/ / Language: Español / Genre:thriller

Jazz blanco

James Ellroy

Para el teniente David Klein, muertes, palizas y extorsiones sólo son gajes del oficio. Hasta que en otoño de 1958 los federales abren una investigación sobre la corrupción policial y el mismo Klein se convierte en el cetnro de todas las pesquisas y acusaciones. Sin embargo, aunque él haya contribuido a crear ese mundo monstruoso, poblado por la codicia y la ambición, está dispuesto a salir vivo de él a cualquier precio.

James Ellroy

Jazz blanco

A Helen Knode

A la larga poseo el lugar en que he nacido

y estoy poseído por su lenguaje.

Ross MacDonald

Lo único que tengo es la voluntad de recordar. Tiempo cancelado/sueños febriles: despierto inquieto, temeroso de olvidar. Los retratos mantienen joven a la mujer.

Los Angeles, otoño de 1958.

Hojas de periódico: una los puntos. Nombres, hechos: tan brutales que suplican ser relacionados. Pasan los años; la historia sigue dispersa. Los nombres están muertos o son demasiado culpables para contar nada.

Estoy viejo y temo olvidar.

Maté hombres inocentes.

Traicioné juramentos sagrados.

Saqué provecho del horror.

Fiebre. En esa ocasión, ardiente. Quiero ir con la música: girar, caer con ella.

L.A. Herald-Express, 17/10/58:

AVANZA LA INVESTIGACIÓN SOBRE EL BOXEO;

LOS TESTIGOS DECLARARÁN ANTE EL GRAN

JURADO FEDERAL

Un portavoz de la Fiscalía de Los Angeles anunció ayer que los agentes federales están investigando los círculos pugilísticos de Southland «infiltrados por el hampa», para obtener autos de acusación por parte del Gran Jurado.

El fiscal Welles Noonan, ex consejero del Comité McClellan sobre el fraude organizado, declaró que los investigadores del departamento de Justicia interrogarán próximamente al pintoresco Mickey Cohen, «miembro destacado del hampa de Los Angeles», respecto a ciertas informaciones suministradas por comunicantes anónimos. Se rumorea que Cohen, quien salió de la cárcel hace trece meses, ha propuesto infracciones de contrato a diversos pugilistas locales. En la actualidad, están siendo interrogados Reuben Ruiz, boxeador del peso gallo y atracción habitual del Olympic Auditorium, y Sanderline Johnson, ex peso mosca que trabaja actualmente como croupier en un garito de póquer de Gardena. Una nota de prensa del departamento de Justicia afirma que Ruiz y Johnson son «testigos favorables». En un aparte privado con el reportero del Herald, John Eisler, el fiscal Noonan declaró: «La investigación se encuentra aún en pañales, pero tenemos grandes esperanzas de que resulte fructífera. El fraude en el boxeo no es más que eso: fraude organizado. Sus tentáculos cancerosos están relacionados con otras ramas del crimen organizado y si, gracias a esta investigación, conseguimos que el Gran Jurado federal dicte autos de acusación, tal vez se aprecie la conveniencia de una investigación general sobre la delincuencia en el sur de California. El testigo Johnson ha asegurado a mis investigadores que los amaños en el ring no son la única información incriminatoria de la que tiene conocimiento, así que tal vez podamos partir de ahí. Sin embargo, de momento, todo nuestro esfuerzo se centra en el boxeo.»

Insinuaciones de oportunismo político

La noticia de la investigación sobre el mundo del cuadrilátero ha sido recibida con cierto escepticismo. «Lo creeré cuando el Gran Jurado haya librado los autos de acusación, -ha declarado William F. Degnan, ex agente del FBI y actualmente jubilado en Santa Mónica-. Contar con dos testigos no significa que la investigación vaya a tener éxito. Además, desconfío de todo lo que aparece en la prensa; este asunto huele a búsqueda de publicidad.»

La opinión del señor Degnan es compartida por una fuente de la Fiscalía de Distrito de Los Angeles. Interrogado sobre la investigación, un fiscal que desea permanecer en el anonimato afirmó: «Esto es pura y simple política. Noonan es amigo de John Kennedy (senador por Massachusetts y posible futuro presidente), y he oído que va a presentarse para Fiscal General de California en 1960. Esta investigación tiene que servirle de carburante para esa carrera, pues es probable que el candidato republicano para el cargo sea Bob Gallaudet (responsable interino de la Fiscalía de Distrito de Los Ángeles, para la cual se espera que resulte elegido dentro de diez días para un periodo completo). En efecto, una investigación federal es un reconocimiento implícito de que la policía y los fiscales locales no son capaces de controlar la delincuencia en su jurisdicción. Yo calificaría este asunto de Noonan y su Gran Jurado de maniobra de oportunismo político.»

El fiscal Noonan, de 40 años, rehusó hacer comentarios sobre estas declaraciones, pero un aliado inesperado le ha defendido con cierto vigor. Morton Diskant, abogado de las libertades civiles y candidato demócrata a la Concejalía del Distrito Quinto, ha declarado a este redactor: «Desconfío de la capacidad del departamento de Policía de Los Angeles para mantener el orden sin infringir los derechos civiles de los ciudadanos. Por las mismas razones, desconfío de la Fiscalía de Distrito de Los Angeles. Y desconfío especialmente de Robert Gallaudet, sobre todo por su apoyo a mi oponente, Thomas Bethune (concejal por el Distrito Quinto, republicano). La actitud de Gallaudet en el tema de Chavez Ravine es inmoral. Se propone expulsar de sus casas a los latinoamericanos pobres para hacer sitio a un nuevo estadio para los Dodgers, una frivolidad que considero criminal. Welles Noonan, en cambio, ha demostrado ser un decidido defensor de la ley y un amigo de los derechos civiles. El boxeo es una actividad sucia que convierte a seres humanos en vegetales ambulantes. Aplaudo a Noonan por haber tomado la iniciativa de combatirlo.»

Testigos bajo custodia

El fiscal Noonan ha respondido a la declaración de Diskant: «Aprecio su apoyo, pero no deseo comentarios políticos partidistas que difuminen el tema. Y el tema es el boxeo y el mejor modo de cortar sus relaciones con el crimen organizado. La Fiscalía no pretende suplantar la autoridad del departamento de Policía de Los Ángeles, ridiculizarla o debilitarla.»

Mientras tanto, la investigación continúa. Los testigos, Ruiz y Johnson, se encuentran bajo custodia en un céntrico hotel, protegidos por agentes federales con quienes colaboran el teniente David Klein y el sargento George Stemmons, Jr., del departamento de Policía de Los Angeles.

«Cabalgata de Hollywood», sección de la revista Hush-Hush [1], 28/10/58:

El misántropo Mickey se reforma, pierde comba y cae en picado desde la libertad condicional

Enteraos, amantes del jazz: Meyer Harris Cohen, el maravilloso, benévolo, malévolo Mickster, lleva fuera de la custodia federal desde septiembre del año pasado, tras cumplir una sentencia de tres a cinco años por evasión de impuestos; su heterogénea banda se disgregó y la vida del antiguo jefe ha sido desde entonces una continua serie de patinazos a lo largo de la ciudad de Los Ángeles Caídos, la ciudad que un día él dominó a base de balas, sobornos y fingida afabilidad. Enteraos bien, queridos, y oled la goma quemada de esos patinazos: confidencialmente, en total secreto y muy Hush-Hush.

Abril de 1958: Johnny Stompanato, antiguo secuaz de Cohen, es apuñalado por la hija de Lana Turner, una catorceañera precoz que debería haber estado probándose vestidos para el baile de fin de curso en lugar de acechar la puerta de la alcoba de su madre con un cuchillo en la mano. Una lástima, Mickster: Johnny fue tu principal guardaespaldas entre 1949 y 1951, más o menos, y tal vez podría haberte ayudado a frenar tu declive en barrena tras el paso por la cárcel. ¡Ay, muchacho!, está claro que no deberías haber vendido las sensacionales y escandalosas cartas de amor de Lana a Johnny (se dice que allanaste el nido de amor de tu «percusionista» en Benedict Canyon mientras Johnny aún estaba en la ambulancia camino de la ciudad).

Más noticias de Mickster en centelleante exclusiva:

Bajo la atenta mirada del oficial encargado de vigilar su libertad condicional, Mickey ha hecho varios intentos de enderezarse y sentar cabeza. Primero adquirió una heladería, que no tardó en convertirse en centro de reunión de delincuentes, pero tuvo que cerrar el negocio cuando los padres dejaron de llevar a sus hijos al local. Luego, financió su propia actuación en un club nocturno, un número sonámbulo en el club Largo. Ciudad de los Bostezos: chistes malos sobre Ike y su dominio del golf, bromas acerca de Lana T. y Johnny S. con insistentes referencias a «Oscar», el apéndice del matón del tamaño de la estatuilla de la Academia. Y luego -ciudad de la Desesperación-, ¡¡¡Mickster abrazando a Jesucristo durante la Cruzada de Billy Graham en el Coliseum de Los Ángeles!!! ¡El jeta de Mickey renunciando a su herencia judía como maniobra de relaciones públicas! ¡Qué vergüenza, Mickey, qué vergüenza!

Y, ahora, la trama se ensombrece.

Asunto:

Agentes federales se disponen a regañar a Mickey por la violación de contrato de varios boxeadores locales.

Asunto:

Cuatro de los muchachos de la banda -Carmine Ramandelli, Nathan Palevsky, Morris Jahelka y Antoine «el Pez» Guerif- han desaparecido misteriosamente, se supone que raptados por persona o personas desconocidas, pero Mickey, normalmente tan locuaz, mantiene la boca cerrada al respecto (cosa muy extraña, queridos).

Llegan rumores de los bajos fondos: dos pistoleros supervivientes de la banda de Cohen (Chick Vecchio y su hermano Salvatore, «Touch», un actor fracasado de quien se dice que es muy mariposón) proyectan organizar sus actividades sin el control de Mickey. Hay que volver a empezar desde abajo, Mickster: hemos oído que tu única fuente de ingresos son las máquinas expendedoras del Southside -cigarrillos, gomas, fotos porno- y las tragaperras instaladas en las trastiendas llenas de humo de los clubes de jazz de los barrios bajos. De nuevo, qué vergüenza, Mickey. ¡Explotar a los negros! ¡Tener que ir recogiendo monedas, tú que un día dirigiste el fraude organizado en Los Ángeles con una energía y una violencia sobrecogedoras!

¿Os hacéis una idea, gatitos y gatitas? Mickey Cohen está en la ciudad y necesita pasta, guita, el viejo parné. Lo cual explica nuestra próxima confidencia, un rumor de lo más fenomenal que revelamos aquí en absoluta y frenética primicia.

Ahí va:

¡Ahora, Meyer Harris Cohen se ha metido en el negocio del cine!

Aproximación a C.B. DeMille: el fabuloso, benévolo, malévolo Mickster financia actualmente, bajo mano, una película de horror de bajo presupuesto que se rueda estos días en Griffith Park. Mickey ha ahorrado las monedas extraídas a los negros y ahora es socio de Variety International Pictures en la producción de El ataque del vampiro atómico. ¡Es sensacional, es antisindical, es un fiasco de proporciones épicas!

Más novedades:

Siempre tacaño y pendiente de reducir gastos, Mickey ha colocado en un papel fundamental de la película a «Touch» Vecchio, el guapito de la acera de enfrente… Y ahora el tal Vecchio está colado, coladísimo, por el astro de la producción, Rock Rockwell, ese seductor blandengue. Juergas «homo» fuera de cámara! ¡La primera noticia os la hemos dado aquí!

Ultimo cotilleo:

Entra en escena Howard Hughes, el magnate «míster aviones y máquinas herramienta», acosador lascivo de bellezas de Hollywood. Antiguo dueño de los estudios R.K.O., en la actualidad es un productor independiente conocido por tener a un montón de chicas extraordinariamente bien «dotadas» bajo «contratos de servicios personales», léase pequeños papeles a cambio de frecuentes visitas nocturnas. Un rumor: hemos oído que la protagonista de la película de Mickey mandó al magnate sobatetas a tomar viento de sus propias hélices. Por lo visto, rompió uno de esos contratos de Hughes y acabó sirviendo comidas por las ventanillas de los coches hasta que Mickey se materializó en el autorrestaurante Scrivner's muriéndose por un chocolate malteado.

¿Te ha impresionado la chica, Mickster?

Y a ti, Howard, ¿te ha dejado roto el corazón?

«La cabalgata de Hollywood» cambia ahora de tema con una carta abierta al LAPD, Departamento de Policía de Los Angeles:

Querido LAPD:

Recientemente, tres indigentes alcohólicos han sido encontrados en casas abandonadas de la zona de Hollywood, estrangulados y mutilados. Muy confidencial (como siempre en Hush-Hush): hemos oído que el asesino, aún en libertad, les rajó la tráquea después de matarlos, empleando una fuerza extraordinaria. La prensa ha prestado escasa atención a estas muertes atroces; sólo el sensacionalista L. A. Mirror parece preocupado de que tres ciudadanos de Los Angeles hayan tenido un final tan desagradable y asqueroso. La sección de Homicidios del LAPD no ha recibido orden de investigar y sólo se ocupan del caso dos detectives de la sección de Hollywood. Jazzeros y jazzeras míos, es el pedigrí de las víctimas lo que determina la intensidad de la investigación. Y si tres ciudadanos de poca monta han sido estrangulados por un psicópata rompecuellos, el jefe de Detectives del LAPD, Edmund J. Exley, no va a perder el tiempo organizando una investigación a gran escala. A menudo es preciso dar con un nombre pegadizo para que el público tome conciencia de algún oscuro asunto criminal y exija justicia. Por ello, Hush-Hush bautiza aquí a ese asesino anónimo «el Diablo de la Botella», y eleva su exigencia al LAPD para que le encuentre y le consiga una cita en firme con la sala verde de San Quintín. Allí cocinan con gas y este asesino merece una cocina de cuatro quemadores.

Estad atentos a futuras novedades sobre el Diablo de la Botella y recordad que la primera noticia que tuvisteis acerca del asunto la leísteis aquí: confidencialmente, en total secreto y muy Hush-Hush.

I UNA VIDA CONVENCIONAL

***

1

El trabajo: una redada en una casa de apuestas, dejar que se inmiscuya la prensa: un poco de tinta para competir con la investigación del boxeo.

Un marica que sudaba una denuncia por sodomía se chivó: catorce teléfonos, un telégrafo. La nota de Exley decía: utilizar alguna fuerza, exprimir a los testigos del hotel más tarde; descubrir qué habían planeado los federales.

En persona: «Si las cosas se tuercen, no permita que los reporteros tomen fotos. Es usted abogado, teniente. Recuerde que a Bob Gallaudet los casos le gustan claros.»

Odio a Exley.

Exley cree que compré el título de Derecho con dinero de sobornos. Le pedí cuatro hombres, armas, y a Junior Stemmons de segundo.

Exley: «Chaqueta y corbata; esto saldrá en televisión. Y nada de balas perdidas: recuerde que trabaja para mí, no para Mickey Cohen.»

Algún día le meteré una lista de sobornos por la garganta.

Junior preparó el asunto. Perfecto: una calle del barrio negro, acordonada; agentes de uniforme guardando el callejón. Periodistas, coches patrulla, cuatro hombres con chaqueta y corbata empuñando hierros del calibre doce.

El sargento George Stemmons, Jr., dando unas rápidas chupadas al cigarrillo.

Alboroto: reunión de holgazanes desocupados, vigilantes ojos de vudú. Mis ojos en el objetivo -cortinas cerradas, el camino de la casa lleno de coches- calculan que hay un buen puñado de gente haciendo apuestas en el interior. Una choza inexpugnable; con la puerta de plancha de acero, supongo.

Lancé un silbido; Junior se acercó, guardando el arma.

– Tenla en la mano, puedes necesitarla.

– No, tengo un rifle antidisturbios en el coche. Echamos abajo la puerta y…

– No echamos abajo la puerta. Está blindada. Si empezamos a llamar, quemarán los boletos. ¿Todavía cazas aves?

– Desde luego. Dave, ¿qué…?

– ¿Tienes munición en el coche? ¿Algún cartucho de perdigones?

Junior sonrió:

– La ventana grande. Disparo, la cortina recibe los balines y entramos.

– Exacto. Ve a decírselo a los demás. Y diles a esos payasos de las cámaras que lo filmen, con los saludos del jefe Exley.

Junior volvió atrás a toda prisa, extrajo las balas del rifle, cargó las postas. Cámaras a punto; silbidos y aplausos de los ociosos, entre trago y trago.

Manos en alto, cuenta atrás…

Ocho: Junior corre la voz.

Seis: los hombres, colocados.

Tres: Junior apunta a la ventana.

Uno: «¡Ahora!»

El vidrio estalló ka-BUM, fuerte fuerte fuerte; el retroceso derribó al suelo a Junior. Los agentes, demasiado aturdidos para gritar «¡DIANA!».

La cortina de la ventana, hecha jirones.

Gritos.

Carreras. Salto el alféizar. Caos: salpicaduras de sangre, confeti de boletos de apuestas y billetes de banco. Mesas de teléfono derribadas, una estampida: peleas de apostadores en la salida de atrás.

Un negro tosiendo cristal.

Un pachuco sin varios dedos.

Munición equivocada Stemmons:

– ¡Policía! ¡Quieto todo el mundo o disparamos!

Le agarro, le grito:

– Ha sido un maldito altercado criminal. Nos han disparado desde el interior. Hemos hecho el asalto por la ventana porque calculamos que la puerta no cedería. Sé simpático con los de la prensa y diles que les debo una. Reúne a los hombres y asegúrate bien de que aprenden la lección. ¿Entendido?

Junior se desasió de una sacudida. Golpes y pateos: agentes de paisano irrumpiendo por la ventana. Ruidos para la coartada: saqué mi arma de reserva, dos tiros al techo. Limpié la pistola: Pruebas.

Arrojé el arma a un rincón. Más caos: los sospechosos, en el suelo a patadas, boca abajo, esposados.

Gemidos, gritos, casquillos de bala/hedor a sangre.

«Descubrí» el arma. Los reporteros irrumpieron en la casa; Junior les echó un sermón: Fuera, largaos al porche a tomar el aire.

– Me debes mil cien, consejero.

Reconozco la voz: Jack Woods. Oficios diversos: corredor de apuestas/guardaespaldas/intermediario de sobornos.

Me acerqué a él.

– ¿Has visto el espectáculo?

– Llegaba en este momento. Y deberías atar más corto a ese Stemmons.

– Su papá es inspector. Yo soy el mentor del chico, por encargo del capitán. ¿Tenías alguna apuesta pendiente?

– Exacto.

– ¿Qué haces por los barrios bajos?

– Yo también estoy en el negocio, de modo que vengo a negociar las apuestas con mi clientela. Dave, me debes mil cien.

– ¿Cómo sabes que has ganado?

– La carrera estaba amañada.

Alboroto: periodistas, vecinos.

– Los sacaré de la caja fuerte de las pruebas.

– C'est la guerre. Por cierto, ¿qué tal tu hermana?

– Meg está bien.

– Salúdala de mi parte.

Sirenas: coches patrulla en blanco y negro frenando ante la casa.

– Jack, lárgate de aquí.

– Me alegro de haberte visto, Dave.

Comisaría de Newton Street: Fichar a los detenidos.

Comprobaciones de informes: nueve órdenes de detención pendientes en total. El tipo de los dedos amputados resultó una delicia: violación, agresión, estafa. Pálido de conmoción, quizá muñéndose. Un enfermero le dio café y aspirinas.

Anoté en el registro de pruebas la pistola, los boletos de apuestas y el dinero, menos los mil cien de Jack Woods. Junior, relaciones con la prensa: el teniente te debe una historia.

Dos horas de un trabajo que es pura basura.

4.30; de vuelta en el despacho. Mensajes pendientes: Meg, para decir que se pasaría por allí; Welles Noonan, para recordarme el turno de vigilancia, a las seis en punto. Y Exley: «Informe con detalle.» Detalles. Mecanografiarlos. Más basura:

Naomi Avenue, 4701; 14.00 horas. Cuando nos disponíamos a irrumpir en un local de apuestas ilegales, el sargento George Stemmons, Jr., y yo oímos unos disparos procedentes del interior. No informamos a los demás agentes por temor a sembrar el pánico. Ordené disparar una andanada contra la ventana delantera; el sargento Stemmons despistó a los demás con una historia inventada sobre un «asalto a perdigonadas». En el registro apareció un revólver del 38. Detuvimos a seis apostadores. Los sospechosos han sido fichados en la comisaría de Newton Street. Los heridos han recibido los primeros cuidados precisos y tratamiento hospitalario. La comprobación de antecedentes ha revelado que los seis tienen pendientes numerosas órdenes de detención, por lo que serán enviados a la prevención de la Audiencia para comparecer ante el tribunal bajo la acusación de violar los artículos 614.5 y 859.3 del Código Penal de California. A continuación, los seis hombres serán interrogados acerca de los disparos efectuados y sobre sus relaciones con las apuestas ilegales. Me ocuparé de los interrogatorios yo mismo, pues, como jefe de la sección, debo garantizar personalmente la veracidad de todas las declaraciones realizadas. La cobertura del suceso por parte de la prensa será mínima; los reporteros presentes en el lugar no estaban preparados para la rapidez con que se desarrollaron los hechos.

Firmado: teniente David D. Klein, Placa 1091, oficial responsable, Subdirección Administrativa.

Copias a: Junior, jefe Exley.

El teléfono…

– Subdirección Administrativa, Klein.

– ¿Dave? ¿Tienes un momento para un viejo ex convicto?

– ¡Mickey! ¡Cielo santo!

– Ya sé, debería haberte llamado a casa. Esto… Dave… ¿puedo pedirte un favor de parte de Sam G.?

G. de Giancana.

– Supongo que sí. ¿De qué se trata?

– ¿Conoces a ese croupier que tenéis bajo protección?

– Sí.

– Bueno…, el radiador de su dormitorio está suelto.

2

Reuben Ruiz, el boxeador:

– Esto es de puta madre. Podría acostumbrarme a esta vida.

El hotel Embassy: salita, dormitorios, televisión. Noveno piso, servicio completo en la suite: comida y bebida.

Ruiz, nervioso y medio trompa, se arrea tanganazos de whisky. Sanderline Johnson mira dibujos animados con la mandíbula colgando.

Junior, hace prácticas de desenfundar el arma con rapidez.

Tal vez un poco de conversación, me digo.

– ¡Eh, Reuben!

– ¡Eh, teniente! -responde, amagando unos directos.

– Oye, Reuben. ¿Mickey intentó violar tu contrato?

– Lo que hizo fue sugerirle a mi representante con… con mucha insistencia, ¿entiende a qué me refiero?, que le cediera el contrato. Envió a los hermanos Vecchio para que hablaran con él y luego se achantó cuando Luis les dijo, «Eh, largaos porque no voy a firmar ningún traspaso». ¿Quiere saber mi opinión? Creo que Mickey ya no tiene huevos para andar dando mamporros.

– Pero tú tienes cojones [2] para andar de soplón.

Directos, ganchos.

– Tengo un hermano desertor del ejército, quizá perseguido ya por los federales. Dentro de poco tengo tres peleas en el Olympic y Welles Noonan me las puede joder a citaciones. Mi familia es lo que se dice una larga estirpe de ladrones, lo que se dice propensa a los problemas, de modo que me gusta hacer amigos entre lo que se podría llamar la comunidad de servidores de la ley.

– ¿Te parece que Noonan tiene algo sólido contra Mickey?

– No, teniente, me parece que no.

– Llámame Dave.

– Le llamaré teniente. Ya tengo suficientes amigos entre la comunidad de servidores de la ley.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, Noonan y su colega del FBI, Shipstad. ¿Eh, conoce a Johnny Duhamel, «el Escolar»?

– Claro. Estuvo en los «Guantes de Oro», pasó a profesional y se retiró enseguida.

– Si pierdes el primer combate profesional, es mejor que te retires. Así se lo dije, porque Johnny y yo somos viejos amigos, y ahora Johnny es el «agente» Johnny Duhamel, «el Escolar», del jodido LAPD, en la intocable Brigada Antibandas, nada menos. Y es muy amigo del… ¿cómo le llamáis?, legendario capitán Dudley Smith. Así que basta ya de joder…

– Ruiz, cuida ese vocabulario.

Junior, enojado. Johnson, embobado ante el televisor: el ratón Mickey huyendo del pato Donald. Junior bajó el volumen.

– Conocí a Johnny Duhamel cuando estuve de instructor en la Academia. Le tenía en mi clase de recogida de pruebas y era un estudiante condenadamente bueno. No me gusta que los criminales confraternicen con los policías, ¿comprende, pendejo?

– Pendejo, ¿eh? Bien, yo seré el estúpido, pero tú eres un vaquero de pacotilla, jugando con la pistola como ese ratón marica de la jodida televisión.

Un tirón de la corbata, una seña a Junior: QUIETO AHÍ.

Junior se inmovilizó… jugueteando con la pistola. Ruiz:

– Siempre puedo utilizar a otro amigo, «Dave». ¿Hay algo que quiera saber?

Subí el volumen del televisor. Johnson miraba, extasiado: Daisy vampirizando al pato Donald. Ruiz:

– Eh, «Dave». ¿Se ha traído a este tipo para sonsacarme?

Me arrimé a él, para hablar casi en privado:

– Si quieres hacer otro amigo, suelta información. ¿Qué tiene Noonan?

– Tiene lo que uno llamaría aspiraciones.

– Eso ya lo sé. Más.

– Bien…, he oído hablar a Shipstad con ese otro tipo del FBI. Decían que Noonan quizá teme que la investigación sobre el boxeo sea demasiado limitada. En cualquier caso, ya está dándole vueltas en la cabeza a ese plan complementario.

– ¿Y?

– Y se trata de una especie de redada general contra las bandas de Los Angeles, sobre todo en el Southside. Drogas, tragaperras… ya sabe, máquinas expendedoras ilegales y mierdas por el estilo. Oí a Shipstad decir algo de que el LAPD no investiga los homicidios de negros a manos de otros negros, y como todo esto se reduce a que Noonan consiga dejar en mal lugar al nuevo fiscal del Distrito…, ¿cómo se llama?

– Bob Gallaudet.

– Exacto, Bob Gallaudet. En fin, se trata de hacerle quedar mal para que Noonan pueda disputarle el cargo en las próximas elecciones.

El barrio negro, el negocio de las tragaperras: el último asunto que Mickey C. tenía entre manos.

– ¿Qué hay de Johnson?

Risitas.

– Vaya con el mulato cabeza de serrín. Quién diría que tiene un historial de cuarenta y tres, cero y dos, ¿verdad?

– Vamos, Reuben, habla.

– Está bien, reconozco que no le falta mucho para ser un idiota profundo, pero tiene una memoria asombrosa. Es capaz de memorizar barajas enteras, de modo que unos tipos bien situados le dieron un empleo en el Lucky Nugget, en Gardena. También es capaz de memorizar conversaciones, y algunos clientes no eran lo que se dice muy discretos en su presencia. He oído que Noonan quiere hacerle exhibir esos trucos de memoria en el estrado y…

– Me hago una idea.

– Bien. Yo abandono mis actividades conflictivas, pero sigo teniendo una familia propensa a meterse en problemas. No debería haberle contado lo que he hecho pero, como es usted amigo mío, estoy seguro de que no va a llegar a oídos de los federales, ¿verdad, «Dave»?

– De acuerdo. Ahora, termina la cena y descansa un poco, ¿vale?

Medianoche. Luces apagadas. Yo me encargué de Johnson; Junior, de Ruiz. Lo propuse yo.

Johnson leía en la cama: El poder secreto de Dios puede ser tuyo. Acerqué una silla y observé sus labios: Sigue el camino interior hacia Cristo, combate la conspiración judeo-comunista que intenta desnaturalizar la América Cristiana. Envía tu contribución al apartado de Correos bla, bla, bla.

– Sanderline, permíteme una pregunta.

– ¿Uh? Sí, señor.

– ¿Tú crees lo que dice ese folleto?

– ¿Uh? Sí, señor. Aquí pone que una mujer que resucitó dice que Jesucristo garantiza a todos los contribuyentes de la categoría de oro un coche nuevo cada año en el cielo.

HOSTIA SANTA.

– Sanderline, ¿verdad que te sacudieron un poco en tus dos últimas peleas?

– ¿Uh? No. El árbitro detuvo el combate con Bobby Calderón por heridas y perdí en decisión dividida frente a Ramón Sánchez. Señor, ¿cree usted que el señor Noonan nos traerá un almuerzo caliente al gran jurado?

Saco las esposas.

– Póntelas mientras echo una meada.

Johnson, levantado de la cama; bosteza, se despereza. Compruebo el radiador: tubos gruesos, resistentes.

La ventana, abierta; nueve pisos de altura; el mestizo zumbado y su sonrisa grotesca.

– Señor, ¿qué coche cree usted que debe conducir Él, allá arriba?

Le estrellé la cabeza contra la pared y lo arrojé por la ventana, gritando.

3

Homicidios declaró suicidio, caso cerrado.

La Fiscalía del Distrito: probable suicidio.

Confirmación -Junior, Ruiz-: Sanderline Johnson, chiflado.

Declaración:

Le vi leer, dormirse, despertar. Johnson proclamó que podía volar. Y saltó por la ventana sin darme tiempo ni a expresar mi incredulidad.

Preguntas: Federales, LAPD, hombres de la Fiscalía del Distrito. Hechos: Johnson se estrelló sobre un De Soto aparcado, muerte instantánea, ningún testigo. Bob Gallaudet parecía complacido: un tropiezo en el camino de un rival político. Ed Exley: mañana por la mañana, en mi despacho a las diez en punto.

Welles Noonan: vergüenza de policía incompetente, triste parodia de abogado. Suspicaz; mi antiguo apodo: «el Contundente».

Ninguna mención del 187 CP: homicidio culposo.

Ninguna mención de investigaciones externas.

Ninguna mención de acusaciones interdepartamentales.

Me fui a casa, tomé una ducha y me cambié. Ningún periodista rondando, todavía. Al centro, un vestido para Meg; lo hago cada vez que mato a un hombre.

Diez en punto de la mañana.

Esperando: Exley, Gallaudet, Walt Van Meter (el jefe de la sección de Información). Café, pastas… Mierda.

Tomo asiento. Exley:

– Teniente, ya conoce al señor Gallaudet y al capitán Van Meter.

Gallaudet, todo sonrisas:

– Nos hemos llamado «Bob» y «Dave» desde la facultad de Derecho y no voy a fingir la menor indignación por lo sucedido anoche. ¿Has visto el Mirror, Dave?

– No.

– «Caída mortal de un testigo federal», con un antetítulo: «Declarada suicidio: "¡Aleluya, puedo volar!"» ¿Te gusta?

– Es una mierda.

Exley, frío:

– El teniente y yo discutiremos eso más tarde. En cierto sentido, está relacionado con lo que nos ha traído aquí, de modo que vamos a ello.

– Una intriga política. -Bob Gallaudet tomó un sorbo de café-. Cuéntaselo, Walt.

– Bien… -Van Meter carraspeó-. Investigación ha hecho algunas operaciones políticas anteriormente y ahora tenemos el ojo puesto en otro objetivo, un abogado rojillo que tiene por costumbre criticar al departamento y al señor Gallaudet.

Exley:

– Continúa.

– Bien. La próxima semana, el señor Gallaudet debería ser elegido para un periodo normal. Es un ex policía y habla nuestro idioma. Tiene el apoyo del departamento y de parte del Consejo Municipal, pero…

Bob le interrumpió.

– Morton Diskant. Está igualado con Tom Bethune para la concejalía del Distrito Quinto y lleva semanas metiéndose conmigo. Ya sabes: que si sólo he sido fiscal durante cinco años, que si me aproveché fraudulentamente cuando Ellis Loew dimitió de la Fiscalía del Distrito. He oído que tiene amistad con Welles Noonan, quien podría estar en mi carnet de baile el año sesenta. Y Bethune es de los nuestros. Están muy a la par. Diskant anda diciendo que Bethune y yo somos unos derechistas cerriles, y el distrito tiene un veinticinco por ciento de negros, muchos de ellos registrados como votantes. Sigue desde ahí.

Van Meter tomó de nuevo la palabra.

– Diskant ha estado agitando el asunto de Chavez Ravine; algo así como «Votadme para que vuestros hermanos mexicanos no sean expulsados de su barrio de chabolas para dejar sitio a un estadio de béisbol para las clases acomodadas». El Consejo está cinco a cuatro a favor nuestro y tomará una decisión definitiva hacia noviembre, después de la elección. Bethune ocupa el cargo interinamente, como Bob, y si pierde tiene que dejarlo antes de que se tome la decisión. Si Diskant consigue el puesto, hay empate. Y todos nosotros somos hombres blancos civilizados que sabemos que los Dodgers son buenos para los negocios, de modo que manos a la obra.

Exley, sonriente:

– Conocí a Bob en el cincuenta y tres, cuando era sargento en la oficina de la Fiscalía. Aquel mismo día, dejó la abogacía y se registró como republicano. Ahora, los popes nos dicen que sólo le tendremos dos años como fiscal del Distrito. En el sesenta, Fiscal General; ¿qué vendrá luego? ¿Te quedarás en gobernador?

Un coro de risas. Van Meter:

– Yo conocí a Bob cuando él era patrullero y yo, sargento. Ahora somos «Walt» y «señor Gallaudet».

– Sigo siendo «Bob». Y tú solías llamarme «hijo».

– Volveré a hacerlo, Robert. Si retiras tu apoyo al juego en el distrito.

Una broma estúpida: el legislativo del estado no aprobaría la ley. Cartas, tragaperras y apuestas, confinadas a ciertas zonas y gravadas con muchos impuestos. Los policías estaban en contra; Gallaudet aprovechaba el tema para conseguir votos.

– Cambiará de idea. Es un político.

No hubo risas. Bob carraspeó, incómodo.

– Parece que la investigación sobre el boxeo está acabada. Con Johnson muerto, no tienen ningún testigo que pueda confirmar nada y tengo la impresión de que Noonan sólo utilizaba a Reuben Ruiz porque su nombre suena. ¿No estás de acuerdo, Dave?

– Sí, Reuben es una celebridad local que despierta simpatías. Al parecer, Mickey C. cometió la torpeza de intentar apoderarse de su contrato, de modo que Noonan, probablemente, se proponía utilizar a Mickey y aprovecharse de su popularidad.

Exley, entrando a cuchillo:

– Y todos sabemos que el teniente es un experto en Mickey Cohen.

– Nos conocemos de antiguo, jefe.

– ¿En calidad de qué?

– Le he ofrecido cierto asesoramiento legal. Gratis.

– ¿Por ejemplo…?

– Por ejemplo, «no le busques problemas al departamento de Policía», Por ejemplo, «cuidado con el detective jefe Exley, porque nunca dice exactamente lo que piensa».

Gallaudet, tranquilizador:

– Vamos, vamos, ya basta. El alcalde Poulson me pidió que convocara esta reunión, de modo que estamos empleando su tiempo. Y tengo una idea, que es conservar a Ruiz de nuestro lado. Le utilizaremos para apaciguar a los mexicanos de Chavez Ravine: si el asunto de los desahucios se pone feo, Ruiz puede ser nuestro relaciones públicas. ¿No tiene antecedentes por robo?

– Correccional juvenil por robo con allanamiento. He oído que formaba parte de una banda de ladrones de casas y sé que sus hermanos también hacen trabajitos. Tienes razón: podríamos utilizarle. Prometerle que no habrá líos con su familia si colabora.

Van Meter:

– Me gusta.

– ¿Qué hay de Diskant? -Gallaudet. Yo me lancé a fondo:

– Es un rojillo, ¿no? Entonces, ha de tener algunos colegas comunistas. Daré con ellos y los intimidaré. Los amenazaré con sacarlos por la tele y seguro que lo delatarán.

Bob, moviendo la cabeza:

– No. Es demasiado inconcreto y no tenemos tiempo suficiente.

– Chicas, chicos, licores…, denme una debilidad. Escuchen, anoche metí la pata. Déjenme que cumpla mi penitencia.

Silencio, largo, sonoro. Van Meter, tras un suspiro:

– Tengo entendido que le gustan las jovencitas. Se supone que engaña a su mujer con mucha discreción. Le gustan las chicas de universidad. Jóvenes, idealistas.

Bob, con un asomo de sonrisa presuntuosa:

– Dudley Smith puede encargarse de prepararlo. Ya ha hecho cosas parecidas otras veces.

Exley, con extraña insistencia:

– No; Dudley, no. Klein, ¿conoce a la gente adecuada?

– Conozco a un redactor jefe de la Hush-Hush. Puedo hablar con Pete Bondurant para las fotos y con Fred Turentine para poner los micrófonos. Subdirección reventó una casa de citas la semana pasada y tenemos pendiente de pagar la fianza a la chica perfecta para el asunto.

Intercambio de miradas. Exley, con una media sonrisa:

– Entonces, cumpla su penitencia, teniente.

Bob G., diplomático:

– Vamos, Ed, sé amable. Dave me dejó estudiar sus apuntes en la escuela de Derecho.

Desfile hacia la salida. Gallaudet, tan tranquilo; Van Meter, con aire avergonzado.

– ¿Y los federales? ¿Pedirán una investigación?

– Lo dudo. El año pasado, Johnson estuvo noventa días en observación en Camarillo y los doctores le confirmaron a Noonan que el tipo era inestable. Seis hombres del FBI han peinado el barrio buscando testigos pero no han llegado a ninguna parte. Serían idiotas si abrieran una investigación. Está usted limpio, teniente, pero no me gusta el aspecto del asunto.

– ¿Habla usted de negligencia criminal?

– Hablo de sus relaciones con criminales, bastante conocidas y que vienen de antiguo. Hablo, y me quedo corto, de que tiene «trato» con Mickey Cohen, un objetivo de la investigación que ha echado por tierra con su negligencia. Alguien con un poco de imaginación podría dar un pequeño salto a «conspiración criminal», y Los Angeles está llena de gente así. Ya ve cómo…

– Jefe, escuche…

– No, escuche usted. Les asigné esa misión a usted y a Stemmons porque confiaba en su competencia y quería una opinión de abogado sobre los planes de los federales en nuestra jurisdicción. Y lo que he conseguido ha sido, «¡Aleluya, puedo volar!» y «Detective estornuda mientras un testigo salta por la ventana.»

Reprimí una carcajada.

– ¿Dónde nos deja eso?

– Dígamelo usted. ¿Tiene idea de qué piensan hacer los federales, además de la investigación sobre el boxeo?

– Yo diría que, con Johnson muerto, poca cosa. Ruiz me habló de que Noonan tenía la vaga idea de montar una investigación del crimen organizado del Southside: drogas, las máquinas tragaperras y expendedoras de Darktown… Si esos planes se quedan en nada, la imagen del LAPD puede salir malparada. Pero si la investigación se pone en marcha, Noonan correrá a anunciarlo. Le encantan los titulares. Eso nos dará ocasión de prepararnos.

Exley sonrió.

– Mickey Cohen dirige el negocio de las monedas en el Southside. ¿Le avisará de que lo deje?

– Ni soñarlo. Cambiando de tema, ¿ha leído el informe sobre la casa de apuestas?

– Sí. Excepto los disparos, todo fue correcto. ¿Qué sucede? Me mira como si quisiera algo.

Me serví café.

– Écheme una mano a cambio de lo de Diskant.

– No está en situación de pedir favores.

– Después de Diskant, lo estaré.

– Entonces, pida.

Un café malísimo.

– Subdirección me aburre. Pasaba casualmente por Robos y he visto pendiente un caso que tiene buen aspecto.

– ¿El atraco a la tienda de electrodomésticos?

– No, el trabajo del almacén de pieles Hurwitz. Un millón en pieles desaparecido, sin rastro, y Junior Stemmons pilló a Sol Hurwitz en una partida de dados el año pasado. Es un jugador empedernido, de modo que apostaría por un fraude para cobrar el seguro.

– No. El caso es de Dudley Smith y ha descartado la estafa. Y usted es un oficial con mando, no un sabueso de casos.

– Entonces, sáltese las normas. Yo le encierro a ese comunista y usted me hace ese favor.

– No, es trabajo de Dudley. El caso tiene tres días y ya le ha sido asignado a él. Además, no me gustaría tentarle a usted con objetos vendibles como esas pieles.

Tirando a dar. Esquivé el dardo:

– Usted y Dud no se llevan bien. Él aspiraba a detective jefe, pero usted consiguió el cargo.

– Los oficiales con mando siempre se aburren y quieren casos. ¿Tiene alguna razón particular para pedirme éste?

– Robos está limpio. Y usted no sospecharía de mis amigos si me ocupara de asaltos y atracos.

Exley se puso en pie.

– Una pregunta antes de que se marche.

– ¿Señor?

– ¿Algún amigo suyo le dijo que empujara por la ventana a Sanderline Johnson?

– No, señor. Pero, ¿no se alegra de que el tipo saltara?

Pasé la noche fuera, en una habitación del Biltmore. Los periodistas ya debían de haber localizado mi piso. No soñé nada. Servicio de habitaciones: seis de la tarde, desayuno, periódicos. Nuevos titulares: «La Fiscalía Federal, furiosa con el policía "negligente"»; «Detective dice lamentar el suicidio de un testigo». Puro Exley: la nota a la prensa, mis lamentaciones…, todo cosa suya. Página tres, más Exley: sin pistas del asunto Hurwitz; una banda con expertos en electrónica y herramientas se había llevado más de un millón en pieles. Foto: un guardia de seguridad lleno de vendajes; Dudley comiéndose con los ojos un visón.

Robos, agradable trabajo: pescar al ladrón y quedarse con el botín.

Manos a la obra con el comunista: llamadas telefónicas.

Fred Turentine, el de los micrófonos: sí, por quinientos. Pete Bondurant: sí, por uno de los grandes, y él pagaría al fotógrafo. Pete, íntimo de Hush-Hush: más presión en el chantaje.

La celadora de la cárcel para mujeres me debía un favor; una tal La Verne Benson la liberó de la deuda. La Verne: tercera denuncia por prostitución, sin fianza, sin fecha de juicio. La Verne al teléfono: supón que perdemos tu ficha… ¡Sí, sí, sí!

Inquieto. Mi estado habitual después de matar. Entre inquieto e impaciente. Subo al coche.

Una ronda por mi casa. Periodistas. Imposible quedarse allí. Sigo hacia Mulholland, semáforos en verde/sin tráfico: 90, 100, 120. Coleadas, derrapaje en una curva: más despacio, me digo.

Pienso en Exley.

Inteligente, frío. En el cincuenta y tres se cargó a cuatro negros: punto final del caso del Night Owl. Primavera del cincuenta y ocho: las pruebas demuestran que los muertos no tenían nada que ver. El caso fue reabierto; Exley y Dudley Smith se encargaron de él: el mayor trabajo en la historia de Los Angeles. Homicidios múltiples/redes de obscenidad/conspiraciones interrelacionadas: Exley lo resolvió de una vez por todas. Su padre, un rey de la construcción, se suicidó sin razón aparente; Ed, ya inspector, heredó su dinero. Thad Green dejó el puesto de detective jefe; Parker, el gran jefe, se saltó a Dudley para reemplazarlo por Edmund Jennings Exley, treinta y seis años.

No se llevaban bien, Exley y Dudley: dos odios mutuos.

Ninguna remodelación en la sección de Detectives; simplemente, Exley frío como un témpano.

Semáforos en verde hasta la casa de Meg. Su coche delante de la entrada. Meg, en la ventana de la cocina.

La observé.

Lavando los platos. Una cadencia en sus manos; quizás una música de fondo. Sonriente. Casi mi mismo rostro, pero en dulce. Toco el claxon…

Sí; un rápido retoque: el cabello, las gafas. Una sonrisa. Nerviosa.

Subí los peldaños al trote. Meg aguardaba con la puerta abierta.

– Tenía el presentimiento de que me traerías un regalo.

– ¿Por qué?

– La última vez que saliste en los periódicos me compraste un vestido.

– Eres la más lista de la familia. Vamos, ábrelo.

– Qué cosa más terrible, ¿no? Lo han dado por la tele.

– El tipo estaba sonado. Vamos, ábrelo.

– David, tenemos que hablar de un asunto.

Con suavidad, la empujé adentro.

– Vamos…

Meg tira, rasga. Jirones de papel de envoltorio. Una exclamación, una carrera al espejo: seda verde, la talla perfecta.

– ¿Te va?

Un torbellino. Las gafas casi vuelan.

– ¿Me subes la cremallera?

Se lo ajusta y tiro de la cremallera. Perfecto.

Meg me dio un beso y se miró en el espejo.

– Cielos, tú y Junior. Él tampoco puede dejar de admirarse.

Un giro, un recuerdo: el baile de promoción del treinta y cinco. El viejo dijo que llevara a Sissy; los chicos que la perseguían no eran adecuados.

– Es bonito. Como todo lo que me regalas. -Meg suspiró-. ¿Qué tal Junior Stemmons, últimamente?

– Gracias, de nada, y Junior Stemmons está regular. En realidad, no está hecho para el trabajo de detective y, si no fuera porque su padre me consiguió el mando de Subdirección, le devolvería a su puesto de instructor de una patada en el culo.

– ¿No tiene una personalidad suficientemente enérgica?

– Exacto. Y con una sensibilidad de perrito caliente que aún lo hace resaltar más. Y más nervios que si estuviera vaciando la caja fuerte de las drogas en Narcóticos. ¿Dónde está tu marido?

– Repasando los planos de un edificio que está proyectando. Y ya que hablamos de eso…

– Mierda. Nuestros edificios, ¿no? ¿Morosos? ¿Alguien se ha ido sin pagar?

– Somos caseros de barrio pobre, así que no te sorprendas. Son las casas de Compton. Tres inquilinos con atrasos.

– Aconséjame, pues. Tú eres la agente inmobiliaria.

– Dos de los morosos deben un mes; el otro, dos. Conseguir una orden de desahucio lleva noventa días y precisa una vista ante el juez. Y tú eres el abogado.

– Detesto los litigios, maldita sea. ¡Y siéntate de una vez!

Meg se arrellanó en una silla. Una silla verde, el vestido verde. El verde en contraste con el pelo: negro, un poco más oscuro que el mío.

– Eres un buen litigador, pero sé que te limitarás a enviar a unos cuantos matones con papeles falsos.

– Es más sencillo de este modo. Enviaré a Jack Woods o a alguno de los muchachos de Mickey.

– ¿Armado?

– Sí, y peligroso. Ahora, dime otra vez que te encanta el vestido. Dímelo para que pueda irme a casa y dormir un rato.

Contando puntos, nuestra vieja costumbre:

– Uno, me encanta el vestido. Dos, me encanta mi hermano mayor, aunque se llevara todo el atractivo y la mayor parte del cerebro. Tres, como novedades te diré que he dejado de fumar otra vez, que estoy harta de mi trabajo y de mi marido y estoy pensando en acostarme con alguien antes de que cumpla los cuarenta y pierda el resto de mis encantos. Cuatro, si conocieras a algún hombre que no fuera policía o ladrón, te pediría que me lo presentaras.

Réplica a los puntos:

– Yo tengo el atractivo de Hollywood, tú tienes el auténtico encanto. No te acuestes con Jack Woods, porque la gente tiene una extraña propensión a dispararle y porque la primera vez que Jack y tú intentasteis vivir juntos, la cosa no duró mucho. Y conozco algunos fiscales, pero te aburrirían.

– ¿Quién me queda? Como consorte de un gángster, fui un fracaso.

La habitación osciló. Se consumió el tiempo.

– No lo sé. Vamos, acompáñame a la puerta.

Seda verde; Meg la acarició.

– Estaba pensando en ese curso de lógica al que asistimos en la universidad. Ya sabes, causa y efecto.

– ¿Sí?

– Yo… en fin, los periódicos traen un delincuente muerto,

y yo recibo un regalo…

Osciló de mala manera.

– Déjalo.

– Trombino y Brancato, luego Jack Dregna. Cariño, puedo vivir de recuerdos.

– Tú no me quieres como yo a ti.

4

Reporteros ante mi puerta, engullendo comida preparada.

Aparqué lejos, me acerqué por la parte de atrás, forcé una ventana del dormitorio. Ruido. Periodistas charlando de mi historia. Luces apagadas, abro la ventana. Hablo para desactivar la bomba Meg.

Sincero: soy alemán, no judío; en Ellis Island se comieron letras del apellido del viejo. Departamento de Policía de Los Angeles en el 38; en el 42, los marines. Servicio en el Pacífico y vuelta al departamento en el 45. El jefe Horrall deja el cargo; le sustituye William Worton (un general de división del cuerpo de Marines de una integridad chirriante). Semper Fidelis: Worton forma una brigada de matones ex marines. Esprit de Corps: rompemos huelgas, apaleamos a los tipos que quebrantan la libertad provisional antes de encerrarlos otra vez.

Escuela de Leyes, trabajos eventuales: la paga de desmovilización no cubre la Universidad. Recuperador de coches, cobrador de Jack Woods: Mi apodo, «el Contundente». Trabajo para Mickey C. arreglando disputas sindicales por la fuerza.

Hollywood me llama: soy alto y guapo. No sale nada, pero eso proporciona trabajo de verdad. Soluciono una extorsión a Liberace: dos aficionados, chantaje con fotografías. Estoy en buenas relaciones con Hollywood y con Mickey C. Entro en la Brigada, llego a sargento. Cruzo la raya, llego a teniente.

Todo cierto.

Liquidé a mi número veinte el mes pasado: cierto. Con mis ganancias como «el Contundente» compré bloques de pisos en los barrios bajos: cierto. Conviví con Anita Ekberg y la pelirroja del programa de Spade Cooley: falso.

Después, empezaron las estupideces; la conversación derivó hacia el asunto de Chavez Ravine. Cerré la ventana y traté de dormir.

No hubo forma.

Abro la ventana: ningún reportero. Televisión: sólo cartas de ajuste. Apago, me largo: MEG.

Siempre resultaba incómodamente equívoco… y nos tocamos durante demasiado rato para decirlo. Yo impedía que los puños del viejo la tocasen; ella impedía que yo lo matara. Juntos en la universidad, la guerra, cartas. Otros hombres y otras mujeres llegaron y se fueron.

Turbulentos años de posguerra: «el Contundente». Meg: colega, la compinche del matón. Una aventura con Jack Woods; no intervine. Los estudios ocupaban todo mi tiempo y Meg se movía por su cuenta. Conoció a dos rufianes: Tony Trombino, Tony Brancato.

Junio del cincuenta y uno: nuestros padres mueren en un accidente de coche.

Los restos, el testamento…

Una habitación de motel, Franz y Hilda Klein recién enterrados. Nos desnudamos sólo por ver. Uno encima del otro: cada caricia, medio escalofrío de rechazo.

Meg se aparta de pronto, sin acabar. Revuelve la habitación: nuestras ropas, palabras, las luces apagadas.

Yo aún lo deseaba.

Ella, no.

Se echó en brazos de Trombino y Brancato.

Los jodidos se entrometieron en algún asunto de Jack Dragna, el número uno de la Organización en Los Angeles. Jack me enseñó una foto: Meg. Contusiones, marcas. Trombino/Brancato. Comprobado.

Comprobado: habían atracado una partida de dados de la banda.

Jack dijo: cinco de los grandes y los quitas de en medio. Asentí.

Preparé el cebo: un buen golpe, «Vamos a limpiar ese local de apuestas». El 6 de agosto, frente al 1648 de North Odgen: los dos Tonys en un Dodge del cuarenta y nueve. Me colé en el asiento de atrás y les volé los sesos.

Titulares: «Guerra de bandas.» El principal pistolero de Dragna reaccionó enseguida. Su coartada, el párroco de Jack D. El mundo del hampa, revuelto: que los jodidos italianos se mataran entre ellos.

Cobré lo convenido, más un plus sorpresa: un hombre descargando su rabia sobre la escoria que había hecho daño a su hermana. La voz de Dragna, desconcertada. La mía: «Los mataré, me cago en ellos. Los mataré gratis.»

Me llamó Mickey Cohen. Jack decía que ahora, yo estaba en deuda con la Organización: saldaría la deuda con unos cuantos favores. Jack me llamaría, me pagaría los trabajos; simples negocios.

Colgué.

Llamó:

2 de junio del cincuenta y tres: me cargué a un químico que preparaba droga en Las Vegas.

26 de marzo del cincuenta y cinco: maté a dos tipos que habían violado a la mujer de un tipo de la Organización.

Septiembre del cincuenta y siete, un rumor: Jack D., enfermo del corazón. Grave.

Le llamé.

– Ven a verme -dijo Jack.

Nos encontramos en un motel de playa, su picadero privado. Paraíso para ítalos: bebida, revistas obscenas, putas en la sala contigua.

Le supliqué: cancela mi deuda.

– Las putas trabajan menos -respondió Jack.

Le asfixié con una de las almohadas.

Veredicto del forense/consenso entre los hampones: ataque cardíaco.

Sam Giancana, mi nuevo patrón. El intermediario no cambió: Mickey C; favores policiales, trabajos sucios.

Meg notó algo. Me callé lo que tenía relación con ella, asumí toda la responsabilidad. Dormí inquieto, bañado en sudor.

El teléfono. Descuelgo:

– ¿Sí?

– ¿Dave? Dan Wilhite.

Narcóticos: el jefe.

– ¿Qué sucede, capitán?

– Sucede… Mierda, ¿conoces a J.C. Kafesjian?

– Sé quién es. Sé qué representa para el departamento.

Wilhite, en voz baja:

– Estoy en la escena del crimen. No puedo hablar con libertad y no tengo a nadie a quien enviar, de modo que te he llamado.

Encendí las luces.

– Dame detalles. Iré enseguida.

– Es… Mierda, es un robo en casa de Kafesjian.

– ¿La dirección?

– South Tremaine, 1684. Está pasado el…

– Sé dónde está. Alguien llamó a los sabuesos de Wilshire antes de que te llegara la noticia, ¿no es eso?

– Exacto. La mujer de J.C. Toda la familia había salido a una fiesta, pero Madge, la mujer de Kafesjian, volvió a casa antes que los demás. Encontró la casa revuelta y llamó a la comisaría de Wilshire. J.C. y los chicos, Tommy y Lucille, llegaron más tarde y encontraron la casa llena de detectives que no sabían nada de nuestro… hum… de nuestro acuerdo con la familia. Al parecer, se trata de un simple y estúpido robo con escalo y los tipos de Wilshire se están poniendo muy pelmazos. J.C. ha llamado a mi esposa y ella se ha encargado de localizarme. Dave…

– Voy para allá.

– Bien. Trae a alguien contigo y apúntate una en la cuenta.

Colgué e hice unas llamadas para encontrar quien me acompañara. Riegle, Jensen: no respondían. Mierda de suerte. Junior Stemmons:

– ¿Hola?

– Soy yo. Te necesito para un recado.

– ¿Asunto particular?

– No, es un trabajo para Dan Wilhite. Se trata de tranquilizar a J.C. Kafesjian.

Junior soltó un silbido.

– He oído que su chico es un auténtico psicópata.

– South Tremaine, 1684. Espérame fuera y te pondré al corriente.

– Allí estaré. Oye, ¿has visto las últimas noticias? Bob Gallaudet nos ha llamado «policías ejemplares», pero Welles Noonan ha dicho que éramos «parásitos incompetentes». Ha dicho que pedir licores para nuestros testigos al servicio de habitaciones contribuyó al suicidio de Johnson y que…

– Ponte en marcha.

Código 3, respaldar a Wilhite: ayudar al traficante protegido por el LAPD. Narcóticos/J.C. Kafesjian: veinte años de relaciones. Lo introdujo el viejo jefe Davis. Hierba, píldoras, H.: la escoria de Darktown por clientela. A cambio de soplos, J.C. consiguió la franquicia de la droga. Wilhite actuó de perro guardián; J.C. Kafesjian delataba a los traficantes rivales, siguiendo nuestra política: mantener los estupefacientes aislados al sur de Slauson. Su trabajo legal: una cadena de lavado en seco. El de su hijo: rey de los matones.

Crucé la ciudad hasta la casa: un edificio moruno, todas las luces encendidas. Frente a ella, varios coches: el Ford de Junior, un coche patrulla.

Focos de linterna y voces en el camino particular. Junior Stemmons:

– ¡Vaya mierda! ¡Vaya mierda!

Aparqué y me acerqué. La luz directa a los ojos. Junior: «Es el teniente.» Un olor desagradable: a sangre descompuesta, quizá.

Junior, dos agentes de paisano.

– Dave, el agente Nash y el sargento Miller.

– Señores, Narcóticos se encarga de esto. Vuelvan a la comisaría. El sargento Stemmons y yo haremos los informes, si llega el caso.

– ¿Si llega el caso? ¿No huele eso, teniente?

– ¿Un homicidio? -El tono grave, ácido.

– No exactamente, señor. -Nash-. Señor, no creería usted cómo nos ha tratado ese Tommy… como se llame. ¡Si llega el caso…!

– Vuelvan y díganle al jefe de turno que me ha enviado Dan Wilhite. Díganle que es la casa de J.C. Kafesjian, de modo que no es un 459 normal. Si eso no le convence, hagan despertar al jefe Exley.

– Teniente…

Agarro una linterna, sigo el rastro del olor hasta una verja con una cadena cortada. Mierda. Dos doberman: sin ojos, el cuello rebanado, los dientes aferrados a unos trapos empapados en alguna sustancia. Destripados: entrañas, sangre. Un rastro de sangre en dirección a una puerta trasera forzada.

Dentro, gritos: dos hombres, dos mujeres. Junior:

– Ya he echado a los tipos de la comisaría. De modo que un 459, ¿eh?

– Explícame el asunto. No quiero interrogar a la familia.

– Bueno, estaban todos en una fiesta. A la mujer le dolía la cabeza, de modo que volvió antes en un taxi. Salió a buscar a los perros para encerrarlos y los encontró así. Llamó a Wilshire y Nash y Miller recibieron la denuncia. J.C, Tommy y la hija (los dos chicos viven aquí, también) llegaron a casa y montaron un escándalo al encontrarse unos policías en la sala de estar.

– ¿Has hablado con ellos?

– Madge, la mujer, me ha enseñado los daños ocasionados; después, J.C. la ha encerrado arriba. Han robado una vajilla de plata, la típica «herencia familiar de gran valor sentimental». Y los daños son una cosa muy rara. ¿Tú concibes algo así? En mi vida había visto un robo con escalo como éste.

Gritos, toques de claxon.

– No es ningún robo. ¿Y qué significa «una cosa muy rara»?

– Nash y Miller han dejado etiquetas de identificación. Ya las verás.

Barrí el patio con la linterna: pedazos de carne espumajosos. Veneno para los perros, sin duda. Junior:

– El tipo les dio esa carne, después los mutiló. Se manchó de sangre y luego entró con ella en la casa.

Sigo el rastro:

Marcas de palanca en la puerta trasera. En el porche, un lavadero; en el suelo, unas toallas ensangrentadas: el intruso se había limpiado con ellas.

La puerta de la cocina, intacta: el tipo había abierto el pestillo. No más sangre. Etiqueta en la prueba del fregadero: «Botellas de whisky rotas.» Etiqueta con anotación de lo robado de los cajones de la cómoda: «Vajilla de plata antigua.»

Ellos:

– ¡Tú, puta, dejar entrar en nuestra casa a unos policías desconocidos!

– ¡Papá, por favor, no!

– ¡Cuando necesitamos algo, siempre llamamos a Dan!

Una mesa de comedor; sobre ella, un montón de fotografías hechas pedazos: «Fotos familiares.» Lamentos de saxo en el piso de arriba.

Recorrí la casa.

Alfombras demasiado gruesas, sofás de terciopelo, papel pintado velludo. Ventiladores en las ventanas; imágenes de Jesucristo colocadas junto a ellos. Una alfombra con otra nota: «Discos rotos/cubiertas de discos.» El legendario Champ Dineen: Muuy calmoso; Una vida convencional: The Art Pepper Quartet; El Champ interpreta al Duke.

Elepés junto a un alta fidelidad; apilados en orden. Junior entró en la sala.

– Lo que te decía, ¿no? Algunos daños.

– ¿Quién hace ese ruido?

– ¿El saxo? Es Tommy Kafesjian.

– Ve arriba y sé agradable. Pide excusas por la intromisión y ofrécete a llamar al servicio de Control de Animales para que se encarguen de los perros. Pregunta a Kafesjian si quiere una investigación. Sé amable, ¿entiendes?

– Dave, ese tipo es un criminal.

– No te preocupes, yo estaré lamiéndole las suelas a su padre.

Del otro lado de las puertas cerradas, gritos:

– ¡PAPÁ, NO!

– ¡J.C., DEJA EN PAZ A LA CHICA!

Inquietantes. Junior fue arriba corriendo.

– ¡ESO ES, VETE!

Un portazo. «Papá» ante mis narices.

Primer plano de J.C.: un gordo seboso que se hace viejo. Corpulento, marcado de viruelas, arañazos sangrantes en la cara.

– Soy Dave Klein. Dan Wilhite me ha enviado para arreglar las cosas.

J.C., ceñudo:

– ¿Qué es tan importante como para impedirle venir en persona?

– Podemos hacer esto como usted quiera, señor Kafesjian. Si quiere una investigación, la haremos. Si quiere que busquemos huellas digitales, tal vez encontrar un nombre, lo haremos. Si quiere darle su merecido, Dan le apoyará hasta donde sea razonable, no sé si me entiende…

– Entiendo lo que me dice, y mi casa la limpio yo. Yo sólo trato con el capitán Dan; ni quiero desconocidos en mi salón.

Dos mujeres asomaron la cabeza. Morenas, delgadas de tipo. La hija saludó con la mano: uñas plateadas, gotas de sangre.

– Ya ha visto a mis chicas; ahora, olvídelas. No tiene por qué conocerlas.

– ¿Tiene idea de quién lo ha hecho?

– No le diré nada que pueda comentar por ahí. Quítese de la cabeza que le dé nombres de rivales en los negocios que podrían querer perjudicarme a mí y a lo mío.

– ¿Rivales en el negocio de la limpieza en seco?

– ¡No me venga con chistes! ¡Mire, mire!

Una etiqueta en una puerta: «Ropa estropeada.»

– ¡Mire, mire, mire! -J.C. tiró del pomo-. ¡Mire, mire, mire!

Miro: un pequeño vestidor. Clavadas con chinchetas a las paredes, pantalones de mujer con las perneras abiertas y la entrepierna desgarrada.

Manchas en la ropa; las huelo: semen.

– No tiene ninguna gracia. Les compro a Lucille y a Madge tanta ropa bonita que tienen que guardar una parte aquí abajo. Ese pervertido degenerado quería estropear las preciosidades de Lucille. ¡Mire!

Ropa de puta de Tijuana.

– Bonita.

– Ahora no se ríe, ¿verdad, chico de los recados de Wilhite? Esto ya no es tan divertido, ¿verdad?

– Llame a Dan. Dígale qué quiere que hagamos.

– ¡Mi casa la limpio yo!

– Buenas telas. ¿Su hija se paga la universidad trabajando, Kafesjian?

Puños cerrados/venas hinchadas/facciones sudorosas: el gordo seboso casi encima de mí.

Unos gritos en el piso de arriba.

Subí a la carrera. Una habitación a un lado del pasillo. Evalúo los daños:

Tommy K., de pie contra la pared. Porros en el suelo; Junior zarandeando al tipo con rudeza. Carteles de jazz, banderas nazis, un saxo sobre la cama.

Me eché a reír.

Una sonrisa congraciadora de Tommy, un tipo flaco y magro. Junior:

– ¡El jodido ha sacado la marihuana con todo el descaro! ¡Se está burlando del departamento!

– Sargento, pida disculpas al señor Kafesjian.

Junior, medio enfurruñado, medio chillando:

– ¡Dave…! ¡Dios…! Lo siento.

Tommy encendió uno de los porros y echó el humo a la cara de Junior. Desde el piso de abajo, el padre:

– ¡Ahora, largo! ¡Mi casa la limpio yo!

5

Dormir mal, no pegar ojo.

Me despertó una llamada de Meg: arregla el asunto de los alquileres retrasados, ningún comentario sobre el vestido de seda. «Claro, claro», respondí. Colgué y llamé a Jack Woods: veinte por ciento de cada dólar de alquileres que consiguiera. Él subió a veinticinco. De acuerdo.

Llamadas de trabajo: Van Meter, Pete Bondurant, Fred Turentine. Los tres, luz verde: micrófonos ocultos en la casa de La Verne y un fotógrafo escondido en el dormitorio. Diskant, seguido y espiado: cita para unas copas en el Ollie Hammond's Steakhouse, a las seis en punto.

El cebo estaba preparado: nuestra comunista consorte. Pete dijo que Hush-Hush estaba encantada: político rojillo tropieza con el pito.

Llamé a Narcóticos. Dan Wilhite había salido. Dejé un mensaje. Dormir mal, no pegar ojo: la pesadilla de los Kafesjian. Desahogo cómico: Junior, la noche anterior: «Sé que crees que no doy la talla para oficial, pero ya verás. Te aseguro que ya verás.»

Cinco de la tarde: al carajo la siesta.

Me lavé y eché una ojeada al Herald: Chavez Ravine había desplazado de la primera página a mi muerto. Bob Gallaudet: «Los latinoamericanos que pierdan sus viviendas serán compensados generosamente y, en último término, una sede para los Dodgers será un motivo de orgullo para los angelinos de todas las razas, credos y colores.»

Para partirse de risa. Aquello alivió mi resaca de los Kafesjian.

Ollie Hammond's. Apostado a la entrada del bar, esperando. Morton Diskant en la puerta, a las seis en punto. La Verne Benson entra a las 6.03: falda de tweed, calcetines hasta las rodillas, cárdigan.

6.14: Pete B. se desliza en el asiento.

– Diskant está con sus amigos. La Verne, a dos mesas de ellos. No llevaba ni dos segundos sentada y ya le lanzaba miradas ardientes.

– ¿Crees que el tipo picará?

– Yo lo haría, pero es que para estas cosas soy un cerdo.

– ¿Como tu jefe?

– Puedes decir su nombre. Howard Hughes. Es un tipo ocupado. Como tú.

– Era un jodido idiota. Si no hubiera saltado, es muy probable que yo mismo le hubiese empujado.

Pete apoyó las manos en el salpicadero. Unas manos enormes. Sus puños habían matado a un borracho camorrista en las celdas de una comisaría. La Policía le despidió; Howard Hughes encontró un alma gemela.

– ¿Y tú? ¿También has estado ocupado?

– Más o menos. Consigo droga para Hush-Hush, mantengo al señor Hughes al margen de Hush-Hush. Si alguien quiere querellarse contra Hush-Hush, le convenzo para que no lo haga. Busco gatitas para el señor Hughes, aguanto al señor Hughes cuando empieza con esas divagaciones sobre los aviones. En este momento, el señor Hughes me hace seguir a esa actriz que le ha plantado. Imagina: esa fulana abandona el picadero número uno del señor Hughes, además de un contrato de trescientos a la semana, y todo para actuar en una película barata de terror. El señor Hughes le hizo un contrato de esclava para siete años y quiere denunciarla por violación de una cláusula de moralidad. ¿Te imaginas, ese cerdo putero predicando moralidad?

– Sí, y a ti te encanta porque…

– … porque soy un auténtico cerdo, como tú.

Me reí. Bostecé.

– Esto puede llevar toda la noche.

– No, La Verne es impetuosa. -Pete encendió un cigarrillo-. Se hartará y abordará al pájaro. Buena chica. Incluso ayudó a Turentine a instalar los micrófonos.

– ¿Qué tal Freddy?

– Ocupado. Esta noche compromete al comunista ése, la semana que viene hace escuchas clandestinas para Hush-Hush en una sauna de maricas. El problema con Freddy T. es que le da mucho a la botella. Demasiadas denuncias por conducir borracho, de modo que la última vez el juez le condenó a trabajos comunitarios y ahora enseña electrónica a los internos de Chino. Klein, mira.

La Verne a la puerta del bar. Dos pulgares hacia arriba. Pete respondió con un gesto.

– Eso significa que Diskant se reunirá con ella cuando se haya desecho de sus amigos. ¿Ves ese Chevrolet azul? Es el de la chica.

Nos pusimos en marcha detrás de La Verne. A la derecha por Wilshire, luego recto al oeste; Sweetzer, al norte, el Strip. Calles secundarias con curvas, en dirección a las colinas. La Verne se detuvo junto a una casa de estuco dividida en cuatro apartamentos.

Fea: luces fuertes, estuco ¡rosa!

Aparqué dejando espacio para el coche del rojo.

La Verne llegó hasta su puerta contoneándose. Pete le mandó unos toques amorosos con la sirena.

La luz del vestíbulo se encendió y se apagó. Se iluminó una ventana en el apartamento inferior izquierdo. Ruido de fiesta: el apartamento contiguo al de La Verne.

Pete se desperezó.

– ¿Crees que Diskant habrá sido lo bastante listo para darse cuenta de la trampa?

La Verne abrió las cortinas, en salto de cama y luciendo ligas.

– No, nuestro amigo sólo tiene una idea en la cabeza.

– Tienes razón, el tipo es un cerdo. Yo digo una hora, o menos.

– Van veinte a que no más de un cuarto de hora.

– Acepto.

Esperamos, con la vista en la ventana. Silencio en el coche, ruido de fiesta: canciones, voces. Un Ford marrón claro: ¡Bingo!

– Cuarenta y un minutos -dijo Pete. Le di sus veinte. Diskant anduvo hasta la puerta, llamó con los nudillos, luego pulsó el timbre. La Verne, enmarcada en la ventana: buenas curvas y un contoneo.

Pete silbó por lo bajo.

Diskant entró.

Diez minutos que se hicieron interminables (…) se apagan las luces del nido de amor de La Verne. Aguardo la señal del fotógrafo: el destello del flash en la ventana.

Quince minutos… veinte… veinticinco. Un coche patrulla de la policía local aparca en doble fila. Pete me dio un codazo.

– Mierda. Esa fiesta. 116.84 del Código Penal de California: Reunión tumultuaria. Mierda.

Dos agentes caminan hasta la casa. Llaman con las porras a la ventana del apartamento de la fiesta. No hay ninguna respuesta.

– Klein, esto no tiene buena cara.

Tac, tac, tac. La ventana de la sala de estar de La Verne. El destello del flash en la ventana del dormitorio; improvisación: a grandes males, grandes remedios.

Gritos: nuestra cazacomunistas.

Los agentes del sheriff derribaron a patadas la puerta del vestíbulo. Eché a correr tras los entrometidos, mientras sacaba la chapa…

Crucé el patio delantero y subí los peldaños hasta la puerta. Una imagen breve y confusa: el fotógrafo saltando por una ventana sin la cámara; al otro lado del vestíbulo, un revuelo de asistentes a la fiesta. La puerta de La Verne, abierta de par en par. Me abrí paso a empujones entre el grupo, derramando bebidas en mi avance.

– ¡Policía! ¡Agente de policía!

Crucé el umbral de un salto, rezumando whisky. Uno de los agentes locales me retuvo. Le puse agriamente la chapa ante las narices:

– ¡Sección de Inteligencia! ¡LAPD!

El muy imbécil se limitó a mirarme con cara de tonto. Chillidos en el dormitorio…

Irrumpí por sorpresa…

Diskant y La Verne rodando por el suelo: desnudos, agarrados, agitando brazos y piernas. Sobre el colchón, una cámara. Un grito estúpido:

– ¡Eh, ustedes dos, ya basta! ¡Policía!

Pete llegó a la carrera. Una sonrisa en la cara de tonto: el agente había reconocido al viejo compañero. Pete, rápido, echó enseguida de allí a aquel payaso. La Verne contra el rojillo: patadas, débiles puñetazos.

La cámara sobre la cama: la cojo, saco el carrete, vuelvo a cerrarla. Pulso el disparador: destello de flash en los ojos de Diskant.

Un comunista ciego. La Verne se desembarazó de él. Lancé una patada contra el caído, luego un puñetazo; el tipo soltó un gemido, parpadeó y fijó la mirada: EN EL CARRETE.

Chantaje:

– Esto tenía que ser más sencillo, pero esos tipos de la patrulla lo han estropeado. La prensa iba a montar un buen escándalo, algo así como «Político rojo bla, bla, bla». Pórtate bien y te lo evitarás, porque no me gustaría nada tener que enseñarle este carrete a tu mujer. Y ahora, ¿estás seguro de que quieres ser concejal?

Sollozos. Cerró la mano con el puño americano en los nudillos:

– ¿Estás seguro?

Más sollozos. Golpes a los riñones. Mis puños machacaron la carne fláccida.

– ¿Estás seguro?

Una exclamación, rojo como la remolacha:

– ¡No me pegue, por favor!

Dos golpes más. Diskant echó espuma por la boca.

– Mañana, retira la candidatura. Ahora, dime que lo harás, porque no me gustaría tener que seguir con esto.

– Sí, sí, por fa…

Mierda de trabajo. Salí al salón reprimiendo un estremecimiento. No vi a los policías locales. La Verne estaba envuelta en una sábana.

Pete, mientras recuperaba los micrófonos ocultos:

– Me he ocupado de los patrulleros y Van Meter ha llamado por la radio. Tienes que reunirte con Exley en su despacho, enseguida.

El despacho. Exley, tras su escritorio.

Acerqué una silla y le entregué el carrete.

– El tipo se retira de la elección, de modo que no tendremos que acudir a la Hush-Hush.

– ¿Le ha gustado el trabajo?

– ¿Le gustó a usted disparar contra aquellos negros?

– El público no tiene idea de lo que cuesta la justicia a los hombres que la hacen cumplir.

– ¿Qué significa eso?

– Significa que se lo agradezco.

– Y eso significa que me debe un favor.

– Ya le he hecho uno hoy, teniente, pero pida de todos modos.

– El robo de pieles. Puede que sea una estafa a la compañía de seguros, puede que no. En cualquier caso, quiero llevar la investigación.

– No. Ya le dije que se ocupa Dudley Smith.

– Sí, claro; usted y Dud son buenos amigos, ¿eh? ¿Y cuál es ese favor que «ya» me ha hecho hoy?

– ¿Además de evitarle reprimendas o acusaciones interdepartamentales en el asunto de Sanderline Johnson?

– ¡Vamos, jefe!

– He destruido el informe de la autopsia sobre Johnson. El forense descubrió una magulladura extraña, con fragmentos de pintura incrustados en la frente, como si se hubiera golpeado la cabeza contra un alféizar antes de saltar. No estoy diciendo que sea culpable, teniente, pero es probable que otras personas, sobre todo Welles Noonan, pudieran insinuarlo. He hecho destruir el expediente. Y tengo un caso para usted. Ahora mismo voy a retirarle de Subdirección para que ponga manos a la obra.

– ¿De qué se trata? -Las rodillas me flaquean.

– El robo en casa de los Kafesjian. He leído el informe del incidente de la patrulla de Wilshire y he decidido que quiero una investigación a fondo. Conozco perfectamente la historia de la familia y el LAPD y no me importa lo que diga el capitán Wilhite. Usted y el sargento Stemmons están asignados al caso desde ahora. Interrogue a la familia y a sus socios conocidos. Kafesjian tiene un corredor llamado Abe Voldrich; hable con él. Quiero un análisis forense completo. Y busque en los archivos otros robos con escalo parecidos. Empiece mañana… con una demostración de fuerza.

Me puse en pie.

– Esto es de locos. Acosar al rey de la droga de Southside, que tiene nuestra protección, justo cuando la Fiscalía quizás está preparando una investigación de las bandas que operan en la zona. Un pervertido mata a un par de perros y se corre encima de…

Exley, incorporándose/empujándome hacia la puerta:

– Hágalo. Escoja algún agente de las patrullas callejeras de Wilshire y lleve a los del laboratorio. A Stemmons le falta experiencia en estos asuntos, pero utilícele de todos modos. Demostración de fuerza. Y no haga que me arrepienta de los favores que le he hecho.

6

Demostración de fuerza.

South Tremaine, 1684; ocho de la mañana. Personal: expertos del laboratorio, equipo de huellas, cuatro agentes de uniforme.

Los uniformados se desplegaron: búsqueda de testigos oculares en las casas vecinas, inspección de cubos de basura. Policía de Tráfico preparada para ahuyentar a la prensa.

Demostración de fuerza: Exley, furioso hasta los pelos del culo.

Demostración de fuerza: liquidar el asunto lo antes posible.

Un compromiso con Dan Wilhite: una llamada telefónica, su voz irritada. Le dije que Exley había sido terminante; Dan replicó que era una locura: Kafesjian y el departamento, veinte años de provecho mutuo. Yo estaba en deuda con Dan; él lo estaba conmigo (favores acumulados). Wilhite, asustado:

– Me jubilo dentro de tres meses. Mis tratos con la familia

no resistirían una investigación externa. Dave… ¿puedes… puedes dejarme fuera del asunto?

– Primero mi culo, después el tuyo -dije.

– Llamaré a J.C. y le pondré sobre aviso -dijo él.

8.04: la hora de la función.

Coches patrulla, una furgoneta del laboratorio. Policías de calle, técnicos. Un montón de mirones, chiquillos.

El camino de la casa. Conduje a los tipos del laboratorio a la parte de atrás. Ray Pinker:

– He llamado a Control de Animales. Dicen que no han tenido llamadas sobre perros muertos desde esta dirección. ¿Crees que los habrán llevado a algún cementerio de animales?

Día de recogida de basura: cubos alineados en el callejón.

– Puede ser, pero mirad en esos cubos de detrás de la valla. Me parece que el viejo Kafesjian no es tan sentimental.

– He oído que es un auténtico encanto. Bien, encontramos a los perros; luego, ¿qué?

– Tomad muestras de tejido para descubrir con qué los envenenaron. Si aún tienen unos trapos entre los dientes, analizad la sustancia; olía a cloroformo. Necesito diez minutos para hablar con J.C; luego, quiero que entres y recojas muestras en la cocina, el salón y el comedor. Después, haz entrar a los chicos de huellas y diles que sólo en el piso de abajo; no creo que el ladrón subiera al de arriba. El tipo se hizo una paja sobre unos pantalones de mujer, así que, si papá no los ha tirado, podéis buscar el grupo sanguíneo en el semen.

– ¡Dios!

– Sí, Dios. Escucha; si se ha deshecho de la ropa, estará probablemente en esos cubos de basura. Pantalones ajustados de mujer, color pastel, desgarrados en la entrepierna. Ropa poco corriente. Y Ray, quiero un informe bien gordo de todo lo que encontréis.

– ¡No me vengas con rodeos! Si lo que quieres es que ponga mucha paja, dilo.

– Ponle paja. No sé qué quiere Exley, de modo que vamos a darle algo a lo que hincar el diente.

Madge en la puerta de atrás, observando. Una gruesa capa de maquillaje para disimular los cardenales.

Ray me dio un codazo:

– No parece armenia.

– No lo es. Y sus hijos tampoco lo parecen. Ray…

– Sí, le meteré paja.

Volví a la calle; los mirones se arremolinaban. Junior y Tommy K., frente a frente.

Tommy, haragán de porche: camisa a flores, pantalones de pinza, el saxo.

Junior, luciendo su nuevo aire de perro apaleado con una vena de mala leche. Le sujeté, con talante veterano:

– Vamos, no dejes que ese tipo te ponga nervioso.

– Es esa mirada que tiene. Como si supiera algo que yo no sé.

– Olvídalo.

– Tú no has tenido que lamerle el culo.

– Yo no desobedecí a mi oficial superior.

– Dave…

– ¡Ni Dave, ni nada! Tu padre es inspector, te metió en la oficina y mi jefatura de Subdirección era parte del trato. Es un juego. Tú estás en deuda con tu padre, yo estoy en deuda con tu padre, y también lo estoy con Dan Wilhite. Los dos nos debemos al departamento, así que tenemos que llevar las cosas como si Exley fuera a perder los estribos en este asunto. ¿Lo has entendido?

– Sí, lo entiendo. Pero es tu juego, de modo que no te limites a decirme que está bien.

Cruzarle la cara de un revés… No. No debía.

– Si me sales otra vez con toda esa mierda idealista, le envío a tu padre un informe que te devuelve al puesto de instructor en un tiempo récord. Estás metido hasta el cuello en mi juego. O colaboras, o esta noche encontrarás «dotes de mando ineficaces», «excesivamente volátil» y «poca tranquilidad en situaciones de tensión» sobre el escritorio de tu padre. Tú decides, sargento.

Junior, una inútil bravata:

– ¡Ya estoy jugando! He llamado a la central de casas de empeño y les he dado una descripción de la vajilla robada. También tengo una lista de las lavanderías de Kafesjian. Tres para ti, tres para mí. ¿Las preguntas habituales?

– Bien, pero antes veamos qué consiguen los patrulleros. Después, cuando hayas visitado tus tres tiendas, ve al centro y busca antecedentes de otros 459 con modus operandi parecidos en los archivos de la Central y de la policía local. Si encuentras algo, estupendo. Si no, repasa los homicidios por resolver; quizás ese payaso es un maldito asesino.

Un olor nauseabundo, una nube de moscas. Los hombres del laboratorio sacaron los perros de los cubos, chorreando basura.

– Supongo que no me dirías esas cosas si no te importara.

– Exacto.

– Ya verás, Dave. Esta vez demostraré que valgo.

Tommy K. hizo sonar el saxo. Los espectadores aplaudieron; Tommy saludó con una reverencia y les dedicó un gesto obsceno, llevándose la mano a la entrepierna.

J.C. en el porche, con una bandeja en las manos.

– ¡Eh, teniente, venga a hablar conmigo! ¿Le apetece un trago?

Me acerqué. Cerveza en botella. Tommy cogió una y bebió unos tragos. Observé sus brazos: rasguños en la piel, esvásticas tatuadas. J.C. sonrió:

– No me diga que es demasiado temprano para usted.

– Schlitz, desayuno de campeones -dijo Tommy tras un eructo.

– Cinco minutos, señor Kafesjian. Sólo unas cuantas preguntas.

– De acuerdo. El capitán Dan dice que es usted de fiar, que esto no es idea suya. Venga conmigo. Tommy, tú ve a ofrecer el Desayuno de Campeones a los demás.

Tommy cargó la bandeja como un consumado camarero. J.C. ladeó la cabeza, indicando que le siguiera.

Me condujo hasta su cuarto de trabajo: paredes de pino, armeros. Volví la cabeza hacia el salón: el equipo de huellas, Tommy ofreciéndoles las cervezas. J.C. cerró la puerta.

– Dan me ha dicho que se trata de un mero trámite.

– No del todo. El caso está en manos de Ed Exley y sus reglas son diferentes de las nuestras.

– Mi gente y la suya hacen negocios. Exley lo sabe.

– Sí, y esta vez está forzando las normas. Exley es el jefe de Detectives y Parker le deja hacer lo que quiera. Intentaré ir con cuidado, pero usted tendrá que colaborar.

J.C.: seboso y desagradable. Unos arañazos en la cara, obra de su propia hija.

– ¿A qué viene esto? ¿Está chiflado, ese Exley?

– No sé a qué viene, pero es una buena pregunta. Exley quiere que este caso reciba un tratamiento especial, y le aseguro que es un detective condenadamente mejor que yo. Con él no hay trucos que valgan.

J.C. se encogió de hombros:

– Oiga, si es usted listo, puede sacar más jugo. Usted es abogado y tiene tratos con Mickey Cohen.

– No. Yo arreglo cosas, Exley las dirige. Hablando de listos, Exley es el mejor detective que ha visto nunca el LAPD. Vamos, señor Kafesjian, ayúdeme. Usted no quiere a unos policías cualquiera husmeando por aquí, lo comprendo. Pero un chiflado entra a robar en su casa y organiza una carnicería…

– ¡Mi casa la limpio yo! ¡Tommy y yo encontraremos al tipo!

Ahora, con tranquilidad:

– No. Lo encontraremos nosotros; después, quizá Dan Wilhite le dé el soplo. Sin problemas, limpio y legal.

Kafesjian sacudió la cabeza: no, no.

– Dan ha dicho que me iba a interrogar. Adelante, pues: pregunte, y yo le respondo.

Saqué el bloc de notas.

– ¿Quién lo hizo? ¿Alguna idea?

– No. -J.C, impasible. Inexpresivo.

– Enemigos. Deme algún nombre:

– No tenemos enemigos.

– Vamos, Kafesjian. Usted vende narcóticos…

– ¡No pronuncie esa palabra en mi casa!

AHORA, CON TRANQUILIDAD:

– Llamémoslo negocios, entonces. ¿Sabe de algún competidor comercial que no le tenga simpatía?

J.C. agitó el puño: no, no.

– Las reglas las marcan ustedes; nosotros las acatamos. Llevamos los negocios con orden y limpieza y así no nos hacemos enemigos.

– Entonces, probemos otra cosa. Usted es lo que denominamos un informador pagado, y los tipos así se crean enemigos. Piense en ello y deme algún nombre.

– ¡«Informador pagado»! Una manera muy fina de decir soplón, delator, chivato…

– Nombres, señor Kafesjian.

– Un tipo que está en chirona no puede colarse en una bonita y tranquila casa familiar. No tengo ningún nombre que darle.

– Entonces, hablemos de los enemigos de Tommy y de Lucille.

– Mis hijos tampoco tienen enemigos.

– Piénselo bien. El tipo irrumpe en la casa, rompe una colección de discos y destroza la ropa de su hija. Los discos eran de Tommy, ¿no?

– Sí, era la colección de mi hijo.

– Ya. Y Tommy es músico, de modo que quizás el ladrón tenía alguna cuenta pendiente con él. Quizá quería destruir sus cosas y las de Lucille aunque, por alguna razón, no subió a sus dormitorios. Hábleme, pues, de los enemigos de sus hijos: viejos colegas músicos, ex novios de Lucille… Piense.

– No, no se me ocurre…

J.C. no terminó la frase. Como si acabara de encenderse una luz en su cerebro.

Cambio de tema:

– Tengo que tomar las huellas digitales de toda la familia. Las necesitamos para compararlas con las que pueda haber dejado el ladrón.

Kafesjian sacó un fajo de billetes:

– No. De eso, nada. Mi casa la limpio…

Le estrujé la mano con la mía.

– Haga lo que le parezca, pero recuerde que esto es cosa de Exley y que estoy más obligado con él que con Wilhite.

J.C. se desasió y agitó en la mano unos billetes de cien.

– A la mierda -solté-. A la mierda toda su sebosa familia.

Un rápido movimiento, un crujido: Kafesjian agitaba más billetes; un par de miles, en total.

Me di la vuelta antes de que la cosa empeorase.

7

Tiempo de trabajo fastidioso.

Pinker llevó los perros al laboratorio. Los chicos de huellas encontraron rastros, impresiones parciales. La multitud de mirones se redujo; los agentes de uniforme interrogaron a la gente del barrio. Junior recopiló los informes: nada de especial esa noche; una velada típica de los Kafesjian.

Es decir: épicas disputas familiares y ruido de saxo toda la noche. J.C. regó el césped luciendo un suspensorio. Tommy echó una meada por la ventana de su dormitorio. Madge y Lucille estuvieron enfrascadas en una áspera discusión a gritos. Cardenales, ojos a la funerala: lo de costumbre.

Horas de espera; dejé que transcurrieran lentamente.

Lucille y Madge se marcharon; adiós en un Ford Vicky rosa. Tommy practicó escalas: los hombres del laboratorio se pusieron tapones en los oídos. Latas de cerveza por las ventanas: Almuerzo de Campeones.

Junior fue a por el Herald. Un anuncio de Morton Diskant: conferencia de prensa a las seis de la tarde.

Mucho tiempo que matar: subí a la furgoneta del laboratorio y observé el trabajo de los técnicos.

Disección de tejidos, extracción: nuestro tipo había metido los ojos de los perros en sus respectivas gargantas.

Volví al coche dispuesto a echar una cabezada; dos noches seguidas sin apenas pegar ojo me habían dejado para el arrastre.

– Dave, despierta y despéjate -Ray Pinker; demasiado pronto, maldita sea. Yo, con un bostezo:

– ¿Resultados?

– Sí, e interesantes. No soy médico y lo que he hecho no era una autopsia, pero creo que puedo sacar algunas cosas importantes en limpio.

– Adelante. Cuéntame ahora y luego envíame un informe resumido.

– Bien, los perros fueron envenenados con hamburguesa rociada de trictocina de sodio, conocida comúnmente como veneno de hormigas. He encontrado fragmentos de guante de piel en los dientes y las encías, lo cual me lleva a pensar que el ladrón les echó la comida pero no esperó a que murieran para mutilarlos. Me dijiste que habías olido a cloroformo, ¿recuerdas?

– Sí. Imaginé que eran los trapos que tenían metidos en la boca.

– Hasta ahí tienes razón. Pero no era cloroformo, sino clorestelfactiznida, un producto químico para la limpieza en seco. Pues bien, J.C. Kafesjian es dueño de una cadena de tiendas de lavado en seco. Interesante, ¿no?

El tipo había entrado, robado y destruido. Un psicópata, pero preciso: nada de desorden. Atrevido y parsimonioso. Un psicólogo, mierda; y limpio, preciso.

– ¿Estás diciendo que quizá conoce a la familia, que quizá trabaja en una de las tiendas?

– Exacto.

– ¿Habéis encontrado los pantalones de la chica?

– No. Había restos de tela quemada en el cubo de basura de los perros, así que no hay modo de descubrir el grupo sanguíneo por el semen.

– Mierda. Eso de los pantalones fritos parece cosa de J.C.

– Escucha, Dave. Esto no es más que una teoría, pero me gusta.

– Adelante.

– Bien: los perros tenían quemaduras químicas alrededor de los ojos, y los huesos del hocico fracturados. Creo que el ladrón los debilitó con el veneno, les aplastó el hocico y luego intentó dejarlos ciegos mientras aún estaban vivos. La clorestelfactiznida causa la ceguera si se aplica localmente, pero los animales se agitaban demasiado e incluso le mordieron. Murieron por el veneno y el tipo los destripó postmortem. Tenía alguna extraña fijación con los ojos, así que los arrancó con mucho cuidado, los introdujo en sus gargantas y luego metió los trapos empapados en esa sustancia. Los cuatro globos oculares estaban saturados de ese tóxico, de ahí mi conclusión.

Junior y un agente de uniforme se acercaban.

– Dave.

– Ray -le corté al instante-, ¿has oído alguna vez que se torturase a un perro guardián en un 459?

– Nunca. Y no se me ocurriría un motivo.

– ¿Venganza?

– Venganza.

– ¿Dave…? -Junior.

– ¿Qué?

– Dave, éste es el agente Bethel. Agente, cuéntele al teniente.

Nervioso; un novato:

– Esto…, señor, tengo dos confirmaciones de un merodeador en este bloque la noche del robo. El sargento Stemmons me ha hecho preguntar en las casas donde no había nadie antes. Una anciana me dijo que había llamado a la comisaría de Wilshire, y otro hombre ha declarado haberlo visto también.

– ¿Descripción?

– Un tipo joven, caucasiano. Eso es todo. Ningún detalle más, pero he llamado a la comisaría de todos modos. Han confirmado que mandaron un coche, pero no hubo suerte y esa noche no se detuvo ni se comprobó la identidad de ningún merodeador blanco en toda la zona.

Una pista; se la pasé a Junior.

– Llama a Wilshire y consigue cuatro hombres más para visitar las casas que faltan; empezad, digamos, a partir de las seis. Que consigan descripciones de posibles merodeadores. Comprueba los archivos que te dije y pásate por las tres primeras tiendas de Kafesjian de tu lista. ¿Ray?

– ¿Sí, Dave?

– Ray, cuéntale a Stemmons tu punto de vista químico. Junior, investiga ese aspecto con los empleados de las tiendas. Si das con algún sospechoso, no hagas ninguna estupidez como matarlo.

– ¿Por qué no? Quien a hierro mata, a hierro muere.

– No seas idiota. Quiero saber qué tiene ese tipo contra los Kafesjian.

Tres tiendas E-2 Kleen; la más próxima, en South Tremaine, 1248. Me acerqué al lugar; el Ford rosa estaba aparcado ante el local.

Estacioné en doble fila; un tipo salió enseguida con aire nervioso. Le reconocí: Abe Voldrich, mano derecha de Kafesjian.

– Por favor, agente. Ellos no saben nada del maldito robo. Llame a Dan Wilhite, hable con él de… de…

– ¿De las ramificaciones?

– Sí, es una buena palabra. Agente…

– Teniente.

– Teniente, déjelo estar. Sí, la familia tiene enemigos. No, no le van a decir quiénes son. Puede preguntárselo al capitán Dan, pero dudo que se lo diga.

Mariquita espabilado.

– Así pues, no hablaremos de enemigos.

– ¡Eso está mucho mejor!

– ¿Qué me dice de la clorestelfactiznida?

– ¿Qué? Eso me suena a chino.

– Es un producto para la limpieza en seco.

– De ese aspecto del negocio conozco poco.

Entré en el local:

– Quiero una lista de empleados. De todas las tiendas.

– No. Sólo contratamos a gente de color para el trabajo de lavado y planchado, y la mayor parte están en libertad provisional. No les gustaría tenerle por ahí haciendo preguntas.

¿El crimen de un negro? No; no me sonaba.

– ¿Tienen vendedores negros?

– No. J.C. no confía en ellos para el dinero.

– Déjeme inspeccionar el almacén.

– ¿Qué busca, ese producto del que hablaba? ¿Por qué?

– Se lo echaron a los perros guardianes.

Voldrich, con un suspiro:

– Adelante, pues. Pero no alborote a los obreros.

Rodeé el mostrador. Detrás había una pequeña fábrica: cubas, planchadoras a vapor, negros doblando camisas. Estanterías en la pared: botellas, frascos.

Comprobé las etiquetas; dos hileras completas y allí estaba: clorestelfactiznida, una calavera y dos tibias cruzadas.

Olfateé un frasco. Repulsivo/familiar. Escozor en los ojos. Devolví el frasco al estante y me demoré en la trastienda: podían aparecer las mujeres. No tuve suerte; sólo unas furtivas miradas de esclavo. Regresé a la parte delantera de la tienda chorreando sudor.

Lucille en el mostrador, colgando camisas. Bum bum, meneo de caderas al ritmo de la radio. Bum bum, destello: sonrisa de vampiresa.

Le devolví la sonrisa. Lucille cerró los labios como si corriera una cremallera y arrojó lejos una llave ficticia. Fuera, Voldrich y Madge. Mamá K.: el maquillaje corrido, unas lágrimas.

Regresé al coche. Cuchicheos; no logré entender una mierda.

Encontré un teléfono público. A la mierda las tiendas E-Z Kleen.

Llamé a la oficina y dejé un mensaje para Junior: llama a Dan Wilhite, consigue una lista de soplones de Kafesjian. Probablemente era inútil: Dan se negaría, impaciente por aplacar a J.C. Un mensaje de Junior: había hecho averiguaciones y la cloresteleches era un producto estándar de amplio uso en el negocio del lavado en seco.

De vuelta a South Tremaine; un coche patrulla ante la casa. Bethel me hizo señales.

– Señor, hemos conseguido dos confirmaciones más del merodeador.

– ¿Más detalles de la descripción?

– No, pero parece que también es un mirón. Sacamos la misma descripción de un «varón joven, blanco», y las dos personas han declarado que le vieron asomarse a las ventanas.

Pienso: el instrumental para el robo/mutilación.

– ¿Han dicho si el hombre llevaba algo en las manos?

– No, señor, pero se me ocurre que podía ocultar las herramientas para el delito en su ropa.

– Pero no hubo ninguna denuncia.

– No, señor, pero tengo una pista que puede estar relacionada.

– Explíquese, agente -le pido con paciencia.

– Bien, la mujer de la casa de enfrente me ha dicho que, a veces, Lucille Kafesjian baila desnuda ante la ventana de su dormitorio. Ya sabe: con las luces detrás, de noche. La mujer dice que lo hace cuando sus padres y su hermano no están en casa.

Posibilidad:

Lucille, exhibicionista; mirón/merodeador/ladrón, enganchado a la familia.

– Bethel, usted llegará.

– ¿Eh? Sí, señor. ¿Adónde?

– En general. Pero, de momento, se queda aquí. Siga insistiendo en las direcciones donde aún no ha encontrado a nadie. Intente conseguir una descripción del mirón, ¿entendido?

– ¡Sí, señor!

Ronda de trabajo fastidioso:

Comisaría de Wilshire, repaso de papeles: listas de detenidos, fichas de modus operandi, informes de incidencias. Resultado: jóvenes blancos mirones, cero. Ladrones mataperros, cero.

Comisaría de University, listas, fichas: nada. Incidencias, tres recientes: un hombre blanco «de aspecto joven», «constitución normal», denunciado por mirón de moteles de alterne. ¿Mi hombre de los ojos? Tal vez, pero:

No consta dirección de moteles, sólo una anotación: «South Western Avenue». No consta nombre de denunciante ni número de identificación del agente.

De momento, no tenía adónde más ir.

Llamé a la comisaría de la calle Setenta y siete. El oficial de guardia, aburrido:

Nada sobre perros. Un joven blanco visto merodeando por los tejados: moteles de citas, clubes de jazz. Sin detenciones, ni sospechosos, ni informes; la comisaría estaba pendiente de un nuevo sistema de papeleo. Me enviaría las direcciones del club y del motel… cuando y si las encontraba.

Los discos rotos de Tommy K. ¿Los discos de jazz de Tommy K?

Más llamadas: calabozos de Central del LAPD/oficina de Investigación de la policía local. Resultados: ninguna detención por maltrato a perros este año; cero en jóvenes blancos mirones/merodeadores. Otros 459 postKafesjian: ningún sospechoso caucasiano.

Llamadas; un teléfono público acaparado durante tres horas. Repasadas todas las comisarías del LAPD y de la policía local. Mierda: ningún mirón joven blanco detenido; dos espaldas mojadas mataperros deportados a México.

Esperando: el archivo de pervertidos de la Central.

Bajé al centro. Una visita a la oficina: ningún mensaje; un informe sobre la mesa:

CONFIDENCIAL

30/10/58

A: TENIENTE DAVID D. KLEIN

DE: SARGENTO GEORGE STEMMONS, JR.

ASUNTO: KAFESJIAN/459 C.P.

947.1 (CÓDIGO DE SEGURIDAD E HIGIENE: MUTILACIÓN

CRIMINAL DE ANIMALES)

SEÑOR:

Según lo ordenado, he revisado los archivos de la Central del LAPD y de la Policía Local en busca de otros 459 parecidos al nuestro. No he encontrado ninguno. También he cruzado los datos sobre los detenidos por 947.1 (había muy pocos) con los archivos de 459, pero no he encontrado ningún nombre repetido. (El acusado de 947.1 más joven tiene ya 39 años, lo cual contradice la descripción del merodeador que nos proporcionó el agente Bethel.) También he revisado los expedientes locales y estatales sobre homicidios hasta 1950. No he encontrado ningún 187 o 187 anexo a robo con escalo que recuerde el modus operandi de nuestro hombre.

Ref.: Capitán Wilhite. Le he pedido «diplomáticamente» que nos proporcionara una lista de camellos/adictos delatados por los Kafesjian y me ha dicho que nunca se ha llevado un registro de sus soplos, que no ha quedado constancia por escrito, para proteger a la familia. El capitán Wilhite me ha proporcionado un nombre, el de un tipo delatado recientemente por Tommy Kafesjian: un vendedor de marihuana llamado Wardell Henry Knox, un negro que trabajaba de barman en diversos clubes de jazz. Los agentes del capitán Wilhite no daban con Knox, pero he sabido que éste fue asesinado hace poco (caso por resolver). Se trata de un homicidio entre negros que, probablemente, fue objeto de una investigación superficial.

Ref.: tiendas E-Z Kleen. En los tres locales que he visitado, el personal se ha negado de plano a hablar conmigo.

Volviendo al capitán Wilhite: Francamente, creo que miente respecto a que no hay constancia de los soplos de Kafesjian. Me ha expresado su disgusto por la discusión que tuviste con J.C. y me ha dicho que le habían llegado rumores de que la investigación federal sobre la delincuencia organizada se llevará a cabo finalmente y de que se centrará en el tráfico de narcóticos en las zonas centro y sur de Los Angeles. También le preocupa que se haga público el cohecho del LAPD a la familia Kafesjian, con el consiguiente descrédito para el departamento en general y para los agentes de Narcóticos que han llevado personalmente la relación con la familia.

Aguardo nuevas órdenes.

Respetuosamente,

Sgto. George Stemmons Jr.

Placa 2104

Sec. Subdirección Admva.

Junior: un novato competente, cuando se ponía a ello. Le dejé una nota: el mirón, más datos de la exhibicionista Lucille. Ordenes: volver a la casa, hablar con los agentes que interrogaban al vecindario, evitar a la familia.

Excitación: una ojeada al archivo de pervertidos. Perros/robos con escalo/mirones. A ver qué salía:

Un marine sorprendido tirándose a un pastor alemán. Un «Doctor Can», detenido por rociar a su hija con pus de perro pachón. Mataperros (ninguno que se ajustara a la descripción de nuestro hombre), folladores de perros, mamones de perros, apaleadores de perros, adoradores de perros, un chiflado que acuchilló a su mujer cuando llevaba puesto un disfraz de Pluto. Olfateadores de bragas, defecadores en lavabos y pilas, masturbadores (sólo fetichistas). Asaltantes de maricas, ladrones de travestidos, «Rita Hayworth» (vestido de Gilda, melena teñida, sorprendido abusando de un chiquillo dormido con cloroformo). La edad concordaba, pero un chulo lo había capado y el tipo se había suicidado: enterrado en San Quintín con su ropa de mujer. Mirones: ventanas, tragaluces, tejados; los payasos de los tejados, todo un número de circo. Ningún carnicero de perros guardianes; todos los degenerados, catalogados de pasivos: sorprendidos gimiendo, con la mano en la entrepierna. Darryl Wishnick, un modus operandi atractivo: espiar, forzar la entrada, violar perros guardianes sedados con carne rociada de narcótico… Una lástima que hubiera muerto de sífilis en el 56. Un pensamiento repentino: todos los mirones eran pasivos, nuestro hombre mataba perros de mala manera. Nada útil.

5.45: inquieto, hambriento. Una visita a Rick's Reef; tal vez Diskant en la tele.

Tomé el coche hasta el bar y engullí unos bocados. Noticias en televisión: Chavez Ravine, muertos en accidente de tráfico, el rojo.

Subí el volumen:

«…y anuncio mi retirada por motivos personales. Thomas Bethune será reelegido por falta de contrincante, pero tengo la ferviente esperanza de que esto no signifique que se apruebe el proyecto de usurpación de tierras de Chavez Ravine. Yo continuaré protestando de esta burda maniobra como ciudadano privado y…»

Ya sin apetito, me largué.

Una simple ronda, a ningún lugar en concreto. Hacia el distrito Sur: como atraído por un imán.

Figueroa, Slauson, Central. Un Plymouth gris de la policía detrás de mí; Asuntos Internos, seguramente, por orden de Exley. Aceleré: adiós, posible perseguidor.

Terreno de mirones: clubes nocturnos, burdeles. Bido Lito's, Klub Zamboanga, Club Zombie: techos bajos, fáciles de escalar. Motel Lucky Time, motel Tick Tock. Buenos observatorios: acceso al tejado, hierbas altas hasta el hombro. Una idea, clic: coger a Lester Lake en el Tiger Room.

Cambio de sentido, mirada por el retrovisor, mierda: un Plymouth gris aparcado.

¿Asuntos Internos o Narcóticos? ¿Matones al acecho?

Callejuelas, sin tiempo para maniobras evasivas: el garito de Lester cerraba a las ocho en punto. Lester Lake: inquilino, informador. Soplos baratos: Lester estaba en deuda conmigo.

Otoño del cincuenta y dos:

Una llamada de Harry Cohn, magnate del cine. Mi apodo de «el Contundente» le había intrigado. Me había creído judío, por el «Klein». Un cantante negro estaba tirándose a su chica: diez de los grandes por liquidarlos.

Dije que no.

Mickey Cohen dijo que no.

Cohn llamó a Jack Dragna.

Supe que me tocaría el trabajo: no podía rechazar la orden. Mickey: un capricho por una fulana no merece la muerte. Pero Jack insiste. Llamé a Jack: el asunto es una memez, no merece la pena. Dale una buena lección a ese Lester Lake, no lo mates.

Jack dijo: dásela tú.

Jack dijo: lleva a los hermanos Vecchio.

Jack dijo: lleva al negro a alguna parte y córtale las cuerdas vocales.

Tragó saliva. Una fracción de segundo…

– O cuento lo de Trombino y Brancato. Y arrastro por el fango el nombre de tu golfa hermanita.

Sorprendí a Lester Lake en la cama; o te corto, o te mato: tú eliges. Lester dijo, corta, rápido, por favor. Entraron los Vecchio; Touch traía un escalpelo. Unos tragos para relajar las cosas; unas gotas para dejar K.O. a Lester.

Anestesia: Lester llamando a mamá. Convencí a un médico expulsado del colegio: cirugía a cambio de no denunciarle por practicar abortos. Lester se curó. Harry Cohn encontró otra amiguita: Kim Novak.

A Lester le cambió la voz de barítono a tenor; desde entonces sólo se enrollaba con negras. Touch Vecchio acudía con sus novios a escucharle.

Lester dijo que estaba en deuda conmigo. Nuestro trato: un piso en mi bloque sólo para negros, alquiler reducido a cambio de buena información. Éxito: intimidaba a los morosos y daba soplos de apostadores.

El club: una fachada atigrada, un portero de esmoquin atigrado. Dentro: paredes de piel de tigre, camareras con ropa atigrada. Lester Lake en el escenario, cantando «Blue Moon» con voz chillona.

Ocupé un reservado y llamé a una tigresa: «Dave Klein quiere ver a Lester.» La chica desapareció detrás del escenario; estrépito de las máquinas tragaperras tras la puerta. Lester: reverencias de fingida humildad, falsos aplausos.

Las luces del local se encienden. Panorámica: conejitas de la jungla despatarradas en reservados de piel de tigre. Lester delante de mí, con un plato en la mano.

Pollo y wafles, todo grasiento.

– Hola, señor Klein. Iba a llamarle.

– Te has retrasado en el alquiler.

Lester tomó asiento.

– Sí, y ustedes los caseros no le dejan respirar a uno. Aunque podría ser peor. Podría tener un casero judío.

Miradas en nuestra dirección.

– Siempre me veo contigo en público. ¿Qué se imagina la gente que estamos haciendo?

– Nadie lo pregunta nunca, pero imagino que suponen que todavía recoge usted apuestas para Jack Woods. Yo soy hombre de apuestas, así que parece lo más lógico. Hablando de Jack, esta tarde le he visto cobrando los alquileres pendientes; por eso iba a llamarle a usted antes de que su hombre me sacuda como a ese pobre desgraciado del fondo del pasillo.

– Ayúdame y te lo sacaré de encima.

– De acuerdo. Pregunte lo que sea.

– No. Primero acaba esa bazofia. Luego, yo pregunto y tú contestas.

Pasó una tigresa; Lester se deshizo del plato y cogió un whisky. Un trago, un eructo:

– Pregunte, pues.

– Empecemos por nombres de ladrones de casas.

– Bien. Leroy Coates, en libertad provisional y gastando dinero. Wayne Layne, maestro del escalo, chuleando a su mujer para pagarse el hábito. Alfonzo Tyrell…

– Mi hombre es blanco.

– Sí, pero yo no salgo de la parte oscura de la ciudad. La última vez que supe de un ladrón blanco fue nunca.

– No está mal, pero yo le llamaría psicópata. El tipo rajó a dos doberman, sólo robó una vajilla de plata y luego revolvió algunas cosas de tipo familiar. Continúa.

– Continúo para ir a ninguna parte. No sé nada de un chiflado parecido, pero no hay que ser un Einstein para imaginar que tiene algo contra esa familia. Wayne Layne se caga en las lavadoras y es el ladrón de pisos más desquiciado que conozco.

– Está bien. Voyeurs, entonces.

– Mirones. Tipos que se excitan espiando por las ventanas. Tengo informes sobre mirones merodeando cerca de la casa del robo y por todo el Southside: moteles de sábanas calientes y clubes de jazz.

– Preguntaré por ahí, pero no va usted a sacar gran cosa a cambio del alquiler, estoy seguro.

– Probemos con Wardell Henry Knox. Vendía hierba y trabajaba de barman en tugurios de jazz, al parecer por esta zona.

– Al parecer porque los clubes de blancos no le contrataban. Y hacían bien, porque al tipo lo liquidaron hace unos meses. Persona o personas desconocidas, por si le interesa saber quién lo hizo.

La máquina de discos a todo volumen cerca de nosotros. Tirón del cable. Silencio inmediato.

– Ya sé que le mataron.

Murmullos de negros indignados. Que se jodan. Lester:

– Señor Klein, sus preguntas van muy lejos. De todas maneras, sospecho un motivo para lo de Wardell.

– Te escucho.

– Chicas. Wardell tenía sangre de chulo. Era el rey de los folladores. Se tiraba todo lo que se movía. Debía de tener un millón de enemigos.

– ¡Ya basta, joder!

Lester hizo un guiño.

– Pregúnteme algo de lo que pueda decirle alguna cosa.

– La familia Kafesjian. Tú tienes que saber más que yo.

Lester habló en voz baja.

– Sé que están en contacto con ustedes. Sé que sólo venden a negros y a lo que podría llamarse cualquiera, menos a blancos, porque así es como quiere las cosas el jefe Parker. Píldoras, hierba, caballo, esa gente son los proveedores número uno del Southside. Sé que prestan dinero y que tienen las manos libres a cambio de soplos; es decir, que delatan a los vendedores independientes al LAPD porque es parte del trato que tienen con ustedes. En fin, sé que J.C. y Tommy usan a esos negros en los que nadie se fija para mover el material, mientras Tommy controla al grupo. ¿Y busca un tipo loco?: pruebe con Tommy K. Suele rondar por el Bido Lito's con sus amigos y se levanta y se pone a tocar ese maldito saxo cada vez que le dejan, que es a menudo porque, ¿quién se atreve a decir que no a un tío loco, aunque sea un tipo canijo como Tommy? Tommy está chiflaaado. Está como una cabra. Él es el matón de los Kafesjian y he oído que es condenadamente bueno con la navaja. También he oído que hará cualquier cosa por estar a bien con los de Narcóticos. Dicen que se cargó al conductor borracho que atropelló a la hija de ese tipo de Narcóticos y se largó.

Chiflaaado.

– ¿Eso es todo?

– ¿No tiene suficiente?

– ¿Qué hay de Lucille, la hermana de Tommy? Es una tía rara: se exhibe desnuda en su casa.

– ¡Vaya! Bueno, ¿y qué? Lástima que Wardell esté muerto; seguro que querría tirársela. A lo mejor a ella le gustan los negros, como a su hermano. Me la tiraría yo mismo si no fuera porque la última vez que probé carne blanca me rebanaron el cuello. Usted debería saberlo: estaba allí.

Trinos en la máquina de discos. El propio Lester. Alguien había enchufado otra vez.

– ¿Te dejan poner tus propias canciones?

– Es cosa de Chick y Touch Vecchio. Son más sentimentales sobre el viejo incidente del cuello rajado que Dave Klein, el casero de barrio pobre. Mientras ellos se encarguen de las máquinas expendedoras y tragaperras del Southside para el señor Cohen, la versión de Harbor Lights de Lester Lake seguirá en esa máquina tocadiscos. Lo cual no me da mucha tranquilidad, porque el último par de semanas o así esos tipos nuevos con aspecto de recién llegados a la ciudad han estado trabajando la maquinaria, y eso puede pintar mal para el viejo Lester.

«Those haaarbor lights…»: pura sensiblería.

– Mickey debería andarse con cuidado, los federales podrían venir a investigar las máquinas de la zona. ¿Y no te han dicho nunca que cantas como un marica? ¿Como un Johnnie Ray sin trabajo?

Lester, con un aullido:

– Sí. Mis amigas. Hago que piensen que tengo tendencias afeminadas y así se esfuerzan mucho más para enderezarme. Touch V. suele venir con sus amigos mariquitas y yo estudio sus poses. Cuando me presentó a ese figurín rubio, fue como hacer toda una carrera universitaria en mariconería.

Bostecé. Las franjas atigradas empezaron a girar vertiginosamente.

– Duerma un poco, señor Klein. Parece agotado.

A la mierda el sueño: aquel imán seguía atrayéndome.

Recorrí en zigzag el este y el sur. Ningún Plymouth gris pegado al culo. Western Avenue: terreno de mirones, moteles de putas, ninguna dirección con la que empezar a trabajar. Western y Adams, paraíso de las putas: chicas esperando junto a Cooper's Donuts. Negras, mexicanas, unas cuantas blancas: vestidos con aberturas laterales hasta los muslos, pantalones ajustados.

Vuelco del corazón: la ropa de Lucille, rasgada y salpicada.

Vuelco del cerebro: Western y Adams, zona de University. Antivicio de University, allí estaba el archivo de prostitución: archivos de alias, listas de clientes, informes de arrestos. La sonrisa de buscona de Lucille, la sangre de papá en las zarpas: ¿Y si la chica hacía la calle por gusto?

Mucho imaginar. Las posibilidades eran muy remotas.

Decidí probar de todos modos.

Comisaría de Uny, convencer al responsable; el material sobre las putas, un revoltijo.

Fotos de fichas despegadas, copias de informes. Nombres: putas, apodos de las putas, hombres detenidos/fichados con las putas. Tres armarios de papeles sin ningún orden reconocible.

Hojeo entre ellos:

Ningún «Kafesjian», ningún nombre armenio. Una hora perdida; no era de extrañar: la mayoría de chicas utilizaba un apodo para salir bajo fianza. Una reflexión: si Lucille hacía la calle, y si la habían encerrado, probablemente habría llamado a Dan Wilhite para enfriar el asunto. 114 informes de detenciones, 18 chicas blancas: ninguna de las descripciones se ajustaba a Lucille. Una tarea inútil: la mayoría de los policías descuidaba los informes sobre prostitutas; las chicas se repetían siempre. Listas de apodos. Ninguna chica blanca que se hiciera llamar Luce, Lucille o Lucy; ningún apellido armenio.

Más fotos: algunas con cartel de datos colgado al cuello y anotaciones: nombres reales, alias, fechas. Chicas negras, mexicanas, blancas: 99,9 por ciento inútil. Piel de gallina: Lucille -de frente, de perfil-, sin cartel, sin anotaciones.

Manos a la obra: repasar todo el papeleo. Tres veces: cero, nada, tampoco. Ninguna referencia más a Lucille.

Sólo unas fotos de identificación.

El resto del expediente, traspapelado. Quizás.

O quizá Dan Wilhite había sacado los papeles, y se había descuidado las fotos.

Teoría: ladrón = mirón = cliente de Lucille K. Escribí una nota a Junior:

«Repasa todas las listas de prostitutas y clientes de la comisaría; busca información sobre las costumbres de Lucille». Piel de gallina: aquella condenada familia.

Pasé por la oficina y dejé la nota en la mesa de Junior. Medianoche: Subdirección, vacía.

– ¿Klein?

Dan Wilhite al otro extremo del pasillo. Le hice pasar. Estábamos en mi terreno.

– ¿Y bien?

– Y bien, lamento mucho el lío con los Kafesjian.

– No me interesan las excusas. Volveré a preguntarlo: ¿Y bien?

– Y bien, la situación es apurada y estoy tratando de ser razonable. Yo no pedí este trabajo, ni lo hago con gusto.

– Ya lo sé, y tu sargento Stemmons ya se ha disculpado por tu conducta. También me ha pedido una lista de los camellos denunciados por J.C. y su gente. Por supuesto, no se la he dado. Y no volváis a pedirla, porque todas las anotaciones relativas a los Kafesjian han sido destruidas. ¿Y bien?

– En fin, así están las cosas. Y la pregunta debería ser, «¿Y bien, qué es lo que quiere Exley?».

Wilhite, brazos en jarras, a un palmo de mí.

– Dime qué piensas tú de ese 459. A mí me parece un aviso de una banda de traficantes. Creo que Narcóticos está más preparado para llevar el asunto y creo que deberías decírselo así al jefe Exley.

– Yo no opino igual. Para mí que el ladrón tiene una fijación por la familia; quizá por Lucille, concretamente. Podría ser un mirón que ha estado actuando por el barrio negro en los últimos tiempos.

– O tal vez sea cosa de un chiflado. Una banda rival que utiliza tácticas de terror.

– Tal vez, pero no lo creo. En realidad no soy un experto en investigaciones, pero…

– Desde luego. Lo que eres es un matón con un título de Derecho…

FRÍO/TRANQUILO/QUIETO.

– …y lamento haberte dado vela en este entierro. Bien, he oído que la investigación federal se llevará a cabo, finalmente. Me he enterado de que Welles Noonan tiene auditores comprobando las declaraciones de la renta: la mía y la de algunos de mis hombres. Probablemente, eso significa que conoce lo de Narcóticos y los Kafesjian. Todos hemos recibido dinero, todos hemos comprado cosas caras que no podemos justificar, así que…

Sudoroso, echándome encima el aliento pestilente a tabaco.

– …así que cumple tu deber para con el departamento; tienes una lista de veinte nombres; yo, no, y mis hombres, tampoco. Tú puedes hacer de abogado y chupar de Mickey Cohen, y nosotros no. Y estás en deuda con nosotros, porque tú dejaste que Sanderline Johnson saltara. Welles Noonan tiene esa fijación con el Southside porque tú has comprometido su campaña. La presión sobre mis hombres es culpa tuya, de modo que a ti te toca arreglar las cosas. Ahora bien, J.C. y Tommy están fuera de sí. Nunca han tratado con agencias policiales hostiles y, si los federales empiezan a presionarles, serán incapaces de dominarse. Quiero que se tranquilicen. Aparca esa mierda de investigación, Dave. Dale a Exley lo que sea necesario, pero quítate del camino de esa familia lo más deprisa que puedas.

A un palmo de su rostro, también con los brazos en jarras:

– Lo intentaré.

– Hazlo. Imagina que es uno de tus trabajos pagados. Supón que yo estoy convencido de que arrojaste a Johnson por esa ventana.

– ¿De veras lo crees?

– Eres lo bastante codicioso, pero no tan estúpido.

Acompañé a Dan hasta la puerta; al andar, las piernas me temblaban. Sobre la mesa del despacho encontré una nota del escribiente: «Ha llamado P. Bondurant. Dice que llames a H. Hughes al hotel Bel-Air.»

8

– …y Pete me ha hablado de su espléndida actuación en el asunto Morton Diskant. ¿Sabía que Diskant es miembro de cuatro organizaciones que han sido clasificadas como tapaderas comunistas por la Fiscalía General del estado de California?

Howard Hughes: alto, delgado. Una suite de hotel, dos lacayos: Bradley Milteer, abogado; Harold John Miciak, guardaespaldas.

Siete de la mañana. Aturdido, maquinando un plan: encerrar a algún chiflado por el trabajo en casa de los Kafesjian.

– No, señor Hughes, no lo sabía.

– Pues debería. Pete me ha dicho que sus métodos eran rudos y quiero que sepa que los antecedentes de Diskant justificaban el trato que le dio. Entre otras cosas, proyecto establecerme como productor de películas independiente. Me propongo producir una serie de películas de batallas aéreas contra los comunistas, y uno de los argumentos principales de esas películas será que el fin justifica los medios.

Milteer:

– El teniente Klein también es abogado. Si acepta lo que usted va a proponerle, seguro que le hará llegar una interpretación adicional de los términos del contrato.

– No he practicado mucho como abogado, señor Hughes. Y en estos momentos estoy bastante ocupado.

Miciak carraspeó. Manos tatuadas: la marca de alguna banda.

– Eso no es trabajo para un abogado. Pete Bondurant ya tiene lleno el plato, así que…

Hughes, interrumpiéndole:

– La palabra que mejor resume el asunto es «vigilancia», teniente. Explíqueselo en detalle, Bradley.

Milteer, remilgado:

– El señor Hughes contrató en exclusiva a una joven actriz llamada Glenda Bledsoe, la instaló en una de sus casas de invitados y la estaba preparando para que interpretara papeles importantes en esas películas sobre las Fuerzas Aéreas. La chica ha violado el contrato al abandonar la casa y faltar a sesiones de ensayo sin pedir permiso. Actualmente, hace de protagonista femenina en una película de miedo de una productora no agremiada que se rueda en Griffith Park. Se titula El ataque del vampiro atómico, así que ya puede usted imaginar la calidad de la obra.

Hughes, remilgado:

– El contrato de la señorita Bledsoe le permite hacer una película al año con otro productor que no sea yo, de modo que no puedo romper el contrato por eso. Sin embargo, existe una cláusula de moralidad que podemos utilizar. Si demostramos que la chica es alcohólica, delincuente, adicta a los narcóticos, comunista, lesbiana o ninfómana, podemos denunciar el contrato y cerrarle las puertas de la industria del cine basándonos en ello. La única alternativa a eso es conseguir pruebas de que la señorita Bledsoe ha participado conscientemente en actos publicitarios de otras productoras rivales de Hughes, aparte de su trabajo para esa ridícula película de monstruos. Teniente, su trabajo consistiría en vigilar a la señorita Bledsoe con el objeto de reunir información sobre violaciones del contrato. Sus honorarios serán de tres mil dólares.

– ¿Le ha explicado la situación a la chica, señor Milteer?

– Sí.

– ¿Cuál fue su reacción?

– Sus palabras fueron, «¡Que te jodan!». ¿Qué responde usted, teniente?

El «no» en la punta de la lengua. Lo reprimí. Recordé:

Hush-Hush decía que Mickey C. financiaba aquella película.

«Casa de invitados» significaba «picadero». Que Howard Hughes se ocupara de poner orden en su propio gallinero.

Una idea:

Utilizar a algunos muchachos de la sección para el trabajo de seguimiento. Echar mano de un fondo especial: el dinero de los detenidos por los soplos de Kafesjian.

REGATEA. SUBE LA CIFRA.

– Cinco mil, señor Hughes. Puedo recomendarle alguien mas barato, pero no puedo desatender mis obligaciones normales por menos de esa cantidad.

Hughes asintió; Milteer sacó un fajo de billetes.

– Está bien, teniente. Aquí tiene dos mil por adelantado, y espero informes cada dos días, por lo menos. Puede llamarme aquí, al Bel-Air. Y ahora, ¿hay algo más que necesite saber de la señorita Bledsoe?

– No, ya me las arreglaré con el equipo de la película.

Hughes se puso en pie. Le tendí la mano gustosamente:

– La atraparé, señor.

Un apretón débil. Unos dedos fláccidos. Hughes se limpió la mano, restregándola a escondidas.

Dinero nuevo: gastarlo con vista. Pensar con vista:

Atrapar a Glenda Bledsoe enseguida. Dejar que Junior llevara parte del asunto Kafesjian, si había terminado de repasar los archivos que le dije. Aclarar la pista del barrio negro y evitar que volvieran a seguirme.

Instinto: Exley no me delataría en lo de Johnson. Lógica: destruyó el informe del forense; yo podría dar el soplo de lo de Diskant. Instinto: su interés por Kafesjian, ASUNTO PERSONAL. Instinto: me utilizaba como cebo; un policía bruto enviado para aumentar la presión.

Conclusiones:

Número uno: Wilhite y Narcóticos, los más peligrosos; para ellos era un policía torcido enredando con su fuente de ingresos. Quizás estaba a punto de sonar el blues del gran jurado federal: acusaciones en firme, procesos. Luego, policías corruptos sin trabajo y una cabeza de turco: un abogado-casero con una pensión de policía segura. Y para los asesinos sin trabajo, un objetivo: yo.

Número dos: Encontrar un ladrón/pervertido confesante; algún chiflado que cargara con el 459. Untar a los detectives de la comisaría para dar con alguno: mantener a Junior en la investigación real. ¿Que no aparece el auténtico ladrón?, Míster Pervertido se carga el muerto.

Me acerqué a la comisaría de Hollywood. El encargado del archivo no estaba. Eché un vistazo a «459 Resueltos» y «Falsas Confesiones», 1949-1957. Una hoja 187 en el tablón: el Diablo de la Botella. Asunto de pervertidos; estupendo. Cogí una copia.

Conclusión número tres:

Todavía bastante asustado.

Griffith Park, carretera oeste arriba: riachuelos, pequeñas montañas. Curvas empinadas, cañadas y matorrales: Peliculandia.

Un aparcamiento improvisado, abarrotado de vehículos. Añadí el mío. Gritos, carteles de manifestantes moviéndose a lo lejos. Salté a un remolque plano y observé el alboroto.

Piquete del sindicato; Chick Vecchio plantándoles cara; el bate de béisbol preparado, en alto. Un claro, camiones y plataformas, el plató: cámaras, una nave espacial medio Chevrolet.

– ¡Esquiroles! ¡Basura de esquiroles!

Suficiente; cargo contra el piquete: «¡Oficial de Policía!» Los manifestantes, acogotados: me dejan pasar sin protestas.

Chick me saludó; sonrisas, palmadas en la espalda.

– ¡Escoria! ¡Connivencia policial!

Nos alejamos hasta los remolques. Silbidos, nada de piedras; llorones. Chick:

– ¿Buscas a Mickey? Apuesto a que tiene un bonito sobre para ti.

– ¿Te lo ha dicho él?

– No, es lo que mi hermano llamaría una «conclusión inevitable para un buen conocedor». ¡Vamos, hombre! Un testigo vuela por la ventana en presencia de Dave Klein. ¿Qué va a suponer cualquier buen conocedor que se precie?

– Creo que estabas a punto de repartir un poco de leña sindical.

– ¡Oye!, deberíamos haber llamado al viejo Contundente. En serio, ¿se te ocurre alguna idea? Mickey está de un humor insoportable. ¿Sabes de algún muchacho que no nos costara un ojo de la cara?

– ¡Mierda!, déjales que protesten.

– No. Se ponen a gritar mientras rodamos y luego tenemos que volver a grabar el sonido. Y eso cuesta dinero.

Alguien, en alguna parte:

– ¡Cámaras! ¡Acción!

– En serio, Dave.

– Está bien, llama a Fats Medina, del gimnasio de Main Street. Dile que he dicho cinco muchachos y una barricada. Dile que cincuenta por cabeza.

– ¿De verdad?

– Hazlo esta noche y mañana ya no tendrás problemas con el sindicato. Vamos, quiero echar un vistazo a la película.

Llegamos al plató. Chick se llevó el índice a los labios: estamos rodando.

Dos «actores» gesticulando. La nave espacial en primer plano: aletas de Chevrolet, parrilla de Studebaker, pista de lanzamiento de cartón piedra.

Touch Vecchio:

«Los cohetes rusos han arrojado basura atómica sobre Los Angeles; una trama para convertir a los angelinos en autómatas receptivos al comunismo. ¡Han creado un virus vampiro! ¡La gente se ha convertido en monstruos que devoran a sus propias familias!»

Su coprotagonista: rubio, un relleno en la entrepierna:

«La familia es el concepto sagrado que une a todos los americanos. ¡Tenemos que detener esta invasión que nos arrebata el alma, al precio que sea!»

Chick, en un susurro con la mano delante de la boca:

– Los del piquete gritan que mi hermano ha matado a ocho hombres, y Touch se toma en serio los abucheos. Y, encima, él y ese encanto rubito se ponen a hacer guarradas en los remolques cada vez que pueden; incluso bajan a ligar a los lavabos de Fern Dell. ¿Ves al tipo del megáfono? Es Sid Frizell, el presunto director. Mickey le contrató barato y para mí que es un ex convicto que no podría dirigir un desfile de mongólicos. Siempre anda hablando con ese tipo, Wylie Bullock, el cámara, que al menos tiene un lugar donde dormir, y no como la mayoría de los vagabundos que ha contratado Mickey. Imagina: contrató al personal en los mercados de esclavos de los barrios bajos. Duermen en el plato, como si esto fuera una especie de jungla de mendigos. ¿Y el diálogo? También Frizell; Mickey le suelta diez pavos extra al día para que se ocupe del guión.

Ni Mickey, ni mujeres. Touch:

«¡Mataría a los máximos jerarcas del Secretariado soviético para proteger la santidad de mi familia!»

El rubito: «Te comprendo, desde luego, pero primero debemos aislar la basura atómica antes de que se filtre a la presa de Hollywood. ¡Mira a esas desgraciadas víctimas del virus vampiro!»

Corte a unos extras disfrazados de hombre lobo bailando un loco hip-hop. Hip, hop… Botellas asomando del bolsillo de atrás de los pantalones.

Sid Frizell:

– ¡Corten! ¡Os he dicho que dejéis el vino con las mantas y los sacos de dormir! ¡Y recordad la orden del señor Cohen: nada de vino antes del descanso para el almuerzo!

Uno de los tipos, tambaleante, acabó chocando con la nave espacial. Touch le pellizcó el culo al rubito disimuladamente.

– ¡Cinco minutos de descanso y nada de beber! -Frizell.

Ruido de fondo:

– ¡Esquiroles! ¡Policía, títeres!

Nada de Glenda Bledsoe.

Touch pasó junto a la cámara, lento, viscoso.

– Hola, Dave. ¿Buscas a Mickey?

– Todo el mundo me pregunta lo mismo.

– Bueno, es la conclusión inevitable del buen conocedor.

Chick me guiñó un ojo.

– Ya aparecerá. Habrá ido a comprar pan de hace una semana para los bocadillos. Imagina la cocina que tenemos: pan seco, donuts rancios y esa carne que venden por la puerta de atrás en ese matadero de Vernon. Dejé de comer en el plató cuando encontré piel y pelos en mi salchicha con queso.

Me reí. Comentario de script: el rubio y un viejo vestido de Drácula. Touch suspiró.

– Rock Rockwell va a ser un gran astro. Fíjate, le está diciendo al mismísimo Elston Majeska cómo debe interpretar el papel. ¿Qué significa eso para el buen conocedor?

– ¿Quién es Elston Majeska?

Chick:

– Era una especie de estrella del cine mudo en Europa y ahora Mickey le consigue permisos del asilo. Está enganchado, así que Mickey le paga con caballo cortado que consigue barato. Elston dice sus frases, se mete la aguja y le entra furor por el dulce. Deberías verle tragar esos donuts secos.

El viejo, tambaleándose, quitó el envoltorio de un pastelillo Mars. El rubito le agarró por la capa.

Touch, embelesado:

– ¡Se lo va a follar!

– ¡Glenda al plató dentro de cinco minutos! -Frizell.

– Cuando conocí a Mickey, ganaba diez millones al año. De aquello a esto, Dios santo.

– Las cosas vienen y se van -Chick.

– La antorcha pasa -Touch.

– Bobadas. Mickey salió de McNein Island hace un año, y nadie se ha hecho cargo aún de su viejo negocio. ¿Está asustado, acaso? Ya han liquidado a tiros a cuatro de sus muchachos y todos los casos están por resolver; y con eso quiero decir que nadie sabe quién lo ha hecho. Vosotros dos sois los únicos matones que le quedan y no comprendo cómo estáis con él todavía. ¿Qué le queda a Mickey, el negocio de las tragaperras del barrio negro? ¿Cuánto puede sacar con eso?

Chick se encogió de hombros:

– Míralo de esta manera: llevamos mucho tiempo con él y quizá no nos apetece cambiar. Mickey es un tipo listo y los tipos listos consiguen resultados tarde o temprano.

– Bonitos resultados. Y Lester Lake me dijo que unos tipos de fuera de la ciudad están trabajando las tragaperras del Southside.

Chick se encogió de hombros. Piropos y silbidos de admiración entre los extras: Glenda Bledsoe con un vestido de majorette.

Alta, esbelta, rubia miel. Toda piernas, toda pechos; una sonrisa que decía que nunca se creía nada. Un poco patizamba, ojos grandes, pecas oscuras. Puro algo: quizás estilo, quizás energía.

Touch me dio más detalles:

– Glenda la seductora. Rock y yo somos los únicos del plató inmunes a sus encantos. Servía bandejas de comida por la ventanilla de los coches en el autor restaurante Scrivner's cuando Mickey la descubrió. Mickey está embobado con ella; Chick, también. Glenda y Rock hacen de hermanos. Ella se ha infectado con el virus vampiro y trata de seducir a su propio hermano. Después, se convierte en un monstruo y obliga a Rock a huir a las montañas.

– ¡Actores en sus puestos! ¡Cámara! ¡Acción!

Rock: «Susie, soy tu hermano mayor. El virus vampiro ha atrofiado tu crecimiento moral y todavía te quedan dos años para entrar en el instituto de Hollywood.»

Glenda: «Todd, en tiempos de lucha histórica, las reglas de la burguesía no sirven.»

Un abrazo, un beso. Frizell:

– ¡Corten! ¡Toma buena! ¡Positivar!

Rock se desasió del abrazo. Silbidos, gritos de júbilo. Uno de los vagabundos abucheó; Glenda le dedicó un gesto: a tomar por culo. Mickey C. se encerró en un remolque, cargado de paquetes.

Di un rodeo por detrás del plató y llamé a la puerta.

– ¡El dinero para el vino no se repartirá hasta las seis en punto! ¡Hatajo de borrachos atontados! ¡Esto es un plató para filmación de exteriores, no la misión de Cristo Redentor!

Abrí la puerta y atrapé un bollo volador. Seco. Lo mandé de vuelta.

– ¡David Douglas Klein! El «Douglas» es una prueba concluyente de que no eres de mi sangre, jodido holandés pedorrero. Rechazas mi comida, pero dudo mucho que rechaces el dinero que Sam Giancana me ha encargado darte. -Mickey metió un sobre con un fajo de billetes bajo mi pistolera-. Sammy dice que gracias. Dice que ha sido un trabajo condenadamente bueno, con tan poco tiempo de aviso.

– Salió bien por muy poco, Mick. Me ha causado muchos problemas.

Mickey se dejo caer en un sillón.

– A Sammy no le importan tus problemas. Tú, más que nadie, deberías conocer el carácter de ese loco pedorrero chupapollas.

– Pues más vale que se preocupe por los tuyos.

– Ya lo hace, aunque sea con sus métodos bastos de tragón de espaguetis.

Fotos de Glenda casi desnuda en las paredes.

– Digamos que esta vez ha calculado mal.

– Como dice la canción, «¿Debe importarme?»

– Sí, debe importarte. La investigación de Noonan sobre el boxeo también saltó por la ventana, de modo que ahora anda loco por organizar algo en el barrio negro. Si los federales se meten en el Southside, seguro que investigarán tu negocio con las máquinas. Si me llega alguna noticia, te lo diré, pero es posible que no me entere. Sam ha puesto en verdaderas dificultades tu último negocio productivo.

Chick V. junto a la puerta; Mickey, con los ojos en las fotos.

– David, estas dificultades que predices me dejan asombrado. Mi única aspiración es ver legalizado el juego en este distrito; luego, pienso retirarme a las Galápagos y dedicarme a contemplar cómo las tortugas folian bajo el sol.

Solté una carcajada:

– El Legislativo del Estado no aprobará nunca el juego en el distrito. Y, si alguna vez lo hiciera, tú no conseguirías nunca una concesión. Bob Gallaudet es el único político de prestigio que lo apoya, y cambiará de opinión si consigue la Fiscalía.

Chick carraspeó; Mickey se encogió de hombros. Un permiso en la puerta: «Parques y Esparcimiento: Autorización para filmar.» Forcé la vista. En letra muy pequeña: «Robert Gallaudet.»

Otra carcajada.

– Bob te ha dejado filmar aquí a cambio de una contribución a su campaña. Está a punto de alcanzar la Fiscalía, de modo que piensas que un par de miles te dará ventajas en el asunto del juego. ¡Mick, debes de estar metiéndote más droga que ese viejo Drácula!

Un montón de fotos de chicas. Mickey les echó besos.

– La pareja que no tuve en el baile de promoción de 1931. Puedo garantizarle a la chica un aderezo de flores y muchas horas de diversión.

– ¿Y ella te corresponde?

– Mañana, tal vez sí, pero hoy me rompe el corazón. Ya habíamos quedado para cenar esta noche, pero luego ha llamado Herman Gerstein. Su compañía va a distribuir mi película y necesita a Glenda para que acompañe a Rock Rockwell, su amor loco, a un acto publicitario. Esos problemas… Herman está preparando a ese chapero para el estrellato sin contar conmigo, pero tiene pánico a que las revistas de escándalos descubran que le va la marcha por la puerta de atrás. Ya ves, todo un montaje y yo me quedo sin la compañía de mi bonita tetuda.

«Acto publicitario»: violación de contrato.

– Mickey, vigila tu negocio de las monedas. Recuerda lo que te digo.

– Adiós, David. Llévate un bollo para el camino.

Salí del remolque; Chick entró. Abrí el sobre: cinco de los grandes.

Un teléfono público; dos llamadas: a Identificaciones y a Junior.

Datos: Glenda Louise Bledsoe, 1,72 m, 58 kg, rubia/azules, FN 3/8/29, Provo, Utah. Permiso de conducir de California desde 8/46, cinco multas de tráfico. Chevrolet Corvette del 56, rojo/blanco, Cal. DX 413. Dirección: 2489 1/2 N. Mount Airy, Hollywood.

Junior. Sin suerte en la oficina. El escribiente de Subdirección me dijo que no había pasado por allí. Dejé un mensaje: que me llamara al autorrestaurante Stan's.

Fui hasta allí y ocupé un espacio libre cerca de la cabina telefónica. Café, una hamburguesa. Repaso de las copias de fichas.

Ladrones de casas confesos: datos físicos/modus operandi/antecedentes. Tomé notas. Mierda, el Diablo de la Botella, todavía suelto. Nombres, nombres, nombres; candidatos a psicópata inculpado. Más notas, aturdido: camareras coquetas, más dinero. Una idea irritante: un falso culpable no resolvía el caso; no había modo de encajar a Lucille y al ladrón en un ¿POR QUÉ?

El teléfono. Corrí a descolgarlo.

– ¿Junior?

– Sí. El escribiente me ha dicho que te llamara.

Cauteloso. Raro en él.

– ¿Has visto la nota que te dejé, verdad?

– Sí.

– Bueno ¿has encontrado algún papel sobre Lucille Kafesjian en el archivo de prostitutas de la comisaría?

– Estoy trabajando en ello, Dave. Ahora no puedo hablar. Escucha, te… te llamaré más tarde.

– ¡Una mierda, más tarde! Termina enseguida con eso y…

CLIC. Zumbido.

En casa, papeleo. Furioso con Junior: un inútil errático, cada vez peor. Papeleo: engordando el informe Kafesjian para Exley. Después, listas: posibles seguidores para Glenda, posibles pervertidos a inculpar. Llamadas recibidas: Meg (Jack Woods ha cobrado los alquileres atrasados), Pete B. (dile que sí al señor Hughes, le he convencido de que no eres subnormal). Llamadas realizadas: Subdirección, piso de Junior (sin suerte; cuando lo encuentre, le aplasto ese corazón insubordinado). La lista de seguidores; una suerte de perros: nadie libre para empezar esta noche. Me tocaría a mí por defecto: un acto publicitario significaba quebrantamiento de contrato.

De vuelta a Hollywood: calles secundarias, la autovía. No me siguió nadie, cien por ciento seguro. Gower arriba, Mount Airy, giro a la izquierda.

2489: apartamentos con patio: estuco color melocotón. Un cobertizo para coches con un Corvette blanco y rojo guardado.

5.10, recién oscurecido. Aparqué cerca: vista del patio/cobertizo. Matar el rato, el blues de la vigilancia; mear en una taza, deshacerse de ella, una cabezada. Tránsito de peatones/automóviles.

7.04, tres coches en el bordillo. Puertas abiertas, destellos de flashes: Rock Rockwell: esmoquin, una flor. Una carrerita hasta el patio, de vuelta con Glenda: guapa, un suéter ajustado. El resplandor de los flashes iluminó su expresión patentada: Mirad, es una broma y lo sé.

Zoom: los tres coches dieron media vuelta y se encaminaron al sur. Seguimiento en marcha, cuatro coches en comitiva: Gower, Sunset oeste. El Strip, Club Largo: tres coches se vaciaron.

Los conserjes perdieron el culo, serviles. Más fotos: Rockwell con cara de aburrido. Aparqué en lugar prohibido y coloqué en el parabrisas: «Vehículo Oficial Policía.» Los alrededores se correspondían con el local.

Entré con la placa, eché a un cliente de un taburete de la barra con la placa. Turk Butler en el escenario: el rey del club. En primera fila: Rock, Glenda, plumíferos. Fotógrafos junto a la salida: zoom funcionando.

Violación de contrato.

Cena: agua de seltz, pastas. Trabajo de vigilancia fácil: Glenda, locuaz; Rock, enfurruñado. Los periodistas le ignoraron: un soso.

Turk Butler dejó el escenario y salieron las chicas del coro. Glenda fumaba y reía. Las bailarinas tenían grandes tetas. Glenda se subió el suéter por bromear. Rock se dedicó a beber: whisky sours.

Salida del club a las diez en punto; a pie por Sunset hasta el Crescendo. Otro taburete de bar, vigilancia: pura Glenda. Glenda llamando la atención. Pequeños vestigios de Meg, y su ALGO personal.

Medianoche, una carrerita hasta los coches. Seguí a la caravana descaradamente de cerca. Regreso a casa de Glenda, farolas en la acera: un fingido beso de buenas noches recogido en fotos.

El periodista se marchó; Glenda le dijo adiós con la mano. Silencio, y unas voces contenidas.

– ¡Mierda, ahora no tengo coche! -Rock.

– Coge el mío, y tráete a Touch cuando vuelvas -Glenda-. ¿Pongamos dos horas?

Rock cogió las llaves y echó a correr, encantado. El Corvette salió quemando llanta; Glenda frunció el entrecejo. «Tráete a Touch cuando vuelvas» me sonó raro. Salí tras el coche.

Gower sur, Franklin este. Poco tránsito y nadie siguiéndome a mí. Al norte por Western, una pasada por el plató de filmación; el permiso de Mickey mantuvo abierta la carretera del parque.

Los Feliz, giro a izquierda, Fern Dell: arroyos y arboledas antes de las colinas de Griffith Park. Luces de frenos. Mierda: Fern Dell. En la brigada lo llamaban Paraíso del Chupa-pollas.

Rockwell aparcó. Hora punta. Luciérnagas rojas de cigarrillos en la oscuridad. Me eché a la derecha y paré el motor. Mis faros enfocaban a Rock y un chapero joven, muy mono.

Apagué las luces, bajé un poco el cristal. Cerca, capté la proposición:

– Hola.

– Hola.

– Esto… el otoño es la mejor estación en Los Angeles, ¿no crees?

– Sí, claro. Oye, acaban de dejarme un coche estupendo. Podríamos hacer una última visita al Orchid Room y luego ir a alguna parte. Tengo un poco de tiempo antes de recoger a mi chico… quiero decir, a una persona.

– No te andas con rodeos…

– Te aseguro que no. Anda, di que sí.

– No, encanto. Eres grande y brusco, y eso me gusta, pero el último tipo grande y brusco al que dije sí resultó ser un policía.

– ¡Oh, vamos!

– No, niet, nein, no. Además, he oído que los detectives de la Central también han estado rondando por Fern Dell.

Falso. Subdirección no se ocupaba nunca de homosexuales. Posible explicación: un exceso de celo de Junior, hombre de la brigada.

– Gracias por el aviso.

Una cerilla. Rock encendió un cigarrillo y siguió la ronda. Fácil de rastrear: el resplandor de la colilla pasando de marica en marica.

Pasó el tiempo, con una banda sonora penosa: jadeos de sexo entre los árboles. Una hora, una hora y diez; Rock reapareció subiéndose la bragueta.

Zum… el Corvette salió lanzado. Le seguí sin prisas. No había tráfico. Directo al plató, imaginé. Una barrera en la carretera, salida de la nada: unos hombres con bates de béisbol le dejaron pasar sin detenerle.

Faros de camión acercándose. Me detuve a distancia y observé. Chirriar de frenos, un camión grande con remolque: otra vez, los payasos del piquete. Se encendió un foco: una brillante ceguera blanca sobre el objetivo.

Los matones asaltaron el camión blandiendo bates claveteados. El parabrisas estalló; un hombre salió tambaleándose y eructando cristal. El conductor echó a correr; un clavo certero le arrancó la nariz.

La compuerta trasera saltó y los matones subieron en bloque: trabajando los costillares. Fats Medina sacó a un tipo arrastrándolo por el pelo; le arrancó el cuero cabelludo.

Ningún grito. Malo. ¿Por qué ningún ruido?

De vuelta a Fern Dell, y a casa de Glenda. Ningún grito. Muy raro; luego, el pulso dejó de resonarme en los oídos y éstos volvieron a funcionar.

Aguardé a que salieran los muchachos: Rock, Touch el amanerado, el matón con ocho muescas. Sospechoso: dos de la madrugada, una sirena de películas de serie B haciendo de anfitriona.

Un patio con la luz encendida: el suyo. Conecté el emisor y pasé las cintas para matar el aburrimiento. Mensajes, voces; la frecuencia de la comisaría.

Comentarios sobre el asunto de las pieles de Hurwitz: ladrones. Reconocí las voces: Dick Carlisle y Mick Breuning, guardaespaldas de Dudley Smith. Ni rastro de las pieles; Dud quería que se apretara fuerte a los peristas. Crepitación: interferencia entre comisarías. Breuning: Dud había sacado a Johnny

Duhamel de Antidisturbios. Un ex boxeador zumbado y peligroso. Más estática; pasé el dial: atraco a una licorería en La Brea.

El Corvette entró en el cobertizo; los muchachos caminaron hasta la casa haciéndose arrumacos.

Un timbrazo: la puerta se abre y se cierra.

Estudio de los accesos.

El patio delantero: demasiado arriesgado. El tejado, no: imposible subir. Detrás del apartamento: quizás una ventana por la que espiar.

Me arriesgo. Merece la pena, por una conversación jugosa.

Rodeé el bloque, conté las puertas traseras -una, dos, tres-; la de Glenda, cerrada con llave. Una ventana, cortinas entreabiertas. Ojos pegados al cristal:

Un dormitorio a oscuras; la puerta, ajustada. Presiono el cristal y se desliza en la guía. Se abre sin un chirrido, sin una vibración. Salvo el alféizar: arriba… y adentro.

Olores: algodón, perfume rancio. La oscuridad se hace gris. Una cama y unos estantes con libros. Voces. Me pego a la puerta y escucho:

– Bien, hay un precedente -Glenda.

– No muy afortunado, encanto -Touch.

Rockwell:

– Mary McDonald, «el Cuerpo». Una carrera saliendo de la nada; luego, ese secuestro salido de la nada. Los periódicos enseguida se olieron un truco publicitario. Yo pienso que…

– No era realista, por eso salió mal. -Glenda-. Ni siquiera se le desordenó el peinado. Recordad, Mickey Cohen financia nuestra película y está embobado conmigo, de modo que la prensa pensará enseguida en una intriga entre bandas. Hasta hace poco me administraba Howard Hughes, así que ya tenemos un personaje secundario…

– «Administraba»… ¡Vaya eufemismo! -Touch.

– ¿Qué es un eufemismo? -Rock.

– Tienes suerte de estar tan bueno, porque con ese cerebro no llegarías muy lejos.

– Cortad ya y escuchad. -Glenda-. Me pregunto qué pensará la policía. No es un secuestro por un rescate porque, francamente, nadie pagaría un dólar para librarnos de problemas a Rock y a mí. Lo que pienso…

Touch:

– La policía imaginará que alguien se quiere vengar de Mickey o algo parecido, y Mickey no tendrá la menor idea. A la policía le encanta molestar a Mickey. Molestar a Mickey es una de las actividades favoritas del departamento de Policía de Los Angeles. Y vosotros dos seréis buenos. Georgie Ainge os va a sacudir sólo un poquito más que una pizca, para darle realismo. La policía tragará, no os preocupéis. Los dos seréis víctimas de un secuestro y los dos tendréis un montón de publicidad.

– Actuación de método -Rock.

– Será un compromiso para Howard, ese cerdo -la chica-. No se le ocurriría denunciar el contrato de la bella víctima de un secuestro.

– Dime la verdad, encanto. ¿El tipo estaba colgado?

– Más loco que una cabra, Touch.

Todos se echaron a reír. El auténtico chiste: que los falsos secuestros siempre fracasaban.

Una rendija en la puerta. Me acerqué y apliqué el ojo. Glenda, en bata, con el cabello mojado:

– Hablaba de aviones para excitarse. Llamaba a mis pechos «mis hélices».

Más risas. Glenda salió de mi campo de visión. Crujidos de aguja, Sinatra. Esperé toda la canción por echarle otro vistazo.

No hubo suerte; sólo Ebb Tide, cantada muy lento. Crucé el dormitorio y salté por la ventana con una idea loca: No delatarla.

9

Monstruos:

Charles Issler, confeso: sádico con ansias de publicidad. «¡Pegadme! ¡Pegadme!»: con fama de morder a los tipos de Homicidios que no querían hacerle el favor. Michael Joseph Krugman, confeso: el Jesucristo número 187. Motivo: venganza. Cristo se había follado a su mujer.

Torbellino:

Muchas confesiones; encontrar un primo en la lista de identificaciones del LAPD. Y mientras, abriéndose paso dentro de mí, un INSTINTO…

Donald Fitzhugh: confeso de la muerte de un marica; Thomas Mark Janeway: abusos deshonestos a niños exclusivamente. Aquella COSA INSTINTIVA cada vez más intensa, casi una provocación. El Diablo de la Botella: estrangulador/mutilador/asesino de boxeadores sonados. Ningún candidato firme.

Desperté. ESE INSTINTO, enorme:

Los Kafesjian sabían quién había revuelto su casa; si encerraba al primer desgraciado que tuviera a mano, la familia jodería el asunto.

Sábanas sudadas/expedientes sudados/esa ficha que había pasado por mis manos últimamente:

George Sidney Ainge, alias «Georgie». Varón blanco, F.N. 28/11/22. Condenas por proxeneta en el 48 y el 53: catorce meses cumplidos en la cárcel del condado. Denuncias por venta de armas en el 56, 57 y 58: sin condenas. Ultima dirección conocida: S. Dunsmuir, 1219, L.A. Vehículo: Eldorado Caddy del 51, QUR 288.

Touch a Glenda: «George Ainge os va a sacudir sólo un poquito más que una pizca.»

Me afeité, me duché, me vestí. Glenda sonrió, respondiendo que frenara las cosas de momento.

La oficina, una nota interna de Exley: «Kafesjian/459: informe en extenso.» Ocho de la mañana; aún por entrar de servicio el turno de día: ninguna información sobre Georgie Ainge.

Café, pasado. Llamó un tipo de la Fiscalía por el asunto de esa incursión chapucera en la casa de apuestas: me cagué en él de abogado a abogado. Llegó Junior; sus pasos en la escalera secundaria, furtivo. Lancé un silbido, largo y agudo. Entró en el despacho. Cerré la puerta y bajé la voz:

– No vuelvas a colgarme el teléfono ni cualquier bobada parecida. A la próxima, firmo una petición de traslado que te arruina la carrera en la brigada tan deprisa…

– Dave…

– Dave, mierda. Stemmons, estás pasándote de la jodida raya. Obedece mis órdenes y haz lo que te diga. Bien, ¿has comprobado si hay papeles sobre Lucille Kafesjian en el archivo de la comisaría?

– No… no hay nada. Lo… lo repasé todo a fondo.

Nervioso, suspicaz. Cambié de tema:

– ¿Has estado acosando a los maricas de Fern Dell?

– ¿Qué?

– Un chapero dijo que nuestra gente estaba actuando en el parque y los dos sabemos que es mentira. Te lo repito, ¿has estado…?

Junior, con las manos levantadas, conciliador:

– Está bien, está bien, culpable. Le debía un favor a un antiguo alumno mío de la Academia. Trabaja en Antivicio de Hollywood y está atascado: el jefe le ha destinado al caso de los mendigos rajados. Yo sólo hice unos cuantos arrestos y dejé que él se los apuntara. Escucha, siento mucho si me salté algunas normas.

– Apréndete esas malditas normas.

– Seguro, Dave. Lo siento.

Temblando, sudoroso. Le ofrecí un pañuelo.

– ¿Has oído hablar de un chulo llamado Georgie Ainge? También se dedica a vender armas.

Movimientos de cabeza, ansioso por agradar.

– He oído que es un sádico. Un tipo de la comisaría me dijo que le gustan los trabajos en que tiene que hacer daño a alguna mujer.

– Sécate esa jodida cara; estás manchándome el suelo con el sudor.

Junior se apresuró a sacar: la pistola me apuntó. A mí. Rápido, le crucé la cara. Mi anillo de la escuela de Derecho le hizo sangre.

Nudillos blancos en torno al arma. Por fin, dejó de encañonarme. Buen tino.

– Conserva esa mala leche, tipo duro. Tenemos un trabajo en la calle y quiero que estés rabioso.

Coches separados. Que Junior se comiera el coco con la mitad de la película: buen chico/mal chico, ninguna detención. Que siguiera rabioso: yo tenía entre manos otro trabajillo privado y un falso secuestro podría echarlo a rodar. Junior: «Seguro, Dave, seguro», impaciente.

Llegué el primero. Un falso château: cuatro pisos, quizá diez apartamentos cada uno. Un Eldorado del cincuenta y uno junto al bordillo. Encajaba con la ficha de Ainge.

Repasé los buzones: G. Ainge, 104. El Ford de Junior frenó ante la casa: dos ruedas encima de la acera. Avancé por el pasillo en línea recta.

Junior me alcanzó a la carrera. Le hice un guiño; él me lanzó otro, medio crispado. Llamé al timbre.

La puerta se abrió unos centímetros. Tirón de orejas: señal al chico malo. Junior:

– ¡Policía, abran!

Error. Le hice una seña: patada a la puerta.

La puerta se abrió de par en par. Allí estaba: un gordo hijo de puta con las manos en alto. Cicatrices viejas en los brazos. Ahora vendría la jaculatoria: «Estoy limpio.»

– ¡Estoy limpio, agentes! Tengo un buen trabajo y tengo los resultados de un test de nalina que demuestran que ya no le doy a la aguja. Todavía estoy en libertad provisional y mi oficial de vigilancia sabe que he cambiado del caballo a la botella.

– Estamos seguros de que está usted limpio, señor Ainge. ¿Podemos pasar? -Una sonrisa.

Ainge se hizo a un lado; Junior cerró la puerta. El agujero: una cama empotrada, botellas de vino arrojadas a troche y moche, un televisor, revistas: Hush-Hush, varias de chicas. Junior:

– Besa la pared, pichón de mierda.

Ainge se abrió de brazos y piernas. Eché un vistazo a la portada de Hush-Hush: Marie McDonald, «el Cuerpo», reina del falso secuestro.

Georgie comió papel pintado; Junior le cacheó detenidamente. Página dos: algún amiguito de Marie se la había llevado a Palm Springs y la había apuñalado en una vieja cabaña minera. Una petición de rescate; su agente había llamado al FBI. Sátira: organice su propio secuestro por publicidad, cinco pasos fáciles.

Junior hizo agacharse a Ainge: golpe en los riñones, aceptable.

Georgie soltó un jadeo. Hojeé las otras revistas: sado-maso, mujeres amordazadas y atadas.

Junior tumbó boca abajo a Ainge de una patada. Una rubia tenía cierto parecido con Glenda. Abrí la boca:

– Lección número uno: llama a Hedda Hopper por anticipado. Lección número dos: no contrates secuestradores de la lista de Central. Lección número tres: no pagues a tu publicista con dinero marcado del rescate. ¿De quién fue la idea, Georgie? ¿Tuya, o de Touch Vecchio?

Ninguna respuesta.

Levanté dos dedos: EMPLÉATE A FONDO. Junior soltó un par de golpes a los riñones; Georgie Ainge vomitó bilis. Hinqué la rodilla cerca de él.

– Háblanos de eso. Ya no sucederá, pero cuéntanos de todos modos. Habla y no le decimos nada a tu oficial de vigilancia. Haznos enfadar y te encerramos por posesión de heroína. Gorgoteos:

– ¡Que os jodan!

Dos dedos/A FONDO.

Golpes a la nuca. Fuertes. Ainge se enroscó en posición fetal. Un golpe dio contra el suelo. Junior soltó un alarido y echó mano a la pistola.

Se la arrebaté, vacié la recámara, saqué el cargador.

Junior: «¡Dave, caray!» Adiós, tipo duro.

Ainge soltó un gemido. Junior lo pateó. Crujido de costillas.

– ¡VALE! ¡VALE!

Le senté en una silla; Junior recuperó el arma. Una botella sobre la cama; se la arrojé a Georgie.

Echó un trago, tosió, eructó sangre. Junior buscó el cargador. A gatas.

– ¿De quién fue la idea?

– ¿Cómo lo han sabido? -Ainge, con una mueca de dolor.

– No importa. He preguntado de quién fue la idea.

– De Touch. Touch V. El trato era arruinar la carrera de ese guapito y llevarnos a la rubia para poner un poco de picante. Touch dijo trescientos y nada de pasarse. Mire, yo acepté el trabajo por catarlo un poco.

Junior:

– ¿Catarlo? ¿Caballo? Pensaba que estabas limpio, escoria.

– «Escoria» pasó de moda con el vodevil. ¿De dónde ha sacado la placa, de una caja de cereales?

Contuve a Jr.

– ¿Catar qué, entonces?

– Ya no vendo armas, ni busco mujeres con intención de prostituirlas. He cambiado los polvos por el agua de fuego -una risita-, así que mis gustos no le importan a…

– ¿Catar qué?

– ¡Mierda, sólo quería tirarme a esa Glenda!

Me quedé quieto. Ainge continuó hablando: aliento pestilente a vino.

– …sólo quería darle un tiento a algo que Howard Hughes ha estado utilizando. Durante la guerra me despidieron de Hughes Aviación, así que podría decirse que esa golfa, Glenda, es una especie de indemnización. Sí, señor, ésa sí que es una buena…

Derribé su silla y le arrojé el televisor a la cabeza. Lo esquivó: las válvulas reventaron, estallaron. Cogí la pistola de Junior, apunté, disparé. Chasquidos. Ni una maldita bala, maldita sea.

Ainge se arrastró bajo la cama. En tono suave, medido:

– ¿Oiga, acaso cree que esa Glenda es My Fair Lady? Mire, yo la conozco, era la puta de Dwight Gilette, ese chulo. Puedo entregársela por un polvo con cámara de gas garantizada.

– Gilette…

Un recuerdo vago: un 187 sin resolver. Vacié de munición mi pistola: válvula de seguridad. Ainge, suave:

– Verá, yo entonces vendía armas. Glenda lo sabía. Gilette la estaba zurrando, así que compró una 32 para protegerse. No sé, sucedió algo y Glenda le pegó un tiro a Gilette. Le disparó y terminó usando la navaja del propio tipo. Sí, lo rajó también, y luego me vendió otra vez la pistola. La tengo guardada, ¿sabe? Pensé que algún día, por alguna razón… Quizá tiene huellas suyas. Me proponía amenazarla con eso en este asunto del secuestro. Touch no sabe nada del tema, pero usted podría hacer de esto un jodido caso para la cámara de gas.

Años 55 y 56: Dwight Gilette, proxeneta mulato, muerto en su casa. Llevaron el caso los sabuesos de Highland Park: disparos mortales, arma no encontrada, el fiambre apuñalado postmortem. Gilette, tipo de navaja: apodo, «Hoja Azul». Informe forense: descubiertos dos tipos sanguíneos, cabellos de mujer y esquirlas de hueso. Hipótesis: pelea a cuchilladas con una puta, la tía fríe/raja a un experto navajero.

Un hormigueo en el espinazo.

Ainge continuó hablando. Un galimatías. No le presté atención. Junior tomó notas en la libreta a toda prisa.

Rápido, encontrar el arma. Sin reflexionar por qué.

Una habitación, cómoda: baño, armario, cajonera. Ainge parloteando sin cesar, Junior ordenándole salir de debajo de la cama. Rebusqué a fondo; resultado, cero: más revistas, impresos de libertad condicional, gomas. Señales de desorden: prueba de que el profesor Junior había revuelto los papeles.

Ningún arma.

– Dave.

Ainge asomó con aire amistoso; una nueva botella medio vacía. Junior:

– Dave, tenemos un homicidio.

– No. Es demasiado viejo y sólo está la palabra de este payaso.

– Dave, vamos…

– No. Ainge, ¿dónde está la pistola?

Ninguna respuesta.

– Dime dónde está la pistola, maldita sea.

Ninguna respuesta.

– Ainge, dame la jodida pistola.

Junior, un breve gesto con las manos: DÉJAMELO A MÍ.

Déjamelo, leches. Cogí su libreta de notas. La hojeé. La confesión de Georgie: detalles, fechas aproximadas. Ningún rastro del arma. No más de una entre treinta posibilidades de que quedara alguna huella latente en ella.

Junior, conteniendo la cólera:

– Dave, devuélveme esa libreta.

Lo hice.

– Espera fuera.

La mirada de rayos X; no estaba mal para un blandengue.

– Stemmons, espera fuera.

Junior salió por fin; un chico duro muuuy lento. Cerré la puerta y me concentré en Ainge.

– Entrégame el arma.

– Ni lo sueñe. Antes estaba asustado, pero ahora veo las cosas de otra manera. ¿Quiere mi interpretación?

Puño americano en los nudillos, el puño preparado.

– Mi interpretación es que el chico piensa que una denuncia por asesinato contra esa Glenda es una buena idea pero usted, por alguna razón, no lo ve igual. También sé que si entrego esa pistola, es una descarada violación de la libertad provisional por posesión ilegal de armas. ¿Usted sabe qué es un «as en la manga»? ¿Sabe…?

Lo descargué: golpes arriba y abajo; carne ensangrentada/huesos de la cara rotos/hora de temor de Dios:

– Nada de secuestros. Ni una palabra a Touch o a Rockwell. Ni un comentario más sobre Glenda Bledsoe. No te acerques a ella. Y no le soples el paradero de la pistola a mi compañero ni a nadie más.

Toses/gemidos/escupitajos, intentando asentir. Flemas sanguinolentas en mis manos; ondas de choque subiéndome por el brazo de atizar.

Al salir, me abrí paso a puntapiés entre los restos del televisor.

Junior en la acera, fumando. Sin preámbulos:

– Cojamos a la Bledsoe por lo de Gilette. Bob Gallaudet garantizará la inmunidad a Ainge por lo de la pistola. Dave, la chica es la ex novia de Howard Hughes. Éste es un caso de primera.

Punzadas de jaqueca.

– Es un caso de mierda. Ainge me ha dicho que la historia de la pistola era mentira. Lo que tenemos es un homicidio de hace tres años con un presunto testigo condenado por proxeneta. Es un caso de mierda.

– No. Ainge te ha engañado. Estoy seguro de que esa pistola existe.

– Gallaudet no tragaría, créeme. Soy abogado; tú, no.

– Escúchame un momento, Dave.

– No, olvídalo. Ahí dentro has estado muy bien, pero ya se ha acabado. Hemos venido para frustrar la preparación de un delito y…

– Y para proteger ese pluriempleo tuyo.

– Exacto. De lo que saque, te daré una comisión.

– Lo cual es un ingreso no declarado. Lo cual es violar el reglamento del departamento.

Echando chispas:

– ¡No hay caso! Estamos en el asunto Kafesjian, que es un caso importante porque Exley anda salido por resolverlo. Si quieres ver pasta, apóyame en esto. Quizá le echemos tierra encima, quizá no. Tenemos que andarnos con ojo en este asunto para proteger al departamento, y no quiero que te vayas de la lengua prematuramente por un fiambre de chulo que ya es pan rancio.

– Un homicidio es un homicidio. ¿Y sabes qué pienso?

Presuntuoso hijo de puta.

– ¿Qué?

– Que quieres proteger a esa Glenda.

Furioso, ciego de rabia:

– Y yo pienso que, para ser un policía que empieza, te conformas con muy poco. Si quieres robar, roba a lo grande. Si yo me saltara las reglas alguna vez, no empezaría por la última.

CIEGO DE RABIA. Puños americanos fuera.

Ciego de miedo: Junior se metió en su coche a toda prisa. Abrió la ventanilla, sacó la cabeza:

– ¡Me las pagarás por tratarme como a un idiota! ¡Me las pagarás! ¡Y pienso cobrarme muy pronto, maldita sea! CIEGO FURIOSO RABIOSO. Junior se saltó un semáforo en rojo, con el coche coleando.

Me acerqué por el plato sólo para verla; imaginé que una mirada me diría sí o no.

Sus grandes ojos azules me miraron sin interés. No saqué ninguna conclusión. Ella actuó, se rió, habló: su voz no delató nada. Me quedé junto a los remolques y la encuadré en planos largos: la señorita vampira/posible acuchilladora de chulos. Un cambio de vestuario, de ropa recatada a vestido escotado…

Cicatrices en los omoplatos. Identificación: marcas de navajazos, una herida punzante/lesión ósea. Descripción a la Hush-Hush:

¡PROSTITUTA/ACTRIZ ASESINA A CHULO MESTIZO! ¡MAGNATE DE LOS AVIONES ENAMORADO! ¡POLICÍA CORRUPTO PASA DE LA OPULENCIA AL ARROYO!

La vi actuar, la vi realizar con ironía aquel estúpido trabajo. Se hizo de noche, seguí observando: nadie molestó al tipo emboscado junto a la entrada de artistas.

La lluvia puso fin a todo; de no ser por ella, me habría quedado toda la noche observando.

Una parada en un teléfono público, sin suerte: ni Exley en el despacho, ni Junior a quien persuadir o amenazar. Wilhite -todos mis tentáculos extendidos-: ni en Narcóticos, ni en casa. Bajé al Hody's de Vine Street: papeleo, cena.

Escribí dos informes para Exley: uno completo, otro omitiendo lo de Lucille, puta. Un seguro por si al final me decantaba por Wilhite. El proyecto del falso culpable, tachado: Exley no picaría y los Kafesjian eran un gran obstáculo. Me costó concentrarme; Junior rondaba todo el rato, provocándome con Glenda asesina.

Ex puta, Glenda; Lucille, puta.

La lluvia hacía borrosa la gente, fuera. Era difícil ver las caras, fácil imaginarlas. Fácil convertir a las mujeres en Glenda. Una morena se acercó al cristal: Lucille K., por una fracción de segundo. Me incorporé de un brinco y choqué contra la mesa; ella saludó a una camarera: una Jane cualquiera.

Barrio negro; ningún otro sitio donde ir.

Metódico:

Sin situaciones exactas de los mirones -dos brigadas habían rellenado los informes de cualquier manera-, sin direcciones precisas de moteles de putas/clubes de jazz donde empezar a buscar. Al sur por Western, conduciendo con una mano, la otra libre para puntear nombres de hoteles. Metódico: nadie pegado a mi cola. Cuarenta y un tugurios de sábanas calientes entre Adams y Florence.

Clubes de jazz, más confinados: Central Avenue, hacia el sur. Diecinueve clubs; contando bares, la cifra se elevaba a sesenta y pico. Pasaba poca gente a pie, por la lluvia; los rótulos de neón latían, hipnóticos. Destellos de medio segundo en el parabrisas.

Tamborileo de lluvia. Me decidí a una ronda de café y donuts.

Un puesto de Cooper's en Central, paraíso de putas. Invité a café a las chicas y enseñé la foto de Lucille. Grandes noes, un sí: una chica de Western y Adams con acento del este. Su historia: Lucille trabajaba de «eventual»; pantalones deportivos ajustados; ni nombre de batalla, ni trato con otras chicas.

Pantalones ajustados, rasgados/manchados de semen: mi ladrón.

Medianoche; la mitad de los clubes, cerrados. Los neones, apagados. Encontré a los jefes cerrando las puertas. Preguntas sobre mirones/merodeadores. Inmediatos «¿Cómo dice?». La foto de Lucille: caras inexpresivas.

La una de la madrugada, las dos: rutina policial. Chicas haciendo la calle en paradas de autobús y de taxi: hablé de Lucille con el pensamiento puesto en Glenda. Más noes, más lluvia; me refugié en un local de comidas.

Un mostrador, reservados. Lleno, todos habituales. Cuchicheos, codazos: negros olfateando a la Ley. Dos chicas con aspecto de busconas en un reservado; sus manos bajo la mesa, rápidas y furtivas.

Me senté con ellas. Una se levantó de un respingo; la retuve retorciéndole la muñeca. Sentada junto a mí, una negra de piel clara poco atractiva. Rezumaban nervios de adicto; los percibía.

– Vaciad el bolso sobre la mesa.

Lento y frío: dos bolsos de seudopiel de serpiente vueltos del revés. Indicio de delito: bencedrina envuelta en papel de aluminio. Cambio de tono:

– Muy bien, estáis limpias.

– ¡Mieeerda! -la de piel más oscura.

– ¿Oiga, qué…? -la Morena Clara.

Les mostré la foto de Lucille.

– ¿La habéis visto?

La basura del bolso reapareció; Morena Clara acompañó el café con unas benzedrinas.

– He dicho si la habéis visto.

Morena Clara:

– No, pero ese otro policía ha…

Su compañera la hizo callar; vi el codazo.

– ¿Qué «otro policía»? Y no me mientas.

– Otro agente ha estado preguntando por esa chica. Él no tenía fotos, pero traía un… un retrato robot, lo llamó. Era la misma chica; un dibujo muy bueno, se lo aseguro.

– ¿Era un hombre joven? ¿Cabello rubio, veintitantos años?

– Exacto. Un tipo con un gran tupé que anda tocándose todo el rato.

Junior. Trabajando con un esbozo policial sacado de la brigada, quizás.

– ¿Qué clase de preguntas te hizo?

– Quería saber si esa ratita blanca rondaba por aquí. Le he dicho que no lo sabía. Entonces me ha preguntado si trabajaba los bares de la zona y le he dicho que sí. Me ha preguntado por un mirón y le he dicho que no conocía de ningún mirón de jazz.

Probé con su compañera:

– ¿A ti te preguntó lo mismo, verdad?

– Ajá. Y yo le contesté lo mismo, que es la pura verdad.

– Sí, pero le acabas de dar un codazo aquí, a tu amiga, lo cual significa que tú le has contado algo más sobre ese policía. Porque eres tú la que está resultando sospechosa. Vamos, habla antes de que encuentre algo más en ese bolso tuyo.

Murmullos de odio a la policía en todo el local.

– Habla, maldita sea.

Morena Clara:

– Lynette me ha dicho que vio a ese policía sacudiendo a un tipo en el aparcamiento del Bido Lito's. Un negro, y Lynette dice que vio al agente del tupé sacarle dinero. También dice que vio al policía en el Bido, hablando con ese policía rubio, el angelito que trabaja para el malvado señor Dudley Smith, al que le encanta mandar a sus matones a hacer redadas contra los morenos. ¿No es ésta la verdad y toooda la verdad, Lynette?

– Exacto, encanto. Toooda la verdad. ¡Y que me muera si miento!

La verdad:

Junior: ¿artista de la extorsión? («Si quieres robar, roba a lo grande.») El policía rubio, el «angelito»:??????

– ¿Quién era el tipo de la paliza en el Bido Lito's?

– No lo sé; no lo había visto antes, ni he vuelto a verle después.

– ¿Qué significa eso de «sacarle dinero»?

– Significa que apuntaba con el arma al pobre hombre reclamándole dinero y, mientras tanto, le insultaba.

– ¿Sabes cómo se llama ese policía rubio?

– No le puedo dar ningún nombre, pero le he visto con el señor Smith, y está tan bueno que a él se lo hago gratis.

Lynette soltó una carcajada; Morena Clara, una risotada. Todo el local se rió. De mí.

Bido Lito's, 68 y Central: cerrado. Anotación: una pista sobre Junior, el chiflado.

Vigilé el aparcamiento: nada sospechoso; música saliendo de una puerta en la acera de enfrente. Forcé la vista y leí el nombre en la marquesina: «Club Alabam: Art Pepper Quartet, todas las noches.» Art Pepper, Vida convencional: uno de los discos rotos de Tommy K.

Música extraña, pulsante, discordante. La distancia distorsionaba el sonido; el ritmo se acompasó con las voces de la gente que charlaba en la acera. Difícil reconocer los rostros, fácil imaginarlos: todas las mujeres me parecieron Glenda. Un crescendo, aplausos; encendí los faros para ver mejor. Demasiada luz. Unos tipos pasándose un porro; desaparecieron sin darme tiempo a parpadear.

Bajé del coche y entré. Oscuro: ni portero ni taquilla a la entrada. En el escenario, cuatro tipos blancos, iluminación de Fondo. Saxo, bajo, piano, batería; cuatro compases: ni música, ni ruido. Tropecé con una mesa, tropecé con una jarra olvidada.

Mis ojos se acostumbraron: bourbon y un vaso justo delante. Cogí una silla, observé, escuché.

Solo de saxo: bocinazos/sobreagudos/quejidos. Me serví un trago. Lo tomé de un golpe.

Calor. Pensé en Meg: tener padres alcohólicos nos había vacunado contra el licor. La llama de una cerilla: Tommy Kafesjian en primera fila. Tres tragos seguidos, mi respiración se acompasó con la música. Crescendos; sin interrupción, una balada.

Pura belleza: saxo, piano, bajo. Cuchicheos: «Champ Dineen», «El Champ, eso es suyo». Un disco roto de Tommy: (Muuy calmoso).

Un trago más, notas de bajo, latidos irregulares. Glenda, Meg, Lucille: algún reflejo de la bebida iluminaba sus rostros.

La luz de la puerta: Tommy K, saliendo.

Resumen del paseíto por los tugurios, puro instinto de policía:

Mirón/merodeador/ladrón destripaperros: un mismo hombre. Loco del jazz/voyeur: el ruido alimentaba la vigilia.

Ruido/música: adelante, sigue por ahí…

Barrio de sábanas calientes, moteles apretados uno junto a otro a lo largo de un extenso bloque. Tugurios de estuco, colores brillantes, un callejón en la parte de atrás.

Escalera de acceso al tejado: aparqué, subí, miré.

Vértigo. Los efectos del ruido/música y del licor, todavía. Piso resbaladizo, cuidado; un puesto de observación. Por puros huevos escogí un rótulo junto a la fachada. Un golpe de brisa, una vista: ventanas.

Unas cuantas luces encendidas: habitaciones para citas -paredes desnudas-, nada más. El bourbon se evaporó en escalofríos. La música golpeó con más fuerza.

Luces que se encienden y se apagan. Paredes desnudas; imposible ver caras, fácil imaginarlas:

Glenda matando al macarra.

Glenda desnuda; el cuerpo de Meg.

Escalofríos. Volví al coche, conecté el aire caliente, di vueltas:

En casa de Meg; ninguna luz encendida. Amanecía. Hollywood: la casa de Glenda, a oscuras. De vuelta a mi piso: una carta de Sam G. en el buzón.

Entradas para la temporada universitaria. Una P.D.: «Gracias por demostrar que las ratas del arroyo pueden volar.»

Ruido/música: golpeé el buzón con ambos puños.

L.A. Times, 4/11/58:

DECEPCIÓN EN LA CARRERA POR LA CONCEJALÍA;

EL VOTO DECISORIO PARA EL ASUNTO CHAVEZ RAVINE,

CONSEGUIDO POR ABANDONO

Se esperaba una lucha hasta el último minuto en la carrera por la concejalía del Distrito Quinto; la votación de hoy tenía que haber sido muy reñida. Pero mientras los candidatos estatales, municipales y judiciales aguardan con nerviosismo noticias de las urnas, el inminente concejal, el republicano Thomas Bethune, descansa con su familia en su casa de Hancock Park.

Hasta la semana pasada, Bethune se veía gravemente amenazado por el liberal Morton Diskant, su oponente demócrata. Armado con sus credenciales de abogado de las libertades civiles, Diskant presentaba a Bethune como un peón de los capitostes políticos de Los Angeles, cuyo principal interés era el asunto de Chavez Ravine. La concejalía del Distrito Quinto, que tiene un 25% de población negra, se había convertido en una prueba del tornasol: ¿cómo responderían los votantes cuando toda la campaña giraba en torno a si reubicar o no a unos latinoamericanos empobrecidos con vistas a hacer sitio a un estadio de béisbol para los Dodgers de L.Á.?

Diskant insistía en este tema, junto a otras que llamó «cuestiones colaterales»: el uso de la fuerza por parte del departamento de Policía de Los Angeles, calificado de excesivo, y la «borrachera de peticiones de cámara de gas» de la Fiscalía de Distrito. Más que una prueba del tornasol, la disputa por el Distrito Quinto era fundamental para la aprobación de la propuesta sobre Chavez Ravine. Una encuesta extraoficial en el Consejo mostraba que los miembros actuales están a favor por 5 a 4, y todos los demás candidatos que optan a los escaños, tanto demócratas como republicanos, han hecho público su apoyo a la medida. Así pues, sólo la elección de Diskant podía forzar un empate en el Consejo municipal y retrasar legalmente durante un tiempo la boda entre Chavez Ravine y los Dodgers.

Pero las cosas no iban a suceder así. La semana pasada, Diskant se retiró de la carrera, en el preciso instante en que las encuestas empezaban a colocarle por delante de su oponente. El voto del Consejo sobre Chavez Ravine se mantendrá 5 a 4 a favor y se espera que la proposición se convierta en ley a mediados de noviembre. Como justificación de la retirada, Diskant alegó «motivos personales»; no se extendió en más detalles. En los círculos políticos han corrido las sospechas y el titular de la Fiscalía Federal para el distrito de Southern California, Welles Noonan, manifestó su opinión al reportero del Times, Jerry Abrams: «No citaré nombres; francamente, no puedo hacerlo. Pero la retirada de Diskant huele a coacciones de alguna clase. Y añadiré una cosa, como demócrata y como decidido luchador contra el crimen con credenciales, como mi trabajo para el Comité McClellan sobre el Crimen Organizado: Se puede ser a la vez liberal moderado y enemigo del crimen, como demostró mi buen amigo, el senador John Kennedy, con su trabajo para el Comité.» Noonan declinó responder a las preguntas sobre sus propias ambiciones personales y no hemos conseguido que Morton Diskant ampliara sus explicaciones. El concejal Bethune declaró al Times: «Me disgusta ganar de esta manera porque prefiero una lucha cerrada. Prepare esos perros calientes y esa manteca de cacahuete, Walter O'Malley (presidente de los Dodgers), porque voy a comprar las entradas para la temporada. ¡Viva el béisbol!»

L.A. Mirror, 5/11/58:

GALLAUDET, ELEGIDO FISCAL DEL DISTRITO; EL MÁS JOVEN EN LA HISTORIA DE LA CIUDAD

No hubo sorpresas: Robert «Llámeme Bob» Gallaudet, de 38 años, antiguo agente del departamento de Policía de Los Angeles y de la Fiscalía que se licenció en Derecho en la Universidad del Estado con cursos nocturnos, fue elegido ayer fiscal del Distrito de Los Angeles, superando a otros seis candidatos con un 59% de los votos emitidos.

Su elección marca un hito en una rápida carrera aliada con la fortuna, sobre todo debido a la dimisión del anterior fiscal del Distrito, Ellis Loew, en abril pasado. Gallaudet, entonces acusador favorito de Loew, fue nombrado interinamente para el cargo por el Consejo Municipal, en cuya decisión pesó sobre todo, se comenta, su amistad con Edmund Exley, jefe de Detectives del LAPD. Se espera que Gallaudet, republicano, sea candidato a Fiscal General del Estado en 1960. Es un firme defensor de la ley y el orden y frecuente objeto de ataques de los grupos que propugnan la derogación de la pena de muerte.

El nuevo fiscal del Distrito ha recibido recientes críticas desde otro frente. Welles Noonan, fiscal federal para el distrito de Southern California y citado a menudo como probable oponente de Gallaudet en la carrera por la Fiscalía General, ha declarado al Mirror: «El apoyo del fiscal Gallaudet a la ley de Juego en el Distrito, actualmente frenada en la Cámara del Legislativo del Estado de California, está en abierta contradicción con su pretendida filosofía de firmeza contra el crimen. Esta ley (es decir, la propuesta de legalizar establecimientos de juego, restringidos a determinadas zonas controladas por las fuerzas de la Policía Local, donde se permitirían las cartas, las máquinas tragaperras, las apuestas fuera de los hipódromos y otros juegos de azar, aunque sometidos a fuertes impuestos estatales) es una vergüenza moral que perdona el juego compulsivo bajo el disfraz del provecho político. Se convertirá en un imán para el crimen organizado y exhorto al fiscal Gallaudet a dar marcha atrás en su apoyo a la medida.»

En una conferencia de prensa para anunciar su próxima gala de celebración de la victoria, que tendrá lugar dentro de dos noches en el Coconut Grove del hotel Ambassador, Gallaudet desautorizó a sus críticos, en especial al fiscal federal, Noonan. «Miren, apenas acaban de elegirme para este cargo y ya está haciendo campaña contra mí para llegar a ser Fiscal General. Sobre mi futuro político, sin comentarios. Mi comentario sobre mi elección para la Fiscalía de Distrito de Los Angeles: mucho ojo, delincuentes. Y ánimo, angelinos: estoy aquí para hacer de esta ciudad un refugio pacífico y seguro para todos sus habitantes respetuosos de la ley.»

Revista Hush-Hush, 6/11/58:

¡HOLA, DODGERS!!! ¡ADIÓS, CHUSMA DESHARRAPADA»!

Enteraos, gatitos y gatitas, chicos y chicas: a nosotros nos gusta el pasatiempo nacional tanto como a cualquiera, pero esto ya es pasarse. ¿Es que esa gran señora, la Estatua de la Libertad, no tiene una especie de lema inscrito a sus pies, algo así como: «Dadnos a vuestras masas pobres, hacinadas y desheredadas, que anhelan ser libres»? Veamos, la geografía de la Costa Este no es nuestro fuerte y es evidente que ya estáis hartos de esa palabrería patriótica. Mirad, aquí todo el mundo quiere una casa fija para los Dodgers, incluidos nosotros. Pero… nuestra iconoclasia nos dicta que tomemos otro enfoque distinto, aunque sólo sea para ver si con esto aumenta nuestra venerada «cuota de mercado». ¡Protesta social en las páginas de Hush-Hush! ¡Habían dicho que eso era imposible! Recordad, queridos lectores, que la primera noticia la habéis leído aquí.

Enteraos: El Consejo Municipal de L.Á. se dispone a desahuciar de sus chabolas de tablas y chapa ondulada el enclave, enraizado de antiguo, de aparceros mexicano-americanos improductivos, empobrecidos e impetuosamente machistas que ocupan Chavez Ravine, ese Shangri-La sombrío y envuelto en contaminación. Esos artistas del bate, nuestros ídolos, los Dodgers, se trasladarán allí tan pronto como se despeje la polvareda y se construya el estadio… ¡Y entonces tendrán un nuevo hogar desde el cual dominar el gallinero de la Liga Nacional! ¡Estupendo! ¡Vosotros contentos, nosotros felices! ¡Hala, Dodgers! Sí, pero, ¿qué será de esos desposeídos, de esa gente arrojada a la delincuencia por los Dodgers, de esos mexicanos desprotegidos por la Administración?

Noticia: el servicio de Tierras y Caminos del Estado de California paga a los chabolistas 10.500$ por familia como gastos de realojamiento, apenas la mitad de lo que cuesta un cuchitril viejo en lugares tan pintorescos como Watts, Willowbrook y Boyle Heights. El servicio de Tierras y Caminos también está examinando con ánimo emprendedor diversas propuestas de instalación de tugurios presentadas por promotores inmobiliarios rápidos y rapaces: ¡posibles «Casas del Taco» y «Tascas de la Enchilada» donde los Atracadores del Burrito expulsados del penoso cobijo de Chavez Ravine podrían vivir en un esplendor barato de barrio bajo, cantando fandangos en sus ratoneras sin medidas contraincendios!

Hemos oído el rumor de que entre los emplazamientos que se barajan están esas caballerizas convertidas en celdas que se utilizaron para encerrar a los japoneses internados durante la Segunda Guerra Mundial, y en un motel de bungalows reconvertido de Lynwood, amueblado con camas en forma de corazón y esos espejos de marco dorado de pacotilla. ¡Oíd, esos lugares recuerdan esta redacción de Hush-Hush!

¡Eh! Aquí, en el centelleante y sensacional Sunset Strip, los alquileres se han puesto por las nubes y hemos oído que algunos desposeídos decepcionados y disgustados han cogido el dinero y se han vuelto a México adelantándose a la fecha definitiva de desahucio, ¡y han dejado abandonadas sus chabolas! ¡Bien, Hush-Hush podría trasladar a ellas su centro de operaciones! De esta manera podríamos incluso bajar el precio de nuestra revistucha. ¡Si os tragáis eso, terminaremos vendiéndoos un Pendejo Penthouse y un Chevrolet Chorizo a estrenar!

Pero bien, volviendo a los asuntos serios, parece que los poderes fácticos de Los Angeles han mandado a un personaje a conversar con los muchos residentes que aún siguen en Chavez Ravine, a repartirles chucherías y a intentar convencerles para que se trasladen antes de la fecha fijada para el desahucio y sin necesidad de requerimiento judicial. Ese personaje es Reuben Ruiz, un popular boxeador del peso gallo clasificado en el octavo lugar de la categoría, según la Ring Magazine. Un hombre cuyo probado pasado turbulento se apresura a descubrir Hush-Hush.

Ejemplo:

Reuben Ruiz cumplió condena en el reformatorio Preston por robo juvenil.

Ejemplo:

Reuben Ruiz tiene tres hermanos: Ramón, Reyes y Reynaldo (¡Dios, cómo les gusta ese sonido a los mexam!), y los tres tienen condenas por robo con allanamiento y/o tirones callejeros en sus historiales.

Ejemplo:

Reuben Ruiz fue un testigo protegido durante la investigación sobre el boxeo, de corta vida, que llevó a cabo recientemente el brillante fiscal federal, Welles Noonan. (Seguro que recordáis esa investigación, amigos jazzeros: otro testigo saltó por la ventana mientras el detective del LAPD encargado de su custodia echaba una cabezadita.)

Ejemplo:

Reuben Ruiz fue visto hace pocos días almorzando en el Pacific Dining Car con el fiscal del Distrito, Bob Gallaudet, y el concejal municipal, Thomas Bethune.

Una última hora, en secreto y muy Hush-Hush:

Un hermano de Reuben Ruiz, Ramón, fue detenido hace unos días por un robo, pero ahora los cargos han sido retirados misteriosamente…

Coacciones; he aquí una conclusión cautivadoramente corrosiva que considerar.

¿Es Reuben Ruiz un hombre de paja, un relaciones públicas de la Fiscalía de Distrito y del Consejo Municipal? ¿Ese travieso hermano suyo, el camorrista Ramón, le debe la libertad a los prudentes trapicheos políticos de Reuben? Todos estos esfuerzos ajenos al plan de entrenamientos, ¿afectarán al mortífero gancho de izquierda de Reuben cuando combata con el duro Stevie Moore en el Olympic, la semana que viene? Recuerda, querido lector, que ha sido aquí donde has tenido la primera noticia: en secreto, confidencial y muy Hush-Hush.

Columna «El mundo del crimen», revista Hush-Hush, 6/11/58:

VACIADOS LOS FRIGORÍFICOS DEL REY DE LAS PIELES ¿DÓNDE ESTÁN LOS VISONES?

Mis fieles lectores, todos sabéis quién es Sol Hurwitz, «el rey de las pieles»: ¿Quién no ha visto sus anuncios en el programa de Spade Cooley de la tele? En el último se ve una copiosa nevada cayendo sobre el Teatro Chino de Grauman mientras los desprevenidos angelinos tiritan en bermudas. Hurwitz intercala en estos anuncios un decorado en forma de iglú donde su mascota, el muñeco Vinnie Visón, lanza su agresivo mensaje de coro griego: los científicos predicen una nueva era glacial a pocos siglos vista, compre ahora su abrigo de piel Hurwitz a precios de saldo, en cómodos plazos, y guarde sus pieles durante la «temporada baja» en nuestro almacén de San Fernando Valley sin cargo alguno. ¿Captáis la idea, gatitos y gatitas? Sol Hurwitz sabe que las pieles son un objeto inútil en Southern California, y se divierte como un cosaco al tiempo que olvida mencionar lo fundamental de su negocio: Que la gente compra pieles por dos razones: sentirse elegantes y hacer ostentación del dinero que tienen.

¿Captáis este modo de ser especial de L.Á.? Bien, entonces estáis en nuestra onda. Y también entenderéis que el almacén gratuito de Hurwitz es útil para un montón de negocios.

¡Brrr, qué escalofríos! Vuestros amados Charlie Chinchilla, Vicky Visón y Mario Mapache están a salvo con Sol, ¿verdad? Bien, hasta el 25 de octubre nadie habría pensado lo contrario…

Esa noche aciaga, tres o cuatro atrevidos malhechores a quienes se supone expertos en electrónica y manejo de herramientas marcaron un hito en sus carreras delictivas al reducir a un guarda de seguridad y desaparecer con pieles almacenadas en el guardarropía por valor de un millón de dólares. ¿Y habéis leído la letra pequeña de los contratos de almacenamiento «gratuito», mis queridos amantes del jazz? Si no, prestad atención: en caso de robo, la compañía de seguros de Hurwitz os reembolsa un 25 % del valor estimado de la estola o el abrigo perdidos.

Y, además, la policía sigue sin tener la menor pista de quiénes pueden ser los «cazadores furtivos». El capitán Dudley Smith, jefe de la sección de Robos del LAPD, contó a los periodistas en la comisaría de Van Nuys: «Sabemos que utilizaron un remolque grande para entrar y salir, y el guarda de seguridad que resultó brutalmente agredido ha declarado que tres o cuatro hombres enmascarados con medias le redujeron. Esta banda de ladrones ha demostrado unos considerables conocimientos técnicos y no descansaré hasta detenerlos.»

Colaboran con el capitán Smith los sargentos Michael Breuning y Richard Carlisle. Y un añadido sorpresa al famoso equipo de cazacriminales: el agente John Duhamel, conocido entre los aficionados al ring de esta parte de California como Johnny Duhamel, «el Escolar», ex campeón de los Guantes de Oro en los pesos medios. El capitán Smith y los sargentos Breuning y Carlisle se negaron a hablar con Hush-Hush, pero nuestro as de reporteros Duane Tucker abordó al agente Duhamel en la reunión pugilística de la semana pasada en el Hollywood Legion Stadium. En secreto, confidencialmente y muy Hush-Hush, «el Escolar» dio su opinión.

Calificó de «rompecabezas» el robo y descartó el fraude por el seguro, aunque corre la voz de que Sol Hurwitz es un vicioso de los dados. Tras esto, «el Escolar» se mordió la lengua y no añadió más comentarios.

En un nuevo capítulo de la historia, un puñado de furiosos propietarios de pieles montaron una manifestación ante la escena del crimen, el almacén de Sol Hurwitz en Pacoima. Con una magra indemnización del 25 % del valor tasado de sus piezas, los perplejos padres imprecaban impacientes a Vicky Visón, Mario Mapache y Charlie Chinchilla: ¡Volved a casa! ¡Estamos a veinticinco grados y nos helamos sin vosotros!

Estad atentos a nuevos acontecimientos en próximas entregas de «El mundo del crimen». ¡Y recordad que os enterasteis primero aquí, en secreto, confidencial y muy Hush-Hush!

L.A. Herald-Express, 7/11/58:

LA FISCALÍA FEDERAL ANUNCIA INVESTIGACIÓN DEL CRIMEN ORGANIZADO DEL SOUTHSIDE

Esta mañana, en una declaración preparada y en términos enérgicos y sucintos, el fiscal federal, Welles Noonan, ha anunciado que los investigadores del departamento de Justicia asignados a la oficina del Distrito de Southern California iniciarán próximamente una investigación «minuciosa, compleja y de gran alcance» del crimen organizado en Los Angeles Central-Sur. Denominó a la investigación «obtención de pruebas con el propósito de descubrir tramas delictivas» y dijo que su objetivo era presentar «evidencias convincentes» ante un Gran Jurado federal formado especialmente para el caso, con vistas a que éste emita actas de acusación formales.

Noonan, de 40 años, ex consejero del comité McClellan sobre el Crimen Organizado del Senado federal, dijo que la investigación abarcaría delitos relacionados con el tráfico de narcóticos y las máquinas de discos, expendedoras y tragaperras ilegales, y que «exploraría a fondo» los rumores de que el departamento de Policía de Los Angeles permite la extensión del vicio en el Southside y rara vez investiga los homicidios en los que tanto la víctima como los agresores son negros.

El fiscal Noonan declinó responder a las preguntas de los periodistas, pero afirmó que su fuerza de choque contaría con cuatro fiscales acusadores y al menos una docena de agentes del departamento de Justicia especialmente seleccionados. Cerró la conferencia de prensa con el comentario de que está convencido de que el departamento de Policía de Los Angeles se negará a colaborar en la investigación.

William H. Parker, jefe del LAPD, y Edmund Exley, jefe de Detectives, fueron informados del anuncio del fiscal federal. Los dos se abstuvieron de comentarlo.

II VAMPIRA

***

10

Ojeada a la fiesta:

El Coconut Grove, un grupo de conocidos. El jefe Parker, Exley; sonrisas para nuestro muchacho: Bob «Cámara de Gas» Gallaudet. Camareros, bebidas, baile; Meg llevó a Jack Woods para poder darle al mambo. Dudley Smith, el alcalde Poulson, Tom Bethune: ni un «gracias por el trabajo con el rojillo».

Periodistas, ejecutivos de los Dodgers. Gallaudet sonriente, bombardeado por los flashes.

Alterno, observo:

George Stemmons, Senior; los dos matones de Smith: Mike Breuning, Dick Carlisle. Leo en sus labios: INVESTIGACIÓN FEDERAL, INVESTIGACIÓN FEDERAL. Parker y Exley con unos cócteles en la mano (y hablando de la INVESTIGACIÓN FEDERAL, me jugaría algo). Meg, bailando con Jack; los rufianes seguían poniéndola a cien. Culpa mía.

Hora de dejarme ver: le debía mis felicitaciones a Bob. Mejor esperar, hablarle a solas: mi mal expediente personal pesaba. Observé a los reunidos y adjudiqué pensamientos a los rostros.

Exley: alto, fácil de distinguir. Había leído mi informe sobre el 459: las pistas Lucille/mirón, un añadido espúreo: olvide el asunto, es un callejón sin salida. Él dijo que continuara y una parte de mí se alegró: tenía ganas de arrastrar al arroyo a aquella familia. Los dos extremos contra el centro: le había dicho a Dan Wilhite que me despreocuparía del asunto.

El inspector George Stemmons, Senior, junto a la ponchera: Junior con veintitantos años más. Junior, desaparecido desde el encuentro con Georgie Ainge; tablas: él también sabía que Glenda Bledsoe había matado a Dwight Gilette. Su informe del caso Kafesjian, una chapuza. Los archivos de putas/clientes, sin comprobar; mi batida del barrio negro le mostraba demasiado ocupado: la paliza al negro en el aparcamiento del Bido Lito's, la confabulación con un «policía rubio». El «angelito», identificado: Johnny Duhamel, el nuevo muchacho de Dud Smith en la brigada anticacos.

Junior. No se podía confiar en él, ni había modo de apartarle del caso, de momento.

Ahora, un solo:

Repasé las listas de las comisarías; suerte en University: nombres de clientes, sin nombres de chicas asociados. Pedí comprobaciones a Identificación; todos falsos. La mayoría de policías de Antivicio no se esforzaban en conseguir la identidad real, no ponían empeño en exprimir a los rondadores de chicas. La suerte, al carajo. Guardé los nombres para nuevas comprobaciones: la mayoría de clientes usaba siempre el mismo alias.

Ronda por el barrio negro:

Durante tres noches, interrogué a las putas de Western Avenue: ninguna identificación de la foto de Lucille. Llamé a la brigada 77: todavía sin localizar el mirón denunciado. Hice de mirón yo mismo: la casa de los Kafesjian, jazz en la radio del coche para matar el aburrimiento. Dos noches, broncas familiares; una noche, Lucille sola, desnudándose ante la ventana: la radio se acompasaba a sus movimientos. Tres noches en total, sin ningún observador más; yo era el único voyeur. Y aquella Gran Intuición, confirmada: merodeador/mirón/ladrón, todos la misma persona.

Trabajo en casa, dos noches: Art Pepper, Champ Dineen… Escuchando lo que rompió el intruso. Mi fonógrafo, el volumen alto: la Intuición, firme. Una sesión me empujó de nuevo al local; de allí, seguí a Tommy K. hasta el Bido Lito's. Tommy: entrando con su propia llave, bolsas de hierba escondidas junto a máquinas tragaperras. Visité a Lester Lake: ponme al día sobre los socios conocidos de Tommy.

Charla feliz: los asistentes a la fiesta, pavoneándose. Meg y Jack Woods hablando: probablemente, se liarían otra vez. Jack cobraba por la fuerza nuestros alquileres; él se llevaba un porcentaje. Su territorio, nuestro edificio del Westside. Mi hermana y mi amigo rufián, cogidos de la mano. Agotado, me dejé llevar por el Impulso Glenda.

Colgado; no pude subcontratar el encargo de Hughes. Pluriempleo: seguí a la chica, atento a si me seguían a mí: conseguí algunos «tal vez». Vigilancia en el plato, seguimientos en coche:

Glenda entra en los picaderos de Hughes; Glenda regala la comida robada al asilo del «Drácula». Frecuentes visitantes de Glenda: Touch V. y Rock Rockwell. Georgie Ainge no aparece por ninguna parte. La última noche, Glenda «Buena Obra»: foie-gras para los viejos de la residencia del Jardín Soñoliento.

Identificaciones. Bledsoe, Glenda Louise:

Ninguna requisitoria, ninguna condena, ninguna detención por prostitución. 12/46: diez días por hurto en tienda, juvenil. Una nota en el expediente del Tribunal de Menores: Glenda le atizó a una marimacho amorosa.

Homicidios, LAPD. Dwight William Filette, DOD 19/4/55 (sin resolver): CONCENTRARSE EN GLENDA LOUISE BLEDSOE.

Falsos informes a Bradley Milteer: los robos de Glenda, borrados; la cita publicitaria, enmascarada de «salida amistosa». El Impulso Glenda adueñándose de mí, alarmante/alarmantemente agradable.

Me encaminé hacia los invitados. Gallaudet llevaba un corte de cabello nuevo, en el estilo Jack Kennedy/Welles Noonan. Me dirigió un gesto de cabeza, pero no hubo apretones de manos; los policías con mala prensa no se cotizaban bien. Walter O'Malley pasó cerca, furtivo; Bob casi hizo una genuflexión. ¡Chavez Ravine, el estadio, el estadio…!, estentóreo, feliz.

– Hola, muchacho.

Aquel palurdo, Dudley Smith.

– Hola, Dud.

– Bonita fiesta, ¿verdad? Recuerda mis palabras: estamos celebrando el inicio de una espléndida carrera política.

Un sobre cambiando de manos: del hombre de los Dodgers al hombre de la Fiscalía.

– Bob siempre fue ambicioso.

– Igual que tú, muchacho. ¿No te emociona la perspectiva de un estadio para el equipo de la ciudad?

– No especialmente.

Dud, con una carcajada:

– A mí, tampoco. Chavez Ravine era un lugar magnífico para tratar con los hispanos, pero ahora me temo que será reemplazado por atascos de tráfico y más contaminación. ¿No sigues el béisbol, muchacho?

– No.

– ¿No te interesan los deportes? ¿Tu única pasión es el dinero extraoficial?

– Es este apellido judío que me ha tocado.

Aullidos de risa; se le entreabrió el gabán. Pasé revista a su armamento: magnum, porra, navaja automática.

– Muchacho, tienes el don de divertir a este viejo.

– Yo sólo soy divertido cuando me aburro, y el béisbol me aburre. Prefiero el boxeo.

– ¡Ah!, debería haberlo sabido. Los hombres crueles siempre admiran las peleas. Y lo de «cruel» es un cumplido, muchacho.

– No me había ofendido. Y hablando de boxeo, Johnny Duhamel está trabajando para ti, ¿no?

– Correcto, y es un espléndido refuerzo en la brigada por el miedo que impone. También le he dado participación en el trabajo del robo de pieles y está demostrando ser un espléndido policía joven, versátil y completo. ¿Por qué lo preguntas?

– Salió su nombre en la conversación. Uno de mis hombres enseñaba en la Academia. Duhamel fue alumno suyo.

– ¡Ah, sí! George Stemmons, Junior, ¿me equivoco? Este muchacho debe tener una memoria de elefante para los antiguos alumnos.

– Puedes estar seguro.

Exley me clavó la mirada con un seco gesto de cabeza. Dud lo captó:

– Ve, muchacho, el jefe Exley te llama desde el otro extremo de la sala. ¡Ah, vaya mirada de tiburón!

– Me alegro de verte, Dud.

– El placer es mío, muchacho.

Fui para allí. Exley, directo:

– Pasado mañana hay una reunión. Nueve en punto, todos los oficiales de la brigada. No falte; hablaremos de la investigación federal. Además, quiero que consiga las declaraciones de impuestos de la familia Kafesjian. Es usted abogado: encuentre un pretexto.

– Las declaraciones de impuestos precisan un mandamiento federal. ¿Por qué no lo pide a Welles Noonan? Es su distrito.

Nudillos blancos. El vaso le tembló en la mano.

– Leí el informe y me interesan los nombres de los clientes. Quiero una redada en Western y Adams mañana por la noche. Organícelo con Antivicio de University y lleve los hombres que necesite. Quiero información detallada sobre los clientes de Lucille Kafesjian.

– ¿Está seguro de querer arriesgarse a enfurecer a la familia con los federales a la vuelta de la maldita esquina?

– Hágalo, teniente. No cuestione mis motivos ni pregunte por qué.

Frustrado, salí al vestíbulo soltando chispas. Un teléfono, una moneda: llamada a la oficina.

– Subdirección Administrativa, agente Riegle.

– Sid, soy yo.

– Hola, patrón. Esto debe de ser telepatía. Acaban de dejarle un mensaje de Hollenbeck.

– Aguarda. Primero, necesito que me organices una cosa.

– Todo oídos.

– Llama a University y prepara una redada. Pongamos ocho hombres y dos furgones para las chicas. Mañana por la noche, a las once, en Western y Adams. Autorización del jefe Exley.

Sid soltó un silbido.

– ¿Le importaría explicarse?

INSPIRACIÓN SÚBITA:

– …Y dile al teniente de allí que necesito una serie de salas de interrogatorio, y dile a Junior Stemmons que se reúna conmigo en la comisaría. Quiero que se ocupe de esto.

Garrapateo de anotaciones.

– Ya he tomado nota. Y ahora, ¿quiere el mensaje?

– Dispara.

– Una casa de empeños ha entregado la vajilla de los Kafesjian. Un mexicano intentó colocarla en Boyle y el propietario de la tienda vio nuestro anuncio y le denunció. Lo tienen en la comisaría de Hollenbeck.

Solté una exclamación; varias cabezas se volvieron.

– Llama a Hollenbeck, Sid. Diles que metan al mexicano en la sauna. Estaré allí enseguida.

– Ya estoy en ello, patrón.

De vuelta a la fiesta; Bob «Cámara de Gas» se había esfumado. Imposible buscarle sin llamar la atención. Una rubia pasó como un torbellino: Glenda. Un parpadeo: sólo otra mujer.

11

Jesús Chasco: gordo, mexicano: no es mi mirón. Sin ficha, una carta verde del 58 a punto de expirar. Asustado; en la sauna se suda.

– ¿Habla inglés, Jesús?

– Hablo inglés igual que usted.

Repaso la hoja de denuncia.

– Aquí dice que has intentado vender una vajilla robada en la casa de empeños Happytime. Les has dicho a los agentes que tú no robaste la vajilla, pero no has querido decirles de dónde la habías sacado. Bueno, eso es un delito: receptar objetos robados. Y has dado como dirección tu coche, lo cual es otra falta leve: vagancia. ¿Cuántos años tienes, Jesús?

Camiseta y pantalones militares. Sudados.

– Cuarenta y tres. ¿Por qué lo pregunta?

– Estaba calculando… Cinco años en San Quintín y luego, patada y a México. Cuando consigas volver aquí, quizá te lleves un premio al espalda mojada más viejo del mundo.

Chasco agitó los brazos; el sudor salpicó a su alrededor.

– ¡Duermo en el coche para ahorrar!

– Sí, claro. Para traerte aquí a la familia. Ahora, quédate quieto o te esposo a la silla.

Jesús escupió en el suelo; yo balanceé las esposas a la altura de sus ojos.

– Dime de dónde has sacado la vajilla. Si puedes demostrarlo, te dejaré ir.

– ¿Quiere decir que…?

– Quiero decir que te largas. Sin cargos, sin nada.

– Suponga que no se lo digo.

Aguardo. Le dejo que se haga un poco el valiente. Diez segundos, una típica bravata de pachuco.

– Trabajo de vigilante en un motel, el Red Arrow Inn, en la Cincuenta y tres y Western. Es… ya sabe, para putas y sus tipos.

Cosquilleo.

– Continúa.

– Bueno… yo estaba arreglando el baño de la habitación 19 y encontré toda esa plata tentadora metida en la cama…, o sea, las sábanas y el colchón todos desgarrados. Yo… imaginé… imaginé que el tipo que alquiló la habitación se había vuelto loco y que… que no iba a poner una denuncia si le limpiaba el material.

Sigo la pista:

– ¿Qué aspecto tiene «el tipo»?

– No lo sé. No le he visto. Pregunte a la conserje de noche, ella se lo dirá.

– Nos lo dirá a los dos.

– ¡Eh! Usted ha dicho…

– Pon las manos a la espalda.

Protestas. Dos segundos. Ni caso. Le puse las esposas flojas para que viera mi actitud amistosa.

– ¡Eh, tengo hambre!

– Te compraré un caramelo.

– ¡Usted dijo que me soltaría!

– Y es lo que voy a hacer.

– ¡Pero tengo el coche ahí detrás!

– Toma el autobús.

– ¡Pinche cabrón! ¡Puto! ¡Gabacho maricón!

Media hora de trayecto. Bien por Jesús: ni quejas ni ruido de esposas en el asiento de atrás. El Red Arrow Inn: apartamentos adosados, dos hileras, un camino en el centro. Un rótulo de neón: «Habitaciones.»

Me detuve ante el apartamento 19: luces apagadas, ningún coche ante la puerta. Jesús Chasco:

– Tengo la llave maestra.

Le quité las esposas. Conecté los faros y puse las luces largas; Jesús abrió la puerta 19, iluminado por detrás.

– ¡Venga! ¡Exactamente como le he contado, mire!

Me acerqué. Indicio: marcas de palanca en el batiente de la puerta; marcas frescas, madera recién astillada. La habitación: pequeña, suelo de linóleo, sin muebles. La cama: sábanas rasgadas, colchón destripado, miraguano desparramado.

– Ve a por la encargada. No te escapes o me enfadaré contigo.

Jesús dio media vuelta y salió. Examiné a fondo la cama: pinchazos en el colchón, cuchilladas hasta los muelles. Manchas de semen; mi mirón gritaba ATRÁPAME AHORA. Rasgué un pedazo de sábana: de aquellos restos se podía sacar el grupo sanguíneo.

– ¡Basura de blanquitos inútiles!

Me volví. Una abuela gruñona agitando en la mano una ficha de huésped.

– ¡Esa basura de blanquito me ha destrozado la cama!

Cogí la tarjeta: «John Smith.» Era de esperar. Diez días pagados por anticipado; fin del plazo, mañana. La abuela siguió gastando saliva; Jesús me llamó afuera con un gesto.

Le seguí. Jesús, impaciente:

– Carlotta no sabe quién alquiló la habitación. Le parece que era un joven blanco. Dice que un borracho que ronda por aquí trató con él, y que el tipo insistió en que le diera la número 19. Carlotta no ha visto nunca al inquilino y yo tampoco, pero escuche: Conozco a ese borracho; por cinco dólares y un viaje de vuelta hasta mi coche, se lo encuentro.

Aflojé el dinero, dos billetes de cinco, y saqué la foto de Lucille.

– Uno para ti, otro para Carlotta. Dile que no busco problemas y pregúntale si conoce a la chica. Después, ve a buscar a ese borracho.

Jesús corrió de nuevo hasta la vieja, le pasó el dinero y le mostró el retrato. La abuela movió la cabeza: sí, sí, sí. El chicano volvió hasta mí.

– Carlotta dice que la chica es una especie de eventual; alquila por poco rato y no rellena ficha de huésped. Según Carlotta, es una prostituta y siempre pide la número 18, justo al lado de donde encontré esa plata. Dice que la chica quiere ésa porque tiene una buena vista de la calle, por si acaso aparece la policía.

Cavilo:

Habitación 19, habitación 18: el mirón mirando los polvos de Lucille con sus clientes. Marcas de palanca en la habitación 19: ¿acaso había participado un tercer sujeto?

La abuela hizo sonar una lata de conserva.

– ¡Para Jehová! Jehová se lleva el diez por ciento de todo el dinero que ingresa en este antro del pecado. Yo misma tengo «ludopatía» de las máquinas tragaperras, y aparto el diez por ciento de lo que gano para Jehová. Usted es un policía joven y guapo, así que por un dólar más para Jehová le daré más detalles de esa blanquita de barrio bajo amante de las emociones fuertes, la chica de la foto que me ha enseñado su socio.

Mierda. Aflojo la pasta otra vez. Mami engorda la lata.

– Vi a la chica en Bido Lito's, donde yo estaba pecando con mi máquina favorita para pagar mi diezmo a Jehová. Había un colega de usted en el bar, preguntando por ella. Le dije lo mismo que a usted: sólo es una blanquita que ronda los barrios bajos porque le gustan las emociones fuertes. Más tarde, esa noche, vi a la chica de la foto haciendo un striptease con un abrigo de visón precioooso. Ese otro policía también lo vio, pero se quedó tan ancho, como si no fuera policía; no le impidió hacer esa exhibición lamentable y ni tan sólo se mostró nervioso o alterado.

Piensa. No saltes todavía.

– Jesús, ve a buscar al borracho. Carlotta, ¿qué aspecto tenía el policía?

Jesús desapareció. La abuela:

– Tenía el cabello castaño claro peinado con gomina, y unos treinta años. Bastante resultón, aunque no tan guapo como usted, señor policía.

Sobresalto: pista número dos de Junior en el Darktown. Sobresalto invertido: Rock Rockwell en Fern Dell; un marica había dicho que nuestra unidad estaba operando en el parque. Junior había confesado: era «un favor» que le debía a un amigo que trabajaba en Antivicio de Hollywood.

Clac-clac. Entregué a la vieja unas cuantas monedas.

– Escuche, Carlotta, ¿ha visto alguna vez al hombre que se alojaba en esta habitación?

– Jehová sea loado, le vi de espaldas.

– ¿Le ha visto alguna vez con alguien más?

– Jehová sea loado, no, nunca.

– ¿Cuándo ha visto por última vez a la chica de la foto?

– Jehová sea loado, cuando hizo ese numerito en el Bido's, hace cuatro, quizá cinco noches.

– ¿Cuándo fue la última vez que trajo a un tipo a esa habitación?

– Jehová sea loado, hará una semana.

– ¿Dónde busca a sus clientes?

– Jehová sea loado, no tengo idea.

– ¿Ha traído al mismo hombre más de una vez? ¿Tiene clientes regulares?

– Jehová sea loado, me he enseñado a mí misma a no mirar a la cara a esos pecadores.

Jesús Chasco volvió con un vagabundo borracho.

– No sé, pero me parece que este tipo no está para muchas preguntas.

«Este tipo»: mexicano, filipino, cubierto de mugre, bronco.

– ¿Cómo te llamas, sahib?

Murmullos, hipos. Jesús le hizo callar.

– Los policías le llaman «el Mechero» porque a veces, cuando se emborracha, se prende fuego.

«El Mechero» exhibió varias cicatrices. Mami Carlotta se largó con un «¡puaj!». Jesús:

– Mire, le pregunté por el tipo que alquiló la habitación y me parece que no se acuerda muy bien. ¿Aún va a llevarme…?

De vuelta en el apartamento 19; las luces del coche, encendidas. Abro la puerta, echo un vistazo. Zoom: una puerta de comunicación.

Paso de la habitación 19 a la 18, el picadero favorito de Lucille. Marcas de palanca en el reborde del batiente de la puerta interior. Diferentes de las que había encontrado en el marco de la delantera.

Pienso:

El mirón entra o intenta entrar en la habitación de Lucille.

El mirón destroza su apartamento, olvida la plata y se larga, llevado por el pánico. O bien: marcas de palanca diferentes en la puerta de la habitación del mirón. Pongamos que fue otro quien entró. ¿Quizá participó un tercer individuo?

Llamé a la puerta de comunicación. No hubo respuesta. Una carga con el hombro: resiste, cede, se astilla. Las bisagras saltaron e irrumpí en la habitación 18.

Igual que la 19, pero sin puerta en el cuarto de baño. Algo más: unas irregularidades en la pared de la cabecera de la cama.

Me acerqué más: papel pintado con arrugas, restos de engrudo. Una abolladura cuadrada; debajo, la pared, perforada. Una tira estrecha de papel pintado arrancada. Seguí su recorrido.

Lo más probable:

Un micrófono oculto, instalado sobre la cama y luego retirado; el mirón de Lucille, conocimientos básicos de electrónica.

Volví la habitación del revés: vacía, cero, nada. La número 19: doble inspección, vistazo al baño: unos pantalones cortos y, enredado en ellos, un carrete de cinta magnetofónica.

Confirmada huida precipitada.

La abuela y Jesús, fuera, protestando a gritos. Me abrí paso entre ellos a paso ligero. Carlotta me amenazó con la lata de conservas.

El despacho -Código 3-, un alto en el laboratorio, órdenes: investigar el grupo sanguíneo en las manchas del retal de sábana. En el despacho, mi viejo equipo de química: rastreé el carrete.

Huellas digitales borrosas, ninguna impresión latente. Nervioso esta vez, cogí una grabadora del almacén.

Turno de noche; tranquilidad en la oficina. Cerré la puerta, pulsé la tecla, apagué la luz.

Escucho:

Estática, rumor de tráfico, vibración de la ventana. Ruidos exteriores: actividad en el Red Arrow Inn.

Prostitutas hablando nerviosamente: diez minutos de chismorreos sobre chulos/clientes. Podía VERLO: busconas junto a la ventana de ELLA. Silencio, el siseo de la cinta, un portazo. «Adelante, encanto»… pausa… «Sí, quiere decir ahora»: Lucille.

«Está bien, está bien»: un hombre. Una pausa, unos zapatos que caen, unos chirridos del somier; tres minutos en total. La cinta casi terminada, gemidos: el orgasmo del tipo. Silencio, voces confusas, Lucille: «Juguemos a una cosita. Ahora yo seré la hija y tú el papá, y si eres complaciente conmigo, luego lo haremos otra vez sin cobrar.»

Ruido de tráfico, ruido en el camino, jadeos. Fácil de imaginar:

Aquella pared entre ellos.

La observación no era suficiente.

Mi mirón jadeando agitadamente, temiendo echar abajo la pared.

12

La estática farfulló sueños: Lucille murmurando comentarios sexuales en mi oído. Mi primera llamada del día, al laboratorio: el semen daba un grupo 0+. Un escalofrío al recordar otra reciente novedad telefónica: Antivicio de Hollywood decía que la historia de Junior sobre la batida de maricas era un montaje.

– Pura basura. Quien le contó esa película le ha engañado como a un chino. Aquí estamos demasiado ocupados con el Diablo de la Botella para preocuparnos de unas locas, y ninguno de los nuestros ha alborotado el gallinero de Fern Dell Park desde hace más de un año.

Café. Media taza: tenía los nervios crispados.

El timbre, muy alto.

Abrí. Mierda: Bradley Milteer y Harold John Miciak.

Miradas severas: su colega policía envuelto en una toalla. Miciak estudió mi cicatriz de espada japonesa.

– Entren, caballeros.

Cerraron la puerta tras ellos. Milteer:

– Hemos venido a por un informe de progresos.

Sonreí, servil.

– En el plató de filmación tengo gente recogiendo información sobre la señorita Bledsoe.

– Lleva usted una semana trabajando para el señor Hughes, teniente. Con franqueza, hasta el momento no ha producido los resultados que él esperaba.

– Estoy en ello.

– Entonces, haga el favor de aportar resultados. ¿Tal vez sus obligaciones normales de policía interfieren en su trabajo para el señor Hughes?

– Mis obligaciones de policía no tienen nada de normales. ¿no lo sabían?

– En fin, sea como sea, se le está pagando por conseguir información sobre Glenda Bledsoe. Bien, el señor Hughes parece pensar que la señorita ha estado robando comida de los domicilios de sus actrices. Una acusación de robo criminal sería una violación del contrato, así que, ¿querrá usted vigilar con más diligencia?

Miciak flexionó las manos. Sin tatuajes de pandillas.

– Empezaré la vigilancia ahora mismo, señor Milteer.

– Bien. Espero resultados. El señor Hughes también espera resultados.

Miciak: ojos de presidiario. Odio a los policías.

– ¿Primera galería o zona especial, Harold?

– ¿Eh? ¿Qué?

– Esos tatuajes que el señor Hughes te hizo borrar.

– Oiga, estoy limpio.

– Seguro. El señor Hughes hizo limpiar tu ficha.

– ¡Vamos, teniente! -Milteer.

– ¿Y usted, de dónde ha sacado esa cicatriz? -el matón.

– De una espada japonesa.

– ¿Y qué pasó con el japo?

– Le metí la espada por el culo.

Milteer puso los ojos en blanco: ¡salvajes!

– Resultados, señor Klein. Harold, vamos.

Harold fue. Gestos con el puño vuelto hacia mí. Pura zona especial.

Bullicio en el plató:

Reparto de vino. Mickey C. distribuyendo botellas a su «equipo». El «director», Sid Frizell, el «cámara», Wylie Bullock; ¿cómo sacarle los ojos al monstruo, con un garrote o una navaja? Glenda dando de comer esturión a los extras; leo su mirada: «¿Quién es ese tipo?; ya le he visto antes.»

El remolque de Rock Rockwell. Llamada a la puerta.

– ¡Está abierto!

Entré. Acogedor: un colchón, una silla. Rockwell haciendo flexiones en el suelo. LA MIRADA: ¡Oh, mierda, la policía!

– No es una redada. Soy amigo de Touch.

– ¿He oído mi nombre?

Touch salió del baño: Paredes lisas, sólo televisores apilados hasta el techo.

– No los habías visto, ¿verdad, Dave?

– ¿Ver qué?

Rockwell se deslizó a la cama; Touch le arrojó una toalla.

– Meg es mi principal cliente. Me dijo que quiere poner televisores en todos vuestros pisos amueblados libres, para poder aumentar el alquiler. ¡Ah!, discúlpame: Rock Rockwell, David Klein.

No hubo holas. Rock se desembarazó de la toalla. Touch:

– ¿De qué va todo esto, Dave?

Miré a Rockwell. Touch captó la indirecta.

– Rock sabe guardar las confidencias de un policía.

– Tenía algunas preguntas sobre actividades en Fern Dell Park.

Rockwell rascó el colchón; Touch se tendió a su lado.

– ¿Actividades de Antivicio?

Ocupé la silla.

– Algo así, y es un asunto delicado porque creo que uno de mis hombres podría estar cobrando extorsiones en Fern Dell.

Touch dio un respingo.

– ¿Qué? ¿Qué pasa?

– David, ¿qué aspecto tiene ese hombre tuyo?

– Uno setenta y ocho, setenta y pocos kilos, cabello largo rubio arena. Bastante guapo. Os gustaría.

Sin risas. Touch se volvió hacia Rockwell.

– Vamos, cuenta. Hace tiempo que nos conocemos: sabes que nada de lo que digas saldrá de estas paredes.

– Verás… como el asunto tiene alguna relación con Mickey y tú eres amigo suyo…

Le presiono:

– Vamos… Como dice esa revista: «muy confidencial.»

Touch se incorporó, se puso una bata, dio unos pasos:

– La semana pasada, ese tipo, el… el policía que acabas de describir tan perfectamente, me interrogó en Fern Dell. Yo le dije quién era, a quién conocía, incluido Mickey Cohen, pero no me hizo el menor caso. Mira, yo estaba allí buscando rollo, ya sabes cómo soy, David. Rock y yo tenemos un acuerdo en esto y…

Rockwell: ¡BAM!, salió dando un portazo y subiéndose los pantalones.

– Es así cómo tenemos que hacer la gente como nosotros para arreglarnos y ese… ¡oh, mierda!, ese policía dijo que me había visto instalando máquinas tragaperras un rato antes en el Southside y que iba a haber una investigación federal y que me entregaría si no colaboraba con él, así que… bueno, Dave, nosotros dos sabemos hacer negocios, pero ese policía estaba tan excitado, tan chiflado, que me di cuenta de que él no sabía, así que escuché. Me dijo, «Tú debes de conocer muy bien el barrio negro», y yo le dije que sí. Me dio la impresión de que estaba hasta las orejas de benzes o de anfetas o de las dos cosas, y luego empezó a divagar acerca de ese «despampanante» (cito tus palabras, Dave; de hecho, él también utilizó esa misma palabra, «despampanante») otro policía que trabaja en la brigada Antibandas…

El «despampanante» Johnny Duhamel. Noté unas punzadas en la cabeza: el parloteo del marica se acompasó con ellas…

– Ese policía no hacía más que divagar. No me daba detalles, sólo… sólo divagaba. Me contó una historia loca de una puta con abrigo de visón que hacía un striptease y que el despampanante policía se puso histérico y la hizo parar. Y… bueno, Dave, aquí es donde la cosa se pone extraña y graciosa y un tanto… en fin… incestuosa, porque el policía loco vio que el asunto del abrigo de pieles me ponía un poco a la defensiva. Entonces se puso duro y me encontró un arma encima y me amenazó con una denuncia por encubrimiento, y yo respondí que el asunto de las pieles me daba miedo porque Johnny Duhamel, el ex boxeador con cierta fama en algunos círculos, había intentado venderle a Mickey un buen cargamento de pieles robadas, que Mickey no quiso. El policía chiflado se echó a reír y luego empezó a murmurar, «el despampanante Johnny». Luego me soltó una especie de advertencia y se marchó. Y, David, ese policía es uno de los nuestros, ¿comprendes a qué me refiero, querido?, y sólo te he contado todo esto porque nuestro mutuo amigo Mickey ha tenido un papel secundario en esta película.

Touch: las manos en los bolsillos, las saca con un arma. Seguro que había estado a punto de metérsela por el culo a Junior.

Pienso:

Junior sacude a un tipo en el Bido Lito's.

Trata con Johnny Duhamel: en el Bido Lito's.

Presencia el numerito de Lucille con las pieles: en el Bido Lito's.

Más:

Junior; el trabajo Kafesjian, echado a perder.

Extorsiones en Fern Dell Park; Junior, mariquita (Touch conocía el paño): una posibilidad, digamos. Touch:

– No quiero que le cuentes a Mickey lo que acabo de decirte. Duhamel sólo se acercó a Mickey porque es quien es. Mickey no sabe nada de ese policía extorsionador, de eso estoy seguro. ¿Me estás escuchando, Dave?

– Te escucho.

– No se lo contarás a Mickey, ¿verdad?

– No, no se lo diré.

– Parece como si acabaras de ver un fantasma.

– Acabo de ver muchos.

Perseguidor de fantasmas.

El aparcamiento del Observatorio: llamadas telefónicas.

Primera moneda: Jack Woods: enviado para rastrear las andanzas de Junior después de la redada. Segunda: confirmación de Sid Riegle/Vicedirección; todo preparado, Junior avisado de que no se mueva de la comisaría de University. Ordenes: acercarse a Robos y hojear el expediente del robo de pieles. Riegle: desde luego, llamaría cuando lo tuviera.

Tic, tic, tic. El pulso corría más que el reloj. Once minutos, Sid con noticias viejas:

Sin sospechosos, peristas vigilados: ninguna piel a la vista. Entre tres y cinco hombres, un camión, conocimientos notables de electrónica y empleo de herramientas. Dud Smith descartaba el fraude; no había móvil económico, pues Sol Hurwitz tenía una póliza de seguros bastante baja. Sid: «¿A qué viene tanto interés?» Le corté y puse la tercera moneda: un empleado de Personal me debía un favor.

Mi oferta: saldar la deuda a cambio de información de un expediente: agente John Duhamel. Mi amigo estuvo de acuerdo; hice una pregunta: ¿Qué conocimientos técnicos tenía Duhamel?

Esperé. Veinte largos minutos colgado del teléfono. Resultados: Duhamel, cum laude en Mecánica, Universidad de Southern California, 1956. Promedio de sobresaliente. ¡Ra, ra, ra, vaya con «el Escolar»!

Duhamel, posible ladrón de pieles. Posibles cómplices: Reuben Ruiz y sus hermanos: Reuben y Johnny habían luchado juntos en aficionados. Taché tal posibilidad por instinto: Ruiz reventaba pisos, igual que sus hermanos y la especialidad de la familia era el robo de coches.

Más probable: Dudley capta a Johnny para el trabajo de las pieles; Johnny monta una jugada por su cuenta y distrae un puñado de pieles. Muy hábil, pero comete una tontería: ofrecer los artículos a Mickey Cohen. El chico no sabe cómo se gana la vida Mickey.

Mi modus vivendi: ¿denunciarle a Dud? Me lo pensé mejor. Tic, tic, tic. Todavía no; demasiado circunstancial. Mis prioridades, investigar a Junior y a Johnny, sacar a Junior de encima de Glenda.

Perseguidor de fantasmas.

Glenda.

Resultados.

Tenía tiempo antes de la redada. La seguiría.

La carretera del parque. Esperé a que apareciera.

Su rutina: volver a casa a las dos, luego unas copas. Tiempo que matar, tiempo para pensar…

Fácil: mi «pasión» por la chica me ponía en una situación demasiado comprometida; sorprenderla robando y delatarla, HOY. Esperanzas: conseguirle un abogado comunista furioso con el gran capital; Morton Diskant, el tipo perfecto. Acusación, proceso: Glenda paga en especies a Morton, el putero.

«Culpable», temporada a la sombra, David Klein en la puerta con unas flores cuando la sueltan.

Conecto la radio, paso el dial.

Bop -quizás unos policías maricas patrullando el barrio negro-, demasiado discordante, demasiado frenético. Sigo moviendo el dial: baladas. «Tennessee Waltz»: Meg. Año cincuenta y uno, la canción, los dos Tonys; Jack Woods conocía toda la historia, probablemente. Él y Meg, liados otra vez; yo arrojaba a un testigo por la ventana y ella se mostraba suspicaz. Y Jack no le mentiría. Meg se enteraría, se asustaría, me perdonaría. Ella y Jack… No me sentía celoso: Jack resultaba peligroso y seguro. Más seguro que yo.

De vuelta al bop, ahora agradablemente estridente. Reflexiono:

Lucille en la grabación: «yo seré la hija y tú el papá». Lucille, desnuda: carnosa como aquella prostituta de campamento de reclutas que tuve. Tonadas de big band, la guerra, Glenda en la escuela… dejarla fuera del asunto…

Las doce, la una, la una y media: estornudé y desperté acalambrado. Gruñidos de estómago, una meada entre los matorrales. Temprano: el Corvette pasando a toda velocidad con el capó bajado.

Me puse en marcha. Un Chevrolet marrón se interpone entre nosotros. Me resulta vagamente familiar. Fuerzo la vista y reconozco al conductor: Harold John Miciak.

Una comitiva de tres coches persiguiéndose. Absurdo.

Arriba hasta el Observatorio; descenso hasta las calles del centro. Glenda, despreocupada, con el pañuelo de cuello al viento. Furioso, conecto la sirena y adelanto al matón.

Miciak pisó el acelerador: pegados parachoques con parachoques. Glenda volvió la cabeza; él volvió la cabeza. Noventa kilómetros por hora, corto la sirena, abro el micrófono:

– ¡Policía! ¡Deténgase inmediatamente!

El matón dio un golpe de volante, golpeó el bordillo y frenó. Glenda aminoró la marcha y se detuvo.

Bajé del coche.

Miciak bajó del suyo.

Glenda presenció la escena. Así fue como ella debió de verla:

El matón se acerca gritando; el tipo en mangas de camisa con la pistola en la sobaquera responde, también a gritos:

– ¡Esto es cosa mía! ¡Ya tendréis los resultados! ¡Díselo a tu jodido jefe!

El matón vacila, vuelve sobre sus pasos, sube al coche, da media vuelta y se aleja.

El policía regresa a su coche. Su diosa de película de serie B ha desaparecido.

Tiempo desocupado. Tiempo de imaginar qué ruta había tomado. Probé al este: el picadero de Hughes en Glendale.

Conduje hasta allí. Una mansión Tudor flanqueada por setos recortados en forma de avión. Un camino circular. Eure-ka: el Corvette ante la puerta.

Frené. Lloviznaba; me apeé y toqué la lluvia. Glenda salió de la casa cargada de cosas de comer.

Me vio.

Me quedé donde estaba.

Ella me arrojó una lata de caviar.

13

Western y Adams; las putas se portaron muy bien; por una noche, fueron casi agentes.

Policías de uniforme en masa: deteniendo clientes, interviniendo coches de clientes.

Furgones para las chicas detrás de Cooper's; detectives de Antivicio realizando identificaciones. Hombres apostados al sur y al norte, ansiosos por cazar buscadores de sexo como si fueran conejos.

Mi atalaya: el tejado de Cooper's. Pertrechos: prismáticos, megáfono.

Observé el pánico:

Clientes abordando a las prostitutas: policías deteniéndoles. Vehículos intervenidos, furgón de detenidos: catorce peces ya en la red, interrogatorio preliminar:

– ¿Casado?

– ¿En libertad condicional o con suspensión de condena?

– ¿Le gustan blancas o de color? Firme este volante. Quizá le soltemos en comisaría.

Ninguna Lucille K.

Un payaso intentó huir; un novato le reventó las ruedas de atrás.

Epidemia de lloros: «¡NO SE LO DIGAN A MI ESPOSA!» Ruidos de grilletes para los pies en los furgones de las prostitutas.

Suerte; las putas, mezcladas mitad y mitad: chicas blancas y negras. Catorce clientes arrestados: todos caucasianos.

Pánico a mis pies: Miembros de una secta atrapados en masa. Cinco hombres, cinco casquetes volando. Una prostituta agarró uno de los gorros y se pavoneó.

Conecté el megáfono:

– ¡Ya tenemos diecinueve! ¡Acabemos ya!

La comisaría; un rato de espera. Dejar que Sid Riegle se ocupe de la situación. Suerte: el Ford de Junior junto a la puerta de la brigada. Las señales de unos faros me iluminaron al entrar: Jack Woods, encargado provisional de la vigilancia.

Sala de guardia, sala de reunión, celdas. Mostré la placa al vigilante. Clic/clac, la puerta se abrió. Pasillo adelante, doblé la esquina: la celda de homosexuales frente a la de borrachos. Borrachos y clientes abucheaban el espectáculo de los travestidos masturbándose.

Riegle frente a los barrotes, anotando nombres. Le vi sacudir la cabeza: demasiado ruido para hablar.

Eché un vistazo a la pesca: mierda, nada que se pareciera a mi mirón. Mierda. Subí a la sala de identificaciones.

Sillas, un estrado con marcas de estaturas: un falso espejo muy iluminado. Unas fichas y hojas de identificaciones preparadas para mí; las contrasté con mi lista de alias.

Ninguna coincidencia. Era de esperar: ya había comprobado los nombres en el servicio general de Identificación. Ningún nombre auténtico sospechoso; las edades de los permisos de conducir, de treinta y ocho para arriba: diez años más que mi mirón, como poco. Seis clientes tenían antecedentes por faltas leves: ningún mirón, ladrón de pisos ni delincuente sexual. Una nota al margen: dieciséis de los diecinueve tipos estaban casados.

Riegle entró.

– ¿Dónde está Stemmons? -le pregunté.

– Esperando en una de las salas de interrogatorio. ¿Es verdad lo que cuentan, Dave? ¿La hija de J.C. Kafesjian hace de puta?

– Es verdad, y no me preguntes qué pretende Exley. Y no me digas que el departamento no necesita esta mierda con los federales husmeando por aquí.

– Iba a comentarlo, pero creo que voy a hacerte caso. De todos modos, una cosa.

– ¿De qué se trata?

– He visto a Dan Wilhite en la oficina del comandante de guardia. Dado el trato que tiene con los Kafesjian, yo diría que está bastante furioso.

– Mierda, eso es más mierda que no necesito.

– Sí -sonrió Sid-, pero es una cacería de patos: todos han firmado que no presentarán denuncia por detención ilegal.

Le devolví la sonrisa:

– Hazlos pasar.

Riegle salió y cogí el micrófono del intercomunicador. Ruido de grilletes, arrastrar de grilletes: buscadores de putas en escena, a plena luz.

«Buenas noches, caballeros, y presten atención», vomitó el altavoz.

«Han sido detenidos por incitación a la prostitución, una violación del Código Penal de California punible con hasta un año de cárcel en la prisión del Condado de Los Angeles. Puedo hacer que esto sea muy sencillo o puedo convertirlo en la peor experiencia de sus vidas, y mi decisión sobre lo que haga depende completamente de ustedes.»

Parpadeos, arrastrar de pies, secos sollozos: una hilera de sacos compungidos. Leí mi lista de alias y estudié sus reacciones:

«John David Smith, George William Smith… vamos, sean originales. John Jones, Thomas Hardesty… eso está mejor. D.D. Eisenhower… ¡oh, eso es muy poco para usted! Mark Wilshire, Bruce Pico, Robert Normandie: nombres de calles, ¡por favor! Timothy Crenshaw, Joseph Arden, Lewis Burdette… es un jugador de béisbol, ¿verdad? Miles Swindell, Daniel Doherty, Charles Johnson, Arthur Johnson, Michael Montgomery, Craig Donaldson, Roger Hancock, Chuck Sepulveda, David San Vicente…, joder, más nombres de calles.»

Mierda, no podía fijarme en las caras, tan deprisa.

«Caballeros, ahora es cuando el asunto se pone fácil o muy complicado. El departamento de Policía de Los Angeles desea ahorrarles un mal trago y, con franqueza, sus andanzas extra-conyugales ilegales no nos preocupan en exceso. En pocas palabras, han sido ustedes detenidos para ayudarnos en la investigación de un robo. Está involucrada una mujer que sabemos que vende sus servicios esporádicamente en South Western Avenue y necesitamos encontrar a alguien que haya contratado esos servicios.»

Riegle salta al estrado, saca la foto.

«Caballeros, podemos retenerlos legalmente durante setenta y dos horas antes de presentarlos ante el tribunal de Delitos Menores. Tienen derecho a una llamada telefónica por cabeza y, si deciden llamar a sus esposas, pueden decirles que están detenidos en la comisaría de University, acusados de un uno dieciocho barra seis cero: incitación a la prostitución. Supongo que no tienen demasiadas ganas de hacerlo, así que presten atención; sólo lo diré una vez.»

Murmullos; las respiraciones empañaron el espejo.

«El agente Riegle les enseñará unas fotos de la mujer. Si han contratado sus servicios, den dos pasos al frente. Si la han visto hacer la calle pero no han tenido tratos con ella, levanten la mano derecha.»

Un compás de espera.

«Caballeros, una confirmación auténtica les pondrá a todos en la calle en cuestión de horas, sin cargos. Si ninguno del grupo reconoce haber contratado los servicios de la dama, llegaré a la conclusión de que están mintiendo o de que, sencillamente, ninguno de ustedes la ha visto o ha hablado nunca con ella, lo cual significa en ambos casos que los diecinueve serán sometidos a un interrogatorio intensivo, y que los diecinueve serán fichados, retenidos durante setenta y dos horas y presentados ante el juez bajo la acusación de inducción a la prostitución. Durante ese plazo, permanecerán encerrados en la zona que aquí reservamos a los presos homosexuales, es decir, en la jaula de las locas, con esas preciosidades negras que les enseñaban el rabo. Caballeros, si alguno de ustedes reconoce haber tratado con la dama y su declaración nos convence de que dice la verdad, no será acusado formalmente de ningún cargo y sus revelaciones serán estrictamente confidenciales. Una vez convencidos, les dejaremos a todos en libertad y les permitiremos recuperar sus propiedades confiscadas y sus coches intervenidos. Los coches están en un aparcamiento oficial, cerca de aquí, y como recompensa por su colaboración no les cobraremos la tarifa normal por retirada del vehículo. Lo repito: queremos la verdad. No pretendan salir de aquí diciéndonos que jodieron con la chica si no es así; no nos tragaremos sus mentiras. Sid, pasa las fotos.»

Pase: de Riegle a un tipo larguirucho, ya mayor.

Aturdido, abogado por una vez: David Klein, Iuris Doctor.

Bajé la vista, contuve el aliento, alcé el rostro: un masón y un profesional de los salones de baile se habían adelantado. Miré las fotos de los permisos de conducir y leí los nombres.

El masón: Willis Arnold Kaltenborn, Pasadena. El bailarín: Vincent Michael Lo Bruto, East L.A. Un vistazo a los antecedentes, éxito con el italiano: fraude a las ayudas sociales a los niños.

Sid volvió a mi lado del espejo.

– Ya está.

– Sí, ya está. Stemmons espera, ¿verdad?

– Verdad, y tiene la grabadora. Está en la cuarta puerta del pasillo.

– Lleva a Kaltenborn a la sala de sudar número cinco y mete a esa bola de sebo con Junior. Luego, devuelve a los demás a la jaula de los borrachos.

– ¿Les damos de comer?

– Unas barras de dulce. Y nada de llamadas; un abogado rápido podría presentarse agitando un mandamiento. ¿Dónde está Wilhite?

– No lo sé.

– Mantenle lejos de las salas de interrogatorio, Sid.

– ¡Dave! Es un capitán…

– Entonces… ¡mierda, hazlo!

Riegle salió, irritado. Yo también salí, impaciente, en dirección a las saunas: habitaciones estándar, dos metros por tres, espejo falso. En la número cinco: Kaltenborn, el hombre del fez. En la cuatro: Lo Bruto, Junior, una grabadora sobre la mesa.

Lo Bruto movió la silla; Junior se encogió. El comentario de Touch V.: Junior, drogado en Fern Dell. El encuentro con Ainge, un último descubrimiento: ojos de droga. Peor ahora: pupilas como cabezas de alfiler.

Abro la puerta, la cierro con un golpe.

Junior asintió; casi una sacudida. Me senté.

– ¿Cómo te llaman? ¿Vince, Vinnie…?

Lo Bruto se hurgó la nariz.

– Las mujeres me llaman señor Polla Grande.

– Así es como llaman a mi compañero.

– ¿Sí? El tipo nervioso y silencioso. Debe de irle muy bien.

– Sí, pero no estamos aquí para hablar de su vida sexual.

– Una lástima, porque tengo tiempo. La mujer y los chicos están en Tacoma, así que podría haber cumplido las setenta y dos horas, pero he pensado, ¿por qué fastidiar a los demás? Mire, estuve con esa chica, ¿para qué andarme con rodeos?

– Me caes bien, Vinnie. -Le ofrecí un cigarrillo.

– Sí, me llaman Vincent. Y ahórrese el dinero porque dejé el vicio el 4 de marzo de 1952.

Junior tiró del paquete. Nervios a flor de piel: tres intentos para encender una cerilla. Me eché hacia atrás.

– ¿Cuántas veces fuiste con la chica?

– Una.

– ¿Por qué sólo una?

– Una vez está bien por la novedad. Para las sorpresas que te dan las putas, más de una vez sería lo mismo que hacerlo con la parienta.

– Eres un tipo listo, Vincent.

– ¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué soy guarda de seguridad a un dólar veinte la hora?

Junior fumando; chupadas enormes.

– Dímelo tú -respondí.

– No lo sé. Lo que hago es rascarme la tripa en horas pagadas por la empresa. Es un medio de vida.

Calor. Me quité la chaqueta.

– De modo que abordaste a la chica sólo una vez, ¿no es eso?

– Sí.

– ¿La habías visto antes?

– No.

– ¿La has vuelto a ver después?

– No ha habido ningún después. ¡Coño! Me han dado la paga, he salido a dar una vuelta buscando una chica nueva y un policía novato se me ha echado encima de mala manera. ¡Joder…!

– Vincent, ¿qué te llamó la atención de la chica?

– Era blanca. No me gustan las negras. No es que tenga prejuicios; es sólo que no me atraen. Algunos de mis mejores amigos son negros, pero no me dedico a las negras.

Junior fumando, acalorado. Seguía con la chaqueta puesta. Lo Bruto:

– Su compañero no es muy hablador.

– Está cansado. Ha estado trabajando en secreto con los de Hollywood.

– ¿Sí? Vaya, ahora entiendo por qué es un tipo tan arisco. Un hombre de Manischewitz; dicen que ahí arriba el secuestro se da muy bien.

Me reí.

– Es cierto, pero mi compañero ha estado ocupado con maricas. Di, socio, ¿recuerdas cómo te empleaste con esos tipejos en Fern Dell? ¿Recuerdas que ayudaste a ese tipo amigo tuyo de la Academia?

– Claro… -Con la boca seca y la voz ronca.

– Vaya, socio, eso debió de ponerte enfermo. ¿No te detuviste a tomar algo camino de casa, sólo para librarte del REGUSTO?

Chasquidos de sus nudillos sudorosos. Se le subieron las mangas. MARCAS EN LAS MUÑECAS; rápidamente, tiró de los gemelos para ocultarlas. Lo Bruto:

– ¡Eh! Creía que la estrella de este espectáculo era yo.

– Claro que lo es. Sargento Stemmons, ¿alguna pregunta para Vincent?

– No. -Seco, jugando con los gemelos.

Yo, con una sonrisa:

– Volvamos a la chica.

– ¡Sí, eso! -Lo Bruto.

– ¿Era buena?

– La novedad es la novedad. Era mejor que la parienta, pero no tan buena como las no profesionales que ese tipo guapo de ahí debe ligar.

– A él le gustan los ligues rubios y despampanantes.

– Como a todos, pero yo me conformo con tener caucasianas, sin más.

Junior acarició su arma con manos espasmódicas.

– ¿Y en qué era mejor que tu mujer?

– Se movía más y le gustaba decir guarradas.

– ¿Cómo se hacía llamar?

– No me dijo ningún nombre.

El desnudo de Lucille en la ventana, úsalo.

– Describe a la chica desnuda.

Lo Bruto, enseguida:

– Regordeta, tetas algo caídas. Pezones grandes oscuros, como si quizá tuviera algo de sangre paisana.

¡Tilín! El tipo sabía.

– ¿Qué llevaba puesto cuando la recogiste?

– Pantalones ajustados. Ya sabe, de esos deportivos.

– ¿Adónde fuisteis?

– A su pensión, claro.

– La dirección, Vincent.

– ¡Oh! Esto… creo que era un motel llamado Red Arrow Inn.

Di unos golpecitos sobre la grabadora.

– Escucha con atención, Vincent. Hay un hombre complicado en este asunto, pero no creo que seas tú. Sólo dime si la chica dijo algo parecido a esto.

Lo Bruto asintió; yo pulsé Play. Un siseo de estática y: «Ahora yo seré la hija y tú el papá, y si eres complaciente conmigo, luego lo haremos otra vez sin cobrar.»

Pulsé Stop. Junior: ninguna reacción. Lo Bruto:

– Vaya, esa gatita enferma está llena de sorpresas.

– ¿Qué significa eso?

– Significa que no me hizo poner condón.

– Quizás ella utiliza diafragma.

– Niet. Fíese de lo que dice el señor Polla Grande: esas chicas siempre lo hacen con goma.

– ¿Y ella, no?

– Lo que puedo decirle es que este jinete la cabalgó a pelo. Y puedo asegurarle, paisano, que mi salchicha funciona muy bien. Fíjese en el montón de críos que me tienen trabajando como un esclavo para poderlos alimentar.

Una conjetura: Lucille, estéril a consecuencia de algún raspado.

– ¿Qué hay de la cinta?

– ¿Qué hay de ella?

– ¿La chica dijo algo parecido a eso de la hija y el papá cuando estuviste con ella?

– No.

– Pero has dicho que le gustaba decir guarradas.

– Decía que la mía era la más grande. Yo le dije que no me llamaban señor Polla Grande porque sí. Ella dijo que le gustaban grandes desde hacía mucho tiempo y yo le repliqué que, para una chica como ella, «hace mucho tiempo» significaba la semana pasada. Ella dijo algo así como, «te sorprenderías».

Junior se tiró de los gemelos. Le pinché:

– Esa Lucille parece uno de los mariquitas de Fern Dell Park, socio. Pollas grandes: todos los maricas tienen esa fijación. Tú has trabajado con ellos más que yo, socio; ¿verdad que tengo razón?

Junior se retorció, apurado.

– ¿Verdad que tengo razón, sargento?

– Sí… Sí, claro… -Con voz ronca.

Insisto con Polla Grande:

– ¿Así que la chica llevaba pantalones deportivos ajustados?

– Exacto.

– ¿Comentó algo de un pervertido que la acosara, quizás un mirón que fisgaba sus citas con los clientes?

– No.

– ¿Y llevaba pantalones ajustados?

– Sí, ya se lo he dicho.

– ¿Qué más llevaba?

– No lo sé. Una blusa, creo.

– ¿No era un abrigo de pieles?

Nervios de toxicómano: Junior rompió uno de los gemelos de tanto retorcerlo.

– No, ningún abrigo de pieles. O sea, ¡qué coño!, la chica era una puta de Western Avenue.

Cambio de tema:

– Así que has dicho que la chica decía guarradas.

– Sí. Decía que el señor Polla Grande se merecía el nombre.

– Olvídate de la polla. ¿Dijo alguna «guarrada» más?

– Dijo que estaba follando con un tipo llamado Tommy.

Hormigueo/piel de gallina.

– Tommy, ¿qué?

– No lo sé. No le oí ningún apellido.

– ¿Dijo si era su hermano?

– ¡Vamos, eso es una locura!

– ¿Vamos? ¿Recuerdas la cinta que acabas de escuchar?

– ¿De modo que se trata de eso? Pero papá e hija no es lo mismo que hermano, y los blancos no hacen esas cosas. Son pecado, son una infamia, son…

Un golpe sobre la mesa.

– ¿Dijo si era su hermano?

– No.

– ¿Mencionó el apellido?

– No -un susurro; asustado, ahora.

– ¿Dijo algo de perversiones?

– No.

– ¿Dijo si era músico?

– No.

– ¿Dijo si vendía narcóticos?

– No.

– ¿Dijo si le pagó?

– No.

– ¿Dijo si era un ladrón?

– No.

– ¿Un voyeur, un mirón?

– No.

– ¿Te dijo qué le hizo?

– No.

– ¿Te dijo algo de su familia?

– No.

– ¿Describió al tipo?

– No.

– ¿Te dijo si le iban las chicas de color?

– No. Agente, escuche…

Di una palmada sobre la mesa. Polla Grande se santiguó.

– ¿Mencionó a un hombre llamado Tommy Kafesjian?

– No.

– ¿Abrigos de pieles?

– No.

– ¿Robos de abrigos de pieles?

Junior encogiéndose, rascándose las manos.

– Agente, la chica sólo dijo que estaba follando con ese Tommy. Dijo que no era demasiado bueno, pero que él se había presentado y que una siempre seguía enamorada del hombre que la había desflorado.

Me quedé paralizado.

Junior saltó de un brinco. El gemelo rodó bajo la puerta.

Nervios a flor de piel. Abrió la puerta de un tirón. Al otro lado, Dan Wilhite. Parpadeos del altavoz del pasillo; lo había oído.

– Klein, ven aquí.

Obedecí. Wilhite me golpeó en el pecho con el índice. Le doblé la muñeca.

– Este caso es mío. Si no te gusta, entiéndete con Exley.

Los matones de Narcóticos llegaron enseguida.

Solté a Dan. Junior intentó meterse, pero le contuve.

Wilhite, pálido, soltando burbujas de saliva.

Sus muchachos se sonrojaron, muy enfadados, con ganas de bajarme los humos. Lo Bruto:

– ¡Caramba, estoy hambriento!

Cerré la puerta.

– De verdad, estoy muerto de hambre. ¿No podría tomar un bocadillo o cualquier cosa?

Pulsé el comunicador.

– Sid, trae al otro tipo.

Lo Bruto fuera, Kaltenborn dentro. Un gordo degenerado con un fez en la cabeza. Junior, bajó los ojos. El tipo:

– Por favor, no quiero problemas…

Su voz, casi familiar. Pulsé Play. Lucille: «Adelante, encanto.» Pausa. «Sí, quiere decir ahora.»

Kaltenborn hizo una mueca. Patata caliente.

Pausa. «Está bien, está bien»: la voz, más familiar. Unos chirridos de somier, gemidos. El gordito se puso a sollozar.

Lucille: «Juguemos a una cosita. Ahora yo seré la hija y tú el papá, y si eres complaciente conmigo, luego lo haremos otra vez sin cobrar.»

Grandes sollozos. Pulsé Stop.

– ¿Era su voz, señor Kaltenborn?

Sollozos, gestos de asentimiento. Junior se movió, intranquilo.

– Deje de llorar, señor Kaltenborn. Cuanto antes responda a mis preguntas, antes le dejaremos irse.

El fez le resbaló hasta quedar ladeado.

– ¿Y Lydia?

– ¿Qué?

– Mi esposa, ella no va a…

– Esto es estrictamente confidencial. ¿Es usted el de la grabación, señor Kaltenborn?

– Sí, sí, soy yo. ¿Es que la policía grabó esa…?

– ¿Esa cita extraconyugal ilegal? No, no fuimos nosotros. ¿Sabe usted quién lo hizo?

– No, desde luego que no.

– ¿Y jugó usted a «papá»?

Con voz amortiguada, sofocada en sollozos:

– Sí.

– Hábleme de eso.

Kaltenborn, agarrando el fez, retorciéndolo, frotándolo:

– Yo quería repetir, así que la chica se puso la ropa y me pidió que se la arrancara. «Arráncame la ropa, papá», me dijo. Yo lo hice, y entonces repetimos. Y eso fue todo. No sé cómo se llama, no la había visto nunca y no he vuelto a verla. Todo esto ha sido una terrible coincidencia. Esa chica es la única prostituta con la que he tenido tratos y estaba en una reunión con mis hermanos de logia para discutir nuestro presupuesto de obras de caridad cuando uno de ellos me preguntó si sabía dónde se podía encontrar prostitutas, así que yo…

– ¿Habló la chica de un hombre llamado Tommy?

– No.

– ¿Y de un hermano llamado así?

– No.

– ¿De un hombre que la pudiera estar siguiendo, o grabando sus palabras, o escuchándola a escondidas?

– No, pero…

– ¿Pero qué?

– Pero oí a un hombre en la habitación de al lado, llorando. Quizá fue mi imaginación, pero era como si estuviera escuchándonos. Era como si lo que oía le afectara.

Bingo. El mirón.

– ¿Vio al hombre?

– No.

– ¿Le oyó decir o murmurar alguna palabra en concreto?

– No.

– ¿Mencionó la chica a otros miembros de su familia?

– No, sólo dijo lo que he declarado y lo que ha oído usted en esa grabación. Agente… ¿de dónde la ha sacado? Yo… no quiero que mi esposa oiga…

– ¿Está seguro de que no mencionó a un tal Tommy?

– ¡Por favor, detective! Me está gritando.

Cambio de actitud:

– Lo siento, señor Kaltenborn. Sargento, ¿tiene alguna pregunta?

El sargento (esa bestia estúpida, acariciando el arma):

– Hum, no… -Se mira las manos.

– Señor Kaltenborn, ¿la chica llevaba un ABRIGO DE PIELES?

– No, llevaba unos pantalones ajustados de torero y una especie de blusa barata.

– ¿Dijo que le gustaba el STRIPTEASE?

– No.

– ¿Mencionó que frecuentaba un club negro llamado BIDO LITO'S?

– No.

– ¿No dijo que desnudarse de un CÁLIDO ABRIGO DE PIELES era el éxtasis?

– No. ¿Qué pretende usted…?

Junior bajó las manos. Estuve atento por si desenfundaba.

– Señor Kaltenborn, ¿mencionó la chica si conocía a un POLICÍA RUBIO DESPAMPANANTE que antes era boxeador?

– No, no dijo nada parecido. Y no… no comprendo su interés por esas preguntas, oficial.

– ¿Dijo si conocía a un policía artista de la extorsión con AFICIÓN a los jóvenes rubios?

HUIDA…

Junior gana la puerta, cruza el pasillo con la pistola desenfundada. Salgo, le persigo, corro…

Llegó hasta su coche, jadeante. Le alcancé, le inmovilicé la mano del arma y eché su cabeza hacia atrás.

– Te dejaré salir de todo esto. Te retiraré del caso Kafesjian antes de que jodas aún más las cosas. Podemos hacer un trato ahora mismo.

Cabello engominado. Junior se desasió agitando la cabeza. Unos faros desviados iluminaron su cara de drogado escupiendo salivazos.

– Esa puta mató a Dwight Gilette y tú lo estás ocultando. Ainge dejó la ciudad y yo quizá tengo el arma que usó la chica. Tú estás colado por esa puta y estoy convencido de que empujaste a ese testigo por la ventana. No hay trato. Y ya verás cómo os amargo la existencia a ti y a esa puta.

Le agarré por el cuello y apreté para matarle. Obsceno: su respiración, sus labios echados hacia atrás para morder. Me retiré ligeramente, en un descuido. Un rodillazo. Me doblo, sin aliento; a patadas, ruedo por el suelo. Neumáticos derrapando sobre la grava.

Unos faros: Jack Woods sale en su persecución.

Los Angeles Oeste, tres de la madrugada. En casa de Junior -cuatro viviendas adosadas de una planta-, todo a oscuras. Ningún Ford de Junior aparcado en las proximidades. Uso la ganzúa, enciendo las luces.

Dolorido desde la entrepierna hasta el pecho: darle una paliza, matarle. Dejé las luces encendidas. Que lo supiera.

Cerré la puerta y recorrí la vivienda.

Salón, comedor, cocina. Muebles a juego: meticuloso. Limpieza, mugre: mobiliario de formas angulosas, polvo.

El fregadero: comida mohosa, cucarachas.

El congelador: cápsulas de nitrato de amilo.

Ceniceros llenos de colillas -la marca de Junior- con manchas de carmín.

Cuarto de baño, dormitorio: lúgubre, equipo de maquillaje: el color del lápiz de labios coincidía con el de las colillas. Una papelera, rebosante de pañuelos de papel manchados de rojo de labios. Una cama revuelta. Cápsulas vacías sobre las sábanas. Levanté las sábanas: una Luger con silenciador y un consolador sucio de mierda debajo.

Libros de bolsillo en la estantería: Como los chicos, A la griega, Deseo prohibido.

Un baúl cerrado con candado.

Una foto en la pared: el teniente Dave Klein en uniforme del LAPD. Sigo el pensamiento de un marica. Zoooom:

No estoy casado.

Ninguna pasión por una mujer hasta Glenda.

De Meg, no podía saber nada.

La Luger, sonriendo: «Adelante, dispara a algo.»

Disparé. Un silencio a quemarropa: rompió el cristal/desconchó el yeso/me desconchó a MÍ. Disparé al baúl: astillas/nube de cordita. El candado voló.

Hurgué en el interior. Pilas de papeles ordenados: Junior, el meticuloso. Lento inventario.

Copias:

El expediente personal de Johnny Duhamel. Informes de capacidad de Dudley Smith: todo de primera. Peticiones de nombramiento: Johnny para el trabajo de las pieles, referencias al robo clasificadas. Extraño: Johnny no había estado nunca en Patrullas; de la Academia, había pasado directamente a la brigada.

Más Duhamel: programas de boxeo, músculos de lujo. Papeles de la Academia, prueba 104: Junior le había contado a Reuben Ruiz que él había enseñado a Johnny. Todo sobresalientes (amor ciego de marica: el estilo de redacción de Duhamel era infame). Más papeles sobre el trabajo de las pieles: informes de Robos… Era posible que Junior se adelantara a Dudley; debía de haber descubierto que Johnny era el ladrón y Dud no se había dado cuenta.

Una declaración formal: Georgie Ainge acusa a Glenda del 187 de Dwight Gilette. El teniente D.D. Klein elimina la prueba; Junior apunta el motivo: lujuria. Agarro esas hojas y la información sobre cajas de seguridad que hay debajo: era posible que Junior tuviera documentos de reserva guardados en algún banco. Ninguna mención de la pistola ni de huellas de Glenda en un arma; quizá Junior guardaba la pistola como carta de reserva.

Polvo de yeso posándose; mis disparos habían rozado algunas tuberías. Diversos expedientes, tarjetas de fichero:

Expediente número uno: el trabajo del Búho nocturno, el asunto de los cuatro muertos del jefe Ed Exley. Expediente número dos: diversos casos de Exley entre el 53 y el 58. Conciso: el Times, el Herald; meticuloso.

¿POR QUÉ?

Las tarjetas: fichas de identificación del LAPD; impresos de datos estándar de diez por quince. «Nombre», «Situación», «Comentarios», llenos de siglas. Fui interpretándolas mientras las leía:

Todas las situaciones eran «F.D.P.»: Fern Dell Park, probablemente. Iniciales, ningún nombre. Números, de artículos del Código Penal de California: conducta lasciva y depravada.

Comentarios: coitus interruptus «homo», multa y cobro inmediato por parte de Junior (metálico, joyas, porros).

Sudoroso, casi sin aliento. Tres tarjetas juntas, sujetas con un clip. Iniciales: T.V. Comentarios: el arresto de Touch Vecchio; conceder a Junior facultades para la extorsión:

Touch llama a Mickey C. desesperado y muerto de hambre. Está impaciente por hacer algo «por su cuenta»; ha estado tramando su propio plan de extorsión. El proyecto: Chick Vecchio, a buscar favores de mujeres famosas; Touch, a buscarlos de maricas célebres. Pete Bondurant, a tomar fotos y aplicar la presión: escupe o los negativos llegan a Hush-Hush.

Escalofríos. Mal asunto. El teléfono: un timbrazo, cuelga, un timbrazo. La señal de Jack.

Cogí el supletorio de la cabecera de la cama.

– ¿Sí?

– Dave, escucha. Seguí a Stemmons al Bido Lito's. Se reunió con J.C. y Tommy Kafesjian en la trastienda que tienen allí. Les vi exigirle información y pesqué algunas palabras antes de que cerraran la ventana.

– ¿Qué?

– Lo que oí fue a Stemmons hablando. Se ofreció a proteger a la familia Kafesjian (dijo precisamente eso, «familia») de ti y de alguien más, pero no pude captar el nombre.

Quizás Exley, a juzgar por los papeles.

– ¿Qué más?

– Nada más. Stemmons salió del local contando dinero, como si Tommy y J.C. acabaran de untarle. Le seguí calle abajo y le vi dar el alto a un tipo, un negro. Creo que el tipo estaba vendiendo marihuana y me parece que también untó a Stemmons.

– ¿Dónde está ahora?

– Camino de ahí. Dave, me debes…

Colgué, marqué el 111 y conseguí el número de teléfono de Georgie Ainge. Marco, dos timbrazos, un mensaje: «El número que ha marcado está desconectado.» Coincidía con la historia de Junior: Ainge había dejado la ciudad.

Opciones:

Neutralizarle: amenazar con delatarle como homosexual. Cortarle las alas, negociar con él: declaraciones y la pistola con las huellas a cambio del silencio.

A la mierda con los razonamientos: los psicópatas no negocian.

Apagué las luces, cogí la Luger. Matarle/no matarle. Péndulo: si toma la decisión equivocada, es hombre muerto.

Pienso: celos de marica. Junior, el psicópata, odia a Glenda, el bombón.

El tiempo se volvió loco.

Me dolían las costillas.

El periódico matinal golpeó la puerta. Le pegué un tiro a una silla. Lógica de bala: todas aquellas molestias por una mujer a la que nunca había tocado.

Salí de la casa. Amanecía. El lechero no sería testigo de ningún asesinato.

Arrojé la Luger a un cubo de basura.

Me acicalé un poco. No lo pienses, hazlo.

14

Llamé a la puerta; ella respondió. Me tocaba mover; ella lo hizo antes:

– Gracias por lo de ayer.

Preparada: vestido y gabardina. Me tocaba mover; ella lo hizo antes:

– ¿Se llama David Klein, verdad?

– ¿Quién se lo ha dicho?

Ella me franqueó la entrada.

– Le vi en el plato y le vi seguirme unas cuantas veces. Sé qué aspecto tienen los coches camuflados de la policía, así que le pregunté por usted a Mickey y a Chick Vecchio.

– ¿Y?

– Y me pregunto qué quiere usted.

Entré. Bonita casa, quizá picadero amueblado. Televisores junto al sofá: material de Vecchio.

– Tenga cuidado con esos televisores, señorita Bledsoe.

– Eso dígaselo a su hermana. Touch me ha contado que le vendió una docena.

Me senté en el sofá, cerca de los Philco calientes.

– ¿Qué más le dijo?

– Que es usted un abogado que juega a casero de arrabal. Y que rechazó un contrato con la MGM porque le atraía más romper huelgas que salir en la pantalla.

– ¿Sabe por qué la seguía?

Ella aproximó una silla, pero no demasiado cerca.

– Está claro que trabaja para Howard Hughes. Cuando le dejé, me amenazó con denunciar el contrato. Y está claro que conoce a Harold Miciak, y que no le cae bien. Señor Klein, ¿usted…?

– ¿Si ahuyenté a Georgie Ainge?

– Sí.

Asentí:

– Es un pervertido. Y los falsos secuestros nunca salen bien.

– ¿Cómo lo supo?

– Eso no importa. ¿Saben Touch y su novio que he sido yo?

– No, creo que no.

– Bien. No se lo diga.

Glenda encendió un cigarrillo. La cerilla temblaba.

– ¿Ainge dijo algo de mí?

– Dijo que había sido prostituta.

– También he sido camarera y Miss Alhambra y sí, trabajé para un servicio de compañía de Beverly Hills. Uno muy caro, el de Doug Ancelet.

La estrujé un poco:

– Trabajó para Dwight Gilette.

Elegante. La pose con el cigarrillo ayudaba.

– Sí, fui arrestada por robo en tiendas en 1946. ¿Mencionó Ainge algo acerca de…?

– No me cuente cosas de las que se puede arrepentir.

Una sonrisa. Barata. No aquella sonrisa:

– ¿De modo que es usted mi ángel de la guarda?

Volqué un televisor de una patada.

– ¡No me tome el pelo!

Ella, sin pestañear:

– Entonces, ¿qué quiere que haga?

– Deje de rehuir a Hughes, pídale disculpas y cumpla lo establecido en el contrato.

Abrió la gabardina: los hombros al aire, cicatrices de cuchilladas.

– ¡Nunca!

Me incliné más cerca de ella.

– Ya ha llegado todo lo lejos que podía en belleza y encanto, así que ahora use el cerebro y haga lo más inteligente.

Una sonrisa:

– ¡No me tome el pelo!

Aquella sonrisa. Se la devolví:

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? ¡Porque yo era despedible para él! Porque el año pasado yo estaba sirviendo comidas en un autorrestaurante y uno de sus «cazatalentos» me vio ganar un concurso de baile. Me consiguió una «audición», que consistió en que me quitara la ropa interior y posara para unas fotos, que al parecer gustaron al señor Hughes. ¿Sabe lo que es ser follada por un tipo que guarda fotos de ti y de otras seis mil chicas desnudas en su Rolodex?

– Bonito, pero no compro.

– Lo que oye. Yo creo que se aburría y decidió ponerse en acción. Es actriz y el toque elegante de dar calabazas a Howard Hughes le atraía. Imaginó que sabría zafarse de las complicaciones, porque ya ha estado metida en toneladas de problemas.

– ¿Por qué, señor Klein?

– ¿Por qué, qué?

– ¿Por qué se está tomando tantas molestias para librarme de problemas?

– Sé apreciar el estilo.

– No, no le creo. ¿Y qué más dijo de mí Georgie Ainge?

– Nada. ¿Qué más dijeron de mí los hermanos Vecchio?

Con una carcajada:

– Touch me dijo que había estado colado por usted. Chick, que es peligroso. Mickey dice que nunca le ha visto con una mujer, así que tal vez deba descartar la razón habitual para explicar su interés por mí. Sólo pienso que debe de sacar provecho por alguna parte.

Ojeada a la habitación: libros, arte; buen gusto sacado de alguna parte.

– Mickey se está yendo a la ruina. Si creyó que saldría ganando con el cambio de Hughes por un gángster de categoría, se equivocó.

Glenda encadenó los cigarrillos.

– Tiene razón, calculé mal.

– Entonces, arregle las cosas con Hughes.

– ¡Nunca!

– Hágalo. Así nos libraremos de problemas los dos.

– No. Como ha dicho hace un momento, ya he estado metida en problemas otras veces.

Ni asomo de miedo: desafiándome a decir YA LO SÉ.

– Debería verse ante la cámara, señorita Bledsoe. Usted se ríe de todo esto y demuestra mucho estilo. Es una lástima que la película termine pasándose en los autocines de pueblo. Es una lástima que no la vaya a ver ningún hombre que pueda ayudarla en su carrera.

Un sonrojo, durante una fracción de segundo.

– No estoy tan obligada a los hombres como supone.

– No digo que le guste; sólo me refiero a que sabe que así es el juego.

– ¿Como ser cobrador de chantajistas y rompehuelgas?

– Sí, cosas seguras. Como lo suyo con Mickey Cohen.

Aros de humo. Bonito.

– No me acuesto con él.

– Bien, porque durante años ha habido tipos que han intentado matarle y siempre sale malparada la gente que le rodea.

– Una vez fue un tío importante, ¿verdad?

– Tenía estilo.

– Y los dos sabemos que usted sabe apreciarlo.

El retrato de la estantería: una mujer maligna.

– ¿Quién es?

– Vampira. Es la presentadora de un horrible programa de terror en la televisión. Yo solía prepararle la bandeja en el autorrestaurante y ella me daba consejos de cómo actuar en tu propia película cuando estás en la película de otro.

Manos temblorosas. Deseé tocarla.

– ¿Siente aprecio por Mickey, señor Klein?

– Claro. Una vez estuvo muy alto, de modo que resulta duro verle luchar por las sobras.

– ¿Cree que está desesperado?

– ¿El ataque del vampiro atómico?

Glenda se rió y se atragantó con el humo.

– Es peor de lo que usted piensa. Sid Frizell está metiendo en la película demasiada sangre y ese incesto, así que Mickey teme que tendrán que distribuirla directamente a los autocines para sacar beneficios.

Arreglé la pila de televisores.

– Sea lista y vuelva con Hughes.

– No. De todos modos, Frizell está dirigiendo algunas películas porno en los ratos libres. Tiene un lugar en Lynwood con dormitorios llenos de espejos, así que podría trabajar allí.

– No es su estilo. ¿Está enterado Mickey?

– Finge que no, pero Sid y Wylie Bullock han estado hablando de ello. ¿Qué va a hacer usted con esto, señor Klein?

Cajones llenos a rebosar: textos de universidad. Abrí uno: redacciones, garabatos: un corazón encerrando unas iniciales: «G.B. & M.H.»

– Sí, robé algunas cosas. ¿Qué va a…?

– ¿Qué fue de M.H.?

Aquella sonrisa:

– Dejó embarazada a otra chica y murió en Corea. David…

– No sé. Quizá me abstenga de intervenir y la deje en manos de un abogado. Pero lo mejor que puede esperar es una querella por incumplimiento de contrato sin acusaciones criminales.

– ¿Y lo peor?

– Howard Hughes es Howard Hughes. Una palabra al fiscal del Distrito y te verás acusada de robo con agravantes.

– Mickey dice que eres amigo del nuevo fiscal.

– Sí, estudiaba mis apuntes en la escuela de Leyes, y Hughes puso doscientos pavos en su fondo de sobornos.

– David…

– Llámame Dave.

– Prefiero David.

– No. Mi hermana me llama así.

– ¿Y?

– Dejémoslo.

Sonó el teléfono. Glenda descolgó:

– ¿Hola?…Sí, Mickey, ya sé que llego tarde… No, estoy resfriada… Sí, pero Sid y Wylie pueden filmar otras escenas… No, intentaré presentarme esta tarde… Sí, no me olvidaré de nuestra cena… No. Adiós, Mickey.

Colgó. Yo dije:

– M. H. voló, pero Mickey no lo hará.

– Bueno, se siente solo. Cuatro de sus hombres han desaparecido y me parece que sabe que están muertos. Los negocios son los negocios, pero creo que los echa de menos más que a cualquier otra cosa.

– Todavía tiene a Chick y a Touch.

Un soplo de brisa. Glenda se estremeció.

– No sé por qué se quedan. Mickey tiene un plan para hacerles seducir a gente famosa. Es tan impropio de él que resulta patético.

«Patético»: las notas de Junior, confirmadas. Glenda: escalofríos, piel de gallina.

Cogí su gabardina y la sostuve ante ella. Glenda se puso en pie con una sonrisa.

Tocarla…

Se enfundó la gabardina; yo tiré de la prenda hacia atrás y toqué sus cicatrices. Glenda se volvió lentamente y me besó.

Día/noche/mañana. El teléfono, descolgado; la radio, baja. Charla, música, suaves baladas arrullando el sueño de Glenda. Dormida ella, TODO volvió a mi mente.

Durmió mucho, despertó hambrienta. Bostezos, sonrisas: al abrir los ojos me sorprendió asustado. Los besos evitaron sus preguntas; la absoluta sensación de que aquello no saldría bien me tenía sin aliento. Apretados el uno contra el otro, sin pensar en nada. Su aliento acelerado, mi mente en blanco. Dentro de ella cuando sus ojos dijeron no te detengas; no más maricas, no más mirones, no más putas hijas de vendedores de drogas burlándose de mí.

15

– …y ahora están ahí fuera, en nuestra jurisdicción, invadiendo nuestra jurisdicción. Hasta donde sabemos, hay diecisiete agentes federales y tres fiscales federales adjuntos respaldando a Welles Noonan. Y Noonan no ha pedido un enlace con el LAPD, de modo que debemos dar por sentado sin ninguna duda que estamos ante una investigación hostil destinada a desacreditarnos.

Hablaba el jefe Parker. Escuchando, de pie: Bob Gallaudet, Ed Exley. Sentados: todos los jefes de la comisaría y los oficiales con mando de la sección de Detectives. Ausentes: Dan Wilhite, Dudley Smith, representados por Mike Breuning y Dick Carlisle.

Extraño: nadie de Narcóticos. Extraño: Dudley ausente.

Exley al micrófono:

– El jefe y yo consideramos que esta «investigación» ha sido planeada con finalidades políticas. Los agentes federales no son policías de la ciudad y, desde luego, no están familiarizados con la realidad del mantenimiento del orden en los barrios habitados por negros. Welles Noonan desea desacreditar al departamento y a nuestro colega el señor Gallaudet, y el jefe Parker y yo estamos de acuerdo en adoptar medidas para limitar su éxito. Más tarde informaré personalmente a cada jefe de sección, pero antes de hacerlo expondré ciertos puntos clave que todos deberán tener en cuenta.

Bostecé, magullado de la cama, agotado. Exley: -Los jefes de sección dirán a sus hombres, tanto uniformados como de paisano, que atornillen y/o unten a sus soplones y les adviertan que no deben colaborar con los agentes federales que puedan encontrar. Con este mismo fin, quiero que se visite a los dueños de bares y clubes del Southside. «Visitar» es un eufemismo, caballeros. «Visitar» significa que los responsables de las comisarías de Newton, University y calle Setenta y siete deben enviar hombres de paisano intimidadores para advertir a los propietarios de que, dado que hacemos la vista gorda ante ciertas infracciones en sus locales, ellos deberían cuidarse de ser sinceros con los federales. La brigada de Vagos y Maleantes de Central seguirá una línea paralela: detendrán a los habituales para asegurar su silencio bajo la amenaza de medidas represivas que tipos casi liberales como Noonan podrían considerar excesivamente rigurosas. La comisaría de la calle Setenta y siete expulsará por la fuerza, con buenos modos, a todos los peces gordos blancos que encuentren en la zona: no queremos que nadie bien relacionado tenga un lío con los federales. Los detectives de Robos y de Homicidios están trabajando en este momento en los homicidios entre negros sin resolver, con objeto de obtener pruebas para que el señor Gallaudet pueda presentar acusaciones formales; queremos responder a la acusación de Noonan de que nos despreocupamos de los 187 entre morenos. Y, por último, creo que podemos asegurar que los federales harán una redada en los locales de máquinas expendedoras y tragaperras que controla Mickey Cohen. Nosotros dejaremos que lo hagan y dejaremos que Cohen se entienda con ellos. Antivicio de Central ha destruido todas las denuncias contra las tragaperras que hemos estado metiendo en el cajón, y siempre podemos alegar que ignorábamos que esas máquinas existieran.

Implícito: Mickey no abandonaba su negocio en el Southside. Advertirle (otra vez); decir a Jack Woods que retirara sus apuestas del barrio negro.

Parker abandonó la sala; Exley carraspeó, con cierto apuro.

– Al jefe no le ha gustado nunca que las mujeres blancas confraternizaran con negros y está furioso con los dueños de club que lo fomentan. Sargento Breuning, sargento Carlisle, que sus hombres se aseguren de que esos propietarios de clubes no hablen con los federales.

Sonrisas torvas. A los chicos de Dudley les encantaba intimidar. Exley:

– Esto es todo por ahora. Caballeros, por favor, esperen junto a mi despacho. Bajaré enseguida para darles instrucciones individuales. Teniente Klein, haga el favor de quedarse.

Golpes de mazo: reunión terminada. Una salida en tropel; Gallaudet me deslizó una nota.

Exley se acercó. Brusco:

– Quiero que siga con el robo Kafesjian. Estoy pensando en darle más relevancia y quiero un informe detallado sobre la redada de Western.

– ¿Cómo es que no había representante de Narcóticos en la reunión?

– No cuestione mis medidas.

– Por última vez: los Kafesjian son carne federal de primera. Llevan veinte años liados con el departamento. Alborotar su gallinero es suicida.

– Por última vez: no ponga objeciones a mis motivos. Por última vez: usted y el sargento Stemmons sigan con el caso. Prioridad absoluta.

– Escuche, jefe, ¿me adjudicó a Stemmons de compañero en el caso por alguna razón especial?

– No. Sencillamente, me pareció lo más lógico.

– ¿Y eso?

– Y eso, que trabajan juntos en Subdirección y que tiene unos antecedentes excelentes como instructor de toma de pruebas.

Impasible; una actitud dura.

– No me trago esa explicación de la relación personal. De usted, no.

– Hágala personal usted mismo.

Tiro de las riendas, contengo la risa.

– Ya está sucediendo.

– Bien. Y ahora, ¿qué hay de los socios conocidos de la familia?

– He puesto a trabajar en ello a mi mejor soplón. Hablé con un tal Abe Voldrich, pero no creo que sepa nada del robo.

– Es contable de Kafesjian desde hace mucho. Quizá tiene alguna información de interés sobre la familia.

– Sí, pero, ¿qué busca usted, un sospechoso de robo o echar lodo sobre la familia?

No hubo respuesta.

Exley abandonó la sala. Yo leí la nota de Gallaudet:

Dave:

Comprendo tu necesidad de proteger a ciertos amigos tuyos que tienen negocios en el Southside, y creo que la fijación del jefe Exley por los Kafesjian es un poco inconveniente. Por favor, haz cuanto puedas por proteger los intereses del LAPD en el Southside, sobre todo teniendo en cuenta esa maldita investigación federal. Y hazme otro favor: sin decírselo al jefe Exley, ponme al corriente periódicamente sobre la marcha de la investigación de los Kafesjian.

Cuatro días: persigo pruebas, soy perseguido. Corro, soy acosado aún más de cerca. Imágenes que no puedo eludir.

Le dije a Mickey que retirara las máquinas; él quitó importancia al asunto de los federales. Estúpido Mickey; Jack Woods liquidó su negocio en un tiempo récord. Llené a Exley de papeles: el 459 CP de Kafesjian, informe detallado. Suprimidos de él: la grabación del mirón y los interrogatorios a los dos clientes de Lucille.

Exley dijo que adelante. De palique: ¿qué tal llevaba Stemmons el caso?

Respondí que bien. Imágenes mentales: Johnny Duhamel, el músculos; lápiz de labios en las colillas de cigarrillo.

Exley dijo que adelante; yo pasé información a Bob Gallaudet a escondidas. Política: Bob no quería que Welles Noonan sacara jugo de los Kafesjian.

Perseguir, vigilar posibles perseguidores. No había ninguno; casi me estrello varias veces. Exley/Hughes/Narcóticos/federales: posibles perseguidores, grandes recursos.

Buscando pruebas:

Aceché el Red Arrow Inn: ni Lucille, ni sospechosos de mirones. Comprobé en la calle Setenta y siete: ninguna ficha de mirones. Antecedentes de modus operandi de tres estados: cero. Lester Lake dijo que habría novedades pronto, «quizás». Buscando secretos, persiguiendo imágenes…

Redadas de clientes en solitario: ningún cliente más de Lucille confirmado. Western y Adams, dirección sur, buscando historias. Seguí fisgando sobre la familia poniendo toda la carne en el asador.

Igual que Exley.

Llamémoslo «estilo abogado»:

Incordiar a los Kafesjian con una investigación federal sobre narcóticos en puertas es una decidida locura. Edmund Exley es un detective decididamente eficiente con capacidad de mando reconocida a nivel nacional. Narcóticos no estaba presente en la reunión sobre la investigación federal. Narcóticos es la sección del LAPD más autónoma. Narcóticos y la familia Kafesjian llevan veintitantos años relacionándose de un modo autónomo. Exley sabe que la investigación federal tendrá resultados y quiere que la flor y nata del LAPD quede a salvo. Sabe que deben rodar cabezas y ha convencido al jefe Parker de que la estrategia menos gravosa y más sensata es sacrificar Narcóticos a los federales: la brigada puede ser presentada como un grupo de policías corruptos que se volvió loco por sí solo sin causar graves quebrantos al prestigio general del departamento.

No me convenció del todo: aquella obsesión por la familia tenía un aspecto demasiado feo.

Igual que la mía. Igual que la de Junior.

George Stemmons II: mis peores imágenes.

Le perseguí durante cuatro días; sencillamente, había desaparecido. En la oficina: ni señal de vida. La casa que había revuelto: cerrada a cal y canto. El barrio negro: no. La casa de su padre: no. Fern Dell: no. Bares de maricas: no, Junior no tenía agallas para ser tan descarado. Tiro a ciegas: Johnny Duhamel (su querencia conocida).

Personal me facilitó la dirección. Pasé por allí tres días/noches seguidos: ni Johnny, ni Junior. Ni hablar de contactar con Duhamel en horas de servicio: no podía saltarme a Dudley Smith. El instinto me dijo que el amor de Junior no era correspondido: el Rubio y el Despampanante no hacían migas. Posible confirmación: Reuben Ruiz, colega de Johnny. Gallaudet le tenía de relaciones públicas encargado de untar a los chicanos para que dejaran Chavez Ravine.

Le coloqué a Bob una historia convincente: Ruiz conocía a un tipo al que necesitaba sacar información. Gallaudet: está entrenando no sé dónde, búscale en Chavez Ravine dentro de unos días; estará allí trabajándose a la gente.

Sin un centavo.

Tiro seguro:

Junior denuncia a Glenda por homicidio. La víctima, un chulo negro: Gallaudet tal vez no solicite un acta de acusación. Pero: Howard Hughes hace chasquear los dedos y Bob Cámara de Gas salta. Fácil: influir en el juez, ganarse al jurado; Glenda, directa a la celda verde. Acusaciones accesorias pendientes: sobre mí.

En consecuencia:

Neutralizar a Junior. Silenciar sus tratos con los Kafesjian: si Exley se entera, delatará a Glenda para salir bien librado. Mi moneda de cambio: Duhamel; delatarle a Dudley, el momento cumbre, trabajo para Exley; un seguro para Junior/Glenda.

Pagué dos de cien a Jack Woods: encuéntrame a Junior Stemmons. Mi querencia: ELLA; un remolque de plató, avanzada la noche.

Miciak guardó silencio: entre Glenda y yo hicimos que su seguimiento fuera estrictamente independiente. Escribí informes falsos para Milteer y Glenda me proporcionó falsos detalles. El plató: los extras vagabundos de Mickey, dormidos. Hablábamos en voz baja, hacíamos el amor y le dábamos vueltas a TODO.

Yo nunca dije que sabía; ella nunca me presionó. Biografías, huecos: le oculté lo de Meg, ella se calló lo de prostituta.

Nunca le dije que mataba gente. Nunca le dije que Lucille K. me había convertido en un mirón.

Ella dijo que yo agotaba a la gente.

Dijo que yo sólo apostaba en partidas amañadas.

Dijo que ser policía/abogado me colocaba a cierta distancia del típico blanco pobre.

Dijo que yo no me dejaba engañar nunca.

Yo dije: tres de cuatro, no está mal.

III BARRIO NEGRO ROJO

***

16

Caminos de tierra, cabañas. Colinas atrapando la contaminación: Chavez Ravine.

Atasco. Aparqué a buena distancia y eché un vistazo:

Tipos agitando pancartas. Periodistas, policías de uniforme. Comunistas cantando: «Justicia, sí! ¡Dodgers, no!»

Un corro de gente amistosa, con los ojos en un Reuben Ruiz sonriente y entusiasta. Matones de la policía local, el agente Will Shipstad.

Ruiz: ¿testigo federal?

Me acerqué al tumulto a paso ligero.

– ¡Hey, hey! ¡No, no! ¡No nos volveréis a México!

Mostré la placa y los uniformados me abrieron paso.

Abucheos provocadores:

Ruiz peleaba esa noche; acudir al combate para animar a su contrincante. La Oficina de Tierras y Caminos, fascista: planes para recolocar a los chicanos en bloques de pisos de la zona más degradada de Lynwood.

– ¡Hey, hey! ¡No, no! ¡Justicia, sí! ¡Dodgers, no!

Ruiz, gritando en español por un megáfono:

¡Traslados enseguida! ¡La indemnización para nuestro traslado es muy suculenta! ¡Nuevos hogares muy pronto a vuestro alcance! ¡Y disfrutad del nuevo estadio de los Dodgers que VOSOTROS habéis contribuido a crear!

Guerra de ruidos; victoria del megáfono de Reuben. Los ayudantes arrojaron unas entradas; los chicanos hincaron la rodilla y las recogieron. Me hice con una: Ruiz contra Stevie Moore, en el Olympic Auditorium.

Cantos, algarabía. Ruiz me vio y se debatió entre sus admiradores. Me abrí paso hasta cerca de él. Reuben me lanzó un grito:

– ¡Tenemos que hablar! En mi vestuario después del combate, ¿le parece?

Asentí con un gesto. «¡Basura! ¡Peón de los Dodgers!»: no había manera de hablar.

Una vuelta rápida por la brigada. Mi despacho.

Un mensaje de Lester Lake: reúnete conmigo a las ocho, esta noche. Moonglow Lounge. Exley apareció por Subdirección; le hice una seña para que entrara en el despacho.

– Tenía algunas preguntas.

– Hágalas, mientras no sean, «¿qué pretende?»

– Probemos con, «¿por qué sólo dos hombres en un caso que tiene tanto interés en resolver?»

– No. La siguiente pregunta, y que no sea, «¿por qué yo?»

– Probemos con, «¿qué hay para mí en esto?»

Exley sonrió.

– Si aclara el caso, ejerceré una prerrogativa del jefe de Detectives que rara vez se utiliza y le ascenderé a capitán saltándome el escalafón. Trasladaré a Dudley Smith a Subdirección y le daré a usted el mando de la sección de Robos.

El paraíso del trapicheo. Que no fueran a fallarme las piernas.

– ¿Sucede algo, teniente?, yo esperaba que me expresaría su gratitud.

– Gracias, «Ed». Eso que acaba de agitar es una zanahoria muy golosa.

– Visto lo que es usted, yo también diría que lo es. Estoy muy ocupado, así que haga su siguiente pregunta.

– La clave de este asunto es Lucille Kafesjian. Tengo el presentimiento de que la familia sabe muy bien quién es el ladrón y quiero traer aquí a la chica para interrogarla.

– No, todavía no.

Cambio de tema:

– Deme el asunto de las pieles de Hurwitz. Quíteselo a Dudley.

– No, y rotundamente, no. Y no me lo vuelva a pedir. Ahora, terminemos con esto.

– Muy bien, entonces déjeme presionar a Tommy Kafesjian.

– Explique eso de «presionar», teniente.

– Presionar. Apretarle las tuercas. Le hago hablar por la fuerza y nos cuenta lo que queremos saber. Ya sabe, métodos policiales desproporcionados, como esa vez que se cargó a aquellos negros desarmados.

– Nada de abordajes directos a la familia. Salvo eso, tiene carta blanca, teniente.

Carta blanca en trabajo fastidioso, retrasado. Grandes jodidas distracciones.

Sencillo:

Foto de Lucille/grabadora/lista de moteles: llevarlo todo al Southside y hacer preguntas:

¿Le ha alquilado habitación alguna vez?

¿Algún hombre le ha pedido una habitación contigua a la de ella?

¿Algún vagabundo/borracho ha alquilado una habitación por orden de otro?

Pocas probabilidades; el Red Arrow Inn bien podía ser el único sitio donde Lucille llevaba a sus fulanos.

Central Avenue adelante, rumbo al Southside. Intriga policial, de campanillas:

Coches de Asuntos Internos siguiendo coches de federales, discretamente. Redadas de vagabundos: agentes de Vagos y Maleantes volcados en la labor. Furgones de prostitutas rondando en busca de chicas.

Los federales:

Comprobando matrículas a la salida de bares y clubes nocturnos.

Metiendo la nariz en una partida de dados en una acera.

Acechando una ostentosa casa de putas para negros.

Federales de traje gris y corte de pelo a cepillo pululando por el barrio negro.

Me detuve un momento en la comisaría de la calle Setenta y siete y pedí prestada una grabadora. Las salas de interrogatorios estaban abarrotadas: «limpieza» de los 187 pendientes. En el exterior, federales con cámaras fotografiando a los identificados por la policía.

Ahora, el trabajo fastidioso:

Tick Toe Motel, Lucky Time Motel: no a todas mis preguntas. Darnell's Motel, De Luxe Motel: rotundos noes. Handsome Dan's Motel, Cyril's Lodge: más noes. Hibiscus Inn, Purple roof Lodge: NO.

Nat's Nest, en la Ochenta y uno y Normandie. «Habitaciones limpias siempre.» Interrogué al empleado:

– Sí, señor, conozco a la chica. Siempre usa la habitación poco rato, y siempre pide la misma.

Me agarré al mostrador.

– ¿Está registrada ahora?

– No, señor. No ha venido desde hace seis o siete días.

– ¿Sabe para qué utiliza la habitación?

– No señor. Mi lema es «no ver nada, no oír nada», y sigo esta política excepto cuando arman demasiado escándalo con sus juegos, sean los que sean.

– ¿La chica pide una habitación en la parte delantera, con vistas a la calle?

El tipo, perplejo;

– Sí, señor. ¿Cómo lo sabe?

– ¿Ha alquilado usted la habitación contigua a algún joven blanco? ¿Tal vez algún vagabundo le ha pedido esa habitación y la ha reservado en nombre de otra persona?

Boquiabierto de asombro, el hombre desapareció tras el mostrador y reapareció con una hoja de registro.

– Vea usted: «John Smith.» En mi opinión, un nombre falso. Vea, aún tiene pagados dos días más. Ahora mismo no está; le he visto marcharse esta mañana…

– Enséñeme esas habitaciones.

El hombre salió disparado, revolviendo unas llaves. Rápidamente, abrió las dos puertas: buen tipo, y asustado de la policía.

Bungalows separados. Sin puertas de comunicación.

Me puse manos a la obra. Ahora, con calma: me libré del tipo con un billete de diez.

– Vigile la calle. Si aparece ese joven blanco, entreténgale. Dígale que tiene un fontanero en la habitación; luego, venga a avisarme.

– Sí, sí señor… -Haciendo reverencias desde la calle.

Dos puertas, sin acceso entre ellas. Ventanas laterales; el mirón podía haberla OBSERVADO. Setos bajos, un sendero de losas sueltas.

Descubrimiento:

Un cable que salía de la ventana de ÉL.

Y que desaparecía en el seto, fuera, bajo las piedras.

Lo agarré y tiré de él.

Saltaron unas piedras y el cable quedó tenso. Pasé a la habitación de ELLA: el cable, bajo la alfombra. Un tirón y un micrófono cubierto de yeso salta de la pared.

Recupero el cable:

La ventana de ÉL; salto al alféizar y entro. Otro tirón: tump, una grabadora bajo la cama.

Sin cinta.

Vuelvo afuera, investigo las puertas: ninguna señal de haber sido forzadas. ÉL se coló por la ventana de ELLA, supongo.

Cerré ambas puertas y registré la habitación de ÉL.

El armario:

Ropas sucias, maleta vacía, tocadiscos.

La cómoda: ropa interior, álbumes de jazz: Champ Dineen, Art Pepper. Los mismos títulos. La colección de discos rotos de Tommy K., duplicada.

El baño:

Cuchilla, crema de afeitar, champú.

Levanto la alfombra:

Revistas de chicas -Transom-, tres números. Fotos y texto: «confesiones» de una actriz de cine.

Ninguna cinta.

Aparto el colchón, palpo la almohada: un bulto duro. Rompo, rasgo:

Una bobina. La coloco en la grabadora para escucharla brevemente.

Nervios. Manoseé los objetos y eché a perder posibles huellas. Manos espasmódicas: coloco la cinta / pulso Marcha.

Ruidos, toses. Cerré los ojos e imaginé la escena: amantes en la cama. Lucille:

– ¿No te cansas de estos juegos?

Desconocido:

– Pásame un cigarrillo. -Pausa-. No, no me canso. Desde luego, tú sabes cómo hacer que…

Sollozos, distantes. Las paredes de la habitación del motel sofocando el llanto de mi hombre.

Fulano:

– …y sabes que esos jueguecitos de papá e hija tienen mucho aliciente. En realidad, con nuestra diferencia de edades, resulta un juego de cama muy natural.

Una voz culta, la antítesis de Tommy/J.C.

Sollozos, más sonoros. Lucille:

– Estos lugares están llenos de perdedores y de quejicas solitarios.

Ninguna sospecha, ningún reconocimiento, ningún miedo a escuchas o vigilancias clandestinas. Clic; una radio: «…chanson d'amour, rattatattatta, play encore». Voces confusas, clic, el fulano:

– …por supuesto, siempre está esa infección que me pasaste.

«Infección»: ¿gonorrea/sífilis?

Eché un vistazo a la bobina: la cinta se acababa.

Voces soñolientas, embarulladas: más rato del habitual con un cliente. Cierro los ojos: por favor, un juego más.

Silencio, el siseo de la cinta: amantes dormidos. Chirrido de goznes.

– ¡Dios!

Demasiado cerca. Demasiado real. ACTUAL. Ojos abiertos: un hombre blanco, plantado en la puerta.

Mierda de visión borrosa: saqué el arma, apunté, disparé.

Dos tiros: el marco de la puerta quedó astillado; otro más: los fragmentos de madera estallaron.

El hombre huyó.

Corrí afuera, apuntando.

Gritos, chillidos.

Zigzags: mi hombre esquivando el tráfico. Disparé sobre la marcha: dos tiros salieron desviados. Cuando apunté con cuidado -un blanco claro-, me vino un pensamiento: si le matas, no sabrás POR QUÉ.

Sorteando el tráfico, sin perder de vista la cabeza blanca que se escabullía. Bocinas, frenos: caras negras en la acera. Mi mancha de blancura, desapareciendo.

Tropecé, resbalé, corrí. Le perdí. A mi alrededor, todo negros.

Gritos.

Rostros negros asustados.

Mi reflejo en un escaparate: un tipo chiflado, aterrorizado.

Aflojé la marcha. Otra cristalera, más caras negras. Sigo sus miradas:

Una redada callejera: federales y negros. Welles Noonan, Will Shipstad, matones del FBI.

Agarrado, empujado, inmovilizado contra un portal. Golpeado en la nuca. Solté la pistola.

Inmovilizado por gorilas federales con traje gris. Welles Noonan me dejó sin respiración de un golpe y me escupió en la cara. Mientras pegaba:

– Esto, por lo de Sanderline Johnson.

17

El Moonglow. Muy pronto para Lester. Los discos de la máquina llenaban el tiempo.

Noonan, con fondo musical; repeticiones de la escena, oliendo todavía su salivazo.

Esos federales: venganza barata. De vuelta a Nat's Nest: coches patrulla acudiendo a una denuncia de disparos. Los ahuyenté y recogí las pruebas: discos, revistas, grabadora, cinta.

A continuación, llamadas:

Ordenes a Ray Pinker: busca huellas en ambas habitaciones, lleva a un dibujante y que el conserje le dé detalles del mirón. Después, que repase los álbumes de fotografías y ojalá tenga buena vista.

Jack Woods, buenas noticias: había visto a Junior, le había seguido un par de horas y le había perdido. Junior, muy ocupado sacando dinero a tres traficantes independientes. Jack me dio descripciones y números de matrícula. Su comentario, al pie de la letra:

– Parecía borracho hasta los pelos y totalmente ido. Registré su coche mientras iba a por tabaco y, ¿sabes lo que vi en el asiento de atrás? Una hipodérmica, seis latas de atún vacías y tres escopetas de cañones recortados. No sé qué tal te llevas con él pero, en mi opinión, deberías pegarle un tiro.

El disco, inconfundible: Harbor Lights, por Lester Lake. Y la moneda no era mía.

Bingo: Lester en persona, rezumando miedo.

– Hola, señor Klein.

– Siéntate. Cuéntame.

– ¿Que le cuente qué?

– A qué viene esa cara y por qué has puesto esa maldita canción.

Lester, tomando asiento:

– Me da confianza. Es estupendo saber que tío Mickey mantiene mi disco en sus Wurlitzer.

– Mickey debería retirar sus máquinas antes de que los federales le retiren a él. ¿De qué se trata? No te he visto tan asustado desde el asunto de Harry Cohn.

– Señor Klein, ¿conoce a una pareja de muchachos del señor Smith llamados sargento Breuning y sargento Carlisle?

– ¿Qué sucede con ellos?

– Bueno, están trabajando en el Seven-Seven en los ratos libres.

– Vamos, al grano.

Lester, sin aliento:

– Van por ahí intentando resolver muertes de morenos a manos de otros morenos. Se dice que con eso intentan contrarrestar toda esa posible publicidad favorable de la investigación federal. ¿Recuerda que me preguntó por un vendedor de marihuana llamado Wardell Knox? ¿Recuerda que le dije que se lo habían cargado persona o personas desconocidas?

Tommy K. había delatado a Knox a Narcóticos; Dan Wilhite se lo había dicho a Junior.

– Recuerdo.

– Entonces, recordará que le dije que Wardell era un buscacoños con un millón de enemigos. El tipo jodía con un millón de mujeres, incluida esa negra de pelo amarillo, Tilly Hopewell, que yo también me estaba tirando. Señor Klein, he oído que los muchachos del señor Smith me andan buscando porque les ha llegado el absurdo rumor de que fui yo quien se cargó al jodido Wardell, y me huelo que la han tomado conmigo para engrosar su apresurada estadística. Pero lo que usted quiere es información sobre los jodidos Kafesjian y sus jodidos socios conocidos, de modo que tengo una verdadera sorpresa para usted y es que, hace muy poco, he oído que el chiflado de Tommy Kafesjian le dio el pasaporte a Wardell, más o menos por septiembre; un jodido asunto de drogas o un lío de faldas, porque Tommy también estaba viéndose de vez en cuando con esa belleza, Tilly Hopewell.

Sin aliento/jadeante.

– Mira, hablaré con Breuning y Carlisle. Te dejarán en paz.

– Sí, quizá sea así, porque el viejo casero, Dave Klein, conoce a la gente indicada. Pero el señor Smith odia a los morenos. Y no creo que su gente le vaya a cargar el trabajo de Wardell Knox a Tommy K., su estupendo soplón hijo de puta.

– Vamos, Lester, ¿qué pretendes, cambiar el mundo o salir de este apuro?

– Lo que quiero es que me concedas otro mes libre de alquiler por toda la buena información que te consigo sobre la jodida familia Kafesjian.

Harbor Lights sonó otra vez. Lester:

– Y, hablando de ellos, he oído que la hija es una semiprofesional de la calle. He oído que Tommy y J.C. le zurran a mamá Kafesjian, y que a ella le gustan los golpes. He oído que mamá Madge Kafesjian tuvo un lío con Abe Voldrich, su mano derecha en el negocio de la droga, que además es el encargado de una de las tiendas de lavado en seco. He oído que Voldrich seca grandes cantidades de marihuana en las grandes secadoras de la lavandería. He oído que el sistema de la familia para mantener buenas relaciones con los traficantes rivales es recibir comisiones de pequeños camellos independientes a los que toleran, pero que ninguna organización importante intentaría nunca pisar el Southside porque saben que el LAPD se le echaría encima sólo para complacer a esos jodidos armenios. He oído que los únicos camellos a los que delatan son los independientes que no quieren pagarles tributo por actuar en su territorio. He oído que la familia está muy apegada, aunque no se traten entre ellos con demasiado respeto. He oído que aparte de Voldrich y esa morena que le hace tilín a Tommy K., la familia sólo tiene empleados y clientes, ningún jodido amigo. He oído que Tommy tenía amistad con un blanquito llamado Richie no sé qué más. He oído que soplaban juntos esas malas cornetas sin gracia, como si se creyeran llenos de talento. Ese robo del que me habló usted, esa chifladura de los perros abiertos en canal, la vajilla de plata robada y demás mierda… no he oído nada al respecto. También he oído que piensa usted subir el alquiler en mi edificio, de modo que…

Le interrumpí:

– ¿Qué me dices de Tommy follando con Lucille?

– ¿Qué quiere que le diga? No he oído nada parecido. He dicho que la familia estaba apegada, no encamada.

– ¿Y qué hay de ese Richie?

– Mierda, ya le he contado todo lo que he oído, ni más ni menos. ¿Quiere que…?

– Sigue preguntando por él. Puede estar relacionado con ese mirón que ando buscando.

– Sí, ya me ha hablado de ese hijo de puta mirón. Escuche, señor Klein, yo sé cómo sacarle jugo a lo que me cuenta cualquiera, de modo que he estado preguntando por ahí, pero no me he enterado de nada. Y ahora, sobre el aumento del alquiler…

– Pregunta por ahí si los Kafesjian también andan buscando al mirón. Tengo el presentimiento de que saben quién es el ladrón.

– Y yo tengo el presentimiento de que Dave Klein, el casero, me va a subir el alquiler.

– No, y te prolongo hasta enero. Si se presenta Jack Woods a cobrar, llámame.

– ¿Qué hay de los muchachos del señor Smith que me pisan los talones?

– Me ocuparé de eso. ¿Conoces la dirección de Tilly Hopewell?

– ¿Saben bailar mis hermanos de raza? ¿Me he dejado alguna vez el dinero en ese nido de amor?

– Lester…

– South Trinity, 8491, apartamento 406. ¡Eh!, ¿adónde va?

– Al boxeo.

– ¿Moore y Ruiz?

– Ajá.

– Apueste por el mexicano. Estuve liado con la hermana de Stevie Moore y me dijo que su hermano no encajaba bien los golpes al estómago.

Llegué a la fila de ring mostrando la placa.

Descanso del sexto asalto: chicas paseando con los carteles. Cánticos de los espectadores: «¡Dodgers, no! ¡Ruiz es un traidor!» Abucheos, gritos: pachucos contra comunistas.

La campana.

El estilista Reuben, girando en círculos; Moore, punteando con la derecha. Clinch en el centro del cuadrilátero: Ruiz soltó el puño, Moore se quedó sin respiración.

¡Break! ¡Break!: el árbitro intervino y ordenó seguir.

Moore acechando, agachado: codos arriba, abierto de piernas. Reuben buscando la cabeza: ganchos fallados por poco en el momento de retroceder.

Reuben, indolente. Reuben, aburrido.

Una súbita intuición: combate amañado.

Moore: sin clase, sin fuerza. Ruiz: ganchos flojos, directos lentos.

Moore, cazando moscas y buscando aire; Reuben, tragándose golpes fáciles de bloquear: la guardia, abierta de par en par.

Ruiz: un gancho de izquierda indolente.

Moore buscando aire con la guardia baja.

Un golpe del mexicano y besa la lona quien no debe.

Vítores de los pachucos.

Abucheos de los rojillos.

Reuben -esa expresión de «¡oh, mierda!»- retardó el inicio de la cuenta. Perdiendo el tiempo, se encaminó hacia el rincón neutral con toda parsimonia.

…Seis, siete, ocho… Moore, en pie. Tambaleándose.

Ruiz ocupando sin ganas el centro del ring. Moore retrocediendo: golpes al aire. Sucesión de fallos: Reuben lanza los puños diez, doce, catorce veces, todos desviados. Un auténtico ventilador.

Ruiz simulando jadeos; bajando los brazos con fingido agotamiento. Moore lanza un golpe abierto y flojo.

El roqueño Reuben se tambalea.

Moore: más caricias, izquierda/derecha.

Reuben cae a la lona: ojos en blanco, tongo. Siete, ocho, nueve, diez… Moore besó a Sammy Davis Jr. en la primera fila de asientos.

Pelea en las gradas: ¡a por los rojos! Los hispanos arrojando vasos de cerveza llenos de meados. Carteles por escudo, en vano. Los pachucos avanzaron blandiendo cadenas de bicicleta.

Busqué una salida. Un café en el bar de la esquina, dejar que las cosas se enfriaran. Veinte minutos y volví: un montón de coches patrulla y comunistas esposados.

Dentro otra vez, sigo el hedor a linimento. Vestuarios. Ruiz, a solas, devorando un plato de tacos.

– Bravo, Reuben. La mejor pelea amañada que he visto nunca.

– Sí, y el alboroto tampoco ha estado mal. Oiga, teniente, ¿qué le dicen todos esos ganchos al aire?

Cerré la puerta por el alboroto en el pasillo: periodistas y Moore.

– Que sabes entretener a lo más selecto.

Reuben, dando tragos a una cerveza:

– Espero que Hogan Kid Bassey haya visto la pelea, porque el trato era que Moore alcanza la ronda eliminatoria del peso gallo y yo subo a los plumas y peleo con él. Le daré una buena paliza, créame. Oiga, teniente, no habíamos vuelto a hablar desde la noche que Sanderline saltó.

– Llámame Dave.

– Oiga, teniente: un negro y un mexicano saltan de la ventana de un sexto piso al mismo tiempo. ¿Quién llega al suelo primero?

– Ya lo he oído, pero cuéntalo de todas formas.

– El negro, porque el pachuco tiene que detenerse en plena caída para pintar con spray en la pared: «Ramón y Kiki por vida.»

Ja, ja. Por cortesía.

– Bien, teniente, sé que vio usted a Will Shipstad ocupándose de mi protección en Chavez Ravine. Deje que les tranquilice otra vez a usted y al señor Gallaudet: sigo estándoles agradecido por haberme conseguido este trabajo que llaman de «relaciones públicas», sobre todo porque así he podido sacar de otro lío al desgraciado de mi hermano. De modo que sí, vuelvo a ser un testigo federal, pero Noonan sólo me quiere para declarar sobre un asunto de apuestas que ya es pan rancio, y yo nunca delataría a Mickey C, teniente, ni a su amigo, Jack Woods.

– Siempre he supuesto que sabías actuar.

– ¿Quiere decir actuar para lo más selecto?

– Sí. Los negocios son los negocios, de modo que uno ha de joder a los suyos para estar a bien con el fiscal del Distrito.

Con una ancha sonrisa:

– Tengo una familia propensa a los problemas, teniente, y he llegado a la conclusión de que me importa más que los mexicanos en general, de modo que beso unos cuantos culos para que unos… ¿cómo llamarlos, caseros de barrio pobre? como usted y su hermana puedan seguir cebándose. ¿Sabe, Dave?, la maldita Oficina de Tierras y Caminos ha estado inspeccionando esas casuchas de Lynwood. Parece que los peces gordos quieren instalar a mis pobres hermanos desahuciados en esa especie de casa de putas reformada, así que tal vez usted y su maldita hermana casera puedan participar en el negocio.

Un tipo listo; joderle la bravata:

– Sabes muchas cosas de mí.

– Sí, Dave Klein, «el Contundente». La gente habla de usted.

Cambio de tema:

– ¿Johnny Duhamel es marica?

– ¿Está loco? Es el cazaconejos para acabar con los cazaconejos.

– ¿Le has visto últimamente?

– Estamos en contacto. ¿Por qué?

– Sólo por saberlo. Se ocupa del robo de pieles de Hurwitz y es un caso grande para un agente inexperto. ¿Ha hablado del asunto contigo?

Reuben mueve la cabeza con cautela.

– No. Casi siempre habla de ese trabajo en la brigada Antibandas que tiene ahora.

– ¿Algo en concreto?

– No. Dijo que se supone que no debe hablar de ello. Eh, ¿a qué vienen tantas preguntas?

– ¿A qué viene esa cara de pena, de pronto?

Ganchos, directos: zumbidos en el aire.

– Vi a Johnny hace una semana, quizá. Me contó que había estado haciendo algunas maldades. Johnny no… ¿cómo se dice?…, no entró en detalles, pero dijo que necesitaba una paliza como penitencia. Nos calzamos los guantes y me dejó sacudirle un rato. Recuerdo que él tenía ampollas en las manos.

Huellas de manguera de goma. Probablemente, Johnny la odia.

– ¿Recuerdas al sargento Stemmons, Reuben?

– Claro. Su socio en el hotel. Buen corte de pelo, pero un tipo de poco fiar, si quiere mi opinión.

– ¿Lo has visto?

– No.

– Johnny te ha mencionado su nombre alguna vez?

– No. Eh, ¿a qué viene este interés por Johnny?

– Mero interés -repliqué con una sonrisa.

– Claro. Muy sutil, teniente. Escuche éste: ¿qué sale de la mezcla de un negro y un mexicano?

– No lo sé.

– Un ladrón demasiado vago para robar.

– Muy bueno. Para partirse de risa.

Reuben, acariciando una Schlitz:

– Pues no oigo que se ría tanto. Y adivino lo que está pensando: «En Chavez Ravine, Reuben dijo que teníamos que hablar.»

– Hablemos, pues.

Pachuco puro: Reuben destapó la botella con los dientes y dio un trago.

– Oí a Noonan hablando con Will Shipstad acerca de usted. Noonan no le puede ver ni en pintura. Está convencido de que empujó a Johnson por la ventana y de que le dio una paliza a un tipo llamado Morton Diskant. Intentó hacerme decir que había oído que usted tiró a Johnson y juró que le iba a bajar los humos.

18

Estudio criminológico en el escritorio del salón de mi casa.

Espolvoreé las revistas, la grabadora, las bobinas: varias huellas dactilares parciales y cuatro impresiones ocultas idénticas. Marqué las mías para comparar; un vistazo confirmó que correspondían a mis torpes dedos.

Sonó el teléfono:

– ¿Sí?

– ¿Dave? Ray Pinker.

– ¿Has terminado?

– Terminado, eso es. En primer lugar, no hay huellas latentes aprovechables de ningún sospechoso, y hemos echado polvos en todas las superficies tocables de ambas habitaciones. Tomamos las huellas del encargado de recepción, que también es el propietario, del conserje y de la camarera, todos negros. Las suyas fueron las únicas que encontramos. No había nada más.

– Mierda.

– Bien resumido. También cogimos la ropa del hombre y analizamos los calzoncillos manchados de semen. También es 0 positivo y tiene las mismas características que el otro. Tu ladrón o lo que sea es todo un adicto a los moteles.

– Mierda.

– Bien dicho, pero hemos tenido más suerte con la reproducción fisonómica. El tipo del hotel y el dibujante han elaborado un retrato y lo tienes esperando en la oficina. Y ahora…

– ¿Y las fotos de los álbumes de identificación? ¿Le has dicho al tipo que le necesitaremos para echarles una ojeada?

Ray suspiró, medio enojado.

– Dave, el tipo se ha largado a Fresno. Dejó entrever que nuestro comportamiento le molestaba. Yo le ofrecí una cantidad en nombre del LAPD para reparar la puerta contra la que disparaste, pero el hombre dijo que no cubriría la molestia. También dijo que no intentaras buscarle porque se marchaba sin dejar señas. No le insistí para que se quedara porque dijo que pondría una demanda por la puerta que estropeaste.

– Mierda. Ray, ¿comprobaste…?

– Dave, te llevo mucha delantera. Sí, pregunté a los otros empleados si habían visto al inquilino de esa habitación. Los dos dijeron que no, y les creo.

Mierda. Joder.

Ray, medio enfurruñado:

– Muchas molestias por un simple 459, Dave.

– Sí. Y no me preguntes por qué.

Clic. Un zumbido en el oído.

Adelante; seguir empolvando:

Huellas parciales en las tapas de los álbumes; los discos en sí, con los microsurcos, no recogían las impresiones dactilares. Champ Dineen en mi tocadiscos: Muuuy Calmoso, El Champ interpreta al Duke.

Música de fondo. Hojeé la Transom.

Piano/saxo/bajo: suave. Fotos de chicas insinuantes: M.M., la sirena rubia, loca por el andrógino R.H.: la chica hará cualquier cosa por enderezarle. J.M., la ninfo, con sus gigantescos encantos, busca machos bien dotados en el gimnasio Easton's. Sólo veinticinco centímetros o más, por favor; J.M. lleva una regla para comprobarlo. Ultimas conquistas: F.T., gigantón de películas de serie B; M.B., escritor de chistes; G.C., lacónico astro de westerns.

Saxo susurrante, contrabajo como el latir del corazón.

Texto: los tesoros del vendedor viajante. Foto: mujeres de tetas enormes que rebosaban de los sujetadores. Trinos del piano, magníficos.

Un número atrasado, Dineen filtrándose. Transom, junio del 58:

M.M. y M.M. aficionada al béisbol; su pasión por J.D.M. la empujaba a los bateadores. El ostentoso hotel Plaza, estancia de diez de la mañana a diez de la noche.

Solo de saxo alto: Glenda/Lucille/Meg, girando en un torbellino.

Anuncios: alargadores de pene, cursos de Derecho por correo Moon índigo en versión Dineen: instrumentos de viento graves.

Una historia de papá/hija. El texto: como introducción, un diálogo. Las fotos: una morena rolliza, luciendo un biquini.

– Bueno… te pareces a mi papá.

– ¿Me parezco? Bueno, sí, soy lo bastante viejo. Supongo que un juego es un juego, ¿no? Puedo hacer de padre porque encajo en el papel.

– Bueno, como dice la canción, «Mi corazón pertenece a papa».

Ojeo el texto:

La huérfana Loretta arde en deseos de un papaíto. El malvado Terry la desfloró y ella, a su pesar, aún siente algo por él. Se vende a hombres mayores y un predicador la mata. Foto adjunta: la chica, estrangulada con la cadena de contrapeso de una ventana.

Champ Dineen, rugiendo. Repaso la historia:

Loretta, igual a Lucille; Terry, igual a Tommy. La «huérfana»

Loretta, sin explicación. Papá J.C., objeto del deseo de Lucille; difícil de creer que ella ande caliente por ese pájaro grasiento.

Pongamos que un mirón escuchó el diálogo.

Pongamos que ese mirón fue el «escritor».

Transom, julio del 58: pura bazofia sobre artistas de cine. Busco la cabecera: una dirección de Valley. A visitar mañana.

Sonó el teléfono. Bajé el volumen. Descolgué.

– Glen…

– Sí. ¿Tienes poderes mentales, o sólo esperanza?

– No lo sé, quizás ambas cosas. Escucha, me acercaré por el plató.

– No. Sid Frizell está filmando algunas escenas nocturnas.

– Iremos a un hotel. No podemos usar mi casa ni la tuya. Es demasiado arriesgado.

Aquella risa.

– Lo he leído hoy en el Times. Howard Hughes y su séquito han salido hacia Chicago para una reunión con el departamento de Defensa. La «residencia de actriz» de Hollywood Hills está disponible, David, y tengo una llave.

Después de medianoche. Por seguridad.

– ¿Dentro de media hora?

– Sí. Te echo de menos.

Colgué el teléfono y subí el volumen. Ellington/Dineen: Cottontail. Recuerdos: año 42, cuerpo de Marines. Meg, la canción: bailando en la terraza de El Cortez.

Todavía en carne viva; dieciséis años echados a perder. El teléfono, a mano. Hazlo.

– ¿Diga?

– Me alegro de encontrarte, pero imaginaba que estarías detrás de Stemmons.

– Tenía que dormir un poco. Escucha, negrero…

– Mátale, Jack.

– Por mí, de acuerdo. ¿Diez?

– Diez. Acaba con él y dame un poco de tiempo.

19

Hollywood Hills, un caserón de estilo español junto a Mulholland. Luces encendidas, el coche de Glenda frente a la puerta. Veintitantas habitaciones: el picadero supremo.

Aparqué; los faros en un Chevrolet del 55. Familiar, malo: el coche de John Miciak.

Me aseguro, pongo las luces largas: calcomanías de Hughes Aviación en el parachoques trasero.

Silencio de madrugada: grandes ventanales a oscuras, sólo una iluminada.

Me apeo y escucho. Voces -él, ella- amortiguadas.

Me acerco, pruebo la puerta principal. Cerrada. Voces: la de él, irritada; la de ella, tranquila. Rodeo la casa y escucho. Miciak:

– …podrías tenerlo peor. Escucha, tú cumple conmigo y sigue fingiendo con Klein. Le he visto acudir a verte a Griffith Park y, por lo que a mí respecta, puedes seguir liada con él. El señor Hughes no tiene por qué enterarse; tú pórtate bien conmigo y consigue de Klein ese dinero que quiero. Sé que lo tiene porque está relacionado con algunos hampones. Me lo ha dicho el propio señor Hughes.

Glenda:

– ¿Cómo sé que sólo es cosa tuya?

– Porque Harold John Miciak es el único tipo de Los Ángeles lo bastante hombre como para meterse en los asuntos del señor Hughes y de ese policía que se cree tan duro.

Un rodeo hasta la ventana del comedor. Rendijas en las cortinas. Observo:

Glenda retrocediendo poco a poco; Miciak avanzando hacia ella, contoneando las caderas.

Movimientos lentos, los dos. Detrás de Glenda, un juego de cuchillos.

Probé a abrir la ventana. No cedió. Glenda:

– ¿Cómo sé que sólo es cosa tuya?

Una mano tantea a su espalda, la otra extendida delante: «Acércate más.» Su voz:

– Creo que nos vamos a entender.

La parte trasera de la casa, una puerta lateral; cargué con el hombro, cedió, entré a la carrera.

El pasillo, la cocina, allí…

Un cuerpo a cuerpo: él, alargando las manos; ella, asiendo cuchillos con las suyas.

Entumecido, a cámara lenta. Incapaz de moverme. Paralizado, conmocionado, contemplo:

Cuchillos que descienden -sobre la espalda de Miciak, sobre su cuello- y se hunden hasta la empuñadura. Crujidos de huesos. Glenda hurgó en las heridas: ambas manos bañadas en sangre. Miciak revolviéndose CONTRA ELLA…

Otras dos hojas afiladas rasgan su carne. Glenda lanza estocadas a ciegas.

Miciak alcanza el juego de cuchillos, empuña una cuchilla de carnicero.

Me acerco trastabillando -las piernas, entumecidas-, huelo la sangre…

Miciak descargó un golpe, falló, se lanzó de nuevo a por el juego de cuchillos. Glenda la emprendió de nuevo: le hundió el metal en la espalda, en el rostro. La hoja afilada le arrancó las mejillas.

Barboteos/chillidos/gemidos: Miciak muriendo a gritos. Mangos de cuchillo sobresaliendo de su cuerpo en ángulos extraños.

Le arrojé al suelo, hurgué con los cuchillos, le rematé.

Glenda: ni un solo grito. Y esa mirada: CALMA, ya he estado aquí otra vez.

CALMA:

Apagamos las luces y esperamos diez minutos. Fuera, ninguna reacción. A continuación, planes: cuchicheos en voz baja, abrazados. Ensangrentados.

Por suerte, no había alfombra en el comedor. Nos duchamos y nos cambiamos de ropa (Hughes tenía un guardarropía masculino/femenino). Recogimos la ropa sucia y limpiamos el suelo, los cuchillos y la caja.

En un armario había mantas: envolvimos a Miciak en una

de ellas y le encerramos en el portaequipajes de su coche. Las dos menos diez. Salí; volví a entrar. Ningún testigo. Salí de nuevo y regresé otra vez. Nuestros coches, aparcados en lugar seguro debajo de Mulholland.

Un plan. Una cabeza de turco: el Diablo de la Botella, el asesino en libertad favorito de Los Angeles.

Al volante del coche de Miciak, yo solo, hasta Topanga Canyon. Campo Infantil Hillhaven: difunto, territorio de vagabundos. Con la linterna, eché un vistazo a las seis cabañas: ningún indigente instalado allí.

Aparqué el coche fuera de la vista.

Lo limpié.

Arrojé el cuerpo dentro de una de las cabañas: la del Cachorro de Jaguar.

Estrangulé el cadáver para ajustarme al modus operandi del asesino. Lo arrastré sobre el serrín del suelo para obstruir las heridas. Lógica forense: los cuerpos extraños de las heridas impedían determinar el tipo concreto de arma blanca utilizado.

Lógica de la esperanza:

Howard Hughes, reacio a la publicidad, tal vez no pusiera mucho interés en encontrar al asesino de aquel hombre.

Regresé a la autopista de la costa caminando. Rezumando un miedo CALMADO…

Acosado esporádicamente por presuntos perseguidores.

Ser seguido aquella noche significaría lamentarlo el resto de la vida.

Glenda me recogió en la autopista. De vuelta en Mulholland, cada uno en su coche hasta mi casa.

Acostados, sólo para hablar. Conversación trivial, por voluntad de ella. La escena de los cuchillos en Cinemascope y Technicolor. Me esforcé en convencerme que no le había gustado hacerlo.

Descargué un puñetazo en la almohada junto a su rostro. Enfoqué la lámpara de la mesilla de noche a sus ojos. Le dije: Mi padre mató un perro a tiros/yo incendié su cobertizo de herramientas/él pegó a mi hermana/yo le disparé, la pistola se encasquilló/esos jodidos Dos Tonys maltrataron a mi hermana/me los cargué/maté a otros cinco hombres/cogí dinero… ¿Qué te da derecho a jugar tan fuerte?

Golpeo la almohada, obligo a Glenda a hablar. Sin elegancia, sin lágrimas:

Glenda iba de un sitio a otro, sirviendo bandejas en autorrestaurantes, aspirante a actriz. Se acostaba por dinero para pagar el alquiler; un tipo se lo contó a Dwight Gilette. Él le hizo una propuesta: enviarle clientes, al cincuenta por ciento. Ella accedió y cumplió: la mayoría, pelagatos. Una vez, Georgie Ainge; sin malos tratos por parte de éste, pero palizas habituales de Gilette.

Se volvió loca. Le entró esa idea de aspirante a actriz: comprarle un arma a Georgie y asustar a Dwight. La aspirante a actriz, ahora con utilería: una pistola de verdad.

Dwight le hizo llevar a las «sobrinas» de él a casa de su «hermano» en Oxnard. Fue divertido: dos negritas espabiladas. Una semana después, sus fotos en la tele:

Dos niñas de cuatro años encontradas muertas en una alcantarilla de Oxnard. Torturadas, violadas y muertas de hambre.

La aspirante a actriz, chica de los recados. Ahora, actriz de verdad. Un pensamiento:

Matar a Gilette. Antes de que envíe más niñas al matadero.

Lo hizo.

No le gustó hacerlo.

De cosas así, uno no sale tan fresco; sale arrastrándose como puede.

La abracé.

Hablé por los codos de los Kafesjian.

Champ Dineen nos arrulló el sueño.

Desperté temprano. Oí a Glenda en el baño, sollozando.

20

Harris Dulange: cincuenta años, mala dentadura:

– Como tanto yo como la revista estamos más limpios que el culo de un gato, le voy a explicar cómo funciona Transom. Primero, contratamos prostitutas o aspirantes a actriz en apuros para tomar las fotos. El material escrito es de su seguro servidor, el redactor jefe, o es obra de alumnos de la facultad que ponen en papel sus fantasías a cambio de ejemplares gratis. Es lo que en nuestra revista Hush-Hush llamamos «insinuaciones». Colocamos esas iniciales de estrellas de cine en nuestras historias para que nuestros lectores (débiles mentales, lo reconozco) piensen: «¡Vaya!, ¿de veras hablan de Marilyn Monroe?»

Yo, cansado.

Había pasado por la oficina a primera hora para conseguir el retrato robot de Pinker. Exley dijo que no se distribuyera a todas las unidades. La noche anterior me había dejado demasiado agotado como para replicarle.

– ¿Está usted soñando, teniente? Sé que ésta no es la oficina más bonita del mundo, pero…

Saqué el número de junio del 58.

– ¿Quién escribió esa historia de padre e hija?

– No es preciso que me la enseñe. Si es de morenas rollizas ardiendo de deseo por un sucedáneo de papá, la escribió Champ Dineen.

– ¿Qué? ¿Usted sabe quién es Champ Dineen?

– Quién era, porque murió hace algún tiempo. Ya sé que el tipo utilizaba un seudónimo.

Mostré a Dulange el retrato robot que había conseguido Pinker. El hombre no mostró la menor reacción.

– ¿Quién es?

– Puede que el tipo que escribió esas historias. ¿Le ha visto alguna vez?

– No. Sólo hablamos por teléfono. Pero en ese retrato sale bastante guapo. Es sorprendente. Yo imaginaba que el tipo sería un monstruo.

– ¿Le dijo si su nombre auténtico era Richie? Eso podría ser una pista para su identificación.

– No. Sólo hablamos por teléfono en una ocasión. Me dijo que se llamaba Champ Dineen y yo pensé: «Estupendo, y único en Los Angeles.» Teniente, permítame una pregunta: ¿Ese falso Champ tiene alma de mirón?

– Sí.

Dulange, asintiendo y estirándose:

– Hace unos once meses, hacia Navidad, ese pseudo Champ me llama como caído del cielo. Dice que ha tenido acceso a un buen material en la onda Transom, algo así como una mirada furtiva a un prostíbulo. «Estupendo -le dije-. Mándeme unas copias; quizás hagamos negocios.» Entonces, el tipo me envió dos historias. La dirección del remitente era un apartado de correos y pensé, «¡Vaya! ¿Andará huido de la policía, o acaso vive en un apartado postal?»

– Siga.

– El material merecía la pena. Incluso merecía dinero, y yo rara vez pago por el texto, sólo por las fotos. En cualquier caso, eran dos historias de papá y su niñita y los diálogos eran realistas, como si el tipo los hubiera escuchado mientras se dedicaban a sus cochinadas. Las otras historias no eran tan buenas, pero le envié un billete de cien sin anotarlo en los libros. Y además una nota: «Mantenga viva la llama. Su material me gusta.»

– ¿Le manda los textos manuscritos?

– Sí.

– ¿Los guarda?

– No. Los paso a máquina y luego los tiro.

– ¿Y lo ha hecho siempre con todos los papeles que le ha enviado?

– Exacto. Hemos sacado cosas de ese Champ en cuatro números, y las cuatro veces me he encargado de mecanografiarlos y de tirar los manuscritos. El número que me ha enseñado es de junio del cincuenta y ocho. Champ también aparece en los de febrero, mayo y septiembre. ¿Quiere ejemplares? Puedo hacer que se los envíen del almacén; quizás en una semana.

– ¿No antes?

– ¿Los espaldas mojadas que tienen trabajando ahí? Para ellos, una semana es Speedy Gonzales.

Le dejé una tarjeta.

– Mándelos a mi oficina.

– Está bien, pero le decepcionarán.

– ¿Por qué?

– El Champ es un tipo de piñón fijo. Siempre escribe encuentros casi incestuosos protagonizados por morenas rollizas. Me parece que empezaré a revisar los textos y cambiar cosas. Rita Hayworth intentando tirarse a un sustituto de su padre resulta más picante, ¿no le parece?

Inquieto por Glenda.

– ¿Le paga por cheque?

– No, siempre en metálico. Cuando hablamos por teléfono me dijo que sólo aceptaba metálico. Teniente, le noto impaciente, así que se lo diré: Busque el apartado 5841 de la oficina central de Correos. Ahí es dónde envío el dinero. Siempre en metálico, y si está usted pensando en denunciarme a Hacienda, no lo haga, porque lo de ese Champ está cubierto bajo varias notas de gastos de poca cuantía.

Acalorado; los sudores matinales.

– ¿Qué le pareció esa única vez que habló con él?

– Me pareció un absoluto inútil que siempre ha querido ser un músico de jazz. ¿Oiga, sabe que mi hermano pequeño fue sospechoso en el caso de la Dalia Negra?

¿Apostarme junto al apartado de correos?: me llevaría demasiado tiempo. ¿Conseguir una orden para registrar el contenido?: no. ¿Reventar la caja?: sí. Llamar a Jack Woods.

Monedas en un teléfono:

Jack: sin respuesta. Meg: saca diez de cien de nuestra cuenta de alquileres. Está bien, dice ella, sin pedir razones. Novedades: ella y Jack volvían a estar liados. Reprimí una broma sin gracia: dale los billetes a él, porque va a matar a Junior por orden mía.

A tiros, a cuchilladas, a golpes… Una imagen: Junior, muerto.

Miciak, convertido en un alfiletero. La imagen/la sensación: hojas de cuchillo clavadas en su espina dorsal.

Más llamadas:

Mick Breuning y Dick Carlisle; la calle Setenta y siete, la brigada: sin suerte. Imagino a Lester Lake cagado de miedo: policías enviados a detenerle con falsas pruebas.

Imagino a Glenda: «Mierda, David, me has pillado llorando.»

Bajé al barrio negro, un paseo en busca de nombres. Bares y clubes de jazz abiertos ya. Adelante. Nombres:

Tommy Kafesjian, Richie (¿un viejo amigo de Tommy?). Tilly Hopewell, consorte; Tommy y el difunto Wardell Knox. Mi comodín: Johnny Duhamel, policía ex boxeador.

Nombres mencionados a:

Chicas de bar, drogadictos, vagos, amigos de la botella, camareros. Sus respuestas: Richie, caras inexpresivas. Mirones blancos, nada. Wardel Knox, «está muerto y no sé quién lo hizo». Johnny, «el Escolar», sólo conocido por el boxeo.

El retrato robot del mirón: cero identificaciones.

Anochecer: más clubes abiertos. Más nombres; nulos resultados. Eché un vistazo al tráfico de máquinas tragaperras por puro reflejo. En el Rick Rack, un grupo de recaudadores -blancos/hispanos-; al otro lado de la calle, federales con la cámara preparada. Los hombres de las máquinas de Mickey recogidos en película. Mickey, suicida.

Un montón de Plymouth policiales: federales, del LAPD. Accesos intermitentes de desasosiego: ¿me habría seguido alguien ANOCHE? Me detuve junto a una cabina. Estaba sin monedas; usé fichas falsas. Glenda -en mi casa, en la suya-, sin respuesta. Jack Woods, sin respuesta.

Me acerqué por el Bido Lito's. Dejé caer nombres; dejé caer mierda: no conseguí más que risas burlonas.

Dos copas, mínimo. Ocupé un taburete y pedí dos whiskys. Ojos de vudú: negros de pared a pared.

Apuré la bebida enseguida: dos copas, no más. Calentado por el licor, una idea: esperar a Tommy K. y llevarlo fuera a empujones. ¿Te follas a tu hermana/se la folla tu padre? Zurrarle con el puño americano en los nudillos hasta que escupiera la mierda de la familia.

El encargado de la barra dijo que tenía la tercera copa preparada; le dije que no. Un combo preparándose; hice una seña al saxo para que se acercara. Llegamos a un acuerdo: veinte dólares por un pupurri de Champ Dineen.

Las luces, amortiguadas. Vibráfono/batería/saxo/trompeta. ¡Ya…!

Temas: sonoros/rápidos, suaves/lentos. En voz baja, el barman me habló del mítico Champ Dineen.

La historia:

Salió de ninguna parte. Parecía blanco, pero el rumor convirtió su sangre en mestiza. Tocaba el piano y el saxo bajo, componía jazz y grabó algunos discos. Un tío guapo, muy colgado: follaba en las cabinas para mirones y nunca se dejaba tomar fotos. Champ enamorado: de tres hermanas, niñas ricas, y su madre. Cuatro mujeres, nacieron cuatro hijos. El papá rico y cornudo se cargó a Champ a tiros.

Una copa sobre la barra. La engullí de un trago. Mi legendario mirón: encajarlo en aquella historia.

Sólo tal vez: las cabinas para mirones encajaban con Transom; la intriga familiar encajaba con KAFESJIAN.

Salí a la carrera. Crucé la calle hasta una cabina telefónica. El número de Jack Wood, tres llamadas…

– ¿Diga?

– Soy yo.

– Dave, no preguntes. Todavía estoy buscándole.

– Está bien, no se trata de eso.

– ¿Entonces…?

– Hay dos billetes más para ti, si quieres. ¿Conoces la oficina de Correos del centro, la que está abierta toda la noche?

– Claro.

– Apartado 5841. Fuérzalo y tráeme el contenido. Espera hasta las tres, más o menos, y no te verá nadie.

Jack soltó un silbido.

– Estás metido en problemas con los federales, ¿verdad? Sería inútil pedir una orden de registro, así que…

– ¿Sí o no?

– Sí. Me gusta verte en problemas: eres generoso. Llámame mañana, ¿de acuerdo?

Colgué. Me asaltó un recuerdo: números de matrícula. Los coches de los tipos exprimidos por Junior que Jack había visto durante su vigilancia. Saqué el bloc de notas y llamé a Tráfico.

Lento: cantar los números, esperar. El aire frío absorbió mi sofoco del alcohol y me aclaró la cabeza: traficantes exprimidos, posibles soplones de Junior/de Tommy.

Resultado:

Patrick Dennis Orchard, varón caucasiano, S. High Point, 1704 1/2; Leroy George Carpenter, varón negro, calle Setenta y uno W., 819, # 114; Stephen NC Wenzel, varón caucasiano, S. St. Andrews, 1811, # B.

Dos blancos; sorprendente. Pienso: Lester Lake me dio la dirección de Tilly Hopewell. Aquí está: South Trinity, 8491, # 406.

No está lejos; llego enseguida. Un edificio de cuatro pisos. Aparco junto al bordillo.

No hay ascensor. Subo al último piso a pie. 406: llamo al timbre.

Chasquidos en la mirilla.

– ¿Quién es?

– Policía.

Ruido de cadena, la puerta se abre. Tilly, una treintañera, negra clara; quizá medio blanca.

– ¿Señorita Hopewell?

– Sí. -Ningún acento negro.

– Sólo unas preguntas.

Ella se hizo a un lado, muerta de miedo. El saloncito, mísero, limpio.

– ¿Es usted de Libertad Provisional?

Cerré la puerta.

– No. LAPD.

– ¿Narcóticos? -Piel de gallina.

– Subdirección Administrativa.

Ella agarró unos papeles de encima del televisor.

– Estoy limpia. Acabo de pasar el test de nalorfina hoy mismo, vea.

– No me interesa.

– ¿Entonces…?

– Empecemos por Tommy Kafesjian.

Tilly retrocedió, rozó una silla y se derrumbó en ella:

– ¿Qué es esto, señorito policía?

– Déjate de «señoritos». Tú no eres de esa clase de negras. Tommy Kafesjian.

– Conozco a Tommy.

– Y has intimado con él.

– Sí.

– Y también has intimado con Wardell Knox y con Lester Lake.

– Es verdad, pero no soy de esa clase de negras que consideran eso un gran pecado.

– Wardell está muerto.

– Ya lo sé.

– Tommy le mató.

– Tommy es malo, pero yo no digo que matara a Wardell. Y, si lo hizo, es un protegido del LAPD, de modo que no conseguirá de mí nada que no sepa ya.

– Eres una chica lista, Tilly.

– ¿Quiere decir «lista, para ser negra»?

– Ser lista es ser lista. Ahora, dame un motivo para que Tommy matara a Wardell. ¿Fue por mala sangre respecto a ti?

Sentada muy modosa; una maestra de escuela drogadicta.

– Tommy y Wardell no se cegarían nunca hasta ese punto por una mujer. No digo que Tommy le matara pero, si lo hizo, sería porque Wardell se retrasó en el pago de alguna partida de drogas. Lo cual no tiene ninguna importancia para ustedes, teniendo en cuenta las cestas de Navidad que envía el señor Kafesjian a la central.

Cambio de tema:

– ¿Te cae bien Lester Lake?

– Claro que sí.

– No quieres verle encerrado por un asesinato que no ha cometido, ¿verdad?

– No, pero, ¿quién dice que tal cosa vaya a ocurrir? Cualquier estúpido puede ver que Lester no es de la clase de hombres que mataría a otro.

– Vamos, vamos. Sabes que las cosas no funcionan así.

Tilly, algo ansiosa; descartada esa rehabilitación de la droga.

– ¿Por qué se interesa tanto por Lester?

– Nos ayudamos mutuamente.

– ¿Quiere decir que es usted el casero para el que Lester hace de soplón? Si quiere ayudarle, arréglele la bañera.

Cambio de tema:

– Johnny Duhamel.

– ¿Quién es ése? No me suena.

Recito nombres:

– Leroy Carpenter… Stephen Wenzel… Patrick Orchard… Probemos con un policía llamado George Stemmons, Jr.

Unos cigarrillos en una bandeja cercana. Tilly alargó una mano temblorosa.

Derribo la bandeja de una patada. Provoco a la chica. Ella se lanza.

– ¡Ese Junior es basura! ¡Steve Wenzel es amigo mío y ese desgraciado de Junior le robó la pasta y los polvos y le llamó negro blanco! ¡Ese Junior le soltó toda esa sarta de locuras! ¡Y vi a ese chiflado de Junior tomándose pastillas sin ningún disimulo junto a ese club!

Mostrado en un destello: mi fajo de billetes.

– ¿Qué sarta de locuras? Vamos, eso de la rehabilitación es un camelo. Seguro que te iría bien un pinchazo. ¡Vamos! ¿Qué sarta de locuras?

– ¡No lo sé! ¡Steve sólo dijo «una sarta de locuras»!

– ¿Qué más te dijo de Junior?

– ¡Nada más! ¡Sólo lo que le he dicho!

– Patrick Orchard, Leroy Carpenter. ¿Les conoces?

– ¡No! ¡Sólo conozco a Steve! ¡Y no quiero crearme fama de soplona!

Veinte, cuarenta, sesenta. Dejé caer los billetes sobre su regazo. Ojos de droga, ahora; al carajo el miedo.

– Tommy dijo que Lucille, a veces, hace la calle. Dijo que un hombre de la orquesta de Stan Kenton la recomendó a ese tipo de la agencia de modelos de Beverly Hills, Doug no sé cuántos. Doug… ¿Ancelet? Tommy dijo que Lucille trabajó una temporada para ese hombre, hace varios años, pero que el tipo la despidió porque le había contagiado la gonorrea a sus clientes.

Disgusto: Glenda, ex chica Ancelet. La cinta de mi mirón; el cliente a Lucille: «esa pequeña infección que me pasaste.»

Tilly: ojos de droga, dinero fresco.

Carpenter/Wenzel/Orchard: hice una ronda de direcciones de sur a noroeste. Nadie en casa: ronda por el sur, abro las ventanillas del coche. El aire fresco me aclaró la cabeza.

Dar a Junior por muerto o casi muerto. Descubrirle post-mortem como marica. Soplarle basura homosexual a Hush-Hush, vengar su basura sobre Glenda. Volver a su casa, dejar pruebas, sonsacar a las víctimas de sus extorsiones. Trabajar en el 459 Kafesjian… y relacionar a Junior con el fregado. Un interrogante: su expediente en el cajón de Exley.

Rondas mentales: Exley anuncia mi recompensa por lo de Kafesjian: jefe de la sección de Robos. Es una puñalada a Dudley Smith, el encargado del trabajo de las pieles (autor: su protegido, Johnny Duhamel). Johnny y Junior, ¿socios en el golpe? Mi instinto: improbable.

Reflejo instintivo: poner a Johnny en manos de Dud, desviar la puñalada de Exley, buscar el favor de Dud.

Al sur, piso el gas. Según la radio, Smith estaba ocupado en la calle Setenta y siete. Me acerqué allí; periodistas en el exterior y un capitán con una declaración rimbombante:

Desatender los 187 con víctimas negras, ¡jamás!

¡Atentos al próximo despliegue de celo policial!

En la puerta, varios centinelas impedían el paso a los periodistas: civiles verboten, fanatismo encubierto.

Enseñé la placa y entré. La sala de detenidos estaba abarrotada: sospechosos negros, dos grupos de policías haciendo girar las porras.

– Muchacho.

Smith en la puerta de la sala de guardia. Me acerqué; me dio un apretón de manos que me hizo crujir los huesos.

– Muchacho, ¿venías a verme a mí?

Disimulo:

– Buscaba a Breuning y Carlisle.

– ¡Aaah, estupendo! Esas dos monedas falsas deberían aparecer por aquí pero, mientras tanto, quédate un rato a charlar con el viejo Dudley.

Un par de sillas cerca. Las cogí.

– Muchacho, en mis treinta años y cuatro meses como policía, nunca he visto nada parecido a ese asunto de los federales. ¿Cuánto llevas tú en el departamento?

Veinte años y un mes.

– ¡Ah, estupendo! Con tu servicio en el frente incluido, por supuesto. Dime, muchacho, ¿hay diferencia entre matar orientales y hombres blancos?

– Nunca he matado a ningún blanco.

Dud guiñó un ojo: ¡Oh, muchacho!

– Yo, tampoco. Los siete hombres que me he cargado en el cumplimiento del deber apenas merecen el calificativo de humanos. Muchacho, este asunto de los federales es una jodida provocación, ¿no crees?

– Sí.

– Muy conciso. Y con esa misma concisión de abogado, ¿qué dirías tú que hay detrás?

– Política. Bob Gallaudet por los republicanos, Welles Noonan por los demócratas.

– Sí, extraños compañeros de cama. E irónico que el gobierno federal esté representado por un hombre sospechoso de compañero de viaje. Tengo entendido que ese tipo te escupió en la cara, muchacho.

– Tienes muy buenos ojos por ahí, Dud.

– Visión veinte-veinte, todos mis chicos. ¿Odias a Noonan, muchacho? ¿Me equivoco si digo -un guiño- que te considera negligente en el asunto del vuelo no programado de Sanderline Johnson?

Le devolví el guiño.

– Cree que yo le compré el billete.

Ja, ja, ja:

– Muchacho, no hagas reír a este pobre viejo. ¿Por casualidad fuiste educado católico?

– No. Luterano.

– ¡Aaah! Un protestante. La rama secundaria de la Cristiandad, Dios los bendiga. ¿Sigues siendo creyente?

– No, desde que mi pastor se afilió a la Liga Germano-Norteamericana.

– ¡Ahhh! Hitler, Dios le bendiga. Un poco revoltoso pero, con franqueza, le prefiero a los rojos. Muchacho, ¿en tu rama secundaria de la Cristiandad existe un equivalente a la confesión?

– No.

– Una lástima, porque en este momento nuestras salas de interrogatorio están llenas de confesores y confesantes, y este magnífico rito está siendo utilizado para contrarrestar cualquier publicidad desfavorable que esa investigación federal pueda levantar contra el departamento. Al grano, muchacho: Dan Wilhite me ha hablado de la fijación potencialmente peligrosa del jefe Exley en la familia Kafesjian, contigo como agente provocador. Muchacho, ¿quieres confesar tu opinión de qué pretende ese hombre?

Esquivé la pregunta:

– No me cae mejor que a ti. Llegó a jefe de detectives pasando por encima de ti y a mí me habría encantado que ocuparas el puesto.

– Grandes sentimientos, compañero, que por supuesto comparto. Pero, ¿qué crees que está haciendo?

Le eché un cebo: el prólogo a mi chivatazo de Johnny.

– Creo que quizás esté sacrificando Narcóticos a los federales. Es una sección prácticamente autónoma y quizá Noonan está seguro de que la investigación federal tendrá el éxito suficiente para requerir un chivo expiatorio que proteja al resto del departamento y a Bob Gallaudet. Exley es dos cosas: inteligente y ambicioso. Siempre he pensado que se cansaría del trabajo policial e intentaría también la carrera política, y sabemos la amistad que le une a Bob. Creo que tal vez ha convencido a Parker de que deje caer a Narcóticos para salvar su propio futuro.

– Una interpretación brillante, compañero. ¿Y sobre el robo Kafesjian y tu papel como oficial escogido por Exley para la investigación?

Insistí en mi teoría:

– Tienes razón, soy un agente provocador. Cronológicamente: Sanderline Johnson salta, y ahora Noonan me odia. Ya hay rumores de la investigación federal en el Southside y, simultáneamente, se produce el robo en casa de los Kafesjian. Y, simultáneamente con eso, yo aprieto las tuercas a un político rojillo enamorado de Noonan. Bien, el robo no es nada: es el trabajo de un pervertido. Pero los Kafesjian son la escoria personificada y están en buenas relaciones con la sección más autónoma y vulnerable del LAPD. Al principio pensé que Exley estaba manejando a Dan Wilhite, pero ahora creo que me ha puesto ahí en medio para atraer los tiros. Estoy ahí fuera, al descubierto, sin llegar prácticamente a ninguna parte con un 459 sin importancia, obra de un pervertido. Exley sólo tiene a un… quiero decir, a dos hombres en el caso, y si de verdad quisiera resolver el caso, habría puesto a trabajar a media docena. Creo que me está manipulando.

Dudley, radiante:

– Soberbio, muchacho, qué inteligencia, qué labia de picapleitos. Y bien, ¿qué piensa del asunto el sargento George Stemmons, Jr.? Mi fuente dice que últimamente tiene un comportamiento bastante errático.

Espasmos. Sin pestañear:

– Cuando dices «tu fuente», hablas de Johnny Duhamel. Junior le dio clases en la Academia.

– Johnny es un buen chico y tu colega debería recortarse esas asquerosas patillas a la medida reglamentaria. ¿Sabías que he destinado a Johnny a la investigación del caso Hurwitz?

– Sí, lo he oído. ¿No está un poco verde para un asunto como ése?

– Es un magnífico agente joven y he oído que tú mismo pediste dirigir el caso.

– Robos está limpio, Dud. Me tengo que guardar de demasiados amigos que trabajan en Subdirección.

Más carcajadas. Más guiños:

– Muchacho, tu capacidad de percepción acaba de ganarte la amistad eterna de cierto irlandés llamado Dudley Liam Smith. Francamente, estoy sorprendido de que dos muchachos brillantes como nosotros no hayan pasado de simples conocidos en todos estos años.

DELATA A DUHAMEL.

HAZLO AHORA.

– Hablando de amistades, muchacho, tengo entendido que Bob Gallaudet y tú estáis muy unidos.

Ruidos en el pasillo: gruñidos/golpes sordos. Una voz:

– ¡Soy amigo de David Klein!

Lester. Las salas de interrogatorio.

Corrí hacia allí. La puerta número 3 estaba cerrándose. Me asomé a la mirilla: Lester, esposado, babeando dientes; Breuning y Carlisle, descargando porrazos fuera de horario.

Cargué con el hombro. Reventé la puerta. Breuning, distraído: «¿Uh?»

Carlisle, las gafas empañadas de sangre.

Jadeante, suelto la mentira:

– Lester estaba conmigo cuando mataron a Wardell Knox.

Carlisle:

– ¿Fue por la mañana o por la noche?

Breuning:

– ¡Eh, zambo, prueba a cantar Harbor Lights ahora!

Lester escupió sangre y dientes al rostro de Breuning.

Carlisle cerró los puños. Le arreé una patada en la espinilla. Breuning lanzó un grito, cegado por la sangre. Le arreé un cachiporrazo en las rodillas.

El irlandés:

– Muchachos, tendréis que soltar al señor Lake. Teniente, bendito sea por facilitar el curso de la justicia con su espléndida coartada.

21

Apreciados señor Hughes y señor Milteer: En las fechas 11, 12 y 13 de noviembre de 1958, Glenda Bledsoe participó activamente en actos de promoción publicitaria de varios actores que se encuentran actualmente bajo contrato con Variety International Pictures, en una flagrante violación legal del contrato vigente entre la señorita Bledsoe y Hughes Aviación, Herramientas, Producciones, etc. En concreto, la señorita Bledsoe permitió que la entrevistaran y fotografiaran con los actores Rock Rockwell y Salvatore «Touch» Vecchio, e hizo declaraciones sobre temas relativos a sus carreras profesionales más allá de lo relacionado con la producción y promoción de El ataque del vampiro atómico, la película en la que trabajan los tres en estos momentos.

En una nota posterior me extenderé en detalles más concretos, pero les adelanto que pueden dar por legalmente anulable el contrato de la señorita Bledsoe, quien puede ser llevada ante los tribunales, demandada por perjuicios económicos y vetada de futuras apariciones en películas producidas en estudios, según lo estipulado en varias cláusulas de su contrato con ustedes. Mi vigilancia continuada de Glenda Bledsoe no ha encontrado indicios de robos en domicilios de actrices; si faltan objetos de dichas viviendas, lo más probable es que los hayan cogido jóvenes de la zona, colándose por alguna ventana mal cerrada. Tales jóvenes sabrían que los domicilios sólo están ocupados intermitentemente y eso les habría dado la idea.

Les ruego me informen si desean que continúe la vigilancia de la señorita Bledsoe; sepan, insisto, que ya tienen ustedes información suficiente para emprender todo el procedimiento legal.

Respetuosamente,

David D. Klein

Amanecer, el remolque. Glenda, durmiendo; Lester, hecho un ovillo fuera, junto a la nave espacial.

Salí al aire libre; Lester se revolvió y dio un trago a una botella. Confabulación: el cámara y el director.

– Vamos, Sid, esta vez el vampiro jefe le arranca los ojos al tipo.

– Pero Mickey teme que esté haciendo las cosas demasiado asquerosas. Yo… no sé.

– ¡Cielo santo! Tú coge al extra y échale un poco de sangre de mentira en los ojos.

– ¡Coño, Wylie, déjame tomar un café antes de ponerme a pensar en sangre y vísceras a las siete menos diez de la mañana!

Lester se incorporó y se acercó tambaleándose. Cortes, contusiones.

– Siempre he querido ser un astro del cine. Quizá podría quedarme un par de días por aquí y hacer de vampiro negro…

– No, Breuning y Carlisle vendrán a buscarte. No te han cargado lo de Wardell Knox, pero ya encontrarán algo.

– No me siento con muchas ganas de huir.

– Hazlo. Te lo dije anoche: llama a Meg y dile de mi parte que tiene que ayudarte. ¿Quieres terminar muerto por resistencia a la detención cualquier perra noche, cuando ya creas que se han olvidado del asunto?

– No, me parece que no quiero. Vaya, señor Klein, nunca pensé que vería el día en que el señor Smith me diera una oportunidad.

– Le gusta mi estilo, muchacho. -Le hice un guiño a la Dudley.

Lester se alejó de nuevo hacia la botella. El director me miró con suspicacia. Volví al remolque sin inmutarme.

Glenda estaba leyendo mi nota.

– Esto sería mi muerte…, quiero decir, mi ruina en el mundo del cine.

– Tenemos que darles algo. Si aceptan eso, no presentarán acusaciones por robo. Y el informe desvía la atención puesta en las casas de actrices.

– No ha salido nada por la tele ni en los papeles.

– Cuanto más tiempo pase, mejor. Hughes podría denunciar su desaparición y el cuerpo será encontrado tarde o temprano. En cualquier caso, es posible que nos interroguen. Yo tuve unas palabras con él, de modo que debo considerarme un posible sospechoso, formalmente. Para mí no será problema y sé que para ti, tampoco. Los dos somos… ¡oh, mierda!

– ¿…Somos profesionales?

– No seas tan cruel. Es demasiado temprano.

– ¿Cuándo podremos dejarnos ver en público? -Glenda me tomó las manos.

– Tal vez ya lo hemos hecho. No debería haberme quedado hasta tan tarde y, probablemente, deberíamos enfriar las cosas durante un tiempo.

– ¿Hasta cuándo?

– Hasta que estemos libres de sospecha en lo de Miciak.

– Es la primera vez que pronunciamos su nombre.

– En realidad, no hemos hablado una palabra del asunto.

– No, hemos estado demasiado ocupados compartiendo secretos. ¿Qué me dices de las coartadas?

– Hasta dentro de dos semanas, estabas sola en casa. Pasadas las dos semanas, no te acuerdas. Nadie se acuerda, pasado ese tiempo.

– Hay algo más que te preocupa. Anoche lo noté.

Una comezón en la garganta. Finalmente, lo solté:

– Es el asunto Kafesjian. Estaba interrogando a una chica que conoce a Tommy K. y me dijo que Lucille trabajó para Doug Ancelet.

– No creo que yo llegara a conocerla. Las chicas no utilizaban nunca sus nombres auténticos y, si hubiera conocido alguna que se pareciera a tu descripción, te lo habría dicho. ¿Vas a interrogarle?

– Sí, hoy.

– ¿Cuándo trabajó para Doug, esa chica?

– ¿Doug?

Glenda soltó una carcajada.

– Yo también trabajé para él un tiempo, después del asunto de Gilette, y te inquieta que hiciera lo que hice.

– No. Es sólo que no quiero verte relacionada con nada de esto.

Entrelazamos nuestros dedos.

– No lo estoy, excepto contigo… -apretando con más fuerza-. Ve, pues. Se llama Azafatas Premier, en South Rodeo, 481, junto al hotel Beverly Wilshire.

La besé.

– Tú empeoras las cosas, y luego las mejoras.

– No, es sólo que a ti te gustan los problemas a dosis más pequeñas.

– Me has descubierto.

– No estoy tan segura. Y ten cuidado con Doug. En esa época pagaba sobornos a la policía de Beverly Hills.

Salí del remolque, aturdido. Lester daba una serenata a los vagabundos junto a la nave espacial. Harbor Lights, en versión desdentada.

Noticias por teléfono:

Woods había visto a Junior en el barrio negro; luego, le había perdido en un semáforo. Jack, irritado, insistiendo:

– Parece que vive en el coche. Lleva la placa prendida en el abrigo, como si fuera un maldito sheriff del Far West, y le vi poniendo gasolina con dos grandes automáticas en la cintura de los pantalones.

Malo, pero:

Woods había reventado la caja 5841. Me dijo que buscara bajo el rodapiés de su casa, cogiera la llave y mirara en el buzón.

– Cuatro sobres, Dave. ¡Vaya!, pensé que me mandabas a por unas joyas o algo así. Y me debes un…

Colgué y cogí el coche. Allí: la llave, la cerradura, cuatro cartas. Vuelta al coche. El correo de Champ.

Dos cartas selladas, dos abiertas. Abrí las selladas; las dos de Transom a Champ, con matasellos recientes. Dentro: billetes de cincuenta dólares, notas: «Champ: mucho gracias, Harris», «Champ: ¡gracias, hombre!»

Dos sobres abiertos -¿dejados en el apartado para más seguridad?-, sin remitente, matasellos de Navidad del 57. Once meses guardados en el cajetín de Correos: ¿Por qué?

17 de diciembre de 1957

Mi querido hijo:

Me apena mucho estar lejos de ti en estas fiestas. Hace años que las circunstancias no nos favorecen en cuanto a estar juntos. Los demás, por supuesto, no te echan de menos como yo y eso hace que aún te añore más y me hace echar de menos la fingida familia feliz que teníamos hace años.

Sin embargo, la vida extraña que has escogido llevar es un extraño consuelo para mí. No echo en falta el dinero de la casa que te mando y me río en secreto cuando tu padre repasa mis listas de gastos detalladas y encuentra esas grandes cifras de «gastos diversos» de los que no doy explicaciones. Él, por supuesto, sólo te cree una persona que rehúye las responsabilidades reales de la vida. Sé que las circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo. No puedes vivir como los demás y yo te quiero por no intentar fingirlo. Tus intereses musicales deben de darte consuelo y siempre compro los discos que tú me dices, aunque la música no es del estilo que yo prefiero normalmente. Tu padre y tus hermanas no prestan atención a los discos y sospechan que los compro sólo por estar en contacto contigo en esta difícil ausencia tuya, pero no saben que son recomendaciones directas. Sólo los escucho cuando los demás están fuera, con todas las luces de la casa apagadas. Cada día salgo al encuentro del cartero antes de que llegue a casa, para que los demás no sepan que estamos en contacto. Es nuestro secreto. Esta manera de vivir nos viene de nuevas, a ti y a mí, pero aunque tengamos que seguir así para siempre, como viejos amigos por correspondencia viviendo en la misma ciudad, lo acepto porque comprendo las cosas terribles que te ha hecho esa larga historia de locuras que nuestras dos familias han soportado. Te comprendo y no te juzgo. Éste es mi regalo de Navidad para ti.

Te quiere,

Madre

Caligrafía pulcra, papel rugoso; inútil buscar huellas. Nada que confirmase un Richie; «larga historia de locuras/nuestras dos familias». Mi mirón: madre/padre/hermanas. «Circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo.»

24 de diciembre de 1957

Querido hijo:

Felices Navidades, aunque no siento el espíritu de las fiestas y aunque los discos de jazz navideños que me dijiste que comprara no me han alegrado demasiado, porque las melodías son muy desordenadas para mi oído, más tradicional. Quizá tengo la sangre pobre en hierro, como dice el anuncio de Geritol en televisión, pero creo que ha sido más bien la acumulación de cosas lo que me ha dejado agotada físicamente. Siento que quiero que esto termine. Más que cualquier otra cosa, siento que ya no quiero saber más. Hace tres meses, dije que estaba a punto de hacerlo y eso te impulsó a cometer una imprudencia. No quiero volver a hacerlo. A veces, cuando pongo alguna de las canciones más bonitas de esos discos que me recomiendas, pienso que el paraíso debe parecerse a ello y me siento cerca. Tus hermanas no son ningún consuelo. Desde que tu padre me pasó lo que esa prostituta le pasó a él, sólo le soporto por el dinero y, si por mí fuese, te daría todo el dinero de todos modos. Escríbeme. Por Navidad, el correo es un lío, pero estaré pendiente del cartero a todas horas.

Te quiere,

Madre

Hermanas/música/padre adinerado.

Madre suicida, unos tres meses antes de la fecha: «…te impulsó a cometer una imprudencia.»

«Tu padre me pasó lo que esa prostituta le pasó a él.»

Doug Ancelet despide a Lucille: «Les contagiaba a sus clientes la gonorrea.»

Una idea repentina:

El mirón había grabado a su propio padre con Lucille.

«Locuras.»

«Nuestras dos familias.»

«Circunstancias de nuestra familia, y también de la suya, te han hecho algo.»

Volví a casa, me cambié, cogí la grabadora, más copias del retrato robot y la lista de clientes. Una parada en un teléfono público, una llamada a Exley; le abordé enérgicamente, sin explicaciones:

Leroy Carpenter/Steve Wenzel/Patrick Orchard: los quiero. Mande patrulleros a buscarlos. Quiero detenidos a esos traficantes.

Exley asintió, a regañadientes. Encargaría la detención a la comisaría de Wilshire. Suspicaz: ¿por qué no la calle Setenta y siete?

Para mis adentros:

He dado orden de matar a un policía/no quiero a Dudley Smith rondando cerca de mí; se lleva demasiado bien con ese policía ladrón de pieles.

– Me ocuparé de ello, teniente. Pero quiero un informe completo de sus interrogatorios.

– Sí, señor.

10.30 de la mañana. Azafatas Premier debería estar abierto.

Salí hacia Beverly Hills. El Rodeo, junto al Beverly Wilshire. Abierto: una suite en la planta baja, una recepcionista.

– Doug Ancelet, por favor.

– ¿Es usted cliente?

– Potencial.

– ¿Puedo preguntarle quién le ha recomendado nuestra agencia?

– Pete Bondurant. -Pura farsa: Pete, un putero redomado.

A nuestra espalda:

– Karen, si conoce a Pete, déjale pasar.

Entré. Un buen despacho: madera oscura, fotos de golf. Un viejo vestido para jugar a golf, con una sonrisa de relaciones públicas.

– Soy Doug Ancelet.

– Dave Klein.

– ¿Qué tal está Pete, señor Klein? Hace siglos que no le veo.

– Está ocupado. Entre su trabajo para Howard Hughes y Hush-Hush, siembre anda de cabeza.

El tipo, con falso calor:

– ¡Dios, las historias que cuenta ese hombre! ¿Sabe?, Pete ha sido durante varios años cliente y, a la vez, buscatalentos para el señor Hughes. De hecho, hemos presentado al señor Hughes varias chicas que han terminado contratadas como actrices para él.

– Pete sabe vivir.

– Sí, señor. Dios mío, él es también quien verifica la veracidad de esas historias procaces que aparecen en esa procaz revista de escándalos. ¿Le ha explicado cómo funciona Azafatas Premier?

– Con detalle, no.

Ancelet, práctico:

– Exclusivamente de boca a oreja. Alguien conoce a otro y nos recomienda. Funcionamos según un principio de relativo anonimato y todos nuestros clientes usan seudónimos y nos llaman cuando desean que les preparemos una cita. Así no tienen que darnos su verdadero nombre ni un número de teléfono. Tenemos fotos y fichas de las muchachas que enviamos a los encuentros y ellas también usan seudónimos adecuadamente seductores. Las fichas de las chicas también llevan anotados los seudónimos de los hombres con los que se citan, para ayudarnos a hacer recomendaciones. Anonimato. Sólo aceptamos pago en metálico y le aseguro, señor Klein, que ya he olvidado su verdadero nombre.

Yo, incisivo:

– Lucille Kafesjian.

– ¿Cómo dice?

– Otro cliente suyo me habló de ella. Una morenita sexi, un poco rellenita. Francamente, me contó que era estupenda. Por desgracia, también me dijo que usted la despidió por trasmitir enfermedades venéreas a sus clientes.

– Por desgracia, he despedido a algunas chicas por esa falta, y una de ellas utilizaba un apellido armenio, en efecto. ¿Quién era el cliente que la mencionó?

– Un hombre de la orquesta de Stan Kenton.

Ancelet: su mirada, suspicaz ahora; oliendo a policía.

– Señor Klein, ¿cómo se gana la vida?

– Soy abogado.

– ¿Y eso que lleva ahí es una grabadora?

– Sí.

– ¿Y por qué lleva un revólver en una sobaquera?

– Porque también estoy al mando de la Subdirección Administrativa del departamento de Policía de Los Angeles.

El hombre, poniéndose rojo:

– ¿Es verdad que Pete Bondurant le dio mi nombre?

Le enseño el retrato robot del mirón, observo su reacción:

– ¿Ha sido ése quien se lo ha dado? No le he visto en mi vida, y esa cara parece mucho más joven que la inmensa mayoría de mis clientes. Señor…

– Teniente.

– ¡Señor Teniente de Policía Fuera de su Jurisdicción, salga del despacho inmediatamente!

Cerré la puerta; de puro encarnado, Ancelet parecía al borde de un ataque cardíaco. Le tranquilicé:

– ¿Conoce a Mort Riddick, de la comisaría de Beverly Hills? Hable con él y le dirá quién soy. Lo de Pete B. ha sido un invento mío, así que llámele y pregúntele por mí.

Rojo remolacha/púrpura. Una botella y un vaso sobre el escritorio. Le serví un trago.

Lo apuró e hizo gestos con la cabeza para que lo rellenara. Le serví otro, corto. Ancelet lo acompañó de unas píldoras.

– ¡Hijo de puta! Usar a un cliente mío de confianza como truco… ¡Hijo de puta!

Tercera dosis de licor. Esta vez, lo sirve él.

– Unos minutos de su tiempo, señor Ancelet. Hará usted un valioso contacto con el LAPD.

– ¡Hijo de puta desgraciado! -Más calmado.

Le enseñé la lista de clientes.

– Aquí hay nombres de fulanos sacados de un archivo policial.

– No voy a identificar ninguno de los nombres o seudónimos de mis clientes.

– Ex clientes, entonces; son lo único que me interesa.

Una mirada furtiva. Unos dedos escudriñadores:

– Aquí está: «Joseph Arden.» Fue cliente hace varios años.

Le recuerdo porque mi hija vive cerca de la granja Arden, en Culver City. ¿Ese hombre trata con vulgares chicas de la calle?

– Exacto. Y los fulanos siempre conservan el mismo alias. Bien, ¿trató ese hombre con la chica de nombre armenio?

– No recuerdo. Pero recuerde lo que le he dicho: no tengo fichas de clientes y mi foto de archivo de esa guarra trasmisora de purgaciones es historia pasada, se lo aseguro.

Una jodida mentira: archivos apilados de pared a pared.

– Escuche una cinta. Serán dos minutos.

Ancelet dio unos golpecitos con la yema del dedo índice sobre la esfera de su reloj de pulsera.

– Un minuto. Tengo que presentarme en el tee de Hillcrest.

Rápido, colocar las bobinas, pulsar Play. Chirridos. Stop, Play. Ahora. Lucille: «Estos lugares están llenos de perdedores y de quejicas solitarios.»

Stop, Play, «Chanson d'amour», el fulano: «…por supuesto, siempre está esa infección que me pasaste.»

Pulsé Stop. Ancelet, impresionado:

– Ése es Joseph Arden. La chica también me resulta algo familiar. ¿Satisfecho?

– ¿Cómo puede estar seguro? Sólo ha escuchado diez segundos.

Más golpecitos en el reloj.

– Mire, llevo la mayor parte de este negocio por teléfono y reconozco las voces. Le explicaré mi línea de pensamientos: Yo padezco de asma y ese hombre de la grabación tenía un ligero resuello asmático. Enseguida me ha venido a la memoria que hace algunos años tuve una llamada suya, sin referencias previas. El hombre jadeaba y hablamos del asma. Me dijo que había oído a dos hombres hablando de nuestros servicios en un ascensor y que había encontrado el teléfono de la agencia en las páginas amarillas de Beverly Hills, donde anuncio abiertamente mi tapadera legal de servicio de azafatas. Le concerté unas cuantas citas, y eso fue todo. ¿Satisfecho?

– Y no recuerda a qué chicas seleccionó, ¿verdad?

– Verdad.

– Y el hombre nunca acudió a echar un vistazo a su álbum de fotos, ¿verdad?

– Verdad.

– Y, por supuesto, no guarda ningún archivo de seudónimos de sus clientes…

Golpecitos.

– No. ¡Dios, voy a llegar tarde al golf! Bien, señor Policía Amigo de Pete, ya le he complacido más allá de lo obligado por cortesía; ahora, me hará el favor…

Yo, a la cara:

– Siéntese. No se mueva. No descuelgue el teléfono.

Ancelet obedeció asustado, crispado, casi amoratado de cólera. Los archivos: nueve cajones. Adelante.

Abiertos: carpetas con papeles, etiquetas de identificación. Nombres masculinos, desmintiendo las afirmaciones del viejo alcahuete. Orden alfabético: «Amour, Phil», «Anon, Dick», «Arden, Joseph»…

La abrí.

Sin nombre verdadero/sin dirección/sin número de teléfono. Ancelet:

– ¡Esto es una grosera invasión de la intimidad!

Citas:

14/7/56, 1/8/56, 3/8/56: Lacey Kartoonian (Lucille, probablemente). 4/9/56, 11/9/56: Susan Ann Glynn. Una nota al pie: «Obligar a la chica a usar seudónimo. Me parece que intenta que los clientes puedan localizarla a través de canales normales para evitar pagar comisión.»

– ¡Ya estarán en el hoyo dos!

Abrí los demás cajones. Uno, dos, tres, cuatro: sólo nombres masculinos. Cinco, seis, siete: carpetas con iniciales/fotos de prostitutas desnudas.

– ¡Lárguese ahora mismo, maldito mirón salido, antes de que llame a Mort Riddick!

Saqué las carpetas de un tirón: ninguna L.K., ninguna foto de Lucille…

– ¡Karen, llama a Mort Riddick, en la comisaría!

De otro tirón, arranqué el cable del teléfono del despacho del tipo. A Ancelet le tembló el rostro de ira. Mi pensamiento, también tembloroso: olvidar L.K., buscar G.B.

– ¡Señor Ancelet, Mort está en camino!

La pila de carpetas, menguando, y ninguna L.K. Por fin,

éxito con G.B.; entre comillas, «Gloria Benson». El nombre artístico de Glenda; elegido por ella misma, me había dicho.

Cogí la carpeta, cogí la grabadora y cogí la puerta. Fuera, el coche; quemando llanta camino de mi jurisdicción.

Un vistazo: dos fotos desnuda, con fecha 3/56. Glenda parecía incómoda. Cuatro «citas» apuntadas y una nota: «Una chica testaruda que volvió a servir mesas.»

Hice pedazos todo aquello.

De pura jodida alegría, hice sonar la sirena.

22

Una Susan Ann Glynn en los archivos de Tráfico. Dirección: Ocean View Drive, Redondo Beach.

Veinte minutos en dirección sur. Una casa de tablones de madera, sin vista; una mujer embarazada en el porche.

Aparqué y me encaminé hacia ella. Rubia, veintitantos años; los datos del archivo de Tráfico encajaban perfectamente.

– ¿Es usted Susan Ann Glynn?

Me invitó a sentarme con un gesto. Expectante: cigarrillos, revistas.

– ¿Es usted el policía del que me ha hablado Doug?

Tomé asiento.

– ¿Él la ha avisado?

– Ajá. Ha dicho que había revisado un viejo archivo de clientes en el que aparecía mi nombre. También ha dicho que quizá vendría y me causaría problemas como ha hecho con él. Yo le he dicho que ojalá lo hiciera antes de las tres y media, cuando mi marido llega a casa.

Era mediodía.

– ¿Su marido no sabe a qué se dedicaba antes?

Un llanto de niño dentro de la casa. Susan encendió un cigarrillo por reflejo.

– No. Y apuesto a que si colaboro con usted, no se lo dirá.

– Exacto.

Ella carraspeó y sonrió.

– El bebé daba patadas. Bien, esto… Doug ha dicho que el cliente era Joseph Arden, de modo que me he puesto a pensar. Esto no es un asunto de asesinatos ni nada parecido, ¿verdad? Porque el hombre se comportaba como un caballero.

– Investigo un robo.

Toses, un respingo.

– ¿Sabe?, recuerdo que el hombre me caía bien. Le recuerdo claramente porque Doug dijo que le cuidara porque esa otra chica de la agencia le había contagiado la gonorrea y había tenido que tratarse.

– ¿Le dijo cómo se llamaba de verdad?

– No. Yo sí que utilicé mi nombre real en la agencia durante un tiempo, pero Doug me acusó de intentar captar clientes por mi cuenta, de modo que dejé de usarlo.

– ¿Qué aspecto tenía Joseph Arden?

– Agradable. Culto. Cerca de los cincuenta. Daba la impresión de tener dinero.

– ¿Alto, bajo, gordo, flaco?

– Uno ochenta, quizás. De constitución normal, supongo que diría usted. Ojos azules, creo. El cabello, de un castaño medio, podría decirse.

Le enseñé el dibujo.

– ¿Se le parece?

– Demasiado joven. Aunque la barbilla me lo recuerda un poco.

Ruidos dentro. Susan dio otro respingo. Ojeada a sus revistas: Photoplay, Bride's.

– ¿Sabe qué son los álbumes de identificación?

– Ajá. De la tele. Fotos de criminales.

– ¿Querrá usted…?

– No. -Sacudidas de cabeza, rotundas-. Mire, señor, ese hombre no es ningún criminal. Podría pasarme mirando sus fotos hasta que este nuevo bebé mío cumpla los dieciséis, y no encontraría ahí su cara.

– ¿Mencionó si tenía un hijo llamado Richie?

– No hablamos mucho, pero en nuestra segunda cita, creo, dijo que su esposa acababa de intentar matarse. Al principio no le creí, porque muchos hombres le cuentan a una cosas tristes de su esposa para que una se compadezca y finja que lo pasa mejor.

– Dice que al principio no le creyó. ¿Qué fue lo que la convenció?

– Me contó que habían tenido una pelea hacía unas semanas, y que ella se había puesto a chillar y había agarrado un frasco de Dranos y había empezado a tomárselo. Él la había detenido y había ido a buscar a un vecino médico para no tener que llevarla al hospital. Créame, la historia era tan horrible que no podía haberla inventado, estoy segura.

– ¿Dijo si la mujer fue al hospital para seguir algún tratamiento?

– No. El médico vecino se ocupó de todo. Dijo que se alegraba de ello, porque así nadie sabría lo chiflada que estaba su esposa.

Un rastro agotado.

– ¿Le dijo el nombre de su esposa?

– No.

– ¿Y el de algún otro miembro de la familia?

– No. Seguro.

– ¿Mencionó a otras chicas que trabajaban para Doug Ancelet?

Gestos de asentimiento. Impacientes.

– Una de ellas tenía uno de esos apellidos extranjeros terminados en «ian». Me pareció que el hombre tenía…

– ¿Lacey Kartoonian?

– ¡Exacto!

– ¿Qué le dijo de ella?

– Que disfrutaba haciéndolo. Es una buena cosa para los clientes de un servicio de compañía. Cada fulano se cree el único capaz de lograr que una disfrute haciéndolo.

– Sea más concreta.

– Me dijo: «Hazlo como Lacey.» Yo le pregunté cómo lo hacía ella y él me contestó: «Disfruta haciéndolo.»

– ¿No mencionó que fuera esa Lacey quien le pasó la infección?

– No; eso fue todo lo que dijo. Y yo no llegué a conocer en persona a la chica, ni nadie me volvió a hablar de ella nunca más. Y si no fuera por ese nombre tan raro, no me habría acordado de ella en absoluto.

Conexiones cronológicas:

Navidades del 57: la madre del mirón, otra vez con el blues del suicida. Susan Glynn/Joseph Arden: citas en 9/56. La señora Arden, tomadora de Dranos; tratamiento privado. La policía daba carpetazo a los casos de suicidio. Arden, rico: si su mujer se suicidaba, cobraría por una cláusula legal extra.

Relación:

Cartas, cintas del mirón, Ancelet.

Frases:

Joseph Arden a Lucille: «esa infección que me pasaste.»

Mamá a Champ/mirón: «Tu padre me pasó lo que esa prostituta le había pasado a él.»

Conclusión:

El mirón había espiado a su propio padre follando con Lucille. Susan:

– Un centavo por sus pensamientos.

– No le gustarían.

– Hágame otra pregunta.

– Cuando trabajaba para la agencia, ¿conoció a una chica llamada Gloria Benson? Su verdadero nombre es Glenda Bledsoe.

Susan, con una sonrisa complacida:

– La recuerdo. Dejó a Doug para hacerse estrella de cine. Cuando leí que había firmado un contrato con Howard Hughes, me sentí muy contenta.

23

Comisaría de Wilshire. Espera, trabajo. Empolvé los sobres de las cartas mamá/mirón. Aparecieron dos huellas. Comprobé las de Jack Woods en los archivos. Coincidían: Jack había tocado la mercancía. Ninguna carta posterior a Navidad en el apartado de Correos; ¿por qué?

Llamé a Sid Riegle: comprueba suicidio/intentos de suicidio, mujer blanca, desde Navidad del 57. Supón que hay informe de conclusiones del forense; pregunta en la comisaría, brigada por brigada. Policía local y del condado. Buscar: marido, acomodado, edad mediana/hijo/hijas. Sid: te ayudaré en los ratos libres, nunca apareces por aquí, estoy llevando la sección por ausencia.

Llamé a las granjas Arden, un tiro a ciegas a ese alias de Joseph Arden. Intento nulo: ningún propietario/empleado apellidado Arden; el fundador, muerto, sin herederos.

Llamé a la comisaría de University (cuatro de la madrugada: en plena reunión del turno de noche). En comunicación abierta vía radio:

¿Alguien conocía a un tal Joseph Arden, cliente de prostitutas, varón blanco, nombre supuesto?

Un patrullero: «creo que fiché ese alias.» No recordaba el nombre real, el vehículo ni la descripción.

Joseph Arden, muerto de momento.

Un repaso al teletipo: ningún 187 de Topanga Canyon. Miciak, el alfiletero, descomponiéndose.

Cena: barras de dulce de una máquina expendedora. Ocupo una sala de sudar, espero.

Echo la silla hacia atrás y me invade una oleada de sueño. Medio dormido: el señor Tercera Persona dice hola.

El Red Arrow Inn. El mirón apalanca la puerta de Lucille. Las marcas de palanca en la puerta del mirón no correspondían.

El 459 de Kafesjian: perros guardianes degollados y cegados; los ojos, embutidos en la garganta.

El mirón sollozando, escuchando:

A Lucille con varios clientes… y con el padre del mirón.

El mirón, visiblemente pasivo.

El ladrón, visiblemente brutal.

La vajilla de plata robada, encontrada: la cama del mirón rasgada y acuchillada. Presunto autor: el propio mirón. Mi nuevo instinto: tercera persona/apalancador de la puerta = ladrón/destrozacamas =

Un loco distinto.

Medio soñando: gárgolas locas de sexo persiguiéndome. Medio despierto:

– Dos a la vez, teniente.

Un agente de paisano desconocido, haciendo entrar en la sala de interrogatorio a dos tipejos, uno blanco, otro moreno. El agente los esposó a las sillas, con las manos pegadas al asiento.

– El rubio es Patrick Orchard y el negro es Leroy Carpenter. Mi compañero y yo fuimos a casa de Stephen Wenzel y parece que la ha abandonado precipitadamente.

Orchard: enjuto, con granos. Carpenter: traje púrpura, la facha de moda entre los morenos.

– Gracias, agente.

– Encantado de servirle -una sonrisa-. Encantado de ganar unos cuantos puntos ante el jefe Exley.

– ¿Se les busca por algo?

– Desde luego. Leroy, por abandono infantil. Y Pat ha violado la libertad condicional en Kern.

– Si colaboran, les dejaré libres.

– Claro que sí. -El agente me guiñó un ojo.

Le devolví el guiño:

– Mire mañana en la lista de detenidos, si no me cree.

Orchard sonrió. Leroy dijo, «¡Vamos, hombre!» El agente de paisano, «¿Uh?» y se marchó, encogiéndose de hombros.

La hora del espectáculo.

Tanteé debajo de la mesa. Bingo: una porra sujeta con cinta adhesiva.

– Lo digo en serio, y esto no tiene nada que ver con vosotros. Tiene que ver con un policía llamado George Stemmons, Jr. Le vieron mientras os apretaba las tuercas a vosotros dos y a un tipo llamado Stephen Wenzel, y lo único que quiero de vosotros es que me habléis del asunto.

Orchard: labios secos, impaciente por cantar. Leroy:

– ¡A la mierda, blanquito hijo de puta! ¡Conozco mis derechos!

Le aticé con la porra -brazos, piernas- y volqué la silla.

Dio contra el suelo de costado, sin gemidos, sin gañidos; buenas piedras.

Orchard, frenesí chivato:

– ¡Eh, yo conozco a ese Junior!

– ¿Y?

– ¡Y me chantajeó y se quedó con mi pasta!

– ¿Y?

– Y me robó mi… mis…

– Y te robó tus narcóticos ilegales. ¿Y?

– ¡Y ese tipo estaba drogado hasta las cejas!

– ¿Y?

– ¡Y soltaba no sé qué tonterías de «soy un genio criminal»!

– ¡Y se tomó lo mío! ¡Se tomó todas mis papelinas allí mismo, delante del club Alabam!

Confirmado por Tilly Hopewell.

– ¿Y?

– Y… y…

Golpeé su silla con la porra:

– ¿¿¿Y…???

– Y… Y conozco a Steve Wenzel. ¡Steve me dijo que Junior también le había ido con esa misma mierda!

También confirmado por Tilly. Observé a Leroy (demasiado callado), me fijé en sus dedos…

Hurgando en el cinturón, furtivos.

Levanté su silla y tiré del cinturón. Varias papelinas de caballo saltaron de sus pantalones. Improvisé:

– Mira, Pat, esto no se lo he encontrado al señor Carpen-ter, sino a ti. Y ahora, ¿tienes algo más que decir sobre Junior Stemmons, Steve Wenzel o tú mismo?

Leroy:

– ¡Estás loco, detective!

– ¿Y, señor Orchard?

– Y Steve dijo que había hecho un trato con ese loco. Junior prometió a Steve un montón de pasta para comprar ese montón de caballo. Hace un par de días, Steve me dijo que Junior necesitaba veinticuatro horas para conseguir el dinero.

– ¡Blandengue, chivato, hijo de puta! -Leroy.

Junior, chiflaaado. JACK, MÁTALE. Volteando la porra:

– Posesión de heroína con intención de vender. Conspiración para distribuir narcóticos. Agresión a un agente de policía, porque me acabas de dar un puñetazo. Y ADEMÁS, señor Orch…

– ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Está bien!

Descargué un cachiporrazo sobre la mesa:

– ¿¿¿Y…???

– Y ese loco de Junior me obligó a ir con él al club Alabam. ¿Usted… usted conoce a ese policía boxeador?

– ¿Johnny Duhamel?

– Eso es. El que ganó los Guantes de Oro. Junior empezó a incordiar al… al…

La lengua trabada de mala manera. Le quito las esposas, dejo que se tranquilice. Leroy:

– ¿Qué, señor policía, le da miedo soltarme las manos a mí también?

– ¡Joder, así está mucho mejor! -Orchard.

– ¿¿¿Y…???

– Y Junior estaba espiando con micrófonos ocultos a ese chico de los Guantes de Oro.

– ¿Qué hacía Duhamel en el club Alabam?

– Parecía estar vigilando a los tipos reunidos en esa trastienda cerrada con cortinas que tienen en ese local.

– ¿Qué tipos? ¿Qué hacían allí?

– Parecían anotar cifras de esas máquinas tragaperras.

– ¿Y?

– Oiga, ¿no sabe decir otra cosa?

Di otro porrazo sobre la mesa. Fuerte. La hice saltar del suelo.

– ¿Y por qué te llevó Junior Stemmons al club Alabam?

Orchard, con las manos alzadas, suplicante:

– Está bien, está bien, está bien. Junior como se llame estaba hasta las cejas de polvos. Estuvo charlando con el hombre de los Guantes de Oro y le contó esa loca fantasía de que yo tenía un montón de pasta con la que comprar abrigos de visón. El policía boxeador casi se volvió loco tratando de hacer callar a Junior. Estuvieron a punto de llegar a las manos.

También vi a esos otros dos policías que conozco de vista, observando toda la escena con mucho interés.

– Describe a esos otros dos policías.

– Un aspecto poco recomendable, mierda. Un tipo rubio y corpulento y su compañero, delgado y con gafas.

Breuning y Carlisle: seguir desde allí:

Duhamel espiando la actividad con las máquinas tragaperras: ¿de servicio para la brigada Antibandas? Matones espiándole a él: ¿como sospechoso del robo de pieles?

Orchard:

– Mire, ya no tengo más «y esto, y lo otro…» para usted. A partir de aquí me puede amenazar con lo que quiera, pero todo cuanto le diga serán bobadas.

Presionar al otro tipejo:

– Canta, Leroy.

– «Canta», una mierda. Yo no soy ningún soplón.

– No, lo que eres es un vendedor de narcóticos independiente de poca monta.

– ¿Cómo dices?

– Digo que esta heroína es la paga de un mes para ti.

– Di también que tengo un fiador dispuesto a pagar mi fianza y un honrado abogado judío para defenderme. Si me encierra, me bastará con mi llamada telefónica. ¿Qué dices a eso, mierda de policía?

Le quité las esposas.

– ¿Nunca te ha dado una paliza Tommy Kafesjian, Leroy?

– Tommy K. no me asusta.

– Claro que sí.

– Una mierda.

– Una de tres: o le pagas protección, o le haces de soplón, o vendes para él.

– Una mierda.

– Bien, no creo que te dediques a los chivatazos, pero creo que tienes el cuello dolorido de tanto volverlo para ver si algún tipo de Kafesjian te descubre.

– Quizá sea verdad lo que dices, pero quizá los Kafesjian no sigan controlando el tráfico en el Southside mucho tiempo más.

– ¿Te lo ha dicho Junior Stemmons?

– Quizá sí. Pero quizás es sólo un rumor relacionado con esa gran movida federal en el Southside. Y, en cualquier caso, no soy ningún soplón.

El drogota, un tipo duro.

– Leroy, ¿por qué no me cuentas cómo te zurró Junior Stemmons?

– Que te jodan.

– ¿Por qué no me cuentas de qué hablasteis?

– Que jodan a tu madre.

– Mira, si colaboras conmigo, quizás eso ayude a arruinar a los Kafesjian.

– Que te jodan. No soy ningún soplón.

– Leroy, ¿conocías a un vendedor de marihuana llamado Wardell Knox?

– Que te jodan. ¿Y qué, si lo conocía?

– Le mataron.

– Vaya cosa, Sherlock.

– Verás, ahora mismo hay toda una campaña para aclarar esos homicidios de negros.

– Vaya cosa, Dick Tracy.

Duro y estúpido. Llevé a Orchard a la sala contigua y le esposé donde no pudiera moverse. Volví con Leroy:

– Háblame de ti y Junior Stemmons o te llevo a la calle Setenta y siete y le digo a Dudley Smith que tú mataste a Wardell Knox y abusaste de un puñado de chiquillos blancos.

Golpe de gracia. Dejé la heroína sobre la mesa.

– Cógela. No la he visto nunca.

Leroy recuperó sus polvos. Zooom… colaboración instantánea:

– Lo único que hicimos ese chiflado de Junior y yo fue hablar. Sobre todo, él habló y yo escuché, porque me sacó la pasta y unas cuantas papelinas y yo supe enseguida que lo que me enseñaba no era una placa de juguete.

– ¿Mencionó a Tommy Kafesjian?

– A Tommy en concreto, no.

– ¿A su hermana, Lucille?,

– No.

– ¿A un mirón que espiaba a Lucille?

– Tampoco. Sólo dijo que la familia Kafesjian estaba jodida, que lo iba a tener mal con ese asunto de los federales. Dijo que Narcóticos del LAPD iba a ser neutralizado por los federales y que él iba a ser el nuevo rey de la droga del Southside…

MATARLE.

»… ese desgraciado de policía moqueante volando con las narices llenas de droga. Dijo que tenía pruebas contra los Kafesjian, y acceso a la investigación de su jefe sobre el robo, que estaba lleno de cosas sucias para chantajear a J.C. Kafesjian…

MATARLE.

»… y dijo que iba a echar a los Kafesjian y robarles el territorio. Todavía ahora tengo que morderme la lengua para no echarme a reír. Después dijo que tiene algo contra esos hermanos que trabajan para Mickey Cohen. Dijo que preparan esos chantajes sexuales a estrellas de cine…

Las fichas de Junior: Vecchio y su servicio de sementales…

»… y lo mejor es que el pequeño Junior dice que va a apoderarse del reino de Mickey Cohen, aunque me parece que ya no es un reino tan apetecible.

– ¿Y?

– Y estoy pensando que el dinero y la droga que perdí merece la pena por coger a ese chiflado hijo de puta.

La vigilancia de Woods: Junior, Tommy y J.C. en Bido Lito's. Implícito: él LES protegería de MÍ. Junior, doble agente: eutanasia para él.

– Devuélveme la droga.

– ¡Eh, quedamos en que era para mí!

– Dámela.

– ¡Que te jodan, mentiroso hijo de puta!

Le di con la porra, le rompí las muñecas, recuperé las papelinas.

24

– ¡Loco hijo de puta!

La puerta de Junior, seis candados. Nuevas precauciones de chiflado. El muy idiota había utilizado cerrajería del LAPD: mis llaves maestras me franquearon el paso.

Encendí la luz:

Arroz inflado en el suelo.

Cuerda de piano extendida a la altura del tobillo. Puertas del armario cerradas con clavos; ratoneras sobre los muebles.

LOOOCO.

Esta vez, un registro a fondo; la anterior ocasión, el baúl me había distraído.

Abrí el armario con una palanca: dentro, sólo restos de comida.

Copos de maíz y chinchetas en el suelo de la cocina.

Grasa en el fregadero: aceite de motor con fragmentos de vidrio.

Cinta aislante sellando la nevera. La arranco:

Ampollas de nitrato de amilo en una cubitera…

Colillas de porro en un cuenco de loza.

Helado de chocolate; un plástico metido en un compartimento abierto. Lo saqué, lo rasgué:

Una cámara espía Minox; sin carrete.

El pasillo: cables a la altura del cuello; me agacho. El baño: ratoneras, un cajón de medicinas cerrado con pegamento. Lo abro a golpes: un tubo de gomina y dos billetes de cien en una repisa.

Una canasta, con la tapa claveteada también.

Apalanco, tiro:

Hipodérmicas ensangrentadas, con las agujas hacia arriba: una trampa. Las aplasto; debajo, una pequeña caja fuerte de acero.

Cerrada. La abrí a golpes contra una pared.

Botín:

Una libreta de depósitos del Banco de América, sucursal de Hollywood. Saldo: 9.318,40 dólares.

Dos llaves de cajas de seguridad, con una tarjeta de instrucciones: «El acceso a la caja requiere contraseña y/o autorización visual.» Mierda.

Pensamiento:

Faltan pruebas; la cautela de Junior, completamente LOOOCA.

Lógica:

Las relaciones Glenda/Klein guardadas ALLÍ, junto con el arma que Georgie Ainge le vendió a Glenda.

Descubrir la contraseña.

Registré el dormitorio: una alfombra gruesa sembrada de cristales. El baúl, desaparecido. Los cajones de la cómoda, pura basura: pedazos de papel con anotaciones sin sentido.

Volqué el colchón, el sofá, las sillas: ningún siete, ningún rastro de cuchilladas. Arranqué la tapa del televisor; saltaron varias ratoneras. El desconchado de la pared contra la que había disparado la otra vez había sido rellenado con yeso.

No encontré la contraseña, ni más fichas de identificación, ni notas sobre Glenda y yo, ni documentación de Exley o de Duhamel.

Chasquidos bajo mis zapatos: el arroz inflado.

El teléfono: brrring…

El supletorio del pasillo. Descuelgo.

– ¿Eh, sí?

– Soy yo, Wenzel. Esto, Stemmons… mira, tío… no quiero tratos contigo.

Fingí la voz de Junior:

– Veámonos.

– No… Te devolveré el dinero.

– Vamos, hombre, hablemos…

– ¡No! ¡Tú estás chalado!

Clic. Deducción: Junior le compra droga a Wenzel. Wenzel es puesto sobre aviso después.

La cuenta del banco, las llaves de la caja: ahora, en mi poder. Cerré los candados con mano torpe. Mátale, Jack.

Fui a casa de Tilly. Aparqué ante la casa. Cuarto piso. Llamada. Sin respuesta.

Me asomé a la mirilla, pegué el oído: luz, risas de televisión. Una carga con el hombro reventó la puerta.

Tilly cambiando de canales, tendida en el suelo, adormilada por la droga.

Varios paquetes de polvos sobre una silla; más o menos, medio kilo.

La tele: Perry Como, boxeo, Patty Page. Tilly cara de palo, en el séptimo cielo. Cerré la puerta como pude y pasé el cerrojo. Tilly continuó pasando canales con ojos embobados: Lawrence Wolk, Spade Cooley. La agarré, la arrastré…

Debatiéndose, dando patadas: bien. El cuarto de baño, la ducha, el agua a toda presión…

Fría: empapando sus ropas, devolviéndola a la sobriedad. Mojándome, ¡mierda!

Helada: grandes escalofríos, piel de gallina colosal. Castañeteo de dientes intentando suplicarme. A sudar:

Agua caliente. Ahora, Tilly se resiste con fuerza; intenta dar patadas, descargar los puños, escabullirse. De nuevo, el chorro helado:

– ¡Está bien! ¡Está bien! -Sin la lengua de estropajo de la droga.

La saqué de la ducha, la senté en el retrete.

– Creo que Steve Wenzel te dejó esa droga para que la guardaras. Iba a dársela a ese policía, Junior Stemmons, del que hablamos la otra noche, y Junior ya se la había pagado. Ahora quiere devolverle el dinero porque Junior está loco y él, asustado. Ahora, dime lo que sepas del asunto.

Tilly temblorosa; escalofríos espasmódicos. Le arrojé las toallas y conecté el calefactor. Ella se arropó.

– ¿Va a contárselo a los de Libertad Condicional?

– No, si colaboras conmigo.

– ¿Y qué hay de…?

– ¿De esa mierda de la otra habitación que te va a costar una buena temporada en algún corral de lesbianas si decido ser desagradable?

Bañada ahora en sudor frío:

– Sí.

– No la voy a tocar. Y sé que tienes ganas de colocarte, así que cuanto antes hables, antes podrás.

Resistencias al rojo, calor. Tilly:

– Steve oyó que Tommy Kafesjian se propone matarle. Verá, hay un camello, Pat Orchard, al que detuvieron esta tarde. Un policía le apretó las tuercas…

– Fui yo.

– No me sorprende, pero deje que le cuente. Según Steve, ese policía que supongo que era usted hizo a ese Pat Orchard un montón de preguntas sobre ese policía, Junior. Tan pronto le ha soltado, Orchard ha acudido a Tommy Kafesjian y le ha soplado lo de ese Junior y Steve. Le ha contado que Steve le había vendido a Junior esa buena cantidad y que el policía andaba proclamando esa chifladura de que será el próximo rey de la droga. Steve me dijo que se había largado de casa e iba a intentar devolverle el dinero a Junior porque había oído que Tommy se propone matarle.

– Y dejó aquí los polvos para mayor seguridad.

Tilly, ansiosa, arropándose más con las toallas:

– Eso es.

– Hace menos de tres horas que he soltado a Orchard. ¿Cómo has sabido todo esto tan pronto?

– Tommy estuvo aquí antes de que se presentara Steve. Me lo contó porque sabe que conozco a Steve y se le ocurrió que quizá sabía dónde se escondía. No le dije que había hablado con usted la otra noche y le aseguré que no sabía dónde estaba Steve, lo cual es cierto. Se marchó, y luego llegó Steve y dejó aquí el material. Yo le he aconsejado que escapara de ese chiflado de Tommy y de ese chiflado de Junior.

Steve llama a Junior… y yo respondo al teléfono.

– ¿De qué más hablasteis Tommy y tú?

Calor agobiante del calefactor. Tilly goteaba sudor.

– Quería hacerlo conmigo, pero le dije que no porque usted me contó que él mató a Wardell Knox.

– ¿Qué más? Cuanto antes me vaya, antes podrás…

– Tommy dijo que anda tras el tipo que espía a su hermana, Lucille. Dijo que se está volviendo loco buscando a ese espía.

– ¿Qué más te dijo de él?

– Nada.

– ¿Dijo si se llamaba Richie?

– No.

– ¿Dijo si era músico?

– No.

– ¿Dijo si tenía pistas sobre quién era el tipo?

– No. Dijo que el mirón era un jodido fantasma y que no sabía dónde estaba.

– ¿Mencionó a alguien más, a otro hombre que espiara al espía?

– No.

– ¿Seguro que dio algún nombre al tipo?

– Seguro.

– ¿Champ Dineen, tal vez?

– ¿Me toma por estúpida? Champ Dineen era ese compositor que murió hace años.

– ¿Qué más dijo Tommy de Lucille?

– Nada.

– ¿Mencionó el nombre de Joseph Arden?

– No. Por favor, necesito…

– ¿Dijo Tommy si estaba follando con su hermana?

– Señor, usted tiene una curiosidad malsana por la chica.

Rápido: salgo a la otra sala y vuelvo con la droga.

– Señor, eso es de Steve.

Abrí la ventana y miré abajo: una partida de dados en el callejón, justo debajo.

– Señor…

Arrojé uno de los paquetes: diana en la manta de los dados.

– ¿Qué más dijo Tommy de Lucille?

– ¡Nada! ¡Por favor, señor!

Abajo, gritos: droga caída del cielo.

Dos paquetes más -«¡Señor, necesito eso!»-, cuatro, cinco: rugidos en el callejón.

– ¡TOMMY Y LUCILLE! -Seis, siete, ocho.

Nueve, diez:

– Pensar lo que está pensando está mal. ¿Usted lo haría con su propia hermana?

Sueños de juegos insensatos, ¡Dios sea loado! Once, doce: los arrojé a Tilly.

Al centro. Archivo de Información. Un vistazo a la ficha de antecedentes y las fotos de identificación de Steve Wenzel. Dos detenciones por droga, condenas cortas: basura blanca de quijadas largas y delgadas.

Ninguna lista de socios conocidos de los Kafesjian. Dediqué mi atención a los K.

Una ronda por su casa: luces encendidas, coches frente a la entrada. Aparqué, reconocí el terreno por la ventanilla.

Llegué a la altura del camino particular, a oscuras, atento a si había perros sustitutos. Salté la valla y eché un vistazo: Madge cocinando. No vi a Lucille. Estancias a oscuras, el despacho: J.C., Tommy y Abe Voldrich.

Me agaché. Las ventanas, cerradas: ningún sonido. Eché una mirada:

J.C., agitando papeles; Tommy, con una risilla. Voldrich, el gesto de sus manos: calma.

Gritos apagados. El cristal de la ventana trasmitió un zumbido. Miré de nuevo: J.C. seguía agitando los papeles. Se acercó a la ventana: ¡mierda, impresos de Subdirección Administrativa!

Imposible leer el contenido.

Probablemente, comunicaciones de Klein a Exley: pistas sobre el mirón. Robadas, filtradas. Quizá Junior, quizá Wilhite.

«Tommy se está volviendo loco buscando a ese espía.»

Volví al coche dando un rodeo. Vigilancia de mirón: mis ojos en la ventana de Lucille. Cuarenta minutos después, ahí está: la chica despreocupadamente desnuda. Apagó las luces demasiado pronto, mierda, y clavé la vista en la puerta delantera, deseoso de seguir mirando.

Diez minutos, quince.

Portazo. Los tres hombres salieron precipitadamente, cada cual a su coche. El Mercedes de Tommy rascó el bordillo al ponerse en marcha, levantando chispas.

J.C. y Voldrich se dirigieron al norte.

Tommy, directo al sur.

Le seguí.

Al sur por La Brea, al este por Slauson. Aquel chulo negro vestido de color púrpura. Más al este, y al sur por Central Avenue.

Territorio del mirón.

Semáforo: disimular, sin perder al tipejo. Más al sur. Watts. Al este.

Luces de freno -Avalon y 103-, encrucijada de clubes nocturnos sin hora de cierre.

Nigger Heaven:

Dos edificios conectados por pasarelas de madera, tres pisos de altura, ventanas abiertas, acceso a la salida de incendios.

Tommy aparcó. Yo pasé sin detenerme; luego, retrocedí y le observé dirigirse hacia el edificio de la izquierda.

Se encaramó por la escalera de incendios y pisó la pasarela.

Tommy, a rastras: tablones oscilantes, pasamanos de cuerda.

Tommy, en cuclillas.

Tommy, fisgando por la ventana de la izquierda.

Mi expectativa de grandes sucesos, frustrada: Tommy se limitaba a mirar.

Salté del coche y subí a saltos la escalera de acceso al edificio de la izquierda. Nadie en el vestíbulo; lo crucé corriendo.

Tercer piso. Matones apostados. Miradas: ¿quién es este policía? Dejé atrás a los gorilas conserjes y entré.

Paredes de imitación de piel de cebra, una fiesta de degenerados: blancos, de color. Música, ruido de juerga.

Eché una ojeada a la habitación. Nadie parecido al retrato robot del mirón. Tampoco Tommy.

Un vistazo a la ventana: Tommy ya no estaba en la pasarela.

Los juerguistas, muy apiñados -blancos amantes del jazz/negros llamativos-; costaba moverse.

Humo de marihuana en las inmediaciones: Steve Wenzel, el carilargo, pasando un porro.

Un grupo de juerguistas entre los dos.

Tommy detrás de mí, las manos en el abrigo.

Saca las manos: unos cañones recortados a la vista.

Solté un grito…

Un negro tocó un interruptor. La habitación quedó a oscuras.

El rugido de un disparo, rotundo; un largo estampido. Rociada/disparos de pistola al azar/gritos. El resplandor de los disparos iluminó a Steve Wenzel, sin cara.

Gritos.

Me abrí paso entre ellos hasta la ventana.

Crucé la pasarela a gatas, con restos de cristales y de sesos entre el cabello.

25

Harbor Freeway dirección norte; el altavoz de la radio:

«Código 3 todas las unidades próximas a Avalon y 103 homicidio múltiple South Avalon 10342 tercer piso envíen ambulancias repito todas las unidades 187 múltiple South Avalon 10342 ver al portero del edificio…»

Respirando sangre; me limpié con la gabardina. Limpio, pero aún oliendo a ella.

«Repito todas las unidades cuatro muertos South Avalon 10342 código 3 envíen ambulancias.»

Neurosis de guerra peor que en Saipan. La calzada se hizo borrosa. «Unidades de Tráfico en las inmediaciones de 103 y Avalon Código 3 contacten con el sargento Disbrow Código 3 urgente.»

Salida de la vía rápida por la calle Seis, camino del local de Mike Lyman, donde Exley tomaba su último bocado. Solté un billete al camarero: llévame hasta el jefe, ahora.

A mi alrededor, gente feliz: carantoñas.

– Por aquí, teniente, hágame el favor.

Seguí al camarero. Un reservado del fondo: Exley de pie, Bob Gallaudet repantigado. ¿Qué sucedía? Exley:

– Klein, ¿qué sucede?

Los asientos de la barra, muy próximos. Le hice un gesto para que se acercara. Bob, con las antenas puestas, fuera del alcance del oído.

– Klein, ¿qué sucede?

– ¿Recuerda esa orden de detención que firmó esta mañana?

– Sí. Tres hombres que hay que detener en la comisaría de Wilshire. Me debe una explicación por eso, así que empiece a…

– Uno de los hombres era un camello independiente llamado Steve Wenzel y, hace media hora, Tommy Kafesjian se lo ha cargado en uno de esos tugurios consentidos de Watts. Yo estaba allí y lo vi; ahora está en boca de toda la ciudad. Cuatro muertos hasta el momento.

– Explíqueme eso.

– Todo es culpa de Junior Stemmons.

– Explíquese.

– Mierda, está más sucio de lo que nadie podría… ¡mierda, está inyectándose droga y anda por ahí extorsionando a los vendedores! Es marica y se dedica a sacarle la pasta a los chaperos de Fern Dell Park. Y creo que le está filtrando a los Kafesjian mis informes sobre el 459. También se mueve por el barrio negro como si estuviera chiflado, anunciando que él será el nuevo…

Exley, refrenándome:

– Y usted ha intentado ocuparse del asunto personalmente.

– Exacto. Junior le compró material a Wenzel para, citando sus palabras, «establecerse como el nuevo rey de la droga del Southside». Otro de los hombres de esa orden de registro, al que interrogué extensamente sobre Stemmons y Wenzel, les delató a ambos a Tommy K. Yo he seguido a Tommy hasta Watts y ha sido allí donde se ha cargado a ese Wenzel.

Exley, puro hielo patricio:

– Enviaré un equipo del grupo de Asuntos Internos para ocuparse de los homicidios. ¿Seguro que son Wenzel y víctimas inocentes?

– Sí.

– Entonces, asegúrese de que la identidad de su hombre no llega a la prensa. Así evitaremos que esa orden de detención nos cause problemas.

– Usted no quiere que los federales metan las narices en esto, de modo que pretende correr un velo ante la prensa ahora mismo.

– Klein, ya sabe que no debe acercarse…

– De acuerdo, no me acercaré a Tommy Kafesjian… por ahora. Aunque le haya visto matar a un hombre. Aunque usted no q