de que pudiera cerrar el enlace y bloquearlo.

– Wow. -Ella tambaleó un poco ante la repentina falta de soporte, y pensó que no había sido consciente del apoyo. Sí estaba consciente de que el dolor de cabeza se había ido, y en su lugar había una sensación de bienestar. -Mejor que cualquier maldito bloqueador. -empezó cuando abrió los ojos.

El la miraba fijamente, su rostro drenado de color, lleno de shock y pena. -Lo siento. Lo siento tanto.

– Que? Que pasa? Este asunto lo pone enfermo? -Ella lo tomó del brazo, pero él le aferró la mano. Y ahora él estaba frío como el invierno.

– Eve, yo nunca intenté esto con una mente fuerte. Debí imaginarlo. Estaba enfocado en sacar el dolor. Es necesario bajar el bloqueo, muy brevemente, pero como tengo luz sanadora no es problema por supuesto, y nunca me introduje. No es mi intención.

Ella se puso rígida. -Que quiere decir, introducir?

– No quise ver, se lo juro. Es contra todo lo que yo creo ver dentro de otra persona sin expresa invitación. Pero usted estaba abierta, y la imagen estaba ahí antes de que pudiera bloquearla. De su infancia. -El vió en la cara de ella que lo había comprendido. -Estoy muy apenado.

– Usted miró en mi cabeza?

– No. Pero ví. Y haber visto, aunque sea sin intención, es una traición a la confianza.

Ella se sintió desnuda y expuesta. -Le dio la espalda a él. -Eso es privado.

– Si, muy privado. No sé lo que puedo hacer para aliviarle esto, pero…

– Olvide lo que vió. -chasqueó ella- y no hable de esto. Nunca. Con nadie.

– Tiene mi palabra de que no voy a hablar de esto. Eve, si quiere que Phoebe y yo nos vayamos…

– No quiero que haga ninguna maldita cosa. Sólo quédese fuera de mi cabeza. Manténgase malditamente fuera de mi cabeza. -Ella salió, tratando de obligarse a no correr. Sin embargo lucho por recomponerse antes de volver a entrar al salón.

No pudo pensar en nada que necesitara más en ese momento que una hora en el D y D, donde podía sofocar fuera de ella los pensamientos en la horrible música emitida a un nivel que lastimaba los oídos, y beber bebida mala hasta que la miseria fuera hundida y ahogada.

El deber ganó, y ella sólo estaba medio borracha, lo que ocupó un rato de la hora que se dedicó a si misma. Evitó a Sam, sentándose tan lejos de él como fue posible en el salvaje y ruidoso viaje a la ciudad, y luego se aseguró de estar en el extremo opuesto de la mesa al que ocupaba él durante la visita al club.

El se lo facilitó y mantuvo la distancia.

Incluso cuando Mavis había insistido en que todos bailaran con todos los demás, ellos se esquivaron el uno al otro. Pero ni eso ni el ardor del brebaje malo le habían mejorado el humor.

Y el humor no se le había pasado a Roarke. Esperó hasta que estuvieron en casa, solos, ya que el resto de la fiesta había quedado en la ciudad. -Vas a decirme que es lo que pasa?

– Tengo un montón de cosas en la cabeza.

– A menudo las tienes, pero eso no te impulsa a beber con el expreso propósito de conseguir una cara de culo.

– No tengo cara de culo. Paré a medio camino. -Pero su equilibrio no era lo que debía haber sido y tropezó con el último escalón subiendo las escaleras. -Tal vez más de medio camino. Cual es el problema, ya me viste medio borracha antes.

– No cuando tienes trabajo todavía, y no cuando estás enojada. -El la tomó del brazo para afirmarla.

– Apártate. No necesito más gente hurgando en mi jodida psiquis.

El reconoció el tono combativo en su voz. No tenía en mente una pelea. Llegó al fondo de sus pensamientos apurar esa vía. -Desde que eres mi esposa, creo que tengo el derecho legal de hurgar en tu psiquis, además de en otras partes.

– No digas mi esposa con ese tono de culo engreído. Sabes que lo odio.

– Lo hago, sí, y me divierte. Que pasó entre tú y Sam antes de que saliéramos?

– Sal fuera de mi cara. Tengo trabajo.

– No estoy en tu cara todavía. Que fue lo que pasó? -repitió, espaciando sus palabras cuidadosamente justo antes de empujarla contra la pared. -Y ahora, teniente, estoy en tu cara.

– Tuvimos sexo rapidito en el piso del dormitorio. Y que?

– El sexo rápido usualmente no hace que un hombre se vea tan infeliz. Y creo saber que no te pone de un humor horroroso. Pero podemos verificar esa teoría si quieres. -El le enganchó una mano en la cintura de los pantalones, tiró, e hizo saltar el botón.

Ella pivoteó, pero sus reflejos fallaron. El codazo falló, y terminó aplastada contra la pared otra vez. -No quiero que me toques ahora. No quiero que nadie me ponga la mano encima. Puedes entenderlo?

– El le enmarcó la cara con las manos. -Que sucedió?

– Hizo una especie de hechizo con el dolor de cabeza. -escupió- y mientras él estaba en eso, miró dentro de mi cabeza. Cuando era una niña. El vió.

– Ah, Eve. -El la atrajo hacia sí, abrazándola a pesar que ella se revolvió.

– Déjame. Maldita sea. Maldito tú.

– Los voy a llevar a un hotel. Los voy a llevar esta noche.

– No es la cuestión si le consigues una habitación en la jodida luna. El sabe. -De alguna manera ella dejó de empujarlo- No es el problema que él no lo haya hecho a propósito. No es el problema que se haya disculpado. -sintiéndose más enferma que borracha, dejó caer su cabeza en el hombro de Roarke. -El sabe, y nada cambia eso.

– Porque te avergüenza eso? Eras una niña. Una niña inocente. Cuantos inocentes se han encontrado en tu lugar? -El le levantó la cara hasta que sus ojos se encontraron. -Y cuantos más antes que tú? Todavía hay una parte de ti que guardas para ti misma, y aquellos que tienen sentimientos por la niña que tú eras.

– Es un asunto privado.

– Te preocupa que no mantenga su palabra?

– No. -suspiró cansada. -No. Me dio su palabra. Creo que es capaz de cortarse la lengua con un cuchillo oxidado antes que romper su palabra. Pero sabe, y cada vez que me mire…

– Va a ver a la amiga de su hija. Una mujer asombrosa. Va a ver lo tú a menudo olvidas cuando te miras en espejo. Coraje.

Ella se aflojó. -Un montón de gente hizo ruido sobre lo brava que soy hoy.

– Bueno, entonces, porque no eres lo bastante brava para decirme el resto de esto. Ya tenía problemas en la cabeza cuando entraste por la puerta esta noche.

– Si, lo hice. Necesitamos hablar, pero tengo que deshacerme de algo antes.

– Tenemos que mantener nuestras prioridades en orden. Vamos. -Le deslizó un brazo alrededor de ella. -Te voy a sostener la cabeza.

Vomitó lo peor de la bebida, y tragó, sin mucha protesta, la mezcla que Roarke le puso adentro cuando terminó. Tomó una ducha ampollante, se vistió con pantolones sueltos y una camiseta, y se sintió humana otra vez para el momento en que se reagruparon en la oficina de ella. Agregó una cura final, café negro, y luego le dio a él los detalles de su visita a Dockport.

– Piensas que al decir el amigo de Dallas, se refiere a mi.

– Es una fuerte posibilidad, una que le pasé a Mira camino a casa. Estuvo de acuerdo conmigo. Soy la única mujer que tuvo parte en la captura de ella, y eso me hizo su competidora. No, más bien su rival. Ella volvió a mi pista, mató aquí, y me muestra que está de vuelta y lista para pelear. Pero si te consigue, me golpea a mi. Si esto sucede en la batalla, antes o después, ella gana la guerra.

– Una teoría razonable, e interesante. -Se sirvió brandy. A diferencia del resto del grupo, no había tocado la bebida en el D y D. -No imagino como espera pasar a través de mi seguridad, para acercarse lo bastante para causarme algún daño.

– Roarke…

El sonrió, inclinándose como ella lo hizo. -Eve.

– Córtala. Mira, sé que tienes una seguridad de primera, la mejor que pueda pagar el dinero. Sé que tus instintos son mejores aún. Pero es lista, es minuciosa, y es muy, muy buena en lo que hace.

– Igual que tú. Lo cual -continuó. -agregaría otro desafío para ella. Como asesinarme cuando estoy tan completamente, incluso íntimamente protegido.

– Debes aumentar tu seguridad. Puedo ponerte policías, mezclarlos con tu gente en tu oficina del centro. Necesito conocer tus horarios, hasta el último detalle, entonces puedo tener hombres plantados dopnde sea que estés. Si sales de la ciudad, usando algún transporte, es necesario revisarlo y barrerlo antes de salir.

El se volvió a sentar, sorbió su brandy. -Ambos sabemos que no voy a andar por ahí con policías en mis talones.

– Prefieres custodia preventiva y que te encierre en esta casa?

El inclinó su cabeza. -Sabes que mis abogados pueden romper cualquier intento de ese tipo en pedacitos, así que evitémonos a ambos tiempo y problemas.

– Tú, cabeza dura, hijo de puta. Voy a masticar a tus abogados y escupirlos en tus zapatos de mil dólares.

– Puedes intentarlo.

Ella saltó sobre sus pies. -Voy a tomar el enlace, conseguir autorización para encerrarte, en un lugar que yo considere seguro, y ponerte un maldito brazalete en tu muñeca hasta que esté segura de que tu culo está a salvo.

El saltó también. -Entonces tomaré mi enlace, haré mi llamada, y tendré una orden de restricción rompiendo tu maldita autorización antes de que la impriman. No me voy a quedar encerrado, Eve, ni por ti ni por nadie. No quiero ocultarme o correr, así que puedes poner tu considerable malhumor y energía en seguir a esa mujer, y yo me ocuparé de mi propio culo muy bien.

– No es sólo tu culo ahora. Va para mí, también. Maldita sea, te amo.

– Y yo te amo a ti. -Como su malhumor se esfumó, puso las manos en los hombros de ella. -Eve, voy a tener cuidado. Te lo prometo.

Ella se deshizo de las manos, y volvió a pasear. -Sabía que no lo harías a mi manera.

– Crees que estaría donde estoy si cada vez que hay una amenaza me encierro en una casa segura? Enfrento lo que viene. Trato con ello. Trato con ello un poco diferente a lo que hacía antes.

– Lo sé. Sé que conoces más de seguridad que nadie, pero dejarías que Feeney le de una mirada?

– No tengo problemas con eso.

– Te pido que me des tus horarios, donde vas a ir, cuando y con quien. No te voy a hacer seguir con policías. -Ella se volvió -Los descubrirías de todas maneras. Pero me sentiré mejor si lo sé.

– Te los daré.

– Ok. Voy a tener que ir a Dallas. -Lo dijo muy rápido, como si las palabras pudieran quemarle la lengua. -Voy a ir porque necesito hablar con su padrastro. No estoy segura de cuando podré organizarlo, pero dentro de los próximos dos días. Ella se va mudar a algún lado pronto. El puede ser un objetivo, también. Tú sabes, Texas, vaqueros. Tal vez vez desde el ángulo de la oveja, también. Tienen ovejas en Texas, creo. Yo…

El fue hacia ella, deteniendo su paseo al tomarle gentilmente los brazos. -Voy a ir contigo. No vas a hacer esto sin mí.

– No creo que pueda. -Se relajó deliberadamente, músculo por músculo. -Estoy bien. Voy a trabajar.

CAPITULO 9

Eve pasó horas viendo probabilidades, revisando nombres que se relacionaran con oveja y vaquero.

Mientras la computadora trabajaba, leyó el archivo de Pettibone, esperando haber olvidado algo, cualquier cosa que indicara un vínculo más directo entre el asesino y su víctima.

Todo lo que encontró fue un hombre agradable, de mediana edad, bienamado por su familia, bien visto por sus amigos, quien llevaba un negocio exitoso, de una manera franca y honesta.

No pudo relacionar a ningún otro. No había evidencia de que ninguna de las esposas de la víctima, o sus hijos, o los esposos de los hijos conocieran a Julianna Dunne, y no pudo encontrar un motivo que la dirigiera hacia alguno de ellos arreglando un asesinato.

Las dos esposas podían ser de dos tipos totalmente diferentes, pero tenían una cosa en común. Un obvio afecto por Walter C. Pettibone.

Cuando más revisaba lo que los datos, la evidencia y las probabilidades indicaban, más parecía que Julianna había sacado a Pettibone de un sombrero. Y ese astuto capricho significaba que el próximo objetivo podía ser uno de millones.

Dejó a la computadora clasificando nombres cuando se metió en la cama, y estaba levantada a las seis revisando todo otra vez.

– Te estás descuidando a ti misma otra vez, teniente.

Ella miró hacia donde Roarke estaba parado, ya vestido, ya perfecto. Ella todavía no se había cepillado los dientes.

– No, estoy bien. Dormí unas buenas cinco horas. Estoy trabajando con oveja. -Señaló hacia la pantalla de pared. Tienes idea de cuantos nombres tienen relación con una estúpida oveja?

– Además de las variaciones que incluyen la palabra oveja en sí misma? Lamb, Shepherd, Ram, Mutton, Ewes…

– Cállate.

El sonrió y entró en la oficina, ofreciéndole uno de los jarros de café que llevaba. -Y por supuesto, incontables variaciones de unos y otros.

– Y eso hace que no tenga un nombre. Puede ser un trabajo, la forma en que lo hizo. Cristo, conseguí este ángulo de una drogadicta perdida llamada Loopy.

– Hay una lógica en ésto. El hombre hueso, el hombre oveja. Digo que estás en la senda correcta.

– Una senda grande y jodida. Aún separando los hombres con casamientos múltiples, de los cincuenta hasta lo setenta y cinco, tengo unos diez mil sólo en el área metropolitana. Puedo separarlos otra vez con los recursos financieros, pero es demasiado para cubrir.

– Cual es tu plan?

– Separarlos otra vez siguiendo la teoría de que Pettibone fue considerado ocho o diez años atrás. Si su próximo objetivo estaba en carrera entonces, voy a buscar entre los hombres que estaban exitosamente establecidos en la ciudad diez años atrás. Luego espero que Julianna no tenga prisa.

Ordenó a la computadora empezar un nuevo listado usando ese criterio, y tomó luego un sorbo despreocupado de café. -Adonde vas a ir hoy?

El sacó un disco de su bolsillo. -Mi agenda de los próximos cinco días. Te voy a actualizar de cualquier cambio.

– Gracias. Ella lo tomó, y luego levantó la mirada hacia él. -Gracias. -repitió. -Roarke, no debería haberla tomado contigo anoche. Pero eres un maldito manipulador.

– Es ciento. La próxima vez que te pongas borracha y hosca, sólo te daré una bofetada.

– Supongo que es justo. -se hizo atrás cuando él se inclinó hacia ella. -No me lavé todavía. Hice unos ejercicios rápidos mientras se compilaban las listas.

– Unos ejercicios suena perfecto.

– Tú ya estás vestido. -dijo ella cuando él la tomó de la mano y fue hacia el elevador.

– Lo maravilloso de las ropas es que puedes ponértelas o sacártelas tan a menudo como quieras. -El se volvío, sacándole su camiseta sudada cuando estuvieron en el elevador. -Ves?

– Tenemos invitados en casa vagando por todo el lugar. -le recordó ella.

– Entonces cerraremos la puerta. -Sus hábiles manos avanzaron y se cerraron sobre sus pechos. -Y haremos un ejercicio rápido y privado.

– Bien pensado.

Mientras Eve estaba terminando su muy satisfactorio programa de ejercicios con el nado, Henry Mouton cruzó los relucientes pisos de mármol de Mouton, Carlston y Fitch, abogados.

Tenía sesenta y dos años, el aspecto apuesto y atlético de una estrella de cine, y uno de las mejores corporaciones de abogados de la Costa Este.

El caminaba con un propósito. Vivía con un propósito. En los cerca de treinta años que llevaba de abogado, había llegado a su oficina precisamente a las siete en punto, cinco días a la semana. Esa rutina no se había alterado cuando estableció su propia firma veintitrés años atrás.

– Un hombre que se había hecho a si mismo, como a Henry le gustaba decir, tenía trabajos en progreso. Y trabajo era la palabra clave.

El amaba su trabajo, amaba escalar la resbaladiza y enmarañada viña de la ley.

Enfocaba su vida en la misma forma en que enfocaba su trabajo. Con dedicación y rutina. Mantenía su salud, su cuerpo, y su mente con ejercicios habituales, una buena dieta y exposición a la cultura. Tomaba vacaciones dos veces al año, por precisamente dos semanas en cada ocasión. En febrero, seleccionaba un lugar de clima cálido, y en agosto el destino era un lugar interesante donde museos, galerías y teatros fueran ofrecidos en abundancia.

El tercer fin de semana de cada mes, se iba a una casa en la orilla de los Hamptons.

Alguien dijo que era rígido, incluyento a sus dos ex exposas, pero Henry pensaba en si mismo como organizado. Como su actual esposa era casi tan detallista y rutinariamente orientada como él, el mundo de Henry estaba en perfecto orden.

El piso principal de Mouton, Carlston y Fitch era como una gran catedral, y a las siete de la mañana, tan tranquila como una tumba.

Caminó derecho hacia su oficina en la esquina del edificio, con su vida de nido de águila de toda Manhattan. Su escritorio era una perfecta isla rectangular, que tenía encima su equipo de comunicaciones, su set de plumas, un secante nuevo bordeado de cuero color borgoña, y una foto enmarcada en plata de su esposa, la tercera imagen agraciada con ese mismo marco en los pasados veinticuatro años.

Puso su portafolio en el secante, lo abrió, y sacó su libro de memos y el disco de archivos que había llevado a casa con él la noche anterior.

Cuando las transmisiones del conmutador inundaron el cielo a su espalda, Henry cerró el maletín, poniéndolo en la estantería junto a su escritorio para su fácil acceso.

Un leve sonido lo hizo levantar la vista, y frunció el ceño con desconcierto a la pulcramente vestida morocha en su puerta.

– Quien es usted?

– Le pido perdón, Sr. Mouton. Soy Janet Drake, la nueva temporaria. Lo escuché llegar. No pensé que alguien estuviera aquí tan temprano.

Julianna juntó las manos y le ofreció una sonrisa tímida. -No había pensado molestarlo.

– Usted también llegó temprano, Srta. Drake.

– Sí, señor. Es mi primer día. Quería familiarizarme por mi cuenta con la oficina y organizar mi cubículo. Espero que esté todo bien.

– La iniciativa es apreciada aquí. -Atractiva, pensó Henry, educada, ansiosa. -Espera conseguir un trabajo permanente aquí, Srta. Drake?

Ella simuló un leve nerviosismo. -Me emocionaría que me ofreciaran una posición permanente en su firma. Si mi trabajo lo justifica.

El asintió. -Continúe, entonces.

– Sí, señor. -Ella retrocedió y se detuvo. -Puedo traerle una taza de café. Acabo de programarlo.

El gruñó y deslizó un disco en su unidad de escritorio. -Liviano, sin azúcar. Gracias.

En su práctico paso, Julianna regresó al comedor del personal. Estaría colmado pronto. Su cuidadosa investigación le había dicho que la cabeza de la firma llegaba a las oficinas al menos treinta minutos, y menudo una hora antes que ningún otro. Pero siempre había la chance de que algún ansioso practicante de la ley, o zángano, algún droide de mantenimiento pudiera llegar e interrumpir las cosas.

Ella prefería dejar el trabajo hecho y moverse mientras el día era joven. Estaba segura de que el mismo Henry aplaudiría su eficiencia.

La idea le gustó tanto que lanzó una risita cuando envenenaba el café.

– Podría haberte trabajado de esta forma nueve años atrás, Henry, -murmuró ella cuando vertía el cianuro. -Pero no sacaste la paja más corta. -Se acomodó el cabello corto y oscuro. -Una pena, realmente. Creo que habrías disfrutado estar casado conmigo. Por un corto término.

Llevó el grueso y práctico jarro a la oficina de él. La computadora estaba ya parloteando sobre algún precedente legal. Fuera de la pared de vidrio un helicóptero de tráfico revoloteaba sobre los empleados mañaneros. Julianna le puso el café junto a su codo, y retrocedió.

– Hay alguna otra cosa que pueda hacer por usted, Sr. Mouton?

Obviamente perdido en sus pensamientos, él levantó el café, y lo sorbió ausente mientras miraba fijamente el tráfico, escuchando sus notas.

– No, tengo todo lo que necesito, Srta…

– Drake. -dijo ella tranquilamente, su mirada fría como el hielo observándolo beber otra vez. -Janet Drake.

– Sí, bueno, buena suerte en su primer día, Srta. Drake. Sólo deje la puerta abierta cuando se vaya.

– Sí, señor.

Salió de la oficina y esperó. Lo escuchó empezar a ahogarse, en un desesperado intento por tomar aire. El rostro de ella tenía una terrible belleza cuando regresó a la oficina para obervarlo morir.

Le gustaba mirar, cuando se presentaba la oportunidad.

La cara de él estaba roja como una remolacha, sus ojos abultados. Derramó lo que quedaba de café cuando cayó, y el marrón se filtró en una mancha en la alfombra gris piedra.

El la miraba fijamente, el vivo reflejo del dolor y el miedo mientras moría.

– Se fue por la tubería equivocada? -dijo ella alegremente, y fue adonde él estaba caído. -Va a haber un pequeño cambio en tu rutina hoy, Henry. -Inclinó su cabeza, con su expresión fascinada cuando el cuerpo se convulsionó. -Conseguiste morirte.

Era, pensó Julianna, la más increíble sensación ser testigo de la llegada de la muerte, y saber que había sido puesta en marcha por su propia mano.

No se imaginaba porque más gente no trataba de hacerlo.

Cuando terminó, le envió a él un beso con los dedos, y salió sin apuro, cerrando la puerta detrás de ella. Una pena que fuera demasiado temprano para que los negocios estuvieran abiertos, pensó cuando levantó su bolso y fue hacia el elevador. Se sentía algo engreída.

Agachada sobre el cuerpo de Henry Mouton, Eve sintió rabia, frustración y culpa. Ninguna de esas emociones podían ayuda, por lo hizo su mejor esfuerzo para amordazarlas.

– Este es un trabajo de ella. -declaró Eve.-Como demonios pudo entrar aquí, a través de la seguridad del edificio, y darle a este tipo a beber café envenenado? Relacionando. Ella hace relaciones. Quien hace lo que yo necesito para entrar, y voy por ese. Ella sabía que él iba a estar aquí, solo. No es un golpe de suerte. Y yo afuera persiguiendo una jodida oveja.

– Teniente. Mouton es oveja en francés. -Peabody le mostró su PPC.- Lo encontré aquí.

– Grandioso, muy bien. Loopy tenía razón. Eso es muy bueno para él. -Enohjada consigo misma, Eve se enderezó. -Hazlo etiquetar y embolsar y vuelve con los ME. Necesito los discos de seguridad del edificio, los testigos que lo encontraron, ah… el encargado de la oficina. Datos de los parientes cercanos.

– Sí, señor. Dallas? -Peabody dudó, y luego habló su corazón. -No podías haber detenido esto.

– Seguro que podía. Poner la llave correcta en la cerradura correcta. Pero no lo hice, y entonces estamos aquí.

Cuando Peabody salió, Eve sacó su libro de nota y empezó a llenarlo de datos.

– Díscúlpeme. Teniente Dallas?

Miró hacia atrás, y vió la elegantemente vestida mujer con pelo negro peinado en perfectas ondas. -Tengo que pedirle que mantenga despejada esta habitación.

– Si, lo comprento. Me dijeron que usted está a cargo. Soy Olivia Fitch, una de las socias de Henry. -Cuando su mirada vagó hasta el cuerpo, sus labios temblaron. Pero los afirmó juntos, y su voz se mantuvo calma. -Esperaba que pudiera decirme… algo. Cualquier cosa.

– Hay algún lugar donde podamos hablar, Sra. Fitch?

– Sí, por supuesto. Mi oficina? Quiero poder decirle algo al personal. -empezó cuando indicó el camino. -Y necesito, por mi misma, poder pensar en esto en algunaforma racional.

Abrió la puerta de otra oficina esquinada. Era similar en tamaño a la de Mouton, de cara al este en vez del norte, y tenía una disposición más talentosa y menos espartana.

– Este es un momento difícil para usted.

– Sí, mucho. -Eligiendo dirigirse hacia el escritorio en vez del área de sillones, Olivia caminó hacia la pared de ventanas. -Henry y yo nos divorciamos hace cuatro, no, cinco años atrás. El se volvió a casar y eso fue un golpe devastador para Ashley. Su muerte va a ser bastante difícil de asumir, pero asesinato… Nunca supe que alguien quisiera asesinarlo. -Ella se volvió. -Esto me sacudió hasta los huesos.

– Conoce a alguien que hubiera querido dañar al Sr. Mouton?

– Somos abogados. -Olivia se encogió de hombros. -Quien no desea dañarnos? Pero no, honestamente no puedo pensar en alguien que le hiciera esto a Henry. Era un hombre irritante, imposible para convivir, desde mi punto de vista. Era tan lineal, tan absolutamente enfocado en mantener sus rutinas, tan absolutamente dirigido en ese sentido. Uno podría haber querido patearlo en el culo ocasionalmente, pero no lo mataría por eso.

– No mucha gente que ha estado casada sigue manteniendo negocios en sociedad.

– Otro de los molestos rasgos de Henry. -Las lágrimas brillaron, pero las contuvo. -Era un bastardo lógico. Porque debíamos provocar una conmoción en la firma porque el matrimonio se terminó? Trabajábamos bien juntos antes, no? En ese caso, estamos de acuerdo. El hecho es que fuimos mejores socios de negocios que amantes. No sé si éramos amigos. Yo debería probablemente llamar a mi propio abogado ahora. -Suspiró- No puedo encontrar la energía para hacerlo.

– Porque él estaba aquí antes de las horas de oficina?

– Henry se sentaba detrás de su escritorio cada bendita mañana a las siete en punto. Lluvia, sol, inundación o hambruna. Podría decir cualquier otra cosa sobre él, pero la ética laboral era sagrada. El se preocupaba por esta firma, por su trabajo, por la ley.

Ahora su voz cayó y presionó una mano contra la boca. -Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea.

– Quiere que le traiga algo? Un vaso de agua?

– No. No soy una llorona. -Ella se resistió, visiblemente. -Y yo también me preocupaba por la ley. Quiero que quienquiera que haya esto sea encerrado y castigado. Así que haga sus preguntas. Puedo prometerle que va a tener completa cooperación de todos en esta firma o yo los despellejaré.

– Lo aprecio. -Eve hizo una pausa, volviéndose cuando entró Peabody.

– Puedo hablarle un minuto, teniente?

– Si quiere esperar aquí, Sra. Fitch. -Ella se detuvo justo fuera de la puerta de la oficina- Que encontraste?

– Las huellas de Julianna Dunne en el comedor del personal. Estuvo aquí, y no se preocupó por cubrirlas. Saqué los discos de seguridad. Está en ellos.

– Bueno. Encuéntrame a la encargada de la oficina y envíala aquí cuando vaya con Fitch.

Ella volvió a entrar. -Sra. Fitch, conoce a una mujer llamada Julianna Dunne?

– Dunne? El nombre me suena familiar. -Su frente se frunció, y luego se arqueó con sorpresa. -La asesina de Walter Pettibone y los otros. Vi los reportes de los medios y los boletines. Usted cree que ella… pero porque? Como pudo… -Se sentó, pesadamente.

– Ha visto a una mujer que concuerde con su descripción en o alrededor de estas oficinas?

– No. -Olivia presionó sus manos en su cara. -No puedo recordarlo.

– Ella estuvo aquí, en el comedor del personal. Asumo que su servicio de limpieza limpia esa área cada noche.

– Si, si. Tenemos un servicio muy bueno, muy competente.

– Si ese es el caso, ella estuvo aquí esta mañana. Puedo usar esto? -preguntó señalando hacia la computadora.

– Si. Adelante.

Eve desplegó el disco de la entrada. -Sabe en que momento el equipo de limpieza hace esta área?

– Tienen programado hacer este piso entre las veinte y las dos de la mañana.

Eve programó el disco para empezar a correr a las dos. Avanzó a través de él, haciendo pausas periódicas cuando alguien entraba o salía del lobby. El tráfico era liviano, corriente, con oficinistas cansados en un turno tardío, gente de mantenimiento, y un cambio de personal del lobby. A las seis y cuarenta y cinco, una atractiva morocha en un elegante traje de negocios entró y fue derecho hacia el escritorio de recepción.

Eve congeló el cuadro, agrandándolo. -Reconoce a esta mujer?

Olivia se volvió, estudiando la imagen. -No. No recuerdo haberla visto antes. Hay una cantidad de oficinas y compañías en este edificio. No veo como…

– Mírela de cerca. Sólo la cara. Olvide el pelo.

Con un gesto de impaciencia, Olivia hizo lo que le habían pedido. -Conozco a todos en este nivel, y ella no… Espere. Mi dios. Es Dunne, no? No la reconocí a primera vista.

– Sí, la mayoría de la gente no lo hace.

Para el mediodía tuvo el salón de conferencia pedido y su equipo reunido.

– Así es como pasó. -empezó- Julianna falsificó una ID de una empresa -juego de niños- y pasó al guardia de seguridad. El mismo guardia estaba de servicio el día anterior en el turno de las seis al mediodía y ella firmó como Janet Drake, oficinista temporaria para Mouton, Carlston y Fitch a las ocho y cuarenta y tres de esa fecha. Se tomó un momento para darle una sonrisa grande y coqueta y hacer una pequeña conversación sobre si él recordaba haberla visto cuando ella llegó esa mañana. Llegó temprano -continuó Eve, señalando hacia el disco corriendo en pantalla. -Subió derecho al piso principal de la firma. La tenemos hasta que entró en las oficinas. Ocho minutos después, tenemos a Mouton siguiendo la misma ruta. Para los próximos veinte minutos, tenemos que deducirlos.

Eve puso pausa -Las declaraciones del personal y asociados confirman que Mouton habitualmente entraba a su oficina a las siete en punto. Era una criatura de rutina, y no dudo que Julianna investigó sus hábitos. Elmás probable escenario es que ella se introdujo como temporaria, clamando estar ansiosa por empezar a trabajar, adulandolo en el área más importante para él en su firma, su trabajo, su ética laboral. Debe haberse ofrecido para traerle café, fue al comedor, ordenó una taza, la envenenó. Se debe haber quedado para asegurarse que él lo bebiera, asegurarse que muriera. Le gusta ver como termina el trabajo. A las siete y dieciocho, salió de las oficinas.

Eve ordenó seguir con la grabación, resumiéndola. -Está resplandeciente ahí. -comentó – Ella realmente se libró de eso. Salió por la puerta de incendio del segundo piso para no encontrarse otra vez con el guardia. Pudo tomar el deslizador al nivel de la calle e ir a casa para desayunar.

– Cambió su pauta -apuntó Feeney- Se quedó en New York, friendo a tipos que no la habían conocido previamente. Pero algunos hábitos son difíciles de matar. Va a volver a ir por el mismo tipo de objetivos, modificando su apariencia sin hacer cambios permanentes.

– Ella cavó aquí. -se estiró para alcanzar el café que era más un hábito que necesidad. La opinión de Mira es que yo parte de la atracción por ser la única mujer con la que realmente combatió. Necesita ser mejor que yo, y la manera de serlo es asesinar en mi pista mientras yo sigo mi cola.

– Bueno. -McNab atrajo su atención. -Entonces le va a doler más cuando tú la asaltes por la espalda y la muerdas en la garganta.

– Lamiéndome las botas, detective?

– sí, señor -El disparó una sonrisa tan brillante con su trío de aretes. -Pero hey, lo que es, es. Ella no es tan buena como tú.

– Lo cierto es que tengo dos hombres muertos que pueden no estar de acuerdo contigo. Necesitamos revisar esas unidades incautadas en Dockport. Ella tiene un lugar aquí.

Algún lugar, pensó Eve. Cavar en los clásicos de las fueras, en los modernos del centro.

– Un apartamento ostentoso o casa, en la ciudad. Pudo comprar cualquiera de los dos cuando estaba en la jaula o arreglar para que fuera mantenido durante ese período. -Tragó más café, esperando la patada. -Tiene que haber transmisiones. Es lo bastante lista para haber usado su PPC para eso, pero puede haberse descuidado. Investigaba objetivos. Debe haber datos.

– Estamos limpiando los excesos, -le aseguró Feeney- Si está ahí, lo vamos a encontrar.

– Encuéntralo rápido. Hay copias en disco del reporte de Mira para todos ustedes. Cuando lean su opinión, y yo concuerdo con eso, que la historia de Julianna con respecto a ser abusada sexualmente por su padrastro es inexacta. Necesito entrevistarlo a él, sacarle la verdad. Cuanto más sepamos sobre, más rápido la cazaremos. Y agregado a eso, es posible que él sea un futuro objetivo. Voy a ir a Texas tan pronto como pueda arreglarlo.

– Voy contigo? -preguntó Peabody.

– No, te necesito aquí. -No puedo llevarte a Dallas. No puedo arriesgarme. No puedo permitirlo. - Sigue usando el veneno. Debe conseguirlo en algún lado. -tuvo cuidado de mantener su voz profesional y continuó. -También leerán en reporte de Mira que a pesar del bajo porcentaje de probabilidades de la revisión de la computadora, Ella cree que Roarke es también un potencial objetivo.

– Un jodido clase A.

Aunque esa flecha fue derecho a su corazó, ella ignoró el arrebato de McNab. -A pesar de que él no encaja en su perfil clásico, y de los datos acumulados, que de acuerdo a la computadora da una posibilidad insignificante, él cubre sus necesidades para la guerra conmigo. Ser conscientes de la identidad de un potencial objetivo puede ayudarnos a protegerlo. Tengo la agenda de Roarke por los próximos cinco días, y hay copias para ustedes también en sus paquetes. El rehusa tener protección policial directa, pero está de acuerdo en tomar precauciones básicas.

Su mente regresó al cuerpo de Mouton, despatarrado en el piso de su oficina. Antes que la cara de Roarke se sobrepusiera sobre la imagen, la expulsó. -Su seguridad es superior, pero como primaria…

Ella lanzó un juramento corto y brutal, metiendo sus manos cerradas en puños en los bolsillos. -Feeney, me gustaría que veas su seguridad en sus oficinas, en casa, en sus vehículos.

– El me llamó hace una hora. Me voy a encontrar con él esta tarde.

– Gracias. Ok. Es todo lo que tenemos, así que háganlo trabajar. Voy a estar en mi oficina.

– Está sacudida. -le susurró McNab a Peabody cuando Eve salió. -Y ella no se sacude fácil.

– Voy a ir a hablar con ella. -Salió como un rayo del salón, revisó el corredor, y justo atrapó un vistazo de Eve moviéndose en un deslizador. Tuvo que correr, y apartar a codazos a varias personas, pero llegó justo cuando Eve se bajaba.

– Dallas. Espera un minuto.

– No tengo tiempo para charlar, Peabody. Si quiero despejar las cosas para poder hacer ese viaje, tengo que moverme.

– Ella no lo va a conseguir a él. Ni siquiera va a poder acercarse. -Tocó el brazo de Eve, luego lo retuvo para detener el avance de Eve. -Tal vez si fuera sólo uno de ustedes ella podría tener suerte y hacer algún daño. Pero va ir contra ambos. No va a poder. No hay de forma de que lo haga en el universo conocido.

La frustración y el miedo se atascaron en la garganta de Eve, saliendo en un tono bajo y duro. -Todo lo que tiene que hacer poner algo en una taza de café, un vaso de vino, una jodida copa de agua.

– No, eso no es todo. Más que sacudida penso Peabody, está asustada hasta los huesos. -Sabes que no lo es. Va a tener que conseguir pasar a través de sus radares y los tuyos. Mira, no conozco los hechos sobre de donde vino, como llegó aquí, pero puedo deducirlo. No es sólo que él sabe como manejarse por si mismo, sino que lo hace. Por eso es peligroso. Es una de las cosas que lo hacen malditamente sexy.

Eve se volvió, mirando ciegamente la máquina expendedora. -Sin embargo no está particularmente preocupado.

– Eso no quiere decir que no sea cuidadoso, que no esté atento.

– No, no es así. Ya sé que no es así. -Para darle algo que hacer a sus manos, sacó un crédito, lo metió dentro y ordenó una barra de caramelo.

Disculpe, ese item está actualmente sin stock. Quiere hacer otra selección?

– No la patees!! -dijo Peabody rápidamente cuando Eve retrocedió. -Ya perdiste tus privilegios de expendio antes. Trata con esta. Es realmente buena. -antes que su teniente pudiera hacer daño, Peabody seleccionó otro item.

USTED HA SELECCIONADO UNA BARRA CRUJIENTE-PEGAJOSA, LA TRIPA MASTICABLE, TRATADA CON TRES CAPAS DE CHOCOLATE SUSTITUTO, UNA GALLETA Y RELLENO DE CREMA DE NUECES.

Eve la arrebató, retomando su camino mientras la máquina detallaba los ingredientes pasando por los gramos de grasa y los contenidos calóricos.

– Puedo preguntarte algo sobre el caso Stibbs?.dijo Peabody, corriendo para mantenerse a la par.

– Camina y habla.

– Estube estudiando el archivo y estoy lista para traerla a entrevista, pero creo qu etal vez podría vigilarla cuando pueda organizarlo, por un día o dos. Encontrarle el ritmo, sabes. Y estuve pensando si debería dejar que me viera o no.

Con algún esfuerzo, Eve ajustó su línea de pensamiento. -Quédate en uniforme, déjala verte. La va a desequilibrar.

– Y voy a tratar de hablar con un pde personas que dieron declaraciones sobre el homicidio, gente que conocía a los tres sujetos. No hará daño si ella se entera?

– La va a mantener sobre ascuas, imaginando que pasa. Va a ser primordial cuando la traigas.

– Quiero esperar hasta que regreses de Texas antes de traerla. En caso de que lo arruine.

– Espera hasta que regrese, pero no lo vas a arruinar. Yo no trabajo con inútiles. -agregó haciendo sonreir a Peabody cuando separaron sus caminos en el cubil de Homicidios.

En su oficina, Eve se tomó un momento para tranquilizarse, mordió un trozo de la barra de caramelo y decidió que se parecía bastante a una tripa masticable. Con la agenda de Roarke en su cabeza, hizo una llamada a la oficina de él en el centro de la ciudad.

– Sé que tienes una reunión en cinco minutos -empezó cuando él apareció. -Cristo sabe como puedes estar reuniéndote con todas esas personas cada día de tu vida.

– Soy una persona normal, teniente. Un alma amistosa.

– Sí, claro. Es muy inconveniente para ti dejar de lado todas esas reuniones mañana?

– Cual es el punto de ser el dueño de todos tus negocios si no puedes dejar de lado tus compromisos cuando quieras? Que necesitas?

– Quiero salir para Dallas en la mañana. A primera hora.

– De acuerdo. Me voy a ocupar de eso.

– No sé cuanto tiempo nos va a tomar, pero deberíamos poder ir y volver en el mismo día. Pasar una noche cuanto mucho.

– Lo que haga falta. Eve, ya no estás sola.

Ella asintió, y pensando que era una tontería, tocó con los dedos el rostro de él en la pantallo. -Tampoco tú.

CAPITULO 10

probabilidad Roarke próximo objetivo es cincuenta y uno punto ocho por ciento

Eve permaneció ahí, viendo fijamente la escuálida ventana de su oficina. La chance de cincuenta-cincuenta emitida por la voz impersonal de la computadora no la reconfortó.

– Donde podría ella acercarse a él?

datos insuficientes para probabilidades…

– No te estaba preguntando a ti -gruñó ella y apretó los dedos sobre el puente de su nariz. -Piensa. -se ordenó a si misma- Piensa, piensa. Que hay en su cabeza?

Más impacto, decidió Eve, si Julianna iba por Roarke cuando su policía estaba cerca. En casa entonces, o en una reunión pública o privada a los que ambos concurrieran. Ella trajo la agenda de él a la pantalla y la estudió. Otra vez.

Ella no entendía como una persona manejaba tantas reuniones, tratos, conversaciones y contactos en un día y conservaba la cordura. Pero así era Roarke.

Todas esas personas, pensó, con las que él se rozaba en un día cualquiera. Asociados de negocios, personal, empleados, camareros, asistentes y asistentes de los asistentes. Por más brillante que fuera su seguridad, siempre había un resquicio para deslizarse.

Pero él estaba consciente de eso, se recordó, en el más elemental nivel. En la forma en un tigre sería consciente de que el predador y su presa estaban en la jungla de él.

Y si ella se permitía preocuparse por temor de que le pasara algo a él, se iba a perder algo.

Se sentó otra vez, despejó su mente.

En la primera ola de asesinatos de Julianna Dunne, ella había asumido el rol de princesa de la sociedad. Una mariposa joven y glamorosa que flirteaba entre las abundantes flores de la riqueza. Como una de ellas, caviló Eve.

Su nueva pauta era la de una empleada eficiente. Lista, concedió Eve. La gente raramente tomaba pleno conocimiento de todos los que los servían. Puede introducirse con eso, pensó Eve. Casi seguro se introduciá con ese nivel. Sirvientes, oficinistas, domésticos.

Quienquiera que fuera el próximo objetivo, probablemente encontraría su camino en sus negocios, en su hogar a través de su compañía.

Método preferido, veneno. La vieja costumbre del veneno, agregó Eve. Porque? No te ensucias las manos de esa forma, y generalmente tienes la oportunidad de verlo trabajar. Ver el shock, la confusión, el dolor. La víctima tiene una ráfaga de comprensión cuando pasa por él. Y el veneno es sutil, casi elegante. Y confunde.

Pero no entras en tu local de veinticuatro horas y levantas una botella de cianuro. Era hora de rastrear la fuente.

Antes de hacerlo, había un pequeño asunto que terminar. Hizo una llamada Charles Monroe.

El apuesto acompañante autorizado tomó su enlace de bolsillo. Eve pudo escuchar el murmurar de voces, el tranquilo choque de porcelana y cristal de un restaurante distinguido y su rostro llenó la pantalla.

– Teniente Azúcar. -El sonrió. -Que agradable sorpresa.

– Tienes compañia?

– No llegó todavía. Mi clienta llega tarde, usualmente lo hace. Que puedo hacer por mi vengadora de la ley favorita?

– Tienes algún profesional amigo o asociado en el area de Chicago?

– Dallas, cuando uno tiene tanto tiempo en la profesión, tiene amigos y asociados en todos lados.

– Si. Bueno, necesito uno que pueda ir al Centro de Rehabilitación Dockport, y hacer una visita conyugal a una reclusa, por la escala policial normal.

Su rostro y su tono fueron todo negocios. Ella lo vió moverse, bajar la mirada y supo que estaba tomando una agenda electrónica. -Compañero femenino o masculino?

– A la reclusa parecen atraerlos los hombres con un poder sostenido para un episodio conyugal.

– Para cuando?

– Dentro de las próximas dos semanas estaría bien. Mejor pronto. El presupuesto puede cubrir un turno de dos horas, sin extras, y transporte básico.

– Dado que dudo que la policía esté excesivamente interesada en la salud sexual de esta mujer, debo asumir que es el pago por información o cooperación en alguna invesgiación en curso.

– Asume lo que quieras. -Su rostro, su tono, se espejaron en él. -Necesito el contacto. Puedes comunicarte con un asociado en esa área? Uno que pueda manejarlo. Ella tiene tendencia a la violencia y no quiero poner alguien verde en esa situación.

– Entiendo, pero porque no dejas que me ocupe de esto por ti? Ciertamente no estoy verde, y te debo suficientes favores para cubrirlo.

– Tú no me debes nada.

– Te debo a Louise. -corrigió él, y toda su cara brillo ante el nombre. -Dame la información que necesito, y lo incluiré en mi agenda. Déjame hacerlo por ti, Teniente Azúcar.

Ella dudó. Se sentía raro hacer una reserva con él por sexo. Pensar en el romance que desarrollaba con la dedicada Dra. Louise Dimatto mientras ella arreglaba para enviarlo a un encuentro conyugal con María Sánchez.

Esta cuestión de la amistad era más complicad y confusa que el matrimonio.

Este era su trabajo, se recordó Eve. Y si no le importaba a Louise, porque debería importarle a ella?

– Tú consigue el horario. Quiero que mantengas esto en reserva. Maria Sanchez, -empezó, y le dio la información que él necesitaba. -Te agradezco esto, Charles.

– No, estás avergonzada, y eso es muy dulce de tu parte. Dale mi amor a Peabody, y yo le dará tus saludos a Louise. Mi cliente para almorzar y rebotar está entrando. Si no hay nada más, es mejor que no me vea hablando con un policía cuando llegue a la mesa. Esta es una de las cosas que pueden empañar el delicado balance de una tarde romántica.

Sus labior se curvaron cuando lo dijo, e hizo a Eve sacudir la cabeza. -déjame saber cuando consigas la cita y la fecha y si tienes algún inconveniente con los arreglos en Dockport. El director es un cretino.

– Lo voy a tener en cuenta. Nos vemos, Teniente Azúcar.

Cuando terminó la transmisión, ella hizo la siguiente llamada en su lista. Dirigiéndose decididamente al correo de voz de Nadine Furst, Eve dejó un tajante mensaje.

– Te doy un mano a mano, mi oficina, a las cuatro. En punto. No en vivo. Si llegas tarde, tengo algo mejor que hacer.

Abandonó el escritorio, salió y giró hacia el cubículo de Peabody. -Conmigo. -Fue todo lo que dijo.

– Ahora mismo estaba tratando de seguir la pista de un proveedor para el cianuro a través de las fuentes comunes. -Peabody entró agitada al elevador detrás de Eve. -Incluso considerando la cantidad de fuentes legales para ese tipo de sustancias controladas, es necesario mostrar una autorización impresa. Las impresas se dan después de una rigurosa búsqueda y control. Dunne está en archivo y podría haber saltado.

– Fuentes ilegales?

– Estuve corriendo envenenamiento con cianuro a través de IRCCA. El asunto es más popular de lo que tú piensas, pero la mayoría de sus proveedores pasan por un fuente legal. El tipo en East DC donde Dunne compró previamente era el mayor en el planeta, y ha muerto. Los otros registrados son de hace poco tiempo, y la mayoría de ellos están haciendo principalmente distribución de ilegales, con venenos como línea lateral. La investigación indica que los venenos no tienen un costo muy alto, escaso margne de beneficios y no son generalmente una especialidad.

– Posiblemente ella encontró una forma de pasar a través de una fuente legal pero vamos a tratar por la otra ruta. -Eve fue hacia su vehículo, se detuvo. -Mucho de eso se habla en prisión, y ella pudo haber conseguido un contacto ahí. Más, ella puso el dedo en el mundo a través de las computadoras. Todo el tiempo para búsqueda e investigación. Su fuente puede no estar en New York, pero la gente conoce gente que conoce gente. Vamos a ir al subterráneo.

Peabody, un soldado incondicional, palideció. -Oh, Dios.

Debajo de New York había otro mundo, una ciudad al margen para los perdidos y los viciosos. Algunos iban abajo para jugar con ese interesante costado, en la forma en que un niño juega con un cuchillo afilado, sólo para ver como puede deslizarse. Otros disfrutaban la elemental mezquindad, el hedor de la violencia que permitía al aire espeso y que apestaba a basura y mierda.

Y algunos simplemente se perdían ahí.

Eve dejó su chaqueta en el auto. Quería su arma completamente a la vista. Su pieza de repuesto estaba abrochada a su tobillo, y puso un cuchillo de combate en su bota.

– Toma. -Le pasó a Peabody unn pequeño bate aturdidor. -Sabes usar esto?

Ella tuvo que tragar una vez, pero asintió. -Sí, señor.

– Engánchalo a tu cinturón, déjalo a plena vista. Pasaste el mano a mano?

– Si. -Ella lanzó un suspiro. -Puedo manejarlo sola.

– Está bien. -Eve no sólo quería que ella lo dijera, esperaba que lo creyera. -Y cuando bajes ahí, recuerda que eres una mala puta policía y que bebes sangre para el desayuno.

– Soy una mala puta policía, y bebo sangre para el desayuno. Yuck.

– Vamos.

Bajaron por mugrientos escalones y giraron desde la entrada del subterráneo entrando en el agujero de ratas de un túnel que se alejaba del subterráneo. Las luces brillando en un rojo apagado y azul sucio en una especie de gruñente carnaval de sexo, juegos y entretenimiento acomodado entre el frío y la crueldad.

Eve sintió el hedor del vómito y bajó la mirada para ver un hombre caído apoyado en manos y rodillas, vomitando horriblemente.

– Estás bien?

El no levantó la mirada- Jódete.

Sintiendo otros ojos sobre ella, se puso en el pasillo detrás de él, y le dio un sólido empujón con su bota que lo envió de cara en su propio vómito. -Oh, no -dijo tranquilamente, -jódete tú.

Su cuchillo estaba fuera de su bota con su afilada punta en la mugrienta garganta de él antes de que pudiera maldecirla otra vez. -Soy policía, cretino, pero no creas que no puedo deslizártelo por tu inútil garganta de oreja a oreja solo por diversión. Donde puedo encontrar a Mook hoy?

Sus ojos eran rojo fuego, su aliento increíble. -No conozco a ningún jodido Mook.

Ella se arriesgó a toda clase de alimañas, tomando un manojo de cabellos y tirando su cabeza hacia atrás. -Todo el mundo conoce al jodido Mook. Quieres morir aquí o vivir para vomitar otro día?

– No tengo cuentas con el lameculos. -Sus labios se abrieron en el momento que la punta del cuchillo presionó contra su yugular. -Tal vez VR Hell, maldito si lo se!

– Bueno. Vuelve a hacer lo que estabas haciendo. -Ella lo liberó con la suficiente fuerza para enviarlo deslizando en la mugre otra vez. Luego hizo una exhibición de sacudir el borde aserrado del cuchillo en su bota para beneficio de los espectadores acechando en las sombras.

– Si alguien aquí quiere problemas, estaré feliz de ayudarlo. -Levantó la voz lo suficiente para hacer eco, que se abrió paso a través de la repentina inundación de víboras bombeadas a través de las puertas. -De todas maneras mi asunto es con Mook, quien ha sido bien descripto por este buen ejemplo de humanidad como un jodido lameculos.

Hubo un sigiloso movimiento, de sombra en sombra, hacia su izquierda. Puso la mano en su arma, y el movimiento se detuvo. -Cualquier inconveniente para mí o mi uniformada, y empezamos a patear culos, y no seremos particularmente delicadas sobre cuantos de esos culos pateados terminan en la morgue de la ciudad, no es así, Oficial?

– No, señor, teniente. -Peabody rogó que su voz no se quebrara y las avergonzara a ambas. -De hecho, esperamos ganar el fondo de la apuesta de la morgue esta semana.

– En cuanto está, de todas formas?

– Doscientos treinta y cinco dólares. Y sesenta centavos.

– No es tan malo. -Eve acomodó una cadera, pero sus ojos estaban afilados como un acero. -Podemos ganarlos. Cuando terminemos de sacarle la mierda a patadas a todos los que quieran molestarnos, -agregó tranquilamente – vamos a traer un escuadrón aquí abajo para sacudir lo que queda. Aunque realmente me irritaría tener que compartir el premio con ellos. Mook. -dijo otra vez, y esperó diez segundos tarareando.

– VR Hell -dijo alguien en la oscuridad. -Bailando con las máquinas S amp;M. Imbécil.

Eve apenas asintió, decidiendo atribuir el comentario de imbécil a Mook antes que a si misma. -Y donde encuentro VR Hell en este delicioso e intrincado paraíso que muchos de ustedes llaman hogar?

Hubo otro movimiento, y ella giró, controlando, sintiendo a Peabody totalmente alerta junto a ella. Primero lo tomó por un niño, luego vió que era un enano. Estaba haciendo señas con un dedo, llamándola.

– Espalda contra espalda. -ordenó Eve, y empezaron a seguir uno de los goteantes túneles, guardándose una a otra las espaldas.

El enano se movía rápido, parodiando a lo largo de los humeantes y malolientes túneles como una cucaracha con zapatos que batían contra el húmedo piso de piedra. El atajó a través de los bares, los clubes, los cruces y los baches, girando y volviendo a través del laberinto del mundo subterráneo.

– La apuesta de la morgue fue un buen toque. -dijo Eve por lo bajo.

– Gracias.- Peabody resistió limpiarse la humedad que goteaba por su cara. -Vivo para improvisar.

Desde la profundidad de la humedad, Eve escuchó a una mujer gritar de dolor o de pasión. Vió a un hombre enorme desplomado en el piso lamiendo una sucia botella marrón de brebaje casero. Contra el muro junto él un hombre y una mujer copulaban en una fea parodia de hacer el amor.

Olió a sexo y orina, y algo peor.

El túnel se ensanchó, abriéndose en un área equipada con video, VR y hologramas compactos.

VR Hell era negro. Los muros, las ventanas, las puertas totalmente cubiertas con un mismo sofocante y de alguna manera grasoso negro. Cruzando esto, en letras que ella asumió se suponía que reflejaban el fuego del diablo, estaba el nombre. Una mal pintada imagen de Satan, completo con cuernos, cola y horquilla, bailaba sobre las llamas.

– Mook está ahí. -El eneno habló por primera vez con una voz como un tambor bajo construído con papel de lija. -Búscalo en la máquina de Mdame Ëlectra. Una mierda de esclavitud. Jodido enfermo. Tienes cincuenta?

Eve rebuscó los créditos. -Tengo veinte. Esfúmate.

El mostró sus dientes grises y puntudos. Los veinte desaparecieron, y luego lo hizo él

– Puedes encontrar gente muy interesante aquí abajo. -dijo Peabody débilmente.

– Mantente cerca -ordenó Eve- Si alguno se mueve, golpeálo.

– No tienes que decírmelo dos veces. -Con su mano aferrando firmemente su bate, Peabody siguió a Eve dentro de Infierno.

El sonido era alucinante: alaridos, sirenas, gruñidos y gemidos de docenas de máquinas chocando y clientes. La iluminación era de un feo rojo que brillaba y parpadeaba. Eso la envió de regreso a una helada habitación en Dallas, hizo que su estómago se retorciera antes de controlarlo.

Escuchó la respiración andrajosa, las palabras siseadas del sexo violento. Había escuchado esas cosas en esa habitación, también, antes del final. Los escuchó en demasiadas habitaciones para llevar la cuenta, donde las paredes eran delgadas como un pañuelo de papel y la brutalidad era sólo una forma de respirar.

El sonido de la carne golpeando la carne. Un jubiloso castigo.

Détente! Maldito seas, Rick, para! Me estás lastimando!

Que voz era esa? Eve pensó que estaba mirando alrededor ciegamente. Su madre? Una de las prostitutas que él usaba cuando no podía usar a su hija?

– Dallas? Teniente?

El inquieto temblor en la voz de Peabody la trajo de regreso. No era el momento de perder su foco. No era el momento de recordar.

– Quédate cerca. -repitió Eve y empezó a pasar a través de las máquinas.

La mayoría estaba demasiado concentrada en el juego, en el mundo que habían creado para notar su presencia. Pero otros tenían los instintos demasiado afilados como para no reconocer a un policía. Aunque todas aquellas personas estaban armadas, nadie apuntó en su dirección, por el momento.

Pasó un tubo titulado Látigos y Cadenas donde una mujer, delgada como un palo, llevando anteojos RV, gritaba en éxtasis. El sudor corría por su cuerpo como aceite, sobre la ropa de cuero ajustada, brillando en las cadenas que sujetaban sus brazos y piernas a la consola de su máquina.

– Mira lo que tenemos en la sección derecha. Ahí está Mook.

El también estaba encerrado en un tubo. Desnudo salvo una funda de cuero negro en su miembro y un collar de perro con clavos, su cuerpo de impresionante musculatura temblaba, su garganta luchaba por respirar. Su cabello era una vela dorada, cayendo hasta el hombro, y estaba húmedo de sudor.

Su espalda estaba entrecruzada con marcas de azotes, probando que él no siempre elegía un castigo virtual.

Aunque no era un procedimiento totalmente apropiado, Eve usó su llave maestra para desbloquear el tubo. El cuerpo de él estaba arqueado, sus labios estirados en una mueca de erótico dolor. Eve cortó el interruptor principal y lo dejó a él temblando en el borde.

– Que demonios? -El cuerpo se aflojó, los músculos se estremecieron. -Señorita, por favor. Se lo ruego.

Es señorita teniente para tí, amigo. -Eve le sacó los anteojos. -Hola, Mook. Te acuerdas de mi?

– esta es una cabina privada.

– Bromeas? Y yo que estaba viendo de armar una divertida sesión grupal. Bueno, la próxima vez. Ahora, deja que tu y yo vayamos a algún lugar tranquilo y hablar.

– No tengo que hablar con usted. Tengo derechos. Maldita sea, estaba casi por terminar.

Con algún otro, ella podría haberle dado un rápido jab. Pero Mook, bueno, él lo hubiera disfrutado. -Si te meto adentro, nadie va a lastimarte por las próximas treinta y seis horas. Tú no quieres pasar tanto tiempo sin dolor, no, Mook? Vamos a hablar, luego puedes volver para que Madam Electra te haga, que es? Seis millones de torturas.

El se inclinó, apoyándose en los sujetadores. -Oblígame.

– Quieres que yo te sacuda, Mook? -Ella bajó la voz, en un ronroneo. -Que te fuerce? -Y cuando la excitación lleno la cara de él, se encogió de hombros. -Nop, no si te gusta. Pero puedo darle a tu dominatriz aquí un tiro rápido. No creo que tengan un apuro real en repararla y reemplazar el equipo en este garito.

– No lo hagas! -Su voz chilló en protesta. Moviéndose rápido ahora, el pateó con el pie liberado hasta que los sujetadores saltaron abriéndose. -Porque quieres arruinarme de esta forma?

– Es parte de mi entretenimiento diario. Vamos a una cabina privada, Mook, una sin juguetes.

Ella retrocedió, y cuando él la siguió, vió que la mirada bajaba al bate de Peabody. El arremetió. Peabody lo sacó del cinturón, y lo alcanzó en el centro muerto de su pecho. Su cuerpo se sacudió, bailó, y luego tembló.

– Gracias.

– No lo alientes, Peabody. -Tomando el brazo de Mook firmemente con su mano, ella fue hasta la cabina más cercana. Como estaba ocupada por una pareja de cabezas teñidas en el medio de un trato por ilegales, ella pateó el tubo, sacó su placa. Sacudió el pulgar.

Ellos se deslizaron fuera como si fueran humo.

– Esto es acogedor. -Se sentó dentro. -Vigila la puerta, Peabody, y mantengamos esto rápido y privado. Quien está en el negocio del veneno en estos días, Mook?

– No soy tu comadreja.

– Un hecho que siempre me trae gozo y alegría. Como lo es el hecho de que puedo ponerte en encierro solitario por treinta y seis horas durante cada momento de tu vida para que no vivas el infierno que conoces y amas. El Reverendo Munch está muerto como Hitler, Mook, y también todos sus alegres muchachos, excepto tú.

– Yo testifiqué -le recordó él. -Le dí a los Feds toda la información.

– Si, lo hiciste. Que pareciera como un suicidio masivo era sólo un poco sobre el tope aún para alguien como tus particulares apetitos. Pero nunca les dijiste quien proveyó ese cóctel de curare y cianuro que el reverendo mezcló con limonada para su congregación.

– Yo estaba bajo en la cadena de alimentación. Les dije lo que sabía.

– Y los FBI quedaron satisfechos. Pero sabes que? Yo no. Dame un nombre, y me iré fuera de tu enferma y lastimosa vida. Si no me das algo, Voy a venir aquí abajo, o a cualquier pozo negro que trates de frecuentar, cualquier maldito día. Cada día, interrumpiendo tus juegos de sadomasoquismo hasta que los orgasmos sean sólo un amado y distante recuerdo para ti. Cada vez que trates de librarte, hacerte golpear, voy a estar ahí arruinando la diversión. Vamos, Mook, hizo que… más de diez años desde que el culto se liquidó a si mismo. Que te preocupa?

– Yo estaba chupado. Tenía el cerebro lavado…

– Si, si, blah, blah. Quien llevó el veneno?

– No sé quien era él. Sólo lo llamaban el doctor. Lo ví una vez. Un tipo escuálido. Viejo.

– Raza?

– Blanco como el pan, de punta a punta. Me imagino que él tomaba la mierda, también.

– Lo hacía?

– Mira. -Mook miró alrededor, y a pesar de que estaban en un tubo, bajó la voz. -La mayoría de la gente no recordaban lo que habían hecho después de tomar eso, no sabían nada. Gente que descubri cuando yo estaba en la Iglesia del Futuro, sacan todo lo raro afuera.

Ella miró alrededor también, oyendo los alaridos, los cuerpos retorcidos. -Oh si, puedo ver cuanta gente actuando raro es una preocupación mayor para ti. Suéltalo.

– Cuanto vale?

Eve sacó veinte créditos, lanzándolos sobre la mesa del tamaño de una uña.

– Mierda, Dallas, eso no me compra una hora de RV. Dame una brecha.

– Tómalos. O déjalos y dejamos de ser tan amistosos y vamos a la Central. No vas a ver a Madam Electra y sus numerosas exquisitas torturas por treinta y seis horas, mínimo.

El miró con tristeza, sentado ahí con su collar de perro con clavos. -Porque debes ser una puta?

– Mook, Me hago a mi misma esa misma pregunta cada mañana. Nunca he dado con una respuesta satisfactoria.

El levantó los veinte y los guardó en la funda de su miembro. -Quiero que recuerdes que te ayudé.

– Mook, como podría olvidarte nunca?

– Bien. -el miró alrededor, a través del vidrio ahumado de la cabina. Lamió sus labios. -Ok, bien. Nadie va a saber de mi sobre esta mierda, no?

– Ni una cosa.

– Bueno, mira… Yo le dije todo a los FBI, total cooperación.

– Apúrate, Mook. Tengo una vida a la que regresar también.

– Te lo estoy diciendo. Yo estaba cooperando, y estaba dando nombres y más nombres. Pero lo ví a él afuera, detrás de las barricadas en la iglesia cuando empezaron a arrastrar cuerpos afuera. Hombre, eso era como un teatro, cierto. Tú estabas ahí.

– Si, estaba ahí.

– Entonces… él me miró.

Serio ahora y un poco estremecido, se inclinó dentro. -Un tipo atemorizante, todo pálido y espeluznante. Y yo, no quise salir para que me diera algún veneno. Yo diría que él sabía que yo iría con los policías en vez de seguir adelante con la promesa. Entonces tenía que cubrirme, no? Así que lo dejé fuera. Cual es es gran problema?

– Así que está vivo?

– Lo estaba hace diez años. -Mook encogió sus enormes hombros. -Nunca lo ví otra vez, y estaba bien para mi. No lo conozco. -insistió Mook- Lo juro sobre mi miembro.

– Y ese es un juramento solemne-

– Si, lo es. -complacido de que ella hubiera comprendido, él asintió rápido. -Creo haber escuchado hablar sobre que había sido un verdadero doctor, pero lo habían pateado fuera del club. Y que era jodidamente rico y jodidamente loco.

– Dame un nombre.

– No lo conocí. Es cierto, Dallas. El nivel de esclavo no tenía permitido hablar con nadie por sobre el rango de soldado.

– Necesito más.

– No puedo darte más. Era un tipo viejo y loco. Parecía un maldito cadáver. Escuálido, con aspecto de enfermo, siempre alrededor y susurrando con Munch todo el tiempo. Miraba fijo a través de ti como si no tuvieras huesos. Los tipos lo llamaban Doctor Destino. Es todo lo que se sobre eso. Vamos, es todo lo que se sobre eso. Quiero regresar a mi juego.

– Si, vuelve a tu juego. -Pero cerró una mano sobre su muñeca cuando él empezó a levantarse. -Y si descubro que sabes más y no me lo dijiste, voy a venir por ti, te voy a meter adentro y encerrarte en una habitación llena de almohadas blandas, colores pastel y música vieja y mohosa.

El rostro de él se endureció. -Eres una puta fría, Dallas.

– Apuesta tu culo.

– El Reverendo Munch y el culto de la Iglesia del Futuro. -Peabody estaba tan impresionada que olvidó besar la acera cuando alcanzaron el nivel de la calle otra vez. -Como estuviste ahí?

– En la periferia. Sólo periferia. Era una operación federal, y los locales eran sólo respaldo. Doscientas cincuenta personas se auto-terminaron porque un monstruo loco pregonó que la muerte era la última experiencia. -Sacudió la cabeza. -Tal vez lo es, pero todos vamos a terminar ahí eventualmente de todas formas. Porque correr?

– Dijeron que no todos en el culto estaban dispuestos a ir hasta el final. Pero los de nivel de soldado los forzaron a beber. Y había niños. Niños pequeños.

– Si, había niños. -Ella tenía uniforme entonces, no hacía un año que había salido de la Academia. Y era una de las imágenes que vivía en el fondo de su cerebro. Por siempre. -Niños, e infantes cuyas madres les dieron esa mierda en mamadera. Munch tenía videos tomados de la ceremonia. Parte de su legado. Primera y última vez que ví a un FBI soltar una lágrima. Algunos de ellos lloraban como bebés.

Ella sacudió la cabeza otra vez, sacándolo de su memoria. -Necesitamos empezar a buscar doctores que hayan perdido sus licencias para practicar, retrocediendo de diez a veinte años para empezar. Mook dijo que era viejo, por lo que debemos asumir, siguiendo el criterio de Mook, que el tipo tenía al menos sesenta durante el reinado del Reverendo Munch. Mantengamos la búsqueda centrada en hombres, caucásicos, de sesenta y cinco a ochenta en este momento. Casi toda la gente de Munchs estaba localizada en New York. Así que vamos a meternos en el registro médico del estado.

Eve miró su reloj. -Tengo que volver a la Central para una reunión. Mira, tratemos de hacer esto. Ve a la Clínica Canal Street, mira si Louise conoce alguien que encaje en la ID de este tipo, o si no, si puede tocar algunas de sus fuentes médicas por un nombre. Tiene buenos contactos, y podemos ganar tiempo.

Pero Eve dudó. -Te estás llevando bien con Louise?

– Seguro. Ella me gusta. Creo que es realmente bueno lo de ella y Charles.

– Como sea. Consigue transporte, y luego toma una hora para vigilar a Maurenn Stibbs.

– En serio? Gracias, teniente.

– Puedes tomar cualquier tiempo que puedas destinar mañana en el asunto Stibbs, cuando yo me vaya, pero el caso corriente es prioridad.

– Entendido. Dallas, una cosa, en un frente personal. Estaba pensando si tal vez mis padres te han puesto nerviosa? Me pareció que tú y mi padre estaban distanciados la otra noche.

– No, estamos bien. Está todo bien-.

– Ok, porque ellos se van a quedar aquí unos pocos días más. Los voy a mantener ocupados tanto como pueda. Supongo que Papá sólo está sintiendo algo de tu stress sobre el caso. El siente cosas como éstas, al menos hasta que las bloquea. La única cosa que lo sacude es conseguir algo de alguien sin su permiso. De todas maneras. -Ella se alegró otra vez- Puedo tomar el subte hasta la clínica. Tal vez tenga suerte con Louise.

– Si. -era tiempo, pensó Eve, de que tuvieran suerte con algo.

Eve marchó hacia su oficina cinco minutos antes de la entrevista programada con Nadine Furst. No le sorprendió en lo más mínimo encontrar a Nadine ya ahí. Las sedosas piernas de la reportera estaban cruzadas mientras se aplicaba meticulosamente pintura de labios fresca y controlaba su rostro ya listo para la cámara en su espejo compacto.

Su camarógrafa estaba apoyada en un rincón masticando una barra de caramelo.

– De donde sacaste ese caramelo? -demandó Eve y se movió tan rápido que los ojos de la operadora se agrandaron asustados.

– De-de-la-e-e-expendedora. Abajo en el hall. -Le ofreció lo que quedaba del caramelo como un escudo. -Quiere un poco?

Eve le frunció el ceño lo suficiente para ver el sudor brotar en su frente, y concluyó que la camarógrafa no era su bastardo ladrón de caramelo.

– No. -Eve se dejó caer detrás de su escritorio, estirando sus piernas.

– Estaba esperando que llegaras tarde, -empezó Nadine. -entonces iba a traer al señor sobre ti-

– Uno de estos días alguien aquí va a hacer su trabajo y te va mantener en el área de los medios en vez de dejarte llegar aquí cuando no estoy en mi oficina.

Nadine sólo sonrió, cerrando su espejo compacto. -Realmente no deseas eso, no? Ahora si has terminado de intimidar a mi cámara y tu usual perrada, de que se trata?

– Asesinato.

– Contigo, siempre lo es. Pettibone y Mouton. Obviamente conectados. Antes de que empecemos, puedo decirte que no hubo nada en mi búsqueda que los conecte personalmente o profesionalmente. Seguro que ya sabías esto. No tengo nada que ponga a alguien de sus familias en la misma página, ni enlaces particulares entre colegas. Pettibone usaba los abogados de su propia compañía.

Observando a Eve, Nadine usaba sus perfectamente manicurados dedos para detallar los puntos. -Podrían muy bien haberse conocido el un al otro vagamente en algún nivel social, pero no se movían en los mismos círculos. Las esposas actuales usaban diferentes salones de belleza, diferentes clubes de salud, y tendían a comprar en diferentes boutiques. -Nadine hizo una pausa. -Pero imagino que esto también lo sabes.

– Podemos manejarnos para cubrir algunos puntos aquí en la central.

– Es que estaba pensando como tener un mano a mano contigo sin tener que rogarte.

– Tú no ruegas, lisonjeas.

– Sí, y muy bien. Porque la oferta, Dallas?

– Quiero detenerla, y estoy dispuesta a usar todas las herramientas disponibles. A mayor exposición en los medios, mejor oportunidad de que alguien pueda reconocerla. Debe estar trabajando hacia su siguiente objetivo. Ahora, esto es fuera de registro, Nadine, y no quiero ninguna pregunta pertinente en la grabación. Hay una posibilidad de más del cincuenta por ciento de que Roarke sea un objetivo.

– Roarke? Jesús, Dallas. Eso no encaja. El no es su tipo. Demonios, es el tipo de toda mujer, tú sabes lo quiero decir. Es demasiado joven, demasiado casado.

– Casado conmigo. -dijo Eve. -Eso tal vez sea suficiente para ella.

Nadine se echó atrás en la silla, pensando. Ella valoraba la amistad tanto como valoraba los ratings. -Ok. Que puedo hacer?

– La entrevista. Darle a la historia tanto juego como puedas manejar. Mantenerla, y a ella, en la mente de todos. Ella cuenta con poder mezclarse con la gente. Quiero sacarle esa ventaja.

– Quieres que eso la joda.

– Si eso la jode, va a cometer un error. Tiene hielo en vez de sangre, por eso es buena en lo que hace. Es el momento de calentar.

– Ok. -Nadine asintió y señaló a su cámara. -Vamos a iniciar el fuego.

CAPITULO 11

– Julianna Dunne es una falla del sistema para identificar una amenaza activa y separar esa amenaza de la sociedad. -La voz de Eve era calma y clara. La camara la enfocó hasta que su rostro llenó la pantalla. -Es una falla del sistema el no encarcelarla apropiadamente y castigar a Julianna Dunne como merecían sus crímenes contra la sociedad.

– Y más. -La cámara cortó hacia Nadine. Seria. Interesada. -Usted es parte de ese sistema. Usted propuso creer en ese sistema.

– Yo creo en el sistema. Estoy hablando con usted como representante de ese sistema y manteniendo que si hemos fallado, podemos corregirlo. La búsqueda de Julianna Dunne continúa en cada posible dirección, en cada nivel posible. Si ella permanece o no en New York, Julianna Dunne va a ser rastreada, va a ser encontrada, va a ser puesta en custodia, y cargada con los asesinatos de Walter C. Pettibone y Henry Mouton.

– En que direcciones, o que niveles procede esta investigación?

– No puedo discutir los detalles investigativos de este asunto, excepto para decir que estamos persiguiendo todos los frentes. Sabemos quien es y lo que es ella.

– Que es ella, teniente?

– Julianna Dunne es una asesina. Es lo que ella es, lo que va a continuar siendo hasta que sea detenida.

– Como representante de la gente de New York…

– Yo no soy un representante de la gente de New York, -interrumpió Eve. -He jurado proteger y servir a la gente de New York. Y lo haré. Voy a mantener ese juramento y por segunda vez ayudaré a separar a Julianna Dunne de la sociedad. Yo, personalmente, la voy a poner en una jaula.

– Que dices? -En su dormitorio Julianna cepillaba sus recientes rizos dorados e hizo una mueca a la imagen de Eve en la pantalla. -Maldita puta. Tuviste suerte una vez, es todo. Tuviste suerte. Esta vez, no estás ni cerca. Estoy sentada aquí, bajo tu nariz, y no tienes ni idea!

Enfurecida, arrojó el cepillo a través de la habitación. -Vamos a ver lo que vas a decir cuando el hombre con el que te has casado caiga muerto a tus pies. Vamos a ver si eres tan malditamente soberbia cuando él se atragante con su último aliento. Vamos a ver como te gusta eso! Tú sigues derecho siguiendo la vía de esos dos lamentables viejos. Ellos no significan nada. Eres tú y los tuyos esta vez, Dallas. Te voy a bajar a ti y los tuyos. Es tiempo de pagar.

Ella se volvió, reconfortándose, calmándose a si misma con su propio reflejo en el espejo. -Pero tienes razón en una cosa, Dallas. Asesinar es lo que hago. Y lo hago muy bien.

Inteligente, pensó Roarke mientras también observaba la entrevista de su esposa. Muy inteligente. Seguir diciendo el nombre de ella, mencionando el caso, hasta que quedara impreso en las mentes de todos los que lo escuchaban. Y Nadine había hecho su parte, poniendo varias imágenes de Dunne en pantalla.

Ninguno de los que hubieran visto la entrevista de cuatro minutos, que iba a ser reemitida cada noventa minutos, podía olvidar a Julianna Dunne.

Y el nombre y la imagen de Eve Dallas sería similarmente impresa en la mente de Julianna Dunne.

Estaba tratando de volver el foco de Dunne sobre ella, concluyó Roarke. Para salvar a otro inocente. Aún si ese inocente era su propio esposo lejos de ser puro.

El tenía sus propias ideas sobre el tema, ideas que indudablemente los enfrentarían. Pero antes de llegar a eso, deberían tratar con la ciudad de Dallas, y los recuerdos que vivían en ella.

Una parte de él estaba aliviada de que ella fuera, que pudiera enfrentar la pesadilla. Eso no la liberaría, pero él esperaba que pudiera al menos aligerar la carga que llevaba cada día de su vida.

Pero otra parte quería que ella se olvidara de todo, como lo había mantenido guardado por muchos años. Enterrado en lo profundo, y mirando adelante.

Y él y todo el mundo sabía que el pasado estaba siempre acechando a tu espalda como un gran perro negro. Listo para saltar y hundir los colmillos en tu garganta cuando creías que estabas a salvo.

Todo lo que había hecho para enterrar el pasado, y nunca iba a ser suficiente. Vivía con él, incluso ahí, en esa gran casa con todos sus tesoros y comodidad y belleza, el hedor de los suburbios de Dublín vivía con él. Más fácilmente quizás, reflexionó, que el pasado que vivía con su esposa. El suyo era más como una pobre y un tanto lamentable relación familiar sentada pertinazmente en un rincón y que nunca se levantaría.

El sabía lo que era tener rabia y miedo, sentir los puños golpeándote. Puños de las manos que deberían haber sido tiernas con él, abrazarlo como los padres abrazan a los hijos. Pero él se había escapado. Aún cuando era niño él tuvo medios para escapar. Con amigos, malas compañías, con iniciativas que, si bien estaban lejos de ser legales, eran enormemente entretenidas. Y beneficiosas.

Había robado, engañado, confabulado. Y aunque nunca había tomado una vida sin razón, había asesinado. Se había construído un nombre, luego un negocio, luego una industria. Luego una especie de mundo, supuso.

Había viajado y absorbido. Había aprendido. Y el niño que había vivido su vida con ingenio y astucia, con dedos ágiles y pies rápidos se había convertido en un hombre con riqueza y poder. Un hombre que poseía todo lo que había querido poseer y había bailado hábilmente en el lado oscuro de la ley cuando lo necesitó.

Había tenido mujeres, y algunas le habían importado mucho. Pero estaba bien solo. No había sabido cuan sólo estaba, hasta Eve. Ella le había mostrado su propio corazón. Podía haberle tomado a ella bastante tiempo verlo en si misma, pero se lo había mostrado a él.

Y el mundo que él había construído, el hombre que vivía en él, había cambiado para siempre.

En unas pocas horas, ellos iban a regresar y enfrentar el pasado de ella, los horrores. Juntos.

Desde su consola vino un rápido pitido indicando que la puerta de seguridad estaba abierta. El miró hacia el panel, vió la identificación del vehículo policial de Eve.

Entonces fue hacia la ventana para verla llegar a casa.

Eve vió dos figuras debajo de las ramas arqueadas de uno de los sauces llorones cuando giró en la primera curva hacia la casa. La mayor parte de sus cuerpos estaba oculta por la verde hierba madura y las coloridas flores.

Ella levantó el acelerador y su arma estaba en su mano antes de que viera quienes eran y que estaban haciendo.

Los padres de Peabody estaban bajo el fragante limbo encerrados en un apasionado abrazo.

Divertida y avergonzada devolvió el arma a su arnés, apartó los ojos mientras continuaba conduciendo hacia la casa. Estacionó en la base de las escaleras porque servía para dos propósitos. Era conveniente, y Summerset lo odiaba. Pero sus esperanzas de pretender que no los había visto fueron frustradas cuando Sam y Phoebe fueron hacia ella, tomados de la mano.

Eve metió las suyas en los bolsillos. -Como les va?

– Un día glorioso.

Los labios de Phoebe se curvaron, pero su mirada era firme y directa e hizo que la nuca de Eve se erizara. Deliberadamente Eve se enfocó en un punto en el centro de la frente de Phoebe.

No la mires a los ojos, se recordó. No hagas contacto visual directo.

– Sam y yo lo estábamos aprovechando. -Phoebe se echó atrás el pelo e hizo tintinear musicalmente los anillos de plata que llevaba. -Ví tu entrevista con Nadine Furst en el Canal 75 en la pantalla de entretenimiento antes de salir. Parecías muy fuerte y determinada.

– Soy determinada.

– Y fuerte. Roarke nos dijo a los dos que necesitas salir de la ciudad mañana.

– Sí. Está relacionado con el caso. -replicó Eve tensa, evitando mirar a Sam.

– Hay algo que podamos hacer por ti aquí mientras estés fuera?

– No, gracias. No a menos que atrapes a Julianna Dunne y quieras hacer un arresto ciudadano.

– Creo que vamos a dejar eso para ti y Delia. Necesito revisar algo en el vivero. Sam, habla con Eve mientras terminas el paseo.

Antes que ninguno de ellos pudiera hablar, Phoebe estaba deslizandose fuera con un revoleo de la florida falda.

– Lo siento. -dijo Sam inmediatamente. -Ella sabe que hay una especie de tensión. No le dije nada.

– Está bien.

– No está bien. -Por primera vez desde que lo conocía, Eve escuchó el malhumor en su voz, lo vió en su rostro cuando se volvió hacia ella. -La hice sentir incómoda y disgustada en su propio hogar. Usted y Roarke nos abrieron su casa, y yo abusé del privilegio. Estaba pensando en hablar con Phoebe para trasladarnos a un hotel por los últimos días, pero usted llegó…

El se llamó a silencio, y como Eve, metió sus manos en los bolsillos como si no supiera que más hacer con ellas.

Se quedaron ahí, callados, mirando hacia el parque, los colores y el verde. Ella no era sensitiva, pero Eve sintió que la tristeza brotando del hombre podía mellar una pared de acero.

– Mire, póngamoslo de esta manera. Son un par de días, y de todas formas no estoy aquí la mitad del tiempo.

– Tengo un código, -dijo suavemente. -Parte de eso es Free-Age, parte de eso simplemente la forma en que creo debe ser dirigida una vida. Amar a la familia, hacer un buen trabajo. Disfrutar el momento que nos es dado en esta vida, tratar de hacer lo mejor que podemos para no causar daño. Con el don se me ha dado otra responsabilidad, otro código. Respetar, siempre, la privacidad y el bienestar de otros. Nunca usar lo que me ha sido dado para mi propio beneficio, mi propia diversión o curiosidad, o causar daño. Y es lo que yo hice.

Eve suspiró pesadamente. El le había dado exactamente donde más lo sentía. -Yo comprendo los códigos. Vivo con ellos, vivo por ellos. También puedo comprender los errores. Sé que no lo hizo a propósito y que probablemente se mordería la lengua antes de discutir esto alguien que no sea yo. Pero apenas lo conozco, y es duro que alguien que es prácticamente un extraño me mire y vea esta especie de… repugnancia.

– Usted piensa que veo repugnancia cuando la miro? -El sacó las manos de los bolsillos, estirándolas hacia ella, deteniéndose. -No es así. He visto la repugnancia en el recuerdo, el horror que un niño no debería saber que existe, mucho menos experimentar. No soy un hombre violento, por naturaleza o por creencia, pero desearía poder…

Retrocedió, su rostro encendido con furia, la mano en su costado cerrada en un puño que parecía extrañamente competente.

– Desearía poder hacer lo que cualquier padre hubiera hecho. -El se calmó, aflojó el puño. -Pero cuando la miro a usted veo fuerza, coraje y propósito más allá de lo que pueda saber. Veo a la amiga de mi hija, una mujer a la que confío la vida de mi niña. Sé adonde va a regresar mañana. Roarke dijo que va a volver a Dallas. Voy a rogar por usted.

Ella lo miró fijamente. -Hay alguien capaz de sacarlo de las casillas?

El sonrió un poco, tentativo. -Phoebe se las arregla para hacerlo por un corto rato.

– Entonces ella es tan dura como parece. Vamos a dejar esto de lado. -dijo y le tendió la mano.

Cuanto entró a la casa, vió a Summerset lustrando el ya brillante poste mientras el gato estaba sentado como un gordo Buda en el escalón inferior. Ambos le dedicaron una larga y taladrante mirada.

– Su maleta está empacada para el viaje. Roarke indicó que provisión de ropa para un solo día sería suficiente.

– Te lo dije, yo me encargo de empacar. No quiero que estés hurgando con tus dedos huesudos en mis cosas. -ella pasó sobre el gato, quien la ignoró estudiadamente, helado. Luego su mano se disparó rápido y atrapó la punta del trapo que Summerset usaba para pulir. -Esta es mi camiseta.

– Lamento diferir. -El contaba con que ella la identificaría. -Tal vez haya sido, hace mucho tiempo atrás, una mascarada de una prenda de vestir, pero ahora es un trapo. Uno que de alguna manera fue encontrado en su armario y fue removido y destinado a su único posible uso.

– Dame mi maldita camiseta, tú, cucaracha culo huesudo y seco.

Ella tiró. El tiró del otro lado.

– Usted tiene una cantidad de camisetas perfectamente respetables.

– Quiero esta camiseta.

– Esto es un trapo. -Ambos tiraron de direcciones opuestas, y la tela se abrió fácilmente por el medio. -Ahora, -dijo él con satisfacción. -son dos trapos.

Eve gruño, y encerrando lo que había sido una vieja camiseta de NYPSD en su puño, subió furiosamente las escaleras. -Mantente fuera de mis cajones, pervertido, o te voy a morder los dedos hasta los nudillos.

– Ahora, -Summerset se dirigió al gato. -No es agradable saber que la teniente tendrá su dificultoso viaje fuera de la mente por un buen rato?

Ella entró tormentosamente en el dormitorio, levantando el puño con la tela rasgada justo cuando Roarke salía del elevador. Y lo golpeó en la barbilla.

– Bueno, es adorable verte, también.

– Mira lo que ese hijo de puta hizo con mi camiseta.

– Mmmm. -Roarke examinó el andrajoso trozo de material. -De esto se trataba? -Distraído, hurgó con un dedo a través de un viejo agujero. -Penoso. Los escuché a ti y a Summerset intercambiando las usuales palabras de afecto. A todo pulmón.

– Porque demonios le dijiste que empacara por mi?

– Le dije porque tienes suficiente para hacer, lo que es verdad. Pero seamos francos, querida Eve, eres una empacadora miserable y nunca pones lo que terminas necesitando si lo haces tu misma.

– Apuesto a que olfatea mi ropa interior.

Los labios de Roarke temblaron. -Ahora esa imagen me va llenar el cerebro. -El cruzó hacia ella, tomándole el rostro con las manos. -Hiciste las paces con Sam. Te vi desde la ventana.

– El estaba tan ocupado golpeándose a si mismo que era difícil dispararle.

– Eres blanda.

– Obsérvame, amigo.

El la besó en la boca fruncida. -Va a ser nuestro pequeño secreto. Créeme, ninguno que te haya observado en la entrevista con Nadine sospecharía que tienes un centro blando. Te veías formidable, Teniente. Brillante como un diamante y así de dura. Pero ella no va a venir detrás de ti.

– No se que quieres decir.

– Claro que lo sabes.

Ella se encogió de hombros, trató de retroceder, pero él simplemente la mantuvo aferrada. -Es una invitación a tirar.

– No puedes pararte frente de mi, o de algún otro.

– No me digas como hacer mi trabajo.

– Bastante justo. No me digas como hacer el mío. Tengo una pregunta que hacerte, luego vamos a dejarlo por un rato. Quiero la verdad, Eve, y puedo ver la verdad en tus ojos cualesquiera sean las palabras.

El puede, pensó ella. Era mejor descubriendo mentiras que una Prueba de la Verdad. -Porque no me haces la maldita pregunta en vez de ponerme a la defensiva e irritarme?

– Vamos mañana a Dallas para sacarme del camino de Julianna?

– No. Esa no es la razón, pero es un beneficio adicional y me compra algo de tiempo. Esa no es la razón. Puedes retroceder un poco, eh?

El dejó que sus manos le recorrieran las mejillas, los hombros, los brazos. Luego la soltó.

– Le iba a pedir a Feeney que fuera. El podía manejar la entrevista con Parker. Casi se lo pedí. Cualquiera de nosotros podía hacer el viaje, y empecé a justificarme de pedirle a él que fuera y diciéndome a mi misma que podía sacarle más a Parker. De hombre a hombre, ese tipo de cosas. Lo cual es una mierda, porque cuando se trata de policía y testigo mejor no meter al género en el medio. Tú tienes la placa, y es todo. Estaba a punto de pedirselo porque quería salvarme a mi misma.

– No te avergüences de eso, Eve, si no estás lista.

– Cuando voy a estar lista? -Brotó de ella, amargo y vivo. -Mañana, dentro de un año? Nunca? Si dejo que esto interfiera con un procedimiento investigativo normal, que me permitiré hacer la próxima vez que me ataque en algo que me asuste en un nivel personal? No soy cobarde. Entonces voy a hacer mi trabajo. Eso es número uno. Número dos, te saco fuera del camino por un día o dos, en los que puedo pensar tranquila. El resto… Voy a tratar con ello cuando lo tenga enfrente.

Ella se enterró en trabajo. Peabody había llegado con una lista razonablemente manejable de doctores despedidos que encajaban enn los criterios básicos, y mantenían residencia en New York.

– Que estás buscando aquí para relacionar uno de estos ciento veinte desgraciados médicos con Julianna?

– Una posible conexión con su fuente original. -le dijo Eve a Roarke. -Personalidad tipo. Estoy buscando algún doctor que haya provisto al loco Munch con suficiente curare y cianuro para liquidar a la Iglesia del Futuro entera, alguien que no dudaría en proveer a una sicópata asesina con lo que ella necesite. O alguien que podría conocer a alguien.

Ella estudió los datos mientras Roarke parado detrás de su silla, le masajeaba los hombros en esa forma perfecta y ausente que se centraba en el punto exacto que necesitaba atención.

– Si él no es su fuente, podría conocerla. Si no le atino a la conexión, pero identifico al Doctor Destino, se lo paso a los federales y hago mi buena acción por toda la década.

– Porque no lo atraparon a él?

– No apretaron el botón correcto con Mook en el momento correcto y él era el único que quedó. Yo siempre supe que él tenía un poco más en su estómago, pero pensaron que había soltado todo, y yo no tenía ningún indicio firme. Ellos lo maltrataron un poco en vez de tratar de privarlo del dolor, y cuando él dijo que les había dicho todo, se figuraron que lo había hecho.

– Ese caso fue diez años atrás, no? -preguntó Roarke.

– Sí, yo estaba todavía en uniforme. Porque?

– Nació una policía. -declaró él y le besó la cabeza.

– De acuerdo con Mook, el doctor no quiso ayudarse con ninguna limonada esa noche. Eso me dice que el ángulo religioso no tocaba su comodidad. Tal vez era la auto-terminación, aunque no fue la suya la que lo llevó ahí. Tengo tres tipos aquí que perdieron sus licencias para practicar porque ayudaban a pacientes a llegar con Jesús, sin su consentimiento.

– Jugar a ser Dios es un negocio serio.

– Oscar Lovett, David P. Robinson y Eli Young, en orden alfabético. Son mis tres mejores apuestas. Voy a poner a Feeney con ellos. Ellos no juegan afuera, podemos empezar siguiendo nuestro camino hacia atrás.

Su enlace pitó y mientras ella continuaba frunciendo el ceño a la pantalla, Roarke respondió.

– Hola Roarke. -Louise Dimatto sonrió sedosa. -Espero no interrumpir nada.

– Siempre es un placer escucharte. Como estás, Louise?

– Si estuviera mejor, sería ilegal, en el frente personal al menos. Profesionalmente, estoy sobrecargada de trabajo, lo cual es justo la forma en que me gusta. Espero que tú y Dallas puedan venir al refugio pronto. Terminamos y abrimos tres habitaciones más, y el área de recreación completa. Dochas ya está haciendo impacto en algunas vidas.

– Vamos a pasar por ahí cuando tú estés trabajando.

– Sería grandioso. Está Dallas disponible. Tengo una información para ella.

– Aquí mismo. Sobrecargada. Te veo pronto, Louise. Saludos a Charles.

– Seguro que se los daré. Dallas. -continuó, animada ahora, cuando Eve apareció en pantalla. -Creo que tengo algo útil para ti con respecto a mi pequeño trabajo. Recuerdo haber escuchado pedazos de una escandalosa discusión en mi familia cuando era una chica. Cosas que no se suponía que yo escuchara, por supuesto. Referida a un doctor que hacía el internado con mi tío. Aparentemente su comportamiento privado era impresentable, y se lo cubrió con el blanco muro de los años. El disfrutaba de las mujeres jóvenes, muy jóvenes. Algunas de las cuales eran también pacientes. El blanco muro no se mantuvo para él cuando se descubrió que había empezado a terminar pacientes sin autorización específica.

– Tienes el nombre?

– No lo tenía, pero llamé a mi prima para preguntar. Y eso es algo que me debes, Dallas, ya que mi prima Mandy es una diva absolutamente irritante quien procedió a interrogarme sobre mi vida amorosa, mi vida social, y darme una conferencia sobre desperdiciar mi talento en los deshechos de la humanidad en la clínica. Etcétera.

– El nombre, Louise. Puedes quejarte después.

– Eli Young. Era un jefe residente, medicina interna, en el Kennedy Memorial antes de ir a la práctica privada. -Louise hizo una pausa, levantando sus elegantes cejas. -Y puedo ver por tu expresión que ya tienes los datos de él. Porque malgasto mi tiempo?

– No lo hiciste. Me evitaste un considerable esfuerzo. Te agradezco. -Eve miró hacia Roarke, pensando en lo que daba vueltas en su cabeza. -Ah, escucha, llamé a Charles por un favor hoy, y siento una especie de culpa sobre eso.

– El encuentro conyugal en Dockport?

– Oh, bueno, entonces… supongo que te lo mencionó.

– sí, me lo dijo. -Louise le dio una rápida sonrisa. -Dallas, déjalo. Por otra parte, Peabody se veía maravillosa. El amor está en el aire.

– Algo está en el aire. -gruñó Eve cuando finalizaron la transmisión. Que te hace sonreír? -le demandó a Roarke.

– Que, a pesar de todo, hay algunas áreas del sexo que te avergüenzan.

– No estoy avergonzada, estoy desconcertada. Pero no es nada que me importe.

– La cuestión del amor es que no tiene una razón. Sólo es.

Ella lo miró. -Y supongo que yo tengo uno de esos. -Abandonó el escritorio. -Voy a hacer una visita a este Eli Young, a ver que puedo sacarle.

– Voy contigo. No empieces con la rutina del civil, Teniente. Déjame decir que me divierte hacer un paseo con mi esposa. Es una bonita noche. Juntos. -El le pasó un brazo por los hombros cuando salían de la habitación. -Si la memoria sirve, la dirección del doctor malo es de uno de mis edificios. No tienes ningún inconveniente en ir a verlo junto conmigo, verdad?

Ir con él tenía ciertas ventajas. Cuando el panel de seguridad electrónica informó a Eve que el doctor Young no estaba, ella levantó una mano para mantener a Roarke detrás. Y presiónó su placa contra la pantalla.

– No está o no acepta visitantes?

NO ESTOY AUTORIZADO PARA PROVEERLE ESA INFORMACION ESPECIFICA. DADA LA NECESIDAD DE PROTEGER LA PRIVACIDAD DE NUESTROS RESIDENTES, SOLO PUEDO REPETIR QUE EL DR. YOUNG NO ESTA DISPONIBLE EN ESTE MOMENTO. USTED PUEDE ELEGIR EN EL SIGUIENTE MENU PARA DEJAR UN MENSAJE PARA EL DR. YOUNG U OTRO RESIDENTE. MIS DISCULPAS, DALLAS, TENIENTE EVE, POR NO HABER PODIDO ASISTIRLA EN SU REQUERIMIENTO.

– Debes admitir, -comentó Roarke. -es una seguridad muy buena, tan buena como educada.

– Con una orden rellenaría esta mierda electrónica en una forma no muy educada.

HOLGAZANEAR EN EL LOCAL POR PARTE DE NO RESIDENTES O INVITADOS APROBADOS Y AUTORIZADOS NO ESTA PERMITIDO. SI NO DESEA REQUERIR POR OTRO RESIDENTE O DEJAR UN MENSAJE, DEBERE PEDIRLE QUE DESALOJE ESTE LOBBY. EN CUARENTA Y CINCO SEGUNDOS, LA SEGURIDAD DEL EDIFICIO SERÁ INFORMADA DE SU FALTA DE COOPERACION. MIS DISCULPAS POR ESTE INCONVENIENTE.

– No es un buen momento? -preguntó Roarke. -Teniente, sabes como me excita cuando me gruñes.

– Sólo haz que pasemos esta cosa, y deja de mirarme tan engreído. -Roarke simplemente puso su mano en la lectora de palmas, e introdujo un código.

– BUENAS NOCHES, ROARKE. BIENVENIDO. COMO PUEDO ASISTIRLO ESTA NOCHE?

– Vamos a ir al piso veintidós. Libera los elevadores.

– SI, SEÑOR. ELEVADORES LIBERADOS. POR FAVOR DISFRUTE SU VISITA Y EL RESTO DE SU NOCHE. POR FAVOR DEJEME SABER SI PUEDO ASISTIRLO DE OTRA MANERA.

– No estás cansado de que todo y todos te estén lamiendo las botas? -demandó Eve.

– Porque, no. Porque lo haría? -El señaló hacia el elevador cuando las puertas espejadas se abrieron sin sonido. -Piso veintidós. -ordenó. -Young bien podría haber salido, sabes?

– Quiero verlo por mí misma. Hay una razonable chance de que él sea el proveedor de Julianna o sepa quien es. No lo voy a dejar hasta que hable con él.

Ella salió en el piso veintidós, recorriendo el hall hacia la segunda puerta a la derecha. Tocó el timbre, menteniendo su placa en alto para que pudiera ser vista a través de la pantalla de seguridad del apartamento.

EL DOCTOR YOUNG NO ESTA EN LA RESIDENCIA Y NO HA AUTORIZADO LA ENTRADA A INVITADOS A SU HOGAR EN SU AUSENCIA. QUIERE QUE TOME UN MENSAJE?

La segunda respuesta computarizada hizo que Eve se agitara. Sin comentarios, se volvió y tocó en la puerta del apartamento cruzando el hall.

Fue abierta por una mujer vistiendo una larga bata roja, sosteniendo una copa de cóctel llena de algún líquido azul pálido. Una pantalla de entretenimiento rugía en la habitación detrás de ella. -Policía? Que pasa?

– No pasa nada, señora. Lamento molestarla. Sabe donde puedo encontrar a Eli Young esta noche?

– El doctor Young? -Ella parpadeó, luego miró sobre el hombro. -Marty, la policía está aquí. Quiere ver al doctor Young.

– Cruzando el hall. -La voz se elevó sobre el griterío en la pantalla.

– Sé que vive cruzando el hall. -dijo Eve con esforzada paciencia. -El no responde a la puerta. Puede decirme cuando lo vió por última vez?

– Oh, varios días atrás, supongo. -Ella levantó el vaso y bebió. Por el brillo en su rostro, había estado bebiendo tranquilamente por algún tiempo. -Oh, espere un minuto, salió de la ciudad. Se iba por un par de semansa.

– Mencionó donde se iba?

– No. En realidad no me lo dijo él. Su sobrina me lo dijo.

– Sobrina. -repitió Eve y su mente se puso alerta.

– Sí, ella estaba saliendo del apartamento de él el otro día cuando yo volvía de hacer las compras. Una joven muy bonita. Dijo que había venido a visitar a su tío, y como le complacía que él la acompañara a un viaje para visitar a sus padres. En Ohio. O Indiana. O tal vez era Idaho. -Ella bebió otra vez. -Una visita larga, dijo.

– Como lucía ella?

– Oh, joven y bonita. Morocha, baja, muy chic.

Eve sacó su PPC, trajo la foto de Julianna como Janet Drake. -Le parece familiar?

La mujer inclinó la cabeza y asintió. -Oh, sí! Esa es la sobrina del Dr. Young. Yo estaba tan sorprendida porque no me imaginaba que él tuviera alguna familia.

– Gracias. -Eve guardó la PPC de nuevo en su bolsillo. -Usted nunca ve las noticias, señora?

– Noticias? Con Marty son thrillers y deportes, deportes y thrillers. Tengo suerte si deja la pantalla por diez minutos al día para poder ver los informes de moda.

– Podría querer darles una mirada esta noche. Gracias por su ayuda.

Eve volvió, seguida por la mirada desenfocada de la mujer, y extrajo su grabadora. -Tengo una identificación positiva de que la sospechosa principal, Julianna Dunne, ha contactado con Eli Young en esta ubicación. El sujeto Young no responde, y sospecho que esté fuera de juego. Tengo una causa probable para entrar en este residencia y determinar de Young y/o su complicidad con Julianna Dunne. Conmigo está Roarke, propietario del edificio. El está de acuerdo con este procedimiento, y puede ser testigo del mismo.

– Eso debería cubrirlo. -comentó Roarke.

Eve se paró ante la puerta, y usó su llave maestra para decodificar los cerrojos. -En registro -dijo y sacó su arma, una sutil advertencia en caso de que Roarke se hubiera armado sin su conocimiento.

Empujó la puerta abriendola hacia la oscuridad.

Pero no necesitó las luces para oler la muerte.

– Cristo. -siseó entre dientes cuando la boca se le llenó con el aire rancio. -Tenemos un hinchado. Quédate en el hall. No hay nada que puedas hacer. Luces completas. -ordenó.

Lss luces estallaron, revelando un living espléndidamente dispuesto, las pantallas de privacidad cerradas sobre una pared de ventanas. Young estaba en el sofá, y el tejido nunca sería el mismo.

Vestía lo que podría haber sido una robe, pero los gases dentro de él se habían expandido, y los fluídos corporales se habían derramado, por lo que era difícil de decir.

Había una botella de brandy y un vaso de vino en la mesa de café, y un pañuelo de papel en la manta donde su nariz, gorda como una salchicha ahora, había goteado.

– Necesitas tu equipo de campo. -dijo Roarke-

– Si.

– Y ésto. -le alcanzó un pañuelo para que ella pudiera cubrirse la boca y la nariz. -Es lo mejor que puedo hacer por ahora.

– Gracias. -Lo usó, quedándose en la puerta grabando la escena hasta que él retornara con el sellador. Sacó su comunicador del bolsillo y llamó.

Ella había tenido sexo con él primero. Tal vez habían sido amantes antes, pero Eve creía que no. Julianna simplemente había usado su más efectivo método para distraer a un hombre, y luego lo había asesinado con el mismo veneno que él le había procurado.

Era lógico, limpio, frío. Era Julianna.

La habían encontrado en los discos de seguridad del edificio. Una vez al menos antes del asesinato de Pettibone cuando ella había comprado su provisión inicial. Estaba pelirroja entonces, caviló Eve.

Luego otra vez, una morocha, regresando para atar el nudo final.

Muy posiblemente, encontrarían transmisiones en el enlace de la víctima hacia ella y desde ella. Pero no había sido lo bastante tonta para hacerlas desde su casa, o de un enlace personal. Podían seguirlas, por supuesto, pero encontrarían que habían sido hechas desde un enlace público.

El había estado muerto cuatro días. Cuatro días muy desagradables. Ella se paseaba por ahí, con un asesinato fresco y se topaba con otro.

Se habían llevado el cuerpo, pero el aire apestaría a descomposición por mucho tiempo. Aún después que el equipo de limpieza aclarara el aire, quedaría ahí, bajo una leve capa de maldad.

– Teniente. -Peabody apareció detrás de ella. -Tengo los discos de seguridad.

Ausente, Eve los tomó. -Tengo copias en el archivo. Voy a darles una mirada esta noche, pero no creo que encontremos alguna sorpresa.

– Ella vino el día después de haber asesinado a Pettibone. Con su nuevo peinado deportivo, sintiéndose bien y juguetona. El la dejó entrar. Tal vez podían hacer más negocios. Ella le contó del asesinato. Quien mejor para compartir eso que el hombre que le había vendido el arma, un hombre que estaría muerto antes de que dejara el apartamento? Se divirtió contándoselo. Luego lo sedujo.

Caminó hacia el dormitorio. La ropa de cama había sido sacada, enviada al laboratorio, pero ella buscó hasta encontrar rastros de semen. -Bastante fácil. Estoy tan electrizada, tan energizada. Todos estos años en prisión, estos años en soledad. Necesito alguien que me toque. Eres el único con el que puedo estar, el único que sabe como me estoy sintiendo ahora.

– El lo sabía, -murmuró Peabody. -De todas las personas, él era el que sabía.

– Los ojos de ella estaban brillantes, con todas esas mentiras en ellos. El era lo bastante viejo como para ser su abuelo, y ella estaba aquí. Joven y hermosa, con ese cuerpo firme y suave. A él le gustan jóvenes. Más jóvenes que ella, pero ella está aquí. Lo deja hacer lo que quiere, tomarse todo el tiempo que necesita. No le importa. El ya está muerto. Su mente está en el próximo, a pesar de que está gimiendo, retorciéndose y simulando el clímax. Después, charló con él. Era maravilloso. Asombroso. Ella sabe que decir, como decirlo para hacerlo sentir como el jodido rey del mundo. Ella lo investigó también.

Volvió hacia el living. -Sabe que le gusta el brandy. Envenenó la botella mientras él estaba en la ducha, o orinando. No demoró mucho. No importa si lo bebe ahora, o después, pero ella prefiere ahora y así puede mirar. Se acomoda con él en el sofá, le cuenta todo sobre como y quien va a ser el siguiente. Puedo tomar vino? Puedo quedarme un rato? Es tan bueno tener alguien con quien hablar, con quien estar.

– El sirvió el vino, sirvió el brandy. Su vino, su brandy. No está preocupado. Ella probablemente bebió primero, mientras conversaba, burbujeante de energía y entusiasmo. El le sonríe mientras bebe, la mira, pensando en el sexo, preguntándose si puede llevarla a un segundo round. Cuando siente el veneno dentro de él, es demasiado tarde. Se sacude, horrorizado. No él. No puede ser. Pero lo ve en su rostro entonces. Ella deja que él lo vea. Ese frío placer. Se viste, asegura el apartamento. Va hacia la vecina y establece una conversación amistosa. El tío Eli va a salir de la ciudad por varias semanas, no es agradable?

– Y ella se fue. -terminó Peabody.

– Y ella se fue. Séllalo, Peabody. Voy a archivar el reporte, luego me voy a casa.

CAPITULO 12

Si el atractivo de los suburbios desconcertaba a la resuelta urbanita Eve Dallas, el atractivo de las grandes llanuras abiertas de Texas le era tan extraño como un viaje a la luna. Texas tenía ciudades, grandes, extensas, multitudinarias ciudades.

Entonces porque alguien en realidad elegiría vivir en el panqueque de hierba de la pradera donde podías ver por millas, donde estabas rodeada por aquel despligue sin fin de espacio?

Igualmente, había ciudades, por supuesto, con edificios que bloqueaban esa inquietante vista y calles derechas como flechas que se volcaban en autopistas que iban hacia y desde la civilización.

Ella podía ciertamente comprender que las personas condujeran hacia esas ciudades y edificios. Pero nunca comprendería que los empujaba a conducir hacia la nada.

– Que es lo que les atrae de esto? -le preguntó a Roarke cuando bajaron hacia uno de esos caminos. -No hay nada aquí más que hierba y cercas y animales de cuatro patas. Animales de cuatro patas realmente grandes. -agregó cuando pasaron a una manada de caballos con cautelosa sospecha.

– Yippee-ky-yay.

Ella levantó la mirada de sospecha hacia Roarke brevemente. Prefería mantener la vista en los animales. Sólo por las dudas.

– Este tipo está cargado. -ella volvió, un poco más calmada por el ronroneante clack de un helicóptero que zumbaba en el campo cercano. -Tiene un negocio próspero y exitoso en Dallas. Pero eligió vivir aquí. Voluntariamente. Hay algo realmente enfermo en esto.

Con una risa, Roarke le tomó la mano, la que ella mantenía a más de una pulgada de su arma, y se la besó. -Hay toda clase de personas en el mundo.

– Si, y la mayoría de ellas están locas. Jesús, hay vacas! Las vacas no deberían ser tan grandes, no? No es natural.

– Sólo piensa en los bistecs, querida.

– Uh, uh, es espeluznante. Estás seguro de que es el camino correcto? No puede estar bien. No hay nada ahí afuera.

– Puedo apuntar las numerosas casas que pasamos a lo largo de esta ruta?

– Si, pero pienso que las vacas deben vivir en ellas. -Tuvo un pantallazo de actividades bovinas dentro de las casas bajas y largas. Mirando una pantalla, haciendo fiestas de vacas, haciendo el amor como vacas en camas de cuatro postes. Y tembló. -Dios, es espeluznante también. Odio el campo.

Roarke bajó la mirada hacia la pantalla de navegación en el tablero. Vestía jeans y una camiseta, y un par de anteojos para el sol negros y brillantes. Era una vestimenta casual para él, incluso sencilla. Pero se veía como un citadino. Un citadino rico, caviló Eve.

– Vamos a llegar en pocos minutos. -le dijo. -Hay un poco de civilización ahí adelante.

– Donde? -Ella arriesgó a distraer su atención de las vacas, mirando a través del parabrisas y vió el despliegue de una ciudad. Edificios, estaciones de combustibles, tiendas, restaurantes, más casas. Su estómago se aflojó unn poco. -Ok, que bueno.

– Pero no vamos a entrar ahí. Vamos a girar aquí. -diciendo esto, giró hacia el ancho borde de la calle entrando en una estrecha lateral. Una que, en la opinión de Eve, los enviaba, demasiado cerca para ser cómodo, directo a esos extraños y amplios campos de hierba.

– Esas cercas no se ven muy fuertes.

– Si hay una estampida, vamos a correr más que ellas.

Ella se humedeció los labios, tragó. -Apuesto que crees que es divertido…

Pero se sintió algo aliviada cuando hubo otros vehículos en el camino. Otros automóviles, camiones, largos remolques relucientes y poderosos Jeep descubiertos.

Los edificios empezaron a aparecer. No casas, pensó Eve. Edificios de granja o de rancho. Lo que fuera. Graneros, cobertizos, refugios para animales. Establos, supuso. Graneros o lo que fuera. Silos, y que clase de palabra era esa? Parecía una pintura con toda esa hierba, las cosechas, el ganado de cara aburrida, y los fuertes rojos y blancos de los edificios anexos.

– Que es lo que hace ese tipo? -demandó, inclinándose en el asiento para mirar más allá del perfil de Roarke.

– Parece estar montando un caballo.

– Si, sí, puedo verlo. Pero porque?

– No tengo idea.Tal vez porque le gusta.

– Ves? -para puntuarlo, le golpeó el hombro a Roarke. -Enfermos. La gente está enferma. -Ella lanzó un suspiro de alivio cuando divisó la casa del rancho.

Era enorme, desparramada hacia todos lados. Algunas partes estaban pìntadas en el mismo blanco brillante y otras parecían estar decoradas con piedras adoquinadas reunidas caprichosamente. Había secciones construídas con vidrio, y ella casi tembló ante la idea de permanecer ahí mirando afuera campo más campo. Y sabiendo lo que había en aquellos campos mirándola a ella.

Había pequeñas áreas cercadas, y aunque había caballos en ellas, también había una considerable actividad humana. Eso la alivió, aunque esos humanos estaban todos cubiertos con sombreros de vaquero.

Vió un helipuerto y una cantidad de vehículos, muchos de los cuales ella ni podía empezar a identificar. Asumió que eran usados para algún tipo de trabajo rural.

Pasaron a través de enormes pilares de piedas coronados con caballos alzados de manos.

– Ok, él sabe que estamos llegando, y no está feliz. -empezó ella. -está obligado a ser hostil, defensivo y poco cooperativo. Pero es lo bastante listo para saber que puedo complicarle la vida, escarbar en su pasado, y apretar a la policía local para agregar alguna presión. No va a querer toda esa mierda encubierta en su patio trasero. Viniendo a su pista lo dejamos que se sienta más en control.

– Y cuanto tiempo vas a dejar que se sienta de esa manera?

– Vamos a ver como sale. -Ella salió del automóvil y casi perdió el aliento en el calor.

Un calor de horno, pensó, muy diferente al baño de vapor del verano en New York. Olió el pasto y algo que podía ser estiércol. -Que es ese sonido como un clack? -le preguntó a Roarke.

– No estoy del todo seguro. Pienso que pueden ser pollos.

– Cristo todopoderoso. Pollos. Si me dices que piense en omelletes, voy a tener que golpearte.

– Comprendido. -El recorrió el camino de entrada junto a ella. La conocía bastante bien para estar seguro de que su preocupación en la escena local la ayudaba a mantener fuera de la mente sus miedos y preocupaciones. Ella todavía no había dicho nada sobre ir al mismo Dallas, o si podía o quería hacerlo.

Las puertas tenían un ancho de diez pies y estaban coronadas con los cuernos descoloridos de algún tipo de animal. Roarke reflexionó sobre eso, y el tipo de personalidad que disfrutaba decorando con animales muertos, mientras Eve tocaba la campana.

Momentos después, la imagen del viejo Oeste americano abrió la puerta.

Era curtido como el cuero, alto como una montaña, ancho como un río. Llevaba botas con puntas afiladas como estiletes e incrustadas con mugre. Sus vaqueros eran azul oscuro y parecían lo bastante rígidos para mantenerse parados sin él, mientras su camisa era a cuadros rojos y blancos desteñidos. Su pelo era color plata, peinado hacia atrás desde un rostro duro y rudo, surcado de arrugas, el ceño fruncido.

Cuando habló, su voz traqueteó como grava suelta en un cubo muy profundo. -Usted es la policía de la ciudad.

– Teniente Dallas. -Le mostró la placa. -Este es mi asistente de campo…

– Lo conozco. -El apuntó con un dedo, grueso como un perro de soja, en una mano grande como un jamón, a Roarke. -Roarke. Usted es Roarke, y no es policía.

"-Me halaga. -reconoció Roarke- Sucede que estoy casado con una.

– Si. -el asintió y consideró a Eve. -También la reconozco a usted. Policía de la gran ciudad de New York. -Parecía como si fuera a escupir, pero se contuvo. -Jake T. Parker, y no tengo que hablar con usted. El hecho es que mis abogados me advirtieron con esto.

– Usted no está bajo ninguna obligación legal de hablar conmigo, Sr. Parker. Pero puede ser puesto bajo esa obligación legal, y estoy segura de que sus abogados le advirtieron que eso es posible.

El enganchó sus anchos pulgares en la cintura de sus vaqueros. Su alarmente estómago crujió con el movimiento. -Le costaría un poco de tiempo conseguirlo, no?

– Sí, señor, así es. No puedo imaginarme cuanta gente más puede asesinar Julianna antes que los abogados terminen la disputa. Quiere especular?

– No tengo nada que ver con ella, desde hace más de doce años. Estoy en paz aquí, y no necesitos que ninguna chica policía de la ciudad venga desde New York y me tire esa mugre en la cara.

– No estoy aquí para tirarle mugre, Sr. Parker. No estoy aquí para juzgarlo. Estoy aquí para aprender cualquier cosa que pueda ayudarme a parar a Julianna antes de que tome más vidas. Una de ellas podría ser la suya.

– Mierda. Perdone mi francés. -agregó. -Esa chica no es más que un fantasma para mí, y yo soy menos que eso para ella.

Eve sacó fotos de su bolso de campo. -Este es Walter Pettibone. No tenía nada que ver con ella tampoco. Y Henry Mouton. Tenían familias, Sr. Parker. Tenían vidas. Ella destruyó todo eso.

El miraba las fotos, y más allá de ellas. -Nunca deberían haberla dejado salir de prisión.

– No va a conseguir de mí una discusión sobre eso. Yo ayudé a ponerla en una jaula antes. Le estoy pidiendo que me ayude a hacerlo otra vez.

– Yo tenía mi propia vida. Me tomó mucho tiempo dejar eso atrás hasta que pude levantarme en la mañana y verme a mi mismo en el espejo.

El tomó un sombrero Stetson marrón sucio de un estante con perchas junto a la puerta, y se lo puso en la cabeza. Luego salió, cerrando la puerta a su espalda. -No quiero esto en mi casa. Lamento no ser hospitalario, pero no la quiero a ella en mi casa. Hablemos afuera. Quiero darle una mirada a las reservas de todos modos.

Como una concesión contra el blanco resplandor del sol, Eve sacó gafas ahumadas. -Ella se puso en contacto con usted en algún momento?

– No quise escuchar nada de esa chica desde que se fue el día que cumplió dieciocho. El dia que le dijo a su madre lo que había estado haciendo. El día que se rió en mi cara.

– Sabe si ha estado en contacto con su madre?

– No puedo decirle. Perdí el rastro de Kara cuando me dejó. Escuché que había tomado un trabajo fuera del planeta. En un satélite agrícola. Lo más lejos de mí que pudo conseguir.

Eve asintió. Ella conocía la localización de Kara Dunne Parker Rowan. Se había casado nuevamente cuatro años antes, y rehusó hablar con Eve con respecto a su hija. Su hija, le había informado a Eve durante su breve transmisión, estaba muerta. Eve se imaginó que Julianna tenía la misma actitud hacia la mujer que la había parido.

– Usted violó a Julianna, Sr. Parker?

Su rostro de endureció, como cuero viejo estirado sobre un marco. -Si quiere decir que la forcé, no lo hice. He pagado mucho por lo que hice, teniente.

Se detuvo en un potrero cercado, apoyando una bota sobre el primer peldaño, viendo fijamente a sus hombres y caballos. -Hubo un momento en que puse toda la culpa sobre ella. Me tomó un largo rato antes de poder sacarlo fuera de mi y tratar con eso. Ella tenía quince, cronológicamente hablando. Quince, y para un hombre de más de cincuenta no es apropiado andar tocando a esas buenas chicas. Un hombre casado con una buena mujer, y maldito si alguna mujer va a aceptar que toques a su hija. No hay excusas.

– Pero usted no la tocó.

– Lo hice. -El enderezó sus enormes hombros como si cargara un peso. -Le voy a contar mi versión, empezando por decir que yo sé que lo hice estaba mal, y tomo la culpa y responsabilidad por eso.

– De acuerdo, Sr. Parker. Dígame su versión.

– Ella se deslizó por la casa vistiendo casi nada. Se instaló en mi regazo y me llamó Papi, pero no había nada de hija en como lo dijo.

El apretó los dientes, mirando más allá de Eve, sobre su tierra. -Su propio papi era un hombre duro con las mujeres, pero casi adoraba a esa chica, según me dijo su madre. Julianna no se equivocaba y cuando ella lo hizo, él culpó a su madre. Yo amaba a esa mujer. Amaba a mi esposa. -dijo, retrocediendo, apartando su mirada del rostro de Eve antes de reanudar la caminata. -Era una buena mujer, iba a la iglesia, de naturaleza tranquila, resistente. Si tenía un lado ciego, era esa chica. Tiene una forma de enceguecer a la gente.

– Ella fue provocativa con usted.

– Mierda. Perdone mi francés. Cincuenta años, y ella sabía bien como envolver a un hombre alrededor de su dedo, conseguir todo lo que quería. Ella removió algo en mí que no debería haber sido removido. No debí permitir que sucediera. Empecé a pensar en ella, mirarla en una forma que me condenaba derecho al infierno. Pero no pude parar. O no quería hacerlo, no entonces. Yo sabía que estaba mal, teniente. Sabía malditamente bien donde estaba la línea.

– Y la cruzó.

– Lo hice. Una noche cuando su madre salió a una de sus reuniones de mujeres, ella vino a mi estudio, se sentó en mi regazo. No voy a entrar en los detalles, excepto para decir que no la forcé a una maldita cosa. Ella estaba dispuesta a hacerlas. Pero yo crucé esa línea, una en la que un hombre no puede retroceder.

– Usted intimó con ella.

– Lo hice. Esa noche, y cada vez que podía por casi tres años siguientes. Ella lo hacía fácil de organizar. Le decía a su madre que fuera con amigas a un fin de semana de compras. Y yo me quedaba con mi hijastra en mi cama matrimonial. Yo la amaba, Dios es mi testigo, la amaba en una forma insana. Creí que ella sentía lo mismo.

El sacudió la cabeza ante su propia estupidez. -Un hombre bastante viejo para darse cuenta. Le di dinero. Dios solo sabe cuanto más durante esos tres años. Le compré automóviles, ropas de moda, lo que ella pidiera. Me dije que ibamos a estar juntos. Tan pronto como ella fuera mayor, iba a dejar a su madre y nos iríamos donde ella quisiera. Fui un tonto. Tuve que aprender a vivir con eso. Es duro aprender a vivir con los pecados cometidos.

Ella se lo imaginó sentado en la silla de los testigos en el juicio de Julianna, hablando de toda esa mierda. Las cosas, dicidió Eve, hubieran sido diferentes si él lo hubiera hecho.

– Después de su arresto, durante el juicio, ella reclamó que usted la había violado y abusado, y usó eso para regatear por una sentencia menor. Usted no quiso ir al estrado para defenderse.

– No, no lo hice. -El bajó la mirada hacia Eve, por debajo del ala amplia de su sombrero. -Alguna vez ha sentido una cosa, teniente, algo que lo avergüence tan profundo que le ponga miedo en la garganta y hielo en sus tripas?

Ella pensó en Dallas, y en lo que se escondía allí. -Sé lo que es tener miedo, Sr. Parker.

– Tenía miedo de ella. Tenía miedo de lo que había hecho con ella. Si yo testificaba sobre lo que había pasado hubiera quedado como un hombre mayor que había cometido adulterio con la hija menor de edad de su propia esposa. En ese momento estaba con apoyo sicológico, empezando a trabajar en aceptar mi responsabilidad. Nada podía hacer por los hombres que había matado. Y el hecho era, que habría sido su palabra contra la mía. Si yo no hubiera estado presente en ese momento, le habría creído a ella.

– Demostró comportamiento violento durante el tiempo que vivió con usted?

– Demonios. -El rió.-Tenía un temperamento como un latigazo, golpeaba rápido y afilado, cortando derecho al fondo. Luego desaparecía. Es fácil ver ahora lo que no vi entonces. Es fría, fría hasta los huesos. Ella me odió desde el momento en que empecé a ver a su madre. Ahora lo veo. Me odiaba en esa forma tan helada de ella, porque yo era un hombre, un hombre que podía dominarla y darle órdenes. Entonces dio vueltas alrededor hasta que tuvo todo lo que quiso. Luego me humilló porque fui débil, humilló a su madre porque me amaba. Salió muy oronda por la puerta y nos dejó destrozados. Justo en la forma en que nos quería.

– Pero usted no se quedó destrozado. -apuntó Eve. -Reconstruyó su vida. Ella lo sabe. Está liquidando viejos asuntos, Sr. Parker. Apuesto fuerte a que usted es parte de ellos.

– Cree que ella va a venir por mi?

– Si, lo creo. Temprano o tarde. Tiene que alertar a su seguridad. Revisar minuciosamente cada nuevo empleado en su negocio y en su casa. Sería inteligente de su parte hablar con las autoridades locales, como lo haré yo, así ellos pueden saber que y quien buscar.

– Esa chica no podía esperar a sacudirse el polvo de Texas de los pies. -El se miró la punta de las botas y sacudió la cabeza. -No la veo regresando aquí para tratar de asesinar a un hombre que vale menos que el polvo para ella. -Suspiró. -Pero tengo sesenta y seis años, soy lo suficiente viejo para saber que no te puedes sentar a rascarte el culo esperando que una serpiente suba por tus pantalones. Pensaba tomarme unas pequeñas vacaciones de negocios, ir a Europa y ver algunas cosas. Puedo adelantarlo.

– Apreciaría si me dejara saber cuando se va y adonde.

El estudió a Eve otra vez. -Usted va a ir a atraparle, no es así, chica de ciudad?

– Sí, señor. Lo haré.

– Creo que lo hará. Pero no se si algo de lo que dije aquí le va a ayudar, y no puedo creer que ella pierda tiempo conmigo. Yo no fui el primero.

– Como lo sabe? -preguntó Eve.

– Ella no era virgen cuando se deslizó en mi regazo esa noche. Al menos ese es un pecado que no cometí.

– Sabe con quien estuvo antes de usted?

Parker movió los pies. -Contar historias de mi mismo, y contarlas de algún otro…

– Esto no es chismorreo. Es una investigación criminal.

– No es cuestión de fastidiarse. -dijo él suavemente, y bufó. -Sospecho que se había revolcado con Chuck Springer. Sé que su madre estaba algo preocupada por eso. Pero según lo que recuerdo, él empezaba a verse con una de las chicas de Larson. Tal vez la de los rulos. Eran chicos, -agregó. -No pensé mucho en eso. Luego cuando empecé a andar con Julianna, no pensé en nada más que ella.

– Sabe donde puedo encontrar a este Chuck Springer?

– Es uno de mis revoltosos. Mire, él es un hombre casado, tiene un niño pequeño y otro en camino.

– Revoltoso? Sería como un vaquero?

Parker se rió, ajustando el ala de su sombrero. -New York, -dijo sacudiendo la cabeza- Que demonios es un revoltoso sino un vaquero?

– Me gustaría hablar con él.

Parker suspiró. -Entonces vamos a cazarlo. -Rodeó el potrero, cabeceando en dirección a los caballos que pastaban dentro. -Tenemos algunos ejemplares finos ahí. Usted monta?

– Nada que tenga más piernas que yo. -respondió Eve y lo hizo aullar de la risa.

– Y usted? -le preguntó a Roarke-

– Lo hice.

Eso detuvo a Eve en seco. -En un caballo? Montaste un caballo?

– Y sobreviví. En realidad, es estimulante. Te gustaría.

– No lo creo.

– Solo hay que hacerles saber quien es el jefe. -le dijo Parker.

– Son más grandes, son más fuertes. Yo diría que son los jefes.

El rió por lo bajo, luego gritó a uno de sus hombres. -Donde está Springer?

– En las pasturas del este.

– Sería una buena cabalgata -dijo Parker coloquialmente -Puedo sentarla sobre un caballo bonito y tranquilo.

– Voy a fingir que usted no está amenazando a un oficial de policía.

– Usted me gusta, chica de ciudad. -Sacudió un pulgar. -Vamos a tomar un Jeep-.

Probablemente era un paseo estimulante. Ciertamente a Eve le pareció que Roarke lo disfrutaba. Pero en lo que a ella concernía, estaban saltando a través de un peligroso terreno lleno de grandes bovinos, mierda de vaca, y cualquiera podía estar acechando en la alta hierba.

Ella vió otro Jeep. En la plana llanura podía haber estado a media milla, y acercándose, cabalgando a lo largo de una línea de vallas, un trío de hombres a caballo. Parker giró hacia ellos, dando un bocinazo. El ganado se apartó del camino con mugidos de protesta.

– Necesitamos hablar contigo, Chuck.

Un hombre delgado y de huesos marcados en el uniforme ranchero de botas, jeans, camisa a cuadros y sombrero, hizo girar su montura. Se acercó al trote, lo que hizo que Eve fuera cautelosamente hacia la puerta más alejada del Jeep.

– Jefe- Cabeceó hacia Roarke y se tocó el ala del sombrero dirigiéndose a Eve. -Señora.

– Esta dama de aquí es la teniente Dallas, policía de la ciudad de New York. Necesita hablar contigo.

– Conmigo? -El tenía un rostro alargado, con un bronceado intenso y dorado como un ciervo. Mostraba una expresión confundida. -Nunca he estado en la ciudad de New York.

– Usted no está en problemas, Sr. Springer, pero puede ayudarme en una investigación. -Y como demonios se suponía que iba a entrevistarlo cuando él estaba allá arriba de ese caballo? -Si puede darme unos minutos de su tiempo.

– Bueno. -El se movió en la montura. Esta crujió. -Si el jefe lo dice.

Desmontó, con más crujidos, y con una fluidez que hizo pensar a Eve en agua deslizándose sobre rocas. Mantuvo las riendas en una mano y su caballo bajó la cabeza y empezó a masticar pasto.

– Es con respecto a Julianna Dunne. -empezó Eve.

– Escuché que había salido de prisión. Dijeron que había asesinado a un hombre.

– Su cuenta subió a tres en este momento. -corrigió Eve. -Usted la conoció cuando ella vivía en esta área.

– Síp.

– Tuvo algún contacto con ella desde que se fue?

– Nop-.

– Ustedes eran amigos cuando ella vivía aquí.

– No exactamente.

Eve esperó. El ritmo de una entrevista en Texas, decidió, era enteramente diferente al de New York. -Que eran exactamente ustedes, Sr. Springer?

– Yo la conocía. Era la hijastra de mi jefe. Mi jefe, también. No le he visto el pelo desde que se fue. Ni había razón para que lo hiciera. Jefe, tengo que terminar con la cerca.

– Chuck, la teniente Dallas está tratando de hacer su trabajo. Ahora si estás pensando que me voy a mosquear sobre algo que pasó entre Julianna y tú cuando eran adolescentes cabezas huecas, olvídalo. Me conoces lo suficiente, y también sabes lo suficiente de lo que me sucedió a mi. -Hizo una pausa y Chuck frunció el ceño mirandose las botas. -Me imagino que no me tienes rencor por eso. Es agua pasada. La teniente quiere saber si te tumbaste a Julianna.

El hombre se ruborizó. Eve observó, fascinada, como el rojo oscuro aparecía bajo el profundo bronceado. -Aw, Jake T., no puedo hablar de ese tipo de cosas con una mujer.

Eve sacó su placa. -Hable con la placa.

– Sr. Parker, -empezó Roarke. -Creo que podemos recorrer un poco el campo. Tengo un rancho de ganado en Montana y algún interés en el proceso.

– Mire donde pisa. -Advirtió Parker, y se bajó. -Chuck, haz lo correcto.

Porque se sentía estúpida sentada en el Jeep sola, Eve se arriesgó a bajarse. El caballo inmediatamente levantó la cabeza, topándola en el hombro. Ella no lo golpeó con el puño cerrado que mantenía al costado, pero faltó poco.

– Sólo esta viendo si usted tiene algo más interesante para comer que el pasto. -Chuck acarició la nariz del caballo. -Este siempre está buscando un bocado.

– Dígale que estoy vacía. -Eve dio un paso a un costado, poniendo a Chuck firmemente entre ella y el caballo. Cuando éste relinchó, sonó como una risa. -Hábleme de Julianna, Chuck.

– Diablos. Yo tenía dieciséis. -Echó su sombrero hacia atrás, u sacó una bandana para secar el sudor de su frente. -Un chico de dieciséis, no piensa con su cerebro. Si usted sabe lo quiero decir.

– Tuvo sexo con ella.

– Ella fue a los establos. Limpiarlos era parte de mi trabajo. Ella olía a gloria y tenía puesta una especie de camiseta y unos shorts diminutos. Dios todopoderoso, era para mirarla. Empezamos a tontear como hacen los chicos. Luego empezamos a tontear sobre algo más. -El miró fijamente sus botas. -Nos vimos mucho a escondidas fuera de la casa ese verano, hacíamos el amor en uno de los boxes. Yo siempre ponía heno fresco ahí. Luego empezó a venir a mi casa, trepaba por mi ventana. Era excitante el principio, pero, Jesús, si mi madre nos hubiera encontrado, me hubiera desollado vivo. Y, maldita sea, yo tenía dieciséis, y estaban todas esas otras chicas. Un chico empieza a mirar alrededor. Julianna apenas me dejaba respirar, y eso empezó a picarme-

– Rompió con ella.

– Traté una vez, y ella me atacó como un maldito gato. -El levantó la mirada. -Mordiendo, arañando. Nadie la dejaba a ella de lado, dijo. Me asusté, porque parecía medio loca. Luego empezó a llorar y suplicar, y bueno, una cosa llevó a la otra y terminamos juntos otra vez. Y al día siguiente, Julianna fue derecho a mi casa, entró a la cocina y le dijo a mi madre que yo me había estado metiendo con ella. Y que si no me enviaba a algún lado fuera de aquí, iba a ir con su padrastro y hacer que despidieran a mi padre.

Hizo una pausa, y luego sonrió sorprendiendo a Eve. -Mi madre, ella nunca dejó que nadie le tirara mierda. Hija del jefe o no. Le dijo a Julianna que no entrara a su casa sin invitación nunca más. Y que no iba a tolerar que una pequeña vagabunda como ella se parara en su cocina y amenazara a su familia. Le dijo que si se habían metido con ella, maldito si no lo podría haber detenido. Y que iba a hablar con la madre de Julianna sobre eso.

– Lo hizo?

– Mi madre decía que iba a hacer algo, y lo hacía, por lo que me imagino que sí. Nunca me dijo lo que hablaron entre ellas, pero Julianna no volvió a rondar por los establos ese verano. No la ví rondar para nada. Pero yo estuve arrestado en mi casa por un maldito mes y me dieron una conferencia que me hizo arder las orejas.

– Y después del verano?

– Realmente nunca volví hablar con ella. Ella vino hacia mí una vez cuando yo estaba con una chica, y me dijo cosas insultantes sobre una parte sensible de mi anatomía. Lo dijo con voz tranquila, realmente fría, con una sonrisa en su cara. Y una vez encontré un zorrino muerto en mi cama y me imagino que fue ella. Y…

– Y?

– Nunca se lo dije a nadie. -El se movió, acomodó su mandíbula. -La noche antes de mi boda, eso sería seis años atrás el mes pasado, me llamó. Dijo que quería darme sus mejores deseos. Pero en la forma en que lo dijo, como es ella, disculpe, me decía que me jodiera. Y que sabía que estaría pensando en ella la noche de mi boda, porque ella iba a estar pensando en mi. Que tal vez vendría a verme alguna vez, y hablaríamos de los viejos tiempos. Yo sabía que estaba en prisión. Eso me sacudió un poco, pero no vi el punto de decírselo a nadie. Iba a casarme al día siguiente.

– Se contactó con usted otra vez?

– No, pero el pasado día de San Valentín recibí un paquete. Había una rata muerta adentro. Parecía haber sido envenenada. Tampoco de esto le dije a nadie. Sólo lo dejé pasar. Señora, yo tenía dieciséis años. Sólo nos revolcamos en el heno por un par de meses un verano. Tengo una esposa, un hijo, un bebé en camino. Porque demonios ella quiere arruinarme después de todo este tiempo?

– El la rechazó. -le dijo Eve a Roarke cuando regresaban en el auto. -Ella se metió con un chico de su propia edad, y él cortó la relación antes de que ella lo cortara a él. Luego su madre la levantó en peso. Dos cachetazos. Intolerable.

– Si ella hubiera sido una chica normal, eso debería haberla avergonzado temporariamente. Luego hubiera seguido adelante. En vez de eso, decide seducir a su padrastro. Los hombres mayores, como su padre, son más fáciles de controlar, más inclinados a verla como una inocente.

– Eso fue más que seducirlo. Fue usar el sexo para avergonzarlo, y a su madre. Para castigar y beneficiarse. No había pensado en el asesinato todavía, pero era sólo cuestión de tiempo. Porque lastimar cuando puedes destruir totalmente? Obtuvo lo quería de eso, pero no hubiera olvidado ese rechazo.

No podía recordar como era ser una chica de quince años. Pequeña maravilla, pensó Eve. Ella nunca había sido una adolescente normal. Y tampoco, al parecer, lo había sido Julianna Dunne.

– Lo llamó la noche antes de su boda. -dijo Eve. -Ella cuidó lo que decía en caso de que él lo reportara, pero dijo lo suficiente para preocuparlo, sacudirlo, y que no pudiera parar de pensar en ella la noche de su boda. Plantó la semilla.

– Que vas a hacer con él?

– Está lo bastante preocupado por su familia para cooperar con los locales. Va a ir a hablar con Parker, y mi impresión es que Parker va a poner seguridad extra en el rancho. Voy a hablar con los policías de aquí, para asegurarme de que están haciendo su trabajo. Luego voy a hacer el mío y encontrarla.

– Y luego volvemos a New York?

Ella miró por la ventana. -No. -Cerró los ojos. -No, vamos a ir a Dallas.

CAPITULO 13

Cuando Dallas surgió a la vista en el horizonte, a través de las olas de calor, no gatilló la memoria dentro de ella, pero sin embargo trajo un vago desconcierto. Había edificios torres, el movimiento urbano, los atascos. Pero era diferente a New York.

La edad, se dió cuenta, era parte de eso. Todo era joven comparado con el este. Insolente de alguna manera, pero sin el filo. Dallas era, después de todo, uno de los tantos asentamientos que habían crecido hasta ser pueblos, luego los pueblos se habían desarrollado hasta ser ciudades, mucho después que New York, Boston, Philadelphia estuvieran establecidas.

Y la arquitectura carecía del ujo escandaloso encontrado en los viejos edificios del este que habían sobrevivido a las guerras urbanas o habían sido restaurados después. Aquí las torres eran limpias y brillantes y la mayoría sin adornos.

Anuncios y carteles anunciaban rodeos, paseos conduciendo ganado, liquidaciones de botas de vaquero y sombreros. Y la barbacoa era el rey.

Parecían estar viajando por Venus.

– Aquí hay más cielo. -dijo elle ausente. -Más cielo, casi demasiado.

El sol reverberaba cegador en las torres de acero, paredes de cristal, los deslizadores circulares. Ella se empujó los anteojos de sol sobre la nariz.

– Más calles. -dijo, y pudo oír el temblor en su propia voz. -No hay mucho tráfico aéreo.

– Quieres ir al hotel?

– No, yo… tal vez podrías dar unas vueltas o algo.

El puso una mano sobre las de ella, luego tomó una salida hacia la ciudad.

Parecía acercarse más, con el plato azul del cielo como una tapa sobre los edificios, presionando en las calles atascadas con demasiados vehículos yendo demasiado rápido en demasiadas direcciones.

Sintió una ola de mareo y luchó para superarla.

– No sé lo que estoy buscando. -Pero eso no era la abrupta sensaciòn de pánico. -El nunca me dejó salir de la maldita habitación, y cuando yo… después que salí, estaba en shock. Agrégale que fue hace más de veinte años atrás. Las ciudades cambian.

Su mano tembló levemente bajo la de él, y él se aferró con fuerza al volante. Se detuvo ante una luz roja, y se volvió a estudiarle la cara. Estaba pálida. -Eve, mírame.

– Estoy bien. Está todo bien. -Pero le tomó una gran dosis de coraje volver la cabeza, encontrar sus ojos. -Estoy bien.

– Podemos ir al hotel, y dejar esto por ahora. Por siempre, si es lo quieres. Podemos ir derecho al aeropuerto y volver a New York. O podemos ir donde te encontraron. Tú sabes donde es. Está en tu archivo.

– Leiste mi archivo?

– Sí.

Ella empezó a retirar su mano, pero él la aferro con fuerza. -Hiciste otra cosa? Alguna búsqueda? -preguntó.

– No. No lo hice, no, porque tú no querías. Pero puedo hacerlo de la forma y cuando tú quieras.

– No quiero hacerlo de esa forma. No quiero hacerlo. -Su estómago empezó a rebelarse. -La luz cambió.

– A la mierda la luz.

– No, sólo avanza. -Suspiró profundamente cuando las bocinas empezaron a sonar detrás de ellos. -Sólo avanza por un minuto. Necesito tranquilizarme.

Ella se deslizó un poco en el asiento y luchó una guerra feroz contra sus propias lágrimas. -Pensarías mal de mi si te pido que des la vuelta y salgamos de aquí?

– Por supuesto que no.

– Pero yo lo haría. Pensaría que soy poca cosa. Necesito pedirte algo.

– Cualquier cosa.

– No me dejes retroceder. Cualquier cosa que diga después, te digo ahora que necesito verlo. Donde sea que esté. Si no lo hago, me voy a odiar a mi misma. Sé que es mucho pedir, pero no me dejes huir como un conejo.

– Vamos a verlo entonces.

Zigzagueó a través del tráfico, girando en calles que ya no eran tan anchas, ni tan limpias. Ahí las fachadas que iban bordeando, eran grises y con mugre.

Luego todo empezó a volverse pulcro otra vez, suavemente, como si algún industrioso droide doméstico hubiera empezado el trabajo y otro lo terminara puliendo todo el camino por detrás.

Pequeñas y modernas tiendas y comedores, departamentos rehabilitados a nuevo y casas de familia. Eso hablaba, claramente, de la gradual adquisición del área liberada por los jovenes urbanitas de altos ingresos con dinero, energía y tiempo.

– Esto está mal. No era así. -Mirando por la ventana, vió el caos de las viviendas públicas, los vidrios rotos, las alucinantes luces del barrio suburbano del ayer sobrepuestas sobre la animada renovación actual.

Roarke se metió en un estacionamiento, encontró un puesto y apagó el motor. -Creo que es mejor que caminemos un poco.

Sus piernas estaban flojas, pero salió del vehículo. -Yo caminé entonces. No se por cuanto tiempo. Hacía calor también. Calor como este.

– Estás caminando conmigo ahora. -El la tomó de la mano.

– No estaba tan limpio como ésto. -Ella le aferró la mano mientras salían caminando del garage, a la acera. -Estaba oscureciendo. Había gente gritando. Había música. -Ella miró alrededor, mirando desde el presente hacia el pasado. -Un club de strip, yo no sabía exactamente lo que era, pero había música brotando cada vez que alguien abría la puerta. Yo miré hacia adentro y pensé que tal vez podía entrar porque podía oler comida. Tenía mucho hambre. Pero pude oler otra cosa. Sexo y alcohol. El olía como eso. Entonces corrí tan rápido como pude. Alguien gritó detrás de mi.

Su cabeza se sentía ligera, su estómago se revolvió con un afilado y taladrante miedo que venía de su memoria.

– Pequeña. Hey, pequeña. El me llamaba así. Corrí cruzando la calle, a través de los autos. Gente que gritaba, bocinas que sonaban. Creo… creo que me caí, pero seguí adelante.

Roarke la mantuvo tomada de la mano cuando cruzaron.

– No pude correr muy lejos porque mi brazo lastimado me dolía mucho, y estaba mareada. Enferma.

Se sentía enferma ahora. Oleadas aceitosas golpeaban en su estómago y subían a su garganta. -Nadie me prestó atención. Dos hombres. -Ella se detuvo. -Dos hombres aquí. Deben haber estado haciendo un negocio con ilegales y algo salió mal. Empezaron a pelear. Uno cayó y me derribó. Creo que me desmayé por un minuto. Debe haber pasado eso porque cuando me desperté, uno de ellos estaba tirado en la acera junto a mi. Sangrando, gimiendo. Y me alejé arrastrándome. Fuera de eso.

Se detuvo en la boca de un callejón, ordenado como como unn banco de iglesia con un reluciente reciclador.

– No puedo hacer ésto.

El quería levantarla en brazos, y llevársela lejos. A cualquier lugar que no fuera ese. Pero ella se lo había pedido, y él había prometido acompañarla. -Sí, tú puedes.

– No puedo entrar ahí.

– Voy contigo. -El se llevó la mano helada de ella a los labios. -Estoy contigo, Eve. No voy a dejarte.

– Estaba oscuro, y tenía frío. -Se obligó a dar el primer paso dentro del callejón, luego el segundo. -Me dolía todo otra vez, y sólo quería dormir. Pero el olor. El horrible olor de la basura. El reciclador estaba roto, y había basura por todo el callejón. Alguien vino, y yo me escondí. Si él venía detrás de mi, si me encontraba, me iba a llevar de regreso a la habitación y hacerme todas esas cosas horribles. Me escondí en la oscuridad, pero no era él. Era algún otro, y él orinó contra el muro, y luego se fue.

Ella se tambaleó un poco, sin sentir que la mano de Roarke la sostenía. -Estoy tan cansada. Tan cansada, tan hambrienta. Tengo que salir de aquí, encontrar otro lugar donde esconderme. Uno que no huela tan mal, que no esté tan oscuro. Es horrible la oscuridad aquí. No sé lo que hay en la oscuridad.

– Eve. -A él le preocupó que ella hablara como si todo eso estuviera sucediendo en ese momento, que su voz sonara fina y temblorosa como si estuviera dolorida. -No estás lastimada ahora, o sola, ni eres una niña. -La tomó de los hombros, sacudiéndola con firmeza. -Puedes recordar sin tener que revivirlo.

– Sí, de acuerdo. -Pero tenía miedo. En su estómago había una marea de miedo. Se concentró en el rostro de él, en el límpido y claro azul de sus ojos hasta que se sintió firme otra vez. -Tenía miedo de estar en la oscuridad, miedo de lo que podía salir de ahí. -Miró hacia atrás adonde había estado acurrucada. -De todas formas no podía levantarme porque estaba mareada otra vez. Luego no recuerdo otra cosa hasta que hubo luz.

Señaló el lugar con una mano temblorosa. -Aquí. Yo estaba aquí. Lo recuerdo. Había gente a mi alrededor cuando me desperté. Uniformes azules. Policía. Si hablas con la policía te van a poner en un agujero con serpientes y bichos que te comerán. Roarke.

– Tranquila. Estoy aquí. Quédate conmigo.

Se volvió hacia él. Se aferró a él. -No quería irme con ellos. No quería moverme nunca más. No podía recordar lo que era o quien. Empezaron a hacer preguntas, pero yo no sabía las respuestas. Me llevaron al hospital. Había un olor diferente ahí, como espeluznante. Y yo no quería estar ahí. Ellos no podían dejarme ir. Pero no me pusieron en un agujero con serpientes. Eso era mentira. Y aún cuando no pude decirles quien era yo, no trataron de lastimarme.

– No. -El le acarició el pelo mientras pensaba como había encontrado ella el coraje para conseguirse una placa y hacerse una vida. -Querían ayudarte.

Ella soltó un tembloroso suspiro y descansó la cabeza sobre el hombro de él. -No podía decirles lo que no conocía. No se los hubiera dicho si lo hubiera recordado. Ellos podían hacerme regresar a esa habitación, y hubiera sido peor que cualquier hoyo. Habia hecho algo terrible en esa habitación. No podía recordarlo, pero era malo, y no podía regresar. No podía respirar ahí.

El le deslizó un brazo por la cintura y la llevó fuera del callejón. Ya fuera ella se dobló por la cintura, y apoyándose con las manos en los muslos, respiró ansiosamente.

– Mejor ahora?

Ella asintió. -Sí. Estoy bien. Necesito un minuto. Lamento…

– No te disculpes conmigo. -Su voz chasqueó, azotada por la furia antes que pudiera contenerla. -No lo hagas. Tómate tu tiempo.

– La habitación era en un hotel. -dijo- Viejo. Barras antidisturbios en las ventanas bajas, en el medio de la cuadra. Cruzando enfrente había un sex club. Sexo en vivo. Luces rojas. -Su estómago se revolvió, amenazando el vómito, pero lo contuvo. -La habitación estaba arriba. El siempre tomaba una habitación alta para que no pudiera escaparme por la ventana. Noveno piso. Conté las ventanas a través de la calle. Había un cartel luminoso en el frente, con letras que corrían. Algún nombre extranjero, porque no podía leerlo. Podía leer algo, pero no lo entendía. C, A… C,A,S,A Casa, Casa Diablo.

Lanzó una risa, enderezándose. Su rostro estaba húmedo, blanco como el marfil, pero firme. -La casa del diablo. Eso es lo significa, no? No es jodidamente perfecto? Puedes encontrarlo?

– Si es lo quieres, sí. Lo encontraré.

– Ahora. Antes que pierda el control.

Regresaron al vehículo. El quería alejarla del callejón, darle tiempo para reunir sus fuerzas. Cuando ella se sentó, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, él tomó su PPC y empezó la búsqueda.

– Ya tienes demasiado para un día, Eve.

– Quiero terminar con ésto.

El año anterior él finalmente había regresado al callejón donde su padre a alguien mejór que él, alguien lo bastante rápido para meterle un cuchilo en su garganta. Y recordaba la furia, el dolor, y la liberación final que había experimentado parado ahí como un hombre, mirando atrás y sabiendo que había terminado.

– Aquí está. -Le dijo, y vió como ella se encogía. -El nombre cambió, pero sigue siendo un hotel. Se llama The Travelers Inn ahora, y tiene tres estrellas. Está a unas jodidas tres millas de aquí.

Cuando ella abrió los ojos y lo miró, él sacudió la cabeza. -Estoy contigo, pero por Cristo Eve, es aterrador saber que hiciste todo ese camino, lastimada, hambrienta y perdida.

– Es por eso que fuiste solo cuando regresaste adonde vivías en Dublín? Porque no querías compartir ese sufrimiento conmigo?

El guardó la PPC en su bolsillo. -Dame un poco de espacio, quieres, para tratar de mantenerte a salvo hasta que yo pueda asumirlo.

– Estás buscando excusas. -Ella se pasó el dorso de la mano sobre su rostro húmedo, sin saber si era por el sudor y las lágrimas. -El acento irlandés se hace más marcado cuando le buscas la vuelta.

– No es cierto.

– Me siento mejor porque estás tratando de distraerme. Imagínate. -Ella se inclinó para tocarle la mejilla con los labios. -Gracias.

– Feliz de ayudar. Lista entonces?

– Si.

Nada parecía particularmente familiar. Pensó que habrían llegado de noche. Tal vez. En un omnibus. Tal vez en un omnibus.

Cual demonios era el problema?

La ciudad misma no había sido una gran revelación para ella. No había tenido una repentina epifanía con todas las preguntas respondidas. No sabía si quería todas las preguntas respondidas, sólo que necesitaba hacer una cosa.

Quería hacerla, se corrigió. Pero a pesar del control climático que mantenía el interior del vehículo confortablemente fresco, una línea de sudor le corrió por la espalda.

Roarke estacionó en el bordillo, levantando una mano para contener al portero uniformado que se afanó hacia ellos. -Tómate tu tiempo, -le dijo a Eve. -Todo el tiempo que necesites.

El edificio era un sencillo bloque con piso de baldosas onduladas. Estaba pintado con un agradable estuco rosa, y además del cartel chillón, había un sombrío portico y un par de grandes tinas de concreto repletas con un arcoiris de flores.

– Estás seguro que es el correcto? -Sintió la mano de él gentilmente sobre las suyas. -Si, claro que estás seguro. No se parecía a esto.

– Fue rehabilitado en los pasados cuarenta. Por la pinta de esto, diría que la mayoría del área tuvo el mismo tratamiento.

– No debe ser el mismo por dentro tampoco. Probablemente es una pérdida de tiempo, y yo debería hablar con los locales sobre Dunne.

El no dijo nada, sólo salió y la esperó.

– Estoy tan asustada. Tan jodidamente asustada. No tengo una gota de saliva en la boca. Si este es el trabajo voy a hacerlo. Sólo debo atravesar la puerta.

– Voy a atravesar esa puerta contigo. -El le besó la mano de nuevo, porque necesitaba hacerlo. -Hemos cruzado otras. Podemos atravesar ésta.

– Ok. -Ella suspiró. -Ok. -Y salió del auto.

Ella no supo lo que Roarke le dijo al portero, o cuanto dinero cambió de mano, pero el vehículo permaneció estacionado donde estaba.

Eso que estaba rodando en su cabeza era miedo, adrenalina y pánico. Permanecía ahí, enturbiando sus oídos al punto que se sentía como caminando a través de agua cuando entraron en el vestíbulo.

Los pisos eran un mar de azules, y se agregaron a la sensación de estar pasando a través de algún líquido. Había dispuestas agradables áreas con sillones, y elevadores con puertas plateadas a un costado, un largo mostrador para registrarse en el otro donde dos jóvenes oficinistas de rostro brillante trabajaban.

Había claveles blancos en los ojales de sus elegantes chaquetas rojas, y un generoso bol con caramelos en el mostrador.

– El tiene ojos graciosos. -Ella miró hacia la pulcra área de recepción y recordó el mugriento agujero de ratas donde trabajaba un simple droide. -Uno vagaría por todos lados y el otro te va mirar fijamente a ti. El olía como a quemado. El jodido droide fundió algunos circuitos. Fue lo que él dijo. Tú quédate aquí, pequeña. Quédate aquí con los bolsos y mantén tu boca cerrada si sabes lo que es bueno para ti. Y fue hacia el mostrador para pedir una habitación.

– Que habitación?

– Nueve-uno-uno.Emergencia. Mejor no llamar al 911 o él te va matar a golpes. Oh, Dios.

– Mírame. Eve, mírame.

Lo hizo, y vió demasiado en su rostro. Preocupación, furia y signos de dolor. -Puedo hacerlo. Puedo con esto. -Dio un paso hacia la recepción, con la mano de él tomando las suyas.

– Buenas tardes. -La recepcionista derramaba bienvenida sobre ellos. -Quieren registrarse aquí?

– Necesitamos la habitación 911. -le dijo Roarke.

– Y usted tiene reservación?

– Nueve-uno-uno. -repitió Roarke-.

La sonrisa de ella vaciló un poco, pero empezó a trabajar con su pantalla. -Esa habitación está reservada para húespedes que van a llegar esta noche. Si usted prefiere otra habitación con kitchinette, tal vez…

El sintió que Eve se echaba atrás, y supo que iba por su placa. Le dio un apretón de advertencia en la mano. -Es la 911 la que necesitamos. -El ya la había medido. A algunos los sobornas, algunos los intimidas, algunos los halagas. Y a otros simplemente los arrollas. -Mi nombre es Roarke, y mi esposa y yo necesitamos esa habitación en particular por un rato. Si tiene algún problema con eso, puede hablar con su supervisor.

– Sólo un momento, señor. -Su rostro no era tan amistoso ahora, y la voz se había enfriado hasta el tono de “usted es problemático”. Se deslizó a través de una puerta detrás del mostrador. Le tomó sólo veinte segundos antes de que un hombre entrara corriendo delante de ella.

– Me disculpo por la espera, Sr. Roarke. Me temo que mi empleada no entendió. No estamos esperando…

– Necesitamos la habitación. Habitación 911. Supongo que usted entiende?

– Por supuesto, por supuesto. -El golpeó con dedos nerviosos sobre la pantalla. -Cualquier cosa que podamos hacer por usted. Bienvenidos al Travelers Inn. Angelina, déle al Sr. Roarke una llave y paquete de invitados. Tenemos dos restaurantes, -continuó él. -Marc’s para una buena cena y El Corral para lo informal. Tal vez puedo hacer una reservación para usted?

"That won't be necessary."

– No es necesario.

– El Sunset Lounge está abierto desde las once hasta las dos de la tarde, y nuestra tienda de regalos tiene una línea de souvenirs, bocadillos y variedades. -Las palabras temblaban en sus labios y se veía ligeramente aterrorizado. -Puedo preguntar cuanto tiempo usted y su esposa planean quedarse con nosotros?

– No mucho. -Roarke le extendió una tarjeta de débito.

– Ah, si, gracias. Voy a escanearla. Estaremos felices de asistirlo en sus planes y necesidades mientras está en Dallas. Transporte, turismo, teatro.

– Sólo la habitación.

– Por supuesto. Sí, ciertamente. -El regresó la tarjeta, y les ofreció la llave codificada y el paquete para invitados. -Necesita asistencia con su equipaje?

– No. Vea que no nos molesten, si?

– Por supuesto. Si. Si necesita algo, lo que sea… -hablaba detrás de ellos cuando fueron hacia los elevadores.

– Está pensando si vinimos aquí por un poco de sexo rápido. -dijo Eve. -No vas comprar este lugar, no?

– No lo haré, no, pero él ciertamente está pensando si voy a hacerlo.

El elevador se abrió y los engulló, pensó Eve, como una boca grande y codiciosa. -Podía haber usado mi placa, mantener tu nombre fuera de esto.

– Fue bastante sencillo.

– Supongo. De todas formas, me sacó las cosas de la mente, observarte trabajar. Otros diez segundos contigo, y él hubiera balbuceado.

Las puertas del elevador se abrieron otra vez. Ella se quedó parada, viendo el tranquilo corredor.

– Estaba oscuro. -dijo. -Creo que estaba oscuro, y eso lo enojó. Pero hubo muchos lugares, no estoy segura de no estar mezclandolo con algún otro. Estuve fuera de la habitación dos veces, una de ella cuando llegamos. La otra cuando me fui. Estoy segura de eso. Era casi siempre de esa forma.

– El no puede encerrarte más.

– No. -Ella envaró su columna y caminó por el hall. -Olía como medias húmedas. Eso es lo que recuerdo. Como medias húmedas y sucias, y yo estaba cansada. Hambrienta. Esperaba que él se fuera, que trajera algo para comer. Pero más que todo, esperaba que se fuera. Es por ahí. -Señaló hacia la izquierda.

Era hacia la izquierda, y cinco habitaciones más allá.

– Estoy estúpidamente asustada. No me dejes correr.

" -No vas correr. Eve. -Le tomó la cara y tocó con su boca la de ella. -Siempre fuiste más fuerte que él. Siempre.

– Vamos a ver si tienes razón. Abre.

Sólo cruza la puerta, se dijo, es algo que puedes hacer.

Cuantas veces había hecho eso, sabiendo que la muerte aguardaba del otro lado esperando atraparla? Aquí no había nadie del otro lado de la puerta salvo fantasmas.

El rugido en su cabeza era casi un alarido cuando dio un paso adentro.

Estaba pulcro, limpio, agradablemente dispuesto. Discos de visión estaban acomodados artísticamente en una mesa baja junto a un arreglo de flores falsas. El piso estaba alfombrado de beige pálido.

Había sangre en el piso debajo de ello? Pensó. Estaba su sangre todavía ahí?

La cama estaba cubierta con una explosión de lo que ella pensó que podrían ser amapolas. Un área de trabajo había sido instalada en un rincón y disponía de un pequeño y práctico centro de comunicaciones. La cocinita estaba separada del área de dormir con un mostrador para comer. Había un bol con un surtido de frutas.

A través de la ventana pudo ver otro edificio, pero no había cartel, ni luces destellantes, ni el sucio reflejo rojo.

– Parece que redecoraron. -El pobre intento de humor hizo eco detrás de ella. -Nunca nos quedamos en sitios tan bonitos como éste que yo recuerde. Nada tan limpio y, bueno, cuidado, supongo, como está ahora. A veces había dos habitaciones, entonces yo tenía mi propia cama. Pero a veces dormía en el piso. Yo dormía en el piso.

Su mirada volvió hacia atrás. Podía verse a si misma ahí, si hubiera querido, verse acurrucada en el piso debajo de una delgada manta.

– Hace frío. El control del clima se rompió. Está tan frío que me duelen los huesos. No hay agua caliente y yo odio lavarme en el frío. Pero tengo que sacarme su olor de encima. Es peor que tener frío, tener que sentir su olor en mí después que él…

Se abrazó con fuerza, temblando.

El observaba lo que pasaba dentro de ella, y eso lo rompía en pedazos. Se abría paso a través de su corazón como una lanza, y podía sentir la sangre derramándose por ella.

Los ojos de ella se agrandaron y nublaron, y su rostro se puso más pálido. Casi transparente.

– Yo dormía ahí. Trataba de dormir. Había luz a través de la ventana, prendiendo y apagando. Rojo y luego negro, rojo y negro, pero el rojo permanecía como una niebla. El salió por mucho tiempo. Lugares adonde ir, gente que ver. Quedate quieta como un ratón, pequeña, o las serpientes te atraparán. A veces te tragan entera, pueden hacerlo, y quedas viva dentro de ella. Gritando.

– Dios santo. -El casi escupió el juramento, apretando los puños en los bolsillos porque ahí no había nadie para pelear, para castigar, por aterrorizar a la niña qua ahora era su esposa.

– Si alguien venía, yo tenía que quedarme en el baño. Los niños no tienen que ver ni escuchar. Cuando él traía mujeres, les hacía lo que me hacía a mí. Yo estaba a salvo cuando él se lo hacía a ellas, y ellas no gritaban o le rogaban que pararan cuando empezaba a metérselas. Pero yo no quería escucharlo.

Ella se cubrió los oídos con las manos. -El no las tenía por mucho tiempo. Entonces yo no estaba a salvo. A veces se emborrachaba, se emborrachaba bastante. Pero no siempre. Cuando no lo hacía, me lastimaba. Me lastimaba.

Inconsciente presionó una mano entre sus piernas y se meció. -Si yo no podía quedarme quieta, si gritaba, o lloraba, o rogaba, él me lastimaba más. Esto es lo que se supone que tienes que hacer. Mejor que aprendas, pequeña. Muy pronto vas a tener que ganarte tu sustento. Recuerda lo que te digo.

Ella miró a Roarke, miró a través de él, luego dio un vacilante paso hacia delante. No veía las amapolas, las bonitas flores, la pálida y limpia alfombra.

– Tengo tanto frío. Tanto hambre. Tal vez el no regrese. Pero siempre regresa. Algo malo podría sucederle entonces no volvería. Entonces podría calentarme. Tengo tanta hambre.

Avanzó hacia la cocinita. -Se supone que no debo tocar nada. Se supone que no debo comer hasta que él lo diga. Se olvidó de darme de comer otra vez. Hay queso. Está verde, pero si se lo cortas, sirve. Tal vez no se de cuenta si tomo sólo un poco. Me va golpear si me encuentra aquí, pero me va a golpear de todas formas, y estoy tan hambrienta. Me olvidé que se suponía que no debía comer porque quiero más. Quiero más. Oh Dios, él viene.

La mano que ella había cerrado en un puño se abrió. Escuchó el cuchillo golpear el piso.

Que estás haciendo, pequeña?

– Tengo que pensar rápido, buscar excusas, pero eso no me va a ayudar. El sabe, y no está muy borracho. Me pega en la cara. Siento el gusto de la sangre, pero no lloro. Tal vez se detenga. Pero no lo hace, y ahora son sus puños. Me derriba. -Ella se desplomó sobre las rodillas. -Y no puedo parar de suplicarle. Para, por favor, no lo hagas. Por favor, por favor, me duele. Me va a matar si me defiendo, pero no puedo evitarlo. Duele! Y yo lo herí a él.

Ella se miró la mano, recordando haber usado sus uñas para clavárselas en el rostro, como él aulló. Pudo escucharlo.

– Mi brazo! -Se lo aferró. Escuchó, sintió el seco chasquido del hueso joven, y el espantoso y cegador dolor. -El empujaba dentro de mí, empujaba, jadeando en mi cara. Aliento a caramelo. Menta. -Lo imaginó brevemente. -Menta sobre whisky. Horrible, horrible en mi cara. Veo su cara. Lo llamaban Rick, o Richie, y su cara sangró cuando lo arañé. Podía sangrar también. Podía ser lastimado también.

Estaba llorando ahora, y las lágrimas corrían por su rostro. Observándola, sabiendo que no tenía más elección que verla vivir la pesadilla, Roarke sintió que se rompìa por dentro.

– Tengo el cuchillo en mi mano. Mi mano cerrada sobre el cuchillo que levanté del piso. Y el cuchillo está dentro de él. Lo empujo dentro de él, y suena como un pop. Y ahora él grita, y se detiene. El cuchillo lo detiene, entonces lo empujo otra vez. Otra vez. Otra vez. El se retuerce, pero no puedo parar. El se detuvo, pero yo no. No puedo parar. El me mira y no puedo parar. Sangre, toda esa sangre sobre él. Y sobre mi. Su sangre está sobre mí.

– Eve. -Estaba sobre manos y rodillas, jadeando como un animal. Roarke se agachó frente a ella, tomándola de los brazos. Ella se revolvió, pero él la aferró con fuerza. Y sus manos temblaron. -Quédate aquí. Quédate conmigo. Mírame.

Ella se sacudió violentamente, luchando por respirar. -Estoy bien. Puedo olerlo. -Se quebró, y se derrumbó en sus brazos. -Oh Dios, puedes sentir el olor?

– Nos vamos. Te voy a sacar de aquí.

– No. Sólo quédate conmigo. Quédate. Recuerdo que me gustó. No como ser humano. Como si el animal que vive dentro de nosotros hubiera salido. Luego me alejé arrastrándome, hasta ahí.

Tiritó cuando miró hacia el rincón, pero se obligó a mirar, a verse a si misma, a lo que había sido. -Me quedé mirándolo mucho tiempo, esperando que se levantara y me hiciera disculparme. Pero no lo hizo. Cuando hubo luz, me levanté y me lavé su sangre con agua fría. Y empaqué un bolso. Te imaginas pensando en eso? Me dolía el brazo, y donde él me había violado otra vez, pero estaba enterrado bajo el skock. Tuve el ingenio de no usar el elevador. Usé las escaleras. Bajé las escaleras y salí. No recuerdo mucho de eso, excepto que había luz brillante afuera y me enceguecío. Perdí el bolso en algún lado y caminé. Y caminé.

Se echó hacia atrás. -El nunca me llamaba por mi nombre. Porque no lo tenía. Ahora recuerdo eso. Ellos no me dieron un nombre porque yo no era una niña para ellos. Era una cosa. No puedo recordarla a ella, pero lo recuerdo a él. Recuerdo lo que me dijo la primera vez que me tocó. Lo que me dijo que recordara. Que él me mantenía, y cuando yo aprendiera, así me iba a ganar mi sustento. Me iba a prostituir. Nada como una mascota joven, dijo, así que mejor que aprendiera a aceptarlo sin gimotear ni llorar. Tenía una jodida inversión en mi, y yo iba a pagarla. Ibamos a empezar aquí. Aquí en Dallas, porque yo tenía ocho años y era lo bastante grande para empezar a ganarme la vida.

– Eso terminó aquí. -El le limpió las lágrimas de las mejillas. -Y lo que empezó, querida Eve, eres tú.

CAPITULO 14

El ignoró su requerimiento de ir derecho a la central de policía y condujo al hotel, uno de los suyos, donde la suite del propietario estaba preparada para ellos.

El hecho de que ella estaviera tan cansada para discutir le dijo que él tenía razón, otra vez. Necesitaba tiempo para encontrarse consigo misma-.

Ella pasó a través del enorme vestíbulo hacia el igualmente suntuoso dormitorio principal y dejó a Roarke tratando con el encargado. Ya se había desnudado cuando él entró.

– Necesito una ducha. Necesito… Necesito sentirme limpia.

– Vas a necesitar algo de comida cuando salgas. Que prefieres?

– Puedes esperar para eso? -Estaba repentina y deseperadamente necesitada de chorros de agua caliente, de oleadas de limpio y fragante jabón.

– Voy a estar en la otra habitación entonces.

La dejó sola más por él que por ella. La rabia que había mantenido encadenada estaba amenazando con estallar. Quería usar sus puños en algo. Golpear con ellos hasta que sus brazos aullaran por descanso.

Ella se duchaba, pensó, con agua brutalmente caliente, porque había sido forzada a lavarse con agua fría. El no quería que tuviera frío nunca más, que temblara como había temblado en esa habitación donde los fantasmas, la ferocidad de ellos, había sido tan tangible que los había sentido él mismo.

Observándola revivir esa noche, como ella lo hacía a menudo en sus sueños, lo había partido en dos. Lo había dejado desvalido, indefenso, y con una violencia nacida de la furia que tenía que ventilar ahí mismo.

Haberla engendrado y criado, golpeado y violado, todo por venderla para otra humillación. Que dios hacía criaturas como esas y las dejaba hacer presa de un inocente?

Bullendo de rabia, se deshizo de su camisa y entró en la pequeña área de ejercicios. Puso la bolsa de entrenamiento en su lugar. Y la atacó con los puños.

Con cada golpe su enfado crecía, diseminándose a través de él como un cáncer. La bolsa era una cara que él no conocía. El padre de ella. Luego su propio padre. El la atacó con una furia concentrada que florecía en odio. Golpeó y golpeó, hasta que la niebla negra de ese odio le estrechó la visión. Golpeó y golpeó, hasta que sus nudillos quedaron en carne viva y manaron sangre.

Y aún así no pudo matarlo.

Cuando la correa que soportaba la bolsa se cortó, y ésta se estampó contra la pared, él miró alrededor por algo más para martillear.

Y la vió parada en la puerta.

Estaba envuelta en una de las batas blancas del hotel. Sus mejillas habían recuperado algo de color.

– Debería haber pensado como te iba a hacer sentir esto. Y no lo hice. -El torso de él brillaba por el sudor. Sus manos sangraban. Cuando la vió, su corazón se estremeció.

– No se que puedo hacer por ti. -La voz era densa por la emoción, con el acento que tomaba cuando sus defensas estaban comprometidas. -No sé que decirte.

Cuando ella dió un paso hacia él, Roarke negó con la cabeza y retrocedió. -No, no puedo tocarte ahora. No soy yo mismo. Puedo romperte por la mitad. Puedo hacerlo. -Su voz chasqueó cuando ella dió el siguiente paso.

Se detuvo. Porque entendía que no era sólo ella lo que podía ser roto. -Esto te dolió a ti tanto como a mi. Lo olvidé.

– Quiero matarlo, y él ya está muerto. -Flexionó sus nudillos lastimados. -Así que no puedo hacer nada. Quiero pegarle con mis puños en el rostro, quisiera haberle sacado el corazón del pecho antes de que pusiera tus manos sobre ti. Daría todo lo que tengo por hacerlo. En cambio, no puedo hacer nada.

– Roarke…

– Mi padre estuvo ahí. -Levantó la cabeza, encontró los ojos de ella. -Tal vez en esa misma habitación. Ahora sabemos eso. No sé si sus variados y obscenos apetitos incluían a las niñas, pero si la sincronización hubiera sido un poco diferente, podrías haber sido vendida a él. -El asintió, leyendo su rostro. -Veo que también se te había ocurrido a ti.

– Eso no sucedió. Ya pasamos bastante para que encima agreguemos eso. Y no digas que no haces nada. La mayor parte de mi vida mantuve todo esto enterrado, en la oscuridad. Recordé más en el pasado año que en todos los años anteriores. Porque tú estabas ahí, yo pude enfrentarlo. No sé si es todo lo que recordaré. No sé si es todo lo que quiero recordar. Y después de hoy, sé que nunca va a volver a ser de esta forma. Lo siento aquí.

Apretó una mano entre sus pechos. -Lo siento aquí, dentro de mi, se rompió a pedazos. Pero pude hacerlo porque estabas ahí. Porque sabes lo que se siente. Eres el único que realmente lo sabe. Y porque amas lo suficiente para sentirlo. Cuando tú me miras, y yo lo veo, puedo hacer cualquier cosa.

Dió el último paso hacia él, le deslizó los brazos alrededor, lo atrajo hacia ella. -Ven conmigo.

El hundió el rostro en su cabello. Sus brazos la envolvieron, uniéndolos con fuerza mientras la furia drenaba fuera de él. -Eve.

– Sólo ven conmigo. -Le acarició la mejilla con los labios, encontró su boca. Se vertió entera en él.

Todo dentro de él se abrió para ella, se abrió hacia ella y eso le llenó los rincones oscuros. La violencia que vivía con ellos se encogió y retrocedió.

Boca contra boca, él la levantó, acunándola por un momento. Como ti tuviera algo precioso. Algo raro. La cargó dentro del dormitorio donde el fuerte sol relucía a través de los cristales.

Ellos podían amarse en la luz. La depositó sobre el amplio lecho, centrándola en el blando tejido. Quería darle suavidad, comodidad, y la belleza de la que habían carecido una vez. Necesitaba darle la belleza de lo que ese acto significaba, una belleza tan fuerte que pudiera sofocar la fealdad en lo que algunos lo convertían.

Las manos que había golpeado con rabia hasta sangrar eran gentiles cuando la tocaron.

Fue ella la que tiró de él, atrayéndolo. La que suspiró cuando él suspiró. Podían reconfortarse el uno al otro ahora.

Los labios de ella encontraron los de él, entregándose. La suavidad, la dulzura de la cópula. Le recorrió la espalda con las manos, a lo largo del duro borde de los músculos cuando su cuerpo se acomodó sobre ella.

Ella amaba el peso de él, las líneas y planos, el olor y el sabor de él. Cuando los labios de él vagaron por su garganta, volvió la cabeza para darles más.

Había mucha ternura, besos exhuberantes, suaves y deslizantes caricias. Y calidez, brillando sobre la piel, y luego debajo de ella hasta que los huesos se disolvieron.

El abrió la bata, haciendo un camino de perezosos besos sobre su carne. Poniéndose sobre ella, trazó con los dedos las sutiles curvas, insistiendo cuando ella suspiraba o temblaba. Y observando con placer como el color florecía en el rostro de ella.

– Querida Eve. -Los labios encontraron los de ella otra vez, frotándolos gentilmente. -Tan hermosa.

– Yo no soy hermosa.

Lo sintió sonreir contra su boca. -Este no es el momento de discutir con un hombre. -Cerró una mano sobre su pecho, echandose atrás para mirarla. -Pequeño y firme. -Movió el pulgar sobre el pezón, oyéndola contener el aliento. -Esos ojos tuyos, como oro viejo. Es fascinante como ven todo lo que soy cuando te miro.

Bajó la cabeza para mordisquearle la boca. -Labios suaves. Irresistible. Mandíbula terca, siempre lista para recibir un golpe. -Deslizó la lengua sobre la hendidura superficial. -Amo este lugar de aquí, y este -susurró, bajando con sus labios hacia la mandíbula.

– Mi Eve, tan alta y delgada. -hizo correr su mano bajando por el cuerpo de ella. Y cuando la cubrió, estaba ya caliente y húmeda. -Vamos, querida. Déjate ir.

Ella lo hizo, impotente, con el tranquilo gemido que era para ambos placer y rendición.

El la hacía sentir hermosa. La hacía sentir limpia. La hacía sentir completa. Se estiró para alcanzarlo, rodando con él en una suerte de danza sin ardor y sin prisa. El sol salpicaba sobre ellos mientras el aire se volvía denso con suspiros y susurros. Ella tocaba, saboreaba y daba como el lo hacía. Se perdió cuando él lo hizo.

Cuando se elevó hacia él, cuando él se deslizó dentro de ella, su visión se borroneó con lágrimas.

– No lo hagas. -Presionó su mejilla contra ella. -Ah, no.

– No. -Ella enmarcó su rostro, dejando salir las lágrimas. -Está bien. Es tan perfecto. Puedes verlo? -Se elevó hacia él otra vez. -Puedes sentirlo? -Sonrió mientras las lágrimas brillaban en sus mejillas. -Tú me haces hermosa.

Mantuvo el rostro de él en sus manos mientras se movían juntos, en un sedoso deslizamiento. Cuando lo sintió estremecerse, y vió que sus ojos se volvían color de medianoche, supo que él se había entregado.

Después, permanecieron en silencio, envueltos el uno en el otro. El esperaba que ella aflojara su abrazo para apartarse, pensando que se dormiría. Cuando no lo hizo, depositó un beso sobre su cabello.

– Si no quiere dormir, debes comer.

– No estoy cansada. Necesito terminar el trabajo aquí.

– Después que hayas comido.

Ella podría haber discutido, pero recordó como lo había visto, embistiendo con los puños la bolsa de entrenamiento. -Algo rápido y sencillo entonces. -Le tomó las manos, examinando los nudillos. -Bonito trabajo. Vas a tener que curártelos.

– Hacía un tiempo que no golpeaba tanto. -Flexionó los dedos. -Sólo unos arañazos. Nada roto.

– Deberías haber sido más listo y ponerte guantes.

– Pero pienso que no hubiera sido catártico.

– Nop, no hay nada como golpear algo hasta hacerlo pulpa con tus manos desnudas para la relajación. -Se volvió, enfrentándolo. -Nosotros venimos de gente violenta. Lo llevamos dentro. La diferencia es que no lo dejamos suelto cada vez que sentimos eso, con cualquiera que esté a mano. Hay algo que nos detiene, y eso nos hace decentes.

– Algunos de nosotros son más decentes que otros.

– Respóndeme ésto. Alguna vez has golpeado a un niño?

– Por supuesto que no. Cristo.

– Alguna vez has golpeado o violado a una mujer?

El se sentó, por lo que ella se vió forzada a envolverle le cintura con las piernas. -Estuve pensando en darte un golpe rápido alguna que otra vez. -El cerró su puño, y la tocó gentilmente con sus nudillos lastimados en la barbilla. -Entiendo lo que quieres decir, y tienes razón. Nosotros no somos como ellos. Lo que sea que hayan hecho con nosotros, no pudieron lograr hacernos como ellos.

– Nos hicimos nosotros mismos. Ahora, supongo, nos hacemos el uno al otro.

– El le sonrió. -Eso estuvo bien dicho.

– No me pusieron un nombre. -Soltó un suave suspiro. -Cuando lo recordé, allá atrás, me dolió. Me hizo sentir pequeña e indefensa. Pero ahora me alegra que no lo hicieran. No me pusieron su marca. Y, Roarke, ahora mismo me alegro de haber venido aquí. Me alegro de haber hecho esto. Pero lo que quiero hacer ahora es darle le información a los locales e irme. No quiero quedarme aquí más de lo que deba. Quiero irme a casa esta noche.

El se inclinó hacia ella. -Entonces vamos a casa.

Regresaron a New York lo suficientemente temprano para que ella pudiera decir que necesitaba ir a la Central y hacer que sonara plausible. No pensó que Roarke lo compraría, pero él lo dejó pasar.

Tal vez el comprendía que ella necesitaba el espacio, necesitaba el trabajo. Necesitaba la atmósfera que le recordara quien y que era en el fondo.

Esquivó el cubo de Peabody, se deslizó silenciosamente en su oficina y cerró la puerta. Puso el cerrojo, lo que raramente hacía.

Se sentó en su escritorio y se sintió absurdamente reconfortada por la forma en que el gastado asiento se acomodaba a la forma de su trasero. Un tributo, pensó, a todas las horas que pasaba sentada ahí, haciendo el trabajo, el seguimiento, el papeleo, las transmisiones, los formularios de datos que eran parte del trabajo.

Ese era su lugar.

Se levantó y fue hasta la ventana. Sabía lo que vería, que calles, cuales edificios, incluso el usual atasco de tráfico que formaba parte de ese momento del día.

La parte de ella que todavía temblaba, la parte de ella en la que cada onza quería ir a esconderse junto a Roarke, se calmó un poco más.

Ella estaba donde quería estar, haciendo lo que quería hacer.

Todo lo que había pasado antes, todos los horrores, los miedos, todo eso no la había dirigido hacia aquí? Quien podía decir si ella estaría aquí sin ellos. Tal vez, de algún modo, estaba más dispuesta a vivir por las víctimas porque había sido una.

Si bien eso había funcionado, ella tenía trabajo que hacer. Se volvió, regresó a su escritorio, y trabajó.

Pidió y obtuvo un rápido encuentro con Mira. Saliendo tan silenciosamente como había llegado, fue a la oficina de Mira.

– Pensé que te habías ido por hoy.

Mira hizo gestos hacia uno de sus cómodos sillones inclinados. -Casi. Un té?

– Realmente, esto no va me va a tomar mucho. -Pero Mira ya estaba programando el AutoChef. Eve se resignó a beber el líquido con gusto a flores con el que Mira estaba tan encariñada.

– Tú prefieres café. -dijo Mira por sobre el hombre, -Pero me consientes, lo que yo aprecio. Siempre puedes surtirte de cafeína después.

– Como haces… Estaba pensando como te mantienes andando con esta cosa de hierbas?

– Todo es cuestión de que tu sistema se acostumbre, no? Encuentro que esto me calma la mente, y cuando mi mente está en calma, tengo más energía. O imagino que la tengo, lo cual es casi la misma cosa. -Regresó, ofreciendo a Eve una de las delicadas tazas.

– Enn otras palabras, te mientes a ti misma pensando que estás cargada, cuando no lo estás.

– Es una forma de verlo.

– Una forma interesante. De todas formas, tengo más datos de Julianna Dunne, y quiero dejártelos ahora. No creo que tengamos mucho tiempo antes de que se mueva otra vez. Entrevisté a su padrastro…

– Estuviste en Dallas?

– Acabo de regresar hace una hora. Quiero hacer esto ahora. -dijo Eve tan firmemente que hizo que Mira arqueara las cejas. -Okay?

– De acuerdo.

Relató el contenido de la entrevista, citando solo los hechos dados, trasladándose luego a su discusión con Chuck Springer.

– El primer hombre con el que estuvo sexualmente, era alguien de su misma edad. -comentó Mira- y de clase trabajadora. Y él fue el primero que la rechazó. El último, de acuerdo a lo que sabemos, con el que se permitió dejarse llevar por la lujuria. Ella no olvidará eso.

– Todavía no tuvo objetivos del tipo de Springer. Buscó después tipos como su padrastro.

– Porque estaba segura de poder controlarlos. Ellos le dieron confianza y sus cuentas de banco. Pero está castigando a Springer cada vez que está con otro hombre. Mira esto, mira lo que puedo tener. No te necesito. A lo largo del camino, Springer llegó a ser menos una afrenta personal y más un símbolo. Los hombres son inútiles, mentirosos, charlatanes, débiles y manejables con el sexo.

– Y no sería irritante para ella saber que en el fondo, es la que se maneja con eso.

Mira levantó las cejas, asintiendo en aprobación. -Sí, exactamente. Tú la comprendes muy bien. Springer dijo que habían tenido sexo después que rompiera con ella, después que lo atacara físicamente. Eso solo le muestró que el sexo era la llave, y en su mente, el hombre es una caída fatal. Dejó de enfurecerse, y volvió al negocio usando esa debilidad para su propia satisfacción.

– Eso me cierra. Pero no puedo imaginarme quien va a ser el próximo. Corrí probabilidades con Parker, con Springer y con Roarke. Parker y Springer están cabeza a cabeza, con Roarke más del veinte por ciento detrás de ellos. Confío en tu opinión más que en las computadoras.

– No debe ser Springer. Todavía no. Tal vez juegue con él un poco más, pero pienso que lo va a reservar. Como un gato juega con el ratón antes de matarlo. Su padrastro? Es posible, pero creo que va a esperar por él también. Fue su primera victoria real, un especie de herramienta de práctica. Lo va a reservar a él también.

Mira puso su té a un lado. -Yo creo, a despecho de los resultados de las probabilidades, que debe ser Roarke, o algún otro completamente distinto. Ella no terminó aquí todavía. No terminó contigo.

– Esa es la forma en que lo pensé también. Voy a mantenerlo cubierto, y eso lo va a joder. Pero puede soportarlo. Okay, gracias. Lamento haberte retenido.

– Tú estás bien?

– Un poco sacudida, tal vez, pero en general bien. Pasé a través de eso y recordé algunas cosas.

– Quieres contármelo?

Era una tontería negar, para ambas, que ella estaba ahí más por razones personales que por las profesionales. -Recordé lo que sentí cuando lo maté. Recordé que lo hice por odio primario y furia. Sé que eso está en mí, y se que puedo controlarlo. Sé que matarlo, para mi, en ese momento, era la única forma de sobrevivir. Puedo vivir con eso.

Se puso de pie. -Y si estás pensando que necesitas pasarme por Pruebas para estar segura de que soy sólida, no estoy de acuerdo. No voy a hacerlo.

Mira mantuvo sus manos juntas en su regazo, su cuerpo rígido. -Crees que te haría pasar por eso? Conociéndote, entendiendo las circunstancias, que yo usaría esta confidencia y jugaría con el reglamento? Pienso que tú y yo tenemos más que eso.

Ella escuchó el dolor, y el desacuerdo, y tuvo que enfrentarlo. -Tal vez estoy más sacudida de lo que pensaba. Lo siento. -Presionó sus manos contra las sienes. -Maldita sea.

– Oh, Eve. -Mira se levantó, pero cuando se acercó, Eve dio un rápido paso al costado.

– Sólo necesito recuperar un poco de control. Enfocarme en el trabajo, y poner esto… Me estaba entrenando, -soltó- Entrenándome para venderme a otro hombre. -Lentamente bajó sus manos y miró el rostro de Mira. -Tú sabías.

– Lo sospechaba. Era un horrible presentimiento. El podía haberse movido rápido, fácil y barato sin ti. No le servías para un propósito real. Por lo que sé, lo que has podido decirme, no era un pedófilo común. Tenía relaciones con mujeres normalmente. Tú eras la única niña de la que él abusaba por lo que sabemos. Y si las niñas eran lo que quería, podía habérselas proporcionado sin el inconveniente de tener una bajo los pies todo el tiempo.

– Me mantenía encerrada. Es como entrenas algo, lavándole el cerebro. Lo mantienes encerrado, totalmente dependiente de ti. Lo convences de que no hay elección más que quedarse ahí porque cualquier otra cosa afuera es peor. Lo mantienes hambriento, incómodo, y atemorizado, mezclado con pequeñas recompensas. Lo castigas con severidad y rapidez por cualquier infracción, y lo acostumbras a cualquier tarea que quieras que haga. Lo obligas con miedo, y es tuyo.

– Tú nunca serás como él. Con todo lo que él hizo, por todos esos años, nunca te alcanzó realmente.

– Nunca se fue tampoco. -dijo Eve. -Tengo que vivir con eso también. Como lo hará Roarke. Esto lo desestabilizó, tal vez más que a mi. Estamos bien, pero… diablos, le estalló en la cabeza.

– Te gustaría que hable con él?

– Sí. -La tensión que martilleaba en la base de su cuello cedió. -Sí, sería bueno.

Apenas volvió a encerrarse en su oficina, agregó los comentarios de Mira al archivo de Julianna Dunne. Eso le dio tiempo para tranquilizarse y actualizar y copiar todos los nuevos datos para su equipo y su comandante.

Cuando terminó y escuchó fuera de la oficina el parloteo general que indicaba el cambio de turno, se programó una última taza de café y fue a beberlo junto a la ventana.

El tráfico, visto de arriba, pensó ella, era una mierda.

En una pequeña oficina cruzando la atascada calle y cielo, Julianna Dunne estaba sentada ante un escritorio de metal de segunda mano. La puerta en la que se leía el nombre de Empresas Daily estaba con cerrojo. La oficina consistía en una habitación que era poco más que una caja y un baño del tamaño de un armario. Los muebles eran escasos y baratos. No veía razón para que su alter ego de Justine Daily, bajo el cual el acuerdo de renta había sido firmado, tuviera gastos elevados.

No se iba a quedar ahí mucho tiempo.

El alquiler era tan caro como podía serlo, y el baño perdía constantemente. La delgada y desgarrada alfombra olía mal.

Pero la vista era preciosa.

A través de sus binoculares tenía una vista perfecta de la oficina de Eve, y de la teniente misma.

Tan sobria, tan seria, reflexionó. Tan dedicada y devota, rindiendo culto en el altar de la ley y el orden. Un verdadero desperdicio.

Todo ese cerebro, esa energía, ese propósito, al servicio de una placa. Y un hombre. Bajo diferentes circunstancias, ellas hubieran hecho un equipo asombroso. Pero no era así, pensó Julianna con un suspiro, se habían hecho adversarias desafiantes.

Ocho años y siete meses le habían dado a Julianna abundante tiempo para examinar sus errores, rehacer sus movimientos. No dudaba en su mente que ella hubiera sido más lista que los policías, los masculinos, y gastado esos ocho años y siete meses haciendo lo que adoraba hacer.

Pero una mujer era una bestia de presa. Y la entonces recientemente promovida Detective Dallas había sido seguidora ciertamente. Implacablemente.

Más aún, no había tenido la normal cortesía de reconocer a su oponente sus victorias y méritos.

Pero ahora las cosas eran diferentes. Ella misma había cambiado. Era físicamente fuerte, mentalmente clara. La prisión tendía a afilar los excesos. Durante el mismo tiempo sabía que Eve había afilado los suyos también. Pero había una diferencia vital entre ellas, un defecto esencial en la policía.

Ella se preocupaba. Por las víctimas, por sus amigos policías, por la ley. Y lo más importante, por su hombre.

Era ese defecto, en lo que Julianna consideraba una máquina casi perfecta, lo que podía destruirla.

Pero no todavía. Julianna puso los binoculares a un lado, controlando su unidad de muñeca. Ahora era el momento de un poco de diversión.

Eve chocó con Peabody justo fuera de la guarida de detectives.

– Teniente. Pensé que estabas en Texas.

– Estaba. Acabo de regresar. Tienes nuevos datos esperando. Dejaste el uniforme, Oficial -agregó cuando notó el vestido negro de coctél de Peabody y los tacones de una milla de alto.

– Sí, tengo una salida. Me cambié aquí. Iba para tu casa, en realidad, para recoger a mis padres. McNab nos invitó a una cena de lujo. No quiero pensar lo que significa eso. El no es lujos, y estoy casi segura de que está asustado de ellos. No son de cenas lujosas, mis padres. Quieres que le diga algo sobre el caso?

– Lo dejaremos para mañana. Haremos una conferencia en mi oficina en casa. A las ocho.

– Seguro. Tú, ah, te vas a casa ahora?

– No, pensaba ir a Africa por una hora y ver las cebras.

– Ja, ja. -Peabody trotó detrás de ella lo mejor que pudo con los zapatos de coctel. -Bueno, sólo estaba pensando que podría aprovechar el paseo, ya que vamos al mismo lugar y enn el mismo tiempo.-

– Vas a Africa, también?

– Dallas.

– Sí, sí, seguro. -Se abrió paso a codazos en el atestado elevador y recibió maldiciones de todos lados.

– Te ves un poco desvaída. -comentó Peabody cuando aprovechó la distración y se metio a duras penas.

– Estoy bien. -Escuchó el toque de irritación en su propia voz e hizo el esfuerzo de aflojarse. -Estoy bien. -repitió- Un día largo, es todo. Le dedicaste tiempo a Stibbs?

– Sí, señor. -El elevador se detuvo y una cantidad de pasajeros fue expulsada como corchos fuera del apretado cuello de una botella. -Estaba esperando para hablar contigo sobre eso. Me gustaría traerla para una entrevista formal mañana.

– Estás lista para hacerlo?

– Creo que sí. Si. -se corrigió. -Estoy lista. Hablé con algunos de los primeros vecinos. La sospechosa no tenía una relación en marcha. Tuvo una, pero rompió unas pocas semanas después de haberse mudado al mismo edificio de los Stibbs. Cuando una de las testigos lo recordó, me dijo que no se había sorprendido de que Boyd Stibbs se casara con Maureen. Como Maureen se había movido hacia él, tan rápido, después de la muerte de su esposa. Llevándole comidas, acomodándole el departamento, ese tipo de cosas.

El elevador se detuvo ocho veces, vomitando pasajeros, levantando más.

Un detective de Ilegales, encubierto como un durmiente de la calle, se arrastró dentro totalmente vestido con trapos manchados con lo que parecían variados fluídos corporales. El hedor era espeluznante.

– Jesús, Rowinsky, porque no usas un maldito deslizador o al menos te paras a favor del viento?

El sonrió, mostrando dientes amarillentos. -Realmente logrado, no? Es pis de gato, con un poco de jugo de pescado muerto. Más aún, no me he bañado en una semana, así que el olor corporal es tremendo.

– Has estado encubierto demasiado tiempo, amigo. -Le dijo Eve y respiró a través de los dientes hasta qu eél se arrastró fuera. No se arriesgó a tomar un profundo trago de aire hasta que llegaron al nivel del garage.

– Espero que no se me haya pegado. -dijo Peabody taconeando detrás de Eve. -Ese tipo de olores se mete hasta las fibras.

– Ese tipo de olores se mete hasta los poros, y luego se reproduce.

Con esa alegre nota, Eve se deslizó en el auto. Retrocedió, giró el volante, y enfiló hacia la salida. Y se vió forzada a clavar los frenos cuando un hombre disfrazado y como una montaña se materializó frente al auto. Sus harapientos zapatos batieron cuando dio un paso adelante y le roció el parabrisas con un líquido mugriento que cargaba en una botella de plástico en el bolsillo de su roñosa chaqueta de los Yankees.

– Perfecto. Ya tuve mi día con los durmientes. -Disgustada, Eve azotó la puerta del auto mientras el hombre fregaba el parabrisas con un trapo sucio.

– Este un vehículo oficial de la ciudad, cretino. Es un auto policial.

– Lo limpio. -Asintió suavemente mientras borroneaba mugre con mugre. -Cinco dólares. Lo limpio enseguida.

– Cinco dólares, mi culo. Sigue tu camino, y ahora mismo.

– Lo limpio enseguida. -repetía con un sonsonete mientras refregaba el vidrio. -Como ella dijo.

– Lo que yo dije es que la termines. -Eve empezó a andar hacia él, y distinguió un movimiento con el rabillo del ojo.

Al otro lado de la calle, brillante como una llama en un mono rojo, su cabello dorado resplandeciente, estaba Julianna Dunne. Sonreía, y luego saludó alegremente. -Tienes un lío en las manos ahí, teniente, oh y mis tardías felicitaciones por tu promoción.

– Hija de puta.

Su mano fue hacia el arma mientras empezaba a correr. Y la montaña la golpeó con un revés. Un costado de su cara explotó mientras era levantada sobre sus pies, y se entumeció antes de que golpeara el pavimento. Sintió un salvaje dolor en las costillas cuando un pie como ladrillo, cubierto en harapos, la pateó mientras rodaba. A través de la sirena en sus oídos, escuchó los gritos de Peabody, y el furioso cántico de la montaña. -Cinco dólares! Cinco dólares!

Sacudió la cabeza para aclararse, y se levantó rápido, dándole con el hombro en la entrepierna. El no volvió a aullar, sólo se derrumbó.

– Dallas! Que demonios pasó?

– Dunne. -Logró articular, levántándose con cuidado mientras luchaba por tomar aire y llenar sus pulmones. -Del otro lado de la calle. Mono rojo, cabello rubio. -Jadeó contra el dolor que brotaba a través del entumecimiento. El costado derecho de su rostro estaba empezando a palpitar. -Se fue hacia el oeste a pie. Llama. -demandó mientras esposaba por la muñeca al durmiente callejero a la puerta del auto. -Pide respaldo.

Corrió por la calle como un velocista saliendo de su marca, agachada y rápido. Zigzagueó a través del tráfico, casi mejor que un taxi rápido. Los bocinazos y las obscenidades vociferadas la siguieron hasta la acera opuesta.

Podía ver los destellos de rojo, a pesar de estar casi totalmente bloqueada, y corrió como un demonio.

Empujando con las piernas, eludió a los peatones, abriéndose paso a través de aquellos que no tenían el tino de apartarse del camino de una mujer llevando un arma letal. Un hombre en un prístino traje de negocios, con el enlace de bolsillo en su oído, gritó asustado cuando ella encaró hacia él. Aterrorizado, cayó hacia atrás dentro de un carro deslizante, diseminando tubos de Pepsi y perros de soja, incitando la furia vocal del vendedor.

Eve saltó sobre él y giró hacia el norte. Había ganado un cuarto de manzana.

– El refuerzo, maldita sea, donde está mi refuerzo? -Sacó su comunicador a la carrera. El costado le dolía como un diente podrido. -Oficial necesita asistencia. En persecución a pie de la sospechosa identificada como Julianna Dunne, se dirige al norte desde la Séptima y Bleeker. Todas las unidades, todas las unidades en la vecindad, respondan.

Corrió a través del paso peatonal, contra las luces, brincando sobre el capó de un sedan, catapultándose por encima. -en persecución, maldita sea, de sospechosa femenina, rubia, treinta y cuatro años, vistiendo mono rojo.

Ella cortó el comunicador. Maldijo a la multitud de personas que hacía imposible arriesgarse a usar el arma. La enfundó, y buscó más velocidad.

Tenía sangre en la boca, sangre cayendo de su ojo derecho. Pero se acercó otros cinco pies a Julianna.

Rápido, pensó Eve cuando la adrenalina zumbó en su cabeza. Si te pones en forma, sabes como correr.

Podía escuchar las sirenas aullando en la distancia, y aguantó. Estba sólo a dos largos de cuerpo detrás cuando Julianna miró hacia atrás. Y sonrió malignamente.

Le pegó desde atrás, un golpe bajo que la envió volando como una piedra salida de una catapulta. Hasta tuvo tiempo de pensar, Que carajo? antes de que cayera con un crujido de huesos. El dorso de su cabeza azotó elegantemente el pavimento, y llenó su mundo de estrellas giratorias. Las voces iban y venían como la marea en el mar.

Logró rodar sobre si misma, sintiendo náuseas, y consiguió ponerse sobre manos y rodillas.

– Lo hice bien? Lo hice? -La voz brillante y excitada taladró dentro de su revuelto cerebro. Parpadeó y miró fijamente las caras pecosas de dos jovencitos. Otro parpadeo y las caras se fundieron y se convirtieron en una.

– Se vió bien, parecía real, cierto. Hombre, usted voló. -Aferrando un aero patín verde fluorescente, él bailaba en el lugar, -Yo la golpeé, justo como se suponía que tenía que hacerlo.

Ella hizo algún sonido, escupió sangre, y logró quedar de rodillas.

– Teniente! Dallas! Dios todopoderoso. -Completamente sin aire, Peabody se abrió paso a través de la multitud. -Ella te golpeó?

– Este pequeño… -No pudo pensar en una palabra adecuada. -Estoy bien. Vé! Sigue! Se fue hacia el norte.

Con una espantada mirada a su teniente, Peabody siguió.

– Tú. -Eve llamó con el dedo al niño. -Ven aquí.

– Chico, esa sangr parece real. Es grandioso.

El rostro de él ondulaba y se dividía otra vez, por lo que ella le gruño a ambos. -Pequeño cretino, asaltaste a un oficial de policía en persecución de un sospechoso.

El se agachó y bajó la voz. -Estamos en cámara todavía?

– Escuchaste lo que dije?

– Donde aprendiste a hacer trucos como este? Como haces para no lastimarte cuando caes?

– Estoy herida, pequeño estúpido… -Se tragó el resto, luchando por mantener su visión que iba desde un ondulante gris a un sólido negro. El no debía tener más de diez años, y su alegre rostro estaba empezando a mostrar algo de miedo y confusión.

– Como una herida real, o como una herida de video?

– Esto no es un video.

– Pero ella dijo que era un video. Y cuando tú llegaras corriendo detrás de ella, yo debía golpearte con mi patín. Me dio cincuenta dólares. Y me iba a dar cincuenta más si hacía unn buenn trabajo.

Dos uniformados pasaron a través de la multitud, ordenando a la gente retroceder. -Necesita atención médica, teniente?

– Pudieron alcanzarla?

Se miraron el uno al otro, y luego a Eve. -Lo siento, señor. La perdimos. Tenemos gente a pie y vehículos patrulla haciendo una barrida. Tal vez podamos atraparla todavía.

– No. -Eve dejó caer la cabeza entre las rodillas cuando la violenta oleada de náusea giró en su estómago. -No podrán.

– Realmente eres policía? -El chico tironeó cuidadosamente a Eve de la manga. -Estoy en problemas? Hombre, mi madre me va a matar.

– Consígame una declaración de este chico, y luego llévelo a su casa. -El mar subía y bajaba otra vez, pero logró ponerse temblorosamente de pie.

– Señor. -Con el rostro enrojecido, sudorosa y jadeando como un perro, Peabody regresó. -Lo lamento. Nunca pude ver ni rastro de ella. Pusimos un red afuera, pero…

– Sí, se esfumó.

– Mejor que te sientes. -Peabody aferró el brazo de Eve cuando se tambaleó. -Voy a llamar a los TM.

– No quiero a los jodidos TM.

– Estás realmente golpeada.

– Te dije que no los quiero. Déjame. -Trató de liberarse, viendo que el rostro preocupado de Peabody se triplicaba. -Ah, mierda. -logró decir, y realmente sintió que sus ojos rodaban hacia atrás en su cabeza antes de desmayarse.

CAPITULO 15

La siguiente cosa que supo fue que estaba acostada en la acera y un par de técnicos médicos estaban inclinados sobre ella.

– Dije que no.

Uno la pasó un sensor sobre la cara. -No se rompió la mandíbula o los pómulos. Suerte. Parece como si la hubieran golpeado en la cara con una bolsa de ladrillos.

– Salgan de aquí.

Ambos la ignoraron, lo que la inquietó mucho. Cuando trató de sentarse, fue enviada de nuevo hacia atrás con indiferencia.

– El hombro esta esguinzado, costillas magulladas. No hay fracturas. Una maldita suerte. Perdió un poco de piel también. Un buen golpe en la cabeza aquí. Cual es tu nombre?

– Dallas, teniente Eve, y si me tocas, te mato.

– Sip, sabe quien es. Como está la visión, teniente?

– Te veo bastante bien, idiota.

– Y mantiene su juvenil y femenino encanto. Sigue la luz. Sólo con los ojos, no muevas la cabeza.

– Dallas. -Peabody se agachó junto a ella. -Estás realmente lastimada. Deja que se ocupen de ti.

– Los llamaste después de que te dije que no lo hicieras. Te voy a levantar en peso por esto.

– Pienso que no dirías eso si pudieras ver lo que pareces.

– Piensa de nuevo.

– La luz, teniente. -El TM la tomó de la mandíbula para mantener su cabeza quieta. -Sigue la luz.

Ella lo maldijo primero, y luego siguió la luz. -Ahora déjame levantarme.

– Si de te dejo levantar, te vas a caer de nuevo. Tienes una conmoción, un hombro fuera de lugar, costillas golpeadas, un corte en la cadera, un surtido de contusiones y laceraciones, agregados a una cara que parece que te hubieras estampado con la parte trasera de un maxibus. Vamos a transportarte al hospital.

– No, no lo harás.

Peabody levantó la vista y soltó un suspiro de alivio. -Yo no apostaría por eso. -comentó y se hizo a un lado cuando Roarke se arrodilló junto a ella.

– Que es ésto? -La irritación se convirtió en pánico. -Peabody, estás cocinada.

– Tranquila. -ordenó Roarke con tan casual confianza que ambos TM lo miraron como si fuese un dios. -Que tan mal está? -demandó.

La descripción de las heridas fue mucho más coherente y profesional, terminando con la recomendación de que la víctima fuera transportada hacia el hospital más próximo para tratamiento y evaluación.

– No voy a ir.

– Irás. -El acarició con sus dedos el maltratado rostro, y un enojo enfermante se instaló en sus estómago. -Necesita algo para el dolor.

– Roarke…

– Crees que no me doy cuenta? -chasqueó, pero se obligó a refrenarse y cambió de táctica. -Sé un soldadito valiente, querida, y deja que estos buenos TM hagan lo que deben. Si eres muy buena, te voy a comprar un helado.

– Te voy a patear el culo por esto.

– Veré que puedas hacerlo.

Ella forcejeó, al ver el destello de una jeringa. -No quiero esa mierda. Me vuelve estúpida. Tomaré una píldora, es todo. Donde está ese chico? Le voy a pisotear toda esa naricita pecosa.

Roarke se inclinó sobre ella hasta que su rostro llenó la visión de ella. -Dejaste que un chico te derribara? -Vió inmediatamente que la pregunta y el tono divertido habían hecho el trabajo. Ella paró de forcejear para mirarlo.

– Escucha, as, maldita sea, maldita sea! -Ella corcoveó cuando sintió el pinchazo de la jeringa.

– Relájate y disfrútalo. -sugirió. Sintió que la tensión se aflojaba en la mano que sujetaba. -Esa es la forma.

– Te crees que eres muy listo. -Cuerpo y mente empezaban a flotar. -Pero eres muy guapo. Tan guapo. Dame un beso. Amo esa boca. Me gusta morderla.

El en cambio le besó la mano fláccida. -Ella no va a darles más problemas.

– Apuesto a que volé diez pies. Iujuu- Ella giró la cabeza a un costado y cambió de blanco. -Hey Peabody! No estás de uniforme. No tienes zapatos.

– Los abandoné en la carrera. Vas a estar bien, Dallas.

– Jodidamente bien. Pero no voy a ir a ningún pobre hospital. No, señor. Me voy a casa. Donde está Roarke? Vamos a casa ahora, sí?

– Finalmente.

– Está bien. -dijo decididamente, y luego se durmió antes de que la cargaran en la ambulancia.

– Se va a poner realmente loca cuando se despierte. -dijo Peabody mientras paseaba por la sala de espera de emergencias.

– Oh, si. -Roarke tableteaba los dedos contra la taza de café. Todavía tenía que beberla. -Hiciste lo correcto, Peabody, llamándome a mi y a los TM.

– Tal vez no deberías mencionar eso cuando ella venga luego y ma saque los pulmones por la garganta. En primer, no sé como pudo hacer la persecución. Ese tipo, era grande como un gorila, y la planchó. Probablemente se descolocó el hombro cuando lo golpeó en la entrepierna. Ahí estaba yo, hurgando por mi arma de repuesto en ese estúpido bolsito, y ella ya lo había derribado y esposado. Yo debería haber sido más rápida.

– Yo diría que fuiste bastante rápida. Como están tus pies?

Ella movió los dedos. Se había despojado de las arruinadas medias en el baño de damas. -Nada que un remojo y un masaje no saquen. Muy mal para los zapatos creo. Eran nuevos y totalmente mágicos. Y aún sin ellos no pude mantenerme a la par de Dallas. Ella es como un rayo.

– Piernas largas. -replicó él y pensó en la sangre que había visto manchando los pantalones de ella cuando estaba tumbada en la acera.

– Si, la hubiera alcanzado de no ser por el chico con el aeropatín. No puedes culparla. Ella… -Se cortó, nerviosa, cuando el médido de emergencias apareció.

– Usted es el esposo? -preguntó el doctor con un gesto hacia Roarke.

– Si. Como está?

– Echando pestes, y creo que tiene algunos planes muy ominosos para usted. Y si usted es Peabody, está incluída en ellos.

– Está bien. -Peabody soltó el aire que retenía. -Es genial.

– Tuvo un duro golpe en la cabeza. Está conmocionada, pero eso aparenta ser lo peor. Le hemos tratado el hombro, pero debería evitar levantar pesos con él o cualquier otra actividad agotadora por un par de días, mínimo. Su cadera va a darle algún problema, y también las costillas. Pero un mínimo de bloqueadores deberían evitarle la incomodidad. Le hemos cosido los cortes, pusimos vendas frías en los golpes, los peores están en la cara. Me gustaría internarla aquí una noche para observación. De hecho, me gustaría mantenerla por cuarenta y ocho horas.

– Puedo suponer cual es la opinión de ella ante la idea.

– Mmm. Un herida en la cabeza de esta naturaleza no es una nadería. Sus otras heridas son lo bastante serias para garantizar una internación. Necesita ser internada y monitoreada.

– Y lo será, pero en casa. Le tiene fobia a los hospitales. Le puedo asegurar que se va a recuperar más rápido y fácil de todo lo que tiene, en casa. Tengo un médico que puedo llamar para asegurarme de eso. Luise Dimatto.

– El ángel de la calle Canal. -El médico asintió. -Le voy a dar el alta, pero voy a darle a usted específicas instrucciones para su observación y cuidado, y me gustaría que la Dra. Dimatto le hiciera un seguimiento.

– De acuerdo, y gracias.

– Sala de Tratamiento tres. -agregó y salió.

Cuando él entró unos pocos minutos después, Eve estaba tratando y fallando en la tarea de ponerse las botas. -Cuando pueda ponérmelas, las voy a usar para patearte las bolas hasta la garganta.

– Querida, no es momento de pensar en sexo. -Fue hacia la mesa de examen, levantándole la barbilla con un dedo. La mejilla derecha era una pesadilla de moretones que iban palideciendo. El ojo derecho era una rendija hundida en una hichazón rojiza. Su boca estaba despellejada.

– Teniente. -El la besó en la frente. -Has sido verdaderamente golpeada.

– Los dejaste que me dieran drogas.

– Lo hice.

– Y que me arrastraran hasta aquí.

– Culpable. -Deslizó los dedos por la parte de atrás de la cabeza, midiendo cuidadosamente el chichón. -Tu cabeza tal vez sea dura, pero todo tiene sus límites. Y déjame decirte que perdí la mía cuando te vi yaciendo ahí, golpeada y sangrando.

– Peabody se va ir a freír por haberte llamado.

– No lo hará. -En esa sencilla declaración la voz de él se volvió firme y con mandato. -Ella se ha estado paseando con sus pobres pies doloridos, preocupàndose por ti. Así que te vas tranquilizar con ella.

– Me dices mi trabajo ahora?

– No, sólo apelo a tu corazón. Ella cree que si hubiera sido más rápida, tú no estarías aquí ahora.

– Eso es una mierda. Yo iba adelante, pero ella mantenía la persecución, aún con esos zapatos idiotas.

– Exactamente. Tú no sabes que medida calza?

– Huh?

– No importa, me voy a ocupar de eso. Lista para ir a casa?

Ella se bajó de la mesa, pero no objetó tener la mano de él sosteniéndola. -Donde está mi helado?

– No te portaste bien, así que no hay trato.

– Eso es mezquino.-

Se puso furiosa cuando se enteró que él había llamado a Louise, pero cuando sopesó eso contra la posibilidad de que Roarke enlistara a Summerset en el equipo de los TM, fue más fácil de tragar.

Especialmente cuando Louise entró en el dormitorio llevando un enorme bol de helado con trozos de chocolate.

– Dame eso.

– Lo tendrás despúes de que me des tu palabra de que no me vas dar problemas durante el examen.

– Ya tuve un examen.

Sin decir nada, Louise tomó una cucharada y le deslizó entre sus labios.

– Okay, okay. Diablos. La mano fuera del helado y nadie saldrá lastimado.

Louise le pasó el bol, y se sentó en la cama, apoyando su maletín médico en el regazo. Frunció los labios mientras estudiaba el rostro de Eve. -Ouch. -dijo.

– Esa es tu opinión médica, doc?

– Es un comienzo. Por lo que se ve, diría que tienes suerte de no tener roto el pómulo.

– Yo sabía que éste era mi día de suerte. No está tan mal ahora. -agregó con la boca llena de chocolate. -Esas vendas frías pican como la mierda, pero funcionan. Roarke se puso loco con esto y es más grande que yo. Así que si me dejas entonces puedo levantarme y hacer un poco de trabajo…

– Seguro. -Louise le indicó con gestos que lo hiciera.

Sospechando, Eve sacó sus piernas fuera de la cama, tratando de pararse sobre ellas. Lo hizo por alrededor de tres segundos antes de que su cabeza y empezara a girar. Louise atrapó el bol de helado con las manos cuando Eve se derrumbó en la cama.

– Buen médico eres tú.

– Sí, lo soy, y eficiente. Esto nos evitó a ambas un rato de discusión.

Ofendida, Eve frunció sus labios doloridos. -No creo que sigas agradándome.

– No se como voy a seguir con mi vida sabiendo eso. Te vas a quedar aquí hasta que yo diga otra cosa. – Sacó una palm de su bolso, y pidió la copia de la carta médica de Eve. -No sabes cuanto tiempo estuviste inconsciente?

– Como demonios podría saberlo? Estaba inconsciente.

– Buen punto. Voy a hacer algunos escaneos, y darte una segunda ronda de vendas frías. Puedo darte algo para la incomodidad.

– No quiero químicos. El trato se acaba si sacas una jeringa.

– Esta bien. Prefiero no darte nada con la conmoción. Vamos a usar bloqueadores externos para aflojar ese enorme dolor de cabeza que debes tener.

Volvió a buscar en su bolsa, respondiendo con un “entre” al llamado a la puerta del dormitorio.

– Discúlpeme. -Sam se paró en el umbral. -Roarke dijo que podía subir si podía ser de alguna ayuda.

– Usted es médico? -preguntó Louise.

– No, no soy médico. Soy Sam, el padre de Delia.

– Estamos bien aquí. -dijo Eve cuidadosamente, y puso a un lado el bol. -Ella está haciendo lo que debe hacer.

– Si, por supuesto. -El retrocedió torpemente.

– Un sanador entonces? -preguntó Louise, estudiándolo con interés.

– Soy un sensitivo. -Su mirada fue atraída por el rostro de Eve, y la pena por el dolor creció en él.

– Empático?

– Un poco. -El desvió sus blandos ojos hacia Louise, sonriendo. -Los médicos raramente tienen algún interés en sensitivos o empaticos.

– Me gusta mantener mi mente y mis opciones abiertas. Louise Dimatto. -Se levantó y bajó de la plataforma y le ofreció la mano. -Encantada de conocerlo, Sam.

– Porque ustedes dos no van a tomar un trago abajo. -dijo Eve secamente. -Para conocerse.

– Infortunadamente… -Louise miró hacia atrás sobre su hombro. -No puedo decir que su rudeza sea el resultado de sus heridas. Ella nació de esa forma. Obviamente un defecto genético más allá del alcance de la ciencia médica.

– Si no puedes ser rudo en tu propio dormitorio, entonces donde? -Eve levantó el bol de nuevo, excavando en él.

– Puedo tener una palabra en privado con ella? -preguntó Sam.

– Seguro. Voy a estar afuera.

Cuando quedaron solos, Sam fue hacia el lecho. -Usted tiene un considerable dolor.

– He estado peor.

– Sí, estoy seguro de que lo ha estado. -Se sentó en el costado de la cama. -Usted no quiere bloqueadores químicos, y aunque estoy seguro de que la Dra. Dimatto puede aliviarle algo del dolor externamente, yo puedo hacer más. No va suceder otra vez, Eve. -dijo antes que ella pudiera hablar. -Porque estoy preparado. Sé que no está segura de que pueda confiar en eso, pero puede hacerlo. No le miento, y no se lo ofrecería si no pudiera asegurarle su privacidad.

Ella empujó la cuchara en el helado. No, él no mentiría. -Puede hacer que me levante más rápido?

– Lo haré, especialmente en conjunción con el médico.

– Okay. Vamos a hacerlo. Tengo que trabajar.

Era mortificante que ni el sanador y la médica se hubieran molestado en mencionar que tenía que desnudarse hasta la piel para el examen y tratamiento. Ellos discutieron su anatomía como si fuera un droide científico en un laboratorio, hasta que finalmente ella cerró los ojos en defensa. Se estremeció ante el primer toque de dedos, ante la propagación de frescura, y luego tibieza a lo largo del corte de la cadera, que había chocado rudamente contra el pavimento dos veces.

La palma de otra mano presionó su mejilla herida, y ella apretó los dientes. Pero el ardor pasó, y se sintió flotando. No como lo hacían los bloqueadores que era como una mareante vuelta en un carrusel, sino como vagar sin peso en una nube.

Podía escucharlos hablando, pero sus voces eran insustanciales.

– Se está durmiendo, -dijo Louise suavemente. -Usted es muy bueno.

– Su cadera le está causando mucho dolor. La mayoría de las personas estarían gritando.

– Ella no es como la mayoría de las personas, no? Si usted se ocupa de eso, yo me encargo del golpe en la cabeza, Creo que podemos reducir la hinchazón un poco más.

– Puedo ayudar en algo?

Roarke. Ante el sonido de su voz, Eve forcejeó para volver a la superficie.

– No, shh. Quédate ahí. -le dijo él. -Estoy aquí.

Porque él estaba, ella se dejó ir otra vez.

Cuando volvió a despertarse, estaba oscuro. Por un terrible momento pensó que se había quedado ciega. Mientras trataba de sentarse, vió moverse una sombra y supo que era él. -Que hora es?

– Tarde. -El se sentó en el costado de la cama. -Tienes que descansar. Luces, diez por ciento.

El leve brillo la inundó de alivio. Lo bastante para no saltar hacia él, cuando se acercó para examinarle las pupilas. -Que día es?

– Depende. Es antes o después de la medianoche?

– Chica lista.

– Sé donde estoy y enn que día. Y que tenemos un aniversario en un par de días. Y, Carlo, yo nunca te amé más que ahora.

– Yo siento exactamente lo mismo, Miranda. -El le tocó la frente con los labios, una delicada forma de controlar si tenía fiebre. -Si te sientes mejor tal vez pueda hacer entrar a los niños. Carlo junior, Robbie, Anna y la pequeña Alice están ansiosos por ver a su mamá.

– Tratando de asustar a una inválida. Eres un bastardo vicioso.

– Vuelve a dormir. -El le tomó la mano y la llevó a su cara, frotándola contra su mejilla.

– Lo haré si tú lo haces. No voy a dormir contigo merodeando alrededor y husmeando sobre mi.

– Quiero que sepas que yo estaba valientemente parado observando a mi amada conmocionada. -Se deslizó junto a ella, y le hizo apoyar la cabeza gentilmente en su hombro. -Duele?

– Un pequeño dolor, tal vez. Nada mayor. Hey, recuerdas? Me golpearon en la cara justo antes de nuestra boda. Ahora es como una tradición.

– Y únicamente nuestra. Quédate quieta ahora, y duerme.

Ella cerró los ojos. -Roarke?

– Hmm?

– Ya casi la tenía.

La siguyiente vez que despertó, la habitación estaba oscura. Perdió los primeros veinte segundos preocupándose por si esta vez se había quedado ciega, luego se imaginó que él había bajado las pantallas de sol en todas las ventanas, incluyendo la claraboya sobre la cama.

Okay, entonces su mente no estaba muy aguda todavía. Se quedó acostada e hizo un inventario mental de los dolores y molestias. No estaba tan mal considerandolo, decidió, y cuando se sentó cautelosamente se alegró no tener violentas palpitaciones o desorientadores mareos.

Se movió pulgada a pulgada hacia el borde de la cama, plantando los pies en el piso. Después de tomar aliento, se puso de pie. La habitación se meció un poco, pero se detuvo rápidamente. Sentía la cabeza como si se la hubieran apretado en un torno, pero al final nadie estaba apretando los tornillos.

Estaba desnuda, por lo que frunció el ceño al mirar hacia abajo, al moretón del tamaño del Arena Ball de sus costillas, la despellejada y maltratada área en su cadera. Ambos moretones eran de miserablemente desteñido gris y amarillo, y eso era un buen signo. Bien por el equipo de sanadores, decidió, y luego testeó su hombro.

Rígido, pero no dolorido. Volvió la cabeza para examinar también el impresionante moretón en esa área.

Roarke salió del elevador. -No tenías que levantarte sin autorización.

– Quien dijo?

– El sentido común, pero cuando has escuchado tú a ese individuo en particular?

– Quiero una ducha.

– Tan pronto como Louise te vea. Va a subir en un minuto. Estaba desayunando.

– Tengo una conferencia a las ocho.

– Reprogramada para las nueve. -El tomó una bata del armario de ella. -Tentativamente.

Ella le arrebató la bata y hubiera pasado los brazos por ella si su hombro hubiera colaborado. En cambio se envolvió en ella. Pero cuando intentó pasarlo, él giró para bloquearla.

– Adonde vas?

– A orinar -chasqueó ella. -Está permitido?

– Incluso recomendado. -Divertido, él vagó hacia el AutoChef mientras ella marchaba hacia el baño adjunto. Contó los segundos, y pensó que podía llegar hasta ocho.

– Santa mierda!

– Siete. -murmuró él. Ella se había movido más rápido de lo que esperaba. -Deberías haberte visto hace unas pocas horas atrás. -Entró detrás de ella y se detuvo mientras se miraba su rostro en el espejo.

La misma deprimente combinación de gris y amarillo con un toque de verde como la que había encontrado en su cadera y costillas, florecía sobre todo el costado derecho de su rostro. Había un estampado jaspeado, un poco endurecido, a lo largo del borde del pómulo y alrededor del ojo donde su piel se había deshinchado y se había aflojado como un balón desinflado. El cabello brincaba en desprolijas puntas, formadas por sudor y sangre, se imaginó.

Su labio inferior parecía sensible, y cuando puso un dedo sobre él, encontró que se sentía en la misma forma.

– Hombre, él realmente me acertó.

– Debe ser porque tenía una mano como un tren bala.

– Era un tipo enorme. -recordó, volviendo la cabeza un poco para estudiarse el perfil. No era mejor que la vista completa. -Odio que me golpeen en la cara. La gente siempre se te queda mirando y haciendo comentarios cretinos: Oh, corriste contra un muro? Wow, diablos, eso duele?

El tuvo que reir. -Sólo tú podrías estar más enojada por eso que por el golpe.

– Era un imbécil. No sabía lo que estaba haciendo. La puta me lo mandó, y luego no tuvo las pelotas para enfrentarme.

– Como tú esperabas.

Sus ojos se encontraron en el espejo. -Cuando la agarre, va a pagar por esto. -Eve tocó levemente con los dedos sobre su mandíbula. -Y no se va ver tan jodidamente bonita cuando la meta en una celda.

– Pelea de chicas? Puedo mirar.

– Pervertido. -Ella fue hacia la ducha, y ordenó los chorros a full a temperatura hirviente.

Porque estaba consciente de que ella podía marearse y caer, y porque lo disfrutaba, Roarke apoyó una cadera en el lavabo y observó la ondulante silueta detrás del vidrio.

Volvió la cabeza cuando Louise entró. -Tu paciente está levantada y rondando.

– Ya lo veo. -Apoyando su bolsa en el mostrador, Louise caminó alrededor de la ducha. -Como te sientes esta mañana?

Eve soltó un gemido, girando con su cabello mojado goteando. En defensa, cruzó un brazo sobre sus pechos. -Jesus, vamos.

– Déjame apuntarte que soy un médico, ya te había visto desnuda, y soy además un miembro de la especie que tiene el mismo equipamiento que tú. Sientes algún dolor?

– No. Estoy tratando de tomar una ducha.

– Sigue entonces. Te duele la cabeza?

Eve siseó, luego metió la cabeza bajo el burbujeante rocío. -No.

– Si te sientes mareada, siéntate. Siéntate donde sea que estés. Es mejor que caerse. Problemas de movimiento en el hombro?

Eve lo demostró levantando los brazos y refregando el champú en su cabello.

– Cadera?

Eve meneo el trasero e hizo reir a Louise. -Me alegra ver que te sientes juguetona.

– Eso no es juguetear. Te lo estaba mostrando, lo que se supone es insultante.

– Pero es que tienes un lindo culito.

– Es lo que yo siempre digo. -agregó Roarke.

– Jesús, todavía estás ahí? Vete, váyanse todos. -Se echó el pelo hacia atrás, volviéndose, y lanzó un gritito cuando Peabody entró.

– Hey! Como te sientes?

– Desnuda. Me siento desnuda e invadida.

– La cara no se ve ni la mitad de mal. -Peabody miró alrededor. -Está aquí, McNab, está mucho mejor.

– El entra aquí, -dijo Eve ominosamente- y alguien va a morir.

– Los baños pueden ser verdaderas trampas mortales, -agregó Roarke. -Porque no llevo a Peabody y McNab, y Feeney, -agregó cuando escuchó la voz del capitán de DDE junto a la de McNab, -arriba a tu oficina. Louise puede quedarse hasta que esté satisfecha de que capaz de regresar al trabajo.

– Soy capaz de patear sus virtuosos culos si una persona más ve mis tetas esta mañana.

Ella giró otra vez y trató de enterrarse en agua y vapor.

– Tuviste mucha suete. -le dijo Louise un poco después, cerrando su maletín. -Podías haberte fácilmente fracturado el cráneo en vez de abollártelo. A pesar de todo, es un pequeño milagro que estés de pie esta mañana. Sam es muy talentoso, y fue de gran ayuda.

– Se la debo. -Eve se abotonó la camisa. -Les debo a ambos.

– Y aquí está mi factura. Hay una colecta de fondos el sábado a la noche para reunir dinero para tres nuevas van-médicas. Ya te han enviado una invitación, la cual tú, o me imagino que Roarke, ha aceptado. Pero sé que a menudo encuentras la manera de escapar de estas cosas. Esta vez, te quiero ahí.

Eve no dijo nada. Ella quería pagarle a Louise en otro momento, de otra forma. Roarke no iba a ir a ninguna función pública hasta que Julianna Dunne estuviera encerrada en una celda.

Louise dió una mirada a su unidad de muñeca. -Debo irme. Le dije a Charles que lo iba a recoger en el aeropuerto. Egresa de Chicago esta mañana.

– Okay. -dubitativa, Eve alcanzó el arnés con el arma. -Louise, realmente no es un problema para ti? Lo que él hace?

– No, eso no me molesta. Creo que me estoy enamorando de él, y es adorable. -Su rostro parecía irradiar felicidad. -Tú sabes como es cuando ahí está la otra mitad de ti, y eso corre dentro de ti?

– Sí. Sí. Supongo que lo se.

– El resto? Son solo detalles. No te sobrecargues, Dallas. Cuando te sientas cansada, siéntate. Cuando te sientas mareada, acuéstate, y no te hagas el héroe. Toma algo para las molestias. -Inclinó la cabeza e hizo una pausa en la puerta. -Un poco de maquillaje cubriría la mayor parte de esos moretones.

– Cual es el punto?

Riendo, Louise salió por la puerta, Y Eve hacia el elevador.

CAPITULO 16

Eve olió el café y las masas en el momento en que el elevador abrió las puertas en su oficina. Ambos eran consumidos con notorio entusiasmo por su equipo. Roarke parecía haberse contentado con café.

– Tienes una conferencia vía enlace a las nueve en punto. -le recordó ella.

– Mi administrador se ocupará de eso. -El le puso en la mano su taza de café. -Las novedades están organizadas en tu escritorio. Toma un muffin. -Le elegió uno, relleno con frambuesas, de una bandeja.

– Lo que sea que hayas organizado, yo podía hacerlo. Tengo mi propio sistema.

– En el cual yo tengo un interés personal. Presióname en esto -agregó, bajando la voz- y te haré retroceder. Dudo que estés suficientemente recuperada para ser un desafío.

– No me des la lata con eso. Pero si quieres perder tu tiempo sentado en esta reunión, no tengo problemas.

– Es una suerte para ambos. -El fue a buscarse otra taza de café.

Para evitarse de decir algo desagradable que podía no ser capaz de respaldar, se llenó la boca con el muffin, y luego se sentó en el borde del escritorio. -Necesito enfocarme enseguida en el tipo que me noqueó ayer, y en el chico del aero patín.

– Lo tengo. -Feeney apartó un pastel, y sacó su libro de memo para referencias. -Un durmiente de la calle llamado Emmet Farmer, con licencia de mendigo. Pesca en el sector alrededor de la Central, se cuelga en las intersecciones y hace el truco del parabrisas para levantar algo de cambio. Un montón de uniformados lo conocen, y reportaron que él es excitable pero básicamente pacífico.

Levantó la vista hacia Eve, frunciendo los labios cuando dio un vistazo al rostro de ella. -Supongo que no estás de acuerdo con la parte de pacífico bajo estas circunstancias. Su declaración es que la rubia le dio cinco dólares y le dijo que debía esperar por tu vehículo, hacer lo del parabrisas, y tú la darías otros cinco. Le dijo que tenía que mantenerte junto al vehículo o no iba a conseguir el pago. Farmer tiende a ser realmente insistente sobre el pago.

– Entonces ella lo levantó específicamente. Ensuciar el parabrisas por lo que mi vehículo quedaría ciego y no podría perseguirla de esa forma. Me mandó a chocar contra Gibraltar, entonces le compró suficiente tiempo para sacarme una buena ventaja.

Feeney asintió. -Y si resultabas pateada en el proceso, mucho mejor. La declaración del chico del aeropatín, Michael Yardley, te da una puesta en escena que el debía seguir. Dada su edad, el hecho de que nunca se metió en problemas, eso se sostiene. Ella declaró ser una productora de videos, armó la escena para él. El chico se deleitó. Tiene miedo de ir a la cárcel por haberte derribado.

– Un montón de fallos en el plan. -Eve frunció el ceño mientras bebía su café. -Fuera de coordinación, sólo un poquito, si alguno de sus ayudantes no hubiera seguido el plan, o no hubieran sido lo bastante duros para inmovilizarme, ella hubiera comido pavimento.

Y oh, pensó mientras hacía girar su hombro dolorido, que glorioso día hubiera sido.

– Pero ella tomó el riesgo, -continuó Eve. -Lo que me dice que la entrevista con Nadine se le metió bajo la piel.

– Quería herirte a ti. -Peabody podía ver todavía la enorme mano de Farmer volando, sorprendentemente, levantando limpiamente a Eve del suelo.

– Si, pero más aún, quería joderme la psiquis. Sacudir mi confianza. Es personal.

Ociosamente tomó la estatua de alabastro que Phoebe le había dado, girándola en su mano. -Todo es personal con Julianna. Ella me la armó, y lo hizo rápido. Entonces, como supo cuando iba a salir de la Central? No podía permitirse mantener al durmiente y al chico colgados por mucho tiempo. Si ellos se aburrían, los perdía. No podía permitirse estar rondando la Comisaría Central, o algún uniformado podía reconocerla.

– No es que sea difícil averiguar tus turnos. -apuntó McNab.

– No, pero que tan a menudo alguno de nosotros entre o sale en turnos programados? No lo hice ayer. Entonces, ella me estaba observando. Me estuvo observando, y así pudo establecer una pauta. Obtener pautas es uno de sus mejores puntos.

Ella depositó nuevamente la estatua. -McNab, consígueme los edificios que enfrentan mi oficina en la Central. Consigueme una vista.

– Crees que ha estado vigilándote? -preguntó Peabody mientras McNab saltaba para cumplir el encargo.

– Ella observa a sus víctimas, aprende todo lo que puede sobre ellas. Sus rutinas, sus hábitos. Donde van, que hacen. Con quien están. -Eve miró a Roarke. Cuanto, pensó, podía Julianna Dunne encontrar sobre Roarke?

Como mucho, decidió, lo que él permitía a algunos del público conocer. Y la mitad de eso era ficción.

– Ella ve como una ventaja mantener mi oficina bajo vigilancia. -Eve se volvió hacia la pantalla cuando el trazado de las calles empezó a aparecer.

– Como un juego? -preguntó Peabody.

– No, esto no es un juego, no para ella. La primera vez era sobre negocios. Ahora, es la guerra. Y por lo tanto, ella se ocupará de todas las batallas importantes. -Levantó un puntero láser de sobre su escritorio, y corrió el punto de luz sobre la pantalla. -Estos tres edificios le darían el mejor acceso a la ventana de mi oficina. Necesitamos una lista de inquilinos.

Atrapó la mirada que pasó entre Feeney y Roarke, por lo que le envío a Feeney una de las propias cuando Roarke se deslizó en su propia oficina.

– El la a conseguir más rápido. -Feeney levantó su taza de café, pero no alcanzó para esconder su sonrisa.

Ella lo dejó pasar. -Vamos a buscar un lugar alquilado, de corto término. De mes a mes, probablemente. Ella no pasaría mucho tiempo ahí. Debe haber instalado un equipo de vigilancia, alimentado desde otro lugar donde haría un cómodo estudio y valoración. Pero estaba allí ayer, personalmente, porque decidió moverse hacia mi.

Eve se vió a si misma, parada ante la ventana de su oficina, mirando hacia afuera. Retrocedió hasta ahí, detrás del estrecho vidrio, y estudió los edificios y ventanas del otro lado de la calle.

– Este tiene mi voto. -Señaló con la luz uno de los edificios. -O si no hubiera espacio disponible en uno de esos niveles… -hizo correr una línea de luz cruzando cinco pisos. -Este edificio. Esos son sus mejores ángulos. Espera un minuto.

Entró en la oficina de Roarke, donde él estaba sentado al escritorio mientras su equipo zumbaba con eficiencia. -Tengo una ubicación prioritaria. -le dijo- Quiero que hagas una lista de uno para poder correr una probabilidad.

– Ya estoy corriendo probabilidades, en los tres. Creo que ésta es tu ubicación.

Ella miró a la pantalla donde él tenía la misma vista, y el edificio que ella había señalado.

– Presumido.

– Ven a sentarte en mi regazo y dilo. Tú buscarías alquileres a corto plazo, me imagino, y podrías querer el detalle de mudanzas desde el último alquiler. Como lo estoy haciendo?

– Te estás animando a hacer de consultor experto, civil, en forma permanente?

– No sería divertido? -El palmeó sus rodillas, pero ella lo ignoró. -Ah, bueno, no hay ventajas adicionales. Tus probabilidades están llegando. Hice esto desde la línea de visión. Fue bastante fácil meter sus datos desde tus archivos en la mezcla y reducirlo considerablemente.

– Espera. -Revisó la lista de nombres que él había dispuesto en pantalla. -Bam! Daily enterprises. Justine Daily, propietaria. Es nuestra chica.

Ella quería moverse, rápido y duro, pero se contuvo. -Vamos a asegurarnos primero. Manda estos datos a mi unidad, quieres? Vamos a tratar de mantener esta investigación razonablamente oficial.

– Por supuesto. Teniente? Voy a ir contigo. Espera, -dijo cuando ella abrió la boca. -Aún si se reduce la chance de que la encuentres ahí, voy a ser parte de esto. Ella me la debe.

– No puedes explotar cada vez que termino golpeada en el trabajo.

– No puedo? – El tono tranquilo había cambiado en su voz, enfriándose. -Ella tiene en mente venir después por nosotros, por ambos, así que estoy en esto. Voy a estar ahí cuando la atrapes. Cuando sea, donde sea que pase.

– Sólo recuerda quien la va a encerrar. -Volvió hacia su oficina. -Feeney, tenemos a Justine Daily en el edificio primario. Los datos están en mi unidad. Busca los antecedentes de ella y su Daily Enterprises.

– Parece coincidir con sus propias iniciales. -Tomó el lugar de McNab en el escritorio de Eve. -Esas son las pequeñas manías que estampan a los tipos malos contra la pared.

– Yo voy a ser la manía que la estampe a ella. -Eve sacó su enlace y requirió la orden de búsqueda y captura y los refuerzos para hacerla cumplir.

En menos de una hora, se estaba moviendo por el pasillo hacia la oficina de Daily Enterprises. Las escaleras estaban bloqueadas, los elevadores retenidos abajo. Todas las salidas estaban cubiertas.

Y ella supo en su interior que no encontraría a Julianna Dunne.

Aun así, vería el lugar, y acomodó a su equipo en el sitio con señales de mano. Sacó su arma, y luego el código maestro para abrir los cerrojos.

Retrocedió.

– Espera. Debe haber pensado en ésto. Contaba con ésto. -Miró con dureza la puerta barata, las cerraduras baratas, y se agachó para estudiarla de cerca. -Necesito algún microanteojo. Un escáner de bombas.

– Piensas que puso una trampa para bobos en la puerta. -Feeney frunció los labios, agachándose con ella. -Ella no había usado explosivos antes.

– Aprendes un montón de cosas para trabajos manuales en prisión.

Feeney asintió. -Sí, lo haces.

– Ves que es todo ordinario?

– Cerraduras viejas. Una mierda débil. Alarma común por la pinta del panel. Quieres llamar a los olfateadores de bombas?

– Tal vez. Estoy tratando pensar como ella, pero no quiero los pedazos de mi equipo desparramados sobre todo este pasillo. -alzó la vista. Roarke estaba moviéndose detrás de ella.

– Porque no me dejas darle una mirada. -El ya lo hacía, acercándose y haciendo bailar los hábiles dedos sobre el panel, el marco de la puerta. Sacó su PPC de un bolsillo, programó un código de tareas, y luego lo conectó al panel con un cable fino como un cabello.

– Está caliente. -confirmó.

– Atrás. Retrocedan. -Eve le hizo gestos al equipo mientras sacaba su comunicador. -Limpien de civiles este piso, los que están directamente arriba y abajo.

– Eso no va a ser necesario, teniente, si me das un minuto aquí. -Roarke ya tenía el panel abierto para el momento en que ella volvió.

– Deja esa mierda en paz. -Dio dos zancadas hacia él y se detuvo. Ya lo había visto desactivar dispositivos mucho más destructivos que una puerta explosiva.

– Aquí. -El le habló calmo a Feeney mientras trabajaba con relucientes herramientas plateadas. -Puedes verlo?

– Sip, lo veo. No es mi campo, pero he visto algunos trabajos caseros en mis tiempos.

– Aficionado, pero efectivo. Lo hubiera hecho mejor de tener más tiempo, agregando un par de secundarios, o un seguro falso al final. Esto es poner una zancadilla cuando la puerta se abriera. Muy elemental. Ella tiene un desvío, por supuesto, no se hubiera arriesgado a arruinar su manicura si sus dedos salían volando.

Susn manos estaban firmes como rocas. Se detuvo sólo una vez, para sacudir su cabello fuera de su cara. Cuando lo hizo, Eve vió el frío brillo de concentración en él.

– No es particularmente poderoso. No hubiera matado a nadie que estuviera a cinco o seis pies atrás. Eso es todo. -Guardó sus herramientas, levantándose.

Eve no le preguntó si estaba seguro. El siempre estaba seguro. Ella dio la señal de todo despejado al equipo, y luego se consintió a si misma dejando su código en el bolsillo. Y pateó la puerta.

Barrió desde la puerta con su arma, y luego le hizo gestos a Feeney de ocuparse del baño adjunto.

Había un par de sillas raídas, un escritorio abollado. Y un perfume en el aire que era femenino y caro. Ella había dejado un centro de comunicaciones y un pequeño y exótico arreglo floral fresco.

Eve fue hacia la ventana, miró afuera, a través de la calle, y dentro de su propia oficina. -Habrá necesitado equipos. Puedes ver bastante desde aquí a ojo desnudo. A un buen equipo no lo iba a dejar atrás. Empiecen a golpear puertas, -ordenó sin volverse. -Hablen con los otros inquilinos, vean quien la conocía. Encuentren al administrador del edificio, y triáganlo aquí. Todos los discos de seguridad del edificio. Feeney, revisa el enlace y el centro de datos.

– Señor. -Peabody se aclaró la garganta. -Esto estaba en las flores.

Le alcanzó a Eve un pequeño envoltorio marcado “eve dallas”. Dentro había una tarjeta escrita a mano y un disco de datos. La tarjeta rezaba:

Con mis mejores deseos por tu rápida recuperación. Julianna.

– Puta. -gruñó Eve, dando vueltas al disco en su mano. -Feeney, dispersa a los hombres. No la vamos a encontrar hoy. Peabody, llama a los barredores.

Giró el disco en su mano otra vez, y luego lo metió en la unidad del escritorio. -Correr datos. -ordenó.

El rostro de Julianna nadó en la pantalla, con ojos azules y rubia, y el parecido con su propio y estilo que era uno de sus aspectos desde que había empezado su último despliegue de muerte.

– Buenos días, teniente. -Hablaba con el perezoso y un tanto arrastrado acento de Texas que Eve recordaba. -Estoy asumiendo que este saludo es correcto. Dudo que hayas logrado dejar atrás esta pasada noche, pero tengo tanta confianza en tus habilidades que estoy segura de que vas a estar jugando después de esta tarde. Sintiéndote mejor, espero. Y si estás viendo esto, has detectado y desactivado mi pequeño regalo de bienvenida. En verdad era sólo una diversión.

Inclinó su cabeza y continuó sonriendo. Pero eran sus ojos lo que Eve estudiaba. Ojos que eran como hielo sobre un profundo y vacío agujero.

– Tengo que decirte que agradable es verte otra vez. He pensado mucho sobre ti durante mi… rehabilitación. Estaba tan orgullosa cuando me enteré de tu promoción a teniente. Y la de Feeney a capitán, por supuesto. Pero nunca sentí totalmente la misma conexión con él como lo hice contigo. Hay algo aquí, no?

Se echó hacia atrás, con determinación en el rostro. -Algo profundo y extraño entre nosotras. Un verdadero lazo. Un reconocimiento. Si tú crees en la reencarnación, tal vez fuimos hermanas en otra vida. O amantes. Piensas sobre esas coasa? Probablemente no -dijo con un gesto de la mano. -Tú eres más una mujer de mente práctica. Es atractivo, en cierta forma. Tu nuevo esposo pudo encontrar esa parte de tu atractivo? Oh, mis tardíos mejores deseos en cuanto a eso. Ya hace casi un año, no? Desde el feliz evento. Bueno… el tiempo pasa.

– Pasa lentamente en una celda. -El acento se endureció como el polvo de una pradera bajo el cielo ardiente. -Me debes todos estos años, Eve. Tu comprendes sobre devoluciones. Nunca entendiste realmente lo que yo hice, porque lo hice, nunca lo respetaste. Pero entiendes sobre devoluciones.

– Si. -dijo Eve en voz alta, fortando incoscientemente sus dedos sobre su mejilla lastimada. -Malditamente cierto.

– Te estuve observando, sentada en tu oficina trabajando duro, parada en la ventana viendo hacia afuera como si el peso y las preocupaciones de la ciudad entera estuviera en tus hombros. Paseando en ese pequeño y horrible espacio tuyo. Creo que un teniente debería permitirse un área de trabajo mejor. Tomas demasiado café, de paso.

– Tenía un equipo apuntando hacia ahí. Ahora lo sabes. Pensé que era mejor no dejarlo atrás. Mi propia vena práctica. Tengo muchas horas tuyas en disco. Vistes mejor en estos días. Descuidado aún, pero con un estilo del que carecías. La influencia de Roarke, seguro. Es bueno que sea rico, no? Mucho mejor que… no serlo. Eso te ha corrompido, imagino, en alguna secreta parte de ti? Vamos, dulce Eve. -Ella rió suavemente. -Puedes decirmelo. Después de todo, quien comprendería mejor?

Estás hablando demasiado, pensó Eve, bien solitaria, no, Julianna, con nadie para hablar de lo que sientes en em mismo nivel?

– Seguro que él es excelente en la cama, si te importan esas cosas. -Se echó hacia atrás, haciendo un movimiento que hizo que Eve la imaginara cruzando las piernas.

Poniéndose cómoda. Una charla de amigas.

– Siempre sentí que follar estaba sobrevalorado y era tan degradante para ambas partes. Lo que es, realmente, que una mujer se permita a sí misma ser saqueada, penetrada. Invadida. Y que un hombre se hunda de esa forma como si su vida dependiera de ello. Y como sabemos, con los hombres que yo follé, sus vidas dependieron de eso. Por un corto tiempo, de todas formas. Matar es mucho más excitante que el sexo. Tú has matado, así que lo sabes. En el fondo lo sabes. Deseo que tengamos el tiempo y la oportunidad de hablar, realmente hablar, pero no creo que eso vaya a suceder. Tú quieres pararme, ponerme en una celda. Recuerdas lo que me dijiste? Recuerdas lo que dijiste? Me hubieras dejado ahí si hubiera sido por ti. Dejarme pasar el resto de mi vida enjaulada como un animal. Luego me diste la espalda como si yo fuera nada. Tú no dejaste tu camino, no? Pero yo hice el mío. Siempre hago el mío. Mejor que recuerdes eso. Mejor que respetes eso.

Su voz se había elevado, su aliento se había acelerado. Tomó un largo trago de aire, pasó la mano por su cabello como si se recompusiera. -Pensé en ti cuando maté a Pettibone y Mouton. Estuve pensando en ti por un muy, muy largo tiempo. Como te hace sentir esto, saber que ellos murieron por ti? Eso te molesta, Eve? Te hace enojar?

Julianna echó la cabeza atrás y rió. -La devolución es una mierda, y ni siquiera he empezado. Quiero lo que siempre he querido. Hacer lo que gusta y vivir muy, muy bien. Me sacaste ocho años, siete meses y ocho días, Eve. Voy a balancear las escalas. Yo puedo y lo haré, lanzar los cuerpos de estúpidos viejos a tus pies. Como sabes lo sencillo que es para mí, ahí va una muestra. El hotel Mile High, Denver. Suite 4020. El hombre es Spencer Campbell. Te veré pronto. Muy pronto.

– Sí, lo harás. -replicó Eve cuando la pantalla se puso blanca. -Peabody, consígueme ese hotel por enlace. Quiero asegurarme.

La suite había sido reservada a nombre de Juliet Darcy, quien se había registrado la noche anterior, pagando la habitación por dos noches con efectivo.

– La víctima es Spencer Campbell, de Campell Consultores de Inversiones. El jefe. -En la sala de conferencia de la Central, Eve puso la imagen de él en pantalla. -Edad sesenta y uno, divorciado, actualmente separado de su segunda esposa. Tenía un encuentro programado para una consulta personal con Juliet Darcy en su suite del hotel. Desayuno de trabajo, a las ocho hora de Denver. Alrededor del mismo momento, yo estaba pateando la puerta aquí en New York. Está jodidamente engreída en estos días. Campbel llevaba muerto menos de treinta minutos cuando seguridad lo encontró. Julianna no había registrado equipaje, sólo llevaba su bolso de viaje, puso la luz de no molestar en la puerta, y se fue bailando afuera. La autopsia y el laboratorio confirman que Campbell bebió café envenenado.

– Hizo todo el camino hacia Denver para liquidar a este tipo. -Feeney hurgó con una mano en su fibroso cabello. -Cual es el punto?

– Para probar que puede. El no era nadie para ella. Sólo un peón fácilmente sacrificable para demostrarme que puede ensartarlos, cuando y donde quiera, mientras yo doy vueltas tratando de encontrarla. Rompe las pautas otra vez, porque quiere demostrarme que es impredecible.

Y, pensó Eve, no quiere dejarme olfatear que está buscando a Roarke. Por víctimas había elegido lo que ella llamaba estùpidos viejos. Matarlos como señuelos para disfrazar su objetivo final.

Ellos murieron por ti.

Eve bloqueó la voz en su mente, y la culpa. Mayormente la culpa.

– Tenía objetivos potenciales seleccionados antes de caer, y tal vez haya continuado seleccionando e investigando desde adentro.

– Hizo algo de vigilancia electrónica e investigación en Pettibone y Mouton desde las unidades de prisión. -confirmó Feeney. -Sacamos unos pedazos de información de ellas. Nada de este tipo o algún otro hasta ese punto. Nada de negocios financieros personales, patrimonio real, solicitudes de viajes.

– Usó una unidad personal para eso. -El supervisor Miller, pensó ella con disgusto, tendría mucho que responder antes de que ella terminara con él. -Hizo la mayoría del trabajo en las máquinas de la oficina por anticipado, pero se aseguró de tener una personal para los datos que no podía arriesgarse a que se los siguieran.

Ella paseó alrededor de la oficina. -Tiene pasta, y mucha. Mi experto personal en pasta dice que es muy probable que la repartiera en varias cuentas numeradas en varias ubicaciones distintas. No tenemos forma de seguir el dinero. Loopy declaró que Julianna le había dicho que tenía su propio lugar aquí en New York. Insistió con eso durante la entrevista con los policías de Chicago, pero no pudo o no quiso explicar donde. Mi suposición es que no conocía la ubicación. Julianna pudo haber pasado el tiempo charlando con ella, pero no le daría nada rastreable.

– Vamos a revisar residencias privadas a través de DDE. -Feeney sacó un puñado de nueces. -Pero sin una fecha de compra o alquiler, un área, un nombre para alimentarla, probablemente no la pegaremos.

– Ella gasta dinero en si misma. -Eve pensó cuan pulcra y en forma se veía Julianna en persona, en el video. -Pero es bastante lista para usar efectivo. Revisemos tiendas caras, salones de belleza, restaurantes. Pero esto es el maldito New York, el nirvana de las compras sin fin, nos vamos a hundir ahí también.

Ella trataba de aclarar las ideas. -Vamos a seguir con esto. Pon algunos zanganos en los enlaces para las compras. Tal vez podamos enganchar ese traje rojo que tenía. Vamos a pedir su peso y altura a Dockport, trasladarlo a su talle, buscar compras del traje en ese talle.

– Tal vez lo haya comprado en Chicago, o donde sea. -apuntó Peabody. -Y los trajes rojos son legión.

– Sí, es un tiro por elevación. Vamos a seguir golpeando, cada detalle, vamos a encontrar algo finalmente. En tanto, vamos a controlar todos los transportes públicos y privados en Denver. Vamos a encontrar el que ella usó, y cuando lo hagamos, ella habrá volado otra vez. Pero vamos a tener datos.

– Está tomando más chances. -dijo Peabody. -Diciéndote sobre Campbell cuando no estaba segura de la coordinación. Si lo hubiera dejado pasar, hubieran pasado horas antes de que lo hubieran encontrado.

– Los riesgos hacen que ganar la guerra sea más satisfactorio. Esta es una pelea por rencor, y no sirve a menos que el enemigo sangre. Y ella quiere sacudirme. No quiere matarme, pero quiere hacerme pensar que soy un objetivo. Quiere que yo viva, pero con pérdidas. Quiere a Roarke. Y esa es nuestra ventaja. Ella no sabe que estoy al tanto.

En el centro de la ciudad, Roarke terminaba una reunión y se preparaba para otra. Las actividades de la mañana lo habían retrasado en la agenda. Tendría que dedicarle tiempo extra esa tarde, pero encontraría la forma de hacerlo e ir a casa. Intentaba permanecer ten cerca de Eve como sus respectivas agendas de trabajo lo permitieran.

– Caro. -Llamó a su administradora por el enlace. -Cambia la reunión del Rialto para holográfica, desde mi oficina en casa. A las siete y treinta, y vamos a trasladar el almuerzo con Finn y Bowler al comedor de ejecutivos aquí. Mira que la teniente Dallas sea informada de estos cambios.

– Sí, señor. Aquí hay una Dra. Mira para verlo. Usted tiene diez minutos antes de su próxima reunión si quiere recibirla ahora. O puedo organizarle una cita.

– No. -Frunció el ceño, barajando el tiempo en su cabeza. -La veré ahora. Si los representantes de Brinkstone llegan antes de que termine, hágalos esperar.

Cerró la comunicación, y se levantó para recorrer su oficina. Mira no era del del tipo de dejarse caer sin anunciarse, ni de devolver llamadas sociales en la mitad de un día de trabajo. Lo que significaba que tenía cuestiones que consideraba lo bastante importante para agregar una carga más a las agendas de ambos.

Ausente, fue hacia el AutoChef y programó el té que ella prefería.

Cuando Caro tocó la puerta, la abrió él mismo, extendiendo una mano hacia Mira. -Que agradable verte.

– Estoy segura de que no es así. -Ella le apretó la mano. -Pero gracias por hacerme lugar. Estoy abrumada desde la recepción. Tu vista panorámica es asombrosa.

– Les a da mis competidores la oportunidad de pensar en una larga caída antes de alcanzar esta altura. Gracias, Caro. -Hizo entrar a Mira y la empleada cerró suavemente la puerta detrás de ellos.

– Y ésto… -Mira miró alrededor de la oficina el exhuberante mobiliario, el sorprendente arte, el equipamiento ultramoderno. -Ciertamente encaja contigo. Está organizado para ser suntuoso y eficiente todo a la vez. Sé que estás ocupado.

– No tan ocupado para tí. Prefieres té, no es cierto? Jazmín, usualmente?

– Si. -No le sorprendió que él recordara hasta un detalle menor. Tenía la mente como una computadora. Tomó asiento en un sofá sumamente acolchado, esperando que él se sentara a su lado.

– Te agradezco ésto. Te envió Eve?

– No, pero ella sabía que intentaría hablar contigo. No la he visto todavía hoy, espero que esté bien. Se que resultó herida anoche.

– Es resistente. No tanto como como a ella le gusta creer, pero se recupera de alguna forma. El maldito golpe casi le para los pies. Si otro se hubiera golpeado la cabeza como ella, se le hubiera abierto como un huevo. Hubiera pasado, si no la tuviera dura como una roca.

– La cual es una de las razones por las que la amas.

– Bastante cierto.

– Y te mantiene preocupado. Estar casado con un policía es un enorme compromiso de resistencia. Ella lo comprende, y es una de las razones por las que trató de resistirse, o negarse a lo que sentía por ti. Una de ellas. -Mira cubrió la mano de él con la suya. -Y otra razón fue su padre. Ella me dijo que fuiste a Dallas.

– Bueno. Es bueno que ella pueda hablar contigo sobre eso.

– Y tú no puedes. -Ella podía sentir la tensión creciendo en él como un dolor. -Roarke, tú hablaste francamente conmigo antes. No hay muchos que conozcan la circunstancia de esto. No hay muchos con los que puedas hablar de esto.

– Que quieres que te diga? Esta no es mi pesadilla, sino la de ella.

– Por supuesto que es tuya. Tú la amas.

– Si, la amo, y quiero apoyarla. Voy a hacer todo lo que pueda, incluso sangrar un poco. Sé que hablando contigo de cuando en cuando la tranquiliza. Estoy agradecido por eso.

– Está preocupada por ti.

– No necesita estarlo. -El pudo sentir la furia subiendo por su garganta, mordiendo. Se sintió sangrar. -Ni tú. Pero es por eso que te hiciste tiempo para venir.

Ella vió la calma desaparecer del rostro de él, quedando en un fino velo sobre el calor. Puso su taza de té a un lado, alisó la camisa de su traje azul pálido. -Está bien. Lamento haber interrumpido tu día. No te voy a distraer más.

– Maldito infierno! -Saltó sobre sus pies. – Cual es el punto de sacarme las tripas afuera? Que bien le hace a ella?

Mira se qeudó sentada, y tomó su taza otra vez. -Eso podría darte una pista.

– Como? -El se giró, la furia frustrada viva en su rostro. -Esto no cambia nada. Quieres escuchar como estuve ahí parado viéndola sufrir, viéndola recordar, y sentir como si esto estuviese sucediendo en ese momento? Estaba indefensa, aterrorizada, perdida, y viéndola, yo lo estaba también. Yo recuerdo lo que pasó conmigo, y me he acostumbrado a vivir con ello. Y esto…

– Esto no va a ser superado, no en la forma en tú lo hiciste. -Que difícil para él, pensó ella, este hombre que parecía y pensaba como un guerrero parado con una lanza para proteger lo que él más quería.

– Esto no va a cambiar, -agregó- no va a ser detenido porque ya sucedió. Entonces te angustia, porque le sucedió a ella.

– A veces ella grita en la noche, -él suspiró- A veces sólo gime, como un animalito cuando tiene miedo, o dolor. Y a veces duerme tranquila. No puedo entrar en sus sueños y matarlo por ella.

La objetividad profesional no podía mantenerse firme contra el maremoto de su emoción, o el desborde de los suyos. Las lágrimas subieron por su garganta cuando ella habló. -No, no puedes, pero estás ahí cuando ella despierta. Comprendes la diferencia que haces para ella? Como le has dado el coraje para enfrentar su pasado? Y la compasión para aceptarlo como tuyo.

– Yo sé, en forma realista, que somos lo que somos por lo que hemos sido, y por lo que hicimos con eso. Yo creo en el destino, en el hado, y también en darle al destino un buen giro de brazo cuando no va en tu dirección. -Cuando ella sonrió ante esto, él sintió que sus hombros se relajaban. -Sé que lo que pasó es pasado, pero no va a detener mis deseos de volver atrás y usar éstos en él. -El cerró los puños.

– Yo diría que eso es una actitud muy saludable.

– Lo crees?

– Espero que sí, ya que a menudo yo siento lo mismo. Yo también la amo.

El la miró, ese rostro sereno, esos ojos llenos de tranquila comprensión. -Sí, veo que lo haces.

– Y a tí.

El parpadeó, suavemente, como si escuchara alguna lengua extranjera. Con una risita, ella se puso de pie.

– Ustedes dos siempre siempre parecen tan sorprendidos y con sospecha cuando les ofrecen libre afecto. Eres un buen hombre, Roarke. -dijo y lo besó en la mejilla.

– No tanto.

– Si, tanto. Espero que te sientas cómodo como para venir a mi, hablar conmigo si sientes que lo necesitas. Te voy a dejar volver a tus compromisos. Yo ya estoy llegando tarde a uno de los míos.

El fue hacia la puerta con ella. -Alguien puede resistirse a ti?

Ella le hizo un guiño. -No por mucho tiempo.

CAPITULO 17

Pirateando a través de la cinta roja con la fineza y la sutileza de una motosierra, Eve encontró el vuelo privado que Julianna había contratado para su viaje a y desde Denver. Diamond Express se anunciaba a si misma como lo último y más lujoso en compañias de servicios de vuelos privados en todo Estados Unidos.

Un rápido control le mostró que había algo de verdad en el anuncio de que eran un sólido tercero en los índices, detrás de dos de las compañias de Roarke.

Julianna no era lo bastante audaz para contratar uno de los de él, reflexionó Eve mientras navegaba alrededor de vuelos, vehículos de cargo, y transportes que serpenteaban alrededor de los hangares de Diamond Express.

El dolor de cabeza había regresado, un martillo golpeando en la parte de atrás de su cráneo donde había chocado contra el pavimento. Tenía una desesperada necesidad de una cabezada, lo que le dijo que iba a tener que tomarse un corto descanso pronto o terminaría cayéndose de cara.

– Cual es el nombre del piloto otra vez?

– Es Mason Riggs. -Peadoby giró, dando otra mirada al perfil de Eve. -Si te sintieras bien no te lo olvidarías. Te ves un poco pálida y brillante.

– Que demonios quieres decir? Brillante? -Eve estacionó, estirándose para examinarse en el espejo retrovisor. Maldición, parecía brillar. -Es verano, hace calor. La gente transpira. Y no, no me siento bien. Déjalo así.

– Yo conduciré a la vuelta.

Con una de sus piernas fuera del auto, Eve giró. -Que dijiste?

– Dije, -repitió Peabody, manteniendo valientemente su vida en la línea, -que conduciré de regreso. No deberías estar detrás del volante, y le prometí a Louise que te iba a obligar a tomar un descanso cuando te sintieras mal.

Muy lentamente, Eve se sacó los anteojos oscuros que llevaba como una concesión al resplandor del sol, el dolor de cabeza y la apariencia de su rostro golpeado. El ojo negro sólo agregaba filo a la taladrante mirada. -Obligarme?

Peabody, tragó, pero se mantuvo firme. -No me asustas mucho porque estás pálida y sudas. Así que voy a tomar el volante cuando volvamos. Puedes echar el asiento hacia atrás y dar una cabezada. Señor.

– Te piensas que agregando “señor” al final te vas a salvar de mi considerable furia?

– Tal vez, pero más confío en que puedo correr más que tú en tu actual estado de salud. -Ella levantó dos dedos. -Cuantos ves?

– Los dos que te voy a cortar y meter en las orejas.

– Extrañamente, me alegra escuchar eso, teniente.

Con un suspiro, Eve salió del auto. El ruido aullante fuera del hangar se clavó directamente en su cráneo. Deseando evitarlo, entró y sintiendo que su cabeza explotaba, hizo señas a una mujer que vestía un mono con el logo distintivo de Diamond.

– Estoy buscando al piloto Riggs. -gritó Eve. -Mason Riggs.

– Esa es su nave llegando para su mantenimiento semanal. -La mujer señaló con un pulgar hacia la entrada del hangar. -El debe estar por ahí esperando a su bebé o en el salón de descanso.

– Donde está el salón de descanso?

– Segunda puerta a la izquieda. Lo siento, pero el hangar y el salón de descanso son áreas sólo para empleados. Si quiere puedo llamarlo para usted.

Eve sacó su placa. -Voy a llamarlo con esto. Okay?

– Seguro. -La mujer levantó sus manos enguantadas, palmas afuera. -No pueden estar aquí sin protectores para los oídos. Es contra las reglas de seguridad. -Ella rebuscó en una caja, y sacó dos pares de protectores. -Es mortal sin ellos.

– Gracias. -Eve se los puso e inmediatamente se sintió aliviada del aullante ruido.

Se dirigió hacia adentro. El hangar tenía tres naves en ese momento, cada una cubierta por un enjambre de mecánicos que empuñaban herramientas de aspecto complicado o mantenían conversaciones en lenguaje de señas.

Ella divisó dos pilotos uniformados, un hombre, una mujer, y cruzó hacia el corazón del hangar. El ruido era como una ola zumbando a través de los protectores, y había olor a combustible, a grasa, y algún condimentado sandwich de albóndiga.

El último hizo que su estómago se levantara y suplicara. Ella tenía debilidad por las albóndigas.

Ella tocó al piloto masculino en el hombro. Era apuesto como una estrella de videos, con la piel color caramelo patrimonio de la raza mezclada, suave y firme sobre huesos afilados.

– Riggs? -Ella lo moduló lentamente, y luego mostró su placa cuando él asintió. Y ante su educada y desconcertada mirada, ella hizo gestos hacia el salón de descanso.

El no parecía complacido, pero cruzó el hangar rápidamente, empujó la puerta y la mantuvo abierta. Al momento en que estuvo adentro se sacó los protectores de los oídos, depositándolos en un contenedor.

– Ese es mi vuelo. Tengo que llevarlo a los controles de seguridad en veinte minutos. Tengo un vuelo.

Eve se secó sus propios protectores. No había escuchado una palabra de lo que él había dicho, pero entendió el punto. El arqueó una ceja al ver la condición del rostro de ella.

– Se dió contra una puerta, teniente?

– Justo estaba esperándola.

– Parece doloroso. Cual es el problema?

– Usted hizo un vuelo privado anoche, a Denver, regresando esta mañana. Juliet Darcy.

– Puedo verificar el registro, pero no puedo analizar a los clientes. Es un asunto privado.

– No me venga con todas las reglas aquí, Riggs, o no va a hacer su próximo vuelo.

– Mire, señorita…

– No soy una señorita, soy policía. Y este es una investigación policial. Su cliente fue a Denver anoche, ordenó una bonita cena al servicio de habitaciones, probablemente dio una buena dormida. Esta mañana asesinó a un hombre llamado Spencer Campbell en su habitación del hotel, tomó un taxi de regreso al aeropuerto, saltó a su vuelo y usted la regresó a New York.

– Ella asesinó a alguien? La Señora Darcy? No puede hablar en serio.

– Quiere ver que tan seria soy? Podemos seguir con esto en la Central.

– Pero ella… Necesito sentarme. -Lo hizo, desplomándose en una amplia silla negra. -Creo que usted tiene a la mujer equivocada. La Sra. Darcy era encantadora y refinada. Ella sólo fue a Denver a pasar la noche para acudir a una función de caridad.

Eve extendió una mano. Peabody le puso una foto en ella. -Esta es la mujer que usted conoce como Juliet Darcy?

Era una imagen tomada del disco encontrado en Daily Enterprises y que concordaba con la imagen enviada por la seguridad del hotel.

– Sí, esa es… Jesús. -Se secó la gorra, pasándose los dedos por el cabello. -Esto es increíble.

– Estoy segura de que Spencer Campbell sintió lo mismo. -Eve se sentó. -Dígame sobre el viaje.

Una vez que él se decidió a cooperar, ella no pudo detenerlo a menos que le disparara con el laser. El había sido convocado para llenar algunos blancos y como resultado Eve estaba obteniendo un reporte completo del viaje.

– Ella era extremadamente educada. -Riggs bajó su segunda taza de café. -Pero amistosa. Yo había notado por el registro que había insistido en ir sola. Ningún otro pasajero yendo o viniendo. Cuando abordó, pensé que parecía como alguien famoso. Llevamos a muchas celebridades, y celebridades menores, los que insisten en viajar solos, pero que no quieren el problema o el gasto de tener y mantener unn transporte privado.

– Yo no creo que fuera amistosa. -La camarera, Lydia, sorbió de una botella de agua. Ya estaba vestida para su vuelo, perfectamente arreglada en su traje de uniforme con un toque militar de trenzas doradas.

– Y que cree que era? -contrarrestó Eve.

– Una snob. No es que no fuera agradable, pero era una fachada. Tenía un tono, de señora a sirvienta, cuando hablaba conmigo. Ofrecemos caviar y champagne con un plato de frutas y quesos para nuestros pasajeros de primer nivel. Hizo una pequeña cuestión por la marca del champagne. Dijo que nunca íbamos a subir a Platino o Cinco estrellas en el índice si no modernizábamos nuestro servicio.

– Vió si hizo o recibió alguna transmisión durante el vuelo?

– No. Trabajó un poco en su computadora, volviéndola para yo no pudiera ver la pantalla, como si importara, cuando volví a la cabina a ofrecerle café antes de aterrizar. Me llamaba por mi nombre cada vez que me hablaba. Lydia esto, Lydia aquello. En la forma que lo hace la gente cuando quieren que pienses que son cálidos y amistosos, pero es de alguna forma insultante.

– Ella me pareció perfectamente agradable a mi. -Cortó Riggs.

– Tú eres hombre. -Lydia hizo el comentario calmado y bajo. Y Eve decidió que debía ser un as en su trabajo.

– Como fue el regreso esta mañana? De que humor estaba?

– Realmente despierta. Feliz, radiante, relajada. Me imaginé que había ligado la noche anterior.

– Lydia!

– Oh, Mason, sabes que pensaste lo mismo. Tomó el desayuno completo: huevos Benedict, medialunas, mermelada, frambuesas, café. Comió como un atleta y lo bajó con dos mimosas. Seleccionó música clásica, y mantuvo la luz de privacidad apagada. Yo puse la pantalla con los reportes matutinos de los medios, pero ordenó que la apagara. Un poco molesta, también. Ahora sabemos porque. Ese pobre hombre.

– Cuando ella dejó la nave, tenía un transporte esperando?

– Entró en la terminal. Me palmeó alegremente en ese momento. -Lydia sacudió la cabeza. -Alguien tan presuntuoso como ella usualmente tiene un auto esperando en el área de transporte privado. Pero fue adentro.

Y atravesó la terminal, pensó Eve, donde podía salir y tomar un buen número de opciones de transporte. Taxi, autobús, tranvía, auto privado, incluso el maldito subterráneo. Y en efecto, desaparecer.

– Gracias. Si recuerdan algo más, contáctenme en la Comisaría Central.

– Espero que la pesque. -Lydia le dio a Eve una mirada comprensiva mientras observaba su rostro. -Eso duele?

Otra vez afuera, Eve se masajeó la nuca dolorida. -Vamos a volver a la Central, ver lo que los policías de Denver levantaron. Ya que verificamos que es Dunne, y tenemos homicidios en múltiples estados, esto se vuelve de alcance federal.

– No podemos dejar que ellos se hagan cargo.

– Desearía poder decir que se la entrego en una bandeja si ellos pueden agarrarla, pero estaría mintiendo. La quiero yo. -Dio un largo suspiro. -Estoy contando con que Denver esté dispuesto a ocultar la identificación por unos pocos días.

Eve pescó los anteojos de sol de su bolsillo y se los puso. Inmediatamente se sintió mejor. -Porque no conduces, Peabody? Quiero descansar un poco.

Frunciendo los labios, Peabody se deslizó detrás del volante. -Sí, porque no?

– Es engreimiento lo que veo en tu cara?

– Maldición. -Peabody se frotó la mejilla. -Pensé que lo había disimulado.

– Busca un delivery en el camino. Quiero un sandwich de albóndiga. -Eve empujó el asiento hacia atrás, cerró los ojos, y cayó derecho en el sueño.

Carne no era la palabra operativa en el sandwich de albóndiga. Consistía en par de trozos de pan duro ablandado por un océano de rústica salsa roja y entre los cuales nadaban un trío de bolas de alguna sustancia, la cual era, tal vez alguna lejana prima de la familia de la carne. Para disfrazar esta muy lejana conexión, estaban revestidas con hilos de sustituto de queso y condimentadas tan generosamente que regularmente convertían la boca en fuego, y despejaban exitosamente los senos nasales.

Eran a la vez asquerosas y deliciosas. El olor despertó a Eve de un sueño de muerto.

– Traje el gigante y lo hice partir por la mitad. -Peabody ya estaba conduciendo, saliendo del delivery en la tranquila y cautelosa forma que normalmente enloquecía a Eve. -Pensé que te haría falta un tubo de Pepsi en este momento del día.

– Que? Sí. -Su mente estaba pesada como música de cámara. -Jesús. Cuando dormí?

– Alrededor de veinte minutos, pero como una piedra. Esperaba que roncaras, pero duermes como un cadáver. Creo que tienes un poco más de color.

– Es el olor de las albóndigas. -Eve abrió el tubo, y tomó un largo trago de Pepsi antes de hacer inventario mental. El dolor de cabeza había retrocedido, y ahora tenía la vaga impresión de haber estado en otro mundo espeluznante. -Adonde vamos, Peabody, y en que siglo llegaramos manteniendo este paso de caracol?

– Estoy simplemente obedeciendo las leyes de tráfico de la ciudad mientras demuestro cortesía y respeto por mis compañeros conductores. Pero me alegro de que te sientas mejor, y me imagino que una vez que estemos en el centro y ya que es un hermoso día, podemos comer esto en la plaza Rockefeller. Tomar combustible, burlarnos de los turistas, y tomar un poco de sol.

Eso no sonaba medio loco. -Nada de compras de ningún tipo.

– El pensamiento nunca cruzó por mi mente. Por más de un minuto.

Peabody se acercó al camino para peatones que salía de la Quinta, deslizó las ruedas de adelante sobre el bordilo, estacionó y puso la señal de policía en misión.

– Como era eso de obedecer las leyes de tráfico de la ciudad?

– Eso era conduciendo, esto es estacionando. No te pongas obsesiva con eso.

Salieron, y se abrieron camino a través del paquete de turistas, gente que almorzaba, mensajeros, y los ladrones callejeros que los adoraban, y se dejaron caer en un banco en la plaza con la pista de hielo a sus espaldas.

Peabody dividió la torre de servilletas y le alcanzó a Eve su mitad del sandwich. Y ambas se dedicaron a la seria cuestión de comer.

Eve no podía recordar la última vez un verdadero tiempo para almorzar, uno donde hubiera verdadera comida en vez de la que tomaba en su escritorio o en el vehículo.

El lugar era ruidoso y estaba apiñado, y la temperatura estaba decidiendo si asentarse en realmente cálido o subir hacia el caliente. El sol reververaba sobre los vidrios de los frentes de las tiendas y un vendedor que manejaba un mini carro deslizante cantaba en voz alta un aria de opera italiana.

– La Traviata. -Peabody lanzó un fuerte suspiro. -Estuve en la opera con Charles. El realmente lo disfruta. En general está bien, pero suena mejor aquí afuera. Esta es la mejor parte de New York. Poder estar sentado aquí afuera y comer este sandwich de albóndiga realmente superior en un mediodía de verano y ver todos esos diferentes tipos de personas mientras un tipo despacha perros de soja y canta en italiano.

– Um – fue lo mejor que Eve pudo decir con la boca llena mientras trataba de salvar su camisa del camino de un chorro de salsa.

– A veces olvidas de mirar alrededor y darte cuenta y apreciarlo. Tú sabes, la diversidad y todo eso. Cuando me mudé aquí, al principio, pasaba un montón de tiempo caminando y mirando, pero eso pasó. Cuanto tiempo llevas aquí? En la ciudad?

– No lo sé. -Frunciendo el ceño, Eve dio otro mordisco. Ella había salido del hogar de acogida, fuera del sistema al segundo de haber tenido la edad legal. Y había entrado derecho en la Academia, en otra sección del sistema. -Alrededor de doce, trece años, supongo.

– Mucho tiempo. Ya te olvidaste de mirar alrededor.

– U-uh -Eve siguió comiendo pero su atención estaba en un grupò de turistas y en el tipo del aero patín que los rondaba. Hizo un robo limpio, hundiendo los hábiles dedos en dos bolsillos traseros sin perder el ritmo. Las carteras se desvanecieron mientras él daba una elegante vuelta y giraba para alejarse.

Eve simplemente estiró su pierna, golpeándolo en la espinilla y enviándolo en una corta pero graciosa zambullida de cabeza. Cuando terminó de rodar, ella le presionó su bota contra la garganta. Ella masticaba su sandwich mientras la visión de él se aclaraba, luego ondeó su placa frente a él y sacudió un pulgar hacia la uniformada Peabody.

– Sabes, as, no puedo imaginarme si eres estúpido o engreído, levantando billeteras con un par de policías en la audiencia. Peabody, quieres confiscar los contenidos de los bolsillos de este cretino?

– Sí, señor. -Ella se afanó, buscando en la media docena de bolsillos y rendijas de los pantalones sueltos, los tres en la camisa, y sacando diez billeteras.

– Las dos que sacaste de la rendija de la rodilla derecha vienen de ellos. -Señaló hacia los felizmente inconscientes turistas que estaban tomándose holo-fotos el uno al otro. -El tipo de cabello castaño con anteojos de sol, el tipo rubio con gorra de los Strikers. Porque no les evitas un skock y desmayo y se las devuelves antes de llamar a un policía para que se encargue del resto.

– Sí, señor. Teniente, nunca ví el movimiento.

Eve se lamió la salsa de sus dedos. -Nosotras vemos diferentes tipos de cosas, Peabody.

Cuando su ayudante se fue, el ladrón callejero decidió tratar de probar suerte. Pero cuando empezaba a levantarse, Eve lo apretó, cerrándole la tráquea por diez amenazantes segundos. -Ah, ah, ah. -Le negó con un dedo y vació su tubo de Pepsi.

– Dame un respiro, porque no me sueltas?

– Que, como vete y no peques más? Te parece que soy un cura?

– Maldita policía.

– Es cierto. -Ella escuchó a los asombrados turistas recuperar su propiedad con balbuceantes agradecimientos. -Soy una maldita policía. Bonito día, no?

– Yo conduzco. -Dijo Eve cuando esa pequeña parte del almuerzo de trabajo fue liquidada. -Me gustaría llegar a la Central antes que me llegue la jubilación. -Miró su unidad de muñeca. -Y tú podrías ir moviéndote si quieres pescar a Maureen Stibbs y traerla a entrevista.

– Pienso que puedo esperar un día o dos.

Eve la miró cuando se deslizó tras el volante. -Dijiste que estabas lista.

– Lo estoy. Pero, bueno… Tú estás realmente ocupada ahora, y no al ciento por ciento todavía. Necesito que me observes en caso de que me meta en problemas. Puedo esperar hasta que te levantes para eso.

– Estoy levantada hoy, así que no me uses como excusa.

El estòmago de Peabody se encogió. -Si estás segura.

– Tú eres la que debe estar segura. Si lo estás, llevata a Trueheart. Dos uniformes son más intimidatorios que uno en una pesca. Infórmale, y llévalo contigo, luego ponlo de respaldo en la puerta de Entrevistas. El debe decir lo menos posible y mostrarse severo. Tan severo como pueda v erse Trueheart. Toma una patrulla para el trasporte. Usa mi autorización.

– Debo manejar yo o él?

– Déjalo a él. Dile que debe darle a ella una ocasional mirada por el espejo retrovisor. Tú sabes todo el palabrerío. Trata de evitar que llame al abogado demasiado rápido. Sólo vas a hacerle unas pocas preguntas, necesitas aclarar unas cosas. Sabes que ella quiere cooperar como amiga de la víctima y este procedimiento puede traerle a su esposo algún alivio. Blah, blah. Métela adentro y luego empieza a jugar con ella.

– Sólo necesito un favor. Si la empiezo a perder, si me empiezo a equivocar, puedes entrar?

– Peabody…

– Me siento mejor, con más confianza, sabiendo que tengo una red.

– Okay. Si te caes, te atrapo.

– Gracias. -Peabody sacó su comunicador para llamar a Trueheart y ponerlo al tanto de su misión.

Eve fue derecho a su enlace para una conferencia con el primario a cargo del homicidio de Denver. El detective Green era seco e irritable.

A Eve le gustó inmediatamente.

– No sacamos una mierda de los ocupantes anteriores de la habitación. Un par de camareras, el tipo de mantenimiento que arregló el sistema de entretenimiento después una queja de los últimos pasajeros. Estos fueron identificados como Joshua y Rena Hathaway de Cincinnati. Tuvieron la habitación por tres días y la dejaron el mismo que día que nuestra chica llegó. Están limpios. Conseguimos a la víctima sólo en el área del living, en la mesa de café, cuchillo y tenedor, copa y plato, vaso de jugo. Y conseguimos a Julianna Dunne en cada puto lugar.

Hizo una pausa, bebió un poco de café. -Tenemos una identificación visual de ella de los discos del hotel, del recepcionista y del personal del lobby. Estamos corriendo una búsqueda de ADN con el cabello atrapado en la rejilla del baño, sólo para terminar de coserla.

– Coserla ahí no el problema. Es embolsarla primero. No se ha contactado con los federales todavía?

Green giraba, resoplaba, bebía. -No veo que sea un jodido asunto para los Feds.

– Usted está tocando mi canció. Tiene un montón de muestras para revisar, Detective. Me parece que puede tomarle algo de tiempo aclarar todo el exceso y determinar si es Dunne.

– Puede. Y esa mierda tiene el hábito de ir tomando casos inesperados de alrededor. Podría demorarse cuarenta y ocho horas de todas formas. Podrían ser setenta y dos si tenemos, digamos, un problemita de equipamiento. Especialmente si estamos siguiendo otras pistas.

– Hay un montón de datos de ella en IRCCA, pero tengo más. Estire ese tiempo todo lo que pueda, y le enviaré todo lo tengo, incluyendo mis notas personales.

– Sucede que soy un lector lento. Y usted sabe que quiere estar segura de tener todo en un bonito envoltorio con un lazo antes de ir a molestar a esos ocupados Feds con cosas superfluas como asesinatos. Cuando esté a punto de hacer esa llamada, la voy a contactar primero y darle algúnn tiempo de ventaja.

– Lo apreciaría.

– Campbell era uno de los buenos. Un artículo genuino. Embólsela, teniente, y puede contar con Denver para ayudarla a coserla para que no pueda rezumar su encanto otra vez.

Cuando completó la transmisión de datos a Green, Eve abandonó su escritorio, y caminó hacia la ventana. Se enfocó en la ventana del edificio cruzando la calle.

Horas de tiempo en disco, había dicho Julianna. Así que me observabas, reflexionó Eve, pero no me veías. No como tú piensas que veías. Hermanas, mi culo. El único lazo entre nosotras es el asesinato.

Amoldando una cadera en el estrecho borde, dejó que su mente se limpiara y vaciara mientras observaba el frenético tráfico aéreo. Y el borroso movimiento de los rumbosos condominios de la playa de Jersey.

Había ido a la playa de Jersey una vez con Mavis para un muy extraño, muy borracho fin de semana. Mavis tenía reminiscencias sentimentales sobre trabajar a los turistas un verano, levantar algo de dinero. Sólo un par de años antes Eve la había pescado por hacer lo mismo en Broadway.

Ese era un lazo, pensó Ëve. Si ella tenía alguna clase de hermana, esa era Mavis.

Mavis cambiaba su apariencia más a menudo que el adolescente masculino medio cambiaba su ropa interior. Julianna estaba haciendo lo mismo ahora, pero no por una cuestión de moda.

O tal vez eso parte del asunto. Era esa exploración femenina una de las cosas que siempre había desconcertado a Eve, lo de reinventarse a si misma, experimentar nuevos aspectos. Para atraer a alguien? Tal vez, tal vez, reflexionó mientras se ponía a pasear. Pero tenía que haber más, algo satisfactorio para ella primero. Una persona podía mirarse al espejo y encontrarse nueva, fresca, diferente.

Cuando la habían recargado con cabello, realces y tratamientos, Eve había sentido que su espacio personal, y su control sobre sí misma era violado. Pero eso ocurría porque ella era lo opuesto a lo que en verdad era la mayoría de las personas. Ellas amaban tener todo enfocado en si mismas, en su apariencia.

Julianna podía haber perdido eso en prisión. Hacer uso del salón de la prisión no la hubiera satisfecho.

Se arriesgaría para darse a si misma esa satisfacción aquí? No en la ciudad, decidió Eve. No sería tan tonta para arriesgarse a exponerse con una consultora de belleza en la misma piscina donde asesinaba. Donde su cara estaba plasmada sobre todas las pantallas.

No, estaban girando en falso buscando ahí.

La gente que trabajaba con caras, rasgos y cabellos, y cuerpos tomaban notas de caras, rasgos y cuerpos. Cuantas veces había escuchado a Mavis y a la terrorífica experta Trina cotilleando sobre esta y aquella otra.

Eve no dudaba que Julianna estaba ocupándose de su propio cabello en estos días. De alguna manera la mayoría de las mujeres parecían saber como hacerlo, aún aquellas que podían afrontar ir con una experta. Pero ella estaría anhelando por un relajante, indulgente día, incluso un fin de semana, de tratamientos.

Y sería por todo lo alto.

Europa, decidió Eve. Continuaba controlando todos los mejores salones y centros de Spa en la ciudad, pero el dinero de ella estaba en Paris o Roma.

– Computadora. -Chasqueó hacia el escritorio. -Correr una búsqueda global de salones de belleza, spas y centros de tratamiento. Listar los veinte mejores. No, mejor los cincuenta mejores. A lo ancho del mundo.

trabajando…

– Búsqueda secundaria. Compañías de transporte cinco estrellas que tengan servicio entre New York y Europa.

búsqueda secundaria adquirida. Trabajando…

– Okay, merece el tiro. -Controló su unidad de muñeca. -Cuando la búsqueda esté completa, guardar datos en disco duro, copias y guardar el mismo en disco.

recibido…

Satisfecha con un nuevo hilo para tirar, Eve hizo una rápida llamada con el enlace y luego salió para mantener la promesa hecha a Peabody.

En el camino, barajaba sus notas mentales. Veneno, pensó mientras trepaba a un deslizador. Personal y distante, tradicionalmente era más un arma femenina que cuchillos y porras.

Matar sin contacto. Eso era importante para Julianna. El sexo había sido una suerte de maldad necesaria en el pasado.

Ella había dicho que era degradante para ambas partes, recordó Eve. Penetrando. Abriendo.

No, ella nunca usaría un cuchillo, hundirlo en la carne era demasiado parecido al sexo.

Otra diferencia entre nosotras, pensó Eve antes de poder evitarlo. Luego se limpió las manos repentinamente húmedas en los pantalones.

Tú mataste. -La voz de Julianna hizo eco en su cabeza. Tú sabes.

No por placer, se recordó Eve. No por beneficios.

Ella había cobrado su primera vida a la edad de ocho años. Ni Julianna podía igualar eso.

Sintiéndose levemente descompuesta, Eve se frotó la cara con las manos.

– Entrevista C.

Cuando saltó del deslizador, McNab la aferró del codo. -Hey, lo siento. No quería sobresaltarte. Venía detrás de ti. Pensé que me habías oído.

– Estaba pensando. Que estás haciendo en esta sección?

– Quería ver un poco a Peabody en acción. No le dije nada a ella para no distraerla. Pero pensé que podía meterme en observación por diez o quince minutos. Está todo bien contigo, teniente?

– Sí, seguro. McNab?

– Señor?

Ella comenzó a hablar, y luego sacudió la cabeza. -Nada.

Fueron por un estrecho corredor pasando por un par de severas puertas grises que daban a un depósito temporario y entraron en Observación.

El lugar era poco más que otro corredor, y enfrentaba un vidrio de dos vías. No había sillas. La luz era escasa y deprimente y olía a una obsesiva loción para después de afeitar de pino o a un limpiador con esencia de pino. De ambas formas, el aire olía como un bosque.

Hubieran podido elegir por una de las tres confortables habitaciones con pantalla que había en esa sección, donde había sillas, un AutoChef que operaba con créditos, y equipamiento que les hubiera permitido escuchar y ver la entrevista.

Pero Eve consideraba que esas comodidades mantenían al observador demasiado alejado y distanciado. Ella prefería el vidrio.

– Quieres que te consiga una silla o algo?

Distraída, miró hacia McNab. -Que?

– Tú sabes, una silla, en caso de que te canses de estar parada.

– Caramba, McNab, estamos en una cita?

El hundió las manos en los bolsillos y frunció el ceño. -Hombre, trata de ser considerado porque alguien le partió la cabeza y le hinchó la cara y mira como te tratan.

Ella se había olvidado del estado de su rostro, y se sintió molesta porque se lo recordaban. -Si necesito una silla, puedo conseguirla sola. Pero gracias.

Cuando la puerta se abrió del otro lado del vidrio, él resplandeció. -Aquí está ella. Ve por ella, bebé.

– Oficial bebé. -corrigió Eve y se instaló a mirar el show.

CAPITULO 18

Ella observó mientras Peabody instalaba a Maureen Stibbs en una silla ante la tambaleante mesa, ponía la grabadora, ofrecía al sujeto entrevistado un vaso de agua.

Enérgica, profesional, pensó Eve con aprobación. No demasiado amenazante. No todavía.

Y ahí estaba el oficial Troy Trueheart apostado en la puerta viéndose joven y totalmente americano… Y con la severidad de un cachorro de cocker spaniel.

Podía sentir los nervios de Peabody, verlos en la rápida mirada que disparó hacia el vidrio mientras servía el agua.

Pero el uniforme era suficiente, decidió Eve mientras los ojos de Maureen viajaban entre Peabody y Trueheart.

La genete normalmente veían lo que esperaban ver.

– Sigo sin comprender porque tengo que volver a hacer toda la declaración aquí. -Maureen tomó un tímido sorbo de agua, como una mariposa de una flor. -Mi esposo e hija me esperan en casa pronto.

– Esto no debería demorar mucho. Apreciamos su cooperación, Sra. Stibbs. Estoy segura de que su esposo apreciará su ayuda en este asunto. Debe ser difícil para ambos que este caso permanezca abierto.

Bien, bien, ponlo en su regazo, impulsó Eve. Conviértela en parte de esto, nombra al esposo en cada oportunidad que tengas.

Eve acomodó su peso, enganchando los pulgares en los bolsillos frontales mientras Peabody llevaba a Maureen a través de la historias y las declaraciones que había dado antes, pidiéndole repetir o extenderse en ciertos detalles.

– En DDE no tenemos muchas entrevistas. -McNab jugueteaba sin parar con el nido de aros de su oreja izquierda. -Como lo está haciendo?

– Bien, va bien. Manteniéndole el ritmo.

Adentro, Peabody no estaba llena de confianza, pero se mantenía firme.

– Ya dije todo ésto antes. Una y otra vez. -Maureen puso su vaso de agua a un lado. -Que tiene de bueno hacernos revivir todo esto otra vez? Ella se ha ido hace años.

– Ella no dijo muerta. -comentó Eve. -Ella no dijo el nombre de Marsha. No puede porque lo traería muy cerca de su hogar. Peabody necesita presionar ese botón.

– La muerte de Marsha la debe haber chocado mucho en su momento. Ustedes eran amigas cercanas.

– Si, si, por supuesto. Cualquiera estaría chocada y disgustada. Pero lo dejamos atrás.

– Usted y Marsha eran íntimas -dijo Peabody otra vez- Amigas y vecinas. Pero usted dijo que ella nunca mencionó estar insatisfecha con su matrimonio, nunca habló de una relación con otro hombre.

– Hay algunas cosas que no se discuten con amigas y vecinas.

– Mantener un secreto como ese sería duro, estresante.

– No lo sé. -Maureen tomó el vaso de agua, bebió. -Yo nunca he engañado a mi marido.

– Su matrimonio es seguro. Sólido.

– Por supuesto que lo es. Por supuesto.

– Usted tenía un difícil obstáculo que superar.

El agua se derramó por el borde la copa cuando la mano de Maureen tembló. -Disculpe?

– Marsha. Ella era un obstáculo.

– No se que significa eso. Que está diciendo?

– Una primera esposa que tenía a ojos vista un matrimonio feliz. Usted estuvo de acuerdo, y está asentado en el registro de esta investigación que Boyd Stibbs amaba a Marsha y usted nunca observó ningún disenso o problema entre ambos.

– Si, pero…

– Y usted y otros han declarado, en registro, que Boyd y Marsha era devotos el uno con el otro, disfrutaban de la mutua compañía, tenían muchos intereses comunes, muchos amigos mutuos.

– Si, pero… Eso fue antes. Antes de que todo pasara.

– Usted declararía ahora, Sra. Stibbs, que Boyd amaba a su primera esposa, Marsha Stibbs?

– Si. -su garganta se cerró. -Si.

– Y según su conocimiento personal, a través de sus observaciones personales, Marsha Stibbs estaba comprometida con Boyd, y con su matrimonio?

– Ella le dedicaba mucho tiempo a su trabajo. Raramente se ocupaba de prepararle comida a él. Y él se ocupaba de la lavandería más a menudo que ella.

– Ya veo. -Peabody frunció los labios, asintiendo. -Entonces usted diría que era negligente con él, y su matrimonio.

– Yo no diría que… No quise decir eso.

– Presiona. -ordenó Eve desde Observación. -Presiona ahora.

– Que quiso decir, Sra. Stibbs?

– Sólo que no era tan perfecta como todos piensan o dicen. Ella podía ser muy egoísta.

– Boyd nunca se quejó con usted por esta negligencia?

– No. Boyd nunca se queja. Es demasiado bueno por naturaleza.

– Nadie es tan naturalmente bueno. -Peabody usó la sonrisa ahora, grande y amplia, de mujer a mujer. -Seguramente si hubiera sabido o sospechado que su esposa estaba viendo a algún otro, se hubiera quejado.

– No, no. -Eve zapateó. -No le des vueltas, no le des espacio para pensar.

– Que? -Alarmado, McNab aferró el brazo de Eve. -Que hizo mal?

– Debería seguir presionando con la víctima, sacarle al sospechoso los resentimientos enterrados, dejar que los exprese. Y necesita seguir machacándola con el esposo, para que ella piense que estamos buscándolo a él después de todo. La sospechosa está obsesionada con Boyd Stibbs y el mundo perfecto que ha creado alrededor de él. Le haces una mella en los fundamentos de esto, la dejas sentir que se está desmoronando. Ella salió con lo del otro hombre ahora, y le da a la sospechosa la chance de reconstruir la fantasía, la ayuda a creer que había otro hombre.

– Crees que la perdió?

Eve se rascó la cabeza- Perdió un poco de sustento.

– Tal vez deberías entrar.

– No. Puede recuperarse.

Ya habían pasado mucho de los quince minutos de McNab, pero Eve no le ordenó que regresara al trabajo. Observó como la confianza de Maureen se reconstruía y la de Peabody aflojaba. En un momento, Peabody miró hacia el vidrio con tan obvio pánico, que Eve tuvo que imaginarse que sus botas estaban pegadas al piso para no correr adentro y hacerse cargo.

– Tienes algo para escribir? -preguntó Eve.

– Quieres decir papel? -preguntó McNab. -Soy un DDE. No usamos papel. Eso estaría mal.

– Dame tu agenda. -Ella se la arrancó de las manos, y escribió unas pocas frases. -Da la vuelta y golpea. Trata de mostrarte como un policía pàra variar. Pásasela a Trueheart, dile que se la dé a ella, y luego sales otra vez. Puedes hacerlo?

– Apuéstalo. -El revisó la minipantalla y su preocupación se esfumó.

Arruinale sus fantasías.

Implica al esposo.

Oblígala a llamar a la víctima por su nombre.

El ángulo del obstáculo es bueno, sigue usándolo.

Mírale las manos. Juega con el anillo de bodas cuando está nerviosa.

Dallas

Esto hizo sonreír a McNab, por lo que se tomó un minuto para instalar su rostro en la línea seria antes de golpear.

– Lo envía Dallas. -susurró en la oreja de Trueheart, agregando el pequeño floreo de deslizar un dura mirada sobre Maureen.

– Con su permiso, Oficial Peabody. -Trueheart fue hacia la mesa. -Estos datos acaban de llegar.

Le alcanzó a ella la mini unidad, y luego regresó a su puesto.

Cuando Peabody leyó la nota, experimentó una oleada de alivio, un geiser de nueva energía. Muy cuidadosamente, puso la pantalla boca abajo en la mesa y unió las manos sobre ella.

– Que es eso? -demandó Maureen. -Que quiso decir con datos?

– Nada de que preocuparse. -dijo Peabody en un tono que indicaba que era algo para preocuparse mucho. -Puede decirme, Sra. Stibbs, cuando usted y el Sr. Stibbs empezaron a verse el uno al otro como algo más que amigos?

– Que diferencia puede hacer eso? -Maureen miraba temerosamente hacia la agenda. -Si usted está tratando de implicar que teníamos algo antes de que Boyd fuera libre…

– Estoy tratando de obtener una línea de tiempo, un cuadro de antes y después del asesinato de Marsha. Las mujeres saben cuando un hombro está interesado en ellas. Boyd estaba interesado en usted?

– Boyd nunca, nunca hubiera traicionado sus votos. El matrimonio no es una conveniencia para él.

– Que es lo que pasaba con Marsha.

– Ella nunca lo apreció completamente a él, pero nunca la culpó por eso.

– Pero usted si.

– Eso no es lo que yo dije. Simplemente quise decir que no era tan devota con el matrimonio como parecía desde afuera.

– Y usted, siendo amiga de Boyd y Marsha estaba adentro, y veía las fallas. Boyd estaba tan profundamente involucrado en esa relación. Las fallas deberían haber sido muy evidentes para él. Muy angustiantes si él sentía que Marsha era descuidada con su matrimonio, con su felicidad.

– Ella no hubiera visto que él era infeliz.

– Pero usted lo hizo. Vió que él era infeliz, lo consolaba cuando le hablaba de eso.

– No. No. Yo nunca… Él nunca. Es un hombre muy tolerante. Nunca dijo una mala palabra sobre ella. Nunca. Tengo que volver a casa.

– Era lo bastante tolerante para soslayar una infidelidad? Ocuparse la lavandería, hacer sus propias comidas mientras su mujer tenía sexo a hurtadillas con otro hombre? No creo que queden santos en el mundo. No le preocupa eso, Sra. Stibbs, que tal vez usted está casada con un hombre capaz de arreglar la muerte de su primera esposa?

– Está loca? Boyd nunca hubiera sido capaz. Usted no puede ni siquiera pensar que tuvo algo que ver con… Con lo que sucedió. El ni siquiera estaba ahí.

– Un viaje de negocios fuera de la ciudad es una cortada astuta. -Peabody se echó atrás en la silla, asintiendo sensatamente. -Usted ni siquiera se imaginó que él sospechaba que su esposa andaba acostándose por ahí? Las cartas estaban ahí mismo. Las señales apuntan todas a él. Pudo haberlo cocinado por días, semanas hasta que lo desbordó. Hasta que le pagó a alguien para entrar cuando él se fuera, golpearle en la cabeza, y hundir su cuerpo en la bañera. Luego volvió a casa y jugó al esposo atormentado.

– No puedo dejar que diga eso. No puedo quedarme sentada aquí y escuchar que diga esas cosas. -Ella empujó la mesa con la suficiente fuerza para volcar el vaso de agua. -Boyd nunca la hubiera lastimado. El nunca lastimó a nedie. Es un hombre gentil. Un hombre decente.

Un hombre decente es capaz de ponerse furioso cuando encuentra que la mujer que él ama está jodiendo con otro hombre en su propia cama.

– El nunca le hubiera puesto una mano encima a Marsha, o permitido que otro lo hiciera.

– Un momento de furia cuando encontró las cartas.

– Como iba a encontrarlas si no estaban ahí?

Ella tenía los ojos salvajes y jadeaba. Peabody sintió que un frío control se apoderaba de ella.

– No, las cartas no estaban ahí, porque usted las escribió y las puso en el cajón después de asesinarla. Usted asesinó a Marsha Stibbs porque era un obstáculo para llegar a Boyd, un hombre que usted quería, y que ella no sabía apreciar como lo hacía usted. Usted quería al esposo de Marsha y su vida y su matrimonio, así que los tomó.

– No. -Maureen presionó nas manos en las mejillas, sacudió la cabeza. -No. No.

– Ella no lo merecía a él. -Peabody tenía el martillo ahora y lo usó fríamente para hacer añicos a Maureen con golpes rápidos y duros. -Pero usted si. El la necesitaba a usted, a alguien como usted para ocuparse de él como ella no lo hacía. Ella no lo amaba, no en la forma que usted lo hacía.

– Ella no lo necesitaba. No necesitaba a nadie.

– La confrontó cuando Boyd salió de la ciudad? Le dijo que no era lo bastante buena para él? Se merecía algo mejor, no? La merecía a usted.

– No. No quiero estar más aquí. Necesito ir a casa.

– Ella discutió con usted, o sólo se rió? No la tomó en serio, y tampoco lo haría Boyd hasta que ella no estuviera fuera del cuadro. El no la vería a usted hasta que ella no estuviera fuera del camino. Usted tenía que matarla y entonces podría realmente vivir. No es cierto, Maureen?

– No fue así. -Gruesas y rápidas lágrimas corrieron por sus mejillas. Unió las manos, como en una plegaria. -tiene que creerme.

– Dígame como fue. Dígame que sucedió la noche que fue al apartamento de Marsha.

– No quise hacerlo. No quise hacerlo. -Sollozando, se derrumbó en la silla, poniendo la cabeza sobre la mesa y cubriéndola con los brazos. -Fue un accidente. No quise hacerlo. Hice todo bien desde entonces. Lo hice todo por él. Yo lo amo. Siempre lo amé.

En Observación, McNab sonreía como un loco. -Lo hizo. La quebró. Cerró un caso frío. Tengo… Diablos, tengo que conseguirle flores o algo. -Empezó a salir y se volvió. -Dallas, lo hizo bien.

– Si. Eve continuaba mirando a través del vidrio, viendo la pena que veía moverse en los ojos de Peabody. -Lo hizo bien.

Para el momento en que envió a Maureen Stibbs abajo para el fichaje, Peabody estaba drenada. Sentía como si sus entrañas hubieran pasado a través de una enorme escurridora mecánica que le había exprimido todos los jugos.

Cuando regresó hacia la guarida, sus padres se levan