/ Language: Español / Genre:sf

Neanderthal

John Darnton

En las remotas montañas del norte de Asia, un guerrero desaparece, una estudiante es asesinada y un eminente paleontólogo norteamericano se esfuma sin dejar rastro. Para la oscura institución responsable de la investigación todo esto son indicios de que algo ha salido mal en la más extraordinaria expedición jamás llevada a cabo. Matt Mattison y Susan Arnot, antiguos alumnos del profesor desaparecido, ex amantes y en la actualidad rivales académicos, aceptarán la misión de encontrar a su viejo tutor de Harvard y el secreto que él ansiaba descubrir: la existencia de una especie entroncada con los orígenes de la humanidad, cuyos individuos han existido durante más de cuarenta mil años. Dotados de poderes inimaginables en un mundo dominado por humanos, dichos homínidos están a punto de alterar para siempre el curso de la civilización. John Darnton, haciendo gala de un experto manejo del suspense y de una rigurosa documentación científica, nos presenta la pugna entre arqueólogos y gobiernos rivales por seguir la pista a un grupo de criaturas que son una reliquia de la prehistoria. El resultado es Neandertal, la novela de aventuras más esperada del año que, de la mano de Darnton, llevará al lector hacia un viaje fantástico que le hará creer en lo imposible.

John Darnton

Neanderthal

Titulo de la edición original: Neanderthal

Traducción del ingles: Ana Juando

Y fue a consultar a Yahve, que le dijo: Dos pueblos llevas en tu seno.

Dos pueblos que al salir de tus entrañas se separaran.

Una nación prevalecerá sobre la otra nación y el mayor servirá al menor.

PEKIN, 9 de junio. Los científicos chinos le siguen la pista a un misterioso ser humano salvaje y peludo; han hallado pruebas indirectas de que las criaturas semejantes a los humanos que viven apartadas no son ningún mito, según dijo el viernes la agencia Xinhua.

Reuters, 1995

AGRADECIMIENTOS

Un importante editor de Random House, con una larga trayectoria profesional a sus espaldas, defendió el manuscrito de este libro y contribuyo a darle forma en sus albores. Este hombre es una persona legendaria en los círculos literarios; durante los treinta y cinco años que trabajo en la editorial publico un sinfín de libros de escritores famosos. Los autores lo respetaban, porque sabia mejorar sus obras y al mismo tiempo conservar su identidad propia, y muchos, incluso lo querían. Pero su nombre jamás apareció en el apartado de agradecimientos de sus libros. Siempre lo tachaba siendo, como era, de la vieja escuela, que sostiene que los editores deben permanecer, a toda costa, en la sombra. Si hubiera sido menos modesto, su nombre habría salido impreso en cientos de libros. Si todo hubiera ido bien, no habría aparecido aquí. Estas palabras tienen como único fin expresar mi gratitud y rendir mi homenaje-palabras a todas luces insuficientes-a Joe Fox.

Deseo dar las gracias también a Arthur Kopit, amigo, escritor y conspirador. Fue el primero que me dio la idea de narrar esta historia en forma de novela y quien muchas noches, hasta horas muy avanzadas, colaboro de forma decisiva a concretar los giros del argumento.

Estoy en deuda con Nicholas Delbanco, por su lectura y sus comentarios críticos; con Michael Koskoff, por su ayuda y sus consejos; con Christopher Stringer, por haberse leído los pasajes científicos clave; con Myra Shackley, por el material, de incalculable valor, contenido en sus dos libros sobre los neandertales, detrás de los cuales hay un minucioso trabajo de investigación científica; con Walter Parkes, por sus útiles sugerencias, y con Peter y Susan Osnos, por su apoyó y por haberme ofrecido su casa varios veranos, durante los cuales escribí gran parte de este libro.

Asimismo quisiera manifestar mi agradecimiento a Joseph Lelyveld y a Bill Keller, editor directivo, el primero, y editor de la sección extranjera, el segundo, de The New York Times, por haberme concedido amablemente algunos días de vacaciones para que pudiera cumplir con el plazo de entrega del manuscrito; a Marion Underhill, Sue Nestor y Tony Beard, de las oficinas londinenses de The New York Times, que me brindaron apoyó logístico sin queja alguna; a Jon Karp, mi nuevo editor de Random House, quien, de buenas a primeras, se enfrasco en el trabajo de dirigir la redacción del manuscrito en su fase final; y a Kathy Robbins, mi agente y amiga, que es sencillamente la mejor en su trabajo.

Y gracias, naturalmente, a mis hijos, Kyra, Liza y Jamie Darnton, cuya ilusión, ardor y sugerencias me fueron de un inconmensurable valor, y a la persona que mas hizo por animarme, por escucharme, por aportarme ideas geniales, por volver a escribir lo ya escrito, por imprimir, por darme la mano, por enjugarme la frente, por negociar y, en general, por estar siempre a mi lado: Nina Darnton.

En 1910, Geoffrey Bakersfield-Smyth, un erudito aventurero de Leeds, entregado a su pasión por coleccionar y clasificar flores alpinas, entro por casualidad en el Museo Nacional de Antigüedades y otros Objetos de Dushanbe, en el kanato de Bujara. En el sótano del museo, entre viejas cajas de vasijas de barro, archivos deteriorados por la humedad y otras tantas cosas echadas a perder, encontró una piedra única. Era una tabla rectangular, grabada con mucho esmero, del tamaño de una mesita auxiliar. Le faltaba un trozo -el borde exterior derecho estaba mellado en forma de ese y parte del grabado estaba totalmente desgastado.

Pero había unas líneas tan claras como huellas de unas botas en el barro; eran figuras humanas, aunque fuera imposible decir de que figuras se trataba.

En la sala en la que se guardaban los polvorientos archivos del museo, Bakersfield-Smyth hallo una breve nota, escrita con mano temblorosa. La tabla había sido descubierta en I874 por un campesino mientras araba su campo, situado junto a una aldea de montaña en tierras tadzhikes. (Bakersfield-Smyth recordó que en 1987 un terremoto había sacudido Oriente y supuso que la tabla había salido despedida de alguna de las cuevas subterráneas de piedra caliza que abundaban en la zona.) El campesino la llevo en una carreta tirada por bueyes a Khodzant, el pueblo de la provincia, y la dejo en la puerta de una tienda de paños. En ninguna parte constaba ni como ni cuando había sido transportada la tabla al museo de Dushanbe.

Bakersfield-Smyth tomo notas, en las que describía sucintamente la tabla. Quitó con un cortaplumas la arenisca silicea que había entre las grietas y en las muescas, y calco los dibujos. Después cogió su cámara y la fotografió. Registro todo el museo en busca de la parte que faltaba, pero no la hallo.

En Londres, Bakersfield-Smyth le mostró sus notas y sus fotografías a P. T. Baylord, quien mas tarde se convertiría en lord Uckston, que era un especialista en antropología biológica, a la sazón una ciencia relativamente nueva. En I9I3, Baylord publico en el Journal of the Royal Society for Archaeology una monografía y un articulo titulados ‹‹El pictograma de Khodzant››. Amplió las fotografías, las corto, luego juntó en una secuencia lineal las imágenes que había obtenido por separado, y de ese modo Baylord pudo reconstruir la historia que narraba la tabla. Afirmo que esta hacia referencia a una antigua batalla de tal magnitud, según el, que los supervivientes se habían sentido impelidos a inmortalizarla y transmitirla a las generaciones posteriores.

Adviértanse los intentos por situar la acción en un tiempo y en un lugar determinados -escribió-. Concretamente observamos símbolos que podrían representar las lunas y otros que al parecer representan el follaje estacional. En un extremo hay un dibujo que es, según todos los indicios, una montaña y un peculiar afloramiento rocoso con salientes que le confieren el aspecto del dorso de un puno cerrado.

Desconocemos el lugar exacto en el que se halla este sistema montañoso, pero conviene señalar que la región mas alta del Pamir, que abarca Afganistán, Tadzhikistan, Jammu y Cachemira, en gran parte por explorar, contiene numerosas formaciones rocosas casi únicas por sus dimensiones gigantescas y sus formas extrañas, atribuibles a la erosión de los glaciares.

El relato de la batalla escrito por Baylord era impresionante, aunque en ultima instancia insatisfactorio a causa del trozo que faltaba. Se desconocía el final, si es que lo hubo. La historia se desvanecía en el aire, por así decirlo. Pero pudo discernir claramente dos bandos de guerreros e identificar tres contiendas distintas. Incluso llego a conjeturar que en una esquina había un montón de cuerpos sin vida, aunque los cadáveres estaban curiosamente representados, al parecer, por ojos humanos colgados en unos árboles.

Después de pasarse semanas enteras examinando las fotografías con una lupa y haciendo minuciosos dibujos en un trozo de arcilla con un escalpelo de cirujano con el fin de reconstruir las partes que faltaban, descubrió las diminutas armas de los soldados, las cuales, escribió, ‹‹eran de naturaleza notablemente primitiva››.

Pero el trabajo, desde un punto de vista científico, era muy poco riguroso. Sin el original, era absolutamente imposible datar la tabla. En consecuencia, Baylord, a modo de conclusión, no tuvo mas remedio que aventurar una hipótesis que era, en gran medida, una mera suposición: probablemente, los combatientes pertenecían a pequeños clanes de mongoles que entablaron batallas entre el ano 100 y el ano 200 a. C. Y en ningún momento reparo en un detalle intrigante de la tabla: el hecho de que un grupo de guerreros era distinto del otro, puesto que se caracterizaba por tener una frente extrañamente huidiza que terminaba en unos arcos superciliares muy prominentes. Baylord se limito a hacer una alusión, de pasada, a ‹‹una cinta que llevaban en la frente››.

Sus escritos levantaron un ligero revuelo en los círculos académicos, que pronto fue apagándose paulatinamente. Algunos sostenían que se trataba de un fraude. Su breve monografía siguió viva solo entre un puñado de arqueólogos que la consideraban una curiosidad. Las conferencias sobre ‹‹El enigma de Khodzant›› se convirtieron en unas de las favoritas entre los estudiantes universitarios.

La piedra se quedó en el sótano del museo, totalmente abandonada, y mas tarde, cuando la Revolución rusa se extendió hasta Tadzhikistan, se perdió.

El enigma de Khodzant

Akbar Atilla dejo su AK-47 apoyado en el tronco de un árbol y se alejo de la hoguera del campamento en busca de un lugar donde hacer sus necesidades. La luz de la luna era débil y la visibilidad casi nula. Diversas capas de nubes cubrían el cielo nocturno y de vez en cuando la negrura era absoluta.

Las guerrillas de mujahiddines habían ido subiendo por las montañas de Tadzhikistan hasta una altura considerable con la finalidad de hallar un lugar seguro donde asentar su base. Ninguna fuerza armada del Estado podría darles alcance a menos que montaran una expedición de envergadura y, en el caso de que lo hicieran, las guerrillas podrían esperarles tranquilamente, escondidas en cualquiera de los múltiples barrancos que había en el lugar, y dispararles. Aquellas montañas eran una fortaleza inexpugnable.

Subió la cuesta rocosa, intentando encontrar el sendero guiándose por el contacto de los pies con el suelo. De pronto se detuvo y escucho. Se oía el rumor de las hojas de los abetos que el viento movía y las voces de sus camaradas, que hablaban tranquilamente, abajo. Uno de ellos estaba contando una historia.

Se aflojo el abrigo del uniforme militar y se dispuso a desabrocharse el cinturón. En aquel momento oyó un ruido inconfundible a sus espaldas: eran los pasos de alguien que se acercaba. Se irguió y fue a volverse, pero el ataque fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Sintió un fortísimo golpe en la cabeza y alzo la vista, aterrado. Las nubes se deshacían en el cielo. A la luz de la luna vio una vaga silueta, grotesca y salvaje, que emitía gruñidos, y un rostro alargado con unas sobrecejas muy prominentes. Ni siquiera pudo chillar; lo golpearon otra vez y luego sintió que unos brazos le estrujaban y le rompían las costillas. Hasta que la noche se lo tragó.

A la mañana siguiente, muy temprano, sus camaradas hallaron el rifle apoyado en el árbol. No había nada más. Pensaron que quizás habría bajado al valle a ver a su familia o a cosechar los campos. ¿Pero porque no se llevo el arma consigo?

La historia de esta desaparición era similar a otras que habían ocurrido recientemente, de modo que al final llego a oídos de los aldeanos y mas tarde también se enteraron los habitantes del pueblo que había en las colinas, al pie de las montañas. Para entonces al relato le habían añadido tantos detalles imaginarios, con el propósito de embellecerlo, que apenas guardaba ya ningún parecido con lo que en realidad había sucedido. Únicamente el misterio esencial permaneció inalterado: un hombre se había esfumado sin dejar rastro, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Un norteamericano que viajaba por el Pamir, a quien por comodidad y para evitar molestas preguntas llamaban cónsul, recogió el acontecimiento y lo transcribió en un disquete; añadió asimismo un breve recorte del periódico local de aquella semana, que su secretaria tradujo:

HISKADETH, 8 de noviembre.

Una joven de veinticuatro años de Surrey, Inglaterra, que formaba parte de un grupo de excursionistas y alpinistas que escalaba el Askasi, fue hallada muerta la semana pasada.

El responsable de la expedición, Robert Brody, de Londres, dijo que desde que la joven, Katrina Bryan, se había alejado del campamento, el grupo había estado muy preocupado por ella. También aseguro que habían emprendido una búsqueda exhaustiva durante cuatro días sin éxito, y cuando ya se habían dado por vencidos y habían decidido iniciar el descenso, hallaron el cuerpo en un saliente, a unos tres kilómetros de la cima del monte.

Los excursionistas llevaban tres semanas recorriendo y escalando las montañas de aquella región, raramente visitada por los forasteros. Los lugareños cuentan historias de ciertos…Hombres de la montañas que capturan a las personas que se aventuran a ir hasta allí. El señor Brody dijo que todos habían vivido atemorizados por diversas apariciones misteriosas, pero rehuyó dar mas detalles.

La autopsia, llevada a cabo por el doctor Askan Katari, mostró que presentaba múltiples abrasiones y extensas lesiones craneales. Había…Ciertas contradicciones, dijo el doctor Katari sin dar mayores explicaciones. Han repatriado el cadáver a Inglaterra para que pueda procederse a su inhumación.

El cónsul codificó el disquete y lo metió en un sobre en el que escribió las señas del college de Bethesda, en Maryland, al cual le habían aconsejado que se dirigiera en ocasiones como aquella. Lo envió por medio de la valija diplomática de la Embajada norteamericana de Dushanbe, la capital de Tadzhikistan.

Matt decidió tomarse un descanso. Salio de un agujero que parecía una tumba, fue a recoger el cántaro de agua y, cuando estaba bebiendo, por el rabillo del ojo vio una manchita. Volvió a dejarlo en el suelo y miro fijamente el valle; muy a lo lejos había una nube de polvo. Era un coche.

El primer coche que veía en los últimos cuatro meses.

¿Que hacia allí, en aquel lugar remoto y desierto?

Se quito el sombrero de ala ancha manchado de sudor y alzo la vista. Al instante tuvo la sensación de que el sol del África oriental le perforaba el cerebro. Movió repetidamente los hombros, haciéndolos girar, y sintió un dolor muy agradable en los músculos de la espalda.

En la pendiente árida que había a sus pies vio a cinco personas trabajando. Eran sus alumnos. Le gustaba mirarlos desde cierta altura, como ahora.

Todos estaban ajetreados, ocupados en la excavación.

Uno de ellos empujaba una carretilla cargada de trozos de roca; otro, tendido boca abajo en una zanja, estaba pasando un cepillo de dientes por la superficie de una piedra. Que exótico era, con aquel calor y en medio de tanto polvo. Parecía un paisaje lunar.

Echó un vistazo al reloj. Era la hora de almorzar.

Bajó la colina a grandes zancadas, de lado, y entró en la tienda de campana. En el interior hacia un calor sofocante. Dejó la puerta de lona abierta y encendió un ventilador que tenia un aspa de plástico de diez centímetros y que poca cosa hacia por mover aquel aire inerte.

Se oía el sordo zumbido de las moscas.

Inesperadamente Matt vio su rostro reflejado en un espejo que colgaba de uno de los palos de la tienda. Examino los chorros de sudor que le resbalaban por la frente y las mejillas, hasta desaparecer en la barba. El pelo, castaño y espeso, le cubría la frente y las orejas, y le llegaba hasta el cuello de la camisa. El polvo se le había acumulado en las patas de gallo que tenia alrededor de los ojos marrón oscuro y en las arrugas que se le habían formado a ambos lados de la boca.

Se quitó las botas, se sacudió los pies, se tumbo en el catre, doblo los brazos, apoyó la cabeza en las maños entrelazadas y miro el luminoso techó de lona de la tienda, recubierto de un material protector, que el airecillo del ventilador movía letárgicamente. Una sombra se deslizo de pronto por el.

– ¿Duermes?

En el tono de voz de Nicole se detectaba alegría, deseo y también burla, aunque ligera.

– No. En realidad solamente me he echado a dormir una siesta.

– Solo es la una.

Matt se sentó.

– Ya sabes que estoy hecho un anciano…

Nicole sonrió y meneo la cabeza exasperada. No soportaba que el hiciera referencia a su edad. Era una manera mas, de las múltiples a las que el recurría, de interponer una distancia insalvable entre ellos dos. Se quito la badana que llevaba atada a la cabeza y se dejo el pelo suelto, que le cayo hacia atrás. El aire del ventilador le movía la parte de la cabellera color nogal, larga y llena de polvo, que se le veía por encima de los hombros.

– Has visto el coche -dijo Nicole.

Más que una pregunta era una afirmación.

– Si.

– ¿Quien puede ser?

– No lo se. No esperamos correo hasta dentro de dos semanas.

– Podría ser algo importante. Tal vez una pieza para tu ordenador.

– Un manual de instrucciones, seguramente.

Matt tenía el ordenador en un rincón y nunca lo usaba.

Era incapaz de manejarlo -como a el le gustaba decir, era un hombre del pasado, no del futuro-y su ineptitud era objeto de bromas entre sus alumnos.

– Tal vez sea un mensaje de la universidad.

Quizás van a financiar la excavación seis meses más.

– Cuando dan dinero, no mandan a nadie que tenga que recorrer medio mundo para entregarlo. Lo anuncian por la noche… en una sala vacía.

Nicole se rió. El se levantó y estiro los brazos.

– Bueno -comento-, sea quien sea, llega tarde para el almuerzo.

Matt se fue hacia la puerta.

– Solo espero que no sean malas noticias -dijo Nicole-. Me encanta estar aquí. He encontrado el trabajo de mi vida.

Matt sonrió.

– Tiene momentos especiales -afirmo.

Después, con una inclinación de cabeza, le señalo con la mano la puerta de la tienda de campana: una invitación a que se marchase. Ella le dirigió una mirada ardiente y cuando estuvo a su lado le pasó despacio el índice por el vientre, arrugándole la camisa y acariciándole la piel debajo del ombligo. Sin quererlo, Matt sintió que se excitaba.

¿Por que no dormía con ella? No es que no sintiera deseo; eso, gracias a Dios, no lo había abandonado.

Recordó la noche que Nicole tomo la iniciativa. Ella había entrado a hurtadillas en su tienda y se la encontró esperándolo en su catre. Bajo el pabellón de la mosquitera, que la cubría como una bata transparente, vio que estaba desnuda. A Matt le acometió una mezcla de deseo y de miedo. Se acercó a la caja en la que guardaba sus pertrechos, cogió una botella de un quinto de galón de whisky y se sentó en una canasta que había cerca de la cama. Estuvieron bebiendo los dos, pasándose la botella el uno al otro.

Ella se sentó, cubriéndose el pechó con una manta, pero una o dos veces, cuando se inclino para ir a cogerle la botella, no la sujeto y el vio sus senos, pequeños y firmes.

¿Cuanto tiempo hacia que habían hecho el amor. Tres meses?

Bebieron como dos buenos amigos hasta que terminaron la botella. El salio tambaleándose a pasear bajo las estrellas y, cuando regreso una hora mas tarde, ella ya no estaba. Durante los días siguientes estuvo furiosa.

Luego, sin saber como, su furia desapareció y empezó a comportarse como si tuviera ciertos derechos sobre el. En las comidas se sentaba a su lado, lo miraba y, si el contaba chistes o bromeaba, ella le sonreía como les sonríen las mujeres a sus maridos.

En un par de ocasiones ella se las ingenio para quedarse a solas con el y así poder hablar. El se apercibió, pero fingió no darse cuenta de nada y desvió la conversación tomándole el pelo de tal modo que resulto casi cruel. Se sentía vil, pero aquello -el romance al calor de la hoguera del campamento entre la estudiante recién graduada y el profesor encallecido por los safaris parecía tan tópico y le producía tanto hastío como los hallazgos casuales de huesecitos en las excavaciones. No quería pasar por las inevitables declaraciones, confesiones y recriminaciones. Tal vez este haciéndome viejo, se dijo, pero me apetece consagrarme a la abstinencia del mismo modo que en el pasado solía deleitarme en el desenfreno.

De pronto, a los treinta y ocho años, Matt había tomado conciencia del tiempo. No se perdonaba haber caído en la hipocresía de los romances; los juegos, el esfuerzo por mantener el misterio, la rutina propia de todos los amoríos, que el había ido perfeccionando a lo largo de los años, le parecían ahora tan insípidos como el parloteo vacuo de los políticos. Solamente una vez fue capaz de despojarse de todo este fingimiento, y lo había estropeado todo. Pero de eso hacia muchos años.

Se sentía inquieto e insatisfecho; sus emociones y sus sentimientos estaban gastados. Se decía que anhelaba la soledad, que para el era un autentico tesoro, lo cual era cierto, pero también era cierto y era lo bastante honrado para reconocerlo en sus noches de insomnio-que se sentía solo.

Con todo, la situación que se había creado entre Nicole y el era inestable. Tendría que actuar de manera que le hiciera ver que comprendía sus sentimientos porque de lo contrario explotaría, y eso echaría a perder la expedición. Siempre le había sorprendido lo importante que es, para que una excavación sea un éxito, que haya un espíritu de grupo y que este se sienta cohesionado.

Matt salio de la tienda y se quedó mirando la cuenca del valle. El coche estaba cada vez mas cerca. El polvo que levantaba parecía una explosión; luego iba cayendo suavemente, como caen las plumas.

– Lo que más me gusta de este lugar es que nadie puede atacarte por sorpresa-dijo.

– Y así tienes tiempo de levantar fortificaciones con el fin de defenderte.

Nicole se volvió y le lanzo una mirada significativa, como recalcando el doble sentido de sus palabras. Cuando iba andando por el sendero, Matt, que iba detrás de ella, tenía la vista clavada en sus pantalones cortos deshilachados.

Los hilos que colgaban parecían flequillos emblanquecidos sobre la piel desnuda de sus muslos; Nicole andaba despacio y marcaba el paso, lo que le permitió a Matt ver el contorno de las bragas y observar el balanceo de sus nalgas.

Como siempre que hablaba en público, la doctora Susan Arnot estaba excitada, aunque solo fuera, como en esta ocasión, ante unos estudiantes universitarios de antropología de primer curso. Cuando alguien da una conferencia se convierte en el centro de atención y todos los ojos están puestos en el. Tenia que admitir que también le gustaba el hecho de sentir que dominaba la situación. ¿En eso consistía la de magia?

El curso de Susan Arnot sobre el hombre prehistórico era uno de los más populares de la Universidad de Wisconsin, aunque Susan era famosa por ser una profesora exigente a la hora de corregir los exámenes. Inscribirse en un curso que impartía una persona celebre en su especialidad y cuyas teorías, además, al poner en solfa las ideas establecidas, generaban polémica representaba una emoción añadida.

Y por supuesto estaba también su fama, entre alumnos y profesores, de ‹‹símbolo sexual››. Tenía un biotipo esplendido, unas piernas bastante largas y un estilo de vestir juvenil; a veces, los días que no iba a la universidad, se ponía unos tejanos, una chaqueta de cuero negra e iba en moto, con el pelo largo, negro y brillante remetido en un casco de color cereza. Cuando entraba en un aula o en una sala se producía una conmoción invisible, como si las moléculas se calentaran.

Las clases de Susan eran legendarias entre el alumnado, de modo que sus aulas estaban siempre a rebosar. De pie en la tarima, con un haz de luz lanzado desde el otro extremo del aula por encima de su cabeza como si fuera un proyector orientable, de los que se usan en los teatros, veía los contornos de los rostros pero no las facciones. En la penumbra se distinguía el resplandor de algunas joyas y un par de gafas que reflejaban la luz cual diminutos faros en la semioscuridad.

Había distendido el ambiente con comentarios jocosos: el habitual repertorio de hallazgos arqueológicos raros, las comparaciones entre el hombre de Java y una eminente personalidad de la universidad, el fraude de la mandíbula de Piltdown y un trabajo de investigación de un profesor. Era un recurso fácil pero funcionaba, y se sentía gratificada cuando ellos se reían justo en el momento en que se tenían que reír.

Bruscamente levantó el puno derecho, flexiono el pulgar y se oyó un zumbido distante. A sus espaldas apareció un mapa enorme dibujado con tinta negra; los ríos estaban representados por unas líneas serpenteantes y las colinas por unas pestañas. Los alumnos fijaron su atención en el; algunos levantaron sus plumas, dispuestos a garabatear apuntes. Topónimos alemanes del valle del Rin: Oberhausen, Solin gen, el rió Dussel. Susan alzo el puntero y se acercó al mapa muy seria.

– Y así llegamos al acontecimiento principal. Para ello hemos de remontarnos al mes de agosto del ano I856.

Tres años antes de que Darwin publique El origen de las especies. Ha estado trabajando en el durante unos veinte años y no tiene ninguna prisa por terminarlo. Pero pronto se entera de que un rival suyo esta trabajando en un manuscrito en el cual expone lo que el denomina ‹‹la selección natural››. Eso provocara que Darwin se ponga a trabajar a un ritmo frenético.

Se interrumpió y miro a sus alumnos; quería asegurarse de que la seguían. Sin saber por que empezó a ponerse un poco nerviosa; era una sensación vaga, desconcertante, y que desde hacia unos días iba y venia de forma inexplicable.

Levantó el puntero y la punta de goma roja rozo el mapa Susan acarició el centro con un movimiento circular y lento.

– Aquí, en este pequeño valle al este del Rin, se va a producir un hallazgo que trastocara las teorías científicas del siglo XIX. Y al igual que en muchos hallazgos importantes, el azar jugara un papel decisivo.

Levantó el puno. Se oyó otro clic y en la pantalla resplandeció una fotografía en color que mostraba praderas y claros umbrosos.

– Este es un pequeño valle tranquilo, sembrado de edelweis y narcisos trompones. En el siglo XVII la garganta recibió el nombre del director de un colegio de Dusseldorf, Joachim Neumann, quien acostumbraba a vagar por el valle en busca de inspiración para sus poemas y sus composiciones musicales, por cierto espantosas. Pero era un personaje querido y, al morir, los habitantes de mayor edad del pueblo decidieron poner su nombre a los campos que el adoro. Joachim era un pedante: prefería que se dirigieran a el utilizando la traducción griega de su apellido, Neander, que significa ‹‹hombre nuevo››.

– Dos siglos mas tarde, en 1856, un día tranquilo de agosto, unos obreros que trabajaban en una cantera descubrieron una cueva en la que había montones de huesos apilados junto a las paredes y esparcidos aquí y allá, aunque la mayoría de ellos estaban amontonados cerca del centro. Los obreros los tiraron todos salvo un puñado. Por algún motivo que desconocemos, el propietario de las tierras, un tal Felix Beckershoff, se intereso por aquellos viejos huesos y salvo unos cuantos: unos brazos, algún fémur, parte de una pelvis y el fragmento de un cráneo.

En la pantalla apareció otra diapositiva: unos trocitos de huesos, relucientes como piedras preciosas y de color marrón oscuro como cajas de cartón mojadas. Algunos eran perfectamente identificables: una bóveda craneal, un fémur inconfundible y una tibia muy delgada. El extremo del puntero no dejaba de moverse entre ellos, dibujando un ocho.

– Afortunadamente, Beckershoff conocía a J. C.

Fulllrott, el fundador de la Sociedad de Ciencias Naturales local. Cuando este tuvo delante los fragmentos, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. ¿Que clase de huesos eran aquellos? El cráneo ligeramente inclinado, las extrañas e impresionantes protuberancias… ¿que explicación había que darles? Y los miembros arqueados. El cubito lesionado de un antebrazo. ¿A quien pertenecían? Aquellos huesos no eran de ningún animal, pero tampoco pertenecían a seres humanos vivientes ni a ninguna especie humana.

Susan volvió al atril. Ahora los alumnos estaban escribiendo febrilmente. No necesitaba consultar sus notas: había dado aquella clase decenas de veces. Con todo, no podía evitar sentirse vulnerable ni librarse de la sensación de que perdía el hilo. ¿Quienes son todas estas personas que me están escuchando?, se preguntó. ¿Que piensan en realidad?

Pugno por recuperar un tono de voz tranquilo, propio de una conversación distendida.

– Fuhlrott aviso a un anatomista de Bonn, un profesor llamado Schaaffhausen, que fue el primero en sostener la teoría de que aquellos especimenes eran algo absolutamente inimaginable: no pertenecían a ningún simio ni a ningún hombre, sino a un ser anterior al hombre, un ser de algún; especie que tal vez habito Europa antes de los romanos y lo celtas. Intenten imaginarse por un momento el osado salto que esta singular inducción venia a representar.

La reacción de los profesionales no se hizo esperar. La teoría de la evolución estaba en ciernes. Sus gritos de amenaza retumbaban por los pasillos severos y respetables de la ciencia. Los representantes de la comunidad científica dominante se escindieron. Los evolucionistas cogieron el puñado de huesos y los enarbolaron – ¡rápido!-para esgrimir su revolucionaria teoría. Los antievolucionistas se lanzaron al ataque e insistieron en que aquellos huesos eran un hallazgo fortuito e insignificante. Los dos bandos estaban empatados. Incluso llegaron a intervenir pensadores famosos de la época, que aportaron nuevas explicaciones.

La verosimilitud no era un factor primordial que hubiera que tener en cuenta. Rudolf Virchow, el anatomista alemán más famoso de su tiempo, sostuvo que el ser al que pertenecía aquellos huesos era un hombre vulgar y corriente que sufrió raquitismo. El dolor atroz, concluyo, le hizo contraer lo arcos superciliares, los cuales se osificaron y dieron origen a la formación de aquellas extrañas protuberancias. Eminentes científicos tomaron partido en aquella controversia Darwin, por supuesto, también lo hizo. -Susan meneo ligeramente la cabeza y prosiguió-: Pero no debemos ser demasiado críticos. Recuerden que era una época de superstición, de una seudo espiritualidad y de un férreo conservadurismo considerable. Imaginar que el hombre podía proceder de un ser simiesco, por no hablar de un primo de cabeza plana al que parecía que le hubiese pasado un camión por encima, era un anatema.

– En aquel momento, sin embargo, intervino la providencia. Las pruebas se iban acumulando hasta que ya fueron incontrovertibles.

Volvió a levantar el puño y esta vez en la pantalla se vio un mapa de Europa, el norte de Afrecha y el subcontinente indio marcado con cruces negras, que parecían mucho mas profusas en el sur de Francia.

– Se hallaron más fósiles y también huesos de inmensos mamíferos, algunos de ellos extinguidos, como el mamut y el ciervo gigante. Se hacia difícil rebatir aquello.

– El puntero dio unos golpecitos en la pantalla-. Empezaron a surgir huesos como las setas después de la lluvia. En Gibraltar, en Italia, en Bélgica, en Rusia, en Irak, en Israel.

Susan se sonrió. La ansiedad había cedido un poco.

Volvió al atril sin dejar de mirar la pantalla, como si esperara que sucediera algo sobrenatural. Cuando habló, su voz adquirió bruscamente la intensidad con la que se relata el momento culminante de una narración.

– Y de este modo… Las pruebas triunfaron. La ciencia salió victoriosa. William King, un anatomista irlandés, afirmo que el fósil pertenecía a una nueva especie humana. Se fundaba la paleontología. Aquella criatura fue reconocida, bautizada, analizada. Y le dieron un nombre que procedía del valle de las flores alpinas y de nuestro amado Joachim Neumann, director de colegio que escribía rimas insufribles.

– Y ahora, señoras y señores, vean a la estrella de nuestro espectáculo… -dijo Susan, cuya voz alcanzo un tono de vociferador carnavalesco, al tiempo que alzaba el puno y pulsaba el botón con el pulgar-. ¡El Homo sapiens neanderthalensis, mas conocido por todos ustedes como el hombre de Neandertal!

El aula quedó casi a oscuras cuando aquella figura gigante la invadió con su presencia. Era inmenso, hirsuto y ocupaba toda la pantalla. Aquel rostro demasiado largo resultaba extrañamente familiar por la gran cantidad de imágenes que habían visto de el y los cientos de sueños solo semirrecordados: la frente inclinada hacia atrás, las sobrecejas gruesas, horriblemente abultadas, la nariz prominente, ligeramente ganchuda, y el mentón redondo y huidizo. Era deforme, de una fealdad indecible, pero guardaba un parecido tan asombroso con la cabeza humana que las diferencias eran todavía mas grotescas. Era como si una mano enorme hubiera cogido una cabeza de cera y la hubiera alargado brutalmente.

Al lado del hombre de Neandertal, Susan parecía una enana. Al cruzar la tarima delante de su pechó peludo, sin prestar atención a la colosal figura que la acechaba a sus espaldas, el contraste le daba el aspecto amenazador; parecía King Kong espiando por la ventana a Fay Wray.

Aquel dibujo, del ilustrador checo Zdenek Burian, era su favorito. Le gustaba como había conseguido darle una expresión claramente humana. Había algo en las arrugas de la boca que recordaba a las que se forman al sonreír y aquellos ojos feroces e inteligentes parecían mirar a lo lejos, como si estuvieran contemplando algo digno de ser recordado para siempre; la propia extinción, quizás. Eran tan sagaces, tan nostálgicos y tan desesperanzados… Y aquellos hombros encorvados parecían doblados por un inefable cansancio.

Aquello no era una bestia. Era un ser idéntico al hombre.

Matt no concedía ningún crédito a los presagios -era demasiado escéptico para creer que el universo estuviera regido por una fuerza, ni siquiera por una fuerza malévola-, pero era incapaz de ahuyentar la convicción de que aquella nube de polvo no auguraba nada bueno. La sensación, ahora que el coche se acercaba, era cada vez más fuerte, aunque intentaba disimularlo delante de sus alumnos.

– Quizá vienen a traernos la pizza que hemos encargado -bromeó cuando acabaron de comer la carne de cabra recalentada de la noche anterior acompañada de cerveza Tusker tibia.

Cogió su vaso y, alejándose por la colina, fue a sentarse en una piedra grande desde donde podía contemplar la parte inferior de la excavación: el foso cavado en zanjas de estratos superpuestos, las carretillas con unas cribas encima, el viejo remolque que les servía de laboratorio, las cajas de herramientas que habían dejado en el suelo y que parecían pequeños ataúdes de madera. Era increíble; en aquel momento su mundo se reducía a aquel lugar, todos los demás carecía de importancia.

Pensó en todos los hallazgos que habían visto la luz a lo largo de las décadas: fragmentos de huesos y de dientes, raspadores y puntas de flechas de piedra, piezas, todas ellas, que formaban un rompecabezas. En las ultimas décadas, el conocimiento del hombre del Paleolítico inferior había crecido de forma exponencial, pero ¿que se sabia en realidad de su universo, de su mentalidad y de su alma?, ¿que sentido le daba al mundo antes de dormirse, por las noches?, ¿cual era su reacción al ver una puesta de sol o un gamo al galope?

Sentado allí, Matt imagino al hombre prehistórico en aquel mismo lugar en el que se encontraba el. Tal vez aquello era la orilla de un lago de grandes dimensiones, a juzgar por los depósitos de sedimentos. Las colinas que había detrás de el estaban llenas de cuevas profundas cuya entrada daba casi a la orilla del agua. Era un sitio muy seguro, y la seguridad era lo más importante. Matt sabía algunas cosas del hábitat y de las creencias de aquella criatura e intento evocar la parte más oscura de su personalidad: era un guerrero y a la vez una sombra temerosa y trémula que buscaba guarecerse en el interior de la cueva. Se esforzó, como lo había hecho en múltiples ocasiones, por olvidarse de si mismo y experimentar los miedos que debió de sentir aquel ser, oler los olores que debieron de serle familiares: el olor a sangre, el olor a grasa, el olor a pelo; y trato de meterse en aquel cerebro que debió de tropezar con el mismo una y otra vez, pues solamente era capaz de comprender unos cuantos gruñidos débiles, y nada mas. Pero que difícil era llegar a saber algo con certeza.

¿Seria posible, aunque solo fuera por una centésima de segundo, sentirse de algún modo unido a una criatura tan primitiva y mucho mas grande que nosotros que había pasado por allí hacia miles de años?

El Land Rover giró, se metió en el centro del campamento con un gran estruendo y frenó bruscamente, envuelto en una nube de polvo que se desvaneció cuando se paro el motor.

Un hombre salto del asiento trasero y se acercó a ellos a buen paso. Tenía un aspecto extraño. Daba la impresión de que el pelo le caía en espesos mechones. Aunque de constitución pesada, parecía sorprendentemente ágil, era blanco y debía de tener unos cuarenta años. Llevaba botas de excursionista, una chaqueta de safari de las que se ponen los turistas en las republicas bananeras y unas gafas de sol integrales.

– ¿El doctor Mattison? -Se dirigió directamente a Matt y le tendió amigablemente una mano carnosa.

Matt se la estrechó; el apretón fue más fuerte de lo que Matt se había imaginado.

– ¿O debería decir: ‹‹El doctor Mattison, supongo››? Después de todo, estamos en África. O al menos eso creo. Aunque no estoy muy seguro…

Tal vez me he equivocado de camino en medio de tanto polvo.

– Y tú eres…

– Van Steeds. Frederick. -Hizo una pausa-. La gente me llama Van.

Aquel nombre le era familiar a Matt, aunque no sabia muy bien de que le sonaba. El visitante se quito las gafas para limpiarlas y dejaron al descubierto una cara regordeta y unos ojos grises que lanzaron unas miradas rápidas en derredor que le daban un aire inquisitivo, si no furtivo. Doblo la espalda y se sacudió los pantalones, lo que levantó una gran polvareda.

– ¡Mire! No entiendo como pueden acostumbrarse a vivir con tanto polvo.

Matt se dio cuenta de que Van miraba la mesa.

– ¿Quieres comer algo?

– Bueno, no le digo que no.

Los estudiantes le hicieron sitio; uno de ellos se fue a la despensa y volvió con unas lonjas de carne, pan y una cerveza.

El conductor del Land Rover se había sentado debajo de una acacia y se había quedado dormido al momento, con las maños abiertas tendidas en el suelo. Van se lo quedó mirando.

– No se que les pasa a estos tíos. En cuanto salen de un coche, se quedan dormidos. Como si esto estuviera en el contrato.

– Khat -dijo uno de los estudiantes-. Masca khat.

– ¡Oh no! ¿Como lo sabes?

– Por los ojos. Tenía las pupilas dilatadas.

Aquí todo el mundo masca khat.

– La madre que lo parió.

Matt se cansó de aquella conversación intrascendente.

– Escucha, Van, te agradezco que hayas hecho un viaje de cuatro horas desde Djibouti en pleno día, pero…

– Diez, para ser exactos. Aterrice en Hargeisa, fui hasta Djibouti en coche y allí alquile el Land Rover. Este dijo que sabía el camino, pero se ha perdido dos veces.

– Ya. Bueno, ahora que estas aquí, ¿podrías decirnos por que has venido?

– Desde luego -dijo Van, con una sonrisa inescrutable en los labios. Matt se dio cuenta de que disfrutaba ocultando su secretito-. Solo una cosa… -Miro a los otros. Tengo que hablar a solas con usted.

– Muy bien.

Van terminó de comer en silencio y sin prisas y se levantó, lamiéndose los dedos pringados de grasa. Matt lo llevo a la tienda, y en cuanto estuvieron dentro Van le tendió un sobre alargado de color marrón sin decir ni una palabra.

Matt lo abrió y el otro asomo la cabeza por la puerta de lona y encendió un pitillo.

– No puedo contestarle ninguna pregunta. Me gustaría poder hacerlo pero, si he de serle sincero, no tengo muchas respuestas.

El membrete era discreto; parecía de una institución importante:

Instituto de Investigación Prehistórica, l 290 Brandywine Lane, Bethesda, MD. og763.

Estimado doctor Mattison:

Estoy absolutamente convencido de que esta carta le llegara en el momento más inoportuno, y le pido disculpas de antemano por esta desafortunada coincidencia. Le aseguro que si no se tratara de un asunto de extrema urgencia, nada me empujaría a contactar con usted en estos instantes y a hacerle una petición que, no me cabe ninguna duda, su magnanimidad no le permitirá desestimar.

Como tal vez sepa, hemos contratado los servicios del doctor Jerome Kellicut, a quien creo que usted conoce muy bien y quien me ha hablado de usted en términos muy favorables. Por esta razón creemos que podemos confiar en usted. El doctor Kellicut se encuentra desde hace un tiempo en Tadzhikistan llevando a cabo un emocionante proyecto que nosotros patrocinamos y que es de suma importancia para la comunidad científica, y para la paleontología y la investigación prehistórica en particular. No hemos tenido noticias de el desde hace varios meses, aparte de un mensaje que le mando a usted a través de nosotros y que nosotros tenemos bajo custodia para usted. En el le hace un requerimiento al que estoy convencido de que responderá usted favorablemente en cuanto tenga conocimiento de los hechos.

Me temo que debo añadir que tenemos fundadas razones para creer que la vida del doctor Kellicut esta en peligro.

Por ello le apremio a que, en cuanto reciba esta carta, parta usted sin más dilación y se presente en nuestro centro de Bethesda, en Maryland, en las senas que constan en el membrete. Dando por supuesto que accederá usted a nuestra demanda, le hemos reservado billetes de avión y habitaciones en los hoteles en los que se alojara. Asimismo hemos procedido a hacernos cargo del proyecto que esta dirigiendo usted en este momento.

Por ultimo desearía insistir en lo apremiante de la petición que le dirigimos.

Estoy seguro de que usted comprenderá que la celeridad y la necesidad de mantener en secreto cuanto se le ha comunicado son de vital importancia.

Abajo había garabateada una firma, de trazos afilados, y debajo, escrito a maquina, un nombre y un cargo: Harold Eagleton, director.

Matt estaba atónito. Había pensado con frecuencia en Kellicut, su tutor en Harvard, pero hacia como mínimo cinco años que no lo había visto y… ¿cuanto tiempo?, por lo menos dos años que no sabia nada de el. Nadie había influido tanto en su vida como aquel hombre.

Dirigía el poderoso departamento de arqueología como un príncipe y los estudiantes eran sus súbditos; Vivían con la esperanza de ser elegidos para participar en las excavaciones y tener la oportunidad de incorporarse a la elite. En Cambridge, Kellicut solía ir con ellos de bares, donde bebían hasta altas horas de la noche, y después volvían a su apartamento, donde ponía discos de Fats Waller o de Maria Callás y preparaban huevos revueltos con especias en una sartén de hierro negra que Kellicut no fregaba nunca.

Matt era impresionable -no había conocido a su padre, que murió cuando el tenia dos años-, y Kellicut le transmitía sin tregua revelaciones y pensamientos subversivos, le daba a conocer la poesía de Blake y compositores de los que nunca había oído hablar. Le lanzaba sus conocimientos como si se tratara de proyectiles. ¿Por que me ha elegido a mi?, se preguntaba siempre Matt, que se sentía halagado pero al mismo tiempo indigno. En poco tiempo sucumbió a la fascinación de Kellicut por ‹‹los antiguos››; no los griegos y los romanos, que habían legado sus escritos a la posteridad y era fácil conocerlos, sino los verdaderamente antiguos: los seres prehistóricos en el proceso de formación por convertirse en humanos.

En la segunda excavación en la que participo Matt, hacia ya muchos años, en Combe Grenal, un minúsculo valle por el que fluya el rió Dordogne, en el sur de Francia, exhumaron mas de dos mil fragmentos óseos de neandertales, y también parte de un esqueleto. Una grúa levantó todo el lecho rocoso, que quedó suspendido en el aire balanceándose peligrosamente, mientras Kellicut, moviéndose de un lado a otro como un poseso, soltaba maldiciones y gritaba en un francés chapurrado.

El operario francés que manejaba la grúa la había inclinado de manera que la cuchara estaba a punto de escurrirse del brazo giratorio y de caer en el suelo. De un salto, Kellicut se metió en la cabina y pudo controlar la grúa y depositar la carga en un camión que tenia una plataforma plana. Matt todavía recordaba la imagen: Kellicut cambiando bruscamente las marchas sin dejar de re negar y luego riéndose como un loco. Mas tarde, por la noche, de Dios sabe donde, sacó cuatro botellas de champaña frió y todos acabaron borrachos. Al final, y saltándose como siempre las normas, Kellicut les dio a cada uno de ellos un fragmento de un cráneo de un hombre de Neandertal. Había hecho un agujero en los fragmentos óseos y los había montado en una cadena de plata. Matt la había llevado colgada al cuello durante años.

Después se la quito y se la guardo en el bolsillo de los pantalones, pero siempre la llevo consigo. Incluso ahora, siempre la tenia a mano, como si fuera un talismán.

Si tenía que ser sincero, Matt estaba un poco dolido de que Kellicut hubiera estado todo aquel tiempo sin dar señales de vida. Ahora se hallaba en peligro.

Eso es lo único que estaba claro. ¿Pero que clase de peligro? ¿De que proyecto se trataba y cual era su mensaje? Matt había oído hablar del Instituto de Investigación Prehistórica, un centro nuevo pero bien equipado que trabajaba en especialidades afines, aunque no sabía gran cosa más. ¿En que proyecto andaba metido Kellicut? ¿Como sabia ese tal Eagleton donde se encontraba Matt y en que se basaba para suponer que iría sin pensarlo?

Alzo la vista y miro a Van, que ahora estaba fumando y haciendo esfuerzos por exhalar el humo a través de la lona. -Van, ¿que significa todo esto? ¿Que pasa?

– Lo siento. Como ya le he dicho, no puedo contarle nada. – ¿No puedes o no quieres?

– Créame, si pudiera añadir algo a lo que dice la carta, lo haría. Kellicut ha desaparecido de la excavación que estaba realizando en Tadzhikistan y necesitamos que usted nos ayude a encontrarlo.

– ¿Me entregas esta carta y esperas que lo deje todo y vaya a Maryland?

– Si.

– ¿Por que?

– Porque su vida esta en peligro.

Van bajo la cremallera de la tienda y escupió un enorme salivazo.

– ¿Por que lo dices?

– No es un lugar seguro. En teoría tenia que mantenerse en contacto con nosotros, pero hace meses que no sabemos nada de el. -Van hizo una breve pausa-. Así pues, va a venir. Matt sintió que se le hacia un nudo en la garganta.

– ¿Cuando nos marchamos?

– Yo me voy hoy. Usted puede irse dentro de dos días.

Matt protesto.

– ¿Y que pasa con la excavación? No puedo irme así por las buenas y dejarlos plantados. Estos chicos dependen de mí.

– Eso ya lo hemos tenido en cuenta. Hemos contratado a un tipo de Columbia para que la dirija. Llegara mañana o el jueves como muy tarde.

– Al parecer pensáis en todo -dijo Matt.

– Pero este caso no podemos resolverlo solos, por eso lo necesitamos a usted.

– ¿Por que yo?

– Porque usted es el único, o prácticamente el único, que conoce al profesor Kellicut y que además domina la paleontología.

Junto con la sensación de alarma, Matt advirtió un ligero zumbido de excitación en los oídos, un hormigueo en las extremidades, la vieja reacción que experimentaba cuando estaba a punto de empezar una aventura.

Van se quedó solo medía hora mas, durante la cual estuvieron ultimando todos los detalles. Cuando se dirigían al Land Rover, Van despertó al adormilado conductor, que sacudió la cabeza, se levantó bruscamente y se subió al coche.

Matt volvió a mirar a Van, que se había puesto de nuevo las gafas de sol.

– Otra cosa. Tu nombre me suena, pero no consigo acordarme de que. ¿En que estas especializado?

– ¿Yo? Empecé especializándome en psicología, luego me pase a la paleo antropología. En estos momentos me dedico al sicolenguaje.

– Claro. Van Steeds. He leído algunas de tus publicaciones… Toda esta nueva investigación sobre la comunicación no verbal es fascinante.

Perdóname.

– Por favor. Estoy impresionado de que alguien de su talla se haya molestado en leer las oscuras publicaciones que dan a conocer mi trabajo.

Van sonrió dejando al descubierto su dentadura y se es corrió en el asiento trasero sin decir ni una palabra mas. El coche se alejo levantando otra nube de polvo.

Mas tarde, cuando Matt regreso a su tienda, vio en el suelo, junto a la puerta, el escupitajo de Van.

No daba crédito a sus ojos. Era verde. Hijo de puta, pensó. El muy cabrón mascaba khat.

Susan levantó el puntero y le hizo cosquillas al hombre de Neandertal en la barbilla.

– Aquí lo tienen. Ya conocen lo que la gente dice de el: ‹‹la broma pesada de la naturaleza››, ‹‹el callejón sin salida de la evolución››. Nuestro pobre primo simiesco, un personaje entupido y lerdo que desperdicio el tiempo de que dispuso para pasearse por el escenario.

– Pues no hay nada que este más lejos de la verdad. En los últimos diez o quince años hemos recogido mucha información. Y todo lo que ahora sabemos contradice este calumnioso tópico.

En la pantalla se veía una vieja fotografía de un hombre que se daba aires de importancia; llevaba pajarita y lucia una perilla blanca muy pulcra; tenia los ojos entornados y mostraba una sonrisa de autosatisfacción en la boca ligeramente entreabierta. Guardaba cierto parecido con Sigmund Freud.

– He aquí al villano: es Marcellin Boule, el famoso paleontólogo francés. El es el mayor responsable de este concepto erróneo, de esta crasa y vulgar mentira sobre el hombre de Neandertal que prevalece hasta nuestros días y que esta presente por doquier, desde la literatura hasta los dibujos animados.

Susan habló a grandes rasgos de Boule, de sus ansias de fama, de su obsesión por mantener el linaje humano puro y de su rechazo a admitir que tuviéramos antepasados primitivos. Un día fatídico de I908 cayó en sus maños un esqueleto que procedía de una pequeña cueva cerca de La Chapelleaux-Saints. Pasó una diapositiva que mostraba la reconstrucción que hizo del esqueleto: un trabajo incompleto y defectuoso que intentaba darle un aspecto lo mas simiesco posible, con las vértebras cervicales pegadas como si fueran las de un gorila y el hueso del dedo gordo del pie separado como si se tratara de un pulgar prensil.

– No es de extrañar que las generaciones posteriores lo despreciaran y lo consideraran un palurdo. Pues bien, miren lo que ocurre cuando se corrigen las distorsiones del señor Boule. -La pantalla mostró un esqueleto erguido-. Fíjense.

Es un poco más majestuoso. No es tan alto como nosotros, pero de hecho no es muy distinto. Indudablemente su aspecto no es simiesco. Algunos sostienen que si hoy día lo afeitaran, lo vistieran y le pusieran un traje y una corbata pasaría inadvertido en las calles más elegantes de Nueva York. Quizá sea cierto. Aunque en cuanto nos lo presentaran, lo reconoceríamos: cuando nos estrechara la mano, lo más probable es que nos rompiera todos los huesos.

Susan vio un rayo de luz al fondo del aula y una figura negra que entraba. Antes de que la puerta se cerrase le pareció ver que se agachaba y se sentaba en la última fila. Volvió a sentir aquella ansiedad que iba y venia en su interior.

Hizo un esfuerzo por concentrarse en la clase que estaba dando; cruzo la tarima agarrando el puntero con fuerza.

– Sabemos que el fuego formaba parte de la vida del hombre de Neandertal. Lo utilizo durante miles de años; sin el no hubiera podido sobrevivir a la última glaciación. Y no solo era capaz de mantenerlo encendido, sino que sabia emplear pirita de hierro y piedra para hacer chispas y encenderlo; y quizá los hongos secos le servían de yescas.

De hecho era muy hogareño y mantenía la lumbre siempre encendida.

Susan estaba segura de que el intruso que estaba sentado en la última fila era un hombre. ¿Quien podía ser?

¿Quien era el maleducado que se atrevía a entrar en una aula en mitad de una clase?

– Enterraba a los muertos. Curiosamente la mayoría de las sepulturas que hemos descubierto son de niños. En Teshik Tash, una cueva particularmente bien conservada de la cordillera de Guisar, al sur de Samarcanda, se ha hallado una cámara entera que contiene seis pares de cuernos de las cabras que habitan las montañas siberianas. Uno de ellos esta ligeramente carbonizado. Todo indica que se trata de restos de un elaborado ritual, cuya finalidad fuera tal vez devolverle la vida al niño en el futuro. Para el hombre de Neandertal la muerte tenia un significado especial. De hecho, sostengo que desarrollo un culto en torno a la muerte.

Como mínimo podemos mantener la hipótesis de que practicaba la religión, aunque por supuesto ignoramos que clase de religión era. El fuego, casi con absoluta seguridad, intervenía en sus cultos. En algunas cuevas se han hallado cámaras en las que mantenían el fuego encendido, ya fuera por razones prácticas o con la finalidad de ejecutar ciertos rituales. Tal vez el hombre de Neandertal, al robar el fuego a los relámpagos en días de tormenta, cuando los cielos se abrían y amenazaban su pobre universo con una lluvia incesante, quería, como Sisifo, escalar peldaños y cambiar su humilde condición.

Quizás usurpaba el poder de sus dioses y quizás ellos, como los dioses griegos y aun como Jehova, exigían una expiación y le impusieron algún sacrificio. ¿Acaso estos huesos de niños nos hablan de Abraham y de Isaac? No lo sabemos y puede que no lo sepamos jamás. -Se interrumpió un momento antes de proseguir-: Así que vamos a atenernos a lo que si sabemos. Podemos afirmar que el hombre de Neandertal vivía en grupo y cuidaba de los ancianos, de los débiles y de los enfermos. Los hallazgos de esqueletos con fracturas soldadas y con muestras de haber superado enfermedades que dejan imposibilitados a quienes las padecen son una prueba fehaciente de que ello era sin duda así. -En la pantalla apareció un esqueleto dañado-. Ralph Solecki fue quien descubrió este esqueleto en la gran cueva Shanidar, en Irak.

Este hombre prehistórico murió a causa del desprendimiento de una roca. Era viejo, tendría unos cuarenta años; un hombre de Neandertal era ya un anciano a los cuarenta años. ¿Ven esta parte del cráneo lesionada? Probablemente se desprendió una roca y lo aplasto. Pero observen su brazo derecho. Se lo amputaron unos años antes de que ocurriese el accidente. ¿Lo ven? Justo por encima del codo. Padecía artritis.

Ahora observen el lado izquierdo de la cara. ¿Ven esta cicatriz en el tejido óseo? Era ciego del ojo izquierdo. Nadie en semejante estado hubiese podido sobrevivir sin ayuda. La tribu cuidaba de sus miembros más débiles, aquellos que no podían cazar ni trabajar. En este sentido los neandertales eran humanos… tal vez más humanos que nosotros. Aquellos de ustedes que hayan estado en un asilo sabrán a lo que me refiero.

Quisiera decirles algo a los que todavía piensen que los neandertales eran esos personajes entupidos que aparecen en los dibujos animados. El señor Boule tomo un molde endocraneal del esqueleto de La Chapelle y pensó que pertenecía a un ser tonto. Hoy día, por supuesto, sabemos que la inteligencia no se puede medir por el tamaño del cerebro. Anatole France, el filósofo francés, tenía un cerebro que era una tercera parte más pequeño que el de un hombre de Neandertal adulto.

Pero también conocemos mas cosas sobre los cráneos de los neandertales. Después de medirlos, esta fuera de toda duda que sus cerebros no eran más pequeños que los nuestros. Más bien al contrario: eran un diez por ciento más grandes. Y lo que es mas: algunos sostienen que la proporción entre el tamaño del cerebro y el del cuerpo, la denominada cefalización, que es una medición de la inteligencia mas precisa que el mero tamaño del cerebro cuando se proyecta sobre una especie entera, alcanza su nivel optimo cuando es de uno a doce. -En la pantalla apareció una tabla que mostraba la cefalización de veinte especies. La superior correspondía al hombre de Neandertal y la inferior a la vaca actual, según decía la leyenda-. No hay forma de conciliar estos datos sin admitir la alta probabilidad que existe de que el hombre de Neandertal era nuestro igual, o tal vez un ser superior a nosotros, si tenemos en cuenta su nivel intelectual.

Susan cruzo la tarima, se detuvo sin decir nada, intentando causar efecto, y levantó el puno.

– Piensen en el hombre moderno.

En la pantalla se vio una fotografía granulosa de un hombre de unos sesenta años, muy guapo. Estaba apoyado en una tumba y vestía un traje de safari caqui.

Tendía a la calvicie, lucia una barba encanecida, su expresión era picara y sonreía imperceptiblemente. Tenía un aire despreocupado y, aunque estaba relajado, apoyado en un muro antiguo que se estaba desintegrando, con una brizna de paja en la boca, parecía que estuviera a punto de arrojarse sobre la cámara. Sus ojos eran oscuros y penetrantes. Era difícil no mirarlos.

– He aquí la paradoja. Si el hombre de Neandertal era tan inteligente, ¿que ocurrió? ¿Como es posible que este tipo que tengo a mis espaldas haya conseguido hacerse con todo el poder? ¿Que le sucedió a nuestro hombre del valle de las flores alpinas? Para repetir unas palabras que Jack Nicholson pronuncia en El honor de los Prizzi: ‹‹Si es tan condenadamente listo, ¿como es que esta tan muerto, joder?››. -Se oyeron unas risitas ahogadas por la irreverencia-. ¿Por que aparecieron los neandertales hace doscientos treinta mil años, se expansionaron milenio tras milenio, ocupando todo el territorio que va desde Europa oriental hasta Asia central y Próximo Oriente, y consiguiendo dominar una gran variedad de flora y fauna, se esfumaron de la noche a la mañana? -Susan dio unos golpes tan fuertes con el puntero en la pantalla que esta empezó a temblar-. He aquí a uno de los pensadores y paleontólogos más eminentes de nuestro tiempo…

– Siguió una pausa reverencial-. El doctor Jerome Kellicut, cuyo trabajo ha revolucionado el campo de nuestro estudio.

Alzo los ojos y se lo quedó mirando. Siempre le había gustado aquella foto. La había hecho ella en Creta, hacia años. Me parece que estoy desorbitando las cosas, pensó. Recientemente, de un modo imprevisto, se había cuestionado algunos de los logros de Kellicut: lo desmitificaba. Era inevitable, algún día tenia que suceder. Aquel hombre era un personaje con un encanto especial. Era el típico profesor que les cambia la vida a sus alumnos. ¿Quien no iba a venerar a un hombre que, al pensar en el tiempo, solo tomaba en consideración los eones?

– Mediante el método de datación de las piedras denominado termo luminiscencia, no voy a aburrirlos explicándoles los detalles de este procedimiento, el doctor Kellicut ha examinado piedras de cuevas neandertales del sur de Francia y ha podido establecer sus orígenes de una forma mas precisa que todos los que lo habían hecho antes que el.

Su asombrosa conclusión es que los neandertales seguían vivos en una fecha muy posterior a la que se venia dando como valida: treinta mil años.

Hasta entonces se creía que su extinción se remontaba a cuarenta mil años atrás. La diferencia es solo de diez mil años, pero no se trata de unos diez mil años cualesquiera, ya que fue precisamente en estas fechas cuando apareció el hombre moderno en África, desde donde emigro a Europa a través del Próximo Oriente. En otras palabras, Kellicut fue capaz de demostrar de forma concluyente que los seres humanos modernos, el Homo sapiens, y el Homo sapiens neanderthalis coexistieron. ¡Coexistieron!

Imaginen las posibilidades. -Susan hablaba ahora más alto-. ¿Comerciaron estos dos miembros de la misma especie, tan parecidos en muchos sentidos? ¿Intercambiaron ideas o utensilios? ¿Cazaron y crecieron juntos?

¿Entablaron alguna guerra?

Ahora, finalmente, tal vez tengamos los principios de la solución del gran enigma: ¿que le ocurrió al Homo sapiens neanderthalis?

Porque ahora sabemos que desapareció mas o menos cuando el Homo sapiens sapiens hizo su aparición.

El Homo sapiens sapiens, una subespecie misteriosamente parecida al hombre de Neandertal, pero que se distingue de el en algo que debe de ser muy importante, pues es lo que nos permitió sobrevivir y convertirnos en la criatura elegida de la tierra.

Nos es preciso hallar la clave que nos permita descifrar el enigma. Si no fue una cuestión de inteligencia, y no tenemos ninguna razón para pensarlo si nos basamos en nuestras mejores valoraciones de su capacidad craneal, entonces ¿que fue? Si pudiéramos contestar a esta única pregunta, sabríamos todo cuanto hay que saber.

Sabríamos exactamente que nos hace distintos de los otros animales. Que nos hace a nosotros, de entre todas las criaturas, seres especiales: seres aparte, conscientes, con una historia, con conciencia de la muerte. Que nos hace sapiens. Podríamos por fin entrar en las cámaras recónditas que nos han ocultado el secreto de nuestra existencia.

Las luces se encendieron rápidamente. Se oyeron unos largos aplausos, un murmullo de voces, el ruido de los asientos al volver a su posición vertical y los golpes que daban los estudiantes al poner violenta y descuidadamente unos libros encima de otros, mientras el aula iba vaciándose.

Susan recogió sus papeles, bajo unos cuantos peldaños, se detuvo y habló con un grupo de alumnos.

Después se encamino hacia la puerta, que estaba al final del aula.

A medio camino advirtió la figura que había sentada en la última fila.

El corazón empezó a latirle deprisa. Era un hombre de aspecto extraño, rechoncho y musculoso; llevaba una chaqueta que no era de su talla y unas gafas de sol cuyo cristal le cubría las sienes y que llevaba atadas a un cordón que le colgaba alrededor del cuello. Permaneció quieto en su asiento hasta que la tuvo frente a el.

– ¿Doctora Arnot? -Sonrió-. Me llamo Van Steeds.

Susan sonrió a su vez e inclino la cabeza casi imperceptiblemente. Tenía las maños frías. El hombre le tendió un sobre alargado de color marrón que sostenía en la mano.

El avión en el que viajaba Susan descendió en dirección al Obelisco de Washington y luego a la Elipse y al Lincoln Memorial. Coches diminutos avanzaban siguiendo movimientos precisos y miniaturizados.

Susan detestaba Washington. Había vivido allí un ano, cuando le concedieron una beca de la Smithsonian Institu tion después de licenciarse en Harvard. Aun se estremecía al pensar en aquellas tardes calurosas que se había pasado catalogando huesos en un sótano, sonando con países lejanos; y también, por supuesto, ‹‹alimentando sus penas de amor››, como sus amigas decían de ella a su espalda.

Recogió su estropeada maleta; el chofer de una limusina la estaba aguardando junto al bordillo con una pancarta en la que se leía: ‹‹Doctora Arnot››. La llevó hasta un barrio residencial de casas de madera de dos o tres pisos y chalets de ladrillo bajo y espacioso.

Había niños jugando fuera.

A Susan le recordó el pueblecito de Oregon donde había vivido de niña, que vivía de la explotación forestal. No veía el momento de marcharse de aquel lugar opresor. Había tenido una infancia desdichada. Su padre era alcohólico y había abandonado a la madre de Susan, una mujer frágil y sin sangre en las venas, para irse a capitanear un trasbordador. La religión había sido un consuelo. Únicamente guardaba un recuerdo entrañable: el de la iglesia de tablas blancas que había en lo alto de una colina.

Susan tenía la fortaleza de su abuela, una beldad húngara de quien había heredado además la tez oscura, los pómulos pronunciados y las largas piernas. Su abuela se fue de Budapest a los veintitrés años y tuvo que recorrer un largo camino hasta llegar a Oregon. Susan también había adquirido su independencia, rasgo ausente en su madre. Al empezar una excavación o una aventura como la que iba a iniciar en aquel momento, le gustaba pensar que también era una pionera.

Solo hacia dos días que había recibido el mensaje de Van, pero se sentía culpable por haber tardado tanto en dejar todos sus asuntos en orden.

Visconti, el director del departamento, no se había mostrado muy condescendiente aunque, a pesar de todo, le había concedido permiso para marcharse. Se las arreglo para despertar la curiosidad de Susan por el Instituto de Investigación Prehistórica enarcando una ceja y recalcando que la mayoría de los científicos serian capaces de matar para dar una conferencia en el, pues era un honor que muy pocos tenían. En la biblioteca encontró varias reseñas sobre el instituto -ninguna anterior a I987-y su propia ignorancia le extraño.

Van no había sido un mensajero muy explicito.

Apenas le dijo nada de el ni de Kellicut, ni del tipo de expedición que este había emprendido. Tampoco le comento que le aguardaba a ella, solo habló de un ‹‹interrogatorio académico a fondo››. Por otra parte, al parecer, aquel hombre sabia muchas cosas de ella; no lo dedujo por lo que el decía sino por lo que no decía; por las preguntas que no hacia y las presunciones que daba por ciertas.

Pronto divisó, a su derecha, el campus de un college y un letrero que señalaba la dirección del Instituto de Investigación Prehistórica. Dentro había dos secretarias, que estaban sentadas frente a sendos escritorios, muy atareadas. A Susan le indicaron con un movimiento de cabeza que se dirigiera a una salita en la que estaba esperándola Van, que se levantó sin ninguna prisa de un sillón e hizo una ligera reverencia. Bienvenida -dijo.

– Gracias. -Susan miró a su alrededor. Los muebles de la sala eran cómodos y antiguos, y debían de tener más valor de lo que parecía-. ¿Que clase de sitio es este?

¿Un college?

– Es parte de un college. A nuestro juicio, desempeña una sinergia muy útil.

La condujo hasta otra sala y después hasta un pasillo. Van se detuvo ante una puerta de roble de doble hoja, la abrió y se hizo a un lado para dejarla pasar.

Susan, desorientada, casi mareada, entro en una sala de juntas de reducidas dimensiones cuyo suelo estaba cubierto por una mullida moqueta. A la vista había unos sillones con abundantes cojines en los que se sentaban unos doce personajes que no le decían nada. Todos le dirigieron la mirada, con interés pero sin ninguna curiosidad. Pero sentado en el centro vio a alguien que le cortó la respiración. Allí, imponente como la vida misma, estaba Matt.

Eagleton hizo girar su silla de ruedas para ponerse de cara a la hilera de pantallas de video y cerciorarse de que la cinta estaba grabando la escena. Aquel momento era muy importante.

Quería estar seguro de que se captaba la expresión de los ojos de Matt y de Susan en el preciso momento en que la sorpresa levanta el telón y deja al descubierto la verdad. Mas tarde podría analizarlas con toda libertad. Siempre se enorgullecía de su capacidad de detectar indicios delatores, que revelaban ‹‹los torpes espías del corazón››, como el los llamaba, que les pasaban inadvertidos a los analistas menos observadores.

Mattison sabia que Susan iba a ir, así que, ni que decir tiene, se había preparado. El viejo Schwartzbaum ya se había ocupado de que Matt se enterara de que Susan iba a estar presente; el muy idiota se lo había soltado aquella misma mañana.

Eagleton lo hubiera matado. Aunque ¿de que otro modo hubiera podido actuar? Había deseado que los funcionarios y los consejeros que ocupaban los más altos cargos los interrogaran personalmente. Había descubierto que si se quería extraer información científica útil, era esencial dejar los interrogatorios en maños de expertos. Aunque los expertos no tuvieran ni idea de con que fines iba a ser utilizada la información extraída. Dominaba el arte de mantener a sus subordinados en compartimientos separados y en la sombra. A aquellas alturas era su segunda naturaleza; la primera, para ser exactos.

Eagleton era muy consciente de lo mucho que significaba aquel acto. Sentía todo el peso de aquel momento sobre el. Pero también notaba algo más: el creciente burbujeo de la excitación, las palmas de las maños húmedas. ¡Dios, como detestaba el sudor! Aunque vivía para los momentos excitantes. Como en los viejos tiempos. Sabia que apodos usaban para referirse a el: ‹‹captain Queeg››, ‹‹cobra de metal››. Este era el problema de la vigilancia interna: uno se enteraba de cosas que hubiera preferido no saber. A pesar de todo era imposible saber demasiado. La información da el poder, como suele decirse. Una sana dosis de paranoia no le hace ningún daño a nadie. Recordó aquella definición chistosa de lo contrario de la paranoia: ‹‹La extravagante manía de que no le persiguen a uno››.

A los sesenta y dos años de edad, Harold Eagleton era muy consciente del paso del tiempo, estaba rodeado de enemigos y se veía confinado en un mundo vindicativo lleno de bacterias. Para el, aquella expedición representaba su retorno al poder. Pero todo debía desarrollarse a la perfección. El problema que le planteaba Kellicut en aquel momento era preocupante. Por otra parte, no se fiaba de Van. Y necesitaban a Mattison y a Arnot, pero tenia que asegurarse de que se comportarían justo como el deseaba que lo hicieran.

Encendió un pitillo y jugueteo con el mando a distancia. Estupendo primer plano de ella. Y de el también. Arnot no estaba mal físicamente; incluso el, que cuando se fijaba en una mujer normalmente pensaba en su cotización en la calle, debía admitirlo. Pero Susan tenía algo que la hacia atractiva; tal vez fuera la forma de sus labios, o su cabello ondulado, o como se lo echaba hacia atrás con una mano cuando estaba nerviosa; y era evidente que en aquel momento lo estaba: en cuanto había visto a Mattison se había quedado de piedra. Pero a Eagleton le satisfizo ver lo rápido que se había repuesto; enseguida recobro la calma y entro en la sala con gran aplomo.

Susan saludó a todo el mundo y les estrechó la mano. Los hombres, haciendo gala de buenos modales, se levantaron, mientras que las mujeres permanecieron sentadas y le dieron un apretón de manos con una sonrisa de complicidad -esa complicidad que les gusta tanto exhibir a las mujeres que se dedican a la ciencia-en la boca.

Había representadas diversas ciencias: la morfología, la neurología, la física, las matemáticas y la astrofísica; la genética, que tenia dos especialistas; la geología, la antropología, la ecología, la sociobiólogia evolucionista, la paleontología, la anatomía y la prehistoria. A Susan le sonaban casi todos los nombres y a algunos de los presentes los conocía personalmente. Cuando le presentaron al doctor Ugo Brizzard, un especialista que publicaba estudios sobre la comunicación telepática a quien la mayoría de los científicos consideraban un excéntrico chiflado, apenas mostró sorpresa alguna.

Eagleton la observó atentamente cuando se acercó a Mattison. El le tendió la mano y Susan se la estrechó.

– Ya nos conocemos -dijo ella.

– Si, en efecto-contesto el.

Los dos sonrieron y ella se apartó para saludar al siguiente.

Maravilloso, pensó Eagleton, quien se permitió incluso sentirse optimista. Podrán llevar a cabo esta expedición sin problemas, se dijo mientras guardaba sus expedientes en un cajón en el que se leía: ‹‹Solo para el director››.

– Es una gran suerte para todos nosotros tener a la doctora Arnot y al doctor Mattison en la misma sala. -El doctor C. B. Simpson, un antropólogo de pelo cano, hacia de moderador-. Así podremos escuchar dos versiones distintas de todas las cuestiones que se planteen aquí.

Todos se rieron. Después, con las tazas de te y de café en la mano, empezaron a formular preguntas, sencillas al principio, luego cada vez mas complicadas. Hasta que abordaron el tema que inexorablemente estaban destinados a tratar: la extinción del hombre de Neandertal.

– ¿Pueden exponernos las principales teorías que se manejan en la actualidad sobre cuando y por que ocurrió este fenómeno? -preguntó Eugene Pringle, un catedrático de matemáticas de aspecto bondadoso que llevaba gafas de gruesos cristales que aumentaban el tamaño de sus ojos, unas orbitas prominentes blancas y azules.

– Resulta mas fácil de determinar el momento en que se produjo -dijo Susan-. Todas las pruebas que poseemos hoy en día indican que el hombre de Neandertal desapareció hace unos treinta mil años. Los hallazgos más recientes y más importantes se han efectuado en zonas de la antigua Unión Soviética.

Esta es aproximadamente la cronología que da el análisis de las muestras mediante radiocarbono.

– Por otro lado -explico Matt-, tenemos indicios de que hubo una transición, no una extinción, en el Paleolítico superior. Las pruebas indican que hubo una industria regional en Chatelperron, en el suroeste de Francia y en España…

– Perdone… -lo interrumpió alguien-. ¿Que es una industria regional?

– La producción de utensilios en una extensa zona.

Si son de neandertales, y las hojas, muy bien talladas, de los cuchillos encontrados me hacen pensar que si lo son, la fecha podría ser algo más tardía. Incluso hay indicios de que el hombre de Neandertal y el aurinaciense se asociaron. Teniendo esto en cuenta, no podemos descartar un cruce de especies. -Algunos lo descartamos por completo -añadió Susan.

– ¿Por que?

– Porque de los restos de los que hablamos, los de los montes Vindhya, no se puede deducir gran cosa.

Fueron localizados en un llano en el que solo se encontró una punta ósea aurinaciense. Eso no es suficiente para elaborar toda una teoría, especialmente una teoría tan trascendental como esta. Simplemente hay demasiados interrogantes.

Matt hizo una mueca. Susan siempre había sido muy meticulosa con las cuestiones científicas, pensó.

Se la quedó mirando largamente por primera vez desde que había entrado. Todavía podía desarmarlo. Se conserva muy bien a pesar de los años, pensó, aunque en la piel se ven rastros de arrugas, no muy profundas. De trabajar al sol, seguro. Había engordado un poco, pero le sentaba bien. Tenía la cara más llena y las curvas de las caderas más redondas. Como siempre, el pelo negro era lo que mas llamaba la atención, aunque ya no lo llevaba largo ni lacio sino ondulado y a lo loco, como una nube cargada de electricidad. Su rostro era ahora enigmático, difícil de penetrar. ¿Era el resultado de una vida solitaria o se debía a que la separación la había dotado de un nuevo misterio? ¿Cuantos años habían pasado desde entonces? ¿Quince tal vez? Y en todo aquel tiempo no se habían hablado. Se habían atacado en notas a pie de página y por medio del chismorreo. La había visto de lejos varias veces. En una ocasión coincidieron en una conferencia. Ella estaba al fondo de la sala y cuando el consiguió llegar hasta allí, abriéndose paso entre el gentío, dando empujones y empellones, Susan ya se había marchado.

– Admítalo-dijo Matt-. Desconocemos muchas cosas.

Ni siquiera sabemos donde vivía la mayoría de ellos.

Los restos fósiles hallados son demasiado escasos. Quien sabe si morían como moscas hace ochenta o noventa años y da la casualidad que hemos tropezado con esqueletos mas recientes. ¡Hace ochenta o noventa años! -exclamo Pringle, el matemático.

– Perdonen, he abreviado. Por supuesto quería decir ochenta o noventa mil años.

– Dejemos ya el tema del tiempo -dijo Pringle-. ¿Podrían hablarnos sobre el motivo?

– Pues este es un tema todavía mas controvertido intervino Susan-. Como es lógico, abundan las teorías, pero todas tienen un defecto, obvio por lo demás, en común: las han elaborado los supervivientes. Como suele decirse, la historia la escriben los vencedores.

– No queda nadie que pueda hacerlo -afirmo Pringle.

– Exacto. En cualquier caso, digamos que en términos generales todos están de acuerdo en que la fisonomía del hombre de Neandertal le permitió sobrevivir a climas mucho más fríos de los que nosotros podríamos soportar.

Durante la última glaciación, la primera glaciación wurmiense, se hubiera sentido muy a gusto metido en una cueva junto a un fuego al que arrimar los pies. Entonces ocurrió algo.

– Estoy seguro de que fue algo traumático -añadió un señor regordete y bajito cuyo nombre Susan no lograba recordar-. Al hombre de Neandertal no lo hubiera detenido nada a la hora de transmitir sus genes.

Oh no, pensó Susan. Espero que no sea uno de esos latosos sociobiólogos ultradarwinistas que en los cócteles acaparan toda la atención de los asistentes y les largan tonterías del tipo: la rabia vive en la saliva, por eso los perros que la padecen muerden y no pueden tragar.

Matt intervino.

– Hay quien sostiene la teoría de que hubo una catástrofe, una especie de big-bang que causo una extinción masiva.

Un cataclismo, tal vez una erupción volcánica. Un cambio en el ecosistema para el cual no estaba preparado.

El problema es que los que defienden esta teoría no pueden explicarse de que clase de catástrofe se trato. Porque tuvo que ser algo muy fuerte para erradicar al hombre de Neandertal pero lo bastante localizado para no poner en peligro al Homo sapiens. Y eso se hace difícil de creer.

Además, después de taladrar el hielo de Groenlandía y de analizar la capa fina de ceniza del desierto del Sahara no se han hallado indicios de que hubiera acontecido nada de esta envergadura hace treinta mil años.

– Quizás el progresivo calentamiento de la tierra redujo el territorio que el podía habitar-comento Pringle-. Posiblemente le obligo a refugiarse en una zona cada vez mas reducida… por ejemplo, en lo alto de las montañas, hasta que al final se quedó sin fuente de alimentos.

– No es nada probable -dijo Susan-, ya que no se corresponde con las fechas que consideramos ciertas.

Y, por otra parte, el se habría adaptado a las nuevas condiciones de vida.

– Puede que lo intentara pero que fracasara.

– Tal vez. Pero tenga presente que todo lo que sabemos del hombre de Neandertal nos lleva a creer que era un ser creativo y adaptable. Utilizaba el fuego, vivía en cuevas, llevaba pieles de animales. En definitiva, era capaz de manipular el medio en el que vivía, no de convertirse en su victima.

– ¿Que esta usted diciendo?

– Estoy diciendo que durante cientos de miles de años el hombre prehistórico no tuvo más alternativa que limitarse a subsistir. Estuvo estancado en ese pantano inmutable y brutal que es la lucha por la supervivencia. De pronto hace su aparición una variante que es capaz de salirse del cieno. ¿Como?, aplicando su inteligencia, por ello decidieron vivir en grupos organizados y fueron capaces de resolver los problemas que se les presentaron. ¿Es esta la criatura que la naturaleza escoge para hacer desaparecer cruelmente al hombre de Neandertal? No tiene sentido; me refiero a que, des de el punto de vista científico, esta teoría no se sostiene. Si la ciencia nos enseña algo es que la naturaleza es consistente y lógica.

– Es cierto -dijo el señor regordete-. Es como el cólera.

– ¿Como dice?

– El cólera se contagia por las excreciones, por eso el cólera nos hace excretar.

Sabia que era un ultradarwinista, pensó Susan.

– Así pues, ¿cual es la respuesta? -preguntó el eminente paleontólogo, el doctor Victor Schwartzbaum.

– Con el permiso de Gertrude Stein, ¿cual es la pregunta?

– La pregunta que nos ha traído aquí a todos nosotros: ¿que acabo con el Homo sapiens neanderthalis?

– Lo esta viendo.

– ¿Que?

– Nosotros. Todos nosotros.

– ¿Como?

– Muy sencillo -dijo Susan-. Los exterminamos.

– No corra tanto -dijo Matt.

– ¿Lo ven? -Explicó Susan-. Los que seguimos los pasos del doctor Kellicut estamos divididos en dos campos opuestos, y no nos aceptamos de buen grado.

– Mi campo se llama "El arca de Noé" o "Memorias de África, segunda parte" -prosiguió Susan-. Creemos que mucho después de que el homo erectus emigro de África, se produjo una segunda migración, hace unos cien mil años.

Desde el punto de vista anatómico, esos éramos nosotros, los seres humanos modernos. De alguna manera conquistamos al hombre de Neandertal, gracias a una nueva invención o una nueva forma de organización social. Hubo una lucha darwiniana a gran escala, una guerra entre las especies. Debió de ser, literalmente, una lucha hasta el final.

– El otro campo es lo que yo llamo la escuela partidaria de "haz el amor y no la guerra", a cuyo frente esta el doctor Mattison, aquí presente. Ellos creen que no se produjo una segunda migración desde África, sino que distintas especies evolucionaron de manera independiente en diferentes regiones y luego se cruzaron. Los genes del hombre de Neandertal simplemente quedaron sumergidos en los del hombre moderno.

– ‹‹Sumergidos›› no es la palabra exacta intervino Matt-. Yo diría más bien que el hombre moderno los asimilo, que los absorbió. Por la razón que sea, el Homo sapiens es la criatura con la mente mas dominada por la sexualidad que ha existido en este mundo.

– Y también la más belicosa -agrego Susan.

– Si, y la guerra conduce a un mayor cruce entre las subespecies que, de mantenerse separadas, pasan en efecto a ser una sola. Ganamos por nuestra astucia en la cama, no por nuestros poderes mágicos en el campo de batalla.

La retórica hizo que Susan perdiera el hilo.

– Cualquiera puede trivializar las teorías ajenas dijo.

– Es cierto. Pero lo importante es que, si se da crédito a su teoría, hay que estar dispuestos a aceptar que se produjo la masacre mas cruenta de la historia, que algunos llaman el holocausto del Pleistoceno. ¿Donde están las miles y miles de tumbas? ¿Donde están los cráneos aplastados? A mi juicio, creer que el hombre de Neandertal sigue vivo en cada uno de nosotros exige un esfuerzo de imaginación menos brutal.

– Ya se que es difícil de creer… cuando se mira la frente lisa del doctor Mattison -comento Susan sarcásticamente.

– Se tardo cuarenta mil años en llegar a adquirir una frente de estas características. Cada uno de nosotros tiene vestigios de esta herencia genética.

Sus miradas se cruzaron un momento. Luego Susan tomo la palabra.

– Últimamente hemos hallado restos que creo que son importantes. Me interesan especialmente unos que descubrimos en un escondrijo de huesos del hombre de Neandertal situado en Uzbekistán, cerca del mar Caspio. Los encontré una tarde literalmente debajo de mi comida. Derrame café encima de los huesos, que todavía estoy catalogando. Aunque no los hemos examinado todos, al parecer muchos neandertales murieron a la vez. Podría tratarse de restos de un viejo campo de matanza.

– Lo que convierte aquel lugar en misterioso es que hay cuevas de neandertales por todas partes que contienen miles de huesos animales. Algunos son, sin lugar a dudas, humanoides. Muchos de ellos están abiertos, pero practicaron las escisiones con mucho esmero, como si lo hubieran hecho con herramientas especiales. Hemos llegado a la conclusión de que los abrían con la finalidad de extraer la medula.

Susan se interrumpió un momento para que los asistentes asimilaran la trascendencia de lo que acababa de decir.

– Hay asimismo cráneos que presentan una manipulación que solo cabe achacar a los neandertales: una ligera aunque inconfundible mutilación en el agujero occipital, por el que penetra la espina dorsal. En cráneos hallados en cuevas de neandertales desde al menos I93I se advierten mutilaciones similares. Nadie sabía como interpretarlas. Nosotros creemos que hemos dado con la explicación correcta. -Miro al grupo antes de seguir hablando-. Señoras y señores, los indicios parecen incontestables: el hombre de Neandertal comía cerebros.

Cuando salieron de la sala, acompañados por Van, Matt se volvió hacia Susan.

– Cuanto tiempo -dijo.

– ¿Ah si? ¿Se ha hecho largo? Yo creí que había sido escueta.

Matt meneo la cabeza; deliberadamente Susan hacia como que no lo había entendido. Un viejo truco.

– ¿Como se te ha ocurrido eso de ‹‹haz el amor y no la guerra›? -preguntó.

– Pensé que te gustaría-contesto ella-. Que te recordaría los viejos tiempos.

– ¿De veras crees todo eso de que comían cerebros?

– Quizá se dejaron llevar por perversos impulsos sexuales. Matt se puso de pronto serio.

– ¿Susan, que es todo esto? ¿Sabes que estamos haciendo aquí?

Van los interrumpió sin contemplaciones.

– Esperen un momento y todo se aclarara.

Echó a andar delante de ellos por un pasillo antiséptico. Susan se acercó a Matt.

– Yo se tanto como tu -le susurro-. Simplemente recibí el mensaje de que debía venir, que Kellicut esta en peligro, aunque no se de que peligro se trata.

Van se detuvo ante una puerta maciza de roble, llamo, espero a que le contestaran y entro. La habitación estaba en penumbra y tardaron unos segundos en acostumbrarse a ver en la semioscuridad. Por fin percibieron una figura flaca y estirada sentada detrás del escritorio, que estaba situado junto a la pared y alejado de la ventana. Las cortinas de lamas estaban bajadas. Aquel hombre estaba fumando y sobre su cabeza había una nube de humo.

– Ah, entren… bienvenidos.

Era una voz nasal pero seductora y autoritaria.

Dieron unos pasos hacia delante. El hombre no se levantó pero les tendió la mano por encima del papel secante inmaculado.

– Doctora Arnot, doctor Mattison. Soy Harold Eagleton. Bienvenidos al Instituto de Investigación Prehistórica.

Por el tono de voz era fácil colegir que Eagleton estaba acostumbrado a que las personas reconocieran su nombre. Sostenía el cigarrillo con el pulgar y el índice de la mano izquierda, a la manera de los habitantes de la Europa oriental, y los otros dedos los tenia extendidos como un abanico.

Mientras Matt se inclinaba y le estrechaba la mano a Eagleton, Susan lo observó con detenimiento. Era una persona fuera de lo común; encorvado, increíblemente astuto, de tez pálida, tenia la cabeza erguida y llevaba gafas de montura de acero curvadas. Debajo del escritorio se veía un destello metálico. Era una silla de ruedas de estructuras tubulares de metal redondeadas y de goma negra. Eso explicaba el aspecto desmadejado de aquel hombre; estaba sentado en actitud de total abandono, como un soufflé hundido.

En el aire había un olor extraño, que no fue capaz de precisar. Tal vez fuera desinfectante.

Eagleton le dirigió la mirada a Susan.

– Queridos, les agradecemos que hayan venido con tanta premura. Kellicut necesita su ayuda, y nosotros también.

– No parecía que hubiera muchas alternativas -dijo Matt-. ¿Que ha ocurrido?

Eagleton lo examino.

– ¿Vamos a dejarnos de ceremonias, de acuerdo? -Dio una chupada al cigarrillo y sobre el quedó flotando otra nube de humo-. El instituto… habrán oído hablar de nosotros, ¿si?

Fantástico. -Era difícil decir si estaba contento de veras o si solo lo fingía-. Nos ocupamos de diversos aspectos de la investigación prehistórica… de diversas áreas que otras instituciones no abordan.

Contamos con amplios fondos económicos y concedemos una gran importancia al buen trabajo sobre el terreno. Tenemos en marcha proyectos en todo el mundo y solo nos preocupa contar con los mejores especialistas. Necesitamos personas como el doctor Kellicut.

A Matt le sorprendió la palabra empleada: ¿los necesitaban?

– ¿Y por que las necesitan? ¿Para que?

– Eso ahora no importa -dijo Eagleton, que lo mando callar con un ademán.

Matt miro a Susan, que tenia la mirada clavada en Eagleton, fascinada. Van estaba sentado en un sofá sin decir palabra. Las paredes estaban cubiertas de mapas y fotografías de reconocimiento hechas desde satélites. En un rincón había un cuadrito de Degas. Matt vio unos títulos académicos enmarcados y enseguida se percato del prestigio en ascenso que representaban: Universidad de Tennessee, Columbia, Harvard, Edimburgo, St. John's Oxford.

Eagleton le siguió la mirada. No se perdió nada.

– Ah, los viejos papeluchos en los que están escritos nuestros pasos -dijo-. Que insignificantes son, ¿verdad? -Hizo una pausa, pensativo-. ¿Por donde iba? -Otra nube de humo-. Si. Recientemente hemos patrocinado bastantes expediciones, algunas más… ortodoxas que otras.

Hace poco nos hemos especializado en el hombre de Neandertal, o mejor dicho, nos hemos visto obligados a aceptar tal decisión. Es un tema muy interesante, que ha despertado nuestro interés. No todos nosotros estábamos especializados en ese campo, como comprenderán, aunque hemos conseguido reunir un grupo reducido de expertos muy buenos, como estoy seguro de que ustedes…

– Me temo que no lo comprendo -le interrumpió Matt-. ¿Por que se han especializado en la investigación sobre el hombre de Neandertal?

¿Que esperan sacar exactamente?

Eagleton cambio de tono. Ahora hablaba con dureza y desprecio.

– ¿Que por que? Pues porque podría cambiar la ciencia de la prehistoria, ¿no se dan cuenta? De hecho, fue su amigo, el doctor Kellicut, quien nos metió en ello.

Estaba muy entusiasmado, por eso le financiamos su proyecto en el Caucaso. Parecía una cosa de locos, pero nunca se sabe, ¿verdad? -Apago el cigarrillo y encendió un interruptor. El humo desapareció por una abertura que había en el techó; luego cayo una lluvia, poco densa, de vapor-. Es un agente antibacteriológico-explico-. Espero que no les moleste.

– Siga, por favor -dijo Susan-. Díganos donde se encuentra el doctor Kellicut en este momento.

– Esa es la cuestión, justamente. Desconocemos su paradero. Por supuesto, sabemos en que zona esta, pero ignoramos el lugar concreto en el que se halla. Por eso están ustedes aquí. Por eso los necesitamos: deseamos que nos ayuden a localizarlo. Como bien saben, para encontrar a un paleontólogo es preciso que intervenga otro paleontólogo.

Eagleton parecía agitado. Su mano derecha dibujo un arco en el aire y se poso en su frente, con los dedos señalando hacia abajo. Se la paso por el pelo, levemente aturdido. Matt empezó a pensar si aquel esnobismo y aquellos aires de profesionalidad no eran puro teatro.

– Quiero decir que esta donde lo mandamos, o mejor dicho, donde el quiso ir… contando con nuestra aprobación.

El caso es que estuvimos mucho tiempo sin saber nada de el, hasta que hace poco recibimos noticias suyas que expresaban su deseo de ponerse en contacto con ustedes.

– ¡Con nosotros!

– Si.

– ¿Con los dos?

– Si. Así es como llegó.

Eagleton abrió un cajón de su escritorio y sacó un trozo alisado de papel de embalar en el que había una dirección escrita de su puño y letra, inconfundible:

Instituto de Investigación Prehistórica

A la atención de la Dra. S. Arnot y del Dr.

Mattison 1290 Brandyline Lane Bethesda, MD og763 USA

– ¿Y donde esta el mensaje? -Preguntó Susan-. ¿Donde esta la nota que escribió?

– No había ninguna nota -contesto Eagleton-, pero creo que se podría decir que si había un mensaje. Estaba dentro del paquete.

Eagleton miro a Van y le hizo un ademán con la cabeza.

Van se acercó a un armario y volvió con una caja de madera cuadrada y magullada de menos de medio metro de altura.

La dejó en el centro del escritorio de Eagleton, la abrió y extrajo un objeto cubierto con un trapo blanco bastante sucio. -Así es como llego -dijo Eagleton, que se inclino hacia delante y quitó el trapo.

A la vista, centelleante y sorprendentemente blanco, había un cráneo. Parecía que les estuviera haciendo una mueca. Van lo cogió de un modo que recordaba a Hamlet.

Que emocionante era reconocer aquellos rasgos: la frente larga e inclinada, la barbilla huidiza y, naturalmente, el arco superciliar ancho e impenetrable en forma de escarabajo.

– ¡Es perfecto! -exclamo Susan, que alargó el brazo para cogerlo, impresionada-. Un espécimen perfecto.

Nunca había visto ninguno tan completo, tan bien conservado. ¡Es el hallazgo del siglo!

Eagleton gruñó.

– Por descontado -dijo.

– Es casi demasiado perfecto -intervino Matt-. No parece autentico. ¿Lo han analizado para estimar la fecha?

– Naturalmente -contesto Eagleton, que encendió otro pitillo.

– ¿Y?

– Eso es lo extraño.

– ¿Que? ¿Cuantos años tiene?

Eagleton exhalo el humo.

– Veinticinco.

– ¿Veinticinco? -preguntó Matt, incrédulo.

– Es imposible -intervino Susan. Matt le echó una mirada-. El hombre de Neandertal no estaba vivo hace veinticinco mil años.

– Veinticinco mil años no -dijo Eagleton, que tuvo un repentino ataque de tos y añadió resollando-: Veinticinco años.

Eagleton agito la mano, disipando la nube de humo que flotaba sobre su cabeza.

Susan se había quedado dormida a su lado. Tenía la cabeza echada hacia atrás y se le veía el cuello. Los pechos le subían y le bajaban al respirar. Matt miro sus pestañas, que le temblaban de vez en cuando. Tal vez estuviera sonando.

Los otros pasajeros estaban en silencio. Matt oía el ruido apagado de la música que procedía de los auriculares de Susan. Era un gimoteo, como el zumbido de un insecto. Debían de ser blues; tal vez Otis Redding o Coltrane. Solía pasarse el día entero escuchando aquel tipo de música. Una imagen del pasado le vino a la cabeza: vio el apartamento en el que habían vivido en Cambridge inundado de música de jazz a todo meter.

Se volvió y miro por la ventana; el avión inclino el ala y vio por primera vez las cumbres nevadas del Pamir. Los picos de roca, puntiagudos y dentados, sobresalían entre la blancura como metal que traspasara la carne. Le dio un vuelco el corazón. Un terreno implacable, pensó; despiadado, inhabitable e irresistible.

Matt aun no se había recuperado del shock. No podía creer que aquel cráneo tuviera veinticinco años; aquello era simplemente increíble. Hacia años que algunos chiflados sostenían que el hombre de Neandertal podía seguir vivo en pleno siglo XX, pero el se había burlado de ellos resueltamente. Con todo, ahí estaba la prueba; aquel cráneo parecía autentico. Por sus maños habían pasado suficientes cráneos de neandertales para no dudar siquiera de su asombroso parecido con los reales. Aunque lo hubieran manipulado, aunque le hubieran dado un baño de acido, estaba demasiado bien conservado. Debían de haberlo hecho con un nuevo tipo de yeso que imitaba el hueso a la perfección. Pero ¿quien tenia suficientes conocimientos para crear aquella falsificación? ¿Y que motivos podían llevar a alguien a hacer una cosa así?

Susan estaba mas abierta a aceptar la idea de que podía ser autentico. En el trayecto de ida al aeropuerto habían mantenido una discusión. El había citado famosos fraudes históricos, desde el monstruo del lago Ness hasta el hombre de Piltdown.

– En su día nadie dudo tampoco de su autenticidad había dicho el.

Pero Susan parecía creer en ella. Tenía los ojos encendidos solo de pensar en las posibilidades que se abrían.

– ¿Y si es verdad? -había dicho ella-. Imagínate…puede que en algún lugar haya un grupo entero de neandertales. Si los encontráramos, podríamos estudiarlos como seres vivos. Ya no tendríamos que contentarnos con nuestras ridículas y patéticas conjeturas basadas en piedras desportilladas o en fragmentos de huesos. Estaríamos en contacto con seres de otra especie. Imagínate lo que esto significaría.

Tenia que admitir que, cuando ella había dicho esto, se había emocionado. Parecía una idea fantástica y por un momento se había dejado llevar por ella. Era una oportunidad descabellada, pero si no la aprovechaba siempre tendría re mordimientos. ¿Y si era verdad? Solo para descartarlo valía la pena hacer aquel viaje. Y además tenía un objetivo más inmediato: encontrar a Kellicut.

Porque había pocas dudas de que estaba en paradero desconocido. Si alguien se había tomado la molestia de fabricar un engaño de aquel calibre, podía estar realmente en peligro.

Volvió a mirar a Susan. No habían tenido ocasión de hablar del pasado. Cuando llevaban una hora de vuelo -habían despegado del aeropuerto Kennedy-, habían pedido unas copas: el, whisky, y ella, vodka. Cuando entrechocaron las copas y brindaron sin decir ni una palabra, acercándose el uno al otro como conspiradores, casi hubo un momento de intimidad, pero solo fue un momento. El intento desviar la conversación y volver a hablar de ellos, pero ella opuso resistencia, de modo que charlaron de sus carreras y del pasado reciente.

– ¿Y después de Harvard, que hiciste? -preguntó Matt.

– Fui de aquí para allá; fue un doctorado peripatético. Estuve tres años en Berkeley.

– Eso me dijeron.

– Fue agradable, pero no se… el sol, la comida dietética, toda aquella gente que siempre piensa de forma políticamente correcta sobre todos los temas… empecé a echar de menos los cielos nublados.

Matt sonrió.

– No publique mucho. Pero Kellicut era maravilloso.

Sentía verdadero interés por nosotros, ¿sabes? Se preocupaba por nuestro futuro. Hizo cuanto pudo por mi. Me entere de que habían organizado una excavación en Irak y me fui.

Dios mío, fue fantástico: el trabajo, el polvo, los líos, las aventuras que se presentaban sin que uno las buscara, incluso las moscas.

– Por la noche, cuando la temperatura bajaba en el desierto, me tumbaba en la hamaca, miraba el cielo negro e inmenso, contemplaba las estrellas y pensaba: "Esto es lo único que necesito. No quiero nada mas". Pero naturalmente quería algo más. Con todo, la excavación fue un éxito. Hallamos los huesos. Yo encontré un cráneo por primera vez.

Era un fragmento así de grande. -Levantó la mano separando el pulgar y el índice unos diez centímetros.

– ¿Y después?

– Me fui a Madison, donde me hicieron un contrato fijo. Mas excavaciones, mas huesos, mas artículos. Polvo y mas polvo. Esta es la historia de mi vida. -Omitió lo mas importante… a propósito. Es increíble lo descarnada que puede parecer una vida cuando se habla de ella, pensó.

– ¿Y nunca has pensado en casarte en todo este tiempo?

Se puso rígida.

– No, de hecho no.

– ¿Nunca?

– Mira, Matt… -Era la primera vez que lo llamaba por su nombre y a el le produjo una sensación extraña y familiar a la vez-. No creo que tengamos que hablar de todo esto. Hay otras muchas cosas de las que me gustaría charlar. Bajo la voz-. Yo no te he preguntado por Anne.

– Anne. No la he visto desde hace… -Se detuvo para calcular. Ahora que se habían internado en un terreno resbaladizo era importante ser preciso-. Debe de hacer unos trece años.

Volvieron a quedarse callados. Ella pidió otra copa. ¿Había superado su temor a convertirse en una alcohólica? El pidió otro whisky. La azafata coqueteo con el, mirándole provocativamente a los ojos, ignorando a Susan.

Y eso fue todo; no hubo confesiones en las que uno desnuda el alma ni catarsis emocional. Quizá sea mejor así, pensó Matt; por una parte lo deseaba, pero por otra lo temía. ¿Como podría explicar lo que había ocurrido y lo que había sentido? Hacia tanto tiempo de aquello. A la hora de la verdad se expresaba mal, era torpe al elegir las palabras. Tenia que admitir que se sentía aliviado.

Susan también lo prefería así. Ver a Matt había sido un shock; ni siquiera había tenido la posibilidad de prepararse para aquel encuentro.

Había sido tan distinto de los múltiples encuentros que había imaginado en sueños. Seguía siendo un hombre guapo, pensó con tristeza. Pero que sensación mas extraña le produjo ver canas en aquellas sienes familiares. Al menos no se había convertido en un hombre obeso, como ella había imaginado en algunas de sus vengativas fantasías, porque así se sentía victoriosa.

Pero la realidad era diferente; estaba contenta de que conservara su buen tipo. Lo que mas la acongojaba era que todavía fuera un hombre atractivo; no podía evitar mirarlo todo el tiempo.

Había tardado años en superar su traición. Mas que desaparecer, sus ánimos habían quedado ahogados por el ajetreo de la vida cotidiana. Sus amigos se habían hartado de escucharla, de modo que finalmente dejo de hablar de el. De tanto reservarse sus sentimientos para si acabo por reprimirlos. Salía, tenia amante, pero de vez en cuando sus recuerdos afloraban y en aquellos momentos se sentía desgraciada, aunque no tanto como en el pasado. Ahora sabia que, si quería protegerse, debía guardar las distancias.

Susan se había colocado los auriculares y se había puesto cómoda. Cuando se repantigo en su asiento, se le había subido la falda, dejando al descubierto sus muslos. Matt seguía sentado, bebiendo whisky y mirando por la ventana.

Van estaba leyendo muy concentrado una pila de papeles. En el asiento de al lado había un montón de carpetas de color manila, que se deslizaban cuando el avión giraba. Siempre trabajaba así, compulsivamente. Tal vez por eso fuera un científico tan bueno y las misiones se le dieran tan bien. Trabajaba con ahínco; leía, estudiaba, consideraba todas las cuestiones desde todos los puntos de vista. Su carrera era una de las pocas cosas de las que podía sentirse orgulloso. Su trabajo era para el su vida y en ella no había espacio para casi nada mas.

Desde que era un niño, Van se había sentido superior a los demás. Había niños mas altos, mas fuertes, mas guapos, mas rápidos que el, que se convertían en hombres como Matt, que daban la impresión de que todo era muy fácil, que no luchaban por nada. Para Van las cosas eran muy distintas; tenia que batallar por cada migaja, no le daban nada fácilmente. Pero tenia una ventaja: era inteligente, mas inteligente que todos ellos, y siempre tenia en cuenta todos los puntos de vista.

Su madre había muerto en extrañas circunstancias cuando el tenia cuatro años; nunca le explicaron de que había fallecido exactamente, aunque le dijeron, de forma vaga, que se había producido una explosión de una estufa de gas. Su padre, un oficial del ejercito, un hombre distante y amargado, nunca le dijo ni una palabra. Van no recordaba haberse sentado nunca en su falda ni haber sido acariciado.

Principalmente se acordaba de su cara picada de viruelas, de su corte de pelo, que dejaba ver una franja de piel sobre las orejas, y del fuerte olor de su aliento. Van y su hermano pequeño fueron nominados militares. Iban de un lado a otro sin cesar. Su padre se adelantaba y un mes o dos mas tarde los llamaba para que se reunieran con el. Viajaban en tren. Cuando lo cogían, en Fort Dix o en Fort Bragg, la idea de que podían pasarse de largo la parada les ponía tan nerviosos que hacían turnos por las noches para leer los letreros de las estaciones. Cuando llegaban, su padre a duras penas les dirigía la palabra.

Mas tarde Van descubrió la ciencia. Empezó con las matemáticas, en las que hallo el orden que le purificaba el espíritu; luego se paso a la química y a la física. En la universidad descubrió las ciencias sociales, mucho menos exactas que las ciencias naturales pero mas atractivas, porque presuponían la manipulación del comportamiento humano. La psicología experimental lo fascino, y en Chicago lo sedujeron los conductistas. Hacia experimentos con ratas; las introducía en laberintos, les practicaba operaciones y luego volvía a hacerlas correr. Subió la escalera evolutiva y probó con monos y después con seres humanos; trabajaba con pacientes con lesiones cerebrales en los hospitales que acogían a los veteranos de guerra. Las técnicas son las mismas, decía en broma, -un poco de queso en un extremo y el electrochoque en el otro-. Su afición por el riesgo lo llevo al estudio del sicolenguaje, una ciencia todavía en ciernes.

A Van no le iba la vida domestica. No estaba hecho para ella. No tenía muchas relaciones; no paraba en todo el día y le gustaba su trabajo, que por un lado le mantenía ocupado y por otro era una bendición para su talante solitario. Le satisfacía tener acceso a información confidencial y saber cosas que los demás desconocían. Y trabajaba bien, aunque a Eagleton no le mereciera mucha confianza. Eagleton era un hombre difícil.

Esta expedición en busca de neandertales era muy extraña. Sus conocimientos eran insuficientes, y no se sentía cómodo, pero tal vez era la oportunidad que estaba esperando; tal vez era su… ¿su que? Mi destino, pensó, aunque la palabra sea un poco cursi.

– ¿Te importa? -preguntó Matt señalando el asiento de al lado de Van.

Van gruño pero cerró la carpeta que estaba leyendo y miro las montañas que se veían desde la ventana.

Abajo había rocas desnudas y prístinos puentes de nieve.

– Probablemente es la tierra menos explorada del mundo entero -dijo Matt-. Obsérvala. Uno se pregunta si existen especies que puedan sobrevivir en ella.

– Ninguna especie, a menos que no sea humana, puede sobrevivir en ella.

Matt miro los picos y recordó la información sobre el Pamir que había leído la semana anterior en un diccionario geográfico: siete u ocho cordilleras inexploradas que pertenecían a Cachemira, Afganistán y las remotas republicas de Asia central de la antigua Unión Soviética. A lo largo de los siglos las habían llamado ‹‹el techó del mundo››, no por la altura de las montañas, aunque fueran en verdad muy altas, sino por los recónditos terrenos elevados formados por valles, llanuras y lagos. La primera persona que había utilizado el nombre ‹‹Pamir›› fue Hsuan Tsang, un monje budista chino que en el siglo VII atravesó Badajshan hasta llegar a Tashkurgan. Aunque fue Marco Polo quien mejor describió el Pamir: un formidable laberinto de montañas y glaciares, de moreras repletas de guijarros y valles recónditos que contenían depósitos de lapislázuli.

– Por otra parte -observó Matt-, si alguna especie ha podido sobrevivir, habrá permanecido oculta, apartada del mundo exterior durante años.

– Durante décadas y siglos. -Van volvió la cabeza bruscamente-. ¿Sabe?, había una aldea escondida en algún lugar impreciso que se llamaba Leztinecia.

Estaba totalmente incomunicada. Solo Dios sabe cuanto tiempo existió… setenta, cien años. No tenia ningún contacto con el mundo exterior. En I926 una expedición rusa la descubrió. Los aldeanos se habían vuelto bárbaros. Trataron a los científicos que llegaron allí como si fueran dioses y les entregaron todo cuanto poseían. Una noche se acostaron y ¿sabe que ocurrió?

– ¿Que? -preguntó Matt.

– A la mañana siguiente, cuando abrieron las puertas de las cabañas, hallaron dos niños muertos en la puerta. Los habían matado.

– ¿Por que?

– Intervino la aldea entera. No quedó claro de quien eran los niños. Aplicaron leyes cuya existencia no conocían. -Cloqueó-. Los sacrificios ofrecidos a los dioses son uno de los instintos mas antiguos de la historia humana.

– ¿Y la aldea?

– Lo de siempre. La enfermedad acabó con ella.

Algunos se fueron y estuvieron vagabundeando, otros se casaron con forasteros. El resto pereció. De todos modos, probablemente estaban predestinados a desaparecer. Tiene que admitir que cualquier cultura que sacrifica a sus hijos no tiene en cuenta el futuro. No puede perdurar.

Se quedaron callados.

– ¿Sabe?, he leído su obra -dijo Van de pronto de un modo forzado.

– ¿Ah si?

– Si. The New England Journal of Archaeology, The Fossil Review, todo. Incluso he leído Neanderthals: Killers or Kissing cousins.

No era frecuente que Matt hablara con personas que hubieran leído las revistas especializadas y las oscuras publicaciones en las que escribía sus artículos, y siempre se había avergonzado un poco del titulo de aquel libro, una concesión hecha a un editor que buscaba disparar el numero de ventas y que en ultima instancia quedó defraudado.

Advirtió que su interlocutor no le había hecho ningún comentario halagador sobre sus escritos.

Van le preguntó en que estaba trabajando en aquel momento y Matt le dijo que estaba estudiando la morfología de los órganos de fonación de los neandertales que intervienen en la pronunciación de las vocales, en especial la faringe.

– ¿Por que? -inquirió Van.

– Puede que fuera primitivo, y en ese caso podríamos deducir que su fonética era limitada. Probablemente no podía emitir ciertos sonidos: el de la ge, por ejemplo, o el de la ka.

El numero de vocales que podía pronunciar era muy pequeño.

– ¿Y que conclusiones se pueden sacar de todo esto?

– Es demasiado pronto para decirlo, pero la teoría se puede resumir en pocas palabras: el lenguaje es la esencia del pensamiento. Es a un tiempo la cuna y el limite de la inteligencia. El hombre de Neandertal poseía una capacidad lingüística muy limitada, por eso nunca desarrollo el pensamiento abstracto. A medida que las relaciones sociales adquirían mayor importancia para su supervivencia, fue derrotado. En actividades en las que la comunicación y la previsión de las situaciones futuras son esenciales, como la caza en grupo, fue incapaz de salir adelante. Se quedó tirado en la cuneta. – ¿Estaba predestinado a la extinción porque no tenia una epiglotis apropiada?-dijo Van despectivamente.

– Mas o menos -respondió Matt a la defensiva.

– Usted tiene problemas, profesor.

– ¿Que clase de problemas?

– Saca las cosas de quicio. Se engaña-explico Van. Para empezar, la comunicación es posible aun si la vocalización es muy limitada. Sabemos que en Nueva Guinea y en el Amazonas viven tribus sin ningún problema de subsistencia que solo tienen lenguajes basados en no mas de doce sonidos distintos.

– ¿Y para acabar?

– Para acabar, ¿por que tiene que haber una correlación entre pensamiento abstracto y multiplicidad de sonidos? O, lo que vendría a ser lo mismo, ¿por que tiene que depender la complejidad del lenguaje de la multiplicidad de sonidos? Intuimos que eso es así, pero podemos estar equivocados. Y, por supuesto, hay una tercera posibilidad, la mas interesante de todas.

– ¿Cual es?

– La comunicación mas allá de los sonidos. – ¿Te refieres a la percepción extrasensorial?

– Algo así, aunque a mi el termino no me gusta, porque presupone que la percepción que no se basa en los sentidos es algo extraordinario.

– ¿Y no es así? -preguntó Matt.

– Para mi evidentemente no lo es, de lo contrario no hubiera consagrado mi vida a estudiar el fenómeno.

– ¿Así que esta es tu especialidad?

– Si. Puede que yo no sea un brillante profesor de la Universidad de Chicago como usted, pero tengo un doctorado. Y no necesito que me den lecciones como si fuera un estudiante de primer curso.

– Lo siento. Yo no pretendía darte ninguna lección.

Matt estaba intrigado por lo que Van acababa de decir e intento sonsacarle información, pero Van se negó a hablar de sus ultimas investigaciones.

– No es algo que pueda publicarse.

Esto fue todo cuanto dijo.

Siguió un incomodo silencio. Van fue el primero en hablar. -Déjeme que le haga una pregunta.

– Adelante.

– ¿Por que nunca ha concebido la idea de que los neandertales pueden existir todavía?

– La posibilidad es tan remota que me parece absurdo.

– ¿Ah si? ¿Y como puede estar tan seguro?

Van dijo estas palabras casi con un gruñido. Que tipo tan extraño, pensó Matt Que torpe es. Para lo inteligente que era, tenia arranques irracionales.

Ahora era Van quien daba lecciones y le producía un gran placer. En la tierra había unos catorce millones de especies, dijo, de las cuales únicamente 1,7 millones -menos del quince por ciento-habían sido identificadas y clasificadas.

A cada momento surgían nuevas especies; en nuestro siglo, hasta los años veinte, cada década se descubría una medía de quinientas especies. En la actualidad el promedio era de cien especies, aproximadamente, por década.

– Y no estoy hablando de mamíferos insignificantes -explico-, sino de los mas importantes. El mono de la India de nariz chata, el chimpancé pigmeo africano. ¿Ha oído hablar del Meganuntiacus vuquangensis? Por supuesto que no. Es un ciervo grande. ¿Y del Pseudoryx nghetinhensis?

Es parecido al buey. Ambos fueron descubiertos en Laos… en I994. En 1995, una expedición francesa que estaba en el Tibet descubrió por casualidad una raza de caballo antigua de aproximadamente un metro y medio de altura. Parecía salida de una pintura rupestre.

Continuamente surgen nuevas especies. La carne se encuentra en un mercado regional; alguien ve colgada al pechó de un indígena una piel con extrañas franjas. En el siglo pasado nadie creía que existiera el gorila que vive en las montañas, aunque corrieran muchas historias sobre el, porque nadie lo había visto con sus propios ojos. Solo lo habían observado tres mil africanos.

Menciono el panda gigante de Szechwan occidental, que estuvieron persiguiendo durante setenta años antes de capturarlo.

– Siempre ocurre lo mismo. Al principio existen mitos y rumores, pero nadie los cree hasta que lo ve con sus propios ojos. De pronto aparece y luego ya nadie se acuerda de que no lo habíamos creído. Nos parece ridículo haberlo desechado. No es mas que una cuestión de soberbia.

Pensamos que somos los escogidos, los seres supremos del planeta. Creemos que la tierra nos pertenece, pero no sabemos nada de nada de ella.

– Imagine la superficie de la tierra, reste los océanos, los desiertos, las montañas y las regiones árticas. ¿Sabe que queda? Un veinte por ciento, aproximadamente. Habitamos una quinta parte del planeta y creemos que estamos en todas partes, y que no hay espacio para nadie mas. Ni siquiera podemos imaginar que tengamos competidores. Pero es tan ridículo pensar que somos los únicos homínidos que viven en el globo terráqueo como creer que la tierra es el único planeta del universo en el que hay vida.

Ahora era Matt quien se sentía un estudiante universitario de primer curso y no le gustaba nada.

– Espera un momento -protesto-. Puede que no vivamos en todas partes, pero es indiscutible que nos desplazamos a todas partes. Si tenemos competidores, ¿por que no nos hemos topado nunca con ellos?

– Por la misma razón que la mayoría de los norteamericanos no se han topado nunca con un indio.

– ¿Que quieres decir?

– Es una ley natural. Los vencedores expulsan a los vencidos y los convierten en seres invisibles. Los obligan a marcharse a las regiones mas inhóspitas: los desiertos en los que no hay vida, las tierras en las que solo crecen matorrales, el Ártico. Por la misma razón que los esquimales, probablemente usted los llama inuit, cada vez se desplazan mas hacia el norte.

– Pero si veremos a indígenas americanos y a inuit.

– Si, pero imagine que el grupo de los vencidos no es solamente de una tribu o de una raza distinta sino de una subespecie totalmente diferente, prácticamente exterminada. Piense en esta pobre minoría, patética y desposeída, reducida a un puñado de integrantes. Si estuvieran atemorizados, y Dios sabe que tendrían buenas razones para estarlo, ¿no harían todo lo posible para permanecer invisibles? ¿No se volverían y correrían a toda velocidad en cuanto vislumbraran a la especie dominante, el temido enemigo?

– Demos un paso mas. ¿Que ocurriría si esta minoría poseyera una capacidad especial para la adaptación? Que fuera, por ejemplo, como los neandertales, capaz de sobrevivir en climas en los que nosotros nos moriríamos de frió en cuestión de minutos. ¿No seria esta una causa que vendría a reducir las posibilidades de contacto… al menos de contacto a gran escala?

Matt escuchaba en silencio.

– Mire -prosiguió Van-. No se quien de los dos tiene razón, si usted o la doctora Arnot. Tal vez hubo un genocidio; o a lo mejor nosotros somos descendientes de los neandertales. En cualquiera de los dos casos, es fácil imaginar que algunos de ellos pueden seguir con vida, como aquellos soldados japoneses que sobrevivieron en la selva.

Si hubo una guerra y una especie de victoria apocalíptica, ¿que hubiese podido impedir que un reducido grupo huyera y se refugiara? Aun si han tenido que vivir en cuevas, sentados al calor del fuego, recordando los días negros de su derrota día tras día, generación tras generación.

– ¿Y que me dice de la posibilidad de que un grupo se hubiera resistido a la asimilación y simplemente se hubiera alejado? De este modo pudo conservar la pureza de la subespecie, dando la espalda a la evolución. Serian como ermitaños, una reliquia del pasado que viviría en lo alto de las montañas, un lugar en el que casi nadie pone los pies. De vez en cuando ven que alguno de nosotros se acerca, y entonces hacen correr la voz de que hay un intruso, se refugian mas arriba y su mundo se restringe todavía mas. Pero al menos nadie los descubre y pueden seguir viviendo seguros. ¿Sabe?, incluso hoy día se descubren nuevas tribus en el Amazonas y es un lugar al que la gente suele ir. Pero nadie sube a las cumbres del Pamir.

Matt vio que Susan se movía en su asiento, cinco filas mas adelante.

– Muy bien -dijo-. Admitamos que este vestigio del pasado existe, esta… especie paralela. ¿Como es que siempre nos ven a nosotros y nosotros no los vemos nunca a ellos? Me refiero a que si un hombre de Neandertal vaga por los caminos… en algún lugar de las montañas… Teniendo en cuenta las leyes mas simples de la probabilidad…

– ¡Venga, pro-fe-sor! -Van articuló su titulo con sarcasmo, como si fuera un insulto-. ¿Por que cree que vamos allí? ¿Que cree usted que contienen todas estas carpetas? -Cogió un puñado y abrió una-. La gente si los ha visto, solo que no los ha identificado.

Matt echó un vistazo y vio unas paginas impresas, descripciones subrayadas, fechas, mapas. Cogió una carpeta; había decenas de paginas que hablaban de nuevas historias. Leyo una al azar; pertenecia al The Hong Kong Record, de I948.

CHINOZCHIA, I2 de diciembre. El doctor Peter Armstrong y sus tres ayudantes han regresado de una excursión al interior y han traído noticias de un descubrimiento asombroso: han visto a un hombre salvaje de un metro ochenta, cubierto de pelo largo rojizo. El doctor Armstrong ha manifestado que se topo con la bestia en un sendero cerca de un huerto…

Paso las paginas deprisa. Había mas reseñas en varias lenguas: ingles, francés, alemán, chino.

– Este material no es nada nuevo, profesor. Hay noticias parecidas desde los comienzos de la historia. En los manuscritos medievales abundan las alusiones a extraños hombres salvajes que viven al margen de la civilización. ¿Domina la literatura romana? Lucrecio, en De Rerum Natura, los describió a la perfección: una raza primitiva, de constitución distinta; tenia ‹‹los huesos mas grandes y mas sólidos››. Relea a Plinio; habla de los blemios, que vivían en el desierto libio.

Llevaban una porra y tenían la cabeza hundida, como si no tuvieran cuello. Este es el aspecto que tendría un hombre de Neandertal si nos lo encontráramos por casualidad durante un paseo al atardecer.

– Si desea datos históricos, todos están aquí prosiguió Van-. Abundan los testimonios de personas de toda clase.

Hay centenares de ellos por doquier. Basta con prestar atención y leer las brevísimas noticias que aparecen de vez en cuando en la prensa. Los datos están ahí, basta con relacionarlos.

Escogió una carpeta y revolvió los papeles tan cerca de Matt que este sintió el aire en su cara.

– Me es indiferente el nombre que les de. Pies grandes; sasquatch en América; yeti en el Tibet; alma en Tarbagati; chuchunaa en Verjoiansk…

– Un momento -le interrumpio Matt-. No intentaras decirme que todos son hombres de Neandertal, ¿verdad? Ayer era difícil creer que se encuentran en Mongolia exterior, ¿y ahora esperas que crea en su presencia en el estado de Washington?

– Por supuesto que no. -Van cambio de tono, como si estuviera hablándole a un niño recalcitrante. Mire, no digo que todos sean hombres de Neandertal, ni mucho menos.

Lo que digo es que hay una notable similitud entre todos los seres que se han visto y las descripciones de primates de pelo largo que viven en las zonas altas y nevadas. Va mas allá de las leyes de la probabilidad o de la coincidencia. Casi en todos los países existen historias sobre criaturas extrañas que se cuentan al calor de la lumbre por la noche, y por alguna razón inexplicable estas criaturas casi siempre son iguales. ¿Que le dice esto?

– Quizá son solo leyendas.

– Quizá, no, es indudable que lo son. Esto es precisamente lo importante para mi. Venga, vamos, piense en los escritos de Taylor, de Rosenthal: The Significance of Folklore. The Real of the Unreal and the Collective Psyche. Tanto usted como yo sabemos que las leyendas no nacen porque si, sino que tienen una función. Sirven para que las generaciones se comuniquen y para explicar lo incomprensible. Y estas son las leyendas universales, que se oyen en todos los rincones del mundo, con variaciones regionales, claro. Así pues, es probable que hayan incorporado hechos objetivos, que acontecieron en la realidad.

El origen de los mitos, el diluvio. ¿Por que esta presente el diluvio en tantísimas culturas? Porque es un hecho histórico. Ocurrió antes de que la historia se escribiese.

– En infinidad de lugares hay testimonios que aseguran haber visto estas criaturas. Esto significa que el mito esta vivo por doquier y que esta basado en un hecho real.

– Muy bien -dijo Matt-. Vamos a suponer que te lo concedo. Tal vez estas criaturas existieron de verdad en el pasado, quizás hace milenios, hace decenas de milenios… y se han mantenido vivas en nuestro subconsciente colectivo.

– Ah, ahí pasamos de la leyenda a la comprobación científica.

– De acuerdo, dame las pruebas.

Van sonrió satisfecho.

– En primer lugar existen huellas. No una, ni cinco ni una docena, sino muchísimas. Ciento setenta y una, para ser exactos. Y otras muchas mas, aunque no son verificables.

Abrió una carpeta y paso las hojas de lado, para que Matt pudiera verlas. Había fotografías, dibujos, mapas y diagramas; un libro cuyo único tema eran las huellas. La mayoría de ellas eran grandes y anchas, con un dedo gordo curiosamente alargado. Muchas de las pisadas tenían unas reglas de madera al lado. También había fotografías de las personas que las habían descubierto; sostenían gigantescos moldes blancos o señalaban el suelo. Casi todos eran hombres y mujeres de aspecto extraño; de rostros contraídos, vestían prendas desparejadas y lucían sonrisas triunfales y fanáticas.

Matt se detuvo en una pagina. Mostraba una pieza genuina: una huella de un hombre de Neandertal de una famosa cueva toscana. La comparo con las restantes: eran virtualmente idénticas. Había una pisada de un hombre moderno, tres cuartas partes mas pequeña.

– Hay muchas otras cosas. Por ejemplo mechones de pelo.

La mayoría de ellos son rojizos, al menos los que se han hallado en China. Muchas de las muestras se han encontrado en troncos de árboles a una altura de aproximadamente un metro y medio.

– Sin duda estarían rascándose la espalda-dijo Matt.

Lo dijo con ironía, pero Van no captó su tono.

– También hay excrementos.

– No hace falta que me enseñes las fotografías.

– Pero lo mas impresionante son los testimonios.

Ciento sesenta solo en el Caucaso entre I923 y I95I. La mayoría de las personas son campesinos analfabetos, por eso no se los toma en serio. Hay menos testimonios recientes, de hecho muy pocos. Es posible que estén empezando a desaparecer.

– Si hay tantas bestias de esas por el mundo, ¿como es que nunca han capturado ninguna? ¿Y por que nunca han encontrado ninguna muerta en ningún lado?

– Es gracioso que haga esta pregunta.

Van le entrego otra carpeta que contenía fotocopias de un libro de Myra Shackley, una estudiosa británica que describía múltiples encuentros, en varios de los cuales aquella bestia semejante al hombre había muerto de manera violenta.

Matt se quedó mirando a Van. Físicamente aquel hombre extraño de frente ancha y cuadrada, con el pelo rizado pegado a la cabeza y los ojos hundidos no era muy atractivo, pero tenia algo formidable.

– No intento hacer proselitismo -prosiguió Van-. Como he dicho, no me importa si me cree o no. Lo único que digo es que tendría que estar abierto a aceptarlo, porque si el argumento de mas peso en contra de la existencia de estos seres es que no hay pruebas, ya ha podido comprobar que es falso. Existen muchas pruebas.

– Si hay pruebas concluyentes, como dices, ¿como es que solo tu y cuatro chiflados mas habéis oído hablar del tema?

Van agarro fuerte el brazo del asiento.

– ¿De veras quiere saberlo? -preguntó al cabo de un momento.

– Naturalmente.

– Porque es un tema de mala reputación, de locos, porque va contracorriente. ¿Sabe lo malvada que puede ser la comunidad científica dominante, la gente como usted, cuando se ve amenazada? Es como toda burocracia que quiere mantener el statu quo a toda costa, solo que resulta todavía peor. Si sale a la luz una nueva teoría que contradice las ideas aceptadas, la aniquilan en cuanto es detectada por radar.

¡Dios no quiera que llegue a las masas!

– Si se trata solo de una ligera amenaza, se la ridiculiza. Las revistas especializadas intervienen, los estudiosos se burlan de ella, aparecen historias divertidas en la prensa. Pero si se trata de algo verdaderamente revolucionario, como en este caso, sacan todas las armas. Se arruinan carreras, se expulsa a las personas de la ciudad, la prensa no cuenta nada. Nadie quiere que lo tomen por tonto.

– Muy bien -dijo Matt-. Admito que hay una gran reticencia a aceptar lo nuevo. Esto es cierto en todos los campos. Pero si se acumulan las pruebas y si estas son convincentes, entonces la nueva teoría, o lo que sea, es escuchada.

– Permítame que le cuente una historia. En Igos, un explorador ruso llamado Badzare Baradiyan estaba al frente de una expedición por el desierto de Alaca.

Una noche, cuando la caravana se detuvo al atardecer, vieron una criatura peluda en una duna. La persiguieron pero se escapo. Sin embargo, todos la habían visto de cerca. Aquel acontecimiento levantó un gran revuelo cuando regresaron a la ciudad. Baradiyan escribió el informe oficial sobre la expedición, pero el presidente de la Sociedad Geográfica Imperial Rusa le obligo a omitir el incidente. ¡Nada menos que el presidente! Y lo hizo. ¿Por que? Estoy seguro de que si estuviera vivo en este momento, le daría a usted múltiples razones, aunque aquella visión fue con mucho el acontecimiento mas significativo de la expedición.

– Lo que conviene resaltar es como reacciono la comunidad científica dominante; y como reacciona siempre. Cuando no tiene explicaciones para algo, prefiere hacerlo desaparecer. Es una vieja historia, mas vieja que Galileo. La ciencia recurre a la tortura y cae en la superstición para defender su derecho a equivocarse.

– Y yo le digo que existen pruebas pero que se desestiman. -Van señaló el montón de carpetas-. Y por otro lado usted ha visto y ha tenido incluso en sus maños una prueba fehaciente: el cráneo.

Matt reflexionó sobre lo que le acababan de decir.

Dejo volar la imaginación un momento. ¿Y si de verdad había otra especie que no se había descubierto, un grupo que habitaba una región no hallada por el hombre? De pronto cualquier cosa parecía posible. Se imagino a Susan, a Kellicut y a el trabajando juntos. Verían cosas que ningún ser humano había observado, hallarían respuestas a las preguntas que parecían destinadas a permanecer sin contestar, publicarían artículos que dejarían pasmado al mundo entero. No solo cambiarían nuestros conocimientos sobre el hombre de Neandertal, pensó Matt, sino que además modificarían la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos. Van había mencionado a Galileo. Aquello seria mas impresionante que lo que el había visto por el telescopio.

Volvió a la realidad. Una parte de el, la científica, seguía sin poder concebir la existencia de aquellas criaturas, pero tenia que admitir que su resistencia empezaba a disminuir.

La azafata se acercó con un whisky que no había pedido y, al dejarlo sobre la bandeja de Matt, le dedico una sonrisa.

– Dime una cosa -le dijo a Van-. ¿Por que Kellicut nos envió el paquete a nosotros?

– Suponemos que el pensó que ustedes sabrían que debían hacer. Es solo una suposición.

– ¿Y por que no nos lo dijo? ¿A que vienen todos estos juegos?

Van no contestó.

– ¿Y por que no mando ninguna nota?

– Eso no lo se.

Van se quedó callado un buen rato. Cuando finalmente habló, lo hizo despacio.

– Me parece que les ha llegado el mensaje que el quería que recibieran. Después de todo, han venido.

– Volvió a mirar por la ventana-. Y vamos a buscar a esta dichosa criatura.

– Yo creía que habíamos venido a buscar a Kellicut.

– A el también. Los buscamos a los dos.

Matt apuro el whisky. Vio que Susan movía la cabeza; gruñó unas palabras, se levantó y se fue al pasillo. Susan estaba desperezándose, estirando los brazos. Estaba despeinada, adormilada y momentáneamente perpleja. Al verlo, le sonrió abiertamente por primera vez.

Se había quitado los zapatos. Matt le miro los pies, enfundados en calcetines negros. Que delicados, que perfectamente formados parecían, que suaves eran las curvas y cuan maravillosamente esculpidos parecían los arcos, comparados con las fotografías de las huellas que acababa de ver.

Al llegar a Tadzhikistan la suspicacia de Matt y Susan fue en aumento. El viaje se les hizo interminable; el aterrizaje en el aeropuerto de Dushanbe, después de un primer intento fallido, había sido accidentado. Hacia poco que el país se había declarado independiente y estaba sumido en una guerra civil. Soldados adolescentes de tez olivácea, con los pómulos característicos de los mongoles, dormitaban en sillas de metal; vestían uniformes de camuflaje y sus AK-47 apuntaban indiferentes hacia el suelo.

Los oficiales de aduana, que llevaban puestas nuevas y resplandecientes insignias en los uniformes viejos, examinaron los equipajes, mas por curiosidad que por otra cosa, y cogieron el magnetófono de Matt y el casete de Susan con mucho respeto. Después agarraron a Van y lo arrastraron hasta una habitación trasera, desde donde oyeron una fuerte discusión, a pesar de que la puerta estaba cerrada.

– Tiene un revolver-comento Susan.

– ¿Que? ¿Como lo sabes?

– Vi la caja y solo puede ser la caja de un arma.

Esto no me gusta nada.

– A mi tampoco -respondió Matt.

– Que yo sepa, los científicos no llevan armas.

Matt intento disipar sus temores.

– Pero, si no me equivoco, nunca se había montado ninguna expedición como esta.

– ¿Que clase de persona es? ¿Va en busca de grandes triunfos? ¿Piensa recurrir a la violencia con tal de conseguir sus propósitos?

– Es un vaquero, ya sabes como son.

– Un vaquero con Ray-Bans. Hay algo extraño en el, aunque no sabría decir que es exactamente.

– Ya se a que te refieres -respondió Matt-. No es nada ortodoxo. He leído algunos de sus artículos y lo he escuchado en el avión. Cree a pies juntillas en los fenómenos paranormales.

– Sigo sin comprender por que Kellicut no nos escribió directamente a nosotros si quería que nos reuniésemos con el.

– Quizá no sabia donde localizarnos -observó Matt. Me consta que no tiene mi dirección. Hace tiempo que habíamos perdido el contacto.

– Es posible. ¿Pero que hacia con estos tipos? Ya sabes lo esnob que es. En aquella sala no había ni un solo profesional de renombre, excepto Schwartzbaum, pero últimamente se ha quedado atrás, no está al día. Y los demás tampoco están muy al corriente que digamos.

– Yo sigo sin saber que clase de instituto es este.

¿Por que esta afiliado a un college sin importancia del que nadie ha oído hablar nunca?

Susan se quedó cavilando.

– He llegado a pensar que nos hemos metido en una especie de secta… que he dejado mi trabajo serio y he arriesgado mi reputación por una quimera.

Aunque la verdad, poco importa quienes sean. Si andan buscando algo, el premio es demasiado grande para dejarlo escapar; no podemos rechazarlo solo porque corremos el riesgo de equivocarnos.

– Creo que si mantenemos los ojos bien abiertos y vamos con tiento, podremos llevar a cabo nuestros planes -dijo Matt.

Van salió de la habitación con la caja debajo del brazo. Le habían pegado unas etiquetas rojas y unos adhesivos.

– Es increíble lo que se puede lograr soltando una pequeña propina -comento haciendo una mueca.

– ¿Que clase de arma es? -preguntó Matt.

– Un mágnum tres-cuarenta y cinco.

– ¿Para que la quieres?

– Para protegerme.

– La dichosa seguridad.

En Dushanbe cogieron una avioneta que les llevo hasta las colinas que se hallan al pie de las montañas y que están a considerable altura. Atadas a los brazos de los asientos, en el pasillo, había cabras. Paso una azafata, cuyo rostro estaba cubierto con un velo, que repartía caramelos. La avioneta giro al sobrevolar la pista de aterrizaje, que no era mas que un trozo de asfalto en medio de un prado, y aterrizo dando sacudidas como un guijarro que cae por un terreno pedregoso.

Al bajar sintieron que la altitud les dejaba los pulmones sin aire. Los recibió Rudy, su guía y factotum, un ruso cuyos servicios habían sido contratados con antelación. Estaba esperándolos en la puerta. En cuanto los vio empezó a agitar los brazos; después se precipito a su encuentro, les estrechó la mano enérgicamente y recogió el equipaje; cuando se encamino bamboleándose al Land Cruiser, visto de espaldas, recordaba a Chaplin.

– Por aquí, por favor, señorita -gritó volviendo la cabeza.

Rudy era alto, corpulento, y tenia una cara de persona franca y una nariz de boxeador. El pelo, largo y rubio, le cubría las orejas, y sus manos eran inmensas. Susan sintió una simpatía inmediata por el. Se sentó a su lado; Rudy conducía como un loco, agarrando el volante con las dos maños y levantando los brazos, que parecían las alas de una gallina. El coche iba de un lado a otro y el hacia comentarios a voz en gritó porque el ruido del motor no permitía hablar bajo; movía la cabeza con violento entusiasmo y miraba por el retrovisor para mirar a Van y a Matt a los ojos.

Rudy paso su brazo peludo por el parabrisas sin miramientos y se vieron las piedras grandes, los montones romos de hierba de color pardo y las colinas yermas.

– En mi país tenemos árboles de verdad, no estas cositas ridículas. Y hierba. Uno la siente bajo sus pies. Las vacas dan una leche buenísima. Y hay rábanos grandes como… -Se quedo atascado.

– Puños -intervino Susan.

– … como puños. Y los ríos siempre van llenos de agua.

No como estas inundaciones bestiales que hay aquí cuando se funde la nieve, y luego nada de nada. Aquí todo es o blanco o negro.

– ¿Por que viniste, entonces?

Se encogió de hombros.

– La vida es extraña. -Contó su pasado. Su padre construyo un embalse en el Kazajstan, se caso con una mujer tadzhik y paso a ser funcionario del cuerpo diplomático. Se fueron a Nueva York y Rudy estudio allí en un instituto-. Estaba en el East Side. Julia Richmond. Era en el ano I976.

– ¡No!

– Si, si, de veras. Tuve la oportunidad de conocer muchas cosas. Aprendí ingles, leí libros nuevos, escuche música nueva. Incluso me enseñaron que significa este gesto.

Susan se rió. Matt se inclino hacia delante y lo miro por encima del respaldo del asiento. Rudy tenia el dedo medio de la mano derecha levantado y los demás cerrados.

– Canciones. Me se todas las canciones de aquel ano. Los grandes éxitos. WABC. Concédenos veinte minutos y te daremos el mundo.

Empezó a cantar el estribillo de Don't Go Breaking My Heart con un fuerte acento y desafinando una barbaridad. Van gruñó, pero incluso a el aquella cómica espontaneidad parecía divertirle.

Rudy los llevaba al hotel donde pasarían la noche y donde conocerían al guía de Kellicut, la ultima persona que lo había visto con vida.

– Dinos todo lo que sepas de los hombres de las montañas -le pidió Van bruscamente.

– Los tadzhikes que viven por estos alrededores cuentan muchas historias. Los llaman alma y a veces czechkai, que significa moradores…moradores, no, habitantes de las nieves. De hecho, nadie los ha visto nunca. No les gusta hablar de este tema, y como soy ruso no se fían de mi, así que se limitan a abrir mucho los ojos.

De todos modos no siempre entiendo lo que dicen.

– La gente cree en ellos, esto es innegable.

Algunos incluso afirman que comercian con estos hombres. Suben a lo alto de las montañas y dejan sal, azúcar, cuentas y otras cosas en un sitio determinado. Al cabo de un par de semanas vuelven y la sal ha desaparecido, pero en su lugar hay pieles de animales, de osos, de conejos y eso.

– ¿Y quien lo hace? -intervino Van-. ¿Has hablado con alguien que lo haya hecho?

Rudy no conocía a ninguna persona que lo hubiera hecho y nadie le había dicho el lugar exacto en el que se producían aquellos intercambios. Ni siquiera estaba seguro de que la historia fuera cierta.

– Si alguien sube muy arriba y va mas allá de la zona nevada, desaparece sin dejar rastro. Cuando esto ocurre, todo el mundo es presa de un gran desasosiego. Encienden velas y culpan a los czechkai. Algunos dicen que cada vez es peor, que desaparece gente con demasiada frecuencia. Nadie sabe por que. Un chico que subía habitualmente a las montañas a cazar un día no regreso. Lo buscaron por todas partes y algunos dicen que hallaron su cuerpo pero sin la cabeza. Quien sabe. Tuve la oportunidad de charlar con su padre, pero se negó a hablar de ello.

– Aquí la gente es muy supersticiosa. No les gusta que nadie pronuncie la palabra czechkai.

Los niños huyen corriendo. Es como ese monstruo de América. ¿Como se llama? El que utilizan los adultos para amenazar a sus hijos si no se portan bien.

– El coco-contesto Susan.

– ¿Como?

– Es el monstruo que se esconde debajo de las camas de los niños.

– Bueno, si, se parece mucho.

El camino estaba ahora lleno de baches, señal de que se estaban acercando a un pueblo. Matt se dirigió a Susan y le habló con mucha animación.

– ¿Sabes donde estamos? ¿Sabes que pueblo es este?

– Susan negó con la cabeza-. He visto el letrero.

¡Estamos en Khodzant!

Tardo un poco en reaccionar.

– ¿Te refieres al pueblo del enigma de Khodzant?

– El mismísimo.

– ¡Increíble!

– ¿Que es el enigma de Khodzant? -preguntó Rudy.

Van se lo explico.

– Es una especie de pictograma. Se cree que es muy antiguo, pero nadie ha podido datarlo porque el original desapareció. Falta un trozo y nunca se ha llegado a descifrar.

– ¿Y procede de aquí? -preguntó Rudy.

– Al parecer si, a menos que haya mas pueblos llamados Khodzant.

Matt estaba sorprendido. Solo un puñado de arqueólogos sabía que era el enigma de Khodzant, la mayoría lo desconocía.

– ¿Como sabe usted eso? -le preguntó a Van.

– Estoy al día. Nunca se sabe cuando puedes necesitar echar mano de los conocimientos adquiridos.

El coche recorrió unas callejuelas estrechas de casas de piedra y mortero hasta llegar a un patio. Sobre la puerta arqueada podía leerse la palabra HOTEL, que estaba escrita con pintura azul, muy descolorida.

Rudy fue el primero en salir del coche y enseguida se puso a gritarle ordenes al chico que había abierto la puerta del hotel. Los condujo hasta un estrechó mostrador de madera, donde se inscribieron. El propietario, un hombre de cejas negras al que le faltaban muchos dientes y que llevaba un fez, vestía una sudadera de DUKE, con un demonio azul pintado a la altura del pechó.

Jamás había visto un pasaporte norteamericano y paso todas las paginas de los que le entregaron con parsimonia antes de acompañar a sus huéspedes a las habitaciones.

Alegraron la cena, un estofado pasable, con el abundante vodka que les ofreció Rudy. Cada vez que veía un vaso vacío, se apresuraba a llenarlo hasta el borde.

Luego pasaron al bar, una cueva de reducidas dimensiones decorada con parras y plantas que crecían en las paredes de ladrillos colocados en punta. El propietario entro con una bandeja de tazas de café de porcelana y le susurro a Rudy algo al oído: había llegado el guía de Kellicut.

El muchacho, de unos trece o catorce años, pelo negro y ojos castaños y lacrimosos, entro en el bar y los miro a todos. Llevaba una blusa holgada, una túnica y zapatillas de gimnasia.

Van empezó a hablar pero Susan lo corto. Se acercó al chico, le sonrió y le dio un fuerte apretón de maños. El también se la estrechó enérgicamente con mucha solemnidad y la saludo con una inclinación de cabeza.

– Es Sharafidin-dijo Rudy.

Los demás imitaron a Susan y el les hizo una pequeña reverencia después de cada apretón.

Rudy le invito a sentarse pero Sharafidin se quedo de pie. Intercambiaron unas cuantas palabras en persa y a continuación el chico empezó a hablar sin contención y sin vacilaciones. Estaba muy locuaz.

Rudy tuvo que pedirle que parara con el fin de poder traducir lo que había contado.

– Dice que el maestro, así es como llama al señor Kellicut, llego aquí hace varios meses y que se alojo en este mismo hotel. Nadie sabia que quería ni para que había venido. La mayoría de la gente no le dirigía la palabra, pero sentían mucha curiosidad, de modo que poco a poco empezaron a hablarle. El hablaba persa, aunque bastante mal.

Mientras Rudy traducía, Sharafidin miraba fijamente a Susan y ella se dio cuenta y le devolvió la mirada.

– Con el tiempo la gente se acostumbro a su presencia. Solía dar largos paseos y subía a las colinas que hay al pie de las montañas. Sabia medicina e incluso llego a curar a algunos. Poco a poco le fueron abriendo sus casas. Una noche lo invitamos a cenar a nuestra casa y matamos una cabra. Le hizo un regalo a mi padre, una ilustración preciosa de la estatua de una mujer inmensa que sostenía una antorcha y un libro, y estaba rodeada de agua. Pone New York City. A mi padre le gusto tanto que la colgó encima del horno.

Van lo interrumpió.

– ¿Que le contó tu padre sobre los alma?

Rudy se lo tradujo, pero el chico no lo entendió.

Cuando volvió a preguntárselo, Sharafidin desvió la mirada.

– Dice que el no estaba presente -dijo Rudy.

– Sigue -le rogó Matt con amabilidad.

Esta vez el muchacho habló mucho rato. Rudy lo animaba a seguir asintiendo con la cabeza de vez en cuando. Contó como un día el maestro les revelo su deseo de subir a las montañas y ver a los alma; y como intentaron repetidamente disuadirlo.

– De modo que una noche mi padre le dijo: ‹‹Si quiere ir, vaya. Pero llévese a mi hijo con usted››.

Su padre, explico, pensaba que de este modo el maestro no correría peligro. El chico describió después los preparativos y el ascenso; estuvieron días y días subiendo la montaña.

– Un día llegamos a un sitio donde ni siquiera había árboles, y allí mismo construimos una cabaña. Hacíamos excursiones diariamente, y siempre subíamos un poco mas. El maestro examinaba continuamente el suelo. Entonces acampamos. Por la noche hacia muchísimo frió. El me arreglo una camita, pero incluso así yo pasaba mucho frió.

– El maestro empezó a hacer excursiones solo, cada vez mas largas. No quería que yo fuese con el. Una vez no regreso por la noche; estuvo mucho tiempo lejos.

Días y días. Cuando volvió, escribía. Empezó a comportarse de un modo extraño.

A veces hablaba en voz alta consigo mismo. Un día se puso enfermo; tiritaba y estaba muy débil. Cuando mejoro, volvió a marcharse y estuvo muchos días sin aparecer.

– Apenas nos quedaban provisiones. Tuve que bajar y cazar conejos y pájaros para poder comer, así que no se si el maestro regreso durante mi ausencia.

Yo buscaba sus huellas en el suelo y a veces las descubría.

– Finalmente el maestro volvió. Tenia mal aspecto. Parecía otra persona. No me hacia mucho caso, como si no me conociera. Pensaba en voz alta, pero yo no entendía nada porque hablaba en su lengua.

– Teníamos muy poca comida, pero el no quería irse. Intente sonsacarle los motivos que lo obligaban a permanecer allí, pero no quiso contestarme. Hablaba mucho sobre los alma. Le pregunte a que se refería y se puso a reír.

Luego volvió a marcharse. Cada vez estaba mas tiempo fuera.

– Un día, cuando volví de cazar, me lo encontré.

La barba le había crecido mucho. Estaba muy excitado. Me dijo que yo tenia que regresar a la aldea y llevar una cosa. Me dio una caja. Pesaba mucho y había algo escrito en ella. Me ordeno que se la diera a mi padre y que me preocupara de que el la mandara por correo enseguida. Y esto es lo que hice.

– ¿Regresaste al campamento? -preguntó Susan.

Rudy le tradujo la pregunta y Sharafidin negó con la cabeza.

– ¿Volviste a verlo?

El muchacho negó de nuevo con la cabeza.

– Y tu, ¿viste a los alma? -preguntó Matt.

– No. -Se mordió el labio y habló despacio-. Una vez busque las huellas del maestro, pero en su lugar vi otras mucho mas grandes.

Se miraron entre ellos. Rudy bebió un trago de vodka – ¿Quieren saber algo mas?

– Pregúntale si abrió el paquete-dijo Matt.

Van puso mala cara. El chico dijo que no; luego miro a Susan y dijo algo. Rudy le contesto con un gritó.

– ¿Que ha dicho? -preguntó Susan.

– Nada, señorita. No tiene importancia.

– Quiero saber que ha dicho.

– Pregunta si usted y el maestro se conocen.

– ¿Que si nos conocemos?

– Su pregunta exacta… No la he entendido.

Estoy seguro de que no tiene ningún significado especial.

Van parecía perplejo.

– ¿Por que demonios quiere saberlo? Preguntó.

– Dile que si-intervino Susan.

– No lo entiendo-comento Rudy. -Quiere saber quienes somos.

El tono de voz de Susan era brusco.

Cuando Rudy tradujo la respuesta, el muchacho se quedo mirando a Susan. Luego, haciendo una reverencia, salio de la habitación.

Fuera estaba anocheciendo. Susan estaba sentada de espaldas a la ventana; su tez oscura brillaba a la luz de la vela; sus ojos parecían negras cavernas.

– Dime, Van, ¿que planes tienes? -preguntó con un tono de voz mesurado, mientras sus dedos jugueteaban con la cera.

– Al menos sabemos por donde empezar -respondió Van-. El campamento.

– Espero que Sharafidin nos acompañe hasta allí murmuró Susan.

– Ya esta todo arreglado -aseguro Van.

– ¿Hay alguna otra cosa arreglada? ¿Nos tienes reservadas mas sorpresas? -preguntó Susan.

– Que dependan de mi, no.

– Así pues, iremos al campamento de Kellicut intervino Matt-. Y luego ¿que?

Siguió un silencio. Finalmente Van contesto.

– Luego improvisaremos. Ya veremos que nos espera allí. Buscaremos un mensaje, huellas.

– ¿Y si no encontramos nada?

– Entonces todo dependerá de ustedes. Ustedes lo conocen y saben lo que el busca. Tal vez consigan repetir sus actos, pensar lo que el pensó, hacer lo que el hizo, ir a donde el fue. Como he dicho, improvisaremos.

– ¿Y el revolver, Van? -Preguntó Matt-. ¿Que piensas hacer con el?

– Nada, si puedo evitarlo.

– Entonces, ¿por que lo has traído? -preguntó Susan.

– Por si lo necesitamos.

– ¿Tienes razones para pensar que vamos a necesitarlo? -siguió preguntando Susan.

– Miren, no tenemos ni idea de lo que vamos a encontrarnos allí arriba.

Matt levantó la voz.

– ¿Vamos a buscar a la criatura esa o vamos a cazarla furtivamente?

– Maldita sea, ya han oído al muchacho. Han desaparecido muchas personas en las montañas. Si lo que quieren es poner en practica sus entupidos métodos de antropólogos de laboratorio, adelante. Pongan en marcha su magnetófono y graben sus pensamientos mas recónditos. A ver adonde les lleva. Yo no voy a hacerlo.

– Recuerda que somos científicos, no cazadores.

– Si, pero yo quiero volver sano y salvo.

Van estaba preocupado: tal vez estén asustados, pensó. Quizá decidan dar marcha atrás.

Permanecieron sentados en silencio mientras oscurecía.

De pronto no tenían nada que decir. Susan se levantó súbitamente, mascullo unas palabras, deseándoles las buenas noches, y se fue. Matt también se levantó y desapareció tras ella.

Matt y Susan se fueron a un salón de te que había en una plaza profusamente iluminada. En una terraza, sentados a unas mesas metálicas, había una docena de hombres que bebían te verde, fumaban tabaco negro y charlaban en voz baja; su charla era un murmullo monótono. Algunos de ellos estaban sentados con las piernas cruzadas encima de tarimas cubiertas de alfombras de Bujara y jugaban a damas. De una puerta iluminada llegaba música turca. Los clientes miraron a Matt y a Susan con curiosidad y sin disimulo.

Se sentaron a una mesa y pidieron café por senas.

– Mira -dijo Susan señalando con un movimiento de cabeza el otro lado de la plaza; por encima de los edificios oscuros resplandecía una luna llena, que estaba colgada en el cielo como si descansara sobre los tejados; era tan blanca que los cráteres grisáceos se destacaban cual manchas en un melocotón maduro.

– Madre mía -exclamo Matt-. Nunca había visto nada igual a esta luna sobre…

– … Khodzant.

– Khodzant. No me extraña que todo sea tan ilógico. Desde que hemos llegado aquí, me he sentido como envuelto en un misterio indescifrable.

Susan sonrió.

– Piensa que probablemente nuestro querido homínido también la estará observando desde allí arriba, en lo alto de las montañas.

– Probablemente estará aullando a la luna.

– Venga, vamos.

– ¿Que?

– Ya estas dando por sentado otra vez que no son seres civilizados-dijo Susan.

– ¿Y por que tiene que ser de incivilizados aullar? Yo lo hago todo el rato.

– Esto únicamente viene a demostrar que tengo razón. De todas formas, se supone que tu eres el que defiende que estas criaturas son tan buenas como nosotros.

– Tan buenas, no: iguales, compatibles.

– Y sexualmente atractivas.

– Eso jamás lo he afirmado -protesto Matt.

– Bueno, pero no se puede negar que lo dabas a entender de una manera implícita. ¿Como, si no, nos habríamos prendado de ellos en un momento de delirio de…? ¿Como lo llamaste?

– ¿Imperialismo reproductivo?

– Exacto, imperialismo reproductivo. ¿Y cual es el otro termino que popularizaste? Todos mis alumnos lo sueltan en los exámenes.

– Flujo genético-respondió.

– Eso, flujo genético. Una expresión muy lograda. Se podría utilizar para un anuncio de Calvin Klein.

– Muy gracioso. ¿Y tu de donde sacaste todo eso de la guerra? Que los cazábamos, que los perseguíamos y que los arrojábamos por los acantilados. Y todas esas tonterías de que comían cerebros. Yo pensaba que todo esto se había acabado en los años cincuenta con Alberto Blanc. ¿De veras lo crees?

– No es que lo crea a pies juntillas -respondió Susan a la defensiva-, pero estoy abierta a creer que es una posibilidad.

– ¿Y las pruebas?

– En este caso no son necesarias. Bastan los indicios. Todos esos orificios en los cráneos…

– Tal vez se puedan explicar de otra manera.

– Si, tal vez los ametrallaron.

Matt busco al camarero con la mirada.

– Matt, ¿me dejas que te haga una pregunta totalmente en serio?

– Adelante.

Susan se quedó un momento callada.

– Cuando vivíamos juntos, ¿tuviste alguna aventura con una chica Neandertal?

Matt se rió. Aquella mujer todavía era capaz de sorprenderlo.

– Ella no quiso tener ninguna aventura conmigo. Me dijo que tenia los brazos demasiado cortos y la frente excesivamente lisa. ¿Por que me lo preguntas?

– Por nada, solo sentía curiosidad. Creía que tu teoría de las relaciones sexuales y el cruce de especies no era mas que una… una extrapolación basada en experiencias personales.

– Comprendo. Igual que la tuya sobre la guerra.

Apareció e] camarero con dos tazas llenas hasta la mitad de café turco; las dejo en la mesa con exagerada lentitud y no se fue hasta que las coloco con las asas a la derecha. Susan se quedó callada hasta que se hubo ido. Luego, con cara de asombro, dijo:

– Homo sapiens sapiens. ¿Sabes?, siempre me he preguntado por que nos hemos clasificado de sapiens sapiens.

– La respuesta es muy sencilla.

– ¿Ah si?

– Tu misma lo has dicho. Somos nosotros los que nos hemos autodenominado así.

– Que arrogancia la nuestra.

– ¿Pues como nos denominarías tu?

– ¿Que te parece algo así como Homo duplicitous? -Reflexiono un momento-. De hecho, el que mejor cuadra con la mayoría de los hombres que conozco ya ha sido utilizado: Homo erectus. ¿Que te parece?

– ¿Que me parece? Los juegos de palabras tan simples no me parecen muy divertidos.

– A mi tampoco.

El tono de su voz era ahora muy serio. Matt se la quedó mirando y comprobó que no sonreía. Su piel, en contraste con el escotadísimo vestido de algodón blanco que llevaba puesto, parecía muy oscura. Matt sabia que no usaba sostenes. Miro su mano, apoyada en la mesa, y de pronto sintió el impulso de cogérsela, pero Susan la retiro.

– Se esta haciendo tarde; deberíamos irnos -dijo.

Y regresaron en silencio al hotel.

La puerta estaba cerrada y tuvieron que llamar al timbre un buen rato. Al final acudió a abrirles un muchacho con un holgado camisón blanco. Las llaves de sus habitaciones, que eran de bronce y pesaban mucho, estaban atadas a un trozo de madera, una al lado de la otra. Subieron las escaleras sin decir ni una palabra. En el pasillo introdujeron a la vez las llaves en la cerradura y luego se miraron; la coincidencia les hizo sonreír.

La habitación de Susan era de reducidas dimensiones y desangelada. Había una lámpara cuya pantalla estaba agujereada y que dibujaba sombras en las paredes.

Se acercó al armario y lo abrió. Dentro había un espejo de cuerpo entero. Miro su imagen reflejada y se sorprendió.

En su rostro había una cierta tristeza pero a pesar de todo seguía siendo guapa. Se quitó el vestido de algodón por la cabeza. Tenia una piel tersa y sus pechos todavía eran firmes. Dejo caer las bragas hasta los tobillos y se las quito. Se irguió y miró su cuerpo desnudo en el espejo.

Se quitó los zapatos dando unas sacudidas con los pies, se tendió en la cama y se quedó mirando fijamente el techó.

Sintió una sensación de mareo y cerró los ojos. Abrió un poco las piernas, despacio, y empezó a acariciarse el vientre con la punta de los dedos. Oía la voz de Matt que grababa los acontecimientos del día en el magnetófono. ¿Que debía contar de ella?

Le parecía que la habitación daba vueltas a su alrededor.

Veía con claridad ciertas cosas -una grieta en el techó, el pomo de una puerta, un zapato volcado-, pero ninguna le servía para dominar la angustia ni para hacer que se sintiera segura. Abrió los ojos y levantó la cabeza hasta que las cosas dejaron de moverse. Volvió a tenderse y se relajo. Bajo la mano un poco mas, dibujando círculos muy lentamente, y cerró los ojos de nuevo.

De pronto oyó un frufrú y un ruidito sordo en la puerta.

Levantó la cabeza y vio que habían dejado un sobre.

Salto de la cama, se puso el vestido y abrió la puerta. El pasillo estaba vació. Rompió el sobre y sintió una punzada al reconocer aquella letra de trazos largos y enérgicos que resultaba tan difícil de leer.

Van halló un buen sitio, una ‹‹zona segura››, como habría dicho Eagleton. El sol de la mañana había calentado ya el papel alquitranado del tejado del hotel. Van estaba escondido detrás de la chimenea y nadie podía verlo. Dio una vuelta en cuclillas por una esquina con la finalidad de examinar la puertecita que había al otro lado del tejado. En el cielo solo había unos cirro-cúmulos que se desplazaban hacia el este y que no interferirían en la transmisión.

Abrió la mochila y saco una caja negra, tiro de los pestillos que tenia a los lados y levantó la tapa. El teclado estaba sucio de todos los dedos que lo habían utilizado antes que el. Era característico de aquella gente endosarle un ordenador portátil de segunda mano; ni siquiera le habían dado el ultimo modelo, que pesaba unos dos kilos menos que aquel.

Lo encendió, inclino la pantalla de microondas cara abajo formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, tecleo CTERM con el fin de cargar el programa y selecciono la opción ROI para conectar con el satélite Región Oceánica India, uno de los cuatro que daban vueltas alrededor de la tierra. La barra indicadora de la intensidad de señal recorrió la pantalla: 14,8, la mas alta que había visto; introdujo el disco y tecleo su código de identificación de nueve dígitos. Mas letras. Se oyó un ligero zumbido, seguido de un prolongado silencio, que indicaba que las ondas habían emprendido el rastreo a través del espacio; espero el mágico apretón de manos que tendría lugar mas arriba de la estratosfera. Era curioso como durante aquellos instantes de espera siempre sentía una tensión soterrada. Cuando utilizaba la radio o el teléfono era muy distinto. Aquello debía de tener algo que ver con la enorme distancia espacial que recorrían los impulsos electrónicos, una distancia que el no había recorrido jamás en toda su vida. Volvió a sentir el antiguo deseo de encender un pitillo.

Mientras desayunaban, Van había detectado una cierta suspicacia en Matt y en Susan. No es que hubieran dicho o hecho algo que se lo hubiera dado a entender; de hecho, fueron mas bien sus esfuerzos por aparentar naturalidad, por ser amables, incluso, los que le pusieron en alerta. Era un zorro viejo a la hora de interpretar gestos minúsculos y de leer el lenguaje del cuerpo. En un momento dado los pillo intercambiando una mirada significativa. Se preguntó sin excesivo interés si finalmente se habrían acostado juntos. La verdad es que estaban hechos el uno para el otro: los dos eran tan incorregiblemente perfectos.

De pronto oyó unos pitidos cortos, unos ruiditos monótonos que indicaban que se había establecido la conexión; al cabo de un segundo la pantalla se quedó en blanco y apareció el comando TRANSMITIR. Van tecleo el código. Eran noticias rutinarias sobre el desarrollo de los acontecimientos. No había muchos datos que comunicar salvo la localización. Ya había mandado un mensaje en el que aparecía todo lo que les había contado el muchacho. A Eagleton le gustaban los informes pormenorizados; seguro que estaría esperando ansiosamente detalles sobre Matt y Susan, y a Van le producía un perverso placer el hecho de retener información. Sabia que Eagleton podía traicionarlo en cualquier momento y Van solo se sentía mínimamente poderoso cuando estaba en acción. Pero esta vez la balanza se inclinaba a su favor. Tenia que disfrutar de momentos como aquel mientras duraran.

Le llego la confirmación rutinaria: CONF-OK. Cerró el portátil y lo apago. Un oficial de comunicaciones, un viejo colega al que le gustaba beber, le había dicho que aquellos aparatos habían sido reprogramados de tal modo que, cuando se apagaban, automáticamente se activaba el sistema de rastreo del satélite y podían ser localizados en cualquier parte del mundo. Era típico de Eagleton querer engañarlo. Van, de momento, lo mantenía apagado ex profeso, porque de lo contrario empezarían a sospechar que el sabia como funcionaba el sistema.

Guardo el ordenador en la mochila y bajo sigilosamente.

La nota de Kellicut tenia muy preocupado a Matt, y no solo por el contenido de la misma, sino por el simple hecho de que hubiera creído necesario mandarla y de que hubiera escogido una forma tan indirecta de hacérsela llegar a ellos, bueno, en realidad, de hacérsela llegar a Susan, porque iba dirigida a ella. Supusieron que se la había entregado a Sharafidin junto con el paquete y que el chico la había dejado en la habitación de Susan la noche anterior. Esto tal vez explicaría su extraña pregunta sobre si Susan y Kellicut se conocían; sin duda no había entendido bien la orden de Kellicut de que la carta iba dirigida exclusivamente a Susan.

Cuando por la noche Matt oyó que llamaban flojito a la puerta de su habitación, supo instantáneamente que era Susan. Dejo el magnetófono y abrió con el corazón a punto de estallarle, pero en cuanto vio la cara de confusión de Susan comprendió que no había ido por la razón que el había deseado. Sin decir ni una palabra, ella le entregó la carta. Matt la despegó de nuevo -estaba muy arrugada-y volvió a leerla.

Susan:

Debéis venir urgentemente. Solo tu y Matt podréis valorar la enormidad de lo que he descubierto. No os retraséis. Se me acaba de ocurrir otra cosa: no habléis de esto con nadie. Mantenedlo en secreto. Solo nosotros, los hombres de ciencia, debemos contactar con ellos. Hay demasiadas personas que no son dignos representantes de nuestra especie. ¡Por el amor de Dios, daos prisa! Lo que vamos a experimentar juntos sobrepasa cualquier otro descubrimiento de la historia de la humanidad.

¡Oh, dioses! Mañana será un día de ajuste de cuentas.

Kellicut no la había firmado. Típico de el, pensó Matt mientras miraba la letra infernal, egotista y enigmática de aquel hombre. Tampoco estaba fechada y no hacia referencia a ningún lugar. Pero por la forma en que estaba doblado el papel y por las arrugas, era evidente que la había escrito a todo correr. La finalidad era prevenirlos de que no hablaran de la expedición con nadie. Pero ¿por que? ¿Quería ser el quien lo diera a conocer al mundo? Esto no seria impropio de el. La frase que había utilizado, ‹‹hay demasiadas personas que no son dignos representantes de nuestra especie››, era una forma curiosa de expresarlo.

Fantástico. Nos dice que estamos a punto de realizar el descubrimiento mas importante de la historia y nos prohíbe hablar de ello con nadie, cuando no esta en nuestras maños hacer nada. ¿Por que no se tomo la molestia de conseguir nuestras direcciones si estaba preparando algo tan trascendental? Kellicut, el flautista de Hamelin, que sigue fascinándonos y arrastrándonos hacia lo desconocido después de tantos años. Solo que ahora no se había propuesto iniciarnos en la teoría cuántica ni en Jung, sino en algo que solo sabia el.

Había otra cosa inquietante: aquella carta daba a entender que en el paquete que mando había otra nota. No lo decía con todas las palabras pero el tono parecía el de un post scriptum: ‹‹Se me acaba de ocurrir otra cosa››, decía. Era coherente. Kellicut era teatral, le gustaba el efectismo, pero en el fondo era un científico. No iba a enviar el cráneo de un hombre de Neandertal de veinticinco años de antigüedad sin dar ninguna explicación. Había demasiado en juego y muchas cosas de suma importancia podían irse a pique. Era escalofriante pensar que podía haber ocurrido con la carta que faltaba; Eagleton o Van podían haberla retenido. Pero ¿por que? ¿Que era lo que Matt y Susan no debían saber?

A Matt no le cabía la menor duda de que la carta era de Kellicut. Respondía a su forma de proceder, a su forma de engatusar. Casi podía verlo al escribir la apasionante promesa de que su hallazgo sobrepasaba ‹‹cualquier otro descubrimiento de la historia de la humanidad››. Y la cita griega del final: ‹‹ ¡Oh, dioses! Mañana será un día de ajuste de cuentas›› Que rebuscado. Susan logro localizarla: pertenecía al parlamento de Aquiles, después de que Patroclo cayó muerto en el exterior de las murallas de Troya.

Incluso en una situación como aquella, cuando cree que esta a punto de realizar un descubrimiento de la máxima trascendencia, y pone en peligro la vida de sus íntimos colegas, no puede dejar de ser pedante, pensó Matt. Su propio resentimiento le choco un poco.

Después de desplegar los pertrechos en el patio, Van cogió un portafolios y empezó a dar ordenes a voz en gritó a Rudy, quien metía cuidadosamente cada uno de los objetos en el coche a medida que Van los iba tachando de la lista.

Matt estaba exasperado por la enorme cantidad de cosas que iban a llevar: tiendas, sacos de dormir, botas, chaquetas de polipropileno, un botiquín, linternas, utensilios de cocina, hachas, navajas, cantimploras, cámaras fotográficas. Y comida de toda clase: latas, lonchas de carne y abundantes verduras deshidratadas envasadas al vacío, que tenían un aspecto de lo menos apetecible.

– Dios mío -exclamo Matt al ver aquella montaña de objetos-. ¿Vamos a buscar a los alma o vamos a abrir una tienda?

Apareció Susan, muy despeinada, con una taza de café humeante en la mano. Matt señaló una bolsita de lona.

– ¿Que hay ahí dentro? -le preguntó a Van.

– Bengalas.

– ¿Y para que las queremos?

– Por si tienen que evacuarnos.

– ¿Y quien va a evacuarnos?

– Nunca se sabe. Mas vale prevenir que curar.

Susan miro a Matt, frunció el entrecejo, meneo la cabeza y se alejo de allí.

Cogieron la carretera del Pamir, una pista negra de asfalto que atraviesa las montañas hasta Khorog, que se encuentra en la frontera de Afganistán, y luego sigue hasta la población de Osh, una antigua parada de caravanas. Rudy conducía sin dejar de cantar un popurrí de canciones que habían estado de moda el ano que paso en Nueva York. Van, que iba sentado a su lado, estaba inexplicablemente tolerante.

Pasaron por unas aldeas fantasmagóricas, formadas por cabañas de barro apiñadas que estaban situadas en las empinadas laderas de las colinas, bajo los árboles, en las que no había ni rastro de vida. En las afueras vieron lo que habían sido en el pasado campos de maíz e incluso una granja colectiva abandonada; las inmensas naves de piedra estaban semiderrumbadas y el tejado hundido. Había carros y arados abandonados.

– ¿Que ocurrió? -Preguntó Matt-. ¿Hubo enfermedades? ¿Hambruna?

– Ninguna de las dos cosas -respondió Rudy-. Este era un asentamiento del gobierno junto al rió Vaj. En I98I, después de tres terremotos, tuvo que ser evacuado. Aquí estaba el epicentro. Murieron unas doce mil personas. Toda la región sigue siendo inestable.

Mas tarde subieron por las colinas que hay al pie de las montañas, donde los cauces de los ríos van llenos del agua torrencial que baja al fundirse la nieve y donde la hierba parda se vuelve de color verde.

Al mediodía se detuvieron para comer. Rudy aparco cerca de un riachuelo y, cuando hubieron terminado, Matt anduvo por la ribera y llego a un punto donde el rió, tras un meandro, formaba una pequeña laguna. Impulsivamente se quito la ropa y se metió en el agua. El suelo era de arena; poco a poco se dejo caer de espaldas y se mantuvo a flote moviendo los brazos.

Sentía que iba a la deriva, como una hoja. Durante toda la mañana había tenido fantasías sexuales, cuyo único objeto era Susan. Se había parado para esperarla, sin dejar de observar su cuerpo, en el sendero que llevaba al riachuelo. Había dejado que ella fuera delante y se había quedado mirando fijamente las gotas de sudor que le resbalaban por los muslos. Había sonado con abrir aquellos muslos y esconder su cuerpo en ellos, como solía hacer en el pasado.

Sus ensonaciones fueron interrumpidas por los gritos del resto del grupo: era hora de partir. Cuando salió del agua y se secó, sintió el aire calido acariciándole el cuerpo y se dio cuenta de que estaba excitado.

Por la tarde condujo Matt. De ordinario disfrutaba haciéndolo, pero ahora no era nada fácil. Habían dejado la carretera y se habían internado por un camino de tierra; si iban demasiado deprisa, el traqueteo del coche era infernal.

Además, con el sol de la tarde y el reflejo de las piedras, era casi imposible ver bien el camino. De tanto entornar los ojos, le dolía la cabeza.

Al atardecer Susan tomo el relevo; Van y Rudy dormían en el asiento de atrás. El aire se enfrió rápidamente. El viento se metía dentro del coche como una fría corriente submarina, pero dejaron las ventanas abiertas porque era agradable. Como los faros se movían hacia arriba y hacia abajo, era difícil ver los obstáculos y sortearlos. Matt se encargo de la vigilancia y cada vez que veía algún peligro daba un gritó. Se lo pasaba bien, y Susan también disfrutaba.

De vez en cuando un alacrán cruzaba el haz de luz de los faros, con el aguijón en alto, ágil y obsceno a la vez.

– Lo único que nos falta es música ligera, de esa que se pone para conducir -dijo Matt.

– Espera un momento.

Susan paro el coche, hurgó en el portaequipajes y volvió con una caja de piel, que dejó encima del salpicadero. La encendió y arranco. La noche se lleno de las notas de Bruce Springsteen. Al pisar a fondo el acelerador, estaban sonriendo los dos.

Tres horas mas tarde se detuvieron para pasar la noche en un otero lleno de hierba y rodeado de peñascos y pedruscos. Encendieron una hoguera y cavaron una zanja alrededor del campamento, que regaron de gasolina con el objeto de mantener alejados a los alacranes.

Van estudiaba un mapa a la luz del fuego.

– Teniendo en cuenta el estado del camino, hemos ido rápido. Debemos de haber recorrido unos cuatrocientos kilo metros. -Matt miro por encima del hombro de Van, mientras este señalaba la ruta-. Me imagino que hacia el mediodía llegaremos al pie de la montaña. -Van estaba casi sociable.

Después de cenar extendieron los sacos de dormir. Susan desenrollo el suyo al lado del de Matt. Sharafidin colocó su manta en un rincón y se arrodillo para rezar sus oraciones, con la frente tocando el suelo, de cara a La Meca. Al bajar la cabeza, la camisa de algodón que llevaba se le quedó arrugada sobre la espalda delgadísima. De repente se irguió y del fardo en el que tenia sus cosas extrajo un objeto que parecía una cajita. Lo alzo hacia el cielo nocturno, se lo llevo despacio a los labios y lo beso cuatro o cinco veces. Rudy se lo quedó mirando; luego miro a Matt y a Susan, sonrió y se llevo el índice a la sien, haciéndolo girar como diciendo que el chico estaba chalado.

Matt intento dormir pero no podía dejar de ver el camino ante el y la sangre le latía con fuerza. Escuchaba la respiración de Susan, regular y profunda. De pronto, como si se cayera por un precipicio, se quedó dormido.

A la mañana siguiente se levantaron temprano. Van conducía en silencio y mecánicamente. Subía rápido y notaron que se les taponaban los oídos a causa de la altura. La topografía cambio. Los matorrales desaparecieron; el camino estaba ahora bordeado de pinos altos y escuálidos. Luego los árboles empezaron a escasear y el camino se volvió tortuoso y empinado; las curvas eran muy cerradas y traicioneras.

Van redujo la marcha; puso la segunda y luego la primera.

Finalmente el camino dio paso a un sendero sembrado de piedras.

Van paro el coche debajo de un árbol, al borde de un prado.

– Fin de trayecto -dijo desconectando el motor.

– No me gusta esta expresión-dijo Susan.

Descargaron el equipaje y llenaron las mochilas, operación que se encargo de dirigir Van. La suya estaba separada de las restantes y abultaba mas. Luego abrió el capo del Cruiser y desconecto la batería.

– No se cuanto tiempo vamos a estar allí arriba -dijo al poner las llaves del coche en la visera-. Por si acaso, las dejo aquí.

– ¿Por si acaso?

– Por si acaso nos separamos.

Cruzaron el prado en dirección al bosque. Los picos afilados, incrustados en el hielo, parecían altos y cercanos. Recortados por un cielo de nubes pasajeras, aparecían envueltos por velos de niebla que giraban en torno a ellos y que daban la impresión, ilusoria, de que fueran los picos los que se bambolearan y fueran a desplomarse.

Estuvieron subiendo la cuesta rocosa llena de arbustos espinosos durante horas, siguiendo la ruta que les señalaba Sharafidin. El andaba sin desfallecer, buscando constantemente con sus ojos negros los hitos que marcaban el itinerario. No había sendero alguno. Se equivoco un par de veces y tuvieron que desandar el camino recorrido y esperar, mientras el muchacho se alejaba solo, que dirección debían seguir; cuando la encontraba, los llamaba para que lo siguieran. Hacia calor. Sharafidin iba desnudo de cintura para arriba y estaba tan delgado que se le veían las costillas.

Tenia la pechera de la camisa empapada de sudor. Su mochila pesaba mas que las de los otros y le obligaba a avanzar mas despacio. Matt y Susan, en cambio, andaban con pasos regulares, sin forzarse, con el fin de no despilfarrar las energías. Rudy era el que hacia mas ruido. Apartaba las ramas de los arbustos como si estuviera abriendo las puertas de una taberna. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha que le daba un aire de simplón, y hablaba constantemente con el primero que quisiera escucharlo.

Llegaron a un delta y atravesaron las ruinas de un kishlak, varias casas, canales abiertos para el riego y campos que en el pasado estuvieron cultivados. Todo estaba abandonado. Los muros de piedra se habían derrumbado. El suelo parecía oscuro y fértil, y la tierra tenia el aspecto de haber estado ocupada durante siglos.

Después de varias horas de marcha, llegaron a un prado alpino dividido por un río turbulento. Dejaron las mochilas en el suelo -Van necesito que lo ayudaran-y bebieron el agua helada hasta saciarse. Rudy se lleno varias veces el sombrero y se la echó por encima; tenia un aspecto tan cómico que arranco las risas de los demás.

Susan se aparto del resto. A un lado vio enebros larguiruchos y cipreses; aquí y allá había brezos, madreselvas y grosellas. El indolente aire calido traía el olor a rosas silvestres.

Rudy.

– Precioso, ¿verdad? -dijo Rudy a sus espaldas. Se quedó mirando absorto el paisaje con aire contemplativo antes de volver a hablar-. Esta es una de las razones por las cuales he vuelto a este país demencial.

Cuando levantó los ojos para mirar los impresionantes picos, sus facciones infantiles se relajaron. Que guapo es, pensó Susan de pronto.

– ¿No había estado aquí?

– ¿Tadzhikistan? -preguntó

– No, nunca. ¿Por que?

– Creí que a lo mejor había estado aquí con el grupo que vino antes.

– ¿Que grupo?

– El año pasado, antes de que llegara el doctor Kellicut, vino un grupo del que formaba parte Van.

El resto de la tarde siguieron el ascenso. El terreno era cada vez mas empinado y la marcha se hacia mas difícil. Sharafidin les llevaba mucha ventaja.

Al atardecer las aladiernas, los álamos y los abedules empezaron a escasear hasta desaparecer por completo. Ahora solo se veían matas, arbustos y de vez en cuando algún matorral que crecía entre piedras erosionadas. Montaron un campamento en una cama de roca y colocaron los sacos de dormir. Matt y Rudy fueron a recoger leña para encender una hoguera; tuvieron que bajar un buen trecho por donde habían subido para encontrarla. Aparecieron con medía docena de troncos y un montón de ramas justo cuando el fuego que había encendido Susan con hierba del prado estaba casi apagándose.

– Tomad -dijo dándoles una taza a cada uno de ellos-. Este café os reanimara.

Después de cenar Sharafidin se entrego a sus oraciones nocturnas. Cuando acabo, Susan se acercó a Rudy y los dos se fueron a donde estaba el muchacho con el propósito de hablar con el. En un momento dado Sharafidin hurgó en un fardo, saco el objeto que había despertado la curiosidad de ellos la noche anterior y se lo entrego a Susan, que lo examino con delicadeza antes de devolvérselo. Le dijo unas palabras que Rudy tradujo.

Matt estaba sentado en una roca en el borde de la altiplanicie; los músculos le dolían pero era un dolor agradable.

Iluminada por los rayos anaranjados de la puesta del sol, contemplaba la línea de árboles que se veía bajo las pendientes zigzagueantes y que desaparecía en los valles, a ambos lados. Se había formado una niebla -la niebla del atardecer que parecía vapor. La tierra se extendía hasta el infinito.

Susan fue a sentarse a su lado, cosa que alegro a Matt. La vista era tan sublime que necesitaba compañía. Se quedaron en silencio hasta que finalmente Matt se volvió hacia ella.

– He visto como observabas el talismán de Sharafidin. ¿Que es?

– Un Coran en miniatura. Dice que lo usaron en la batalla de Omdurman, contra Kitchener. Ganaron el paraíso gracias a su propietario. Esta muy gastado; me imagino que por el uso.

– ¿Te dijo que propiedades tenia?

– No hizo falta que me lo dijera. Le protege. Le pone en contacto con Ala y los espíritus de la montaña.

– ¿No tendrá otros por casualidad?

Cuando Susan tomo de nuevo la palabra, el tono de voz era serio. Le dijo lo que Rudy le había comentado sobre el anterior viaje de Van.

– ¿Con quien vino y por que?

– ¿Y por que lo mantiene en secreto? -añadió Matt.

No podían hacer gran cosa; si se lo preguntaban a Van sin rodeos, lo negaría. Además su misión era encontrar el campamento de Kellicut. Por todo ello decidieron observar a Van con atención para ver si conseguían aclarar la verdad; no contar con ningún plan mejor los dejo muy insatisfechos.

Mientras oscurecía, contemplaban absortos el valle.

– Aparte de esto, hay otra cosa que me inquieta- dijo Susan – Cuanto mas tiempo llevo aquí, mas me inclino a creer que el hombre de Neandertal existe. Kellicut lo cree y Van también. Mientras atravesábamos el bosque, no podía dejar de pensar en el cráneo. Era autentico.

– Y si fuera autentico, tal vez todas esas historias que cuentan en las aldeas con el fin de hacer mas cortas las inacabables noches de invierno sean ciertas.

– Tal vez -respondió Matt.

– Y aquí estamos, con la esperanza de encontrar a uno. O a dos. O a veinte. ¿Pero que haremos si son peligrosos?

¿Acercarnos a ellos tranquilamente y estrecharles la mano?

– Quizá podamos observarlos sin ser vistos -comento Matt.

– Si, quizá si. O quizá no.

– No olvides que son ellos quienes se han refugiado aquí, huyendo del mundo -dijo Matt-. Estoy seguro de que nos tienen mas miedo del que nosotros podamos tenerles a ellos.

– Habla por ti -manifestó Susan-. Otra cosa. Se que son solo imaginaciones mías, pero cuando andábamos por el bosque no pude dejar de pensar que nos estaban mirando.

¿Empecé a decirme: y si están ahí escondidos? Y acabe por creerlo. Casi sentía que tenían los ojos puestos en mi. ¿Tu lo has notado?

– No.

– Pues yo si. No me lo creía del todo, pero me convencía a mi misma de que era verdad.

Matt echó una mirada a las colinas que había a sus pies y que ahora estaban prácticamente a oscuras.

– No olvides que la altitud produce efectos extraños, y ahora tal vez estamos a unos cuatro mil metros.

– ¿Como cuales? -preguntó Susan sarcásticamente-. ¿Alucinaciones? ¿Paranoia?

– Lo digo muy en serio. Hiperventilación, insomnio, ansiedad, una sensación de pánico incontrolable, agua en los pulmones…

– Fantástico. Ahora me encuentro mucho mejor.

– No quiero decir que vayas a volverte loca. Solo que las cosas que normalmente inspiran temor aquí parecen mucho peores de lo que son. No debes preocuparte excesivamente.

– Lo recordare cuando este cocinando y haya alguien a punto de hacer un steak tartare con mi cerebro.

Matt sonrió. Su combinación de total confianza en si misma y de absoluta vulnerabilidad era, en parte, lo que le había atraído de ella en el pasado.

– He de decir que no has cambiado mucho -manifestó con sincero afecto.

– ¿Y esto es una suerte o una desgracia?

– Una suerte.

Susan meneo la cabeza imperceptiblemente, molesta por su audacia. Había pasado tantos años de su vida desahogando la ira que le inspiraba Matt, una ira pura y anticuada, que ahora ya se había convertido en una rutina y ni siquiera estaba muy segura de seguir sintiéndola.

Traición: este termino resumía los engaños y las faltas que había cometido Matt, su pecado. Al repetirse la palabra una y otra vez, durante años, como si fuera un mantra, podía reducir la relación a su esencia. Era innegable que la había traicionado con su mejor amiga. Ella no tenia ni idea de lo que estaba ocurriendo, no supo nada de nada hasta el final.

Cuando se enteró de que Matt la engañaba con Anne sintió una gran vergüenza y no fue capaz de perdonar su comportamiento. Matt la conocía muy bien y sabia lo humillada que debió de sentirse ante los demás. Mas tarde, Susan empezó a considerarlo un ser despreciable, que necesitaba recurrir a mentirijillas. Fue entonces cuando dejo de quererlo y cuando el respeto que sentía por el se desvaneció.

A decir verdad, ella también había tenido un lío, que mantenía en secreto. Pero Susan consideraba que había una diferencia, porque, aunque no conscientemente, sabia que Matt la engañaba -es imposible estar conviviendo con alguien, tener relaciones intimas, y no darte cuenta de una cosa así-, de modo que lo único que hacia ella era protegerse poniéndose a su nivel: las transgresiones se equiparaban de ese modo. Reconocía que estaba racionalizando su propia traición, pero eso no disminuya su convencimiento de que la suya no era un frívolo pasatiempo. Respondía a una necesidad, a una realidad, porque había quedado demostrado que ella no le llenaba. Era una autodefensa.

– Vámonos ya-dijo Susan.

A la mañana siguiente se levantaron temprano y emprendieron el ascenso de la montaña en silencio; les dolían las piernas y tenían los pies hinchados. No podían dar ni un paso sin sentir dolor. Avanzaban como zombis y, al atardecer, a causa de la monotonía de la marcha, perdieron la noción del tiempo.

No obstante, Sharafidin seguía subiendo sin ningún esfuerzo, se deslizaba de un lugar a otro como un cometa, en busca de un sitio firme en el que apoyar los pies. Sus piernas delgadas subían y subían, moviéndose sin cesar.

A aquella altura ya no había prácticamente hierba; se encontraron en un paisaje desolado en el que solo había tierra, piedras, rocas y laderas cubiertas de guijarros. A medía tarde llegaron a un puerto situado entre dos cimas. La nivelación del terreno hizo que la marcha fuera menos ardua. Desde allí se veía el valle, que estaba a unos ochenta kilómetros.

Repararon en una zona umbría debajo de un saliente de roca. Cuando se acercaron mas, oyeron un murmullo; la tierra temblaba. Detrás de una piedra, oculto en la sombra, había un agujero. Abajo, a un metro, fluía un río subterráneo.

Matt metió el brazo por el agujero y toco el agua helada.

Lleno la cantimplora, la subió y se la paso a los demás.

– Podríamos hacer un alto y comer aquí-propuso Susan.

Rudy le dijo algo a Sharafidin; este respondió en un tono de voz crispado y bajando la vista, cosa que a Matt le llamó la atención.

– ¿Que ocurre?

– Le he preguntado donde estábamos y me ha dicho…exactamente lo que me ha dicho es: ‹‹Hemos llegado al lugar al que las personas no se acercan››.

– ¿Ah si? Pues dile que van a tener que cambiar el nombre de este sitio -gruñó Van, que se alejo para investigar el punto por el que el río salía a la superficie, unos cien metros mas allá.

De repente oyeron que gritaba. Lo encontraron en una margen de arena en forma de semicírculo, donde el agua fluía por la roca que se veía mas arriba. La cantimplora de Van estaba volcada, aunque parecía que la había llenado. Estaba jadeando entrecortadamente, respirando con dificultad, arrodillado, en una postura erecta e incomoda; con una mano, que no dejaba de mover arriba y abajo como un pistón, señalaba hacia un lugar indefinido.

Lo primero que pensó Matt fue que le había dado un ataque al corazón.

– ¿Te encuentras bien? -le gritó.

– ¡Miren!

Van señalaba el suelo, entre sus piernas, sin dejar de agitar la mano de aquella extraña manera, mientras se acercaban todos corriendo.

Susan fue la primera en llegar.

– Dios mío.

Allí, en la arena que había junto al río, vio la huella de una pisada, profunda y anormalmente grande. Matt se agacho y la examino con atención. Parecía humana pero era demasiado ancha en la parte inferior del empeine.

– Muy bien. ¿Quien es el que esta loco ahora? -chilló Van mirándolos fieramente-. Se lo dije, pero ustedes no quisieron creerme.

Rastrearon la zona y hallaron otras huellas de pisadas, pero lo mas extraño fue descubrir pisadas de botas con rayas entrecruzadas. Había de diferente tamaño y estaban mejor formadas porque sin duda eran mas recientes. Las estuvieron siguiendo hasta que su rastro desapareció. Al parecer eran huellas de tres personas distintas y estaban precedidas por las huellas de un ser humanoide aunque no humano.

Por el modo en que estaban dispuestas las huellas de las botas y de las pisadas era evidente que los humanos perseguían a aquel ser.

– Miren esto -dijo Rudy, que recogió una colilla del suelo con el índice y el pulgar, y la olió-. Es tabaco ruso -agrego.

Van estaba quedándose muy rezagado. Respiraba con dificultad y la mochila le pesaba como si la hubiera llenado de piedras. Por la mañana, cuando se había vestido, se había atado la funda del arma al muslo derecho; era imposible no sentir el contacto del revolver, que se le hundía en la carne.

Era consciente de que empezaba a notar los efectos de la falta de oxigeno. Y en aquel momento comprendió que estaba pagando las consecuencias de todos los años que había estado fumando sin parar e ingiriendo diversas sustancias químicas: DMT, STP y drogas cuyos nombres era incapaz de recordar, al igual que de niño nunca recordaba las letras de identificación de las emisoras de radio. Los síntomas provocados por la altura no le eran desconocidos: mareo, que no siempre era desagradable, aunque se presentara acompañado de pequeños ataques de paranoia, y, sobre todo, la sensación de pánico al intentar llenar de aire los pulmones sin conseguirlo. Si se agravaban, serian insoportables.

Hizo un esfuerzo por dominarse, pero lo único que logro fue acrecentar la ansiedad, de modo que dejo de luchar por controlar sus pensamientos. Así que, después de todo, los rusos habían estado allí. Debió haberlo supuesto. Nunca se había fiado de ellos y era el quien tuvo que negociar directamente con ellos. La glasnost era un cuento chino. Aquello era demasiado importante para que lo ignoraran. Transmitían cierta información, pero no toda. Y al final habían tomado la delantera y habían montado su propia expedición.

Puede que los rusos quieran que hagamos el trabajo mas ridículo, mientras ellos esperan el momento propicio para ponerse en acción y emprender el ataque final, pensó. Van intuía que Eagleton también había tenido sus dudas, pero era capaz de dejarlas de lado, basando su argumento en lo que llamaba ‹‹el factor anarquía›› de Moscú. Eagleton siempre había sido un excelente jugador, sobre todo cuando jugaba con bienes que no le pertenecían, como las vidas ajenas.

A medía tarde Sharafidin aligero de repente el paso; al dar la vuelta por una curva vieron que prácticamente estaba corriendo. Le gritaron pero el no redujo la marcha ni se volvió a mirarlos siquiera. Finalmente se subió a la cresta de un risco y desapareció.

Se dieron prisa para alcanzarlo. Al llegar a la cresta, miraron hacia arriba: había una larga pendiente y un campo en el que se veía que habían construido algo. Tardaron un tiempo en darse cuenta de que era el campamento de Kellicut.

No esta mal situado, pensó Matt. Tenia una vista esplendida en todas direcciones y desde allí se podía descender fácilmente. ¿Para huir a toda prisa en un momento dado? No era probable. Kellicut no era una persona que tuviera en cuenta la posibilidad de tener que huir. Lo mas verosímil era que aquel sitio magnifico le había atraído; por las noches podría contemplar la montaña que había escalado y las colinas que había al pie de las montañas. Con aquella vista, la sensación de omnipotencia, característica de el, se vería reafirmada.

Llegaron a la margen del campamento. En medio del caos, algo se movió, aunque no percibieron que había sido.

Van lo vio por el rabillo del ojo, sin darse cuenta de nada.

Se agacho, con la mano derecha agarrando el arma; con un movimiento rápido, dibujando un arco, la desenfundo y la levantó lentamente sin dejar de apuntar. Al concentrarse y enfocar, sus sentidos se relajaron. Experimento un gran alivio. No era mas que un inmenso halcón pardo que se había posado en un palo, agitando sus alas torcidas.

Se puso de pie.

– Mierda-dijo-. Eso no me lo esperaba yo.

El ave es una señal de mal augurio, pensó Susan. De pronto supo, con una certeza que no era capaz de explicar, que no encontrarían a Kellicut en el campamento. Parecía abandonado, desordenado y destrozado por la lluvia y la nieve.

Aquel sitio era de una austeridad espartana comparado con el campamento que habían imaginado hallar mientras ascendían la montaña. La construcción principal era un cobertizo de aproximadamente un metro y medio de alto y unos tres metros y medio de largo, y se extendía desde la pared de una piedra grande que medía un metro y medio de alto. Estaba situado paralelo a una pared rocosa de unos cincuenta centímetros de alto que servía para cortar el viento.

A unos quince metros había una plataforma clavada a uno de los escasos árboles que podían vivir a aquella altura. Era como una despensa. Al otro lado estaban los restos de lo que había sido la hoguera; en otro rincón había un pozo improvisado con una cuerda deshilachada atada a una taza metálica que estaba en el suelo. Un poco alejado, en un sendero lateral, había lo que parecía una letrina: un agujero cubierto con dos troncos.

– No es gran cosa -comento Van.

Matt estaba pensando lo mismo.

– Parece que hace tiempo que no ha estado aquí.

Susan se acercó al cobertizo y se agacho para entrar.

– ¡Matt, ven! -gritó.

Matt se fue para allí corriendo, se encogió y entro. Casi no había espacio para los dos. Todo estaba patas arriba. Había una colchoneta verde rajada de arriba abajo. En el suelo había cazos y sartenes; uno de ellos estaba totalmente abollado. Vio una taza de café y una candelero de queroseno rotos, y en un estante de madera provisional, estropeadas, tiesas y sucias por el barro, las botas de Kellicut, que estaban intactas.

Aturdida, Susan se puso en cuclillas para coger unos papeles y los ojeo. Estaban todos en blanco. Alzo los ojos y miro a Matt.

– ¿Que piensas? ¿Que puede haber causado estos destrozos?

– Es difícil decirlo.

– Pero ¿Lo hizo alguien a propósito? ¿Con alguna… criatura?

Puede que haya ocurrido por causas naturales, una tormenta o algo por el estilo.

– Es improbable, una tormenta no habría hecho una cosa así. -Señalo unos trozos astillados de una taza de plástico azul-. Tal vez un animal. -En el tono de su voz se reflejaba la duda.

– Pero no esta totalmente destrozado. El viento o una lluvia torrencial podrían haber causado parte de los estragos.

Al fin y al cabo, debe de llevar meses abandonado.

– No. Mira la colchoneta. Esta rajada. -La cogió-. Esto no parece obra de ningún animal; esto lo hicieron deliberadamente. Mira aquí… -Paso la mano por un agujero-. Da la impresión de que lo mordieron.

– Si alguna enorme criatura atacó la cabaña, ¿por que no la destrozo? -Susan toco un tronco que había en el techó e intento moverlo-. No se mueve. Yo diría que esta tan fuerte como el primer día. Y sin embargo lo podían haber destruido en un momento… si se lo hubieran propuesto de verdad.

Matt le dirigió una mirada inquisitiva. Sabia que ella se estaba agarrando a un clavo ardiendo.

– Vamos a inspeccionar el exterior.

Salieron fuera y se pusieron de pie. Que agradable resultaba estar al aire libre. El cobertizo era claustrofóbico y olía muy mal.

Empezaron por examinar el suelo. Aunque no lo dijeron, los dos se pusieron a buscar huellas de pisadas. Pero no había ninguna; la tierra era demasiado dura.

Van, que había estado echando un vistazo por los limites del campamento, se acercó a ellos.

– No lo comprendo -dijo mientras se arrodillaba para escudriñar el interior del cobertizo. Puso un dedo entre dos troncos que había en el techó-. Esto debió de estar recubierto con alquitranado o algo por el estilo que lo aislara de la lluvia. Pero no hay rastro de nada en ninguna parte.

Las pesquisas habían reanimado a Van. Ladeo la cabeza y los miro a los dos.

– Déjenme que les haga una pregunta, puesto que conocían a Kellicut mejor que yo.

– ¿Que?

– ¿Dirían ustedes que era temerario? Ya me entienden. ¿Dirían que era un poco arrogante?

– ¿Que quieres decir con eso? -preguntó Susan.

– Me refiero a si ustedes creen que pensaba que nunca podía ocurrirle nada malo. Ya conocen a este tipo de personas… gente que nunca hace testamento.

– Personalmente opino que el no era así.

– Venga, vamos, Susan-dijo Matt-. Ha dado en el clavo.

– ¿Adonde quiere ir a parar? -preguntó Susan, molesta por los aires de policía de Scotland Yard de Van.

– Muy sencillo: lo que quiere saber es por que no nos dejo ningún mensaje.

– A lo mejor si nos lo dejo y nosotros no hemos sabido encontrarlo. No puedo creer que se marchara por las buenas, sin dejar una nota.

– Quizá no sabia que iba a irse -aventuro Van.

Susan captó enseguida que había querido decir pero se hizo la tonta.

– ¿A que te refieres?

– Quién sabe si lo atacaron y lo mataron. O si se lo llevaron a rastras. O si le tendieron una emboscada. -Van señalo con un vago ademán las montañas rocosas que se alzaban por encima de ellos.

– No hay señales de que haya habido violencia -comento Susan-. Y sigo diciendo que seguro que dejo provisiones para las personas que iban a subir hasta aquí a buscarlo. No hay que olvidar que nos pidió que viniéramos.

– Quizá dejo una nota, o quizá no -dijo Van.

– Puede que la hayan destruido. O que se la llevara. O que se la llevara el viento -intervino Matt-. Puede haber ocurrido cualquier cosa.

– Tal vez la escondió -sugirió Susan-. Seria mas propio de el.

Van gruñó.

– Ahora que lo pienso -dijo Matt-, has dicho que nosotros lo conocíamos mejor que tu. No tenia ni idea de que tu lo conocieras.

– No, solo un poco. Nuestros caminos se cruzaron cuando trabajo para nosotros. Eso es todo.

Matt sabia que Van volvía a ocultarle la verdad y mentalmente tomo nota de que debía seguir interrogándolo en el momento oportuno.

Dividieron el terreno en cuatro sectores, como si se tratara de un pastel, y continuaron buscando huellas de pisadas y pistas metódicamente; empezaron por el centro hasta llegar a la periferia, pero el suelo pedregoso no les permitió hallar nada.

Matt se reunió con los demás en el lugar en el que había estado situada la hoguera del campamento, que ahora no era mas que un circulo de cenizas desparramadas y pastosas.

Van se arrodillo, cogió un trocito de carbón y lo rompió con el pulgar y el índice.

– Hace seis meses hacia todavía mas frió que ahora, de modo que debió de conservar el fuego encendido a toda costa. -Recogió un palo medio quemado-. Al parecer fue el quien lo apagó, así que, a menos que lloviera en aquel momento, lo cual es posible aunque improbable, fue el quien lo apago deliberadamente.

– Eso significa que seguramente fue lo ultimo que hizo aquí -agrego Susan-. Es como si hubiera decidido poner un poco de orden antes de irse. Por tanto, no parece que lo atacaran ni que tuviera que huir a la desbandada. Podemos concluir, pues, que todos estos desperfectos que hemos visto fueron producidos después de que el se marcho.

Matt hurgó en las cenizas, que estaban apelmazadas, formando grumos húmedos.

– Yo diría que lleva mucho apagado. Todo depende del tiempo que haya hecho, pero no creo que el fuego estuviera encendido durante los últimos dos o tres meses, o quizás mas.

– Si -observó Van-. No sabemos que le ocurrió, pero si que se marcho y que no regreso aquí.

– Probablemente se fue después de darle el paquete a Sharafidin.

– ¿Y que hacemos ahora? -preguntó Rudy.

– Lo buscaremos -respondió Susan.

– Me apuesto lo que quieran a que si lo encontramos a el, los encontraremos a ellos -dijo Van con una convicción tan impresionante que sorprendió a los demás.

A aquella altitud el sol se ponía mas tarde que en el valle, pero la luz del crepúsculo no calentaba. En cuanto las nubes bajas taparon el sol, empezó a soplar un aire frío y las vertientes mas altas quedaron envueltas por bancos de niebla, que se precipitaron sobre ellas como un alud fantasmagórico hasta cubrirlas por completo; la visibilidad era nula: mas allá del campamento era imposible ver nada.

Colocaron las provisiones de víveres en la plataforma que servía de despensa, encendieron un fuego y se envolvieron con los sacos de dormir mientras esperaban que la comida estuviera lista. Rudy les sirvió café a todos.

Van estaba un poco mejor, aunque se cansaba con facilidad y de vez en cuando le sangraba la nariz. Contemplaba absorto, con aire meditabundo, las chispas que saltaban en la niebla.

– El modo como una persona instala un campamento dice mucho de ella -observó-. Todavía mas que la casa. La casa existe antes de que alguien la habite, pero un campamento es algo que construye uno mismo, recurriendo a sus propios medios, en un lugar aislado. Lleva su firma.

– ¿Podrías poner un ejemplo? -preguntó Matt.

– Por ejemplo, miren la letrina. Dos troncos colocados encima de un agujero, nada mas. Es muy rudimentaria, ¿no les parece? Y la despensa es muy tosca. Yo diría que el profesor no es de esas personas que invierten tiempo en rodearse de comodidad.

– No vas desencaminado, a mi juicio -dijo Matt.

– Y el cobertizo no es nada del otro mundo. ¿Por que no se molesto en construir algo mas sólido? Aquí arriba hace un frío que pela, así que o bien no pensaba pasar mucho tiempo en este sitio o bien le importaba un rábano.

– Eso no admite discusión; yo diría que no le importaba nada-comento Matt.

– Y luego fíjense en donde esta situado. Si quería esconderse podía haber elegido una cueva; aquí arriba hay decenas de ellas. Sin embargo escogió el lugar mas visible de toda la zona. No es una elección muy inteligente.

Susan monto en cólera.

– A lo mejor lo que quería era precisamente que lo vieran.

– Puede -agrego Matt-. Quizá quería anunciar su presencia. Atraerlos hacia el.

– O tal vez se imagino que, hiciera lo que hiciera, ellos sabrían donde estaba-dijo Susan.

Van volvió la cabeza y le dirigió una mirada inquisitiva y extraña, como si intentara comprender algo.

– La persona que construyo este campamento no tenia ningún miedo, esto es innegable… y conociendo a Kellicut, yo diría que encaja perfectamente con su manera de ser -añadió Susan.

– ¿Pero no vio ninguna huella de pisada? -Preguntó Matt-. Nosotros las hemos visto y no las buscábamos. Es lógico pensar que esto le hiciera vacilar.

– Probablemente fuera al contrario -manifestó Susan.

– Así que tu crees que el no sintió ningún miedo.

– Si.

– Entonces, ¿Por que le preocupo la idea de que ellos pudieran tenerle miedo a el? ¿Con que finalidad se mostró tan accesible? ¿Por que no intento espiarlos furtivamente?

– No lo se-respondió Susan-. Para empezar lo mas probable es que no creyese en esa teoría de que los hombres de Neandertal se esconden del Homo sapiens y todo eso. En ninguna de sus publicaciones insiste en ello. Mas bien tenia una visión romántica de ellos: los consideraba seres posiblemente superiores.

– Quizás haya algo que no sabemos -prosiguió Matt-. Quizás hallo algo que le hizo comprender que al fin y al cabo no son seres que inspiren temor.

De repente todos se callaron. Rudy estaba adormilado.

Van permaneció unos minutos pensativo, luego meneo la cabeza mientras miraba a su alrededor.

– Otra cosa. Miren como esta dispuesto. Carece de toda lógica. Aquí esta el fuego, allí el pozo. ¿Por que los construyo a tanta distancia uno del otro? Seria mucho mas natural que estuvieran cerca. ¿Y que hace la despensa allí?

Piensen un poco. Cada vez que cocinaba tenia que desplazarse desde aquí hasta allí, y luego allá… Que insensato…

– Un momento -lo interrumpió Susan, que se puso en pie de un salto, muy excitada-. Tienes razón. Mirad. Es un triangulo. Un triangulo perfecto, Matt.

Sorprendido también ante aquel descubrimiento, Matt se levantó precipitadamente.

– ¿Podría ser?

– ¡Rápido, traed una cuerda!

Rudy abrió los ojos. Matt revolvió en su mochila y saco una cuerda enrollada. La sostuvo por un extremo y le dio el otro a Susan, que se dispuso a medir la distancia entre el fuego y el pozo.

– ¿Les importaría darme a conocer su secretito y dejarme participar en el? -preguntó Van. Intento decirlo con indiferencia, pero su voz traslucía irritación.

– Se trata solo de una posibilidad -manifestó Susan-. No se si vamos bien encaminados.

Midió la cuerda y se la ato a la mano; a continuación midió la distancia que había del pozo a la despensa.

– Es un método que empleamos los paleontólogos… al menos Kellicut lo hacia. En las excavaciones era casi un ritual.

Antes que nada inspeccionábamos toda la zona para encontrar los sitios mas apropiados para excavar. Nos basábamos en el estadio de la acción de las glaciaciones, los asentamientos, la erosión, este tipo de cosas. Y cuando pensábamos que podíamos empezar a excavar, trazábamos un triangulo equilátero con piedras. Entonces cavábamos el centro.

Ahora Susan estaba midiendo el tercer lado y Matt retomo la explicación.

– Kellicut, que es muy astuto, sabia que tenia que hallar un escondrijo seguro. ¿Pero donde? Las rocas no lo son; se pueden desplazar o alguien puede cambiarlas de sitio.

– Así pues, ¿utilizo el campamento? -preguntó Van.

– ¡Eureka! -Exclamó Susan sosteniendo la cuerda-. Un triangulo equilátero perfecto.

Doblo uno de los lados por la mitad y señaló el punto exacto con una piedra. Levantó la cuerda perpendicularmente y camino junto a ella hasta llegar al centro, que marco con el tacón.

Matt saco su pala plegable y empezó a cavar. El suelo era duro y solo sacaba trozos de roca mezclados con tierra pedregosa. Rudy le ayudaba picando el agujero con una destral.

– No me puedo creer que hiciera esto -dijo Matt-. Incluso teniendo en cuenta que lo hizo el, se trata de un medio tortuoso.

Pronto la pala dio con algo. Matt cavo alrededor de lo que fuese que estaba enterrado e hizo palanca con la pala para extraerlo. Y lo que extrajo fue una caja de metal. Quito la tierra que había encima de la tapa, que no le fue fácil abrir.

Adentro había un grueso diario rojo, sucio de polvo y con las puntas dobladas.

A Eagleton no le caía nada bien el hombre uniformado que estaba sentado enfrente de el, pero era consciente de que era el mejor en lo suyo y que lo necesitaba. Por eso había convenido en informar de todo al coronel Kane… de lo esencial, para ser exactos. Eagleton jamás se lo contaba todo a nadie.

Con el propósito de hacer un alarde de buena voluntad, Eagleton le entrego el cable de cuatro líneas que había enviado Van. Era un mensaje perfectamente inútil. Su interlocutor se acercó a la luz, lo leyó y gruñó unas palabras.

– ¿Por donde iba? -preguntó Eagleton.

– Kellicut.

– Ah si, Kellicut. Bueno, como le he dicho, llevamos años financiando sus proyectos. Nuestra ayuda se reducía siempre al mínimo, nada sustancioso. Nunca nos imaginamos que tendría éxito; sus proyectos eran para nosotros de escasa Importancia.

– ¿De escasa importancia? Me sorprende, sobre todo ahora.

Eagleton se recostó en su asiento y dio una chupada al cigarrillo con su amaneramiento característico.

– Bien, en el instituto nunca hemos concedido a la criptozoologia un lugar preeminente -explico-. Desde el principio hemos contado con dos personas que se han dedicado a esta especialidad, pero mas como hobby que como otra cosa.

Nada serio, nada que captara la atención de quienes detentan el poder… al menos hasta ahora.

– Siga.

– Mas que nada archivamos cierta información: gente que aseguraba haber visto extrañas criaturas, recortes de la prensa, y cosas por el estilo. -Hizo un ademán señalando un montón de carpetas que había encima del antepecho de la ventana-. En realidad reuníamos todo este material porque sabíamos que los rusos también lo hacían; no estábamos dispuestos a que nos llevaran la delantera en nada. En aquel entonces el juego era estancado. Y ellos andaban metidos en algo grande, Dios sabe por que. En aquel momento era difícil ver las ventajas militares que podía ofrecer aquello.

Puede que fuera un trabajo parecido al de nuestros servicios de espionaje cuando investigaban las marsopas; eran tiempos Idiotas, de esos en que a alguien Ie da por desarrollar investigaciones novedosas y la burocracia no quiere mantenerse al margen.

Eagleton le habló de las anteriores expediciones rusas; primero de la de un explorador llamado Badzare Baradiyan, en 1906, y luego de la de un profesor mongol conocido solo por el nombre de Zhamtsarano. Fueron arrestados y exiliados por todo el laborioso trabajo que llevaron a cabo y sus voluminosos archivos desaparecieron en las cámaras mas recónditas del Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias de Leningrado.

Una expedición por el Pamir encabezada por Boris Torshnev acabo en un rotundo fracaso y fue objeto de burlas y de desprestigio mundial gracias a unas maliciosas historias que aparecieron en la prensa británica, debidas a la astucia del M16. No se trata de nada personal. Es solo la guerra fría, dijo entre risas. Tras la caída del muro de Berlín enviaron a Van con el objeto de que contactara con Rinchen, el experto que había sido localizado en Mongolia.

Rinchen puso a disposición de Van los archivos de la Academia de Ciencias, clasificados con un nombre mongol cuya traducción aproximada seria ‹‹el invisible que existe››.

– Una mina de oro. Setecientas ochenta y una noticias distintas. Muchas mas de las que poseíamos nosotros. Teníamos todo lo que queríamos. Guardamos los datos en el ordenador, lo proveímos de remisiones y llegamos a hacernos con una información de primer orden. Una mezcla perfecta de datos y de análisis; paciente trabajo marxista, por un lado, y técnica capitalista, por otro, si quiere.

– Nos fijamos un objetivo, bueno, en realidad fue idea mía, que consistía en descartar la gran operación, la búsqueda exhaustiva, los infrarrojos y toda la mandanga. ¿De que sirve un ejercito en un terreno de aquellas características, en aquellas condiciones, para capturar a unas criaturas que te ven antes de que tu las veas? Era mejor imponer una presencia continua a pequeña escala, que no les llamara demasiado la atención. Es preferible enviar a alguien que sepa exactamente lo que esta buscando y dejar que se pase allí meses enteros, años, si fuera necesario. Alguien que trabe relaciones con los lugareños, que escuche sus historias.

– Así fue como elegimos a Kellicut. Era lo mas lógico que podíamos hacer. El, por descontado, mostró mucho interés.

Es muy ególatra. Nos basto con ponérselo delante de las narices.

– ¿Le hablaron de la operación Aquiles?

Eagleton titubeo una fracción de segundo. No sabia que Kane estuviera enterado de la operación Aquiles, el secreto mas bien guardado, la intervención divina a partir de la cual había empezado todo aquel asunto. ¡Dios! Si el estaba enterado, los demás también lo estaban.

– No, no. No le dijimos nada. Creíamos que no había necesidad alguna de complicar la investigación.

– Comprendo.

– Ni siquiera estábamos seguros de que fuera a tener éxito. Y por supuesto no podíamos imaginarnos que lograra sus objetivos tan rápido. No le ofrecimos mucha ayuda ni tampoco provisiones. Aunque, de todas maneras, a el le atraen las dificultades. No le importa sufrir privaciones, todo lo contrario.

– Al principio recibimos un par de mensajes sin importancia. Después siguió un silencio que duro meses, como si se lo hubiera tragado la tierra. Estábamos muy preocupados, pero entonces nos mando el paquete.

– A la doctora Arnot y al doctor Mattison.

– Si. Bueno, esto es un tecnicismo. Somos nosotros quienes financiamos la operación.

– ¿La operación o la expedición?

– La expedición.

– Entendido. -Kane se puso en pie-. Gracias por su información -dijo-. Ni que decir tiene, no voy a hablar de ello con nadie. Si debemos ir allí y rescatarlos, tendré que formar un equipo y empezar a entrenarlo. En cuanto estemos preparados, podemos ponernos en marcha en cuatro horas.

¿Hay algo mas que conviene que yo sepa?

– No, nada mas.

Kane hizo un saludo brusco antes de irse. Aquel gesto le causo muy mala impresión a Eagleton por lo que tenia de falso. Pero al menos se le ha olvidado hacerme la pregunta clave: si los rusos han montado una expedición en el Pamir.

Me ha evitado la necesidad de mentir, pensó Eagleton soltando una risita nerviosa.

1 de Febrero.

Esta nublado y hace frío. Me he pasado el día entero montando el campamento. Estoy agotado. Es rematadamente complicado construir un cobertizo con el escaso material del que dispongo. He talado cuatro árboles y los he arrastrado unos doce o quince metros. Sharafidin no me ayuda mucho. El pobre lo desea con toda su alma pero no tiene ni idea de como colaborar. Tengo que decírselo todo. Por otro lado, me parece que el cree que estoy loco.

Y puede que tenga razón. Bueno, ahora que he empezado una nueva vida domestica, inicio este diario, cumpliendo así una promesa que me hice a mi mismo semanas atrás: que el día que montara el campamento -no antes-cogería un papel y una pluma. Ya tengo decidido donde guardare este diario. Susan y Matt, si estáis leyendo estas líneas, me felicito a mi mismo y os animo a que brindéis por nuestra inteligencia. Si no lo encontráis, nadie lo encontrara nunca y estas palabras no verán jamás la luz. Tal vez sea mejor así…

Ahora estoy demasiado cansado para seguir escribiendo.

Mañana reanudare el relato.

Matt leía el diario en voz alta. Se oía el susurrar del viento. Estaban sentados alrededor del fuego. Anochecía; las sombras de las llamas se reflejaban en la niebla, danzarinas cual espectros. El había propuesto saltarse algunos de los primeros párrafos y leer el final por si contenía indicios sobre la desaparición de Kellicut, pero los demás se opusieron, especialmente Susan, que quería vivir las experiencias narradas en el mismo orden en que su autor las había vivido.

El estilo de las anotaciones iniciales era minucioso y literario a un tiempo. Kellicut describía los primeros días; el ascenso, los preparativos, los pertrechos, que eran sorprendentemente escasos. Hablaba con detalle de la flora y la fauna; incluso daba el nombre latino de algunas flores. Escribía sobre los halcones, que ‹‹hinchaban el pechó y daban vueltas en el aire, trazando círculos sobre mi cabeza como si les hubieran dicho que eran buitres››. Había algunas digresiones y unas cuantas citas oscuras. Con el paso del tiempo el estilo se hacia mas vivido y directo, como si la fatiga, la soledad y la aventura le hubieran cortado las alas a sus pretensiones.

Kellicut se había hecho con un mapa, trazado sin mucha exactitud, de las laderas superiores. Cada día seguía un camino predeterminado que lo llevaba a explorar sectores distintos, con el propósito de que repararan en su presencia; hacia ruido, dejaba objetos abandonados y se comportaba como ‹‹un ser humano normal, un ser aborrecible y expoliador››, según sus palabras. Hansel y Gretel dando marcha atrás, reflexiono Matt, haciendo que los ogros siguieran los rastros de las migajas. La estrategia se basaba en diversas premisas básicas. Una era que aquellas criaturas, fueran lo que fueran, simplemente no iban a bajar una noche hasta donde el estaba para aplastarle el cráneo. La otra era que, por asustadas que estuvieran, no lo estaban hasta el punto de sentirse impelidas a refugiarse en un sitio aun mas inaccesible.

¿Que ocurriría si una de estas premisas no se cumplía?

Matt llego a una anotación decisiva, correspondiente al 27 de febrero. Para entonces Kellicut escribía de forma concisa y abreviada, detalle que parecía corresponder a un cambio significativo; sus fuerzas disminuían y perdía la visión global de sus objetivos. Matt lo leyó en voz alta.

27 de febrero.

Anoche tuve visitas. Estoy seguro de que eran ellos. Lo se. En cuanto me desperté, vi que algo había cambiado en el campamento. Resultaba difícil decir que, pero lo percibía, básicamente a través de un sexto sentido.

Había además un olor extraño, nada fácil de describir; fuerte como el pellejo mojado de los animales o una mofeta atropellada en una carretera. La despensa era el único sitio que estaba desordenado, pero lo habían hecho de un modo nada habitual. Se llevaron algunos restos de comida, liebre ahumada y otras carnes. Cogieron lo que estaba en el centro, exactamente igual que lo haría alguien que va a comprar a un supermercado. Lo que había alrededor, mermelada, azúcar, condimentos, etc., ni lo tocaron. Es impensable que un animal pudiera coger lo del centro sin volcar lo que había al lado. No vi huellas de pisadas en ningún lado, aunque estuve rastreando la zona durante horas. La buena noticia es que no pueden estar muy lejos. Si han podido dar conmigo, yo también puedo encontrarlos a ellos. La curiosidad es un poderoso estimulo. ¿Quien sabe? Tal vez mis visitantes no están mandándose los dientes y me están espiando en este mismo instante.

Mas tarde, el mismo día: he llegado al campamento cuando ya había anochecido. Estoy rendido. No he tenido suerte. No he visto nada fuera de lo habitual. No quiero asustar a Sharafidin.

28 de febrero.

He estado todo el día buscando en vano, desde el amanecer hasta el anochecer. Shara se alegro de verme. Estoy seguro de que me daba por muerto. Estoy demasiado cansado para seguir escribiendo.

I de marzo. Nada.

2 de marzo.

Siete u ocho kilómetros mas arriba (cuadrante 4, sector E) he visto unos senderos. Al principio pensé que simplemente estaba siguiendo las curvas naturales que se forman a lo largo de los riscos. Después advertí que había matorrales desgastados, que el suelo estaba reblandecido y las rocas cortadas. Podía ser obra de carneros, de cabras o incluso de osos. Pero albergo la esperanza de que los senderos sean obra de ellos. Ahora empleo una nueva táctica: me coloco en un lugar del sendero y espero. Las fuerzas empiezan a flaquear; me temo que no me alimento como debería.

4 de marzo.

Nada que referir. Me he pasado todo el día sentado junto a lo que esperaba que fuese un camino principal, pero no vi nada a excepción de un extraño animal que guardaba cierto parecido con los roedores. No pude cazarlo. Sigo sin encontrarme bien.››

5 de marzo.

No puedo seguir así. Es preciso que haga excursiones mas lejos, pero dudo que tenga fuerzas para trasladar el campamento o construir otro. Me alejare unos tres o cuatro días y me llevaré comida. He intentado explicárselo a Shara pero no estoy seguro de que lo haya comprendido. No he visto nada digno de ser reseñado.

8 de marzo.

(Ya no se que día es, estoy perdiendo la noción del tiempo.) He pasado noches enteras en lugares marcados en el mapa (cuadrante 4, sector 2F). Recorrí largos trechos pero apenas vi nada. Sigo mareado. Me temo que padezco deshidratación. O tal vez falta de oxigeno. No estoy seguro de que este dando los pasos que hay que dar.

I4 de marzo.

He regresado tras una larga exploración.

No he visto nada digno de ser anotado. Mucho me temo que necesito tiempo para recuperarme.

I5 de marzo.

Me quedé en el campamento. Tenía fiebre.

I9 de marzo (aproximadamente).

Me encuentro un poco mejor. Pude sentarme y beber caldo. Sharafidin ha estado magnifico. Le debo la vida. Espero recobrar las fuerzas.›

No había anotaciones correspondientes a los días siguientes.

De vez en cuando había garabateado notas en las que decía que había visto cosas extrañas y hablaba de sus ataques de pánico. A continuación venían largos párrafos en los que divagaba, súbitos saltos ilógicos, y hasta incoherencias. A menudo la letra era casi indescifrable. A veces Matt tenia la sensación de que estaba leyendo los escritos de un demente.

Mas adelante Kellicut, al parecer, había descubierto algo esencial: una especie de puente, aunque no quedaba claro si se trataba de un puente natural o de una construcción hecha por un ser inteligente. Se refería a el con las palabras ‹‹el eslabón››. No decía donde estaba emplazado, ni siquiera guiándose por el mapa desaparecido. Daba la impresión de que había perdido el equilibrio interno hasta el punto que había olvidado que escribía para otros. Ahora hacia anotaciones tan solo para el y su diario era la crónica de un declive mental y de un ego todavía fuerte que manchaba las paginas cual sangre derramada. Hablaba otra vez de fiebre. Tenia delirios y se imaginaba el mejor explorador de la historia, era un Balboa observando el océano Pacifico, un Galileo mirando por el telescopio. El era mas grande que todos ellos.

Ya no constaba fecha alguna, había perdido la noción del tiempo por completo y Kellicut hablaba de el en tercera persona. Su conciencia fluía de manera incontenida y críptica.

Matt leía en voz alta un revoltijo confuso de palabras y de vez en cuando algunas descripciones provocadoras. ¿Pero que significado cabía darles? Paso unas paginas y leyó las ultimas. Le llamo la atención un párrafo que había en el centro de una pagina.

… un murmullo en la grieta, la oscuridad y el viento… ¿donde esta Cerebus? Entra por el largo túnel con los codos arañados y le brota sangre: una señal que permitiera emprender el camino de regreso, si es que va a haber un camino de regreso… Ia oscuridad y mas oscuridad y repentinamente una luz cegadora… Conozco su secreto y su poder: suficiente para derrotar a la muerte, la verdadera vida del mas allá, eterna…

Saben que yo se, saben que los observó. Y ellos me observan sin mirarme… extraordinario… el valle de la vida, un mundo entero, un universo, criaturas desnudas y peludas de Dios.

Fardos envueltos en lo alto de los árboles, capullos de mariposas nocturnas gigantes y los huesos esparcidos abajo… oh, que cementerio, y los ojos, los ojos están fijos en ti.

Seguía una pagina en blanco y a continuación la ultima anotación. El tono era tranquilo, racional.

Campamento base. 7 de abril.

Vuelvo con ellos. Voy a darme a conocer, a presentarme.

Este era el texto completo. Las paginas siguientes estaban en blanco.

Matt cerró el diario despacio. Lo que había leído le confirmaba sus temores y su cuerpo se inundo de adrenalina. ¿Era excitación o era miedo? No lo sabia, sus sentimientos eran confusos. ¡Así que después de todo existían! Eso, o bien Kellicut se había vuelto loco de remate. Matt pensó en el mundo exterior: que penetrante, que poderoso era. Y cuantas personas había. Estaban por todas partes. La realidad era eso. Todo, las ciudades, los aeropuertos, la televisión, los coches, los ordenadores. ¿Como podía seguir existiendo aquel anacronismo, aquella agua estancada? El escepticismo, cual un torrente, iba rompiendo diques en su interior. Pero al contemplar el fuego y los rostros de sus compañeros alrededor de la lumbre, al percibir el paisaje yermo y desierto del Pamir, y al sentir el diario en sus maños, le invadió una certeza que contuvo su incredulidad desbordada. Inexplicablemente, sin saber de donde procedía, sufrió una punzada de paranoia: ¿y si todo aquello fuera un engaño que alguien había montado cuidando todos los detalles?

Se quedaron todos callados. Susan se llevo la mano a la frente. El pechó se le hinchaba, como si respirara con dificultad. Aquella exhibición de emociones resultaba casi teatral.

Matt volvió a abrir el cuaderno. No había ningún mapa en ninguna parte. Se quedó mirando fijamente la ultima pagina en blanco, como si contuviera encerrado algún secreto; después paso la pagina y miro la fecha de la ultima anotación. Había sido escrita hacia dos meses. En todo aquel tiempo no había vuelto. ¿Que probabilidades hay de que este todavía vivo? ¿Y si lo han descuartizado? ¿Y si esta muerto en el fondo de un barranco? ¿Y si se ha desplomado junto a unas rocas a causa del frío y del hambre? Las posibilidades de que haya sobrevivido son remotas, pensó Matt.

– Esta claro que algo ocurrió, que vio algo -dijo al fin.

– O que algo lo vio a el -agrego Susan-. No he entendido lo de los ojos.

– ¿Y que era eso del cementerio? -preguntó Rudy.

– Es evidente que esta a punto de volverse loco -observó Matt-. Ha estado días sin comer, completamente solo. Tiene fiebre. Quizá le afecta a la cabeza. Tal vez padece alucinaciones.

Le sorprendió oírse a si mismo hablando en presente. No parecía muy apropiado.

– No sufría alucinaciones -dijo Van, que al fin se decidió a hablar-. Sabia lo que estaba diciendo.

Que extraño, parece que todos escojamos las palabras con extrema delicadeza, pensó Susan, como si andáramos de puntillas sobre cáscaras de huevos.

– ¿Como lo sabes? -le preguntó Susan desafiándole.

– Es obvio -respondió Van en un tono de condescendencia tan exagerado y espontáneo que resulto casi inofensivo-. No sabemos como, pero llego hasta ellos. Los busco y los encontró. Todo esta ahí; habla de una especie de pasillo, incluso de un cementerio. ¿De donde creen ustedes que procede el cráneo que les envió?

– Y los ojos… ¿que significa todo eso? -insistió Susan.

Van se encogió de hombros.

– El problema es que no hay ningún mapa-dijo Matt-. Menciona uno, hasta da coordenadas, pero ha desaparecido.

¿Sin el, como podremos seguirle el rastro? No tenemos ni idea de adonde fue, lo único que sabemos es que subió.

– Aunque contáramos con el mapa-comento Susan-, hay que tener en cuenta que no dice donde esta localizado el…pasaje, grieta o lo que sea. ¿Por que no lo describe?

Meneo la cabeza.

– Es exasperante -concluyo Matt-. ¿Por que insiste en ser tan endiabladamente enigmático? Es típico de el; siempre tuvo una vena perversa.

Susan se quedó un rato sin decir nada. Cuando por fin habló, lo hizo pausadamente, como si pensara en voz alta.

– Así pues, al parecer si los ha visto, o al menos los estuvo observando antes de hallar el cráneo. En este caso, disponía de pruebas mucho mas concretas. Sabia que existían, no eran meras especulaciones. ¿A que viene, entonces, tanto misterio? ¿Por que envió el cráneo sin ninguna carta?

¿Por que no nos comunicó su gran descubrimiento? El no hacerlo entrañaba un enorme riesgo. ¿Y si no se hubiese puesto en contacto con nosotros? ¿Y si nosotros no hubiésemos venido? No podía arriesgarlo todo de ese modo, es algo demasiado importante. Para el y para la ciencia. Nadie, y sobre todo nadie tan ególatra como el, mantendría de buena gana una cosa así en secreto.

Uno a uno le dirigieron una mirada a Van, que contemplaba abstraído el fuego. Luego se movió y se enjugo la cara con la manga. Habló impasible, sin sentir ningún remordimiento.

– Había una nota muy breve.

Se quedó de nuevo en silencio.

– Sigue -dijo Matt, bullendo de rabia pero conteniéndose.

– En realidad no decía gran cosa.

– Sigue -repitió Matt con firmeza.

– Llego con el paquete. Al parecer era una pagina del diario, porque era la misma clase de papel.

Matt abrió el cuaderno. Al final había una pagina arrancada.

– ¿Que mas?

– Iba dirigida a ustedes dos. Contenía una descripción muy corta, o al menos eso parecía. Era tan delirante como lo que hemos oído. Cabía deducir que los había encontrado y que iba a volver para observarlos de nuevo.

– sigue.

– No sabíamos con certeza como interpretar lo que decía.

No hablaba de ‹‹presentarse››, sea cual sea el significado de esta palabra. Supongo que no hablaría así en una carta. Suena un poco melodramático.

– Sigue.

– No hay mucho mas que decir. Por supuesto mandamos que la analizaran de arriba abajo: la tinta, el papel, todo.

Quisimos también la opinión de los siquiatras.

– ¿Y a que conclusión llegaron?

– No hubo sorpresas. Era autentica.

– ¡No hubo sorpresas! -Le espeto Matt-. ¿Informaba de la existencia de otro homínido en el planeta y dices que no hubo sorpresas?

– Mire, doctor, yo nunca he sido tan escéptico como usted -respondió Van en un tono despectivo de niño pequeño.

Matt sintió deseos de estrangularlo.

– ¿Decía algo mas? ¿Algo que no este en el diario? -lo presionó Susan.

– Que yo recuerde, no.

– ¿Había un mapa?

– Por Dios, claro que no. Si tuviera un mapa, no los necesitaría a ustedes para nada.

– ¿Notas de trabajo?

– No.

– ¿Nada?

– No contenía mas información. Sigue siendo imposible decir que vio. Ni siquiera podemos asegurar que viera algo, puede que solo padeciera alucinaciones provocadas por la fiebre… Io que si podemos asegurar, por supuesto, es que tropezó con un cementerio, o algo por el estilo. Al final decía que debíamos darnos prisa. ‹‹Por el amor de Dios, venid lo mas rápido que podáis.›› Creo que estas eran las palabras exactas.

Matt y Susan intercambiaron una mirada en el fulgor de la lumbre. Eso concordaba con lo que había dicho Sharafidin sobre la nota que había mandado.

– Muy bien -dijo Matt en un tono de voz amenazador-. Ahora vas a decirnos exactamente por que lo habéis mantenido en secreto.

Van suspiro.

– Para ser sinceros, no pensamos que ustedes lo creyeran.

– ¿Ah no?

– Pero vosotros si lo creísteis -dijo Susan.

– Bueno, si, pero es que yo hace años que lo creo. -Van soltó una risita, que sonó mas bien como un bufido de indignación-. Otra cosa. No estoy seguro de que a el le hubiera gustado que yo viniera. ¿Nunca confió en nosotros, comprenden?

– ¡No fastidies! Eso si que no lo comprendo -exclamo Matt.

Van no le hizo caso.

– Nunca supo muy bien cuales eran nuestros objetivos.

– Has dicho que nos escribió a nosotros -observó Susan-. ¿Hacia algún comentario concreto sobre vosotros?

– Si.

– ¿Y que es lo que decía?

– Decía: No os fiéis de ellos. Venid solos si podéis.

– Es un comentario muy concreto -manifestó Matt.

Se quedaron en silencio. Matt seguía airado, pero Van había recobrado la compostura y hasta sonreía de forma extraña, como un niño al que hubiesen pillado in fraganti.

Susan se inclino hacia Van.

– Dime, ¿cuales son vuestros objetivos exactamente?

¿Quienes sois?

– Somos exactamente lo mismo que ustedes -respondió Van-. Somos exploradores científicos, mas o menos.

La niebla era cada vez mas espesa y se estaba haciendo tarde, pero estaban demasiado excitados para dormir.

– Necesitamos a Sharafidin-dijo Matt de pronto.

Miraron a su alrededor, pero no vieron al chico. Se alejaron del campamento y al poco lo hallaron solo, envuelto en su manta de lana. Puede que la discusión lo haya puesto nervioso, pensó Susan.

– Pregúntale si vio algún mapa cuando estuvo con Kellicut-le pidió Matt a Rudy.

Rudy tradujo la pregunta. El chico se acurrucó, temblando un poco, y habló despacio.

Rudy se volvió hacia los demás.

– Dice que había uno pero que el maestro siempre lo llevaba consigo.

– ¿Donde lo puso al marcharse?

– Se lo llevaba.

– Pregúntale si el maestro enterraba siempre el cuaderno antes de irse.

– Dice que nunca vio que lo enterrara.

– Es coherente-comento Matt-. Lo enterró cuando se fue por ultima vez, porque debió de imaginar que quizá no volvería. Y es evidente que sentía otro temor: que alguien o algo viniera al campamento antes de que llegáramos nosotros.

Van resopló.

– Parece que tenia fundadas razones para temerlo.

Cuando el fuego estaba apagándose, Matt se despertó -no dormía profundamente-y vio que Susan también estaba despierta; sentada, cogiéndose las rodillas con los brazos, contemplaba abstraída las diminutas llamas.

Matt se levantó, echó unas cuantas ramas en el fuego y se sentó a su lado. Susan le sonrió casi con tristeza.

– ¿No puedes dormir?

Hizo un gesto negativo con la cabeza.

– ¿Te ha afectado el diario?

– El diario, Kellicut, el hecho de que pueden existir, todo.

– Callo un momento-. Y tu.

– ¿En este orden?

Volvió a esbozar una leve sonrisa.

– Matt -dijo solemnemente-, ¿te das cuenta de que podemos estar a punto de realizar el descubrimiento mas extraordinario del mundo? Los agujeros negros, el espacio exterior, el telescopio Hubble son grandes pasos que nos llevan al conocimiento del mundo exterior. Pero este nos acerca al mundo interior. Es como el ADN, porque tiene que ver con el origen de nuestra especie. ¿Quien lo hubiese imaginado? Todas nuestras teorías pueden venirse abajo, y esto me satisface porque dará lugar a la verdad.

Matt se inclino sobre ella y le cogió la mano. Ella no se lo impidió; al cabo de un rato le apretó la de el y la retiro.

– Voy a acostarme-dijo.

Se desnudo y se metió en el saco de dormir.

A Matt le costo dormirse. Oía la respiración de los demás y a lo lejos, en la oscuridad, unos ruidos. Finalmente se quedó adormilado; sonaba y volvía a despertarse. Vio una extraña figura corpulenta que daba vueltas por el campamento. Se metía furtivamente en la despensa y se inclinaba para coger unos trocitos de carne que estaban colocados en el centro. Revolvía en sus mochilas y los miraba atentamente.

En un par de ocasiones estuvo a punto de recobrar la conciencia. La niebla envolvía las ascuas hasta que finalmente el fuego se apago del todo. La oscuridad era total.

Matt cayo por fin profundamente dormido.

A la mañana siguiente la niebla había desaparecido; hacia un día radiante. Se despertaron todos a la vez, como por encantamiento.

Cuando estaban preparando el desayuno advirtieron que Sharafidin no estaba. Lo buscaron por todas partes. Su manta y unas cuantas provisiones también habían desaparecido.

– Tenia que habérselo dicho a ustedes -comento Van furioso-. Estaba asustado, esta claro. Me di cuenta de ello anoche cuando hablamos. Sabia que huiría.

– No lo se -dijo Rudy dubitativo, rascándose la cabeza.

– Me apuesto lo que sea a que su fuga tiene que ver con el dichoso diario -prosiguió Van-. Sabia mas cosas de las que decía. Escondía algo.

Susan estaba en cuclillas en el lugar en el que había dormido Sharafidin. Miraba fijamente el suelo. De pronto alargó la mano y cogió algo. Se levantó y se acercó a Matt pasmada y desencajada.

– No se ha escapado.

Abrió el puno derecho: tenia el Coran diminuto de Sharafidin. La cubierta de piel gastada resplandecía a la luz del sol de primeras horas de la mañana.

– ¿Y que hacemos ahora? -preguntó Rudy.

Nadie respondió. Habían ido callando, después de una mañana de conversaciones y desacuerdo respecto a la desaparición de Sharafidin. Al principio cada uno se lo había tomado a su manera. Matt guardaba silencio, Rudy se dedico a limpiarlo todo después del desayuno, Van paseaba sin hacer nada, ostensiblemente calmado, y Susan escribió un largo mensaje para Kellicut que enterró en el ‹‹buzón››, como lo llamaba Matt, por si se daba el improbable caso de que regresara.

Habían inspeccionado el campamento en busca de señales de violencia o de lo que empezaban a llamar, eufemísticamente, ‹‹visitantes››, pero no hallaron nada. Matt comprobó las mochilas. Dos estaban tumbadas de lado, pero era difícil recordar donde y como estaban exactamente la noche anterior. Matt fue incapaz de decidir si las habían saqueado o no. En la dispensa todo parecía estar en orden. No le contó a nadie su pesadilla.

– Miren, no digo que sea un cobarde ni nada por el estilo -dijo Van-. Después de todo nos trajo hasta aquí. Pero quizá desde su punto de vista ha cumplido los términos del trato, de modo que no tenia motivos para quedarse.

Susan se volvió y lo miro airada.

– Es imposible que recogiera sus cosas y se marchara sin decir una palabra, así sin mas. No sabes de lo que hablas.

Matt intento aflojar la tensión creada.

– Lo que haremos será apretar el paso. A partir de aquí, igualmente dependíamos de nosotros mismos. Sharafidin no podía guiarnos mas allá de donde lo hizo, así que ya no podía ayudarnos a encontrar el camino.

– ¿Como sabremos hacia donde hemos de ir? -preguntó Rudy.

– Seguiremos adelante -respondió Matt con una confianza que no sentía-. No tenemos ningún mapa, pero el diario describe aproximadamente lo que estamos buscando: primero una garganta, después algún tipo de paso y finalmente una grieta, que será la parte mas difícil de encontrar.

Empezaron a ascender por la ladera que arrancaba del extremo mas alejado del campamento. A mitad de camino de un saliente, Susan se volvió y miro hacia atrás. Vio el sendero por el que habían venido, el lugar donde Van se había agachado con el revolver. De aquello hacia menos de veinticuatro horas, reflexiono, pero ya casi parecían días. El diario de Kellicut lo había cambiado todo. La existencia de una tribu de homínidos que había sobrevivido hasta entonces empezaba a parecerle cada vez mas probable. Desde aquella altura, su cobertizo parecía insignificante, poco mas que un montón de ramas y guijarros frente a una ilimitada extensión de roca y cielo.

Había salido el sol pero, cuando se levantó el viento, el frío penetraba hasta los huesos. Avanzaban penosamente en fila india. Dar un paso requería un ingente esfuerzo, porque la altitud lastraba sus pies.

Susan estaba confusa respecto a Sharafidin. ¿Que podía haberle sucedido? Van estaba equivocado, era imposible que hubiera salido huyendo. De eso estaba segura. Por supuesto, había otra explicación, pero era demasiado horrible para pensar en ella e hizo un esfuerzo por apartarla de su mente.

Rodearon la cara del risco y ante ellos surgió un paisaje espectacular; había un barranco, después una larga y suave pendiente de roca con retazos de nieve bajo las zonas a las que no llegaba la luz del sol; elevándose por detrás del barranco, como una ola congelada, había otro pico y a lo lejos, otro mas. En la cima del mas alejado resplandecía una cresta diamantina de nieve. El mundo parecía extenderse hasta el infinito, mas allá del horizonte.

Matt se sintió diminuto. Curiosamente, la sensación no era agobiante sino de regocijo, incluso de liberación, al principio. Pero el sentimiento se disipo rápidamente y pronto cedió el paso al pesimismo, fruto de la comprensión pragmática de que en toda aquella majestuosa extensión la posibilidad de encontrar lo que habían venido a buscar era tan remota que se desvanecía en la nada.

Cuando llego a la cresta, Susan le dio alcance y caminaron codo con codo. Su cabello, remetido bajo una gorra, colgaba en mechones que rozaban sus mejillas.

– Ahí esta el pajar. Me preguntó donde estará la aguja -dijo apuntando con la barbilla lo que se extendía ante ellos-. Déjame hacerte una pregunta.

– Adelante.

– En este punto podríamos dar medía vuelta y regresar, ¿verdad? Me refiero a que desde aquí probablemente aun encontraríamos el camino.

– Supongo que si.

– Pero dentro de otros tres o cuatro días quizá no.

– Correcto.

– ¿Entonces?

– Entonces, ¿adonde quieres ir a parar?

– Tal vez deberíamos meditarlo bien y tomar alguna decisión sobre lo que queremos hacer.

– Susan, tu ya sabes que quieres hacer.

– ¿Como lo sabes?

– Porque te conozco.

Estaba en lo cierto, por supuesto. De ninguna manera interrumpiría ella el viaje, y si alguno hubiera sugerido que dieran medía vuelta, habría luchado como una tigresa. No era por casualidad la nieta de una aventurera húngara que había recorrido Canadá. Pero le gustaba discutirlo e imbuirse de fuerza si se llegaba a un consenso.

– ¿Que hay de los demás? Quizá deberían dar su opinión.

– ¿Estas de guasa? Fíjate en Van. Atropellaría a su abuela por seguir adelante. Apenas puede respirar, pero no piensa detenerse.

– ¿Y Rudy?

– Es difícil saberlo, pero yo diría que se ha enrolado a lo que salga. Y si lo piensas bien, te darás cuenta de que hará lo que tu quieras.

Susan suspiro y sonrió débilmente.

– Genial -dijo-. Justo como siempre había imaginado que acabaría mi vida: merodeando alrededor de las puertas del cielo, buscando a un sabio distraído y al abominable hombre de las nieves.

Cuando llegaron al borde de la cresta, el espectáculo los obligo a detenerse en seco. Una bandada de aves negras y relucientes como la plata los esquivo en su vuelo rápido y bajo, dejando tras ellas un gritó tenue como un rastro de vapor. Verse proyectados hacia el cielo, rodeados por completo de nubes que se arremolinaban y se hundían ante sus pies, era una sensación vertiginosa. Matt se desembarazo de su mochila.

– ¡Lo conseguí, mama! ¡Estoy en la cima del mundo! -aulló abriendo los brazos con un movimiento brusco y quedándose inmóvil en su mejor imitación de James Cagney.

Susan se echó a reír a carcajadas y Matt giro sobre si mismo, la cogió por el brazo y la atrajo hacia si. Ella alzo el rostro con los ojos abiertos y el la beso fugazmente en la mejilla.

Susan inclinó ligeramente la cabeza, buscando sus labios, fue ella quien lo besó, largo y profundamente, cobijándose en sus brazos.

Rudy llego por detrás y al verlos aplaudió, ejecuto una breve danza y se apresuro a ponerse a su lado.

– Aja, lo sabia. Había hecho una apuesta. Tengo olfato para estas cosas. -Soltó la mochila y correteo a su alrededor; su alegría era autentica.

– Rudy -dijo Susan cariñosamente-. Escucha esta expresión de los noventa: corta el rollo.

– ¿Corta el rollo? ¿Que significa?-Estaba encantado.

– ‹‹Tranqui, tronco›› ¿Recuerdas esa? Es como ‹‹tranqui››, pero mas en serio.

– Corta el rollo. ¡Que fuerte!

Se sentaron para esperar a Van. Matt y Susan permanecieron en silencio; de repente se sentían incómodos. Pero Rudy siguió parloteando sin desfallecer. Tuvieron que esperar un largo rato y cuando finalmente Van alcanzo gateando la cumbre, jadeaba ruidosamente. Su rostro estaba pálido y su cabeza se bamboleaba por el esfuerzo que hacia para recuperar el aliento. Se dejo caer a su lado y se acuno la cabeza con las maños.

– Me imaginaba que fumando tanto estarías preparado para pasar sin oxigeno -dijo Matt.

Van lo fulmino con la mirada, pero no tenia aliento suficiente para replicarle.

Decidieron repartirse el peso que cargaba Van y Matt empezó a deshacer su mochila. Descubrió el portátil.

– Vaya, ¿que tenemos aquí? -preguntó sosteniéndolo en alto.

Susan cogió el aparato con una mano y lo examino.

– Tiene gracia -dijo-. Es el segundo que veo. Sirve para transmitir vía satélite, ¿verdad?

– ¿Lo has utilizado? -Matt logro a duras penas contener su ira. Una vez mas, Van los había tomado por tontos.

Van sacudió la cabeza, abrió la boca para hablar y clavo la vista en el suelo, buscando refugio en la debilidad.

– No es mala idea contar con un enlace vía satélite -dijo Matt-, pero no se por que lo has mantenido en secreto. Y pesa demasiado. No podemos seguir cargándolo. -Lo dejo sobre una cornisa, coloco a su lado otros utensilios que saco de la mochila, formando una pila, y después amontonó piedras encima-. Siempre he querido enterrar un ordenador -dijo.

Antes de cubrirlo por completo, Matt comprobó el indicador. El interruptor estaba en la posición OFF. No podía saber que eso significaba que el transmisor enviaba una señal automática de localización, y Van no le privo de su ignorancia.

Matt saco una pala plegable de la mochila y la añadió al montón. Finalmente Van consiguió hablar.

– Imagine que la necesitaría para cavar mi tumba -manifestó.

– Tonterías. Tu nos enterraras a todos -dijo Susan.

Van sabia que estaba muy mal. Notaba que se estaba asfixiando inexorablemente. De vez en cuando, una oleada de pánico estremecía todo su cuerpo; la sentía llegar, crecer y recorrerle como una corriente eléctrica. Sudaba y al mismo tiempo tenia frío. En Barbados había visto a un grupo sacando del océano a un moribundo. Había sufrido un aeroembolismo, la parálisis de los buzos, y aguanto un rato en la playa antes de expirar, mirando directamente al sol con los ojos bien abiertos. Se entero de que aquel hombre era un experto escafandrista que había efectuado centenares de inmersiones, descendido a decenas de metros y explorado innumerables cuevas submarinas. Nadie sabia que le había ocurrido esta vez, a solo veinte metros de profundidad.

Otro submarinista expuso su teoría de que le había atenazado un pánico insuperable y había intentado llegar de golpe a la superficie.

Van en aquel momento podía entenderlo, solo que no había superficie hacia la que abalanzarse. Tenia bajas las defensas y lo invadían toda clase de pensamientos descabellados. Esto, en cierto modo, lo sabia, pero el conocimiento no mitigaba la presión que ejercía sobre el. No le cabía la menor duda de que los demás estaban en su contra. Avanzaban deliberadamente a un paso riguroso para que se cansara y quedara rezagado. El ordenador con radio era una metedura de pata que iban a lamentar. Ya se enterarían. No tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo. El sabia a lo que se enfrentaban. No podían engañarlo. Solo necesito tiempo, pensó. Se como igualar el marcador.

Aquella noche acamparon al pie de la cañada con dos caras protegidas por peñascos caídos. No hacia viento, pero el frío seguía siendo igual de cortante que unas astillas de cristal.

A Van le martilleaba la cabeza y sintió como otra oleada de pánico le recorría todo el cuerpo. Por alguna razón empezó a pensar en algo que solía decir su padre: ‹‹La enfermedad es una debilidad y la debilidad es una enfermedad››.

Mas tarde, mientras intentaba dormir, sufrió un ataque de nistagmo de Cheyenes-Stokes debido a la altitud. En el momento en que paso de la conciencia al sueno, su respiración se interrumpió. Cuando el centro de emergencia del cerebro asumió el mando, su cuerpo sufrió violentas sacudidas mientras inspiraba en grandes bocanadas y despertaba empapado en sudor, presa del pánico. Le ocurrió tres veces a lo largo de la noche.

Al día siguiente estuvieron caminando toda la mañana, y hacia la tarde la mente de Matt empezó a divagar de nuevo.

Era como sonar despierto, solo que era una ensonación mas larga y algo mas intensa, y la línea entre la fantasía y la realidad era mas difusa.

– Matt, Matt.

Susan lo llamaba a sus espaldas. Se volvió lentamente sin dejar de caminar, aun envuelto en una bruma.

– Mira ahí abajo.

Matt obedeció. No vio nada fuera de lo corriente: rocas y guijarros diseminados, las punteras de sus botas de montaña avanzando inexorablemente, una después de la otra, por la dura tierra.

– Mira a tu alrededor. ¿No lo ves? -La voz de Susan sonaba mas excitada que alarmada. Fluctuó perezosamente por el aire enrarecido y parecía llegar desde muy lejos.

De pronto cayo en la cuenta: ¡estaba en un camino! Era rudimentario y desaparecía de vez en cuando en las zonas de tierra, pero era innegable que se trataba de una especie de pista forestal.

Se agacho. No había huellas de pisadas, solo puntos de tierra mas oscura. Mas adelante, donde el terreno se elevaba ligeramente, el sendero era compacto y describía una curva abierta para sortear un afloramiento rocoso.

Susan se puso a su lado, respirando con dificultad.

– ¿Que te parece? -preguntó.

– Es difícil decirlo con certeza. No hay huellas de ninguna clase.

– Podrían ser de algún animal, como cabras monteses.

Pero, por otra parte, no hay excrementos.

– Es extraño, parecía surgir de la nada.

– Justo como lo describió Kellicut-observó Susan.

Rudy se unió a ellos y después, al cabo de un buen rato, Van. Rudy se mostró exultante ante el hallazgo, pero Van se lo tomo de una manera muy misteriosa.

– Bien -dijo con un suspiro de resignación y agotamiento-. Al menos ya sabemos que estamos en sus dominios.

Por la noche llevaron el campamento en una hendidura de la roca.

El sendero se ensanchaba un poco y se hizo mas nítido. Al cabo de cuatro horas se cruzaron con otro sendero y después otro. Matt se había detenido largos minutos en cada encrucijada, intentando decidir que camino tomar. Finalmente encontraron tantos senderos nuevos que se había rendido y procuro ir mas o menos en una misma dirección.

El cielo se oscureció rápidamente. Rudy, que parecía menos cansado que los demás, se ocupo de la cena por designación propia; preparo pasta precocinada y verduras deshidratadas. Tardo medía hora en reunir los trozos de madera suficientes para encender una pequeña hoguera.

– Es mejor hacer un fuego pequeño, acercarse y calentarse -dijo.

Matt y Susan no se habían tocado desde aquella mañana, cuando se besaron en la cresta. Y no es que Matt no pensara en ello. Las fantasías sexuales con ella se habían deslizado por su imaginación continuamente, pero el agotamiento, el hambre y el frío las habían atajado. Ahora Van y Rudy dormían en sus sacos, de espaldas al fuego. El único sonido que se oía era el distante gemido del viento. Incluso la hoguera permanecía en silencio, excepto por el siseo de las brasas incandescentes.

Sin hacer ruido, Matt bajo la cremallera de su saco de dormir. Noto el aire frío, aunque no helado, en su hombro. Saco el brazo, busco a tientas la cremallera del saco de Susan y tiro de ella hacia abajo, lentamente. Su mano se interno bajo la tela.

La deslizo arriba y abajo sin apresurarse, después mas adentro, hasta que palpo el contorno de su cuerpo. Cuando las yemas de sus dedos tocaron la camiseta, oprimieron la carne que había debajo y después siguieron recorriendo su cuerpo.

Ella estaba despierta, lo notaba. Su respiración brotaba en breves ráfagas irregulares, pero no se movía. Le acarició el estomago por encima de la camiseta, en lentos movimientos circulares, subió hasta su seno derecho, lo cubrió y después bajo la mano lentamente hacia su vientre. La oyó inspirar rápida y fugazmente, pero seguía sin moverse.

Matt volvió a subir la mano y sintió endurecerse los pezones entre sus dedos. Fue bajando lentamente la mano y la deslizo hasta el montículo de vello cúbico. En ese momento, ella se movió y se volvió hacia el. Con los brazos abiertos, lo atrajo hacia ella, y Matt pudo notar como el deseo recorría su cuerpo espasmódicamente.

Entonces oyeron el alarido, tan fuerte e inhumano que libero en Matt un torrente de adrenalina. Saco la mano rápidamente del saco de dormir de Susan y se puso en pie de un brinco, antes de identificar siquiera su procedencia. Una sombra se retorcía por el suelo; era Van, que rodaba sobre si mismo sin parar, aullando, metido en su saco de dormir.

– ¿Que pasa? ¿Que ocurre?

Matt corrió hacia el y lo inmovilizo apoyándole encima una rodilla. Cuando descorrió la cremallera del saco de dormir, Van salio rodando, cogiéndose el estomago; parecía un convulso amasijo. Entonces Matt oyó otro sonido, un gemido grave que procedía de Rudy.

– Veneno -articulo entrecortadamente Van-. Nos han envenenado.

– Rápido, bebe. -Era Susan, que acercó una cantimplora a los labios de Van y le dio a beber un sorbo-. Mas -ordeno ella-. Ahora mismo.

Fue hasta Rudy y repitió la operación; después le tendió la cantimplora a Matt y finalmente bebió un poco ella misma. Lentamente, Van y Rudy notaron que el dolor se mitigaba.

– No es grave -dijo Susan-. Son las verduras. No les añadiste suficiente agua. No estaban lo bastante hidratadas; nos las comimos y bebiendo después empezaron a hincharse en nuestro estomago.

– Dios -exclamo Matt.

Se puso en pie y fue a examinar a Rudy, que logro esbozar una dócil sonrisa entre gemidos.

A la mañana siguiente, con el sol oculto tras un grueso manto de nubes, el aire estaba aun mas gélido. Se vistieron con capas de fibra de polipropileno debajo de los anoraks.

Llevaban en camino unas tres horas cuando llegaron al barranco, oculto a la vista por una pendiente. Al principio solo parecía una zanja frente a la empinada pared rocosa que se elevaba al otro lado, y Matt casi tropezó con ella.

– Yo diría que hay unos quince metros -dijo Matt.

– Demasiada distancia para las cuerdas, aunque pudiéramos lanzarlas y atarlas a algo en el otro lado -observó Van.

– ¿Crees que es el barranco de Kellicut? -preguntó Susan.

– Es imposible saberlo -respondió Matt-. Puede haber docenas muy similares aquí arriba. Sin embargo, el solo menciono uno en todos sus viajes, quizá lo hayamos encontrado.

Tras haber abandonado el sendero, la marcha se hizo mas ardua y lenta. Matt iba en cabeza, subiendo y bajando por pendientes rocosas y rodeando los peñascos amontonados.

Pronto, a pesar del frío, estaban sudando y se desprendieron de algunas piezas de ropa. Van perdió el pie varias veces y cayo, profiriendo maldiciones. Avanzaban sin perder de vista el barranco.

Al cabo de dos horas se detuvieron para almorzar: cecina de buey descongelada con un te suave caliente.

Van se sentó y permaneció inmóvil, como si el menor movimiento fuera un desperdicio.

– ¿Se han fijado que aquí arriba el placer es simplemente alivio debido a la privación total, una ligera disminución del dolor? -comento.

– Oh, yo no estoy tan segura. -Susan se echó a reír y le lanzo una rápida mirada a Matt.

– Tengo que hacer pis -dijo Rudy, y se alejo.

Pocos minutos después lo oyeron gritar y apareció doblando una esquina de roca, con los pantalones desabrochados y agitando ambos brazos como si se dispusiera a realizar un salto mortal. Se precipito hacia ellos y mientras se acercaba empezó a señalar frenéticamente.

Mas allá, justo al doblar la esquina, tan cerca que podían haberlo alcanzado con una pedrada, había una extraña estructura que se prolongaba como una gruesa cinta en toda la anchura del barranco.

– Aquí esta-gritó Susan-. ¿Como lo llamo? ‹‹Un eslabón con otro mundo››

– Un puente -dijo Matt.

Corrieron hacia allí, pero redujeron la marcha instintivamente y siguieron avanzando con cautela, paso a paso, buscando con la mirada signos de vida a su alrededor.

La pasarela era basta, de unos diez metros de longitud, fabricada con ramas de árbol y hojas sujetas y rodeadas de gruesas enredaderas. Era un cilindro giboso de unos cincuenta centímetros de ancho que se hundía precariamente por el centro y volvía a elevarse hasta una cornisa rocosa al otro lado, donde estaba atado a postes clavados en el suelo.

Matt y Susan se lo quedaron mirando, impresionados, pero Van fue mas prosaico.

– No es precisamente el puente de Brooklyn -dijo-. Y eso ¿como se cruza?

– Arrastrándose -respondió Matt.

– ¿Pero aguantara?

– Solo hay una manera de averiguarlo.

– En realidad hay cuatro maneras de averiguarlo, porque somos cuatro.

– ¿Quien va primero? -preguntó Rudy.

– Podríamos decidirlo a pajitas -dijo Van.

– Esto no es ningún juego -observó Matt.

Susan estaba concentrada, con el entrecejo fruncido, examinando la compacta maraña de enredaderas del lado mas próximo.

– Matt, fíjate en la complejidad de estos nudos. Nunca habíamos visto nada parecido. Supera todo lo que sabemos sobre la cultura musteriense.

Matt se acuclillo a su lado.

– No se-dijo-. Si utilizaban cuerdas o enredaderas como estas hace miles de años, el material se habría descompuesto hace mucho tiempo. No habría sobrevivido hasta nuestros días y por eso no lo hemos encontrado.

Susan se puso en pie bruscamente.

– Yo seré la primera. -En sus palabras había una inflexión decidida-. En primer lugar porque soy la que menos pesa, y en segundo lugar porque soy quien mas desea llegar al otro lado.

Nadie se lo discutió.

Recuperaron sus mochilas y seleccionaron su contenido para aligerar la carta. Entre los objetos que decidieron dejar atrás, guardados en una pequeña rendija, había latas de comida y dos minúsculas tiendas. Cubrieron la grieta con piedras para disimular el escondrijo.

Susan embutió su chaqueta en su mochila y tenso las correas que la sujetaban a sus brazos y piernas para disponer de una mayor flexibilidad. Se paso una cuerda alrededor de la cintura y, asomándose al borde del barranco, rodeó con ella la pasarela empezando por debajo y ato los extremos formando un lazo holgado. Amarro otra cuerda a su cinturón y le arrojo el cabo a Matt, quien lo aseguro alrededor de un peñasco.

– Bueno, allá vamos -dijo, y sonrió débilmente-. Recuerda, si algo va mal, quiero figurar como coautora del trabajo.

– Dalo por hecho -replico Matt.

– Cuando llegue a la mitad del puente, pégame un gritó y desatare la cuerda para que puedas recuperarla. No es lo bastante larga para llegar al otro lado.

Empezó a arrastrarse cautelosamente, abrazando el cilindro de palos y hojarasca, incorporándose y gateando unos centímetros antes de extender los brazos y balancear la cuerda de seguridad para proyectarla hacia delante unos palmos, como un maderero cuando trepa por el tronco de un árbol. Avanzaba con lentitud.

Cuando Susan habían recorrido unos dos metros, el artefacto empezó a balancearse describiendo un arco cada vez mas amplio, como un péndulo, y ella se detuvo y se aferro con fuerza hasta que el balanceo se hizo mas lento. Solo entonces reemprendió la marcha. La pasarela se mecía suavemente de atrás adelante, pero aguantaba. Susan miro hacia abajo una vez; rápidamente cerró los ojos y descanso un rato.

Al llegar a mitad de camino, aumento la velocidad y cogió cierto ritmo. Matt no perdía de vista la cuerda y, cuando se tenso, gritó para avisar a Susan. Sin mirar atrás, ella se llevo la mano al cinturón y la desato. El cabo de la cuerda cayo rápidamente hacia la nada y Matt noto un tirón inesperadamente fuerte cuando intento recuperarlo.

Susan consiguió llegar al otro lado. Se puso en pie y les dedico el signo de la victoria.

Rudy la siguió y después Van. A mitad de camino, Van recupero la cuerda de seguridad y le arrojo un extremo a Susan. Necesito cuatro intentos hasta que ella logro cogerlo.

Al ser el ultimo, Matt dependía de si mismo. No había cuerda que lo sujetara.

Había recorrido una cuarta parte de la pasarela cuando sintió un vértigo atroz. Se detuvo y se aferro a las ramas.

Hacia frío y el viento azotaba sus dedos. Oía los chillidos de las aves… ¿arriba o abajo? Descanso, hizo acopio de fuerzas y siguió avanzando. Al acercarse al final, sintió que la sangre se aceleraba en sus venas y un ligero mareo se apodero de todo su cuerpo.

– Menudo paseíllo, ¿eh? -observó Van.

Permanecieron sentados largo rato recuperándose. Finalmente habló Susan.

– ¿Era un humano quienquiera que fabricó esto?

– ¿Como llegaron al otro lado la primera vez? -preguntó Matt.

– Imagínense el esfuerzo que se requirió -dijo Van.

– ¿Y por que? ¿Que los impulso a hacerlo? -preguntó Susan.

– Algo los empuja a ello -respondió Matt-. Algo los incita a abandonar su precioso refugio. ¿Pero que?

¿El comercio? ¿La obtención de comida a cambio de s de animales? -sugirió Van.

– Lo dudo -replico Susan-. Eso no basta para superar siglos de ocultación y exilio voluntario.

– Algo andan buscando.

Matt se arrodillo junto al puente, se asomo para mirarlo por debajo y lanzo un silbido. Llamo a los demás y señalo una estaca que sobresalía de una pila de rocas que sostenían el espolón del puente.

– Fijaos en eso, es una palanca. Si le das un golpe, las piedras caen y todo este maldito artilugio se precipita al barranco.

– Como un mecanismo de eyección -añadió Van-. Quienquiera que construyo esto quería controlar la posibilidad de hacerlo saltar por los aires en un instante.

– De modo que desean trabar contacto con el mundo exterior pero al mismo tiempo sienten temor-dijo Susan-. Eso carece de lógica.

– A ver si lo entendemos -prosiguió Matt-. Supongamos por un minuto que están al tanto de nuestra presencia… y no creo que sea una suposición descabellada. ¿Por que no lo han destruido para impedir que llegáramos hasta aquí?

Guardaron silencio unos segundos.

– Solo hay una explicación -dijo Van finalmente-. Querían que llegásemos.

Al mirar al suelo a unos dos metros de distancia, Rudy efectuó el segundo descubrimiento de la tarde.

– Y no somos los únicos -dijo señalando unas pisadas que se entrecruzaban sobre el polvo-. Fíjense, hay mas huellas de botas.

Matt estaba cruzando una pequeña meseta de guijarros diseminados como pedazos de yeso cuando notó el primer copo de nieve. Se le antojó que era de un tamaño fuera de lo común, en su suave descenso hacia el suelo llevado por las corrientes de aire. Cayo a sus pies sobre una roca y se quedó pegado a ella como una borla de algodón de azúcar.

Después vio otro.

Intentó no dejarse llevar por el miedo, pero tuvo que realizar un esfuerzo considerable para arrinconarlo en su mente.

Quizá los copos de nieve fueran solo un suceso aleatorio. Era poco probable, tenia que admitirlo, pero tal vez fuera una breve nevisca pasajera; la nieve en polvo debía ser frecuente a aquella altitud. Pero su sentido común y el plomizo cielo que parecía tan próximo al suelo le indicaban lo contrario.

Al principio, después de cruzar el puente, habían sentido un extraño alborozo, acompañado de un leve mareo. Todos estaban aturdidos y asustados, y avanzaban cautelosamente, como si hubieran llegado a otro planeta, y permanecían muy juntos, lanzando rápidas miradas a su alrededor. ¿Quien sabia lo que podía estar acechando tras aquellos peñascos?

Pero después de una hora y luego otra en aquel paisaje gris y desierto, el nerviosismo cedió paso finalmente a una monótona fatiga.

– Kellicut no nos habló de esta parte, ¿verdad? -dijo Susan cuando se detuvieron a descansar-. Claro que yo no puedo saberlo -prosiguió-porque no he tenido ocasión de leer su carta. -Le lanzo a Van una mirada picara.

Entonces Van hizo algo extraño: sonrió.

– Eh, espere -dijo en un tono casi afable-. Ya he pedido disculpas por eso.

Pero el buen humor no duro demasiado. Se detuvieron para almorzar, pero pasaron un rato atroz debido al frío.

Rudy tenia los dedos tan helados que a duras penas consiguió encender el fuego. La hoguera era patéticamente raquítica, y se acurrucaron para conservar el calor. Incluso el caldo de buey estaba solo tibio.

El viento, arreciando, pasaba en violentas ráfagas por una Canadá próxima, silbando espectralmente como un tubo de órgano. Decidieron seguir adelante; por lo menos el movimiento mitigaría un poco el frío.

Cayeron mas copos de nieve. Es curioso, pensó Matt. Si miras hacia arriba parecen concentrarse sobre ti. ¿Que te parece semejante egocentrismo?, reflexiono. Descendían individualmente como paracaidistas. Miro el cielo por centésima vez aquel día; estaba igual que antes, una blancura grisácea que parecía muy próxima y se difundía en todas direcciones como un gigantesco baño de vapor helado.

Su mente recorría distintas escenas a gran velocidad. Había sido un error dejar la pala y las tiendas, que pesaban demasiado. Esto por lo que al cobijo respectaba. Todavía conservaba el cuchillo, pero no le servía de nada para excavar.

Van tenia el revolver; eso tampoco era de ninguna ayuda. Tal vez podían unir sus sacos de dormir por las cremalleras, al menos dos de ellos, y tal vez mas, y utilizarlos como refugio. Pero necesitarían mantenerlos aislados para conservar el calor y, en cualquier caso, las esquinas no se mantendrían sujetas si el viento seguía soplando con tanta fuerza.

Matt se detuvo y aguardo a que los demás llegaran a su altura. Avanzaban lentamente y tardaron un rato en unirse a el.

– ¿Que opináis? -preguntó cuando estuvieron todos juntos. Descubrió que estaba hablando en voz muy alta, como si el viento estuviera rugiendo de una forma ensordecedora.

– Será un temporal de los malos -dijo Van-. No me gusta su aspecto. Estamos jodidos.

– Miren ese cielo -dijo Rudy-. Ni un solo hueco por ningún lado.

Solo Susan comprendió que Matt estaba preguntando que harían a continuación.

– No veo que podamos hacer otra cosa aparte de lo que es ponernos a buen recado.

– Ha de haber algún refugio en alguna parte.

– No ves que nos encontramos en una especie de meseta -respondió Matt-. No hemos pasado junto a nada desde hace horas, ni siquiera un agujero.

– Bueno -dijo Van-, no podemos quedarnos aquí ni borrachos. Estamos demasiado expuestos. Lo único que podemos hacer es seguir avanzando.

Matt busco un rápido consenso.

– ¿Estáis todos de acuerdo? -Todos asintieron-. Entonces tenemos que permanecer juntos. Además, hay que ganar tiempo. Eso va por ti, Van. Tienes que mantener nuestro paso como sea.

Van empezó a hablar, pero enseguida desvió la mirada

Esta vez, cuando se pusieron en marcha, los ‹‹paracaidistas›› se habían multiplicado. Había empezado toda una frenética invasión por aire. Hasta donde Matt podía ver, hacia arriba y a su alrededor, los copos se precipitaban hacia el suelo masivamente. Ocupaban todo el cielo. Una sensación de pánico le subió desde el estomago.

La nieve se asentó primero en las depresiones de las rocas, en los surcos y cavidades, y empezó a formar pequeñas cornisas por debajo de los salientes rocosos.

La fuerza del viento también estaba aumentando, a veces impulsando la nieve en torbellinos enloquecidos que se arremolinaban sobre los peñascos y riscos. Matt tiro de los cordones de su capucha para cerrarla mas aun. Busco en su bolsillo unas gafas protectoras y se las puso, luego se volvió para mirar a Susan, que le seguía a unos cuatro metros de distancia. Caminaba con los delicados movimientos contenidos de alguien que estuviera luchando contra el dolor. A su alrededor se extendía un cambiante paisaje lunar en blanco y negro. Hacia años que no recordaba haber visto algo que lo conmoviera tanto. Saludo con la mano, se volvió y siguió andando blandamente por la nieve.

Al empezar sus estudios de paleontología, Matt se había sentido hechizado. En su primer viaje se enamoro de todo, pero especialmente del inicio, la excavación, el descenso capa por capa a través de todos los periodos. ¿Cuales eran los periodos glaciales? Le pareció que volvía a oír el sonsonete de su época de estudiante: wurm, riss, mindel, gunz. ¿Y los pluviales? Gambliano, kanjerano, kamasiano, kagerano.

Excavar a través de los eones hasta que quedaban desnudos en la cara de una pared vertical. Se había sentido como un buceador, descendiendo por los sucesivos niveles hasta que el suelo sacaba a la luz su tesoro enterrado. ¿Era el descenso? ¿O bien la emoción del hallazgo, unos huesos esparcidos, un fragmento de cráneo amarillento? Se perdía en los detalles, investigando con una lupa en la mano y de rodillas como un Sherlock Holmes del desierto. Le encantaba tumbarse de bruces sobre una tabla y empuñar un escalpelo para raspar una pizca de tierra sepultada o utilizar un cepillo de dientes para limpiar nudillos humanos diminutos. Pero por encima de todo, adoraba el inicio, el primer golpe de la azada, la penetración. Era una sensación indescriptible, reconfortante y aterradora, como el regreso a un lugar santificado de la remota infancia. Ahora, arropado por el aullido del viento, casi no oyó como lo llamaban los otros. Parecían gritar desde el otro lado de una gruesa luna de cristal. Los otros tres eran casi invisibles en la blancura total. Cuando se volvió y retrocedió, observó que las huellas de sus pisadas ya estaban casi cubiertas de nieve.

– Es demasiado espesa. No nos vemos los unos a los otros -dijo Rudy.

– Corremos el peligro de separarnos -dijo Susan-. Van se desvió del camino y tuvimos que ir tras el.

– De acuerdo. Coged vuestras cuerdas, nos ataremos unos a otros.

Los copos de nieve habían aumentado de tamaño hasta convertirse en duros perdigones que se estrellaban con sus mejillas como insectos picadores. Solo el ruido que producían ya era agobiante, y tardaron una eternidad en unir las cuerdas.

Van habló por primera vez.

– Matt. -A Matt le pareció que su nombre sonaba irreal en medio de toda aquella blancura-. Esta cellisca no va a amainar. Estamos jodidos. Habló en serio, estamos realmente jodidos. -En su voz se detectaba un pánico incipiente.

Susan lo interrumpió.

– Nuestra única esperanza es encontrar refugio, y deprisa.

No podemos seguir así mucho tiempo mas.

– Creo que la meseta termina un poco mas arriba -dijo Matt-. No estoy seguro, pero antes me ha parecido ver una masa informe. Podía ser una pared rocosa.

– Será mejor que nos demos prisa.

– Tenemos que llegar allí. Es nuestra única esperanza.

– Yo voy a cantar-dijo Rudy.

Mientras Matt avanzaba penosamente, oyó la voz de Rudy a sus espaldas:

– No siempre consigues lo que quieres. Pero si lo intentas, a veces, es posible que descubras que consigues lo que necesitas.

Unos minutos mas tarde, Matt llego a una escarpada roca surgida de la nada: un promontorio oscuro y fantasmal que se erguía en medio de la cellisca. Matt tiro de la cuerda para meter prisa a los demás y avanzo dando tumbos hacia allí.

Al llegar al pie de la roca se dejo caer al suelo y empezó a retirar la nieve amontonada con los brazos. Los demás llegaron pronto a su lado y lo ayudaron. La nieve era tan ligera que parecía que estuvieran sacando brazadas de aire.

Tropezaron con la roca y la despejaron. Apareció una rendija. Siguieron retirando nieve a medida que se ensanchaba y se hacia mas profunda. Ahora era un trabajo duro; Matt sudaba y la nieve era de pronto densa y pesada. La grieta alcanzo una anchura de treinta centímetros y medio de ancho. Apartaron mas nieve y encontraron el final de la fisura.

Nadie habló.

Matt intento meterse en la hendidura, pero toco el fondo a solo sesenta centímetros de profundidad. Intento desplazar un peñasco, que se desequilibro, cayo sobre su brazo y se lo magullo. Se remango y miro atentamente: varias gotas de sangre destacaban sobre la nieve, puntos de color rojo vivo en un remolino blanco.

Susan aplico un puñado de nieve a la herida y la hemorragia se restaño. Matt no sintió dolor.

– Lo único que podemos hacer es seguir andando -dijo ella.

Se sentaron y descansaron un rato en el pequeño cráter que habían creado, pero empezaron a dormirse. Alarmados, se pusieron en pie y prosiguieron la marcha. La nieve les llegaba ahora por encima de las rodillas, de modo que el avance era laborioso, y trastabillaban mas que caminaban.

Matt notaba una sed febril en lo mas profundo de su garganta, pero no quería detenerse a buscar su cantimplora, incluso estando en pie empezaba a tener sueño.

Matt no se dio cuenta de que se había detenido, al igual que los demás. Susan y Rudy estaban sentados con la nieve hasta la cintura y Van se arrastraba, gateando y balanceándose suavemente. De hecho, ya no notaban el frío, tan solo una vaga, inconexa y agradable somnolencia. En alguno de los recovecos de su mente, Matt era consciente de que iban a morir. Pero incluso esa certeza parecía mitigada, ajena a el, suavizada por la blancura que le envolvía. No era alarmante.

Pero tenia mucha sed. Busco a tientas su cantimplora y se la llevo a los labios. Un sorbo de agua entro sorteando un bloque de hielo y Matt se estremeció; después se incorporo y empezó a palparse de nuevo los miembros. Se arrastro hasta Susan, que estaba medio reclinada, aterida. Sus pupilas estaban dilatadas y en sus labios se dibujaba un conato de sonrisa. Van cabeceaba; estaba adormilado.

Matt desato sus cuerdas y las ato por los cabos, formando una única soga larga. Enhebro un extremo por el cinturón de cada uno de sus compañeros. El otro extremo lo ato a su propio cinturón.

– Quedaos aquí-gritó innecesariamente.

Y emprendió la marcha solo, en línea recta. A sus espaldas oyó la voz de Rudy, que cantaba en un tono agudo y un poco desafinado.

La voz se desvaneció y Matt no supo si Rudy había dejado de cantar o si el viento la ahogaba.

Ahora, algunos ventisqueros le llegaban a la cintura. Dos veces tropezó y, cuando cayo de bruces, se zambullo en un capullo tan blanco, calido y puro que estuvo tentado de quedarse un rato a descansar, pero se puso en pie y siguió adelante. La parte superior de su visión había cedido a la oscuridad, podría decirse que recortada como una rasgadura en una fotografía.

El viento cambio bruscamente de dirección y por unos instantes pudo ver algo frente a el. La nieve era una masa oscura que se parecía a Susan, excepto en que, al acercarse, pudo ver que no llevaba su anorak; de hecho, llevaba un vestido de verano, el mismo que cuando la vio por primera vez, muchos años atrás. ¿Como podía sobrevivir aquí vestida así? Y su cabello estaba suelto y flotaba al viento, exactamente igual que en las películas antiguas mas cursis. Ella le indicaba por senas que se acercara, y cuando lo hizo, extendió el brazo, la toco, y empezó a atraerla hacia el, pero ella no cedió.

Matt descubrió que estaba apoyado en una pared de roca.

Las ráfagas de viento que soplaban desde atrás lo ayudaron a impulsarse y siguió la pared hasta que finalmente percibió que la oscuridad lo envolvía y el viento se detuvo de pronto. Recupero la conciencia y comprendió que se encontraba en el interior de la entrada de una caverna.

Deshizo el nudo que sujetaba la soga, pero la mantuvo enhebrada en su cinturón, la paso alrededor de una roca y ato el cabo. Después dio medía vuelta y siguió la cuerda, salio de la caverna y se interno en la cellisca, avanzando por la nieve, tirando de la soga como si fuera un sedal de pesca, hasta que llego junto a los otros.

La luz volvió a aparecer al final de un largo túnel. Susan la vio acercarse cada vez mas, casi como un tren, excepto en que era un tipo de luz diferente y era ella quien se movía.

Cada vez estaba mas cerca y, en el momento en que salio a la cegadora luz del día, oyó voces a su alrededor.

– ¡Vos! ¡Arriba! -aullaba Matt.

– Intentó a ponerse en pie y medio cuerpo la acompaño, tenía que seguir el rastro hasta la abertura. Matt se sorprendió de que le pareciera tan próxima. Después volvió atrás en busca de Rudy y finalmente de Van, y todos se desplomaron en el suelo de la profunda caverna.

Cuando Susan se despertó no tenia la menor idea de cuanto tiempo llevaba durmiendo. Notaba una agradable sensación de calidez y arropamiento y cuando abrió los ojos vio una hoguera. Rudy mariposeaba a su alrededor mientras preparaba la comida. Las llamas se reflejaban titilantes en las paredes de roca, proyectando sombras en todas direcciones. Rudy sonrió, le llevo una taza de café y le acarició el pelo.

A su lado, Matt empezó a agitarse.

– Ah, el heroe se despierta -dijo Rudy.

Matt parpadeo varias veces y lo miro sin comprender durante un segundo. Pasaron varios mas antes de que pudiera hablar.

– Tu eres el heroe. Fue tu canción lo que me impulso a seguir.

– Justo lo que pretendía.

Susan se inclino, coloco su mano en la nuca de Matt y le sonrió.

– No se como, pero lo hiciste -dijo.

Matt recordó su visión del cabello de la mujer ondeando al viento; después volvió la vista hacia Van.

– Esta bien -dijo Rudy-. Ya se ha despertado. Usted es el único que ha dormido hasta tarde. La sopa ya esta en marcha.

Matt se puso en pie y se dirigió a la entrada de la caverna. Los cantos estaban recubiertos de nieve, pero la cellisca había cesado. Por fuera del portal enmarcado en blanco vio un prístino paisaje de una blancura resplandeciente que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era tan tranquilo y hermoso que resultaba difícil imaginarse que por poco se convierte en su tumba.

Los cuatro comieron con apetito tiras de buey con alubias y café caliente. Después de aquello, Van recupero el color y afirmo sentirse mucho mejor. No dejaba de darse palmaditas en la pierna izquierda.

– Estaba convencido de que se me había congelado-dijo.

Estaban sentados en silencio alrededor del fuego cuando Rudy habló de repente:

– ¿No quieren saber donde he encontrado la madera?

Todos levantaron la vista.

– Justo aquí-dijo, en respuesta a su propia pregunta, señalando hacia un rincón de la caverna.

– Es extraño -comento Matt-. Y el humo asciende en línea recta. Debe de haber una chimenea natural.

– Eso no es todo -añadió Rudy-. ¿Están preparados? Esta hoguera no es la primera que se enciende aquí. Cuando la prepare, encontré cenizas.

Matt fue hacia su mochila y saco una linterna. Van hizo lo propio y ambos examinaron las paredes de la caverna, esquivando con cuidado las estalactitas y las estalagmitas.

Algo llamo la atención de Matt y se acercó mas.

– ¡Hostia!

Van corrió hacia el y enfoco el haz de su linterna ampliando la zona que iluminaba Van.

En el centro de los haces había unas pinturas bastas, manchurrones de ocre, marrón y rojo. Al principio era difícil identificarlas, pero finalmente tomaron forma: algunas parecían representaciones de seres humanos, otras de animales; unas de cacerías, otras de batallas.

– Dios mío -dijo Van finalmente-. Estas pinturas… son prehistóricas. Como las halladas en las cuevas de Lascaux.

– Mira esas figuras -dijo Matt-. Están cazando. ¿Ves esa?

– Acercó un poco la linterna-. ¿Estas viendo lo mismo que yo? Mira esa frente.

La figura tenia una enorme prominencia de lado a lado de la frente. Como todas las demás.

Van toco la pintura y se miro el dedo. Estaba manchado de rojo.

– Esta recién pintado -dijo en voz baja.

Justo en aquel momento oyeron un alarido apenas contenido a sus espaldas, la clase de sonido que escapa involuntariamente cuando ocurre algo inimaginable.

Susan y Rudy estaban acurrucados a la entrada de la cueva. Miraban hacia el exterior, y allí, en la nieve, vieron unas siluetas oscuras, humanoides pero no humanas, que surgían de la blancura circundante. Se dirigían hacia la caverna.

Eagleton desplazo su silla de ruedas hasta la ventana y subió la persiana con un delicado dedo índice. Era la hora del ocaso, siempre inquietante en los suburbios de Washington.

Las farolas de la calle se iban encendiendo entre destellos, las luces de los edificios del campus se iban apagando rápidamente y los coches salían del estacionamiento, llevándose a casa a los fatigados cabezas de familia. Estos empleados no son de los que se entretienen junto a sus mesas, pensó Eagleton. Todos tenían una familia que estaba esperando que regresaran. El no tenia ninguna.

De hecho, no tenia a nadie. Había intentado evitar aquel pensamiento. Sabia que lo estaba acosando; lo hacia normalmente a aquella hora del día. De joven, aun entusiasmado con luchar en la guerra fría como si se tratara de un gigantesco partido de fútbol, dio por sentado que todo el mundo estaba tan comprometido como el mismo, y eso es lo que parecía, pero en algún momento del camino habían ido acumulando esposas, hijos, casas de veraneo, caravanas y perdigueros canelos que lamían sus maños cuando llegaban a casa. El no tenia nada y se sentía estafado. Nadie le había ensenado las reglas, nadie le había dicho que ocurrían otras cosas además del partido de fútbol que se desarrollaba justo ante sus ojos y que tanto le había absorbido.

Era extraño que hubiese tenido que entregar su vida entera a la compañía. Se había convertido en una leyenda, empuñando el látigo durante veinticinco años en calidad de subdirector adjunto, al frente del departamento de contraespionaje. Pero el final de la guerra fría había llegado, se había creado demasiados enemigos, su carrera se había consumido. ¿Que sabia este nuevo reemplazo acerca del puente aéreo de Berlín, de bahía Cochinos, de Vietnam? ¿Que les importaba el honor? Por eso lo habían relegado a una sección estancada, al extraño asunto de investigar fenómenos paranormales. Pero seria el quien riese el ultimo. Se había dado de narices con algo tan gordo que les haría crecer los dientes de envidia. En comparación, colocar un micrófono oculto en el Kremlin parecería un juego de niños.

Dio otra chupada a su cigarrillo. Naturalmente, una vida normal no habría sido fácil. Estaba su enfermedad; aun le daba miedo conocer a otras personas, especialmente mujeres.

Se sentía humillado siempre que tropezaba con unas escaleras en la opera o con un bordillo demasiado alto. Llevaba así medía vida y todavía no se había adaptado. El no era como esta nueva generación, los activistas que exigían ascensores, rampas especiales y un trato igualitario. Tenían tanta confianza… El los odiaba y al mismo tiempo los envidiaba.

Con todos los complejos que tenia, el sexo era muy difícil.

No era un completo inexperto. Había contratado prostitutas, pero solo cuando su desesperación superaba su vergüenza.

Con ellas había experimentado una oleada de inseguridad: saber que no sentían nada por el, el embarazoso momento de trasladarse en peso de la silla a la cama, la sensación de que lo estaban compadeciendo, nunca temiendo… todo aquello convertía una erección en algo problemático.

Y, por supuesto, eso también se convirtió en un miedo, barriendo otras preocupaciones y cubriéndolo todo con un manto de horror.

Entonces apareció Sarah, su secretaria. Al principio le había parecido un ángel de la misericordia. El día en que llego, su perfume inundo el despacho y el olvido su miedo a los microbios. El progreso hacia la intimidad pareció alga natural. La tarde de finales de verano en que ella se acercó a el, apoyó su mano en el pliegue de su codo y después se inclino para besarle suavemente en la mejilla aun ardía en su ser, aun tenia la capacidad de acelerar su pulso. Las noches en el apartamento de Sarah, la picara mirada de reojo que le dirigía su chofer cuando lo dejaba en su destino. ¡Vaya, ella llego incluso a cocinar para el! Entonces surgieron las dudas, aquellos murmullos satánicos que susurraban en el interior de su cerebro y que según ella procedían del asco que sentía por si mismo. En todo caso, las dudas crecieron y se convirtieron en certezas. Ella no tenia el menor interés por el. Todo había sido una fea mascarada, una maniobra para trepar profesionalmente. Coloco a un agente novel tras su pista para espiarla. En realidad no descubrió gran cosa -una frase despreocupada por un teléfono ‹‹pinchado››, una carta de interpretación cuestionable-, pero fue suficiente para Eagleton. El orgullo siempre había sido su ruina.

Soltó la persiana e hizo girar en redondo su silla de ruedas. Así miente la locura. ¿Había pronunciado aquellas palabras en voz alta? Casi creyó haberlo hecho. Imagino que oía un débil eco en un rincón sumido en sombras.

Regreso a su escritorio e intento concentrarse. Aquel asunto no le gustaba nada. Abrió la carpeta superior con indiferencia. El contenido seguía siendo escueto: varios mapas, informes sobre el pasado de Matt y Susan, partes meteorológicos, los escasos mensajes de Van, las ordenes para Kane. ¿Por que se había plantado en localización automática la radio del ordenador de Van durante cinco días sin moverse de sitio? Había repasado todas las posibilidades hasta la saciedad: lo mas probable, decidió, era que el grupo se hubiera visto obligado a acampar y, por la razón que fuera, Van era incapaz de escabullirse para enviar un mensaje.

Tal vez estuviera enfermo. O quizás el ordenador se había estropeado y lo habían abandonado.

Eagleton sintió un escalofrío. No era que le tuviese la menor simpatía a Van; Dios sabia que ambos llevaban demasiado tiempo atacándose para poder sentir nada parecido a la simpatía. La cuestión era que, sin el, el equipo no tenia la menor idea de a que se enfrentaban. ¿Como iban a tenerla?

¿Quien podía siquiera imaginar algo parecido? Y sin ninguna sospecha de la extraordinaria naturaleza de las criaturas que perseguían, estaban condenados al fracaso. Para el, la misión no seria la salvación, sino su ruina.

Eagleton se inclino y abrió por enésima vez la carpeta rotulada OPERACIÓN AQUÍLES.

Susan y Rudy se asomaron al exterior de la caverna. El sol se reflejaba en la superficie de la nieve, y en la cegadora blancura resultaba difícil ver, pero, a corta distancia, unas masas oscuras surcaban la nieve como sombras.

– Dios -exclamo Susan. El tono de su voz tenia algo de irreverente.

Rudy balbuceo algo en ruso. Matt guardo silencio. Van contuvo el aliento.

Las oscuras siluetas, grises moles que convergían en la blancura total, se movían lentamente. Se aproximaban despacio a la caverna desde todas direcciones: había cuatro, seis, diez, mas de una docena.

Esto es lo que veníamos a buscar, pensó Susan. Por fin les hemos encontrado. Así pues, Kellicut tenia razón: existen.

La científica que había en ella estaba exultante. Imagínate, pensó, la primera oportunidad de un contacto entre especies en… ¿cuanto?… ¿treinta mil años? Entonces en su mente penetro un pensamiento mas sombrío: ¿se sabría algún día?

Aquella escena tenia una belleza fría e indiferente, como un lienzo de Brueghel con figuras austeras ante un telón de fondo blanco. Pero el modo en que las criaturas se habían desplegado y avanzaban hacia la caverna también era amenazador. Una punzada de miedo se propago por sus miembros, una sensación tan opresiva que parecía surgir de un profundo manantial subterráneo de repulsión instintiva.

Matt y Van atisbaban por encima de los hombros de Susan. La entrada de la caverna era tan angosta, debido a su revestimiento de nieve, que apenas quedaba espacio para que los cuatro miraran a la vez hacia fuera. Van dejo escapar el aliento con un involuntario respingo. Matt siguió meneando la cabeza.

– Madre mía. No puedo creerlo-dijo.

Nadie respondió; estaban demasiado fascinados por el espectáculo que tenían ante sus ojos. Matt se sintió arrollado por una oleada de excitación. Por una cosa así no me importaría morir, pensó. Ocurra lo que ocurra, estar aquí y poder presenciar esto merece la pena.

Las criaturas se acercaban con cautela. Parecía que venían de todas direcciones, como si hubieran coordinado su aproximación. ¿Nos están dando caza?, se preguntó Matt. El resplandor del sol hacia difícil fijarse bien en ellos. Había algo sobrenatural en toda la escena: los ventisqueros, la cegadora luz del sol, la oscura roca del interior de la caverna…

Aunque solo se veían siluetas oscuras, las figuras eran ostensiblemente distintas: mas compactas unas, de hombros mas redondeados o con miembros mas gruesos y cortos otras. Mientras se acercaban, una nube paso ante el sol, el resplandor desapareció y sus rasgos se hicieron de pronto completamente visibles. No cabía duda de que eran seres extraños, de otra especie. Llevaban porras talladas de lo que parecían ser gruesas ramas, anchas por el extremo y puntiagudas en la empuñadura. Iban cubiertos con pieles de animales, burdamente modeladas en forma de calzones o ponchos. Sus peludos brazos estaban desnudos. En los pies llevaban un peculiar armazón de palos atados con correas de cuero que les permitían caminar con un lento movimiento de arrastre sobre la gruesa corteza de nieve. A pesar de su considerable peso no se hundían. La nieve se pegaba a sus calzones y a la parte de su torso que quedaba expuesta al viento.

La voz de la científica susurro en la mente de Susan: fíjate en lo bien que se han adaptado a su inhóspito ambiente. Eligio a uno y lo examino minuciosamente. Su físico no era descomunal, pero su cuerpo daba la impresión de densidad.

La sección central y el pechó eran amplios, y los músculos del antebrazo doblaban en tamaño a los de un ser humano normal. Su largo pelo formaba una correosa melena que colgaba en bucles alrededor del musculoso cuello. Pero lo que destacaba de inmediato era el semblante, que era desproporcionado, con los ojos muy separados, la nariz achatada y los rasgos excesivamente grandes en conjunto, como un dibujo sobre un globo demasiado hinchado. La mandíbula era gruesa y la barbilla huidiza, biselada hacia atrás, como si la hubieran rebanado. Y por encima de todo, sobresaliendo de la frente, estaba aquel formidable entrecejo, una protuberancia ósea parecida a un tumor alargado. Comprimía la cara hacia abajo y hacia que los ojos parecieran hundidos en sus enormes cuencas, bajo las gruesas cejas. Realmente era grotesco. Por extraño que pareciese, era imposible no quedarse mirándolos fijamente. Las criaturas caminaban erguidas, pero mantenían la cabeza echada hacia delante de una manera peculiar, como si colgara de unos hilos invisibles. Parecían hombres escudriñando el horizonte.

Para un ser humano, el efecto era indescriptiblemente feo.

A los cuatro que observaban desde el interior de la caverna les sorprendió lo verdaderamente distintas que eran aquellas criaturas, con un aspecto extravagante pero al mismo tiempo natural. Las similitudes solo realzaban las diferencias.

No se parecían en absoluto a ninguno de los bocetos y reproducciones de los científicos, aquellos patéticos intentos de extrapolar un aspecto probable a partir de fragmentos de un cráneo en un laboratorio. Eran diferentes de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

Matt se asombro al sentir repugnancia. Oteó el horizonte. Todo lo demás parecía muy normal: la nieve, el cielo. De pronto, todo lo que había ocurrido desde el principio-el cráneo del despacho de Eagleton, la larga escalada de la montaña, la cellisca-se le antojaba estrafalario. ¿Como había llegado hasta allí? ¿Que pasos había dado?

– Nunca me lo había creído de verdad hasta ahora -murmuro Susan.

– Lo se -replico Matt-. Yo tampoco me lo creía. Y no estoy seguro de creérmelo ahora.

– Tengo la sensación de presenciar el origen de los tiempos.

Van intervino. El tono de su voz era monótono, apagado.

– No parecen amistosos y saben que estamos aquí. Vienen por nosotros.

– Vienen hacia nosotros -dijo Susan-. No sabemos si vienen por nosotros.

Una de las criaturas se adelanto a las otras. Era mas corpulenta y avanzo sin vacilar mientras las demás se desplegaban en abanico a sus espaldas. En su mano derecha empuñaba una gran porra. Cruzada sobre su coronilla inclinada llevaba una cinta distintiva de piel blanca y negra.

– Mira. Ese es el jefe -dijo Matt-. ¿Ves como lo miran todos los demás? Están siguiendo sus indicaciones.

Van busco un revolver. Tuvo que forcejear un poco con el cierre de la funda. Estaba recubierto de nieve helada. Lo abrió de un tirón, empuño el revolver y lo levantó hacia la luz, mirándolo fijamente.

– Mierda. Miren.

Les acercó el canon para que lo vieran. Estaba completamente congelado y relleno de hielo.

A Matt se le cayo el alma a los pies.

– Dios.

– ¿De que serviría? -Dijo Susan-. Fijaos en cuantos son.

Un solo revolver probablemente no los detendría.

– A menos que los dispersara-dijo Van.

– ¿Que hacemos ahora? -preguntó Rudy.

Nadie respondió.

Las criaturas se acercaban ahora mas lentamente. Se habían distribuido formando un semicírculo, como si pretendieran cerrar el paso a cualquiera que intentase escapar.

Matt habló primero.

– Lo único que tenemos a nuestro favor es que somos tan exhaustos como ellos para nosotros. En realidad, no nos han visto. No saben nada de nosotros, que somos o que podemos hacer.

– Si les revelamos que tenemos miedo cometeremos un gran error -dijo Susan-. Debemos actuar de manera pacifica, pero sin miedo.

– Toda una actuación -dijo Rudy.

– Susan tiene razón-añadió Matt-. Debemos convencerlos de que nuestras intenciones son honorables. Hemos venido a buscarlos. Somos emisarios del vasto mas allá. Hay muchos mas como nosotros en el lugar de donde procedemos. Si nos tratan bien, saldrán ganando. Si nos hacen daño, lo pagaran.

Van volvió la cabeza para escrutar el interior de la caverna, al parecer buscando algo.

– Necesitamos un obsequio o algo para comerciar. ¿Que podemos darles?

– ¿Una chaqueta? -Sugirió Rudy-. ¿La cantimplora?

– No -dijo Matt-. Debemos esperar. Primero necesitamos inspirarles confianza. Cualquier cosa que les resulte extraña podría soliviantarlos, y entonces nos saldría el tiro por la culata. Deberíamos probar con comida.

Susan fue hasta la hoguera y volvió con varias tiras de cecina de buey.

– Tenemos esto-dijo.

Van volvió a hablar.

– Uno de nosotros tiene que llevarlo fuera.

Todos lo miraron.

– ¿Por que?

– Saben exactamente donde estamos, de modo que no revelaremos nada. Además, hemos de demostrarles que hemos hecho todo este camino con el único objetivo de celebrar una reunión con ellos.

Los demás guardaron silencio. Sabían que tenia razón.

– Otra cosa -prosiguió Van-. No podemos permitirnos el lujo de esperar a que entren aquí.

Matt miro a Susan. Ella asintió, expresando su conformidad. El preguntó en voz alta lo que todos estaban pensando.

– ¿Quien va a salir?

– Esta vez no habrá voluntarios -dijo Van-. Solo hay una manera justa de hacerlo: sacar pajitas.

Todos asintieron.

– Pero Rudy no -dijo Susan-. El no debería participar. No se enrolo para esto. Debemos sortearlo entre nosotros tres.

– No -protesto Rudy-. Cuando accedí a venir, también acepte el riesgo. Formo parte del grupo -añadió con expresión traviesa-. Uno para todos y todos para uno.

Van se encogió de hombros, metió la mano hasta el fondo de un bolsillo interior y saco una caja de cerillas. Extrajo cuatro, le arranco la cabeza a una de un mordisco, las cubrió con la mano izquierda y las mostró extendidas en abanico entre el pulgar y el índice.

Todos eligieron con solemnidad y mantuvieron oculta su cerilla. Matt inspiro profundamente. El rostro de Susan estaba tenso. Se miraron unos a otros. Rudy sonrió débilmente y sostuvo en alto la cerilla corta.

– Bueno -dijo-. No es mi día de suerte.

Parecía afectado. Se puso en pie y los abrazo uno por uno.

Le pidió un cigarrillo a Van y aspiro el humo con fuerza.

– Siempre me había propuesto dejarlo -dijo en un tono de voz que sonó tenue.

Le tendió las cerillas a Matt, después se acercó al fuego y cogió las tiras de cecina con la mano izquierda, pinzándolas con el pulgar.

– Será mejor que no te pongas la capucha -dijo Van-. Asegúrate de demostrarles que no llevas nada oculto.

Rudy asintió y de pronto empezó a hablar en ruso. De sus labras brotó un torrente de palabras. Casi al instante, Matt compendió que estaba recitando el padrenuestro.

– Se dirigió a la entrada y agachó la cabeza para franquear la entrada- A medio camino del exterior se volvió y los miró una vez mas, uno por uno.

– Que Dios te proteja -dijo Susan.

Le pareció que Rudy quería decir algo, pero solo abrió la boca y volvió a cerrarla.

En el momento en que salio al descubierto, las criaturas se quedaron inmóviles en su sitio y lo contemplaron con la misma intensidad que ellos cuatro les habían dedicado solo unos cuantos minutos atrás. Después varios seres alzaron sus porras por encima de la cabeza y dos o tres dieron un paso atrás. El jefe permaneció inmóvil como una piedra, a unos diez metros de distancia. Sus ojos, hundidos bajo la inmensa prominencia frontal, parecían ser verdes y penetrantes.

Matt creyó oír ruidos, una especie de murmullo gutural sordo, pero eran demasiado confusos; no podía estar seguro de haberlos oído realmente.

– ¡No! -dijo.

No habían tenido en cuenta la nieve, que a Rudy le llegaba al muslo. Cayo atravesando la costra blanca, forcejeando y contorsionándose para abrirse paso por los altos ventisqueros, lo que privo que apareciese con toda dignidad. Su aspecto era patético, y se asemejaba mas a un animal herido arrastrándose que a un representante de un orden superior.

A unos tres metros de la entrada de la caverna, Rudy miro hacia atrás y se encogió de hombros con aire de indefensión.

La sangre parecía haber huido de su rostro. Su mirada tenia una expresión tan lastimera que a Susan se le encogió el corazón. Quizás esto juegue a su favor, pensó ella, porque no parece amenazador. Pero en realidad no lo creía. Por la manera como lo miraban las criaturas, supo que se requería una demostración de fuerza y poder, no de debilidad.

Cuando Rudy se detuvo para descansar, el jefe dio dos largas zancadas hacia el, surcando la nieve cómodamente con sus primitivas raquetas esquimales. Después se detuvo y espero, repartiendo el peso entre ambas piernas y volviéndose ligeramente hacia un lado, como un arquero. Mantenía la porra baja, en contacto con el suelo, a su espalda.

¿Estaba intentando ocultarla?

Ahora los separaba poco mas de un metro. Rudy se acercó osadamente para reducir la distancia. A pesar de ser alto, estaba tan hundido en la nieve que su cabeza solo llegaba a la cintura de la criatura. Parecía un niño mirando hacia arriba para responder a un adulto. Levantó la mano izquierda con calculada lentitud. Las tiras de cecina de buey se mecían suavemente al viento. Un extraño obsequio; desde la caverna parecía un niño regalando un puñado de cintas. Alzo también la mano derecha con la palma hacia arriba, en un improvisado gesto de paz.

La cabeza de la criatura se movió lentamente mientras cogía las maños de Rudy. Movió el largo cuello hacia delante de una manera extraña, como si fuera un lagarto. Miro el rostro de Rudy y su cuerpo enterrado en la nieve. Por unos instantes pareció inseguro, inquisitivo. En sus ojos brillaba la inteligencia y mostraba los dientes, cariados y amarillentos.

De pronto, con un movimiento tan rápido que fue imposible anticiparlo, efectuó una brusca torsión de cintura, blandió su porra con un poderoso impulso desde la cadera y la estrello contra un lado de la cabeza de Rudy. El golpe produjo un crujido increíblemente audible. Rudy cayo desmadejadamente hacia un lado. Su cabeza parecía una calabaza reventada. Al instante, una masa roja broto de entre sus largos bucles rubios y se esparció a chorros por la blanca nieve.

Van soltó un alarido. Susan se cogió con fuerza al brazo de Matt, quien por un momento noto que se quedaba sin aliento.

Los tres supieron con toda certeza que Rudy estaba muerto.

Contemplaron horrorizados a las criaturas que se reunían lentamente alrededor del cadáver, ocultándolo de su vista.

Una se mojo una mano con la sangre. Otra sostuvo en alto una tira de cecina y la examino atentamente.

Los tres seres humanos retrocedieron hacia el interior de la caverna.

– No me lo… No puedo… creerlo -dijo Susan entrecortadamente.

– Es imposible que haya sobrevivido -dijo Van temblando visiblemente.

Miraron a su alrededor en la penumbra con los ojos desorbitados por el pánico.

– Vamos. Tenemos que intentar algo -gritó Matt-. Coged vuestras mochilas. Van, intenta descongelar el revolver.

Ponlo encima del fuego.

Van corrió hacia la hoguera y sostuvo el canon justo por encima de la llama. Se estaba chamuscando los dedos, pero lo mantuvo allí hasta que finalmente empezaron a resbalar unas cuantas gotas de agua.

– Vamos, vamos, vamos -exclamo ansioso.

– Deprisa -aulló Matt.

Detrás de ellos, una sombra vacilo sobre la pared. Una criatura había entrado en la caverna. Sus labios parecían curvarse en una extraña mueca, medio gruñido, medio sonrisa.

– No funciona -gritó Van-. Es demasiado lento. Sigue atascado.

– Estamos perdidos -dijo Matt.

Otra sombra avanzo hacia el interior y después otra.

Pronto había toda una fila ante la entrada de la caverna, bloqueando la salida, cercana y aterradora.

Un olor nauseabundo inundo el aire.

Kane se arrellano en su asiento, sujeto por el correaje, en el vientre del C-l30 y noto la vibración de los motores por todo su espinazo. Recorrió la fila con la vista, mirando a los hombres atados a los asientos abatibles que se alineaban junto a las costillas metálicas del interior del avión. Ni siquiera habían terminado el entrenamiento y no estaban preparados. Como ya habían demostrado aquellos ejercicios de paracaidismo, no actuaban como un equipo. Y eso era lo mas importante en una expedición de busca y captura tan increíblemente extraña como aquella.

El teniente Sodder se inclino hacia el y gritó mas fuerte que el estruendo de los motores. Era casi como si pudiera leer sus pensamientos.

– Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

A Kane no le gusto el tono de voz del soldado. Se parecía demasiado a un gimoteo.

– Adelante -respondió.

– Algunos de los hombres se hacen preguntas.

– ¿Que clase de preguntas?

– Sobre la misión.

– ¿Como cuales?

– Bueno, señor, es difícil saberlo con exactitud. Pero les parece extraño…

– ¿Si?

– Los hombres se preguntan, señor, cual es exactamente la naturaleza de esta misión. ¿Vamos a tratar de capturar algo?

No era una mala deducción. Tampoco era muy difícil, teniendo en cuenta todo el equipo que transportaban a su base de Turquía: redes, jaulas, escopetas de dardos tranquilizantes, todo embalado en cajones especiales sin identificar. Por supuesto, era imposible mantener un secreto en el ejercito.

Durante unos segundos, Kane jugueteo con la idea de confiarle al teniente Sodder su secreto. Disfrutaría observando el rostro del hombre, las arrugas de incomprensión, incredulidad y finalmente miedo apoderándose de su semblante a medida que comprendía el verdadero significado de la empresa.

– Teniente, ¿por que dice eso?

– Vera, señor, llevamos un equipo poco corriente y nos preguntábamos para que sirve.

Kane contemporizo.

– Yo diría que parece una expedición de caza. ¿Usted no, teniente?

– Si, señor. Pero eso no es todo.

Kane empezaba a irritarse.

– ¿Que mas, teniente?

– En cuanto a esas extrañas gafas, señor, esos visores nocturnos, o lo que sean, cuando te los pones, a duras penas puedes ver algo.

– Teniente, creía que llevaba usted el tiempo suficiente en el ejercito para saber que será informado de lo que necesita saber cuando necesite saberlo.

Los ojos de Sodder centellearon por el resentimiento; Kane disfrutaba de lo lindo. Se desabrocho el cinturón, entro en la cabina del piloto y le dio un gritó al copiloto, quien saco el plan de vuelo y un mapa con un circulo rojo que indicaba la zona de aterrizaje.

– Solo unos minutos mas -gritó el piloto.

Kane retrocedió por el vientre del avión c hizo una señal a los hombres. Todos se pusieron en pie y comprobaron sus paracaídas.

Kane abrió la puerta. A sus pies se extendían las áridas llanuras de Turquia. Hizo una sena a Sodder, que se acercó y apoyó ambas maños en el marco de la puerta, mientras observaba la bombilla apagada que había encima. Cuando se encendió, salto y desapareció. Después saltó otro hombre y luego otro.

Al poco rato en el avión solo quedaba Kane. Se preguntó que ocurriría si se limitaba a permanecer allí o esperaba hasta que el avión describiera un circulo para regresar a la base y entonces saltaba sobre los yermos de Turquía. Saboreo la idea de desaparecer para siempre.

Entonces se encendió la luz. Con expresión meditativa, aspiro una gran bocanada de aire, tomo impulso y se lanzo al vació. El viento comprimió sus mejillas. Pudo ver a sus pies la parte superior de los paracaídas abiertos como setas en pleno aire. La sensación de saltar era siempre la misma, una breve punzada de terror y después el largo descenso.

Las criaturas obstruían la entrada. La luz de la hoguera proyectaba sus sombras titilantes sobre las paredes de la caverna, confiriéndoles un aspecto aun mas amenazador.

Van alzo el revolver atascado. Todavía pesaba a causa del hielo, y el agua goteaba por el canon. Cuando apunto al jefe, su movimiento no causo ninguna impresión. Fue como si Van sujetara un palo.

– Permanezcamos juntos -dijo Matt en voz baja-. Voy a apagar el fuego.

Le echó tierra encima, sumiendo la caverna en la oscuridad, excepto por los rayos de luz de día que entraban por la abertura.

Matt cogió su linterna y la encendió. El haz ilumino en el suelo y el efecto fue instantáneo. Las criaturas se alejaron atropelladamente del estrechó chorro de luz. Incluso el jefe dio un respingo y retrocedió, atemorizado. Matt jugo con el haz, desplazándolo lentamente por el suelo y después dirigiéndolo mas lentamente aun hacia aquellos seres, obligándolos a retroceder hacia la entrada de la caverna.

Van saco su linterna y la encendió, y un segundo haz ilumino el suelo, entrecruzándose con el primero. Matt empezó a gritar, pero antes de que pudiera decir algo mas que ‹‹¡No!››, Van apunto con la linterna directamente al pechó de la criatura que tenia mas cerca.

El ser emitió un agudo chillido y bizqueo, presa del pánico, mirándose el estomago. Hizo un molinete con los brazos mientras se precipitaba hacia atrás y perdió el equilibrio. Los demás se abalanzaron sobre el, chillando también.

– Vámonos -dijo Susan en voz alta. Quizás haya otra salida. Rápido, antes de que se levante.

En medio de la confusión corrieron hacia el fondo de la caverna, donde encontraron un angosto pasadizo. Se internaron en el a la máxima velocidad que podían, avanzando rápidamente en la penumbra con ayuda de sus linternas.

Pronto oyeron a sus espaldas el tumulto de la persecución.

– Ya vienen -jadeó Van.

El suelo estaba liso y trillado hasta formar un sendero que descendía suavemente. Las paredes se inclinaban hacia dentro por abajo, en ambos lados, formando una especie de embudo. Tenían la sensación de estar corriendo en dirección al centro de la tierra.

Mas adelante, el túnel se bifurcaba. Matt ilumino rápidamente los dos caminos con su linterna. El de la izquierda parecía menos trillado, así que decidieron seguir por ahí.

Unos quince metros mas adelante, el túnel describía una curva y volvía a bifurcarse. Esta vez eligieron el pasadizo de la derecha, que conducía a una pequeña y estrecha cámara con el techó inclinado. Cuando Matt lo ilumino con la linterna, desapareció por un lado, dejando al descubierto un pozo negro. El techó era tan bajo que tenían que encorvarse. El polvo del suelo estaba compactado.

– Tenemos que detenernos y decidir que hacemos -dijo Susan.

– No podemos detenernos -replico Van-. Hay que seguir.

– No -dijo Matt-. Necesitamos recuperar el aliento.

Encontraron una oquedad en una pared y se acurrucaron en su interior, en cuclillas, con las linternas apagadas, esforzándose por oír a sus perseguidores en la oscuridad.

Al principio solo oyeron el sonido de su propia respiración. Ocultarse hacia que se sintieran aun mas vulnerables; estaban aterrorizados.

– Escuchen -susurró Van.

Oyeron un estrépito distante que iba haciéndose cada vez mas fuerte. Después distinguieron, muy cerca, el sordo rumor de unos pies corriendo y varios gritos guturales, intercalados con extraños chillidos agudos. Los ruidos se amortiguaron de nuevo en la otra dirección y durante unos minutos reino el silencio. Matt miro a Susan. Su rostro estaba demacrado. Van tenia los ojos cerrados.

Entonces oyeron acercarse mas pies a la carrera, por distintos corredores, a sus espaldas. Los pasos eran peculiarmente largos. Había un agujero no mayor que una mano, y cuando Matt miro por el vio un túnel y el parpadeo de antorchas encendidas sobre la pared, cada vez mas débiles, a medida que los sonidos se desvanecían.

Pensó que debían de ser tres o cuatro. Parecían correr en todas direcciones. Un caos, como en un nido de avispas derribado de un golpe. No sabia que era peor: una caza fría y metódica o esta especie de tumulto con decenas de perseguidores. Antes o después, uno de ellos se tropezara irremediablemente con nosotros, pensó Matt.

El silencio reino otra vez durante un largo rato y su respiración se calmo un poco. Van mantenía los ojos firmemente cerrados.

En el interior de su escondite, Van estaba libido de miedo y cólera. En las comisuras de sus labios se acumulaba la saliva. Lo que había sospechado de aquellas criaturas durante los últimos tres años acababa de confirmarse.

– Yo tenia razón -murmuro-. Son unos hijos de puta despiadados.

– ¿Viste sus ojos mientras mataba a Rudy? -Preguntó Susan con un estremecimiento causado por el temor-. Ni un parpadeo de vacilación, ni rastro de una expresión humana.

– El único atenuante es que fue rápido -dijo Matt-. Rudy estaba muerto antes de tocar el suelo.

– Nunca debimos permitir que saliera-dijo Susan.

Van soltó un gruñido.

– Quizá sea el mas afortunado de nosotros.

– Odio dejar su cadáver ahí fuera. ¿Que creéis que harán con el? -preguntó la mujer.

– No lo se -dijo Van-. No tiene demasiada importancia…para el, en todo caso.

Susan sintió de nuevo una oleada de rechazo hacia Van.

En plena crisis surgía su lado mas siniestro.

– Una cosa es segura -dijo Matt-. Si nos encuentran, nos mataran también a nosotros.

Aguzaron el oído de nuevo, intentando captar sonidos de persecución, pero no oyeron nada.

Van carraspeo.

– Respecto a lo de la linterna… Tenía razón, por supuesto.

En cuanto le enfoque con el haz y no le hizo daño, perdió su… su magia. En aquel momento no lo pensé.

– Tenemos que pensar en el presente. ¿Como demonios vamos a salir de aquí?

– ¿Que mas tenemos?-preguntó Susan.

– Mi revolver-dijo Van-. Es la única esperanza.

– Tenemos que descongelarlo como sea -dijo Matt.

– Lo que necesitamos es una hoguera.

– Pero no podemos intentar encender fuego aquí-intervino Susan-. Ni siquiera uno pequeño. Nos encontrarían al instante.

– No. Tenemos que localizar el suyo. Sabemos que tienen uno en alguna parte, porque llevan antorchas encendidas -dijo.

– Será mejor que nos pongamos en marcha -propuso Van-. Aquí estamos demasiado expuestos.

Salieron a la caverna. Cuando Matt ilumino con la linterna en todas direcciones, vieron un nuevo túnel, mas pequeño, que presentaba hendiduras y salientes que podían utilizar como escondite. Abrió la marcha, utilizando la linterna a intervalos, mientras los demás lo seguían pegándose instintivamente a las paredes.

Mas adelante había una intersección de dos túneles muy parecidos, solo se distinguían porque uno descendía con una suave pendiente.

– No tengo ni idea de donde estamos -susurro Matt-. He perdido el sentido de la orientación.

Susan dio un tirón de su manga y señalo el túnel descendente. Lo siguieron, caminando a tientas en la oscuridad porque no querían que la linterna los delatara. Al cabo de cinco minutos llegaron a otra encrucijada y de nuevo Susan señalo el camino.

– ¿Tienes alguna idea de adonde vas? -preguntó Matt.

– No -respondió ella-. Pero tengo la sensación de que vamos por el camino correcto.

Después de seguir una curva hacia la izquierda y un largo tramo llano, distinguieron un débil resplandor a lo lejos.

– Puede ser lo que estamos buscando-dijo Susan.

El túnel describía una curva y ascendía ligeramente antes de volver a descender. Matt encendió la linterna y su haz captó algo al recorrer la pared: una depresión. Dirigió la luz hacia delante y hacia atrás. En la pared había nichos excavados, coronados por negras manchas de hollín.

– ¡Increíble! -dijo-. Para las antorchas. Hemos encontrado una especie de corredor principal.

– Probablemente esta maldita caverna sea su hogar-dijo Van-. Nos hemos metido de lleno en su puta casa.

El resplandor se hizo mas intenso, y oyeron el crepitar de una hoguera y vieron el reflejo titilante de las llamas sobre la piedra marrón de las paredes.

Matt se mantuvo pegado a la roca y atisbo lentamente desde la entrada. Era otra caverna, no mayor que un sótano, con un agujero en el techó que se perdía en la oscuridad. En el centro, una gran hoguera crepitaba y chisporroteaba, desprendiendo oleadas de calor dignas de un alto horno. A lo largo de la pared se amontonaba un amasijo de leña.

La caverna del fuego estaba desierta, pero otros dos pasadizos que desembocaban en ella la hacían vulnerable a la sorpresa. Se encontraban a todas luces en un área central, y una de las criaturas podía aparecer por las negras aberturas en cualquier momento. Pero no tenían elección si querían aprovechar el fuego.

Al entrar Matt tuvo la sensación de que se estrellaba contra un muro de calor. Con un gesto indico a los demás que lo siguieran.

– Deprisa-musito con voz ronca.

Van corrió hasta el montón de leña. Arranco un palo, descargo el revolver, introdujo un extremo de la rama por la guarda del gatillo y lo sostuvo a un palmo de las llamas. I a sombra de su cuerpo, que se proyectaba contra la pared, a sus espaldas, crecía y menguaba alternativamente, exagerando sus movimientos.

Van parecía haber recuperado en parte su sangre fría.

Quizás el hecho de tener algo en que ocuparse le hacia revivir.

– Supongo que este lugar no seguirá vacío mucho tiempo -dijo-. El fuego es demasiado importante para ellos. Alguien tiene que alimentarlo continuamente.

Susan montaba guardia junto a un punto central desde donde podía vigilar la entrada de dos túneles, mientras Matt paseaba nerviosamente de arriba abajo.

– No logro entenderlo -dijo.

– ¿Que? -preguntó Van.

– Que matara a Rudy así. Matas cuando estas asustado, ¿verdad? Por lo menos los seres humanos lo hacemos. ¿De que tenían que asustarse ellos?

– De nosotros -respondió Susan.

– Pero el no los amenazaba-observó Matt-. Lo superaban en numero claramente. Lo tenían a su merced.

– ¿Y que? -preguntó Van.

– Que no tiene sentido, a menos que todo su sistema de motivaciones funcione de un modo diferente. Matan por el placer de matar, o bien porque no significa nada para ellos.

– Tal vez no tengan el concepto de la muerte -intervino Susan.

– O tal vez la glorifican, convirtiéndola en un culto. Recuerda tu propia investigación: los neandertales comían cerebros.

Era la primera vez que uno de ellos se refería a las criaturas con ese nombre.

– No estoy segura de que en realidad sean tan diferentes de nosotros -dijo Susan-. Mataron a Rudy porque les daba miedo. Y nosotros también los asustamos.

– Pero aun así, es una locura. Si alguna cosa te da miedo, te alejas de ella. Si temen el mundo exterior, ¿por que construyen un puente que los comunique con el?

– Es posible que lo necesiten -dijo Van-. Para comerciar.

– ¿Comerciar? Pero entonces, ¿por que matan a los primeros comerciantes que ven?

– A lo mejor no somos los primeros -dijo Susan-. Y quizá tienen algún otro motivo que los expulsa de sus montañas. Algo nuevo, algo relacionado con la brutalidad que acabamos de ver.

– Es una posibilidad -dijo Matt, poco convencido-. Pero eso no encaja con lo que explicaba Kellicut. Las criaturas sobre las que el escribió eran aparentemente pacificas, casi amistosas. Estos son simios homicidas. No cuadra.

– Tal vez ese gran doctor no era un observador tan perspicaz, después de todo -dijo Van hablando por encima del hombro sin apartar el revolver del fuego-. Les diré algo: no voy a permitir que ninguno de esos cabrones se acerquen a mi. Así de claro.

Susan lo fulmino con la mirada. Sus ojos fríos y húmedos, su rostro sin afeitar, su postura encorvada, de rodillas junto al fuego, embutido en su anorak y sudando como un loco, le conferían el aspecto de una bestia.

Matt intervino.

– ¿Cuanto tiempo va a tardar ese maldito cacharro en descongelarse?

– Ya casi esta. Apenas gotea.

– ¿Visteis sus raquetas de nieve? -preguntó Susan.

– Si-dijo Matt-. Eran muy primitivas, un manojo de palos atados, pero resultaban eficaces.

– Esos tipos probablemente eran los cazadores. Parecían mejor equipados de lo que creíamos. Sin embargo no estar tan avanzados. Creo que uno de ellos llevaba una lanza. Vi cuando se quedaron inmóviles dentro de la caverna. Por la mayoría solo llevaba porras.

– Si son cazadores -dijo Matt-, probablemente haya muchos otros por aquí, encargados de cocinar, de mantener el fuego encendido, de curtir las pieles y todo eso. Si esto es su guarida, lo mas lógico es que estén todos por aquí cerca. A menos que sea algún tipo de destacamento.

– No es un destacamento -asevero Susan con firmeza-. Esas pinturas, los túneles, esto -añadió señalando la hoguera-, todo apunta en la misma dirección: este es su hogar.

Matt empezó a decir algo, pero se detuvo al oír un chasquido a sus espaldas. Van había apartado el revolver del fuego y estaba haciendo rodar el tambor. La empuñadura estaba caliente, por lo que había encogido el brazo dentro de la manga y utilizaba el puno del anorak para sostenerlo.

Lo probó oprimiendo el gatillo. Clic. Después lo dejo en el suelo, saco las balas de su bolsillo, escupió en el tambor para enfriarlo y las introdujo una por una en las recámaras, quemándose los dedos. Saco de su mochila una caja de munición y se la guardo en el bolsillo.

– Ya vuelve a funcionar -dijo sonriendo como un poseso.

– Justo a tiempo -comento Susan-. Alguien viene hacia aquí.

Había acercado la oreja a la entrada de un túnel y lo señalaba; todos pudieron oír unas fuertes pisadas que resonaban avanzando hacia ellos. Iban corriendo, y su apresuramiento dio pie a una idea inquietante: de algún modo saben donde estamos, pensó Susan. No están solo buscándonos, nos están rodeando.

Matt echó una ojeada hacia los demás túneles y habló en voz baja.

– De acuerdo. Escojamos uno. Tenemos todas las posibilidades de cagarla.

– Este parece mas amplio-dijo Susan-. Quizá deberíamos tomarlo. No nos conviene estar perdidos aquí abajo para siempre, y ahora tenemos el revolver.

Matt miro a Van.

– ¿Has disparado alguna vez esa cosa?

Van gruñó por toda respuesta.

Se internaron por el túnel que Susan había elegido y que resulto ser mas ancho que los que les habían conducido hasta aquel punto. Notaron una ligera brisa y oyeron una cacofonía de ruidos confusos y sin una procedencia clara, como el sordo bullicio de una ciudad. La ambigüedad del sonido era inquietante y se agruparon instintivamente, sin apartarse de una de las paredes. Cada pocos segundos, Matt encendía la linterna el tiempo suficiente para que vieran por donde caminaban.

De pronto, elevándose por encima del rumor, oyeron claramente nuevos sonidos, cada vez mas próximos, producidos por las criaturas al acercarse -gruñidos, pisadas, roces-, y aunque aguzaron el oído en ambas direcciones, les resulto imposible determinar de donde venían.

Empezaron a correr sin estar seguros aun de si se alejaban precipitadamente de los ruidos o si se precipitaban hacia ellos a toda velocidad. Entonces se aclaro la duda: los pasos se oían delante.

Matt se arriesgo a utilizar la luz y enfoco ante el durante un segundo. El trozo de pared iluminada presentaba una zona oscura a un lado, una rendija de medio metro de ancho que conducía a un callejón sin salida, no mayor que un armario ropero. Bastaría para ocultarse. Corrieron hasta el y se apretujaron en su interior uno por uno; Van fue el ultimo, y esperaron con el corazón desbocado.

Van alzo el revolver y lo sostuvo apuntando hacia la entrada.

– Cierren los ojos -ordeno bruscamente.

– ¿Te has vuelto loco? -susurro Matt.

– Habló en serio. No hagan preguntas. Solo cierren los ojos.

El ya los había cerrado. Matt miro a Susan, que también había hecho lo propio.

Segundos después, los pasos aumentaron de volumen, y a medida que se aproximaban las antorchas, la pared que se erguía frente a su escondite se tino con un resplandor anaranjado cada vez mas intenso. Matt cerró los ojos, pero percibió las llamas a través de los parpados entornados y noto el calor a escasos metros de distancia. Poco a poco, la luz y el ruido empezaron a alejarse, y Matt se dio cuenta por primera vez de que podía olerlos; era un acre olor a grasa animal y secreciones humanas que invadió sus fosas nasales y le produjo una arcada. Enseguida, la confusión de movimiento, colores y sombras se desvaneció, el ruido ceso y todo volvió a quedar en silencio y a oscuras. Matt se echó a temblar.

Van dejo escapar el aire de sus pulmones ruidosamente y Susan soltó un pequeño suspiro.

– Demasiado cerca -dijo.

– ¿A que venia eso de cerrar los ojos? -preguntó Matt.

– Después -dijo Van-. Primero será mejor que encontremos una manera de salir de aquí, antes de que lleguen mas.

Salieron trabajosamente uno por uno y emprendieron la huida por el túnel, en busca de una salida.

Quince metros mas adelante llegaron a una desviación que se abría en un lado. La siguieron y entraron en una gigantesca bóveda decorada con pinturas. La parte superior de las paredes estaba cubierta de cenefas azules y negras, y la parte inferior estaba decorada con gráciles figuras y volutas.

El techó abovedado, muy alto, estaba erizado de estalactitas que apuntaban hacia el suelo como puñales, con la punta impregnada en pinturas del color de la sangre. Las estalagmitas se elevaban del suelo como conos a lo largo de las paredes de la bóveda y estaban ribeteadas de tiras de cuero y cuentas. Se percibía un intenso olor a animal. En el centro, extendidas en el suelo, había pieles de animales, cerca de un montón de huesos.

– ¿Que es esto? -preguntó Susan con voz temblorosa.

– Algún tipo de santuario -dijo Matt impresionado.

Las pieles estaban cuidadosamente distribuidas formando un semicírculo, como si se utilizaran para la oración o la meditación. Matt se volvió y enfoco la linterna sobre la superficie de la pared hacia la que miraban las pieles. Lo que vio lo dejo sin aliento, y oyó que Van silbaba suavemente.

El haz iluminaba un retablo de vivos colores que ocupaba toda la pared de lado a lado, un enorme rectángulo con figuras realistas meticulosamente pintadas en paneles. Estos parecían representar un relato, como los pergaminos etíopes, y los colores se superponían en múltiples capas, como si hubieran sido pintados y repintados durante generaciones.

Lo contemplaron un buen rato antes de hablar. Las figuras estaban bellamente representadas. Era evidente que se trataba de guerreros, armados con porras y otras armas y divididos en dos bandos enfrentados. Unos tenían la frente abultada y el aspecto achaparrado de los neandertales. Los otros combatientes eran mas altos y flacos, con el mentón prominente y el cráneo estrechó: Homo sapiens.

Matt trazo un circulo con el haz de luz, absorto en la artesanía, el talento artístico que se adivinaba tras las líneas y los colores, intentando descifrar el relato: la saga de alguna clase de batalla. Si, eso era. Las dos subespecies estaban en guerra, un conflicto primordial de alguna clase. ¿Pero por que le resultaban tan extrañamente familiares?

De repente lo comprendió.

– Susan, ¿sabes que es esto?

– Si -respondió ella, que se había dado cuenta de que se trataba casi al mismo tiempo. Su voz sonó sofocada por la sorpresa-. El enigma de Khodzant.

– Y fíjate, esta completo. No le falta ni un fragmento. Probablemente es el original.

– ¿Que diablos esta haciendo aquí?

No habían advertido que Van se había alejado furtivamente, internándose por otro pasadizo que se habría en una pared. Mientras ellos se interrogaban sobre el retablo, tratando de averiguar la conclusión de su mensaje, el gritó los interrumpió:

– ¡Eh, vengan aquí! ¡Deprisa!

Doblaron la esquina a la carrera. Matt se tranquilizo al ver que Van no estaba en apuros. Era la admiración, no el miedo, lo que había provocado su gritó. Contemplaba, lleno de asombro, el principio de una vasta caverna, el cubil mas intimo de aquellas criaturas que los perseguían.

Parecía desierto, pero por todas partes había signos de ocupación. El humo de tres pequeñas hogueras se elevaba en volutas y desaparecía en la brumosa oscuridad del techó.

Las paredes estaban chamuscadas en todo el recinto con manchas negras que llegaban a gran altura sobre la roca como el hollín de una chimenea. Aquello eran fogones, concluyo Matt, que seguramente utilizaban para cocinar y curtir pieles. Sus ojos buscaron cualquier indicio de movimiento de una manera instintiva. No lo encontró, pero un sexto sentido le aseguraba que la caverna había estado abarrotada de criaturas apenas unos minutos atrás, y que podían regresar en cualquier momento.

A base de fuerza de voluntad, Matt se calmo y empezó a buscar detalles a conciencia. Cada rincón y cada hendidura estaban repletos de pieles de animales. Las había en los salientes y cornisas, en el suelo de roca, amontonadas en las esquinas: pieles de oso pardo, búfalo lanudo, ciervos y alces, liebres gigantes, marmotas, antílopes monteses y otros que no pudo identificar. Observó que estaban colocadas en grupos.

– Parece como si estuvieran divididos en unidades familiares -dijo Susan. Alrededor de sus pies había huesos esparcidos-. Fíjate en eso -añadió señalando unos amontonados a un lado. Conservaban pedazos de carne y cartílago, trozos de animales irreconocibles, medio podridos y aun goteando sangre-. Ahora sabemos con toda seguridad que son carnívoros.

Cerca de otra pared había un montón de armas y Susan se inclino para examinarlas. Había leznas, hachas, lanzas y varias herramientas para cortar y triturar. Alrededor de un pedrusco aplanado que podía servir de yunque se veían esquirlas de piedra. Fascinante, pensó Susan, una pequeña fabrica de herramientas. Para unos homínidos primitivos era muy avanzado preparar de aquel modo el núcleo de la piedra antes de laminarla; la técnica de levalloisiense, recordó.

Había otros instrumentos de cuarenta o cincuenta centímetros de longitud que jamás había visto.

Encontró un pequeño corral, una oquedad natural de la roca que se había cercado con un semicírculo de piedras y forrado COII pieles de animales. Reflexiono un buen rato antes de conseguir determinar su función.

– Aquí viven varias familias, no cabe la menor duda. Fíjate en eso.

Admirado de ver que la curiosidad de Susan superaba su miedo, Matt se acercó y aguzo la vista, advirtiendo al instante el fuerte y desagradable hedor de las pieles raídas y el penetrante olor de la orina.

– Es un parque infantil -dijo ella-. O mejor un foso, en realidad, pero tiene la misma función. Dejas ahí a los niños y ya puedes bajarte de los zapatos y guisar un poco de mamut lanudo.

Investigaron un rato mas. Sobre una cornisa se alineaban varias armas con la punta cubierta de sangre. Matt cogió una y la olfateo. El olor era tenue e indescriptible. Volvió a dejarla en el mismo sitio.

– Si esto es su hogar-dijo-, ¿adonde han ido todos? Parece que estuvieran aquí hace apenas un minuto.

– Quizá los hemos asustado. Habrán dado algún tipo de alarma general y habrán evacuado a las mujeres y los niños para protegerlos.

– Es posible que sepan que estamos aquí. Podrían estar observándonos o preparando alguna clase de trampa.

Van estaba nervioso. Se había situado en el centro de la caverna y les hacia senas con una mano para que se acercaran, mirando hacia arriba con ojos desorbitados.

Se colocaron uno a cada lado de Van y levantaron la vista. Sobre la pared de roca, elevándose hacia la cúpula de la caverna, se alzaba un enorme icono tallado en un promontorio irregular: una especie de estatua recubierta de mechones de pelo blanco y negro. Parecía algún tipo de animal, quizá medio homínido, medio oso. Tenia el hocico estrechó de un oso de las cavernas v relucientes colmillos; por encima del morro, un par de minúsculos ojos les observaban maliciosamente desde sus cuencas hundidas. A la escasa luz que llegaba a aquella altura creyeron detectar una frente abombada y, encima, mechones de pelo negro que colgaban y se fundían en una alfombra confeccionada con pieles de oso, de unos seis metros por cada lado. La aparición recordaba a una gigantesca estatuilla de vudu, con el arte y la crueldad suficientes para sugerir una mezcla de esplendor y horror.

– Debe de ser su deidad, el busto de un dios zoomorfico -dijo Susan-. Fíjate, transmite una sensación de… de odio.

Quienquiera, o lo que fuera, que creara a este engendro es malvado, pura y simplemente malvado. Es un dios pagano del mal y la muerte.

– Esto es un santuario, de acuerdo -concedió Matt. Observó las manchas rojas incrustadas en las rocas de los alrededores y coloco un madero erguido justo debajo de la estatua-. No me sorprendería que celebrasen sacrificios aquí mismo.

No tardaron mucho en descubrir los cráneos. Estaban junto a la pared, a un lado del icono, en un rincón oscuro y discreto. El haz de la linterna de Matt los recorrió lentamente, iluminándolos uno por uno como pavorosas mascaras colgadas en la pared de una galería de arte. Eran claramente cráneos humanos, con la ancha frente reluciente y los maxilares alargados. Uno estaba ligeramente ladeado, lo que les permitió descubrir un revelador orificio en la base de la espalda, justo por encima de la espina dorsal. El cerebro había sido extraído.

– ¡Matt! -Exclamó Susan-. ¡Son devoradores de cerebros!

La luz de Matt siguió su recorrido y vieron otra cosa que les hizo contener el aliento. En una punta había una cabeza nueva, el trofeo mas reciente. Había sido arrancada brutalmente y de la mejilla colgaban jirones de arterias y huesos ennegrecidos. Estaba casi irreconocible porque le habían arrancado demasiada carne, pero no cabía duda de que se trataba de Sharafidin.

Matt sintió nauseas. Susan sufrió una violenta arcada. Van permaneció en silencio.

– Bueno, ahora ya lo sabemos -dijo Matt al cabo de un minuto.

– No podemos dejarla ahí-suplico Susan-. Tenemos que hacer algo.

– ¿Esta loca? -replico bruscamente Van-. No es el momento ni el lugar apropiado para celebrar un funeral. Será mejor que nos larguemos o acabaremos así.

No era difícil interpretar la envergadura de su miedo, porque temblaba ostensiblemente.

Del extremo opuesto de la caverna llego un ruido parecido al de una roca al rodar por el suelo. Matt noto que Susan le apretaba el brazo y apago la luz, pero era demasiado tarde.

De pronto, un agudo chillido retumbo en la caverna, un gritó distinto de cualquier cosa que ninguno de ellos hubiera oído jamás, penetrante y lastimero. Sonaba como si un juego de cuerdas vocales humanas se hubiera tensado al máximo y soltado de pronto como un instrumento. Resonó por toda la caverna y de punta a punta de los pasadizos laterales.

Al otro lado de la caverna, sobre una alta cornisa que no habían advertido hasta entonces, una figura en penumbra, de pequeña estatura, los escrutaba desde arriba. Un niño, pensó Susan. Entonces volvió a gritar.

Se abalanzaron hacia el pasadizo mas próximo, remontando la pendiente de roca como propulsados por una hélice, sin detenerse a elegir una vía de escape. Oyeron el tropel de sus propios pasos rebotando en las paredes, pero inmediatamente sonaron otros pasos que no eran suyos. Les pareció que el ruido venia de atrás, pero no estaban seguros.

Apretaron el paso sin resuello por la altitud y con una sensación de mareo por la rancia atmósfera de las cuevas.

– No puedo seguir mucho mas -logro articular Van entre jadeos.

Había empezado a trastabillar de vez en cuando y sus brazos se balanceaban junto a sus costados como colgajos inútiles.

– No te detengas ahora, por el amor de Dios -gritó Matt.

Pero el rostro de Van estaba demacrado, exangüe. No durara mucho mas, pensó Matt, y es el quien tiene el revolver.

El pasadizo llego bruscamente a su fin y se encontraron en una oscura garganta. Matt enfoco la linterna ante ellos.

Había un puente de piedra que cruzaba un barranco. Era imposible saber cuanto resistiría.

– Es nuestra única esperanza -dijo-. Tenemos que pasar de uno en uno.

Van, todavía sin aliento, asintió con la cabeza.

– Si lo cruzamos, no podrán atacarnos todos a la vez. Si intentan atravesar el puente, les tenderemos una emboscada.

– Blandió el revolver y lo sostuvo en alto, ladeado.

Susan cruzo la primera. No miro hacia abajo y se demoro todo lo necesario para asegurarse de no perder pie. A mitad de camino, en equilibrio sobre la fosa en penumbra, oyó que los pasos sonaban cada vez mas fuertes. Se apresuro y llego al otro lado sana y salva. Después cruzo Van y finalmente Matt.

Se acurrucaron tras la entrada de un pasadizo que arrancaba al otro lado del puente y esperaron. Pronto, con un clamor, las criaturas llegaron atropelladamente a la garganta.

Vieron a los tres seres humanos al otro lado de la divisoria y, al instante, se quedaron inmóviles y el ruido se extinguió.

A tan escasa distancia, su aspecto era verdaderamente horrible. Su pelo roñoso caía sobre sus hombros sudorosos, recubiertos de costras de suciedad. Bizqueaban ligeramente y enseñaban los dientes, que no incluían caninos. La mayoría de ellos llevaba porras. Algunos tenían unas armas largas y estrechas, parecidas a estiletes. Empezaron a dar saltitos sin moverse del sitio, flexionando ligeramente las rodillas y gruñendo de excitación.

Uno dio un paso al frente, en dirección al puente. Empezó a cruzarlo sin titubear, avanzando con cautela pero también con paso firme. Otro se coloco detrás de el. Al llegar a la mitad, el primero se detuvo un momento, desconcertado.

Los miraba fijamente. ¿Por que no huían corriendo? ¿Que era aquel objeto que empuñaba uno de ellos?

Van alzo el revolver y apunto al pechó de la criatura. Su mano temblaba.

– ¡Ahora! -Gritó Matt-. ¡Adelante, hazlo!

Su voz resonó por toda la garganta. Las criaturas menearon bruscamente la cabeza en varias direcciones y lo miraron sin apartar la vista; el que estaba en el puente se detuvo una vez mas y se irguió, ofreciendo un blanco perfecto. Tampoco entonces disparo Van.

– ¿Que demonios estas esperando? -aulló Matt. Van estaba demasiado paralizado para disparar-. ¡Dámelo si no puedes hacerlo!

Pero entonces oyó la detonación junto a su oído y vio la sacudida de la muñeca de Van al ser proyectada hacia arriba y hacia atrás. La criatura que se erguía en el centro del puente pareció sorprenderse del agujero que apareció en el centro de su pechó, del que empezó a manar sangre. Matt miro a las demás; se habían encogido al oír el fuerte ruido, y parecían aturdidos e incluso asustados. El del puente se toco el pechó, confundido, pero justo en aquel instante, el eco de la explosión llego hasta ellos con un gran estruendo a través del barranco y se alejo retumbando en otra dirección. Pareció aumentar de volumen hasta que se oyó un crujido, un desplome, otro sonido mas grave, y empezaron a caer rocas. El ruido se prolongo hasta convertirse en un temblor similar al de un terremoto, y a medida que caían las rocas, la garganta se lleno de polvo, entorpeciendo la visión.

– ¡Desprendimiento! -gritó Susan, mientras caían hacia atrás.

En aquel momento, la tierra pareció desmoronarse por encima de sus cabezas y, con un ruido ensordecedor, se desplomo sobre ellos un peso implacable, tan deprisa que no tuvieron tiempo de sentir el dolor. Matt se precipito por una espiral descendente hacia la oscuridad y la nada.

Se despertó sin conciencia de haber estado sin sentido. Lo primero que noto fue un peso sobre sus piernas y una especie de entumecimiento. Estaba tendido, a oscuras. Apenas podía respirar debido al polvo. No sabia donde se encontraba ni que había sucedido.

Fue recordándolo todo progresivamente: las pinturas de la pared de la cueva, el momento en que vio a las criaturas en la nieve, la muerte de Rudy, la persecución, la caverna, el disparo. Intento mover las piernas y descubrió que no podía. ¿Se las habría aplastado el derrumbamiento? ¿Era así como se sentiría si no tuviera piernas? Se toco los bolsillos por fuera con las palmas de las maños. Percibió el contorno de una navaja y una caja de cerillas. Recordaba que las cerillas eran de Rudy; se las había dado justo antes de abandonar la caverna. Cuando las saco y encendió una, broto un fogonazo cegador, que disminuyo hasta convertirse en un halo. Matt miro a su alrededor. Vio como sus piernas desaparecían bajo una pared de rocas y tierra que llegaba hasta el techó con una pronunciada pendiente. Después vio sangre en su brazo izquierdo. A través del polvo pudo distinguir una figura tumbada junto a el. Era Susan, hecha un ovillo e inmóvil. Matt no pudo ver si respiraba o no.

Empezó la larga tarea de liberarse. Era agotador hacerlo de espaldas y a oscuras. Tanteo el suelo, incorporándose con tanto esfuerzo que sus músculos abdominales se contrajeron en un doloroso espasmo. Empujo la tierra hasta formar un respaldo detrás de el, utilizando las maños como palas. Sus dedos empezaron a sangrar. Aparto grandes rocas y las arrojo a un lado. El avance era lento porque, en cuanto vaciaba una cavidad, rodaban mas piedras y tierra por la pendiente y la rellenaban. Palpo un objeto metálico.

Su corazón dio un vuelco: era la linterna. Contuvo el aliento, rezando mientras la encendía. No funcionaba. La arrojo a un lado y siguió cavando. Al cabo de medía hora había dejado al descubierto las piernas y solo le quedaban enterrados los pies. Tendido de espaldas y presionando el suelo con los puños consiguió liberarse a pulso de la avalancha de rocas. Descubrió que podía mover una pierna; la otra estaba retorcida de lado.

Susan se movió y empezó a hablar consigo misma en voz baja y monótona. Matt encendió otra cerilla. Se arrastro hasta ella y le acarició la mejilla. Susan abrió los ojos, pero enseguida volvió a cerrarlos y movió una mano para rascarse el brazo. Matt noto algo húmedo detrás de la cabeza de la mujer, un charco de algo pegajoso que se mezclaba con su cabello, y supo que era sangre. Intento ponerse en pie y lo consiguió a duras penas, apoyando su peso en la pierna sana y extendiendo los brazos para sostenerse en la pared de la caverna. Tiro de Susan para incorporarla. Consiguió que se levantara, aunque sus ojos seguían cerrados.

Matt encendió otra cerilla y miro hacia atrás. El desprendimiento había obstruido el pasadizo con tierra húmeda y oscura, sin destruir las paredes, como si una excavadora hubiera apilado toneladas de rocas y cascotes ante el estrechó túnel. No había ni rastro de Van o del revolver. Después de todo es una manera de terminar repentina y definitiva, pensó Matt. Muerte y entierro al mismo tiempo. Se llevo la mano a la mochila, que no había perdido, y sintió un dolor en el hombro que no había notado hasta aquel momento.

Recorrieron el pasadizo dando traspiés y respirando el polvo que empezaba a depositarse. Susan parecía estar en coma. Hablaba en voz alta, pero Matt solo distinguía algunas palabras aisladas. Trato de conversar con ella. Cuando lo hacia, Susan guardaba silencio, pero el seguía sin saber si podía oírle, aunque no mostraba ningún indicio de que así fuera.

Doblaron una esquina a tientas y Matt encendió la ultima cerilla. Ante ellos se extendía un tramo recto. Forzando la vista, Matt vio un rayo de luz que traspasaba el túnel como la hoja de una espada. Dejo a Susan en el suelo con suavidad, avanzo cojeando, se arrodillo-volvió a notar el dolor en el hombro-y acercó su rostro al agujero. El aire frío abofeteo su rostro, invadió sus pulmones y pareció difundirse por sus miembros como una inyección de whisky.

Bebió de el ávidamente.

Ensancho el agujero desprendiendo la tierra y echándola hacia dentro y hacia un lado. Fue sorprendentemente rápido y pronto pudo asomar la cabeza y después la parte superior del tronco por la abertura. En el exterior, la nieve se amontonaba en ventisqueros; hacia frío y reinaba el silencio.

El sol brillaba con una luz tan cegadora que apenas le permitía ver.

Regreso en busca de Susan y tuvo que empujarla desde atrás para que pasara por el agujero, pero no se despertó.

Había una gruesa capa de nieve, pero se había endurecido, de modo que las piernas de Susan solo se hundieron en parte. Matt quería alejarse todo lo posible de la caverna, por lo que intento ponerse en pie y tirar de ella, pero no lo consiguió. Tras unos pocos pasos, la fatiga y el dolor lo desbordaron. Cayo al suelo y su mente empezó a divagar. Ahora notaba el viento y se dejo transportar. Rodeó a Susan con sus brazos y le protegió la cabeza debajo de su mentón. Encajaba perfectamente. Por fin somos una sola persona, pensó vagamente, mecido por el suave viento.

Allí sentado, inmóvil, sintió que el frío se apoderaba de su cuerpo. Empezó por la periferia y avanzo hacia el centro.

Notaba sus miembros cada vez mas pesados y sus sentidos mas embotados. Recordó las luces encendidas en las lejanas habitaciones de una mansión. Abrazo a Susan con mas fuerza y se arrellano en la nieve; le pareció extrañamente calida.

El sol le daba en los parpados y proyectaba en la pantalla que se extendía ante el una deslumbrante lluvia de meteoritos y estrellas fugaces. Se sintió arrastrado hacia el llameante vértice, el alba de la creación.

Permanecieron allí, inmóviles como estatuas, hasta que la nieve se amontonó a su alrededor. Mas tarde, cuando llegaron las nubes y trataron de apoderarse del sol, unas toscas figuras se acercaron y varios pares de largos brazos peludos se extendieron para levantarlos y extraerlos de la nieve.

Kane inclino la cafetera y la sostuvo por arriba con la palma de la mano extendida para verter los posos del café de ínfima calidad en una jarra decorada con una esquemática cara amarilla sonriente.

Había llegado la noche anterior en un helicóptero que lo recogió en la sección de VlPs del aeropuerto de Dushanbe, tras cumplir apresuradamente las formalidades arrastrado por un grupo de excitados funcionarios tadzhik que no hablaban ni una palabra de ingles. Iba vestido de civil a fin de que su llegada pasase lo mas desapercibida posible.

Después permaneció dos horas en el helicóptero que sobrevolaba la tierra yerma y los matorrales iluminando su camino como un faro volador. Finalmente tomaron tierra en un astroso claro a las afueras de Murgab, un gris poblado tadzhik instalado al pie del Pamir. El polvo que levantaron las aspas del helicóptero cubrió la frente y las mejillas de Kane, formando unos círculos alrededor de sus ojos que le conferían el aspecto ojeroso de un mapache.

Lo recibió el oficial del servicio de noche, un tipo llamado Grady, que vestía un traje de faena arrugado y que le estrechó la mano mecánicamente y bostezo. Nadie había requerido a Kane en ningún momento que mostrase identificación alguna, lo cual resultaba extraño en una operación de tan alto secreto. Cuando llegaron al barracón, Grady señalo vagamente las filas de literas dobles.

– Elija la que quiera. Todas son iguales de incomodas -dijo, y desapareció por una puerta.

Kane dejo su petate en el suelo. Del extremo de la habitación en penumbra le llegaron varios ronquidos. Un televisor y un aparato de video descansaban en el centro de una mesa, junto a una pila desigual de cintas, revistas pornográficas y botellas de Coca-Cola vacías, algunas con colillas de cigarrillo empapadas en el interior. Cerca había dos frascos de aspirinas casi vacíos. I as paredes, cuya pintura se estaba desconchando, rezumaban aburrimiento.

No cabía la menor duda, el lugar era un basurero. Kane recordó las viejas fotografías que había visto de Los Álamos, los barracones de madera en la cima de una meseta del desierto donde las mentes científicas mas grandes del siglo se habían reunido para crear su satánica maquina de destrucción: la torre del deposito de agua partida, las calles cubiertas de barro, el gimnasio de aspecto cochambroso y la minúscula casa de una sola planta donde se ensamblo la bomba. Es curioso como los acontecimientos mas significativos de una época se producían siempre en los escenarios mas ruinosos.

Abrió la puerta trasera y recorrió un pasillo en dirección al débil resplandor que se veía al fondo. Encontró a Grady en una habitación lateral, con los pies en alto y un libro de bolsillo apoyado sobre su regazo. En la pared que tenia enfrente había una hilera de monitores encendidos. Dos estaban en blanco, pero tres recibían imágenes. Una pantalla mostraba una pared desnuda y un lavamanos; no se veía nada mas. Las otras dos mostraban desde distintos ángulos una confusa silueta acurrucada sobre un camastro. Era difícil identificarla, y en cualquier caso estaba inmóvil, indudablemente dormida.

– ¿Es el?-preguntó Kane.

– Si. La Bella Durmiente.

Kane se fijo en las cifras digitales que brillaban en la esquina inferior de la pantalla.

– ¿Estáis grabando?

– Si. Nos han ordenado que lo hagamos. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

– ¿EI sonido también?

– Si, pero bajamos el volumen. De lo contrario, nos vuelve locos.

Grady se inclino e hizo girar un dial. Por un altavoz del techó se oyó un extraño y pausado sonido ronco. Kane tardo unos instantes en comprender que era una respiración.

Consulto su reloj de pulsera y la cronometro con el segundero. Grady se quedó mirándolo y luego volvió a bajar el volumen.

Mas tarde, tumbado en una litera de abajo, Kane se quito el reloj y trato de imitar la respiración: le resulto difícil, porque las pausas entre las espiraciones eran anormalmente largas. Después le costo dormirse por culpa de los ronquidos procedentes del otro extremo de la habitación.

Por la mañana, durante un desayuno de huevos revueltos en polvo, Kane conoció a los otros seis inquilinos de los barracones, todos norteamericanos, taciturnos y del tipo militar impenetrable, como el mismo. Eran como los carceleros de cualquier otro lugar.

Antes de salir de Turquía le habían informado a conciencia, pero seguía sin considerarse preparado para lo que estaba a punto de presenciar. Oía hablar de la operación Aquiles desde hacia cierto tiempo -no se llegaba a su nivel sin haber desarrollado una red de información interior propia que pudiera tener un valor estratégico en el futuro-, y había recibido soplos y presiones suficientes por parte de Eagleton y de otros para haber adquirido una noción bastante cabal de lo que estaba ocurriendo. Pero seguía resultándole difícil creérselo realmente hasta hacia pocos minutos, cuando recibió el expediente.

Lo habían conducido a una pequeña oficina sin ventanas y lo vio ante el, en el centro de un escritorio; era el único documento a la vista. La puerta se cerró y Kane se quedó solo. En el alfeizar de la ventana había un frasco grande de aspirinas, el tercero que veía. Lentamente, como si estuviera abriendo una posible carta bomba, levantó la solapa del grueso sobre recubierto de etiquetas en las que se leía:

CLASIFICADO AL NIVEL 5 (el mas alto) INTELIGENCIA MILITAR EE.UU.

Saco un fajo de documentos de tres centímetros de grosor y leyó con dificultad los preliminares, escritos en una prosa, contra lo que cabía esperar, poco militar, probablemente obra de un científico. Después leyó los párrafos pertinentes del informe.

El sujeto fue hallado junto a un sendero, en una zona montañosa, cuya localización exacta nos es desconocida. Estaba tumbado boca abajo, aparentemente enfermo o herido, cuando fue descubierto por dos pastores. Su aspecto los sorprendió inmediatamente y al principio lo dejaron allí, pero regresaron, lo subieron a un carro y lo llevaron al poblado de Djibaillot, Tadzhikistan, donde fue encerrado en un cobertizo para animales. Cuando su estado empeoro fue trasladado al dispensario mas próximo, cuyo medico se negó a proporcionarle tratamiento. Sin embargo, se le permitió quedarse en el dispensario y su existencia llego a oídos del cónsul norteamericano, quien siguió los protocolos de notificación de conformidad prescritos con DATACOM. El sujeto fue trasladado a un nuevo alojamiento en Murgab, confinado en aislamiento y bajo vigilancia estricta.

Con el tiempo, el estado del sujeto mejoro progresivamente, hasta el punto de recuperar la conciencia y empezar a comer, aunque el suministro de alimentos sigue siendo un problema. Su estado mental es en ocasiones agitado y da la impresión de rechazar el encierro. Ha habido que restringir sus movimientos. Cada vez resulta mas difícil examinarlo y hacerle pruebas, aunque no es imposible. Pero ya se han introducido variantes sustanciales en la zona experimental. De hecho, no se había observado jamás nada parecido a las reacciones del sujeto en ningún experimento con seres humanos.

Con seres humanos. Kane tomo nota mentalmente de que la primera indicación de que ‹‹el sujeto›› representaba algo tan absolutamente ajeno al reino de lo ordinario, descrito con una indiferencia sumamente prosaica, era nada menos que el descubrimiento científico mas asombroso del mundo.

Ojeo rápidamente el resto de la documentación. Había informes médicos, manuscritos a estilográfica con letra muy inclinada. Presión arterial, electroencefalogramas, ecografías y análisis de ADN. Al lado de algunos parámetros físicos había signos de interrogación. Al parecer, la exploración se había realizado mientras ‹‹el sujeto›› estaba inconsciente. Un asterisco lo explicaba: no ‹‹cooperaba›› y a la vista de un estetoscopio u otro instrumento sufría un repentino ataque de furia o miedo o una combinación de ambos. A continuación había varias paginas de anotaciones, aparentemente sobre estudios de percepción: fotografías en blanco y negro y color de bloques, triángulos, círculos, cuadrados, naipes, tarjetas postales e imágenes de fotogramas de videos.

Kane estaba intentando descodificar la terminología cuando la puerta se abrió y entro un hombre bajo y algo calvo, con la mano ya extendida para estrechar la suya: un manojo de nervios electrizados con bata blanca y la punta de una estilográfica sobresaliendo de un bolsillo.

– Soy Resnick. Bienvenido a nuestro pequeño escondite.

Kane soltó un gruñido. No le apetecía ser educado.

Resnick abordo el asunto en cuestión. Estaba preocupado, dijo, porque se había producido un rápido deterioro en la salud del sujeto. Había dejado de comer. Esto era preocupante y humillante, dijo Resnick, en especial porque no habían escatimado esfuerzos para encontrar comida que quizá le resultara apetitosa. No era fácil obtener verduras frescas en esta región del mundo. Incluso habían recurrido a envíos por avión de verduras frescas desde la capital de la provincia, pero la criatura seguía perdiendo peso a pasos agigantados.

Resnick suspiro.

– Casi diría que ha decidido pasar de todo. Naturalmente, eso no podemos permitirlo. Quizá nos veamos obligados a utilizar la alimentación forzosa. Detestaría hacerlo, pero tal vez no haya otra salida.

– Hábleme de su talento especial -dijo Kane.

– Ah, el don.

Resnick esbozo una sonrisa y aparto la mirada.

– ¿Existe realmente?

– Me hubiera gustado que lo presenciara usted mismo, pero me temo que ahora eso es imposible. Lleva algún tiempo sin cooperar.

– ¿Pero usted lo vio? ¿Lo registro?

– No esta claro. Hasta cierto punto, si, no hay duda. Pero después la repetición se hizo difícil. Los resultados no son científicamente, ¿como diría yo?, incontestables. No pueden serlo, sin el rigor necesario. No hay grupo de control, ni esa clase de cosas. ¿Como puede haber un grupo de control con una muestra de un solo individuo?

– ¿Pero confirmo que existe de alguna manera que le satisfaga a usted?

Resnick volvió a esbozar su torva sonrisa.

– Tiene que comprenderlo. Yo soy, ante todo y por encima de todo, un científico. Exijo hechos donde otros están dispuestos a seguir basándose en la fe. A mi no me interesan las suposiciones, las teorías ni nada de eso.

Kane recordó lo que había leído del expediente de Resnick: un fanático de las ordenanzas que trabajaba a las ordenes de Van Steed, aquel discípulo de ultima hora de B. F.

Skinner, que había basado su tesis en la relación entre Burish F., psicólogo estadounidense defensor del conductismo mas estricto, que postula la imposibilidad de estudiar científicamente los fenómenos mentales y propone centrarse exclusivamente en la conducta observable en tanto que obtengan respuesta a estímulos externos.

En el margen había una nota manuscrita de Eagleton: ‹‹Este hombre, Resnick, realizara cualquier experimento sin hacer preguntas››. Resumiendo, era la opción perfecta para supervisar un experimento que inevitablemente despertaría el escepticismo de los escasos científicos a quienes se permitiría que se enteraran de el. De ahí que, fiel a las formas, probablemente rechazara aceptar las conclusiones de su propio trabajo aunque le escupieran en la cara. Kane volvió a gruñir.

– Déjeme verlo.

Mientras bajaban por la escalera del sótano, una parte de Kane se resistía a seguir andando. Sabia por que: el poder de la memoria. Casi veinte años atrás había descendido por una escalera similar en Uganda. Idi Amin había huido de Kampala y Kane había acudido apresuradamente a la arrasada capital cuando no era mas que un joven agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Nairobi. Fue uno de los primeros que registraron la casa abandonada de Amin, y en su sótano siguió un túnel subterráneo que lo condujo al celebre Departamento de Investigación del Estado. Una vez allí había bajado por una escalera idéntica a esta, alumbrándose con una linterna, hasta llegar a una mazmorra subterránea donde pocas horas antes se había llevado a cabo una masacre con setenta victimas. Algunas seguían con vida, despedazadas, cuando avanzo por el suelo de hormigón, chapoteando literalmente en la sangre. Era un recuerdo que de vez en cuando le asaltaba en forma de pesadillas.

Siguió a Resnick. Cuando llegaron a una gruesa puerta de acero, Resnick rebusco en un tintineante aro de metal y eligió una llave maestra de dientes irregulares. Cuando la puerta se abrió, lo primero que sorprendió a Kane fue el hedor, una pestilencia con el tufo de la orina, la mierda y el sudor rancio, pero también algo mas intenso, un olor acre y penetrante que superaba todos los demás. A pesar de su voluntad y su entrenamiento, sintió un miedo casi tangible.

– Por las mañanas suele ser mejor, pero nunca se sabe -dijo Resnick-. Y eso plantea la pregunta de como sabe que es por la mañana. No hay ventanas ni pasatiempos de ninguna clase.

Hablaba por encima del hombro, con el aire oficioso de un medico haciendo su ronda de visitas con un nuevo interno. Dejaron atrás medía docena de celdas vacías y se detuvieron ante otra puerta.

– A partir de aquí es mejor que vaya solo. No queremos trastornarlo. Cuando entre usted en su campo de visión mantenga la cabeza gacha, como en una reverencia. Hemos descubierto que es como mejor funciona. Y muévase extremadamente despacio, sin hacer movimientos bruscos. No se acerque a los barrotes. Quizá note una extraña sensación en el interior de su cabeza. Y por encima de todo, no hable.

Aunque el emita algún sonido, no le conteste.

Abrió la puerta con la llave y se hizo a un lado.

Kane entro. Haciendo de tripas corazón, dio un paso al frente en silencio y después otro.

Incluso antes de ponerse al descubierto por completo, Kane se quedó conmocionado. En un fugaz instante vio y olió a la criatura, y de algún modo la percibió con sentidos que ni siquiera sabia que poseía. Sus ojos lo inspeccionaron de arriba abajo, intentando penetrar en su interior, cambiaron el enfoque, midiéndolo, valorándolo, juzgándolo. La criatura yacía desmadejada sobre una colchoneta, de cara a la pared, y su espalda se elevaba como una joroba. Era peluda, pero con piel humanoide, oscurecida hasta presentar un tinte grisáceo. Los pelos eran largos, finos y oscuros como los de un chimpancé, pero ralos y apelmazados. Sus hombros eran redondeados y musculosos, pero abultados de una manera antinatural. Kane observó que eso se debía a los grilletes que mantenían a la criatura enroscada en un ovillo. Unas gruesas bandas de metal rodeaban sus muñecas y lo obligaban a cruzar los brazos por encima del estomago y por debajo de las axilas, como si llevara una camisa de fuerza. Las cadenas habían abierto llagas, que ahora estaban cubiertas de pus y sangre seca. Llevaba unos pantalones amarillentos, rajados a lo largo de los muslos para dar cabida a los abultados músculos y con el trasero cortado para dejar salir sus nalgas, enormes y con heces resecas incrustadas. Sus pies desnudos eran grandes, con los dedos extendidos en abanico. A la vista quedaba la planta de un pie de un vivo color rosado.

La celda estaba casi vacía. Había un lavamanos a un lado, pero Kane calculo que la criatura, frenada por la cadena, no podía alcanzarlo. No había retrete ni orinal. El suelo de hormigón estaba inclinado en dirección a un desagüe, y una gruesa manguera conectada a una toma de agua colgaba de una esquina.

Kane sintió una extraña sensación. Quizá fuera el hedor o la descarga de adrenalina, pero notaba la cabeza pesada, como si algo creciera en su interior, y un profundo dolor detrás de los ojos le hizo bizquear. No tuvo tiempo de abundar en el tema porque en aquel momento la criatura se agito y consiguió incorporarse hasta sentarse. Se volvió y miró a Kane con sorpresa. Sus miradas se encontraron. Kane se sumergió en los iris azules y las diminutas pupilas oscuras de su interior, y en un instante supo que no estaba viendo el frío reflejo de la superficie del ojo de un animal, sino que se asomaba al profundo estanque de la mente de un ser inteligente. Mantuvieron la vista clavada en el otro como dos aviones localizándose mutuamente en el radar y después precipitándose hacia sus respectivos blancos. Kane no sabia lo que veía. Noto que un asco instintivo brotaba de su interior. Sus ojos subieron hasta la frente, que se proyectaba hacia delante, perfectamente formada y simétrica pero grotescamente fuera de lugar, como un ganglio. Lo único que experimentó fue repugnancia. Los ojos de la criatura le devolvieron una mirada fija y penetrante, casi desafiante. Kane no sintió ni un gramo de compasión. No mantuvo la cabeza gacha. Al contrario, alzo el mentón y miro directamente a la criatura indefensa. Sin pensarlo pronuncio en voz alta las palabras que acudieron a su mente, procedentes de algún profundo rincón de su ser.

– Tu nos harías lo mismo, ¿verdad?

Al instante, la figura echó la cabeza hacia atrás, la inclino hacia arriba bruscamente y de sus labios broto un agudo gritó de angustia, solo en parte humano, cuyo eco resonó en su celda y por el estrechó pasadizo.

Lo siguiente que supo Kane fue que Resnick lo apartaba violentamente de los barrotes. El hombre gimoteaba tan cerca de su oreja que noto la presión de su aliento.

– ¿Que ha hecho? ¿Que ha hecho? Se lo dije, se lo advertí.

Mientras subían la escalera en dirección a la luz pudo oír aun unos ruidos a su espalda, ahora un gemido. Después una puerta se cerró de golpe y el sonido enmudeció repentinamente. Una vez arriba se sentó en el minúsculo despacho, profundamente alterado. Cuando miró a Resnick, que no dejaba de moverse y alisar su bata blanca, Kane volvió a sufrir aquel extraño dolor palpitante en la cabeza.

Matt se despertó lentamente, elevándose, a través de los sucesivos niveles de la conciencia como un buceador nadando hacia la superficie. Permaneció tendido sin moverse hasta que finalmente abrió los ojos y volvió a cerrarlos. Las preguntas tardaban mucho tiempo en formarse en su cerebro embotado. ¿Donde estaba? Quería regresar a un largo sueno. Pero algo lo obligaba a seguir subiendo hacia la superficie y hacia la luz que se veía mas arriba. Abrió los ojos definitivamente y parpadeo.

Se movió y al instante sintió el dolor. Atravesó su muslo derecho, recorrió su espalda y rodeó su hombro derecho.

Matt levantó la mano izquierda y la mantuvo ante su rostro.

Tres dedos, desde el corazón hasta el meñique, carecían prácticamente de tacto. Cerró la mano en un puno. Por lo menos podía mover todos los dedos. Cuando se incorporo, apoyando su peso sobre los codos, el dolor perforo nuevamente su costado derecho y se clavo en sus entrañas. ¿Que había ocurrido? Obligo a su mente a retroceder con un esfuerzo de voluntad. Lentamente, los recuerdos fueron ocupando su lugar. En cuanto estuvo consciente del todo, una descarga de puro terror contrajo su vientre: ¿donde estaba Susan? ¿Seguía con vida? Encogió las piernas y se sentó erguido -el dolor le golpeo una fracción de segundo mas tarde, tan predecible como un shock postraumático-, y miro en derredor.

A su alrededor todo era verde: hojas, plantas y lianas. Se quedó mirándolas fijamente; no había visto árboles desde lo que parecía una eternidad. Su portentosa corteza era de un matizado tono marrón oscuro. Soplaba una ligera brisa, en absoluto fría, que mecía suavemente las ramas con un bamboleo rítmico que le provoco un ligero mareo. Por encima de su cabeza, las ramas se entremezclaban y tejían un dosel vegetal. Pudo distinguir retazos del cielo. En algunos puntos, el verde follaje era tan tupido que la luz del sol lo atravesaba apenas en rayos oblicuos, como los grabados bíblicos del prístino jardín, al principio de la creación.

Matt había estado descansando sobre ramas, hojas y hierba tejidas. No era incomodo, pero tampoco natural. Algo o alguien había construido aquel primitivo lecho. ¿Quien? De nuevo intento retroceder mentalmente, pero no lograba rememorar casi nada después del desprendimiento. Recordaba el polvo, las rocas y el haz de la linterna proyectándose hacia arriba. Después, apartar las rocas y la tierra, lo que explicaba el dolor que sentía en el costado derecho. Vio la sangre seca sobre su camisa y, cuando palpo la tela, un fuerte dolor lo traspaso. La camisa estaba pegada a su costado.

Lentamente la despego y miro: una herida redonda, roja y con franjas de sangre seca negra se extendía desde la cadera hasta las costillas flotantes. Fea pero superficial, decidió.

Extendió los dedos entumecidos y volvió a moverlos. Respondieron lentamente y de mala gana. Congelación. Ahora recordaba haber salido de la caverna abriéndose paso con las maños desnudas entre las rocas amontonadas y arrastrado a Susan por la nieve. La cegadora blancura y la paralizante fatiga. ¿Pero como había llegado hasta allí, estuviera donde estuviera aquel lugar? ¿Y donde se encontraba Susan?

Unos cuantos metros mas allá, al pie de un árbol, vio su abrigo, arrugado formando una bola. A su lado estaba su mochila. La visión le provoco una oleada de esperanza. Era un signo de buen agüero. Claramente, algo le había llevado hasta allí, y fuera cual fuese la fuerza superior responsable de ello, no le había matado… al menos por ahora.

Quizá Susan había conseguido de algún modo llegar también hasta allí; quizás era ella quien le había dejado cerca sus pertenencias.

Matt gruñó, reunió todas sus fuerzas y se puso en pie. Al principio se sintió mareado y alargó el brazo para apoyarse en un árbol. Cuando noto que recuperaba el equilibrio fue hacia la mochila, se arrodillo, la abrió y hurgó en su interior. No parecía faltar nada, ni siquiera las bengalas que le había quitado a Van. Cerca de la parte superior encontró el botiquín de plástico azul, lo abrió bruscamente y saco el frasco de antiséptico. La tapa giro fácilmente; ya la habían abierto. Lo sostuvo a la luz. Faltaba mas de una cuarta parte. Se remango la camisa y volvió a mirarse la herida. No había rastros de infección y en los bordes ya empezaba a formarse una costra. Alguien le había estado curando. Vertió mas antiséptico sobre la herida.

Se encontraba en una especie de emparrado. El follaje se extendía en todas direcciones y grandes helechos cubrían el suelo, desprendiendo un sugerente olor a humedad. Encontró un sendero y lo siguió, avanzando cautelosamente. Cada diez o doce pasos se detenía para mirar en todas direcciones y contenía el aliento para escuchar mejor. Nada se movía.

No había nada a la vista, por ninguna parte, y los sonidos eran escasos.

La exuberante flora lo desconcertó. Apestaba a musgo, hojas y fruta madura, y los árboles estaban festoneados de enredaderas. A Matt le resulto evidente que había descendido cientos de metros con respecto a la caverna y la meseta sin árboles donde los había sorprendido la tormenta de nieve. Aun así, la vegetación era demasiado frondosa y prodiga para encontrarse en los montes del Pamir, a menos que hubiera sido transportado a algún valle oculto con unas características meteorológicas improbables, tal vez un lugar resguardado por altas cumbres, regado por la nieve del deshielo y calentado por emanaciones volcánicas.

El sendero se internaba en una oscura arboleda y Matt lo siguió con precaución, intentando pisar sin hacer ruido. Llego al lindero de un minúsculo prado y se sentó a pensar que haría a continuación. No le atraía la idea de salir a campo abierto. Oteo por encima de la hierba, que sentado le llegaba al nivel de los ojos. Las moscas zumbaban a su alrededor.

Por la súbita contracción de su estomago cayo en la cuenta de hasta que punto tenia hambre. Pero le quedaban pocas energías, insuficientes para el esfuerzo de buscar comida. Se dejo caer de costado, alzo la mano izquierda y se miro los dedos; por lo menos ya no estaban tan insensibles. Recordó a un personaje de Jack London, rodeado de lobos junto a la hoguera del campamento, cuyo ultimo gesto antes de caer rendido de sueno era contemplar la cruda belleza de la mano humana, toda la creación concentrada en el movimiento circular de los dedos al cerrarse en un puno.

Entonces lo vio acercarse por el prado con un peculiar paso desmadejado. Se movía con rapidez. Iba desnudo y llevaba algo apoyado en un hombro. Matt se encogió aun mas y dejo de respirar. La criatura se dirigía directamente hacia el. Tuvo que reprimir el instinto de levantarse de un salto y alejarse a la carrera. En su lugar, rodó sobre su vientre y se arrastro entre la hierba, de regreso a la espesura. Después se puso en cuclillas y corrió manteniendo la cabeza muy próxima al suelo. Cuando dejo atrás los árboles, se incorporo y corrió con todas sus fuerzas, saltando por encima de troncos y abriéndose paso entre las enredaderas. Llego a un árbol caído y se acurruco debajo, oculto por las ramas.

Contuvo el aliento y vigilo desde allí el sendero, que quedaba a unos veinticinco metros de distancia. De pronto, como si algo le hubiera sorprendido, la criatura se detuvo, hizo una pausa y, girando en un ángulo agudo, se volvió hacia la espesura y avanzo hacia Matt, mostrándole su pavoroso cráneo deforme, el enorme pechó peludo y el tocón de árbol que sostenía en equilibrio sobre un hombro con una mano lánguida. Matt giro en redondo, aparto las ramas del otro lado, se escabullo entre ellas y corrió como si le fuera la vida en ello.

Jadeando y sin aliento, reconoció el emparrado y mientras iba hacia allí vio entre los árboles un movimiento fugaz, una figura. Era Susan. ¡Susan! Estaba plantada en el centro y otra figura, grande y peluda, avanzaba hacia ella. Matt reunió las ultimas fuerzas que le quedaban, corrió hacia ellos y salio impetuosamente al emparrado. Supo que saltaba por los aires, despegando del suelo con el impulso de todo su peso, y aterrizaba justo sobre la espalda de la criatura. Noto el impacto de su golpe, oyó el gruñido de dolor del ser cuando expulso todo el aliento de golpe y vislumbro una expresión de alarma en el rostro de Susan. Después sintió que se hundía y aterrizo sobre un tronco de árbol. Se golpeo la cabeza y oyó mas sonidos vagos e indistinguibles mientras se hundía, una vez mas, en las oscuras y tranquilas profundidades de la inconsciencia.

– Matt, Matt.

Susan lo llamaba en voz baja y le acariciaba la frente con la mano.

Matt abrió los ojos. Estaba arrodillada a su lado y lo miraba. Le cogió la cabeza, la acunó en sus brazos y la depositó sobre su regazo mientras le acariciaba el rostro con las yemas de los dedos.

– Tengo que reconocer que eres valiente -dijo-. Pero ¿cual era exactamente tu plan? ¿Montarlo hasta matarlo?

– Susan, por el amor de Dios, intentaba detenerlo. Iba contra ti.

Matt intento incorporarse.

– No contra mi, sino hacia mi. Es amigo mío. Tranquilízate. -Lo obligo a tenderse de nuevo-. Tengo muchas cosas que contarte.

Matt se sentó muy erguido y miro rápidamente a su alrededor. El neandertal estaba de pie junto a un árbol, no muy lejos de ellos.

Susan se echó a reír sin poder evitarlo.

– Lo has asustado tanto como el a ti -dijo-. No te preocupes, es inofensivo. Se llama Caralarga… Al menos así es como lo llamo yo.

– ¿Cuanto tiempo he estado inconsciente?

– Un día entero. Naturalmente, a mi me ha parecido mas tiempo que a ti.

– No lo dudo -replico Matt, frotándose el chichón que notaba en su cabeza.

– Antes que nada, deberías comer algo.

Susan se encargo de preparar un poco de comida. Saco de su mochila una fiambrera de latón y la lleno de frutos secos y bayas. Después cogió una botella llena de agua -Matt comprobó que era la botella de vodka de Rudy-, vertió el contenido en un cuenco de madera tallada y lo mezclo todo formando una especie de puré.

– No es tan malo como parece -dijo a modo de consuelo-. Tómatelo como si fuera un desayuno de reyes.

– ¿Que me dices de esa criatura?

– Calla. Todo a su tiempo.

Finalmente, una vez satisfecha su hambre de comida, ya que no de respuestas, Susan le dio unas palmadas en la rodilla.

– No te muevas de aquí -le ordeno-. ¿Estas preparado para la experiencia mas increíble de tu vida?

Desapareció detrás de unos matorrales y regreso al cabo de unos minutos caminando orgullosamente del brazo del mismo homínido sobre el que Matt había saltado.

– Matt, te presento a Caralarga. Caralarga, te presento a Matt.

No te preocupes -añadió sonriendo-. No te guarda rencor.

Matt se quedó boquiabierto, incrédulo, y se encogió instintivamente a la vista del primate desnudo. Contempló su robusta complexión, sus cortas piernas, su imponente torso y sus abultados bíceps, y siguió hacia arriba, hasta su rostro prominente con el cráneo aplanado, la mandíbula huidiza, los grandes ojos hundidos y las inconfundibles sobrecejas sobresalientes. Parecía casi humano… casi, pero no del todo.

Susan se echó a reír ante la confusión de Matt.

– Puedes decir lo que quieras -dijo cogiéndole el gusto a su papel de experta-. No te entiende. No tienen lenguaje.

El homínido se acercó y se acuclilló, mirando a Matt con interés pero sin demasiada curiosidad. No parecía ni aterrado ni aterrador. Matt lo contempló de arriba abajo; su espalda era alargada y sus piernas cortas. Tenia mas pelo que un ser humano, pero no era completamente hirsuto. Todo el parecía un poco desproporcionado, y sin embargo era lo bastante humanoide para… ¿Para que? Matt se acercó mas y miro a la cara. En los ojos vio inteligencia, quizá capaz de rivalizar incluso con la suya, pero no distinguió asombro.

Caralarga tocó la manga de la camisa de Matt y palpo la tela. Matt estudió los dedos rotundos, las recias uñas y los grandes nudillos. Las líneas que surcaban la palma de la mano no se parecían en absoluto a las de una persona. Dejándose llevar por un impulso, Matt extendió el brazo y le estrechó la mano. Y en cuanto notó el fuerte apretón, una oleada de emoción recorrió todo su cuerpo, y su corazón empezó a latir deprisa como si su núcleo genético hubiera entrado en ignición debido a aquella chispa de contacto. Se sintió alborozado.

– Asombroso, ¿verdad? -Dijo Susan-. Y pensar que este apretón de maños te remonta a treinta mil años atrás.

– Escucha -exclamo Matt-. Esta hablando.

Del grueso pechó brotaban unos sonidos gorgoteantes.

– Me temo que no. Por lo que he visto, he llegado a la conclusión de que en determinados momentos emiten sonidos que parecen corresponder a reacciones muy primarias: alarma, sorpresa, alegría… Pero no hablan en absoluto. Hacen otra cosa.

– ¿Que?

– Piensan.

– ¿A que te refieres?

– Transmiten pensamientos o imágenes, algo así.

– ¿Te refieres a la telepatía?

– Algo parecido. Ya lo veras. Cuando ocurre, lo notas. Y entonces parecen saber que estas mirando. Casi como si ellos también lo estuvieran mirando.

– ¿Como lo sabes?

– Intenta esconderte y veras de que estoy hablando. Es como si…

– ¿Como si que?

– Como si estuvieran dentro de ti.

– Increíble.

– Lo se. No puedo explicarlo. Es alguna clase de comunicación extrasensorial.

Caralarga perdió interés repentinamente y se marcho.

Algo de la seguridad con la que se movía, o como inclinaba su cabeza mientras se alejaba bamboleándose al ritmo de sus pasos, era curiosamente revelador.

– Dios mío, es un viejo -barboteo Matt.

– Es verdad. Intentaste zurrarle a uno de los ancianos de la tribu.

– Tribu. ¿Es que hay muchos?

– No te lo creerías.

– ¿Pero como puede ser esta la misma especie con la que nos tropezamos antes? Tienen cierto parecido, pero los otros eran implacables, despiadados. Estos parecen mucho mas humanos.

– No se cuales son mas humanos, pero tienes razón. Los dos son completamente distintos.

– Van murió en el desprendimiento -dijo Matt.

– Lo suponía. No podíamos hacer nada. Ahora apóyate y descansa. Te diste un buen porrazo. Te espera otra sorpresa, pero será mas adelante.

Susan condujo a Matt por el sendero hasta lo que ella llamaba el poblado. No dejaba de hablar, contenta de que Matt estuviera bien y feliz, y además, por tener compañía humana, alguien con quien compartir observaciones sobre el inverosímil mundo en el que habían aterrizado.

– Te enseñare sus nombres -dijo-. Los tres que nos rescataron se llaman Génesis, Éxodo y Levítico. Observaras que me dominaba una perspectiva bíblica. Siguen siendo mis favoritos. Levítico es inconfundible: es casi enclenque y tiene una cicatriz que cruza su mejilla, aunque Dios sabe como se la hizo. En realidad, cada vez me resulta mas fácil distinguirlos a todos.

Matt la miro divertido.

– Te gusta jugar a ser Eva y poner nombre a todos los animales, ¿verdad?

– Supongo que quizá si.

– Es una forma de ejercer el dominio. Eso siempre te ha gustado.

Susan sonrió.

– Pero a mi no me gusta-dijo Matt-. Antes necesito saber algunas cosas, por ejemplo, como llegamos aquí.

Dolida, Susan se apresuro a informarlo. Había recuperado la conciencia mientras descendían por la ladera de una montaña y le contó a Matt lo que recordaba. La primera sensación que captó fue la fuerza de los férreos brazos que la acunaban, el duro bulto del bíceps. Cuando abrió los ojos, vio la blanca y carnosa papada de una minúscula barbilla sin pelo y consiguió vislumbrar parte del interior de la boca: tenia los dientes manchados. Su primera reacción fue de pánico, ya que dio por supuesto que eran los mismos que habían matado a Rudy. Pero curiosamente, con el paso de las horas y tras perder de nuevo el conocimiento, descubrió algo indescriptiblemente tranquilizador en ellos; no supo si era la gentileza de su conducta, los brazos que la protegían o la fugaz visión de Matt, a quien llevaba a cuestas otra criatura que caminaba a poca distancia.

Al anochecer llegaron al poblado del valle. Después de ser depositada en el suelo, cerca del fuego, Susan siguió intentando espiarlos sin que se dieran cuenta, pero ellos descubrieron de algún modo el truco y le llevaron comida, que dejaron a su lado. Susan comió y se quedó dormida. Cuando se despertó, a la mañana siguiente, se encontró en el emparrado con Matt y rodeada por decenas de ellos: machos, hembras y niños. Su miedo se desvaneció progresivamente y fue sustituido por una sensación de maravilla. Se impuso la científica que había en ella.

– ¿Te lo imaginas? -exclamo-. Tenemos la oportunidad de estudiar a otra especie viviendo realmente entre ellos. No mas teorías, no mas conjeturas, no mas especulación. Solo observación. Investigación cultural directa a la vieja usanza… excepto que esta es prehistórica.

Matt estaba asombrado de la rapidez con que Susan parecía sentirse como en casa. Lo estaba asimilando todo, filtrándolo sin problemas y tratando de hallarle sentido como si estuviera realizando una fantástica expedición antropológica. ¿Con que rapidez nos adaptamos los humanos a lo inesperado y a la adversidad?, pensó Matt. ¿Es esa cualidad el secreto de nuestra supervivencia?

Por su parte aun estaba temblando. A un nivel primitivo había decidido que el peligro disminuía; la parte arcaica de su cerebro, que bombeaba sustancias químicas como respuesta a la agresión, empezaba a tranquilizarse. Pero sus sentidos estaban agudizados al máximo y cuando pasaron junto a un homínido por el sendero creyó que el corazón iba a salírsele por la boca.

Matt advirtió que había otra cosa que no tenia nada que ver con el miedo. Al principio no le hizo caso, pero ahora estaba seguro. Matt los observaba y ellos le devolvían la mirada. Pero siempre que lo miraban experimentaba una pesadez en el cerebro, casi una intrusión, como si algo estuviera atravesándolo. Y cuando el homínido quedó atrás, la sensación desapareció, como el sol asomando por detrás de las nubes.

El poblado se erguía en un recodo del río. No era gran cosa, un grupo de cobertizos improvisados que salpicaban la ladera de la colina y se multiplicaban a medida que la tierra se aplanaba en la cuenca del valle.

Lo que mas le llamo la atención a Matt fueron los propios homínidos, la confusa actividad que desplegaban en sus vidas cotidianas, transportando leña y cestas, acuclillándose, comiendo y cuidando del fuego, del que se elevaba una perezosa espiral de humo. Y luego – ¡por supuesto que había niños!-parecían versiones en miniatura de los adultos, solo que los arcos supraciliares se veían mas pronunciados en sus rostros mas pequeños.

Todo el mundo iba desnudo. Ninguno de ellos vestía pieles de animales como los otros -de hecho, no parecía haber animales en los alrededores-, y nadie llevaba porras ni otras armas. Las mujeres eran unos centímetros mas bajas que los hombres y sus curvas femeninas le parecieron a Matt exageradas: caderas demasiado anchas, nalgas terriblemente caídas y senos pendulantes. Los penes de los hombres, que colgaban libremente, no parecían especialmente grandes y quedaban disimulados entre el poblado nido de su vello pubico.

– Se en que estas pensando -dijo Susan-. Y la respuesta es no lo se. No llevo aquí el tiempo suficiente para haberlos visto copulando.

››A ese respecto no parece haber una gran diferencia entre los sexos. Sin duda no en los roles. Ambos cuidan del fuego y muelen el grano con un mortero y una mano de almirez. Esas parecen ser las dos actividades principales, por lo que puedo apreciar.

››Si, tienen cereales. Cultivan plantas, pero no matan animales ni comen carne. El fuego se utiliza para desbrozar la tierra, no para cocinar. De modo que estábamos definitivamente equivocados en cuanto a eso. La agricultura sedentaria antes que la caza. Fascinante, ¿verdad?

De hecho, Matt estaba pensando en otra cosa.

– Susan, llevamos aquí varios minutos pero nadie nos presta la menor atención.

– Pero saben que estamos aquí. Lo habrás notado cuando te leen; así es como lo llamo. Así saben que no suponemos una amenaza. Pero su curiosidad no esta lo que tu llamarías muy desarrollada. Ayer, cuando llegue por primera vez, provoque cierto revuelo, especialmente entre los niños. Pero a estas alturas me consideran algo parecido a una antigualla.

Matt entro en una choza. Estaba construida en forma cónica alrededor del pie de un árbol; las ramas inferiores habían sido dobladas para acercarlas al suelo y al tronco y trabadas allí. Encima habían amontonado ramas secas, formando una especie de tienda indía clavada en el suelo para mantener a raya a los depredadores. Se parecía un poco a la boma de espinos de un redil masai de Kenya, pensó Matt. En el interior no había gran cosa: varias calabazas llenas de agua, medía docena de herramientas de pedernal y unas cestas de madera talladas llenas de cereales.

Susan no cesaba en su parloteo de guía turística.

– No puedo imaginarme su organización social, si es que tienen alguna. No parece que vivan en familias. Se diría que los adultos y los niños se trasladan continuamente de una choza a otra. Las mujeres parecen quedar en la sombra. Pero no llevo aquí el tiempo suficiente para poder asegurarlo.

Matt seguía sin poder reconciliar estos homínidos con los monstruos sedientos de sangre que habían matado a Rudy.

Los otros parecían crueles, no solo porque llevaban armas sino por algo de su postura, la manera como su cabeza se proyectaba hacia delante al extremo del cuello alargado, un cruel destello de los ojos hundidos bajo el pliegue protector de hueso. Estos parecían en general benignos. Se les notaba confiados y tranquilos, allí sentados o en cuclillas, masticando bayas y frutos como si nada de este mundo terrenal les importara.

– Te diré lo que me desconcierta -dijo Matt-. Solo es una primera impresión, pero por todo lo que he visto hasta ahora, son mucho mas primitivos de lo que me esperaba, o de lo que me habría esperado si alguna vez hubiera osado imaginar una cosa semejante.

– Si.

– Comparados con la banda que nos sorprendió en la montaña, parecen varios eones mas atrasados. Aquel grupo, odio tener que admitirlo, estaba organizado. Tenían un líder; actuaban de una manera coordinada, planeada de antemano. Llevaba armas, y ya viste su caverna. ¡Saben curtir pieles, por el amor de Dios!

– ¿Que intentas decir? -preguntó Susan.

– Intento decir que, a pesar del parecido exterior, son demasiado diferentes, como si pertenecieran a dos especies distintas.

– Vamos. Se parecen. Están separados por un solo día de viaje en la evolución. ¿Y dices que son dos especies distintas?

– Se que suena increíble -dijo Matt-. Solo digo que se comportan como dos especies diferentes.

– Llevas aquí unas seis horas y ya eres un experto.

– No te sulfures. Tampoco has apreciado nunca la variación regional.

– ¿Que significa eso? -preguntó Susan indignada.

– Significa que siempre te conformas con la explicación fácil: la sustitución violenta, un grupo conquista a otro. Quizás haya otra explicación.

– ¿Como por ejemplo?

– No lo se.

– Pronto me dirás que estos dos grupos evolucionaron por separado porque uno vive en el valle y el otro en la montaña. Eso seria llevar el desarrollo multirregional demasiado lejos.

Permanecieron en silencio unos segundos. Después habló Susan.

– De todos modos, te olvidas de algo.

– ¿Que?

– El enigma de Khodzant.

– De acuerdo, chica lista. ¿Que significa?

– No lo se. Pero se que tiene algo que ver con la guerra y es la clave de todo este asunto. Intento imaginármelo.

– Buena suerte.

El sendero discurría sinuoso hasta desembocar en un estrechó paseo. Susan parecía segura del camino e iba delante.

Pronto dejaron atrás el poblado y se internaron en la espesura. A su alrededor oían aves, zumbidos de insectos y un millar de minúsculas criaturas escurridizas.

– ¿Adonde vamos? -preguntó Matt.

– La sorpresa, ¿recuerdas?

Susan cruzo de un salto un arroyó y siguió caminando a largas y ágiles zancadas. Su exuberante cabello negro parecía encontrarse en su elemento en la espesura. A Matt aun le dolía un poco el costado, pero se sentía mucho mejor que antes. Caminaron durante una hora larga, hasta que Susan se volvió y dijo con una sonrisa:

– Ya casi hemos llegado. ¿Estas bien?

Matt compuso una falsa mueca de sufrimiento.

– No lo dudes.

Treparon por una pendiente y llegaron a un farallón desde donde veían extenderse todo el valle ante ellos. A lo lejos, unas escarpadas paredes de roca se elevaban hasta las montañas que las coronaban.

– ¡Dios mío! -Exclamó Matt-. Estamos en el cráter de un volcán. Apuesto a que sigue activo. Esa debe de ser la razón de que el clima sea tan templado.

Susan enlazo un brazo con el suyo.

– ¿Sabes? Un día es mucho tiempo para estar inconsciente. Me tenias preocupada. No dejes que se te suba a la cabeza, pero tal vez este empezando a recuperar una pizca del afecto que te tenia.

– Bueno, estar perdida y sola entre varios centenares de cavernícolas quizá tenga algo que ver con eso.

Susan se echó a reír y prosiguió la marcha. No tardaron mucho tiempo en oír un rugido constante entre los árboles del frente. Era una cascada. Al cabo de otros diez minutos se encontraron frente a un salto de agua, de unos dos metros de anchura, que caía a plomo por un risco vertical. Matt percibió el olor del azufre y comprendió que era un enorme geiser que proyectaba hacia arriba un chorro de agua caliente. Eso explica el clima, pensó: manantiales geotérmicos que desprenden vapores sobrecalentados, que chocan con una corriente de aire calido procedente del valle.

Por debajo de ellos, al pie de la cascada, había una amplia cuenca excavada en la roca por el agua al precipitarse. Matt miro hacia abajo y vio unos escalones de piedra que conducían hasta ella, cerca del pie de la cascada. Entonces por encima del rugido oyó otro sonido penetrante, intermitente, casi ahogado, pero de vez en cuando bien nítido. Parecía una voz cantando o salmodiado, por imposible que fuera, pero era tan difícil ubicarlo que Matt empezó a dudar de sus sentidos.

De pronto, Susan se llevo las maños a las orejas formando una pantalla, gritó algo que Matt no alcanzo a entender y señalo al pie de la cascada. De la bruma surgió una figura reconocible como humana por su forma y de pronto familiar. Se acercó al risco y empezó a subir los escalones, pero Matt no pudo asegurarse hasta que llego arriba. Acercándose con aire solemne, envuelto en una toga como un dios de la Grecia clásica, pero con una barba poblada que le daba el aspecto de un profeta del Antiguo Testamento, reconoció a Kellicut.

Si algo caracterizaba a Eagleton era su fanatismo. Cuando abordaba un tema, se sumergía en el y no pensaba en nada mas durante horas y horas. Sus cavilaciones empezaban en un punto central y después se expandían en círculos cada vez mas amplios, como un perro cuando busca el rastro de su casa.

Por eso su despacho se había transformado durante las ultimas dos semanas con artefactos y tótem. A lo largo de una pared había retratos de los grandes hombres de la paleo antropología y campos afines, desde la geología hasta la psicología cognitiva. También había seguidores de la nueva escuela de arqueología experimental, seres extraños que desaparecían desnudos en la espesura durante meses seguidos, intentando recrear el estilo de vida de sus antepasados primitivos. Estaban representados incluso aquellos que se habían apartado de lo que finalmente constituyo la senda del conocimiento aceptado, los conservadores rebeldes y los defensores de causas perdidas.

A la derecha, contemplando el espacio con escepticismo a través de unas diminutas antiparras, colgaba una fotografía de Rudolf Virchow, el alemán fundador de la patología moderna que había minado su propia reputación combatiendo la descabellada teoría de la evolución. Había un retrato de Alfred Russel Walláce, el autodidacto de clase medía, palabras suaves y acuosos ojos marrones cuyas teorías se anticiparon a las de Darwin. También había fotografías de Thomas Huxley, con el cabello largo y atractivo, sonriendo a la cámara con una mueca de confianza, de Paul Broca, la piedra angular de la antropología física francesa, e incluso de Edward Simpson, el celebre falsificador ingles, sentado en una silla de madera y rodeado por las herramientas de su oficio, un martillo en una mano y a sus pies varias piedras falsas, destinadas, sin duda, a los crédulos compradores victorianos. Por encima de todos ellos, tanto físicamente en la pared como mentalmente en el panteón jerárquico de Eagleton, estaba Ernst Haeckel, el naturalista alemán de aspecto sentimental con largos bucles rubios y un aire de destino trágico, como el general Custer. Había abrazado la teoría de la evolución con una pasión peligrosa, convirtiendo la supervivencia del mas apto en un dogma de la Naturphilosophie, la romántica filosofía mística que condujo a las teorías eugenesicas y a las doctrinas raciales del nazismo.

Eagleton se sentía irresistiblemente atraído hacia aquel hombre, representado aquí con botas y sombrero de ala ancha, y una gran jarra de cerveza junto a su codo.

Sobre una mesa, junto al escritorio de Eagleton, reposaba un abundante surtido de moldes, mandíbulas, trozos de cráneo con números garabateados encima con tinta oscura y diversas herramientas prehistóricas: martillos de piedra, cortadores de una y dos caras, poliedros, raspadores, formas discoidales, esquirlas de pedernal y otros fragmentos. Cuando se perdía en sus pensamientos, levantaba las piezas, les daba la vuelta una y otra vez como si fueran runas y las distribuía formando nuevos esquemas.

En la pared opuesta, tensada y clavada sobre un tablero de corcho, había una reproducción del enigma de Khodzant con los paneles ausentes, el acertijo sin resolver favorito de todos los estudiantes licenciados. Nadie mas que Eagleton, al menos nadie que siguiera con vida, sabia que estaba relacionado de algún modo con los neandertales. Eagleton había establecido la conexión gracias a Zhamtsarano, el mongol que le inspiro el respeto y la empatia que un explorador siente por un colega que recorrió décadas antes la misma ruta sin cartografiar y desapareció. El pictograma había sido descubierto en los archivos de Zhamtsarano, en el Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias. Había un boceto en el que faltaba el ultimo cuadrante, por supuesto, y con una anotación manuscrita en cirílico. De nuevo, Eagleton leyó la traducción impresa en una hoja de papel que reposaba sobre su escritorio:

– Cada tribu tiene su propio mito central. Es el mito del origen o de la supervivencia que delimita la tribu y le confiere su unicidad. Penetrar hasta el corazón del mito es comprender el momento de la creación de la tribu y el alba de su historia.››

El monte Olimpo, Gea y Urano, los Titanes, Cain y Abel, el diluvio y el arca de Noe, Mahoma y la montaña, Krishna, la tribu perdida de Israel… todo incorporaba esta verdad básica que Eagleton había descubierto. Creía que Zhamtsarano había resuelto el acertijo del pictograma, pero no había anotado la solución, típico de alguien que consideraba que el viaje era tan importante como el destino. Eagleton lo contemplaba durante horas, intentando descifrar su mensaje, y a veces, mientras estaba absorto en otra tarea, hacia girar de pronto su silla de ruedas para mirarlo, como si pudiera tenderle una emboscada al secreto y desvelarlo.

A Eagleton se le estaba agotando el tiempo. Tenia que tomar decisiones, pero le faltaba una información sólida sobre la que basarlas. El transmisor de Van seguía mudo. Había muchas probabilidades de que el y los demás estuvieran en apuros. ¿Debía enviar a Kane y al equipo de asalto? Si los paracaidistas llegaban demasiado pronto, arrasándolo todo a sangre y fuego, como era su costumbre, toda la misión podría irse al traste. ¿Pero y si llegaban demasiado tarde? El único problema entonces seria la censura: como evitar que se extendiera el rumor de lo que habían encontrado… si es que realmente quedaba algo por encontrar.

Y en cuanto a los rusos, le había preocupado enterarse, por la ultima transmisión de Van, de que ya estaban en la zona.

Con su sarcasmo habitual, Van había sugerido que Eagleton estaba al corriente de su expedición. Lo cual, naturalmente, era cierto en un sentido general, y no veía motivos para que Van estuviera también en el ajo. Pero no había creído que Moscu actuara tan deprisa, y no tenia ni idea de lo que buscaban los científicos rusos. Habían cambiado de idea respecto a lo de entregar toda aquella investigación y ceder el campo a los americanos, con glasnost o sin ella. Después de todo, ¿por que divulgar una ventaja en un campo innovador?

Los hábitos de la guerra fría tardaban en morir.

Eagleton encendió otro cigarrillo y abrió el expediente de la operación Aquiles con las actualizaciones en la parte superior. No incluían buenas noticias. El sujeto había perdido ocho kilos a lo largo de tres semanas, había dejado de cooperar con los experimentadores, tuvo que ser encadenado con grilletes de maños y pies, y emitía extraños sonidos.

Ojeo las paginas de información experimental referente a Aquiles: resúmenes de las observaciones registradas a lo largo de los meses y que se enviaban a Maryland para ser revisadas una y otra vez desde el momento en que descubrieron los extraordinarios poderes de la criatura. No era exactamente telepatía, es decir, la capacidad de leer la mente, sino un paso definitivo hacia ella: la visión remota, o VR, como la llamaban los científicos, que estaban completamente seguros de que la criatura poseía, al margen de cualquier otro rasgo menor sorprendente que pudiera presentar.

Eagleton se topo con una trascripción de su primera entrevista con el científico que se lo explico. La leyó.

– ¿Es capaz de leer la mente?

››-No, que va. No es lo mismo, en absoluto. Para empezar, el pensamiento, al menos en los seres humanos, es inseparable del lenguaje y en buena parte tiene lugar en el cortex cerebral. Este sujeto no tiene un cortex cerebral desarrollado del mismo modo. No, el don es ocular.

– ¿Significa eso que requiere ojos para actuar?

– Si, los ojos de alguien mas.

– ¿La criatura ve a esa persona?

››-No, solo ve lo que ella ve. Mira a través de los ojos de esa persona; en realidad ocupa los centros ópticos donde se procesa la información visual. Así que no vería a la persona en concreto a menos que coincidiera en utilizarla cuando se mirara en un espejo.

– ¿Puede ir a cualquier parte y ver cualquier cosa?

– ¿Se refiere a si puede viajar por el espacio a voluntad y, digamos, posarse sobre la copa de un árbol para contemplar la puesta del sol? En absoluto. Como he dicho, es una forma de telepatía limitada, totalmente dependiente de la disponibilidad de un canal a través del cual actuar: otro cerebro, que constituye el receptor y procesador de datos primario.

– ¿Realmente puede ver a través de los ojos de otro?

Se habían dado cuenta por casualidad, gracias a las cámaras de video, al principio, cuando su apetito todavía era saludable. Observaron que, momentos antes de darle de comer, la criatura era presa de un frenesí anticipatorio; de alguna manera sabia que la comida estaba en camino. Un avispado vigilante de los monitores señalo que esto ocurría en el momento preciso en que el guardián pasaba ante la puerta abierta en dirección a la bandeja de la comida, a siete habitaciones de distancia de la celda del sótano. Variaron las horas de las comidas, pero seguía sabiéndolo al segundo exacto. Ampliaron las pruebas incluyendo toda clase de actividades: el baño, el recreo y la presentación de juguetes.

De algún modo, era capaz de detectar lo que ocurría en otra habitación. Había una constante: tenia que haber alguien mas en esa habitación utilizando sus ojos.

Diseñaron experimentos mas rigurosos: un hombre situado en otro piso miraba una figura -triangulo, circulo o cuadrado-, y la criatura elegía desde el sótano la correcta. Cambiaron todas las variables: los objetos, la distancia, el tiempo de la prueba, la iluminación… Incluso apagaron los monitores de televisión, pero seguía eligiendo correctamente, con un margen de error tan ínfimo, del 0,306 %, que resultaba estadísticamente insignificante.

El campo de observación fue ampliado. La criatura fue capaz de proyectar su VR a tres espectadores distintos situados a varios kilómetros de distancia. Le proporcionaron un cuaderno de dibujo y carboncillo, e incluso logro dibujar, aunque de una manera burda, el perfil de un escenario que alguien estaba mirando, siempre que hubiera puntos de referencia claramente visibles. Pero alguien mas tenia que estar mirando para que la facultad actuara.

Los cuidadores y científicos, los que pasaban mas tiempo con la criatura, notaron que experimentaban una sensación de vértigo y a veces una jaqueca cuando la criatura invadía sus receptores visuales. Un cuidador en concreto, un norteamericano de origen irlandés llamado Scanlon, era el favorito de la criatura; parecía pasar mucho tiempo ‹‹viendo›› lo que observaba Scanlon. Por indicación de Eagleton, los científicos conectaron a la criatura a un electrocardiógrafo, una grabadora de respuesta galvanica de la piel y otros instrumentos para medir las reacciones corporales asociadas a emociones. Después Scanlon, sin saber nada de la prueba, fue subido a un coche y conducido por una pista de montaña a ciento veinte kilómetros por hora cuesta abajo. Las agujas se encabritaron salvajemente y las mediciones de la criatura se salieron del grafico.

Que lastima que la criatura fuera por lo demás tan poco comunicativa, pensó Eagleton. La información era toda unidireccional. El ser era incapaz de proyectar alguna luz sobre su talento exclusivo, como un genio imbecil capaz de resolver un problema con multiplicaciones hasta la décima cifra decimal pero incapaz de explicar como lo conseguía. Era un animal de aspecto demasiado burdo para poseer un don tan sublime. Que pena. Quizá nuestra comprensión llegaría solo con la autopsia, y eso podía ser muy pronto, a juzgar por como empeoraba su salud.

La operación era demasiado importante para cometer errores. Solo Dios sabia lo que significaría poseer esa facultad. Con los avances actuales de la genética, una transferencia del don a los humanos era mas que factible; estaba prácticamente al alcance de la mano. Las aplicaciones eran pavorosas, como mínimo en el terreno militar. Un ejercito con semejante capacidad seria invencible. Imaginaba las posibilidades para el espionaje, la recogida de información, la estrategia y la táctica. Pensaba en las ventajas durante las negociaciones, las conferencias económicas, la determinación de cuotas con los japoneses, las negociaciones con la Unión Europea… No era de extrañar que los rusos hubieran vuelto a la partida.

Eagleton cerró la carpeta y oprimió el pulsador que había bajo su escritorio; entro una secretaria nueva, la tercera desde la rápida marcha de Sarah. Se había puesto perfume, pero Eagleton no supo distinguir la marca; el sentido del olfato era el que tenia mas débil. Cuando le tendió el expediente, ella lo miro y preguntó:

– ¿Algo mas, señor?

Eagleton respondió con brusquedad, en un tono de voz que indicaba que tenia mucho trabajo por hacer y que no podía permitirse interrupciones innecesarias.

– No, nada. Nada en absoluto.

La mujer se marcho cerrando la puerta suavemente. Eagleton cogió una mandíbula y la hizo saltar sobre su mano.

Después clavo la vista en el enigma de Khodzant. En el exterior, al otro lado de las persianas, estaba oscureciendo.

– No hablaré de Rousseau, ni de Locke, ni de Schopenhauer.

Me he desembarazado de los filósofos. Son todos unos filisteos ignorantes. Pertenecen a una región de mi cerebro que me he extirpado.

Kellicut estaba apoyado en un árbol, un lugar perfecto para discutir sobre el hombre como noble salvaje. Mostraba una nueva inquietud que sorprendió a Matt, comparada con el extraño distanciamiento casi místico que había exhibido hasta ahora. Susan, que estaba sentada en el suelo y levantaba la cabeza para mirar a Kellicut, no parecía compartir la visión de Matt.

Matt se apoyó en una rama del árbol. Susan, sorprendida al ver varios homínidos buscando moras en las proximidades, tan tranquilos en su elemento natural, había intentado desviar la conversación hacia los filósofos de los que solían hablar durante horas en los bares de Cambridge. Era una manera de romper el hielo, pero Matt tuvo la sensación de que Susan había vuelto a caer en el antiguo papel de la estudiante de postgrado reverente.

Matt observó los cambios operados en Kellicut desde el momento en que lo vio. Estaba flaco y bronceado debido a su estancia en el valle. Sus brazos eran musculosos y tenia la piel curtida. Su edad, sobre todo, le confería mas autoridad, que quedaba realzada por su barba espesa y entrecana. Su rostro era enjuto y sus ojos mostraban un brillo fanático, como un ángel vengador bíblico. No llevaba una toga, des pues de todo, sino una especie de taparrabos hecho de Io que en un tiempo fueron unos pantalones.

Curiosamente, Kellicut no mostró la menor sorpresa al ver a Matt. Era indudable que estaba al corriente de su presencia por Susan, naturalmente. Sin embargo, después de tantos años y en circunstancias tan peculiares, Matt esperaba algo mas. A fin de cuentas, acababa de recorrer medio mundo en avión respondiendo a una llamada urgente; esperaba alguna muestra de agradecimiento, no de reserva. Y además, aquel gélido apretón de maños antes, cuando se reunió con el. Matt sintió una oleada del antiguo afecto.

– Nos pediste que viniéramos y aquí estamos -gritó para hacerse oír por encima del rugido de la cascada, avanzando para abrazarlo.

Kellicut se quedó donde estaba y enarco una ceja. Su respuesta fue apenas audible, ahogada por el ruido del agua al desplomarse:

– Bueno, en todo caso, aquí estáis.

Matt había reprimido su decepción, pero al hacerlo comprendió que estaba reproduciendo una emoción que a menudo había sentido en presencia de aquel hombre.

– Creíamos que estabas en peligro.

– Eso pretendía que creyera el instituto.

– ¿Por que?

– Porque no confió en ellos. No se de quien fiarme. Ni siquiera estoy seguro de si debo fiarme de vosotros. Tendréis que ser pacientes.

Kellicut se sumió entonces en un prolongado silencio. No tenia aspecto de estar confuso; al contrario, su mente parecía en calma y ociosa. Era como si algo hubiera conseguido penetrar hasta el mismísimo fondo de su alma y lo hubiera vuelto del revés.

Pero en aquel momento, horas mas tarde, cediendo a la insistencia de Susan, Kellicut empezó a escupir palabras que llevaban mucho tiempo contenidas. Hablaba sin mover las maños, sin gesticular en ningún sentido, solo para ella.

– La filosofía es pura palabrería. Es una farsa. No son las ideas o el pensamiento sobre las ideas lo que esta mal, Si no las propias palabras. Por su misma naturaleza, son restrictivas. No pueden captar el pensamiento o acercarse siquiera a aprehenderlo, y por ello se convierten en embusteras. El lenguaje no es un don, es una carga. Te das cuenta en cuanto tratas de emplear la comunicación sincera a través de otro canal.

Kellicut dio marcha atrás y les contó su búsqueda a través de las montañas, su descubrimiento de la grieta que conducía al valle y su primer encuentro con los homínidos.

– Desde el momento en que los vi supe que poseían algún poder extraordinario. Ya los había vigilado a distancia y sabia, con una certeza difícil de explicar, que ellos también eran conscientes de mi presencia; me estaban observando mientras yo los observaba a ellos. O, para ser exacto, estaban observando lo que yo observaba de ellos.

Regresé al campamento, deje el diario y volví allí. Esta vez estaban solos juntos en un claro, como si anticiparan mi llegada, lo cual naturalmente hacían, aunque entonces yo no tenia manera de saberlo. No sentí miedo; ¿por que iba a sentirlo? Ya sabia bastante sobre ellos. No eran peligrosos y mis motivos eran puros. Me los imaginaba como seres bondadosos cuya existencia transcurría en un plano superior.

Salí de los matorrales y me mezcle entre ellos. No estaban ni pizca sorprendidos. Me olfatearon y examinaron con curiosidad, en absoluto amenazadores. Busque un líder, pero no había ninguno, aparte de los ancianos, como descubriría mas tarde, que son respetados en un sentido bastante general. En cambio, todos los demás son verdaderamente iguales, desde el niño mas pequeño hasta el hombre mas fuerte. No tienen un gesto de bienvenida, como un apretón de maños, porque como sus intenciones siempre son pacificas no necesitan demostrar que lo son. ¿Que razón hay para sospechar de una mano cuando se vive en un mundo sin armas?

Sabían que estaba hambriento y me dieron de comer: literalmente, se reunieron a mi alrededor y me llenaron la boca de comida. Esta fue mi primera experiencia con su poder. Advertí que cuando miraba la comida, me daban mas.

Cuando apartaba la vista, incluso brevemente, se detenían.

No estaban mirando mis ojos. ¿Como lo sabían? Sencillamente, lo sabían.

– ¿Como? -preguntó Matt.

Kellicut se volvió hacia el y respondió en tono algo irritado.

– ¿No lo has notado?

– No estoy seguro.

– Cuando ocurre, lo sabes. Experimentas la sensación. Es como si tu mente se rellenara de alguna manera; no se describirlo mejor, es como un recipiente que se llena de agua o una bruma que se apodera de tu cabeza.

››Cuando esto ocurre con uno de ellos, puede ser una sensación pasajera, pero cuando sucede en grupo, es verdaderamente intensa. La niebla se espesa cada vez mas, y cuando finalmente escampa, una lluvia te baña por completo y te deja limpio por dentro. No se diferencia mucho del LSD, la misma sensación de perderse totalmente, de fundirse con algo poderoso e infinito. No es en absoluto aterrador. Resulta, ¿cual es la palabra?, alentador, confortador. Es como una sensación de formar parte de algo, como acabar con la soledad, como no volver a estar solo en el sentido mas profundo.

Los tres guardaron silencio un momento; después Kellicut prosiguió su relato.

– Han alcanzado una existencia beatifica. Piensa en ello.

Son herbívoros y pacíficos. No matan animales ni se matan unos a otros. Su ethos es comunal. No hay individualidad, no hay sentido del yo, no hay ego. ¿Por que debería haberlo? ¿Como podría haberlo, cuando la psique puede proyectarse fuera del cuerpo, cuando la mente existe literalmente en la colectividad? Lo único que cuenta es la tribu.

– ¿Que ocurre cuando uno muere? -preguntó Susan.

Kellicut se quedó sorprendido por la pregunta, pero no porque el no hubiera pensado en ello. Hizo una pausa.

– Esa es otra cuestión -dijo amablemente al cabo de un instante.

– Pero ¿como actúa este poder físico? -preguntó Matt.

– Una pregunta bastante pedestre y funcional.

– Supongo que soy de esa clase de personas -replico Matt.

– No se utiliza para nada en ese sentido. Sencillamente existe-dijo Kellicut irritado.

– Lo que quiero decir es si pueden leer la mente o si simplemente ven lo que otro ve.

– ¿Simplemente?

– Ya me has entendido.

– Si. Y si no eres capaz de realizar la hazaña personalmente, no se como puedo responderte. Solo he estado en la posición del receptor… al menos hasta ahora.

– ¿Que significa ‹‹hasta ahora››? -Preguntó Matt-. ¿Estas intentando aprenderlo?

– Yo no diría tanto. Pero la esperanza es lo ultimo que se pierde.

– Eso se acerca mucho a los poderes extrasensoriales -observó Susan-. A ese respecto, ¿cual es la diferencia entre leer la mente de alguien y ver realmente lo que ve esa persona, en especial cuando el fenómeno es capaz de saltar la barrera de las especies? Si ambas especies pensáramos, entonces quizá podrían leer nuestros pensamientos. Tal como están las cosas, solo pueden ver lo que vemos.

– Creo que tienes razón -dijo Kellicut.

– ¿Y crees que no han conseguido desarrollar un lenguaje porque no lo necesitan? -preguntó Matt.

– ¿Conseguido?

– De acuerdo, olvida lo de conseguir. ¿Crees que no han desarrollado un lenguaje porque no lo necesitaban?

– Precisamente. ¿Por que gatear, cuando puedes caminar?

– Así pues, los paleontólogos evolucionistas que creen en la explicación lingüística podrían estar en lo cierto al pensar que la gran división se produjo porque nosotros adquirimos el lenguaje. Al principio era el verbo.

– Con una diferencia importante. Su teoría se basa en la suposición no demostrada de que el Homo sapiens siguió avanzando con un desarrollo mas amplio, que el lenguaje era una ventaja y no un impedimento. Mientras que aquí podemos ver que la verdad es todo lo contrario.

– ¿Lo contrario?

– ¿No lo adivinas? -Kellicut estaba nuevamente irritado-. Aquí la comunicación se produce en su forma mas pura. El individuo se sumerge en el grupo. El mundo es completo y no hay necesidad de forzar las cosas para conseguir algo mas. ¿Por que esforzarse por progresar, cuando el cambio solo puede significar regresión?

– Eso no me suena muy darwiniano -dijo Matt.

– Darwin no tiene nada que ver con esto. La supervivencia del mas apto era un concepto brillante, pero no admite ninguna dimensión ética o moral. Es la concepción del mundo como una gigantesca, malévola y siempre cambiante carrera de obstáculos. Es la historia escrita después del Génesis.

– ¿Y lo que tenemos aquí es anterior al Génesis? -preguntó Matt.

– Por descontado. Si no entiendes eso, que Dios te ayude.

¿No ves que estas rodeado por seres inocentes, ingenuos y confiados? Has encontrado el mismísimo paraíso, el jardín del edén, antes de la trasgresión de Adán y Eva. Todo forma parte del gran esquema de la naturaleza repetido una y otra vez.

– ¿Paraíso? -preguntó Matt dudoso.

– Si, el paraíso en todos los sentidos.

– ¿En todos los sentidos? ¿Significa eso que aquí encontraremos a Dios?

– Con toda seguridad, yo lo he encontrado. Y no solo eso.

– ¿Que mas?

– También encontrareis a Satanás. Y esta a punto de convertirse en serpiente.

– ¿Quien es Satanás?

– No soy yo quien debe decirlo. Tal vez este equivocado.

A Matt se le ocurrió, y tuvo que admitir que la sospecha llevaba algún tiempo madurando en su interior, que Kellicut podía estar loco. Miro de reojo a Susan, que parecía embelesada. ¿Es que no se daba cuenta?

Kellicut había vuelto a la ofuscación. Matt recordó la persecución a través de las cuevas, hacia solo unos días. De pronto revivió el momento en que Van le instaba con voz apremiante a que cerrara los ojos, cuando se ocultaban en la grieta. ¡Por supuesto! Van conocía sus poderes. Sabia que podían ver a través de los ojos de otro ser. Lo supo desde el principio. La súbita comprensión despertó su ira.

– Dime una cosa. ¿Sabias algo de esto antes de venir aquí?

– le preguntó.

– Ni una palabra.

Matt le creyó.

– ¿Y donde encajan los neandertales asesinos con quienes nos tropezamos?

– No lo se. Nunca los he visto, aunque naturalmente se que bajan al valle de vez en cuando, en breves incursiones.

Susan me contó vuestra experiencia. Lo siento por Sharafidin, fue una gran ayuda para mi. Y me he enterado de la muerte de vuestro amigo. Gran parte de lo que se debe a conjeturas. Estoy desarrollando una teoría, pero seria prematuro divulgarla.

Matt y Susan lo conocían demasiado bien para presionarlo. Kellicut no era la clase de personas que ceden cuando han tomado una decisión.

– Lo que me gustaría saber es por que son tan brutales -dijo Matt-. Mataron a Rudy sin dudarlo un momento.

– Yo diría que la respuesta es obvia -dijo Kellicut.

– ¿Cual es?

– Nos odian.

– ¿Por que?

– Porque los vencimos y casi los exterminamos por completo. Lo peor que puedes hacerle a un enemigo mortal es no matarlo del todo.

Aquella noche, Susan hizo una prueba. Justo antes de oscurecer se escabullo sola y avanzo bordeando el poblado silenciosamente, apartando las ramas bajas que se interponían en su camino. No se movía con tanta cautela porque tuviera miedo -ya se había adaptado al valle y era consciente de haberse quedado prendada de sus ritmos cadenciosos, especialmente al final del día-, sino porque no quería ser disuadida.

Oyó un rumor entre los matorrales, cerca de sus pies, producido por algún animal pequeño. Se interrumpió bruscamente, pero cuando ella paso, se alejo a la carrera. Susan se detuvo en una bifurcación, se oriento y tomo el sendero de la izquierda, donde la vegetación era mas frondosa. Se dirigía hacia un bosquecillo de abedules que flanqueaban un arroyó; sabia que Levítico frecuentaba aquel lugar.

Pensó fugazmente en el mundo exterior, el bullicio y la lucha constante que había caracterizado su vida. Aquello era antes la realidad. Esto era atemporal, incorpóreo. ¿Podían la mente y el cuerpo pasar de un mundo a otro sin mas ni mas? Una punzada de añoranza le hizo saber cuanto echaba de menos lo que había dejado atrás, mientras que, al mismo tiempo, a un nivel distinto, estaba dispuesta a mandarlo todo al diablo. ¿Es que ella carecía de punto intermedio?

Al doblar un recodo y llegar al arroyó vio a Levítico en la orilla opuesta, en cuclillas y con los brazos doblados en los costados como un gato, bebiendo grandes sorbos de agua. Unas ondas se propagaban en suaves círculos concéntricos a partir de su mentón. Su coronilla, poblada de tupido pelo negro, se veía notablemente arqueada, y desde debajo de sus pronunciadas cejas, la criatura la estaba mirando.

La cicatriz de su mejilla resplandecía. Susan se sentó en la orilla opuesta, a un metro de distancia.

Levítico alzo la cabeza y la miro directamente. Susan aguardo. En aquella posición, los músculos de sus hombros estaban flexionados y eran enormes. Es como una pantera, pensó ella, ágil y poderosa. Le miro la frente, que sobresalía visiblemente por encima de los demás rasgos. Era imposible no reparar en aquel hueso prominente, pálido y sólido, un enorme chichón donde la piel debería ser lisa. Combinado con el mentón en retroceso y el cráneo aplanado, la cara se proyectaba hacia el frente como una especie de reflejo distorsionado por una botella, como un feto detrás de cristal.

Se estremeció involuntariamente, como al despertar de golpe justo en el momento en que se quedaba dormida. ¿Hay alguna parte de nosotros que desprecia a otra especie porque es tan próxima, porque las variaciones menores destacan como deformaciones insoportables?, se preguntó. ¿Por eso nos asustan tanto las desviaciones entre nosotros? Sin embargo, los ojos eran perfectos, nítidos y humanos. Vio que tenían el iris de color avellana y el blanco estaba surcado por una telaraña de diminutas líneas del color de la sangre. Sintió el impulso de alargar la mano y tocarle la frente; ¿seria dura o cedería? Repulsión o atracción… se fundieron en una misma cosa.

En las oscuras aguas que se extendían por debajo de Levítico, Susan distinguió su reflejo humanoide. La visión desde abajo era la misma que cuando la había llevado a cuestas descendiendo por la montaña. Dejo de beber y le devolvió la mirada. Ella contuvo el aliento y de pronto empezó a sentir lo que había venido a buscar. Se inició en algún lugar de la periferia de su mente, como una sombra que cobro fuerza con una rapidez sorprendente y se espeso. Susan permaneció sentada sin moverse y dejo que la sensación la recorriera como una ola. Creció y se expandió hasta que una calidez capaz de fundir la cera inundo su cráneo y descendió por la parte superior de su espinazo. Estaba transfigurada. Su mente se elevaba; se remonto por encima de las copas de los árboles y voló hacia las nubes; después, como una pluma, descendió flotando lentamente hasta que se poso. Por un momento, sus ojos y los de Levítico se encontraron y ambos se abrazaron con la mirada; luego, el dio medía vuelta y se interno entre los matorrales, sin mirar de nuevo atrás.

Susan se quedó allí plantada durante mucho rato, como si hubiera echado raíces, saboreando la vuelta a la normalidad.

Estaba oscureciendo, advirtió de pronto. Se puso en pie lánguidamente, se desabrocho los botones de la blusa caqui, se quito los pantalones y las medías y se deslizo lentamente entre las aguas cada vez mas oscuras.

A Resnick no le gustaba bajar a la celda, tanto por el olor como por una sensación de ansiedad que, inexplicablemente, era cada vez mas aguda. A aquellas alturas, el olor era verdaderamente insoportable. Era difícil saber que lo causaba. Las heces resecas y la flatulencia debida a una dieta extraña fueron sus primeras suposiciones, las glándulas sudoríparas la segunda, un eccema la tercera. Lo probaron todo, incluso bañaron a la criatura con champú a chorro de manguera, cuando aun podía ponerse en pie, pero no había funcionado y finalmente se rindieron. Cuando el olor se filtro al piso de arriba, empezaron a quemar incienso. Los guardianes entraban en las celdas con mascarillas de gasa impregnadas en Vicks Vaporub.

Había otra razón por la que Resnick no quería acercarse a la criatura, aunque no la reconocía ante nadie; aquellas jaquecas no le parecían normales, pero era mejor guardarlo para si mismo. Podría tratarse incluso de su propia mente haciéndole jugarretas por algún problema sicosomático.

En su época de estudiante, décadas atrás, fue un aplicado auxiliar de laboratorio de Van Steed. Aquello fue cuando dominaba una amplia parcela del Departamento de Ciencias de la Conducta de la Universidad de Chicago. Incluso Harry Harlow, de la vecina Wisconsin, se vio obligado a prestar atención y fijarse en el brillante estudiante de postgrado y, en menor medida, en el auxiliar del estudiante. Antes de meterse en aquel extremado asunto de la sicolinguistica, Van era conductista. Era ingenioso y estaba al día en las ultimas investigaciones, siempre leyendo trabajos publicados en revistas de las que nadie había oído hablar. Resnick tuvo un recuerdo súbito como un relámpago: Van sentado en el pasillo del sótano explicando, con algo mas que un poco de condescendencia, la teoría mas reciente sobre los enlaces del ADN.

Van era un poco extraño ya entonces. En cierta ocasión, Resnick abrió la puerta del laboratorio y lo encontró sentado en una mesita blanca, embadurnando de sesos de rata unos portaobjetos. Las ratas, previamente operadas y sometidas a experimentos para comprobar su percepción, habían sido ‹‹sacrificadas››, como se expresaba en términos científicos. Sus cuerpos blancos inertes, con la cola rosa y la caja del cráneo hendida de arriba abajo, yacían en un montón sobre unas hojas de periódico, en el suelo, debajo de una piel de plátano. Van aun estaba masticando el plátano mientras rebanaba los sesos con la displicencia de un dependiente de charcutería cortando jamón serrano.

Van y Resnick dejaron las ratas y pasaron a los monos rhesus. Estas operaciones eran mas complicadas y requerían muchas horas. De pie en los diminutos quirófanos, donde incluso la mascarilla del anestesista era de la talla de una muñeca, Resnick jugaba a que eran médicos que realizaban una intervención de neurocirugía puntera en una victima de un accidente y tendía los instrumentos esterilizados con gran solemnidad. En realidad, las operaciones eran innovadoras -Van estaba adentrándose en nuevas regiones del cerebro, en su mayoría sin cartografiar-, pero no pretendían reparar el tejido cerebral, sino destruirlo. El método era tosco: Van provocaba lesiones con una aguja conectada a un tubo de nitrógeno liquido y suprimía la región septal. Una vez recuperado, el mono respondía automáticamente con un ataque de furia al menor estimulo, de modo que solo pasar caminando junto a una fila de animales enjaulados, cada uno con un borne de metal sobresaliendo de su cabeza, los hacia saltar y brincar como lunáticos. Cuando Van suprimió la amígdala, el mono se volvió placido y untaba las paredes de su jaula con sus heces como si fuera un niño pintando con los dedos. Cuando elimino secciones del hipotálamo, el misterioso suelo del tercer ventrículo que se supone que es el centro del funcionamiento interno, el mono se sentaba flemáticamente, vacío de todo afecto y personalidad. Una vez, Van inserto un electrodo en el centro de placer del mono y le conecto un aparato que le permitía autoestimularse. No dejo tranquilo al animal hasta que murió de agotamiento.

– Sesenta y una horas -anotó después, cuando comprobaba el cronometro-. No es una mala manera de dañarla.

Van le había reservado este trabajo a Resnick, y este le estaba agradecido. Pero no creía que Van tuviera derecho a presentarse a todas horas como hacia al principio, cuando la criatura fue capturada. Van se sentía frustrado ante la falta de resultados de los experimentos y era casi brutal en su manera de tratar a la criatura y conectarla al electroencefalograma y otras maquinas que detestaba. Resnick se alegraba de que Van llevara varios meses sin aparecer.

Cuando alargó el brazo para coger su tazón de café, Resnick captó de reojo un movimiento confuso en el monitor superior de la izquierda. Seguramente Grady o Allen andarían cerca de los barrotes. Era Allen; su bigote en forma de manillar de bicicleta se distinguía claramente por encima de la mascarilla a través del monitor en blanco y negro, a pesar de las interferencias de la estática. Allen usaba gafas oscuras -como las que Van solía llevar-, y aquello era un error, porque parecía trastornar a la criatura. Le habían puesto correas adicionales, tres mas, cada una de cinco centímetros de grosor. Ahora Grady apareció en el monitor y la criatura inicio aquel horripilante gimoteo. Unas llaves tintinearon al abrir la puerta de la celda. Resnick clavo la vista en el fondo de su tazón y decidió que necesitaba otra dosis, para lo cual abandono la habitación. En realidad no se suponía que pudiera hacerlo -las normas exigían observación permanente, las veinticuatro horas del día-, pero allí ya había dos guardianes. El tercero estaba activando el sistema de alimentación forzada y se reuniría con ellos en un minuto.

No era una visión agradable, tuvo que admitirlo, ni siquiera a través de un monitor.

Resnick se entretuvo en la cocina y se tomo su tiempo para preparar café, canturreando en voz alta. Cuando volvió a la sala de control, habían terminado con la alimentación.

¿Era su imaginación o había rastros de comida en la pared de la celda? Los guardianes estaban hablando.

– Ese mamón se me ha meado encima-dijo Grady.

Allen rompió a reír. Resnick vio que la puerta de la celda se cerraba de golpe y el débil gemido enmudeció tras el portazo. En la pantalla, un objeto acurrucado se mecía lentamente.

De pronto, como antes, Resnick noto un inmenso dolor de cabeza, que empezaba muy atrás, en los lóbulos temporales, y que avanzaba y se propagaba como la lava. Era mucho peor que cualquier migraña que hubiera experimentado hasta entonces. Cogió el frasco de tamaño gigante, saco cuatro aspirinas y las engullo con el café.

A veces se preguntaba que pretendía Van exactamente con sus visitas a la celda del sótano. Casi podía afirmar que era a partir de entonces cuando la criatura había empezado a mostrarse tan arisca.

Matt y Ojos Azules se enfrentaban dentro del foso, y cada uno se movía en círculos buscando alguna ventaja. Ojos Azules -llamado así en honor a Frank Sinatra porque le gustaba vocalizar-no luchaba bien, pero demostraba empeño.

De hecho, ninguno de los homínidos era buen luchador, a pesar de su fuerza superior. Era un deporte marcial y conceptos como dominación, victoria y derrota no tenían lugar en su universo mental. Si valoraban una dura caída al suelo, pero si la consideraban divertida o no era algo difícil de saber porque no reían, sino que por el contrario parecían excitarse mucho. Su humor, por así decirlo, era insondable para Matt y Susan. Nada basado en la mana, la astucia o el engaño -Juegos que implicaban la sustitución de un objeto por otro-provocaba respuesta alguna aparte de una inexpresiva incomprensión. Pero determinadas actividades les resultaban claramente divertidas. Los niños se perseguían mucho unos a otros, chillando con una voz aguda y estridente, aunque no acababan agarrándose. Susan intento enseñarles a jugar a pillar, pero resulto un fracaso porque la noción de ser ‹‹el pillado›› sobrepasaba su entendimiento.

Las líneas y los limites también eran ajenas a ellos. Matt propuso la teoría de que el concepto de un limite arbitrario del espacio tenia que estar ligado de algún modo con el egocentrismo. Si los propios poderes físicos expanden el mundo mas allá del horizonte y después lo encogen en un abrir y cerrar de ojos, ¿como es posible asimilar un limite? Pero pronto iba a descubrir que en un área critica-la muerte-la delimitación estaba netamente trazada.

Como cuestión practica, Matt se dio cuenta de que no tenia sentido intentar marcar las líneas de un cuadrilátero de lucha libre. Pero cerca del centro del poblado encontró una gran depresión en el terreno, a la que bautizo como ‹‹el foso››, que convenía a su objetivo de intentar enseñarles ese deporte. Los contendientes solían permanecer en el interior, aunque nada podía impedir que se dejaran caer al suelo en medio de un combate cada vez que se les antojaba.

Matt disfrutaba con el contacto físico. Recordaba el susto que se había llevado el día que toco la mano de Caralarga, pero no podía decir que la promesa de aquel apretón se hubiera cumplido. Aunque ya llevaban varios días viviendo en el valle, ni el ni Susan habían logrado ningún progreso en su intento de comunicarse con los homínidos.

Por su parte, ellos parecían haber perdido todo interés por Matt y Susan. Si bien no se sentían de ningún modo rechazados, los humanos se habían convertido hasta cierto punto en algo poco destacable, como si fueran invisibles.

– Eso no me molesta -bromeo Matt una noche con Susan-. Puedo soportar el rechazo, he vivido en Inglaterra.

Pero la sensación de soledad era cada vez mas opresiva.

Solo se tenían el uno al otro y, aunque en menor grado, a Kellicut, que a menudo estaba ausente en la caverna de la cascada, recibiendo lo que el llamaba ‹‹instrucción espiritual››. Cuando estaba con ellos, su presencia creaba problemas. Matt tenia la impresión de que Kellicut se comportaba como si estuviera perdiendo el juicio; mientras que Susan creía que había pasado mentalmente a un plano superior.

Además, Kellicut concentraba toda su energía y su estima en ella, y parecía cada vez mas hostil hacia Matt.

– Sigues considerándolo un ser superior, ¿verdad? -tuvo que decirle Matt a Susan en cierta ocasión.

– Naturalmente-fue lo único que respondió ella.

Ahora, mientras Matt y Ojos Azules se movían en círculos sobre el polvo, como las dos piernas de un compás, Matt empezó a dar saltitos y manotear, un preludio a las fintas y amagos que tan bien le habían funcionado antes. Ojos Azules dio un torpe paso lateral con los brazos abiertos y el aspecto de un pésimo bailarín. Matt se inclino rápidamente en dirección a la pierna izquierda de su adversario. Ojos Azules cedió al pánico y giro hacia la derecha, perdiendo el equilibrio, trastabillando y casi cayendo al suelo sin que Matt lo tocara siquiera. Después se enderezo y empezaron de nuevo a moverse en círculos.

Ojos Azules era joven. Al principio, a Matt le resultaba difícil calcular sus edades. Los huesos de la frente influían en la distribución de las arrugas y, a menos que hubiera signos claros de la edad, como el cabello blanco o los pechos colgantes, la mayoría de los hombres y mujeres se parecían mucho a partir del momento en que alcanzaban su estatura definitiva. Pero poco a poco fue capaz de detectar indicios.

La fuerza y la vivacidad en el paso eran algunos de ellos, y sobre la base de estos dos criterios, Ojos Azules debía de tener poco mas de veinte años. Matt observó los recios bíceps y el pechó abombado de su oponente y pensó que si esa criatura quisiera, podría matarlo de un puñetazo.

De pronto Ojos Azules agacho la cabeza y embistió, buscando la pierna derecha de Matt. Este giro sobre si mismo y cambio el peso de pierna bruscamente, y lo siguiente que supo fue que Ojos Azules se desvió como un rayo en mitad de su acción, que agarro su pierna izquierda y que le hizo caer de espaldas. Levantó a Matt con ambos brazos por encima de su cabeza, con la misma facilidad que si levantara una rama, y lo arrojo a unos tres metros de distancia. Matt aterrizo con un golpe seco. Estaba tan sorprendido que tardo un rato en darse cuenta de que había aterrizado justo sobre su contusión. Ojos Azules se sentó al borde del foso; su respiración ni siquiera era agitada. Susan, que los observaba desde lejos, se echó a reír con tantas ganas que tuvo que sentarse. Kellicut, que estaba sentado a cierta distancia, contemplaba absorto la escena.

Mas tarde, aquella noche, sentados cerca del fuego, Susan volvió a reír por lo bajo mientras recordaban el momento.

– Ojala hubieras podido ver la expresión de tu rostro -dijo ella. Y después añadió en tono serio-: Pero sabes lo que significa, ¿verdad? Eso demuestra que pueden aprender.

– No. -La voz de Kellicut surgió de la oscuridad; se habían olvidado de su presencia-. Somos nosotros quienes debemos aprender.

Kellicut estaba sumido en un estado febril, provocado por un descubrimiento que había realizado aquella tarde, pero que guardaba para si. Una fracción de segundo antes de que Ojos Azules atacara, una visión de las piernas de Matt se había materializado de la nada en la mente de Kellicut, tan clara como la imagen de una postal del monte Rushmore en el visor de diapositivas que tanto le fascinaba cuando era niño.

Dos días después, una calida tarde, Susan y Matt hicieron el amor.

Aquella mañana había llovido y sus ropas estaban empapadas. Decidieron quitárselas cuando la lluvia ceso y las extendieron sobre un peñasco para que se secaran al sol. Matt, que se desnudo primero, se volvió de espaldas. Mientras Susan se quitaba los pantalones, miro las pequeñas ondas de músculos que se dibujaban al final de la espalda de Matt y los hoyuelos netamente esculpidos de sus nalgas.

– No se tu -dijo-, pero yo empiezo a sentirme un poco tonta, siempre vestida cuando todos los que nos rodean van desnudos.

– No diré que no he pensado lo mismo.

– Es casi antisocial. Como ir vestido a una conferencia de nudistas.

– Apuesto a que todos hablan de nosotros… o piensan en nosotros.

Al volverse pudo ver el oscuro montículo de vello pubico de Susan a través de sus medías mojadas.

– Pues por lo que a mi respecta estoy dispuesta a arriesgarme, al menos por esta tarde -dijo Susan.

Deliberadamente, no bajo la vista ni miro su pene mientras se quitaba las medías. Cuando Matt la observó, ella noto una involuntaria tensión en su bajo vientre.

– He de admitir que estas como un tren -dijo Matt sinceramente admirado.

Susan sonrió con orgullo. Desnudarse con gracia siempre había sido su especialidad.

Caminaron hasta llegar a un prado. Susan reprimió su ironía ante la imagen que componían, como un antiguo grabado bíblico: Adán y Eva paseando por el exuberante jardín antes de la caída. Al llegar al centro del prado, se sentaron; ahora la hierba amarillenta los rodeaba por todos lados formando un nido seguro. Susan se tumbo, y Matt se volvió y se tendió a su lado con las maños detrás de la cabeza. Ella se incorporo apoyándose sobre un codo y recorrió con sus dedos el pechó de Matt y después su estomago. Notaba la humedad entre sus piernas, un calido cosquilleo, y entonces bajo la vista y vio crecer la erección de Matt. Le sonrió y se coloco sobre el. Separo las piernas y le beso intensamente.

Mas tarde, aquella noche, de nuevo en el emparrado, volvieron a hacer el amor. Después Susan permaneció tendida entre los brazos de Matt y el siguió el contorno de su barbilla con el índice.

– ¿En que piensas? -preguntó ella.

– Tienes una mandíbula adorable. Resultarías un fósil excelente.

– Estuvieron callados un buen rato.

– ¿Sabes, Matt? Nunca lo he dicho y jure que jamás te lo diría si volvíamos a vernos, ¿para que iba a darte esa satisfacción?, pero tarde bastante tiempo en recuperarme después de separarnos.

Matt asintió lentamente.

– No se por que te lo cuento. Supongo que creo que deberías saberlo por alguna razón. Cuando rompimos fui a Polonia por un tiempo, eso fue en I98I, en la época de Solidarnosk, y conocí a todas aquellas personas que intentaban recuperar su pasado. Lo llamaban los espacios en blanco de la historia›› y tenían que rellenarlos antes de poder seguir adelante. El alzamiento de Varsovia, la masacre de Katyn, los juicios de las purgas, el fusilamiento de obreros… todo eso tenia que salir. Era una obsesión.

Esta tarde, después de hacer el amor, pensé, no, sentí que yo… yo soy así. En mi vida hay espacios en blanco y tengo que hablarte de ellos para poder seguir adelante, para que podamos seguir adelante, y tu tienes que hablarme de ti y de Anne.

Anne. ¿Por que tuvo que liarse con ella? ¿Que motivos tenia? Matt se había hecho aquella pregunta una y otra vez, reviviendo el momento que había pasado con Anne frente a la casa de la playa que habían alquilado entre todos el verano que se comprometió con Susan. Había salido de la casa con dos gin-tónico. El y Anne estaban solos aquella calida noche, sentados codo con codo en una manta desplegada sobre la arena. Cuando Matt se inclino para besarla, ella se volvió por un instante y después, casi tristemente, suspirando, volvió el rostro y el supo de pronto que la había conseguido; de hecho, ya hacia tiempo que era suya.

Pero ¿que le impulso a hacerlo? A veces se había extendido en la pregunta, pero nunca había intentado profundizar; estaba demasiado asustado de lo que podría descubrir sobre si mismo.

– Me estas preguntando por que lo hice -dijo Matt al fin-. Sinceramente, no lo se. Aunque he pensado en ello mas veces de las que recuerdo. Se que después me sentí como un actor vanidoso.

Permanecieron en silencio un largo rato.

– Matt, hay algo que nunca te he contado.

Matt contuvo el aliento. Susan prosiguió.

– No se como empezar, de modo que lo diré llanamente.

Todo aquel tiempo, o casi todo, yo también estaba con otra persona. Un tipo con el que me había liado el verano anterior, mientras tu estabas ausente. Era importante para mi y no podía dejarlo. Lo intente cuando tu y yo hablábamos de casarnos, pero no pude.

Hizo una pausa y después dijo:

– Ya esta, no era tan difícil. -Una vez en marcha ya no podía parar-. Así que mientras tu disimulabas que estuviste con Anne, yo me veía con el. Y cada vez que organizábamos aquellas escenas hablando de que eras patológicamente infiel y todas esas bobadas, no podía soportar la idea de contártelo. Me decía que no quería hacerte daño. Pero era mas que eso; fui una cobarde. Habría perdido mi… mi derecho a enfadarme. Pero después de romper comprendí que yo también había obrado mal y tu nunca lo sabrías, y eso hizo que el dolor fuera mucho peor. Me he arrepentido tantas veces, desde entonces, y todavía sigo lamentándolo por ti ahora.

Lo abrazo con mas fuerza.

– Matt, ocurra lo que ocurra, necesitamos poder confiar el otro.

Matt no sabia que decir. La abrazo suavemente durante un buen rato. Con aquella avalancha de emociones, ni siquiera estaba seguro de sus sentimientos. Quería preguntarle quien era el hombre, pero de pronto comprendió que no era necesario: ya lo sabia. Solo podía haber sido una persona: Kellicut.

Eagleton jugueteo con el hacha de piedra, un trozo de roca de color salmón claro en forma de medía luna. Había sido esculpida hacia 1,2 millones de años; alguna mano desconocida, casi humana, había redondeado el canto con una serie de muescas en rosario, todas perfectas como huellas digitales. Era una obra de arte. La había obtenido en préstamo a través de un fideicomisario del Instituto Smithsoniano, que no puso demasiados reparos a su vaga explicación de para que la necesitaba. En verdad la quería como varita mágica.

Como cualquier buen detective, Eagleton sabia que al resolver un misterio no es posible retroceder demasiado.

Estaba esperando a Dan Wilkinson, el neurólogo del Departamento de Inteligencia para la Defensa especializado en fenómenos parasicológicos. En I985, Wilkinson había efectuado una serie de experimentos sobre la visión remota que eran famosos dentro del estrechamente controlado circulo de iniciados en tales asuntos. En la sala de conferencias forrada de plomo del tercer piso del viejo edificio ejecutivo de Washington instalo a un vidente como observador ante un equipo de científicos. Entre otros experimentos, proporciono al hombre coordenadas especificas de longitud y latitud y le pidió que dibujara lo que veía en ese punto. Sobre el cuaderno de dibujo tomo forma progresivamente una mansión con columnas, casi idéntica a la de una fotografía en blanco y negro que estaba encerrada bajo llave en un maletín de cuero. Era la dacha de Mijail Gorbachov.

El escepticismo pervivió durante la década siguiente, aunque el IID mantuvo tres videntes con VR en nomina. Entraban en trance en salas a oscuras de Fort Meade, en Maryland, intentando localizar rehenes norteamericanos en el Líbano, rastrear a Sadam Hussein y descubrir submarinos soviéticos. En I 994, el congreso entrego el programa a la CIA, que recomendó cortar los fondos, y en noviembre de I995, un articulo publicado en The Washington Post lo saco a la luz. Ahora Wilkinson estaba en el paro.

Eagleton dejo esperar a Wilkinson frente a su despacho.

Desconfiaba de el, y no solo porque aquel hombre hubiera ascendido en el escalafón de un servicio de inteligencia altamente competitivo. Como Eagleton, era un constructor de imperios burocráticos y tenían el mismo objetivo: presidir el directorio de Ciencia y Tecnología de la CIA. Un rival era una cosa, pero un adversario inteligente era algo muy distinto. Sin embargo, Eagleton necesitaba sus conocimientos neurológicos y su laboratorio, por lo que le había metido en el ajo… al menos hasta cierto punto.

Pulso el botón y ordeno a la recepcionista que lo hiciera entrar. Wilkinson llevaba lo que parecían ser dos cajas de sombreros, las deposito sobre el escritorio de Eagleton e hizo un gesto señalando el interruptor del desinfectante.

– Yo no pondría en marcha el insecticida, Eagleton. No hay manera de saber que efecto tendría sobre esto.

Eagleton empezaba a arrepentirse de haberle enviado a Wilkinson el cráneo del hombre de Neandertal y haberle permitido leer algunos de los informes de la operación Aquiles. Gracias a Dios, su ubicación seguía siendo un secreto.

– El molde interno, supongo-dijo Eagleton-. ¿Como ha salido?

– Molde endocraneal, si no le importa -puntualizo Wilkinson-. Júzguelo por usted mismo -añadió levantando la tapa de una de las cajas a gran altura.

Ante Eagleton había un modelo perfecto de cerebro, como una reproducción de plástico, pero hecha de silicona.

Parecía un cerebro humano, pero una inspección atenta mostraba las diferencias; era alargado y mayor por detrás, en los lóbulos occipitales, mientras que los lóbulos frontales parecían mas pequeños.

– Increíble, ¿verdad? -Dijo Wilkinson-. Nunca habíamos construido una replica ideal como esta. Las estrías a lo largo de la superficie interna estaban muy marcadas, por lo que obtuvimos una buena reproducción. Se ven fácilmente las regiones neuronales especificas.

– Ya lo veo -dijo Eagleton con irritación-. Pero ¿que nos indica eso?

– Para empezar, es enorme. Un volumen de algo mas de mil seiscientos cincuenta mililitros. Los cerebros modernos alcanzan como medía de mil doscientos a mil quinientos.

Existe dominación cerebral; en otras palabras, era diestro.

Por cierto, es macho, ¿verdad?

– No tengo ni idea.

Wilkinson cogió un lápiz y lo apoyó en el cerebro.

– Observe el tamaño de los lóbulos occipitales. Cabria esperar esto por el abultamiento del hueso occipital, a veces llamado mono. -Abrió la otra caja; contenía el cráneo que le había mandado Kellicut-. ¿Ve este reborde, cerca del hueso occipital? Es la apófisis yugo maxilar, que sirve para anclar los músculos que se prolongan hasta la mandíbula inferior.

Esto es lo que le proporciona su potente mordisco, similar al de una prensa de tornillo. Creemos que usaba los dientes casi como una tercera mano. Está desgastada por las marcas de corte de los incisivos, que son extraordinariamente largos.

– Te estas saltando la parte mas importante, ¿verdad?

– Ahora iba a contársela -replico Wilkinson con impaciencia. Dio unos golpecitos con el lápiz a ambos lados del cerebro-. De acuerdo, aquí esta. Eche una ojeada a estas regiones. El área de Broca, el área de Wernicke y el giro angular. ¿Ve algo extraño?

Eagleton aguardo en silencio.

– Son los centros del habla… en los seres humanos. Pero aquí son virtualmente inexistentes.

El lápiz recorrió la superficie del cerebro.

– Ahora fíjese en el cortex. En los seres humanos, una buena parte, mas de la mitad, recibe impulsos visuales. Este es exagerado, casi el noventa por ciento. Esta es el área de visión remota.

– ¿Como funciona?

– No lo sabremos hasta que consigamos un cerebro de verdad. Pero yo me atrevería a decir que esta criatura es capaz de penetrar de algún modo en el campo receptor de otro ser. Puede interpretar los impulsos neuronales, tanto a nivel micro celular como macro celular. Creo que la única manera de hacerlo seria ir directamente a la fuente principal del cortex, el propio tálamo.

El tálamo, pensó Eagleton. Del termino griego que significa antesala o cámara nupcial, el centro mas intimo, una minúscula pelota empotrada justo encima del bulbo raquídeo.

– Si estoy en lo cierto, naturalmente hay repercusiones.

– ¿Como cuales?

– Por ejemplo, la facultad puede implicar algo mas que la visión. En la operación Aquiles la hemos visto actuar aproximadamente a través de especies distintas. Pero podría ser mas eficaz en el seno de una misma especie. A algún nivel puede estar aun mas próximo a la telepatía, a la verdadera transmisión de pensamiento. Como los seres humanos formulamos gran parte de nuestros pensamientos a través del lenguaje, no cabria esperar que un neandertal lo captara.

Pero podría ser distinto entre ellos.

– ¿Es posible engañar al sistema? ¿Que ocurre si se mantienen los ojos cerrados?

– En teoría, eso cambiaria las cosas. ¿Si un campo receptor no funciona o solo ve oscuridad, como puede alguien penetrar en el? Pero es imposible saber cual seria la diferencia en la practica.

– Si un ser humano se acerca a un neandertal, ¿advertirá este automáticamente su presencia?

– De nuevo es imposible saberlo. Ahora bien, si tuviera que hacer conjeturas, diría que probablemente la facultad no es pasiva, como el oído, que siempre esta activo, incluso durante el sueno. Creo que eso provocaría una sobrecarga de estímulos; uno se volvería loco intentando clasificar todos los mensajes que recibe. Lo mas seguro es que el ojo interno deba ser orientado conscientemente, como ocurre con nuestros ojos externos. No es un sistema de alarma, a menos que lo actives.

– Si estas en lo cierto respecto al tálamo, ¿cuales son las repercusiones?

Wilkinson se encogió de hombros. Ahora había penetrado en el reino de la especulación pura.

– No sabemos gran cosa sobre el tálamo, pero su posición sugiere dos cosas: es delicado y extraordinariamente importante. Las personas que creen en los poderes extrasensoriales se fijan a menudo en este punto; es posible que los seres humanos tengamos una capacidad rudimentaria o todavía por desarrollar. Es lo mismo que hacen los que intentan establecer alguna plantilla sicológica para el ego, la conciencia del yo. Y, por supuesto, hay algo mas.

– Adelante.

– Esta ligado inextricablemente a todas las sensaciones…incluyendo de una manera muy notable el dolor. ¿Nunca ha tenido jaqueca por forzar la vista?

Matt estaba preocupado al ver que Susan y el adelgazaban demasiado. Sabia que una dieta de frutos secos, bayas y vegetales estabilizaría su peso tarde o temprano, pero le preocupaba que mientras tanto su constitución se debilitará. No parecía haber muchas enfermedades entre los homínidos, pero ¿quien sabe que anticuerpos habían acumulado en su existencia independiente?

Una mañana temprano había escarbado en su mochila mientras Susan dormía. Encontró diversos artículos que podrían resultarle útiles algún día -una navaja militar suiza, el botiquín de primeros auxilios, las bengalas de Van-, y finalmente localizó lo que buscaba, un rollo de cable. Rompió un cierre de metal de su mochila y lo sostuvo en alto para examinarlo atentamente. Perfecto. Extrajo una lima de la navaja multiusos, apoyó el cierre sobre una roca y lo limo hasta reducirlo a un gancho. En el extremo recto perforo un diminuto agujero, después corto varias cerdas de un cepillo, añadió un retal de tela amarilla, ato el minúsculo fardo con un fuerte nudo, justo por encima del gancho, y finalmente introdujo el cable en el agujerito y lo ato. Talo un árbol joven, le arranco las ramas y se puso en camino.

Remonto la corriente del arroyó hasta llegar a un estanque de aguas profundas y oscuras. Una brisa vacilante levantaba ondas que se propagaban por la superficie del agua.

Otro día perfecto en el paraíso, pensó Matt mientras se colocaba sobre un promontorio rocoso de la orilla. Ahora veamos lo incautos que son los peces aquí. Arrojo el sedal hacia el centro del estanque y tiro de el lentamente para recuperar el anzuelo, dando breves y suaves tirones al cebo de vez en cuando, una técnica que había perfeccionado a lo largo de incontables mañanas de verano junto a los lagos de Nueva Inglaterra.

No tuvo que esperar mucho. A la tercera pasada captó un rápido chapoteo, un destello plateado, y el cebo se hundió.

El tirón fue brusco e insistente. Matt le dejo un poco de sedal, luego lo retuvo con firmeza y lo fue recuperando. La cola del pez abofeteo el agua cuando Matt lo sacó del arroyó y lo sostuvo en alto: una trucha de unos tres kilos, calculo, que se contorsiono sobre la hierba hasta que Matt le aplasto la cabeza con una piedra. Por la boca abierta del pez goteo un poco de sangre y la cola se agito, por lo que Matt lo golpeo otra vez.

De regreso, Matt se sintió satisfecho por su ingenio.

¿Como debía ofrecérselo a Susan? ¿Envuelto en hojas? ¿Ceremoniosamente, con una profunda reverencia, como el maître de un restaurante francés? Cuando llego al poblado no vio a nadie, ni siquiera a los niños. Era muy extraño. Fue hacia la hoguera, deposito el pescado sobre una pena cercana y llevo su improvisada cana de pescar al emparrado. Susan no estaba allí. Cuando volvía al poblado oyó que ella lo llamaba. Le respondió con un gritó, y al instante cayo en la cuenta de lo extraño que era oír gritos en el valle.

Susan parecía trastornada.

– Dios mío, Matt. ¿Que has hecho?

– ¿A que te refieres?

– Están todos escandalizados. Kellicut ha desenterrado el hacha de guerra.

– ¿Por que?

Cuando llegaron al poblado, donde hacia un instante no había nadie, Matt vio que se había congregado una multitud. Debieron de ocultarse cuando el lo atravesó poco antes, pensó. Los homínidos lo miraban estupefactos. Matt advirtió con una sensación ominosa que concentraban su atención en la pena sobre la que había dejado la trucha. Al acercarse caminando junto a Susan, el grupo se abrió para evitar todo contacto con el, y los niños lo miraron fijamente, con los ojos desorbitados por la angustia.

Kellicut estaba en el centro, rodeado por los ancianos, farfullando toda clase de sonidos y agitando los brazos.

Cuando vio a Matt, su rostro se ensombreció.

– Acércate -ordeno.

Matt fue hacia el. Para entonces ya sabia que su trasgresión había sido monumental.

– No digas nada -dijo Kellicut-. Y no porque puedan entenderte si hablas. Del mismo modo, tampoco me entienden a mi. Pero de algún modo es como si lo captaran en parte. Pon cara de arrepentido aunque no lo estés.

Matt estaba arrepentido de verdad, así que no tuvo que fingir la emoción. Bajo la vista, pero por el rabillo del ojo vislumbro a Susan; parecía avergonzada.

– Eres increíble -prosiguió Kellicut-. Vienes aquí y lo alteras todo. Esta gente no entiende que se pueda matar. ¡Que idea, guitar deliberadamente la vida a alguien! Como concepto, sencillamente no existe para ellos. ¡Pero para comerlo! No me imagino como reaccionaria si supieran que eso era lo que pretendías.

– Cielos, lo siento-dijo Matt-. No se me ocurrió.

– Es evidente.

– ¿Que puedo hacer?

– Bueno, de entrada, arrodíllate y no levantes la vista.

Matt obedeció.

– Ahora mírame.

Kellicut apoyó la palma de su mano sobre la cabeza de Matt y miro al cielo silenciosamente durante largo rato.

– Ahora levántate -dijo finalmente.

– ¿A que venia ese numerito?

– He visto como lo hacían en determinadas ocasiones, creo que cuando tienen algo muy importante que comunicar. Así quizá crean que hacíamos lo mismo. Estoy demostrando mi disgusto hacia ti.

Durante una fracción de segundo, Matt creyó detectar una chispa del antiguo humor de Kellicut recorriendo su expresión.

– ¿Y ahora que? -preguntó Matt.

Era como si volviera a ser el estudiante de postgrado y Kellicut el catedrático omnisapiente.

– Ahora iras donde esta el pescado, le vaciaras los ojos cuidadosamente y los envolverás con mucho cuidado en hojas de enredadera. Después iras a donde yo te diga, treparas a un árbol y lo dejaras allí.

– Estas de guasa, ¿verdad?

– Nunca he hablado mas en serio. Es un culto a la muerte. ¿Recuerdas haber leído sobre esas cosas? Bueno, ahora vas a participar.

– ¿Que hago con los ojos? Espero no tener que comérmelos.

– No tiene gracia.

Cuando Kellicut avanzo hacia el pescado, la multitud se aparto y disperso. Su mirada se encontró con la de Matt y, por primera vez, le sonrió.

Había llegado el momento de elaborar un plan. Al principio, Matt y Susan habían albergado la esperanza de que Kellicut aceptara la idea de formar un equipo de investigación integrado por tres miembros, que llevaría a cabo un trabajo sobre el hombre de Neandertal absolutamente original y de gran repercusión en la evolución de nuevas ideas. Pero estaba claro que no iba a ser así. Kellicut había cambiado; la ciencia ya no le interesaba. Estaba tan fascinado por el misticismo, y embebido en el, y por la pureza de los homínidos, y estaba tan obsesionado con la idea de adquirir poderes especiales, que había perdido toda objetividad. Ya no le atraían la observación y el estudio de la comunidad, sino que su deseo era integrarse en ella. Todavía podía serles útil, y aun imprescindible, para comunicarse con ellos, pero estaba completamente en contra de que alguien publicase una obra relacionada con aquellas criaturas. A veces insistía en que el mundo exterior jamás comprendería a aquellos seres; otras, en un tono melodramático de orador callejero, afirmaba que si se conocía su existencia, acabarían con ellos.

A Matt y a Susan también les preocupaba su aniquilación, pero temían a los renegados que habían matado a Sharafidin, a Rudy y a Van. El tiempo apremiaba; ¿como iban a poder prevenir un ataque de los depredadores de la montaña, que, enterados de la presencia de humanos en el valle, no tardarían en aparecer? Van había muerto a causa del desprendimiento, y quizá pensaron que ellos también habían perecido. Pero ¿que ocurriría si cavaban y no hallaban sus cuerpos? Tenían que recoger la máxima información lo mas rápido posible y salir de allí antes de que fuera demasiado tarde.

Pero el trabajo de investigación no era nada fácil. La ausencia de lenguaje empezaba a ser un problema; incluso las expresiones faciales eran difíciles de interpretar. Intentaron comunicarse por signos rudimentarios, pero no dio resultado. A pesar de que los homínidos emitían sonidos, estos no eran palabras; constituían respuestas básicas pero no tenían ningún significado por si mismos. Kellicut, que parecía saber mas cosas de las que aparentaba, no mostraba ningún deseo de ayudarles y menospreciaba la necesidad de un lenguaje hablado. En aquel reino misterioso, del cual ellos estaban excluidos, existía la comunicación real, como Matt y Susan sabían muy bien.

Con todo, pudieron reunir abundantes datos. Matt grababa todas las noches sus observaciones en el magnetófono.

Susan, que había perdido su cámara de fotografiar cuando se produjo el desprendimiento, tomaba notas sin parar e iba llenando libretas. Tenia, además, un cuaderno de dibujo en el que había ido trazando numerosos esbozos de escenas de la vida cotidiana de los neandertales. Trabajaban febrilmente, como en una carrera contrarreloj. Recogían objetos con la intención de llevárselos; la mayoría de ellos eran piedras talladas y otros utensilios, cuencos rudimentarios y vasijas.

Elaboraron una lista de las actividades y de los aspectos que debían investigar antes de marcharse: las practicas religiosas, la estructura social, los ritos funerarios, los roles de cada sexo. A veces tenían la impresión de que los interrogantes eran, y con mucho, mas numerosos que las respuestas. A Susan le frustraba sobre todo ver que sus intentos de estudiar a las mujeres no habían dado ningún fruto. Se apiñaban en grupos pero, en cuanto ella se acercaba, se dispersaban.

Había visto a una de ellas recoger hojas y entrar en una choza en la que había echado boca arriba un niño, pero no dejo que Susan la observara.

Resolvieron irse lo antes posible con el material que hubieran conseguido recabar. Mas tarde decidirían si convenía regresar o no. Si querían evitar a los renegados, debían encontrar el barranco por el que Kellicut había llegado al valle. Y tendrían que apañárselas para bajar la montaña solos.

Kellicut seguía comportándose de forma extraña, con frialdad. A veces parecía que los considerase meros emisarios del universo que había mas allá del valle. Hablaba en términos enigmáticos del instituto y cuando le preguntaban que perseguía o por que les había pedido que acudieran, se negaba a contestar.

Matt había estado durante varios días atosigando a Kellicut sin éxito para que le dijera por donde se iba al barranco, pero una mañana, sin que Matt ni Susan se explicaran por que, cambio de actitud. En cuclillas, como un santo hindú, dibujo un mapa rudimentario en el suelo. El valle era mas o menos circular. Trazo unas líneas, que representaban los ríos, y unos picos para señalar los puntos principales; con una x marco el lugar en que se hallaban. El barranco estaba en el extremo opuesto. Dibujo una elipse a lo largo de la ruta y la marco con líneas entrecruzadas.

– Esto es el camposanto. Yo de vosotros no iría.

– ¿Por que? -preguntó Matt.

Kellicut le dirigió una mirada severa y comento que el respeto a los muertos era importante en todas las culturas.

El solo había estado allí un par de veces: en su primera incursión por el valle, cuando recogió el cráneo que le dio a Sharafidin-cosa que ahora lamentaba haber hecho-, y el día que volvió a quedarse allí para siempre. Ningún homínido se aventuraba a internarse en aquel lugar, a excepción de aquellos que cuidaban las tumbas; a estos se les reconocía porque llevaban el rostro y la parte superior del torso pintados de blanco; se les consideraba unos parias y se pasaban la vida en aquella zona prohibida.

– La muerte es un acontecimiento trascendental, el principio mas temible alrededor del cual organizan su vida -explico Kellicut-. Su significado no se puede comprender con palabras, sino mediante símbolos.

Dibujar el mapa le hizo abandonar su actitud reservada; sentado a la sombra de un árbol, con las piernas cruzadas, su tono volvió a ser el mismo de los viejos tiempos: el del tutor autoritario.

– Cuando es la comunidad la que marca el carácter distintivo de un grupo, en el que, por tanto, no se dan ni la individualidad ni la personalidad tal como nosotros las concebimos, solamente puede existir la tribu, que anula todo lo demás. Y la muerte es contemplada como la única amenaza porque mengua la tribu y, por tanto, afecta a todos los que la componen; esta es la razón por la cual nace el culto a la muerte. Así se forma una casta especial, la de los intocables, que se encargan de cuidar a los muertos en un territorio en el que nadie pone los pies. A los fallecidos les extraen los ojos.

– ¡Los ojos! -exclamo Susan sin aliento.

– Si, aunque no se muy bien por que-comento Kellicut.

– ¿Pero por que crees que lo hacen? -preguntó Matt.

– No creo nada. Solo lo intuyo. Si queréis entender que es la vida para ellos, debéis trasladaros a un plano existencial totalmente distinto. Es imprescindible ver las cosas desde otra dimensión. Imaginad que estáis en el centro del mundo -de vuestro mundo-, cuya periferia esta constituida por los otros. El horizonte de uno linda con el de los demás. Es como el sistema solar. Uno es a la vez el sol y los planetas.

Uno ve gracias a los demás pero también ve por si mismo.

En realidad no comprendo como llega a ocurrir esto, os engañaría si dijera lo contrario. No se como reúnen toda esta información, ni como la procesan, y todavía menos como la expresan de forma inteligible. Pero es innegable que hacen todo lo que os he dicho. El día que un miembro de la tribu muere, un planeta se desintegra; es algo que se puede sentir personalmente, no solo por empatia sino porque una parte de uno mismo muere. Es como perder un apéndice. Es insoportable y por tanto uno se defiende. Intenta retener los órganos que constituyen la conciencia tribal, el tejido de la existencia comunitaria. Y entonces extraen los ojos.

– ¿Y que hacen con ellos? -preguntó Susan.

– Se los dan al chaman.

Susan sabia a quien se refería: un homínido anciano que llevaba un collar hecho de caparazones de caracol atado al cuello. Le inspiraba mucho miedo.

– ¿Y que hace el con los ojos?

– Ah, nos llevaría mucho tiempo hablar de ello -dijo Kellicut, que se quedó otra vez callado, como una puerta que fuera entornándose lentamente hasta cerrarse del todo.

Matt se puso en pie.

– Deberíamos irnos.

A un lado, un poco alejadas, había tres figuras. Eran Ojos Azules, Levítico y un tercero que tenia los dientes muy grandes y que Susan había bautizado con el nombre de Dienteslargos.

– Os acompañaran… hasta que vean adonde os dirigís -predijo Kellicut.

El grupo se puso en marcha, con Matt y Susan a la cabeza. A cierta distancia de ellos los seguían los tres fornidos personajes, que andaban a grandes zancadas.

Cuando se detuvieron a descansar, el sol estaba casi en su cenit. Los tres escoltas se aproximaron a ellos y comieron bayas. Matt saco su cantimplora y se la paso a Susan, que bebió un poco de agua y luego se la dio a Levítico. El homínido la cogió con ambas maños, la alzo a la altura de la boca y la inclino, tal como le había visto hacer a Susan. Se llevo un buen susto cuando el agua fría se le metió en la boca y le resbalo por la barbilla. Matt se echó a reír, pero Susan se acercó a el y le acarició el brazo. Levítico no se aparto sino que le paso la mano por la parte interior del codo, haciéndole cosquillas.

Volvieron a ponerse en marcha. Medía hora mas tarde, el terreno empezó a empinarse. A mitad de camino, Susan noto que faltaba algo. No se oía el piar de los pájaros. Se volvió y miro hacia atrás; no vio en ninguna parte a los tres homínidos. Mas arriba había unos árboles a los que les habían arrancado la corteza, dejando a la vista la carne amarilla de los troncos. Susan dedujo que se trataba de indicadores que delimitaban una zona.

Miro a Matt, que estaba con el entrecejo ligeramente fruncido.

– Tal vez no ha sido muy buena idea venir -dijo Susan-. Deberíamos haberle hecho caso a Kellicut.

– Tal vez deberíamos pensar por nosotros mismos -replico Matt-. Kellicut no lo sabe todo.

En lo alto del cerró el terreno formaba una meseta. Susan tenia la impresión, que se hacia sentir con fuerza, de que les observaban; al desviar la mirada noto que la cabeza le pesaba. Era una sensación extraña. Cuando llevaban andados unos metros por la altiplanicie, vieron el primer cadáver. Estaba en un árbol, recubierto de enredaderas. Habían caído algunas hojas secas, dejando al descubierto un hueso blanco de la pelvis.

Siguieron andando y comprobaron que los fardos que había colgados en las ramas de los árboles, como si fueran nidos insólitos, se multiplicaron. Algunos de ellos estaban deteriorados; partes de los esqueletos estaban albergadas en las horcaduras de los árboles. En el suelo había montones de huesos que parecían cáscaras de frutos que hubieran caído; por todas partes se veían cráneos que daba la impresión de que hicieran muecas. En el aire flotaba un vago olor a putrefacción. La mayoría de los restos son viejos, pensó Susan.

El camposanto era enorme; precisaron medía hora para atravesarlo. Avanzaban furtivamente, como ladrones, y se sentían expuestos y vulnerables, como si en cualquier momento pudiesen hacerles pagar el sacrilegio que estaban cometiendo. A su alrededor todo estaba en calma. Susan no vio a los encargados de cuidar las tumbas, aunque sabia que los estaban observando.

Una vez en el otro extremo, llegaron a la ladera rocosa del valle, que era muy escarpada, casi perpendicular. Anduvieron en una dirección y luego en otra hasta aproximarse a una hendidura que formaba la roca. Matt se metió primero, seguido de Susan. Caminaron un buen rato, hasta que estuvieron seguros de que podían llegar a la pared exterior de la montaña. Susan sintió un gran alivio -que no había previsto-al comprobar que efectivamente se podía salir por allí.

Deshicieron lo andado y regresaron al valle.

No habían avanzado mucho cuando Susan cogió a Matt del brazo y le señalo la parte frontal de la roca, en la que se veía un agujero: era la entrada de una caverna. Aunque no podía explicar por que, Susan tuvo la pasmosa certeza de que conducía a los túneles de los que ella y Matt habían logrado escapar con vida dos semanas atrás.

Volvieron a cruzar el cementerio.

– Tengo la sensación de que no deberíamos hacer lo que estamos haciendo -comento Susan-. Kellicut tiene razón.

– Matt -dijo Susan al día siguiente, por la tarde, en un tono de autosatisfación-, si bien se mira, creo que soy muy buena. Mis teorías se han confirmado; las tuyas, en cambio, han sido refutadas.

– Ni muchísimo menos.

Estaban tendidos en un prado; Susan había arrancado una brizna de paja y le hacia cosquillas a Matt debajo de la barbilla.

– Creo recordar que sostuviste que el hombre de Neandertal tenia una faringe incompleta que no le permitía pronunciar ciertos sonidos. ¿No era la ge uno de ellos?

– ¿Cuantas ges has oído aquí? -respondió el.

– Ninguna, pero como no hablan no tiene mucho sentido la pregunta, ¿no crees?

– Se trata de una rectificación menor. Una nota a pie de pagina. De todos modos, yo nunca sostuve esta teoría, era una mera hipótesis.

– Ya.

Ahora le tocaba a Matt.

– Si no me equivoco me parece que tu estabas de acuerdo con una teoría que sostenía que las pelvis alargadas indicaban que el embarazo de los neandertales duraba once meses.

– Susan enrojeció un poco-. Recuerdo también que esto tenia implicaciones asombrosas: al estar mas tiempo en el vientre de la madre, el feto alcanzaba un desarrollo mas complejo. Yo no veo complejidad por ningún lado, ni mujeres con vientres exageradamente hinchados.

– Era tan solo una hipótesis vaga, que pronto abandone.

En cualquier caso, no parece que haya muchas mujeres. ¿Como te explicas esto?

– Se debe a los ataques por sorpresa de los homínidos que viven en la montaña -dijo Matt.

– Yo también lo he pensado.

Se quedaron callados un momento, pero Susan volvió enseguida a la carga.

– ¿Y que me dices de los entierros?

– No se a que te refieres.

– Negaste rotundamente que tuvieran ritos funerarios.

Siempre decías que hallar un esqueleto completo era un feliz accidente geológico.

– No, no siempre. Quizá recuerdes que acepte que enterraban a sus muertos en cuclillas. Y reconocí que en algunos casos el hombre de Neandertal colocaba utensilios de piedra, comida y otras cosas en las tumbas. Lo único que ocurre es que yo no descartaba ciertas ideas como hacías tu.

– Te refieres al enterramiento de Shanidar, ¿verdad? -comento Susan haciendo alusión a un deposito de Irak en el que los huesos aparecían rodeados de sedimentos de granos de polen, hecho que fue interpretado por algunos como una prueba de que habían enterrado a los muertos cubiertos d¿ guirnaldas de flores.

– Si. Sigo creyendo que la explicación que se dio no era mas que un cúmulo de tonterías románticas. Los granos llegaron allí por casualidad; tal vez los llevo un animal que vi en una madriguera o quizá su presencia se explique por un cambio estratigráfico, igual que ocurrió en Teshik-Tash.

Tu sostienes que aquellos cuernos de cabra fueron enterrados junto con el cuerpo del niño con el objeto de devolver le la vida; yo, en cambio, creo que los colocaron con la finalidad de proteger el cadáver de los animales carroñeros.

– Que prosaico. Eres incapaz de creer que pudieran con ceder importancia a los ritos.

– Susan, admito que nunca pude imaginarme que envolvieran a los seres queridos como capullos de gusanos de seda y los colocaran en los árboles. Pero no hemos presenciado ningún entierro y no sabemos si practican ritos o no.

– A veces no se que pensar de ti; nunca ves el lado épico de las cosas: las grandes batallas, la lucha por la vida, el hecho de que una especie desplace a otra. Tu lo único que ves es el sexo.

– Pues si.

– Si tu teoría es valida, si mezclamos nuestros genes y los propagamos hasta borrarlos a ellos del mapa, entonces tu y yo deberíamos desear unirnos con ellos, ¿no?

– Quizá no Tal vez ahora hayamos recorrido un largo camino que nos ha alejado demasiado de ellos.

– Pero deberíamos sentir alguna atracción, o algo por el estilo. ¿La sientes tu?

– ¿Y tu? -preguntó el.

– Yo te lo he preguntado antes.

– ¿Que debo decir, que yo te lo he preguntado después?

– Bueno, no es nada sencillo contestar. Si digo que si, podrías deducir que tienes razón tu.

– Susan, di la verdad; di lo que sientes.

– Que difícil. Según como se mire, no, ni mucho menos.

Incluso la idea de que podamos sentir atracción me repele.

Pero en otras ocasiones… si, puedo imaginar que nos sintamos atraídos.

– Si puedes imaginarlo, entonces es que es posible: nada se opone a la reproducción y, efectivamente, tanto nosotros como los neandertales pertenecemos a la misma especie.

Esto es tanto como aceptar un concepto biológico de la especie.

– ¿Te refieres a que si dos poblaciones distintas se entrecruzan es que son de la misma especie?

– Exacto. Y si no, si ninguno de los dos podemos imaginárnoslo, entonces James Shreeve esta en lo cierto cuando afirma que el rostro del hombre de Neandertal, y especialmente los ojos, indican que sexualmente no pueden relacionarse con nosotros. Y que, por tanto, pertenecemos a especies distintas.

– ¡Eso se llama un buen trabajo de investigación!

Advirtieron que los homínidos no sentían ningún pudor del sexo. Los varones y las hembras copulaban llevados por impulsos momentáneos. Y observaron también que el concepto de monogamia no existía; algunos de ellos formaban parejas estables, e iban juntos a todas partes, pero otros no. La mayoría de las veces, aunque no siempre, eran los varones quienes iniciaban las relaciones sexuales.

Una noche salieron del poblado decenas de adultos y se internaron en el bosque. Matt y Susan fueron con ellos. Detectaron en el ambiente una cierta excitación, andaban rápido y era palpable el exceso de energía. La luna, enorme y baja, parecía un disco gigante de color magnolia que emitía tanta luz pálida que, al caminar ellos, se proyectaban sombras en el suelo.

Al cabo de quince minutos llegaron a una formación rocosa inmensa que ni Susan ni Matt habían visto con anterioridad. En un extremo había un agujero triangular muy grande por el que se metieron todos. En cuanto estuvieron dentro, les sorprendió el calor que hacia y el humo que había. Se hallaban en una caverna enorme de techó bajo. Cuatro homínidos empapados de sudor mantenían un fuego encendido. Las llamas subían muy arriba y desaparecían por una chimenea negra que tenia una salida al exterior. En las paredes de roca se reflejaban destellos rojizos; el calor era tan sofocante que Susan creyó que se iba a desmayar.

Se sentaron uno al lado del otro. A pesar del humo veían de forma confusa a los que estaban sentados alrededor del fuego. Susan advirtió que Kellicut, al que no había visto hasta aquel momento, estaba ahí, con Levítico y otros. Los encargados de conservar el fuego pusieron mas leña; al momento las llamas perdieron fuerza para arder luego con mas vigor. De la parte trasera de la cueva llegaba un sonido sincopado y sordo; de la sombra surgieron cuatro homínidos, dos varones y dos hembras, golpeando unos tubos que parecían de bambú. El ruido de los golpes rítmicos reverberaba en las paredes y llenaba la cueva. A Susan le llego muy adentro. Vio que los encargados de conservar el fuego echaban unas hierbas verdes y largas sobre las llamas y la cueva se quedó llena de un humo acre aunque no desagradable.

Susan y Matt estaban empapados de sudor y tuvieron que quitarse las ropas. En aquel momento el ruido rítmico de los golpes se intensifico. Una mujer, que estaba sentada en una zona del centro cubierta de tierra, se levantó y empezó a bailar, dando vueltas frenéticamente. El ruido iba cobrando intensidad; el grupo empezó a darse palmadas en los muslos al unísono. La bailarina daba vueltas y mas vueltas; de pronto se detuvo ante un varón y tiró de el hasta ponerlo en pie.

A la luz vacilante de las llamas Susan vio que tenia el pene erecto, como un palo corto y grueso. La bailarina lo arrastro hasta la entrada y salieron al exterior. Siguieron dándose palmadas en los muslos y tocando los instrumentos, cada vez mas fuerte. Los encargados de conservar el fuego echaron mas hierba sobre las llamas. Al inhalar hondo, Susan se percato de que le ardían los pulmones y de que el pulso le latía con fuerza. Se sentía ligera, mareada por el narcótico, y los ojos le lloraban a causa del humo.

Se levantó otra bailarina, escogió a un compañero y salieron. Y luego otra mas. Kellicut miraba fijamente a Susan a través del humo. De pronto se puso en pie y todos los ojos se volvieron hacia ella. El ruido rítmico que hacían al entrechocar los tubos y al darse palmadas en los muslos siguió y siguió hasta hacerle perder el dominio. Se puso a dar vueltas alocadamente, arrebatada por el ruido, que se había convertido en una especie de música intrincada y misteriosa.

Empapada de sudor, sintió que el calor la envolvía como una manta que el estruendo rasgaba con una mano helada y extraña. Noto que se humedecía y que tenia los pezones erectos. Aunque vagamente, y a pesar del ambiente cargado, pudo ver a Kellicut, que se levantaba y se le acercaba. Junto a el distinguió a Matt, que también iba a su encuentro con una expresión de desenfreno en el rostro. Cuando estuvo frente a ella, Susan dejo de dar vueltas y los dos salieron al exterior, donde reinaba la noche.

Les envolvió el silencio y, sin embargo, en sus cabezas seguía resonando el ruido y la excitación que llenaba la cueva.

Hicieron el amor frenéticamente. Después los cuerpos se separaron y permanecieron así un buen rato; estaban demasiado transportados para tocarse.

– ¡Dios mío! -exclamo Matt al fin.

Siguió un silencio que se prolongo unos minutos. Matt volvió a tomar la palabra.

– Me alegra que me hayas escogido; no estaba muy seguro de que fueras a hacerlo.

– No sabia lo que hacia. Ni siquiera pensaba.

– ¿Susan?

– ¿Si?

– Dime una cosa… ¿Deseabas escogerle a el?

– No lo hice, ¿verdad?

– ¿Hubieras escogido a uno de ellos? ¿Hubieras estado dispuesta a hacer el amor con uno de ellos?

Susan se inclino sobre el y lo abrazo.

– Matt, que tontarrón eres. ¿No te das cuenta de que hemos hecho?

Matt trabo amistad con un homínido joven al que llamaban Lanzarote. Despertó su curiosidad porque Lanzarote, que tenia las piernas mas largas y era mas esbelto que la mayoría de ellos, era también mas inteligente que los demás y estaba abierto a lo nuevo. Cuando Matt le miraba sus ojos oscuros, estaba convencido de que escondían una vivacidad inigualable.

Lanzarote mostraba interés por todo y disfrutaba examinando los objetos de Matt y Susan. Cogía uno, por ejemplo una navaja, y lo levantaba contemplándolo desde todos los ángulos. Cuando se iban de excursión y Matt se perdía, Lanzarote siempre lograba encontrar el camino de regreso.

Si tenían que escalar una pared rocosa, antes la miraban fijamente con sus ojos penetrantes, trazando una ruta de salientes en los que apoyar los pies.

Una vez que estaban caminando por un sendero, Lanzarote arrastro a Matt hasta un árbol y prácticamente le empujo a que subiera. Inmediatamente después subió el. En cuanto estuvieron encaramados, paso por allí un enorme jabalí mostrando los colmillos. Matt no sabia si Lanzarote lo había oído acercarse o si había notado su presencia gracias a una facultad especial. Otro día, por la tarde, Matt se quedó dormido y al despertarse vio que Lanzarote le estaba acariciando su frente lisa con cara de desconcierto.

Durante las caminatas Lanzarote a veces se alejaba, casi siempre en la misma dirección. Cuando esto ocurría Matt seguía solo, pero de vez en cuando sentía un leve malestar detrás de los ojos y una considerable pesadez en el lóbulo frontal; entonces sabia que Lanzarote le estaba leyendo.

El hecho de que la comunicación fuera en gran medida unidireccional era muy frustrante. Tras semanas de experimentación y aprendizaje intensos, Matt se dio cuenta de que se hallaba en un punto muerto. Por extraño que pareciese, había caído en una rutina. Lo que Dostoievski había escrito era cierto: el hombre, la bestia, se acostumbra a todo. Matt estaba viviendo el sueno de un paleontólogo; aquello era un laboratorio prehistórico real y, sin embargo, no podía decir, si tenia que ser honrado, que hubiera comprendido el misterio de lo que estaba presenciando: ¿como eran en realidad aquellos seres? No lo sabia. A pesar de todo, se había adaptado a un mundo que dos meses antes no podía imaginar siquiera; tanto era así que su vida diaria no le sorprendía ya, como si fuera algo normal.

Desesperado, decidió enseñar a hablar a Lanzarote. Hizo un esfuerzo por recordar cuanto había leído sobre los experimentos lingüísticos con chimpancés. Naturalmente aquello seria distinto porque no se limitaría solo a comunicar el concepto de un objeto, por ejemplo el de ‹‹arbóreo››, inherente a un árbol, lo cual era un aprendizaje básicamente asociativo llevado a un nivel abstracto. Tendría asimismo que hacer un esfuerzo por enseñarle a pronunciar y a utilizar las palabras correctamente, y luego asociarlas con otras palabras con el objeto de crear una secuencia con un significado nuevo. Este era el salto quántico del lenguaje.

El día de la primera lección hizo que se sentara frente a el, cogió una piedra bastante grande, fue hacia el, le abrió la mano y se la puso en ella, repitiendo una y otra vez la palabra ‹‹piedra››. Lanzarote se lo quedó mirando inexpresivamente. Con la finalidad de simplificar el sonido, Matt suprimió las dos primeras letras y repitió varias veces…edra, al quitársela y volvérsela a poner en la mano. Lanzarote ponía cara de desconcierto. Matt estuvo días intentando inculcarle aquella idea -asociar un sonido con un objeto-pero fue en vano. A veces Lanzarote repetía el sonido pero, al parecer, nunca lo asociaba con la piedra. Matt probó con otras palabras: ‹‹hoja››, ‹‹cielo››, ‹‹agua››. Recurrió también a hablarle por signos, imitando el acto de comer o de dormir. Se esforzó por fin porque comprendiera el significado de ‹‹Matt››, de ‹‹yo›› y de ‹‹tu››, señalándose a si mismo y luego a el, un gesto que al parecer no tenia ningún significado para el homínido. Estaba claro que los pronombres no tenían cabida en un mundo que no diferenciaba entre uno mismo y los demás. Un día llevo el magnetófono para grabar los sonidos y después hizo que los escuchara repetidamente mientras el le mostraba los objetos, pero a Lanzarote lo tenia tan fascinado el magnetófono que no podía concentrarse en nada mas.

– No obtengo ningún resultado-le confeso Matt a Susan una tarde.

– No es de extrañar. El lenguaje debe de ser la actividad humana mas compleja.

– ¡Pero nos parecemos tanto en otras cosas! Es casi imposible pensar que no tengan esta capacidad escondida en alguna parte, aunque solo fuera un vestigio que pudiera reactivarse.

– Si no se utiliza, no se desarrolla. Es como esos bebes que nacen con cataratas; si no se les trata durante los seis primeros meses se quedan ciegos para siempre. Por otra parte, el cerebro de los homínidos ya esta especializado. Tiene que procesar toda la información de los canales visuales de los otros.

– Con todo, a veces emiten sonidos.

Susan le sugirió que lo intentase al revés: que hiciera un esfuerzo por comprender el vocabulario que utilizaban ellos, ya que de ese modo tal vez podría llegar a hacer un descubrimiento importante. Empezó, pues, por observarlos cuando estaban en grupos. Se concentro en los jóvenes, especialmente cuando jugaban, porque al parecer era cuando mas sonidos emitían. Los grabo en el magnetófono y con el tiempo logro relacionar ciertos sonidos con respuestas concretas. Detecto que un sonido parecido a un gruñido indicaba sorpresa. Un día tuvo la gran suerte de grabar unos sonidos de alarma, cuando un grupo de jóvenes que jugaban a orillas del río huyeron a la desbandada al acercarse a ellos un depredador. Cuando Matt escucho la cinta, oyó una serie de gemidos muy agudos, que sonaban como un llanto.

En un momento que estaba solo en el bosque intento reproducir aquel sonido y por la noche le dijo a Susan medio en broma que se preparara para un momento histórico. Se fue a las afueras del poblado, inspiro hondo y emitió un sonido tan desgarrador que resonó entre los árboles. Antes de que Susan comprendiese lo que estaba haciendo, Matt se echó a sus pies, retorciéndose, apretándose fuerte las sienes.

– Por el amor de Dios, Matt, ¿que pasa?

El se sentó un poco avergonzado.

– He emitido el sonido de alarma. Supongo que querían saber todos que ocurría y que me han leído a la vez.

Aunque Lanzarote no aprendió a hablar, si aprendió otra cosa. Una noche que Matt y Susan presidían un combate, el estaba en un hoyo con un joven homínido que lo hizo caer al suelo. Al instante se puso en pie y se acercó al joven, que giro de manera que le dio con el codo en la barbilla. Lanzarote dio unos pasos hacia atrás tambaleándose, muy aturdido; seguidamente se abalanzo sobre su oponente, le golpeo el pechó y lo derribo. Al volverse, triunfal, Matt le observó el rostro, encendido de ira. Matt se metió en el hoyo para poner fin a la lucha.

El y Susan estaban asombrados y un poco nerviosos. Mas tarde hablaron de ello.

– ¿Sabes que pensé al verlo? – Comentó Susan-. Que sentían verdadera rabia, autentica agresión. Esto es algo nuevo, que no forma parte del vocabulario emocional de los homínidos del poblado.

– Nos guste o no, la rabia y la agresión son características humanas -respondió Matt-. Tal vez algunos siguen ya la senda de los renegados, y esta lleva directamente hacia nosotros.

Todo aquel tiempo Kellicut había estado aprendiendo por su cuenta; se pasaba cada vez mas horas con el chaman, que vivía en una choza separada del resto; era la única que tenia puerta, que siempre estaba cerrada y rodeada de un foso hecho de diminutos tótems, entre los que había mechones de pelo y dientes, que desprendía un olor fétido.

Matt y Susan lo llamaban Ojo Oscuro, un nombre que aludía a su aspecto y también a su función, a saber: guiar a la tribu a través del mundo de los espíritus. En sus frágiles hombros llevaba el peso de las almas de los antepasados fallecidos. Tenia la parte superior del cuerpo demacrada; los huesos de los hombros le sobresalían cual alas de un murciélago; tenia el rostro contraído y siniestro, y el pelo como una cortina y desgreñado. Cuando se lo apartaba, se le veía un ojo empanado e inmóvil, que miraba permanentemente a la lejanía, como si viera visiones que a los demás les pasaban inadvertidas, espíritus que residían en nidos ocultos y árboles vaciados.

Ojo Oscuro se alejaba solo a un pináculo rocoso, donde permanecía durante días en comunión con los espíritus; ayunaba y al regresar estaba delgado como la hoja de una destral. Cuando reaparecía, la tribu parecía excitada y le daban comida y otras ofrendas, aunque también le temían y, en cuanto el se acercaba, ellos se apartaban. Con el objeto de comunicarse con los antepasados celebraba ceremonias, durante las cuales emitía gritos y sonidos monótonos, como cantos, aporreaba troncos y sufría ataques como si estuviera poseído. Susan se fijo en que durante aquellos momentos parecía entrar en trance y entonces mantenía su ojo sano cerrado. Imagino que de ese modo rompía los lazos con el mundo exterior e impedía que los restantes miembros de la tribu pudieran leerle, por mas que osaran intentarlo.

Una mañana, muy temprano, que el cielo, de un azul intenso, cubría el valle como un globo luminoso, un autentico alboroto altero la vida del poblado. Matt, que estaba bañándose en las aguas frías de un riachuelo, oyó gritos de excitación y sonidos que parecían chillidos. Susan, que en aquel momento estaba cogiendo frambuesas de un matorral para el desayuno, se irguió de un salto y se rasguñó. Salio de allí con cuidado y echó a correr hacia el poblado, adonde llego al mismo tiempo que Matt.

Un grupo de homínidos estaban empujándose, dándose empellones y levantando tierra al golpear el suelo con los pies. Los niños habían hecho un corro y los miraban muy serios. Debe de ser una lucha, pensó Matt, quien pronto advirtió, asustado, lo adaptado que estaba a la vida tranquila y somnolienta del poblado. El pensar que podía haber, como ahora, un altercado lo sobresalto. Entonces vio a Caralarga, cuya cabeza sobresalía de las demás, y, cuando el homínido se volvió para mirarlo, vio que tenia el rostro contraído por la angustia.

– ¿Que sucede? -preguntó Susan, a quien la escena, igual que a Matt, había conmocionado.

– No tengo ni idea, pero será mejor que lo averigüemos.

Susan dio un paso hacia delante y la multitud se aparto para dejarles pasar; en aquel momento vio una litera hecha de ramas y de hojas sobre la cual estaba tendido un homínido que no había visto nunca; era un joven de pelo oscuro.

Cuando el grupo dejo la litera en el suelo, el cuerpo se tambaleo y luego se quedó quieto, inerte.

El joven estaba gravemente herido. Tenia un corte profundo a un lado de la frente que dejaba ver el hueso prominente del arco superciliar, de un blanco intenso; parecía una protuberancia hinchada que le hubiese rasgado la piel. Por la cara le resbalaba sangre oscura que le llegaba hasta la nuca y le manchaba el pelo. Parecía que estuviera a punto de perder el conocimiento. Tenia la rodilla derecha magullada y le sangraba; el brazo izquierdo le colgaba y tenia la parte interna a la vista. Su cuerpo estaba adornado de una forma que ni Matt ni Susan habían visto con anterioridad; parecía que estuviera pintado como para ir a la guerra. En la frente se veían líneas de color ocre rojizo y de carbón negro que formaban una uve que arrancaba de la nariz; el pechó, muy robusto, estaba pintado de forma similar; las líneas partían del esternón. Al respirar se le notaban las costillas.

Caralarga no paraba de tocarle. Afligido hasta lo indecible, le cogió el brazo, en una postura que recordaba una Piedad, y emitió extraños sonidos; echaba la cabeza hacia atrás y estiraba las cuerdas vocales gritando de dolor. A Susan le impresionó su actitud y su manera de mecer el cuerpo del herido para consolarlo, y de mantener a los demás apartados, como si quisiera protegerlo.

– Matt-dijo Susan-. Es su hijo.

– Si, en efecto -respondió la voz de Kellicut a sus espaldas-. Y si no hacemos algo, el también morirá.

– ¿Pero que podemos hacer?

– Seguramente no mucho, pero siempre podremos hacer mas que ellos. La medicina no es un arte que este aquí muy desarrollado.

Al oír a Kellicut, Caralarga dejo el brazo del chico y se fue corriendo hacia el; le paso una mano por la nuca y le arrastro hasta la litera; la muchedumbre se aparto para dejarles pasar. Caralarga le hizo arrodillarse junto al cuerpo de su hijo.

Kellicut, Con el rostro de color ceniza, le toco una sien. El joven abrió los ojos un momento, miro a su padre y gimió; después ladeo la cabeza. Kellicut le paso la mano por las costillas y le tomo el pulso. De repente Caralarga emitió un gemido tan intenso como el que había dejado escapar su hijo.

– ¡Dios mió! -Exclamó Matt-. Esta leyendo a su hijo. Esta haciendo suyo su dolor. Lo siente, literalmente.

– Exacto -dijo Kellicut volviendo la cabeza-. Y debe de ser agudísimo. No tenemos ni la mas remota idea de lo que sienten. El problema es que no creo que eso le sirva a su hijo para sufrir menos; no mitiga su dolor. Es simplemente una forma de experimentarlo simultáneamente, una empatia puramente altruista.

Kellicut se estaba metamorfoseando en un medico.

– Primero debemos lavarle la sangre. No veo nada de nada. No se con que nos podemos encontrar. -Se volvió bruscamente-. Matt -ordeno-, trae enseguida tu botiquín.

Vamos a llevarle a la choza grande que hay junto al río. Susan, reúne toda la ropa que puedas y ven. Tenemos que cubrirle. Tiene una conmoción. -Volvía a ser el Kellicut de siempre, ordenando, haciéndose cargo de la situación mucho antes de que los demás hubiesen comprendido siquiera que ocurría-. Venga, vamos.

Levantó la litera y cinco varones se apresuraron a ayudarle. Con el movimiento el joven se tambaleo y lanzo un terrible gemido de dolor; Caralarga hizo lo mismo. La extraña procesión atravesó el poblado con un objetivo muy claro ahora; parecían una bestia enorme dando patadas en el suelo, levantando tierra con sus diez pies. Kellicut la encabezaba y la guiaba.

Cuando llegaron al río, mando que dejaran la litera bajo unos álamos, cerca de los cuales se hallaba una choza hecha en un sitio en el que las ramas de dos árboles se entremezclaban. No tenia paredes laterales y corría en ella una suave brisa. Allí monto Kellicut la base de operaciones. Mando I Matt al río tres veces con la cantimplora; le vertió el agua sobre las heridas y las limpio con suavidad con una de las blusas de Susan hasta que pudo ver la carne al rojo vivo. En los labios de las heridas de la frente se había incrustado tierra.

– ¿Que crees que le ocurrió? -preguntó Susan.

– Es difícil decirlo, pero esta herida la causo un golpe -respondió Kellicut sin dejar de limpiar el arco superciliar-. Mirad la hinchazón que tiene a un lado. Y aquí el hueso esta fracturado, ¿lo veis? -Levantó un poquito la piel de la sobreceja-. Esto es el torus frontalis. Imaginaos, este hueso no lo han visto jamás en ninguna facultad de medicina del mundo. -Cubrió al joven con los trozos de ropa que había traído Susan, un montón de prendas patéticamente reducido que incluía un par de pantalones-. Tendremos que utilizarlos de manta. -Se volvió para mirar al paciente-. Yo no soy medico, pero juraría que esta herida no se la ha hecho en una caída. Y no es nada probable que se haya magullado la pierna de este modo en un accidente. No -dijo mientras ponía ropas debajo del cuerpo del joven, que empezaba a tiritar-. Parece que se la hayan hecho con una porra. Yo diría que intervino en una pelea.

– ¿Con quien?

– Con los mismos con los que tropezasteis vosotros.

– ¿Como lo sabes?

– ¿Quien pudo hacerlo sino ellos? -Kellicut hizo una breve pausa, como si estuviera sopesando las palabras-. Además, el se alejo para ir a su encuentro.

– ¿Que?

– Si, si. Se fue hace unas semanas. Su padre estaba destrozado, no podía aceptarlo. -Kellicut miro a Caralarga, que estaba sentado en un tocón, balanceándose despacio, con la mirada clavada en los ojos de su hijo-. De hecho, el que u hijo o una hija se una a los renegados es un estigma, pero P este caso, como Caralarga es muy respetado, no sufrió ningún desprestigio. Pero ha sufrido mucho.

– Es increíble-dijo Matt.

– ¿Por que es increíble? Tienen unos sentimientos mucho mas profundos de lo que puedas imaginarte.

– No me refería a eso. Me sorprende que huyese para unirse a un grupo como aquel, los… los renegados, como tu los llamas.

– Este chico herido es responsable, en parte, de que os encontraran.

– ¿Por que?

– Los tres que os encontraron eran un grupo que salieron en busca del muchacho.

Susan se quedó mirando a Kellicut.

– Me parece que hay muchas cosas que debes contarnos.

– Si. -Kellicut dejo escapar un suspiro-. Supongo que si.

Pero todo a su debido tiempo. Ahora hay cosas mas urgentes que hacer. Antes que nada debemos salvarle la vida a este j oven.

Caralarga se quedó mirando a Kellicut. Matt no era ningún experto en la interpretación de las emociones que manifestaban aquellos seres, tan extraños para el, pero esta vez no había ninguna duda de que Caralarga estaba suplicando algo. Con el cuerpo encorvado por la edad, se acercó a Kellicut, le levantó la mano y puso dos dedos sobre los parpados de su hijo. Después toco los ojos de Kellicut con sus propios dedos y los mantuvo así un momento con cara de suplica. Nos esta diciendo que su hijo esta muriéndose y le ruega a Kellicut que lo salve, pensó Matt.

Eagleton pulso el interfono.

– ¡Schwartzbaum! -gritó.

Acto seguido apretó el botón que rociaba la habitación de desinfectante. Si alguien puede contaminar este despacho, pensó maliciosamente, es ese bocazas pretencioso de Schwartzbaum. Que desgracia que estuviera, aunque fuera tangencialmente, relacionado con aquella operación.

Schwartzbaum había pasado por el departamento de paleontología de Harvard, donde había estudiado con los mejores especialistas. Al principio había sido el clásico hombre de ‹‹huesos y piedras››, hasta que, al igual que su especialidad, había evolucionado. Ahora su objeto de estudio estaba muy próximo a la genética evolucionista. Cada dos años escribía oscuros e ilegibles artículos sobre la fisonomía esquelética y el ADN mitocondrias hasta el punto de que su reputación se volvió un baluarte inexpugnable. Eagleton necesitaba desesperadamente la experiencia de aquel hombre para su proyecto y se vio obligado a nombrarlo director adjunto del instituto, con todas las condiciones extraordinarias que comportaba el cargo: un sueldo de 150.000 dólares, una plaza de aparcamiento y un pase de temporada para los partidos de los Redskins.

Ahora necesitaba a Schwartzbaum para que le ayudara a tomar una decisión o, mejor dicho, para hablar. Eagleton le utilizaba de vez en cuando de caja de resonancia. A veces lo que hablaban no guardaba relación alguna con lo que le interesaba de verdad a Eagleton. Para el era muy útil discutir sobre cuestiones paralelas con un colega, mientras su formidable intelecto navegaba en solitario por las aguas del río principal. Utilizaba a Schwartzbaum del mismo modo que un investigador utiliza el ruido blanco para aniquilar las desviaciones invasoras. Aquella era una de esas ocasiones.

Schwartzbaum entro con aire distraído, cogió una silla y se sentó demasiado cerca de Eagleton, que no dijo nada aunque se sintió molesto, por lo que movió su silla de ruedas hacia delante y hacia atrás como un atleta en la línea de salida; encendió un pitillo y, apuntando como si lanzara un proyectil, echó una bocanada de humo a los mechones de pelo cano que, al estilo de los científicos locos, cubrían las orejas de Schwartzbaum. Dio resultado. Como un hombre atrapado en una nube de gas mostaza, Schwartzbaum retiro la silla medio metro.

– Y bien -dijo Eagleton-. ¿Ha terminado el informe?

– ¿El informe?

– De la sesión en la que intervinieron la doctora Arnot y el doctor Mattison.

En la voz de Eagleton era palpable la irritación, que no hacia ningún esfuerzo por contener.

– Ah, ya. No, todavía no lo he terminado. He estado ocupado en un articulo sobre la obertura nasal del cráneo del hombre de Neandertal. He llegado a la conclusión de que…

– El informe tenia que estar ayer por la mañana encima de mi escritorio. Es preciso saber que piensa usted de las diferentes interpretaciones.

– Bueno, ya sabe lo que dicen: encierre a dos paleontólogos en una sala y obtendrá tres opiniones distintas. Es un colectivo que ni tan solo se pone de acuerdo sobre como hay que escribir el objeto de sus investigaciones. Algunos lo escriben como los alemanes, sin la hache muda: N-E-A-N-D-E-R-T-A-L; otros en cambio…

– Esperaba que en la reunión se hubieran tratado temas de mayor importancia que las variantes ortográficas.

– Ah. Perdone. ¿Sobre que…?

– Para empezar, sobre la teoría de la doctora Arnot acerca del canibalismo.

– Hum… El canibalismo. -Schwartzbaum tiro de los pelos de la perilla con la punta de los dedos. Este gesto le recordó a Eagleton una arana boca arriba, agitando las patas en el aire-. Me temo que no se trata de ninguna novedad. Es la parte mas oscura de la investigación sobre el hombre de Neandertal, una sombra que se extiende desde los trabajos de los primeros arqueólogos en busca de fósiles.

– Explíquese.

Schwartzbaum se recostó, inspiro hondo y fijo la mirada en la pared.

– Si no me equivoco, la primera referencia data de los años sesenta del siglo pasado; aparece en un trabajo de Edouard Dupont, un geólogo belga. Estaba buscando algo en una cueva en… creo que era en Le Trou de la Naulette… cuando descubrió un fragmento bastante grande de una mandíbula inferior. Era sin lugar a dudas humana, pero también muy parecida a la de los monos, porque se inclinaba hacia atrás, de los dientes a la barbilla.

Schwartzbaum se percato de que estaba pasándose la mano por la mandíbula. Turbado, la aparto inmediatamente.

– No olvide que El origen de las especies se había publicado hacia escasos años. La teoría de la evolución luchaba por hallar una prueba que le diera credibilidad y aquel trocito de mandíbula era la primera muestra anatómica sólida que apoyaba las teorías darwinianas. En cualquier caso, ocurrió algo extraño. Se habían desatado los rumores sobre el canibalismo y Dupont se encargo de manifestar que aquel hueso no era en modo alguno ningún resto de un banquete. Pero cuando sus palabras se tradujeron al ingles, fueron tergiversadas hasta el punto de que la gente creyó que había afirmado que si se trataba de los restos de un banquete y que los neandertales eran caníbales. Naturalmente lo creyeron porque deseaban creerlo, y así fue como les colgaron aquel sambenito, que era una acusación infundada.

Schwartzbaum se salto unas décadas y llego a I899, cuando un tal Dragutin Gorjanovic-Kramberger, un croata que era hijo de un zapatero y que nunca gozo de aceptación entre los intelectuales de Berlín y de Paris, descubrió la cueva de Krapina, que albergaba un tesoro de centenares de especimenes neandertales. Lo que le asombro fue que los esqueletos estaban diseminados por todos lados y que huesos grandes estaban astillados, y algunos de ellos incluso quemados. Por otra parte, un gran numero de ellos pertenecían a criaturas. Gorjanovic lo interpreto como una prueba irrefutable de que se trataba de victimas de banquetes prehistóricos.

Eagleton daba la impresión de que estaba mirando a Schwartzbaum con atención, pero sus palabras le llegaban envueltas en brumas. Su mente empezaba a abordar el problema que se había planteado a si mismo en la intimidad; avanzaba ya en su resolución por el río principal y la barquita de su interlocutor desaparecía en las márgenes cenagosas.

Schwartzbaum siguió hablando como un actor borracho bajo las luces de un escenario.

– Todas las teorías y los sombríos rumores llegaron a su punto álgido años mas tarde, en I939, justo en vísperas de la guerra.

Contó la historia de Alberto Blanco, un joven italiano que iba en busca de fósiles y que pasaba la luna de miel en Monte Circeo, al sur de Roma. Unos obreros perforaron el techó de una cueva oculta y se encontraron tanteando en la oscuridad. Uno de ellos cogió un cráneo para dárselo a Alberto. La cuestión era: ¿en que lugar de la cueva lo había hallado exactamente?

– El debate trajo cola y todavía hoy sigue vivo. Ha arruinado no se ya cuantas conferencias.

– Blanco insistió en que habían hallado el cráneo en el centro de un grupo de piedras que formaban un circulo. El lo llamaba "la corona de piedras" con el fin de rodear el hecho de un efectismo teatral.

¿Que era aquella fractura en la sien derecha? La prueba de un antiguo asesinato. El gran agujero que había en la base del cráneo lo habían hecho, según Blanco, con el objeto de extraer el cerebro. Sostenía que, con toda probabilidad, el hombre de Neandertal se acercaba sigilosamente por la espalda a su enemigo, le asestaba un golpe mortal, separaba la cabeza del resto del cuerpo, se comía el cerebro y utilizaba con posterioridad el cráneo de cáliz sagrado para sus ritos; lo colocaba con delicadeza en la "corona de piedras" del mismo modo que hoy día un cura alza el cáliz sobre el altar. Interesante, ¿verdad?

Eagleton gruñó unas palabras evasivas mientras Schwartzbaum seguía hablando como si nada.

– Pero hoy día la mayoría de paleontólogos rechazan esta teoría. Hay demasiados interrogantes. ¿Era el circulo realmente un circulo? ¿Fue un animal el que desgarro el cráneo?

¿Era Blanco algo mas que un simple italiano romántico? Es todo muy apropiado para que salga en los diarios sensacionalitas pero es un tema del que no se habla en una reunión en el comedor de la Facultad de Harvard.

– ¿Y la doctora Arnot?

La pregunta le dejo sin palabras. A Schwartzbaum le gustaba ver los toros desde la barrera y Susan Arnot era una persona que derribaba barreras.

– Puede decirse que, en líneas generales, su trabajo ha sido ejemplar y es una persona que goza de prestigio, aunque naturalmente no ha publicado nada sobre su ultima… contribución a la teoría de Blanco.

– ¿Y que piensa usted?

– ¿Yo?

– Si, usted.

Schwartzbaum tomo una actitud cautelosa; era como un experto en el banquillo de los testigos a quien finalmente se le pedía que se comprometiera y aportara pruebas.

– Yo no tomo partido por ninguno de los dos bandos. Todavía no me he formado una idea clara al respecto. Pero estoy dispuesto a decir aquí, en este despacho donde nadie nos oye, que no suscribo la hipótesis del canibalismo.

– Usted afirmo que la gente creía que los neandertales eran caníbales porque así querían creerlo. ¿Que quiso decir con ello?

– Bueno, hoy día la teoría de la evolución nos parece lógica y de sentido común; vista retrospectivamente la consideramos incluso obvia. Thomas Huxley es quien mejor lo dijo: ‹‹Que estupido he sido al no haber pensado antes en ello››. Olvidamos lo revolucionaria que era en la época en que surgió, porque echaba por los suelos el concepto básico que teníamos formado sobre la humanidad. De golpe y porrazo ya no éramos una creación divina; el hombre no era ningún ser separado de las bestias, dotado de inteligencia y con una chispa de divinidad. Ya no éramos especiales; de repente nos derribaron del pedestal. Resultaba que éramos un animal como cualquier otro, un poco mas inteligente, eso si, o incluso mucho mas inteligente, pero seguíamos siendo básicamente un animal. Nos impusimos gracias a nuestro intelecto, que se desarrollo en gran parte por azar, porque teníamos un par de piernas, un pulgar prensil y los órganos de fonación. Debemos reconocer que la imagen de una criatura que procede del cienago primordial no es tan ennoblecedora como el arco entre el dedo de Dios y la mano del hombre que este alarga para tocarlo, como vemos en la capilla Sixtina.

– De modo que ya no somos dioses menores sino simplemente monos mas desarrollados. Para empeorar las cosas, se hallaron estos restos fósiles que llenaron los vacíos, por lo que nuestra relación con los monos es todavía mas irrefutable. De acuerdo, el hombre de Piltdown es un fraude pero incluso sin el hay muchísimos "eslabones que se han perdido" y el mas importante es el hombre de Neandertal. De ahí que necesitemos algo que nos separe de el con la finalidad de poder volver a subirnos a nuestro pedestal. Nos es preciso transformarlo en una bestia. Y que mejor manera de hacerlo que acusarlo de violar el tabú mas espantoso de cuantos quepa imaginar, de cometer el crimen mas horroroso que existe, el símbolo de todo lo que nos coloca por encima de los restantes animales en este horrible continuo por salir del estado salvaje: comer a los de su propia raza.

Ahora Schwartzbaum estaba tan encantado de su elocuencia que casi se había olvidado de la persona que estaba sentada frente a el, detrás del escritorio, en la penumbra. Se sobresalto cuando Eagleton lo interrumpió.

– Le felicito. Ha contestado usted todas las preguntas salvo la mas importante.

– ¿Y cual es?

– ¿Por que habrían de ser caníbales?

– Fácil -respondió Schwartzbaum tirándose otra vez de la perilla-. Desde tiempos inmemoriales la razón ha sido siempre la misma: apropiarse de la inteligencia de la victima.

Eagleton lo despacho bruscamente.

El hijo de Caralarga estaba tendido en una losa hecha de tierra prensada en el interior de la choza que había junto al río.

Tenia los ojos cerrados y estaba pálido y desencajado, pero todavía respiraba. Susan le examino el rostro. La protuberancia en forma de mono que tenia en la parte posterior de la cabeza, un rasgo que en los homínidos servía para contrarrestar el peso de sus caras alargadas, le mantenía la cabeza echada hacia delante de forma que la barbilla casi le tocaba el pechó. Aquella postura le daba un aire solemne y pacifico, como si estuviera muerto; parecía una estatua de las que se ven en las catedrales medievales de Europa sobre los sarcófagos. Las largas pestañas se movían. No es feo, pensó Susan. En cierto modo tiene un aspecto noble, aunque no angélico; si, destacaba sobre los demás como un joven príncipe. No debe de tener mas de quince o dieciséis años, se dijo. Susan ya casi no sentía el escalofrío inconsciente de aversión que la sobrecogía cada vez que contemplaba aquellos rostros deformes.

Observó la pintura de la cara, pinceladas salvajes cuya única finalidad era inspirar miedo. Eran universales; las tribus primitivas del mundo entero utilizaban aquellos adornos cuando cazaban o en las batallas, y a veces también en los funerales de los grandes guerreros. Le toco una línea roja y se le quedó el dedo pringado; lo olió: era hematites u oxido, que tiene una tonalidad ocre rojizo. Se empleaba en los entierros prehistóricos como símbolo de la sangre; hacia poco lo había visto en las caras de los salvajes que habían matado a Kudy y que habían intentado atraparlos en la caverna.

Caralarga estaba sentado junto a el en silencio aunque seguía balanceándose ligeramente, como si lo moviera una brisa invisible. Estaba tan ensimismado, sin ningún contacto con el mundo exterior, que parecía que estuviera rezando.

Kellicut aparto a Susan de un codazo; volvió a examinar al chico, esta vez mas atentamente; le levantó un brazo, le palpo la caja torácica y le tomo el pulso. Tenia una actitud arrogante pero Susan le conocía lo suficiente para saber que había que achacarlo a los nervios. Intentaba estrujarse los sesos con el objeto de recordar los escasos conocimientos médicos que había adquirido hacia treinta años, cuando estudio seis meses en una facultad de medicina.

– ¿Que vas a hacer? -le preguntó Susan.

– Ya lo veras -le respondió con brusquedad-. Si sales del medio y me ayudas, claro.

Susan se contuvo para no contestarle. Kellicut le mando a ella y a Matt a buscar toda una serie de objetos cuya utilidad no lograron comprender. Matt llevo una cantimplora y el botiquín. Susan, una botellita de vodka que había guardado y su chaqueta. Al igual que Matt, lo obedecía ciegamente, como en sus tiempos de estudiantes.

Tal y como les ordeno, los dos cavaron un hoyo, que llenaron de ramitas; cogieron una brasa del fuego de la comunidad con el fin de encender el montoncito de ramas que habían preparado. Prendió con rapidez, emanando oleadas de calor tras las cuales los árboles que había mas allá parecía que bailaran, y también una estrecha columna de humo.

– Hierve el agua de la cantimplora unos diez minutos, no mas -ordeno Kellicut-. Tendré que verterla aquí-añadió alzando la botella de vodka-, porque necesito la cantimplora para otra cosa. -Vertió vodka en la frente del chico y después en la parte interior del codo, y la extendió con un trapo. Dejo un dedo de vodka en la botella, la levantó y se lo bebió-. Otra cosa -le dijo a Susan mientras dejaba el frasco y le daba la espalda para inclinarse sobre el chico-. Ves a buscar al chaman, porque lo vamos a necesitar. Ya sabes donde está su choza. No te molestes en llamar a la puerta, el sabrá que estas ahí.

Susan sabia en efecto donde estaba la choza que tan mal olía y que tenia siempre la puerta cerrada. No le gusto nada tener que ir. Estuvo un momento esperando fuera; no había señales de vida en el interior. Finalmente se acercó a la puerta con cautela y la empujo. Estaba hecha de espesas ramas entrelazadas y al entornarla no vio nada: estaba a oscuras; en el ambiente había un olor fétido y sintió nauseas. Se quedó quieta, respirando por la boca, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Poco a poco vio contornos de objetos. En un rincón había un rudimentario estante que era un tronco cincelado; encima había unos cuencos hechos de caparazones de tortuga; estaban llenos de un liquido espeso y de objetos redondos que parecían bolas. El olor era tan fuerte que casi lo sentía en la piel. Dio un paso hacia delante para verlos mejor y descubrió que había trocitos de cuerda flotando en el liquido, que servía para atar los objetos. Al darse cuenta de que eran ojos sintió una incontenible repugnancia. Había cientos de ojos.

Estaba mareada. Tuvo una extraña sensación; noto que se le empañaba el cerebro, como el espejo de un cuarto de baño. Dio dos pasos hacia atrás para irse y choco con Ojo Oscuro, que llevaba un bastón largo con una cabeza de lobo grabada en la empuñadura; parecía el cayado de un pastor.

Susan se echó hacia atrás tambaleándose y por poco se cayo.

El no se movió para ayudarla; tan solo emitió unos sonidos guturales que a Susan le parecieron hostiles. Su ojo blanco resplandecía como una estrella; glaucoma, pensó Susan, y muy avanzado. Debe de estar completamente ciego de ese ojo. El otro también presentaba síntomas de enfermedad.

¿Ve solo a través de los ojos de los demás?, se preguntó. ¿Pero si es así, por que mueve la cabeza en mi dirección?

Entonces Ojo Oscuro la cogió de la mano y la llevo hacia fuera.

Eagleton todavía no había tomado ninguna decisión y el tiempo apremiaba. Encendió un pitillo, inhalo hondo y se quedó mirando fijamente a Schwartzbaum, que estaba sentado enfrente de el. Este es un charlatán pero también una buena fuente de información, pensó. Casi a desgana, porque para el silencio era un tesoro, le formulo otra pregunta.

– Dígame. ¿Comparte usted la teoría de la doctora Arnot sobre la contienda entre el Homo sapiens y el hombre de Neandertal?

Schwartzbaum frunció el entrecejo y estiro las piernas.

– La teoría de la doctora Arnot no es original.

››En los años veinte un tipo llamado Hermann Klaatsch, un antropólogo de la Universidad de Heidelberg, dijo que era imposible que el Homo sapiens descendiera del hombre de Neandertal, que era un ser tosco. Desarrollo una teoría, novedosa a la sazón, según la cual hubo una lucha por la supervivencia en la cual los neandertales murieron y se extinguieron. La llamo la batalla de Krapina.

– ¿Y es verosímil esta teoría?

– Bueno, nadie la creyó, y tenían buenas razones para ello.

Para empezar, los neandertales estaban por toda Europa, así que resultaba un poco difícil imaginar que pudiesen reunirlos a todos y aniquilarlos en una única y decisiva batalla.

– Ejércitos enteros son derrotados en una sola batalla. Hay montones de ejemplos: Gettysburg, Waterloo, Agincourt.

La mayoría de las guerras acaban a causa de un enfrentamiento decisivo.

– Una de las partes pierde pero no es aniquilada en su totalidad. Algunos de los vencidos se retiran y se esconden en una cueva a lamerse las heridas. No se les puede exterminar a todos.

– Entiendo -dijo Eagleton haciendo una mueca casi imperceptible. Callo un momento, encendió un cigarrillo y preguntó-: Así pues, ¿esta usted de acuerdo con el doctor Mattison, quien sostiene que nuestros genes se mezclaron con los de ellos?

Schwartzbaum se sintió acorralado pero fue un acicate para dar rienda suelta a sus pensamientos.

– Esta teoría también presenta problemas. El gran dilema de la investigación sobre el hombre de Neandertal es como explicar este único misterio: el fósil mas reciente es mas neandertaloide que los mas antiguos. Tiene un torus frontalis mas pronunciado; me refiero al arco superciliar; el cráneo es alargado y las extremidades son mas arqueadas. Todas estas características son propias del hombre de Neandertal clásico, de modo que al parecer se apartan del Homo sapiens; están cada vez mas lejos de nosotros, hecho que entra en contradicción con nuestras teorías sobre lo que debió de suceder. ¿Como se explica eso?

– ¿Y como se lo explica usted?

– Bien, como es de esperar, las teorías abundan. Una de ellas sostiene que había distintas poblaciones de neandertales, separadas por grandes bloques de hielo, impracticables durante las glaciaciones; al vivir aisladas, evolucionaron en direcciones distintas. El factor critico en el cambio de la evolución es, en efecto, el aislamiento, porque como es obvio impide el cruce entre subespecies diferentes.

– ¿Y en que sentido afecta eso al hombre de Neandertal?

– Los especimenes neandertales que tienen un aspecto mas humano proceden de un periodo anterior y mas calido, y se han hallado restos de fósiles por todas partes. El hombre de Neandertal clásico es de un periodo posterior, data de la ultima glaciación. Se han hallado en áreas aisladas y su morfología esta adaptada al clima subartico. Sus extremidades son mas robustas, sus cráneos, mas largos, y los huesos de la nariz mas anchos, tal vez para calentar el aire al respirar.

Curiosamente su capacidad encefálica también es mas grande, pero no sabemos por que. Por lo demás, se trata de un caso típico de adaptación a un medio hostil. Se produjo por selección natural, o tal vez hubo una desviación genética.

– Hábleme de la desviación genética.

– Es un concepto sutil. Básicamente es estadística aplicada a la genética. En pequeñas poblaciones aisladas, los acontecimientos casuales pueden tener repercusiones. Cuando hay mutaciones genéticas, alcanzan un nivel en el que se perpetúan rápidamente. Los accidentes tienen efectos mayores que si ocurriesen en una población mas reducida y los cambios que acarrean pueden ser espectaculares.

››Por ejemplo, un grupo reducido desarrolla unas piernas extraordinariamente largas. Estos genes llegan a ser tan numerosos que desbancan a los llamados genes normales, hasta que las piernas largas se convierten en la norma. Los que tienen las piernas largas andan y corren mas rápido, y esto trae consigo otros cambios, pongamos por caso, un cambio en la dieta -empiezan a comer otro tipo de animales-, o un cambio en el hábitat, porque los depredadores tradicionales ahora pueden ser vencidos. Y siguen ocurriendo nuevos cambios sin cesar; se trata de un proceso que se auto perpetua y cuyo resultado es un salto quántico. Pero esto no quiere decir que los nuevos rasgos sean necesariamente mas ventajosos; hay que hablar mas bien de desviación accidental.

– Comprendo. ¿Que ocurriría si el salto quántico comportase una facultad abstracta? Una percepción telepática o algo por el estilo.

– ¿Se refiere usted a la capacidad para proyectar imágenes directamente de un cerebro a otro? En teoría, al menos, no es imposible.

– ¿Y es posible que en el cortex del hombre de Neandertal se produjeran cambios físicos que permitieran el desarrollo de esta facultad?

– Vuelvo a decir lo mismo: en teoría si. Pero hay un problema. Gracias al estudio del cerebro humano sabemos que gran parte del cortex esta ya hipotecado para el lenguaje.

– ¿Y si no tuvieran lenguaje? En este caso tendrían un cerebro mas grande que el nuestro, que simplemente no se habría desarrollado.

– No hay razón alguna para pensar que no desarrollaron el lenguaje. En tanto que medio de comunicación, es preferible porque perdura. Se puede escribir y lo escrito sobrevive a quien lo escribió. Ni usted ni yo conocimos a Shakespeare pero le oímos hablar, por así decirlo.

– ¿Y si algo les impidió desarrollar el lenguaje?

– Me cuesta creerlo. Solo se me ocurre una causa.

– ¿Cual?

– La altitud.

Eagleton giro la silla de ruedas unos noventa grados.

– Explíquese.

– Los alpinistas sufren trastornos mentales; no se trata de nada nuevo. Pero las investigaciones recientes relacionan este fenómeno con el habla. Un neurocientífico de Brown, Philip Lieberman, ha estado estudiando los efectos cognitivos de la falta de oxigeno. Sostiene que daña la parte del cerebro responsable de los movimientos secuenciales, incluido el movimiento de la lengua, los labios y la laringe. Los ganglios básales se quedan sin oxigeno y la sintaxis del lenguaje hablado queda afectada. De ahí que los pensamientos se expresen de forma desordenada.

– Por tanto, a largo plazo -dijo Eagleton pausadamente-. Una especie que viviese en un entorno de estas características podría llegar a quedarse sin lenguaje y, en este caso, tendría que desarrollar otra alternativa, como la telepatía, por ejemplo, para compensar dicha perdida.

– En teoría, solo en teoría, si; no es imposible.

– ¿Y si esta capacidad constituyera una función vital para un grupo que viviese constantemente atemorizado, que huyese sin parar? ¿Y si esto también le permitiese a cada miembro del grupo actuar de vigilante, una especie de sistema automático de alarma precoz para la tribu entera?

– Bueno, entonces tendría un valor añadido que contribuiría a que, presumiblemente, siguiera funcionando. El proceso de desviación genética se vería reforzado por la selección darwiniana, que tendería a acentuar este rasgo, a solidificarlo, por así decirlo. Pero ¿en que esta pensando?

– En nada, en nada. Estamos manteniendo una discusión puramente teórica. Me interesa lo que ha dicho sobre los diferentes grupos de neandertales. ¿Como se produce una cosa así?

– Por descontado eso si es teoría pura. Ocurrió algún hecho, probablemente las glaciaciones, que dividió a la población en subgrupos. Sabemos que los que vivían en Europa occidental se convirtieron en el hombre de Neandertal clásico y que con el tiempo se extinguieron. Para decirlo con pocas palabras, su manantial se agoto. Los que habitaban en otras partes alcanzaron un nivel de desarrollo que los acercaba a nosotros. A eso se llama sapientización. O tal vez sobrevivieron aislados en un reducido lugar apartado y desarrollaron unos rasgos especiales a través de la desviación genética. Hay pistas muy débiles en esa parte del mundo denominada ‹‹Asia occidental››

– ¿Asia occidental? ¿Donde esta?

– Es un termino extraño que se emplea hoy día en los trabajos sobre el hombre de Neandertal. Abarca una vasta región que comprende el mar Negro, ciertas zonas de la Unión Soviética, Uzbekistán y Tadzhikistan. Gran parte del territorio esta por explorar.

De repente Eagleton, sin darle las gracias siquiera, despidió a Schwartzbaum. Ya no le necesitaba. Había tomado la decisión que buscaba. Hacia tres semanas que no recibían noticias de Van. Había llegado el momento de enviar a Susan y ojo Oscuro fueron hasta la orilla del río; el la llevaba agarrada del brazo; su mano era tan huesuda que parecía un halcón sobre su presa. Susan sintió que de el emanaba un extraño poder que la electrizaba, como si el homínido generara una especie de voltaje psíquico. Le era imposible decir quien guiaba a quien.

Caralarga fue a su encuentro y anduvo hacia atrás, delante de ellos, con la cabeza gacha. Cuando entraron en la choza, Susan vio que Matt también se encontraba allí, junto con tres o cuatro homínidos. Kellicut estaba en un rincón trabajando; a su alrededor había desplegados varios utensilios: una navaja, la cantimplora y el botiquín, que tenia la tapa azul y blanca abierta. Al verlos, coloco con cuidado algo sobre una prenda de vestir y se levantó.

– Me alegro de que ya estéis aquí. No tiene buen aspecto y no disponemos de mucho tiempo.

– ¿Que piensas hacer?

– Tiene una contusión en la frente y la rodilla fracturada, pero también esta herido en el costado. No estoy seguro pero diría que le hirieron hace varios días y que ha estado andando, de modo que el problema principal es la perdida de sangre. Haremos una transfusión.

– ¿Y como vas a hacerla?

– Mal, me temo. Tendremos suerte si podemos transfundirle una cantidad suficiente de sangre, aunque con los gérmenes que hay por aquí será un milagro si sobrevive. Pero es la única esperanza.

– ¿Y quien será el donante?

Kellicut miro a Caralarga, que seguía meciéndose despacio.

– ¿Y el? ¿Para que querías que viniera?

Susan señalo con la cabeza a Ojo Oscuro, que todavía no le había soltado la mano. No se atrevía a retirarla, como si fuera una especie de sanguijuela de la que tuviese que desprenderse con sumo cuidado.

– Espero poder explicarle lo que vamos a hacer para que pueda comunicárselo a los demás. El es el único capaz de comprenderlo. Por otra parte -dijo Kellicut, quien volvió de nuevo a su trabajo-, su presencia aquí puede sernos útil en el caso de que todo salga mal.

Susan se acercó a Matt, que estaba junto al fuego, y observó como Kellicut les hacia gestos, emitiendo también sonidos, a Caralarga y a Ojo Oscuro. En un momento dado, abrió los ojos del chico; después se hizo un corte con la navaja en el brazo y empezó a brotarle un chorro de sangre.

No quedó nada claro que lo entendieran. Mientras, el agua hervía en la cantimplora. Susan y Matt la emplearon para esterilizar un largo tubo de goma que tenían en el botiquín y unos cuantos trapos; cuando acabaron, llevaron todo junto al chico.

Kellicut había conseguido, no se sabia como, que Caralarga se tendiera en un lecho de ramas cerca de su hijo. Cogió la jeringa hipodérmica, la limpio con el agua esterilizada y presionó el embolo hacia abajo. Con la navaja hizo un pequeño agujero en el extremo superior de la jeringa, abriéndolo poco a poco hasta que quedó redondo. Metió en el un extremo del tubo de goma, lo levantó, orgulloso de su obra, y le dio el otro extremo a Susan.

– Y aguanta esto también -le ordenó entregándole la cantimplora.

Después Kellicut se arrodillo junto a Caralarga, le paso un trapo humedecido con alcohol por el brazo y le clavo la jeringa en una vena, tirando lentamente del embolo hasta que la cámara se lleno del liquido rojo oscuro. ‹‹Si me pinchan no sangro››, pensó Susan.

– ¡Aja! -exclamo Kellicut al pasar el embolo por el agujero que había abierto; la sangre de Caralarga empezó a fluir por el tubo como un río desviado de una presa-. ¡Funciona! -Gritó, tan entusiasmado que Susan no pudo evitar pensar que no había estado nada seguro de que lo fuera a conseguir-. Aguanta el otro extremo en la cantimplora -advirtió- y mantenlo hacia abajo. Tenemos que conseguir que vaya fluyendo.

Susan vio como el tubo se oscurecía lentamente a medida que se iba llenando. Lo mantuvo en la cantimplora, que sostenía por debajo con la otra mano.

Kellicut ordeno a Matt y a Susan que se colocaran junto al chico.

– Esto va a ser lo mas difícil -dijo-. Sostén la sangre lo mas alto que puedas. -Le levantó el brazo a Susan-. Y no lo muevas. -Saco el tubo de goma, cogió un trocito de plástico, que utilizo de embudo para verter la sangre, y se lo dio a Matt, que también levantó el brazo-. Cuando os lo diga, verted la sangre -los informo-. Si se forma una burbuja de aire en el tubo, estamos perdidos.

Alzo la jeringa, tiro del embolo hacia atrás todo lo que pudo y pincho en una vena del brazo del chico. Después empujo el embolo hacia delante un par de centímetros, con mucho cuidado, para que no sobresaliera del agujero. Dio resultado. Lentamente la sangre empezó a fluir por el tubo.

– Tenia que haberme dedicado a la medicina -dijo Kellicut lleno de orgullo-. Te hace sentir como un dios.

Después vendaron la rodilla y la frente del chico, volvieron a cubrirle con las ropas y lo dejaron dormir junto a su padre.

Los otros homínidos se quedaron en el exterior de la choza, indecisos. Miraban a Ojo Oscuro en busca de consejos.

Aquella noche, sentados alrededor del fuego, Kellicut parecía tan satisfecho de si mismo que Susan aprovechó la ocasión para tirarle de la lengua.

– Cuéntanos quienes son los otros -le imploro-. ¿Como les llamaste?

– Los renegados.

– Eso.

– No hay mucho que contar. Al poco de llegar aquí me entere de su existencia. Naturalmente no los he visto; creo que si me hubiera encontrado con ellos no estaría aquí para poder contároslo. Pero he recogido algunos datos, no muchos, aunque suficientes para elaborar unas cuantas teorías.

Como podéis suponer, son muy temidos.

– ¿De donde proceden? -preguntó Matt.

– De aquí… de este valle. Puede que haya mas tribus viviendo en estas montañas. Dios sabe como serán. Pero los renegados proceden de este valle. Han ido creciendo a lo largo del tiempo; sabe Dios desde cuando existen, tal vez desde hace varias generaciones. Quizá lleven hasta cientos de años existiendo.

– ¿Pero como?

– Son parias; se les repudia, se les rechaza. Es muy sencillo, en realidad.

– Pues podrías tener la amabilidad de explicárnoslo.

– De vez en cuando nace una criatura completamente distinta de los demás. Con el tiempo se convierte en un ser antisocial o, lo que es peor, en un criminal. Tiene una patología que lo separa del resto, genéticamente es diferente. No encaja en la tribu, se salta las normas, se burla de los tabúes.

Se trata de un fenómeno que ocurre en todas las sociedades.

Son inadaptados. Los siux los llamaron ‹‹los contrarios››, gentes que hacen todo al revés, que incluso montan a caballo mirando hacia atrás. Se dan en todas las sociedades, en todas las tribus. Desde el punto de vista de un biólogo evolucionista, podría decirse que la sociedad los necesita para sobrevivir. Es una manera de experimentar nuevos modelos, si queréis decirlo así. I

– Y eso es especialmente cierto cuando hablamos de tribus homogéneas, muy cohesionadas socialmente, como es el caso de esta, unida por su facultad especial. Su capacidad para compartir percepciones los aglutina, de modo que un comportamiento antisocial, o sencillamente fuera de lo corriente, es una amenaza para la tribu entera. Por tanto, todos se unen para expulsar al rebelde; o bien el rebelde escoge el exilio voluntariamente. Quien sabe como ocurren las cosas en realidad. El grupo se deshace del elemento perturbador y así se acaba con el problema. Nunca mas se vuelve a hablar de ello, pero no todo es paz y después gloria.

– ¿A que te refieres? -preguntó Matt.

– Uno de ellos desaparece sin que pueda decirse que haya huido-intervino Susan.

– Exactamente. Se va solo a la región mas desierta del valle y aprende a sobrevivir. Se aleja del edén. Con el tiempo, otro se reúne con el. Y luego, paulatinamente, su numero va creciendo. Al principio son solo una pequeña banda desorganizada, pero poco a poco van constituyéndose en una sociedad cohesionada: una sub-colonia de marginados. Cuando llegan mujeres, empiezan a reproducirse y se convierten en una población competitiva.

– ¿Cuantos son?-preguntó Susan.

– No tengo ni idea. Pero no es el numero lo que cuenta, sino el espíritu. La fuerza que los empuja a ser como son.

Lo que realmente importa es quienes son.

– ¡Son unas bestias crueles! -exclamo Susan, que recordó la sangre de Rudy en la nieve y se sulfuro.

– ¡Susan! -la reprendió Kellicut, que se volvió a mirarla-. Lo has entendido todo mal. ¿Como puedes ser tan estupida? Has estado en su caverna; has visto como viven y lo que han llevado a cabo.

– ¿Lo que han llevado a cabo?

– ¡Por el amor de Dios, piensa un poco! Para empezar, cazan. Eso significa que tienen que trabajar juntos, cooperar, planear los ataques. Se precisan seis o siete hombres para abatir a un animal grande, así que tienen que asignar distintas tareas: uno que tienda la trampa, otro que corte los arbustos, etcétera. Tienen que pensar en el futuro. Comen carne, de modo que ingieren mas proteínas y son mas fuertes. La cocinan al fuego para que sepa mejor y para conservarla. Llevan pieles, decoran la caverna. Hay una división de trabajo; los hombres cazan y las mujeres se quedan en casa para cuidar de los niños y realizar tareas domesticas. Empiezan a vivir en familias. Tienen una jerarquía social.

– Y matan -dijo Susan con contundencia.

– Si, matan. Por desgracia matar forma parte de su vida.

Tal vez sea una parada necesaria en el camino que lleva a la civilización. Porque de eso estamos hablando: de civilización. No te engañes. Encarnan una forma de vida superior en todos los sentidos. ¿Recuerdas lo que aprendiste en Harvard? ¿Cuales son las primeras señales, los primeros indicios que hablan de una vida en común? El arte cavernícola, el espiritualismo, la protourbanizacion, la estratificación social.

Entre los habitantes de las montañas se dan todos estos fenómenos; en cambio, aquí, entre estos seres que se alimentan de bayas, no. ¿No te das cuenta? Los renegados son un salto gigante hacia delante; están en el proceso por el cual paso el Homo sapiens hace miles de años. Es la evolución, que sigue su camino. Se acercan a nosotros. Son uno de esos súbitos avances que ocurren quizás una vez cada cien mil años. Y nosotros estamos aquí, presenciando la creación.

– ¿Por que no atacan a nuestro grupo si son asesinos y sus habilidades marciales son superiores? -Preguntó Matt-. Podrían aniquilarlos en un momento.

Kellicut se lo quedó mirando fijamente.

– No estoy muy seguro. Para empezar, están separados por el cementerio y, como sabéis, cruzar el cementerio es un tabú, aunque no es una explicación convincente. Quizás hay una especie de tregua no declarada entre las dos tribus. Al fin y al cabo los renegados necesitan a nuestros amigos para aumentar su población. Esta es su tribu madre. O tal vez es solo una cuestión de tiempo y algún día les atacaran. Ahora Darwin nos seria de gran ayuda.

– Lo que describes no es para nada paradisíaco -observó Matt-. Si los mantienen como población que les sirve para la reproducción, se trata de un edén artificial. En el centro hay un agujero negro.

Kellicut se quedó callado un momento. Cuando habló, su voz era sombría.

– Es innegable que hay señales preocupantes. Creo que empiezan a secuestrar a miembros de la comunidad de vez en cuando. Como pudisteis comprobar, son despiadados y esclavos de un demagogo, al que se asocia un gritó, que suena algo así como ‹‹quiuac››. Es el mas fuerte de todos y les ha impuesto la veneración de una especie de divinidad.

– Despiadados no es la palabra. Tenían cráneos humanos colgados-dijo Matt.

Justo en aquel momento los homínidos, que estaban en cuclillas, se pusieron en pie de un salto, gimiendo y echando la cabeza hacia atrás, dando largos y estridentes alaridos.

Sus movimientos eran tan dislocados que tardaron en percatarse de que era la aflicción la que les llevaba a actuar de aquel modo. Entonces los tres cayeron en la cuenta a la vez.

Corrieron hacia la choza que había junto al río; allí había un nutrido grupo de homínidos dándose golpes, como a la deriva, desesperados. Era evidente que había ocurrido algo.

Kellicut se abrió paso entre la multitud, se acercó corriendo al chico y le destapo. Tenia los ojos cerrado pero la caja torácica le subía y le bajaba. Kellicut le tomo el pulso: era lento pero estable. No sufría ninguna crisis.

– ¡Mira detrás de ti! -gritó Matt.

Kellicut se volvió y vio que Caralarga estaba completamente inmóvil, y muy pálido, en el lecho de ramas; tenia el cuerpo rígido y los ojos cerrados. Fue hasta allí y le levantó la mano, una mano grande y sucia con el pulgar deformado después de haberse pasado la vida recogiendo frutos y bayas.

Empezaba a endurecerse y los dedos, medio cerrados, parecían una garra.

– Dios mío -dijo Kellicut-. ¿Sabéis que ha sucedido? Se ha sacrificado. Le daba sangre a su hijo para que su hijo pudiera vivir, y el pensó que eso significaba, lógicamente, que el moriría. Y, como lo ha pensado, ha muerto.

En aquel instante la multitud se aparto y apareció Ojo Oscuro, con el pelo desgreñado y su ojo de color blanco amarillo mirando fijamente a un lado. Todos callaron y se echaron hacia atrás cuando metió la mano en una vaina que ni Kellicut ni los otros habían visto nunca. De la funda saco una larga piedra acabada en una punta muy afilada. Se inclino, cogió la cabeza de Caralarga con un brazo, meciéndola, rápidamente inserto la punta de la piedra afilada en la cavidad del ojo, cerca del puente de la nariz, y, con un movimiento, le extrajo el ojo. Hizo lo mismo con el otro y después los alzo; eran orbitas blancas con hilos oscuros y sangre. Ojo Oscuro dejo escapar un chillido largo, penetrante, estridente y absolutamente estremecedor.

Cuando uno muere, todos mueren un poco. La tribu, que ve y experimenta las cosas como uno solo, se siente disminuida cuando un solo par de ojos se internan en la noche, al igual que un tapiz tejido muy apretado se ve dañado cuando se desprende un solo hilo.

El entierro de Caralarga empezó inmediatamente, en cuanto Ojo Oscuro introdujo los dos globos oculares en una bolsita que llevaba colgada al cuello. Encendieron una gran hoguera en el centro del poblado, y aparte de ramas, echaron al fuego los lechos artesanales y las vigas de las chozas. Estaban tan apesadumbrados que no salvaron casi nada de las llamas, que alcanzaron una altura de tres metros y quemaron las hojas de los árboles que había cerca de allí.

El poblado entero estaba presente: los hombres, las mujeres y los niños. Susan advirtió por primera vez lo numerosa que era la tribu, formada al menos por varios miles de miembros. Había homínidos a los que no había visto nunca, incluidos algunos ancianos, y hombres y mujeres que debían de llevar una vida de ermitaños en la zona mas alejada del valle y que se habían reunido allí en respuesta al mudo llamamiento colectivo. Todas las muertes eran acontecimientos especiales, pero la de Caralarga aun mas, porque era el miembro mas anciano de la tribu.

Elevaron su cuerpo desnudo en un féretro de un metro y medio de alto, hecho de troncos atados con enredaderas y adornado con florcillas rojas, que colocaron a unos seis metros de distancia de la hoguera. Detrás, seis jóvenes varones se sentaron con las piernas cruzadas, sosteniendo troncos vacíos en la falda, que golpeaban con palos siguiendo un ritmo sincopado y triste. Alrededor de ellos, otros bailaban, levantando los brazos y las piernas lentamente, contorsionándose como si estuvieran debajo del agua. Los niños alimentaron el fuego hasta que Ojo Oscuro volvió a aparecer, esta vez con el ojo bueno vendado. Llevaba una cajita. Los niños cogieron troncos ardiendo y brasas de fuego y los dispusieron en el suelo formando un camino por el que Ojo Oscuro paso sin dar señales de dolor, hasta que llego junto a la hoguera y arrojo la cajita al fuego.

Echaron unas hojas largas y delgadas a las llamas; los homínidos bailaban alrededor del fuego, tragándose el humo.

Matt y Susan también inhalaron el humo y enseguida se sintieron mareados y aturdidos. Las cosas empezaron a girar y a resplandecer. Las figuras, que no dejaban de moverse, quedaron envueltas en un aura y veían con dificultad.

Ojo Oscuro saco la cajita del fuego y le condujeron hasta el féretro, donde derramo un chorro de aceite caliente, que resbalo por el cuerpo de Caralarga. El ruido de los golpes rítmicos era cada vez mas rápido; los que bailaban se movían cada vez mas deprisa y algunos se desplomaban. Caían al suelo y los demás seguían bailando por encima de sus cuerpos. Matt y Susan también bailaban; al principio se sentían incómodos pero pronto se desinhibieron y se abandonaron al humo y al ritmo martilleante.

Estuvieron bailando y tocando hasta bien entrada la noche. Finalmente colocaron largas hojas de enredaderas en el suelo a modo de alfombra y depositaron en el centro el cuerpo de Caralarga, que ahora estaba rígido y era mas fácil de transportar; después lo envolvieron. Las hojas se pegaban al aceite; le ataron las enredaderas hasta que su piel pálida quedó cubierta del todo y el cuerpo momificado. Los que aporreaban los palos aceleraron el ritmo -a Matt le parecía imposible que se pudiera tocar tan deprisa-, hasta que únicamente se oyó un solo ruido continuo y ensordecedor. Al momento los homínidos dejaron de bailar y de la oscuridad salieron seis hombres con las caras y los cuerpos manchados de blanco. Eran los que tenían a su cuidado las tumbas. Se colocaron alrededor del féretro, lo levantaron con facilidad y se lo llevaron; fue todo tan rápido que pareció que a Caralarga se lo hubieran tragado la noche.

Mas tarde, cuando Susan estaba durmiendo junto a el en el emparrado, Matt oyó un estallido que resonó a lo lejos.

Era demasiado agudo para ser un trueno. Cuando el débil eco se apago, contempló el valle cada vez mas alarmado. Le pareció que había sido un disparo.

Kellicut siguió a Ojo Oscuro por un camino rocoso. El chaman avanzaba con rapidez a pesar de la edad y de tener un solo ojo; sus pies descalzos sorteaban las raíces y las piedras hábilmente porque se sabia el camino de memoria. En frente de ellos, recortado por las nubes, Kellicut vio el lugar hacia donde se encaminaban: un pico redondo en forma de puno.

El funeral se había celebrado hacia cinco días y el poblado había vuelto a la normalidad, como si nunca hubiera ocurrido. El hijo de Caralarga mejoraba día a día; ya se sentaba y comía. Susan lo llamaba Rodilla Herida. A Kellicut no le parecían apropiados los nombres que Susan les ponía y así se lo había dicho, pero ella insistía en llamarlos de aquel modo. Ella idolatraba al chico.

Ojo Oscuro había pasado muchas horas junto a Rodilla Herida. Kellicut se preguntaba si el chaman quería asegurarse de que el chico no había quedado estigmatizado por el tiempo que había pasado en las cavernas y que todavía conservaba la pureza que se requería para vivir en el poblado.

Pero podía ser también que estuviese ansioso por reunir información sobre los poderosos renegados. A Kellicut le parecía que aquel anciano arrugado aceptaba que el peso de la responsabilidad de tener que pensar en el futuro de todo el poblado recayese sobre sus espaldas.

Afortunadamente el chaman, al parecer, seguía confiando en los humanos. Kellicut sabia que, si quería comprender los misterios de la comunicación telepática y dominar aquella facultad, necesitaba que Ojo Oscuro le instruyese. De vez en cuando ya recibía imágenes. Lo que debía hacer -lo que los homínidos podían hacer-era aprender a controlar el proceso con el fin de poder determinar a través de que ojos veía. De lo contrario, seria todo caótico, una mezcla desordenada de imágenes que no conseguiría dominar. Por su parte el chaman parecía considerar a Kellicut un colega en el reino de los asuntos espirituales.

El chaman se detuvo en el pináculo y ayudo a Kellicut a subir junto a el. Se dio cuenta de que el anciano le pedía que mirase a lo lejos. Desde la pared rocosa inclinada del lecho en el que se encontraban, contempló las verdes copas de los árboles, los prados -aquellos espacios hundidos-, las laderas del canon, y las blancas cumbres de las lejanas montañas.

Kellicut sintió en su interior la presencia de otro ser, como una habitación que se inundara de agua, y comprendió por que el homínido había querido que fuera hasta allí. Se estaba volviendo ciego y deseaba ver una vez mas la belleza de aquel lugar.

En la cueva que había en lo alto del pináculo se percibía el olor fuerte habitual. Se sentaron en unas piedras que había allí y en un rincón Kellicut vio que había un montón de huesos, aunque no sabia si eran humanos o animales, ni se había molestado tampoco en averiguarlo. El chaman metió la mano en la bolsa y saco algo del tamaño de un puno; eran hojas cubiertas de barro, que fue quitando hasta que quedó a la vista una brasa resplandeciente. De un rincón cogió una pipa, la lleno de virutas pardas, la encendió, dio una larga chupada y se la paso a Kellicut, que hizo lo mismo. De repente le asaltaron visiones: formas, colores, movimientos que llenaban el reducido espacio de la cueva. Se recostó en la pared de roca y se dejo invadir por aquellas múltiples sensaciones. El chaman empezó a cantar, emitía un sonido obsesivo y tranquilizador, parecido a un canto gregoriano. Kellicut cerró los ojos y se concentro en lo que veía en su interior: una mancha blanca, el contorno borroso de la roca, una prominencia rocosa en la pared de la cueva. Cuando los abrió, contempló al anciano, que con el ojo bueno dirigía una mirada a la roca que había a sus espaldas. Kellicut se volvió y vio la prominencia que había visualizado hacia un momento en su interior.

Aquella noche Kellicut vio a Matt y a Susan sentados en la orilla del río y fue a reunirse con ellos. Susan sabia cuando había estado ‹‹comunicándose››, como ella decía, con el chaman, porque volvía abstraído y alicaído, como alguien a quien han sometido a un electrochoque, pensó. Esta vez estaba todavía mas taciturno que de costumbre y Susan supo que iba a contarles algo.

– Preparaos para recibir una noticia que os causara una conmoción -dijo-. Lo se por el hijo de Caralarga, quien, por cierto, no se fugo para reunirse con los renegados sino que lo secuestraron en un sendero de esta ladera de la montaña. Estaba en la caverna cuando vosotros salisteis huyendo. Al parecer, provocasteis un buen alboroto.

– Sigue-le apremio Matt.

– Bueno, capturaron a la persona que iba con vosotros, y sigue retenido allí.

– ¡Dios mío! Van.

– Si. Y lo que es peor: tarde en visualizar la imagen pero por fin lo conseguí. Los renegados han cogido el ‹‹palo que retumba››. Os felicito. Habéis introducido la tecnología asesina del siglo XX en la Edad de Piedra.

De niño, Van había veraneado una vez junto al lago Michigan. Se pasaba las horas caminando a lo largo de la orilla, al pie de los acantilados, buscando minúsculos embudos, trampas en miniatura dispuestas para atrapar a las hormigas león que vivían enterradas y ocultas bajo la arena. Cuando encontraba alguna, la dejaba caer en un embudo, y disfrutaba contemplando como se esforzaba por salir, como resbalaba con los granos de arena y como caía hacia atrás dando volteretas, hasta que finalmente se quedaba exhausta en el fondo y era arrastrada bajo tierra por un par de pinzas.

Ahora Van, en el fondo de una zanja, era como una de aquellas hormigas. Podía trepar por las paredes hasta tres cuartas partes de su altura, pero solo para caer de nuevo.

Por un punto casi podía llegar hasta arriba, pero cuando intentaba encaramarse al borde, sus guardias se acercaban y lo empujaban hacia atrás sin contemplaciones. En una ocasión lo golpearon con una porra. Por supuesto tenían una ventaja: podían ver lo que el hacia sin mirarle siquiera. Era imposible escapar y pronto dejo de intentarlo.

Se encontraba en un estado lastimoso, agotado, hundido y famélico. Raramente dormía de un tirón; tenia pesadillas y, cuando despertaba, habría deseado volver a la pesadilla. Su cuerpo estaba cubierto de cardenales, llagas y erupciones.

Habría sido mucho mejor, pensó, haber muerto en el desprendimiento; por el contrario, había recuperado la conciencia en este foso, revolcándose de dolor. La cabeza le dolía continuamente, parecía que tuviera un anillo de dolor que se la oprimiera constantemente, como el aparato de tortura medieval que rodeaba las sienes con una banda de metal que se apretaba hasta que el cerebro estrujado se salía por las cuencas oculares. Rezaba por la liberación.

Le constaba que el dolor procedía del sanguinario cabecilla que había matado a Rudy y de sus seguidores. Naturalmente, el poder de los homínidos incluía algo mas que la visión remota; eso lo sabia por la operación Aquiles y las jaquecas que sufrió allí. Pero entonces trataba con un solo homínido; ahora estaba sometido a los sondeos de decenas de ellos a la vez y al mas fuerte de ellos, su jefe y dictador, cuya simple presencia provocaba agudos ruidos de terror. El instituto debió de descubrir que la facultad de los homínidos podía confundir los procesos mentales y sacudir rincones atávicos de la mente humana.

A veces creía que el aumento de presión en el interior de su cráneo le estaba volviendo loco. Solo encontraba alivio cuando las criaturas dormían; supuso que esto ocurría de noche, pero no podía saberlo con certeza. Y cuando el grande estaba cerca, Van notaba el poder abrasando su cerebro como un láser. A veces se desmayaba y despertaba mas tarde como si hubiera sufrido un ataque de epilepsia, con el dolor amortiguado; en esos momentos sentía como si una claridad cristalina penetrara en su cerebro hirviente. Pero el alivio temporal solo empeoraba el dolor cuando se reanudaba.

En el extremo opuesto del foso, a lo largo de la pared, había una cornisa. Van podía subirse a ella y observar lo que ocurría en la descomunal caverna. Pero no le gustaba hacerlo porque era aterrador contemplar a estos salvajes en su vida cotidiana, despellejando a