/ / Language: Español / Genre:thriller

El Asesino de la Carretera

James Ellroy

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado. Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.

James Ellroy

El Asesino de la Carretera

Título original: Silent Terror

A Duane Tucker

Del Big Apple Tatter, 13 de septiembre de 1983:

¡¡¡EL «VERDUGO SEXUAL», CAPTURADO!!!

¡¡¡EL ASESINO DEL CASO

BEHRENS/LEGGETT DE NUNZIO/CAFFERTY,

DETENIDO DURANTE

UNA REDADA EN UNA PENSIÓN

DE WESTCHESTER!!!

A las tres de la pasada madrugada, la soñolienta población de New Rochelle fue testigo de un drama a muerte cuando agentes federales y la policía local irrumpieron en una pequeña y pulcra casita de huéspedes de las afueras.

En el interior, en una pequeña y pulcra habitación del tercer piso, dormía Martin Michael Plunkett, de 35 años, sospechoso de ser el autor del asesinato sexual de dos parejas de enamorados: Madeleine Behrens, de 23 años, y su novio Richard Liggett, de 24, y Dominic de Nunzio y su novia Rosemary Cafferty, de 18 y 17, respectivamente. Apodado el Verdugo Sexual por las autoridades locales, Plunkett también es sospechoso de varios asesinatos más, cometidos con similar brutalidad por todo el país a lo largo de una década.

Sin embargo, el detenido, un hombre alto de mirada intensa, no estaba en vena asesina cuando la unidad policial de intervención, dirigida por el agente Thomas Dusenberry, del Grupo Especial contra Asesinos en Serie del FBI, evacuó la pensión y le lanzó un ultimátum por megáfono: «¡Plunkett, estás rodeado! ¡Ríndete o entraremos a buscarte!»

Con el eco del megáfono, el edificio, situado en el número 800 de South Lockwood, se sumió en un silencio letal. No tardó en oírse la voz del «Verdugo Sexual»: «Estoy desarmado. Antes de entregarme, quiero hablar con el jefe.»

Pese a las airadas protestas del equipo SWAT de New Rochelle y de sus colegas del FBI, el inspector Dusenberry entró en la habitación del asesino. Al cabo de cinco minutos, salía llevando a Plunkett esposado. Al preguntarle qué había sucedido durante esos cinco minutos, Dusenberry dijo: «Hemos estado hablando. Quería asegurarse de que, cuando confiese, su declaración se publicará íntegra. Lo ha dejado muy claro. Al parecer, es muy importante para él.»

De la sección «Precedentes legales», del American Journal of Psychiatry, 10 de mayo de 1984:

Expertos en jurisprudencia y psicólogos forenses siguen muy interesados en el caso de Martin Michael Plunkett, juzgado en febrero por cuatro acusaciones de asesinato en primer grado en el condado de Westchester, Nueva York.

Condenado a cuatro cadenas perpetuas consecutivas y recluido actualmente en la prisión de Sing Sing, Plunkett, de 36 años, no presentó defensa en el juicio. Actuando como abogado de sí mismo, entregó al juez una declaración escrita y, ante una sala abarrotada, la repitió al pie de la letra:

«El 9 de septiembre de 1983 maté a Madeleine Behrens y a Richard Liggett. La navaja que empleé para hacerlo está dentro de una bolsa de plástico y enterrada en el extremo sudoeste del lago de Huguenot Park, cerca de la esquina de North Avenue y Eastchester Road, en New Rochelle, Nueva York. El 10 de septiembre de 1983, di muerte a Dominic de Nunzio y a Rosemary Cafferty. La sierra que utilicé para descuartizarlos está dentro de una bolsa de plástico y enterrada al pie de un sicomoro, justo delante de la biblioteca pública de Bronxville, Nueva York. Ésta es mi primera, última y única declaración sobre los crímenes de los que he sido acusado y sobre cualquier otro del que se me considere sospechoso.»

Los investigadores encontraron las armas que Plunkett había descrito e identificaron sus huellas. Los técnicos forenses realizaron baterías de pruebas y declararon que el filo cortante de la navaja encajaba perfectamente con las marcas en forma de doble S que las cuatro víctimas presentaban en las piernas. Plunkett, que había mantenido un completo silencio desde su detención, el 13 de septiembre, fue condenado a partir de las pruebas materiales y de su declaración.

Este silencio ha creado expectación entre los agentes de la ley, que están convencidos de que el número de víctimas de Plunkett puede ascender a una cincuentena. Thomas Dusenberry, el agente del FBI responsable de la investigación que condujo a su detención, declaró: «Por las características psicológicas de los asesinatos Behrens/Liggett y De Nunzio/Cafferty, así como de una serie de asesinatos y desapariciones cuya secuencia temporal se corresponde con lo que sabemos de los movimientos de Martin Plunkett, sospecho que éste es autor de otras treinta muertes y desapariciones sin resolver, por lo menos. Una confesión, voluntaria o inducida mediante drogas, ahorraría a las fuerzas del orden incontables horas de investigación, pues muchos de los casos que atribuimos a Plunkett todavía están abiertos.»

Pero el recluso, cuyo expediente académico indica que posee una inteligencia de genio, no suelta prenda -y mucho menos confiesa- y, según las leyes, no puede ser forzado a hacerlo. Así pues, dos grupos diferentes están elevando peticiones a los altos responsables de las instituciones penitenciarias del estado de Nueva York para que los autoricen a acceder a sus recuerdos criminales: los cuerpos policiales, deseosos de «aclarar» los homicidios por resolver de sus respectivas jurisdicciones, y los psicólogos forenses, ávidos de sondear la mente de un brillante asesino en serie. Hasta el momento, todas las peticiones han sido rechazadas, al tiempo que los representantes de la Unión Americana de Derechos Civiles han declarado que intervendrán legalmente si, en un intento de obligarlo a confesar, se administran sustancias psicotrópicas a Plunkett por la fuerza.

La última palabra sobre el caso Plunkett tal vez la haya pronunciado el alcaide de Sing Sing, Richard Wardlow: «Se me escapan las complejidades legales y psicológicas de este asunto, pero una cosa sí puedo decirles: Martin Plunkett no volverá a ver la luz del día. Aunque comprendo muy bien a los policías que tienen entre manos homicidios por resolver, deben abandonar sus intentos y agradecer que el muy… esté bajo custodia. No se puede sacar sangre de una piedra, por más que la exprimas.»

De Publishers Weekly, 6 de junio de 1984: El asesino silencioso «hablará» en una autobiografía

El agente literario Milton Alpert, de M. Alpert y Asociados, ha anunciado que representará a Martin Michael Plunkett, condenado por varios asesinatos y conocido como el Verdugo Sexual, en la venta de sus memorias autobiográficas, un relato que, según Alpert, «no se calla nada y está destinado a recibir la consideración de texto clásico sobre la mente criminal».

Alpert, invitado a visitar Sing Sing mediante una llamada telefónica del propio Plunkett, quien ha mantenido un absoluto silencio desde que leyera una confesión de culpabilidad en el juicio celebrado el pasado febrero, declaró que el asesino, de 36 años, «siente un profundo remordimiento por sus actos y desea expiar su culpa escribiendo estas memorias "preventivas"».

Dado que las leyes de Nueva York prohíben que los delincuentes obtengan retribución económica de la publicación del relato de sus crímenes, todos los beneficios que se obtengan de la venta de las memorias de Plunkett irán destinados a las familias de las víctimas. «En realidad, Martin insiste en que así se haga», subrayó Alpert.

Los cuerpos de policía de todo el país han expresado ya un gran interés en leer, desde un enfoque puramente «forense», el manuscrito que prepara Plunkett. Consideran que puede ayudarlos a arrojar luz sobre asesinatos sin resolver que hubiese cometido el propio Plunkett (de quien varios agentes del FBI sospechan que tal vez se trate de un asesino en serie que actúa desde hace años). Como parte de «un acuerdo recíproco beneficioso para ambas partes», Alpert ha accedido a entregar «información relevante respecto a casos abiertos», a cambio de «documentos oficiales de la policía que ayuden a Martin a desarrollar la narración de su libro».

La obra, sin título todavía, será subastada cuando esté concluida.

I. Los Ángeles

1

El cálculo de Dusenberry se quedaba corto y la metáfora de la piedra del alcaide Warden Wardlow acertaba sólo en parte. Los objetos inanimados pueden sangrar pero, para que se lleve a cabo una transfusión, la efusión debe ser autorizada por la volición más profunda y lógica del objeto. Incluso Milt Alpert, ese decente marchante de literatura básicamente honrado, ha tenido que argumentar el anuncio de nuestra colaboración con eslóganes cargados de justificaciones y con palabras que nunca he pronunciado. No acepta el hecho de que ganará el diez por ciento de un discurso de despedida sangriento. Le resulta incomprensible que no sienta remordimiento ni desee la absolución.

Una persona en mi situación con más visión de futuro aprovecharía esta oportunidad narrativa y la utilizaría para la manipulación de los profesionales de la salud mental y del estamento judicial liberal, gente proclive a una visión barata de redención. Como no albergo la menor esperanza de salir de esta cárcel, no haré tal cosa pues, simplemente, sería una falta de honradez. Tampoco voy a presentar un alegato psicológico, yuxtaponiendo a mis acciones el supuesto carácter absurdo de la vida norteamericana del siglo XX. Me he sometido voluntariamente a la baqueta del silencio y, al crear mi propia realidad envasada al vacío, he sido capaz de existir fuera de las influencias ambientales ordinarias hasta un punto excepcional: el afán prosaico de crecer y ser norteamericano no arraigó en mí y muy pronto lo transformé en algo más. Así, me reafirmo en mis acciones. Sólo son innatas para mí.

Aquí, en mi celda, tengo cuanto necesito para que mi discurso de despedida cobre vida: una excelente máquina de escribir, papel en blanco y documentos policiales que me ha procurado mi agente. En la pared del fondo hay un mapa de Estados Unidos Rand-McNally y, junto a mi camastro, una caja de alfileres con la cabeza de plástico. A medida que este manuscrito vaya desarrollándose, marcaré con los alfileres los lugares donde cometí algún asesinato.

Pero, por encima de todo, dispongo de mi mente, mi silencio. En el marketing del horror existe una dinámica: ofrécelo en una hipérbole recargada que distancie a la vez que horrorice; luego, enciende las luces, literales o figuradas, inspirando gratitud por el fin de una pesadilla que, de entrada, era demasiado horrible para ser cierta. No seguiré esa dinámica. No permitiré que me compadezcáis. Charles Manson, parloteando en su celda, inspira compasión; Ted Bundy, proclamando su inocencia a fin de atraer correspondencia de mujeres solitarias, merece desprecio. Yo merezco temor y respeto por seguir íntegro al final del largo camino que estoy a punto de emprender. Y, habida cuenta de que la fuerza de mi pesadilla prohíbe que se acabe, me lo concederéis.

2

Las guías presentan una falsa imagen de Los Ángeles como una amalgama de playas, palmeras y cine, todo ello besado por el sol. El establishment literario intenta en vano traspasar esta fachada y muestra la cuenca de L. A. como un crisol de kitsch desesperado, ilusión violenta y demencia religiosa de todos los pelajes. Las dos descripciones contienen elementos de verdad según la conveniencia de cada cual. Es fácil amar la ciudad a primera vista y aún más fácil odiarla cuando vas descubriendo la gente que vive en ella. Pero, para conocer L. A. a fondo, tienes que proceder de los barrios, de los enclaves de la ciudad interior que las guías no mencionan y que los artistas descartan en su afán por pintarla a trazos gruesos y satíricos.

Estos enclaves requieren ingenio; no revelan sus secretos a los observadores, sino sólo a los residentes inspirados. Yo presté tan implacable atención a mi territorio de juventud que éste me correspondió plenamente. No había nada de aquella tranquila zona en las afueras de Hollywood que yo no conociera.

Beverly Boulevard al sur; Melrose Avenue al norte. Rossmore y el Wilshire Country Club marcaban el límite oeste, una línea de demarcación entre el dinero y el mero sueño de tenerlo. Western Avenue y su profusión de bares y licorerías montan guardia en la frontera oriental y mantienen a raya los indeseables distritos escolares, mexicanos y homosexuales. Seis manzanas de norte a sur; diecisiete de este a oeste. Casitas de madera y casas de estilo español; calles arboladas y sin semáforos. Un edificio de apartamentos que, se rumoreaba, estaba habitado por prostitutas e inmigrantes ilegales; una escuela primaria; la discutible presencia de un picadero al que los jugadores del equipo de fútbol de la U. S. C. iban con chicas para ver viejas películas porno de los cincuenta. Un pequeño universo de secretos.

Yo vivía con mis padres en una miniatura de color salmón de Santa Barbara Mission, dos plantas, una azotea de tela asfáltica y una falsa campana de iglesia. Mi padre era delineante en una empresa aeronáutica y apostaba con prudencia: normalmente, ganaba. Mi madre trabajaba en una empresa de seguros y pasaba las horas libres contemplando el tráfico de Beverly Boulevard.

Ahora me doy cuenta de que mis padres tenían unas vidas mentales furiosas, y furiosamente separadas. Estuvieron juntos durante mis primeros siete años de vida y recuerdo que muy pronto llegué a la conclusión de que eran mis custodios y nada más. Al principio tomé su falta de afecto, hacia mí y entre ellos, como libertad: su aproximación elíptica a la condición de padres se me aparecía nebulosamente como un abandono que podía utilizar a mi favor. Carecían de la pasión necesaria para maltratarme o para amarme. Hoy sé que me armaron con tanta brutalidad infantil como para abastecer un ejército.

A principios de 1953, las sirenas de alarma de ataques aéreos distribuidas por todo el barrio se dispararon de forma accidental y mi padre, convencido de que se avecinaba un ataque ruso con bombas atómicas, nos llevó a mí y a mi madre a la azotea para esperar la llegada de la Gran Explosión. No se olvidó su petaca de bourbon porque quería brindar por el hongo atómico que, según él, se alzaría sobre el centro de L. A. y, cuando la Gran Explosión no se produjo, terminó borracho y decepcionado. Mi madre hizo una de sus contadas intervenciones orales, en esta ocasión para aplacar la depresión de su marido porque el mundo no iba a reventar. Él levantó la mano para pegarle, pero titubeó y terminó de apurar la petaca. Mi madre se marchó abajo y se sentó en su silla de mirar el tráfico, y yo empecé a hojear libros de ciencia en la biblioteca. Quería ver qué aspecto tenían los hongos atómicos.

Esa noche marcó el principio del fin del matrimonio de mis padres. La alarma de ataque aéreo propició un auge de los refugios antiatómicos en el barrio y mi padre, disgustado con tanta obra en los patios traseros, se aficionó a pasar los fines de semana en la azotea, donde bebía y observaba el espectáculo. Lo vi cada vez más enfadado y quise aliviar su dolor, para que no fuese tanto un observador reprimido. No sé cómo, se me ocurrió darle el tirachinas de acero inoxidable Wham-O que había encontrado en el banco de la parada de autobús de Oakwood y Western.

A mi padre le encantó el regalo y se aficionó a lanzar rodamientos de cojinete a la parte que sobresalía de los refugios. Pronto adquirió una puntería excelente y, buscando desafíos más estimulantes, empezó a asesinar a los cuervos que se posaban en los cables de teléfono que discurrían por el callejón de la parte de atrás de la casa. Una vez incluso le dio a una rata escurridiza desde catorce metros y diez centímetros de distancia. Recuerdo la distancia porque mi padre, orgulloso de la hazaña, la midió en metros y, después, calibró lo que quedaba con una regla metálica de delineante.

A principios de 1954 me enteré de que mis padres iban a divorciarse. Mi padre me llevó a la azotea para comunicármelo. Yo ya lo había visto venir y sabía, por el programa de televisión El confidencial de Paul Coates, que muchos «matrimonios de posguerra» estaban abocados a la ruptura.

– ¿Por qué?-le pregunté.

Mi padre arrastró la puntera del zapato por la grava de la azotea; parecía estar dibujando hongos atómicos.

– Bueno… tengo treinta y cuatro años; tu madre y yo no nos entendemos y si le dedico mucho tiempo más, habré perdido mis mejores años; y si hago eso, ya me puedo dar por acabado. No podemos dejar que eso suceda, ¿verdad?

– No.

– Así me gusta. Me marcho a Michigan, pero tu madre y tú os quedáis la casa y escribiré y mandaré dinero.

También sabía, por el programa de Coates, que el divorcio era un trámite caro, y me olía que mi padre debía de tener guardado un buen montón de dinero procedente del juego que facilitara su viaje a Divorcilandia. Pareció haberme leído los pensamientos cuando añadió:

– Estarás bien atendido, no te preocupes.

– No me preocuparé.

– Bien. -Apuntó con el dedo a una oronda urraca posada en el garaje de nuestro vecino de al lado-. Ya sabes que tu madre es…, bueno, ya sabes.

Quise gritarle «una chiflada», «una pirada», «un caso de psiquiatra», pero no quise que él supiera que yo sabía.

– Es sensible -aventuré.

Mi padre movió la cabeza lentamente. Supe que lo sabía.

– Sí, sensible. Procura que no te agobie. Estudia mucho e intenta ser tu propio jefe, y conseguirás que hablen de ti.

Con aquel tono profético, mi padre me tendió la mano. Se la estreché y, al cabo de cinco minutos, salió por la puerta. Nunca más volví a verlo.

3

Lo único que mi madre requería de mí era que mantuviese un grado razonable de silencio y que no la cargara preguntándole qué pensaba. Implícito en ello estaba su deseo de que fuera moderado en la escuela, en los juegos y en casa. Si mi madre pensaba que aquella orden era un castigo, se equivocaba: yo, mentalmente, podía ir a donde se me antojara.

Como los demás muchachos del barrio, fui a la escuela primaria de Van Ness Avenue; allí obedecí, reí y me sentí herido por tonterías, pero mientras que los otros chicos encontraban su dolor/alegría en estímulos externos, yo hallaba los míos reflejados en una pantalla de cine que se alimentaba de mi entorno, especialmente formateada para ser proyectada dentro del cerebro mediante un dispositivo mental que, con la precisión de un cuchillo, siempre sabía exactamente lo que yo necesitaba para no aburrirme.

Las proyecciones discurrían como sigue:

La señorita Conlan o la señorita Gladstone se hallaban ante la pizarra, perorando tediosamente. A medida que crecía mi aburrimiento, la maestra empezaba a desvanecerse y mis ojos comenzaban a rastrear, de manera involuntaria, en busca de algo que me mantuviera mentalmente despierto.

Los niños más altos nos sentábamos en la parte posterior del aula y, desde mi pupitre en el extremo izquierdo de la fila, tenía una perfecta visión hacia delante y en diagonal; una visión que me ofrecía instantáneas de perfil de todos mis compañeros de clase. Con la imagen y la voz de la maestra reducidas al mínimo, las caras de los otros niños se disipaban y se formaban rostros nuevos; fragmentos de conversaciones susurradas se unían hasta que toda suerte de híbridos chico/chica me declaraban su devoción.

Que me amaran en un vacío era como una fantasía y los sonidos de la calle se me antojaban música. Pero un movimiento repentino dentro del aula o el estrépito de los libros fuera, en el vestíbulo, lo estropeaban todo. Pieter, el chico alto y rubio que se sentó a mi lado desde tercero hasta sexto grado, de venerador confiado se convertía en monstruo, y el nivel de ruido determinaba que sus rasgos fueran más o menos grotescos.

Después de unos prolongados momentos de sobresalto volvía a percibir la parte delantera del aula, me concentraba en los escritos de la pizarra o en el monólogo de la maestra y, como si creyera que podía salir indemne de mi acción, intercalaba algún comentario. Hacerlo me tranquilizaba y atraía las miradas de los demás chicos, que a su vez encendían una parte de mi cerebro que medraba a base de crear caricaturas crueles y repentinas. Al poco, la bonita Judy Rosen tenía los grandes dientes de macho cabrío de Claire Curtis y el comedor de mocos secos, Booby Greenfield, surtía de pelotillas a Roberta Roberts, arrojándolas sobre los jerséis de cachemira que ella se ponía siempre para ir a la escuela, hiciera el tiempo que hiciese. Me reía para mis adentros y a veces lo hacía en voz alta. Y seguía preguntándome hasta dónde podría llevar aquello, si sería capaz de refinar el mecanismo de modo que ni siquiera el ruido malo me hiriera.

En cuanto a las heridas, sólo los otros niños eran capaces de hacerme sentir vulnerable y, con apenas ocho o nueve años, la incómoda sensación de ser cautivo de unas necesidades irracionales de unión ya resultaba física: una sacudida premonitoria del terror y del desespero que ocasionan las actividades sexuales. Me opuse a la necesidad negándola, encerrándome en mí mismo y mostrando una cara truculenta que no soportaba tonterías de mis compañeros. En un artículo reciente de la revista People, media docena de vecinos -que tenían mi edad cuando yo era niño- hablaban de mí y los adjetivos que más utilizaban para describirme eran «raro» «extraño» y «retraído». Kenny Rudd, que vivía al otro lado de la calle y que ahora diseña juegos de baloncesto para ordenador, era el que más se acercaba a la verdad: «Lo que se decía era: "No (…) a Marty, es un psicópata." No sé, pero quizás era más cuestión de miedo que de otra cosa.»

Bravo, Kenny, aunque me alegro de que tú y los cretinos de tus compañeros ignoraseis aquel simple hecho cuando éramos niños. Mi carácter extraño te producía asco y te proporcionaba alguien a quien detestar desde una distancia segura pero, si hubieras captado lo que ocultaba, te habrías aprovechado de mi miedo y me habrías torturado con él. Sin embargo, me dejaste en paz y me facilitaste el descubrimiento de mi entorno físico.

De 1955 a 1959, cartografié mi hábitat inmediato y obtuve de la tarea una extraña cosecha de datos: la casa de ladrillo de apartamentos de Beachwood entre Clinton y Melrose tenía un cementerio de animales domésticos en el patio trasero; el tramo recién construido de «escondites para solteros», en Beverly y Norton, estaba edificado con vigas podridas, mezcla de estuco defectuoso y contrachapado. El picadero apócrifo era, en realidad, un patio de bungalow en Raleigh Drive donde un profesor de la Universidad del Sur de California llevaba estudiantes para encuentros homosexuales. Los días de recogida de basura, el señor Eklund, que vivía calle arriba, cambiaba sus botellas de ginebra por las de jerez de la señora Nulty, cuya casa estaba dos puertas más abajo. El motivo de tal trueque se me escapaba, aunque sabía que estaban liados. Los Bergstrom, los Seltenright y los Monroe habían celebrado una fiesta nudista en la piscina de la casa de los Seltenright en julio de 1958 que propició una aventura sentimental entre Laura Seltenright y Bill Bergstrom; Laura puso los ojos en blanco cuando vio por primera vez la enorme salchicha de Bill.

Y el operador de cabina del Clinton Theatre vendía anfetas a los integrantes del equipo de natación del instituto Hollywood High; y el «homo fantasma», que recorrió la vecindad en busca de jovencitos durante una década, era un tal Timothy J. Costigan, de Saticoy Street, en Van Nuys. En el puesto Burgerville de Western servían enchilada de carne picada de caballo. Una noche oí al dueño hablando, cuando creía que no había oídos indiscretos, con el hombre que se la suministraba. Yo sabía todas esas cosas y, durante mucho tiempo, me bastó con saberlas.

Los años llegaron y se fueron. Mi madre y yo seguimos adelante. Su silencio pasó de asombroso a mundano; el mío, a medida que mis recursos mentales se desarrollaban, de tenso a relajado. Entonces, en el último año en el colegio, los profesores notaron por fin que yo sólo hablaba cuando me dirigían la palabra. A raíz de aquello, me obligaron a que consultara con un psiquiatra infantil.

El psiquiatra me impresionó por su condescendencia y por la poco natural atracción que le inspiraban los niños. En su despacho había una serie de juguetes dispuestos de una forma no demasiado sutil: animales de peluche y muñecas, con ametralladoras de plástico y soldaditos intercalados. Enseguida comprendí que era más listo que él.

Mientras me sentaba en el diván, él señaló los juguetes.

– No sabía que fueras tan mayor. Catorce años. Estos juguetes son para niños pequeños, no para los mayores como tú.

– Soy alto, pero no mayor.

– Lo mismo da. Yo soy bajo. Los bajos tienen problemas diferentes que los altos, ¿no crees?

Su interrogatorio era fácil de seguir. Si respondía que sí, equivaldría a reconocer que tenía problemas; si decía que no, me soltaría una perorata sobre que todo el mundo tenía problemas y luego me contaría alguno de los suyos en un truco barato de empatía.

– No lo sé, ni me importa -contesté.

– Los chicos que no se preocupan de sus propios problemas tampoco suelen preocuparse de sí mismos. Algo un poco raro, ¿no te parece?

Me encogí de hombros, le dediqué una de esas miradas inexpresivas que utilizaba para mantener a distancia a los otros chicos y pronto empezó a desvanecerse hasta convertirse en un mero punto, mientras mi mente aplicaba el zoom al oso de peluche de mi derecha. Al cabo de una fracción de segundo, el oso de peluche apuntaba a la cabeza del loquero con un bazuca de plástico y yo me eché a reír.

– ¿Sueñas despierto, chico mayor? ¿Quieres contarme qué te parece tan divertido?

Hice una perfecta transición suave de mi película mental al doctor y sonreí al conseguirlo. Noté que él estaba desconcertado. Mis ojos se posaron en un Bugs Bunny de felpa y dije:

– ¿Qué hay de nuevo, viejo?

– Por lo general, Martin, los jóvenes que son muy callados tienen muchas cosas en la cabeza. Tú tienes una mente de primera y tus notas en la escuela lo demuestran. ¿No crees que ha llegado la hora de que me cuentes qué te preocupa?

Bugs Bunny empezó a enarcar las cejas y a morder juguetonamente el cuello del psiquiatra.

– El precio de las zanahorias -respondí.

– ¿Qué?-El loquero se quitó las gafas de montura de pasta y limpió los cristales con la corbata.

– ¿Ha visto alguna vez un conejo con gafas?

– Tú no me sigues, Martin. No estás siendo lógico.

– Y el buen cuidado de los ojos, ¿no es lógico?

– Llegas a conclusiones erróneas.

– No es cierto. Erróneas son las conclusiones que no se deducen de las proposiciones establecidas. El buen cuidado de los ojos guarda relación con comer zanahorias.

– Martin, yo… -El médico estaba ruborizado y sudoroso. Bugs Bunny le lanzaba zanahorias al escritorio.

– No me llame Martin, llámeme «chico mayor». Me sienta bien.

– Cambiemos de tema -propuso él al tiempo que se ponía las gafas-. Háblame de tus padres.

– Son adictos al zumo de zanahoria.

– Comprendo. ¿Y eso qué significa?

– Que tienen buena vista.

– Comprendo. ¿Algo más?

– Orejas largas y cola peluda.

– Comprendo. Te consideras gracioso, ¿no?

– No. En cambio usted sí que me lo parece.

– Eres un niñato maleducado. Seguro que no tienes ni un solo amigo en el mundo.

La habitación se convirtió en cuatro paredes de ruido atroz y Bugs Bunny se volvió hacia mí, empujando un calidoscopio terrible de recuerdos medio enterrados para que destellara en mi pantalla mental: un chico alto y rubio que le decía a un grupo de amigos: «Marty el pedorro me pedía que mirase el tráfico con él.» Pieter y su hermana Katrin rechazando mi intento de conseguir que se sentaran a mi lado en sexto grado.

El loquero me miraba con una mueca presuntuosa porque me había mostrado vulnerable y Bugs Bunny, su colega secreto, no dejaba de reírse mientras me rociaba de pulpa naranja. Busqué a mi alrededor algo de acero inoxidable, como el tirachinas de mi padre. Vi una barra de cortina apoyada en la pared trasera, la cogí y le rebané la cabeza al conejo de felpa. El loquero me miró con asombro.

– Nunca más volveré a hablar con usted -declaré-. Nadie puede entenderme.

4

El incidente de la consulta del psiquiatra no tuvo repercusiones externas y pasé al instituto sin más malos tratos psiquiátrico-académicos. El doctor sabía reconocer un objeto inamovible cuando lo veía.

Con todo, me sentía como una máquina defectuosa; como si dentro de mí hubiera una pieza suelta, algo que podía vagar por mi cuerpo a voluntad, buscando y aprovechando modos de hacerme parecer pequeño bajo presión. Cuando me dedicaba a mis juegos mentales en clase, sustituyendo caras y cuerpos, chico con chico, chica con chica y combinando géneros, era como una carrera de obstáculos en la que me asaltaban imágenes sexuales sin ton ni son. El carácter aleatorio y el poder indiscriminado de lo que yo mismo me hacía ver resultaban pasmosos; y la necesidad a la que notaba que respondían me asaltaba como una marejada de odio hacia mí mismo. Ahora sé que estaba enloqueciendo.

Me salvó un villano de cómic.

Se llamaba Sombra Sigilosa y era un malvado habitual de las páginas de El Hombre Puma. Era un supercriminal, un pistolero ladrón de joyas que conducía un coche anfibio trucado y farfullaba una versión de Nietzsche propia de retrasado mental en bocadillos de texto de tamaño exagerado. El Hombre Puma, un blandengue moralista que llevaba un Cadillac del 59 que llamaba Gatomóvil, siempre conseguía enchironar a la Sombra Sigilosa, aunque éste siempre se fugaba un par de números después.

La Sombra me gustaba por el coche y por una capacidad sobrenatural que poseía y que yo tenía la sensación de ser capaz de emular de forma realista. El coche era anguloso y reluciente, todo él de acero mate, todo él maldad. Tenía unos faros que lanzaban un rayo nuclear letal que convertía en piedra a la gente; en lugar de gasolina, el motor funcionaba con sangre humana. La tapicería estaba confeccionada con pieles de felino de color tostado, procedentes de la familia mártir del archienemigo Hombre Puma. Del portaequipajes sobresalía una horca. Cada vez que la Sombra Sigilosa se cobraba una víctima, su novia vampiro, Lucretia, una rubia alta de largos colmillos, marcaba una muesca con ellos en la madera.

¿Basura ridícula? De acuerdo. Pero el dibujo era soberbio y la Sombra Sigilosa y Lucretia destilaban una maldad elegante y sensual. La S. S. tenía un bulto cilíndrico que le llegaba casi hasta la rodilla de la pernera izquierda del pantalón; los pezones de Lucretia siempre estaban erectos. Eran unos dioses high-tech veinte años antes del high-tech, y me pertenecían.

La Sombra Sigilosa tenía la facultad de disfrazarse sin cambiar de ropa. La conseguía bebiendo sangre radiactiva y concentrándose en la persona a la que quería robar o matar, de modo que se empapaba tanto del aura de esa persona que acababa asemejándose psíquicamente a ella, de tal forma que era capaz de imitar todos sus movimientos y de anticipar cada uno de sus pensamientos.

El objetivo último de la S. S. era conseguir la invisibilidad. Este propósito lo impulsaba, lo impelía más allá del don que ya poseía de la invisibilidad psíquica, de ser capaz de encajar en cualquier lugar y ocasión. Ser invisible físicamente le daría carta blanca para apoderarse del mundo.

Naturalmente, la Sombra Sigilosa nunca conseguía su propósito, pues ello habría aniquilado sus posibles confrontaciones con el Hombre Puma y éste era el héroe de la historieta. Pero la S. S. vivía en la ficción y yo, en cambio, era real, de carne y hueso y acero mate. Decidí hacerme invisible.

Mis tránsitos de silencio y las películas mentales habían sido un buen entrenamiento. Sabía que mis recursos intelectuales eran soberbios y había reducido mis necesidades humanas al puro mínimo que la nulidad de mi madre se ocupaba de cubrir: techo, comida y unos dólares a la semana para incidencias. Pero la imagen de intruso callado que había llevado como escudo durante tanto tiempo me perjudicaba: carecía de habilidades sociales, no percibía a los demás como otra cosa que objetos risibles y, si quería imitar con éxito la invisibilidad psíquica de la Sombra Sigilosa, tendría que aprender a mostrarme obsequioso y estar al corriente de los temas propios de adolescentes que tanto me aburrían: deportes, citas y rock and roll. Tendría que aprender a conversar.

Y eso me aterrorizaba.

Pasé largas horas en clase, con mis películas mentales silenciadas mientras mis oídos rastreaban en busca de información; en el gimnasio escuché largas conversaciones, prolijamente embellecidas, sobre tamaños de penes. Una vez me encaramé a un árbol cerca del vestuario de las chicas y escuché las risitas que se alzaban entre el siseo de las duchas. Recogí mucha información, pero no me atrevía a actuar.

Así pues, reconozco que por cobardía tiré la toalla. Me convencí de que, aunque la Sombra Sigilosa pudiera dejar de depender de disfraces, yo no podría. El problema, así, quedaba limitado a conseguir una armadura adecuada.

En 1965 existían tres estilos de indumentaria favoritos entre los adolescentes angelinos de clase media: el surfero, el chicano y el colegial. Los surferos, practicaran de verdad el surf o no, llevaban pantalones blancos Levi's, zapatillas de tenis Smiley de Jack Purcell y Pendleton's; los chicanos, tanto miembros de bandas como pseudorrebeldes, llevaban pantalones militares con corte lateral en las vueltas, camisas Sir Guy y gorros de lana de granja penitenciaria. Los colegiales se inclinaban por ese modo de vestir -camisa con botones en las puntas del cuello, suéter y mocasines- que todavía se lleva. Calculé que tres conjuntos de cada estilo me proporcionarían suficiente camuflaje.

En ese momento me asaltó una nueva oleada de miedo. No tenía dinero para comprar ropa. Mi madre nunca dejaba un dólar sin guardar y era sumamente tacaña, y yo aún no me atrevía a hacer lo que mi corazón más deseaba: forzar una puerta y entrar a robar. Disgustado por mi cautela, pero decidido todavía a conseguir un vestuario, asalté los tres armarios roperos de mi madre, llenos de prendas de su juventud que ya no se ponía.

Visto retrospectivamente, sé que el plan que tramé fue producto de la desesperación: una táctica dilatoria para retrasar mi inevitable curso acelerado sobre relaciones sociales; en aquel momento, sin embargo, me pareció el epítome de lo razonable. Un día me fumé las clases y me llevé un surtido de afilados cuchillos de cocina al armario de la alcoba de mi madre. Estaba convirtiendo uno de sus viejos abrigos de tweed en una capa cuando ella regresó del trabajo, antes de lo habitual; al ver lo que hacía, se puso a gritar.

Con un gesto que pretendía ser tranquilizador, yo levanté las manos, en las que aún sostenía un cuchillo de carne con filo de sierra. Mi madre soltó tal chillido que temí que se le rompieran las cuerdas vocales; después, consiguió articular la palabra «animal» y señaló mi entrepierna. Vi que tenía una erección y solté el cuchillo; mi madre me abofeteó torpemente, con la mano abierta, hasta que la visión de la sangre que me salía de la nariz la obligó a parar. Echó a correr escaleras abajo. En apenas diez segundos, la mujer que me había dado a luz pasó de nulidad a archienemiga. Fue como llegar al hogar.

Tres días más tarde, decretó mi castigo formal: seis meses de silencio. Cuando me anunció la sentencia, sonreí; fue un alivio temporal de mis terribles temores respecto a la misión de la invisibilidad, y también la oportunidad de montarme películas mentales sin límite.

Aunque mi madre sólo pretendía que no abriera la boca en casa, tomé el edicto al pie de la letra y llevé mi silencio a todas partes. En la escuela ni siquiera hablaba cuando me dirigían la palabra: si los maestros necesitaban una respuesta por mi parte, escribía una nota. Esto creó bastante revuelo y muchas especulaciones sobre mis motivos. La interpretación más común fue que era una especie de protesta contra la guerra de Vietnam, o una expresión de solidaridad con el movimiento de los Derechos Civiles. Como sacaba notas excelentes en los exámenes y en los trabajos escritos, mi mudez se toleraba, aunque fui sometido a una batería de tests psicológicos. Manipulé los tests para mostrar en cada uno de ellos una personalidad completamente distinta, lo cual desconcertó a los pedagogos hasta tal punto que, después de muchos intentos fallidos para que mi madre interviniera, decidieron permitir que me graduara en junio.

Así pues, mis películas mentales en clase pasaron a ir acompañadas de las miradas directas de mis compañeros, varios de los cuales me consideraban «molón», «alucinante» y «vanguardista». El tema central era penetrar objetos aparentemente impenetrables y las miradas de asombro que me dedicaban me hacían sentir capaz de cualquier cosa.

Junto con este sentimiento, desarrollé un odio acerbo hacia mi madre. Me aficioné a hurgar entre sus cosas, buscando modos de hacerle daño. Un día se me ocurrió mirar en su cajón de las medicinas y encontré varios frascos de fenobarbital. Se me encendió una luz en la cabeza y registré el resto de su habitación y el baño. Debajo de la cama, en una caja de cartón, encontré la confirmación que buscaba: frascos vacíos del sedante, puñados de ellos, cuyas etiquetas llevaban fechas que se remontaban a 1951. Dentro de los frascos había hojitas de papel cubiertas de escritos a lápiz con letra minúscula e indescifrable.

Como no entendía las palabras de mi madre zombi, tenía que conseguir que las leyera ella en voz alta. Al día siguiente, en clase, le pasé una nota a Eddie Sheflo, un surfero que, según se comentaba, había dicho que «lo de Marty me parece cojonudo». La nota decía:

Eddie:

¿Puedes comprarme un bote de un dólar de benzas del 4?

El surfero rubio y grandote rechazó el dólar que le ofrecía y dijo:

– Cuenta con él, mudo con huevos.

Esa tarde, cambié el fenobarbital por la bencedrina y la bombilla de encima de la cómoda de mi madre por otra menos potente. Las dos clases de pastillas eran pequeñas y blancas, y esperaba que la luz mortecina contribuiría a que las confundiera.

Me senté abajo a esperar el resultado de mi experimento. Mi madre volvió a casa del trabajo a la hora de siempre, las seis menos veinte, me saludó con un gesto de la cabeza, tomó su acostumbrado bocadillo de ensalada de pollo y subió al piso de arriba. Yo esperé en la que había sido la silla favorita de mi padre, hojeando un montón de cómics de El Hombre Puma.

A las nueve y diez, oí unos ruidos en la escalera y, al momento, mi madre apareció ante mí sudorosa, con los ojos desorbitados, temblando bajo la combinación. «¿Qué, dándole al zumo de zanahoria, mamá?», dije, y ella se llevó las manos al corazón, con la respiración acelerada. «Qué curioso, a Bugs Bunny no lo afecta así», añadí, y ella se puso a farfullar sobre el pecado y aquel chico horrible con el que se acostó por su cumpleaños en 1939, y cuánto odiaba a mi padre porque bebía y tenía una cuarta parte de sangre judía, y teníamos que apagar las luces de noche o los comunistas sabrían lo que estábamos pensando. Yo sonreí, le dije: «Tómate dos aspirinas con otro trago de zumo de zanahoria», di media vuelta y salí de la casa.

Deambulé por el barrio toda la noche; luego, al alba, volví a casa. Cuando encendí la luz del salón, vi que por una rendija del techo goteaba un líquido rojo. Fui arriba a investigar.

Mi madre yacía en la bañera, muerta. Sus brazos cubiertos de cortes sobresalían a los lados y la bañera estaba hasta el borde de agua y sangre. En el suelo, media docena de frascos de fenobarbital flotaban en dos dedos de agua roja.

Bajé al vestíbulo y llamé a Emergencias. Con la voz adecuadamente sofocada, di mi dirección y dije que quería informar de un suicidio. Mientras esperaba la ambulancia, llené el cuenco de las manos con la sangre de mi madre y bebí a grandes tragos.

5

Los rosacruces se quedaron con la casa, el coche y todo el dinero de mi madre. A mí me quedó una audiencia para decidir sobre mi custodia. Como sólo faltaban seis meses para que me graduara del instituto y para que cumpliera los dieciocho, se consideró que una familia de adopción formal sería una pérdida de tiempo, y mi tutor de duodécimo curso dijo a las autoridades juveniles que yo era «demasiado introvertido y perturbado» para que se me concediera el estatus de «menor emancipado». Mi negativa a asistir al funeral o a ponerme en contacto con mi padre, que vivía en Michigan, lo convencieron de que necesitaba «disciplina y asesoramiento, preferiblemente de una figura masculina». Así, el hogar de acogida juvenil me envió a vivir a casa de Walt Borchard.

Walt Borchard era un pasma de L. A., un hombretón gordo y bondadoso de poco más de cincuenta años. De los veintitrés que llevaba en el DPLA, había pasado la mayor parte de ellos dando conferencias en escuelas de enseñanza primaria, unas charlas preventivas sobre drogas, pervertidos y lo perniciosa que resultaba la vida delictiva. Mostraba a los chicos su calibre 38, les marcaba un golpe debajo de la barbilla y les recomendaba que «fueran buenos chicos». Había enviudado, no tenía hijos y vivía en el piso más grande de un edificio de doce apartamentos del que era propietario. Allí tenía una «habitación de soltero», siempre disponible, para acoger a los chicos que le mandaba el hogar juvenil, y aquel chabolo de cuatro por seis metros a una manzana de Hollywood Boulevard se convirtió en mi nuevo hogar.

El anterior ocupante de la habitación había sido un hippie y había dejado un montón de alfombras peludas, carteles de los Beatles en las paredes y un armario lleno de pantalones acampanados, chalecos de flores y zapatillas deportivas.

– Estaba colgado de ácido -dijo el «tío» Walt cuando me trasladé a su casa-. Creía que podía volar. Se tiró del edificio Taft agitando los brazos y, ¿sabes qué?: estaba equivocado. Pero murió colocado. El forense dijo que iba hasta el culo. Tú no tienes ideas absurdas, ¿verdad?

– Yo tengo tendencias vampíricas -respondí.

– Yo también. -El tío Walt se rio-. De hecho, ayer mordí a la chica de abajo, la del apartamento número cuatro. Mira, Marty, no te metas en asuntos de drogas y sé amable con los otros inquilinos, ve a clase y mantén limpio tu cuarto: así nos llevaremos de maravilla. El centro de acogida me paga por tenerte aquí y, como no pretendo hacerme rico, te daré treinta dólares semanales para que salgas por ahí y también te mantendré. Sin embargo, hasta que cumplas los dieciocho tendrás que obedecer el toque de queda y no podrás estar en la calle después de las once de la noche. En el Boulevard hay cantidad de cuellos bonitos que morder, pero a las 10.59 tendrás que dejarlos para el día siguiente. Y si necesitas algo, ya sabes dónde estoy. Me gusta hablar y no se me da mal escuchar.

El arreglo cuajó. Tenía un barrio por descubrir, un refugio seguro al que regresar y, en la escuela, un aura nueva llena de glamour: era el tipo que no había derramado una sola lágrima al encontrar muerta a su madre, el tipo que tenía su propia cueva, el tipo que había doblegado a la administración con su largo silencio y que ahora importunaba a la gente con ocasionales sentencias como: «La sangre reina, la lefa mancha» y «La Sombra Sigilosa vencerá». Sentía que me estaba haciendo adulto.

Mi vida se dividía entre la escuela y las películas mentales, los paseos nocturnos por las calles laterales que bordeaban Hollywood Boulevard y las horas cautivas que pasaba escuchando la filosofía de andar por casa de Borchard. Sus sentencias eran menos concisas que las mías y pensaba recopilarlas en un libro y publicarlas cuando se jubilara del DPLA. Entre sus perlas de sabiduría más frecuentes se contaban:

«Que Dios bendiga a los maricones, más mujeres para los demás.»

«No me gustaría que esos negros de mierda vinieran a vivir al barrio, pero no haré nada para que no lo hagan: y si vienen, seré el primero en darles la bienvenida con un cubo de chuletas y una gran botella de vino barato.»

«En Vietnam no tenemos nada que hacer, a menos que estemos dispuestos a ganar, y eso significa lanzar la bomba H.»

«Si Dios no quisiera que los hombres comiesen chocho, no le habría dado forma de taco.»

Etcétera, etcétera. Era un tipo solitario, colmado de candidez y de buena voluntad. Su falta de recursos mentales y su constante necesidad de audiencia me asqueaban y temía sus llamadas a mi puerta. Pero yo seguía callado. Por encima de todo, conocía el valor del silencio.

Mi nuevo barrio me resultaba perturbador por su falta de silencio. Estaba el constante rugido nocturno de los coches que se dirigían al Boulevard y había también mucho tráfico de peatones, compradores que regresaban de los mercados de Sunset abiertos toda la noche y hippies furtivos que se agenciaban droga amparados en las sombras de las calles laterales. Incluso la naturaleza visual era ruidosa. La neblina de neón que cubría el cielo parecía crepitar y crujir con insinuaciones del cutrerío que pregonaba.

Después de cinco meses en Hollywood, dejé de patrullar la vecindad y pasaba todas las noches en mi habitación, proyectando películas mentales. A veces venía Walt Borchard e insistía en hablar. Yo lo desintonizaba y el espectáculo continuaba. La trama giraba cada vez más en torno al trío de la Sombra Sigilosa, Lucretia y yo, que salíamos a saquear en nuestro coche de acero mate, en busca de la invisibilidad. Las escenas se convertían casi en multidimensionales: la sensación de mí mismo apretujado entre los supercriminales, el aroma del aceite de motor y la sangre, los gorgoteos de nuestras víctimas cuando les atacábamos la yugular… Como cineasta interior, había mejorado mucho con el paso de los años y, para entonces, mi destreza había crecido y había incorporado los últimos adelantos técnicos. Mi cerebro estaba dotado de color deluxe, pantalla panorámica, sonido estereofónico y Oloroscope. Si hubiera podido cobrar entrada, me habría hecho millonario.

En abril de 1966 cumplí dieciocho años; en junio me gradué en el instituto. Legalmente, era un adulto y podía dejar la tutela de Borchard. Como no tenía dinero ni trabajo, sopesé mis alternativas. Entonces, el tío Walt me ofreció quedarme, a cambio de que le pagara un alquiler simbólico, y él me ayudaría a encontrar empleo. El patético motivo que se escondía detrás de la oferta era obvio: nadie lo había escuchado nunca con tanta atención como yo, y no soportaba la idea de perder un público tan excelente. El aspecto simbiótico de la relación me gustó y me avine a quedarme.

Borchard me consiguió trabajo en la Biblioteca Pública de Hollywood, en Ivar Street, al sur del Boulevard. Mi cometido consistía en ordenar libros y entrar en el lavabo de hombres cada media hora y carraspear tan alto como pudiera, una estrategia cuyo objetivo era ahuyentar a los homosexuales que se enrollaban allí. Me pagaban un dólar y sesenta y cinco centavos la hora y era un empleo hecho a mi medida: me pasaba el día viendo películas mentales.

Una tarde de junio, al volver a casa, me encontré al tío Walt limpiando el garaje de la parte trasera del edificio. El sol del atardecer se reflejaba en una serie de utensilios de acero mate que envolvía en un hule. Las herramientas tenían un aspecto malvado, a la Sombra Sigilosa le habría gustado tener algo así.

– ¿Qué es eso?-le pregunté.

– Herramientas de ratero -respondió Borchard alzando un instrumento que parecía un bisturí-. Este pequeñín es una ganzúa y éste, un cincel: con el lado plano haces saltar el cerrojo y con el afilado destrozas el dintel de la puerta. Estos otros pequeños son un reventador de ventanas, un taladro de empuje y una palanca. Ese papá grande de allí es un cortacristales con ventosa. ¿Qué pasa, Marty? Te veo nervioso.

Respiré hondo y fingí indiferencia encogiéndome de hombros.

– Me duele un poco la cabeza. ¿Y por qué los mangos tienen esas marcas de haberlos rascado con un cepillo metálico? ¿Para agarrarlos mejor?

– En parte -respondió Borchard, alzando la palanca-, pero las estrías son, sobre todo, para evitar las huellas dactilares. Mira, la posesión de herramientas para robo con escalo es un delito; si al ladrón lo pillan con ellas, lo detienen. Y si lo sorprenden con ellas dentro de una casa, implica que está robando y se suman las penas. Pero con estas marcas no quedan huellas, por lo que, si está dentro de una casa y lo descubrimos, siempre puede decir que las herramientas no son suyas, por más evidente que sea lo contrario. Las muescas también son útiles para rascarse la espalda.

El tío Walt se rascó la espalda con el mango de la palanca y yo pregunté:

– Si son ilegales, ¿cómo es que las tienes?

– Marty, pequeño, eres un chico listo, pero algo ingenuo. -Borchard me pasó el brazo por los hombros con un gesto paternal-. Antes de entrar en la oficina de Relaciones Públicas del DPLA, fui detective de robos con escalo durante tres años y podríamos decir que me las apañé para hacerme con unas cuantas piezas, ¿entiendes? Está bien tener herramientas, además uso la ganzúa para jugar a los dardos. Pego una foto de Lyndon B. Johnson o de cualquier otro de esos malditos liberales a la pared y hago volar la herramienta. Tac, tac, tac. Vamos, subamos al apartamento. Tengo un par de pizzas congeladas que están pidiendo cómeme.

Aquella noche, mantuve el monólogo de Borchard centrado en un solo tema: el robo con escalo. No tuve que fingir atención: en esta ocasión, vino por sí sola, como si el operador de cabina que utilizaba para las películas mentales estuviera en huelga y yo hubiese encontrado un entretenimiento mejor. Aprendí la utilización práctica de las hermosas herramientas de acero mate; me enteré de las técnicas rudimentarias para neutralizar alarmas. Aprendí que la adicción a las drogas y la propensión a alardear de las propias hazañas solían conducir a la ruina del ladrón y que si éste no era demasiado codicioso y cambiaba a menudo de zona de actuación, podía eludir la captura indefinidamente. Los tipos criminales quedaron grabados en aquella parte de mi mente donde sólo moraba la lógica: rateros que robaban dinero y joyas sueltas que podían tragarse si se presentaba la pasma; ladrones de tarjetas de crédito que hacían una retahíla de compras y vendían el material a los peristas. Envenenadores de perros guardianes, asaltantes que penetraban en una casa y violaban a la dueña, y atrevidos ladrones que pegaban palizas y robaban se unieron a la Sombra Sigilosa en mi séquito mental.

Hacia medianoche, Borchard, grogui de pizza y cerveza, bostezó y me acompañó a la puerta. Cuando ya me iba, me tendió la palanca cincel.

– Diviértete, chico. Dale a L. B. J. unas cuantas veces de parte del tío Walt, pero procura no estropear la pared. Ese contrachapado es caro.

Noté en la mano las estrías del acero, que parecían arder. Regresé a mi habitación sabiendo que tenía coraje para hacerlo.

6

La noche siguiente, di el golpe.

El día se había reducido a furiosas películas mentales y temblores externos, y el bibliotecario jefe me preguntó un par de veces si había pillado un resfriado; pero cuando cayó la oscuridad, se adueñó de mí una profesionalidad largo tiempo enterrada y mi mente se concentró en las exigencias del trabajo que se avecinaba.

Ya había decidido que mi «chicha» serían las viviendas de mujeres solitarias y que sólo robaría lo que, razonablemente, pudiera llevar encima. Sabía, por anteriores monólogos de Walt Borchard, que la zona que quedaba justo al sur de East Griffith Park Road estaba relativamente libre de pasma; era un barrio de clase media con baja criminalidad que sólo requería una vigilancia superficial. Con esta información privilegiada en la cabeza, me encaminé hacia allí cuando salí del trabajo.

Las calles de la zona de Los Feliz y Hillhurst eran una combinación de casas de estuco de cuatro vecinos y casitas unifamiliares, de jardines delanteros estrechos y anchos. Trazando un ocho, rodeé los bloques de viviendas desde Franklin hacia el norte, comprobando si había o no coches en los garajes particulares y buscando puertas débiles que se vieran fáciles de forzar. La palanca cincel descansaba en mi bolsillo trasero, envuelta en un par de guantes de goma que había comprado durante la hora del almuerzo. Estaba preparado.

El sol empezó a ponerse a las siete y media y tuve la sensación de que los garajes que todavía estaban vacíos seguirían estándolo. Entre las seis y las siete había habido una gran marea de gente que volvía a casa del trabajo, pero el tráfico ya estaba disminuyendo y empezaba a ver más y más viviendas a oscuras y sin coches en las calzadas privadas de acceso. Decidí esperar a que anocheciese del todo para ponerme en marcha.

Veinticinco minutos después, me encontraba en New Hampshire Avenue, acercándome a Los Feliz. Llegué a una zona de oscuras casas de una planta y empecé a pasar junto a los patios delanteros, deteniéndome a buscar nombres de mujeres solteras en los buzones. Los cuatro primeros identificaban a los inquilinos como «Sr. y Sra.», pero la quinta era chicha: «Srta. Francis Gillis.» Anduve hasta la puerta y llamé al timbre antes de que el miedo pudiera atenazarme.

Silencio.

Un timbrazo. Dos. Tres. Detrás de la ventana de la fachada, la oscuridad parecía intensificarse con el eco de cada llamada. Me puse los guantes, saqué la herramienta y la encajé en el estrecho espacio entre la puerta y el dintel. Me temblaban las manos y me dispuse a empujar, forzar y astillar. Sin embargo, justo entonces, los temblores se aceleraron y el filo plano de la ganzúa corrió limpiamente el pasador de la cerradura. La puerta se abrió con un clic por pura chiripa.

Me colé dentro y cerré la puerta; luego, me quedé absolutamente inmóvil en la oscuridad del interior, esperando a que se revelara la forma y distribución de la estancia. Notaba una comezón desde la pelvis a las rodillas y, mientras estaba allí plantado pensando en la Sombra Sigilosa, la sensación se fue concentrando en mi entrepierna.

Entonces se produjo un ruido de rascar de uñas y una poderosa fuerza bruta me golpeó la espalda. Unos dientes se cerraron sobre mi rostro y noté que me desgarraban una parte de la mejilla. Dos ojos amarillentos brillaron de inmediato ante mí, enormes y extrañamente traslúcidos. Supe que se trataba de un perro y que la Sombra Sigilosa quería que lo matara.

Los dientes se cerraron de nuevo; esta vez, me rozaron la oreja izquierda. Noté las uñas escarbando en mi estómago y lancé un golpe con la punta afilada de mi herramienta, adelante y arriba, donde calculaba que estarían los intestinos del animal. Fue una imitación perfecta del movimiento de la S. S. y, cuando el filo desgarró la piel y asomaron las entrañas, calientes y húmedas, llegué al borde del orgasmo. Me quité el perro de encima, mientras el animal iniciaba una serie de agónicos mordiscos por puro reflejo, y permanecí tumbado, aplastado contra el suelo. Mis ojos ya se habían adaptado a la oscuridad, así que distinguí un sofá repleto de cojines a unos palmos de donde me encontraba. Me arrastré hasta allí, agarré un almohadón de buen tamaño, adornado con borlas, y lo presioné sobre la cabeza del perro hasta asfixiarlo.

Cuando me incorporé, me sentí mareado. Encontré una lámpara de pie y la encendí. A su luz vi una sala de estar de estilo danés moderno con una naturaleza muerta de estilo Plunkett moderno en el centro, una alfombra empapada de sangre y un pastor alemán con un cojín de ganchillo por cabeza. Me temblaban las manos, pero una película mental en blanco me permitía mantener la calma. Me dispuse a realizar mi primer robo.

En el cuarto de baño, me lavé la herida de la mejilla con agua de hamamelis y luego me apliqué un lápiz astringente en el corte. Pronto se formó una costra y, tras cubrir la zona con pequeñas tiras de esparadrapo, pasé al dormitorio.

Procedí despacio, metódicamente. Primero, me quité la camisa manchada de sangre, formé una pelota con ella y revolví el armario hasta encontrar una camisa azul que no levantaría sospechas en un hombre. Me la puse y observé cómo me quedaba en el espejo de la pared. Ajustada, pero no se me veía raro con ella. El pantalón también estaba empapado en sangre y sucio de restos de tripas, pero era oscuro y las manchas no se notaban demasiado. Podía volver a casa con él.

Me concentré en el saqueo y hurgué en los cajones, cómodas y alacenas, hasta dar con una cajita de madera de cedro llena de billetes de veinte dólares y un secreter de terciopelo donde había piedras relucientes y sartas de perlas que parecían auténticas. Pensé en hacer una búsqueda de tarjetas de crédito, pero decidí que no era aconsejable. Lo del perro muerto podía significar que el robo recibiera más atención de la habitual por parte de la policía, y no quería arriesgarme a traficar con tarjetas que fueran objeto de especial interés de la pasma. Para ser el primer golpe, había robado suficiente.

Con la herramienta, el dinero y las joyas en los bolsillos del pantalón, di una última vuelta por la casa, apagando luces. Cuando recogí la camisa ensangrentada, la Sombra Sigilosa me envió un pequeño adorno conmemorativo y, camino de la puerta, arrojé una caja de galletas para perro junto a la cabeza cojín del pastor alemán.

7

La noche en New Hampshire Avenue fue el principio de mi aprendizaje criminal y el inicio de una serie de conflictos: las batallas internas que libraban las piezas de puzle de mis impulsos emergentes. Durante los once meses siguientes, me pregunté si las distintas partes de mí llegarían algún día a reconciliarse hasta el punto en que todas las piezas encajaran unas con otras, lo cual me permitiría convertirme en el hombre de acción que aspiraba a ser.

Proseguí con mi carrera de ratero dos noches más tarde. Entré en tres apartamentos a oscuras de un mismo bloque, en Hollywood Este, utilizando sólo la ganzúa para forzar las puertas. Robé cuatrocientos dólares, una caja de bisutería, cubiertos de plata y media docena de tarjetas de crédito. Pero luego, cuando llegué a casa y estuve a salvo, advertí que me sentía decepcionado. Mi triple éxito había sido anticlimático. La noche siguiente forcé una ventana para colarme en una casa y aquello me obligó a razonar conscientemente mis actos: mi primer robo con escalo había sido sangre, suciedad, vísceras y coraje; en los siguientes me dediqué a refinar la técnica y resultaron mucho menos estimulantes. Llegué a la conclusión de que tenía que ser prudente y supercauteloso. No habían de cogerme nunca. En el plano intelectual, esa conclusión me contuvo por un tiempo.

Pero a su estela llegaron otras verdades que me resultaron duras.

Para empezar, no me sentía capaz de vender las joyas y tarjetas de crédito que robaba. Me daba miedo establecer unos contactos criminales que me harían vulnerable al chantaje, y además necesitaba tocar las recompensas concretas de mis proezas. Las plaquitas de plástico grabado con nombres de mujeres anónimas hacía que sus vidas alimentasen mis películas mentales, de forma que cada una servía para escapar horas y horas del aburrimiento. Las joyas añadían peso táctil a mis proyecciones cinematográficas y nunca me preocupé de averiguar si eran verdaderas o falsas.

Así, a medida que progresaban mis incursiones en las casas, el único beneficio práctico que obtenía era el dinero que encontraba, pequeñas cantidades por lo general. Seguía trabajando en la biblioteca y guardaba el dinero robado en una cuenta de ahorros. Walt Borchard me enseñó a conducir y, a principios de 1968, cuando ya llevaba seis meses de aprendizaje, me saqué el carnet y me compré un coche, un inocuo Valiant del 60. Fue precisamente mientras cartografiaba terrenos más amplios en él cuando se me presentó el conflicto más peligroso.

Una horrible urbanización de casas adosadas, todas iguales, se desplegaba ante mi parabrisas y, por el número de niños que jugaban en los patios delanteros, comprendí que las mujeres solas serían muy pocas. Decidí ir hacia el oeste, en dirección a Encino, pero algo me mantenía pegado al borde del carril derecho, con los ojos pendientes de aquellas calzadas de acceso idénticas ante las que pasaba. Entonces vi un perro callejero caminando por la acera y la imagen me asaltó.

Había estado mirando las puertas abatibles para perros, intercaladas entre las habituales puertas laterales que todas las casas ante las que había pasado tenían en el mismo sitio. De repente, evoqué el olor que había captado en la casa de New Hampshire Avenue diez meses atrás, un aroma metálico que me llenó las fosas nasales y me provocó temblores en las manos que agarraban el volante. Me detuve junto a la acera y el recuerdo volvió de lleno. Junto a él, se produjo un bombardeo de memorias de mis otros sentidos: el sabor de la sangre de mi madre mezclada con agua, los carteles de «Cuidado con el perro» que había visto tiempo atrás mientras elegía casas que saquear, cómo era llegar al clímax… El perro de la acera empezó a parecerse al Hombre Puma, el odiado enemigo de la Sombra Sigilosa. Entonces, el sentido de la razón que había adquirido se impuso y me largué de aquel barrio horrible y peligroso antes de que pudiera cometer un error.

Aquella noche, en casa, acaricié mi ganzúa y cerré la sala de cine que tenía allí para entretenerme las veinticuatro horas del día. Cuando ante mis ojos apareció una pantalla vacía, la llené con lo que sabía y con lo que debía hacer al respecto, escrito con una caligrafía sencilla que no dejaba lugar al adorno.

«Has estado tratando de revivir inconscientemente la muerte del perro.

»Lo has hecho porque te corriste de excitación.

»Has asumido riesgos innecesarios para lograr la gratificación sexual.

»Si sigues arriesgándote, te detendrán, te juzgarán y te condenarán por robo con escalo.

»Debes parar.»

Mi máquina de escribir mental destelló una serie de signos de interrogación en respuesta a mi última frase y, cuando llegaron al papel en blanco, fueron como golpes en el corazón. Agarré la palanca con más fuerza y mi mente se sacudió en busca de la respuesta al dilema más autodestructivo que haya conocido nunca el hombre. Entonces, llegó otra serie de frases:

«Déjalo. No permitas que sea tu muerte.

»Contrólate, como la Sombra Sigilosa.

»Pero él tiene a Lucretia.

»Oblígate a tener sueños que te proporcionen alivio.»Pero eso es traicionarme a mí mismo.

»Haz lo que todo el mundo hace consigo mismo.

»No.

»No.

»No.

»Tócate, mutílate o mátate, pero hazlo ahora.»

Me desnudé y me acerqué al espejo de cuerpo entero de la puerta del baño. Al contemplar mi imagen reflejada, vi a un muchacho-hombre alto y huesudo, con la piel descolorida y unos fieros ojos castaños. Recordé las explosiones de cuando dormía, que no procedían de los sueños, sino de la acumulación de imágenes de odio de mis películas mentales, y pensé en la vergüenza que sentía cuando despertaba y encontraba pruebas de lo que secretamente deseaba. El corazón me latía con fuerza y noté que me faltaba el aire, por lo que todo mi cuerpo temblaba. Me coloqué el extremo afilado de la palanca debajo de los genitales y luego me lo llevé a la garganta. En ambos puntos me hice cortes de los que brotaron finos hilillos de sangre y, al ver lo que me estaba haciendo, contuve una exclamación y me aparté del espejo, arrojándome sobre la cama. Allí, mientras el mango de la herramienta de ratero me dejaba marcas de acero mate en la entrepierna, lloré y me di alivio, el amargo precio por ser capaz de seguir adelante.

8

Mi contacto con la autoaniquilación me llevó a tomar la decisión de fantasear menos y robar más. Reducir la vida mental resulta doloroso, pero la audacia que adquirí tras el trance contribuyó a cicatrizar la herida. En el plazo de una semana, realicé cinco golpes -cada uno en la jurisdicción de un departamento de policía diferente, cada uno con distinta forma de entrar-, de los que obtuve un total de setecientos dólares y unos centavos, dos relojes Rolex y un Smith & Wesson del 38 que pensé limar hasta que toda su superficie estuviera absolutamente rayada: el arma definitiva de un ladrón de casas. Entonces, el destino me hipotecó a la historia y mi ascensión y caída empezaron a la vez.

Fue el 5 de junio de 1968, la noche siguiente de que dispararan a Robert Kennedy en L. A. El senador yacía en su lecho de muerte en el hospital Good Samaritan, el lugar donde yo nací. Los noticiarios de televisión mostraban enormes multitudes que celebraban una vigilia a las puertas del hospital, y enormes multitudes significaba casas vacías. Walt Borchard me había contado que las zonas residenciales cercanas a los centros médicos estaban llenas de enfermeras: eran buenos lugares para «patrullar en busca de chochos». Tal combinación de factores sugería un paraíso para el ladrón, así que me dirigí al centro con la cabeza llena de visiones de grandes casas vacías.

Wilshire Boulevard era un flujo constante de coches que hacían sonar el claxon en una comitiva fúnebre prematura. La acera del hospital estaba abarrotada de mirones, de gente que guardaba luto antes de tiempo y agitaba pancartas, y de hippies que vendían pegatinas para coches que decían «Rezad por Bobby». Entre la multitud había varias mujeres vestidas de enfermera y empezó a crecerme en la boca del estómago una agradable y sólida sensación. Dejé el coche en un aparcamiento de Union Avenue, a varias manzanas al este del Good Samaritan, y fui andando.

Mis fantasías iniciales acerca del barrio no se cumplieron. Allí no había casas grandes, sólo edificios de apartamentos de diez y doce plantas. Cuando probé las puertas exteriores de los tres primeros monolitos de ladrillo rojo que encontré a mi paso y descubrí que estaban cerradas, la sensación de solidez se esfumó. Después, en la esquina de la Sexta con Union, eché un vistazo al último bloque que acababa de dejar atrás y observé planta tras planta de ventanas a oscuras y, en un edificio tras otro, idénticas escaleras de incendios adosadas. Volví sobre mis pasos y, entrecerrando los ojos, me puse a mirar hacia arriba en busca de alguna ventana abierta.

El tercer edificio del lado este de la calle atrajo mi atención: tenía una ventana entreabierta en el quinto piso, accesible desde el rellano de la escalera de incendios. Comprobé si había algún posible testigo, no vi a nadie, y arrastré un cubo de la basura vacío hasta situarlo inmediatamente debajo de la escalera de incendios. Dominé un ataque de miedo que me hizo castañetear los dientes, me subí al cubo y me encaramé al último tramo de peldaños.

Hacía una noche clara, pero sin luna. Me puse los guantes y me obligué a subir de puntillas, como la Sombra Sigilosa cuando se acercaba a una víctima. Al llegar al descansillo del quinto piso, atisbé hacia abajo; tampoco esta vez vi a nadie y probé la puerta de incendios. Estaba abierta y daba a un largo pasillo deteriorado. Era la ruta de acceso más segura… si no tenía dificultades para abrir la puerta de mi objetivo. En cambio, la ventana, con un metro de vacío y veinte de caída entre ella y yo, parecía más poderosa y siniestra.

Con la pierna derecha extendida al máximo, intenté levantar el cristal con el pie. La ventana se resistía pero, cuando conseguí un punto de apoyo, logré abrirla por completo. Me agaché y, bien agarrado, alargué la pierna de nuevo hasta colarla por el hueco oscuro; después, antes de que me atenazara el pánico, salté del descansillo impulsándome con el otro pie, me agarré con ambas manos al marco de madera de la ventana y efectué una entrada silenciosa y perfecta.

Me encontraba en una modesta sala de estar. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguí un sofá y unos sillones desparejados, unas estanterías hechas con ladrillos y unos tableros llenas de libros de bolsillo, y un pasillo que se abría a la derecha, directamente delante de mí. Del otro extremo llegaba un extraño sonido y me estremecí al pensar que pudiera haber un perro guardián. Saqué el cincel, avancé por el pasillo hasta una puerta entreabierta de la que salía luz de velas y, de inmediato, supe que aquellos ruidos eran los de una pareja al hacer el amor.

Un hombre y una mujer yacían en la cama, entrelazados. Estaban bañados en sudor y se agitaban como serpientes, con movimientos a contrapunto: él, embistiendo implacablemente, arriba y abajo, adentro y afuera; ella, medio de lado, empujando hacia arriba con las piernas entrelazadas detrás de la espalda de su pareja. Encima de una estantería, la llama de una vela se movía al ritmo de la ligera brisa que entraba por una ventana abierta y bañaba la habitación en penumbra, con largos bamboleos de luz en una danza de llamas que terminaba en el punto donde se unían los amantes.

Los gemidos subieron de tono, remitieron y se convirtieron en jadeos medio verbales. Observé que la luz de la vela iluminaba al hombre mientras penetraba a su pareja. Cada parpadeo hacía más hermoso y más explícito el punto de unión. Paralizado, sin pensar en el riesgo que corría, me quedé mirando. No sé cuánto tiempo estuve allí pero, al cabo de un rato, empecé a saber cuál sería el siguiente movimiento de los amantes y pronto empecé a moverme con ellos, en silencio, desde una distancia que parecía vasta pero íntima. Sus caderas se alzaban y caían; las mías también, en perfecta sincronía, rozando un espacio vacío que parecía bullir de cosas que crecían. Pronto, los gemidos de la pareja se intensificaron al unísono, se aceleraron, hasta que pareció que nunca volverían a calmarse. Me sorprendí a mí mismo a punto de gemir con ellos, pero la Sombra Sigilosa me mandó una advertencia profesional y me mordí la lengua. En aquel momento, todo mi ser se disparó como un cohete en mi entrepierna y los amantes y yo nos corrimos a la vez.

Ellos se dejaron caer en la cama, jadeando, ferozmente agarrados el uno al otro; yo me apoyé en la pared para contener las ondas de choque residuales de mi explosión. Apreté la espalda más y más fuerte, hasta que pensé que me partiría el espinazo; entonces, oí unos cuchicheos y una voz de una radio llenó el dormitorio. Un locutor anunciaba con tono sombrío que Robert Kennedy había muerto. La mujer empezó a sollozar y el hombre susurró:

– Vamos, vamos. Sabíamos que iba a pasar.

Las últimas tres palabras me sobresaltaron y retrocedí por el pasillo hasta la sala. Vi unos pantalones de pana tirados en un sillón y un bolso en el suelo, al lado. Pendiente del resplandor de la luz de la vela que escapaba del dormitorio, saqué una cartera del bolsillo trasero de los pantalones y un monedero del bolso abierto. Después, salí por la puerta antes de que el hermoso imán de la vela pudiera atraerme de nuevo hacia los amantes.

En el coche, antes siquiera de animarme a examinar el botín, tuve un terrible momento de revelación. Supe que tendría que hacer aquello una y otra vez y, a menos que mis beneficios criminales hicieran que mereciese la pena el riesgo, moriría de sumisión a aquella ansia. Pensé en las joyas y tarjetas de crédito que escondía en el armario de mi casa y en los nombres y lugares favoritos de los peristas que Walt Borchard había mencionado en sus numerosos monólogos cerveceros. Fui a casa, recogí el botín y salí a añadir otra muesca a mi profesionalidad. Por el camino, me sentí saciado; suavemente calmado, pero lleno de determinación. Amoroso.

La calma dio paso a la aprensión mientras aparcaba en Cahuenga y Franklin, a media manzana del Omnibus, el infame O.B.'s, el local que Walt Borchard había llamado «un saco de pus incluso para lo que se lleva en Hollywood, un verdadero carnaval de los bajos fondos: peristas, moteros, putas, camellos, yonquis y maricones». Antes siquiera de llegar a la puerta, vi confirmada su apreciación. Delante del edificio, un bloque bajo de cemento, había media docena de motos aparcadas en la acera y un grupo de tipos de aspecto peligroso con chaquetas de cuero que se pasaban una botella de whisky. Cuando empujé las puertas batientes, vi que el interior era un gran muestrario de cosas que no había visto nunca.

Al fondo del gran local cargado de humo, había un escenario. En él, unos negros descamisados tocaban congas y, detrás de ellos, un blanco movía un foco de colores en dirección a la pista de baile, en forma de herradura. Una fila de jóvenes, chicos y chicas, hacía cola en la periferia de la masa giratoria de bailarines y, cada pocos segundos, uno de ellos se dirigía a una puerta que alcancé a distinguir en la parte trasera del escenario.

Mientras me adentraba en aquel torbellino del hampa, acaricié el botín que llevaba en los bolsillos de la cazadora para que me diera valor y suerte. Me sumé a la fila de hippies y observé con más detalle la pista. Hombres bailaban con hombres y mujeres con mujeres. Me llegó un olor intenso, almizclado, y deduje que sería marihuana. Enseguida noté un codazo en el costado y me encontré un porro delante de la cara.

– Fuma -me dijo una pelirroja de melena larga y enredada-. Es Acapulco Gold. Volarás.

Pensé en la Sombra Sigilosa y la invisibilidad psíquica y respondí:

– No, gracias. No me va el rollo.

La chica entrecerró los ojos e hizo una calada.

– ¿Eres un estupa?

– No. He venido por negocios.

– ¿Comprar o vender?

– Vender.

– Estupendo. ¿Hierba? ¿Anfetas? ¿Ácido?

La S. S. me susurraba al oído: «Donde fueres, haz…» Impulsivamente, dije: «Una calada», y cogí el porro. Me lo llevé a los labios y aspiré profundamente. El humo ardía, pero lo retuve hasta que noté como si un atizador al rojo me quemase los pulmones. Por fin, solté el humo y respondí, jadeante:

– Joyas, relojes, tarjetas de crédito.

La chica dio otra calada y se presentó:

– Me llamo Lovechild. ¿Eres un criminal o algo así?

Me devolvió el porro y, cuando aspiré el humo, vi a la Sombra Sigilosa y a Lucretia marcándose un lento en la pista. Los demás bailarines topaban con ellos y Lucretia amagaba con morderles el cuello hasta que se retiraban. Al cabo de unos segundos, los danzantes estaban de rodillas, mientras que la S. S. y Lucretia aparecían desnudos y enredados en un amasijo de brazos y piernas, como serpientes. Di otra calada y oí la música procedente del escenario: «¡Me voy a colocar y al cielo voy a volar! ¡Un poco de polvo blanco en un muslo de bruma púrpura! ¡No me preguntes por qué!»

Lovechild se arrimó a mí y protestó, haciendo pucheros:

– ¡No te apalanques el porro, pásalo! ¡Es costo caro!

Todavía con los ojos puestos en la Sombra Sigilosa y Lucretia, metí la mano en el bolsillo derecho de la cazadora y busqué un Rolex de mujer para tranquilizarla. Mis dedos se cerraron en torno a algo metálico y saqué lo que agarraba. Al momento, alguien gritó:

– ¡Tiene un arma!

La fila de hippies se disgregó y la Sombra Sigilosa y Lucretia se desvanecieron. 01 el cuchicheo repetido, «un pasma, un pasma». La realidad se impuso y obligué a mi cerebro, atontado por la marihuana, a recordar el nombre del «perista principal» que, según Walt Borchard, trabajaba en el O.B.'s. Apunté con mi 38 descargada a Lovechild y susurré:

– Cosmo Veitch. Llévame.

La gente empezaba a ponerse nerviosa. Notaba que me estaban midiendo. Tenía a favor mi estatura y mi indumentaria formal pero, aparte de eso, estaba en los huesos y apenas tenía veinte años. Si alguien decidía encender las luces normales del local, quedaría en evidencia que era un impostor, un falso pasma.

Vinieron en mi ayuda viejos recuerdos y películas mentales, y noté que las facciones se me congelaban en esa expresión mía de «no te metas conmigo, soy un pirado». La Sombra Sigilosa me susurraba palabras de estímulo y se señalaba el diafragma; entendí que quería que hablara con una voz grave y áspera, de hombre ya hecho.

– Cálmense, ciudadanos -dije-. Esto no es una redada; es sólo entre Cosmo y yo.

El comentario tuvo el efecto de apaciguar a la masa. Observé que los rostros tensos se relajaban con alivio y los bailarines que tenía directamente delante volvían a la pista y reanudaban sus evoluciones. Reparé en que todavía empuñaba mi 38 a la altura de la cadera y la fila de hippies se había dispersado definitivamente. Estaba concentrándome en mantener mi rostro en las sombras cuando oí una voz masculina a mi espalda.

– ¿Sí, agente?

Lentamente di media vuelta y sonreí. La voz pertenecía a un hombre joven de mirada dura, cuerpo firme y rollizo, gafas de cristales ovalados y cola de caballo.

– Vamos a un sitio tranquilo -dije y apunté con el arma hacia la parte trasera del escenario. Cosmo abrió la marcha y me condujo hasta un cuartito lleno de taburetes y gramolas fuera de uso. La luz era brillante y áspera y mantuve todo mi ser concentrado en dar la impresión de ser mayor de mi verdadera edad y en expresarme como tal.

– Soy el Sigiloso -añadí-. Trabajo en la brigada de Robos en el Valle, y he recibido buenos informes de ti. -Con la pistola apuntando al suelo, vacié el contenido de los bolsillos de la cazadora sobre uno de los taburetes. Cosmo soltó un silbido ante la acumulación de joyas, relojes y tarjetas de crédito. La S. S. hacía gestos de «sé audaz» y, con un suspiro, me limité a decir-: Propón una cantidad, no tengo toda la noche.

Cosmo acarició los dos Rolex, hurgó entre las joyas y levantó varias piedras rojas para observarlas a la luz.

– Quinientos dólares -dijo.

Sentí otro subidón de la marihuana.

– Billetes, no hierba. -Los gestos de la Sombra Sigilosa para que me mostrara atrevido se hicieron más enfáticos y añadí-: Seiscientos.

Cosmo sacó un fajo de billetes del bolsillo, contó seis de cien dólares y me los entregó. Después, señaló una puerta trasera. Me guardé la pistola en el bolsillo, hice una reverencia y me marché como un gran actor que abandonara el escenario después de salir a saludar tras una actuación memorable. Había conquistado el sexo y había conseguido la invisibilidad psíquica en un mismo día. Era inexpugnable; era de oro.

9

Mirar.

Robar.

Mirar y robar.

Pasé veinticuatro horas febriles tratando de reconciliar la logística dual. ¿Casas de parejas recién casadas? No, demasiado arriesgado.

¿Vigilancia a mujeres jóvenes y atractivas con amigos que se quedaban a dormir? No. Demasiado azaroso. Por fin, se me ocurrió una idea. Crucé el vestíbulo y llamé a la puerta del tío Walt Borchard.

– ¿Amigo o enemigo?-gritó el tío Walt.

– ¡Enemigo! -respondí.

– ¡Entra, enemigo!

Abrí la puerta. El tío Walt estaba sentado en el sofá de la sala, engullendo su habitual cena a base de pizza y cerveza, con un papel de periódico en el suelo para recoger el queso fundido.

– Necesito… Necesito hablar -anuncié con fingida sumisión.

– Parece algo serio. Siéntate y coge un trozo.

Me acomodé en una silla delante de él y rechacé la pizza que me ofrecía.

– ¿Has trabajado alguna vez en la brigada Antivicio?-inquirí.

Borchard masticaba y se reía a la vez, la hazaña más compleja que era capaz de hacer.

– Eso suena a problema grave -dijo al tiempo que tragaba-. ¿Estás bien, Marty?

– Sí. Claro. ¿Has trabajado allí o no?

– No. ¿Te has metido en algún lío, chico?

– No. La brigada Antivicio arresta prostitutas, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Y chicas de compañía? Ya sabes, prostitutas de esas guapísimas; no putas vulgares y baratas, sino chicas hermosas, chicas que tienen su propio apartamento para llevar a los hombres y que no sea tan cutre como ir a un motel.

Borchard se río tan fuerte que escupió una anchoa y ésta cayó sobre la mesita de café que tenía delante. Se la llevó a la boca de nuevo, volvió a masticarla y preguntó:

– Marty, ¿quieres acostarte con una mujer?

– Sí -respondí, bajando la mirada.

– Mira, muchacho, estamos en 1968. Ahora las chicas lo hacen gratis como no había ocurrido nunca antes.

– Lo sé, pero…

– ¿Has probado con Patty, la vecina de abajo? Se abre de piernas tan a menudo que tendrán que enterrarla en un ataúd en forma de Y.

– Es fea y tiene granos.

– Pues ponle una bolsa de papel en la cabeza y cómprale un tubo de Clearasil.

Me obligué a soltar unas lágrimas de cocodrilo y el tío Walt dijo:

– Oh, mierda, muchacho. Lo siento. Eres virgen, ¿verdad? ¿No lo has hecho nunca y buscas un chocho bonito para tu primer polvo?

– Sí -respondí, secándome la nariz.

El tío Walt se puso en pie, me alborotó el pelo y entró en su dormitorio. Regresó al cabo de un momento y me puso un billete de cien dólares en la mano.

– No digas que nunca te he dado nada y no digas que nunca transgredí las reglas por un colega.

Me guardé el dinero en el bolsillo de la camisa.

– Jo, tío Walt, muchas gracias.

– Ha sido un placer. Ahora, escucha con atención y dentro de una hora, más o menos, te habrán desvirgado. ¿Me oyes?

– Sí.

– Bien. Aquí va una asombrosa información: el DPLA, del que soy miembro, permite que en la zona de Hollywood se ejerza una cierta prostitución. ¿No te resulta chocante? Bien, pues hay una parte del Boulevard, justo al oeste de La Brea, llena de pisos de chicas de compañía. Las chicas van a los bares de los mejores hoteles, como el Cine-Grill del Roosevelt, la terraza del Yamashiro, el Gin Mill del Knickerbocker, etcétera. Las chicas se sientan en la barra, beben cócteles, miran a los hombres solos y no es necesario ser un genio para adivinar cómo se ganan la vida. Su procedimiento habitual consiste en decir una cifra y sugerir que vayáis a su casa. El precio normal son cien dólares por toda la noche, que es justo lo que acabo de poner en tu mano calenturienta. Ahora bien, como todavía no tienes edad para consumir alcohol legalmente, compórtate con frialdad cuando el camarero te pregunte qué quieres tomar. Sé caballeroso con la dama de tu elección, dile que cien pavos es lo máximo que vas a pagar y fóllatela hasta que no puedas más.

Me puse en pie. El tío Walt me dio un golpe debajo de la barbilla y se rio.

– Alguna jovencita va a quemar más goma que la autopista de San Bernardino. Y ahora, largo de aquí. Se me enfría la pizza.

Al cabo de una hora no me estaban desvirgando. Me encontraba sentado en el bar Cine-Grill del hotel Roosevelt, en Hollywood, observando a una mujer que lucía un ajustado vestido negro de lentejuelas y que hablaba con un hombre que fingía espontaneidad y que llevaba un traje de verano con las consabidas insignias del asistente a una convención. La mujer era una pelirroja teñida, pero bonita; el hombre tenía un aspecto fuerte y musculoso. Di un sorbo a mi whisky con soda y mantuve la calma imaginando que eran la Sombra Sigilosa y Lucretia, relajándose después de una larga jornada de acechar a sus víctimas. Casi los sentía a los dos en la cama.

Salieron del bar repentinamente. Cuando se pusieron en pie para marcharse, advertí que estaba proyectando películas mentales y que los había perdido de vista en la realidad física. Conté hasta diez y los seguí.

Vi que tomaban un taxi delante del hotel y corrí hacia mi coche. Fue fácil seguir al taxi, pues había tráfico denso en el Boulevard, de manera que en el cruce con La Brea se quedaron clavados sin poder avanzar. Yo iba justo detrás y saqué los guantes y la palanca de debajo del asiento. Cuando el semáforo se puso verde, sonreí. El taxi se acercaba a la acera. El bloque de pisos de las chicas de compañía del tío Walt había resultado una revelación.

La pareja se apeó del taxi. Yo aparqué a dos coches de distancia y los vi entrar en un gran edificio de apartamentos de color rosa que imitaba las casas de las plantaciones sureñas. La mujer no utilizó llave para abrir la puerta principal, por lo que yo también podría acceder al interior. Me apeé, esperé diez segundos y eché a correr, refrenando la marcha mientras abría la puerta que daba a un largo vestíbulo alfombrado de rosa. La pareja entró en un apartamento del extremo izquierdo del vestíbulo.

Inspeccioné los buzones y adopté la actitud de un joven moderno que vivía en una extravagante plantación rosa de Hollywood Boulevard. Resultó fácil, y fingir aquella despreocupación suprema me hizo sentir descarado. En el vestíbulo no había nadie, pero desde el interior de cada apartamento atronaba un surtido de ruidos de televisión y tocadiscos, por lo que el nivel general de estruendo era considerable. Caminé hacia mi objetivo, estudiando todas las puertas al pasar. Los cerrojos no estaban reforzados y había como mínimo un espacio de quince milímetros entre la puerta y el marco. Si la furcia no había puesto la cadena, podría entrar.

Al llegar a la puerta que me interesaba, escuché, esperando oír los deleites precoitales, pero lo único que capté al otro lado fue silencio. Eché un vistazo rápido al vestíbulo, me puse los guantes, inserté el lado de la ganzúa de mi herramienta y tanteé el cerrojo. Noté que los resortes individuales iban cediendo uno por uno y, cuando el tercero saltó con un clic, abrí la puerta menos de un centímetro, lo cual me bastó para ver una sala de estar con una pequeña cocina a oscuras. Sacudí la cabeza para mantener alejadas las películas mentales y entré; luego, haciendo girar el pomo, cerré la puerta sin hacer el menor ruido.

Unas voces, y no los sonidos de la pasión, me atrajeron hacia el dormitorio, y lo que capté a través de la rendija de la puerta fueron vislumbres de cuerpos imperfectos. Cuando acerqué el ojo a mi visor de dos centímetros, me descorazoné. El era fofo y ella tenía tatuajes en los hombros y en los muslos. Era obvio que se había teñido el vello púbico del mismo color que los cabellos y él no se había quitado los calcetines. Intenté convertirlos en la Sombra Sigilosa y en Lucretia, pero la cámara de mi cerebro se negaba a enfocar, y sus voces eran tan desagradables que comprendí que su cópula sería nefasta y que yo no podría unirme a ellos.

– … no es la primera vez que visito este edificio -decía el hombre-. Estuve en 1964, cuando vine a L. A. para la convención de la Asociación del Alce.

– Aquí trabajan muchas chicas -comentó la prostituta-. Algunas las controlo yo. ¿Quieres que empecemos?

– No tan deprisa. ¿Eres una madama?

– Más bien una hermana mayor y una confidente -suspiró la puta-, una terapeuta, en realidad. Les concierto citas y me quedo una comisión, pero me gusta ser una amiga, la hermana mayor que sabe de qué va el asunto.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, una vez a la semana me reúno con las chicas que conozco que trabajan en esto y hablamos de los clientes y nos hacemos confidencias y… ya sabes.

El hombre soltó una risita.

– ¿Y nunca lo has hecho con otra chica?-inquirió.

– Vaya. Bueno, creo que voy a necesitar un trago para esto. ¿Quieres uno tú también? Tal vez tranquilizará…

Imaginé lo que estaba a punto de ocurrir y me dirigí a la puerta. Cuando tenía la mano en el tirador, vi un bolso en una silla, a pocos metros de distancia. Lo cogí y conseguí desvincularme del apartamento en el preciso momento en que se abría la puerta del dormitorio. Luego corrí.

En el bolso había nueve dólares y cuarenta y tres centavos, además de una información sexual que me impulsó durante más de un año a mirar, albergar esperanzas, merodear y, a veces, a robar. El dinero, por supuesto, carecía de relevancia. Lo que me mantuvo ocupado fue el cuaderno de notas de la furcia.

Se trataba de una improvisada agenda de clientes, sus números de teléfono, las fechas de las citas ya concertadas y una lista de las otras chicas que la «confidente-terapeuta», Carol Ginzburg, «controlaba», junto con los números y los teléfonos de los puteros y notas sobre si la «cita» tendría lugar en un motel, en el piso del cliente o en el apartamento de la propia muchacha. En resumen, aquello era una fuente de información extraordinaria sobre posibles sitios donde mirar y robar y, en el caso de las «citas» ya concertadas, me brindaba la posibilidad de hacer incursiones de reconocimiento del terreno antes de que se produjera el encuentro.

Con la determinación de la Sombra Sigilosa, me dispuse a escribir mi propio cuaderno de notas. Primero, utilicé las Páginas Blancas normales de L. A. y la guía policial «inversa» de números de Walt Borchard. Compilé una lista de las direcciones que correspondían a los números de teléfono y luego, un fin de semana en que el tío Walt salió de la ciudad en una excursión de pesca, simulé un robo con escalo en el garaje trasero y le robé el resto de herramientas de ratero, el cortacésped y un montón de números del National Geographic que, supuestamente, tenían cierto valor. El cortacésped y las revistas los tiré al embalse de Silverlake. Las herramientas las envolví en hule y las metí en un tronco de árbol hueco a dos manzanas de distancia.

A continuación, realicé una serie de misiones de reconocimiento.

Carol Ginzburg y «sus chicas» se encontraban cada domingo para tomar el brunch en el café Carolina Pines, de la esquina de Sunset con La Brea, y en su cuaderno de notas lo calificaba de «charla de chicas». Escuché furtivamente tres de sus sesiones y estudié a las muchachas. Eliminé a «Rita» «Suzette» y «Starr» porque eran unas busconas estúpidas y aprobé a «Danielle», «Lauri» y «Barb», considerándolas aceptables para constituir un tercio de la fusión del trío. Lauri era muy atractiva, alta y majestuosa, con el cabello rubio miel y acento escandinavo. Decidí que, en primer lugar, la seguiría en sus salidas a domicilio, cartografiaría el territorio y puliría mis habilidades de ratero.

Lo hice todo de una manera muy metódica. Lauri tenía una cita en Coldwater Canyon cada tres miércoles. Al inspeccionar la casa, ésta me pareció inexpugnable, con una alarma conectada a la comisaría de policía, y la taché de la lista. También tenía una cita mensual los lunes en una de las zonas menos elegantes de Beverly Hills; las ventanas eran pan comido y junto a las alcobas había abundantes setos que ofrecían un lugar perfecto para esconderse. Aquél sería el «golpe» número uno, el 7 de agosto de 1968.

Y así seguí con el resto de la lista. Primero, las citas de Lauri, después las de Barb y, por último, las de Danielle. Las tres chicas vivían en la plantación rosa de Carol Ginzburg, por lo que no sería conveniente actuar cuando recibiesen en su casa, ya que no podía correr el riesgo de repetir robos en el mismo edificio. Además, algunos de los pisos de los clientes estaban muy a la vista y protegidos contra ladrones, así que tuve que eliminarlos. Al final, me quedé con una lista de diecinueve «probables», todos previamente inspeccionados y marcados en el calendario; unos robos en citas de amantes que, si todo salía bien, me durarían hasta enero de 1970. Por otra parte, yo contaba con un dispositivo a prueba de fallos. Si la policía era alertada de una serie de robos en lugares donde trabajaban las putas, yo me contaría entre los primeros en saberlo.

De día, mientras esperaba que llegara el siete de agosto, mi vida transcurría como siempre: trabajaba en la biblioteca, pasaba películas mentales y anhelaba la invisibilidad psíquica. En cambio; de noche, trabajaba en mi escondrijo, un cobertizo de mantenimiento abandonado que había descubierto en lo más hondo de los bosques de Griffith Park. Al resplandor de una lámpara de arco alimentada con pilas, me familiaricé con el tacto de las seis ganzúas del juego de herramientas y aprendí cómo cedía imperceptiblemente la cerradura cuando las insertaba y las movía en su interior. Compré docenas de cerrojos nuevos de acero mate de varias marcas en las ferreterías y aprendí a neutralizarlos. Practiqué con la ventosa en ventanas y corrí por las oscuras colinas del parque para mantenerme en forma, por si tenía que salir por piernas de alguna de las casas de las citas. Llegué a creer que mi primer año de ratero había sido una mezcla increíble de azar, alarde imprudente y la suerte del principiante. Antes había sido un viajero infantil. Aspiraba a convertirme un artesano consumado.

7 de agosto de 1968

La anotación en la libreta de citas de Carol Ginzburg decía las nueve de la noche, por lo que me puse en marcha hacia Beverly Hills a las siete y media, por si al final se hacía necesario un replanteamiento de última hora. La noche era calurosa y sofocante, bochornosa. Aparqué en un espacio de pago de Wilshire, a tres manzanas de mi objetivo, y caminé hasta allí adoptando el paso despreocupado de quien tiene todo el tiempo del mundo y nada que temer. En Charleville con Le Doux vi la casa del señor Murray Stanton, iluminada como un árbol de Navidad de pura expectación ante una noche caliente con Lauri. Al pasar por la acera junto a la calzada de acceso, oí zumbar a todo trapo el aparato de aire acondicionado montado en la ventana. Me acerqué con disimulo y corté el cable en el punto donde salía de la ventana y entraba en el aparato. Me agaché y admiré mi trabajo. El cable estaba deshilachado y la rotura parecía natural. Entré en el patio trasero y me acurruqué a esperar detrás de un rosal.

A las ocho y veinte, oí una voz masculina que farfullaba: «Mierda»; al cabo de unos segundos, se abrieron unas ventanas en ambos lados de la casa y vislumbré la silueta de Murray Stanton. De lejos, podía pasar por la Sombra Sigilosa.

A las nueve en punto sonó la campanilla de la puerta principal. Me puse los guantes, cerré los ojos, pasé películas mentales y conté hasta quinientos, todo ello simultáneamente. Entonces me acerqué a la ventana más distante del dormitorio, me impulsé apoyándome en el alféizar y me colé en la casa a oscuras.

Unos gritos de éxtasis me dirigieron hacia la puerta de la alcoba. Vi que estaba cerrada, pero no con llave, y que salía luz por debajo. Me figuré que los amantes tendrían los ojos cerrados y abrí la puerta un par de centímetros, empujándola con el pie.

Murray Stanton estaba encima de Lauri, taladrándola, y la plaga de acné enquistado de su espalda era un insulto para la Sombra Sigilosa. Lauri, alta, rubia y majestuosa por lo que se veía de su cuerpo, examinaba una fotografía enmarcada que había cogido de la mesita de noche y tenía la otra mano apoyada en el hombro cubierto de granos de Stanton, con los dedos separados como si temiera que las pústulas fuesen contagiosas. La que gemía era ella, y resultó que era muy mala actriz; el momento culminante de su actuación fue cuando dejó la foto para rascarse la nariz. Era tan guapa que podía ser Lucretia, pero me recordaba a otra persona, a alguien fuerte y nórdico enterrado en un profundo compartimento de la bóveda de mi memoria.

Continué mirando sin excitarme. Al cabo de un rato, Lauri dejó de gritar y se mordió las uñas de las dos manos. Los movimientos de Stanton se volvieron más frenéticos y, jadeante, el tío farfulló: «¡Voy a correrme! Di: "¡Qué grande la tienes! ¡Es tan grande que me hace daño! "»

Lauri pronunció las palabras, procurando contener una risita. Cualquiera, excepto una suerte de cerdo lleno de acné en el momento de llegar al orgasmo, habría notado el tono satírico de su voz. Regresé a la sala y la Sombra Sigilosa, que caminaba a mi lado, me dijo: «Roba, roba, roba.»

Ya en la sala, obedecí. Me disponía a coger una cartera que había encima de una mesita de café cuando recibí un mensaje mental impreso con sorprendente claridad: «No, mejor no la robes, porque el cerdo del acné echará la culpa a Lauri y entonces nunca averiguarás quién es ella.»

El mensaje era tan poderoso que obedecí por reflejo pero, cuando ya me acercaba a la ventana, me guardé en el bolsillo una diminuta fotografía enmarcada de tres niños risueños.

Mirar.

Robar.

Mirar y robar.

Estas dos ocupaciones gemelas dominaron mis horas de vigilia durante el siguiente año, mientras que las pesadillas ocuparon mis sueños. Había esperado que el hombre-mujer-yo sería mi trinidad, pero no fue así. Era una tríada compuesta de: mirar sexo mecánico motivado por la codicia y la desesperación, robar por la supervivencia emocional y porque era la razón para mirar, y soñar para tratar de desentrañar el misterio de Lauri. Que mis sueños se convirtieran inevitablemente en pesadillas fue lo peor.

El nombre auténtico de Lauri era Laurel Hahnerdahl y, haciéndome pasar por un agente de policía al teléfono, supe que había nacido en Copenhague, Dinamarca, en 1943, y que había llegado a América en 1966. Su profesión declarada era «modelo», no tenía familiares en Estados Unidos y no poseía antecedentes delictivos. Eso fue todo lo que el DPLA y el Departamento de Vehículos a Motor pudieron darme.

Era prácticamente imposible que nos hubiéramos conocido, pero yo la sentía simbióticamente familiar. Recorrí su apartamento dos veces y no encontré nada que despertara mis recuerdos. Observé cuatro de sus citas, sin robar, y ni siquiera así logré descifrar el misterio. Soñaba con ella constantemente y siempre era lo mismo: la miraba mientras hacia el amor con un tipo que se parecía a la Sombra Sigilosa y se me nublaba la visión y me acercaba sólo para convertirme en un objeto inanimado sin voz, sin piernas, sin brazos y ciego. Lo único que podía hacer era escuchar y entonces oía truenos, truenos que estallaban acallando miles de voces ininteligibles que trataban de decirme qué significaba Lauri. La pesadilla siempre terminaba al llegar a aquel punto, tras el cual me despertaba con una erección y bañado en sudor.

Lauri regresó a Dinamarca en abril de 1969 y Carol Ginzburg dio un brunch en su honor para celebrar su regreso a la tierra natal. La idea de verla marchar me destrozaba y estaba enojado conmigo mismo por no haber averiguado quién era. Sin embargo, cuando se marchó, mis pesadillas remitieron y pude apartar de mi mente el enigma que esa chica representaba.

Así que seguí mirando y robando, hasta que la esperanza de volver a sentir lo mismo que el 5 de junio de 1968 murió de un exceso de sesiones turgentes de cama, de una superabundancia de expresiones patéticas de soledad. Frente a la desilusión que me había llevado mirando, robar me proporcionó una nueva ilusión, así que di once golpes seguidos. Le vendí todo el material a Cosmo Veitch y me deleité en el hecho de que Cosmo, si bien finalmente había descubierto que yo no era policía, me temía de veras. Desde finales del verano de 1968 hasta la mitad del verano de 1969 me pagó un total de siete mil doscientos dólares por los objetos que yo había robado, suma que guardé en una caja de seguridad de un banco de La Brea para cuando dejara de trabajar en la biblioteca y me marchara del edificio de mala muerte de Walt Borchard.

Sin embargo, en agosto de 1969 ocurrió una serie de acontecimientos que, por su coincidencia en el tiempo, me obligaron a hacer un alto temporal en mi carrera delictiva. Sharon Tate y otras cuatro personas fueron acuchilladas en su casa de Benedict Canyon, un hecho que, sumado a los acuchillamientos similares del matrimonio La Bianca, ocurridos en el barrio de Los Feliz, en el otro extremo de la ciudad, desató el pánico y provocó un auge de todo tipo de aparatos y servicios de seguridad. Los angelinos compraban pistolas y perros de vigilancia y se atrincheraban en contra de unos asesinos concretos que seguían sueltos y en contra de los años sesenta en general. Robar en las casas se convirtió en un negocio arriesgado.

Por otra parte, Carol Ginzburg acabó sumando dos y dos y relacionó los robos en los pisos de los clientes con la desaparición de su agenda. En el brunch dominical del restaurante, la oí decir: «Coincidencia, coincidencia…; algo raro está pasando.» Explicó su teoría de un ladrón muy frío que, por precaución, sólo actuaba de una manera intermitente, y añadió que iba a contratar a un detective privado para que investigara qué sucedía. Carol siguió hablando; yo pagué la cuenta y salí del local.

Sin el mirar y el robar, lo único que quedaba de mi trinidad eran las pesadillas. Aunque Lauri se había marchado, regresaron. Eran susurros que me tentaban entre el estruendo de los truenos. No sabía qué decían pero, cuando despertaba, notaba el sabor de la sangre.

10

Sin extremidades que me impulsaran ni vista que me guiara, mis sueños se convirtieron en excursiones a la ingravidez. Era presa de ruidos que me zarandeaban como una muñeca de trapo y me sentía a merced de truenos que me quemaban por dentro. Sólo una corriente subterránea de conciencia me ayudaba a contener mis pesadillas y me salvaba de la desgracia del insomnio provocado por el terror. Aun durante lo peor del trance, me daba cuenta de que el hecho de notar el trueno-calor significaba que no estaba disociado de mi cuerpo. Cada mañana, al despertar -repuesto pero, a la vez, colmado de miedo residual-, comprendía que poseía un piloto automático que siempre me mantenía a salvo de precipitarme al abismo.

Aun así, seguía temiendo quedarme dormido y procuraba retrasar el momento del sueño mediante la búsqueda del agotamiento absoluto.

Con el colchón de mi cuenta bancaria, dejé el empleo en la biblioteca y me pasaba los días quemando energía física. Me apunté á un gimnasio de L. A. Oeste y levantaba pesas dos horas diarias; al cabo de un mes, mi magro esqueleto empezó a cubrirse de músculo. Corría por las colinas de Griffith Park hasta que me caía de aturdimiento y las duchas calientes en casa me resultaban un calor benevolente. Luego, de noche, desmembraba a otros. Era un ritual espoleado por la conciencia de mi propio cuerpo e impulsado por el deseo de sofocar las pesadillas. Me convertí en rastreador de seres humanos en sus poses más prosaicas, en director de películas mentales aficionado a improvisar dramas con los transeúntes de la calle y sus gestos despreocupados. Noche tras noche, recorría las calles amodorradas, observando. Vi manos que tiraban de perneras y dobladillos y supe cómo se procuraban el sexo sus dueños; las luces de neón que iluminaban a una banda juvenil con camisetas sin mangas me revelaron por qué aquellos chicos hacían lo que hacían. Mi proyector cerebral tenía un mecanismo automático de cámara lenta y, cuando un cuerpo hermoso requería una inspección más cuidadosa para revelar la verdad de su poesía, ese mecanismo entraba en acción y me permitía deleitarme sin prisa en cada uno de los deliciosos pliegues y turgencias de la carne.

Al cabo de unas semanas de observación móvil, las pesadillas empezaron a remitir y dejé de ser director de cine para convertirme en cirujano, en un esfuerzo por extirparlas del todo. Mi cirugía experimental abarcaba trasplantes de extremidades de alguien del otro sexo: piernas de hombre en torsos de mujer o caras femeninas en cuerpos masculinos, con especial atención a las incisiones mentales que posibilitaban los injertos. Con el coche pegado al bordillo, fijaba la atención en una pareja que iba cogida de la mano y reducía la marcha hasta que avanzábamos a la misma velocidad. Cuando las farolas iluminaban sus rostros, yo amputaba miembros y cabezas y recomponía los cuerpos; sin esfuerzo, sin derramamiento de sangre. Y aunque no era capaz de expresar con palabras el sentido de aquel acto, sabía que estaba desarrollando unas uniones simbióticas triangulares que trascendían el sexo.

La combinación de ejercicio diurno y películas mentales nocturnas permitió que mis pesadillas se convirtieran finalmente en poco más que una molestia ocasional. Como precaución para que no reaparecieran con toda su intensidad, dormía con la luz encendida y, si alguna vez despertaba a media noche, me levantaba e iba a mirarme en el espejo de cuerpo entero de la puerta del baño. Ahora estaba fuerte, cada vez más, y cuando me tanteaba los músculos con la punta de los dedos sentía una carga casi eléctrica. Aquella carga me recorría, bajaba hasta la entrepierna y finalizaba en una palabra: «Robo.»

Conseguí apartar de mí el vocablo y sus vertiginosas connotaciones durante semanas, hasta que, a primeros de octubre, una serie de cuerpos revolvió los viejos rescoldos y el destino aportó el viento que me empujó a un incendio arrasador.

Me dirigía en coche hacia el norte por la autopista Pacific Coast, al atardecer; me encaminaba a la salida de Topanga Canyon, en el Valle, e iba observando. Hacía un calor excepcional para la época y grupos de surferos llenaban la carretera asfaltada que corría paralela a la playa. Chicos y chicas, todos eran jóvenes y elásticos, y levanté el pie del acelerador involuntariamente. Un cuarteto me llamó la atención: dos chicos, dos chicas, todos esbeltos, todos morenos. Mi cabeza entró en modo preoperatorio y, de pronto, se quedó en blanco. No era capaz de improvisar con sus cuerpos y supe que se debía a que eran demasiado perfectos.

A pesar de todos mis esfuerzos, el bisturí mental no descendía y el cuarteto se hacía cada vez más elástico. Detrás de mí sonaron unos cláxones y advertí que me había detenido del todo y estaba estorbando el tráfico. Empecé a asustarme y busqué en el arsenal de mi cerebro el juego de cuchillos de acero mate con el que mutilar a los cuatro. Entonces, contra mi voluntad, lo moreno se hizo rubio y los chicos besaban a los chicos y las chicas a las chicas y un coche rozó mi parachoques trasero y el conductor gritó: «¿Dónde te han dado el carnet, capullo?»

Di gas por puro reflejo y el viejo Valiant avanzó por un concurrido cruce con el semáforo en rojo y casi se llevó por delante a una anciana que empujaba un cochecito de bebé. Aparté la vista de la calzada y la clavé en el retrovisor; el cuarteto perfecto había desaparecido. Volví al Valle conduciendo despacio, sabedor de que sólo era cuestión de tiempo que volviera a entrar, mirar, robar y correrme… a pesar del riesgo.

La oscuridad completa conllevó un aburrimiento espantoso. La única gente que rondaba las calles era fláccida y sencilla, indigna de mis maquinaciones, y el recuerdo de los bellos morenos/rubios -ellos y ellas- me invadió como un perfume mental. Pasé de las calles comerciales a las residenciales, perfectamente consciente de mi propósito último, y las casas ante las que circulaba estaban iluminadas brillante y uniformemente: bastiones de felicidad barata e incomprensible. No me quedaba más remedio que cenar, irme a casa y esperar un sueño sin sueños.

Me detuve en Bob's Big Boy, en Ventura Boulevard. En un reservado, cerca de la puerta, había una pareja atractiva y ocupé una silla del mostrador que me permitía verlos a los dos. Me encontraba en el proceso consciente de convertirlos en rubios cuando se levantaron y se dirigieron a la caja. Ocuparon su lugar dos hombres musculosos con ropa vaquera y el más alto de los dos se embolsó la propina. Mientras recogía las monedas, su mano se convirtió en la garra de un reptil; pronto, los dos tipos quedaron fijados en mi mente como lagartos guasones. Luego, el volumen de sus voces interrumpió mis juegos mentales y me puse a escucharlos:

– … sí, putas hippies auténticas. Hablo de chicas que lo hacen por gusto, porque disfrutan echando un polvo, más que por el dinero. Y baratas, además. Una de ellas, Season, me lo hizo por diez pavos por la mañana; la otra, Flower, ¿lo pillas?, sale aún por menos. Eso sí, tienes que escuchar sus zarandajas sobre el gurú al que adoran, pero ¿a quién le importa eso?

– ¿Y dices que rondan por el Whiskey todas las noches? ¿Que tienen un piso en el Strip y que estás toda la noche con ellas por diez pavos?

– No me extraña que no te lo creas, pero escucha: tienen una motivación desviada, o como se llame eso. Ésas hacen proselitismo para ese gurú, Charlie, y dicen que lo que ganan follando es para «La Familia». Y deberías ver el rancho donde viven; es una pasada.

– ¿Y las chicas están buenas?

– De primera.

– ¿Y lo único que tengo que hacer es ir al Whiskey y preguntar por ellas?

– No, tú vas y esperas tranquilo. Ya te buscarán ellas.

– Entonces, ¿qué coño hago aquí sentado con un tipo tan feo?

Sin saber que acababa de cruzarme con la historia, dejé un dólar en el mostrador y me largué al Strip y al Whiskey Au Go Go. El rótulo de neón anunciaba «La batalla de las bandas»: Marmalade contra Electric Rabbit; Perko-Dan & his Magik Band contra The Loveseekers. Escaseaban las plazas de aparcamiento libres, pero encontré un sitio en una estación de servicio, al otro lado de la calle. Consciente de que aquélla era una misión criminal, no un ejercicio de cirugía mental, llegue a la puerta, pagué la entrada y penetré en una oscura cueva donde imperaba un estruendo de muchos decibelios.

El rasgueo eléctrico amplificado era espantoso y no tenía nada que ver con la música; la oscuridad que lo envolvía todo, menos el escenario, resultaba tranquilizadora y un aliado inesperado: como no alcanzaba a distinguir a la gente que se apretujaba en torno a unas mesas del tamaño de cajas de cerillas, no habría cuerpos atractivos que me distrajeran de mi misión. Los seis rockeros que golpeaban guitarras violentamente bajo el fulgor de las luces estroboscópicas me obligarían a buscar a Season y a Flower: su «presencia escénica» era un frenesí de largas greñas, «rastas» fluorescentes y rociadas de fluidos corporales.

Me aparté de ellos, busqué una mesa vacía y tomé asiento. Una camarera se materializó, colocó una servilleta delante de mí y dijo:

– Tres copas mínimo, tres cincuenta la copa. Si quieres bebidas alcohólicas, tengo que ver algún carnet. Si quieres salir y volver a entrar, tendré que sellarte la mano.

– Ginger ale -dije. Le di un billete de cinco y escruté la oscuridad.

Al cabo de unos segundos, distinguí la silueta de la gente sentada. Decidí fijar la vista en un punto entre las mesas del fondo, con la esperanza de ver a Season y a Flower moviéndose entre ellas en sus afanes proselitistas. Me hallaba en mi mundo de pura concentración cuando noté una mano en el brazo y escuché una susurrante voz femenina. Me pilló desprevenido y las rodillas se me dispararon hacia arriba y golpearon la mesa, derribándola. La chica que me había hablado se apartó de un salto y vi que era encantadora, con el cabello negro hasta la cintura. Sonriendo, adopté un aura de invisibilidad psíquica y hablé en un tono de pura despreocupación, puro savoir faire.

– Acabo de llegar del Continent y allí todo es más acogedor y se está más a gusto. ¿No quieres tomar una copa conmigo?

Se quedó boquiabierta y su encanto se volvió fatuo.

– ¿Qué? ¿Quieres decir que aquí no estás cómodo?

– Sólo estoy cautivado -repliqué-. ¿No quieres sentarte?

– ¿Cautivado?-insistió ella y me dirigió una mirada entre despectiva y perpleja.

Un destello errante de la luz estroboscópica magnificó su boca; la chica estaba boquiabierta y mofándose a la vez. La mofa me recorrió de arriba abajo y, mentalmente, le corté los brazos a hachazos y los arrojé en dirección a la Electric Rabbit y sus gemidos desafinados. La chica murmuró «chiflado» y luego hizo un gesto a alguien que quedaba ami espalda y dijo: «¡Season, espera!»

Mis objetivos.

La chica se abrió camino entre las mesas del fondo hacia el rótulo que indicaba la salida. Titubeé y la seguí. Cuando llegó a la puerta, se reunió con otras dos siluetas; plantado a diez metros de ellas, vi que las dos llevaban el pelo largo, pantalones de cuero y chaleco. Estaba demasiado lejos para determinar su sexo y tuve que frenar mi bisturí mental antes de rasgarles los pantalones para averiguarlo. De repente, lo que aquel par tenía entre las piernas se convirtió en lo más importante del mundo. Me dirigía hacia la puerta cuando la chica del pelo negro volvió a zambullirse en el bullicio del club y la pareja de los pantalones de cuero empujó la puerta y salió a la calle.

Los seguí.

Cruzaron Sunset con un correteo andrógino, captados por un aparato de rastreo de acero que me tenía ajeno a todo lo demás que me rodeaba. Apenas me di cuenta de que estaba cruzando entre los coches, de que sonaban las bocinas y chirriaban los neumáticos. Continué el seguimiento; mantuve activada mi visión en túnel. Cuando dejé atrás la calle y delante de mí acechaba la oscuridad residencial, un coche que daba la vuelta iluminó a mis presas. Vi que eran macho y hembra, los dos de constitución delgada; el bigote del joven era el único rasgo distintivo. Mi aparato de rastreo se desconectó y, en su lugar, se encendió un aviso de «Alerta».

Me detuve e inspiré profundamente; la pareja de los pantalones de cuero dobló la esquina y subió la escalera lateral de un edificio de apartamentos de estuco rosa cuyas puertas, situadas a lo largo de un corredor, quedaban a la vista. Season abrió la tercera desde el fondo y encendió una luz; después, indicó al hombre que entrara. Cuando cerró la puerta, la luz se apagó de inmediato. No había usado la llave para abrir; muy probablemente, tampoco la había echado después.

Esperé durante veinte minutos, dolorosamente largos. Después, subí y me acerqué a la puerta. En el fondo de mis ojos se encendió un «Alerta» de neón rojo. Pegué la oreja a la superficie de contrachapado y agucé el oído, Salvo el crepitar de la electricidad que me recorría el cuerpo, no oí nada, así que entré.

El apartamento estaba completamente a oscuras y la mullida moqueta parecía incitarme a que, despacio, me adentrara en él. Las paredes daban la impresión de abrazarme y el aire viciado resultaba acogedor. Cuando mis ojos empezaron a distinguir detalles, los muebles baratos de formica y hierro forjado no se me antojaron estériles: cobraron vida como objetos pertenecientes a una gente a la que deseaba conocer. El calor del hueco entre las cuatro paredes se instaló en mi núcleo físico, sofocando el rótulo de Alerta. Delante de mí, exactamente, vi un pasillo corto y un vano de puerta con una cortina de sartas de cuentas. Tras ella reposaba la oscuridad, pero yo sabía que ésta no me impediría ver. Avancé de puntillas hasta la última barrera que me separaba de los amantes.

Del otro lado me llegaron gemidos, risillas y grititos de placer. Aparté las cuentas y forcé la vista hasta que me dolieron los ojos, lo cual me permitió distinguir luces y sombras en unos tobillos entrelazados; cuando inspiré, reconocí el olor de la marihuana. Los ruidos amorosos se hicieron más intensos y las palabras que pude distinguir -«¡sí!», «¡dale!» y «¡ven!»- venían de voces vulgares. Aquello me consternó y un aire gélido empezó a filtrarse en mi útero sensual. Para aislarme del frío, me quedé mudo y atisbé por entre las cuentas. Vi a dos mujeres que se frotaban la una contra la otra y las chispas que producía la fricción cuando sus pezones se rozaban; vi a dos hombres, unidos entrepierna con entrepierna, cuyas extremidades entrelazadas ocultaban el punto de unión. Luego, los cuatro se fundieron en uno y me perdí intentando ver quién había allí. Entonces, agarrando con fuerza las ristras de cuentas, me corrí.

Asombrosamente, no me oyeron. Me quedé inmóvil como una roca, rodeado de calor y bombardeado por una serie de rótulos de Alerta con las letras cambiadas de orden, o ausentes. Era como si una dislexia completa intentara empujarme, de un modo u otro, a algún acto diabólico e irrevocable. Me quedé quieto, quietísimo, y entonces oí por vez primera la voz de Season.

– Sólo es el viento, que mueve las cuentas. ¿No es bonito?

– Más bien inquietante -respondió el amante.

– Es la naturaleza. -Season suspiró-. Charlie dice que, después del Helter Skelter, [1] cuando todas las grandes empresas hayan desaparecido y la tierra vuelva a ser de la gente, las cosas producidas por el hombre y la naturaleza funcionarán juntas en perfecta armonía. Lo dicen la Biblia, los Beatles y los Beach Boys, y Charlie y Dennis Wilson están haciendo un disco al respecto.

– Llevas bien metido en la cabeza a ese tal Charlie.

– Es un sabio. Es chamán y curandero, metafísico y guitarrista.

El amante emitió un bufido de mofa y Season cantó unas frases de Revolution:

– «Dices que quieres una revolución; bueno, ya se sabe, todos queremos cambiar el mundo.» [2] Charlie llama a eso el Evangelio según los santos Paul y John.

– ¡Ja! ¿Quieres oír el Evangelio según san Yo?

– Pues… Sí, claro.

– Entonces, toma nota: buena comida, buena droga, buenas vibraciones y buena jodienda. Y si alguien se entromete, carga, apunta y dispárale entre los ojos.

– Y muerte a la pasma.

– En mi caso, no; mi padre es policía. ¿Qué dice Charlie de la reanudación instantánea del juego?

– ¿A qué te refieres?

– Ven aquí y te lo explicaré.

Season soltó una risilla. Noté que la atmósfera se calentaba detrás de la cortina de cuentas y salí del útero antes de que el calor se adueñara de mí.

Aquella noche, mis sueños fueron un compendio.

Estaba sin brazos ni piernas. Me perseguía un fantasma llamado Charlie y quise ver por qué unas chicas guapas hablaban de él cuando acababan de hacer el amor con otro, por lo que me dejé atrapar y solté un grito al ver que la cara de Charlie era un espejo que reflejaba, no mi rostro, sino un collage de órganos sexuales destrozados. Walt Borchard se burló de mi grito y, acto seguido, me metió unos billetes de cien dólares en la boca para que no lo repitiera. Mi madre cogió el dinero y, con él, intentó hacerse un torniquete en los brazos cubiertos de cortes. Mi padre brindó por un hongo nuclear que se elevaba sobre el centro de L. A. Consciente de que el silencio total me salvaría, me cosí los labios con grapas de acero mate y accioné una serie de mecanismos externos que impedirían que mis sinapsis mentales chisporrotearan. Empecé a sentirme inexpugnable e intenté reír. No me salió sonido alguno y un nuevo tropel de enemigos con espejos en lugar de caras se acercó a mí, empuñando grandes llaves de metal que abrirían mi voz, mi cerebro y mi memoria.

Desperté al amanecer, con sensación de asfixia y buscando aire afanosamente. Había reventado la almohada a mordiscos y tenía la boca llena de algodón y gomaespuma. Lo escupí todo y respiré hondo; de inmediato, tuve un ataque de tos. Intenté levantar el brazo derecho para restregarme los ojos, pero no noté sensibilidad en el lado derecho del cuerpo.

«No, por favor», gemí. Mandé una orden a la pierna derecha para que diera una patada. El pie golpeó el suelo, lo cual me dijo que no me habían amputado aquella parte de mí. Los dientes me castañeaban y ordené al brazo: «Agarra, tira, rasga, sopesa, cobra vida.» Bajo la sábana hubo un ligero movimiento y mi mano se despegó de la pared de la cabecera de la cama. Tenía los dedos cubiertos de mortero y sangre y observé el agujero que mi pesadilla había excavado. Los bordes, perfectamente perfilados, atrajeron mi atención como jeroglíficos de una caverna. Los contemplé hasta que la mano recuperó la sensibilidad y me desmayé de dolor.

Pasé el día como zombi: dormí, me levanté para ir al baño y mojarme la mano, volví a dormir. El dolor de los dedos era una prueba de que yo seguía existiendo como máquina en funcionamiento y cuando desperté del todo, al atardecer, supe qué debía hacer. Después de quitarme los últimos restos de yeso de las uñas, volví en coche al útero a esperar a los cuerpos más perfectos que pudiera darme.

Aparcado junto al bordillo cerca del edificio de estuco rosa, esperé. A las 7.00, Flower y Season dejaron el apartamento y se dirigieron caminando al Strip; a las 8.19, Flower regresó en compañía de un hippie con aire de roedor. La combinación de la inanidad de la chica y la carne fláccida y colgante del roedor gritaba «no». Continué la vigilancia.

Flower y su consorte ratonil salieron a las 10.03 y se separaron en la esquina. En su recorrido de vuelta al Whiskey, la chica se cruzó con Season, que iba con un hombre de unos treinta años, delgado como un raíl de tren, e intercambiaron unas palabras. Era a Season a quien yo deseaba en mi triunvirato, pero su magro acompañante tenía un aire malévolo y destructivo. Impaciente y ansioso por el largo tránsito sin películas mentales, me quedé quieto.

Poco después de medianoche, Season y su amante dejaron el apartamento y se dirigieron al sur, alejándose del Strip. Entonces caí en la cuenta de que las chicas debían de sincronizar sus llegadas y partidas y aposté a que Flower reaparecería al cabo de diez minutos. Me dolía la mano y procuré que las palpitaciones dolorosas bajaran de intensidad concentrándome en la pregunta que había perturbado mis sueños: ¿quién era Charlie?

Como esperaba, Flower dobló la esquina apenas unos minutos más tarde. La acompañaba un tipo grande con ropas militares que se movía con una autoridad que resultaba antihippie, anticontracultura y puramente masculina. Al acercarse al edificio, se quitó la gorra y se alisó el cabello. Lo tenía de un rubio lustroso y comprendí que tenía que ser Charlie.

Mi espera dio paso a una serie de temblores, escalofríos y cosquilleos en la entrepierna. Sabiendo que a Charlie le parecería vulgar un polvo rápido y violento, aguardé a que se estableciera un ambiente precoital antes de acercarme a la puerta. Con el corazón desbocado, abrí y entré.

La habitación delantera estaba oscura como la brea y dejé la puerta entornada para que entrara cierta luminosidad; luego, fui directo hasta la cortina de cuentas. Miré a través de ella y el resplandor de la vela encuadró al hombre encima de la chica. Me toqué, pero tenía fría esa parte de mí. El corazón me iba «tumpa, tumpa, tumpa» y supe que los amantes no tardarían en oírlo. Me toqué de nuevo y esta vez no noté frío, sino nada. «Charlie», susurré; aparté la cortina y avancé hacia la cama. Una levísima brisa hizo que la vela iluminara unas piernas entrelazadas. Con una exclamación, me incliné y las toqué.

– ¡Oh, Dios!

– ¿Qué coño…?

Oí las palabras y retrocedí; se encendió una luz y las piernas que había estado acariciando me lanzaron patadas. Un instante después, Charlie empezó a envolverse en una sábana y no me quedó más remedio que huir.

Corrí a la cortina y me alcanzó un golpe en la nuca. Flower chilló: «¡El Helter Skelter se acerca!», y caí de rodillas. Luego, se encendió la luz de la habitación de la entrada y la fuerza que me agarraba del cuello me levantó del suelo. Capté una confusa panorámica de Tahití y Japón vía Pan American Airways y carteles de los Jook Savages y de Marmalade. Intenté fugarme a una película mental defensiva, pero tenía el cerebro como si me estuvieran volando la tapa de los sesos a tiros. «¡Mierda, mierda, mierda!», gritó Charlie; al momento siguiente, estábamos en el corredor exterior y la gente de los apartamentos contiguos se asomaba a la ventana. Me miraban a mí.

Mientras Charlie me retorcía el cuello, a punto de arrancarlo de su eje, lancé una patada de costado y cristales hechos añicos volaron sobre una sucesión de caras perplejas. Charlie me arrastró escalera abajo y en mis oídos resonaron gritos y unas sirenas que se acercaban. Lo último que oí antes de perder el conocimiento fue a Flower cantando un improvisado popurrí de los Beatles.

11

La caricia me costó casi un año de mi vida.

Me detuvieron y me acusaron de un delito de robo con escalo y la ganzúa del bolsillo me valió un segundo cargo, el de posesión de herramientas para cometer robo con escalo. También querían acusarme de voyeurismo, pero el abogado de oficio me dijo que el tío Walt Borchard había convencido al fiscal del distrito de que no presentara ese cargo, pues no quería que me etiquetaran de delincuente sexual. Siguiendo el consejo del fiscal, me declaré culpable en el acto de lectura de la acusación. La condena: un año en la prisión del condado de Los Ángeles y tres años de libertad vigilada. Cuando el juez me leyó la sentencia y me preguntó si tenía algo que decir, rompí la pauta de silencio/respuestas monosilábicas que había mantenido desde el momento de mi detención.

– No tengo nada que decir… todavía -respondí.

Mi «silencio práctico» entró en acción automáticamente en el momento que el sheriff me cerró las esposas en las muñecas y me enteré de que mi asaltante no era el fantasmal Charlie, sino un hombre llamado Roger Dexter. Los polis, los presos y los funcionarios con los que traté entre la detención y la sentencia esperaban laconismo y miradas perdidas, y mi conducta en la subcomisaría de Hollywood Oeste no resultó tan incongruente. Además, medía metro noventa, pesaba ochenta y cinco kilos, era huesudo y extraño, y mis compañeros del calabozo tenían peces mucho más pequeños con los que entretenerse. Nadie sabía que estaba muerto de miedo y que mi protector en la prisión era el villano de un cómic.

Los consejos de la Sombra Sigilosa aplacaron mis pesadillas, suavizaron mis recuerdos del momento en que había tocado carne y me permitieron concentrarme en sobrevivir a la condena. Nuestro diálogo era tan constante que, incluso manteniendo un silencio físico permanente, por dentro me sentía hiperverbal, y en mi campo visual aparecían avisos impresos cada vez que estaba especialmente asustado.

«Contando con la "buena conducta" y la "reducción por trabajo" de la que gozarás por ser un preso de confianza, tendrás que soportar nueve meses y medio de cárcel. Tendrás por compañeros a hombres estúpidos y violentos propensos a torturar a los más débiles que ellos.

»Por lo tanto, deberás sacar partido de tu aspecto físico sin adoptar una conducta de macho, que sólo atraería más violencia.

»Por lo tanto, deberás utilizar el silencio práctico y la invisibilidad física y "una invisibilidad protectora nueva y bien elaborada", adoptando la personalidad de los que están contigo, mezclándote con ellos hasta que seas indistinguible de tus compañeros reclusos.»

Así, mentalmente pertrechado, llegué a la «nueva» prisión del condado de L. A. a cumplir mi condena. El edificio, terminado hacía poco, era una enorme construcción angulosa de acero y cemento brillante, toda pintada de gris azulado y naranja, con largos corredores intercalados entre los calabozos y los módulos de los internos, y unas celdas de cuatro literas con estrechos pasillos en la parte delantera. Unas escaleras mecánicas conectaban los seis pisos, cada uno de los cuales equivalía en altura a un edificio de tres plantas, y los pasillos tenían la longitud de tres campos de fútbol. Los comedores eran como salas de cine y la zona de oficinas constaba de doscientos metros de puertas reforzadas. Después de diez horas de espera en el calabozo, de registros corporales, de rociadas contra los piojos y de más espera, me consignaron junto con otros cinco en una celda para cuatro donde esperaría a que me otorgasen el estatus de preso de confianza y me asignaran empleo. Después de recorrer kilómetros de cemento gris azulado/naranja mientras una acumulación de conversaciones obscenas me zumbaba en los oídos, me tumbé en el camastro que le arrebaté a un mexicano joven y rechoncho, para que las impresiones generales se asentaran. Contención era la palabra más precisa y global, y supe que la obtendría del acero y del metal que me retenía y de las mentes empobrecidas de mis carceleros y de los otros reclusos, así como del nivel de ruido en el aire que respiraba. Y también supe que, con la Sombra Sigilosa a mi lado, mi autocontención dentro de la contención sería impenetrable.

Esperé cuatro días a que me declarasen preso de confianza y entretanto aprendí la nomenclatura carcelaria y perfeccioné mis habilidades de simulación. Pasé todo el tiempo en la celda, durmiendo y escuchando los relatos hiperbolizados de proezas criminales y sexuales, conversaciones en las que sólo participaba cuando me preguntaban directamente. Empecé a notar que el aburrimiento superaba a la violencia como factor destacado en la vida carcelaria y que mi mayor peligro personal consistiría en la eventualidad de reírme en voz alta de las historias ridículas que los demás contaban sin inmutarse.

Así, cuando González, el mexicano gordo al que le había quitado la litera, empezó una conversación con su habitual «Hablamos de chocho de primera, tío», me mordí las mejillas hasta que las risas callaron; cuando Willie Grover, alias Willie Muhammed 3X, soltó su habitual «¡Mierda! Si hablas de chochos es que hablas mi idioma. He metido mi polla de veinticinco centímetros en más felpudos de los que tú hayas visto en tu vida», aplasté los dedos contra la pared de la celda para acallar las carcajadas. Los otros reclusos, dos blancos llamados Ruley y Stinson y un mexicano, Martínez, largaban tanto como González y Grover, por lo que pronto supe qué temas sexuales y criminales los inducirían a hablar.

Así, los primeros días de mi condena se convirtieron en un cursillo acelerado sobre cómo relacionarme en cautividad. Cuando me preguntaron qué «marrón» me había comido, respondí: «Robo con escalo. Desvalijaba pisos en Hollywood Oeste.» Cuando me preguntaron por la mano, que aún tenía hinchada de haber intentado salir de mis pesadillas excavando la pared con ella, respondí: «Machaqué a un tipo que me pescó en su cueva.» Todos asintieron y aquello me animó. Las miradas evaluadoras que recorrían mi cuerpo recién musculado me dijeron que ninguno de mis compinches de celda se arriesgaría a mostrar incredulidad. Mi verosimilitud criminal se sostenía.

Y mientras estaba tumbado en el camastro, fingiendo leer números atrasados de Ebony y de Jet, escuchaba y aprendía coloquialismos e información sobre la etiqueta del talego, para que mi pose de presidiario adquiriera aún mayor autenticidad.

Mi año de condena se llamaba «una bala»; el argot del comedor para la hamburguesa, los perritos calientes y la gelatina del desayuno era, respectivamente, «trenaburger», «polla de perro» y «muerte roja». Los reclusos que esperaban condena y clasificación éramos los «azules», en referencia al color del uniforme que llevábamos; un informante era un «chotas»; un homosexual era un «bujarrón» y los ayudantes del sheriff que hacían de carceleros eran los «boqueras».

Si un preso te ofrecía dulces o cigarrillos, tenías que rechazarlos inmediatamente porque lo que quería era «romperte el culo».

Si un maricón te hacía una insinuación sexual, tenías que «abuchearlo a gritos» aun cuando los «boqueras» estuvieran allí, porque «si no lo ponías marcando», te colgarían la etiqueta de «sarasa» y «te atacarían» todos los «bujarrones pasados de vueltas» ansiosos de «porculizarte».

Llama a los «boqueras» señor tal o funcionario cual, pero nunca inicies conversaciones con ellos sobre asuntos que no tengan que ver con tu «estatus de preso de confianza» y con el «curro honrado».

No te hagas amigo de los negros o te considerarán un «amparanegros» y serás objeto de ataque por parte de los «natas» (blancos), «los frijoleros» (mexicanos) y el «consejo de guerra» (blancos y mexicanos que se unían en caso de emergencia para formar un frente común contra los negros).

Y siempre, siempre, «sé un témpano» y «no aflojes».

Durante mi tercer día en la celda, recibí una carta del tío Walt Borchard. Las manos me temblaban al leerla.

16/10/69

Querido Marty:

Supongo que tu detención significa el final. No fui a verte a la subcomisaría de Los Ángeles Oeste porque el agente que llamó para decirme dónde estabas también me comunicó que te habían encontrado una herramienta de ratero, y yo no me chupo el dedo, sé sumar dos y dos. Fui yo quien intervino para que no te acusaran de abusos sexuales porque ningún chico de veintiún años tiene por qué ir por la vida como delincuente sexual a menos que haya hecho daño a alguien, lo cual, al parecer, tú no hiciste, salvo a mí.

Podrías haber hablado conmigo, ¿sabes? Muchos chicos roban unas cuantas cosas, es como una fase. Pero tú me sonsacaste información sobre los asaltos a casas y me robaste a mí. Y eso pone fin a todo.

He limpiado tu habitación y he almacenado tus cosas. He encontrado tus papeles del banco, los resguardos de los ingresos que has hecho y las llaves de la caja de seguridad. Lo guardaré hasta que salgas. No sé de dónde has sacado el dinero y no me importa lo que haya en la caja. El sheriff de Los Ángeles Oeste te ha requisado el coche; no merece la pena que intentes recuperarlo. Será mejor que lo subasten. Cuando vengas a recoger tus trastos, ve directamente a casa de la señora Lewis, apartamento número 6. No quiero volver a verte y ella tiene todo lo tuyo en un armario.

WALT BORCHARD

Al terminar, sentí que se cerraba una puerta de acero cepillado sobre una gran parte de mi vida. Otra puerta se abría, ésta adornada con los signos del dólar que yo ya había dado por perdidos.

– Se te ve feliz, colega. ¿Tu zorra ha conseguido hacerte llegar algo sexual sin que el censor lo haya visto?

– Mi tío ha espichado -respondí.

– ¿Y eso te alegra?

– Me ha dejado seis de los grandes y otras cosillas.

– Muy bien, pero ¿era pariente tuyo y te alegras?

Eché la carta a la letrina y tiré de la cadena. Luego, torcí el gesto en mi nuevo ademán de chusma blanca recién patentado.

– Era un bujarrón y se ha llevado su merecido.

En mi cuarto día en los «bloques», después de la comida de la mañana, me llegó la voz del vigilante del módulo por el sistema de megafonía.

– López, Johnson, Plunkett, Willkie y Flores, suban para la clasificación.

Se abrió la puerta de la celda, que se deslizaba con un mecanismo eléctrico, y me reuní con los otros en el pasillo. Al cabo de un momento, apareció un funcionario y nos condujo por una serie de corredores hasta un cuarto pequeño de paredes de cemento gris azulado. El único adorno de la pared era una foto del sheriff Peter J. Pitchess, con el marco de plástico, y no había ningún mueble.

Cuando el funcionario nos dejó allí encerrados y se marchó, mis compinches se lanzaron sobre la foto con unos lápices y pronto el sheriff del condado de Los Ángeles tuvo esvásticas en los extremos del cuello de la camisa, tornillos a lo Frankenstein en el gaznate y un falo gigantesco en la boca. Los cuatro gritaron de contento al ver la obra de arte, y luego una voz amplificada eléctricamente anunció: «Buenos días, caballeros. Vamos a proceder a la clasificación. Tienen sesenta segundos para limpiar al sheriff Pitchess y luego queremos que Plunkett, Flores, Johnson, Willkie y López, en este orden, se sitúen ante la puerta interior.»

El ultimátum fue recibido con abucheos.

– ¡Me estoy tirando a tu puta madre, so maricón!

– ¡El sheriff Pete está muy ocupado jugando con mi nabo!

– ¡Las pollas al poder!

Me reí de aquel ritual bilateral y luego me acerqué a la puerta interior y me planté ante ella. Dos reclusos frotaban la foto con pañuelos humedecidos con saliva. En el preciso instante en que el sheriff recuperaba la castidad, la puerta se abrió de nuevo y un funcionario uniformado señaló una hilera de cubículos.

– El último -me indicó.

Avancé hacia allí por un pasillo de color pardusco con barras de musculación de brazos empernadas a la pared.

En el último cubículo me esperaba un funcionario sentado tras un escritorio. Señaló la silla que tenía delante y, cuando me hube sentado, preguntó:

– ¿Su nombre completo es Martin Michael Plunkett?

Me pregunté qué voz debía adoptar. Transcurrieron unos segundos y decidí sonar educado, con la esperanza de conseguir trabajo en la oficina.

– Sí, señor -respondí en mi tono de voz normal.

– Primer error, Plunkett. No llame «señor» a los funcionarios cuyo nombre desconoce. Otros reclusos piensan que eso es lamer el culo.

– De acuerdo.

– Así está mejor. Déjeme comprobar sus datos. Mide metro noventa, pesa ochenta y cinco kilos y nació el cuatro de noviembre de 1948. Una condena por robo con escalo y otra por posesión de herramientas para el robo; una «bala» y tres años de libertad vigilada. Quedará libre el catorce de julio de 1970. ¿Todo correcto?

– Sí.

– Bien, pasemos ahora a las cuestiones personales. ¿Cuál es su ocupación?

– Bibliotecario.

– ¿Qué estudios tiene?

Miré los papeles que el funcionario tenía ante él y la intuición me dijo que su información era escasa.

– He hecho un postgrado de archivero.

– ¡Joder! ¿Con veintiún años ya tiene un postgrado? -El funcionario hizo tamborilear los dedos en el escritorio.

– Lo obtuve en una universidad pequeña de Oklahoma -murmuré con modestia-. Tienen unos programas de post-grado intensivos.

– Dios, un ladrón bibliotecario. Estas cosas sólo pasan en Los Ángeles. Bien, Plunkett, ¿es usted homosexual?

– No.

– ¿Diabético?

– No.

– ¿Epiléptico?

– No.

– ¿Adicto a alguna sustancia que altere la conciencia?

– No.

– ¿Toma medicación recetada por un médico?

– No.

– ¿Es alcohólico?

– No.

– Bien. Yo sí lo soy, y no es nada divertido, se lo advierto. -El funcionario se echó a reír y añadió-: Y ahora pasemos a asuntos de la zona oscura. ¿Cree que hay una conspiración contra usted?

– No.

– ¿Cree que la gente se ríe de usted a sus espaldas?

– No.

– ¿Oye voces cuando está solo?

– No.

– ¿Ve alguna vez cosas que en realidad no están?

– No. -Tuve que hacer un gran esfuerzo para no echarme a reír.

– Es un compendio de cordura, joder -declaró, desperezándose-. Ahora veamos cómo tiene el cerebro. ¿Cuánto son noventa y siete más cuarenta y uno?

– Ciento treinta y ocho -respondí sin dudar.

– Muy bien, rata de biblioteca. ¿Ciento dieciocho más setenta y cuatro?

– Ciento noventa y dos.

– ¿Doscientos ochenta y cuatro más ciento sesenta y seis?

– Cuatrocientos cincuenta, exactamente.

– Debe de haber estado robando calculadoras… ¿Cuán…?

En algún lugar de la hilera de cubículos sonaron unas risas de falsete.

– Yo también puedo jugar a las adivinanzas igual de bien en el calabozo de sarasas de la vieja cárcel del condado -gorjeó una voz aguda-. Me mandaron allí…

– Preste atención, cerebrito -dijo el funcionario, dando un golpe a la mesa-. Ése es López, que intenta que lo metan en la galería de la reina. Cree que allí estará más seguro. Muy bien, aquí va mi pelota envenenada: ¿cuánto son cuatro más cuatro?

– No lo sé -respondí con una sonrisa.

El funcionario me la devolvió, miró sus papeles y añadió:

– Una pregunta psicológica que se me ha olvidado: ¿es propenso a los sudores nocturnos o a las pesadillas?

Durante lo que pareció una eternidad de segundos fraccionados me quedé sin piernas, cautivo del recuerdo de mis sueños, que creía que la cárcel había contenido. Por fin, la Sombra Sigilosa estaba allí, susurrando: «Despacio y tranquilo.»

– No -respondí.

– Pues ahora está sudando -replicó el funcionario-, pero lo atribuiré a los nervios del novato. Última prueba: agárrese a esa barra y levántese a pulso todas las veces que pueda.

Lo obedecí, agarré la barra y me impulsé arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que estuve empapado en unos sudores diurnos que sólo podían terminar en una fatiga benévola y libre de pesadillas. Cuando mis músculos cedieron finalmente y caí al suelo, el funcionario dijo:

– Treinta y seis. Por encima de veinte se va a Descarga y Limpieza automáticamente, por lo que debo decir que se ha superado a sí mismo. Vuelva a la sala y espere; lo acompañarán al muelle de D y L.

De nuevo me encontré con los otros reclusos, que estaban embelleciendo al sheriff Pitchess con unas gafas y un bigote de Hitler:

– Oh, qué sudado estás, tío bueno. Qué guapo eres -trinó la voz aguda que había oído en los cubículos.

Noté una mano en el hombro. Me volví y vi que López me lanzaba una mirada de vampiresa, mientras los demás estudiaban mi reacción.

Me contuve. Sentí algo malsanamente dulce y repugnante justo antes de experimentar una sacudida de terror que fue como si alguien me hubiera metido un cable cargado en el cerebro. Me volví hacia los tres reclusos que me evaluaban y me acusaban con la mirada y, ante mis ojos, se convirtieron en Charlie cara de espejo.

– Me pone el sudor -susurró López.

Le pegué con la mano mala, luego con la buena, y luego seguí, mala-buena, mala-buena, mala-buena, hasta que cayó al suelo escupiendo dientes.

Iba a lanzarme a su cuello cuando los otros tres reclusos me sujetaron y el funcionario que clasificaba salió del cubículo y dijo:

– López, estúpido de mierda, mira lo que has hecho. Usted, Willie, acompañe a Plunkett al muelle de carga; Johnson, usted lleve a López a la enfermería. Plunkett, se libra del castigo porque es nuevo, pero que no se repita.

Los presos me soltaron y Willkie me dio un leve empujón hacia el pasillo. Mi visión estaba bordeada de rojo y negro, y las palpitaciones que sentía en la mano eran el único freno que me impedía estallar como una granada de metralla.

– Eres bueno -me dijo Willkie con una sonrisa.

Descarga y Limpieza.

Escuchar.

Invisibilidad protectora.

Las seis semanas siguientes de mi condena las pasé haciendo malabares con esas ocupaciones. Asignado como preso de confianza a las instalaciones de D y L, hice el trabajo más duro de todos los que hay en el sistema penitenciario de la cárcel del condado de L. A. y recibí las recompensas que conllevaba: una celda privada, tres comidas diarias del comedor de funcionarios y los fines de semana libres, con permiso para moverme a voluntad por el módulo de los presos de confianza, con pasillos lo bastante anchos para jugar a los dados, televisión, sala de juegos y una biblioteca llena de novelas del Oeste e historias gráficas sobre la Alemania nazi. Las recompensas eran dudosas pero, por extraño que parezca, el trabajo llegó a gustarme.

Cada día, a las dos de la madrugada, el boqueras del módulo nos iba despertando uno por uno. Primero abría la celda y desde golpe con una sensación de alivio. Desde que había pegado a López, dormía sin sueños, pero el temor a las pesadillas se hallaba siempre a medio paso de distancia, y un cuarto de paso detrás estaba permanentemente la certeza de que la combinación de cárcel y pesadillas sería horrible.

Después del recuento en el pasillo inferior, desayunábamos en el comedor de los funcionarios. Un dietista empleado por el condado tenía la teoría de que los tipos corpulentos que hacían turnos de doce horas de trabajo duro necesitaban una ingesta de combustible en consonancia con ello, así que nos suministraban grandes bandejas de huevos, beicon, carne empanada y patatas bañadas en una salsa nauseabunda hecha de harina, agua y cerdo salado. Mis compañeros disfrutaban con aquel menú especial y devoraban la comida con aquel «qué carajo» de despreocupación de los que han decidido morir jóvenes; yo, que no quería parecer diferente, engullía con la misma voracidad. Y cuando a las once hacíamos un alto para el almuerzo, ya volvía a tener hambre, pues el trabajo consistía en levantar, arrastrar, agacharse y empujar sin parar.

La cárcel era el punto de distribución para todos los centros penitenciarios del condado, y hasta la última pieza de ropa que entraba en la institución llegaba al muelle de D y L, desde donde se enviaba a su destino final. Nosotros hacíamos tanto la carga como la descarga, y cada saco de lavandería pesaba al menos cincuenta kilos. Aquella parte del trabajo era relativamente fácil y limpia. Luego, después del almuerzo, con los músculos ardiendo y doloridos y aletargados por las miles de calorías añadidas, llegaban los camiones del matadero.

Aquí trabajaba y escuchaba y sacaba el máximo provecho de mi invisibilidad protectora.

A los otros reclusos, manipular la carne les repugnaba, y procuraban mitigar el asco hablando sin parar entre ellos. De todos era sabido que se guardaban las mejores historias y planes criminales para las dos horas que pasábamos trajinando piezas de ternera y cerdo. Las sacábamos de los camiones y las metíamos en las cámaras frigoríficas que se encontraban a unos ciento cincuenta metros del muelle de descarga. Con el uniforme manchado de sangre, con la grasa y el cartílago resbalándome en las manos, absorbí relatos de buen sexo e hilarantes desventuras sexuales; aprendí a hacerle el puente a un coche y a procurarme una variedad de identificaciones falsas. Mientras contaban las historias, yo asentía y me reía y, como siempre me esforzaba cargando las piezas más pesadas, nadie notó que no tenía historias que contar.

Mujeres, camas y coches rápidos.

Técnicas para mangar en las tiendas.

Los precios del momento de cada droga.

Detalles pornográficos de mujeres antaño amadas y luego despreciadas.

Suspiros de añoranza por mujeres aún amadas.

Cómo aprovecharse con éxito de los homosexuales a cambio de favores.

Todo esto me llegó mientras forzaba el cuerpo hasta el límite y la sangre de los animales muertos me chorreaba por los pantalones. Sabía que las historias que oía se incorporaban a las mías hasta formar parte de mi memoria, y que debido al ritual de esfuerzo/dolor/carga/sangre/aprendizaje que me las proporcionaba, todos estos relatos me pertenecían más a mí que a los hombres que las habían vivido. Y cuando ya habíamos descargado el último camión del matadero, me quedaba un rato en el muelle, dejando que el cálido otoño de Santa Ana caldeara la pátina escarlata de mi cuerpo.

En cierto modo, Descarga y Limpieza me otorgó el cuerpo que tengo.

Mis ejercicios en el gimnasio habían sido el inicio, y así había pasado de flaco a esbelto, pero las primeras seis semanas en D y L añadieron envergadura y definición muscular, proporcionándome la simetría de un hombre corpulento. Gracias al esfuerzo de cargar constantemente bolsas de la lavandería de quince kilos, los músculos de las muñecas abultaban el doble que antes, y, cuando me agachaba para levantar pesos de setenta kilos, se me formaba una cuña de duras ondulaciones en la parte baja de la espalda. Cargar medias terneras me engrosó el pecho y me acordonó los hombros; los brazos, de tanto arrastrar, tirar y levantar, se me endurecieron hasta el punto de que una aguja no podía penetrar fácilmente en el músculo. Al cargar con los sacos de la colada, estudiaba con disimulo los otros cuerpos que trabajaban a mi lado. Todos eran fuertes, pero predominaban las tripas cerveceras y unos feos tórax en forma de barril. El mío era casi el más perfecto y, para cuando me soltaran, aún estaría mucho más cerca de la perfección.

Después del trabajo y de una larga ducha en soledad, escuchaba a los hombres que jugaban a las cartas en el pasillo y luego me retiraba a mi celda a leer los textos del libro de imágenes de los nazis. El tema no me interesaba, pero la yuxtaposición del horror gráfico y los gritos desde el pasillo me resultaban, en cierto modo, tranquilizadores. Más tarde, después de la cena y de que nos encerraran en la celda, pasaba de la observación y la invisibilidad a los rituales de afirmación.

Cuando las puertas de la celda se cerraban, me desnudaba e imaginaba un espejo de cuerpo entero enfrente de los barrotes. Me palpaba el cuerpo en busca de musculatura nueva y cotejaba mentalmente la información práctica criminal con las anécdotas sexuales que había oído. Al cabo de unos minutos, se dejaban oír otros rituales: el crujido de los muelles de las literas a cada lado de las paredes de la celda me indicaba que habían empezado las fantasías y las caricias. De allí, yo pasaba directo a las historias que se contaban cuando cargábamos carne, adoptando el papel de hombre y de mujer, alternativamente. Cuando hacía de hombre, utilizaba el nombre de Charlie. El proceso era como usurpar los recuerdos de los demás y cargarme con unas experiencias que no había tenido nunca, a fin de volverme más impenetrable por no haberlas tenido. A medida que los ruidos de los camastros se intensificaban, también lo hacían mis pasatiempos. Cuando interpretaba el papel de Charlie, siempre me corría sin tocarme, contemplando mi propia imagen especular en la negrura.

El 2 de diciembre, descubrí quién era Charlie y mi autocontención saltó por los aires, hecha pedazos.

Los titulares del Times y del Examiner pregonaban la noticia: Charles Manson y cuatro miembros de su «familia» habían sido arrestados y acusados de los asesinatos de Tate-LaBianca. Manson, conocido por sus seguidores como «Charlie», dirigía una «comuna hippie» en el rancho Spahn, un plató de cine casi abandonado del Valle, y presidía orgías nocturnas de droga y sexo. Las declaraciones que habían hecho las tres integrantes femeninas del «escuadrón de la muerte» de Manson indicaban que habían perpetrado los asesinatos porque deseaban crear alarma social, una revuelta que finalmente llevaría al Juicio Final, lo que Charlie denominaba el «Helter Skelter».

Estaba tomándome un respiro en el muelle de la lavandería cuando leí esos primeros artículos y, al ver los recuerdos de mi pasado reciente en los titulares de la prensa, temblé de pies a cabeza. Vi a los dos payasos del restaurante y oí que uno de ellos decía: «Ésas hacen proselitismo para ese gurú, Charlie, y dicen que lo que ganan follando es para "La Familia". Y deberías ver el rancho donde viven; es una pasada»; Flower gritaba: «¡El Helter Skelter se acerca!»; y Season describía como «un sabio, un chamán, un sanador y un metafísico» al hombre que el Examiner calificaba de «manipulador ex presidiario de oscuros ojos hipnóticos».

– ¡Vuelve al trabajo, Plunkett! -gritó el boqueras de D y L.

Después de leer el último párrafo, que prometía fotos del «salvador de culto satánico» en la siguiente edición, obedecí. Esa tarde, mientras descargaba la carne del matadero, era incapaz de asimilar las anécdotas que contaban los compañeros y mi cuerpo se revolvía con un único pensamiento: Charlie Manson tenía los ojos oscuros, como yo. Dada aquella coincidencia, ¿el parecido aumentaría o se desmoronaría?

La edición nocturna del Times de Los Ángeles me daba la respuesta. Charles Manson era un tipo pusilánime de treinta y cuatro años y poco más de metro y medio; de cuerpo fláccido y pecho hundido; con una barba enmarañada y el cabello largo de aspecto grasiento. Al estudiar sus fotos, me sentí aliviado y decepcionado, y no comprendí el motivo de aquella ambivalencia. El artículo sobre el historial de Manson sólo aclaraba ligeramente mis sentimientos: era un ex presidiario que había cumplido varias condenas por proxenetismo, falsificación, posesión de drogas y robo de vehículos. Se había pasado media vida en distintas prisiones. Aquello no me inspiró más que desprecio: un recorrido por las cárceles, aprovechado para aprender las habilidades de la vida al margen de la sociedad, podía considerarse aceptable; varios, indicaba una institucionalización autodestructiva. Empecé a preguntarme adónde me llevaría aquel hombre.

Durante una semana, me llevó a una montaña rusa de frustración y análisis de mí mismo.

Manson se convirtió en el tema de conversación principal de la cárcel y los presos de confianza de D y L tenían opiniones diversas. Unos lo consideraban «un psicópata total», mientras que otros admiraban su dominio sobre las mujeres y su estilo de vida de drogas y violencia. Yo permanecía al margen de las discusiones y los escuchaba, sobre todo, por lo que decían de los adeptos, pero intentaba limitar mi consumo de Manson a los hechos que podía entresacar de la prensa. Dejando aparte las expresiones de indignación que plagaban cualquier artículo sobre Charlie y su Familia, compuse un tratado que parecía sensato en cuanto a los hechos se refería.

Charlie era un manipulador curtido en la calle que atraía a jóvenes extraviados, un gorrero de droga versado en el rock and roll, la ciencia ficción, el pensamiento religioso y la plétora de movimientos sociales a los que eran susceptibles los jóvenes manipulables y, obviamente, había desarrollado su propio ethos a partir de ellos, un ethos que seducía a los desarraigados. Todo esto era impresionante.

Sin embargo, como criminal era un auténtico desastre y había confiado en gente que al final lo había delatado.

Y sin embargo también, cuando lo entrevistaban, parecía un propagandista descuidado y psicótico.

Pese a ello, había creado un feudo que giraba en torno a sus fantasías sexuales más extremas; pese a ello, otros habían asesinado siguiendo sus órdenes; y pese a ello tenía el poder de usurpar mis rituales nocturnos ante el espejo, transformándolos en torturantes sesiones de preguntas y respuestas.

«¿Había alguna oscura razón cósmica para que tu camino se cruzara con el de este hombre?

»Su potencia sexual tuvo como resultado tu cópula abortada y que tengas que pasar un año en la cárcel. ¿Significa esto algo terrible?

»Física e intelectualmente, serías capaz de partirlo como si fuera una ramita, pero él está en la portada de la revista Life, mientras que tú cargas sacos de ropa sucia y eres un don nadie en el mundo del delito. ¿Es un presagio de tu futuro?»

Sabía que esas preguntas no tenían respuestas y ello se debía a mi sentimiento básico de impotencia. Machaqué aquel argumento lo mejor que pude, excluyendo todos los pensamientos en los que apareciéramos Charlie y yo como gemelos simbióticos en celebridad y fracaso: para ello cargaba bultos cada vez más pesados en el muelle y después hacía horas de gimnasia en la celda, creando mi propio mundo de primacía física y agotamiento. Pero la estratagema siempre se veía frustrada por los titulares sobre Manson, los reportajes sobre Manson, las habladurías y las especulaciones sobre Manson. Los presos de confianza hablaban de Charlie en el muelle y yo casi perdía los estribos. En un documental televisivo sobre la Familia habían incluido entrevistas con Season y Flower, y me entraron ganas de arrancar el aparato del pasillo. Después, cuando se completaron los procedimientos del gran jurado y le hubieron leído el acta de acusación, lo trasladaron al módulo de Alta Tensión de la nueva cárcel del condado y estuvimos bajo el mismo techo.

Yo sabía que convergíamos: el destino estaba urdiendo una cita y sólo tenía que seguir el rumbo que nos marcaba para que el mismísimo hombre del espejo respondiera a mis preguntas. Así, levanté cargas enormes en el muelle, sabiendo que el miedo y la duda me impulsaban y, después del trabajo, me tumbaba en el camastro, temeroso de que el cuerpo que estaba consiguiendo arruinara mi invisibilidad psíquica, de que el resto de la vida me considerasen un cagadero donde otros hombres se ponían a prueba. Empecé a percibir mi situación como un dilema entre visibilidad o invisibilidad, entre una presencia llamativa o el poder sutil del anonimato. Las ventajas y los inconvenientes eran parejos en ambos lados y se volvían aún más convincentes ante la certeza de que mi destino era único, distinto y audaz. Aunque nunca había creído en Dios, empecé a rezarle cada noche; le rogaba que me llevara a Charlie, para ver sus ojos oscuros y saber qué presagiaban para los míos.

El camino hacia Manson empezó un lluvioso miércoles por la mañana, cuando hacía una semana que lo habían trasladado a Alta Tensión. Yo cargaba cartones de comida enlatada desde el muelle a un tinglado cubierto cuando oí: «¡Agárrala, sobrao!», y una caja de lechugas me dio en plena espalda. El golpe me aturdió y caí de rodillas. Oí gritos de: «¡Hijo de puta!» y «¡Vamos, musculitos!». Mientras intentaba incorporarme, me llegó un eco distante del picadero de Flower y Season: «Carga, apunta y dispárale entre los ojos.»

De estar de rodillas, pasé a adoptar la posición de salida de un velocista, me impulsé hacia delante y corrí directo contra mis acusadores. Sorprendidos, los hombres no hicieron amago de apartarse. Caí sobre ellos como un mazo y, cuando vi un bíceps flácido directamente delante de mis ojos, lo mordí y me tragué el pequeño fragmento de carne que logré arrancarle.

El grupo se dispersó y mi propio impulso me llevó de nuevo al suelo. Me levanté y me volví en redondo. Los hombretones me miraban con expresión de asombro, paralizados por la sorpresa. Mantuve la actitud y escuché lo que decían entre susurros: «Joder, me ha mordido», «… maldito Drácula», «¡A mí no, tío!». Entonces, se acercó el boqueras de D y L. Después de haber dejado clara mi postura, dejé que me esposara y que me llevara a la celda.

Me castigaron a cinco días de aislamiento en el módulo de Corrección, que se componía de una hilera de celdas individuales sin litera. Sólo había un cubo para orinar y defecar. No se permitía tener lectura y la alimentación consistía en seis rebanadas de pan y tres vasos de agua al día. Si los carceleros consideraban que aquellas espartanas instalaciones me resultarían penosas, se equivocaban; la disminución de calorías ingeridas purgó mi cuerpo y el oscuro chabolo de tres por dos metros fue el hábitat perfecto para el perfecto vacío mental que adopté durante mi estancia allí. Cuando abrieron la puerta de la celda y me llevaron a mi nueva «casa» -el módulo de custodia de los presos de confianza- me sentí tranquilo y relajado. Me asignaron una celda en la que había otros tres presos y me dijeron cuál sería mi trabajo: barrer los corredores de la cárcel una y otra vez diez horas al día, seis días a la semana. Yo sólo tenía una pregunta.

– ¿Alguna vez tendré que pasar la escoba al módulo de Alta Tensión?

– Tarde o temprano -me respondió el carcelero.

Fue en algún momento entre el tarde y el temprano: cientos de horas indeterminadas y miles de corredores y pasillos en lo que me parecieron millones de kilómetros tirando de la escoba, siempre con la mente en blanco, conteniendo las preguntas del hombre espejo, que siempre parecían dispuestas a precipitarse en pocos segundos. Ni siquiera recuerdo qué día fue pero, cuando el carcelero de los presos de confianza custodiados dijo «Plunkett, a Alta Tensión», cogí la escoba y el cubo de la basura y fui hacia allí con el piloto automático, deteniéndome sólo a leer el registro de los reclusos en la parte frontal del módulo.

Y allí estaba, en blanco y negro: Manson, Charles, celda A-11, y el número del artículo del Código Penal de California correspondiente a homicidio en primer grado: CP 187, junto a su nombre, en rojo.

El boqueras abrió la puerta, me adentré en la pasarela de las celdas A y la estudié. Eran celdas de seguridad individuales, angostas y con barrotes. No se oía ruido en ninguna de ellas. Conté once y marqué mentalmente el lugar. Luego, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, barrí el pasillo, me volví hacia los barrotes de la A-11 y dije:

– Hola, Charlie.

La oscuridad parecía pulsar en el interior de la celda y, por unos instantes, pensé que el hombre espejo se había ido. Me disponía a agarrarme a los barrotes y forzar los ojos para ver el interior, cuando una suave voz de tenor cantó:

– «Me dices que es la institución, bueno, ¿sabes?, es mejor que antes liberes tu mente.» [3] -Se produjo una pausa y luego la voz añadió-: Yo te veo, pero tú no me ves. ¿Crees en el mensaje de esa canción, enchufado?

Apoyé la escoba contra los barrotes y entorné los párpados para ver dentro de la celda, pero lo único que intuí fue un bulto en el camastro.

– Sí, y lo supe mucho antes que los Beatles.

– Eso es lo que tú crees -se burló Charles Manson-. Los santos John y Paul lo sacaron de mí y tú lo sacaste de ellos. Causa y efecto. El karma que nos pasa factura. Ahora estamos los dos aquí. ¿Te mola la energía?

– Es una interpretación conveniente -me burlé a mi vez-. Háblame del Helter Skelter.

– Escucha el Álbum Blanco de los Beatles y lee la Biblia. Ahí está todo.

El bulto del catre cobró forma. Charlie me pareció viejo y frágil.

– Háblame del Helter Skelter -insistí.

Manson se echó a reír. Fue un sonido líquido, como si el Satán hippie estuviera babeando.

– Tú, yo, los parias de Dios en Harleys y en buguis del desierto. Los negros que se rebelan. La Tierra que vuelve a mí.

– ¿En tu celda acolchada?

– Hombre de poca fe -replicó, esta vez con un seco cloqueo-. Si conocieras el mensaje de los Beatles, no estarías aquí.

– Pues tú también estás.

– Es mi karma, enchufado. Es mi energía que me dirige hacia la gente que más necesita escuchar mi mensaje.

En la parte más profunda de mi bóveda de preguntas y respuestas se formó un interrogante y, antes de que pudiera volver al toma y daca verbal, formulé la pregunta:

– ¿Cómo es matar a alguien?

Manson se puso en pie y se acercó a los barrotes. Vi que no me llegaba a los hombros y que sus «hipnóticos» ojos oscuros tenían el brillo de un psicópata pasado de vueltas. Me habría gustado arrancárselos y pisarlos en el pasillo hasta hacerlos puré.

– Yo no he matado a nadie -dijo Charlie-. Soy el chivo expiatorio del poder.

– ¿De la «institución»?

– Exacto.

– Entonces, utiliza la mente para escapar de aquí.

– La cárcel es mi karma -replicó Manson con una carcajada-. Enseñar a esos presidiarios paletos y cínicos es mi energía. Dime, descreído, ¿qué sabes?

Me agaché para que mis ojos y los de aquel diminuto Satán estuvieran al mismo nivel. La Sombra Sigilosa saltó a mi mente haciendo movimientos pantomímicos que significaban APROVECHA ESTA OPORTUNIDAD. Con la voz más depuradamente fría que jamás hubiera adoptado, respondí:

– Sé que hay gente que mata y se lleva lo que quiere y nunca la detienen; y si la detienen, no justifica su fracaso con palabrería mística para seguir siendo grande y no echa la culpa a la sociedad porque reconoce el libre albedrío. Y sé que hay gente que mata con sus propias manos, que no manda a hippies colocadas a hacer lo que ellos no se atreven. Sé que la verdadera libertad es cuando lo haces todo tú mismo y está tan bien que no necesitas contárselo a nadie.

– Cerdo -bufó Charlie y me escupió en la cara. Dejé que el escupitajo se asentara, pasmado ante mi elocuencia, que parecía brotar por propia voluntad desde la nada profunda, como si aquella declaración, no las respuestas de Manson a mis preguntas, fuera lo que yo estaba esperando con la mente en blanco durante las últimas semanas.

Al ver que yo me quedaba inmóvil y que la saliva me bajaba por la barbilla en un reguero, Charlie se puso a cantar:

– «Hey Jude, no lo estropees, deja que el Helter Skelter lo mejore. Recuerda, haz salir de tu mente a la pasma…» [4]

La Sombra Sigilosa interrumpió la música superponiendo CÁSTRALO sobre la frente de Charlie. Recurrí a una profunda corriente de frialdad y dije:

– Me tiré a Flower y Season en tu casa del Strip. Eran unas putas de pacotilla y hacer proselitismo se les daba aún peor. Además, se reían de tu polla de grillo diciendo que no medía ni dos centímetros.

Manson se lanzó contra los barrotes y empezó a vociferar. Yo cogí la escoba y seguí barriendo el pasillo. 0 palmadas en la galería superior y alcé los ojos. Un grupo de boqueras aplaudía mi actuación.

Durante las semanas siguientes me embargó un agradable peso. Supe que procedía de mis confrontaciones con los presos del muelle de carga y con aquel Satán de tres al cuarto, y noté que recuperaba la vieja invisibilidad. Mi obsesión por el culto al cuerpo empezó a parecerme vacua; pasar películas mentales se volvía aburrido ante el simple análisis de lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Seguí durmiendo sin sufrir pesadillas y, a medida que se acercaba el día de mi liberación, empecé a tener ganas de tratar con agentes de la libertad vigilada, empleadores y conocidos de la jornada laboral. En el fogón trasero de mi mente empezó a bullir una idea potente: podía vivir de manera anónima y barata, sin pesadillas ni impulsos peligrosos, y poseer mi propio poder hipnótico.

El poder de Charles Manson sobre mí disminuyó y se apagó hasta que su fama en la cárcel no fue más que una pequeña molestia, como el revolotear de un mosquito que escapa hábilmente al manotazo. La elocuencia de mi ataque contra él también se desvaneció hasta que, tres semanas antes de que me dieran la bola, afloró mi postgrado ficticio y me destinaron a la biblioteca con una tarea específica: ordenar cronológicamente cuarenta cajas grandes de revistas donadas recientemente al sistema penitenciario del condado de L. A.

Las cajas contenían ejemplares de Time, Life y Newsweek que se remontaban a los años cuarenta. Me dejaron solo con ellas en una bodega de almacenamiento durante ocho horas al día, con una bolsa de emparedados, un termo de café y una navaja del ejército suizo para cortar el cartón y el cordel. El trabajo me resultó sencillo y metódico hasta que encontré una serie de números recientes con artículos sobre Charlie el satánico y leí prosa no hiperbólica que lo calificaba de asombroso.

Dejé aquellos números de lado, indignado por el hecho de que unos periodistas bien pagados se dejaran engañar por un charlatán pseudomístico. Con la prosa sobre Manson amontonada en un rincón mohoso de la bodega, abandoné mi trabajo de clasificación durante cinco días seguidos, dedicando las horas laborables a leer en las revistas antiguas las crónicas de unos asesinos estúpidos que habían sido detenidos, condenados y aplastados como insectos. Leí sólo los reportajes sobre los homicidios de la zona de L. A. y, cuando reconocía los nombres de las calles y las ubicaciones, sentía que la patología autodestructiva de los asesinos entraba en mí y se convertía en absoluto desdén por el éxito y la fama. Luego, cuando mi historia de violencia fatua retrocedió hasta 1941, saqué la navaja.

Juanita Spinelli, alias «la Duquesa», cabecilla de una banda armada, colgada en San Quintín el 21/11/41. Navajazo. Navajazo. Otto Stephen Wilson, que degolló a tres mujeres, ejecutado en la cámara de gas de San Quintín el 18/10/46; navajazo, navajazo, navajazo. Uno por cada víctima. Jack Santo, Emmett Perkins y Barbara Graham, inmortalizada en la película Quiero vivir, pero frita en la silla eléctrica por sus robos con asesinatos el 3/6/55; navajazos múltiples. Donald Keith Bashor, ratero y asesino que actuaba con un bastón como arma al este de mi antiguo barrio, ejecutado el 14/10/57; navajazo, corte profundo, desgarro, por haber sido tan tonto tan cerca de mí. Harvey Murray Glatman, el técnico de televisores sádico que se cargó a tres mujeres después de fotografiarlas atadas y amordazadas, liquidado por el estado el 18/8/59; navajazos de desdén por sus gimoteos camino de la cámara de gas. Stephen Nash, el desdentado vagabundo que se autoproclamaba el rey de los asesinos, eliminado una semana después de Glatman, el 25/8/59; apenas un navajazo suave por haber escupido al capellán y haber inhalado el gas cianhídrico con una sonrisa. Elizabeth Duncan, que contrató a los indigentes alcohólicos Augustine Maldonado y Luis Moya para que mataran a la esposa de su hijo, lo cual les valió a los tres el viaje a la cámara de gas de San Quintín el 11/5/62, muchas páginas acuchilladas por la ebriedad y la falta de profesionalidad del trabajo.

Y así sucesivamente, hasta llegar a Charlie Manson, cuyo destino aún no estaba decidido pero quedaba reducido a dos opciones, la cámara de gas o la celda acolchada de Atascadero: navajazo, corte profundo, desgarro y meada en su cara sonriente de la portada del Newsweek.

Cuando el montón de papel quedó reducido a confeti, lo escondí tras unas cajas de leche abandonadas y pensé en lo dulce y tranquila que sería mi vida anónima.

12

Durante los cuatro años siguientes, me metamorfoseé en objeto,

Me convertí en archivo de imágenes, en banco de memoria. Básicamente, 1970-1974 se tornó mi período de interpretación del escenario humano que me rodeaba, pero sin fantasear con él ni convertirlo en variaciones sexualmente gratificantes. Hoy sé que aquella contención infernalmente astringente fue lo que al final me condujo a estallar.

Me soltaron de la cárcel el 14 de julio de 1970 y de inmediato me dirigí a casa del tío Walt Borchard a recoger el talonario y las llaves de la caja de seguridad. La mujer a la que Borchard había dejado mis pertenencias intentó darme también un gran fardo con mi vieja ropa, pero ésta llevaba impregnado el olor de la derrota y la rechacé.

Con los intereses, mi cuenta de ahorro arrojaba un saldo de 6.318,59 dólares y el botín de las cajas de seguridad seguía intacto. Retiré tres mil dólares en metálico y el contenido de las tres cajas. Estaba a un tiro de piedra del Boulevard, muy cerca del apartamento de Cosmo Veitch, a quien vendí todo mi botín de relojes, joyas y tarjetas de crédito por mil quinientos pavos. Al salir, un paseo aún más breve me llevó a un concesionario Ford de Cahuenga, donde anunciaban una «Venta por Liquidación de Existencias» de furgonetas usadas. Me quedé una Econoline del 68, de color gris acero; pagué 3.200 en metálico y conduje hacia L. A. Oeste para buscar un lugar seguro e inocuo donde vivir.

Encontré un apartamento en una calle tranquila al sur de Westwood Village y pagué seis meses de alquiler por adelantado. La mayoría de los vecinos era gente mayor y mi piso de tres habitaciones estaba bien, pintado de un sosegado gris muy similar al de la furgoneta. Lo único que quedaba por hacer en mi regreso a la sociedad era presentarme a un agente de la condicional y buscar trabajo.

Mi A. C. era una mujer llamada Elizabeth Trent. Era elegantemente liberal y derrochó empatía instantánea mientras exponía los términos de la libertad vigilada: no robar, no mezclarse con delincuentes, no tomar drogas, conservar trabajo estable y presentarse ante ella una vez al mes. Aparte de eso, me habló de «divertirme», de «acumular buen karma» y de que la llamara «si necesitas algo». Cuando salía de su despacho tras nuestra primera entrevista, clasifiqué a la mujer como una posthippie con problemas sentimentales, alguien que se entrometía en los asuntos de otros con buena intención para aligerar su propio torbellino personal. La libertad vigilada resultaría sencilla.

Lo del empleo fue aún más fácil que mi hora mensual de portarme bien con Liz Trent. Desde el año 1970 hasta 1974 desempeñé una serie de trabajos humildes escogidos según un criterio: su capacidad para mantenerme mentalmente ocupado y alerta, sin adornos fantasiosos. Fui, sucesivamente:

Repartidor de Pizza Supreme, en un territorio que cubría una zona de Hollywood Oeste habitada mayormente por artistas sin trabajo, escritores y actores, que se hacían llevar pizza y cerveza las veinticuatro horas del día. Encargado de noche de una librería pornográfica situada ante el notorio Hollywood Ranch Market, que abría hasta el amanecer. Friegaplatos en un bar/restaurante para solteros, en Manhattan Beach. Empaquetador en una casa de venta por catálogo especializada en artículos para bondage.

Todos estos empleos me permitían observar vidas a las que pillaba desprevenidas en pequeños momentos de flujo. Cuando trabajaba de repartidor, más de un cliente -de ambos sexos-me abría la puerta en pelotas; en ocasiones, alguno sin dinero se ofrecía a sí mismo a cambio de la pizza. El tiempo que estuve en Villa Porno fue un curso de doctorado sobre los mecanismos del sentimiento de culpa sexual y del desprecio hacia uno mismo: los hombres que compraban libros de felpudos y de folla-y-chupa eran lamentables ejemplos negativos de la fuerza que se obtiene mediante la abstinencia total.

El Big Daddy's Disco era como Objetivo indiscreto, pero en versión X y tragicómica. El jefe de cocina había abierto en la pared un agujero que daba al baño de señoras y, cuando uno levantaba el calendario de Playboy que lo tapaba, tenía una visión bizca del espejo de maquillarse y de un retrete. Todo el personal de cocina se turnaba entre malévolas risillas para espiar, aunque yo siempre esperaba a que todos se fueran a casa, a la una, y me quedaba solo para terminar la limpieza. Entonces observaba y escuchaba; veía a una sucesión de mujeres jóvenes que se estremecían de placer ante la perspectiva de la cita que las aguardaba, o que lloraban ante el espejo tras una larga noche de rechazos junto a la barra. Las mujeres hablaban de hombres en términos explícitos y recogí su léxico estilizado; esnifaban cocaína para infundirse valor y luego suavizaban con maquillaje la excesiva dureza facial que ésta producía. Con un ojo aplicado al agujero, me convertí en cronista mental de la desesperación a pequeña escala y fue como apisonar mi autocontrol con un martillo de terciopelo.

Yo era un objeto que asimilaba e interpretaba, y codicié el tacto de otros objetos bruñidos. Atendiendo de nuevo a la Sombra Sigilosa y a mi juventud, llené el apartamento de acero mate: sacapuntas y perfiles metálicos y cuchillería de cocina y navajas del ejército suizo de hojas brillantes que yo mismo froté con lana de acero industrial. Con el paso de los años, mi colección de navajas creció hasta que tuve el catálogo completo del ejército suizo montado en la pared del salón, en ángulos que yo cambiaba a voluntad. Después, empecé a interesarme por las armas de fuego.

Pero lo que deseaba eran armas cortas y, como delincuente condenado que era, la ley me prohibía poseerlas. Además, eran caras -sobre todo si se adquirían ilegalmente-, y la idea de violar mi preciada invisibilidad para procurármelas me resultaba aterradora: una posible apostasía que me devolvería, lo sabía, a todos mis viejos impulsos peligrosos.

Cuando me dio el enamoramiento con las armas, acababa de entrar a trabajar en Leather & Lace, la casa de venta por catálogo de artículos de sadomaso. Mi trabajo consistía en abrir los sobres que llegaban con cheques y pedidos de látigos, cadenas, collares de perro, consoladores, equipo de mazmorra y demás, preparar los pedidos mientras se comprobaba el cheque, y embalarlos cuando los de contabilidad daban el visto bueno. La sala de envíos estaba hasta los topes de productos perversos fabricados en Tijuana, la mayoría de ellos elaborados con cuero negro barato y aleaciones metálicas de baja calidad. Los feos objetos me miraban con ira todo el día y, para mantener a raya las fantasías, puse a trabajar mi mente en la tarea de convertirlas en algo útil. No se me ocurrían ideas y consumía mi tiempo libre leyendo catálogos de armas. La avidez que sentía cuando hojeaba fotografías en papel cuché de los Colt y Smith & Wesson y Rugers era terrible, agravada por el hecho de que aquellos chiflados sexuales enviaran constantemente en los sobres -lo delataba el peso de las monedas- dinero en metálico. Podía quedarme con aquel dinero y el robo se atribuiría a Correos; podía obtener una identidad falsa de fuentes criminales y usar el dinero sustraído para comprar un buen Magnum o una automática del 45.0 también podía robar más dinero y comprar un arma en la calle. Cuanto más pensaba en ello, más alicientes le encontraba… y más miedo me inspiraba.

Así que no hice nada, y la nada me correspondió. Se vengó de mí.

Allá donde iba, me observaban objetos feos. Cuando salía de noche a dar largos paseos, los cubos de basura metálicos gritaban: «¡Cobarde!», y los rótulos de neón destellaban con los números de los artículos del código penal de delitos tentadores. Era como si de pronto la zona de mi cerebro más reprimida hubiera desarrollado la capacidad de pasar películas sin mi consentimiento.

Así que seguí sin hacer nada, y la nada siguió correspondiéndome. Vengándose de mí.

Conservé el empleo en Leather & Lace y resistí el deseo de fantasear y de robar el dinero que llegaba. En marzo de 1974 terminé la libertad condicional y Liz Trent me soltó con un consejo: «Encuentra algo que te guste y dedícate a hacerlo lo mejor posible.» Aquellas palabras me proporcionaron un «algo» temporal que enseguida fracasó.

Al día siguiente, estaba preparando pedidos cuando me fijé en el tubo del objeto número 114 del catálogo de la tienda, el «Asiento del Amor Anal de Anita». Vi que el diámetro era ligeramente mayor que el de la boca de un S &W Magnum que me gustaba especialmente y recordé una leyenda carcelaria sobre la confección de silenciadores caseros. Consciente de que aquél era un antídoto casi legal a la nada, compré las herramientas necesarias y lo hice «lo mejor posible».

Una sierra para cortar metales, un ovillo de fibra metálica empleada en aislamiento de acondicionadores de aire, un roscador de tubo metálico y un pedazo de tubo de hierro de menor calibre se sumaron a veinte centímetros de «Anal de Anita» en mi sala de estar y puse manos a la obra con mis navajas del ejército suizo. Primero serré, corté y monté las piezas; después, con la guía de un Magnum de juguete «réplica exacta», marqué los filetes para enroscar el artefacto a la boca del cañón. Cuando vi que quedaba bien encajado, llené el tubo con hebras de la fibra metálica y, finalmente, introduje el trozo de tubo estrecho justo en el centro. El ánima, calculé, dejaría pasar una 357 de punta hueca y sobraría medio milímetro, por lo que el proyectil viajaría hacia su objetivo dando tumbos. Completado el trabajo básico, puse el silenciador en el suelo y golpeé con un martillo el extremo del tubo, aplastándolo en torno al ánima hasta que sólo sobresalió un pequeño agujero.

Se convirtió en el objeto más hermoso que había visto en toda mi vida.

Pero con aquel «algo» detrás de mí, la «nada» me golpeó más y más fuerte, recordándome que el silenciador, sin el Magnum, no era más que un pisapapeles. Lo llevaba conmigo como talismán en mis paseos de madrugada y ahora, si los cubos de basura me miraban mal, les daba una patada, y si los coches aparcados me ofendían con sus colores chillones, usaba el silenciador para grabarles S. S. en la chapa. Era rebeldía inexperta y rabia hueca, pero sostener aquel pedazo de metal barato trabajado a mano era lo único que impedía que el alucinógeno 187 del Código Penal me devorara.

Llegué a creer que un cambio de escenario mejoraría las cosas. La propia familiaridad con L. A. era peligrosa y, si podía escapar de su telaraña de nostalgia y tentación autodestructiva, estaría a salvo. Vivir en otra ciudad me infundiría cautela y acallaría las fantasías delictivas que intentaban destruirme. Tomé la decisión de marcharme y establecí una estricta fecha límite para hacerlo, al cabo de tres semanas: sería el 12 de abril, el día siguiente de mi vigésimo sexto cumpleaños.

El tiempo transcurrió deprisa. Dejé el empleo, liquidé la cuenta del banco y cargué en la furgoneta mi ropa, los artículos de aseo y el talismán/silenciador. Dejé atrás mis demás objetos de acero para simbolizar la ruptura de los viejos lazos. La pérdida de las navajas me apenó y me animó al mismo tiempo: sabía que era un sacrificio consciente, dirigido a evitar una catástrofe.

La noche de mi cumpleaños, di un paseo de despedida por el barrio. No encontré objetos que me miraran mal, ni centellearon ante mis ojos números extraños; sólo me asaltaron los truenos y la lluvia, que me caló hasta los huesos. Busqué un sitio para refugiarme y distinguí el rótulo de neón de la fachada del cine Nuart: «Salvemos las focas.»

Corrí hasta allí. El vestíbulo estaba desierto y me encaminé a los aseos de caballeros en busca de unas toallas de papel. Ya tenía la mano en la puerta cuando capté un sonido agudo y apremiante procedente del propio local. Me olvidé de secarme y me encaminé directamente hacia el lugar de donde procedía.

En la pantalla estaban apaleando a unas focas hasta darles muerte. Lo que había oído momentos antes eran sus gritos, acompañados por los sollozos de los espectadores. El sonido era conmovedor, pero las imágenes resultaban repulsivas y patéticas, por lo que cerré los ojos. La ausencia de luz me trajo el sabor de la sangre, la sangre de todos los que alguna vez había deseado. Pronto, yo también estuve sollozando, y el sabor se intensificó hasta que una música reemplazó los gimoteos. Abrí los ojos cuando la gente desalojaba ya el cine y, al pasar delante de mí, me dedicaba miradas de comprensión y conmiseración. Me daban palmaditas en los hombros y me tocaban las manos… como si yo fuese uno de ellos. Nadie se daba cuenta de que el origen de mis lágrimas era la alegría.

II. San Francisco

13

La ciudad que elegí fue San Francisco y la única razón que me movió a ello fue que su topografía era antitética a la de L. A. Las colinas urbanizadas en terrazas y las casas victorianas no vibrarían con mensajes ocultos de mi pasado, y la relativa falta de neones significaría una disminución de las alucinaciones del código penal. Los Ángeles me había formado, poseído y expulsado; San Francisco representaba la oportunidad de anular mi historia personal y de forjar nuevos impulsos en un entorno sin recuerdos.

Así, con el mero recorrido de setecientos kilómetros, pasé de unos indicadores de mi destino cada vez más lúcidos a una amnesia facilitada por la novedad que supuso San Francisco. Alquilé un apartamento en la calle Veintiséis con Geary, en el distrito de Richmond, y me pulí el grueso de los ahorros decorándolo con unos inocuos muebles que no eran de acero y unos cuadros de láminas bucólicas.

Las exigencias de comportarme como las así llamadas «personas normales» me resultaron tenuemente satisfactorias y empecé a pensar que podría desempeñar aquel papel durante mucho, mucho tiempo.

Antes de ponerme a trabajar, decidí darme una semana para explorar la ciudad. Era evidente que se trataba de un lugar extravagante, con solera y bonito; las personas que veía por la calle parecían dotadas de una gracia especial y, por lo general, eran mucho más atractivas que los habitantes de L. A.; había una mayor diversidad étnica y buena parte de las mujeres eran rubias que estaban para parar un tren.

Sin embargo, yo no me paré por ellas; un peso invisible me mantenía el pie pegado al acelerador cuando aparecían aquellos bonitos recuerdos de mi pasado y ello era una prueba contundente de que mi amnesia benigna se mantenía. Otras señales -sueños colmados de colores pastel, tranquilos paseos nocturnos, la pérdida de mi obsesión por las armas- equivalían a la mágica y sencilla palabra «felicidad».

Y la felicidad continua requería dinero. Mi semana de tranquilidad había consumido todos mis fondos, menos doscientos dólares, y necesitaba reponer rápidamente la paga semanal. Mi octava mañana en San Francisco, saqué las Páginas Amarillas y busqué agencias de empleo que ofrecieran trabajos temporales. Encontré media docena, todas en el mismo edificio de South Mission. Me dirigí hacia allí nervioso, impaciente por grabar otra muesca en mi serenidad.

Era un bloque de los barrios bajos, de esos que en Los Ángeles siempre me deprimían; aquí, sin embargo, su aire andrajoso casi me resultaba encantador y, mientras cerraba la furgoneta y consultaba mi lista de agencias, experimenté la sensación de pertenecer a ese lugar. Impulsado por este efecto, empujé una puerta con el rótulo Mighty-Man Job Shop y me acerqué al mostrador, que estaba cubierto de papeles.

Una mujer joven con el cabello negro y largo hasta los hombros alzó la vista de su escritorio y me sonrió:

– Usted es el hombre de Orinda que quiere tres esclavos…, tres forzudos, quiero decir, para que trabajen en el jardín, ¿verdad?-Consultó unos formularios que tenía delante y añadió-: Eddington, ¿verdad? Dijo que enviaría a su chófer a recoger a los borrachines…, a los trabajadores, quiero decir…

– ¿Qué?-Su franqueza me pilló con la guardia baja.

– ¿Quiere decir que no es Eddington, pero que necesita esclavos?-prosiguió, sonriendo ante mi desconcierto.

La miré a los ojos y me pareció que estaba colocada.

– No, yo…

– Entonces, ¿ha venido a invitarme a salir?

Advertí que estaba coqueteando conmigo. Experimenté un «nada» vacío y, por puro reflejo, busqué el consejo de la Sombra Sigilosa. Entonces advertí que estaba en San Francisco, no en L. A. y que la S. S. había quedado obsoleta.

– Soy nuevo en la ciudad -respondí-. Necesito trabajo y he encontrado esta agencia en las Páginas Amarillas.

– Oh, lo siento -replicó-. Es que va tan bien vestido y tan limpio que… Verá, todos los tipos que vienen aquí a buscar trabajo son borrachos o drogadictos. ¿Duerme aquí, en este bloque?

– He alquilado un apartamento -respondí.

– ¿Dónde?-La mujer parecía sorprendida.

– En la Veintiséis con Geary.

– Dios, mi novio vive ahí. -Ahora sí que se había quedado atónita-. Mire, parece usted de clase media, así que le ayudaré a encontrar algo. A nuestros tipos les pagamos el salario mínimo por tareas humildes como repartir propaganda, descargar camiones que no son de los sindicatos, ese tipo de cosas. Nuestro truco básico es que pagamos al final de la jornada. De ese modo, los esclavos se funden el dinero en vino y droga cada noche y a la mañana siguiente vuelven. Si usted puede permitirse vivir en Richmond, no puede permitirse trabajar para esta agencia.

Después de eso, el pasmado fui yo. Esa mujer empezaba a gustarme.

– He gastado los ahorros en el traslado. Ahora necesito encontrar trabajo para poder mantener el apartamento.

– ¡Huau! Un auténtico trabajador en apuros. -La mujer sacó un cigarrillo del paquete de su escritorio, lo encendió y fumó en silencio durante unos largos minutos. Luego chasqueó los dedos y se acercó al mostrador. Una vez allí, se inclinó hacia mí con aire conspirador de modo que sus cabellos me rozaron la cara.

– Vaya a la oficina de empleo del campus de la Universidad Estatal de San Francisco y mire el tablón de anuncios que hay en la entrada. Allí encontrará empleos con pagas decentes. Arranque las tarjetas de los anuncios que le interesen, llame por teléfono y dígales que es un graduado que asiste a clases nocturnas, por lo que puede trabajar a dedicación completa. Usted es fuerte y parece listo. Seguro que lo contratan, ¿comprende?

– Comprendo -asentí y me aparté de la cascada de cabello.

La mujer se incorporó y sonrió, y supe que ella había disfrutado con nuestro contacto. Me tendió la mano y dijo:

– Por cierto, me llamo Jill.

Yo quería estrecharle la mano con indiferencia, pero se la tomé con suavidad.

– Soy Martin.

– Buena suerte, Martin.

– Gracias por tu ayuda.

Pasé por alto deliberadamente las exquisiteces del encuentro, seguí el consejo de la mujer y fui al campus de la Estatal. El tablón de anuncios que había mencionado estaba cubierto de ofertas de empleo y sólo me desvié del plan que ella me había trazado en que memoricé los teléfonos y el tipo de trabajo, en vez de robar la información. Llamé a los anunciantes desde un teléfono público. Para tres empleos de oficina no respondió nadie y, cuando llamé a un anuncio para un trabajo manual, contestó una desabrida voz masculina.

– ¿Dígame?

– Llamo por el anuncio que ha puesto en la universidad -dije.

– ¿Estudia a tiempo completo?-preguntó la voz.

– Soy graduado y estoy matriculado en los cursos nocturnos.

– ¿Es usted fuerte? Perdone la brusquedad, pero éste no es un trabajo para enclenques.

– Mido metro noventa, peso noventa y cinco kilos y soy musculoso. ¿Qué tendré que hacer, exactamente?

– ¿Tiene vehículo?

– Sí. ¿Qué…?

– Soy promotor inmobiliario en Sausalito. Necesito un tipo fuerte para desbrozar el terreno que voy a urbanizar. Es un trabajo duro, pero pago cinco dólares la hora, en negro, sin deducciones. ¿Cómo se llama?

– Martin Plunkett.

– Bien, Marty. Yo soy Sol Slotnick. ¿Quieres el trabajo?

– Sí.

– ¿Puedes ir mañana a Sausalito a ver a mi capataz?

– Sí.

– Bien, entonces toma nota. Cruza el Golden Gate, sigue por la autopista hasta la salida cuatro, gira a la derecha y después, en Wolverton Road, coge a la izquierda. Verás un gran terreno con carteles, Sherlock Homes, y el logotipo de la promotora con el detective. Mañana a las ocho, ¿de acuerdo?

– Sí.

– Muy bien. Necesitarás herramientas, un hacha y una guadaña. Yo te las…

– Tengo herramientas propias, señor Slotnik -dije interrumpiendo a mi nuevo jefe.

– Como quieras. Bien, chico, buena suerte.

Aquella noche me fundí el resto del dinero. En una tienda de excedentes del ejército compré unos pantalones y una camisa de trabajo de color caqui, un par de botas impermeables, una canana y mis primeras herramientas de acero mate desde las que tuve en mis tiempos de ratero: un hacha de mango corto, otra de mango largo y una hoz de jardinero. Las hojas de las hachas estaban cubiertas de teflón transparente, y tenían el filo garantizado: cuando más las utilizabas, más afiladas estaban. Sonaba demasiado bonito para ser verdad, por lo que también compré una piedra de amolar, por si acaso.

Al día siguiente, crucé el Golden Gate hasta el terreno de la Sherlock Homes. Era una parcela inmensa de monte bajo, tachonada de tocones de árboles y rodeada por un denso bosque de pinos; allí había meses de trabajo para un solo hombre. El capataz me dijo que el señor Slotnick quería que el trabajo estuviese terminado el diez de septiembre, la fecha prevista en que los albañiles comenzarían a poner los cimientos; entonces, si tenía suerte y los ecologistas no empezaban a joder la marrana, quizá tendría más trabajo cortando pinos al otro lado de la autopista, en el nuevo proyecto de Slotnick de casas adosadas llamado Singles Paradise. Después de explicarme que lo único que debía hacer era arrancar los tocones de los árboles de la finca y cortar toda la maleza y dejarla allí para que se la llevaran las excavadoras, el hombre señaló las herramientas que yo llevaba en el cinturón.

– Pareces un profesional -dijo-, así que no vendré por aquí a controlarte. Cobrarás los viernes a las cinco. Aquí mismo. -El tipo me estrechó la mano y me dejó a solas con la naturaleza.

Y la naturaleza, aunque yo estuviera conspirando contra ella, me ofreció cuatro meses y medio ininterrumpidos de belleza vivificante y de un trabajo para el que, benditamente, no se necesitaba pensar.

Le di a las hachas y a la hoz de abril a agosto, ocho horas al día, siete días a la semana, ajeno a las olas de calor y a las lluvias torrenciales. Mientras trabajaba, me recorrían el cuerpo ondas de choque y noté que cada vez era más fuerte, pero en ningún momento me preocupé de desarrollar unos músculos que llamaran la atención, como en la cárcel, pues el aroma del heno y de la madera cortada me protegían, los pinos me envolvían y, mientras tajaba con los ojos cerrados, veía bonitos colores suaves, sombras que se oscurecían cuanto más duro trabajaba pero que, aun así, en mi mente seguían siendo tiernas y amables. Al final de la jornada, absolutamente exhausto, los colores permanecían conmigo en la periferia de la visión mientras conducía de regreso a casa, cenaba y me sumía enseguida en un sueño profundo.

Una noche, a principios de septiembre, mientras aparcaba la furgoneta delante del apartamento, oí que alguien me llamaba.

– ¡Martin! ¡Hola!

Al principio no entendí de qué se trataba. Nadie me había llamado por mi nombre desde hacía meses; además, estaba fatigado tras una jornada de trabajo especialmente larga y venía muerto de hambre y de sueño.

– ¡Hola, Martin! -repitió la voz.

Yo miré al otro lado de la calle y vi a una bonita mujer con una larga melena negra. El cabello, iluminado por una farola de la calle, me atrajo como un imán y me acerqué a ella.

Estaba en la acera con un hombre y se tambaleaban un poco, como si estuvieran achispados. Tardé unos segundos pero, al final, la imagen de unos cabellos rozándome la cara me guió al nombre de la mujer. Y la Sombra Sigilosa, que se materializó de la nada, me susurró: «SÉ AMABLE.»

– Hola, Jill -saludé-. Me alegro de verte.

Jill soltó una risita y se agarró del brazo de su compañero.

– Estamos muy colocados. ¿Has encontrado trabajo? Supongo que sí, porque veo que aún tienes el apartamento…

La Sombra Sigilosa movía una batuta de director de orquesta y me susurraba algo que yo no oía.

– Sí, seguí tu consejo. Me salió bien y, desde entonces, tengo trabajo.

– Estupendo -dijo Jill-. Steve, éste es Martin. Martin, te presento a Steve.

Me fijé en el novio, un tipo huraño con unas patillas ridículas en forma de chuleta de cordero. La Sombra Sigilosa decía SÉ AMABLE SÉ AMABLE SE AMABLE.

– Hola, Steve, ¿qué hay?-Le tendí la mano a lo hippie y él me apretó los huesos estilo contracultura. Respingué de dolor fingido y Jill se rio.

– Steve trabaja de mecánico de aviones y es muy fuerte. ¿Quieres entrar a tomar una copa o algo?

Al oír el «o algo», la S. S. arqueó las cejas.

– Encantado -respondí y Jill se puso entre su novio y yo, tomándonos a cada uno por el brazo.

– Estoy tan colocada… -dijo.

Notaba la mano en mi codo, fría y caliente, blanda y dura, alternativamente, pero el tacto no me producía ningún miedo. Caminamos los tres juntos media manzana y subimos la escalera de una casa victoriana de cuatro plantas. Steve sacó la llave, abrió y encendió una luz. Jill me soltó el brazo y dijo:

– Steve lleva tiempo pidiéndome que haga una cosa, y hoy estoy tan colocada que creo que ha llegado el día.

Dio unos saltitos por la sala y mis ojos recorrieron automáticamente las cuatro paredes. Pegados en ellas con cinta adhesiva, había carteles de diversas líneas aéreas y de los países que representaban. Japón y Tahití me llamaron la atención, como si ya los hubiera visitado.

– He estado en todos esos sitios un par de veces como mínimo -explicó Steve al tiempo que cerraba la puerta-. Si trabajas para la Pan-Am, te dan dos viajes al año y puedes llevarte a tu chica, si quieres. -Señaló el hacha que llevaba al cinto y me preguntó-: ¿Eres carpintero?

– Soy cirujano de árboles -respondí y estudié de nuevo la habitación, preguntándome por qué me resultaban tan familiares unos sitios en los que no había estado nunca. Steve me miraba con aire de extrañeza y, para tranquilizarlo, añadí-: Jill me ayudó a conseguir empleo. Cuando llegué a la ciudad estaba sin blanca y fui a la agencia a buscar trabajo. Jill me envió a la oficina de colocación de la universidad.

– Jill, siempre tan amable -comentó Steve, y la S. S. me envió una serie de instantáneas: Jill coqueteando con otros hombres pero volviendo siempre con Steve, quien, agradecido de que hubiera vuelto, se la llevaba en largos viajes de reconciliación a países exóticos por cortesía de la empresa donde trabajaba; Steve, molesto porque Jill lo trataba como si fuera un trapo sucio, emborrachándose con sus colegas mecánicos y despotricando de ella, pero llamándola siempre desde el bar para decirle que llegaría tarde.

– ¿Qué te apetece beber, tío?

La voz de Steve me sacó de la película que él mismo interpretaba.

– ¿Tienes una cerveza?-pregunté.

– ¿Cómo no? Ven, asaltemos el frigorífico.

Seguí a Steve hasta una pequeña cocina. Allí había más carteles de aerolíneas, pero las fotos cubiertas de grasa de París y los Alpes Bávaros no me despertaron recuerdos. Steve se fijó en que yo las miraba y dijo:

– Miras los carteles como quien necesita unas vacaciones. -Abrió el frigorífico y sacó dos latas de cerveza. Me tendió una y añadió-: Sí, tal vez Tahití o Japón. -Abrió la lata y prosiguió-: Esos sitios son una mierda. La comida es una mierda y los japos se parecen a los amarillos de Vietnam. -Bebió a grandes tragos, eructó y se rio-. Cerveza Coors, el desayuno de los campeones. El año pasado, en el trabajo, hicimos unos Juegos Olímpicos Coors. El tipo que ganó se bebió cuatro paquetes de seis latas, lo aguantó dos horas y luego empezó a mear hasta llenar un cubo de cuatro litros. Eso fue el triatlón, ¿comprendes? Tres competiciones en una, como en las Olimpiadas de verdad. ¿Has estado en Vietnam?

Me apoyé en la pared salpicada de grasa y fingí beber la cerveza. La Sombra Sigilosa me envió un teletipo que decía SE LISTO SÉ LISTO SE LISTO sobre la cara de Steve.

– No me aceptaron -respondí-, por una antigua lesión que me hice jugando a fútbol.

– No te has perdido gran cosa. -Steve eructó-. ¿Jugabas en la línea?

– ¿Qué?

– ¿Cómo que qué? Eres alto. Jugarías en la línea de ataque, supongo…

– Era tercer quarterback -respondí con modestia.

Steve sonrió ante mi calculada conmiseración.

– Jugador de reserva, la historia de mi vida. ¿Qué estará haciendo Jill? Por lo general, le gusta vacilar con los visitantes.

– ¿Alguien ha mencionado mi nombre?

Volví la cabeza hacia donde había sonado la voz. Jill se encontraba en el umbral de la puerta de la cocina, cubierta con una bata y con una toalla enrollada en la cabeza a modo de turbante.

– ¿Te acuerdas de esos viejos anuncios de Clairol? ¿Si sólo tengo una vida, dejadme que la viva de rubia? Pues bien, mirad.

Con un movimiento elegante se quitó la toalla y sacudió la cabeza. Su hermoso cabello negro se había transformado en rubio oxigenado y la Sombra Sigilosa me destelló NO SE LO PERMITAS NO SE LO PERMITAS NO SE LO PERMITAS…

Saqué mi hacha de acero mate forrado de teflón con el filo garantizado y le lancé un golpe al cuello con ella. La cabeza quedó limpiamente separada del tronco y de la cavidad brotó sangre; los brazos y las piernas se movieron espasmódicamente y, acto seguido, todo su cuerpo se desplomó al suelo. La fuerza del golpe me hizo girar en redondo y, durante un segundo, mi visión abarcó la escena completa: las paredes salpicadas de sangre, el cadáver expulsando un géiser arterial por el cuello, mientras el corazón seguía latiendo por reflejo, y Steve absolutamente paralizado, poniéndose azul catatónico.

Invertí el gesto, giré el mango de forma que la hoja quedara plana, y asesté un golpe de revés con la zurda. El metal alcanzó a Steve en la sien y se oyó un sonido como de huevos al romperse, pero amplificado diez millones de veces. La hoja se clavó y, durante unos segundos, sostuvo de pie al hombre ya muerto. Luego, tiré de la herramienta y el cadáver se precipitó hacia delante mientras el hacha volaba en dirección opuesta. Los sesos y la sangre lubricaron su vuelo.

Entonces Steve se desplomó emitiendo gorgoteos. Entonces sus extremidades bailaron la danza de la muerte. Entonces un chorro de sangre brotó de su cráneo y me alcanzó en los ojos.

Entonces me corrí y todos los colores que había visto en el trabajo se combinaron y me arrojaron al suelo para formar un trío.

Desperté horas más tarde. Sonaba un teléfono y noté el sabor del linóleo y de la sangre. Al abrir los ojos, vi una parte del suelo y dos latas de cerveza caídas de costado. Empecé a comprender lo que había sucedido y contuve unos sollozos. Luego, envié mensajes cerebrales a las piernas y los brazos para ver si me los habían amputado como castigo por mis crímenes. Mis dedos palparon una superficie fría y mis piernas se sacudieron, y di gracias. El teléfono dejó de sonar y me pregunté a quién tenía que agradecérselo. Luego, el trozo de suelo y las latas de cerveza desaparecieron para ser sustituidas por tinta roja sobre papel blanco: YO YO YO YO YO YO YO.

En la película mental en blanco escribí SÍ SÍ SÍ SÍ SÍ. DIME QUÉ TENGO QUE HACER.

La Sombra Sigilosa dijo: «Abre los ojos.» Obedecí y Lucretia y él estaban allí, desnudos. Yo estaba memorizando sus cuerpos cuando la S. S. me increpó con el tono de voz más duro que había utilizado nunca conmigo. «Somos unos padres de fantasía a los que has utilizado desde la infancia. Te damos lo que necesitas para que hagas lo que tengas que hacer. Has experimentado lo que algunos llaman brote psicótico. En realidad, tarde o temprano habrías hecho premeditadamente lo que acabas de hacer.»

La Sombra Sigilosa calló unos instantes para que yo respondiera y escribí: «¿Por qué?»

«Eres un asesino, Martin», dijo.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

Le rogué que lo repitiera, para saber bien lo que tenía que hacer. Él accedió.

«Eres un asesino, Martin.»

«Eres un asesino, Martin.»

«Eres un asesino, Martin.»

Me gané el título. El destino me tintineaba en el oído y mi padre de fantasía, como él mismo se había descrito, me conducía paso a paso. Primero limpié todas las superficies que pudiese haber tocado; luego destruí las pruebas forenses de mis hachazos profanando los dos cuerpos en los lugares donde los había cortado, utilizando un cuchillo de cocina y un mazo de la carne para confundir las marcas de los hachazos y los puntos de impacto. Fue un trabajo chapucero y sucio, pero obligué a mi cerebro a considerarlo tedioso. Cuando terminé, me lavé las manos, me quité los pantalones empapados de sangre, me puse un mono que encontré en el armario de Steve y envolví mi ropa y mi calzado en siete capas de plástico de bolsa de basura. Con los pies descalzos y libres de material ajeno, recogí el hacha y la canana y consulté el reloj. Eran las tres y dieciséis minutos. Apagué las luces y salí del apartamento. La calle estaba desierta. Fui a casa y me dormí viendo colores.

De la portada del San Francisco Examiner, 4 de septiembre de 1974:

PAREJA ASESINADA EN UN APARTAMENTO

DEL DISTRITO DE RICHMOND

Los cuerpos horriblemente mutilados de dos jóvenes, un hombre y una mujer, fueron descubiertos anoche en el apartamento del hombre. La policía acudió tras la llamada de los vecinos que se quejaban de «olores extraños» procedentes del apartamento de la planta baja del número 911 de la calle Veintiséis.

«Sabía que allí dentro había algo muerto», dijo Thomas Frischer, del 914 de la calle Veintiséis a los sanitarios que acudieron a retirar los cadáveres. Tras echar la puerta abajo, los agentes encontraron los cuerpos del inquilino del apartamento, Steven Sifakis, de 31 años, mecánico de la terminal de la Pan-American en el aeropuerto internacional de San Francisco, y de su novia, Jill Eversall, de 29, empleada en la agencia de colocación Mighty-Man. En unas declaraciones en exclusiva a los periodistas del Examiner, el sargento W. D. Sternthall, del DPSF y jefe de la unidad que respondió a la llamada de «problemas desconocidos», dijo: «Supe que allí dentro habría personas muertas, por lo que me puse un pañuelo en la nariz antes de entrar. Cuando vi los cuerpos, lo primero en lo que pensé fue en los asesinatos de Sharon Tate y sus amigos, ocurridos hace cuatro o cinco años. La escena era increíble. La cocina estaba cubierta de sangre seca y en el suelo había un hombre muerto con el cráneo aplastado, pero eso no era lo peor. En el umbral de la puerta de la cocina había una mujer muerta. La habían decapitado y la cabeza estaba en la alfombra de la sala. Vi el arma homicida, un cuchillo de cocina, en el suelo de la cocina, cerca del cadáver del hombre, y mandé a mi compañero a la patrulla para que avisara por radio a los detectives y al forense.»

Pronto el tranquilo barrio de Richmond se vio inundado por las luces giratorias de los coches policiales. Ocho equipos de patrulleros empezaron a peinar la zona casa por casa y Willard Willarsohn, forense adjunto, examinó los cuerpos y atribuyó la causa a «un trauma masivo causado por repetidos cuchillazos y la posterior hemorragia». Willarsohn añadió que la pareja llevaba muerta cuarenta y ocho horas como mínimo, tal vez incluso cincuenta y dos.

Mientras se realizaba un amplio interrogatorio de los vecinos, se contactó con los amigos, familiares y jefes de los fallecidos. Cuando las expresiones de conmoción, dolor y rabia remitieron, los agentes encargados de la investigación se enteraron de lo siguiente:

Uno: Sifakis y la señorita Eversall eran amantes desde hacía mucho tiempo y fueron vistos con vida por última vez en el Molinari Delicatessen, en North Beach, el lunes 2 de septiembre a las 19.30, cincuenta y una horas antes de que se descubrieran sus cadáveres. Dos: ambas víctimas eran conocidas por sus inexplicadas ausencias laborales. Por eso, ninguna de las personas que trabajaba con ellas pensó en denunciar su desaparición. Un amigo de la pareja que quiere mantener el anonimato dijo a nuestros reporteros: «Stevie y Jill eran unos fiesteros. Les gustaba colocarse y pasarlo bien, y eran muy descuidados a la hora de escoger compañía. Recogían autoestopistas y, bueno, a Jill le gustaba cambiar de pareja. Stevie solía beber con los moteros de Oakland y creo que va a ser un caso difícil de resolver, porque los dos conocían a mucha gente de paso.»

Mientras, sin ninguna pista clara, la policía está ampliando sus esfuerzos y un portavoz del DPSF ha anunciado: «Éste es un crimen importante y se le prestará mucha atención. Llamamos a los ciudadanos de San Francisco para que aporten información que pueda resultar de ayuda en nuestras investigaciones y no cejaremos hasta que el asesino o asesinos estén entre rejas.»

De la portada del San Francisco Chronicle, 6 de septiembre de 1974:

SIN PISTAS EN LOS ASESINATOS DE RICHMOND

SE INTERROGA A LOS AMIGOS DE LAS VÍCTIMAS

A pesar de haber realizado una amplia investigación, la policía apenas ha hecho progresos en la resolución de los brutales asesinatos de Jill Eversall y Stephen Sifakis, que el miércoles por la noche fueron hallados muertos a cuchilladas en el apartamento de Sifakis, sito en la calle Veintiséis. Según el jefe de detectives Douglas Lindsay, del DPSF, las cincuenta horas transcurridas entre el crimen y el hallazgo de los cadáveres juega a favor del asesino o asesinos, y el estilo de vida de las víctimas plantea importantes problemas en la investigación. En unas declaraciones oficiales hechas esta mañana a los medios en el ayuntamiento, Lindsay ha dicho:

«Con los elementos básicos corroborados, puedo decirles lo siguiente: el señor Sifakis y la señorita Eversall fueron vistos solos por última vez el lunes por la noche en North Beach y se encontraron con el asesino o asesinos en algún lugar entre el restaurante y el apartamento del señor Sifakis. Pese a los amplios llamamientos públicos y al interrogatorio de prácticamente todos los habitantes en un radio de ocho manzanas alrededor del apartamento, no hemos encontrado testigos. Nadie vio a las víctimas en compañía de otra persona o personas. Las únicas huellas que se han hallado en el apartamento pertenecen a las propias víctimas o a conocidos suyos que ya han sido descartados como sospechosos. Hemos encontrado el arma asesina -un cuchillo de cocina con filo de sierra- en el escenario del crimen y creemos que fue lo que utilizó el asesino para decapitar a la señorita Eversall. Al señor Sifakis, que murió de varios golpes en la cabeza, le mutilaron el cráneo con el cuchillo una vez muerto, pero creemos que, en su caso, el arma asesina fue un mazo de acero para la carne, también de la cocina de la casa. Los técnicos forenses han examinado concienzudamente el apartamento sin obtener información de importancia y hemos descartado el móvil del robo ya que, tras hacer un inventario de los objetos de la casa con amigos del señor Sifakis, se ha llegado a la conclusión de que no falta nada. Ningún vecino oyó los hechos, que debieron de ocurrir de manera repentina para que nadie oyera la carnicería.

»Existen pruebas circunstanciales que nos llevan a creer que el asesino o asesinos se marcharon de la casa durante la madrugada, vestidos con ropa del señor Sifakis y llevándose sus propias prendas manchadas de sangre en bolsas de basura que cogieron de debajo del fregadero. Nadie presenció la salida del apartamento del asesino o asesinos y ahora estamos cotejando datos sobre los vehículos sospechosos vistos aquella noche en la zona.

»Nuestras investigaciones se centran ahora en el estilo de vida de las víctimas. Jill Eversall trabajaba en una agencia de colocación de los barrios bajos que contrataba a individuos de paso con antecedentes delictivos y, a lo largo de los años en que trabajó allí, trabó amistad con hombres de dudoso historial. Tal vez debido a ello, recibía llamadas obscenas y contó a sus amigos que algunos de los hombres que había conocido en el trabajo la aterrorizaban. Se están comprobando los antecedentes de los trabajadores que han tenido contacto con la agencia Myghty-Man, así como los de otros habituales de los barrios bajos.

»Steven Sifakis tenía dos condenas por venta de marihuana y contactos con bandas de moteros de Oakland. De momento, existe la hipótesis de que los crímenes pueden estar relacionados con la droga. Por ello, en la investigación participan agentes de la brigada de Narcóticos, mientras que los agentes de la brigada de Delitos Sexuales están comprobando el paradero de delincuentes sexuales fichados, conocidos por su uso de la violencia. Aunque las víctimas no sufrieron abusos sexuales, los psiquiatras forenses que trabajan en la investigación han llegado a la conclusión de que el asesino o asesinos actuaron por rabia sexualmente motivada. Tanto la señorita Eversall como el señor Sifakis habían tenido otras parejas en tiempos recientes y se cree que el desencadenante más probable ha sido los celos. Esas ex parejas están siendo interrogadas por nuestros agentes.

»En resumen: hacemos cuanto está en nuestras manos para encontrar al asesino o asesinos y estamos convencidos de que la respuesta se halla en el estilo de vida despreocupado de las víctimas. Las pruebas con las que contamos y los perfiles psicológicos indican que el asesino o asesinos sólo han cometido este crimen y que no es obra de un psicópata que haya actuado otras veces.»

Del Berkeley Barb, 11 de septiembre de 1974:

PRESIÓN POLICIAL EXTREMA TRAS CRÍMENES

EXAGERADOS POR LA PRENSA SENSACIONALISTA

El mes pasado dimitió el presidente, Dicky el Tramposo, lo que nos llevó a pensar que las cosas mejorarían. Teníamos razón, pero ahora viene la de arena. El 2 de septiembre, alguien se cargó a Jill Eversall y a su pareja habitual, Steve Sifakis, en el piso que éste poseía en el distrito de Richmond. Lamentablemente, el asesino aún no ha sido detenido, aunque la policía sigue con la investigación. En algunos aspectos, siguen investigando con demasiada dureza.

El tema es que Steve y Jill tenían una relación abierta y les molaba ponerse ciegos de hierba y no eran unos estrechos a la hora de elegir con quién se juntaban. Jill curraba en una agencia del mercado de esclavos de South Mission y -¿estáis bien sentados?- le gustaba ayudar a los tirados y colgados de los barrios bajos a encontrar trabajo. Conque…

Así, la pasma de San Francisco ha llegado a la conclusión de que «el estilo de vida despreocupado» de Steve y de Jill ha sido la causa de su muerte y, aunque deploran tal estilo de vida, se han lanzado a la búsqueda del artista/artistas de los descuartizamientos pertinaces como perros de presa. (Al fin y al cabo, Steve y Jill vivían en el bonito y seguro barrio de Richmond… ¡Caramba, podría haberle sucedido a cualquier vecino decente!) En el transcurso de la investigación, se están pisoteando los derechos civiles de cientos de personas pacíficas con «estilos de vida despreocupados».

Ejemplo: En una batida a primera hora de la mañana, la pasma registró a un grupo de melenudos que dormía en el parque del Golden Gate y, cuando encontraron la navaja de bolsillo que tenía uno de los chicos, se pusieron a gritar: «¡Dime por qué rebanaste a esa pareja de Richmond!»

Ejemplo: La policía detuvo a unos trabajadores que bebían vino a la puerta de la agencia de esclavos Myghty-Man. Los metieron en una furgoneta, los llevaron a la prisión municipal y, allí, los detectives de homicidios los cachearon y los insultaron. Un poli de paisano exigió a un viejo que admitiera que Jill Eversall lo ponía cachondo. El viejo se negó y el detective le partió una botella de vino en la cabeza.

Ejemplo: Los agentes han incordiado a unos cuantos inocentes con antecedentes por delitos sexuales y los han amenazado con hacer público su historial entre sus jefes y amigos.

Ejemplo: La pasma interrumpió una ceremonia de cánticos en el templo Hare Krishna de Delores Street y cachearon a todos los asistentes en busca de drogas y armas. Cuando el dojo del templo pidió explicaciones, un agente exclamó: «Los asesinatos de Richmond han de estar relacionados con las sectas. ¡Mi madre vive en la calle Veintiséis! ¡No me venga con burradas! ¡Yo estoy aquí para hacer cumplir la ley!»

Desde el Barb de Berkeley queremos protestar ante las ilegalidades mencionadas y señalar otra ley que pronto puede adquirir prioridad: la de la reacción igual y opuesta. Transgredir la ley para hacer que se cumpla nunca está justificado, aun en el caso de que el delito haya sido un asesinato.

14

Mientras se producían los acontecimientos recogidos en los artículos de prensa precedentes, yo permanecía invisible en el ojo del huracán, lúcido y elegantemente cuidadoso, como deben ser los aprendices cuando alcanzan, por fin, la categoría de profesionales.

«Eres un asesino, Martin.»

Al despertar de mi sueño en color postasesinatos, a las 7.30, me afeité y me duché automáticamente y me preparé para ir a trabajar. Sabía perfectamente lo que había hecho y lo que tenía que hacer, y me dediqué a ello libre de colores y de películas mentales. Primero, me puse la otra muda de ropa de trabajo; después, sabiendo que era improbable que hubiesen descubierto ya los cadáveres, puse el mono de Steve con mis pantalones ensangrentados, el cinturón y el hacha, cerré bien la bolsa de plástico y la llevé a la furgoneta. Conduje hasta la parcela como si comenzara una jornada de trabajo más y enterré el equipo de matar en una zona cenagosa en las afueras de Sausalito. Completado el primer paso del plan de escape, me senté en una roca y tomé nota de los siguientes, escribiéndolos con caracteres mentales. Mi tema de escape básico era: «Como todos los días.»

«Los vecinos pueden haberte visto con el hacha, así que necesitas hacerte ilegalmente con un hacha idéntica y, luego, desgastar la hoja de modo que se vea bastante usada, por si la someten a una inspección forense.

»Tu coartada es que estabas durmiendo en tu casa en el momento de las muertes. Los demás inquilinos corroborarán que te levantas temprano, te retiras temprano y eres un vecino tranquilo. Por otra parte, nadie te ha visto hablando con Steve y Jill en la calle. Cuando conociste a Jill en las oficinas de la agencia, no hubo testigos del encuentro. Si ella le contó a alguien que te había recibido y la policía te pregunta al respecto, debes negarlo, pues estas pesquisas se harán, lógicamente, después del primer interrogatorio rutinario de todos los residentes de la zona y, si cambias tu historia después de haber declarado al principio que no la conocías, te convertirás en uno de los principales sospechosos.

»La policía anotará la matrícula de todos los vehículos de la zona y cruzará datos con los registros del Gabinete de Antecedentes Delictivos de California. Saldrá a la luz tu condición de ex preso y el hecho de que terminaste hace poco el periodo de libertad condicional y te trasladaste aquí, y serás sometido a intensos interrogatorios y, posiblemente, a maltratos físicos. Nunca vaciles en tus negativas de culpabilidad, ni siquiera bajo la máxima coacción, y niégate a pasar la prueba del polígrafo.»

«Eres un asesino, Martin.»

Al final, mis previsiones se tradujeron a la realidad con una fidelidad casi perfecta. Robé un hacha idéntica a la otra en una ferretería de Sausalito y desgasté el filo en los escasos troncos que quedaban en la parcela. Continué mi trabajo de tala para el señor Slotnick y vino el capataz a decirme que el 10 de septiembre me quedaba sin empleo porque se iba a aplanar el terreno y porque los «ecogilipollas» habían conseguido frenar el proyecto Singles Paradise de Big Sol. Mantuve mi plan de llevar la vida de todos los días y el retraso en el descubrimiento de los cuerpos hizo que mi confianza creciera a saltos cuánticos.

Entonces, cincuenta horas y diez minutos después del momento, oí las sirenas y me asomé a la ventana y vi luces rojas que giraban proclamando mi nombre. Contemplé cómo iba intensificándose el rojo conforme llegaban más y más coches policiales; me fui a la cama y dormí, y las luces de mis sueños formaban las palabras: «Eres un asesino, Martin.»

Al amanecer, me despertaron unos fuertes golpes a la puerta. Me puse una bata, me acerqué y bostecé a la mirilla.

– ¿Sí? ¿Qué quieren?

– Policía, abra -respondió una voz rutinaria.

Al instante comprendí que ya habían hecho el cruce de datos de los vehículos y que conocían mis antecedentes. Me restregué los párpados para quitarme el sueño de los ojos, abrí la puerta y volví a mi antigua personalidad carcelaria.

– ¿Sí, qué pasa?

Tenía ante mí a tres tíos duros. Todos eran corpulentos como yo y todos llevaban el pelo al uno, traje de verano barato y expresión ceñuda. El del medio, sólo distinguible por la corbata manchada de grasa, dijo:

– ¿No sabe qué pasa?

– Dígamelo usted -respondí-. Son las seis de la mañana, joder, y me muero por oír lo que tenga que contarme.

– Payaso -murmuró el poli de la izquierda y me indicó que me apartara.

Accedí, fingiendo cierta renuencia, y los tres entraron en fila en la sala de estar. El de la corbata señaló de inmediato el hacha y la hoz, que estaban apoyadas en la pared cerca de la puerta.

– ¿Qué es eso?-preguntó.

– Un hacha y una hoz. -Lo miré a los ojos.

– Eso ya lo veo, Plunkett. ¿Para qué las usas?

Fingí sorpresa ante la mención de mi nombre y vacilé tres segundos, mientras observaba cómo los otros dos se dispersaban para registrar el apartamento.

– ¿Para qué va a ser? Para hacerme la manicura -contesté.

– No me toques los huevos -replicó él y cerró la puerta.

– Entonces, dígame a qué viene todo esto.

– Cada cosa a su tiempo. ¿Cuándo llegaste a San Francisco?

– En abril.

– ¿Por qué tienes esas herramientas?

– He estado trabajando en Marin, en un solar donde van a construir, y las uso para desarraigar tocones de árbol y desbrozar.

– Ya. ¿Dónde conseguiste el empleo?

– Lo vi en el tablón de anuncios de la universidad.

– ¿Eres estudiante?

– No.

– Entonces, ¿qué te llevó a buscar ahí?

– Estaba sin un céntimo. Eso me llevó. ¿Qué…?

– Silencio. ¿Seguro que no encontraste el trabajo en la agencia Mighty-Man?

– Seguro.

– ¿Cuántos robos has hecho en San Francisco?

– Tres trillones, la última vez que conté. Yo…

– ¡He dicho que no me toques los huevos!

Retrocedí y me mostré amedrentado.

– Cometí un robo con escalo en Los Ángeles hace cinco años y cumplí un año -dije, cambiando de registro-. Luego, me mantuve limpio y cumplí el periodo de condicional y me trasladé aquí. Cuando robé era un crío, joder, y no lo he repetido. Ahora, ¿qué quieren?

El de la corbata se colgó las manos del cinto por los pulgares. La postura me permitió distinguir la cartuchera con la 38 y una mirada a sus ojos me proporcionó una idea del cerebro de bajo voltaje que funcionaba detrás de ellos.

– ¿Sabes que este asunto es serio…?-dijo.

Me ceñí el cinturón de la bata.

– Sé que es algo más que una investigación de un robo con escalo.

– Eres un tío listo. ¿Viste los coches de la policía en esta manzana, anoche?

– Sí.

– ¿Te preguntaste qué sucedía?

– Sí.

– ¿Hiciste algún intento de averiguarlo?

– No.

– ¿Por qué no?

– He tenido suficiente de policía para lo que me queda de vida. ¿Qué…?

– Te lo diré a su debido tiempo. ¿Te gustan los chochos?

– Sí, ¿y a usted?

– ¿Has probado alguno hace poco?

– En sueños, anoche.

– Muy agudo. ¿Te gustan rubias o morenas?

– Las dos.

– ¿Alguna vez le has pedido a una mujer que se tiña el pelo? Me reí para disimular el desconcierto ante aquella pregunta imprevista:

– ¿El del chocho, dice usted?

El poli de la corbata soltó una risita y dirigió la mirada a algo que quedaba a mi espalda. Me volví y vi que sus colegas inspeccionaban los cajones de la cocina. Cuando uno de ellos movió la cabeza en gesto de negativa, el Corbata murmuró:

– Pasemos a otro tema.

– ¿De qué hablamos ahora, pues? ¿De béisbol?

– ¿Qué me dices de los chicos? ¿Eres bisexual?

– No.

– ¿No haces tríos?

– No.

– ¿Dejas que te follen por el culo?

– No.

– Ya, entonces es que eres un comepollas.

Empecé a enfadarme de verdad y cerré los puños, con los brazos a los costados. El Corbata captó mi cambio de expresión.

– ¿Qué? ¿Te he tocado la fibra sensible, tío? ¿Quizá te pasaste de bando mientras cumplías tu bala en L.A.?Sí, tal vez ahora te ponen los chicos y te odias por ello. ¿Fue eso lo que pasó el lunes por la noche, sobre las nueve, cuando Steve y Jill te sugirieron hacer una fiesta? A lo mejor malinterpretaste el asunto y, cuando Jill se desentendió, la emprendiste contra Steve con un mazo de carnicero y le cortaste la cabeza a ella porque no te gustaba cómo te miraba. ¿A cuántos has matado, Plunkett?

En el transcurso de un milisegundo sucedió algo asombroso. Mientras notaba que el color desaparecía de mi rostro, me convertí en mi actuación: mi cólera real se convirtió en perfecta sorpresa real y fui el inocente falsamente acusado. Balbucí: «O sea…, o sea que ha habido… ha habido muertes…», y supe que el poli de la corbata se lo tragaba. Cuando contestó «Exacto», capté su decepción porque no tenía a un culpable; cuando añadió «¿Dónde estabas tú el lunes por la noche?», comprendí que el resto del interrogatorio era pura formalidad. La revelación quedó atrás y, mientras asumía un sentido de culpabilidad normal, cuerdo, me costó hasta el último gramo de fuerza de voluntad no regocijarme maliciosamente.

– Estaba…, estaba aquí -farfullé.

– ¿Solo?

– Sí.

– ¿Qué hacías?

– Llegué…, llegué del trabajo hacia las… ocho y media. Cené y leí una hora o así antes de acostarme.

– Una velada animada. ¿Es lo que sueles hacer?

– Sí.

– ¿No sales con los amigos?

– En realidad, no he hecho amigos aquí, de momento.

– ¿No te sientes solo?

– Claro. ¿Quién se cree que…?

– Las preguntas las hago yo. ¿Conoces a una mujer llamada Jill Eversall, o a un hombre llamado Steven Sifakis?

– ¿Son los que…?

– Exacto.

– ¿Qué… cómo eran?

– Ella era una morena atractiva, un metro sesenta y cinco, buenas tetas. ¿Te gustan las tetas?

– Vamos, agente…

– De acuerdo. ¿Qué me dices de Steve Sifakis? Un metro setenta y siete, ochenta kilos, cabello castaño rojizo y patillas frondosas. Se supone que tenía una polla de mulo. ¿Te van las pollas grandes?

– Sólo la mía. -Oí que los dos polis de la cocina se reían y me volví a mirarlos. Uno de ellos sacudía la cabeza y movía el pulgar de un lado al otro del cuello en un gesto que, evidentemente, iba dedicado al Corbata. Me volví hacia éste y añadí-: ¿Nos queda mucho? Tengo que ir a trabajar.

– Acabaremos cuando yo diga, Plunkett -dijo el Corbata muy despacio.

Fui a por todas, sabiendo que podía ganar a cualquier máquina.

– Esto ya empieza a apestar, así que ¿por qué no lo acabo yo? Como no he matado a nadie, ¿por qué no vamos todos a comisaría, me hacen la prueba del detector de mentiras, la paso y me sueltan? ¿Qué me dice?

El Corbata dirigió la mirada al poli jefe. Resistí el impulso de observar sus señales y me concentré en las manchas que daban al agente su improvisado nombre. Acababa de decidir que eran de salsa de enchilada cuando el Corbata dijo:

– ¿Viste a alguien por la calle cuando volvías, el lunes por la noche?

Reflexioné un momento antes de responder a aquella pregunta, que representaba mi victoria.

– No -respondí por fin.

– ¿Oíste algo raro?

– No.

– ¿Viste algún vehículo que no te sonara?

– No.

– ¿Te tiraste alguna vez a Jill Eversall o le compraste hierba a Steve Sifakis?

Le dirigí una mirada de desprecio que habría amilanado al propio Papa.

– ¡Oh, vamos, hombre!

– No. Vamos, tú. Responde.

– Está bien. No, nunca he follado con esa Jill Eversall ni le he comprado hierba a Steve Sifakis.

Uno de los agentes que tenía detrás carraspeó; el Corbata se encogió de hombros y dijo «Quizá volvamos». El poli jefe murmuró «Sigue limpio» al pasar delante de mí camino de la puerta. El otro se limitó a guiñarme el ojo.

No volvieron, por supuesto, y durante las semanas siguientes disfruté de mi fama anónima como «el Descuartizador de Richmond», apelativo que me puso un reportero del Examiner. Mi consigna era: «Como todos los días», y me imaginaba.sometido a una vigilancia permanente, como si cada uno de mis movimientos estuviese siendo observado por unas fuerzas igualmente anónimas, impacientes por cazarme. El cultivo consciente de la paranoia me hizo recluirme en casa por las noches, cuando me habría gustado andar por la calle y oír a la gente hablar de mí; me hizo seguir acercándome a los tablones de ofertas de empleo de la universidad para buscar trabajo, cuando habría querido gastarme en armas el dinero que tenía guardado. No me permitía coleccionar recortes de prensa sobre mi crimen, ni hacer lo que más deseaba: trasladarme a otras ciudades y ver cómo me afectaba. Aquel régimen de vida redujo a ascetismo lo que debería haber sido gozo y celebración, y lo único que tenía de satisfactorio en el plano emocional era la certidumbre de que aquello no hacía más que fortalecerme.

Diez días después de las muertes, encontré otro empleo: limpiar de malas hierbas toda la ladera de una colina situada en el extremo del campus de la Universidad de California en Berkeley. El trabajo era tedioso -sensación exacerbada por el hecho de no necesitar el dinero- y las conversaciones de los estudiantes que escuchaba sin proponérmelo me irritaban: los temas favoritos eran el Watergate y la reciente dimisión de Nixon y, cuando se dignaban a hablar de mí, terminaban pronto, tachándome de «psicópata» o «pirado». Decidí que el 2 de octubre, cuando se cumpliera un mes de las muertes, lo celebraría.

El tiempo transcurrió despacio.

Trabajé en la ladera, oí cháchara de estudiantes y leí periódicos a la hora del almuerzo. La lectura de la prensa era como estar suspendido de una cuerda de ego. Los artículos que me comparaban con la familia Manson, «pero más listo», eran como impulsos que me llevaban a las nubes; los párrafos que atribuían mis muertes al Asesino del Zodíaco -un psicópata místico que mandaba comunicados extravagantes a la policía- me hacían sentir como si me echaran al fango. Ocho días seguidos sin aparecer en la prensa era el abandono absoluto de una madre que arrojaba a su hijo no deseado a un vertedero de basura.

Lo peor era la lentitud con que transcurrían las noches.

A veces, camino de casa, veía polis que buscaban las cosquillas a jóvenes de pelo largo y sabía, no sé cómo, que yo había sido el catalizador de aquel caos menor. Limpiar de maleza cunetas de calles entre la gente era satisfactorio porque allí sabía que los transeúntes conocían mis acciones, pero en casa, en el capullo de cautela que me había creado, sólo estaba yo. Y aunque el «Eres un asesino, Martin» era ahora mi identidad, aún no había decidido proseguir los crímenes para mantenerme en las nubes.

Para el 2 de octubre, el caso del Descuartizador de Richmond era noticia rancia para los medios y el instinto me decía que la policía había pasado a ocuparse de asuntos de prioridad más urgente. La lógica se unió a la emoción para decirme que lo celebrara, y así lo hice.

Tardé un día y una noche enteros en encontrar lo que buscaba, y los cuatrocientos dólares que pagué fueron un precio infinitesimal en comparación con el esfuerzo que significó hablar discretamente con una larga sucesión de maleantes del sur de San Francisco, intercambiar pedigríes y amenidades criminales, y pasar luego por media docena de movidas inútiles, hasta dar con el dueño jubilado de una casa de empeño que quería liquidar «material caliente». La transacción final fue rápida y fácil y, al terminar, era el propietario ilegal de un revólver Colt 357 Magnum, modelo Python, nuevo a estrenar y nunca registrado.

De este modo pasé a tener dos talismanes: uno hecho a mano, el otro ganado con ahínco. En casa, procedí a unir cilindro y boca del arma. Encajaban perfectamente y añadían un peso táctil a mi nueva identidad. La mañana siguiente, camino del trabajo, compré una caja de munición de punta hueca y, con el cañón de mano cargado y provisto del silenciador bajo la camisa, arranqué malas hierbas de la tierra blanda hasta que oscureció. Entonces, rodeado de luces de dormitorio y bajo el cielo estrellado, me dediqué a hacer prácticas de tiro.

Destello de la boca del cañón, retroceso, el ruido sordo del silenciador y el sonido apagado de las balas al penetrar en el suelo removido con la azada. Olor a cordita y a tierra; luces de faros de los coches que, desde la calzada que pasaba por encima de mi cabeza, iluminaban fugazmente el cráter que formaba cada proyectil. Dolor en la muñeca derecha a causa de la combustión interna del Magnum; acopio en los bolsillos, después de cada seis tiros, de los casquillos disparados; recarga a oscuras y disparar, disparar, disparar hasta que vaciaba la caja de puntas huecas y la ladera olía como un campo de batalla sin sangre. Y por fin, el regreso a casa en la furgoneta, temblando por dentro e impaciente por llegar a la autopista abierta y, simplemente, marcharme.

Pero marcharme era, en aquel punto, contrario al «como todos los días», que implicaba quedarse. Así pues, me quedé y se me terminó el trabajo de desbroce, pero continué en la universidad como bedel suplente, dedicado a barrer y pasar la fregona cuando los empleados habituales faltaban al trabajo. Establecí el día de Acción de Gracias, 24 de noviembre, como fecha para marcharme y continué viviendo con lo mínimo. Sólo me permitía un lujo: la munición.

Para no levantar sospechas con compras repetidas de una sola caja, fui a San José e hice una compra grande, un total de 7.200 balas. Lo guardé en una zona boscosa, cerca del lado de Berkeley del puente de la Bahía, y todas las noches disparaba a blancos imaginarios en el agua. Cada fogonazo/retroceso/ruido del silenciador/chapoteo me acercaba más a la marcha, pero todavía no sabía qué significaba eso.

Lo descubrí el día antes de mi partida.

Mi silenciador casero quedó prácticamente destrozado por el exceso de uso, por lo que fui al sur de San Francisco a buscar al hombre de la casa de empeños que me había vendido la Python, para ver si conocía a alguien que pudiera venderme un repuesto profesional. El hombre sonrió a mi petición, apartó de la pared un cuadro de barcos de vela e hizo girar el disco de la caja fuerte que había detrás. Al cabo de un momento, enrosqué un silenciador Black Beauty de la CIA al cañón de mi Magnum e hice entrega de quinientos dólares en retribución. Más que satisfecho, guardé el arma al cinto, la cubrí con el faldón de la camisa y me dirigí a la furgoneta. Vi una máquina automática de venta de periódicos y me acerqué a comprar un Chronicle con la esperanza de ver alguna nota del estilo «Sin pistas en el caso del Descuartizador de Richmond». Me disponía a echar los quince centavos en la máquina cuando vi un cartel fijado a un poste de teléfonos, al lado de ésta.

En el cartel se leía una exclamación: «¡¡¡El precio del pecado!!!», y debajo de estas palabras había una reproducción fotográfica perfectamente clara, con la inscripción «DPSF 4/9/74» al pie. El texto que se leía debajo tenía que ver con la salvación a través de Jesucristo, pero la foto del centro me causó tal temblor que no fui capaz de leer el mensaje con exactitud.

La cabeza cortada de Jill Eversall yacía en primer plano en intenso blanco y negro. El resto del cuerpo estaba caído a la puerta de la cocina. Más allá, se distinguía a Steve Sifakis despatarrado en el suelo y las paredes manchadas de sangre. La Sombra Sigilosa mecanografió «amenaza amenaza amenaza amenaza» delante de mis ojos; luego, borró la línea y la reemplazó por «chifladura sin sentido no amenaza chifladura de aficionado no amenaza no malo aficionado no amenaza no malo».

Arranqué el cartel del poste, hice una bola con él, lo arrojé a la cuneta y lo pisoteé con rabia hasta que se me empaparon las botas, sin dejar de ver los carteles de línea aérea con paisajes de Tahití y de Japón que colgaban de las paredes de la casa de Steve Sifakis y el recuerdo original que me había eludido hasta entonces: el del amante de Season zarandeándome, la oscuridad en la luz, los carteles parecidos en la pared, y el tipo sacudiéndome de forma humillante. La Sombra Sigilosa adoptó la voz de Country Joe McDonald y cantó: «Cenizas a las cenizas y polvo al polvo, el tiempo de tormenta te oxida el corazón.» La voz titubeó a media estrofa, pero entendí que estaba diciéndome que saliera a comprar una hermosa cámara Polaroid para que hiciera compañía a mi Magnum. Siguieron a ésta otras instrucciones, no verbales ni mecanografiadas, sino telepáticas. Sólo durante las catorce horas siguientes, mientras desarrollaba metódicamente cada tarea, cobraron vida impresa:

«Compra la cámara y película.

»Ve a casa y carga todas tus pertenencias en la furgoneta, incluido el mobiliario que habías planeado dejar.

»Confíale las llaves de la casa a la vieja que vive abajo.

»Compra una funda para el arma, corta un agujero en la punta para que quepa el silenciador y sujeta el Magnum a los muelles que hay debajo del asiento del conductor en la furgoneta.

»Duerme bien y mañana por la mañana, bien temprano, toma la Ruta 66 Este hacia la frontera de Nevada.

»Cuando hayas dejado atrás la zona de San Francisco, deshazte de todos los muebles, excepto del colchón.

»Ten a mano la Polaroid.»

Completadas todas estas tareas, realizadas y mecanografiadas y compulsadas profesionalmente, seguí conduciendo hacia el este a través de frondosos bosques de pinos de Nevada, en solitario, sin la Sombra Sigilosa. No había tráfico, llevaba el depósito lleno y guardaba 3.600 dólares en la guantera. Tenía la cámara al alcance de la mano en el asiento del acompañante. Más allá de los árboles imponentes se alzaban las montañas. Me sentí muy lleno de paz.

Entonces vi a los autoestopistas.

Eran un chico y una chica adolescentes; los dos tenían el pelo largo y llevaban cazadoras Levi's, vaqueros y mochilas. Frené y me arrimé a la cuneta. Al cabo de unos segundos, el chico llegó hasta la puerta del acompañante, seguido de la chica. Levanté el seguro con una mano mientras, con la otra, buscaba la funda del Magnum debajo de mi asiento.

– ¡Gracias, señor!

Disparé tres veces, a la altura del pecho y, por el modo en que los chicos saltaron hacia atrás, supe que los había alcanzado a ambos. Puse el freno de mano, encendí los intermitentes, me deslicé al asiento del acompañante y me apeé de la furgoneta. Los adolescentes yacían sobre la grava de la cuneta, muertos. Miré más allá de los cuerpos y observé que la cuneta terminaba en un pequeño talud. Empujándolos con el pie, hice rodar los cadáveres hasta el fondo; después, extendí grava suelta sobre la sangre que había manado de los orificios de salida. Apareció en mi cerebro un cronómetro que marcaba diez minutos, saqué la Polaroid de la furgoneta y bajé el talud con ella.

Los autoestopistas yacían en la tierra blanda del fondo, unidos en una postura propia de un rompecabezas: la cabeza de ella sobre la corva de la pierna derecha del chico y las puntas de los dedos de las manos de ambos cruzadas en ángulos divergentes. Los cuerpos me recordaron banderas de señales que enviaban la palabra «chifladura» y estuve a punto de olvidar la cautela en mi deseo de hacerlos perfectos.

Pero no. En primer lugar, inspeccioné el pecho y la espalda del chico; después, hice lo propio con la chica y, cuando vi un orificio de salida en la espalda y desgarros en la mochila que tenía al lado, supe que las balas estarían dentro de ésta. El cronómetro indicaba que había transcurrido 1.37 cuando abrí la cremallera y hurgué entre braguitas y blusas hasta que mis dedos tocaron metal caliente. Guardé los proyectiles en el bolsillo de la camisa y dejé que ardieran; después, excavé furiosamente una tumba poco profunda en la tierra que nos rodeaba a los tres.

6.04 transcurridos.

Con la manga de la camisa, limpié de huellas la mochila de la chica. Después, desnudé los cuerpos y arrojé sus ropas y mochilas a la tumba.

7.46 transcurridos.

Una vez desnudos, coloqué a la chica boca arriba y le abrí las piernas; al chico, lo puse encima de ella. Cuando la simulación del coito me pareció perfecta, saqué la primera foto. Me quedé observando la cámara mientras ésta expulsaba la instantánea, aún en blanco, y esperé.

9.14 transcurridos.

La perfección fotográfica fue cobrando vida y, de forma misteriosa, sobrenatural, supe que aquella imagen constituía una clave de mi fijación por las rubias, por Lauri la puta, y de cosas muchísimo más antiguas.

10.00 transcurridos. Sonaron las alarmas. Me di cuenta de que la Sombra Sigilosa y yo nos habíamos fundido, finalmente, en uno solo. Cubrí los cuerpos con tierra suelta y coloqué varias ramas gruesas encima para disimularlos.

Tic tic tic tic tic tic tic tic.

Me concedí unos segundos conmemorativos más, guardé la foto en el bolsillo, vi que la sangre del cuello de mi camisa no era más de la que me habría causado un corte al afeitarme; también me di cuenta de que la siguiente vez tendría que robar dinero y, posiblemente, tarjetas de crédito. Cuando fue hora de marcharme, borré las huellas de mis pisadas caminando de lado sobre ellas en mi regreso talud arriba. En la carretera, el paisaje estaba absolutamente tranquilo. Al sol del otoño, la furgoneta parecía nueva y, siguiendo un impulso, la bauticé como Muertemóvil. A continuación, me alejé de allí.

III. Crímenes de oportunidad; asaltos de pesadilla (1974-1978)

De la revista Boss Detective, número del 28 de diciembre de 1974:

EL PERRO DE UNOS CAMPISTAS PROTAGONIZA

EL MACABRO HALLAZGO

¡SE BUSCA A UN MANÍACO SEXUAL!

Sin el agudo olfato de Buford, un basset de tres años, quizá nunca se habrían hallado los cuerpos de Karen Roget y Todd Millard, desaparecidos desde el día de Acción de Gracias. Buford, que pertenece al matrimonio Bradley Streep, de Sacramento, California, jugueteaba sin correa cerca de un terreno de acampada adyacente a la Ruta 66, en las afueras de Hastings, Nevada, cuando, según el señor Streep, «empezó a ladrar como un loco y se puso a escarbar la tierra. Cuando encontró el primer hueso, casi se me cayeron de la mano las galletas».

El hueso era humano y el señor Streep (que había estudiado en una escuela de quiropráctica hace unos años) lo reconoció como tal, así que corrió a la tienda en busca de su transmisor de radio. Mientras su amo se ponía en contacto con las autoridades, Buford continuó cavando y pronto encontró los esqueletos de dos cuerpos, junto con su ropa y las mochilas, que contenían sus documentos de identidad, una muda de ropa y una tienda de campaña. El perro estaba royendo felizmente un hueso del pie cuando el señor Streep regresó con el ayudante del sheriff del condado de Lewis, J. V. McClain, que se quedó boquiabierto ante la postura en que fueron hallados los esqueletos.

«Los cuerpos estaban dispuestos de un modo que… en fin… que sugería un coito -declaró el ayudante McClain a Robert Rice, corresponsal del Boss Detective-. Aunque el estado de descomposición era completo, era evidente lo que había hecho el asesino.»

Pese a estar absolutamente conmocionado, McClain solicitó refuerzos por radio e inspeccionó la ropa que había debajo de los cuerpos en la tumba. Al descubrir que los permisos de conducir pertenecían a Todd Thomas Millard, de 17 años, y a Karen Nancy Roget, de 16, ambos residentes en Sacramento, recordó que se había emitido un boletín con la desaparición de los dos jóvenes. «Habían sido vistos con vida por última vez hacía un mes aproximadamente, el 24 de noviembre, día de Acción de Gracias -dijo-, y, por el estado de los cuerpos, deduje que llevaban muertos desde entonces.»

Inmediatamente llegó el forense del condado de Lewis y estableció en seguida la causa de las muertes: «Por los desgarros y las manchas de sangre en la ropa y en las mochilas, se puede dar por seguro que murieron por disparos de arma de fuego.»

Más tarde, una patrulla de agentes rastreó la zona, pero no se encontraron proyectiles disparados, y se acordonó el escenario del crimen con la cinta amarilla. Mientras tanto, se retiraron los cadáveres de los jóvenes y los técnicos siguieron buscando pistas. El matrimonio Streep y Buford prosiguieron sus vacaciones tras recibir grandes alabanzas por parte de las autoridades del condado de Lewis, que enseguida iniciaron una investigación. Tres días después, el sheriff Roger D. Norman declaró a la prensa:

«Tenemos pocas pistas en los brutales asesinatos de Todd Millard y Karen Roget. El tiempo transcurrido entre la muerte y el descubrimiento de los cadáveres constituye un serio obstáculo. Asimismo, no hemos encontrado ningún testigo, y los familiares, amigos y conocidos de los fallecidos no nos han proporcionado pistas efectivas. Sin embargo, hemos descartado el robo como móvil y estamos centrando nuestros esfuerzos en los expedientes de los delincuentes sexuales conocidos.»

Mientras tanto, familiares y amigos desolados lloran a Todd y a Karen y rezan para que la policía encuentre al maníaco que los mató.

De True Life Sleuth, número de marzo de 1975:

MANÍACO O MANÍACOS SUELTOS POR

LAS CARRETERAS DE NEVADA/UTAH

¿ESTÁN RELACIONADOS LOS CRÍMENES?

La policía sigue atónita ante la ola de asesinatos perversamente inteligentes y al parecer aleatorios que ha barrido Utah y Nevada. Desde el día de Año Nuevo, han aparecido asesinados cuatro jóvenes de buenas familias que se habían ausentado de casa sin permiso. Los denominadores comunes han sido el robo como único móvil posible, el hecho de que las víctimas eran ricas y que no habían informado a la familia de adónde iban. Aparte de estos factores, los cuerpos de seguridad que trabajan en la investigación no están seguros de que los crímenes estén relacionados. Los cuatro fallecidos son:

Randall Hosford, de 18 años, al que encontraron en una alcantarilla a las afueras de Carson City, Nevada, el dos de enero. El muchacho vivía de la paga que le pasaba su rica familia del norte de California y se sabía que recorría los estados occidentales en autoestop llevando tarjetas de crédito y grandes cantidades de dinero en efectivo. Cuando la policía descubrió su cuerpo estrangulado, le habían vaciado la cartera. Estado de la investigación: sin pistas.

Lee Richard Webb, de 20 años, natural de Las Vegas. Hijo del propietario de un casino, el joven Webb fue visto por última vez haciendo autoestop a la salida de la ciudad el 19 de enero. Su cuerpo apareció una semana más tarde en el desierto, a cuarenta kilómetros de la meca del juego. Le habían robado y lo habían estrangulado. Estado de la investigación: sin pistas.

Coleman Loring, de 19 años, y su amigo Ralph De Santis, de 21, nacidos en la rica población de Moab, Utah, e hijos de empresarios mineros, fueron encontrados atados juntos. Les habían robado y disparado en el corazón en el interior de una cueva a las afueras de Moab, el 26 de enero. No se encontraron casquillos, aunque los grandes orificios de entrada y salida apuntan a que el arma asesina era de gran calibre. Los chicos iban a Las Vegas en autoestop para pasar el fin de semana jugando y se sabe que llevaban unos dos mil dólares en efectivo. Estado de la investigación: sin pistas.

Posdata: En el momento de cerrar la edición, nuestro corresponsal en Carson City nos ha hecho llegar el siguiente boletín:

«La policía ha recuperado las tarjetas de crédito propiedad del fallecido Randall Hosford. Un hombre sin identificar (que ha sido descartado como sospechoso del asesinato) explicó a los detectives del DPCC que conoció en un bar a un tipo de aspecto corriente, de unos veintisiete o veintiocho años, conocido como el Sigiloso, y que el tipo le vendió las tarjetas de crédito por cien dólares cada una, asegurándole que "estaban más frías que la piedra". El DPCC no ha podido localizar al Sigiloso y el hombre que compró las tarjetas ha sido acusado de comercio con bienes robados.»

De la columna «¿Ha visto usted a estas personas?», de la revista True Life Sleuth, número de junio de 1975:

Nota del editor: Normalmente, en esta columna aparecen fotografías de personas desaparecidas que nos cede el Departamento de Vehículos a Motor, pero como todas las personas enumeradas a continuación no tienen la edad mínima necesaria para poseer permiso de conducir o carecen de él, daremos sólo su descripción física así como los últimos paraderos conocidos. Desde True Life Sleuth, queremos alertar a las autoridades pertinentes de que estas cinco personas han desaparecido de dos estados colindantes en un periodo de ocho semanas.

Everett Bigelow, sexo masculino, raza blanca, natural de Provo, Utah. Visto por última vez en Provo el 4/3/75. Tiene 71 años, mide 1,77 y pesa 65 kilos. Cabello gris, ojos azules y constitución delgada. Se sabe que frecuentaba cervecerías. No posee marcas ni tatuajes que lo identifiquen.

Hazel Leffler, sexo femenino, raza blanca, 67 años, natural de Bostang, Utah. La última vez que se la vio, el 11 de marzo, estaba hablando con un hombre no identificado de raza blanca a la puerta del centro comercial Bostang. Cabello teñido de negro, ojos castaños, mide 1,68 y pesa 70 kilos. Constitución gruesa. Lleva gafas y utiliza un bastón para caminar.

Wendy Grace Sanderson, de 14 años y su vecino Carl Sudequist, de 16, ambos de Putnamville, Nevada. Vistos por última vez en una zona de picnic próxima a Putnamville, el 9/4/75. Ambos son de raza blanca. La chica mide 1,40, pesa 42 kilos, tiene cabello rubio y ojos verdes. El chico mide 1,67, pesa 62 kilos, cabello y ojos castaños. La última vez que se los vio vestían el uniforme azul marino del colegio Saint Mary, de Putnamville.

Gregory Hall, de 37 años, natural de Las Vegas, Nevada. Sexo masculino, raza blanca, mide 1,83, pesa 85 kilos, tiene el cabello castaño y los ojos azules. Visto por última vez haciendo autoestop cerca de la frontera entre Nevada y el norte de Utah el 30 de abril, y de quien se ha averiguado que tal vez sea un ex recluso que no se ha presentado a su agente de la libertad condicional. (En el próximo número de True Life Sleuth aparecerán fotos de la prisión, en la columna «¿Ha visto usted a estas personas?».)

Nota del editor: Cualquier información sobre el paradero actual de las personas arriba mencionadas debe dirigirse a la policía estatal de Nevada, la policía estatal de Utah o al teléfono gratuito de personas desparecidas de True Life Sleuth, número 1-800-DESAPARECIDAS.

De True Crime Detective, número de julio de 1975:

MACABRA MUERTE DE UN FRIEGAPLATOS

SORDO Y DEFICIENTE MENTAL

Salt Lake City, Utah, 16 de junio de 1975:

El cuerpo de un joven sordo y deficiente mental de Salt Lake City fue hallado esta mañana en las llanuras de sal próximas al Gran Lago Salado. La víctima, Robert Masskie, de 18 años, trabajaba fregando platos en el restaurante Colonial Joe, de Salt Lake City, y acababa de cobrar su sueldo de dos semanas. Cuando lo encontraron, no tenía el dinero y en estas primeras fases de la investigación se cree que el móvil fue el robo. Los compañeros de trabajo del simpático discapacitado expresaron consternación ante su muerte y el encargado de la freidora, Martin Plunkett, de 27 años, dijo: «Bobby era un autoestopista empedernido y eso es peligroso. Advierta por favor a sus lectores de que vayan con cuidado y no hagan autoestop.»

Sabio consejo. Todavía no hay pistas, pero los mantendremos al día de los avances de la investigación en el número de True Crime Detective del mes próximo.

De la revista Boss Detective, en la columna «¡Desaparecidos!», número de diciembre de 1975:

Vistos por última vez el 30/10/75 en la Interestatal 95, a las afueras de Ogden, Utah, «hablando con un joven blanco alto» que podría ser el propietario de una furgoneta último modelo de color grisáceo:

Kenneth Neufeld, de 41 años, sexo masculino, raza blanca, mide 1,80, pesa 82 kilos, tiene el cabello y los ojos castaños y un tatuaje del Cuerpo de Marines en el antebrazo derecho.

Cynthia Neufeld, de 39 años, sexo femenino, raza blanca, mide 1,62, pesa 62 kilos y tiene el cabello rubio y los ojos castaños. Sin marcas que la identifiquen.

El 1/12/75, sus hijos adolescentes denunciaron la desaparición a la policía. Se encontró su vehículo abandonado en el bosque, a las afueras de Odgen, el 4/12/75. Se ha realizado una batida completa de la zona y no se ha encontrado ninguna pista. La oficina de Personas Desaparecidas, el Departamento de Policía de Odgen y la policía estatal de Utah tienen fotos del señor y de la señora Neufeld. Para cualquier información o consulta sobre estas personas, diríjanse a los cuerpos de seguridad mencionados.

Del Boss Detective, número de abril de 1977:

¿OTRO ASESINO DEL ZODÍACO ACTÚA EN COLORADO?

¿ESTÁN RELACIONADAS LAS MUERTES DE

LOS UNIVERSITARIOS? ¿SON LAS MARCAS RITUALES

OBRA DE FANÁTICOS DE CIERTO CÓMIC?

Aspen, Colorado, es un centro abierto todo el año que atrae a gente joven que quiere divertirse y constituye la indiscutible «capital de las fiestas» invernales gracias a sus pistas de esquí y a sus acogedores albergues para esquiadores. Los jóvenes van a Aspen para relajarse y escapar de la presión de los estudios o el trabajo. En Aspen lo pueden pasar muy bien pero, desde enero de 1976, ocho estudiantes universitarios que visitaban la localidad han desaparecido de la faz de la tierra. Son los siguientes:

Cindy Keneally, de 22 años, natural de Chicago, Illinois, vista por última vez el 18/1/76.

George Keneally, de 20 años, natural de Chicago y marido de Cindy, visto por última vez el 18/1/76.

Gustavo Torres, de 23 años, natural de Sao Paulo, Brasil, visto por última vez el 26/1/76.

Mills Jensen, de 24 años, nacido en Aspen. Visto por última vez el 1/3/76.

Craig Richardson, de 17 años, natural de Glendwood Springs, Colorado, visto por última vez el 1/4/76.

Maria Kaltenborn, de 21 años, natural de Akron, Ohio, vista por última vez el 2/6/76.

John Kaltenborn, de 22 años, esposo de Maria, visto por última vez el 2/6/76.

Timothy Bay, de 16 años, natural de Glendwood Springs, visto por última vez el 18/8/76.

Los agentes que investigaron las desapariciones se apresuraron a declarar que en los centros vacacionales como Aspen hay mucha gente de paso y el año pasado, en la primavera del 76, cuando el número de personas desaparecidas llegó a cinco, descartaron la idea de que alguien les hubiera hecho daño voluntariamente. Luego, sin embargo, durante el deshielo de 1976, aparecieron los cadáveres mutilados del matrimonio Keneally y del señor Torres en los bancos de nieve fundida y ya no cupo duda de que un maníaco andaba suelto.

Las temperaturas bajo cero que se mantienen todo el invierno conservaron los cuerpos de una manera pasmosa. El señor y la señora Keneally estaban desnudos y colocados en una postura explícitamente sexual, y el señor Torres, que desapareció ocho días después que la pareja, se hallaba a pocos metros de distancia. Las tres víctimas murieron degolladas y les marcaron las letras S. S. en el torso.

Las autoridades primero creyeron que las marcas apuntaban a un asesino de ideología nazi puesto que S. S. eran las iniciales de la policía secreta de Hitler, pero luego esta hipótesis perdió peso y los homicidios fueron atribuidos al Asesino del Zodíaco, un asesino en serie que actuó en el norte de California a finales de los sesenta y principios de los setenta. Las marcas con las letras S. S. en el cuerpo eran oblicuas, de modo que parecían zetas, y el Asesino del Zodíaco (que enviaba mensajes a la policía de San Francisco declarando que «se estaba procurando esclavos para la otra vida») a veces marcaba a sus víctimas de forma similar.

Martin Plunkett, residente en Glenwood Springs, ofreció una hipótesis completamente distinta. Plunkett, de 28 años, que trabaja de bibliotecario adjunto en la biblioteca de la localidad, es aficionado a los relatos de crímenes y de pequeño había coleccionado cómics; según él, las iniciales podían ser una referencia a la Sombra Sigilosa, el villano de unas historietas famosas en los cincuenta y los sesenta. La policía de Aspen agradeció esta teoría al señor Plunkett y procedió a investigar a coleccionistas de cómics, todos los cuales, finalmente, fueron descartados como sospechosos. Tras ello, este largo y frustrante caso de asesinatos/desapariciones ha vuelto a su situación actual: sin pistas.

En una conferencia de prensa celebrada el mes pasado, Arthur Whittinghill, jefe de policía de Aspen, declaró: «Las muertes de los Keneally y de Torres fueron obra de una o varias personas, de eso no cabe duda, y sospecho que el componente sexual de los crímenes fue un subterfugio, es decir, una forma de ocultar el verdadero móvil por parte del asesino o asesinos. Las otras cinco desapariciones pueden estar relacionadas o no, y dado que los cuerpos no han aparecido, me inclino a pensar en diferentes asesinos-secuestradores. Las especulaciones en torno al libro de cómics del Zodíaco son, a mi modo de ver, absurdas, y ahora lo más importante es que todos los residentes y visitantes de Colorado sean precavidos con los desconocidos.»

Del Boss Detective, en la columna «¡Desaparecidos!» del número de noviembre de 1978:

Las nueve personas que se mencionan a continuación desaparecieron entre abril de 1977 y el día de cierre de esta edición, 15 de octubre de 1978. Todas fueron vistas por última vez en distintos lugares de Kansas y de Misuri, todas son de raza blanca y estudiantes universitarios. Los departamentos de Personas Desaparecidas de las policías estatales de Kansas y de Misuri poseen fotografías de ellas. Dirijan a dichas policías toda la información que puedan aportar. Los desaparecidos son:

Janet Cahill, 21 años, estatura 1,59, peso 48 kilos, cabello castaño, ojos azules. Vista por última vez en Holcomb, Kansas, el 16/4/77.

Walter Cahill, 17 años (hermano de Janet Cahill), estatura 1,74, peso 61 kilos, rubio, ojos azules. Visto por última vez en Holcomb, Kansas, el 16/4/77.

James Brownmuller, 24 años, estatura 1,89, peso 98 kilos, rubio, ojos azules. Visto por última vez a la entrada de Wichita Falls, Kansas, el 9/6/77.

Mary Kilpatrick, 20 años, estatura 1,53, peso 45 kilos, rubia, ojos azules, vista por última vez en Wichita Falls el 11/6/77.

Thomas Briscoe, 22 años, estatura 1,83, peso 80 kilos, cabello y ojos castaños. Visto por última vez en Wichita Falls, el 7/7/77.

Karsten Hanala, 26 años, estatura 1,87, peso 90 kilos, cabello castaño, ojos negros. Visto por última vez a las afueras de Tompkinsville, Kansas, «hablando con un tipo corpulento que conducía una furgoneta», el 6/8/77.

Christine Muldowney, 19 años, estatura 1,68, peso 70 kilos, cabello rubio, ojos azules, vista por última vez en Joplin, Misuri, el 13/3/78.

Lawrence Muldowney, 17 años, 1,85, 72 kilos, cabello rubio, ojos castaños, visto por última vez en Joplin, Misuri, el 13/3/78.

Nancy De Fazio, 20 años, estatura 1,60, peso 55 kilos, cabello negro, ojos castaños. Vista por última vez cerca de Blue Lake, Misuri, el 1/10/78.

Nota final: Dejando de lado la suposición de que hayan muerto, han aparecido tarjetas de crédito pertenecientes a algunos de los desaparecidos en transacciones recientes de todo el país y se ha detenido a dos personas que utilizaron fraudulentamente dichas tarjetas. Ambas, sin embargo, poseen sólidas coartadas para el momento de la desaparición de los propietarios de las tarjetas. Estos dos hombres han sido descartados como sospechosos después de someterlos a una rigurosa prueba del polígrafo y uno de ellos, durante dicha prueba, afirmó que «había comprado la tarjeta a un tipo que la había comprado a otro tipo con un nombre muy raro, algo así como "el Sigiloso".»

15

Los maté a todos, y los asesinatos/desapariciones que recogen los artículos anteriores constituyeron aproximadamente las dos terceras partes de mi cuenta de cadáveres.

Algunos fueron crímenes de oportunidad y conveniencia; otros fueron ataques contra las pesadillas que sufría tanto despierto como dormido y el ocasional impulso recurrente a vivir fantasías de la infancia. Los ejecuté todos a la perfección.

Mi herramienta básica era el Muertemóvil y mi medio básico de evitar la captura consistía en evitar por completo las pautas de conducta de los criminales. Nunca hablaba de mis hazañas, no tomaba drogas ni bebía alcohol, no compraba con las tarjetas de crédito que robaba y sólo las vendía a borrachos y a drogadictos de los bajos fondos a los que conocía en bares, unos tipos que después me describían como «grande», «alto», «joven» o «el Sigiloso», pero que serían incapaces de identificarme en una rueda de reconocimiento. Nunca mataba cuando existía la más remota posibilidad de que hubiese testigos, y los pocos testigos parciales que me vieron hablando con las personas a las que conocía por el camino y a las que luego mataba no podrían identificarme porque siempre me ponía de espaldas a la carretera. «Grande», «alto», «blanco», sí. Martin Michael Plunkett, no.

Precaución.

Entre 1974 y 1978, los asesinatos con robo me reportaron 11.147 dólares. No llevaba esa cantidad conmigo, por supuesto, sino que la guardaba en cajas de seguridad bancarias, en entidades distintas desperdigadas por la mitad occidental del país y cuyo alquiler pagaba por anticipado para diez años. Las llaves las escondía en áreas boscosas cercanas, con lo que la llave final era mi memoria.

Ultraprecaución.

El Muertemóvil II, que compré en Denver con los beneficios de las muertes de Aspen, sustituyó al Muertemóvil I cuando advertí lo imprudente que era conducir con un arma ilegal escondida debajo del asiento. Si me sometían a un control policial, la 357, las revistas de detectives que guardaba como recuerdos de mis proezas y la marihuana que normalmente tenía para seducir a los tipos de aspecto hippie despertarían las peores sospechas. Necesitaba tenerlo todo a mano, pero fuera del alcance del registro policial más estricto. El Muertemóvil I carecía de escondrijos adecuados, pero estudiando los manuales del usuario de varias marcas de furgoneta descubrí que el último modelo de Dodge poseía un bastidor compuesto de «bolsillos» metálicos de forma rectangular, con la abertura lateral. Supuse que dos o tres bolsillos bastarían para ocultar todo mi material de contrabando. A fin de conseguir un aspecto uniforme, tendría que cubrir todos los extremos con alambre o metal, pero la tranquilidad mental que eso me proporcionaría bien merecía el esfuerzo.

Así, en marzo de 1977 compré una furgoneta Dodge 300 del 76 y le practiqué una importante operación quirúrgica en el bastidor, tapando los veinte bolsillos con tela metálica. Dentro de cuatro de ellos guardé la 357, las revistas y la droga. Detrás del asiento, con mis pertenencias legales, puse un juego de herramientas y señales luminosas que me ayudaran en mi papel de buen samaritano de la carretera. La Polaroid la llevaba siempre delante, cargada, a mi lado.

«Precaución.»

«Ultraprecaución.»

«Preparación.»

Aquellas tres recomendaciones se combinaban para poner en cursiva, entre paréntesis y subrayada la palabra «metodología». Dentro de este término se combinaban variaciones de las tres primeras advertencias para formar unas reglas.

«Limpia todas las superficies de la furgoneta que las víctimas puedan haber tocado.»

«Mata con el Magnum sólo como último recurso y trata de recuperar los casquillos.»

«Entierra a todas las víctimas tan profundamente como te permitan los diez minutos de cronómetro.»

«Mata sexualmente sólo cuando las pesadillas y las fantasías empiecen a resultar dolorosas y rompe las fotos a las cuatro horas, después de catalogar mentalmente y memorizar hasta el último detalle.»

Entre 1974 y 1978, sólo maté sexualmente/desnudé/coloqué/fotografié un total de cuatro veces. La primera, después de dejar San Francisco, fue por una necesidad de rectificar la confusión de Eversall/Sifakis; en los siguientes casos, lo que me impulsó fueron las pesadillas y un deseo sexual incrustado. Sin embargo, sabía que lo que buscaba estaba más allá del alivio y del orgasmo, y tenía suficiente presencia de ánimo para elegir cuidadosamente a mis víctimas. La selección se basaba en la intuición de cómo quedarían los cuerpos juntos.

El desnudo de los Keneally en las nieves de Colorado anuló mis pesadillas e hizo que me corriera, pero no satisfizo mi curiosidad, de manera que diez días después situé a Gustavo Torres junto a ellos y sentí la llamada del antiguo miembro de un trío a la puerta de mi memoria. Vagamente temeroso de lo que pudiera decir quien llamase, me retiré hasta que las pesadillas se volvieron terribles y la entrepierna me dolió como si contuviera estallidos de bombas. Entonces encontré a los Kalternborn haciendo dedo cerca de Glenwood Springs y me pasé horas situándolos y haciéndoles fotos, mientras yo, desnudo, participaba en el trío. De nuevo hubo un instante de liberación seguido de semanas de consuelo, pero no se produjo penetración del recuerdo.

Como notaba que el recuerdo tenía su origen en la infancia y se correspondía con mi viejo demonio de lo rubio, esperé dos años hasta que encontré una pareja de amantes potenciales que me parecieron perfectos más allá de la perfección, los hermanos Muldowney, chico y chica, de Joplin, Misuri. Rubios, de ojos azules y guapos. Prometiéndoles hachís, los atraje a un tramo solitario de colinas, los estrangulé, los desnudé, les hice fotografías, los toqué, me toqué e incluso puse en peligro mi seguridad quedándome con los cuerpos hasta entrada la noche.

El esfuerzo no me iluminó.

El esfuerzo no me iluminó porque, en el fondo, yo mataba por capricho monetario, por gratificación biológica y para que el dolor me abandonara. Los nueve meses que siguieron a los Muldowney pasaron en un halo de confusión, y entonces incluso la exploración de mi memoria se volvió caprichosa, porque una pesadilla se materializaba en forma de ser humano vivo y yo tenía que matar para sobrevivir.

IV. El rayo cae dos veces

16

4 de enero de 1979

Me dirigía al norte por la U.S. 5 bajo una tormenta de nieve, con destino a Lake Geneva, Wisconsin, una población turística frecuentada todo el año. Andaba corto de dinero para el viaje, debido a que había equipado el Muertemóvil II para el invierno con neumáticos de nieve de primera, edredones de pluma para dormir y paneles de aislamiento que me habían salido caros, y mi reserva de dinero más cercana estaba en un banco del centro de Colorado. Mientras pasaba de Illinois a Wisconsin, contemplé los ventisqueros que se formaban y supe que a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino le esperaba una larga e intensa congelación.

Tomada la decisión, tuve una reunión de trabajo con «cautela» y con «preparación». Pensé en las patrullas de tráfico que recorrerían las carreteras para ayudar a conductores en dificultades y recordé ciertas muertes en Aspen, hacía tiempo, y lo difícil que resultaba estrangular o aporrear con las piernas atascadas en la nieve. Densos muros de abetos desnudos flanqueaban la carretera y los imaginé como receptáculos de puntas huecas ensangrentadas. Me vino la respuesta de disparar/robar/recuperar/enterrar. Detuve el coche en la cuneta y saqué el Magnum de su escondite debajo de la carrocería.

La nevada arreció y, hacia mediodía, empecé a preguntarme si debería buscar alojamiento o aparcar a la espera de que remitiera la tormenta. Estaba en el proceso de decidir qué haría cuando vi un Cadillac situado erráticamente en la parte izquierda de la autovía, con el morro salido y en peligro inminente de recibir un golpe de refilón.

Frené y guardé la 357 en la parte trasera de los pantalones, asegurándome de que la chaqueta ocultaba la culata. No había tráfico y crucé la calzada a la carrera hacia el Cadillac.

No había nadie dentro y vi un leve rastro de pisadas de una sola persona, ya medio cubiertas por la nieve que caía, que se dirigían a la cuneta derecha y seguían en dirección norte. Al acecho, volví al Muertemóvil y continué la marcha despacio, con un ojo en el espacio que conseguía despejar el limpiaparabrisas izquierdo y el otro en la cuneta.

Media hora más tarde, vi al hombre, que avanzaba trabajosamente con la nieve hasta los tobillos. Cuando oyó mi motor, se volvió y la nieve que tenía en la cabeza me hizo buscar a tientas la Polaroid.

Toqué el claxon y frené. El hombre agitó la mano frenéticamente en dirección a su presunto rescatador. Puse el freno de mano y los intermitentes y abrí la puerta del acompañante para observar a mi víctima.

Era de mediana edad y grueso, y su halo de opulencia en apuros desmerecía la encantadora corona de nieve que portaba. Entre jadeos, el hombre me dijo:

– Mi mujer no para de insistir en que compre un radiotransmisor y ahora comprendo por qué. -Señaló la Polaroid y añadió-: ¿Fotógrafo, eh? Dicen que son ustedes capaces de ir a donde sea por una instantánea, y ya no tengo ninguna duda de ello.

Saqué la 357 y le puse la boca del silenciador delante de la nariz. «¿Eh? ¿Pero qué…?», balbuceó el hombre. Sonreí y repliqué: «Sólo quiero tu dinero.»

Temblando, más de miedo que de frío, el tipo dijo que lo llevaba encima y oí el castañeteo de sus dientes. Le indiqué que se dirigiera hacia los abetos situados a unos diez metros de donde estábamos. Le dejé abrir la marcha y, cuando estaba a tres metros de una sólida barrera de troncos, le disparé dos tiros por la espalda.

El silenciador emitió un estampido amortiguado, el gordo voló hacia delante y me llegó el eco de la madera al astillarse. Puse el cronómetro a ocho minutos, para ser ultracauto, y conté despacio hasta veinte para que mi víctima tuviera tiempo de morir. Cuando estuve seguro de que no me molestaría con espasmos reflejos ni rociadas de sangre, lo agarré por los talones y lo arrastré hasta los árboles en los que era más probable que se hubieran alojado las balas. Cuando vi las puntas huecas incrustadas, una junto a la otra, en el tronco de un arbolillo joven, las saqué con los dedos y las guardé en el bolsillo de la chaqueta. Después, arrastré el cuerpo a través de un claro hasta un banco de nieve que ya tenía un metro de profundidad. No llevaba guantes, por lo que me cubrí las manos con las mangas para sacar la cartera del bolsillo interior de su chaqueta y extraer de ella un fajo de billetes de cien, veinte y diez, además de una colección de tarjetas de crédito. Guardé billetes y tarjetas en los bolsillos traseros del pantalón, me aparté del cuerpo, respiré profundamente y descolgué del hombro la Polaroid.

4.16 transcurridos.

Hice inventario de mi persona y toqué el Magnum, las balas disparadas y las tarjetas y billetes robados. Las huellas de pisadas y la sangre eran faits accomplis; la nieve que seguía cayendo no tardaría en cubrirlas. Bajé la vista al muerto y advertí que la corona de nieve le confería cierto aire de romántico de época, como si fuese un lechuguino de los tiempos de Beethoven que disimulaba su fealdad bajo una peluca empolvada. La idea me inspiró, y me incliné sobre el muerto para sacarle una foto, un primer plano de la parte posterior de la cabeza. La cámara expulsó el papel en blanco y, cuando apareció en él la imagen de la corona de nieve, guardé la foto en el bolsillo delantero, le di la vuelta al cuerpo y tomé otra instantánea de su máscara mortuoria, con los ojos saltones y la boca ensangrentada. Mi memoria centelleó y, con seis minutos por delante, eché nieve sobre el cuerpo hasta que quedó cubierto con un montículo de prístina blancura. Cuando hube terminado el trabajo, estudié la cara de la foto mientras volvía al Muertemóvil.

Después de guardar de nuevo el 357 en su compartimento de seguridad, continué el viaje. Coloqué las fotos en el salpicadero, donde pudiera verlas contra la nieve/peluca empolvada. Avancé despacio, sin apartarme del carril derecho, e imaginé a la madre naturaleza borrando mi rastro del escenario del crimen. La tormenta alcanzaba proporciones de ventisca y me di cuenta de que sería imposible llegar a Lake Geneva antes de medianoche; pronto tendría que buscar abrigo. El limpiaparabrisas apenas conseguía apartar el polvo que chocaba con el cristal y, cuando llegué a una larga curva en forma de S, tuve que detenerme y bajar a despejarlo con las manos.

Entonces vi el control de carreteras.

Estaba a sesenta metros de distancia y al momento comprendí que no podía ser por mí: había matado al gordo limpiamente, hacía ya una hora y media, y si me hubieran identificado como el asesino, la policía ya habría hecho un movimiento de aproximación. Por dentro, me tensé como un tambor. Limpié el parabrisas con la manga, volví al volante y, haciendo pedazos las fotos de muerte, las arrojé a la nieve por la puerta del acompañante. Me acordé de las balas y las tarjetas de crédito que llevaba en el bolsillo y me deshice de ellas también. Después, entré una marcha y me aproximé al puesto de control.

Junto a las vallas que cortaban el paso estaban apostados numerosos policías del estado armados con fusiles, y detrás de ellos se alineaba media docena de coches patrulla azules y blancos. Cuando me detuve, dos polis se acercaron al Muertemóvil en un movimiento envolvente, apuntándome directamente con las armas. Desde detrás de la barrera, una voz amplificada electrónicamente gritó: «¡Conductor de la furgoneta plateada! ¡Abra la puerta del vehículo, ponga las manos sobre la cabeza y camine hasta el centro de la calzada! ¡Hágalo despacio!»

Obedecí, muy despacio, bajo la nevada. Los dos policías continuaron apuntándome. Los ojos de sus fusiles del calibre 12 se veían grandes y negros contra el blanco de la nieve. Cuando llegué al centro de la calzada, un tercer agente me agarró los brazos por detrás, los juntó a mi espalda y me puso las esposas. Una vez inmovilizado, una nube de policías saltó las vallas y se lanzó sobre el Muertemóvil mientras los dos de los fusiles bajaban sus armas y se acercaban. El que me había puesto las esposas me cacheó por detrás y anunció: «Limpio.» Los otros dos me indicaron que volviera a la furgoneta. Había agentes encima, debajo y dentro del Muertemóvil II; aquello me irritó y me di cuenta de que la mejor manera de afrontar mi primer interrogatorio serio desde el de Eversall/Sifakis, ocurrido cuatro años atrás, sería mostrarme indignado.

– ¿A qué cojones viene esto?-exclamé.

Los polis de los fusiles me empujaron contra la furgoneta y también ellos se apoyaron en su costado. Así, los tres tuvimos cierta protección del viento y de la nieve. El policía de más edad, que llevaba una insignia de teniente en la parte delantera de su sombrero de agente forestal, me preguntó a bocajarro:

– ¿Nombre?

– Martin Plunkett.

– ¿Dirección?

– No tengo dirección, en este momento. Me dirijo a Lake Geneva a buscar empleo.

– ¿Qué clase de empleo?

Emití un suspiro de irritación y respondí:

– Ascensorista o barman en invierno y, quizá, caddie durante la temporada de golf.

Intervino el otro agente:

– ¿Eres un transeúnte profesional, Plunkey?

– Llámeme por mi apellido -repliqué.

El teniente me quitó la cartera del bolsillo de atrás y se la entregó a un agente que había entrado en la cabina del Muertemóvil.

– Informa a todas las unidades -dijo y, volviéndose hacia mí, añadió-: Señor Plunkett, tiene derecho a guardar silencio. Tiene derecho a que esté presente un abogado durante su interrogatorio. Si no puede pagarse el abogado, se le designará uno de oficio.

Me tragué la letanía. Al fondo, oí pronunciar mi nombre, acompañado de los datos del permiso de conducir, por el micrófono de la radio de un coche patrulla. Al parecer, el registro de la furgoneta ya estaba terminando.

– ¿Quieres hacer una declaración, Plunkey?-preguntó el poli raso.

Le dirigí una sonrisa a lo Bogart:

– ¿Me la quieres chupar, mamón?

El agente cerró los puños y el teniente me agarró y me apartó unos metros. Oí que una voz anunciaba: «¡El vehículo parece limpio, jefe!», y el teniente me previno:

– No se ponga chulo, joven. No es momento ni lugar para eso.

Fingí una expresión dolida y repliqué:

– No me gusta que me acosen.

– ¿Que lo acosen? ¿Lo han detenido alguna vez?

– Sí, una vez, hace diez años, por un robo. Desde entonces, no me he metido en líos.

El teniente sonrió y se limpió de nieve los labios.

– Ésta es la clase de historias que me gusta oír, sobre todo si la corroboran las comprobaciones que estamos haciendo sobre ti -dijo. Advertí que ya no me trataba de usted.

– Ya lo verá.

– Así lo espero, sinceramente, porque en los últimos tiempos han sido violadas y asesinadas en esta zona tres mujeres jóvenes (la última, esta misma mañana, cerca de la frontera de Illinois); de ahí el despliegue de controles. ¿De qué grupo sanguíneo eres, Martin?

No supe cómo reaccionar a la coincidencia y mi expresión de perplejidad debió de resultar convincente, pues el teniente sacudió la cabeza en un gesto de negativa.

– ¿No te parece que eso es lo peor que puede pasar? ¿Qué grupo sanguíneo tienes, muchacho?

– 0 negativo -respondí.

– Eso está muy bien. Ahora voy a decirte lo que haremos. En primer lugar, siempre que no estés en busca y captura, llevarás esa furgoneta al pueblo más cercano, Huyserville, y te quedarás en una de las bonitas y limpias celdas de los calabozos mientras te hacen un análisis de sangre. Y si resulta que eres 0 negativo, quedas libre, porque hemos encontrado semen del violador hijo de puta que andamos buscando y es 0 positivo. Agradece tus genes a papá y mamá, chico, porque pienso interrogar a cualquier desconocido con el grupo sanguíneo 0 positivo que encuentre en mi jurisdicción del sur de Wisconsin.

Un agente sacó la cabeza por la ventanilla del conductor de la furgoneta.

– El vehículo es legal y el amigo no tiene cargos pendientes ni está en busca y captura. Sólo una condena por robo en el 69, eso es todo.

El teniente me quitó las esposas.

– Greer -dijo a continuación-, acompaña en su furgoneta al señor Plunkett; llévalo a Huyserville, búscale una celda en condiciones y llama al doctor Hirsh para que le haga un análisis de sangre. Martin, conduce con cuidado y resígnate a pasar una noche en el pueblo, porque las carreteras no están transitables para hombres ni bestias. Ahora, en marcha.

Subí a la furgoneta y asentí a mi custodio, que tenía el arma reglamentaria en el regazo, con el dedo por dentro del guardamonte. Las vallas del control fueron retiradas y aceleré entre el cegador muro de nieve. Concentrarme en la conducción me mantuvo razonablemente calmado, pero me sentía dividido: una mitad de mí estaba orgullosa de mi actuación; la otra mitad temía que se descubriera el Cadillac del muerto mientras estaba inmovilizado en Huyserville… o que aun después de que me marchara, cuando se descubriera el cadáver, la pasma recordase mi presencia y me considerara sospechoso de asesinato. Los temores parecían insolubles, como si fuese inútil especular con ellos. Carraspeé y pregunté al agente si había hotel en el pueblo.

– El palacio de las cucarachas -respondió, mofándose-. Si has de quedarte esta noche, estarás mejor en el calabozo. No tienes domicilio fijo, ¿verdad? A los tipos como tú sólo os interesa tener tres comidas al día y un techo, y eso te lo dan en el calabozo… Eso si es que eres inocente y al final te soltamos.

Asentí. El poli tenía un estilo de conversación desagradable, por lo que callé y dejé que acariciara su arma. La tormenta arreciaba y me llevó una hora al volante recorrer los quince kilómetros que faltaban para Huyserville, una población que constaba de una manzana comercial y la subcomisaría de la policía estatal de Wisconsin, donde me iban a retener. Cuando detuve la furgoneta en el aparcamiento, el poli dijo:

– Espero que no seas culpable, colega. Lo digo en serio. Dos de las chicas muertas eran de aquí.

El interior de la comisaría estaba impecable y resultaba sorprendentemente moderno. Me dieron una celda para mí solo. Apenas segundos después, se presentó un hombre mayor con el arquetípico maletín negro y la puerta de la celda se abrió por control remoto. Me levanté la manga automáticamente y el doctor sacó del maletín unas torundas y una jeringa con un capuchón de plástico.

– Cierre el puño -dijo y, cuando lo hice, me sujetó el brazo derecho y me clavó la aguja. Cuando la sangre llenó la jeringa, anunció-: Tendré los resultados dentro de una hora.

Tras esto, se marchó. Cuando la puerta volvió a cerrarse con un chirrido, tuve mucho miedo.

La hora del doctor se prolongó interminablemente, como mi miedo, que no lo era a ser descubierto como inveterado asesino en serie, sino a ser contenido; no a que me tuvieran en custodia, sino en cautividad de todos aquellos pequeños momentos de los últimos cuatro años; no los largos pequeños momentos dedicados a acechar, robar, matar y pensar, sino el tiempo dedicado a trabajar en empleos tediosos, cultivando la invisibilidad, siendo cauteloso cuando en realidad ardía en deseos de actuar más osadamente. Mi miedo era a que, inexplicablemente, aquellos policías de pueblo supieran quién era y supieran también -inexplicable y sobrenaturalmente- que la manera más perversa de castigarme sería que me dejaran suelto pero que no pudiera volver a tramar/acechar/robar/matar nunca más, condenado a una vida compuesta de todos los largos, pequeños momentos intercalados que mi libertad me permitía.

La hora se alargó y supe que los sesenta minutos se habían doblado y triplicado, y que si buscaba corroboración consultando el reloj, perdería hasta el último rastro del autocontrol que había acumulado en treinta años. Pensé en recurrir a la Sombra Sigilosa como entidad separada y rechacé la idea, considerándola una rotunda regresión; empecé a temer que el hecho de matar y refrenarme en el sexo hasta el punto de la explosión hubiera cambiado de algún modo mi grupo sanguíneo y que ahora fuesen a castrarme por los crímenes de otro. La idea de tener sangre ajena en mi cuerpo casi me hizo gritar y empecé a catalogar largos, pequeños momentos de interludio, que me demostraran que no estaba volviéndome loco. Pensé en todos los apartamentos de mala muerte en los que había vivido desde que había dejado San Francisco, en todos los tramos de carretera solitaria en los que no había encontrado a nadie, en todas las personas que había conocido y que eran demasiado feas, demasiado pobres, demasiado carentes de interés o que estaban demasiado bien relacionadas como para matarlas. La letanía tuvo un efecto saludable y consulté el reloj. Vi que eran las 6.14. Mi viaje mental había consumido más de cuatro horas. Entonces, una voz resonó suavemente fuera de la celda:

– Señor Plunkett, soy el sargento Anderson.

Sin pensarlo siquiera, solté bruscamente:

– ¿Mi sangre estaba bien?

– Roja y sana -respondió la voz, y el hombre que la emitía apareció al otro lado de los barrotes.

Mi primera impresión fue la de tener delante el anuncio más inmaculado de la autoridad que había visto nunca. El hombre, ataviado con el uniforme de la policía estatal de Wisconsin (pantalones de sarga color caqui, camisa de gabardina parda y cinturón ancho con correa cruzada al hombro), era un compendio de elasticidad muscular, atractivo insípido y algo más que no conseguía identificar. Cuando me puse en pie, vi que medía un poco más de un metro ochenta y que su cabello lacio, de un castaño rojizo, y su bigote de cepillo le proporcionaban un halo juvenil no del todo desmentido por la frialdad de sus ojos azules. El uniforme, de corte perfecto, transformaba su atractivo en otra cosa que no conseguía descifrar y sólo cuando estuvimos cara a cara, separados apenas por los barrotes, caí en la cuenta de qué se trataba. Era la presencia de una voluntad excepcionalmente poderosa. Recobré el aplomo y comenté:

– Roja, sana y 0 negativo, ¿verdad, sargento?

El hombre sonrió y señaló una bolsa de papel que llevaba en la mano.

– 0 negativo, sí. Yo, en cambio, soy 0 positivo; nunca me dieron más de cinco pavos por ella cuando estaba arruinado en la facultad. -Tomó una llave del cinturón, abrió la celda y, cuando me disponía a dar un paso adelante, me bloqueó la salida. Los fríos ojos azules se encendieron durante un segundo; después, una sonrisa torcida contrarrestó su efecto y el sargento preguntó-: ¿Te has fijado alguna vez en que, cuando dos personas acaban de conocerse, hablan del tiempo, Martin?

Mi propio nombre, pronunciado con suavidad, me aterrorizó. Retrocedí un paso y respondí:

– Sí.

Anderson acarició la bolsa de papel.

– Bueno, pues esta vez hay motivo para hablar del tiempo: esta mañana se prevén setenta centímetros de nieve, se ha declarado la alerta por tormentas en tres estados y hay carreteras cerradas en un radio de setecientos kilómetros. Mira, no quiero parecer presuntuoso, pero el teniente Havermeyer ha tenido que ir a Eau Clare, lo cual me convierte en comandante accidental, y me he tomado la libertad de reservarte la última habitación libre de Huyserville.

Sacó una llave del bolsillo trasero y me la entregó. Y cuando nuestros dedos se tocaron, comprendí que él lo sabía.

– Pareces un poco nervioso, ¿no, Martin?

Las palabras, suaves y solícitas, me atravesaron como un cuchillo y empecé a tambalearme. El propio Anderson se hizo borroso, pero su mano en mi hombro fue como una raíz de árbol que me sostenía y su voz sonó perfectamente clara.

– El tiempo está fataaal. Esta mañana, andaba patrullando al sur de aquí cuando vi un Cadillac Eldorado del 79 aparcado en la autovía. Tal como estaba, era un peligro para el tráfico, así que lo empujé hasta apartarlo del arcén; probablemente, a estas horas la nieve ya debe de cubrirlo. Me pregunto qué habrá sido del conductor. Probablemente terminará en la fiambrera de algún lobo gris, como una apetitosa hamburguesa humana. ¿No quieres saber qué tengo en esta bolsa?

La Sombra Sigilosa me envió señales luminosas de asteriscos, signos de interrogación y números y, cuando estos computaron a 1948-1979, intenté levantar las manos y agarrar a Anderson por el cuello, pero no pude. Él sujetaba mis más de noventa kilos con una mano firme en mi hombro y una advertencia: «Chist, chist, chist.»

Me cimbreé bajo la mano del policía.

Me acomodé al ritmo y, en cierto modo, le cogí gusto.

La celda estuvo a punto de ponerse del revés, pero lo evitó en el último segundo una voz de niño de coro:

– No creo que soportes verlo, así que te lo voy a contar. Tengo aquí un Colt Python con un silenciador profesional, y unas tarjetas de crédito, y algunas revistas de ésas de True Detective, y unas cuantas fotos Polaroid hechas pedazos, tooodas reconstruidas y cubiertas de polvo para huellas dactilares que revelan, ¿adivinas qué?, dos latentes viables que corresponden a Martin Michael Plunkett, varón, blanco, fecha de nacimiento 11/4/48, Los Ángeles, California. ¿No nieva nunca en California, Martin?

La mano y la voz me soltaron y me di un golpe en la espalda contra el canto metálico de la litera de arriba. El contacto me sobresaltó y Anderson apareció ante mí como lo que era en realidad: un adversario. Recobré la compostura y empecé a captar las líneas más generales del juego al que se dedicaba. Todavía notaba el tacto de su mano y aún oía su voz, pero logré despojarme de su calor residual y conseguí articular:

– ¿Qué es lo que…?

Me detuve cuando advertí que mi voz estaba imitando la de mi interlocutor, con una suavidad impregnada de amenaza. Anderson sonrió:

– Ése es el halago más sincero que se me puede hacer; gracias, pues. ¿Qué es lo que quiero? No sé, el chico de Hollywood eres tú: en tus manos dejo lo de escribir el guión.

Di un tono ronco a mi voz y empleé ásperas resonancias de barítono.

– Pongamos que salgo de esta celda, monto en mi furgoneta y, sencillamente, me largo…

– ¿Eso quieres? Eres libre de hacerlo. Pero no llegarás muy lejos. Ahí fuera tenemos una tormenta mortal.

– ¿Me da…?

– No, no. -Anderson agitó la bolsa de papel-. No vuelvas a pedírmelo.

Las líneas generales del juego quedaron un poco más claras. Se reducían a una acción de contención.

– ¿Qué va a hacer con las cosas de la bolsa?

– Guardarlas.

– ¿Por qué?

– Porque me gusta tu estilo.

– ¿Y cuando la tormenta se aca…?

Anderson se volvió y su voz se hizo ronca:

– Cuando despeje, serás libre de irte.

Me llevé la mano al bolsillo y toqué la llave que me había entregado.

– El hotel queda al otro lado de la calle, un par de puertas más allá -continuó Anderson-. Y la policía estatal de Wisconsin se hace cargo de la factura porque hemos causado molestias a un ciudadano inocente.

Abandoné la celda, recorrí la comisaría y salí a la nieve. Ésta me envolvió y, mientras cruzaba la calle en dirección al hotel, vi la furgoneta aparcada junto al bordillo. Su color había pasado del plateado a un blanco polvoriento. Pensé en lanzarme de cabeza a la tormenta, con el Muertemóvil como vehículo de suicidio; pensé en largarme, en moverme y punto, pero con cautela. El pánico se estaba adueñando de mí, un pánico desnudo y amenazador y mezquino… y entonces recordé el tacto de la mano de Anderson en mi hombro y me di cuenta de que, si huía, aquel hombre nunca llegaría a saber que yo resultaba tan peligroso como lo era él.

La única salida era quedarme.

Corrí al hotel y entré en la ruinosa cafetería cuando ya se disponían a cerrar. Hambriento, pedí rosbif, panecillos calientes y patatas y lo engullí todo. Luego, pasé a la recepción y me senté en un gran sillón que estaba junto a la chimenea a hacer acopio de agallas.

En esta ocasión, las horas de espera pasaron deprisa; el miedo que tenía no estaba impregnado de desazón, sino que era nervioso, masculino, como el que debe de sentir el torero antes de salir al ruedo. A las 10.00, saqué la llave, vi el 311 grabado en ella, subí a la habitación y abrí la puerta.

La lámpara que colgaba del techo estaba encendida e iluminaba una estancia deprimente, sacada de los años veinte: una alfombra raída, una cama grande y blanda, una mesilla y una cómoda maltrechas. Lo espartano del lugar me impulsó a retroceder, no a entrar, y comprendí que había esperado encontrar un hombre desnudo. La imagen se desvaneció al cabo de un segundo y entré en aquel bucle temporal entre cuatro paredes, cerré la puerta y eché el cerrojo.

El viento batía las ventanas bordeadas de hielo y por los conductos de la calefacción entraba una vaharada de calor nauseabunda. No había sillas, por lo que avancé hacia la cama y me disponía a sentarme en ella cuando vi que la colcha ya estaba ocupada.

Sobre la felpilla blanca había una serie de fotos Polaroid, tres ordenadas hileras de cuatro instantáneas en color, dispuestas de forma que cubrían toda la cama. Me incliné a mirarlas y observé vivisecciones en diversas fases: cuatro adolescentes desnudas -todas morenas y guapas-, intactas en las primeras fotografías y gradualmente descuartizadas conforme las fotos se acercaban a los pies de la cama.

Los conductos se estremecieron con otro estallido de calor y busqué el baño con la mirada. Vi uno tras una puerta lateral abierta, entré corriendo y vomité la cena. Estaba lavándome la cara con agua fría cuando oí un chasquido en la puerta de la habitación y vi entrar a Anderson.

Cogí una toalla de la barra y me sequé. Anderson apoyó el hombro contra la pared, adoptando una pose que tenía la gracia de un modelo publicitario de talento. En aquel instante, advertí que hasta el momento más nimio de la vida de ese hombre estaba imbuido de elocuencia.

– No me digas que no lo sabías ya-dijo.

Reprimí el impulso de hacer trizas su pose con mis propias manos.

– Lo sabía. ¿Por qué?

Anderson se atusó el bigote y me lanzó una sonrisa que le confería el aspecto de un adolescente cándido.

– ¿Por qué? Porque te vi. Hay una carretera que corre paralela a la autovía al sur de la frontera de Illinois y cerca de Beloit está elevada. Te vi registrar el Cadillac y te vi buscar al conductor, y enseguida supe que no llevabas buenas intenciones, querido amigo. Te di ventaja y luego te localicé por radar. Cuando te detuviste, esperé cinco minutos, me acerqué hasta estar unos seiscientos metros detrás de ti y aparqué. Enfoqué la furgoneta con los prismáticos y te vi guardar de nuevo el Magnum en su escondite. En ese momento comprendí que me gustaba tu estilo.

1969 se impuso a 1979 y pensé: «Carga, apunta y dispara.» Puse el cuello del policía en el punto de mira y casi había encontrado las agallas necesarias para hacerlo cuando Anderson sonrió y dijo:

– Mala idea, Martin.

Consciente de que eran unos labios carnosos y un bigote encrespado -y no la advertencia- lo que me detenía, lo observé de pies a cabeza y algo externo a mí me forzó a decirle:

– Tíñete de rubio.

Anderson soltó un bufido despectivo y señaló la cama.

– Las rubias son para maricones. Lo mío son las morenas.

Vi una imagen enmarcada de mi padre con una mujer desnuda, los dos con pelucas blancas empolvadas. Conmocionado de que aún fuera capaz de recordar las facciones de mi padre y temeroso de adónde me llevaba la imagen, la ahogué pensando en mi víctima de los cabellos nevados, cien kilómetros al sur. Tenía directamente delante de mí la pose perfecta de Anderson, que me obligaba a mantener los ojos abiertos y me limitaba el pensamiento. Reuní por fin el valor necesario para actuar y le lancé un derechazo a su nariz perfecta.

Esquivó el golpe perfectamente, me agarró por la muñeca, me retorció el brazo, llevándolo a la espalda, y me inmovilizó, rodeándome el pecho con firmeza. Envuelto por una fuerza perfecta, una voz perfecta alivió mi miedo:

– Vamos, queridísimo amigo, vamos. Eres más grande y más fuerte, pero yo estoy entrenado. No te culpo por estar furioso, pero no tienes nada de qué preocuparte. Ven, te lo demostraré.

Aflojó el abrazo y me dejó volverme hasta que estuvimos frente a frente. La ausencia de presión me produjo una sensación de vacío y, para atenuarla, me concentré en los movimientos del hombre. Se llevó las manos a los bolsillos delanteros y traseros y las sacó con fajos de billetes.

– ¿Ves esto? Es tu dinero. Al registrar tu furgoneta, vi que la guantera estaba forzada. En los escondites del vehículo no encontré dinero y sabía que un chico listo como tú no viajaría sin un buen fajo, por lo que supuse que algún abnegado agente de la policía de Wisconsin te había desplumado. Como conozco a mis colegas, he sabido enseguida quién. Lo he dejado en paz con una reprimenda. Más de lo que te llevas tú… y por mucho menos.

Tomé el dinero y me lo guardé en los pantalones.

– ¿Por qué?-pregunté.

– Porque me gusta tu estilo. -Anderson sonrió.

– Entonces, ¿qué quiere?

– El Python y el silenciador; ya sabes, recuerdos. Y un poco de conversación, respuestas a unas cuantas preguntas.

– ¿Por ejemplo…?

– Por ejemplo, a cuánta gente has matado…

Miré a mi alrededor, convencido de que había de ser una trampa, que el florero agrietado de la cómoda escondería un aparato de escucha, o que la ventana con las cortinas echadas serviría de punto de mira para francotiradores con visores de rayos X en los fusiles: verdugos de pueblo de mala muerte que dispararían en cuanto yo declarara que era un asesino. Al cabo de un momento, supe que estaba pensando en la Sombra Sigilosa de una forma infantil y volví a mirar a Anderson, repasando los ceñidos contornos del uniforme en busca de grabadoras ocultas. El policía se rio al verme.

– Tengo la nítida impresión de que te estás fijando en algo más que en si llevo encima un transmisor pero, en cualquier caso, deja que calme tu paranoia, ¿de acuerdo? Para empezar, declaro que soy el sargento Ross Anderson, de la policía estatal de Wisconsin, y también el asesino al que los periódicos llaman el Matarife de Madison. Ya está. ¿Te sientes mejor ahora?

Así era, pues a pesar de aquella pose suya y de su halo de peligro, sabía que aquel hombre y yo no competíamos en lo que más nos importaba a ambos. Dejándome llevar por la atrevida sensación de haber alcanzado la paridad con la perfección, respondí:

– Unos cuarenta. ¿Y tú?

Lo dejé boquiabierto. Acababa de eclipsar su perfección.

– ¡Dios santo! Yo, cinco. ¿Quieres hablarme de los tuyos?

Recordé sus palabras cuando le había pedido que me devolviera el Magnum.

– No. No vuelvas a pedírmelo.

– Touché. ¿Por qué?

– Porque son míos.

Ross Anderson se desperezó y murmuró:

– Entonces, creo que hemos llegado a un punto muerto.

Se acercó a la cama y empezó a recoger sus fotos de muerte y, cuando se dirigió a la puerta del baño, le corté el paso:

– Háblame tú de los tuyos.

Con una sonrisa, Anderson guardó las imágenes en los bolsillos de la camisa y se los abrochó. Enarcó las cejas en un remedo de mirada seductora, volvió a la cama y se sentó en el borde. Eché otro vistazo a la habitación y comprobé que no había ninguna silla. Consciente de que Ross lo había preparado de aquella manera, le seguí la corriente y tomé asiento a su lado. Evité su mirada, pero nuestras rodillas se tocaban.

– No pretendo hacer juegos de palabras, pero he estado agonizando por contárselo a alguien, alguien especial y que no fuese peligroso, así que mejor un monólogo que nada, supongo.

»Cuando aún no había cumplido los veinte, tenía un colega con el que salía a cazar faisanes cerca de Prairie Du Chien. Él le daba a las drogas y era un tío cutre, pero me dejaba mandar y siempre estaba dispuesto a lo que fuese. Pasábamos mucho tiempo hablando de los nazis y de los campos de concentración, y él tenía una colección de dagas y brazaletes. Realmente, se tomaba muy en serio lo de la raza superior, los judíos y los comunistas. A mí todo aquello me fascinaba, pero él… él se lo creía de verdad.

»Un día de 1970, justo después de Acción de Gracias, estábamos cazando faisanes con armas del calibre doce y perdigones doble cero, que, si sabes algo de caza de volátiles, son una munición demasiado grande para esas aves. En fin, que no éramos deportistas ni amantes de los platos de caza; sencillamente, nos gustaba disparar a lo que fuese.

»Estábamos a cero grados y no había más cazadores por las inmediaciones. No llevábamos perro para levantar las presas y, en resumidas cuentas, sólo buscábamos algo en que entretenernos. Utilizábamos carabinas de carga manual, en lugar de escopetas de dos cañones, así que nos alegraba que no hubiera nadie por allí; éramos dos críos y cualquier cazador deportivo habría deducido enseguida, por nuestro armamento, que no pertenecíamos al gremio.

»Al atardecer, apenas habíamos iniciado el regreso al coche cuando se materializó de la nada un tipo, un vejestorio grande, de rostro encendido, con una escopeta Browning de cañones montados de mil dólares al hombro y otros mil en ropa de cacería de L. L. Bean. Empezó a recriminarnos que lleváramos aquellas armas, que no respetásemos las tradiciones de la caza, y nos preguntó dónde estaban nuestras licencias de caza… y justo en ese momento, ¡zas!, miro a mi colega, tenemos un momento de telepatía y mandamos volando al viejo al otro mundo: pam, pam, pam, pam, pam, cinco balas cada uno y liquidamos al mamón.

Miré fijamente la pared y me agarré al colchón con las dos manos; capté la respiración entrecortada de Ross, a mi lado. Por último inspiró profundamente y continuó:

– No es preciso que te diga que no nos pillaron por esa muerte, aunque los dos anduvimos cagados de miedo hasta que les colgaron el muerto a dos negros que habían asaltado una armería en Milwaukee y que se habían llevado media docena de carabinas Mossberg del mismo modelo que las nuestras. Los negros fueron condenados con pruebas circunstanciales y mi colega y yo tomamos diferentes caminos porque teníamos miedo de lo que significaba que siguiéramos juntos.

»Así pasan cinco años, dejo de pensar en el asunto y entro en la policía de Wisconsin. Me encanta ser patrullero: ahora formo parte de la policía, estoy por encima de toda sospecha. Para acabar de mejorar las cosas, mi colega se traslada a Chicago y se casa. Alejados y sin pensar el uno en el otro, no nos hemos vuelto a ver desde el día que los acusados fueron condenados a cadena perpetua y lo celebramos con dos cajas de cerveza y nos dijimos au revoir. Todo va de maravilla y me dispongo a sacar el examen de sargento y entonces, ¡pam, pam, pam, pam, pam!

»Resulta que el colega había vuelto a Wisconsin. Cultivaba hierba en las afueras de Belait y vivía en una habitación amueblada barata de Janesville. Me lo contaron los amigos de unos amigos y fui a buscarlo. Inspeccioné su cubil: fotos de Hitler en las paredes, bolsas de hierba ya empaquetada y preparada para el transporte, literatura racista sobre la cómoda. Totalmente inaceptable. Me enteré de que cada tres días, más o menos, viajaba por la Interestatal 5 a Lake Geneva para vender maría a los turistas y conseguí los datos del vehículo en el Departamento de Vehículos a Motor de Illinois. Aquel tramo de carretera estaba en mi jurisdicción; sabía que me lo encontraría tarde o temprano y te aseguro, amigo, que estaba preparado.

»Al día siguiente, estoy aparcado haciendo controles por radar y hete aquí que pasa el colega con su viejo cacharro. Enciendo las luces y la sirena y le ordeno parar, y el tío empieza: "¡Eh, Ross!", y yo sigo: "¡Eh, Billy!", me apeo, nos pasamos unos minutos pegando la hebra por la ventanilla, y entonces le digo que tengo que volver al coche patrulla para hablar por la radio.

»Ya en el coche, respiro aceleradamente para dar la impresión de que estoy alarmado y envío un 415: Sospechoso Armado, Agente Necesita Ayuda, I-5 al norte de la salida dieciséis. Vuelvo al coche del colega y le disparo dos veces en la cara; después, saco un revólver del bolsillo, lo limpio de huellas y se lo pongo en la mano derecha; le saco el brazo por la ventanilla y, con su dedo índice en el gatillo, hago un disparo, ¡pam!, contra un campo de coles. Cuando llegan las otras unidades, me encuentran llorando porque he tenido que matar a mi viejo amigo de juventud, Billy Gretzler, con el que había ido tantas veces a cazar faisanes. Naturalmente, todas las pruebas me respaldan y los agentes de paisano que investigan todos los tiroteos en que participan policías registran la habitación de Billy y encuentran a Der Führer y la hierba y llegan a la conclusión de que, visto lo visto, mi control de natalidad retroactivo está justificado. Antes del incidente tenía fama de frío, pero después de lo sucedido la tuve de sensible. "Vaya con Ross Anderson, chico. Mató a un antiguo colega en el cumplimiento del deber y aquello lo destrozó, pero se ha recuperado y ha llegado a sargento, a pesar de todo. El sargento Ross, qué gran tipo."

Levanté las manos del colchón; las tenía entumecidas de tanto apretar mientras Ross largaba su monólogo. Deseaba apartarme de él y, con la vista fija en la pared, me moví un poco para evitar el contacto físico. El regusto que me dejó su relato me afectó por oleadas, un ponche progresivo -uno, dos, tres- de inexperiencia, alarde y pose. Me di cuenta de que faltaba algo fundamental, pero lo dejé de lado y, cuando Ross me dio un codazo y me dijo: «¿Qué?», yo también expuse mi relato mortífero.

Sin embargo, no hablé de las muertes en sí.

De lo que hablé fue de los largos, pequeños momentos intercalados entre ellas; de las temporadas en que cumplía la ley y que resultaban incriminatorias a mi propio corazón; de la condena autoimpuesta al movimiento constante, a cambiar de ciudad y alquilar habitaciones de hotel y apartamentos para parecer normal, cuando me habría bastado con dormir en el Muertemóvil; de la dudosa fama de salir mencionado en revistas de detectives escritas por semianalfabetos; de despistar a la policía con pistas autoincriminatorias, como sustitutivo de quinta categoría de un Martin Plunkett anunciado en rótulos de neón por todo el mundo; de ser relegado a estúpidos títulos aliterativos como el Rebanador de Richmond, el Asesino de Aspen o el Carnicero de Carson City; de sentir las pesadillas siempre ahí, detrás de la excitación, esmaltadas en el neón en el que debería estar escrito mi nombre.

Me interrumpí cuando el discurso empezó a parecer una gigantesca genuflexión ante la elegancia propia de modelo masculino de Ross Anderson. Me volví a mirarlo y sentí el impulso de estropear su belleza, de grabar mi nombre en su cuerpo para que el mundo lo viera. Entonces, él sonrió y me di cuenta del vigor de nuestros respectivos poderes: yo emasculaba con pistolas, cuchillos y mis propias manos; él era capaz de hacerlo con un guiño o con una sonrisa. Me vino a la cabeza la parte de su relato que aún faltaba y le dije:

– ¿Qué hay de las chicas, de las morenas? Eso no me lo has contado.

Ross se encogió de hombros.

– No hay nada que contar. Después de liquidar a Billy me di cuenta de lo mucho que me gustaba el deporte de la sangre. Siempre me han gustados las morenas jovencitas y el deporte es el deporte.

– Pero ¿por qué?

– No lo sé. La suerte quedó echada en algún momento y la verdad es que pensar en ello me aburre. Manzanas y naranjas. A ti te van las rubias, a mí las morenas; a ese tipo al que pillaron el año pasado, el Pistolero de Pittsburg, le gustaban las pelirrojas. Como decían en los sesenta, «cada uno a su bola».

Me acerqué más a Ross; mis zapatos de trabajo rozaron sus botas de patrullero, lustrosas e inmaculadas.

– ¿Podrías cambiar…?

Me interrumpió a media frase con un guiño:

– Que si podría variar mi modus operandi? Claro. Si quieres rubias, te daré rubias. Dentro de poco tengo que desplazarme por trabajo. Dentro de un mes empieza a buscar en los periódicos del Este.

– ¿Qué?

De nuevo, el guiño; un guante de terciopelo que suavizaba cualquier posible cuestión.

– Ya he hablado suficiente. Escucha, Martin, en realidad, esta habitación es mía. La tengo para los turnos largos y las nevadas como ésta. Puedes quedarte si quieres, pero sólo hay una cama.

Sopesé su mirada y llegué a la conclusión de que estaba hablando de camaradería y estilo, no de lo que se entiende normalmente. Me descalcé y me tendí en el lecho; Ross se quitó el cinturón del arma y lo colgó en torno a la cabecera, a pocos centímetros de mi cabeza. Se tendió al lado, apagó la luz y pareció quedarse dormido en cuanto se hizo la brusca oscuridad. El agotamiento me invadió y, cuando el día más increíble de mi vida concluía ya, tuve miedo y acaricié las cachas de la 38, aliviado al saber que podía asesinar al asesino que yacía junto a mí.

Así tranquilizado, me dormí.

Al cabo de unas horas el sol y el ruido de maquinaria pesada me despertaron de un sueño sin pesadillas. De inmediato, palpé la cama para ver si estaba Ross y, al encontrarla vacía, me incorporé de un salto. Me disponía a echarme agua fría en la cara cuando apareció en la puerta del lavabo con un pequeño revólver en la mano.

Me agarré al borde de la pileta, creyendo que me traicionaba, pero Ross me dedicó una de sus sonrisas lascivas de adolescente y volteó el arma hasta que ésta quedó con la empuñadura hacia mí. Me la entregó y dijo:

– Smith & Wesson del 38 Special. Un arma útil y fiable, muy fría. No iba a dejar que te marcharas desarmado, ¿verdad? El sargento Ross, qué gran tipo.

Abrí el tambor del arma, vi que estaba cargada y la guardé en el bolsillo trasero. No podía darle las gracias, pues habría sonado condescendiente, de modo que pregunté:

– ¿Las carreteras están despejadas?

– Las están abriendo ahora. Deberías tener paso libre hacia mediodía.

Me quedé pensando en las fotos recompuestas y pegadas con cinta adhesiva y en mi Magnum, sin saber qué decir o qué hacer. Como si estuviera leyéndome la mente, Ross comentó:

– Tus cosas están seguras conmigo. Nunca te delataré, pero quizá te necesite algún día y las pruebas materiales son un seguro.

Todavía resonaban en mis oídos las implicaciones del «te necesite» cuando Ross se inclinó hacia delante y me besó en los labios. Yo le correspondí y noté el sabor a cera de su bigote y el de café amargo de su lengua y, cuando él rompió el contacto y dio media vuelta para dirigirse a la puerta, me dejó acalorado y con ganas de más. Entonces aún no sabía que ese beso me empujaría y me acosaría y me dolería y me motivaría durante los dos años y medio siguientes de mi vida.

V. El rayo se dispersa

Del Milwaukee Tribune, 19 de febrero de 1979:

LA INVESTIGACIÓN SOBRE

EL «MATARIFE DE MADISON» PIERDE FUELLE.

¿ERA EL ASESINO UN HOMBRE QUE HA MUERTO?

Han transcurrido ya seis semanas desde que el Matarife de Madison, el violador y asesino que aterrorizó el territorio entre Janesville y Beloit durante los meses de diciembre y enero, se cobró su última víctima.

La nevada mañana del 4 de enero fue descubierto en un campo de coles próximo al límite de Illinois el cuerpo despedazado de Claire Kozol, de 17 años, de Huyserville, Wisconsin. La habían violado, matado a golpes y descuartizado, exactamente igual que a Gretchen Weymouth, de 16, cuyo cuerpo fue descubierto a pocos kilómetros de distancia, el 16 de diciembre, y a Mary Coontz, de 18, también de Huyserville, a quien encontraron en un parque de observación de aves a las afueras de Beloit, el día de Navidad. Las tres jóvenes eran morenas, esbeltas y atractivas, y los psiquiatras forenses de la sede central de la policía estatal de Wisconsin, en Madison, se mostraron convencidos de que en el sur del estado actuaba un asesino psicópata muy motivado y excepcionalmente retorcido. El perfil psicológico elaborado por los peritos (basado en casos anteriores y en las pruebas materiales de las tres muertes) apuntaba que el asesino seguiría matando al mismo tipo de víctimas con el mismo método hasta que lo capturasen o hasta que se suicidara.

Se asignó a la investigación una brigada especial de veinte detectives de la policía estatal, a tiempo completo, que contaba con la colaboración de las policías locales de Janesville y de Beloit. En previsión de otro inminente intento de asesinato, se establecieron complejos señuelos y trampas para cazar al asesino. La red se iba cerrando y la policía estaba segura de que el sanguinario criminal pronto caería en ella.

Sin embargo, no ha sido así, y no se han registrado más muertes que encajen con el modus operandi del Matarife de Madison desde que se encontró el cuerpo de Claire Kozol, el 4 de enero. El sargento Ross Anderson, de la policía estatal de Wisconsin, quien supervisó el establecimiento de los señuelos, tiene una hipótesis acerca de lo sucedido:

«Es una teoría basada en el curso elemental de psicología que seguí en la universidad y en pruebas circunstanciales -declaró el sargento, de 29 años, a los reporteros-. Pero la intuición me dice que es acertada.

»El 5 de enero, el día siguiente al descubrimiento del cadáver de Claire Kozol, estaba supervisando el trabajo de los quitanieves en la I-5, al sur de Huyserville, cuando distinguí en una cuneta la parte trasera de un coche, medio cubierto por la nieve. Cuando retiré ésta, vi que se trataba de un Cadillac del 79, con matrícula de Illinois. No había nadie atrapado en el interior y registré la guantera, donde encontré documentos de identidad de un hombre llamado Saul Malvin, de 51 años, de Lake Forest. Cuando vi en una tarjeta de donante que el hombre era 0+, se me erizó la piel, pues habíamos encontrado y analizado muestras de semen del violador y asesino, y resultaba que el grupo sanguíneo coincidía.

»Hablé con el Departamento de Policía de Lake Forest y me dijeron que la mujer de Malvin había informado de su desaparición esa misma mañana; el marido había salido el día antes a visitar a unos amigos en Lake Geneva. Recogí un chaleco que encontré en el asiento trasero, fui a Huyserville a buscar los perros del equipo de rastreo canino, volví a la zona e inicié la búsqueda. Al cabo de unas ocho horas, los animales y yo realizamos el hallazgo.

»Los lobos habían devorado buena parte del torso del hombre, pero aún se veía lo que había sucedido. Malvin estaba muerto, a unos diez metros de la cuneta. Tenía en la mano un 357 Magnum. Su cartera estaba intacta, llena de billetes. Volví enseguida a mi coche y pedí por radio una ambulancia. Luego, me puse a pensar.»

La teoría del sargento Anderson-en esencia, que el difunto Saul Malvin era el Matarife de Madison y que se había suicidado en un momento de arrepentimiento por sus crímenes-ha creado furor entre sus colegas de la policía estatal, aunque existe división de opiniones respecto a la culpabilidad del hombre, un ejecutivo de seguros. El teniente W. S. Havermeyer, comandante de la subcomisaría de Huyserville, resumió los pros y los contras en una conferencia de prensa, la semana pasada. «De momento, consideramos que el asesino, en el caso de que no fuese el señor Malvin, está ahora mismo recluido en alguna cárcel o manicomio, o se ha marchado a otra parte. Los psiquiatras de Madison dicen que, a veces, estos psicópatas que actúan repetidamente tienen un momento de lucidez y se dan muerte, sobre todo después de haber cometido un asesinato especialmente brutal, por lo que la teoría encaja circunstancialmente. Y Malvin, en efecto, tenía el grupo sanguíneo 0+. Hemos comprobado dónde estaba en el momento de los tres asesinatos. Su coche apareció a pocos kilómetros de donde se encontró el cuerpo de Claire Kozol y, respecto a las fechas de las dos muertes anteriores, 16 de diciembre y Navidad, se dice que en la primera estaba trabajando en casa, solo, y que en la segunda también estaba en casa, esperando a que volviera su mujer de celebrar la festividad con su hermana inválida.

»Así pues, circunstancialmente, Malvin podría haber sido el autor de los crímenes, aunque no encaja como sospechoso. No tenía antecedentes, estaba felizmente casado con hijos ya mayores, disfrutaba de una buena posición y era apreciado por parientes y amigos. Todo eso está a su favor.

»Pero es evidente que se suicidó con un arma cuya procedencia, hasta el momento, no hemos podido determinar, y sus familiares y amigos nos han dicho que no tenía ninguna razón lógica para quitarse la vida. Por desgracia, los lobos habían atacado el cadáver antes de que el sargento Anderson lo descubriera y, si había en el cuerpo alguna prueba material que lo vinculase con Claire Kozol, es probable que los animales la destruyeran. En resumen, doy gracias de que no se hayan producido más asesinatos.»

El sargento Anderson, quien, en opinión de muchos de sus colegas, ha «resuelto» el caso, se dedicará próximamente a otras labores, como la presentación de órdenes de extradición en ciudades del Medio Oeste y del Este, además del traslado a Wisconsin de los detenidos en busca y captura por las autoridades del estado. Anderson agradece el cambio de destino y ha contado a los reporteros: «El caso del Matarife ha resultado muy exigente. Me agrada la idea de un cambio de aires y de ejercer mi profesión en otros lugares.»

Del Herald de Louisville, Kentucky, 18 de abril de 1979:

HALLAZGO DE UNA MUJER ASESINADA

EN EL DISTRITO DEL PORNO

El cuerpo de una mujer de 20 años que trabajaba de bailarina en un club fue descubierto esta mañana por su novio, quien al ver sus restos desmembrados llamó de inmediato a la policía entre sollozos. La víctima, Kristine Pasquale, que trabajaba en el bar Swinger's Rendezvous, situado en las proximidades, apareció muerta a cuchilladas y descuartizada. Los policías que han visto los restos de la mujer, rubia y atractiva, quedaron muy impresionados. El sargento James Ruley, uno de los primeros agentes en personarse en el ensangrentado apartamento de la fallecida, contó a los informadores: «Éste es, sin duda, el peor crimen que he visto en toda mi vida contra una mujer, y sé lo que me digo. Podemos estar tanto ante un caso de fácil solución, de abrir y cerrar, o ante todo lo contrario, pues la señorita Pasquale no era precisamente una inocente flor, ya me entienden. Yo mismo la detuve por prostitución cuando estaba en la brigada Antivicio y el local donde trabajaba es un conocido lugar de reunión de delincuentes. La primera teoría que me viene a la cabeza es que su asesino era un conocido de la chica, alguien de confianza, de lo contrario no lo habría dejado subir a su piso. Kristine conocía bien la calle y era selectiva con sus clientes.»

Tras el levantamiento del cadáver, la policía clausuró el apartamento. Los técnicos forenses se pusieron manos a la obra y el novio de la chica, David Komondy, de 27 años y apagabroncas del local donde trabajaba ella, fue interrogado y posteriormente puesto en libertad. En el apartamento no se descubrieron pistas y, ocho horas después, el doctor Winton Walter, forense municipal de Louisville, anunció sus hallazgos:

«Kristine Pasquale fue violada y, posteriormente, asesinada. La causa de la muerte fue un trauma masivo con hemorragia severa, por degüello. Se ampliarán detalles más adelante.»

Entretanto, la policía de Louisville está batiendo los bajos fondos de la ciudad, en busca de un hombre que el sargento Ruley ha descrito como «un tipo muy enfadado».

Informe de seguimiento del Homicidio 116/79,18-4-79, presentado el 27-4-79 por el detective sargento K. M. Ruley, placa 212, Departamento de Policía de Louisville. Con el título de «Informe de Progresos: Violación/Asesinato – Pasquale, Kristine Michelle», se distribuyó a todas las unidades de detectives de Louisville el 28-4-79.

INFORME DE PROGRESOS:

Violación/Asesinato – Pasquale, Kristine Michelle, fecha de la muerte 18-4-79.

Nota: Este informe actualiza los realizados previamente por el grupo de Investigación del Escenario del Crimen, el Servicio Médico Forense, el Grupo de Reconocimiento del Terreno e Interrogatorio de Testigos, la brigada de Delitos Sexuales y la de Delitos contra la Propiedad, así como los partes complementarios de la brigada de Detectives (ver expediente 116/79 bajo estos títulos). Éste es mi primer informe resumen, en calidad de agente encargado del caso.

Caballeros:

Actualización del expediente 116/79, abierto hace diez días. La víctima fue violada y degollada mientras el autor le cubría la cabeza con una almohada. A continuación, le seccionó brazos y piernas con un instrumento distinto del cuchillo con el que le cortó el cuello (ver detalles en el informe de Escenario del Crimen 116/79). No se encontraron armas en el lugar de los hechos ni en la zona circundante. Se busca: 1- Un cuchillo de caza de hoja afilada de 18 cm de longitud, posiblemente de la marca «Buck» (todas las armas blancas de este tipo confiscadas a detenidos o encontradas a varones sospechosos en los interrogatorios de campo deberán someterse a pruebas químicas para determinar la presencia de sangre). 2- Un cuchillo de sierra, con dientes de 0,8 mm, también afilado. La profundidad de las incisiones indica que se trata de un hombre de considerable fortaleza física. Están investigándose las compras recientes de tales cuchillos. Respecto al presunto autor, también es posible que su grupo sanguíneo sea 0+ (digo que es posible porque el semen encontrado en la vagina de la víctima era de este grupo y las abrasiones indican una penetración forzada). (Nota: El proxeneta/amante de la víctima declaró que ésta tomaba la píldora pero que, a veces, pedía a los clientes que usaran condón. No se han encontrado otros restos de semen en la cúpula vaginal, por lo que esto puede no ser concluyente.)

Cómplices conocidos: nada hasta el momento (ver Interrogatorios de Testigos 116/79 y Partes Complementarios 116/79).

Reconocimiento del Terreno: nada, tampoco (ver Reconocimiento del Terreno 116/79).

Delitos contra la Propiedad: el inventario efectuado con el novio indica que no falta nada; confiscadas sustancias narcóticas (cocaína, hachís).

Pruebas materiales: interesante. Apuntan a un asesino listo. Huellas: descartadas tras diversas comprobaciones; todas explicables. Sin rastros de sangre que conduzcan a la planta baja, ni latentes en el timbre de la puerta que debió de utilizar el asesino para acceder al apartamento. La ausencia de todo lo anterior apunta a mi personal reconstrucción de los hechos:

La víctima, con nueve detenciones previas por prostitución y con fama de ser muy cautelosa, sólo habría franqueado la entrada a tres tipos de hombre: policías, chulos y amigos, o clientes. Descartados los dos primeros (el chulo y antiguos novios han quedado descartados, ver Interrogatorios 116/79), sólo quedan los clientes. Según mi reconstrucción, el asesinato fue perpetrado por un antiguo cliente que le guardaba rencor, el cual llevó al apartamento ropa de repuesto y actuó con guantes. Como ya se ha interrogado -o se procede a hacerlo en estos momentos- a la mayoría de los delincuentes sexuales de la zona de Louisville, y como no existen registros de muertes parecidas, ahora dirijo mis esfuerzos al interrogatorio de prostitutas locales y de hombres condenados o detenidos por hacer proposiciones indecentes. Cualquier agente que tenga conocimiento de posibles sospechosos debe ponerse en contacto conmigo en la Sede Central, extensión 409.

¡A por él!

Sgto. J. M. RULEY

Del Eagle de Evanston, Illinois, 8 de mayo de 1979:

DESCUBIERTO EN UN VERTEDERO EL CADÁVER

DE UN HOMBRE SIN IDENTIFICAR

Un grupo que se disponía a deshacerse ilegalmente de unos escombros realizó esta mañana un macabro descubrimiento cuando llevaba el contenido de su volquete a una parcela vacía del vertedero municipal de Kingsbury Road. Se trataba de un cadáver, que encontraron tendido en el suelo. La sangre coagulada manchaba la tierra junto a su cabeza. Catherine Daniel, la única mujer del grupo, se desmayó al verlo, y su marido, Daniel Daniel, con domicilio en Muirfield Road, Evanston, se quedó a tratar de reanimarla mientras su vecino, Jason Granger, corría a llamar a la policía.

Los agentes no tardaron en llegar y determinaron que el cadáver correspondía a un hombre que había muerto de un disparo en la cabeza. Le habían revuelto los bolsillos y, en aquel primer momento de la investigación, consideraron que el móvil del homicidio podía ser el robo.

Sin embargo, de momento, el problema más apremiante es identificar al muerto. Se trata de un hombre blanco, de unos treinta años, 1,85 de estatura y 85 kilos de peso, cabello castaño oscuro y ojos marrones. Quien tenga información sobre desaparecidos que encajen con esta descripción debe ponerse en contacto con el Departamento de Policía de Evanston.

Memorándum enviado el 11/5/79 por el capitán William Silbersack, jefe de detectives del Departamento de Policía de Evanston, a Thomas Thyssen, jefe de policía:

Señor:

Aquí tiene la actualización que ha solicitado sobre el homicidio de Kingsbury Road. Para empezar, hemos identificado al muerto. Se trata de Robert Willard Borgie, nacido el 30/6/51, 1,85, 92 kilos, pelo castaño y ojos marrones. Dirección: el albergue y casa de caridad de Kingsbury, 814. (A cuatro manzanas del vertedero.)

Borgie era retrasado mental. Iba a cualquier parte con cualquiera y a veces pasaba varios días seguidos por ahí, lo cual explica el retraso en identificarlo (la supervisora del albergue se presentó cuando vio la noticia sobre el homicidio en televisión). La mujer comentó a los sargentos Lane y Vecchio que Borgie solía rondar con homosexuales y que hacía sexo oral con ellos por dinero. Según parece, se fiaba de todo el mundo.

En cuanto al informe del forense: a Borgie le dispararon dentro de la boca con una 38. Un solo disparo que le causó la muerte. Examinamos el casquillo que el médico extrajo del cráneo: las estrías eran extremas y el disparo sólo podía haberlo efectuado un 38 de cañón corto, con éste y el tambor mal alineados. Naturalmente, difundiré un boletín de balística por todo el estado.

Sobre el móvil: el robo parece improbable, aunque a Borgie le habían revuelto los bolsillos. ¿Un subterfugio? Probablemente, porque la víctima nunca tuvo más que un puñado de dólares. Lo que me intriga es el tiro en la boca. El asesino lo mató en el vertedero (había dos rastros de pisadas en dirección al lugar donde se encontró el cuerpo, pero uno solo regresaba de allí; por las marcas que dejó, era un hombre que llevaba unos zapatos de trabajo del 45,5) y parece evidente que le ordenó que abriera la boca antes de meterle el arma en ella. Todos estos factores (la deficiencia mental de Borgie, su natural confiado y su historial de trato con homosexuales, así como la naturaleza manifiestamente perversa de la ejecución) apuntan a un asesino homosexual.

Hasta el momento, los sargentos Lane y Vecchio han llevado su investigación por los derroteros normales (ver expediente 79-008-H para más detalles). No se han encontrado pistas y, en la actualidad, estoy dando instrucciones a los agentes para que se concentren especialmente en la hipótesis homosexual.

Atentamente,

BILL SILBERSACK

Del Register de Des Moines, Iowa, 2 de octubre de 1979:

ASESINATO SEXUAL SACUDE LA CIUDAD

Anoche apareció en un silo de grano abandonado, a las afueras de Des Moines, el cuerpo de una joven brutalmente violada y asesinada a cuchilladas.

El cadáver fue descubierto por dos adolescentes que se colaron en el silo para ensuciar las paredes con pintadas. Cumpliendo con su deber cívico, los chicos llamaron a la policía y confesaron su propio delito al tiempo que informaban de la espantosa escena. Al llegar, la policía de Des Moines se olvidó de la falta menor de invasión de la propiedad privada en el mismo instante en que vio los restos de Wilma Grace Thurmann, de 19 años, con domicilio en Brewster Street, en Des Moines.

«A la chica le habían rajado el cuello de oreja a oreja y le habían amputado brazos y piernas, que estaban tirados por el piso del silo», contó a la prensa el agente John Belton. «La identificación resultó fácil porque yo mismo conocía a Wilma, no personalmente, pero sí de vista.»

Cuando se le presionó sobre qué sabía de la difunta Wilma, el agente Belton rehusó hacer más comentarios. Más tarde, nuestro reportero se enteró de que la fallecida era una «buscona» que solía abordar a los camioneros en el parador situado tres kilómetros al sur del vertedero. Se sabía que Wilma tenía una llave del local abandonado y que, a veces, llevaba allí a sus clientes.

«La ocupación de la víctima puede dificultar la investigación -escribía un portavoz policial no identificado en una nota de prensa distribuida esta mañana-. Sin embargo, tengan la seguridad de que perseguiremos al asesino de Wilma Thurmann por todos los medios.»

Ficha de investigación de homicidio, distribuida a todo el personal del Departamento de Policía de Des Moines, el 4/10/79:

Delito(s): Asesinato (en primer grado); agravante de agresión sexual.

Lugar de los hechos: R. F. D., número 71-A (cerca de la salida y parada de camiones Sagamore), Des Moines Este.

Víctima: Thurmann, Wilma Grace; mujer blanca, pelo rubio, ojos azules, 1,53, 48 kilos, nacida en 3/7/60.

Momento de los hechos: las 21.00 horas, aproximadamente, del 1/10/79.

Descripción de la víctima en el momento del hallazgo: Víctima encontrada por dos jóvenes que habían entrado ilegalmente en propiedad privada. El agente que acudió al lugar de los hechos declaró, en el informe de la escena del crimen 79-14-H: «Entré en el silo con una linterna del coche patrulla y vi a una mujer joven, blanca, con los brazos y las piernas seccionados y degollada. Examiné el cuerpo y determiné que se trataba de Wilma Thurmann, una prostituta local. Registré el resto del silo y encontré los brazos y las piernas colocados sobre montones de heno.»

Descripción forense: violada antes de la muerte. Las marcas de corte detrás de la oreja derecha indican que el violador/asesino apoyaba el arma allí mientras cometía el coito. El semen encontrado en la vagina de la víctima en el momento de la autopsia (grupo sanguíneo 0+) difiere de las trazas de semen halladas en el estómago de la víctima (AB+ y 0-). En los antecedentes de la víctima constan cinco condenas por prostitución y se sabe que utilizaba el silo para practicar sexo oral a clientes, por lo que es probable que el grupo sanguíneo del violador/asesino sea el 0+.

Causa exacta de la muerte: asfixia por ahogamiento en sangre de la herida de la garganta.

Indicios encontrados en el escenario del crimen: ninguno. La tierra del exterior y del interior del silo había sido removida para borrar huellas de pisadas. Huellas dactilares latentes en el escenario: ninguna (explicable por la ausencia de superficies que pudieran sostenerlas).

Testigos: ninguno.

Crímenes anteriores en la zona con modus operandi relacionados: ninguno desde 1947. Conexión improbable.

Descripción del arma: no encontrada en la batida de la zona; se está investigando entre los minoristas locales. A todas las unidades: se busca cuchillo de un solo filo, de 18 cm de longitud, y sierra de cortar metales de acero al cadmio, dientes de 0,9 milímetros. Detengan a todos los varones sospechosos de encubrimiento o encubridores conocidos.

Situación actual de la investigación: sin resolver, sin sospechosos claros, ocho detectives asignados a tiempo completo. Todos los agentes que hayan detenido o interrogado en alguna ocasión a Wilma Grace Thurmann o a alguien relacionado con ella deben comunicar cualquier información relevante, llamando por teléfono al teniente detective H. V. Miller, Comandancia de Brigada, comisaría de Des Moines Este.

Para más información sobre el progreso de esta investigación, véase expediente 79-14-H. Los informes con esta referencia están a disposición de todo el personal del DPDM que desee conocer los detalles de esta agresión sexual/homicidio.

Del Plains-Advocate de Lincoln, Nebraska, 10 de diciembre de 1979:

MUERTE A TIROS EN UN CAMPO

PREOCUPA A LA POLICÍA

Hace una semana, en un campo de trigo a las afueras de Lincoln, se encontró el cadáver de Russell Luxxlor con un tiro en la cabeza. Las pistas son escasas y la policía está desconcertada.

Al principio, las autoridades consideraron que la muerte formaba parte de un intento de robo frustrado. Luxxlor tenía la cartera en el bolsillo del pantalón, aunque faltaban los documentos de identidad y las tarjetas de crédito, pero en la cazadora de la víctima, en un «bolsillo secreto», se encontraron intactos trescientos dólares en billetes. Más adelante, cuando se supo que Luxxlor era homosexual y habitual desde antiguo de los bares de «ambiente» de Lincoln, se abandonó tal teoría.

El teniente Mills Putnam, portavoz del Departamento de Policía de Lincoln, declaró a los reporteros del Plains-Advocate: «Basamos la teoría homosexual en un hecho relativo al modo en que fue tiroteado el señor Luxxlor. No revelaremos de qué hecho se trata, con el objeto de poder utilizarlo en futuros interrogatorios.»

En un comunicado de prensa posterior, el teniente Putnam señalaba: «En estos momentos, hemos corregido ligeramente nuestra hipótesis homosexual. Creemos que el móvil del asesinato fue el robo de la documentación. Para ello, nos basamos en el hecho de que, cuando se encontró el cuerpo, faltaban todos sus documentos de identidad y en que el fallecido fue visto con vida por última vez en un bar de Lincoln, en compañía de un hombre cuya descripción física concuerda con la suya. Hemos pasado a buscar a un hombre blanco de treinta y pocos años, 1,85 a 1,90 de estatura, 85 a 95 kilos de peso, pelo y ojos oscuros, y constitución robusta.»

El señor Luxxlor fue enterrado por el rito metodista el día de ayer y el padre del difunto, reverendo Maddox Luxxlor, de Cheyenne, Wyoming, declaró a un grupo de periodistas y policías congregado en la funeraria: «¡Ustedes no tienen derecho a difamar a mi hijo! ¡Su trabajo es capturar a su asesino, no juzgarlo a él!»

El esfuerzo por atrapar al asesino continúa.

Adenda remitida por el sargento detective Joseph Stinson al teniente detective Mills Putnam, ambos adscritos a Homicidios Sector Tres, Departamento de Policía de Lincoln:

18/10/79

Teniente:

Aquí tiene otra actualización sobre el caso Luxxlor.

1- Hemos mostrado fotos a habituales de bares gays y nadie identifica al tipo con el que estaba Luxxlor.

2- Amigos, parientes, conocidos: nada. Rastreo del casquillo del 38 con las extrañas estrías: nada en el estado, pero, si esto no se resuelve pronto, emitiré un boletín nacional. Lo mismo para el modus operandi del arma en la boca; pronto redactaré un aviso urgente al respecto y lo difundiré a los estados limítrofes y a los federales.

***¡¡¡- Un hombre que encaja con la descripción de Luxxlor y del sospechoso fue visto anoche. Un informante anónimo nos comunicó que el hombre, de 1,85, 90 kilos, ojos castaños y pelo moreno («alto y de aspecto tremendo»), intentaba vender tarjetas de crédito «frías» en el bar Henderson's Hot Spot (en Cornhusker Road, 11819). El individuo receló y se marchó cuando el informante preguntó por el nombre que constaba en las tarjetas. El informante añadió que el sospechoso podría conducir una furgoneta azul metalizado. He emitido una orden de detención del conductor y del vehículo a todas las unidades del condado y he indicado a los hombres de la brigada que expriman a sus informantes.

Esto es todo, de momento.

JOE

Del South Carolina Clarion de Charleston, 2 de junio de 1980:

SIN PISTAS DEL SALVAJE ASESINATO DE UNA CAMARERA:

SE BUSCA RELACIÓN CON HECHOS SIMILARES

Sin pistas en la investigación del espantoso asesinato de Candice Tucker, de 18 años, la encantadora camarera rubia a la que encontraron violada y sanguinariamente asesinada en su piso de Magnolia Street la semana pasada. La policía de Charleston concentra ahora la atención en dos muertes idénticas, cometidas en diferentes estados a lo largo de los últimos catorce meses.

El 18 de abril del año pasado, apareció en su piso de Louisville, Kentucky, el cuerpo de Kristine Pasquale, bailarina de un club, que había sido violada y descuartizada. Y Wilma Thurmann, una prostituta, fue encontrada con idénticas mutilaciones en un silo a las afueras de Des Moines, Iowa, el 1 de octubre de 1979. Las pruebas materiales, según expuso a la prensa la policía de Charleston, son idénticas en los tres casos. En una conferencia de prensa celebrada ayer, el fiscal de distrito de Charleston, Timothy Kleist, declaró: «En interés de la seguridad pública y de la eficacia en la lucha contra el crimen, mantendremos la discreción sobre la investigación conjunta que realizamos con los Departamentos de Policía de Louisville y Des Moines, pero revelaré a los medios lo siguiente: nos hallamos ante un caso excepcional. Casi con toda certeza, las tres muertes son obra de un mismo hombre, de un asesino al que sin duda atraparemos.»

En una nota relacionada con el suceso, el concejal Michael Cleary acusó al fiscal Kleist de emplear el caso Tucker para su promoción política. «Todos sabemos que Tim se dispone a presentarse al Senado, y una buena y jugosa sentencia condenatoria por un triple asesinato sería un tanto importante a su favor. Esperemos que, en sus prisas por llegar a Washington, no vaya a encarcelar a nadie con falsos cargos. Su partido tiene fama de recurrir a tales artimañas y, desde luego, me repugnaría ver encerrado a un inocente.»

Memorando complementario, realizado el 6/6/80 como adjunto al expediente del Departamento de Policía de Charleston 80-64-Violación/Homicidio, secciones Interrogatorios de los Testigos y Pruebas Materiales.

A: Todos los agentes investigadores.

De: Sargento detective W. W. Brown, Comisaría 19.

Mientras realizaba un segundo reconocimiento de la zona de Magnolia Street, interrogué a un varón negro llamado Steven Washington, alias Sterno Steve, un vagabundo sin medios de vida conocidos. Me contó que la noche que mataron a la chica Tucker estaba tomando vino bajo un porche, al otro lado de la calle, y que «a medianoche» vio entrar en el vestíbulo «a un hombre blanco con pinta de poli», con guantes y cargado con una bolsa de basura de plástico. Washington abandonó el porche, que quedaba justo delante de la entrada, mientras el hombre pulsaba un timbre y subía al piso. (El testigo dijo que temía que el hombre le quitara el vino cuando bajase.)

Como sea que se ha mencionado la presencia de jirones de plástico entre los elementos encontrados en el escenario del crimen, creo que podría ser una pista importante. (Washington está detenido en el calabozo de borrachos de la comisaría por si se estima necesario seguir interrogándolo.)

W.W. BROWN, sargento, Comisaría 19

Del Standard-Leader de Kalamazoo, Michigan, 10 de septiembre de 1980:

ENCONTRADOS LOS RESTOS DE UN VECINO DE KALAMAZOO

EN EL LAGO MICHIGAN; SE BUSCA AL «SOBRINO»

Hace tres días, el cuerpo de un vecino de Kalamazoo, un hombre conocido por sus excentricidades, fue descubierto en las aguas poco profundas del lago Michigan, cerca del malecón de Benton Heights. Aunque el cuerpo estaba casi totalmente descompuesto, las balas incrustadas en el cráneo apuntan a que la causa de la muerte fueron varios disparos. Tras enviar un teletipo a los laboratorios dentales de la localidad con la descripción de sus inusuales puentes dentales, se consiguió rápidamente su identificación. La víctima era Rheinhardt Wildebrand, de 72 años, de Kalamazoo.

Wildebrand, vecino de Kalamazoo de toda la vida, era un inventor que vivía de las patentes de varias máquinas que desarrolló allá por la década de 1930. Era un «personaje» local que vivía en un ostentoso caserón, en el número 8493 de S. Kenilworth, izaba la bandera de su Austria natal en las festividades norteamericanas, rara vez salía de su manzana y tenía un Packard de 1953 en el garaje, pero nunca lo sacaba. Se creía que no tenía parientes vivos (sus padres y su única hermana habían muerto en la década de 1940) pero, recientemente, vivía con él un hombre al que había presentado a sus vecinos como su «sobrino». La policía de Benton Heights y la de Kalamazoo buscan ahora a ese hombre como presunto asesino de Wildebrand.

Los vecinos del inventor jubilado contaron a los cuerpos de seguridad que el sobrino llegó a primeros de agosto y que solían verlo con Wildebrand en el porche delantero de la casa de éste, pero que el hombre, como su supuesto tío, era muy reservado. Lo describen como «un hombre alto y de constitución fuerte, treinta y pocos años, cabello moreno, ojos oscuros y barba rala».

El teniente Loren Kelleher, del Departamento de Policía de Kalamazoo, que colabora con el de Benton Heights en la investigación, declaró al reportero Bob Shaeffer, del Standard-Leader: «Hemos comprobado los registros de la familia Wildebrand. El viejo tenía una hermana, soltera, que murió en 1941, bastante antes, con toda certeza, de que naciera nuestro sospechoso. Así pues, sabemos que no es cierto que fuera el "sobrino". Creemos que el móvil es el robo. Muy probablemente, el supuesto sobrino se ganó la confianza de Wildebrand, le robó el dinero y lo mató. Se rumoreaba que el viejo tenía grandes sumas de dinero escondidas en el sótano. Ahora mismo estamos inspeccionando la casa en busca de pruebas materiales y enseñando a los vecinos fotografías de criminales de Michigan, Illinois y Ohio con el fin de identificar al "sobrino".»

Respecto a los vecinos, todos lamentan el hecho de que, al parecer, nadie se encargue del funeral del difunto inventor. «Rheinhardt era un bicho raro -comentó a nuestros reporteros un residente en Kenilworth Avenue-, pero nadie, ni siquiera un viejo excéntrico como ése, se merece que le peguen un tiro y lo echen al agua.»

Seguiremos informando de los detalles de la investigación.

Memorando de enlace, remitido a la brigada de Homicidios del Departamento de Policía de Benton Height por el teniente Loren Kelleher, del Departamento de Policía de Kalamazoo:

15/9/80

Agentes:

Por la zona de Kalamazoo del caso Wildebrand, Rheinhardt J.: un cero respecto a novedades de interés.

A- Las cuentas bancarias de la víctima no se han tocado: 41.000 dólares en libretas de ahorro, 12.000 en cuentas corrientes (el difunto pagó anticipadamente cuantiosas cantidades a compañías de tarjetas de crédito antes de su desaparición).

B- No hay rastro de ninguna 38 con piezas defectuosas robada o vendida, ni coincidencias en los casquillos (he pedido informes de todo el estado).

No tenemos identificación del «sobrino» y nadie vio al sospechoso con un vehículo.

C- Interrogatorios a vecinos y residentes locales: nada.

D- En el registro de la casa de la víctima no apareció su cartera ni su documentación (probablemente, estarán flotando en el lago Michigan). No se encontró dinero, lo cual confirma el robo como móvil.

E- El argumento decisivo para considerar que el «sobrino» es nuestro hombre: las doce habitaciones de la casa, los tres pisos, estaban completamente limpios de huellas latentes; se encontraron marcas de paño de limpieza por todas partes. El sobrino sabe lo que se hace.

F- ¿Me llamarán ustedes pronto para contarme los progresos por su parte?

Tte. L. KELLER

Del Sun de Baltimore, Maryland, 19 de mayo de 1981:

LA MUERTE DE UNA PROSTITUTA,

RELACIONADA CON OTROS TRES ASESINATOS SEXUALES

El espantoso asesinato de Carol Neilton, brutalmente violada y acuchillada en su apartamento la semana pasada, parece ser la cuarta de una cadena de muertes que empezó en Louisville, Kentucky, hace más de dos años.

En abril de 1979, Kristine Pasquale, una bailarina de club, fue descubierta en su piso de Louisville, asesinada sanguinariamente de manera idéntica a la de Neilton; Wilma Thurmann tuvo un destino similar en Des Moines, Iowa, el 1 de octubre de ese año, y el 27 de mayo pasado, Candice Tucker, de Charleston, Carolina del Sur, encontró una muerte igualmente horrenda en esa ciudad. Las pruebas materiales son idénticas en los cuatro homicidios, e idéntica la ausencia de pistas. Desconcertadas, las cuatro fuerzas policiales involucradas en las investigaciones han propuesto compartir sus informaciones con la esperanza de evitar una quinta muerte.

Sin embargo, el tiempo corre contra las fuerzas del orden. El capitán Reynolds Conklin, segundo al mando de la división de Homicidios del D. P. de Baltimore, declaró anoche en una reunión con la prensa: «Estos cuatro homicidios han ocurrido en el intervalo de dos años y las investigaciones oficiales de los tres primeros están, en la jerga policial, "frías". En todo el volumen de documentación recopilado hasta ahora, no aparecen nombres de sospechosos que coincidan en más de una ciudad. En ninguna lista de reservas de aviones, autocares o trenes aparece un mismo nombre que visitara las cuatro ciudades en las fechas correspondientes y, hoy por hoy, nos limitamos a seguir con el papeleo y plantearnos hipótesis. Así es como se resolverá el caso.»

Pero, capitán, ¿después de cuántas víctimas?

Memorando interoficinas, archivado bajo el epígrafe «Informes Diversos» en el expediente 199-5/81 del Departamento de Policía de Baltimore:

Skipper:

Decías que debía ser sincero, así que allá voy: no tengo nada, salvo alguna teoría aceptable tras la lectura de fotocopias de expedientes de los casos de Louisville/Des Moines/Charleston y un par de charlas telefónicas con dos agentes que participaron en las investigaciones (el sargento Ruley, en Louisville, y el sargento Brown, en Charleston).

Estos dos (perspicaces) agentes sugieren que el hombre pudo hacerse pasar por policía para tener acceso a las víctimas, amenazando con chantajes o con la detención si no accedían a sus deseos sexuales. Esto explicaría cómo entró en los domicilios de las víctimas 1, 3 y 4. Además, hacerse pasar por policía parece estar de moda entre los psicópatas: recuerda el terrible caso del Estrangulador de Hillside, en Los Ángeles.

Llevaré la reconstrucción un paso más allá. Supongamos que el asesino es un policía de verdad. Como las muertes se iniciaron en Louisville, quizá sería interesante comprobar los movimientos de la plantilla del Departamento de Policía (incluidas las ausencias del trabajo injustificadas o inusuales), comparándolos con los registros de viajeros de aviones/trenes/autocares de las fechas correspondientes. Sería como buscar una aguja en un pajar pero, por lo menos, haríamos algo.

En mi opinión, y guárdame el secreto, deberíamos seguir los procedimientos normales y, después, echar tierra sobre el asunto. Carol Neilton era una buscona, el tipo no volverá a matar en nuestra jurisdicción y en el Departamento tienen por resolver ocho casos importantes de homicidios de bandas y de robos con homicidio que deberían ser prioritarios. He oído que los federales están montando algo gordo que se llamará Grupo Especial contra Asesinos en Serie (se dedicará a solicitar datos de los departamentos de policía estatales y municipales sobre viejos casos sin resolver, los cotejarán por ordenador, etc.). Tal vez sea nuestra mejor apuesta.

Nos vemos para ir al partido de los Orioles, el martes que viene.

JACK

Del Telegram de Columbus, Ohio, 30 de mayo de 1981:

EXHUMADO EL CUERPO DE UN VAGABUNDO

EN UN SOLAR EN EDIFICACIÓN

Sunbury, Ohio, 29 de mayo:

El cuerpo enterrado de un ex preso vagabundo fue descubierto ayer por la mañana por unos obreros que abrían una zanja en un solar con potentes excavadoras. El hombre llevaba muerto un mes, según declaró a la prensa el forense del condado de Columbus, Roger Diskant, y aunque «descompuesto en un noventa por ciento», se ha obtenido su identificación gracias a las huellas necrodactilares. Se trata de William Rohrsfield, de 33 años, vagabundo con condenas por robo y por proposición de actos homosexuales. Se ha determinado que la muerte fue un «homicidio por arma de fuego» y la policía estatal de Ohio se encarga de la investigación.

Informe Resumen de Homicidio realizado por el teniente D. D. Bucklin, de la Oficina del Sheriff de Sunbury, Ohio, 1 de junio de 1981:

Jefe:

He aquí el resumen detallado sobre el cadáver encontrado cerca del Seven Eleven que hay junto a la carretera 3:

Nombre: Rohrsfield, William Walter.

Raza: blanca.

Fecha de nacimiento: 4-5-48.

Descripción física: 1,88 de estatura, 95 kilos, cabello y ojos castaños, constitución robusta.

Causa de la muerte: disparos en la cabeza. Se han encontrado en el suelo, junto al cuerpo, varios casquillos del 38 (marcas y surcos inusuales; véase informe de balística anexo, realizado por agentes de la policía del estado). El cuerpo estaba enterrado a cuatro metros de profundidad (circunstancia extraña).

Investigación preliminar: a cargo de detectives de la policía estatal. Aunque, técnicamente, el caso es nuestro, el informe del hallazgo del cuerpo lo realizó la unidad de la policía estatal que acudió a la llamada de los obreros y, como Rohrsfield era un ex preso y no residía en Sunbury, propongo que les dejemos el caso a ellos.

He aquí los antecedentes de Rohrsfield:

Como menor de edad: robo con escalo, 12-12-65 (recibió asistencia sociopsicológica). Posesión de marihuana, 8-1-66 (seis meses en el reformatorio de Chillicothe).

Adulto: robo en domicilio y receptación de bienes robados, 2-8-67 (un año en la prisión para adultos de Chillicothe, tres años de condicional). Robo en primer grado: dos condenas, una el 20-4-69 (tres años en la penitenciaría estatal de Ohio) y otra el 2-7-74, con los cargos añadidos de proposición indecente con propósitos de prostitución masculina, merodeo cerca de retretes públicos y exhibicionismo (cinco años en la misma penitenciaría estatal de Ohio; rechazó la libertad vigilada y cumplió hasta el último día de condena). Puesto en libertad el 14-7-79. Una decena de detenciones por ebriedad desde entonces.

Por mí, que se encarguen los detectives de la estatal. Nos libraremos de un buen marrón.

Teniente D. D. BUCKLIN, comandante de guardia

VI. Como fugitivo: llenando el mapa (enero 1979 – septiembre 1981)

17

Y así, el beso me convirtió en fugitivo y concedió al hombre que me lo había dado libertad para matar con la facilidad y el estilo que yo había poseído antes.

En aquel momento, desde luego, no tenía ni idea de lo que Ross andaba haciendo. El pánico y un deseo sin nombre lo mantenían excluido pero cercano, como un viento seco en la espalda, un viento que me cegaría si miraba en su interior. Hoy, al ver el montón de páginas manuscritas y documentos policiales apilados sobre la mesa y mi recorrido marcado con alfileres en el mapa de la pared de mi celda, advierto que las líneas que conectan nuestros respectivos asesinatos subrayan la dicotomía: Ross elegía discretamente a sus víctimas, pertrechado con una placa y unas órdenes de extradición, y siempre regresaba a la seguridad del Wisconsin rural; Martin se movía a campo través para escapar del sexo real, buscaba al perfecto no-Martin en quien convertirse, pero se quemaba como una hormiga atrapada bajo una lupa que un niño sádico sostuviera al sol.

Quemaba mi camino de regreso a la infancia.

Alimentaba fuegos de sacrificio con un abuelo y tres hermanos.

.Saboteaba mi cautela de siempre con saltos al borde de las llamas…

Salí disparado de Huyserville y me dirigí hacia el este por enfangadas carreteras locales hasta Lake Geneva. El centro vacacional estaba lleno de jóvenes atléticos ataviados con ropa deportiva de llamativos colores y, después de lo de Ross, no me sentí capaz de actuar entre ellos. El 38 de cañón corto, guardado en el compartimento debajo de la carrocería, resultaba un pobre sustituto del Magnum y supe que, si ponía las manos en una víctima -masculina, femenina, joven, vieja, fea o atractiva-, mi presa me parecería Ross y no sería capaz de terminar el trabajo. No me quedaba más remedio que olvidar a ese hombre, su aspecto, su contacto con mi cuerpo, su estilo.

Aquella noche hice algo absolutamente impropio de mí.

Alquilé una suite en el Playboy Club de Lake Geneva y me pasé la velada celebrando una feliz ocasión sin nombre, durante la cual me obligué a actuar como un juerguista que quiere echar una canita al aire. Tomé una cena exageradamente cara en el Sultan's Steakhouse, dejé una generosa propina y asistí al espectáculo del Jet Setter's Lounge. Unas jóvenes camareras con escotados vestidos de conejita contemplaron con desaprobación mi indumentaria, totalmente ajena al estilo que allí se llevaba, pero cambiaron de opinión cuando les mostré la llave de mi habitación, que llevaba grabado «Piso del Potentado» en el reverso. Entonces aceptaron con adecuada humildad los billetes de veinte dólares que les tendí con sumo estilo y me acompañaron a una mesa de la primera fila en la zona VIP. Pedí champán Dom Perignon para mí y para los otros VIPS, y mi gesto fue acogido con aplausos. El hombre que estaba sentado a mi lado no tardó en ofrecerme cocaína y, ya que celebraba una ocasión sin nombre, la esnifé y bebí con avidez de la botella de mi mesa.

El espectáculo lo protagonizaba un vulgar bufón llamado Profesor Irwin Corey. El número consistía en dobles sentidos improvisados y despropósitos dirigidos a los espectadores de las primeras filas y, aunque al principio me resultó tedioso, a medida que esnifaba y bebía, se convirtió en lo más divertido que había visto en toda mi vida. Mi arraigado concepto de control no me permitió exteriorizar la risa hasta que Corey señaló a un gordo borracho que roncaba con la cabeza apoyada en la mesa. Con voz de sabio oriental, el Profesor dijo: «¿Bebes para olvidar, Papa San?», e instintivamente pensé en Ross y excavé en mi mente en busca de una imagen. Lo que encontré, en cambio, fue la cara de un chico guapo de un anuncio de Calvin Klein. Entonces me reí a carcajadas, rociando saliva y lágrimas al otro lado de la mesa, hasta que Corey se fijó en mí, se acercó y, con unas palmaditas en la espalda, me dijo: «Tranquilo, grandullón, tranquilo. Píllate un chute de metanfetamina, un par de conejitas y cuatro Excedrin, y mañana por la mañana llama a tu agente de bolsa. Tranquilo, tranquilo.»

No sé cómo conseguí regresar a la suite; la última imagen que vi estando despierto y consciente fue la de las conejitas abriendo, solícitas, una puerta que daba a un aire helado. Cuando desperté, me dolía la cabeza y estaba tumbado, completamente vestido, sobre una cama de satén rojo en forma de corazón. Pensé en Ross y vi la imagen de otro modelo, cuyo atractivo se me antojó vacuo, seguida del recuerdo de la juerga nocturna, rodeado de signos de interrogación y el símbolo del dólar. Esto me llevó a una serie de especulaciones de cuatro cifras seguidas de «???» y me consolé con la idea de que nunca más repetiría lo de la noche anterior. Luego, repasé mentalmente los saldos de mis cajas de seguridad y los lugares donde tenía escondidas las llaves, y descubrí que me faltaban tres.

Ross apareció con todo detalle, atusándose el bigote con extrema frialdad al tiempo que murmuraba: «Martin, eres un idiota de mierda.»

Golpeé la cama con los puños y las rodillas, mientras Ross decía: «Creías que podrías librarte fácilmente de mí, ¿no? Ay, queridísimo amigo, ¿quién puede olvidar una cara como la mía? El sargento Ross, qué gran tipo.»

Me levanté y revolví la suite hasta que en una mesa, junto al teléfono, encontré papel y bolígrafo. Con manos temblorosas anoté los nombres de los bancos, las cifras y los escondites, y obtuve un total de cinco cajas y 6.214 dólares. Una simple resta me informó del coste de mi prosaico desenfreno de la noche anterior: 11.470 menos 6.214 igual a 5.256 dólares.

«Nunca conseguirás ser un juerguista, Martin. Sin embargo, si te marchas sin pagar la cuenta, te ahorrarás unos cuantos dólares. Cuando alquilaste la habitación no vieron la furgoneta. Lo único que tienen es tu nombre… Y ESO SE PUEDE CAMBIAR.»

Al cabo de diez minutos ya estaba en la carretera y Ross, sin rostro pero enorme, era como un viento seco que me impulsaba por detrás.

Nunca recuperé el dinero perdido en el olvido y me pasé el resto del mes viajando por el Oeste para vaciar mis cajas de seguridad. Sólo puedo describir ese mes como algo salvaje. Circular por ciudades donde antes había matado era salvajemente estúpido; guardar el dinero en la guantera del Muertemóvil me parecía necesario, pero salvajemente arriesgado. Ross se cernía sobre mí como un consejero, sin rostro, pero salvajemente bello y peligroso cuando no le prestaba atención.

Había otras caras, siempre en la cuneta de la carretera. Hombres, mujeres, viejos, jóvenes, guapos, feos, todos tenían grandes bocas abiertas que gritaban: «Ámame, fóllame, mátame.» Ross, sin rostro, sólo una voz, me impedía que los destruyera y me grababa en la mente la idea de una nueva identidad. En el papel de consejero que antes desempeñaba la Sombra Sigilosa, me recomendaba que me tomara mi tiempo y evitase los asesinatos hasta que encontrara al hombre absolutamente anodino en quien convertirme, un hombre idéntico a mí y en el que nadie reparase. Sabedor de que Ross sólo seguiría siendo asexual si lo obedecía, esperé.

Después de vaciar mi última reserva de dinero, cambié de dirección y me dirigí de nuevo hacia el este, conduciendo todo el día y durmiendo en moteles baratos. La presencia de Ross me acompañaba constantemente y su obsesión en que matara para hacerme con una personalidad no-Martin Plunkett iba creciendo en mi cerebro, apuntalada por unas preguntas despiadadas:

«¿Y si descubren al muerto y su coche en Wisconsin?»

«¿Y si la poli estatal recuerda que estabas retenido al mismo tiempo que él desaparecía?»

«¿Y si relacionan los dos hechos?»

«¿Y si encuentran los casquillos que tiraste en el control de carretera?»

«¿Y si el Playboy Club te denuncia por impago y relacionan el hecho con otros y emiten una orden de búsqueda?»

Tales preguntas me infundieron el valor para actuar con independencia de Ross, el consejero sin rostro, y, sorprendentemente, la belleza que yo creía que me embargaría no lo hizo.

Pero, a solas, fracasé.

Pasé una semana en Chicago, recorriendo garitos de los bajos fondos con la idea de comprar identificaciones falsas. Nadie quiso vendérmelas y, después de seis intentos, comprendí que mi antiguo aire de criminal estaba colmado de miedo y que la gente me tomaba por un chivato o por un loco. Salí de la ciudad del viento perseguido por la risa burlona de Ross y sus «ya te lo había dicho».

Primero, me detuve en Evanston, encontré una habitación amueblada y pagué dos meses de alquiler por anticipado. A continuación, me dirigí a la oficina local del Departamento de Vehículos a Motor y, con todo el descaro, les enseñé la licencia de Colorado y los papeles de registro de la furgoneta. Les dije que quería placas de matrícula de Illinois y, después de llenar varios impresos, el funcionario hizo exactamente lo que yo sabía que haría: fue directo al ordenador y comprobó mi nombre para ver si había órdenes de búsqueda. Mientras el hombre esperaba la respuesta de la máquina, empuñé el 38 recortado dentro del bolsillo y observé su expresión. Si me buscaban en Wisconsin o en otra parte, el funcionario reaccionaría; entonces yo le dispararía y mataría también a los otros dos empleados que estaban junto a la máquina de café, robaría uno de sus carnets y me marcharía.

No tuve que vivir tal melodrama, pues el hombre regresó sonriente; pagué el importe y presté atención mientras me comunicaba que la placa de matrícula provisional me llegaría al cabo de una semana, y la definitiva, en el plazo de un mes y medio. Le di las gracias y salí en busca de un taller de pintura de automóviles.

Encontré uno en Kingsbury Road, cerca del vertedero de la población, y maté el tiempo leyendo revistas mientras le hacían la cirugía estética al Muertemóvil, que pasó del plateado al azul metálico. Cuando salió del quirófano con un aspecto tan distinto, un joven latino sentado a mi lado, me dijo:

– Menudo coche, joder. ¿Cómo lo llamas?

– ¿Qué?

– Pues eso, tío. Su nombre. Como el Vagón del Dragón, el Picadero o la Cueva del Amor. Un carro tan bonito ha de tener un nombre.

Con la audacia que me había dado mi visita al Departamento de Vehículos a Motor, le dije:

– Lo llamo el Furgón de la Muerte.

– ¡Fantástico! -dijo el chico, dándose palmadas en los muslos.

Me instalé en Evanston. Era una población rica, próxima a Chicago, en la que abundaban las pequeñas universidades, que me proporcionaron el camuflaje del perpetuo estudiante graduado. Tras establecerme temporalmente, pensé cada vez menos en Ross y empecé a advertir que su presencia física y auditiva no eran sino formas especulares de amor por mí mismo: si estaba colgado de ese hombre era porque los dos destacábamos en nuestro quehacer y éramos espartanos en otros aspectos de la vida. Yo siempre cambiaba de escenario; él ejercía una profesión que, obviamente, conllevaba muchas horas de aburrimiento. Cuando mi reserva de amor por mí mismo se agotaba por las exigencias de vivir en la carretera, Ross acudía en mi ayuda como antaño hacía la Sombra Sigilosa en momentos de pánico. Simbióticamente, si yo le era igualmente útil, pues bien, pero si no, me daba igual. Además, había otras caras que mirar. Los campus de Evanston estaban colmados de ellas. Una vez determinado el simbolismo de la cara/voz de Ross, poco a poco me fui convenciendo de que se hacía imperioso abandonar a Martin Plunkett, que había estado en la cárcel por ladrón y que siempre estaba de paso, por otra identidad, y empecé a buscar un hermano gemelo al que matar.

La tranquila lucidez de la idea, concebida desde el terror pero corroborada por el tiempo a través de distintos estados emocionales, me permitió avanzar metódicamente hacia mi primer fratricidio. Construí un silenciador con un trozo de tubo de metal y alambre y lo probé en el 38 disparando contra boyas en el lago Michigan. Con el revólver en el bolsillo, recorría los campus a primera hora de la noche con la idea de disparar a mi presa en un rincón tranquilo, robarle la cartera y marcharme en silencio. Tenía localizadas a cuatro posibles víctimas y me hallaba en pleno proceso de selección cuando me fijé por primera vez en el idiota.

Enseguida supe dos cosas de él: que era deficiente mental y que su parecido físico conmigo, aunque destacable, iba más allá. Supe que estábamos vinculados hipotéticamente y que de haber crecido inocente, en vez de irremediablemente hastiado, yo habría sido como él.

Sin intención de hacerle daño, durante una semana seguida lo observé mientras jugaba en el vertedero. La casa de huéspedes en la que vivía estaba a tres manzanas del lugar, colina arriba, y con unos prismáticos veía a mi hermano híbrido lanzar piedras a los coches abandonados y buscar piezas oxidadas de automóvil para utilizarlas como juguete. Hacia el atardecer, una trabajadora del «Hogar» se lo llevaba y fue a ella a quien quise hacer daño.

Había reducido mi lista de objetivos a dos; me dirigía al campus de la Evanston Junior College para tomar la decisión final cuando de pronto me encontré cara a cara con el podía-haber-sido-Martin. Acababa de ponerse el sol y sólo una hora antes me había divertido viendo al tipo esconderse entre los arbustos, escapando de la desagradable mujer con pinta de solterona que acudía a privarlo de su diversión. Esta vez, cuando pasé despacio junto al vertedero, salió de entre las sombras y me hizo una señal para que me detuviera.

Lo hice y encendí la luz interior de la furgoneta. El hombre se acercó y asomó la cabeza por la ventanilla del pasajero. Al tenerlo tan cerca vi que sus rasgos eran una versión flácida y repugnante de los míos.

– Soy Bobby -se presentó con una voz chillona de tenor-. ¿Quieres ver mi casa de jugar?

No podía rechazar la oferta, habría sido como negar mi infancia. Asentí, me apeé de mi furgoneta y seguí a Bobby por el vertedero. Nuestros hombros se rozaron y lo noté blando y débil. Me descubrí deseando que alguien le enseñara a cultivar el cuerpo; de hecho estaba a punto de ofrecerle unos fraternales consejos al respecto cuando él señaló una luz que centelleaba más adelante.

– ¿Ves?-dijo-. Es mi casa.

La «casa» en cuestión consistía en dos coches podridos dispuestos uno frente al otro, con un quinqué en el medio. La luz iluminaba directamente hacia arriba y formaba un túnel que bañaba la cara de Bobby, cuya flacidez y defectuosa postura sugería que no podía mantenerse erguido sin ayuda.

Le apoyé las manos en los hombros; él se cuadró a lo militar y dijo:

– ¿Señor?

La cabeza parecía colgarle de lado. Bajé la vista al suelo y volví a alzarla para observar la cabeza torcida del idiota, que le confería un aspecto como de animal de juguete en la luna trasera de un coche.

– No tienes que llamarme así -dije, agarrándolo más fuerte-. Ni a mí ni a nadie.

Bobby sonrió y noté que su cuerpo de esponja temblaba entre mis manos. Su sonrisa, más amplia y torcida, expresaba una suerte de éxtasis de idiotez. Finalmente, consiguió coordinar los movimientos de lengua, paladar y labios, y dijo:

– ¿Quieres ser mi amigo?

Empecé a temblar; las manos con que agarraba a Bobby temblaban y el brillo del quinqué quemó las lágrimas que me corrían por las mejillas. Volví la cabeza para que mi hermano idiota no me creyera débil y le oí emitir unos sonidos húmedos, como si también llorase. Lo miré y vi que los sonidos procedían de la obscenidad de la gran O redonda que formaba con la boca; también vi que ondeaba un billete de dólar, como si fuera una bandera, delante de mí.

Aparté las manos de sus hombros y empecé a alejarme, pero oí sollozos entrecortados y un «por favor». Me volví y vi que seguía moviendo el dólar, suplicando amistad al tiempo que insistía en su espantosa insinuación. Saqué el 38 del bolsillo y Bobby intentó sonreír al tiempo que cerraba los labios alrededor del silenciador. Apreté el gatillo y mi hermano híbrido aterrizó en el suelo. Le robé la cartera sólo para guardarla como recuerdo de mi primer asesinato por compasión.

Robert Willard Borgie me fastidió mis planes en Evanston, de donde me marché después de un único interrogatorio rutinario por parte de la policía. De allí me dirigí hacia el oeste con matrículas de Illinois en el Muertemóvil azul, sin Ross ni la Sombra Sigilosa que me aconsejaran, sólo con un olor nauseabundamente dulzón, asqueroso, pegado a mi persona. Me sentía demasiado cerca de visiones de autoaniquilación y, mientras circulaba a toda velocidad por unos tramos brutalmente largos y llanos y calurosos de terrenos de cultivo, urdí planes, tuve ensoñaciones y hasta pasé viejas películas mentales para conservar el control.

«Borgie tenía una inteligencia subhumana y te quería de ese modo…»

«Lo elegiste como hermano y no tenías planeado matarlo, aunque se pareciera a ti…»

«Te hizo llorar…»

«Si te hizo llorar por empatía, eso significa que tu voluntad se desmorona…»

«Si te hizo llorar por ti, entonces estás acabado.»

Terminé aquel tramo largo, llano y caluroso de mi viaje en Lincoln, Nebraska, donde alquilé un diminuto apartamento de soltero lleno de trastos y caluroso, en la parte norte de la ciudad. Encontré empleo como vigilante nocturno y mi trabajo consistía en sentarme en el vestíbulo de un edificio de oficinas del centro de la ciudad desde medianoche a las ocho de la mañana, con un uniforme de galones dorados, una porra y unas esposas en una funda de plástico. Aparte de las rondas por los pasillos cada hora, podía disponer del resto del tiempo. La noche anterior, un hombre había dejado una decena de cajas llenas de revistas y, en vez de volverme loco pensando en retrasados mentales muertos y en lo que presagiaban, devoré ejemplares de Times, People y Us.

Fue una educación completamente nueva a la edad de treinta y un años. Había transcurrido mucho tiempo desde que explorase por última vez la palabra escrita, y la cultura entre la que me movía había sufrido unos cambios tremendos, unos cambios que me habían pasado totalmente inadvertidos porque mi visión era muy limitada. Entre junio y finales de noviembre de 1979, leí de cabo a rabo cientos de revistas. Aunque los fragmentos de información que absorbía abordaban temas muy amplios, había uno que dominaba: la familia.

La familia había vuelto con fuerza, estaba de moda, de hecho nunca había dejado de estarlo. Era el antídoto contra las nuevas cepas de enfermedades de transmisión sexual, contra el comunismo, el alcoholismo y la drogadicción, contra el aburrimiento, la desazón y la soledad. Músicos andróginos y predicadores fascistas y payasos negros musculosos con la cabeza medio afeitada al estilo de los indios mohawk y cadenas doradas proclamaban que, sin familia, estabas jodido. Los filósofos mediáticos decían que, en Estados Unidos, los años de desarraigo habían terminado y que la familia nuclear era el viejo-nuevo electorado, y punto. Todos anhelaban una familia, trabajaban, se esforzaban y se sacrificaban por ella. Todos volvían a casa para estar con la familia. La familia era lo que todos tenían, excepto la escoria que vagaba por el país sufriendo pesadillas y matando y llorando cuando algún idiota de imagen especular le ofrecía mamadas por un dólar. La falta de familia era la raíz de todos los males y de todas las muertes.

La ira hirvió en mí a fuego lento, chisporroteó, burbujeó y se coció durante todos esos meses de lectura, y Ross aparecía de vez en cuando para ofrecer comentarios como un coro de tragedia griega.

«Martin, si creyera que eso iba a ayudarte, sería tu familia… Pero ya sabes… la sangre es más espesa que el agua.»

«Lo que ocurre con la familia es que no podemos escogerla.»

«Lo que ocurre con una soledad como la tuya es que puedes tomar lo que quieras de cualquiera.»

«Ohhh, pobre Martin, su mamá tomaba pastillas y su papá se largó, y ese deficiente asqueroso lo ha hecho llorar. Ohhh.»

«¿No te dije en enero que te procurases otra identidad?»

Empecé a buscar una genealogía que usurpar. La revista People decía que los bares eran «los nuevos lugares de encuentro para solteros con ganas de encontrar pareja» y, como yo quería establecer contacto con un hombre para matarlo, sólo me servía ir a bares donde los hombres solteros quisieran encontrar pareja masculina. La revista Christian Times llamaba a esos lugares «antros de perversión sexual que deberían estar prohibidos por la constitución», y la verdad estaba probablemente en algún lugar entre los dos extremos. En cualquier caso, no me importaba. Y la idea de andar por bares de gays en busca de una nueva identidad era mi antídoto contra la voluntad de matar. Así pues, leí revistas de moda masculina, me compré ropa elegante y me metí de lleno en el ambiente, que, en una ciudad como Lincoln, situada en el feudo de los fundamentalistas protestantes, estaba formado por dos bares en la zona este de un barrio industrial.

Me impuse un plan estricto: sólo cuatro noches de búsqueda, salir de los bares a las 23.30 y estar en mi trabajo a medianoche las tres primeras noches. Los paseos fuera de ese horario sólo estarían permitidos la cuarta noche, la del viernes, que era cuando libraba. Si durante las cuatro noches no daba con nadie adecuado, abandonaría el plan. Un artículo de prensa que había leído mencionaba que, con frecuencia, los universitarios recorrían la «calle de los maricas» para hacer pintadas en los coches de los clientes de los bares, por lo que aparqué el Muertemóvil II a un kilómetro y fui caminando. No tenía que dejar huellas en la barra ni en los vasos, y debía procurar que nadie, excepto mis objetivos, me viera la cara.

Acudía bien organizado en cuanto a la precaución y al control, pero me faltaba preparación para las distracciones que encontraría, las variaciones sobre Ross y la gente de pelo rubio. Tommy's y The Place eran salas cochambrosas con largas barras de roble, diminutas mesas de hierro forjado y gramolas, tugurios con una música disco tan fuerte que era prácticamente imposible entablar una conversación. Sin embargo, estaban llenos de rubios clones de Ross Anderson: músculos compactos que sólo se desarrollaban con el trabajo físico, pelo corto, bigote de cepillo y ajustada ropa masculina: camisas Pendleton, Levi's gastados y botas de trabajo. Tardé dos noches, en las que me dediqué a beber soda en la barra mientras buscaba a un tipo alto y moreno como yo, en darme cuenta de que en ese antro de homosexuales de clase obrera -camioneros, albañiles y estibadores-los rubios eran tipos del este de Europa, con los pómulos prominentes y gélidos ojos azules. Constituían una subcultura para la que ni mis viajes ni mi reciente fiebre lectora me habían preparado y, como blanco anglosajón protestante de cabello moreno, vestido con polo y jersey de cuello redondo, me sentí totalmente desplazado. Había esperado encontrar tipos afeminados que se sentirían atraídos hacía mí como mariposas nocturnas a la llama y que serían eliminados con la misma facilidad. En cambio, me encontré con palurdos fornidos que no me pondrían fácil un mano a mano.

Así pues, me dediqué a beber soda durante dos noches, como un florero asexual en una fiesta de gays. Los hombres altos y morenos a los que localicé eran demasiado delgados o demasiado jóvenes para mí: mis ojos, que patrullaban constantemente, eran rechazados en cuanto contactaban con otros; los Ross y los clones rubios me ponían nervioso y me descubría toqueteando el vaso para tener algo que hacer con las manos. Me había concienciado de que podría asustarme y enfadarme y, probablemente, sentir tentaciones, pero ahora algo más se asentaba en mi interior, una suerte de corriente subterránea en la música que vibraba constantemente. Era como un peso que se parecía al dolor. Los hombres que me rodeaban, frívolos pero masculinos, me hacían sentir viejo y aturdido por mi historial de experiencias brutales.

Al principio de mi tercera noche de misión, descubrí por qué me evitaban. Me estaba lavando las manos en el baño cuando oí voces al otro lado de la puerta.

– Es un poli, te lo aseguro. Ha estado aquí y en el bar de al lado estas últimas noches, haciéndose el simpático… Pero se le nota.

– Lo que te pasa es que te ha entrado la paranoia porque estás en libertad condicional.

– ¡No, no me ha entrado nada! Pantalones de algodón y un suéter. ¡Qué pasado de moda! Es de Antivicio, seguro. Tú mismo, ya sabes a qué te arriesgas.

– ¿Y crees que lleva esposas y buen pistolón? -Se oyó una risita.

– Sí, guapo, eso seguro. Y también tendrá mujer y tres hijos, aparte de dedicarse a incitar delitos.

Las dos voces se rieron y luego guardaron silencio. Pensando en Ross y en cómo habría reaccionado a la conversación, volví a mi taburete en la barra. Me preguntaba si mi misión seguiría siendo factible cuando noté que alguien me tocaba el codo. Me volví y allí estaba yo.

– Hola.

Era la voz de mi admirador. Bajé del taburete, vi que medía prácticamente lo mismo que yo, pesaba lo mismo, cinco kilos más o menos, y nuestra edad coincidía, dos años arriba o abajo. Entorné los párpados y advertí que tenía los ojos castaños. Le di la espalda, limpié la barra del bar y el vaso con la manga y me volví de nuevo con la gracia de un modelo masculino.

– Hola -dije.

– Me gusta cómo te mueves -gritó el tipo para hacerse oír por encima de la música. Ross se movió por mi mente y dijo «mátalo por mí». Me llevé la mano a la oreja y señalé la puerta. El hombre captó la insinuación y salió, precediéndome. Cuando llegamos a la acera, eché un rápido vistazo alrededor por si había testigos. Como no vi nada salvo una calle fría y vacía, me convertí mentalmente en el sargento Anderson y dije:

– Soy agente de policía. Puedes venir conmigo a dar una vuelta por los trigales o a la comisaría. Tú decides.

– ¿Es una incitación a cometer un delito o una proposición?-preguntó casi-Martin, riéndose.

– Las dos cosas, encanto -respondí, riéndome como lo habría hecho Ross.

El hombre me pellizcó el brazo.

– Qué fuerte. Soy Russ.

– Yo, Ross.

– Russ y Ross, qué gracioso. ¿En tu coche o en el mío?

– En el mío -respondí, señalando calle abajo, donde esperaba el Muertemóvil II.

Russ se inclinó hacia mí con afectación, luego se apartó y comenzó a caminar. Yo me mantuve a su lado, pensando en entierros a medianoche y en si mi vieja pala sería capaz de hundirse en la tierra helada plantada de trigo. Russ permaneció en silencio y supuse que me estaba imaginando desnudo. Al llegar al Muertemóvil II, abrí la puerta, le pellizqué el brazo y él soltó un gruñidito de placer. La expectación y el regocijo se apoderaron de mí y, cuando me senté al volante, reventé de necesidad de conocer la historia de Russ/Martin.

– Háblame de tu familia -le pedí.

– Muy romántico, agente gay. -En esta ocasión le salió una risa burda y su voz fue un rebuzno del Medio Oeste.

Me enojó que me llamara «gay». Puse en marcha el coche, pisé el acelerador y dije:

– Soy sargento.

– ¿Forma parte de tus jueguecitos eróticos de policía gay? El segundo «gay» acentuó el tacto del 38 que llevaba en el cinturón y me contuvo de atacarlo.

– Exacto, encanto.

– Un hombre que me llama «encanto» puede oír mi relato de infortunio. -Russ tocó unas notas en una trompeta imaginaria, luego se rio y proclamó-: ¡Ésta es su vida, Russell Maddox Luxxlor!

El nombre completo me sentó como una declaración de libertad. El barrio industrial quedaba atrás, y en su lugar se abrían unas llanas praderas y un inmenso cielo estrellado.

– Cuéntamelo, encanto -cuchicheé, excitado.

– Bien, soy de Cheyenne, Wyoming. -El gangueo del Medio Oeste le salió teatral y socarrón-. Sé que soy gay desde siempre, y tengo tres hermanas encantadoras que me arroparon en los momentos más duros. Ya sabes, cuando la gente me criticaba y esas cosas. Mi padre es ministro de la Iglesia congregacionalista; es muy estricto, pero no tan fanático como los cristianos renacidos. Mi madre es como una hermana mayor y siempre me ha aceptado…

Debido a los tintes sexuales del monólogo, mi excitación se hizo desagradable y me produjo picor.

– Cuéntame más -pedí, conteniéndome para no gritar-. De Cheyenne, de tus hermanas, de cómo es tener un padre ministro.

– Pues imagínatelo -replicó Russ con una mueca-. En fin, Cheyenne era un aburrimiento y Molly es mi hermana favorita. Ahora tiene treinta y cuatro años, tres más que yo. Laurie es mi segunda favorita, tiene veintinueve y está casada con un granjero, un tipo nefasto que la maltrata; Susan es la pequeña, tiene veintisiete. Tuvo problemas con la bebida y se apuntó a Alcohólicos Anónimos. Papá es un buen tipo, no me juzga, y mamá dejó de fumar hace unos meses. ¡Oh, Dios, qué aburrido es esto!

Agarré el volante con más fuerza hasta que creí que los nudillos me iban a estallar.

– Cuéntame más, anda.

– Te morirás de aburrimiento. -El rebuzno decadente del muerto resonó en toda la cabina-. Mi familia aburriría a los corderos. Bueno, Susan es la más bonita y es dentista; Laurie es gorda y ha tenido tres enanos con su horrible marido, y yo soy el más listo y el más sofisticado y el más sensi…

– Enséñame las fotos que llevas en la cartera. -Pronuncié las palabras en el mismo momento en que se formaba la idea.

– Cariño, ¿no crees que estás llevando esto demasiado lejos?-preguntó Martin/Russ-. Tengo ganas de fiesta, pero todo esto me parece cada vez más raro.

Miré por el retrovisor, no vi nada excepto una oscura pradera, levanté el pie del acelerador y me detuve en la cuneta. El muerto me miró intrigado y yo saqué el 38 del cinturón y se lo puse delante.

– Dame la cartera o te mato.

La sacó del bolsillo trasero con manos temblorosas y la dejó en el salpicadero. Con manos tranquilas, dignas de Ross Anderson, dejé el arma en el regazo y busqué en los compartimentos de las fotos y las tarjetas de crédito. Al ver a tres jóvenes vestidas para la fiesta de graduación y a una pareja de novios de los años cuarenta, solté un bufido. Cuando encontré un permiso de conducir de Nevada sin fotografía, un carnet válido de reclutamiento y tarjetas Visa, American Express y Diner's Club, sonreí y le dije:

– Bájate.

Martin obedeció y se quedó junto a la puerta, temblando y murmurando plegarias. Me guardé la cartera en el bolsillo y me acerqué a él, al tiempo que saboreaba imágenes mentales de mis tres hermanas hasta que su hermano, a punto de ser excomulgado, se echaba a llorar. Entonces le clavé el cañón con el silenciador en la espalda.

– Camina -le ordené.

Lo llevé a sesenta y dos pasos exactamente, un paso por cada uno de los años de nuestra vida.

– Date la vuelta y abre la boca -exigí.

Obedeció, aunque le casteñeteaban los dientes; luego le metí el cañón y apreté el gatillo. El salto que dio hacia atrás casi me arrancó el arma de la mano, pero conseguí sujetarla.

El aire frío de la pradera me quemó los pulmones mientras me reorganizaba mentalmente. Pensé en buscar el casquillo, pero descarté la idea. El único asesinato que había cometido con la pipa de Ross había sido en Illinois hacía siete meses. Era imposible que relacionaran las muertes.

Me dirigía al Muertemóvil II en busca de la pala cuando vi los faros de un coche que se acercaba, procedente de Lincoln. Lo repentino de la aparición me sobresaltó, por lo que subí a la furgoneta, di un giro de ciento ochenta grados y me fui al trabajo. Llegué temprano y me pasé todo el turno memorizando las fotografías de mi nueva familia. Por la mañana las reduje a cenizas en el lavabo de hombres de la planta baja y, cuando tiré de la cadena sobre los restos ennegrecidos, supe que las caras habían quedado grabadas para siempre en mi banco de memoria.

18

«Para siempre» fueron once días.

Unos días felices, apacibles. Había ganado una familia con la que llenar vacíos de mi pasado y, aunque el cuerpo de Russell Luxxlor fue descubierto y ello me impidió robarle la identidad, continué teniendo a papá y a mamá y a Molly, Laurie y Susan como premios de consolación. Las tarjetas de crédito vendibles eran una ventaja añadida y decidí desprenderme de ellas cuando dejara Lincoln definitivamente, quince días después de la muerte, como había previsto.

La muerte de Luxxlor fue noticia en los medios locales y, según narraba un periódico, la policía especulaba con la hipótesis de que lo hubiesen matado para apoderarse de sus documentos de identidad; incluso se mencionó que me habían visto con él en el bar. De todos modos, no fui interrogado ni me inquieté; sería la comunidad homosexual la que soportaría el peso de la presión policial.

Así, durante once días, me moví en un mundo de fantasía realista, en el que no había violencia ni impulsos sexuales. Me reí con mi hermana favorita, Molly, y consolé a mi hermana Laurie cuando su marido la abroncaba; animé a Susan a que se mantuviera sobria y tomé el pelo a papá y mamá por su fervor religioso. Funcionaba con una mezcla compuesta por un 80 por ciento de fantasía y un 20 por ciento de un distanciamiento que conocía a qué estaba jugando el resto de mí. La proporción de los ingredientes se combinaba armoniosamente en mi interior y mi nueva familia se desenvolvía en mis sueños en un revoltillo que propiciaba que me parecieran conocidos de toda la vida.

La duodécima mañana después de la muerte, desperté y no logré recordar la cara de Molly. Ni exprimiendo la memoria fui capaz de recuperarla, y entregarme a tareas menores para aligerar mi mente no sirvió de nada. Al fantasear con otros miembros de la familia mi 20 por ciento de distanciamiento se amplió a más del 90 por ciento y, hacia el atardecer, cada vez que buscaba a Molly en mis recuerdos topaba con los rostros ensangrentados de antiguas víctimas femeninas.

Esa duodécima noche, fui presa del pánico.

La hermana Laurie empezaba a difuminarse y cargué todas mis pertenencias en el Muertemóvil II y me largué de Lincoln por la autovía Cornhusker. Recordé un artículo de periódico sobre la comunidad delictiva local y sus puntos de encuentro y me detuve en un bar de carretera llamado Henderson's Hot Spot. Allí intenté vender las tarjetas de crédito de Russell Luxxlor a dos hombres que jugaban al billar. Nervioso y crispado, no dije más que inconveniencias, de manera que acabé ahuyentándolos. Cuando fijaron en mí sus ojos impasibles y recelosos, corrí al Muertemóvil II y salí zumbando de Nebraska, a quince kilómetros por hora más del límite permitido.

El incidente me hizo caer en barrena y donde antes habría matado con atrevimiento para contrarrestar mis sentimientos de impotencia, ahora buscaba solaz, comodidad y saciar una curiosidad extraordinaria por ver cómo vivían otras personas.

Durante ocho meses, viajé poco a poco hacia el este. A veces me quedaba semanas seguidas en costosos moteles de carretera y exploraba el territorio local. Dormía en grandes camas blandas, veía televisión por cable y tomaba comidas caras que esquilmaban mis reservas de dinero. Los restantes miembros de mi familia de adopción desaparecieron de mi mente, uno detrás de otro, conforme yo cubría kilómetros en dirección este; para sustituirlos, recogía autoestopistas, los colocaba de marihuana y les pedía que me hablaran de sus familias. Cuando los dejaba marchar incólumes, después de haberme apropiado de su pasado en la habitual proporción 80/20, siempre me sentía un poquito más seguro, más a salvo. Ross empezó a resultarme una aparición lejana.

Entonces, el 80/20 se revolvió contra mí y se convirtió en un cien por cien de pesadilla.

Sucedió de pronto. Estaba durmiendo en la cama amplia y cómoda de un motel de Clear Lake, Iowa, y mi sueño estaba poblado de autoestopistas recientes, cuyos rostros iban cobrando nitidez paulatinamente. Mi expectación aumentaba al percatarme de que todos ellos eran rubios. Me acercaba a ellos y entonces advertía que llevaban pelucas empolvadas; a continuación, caía en la cuenta de que todos eran versiones infantiles de gente a la que había matado. Todos me mostraban unos colmillos largos y afilados y se lanzaban a mis genitales.

Desperté gritando. Al cabo de dos minutos, ya estaba de nuevo en la carretera.

Mientras huía de otra ciudad, volví a debatirme en un pánico inusitado.

Estuve despierto 106 horas seguidas; no me afeité; me corté el pelo. Fumé grandes pipas de mi propia marihuana, experimentando sus efectos por segunda vez; bajo su influencia, me reí atolondradamente y comí como un cerdo. Cuando, finalmente, comprendí que no podría seguir consciente, aparqué en una cuneta, pero lo único que conseguí fue que Ross Anderson se acurrucara a mi lado en mis sueños.

«Estás ablandándote, ablandándote, ablandándote cada vez más»;

«Estás ablandándote con la gente»;

«Estás ablandándote con la gente para no tener que matar»; «Si dejas de matar, morirás»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ»;

«MATA A ALGUIEN ATRACTIVO POR MÍ.»

19

Al cabo de una semana de pesadillas, conocí a Rheinhardt Wildebrand y al final, soberbiamente revitalizado, lo maté sin un titubeo, pese a la admiración que me inspiraba su soberbia falta de atractivo.

El prólogo a mi abuelo simbólico fueron siete días de sueños intermitentes, en los que animales con las caras de las víctimas me increpaban y en los que Ross me incitaba constantemente a matar. Mi caída en picado estaba llegando a su nadir. Se me terminaba el dinero, la barba me crecía desigual y de un color incongruentemente claro, y el Muertemóvil II tenía problemas de motor, acompañados de ruidos chirriantes y de traqueteos que reflejaban mi propio diluvio interior/exterior. Al llegar a Benton Heights, Michigan, perdió un pistón y tuve que empujar la furgoneta hasta un taller cercano. Allí me gasté la mitad del dinero que me quedaba en un anticipo para que cambiaran las juntas y reparasen el motor. El jefe de mecánicos me tendió una lista pormenorizada de todos los problemas de la furgoneta y dijo:

– Has conducido muy mal, chico. ¿Nunca has oído hablar del cambio de aceite y de los líquidos de la transmisión? Has tenido mucha suerte de que no haya volado por los aires contigo dentro, joder.

Si el mecánico hubiera sabido…

En aquel momento, se trataba de encontrar un sitio donde instalarme y un trabajo para poder pagar la reparación del Muertemóvil. Con el 38 en el bolsillo, di un paseo por Benton Heights, que se alza sobre una plataforma rocosa que domina el lago Michigan, y la visión constante del agua oscura y encenagada me recordó a Bobbie Borgie, muerto en Evanston, a unos cientos de kilómetros al otro lado del lago. Sabedor de que su presencia me acosaría, subí a un autobús y fui a Kalamazoo, la ciudad grande más cercana.

Y allí, deambulando sin rumbo fijo por sus aledaños, me encontré con Rheinhardt. Yo salía de un supermercado con un paquete de leche cuando me vio y me soltó una de sus memorables sentencias:

– ¿Qué hace un subversivo como tú en un barrio tan aburrido como el mío?

– Ando en busca de víctimas -respondí, complacido por sus halagos. El tipo tenía un estilo brusco que me resultó simpático.

– Pues las encontrarás. -El viejo se rio-. Y eso que llevas en los pantalones ¿es un Colt o un Smith and Wesson?

Me miré el cinturón y vi que asomaba la empuñadura de la 38.

– Un Smith & Wesson Special -respondí, cubriéndolo para que no se viera.

– ¿Con un cañón tan largo?

– Es el silenciador -respondí, tras dudar un instante.

– ¿Y te lo has hecho tú?

– Sí.

– ¿Eres inventor?

– No.

– ¿Viajero?

– Sí.

– Yo soy inventor. Ven a mi casa. Tomaremos un trago y hablaremos.

Dudé de nuevo, pero el viejo insistió:

– No te tengo miedo, así que tú no debes tenérmelo a mí.

Lo seguí calle abajo hasta su casita de mazapán, un edificio viejo y algo rancio, lleno de recuerdos.

Y me quedé.

Años antes, el tío Walt Borchard me había aburrido con sus historias. Ahora, el abuelo Rheinhardt Wildebrand me cautivaba con las suyas. La dinámica de su relato resultaba simple: la necesidad de público de Borchard era indiscriminada, mientras que la de Rheinhardt era específica. Se estaba muriendo lentamente de una enfermedad cardiaca congestiva y quería que alguien tan idiosincrásico y solitario como él supiera lo que había hecho.

Así me convertí en su «sobrino», supuestamente motivado por las solapadas insinuaciones de Rheinhardt respecto a que me legaría sus bienes. En realidad, para mí aquella dinámica representaba un refugio. Mientras dormía en la casita de mazapán y escuchaba al viejo, no sufría pesadillas.

Rheinhardt Wildebrand había sido contrabandista durante la Prohibición y transportaba whisky en barca por los Grandes Lagos. Había vendido aparatos inventados por él a agentes del régimen de Hitler establecidos en Canadá, embolsándose el dinero, y luego había ofrecido la misma tecnología al ejército estadounidense. Había escondido a Dillinger en su casita de mazapán después del tiroteo entre el enemigo público número uno y la policía en el hostal Little Bohemia de Minnesota, y el Packard Caribbean de 1953 nuevo a estrenar que tenía en la calzada de acceso había sido un regalo del difunto dictador cubano Fulgencio Batista, en agradecimiento por unos favores. El mismísimo Meyer Lansky había subido el coche desde Miami.

Yo me creía aquellas historias al pie de la letra y Rheinhardt se creía las mías: que era un ladrón que robaba a mano armada y que había huido después de violar la libertad condicional y que había fallado un golpe en Wisconsin, donde había querido hacerme con la paga semanal de una empresa. Por eso, precisamente, compartía de buen grado su estilo de vida ermitaño; por eso toleraba que me creciera la barba irregular y mantenía la cara oculta de las insistentes miradas de los vecinos cuando hablábamos en el porche. Mi otra única mentira fue en respuesta a una pregunta directa que me hizo después de tomar un trago de Canadian Club.

– ¿Has matado alguna vez a un hombre?

– No -contesté.

Al cabo de dos semanas en su casita de mazapán, conocía las costumbres del viejo y sabía que iba a matarlo por la ventaja que me supondría apropiarme de ellas y utilizarlas. Guardaba varios miles de dólares en el sótano, y pensaba llevármelos. Compraba toda la ropa, los utensilios domésticos y los libros por catálogo, y pagaba con tarjetas Visa, American Express Oro y Diner's Club que tenían unos límites muy altos, mediante un cheque anual al 19,80 por ciento de interés de esos que a las compañías de crédito tanto les gusta. Como dichas compañías estaban acostumbradas a sus excentricidades, le vaciaría la cuenta enviando cuantiosos cheques falsificados por un año de futuras transacciones con las tarjetas, acompañados de notas falsificadas en las que declararía, en el inconfundible estilo de Rheinhardt, que «voy a hacerme a la carretera hasta que estire la pata y este cheque servirá para cubrir todos los posibles cargos, así no tendrán ustedes que importunarme». Limpiaría mis huellas de la casa, le daría un sedante al viejo, lo llevaría al lago Michigan, le pegaría un tiro y lo lanzaría al agua con un peso apropiado. Tardarían semanas en echarlo en falta y, para entonces, haría mucho que yo me habría marchado.

El plan era brillante, pero organizarlo destruyó mi afición por los relatos de Rheinhardt y las pesadillas regresaron.

Ahora eran los vecinos del viejo los que me atacaban, monstruos con pelucas empolvadas y dotados de poderes telepáticos. Sabían que iba a matar a Rheinhardt y decían que me dejarían escapar si les daba el dinero del viejo pirata. Yo me negaba y entonces adoptaban las caras de mis víctimas de Aspen, tentándome con la contención de la melodía de una big band: «¡Tengo un Karto-ffen en Kalamazoo! ¡Kalamazoo! ¡Kalamazoo! ¡Ka-lama-zoo-zoo-zoo!»

Nueve mañanas seguidas me desperté gritando y pataleando y agitando los brazos. De pie, pero aún soñando, cargaba contra los muebles de mi cuarto y volcaba sillas y mesitas de noche. La primera vez, Reinhardt acudió corriendo, preocupado. Luego, cada día se fue inquietando más y, a medida que las mañanas de pesadilla continuaban, éstas eclipsaban nuestras horas de contar historias. Finalmente advertí que la preocupación del hombre se convertía en disgusto. Yo no era el tipo duro que él había imaginado; Lansky y Dillinger me habrían considerado un mariquita y él también lo era por compartir sus secretos con alguien tan débil.

Rheinhardt pasó a contarme sus historias en un tono vago y Ross adoptaba los muchos rostros de sus personajes. Supe que había llegado la hora de cargarme al viejo o largarme de allí.

Como sabía que un episodio más de gritos y golpes en mi cuarto impulsaría a Rheinhardt a decirme que me marchara, desbaraté las pesadillas potenciales quedándome despierto para planificar. Al cabo de una noche sin dormir, había aprendido a imitar perfectamente la caligrafía del viejo; al cabo de dos, había escrito notas a Visa, Diner's Club y American Express. Mi tercera noche consistió en un viaje al lado sur de Kalamazoo, donde me agencié media docena de pastillas de Seconal de un gramo y medio. La cuarta noche, sucio, atontado, exhausto y aturdido por llevar 108 horas sin dormir, sería cuando atacaría.

Primero eché el Seconal en el vaso de leche con Canadian Club que Rheinhardt se tomaba antes de acostarse. Se lo bebió como cada noche y, al cabo de media hora, lo encontré dormido en el suelo de su habitación, con el pijama a medio poner. Lo dejé allí y recorrí la casa con un paño húmedo, limpiando todas las paredes y los muebles de las habitaciones en las que había estado. Después de haber destruido estas pistas básicas, bajé al sótano y me agencié el dinero de Rheinhardt, metiéndome los gruesos fajos de billetes en los bolsillos. Luego corrí los dos kilómetros cuesta arriba que llevaban a la terminal de autobuses de Kalamazoo y cogí el último autobús nocturno a Benton Heights, sin que me sobrara ni un minuto. Una hora más tarde, y con ochocientos dólares de Wildebrand menos, me hallaba sentado al volante de un Muertemóvil II que ahora circulaba suave como la seda, dirigiéndome de nuevo a la casita de mazapán.

Cuando volví a entrar en el edificio fue como si me frotaran las terminaciones nerviosas con papel de lija y el corazón empezó a latirme con tanta fuerza que temí que me estallara en pedazos antes de completar el asesinato. Notaba un nudo en la garganta, las manos me temblaban y el sudor me zumbaba en la piel como si yo fuera un cable cargado. Lo único que me impidió implosionar fue la necesidad de concentrarme en no tocar nada.

Subí corriendo los peldaños que llevaban al dormitorio de Rheinhardt. Éste seguía en el suelo y una venita que le palpitaba en el cuello me indicó que aún estaba vivo. Fui a mi habitación, cogí las tres cartas a las compañías de las tarjetas de crédito y volví al cuarto del viejo para registrar el escritorio y el armario en busca de los talonarios de cheques.

– ¡Impostor! -oí, cuando iba a cogerlos, y al volverme vi que Rheinhardt me apuntaba con un rifle de dos cañones-. ¡IMPOSTOR!

Nos acercamos el uno al otro. Agarré el 38 por el cañón y lo saqué del cinto. Rheinhardt apretó los dos gatillos. Los percutores golpearon las dos cámaras vacías y él me sonrió antes de caer muerto a mis pies. Al cabo de otra hora, en un saliente rocoso que dominaba el lago Michigan, le di la ejecución formal que su dignidad merecía: dos disparos en la cabeza y una sepultura. Con su legado en la guantera, me largué cumpliendo el límite de velocidad de cincuenta kilómetros la hora y sintiéndome fresco y descansado. Pensé en Ross y murmuré:

– Mira, papá, no temas.

Y seguí buscando a alguien con documentos de identidad apropiados a quien dar muerte.

20

Las siguientes máximas conforman un sumario de los meses posteriores y describen epigramáticamente ciertos peligros inherentes a rondar por Estados Unidos matando gente:

«Busca y encontrarás.»

«Es el viaje, no el destino.»

«Cuidado con lo que deseas.» «Puedes huir, pero no esconderte.»

El hombre perfecto apareció tambaleándose delante de mi parabrisas en un tramo desierto de la U.S. 6, al este de Columbus, Ohio, una tarde de abril de 1981. Al cabo de diez kilómetros, ya había oído toda la historia de su vida: las desavenencias familiares, los hurtos en tiendas, los robos, los reformatorios, la cárcel, la libertad condicional y la búsqueda del «gran golpe». Al anochecer, nos desviamos de la carretera para compartir una botella que yo aseguré tener y, momentos después, le pegué dos tiros en la cabeza. En los bolsillos encontré documentos de identidad pertenecientes a William Robert Rohrsfield, nacido un mes después que yo y que pesaba tres kilos más: lo único que nos diferenciaba. Enterré a Martin Plunkett bajo el duro suelo cerca de la Interestatal y me convertí en Billy Rohrsfield. La ironía de transformarme en un colega ladrón, combinada con el crédito infalible del abuelo Rheinhardt, me hicieron sentir relajado, engreído y elegante. De allí pasé a una euforia muda e insomne que era como un billete de ida permanente a Panacealandia, a la Ciudad de la Abundancia, a la Gran Satisfacción. De haber sido capaz de articular palabra en mi trance, me habría dicho a mí mismo que, a los treinta y tres años, todas mis necesidades estaban cubiertas, había alcanzado todos mis destinos, había saciado todas mis curiosidades y deseos. Y en lugar de aplicar los ingeniosos epigramas espirituales con los que arranca este capítulo, habría exhibido el ethos de un jugador de Las Vegas en racha: «Lo he conseguido.»

Pero sucedió algo.

Acababa de cruzar la frontera entre Ohio y Pennsylvania cuando me vi arrancado de la cabina del Muertemóvil. Transportado por los aires, tuve una visión del cielo azul, de la U.S. 6 y de la furgoneta continuando sin mí. Después, volví a estar en la cabina, zigzagueando a un lado y otro de la línea discontinua amarilla; después, rocé una valla metálica en la cuneta derecha; después, frené y me di con la cabeza en el parabrisas.

Cuando pasó el susto, rompí a llorar. «Demasiados días de dormir poco», me dije entre lágrimas. «Sé bueno contigo mismo», añadió otra voz. Dije que sí con el acento alemán que ponía cuando usaba las tarjetas de crédito de Rheinhardt Wildebrand, seguí conduciendo muy despacio hasta un motel y dormí.

La mañana siguiente, lo primero que encontré al despertar fue una perfecta imagen mental de mi «hermana», Molly Luxxlor, perdida desde diciembre de 1979. Lloré de gratitud y entonces recordé que era Billy Rohrsfield, no Russ Luxxlor, y que la hermana de Billy, Janet, era una arpía que maltrataba a los hijos. Molly se esfumó y ocupó su lugar un facsímil de Janet, con rulos en el pelo y un rodillo de amasar en la mano. Me reí de mis lágrimas, me afeité, me duché y me dirigí a la recepción del motel para devolver la llave. El encargado me despidió con un «Auf Wiedersen, Herr Wildebrand», y escapé del saludo a la carrera para montar en el Muertemóvil II, directo a otro vuelo por los aires.

Aerotransportado, vi carteles de viales y anuncios de los Jook Savages y de Marmalade; aterrizado en el asiento del conductor, vi a los sheriffs del condado de L. A. cacheando a un joven asustado. Al principio, éste se asemejaba a Billy Rohrsfield; luego, se pareció a Russ Luxxlor. Después me instalé automáticamente en mi juego 80/20 por ciento fantasía-distanciamiento y vi lo que sucedía.

Puedes huir, pero no esconderte.

Mi primer impulso lúcido fue destruir las tarjetas de crédito de Wildebrand y los documentos de identidad de Rohrsfield. Un segundo pensamiento, más lúcido, me detuvo: deshacerme de tan valiosas herramientas sería un reconocimiento implícito de que no era capaz de controlar mi propia personalidad. Una tercera idea, más persuasiva, se impuso a partir de ahí: eres Martin Plunkett. Seguí camino y, detrás de la letanía que me permitía sujetar el volante con firmeza y mantener el Muertemóvil II a unos constantes 80 por hora, se acumularon colores. Las palabras eran «Soy Martin Plunkett» y los colores me decían exactamente lo mismo que en San Francisco en 1974.

Aterricé en Sharon, Pennsylvania, logré articular palabra más allá de la letanía y tomé el control de mi destino. Los días de colores me habían infundido lucidez y me habían dado el coraje para aceptar ciertas cosas y para llegar a conclusiones sobre cómo restaurar el orden en mi vida. Antes de hacer una declaración formal al respecto al aire estival, quise dejar resueltos los asuntos prosaicos de volver a situarme y compré tres habitaciones llenas de mobiliario de precio medio con la tarjeta Visa de Rheinhardt Wildebrand y alquilé un piso de tres habitaciones en el lado oeste de la ciudad, utilizando el nombre de William Rohrsfield. Los juegos malabares con las dos identidades falsas no me produjeron momentos de esquizofrenia ni de euforia perturbadora y, cuando estuve a solas en mi nueva casa, hice la declaración:

«Desde Wisconsin, no has hecho más que huir de tu singular vena de sexualidad, de naturaleza guerrera; has estado huyendo de antiguos miedos y de viejas indignidades, con lo cual has experimentado alucinaciones casi psicóticas; has perdido la voluntad de matar fríamente, brutalmente y con tus propias manos; matar simple y anónimamente te ha convertido en una no entidad, te ha privado de tu orgullo y ha relajado tus costumbres. Te has convertido en un ser acomodaticio de la ralea más despreciable y el único modo de invertir esta tendencia es planificar y llevar a cabo una serie perfecta, metódica y simbólicamente exacta de asesinatos sexuales.

»Puedes huir, pero no esconderte.»

Cuando terminé la confrontación conmigo mismo, me caían por las mejillas unas lágrimas de alegría y lloré sobre el objeto que tenía más a mano: una caja de cartón llena de platos y utensilios de cocina.

Durante los cuatro meses siguientes, me hice con los elementos simbólicos que necesitaba: carteles de líneas aéreas y anuncios de rock idénticos a los que adornaban las paredes del picadero de Charles Manson en 1969, un juego de herramientas de ladrón y un equipo de maquillaje de teatro. La tecnología de las cerraduras había mejorado desde mis tiempos de ratero, así que compré e instalé una serie de cerrojos que abarcaban el nuevo abanico tecnológico, y ensayé la forma de neutralizarlos. Horas de práctica delante del espejo del baño me hicieron experto en maquillaje y en narices postizas, que me proporcionaban unos rasgos no-Martin Plunkett, y conforme avanzó el verano en mi ciudad de acero, lo único que quedó por hacer fue encontrar a las víctimas perfectas.

Fue más fácil decirlo que hacerlo.

Sharon era una población industrial tosca, de composición étnica básicamente rusa y polaca, y de estilo de vida tosco. Por la calle se veían muchos rubios que proyectaban auras de «mátame», pero después de andar todo un verano deambulando en busca de una pareja rubio-rubia, no conseguí nada más que dolor de ojos. Para combatir la frustración y mantenerme en contacto con la realidad mientras me dedicaba a ello, di otro paseo por la cultura popular, por cortesía de People y Cosmopolitan.

La familia todavía constituía un gran tema, como la religión, las drogas o la política de derechas, pero lo que parecía estar haciendo furor entre los norteamericanos era la forma física. Los gimnasios eran lo último en «nuevos lugares de encuentro» para solteros; el cuidado del cuerpo había generado el «nuevo narcisismo», y el equipo y las técnicas de musculación habían progresado hasta el punto de que un gurú del «nuevo fitness» declaraba que las sesiones de levantamiento de pesas eran «el nuevo servicio religioso», mientras que las máquinas de tonificación muscular se habían convertido en «los nuevos tótem, objetos de culto, porque liberan en todos nosotros la perfección física divina». Toda aquella locura apestaba a la excusa de los que quieren resultar atractivos para follar con los de clase superior, pero si era allí donde se reunían los guapos…

En Sharon había tres gimnasios: el Now & Wow Fitness, el Co-Ed Connection y el Jack La Lanne European Health Spa. Una serie de llamadas por teléfono me puso al corriente de sus respectivas virtudes: el centro de Jack La Lanne era para levantadores de pesas que iban en serio; los otros dos eran tugurios de ligoteo donde hombres y mujeres hacían ejercicio con equipamiento Nautilus y tomaban saunas juntos. Mis tres interlocutores telefónicos me invitaron con voces estimulantes a acercarme por su local para una «sesión introductoria gratuita» y acepté la oferta de los dos últimos.

Now & Wow Fitness, en palabras del aburrido hombre de color que me entregó una toalla y un «equipo cortesía del gimnasio» a la entrada, era «un eliminagrasas. Todas las chicas polacas quieren estar delgadas para deslumbrar a algún obrero de una fábrica de acero y, en cuanto se casan, vuelven a engordar a base de comer». Las dos salas llenas de mujeres rechonchas en mallas de colores pastel confirmaban la opinión del hombre y me largué de inmediato. «Ya se lo dije», comentó cuando le devolví la toalla y el equipo de gimnasio, sin estrenar.

El Co-Ed Connection, a una manzana del anterior, desde el primer instante me produjo la sensación de ser un filón. Todos los coches del aparcamiento eran últimos modelos ostentosos, a juego con los instructores de ambos sexos que esperaban en el vestíbulo para recibir a los posibles futuros miembros. Armado de nuevo de toalla y el consabido «equipo de ejercicio», me condujeron a una sala del tamaño de un campo de fútbol llena de relucientes aparatos metálicos. Sólo unos cuantos hombres y mujeres se esforzaban bajo poleas y barras, y la instructora, al reparar en mi mirada, comentó: «La hora punta a la salida del trabajo empieza dentro de un rato. Es la locura.»

Asentí; la esbelta joven sonrió y me dejó a la entrada del vestuario de hombres. El esbelto joven asistente que encontré dentro me asignó una taquilla y me cambié de ropa. Me puse los pantalones cortos de gimnasia y una camiseta que llevaba grabado el logo del Co-Ed Connection: una esbelta silueta masculina y una esbelta silueta femenina asidas de las manos. Estudié mi aspecto en uno de los numerosos espejos de cuerpo entero del vestuario y vi que yo era más robusto que esbelto, más tosco que estilizado. Satisfecho, crucé la puerta y me puse a levantar pesas.

Me sentí a gusto y me complació comprobar que todavía era capaz de levantar ciento diez kilos veinte veces. Me moví de máquina en máquina experimentando agradables dolores, entrando en sincronía con el rechinar del metal, el siseo de las poleas y el olor de mi propio sudor. La sala empezaba a llenarse y pronto habría colas delante de los diversos aparatos. Machos de poderosa presencia daban estímulo a mujeres de similar poderío que levantaban pesas, hacían flexiones y trabajaban en las máquinas a mi alrededor, y me sentí un visitante de otro planeta que asistía a los pintorescos rituales de apareamiento de los terrícolas. Entonces los vi a ELLOS, dejé de hacer cargas de hombros y me dije: «Muertos.»

Eran hermanos, no cabía duda. Los dos enfundados en uniformes púrpura satinados de monitor, los dos rubios y con unas figuras soberbias que seguían los cánones clásicos masculino/femenino, los dos algo más que fatuamente guapos, transpiraban una larga historia de intimidad familiar. Viéndoles instruir a un esmirriado adolescente acerca de una de las máquinas, observé que los gestos de uno se acomodaban a los del otro. Cuando él bajó una mano como si diera un tajo para subrayar lo que decía, ella repitió el movimiento, aunque con más suavidad. Cuando él levantó las palmas rectas para mostrar cómo funcionaban las poleas, ella lo imitó, un poco más despacio. Estudiándolos, enseguida comprendí que mantenían relaciones incestuosas y que esto era lo único de lo que nunca hablaban.

Desmonté de la máquina de cargas de hombro y me dirigí al vestuario. Sudando -en esta ocasión, de regocijo- me quité el atuendo de gimnasia y me vestí de calle; entonces, volví a la zona de ejercicio. Los hermanos explicaban el desarrollo muscular a un grupo cerca de la cinta de andar, señalándose mutuamente laterales y pectorales, al tiempo que sus dedos tocaban los puntos que indicaban. Al tocar los mismos puntos de mi propio cuerpo, sentí que mis músculos doloridos vibraban y que, luego, latían con la palabra «Muertos». A la entrada de la sala había un tablón con las fotografías y nombres de los instructores del club. George Kurzinski y Paula Kurzinski sonreían, uno al lado del otro, desde la fila superior. Programé su muerte para nueve meses después: el 5 de junio de 1982, fecha en que se cumplirían catorce años del día que vi a mi primera pareja haciendo el amor. Al salir del Co-Ed Connection, puse en marcha mi cronómetro mental. Complacido con el sonido de sus resortes en movimiento, dejé que corriese mientras activaba mi plan paso a paso.

Tic tic tic tic tic tic tic tic tic.

Septiembre de 1981:

Averiguo que los Kurzinski viven juntos, duermen en habitaciones separadas y visitan a su madre viuda en el sanatorio todos los domingos. Tic tic tic tic.

Noviembre de 1981:

La vigilancia desplegada revela que Paula Kurzinski duerme en casa de su amigo los miércoles y viernes; esas noches, la novia de George Kurzinski duerme con él en el piso de los hermanos. Tic tic tic tic tic.

Enero de 1982:

Consigo el plano del piso de los Kurzinski en la Oficina de Planificación Urbanística de Sharon. Tic tic tic tic tic tic. Febrero de 1982:

Me hago experto en abrir cerraduras idénticas a la deslustrada Security King de la puerta del piso de los Kurzinski. Tic tic tic tic.

Abril de 1982:

Me procuro disfraz, drogas y armas; trazo una ruta de huida y cuatro alternativas. Tic tic tic tic tic tic tic tic.

15 de mayo de 1982:

Realizo con éxito una inspección del piso de los Kurzinski. Guardo armas blancas auxiliares bajo las alfombras del dormitorio y del salón. Encuentro una Beretta de calibre 25, cargada, en el cajón superior de la cómoda de Paula. Localizo un revólver Smith & Wesson del 32, cargado, bajo el colchón de George. Tic tic tic tic tic.

28 de mayo de 1982:

Segunda inspección del piso de los Kurzinski. Cargo cartuchos de fogueo en las dos armas; como seguridad añadida, fuerzo los percutores dos milímetros a un lado para asegurarme de que las armas no disparen como es debido.

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Del Law Enforcement Journal del 30 de mayo de 1982:

UN GRUPO ESPECIAL DEL FBI «ATACARÁ»

A LOS ASESINOS EN SERIE MEDIANTE

UN PLANTEAMIENTO ESTRATÉGICO DIVERSIFICADO

Quantico, Virginia, 15 de mayo:

Los fenómenos delictivos, por antiguos que sean, no quedan realmente certificados hasta que reciben un nombre. Los términos «asesino en masa» y «asesino aleatorio» forman parte de la jerga policial y del lenguaje corriente y se emplean para designar, respectivamente, a gente que mata a más de una persona en un único acceso de violencia y a los que (casi siempre hombres) matan sin razón aparente. A partir de revelaciones recientes, y principalmente del caso Ted Bundy (ver L. E. J. 9/10/81), se ha acuñado un nuevo término, una expresión de moda, que parece haber cautivado la imaginación humana. El FBI, conocedor del problema desde hace algún tiempo, será probablemente el medio que populizará dicho término, pues se dispone a ser la primera agencia de seguridad nacional que «ataque» concertadamente al tipo de criminales al que hace referencia: los Asesinos en Serie.

Según el inspector del FBI Thomas Dusenberry, el asesino en serie se define como: «Un homicida que mata repetidamente, eligiendo una víctima o grupo de víctimas cada vez. El prototipo de asesino en serie es un varón, blanco, de inteligencia superior a la media y de entre veinticinco y cuarenta y cinco años. Lo anterior es una constante, mientras que todo lo demás relacionado con este tipo de homicida difiere, por lo que resulta muy difícil detenerlos.

»Para empezar, los asesinos en serie suelen cambiar su modus operandi para adecuarse a la víctima en cada ocasión. Pueden matar a una persona por gratificación sexual y a otra por dinero. Pueden estrangular a una y matar a tiros a otra. Se sabe de asesinos en serie que han violado a media docena de sus víctimas femeninas y, a continuación, han ignorado sexualmente a otra media docena.

»Además, estos hombres tienden a viajar y a deshacerse de sus víctimas de modo que no se encuentren los cuerpos. Aparte de la compleja psique del asesino en serie y de los cambios en el modus operandi, su estilo de vida errabundo contribuye a que resulten tan escurridizos, pues aprovechan las deficiencias en la comunicación entre los cuerpos de seguridad.

»En este país hay cincuenta estados, a los que sirven incontables cuerpos policiales. La comunicación entre cuerpos dentro de cada estado hace ya bastante tiempo que es la adecuada, en cuanto a identificaciones. En cambio, la comunicación de información entre diversos estados se halla en una situación lamentable y constituye la principal dificultad en la investigación de posibles correspondencias entre diversos homicidios y desapariciones.»

Así pues, ¿cómo se propone afrontar el problema este nuevo Grupo Especial del FBI contra los asesinos en serie?

Según el inspector Dusenberry, «cuando un asesino cruza una frontera estatal después de cometer un homicidio, se convierte en delincuente federal. Así pues, lo que haremos será comparar en el ordenador los datos estadísticos de homicidios y desapariciones sin resolver de los cincuenta estados durante los últimos diez años. Si se establecen vínculos entre crímenes cometidos en diferentes estados, solicitaremos a los cuerpos policiales correspondientes los expedientes completos de los casos y mantendremos comunicación telefónica con los agentes que realizaron tales investigaciones. Tendremos registros comparativos de modus operandi, de pruebas materiales, de probabilidades circunstanciales y de media docena de características más, recogidas de los informes realizados por los psicólogos forenses adjuntos al Grupo Especial. Es probable que de toda esta información surjan pautas y sobre ellas plantearemos hipótesis que nos lleven a iniciar investigaciones concretas, de las que se encargarán experimentados agentes de la División Criminal».

Este Grupo Especial ocupa hoy un ala entera de un edificio del complejo de la Academia del FBI en Quantico. Los despachos están abarrotados de resmas de papel en blanco, de escritorios y terminales de ordenador conectadas a un superordenador central que recoge datos de las policías de los cincuenta estados. Conocido por los agentes como «Sally Serie», este cerebro artificial será el punto de partida de todas las posibles investigaciones. Programada ya con datos de veintisiete casos resueltos de asesinos en serie, «Sally Serie» contará con la ayuda de media docena de destacados psicólogos forenses con amplia experiencia de campo, tres patólogos forenses especialistas en indicios criminales y cuatro agentes de la división criminal, hombres con quince años de experiencia y bien relacionados con el Buró, que serán los encargados de rastrear vínculos, conexiones y pistas.

«Estoy impaciente por empezar -declaró a L. E. J. el inspector Dusenberry, de 47 años, agente al cargo del Grupo Especial-. Ya he leído un informe preliminar sobre el tema. Resulta un asunto deprimente y las cifras son pasmosas. Un hombre de Alabama mató a veintinueve mujeres en dos años; Gacy, en Chicago, mató a treinta y tres. Está nuestro amigo Ted Bundy, por supuesto, y luego tenemos las estadísticas de niños desaparecidos y presumiblemente asesinados. Éstas son más que pasmosas. La policía de Anchorage, Alaska, tiene un sospechoso al que acusa de sesenta y una muertes, perpetradas en un plazo de dieciocho meses. El dolor que todo esto implica es pasmoso y creo que el problema de los asesinos en serie es la prioridad principal de las fuerzas de seguridad en Estados Unidos.»

El inspector Dusenberry, que ingresó en el FBI en 1961, es licenciado en Derecho por la Universidad de Notre Dame y cuenta con dieciséis años de experiencia en la División Criminal, dedicados principalmente a investigaciones de robos a bancos. Casado y padre de un chico y una chica, los dos universitarios, se alegra de que la asignación al Grupo Especial haya llegado en un momento de su vida en que sus hijos ya son mayores y su mujer ha vuelto a la facultad para sacar un título avanzado en Historia del Arte. «Tendré que dedicar muchas horas a ello -declaró a L. E. J.-. Mis hijos y mi mujer van a clase, y la naturaleza burocrática del trabajo me facilitará mucho la labor. Si pasara tanto tiempo en la calle, haciendo investigaciones de robos, me preocuparía que ellos se preocuparan por mí.»

VII. Implosión

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Fin de la cuenta atrás.

00.16 de la madrugada, 5 de junio de 1982.

Introduje la ganzúa en el cerrojo del apartamento de los Kurzinski. Noté que cedía levemente y empujé la puerta justo hasta donde sabía que la cadena la frenaría. Oí un chasquido y el tintineo de la cadena al tensarse, tiré de la puerta hacia mí para dejar la cadena floja y la hice saltar con el mango del cincel. El extremo suelto golpeó el marco y oí un inconfundible sonido procedente de la habitación de George Kurzinski: estaba amartillando su revólver del 32.

Cerré la puerta con cuidado y anduve a tientas por la sala a oscuras. Luego me arrimé a la pared opuesta, junto al pasillo, al lado del interruptor de la luz. Solté el hacha que llevaba colgada de mi cinturón para herramientas, la empuñé y esperé a oír pasos que se acercaban. Cuando capté el primero de ellos, me estremecí. Desde el dormitorio de George Kurzinski hasta donde yo estaba había exactamente nueve pasos, exactamente el número de segundos que le quedaba a su vida.

Los crujidos se oyeron más cerca y, al noveno paso, encendí la luz y descargué a ciegas un hachazo hacia el pasillo. El impacto y la rociada de sangre me indicaron, incluso antes de ver al muerto, que había alcanzado el objetivo. Avancé un paso, oí gorgoteos líquidos y noté que una mano fuerte tiraba de la hoja. Miré hacia el vestíbulo y allí estaba George Kurzinski, apoyado en una pared, intentando hacer con una mano un torniquete para detener la hemorragia del tajo que le abría el cuello de lado a lado. Trataba de gritar al mismo tiempo, pero la laringe seccionada no se lo permitía.

La sangre me salpicó el mono de trabajo de plástico negro; un chorro me alcanzó la cara y chupé el reguero que me bajó a los labios. George cayó al suelo, alzó la pistola y me disparó seis veces. Con el chasquido del último tiro fallado oí un débil «¿Georgie?, ¿Georgie?», procedente del dormitorio de Paula y, después, el ruido del cajón de la cómoda que la hermana abría en busca de su Beretta. Dejé a George agonizando en el vestíbulo y me aproximé al fascinante ruido metálico de una bala de fogueo al introducirse en la recámara para no conectar jamás con la aguja del percutor.

Paula me saludó desde la cama. Con orgullo y fuego en los ojos me soltó una advertencia estilo serie de televisión:

– No te muevas, mamón.

Desobedecí y me fui acercando a ella despacio, enseñando los colmillos como cuando la Sombra Sigilosa y Lucretia salían a por combustible. Paula apretó el gatillo y no ocurrió nada. Movió la guía y disparó de nuevo. Sonó otro clic. Miré los músculos de su cuello en busca del grito que estaba a punto de llegar y, saltando encima de ella, dije:

– Soy invulnerable.

Paula se resistió como una gata panza arriba, toda rodillas y codos, pero la agarré por el cuello en el preciso instante en que de sus labios surgía finalmente la primera sílaba de «madre». Apreté con todas mis fuerzas y vi colores. La mordí en el cuello con todas mis fuerzas y me corrí. Cuando se quedó flácida, la agarré por un tobillo y la hice girar por la habitación en círculos perfectos sin permitir que sus extremidades tocasen las paredes. Cuando dejé su forma laxa en la cama, sentí que mis indignidades pasaban a su cuerpo, un-dos-tres, con la misma naturalidad que un apretón de manos.

Puse mi reloj mental a las tres de la madrugada, saqué del bolsillo interior del mono los carteles de compañías aéreas y de conciertos de rock, y a continuación me miré en el espejo de la pared. Me devolvieron la mirada los rasgos severos y aguileños de la Sombra Sigilosa. Mi arte de maquillador era extraordinario, aún sin viñetas de El Hombre Puma como ayuda visual. Autotransformado, validado por la sangre, por fin el único álter ego que contaba, encontré unas chinchetas en la cocina y fijé los carteles a las paredes de la sala. Luego, hundí mis manos cubiertas con los guantes quirúrgicos en la sangre de George Kurzinski y escribí en la pared, encima de su cuerpo: «La Sombra Sigilosa Vencerá.» Diez minutos antes, al entrar en el apartamento, era un muchacho-hombre de treinta y cuatro años que esperaba resolver una crisis de identidad; al marcharme, me había convertido en un terrorista.

TITULARES:

Del Philadelphia Inquirer, 7 de junio de 1982:

HERMANOS BRUTALMENTE ASESINADOS

EN UN APARTAMENTO DE SHARON

Del Sharon News-Register, 7 de junio de 1982:

BRUTAL DOBLE HOMICIDIO CONMOCIONA A LA CIUDAD;

LOS AMIGOS Y LA FAMILIA, DESOLADOS

Del Philadephia Post, 10 de junio de 1982:

SIN PISTAS EN LOS BRUTALES ASESINATOS DE SHARON:

LA POLICÍA CREE QUE UN «MENSAJE DE SANGRE»

ES «LA CLAVE DEL MISTERIO»

Del Sharon News-Register, 13 de junio de 1982:

EL FUNERAL DE LOS KURZINSKI CONGREGA A UNA MULTITUD;

LOS GIMNASIOS LOCALES CIERRAN EN SEÑAL DE LUTO

Del Philadelphia Inquirer, 17 de junio de 1982:

AÚN SIN PISTAS DE LOS ASESINATOS DE SHARON;

LA CIUDAD DEL ACERO VIVE INDIGNADA Y ATERRORIZADA

Del Philadelphia Post, 19 de junio de 1982:

EL MÓVIL DEL ASESINATO DE LOS KURZINSKI SIGUE

DESCONCERTANDO A LA POLICÍA:

ABUNDAN LAS FALSAS CONFESIONES

Del Sharon News-Register, 14 de Julio de 1982:

SE FORMAN PATRULLAS CIUDADANAS PARA DAR CAZA

AL ASESINO DE LOS KURZINSKI

Del Sharon News-Register, 1 de agosto de 1982:

EL ASESINATO DE LOS KURZINSKI DESENCADENA UNA OLEADA

DE PÁNICO: UNA MUJER DISPARA A SU MARIDO POR ERROR

Del Sharon News-Register, 8 de diciembre de 1982:

TODAVÍA NO HAY PISTAS DEL ASESINO DE LOS KURZINSKI

Del Sharon News-Register, 6 de enero de 1983:

EL CASO KURZINSKI CONTINÚA DESCONCERTANDO

A LA POLICÍA LOCAL

Del Sharon News-Register, 11 de marzo de 1983:

UN AÑO DESPUÉS, EL CASO KURZINSKI SIGUE ABIERTO;

SHARON AÚN LLORA A LOS HERMANOS

Del Sharon News-Register, 14 de mayo de 1983:

EL RASTRO DEL ASESINO DE LOS KURZINSKI SE HA PERDIDO,

RECONOCE EL COMISARIO DE POLICÍA

Del Sharon News-Register, 20 de mayo de 1983:

LA POLICÍA NO REVELARÁ LA «PISTA DE LA SANGRE»

EN EL CASO KURZINSKI. «HAY QUE CONSERVAR

LA ESPERANZA», DICE EL COMISARIO

Del diario del inspector Thomas Dusenberry, del Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie:

2215/83

Genio y figura, empiezo a escribir este diario un año más tarde de lo que me había propuesto. Si Carol no estuviese fuera, estudiando a esos floridos tipos del Renacimiento con universitarios a quienes dobla la edad, la tendría detrás de mí, observando lo que escribo. Y al ver la frase con la que empieza el diario, comentaría: «Como en todo lo demás de tu vida personal, querido.» Genio y figura, y yo no sabría si se trataba de una pulla o de una expresión de amor, porque Carol es un poco más lista que yo y mucho más competente en todo, salvo en dar caza a delincuentes y en ganar dinero. Y si alguna vez decidiera mover el culo (que, a los 44 años, conserva túrgido y curvilíneo) y se dedicara al negocio inmobiliario, también me superaría en lo segundo. Y si Mark y Susan decidieran dejar los estudios y convertirse en delincuentes, mejor ni pensemos en lo que pasaría.

Volviendo la vista atrás, hace unos diez años, inmediatamente después de la muerte de Hoover, todos los agentes en cautividad empezaron a escribir sus memorias. Alguna incluso llegó a publicarse. Todas estaban llenas de fantasías, de autobombo y de anécdotas sobre el Gran Hombre, al que el autor conocía de oídas. Yo envidiaba a los que habían conseguido publicar, pero me enfurecía que se calificaran de liberales sensatos, cuando la mayoría estaba más a la derecha que el típico dictador de república bananera que grita consignas anticomunistas y trafica con cocaína. Los miraba a ellos (diez mil, veinte mil dólares en concepto de anticipo, derechos de autor, versiones para películas y la gloria por algo que yo siempre he creído que podía hacer bien) y luego me veía a mí, viviendo por encima de mis posibilidades para compensar de alguna manera a mi familia por hacerla ir de acá para allá con mis cambios de destino y diciéndole a Carol: «No busques trabajo, cariño. Daré más clases en otra escuela nocturna», y pensaba: «Mierda, llevo años deteniendo a atracadores de bancos; escribiré un libro y ni siquiera mencionaré a J. Edgar.»

Pero la verdad es que los atracos a bancos son un aburrimiento, a menos que sientas una satisfacción personal al meter entre rejas a los atracadores. Yo la siento y éste es el quid de la cuestión. A los cabrones los detienen los departamentos de policía municipales y nosotros entramos en acción cuando ya se han inculpado. 0 bien, como criaturas previsibles que son, con unas pautas de conducta bien establecidas, van a donde sabemos que irán y entonces los pillamos. Aunque resultase satisfactorio en el plano personal e incluso a veces excitante, la mayor parte de mi trabajo consistía en leer informes en la oficina y en pensar adónde irían aquellos cabrones si de repente se hicieran ricos. «Escribe, pues, un best-seller sobre un brillante investigador de atracos de los federales. 0 escribe el libro sobre un tipo corriente de la brigada de Fraudes, donde uno trata con delincuentes de guante blanco.»

Creí que al trabajar en el Grupo Especial me resultaría más fácil llevar este diario (¿que se convertirá en libro algún día, quizá?). Mis esperanzas no se han hecho realidad y el Grupo ha cumplido ya un año. Pensé que Carol me apoyaría y que me ayudaría a corregir lo que escribo, pero está absorta en sus estudios y cada vez que menciono posibles cadenas de desapariciones infantiles, se congela por completo y nos pasamos una semana sin hacer el amor. Cuando intento ponerme intelectual y relacionar algunos de los monstruos que salen de Sally Serie con Van Gogh (pobre desgraciado) o con el Bosco, Carol me deja helado con almibarados paisajes de sus textos. La oculta verdad es que mi mujer lamenta no haber tenido una profesión y envidia mi dedicación a la mía. También ha empujado a Susan y a Mark hacia las artes, con lo cual nunca saldré de pobre y daré clases hasta que cumplan los treinta y se gradúen. Y por mí ya está bien así, aunque sospecho que Mark sería más feliz haciendo de carpintero o contratista de obras, y que Susan lo sería también como esposa y artista diletante.

Pero estoy yéndome por las ramas y lo que quería decir es que el Grupo Especial representa el trabajo más importante de mi vida, el más satisfactorio y problemático, y que me sigue resultando difícil escribir sobre el tema. Para ser sincero, es la frialdad de Carol lo que me ha permitido llegar hasta aquí. Regreso tarde a casa, todavía tenso, todavía con ganas de trabajar, y la nívea artista (soy injusto, querida, pero permíteme esta pequeña licencia) apila unos cuantos copos de nieve más. El Grupo Especial me lleva a pensar en la familia, por lo que utilizaré a Susan para pasar de un tema a otro.

Anoche, Susie nos llamó (a cobro revertido) para pedirnos dinero. Después de hablar un rato de tonterías le pregunté si tenía novio y cuál era su filosofía general acerca del matrimonio: «Bueno, papá -me dijo-, creo en la monogamia en serie y pienso seguir practicándola.»

Me puse hecho una furia y empecé a gritarle, algo que siempre procuro evitar. Fue por la expresión «en serie» y las connotaciones que implica, por supuesto. No fui muy coherente en la discusión y nos despedimos a los pocos minutos, pero esta mañana lo he encajado todo. Lo que me disgustó fue su falta de ilusión romántica. Susie tiene veintidós años y se acuesta con sus ligues, pero no es eso lo que me preocupa. Lo malo es que siempre parte de la base de que tarde o temprano la relación terminará; carece de ese sentimiento juvenil de «para toda la vida» que, de todas formas, uno pierde enseguida. Me gustaría que, en lugar de regirse por esa horrible expresión, siguiera el ejemplo de Gretchen, la secretaria ejecutiva del Grupo. Gretchen tiene treinta y un años, dos hijos de un matrimonio fracasado que ella había creído que sería para siempre, y mantiene aventuras con hombres inadecuados que al final se largan porque les dan pánico los críos. Es lista, es divertida, es una gran madre, tiene amigos gays que son más divertidos que Bob Hope, Jackie Gleason y Richard Prior juntos, y no ha perdido la esperanza. Nos abrazamos de vez en cuando y, si yo no fuera un perro tan fiel, llegaría a donde Gretchen parece desear que lleven los abrazos.

La expresión «en serie» significa que uno siempre pasa al siguiente. Ya se trate de amante o de víctima de asesinato, uno pasa al siguiente y punto. Esta mañana, mientras hacía acopio de valor para empezar este diario, he querido ver mi nombre en letra impresa y he hojeado un número del Law Enforcement Journal del año pasado. Allí estaba el inspector Thomas Dusenberry, utilizando el estilo verbal aprendido en el FBI, lleno de términos como «perpetrar» «incautar» y «circunstancial». También utilizaba mucho la palabra «pasmoso», lo cual me permite pasar al verdadero objetivo de este diario.

Es más que pasmoso. Soy un veterano investigador criminal y, por el bien de la realidad, me gustaría que hubiese adjetivos que superasen «pasmoso», «desconcertante», «increíble», etcétera. Hace dieciséis meses os habría dicho que lo único que merecía el mencionado calificativo era la altivez de mi esposa en el cóctel del Buró. Hoy pediría perdón a Carol y le diría: «Lo siento, pequeña, pero ahí fuera hay seres humanos con formación universitaria y trabajo de ejecutivo que matan a gente a palos, les roban los gemelos de la camisa como recuerdo y luego se van a casa, recogen a los niños y los llevan al entrenamiento de béisbol y, antes de volver al hogar, a la esposa y al tierno sexo conyugal, invitan a todo el equipo a tomar helado.» Si Carol protestase, le recordaría los tres asesinos en serie a los que ha detenido nuestra brigada en su año de existencia. Expediente federal 086-83: Whalen, William Edmund, alias el Homicida del Hudson.

Entre los años 1976 y 1982, Willy, ejecutivo de alto nivel en una agencia de publicidad de Nueva York, mató a un total de catorce personas en las afueras de Nueva York y en Nueva Jersey. Frecuentaba las zonas de parque a orillas del Hudson y buscaba a aficionados a la naturaleza solitarios (viejos, jóvenes, hombres, mujeres, blancos, negros: como asesino, Willy creía en la igualdad de oportunidades), los mataba golpeándolos con una piedra, les robaba algo como recuerdo y los tiraba al río. Lo pesqué por pura chiripa. Descubrí que todas las calles laterales en dirección al parque que él recorría tenían aparcamiento sólo en un lacio de la calzada, así que comprobé los tíquets expedidos en los días que el forense determinaba que habían muerto las víctimas y ¡bingo! De las catorce veces, Willy se despistó en tres.

Poseía una hermosa casa colonial en Chappaqua y su salario bruto el año anterior había sido de 275.000 dólares, más opciones sobre las acciones de la empresa. Cuando llamé a su puerta, no estaba seguro al cien por cien de que fuera culpable, así que le pregunté directamente: «Señor Whalen, ¿es usted el Homicida del Hudson?»

Su respuesta: «Sí, soy yo. Iré con usted sin oponer resistencia, pero ¿le importaría tomar primero un martini conmigo? Mi esposa y mis hijos tienen pensado ir al teatro dentro de un rato y no me gustaría aguarles la fiesta. Les diré que es usted de la agencia donde trabajo.»

Ahora Willy está en Lewisburg y viste el uniforme de la cárcel federal en vez de sus trajes de Paul Stuart. Le gente se reía con admiración cuando conté que me había bebido unos cuantos Beefeaters con él y que, en cierto modo, aquel hijoputa me había caído bien. Luego, enojado conmigo mismo por ello, revisé las fotos que el forense había sacado a las víctimas. Willy ya no me cae bien.

Tampoco lo comprendo.

Los otros dos arrestos fueron obra de mi colega Jim Schwartzwalder, que antes fue agente especial en Houston. Es un mago de la ciencia forense y pidió trabajar en Niños Desaparecidos (un destino que nadie más quería). Jim obtuvo datos de menores desaparecidos en el norte de Louisiana y de dos niños muertos (violados y cubiertos de marcas de mordiscos) cerca de Baton Rouge. Partiendo de la hipótesis de que el asesino era alguien de paso y, probablemente, un ladrón de coches, Jim estudió las denuncias de robo de automóviles de la zona de Shreveport, encontró uno que le pareció «perpetrado por pánico» y luego se hizo enviar el informe forense con las marcas de los dientes en los niños muertos, junto con expedientes de delincuentes reincidentes detenidos por robo de vehículo. Las marcas dentales coincidían exactamente con la dentadura postiza que le habían hecho en el talego al ex recluso Leonard Carl Strohner mientras cumplía condena por robo de automóvil a finales de los setenta. Tras emitir una orden de busca y captura, Strohner fue detenido al cabo de unos meses en Nuevo México. Confesó haber mordido, violado y asesinado a veintidós niños en los estados del Sur y del Suroeste, con la ayuda de Charles Sydney Hoyt, que había sido compinche suyo un tiempo. Hoyt cayó al cabo de una semana en una redada rutinaria de indigentes en Tucson, Arizona. Mientras confesaba sus crímenes, se reía, y cuando uno de los agentes que lo detuvo le preguntó por qué mordía a los niños, Hoyt dijo: «Cuanto más cerca del hueso, más tierna es la carne.»

Me he ido por las ramas otra vez. Sueno, de perdidos al río: seguiré divagando un poco antes de volver al tema que nos ocupa. Divagación número uno: para ser policía, soy bastante liberal. La pobreza es la causa número uno de la criminalidad, y punto. Todo ese rollo sobre la corrupción moral y el fracaso de la familia es pura tontería. Aparte de la pobreza y de su correlación directa con el consumo de drogas duras, tenemos la motivación psicológica individual, que es prácticamente indescifrable, aunque los psicólogos forenses que trabajan con el Grupo Especial son muy competentes a la hora de extrapolar a partir de las pruebas materiales y de los exámenes diagnósticos. Como policía, la motivación psicológica siempre ha sido mi principal interés profesional. Willie Roosevelt Washington, un negro adicto a la heroína de la zona sur de Filadelfia, se hizo atracador de bancos. Los padres de Willie eran buena gente y no le pegaban nunca. El vecino de Willie, Robert Dewey Drown, recibía palizas regulares de sus padres, unos sádicos alcohólicos, y ahora es un brillante químico forense del Buró. ¿Qué sucedió?

Los polis metropolitanos suelen tener una respuesta estereotipada. Trabajando en colaboración con ellos durante muchos años, la he oído a menudo: «Es el Mal.» La relación de causa y efecto y los episodios traumáticos no significan nada; lo que es, es. Busca la causa y el efecto y lo que obtendrás es que lo que es, es; eso y el bien y el mal atenuados por distintos tonos de gris. Soy un hombre lógico y metódico que sólo cree en Dios nominalmente, y esa respuesta siempre me ha ofendido.

Divagación número dos: aparte de casarme con Carol contra el deseo de mis padres, el principal acto de rebeldía de mi vida ha sido repudiar la fe en la que me crié. Tenía diecisiete años cuando dejé de creer en los principios de la Iglesia holandesa reformada. La santidad de Jesucristo, el bien y el mal sin matices, y Dios en el cielo moviendo los hilos y haciendo su numerito de predestinación en el instante del nacimiento de los miembros de su grey, eran algo demasiado feo, demasiado malvado y estúpido para un muchacho metódico y lógico que quería ser abogado o policía. Así pues, me matriculé en una universidad de los jesuitas, fui a la Facultad de Derecho de Notre Dame y me hice abogado y policía; sigo siendo lógico y metódico y, a punto de cumplir los cincuenta, aún me obsesiona saber. Y tal vez -y ésta es la frase que remacha el clavo-, lo que es, es, y el bien y el mal son lo auténtico y los datos de los asesinos en serie con los que he trabajado constituyen la prueba irrefutable de ello.

He aquí algunos fragmentos de información que apoyan esta tesis:

En los asesinatos en serie en los que el robo fue, como dicen los psicólogos forenses, el móvil del momento, la cantidad total robada en 1981 no llegó a los veinte dólares por víctima.

Un hombre acusado de nueve asesinatos, perpetrados en tres estados durante un periodo de cinco años, fue objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam y estuvo en la cárcel por organizar seminarios sobre la resistencia al reclutamiento, lo cual violaba la ley federal. En vista de ello, se le preguntó cómo pudo matar a sangre fría a nueve personas. «Adapté mi filosofía para que cupiera en ella mi deseo de matar», respondió.

Un hombre, detenido en el momento en que violaba a una mujer mayor a la que había matado momentos antes, resultó haber sido sospechoso de otros asesinatos y haber quedado libre después de pasar la prueba del polígrafo. Cuando le preguntaron cómo lo había logrado, dijo: «Es evidente; me gusta matar. No me siento culpable.por ello, conque ¿cómo va a delatarme un aparato que sirve para detectar la culpa?»

Ninguno de los seis asesinos en serie de niños juzgados en Estados Unidos durante el año 1981 había sufrido abusos durante su infancia.

Es frecuente que los asesinos en serie tengan relaciones sexuales monógamas normales.

Un último detalle chocante que aporta el doctor Seidman, jefe de psiquiatría del Grupo Especial: los sociópatas con un historial de violencia que se detiene antes del asesinato superan a los asesinos en serie condenados en las pruebas psicológicas destinadas a determinar la falta de control moral y la falta de conciencia criminal. El doctor Seidman dice que, mientras que el sociópata típico te robará hasta los ojos y abusará de ti de todas las maneras posibles, desde la más mezquina hasta la más brutal, porque experimenta un impuso patológico a actuar con absoluto egoísmo, los asesinos en serie no lo harán. Dice que a veces son capaces de sentir pasión y amor verdaderos. Ese «dato» me animó y se me antojó una buena herramienta de caza y un amortiguador contra la depresión. El hecho de leer informes de sodomía, descuartizamiento y asesinatos, asesinatos y más asesinatos puede hacer mella en ti. A veces, la pasión es lógica. Casi puedo explicar lógicamente por qué quiero tanto a Carol, pese a que muchas personas la consideren un mal bicho. Entonces, buscando más fundamentos lógicos, lo solté: «¿Cómo son capaces, doctor?»

«Tienen un sentido del estilo muy exaltado», respondió.

Así que aquí estoy, a vueltas con el bien y el mal, la emoción de la captura contra la depresión que conlleva el oficio, la causa y el efecto, y la pasión y el estilo del doctor. Se está haciendo tarde; Carol debe de estar a punto de llegar y quiero ser capaz de hablar con ella de sus cosas, por lo que anotaré las correlaciones que he establecido hasta aquí, junto con algunas observaciones puramente policiales:

1. Dos series diferentes de violación con descuartizamiento. La primera serie (tres adolescentes, todas morenas) ocurrió en el sur de Wisconsin a finales del 78 y principios del 79, y podría ser atribuida a un tipo de Chicago, Saul Malvin, que se suicidó inmediatamente después del tercer asesinato y muy cerca del escenario de éste. Malvin tenía grupo sanguíneo 0+, como el asesino (según las muestras de semen de éste recogidas en sus víctimas), pero no hay ninguna otra prueba material que lo relacione con los asesinatos. Circunstancialmente, encaja: estaba cerca del escenario del tercer crimen y se hallaba en su casa, solo, mientras ocurrieron los otros dos. Malvin no tenía antecedentes delictivos ni historial psiquiátrico, lo cual, en los asesinos en serie, no constituye un dato determinante. Los loqueros de la brigada dicen que el suicidio después de un asesinato especialmente brutal no es infrecuente y que es el resultado de un momento de claridad. (Está bien que lo tengan, lástima que sea demasiado tarde y que a la última víctima no le sirva ya de nada.)

2. Cuatro chicas de veintipocos años, violadas y descuartizadas de forma similar. Fecha de las muertes: 18/4/79, Louisville, Kentucky; 1/10/79, Des Moines, Iowa; 27/5/80, Charleston, Carolina del Sur; 19/5/81, Baltimore, Maryland. Las cuatro eran rubias, busconas con varias condenas por prostitución. El asesino/violador también era 0+ (un grupo sanguíneo muy común) y las pruebas materiales (marcas de cuchillo y dimensiones de la hoja de la sierra) eran idénticas en los cuatro casos. Las anotaciones interdepartamentales incluidas en los expedientes de los cuatro casos y el expediente general que crearon los cuatro departamentos de policía cuando formaron su propio «grupo especial» (de corta existencia) apuntan a que el asesino fue un policía auténtico o alguien que se hacía pasar por policía. De momento, sólo es una teoría, basada en las observaciones de un viejo borracho que declaró haber visto a un tipo «con pinta de poli» entrar en el vestíbulo del edificio de apartamentos de la víctima de Charleston la noche de su muerte, unas observaciones que no sé hasta qué punto son de fiar. Ahora quiero ver si podemos acusar a Malvin de ser el asesino de Wisconsin o si por el contrario podemos descartarlo y, en el caso de descartarlo, quiero comparar las pruebas materiales de los crímenes de Wisconsin con los otros cuatro. Pedí los expedientes a la policía estatal de Wisconsin hace cuatro semanas, pero todavía no han contestado. El contraste rubia-morena es interesante. Los asesinos en serie suelen resultar engañosos y si un mismo autor es responsable de las siete muertes, tal vez sintió la necesidad de cambiar de «estilo».

3. Jim Schwartzwalder tiene cinco eslabones sobre niños desaparecidos, todos en los estados del oeste, sur y sudoeste. Algunos de los nexos se cruzan y plantean problemas a la hora de determinar a cuántos perpetradores se enfrenta. Sin embargo… cuenta con la descripción del vehículo de uno de los eslabones y ahora se enfrenta a la verdadera mierda de trabajo que resuelve los casos: comparar los datos de los registros de automóviles con los movimientos del dueño del coche y con sus historiales delictivos y psiquiátricos. «Gracias por hacerte cargo de los chicos desaparecidos. Estoy en deuda contigo.»

4. Tengo eslabones de varios asesinatos cometidos por alguien de paso que se remontan a nueve años. Los modus operandi son distintos, pero se mueven de oeste a este cronológicamente y he relacionado dos de ellos. Retrocediendo: trece desapariciones/ asesinatos en la carretera en Nevada y en Utah, desde finales de 1974 a finales de 1975. Algunas víctimas murieron por disparos de arma de fuego, otras fueron apaleadas y a casi todas les robaron los objetos de valor. Los dos primeros eslabones de la cadena, un chico y una chica descubiertos por unos campistas en una zona rural de Nevada en diciembre de 1974, murieron por disparos de un 357 Magnum y fueron dispuestos, desnudos, en una postura sexual. A continuación, cuatro jóvenes de familia rica que hacían autoestop aparecieron muertos por arma de fuego (no se encontraron los casquillos), apaleados y estrangulados en Nevada y en Utah en enero de 1975. A todos les habían robado y las tarjetas de crédito de una de las víctimas se recuperaron en Salt Lake City. El hombre que las tenía, que fue descartado como sospechoso, declaró que se las había vendido un tipo alto y de aspecto corriente, de veintitantos años, conocido como el Sigiloso.

Salto a: cinco personas, hombres y mujeres, de edades comprendidas entre los 14 y los 71 años, desaparecieron de las carreteras de Utah y de Nevada en primavera de 1975. Sin pistas. Esfumados.

Salto a: Ogden, Utah, 30/10/75. Dos ciudadanos honrados, automovilistas, son vistos por última vez hablando con un joven alto, de raza blanca, en las afueras de Ogden. Luego, puf, desaparecen.

Con esto hemos sumado trece muertos y presuntamente muertos. Ahora, demos un gran salto, geográfico y de estilo de vida: ocho jóvenes desaparecen de Aspen, Colorado, entre enero y junio de 1976. Entre ellos hay dos parejas, gente rica.

Las desapariciones nunca llegan a vincularse, aun cuando tres de ellos son encontrados en la nieve, conservados, durante el deshielo de la primavera del 76. Están mutilados; dos de ellos, marido y mujer, son hallados desnudos y dispuestos en la postura del coito, mientras que al otro hombre desaparecido (¡visto por última vez ocho días después de la pareja!) lo descubren a pocos pasos de ellos, también desnudo.

Sumamos ocho y trece y tenemos veintiuno. Ahora, otro gran salto. Las letras S. S. marcadas en las piernas de las víctimas. Al principio, la policía local pensó que se trataba de un nazi; luego, un aficionado a los cómics dice que puede ser una referencia a la Sombra Sigilosa, un villano de cómic famoso en los años cincuenta. Relación: el que vendió las tarjetas de crédito se llamaba el Sigiloso. ¿Es posible que la Sombra Sigilosa lo inspirase a marcar esas iniciales en sus víctimas? He buscado ambos motes en los ficheros de todo el país y ahora estoy esperando las fichas de apodos de la policía local. La relación es muy tenue, pero merece la pena seguir investigándola.

Salto a: nueve estudiantes de raza blanca que desaparecen de distintas zonas de Kansas y Misuri entre abril de 1977 y octubre de 1978. Uno de los jóvenes es visto por última vez «hablando con un tipo robusto, de raza blanca, posiblemente propietario de una furgoneta» y sus tarjetas de crédito se recuperan en Saint Louis. El defraudador que intentaba utilizarlas es sometido a la prueba del polígrafo y declara: «El tipo al que se las compré dijo que se las había comprado a un tío con un nombre extraño, el Sigiloso.»

Con esto llegamos a las treinta víctimas y la relación ya es un poco menos tenue. Algunos asesinatos con trasfondo sexual y la recurrencia del hombre «alto», «robusto» y «de raza blanca», junto con el vendedor de las tarjetas llamado el Sigiloso, apuntan a un solo perpetrador. La línea de la Sombra Sigilosa es dudosa, pero voy a preguntar a la policía de Aspen por el aficionado a los cómics que los llamó para darles esa información. Quizás el tipo tenga algo más importante que contar. Todos estos datos los introducimos en Sally Serie y, por otra parte, los psiquiatras están leyendo mis informes sobre la cadena de asesinatos. Ellos llevarán a cabo sus propios estudios y comprobarán los expedientes de cárceles y hospitales psiquiátricos previos a la fecha de los primeros asesinatos, pues es posible que al Sigiloso lo hubieran puesto en libertad condicional o le hubiesen dado el alta de un hospital. La putada es que todo esto va a llevar tiempo. Afortunadamente, sin embargo, el Sigiloso se ha portado bien desde finales de 1978. Jack Mulhearn tiene una serie de cuatro asesinatos que en su opinión fueron perpetrados por alguien que se movía de un lado a otro, pero tanto cronológica como geográficamente quedan fuera del radio de acción del Sigiloso (Illinois, 8/5/79; Nebraska 15/12/79; Michigan 9/80; Ohio 5/81). Los cuatro hombres recibieron disparos en la boca con la misma pistola barata y el doctor Siedman dice que podría tratarse de un asesino homosexual, por lo que creo que no es el que yo busco. ¿Dónde estás, Sigiloso?

¡Aquí está Carol! Voy a decirle que hoy he escrito doce páginas y que la he mencionado, como mínimo, otras tantas veces.

22

El 5 de junio de 1983, un año después de mi momento culminante como asesino, salí de Sharon y conduje sin parar hasta el condado de Westchester, Nueva York. Al cruzar el puente de Tappan Zee, arrojé al río Hudson mis muy utilizadas y ya peligrosas tarjetas de crédito de Rheinhardt Wildebrand. Me dirigí al sur por la Ruta 22 en busca de clubes de campo y náuticos que ofrecieran empleos de verano, y me sentí como un adolescente que abandona una fiesta temprano para hacerse el interesante, sin darse cuenta de que no tiene adónde ir.

La «fiesta» era mi condición de ser lo más fuerte que había sucedido nunca en Sharon, Pennsylvania, y el motivo de que tuviera que abandonar la población era un lento y constante tictac que sonaba en mi cabeza. En la carretera o en el refugio seguro del área metropolitana de Nueva York donde pensaba establecerme, el sonido sólo sería el de mi reloj cerebral de siempre; allá, en Sharon, era el de una espoleta. Tarde o temprano, habría tenido que retomar mi transformación en la Sombra Sigilosa no por sed de sangre, sino para sentir una vez más el tronido del atemorizado asombro de la ciudad. Y, dada la vigilancia que había suscitado, el intento habría podido resultar suicida.

Como ocurrió en San Francisco después de Eversall/Sifakis, había oído lo que se decía sobre mí. Pero en Sharon, diez veces menor en tamaño y cincuenta en sofisticación, los ecos habían resonado diez mil veces más potentes. Los Kurzinski eran ampliamente conocidos, apreciados, envidiados y admirados; al matarlos, había destruido con ellos una parte de la ciudad. Mi presencia era, en sí misma, la ciudad, en un proceso muy similar a como la figura de un amado poderoso llena cada rincón del espacio que rodea al amante. Lo único que veía Sharon, Pennsylvania, era a mí; durante el año post-muertes que pasé allí, me erigí en el que regulaba sus latidos.

De día era Billy Rohrsfield, empleado de la biblioteca y levantador de pesas de gimnasio, mientras que de noche me convertía en la Sombra Sigilosa. Durante trescientos sesenta y cinco anocheceres consecutivos, efectué el cambio de identidad ritual: pantalones, camisa y chaqueta al cesto, sustituidos por un mono negro y una nariz aguileña formada y aplicada con un complejo maquillaje. Pómulos y cejas difuminados, de modo que todo mi rostro se viera anguloso. La radio, sintonizada en la frecuencia de la policía, hablaba de MÍ. Me preguntaba cuándo se dejarían de rodeos sobre una «pista misteriosa» y proclamarían al mundo mi nombre nocturno. Se me ponía dura cuando las viejas chismosas me adoraban con voces temerosas y me corría cuando los hombres hablaban de mí con rabia. Era el paraíso, hasta que algo comenzó a hacerme sss/tic, sss/tic, sss/tic en los oídos, y empecé a pensar en desconcertar a las patrullas de seguridad que yo mismo había provocado, infiltrándome en sus redes vecinales para acabar con una familia entera. Por debajo del sss/tic, sss/tic, sss/tic, comprendí que eso sería una estupidez, por lo que abandoné discretamente la ciudad, lamentando y al mismo tiempo agradeciendo el retorno del humilde tictac de siempre. Al sur de White Plains recogí a un joven que hacía autoestop; él me comentó que podía trabajar de caddie durante la temporada en cualquiera de la media docena de clubes de campo de Westchester. El único requisito era ofrecer un aspecto presentable y cordial. También mencionó una agencia de alquileres de Yonkers que buscaba alojamiento a temporeros en los apartamentos de los estudiantes del Sarah Lawrence College durante las vacaciones. Seguí el consejo en ambos asuntos y, al terminar el día, Billy Rohrsfield había encontrado acomodo en un pisito de soltero en el límite del Bronx con Yonkers y había cubierto nueve hoyos como caddie en el Club de Campo Siwanoy.

Esa misma noche, Billy se convirtió en la Sombra Sigilosa por primera vez en Nueva York.

Privado de fama local y de escucha de radio, no me quedaba nada que hacer excepto escuchar el tic tic tic tic tic, cada vez más potente, y preguntarme quién, cuándo y dónde. Así lo hice: Billy en el campo de golf de día; mi yo transformado de rasgos angulosos por la noche. El tictac continuó y una calurosa jornada a mediados de julio detuve el reloj en el mismísimo corazón de Manhattan: estrangulé a un borracho que se había quedado dormido en un banco de la catedral de San Patricio.

Los titulares del Post y del Daily News convirtieron el tictac en un lloriqueo y seguí siendo Billy/Sombra, Billy/Sombra, Billy/Sombra hasta agosto, cuando decidí emprender otra excursión por la Gran Manzana. En esta ocasión la alarma se disparó, BLAAAAAR, cuando andaba paseando por Central Park y un mendigo me pidió limosna. Rodeado de otros paseantes, lo llevé detrás de unos matorrales y le rajé la garganta. El retrato robot que adornó la segunda página del Post del día siguiente me hacía poca justicia y esa noche, como Sombra Sigilosa, me dispuse a instaurar un prolongado reinado de terror.

Del diario de Thomas Dusenberry:

17/8/83

Aquí estoy otra vez; he salido a respirar después de dedicarme durante tres meses a hurgar en papeles, ayudar a Jim Schwartzwalder a realizar entrevistas de campo en Minneapolis, reunirme con los psiquiatras y lo que equivale a reunirme con Carol (así de formal y severa se ha vuelto). Llego a casa tarde, agotado y nervioso de tanto café, y la encuentro estudiando. Cuando pongo reposiciones de la serie The Honeymooners o de Sergeant Bilko -agradables antídotos frívolos para los informes forenses llenos de destripamientos y de penes amputados-, ella me dice que la naturaleza frenética de las comedias de los cincuenta creó toda una generación de chicos propensos a la risa tonta, a la gratificación rápida y a la violencia. Como sus diatribas suenan programadas, supongo que las ha sacado de alguno de sus profesores. Es innegable que todo eso le está sentando mal; tendremos que hablar en serio, y pronto. Espero que toda esa cólera de Carol contra mí tenga una causa clínica: la menopausia sería una respuesta lógica y metódica que lo englobaría todo. Echo de menos su antigua manera de ser.

Hablando de englobar, el cotejo de vehículos llevó a Jim

Schwartzwalder al nombre de un sospechoso al que atribuye trece secuestros/asesinatos de niños en el Medio Oeste. Anthony Joseph Anzerhaus, de Minneapolis, un viajante de comercio de una compañía de artículos de escritorio. Acompañé a Jim a Minneapolis y el jefe de Anzerhaus nos comunicó que éste estaba de viaje y que esa noche probablemente se encontraría en Sioux Falls, Dakota del Sur. Llamamos al agente especial de Sioux Falls, le di el nombre del motel donde solía alojarse Anzerhaus y le pedí que lo esperase allí. Después, registramos el apartamento del sospechoso. Encontramos el cuero cabelludo de seis niños en una cubitera de hielo. Jim perdió el control por completo e hizo trizas el lugar, tirando muebles y rompiendo botellas. Al final conseguí calmarlo, pero justo entonces llamó el agente especial de Sioux Falls para informar de que Anzerhaus no había aparecido. Imaginé que su jefe lo había puesto sobre aviso, así que dejé a Jim en un bar para que se calmara y fui a ver al tipo, que admitió haberlo hecho. Entonces fui yo quien perdió el control y denuncié a aquel gilipollas por obstaculizar una investigación federal y por auxilio en la huida a un fugitivo de la justicia. Habría añadido una acusación de complicidad de haber creído que podría mantenerla.

Cuando volví al bar, Jim estaba borracho. Me dijo que si Anzerhaus mataba a otro crío antes de que lo pilláramos, él mismo se ocuparía de matar al jefe. Estoy seguro al 40 por ciento de que hablaba en serio. Jim se queda en Minneapolis a supervisar la investigación y tú, Anthony Joseph Anzerhaus, mi consejo profesional es que te suicides, porque te cogeremos y, entre Jim Schwartzwalden y esos muchachos del crimen organizado tan moralistas que mandan en los penales federales, te vas a ver metido en problemas muy, pero que muy serios.

Basta de hablar de eso: Anzerhaus no es un fugitivo profesional y no durará una semana más. La gran noticia, el gran salto, es que mis indagaciones sobre el Sigiloso y la Sombra Sigilosa están al rojo vivo. El 5 de junio pasado, dos hermanos, chico y chica, fueron asesinados en su apartamento de Sharon, Pennsylvania. Él murió de una herida en el cuello causada por un hachazo; ella fue estrangulada. El asesino escribió «La Sombra Sigilosa vencerá» en la pared con la sangre del hermano, y la policía de Sharon había ocultado el detalle para descartar falsas inculpaciones. Ninguno de los que se confesaron autores de los hechos (hasta 611 se presentaron) hizo referencia a las palabras escritas, y los agentes supieron mantener el secreto. Ahora dispongo del expediente entero del Departamento de Policía de Sharon sobre el caso: 1.100 páginas, 784 fichas de identificación, ni más ni menos, y voy a repasarlo con los loqueros y con Jack Mulhearn. Ninguno de los nombres de las fichas se corresponde con los de los expedientes de anteriores desapariciones/asesinatos que atribuimos al Sigiloso, y he llamado a los agentes de Aspen para obtener información sobre el tipo que hizo el primer comentario acerca de la Sombra Sigilosa. Allí nadie recuerda al individuo; no aparece en ningún expediente y han tenido un gran ajetreo de personal desde 1976. Especulando mucho sobre el tema, el doctor Seidman sugiere que el hombre que ofreció la información podía ser el propio Sigiloso, que tiene una inteligencia de genio y un ego enorme, y que probablemente sea bisexual con una ligera preferencia por los hombres. El doctor se agenció varios ejemplares de El Hombre Puma, el cómic que protagonizaba la Sombra Sigilosa. Dice que es pura basura de tono sadomasoquista y necrófilo. Más allá de lo anterior, cree que el Sigiloso tiene entre 32 y 37 años y que procede de un «entorno de cultura automovilista»: el Suroeste o California. El doctor se inclina por el sur de California porque El Hombre Fuma se distribuía principalmente allí y porque deduce que el Sigiloso viene de un ambiente en el que prima el atractivo y la buena forma física. Quien despedazó a la víctima masculina en Sharon era tremendamente fuerte, pues la víctima y su hermana eran culturistas, por lo que la teoría encaja con los indicios existentes.

¿Dónde estás, Sigiloso?

He ordenado a un equipo de Denver que vaya a Aspen y que no deje piedra sobre piedra hasta dar con la persona que aportó la información sobre el Sigiloso; otro grupo de la oficina de Filadelfia se desplazará a Sharon mañana para hacer entrevistas de apoyo. Por consejo del doctor, he solicitado información sobre homicidios sin resolver en California inmediatamente previos al primer crimen probable del Sigiloso, en 12/74. Si Aspen no aporta un nombre en el plazo de una semana, iré allí en persona. ¿Quieres que te halaguen ese enorme ego tuyo, Sigiloso? Entrégate y te convertirás en toda una estrella.

El doctor se encarga de la mayor parte del trabajo de teorizar sobre el Sigiloso, pero yo no me he mantenido ocioso respecto al vínculo/vínculos que ahora llamo «rubias/morenas». Es una hipótesis repleta de supuestos, de teorías y de hechos circunstanciales, pero doy por buena la impresión general que transpira.

En primer lugar, ahora me inclino por la existencia de un solo asesino policía para las siete víctimas. Revisando los expedientes, he visto que las cuatro rubias habían sido arrestadas poco antes por prostitución, lo que las convertía en blancos extremadamente susceptibles a la intimidación policial o pseudopolicial, lo cual explicaría por qué unas damas tan conocedoras de la calle dejaron entrar en sus domicilios a unos desconocidos. En segundo, no creo que Saul Malvin matase a las morenas. Acepto que lo suyo fuese un suicidio (el informe escrito por el agente que encontró el coche, primero, y después el cuerpo, era un modelo de claridad y de sagacidad policial, aunque un tanto excesivo en la exposición de sus propias teorías), pero el grupo sanguíneo 0+ es muy corriente e hice unas llamadas discretas al agente especial de Chicago, quien se enteró de que Malvin tenía un lío con una amiga de su mujer y que la amiga le exigía que se comprometiera con ella. Una situación suicida para cierta clase de hombres.

Tercero, un gran salto -grande e inconcebible- que resulta de lo más estimulante: la policía estatal de Wisconsin y los dos departamentos de policía locales que colaboran con ella en la investigaciones de los asesinatos de las morenas no encuentran los expedientes de estos tres homicidios, lo cual es una de las cosas más increíbles que he oído en mis veintidós años de investigador.

Creo que estamos ante un asesino-policía con base en Wisconsin, autor de los siete homicidios de rubias/morenas.

Y creo que ese hombre ha destruido los tres expedientes de las morenas para evitar que se establezca una relación, basada muy probablemente en la existencia de idénticas pruebas materiales. Y, destruidos los vínculos de las pruebas materiales desde un punto de vista legal (es probable que algún forense o patólogo de Wisconsin recuerde todavía las características del arma, etc., pero eso no se sostendría ante un tribunal), lo único que me queda es si tuvo la oportunidad de perpetrar los crímenes.

Así pues, cualquier policía del sur de Wisconsin que hubiese faltado al trabajo exclusivamente en las fechas de los cuatro asesinatos de rubias podía ser mi asesino. Ya he presentado solicitudes de investigación al Departamento de Asuntos Internos de la Policía del Estado de Wisconsin y el agente especial de Milwaukee está haciendo lo mismo con los directores de personal de las policías locales de Janesville y Beloit. Sólo me queda esperar. Jack Mulhearn opina que mi teoría no se sostiene; cree que algún policía vendió los documentos a los medios o a un autor de novela negra. Hemos apostado cien dólares al resultado de mis indagaciones. No puedo permitirme perder, pues se acerca el pago trimestral de los estudios de Mark y Susan, pero me siento totalmente seguro de la apuesta. Son las 11.23. ¿Dónde estás, Carol?

23

Tic

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Atardecer del 7 de septiembre de 1983. Cuando llegué a casa del campo de golf y de hacer unas compras en Bronxville, llevaba el ruido del reloj en la cabeza y, en la mano, una bolsa con nueve tortitas y maquillaje de teatro. Al abrir la puerta, impaciente por empezar mi transformación nocturna, estuve a punto de pasar por alto las hojas de un álbum de recortes esparcidas sobre mi cama.

Intuyendo lo que debía de haber ocurrido, contuve una exclamación y lancé un vistazo hacia el baño y detrás de las puertas del armario, los únicos lugares donde podía estar esperando. El tic tic tic tic tic tic tic tic no sonaba tan fuerte como la adrenalina que me estallaba en la cabeza. No sé cómo, conseguí contenerme y no correr hacia ninguno de los dos lugares, sabiendo que traicionar mi impaciencia sería una afrenta a mí mismo como Sombra Sigilosa. A punto de estallar en todos los niveles sensoriales, me obligué a leer el mensaje.

Era un artículo de prensa, fechado el 19 de febrero de 1979, donde se detallaban las brillantes maquinaciones que había llevado a cabo Ross Anderson para salvaguardarnos a los dos de ser descubiertos en nuestros últimos asesinatos. Leí y releí el relato en rápida sucesión y una visión en tecnicolor de todos los puntos clave me engulló por entero. Tuve que sentarme en la cama.

Ross al localizar el coche del muerto, al ver el carnet de donante con el grupo sanguíneo 0+, al gritar «¡Eureka!».

Ross, al volver a Huyserville en busca de un equipo de perros rastreadores, aunque ya sabía dónde estaba el cadáver.

Ross, al meter su propio dinero en la cartera del muerto y al ponerle mi vieja 357, sin silenciador, en la mano.

Ross, al profanar el pecho del hombre para que los patólogos no supieran que la causa de la muerte habían sido dos disparos.

El estallido se apagó y volví a la película mental. La pasé al revés y en cámara lenta. En todas las versiones se veía genio puro… y algo más.

– Y creías que yo sólo era otra cara bonita. El sargento Ross, qué gran tipo.

Me sobrevino una ola de calor que se extendió por mi cuerpo y me devolvió el equilibrio. Me levanté de la cama, di media vuelta y sonreí.

– Bravo, sargento.

Ross se atusó el bigote y acarició el emblema del cocodrilo de su polo azul. La ropa de paisano, cuatro años y medio y dos mil kilómetros no lo habían cambiado en absoluto: todos los fragmentos del hombre habían salido intactos del bucle temporal.

– Teniente -dijo-, pero gracias.

Tranquilo al ver su tranquilidad, contuve la andanada de preguntas que quería formularle y me limité a murmurar:

– Felicidades.

– Gracias -replicó, cerrando la puerta del baño-. Por cierto, soy el teniente más joven en la historia de la policía estatal de Wisconsin. Dale la vuelta a esos recortes. Lo de atrás te gustará.

Lo hice. Allí, pegados con cinta adhesiva, había otros artículos de prensa, acompañados de unas desvaídas fotos Polaroid de rubias descuartizadas. Mientras mis ojos leían el texto y mi mente pasaba una película en la que Ross viajaba y se arriesgaba y mataba por mí, él habló muy despacio y sus palabras flotaron en el aire como música de fondo.

– Ha sido fácil localizarte, querido amigo. Sé abusar del poder policial como nadie y aún soy mejor rastreador. El 38 que te di me ha servido para eso. Hice unas muescas dentro del cañón, la probé disparando en un depósito de balística y guardé los cartuchos gastados. Unas estrías y marcas muy distintivas: ni siquiera las iba a alterar el silenciador que sabía que te agenciarías. Sólo he tenido que buscar los informes sobre cadáveres archivados como «muertos por arma de fuego» y leer los informes de balística correspondientes para saber por dónde andaba mi viejo amigo Martin. He tenido que hacer muchísimas llamadas telefónicas, pero soy un hombre perseverante. Te he atribuido el retrasado mental de Illinois y el maricón de Nebraska. ¿Ya has salido del armario, queridísimo amigo? Ambos eran tipos morenos de tu misma edad y pensé: «Vaya, Martin quiere una identidad nueva porque sabe que Ross, qué gran tipo, lo tiene controlado.» Después te cargaste al viejo alemán de Michigan; habían pasado casi dos años. Supuse que si habías matado así a un viejo era porque ya tenías la identidad nueva de un fiambre que no habías matado tú o que la policía no había encontrado. También tuve la corazonada de que estabas volviéndote cauteloso y suspicaz, y que debías de tener alguna razón para liquidar al viejo, por lo que hice fotocopias del expediente del caso que tiene la policía de Kalamazoo.

»Lo que sí me sorprendió fue descubrir que eras un falsificador bastante bueno. ¿Doce mil pavos en cheques a compañías de tarjetas de crédito? Los idiotas de la pasma de Kalamazoo ni siquiera se molestaron en llamar a esas compañías, pero yo sí lo hice. ¿Transacciones futuras con tarjetas de crédito? Querido amigo, tienes unos huevos de platino… y he estado siguiendo esos huevos por todo el país, por cortesía de Telecredit. Ahí está Martin, en Ohio, y seguramente también pegando unos hachazos en Sharon, Filadelfia. Después, me entero de la existencia de ese informe sobre el cadáver de Rohrsfield, llamo al teléfono de la lista de alquileres de vehículos a la que tiene acceso la pasma para seguir la pista a quienes han violado la libertad condicional… y, oh sorpresa, descubro que un tal William Rohrsfield vive cerca de esa reunión familiar tan aburrida. El de Rohrsfield fue un buen trabajo, Martin, pero no deberías haberlo enterrado donde iban a levantar una tienda Seven-Eleven. ¿Quieres dejar esas fotos, amigo mío, y mirarme?

La petición me hizo apartar los ojos de los retratos de muerte. Sin más que admiración temerosa por la manera en que me había tendido la trampa, le dije:

– ¿Cómo has conseguido eso? ¿En diferentes ciudades? ¿Y espaciándolo en el tiempo?

– Gracias a las órdenes de extradición -respondió Ross, acariciando el cocodrilo del polo-. Iba a las policías municipales, presentaba mis documentos, pegaba la hebra con los agentes que llevaban la investigación y luego echaba un vistazo a los expedientes de Antivicio en busca de carne rubia y bonita con condenas recientes por prostitución. Un procedimiento sencillo: conseguir la información, llamar a la puerta de las rubias, decir que eres el sargento Plunkett o cualquier otro, hacer el trabajo, tomar las fotos y largarte. Espaciar las intervenciones y actuar en ciudades distintas. Después de cuatro actuaciones al final se estableció una relación, y entonces lo dejé. Una nueva raza de asesino, capaz de controlarse. También compré con nombres ficticios los billetes de avión para ir y venir de las ciudades donde tenía que hacer la extradición y luego entregaba documentos falsificados míos y del extraditado, así que no consto en ninguna lista de pasajeros. Saul Malvin se comió el marrón de las morenas y además me ocupé de destruir los expedientes sobre ellas, no vaya a ser que alguien relacione al Matarife de Madison con el «Asesino de Putas en Cuatro Estados» y decida empezar a comparar informes forenses. He pensado algo sobre nosotros dos, Martin. Al final, estamos empatados: tú ganas en cantidad y yo, en calidad.

Pese a mi admiración temerosa y a ese algo más, su tono condescendiente me irritó y pregunté:

– ¿Y en el uno contra uno?

Ross sonrió y también capté en él un destello de admiración temerosa.

– No lo sé, amigo mío. Sinceramente, no lo sé. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? ¿Te apetecería conocer a una parte de mi familia?

Ross había llegado en taxi, por lo que cogimos el Muertemóvil II para ir a la casa de veraneo donde estaba el grupo más joven de la reunión. Llevarlo a mi lado en el asiento del acompañante me excitó levemente. Mientras nos dirigíamos al norte por la autovía Saw Mill, lo oí hablar en tono apacible.

– De niño, pasaba los veranos aquí. La fiesta la dan los Liggett, que son la familia de mi madre. Gente de mucha pasta. Todos pensaron que mamá se había casado con un hombre que no estaba a su altura: Lars Anderson, un pueblerino guapo y estúpido, ebanista de un pueblo de Wisconsin, un hombre sin futuro. Me lo hacían saber de maneras sutiles, abrumándome de amabilidad al mismo tiempo. Cada septiembre por esta misma época, antes de que me mandaran de regreso a Beloit, me compraban un montón de ropa de otoño para la escuela y me acompañaban a la tienda Brooks Brothers como si fuera el pequeño lord Fauntleroy. Los vendedores me odiaban porque creían que era un rico heredero. Los Liggett se gastaban una fortuna para humillar a mi padre, y yo siempre lo compraba todo demasiado grande o demasiado pequeño para poder venderlo o librarme de ello en cuanto llegase a casa. ¿Te acuerdas de aquel colega mío, el difunto Billy Gretzler? Deberías haberlo visto con aquella chaqueta de cachemira de quinientos dólares cuando trabajaba de camionero. Al final, quedó tan negra y sucia de grasa que le dije: «Una broma es una broma, tírala», pero no me hizo caso. La cortó y utilizó los pedazos como trapos para limpiar la pistola. Casi hemos llegado a Croton. Toma la salida siguiente y dobla a la izquierda.

– ¿Qué se siente al tener una familia?-pregunté al tiempo que reducía la velocidad para enfilar la rampa de salida.

– ¿Tú no la tuviste, amigo mío?-Ross acarició el cocodrilo. -Me quedé huérfano enseguida -respondí.

– Pues yo te lo diré. Estoy de los Anderson, los Liggett y los Cafferty hasta el gorro; casi todos son gente transparente, que se ve cómo es. Mi madre y mis hermanas son débiles, mi padre es estúpido y orgulloso, y mi primo Richie Liggett, al que seguramente conocerás, es listo, pero con su concepción de la vida, propia de estudiante graduado, está más perdido de lo que podrías imaginar. Otra prima, Rosie Cafferty, es la típica adolescente salida aficionada a los italianos y a los coches potentes. Menos mal que es rica, porque si no sería puta. Mi pri…

– Pero ¿qué se siente?-insistí, mientras dejaba atrás la autopista.

Ross meditó la respuesta mientras, a lo largo de dos kilómetros, íbamos pasando por delante de unas enormes casas blancas. De las calzadas de acceso salían furgonetas llenas de gente con equipaje y en algunos patios delanteros había inquilinos devolviendo las llaves. Las luces de las casas me recordaron los robos con escalo.

– ¿Me lo dirás de una vez?-espeté.

– ¿Quieres una definición de familia?-Ross se rio-. Vale. Familia es sentirse más o menos cercano a unas personas porque sabes que están vinculadas contigo por la sangre, lo cual te obliga a soportarlas, al margen de lo que pienses de cada una de ellas. Así, con el paso de los años, al final acabas a acostumbrándote y resulta interesante observarlos y saber que tú eres más listo. Además, están obligados para contigo y pueden hacerte favores. Dobla a la izquierda en la esquina y aparca.

Reduje la velocidad, doblé la esquina y aparqué delante de una enorme casa blanca que sería de la época de la guerra de la Independencia.

– Bonita casa, ¿eh?-dijo Ross, señalando la montaña de juguetes tirados en el césped inmaculado-. Familia y dinero en un mismo paquete. En esta zona hay mucha pasta, pero los chicos todavía se comportan como salvajes. Vamos.

Cruzamos la hierba y el porche y entramos por la puerta, abierta de par en par. La casa estaba llena de alfombras y muebles caros que necesitaban que les quitaran el polvo, y había ropa deportiva, raquetas de tenis y palos de golf diseminados por el vestíbulo y el salón.

– Vaya pandilla de patanes. Richie y Rosie están aquí con sus amantes y yo tengo que alojarme en una habitación pequeña como un cuarto de limpieza. La reunión empieza mañana por la noche en el club náutico de Mamaroneck y los primos solteros se han instalado aquí para poder follar a sus anchas sin molestar al gran papá Ligget. ¡Eh! Achtung! ¡Aquí llega el gran Ross!

Oí pasos en el piso de arriba y, al cabo de unos momentos, dos parejas vestidas con prendas de tenis blancas bajaron la escalera. Los chicos eran la gimnasia integral personificada, uno al estilo blanco, anglosajón y protestante; el otro al estilo italiano. Las dos chicas eran una morena y una pelirroja sacadas de los anuncios de Ralph Lauren que había visto durante mis accesos de lectura. Los cuatro dijeron «hola» y «hola, Ross» al unísono y me miraron de soslayo, como si de entrada no hubiesen reparado en mi presencia. Ross estrechó las manos a los muchachos y abrazó a las chicas; luego, se llevó los dedos a la boca y silbó. El sonido agudo interrumpió todo el palique y Ross me presentó:

– Eh, chicos, un poquito de educación. Primos, éste es mi amigo Billy Rohrsfield. Billy, de izquierda a derecha tenemos a Richie Ligget, Mady Behrens, Rosie Cafferty y Dom de Nunzio.

Pensando en los modales, estreché las manos masculinas y besé las femeninas. Los muchachos se quedaron boquiabiertos y las chicas soltaron unas risitas. Al ver que Ross se acariciaba el polo, me caldeé de nuevo.

– ¿Dobles mixtos al aire libre y también bajo techo? -preguntó Ross con un guiño. Todos se rieron ante el ingenio de ese hombre al que era evidente que adoraban y, tras coger bolsas de deporte del suelo y raquetas, se marcharon. Cruzaron la puerta en una cacofonía de «hasta luego» y «adiós» y «ha sido un placer conocerte».

La escena terminó de una manera tan repentina que tuve que parpadear y hundir los pies en la alfombra para orientarme.

– El choque cultural -dijo Ross, al ver mi expresión-. Ven, te enseñaré la casa. Ahora la tenemos toda para nosotros solos.

Se tocó el cocodrilo del pecho y de pronto comprendí que lo hacía para no tocarme a mí.

– Primero enséñame tu habitación -pedí.

Los dos supimos a qué me refería.

– Connie la Cocodrilo. -Ross se tocó el pecho-. La única mujer que no me ha defraudado nunca; por eso la llevo tan cerca del corazón.

Señaló la escalera y me guiñó el ojo.

– Camina, queridísimo amigo -dije, haciéndole una reverencia, y Ross encajó de mala gana el tanto, riendo en voz alta y revelando un pequeño defecto en sus dientes casi perfectos que siempre quedaba camuflado bajo las tensas sonrisas y los pelos del bigote. Abrió la marcha y yo respingué ante la epifanía del amante.

Lo seguí al dormitorio sin sentir mis propios pasos, y cuando entró y buscó el interruptor de la luz, apenas me oí decir «No». El «adiós, Connie» de Ross retumbó en la oscuridad y luego se oyeron cremalleras y hebillas de cinturón y zapatos que golpeaban el suelo. Los muelles de la cama crujieron. Ya estábamos juntos.

Nos abrazamos, nos acariciamos, nos besamos. Sentimos el peso del otro y nos frotamos con las manos. Éramos impacto en vez de fusión, fuerza en vez de ternura. Nuestra fiebre aumentó al tiempo que crecía la presión de nuestros músculos. Nos debatimos en abrazos en los que cada uno trataba de ser más fuerte que el otro, y cuando ambos notamos que éramos unos combatientes iguales, nos concentramos en nuestras entrepiernas y nos empujamos hasta que hubimos terminado, acabado, ido más allá y muerto… juntos.

Permanecimos tumbados, jadeantes y sudorosos. Mis labios rozaban el pecho de Ross, que se movió para interrumpir el contacto. Yo quería establecer de nuevo el vínculo, pero noté en su respiración que Ross se recomponía, que buscaba una explicación racional, que huía de lo que aquello nos hacía, de lo que le hacía a él. Comprendí que pronto diría algo intrínsecamente amable para diluir la fuerza del «nosotros» y no me sentí capaz de escucharlo. Me encogí como un ovillo, me cubrí los oídos y cerré los ojos con fuerza hasta que quedé aturdido. Oía tenuemente los latidos del corazón de Ross, muy tenuemente lo oía murmurar elegantes desmentidos de lo que acabábamos de hacer. Pese a todo, las palabras sacudían mi cuerpo y las excluí con todas mis fuerzas, con mi músculo y con mi voluntad, enroscándome cada vez más hasta que perdí el control de los sentidos y mi propio control.

Tic/latido, tic/latido, tic/latido, la extraña música rítmica cuya cadencia me dice: «Esto es un sueño.» Enroscado en mi ovillo, sé que soy un niño, tengo cuatro o cinco años, estamos en 1953, en un mundo distinto. Estoy en la cama y una presión en lo que mi madre llama «ahí» me obliga a ir al baño y aliviarme. Me dispongo a volver a mi ovillo, pero unos pasos que suben la escalera me distraen y me quedo en la penumbra del pasillo, a la espera de ver los lugares secretos de mis padres. Cuando los pasos llegan al descansillo, veo que son un hombre y una mujer que llevan pelucas empolvadas y unos trajes sacados de mis libros de láminas del jardín de infancia, unas prendas como las que, en un mundo distinto, llevaban George Washington y la realeza europea. Huelo a licor y sé que el hombre es mi padre, pero la mujer es demasiado bonita para tratarse de mi madre.

Van al dormitorio principal y encienden la luz. Mi padre dice: «Está en San Bernardino, en casa de su tía, y el niño duerme.» La mujer dice: «¿Nos dejamos la peluca? Será más excitante. Siempre he querido ser rubia.» Mi padre alarga la mano para apagar la luz y la mujer dice: «No.»

Pesados corsés, zapatos y hebillas de cinturones caen al suelo produciendo unos ruidos sordos y mi padre y la mujer quedan desnudos. Ambos tienen pelo oscuro en los sitios secretos. Él tiene lo mismo que yo, pero más grande. Ella, sólo pelo. Las pelucas claras y el pelo oscuro quedan mal, lo que siento está mal, pero de todos modos me acerco de puntillas y miro.

Lo que veo es feo y agradable. Mi padre es fuerte y está en forma, tiene los hombros y el pecho anchos y la cintura fina. Él está bien, pero la mujer tiene las piernas gordas, los tobillos gruesos, unos grandes dientes de caballo, una cicatriz en la barriga, y lleva el esmalte de uñas picado. Se meten en la cama y ruedan de un lado a otro, y el colchón hace tic tic tic. La mujer dice «Métela», mi padre lo hace y lo que se ve es horrible, por eso cierro los ojos y escucho el tic tic tic. Oigo que están a gusto y yo también estoy a gusto allí, cada vez mejor mientras mi padre gruñe con el TIC TIC TIC. Mi padre gruñe cada vez más fuerte, TIC, TIC, TIC, TIC, TIC, TIC, TIC y yo también me toco. Cada vez estoy más a gusto y corro al baño porque sé que tiene que salir algo. No sale nada, pero la tengo grande.

Quiero más tics para que se me ponga más grande, pero ya no hay ninguno. Me acerco a la puerta del dormitorio y veo a mi padre dormido, roncando. La mujer me ve y me llama haciéndome una seña con el dedo. Orgulloso de lo que tengo, voy a enseñárselo.

Ella es fea y le apesta el aliento, pero su peluca es bonita y su mano me da gusto. Quiero que mi padre lo vea y alargo el brazo para tocarlo, pero la mujer me detiene poniendo la boca en ese sitio.

Tic tic tic tic al tiempo que ella se mueve en la cama, cerrando los labios alrededor de mí; tic tic tic tic cierro los ojos; tic tic tic tic me muerde, y abro los ojos, y mi madre está allí blandiendo una espátula de acero mate y una sartén, y yo me aparto y la mujer tiene sangre en los labios. Empuja a mi madre y echa a correr, se le cae la peluca. Mi padre ronca y mi madre me pone la peluca en la cara y yo me duermo, aplastado bajo un asfixiante aliento de licor que hace tic tic tic tic.

Todavía estamos en 1953, pero más adelante. Mi madre me da pastillas para que no recuerde. Las pastillas salen de un frasco con una etiqueta que pone fenobarbital sódico y, cada vez que me da una, introduce una nota en otro frasco. En las notas pide a Dios que me perdone por haber hecho lo que hice con la mujer de la peluca.

Unas manos ásperas me sacaron del ovillo de mi sueño y una voz, antes perfectamente encantadora, ahora destilaba agitación:

– ¡Eh! ¡Eh, tío! ¿Te estás poniendo gilipollas conmigo?

Salí del útero que yo mismo me había creado, llorando y agitando los brazos, y un manotazo de revés alcanzó a Ross en la mandíbula y lo tiró de la cama. Se puso en pie y vi que ya estaba vestido. Desnudo, me sentí con ventaja.

– Mejor así -dijo Ross, atusándose el bigote-. Llevaba rato preocupado por ti.

Nos quedamos donde estábamos. Ross hizo el numerito del cocodrilo y yo me enfrenté a lo que me había ocurrido treinta años atrás. El calor de la diminuta habitación me secó las lágrimas y la única cosa del mundo de la que estuve seguro fue que el siguiente ser humano perfecto que se cruzara en mi camino iba a morir de una manera tan horrible que no se podría describir con palabras… o se alejaría indemne, conmutada su pena de muerte por mi madre en su tumba y por el asesino que tenía delante de mí. Me vestí bajo la atenta mirada de Ross y pensé que lo único terrible sobre las dos posibles resoluciones sería esperar a conocer cuál era.

– Gracias -le dije, devolviéndole la mirada, y él me respondió con su mueca patentada de niño al que han pillado con la mano en la caja de las galletas.

– De nada. La juerga espartana es un buen deporte, de vez en cuando. ¿Has tenido pesadillas?

– Rollos del pasado. Nada importante.

– Yo no sueño nunca. Supongo que es porque llevo una vida llena de aventuras. Si me hubiera pegado cualquier otro hombre, lo habría matado.

– Podrías haberme matado, teniente. Podrías haberme matado y hacerlo pasar por lo que hubieras querido. Y podrías haber sacado provecho del acto.

Ross esbozó una ancha sonrisa, mostrando sus dientes imperfectos. En ese momento, lo amé.

– Lo dices porque sabes que yo nunca te haría daño, queridísimo amigo.

Un compasivo atajo para salir del dilema centelleó en mi mente y se lo transmití a Ross, pues conocía demasiado bien todas las implicaciones del plan.

– Conoces esta zona a fondo, ¿verdad?

– Como la palma de mi mano, amigo mío.

– Pues hagamos un trabajo juntos. Rubias, morenas, no me importa, siempre y cuando sean perfectas.

– Pásame a recoger mañana hacia mediodía -dijo Ross, acariciando a Connie-. Iremos a las actividades de verano del Vassar y del Sarah Lawrence. Ponte camisa y corbata para que parezcas policía y te garantizo una buena diversión.

Me acerqué a él y lo besé en los labios, sabiendo que si no podía matar a nuestra víctima perfecta, tendría que concluir mi viaje sangriento matándolo a él, mi libertador y único testigo. Aquel pensamiento me tranquilizó, deshice nuestro abrazo y me marché de la habitación. Mientras bajaba la escalera, la casa era un hervidero de charlas y risas, y lo último que oí antes de abrir la puerta de la calle fue una excitada voz de soprano que decía: «Richie, ¿no te parece que Ross tal vez sea gay?»

Del diario de Thomas Dusenberry:

8/9/83

1.10 horas

A bordo del vuelo 228 de la Eastern Flight

De Washington, D.C. a Nueva York

¡Tengo a uno!

Voy de camino a Croton, Nueva York. Un equipo de agentes de la oficina de Westchester vendrá a recogerme al aeropuerto de La Guardia y luego iremos a una casa de veraneo de Croton a arrestar a un teniente de la policía estatal de Wisconsin por los homicidios de las siete chicas rubias y morenas y, por increíble que parezca, también el de Saul Malvin.

Ha ocurrido así. El jefe de Asuntos Internos de la policía estatal de Wisconsin me ha llamado a Quantico hace tres horas. Me ha dicho que su único posible sospechoso era el teniente Koss Anderson, comandante de puesto de la subcomisaría de Huyserville. Como sargento encargado de extradiciones y búsquedas y capturas, estuvo en las ciudades donde murieron las cuatro rubias las noches de los homicidios y había llegado a ellas en avión entre uno y tres días antes de cada asesinato. En cada caso, regresó con su preso entre 24-48 horas después de la hora de la muerte de las víctimas, según estimaciones del forense. Y para colmo:

1.- El grupo sanguíneo de Anderson es 0+.

2.- Como sargento de patrulla a finales de 1978 y principios de 1979, Anderson trabajó en la zona donde se encontraron los cadáveres de las tres morenas.

3.- Anderson supervisó el despliegue de vigilancia para detener al asesino de las morenas.

4.- El 11/3/76, en el cumplimiento de su deber, Anderson disparó contra un traficante de marihuana armado. El hombre, William Gretzler, era amigo suyo de la infancia.

5.- El expediente de la policía estatal de Wisconsin sobre los asesinatos de las morenas estaba archivado en la sala de la brigada de detectives de la subcomisaría de Huyserville, donde Anderson había desempeñado distintos trabajos durante seis años, los últimos ocho meses como comandante de puesto.

6.- Desde su ascenso a teniente, hace ocho meses, Anderson ha sido visto a menudo en las salas de brigada de los departamentos de policía de Janesville y de Beloit, de donde han desaparecido los expedientes de las otras morenas.

7.- Anderson fue visto leyendo los expedientes de las brigadas Antivicio de Louisville y de Des Moines veinticuatro horas antes de los homicidios ocurridos en esas ciudades.

8.- El no va más: Anderson fue el agente que descubrió el coche, el carnet de donante y, más tarde, el cadáver de Saul Malvin, a quien la policía estatal de Wisconsin consideraba, extraoficialmente, el asesino de las morenas.

¡Asombroso, joder! En una página anterior de este diario, escribí que el informe de Anderson sobre el descubrimiento del cadáver de Malvin me parecía «un modelo de sagacidad policial». ¡Menuda audacia la suya!

He aquí mi reconstrucción del asesinato de Malvin. Anderson acaba de matar a Claire Kozol, su tercera víctima morena. Continúa su patrulla, ve el Cadillac de Malvin en la cuneta de la I-5 y se acerca a investigar. Malvin está en el coche y Anderson, al buscar los papeles del vehículo en la guantera, encuentra el carnet de donante del grupo 0+. Piensa «cabeza de turco» y le dice a Malvin que lo llevará al pueblo de al lado. Le indica que vaya al coche patrulla y luego, haciendo que parezca accidental, empuja el Cadillac fuera de la carretera.

Nieva mucho y circulan pocos coches. Tal vez Anderson interroga sucintamente a Malvin sobre su paradero cuando ocurrieron los dos primeros asesinatos; o tal vez no lo hace y decide dejar el tema abierto y confiar en el factor suerte. En cualquier caso, tiene el 557 en el coche patrulla (así llevó a cabo el asesinato, ahora presumiblemente premeditado, de William Grezler) y con algún pretexto detiene el coche y obliga a Malvin a internarse en el bosque. Le dispara en el pecho y luego le pone la pistola en la mano, sabedor de que la nevada tapará los dos rastros de pisadas e impedirá que alguien descubra el cadáver, al menos esa noche.

Al día siguiente, cuando deja de nevar, Anderson realiza el falso descubrimiento del coche de Malvin con la tarjeta de donante, expone su brillante e improvisada hipótesis, hace la comedia de ir a Huyserville a buscar un equipo de perros rastreadores, «encuentra» el cadáver de Malvin y, a partir de ahí, interpreta hasta el final al policía joven y listo. Le acompaña la suerte en cuanto al paradero de Malvin en el momento de los dos primeros homicidios y todo le sale a pedir de boca.

Asombroso, joder.

Mientras escribo, los agentes de Milwaukee están consiguiendo una orden para registrar el apartamento de Anderson en Huyserville. Si confiesa esta noche o los agentes de Milwaukee encuentran armas que coincidan con las que mataron a las rubias, está muerto y enterrado. Sólo me queda una pregunta: ¿qué ha estado haciendo el muy hijo de puta en los dos años transcurridos desde el ultimo asesinato? Miedo me da pensarlo.

Y, para colmo, tengo una lista de seis nombres que el agente especial de Denver me ha dado por teléfono hace menos de una hora. Un poli de Aspen ha localizado unas notas antiguas del compañero que atendió la llamada del hombre que dio información sobre la Sombra Sigilosa. Ese agente murió el año pasado y las notas que dejó están escritas en una suerte de taquigrafía extraña, pero en una columna, bajo un encabezamiento que reza «S. 5.», se leen seis nombres: George Magdaleno, Aaron BeauJean, Martin Plunkett, Henry Hernández, Steven Hartov y Gary Mazmanian. Ahora mismo los están rastreando en todas las bases de datos del país y Jack Mulhearn llamará más tarde a la oficina de Westchester con el resultado.

Siento un hormigueo especial. La detención de Anderson va a ser cosa del Buró, sólo nosotros, cuatro agentes con escopetas. Él es el teniente más joven de la historia de la policía estatal de Wisconsin. ¿Qué sucedió?

Y el cerco al Sigiloso se va estrechando. Dos de los nombres son latinos y cuatro son lo bastante infrecuentes como para que no salgan veinte posibles sospechosos por cada uno. Si le añadimos fuerte, alto, de pelo oscuro y de entre treinta y cinco y cuarenta años, la lista aún se reducirá más: queda enviar la foto de la ficha policial o del carnet de conducir de los sospechosos a los agentes de las ciudades donde están los testigos del fraude de las tarjetas de crédito, y apuesto tres contra uno a que confirmarán y no negarán. Ya he ganado cien dólares a cuenta de Anderson y todavía me dura la racha de suerte. ¿Quién eres, Sigiloso? ¿Dónde estás? Ven aquí. Nosotros te detendremos, te acusaremos, te llevaremos ante el juez y, cuando te condenen, te buscaremos una buena celda en una buena prisión federal. Si tienes suerte, a lo mejor coincides con el ex teniente Ross Anderson. Estoy seguro de que los dos tendréis mucho de qué hablar.

24

Nervioso como el sheriff de Solo ante el peligro a la espera del duelo, me pasé la mañana preparando el gran momento.

En primer lugar, fui a Brooks Brothers, en Scarsdale. Ross quería que pareciese un poli y, como no tenía trajes ni combinaciones adecuadas de chaqueta y pantalones, decidí comprar un atuendo convenientemente elegante para mi debut como policía. Al entrar en la tienda, caí en la cuenta de que no llevaba traje y corbata desde que era niño y, cuando le pedí a un vendedor que me enseñara las chaquetas cruzadas de verano de talla extragrande, experimenté la misma sensación de humillación que Ross en su juventud. Con aire de superioridad, el vendedor replicó que las chaquetas cruzadas venían por tallas numeradas y sugirió que me probara alguna de la 52. Irritado ahora, le hice caso y me decidí por una chaqueta de lino azul marino que a mi entender tenía suficiente clase para desarmar a una alumna de Vassar. El vendedor hizo un gesto de impaciencia ante mis modales y cuando le dije «pantalones, cuarenta y ocho», señaló unas hileras de percheros metálicos y se alejó. Encontré unos azul claro que combinaban con la chaqueta y los cogí; camino del cajero, escogí una camisa blanca y la primera corbata que vi, roja oscura con un estampado de palos de golf cruzados. El precio total de mi indumentaria para el reto definitivo fue de 311 dólares y cuando dejé la tienda me sentí como si saliera de la cárcel.

Me cambié en la parte de atrás del Muertemóvil II y solté una maldición cuando descubrí que no recordaba cómo se hacía el nudo de la corbata. Me la colgué del cuello abierto de la camisa, conduje hasta una armería de Yonkers y me gasté noventa dólares en algo útil: una pistolera de cintura, de cuero negro, para mi 38 de cañón corto. Dediqué el resto de la mañana a pasar el arma del compartimento de seguridad del Muertemóvil II a mi hermoso y flamante complemento, que me ajusté al cinturón para poder sacar el arma con la mano contraria. Hecho esto, me dirigí a Croton.

El caserón de veraneo parecía distinto a la luz del día y cuando llamé a la puerta advertí la causa: todo en mí, desde mi ropa a mi pasado y mi futuro, estaba cambiando a una velocidad tan desbocada que modificaba sutilmente cuanto veía.

Mady Behrens abrió la puerta, modificada hasta resultar casi irreconocible: la rubia burbujeante en ropa de tenis del día anterior se veía ahora ojerosa y suspicaz, una arpía al acecho envuelta en un albornoz empapado.

– Anoche detuvieron a Ross -soltó-. Unos policías armados se lo llevaron. El padre de Richie dice que es por un asunto muy grave.

El porche se volvió arenas movedizas bajo mis pies y la boca abierta de la arpía pareció una invitación a la resolución más fácil del mundo. Me disponía a echar mano a la pistolera cuando ella me fastidió el objetivo:

– Sabía que Ross tenía una vena ruin -espetó-, pero no puedo creer que…

Eché a correr al Muertemóvil II. Mientras volaba a esconderme, unos monstruos danzaban en el parabrisas.

Transcripción del interrogatorio inicial de Ross Anderson. Realizado en la sede central del FBI del condado de Westchester, New Roch, Nueva York, 14.00 horas, 8/9/83. Presentes: Ross Anderson; su abogado, John Bigelow, contratado por Richard Ligget, tío del teniente Anderson; el inspector Thomas Dusenberry y el agente especial John Mulhearn, del Grupo Especial Federal contra Asesinos en Serie; agente especial Sidney Peak, agente a cargo, oficina de New Rochelle:

Sospechoso retenido en custodia desde las 03.40 horas, 8/9/83; informado de sus derechos en presencia del abogado, 12.00 horas, 8/9/83; accede a ser interrogado tras consulta con el señor Bigelow, 13.30 horas. El interrogatorio queda grabado en cinta y transcrito en taquigrafía por Margaret Wysoski, estenógrafa, División 104, Tribunal Superior del Condado de Westchester.

INSPECTOR DUSENBERRY: Señor Anderson, empecemos por…

ROSS ANDERSON: Llámeme teniente.

DUSENBERRY: Muy bien, teniente. Empecemos por aclarar un punto, si le parece. ¿Ha realizado voluntariamente alguna declaración desde su detención, la pasada madrugada?

ANDERSON: No. Sólo el nombre, graduación y número de serie.

DUSENBERRY: ¿Ha sufrido malos tratos físicos en algún momento, sea en el transcurso de su arresto o durante el período de detención?

ANDERSON: Me ha traído usted un café instantáneo al calabozo. Vulgar. La próxima vez, lo trae recién molido o me voy a otro hotel.

JOHN BIGELOW: Menos bromas, Ross.

ANDERSON: No bromeo. Usted no lo ha probado, abogado. Una auténtica mierda.

BIGELOW: Esto es muy serio, Ross.

ANDERSON: ¡Vaya si lo es! Soy un adicto al tueste francés. Pronto empezaré a tener el mono y entonces lo lamentarán.

BIGELOW: Ross…

DUSENBERRY: Teniente, ¿le ha explicado el señor Bigelow las acusaciones que pesan sobre usted?

ANDERSON: Sí. Asesinato.

DUSENBERRY: Exacto. ¿Tiene idea de cuál o cuáles asesinatos?

ANDERSON: ¿El de Billy Gretzler? Me lo cargué en el cumplimiento del deber allá por el 76. Es la única persona que he matado.

DUSENBERRY: Vamos, teniente. ¿Cuánto tiempo lleva en la policía?

ANDERSON: Diez años y medio.

DUSENBERRY: Entonces, sabrá que los homicidios dentro de una única jurisdicción policial municipal no son delitos federales.

ANDERSON: Lo sé.

DUSENBERRY: Entonces, estoy seguro de que sabrá que, según los estatutos federales, para que nos interesemos por usted tiene que haber matado a un empleado del gobierno federal o haber cruzado la frontera de un estado después de haber matado a un ciudadano corriente.

ANDERSON: Soy un tipo interesante en general.

DUSENBERRY: Desde luego. ¿Sabe usted qué trabajo desempeño en el FBI?

ANDERSON: No. Cuéntemelo, haga el favor.

DUSENBERRY: Estoy al mando del Grupo Especial contra Asesinos en Serie, en Quantico, Virginia. ¿Sabe qué es un asesino en serie?

ANDERSON: ¿Un psicópata que asesina bajo la influencia de las palomitas de maíz?

BIGELOW: ¡Ross, maldita sea…!

DUSENBERRY: Está bien, señor Bigelow. Teniente, ¿le suenan los nombres de Gretchen Weymouth, Mary Coontz y Claire Kozol?

ANDERSON: Corresponden a tres víctimas de asesinatos cometidos en Wisconsin a finales de 1978 y principios de 1879.

DUSENBERRY: Exacto. ¿Quién cree usted que las mató?

ANDERSON: Creo que fue un hombre llamado Saul Malvin. Yo descubrí su coche abandonado y, más tarde, su cuerpo. Se suicidó.

DUSENBERRY: Ya. ¿Le suenan los nombres de Kristine Pasquale, Wilma Thurmarm, Candice Tucker y Carol Neilton?

ANDERSON: No. ¿Quiénes son?

DUSENBERRY: Son unas jóvenes que murieron asesinadas de idéntica manera que las de Wisconsin.

ANDERSON: Es una lástima. ¿Dónde las mataron?

DUSENBERRY: En Louisville, Kentucky; Des Moines, Iowa; Charleston, Carolina del Sur; y Baltimore, Maryland. ¿Ha estado alguna vez en esas poblaciones?

ANDERSON: Sí.

DUSENBERRY: ¿En qué circunstancias?

ANDERSON: Me desplazaba en cumplimiento de órdenes de extradición y para custodiar a varios presos en el viaje de vuelta a diversas ciudades de Wisconsin.

DUSENBERRY: Entiendo. ¿Recuerda las fechas exactas en las que estuvo en cada sitio?

ANDERSON: De memoria, no. Entre principios del 79 y finales del 81, eso sí. Fue el periodo en que estuve a cargo de las extradiciones. Si quiere las fechas exactas, busque en los registros.

DUSENBERRY: Ya lo he hecho. Usted estaba en esas ciudades en el momento en que las cuatro mujeres fueron asesinadas.

ANDERSON: Vaya, qué coincidencia.

DUSENBERRY: También estaba de patrulla y cerca de la zona en el momento en que mataron a Claire Kozol.

ANDERSON: Vaya…

DUSENBERRY: Y patrullaba usted la zona donde fueron descubiertas las dos primeras víctimas de Wisconsin, y también fue usted quien encontró el cuerpo de su presunto asesino.

ANDERSON: Inspector, me considero un tipo paciente, pero todo eso ya es mierda muy rancia. Los dos somos hombres con formación y agentes con galones, de modo que le daré mi opinión informada de lo que tiene usted. ¿Preparado?

DUSENBERRY: Adelante, teniente.

ANDERSON: Ha estado cruzando datos cronológicos de los dos grupos de homicidios y ha compilado listas basadas en si los sospechosos tuvieron la oportunidad de actuar. Yo estuve involucrado en la investigación del Matarife de Madison y parece que me encontraba en las demás ciudades cuando mataron a esas otras chicas, por lo que encajo en su patrón, de forma circunstancial. Pero tendrá que conseguir mucho más si quiere presentar una acusación formal. Con lo que tiene, lo echarían del juzgado con una carcajada.

DUSENBERRY: Jack, ¿tú o yo?

AGENTE MULHEARN: Tú, Tom. Es todo tuyo.

DUSENBERRY: Teniente, desde anoche, un equipo de diez agentes está poniendo patas arriba Huyserville. Han registrado su apartamento…

ANDERSON: Y no han encontrado nada que me incrimine, porque no he hecho nada delictivo.

DUSENBERRY: ¿Conoce a un tal Thornton Blanchard?

ANDERSON: Claro, el viejo Thorny. Es guardagujas jubilado de la línea de los Grandes Lagos.

DUSENBERRY: En efecto. También es aficionado a dar paseos por los bosques contiguos a Orchard Park. ¿Conoce la zona?

ANDERSON: Claro.

DUSENBERRY: Anoche, el señor Blanchard le contó a uno de los agentes de Milwaukee que lo vio cavando entre los árboles en tres o cuatro ocasiones. Indicó la zona aproximada a los agentes y, hacia las tres de la madrugada, instalaron allí unos focos y empezaron a excavar. Hacia las once, han encontrado dos bolsas de plástico. Una de las bolsas contenía un cuchillo Buck y una sierra. Hemos encontrado una huella latente en el mango del cuchillo. Es suya. En los dientes de la sierra había una sustancia pardusca y otros residuos que están analizando ahora mismo. Sin duda, la sustancia es sangre y ahora intentaremos averiguar a qué grupo pertenece para compararlo con los de las siete chicas. Las dimensiones de la hoja del cuchillo y de los dientes de la sierra se corresponden exactamente con las dimensiones de las marcas encontradas en las cuatro últimas víctimas. En la otra bolsa había fotografías de las cuatro chicas, desnudas y descuartizadas. Hemos encontrado semen seco en tres de las fotos y lo estamos analizando. Tenemos un total de cinco latentes viables en las fotografías. Todas son suyas.

BIGELOW: ¿Ross? ¿Ross? Maldita sea, llamen a un médico.

DUSENBERRY: Ve a buscarlo, Jack. Que conste en la transcripción que, a las 14.24, el teniente Anderson sufrió un ataque de náuseas y se desmayó. Lo dejaremos aquí, por el momento. Señor Bigelow, hable con su cliente. Lo acusamos de huir del estado para evitar el proceso por asesinato. Mañana por la mañana lo llevaremos ante el juez. En este momento vuelan hacia aquí representantes de las fiscalías de Louisville, Des Moines, Charleston y Baltimore para tratar conmigo las acusaciones por asesinato y los trámites de extradición, de modo que si Anderson decide hablar, quiero su declaración esta tarde, ¿entendido?

BIGELOW: Sí, maldita sea. ¿Dónde está el médico? Este hombre está enfermo.

DUSENBERRY: Sidney, quédate con Anderson. No dejes que se le administre ninguna pastilla y, cuando lo lleves de vuelta al calabozo, ponle las esposas y los grilletes. Señorita Wysoski, finalice la transcripción. Son las 14.26.

Transcripción del segundo interrogatorio y declaración formal de Ross Anderson, efectuados en la sede del FBI en el condado de Westchester, New Rochelle, Nueva York, a las 21.30 del 8/9/83. Presentes: Ross Anderson; John Bigelow, abogado del señor Anderson; Stanton J. Buckford, fiscal general jefe de la Oficina Metropolitana del Distrito de Nueva York; inspector Thomas Dusenberry; agente especial John Mulhearn; y agente especial Sidney Peak. Este interrogatorio-declaración se grabó en cinta magnetofónica y fue transcrito en taquigrafía por Kathryn Giles, estenógrafa, División 104, Tribunal Superior del Condado de Westchester.

INSPECTOR DUSENBERRY: Teniente Anderson, ¿el facultativo que lo ha tratado del desmayo le ha administrado algún medicamento que altere la conciencia?

ANDERSON: No.

DUSENBERRY: ¿Ha sufrido usted maltratos físicos o amenazas desde nuestra primera sesión de esta tarde?

ANDERSON: No.

DUSENBERRY: ¿Ha hablado con su abogado durante este rato?

ANDERSON: Sí.

DUSENBERRY: ¿Está dispuesto a prestar declaración?

ANDERSON: Sí.

DUSENBERRY: Señor Bigelow, ¿ha tratado el asunto de la declaración del teniente Anderson con el señor Buckford?

JOHN BIGELOW: Sí, lo he tratado.

DUSENBERRY: ¿Con qué fin?

BIGELOW: Con el de conseguir inmunidad para mi cliente en las acusaciones de asesinato en Kentucky, Iowa, Carolina del Sur y Maryland.

DUSENBERRY: ¿Pero no de las posibles inculpaciones en Wisconsin?

BIGELOW: En Wisconsin no hay pena de muerte, inspector. En dos de los otros estados, sí.

DUSENBERRY: Señor Buckford, ¿tiene alguna declaración que hacer?

STANTON J. BUCKFORD: Sí. He solicitado una transcripción de este proceso de acuerdos con el fiscal, con agentes federales como testigos, por si más adelante surgen disputas. Sólo tengo una ligerísima idea de lo que se propone decir el teniente Anderson, pero si sus pruebas son tan concluyentes como afirma el señor Bigelow, y si dan por resultado otras detenciones, estaré dispuesto a acusar al teniente sólo de los delitos de Wisconsin y del delito federal de huida del estado. Como muestra de su buena fe, señor Bigelow, requeriré una declaración previa del teniente Anderson; si éste confiesa, y si la sentencia que dicta el tribunal de Wisconsin es inferior a tres cadenas perpetuas consecutivas sin posibilidad de libertad condicional, pediré al juez que presida el juicio por el delito de huida del estado que imponga él dicha condena. ¿Queda entendido, señor Bigelow?

BIGELOW: Sí, señor Buckford. Entendido.

BUCKFORD: Teniente Anderson, ¿lo ha entendido usted?

ANDERSON: Sí.

BIGELOW: Haz tu declaración, Ross.

ANDERSON: El 16 de diciembre de 1978 violé y maté a Gretchen Weymouth. El 24 de diciembre de 1978 violé y maté a Mary Coontz. El 14 de enero de 1979 violé y maté a Claire Kozol. El 18 de abril de 1979 violé y maté a Kristine Pasquale. El 1 de octubre de 1979 violé y maté a Wilma Thurmann. El 27 de mayo de 1980 violé y maté a Candice Tucker. El 19 de mayo de 1981 violé y maté a Carol Neilton. Esta declaración la hago por mi propia voluntad.

DUSENBERRY: Jack, dale un poco de agua.

BIGELOW: Ross, quiero que te tomes tu tiempo para el resto.

BUCKFORD: ¿Está dispuesto a continuar, señor Anderson?

ANDERSON: (Pausa larga) Sí.

BUCKFORD: Proceda, pues.

ANDERSON: No maté a Saul Malvin, ni éste se suicidó. Inmediatamente después de matar a Claire Kozol, iba en mi coche patrulla por la carretera de doble sentido que corre paralela a la I-5. Vi que un hombre inspeccionaba el Cadillac abandonado de Malvin, se metía en su furgoneta y conducía despacio hacia el norte. Seguí el vehículo por radar y tuve la sensación de que aquel hombre buscaba al conductor del Cadillac para robarle. Me quedé unos seiscientos metros más atrás y, cuando la furgoneta se detuvo, yo también lo hice, busqué un lugar adecuado entre las peñas y observé el vehículo con los prismáticos. Al cabo de unos cinco minutos, vi que el conductor volvía de la espesura, portando un revólver. Guardó el arma en algún escondite, debajo de la furgoneta, y continuó su marcha hacia el norte. Yo…

DUSENBERRY: Dígame cómo se llamaba el hombre, Anderson.

BUCKFORD: Deje que lo cuente a su manera, inspector.

ANDERSON: En aquel momento, recibí aviso por la radio de que se había descubierto el cuerpo de la chica y de que estaban estableciendo controles de carreteras en la I-5. Yo me quedé en la de doble sentido y vi que la furgoneta se acercaba al primer control, situado en una curva. Cuando estaba a unos doscientos metros, el hombre frenó y arrojó algo a la nieve de la cuneta. Esperé mientras él pasaba los trámites; ya sabe, registro del vehículo, comprobación de posibles órdenes de busca y captura, traslado a la comisaría de Huyserville para un análisis de sangre y más preguntas si resultaba que ésta era del grupo que buscaban. Cuando se calmó el revuelo en el control de carreteras, pasé a la I-5 y busqué lo que el hombre había arrojado por la ventanilla. Eran (pausa) fotos hechas pedazos de un hombre muerto, tirado sobre la nieve. Verán, entonces supe que debía conocer a ese hombre. Fui a Huyserville, encontré la furgoneta en el aparcamiento de la estación y di con el 357 Magnum que guardaba en un escondrijo del chasis. Terminé encontrándome con él cara a cara; hablamos y me dijo que había matado a un gran número de personas, sin motivo alguno o por el dinero y las tarjetas de crédito, y…

DUSENBERRY: ¡Su nombre, Anderson! Por favor, señor Buckford, hay un motivo para esto.

BUCKFORD: Está bien. ¿Cómo se llama ese hombre, señor Anderson?

ANDERSON: Martin Plunkett. Es…

DUSENBERRY: Dios del cielo, que me jodan… ¡Plunkett es el Sigiloso, Jack! Está en la lista de sospechosos de Aspen. Da aviso a todos.

AGENTE MULHEARN: ¡Joder!

BUCKFORD: Conténganse, caballeros. Esto es un documento federal. ¿Y de qué coño están hablando, por todos los santos?

DUSENBERRY: Es que no me lo puedo creer… Plunkett es un asesino en serie con un largo historial, cuyo rastro llevamos siguiendo desde hace meses. Es demasiado complicado para abordarlo aquí y quiero más confirmación. Descríbalo, Anderson.

ANDERSON: Blanco, 1,88, 95 kilos, cabello castaño oscuro, ojos pardos.

DUSENBERRY: Es él. ¿Vehículo?

ANDERSON: En el 79, tenía una furgoneta Dodge plateada.

DUSENBERRY: ¿Cuándo lo vio por última vez?

BUCKFORD: Deje que termine a su aire.

DUSENBERRY: Ya termino yo. Fingió que encontraba el cuerpo de Malvin y le puso en la mano el Magnum de Plunkett con el fin de tener un cabeza de turco para lo de las chicas y para que la policía no se acordara de su compinche y lo relacionara con la muerte de Malvin, ¿verdad?

ANDERSON: Verdad.

BUCKFORD: Siéntese, inspector.

DUSENBERRY: ¿Por qué, Anderson?

ANDERSON: «¿Por qué?» ¿A qué se refiere?

BUCKFORD: Siéntese y guarde silencio, inspector. Éste es un documento federal.

DUSENBERRY: ¿Dónde está, Anderson?

ANDERSON: No lo sé. Fue hace mucho…

DUSENBERRY: Acabas de salvarte de la silla eléctrica. Dímelo, cabrón.

BUCKFORD: Siéntese ahora mismo, Dusenberry, o lo suspendo del caso. (Pausa) Así, eso está mejor. No acabo de entender ese detalle, señor Anderson. ¿Está en lo cierto el inspector? ¿Simuló el suicidio de ese tal Malvin para que Plunkett pudiese escapar?

ANDERSON: Para que los dos pudiéramos escapar.

BUCKFORD: ¿Por qué Plunkett?

ANDERSON: Porque me gustó su estilo.

BUCKFORD: ¿Lo ha vuelto a ver desde entonces, desde 1979?

ANDERSON: No. Se esfumó cabalgando hacia el sol poniente, como el Llanero Solitario.

BUCKFORD: ¿Tiene idea de dónde está ahora?

ANDERSON: Estoy cansado. Quiero dormir. Plunkett y yo fuimos un ligue de una noche. No sé dónde está, así que déjeme en paz.

BUCKFORD: Acabemos, pues. Inspector, tengo que hablar con usted de todo esto. Rubrico el final de esta transcripción a las 21.15 horas del 8 de septiembre de 1983.

25

Pasé la noche aparcado en un terreno de acampada de Upper Westchester. Enroscado en un ovillo, dormí y soñé con Ross; cada vez que el duro suelo de metal me despertaba con una vibración, en los primeros momentos de conciencia pensaba en él y sentía su cuerpo. Al amanecer, después de haber pasado tantas horas en posición fetal, tenía los músculos agarrotados y doloridos. Cuando me incorporé, tenía las piernas tan débiles como las de un bebé y tiritaba, a pesar de que la furgoneta parecía un horno. Me pregunté cómo había terminado todo… sin que yo estuviese presente siquiera.

Con calambres en los músculos, avancé hasta la cabina y le di a la llave de contacto. Luego puse la radio, busqué una emisora de noticias y oí: «… y en las investigaciones realizadas en Wisconsin, las autoridades han descubierto, envueltos en plástico y enterrados en el bosque, cerca de su apartamento, un cuchillo y una sierra con las huellas de Anderson. Los agentes federales creen que se trata de las armas que utilizó para matar y descuartizar a sus siete víctimas. Aquí, en Nueva York, hemos grabado unas declaraciones hechas por una prima de Anderson, Rosemary Cafferty, de diecisiete años: "Me… me alegro de que Ross esté en la cárcel, donde no podrá hacer daño a nadie salvo a otros criminales. Debe de ser… muy malvado. Me cuesta creer que sea miembro de la familia. Podía… podía habernos hecho daño a cualquiera de nosotros. Todos…"»

Apagué la radio, ahogando aquel trino de soprano que había tratado de reducirnos a Ross y a mí a un vulgar estereotipo con las palabras «Richie, ¿no te parece que Ross tal vez sea gay?» Entonces supe que ella y sus colegas vestidos de tenistas habían traicionado a mi amigo. La palabra FAMILIA apareció impresa en mi campo visual y me dispuse a convertirme en la Sombra Sigilosa a plena luz del día.

En una tienda de artículos deportivos de Mt. Kisko compré una navaja de gran tamaño y una funda de cuero. Después, entré en una ferretería cercana y me hice con una sierra de dientes afilados como cuchillas. En un viaje a una tienda de punk-rock de Yonkers, me agencié un mono negro de vinilo; la chica de pelo verde que me lo vendió se fijó en el traje de Brooks Brothers que llevaba y dijo:

– A eso se le llama cambio de estilo.

Desde Yonkers, me acerqué en un salto a Lord & Taylor de Scarsdale, donde compré una capa de mujer de seda negra y maquillaje. Con el resto del equipo de maquillaje de teatro ya en la guantera, tenía todo lo necesario.

Al salir de Lord & Taylor, vi un coche patrulla de la policía de Scarsdale aparcado junto a la acera.

– Joder, el teniente más joven de la historia de su departamento -le decía el poli del asiento del copiloto al conductor. Después, dio unos golpecitos al fajo de papeles que tenía encima del salpicadero y añadió-: Y ahora los federales han emitido la orden de búsqueda de un compinche suyo.

En lo que fuera el movimiento más audaz de mi vida, me acerqué al coche, miré fijamente a los ojos al poli que había hablado y dije:

– Perdone, agente. ¿Está hablando de Ross Anderson, el asesino?

– Sí, señor -replicó el poli, observando sin interés mi aspecto de alumno de una universidad elitista.

Al ver que los papeles del salpicadero eran carteles de «Se busca», con la tinta todavía fresca, le pregunté:

– ¿Puede darme uno? Mi hijo los colecciona.

El poli soltó un cloqueo y me tendió el primero del fajo.

– Gracias -dije y me dirigí a la sombra del Muertemóvil II a saborear mi presentación pública oficial.

El gran recuadro de tinta negra rezaba: «Se busca. Asesinato y huida del estado.» Debajo había dos fotos mías de cuando me habían arrestado por robo con escalo en 1969. Se me veía inexperto y sensible. Debajo de mi descripción física, las palabras de la jerga policial me produjeron un cosquilleo: va armado, es extremadamente peligroso y existe riesgo de fuga; es posible que conduzca una furgoneta Dodge plateada, un modelo anterior a 1980; sospechoso de múltiples asesinatos en numerosos estados.

Sólo lo de «riesgo de fuga» sonaba falso. Todo había terminado; no había escapatoria posible. Pensando en Ross, añadí unas bolsas de plástico a la lista de la compra. Fui al supermercado del otro lado de la calle y compré un paquete de una docena. Al volver al Muertemóvil II, consulté el reloj del salpicadero y vi que era casi mediodía. Me pasé todo el trayecto a Croton cantando «No me abandones, querida, el día de nuestra boda», una y otra vez.

En los jardines delanteros de todo el bloque de casas de veraneo, las fiestas cerveceras estaban en pleno apogeo juerguista y circulé despacio en busca de los primos de Ross y sus parejas. No los vi y me dirigí a un centro comercial; allí encontré un teléfono público y llamé a Información. La telefonista me dio los números de Richard Liggett en Croton y marqué el de la casa de veraneo, dejando que la señal sonara veinte veces. El tono parecía más un tictac que un zumbido. Colgué y regresé a la calle de la juerga.

Aparqué a una manzana de distancia, pasé a la parte trasera de la furgoneta y me quité el traje de universitario. Desnudo, sostuve el espejo con una mano mientras con la otra me aplicaba la cara de la Sombra Sigilosa, convirtiendo mi nariz chata en aguileña con masilla de maquillaje, mis pómulos planos en angulosos con colorete y las cejas en dos trazos oscuros y amenazantes con máscara de ojos. Me alisé el pelo hacia atrás con saliva, envolví el cuchillo y la sierra en una bolsa de papel y me puse el mono negro y la capa. Recordé que tenía un par de mocasines negros gastados debajo de la rueda de repuesto, los saqué y me los calcé. Luego, goteando sudor y oliendo a vinilo y a maquillaje, salí de mi armario de Sombra Sigilosa para que el mundo me viera.

Los niños de los coches que pasaban me hacían gestos y un viejo que bebía cerveza sentado en su porche exclamó: «¡Falta un mes para Halloween, compadre!» Hice una reverencia y abrí la capa en un gesto dedicado a todos mis admiradores y, cuando me volví hacia la manzana de casas de veraneo, los fiesteros me señalaron y me recompensaron con pequeñas salvas de aplausos y estallidos de risas. Mientras cruzaba el patio delantero de los Liggett, un chico que asaba perritos calientes en el jardín de la casa contigua gritó:

– ¡Eh, Alex! ¿Eres tú, tío?

– ¡Sí, tío! -grité yo.

– ¿Esa ropa te la han hecho poner los de la fraternidad Delta, tío?

– ¡Sí!

– ¡Entra un momento, hombre! Richie y Mady están en el club, pero en el frigorífico hay cerveza.

– Sí, tío -grité y, haciendo ondear la capa, crucé el porche y entré. En la casa, el ambiente era fresco y tranquilo, y fui de habitación en habitación memorizando el desorden y recordando lo mucho que había ofendido a Ross. Los ceniceros rebosantes, las camas sin hacer, la ropa por el suelo y los juegos de ordenador amontonados en los sofás y las sillas me fascinaron y me enfurecieron a la vez. Continué recorriendo la casa, arriba y abajo, buscando más pruebas de la ruina conocida como VIDA FAMILIAR FELIZ.

Pelos de barba y espuma de afeitar en maquinillas desechables, un tubo de pasta de dientes aplastado y enrollado hasta arriba, un diafragma en su estuche. Bodegón tras bodegón tras bodegón, viví en un torbellino durante horas, hasta que las sombras, cada vez más alargadas al otro lado de la ventana, me proporcionaron una tenue conciencia del paso del tiempo. Entonces, cuando estaba examinando unas novelas de bolsillo que se desparramaban de una estantería, oí una voz:

– Alex, ¿estás aquí?

Era Richie Liggett, que hablaba desde la planta baja. Miré a mi alrededor en busca de la bolsa que contenía el cuchillo y la sierra, la vi sobre un tocador del dormitorio y grité:

– ¡Estoy aquí arriba, Richie!

Unos pasos atronaron en la escalera y, cuando llegaron al descansillo del primer piso, yo ya tenía el cuchillo en la mano derecha, oculto a la espalda.

Richie Liggett apareció en el umbral y se echó a reír.

– Dios, Alex. ¿Delta? Tu familia siempre ha sido Sigma O. Se te está corriendo el maquillaje, por cierto.

– ¿Dónde está Mady?-pregunté, disfrazando la voz con un gruñido de monstruo de película.

– En la cocina. ¿Te has enterado de lo de Ross?

– ¡Traidor! -dije con un gruñido de monstruo, y entonces agarré a Richie por el pelo, saqué el cuchillo y, con un solo movimiento, le rajé el pescuezo hasta la tráquea. Se llevó la mano al cuello y se precipitó hacia delante en otro único movimiento, al tiempo que yo me apartaba para evitar mancharme de sangre. Cayó al suelo de golpe, empezó a gorgotear y lo puse boca arriba. Siguió intentando hablar y la boca se le movía en un contrapunto espasmódico con las sacudidas de sus piernas. Cogí una almohada de la cama y se la arrojé a la cara. Pisé los dos extremos de la almohada sobre su cabeza y mantuve firme la máscara funeraria con todo mi peso. Cuando el movimiento cesó y la tela blanca empezó a empaparse de sangre, limpié el cuchillo y me dirigí a la cocina.

Mady Behrens estaba friendo hamburguesas. Cuando me vio, soltó un gañido femenino.

– Tú no eres Alex -dijo.

– Tienes razón -repliqué y le hundí el cuchillo en el estómago, en el pecho y en el cuello. Con los últimos estertores, tiró la sartén del fogón y lo último que sintió antes de cerrar los ojos fue la rociada de grasa ardiente que le salpicaba las piernas bronceadas de jugar a tenis.

TIC/LATIDO TIC/LATIDO TIC/LATIDO TIC/LATIDO TIC/LATIDO TIC/LATIDO.

Subí las escaleras tropezando, respirando sangre y vinilo. Richie Liggett era ahora una pieza de desorden inanimado que hacía juego con el resto de detritus de la VIDA FAMILIAR FELIZ. Le marqué SS en las dos piernas, luego se las corté con la sierra y las arrojé sobre una silla polvorienta llena de pelotas de tenis. El olor a sangre superaba ya cualquier otro; agarré las herramientas y bajé a la cocina a hacerme cargo de Mady Behrens. Cuando también estuvo marcada y mutilada, tiré las piernas al fregadero con los platos sucios.

LATIDO/TIC LATIDO/TIC LATIDO/TIC LATIDO/TIC LATIDO/TIC

Exhausto, paseé la mirada por la cocina. El desorden que había creado me pareció delicado y bonito; el calendario y los aforismos enmarcados, que colgaban torcidos en las paredes, desmerecían mi arte y me zumbaban como abejitas furiosas. Enderezarlos me llevó a pensar en Ross y con su imagen llegó una nueva descarga de energía. Empecé a ordenar la casa.

Pasé horas recogiendo, ordenando y cambiando cosas de sitio, dejando la MORADA DE LA FAMILIA FELIZ en un orden que ponía de relieve la presencia de la Sombra Sigilosa y su venganza. Con las luces de todas las estancias encendidas, me dediqué al trabajo, obligando a mi cerebro a alejarse de Ross, y sólo hice una pausa para consultar el reloj y recordarme que Dom de Nunzio y Rosie Cafferty estaban a punto de llegar. Cuanto más recogía, más cosas veía que era preciso ordenar, y cuando oí voces en el porche pasada la medianoche, todavía me faltaba mucho para terminar.

Los liquidé en el vestíbulo, en una barahúnda de tajos y chillidos, penetrando con el cuchillo entre los brazos con que se protegían hasta alcanzar el rostro de los traidores. Rosie Cafferty ya estaba muerta y yo alzaba el arma para darle a su novio un tajo final en el gaznate cuando recordé que Ross me había presentado como Billy Rohrsfield, lo cual significaba que había sido otra persona quien nos había traicionado a los dos. Dudé y, durante una fracción de segundo, Dom de Nunzio, inmovilizado bajo mis rodillas, me pareció absolutamente perfecto… y perfectamente parecido a Ross.

– Lo siento -susurré con voz ronca, y le cerré los ojos al tiempo que lo acuchillaba, acuchillaba y acuchillaba hasta matarlo.

Mientras grababa SS en dos pares más de piernas bonitas con zapatillas de tenis, no se produjo ningún tic ni tic/latido. Las serré y luego me acerqué a la pared de la sala y dejé mis huellas ensangrentadas en ella, manchando toda la zona con sangre para que ni siquiera al poli más lerdo le pasaran por alto las pruebas. Recogí la sierra y el cuchillo y regresé al Muertemóvil. La capa ondeaba en el nocturno viento estival y, ya en la furgoneta, volví a ponerme el traje de Brooks Brothers, me restregué la sangre de las manos y me arranqué la Sombra Sigilosa de la cara. Con pulso firme, apreté los dedos en el mango del cuchillo y del hacha para que quedasen las huellas bien marcadas y metí las armas en tres bolsas de plástico. Busqué entre las herramientas de la furgoneta hasta encontrar una pala, la llevé a la cabina conmigo y después fui a buscar un sitio donde dejar los instrumentos que servirían para administrar una justicia rápida.

Enterré la sierra al pie de un árbol, junto a la biblioteca de Bronxville, y el cuchillo junto al lago de Huguenot Park, en New Rochelle. Recordé una casa de huéspedes que varios caddies habían mencionado, conduje hasta el número 800 de South Lockwood y llamé a una puerta, sobre la cual había un cartel que rezaba: «Se alquilan habitaciones por semanas.»

La vieja que respondió a mi llamada fingió enojo por lo intempestivo de la hora, pero cuando le dije que quería una habitación y que le pagaría dos meses por anticipado, se deshizo en amabilidades y señaló un escritorio con un gran libro de registro. Le tendí un fajo grande de billetes de cien. A mí ya no me servían de nada.

– Me llamo Martin Plunkett. No lo olvide: Martin Plunkett.

26

Tardaron tres días en dar conmigo.

Pasé la mayor parte de aquellas setenta y dos horas durmiendo, saciando el cansancio provocado por una de las giras más largas de la historia, y cuando oí que los helicópteros daban vueltas justo encima de mi cabeza, me sentí aliviado por que todo hubiera terminado. Miré por la ventana y pude ver las luces de una decena de coches patrulla; al cabo de un momento, unos cuchicheos, unos gruñidos soñolientos y unos pasos apresurados me indicaron que la casa de huéspedes estaba siendo desalojada. Después, se dejaron oír las pisadas de unas botas recias, tic/tump, tic/tump, tic/tump, a mi alrededor, y el aviso ritual sonó por el megáfono:

– ¡Estás rodeado, Plunkett! ¡Ríndete o entraremos por ti! Anduve hasta la puerta y, a través de ella, grité:

– ¡Estoy desarmado! ¡Quiero hablar con el jefe antes de entregarme!

Retrocedí, dispuesto a arrojarme al suelo, y me llegó la respuesta: eran unas voces discutiendo. «Está usted loco, inspector», conseguí entender, y una réplica: «Es mío.» A continuación, echaron la puerta abajo y un hombre de mediana edad y de aspecto corriente, con un traje gris, me apuntó directo a la cabeza con una 38.

No dijo «¡No te muevas, hijo de puta!», ni «¡Contra la pared, cabrón!» Solamente se limitó a presentarse: «Me llamo Tom Dusenberry», como si acabáramos de conocernos en un cóctel. «Martin Plunkett», respondí. Y cuando desamartilló el arma, sonreí.

No me dio la impresión de que estuviera decidiendo si debía dispararme; parecía un hombre concentrado en sí mismo que se preguntara hasta dónde podía permitirme llegar. Sonriendo todavía, le dije:

– ¿Es de la policía de New Rochelle?

– Del FBI.

– ¿Las acusaciones concretas?

– Para mí, delito de huida del estado tras el asesinato de Malvin; para los demás, lo de los cuatro de Crown.

Hubo en aquella declaración algo que me golpeó bajo y con fuerza, pero no conseguí determinar qué. Traté de concretarlo, procurando ganar tiempo, y entretanto evalué a Dusenberry. Empezaba a antojárseme un tipo extraordinario… y no sabía por qué.

Permanecimos en silencio casi un minuto: yo, pensando; él, mirando. Por fin, dijo: «Por qué, Plunkett?», y lo comprendí. El hombre era, simplemente, la moderación en persona: voz, cuerpo, ropas, alma. Era algo que no podía haber cultivado; era así, y punto.

– ¿Por qué qué, señor Dusenberry?

– Por qué todo ello.

– No sea tan ambiguo.

– Seré concreto. ¿Por qué ha matado a tanta gente y ha causado tanto dolor, joder?

En ese momento capté que estaba perdiendo la calma, impaciente por que sucediera algo enseguida. El sudor le oscurecía el cuello de la camisa y le obligaba a entornar sus insípidos ojos azules. Pronto las piernas empezaron a temblarle de tensión y el único reducto de tranquilidad en su persona fue el dedo que se apoyaba el gatillo. Estaba poniéndose febril en su deseo de respuestas francas.

– Haré una declaración formal -dije-. Entonces lo sabrá. Y no haré esa declaración a menos que sea divulgada al público en general, al pie de la letra. ¿Entiende lo que digo?

– Lo deja usted muy claro.

– Lo dejo muy claro porque sé que usted quiere saber y, a menos que me deje confesar a mi manera, nunca podrá averiguarlo.

Dusenberry bajó el arma y sentenció:

– Hace mucho que desea contarlo. Lleva años dejando pistas.

Si creía que acababa de jugar una baza ganadora, se equivocaba; no se me había pasado por alto que dentro de mí venía creciendo desde hacía mucho tiempo el deseo, cancerosamente autodestructivo, de alcanzar la gloria.

– ¿Por eso ha dado conmigo?

– En parte -respondió Dusenberry y sonrió; la insipidez de su dentadura perfecta me dejó helado mientras aclaraba su desconcertante declaración. La acusación por huida del estado estaba relacionada con la muerte de Saul Malvin… y eso sólo lo conocía Ross.

– ¿Y el resto?-susurré.

Ahora, los dientes eran afilados y puntiagudos: el insulso agente federal se había convertido en un tiburón.

– Anderson te ha delatado para librarse de la pena de muerte -anunció-. Te ha arrojado a manos del fiscal federal más voraz y ambicioso que ha existido nunca… para salvar su propio culo de marica, sádico y depravado. -El tiburón dio paso a un monstruo que abría las mandíbulas de par en par para engullirme con sus palabras-: Tú le querías, ¿verdad, cabrón? Has matado a esos cuatro porque sabían lo que Anderson y tú erais y no podías tolerarlo. ¡Tú lo amabas! ¡Reconócelo, maldita sea!

Di un paso adelante y Dusenberry alzó el arma. La boca del cañón ya estaba a dos dedos de mi nariz y el gatillo a medio recorrido cuando lo comprendí: si lo atacaba él saldría ganando; si me retiraba vencería yo. Sonriendo como Ross en su momento más radiante y hablando como Martin Plunkett en su momento más resuelto, mascullé:

– Lo utilicé a él y te utilizaré a ti; al final, yo venceré.

Dusenberry bajó el arma y yo le presenté las manos para que me esposara.

Del New York Times, 4 de febrero de 1984:

EL JUICIO DE PLUNKETT LIQUIDADO

EN UN DÍA; CONTINÚAN LAS INTRIGAS LEGALES

Y DE LA INVESTIGACIÓN

El juicio de Martin Michael Plunkett, asesino confeso de cuatro ciudadanos del condado de Westchester, apenas ocupó cuatro horas de la jornada de ayer, pero la controversia legal que lo rodea puede ser tan compleja y trascendente como breve ha sido su paso por el tribunal… y parece estar tomando cuerpo cierta mística en torno al propio acusado.

Detenido en New Rochelle el pasado 13 de septiembre por el asesinato con arma blanca de Dominic de Nunzio, Madeleine Behrens, Rosemary Cafferty y Richard Liggett, Plunkett se negó a hablar con los investigadores, con los psiquiatras designados por el tribunal y con el abogado que se le asignó. De hecho, no habló con nadie ni realizó ninguna declaración escrita hasta dos semanas antes del juicio de ayer, cuando reconoció ser autor de las cuatro muertes en un documento notarial que dirigió a los investigadores a los lugares donde había enterrado las armas letales. Ayer, renunciando a la asistencia legal, repitió la declaración ante el juez y el jurado y fue condenado tanto como consecuencia de esta declaración como por las pruebas materiales correspondientes. El jurado emitió su veredicto tras deliberar apenas diez minutos y el juez, Felix Cansler, lo sentenció a cuatro condenas de cadena perpetua consecutivas sin posibilidad de libertad condicional. A continuación, Plunkett fue conducido a la prisión de Sing Sing y encerrado en una celda para presos protegidos, donde guarda silencio sobre los detalles de sus cuatro asesinatos y sobre todo lo demás.

Plunkett fue capturado como resultado de la declaración prestada por otro asesino reconocido, Ross Anderson, de 33 años, ex oficial de la policía estatal de Wisconsin y primo de los asesinados Richard Liggett y Rosemary Cafferty. Anderson, que afrontará la próxima semana en Wisconsin el juicio por tres acusaciones de violación y asesinato que se remontan a 1978 y 1979, no fue llamado a declarar contra Plunkett porque las autoridades lo consideraron «logísticamente complicado». Stanton J. Buckford, fiscal federal jefe para el área metropolitana de Nueva York, declaró a los periodistas la semana pasada: «Si Plunkett no hubiera presentado su declaración y no la hubiese respaldado con pruebas que la corroboraban, habríamos requerido el testimonio de Anderson. En la presente situación, sin embargo, no vamos a necesitarlo. El testimonio de Anderson guarda relación con un asesinato que atribuye a Plunkett, cometido en Wisconsin en 1979, y como Plunkett recibirá, muy probablemente, la condena máxima en Nueva York, no queremos que viaje a Wisconsin, un estado sin pena de muerte, sólo para que lo condenen a más años de cárcel. Este hombre tiene una gran inteligencia y es sumamente peligroso y, en mi opinión, presenta un importante riesgo de fuga. Mi deseo es que permanezca en un recinto de máxima seguridad en Nueva York.»

El presunto asesinato de Wisconsin lleva a la pregunta más apremiante sobre el caso: ¿a cuántas personas ha matado Martin Plunkett? Dado que las primeras sospechas acerca de él surgieron como resultado de investigaciones llevadas a cabo por el Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie, la pregunta se la están haciendo ahora agentes de policía de todo el país.

El inspector Thomas Dusenberry, jefe del Grupo Especial, a quien se debe la resolución de la cadena de homicidios perpretados por Anderson y Plunkett, considera que serán muchos más. «Yo diría que Plunkett ha matado a cuarenta personas, por lo menos, y que sus primeros asesinatos se remontan a 1974, en San Francisco. Creo que mató a George y Paula Kurzinski en Sharon, Pennsylvania, en 1982, un caso que estaba abierto, y que si se incluyen desapariciones no denunciadas, sus asesinatos pueden alcanzar el centenar. Cabe pensar que, una vez entre rejas y enterrado legalmente, carece de importancia el número exacto de personas que haya matado, pero sí la tiene. Por un lado, a los familiares de los desaparecidos les aliviaría su zozobra saber con exactitud qué ha sido de ellos; por otra parte, y más importante, si los homicidios que se atribuyen a Plunkett todavía están siendo objeto de una investigación activa, podremos cerrar los casos pendientes y ahorrar muchas horas de trabajo a los agentes. En el momento de la detención, Plunkett dio a entender que expondrá todos los hechos relativos a sus asesinatos. Sólo espero que lo haga pronto.»

Los departamentos de policía municipales de cuatro estados, por lo menos, están instruyendo investigaciones sobre Plunkett. Las autoridades de Aspen, Colorado, sospechan que fue autor de ocho asesinatos/desapariciones en 1975 y 1976, y las policías de Utah, Nevada y Kansas lo consideran sospechoso de entre quince y veinte asesinatos más en sus jurisdicciones.

La semana pasada, el inspector Dusenberry declaró: «He compartido los datos que poseo sobre Plunkett con todos los departamentos que lo han solicitado. Merecen conocer lo que tenemos. Pero los fiscales están presentando acusaciones con demasiada alegría y eso es ridículo. Sin una confesión de Plunkett, todo queda en el aire. No hay testigos, ni pruebas materiales. He hablado con los dos hombres a los que Plunkett vendió tarjetas de crédito de las víctimas hace años. No han podido hacer una identificación positiva basada en su aspecto actual. Todo es demasiado antiguo y demasiado vago y, en el fondo, está motivado por la indignación y por la ambición personal. Plunkett será juzgado en un estado sin pena de muerte y ningún juez de Nueva York permitirá que sea extraditado y ejecutado en otra parte, por mucho que lo merezca y por mucho que un puñado de fiscales voraces quieran ajustarle las cuentas.»

En cuanto al caso Anderson, el ex policía será juzgado esta semana en Wisconsin. Se ha declarado culpable en un acuerdo con el fiscal y se espera que reciba la sentencia máxima que permite la ley del estado: tres cadenas perpetuas consecutivas. Anderson ha reconocido haber violado y matado a mujeres en cuatro estados más (dos de ellos con pena de muerte), y los fiscales de Kentucky, Iowa, Carolina del Sur y Maryland están buscando resquicios legales que permitan procesarlo.

Anderson ha guardado silencio sobre sus crímenes y sobre su relación con Plunkett y, a través de su abogado, ha respondido con un «sin comentarios» al ser interrogado por agentes de policía y fiscales de distrito de otros estados. «Ellos tienen la palabra -ha dicho el inspector Dusenberry-. Si alguno de los dos quiere hablar, mucha gente, entre la que me incluyo, seremos todo oídos.»

Del Post de Milwaukee, 12 de febrero de 1984:

ANDERSON, CONDENADO A CADENA PERPETUA

Ross Anderson, el ex teniente de la Policía del Estado de Wisconsin que también ha resultado ser el asesino conocido como «el Matarife de Madison», fue declarado culpable de la violación y asesinato, en 1978-1979, de Gretchen Weymouth, Mary Coontz y Claire Kozol, en un breve juicio celebrado ayer ante el Tribunal de Distrito de Beloit. El juez Harold Hirsch condenó a Anderson, de 33 años, a tres cadenas perpetuas consecutivas sin posibilidad de libertad condicional, determinando que sea recluido en una institución que ofrezca «custodia protectora plena», término empleado para referirse a cárceles de alta seguridad que cuentan con instalaciones especiales para delincuentes de «alta visibilidad», como agentes de policía, famosos y figuras señaladas del crimen organizado, que podrían ser objeto de ataques si se los alojara entre los internos comunes.

Una vez pronunciado el veredicto, el fiscal de distrito de Beloit declaró ante la prensa: «Es una vergüenza. Tres chicas de Wisconsin están muertas mientras su asesino pasa el resto de su vida jugando a golf en una prisión privilegiada.»

Del artículo editorial del Milwaukee Journal, 3 de marzo de 1984:

¿EL SALARIO DEL ASESINATO?

Ross Anderson asesinó a siete personas. Su amigo Martin Plunkett asesinó a cuatro, por lo menos, y algunos policías que conocen el caso afirman sin vacilar que el número de sus víctimas asciende a unas cincuenta. Los dos individuos han tenido la fortuna de ser juzgados en estados que no contemplan la pena capital y son considerados criminales tan espantosos que no se les permite convivir con otros delincuentes, pues incluso los más endurecidos atracadores y traficantes se tomarían tan a mal su presencia en el patio de la prisión que su seguridad estaría en peligro.

Así pues, Ross Anderson, alias el Matarife de Madison y asesino de mujeres en cuatro estados, se halla recluido en una sección para presos bajo protección especial, donde levanta pesas, lee novelas de ciencia ficción y construye caras maquetas de aviones. El preso de la celda contigua es Salvatore DiStefano, el jefe de la mafia de Cleveland que cumple quince años por extorsión. Él y Anderson charlan de béisbol durante varias horas al día, hablando de celda a celda.

Martin Plunkett se encuentra en la prisión de Sing Sing, en Ossining, Nueva York. No habla con nadie, pero se rumorea que está pensando en escribir sus memorias. Mantiene correspondencia con varios agentes literarios de Nueva York, todos los cuales han mostrado interés en representar cualquier libro que escriba. También llegan ofertas de Hollywood: se rumorea que algunos estudios le han ofrecido hasta cincuenta mil dólares por una semblanza biográfica de veinte páginas. Cincuenta mil dólares divididos por cincuenta víctimas sale a mil dólares por cabeza.

Es una obscenidad.

Plunkett no podría quedarse el dinero, pues las leyes del estado de Nueva York prohíben que los delincuentes condenados obtengan beneficios económicos de la publicación, escrita o filmada, de sus crímenes. Sin embargo, no parece que sea esto lo que busque; desde su detención, ha manipulado brillantemente al estamento legal y a los medios para tenerlos esperando a que él contara su historia a su manera. Parece que eso es lo único que quiere y tanto a juristas bienintencionados como a voyeurs literarios se les cae la baba de expectación.

Todo ello es obsceno y contrario a los conceptos norteamericanos de justicia ciega y de castigo adecuado al delito. Todo ello es obsceno y subraya las perfidias de llevar la libertad de expresión al extremo. Es obsceno y apunta a la necesidad de que exista un Estatuto Nacional de la Pena de Muerte.

Del diario de Thomas Dusenberry:

13/6/84

Hace ya nueve meses que retiré de las calles a Anderson y Plunkett. He estado muy atareado trabajando -nuevos eslabones y cadenas-y tratando de reconstruir sus vidas. Del primero no he sacado nada y del segundo, todo lo que sale es malo.

Actualizando: Buckford fue el artífice de la acusación contra Plunkett. Elaboró una lista de testigos, a los que no hubo necesidad de recurrir debido a la declaración del reo, y estableció las estrategias de ataque del mediocre fiscal de distrito de Westchester. Se guarda un gran as en la manga por si otros estados emiten alguna vez órdenes de extradición: acusaciones por huida del estado que le garantizan, a él, mantenerse bajo los focos y a Plunkett, seguir a salvo de la silla eléctrica. Este hombre y sus maquinaciones me provocan sentimientos contradictorios. Él sabe, y yo también, que la pena capital no disuade de los crímenes violentos, y el aristócrata de Southampton que lleva dentro la considera vulgar. Bien, pero Buckford también es una promesa del partido Demócrata, se lleva entre manos una operación de gran alcance contra la extorsión que le dará popularidad, y procura mantener sus credenciales liberales impolutas para aspirar en algún momento a un escaño en el Seriado. A mí, y a otra media docena de agentes, nos ha dicho: «Estados Unidos oscila entre el calor y el frío, entre el yin y el yang, entre la izquierda y la derecha, y la próxima vez que se incline hacia la izquierda estaré preparado para saltar a la arena y aprovecharlo.»

Así pues, Ducky Buckford es un oportunista; yo también lo sería, si no estuviese tan deprimido. Después de la detención de Anderson y Plunkett, recibí un telegrama de felicitación del propio director del Buró. Calificaba mi labor de «magnífica» y terminaba con una pregunta: «¿Piensa continuar en el servicio activo hasta la edad máxima de jubilación?» En mi respuesta me mostré evasivo, aunque la pregunta era un ofrecimiento velado de una dirección adjunta y, tal vez, del mando de toda la División Criminal.

¿Y a qué vienen estos sentimientos contradictorios y esta depresión?

A que deseo ver muerto a Plunkett.

Anderson no me molesta como Plunkett; ¡si hasta se echó a llorar cuando le comuniqué que dos de sus primos habían sido asesinados! Plunkett, en cambio, no puede albergar tales sentimientos, ni ninguno que no sea su propia intransigencia. Parece como si me estuviera justificando, de modo que voy a hacerlo. No soy un hombre vengativo, ni de ideología ultraderechista, y sé distinguir entre la necesidad de justicia y la sed de venganza. No me atenaza ningún sentimiento de culpabilidad irracional por no haber puesto bajo vigilancia la casa de Croton, pues di crédito a Anderson cuando me dijo que no había visto a Plunkett desde 1979. Pese a ello, sigo queriendo que Plunkett muera. Lo quiero muerto porque nunca sentirá remordimiento, ni culpa, ni la menor pena o ambivalencia respecto al dolor que ha causado, y porque ahora se dispone a escribir su biografía, representado por un agente literario que le aportará documentos oficiales de la policía para ayudarle a contarla. Lo quiero muerto porque está explotando aquello en lo que más creo para dar satisfacción a su propio ego. Lo quiero muerto porque ahora ya no me pregunto por qué. Ahora, sencillamente, lo sé: el mal existe.

Un mes antes del juicio de Plunkett, Ducky Buckford y yo mantuvimos una charla con el director del Buró. Éste comentó que me veía muy agotado y me ordenó que me tomara unas vacaciones y viajara. Carol no podía acompañarme porque tenía clases, de modo que me marché solo. ¿Dónde estuve? En Janesville, Wisconsin, y en Los Ángeles, donde crecieron Anderson y Plunkett. ¿Qué descubrí? Nada, salvo que lo que es, es, y que el mal existe.

Hablé con unas cuarenta personas que los conocían. Siendo adolescente, Anderson obligaba a chicos de menor edad a practicar actos homosexuales; también torturaba animales. Plunkett merodeaba por el vecindario mirando por las ventanas. El traficante de marihuana al que Anderson mató en el cumplimiento del deber era un antiguo amigo suyo convertido en enemigo y estoy seguro de que lo hizo premeditadamente. La primera muerte de Plunkett tuvo lugar, casi con certeza, en 1974, en San Francisco: el DPSF lo interrogó tres días después de que un hombre y una mujer que vivían delante de su casa apareciesen asesinados a golpes de hacha. Revisando sus informes escolares, encontré al típico chico americano y al chico extraño de inteligencia superior, pero ninguna mención de nada parecido a un trauma significativo, de los que se arrastran toda la vicia. De regreso a casa, en el avión, me emborraché y brindé por la Iglesia holandesa reformada. El mal existe, preempaquetado desde el nacimiento, predestinado desde el útero. Si, como sugiere el doctor Seidman, Plunkett y Anderson son homosexuales sádicos, su mutua pasión no se basa en el amor, sino en el reconocimiento del mal por parte de un mal equivalente. Mamá, papá, reverendo Hilliker, Calvino, teníais razón. Por más que me pese, os la concedo.

Ya en casa, enseguida que llegué, hice algo que no había hecho en veinticuatro años de matrimonio. Inspeccioné los cajones de la cómoda de Carol. Descubrí que el diafragma no estaba en su caja y empecé a tirar cosas por todas partes. Cuando me serené un poco, volví a recogerlas y en ésas llegó Carol. No dijo una palabra y yo no le pregunté nada, y últimamente se ha mostrado tan cariñosa y atenta que todavía no puedo decirle nada. Es evidente que algo ha de pasar, pero temo que si doy el primer paso, nos llevemos una buena sorpresa.

Unas reflexiones finales sobre Plunkett:

A veces pienso que lo único bueno que ha salido de lo que ese monstruo me ha enseñado es mi decisión de continuar mirando al mal cara a cara. Si mi destino es convertirme en un típico policía de Homicidios implacable, sea. Si Plunkett ha sido un indicador de dirección, un villano preempaquetado que me mandaba Dios para impulsarme a seguir buscando asesinos, sea. Si todo eso es verdad, seré capaz de reconciliar mi propia faceta lógica y metódica con la parte mística y desilusionada para seguir adelante.

Lo único que no está a la altura de todo ello soy yo mismo. Tengo casi cincuenta años y no me considero con la energía necesaria para volverme frío, duro y motivado. Eso queda para los jóvenes… y para Plunkett.

27

15 de junio de 1984.

Estaba tumbado en el camastro cuando oí movimiento en el pasillo de delante de la celda. Pensé que se trataba de otro funcionario o de un administrador curioso por ver al asesino silencioso en carne y hueso y no aparté la vista del techo. Entonces olí a alcohol, miré hacia fuera y vi a Dusenberry agarrado a los barrotes.

– Háblame -ordenó.

Decidí no hacerlo. Había roto mi silencio durante la contratación de mi agente literario y había hablado con los administradores de Sing Sing presentes en el acto, pero el agente del FBI que me había capturado, borracho a las dos de la tarde, no merecía respuesta. Continué mirando al techo y pasando películas mentales de colores.

– ¿Le diste por culo a Anderson, o te dio él a ti?

Los remolinos que veía eran rosa pastel y beis.

– Seguramente lo segundo. Van a por ti, muchacho. Ronnie ha llenado el Tribunal Supremo de jueces despiadados. Colorado ha formado un equipo de los mejores abogados para que encuentren la manera de freírte el culo.

Ahora, el marrón oscuro y el rojo se fundían suavemente.

– Si te fríen, nunca llegarás a escribir el libro. Serás olvidado. El marrón y el rojo se convirtieron en azul y éste se volvió más intenso.

– ¡Mírame, hijo de puta!

Los colores seguían intensificándose y se separaban lentamente para regresar a los tonos originales, sólo que más bonitos.

– ¡No permitiré que me vuelvas como tú!

Más intensos, más tenues, más bonitos.

– ¡Hijo de puta! ¡Nunca, nunca! ¡No seré nunca una mierda como tú!

Mientras oía a los carceleros que se llevaban a Dusenberry, los colores se difuminaron, más bellos que nunca.

Del diario de Thomas Dusenberry:

19/6/84

Lo sucedido con Plunkett llegó a oídos del Director. Éste envió una reprimenda vía Ducky Buckford. «No permitas que vuelva a suceder nada parecido.» Ducky recomienda que me mantenga en segundo plano y algún resultado rápido y espectacular en el Grupo Especial, aunque haya de hurtarle el mérito a otro agente. Esto no puedo hacerlo, por supuesto; sería demasiado pragmático, al estilo Plunkett.

Anoche me encaré con Carol. Reconoció que tenía una aventura con uno de sus profesores. Fui capaz de mantener la calma hasta que empezó a racionalizar por qué había ocurrido. Tenía razones lógicas para todo y, cuando comenzó a enumerarlas, le pegué. Lloró y lloró y, al cabo de diez minutos, recuperó la lógica y la racionalidad y me dijo: «Tom, no podemos seguir así.»

Yo lo sabía antes incluso de que lo dijera.

Una buena noticia, si así puede decirse: ayer, Anthony Joseph Anzerhaus, el que arrancaba el cuero cabelludo a los niños, murió de un disparo cuando cruzaba la frontera mexicana para entrar en Tejas. Un agente de fronteras lo reconoció y fue a sacar la pistola. Al verlo, Anzerhaus metió la mano bajo el asiento y el agente, creyendo que escondía un arma, le disparó. No era un arma; era un oso panda de peluche. Anzerhaus murió acunándolo como un bebé.

Llamé a Jim Schwartzwalder, le di la noticia y se derrumbó; entonces se puso al teléfono Su esposa y repetí la historia. Cuando le pregunté por qué Jim se lo había tomado tan mal, me contestó: «No quieras saberlo.»

Tiene razón. No quiero saberlo.

Lo que sí quiero saber es si alguien honrado puede sacar provecho del punto muerto al que he llegado con Plunkett. En cuanto logre determinarlo, me olvidaré para siempre de ese maldito hijo de puta.

Del New York Times, 24 de junio de 1984:

EL JEFE DE LA INVESTIGACIÓN PLUNKETT-ANDERSON

ENCONTRADO MUERTO

CERCA DE SU CASA: ES UN SUICIDIO

Quantico, Virginia, 23 de junio:

El inspector Thomas Dusenberry, de 49 años, jefe que fue del Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie y agente responsable de las capturas de los asesinos múltiples Martin Plunkett y Ross Anderson, fue encontrado muerto ayer, en el bosque cercano a su casa de Quantico. En la mano derecha tenía un revólver del calibre 38 con un silenciador de tosca factura y una sola herida de bala en la cabeza. Los agentes que investigan el caso han encontrado una nota de suicidio, escrita de su puño y letra, en la mesa del comedor de su casa y la muerte ha sido oficialmente catalogada de «homicidio autoinfligido».

Los agentes del FBI expresaron su perplejidad ante la muerte de Dusenberry, pero no quisieron especular acerca de los motivos que lo llevaron a quitarse la vida. La policía de Quantico reveló que, junto con la nota de suicidio, había dos cheques de veinticinco mil dólares cada uno, extendidos a nombre de los hijos del inspector. Dusenberry había comentado a un colega, el agente especial James Schwartzwalder, que había vendido -por la cantidad que dejaba a sus hijos- un diario que escribía sobre el caso Plunkett al mismo agente literario que representa a Martin Plunkett en la venta de su autobiografía.

«Tom me habló del trato hace tres días -ha dicho el agente Schwartzwaler a los periodistas del Times-. Parecía feliz por ello. Yo no tenía ni idea de lo que estaba planeando.»

Dusenberry será enterrado tras un funeral que se celebrará en la capilla de la Iglesia holandesa reformada la próxima semana. Deja esposa, Carol, de 45 años, un hijo, Mark, de 22, y una hija, Susan, de 23.

28

Salvo este epílogo, mi relato está completo. Llevo catorce meses en Sing Sing; Dusenberry lleva nueve muerto. No se han cursado órdenes de extradición contra mí y en el mapa que adorna la pared de mi celda hay clavados sesenta y dos alfileres. Ayer cumplí treinta y siete años.

Milton Alpert está leyendo las primeras páginas de mi manuscrito en una celda enfrente de la mía, al otro lado del pasillo. Llevo una hora observándolo y parece asustado.

Ya se ha acabado. Estoy tan muerto e inanimado como esos alfileres de cabeza roja que adornan mi mapa. Al repasar estas cuatrocientas y pico páginas, veo que estuve, sucesivamente, asustado y enfurecido, que fui atrevido y cobarde, depravado y poseído de una nobleza de guerrero. Luché y huí y, cuando amé, mi emoción respondió a una voluntad de poder similar a la mía. Que él resultara débil y traidor carece de importancia; como todos los seres humanos, me uní a un amante bien parecido que llenó de gracia mis propios espacios en blanco, dejando partes de mi voluntad en suspiros y abrazos. Pero, a diferencia de la mayoría de los seres humanos, no permití que mi deseo me destruyera. Mis últimas muertes fueron por él, y por él estuve a punto de dejar con vida a mi última víctima, pero al final mi voluntad se mantuvo intacta. Poseí la experiencia, pero no pagué el precio final.

Otros lo pagaron por mí.

Al quitarles la vida, los conocí en los momentos más exquisitos de su existencia. Al acabar con ellos cuando eran jóvenes, ardientes y llenos de salud, asimilé una impetuosidad y un sexo que habrían languidecido de no haberlos usurpado para mi propio uso. Lo que hice fue en parte para acallar mis pesadillas y calmar mi rabia terrible, y en parte por la pura emoción y la sensación de poder de alto voltaje que me proporcionaba el asesinato. No puedo resumir mis impulsos con una perspectiva mayor que ésta.

Así, busca causa y efecto; participa de mi brillante recuerdo y de mi absoluta sinceridad y llega a la conclusión que quieras. Construye montañas de elipses y bastiones de lógica de interpretaciones de la verdad que te he dado. Y si he ganado tu credibilidad retratándome abiertamente, con fragilidades incluidas, créeme si te digo lo siguiente: he alcanzado puntos de poder y de lucidez que no pueden medirse por ningún parámetro lógico, místico o humano. Tal era la santidad de mi locura.

Ahora se acabó. No me someteré a la duración de mi sentencia. Completada esta despedida en sangre, mi tránsito en forma humana ha llegado a su punto culminante; subsistir más allá resulta inaceptable. Los científicos dicen que toda la materia se dispersa en una energía irreconocible pero penetrante. Me propongo averiguarlo volviéndome hacia adentro y cerrando mis sentidos hasta que implosione en un espacio más allá de toda ley, de toda carretera, de todo límite de velocidad. De alguna forma oscura, continuaré.

James Ellroy

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