/ / Language: Español / Genre:thriller

Paranoia

Joseph Finder

Adam Cassidy tiene veintiséis años y odia su empleo miserable en una compañía tecnológica, pero su vida cambia por completo cuando le ofrecen convertirse en espía infiltrado en la Trion Systems, el principal competidor de su empresa. Sus superiores le preparan, le proporcionan información sobre su nueva empresa y, en cuanto empieza a trabajar en ella, se convierte en empleado estrella ascendiendo rápidamente a puestos de gran responsabilidad. Ahora su vida es perfecta: adora su trabajo, conduce un Porsche y tiene una novia que quita el sueño; lo único que tiene que hacer para mantener las cosas como están es traicionar a todos los que le rodean. «Ha llegado el nuevo Grisham… Paranoia es un thriller magistralmente narrado y tremendamente absorbente» People Magazine

Joseph Finder

Paranoia

© 2004 by Joseph Finder

Título original: Paranoia

© de la traducción: Juan Gabriel Vásquez

Primera Parte. El amañado

Amañado: Término de la CIA originado en la Guerra Fría y referido a una persona que será chantajeada o puesta en entredicho para obligarla a cumplir los deseos de la Agencia.

Diccionario del Espionaje.

Capitulo 1

Hasta que ocurrió todo, yo nunca había creído en la vieja frase de que debes tener cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo. Ahora creo en ella.

Ahora creo en todos los proverbios de advertencia. Creo que más dura será la caída. Creo que de tal palo tal astilla, que la mala suerte no viene sola, que no todo lo que brilla es oro, que más rápido se coge al mentiroso que al cojo. Lo que se te ocurra, yo lo creo.

Podría intentar explicar que todo empezó con un acto de generosidad, pero eso no sería muy preciso. Fue más bien un acto de estupidez. Un grito de auxilio, si se prefiere. O más bien un corte de mangas. Como sea, el error fue mío. En parte, pensaba que me saldría con la mía, pero también esperaba que me despidieran. Debo confesarlo: cuando recuerdo la forma en que comenzó todo, me maravillo ante lo gilipollas y arrogante que llegué a ser. No negaré que recibí mi merecido. Es sólo que no fue lo que esperaba. Pero ¿quién hubiera esperado algo así?

Hice un par de llamadas, y eso fue todo. Me hice pasar por el vicepresidente de Eventos Empresariales y llamé al lujoso servicio de catering que se encargaba de todas las fiestas de Wyatt Telecom. Les dije que hicieran exactamente lo mismo que habían hecho para la juerga de la semana anterior, la del premio al Mejor Vendedor del Año. (Obviamente, yo ignoraba el despilfarro que había sido aquello.) Les di los códigos de pago correctos, autoricé las transferencias por anticipado. Todo fue sorprendentemente fácil.

El dueño de Cenas de Esplendor me dijo que nunca había organizado una recepción en el área de carga de una compañía, que el asunto presentaba «dificultades escenográficas», pero yo sabía que no rechazaría un jugoso cheque de Wyatt Telecom.

Por alguna razón, dudo que Cenas de Esplendor hubiera hecho jamás una fiesta de jubilación para un auxiliar de capataz.

Creo que eso fue lo que realmente enfureció a Wyatt. Pagar una fiesta en honor de Jonesie -«¡un mozo de carga, por el amor de Dios!»- era una violación del orden natural. Si me hubiera gastado el dinero en la entrada de un descapotable Ferrari 360 Módena, Nicholas Wyatt casi lo hubiera entendido. Hubiera percibido mi codicia como evidencia de nuestra humanidad compartida, igual que la debilidad por la bebida, o por las «tías», como llamaba a las mujeres.

Si hubiera sabido cómo terminaría todo, ¿volvería a hacerlo? Ni pensarlo.

Sea como sea, debo decir que estuvo muy bien. Yo estaba al tanto de que el dinero para la fiesta de Jonesie salía de un fondo destinado, entre otras cosas, a una «excursión» del presidente ejecutivo y sus vicepresidentes al hotel Guanahani de la isla de St. Barthelemy.

También me gustó que los obreros de carga se hicieran una idea de cómo vivían los ejecutivos. La mayoría de los colegas y sus esposas, gente cuya idea de derroche era el Festival de la Gamba en el Red Lobster o la Barbacoa de Costillas en el Outback Steakhouse, no supieron qué hacer con la comida más rara, el caviar de Osetra o el cuarto trasero de ternero lechal a la Provenzal, pero devoraron el filete de res en croute, el costillar de cordero, la langosta asada con raviolis. Las esculturas de hielo fueron todo un éxito. El Dom Perignon fluyó, aunque no tan rápido como la Budweiser. (Y eso me parecía bien, porque los viernes por la tarde yo solía quedarme a fumar en el área de carga, y alguien, generalmente Jonesie o Jimmy Conolly, el capataz, traía una nevera de latas frías para celebrar el final de otra semana.)

Jonesie, un viejo con una cara desgastada y abatida que lo hacía inmediatamente simpático, estuvo animado toda la noche. Esther, su esposa de cuarenta y dos años de edad, nos pareció estirada al principio, pero al final resultó ser una bailarina increíble. Yo había contratado a un excelente grupo de reggae jamaicano, y todos se unieron a la fiesta, incluso los tíos que nunca hubiéramos esperado ver bailar.

Eso fue después de la gran crisis tecnológica, por supuesto, y en todas partes las compañías estaban haciendo despidos masivos e instaurando políticas de «austeridad», lo cual significaba que uno tenía que pagar por su café y que no habría más Coca-Cola gratis en el salón de descanso, y cosas así. Se suponía que Jonesie debía dejar de trabajar un viernes, pasar unas horas rellenando impresos en Recursos Humanos, y después irse a casa para el resto de su vida, sin fiesta, sin nada. Mientras tanto, el equipo ejecutivo de Wyatt Telecom planeaba dirigirse a St. Bart en sus aviones Lear para revolcarse con sus esposas o novias en sus chalets privados, embadurnarse los michelines con aceite de coco y discutir políticas de austeridad empresarial durante obscenos desayunos de buffet con papayas y lenguas de colibrí. En realidad, Jonesie y sus amigos no se preguntaron demasiado en serio quién estaba pagando todo aquello. Pero a mí me hizo sentir un cierto placer secreto y perverso.

Eso fue hasta la una y media de la mañana, cuando el sonido de las guitarras eléctricas y los gritos de un par de colegas jóvenes, que habían pillado una curda de mil demonios, debió de llamar la atención de un guardia de seguridad, un tipo recién contratado (la paga es pésima, los turnos son increíbles), que no conocía a ninguno de nosotros y no estaba dispuesto a dejar pasar nada por alto.

Era un tío regordete, de cara colorada a lo Porky, que apenas habría cumplido los treinta. Simplemente agarró su walkie-talkie como si fuera una pistola Glock y dijo:

– ¿Qué coño…?

Y mi vida, tal como la conocí, había terminado.

Capítulo 2

El correo de voz me estaba esperando cuando llegué al trabajo, tarde como siempre.

En realidad, más tarde que de costumbre. Me sentía mareado, la cabeza me palpitaba y el corazón me iba demasiado rápido después de la gigantesca taza de café barato que me había bebido de un trago en el metro. Una ola de acidez me salpicaba el estómago. Había llegado a pensar en llamar y decir que estaba enfermo, pero esa pequeña voz de cordura que había en mi cabeza me dijo que lo más sabio, después de los sucesos de la noche anterior, era presentarme a trabajar y afrontar las consecuencias.

Lo cierto es que estaba convencido de que me despedirían: casi me hacía ilusión, de la misma forma que uno teme y a la vez ansía que le limpien con una fresa un diente dolorido. Cuando salí del ascensor y caminé el kilómetro hacia mi terminal de trabajo, pasando entre los primeros cuarenta cubículos de la planta, veía cabezas que se alzaban aquí y allá, como perros en una pradera, para alcanzar a verme. El rumor había corrido; yo era una celebridad. Los correos electrónicos volaban de un lado al otro, de eso no había duda.

Tenía los ojos rojos, mi pelo era un desastre, parecía un anuncio ambulante de no a la droga.

La pantallita de cristal líquido de mi teléfono Internet decía: «Tiene once mensajes.» Conecté el altavoz y los pasé deprisa. Con sólo oír los mensajes, preocupados y sinceros y aduladores, me subió la presión detrás de los ojos. Saqué el frasco de Advil del cajón inferior, cogí dos y me los tragué en seco. Así que esta mañana ya llevaba cuatro, lo cual excedía la dosis máxima recomendada. ¿Y qué podía pasarme? ¿Morir de una sobredosis de ibuprofeno momentos antes de ser despedido?

Yo era subdirector de líneas de producción para routers en nuestra División Empresarial. No preguntéis qué significa eso en cristiano, es lo más aburrido que os podáis imaginar. Me pasaba los días oyendo frases como «servicio dinámico de emulación de circuitos de banda ancha» y «dispositivo de acceso integrado» y «dispositivo IOS» y «ejes ATM» y «protocolo de seguridad para Internet», y os juro que no sabía qué significaba la mitad de esa mierda.

Un mensaje de un tío de Ventas llamado Griffin. Me llamaba «campeón» y se jactaba de que acababa de vender un par de docenas de los routers que yo manejaba asegurándole al cliente que tenían una característica particular -protocolos de capacidad múltiple para transmisión de vídeo en vivo-, aunque él sabía muy bien que no la tenían. Pero estaría muy bien que esa característica le fuera añadida al producto, digamos en las próximas dos semanas, antes de que saliera el envío. Sí, claro. Tranquilo.

Una llamada de seguimiento del jefe de Griffin, sólo «para confirmar el progreso de los protocolos de capacidad múltiple que según se dice estás haciendo», como si me encargara yo mismo del trabajo técnico.

Y la voz cortada, importante, de un hombre llamado Arnold Meacham, que se identificó como director de Seguridad Empresarial y me pidió que por favor me «pasara» por su despacho tan pronto como llegara.

Más allá de su título, no tenía la menor idea de quién era Arnold Meacham. Nunca había oído su nombre. Ni siquiera sabía dónde estaba Seguridad Empresarial.

Es gracioso: cuando oí el mensaje, mi corazón no se aceleró como era de esperar. De hecho, redujo el ritmo, como si mi cuerpo supiera que el concierto se había acabado. Había algo Zen en todo aquello, la serenidad interna del momento en que te das cuenta de que no hay nada que hacer. Casi me deleité con aquel momento.

Durante unos minutos, mientras aspiraba mi Sprite, me puse a mirar fijamente las paredes de mi cubículo, el color carbón del tapizado Avora, que parecía la moqueta que cubría el suelo del piso de mi padre. Siempre mantuve los paneles libres de toda evidencia de presencia humana: nada de fotos de la esposa o los hijos (fácil, pues no tenía), nada de caricaturas de Dilbert, nada irónico ni agudo para decir que me encontraba aquí bajo protesta, pues ya me sentía bastante lejos de todo eso. Tenía un estante en el que había una guía de referencia de protocolos para routers y cuatro carpetas negras y gruesas que contenían el «índice de características» del router MG-50K. No iba a echar de menos ese cubículo.

Quiero decir, no era como si fueran a fusilarme; según pensé, ya me habían fusilado. Ahora sólo era cuestión de ocuparse del cuerpo y de limpiar la sangre. Recuerdo que en la universidad leí una vez acerca de la guillotina en la historia francesa, y de cómo un verdugo que era médico llevó a cabo este espantoso experimento (uno se divierte como puede, supongo): segundos después de que cayera la cabeza observó la forma en que los ojos y los labios temblaban y se contraían hasta que los párpados se cerraban y todo se detenía. Entonces pronunció el nombre del muerto, y los ojos del decapitado se abrieron de golpe y se fijaron en el verdugo. Segundos después los ojos se cerraron, y el doctor llamó al muerto de nuevo y los ojos volvieron a abrirse y lo miraron. Qué simpático. Así que treinta segundos después de quedar separada del cuerpo, la cabeza sigue reaccionando. Así me sentía yo. La cuchilla ha caído ya, pero me siguen llamando.

Levanté el auricular y llamé al despacho de Arnold Meacham, le dije a su asistente que me pondría en camino, y pregunté cómo se llegaba.

Tenía la garganta seca, así que me detuve en el salón de descanso para servirme uno de aquellos refrescos antiguamente-gratuitos-pero-ahora-a-cincuenta-centavos. El salón de descanso estaba al fondo, en medio de la planta, junto a los ascensores, y mientras caminaba en un curioso estado de fuga, un par de colegas me vieron llegar y rápidamente se dieron la vuelta, avergonzados.

Inspeccioné la vitrina de cristal grasiento donde estaban los refrescos, decidí que no tomaría mi acostumbrada Pepsi Light -la verdad era que en ese momento no necesitaba más cafeína- y saqué una Sprite. Sólo por rebeldía, no dejé nada de dinero en el bote. ¡Ja! Así aprenderían. Abrí el refresco y me dirigí al ascensor.

Yo odiaba mi trabajo, lo despreciaba de verdad, así que la idea de perderlo no me parecía nada terrible, ni mucho menos. Pero por otra parte, no es que pudiera vivir de rentas. Necesitaba el dinero, por supuesto. El punto era ése, ¿no? Había regresado básicamente para colaborar con el tratamiento médico de mi padre. Mi padre, que me consideraba un fracasado. En Manhattan, trabajando como camarero, ganaba la mitad del dinero pero vivía mejor. ¡Estamos hablando de Manhattan! Aquí, yo vivía en un deteriorado estudio en la planta baja de un edificio de Pearl Street, un lugar que hedía a tubo de escape y cuyas ventanas se sacudían cuando pasaban los camiones a las cinco de la mañana. Es cierto que un par de noches por semana podía salir con amigos, pero la mayoría de las veces acababa metiendo la mano en la línea de crédito de mi cuenta una semana antes de que mi cheque apareciera, mágicamente, el día quince de cada mes.

Así que la paga no era gran cosa, pero tampoco es que fuera de culo. Trabajaba el mínimo de horas requerido, llegaba tarde y me iba temprano, pero hacía mi trabajo. Mis calificaciones de desempeño no eran demasiado buenas: yo era «contribuyente de base», es decir que estaba en el límite, tan sólo un escalón por encima del «bajo contribuyente», que era donde uno ya podía empezar a hacer las maletas.

Entré en el ascensor, me fijé en lo que llevaba puesto -vaqueros negros, camiseta gris, zapatillas- y deseé haberme puesto una corbata.

Capítulo 3

Cuando trabajas en una gran empresa, nunca sabes muy bien qué creer. Las charlas están llenas de bravuconadas y amenazas. Todo el tiempo te hablan de «aplastar a la competencia», de «clavarles una estaca en el corazón». Te hablan de «matar o morir», «comer o que te coman», de «quitarles la comida» y «cómete al enemigo» y «cómete a tus hijos».

Eres ingeniero de software o director de producción o encargado de ventas, pero después de un tiempo comienzas a pensar que de alguna forma has acabado mezclado con una de esas tribus aborígenes de Papúa Nueva Guinea que se pintan la cara y se atraviesan la nariz con colmillos de jabalí y se ponen calabazas en la polla. Cuando la realidad es que basta con que le envíes a tu colega de Tecnologías de la Información una broma subida de tono y políticamente incorrecta por correo electrónico, y que tu colega se la mande al tío de unos cubículos más allá, para que acabes encerrado en una sala de conferencias en Recursos Humanos recibiendo Capacitación para la Diversidad durante una semana de espanto. Roba unos clips y acabarán azotándote con la regla astillada de la vida.

Lo que pasa, por supuesto, es que yo había hecho algo un poco más serio que asaltar el armario de materiales de oficina.

Me hicieron esperar en una lejana oficina entre media hora, cuarenta y cinco minutos, pero pareció más tiempo. No había nada que leer, aparte de Gestión de la seguridad y cosas así. La recepcionista llevaba el pelo rubio cenizo metido en un casco, y tenía círculos amarillos de fumadora debajo de los ojos. Contestaba el teléfono, tecleaba en un teclado, me echaba miradas furtivas de vez en cuando, como cuando uno trata de ver un truculento accidente de tránsito mientras mantiene los ojos en la carretera.

Estuve tanto tiempo sentado que la confianza me empezó a fallar. Tal vez el punto era ése. El asunto del cheque mensual comenzaba a parecerme una buena idea. Tal vez una actitud desafiante no era la mejor estrategia. Tal vez me tendría que tragar la mierda. Tal vez la cosa era mucho más grave.

Arnold Meacham no se puso de pie cuando la recepcionista me hizo pasar. Estaba sentado detrás de un gigantesco escritorio negro que parecía de granito pulido. Tenía unos cuarenta años, era delgado y ancho, con cuerpo de Gumby, [1] cabeza larga y cuadrada, nariz larga y delgada, sin labios. Pelo castaño encanecido y con entradas. Llevaba un blazer azul cruzado y una corbata azul a rayas, como el presidente de un club náutico. Me miraba fijamente a través de unas gafas de acero demasiado grandes, estilo aviador. Se podía ver que no tenía el más mínimo sentido del humor. A un lado de su escritorio, sentada en una silla, estaba una mujer algo mayor que yo que parecía tomar notas. El despacho era grande y sobrio, con muchos diplomas colgados de la pared.

– Así que usted es Adam Cassidy -dijo Meacham. Tenía una manera de hablar remilgada y precisa-. ¿Resaca postfiesta, muchacho?

Sus labios se juntaron en una sonrisita.

Dios mío. Esto no pintaba bien.

– ¿En qué le puedo ayudar? -dije. Traté de parecer perplejo, preocupado.

– ¿En qué me puede ayudar? ¿Qué le parece si comienza por decirme la verdad? Así es como me puede ayudar.

Generalmente le caigo bien a la gente. Se me da bien lo de conquistar simpatías: la profesora de matemáticas enfurecida, el cliente de la empresa cuyo pedido lleva seis meses de retraso, lo que sea. Pero de inmediato pude ver que aquél no era uno de esos momentos Dale Carnegie. [2] Las posibilidades de rescatar mi detestable empleo se reducían a cada segundo.

– Por supuesto -dije-. ¿La verdad sobre qué?

Meacham resopló, divertido.

– ¿Qué tal el acontecimiento de anoche?

Hice una pausa, reflexioné.

– ¿Se refiere a nuestra pequeña fiesta de jubilación? -dije. No estaba seguro de cuánto sabían ellos, pues había sido muy cuidadoso con el rastro del dinero. Debía cuidar mis palabras. La mujer del cuaderno, una mujer ligera con pelo rojo y crespo y grandes ojos verdes, estaba probablemente en calidad de testigo.

– Pequeña, sí. Tal vez según los parámetros de Donald Trump. -Meacham tenía un rastro casi imperceptible de acento sureño.

– Era necesaria como estímulo para la moral -dije-. Créame, señor, la fiesta hará maravillas en el campo de la productividad.

Una mueca de desprecio se dibujó en su boca sin labios.

– «Estímulo para la moral.» La financiación de ese «estímulo para la moral» está cubierta con sus huellas.

– ¿La financiación?

– No se haga el tonto, Cassidy.

– No estoy seguro de entender a qué se refiere, señor.

– ¿Me cree usted estúpido? -Había dos metros de falso granito entre ambos, y aun así me llegaban gotas de su saliva.

– Me parece que… que no, señor. -Un esbozo de sonrisa apareció en las comisuras de mi boca. No lo pude evitar: era el orgullo de la labor cumplida. Grave error.

El rostro pálido de Meacham se sonrojó.

– ¿Cree que es gracioso eso de entrar ilegalmente en las bases de datos de la compañía para conseguir códigos de pago confidenciales? ¿Cree acaso que se trata de un juego, que ha hecho algo astuto? ¿Cree que esto no cuenta?

– No, señor.

– ¡Mentiroso de mierda, grandísimo gilipollas! ¡Lo que ha hecho usted es igual que robarle el bolso a una anciana en el metro!

Traté de parecer escarmentado, pero podía ver hacia dónde se dirigía la conversación, y en realidad me parecía inútil.

– Usted ha robado setenta y ocho mil dólares de la cuenta de Eventos Empresariales para hacerle una puta fiesta a sus amiguetes en el área de carga. ¿No es así?

Tragué saliva. ¿Setenta y ocho mil dólares? Sabía que había sido una buena cantidad, pero no imaginé que fuera tanto.

– ¿El tío ese está metido en todo esto?

– ¿A quién se refiere? Tal vez está usted confundido acerca de…

– «Jonesie.» El viejo ese, el nombre que había sobre el pastel.

– Jonesie no ha tenido nada que ver -le espeté.

Meacham se recostó con aire triunfante: finalmente había encontrado un punto débil.

– Si quiere despedirme, hágalo, pero Jonesie es completamente inocente.

– ¿Despedirlo? -Parecía que le hubiera hablado en serbo-croata-. ¿Cree que estoy hablando de despedirlo? Usted es un chico inteligente, bueno para las matemáticas y los ordenadores, capaz de sumar, ¿no es cierto? Bien, pues quizá pueda sumar estos números. Por desfalco, le caerán cinco años de cárcel y una multa de doscientos cincuenta mil dólares. Fraude por telegrama y por correo, otros cinco años de cárcel, pero espere: si el fraude afecta a una institución financiera -y fíjese qué suerte, usted se ha metido con nuestro banco y el banco receptor, es su día de suerte, gilipollas-, en total son más de treinta años de cárcel y una multa de un millón de dólares. ¿Nos entendemos? ¿Me sigue? ¿Treinta y cinco años? Y ni siquiera hemos entrado en el tema de la falsificación y los delitos informáticos, en la obtención de información de un ordenador protegido con el fin de robar datos… eso puede resultar en penas de uno a veinte años y más multas. ¿Cuánto llevamos hasta ahora? ¿Cuarenta, cincuenta, cincuenta y cinco años de cárcel? Usted tiene veintiséis, así que tendrá, veamos, ochenta y un años cuando salga.

Para este momento ya tenía la camiseta empapada en sudor, me sentía frío y pegajoso. Las piernas me temblaban.

– Pero -empecé a decir con voz ronca, y seguí tras carraspear- en una corporación de treinta mil millones de dólares, setenta y ocho mil dólares no son más que un error de cómputo.

– Le sugiero que se calle la boca -dijo Meacham con voz queda-. Hemos consultado a nuestros abogados, y ellos están convencidos de que pueden obtener cargos por desfalco en un tribunal. Además, está claro que usted estaba en posición de sacar más dinero, y sospechamos que esto no fue más que el primer episodio de una conspiración actualmente en curso cuyo fin es defraudar a Wyatt Telecommunications, parte de una estrategia de retiradas y desviaciones de fondos. No es más que la punta del iceberg.

Se dirigió por primera vez a la mujer que tomaba notas.

– Lo que sigue es extraoficial -dijo, y volvió a hablarme-. El fiscal general fue compañero de habitación de nuestro abogado en la universidad, señor Cassidy, y estamos absolutamente seguros de que tiene la intención de castigarlo tan duramente como pueda. Además, la oficina del Fiscal del Distrito, aunque usted tal vez no lo haya notado, está llevando a cabo una campaña contra los delitos empresariales, y están buscando a alguien que sirva para dar el ejemplo. Quieren una cabeza en una estaca, Cassidy.

Me quedé mirándolo. El dolor de cabeza estaba de vuelta. Sentí un hilillo de sudor bajarme por dentro de la camisa, desde la axila hasta la cintura.

– Tenemos tanto a la policía estatal como a los federales de nuestro lado. Es así de simple: está usted en nuestro poder. Ahora se trata simplemente de decidir con qué dureza queremos golpearlo, cuánta destrucción queremos provocar. Y tampoco se imagine que acabará en un club campestre. Los tíos guapos como usted acaban boca abajo sobre alguna litera de la Prisión Federal de Marion. Cuando salga, será un viejo desdentado. Y en caso de que no esté al tanto de nuestro actual sistema de justicia, la fianza ya no existe a nivel federal. En este momento, su vida acaba de cambiar. Está jodido, amigo.

Miró a la mujer del cuaderno.

– De vuelta al acta. Veamos qué tiene que decir, y espero que sea algo bueno.

Tragué, pero la saliva había dejado de fluir en mi boca. Veía fogonazos blancos en los bordes de mi campo visual. Meacham hablaba en serio.

En mis años de instituto y universidad, me llegaron a detener con mucha frecuencia por exceso de velocidad, y adquirí reputación de virtuoso en el arte de evitar las multas. El truco está en hacer que el policía sienta tu dolor. Es guerra psicológica. Es por eso que usan gafas de espejo, para que uno no pueda mirarles a los ojos mientras les ruega. Incluso los policías son seres humanos. Yo solía llevar un par de libros sobre prevención del crimen en el asiento delantero, y les decía que estaba estudiando para ser policía y que esperaba que esta multa no afectara mis posibilidades. O les mostraba una botella con receta y les decía que tenía prisa porque necesitaba llevarle a mamá su medicina contra la epilepsia lo antes posible. Básicamente, aprendí que si uno va a comenzar, tiene que estar dispuesto a ir hasta el final; hay que ponerle todo el corazón al asunto.

La idea de salvar el empleo ya había quedado muy atrás. No me podía sacudir la imagen de la litera en la Prisión Federal de Marion. Estaba cagado de miedo.

Así que no me enorgullezco de lo que hice, pero ya lo veis, no tuve opción. O sacaba de lo más profundo de mí la mejor historia posible para este asqueroso segurata, o acabaría como esclavo de alguien en la cárcel.

Respiré hondo.

– Mire -dije-, le voy a ser sincero.

– Ya era hora.

– El asunto es que… bueno, el asunto es que Jonesie tiene cáncer.

Meacham sonrió y se echó hacia atrás sobre su silla, como diciendo: diviérteme.

Solté un suspiro y me mordí el interior de la mejilla como si estuviera revelando algo que prefería no revelar.

– Cáncer de páncreas. Inoperable.

Meacham me miraba con cara de piedra.

– Recibió el diagnóstico hace tres semanas. No hay nada que puedan hacer, este tío se está muriendo. Y Jonesie, ya sabe… bueno, tal vez no lo sepa, porque usted no lo conoce, pero Jonesie mantiene siempre una actitud de coraje. Va y le dice al oncólogo: «¿Quiere decir que puedo dejar de usar seda dental?» -Puse una sonrisa triste-. Sí, así es Jonesie.

La mujer de las notas se detuvo un instante, de hecho parecía afectada. Enseguida siguió tomando notas.

Meacham se pasó la lengua por los labios. ¿Lo estaba conmoviendo? No podía saberlo. Tenía que aumentar la potencia, buscar la medalla de oro.

– Usted no tiene por qué saber nada de esto -continué-. Quiero decir que Jonesie no es precisamente un tipo importante en este lugar. No es ningún vicepresidente, ni nada por el estilo. No es más que un mozo de carga. Pero es una persona importante para mí, porque… -Cerré los ojos durante unos segundos, respiré hondo-. Nunca quise decírselo a nadie, era un secreto que había entre nosotros, pero el asunto es éste: Jonesie es mi padre.

La silla de Meacham se movió lentamente hacia delante. Ahora sí que estaba atento.

– Apellidos distintos y todo… mamá me cambió el mío por el suyo hace unos veinte años, cuando dejó a mi padre y me llevó con ella. Yo era un niño, ¿qué podía hacer? Pero papá… -Me mordí el labio inferior. Ahora los ojos se me habían llenado de lágrimas-. Papá siguió manteniéndonos, trabajando en dos y a veces tres empleos a la vez. Nunca pidió nada a cambio. Mamá no quería que viniera a verme, pero en Navidades… -Una inhalación brusca, casi como hipo-. Papá venía cada Navidad, y algunas veces llegaba a pasar una hora en el frío, llamando al timbre, antes de que mamá lo dejara entrar. Siempre me traía un regalo, algo grande y caro que no se podía permitir. Después, cuando mamá dijo que no podría mandarme a la universidad, por lo menos no con su salario de enfermera, papá comenzó a mandar dinero. Dijo… dijo que me quería dar la vida que él nunca tuvo. Mamá nunca sintió ningún respeto por él, y siempre me puso en su contra, ¿sabe usted? Así que nunca llegué siquiera a darle las gracias. Ni siquiera lo invité a mi graduación, porque sabía que mamá se sentiría incómoda con él por ahí, pero él asistió de todas maneras, lo vi dando vueltas por el lugar, vestido con un traje horrible y viejo… Nunca antes lo había visto con traje y corbata, debió de haberlo conseguido en el Ejército de Salvación, porque estaba empeñado en verme graduarme en la universidad, y no quería causarme vergüenza.

Meacham parecía tener los ojos llorosos. La mujer había dejado de tomar notas y sólo estaba mirándome, parpadeando para no llorar.

Yo estaba metido en el papel. Meacham merecía mi mejor golpe, y eso era lo que estaba recibiendo.

– Cuando comencé a trabajar aquí en Wyatt, nunca, nunca en mi puta vida, me esperé encontrar a papá trabajando en la zona de carga. Fue algo así como el mejor accidente del mundo. Mamá murió hace un par de años, y aquí estoy yo, relacionándome con mi padre, un tío maravilloso y tierno que nunca me pidió nada, nunca me exigió nada, que se rompía las manos trabajando para mantener a su maldito hijo, un desagradecido al que nunca llegaba a ver. Es como si fuera el destino, ¿sabe? Y entonces, cuando le dan la noticia, lo del cáncer pancreático inoperable, y empieza a hablar de matarse antes de que lo mate el cáncer, pues yo…

La mujer de las notas sacó un kleenex y se sonó. Su mirada fulminó a Arnold Meacham. Meacham se estremeció.

– Sentí simplemente que tenía que demostrarle lo que él significaba para mí -suspiré-. Supongo que quise hacer mi propia Fundación Pide-un-Deseo. Le dije… le dije que me había ganado la tripleta en el hipódromo, no quería que supiera ni fuera a preocuparse. Quiero decir que lo que hice estuvo mal, créame, completamente mal. Estuvo mal por todos los lados posibles, no voy a mentirle. Pero tal vez estuvo bien por un lado pequeñito…

La mujer sacó otro kleenex y miró a Meacham como si fuera la escoria de la sociedad. Meacham tenía la mirada fija en el suelo. Se había ruborizado y era incapaz de mirarme a los ojos. Yo mismo me estaba dando escalofríos.

En ese instante oí que se abría una puerta en el extremo más oscuro del despacho y oí aplausos. Aplausos lentos y sonoros.

Era Nicholas Wyatt, fundador y presidente ejecutivo de Wyatt Telecommunications. Se me acercó mientras aplaudía, sonriendo de oreja a oreja.

– Brillante actuación -dijo-. Absolutamente brillante.

Sorprendido, levanté la mirada, y sacudí la cabeza lamentándome. Wyatt era alto -medía casi dos metros- y tenía complexión de luchador. Fue haciéndose más y más grande a medida que se acercaba, hasta que, de pie a un par de metros de mí, parecía desbordar la realidad. Wyatt tenía reputación de vestir bien, y llevaba, por supuesto, un traje gris de raya diplomática que parecía Armani. No sólo era un hombre poderoso: se veía poderoso.

– Señor Cassidy, permítame que le haga una pregunta.

No supe qué hacer, así que me puse de pie y le alargué la mano para saludarlo. Wyatt no me dio la mano.

– ¿Cómo se llama Jonesie?

Dudé un instante un poco más largo de lo conveniente.

– Al -dije al fin.

– ¿Al? Y el nombre completo es…

– Al… Alan -dije-. Albert. Mierda.

Meacham me miró fijamente.

– Los detalles, Cassidy -dijo Wyatt-. Los detalles son lo que siempre nos jode. Pero tengo que decirle que me ha conmovido, de verdad. La parte del traje conseguido en el Ejército de Salvación me llegó al corazón. -Se dio un golpe en el pecho con el puño cerrado-. Extraordinario.

Sonreí tímidamente, sintiéndome usado.

– Este tío me ha dicho que esperaba algo bueno.

Wyatt sonrió.

– Es usted un joven de un talento extraordinario, Cassidy. Una Sherazade total. Y me parece que tenemos que hablar.

Capítulo 4

Nicholas Wyatt daba miedo. Nunca nos habíamos conocido, pero yo lo había visto en la tele, en CNBC y en el sitio web de la compañía, en los videomensajes que había grabado. En mis tres años trabajando para la compañía que él había fundado, incluso había llegado a verlo alguna que otra vez, en vivo y en directo. De cerca era todavía más intimidante. Tenía un bronceado profundo, un pelo negro como el betún, cubierto de gomina y bien peinado hacia atrás. Sus dientes eran paralelos hasta la perfección y de un blanco cegador.

Tenía cincuenta y seis años, pero no los aparentaba, sea cual sea el aspecto que se aparenta a los cincuenta y seis. Lo seguro es que no se parecía a mi padre a sus cincuenta y seis: un viejo calvo y barrigón incluso en la así llamada flor de la vida. Estos eran unos cincuenta y seis muy diferentes.

No tenía la menor idea de por qué estaba Wyatt aquí. ¿Qué amenaza podía formular el presidente ejecutivo de la compañía que Meacham no hubiera utilizado ya? ¿Condena a morir por miles de cortes de papel? ¿A ser devorado vivo por un jabalí salvaje?

En el fondo tenía la efímera fantasía de que fuera a decirme «choca esos cinco», o a felicitarme por una buena jugada, o a decirme que le gustaba mi temple, mi movida. Pero ese patético fantaseo se marchitó tan pronto como apareció en mi imaginación desesperada. Nicholas Wyatt no era uno de esos curas que juegan a baloncesto con sus discípulos. Era un hijo de puta vengativo.

Yo había oído rumores. Sabía que cualquier persona con dos dedos de frente se esforzaba por evitarlo. Había que bajar la cabeza y no llamar su atención. Wyatt era famoso por sus cóleras, sus berrinches y sus disputas a gritos. Se sabía que era capaz de despedir a alguien en un solo instante, haciendo que los de Seguridad recogieran sus pertenencias y lo acompañaran a la salida. En sus reuniones ejecutivas, siempre escogía alguien a quien humillar durante toda la sesión. No había que darle malas noticias; no había que hacerle perder ni un segundo de su tiempo. Los que tenían la desafortunada obligación de hacer una presentación en Powerpoint para él, la ensayaban y la ensayaban hasta dejarla perfecta, pero al más mínimo problema técnico, Wyatt interrumpía gritando:

– ¡Es que no me lo puedo creer!

La gente decía que se había sosegado mucho desde los primeros años, pero ¿en qué se basaban? Wyatt era un competidor sanguinario, levantador de pesas y triatlonista. Quienes hacían ejercicio en el gimnasio de la compañía decían que siempre estaba retando a los deportistas más serios a competir haciendo flexiones en la barra fija. Nunca perdía, y cuando el otro se había dado por vencido, lo provocaba diciendo: «¿Quieres que siga?» Decían que tenía el cuerpo de Arnold Schwarzenegger, un condón moreno lleno de nueces.

No era sólo que estuviera obsesionado por ganar, sino que la victoria no era dulce si no lograba además ridiculizar al vencido. Una vez, en una fiesta de Navidad para toda la compañía, escribió sobre una botella el nombre de su principal competidora, Trion Systems, y la destrozó contra la pared entre las ovaciones y los silbidos de los borrachos.

Era el líder de un club de alta testosterona. Los de su equipo vestían, como él, trajes de siete mil dólares: Armani o Prada o Brioni o Kiton o cualquier otro diseñador cuyo nombre yo no había escuchado nunca. Y le aguantaban sus gilipolleces porque por ello recibían compensaciones asquerosamente buenas. Todo el mundo conoce la broma que hay sobre él: ¿Cuál es la diferencia entre Dios y Nicholas Wyatt? Que Dios no se cree Nicholas Wyatt.

Nick Wyatt dormía tres horas por noche, parecía no comer más que barras proteínicas durante el desayuno y la comida, era un reactor nuclear de energía nerviosa y transpiraba copiosamente. Lo llamaban «El Exterminador». Su herramienta era el miedo y nunca olvidaba un desaire. Cuando uno de sus ex amigos fue despedido de la presidencia ejecutiva de cierta empresa de alta tecnología, Wyatt le mandó rosas negras. Sus asistentes siempre sabían dónde conseguir rosas negras. La frase por la que es famoso, la única cosa que repetía con tanta frecuencia que debería estar tallada en granito encima de la entrada, o transformada en salvapantallas para todos los ordenadores, era: «Claro que soy paranoico. Quiero que todos mis trabajadores sean paranoicos. El éxito exige paranoia.»

Seguí a Wyatt por el corredor, desde Seguridad Empresarial hasta su suite ejecutiva, y no fue fácil mantener su paso: caminaba muy rápido. Casi tuve que correr. Meacham, detrás de mí, nos seguía, llevando un portafolio de cuero negro que se balanceaba en su mano como un bastón de mando. A medida que nos acercábamos a la zona ejecutiva, las paredes de yeso se transformaron en caoba; el alfombrado se hizo suave y grueso. Estábamos en su despacho, su guarida.

La pareja de asistentes le sonrió cuando nuestra caravana pasó entre ellas. Una rubia, otra negra. Wyatt dijo «Linda, Yvette», como si les pusiera un subtítulo. No me sorprendió que ambas fueran hermosas como maniquíes: aquí, todo era de alto nivel, como las paredes y el alfombrado y los muebles. Me pregunté si su trabajo incluía responsabilidades no administrativas, como mamársela al jefe. Eso era lo que se decía, por lo menos.

El despacho de Wyatt era inmenso. Todo un pueblo bosnio podría vivir allí. Dos de las paredes eran de vidrio, del suelo al techo, y la vista de la ciudad era increíble. Las otras paredes eran de madera oscura y fina, y estaban cubiertas por cosas enmarcadas, portadas de revistas con su careto estampado encima, Fortune, Forbes, Business Week. Yo las miraba con los ojos como platos mientras pasaba medio caminando, medio corriendo. Una foto de Wyatt con otra gente y la difunta princesa Diana. Wyatt con ambos George Bush.

Nos condujo a un «grupo de conversación» constituido por un sofá y dos sillas de cuero negro y mullido que parecían recién salidas del MOMA. Wyatt se hundió en un extremo del enorme sofá.

La cabeza me daba vueltas. Estaba desorientado, estaba en otro mundo. No lograba imaginar por qué me encontraba en la oficina de Nicholas Wyatt. Tal vez Wyatt había sido uno de esos niños a los que les gusta arrancar las patas a los insectos una por una y con pinzas, y enseguida quemarlos con una lente de aumento.

– Ha montado usted una jugada muy elaborada -dijo-. Digna de admiración.

Sonreí, bajé la cabeza con modestia. Negarlo no estaba entre las opciones, «Gracias a Dios», pensé. Parecía que estábamos en la ruta del choque esos cinco, de qué buena mi movida.

– Pero nadie me toca los cojones y se sale con la suya. Ya va siendo hora de que lo sepa. Y cuando digo nadie, quiero decir nadie.

Había sacado las pinzas y la lente de aumento.

– Bueno, ¿quién es usted? Veamos, lleva tres años como subdirector de líneas de producción, sus calificaciones de rendimiento son una mierda, no ha obtenido un aumento ni ha sido promovido en todo el tiempo que ha pasado aquí; cumple con las formalidades, con el día a día. Usted no es precisamente un chico ambicioso, ¿no? -Hablaba con rapidez, lo cual me puso aún más nervioso.

Sonreí de nuevo.

– Supongo que no. Es que tengo otras prioridades.

– ¿Cómo cuáles?

Dudé. No tenía ni idea. Me encogí de hombros.

– Todo el mundo tiene que sentir pasión por algo, o si no, no vale una mierda. Es obvio que a usted no le apasiona su trabajo, así que dígame, ¿qué le apasiona?

Yo no soy de los que se quedan callados, pero esta vez no se me ocurrió nada agudo. También Meacham me observaba, con una sonrisita sádica y repugnante dibujada sobre su cara de cuchilla. Estaba pensando que había gente en la empresa, gente de mi unidad, que se pasaban el día planeando la forma de conseguir treinta segundos con Wyatt, en un ascensor o en el lanzamiento de un producto o donde fuera. Incluso habían preparado una «rutina de ascensor». Y aquí estaba yo, en la oficina del gran jefe y mudo como un tronco.

– ¿Es usted actor o algo así en su tiempo libre?

Negué con la cabeza.

– Pues bien, de todas formas es usted bueno. Todo un Marlon Brando. Puede que sea una mierda para vender routers a clientes empresariales, pero es usted un artista olímpico de la mentira.

– Si lo dice como cumplido, muchas gracias.

– Me dicen que hace una imitación cojonuda de Nick Wyatt. ¿Es cierto? Veámosla.

Me ruboricé, negué la cabeza.

– Como sea, el asunto es que usted me ha timado y ahora cree que se puede salir con la suya.

Puse cara de horror.

– No, señor, no creo que «vaya a salirme con la mía».

– Ahórreme la molestia, no necesito otra demostración. Hace rato que me ha conquistado.

Alargó la mano abierta como un emperador romano y Meacham le alcanzó una carpeta. Wyatt le echó un vistazo.

– Sus niveles de aptitud son muy altos. Estudió ingeniería en la universidad. ¿Qué rama?

– Eléctrica.

– ¿Quería ser ingeniero cuando fuera mayor?

– Mi padre quería un diploma que me permitiera conseguir un trabajo de verdad. Yo quería tocar la guitarra eléctrica con Pearl Jam.

– ¿Y lo hace bien?

– No -admití.

Sonrió a medias.

– Sus estudios universitarios duraban cinco años. ¿Qué sucedió?

– Me echaron. Me prohibieron la entrada durante un año.

– Aprecio su honestidad. Al menos no intenta lo de «año de estudios en el extranjero». ¿Qué sucedió?

– Les jugué una broma tonta. Tuve un semestre muy malo, así que me metí en el sistema de la universidad y cambié mi expediente. Y también el de mi compañero de habitación.

– El viejo truco -dijo. Consultó su reloj, miró a Meacham y luego a mí-. Tengo una idea para usted, Adam. -No me gustó la forma en que pronunció mi nombre; me daba escalofríos-. Una muy buena idea. De hecho, se trata de una oferta muy generosa.

– Gracias, señor.

No tenía la menor idea de a qué se refería, pero sabía que no podía ser ni bueno ni generoso.

– Lo que voy a decirle ahora, lo negaré toda la vida. De hecho, no sólo lo negaré, sino que lo demandaré por difamación si llega a repetirlo, ¿entendido? Lo aplastaré.

No sabía de qué estaba hablando, pero seguro que tenía los medios. Era multimillonario, el tercer o cuarto hombre más rico de Estados Unidos, pero había sido el segundo antes de que la cotización de nuestras acciones se viniera abajo. Quería llegar a ser el más rico -le estaba apuntando a Bill Gates- pero eso no parecía probable.

El corazón me latía con fuerza.

– Claro -dije.

– ¿Es consciente de su situación? En la puerta número uno está la certeza, sí, la puta certeza, de veinte años de cárcel, por lo menos. De manera que así es: o eso, o lo que haya tras la cortina. ¿Quiere jugar a Hagamos un trato?

Tragué saliva.

– Vale -dije.

– Déjeme que le diga qué hay tras la cortina, Adam. Es un futuro muy atractivo para un astuto ingeniero como usted. Pero debe respetar las reglas del juego. Mis reglas.

La cara me ardía.

– Quiero que asuma un proyecto especial. Para mí.

Asentí con la cabeza.

– Quiero que empiece a trabajar para Trion.

– ¿Para… Trion Systems?

No lo entendía.

– En Marketing de Nuevos Productos. Tienen un par de ofertas de empleo en posiciones estratégicas de la empresa.

– Nunca me contratarían.

– Tiene razón. No lo contratarían a usted. No contratarían a un holgazán fracasado como usted. Pero a una superestrella de Wyatt, una joven estrella que está a punto de convertirse en supernova, la contratarían en un nanosegundo.

– No comprendo.

– ¿Un tío avispado como usted? Acaba de perder un par de puntos de su coeficiente intelectual. Venga, capullo. El Lucid: la niña de sus ojos, ¿no?

Se refería al producto bandera de Wyatt Telecommunications, una agenda personal todo-en-uno, una especie de Palm Pilot con esteroides. Un juguete increíble. Yo no tuve nada que ver con eso. Ni siquiera tenía uno.

– No se lo creerían -dije.

– Óigame, Adam. Yo tomo las más grandes decisiones empresariales basándome en el puro instinto, y el instinto me dice que usted tiene los cojones de acero, y la cabeza y el talento para hacerlo. ¿Está conmigo o no?

– Quiere que le traiga datos, ¿no?

Su mirada dura se me vino encima.

– Más que eso. Quiero que consiga información.

– Como un espía. Un topo, como se llame.

Abrió las manos como diciendo: ¿Es usted imbécil?

– Como quiera llamarlo. En Trion hay propiedad intelectual de mucho valor, yo quiero ponerle las manos encima y la seguridad de la empresa es prácticamente impenetrable. Sólo alguien de adentro puede conseguir lo que quiero, y no un empleado cualquiera, sino un jugador de primera división. O se le recluta, o se le compra, o se le mete por la puerta principal. Y aquí tenemos a un joven inteligente, agradable, que viene muy bien recomendado… me parece que nuestras oportunidades son bastante buenas.

– ¿Y si me descubren?

– No lo harán -dijo Wyatt.

– Pero si…

– Si hace su trabajo como es debido -dijo Meacham-, no lo descubrirán. Y si por alguna razón mete la pata y lo descubren, bueno, aquí estaremos para protegerlo.

No sé por qué, pero lo dudaba seriamente.

– Desconfiarán de mí.

– ¿Por qué? -dijo Wyatt-. En este negocio la gente cambia de compañía constantemente. Se rifan a los mejores talentos. Son fruta madura. Usted acaba de lograr un gran éxito en Wyatt, no ha recibido la tajada que cree merecer, quiere puestos de más responsabilidad, mejores oportunidades, más dinero… la misma mentira de siempre.

– Se van a dar cuenta con sólo mirarme.

– No si hace bien su trabajo -dijo Wyatt-. Tendrá que aprender marketing de productos, tendrá que ser brillante, tendrá que trabajar más duro de lo que ha trabajado en toda su patética vida. Perder el culo, de verdad. Sólo un primera división conseguirá lo que necesito. Si intenta aplicar su cumplir-con-lo-mínimo en Trion, o le dejarán de lado o le pegarán un tiro, y entonces nuestro pequeño experimento habrá terminado. Y usted recibirá la puerta número uno.

– Pensaba que los de Nuevos Productos tenían que tener un máster.

– No, para Goddard un máster es pura mierda. Es una de las pocas cosas en que estamos de acuerdo. Él no tiene un máster. Le parece restrictivo. Y hablando de restricciones…

Chasqueó los dedos y Meacham le entregó algo, una pequeña caja metálica que reconocí. Una caja de Altoids. Wyatt la abrió con un pop. Dentro había unas pocas pastillas blancas que parecían aspirinas pero no lo eran. La reconocí perfectamente.

– Tendrá que dejar esta mierda, éxtasis o como se llame.

La caja de Altoids estaba sobre la mesa del salón de mi casa; me pregunté cuándo y cómo la habrían conseguido, pero estaba demasiado aturdido para enfurecerme. Wyatt la dejó caer en una pequeña papelera de cuero negro que había junto al sofá. La caja hizo un ruido hueco.

– Y lo mismo la hierba, el alcohol, toda esa mierda. Tendrá que ponerse serio y volar en línea recta.

Ese parecía ser el menor de mis problemas.

– ¿Y si no me contratan?

– Puerta número uno. -Me regaló una horrible sonrisa-. Y no hará falta que coja sus zapatos de golf. Mejor llévese lubricante.

– ¿Aunque haga mi mejor esfuerzo?

– Su trabajo no es cagarla. Con la preparación que le daremos, y con un entrenador como yo, no tendrá ninguna excusa.

– ¿De qué cantidades estamos hablando?

– ¿De qué cantidades? ¿Cómo coño puedo saberlo? Créame, será mil veces más de lo que gana aquí. Seis cifras, en cualquier caso.

Intenté tragar saliva sin que se notara.

– Además de mi salario de aquí.

Wyatt giró su rostro tenso hacia mí y me lanzó una mirada muerta. En sus ojos no había expresión. «¿Botox?», me pregunté.

– ¿Se está burlando de mí?

– Estoy asumiendo un riesgo enorme.

– Perdone, pero soy yo el que está asumiendo el riesgo. Usted no es más que una puta caja negra, un signo de interrogación así de grande.

– Si de verdad lo creyera, no me habría pedido que lo hiciera.

Se dio la vuelta hacia Meacham.

– No me lo puedo creer.

Meacham se veía como si se hubiera tragado un zurullo.

– Capullo -dijo-. Debería levantar el teléfono ahora mismo y…

Wyatt levantó una mano imperial.

– Déjalo. El chico es valiente. Si lo contratan, si hace bien su trabajo, la paga es doble. Pero si la caga…

– Ya lo sé -dije-. Puerta número uno. Déjeme pensarlo. Le diré algo mañana.

Wyatt quedó boquiabierto y con los ojos en blanco. Hizo una pausa y luego dijo con voz de hielo:

– Le doy hasta las nueve de la mañana. La hora en que el fiscal general llega a su despacho.

– Le aconsejo que no mencione nada de este asunto a sus amigos, ni a su padre, ni a nadie -añadió Meacham-. O no sabrá qué camión le ha pasado por encima.

– Entiendo -respondí-. No es necesario que me amenace.

– No es una amenaza -dijo Nicholas Wyatt-. Es una promesa.

Capítulo 5

No parecía haber ninguna razón para volver al trabajo, así que me fui a casa. Era extraño estar en el Metro a la una del mediodía, con los viejos y los estudiantes, las mamás y los niños. La cabeza todavía me daba vueltas y me sentía mareado.

Mi piso quedaba a unos diez minutos caminando desde la parada del metro. Era un día soleado, estúpidamente alegre.

Mi camisa seguía húmeda y despedía un fuerte olor a sudor. Un par de jovencitas vestidas con mono y con múltiples piercings tiraban de un grupo de niños con una cuerda larga. Los niños chillaban. Unos chicos negros sin camiseta jugaban a baloncesto en un patio asfaltado, detrás de una valla metálica. Los ladrillos de la acera eran desiguales y estuve a punto de tropezarme, y luego sentí ese resbalón repugnante: el momento en que pisas mierda de perro. Un simbolismo perfecto.

La entrada a mi edificio olía fuertemente a orina, de gato o de vagabundo. El correo no había llegado todavía. Mis llaves tintinearon mientras abría los tres cerrojos de mi puerta. La anciana del piso de enfrente entreabrió la puerta tanto como se lo permitía su cadena de seguridad y luego cerró dando un portazo; era tan pequeña que no llegaba a la mirilla. La saludé amistosamente con la mano.

La habitación era oscura aunque las persianas estuvieran abiertas de par en par. El aire era sofocante, olía a cigarrillos rancios. Como el piso quedaba al nivel de la calle, no me era posible dejar las ventanas abiertas durante el día para que se aireara.

Mis muebles eran patéticos: la única habitación estaba dominada por un sofá cama verdoso de tela escocesa, de respaldo alto y cubierto de una costra de cerveza, con hilos dorados entretejidos por toda la tela. Estaba puesto de cara a un televisor Sanyo de diecinueve pulgadas cuyo mando a distancia había desaparecido. Una estantería alta y angosta de pino sin tratar se levantaba, solitaria, en una esquina. Me senté en el sofá, y una nube de polvo se elevó en el aire. La barra de acero debajo del cojín se me clavó en el culo. Pensé en el sofá de cuero negro de Nicholas Wyatt y me pregunté si alguna vez habría vivido en una pocilga semejante. Según el rumor, Wyatt se había hecho a sí mismo, pero yo no lo creía; no lograba verlo viviendo en una ratonera como ésta. Encontré el encendedor Bic debajo de la mesa de vidrio, encendí un cigarrillo y miré la pila de facturas que había sobre la mesa. Ya ni siquiera me molestaba en abrir los sobres. Tenía dos MasterCards y tres Visas, y todas tenían balances de espanto, y apenas si lograba cumplir con los pagos mínimos.

La decisión estaba tomada, por supuesto.

Capítulo 6

– ¿Te han echado?

Seth Marcus, mi mejor amigo desde la época del instituto, trabajaba como camarero tres noches a la semana en una especie de antro yuppie llamado Alley Cat. Durante el día trabajaba como asistente en un bufete de abogados del centro. Decía que necesitaba el dinero, pero yo estaba seguro de que secretamente trabajaba de camarero para conservar un último vestigio de personalidad, para evitar convertirse en el tipo de ganso de empresa del que a ambos nos gustaba burlarnos.

– ¿Por qué iban a echarme?

¿Cuánto había llegado a contarle? ¿Le había hablado de la llamada de Meacham, el director de seguridad? Esperaba que no. Ahora no podía decirle ni una palabra acerca del asunto en que me habían metido.

– Por tu superfiesta. -Había mucho ruido y no alcanzaba a oírlo bien, y desde el otro lado de la barra alguien estaba silbando con dos dedos metidos en la boca, un silbido sonoro y estridente-. ¿Me silba a mí? Qué soy, ¿un puto perro? -dijo Seth. Ignoró al del silbido.

Negué con la cabeza.

– Te has salido con la tuya, ¿eh? Realmente lo has logrado, es increíble. ¿Qué te pongo para celebrarlo?

– ¿Brooklyn Brown?

Movió la cabeza.

– No.

– ¿Newcastle? ¿Guiness?

– ¿Qué te parece una caña? Ésas no las cuentan.

Me encogí de hombros.

– Vale.

Me sirvió una caña, amarilla y esponjosa: era obvio que era un novato en el tema. El vaso chapoteó sobre la cubierta de madera rasgada de la barra. Seth era alto, moreno, bien parecido -un verdadero donjuán-, y llevaba una ridícula perilla y un pendiente. Era medio judío, pero quería ser negro. Tocaba y cantaba en un grupo llamado Slither que yo había escuchado un par de veces; no eran demasiado buenos, pero Seth hablaba mucho de «firmar con una discográfica». Tenía siempre miles de chanchullos en marcha para no verse obligado a admitir que trabajaba más de la cuenta.

Seth era el único de mis conocidos que me ganaba en cinismo. Probablemente, era por eso que éramos amigos, además del hecho de que no me sermoneaba sobre mi padre a pesar de que había jugado en el instituto en el equipo de fútbol que entrenaba (y tiranizaba) Frank Cassidy. En séptimo curso estuvimos en la misma clase, y de inmediato nos caímos bien, porque ambos éramos los escogidos para ser ridiculizados en público por el profesor de matemáticas, el señor Pasquale. En noveno dejé la escuela pública y entré en Bartholomew Browning & Knightley, el elegante instituto que acababa de contratar a mi padre como entrenador de fútbol americano y hockey y en el que yo recibí matrícula gratuita. Pasaron dos años en los que rara vez vi a Seth, hasta que mi padre fue despedido por romperle a un chico dos huesos del antebrazo derecho y uno del antebrazo izquierdo. La madre del chico era presidenta del consejo de supervisores de Bartholomew Browning. Así que la llave de las matrículas gratuitas se cerró y yo regresé a la escuela pública. Viniendo de Bartholomew Browning, a papá lo contrataron allí también, así que dejé de jugar al fútbol.

Ambos trabajamos en la misma estación de servicio Gulf durante el bachillerato, hasta que Seth se cansó de los asaltos y se fue a Dunkin' Donuts a hacer rosquillas en el turno de noche. Durante un par de veranos trabajamos limpiando ventanas para una compañía que se encargaba de varios rascacielos del centro, hasta que decidimos que colgar de un par de cuerdas a veintisiete pisos de altura sonaba más guay de lo que era en realidad. No sólo era aburrido, sino que al mismo tiempo daba un miedo terrible: una combinación asquerosa. Tal vez haya quien considere que colgar junto a la fachada de un edificio a cien metros del suelo es una especie de deporte de aventura, pero a mí me parecía más bien un intento de suicidio a cámara lenta.

Los silbidos se hicieron más fuertes. La gente miraba al tipo que silbaba, un calvo regordete de traje y corbata, y algunos se reían.

– Me va a sacar de quicio -dijo Seth.

– Que no te saque -dije, pero ya era demasiado tarde. Seth se dirigía al otro extremo de la barra. Saqué un cigarrillo y lo encendí mientras miraba cómo se inclinaba sobre la barra, fulminando con la mirada al tipo de los silbidos, como si fuera a agarrarlo de las solapas pero se estuviera conteniendo. Dijo algo. Hubo risas entre los que rodeaban al que silbaba. Fresco y relajado, Seth empezó a regresar. Se detuvo para hablar con dos mujeres hermosas, una rubia y una morena, y les sonrió.

– Ya está. No me creo que sigas fumando -me dijo-. Bastante estúpido, teniendo en cuenta lo de tu padre.

Sacó un cigarrillo de mi paquete, lo encendió, dio una calada y lo puso sobre el cenicero.

– Te agradezco que no me agradezcas que no fume -dije-. ¿Y tu excusa cuál es?

Exhaló a través de la nariz.

– Me gustan las tareas múltiples, tío. Además, en mi familia no hay cáncer, sólo locura.

– Él no tiene cáncer.

– Bueno, enfisema. Como se llame esa mierda. ¿Cómo está el viejo?

– Bien. -Me encogí de hombros. No quería tocar el tema, y Seth tampoco.

– Una de esas nenas quiere un Cosmopolitan, la otra un granizado. Detesto eso.

– ¿Por qué?

– Demasiado esfuerzo, y me darán veinticinco centavos de propina. Las mujeres no dejan propina, me he dado cuenta de eso. Pero abres un par de cervezas y te dejan dos dólares. ¡Granizados! -Sacudió la cabeza-. Joder…

Se alejó unos minutos, comenzó a mover cosas de aquí para allá entre los gritos de la licuadora. Sirvió las bebidas lanzando a las chicas una de sus sonrisas de conquistador. No le dejarían veinticinco centavos. Se giraron hacia mí, me sonrieron.

Cuando regresó, Seth dijo:

– ¿Tienes planes para más tarde?

– ¿Más tarde? -dije. Ya eran casi las diez, y tenía cita con un ingeniero de Wyatt a las siete y media de la mañana. Un par de días entrenando con él, uno de los responsables del proyecto Lucid, luego un par de días más con el jefe de marketing de Nuevos Productos, y sesiones periódicas con un «entrenador ejecutivo». Me habían armado un calendario agotador. Trabajos forzados para lameculos, así lo veía yo. Se acabó lo de hacer el gilipollas, lo de llegar a las nueve o las diez. Pero no se lo podía contar a Seth; no se lo podía contar a nadie.

– Termino a la una -me dijo-. Esas dos me han preguntado si quiero ir a bailar salsa con ellas. Les he dicho que tenía un amigo. Ya te han visto y les ha gustado la idea.

– No puedo -dije.

– ¿Eh?

– Tengo que llegar temprano al trabajo. Mejor dicho, ser puntual.

Seth parecía preocupado, incrédulo.

– ¿Qué dices? ¿Qué está pasando?

– El trabajo se está poniendo serio. Mañana hay que madrugar. Es un proyecto importante.

– Estás de broma, ¿no?

– Desafortunadamente, no. ¿No tienes tú también que trabajar por la mañana?

– ¿Te estás volviendo uno de ellos? ¿Uno de los muertos vivientes?

Sonreí.

– Ya es hora de crecer. No más juegos de niños.

Seth parecía asqueado.

– Nunca es tarde, tío. Nunca es tarde para una niñez feliz.

Capítulo 7

Después de diez agotadores días de tutoría y adoctrinamiento de parte de ingenieros y gente de marketing, todos los cuales habían estado involucrados en lo del Lucid, la cabeza se me llenó con toda suerte de informaciones inútiles. Me asignaron un diminuto «despacho» en la suite ejecutiva, un lugar que antes era un almacén de suministros, aunque yo nunca lo usaba. Me presentaba diligentemente al trabajo, no causé problemas a nadie. No sabía cuánto tiempo más sería capaz de mantener el ritmo sin perder la chaveta, pero la imagen de la litera de la cárcel en Marion me mantuvo motivado.

Una mañana me convocaron en un despacho del corredor ejecutivo, dos puertas más allá del despacho de Nicholas Wyatt. El nombre que aparecía marcado sobre la placa de cobre de la puerta era Judith Bolton. El despacho era completamente blanco: alfombra blanca, muebles tapizados blancos, un bloque de mármol en vez de escritorio, e incluso flores blancas.

Nicholas Wyatt estaba sentado sobre un sofá de cuero blanco, junto a una mujer atractiva, de unos cuarenta años, que le hablaba con familiaridad, tocándole el brazo y riendo. Pelo rojo cobrizo, piernas largas cruzadas a la altura de la rodilla, y un cuerpo esbelto, para el cual obviamente había trabajado duro, enfundado en un traje azul marino. Tenía los ojos azules, labios lustrosos en forma de corazón, cejas arqueadas de manera provocativa. Era evidente que había tenido éxito en su época, pero sus facciones se habían endurecido.

Me di cuenta de que la había visto antes, durante la última semana, siempre junto a Wyatt, cuando él llegaba de visita rápida a mis sesiones de entrenamiento con los chicos de marketing y los ingenieros. La mujer siempre estaba susurrándole al oído y observándome, pero nunca nos habían presentado, y siempre me había preguntado quién era.

Sin levantarse del sillón, extendió una mano cuando me acerqué -dedos largos, esmalte rojo en las uñas- y me dio un apretón firme y sin ambages.

– Judith Bolton.

– Adam Cassidy.

– Llega tarde -dijo.

– Me he perdido -dije tratando de aligerar la atmósfera.

Movió la cabeza, sonrió, apretó los labios.

– Usted tiene problemas con la puntualidad. No quiero que vuelva a llegar tarde nunca más, ¿está claro?

Le sonreí yo también, con la misma sonrisa que usaba cuando los policías me preguntaban si sabía a qué velocidad iba. La mujer tenía carácter.

– Por supuesto -dije, y me senté en una silla frente a ella.

Wyatt observaba nuestro intercambio, divertido.

– Judith es uno de mis mejores jugadores -dijo-. Mi «entrenador ejecutivo». Mi consigliere y su mentor. Le aconsejo que preste atención a cada puta palabra que le diga. Yo, al menos, lo hago.

Se puso de pie y se excusó. Ella le dijo adiós con la mano.

Nadie me habría reconocido. Yo era otro hombre. Nada de coche de cuarta mano: ahora conducía un Audi A6 plateado, alquilado por la empresa. Tenía, también, un nuevo guardarropa. Una de las asistentes de Wyatt, la negra, que resultó ser una ex maniquí de las Indias Occidentales, me llevó de compras una tarde a un lugar muy caro que yo sólo había visto desde fuera, donde ella, según dijo, compraba la ropa de Nick Wyatt. Escogió algunos trajes, camisas, corbatas y zapatos, y lo cargó todo a una tarjeta empresarial Amex. Incluso compró lo que ella llamaba «calcetines para caballero», es decir, medias. Y no se trataba de la mierda de Structure que yo solía llevar, sino de Armani, Hermenegildo Zegna. Las prendas tenían cierta aura, y uno sabía que habían sido cosidas a mano por viudas italianas que escuchaban a Verdi.

Las patillas -«empuñaduras para sodomitas», las llamaba ella- tendrían que desaparecer. El aspecto peinado-de-almohada tampoco funcionaría. Me llevó a una peluquería lujosa, y cuando salí parecía un modelo de Ralph Lauren, sólo que no tan maricón. Empecé a temerle a la próxima vez que me viera con Seth; sabía que sus burlas durarían para toda la vida.

Inventaron una tapadera. Se les informó a mis colegas y jefes de la división de routers de la empresa de que me habían «reasignado». Circulaba el rumor de que me iban a enviar a Siberia porque el jefe de mi división estaba harto de mi actitud. Según otro rumor, uno de los vicepresidentes de Wyatt había quedado impresionado con un memorando escrito por mí; mi «actitud» le gustaba, de manera que me estaban dando más responsabilidades, no menos. Nadie sabía la verdad. Todo lo que llegaron a saber fue que un día desaparecí de mi cubículo.

Si alguien se hubiera molestado en mirar de cerca el organigrama del sitio web de la empresa, se habría dado cuenta de que ahora mi cargo era director de Proyectos Especiales, Despacho del presidente ejecutivo.

Estaban creando los papeles y los soportes electrónicos necesarios.

Judith se volvió hacia mí y continuó como si Wyatt nunca hubiera estado presente.

– Si Trion lo contrata, debe usted llegar a su cubículo con cuarenta y cinco minutos de anticipación. Bajo ninguna circunstancia beberá durante la comida ni después del trabajo. Nada de happy hours, ni de cócteles, nada de «andar por ahí» con «amigos» del trabajo. Nada de fiestas. Si tiene que ir a una fiesta relacionada con el trabajo, beba agua con gas.

– Habla como si estuviera en Alcohólicos Anónimos.

– Emborracharse es señal de debilidad.

– Asumo entonces que de fumar ni hablar.

– Asume mal -dijo-. Es un hábito sucio y desagradable, e indica falta de autocontrol, pero hay otras consideraciones. Estar en el área de fumadores es una forma excelente de polinizar, conectarse con gente de otras unidades, obtener información útil. Ahora bien, acerca de su manera de saludar… -Negó con la cabeza-. La ha cagado. La decisión de contratar o no se toma en los primeros cinco segundos, durante el apretón de manos, y quien le diga algo distinto le está mintiendo. Uno consigue el empleo con el saludo, y el resto de la entrevista lucha por conservarlo, por no perderlo. Como soy mujer, usted ha ido suave conmigo. No lo haga. Sea firme, hágalo con fuerza, y mantenga.

Sonreí con picardía y la interrumpí:

– La última mujer que me dijo eso… -Noté que se quedaba paralizada a media frase-. Lo siento.

Enseguida, con la cabeza echada hacia un lado como una gatita, sonrió.

– Gracias. -Hizo una pausa-. Mantenga el apretón uno o dos segundos más. Míreme a los ojos y sonría. Ponga todo su empeño en conquistarme. Intentémoslo de nuevo.

Me levanté, le di otra vez la mano a Judith.

– Mejor -dijo-. Usted tiene talento. La gente lo conoce y piensa: hay algo de este tío que me gusta, pero no sé lo que es. Usted tiene el talento necesario.

Me miró como evaluándome.

– ¿Se ha roto la nariz en alguna ocasión?

Asentí.

– Déjeme adivinar: jugando al fútbol.

– Hockey, en realidad.

– Qué bonito. ¿Es usted deportista, Adam?

– Lo era. -Volví a sentarme.

Se inclinó hacia mí, con el mentón apoyado en una mano cóncava, observándome.

– Se nota. En su forma de caminar, la forma en que maneja su cuerpo. Me gusta. Pero no está sincronizado.

– ¿Disculpe?

– Tiene que sincronizar. Espejo. Si me inclino hacia delante, usted hace lo mismo. Si me recuesto, usted se recuesta. Si cruzo las piernas, usted cruza las suyas. Observe la inclinación de mi cabeza e imíteme. Sincronice hasta su respiración con la mía. Pero sea sutil, no sea descarado al hacerlo. Es así como uno conecta con los demás a nivel subconsciente, es así como los hace sentirse cómodos con usted. A la gente le gusta la gente que se le parece. ¿Está claro?

Mi sonrisa la desarmó, o pensé que la desarmaría, en cualquier caso.

– Una cosa más -dijo. Se inclinó aún más, hasta que su cara estuvo a pocos palmos de la mía, y susurró-: Usa demasiado aftershave.

La cara me quemaba de vergüenza.

– Déjeme adivinar: Drakkar Noir -dijo, y no esperó mi respuesta, porque sabía que estaba en lo cierto-. Todo un semental de instituto. Apuesto que a las animadoras les temblaban las piernas.

Más tarde supe quién era Judith Bolton. Era vicepresidente senior, y la habían traído a Wyatt Telecom unos años atrás como consultora principal de McKinsey & Cía para aconsejar personalmente a Nicholas Wyatt en ciertas cuestiones personales, «resolución de conflictos» en los niveles más altos de la compañía, ciertos aspectos de estrategia psicológica en los acuerdos, los negocios y las adquisiciones. Tenía un doctorado en psicología del comportamiento, así que todos la llamaban «Doctora Bolton». Ya te refirieras a ella como «entrenadora ejecutiva» o como «estratega de liderazgo», lo cierto es que para Wyatt ella era algo así como su entrenadora olímpica privada o su preparadora personal. Le aconsejaba acerca de quién era material ejecutivo y quién no, quién debía ser despedido, quién conspiraba a sus espaldas. Tenía ojos con rayos X para la deslealtad. Era obvio que Wyatt la había contratado sacándola de McKinsey con un salario absurdo. Aquí, ella tenía el poder y la seguridad suficientes para contradecirlo en su propia cara, decirle cosas que él no aceptaría de nadie más.

– Bueno, nuestra primera misión es aprender a hacer una entrevista de trabajo -dijo.

– Conseguí que me contrataran aquí -dije débilmente.

– Ahora jugaremos a un nivel muy distinto, Adam -dijo ella, sonriendo-. Usted es un as, y tiene que dar la entrevista como un as, alguien que Trion querrá robarnos cueste lo que cueste. ¿Qué le parece el trabajo en Wyatt?

La miré y me sentí estúpido.

– Pues estoy tratando de irme, ¿no es así?

Puso los ojos en blanco, respiró hondo.

– No. Sea siempre positivo. -Giró la cabeza hacia un lado e hizo una sorprendente imitación de mi voz-: ¡Mi trabajo me encanta! ¡Es completamente estimulante! ¡Mis colegas son geniales!

La imitación era tan buena que por un momento me hizo sentirme raro; era como si oyera mi voz en la grabación de un contestador automático.

– Y entonces ¿por qué estoy presentándome en Trion?

– Por las oportunidades, Adam. Su trabajo en Wyatt no tiene nada de malo. No está descontento, tan sólo está tomando el paso más lógico en su carrera, y en Trion hay más oportunidades para hacer cosas aún más grandes, aún mejores. ¿Cuál es su debilidad más grande, Adam?

Pensé un instante.

– No tengo ninguna, en realidad -dije-. Nunca hay que admitir debilidades.

Frunció el ceño.

– Ay, por Dios. Pensarán que está delirando o que es estúpido.

– La pregunta tiene trampa.

– Por supuesto que la pregunta tiene trampa. Las entrevistas de trabajo son campos de minas. Uno tiene que admitir debilidades, pero nunca hay que decir nada peyorativo. Así que diga que es usted un marido demasiado fiel, o un padre demasiado cariñoso -otra vez puso su voz de Adam-. A veces me siento tan cómodo con un programa de software que no llego a explorar otros. O: a veces, cuando me molesto por pequeñas cosas, prefiero no decirlo en voz alta, porque imagino que acabarán por pasar. ¡No se queja lo suficiente! Y qué tal esto: tiendo a involucrarme demasiado con los proyectos, y a veces trabajo demasiadas horas en ellos, porque me encanta llevarlos a cabo, y hacerlo bien. Tal vez trabajo más de lo necesario en cada cosa. ¿Me entiende? Se les hará la boca agua, Adam.

Sonreí, asentí. ¿En qué diablos me había metido?

– ¿Cuál es el error más grande que ha cometido en su trabajo?

– Obviamente tengo que admitir algo -dije nerviosamente.

– Aprende rápido -dijo ella con sequedad.

– Tal vez asumí demasiadas responsabilidades, y…

– ¿Y la cagó? ¿Así que usted no conoce los límites de su propia incompetencia? No, no va por ahí la cosa. Diga: «Nada importante. Una vez, estaba preparando un informe importante para mi jefe y olvidé hacer copia de seguridad, el ordenador se estropeó y lo perdí todo. Tuve que quedarme hasta las tres de la madrugada y rehacer desde cero el trabajo perdido. Vaya si aprendí la lección: siempre hacer copia de seguridad.» ¿Entiende? El error más grande que usted ha cometido no fue su culpa, y además terminó por hacerlo todo bien.

– Entiendo -dije. El cuello de la camisa me apretaba, y quería salir de allí.

– Usted tiene un talento innato, Adam -dijo-. Todo va a salir perfectamente.

Capítulo 8

La víspera de mi primera entrevista en Trion, fui a ver a mi padre. Era algo que hacía por lo menos una vez por semana, a veces más, dependiendo de si él me llamaba para invitarme a pasar por su casa. Me llamaba con frecuencia, en parte porque se sentía solo (mamá había muerto seis años atrás) y en parte porque los esteroides que tomaba lo habían puesto paranoico, y creía que sus enfermeros querían matarlo. Así que sus llamadas nunca eran amistosas, nunca eran para conversar; eran quejas, peroratas, acusaciones. Algunos de sus analgésicos habían desaparecido, me decía, y estaba convencido de que la enfermera Caryn se los robaba. El oxígeno proporcionado por la compañía de oxígeno era una mierda. La enfermera Rhonda tropezaba todo el tiempo con la manguera de aire, tirando de los tubitos que mi padre tenía en la nariz y casi arrancándole las orejas.

Decir que era difícil conservar a la gente que lo cuidaba sería un eufemismo cómico. Rara vez duraban más de unas pocas semanas. Francis X. Cassidy era un hombre malhumorado, lo había sido desde que yo tenía memoria, y su humor había empeorado a medida que se hacía más viejo y se ponía más enfermo. Siempre había fumado un par de cajetillas diarias y tenía una tos sonora y áspera, y siempre estaba con bronquitis. Así que no fue ninguna sorpresa que le diagnosticaran un enfisema. ¿Qué esperaba? Hacía años que no podía soplar ni las velas de su pastel de cumpleaños. Ahora, su enfisema estaba en lo que llaman etapa final, lo cual quiere decir que podía morir en un par de semanas, o meses, o tal vez en diez años. Nadie lo sabía.

Desafortunadamente me tocó a mí, su único vástago, encargarme de su cuidado. Todavía vivía en el piso con sótano del edificio de tres plantas en el que yo había crecido, y no había cambiado absolutamente nada desde la muerte de mi madre: la misma nevera de color dorado que nunca funcionaba bien, el sofá que se hundía de un lado, las cortinas de encaje que se habían vuelto amarillentas con el tiempo. No tenía ahorros, y su pensión era lamentable; apenas tenía lo suficiente para cubrir sus gastos médicos. Eso quería decir que parte de mi sueldo lo destinaba a cubrir su alquiler, el sueldo del asistente médico, lo que fuera. Nunca esperé agradecimiento alguno, y nunca lo recibí. Mi padre no me pediría dinero ni en un millón de años. Ambos fingíamos que vivía de rentas o algo así.

Cuando llegué, estaba sentado en su sillón favorito, frente a un televisor grande que era su principal ocupación. Le permitía quejarse de algo en tiempo real. Con los tubos en la nariz (ahora le ponían oxígeno veinticuatro horas al día), estaba viendo un programa publicitario cualquiera por cable.

– Hola, papá -dije.

Tardó un minuto más o menos en levantar la cabeza: estaba hipnotizado por la publicidad, como si se tratara de la escena de la ducha en Psicosis. Había adelgazado, aunque tenía todavía pecho de nadador, y su pelo, cortado al rape, se había vuelto blanco. Cuando levantó la cara y me vio, dijo:

– La arpía se marcha, ¿sabías?

La «arpía» en cuestión era su última asistente médica, una irlandesa cincuentona, malcarada y temperamental, de llameante pelo rojo teñido, llamada Maureen. Cruzaba el salón cojeando, como si estuviera haciendo una fila -tenía problemas de cadera-, con una cesta de plástico de lavandería llena hasta el tope de las camisetas blancas y los calzoncillos bien doblados que constituían el extenso guardarropa de mi padre. La única sorpresa de su marcha era que hubiera tardado tanto. Mi padre tenía un pequeño timbre inalámbrico sobre la mesa, junto a su sillón, y lo hacía sonar cada vez que necesitaba algo, lo cual parecía ser siempre. El oxígeno no funcionaba, o las cositas de los tubos le secaban la nariz, o necesitaba ayuda para ir a orinar al baño. De vez en cuando, ella lo llevaba a «caminar» en su silla de ruedas motorizada, para que él pudiera pasearse por los centros comerciales y quejarse de los gamberros e insultarla un poco más. La acusaba de robarle sus analgésicos. Era como para enloquecer a una persona normal, y Maureen ya parecía bastante nerviosa.

– ¿Por qué no le cuenta cómo me ha llamado? -dijo ella mientras ponía la ropa limpia sobré el sofá.

– Por todos los cielos -dijo él. Hablaba en frases breves y cortadas, pues siempre le faltaba el aire-. Me pones anticongelante en el café. Me doy cuenta cuando lo pruebo. A esto lo llaman ancianicidio, sabes. Asesinatos con canas.

– Si quisiera matarlo, usaría algo más fuerte que anticongelante -repuso ella bruscamente. Su acento irlandés era todavía marcado, a pesar de llevar más de veinte años viviendo aquí. Mi padre acusaba invariablemente a sus enfermeros de querer matarlo. Si llegaran a hacerlo, ¿quién podría reprochárselo?-. Me ha llamado… una palabra que no puedo repetir.

– Me cago en la leche, la he llamado hija de puta. Algo bastante amable para lo que es. Me ha agredido. Estoy aquí sentado, conectado a estos tubos de mierda, y esta perra se pone a darme bofetadas.

– Le he quitado un cigarrillo de las manos -dijo Maureen-. Estaba tratando de fumar a escondidas mientras yo estaba abajo, lavando la ropa. Como si no pudiera sentir el olor que hay por toda la casa. -Me miró y un ojo se le desvió-. ¡Tiene prohibido fumar! Ni siquiera sé dónde esconde los cigarrillos, pero los tiene en alguna parte, ¡estoy segura!

Mi padre sonrió, triunfante, pero no dijo nada.

– De todas formas, ¿a mí qué me importa? -dijo con amargura-. Éste es mi último día. No puedo soportarlo más.

La audiencia contratada del programa publicitario lanzó un grito de asombro y aplaudió como loca.

– Como si se fuera a notar la diferencia -dijo mi padre-. Esta mujer no hace una mierda. Mira el polvo que hay en esta casa. ¿Qué coño hace todo el día?

Maureen levantó la cesta de ropa.

– Me debería haber ido hace un mes. Nunca debí aceptar este trabajo.

Salió de la habitación con su extraño galope renco.

– Debí despedirla tan pronto como la conocí -refunfuñó él-. Me di cuenta de que era una de esas asesinas de viejos.

Respiró con la boca fruncida, como si inhalara a través de una pajita.

No sabía qué iba hacer ahora. El hombre no podía quedarse solo: no podía llegar al baño sin ayuda. Se negaba a entrar en un asilo; decía que antes se mataría.

Puse la mano sobre su mano izquierda, la que tenía el dedo índice conectado a un indicador rojo y luminoso, el oxímetro, creo que se llamaba. Los números digitales del monitor marcaban 88 por ciento.

– Ya conseguiremos a alguien, papá, no te preocupes -dije.

Levantó la mano y se sacudió la mía de encima.

– ¿Qué clase de enfermera es ésta? -dijo-. Los demás le importamos una mierda. -Entonces le dio un largo ataque de tos, carraspeó y escupió sobre un pañuelo arrugado que sacó de alguna parte del sillón-. No sé por qué diablos no puedes volver a vivir aquí. ¿Qué coño tienes que hacer, además? Un trabajo sin futuro, eso es lo que tienes.

Negué con la cabeza y dije en tono suave:

– No puedo, papá. Hay préstamos estudiantiles que tengo que pagar.

Preferí no mencionar que alguien tenía que ganar dinero para pagar a los enfermeros que siempre acababan por marcharse.

– Valiente provecho le sacaste a la universidad -dijo-. Dinero perdido, eso es lo que fue. No hiciste más que ir de farra con tus amigos finos; no era necesario pagar veinte mil dólares al año para que pudieras pasarte el día follando. Eso lo habrías podido hacer aquí.

Sonreí para demostrarle que no me sentía ofendido. No sabía si eran los esteroides, la prednisona que tomaba para mantener abiertas sus vías respiratorias, lo que lo estaba transformando en semejante capullo, o si era simplemente su dulce naturaleza.

– Tu madre, que en paz descanse, te malcrió terriblemente. Te convirtió en un grandísimo inútil. ¿Cuándo coño vas a conseguir un trabajo de verdad?

Mi padre era hábil a la hora de dar en la tecla. Dejé que la ola de irritación pasara. No podía tomarme en serio a ese tío, me hubiera vuelto loco. Mi padre tenía el temperamento de un perro callejero. Yo siempre había pensado que su malhumor era como la rabia: no era algo que controlara totalmente, así que no se le podía culpar a él. Nunca había sido capaz de controlarse. Cuando yo era niño, un niño pequeño incapaz de defenderse, mi padre se sacaba el cinturón de cuero a la menor provocación y me daba unas palizas que me dejaban muerto. Tan pronto terminaba de azotarme, me decía: «¿Ves lo que me obligas a hacer?»

– Estoy en ello -dije.

– Pueden oler a un fracasado a kilómetros de distancia, ¿sabes?

– ¿Quiénes?

– Estas compañías. Nadie quiere a un fracasado. Todos buscan triunfadores. Tráeme una Coca-Cola, ¿quieres?

Éste era su mantra, y venía desde sus días de entrenador: yo era un fracasado, lo único que importaba era ganar, llegar segundo era fracasar. Hubo un tiempo en que estas cosas me enfurecían. Pero para este momento ya me había acostumbrado; apenas si le prestaba atención.

Fui a la cocina pensando en lo que íbamos a hacer ahora. Mi padre necesitaba ayuda veinticuatro horas al día, eso era seguro. Pero ninguna de las agencias quería enviar a nadie más. Al principio habíamos tenido enfermeras de verdad que hacían trabajos fuera del hospital para ganarse un dinero extra. Cuando mi padre acabó con ellas, nos las arreglamos para encontrar una serie de personas levemente calificadas que hacían aquí dos semanas de prácticas para obtener su certificado de enfermería. Después fue cualquiera que pudiéramos conseguir a través de los anuncios del periódico.

Maureen había organizado la nevera Kenmore de tal manera que podría haber formado parte de un laboratorio gubernamental. Había una fila de Coca-Colas, una detrás de la otra, sobre una balda de alambre que Maureen había ajustado a la altura exacta. Incluso los vasos de los anaqueles, que de costumbre se veían empañados y rayados, ahora brillaban. Llené dos vasos con hielo y vacié en cada uno el contenido de una lata. Tendría que sentarme con Maureen, pedirle disculpas en nombre de mi padre, rogar y suplicar, si era necesario. Por lo menos podría quedarse hasta que encontráramos un sustituto. Quizá podría apelar a su sentido de la responsabilidad con los ancianos, aunque imaginaba que el mal genio de mi padre habría acabado por desgastarlo. La verdad es que estaba desesperado. Si echaba a perder la entrevista de mañana, tendría todo el tiempo del mundo, pero estaría tras las rejas en algún lugar de Illinois. Eso no sería de mucha ayuda.

Regresé con los vasos en la mano y el hielo tintineando mientras caminaba. El programa publicitario no había terminado. ¿Cuánto tiempo duraban estas cosas? Y además, ¿quién los veía? Aparte de mi padre, quiero decir.

– No te preocupes por nada, papá -dije, pero ya se había dormido.

Me quedé a su lado unos segundos para ver si todavía respiraba. Lo hacía. Tenía la quijada sobre el pecho y la cabeza en un ángulo gracioso. El oxígeno emitía un soplido suave. En alguna parte del sótano, Maureen movía cosas de aquí para allá, preparando probablemente su frase de despedida. Puse las Coca-Colas sobre la mesita de mi padre, atiborrada de medicinas y mandos a distancia.

Me incliné y besé la frente manchada y colorada del viejo.

– Ya conseguiremos a alguien -le dije suavemente.

Capítulo 9

Las oficinas centrales de Trion Systems parecían un Pentágono de cromo pulido. Cada uno de los cinco lados era un «ala» de siete plantas. Habían sido diseñadas por algún arquitecto famoso. Debajo había un parking lleno de BMW y Range Rovers y muchos escarabajos Volkswagen y de todo, pero, hasta donde pude ver, no había espacios reservados.

En el ala B, di mi nombre a la «embajadora de lobby», que era como llamaban allí a la recepcionista. Ella imprimió una pegatina de identificación que ponía visitante. Me la pegué en el bolsillo del pecho de mi Armani gris y esperé en la recepción a que viniera a buscarme una mujer llamada Stephanie.

Era la asistente del vicepresidente de contrataciones, Tom Lundgren. Intenté despreocuparme, meditar, relajarme. Me dije que el montaje no podía ser mejor. Trion quería llenar el puesto vacante de director de marketing -alguien se había marchado de repente-, y yo había sido diseñado a medida para el empleo, creado mediante ingeniería genética, remasterizado con tecnología digital. En las últimas semanas, un selecto grupo de empresas de contratación de ejecutivos había recibido noticias acerca de aquel sorprendente muchacho de Wyatt que estaba listo para ser recogido. Fruta madura. El rumor se había hecho correr de manera informal en una convención industrial. Lo decía un pajarito… Empecé a recibir en mi correo de voz todo tipo de mensajes de gente interesada en contratarme.

Además, había hecho mis deberes con respecto a Trion Systems. Me había enterado de que era un gigante de la electrónica de consumo, fundado al principio de los años setenta por el legendario Augustine Goddard, cuyo apodo no era Gus, sino Jock. Era casi una figura de culto. Se había graduado en Cal Tech, había servido en la Marina, trabajado para Fairchild Semiconductor y después para Lockheed, e inventado una especie de tecnología revolucionaria para la fabricación de tubos de televisión en color. La mayoría lo consideraba un genio, pero, al contrario de algunos de los genios tiranos que fundaban multinacionales gigantescas, él no era un gilipollas, aparentemente. La gente lo quería, le era ferozmente fiel. Él era una suerte de presencia distante y paternal. Las raras ocasiones en que se le veía eran llamadas «encuentros», como si se tratara de un ovni.

Aunque Trion ya no fabricaba tubos de color, Sony y Mitsubishi y las demás compañías japonesas que fabricaban los televisores americanos habían adquirido la licencia del tubo Goddard. Después Trion entró en las comunicaciones electrónicas, catapultada por el famoso módem Goddard. Actualmente Trion hacía teléfonos móviles y buscadores, componentes informáticos, impresoras a color, agendas digitales y ese tipo de cosas.

Una mujer enjuta con pelo castaño y crespo surgió de una puerta y entró en la recepción.

– Usted debe de ser Adam.

Le di un firme apretón de manos.

– Mucho gusto.

– Soy Stephanie -me dijo-. La asistente de Tom Lundgren.

Me condujo al ascensor y me llevó al sexto piso. Hablamos de trivialidades. Yo intentaba sonar entusiasmado pero no raro, y ella parecía distraída. El sexto piso era la típica superficie cuadriculada, con cubículos que se extendían hasta donde llegaba el ojo, un ojo alto como el de un elefante. El camino por donde me condujo era un laberinto: no hubiera podido volver al ascensor ni arrojando migas de pan. Todo aquí era de fabricación estándar para la compañía, excepto el monitor que me crucé en el camino, cuyo protector de pantalla era una imagen en tres dimensiones de la cabeza de Jock Goddard sonriendo y girando como la de Linda Blair en El exorcista. Haz algo semejante en Wyatt -con la cabeza de Nick Wyatt, quiero decir- y probablemente los matones de la empresa te romperán las rodillas.

Llegamos a un salón de conferencias con una placa en la puerta que decía: Studebaker.

– Studebaker, ¿eh? -dije.

– Sí, todos los salones de conferencias llevan nombres de coches americanos clásicos. Mustang, Thunderbird, Corvette, Camaro. A Jock le encantan los coches americanos -dijo «Jock» con una cierta entonación, casi entre comillas, indicando al parecer que su trato con el presidente ejecutivo no admitía el uso del nombre de pila, pero así lo llamaba todo el mundo-. ¿Puedo traerle algo de beber?

Judith Bolton me había dicho que siempre respondiera con un sí, porque a la gente le encanta hacer favores, y todos, aun los auxiliares administrativos, darían su opinión acerca de mí.

– Coca-Cola, Pepsi, lo que sea -dije-. Gracias.

No me senté en el cabezal de la mesa sino en el lado que quedaba de cara a la puerta. Un par de minutos después, un tipo compacto, vestido con pantalón caqui y camisa de golfista azul marino con el logotipo de Trion, entró a saltos en la habitación. Tom Lundgren: lo reconocí de inmediato gracias al dossier que la doctora Bolton me había preparado. El vicepresidente de la unidad empresarial del Sector de Comunicaciones Personales. Cuarenta y tres años, cinco hijos, ávido golfista. Lo seguía de cerca Stephanie, que llevaba una lata de Coca-Cola y una botella de agua Aquafina.

Me dio un apretón triturador.

– Adam, soy Tom Lundgren.

– Mucho gusto.

– El gusto es mío. He oído hablar muy bien de usted.

Sonreí, me encogí modestamente de hombros. Lundgren ni siquiera llevaba corbata, pensé, y yo parecía el director de una funeraria. Judith Bolton me había advertido que eso podía pasar, pero dijo que era mejor ir a una entrevista demasiado elegante que vestido de manera informal. Era una señal de respeto, etcétera.

Se sentó a mi lado y se giró hacia mí. Stephanie cerró la puerta suavemente al salir.

– Me imagino que el trabajo en Wyatt es muy intenso, ¿no?

Tenía los labios delgados, muy delgados, y una sonrisa rápida que aparecía y desaparecía constantemente. Tenía la cara irritada, colorada, como si jugara demasiado al golf o tuviera rosácea o algo así. Su pierna derecha se movía como un pistón. Era un atado de energía nerviosa, un ganglio; parecía llevar una sobredosis de cafeína, y me hizo comenzar a hablar rápido. Entonces recordé que era mormón y no bebía cafeína. No me gustaría encontrármelo después de una taza de café, pensé. Una taza de café lo pondría probablemente en órbita.

– Así es como me gusta -dije.

– Me alegro. A nosotros también. -Su sonrisa apareció, desapareció-. Yo creo que aquí hay más gente clase A que en cualquier otra parte. Todos llevamos un ritmo más acelerado. -Destapó la botella de agua y bebió un sorbo-. Siempre digo que Trion es un gran sitio para trabajar si estás de vacaciones. Tienes tiempo para responder los correos electrónicos, los mensajes de voz, terminar mil cosas distintas, pero caramba, si te tomas un descanso, pagas el precio. Después vuelves, te encuentras con el correo lleno, te exprimen como una uva.

Asentí, sonreí con aire conspirador. Incluso a un encargado de marketing en una gran empresa tecnológica le gusta hablar como si fuera ingeniero, así que respondí en esos términos.

– Sé de qué me habla -le dije-. Tienes tantos ciclos, debes decidir en qué los gastas.

Estaba imitando su lenguaje corporal, casi remedándolo, pero él no parecía darse por enterado.

– Exactamente. Bien, ahora mismo no estamos en etapa de contrataciones. Nadie está en etapa de contrataciones. Pero uno de nuestros directores de nuevos productos acaba de ser transferido repentinamente.

Asentí de nuevo.

– Lo del Lucid es genial. De verdad le salvó la vida a Wyatt durante un trimestre más bien pobre. Es invento suyo, ¿no?

– De mi equipo, en cualquier caso.

Eso pareció gustarle.

– Bien, pues debe usted ser bueno, ya que ha logrado pasar de la puerta aquí.

– Eso no lo sé. Trabajo duro y me gusta lo que hago, y me encontré en el lugar adecuado en el momento adecuado.

– Es usted demasiado modesto.

– Tal vez.

Sonreí. Se lo creía todo. Se había tragado la falsa modestia y el tono directo.

– ¿Cómo lo hizo? ¿Cuál es el secreto?

Fruncí los labios y solté un soplo de aire, como si me acordara de una maratón en la que había corrido. Sacudí la cabeza.

– No hay secretos. Trabajo de equipo. Lograr consenso, motivar a la gente.

– Sea más preciso.

– Para ser honesto, la idea básica fue producir algo para eliminar al Palm. -Me refería al PDA inalámbrico de Wyatt, el que enterró a los Palm Pilots-. En las primeras sesiones de planificación conceptual, reunimos un grupo polifuncional: ingenieros, marketing, DI de adentro, DI de afuera -DI es la jerga para referirse a los diseñadores industriales. Estaba de suerte; conocía esta respuesta de memoria-. Miramos el estudio de marketing, los fallos del producto de Trion. Lo mismo hicimos con Palm, Handspring, Blackberry.

– ¿Y cuál era el error de nuestro producto?

– La velocidad. El inalámbrico es una porquería. Pero eso usted lo sabe.

Era una pulla cuidadosamente planeada: Judith se había bajado de la web unas declaraciones demasiado sinceras que Lundgren había hecho en conferencias industriales, en las cuales confesaba esas cosas. Lundgren criticaba con virulencia los esfuerzos de Trion cuando no llegaban a su objetivo. Mi franqueza era un riesgo calculado de parte de Judith. A partir del estudio del estilo ejecutivo de Lundgren, Judith había concluido que este hombre despreciaba a los aduladores, le gustaba la conversación directa.

– Correcto -dijo. Me sonrió durante un milisegundo.

– La cuestión es que contemplamos toda una serie de posibilidades. Qué buscaría realmente una madre que va a ver los partidos de sus hijos, un ejecutivo de una compañía, un capataz de construcción. Hablamos de características, configuración física, todo eso. Las discusiones eran bastante informales. Mi gran aportación fue la elegancia del diseño unida a la simplicidad.

– Me pregunto si no se habrán escorado demasiado hacia el lado del diseño, sacrificando funcionalidad -dijo Lundgren.

– ¿Qué quiere decir?

– Falta de un puerto para flash. Desde mi punto de vista, es la única carencia importante del producto.

Era un buen lanzamiento. Valía la pena batearlo.

– Estoy totalmente de acuerdo. -Me había preparado perfectamente con historias acerca de «mis» éxitos y mis falsos fracasos, que manejaba tan bien que parecían batallas victoriosas-. Una metedura de pata. Definitivamente, ésa fue la característica más importante que acabó sacrificada. Estaba en el proyecto general, pero hacía que la configuración física se saliera de nuestras intenciones, así que acabó echada por la borda en mitad del proceso.

Toma ya.

– ¿Y se va a hacer algo en la siguiente generación?

Negué la cabeza.

– Lo siento, no puedo hablar de ello. No es un capricho jurídico; conmigo, es cuestión de moral. Cuando uno da su palabra, tiene que significar algo. Si para usted es problema…

Me sonrió con una sonrisa que parecía genuina y apreciativa. Pensé: la he clavado.

– Ningún problema. Yo eso lo respeto. Alguien que filtrara información propiedad de su última empresa, me haría lo mismo después.

Noté las palabras «última empresa». Lundgren acababa de firmar; se había delatado.

Sacó el buscador y lo consultó rápidamente. Había recibido varias llamadas -lo tenía en modo silencioso, con vibrador-, mientras hablábamos.

– No necesito quitarle más tiempo, Adam. Quiero presentarle a Nora.

Capítulo 10

Nora Sommers era rubia, rozaba los cincuenta años, y tenía los ojos muy abiertos y observadores. Tenía el aspecto carnívoro de un animal de manada salvaje. Tal vez me influenciaba su expediente, que la describía como implacable y tiránica. Era directora, líder del equipo del proyecto Maestro, una especie de imitación del Blackberry que estaba a punto de irse al traste. Tenía fama de convocar reuniones a las siete de la mañana. Nadie quería estar en su equipo, razón por la cual les costaba trabajo llenar la vacante con alguien de adentro.

– No debe de ser muy agradable trabajar para Nick Wyatt -comenzó.

No era necesario que Judith Bolton me dijera que uno nunca se queja de su anterior jefe.

– La verdad -dije- es que es muy exigente, pero me hizo sacar lo mejor que había en mí. Es un perfeccionista. No tengo más que admiración por él.

Asintió con prudencia, sonrió como si yo hubiera escogido la respuesta correcta de una pregunta tipo test.

– Alimenta la ambición, ¿eh?

¿Qué esperaba, que dijera la verdad sobre Nick Wyatt? ¿Que era un zafio y un gilipollas? De ninguna manera. Me extendí un poco más:

– Trabajar en Wyatt es como ganar diez años de experiencia en un año de trabajo. En lugar de un año de experiencia en diez años de trabajo.

– Buena respuesta -dijo-. Me gusta que mi gente de marketing trate de convencerme. Es un componente clave en la lista de talentos. Si me pueden convencer a mí, pueden convencer al Journal.

Houston, tenemos un problema. Ahí yo no iba a entrar: a aquella trampa se le veían los dientes. Así que me limité a mirarla con expresión vacía.

– Pues bien -continuó-, hemos oído hablar mucho de usted. ¿Cuál fue la batalla más difícil que tuvo que librar en el proyecto Lucid?

Le di un refrito de la historia que le había contado a Tom Lundgren, pero no pareció muy impresionada.

– No me parece una batalla -respondió-. A eso, yo lo llamaría concesión.

– Tendría que haber estado presente -dije. Respuesta pobre. Avancé en mi CD-ROM mental en busca de anécdotas acerca del desarrollo del Lucid-. Hubo también una buena pelea alrededor del diseño del tablero. Era un tablero de cinco direcciones con altavoz incorporado.

– Lo conozco. ¿Cuál fue la controversia?

– Bueno, para nuestros DI era un asunto clave, el punto central del producto: llamaba mucho la atención. Pero los ingenieros me lo rechazaban, decían que era casi imposible y demasiado arriesgado. Querían separar el altavoz del tablero multidireccional. Los de DI estaban convencidos de que al separarlos, el diseño se vería atiborrado y asimétrico. Fue un momento de tensión. Tuve que tomar una decisión, dije que se trataba de una de las piedras angulares del producto. El diseño no sólo expresaba algo desde un punto de vista visual, sino que expresaba algo importante a nivel tecnológico: le decía al mercado que nosotros podíamos hacer cosas que nuestros competidores no.

Ella me diseccionaba con sus ojos abiertos como si yo fuera un pollo lisiado.

– Ah, los ingenieros -dijo estremeciéndose-. Pueden llegar a ser insoportables. No tienen ningún sentido comercial.

Sobre los dientes metálicos de la trampa relucía la sangre.

– La verdad es que nunca he tenido problemas con los ingenieros -dije-. Creo que son el corazón de la empresa, de verdad. Nunca me enfrento a ellos; los animo, o al menos trato de hacerlo. Liderazgo intelectual, ideas compartidas, ésas son las claves. Es una de las cosas que más me gusta de Trion: aquí reinan los ingenieros, que es como debe ser. Es una verdadera cultura de la innovación.

Sí, lo confieso: no hacía más que repetir como un loro la entrevista que Jock Goddard había dado una vez en Fast Company, pero pensé que funcionaría. Los ingenieros de Trion eran célebres por lo mucho que querían a Goddard, pues él era uno de los suyos. Les parecía un gran lugar de trabajo, ya que buena parte de los recursos de Trion se destinaban a Investigación y Desarrollo.

Nora se quedó sin habla un instante. Luego dijo:

– A fin de cuentas, la innovación es definitiva para el éxito.

Dios mío, yo me creía malo, pero esta mujer usaba los clichés empresariales como segundo idioma. Era como si los hubiera aprendido de un libro de Berlitz.

– Por supuesto -dije.

– Y dígame, Adam, ¿cuál es su mayor debilidad?

Sonreí, asentí, y en silencio murmuré una oración de gracias para Judith Bolton. Punto a favor.

Casi parecía demasiado fácil.

Capítulo 11

Fue Nick Wyatt en persona quien me dio la noticia. Cuando Yvette me condujo a su despacho, lo encontré en una esquina, montado sobre su Precor elíptica. Llevaba una camiseta sin mangas empapada en sudor y shorts deportivos rojos, y se veía corpulento. Me pregunté si usaría esteroides. En la cabeza llevaba el casco inalámbrico de su teléfono y estaba gritando órdenes.

Había pasado más de una semana desde, las entrevistas en Trion, y no había habido más respuesta que un silencio sepulcral. Sabía que habían ido bien, y no tenía duda de que mis referencias eran espectaculares, pero quién sabe, cualquier cosa podía pasar.

Imaginé, equivocadamente, que tan pronto como pasaran las entrevistas, la escuela KGB me daría un respiro. No hubo tal suerte. El entrenamiento continuó, incluyendo lo que llamaban «artimañas del oficio», es decir, cómo robar sin ser descubierto, cómo copiar documentos y archivos informáticos, cómo buscar en las bases de datos de Trion, cómo contactar a los de Wyatt si surgía algo que no pudiera esperar a una cita programada. Meacham y otro veterano del equipo de seguridad de Wyatt, que había pasado dos décadas en el FBI, me enseñaron a contactarlos por correo electrónico usando un «anonimizador», un servidor con base en Finlandia que suprime el nombre y la dirección verdaderos; cómo codificar mis correos electrónicos con un software superfuerte de 1024 bits desarrollado, al margen de las leyes de Estados Unidos, en alguna parte del exterior. Me enseñaron cosas tradicionales de espionaje, como entregas secretas y señales, cómo hacerles saber que tenía documentos para entregarles. Me enseñaron cómo hacer copias de las tarjetas de acceso que la mayoría de empresas usa hoy en día, las que abren la puerta cuando uno las mueve sobre un sensor. Parte de esto era genial. Comenzaba a sentirme como un verdadero espía. En esa época, por lo menos, todo eso me interesaba mucho. No conocía nada más.

Pero después de unos días de esperar y seguir esperando a tener noticias de Trion, estaba cagado de miedo. Meacham y Wyatt habían sido muy claros respecto a lo que sucedería si Trion no me contrataba.

Nick Wyatt ni siquiera me miró.

– Enhorabuena -dijo-. El cazatalentos me lo acaba de decir. Tiene usted libertad condicional.

– ¿Me hicieron una oferta?

– Ciento setenta y cinco mil dólares para comenzar, opción de comprar acciones, el paquete entero. Lo contratarán como colaborador individual a nivel de director pero sin superior directo, calificación diez.

Me sentí aliviado y sorprendido por la cantidad. Era cerca del triple de lo que ganaba en ese momento. Sumándole mi salario en Wyatt, me quedaban doscientos treinta y cinco mil. Dios mío.

– Fantástico -dije-. ¿Y ahora qué hacemos, negociar?

– ¿De qué coño habla? Entrevistaron a otros ocho tíos para el empleo. Quién sabe quién tendrá un candidato favorito, un colega, lo que sea. No asuma riesgos, al menos no todavía. Métase allá, muéstreles de lo que es capaz.

– De lo que soy…

– Muéstreles lo increíble que es usted. Ya les abrió el apetito con un par de entremeses. Ahora vaya y vuélvales locos. Si no les puede volver locos después de graduarse en nuestra escuelita-del-encanto, con Judith y conmigo soplándole al oído, es usted un fracasado aún más grande de lo que me había imaginado.

– Ya.

Me di cuenta de que mentalmente estaba ensayando una fantasía en la que mandaba a Wyatt a la mierda y me iba para ir a trabajar con Trion, hasta que recordé que no sólo seguía siendo mi jefe, sino que a todos los efectos me tenía cogido por las pelotas.

Wyatt se bajó de la máquina, empapado en sudor, cogió una toalla blanca del manillar y se la pasó por la cara, los brazos, las axilas. Estaba tan cerca de mí que podía oler el almizcle de su sudor, su aliento amargo.

– Ahora escúcheme bien -dijo con ese inconfundible tono de amenaza-. Hace unos dieciséis meses, la junta directiva de Trion aprobó un gasto extraordinario de casi quinientos millones de dólares para financiar un trabajito secreto.

– ¿Un qué?

– Un proyecto interno y ultrasecreto. La cuestión es que es muy raro que una junta directiva apruebe un gasto tan grande sin tener una buena cantidad de información. En este caso, lo aprobaron a ciegas, solamente a partir de las garantías del presidente ejecutivo. Goddard es el fundador, así que confían en él. Además, les aseguró que la tecnología que estaban desarrollando, sea lo que sea, era un progreso monumental. Es decir, algo inmenso, un cambio de paradigma, un salto cuántico. Revolucionario más allá de lo revolucionario. Les aseguró que se trata de lo más grande que ha sucedido desde la radio de transistores, y que el que no participe en esto se quedará atrás.

– ¿Y qué es?

– Si lo supiera, usted no estaría aquí, imbécil. Mis fuentes me aseguran que va a cambiar la industria de las telecomunicaciones, a ponerlo todo patas arriba. Y no tengo intención de quedarme atrás, ¿me sigue?

No lo seguía, pero asentí.

– He invertido demasiado en esta empresa para que le suceda lo mismo que a los mastodontes y los pájaros dodó. Así que su misión, amigo mío, es averiguar todo lo que pueda acerca de estos trabajos secretos, qué son, qué están desarrollando. No me importa si están desarrollando unos putos zancos electrónicos, el hecho es que no voy a asumir riesgos. ¿Está claro?

– ¿Cómo lo hago?

– Ese es su trabajo.

Se dio la vuelta y cruzó la vasta extensión de su despacho hacia una salida que yo no había visto nunca. Abrió la puerta, enseñándome un reluciente baño de marfil con una ducha. Me quedé allí, incómodo, sin saber si debía esperarlo, o irme, o qué.

– Lo llamarán al final de la mañana -dijo Wyatt sin darse la vuelta-. Hágase el sorprendido.

Segunda Parte. Tácticas de contención

Tácticas de contención: despliegue de identificaciones falsas emitidas a favor de un agente que deberá soportar investigaciones bastante rigurosas.

Diccionario del espionaje.

Capítulo 12

Había puesto un anuncio en tres diarios locales en busca de un asistente médico para mi padre. El anuncio dejaba claro que cualquiera sería bienvenido, los requisitos no eran exactamente estrictos. Dudaba que aún quedara alguien dispuesto a hacerlo: ya lo había intentado en demasiadas ocasiones.

Recibí exactamente siete respuestas. Tres de ellas eran de personas que no habían comprendido el anuncio: eran ellas quienes buscaban alguien a quien contratar. Otros dos mensajes tenían acentos extranjeros tan fuertes que no supe si en realidad era inglés lo que intentaban hablar. Y uno era de un hombre de voz agradable que sonaba perfectamente razonable y dijo llamarse Antwoine Leonard.

No es que tuviera mucho tiempo libre, pero quedé con este Antwoine para tomar un café. No iba a dejar que conociera a mi padre hasta que fuera necesario: quería contratarlo antes de que pudiera ver a qué se estaba enfrentando, para que no pudiera echarse atrás tan fácilmente.

Antwoine resultó ser un negro inmenso, de aspecto amenazador, con tatuajes de ex convicto y pelo estilo rasta. Lo confirmé: tan pronto como pudo, me dijo que acababa de salir de la cárcel por robo de automóviles, y que ése no era su primer paso por la prisión. Me dio el nombre de su supervisor de libertad condicional. Me gustó el hecho de que fuera tan franco al respecto, de que no intentara ocultarlo. En realidad, el tío me gustó, simplemente. Tenía una voz amable, una sonrisa sorprendentemente dulce y maneras prudentes. De acuerdo, estaba desesperado; pero también pensé que si alguien podía controlar a mi padre, era él, y lo contraté de inmediato.

– Escucha, Antwoine -le dije cuando me puse de pie para irme-. Acerca de lo de la cárcel…

– Es un problema, ¿no? -Me miró a los ojos.

– No, no es eso. Me gusta que seas tan sincero conmigo.

Se encogió de hombros.

– Sí, bueno…

– Es sólo que no creo que debas serlo tanto con mi padre.

El día antes de empezar en Trion me fui a la cama temprano. Seth me había dejado un mensaje en el que me invitaba a salir con él y algunos amigos, ya que tenía la noche libre, pero me negué.

La alarma sonó a las cinco y media, y fue como si el reloj no funcionara bien: todavía era de noche. Cuando caí en la cuenta, sentí una inyección de adrenalina, una extraña combinación de terror y excitación. El gran partido iba a comenzar, era la hora de la verdad, el entrenamiento se había acabado. Me di una ducha y me afeité con una cuchilla nueva, despacio, para no cortarme. Había preparado la ropa antes de irme a dormir, había escogido el traje Zegna y la corbata, y había enlustrado a conciencia mis zapatos Cole-Haan. Pensé que el primer día debía presentarme con traje, aunque me sintiera fuera de lugar: siempre podía quitarme la chaqueta y la corbata.

Era raro: por primera vez en mi vida estaba ganando un salario de seis cifras, aunque aún no hubiera recibido talón alguno, y seguía viviendo en la ratonera. Bien, eso iba a cambiar muy pronto.

Cuando me subí al Audi A6 plateado, que tenía todavía ese olor a coche nuevo, me sentí más elegante, y para celebrar mi nueva posición en la vida me detuve en un Starbucks y compré un café con leche triple. Casi cuatro dólares por una maldita taza de café, pero bueno, mi sueldo ahora era de los grandes. Puse Rage Against the Machine a todo volumen en el trayecto hacia el campus de Trion; para cuando llegué, Zack de la Rocha estaba gritando «Bullet in the Head» y yo gritaba con él «No escape from the mass mind rape!», [3] vestido con mi perfecto atuendo empresarial: traje Zegna, zapatos Cole-Haan y corbata. Estaba preparado.

Me sorprendió que a las siete y media hubiera tantos coches en el parking subterráneo. Aparqué dos plantas más abajo.

La recepcionista del vestíbulo del ala B no pudo encontrar mi nombre en ninguna de las listas de empleados nuevos: yo era un don nadie. Le pedí que llamara a Stephanie, la asistente de Tom Lundgren, pero Stephanie no había llegado todavía. Finalmente consiguió hablar con alguien de Recursos Humanos, que le dijo que me enviara al tercer piso del ala E, a una buena caminata de distancia.

Las dos horas siguientes las pasé sentado en la recepción de Recursos Humanos con una carpeta en la mano, llenando un impreso tras otro: W-4, W-9, cuenta de crédito del sindicato, seguro, domiciliación a mi cuenta, opciones sobre acciones, cuentas de jubilación, acuerdos de confidencialidad… Me hicieron una foto y me dieron una tarjeta de identificación y acceso y un par de pequeñas tarjetitas de plástico que se adherían a la tarjeta principal. Decían cosas como Trion: cambia tu mundo y Comunicación abierta y Diversión y austeridad. Era, un poco soviético, pero no me importó.

Una de las personas de Recursos Humanos me llevó de tour rápido por Trion. Fue muy impresionante: un gimnasio magnífico, cajeros automáticos, un lugar donde dejar ropa sucia con lavado en seco, salones de descanso con refrescos gratis, botellas de agua, palomitas de maíz y máquinas de capuchino.

En los salones de descanso había pósteres a todo color, grandes y lustrosos, que mostraban a un grupo de hombres y mujeres de hombros cuadrados (asiáticos, negros, blancos) posando con aire triunfal sobre el planeta Tierra, debajo de las palabras ¡Bebe con responsabilidad! ¡Bebe con Austeridad! «El empleado medio en Trion consume cinco refrescos al día», ponía. «Si bebieran tan sólo un refresco menos, Trion podría ahorrar 2,4 millones al año.»

Podías traer el coche para que te lo lavaran y revisaran; podías comprar entradas con descuento para películas, conciertos y partidos de béisbol; tenían un programa de regalos para recién nacidos («un regalo por hogar y por nacimiento»). Me di cuenta de que el ascensor del ala D no se detenía en el quinto piso.

– Proyectos especiales -me explicó la mujer-. Acceso restringido.

Traté de no demostrar ninguna clase de interés especial. Me pregunté si éstos eran los «trabajos secretos» que tanto interesaban a Nick Wyatt.

Stephanie llegó por fin y me llevó al sexto piso del ala B. Tom estaba hablando por teléfono, pero me hizo señas de que pasara. En su despacho había fotos de sus hijos -cinco niños, según pude ver-, individualmente o en grupo, y dibujos que habían hecho, cosas así. Los libros del estante que tenía detrás eran los sospechosos habituales: ¿Quién se ha llevado mi queso?; Primero, rompe las reglas; Cómo ser presidente ejecutivo. Sus piernas eran pistones enloquecidos, y tenía la cara como si la hubieran restregado con Scotch-Brite.

– Steph -dijo-, ¿puedes pedirle a Nora que venga?

Minutos después, colgó con energía el teléfono, se incorporó de un salto y me estrechó la mano. Llevaba una alianza grande y brillante.

– ¡Hola, Adam, bienvenido al equipo! -dijo-. ¡Me alegro de haberle contratado! Siéntese, siéntese.

Eso hice.

– Lo necesitamos, amigo mío. Lo necesitamos con urgencia. Estamos al límite de nuestras capacidades, de verdad que no llegamos. Cubrimos veintitrés productos, hemos perdido personal importante, y estamos al límite. La chica a la que usted reemplaza ha sido transferida. Va usted a unirse al equipo de Nora, para trabajar en la renovación de la línea Maestro, la cual, como verá, se encuentra en apuros. Hay problemas graves que es preciso solucionar, y… ¡mire, aquí está!

Nora Sommers estaba de pie en el umbral, con una mano en el marco de la puerta, posando como una diva. Me alargó la otra mano con coquetería.

– Hola, Adam. Bienvenido. Me alegro de que esté con nosotros.

– Es un placer estar aquí.

– No fue una contratación fácil, se lo digo con franqueza. Teníamos muchos candidatos, todos muy buenos. Pero es como dicen, los mejores siempre acaban destacando. ¿Qué, nos ponemos manos a la obra?

Su voz, que tenía un timbre casi infantil, pareció volverse más profunda tan pronto como Tom Lundgren salió del despacho. Hablaba rápidamente, casi escupiendo las palabras.

– Su cubículo está allá -dijo, golpeando el aire con el dedo índice-. Aquí usamos teléfonos web. Supongo que sabrá usted utilizarlos.

– No se preocupe.

– Ordenador, teléfono… todo debe estar listo. Para cualquier cosa, sólo llame a Mantenimiento. Muy bien, Adam, déjeme advertirle algo, aquí no vamos cogiditos de la mano. Se trata de un aprendizaje difícil, pero no dudamos de que usted estará a la altura. Acabamos de echarle al agua: ahora, nade o húndase.

Me miró con aire retador.

– Prefiero nadar -dije con una sonrisa.

– Me alegro -dijo ella-. Me gusta su actitud.

Capítulo 13

Tenía un mal presentimiento acerca de Nora. Era el tipo de persona que me pondría un bloque de cemento en los pies, me metería atado en el maletero de un Cadillac y me echaría al fondo de East River. Hundirse o nadar. A mí me lo dices.

Me dejó en mi nuevo cubículo para que terminara de leer los textos de orientación, para que aprendiera los nombres secretos de los proyectos. Todas las compañías de alta tecnología dan nombres secretos a sus productos; los de Trion eran tipos de tormenta: Tornado, Tifón, Tsunami, y así. El nombre secreto de Maestro era Vortex. La existencia de tantos nombres distintos era confusa, y encima tenía que tantear el terreno para Wyatt. A eso del mediodía, cuando ya comenzaba a tener hambre de verdad, un hombre de unos cuarenta años, bajo y fornido, con coleta, camisa hawaiana y gafas redondas de montura gruesa y negra, apareció en mi cubículo.

– Debes de ser la última víctima -me dijo-. La carne fresca arrojada a la jaula del león.

– Y vosotros sois todos muy amables -dije-. Adam Cassidy.

– Lo sé. Noah Mordden. Ingeniero Distinguido en Trion. Es tu primer día, no sabes en quién confiar, de parte de quién ponerte. Quién quiere jugar contigo y quién quiere que te la pegues. Pues bien, estoy aquí para responder a todas tus preguntas. ¿Qué te parece si comemos en la cafetería de empleados?

Un tío raro, pero me despertó la curiosidad. Mientras caminábamos hacía el ascensor, dijo:

– Bueno, y te dieron el trabajo que nadie más quería, ¿no?

– ¿Ah, sí?

Genial.

– Nora quería llenar el puesto con alguien de adentro, pero nadie quería trabajar para ella. Alana, la mujer a la que reemplazas, llegó a implorar que la sacaran de allí, así que la transfirieron a otra parte de la casa. El rumor es que Maestro está a punto de estallar. -Apenas alcanzaba a oírle; el tío susurraba mientras caminábamos hacia los ascensores-. Siempre se apresuran a cargarse lo que no funciona. Aquí, uno coge un resfriado y ya le están preparando el ataúd.

Asentí.

– El producto no aporta nada nuevo -dije.

– Es una mierda. Tiene los días contados. Además, Trion está lanzando un teléfono móvil todo-en-uno que tiene exactamente el mismo sistema inalámbrico de mensajes de texto, así que ¿de qué servirá? Mátalo ya y no dejes que sufra. Y no ayuda que Nora sea una verdadera bruja.

– ¿Lo es?

– Si no te has dado cuenta a los diez segundos de haberla conocido, es que no eres tan inteligente como se dice. Pero no la subestimes: es cinturón negro en políticas empresariales, y además tiene sus lugartenientes, así que cuídate.

– Gracias.

– A Goddard le gustan los coches clásicos americanos, así que a ella también le gustan. Tiene un par de deportivos restaurados, pero no la he visto nunca conducirlos. La idea es que Jock Goddard sepa que ambos están cortados con el mismo patrón. Es hábil.

El ascensor estaba lleno de empleados que bajaban a la cafetería de la tercera planta. Muchos de ellos llevaban camisas de golf o polos con el logo de Trion. El ascensor se detuvo en todas las plantas. Alguien que había detrás de mí bromeó: «Parece que hemos cogido el de cercanías.» Cada día, en cada ascensor empresarial del mundo, hay alguien que hace esa broma.

La cafetería, o comedor de empleados, como lo llamaban, era inmensa, y vibraba con la electricidad de cientos, tal vez miles, de empleados de Trion. Era como el salón comedor de un lujoso centro comercial: una barra de sushi con dos chefs; un mostrador de pizzas gourmet del tipo escoja-su-salsa; una barra de burritos; comida china; carnes y hamburguesas; una impresionante barra de ensaladas; incluso un mostrador vegetariano.

– Dios mío -dije.

– Pan y circo para el pueblo -dijo Noah-. Juvenal. Mantén al campesino bien alimentado, y no notará su esclavitud.

– Supongo que así es.

– Vaca contenta da mejor leche.

– Lo que sea, siempre que funcione -dije, mirando alrededor-. Y de austeridad más bien poca, ¿eh?

– Ah. Dale una mirada a las máquinas de las salas de descanso: veinticinco centavos por un pollo satay con cacahuetes, pero un dólar por una barra de chocolate; Las bebidas y las sustancias con cafeína son gratis. El año pasado, el director de servicios financieros, un hombre llamado Paul Camilletti, trató de eliminar las fiestas de la cerveza semanales, pero entonces los directivos empezaron a gastar dinero de su bolsillo para comprar cerveza, y alguien hizo circular un correo electrónico que presentaba argumentos financieros para mantener las fiestas. La cerveza cuesta X al año, mientras que contratar y formar nuevos empleados cuesta Y, así que, dado lo que cuesta estimular la moral y conservar a los empleados, el rendimiento de la inversión, bla bla bla, ya me entiendes. Camilletti, que vive para los números, acabó por ceder. De todas formas, su campaña de austeridad está a la orden del día.

– En Wyatt pasaba igual -dije.

– Incluso en vuelos internacionales se nos exige volar en clase turista. El mismo Camilletti se hospeda en Motel 6 cuando viaja dentro de Estados Unidos. Trion no tiene avión empresarial. Pero seamos claros, la esposa de Jock Goddard le regaló uno por su cumpleaños, así que no tenemos que sentir lástima por él.

Pedí una hamburguesa y una Coca-Cola Light, y él pidió una especie de misteriosa fritura asiática. Todo era ridículamente barato. Con las bandejas en la mano, dimos una mirada alrededor, pero Mordden no encontró a nadie con quien quisiera sentarse, así que nos sentamos los dos solos. Yo tenía esa sensación de primer día de colegio, de cuando no conoces a nadie. Aquello me hizo pensar en el día que entré en Bartholomew Browning.

– Goddard no se hospeda también en un Motel 6, ¿o sí?

– Lo dudo mucho. Pero no es demasiado ostentoso con su dinero. No usa limusinas. Conduce su propio coche. De acuerdo, tiene una docena más o menos, todos coches antiguos que él mismo ha restaurado. Además, les regala a sus cincuenta ejecutivos principales el coche de lujo que escojan, y es gente que gana toneladas de dinero, es verdaderamente obsceno. Goddard es astuto: sabe que para poder conservar el talento extraordinario debe pagar bien.

– ¿Qué me dices de vosotros, los Ingenieros Distinguidos?

– Sí, yo mismo he ganado cantidades obscenas de dinero aquí. En teoría, podría mandar a todo el mundo a tomar por culo y aún así tener ahorros para mis hijos, si algún día llego a tenerlos.

– Pero sigues trabajando.

Suspiró.

– Cuando descubrí mi mina de oro, unos pocos años después de comenzar, renuncié y me fui a navegar alrededor del mundo. Sólo cogí ropa y varias maletas muy pesadas con el canon occidental.

– ¿El canon occidental?

Sonrió.

– Los grandes éxitos de la literatura occidental.

– ¿Como Louis L'Amour?

– Más bien como Heródoto, Tucídides, Sófocles, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Kafka, Freud, Dante, Milton, Burke…

– Yo me dormí en esa clase, tío -dije.

Sonrió de nuevo. Obviamente, yo le parecía un imbécil.

– En fin -dijo-, una vez lo hube leído todo, me di cuenta de que soy constitucionalmente incapaz de no trabajar, y regresé a Trion. ¿Has leído el Discurso sobre la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie?

– ¿Entra en los finales?

– El único poder que tienen los tiranos es el que ha sido cedido por sus víctimas.

– Ése y el de repartir Coca-Cola gratis -dije, inclinando mi lata hacia él-. Así que eres ingeniero.

Me dedicó una sonrisa bien educada que era más bien una mueca.

– No ingeniero a secas, ten eso en cuenta, sino, como he dicho antes, Ingeniero Distinguido. Eso quiere decir que mi número de empleado es de los pequeños y que puedo hacer más o menos lo me que venga en gana. Si eso implica ser la espina en el costado de Nora Sommers, pues que así sea. Ahora, en cuanto al reparto de la sección de marketing de tu unidad, veamos, ya has conocido a Nora la Tóxica. Y a Tom Lundgren, vuestro exaltado vicepresidente. En su caso, no hay más que lo que ya has visto. Vive para la familia, la iglesia y el golf. Y Phil Bohjalian, viejo como Matusalén y, en materia tecnológica, tan puesto al día como él. Comenzó en Lockheed Martin cuando se llamaban de otra forma y los ordenadores eran del tamaño de una casa y funcionaban con tarjetas perforadas IBM. Tiene los días contados, eso es seguro. Y… ¡helo aquí, el mismísimo Elvis, aventurándose entre nosotros!

Me di la vuelta hacia donde estaba mirando. De pie junto a la barra de ensaladas había un tipo de pelo blanco, hombros caídos y rostro arrugado, cejas blancas y pobladas, grandes orejas y una especie de expresión de duendecillo. Llevaba un suéter negro de cuello alto. A medida que la gente lo miraba y susurraba, tratando de fingir indiferencia o ser discreta, la energía del lugar cambió, comenzó a girar en ondas a su alrededor.

Augustine Goddard, fundador de Trion y presidente ejecutivo, en carne y hueso. Parecía más viejo que en las fotos que yo había visto. Un tío mucho más joven y alto estaba de pie junto a él, diciéndole algo. El joven tenía unos cuarenta años, era delgado y parecía estar en forma, y tenía el pelo negro atravesado por líneas grises. Tenía cara de italiano y era apuesto como una estrella de cine, como un héroe de acción que estuviera madurando muy bien, pero con cicatrices profundas en las mejillas. Salvo por la piel picada, me recordó al joven Al Pacino, el de los primeros dos Padrinos. Llevaba un precioso traje gris carbón.

– ¿Camilletti? -pregunté.

– Camilletti el Degollador -dijo Mordden, hundiendo los palillos en la fritura-. Nuestro director financiero. El zar de la austeridad. Esos dos están juntos todo el tiempo -habló con la boca llena de comida-. ¿Ves su cara, esas cicatrices de acné vulgaris? Según dicen, ahí está escrito «come mierda y muérete» en Braille. En fin, Goddard cree que Camilletti es el segundo advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el hombre que va a poner los costes operacionales por los suelos, a incrementar los márgenes de beneficios, a lanzar las acciones de Trion de vuelta a la estratosfera. Hay quien dice que Camilletti es el doble de Jock Goddard, el Jock malo. Su Yago. El diablo en su hombro. Yo creo que es el poli malo que deja que Jock sea el poli bueno.

Terminé mi hamburguesa. Me di cuenta de que él presidente ejecutivo y su director financiero hacían la fila y pagaban su comida. ¿No podían simplemente irse sin pagar? ¿O colarse al comienzo de la fila, por ejemplo?

– Es muy Camilletti eso de comer en el comedor de los empleados -continuó Mordden-, para demostrar a las masas su compromiso con la reducción drástica de costes. Porque él no reduce los costes: los reduce drásticamente. En Trion no hay comedor ejecutivo. No hay chef personal para los ejecutivos. No hay comidas preparadas a domicilio, de eso nada. Comparte el pan con los campesinos. -Mordden bebió un sorbo de Dr. Pepper-. ¿Dónde estábamos con lo del programita teatral, mi «quién es quién» en el reparto? Ah, sí. Está Chad Pierson, el protegido de Nora, el chico de los rizos de oro, niño maravilla y lameculos profesional. Tiene un máster de Tuck, [4] pasó de Empresariales a Marketing de Productos en Trion, hace poco hizo un Curso Intensivo de Marketing y sin duda te considerará una amenaza que es preciso eliminar. Y luego está Audrey Bethune, la única mujer negra de la…

De repente, Noah quedó en silencio y se metió más fritura en la boca. Vi a un joven rubio y guapo de mi edad que se deslizaba con rapidez hacia nuestra mesa, como un tiburón en el agua. Camisa azul de cuello abotonado, aspecto de pijo deportista. Uno de estos rubios que uno ve en las revistas, en anuncios de varias páginas, confraternizando con otros especímenes de la raza dominante, ya sea en cócteles o sobre el césped de su baronía.

Noah Mordden se bebió un trago apresurado de su Dr. Pepper y se puso de pie. Tenía manchas marrones de fritura sobre la camisa Aloha.

– Disculpa -dijo, incómodo-. Tengo una cita privada.

Dejó los platos desparramados sobre la mesa y se largó en el momento justo en que el rubio llegaba con la mano abierta.

– Hola, ¿qué tal? -dijo-. Chad Pierson.

Quise estrecharle la mano, pero él hizo uno de esos movimientos hip-hop, uno de esos saludos soy-demasiado-guay-para-dar-la-mano-de-forma-normal. Parecía haberse hecho la manicura.

– ¡He oído hablar tanto de ti!

– Todo es mentira -dije-. Puro marketing, ya sabes.

Se rió con complicidad.

– Qué va, se supone que eres nuestro hombre. Voy a quedarme cerca de ti, a ver si aprendo algún truquillo.

– Voy a necesitar toda la ayuda posible. Me han dicho que es un caso de vida o muerte, y parece que estemos más cerca de la segunda.

– ¿Así que Mordden te ha salido con su mierda de intelectual cínico?

Sonreí de manera neutral.

– Me ha dado su punto de vista.

– Todo negativo. El tío piensa que está en no sé qué culebrón, un asunto maquiavélico. Bien, puede que él se lo crea, pero yo no le prestaría demasiada atención.

Me di cuenta de que en el primer día de cole me había sentado con el chico menos popular, pero eso me animó a defender a Mordden.

– Pues a mí me cae bien -dije.

– Es ingeniero. Son todos raros. ¿Juegas a baloncesto?

– Un poco, sí.

– Cada martes y jueves a la hora de la comida hay un partidillo en el gimnasio, a ver si te animas. Además tal vez podamos tomarnos algo alguna vez, ir a un partido, algo así.

– Me encantaría -dije.

– ¿Ya te han hablado de los festivales de la cerveza de Juegos Empresariales?

– Todavía no.

– Supongo que no es el tipo de cosas que le gustan a Mordden. Da igual, es la hostia.

Era hiperactivo, y movía el cuerpo de lado a lado, como un jugador de baloncesto, buscando un pasillo para entrar y clavarla.

– Bueno, té a las dos, ¿no?

– No me lo perdería por nada.

– Guay. Me alegro de tenerte en el equipo. Vamos a destrozarlos, tú y yo.

Sonrió de oreja a oreja.

Capítulo 14

Chad Piersort estaba de pie frente a la pizarra, tomando notas en una agenda de reuniones con rotuladores rojos y azules, cuando entré en Corvette. Era una sala de conferencias como todas las que había visto antes: la mesa grande (salvo que ésta era de color negro, estilo diseño de alta tecnología, en lugar de color caoba), la consola de altavoces Polycom en medio de la mesa como una viuda negra geométrica, una canasta de fruta y una neverita llena de hielo, refrescos y cartones de zumo.

Chad me hizo un guiño cuando me senté frente a uno de los lados largos de la mesa. Ya había un par de personas más. Nora Sommers ocupaba la cabecera; llevaba unas gafas de lectura negras cuya cadena le rodeaba el cuello, y leía una carpeta y de vez en cuando le susurraba algo a Chad, su escriba. No pareció percatarse de mi presencia.

A mi lado había un tío de mediana edad, de pelo gris y vestido con un polo de color azul con el logo de Trion, que tecleaba algo sobre un Maestro, probablemente un correo electrónico. Era delgado pero tenía un poco de tripa; tenía los brazos flacos y los codos huesudos asomando bajo las mangas cortas de su polo, un flequillo de pelo canoso y patillas grises e inesperadamente largas, orejas grandes y coloradas. Llevaba lentes bifocales. Si vistiera otro tipo de camisa, probablemente llevara un protector de plástico para el bolsillo. Parecía uno de esos ingenieros empollones de la vieja escuela, salido de la época de las calculadoras Hewlett-Packard. Tenía los dientes pequeños y marrones, como si mascara tabaco.

Tenía que ser Phil Bohjalian, el viejo, aunque, por la manera en que Mordden me había hablado de él, casi esperaba verlo escribiendo con pluma de ganso en un pergamino o quizás un papiro. Me echaba miradas furtivas y nerviosas una y otra vez.

Noah Mordden entró silenciosamente a la habitación, sin saludarme -en realidad, sin saludar a nadie-, y abrió su ordenador portátil en el otro extremo de la mesa de conferencias. Otras personas llegaron, riendo y hablando. Ahora había tal vez una docena de personas en la habitación. Chad terminó de trabajar en la pizarra y puso sus cosas en el puesto vacío que había a mi lado. Me dio una palmada en el hombro.

– Me alegro de tenerte con nosotros -dijo.

Nora Sommers carraspeó, se puso de pie y caminó hasta la pizarra.

– ¿Por qué no comenzamos? Muy bien, quisiera presentar al nuevo miembro de nuestro equipo a los que no habéis tenido el privilegio de conocerlo. Bienvenido, Adam Cassidy.

Agitó sus uñas rojas hacia mí y las cabezas giraron. Sonreí modestamente, bajé la cabeza.

– Tuvimos la buena fortuna de sacar a Adam de Wyatt, donde fue uno de los jugadores estrella del proyecto Lucid. Esperamos que aplique algo de su magia al Maestro.

Sonrió beatíficamente.

Chad habló en voz alta y mirando de un lado al otro, como si estuviera compartiendo un secreto.

– Este chico travieso es un genio. He hablado con él, así que todo lo que habéis oído es cierto.

Se giró hacia mí, con sus ojos azules de bebé bien abiertos, y me dio la mano. Nora continuó:

– Como bien sabemos, el Maestro está recibiendo fuertes ataques. En todo Trion, las espadas se han desenvainado. No tengo que mencionar nombres. -Hubo risitas en voz baja-. Se avecina un acontecimiento de mucha importancia: una presentación ante el señor Goddard en persona, en la cual sostendremos que la línea de producción del Maestro debe mantenerse. Esto es mucho más que una rutinaria reunión informativa, mucho más que una sesión de control. Es un caso de vida o muerte. Nuestros enemigos nos quieren llevar a la silla eléctrica; nosotros solicitaremos una suspensión de la sentencia. ¿Está claro?

Miró alrededor de forma amenazante y vio cabezas que asentían con obediencia. Entonces se dio la vuelta y tachó el primer ítem de la agenda, tal vez con demasiada violencia. Volvió a darse la vuelta, como un latigazo, le entregó a Ghad un fajo de papeles grapados, y él comenzó a repartirlos a izquierda y a derecha. Parecían especificaciones de algún tipo, definiciones de producto o protocolos de producto o algo así, pero el nombre del producto, que presumiblemente estaba en la primera página, había sido arrancado.

– Bien -dijo ella-, ahora quisiera que hiciéramos un ejercicio. O, si lo prefieren, una demostración. Algunos de ustedes pueden reconocer este protocolo; si es así, guarden el secreto. Puesto que trabajamos para renovar el Maestro, me gustaría que por un instante adoptáramos otro punto de vista, y quisiera pedirle a nuestra nueva estrella que le eche un vistazo a esto y nos dé su opinión.

Me estaba mirando de frente.

Me toqué el pecho y dije, estúpidamente:

– ¿Yo?

– Usted.

– ¿Mi… opinión?

– Así es. Funciona/No funciona. Luz verde para el proyecto o no. En este producto, Adam, es usted el guardián junto a la puerta. Díganos qué le parece. ¿Vamos a por ello, o no?

El estómago me dio un vuelco. El corazón me empezó a latir con furia. Traté de controlar la respiración, pero sentía que la cara se me inundaba de sangre mientras pasaba las páginas. Era prácticamente inescrutable. No sabía para qué demonios servía aquello. Alcanzaba a oír risitas nerviosas en medio del silencio, a Nora tapando y destapando el rotulador Expo, haciendo girar la tapa con un crujido. Alguien jugaba con la pajita de plástico de su zumo de manzana en tetra-brick, sacándola y metiéndola y haciéndola chirriar.

Asentí sabia, lentamente, mientras repasaba el documento, tratando de no parecer un ciervo paralizado frente a las luces de un coche, que era como me sentía. Había allí una especie de jerigonza acerca de «análisis del segmento del mercado» y «cálculo aproximado del tamaño del mercado». La música desquiciadora de Jeopardy sonaba en mi cabeza.

Crujido, crujido. Chirrido, chirrido.

– ¿Y bien, Adam? ¿Funciona o no?

Asentí de nuevo, tratando de parecer fascinado y divertido a la vez.

– Me gusta -dije-. Es inteligente.

– Mmm -dijo. Hubo risitas en voz baja. Algo estaba sucediendo. Era la respuesta equivocada, pensé, pero difícilmente podía cambiarla.

– Mire -dije-, basándome solamente en la definición del producto, me resulta, como es obvio, muy difícil…

– Esto es todo lo que tenemos hasta ahora -interrumpió-. ¿Y bien? ¿Funciona o no funciona?

Me puse a parlotear.

– Siempre he creído en el riesgo -dije-. Esto me intriga. Me gusta la configuración física, las especificaciones de reconocimiento de escritura… Dado el modelo de uso y la oportunidad de mercado, yo llevaría esto adelante, por lo menos hasta la próxima reunión de control.

– Ajá -dijo. Un extremo de su boca se alzó en una sonrisa malévola-. Y pensar que nuestros amigos de Cupertino no necesitaron la sabiduría de Adam para dar luz verde a esta bomba fétida. Adam, éstas son las especificaciones para el Apple Newton. Uno de los más grandes fracasos en la historia de Cupertino. Les costó quinientos millones de dólares desarrollarlo, y luego, cuando salió al mercado, perdieron sesenta millones al año -más risas-. Se estuvieron mofando de éste durante un año en todos los programas nocturnos de la tele.

La gente empezó a evitar mi mirada. Chad se mordía el interior de la mejilla con expresión grave. Mordden parecía estar en otro mundo. Yo quería arrancarle la cabeza a Nora Sommers, pero hice como los buenos perdedores.

Nora barrió la mesa con la mirada, pasando de una cara a la siguiente con las cejas arqueadas.

– Que les sirva de lección. Siempre hay que cavar más profundo, ir más allá de las modas del mercado, mirar qué hay bajo el capó. Y créanme, cuando nos presentemos ante Jock Goddard dentro de dos semanas, él va a mirar qué hay bajo el capó. Tengamos eso muy presente.

Sonrisas de cortesía aquí y allá: todo el mundo sabía que Goddard era un fanático de los coches.

– Muy bien -dijo Nora-. Creo que ya saben a qué me refiero. Sigamos.

Sí, pensé: sigamos.

Bienvenido a Trion. Ya sabemos a qué te refieres. Sentí un vacío en el estómago.

¿Dónde demonios me había metido?

Capítulo 15

En la cita entre mi padre y Antwoine no faltaron los contratiempos. Bueno, en realidad fue un desastre total y sin atenuantes. Digámoslo así: Antwoine recibió fuerte oposición. No hubo sinergia. No era una alianza estratégica.

Llegué al piso de mi padre justo después de terminar mi primera jornada de trabajo en Trion. Dejé el Audi a una manzana de distancia, porque sabía que mi padre siempre estaba mirando por la ventana cuando no estaba contemplando la pantalla de su televisor de treinta y seis pulgadas, y no quería que me diera la paliza por mi coche nuevo. Aunque le dijera que había recibido un aumento sustancioso, él le encontraría el lado malo al asunto.

Llegué justo a tiempo para ver a Maureen arrastrando una gran maleta de nailon negro hacia su taxi. Tenía los labios cerrados con fuerza; llevaba su traje «elegante», pantalón y chaqueta de color verde limón cubiertos por todas partes con una profusión de flores y frutas tropicales, y un par de zapatillas deportivas perfectamente blancas. Logré interceptarla justo en el momento en que le gritaba al conductor que metiera su maleta en el maletero y le entregué un último talón (que incluía un extra generoso por sus esfuerzos y sufrimientos), le agradecí prolijamente sus fieles servicios e incluso intenté darle un beso ceremonial en la mejilla, pero ella me apartó la cara. Se metió en el taxi dando un portazo y el taxi arrancó.

Pobre mujer. Nunca me cayó bien, pero era inevitable tenerle lástima por la tortura a la que mi padre la había sometido.

Mi padre estaba viendo a Dan Rather (en realidad le estaba gritando a Dan Rather) cuando llegué. Despreciaba por igual a todos los presentadores de las cadenas, y mejor ni preguntarle acerca de los «fracasados» que había en el cable. Los únicos programas de cable que le gustaban eran aquellos en que un anfitrión dogmático de extrema derecha acosa a sus invitados, trata de sacarles de quicio, de que echen espuma por la boca. Éste era el tipo de deporte que le gustaba por estos días.

Llevaba una de esas camisetas interiores, blancas y sin mangas, que algunos llaman «de paleta» y que siempre me ponían los pelos de punta. Las asociaba con cosas malas, pues me parecía que cada vez que mi padre me «disciplinaba» de niño, llevaba puesta una de ésas. Aún podía recordar como si fuera una fotografía el día en que, con ocho años de edad, accidentalmente derramé Kool-Aid sobre su sillón reclinable, y mi padre me azotó con el cinturón, poniéndome un pie encima -camiseta interior manchada, cara colorada y sudorosa- y gritando: «¿Ves lo que me obligas a hacer?» No es el recuerdo más agradable del mundo.

– ¿Cuándo llega el nuevo? -preguntó-. Ya viene con retraso, ¿no?

– Todavía no.

Maureen se había negado a quedarse un rato para enseñarle cómo funcionaba todo, así que por desgracia no coincidirían.

– ¿Por qué vas tan elegante? Pareces un sepulturero, me pones nervioso.

– Pero si ya te lo he dicho, hoy he comenzado en un nuevo trabajo.

Volvió la cabeza hacia Rather, sacudiéndola con disgusto.

– Te han echado, ¿no?

– ¿De Wyatt? No, me he ido.

– Trataste de esforzarte lo menos posible, y te echaron. Yo sé cómo funcionan estas cosas. Esa gente puede oler a los fracasados a una milla de distancia. -Respiró hondo un par de veces-. Tu madre siempre te malcrió. Como en lo del hockey. Habrías podido ser profesional si te hubieras aplicado.

– No era tan bueno, papá.

– Es fácil decirlo, ¿no? Decirlo lo vuelve todo más fácil. Ahí fue cuando de verdad te eché a perder: te metí en esa universidad tan cara para que pudieras irte de fiesta con tus amigos pijos.

Por supuesto que sólo tenía razón en parte: en esa época yo trabajaba media jornada para pagarme los estudios. Pero que recordara lo que quisiera recordar. Se dio la vuelta hacia mí con ojos sanguíneos, redondos y brillantes como cuentas.

– ¿Y dónde están ahora tus amigos pijos, eh?

– Papá, estoy bien -dije. Había comenzado una de sus pataletas, pero por fortuna sonó el timbre, y casi corrí a abrir la puerta.

Antwoine llegó a la hora exacta. Vestía un uniforme de hospital de color azul pálido, que le hacía parecer un camillero o un enfermero. Me pregunté dónde lo habría conseguido, pues nunca había trabajado en un hospital, que yo supiera.

– ¿Quién es? -gritó mi padre.

– Es Antwoine -dije.

– ¿Antwoine? ¿Qué mierda de nombre es ése, Antwoine? ¿Has contratado a un maricón francés? -dijo. Pero ya se había dado la vuelta para ver a Antwoine, que estaba de pie junto a la puerta, y su cara se había puesto morada. Tenía la mirada perdida y la boca abierta a causa del miedo-. ¡Dios mío! -dijo, resoplando con fuerza.

– ¿Qué tal? -dijo Antwoine mientras me daba un aplastante apretón de manos-. Así que éste es el famoso Francis Cassidy -dijo, acercándose al sillón reclinable-. Soy Antwoine Leonard. Es un placer conocerlo, señor -hablaba en un tono de barítono profundo y agradable.

Mi padre seguía mirándolo fijamente y resoplando. Al final, dijo:

– Adam, quiero hablar contigo ahora mismo.

– Sí, papá.

– No, no. Vas a decirle a Antwoine o como se llame que se largue de aquí y nos deje hablar a solas.

Antwoine me miró, confundido, sin saber qué hacer.

– ¿Por qué no llevas tus cosas a tu habitación? -le dije-. Segunda puerta a la derecha. Puedes deshacer las maletas.

Antwoine levantó sus dos talegos de nailon y desapareció por el corredor. Papá ni siquiera esperó a que hubiera salido del salón para decir:

– En primer lugar, no quiero que me cuide un hombre, ¿me entiendes? Encuéntrame a una mujer. Segundo, no quiero tener aquí a un negro. No se puede confiar en los negros. ¿En qué estabas pensando? ¿Me ibas a dejar aquí solo con este Leroy? Quiero decir, míralo, mira a tu colega, los tatuajes, las trenzas. No quiero una cosa así en casa, ¿es demasiado pedir? -resoplaba más fuerte que nunca-. ¿Cómo puedes traerme a un negro, cuando conoces los problemas que he tenido con los críos de las casas subvencionadas, esos malditos críos que se me meten constantemente en el piso?

– Ya, ya, y siempre acaban por irse cuando se dan cuenta de que aquí no hay nada que valga la pena robar. -Le hablé en voz baja, pero estaba cabreado-. Primero, papá, no es que tengamos mucho de donde escoger, porque después de toda la gente a la que has obligado a largarse, las agencias ni siquiera quieren tratar con nosotros. Segundo, yo no puedo quedarme contigo, porque trabajo durante todo el día, ¿lo recuerdas? Y tercero, ni siquiera le has dado una oportunidad.

Antwoine volvió con nosotros. Se acercó a mi padre, a una distancia casi amenazante, pero le habló con voz suave y amable.

– Señor Cassidy, si quiere usted que me vaya, me iré. Qué digo, me voy ya mismo, qué más me da. Yo no me quedo donde no me quieren. No necesito este trabajo con tanta urgencia. Mientras que mi oficial de fianza sepa que he hecho un intento serio por conseguir un trabajo, todo está bien.

Mi padre estaba mirando la televisión, anuncios. Bajo su ojo izquierdo latía una vena. Yo conocía esa expresión: mi padre solía ponerla cuando reñía a alguien, y podía hacer que te cagaras de miedo. Hacía correr a sus jugadores hasta que alguno vomitaba, y si alguien se negaba a seguir, mi padre le ponía La Cara. Pero conmigo la había usado tantas veces que había perdido su poder. Ahora se había girado sobre sí mismo y se la estaba poniendo a Antwoine, quien sin duda había visto cosas peores en la cárcel.

– ¿Has dicho «oficial de fianza»?

– Eso mismo.

– ¿Me vas a decir que eres un puto preso?

– Ex preso.

– ¿Qué coño tratas de hacerme? -me dijo mirándome fijamente-. ¿Tratas de matarme antes de que me mate la enfermedad? Mírame, no puedo ni moverme, ¿y me vas a dejar solo en esta casa con un preso de mierda?

Antwoine ni siquiera parecía molesto.

– Es como dice su hijo: usted no tiene nada que valga la pena robar -dijo calmadamente con ojos adormilados-. Por lo menos reconózcame algo. Si ésa fuera mi intención, no habría aceptado un trabajo aquí.

– Pero ¿lo estás oyendo? -resopló mi padre, enfurecido-. Pero ¿lo estás oyendo?

– Además, si me quedo, usted y yo vamos a tener que ponernos de acuerdo sobre un par de cosas, -Antwoine olió el aire-. Aquí huele a cigarrillo. Va usted a cortar con eso ahora mismo, porque ésa es la mierda que lo tiene así. -Alargó una mano inmensa y dio una palmada sobre el brazo del sillón. Un compartimiento que yo nunca había visto se abrió de un salto, y un paquete blanco y rojo de Marlboro surgió como un muñeco de resorte-. Lo que me imaginaba. Ahí es donde mi padre guardaba los suyos.

– ¡Eh! -gritó mi padre-. ¡No me lo puedo creer!

– Y va usted a comenzar una rutina de ejercicios. Los músculos se le están atrofiando. Su problema no son los pulmones, sino los músculos.

– Pero joder, ¿te has vuelto loco? -dijo mi padre.

– Cuando se tiene deficiencia respiratoria, hay que hacer ejercicio. No hay nada que hacer con esos pulmones, con eso ya nada, pero con los músculos se puede hacer algo. Vamos a comenzar con flexiones de piernas en el sillón, que los músculos de las piernas vuelvan a trabajar, y luego vamos a hacer caminatas de un minuto. Mi viejo tenía enfisema, y yo y mi hermano…

– ¡Dile a este grandísimo… dile a este negro tatuado -dijo mi padre entre resoplidos- que saque sus cosas… de la habitación… y se largue de mi casa!

Estuve a punto de estallar. Había tenido un día asqueroso, estaba de mal humor; durante meses y más meses me había roto el culo tratando de encontrar alguien que aguantara al viejo, y había reemplazado a cada uno de los que mi padre obligaba a marcharse. Todo había sido un gran desfile, una pérdida de tiempo. Y aquí estaba mi padre, despidiendo sumariamente al último candidato, el cual, era cierto, podía no ser el ideal, pero era el único que teníamos. Quise desquitarme, emprenderla contra él, pero no pude. No podía gritarle a mi padre, este hombrecito viejo y patético con enfisema crónico. Así que me lo tragué todo, aun a riesgo de explotar.

Antes de que pudiera decir algo, Antwoine se dio la vuelta hacia mí.

– Me parece que fue su hijo quien me contrató. Así que él es el único que puede echarme.

Negué con la cabeza.

– Pues no es tu día, Antwoine. De aquí no sales, no tan fácilmente. ¿Por qué no empiezas?

Capítulo 16

Necesitaba calmarme un poco. Era todo: la forma en que Nora Sommers me había restregado la nariz en el barro, el no poder mandarla a la mierda, la imposibilidad de quedarme en Trion el tiempo suficiente para robar siquiera una taza de café, el sentimiento general de estar metido hasta el cuello y más allá. Y luego, la guinda del pastel: mi padre. La obligación de contener la ira, de no reñirle -desagradecido de mierda, intolerante, ¡muérete de una vez!-, me corroía las entrañas.

Así que me pasé por Alley Cat, pues sabía que Seth estaría trabajando esa noche. Sólo quería sentarme en la barra y quemarme el cerebro con bebida gratis.

– Qué tal, tío -dijo Seth, contento de verme-. Primer día en el sitio nuevo, ¿no?

– Sí…

– ¿Qué? ¿Tan mal va la cosa?

– No quiero hablar de ello.

– Realmente mal. Vaya.

Me sirvió un whisky como si yo fuera un viejo borracho, un cliente habitual. El whisky se me subió de inmediato a la cabeza. No había cenado y estaba agotado. Fue una sensación muy agradable.

– Pero tío, no puede ser tan malo. Es tu primer día, te muestran dónde queda el baño, ¿no es así? -Levantó la cara para mirar el partido de baloncesto que había en la tele y luego volvió a mirarme.

Le hablé de Nora Sommers y de la pequeña jugarreta con lo del Apple Newton.

– ¡Pero qué zorra! ¿Por qué tenía que atacarte de esa manera? ¿Qué esperaba? Eres nuevo, no sabes nada, ¿no es así?

Negué con la cabeza.

– No, ella…

Me di cuenta en ese momento de que había omitido una parte esencial de la historia, la parte en que se suponía que yo era una de las superestrellas de Wyatt. Mierda. La anécdota sólo tenía sentido si uno sabía que la mujer dragón estaba tratando de bajarme del pedestal. Sentía que mi cerebro era un huevo revuelto, queso fundido; tratar de corregir este mínimo error me parecía una tarea insuperable, como escalar el Everest o cruzar el Atlántico a nado. Ya me había dejado coger en la mentira. Me sentía pegajoso y muy cansado. Por fortuna, alguien llamó la atención de Seth y le hizo una seña.

– Lo siento, amigo, hoy es noche de hamburguesas a mitad de precio -dijo al tiempo que llevaba a alguna mesa un par de cervezas.

Me sorprendí pensando en la gente que había conocido durante el día, el «reparto» (como se había referido a ellos el raro de Noah Mordden) que ahora me desfilaba por la cabeza, una serie de personajes cada vez más y más grotescos. Quería informar de mi misión a alguien, pero no podía. Más que nada, quería hacer un download, hablar de Chad y de Phil no sé qué, el viejo aquel. Quería hablarle a alguien sobre Trion y sobre lo que era Trion y sobre mi encuentro con Jock Goddard en la cafetería. Pero no podía hacerlo, porque no estaba seguro de recordar después el trazado de la Gran Muralla, cuál era la parte que nadie debía saber.

El colocón del whisky empezó a desaparecer, y un tarareo de ansiedad, grave como una nota de pedal, empezó a hacerse más fuerte, a volverse poco a poco más agudo, como el acoplamiento de un micrófono, tan agudo como para reventarte los oídos. Para cuando regresó, Seth había olvidado de qué estábamos hablando. Seth, como la mayoría de los tíos, tiende a concentrarse más en sus propias cosas que en las ajenas. Salvado por el narcisismo masculino.

– Joder, a las mujeres les encantan los camareros -dijo-. ¿Por qué será?

– No lo sé, Seth. Tal vez eres tú el que les gusta.

Incliné mi vaso hacia él.

– Sin duda. Sin duda.

Me puso un poco más de whisky y añadió más hielo. En voz baja, voz de confidencia, que apenas se oía en el barullo de las voces alegres y la estridencia del partido de básquet, me dijo:

– Mi jefe dice que no le gusta mi forma de servir. Me obliga a usar uno de esos aparatos para medir la cantidad, a practicar todo el tiempo. Ahora me pone continuamente a prueba. «¡Sírveme! ¡Demasiado! ¡Estás regalando la mercancía!»

– Pues a mí me parece que tu forma de servir es perfecta -dije.

– Y se supone que debo escribir la cuenta.

– Cóbrame. Ahora soy rico.

– Nada, nada. Nos dejan regalar cuatro bebidas por noche, no te preocupes. Así que crees que te va mal en el trabajo. Mi jefe en el bufete no deja de joderme la vida si llego diez minutos tarde.

Moví la cabeza.

– Shapiro no sabe cómo se usa una fotocopiadora. No sabe cómo se manda un fax. No sabe ni siquiera cómo se hace una búsqueda Lexis-Nexis. Sin mí, se hundiría.

– Tal vez quiere que sea otro quien haga el trabajo sucio.

Seth no pareció escucharme.

– ¿Te conté mi último plan?

– Cuéntame.

– ¡Jingles! ¿Qué te parece?

– ¿Eh?

– ¡Jingles! ¡Como ésos! -Señaló el televisor, un anuncio chapucero y barato de una compañía de colchones en el que sonaba una cancioncilla estúpida y molesta-. Conocí a un tío en el bufete, trabaja para una agencia de publicidad y me lo explicó todo. Me dijo que podía conseguirme una prueba con una de esas compañías de jingles, Megamusic o Crushing o Rocket. Dijo que la forma más fácil de entrar es escribir uno.

– Pero tú ni siquiera sabes leer una partitura, Seth.

– ¡No pasa nada! Muchos de los tíos más talentosos no saben leer una partitura. Quiero decir, ¿cuánto tardas en aprender treinta segundos de música? La chica que hace todos los anuncios de JC Penney, según él, apenas si sabe leer una partitura, ¡pero tiene voz!

Una mujer que estaba a mi lado en la barra llamó a Seth diciendo:

– ¿Qué vinos tenéis?

– Rojo, blanco, rosado -dijo él-. ¿Qué le sirvo?

Ella dijo que blanco y él le sirvió una copa, se dio la vuelta y siguió hablándome.

– Sin embargo, el dinero de verdad está en el canto. Sólo tengo que armar una maqueta, un CD, y muy pronto estaré en la lista de los principales. Todo depende de los contactos. ¿Me sigues? ¡Nada de trabajo, mucho dinero!

– Suena genial -dije sin demasiado entusiasmo.

– ¿No te gusta la idea?

– No, suena genial, de verdad -dije, fingiendo algo más de entusiasmo-. Es un gran plan.

En los últimos dos años habíamos hablado a menudo sobre ese tipo de planes: cómo trabajar lo menos posible. Le fascinaba oírme explicar cómo pasaba el tiempo holgazaneando en Wyatt, cómo pasaba horas en Internet mirando la página del Onion, o sitios web como aburridoeneltrabajo.com, megustaelbacon.com o putaempresa.com. Me gustaban particularmente las páginas que contaban con un «botón anti-jefes» sobre el que podías hacer clic cuando pasaba tu superior, de manera que desaparecían de la pantalla las cosas graciosas y aparecía la aburrida página Excel en que estabas trabajando. Ambos nos enorgullecíamos de lo poco que trabajábamos. Por eso le gustaba tanto a Seth trabajar como asistente de un abogado: porque le permitía mantenerse al margen, libre de supervisión, cínico y alejado de todo compromiso con el mundo del laboral.

Me puse de pie para ir a mear y de regreso compré una cajetilla de Camel en la máquina.

– ¿Otra vez con esta mierda? -dijo Seth cuando me sorprendió quitándole el plástico.

– Ya, ya -dije en tono de déjame-en-paz.

– Pues no vengas a pedirme ayuda arrastrando tu bomba de oxígeno. -Sacó del congelador un vaso helado de martini y sirvió un poco de vermouth-. Mira esto -dijo. Tiró el vermouth por encima del hombro y se sirvió un poco de Bombay Sapphire-. Esto es lo que yo llamo un martini perfecto.

Bebí un trago largo de whisky mientras él iba a servir y cobrar el martini, y disfruté el ardor que sentía en el fondo de la garganta. Ahora sí comenzaba a hacer efecto. Me sentía inestable sobre la silla de la barra. Bebía como el consabido jornalero con su cheque en el bolsillo. Nora Sommers y Chad Pierson y los demás habían comenzado a retroceder, a encogerse, a asumir un aura inofensiva y grotesca de personajes de caricatura. Mi primer día había sido una mierda: ¿qué tenía eso de raro? Todo el mundo se sentía fuera de su elemento en el primer día en el trabajo nuevo. Yo era bueno: debía tener eso en mente. Si no fuera tan bueno, Wyatt no me hubiera escogido para esta misión. Evidentemente, ni él ni su consigliere Judith perderían el tiempo conmigo si no consideraran que podía lograrlo. Simplemente me habrían despedido y arrojado al sistema legal para que me defendiera por mí mismo. Y para este momento, ya estaría acostado boca abajo sobre la litera de Marion.

Empecé a sentir una agradable oleada de confianza, alimentada por el alcohol y rayana en la megalomanía. Había aterrizado en paracaídas en medio de la Alemania Nazi, con poco más que mis raciones K y una radio de onda corta, y el éxito de los aliados dependía enteramente de mí, nada más ni nada menos que el destino de la civilización occidental.

– Hoy he visto a Elliot Krause en el centro -dijo Seth.

Lo miré sin comprender.

– ¿Elliot Krause? ¿Recuerdas? ¿Elliot Portaváter?

Mi capacidad de reacción se había ralentizado; me tomó unos segundos, pero acabé por romper a reír. No había oído el nombre de Elliot Krause en muchos años.

– Es socio de una firma de abogados, por supuesto.

– Especializada en… derecho ambiental, ¿no? -dije, ahogándome de risa y escupiendo un trago de whisky.

– ¿Recuerdas su cara?

– ¿Qué cara? ¿Recuerdas sus pantalones?

Por eso me gustaba estar con Seth. Hablábamos en clave Morse; entendíamos las referencias del otro, las bromas privadas. Nuestra historia compartida nos proporcionaba un lenguaje secreto, como el que tienen los gemelos cuando son bebés. En tiempos del instituto, Seth había trabajado un verano en un estirado club de tenis, haciendo mantenimiento de las pistas durante un importante torneo internacional. Un día me dejó entrar sin cobrarme. Los organizadores habían traído unos de esos «servicios sanitarios portátiles» para hacer frente a la afluencia de espectadores -Una Casa a Mano o Portaváter o Retrete al Instante, no recuerdo cuál era el nombre «ingenioso» que tenían-, esas cosas que parecen neveras gigantes. Para el segundo o tercer día ya se habían llenado, pero el equipo de Una Casa a Mano no se había preocupado por ir a vaciarlos, y apestaban.

Había un chico pijo llamado Elliot Krause que ambos odiábamos, en parte porque le había robado la novia a Seth y en parte porque a los chicos de clase obrera nos miraba con desprecio. Se presentó en el torneo vestido con un suéter de tenis más bien afeminado y con pantalones blancos de dril, llevando del brazo a la novia de Seth, y cometió el error de entrar en uno de los servicios. Seth, que en ese instante estaba recogiendo basura con un punzón, se dio cuenta y me lanzó una sonrisa malvada. Se acercó corriendo a la cabina, aseguró el pestillo con el mango de su recogedor de basura, y nuestro amigo Flash Flaherty y yo comenzamos a sacudir el Orinal de Calle de un lado al otro. Oíamos a Elliot gritando desde dentro «¡Ey! ¿Qué coño pasa?», y oíamos el chapoteo de los inefables contenidos, y acabamos por volcar el aparato con Elliot atrapado en su interior. No quiero imaginar la materia en que flotaba Elliot en esos momentos. Seth fue despedido, pero insistió en que había valido la pena: habría pagado generosamente sólo por tener el privilegio de ver a Elliot Krause salir con su ropa-antiguamente-blanca, haciendo arcadas y cubierto de mierda.

Para ese momento, mientras recordábamos a Elliot Krause poniéndose sus gafas manchadas de mierda sobre su nariz cubierta de mierda para salir a trompicones de Una Casa a Mano, ya me estaba riendo con tanta fuerza que perdí el equilibrio y caí al suelo. Me quedé allí un par de segundos, incapaz de levantarme. La gente se agolpó a mi alrededor inclinando cabezas gigantes y preguntando si me encontraba bien. Había cogido un pedo total. Todo se había vuelto borroso. Por alguna razón se me apareció una imagen de mi padre y Antwoine Leonard; la idea me pareció escandalosamente cómica, y no pude parar de reír.

Sentí que alguien me agarraba del hombro, que alguien más me cogía por el codo, Seth y otro tío me ayudaban a salir del bar. Todo el mundo parecía mirarme.

– Lo siento, tío -dije, sintiendo cómo me sobrevenía una ola de vergüenza-. Gracias. Mi coche está justo ahí.

– Hoy no conduces, amigo.

– Está justo ahí -insistí sin mucha convicción.

– Este no es tu coche. Es un Audi o algo así.

– Es mío -dije con firmeza, y puntué la declaración asintiendo vigorosamente-. Audi… A6, creo.

– ¿Qué le pasó al Bondo?

Sacudí la cabeza.

– Coche nuevo.

– ¡Hombre! Qué, ¿te pagan mucho más en el trabajo de ahora?

– Sí -dije, y enseguida añadí, con lengua enredada-: no mucho más.

Llamó a un taxi de un silbido; él y el otro tío me empujaron dentro.

– ¿Recuerdas dónde vives? -dijo Seth.

– Pero ¿qué te pasa? -dije yo-. Claro que sí.

– ¿Quieres llevarte un café para el camino, algo que te despierte un poco?

– No -dije-. Tengo que irme a dormir. Trabajo mañana.

Seth rió.

– No te envidio, tío -dijo.

Capítulo 17

En mitad de la noche me sonó el móvil y casi me destroza el tímpano, sólo que no era la mitad de la noche. Tras las persianas se alcanzaba a ver un rayo de luz. El reloj marcaba las cinco y media. ¿A.m?, ¿p.m.? Estaba tan desorientado que no tenía la menor idea. Cogí el teléfono y deseé no haberlo dejado encendido.

– ¿Sí?

– ¿Estaba dormido todavía? -dijo una voz incrédula.

– ¿Quién es?

– Dejó el Audi en una zona prohibida. -Era Arnold Meacham. Lo reconocí de inmediato: el nazi de seguridad de Wyatt-. El coche no es suyo, Cassidy. Wyatt Telecommunications lo ha alquilado para usted, y lo mínimo que podría hacer sería cuidarlo un poco, no dejarlo por ahí como un condón desechado.

Todo me llegó de golpe: la noche anterior, la borrachera en Alley Cat, haber llegado de alguna manera a casa, haber olvidado poner la alarma… ¡Trion!

– Mierda -dije, incorporándome de un salto. Mi estómago dio una voltereta. La cabeza me latía, parecía enorme, como la de uno de esos extraterrestres de Star Trek.

– Las reglas fueron muy claras -dijo Meacham-. Nada de juergas. Nada de fiestas. De usted se espera que funcione al máximo de sus capacidades.

¿Hablaba más rápido y más alto de lo normal? En todo caso, eso parecía. Apenas si alcanzaba a seguirle el ritmo.

– Lo sé -dije con voz ronca y poco convencida.

– No es un comienzo demasiado prometedor.

– Ayer fue un día de mucho… de mucho trabajo. Fue mi primer día, y mi padre…

– Sí, sí. Me importa un pimiento, la verdad. Tenemos un acuerdo explícito, y esperamos que usted lo cumpla. ¿Qué ha averiguado sobre los trabajos secretos?

– ¿Trabajos secretos? -Dejé caer los pies sobre el suelo y me senté en el borde de la cama, masajeándome las sienes con la mano libre.

– Proyectos secretos, codificados. ¿Para qué coño cree usted que está allí?

– Es demasiado temprano -dije-. Demasiado pronto, quiero decir. -Poco a poco mi cerebro comenzaba a funcionar-. Ayer me acompañaron en todo momento. No estuve solo ni un minuto. Habría sido demasiado arriesgado intentar escabullirme. No querrán ustedes que eche a perder la misión en el primer día.

Meacham quedó en silencio unos segundos.

– Muy bien -dijo-. Pero pronto habrá una oportunidad, y espero que la aproveche. Quiero un informe hoy a última hora, ¿está claro?

Capítulo 18

A la hora de la comida ya me había pasado un poco la sensación de muerto ambulante, así que decidí subir al gimnasio -perdón, el «complejo deportivo»- para hacer algunos ejercicios rápidos. El complejo deportivo estaba en la azotea del ala E, en una especie de burbuja con pistas de tenis, todo tipo de equipos cardiovasculares, cintas y StairMasters y máquinas elípticas todas equipadas con pantallas individuales de vídeo y televisión. Los vestuarios tenían baño turco y sauna y eran tan espaciosos y elegantes como cualquier club deportivo que yo hubiera visto en mi vida.

Me había cambiado y estaba a punto de comenzar con las máquinas y las pesas cuando Chad Pierson entró, con aire despreocupado, al vestuario.

– Ah, nuestro campeón -dijo Chad-. ¿Qué tal, macho?

Abrió una taquilla vecina de la mía.

– ¿Vienes para el baloncesto?

– En realidad, pensaba…

– Debe de haber comenzado un partido. ¿Quieres jugar?

Dudé un instante.

– Bueno, vale.

No había nadie más en la pista de baloncesto, así que esperamos un par de minutos, driblando y lanzando. Al final, Chad dijo:

– ¿Qué te parece un partidillo uno contra uno?

– Vamos.

– A once. ¿Saca el que anota?

– Vale.

– Escucha, ¿y si hacemos una pequeña apuesta? No soy demasiado competitivo, y esto tal vez lo vuelva más interesante.

Sí, claro. Tú no eres competitivo.

– ¿Unas cervezas o algo así? -pregunté.

– Venga, tío. Un verde tipo C. Cien dólares.

¿Un verde tipo C? ¿Acaso estábamos en Las Vegas con los chicos del Rat Pack? [5]A regañadientes, dije:

– Vale, vale, lo que sea.

Grave error. Chad era bueno, jugaba con agresividad y yo estaba en plena resaca. Desde la línea de tres puntos, Chad lanzaba y encestaba, y luego hacía una pistola con índice y pulgar, soplaba el humo del cañón y decía: «¡Caliente!»

Chad entraba de espaldas al aro, empujándome, y así lanzó unos pocos sostenidos e inmediatamente tomó la delantera. De vez en cuando hacía el gesto de Alonzo Mourning, y movía ambas manos de adelante atrás como un tirador de precisión en medio de un tiroteo. Era terriblemente molesto.

– Parece que no has traído tu equipo titular, ¿eh? -decía. Su expresión parecía benevolente, incluso preocupada, pero sus ojos brillaban de condescendencia.

– Supongo que no -dije. Trataba de ser simpático, de disfrutar el partido, no dejarme provocar como un imbécil, pero Chad estaba comenzando a cabrearme. Cuando atacaba, no me sentía sincronizado, todavía no había desarrollado mi ritmo. Fallé algunos lanzamientos y él bloqueó algunos más. Pero entonces marqué unos cuantos puntos, y en poco tiempo el marcador era seis a tres. Me empecé a dar cuenta de que Chad entraba por la derecha.

Cerró el puño, hizo su pistola estúpida con los dedos. Entró por la derecha y marcó contra el tablero.

– ¡Dinero! -graznó.

Fue entonces cuando le di a una especie de botón mental y dejé que la competitividad comenzara a fluir. Chad siempre entraba con la derecha y lanzaba desde la derecha, noté. Era obvio que no podía entrar por la izquierda, que no tenía una buena mano izquierda. Así que empecé a cubrirle la derecha, obligándolo a ir por la izquierda, y luego metí un gancho.

Estaba en lo cierto. Chad no tenía mano izquierda. Desde ese lado fallaba sus lanzamientos, y un par de veces le quité al balón fácilmente cuando empezaba a driblar hacia dentro. Me ponía frente a él y con un salto le cubría la derecha y le obligaba a cambiar rápidamente de dirección. Mientras entraba en el ritmo del partido, había marcado siempre de cerca, así que Chad debió de pensar que yo no tenía un buen tiro. Cuando mis tiros lejanos comenzaron a entrar, pareció quedarse atónito.

– Me estabas dando ventaja -dijo, apretando los dientes-. Tienes buen tiro. Pero lo voy a anular.

Comencé a jugar con su psicología. Simulé buscar un tiro lejano, obligándolo así a saltar, y después entré por su costado. Funcionó tan bien que lo intenté de nuevo; Chad estaba tan tenso que funcionó aún mejor la segunda vez. Muy pronto estábamos empatados.

Le estaba poniendo nervioso. Empecé a hacer una pequeña finta hacía la izquierda, y él saltaba dándome espacio para entrar por la derecha. A cada canasta se veía que Chad se alteraba más y más.

Entré y lancé un gancho y luego encesté desde fuera. Ahora iba ganando, y Chad se estaba poniendo colorado y se estaba quedando sin aliento. Nada de conversación provocadora.

Iba por delante, diez a nueve. Entré driblando rápido y me detuve en seco. Chad resbaló y cayó de culo. Me tomé mi tiempo, enderecé los pies y lancé: limpia. Hice una pistola con el índice y el pulgar, soplé el humo y dije con una sonrisa:

– ¡Caliente!

Medio retrocediendo, medio cayendo contra la pared acolchada del gimnasio, Chad habló entrecortadamente:

– Me has sorprendido, tío. Juegas mejor de lo que había pensado. -Tragó una bocanada de aire-. Ha estado bien. Muy divertido. Pero la próxima vez te pegaré una paliza, amigo. Ahora sé cómo juegas. -Sonrió como si estuviera bromeando, estiró el brazo y me puso una mano sudorosa en el hombro-. Te debo un Franklin.

– Olvídalo. De todas formas, no me gusta jugar por dinero.

– No, en serio. Insisto. Cómprate una corbata nueva o algo.

– Nada de eso, Chad. No lo aceptaré.

– Te debo…

– No me debes nada, hombre -dije. Pensé un instante. No hay nada que le guste más a la gente que dar consejos-. Excepto tal vez uno o dos consejillos sobre Nora.

Los ojos se le iluminaron. Ahora estábamos jugando en su campo.

– Le hace lo mismo a todos los nuevos. Es su novatada habitual, no tiene importancia. No es nada personal, créeme. Yo recibí el mismo tratamiento cuando comencé aquí.

Noté el tácito «Y ahora mira dónde estoy». Chad se cuidó mucho de no criticar a Nora; sabía que debía ser cauteloso conmigo, no abrirse demasiado.

– Ya soy mayorcito -dije-. Puedo soportarlo.

– Te digo que no tendrás que hacerlo. Ella ha probado lo que quería probar. Tú ve con cuidado y ella te dejará en paz. No lo habría hecho si no te considerara un AP -alto potencial, quería decir-. Le caes bien. No habría luchado por tenerte en su equipo si no fuera así.

– Vale -dije.

No podía saber si me ocultaba algo.

– Quiero decir, si quieres… Fíjate, es como la reunión de esta tarde. Tom Lundgren estará, repasaremos las especificaciones del producto, ¿no? Y durante semanas hemos estado comiéndonos el coco, atorados en un diálogo de besugos acerca de si debemos ponerle compatibilidad GoldDust al Maestro -puso los ojos en blanco-. No me jodas, tío. Y ni mencionárselo a Nora. Como sea, tal vez sería bueno que tuvieras algo que decir sobre el GoldDust. No tienes que estar de acuerdo con Nora en que es una pura mierda y un inmenso desperdicio de dinero. Lo importante es tener una opinión al respecto. A ella le gustan los debates informados.

GoldDust, según sabía yo, era la última maravilla de la electrónica de consumo. Era el elegante nombre de marketing que un comité de ingeniería le había puesto a cierta tecnología de transmisión inalámbrica de corta distancia y baja potencia que supuestamente te permite conectar tu Palm o Blackberry o Lucid a un teléfono o a un portátil o a una impresora, lo que sea. Todo lo que haya en un radio de unos siete metros, más o menos. Tu ordenador puede hablarle a tu impresora, todo puede hablar con todo, sin antiestéticos cables con los que tropezarse. Iba a liberarnos de nuestras cadenas, de las conexiones y los cables y los traspiés. Por supuesto, lo que no se imaginaron los freaks que inventaron el GoldDust fue la explosión de los WiFi, 802.11 inalámbricos. Ya antes de que Wyatt me pusiera a padecer la Marcha de la Muerte en Bataan, había tenido conocimiento acerca del WiFi. De GoldDust supe por los ingenieros de Wyatt, que lo ridiculizaron hasta cansarse.

– Sí, en Wyatt siempre había alguien tratando de imponernos este asunto. Pero nos mantuvimos firmes.

Chad sacudió la cabeza.

– Los ingenieros quieren meterlo todo, sin importar los costos. ¿Qué les importa si nuestros precios suben a más de quinientos dólares? De todas formas, eso se va a mencionar esta tarde, seguro. Me imagino que en ese tema eres como pez en el agua.

– Sólo sé lo que he leído.

– En la reunión, te colocaré la pelota para un golpe perfecto. Gánate un par de puntos estratégicos con el jefe. Nunca sobra, ¿no?

Chad era como el papel de calcar; era traslúcido; sus motivos eran bien visibles. Era una víbora; nunca podría confiar en él, pero era obvio que intentaba formar una alianza conmigo, quizá con la teoría de que era mejor alinearse con el nuevo talento, ser mi amigo, que dar la apariencia de sentirse amenazado por mí. Que era, por supuesto, como se sentía.

– Muy bien. Gracias, tío -dije.

– Lo menos que puedo hacer.

Para cuando regresé a mi cubículo, quedaba media hora antes de la reunión, así que me conecté a Internet para hacer un poco de investigación de superficie acerca del GoldDust y al menos sonar como si supiera de qué estaba hablando. Estaba pasando a toda prisa por docenas de páginas de diversa calidad, algunas de promoción industrial, otras (como GoldDustparafreaks.com) dirigidas por freaks obsesionados con esta mierda, cuando sentí a alguien parado a mi lado y mirándome. Era Phil Bohjalian.

– El alumno entusiasta, ¿eh? -dijo. Se presentó-. Tu segundo día y mírate -sacudió la cabeza con asombro-. No trabajes demasiado, acabarás quemándote. Y además nos harás quedar mal a los otros.

Soltó una especie de risilla, como si lo dicho fuera una gracia o algo así, y salió por la parte izquierda del escenario.

Capítulo 19

El grupo de marketing del Maestro se reunió de nuevo en Corvette, y cada uno se sentó en su sitio de antes, como si tuviéramos las sillas asignadas.

Pero esta vez Tom Lundgren estaba presente, sentado en una silla que había contra la pared del fondo, no en la mesa de conferencias. Luego, justo antes de que Nora llamara al orden, entró Paul Camilletti, jefe de servicios financieros de Trion. Se veía magnífico, como un ídolo de matiné salido de Amor al estilo italiano; llevaba una chaqueta de pata de gallo color gris oscuro sobre un suéter negro de cuello redondo. Se sentó junto a Tom Lundgren, y toda la habitación quedó paralizada, cargada de electricidad, como si alguien hubiera accionado un interruptor.

Hasta Nora parecía un poco nerviosa.

– Bien -dijo-, ¿por qué no empezamos? Es un placer darle la bienvenida a Paul Camilletti, nuestro jefe de servicios financieros. Bienvenido, Paul.

Paul bajó la cabeza con el tipo de saludo que dice: «No me prestéis atención, me voy a sentar aquí de incógnito, anónimamente, como un elefante.»

– ¿Quién más está hoy con nosotros? ¿Quién está en línea?

Una voz salió del intercomunicador.

– Ken Hsiao, Singapur.

Luego:

– Mike Matera, Bruselas.

– Muy bien -dijo Nora-, está toda la pandilla.

Se veía excitada, estimulada, pero era difícil saber hasta qué punto su actitud no era una demostración de entusiasmo pensada para Tom Lundgren y Paul Camilletti.

– Ahora es un buen momento para echar un vistazo a los pronósticos, revisar las bases, hacernos una idea de dónde estamos. Nadie quiere oír el viejo cliché de «marca en decadencia», ¿no es así? Maestro no es una marca en decadencia. No vamos a torpedear el valor de marca con el que Trion se ha hecho gracias a esta línea sólo por afán de novedad. Creo que todos estamos de acuerdo.

– Nora, soy Ken, desde Singapur.

– Dime, Ken.

– Pues… aquí hemos sentido la presión, tengo que decirlo, de Palm y de Sony y de Blackberry, particularmente en el espacio empresarial. Los pedidos iniciales de Maestro Gold para Asia y Pacífico no han sido demasiado importantes.

– Gracias, Ken -dijo ella presurosamente, interrumpiéndolo-. Kimberly, ¿cuál es tu percepción de los distribuidores?

Kimberly Ziegler, pálida y de aspecto nervioso, levantó su cabeza de rizos salvajes y miró a través de su montura de carey.

– Debo decir que mi opinión es muy distinta de la de Ken.

– ¿Ah, sí? ¿Distinta en qué sentido?

– Veo una diferenciación de productos que en realidad nos beneficia. Tenemos mejores índices de precios que los sistemas de paging textual avanzado de Sony o de Blackberry. Es cierto que la marca ha sufrido un cierto desgaste, pero la mejora del procesador y la memoria flash van a añadirle valor. Así que me parece que lo llevamos bien, especialmente en los mercados verticales.

Lameculos, pensé.

– Excelente -sonrió Nora, encantada-. Buena noticia. Me gustaría también saber qué opiniones se han recibido acerca de GoldDust… -Nora vio que Chad levantaba el dedo índice-. ¿Sí, Chad?

– Estaba pensando que tal vez Adam tenga algo que decir sobre GoldDust.

Nora se giró hacia mí.

– Genial, oigámoslo -dijo, como si yo acabara de ofrecerme para sentarme a tocar el piano.

– ¿GoldDust? -dije con una sonrisa de suficiencia-. Tío, ¿acaso se puede ser más 1999? El betamax de los inalámbricos. Eso pertenece a los tiempos de la Nueva Coca-Cola, la fusión en frío, el fútbol XFL y el Yugo.

Hubo algunas risitas apreciativas. Nora me observaba con fijeza. Continué:

– Los problemas de compatibilidad son tantos que ni siquiera hablemos de ellos. Quiero decir, eso de que los sistemas habilitados para el GoldDust funcionen sólo con productos del mismo fabricante, la falta de un código estándar. Philips repite y repite que van a sacar una versión nueva y estandarizada de GoldDust. Sí, claro: tal vez cuando todos hablemos en esperanto.

Nuevas risas, aunque noté de pasada que la mitad de los presentes habían puesto cara de piedra. Mordden me comía con los ojos, fascinado, igual que los mirones se quedan boquiabiertos frente a un accidente con varias víctimas mortales desparramadas sobre la mediana. Tom Lundgren me miraba con una sonrisa torcida y graciosa. Su pierna derecha se movía como un martillo neumático.

Mientras tanto, yo iba entrando en calor, sintiéndome cómodo.

– Quiero decir, el ritmo de transferencia es cuánto, ¿menos de un megabit por segundo? Patético, la verdad. Menos de la décima parte de un WiFi. Esto es un juego de niños. Y ni hablemos de lo fácil que es interceptar, es que no hay la más mínima seguridad.

– Toda la razón -dijo alguien en voz baja, pero no pude ver quién era. Mordden brillaba de contento. Phil Bohjalian me miraba con ojos entrecerrados: su expresión era críptica, imposible de interpretar. En ese momento levanté la cara y vi a Nora. Tenía la cara roja. Quiero decir que uno podía ver la ola de color subiéndole por el cuello hasta los ojos abiertos.

– ¿Ha terminado? -ladró.

De repente me sentí mareado. Esta no era la reacción que esperaba. Qué, ¿me había enrollado demasiado?

– Sí -dije con recelo.

Un tío de aspecto indio sentado al frente de mí dijo:

– ¿Por qué estamos repasando esto? Nora, pensé que habías tomado una decisión al respecto la semana pasada. Parecías muy convencida de que la funcionalidad añadida bien valía el coste. ¿Por qué volvéis los de marketing a este viejo debate? ¿No estaba decidido el asunto?

Chad, que había estado estudiando la tabla, dijo:

– Venga, tíos, dadle un respiro al nuevo. No podemos esperar que lo sepa todo, el pobre ni siquiera sabe todavía dónde está la máquina del capuchino.

– Creo que no debemos perder más tiempo en esto -dijo Nora-. Está decidido: GoldDust se añade.

Me lanzó una mirada de ira intensa.

Cuando terminó la reunión, después de veinte minutos de nudos en el estómago, y la gente empezó a salir de la habitación, Mordden me dio una palmadita rápida y furtiva en el hombro, lo cual debería habérmelo dicho todo. La había cagado del todo. La gente me lanzaba toda clase de miradas curiosas.

– Nora -dijo Paul Camilletti, levantando un dedo-, ¿te importa quedarte un segundo? Quisiera repasar unas cosillas.

Cuando salí, Chad se me acercó y habló en voz baja.

– Parece que no se lo tomó demasiado bien -dijo-. Pero fue una aportación valiosa, tío.

Sí, claro, hijo de puta.

Capítulo 20

Unos quince minutos después del final de la reunión, Mordden se pasó por mi cubículo.

– Bien, bien, me has impresionado.

– No me digas -dije sin mucho entusiasmo.

– Sí. Tienes más cojones de los que había pensado. Cogerla contra tu jefe, la temible Nora, en su proyecto favorito… -Sacudió la cabeza-. ¡Hablando de tensiones creativas! Pero alguien te debería poner al tanto de las consecuencias de tus acciones. Nora no olvida las afrentas. Ten en mente que los más crueles guardias de los campos nazis eran mujeres.

– Gracias por el consejo -dije.

– Tendrás que mantenerte alerta con respecto a posibles señales de disgusto. Por ejemplo, cajas vacías apiladas junto a tu cubículo. O de repente no lograr entrar en tu ordenador. O que Recursos Humanos te pida el carnet. Pero no te preocupes, te darán una buena recomendación, y en Trion los servicios de colocación externa son gratis.

– Ya. Gracias.

Me di cuenta de que tenía correo de voz. Cuando Mordden se fue, levanté el auricular.

Era un mensaje de Nora Sommers, que me pedía -no, me ordenaba- ir a su despacho de inmediato.

Cuando llegué, estaba azotando el teclado. Me dio una mirada rápida, lateral, reptilesca, y volvió al ordenador. Así me ignoró durante unos dos minutos. Me quedé allí, incómodo. Su rostro comenzó de nuevo a llenarse de rubor. Casi me dio lástima que su propia piel la delatara tan fácilmente.

Al final levantó la cabeza, se giró sobre su silla para mirarme de frente. Los ojos le brillaban, pero no de tristeza. Algo diferente, algo casi salvaje.

– Escuche, Nora, me gustaría disculparme por…

Ella habló en voz tan baja que apenas pude oírla.

– Sugiero que sea usted quien escuche, Adam. Ya ha hablado suficiente por hoy.

– Me he portado como un idiota…

– Y hacer semejante comentario frente a Camilletti, el Señor Tope de Gastos, el Señor Margen de Ganancia… Ahora tengo que llevar a cabo reparaciones urgentes, gracias a usted.

– He debido quedarme callado…

– Si trata de menoscabar mi autoridad -dijo-, no sabe con quién se ha metido.

– Si hubiera sabido…

– Ni se moleste. Phil Bohjalian me dijo que había pasado por su cubículo y lo había visto investigando apasionadamente acerca de GoldDust antes de la reunión, antes de su rechazo «casual», «improvisado», de esta importante tecnología. Déjeme que le asegure algo, señor Cassidy. Usted puede creerse un geniecillo de mierda por cuenta de su recorrido en Wyatt, pero aquí en Trion yo no me dormiría sobre los laureles. Si no se sube al autobús, el autobús va a arrollarlo. Y óigame bien: seré yo quien esté al volante.

Me quedé allí unos segundos, mientras ella me aniquilaba con esos gigantescos ojos de predador. Miré al suelo, levanté la cabeza.

– La he cagado -dije-, y la verdad es que le debo una disculpa inmensa. Evidentemente juzgué mal la situación, y probablemente me haya traído conmigo los viejos prejuicios de Wyatt, pero eso no es excusa. No volverá a ocurrir.

– No habrá oportunidad de que vuelva a ocurrir -dijo en voz baja. Era más dura que cualquier policía de tráfico que me hubiera obligado a detenerme a un lado de la carretera.

– Comprendo -dije-. Y si alguien me hubiera dicho que la decisión ya se había tomado, seguro que me hubiera callado la bocaza. Supongo que me imaginé que la gente aquí en Trion había oído hablar de lo de Sony. El error es mío.

– ¿Sony? -dijo-. ¿Qué quiere decir con «oído hablar de lo de Sony»?

La gente de espionaje industrial de Wyatt le había vendido esta primicia, y él me la había pasado para que la usara en un momento estratégico. Supuse que salvar mi cabeza contaba como momento estratégico.

– Ya sabe, lo de que están descartando sus planes de incorporar el GoldDust en sus nuevos ordenadores de mano.

– ¿Por qué? -preguntó con aire suspicaz.

– El último modelo de Microsoft Office no va a aceptarlo. Sony cree que si incorporan el GoldDust, perderán millones de dólares en ventas empresariales, así que optarán por Black-Hawk, el protocolo inalámbrico que Office sí aceptará.

– ¿Lo aceptará?

– Absolutamente.

– ¿Y está usted seguro de esto? ¿Sus fuentes son completamente fiables?

– Completamente, cien por cien. Me juego la vida.

– ¿Y la carrera también? -Sus ojos me penetraron como un taladro.

– Creo que acabo de hacerlo.

– Muy interesante -dijo-. Extremadamente interesante, Adam. Se lo agradezco.

Capítulo 21

Ese día me quedé trabajando hasta tarde. A las siete y media el lugar estaba ya vacío. Incluso los más recalcitrantes adictos al trabajo preferían trabajar desde casa de noche, conectándose a la red de Trion, así que ya no era necesario quedarse hasta tarde en la empresa. A las nueve, ya no se veía un alma. Las luces fluorescentes del techo seguían encendidas y titilaban levemente. Desde ciertos ángulos, los ventanales parecían negros; desde otros ángulos se veía la ciudad desplegarse con sus luces centelleando y los faros de los coches pasando en silencio.

Me senté en mi cubículo y empecé a fisgonear en el sitio web interno de Trion.

Si Wyatt quería saber a quién habían contratado para los trabajos secretos que habían comenzado dos años atrás, supuse que debería tratar de averiguar quién había sido contratado en los últimos dos años. Ese comienzo era tan bueno como cualquier otro. Había varias formas de buscar en la base de datos de los empleados, pero el problema era que yo no sabía exactamente qué o a quién estaba buscando.

Después de un rato lo resolví: el número de empleado. Todo empleado de Trion recibe un número. Los números más bajos significan que la contratación se hizo antes. Así que después de pasar por un grupo de biografías distintas y escogidas al azar, comencé a fijarme en el registro de números de la gente que había empezado a trabajar hacía dos años. Por suerte (al menos para mis propósitos), Trion había pasado por una época bastante floja, así que no eran demasiados. Conseguí una lista de unos cientos de nuevos contratados -es decir, los contratados en los últimos dos años- y grabé todos los nombres y sus biografías en un CD. Era un comienzo, por lo menos.

Trion tenía su propio servicio de mensajes instantáneos, llamado InstaMail. Funcionaba igual que Yahoo Messenger o el Instant Messenger de America Online: uno podía tener una «lista de contactos» que le decía cuándo estaban conectados y cuándo no. Me di cuenta de que Nora Sommers estaba conectada. No estaba aquí, pero estaba conectada, lo cual quería decir que estaba trabajando desde casa.

Y eso era bueno: quería decir que ahora yo podría entrar en su despacho sin correr el riesgo de que ella se presentara sin anunciarse.

La idea hizo que el estómago se me cerrara como un puño, pero sabía que no tenía alternativa. Arnold Meacham quería resultados tangibles, y los quería para ayer. Yo sabía que Nora Sommers formaba parte de varios comités de marketing de nuevos productos. Tal vez tuviera información acerca de nuevos productos o tecnologías que Trion estuviera desarrollando en secreto. Al menos valía la pena echarle una mirada al asunto.

El lugar donde con más probabilidad conservaría información semejante era su ordenador, y su ordenador estaba en su despacho.

La placa de la puerta ponía N. Sommers. Hice acopio de coraje para girar el pomo, pero la puerta estaba cerrada. Eso no me sorprendió del todo, ya que ahí dentro Nora guardaba registros confidenciales de Recursos Humanos. A través de la placa de vidrio se veía el interior oscuro del despacho, que no medía más de tres por tres. Adentro no había gran cosa; todo estaba, por supuesto, fanáticamente ordenado.

Sabía que en el escritorio de su asistente debía de haber una llave. Estrictamente hablando, su asistente administrativa -una mujer gruesa, fuerte y ancha de caderas, que tendría unos treinta años y se llamaba Lisa McAuliffe- no era sólo suya. Por lo menos en teoría, Lisa trabajaba para toda la unidad de Nora, incluyéndome a mí. Sólo los vicepresidentes tenían asistentes administrativos: ésa era la política de Trion. Pero aquello era tan sólo una formalidad: me había percatado ya de que Lisa McAuliffe trabaja para Nora, y la contrariaba todo lo que se metiera en su camino.

Lisa llevaba el pelo muy corto, casi como un soldado, y se vestía con monos o pantalones de pintor. Nadie imaginaría que Nora, siempre vestida a la moda, tan femenina, tuviera una asistente como Lisa McAuliffe. Pero Lisa le era ferozmente fiel; a Nora le reservaba sus pocas sonrisas, mientras que le ponía los pelos de punta al resto de la humanidad.

Lisa era una amante de los gatos. Su cubículo estaba atiborrado con cosas de gatos: muñecos de Garfield, estatuillas de Catbert, ese estilo de cosas. Miré a mi alrededor y no vi a nadie, y comencé a abrir los cajones del escritorio. Después de un rato encontré el llavero escondido, dentro de una bolsita de plástico para clips, en la tierra de su planta a prueba de luz de fluorescentes. Respiré hondo, cogí el llavero, que debía tener unas veinte llaves, y comencé a probarlas una por una. La sexta abrió la puerta de Nora.

Le di un golpecito al interruptor de la luz, me senté en el escritorio y encendí el ordenador.

Estaba preparado para el caso de que alguien pasara inesperadamente por aquí. Arnold Meacham me había llenado la cabeza de estrategias -tomar la ofensiva, hacerles preguntas a ellos-, pero ¿qué posibilidad había de que alguien de la limpieza, que hablaba portugués o español y nada de inglés, se diera cuenta de que me encontraba en un despacho ajeno? Así que me concentré en la tarea que tenía pendiente.

La tarea que tenía pendiente, desafortunadamente, no era nada fácil. Sobre la pantalla titilaban las palabras USUARIO/CONTRASEÑA. Mierda. Protegido con contraseña: me lo tenía que haber esperado. Tecleé NSOMMERS; era lo habitual. Entonces tecleé NSOMMERS en la contraseña. El setenta por ciento de la gente, según me habían enseñado, usan como contraseña el mismo nombre de usuario.

Pero Nora no.

Me imaginaba que Nora no era el tipo de persona que escribe su contraseña en un papelito adhesivo y lo pega dentro de un cajón, pero tenía que estar seguro. Busqué en los sitios habituales -bajo el ratón, bajo el teclado, detrás del ordenador, en los cajones-, pero nada. Tendría que arreglármelas sobre la marcha.

Intenté con SOMMERS, simplemente; intenté con su fecha de nacimiento, los primeros siete números de su número de seguridad social y los últimos siete también, su número de empleado. Toda una variedad de combinaciones, denegado; Después del décimo intento, me detuve. Cada intento quedaba registrado, asumí, y diez eran ya demasiados. La gente no suele equivocarse más de dos o tres veces.

La cosa no iba nada bien.

Pero había otras formas de descifrar la contraseña. Yo había recibido horas y horas de entrenamiento al respecto, y además me habían dado algunos artilugios que eran casi a prueba de idiotas. No es que yo fuera un hacker ni nada parecido, pero me las podía arreglar con un ordenador de forma bastante decente -lo suficiente, al menos, como para meterme en un problema de los gordos en Wyatt- y los aparatos que me habían dado eran ridículamente fáciles de instalar.

Básicamente se trataba de un sistema llamado «registro de pulsaciones». Este chisme grababa en secreto cada pulsación que hacía el usuario.

Podía venir en forma de software, como un programa de ordenador, o como dispositivo de hardware. Pero había que tener cuidado al instalar las versiones de software, porque nunca se sabía hasta qué punto se controlaban los sistemas de red de la empresa; tal vez podrían detectarlo. Así que Arnold Meacham me había recomendado que usara el dispositivo.

Me habían dado un surtido de pequeños juguetes. Uno era un diminuto conector de cable que se acoplaba entre el teclado y el ordenador. Era prácticamente invisible. Tenía un chip que grababa y guardaba hasta dos millones de pulsaciones. Después, simplemente, uno regresaba y lo quitaba del ordenador del objetivo, y así quedaba en poder de un registro de todo lo que él (o ella) había tecleado.

En un total de diez segundos, desconecté el teclado de Nora, lo conecté al Keyghost, y conecté el Keyghost al ordenador. Nora no lo vería nunca, y en un par de días yo volvería para recogerlo.

Pero no estaba dispuesto a salir de su despacho con las manos vacías. Repasé lo que había sobre el escritorio. No había gran cosa. Encontré el borrador, sin enviar todavía, de un correo electrónico dirigido al equipo del Maestro. «Mi más reciente investigación de mercado», escribió Nora, «indica que, si bien GoldDust es indudablemente superior, Microsoft Office va a aceptar tecnología inalámbrica BlackHawk. Aunque esto pueda representar un trastorno para nuestros magníficos ingenieros, creo que estamos todos de acuerdo en que lo mejor es no nadar contra la corriente de Microsoft…».

Qué eficiente, Nora, pensé. Deseé con toda el alma que Wyatt estuviera en lo cierto.

También me faltaba revisar los archivos. Incluso en un lugar de alta tecnología como Trion, siempre hay documentos importantes en papel, ya se trate de originales o de copias de seguridad. Esta es la gran verdad de la llamada oficina sin papel: cuanto más utilizamos ordenadores, más papel para copias necesitamos. Abrí el primer archivador que encontré, que resultó no ser un archivador, sino una pequeña biblioteca oculta. ¿Por qué habrían de mantenerse estos libros fuera de la vista de la gente?, me pregunté. Miré los títulos de cerca y solté un grito de alegría.

Nora tenía filas y filas de libros con títulos como Mujeres que corren con lobos y Juego duro para mujeres y Juega como hombre, gana como mujer. Títulos como Por qué las chicas buenas no ganan… pero sí las valientes y Los siete secretos de la mujer exitosa y Los once mandamientos de la mujer (terriblemente) exitosa.

Nora, Nora, me sorprendí pensando. Vaya con Nora.

Cuatro de sus archivadores estaban cerrados sin llave, y comencé por ahí, hojeando sus terriblemente aburridos contenidos: informes de operatividad, especificaciones de productos, carpetas de desarrollo de productos, carpetas financieras… Nora, al parecer, lo documentaba todo, probablemente imprimía una copia de cada correo electrónico que enviaba o recibía. Yo sabía que lo bueno debía estar en los archivadores cerrados bajo llave. ¿Qué otra razón podía haber para ello?

Cogí el llavero de Lisa y rápidamente localicé la pequeña llave de los archivadores. En los cajones encontré varias carpetas de Recursos Humanos acerca de sus subordinados, que, si hubiera tenido tiempo, tal vez habrían resultado de interesante lectura. Los documentos financieros indicaban que Nora llevaba bastante tiempo en Trion, había adquirido muchas de sus opciones sobre acciones y comerciaba activamente con ellas, así que su capital neto ya iba por las siete cifras. Encontré mi carpeta; era muy delgada y no contenía nada como para asustarse. Nada de interés.

Luego miré con más atención y encontré unos cuantos folios, impresiones de correos electrónicos que Nora había recibido de alguien de arriba. Por lo que se veía, Alana Jennings, la mujer que había ocupado mi puesto antes que yo, había sido transferida abruptamente a otra parte de la empresa. Y Nora había cogido tal cabreo, que había hecho llegar su queja al mismísimo comienzo de la cadena alimenticia: al vicepresidente senior. Era una jugada atrevida.

Asunto: Re: Transferencia de Alana Jennings

Fecha: Martes, 8 de abril, 8:42:19 horas

De: GAllred

Para: NSommers

Nora:

Acuso recibo de sus varios correos en los cuales protesta usted por la transferencia de Alana Jennings a otra división de la empresa. Comprendo su disgusto, pues Alana es su empleada de más alto ranking, además de un valioso miembro de su equipo.

Lamentablemente, sin embargo, sus objeciones han sido desestimadas por la más alta autoridad. Las habilidades de Alana son requeridas con urgencia en el proyecto Aurora.

Permítame asegurarle que su equipo no se verá reducido. Se le ha concedido una solicitud de reemplazo, de manera que pueda usted cubrir el puesto de Alana con cualquier empleado interesado y calificado de la compañía.

Por favor indíqueme si puedo hacer algo más por usted.

Un saludo,

Greg Allred

Vicepresidente senior

Unidad de Investigaciones Avanzadas

Sistemas Trion

Te ayudamos a cambiar tu futuro

Y luego, dos días después, otro correo electrónico:

Asunto: Re: Re: Transferencia de Alana Jennings

Fecha: Jueves, 10 de abril, 14:13:07 horas

De: GAllred

Para: NSommers

Nora:

En relación con Aurora, mis disculpas más sinceras, pero no estoy en libertad de revelar la naturaleza exacta del proyecto salvo para decir que se trata de algo fundamental para el futuro de Trion. Puesto que Aurora es un proyecto secreto de la mayor confidencialidad, respetuosamente le solicito que no prosiga con este asunto.

Dicho lo cual, comprendo su dificultad a la hora de cubrir internamente la posición de Alana con alguien apropiadamente calificado. Por lo tanto, me alegra transmitirle que está usted autorizada, en esta instancia, para obviar la prohibición general de la compañía en el sentido de contrataciones externas. Este puesto podría ser designado como «bala de plata», lo cual la habilitaría para contratar a alguien de fuera. Espero que esto disipe sus preocupaciones.

No dude en escribir o llamar si tiene alguna pregunta.

Un saludo,

Greg Allred

Vicepresidente senior;

Unidad de Investigaciones Avanzadas

Sistemas Trion

Te ayudamos a cambiar tu futuro

Guau. De repente, todo empezaba a tener sentido. Me habían contratado para reemplazar a esta tal Alana, que había sido transferida a algo llamado Proyecto Aurora.

El Proyecto Aurora era evidentemente una empresa de alta confidencialidad: un trabajo secreto. Lo he encontrado, pensé.

No me pareció buena idea coger los correos y llevarlos a la fotocopiadora, así que saqué un bloc de papel amarillo de una pila alta que había en el armario de Nora y comencé a tomar apuntes.

No sé cuánto tiempo estuve sentado allí, en el suelo alfombrado de su despacho, pero debió de ser unos buenos cuatro o cinco minutos. Y de repente me percaté de algo que se movía en la periferia de mi campo visual. Levanté la cara y vi a un guardia de seguridad de pie en la puerta, observándome.

Trion no contrataba empresas de seguridad; tenía su propio personal, hombres de blazer azul marino y camisa blanca que parecían policías o acomodadores de iglesia. Este tío era un negro alto y fornido con pelo gris y muchos lunares como pecas sobre las mejillas. Tenía los ojos grandes y párpados pesados como los de un basset-hound, y usaba gafas de montura metálica. Estaba allí parado, mirándome.

Tanto tiempo invertido en ensayar lo que diría si me cogían, y en ese momento se me quedó la mente en blanco.

– Ya sé lo que tiene ahí -me dijo. No me estaba mirando; tenía la mirada fija en el escritorio de Nora. En el ordenador. ¿En el Keyghost? Dios mío, no, por favor, no.

– ¿Disculpe? -dije.

– Sé lo que tiene ahí. Ya lo creo que sí. Lo sé.

Entré en pánico. El corazón me latía a mil por hora. Dios santísimo, pensé: me han jodido.

Capítulo 22

Parpadeó, siguió mirando. ¿Me había visto instalar el aparato? Y enseguida me embargó otra idea, igual de escalofriante: ¿había visto el nombre de Nora sobre la puerta? ¿No se preguntaría qué hacía un hombre en el despacho de una mujer, hojeando sus archivos?

Eché una mirada a la placa de la puerta, justo detrás del guardia. Ponía N.SOMMERS. N.SOMMERS podía ser cualquier persona, hombre o mujer. Con todo, era posible que ese hombre llevara toda la vida patrullando por esos pasillos, y que conociera a Nora desde hacía años.

El guardia estaba todavía de pie en el umbral, bloqueando la salida. ¿Qué coño se suponía que debía hacer? Podía intentar salir corriendo, pero primero tendría que superar al hombre, lo cual quería decir echarme sobre él, derribarlo y apartarlo del camino. Era grande pero viejo, probablemente no era muy veloz; aquello podía funcionar. Así que hablábamos de agresión con lesiones. Y contra un anciano. Dios mío.

Pensé con rapidez. ¿Decir que soy nuevo? Repasé una serie de explicaciones mentalmente: yo era el nuevo asistente de Nora Sommers. Era su subordinado directo -lo era, al fin y al cabo- y hoy me encontraba trabajando hasta tarde a instancias suyas. ¿Qué iba a saber este tío? No era más que un guardia de seguridad.

Dio un par de pasos al interior del despacho, sacudió la cabeza.

– Y yo que creía haberlo visto todo, tío.

– Mire, tenemos un gran proyecto que entregar mañana -comencé a decir, indignado.

– Tiene usted un Bullitt. Eso es un Bullitt genuino.

Enseguida vi lo que el hombre miraba con tanta atención mientras avanzaba. Era una fotografía a color, de gran tamaño y marco plateado, que había colgada en la pared. La foto de un deportivo clásico bellamente restaurado. El guardia caminaba hacia ella, aturdido, como si se acercara al Arca de la Alianza.

– Mierda, tío, es un Mustang 1968 GT tres-noventa, y es original. -Exhaló como si hubiera visto el rostro del Señor.

La adrenalina surtió efecto y el alivio empezó a salirme por los poros. Dios mío.

– Sí -dije con orgullo-. Lo felicito.

– Tío, mira este Mustang. ¿Y este pony es GT de fábrica?

¿Qué coño sabía yo? Era incapaz de distinguir un Mustang de un Dodge Dart. Por lo que yo sabía, aquello podía ser la foto de un Gremlin AMC.

– Claro -dije.

– Hay cantidad de falsos por ahí, ¿sabe? ¿Ha levantado el asiento trasero, ha visto si tiene las placas metálicas, los refuerzos del tubo de escape doble?

– Sí, claro -dije con ligereza. Me puse de pie, alargué la mano-. Nick Sommers.

Su apretón era seco, y su mano grande envolvió la mía.

– Luther Stafford -dijo-. Me parece que no lo he visto antes.

– Sí, nunca estoy por las noches. Este maldito proyecto… Siempre lo mismo: «Lo necesitamos para las nueve de la mañana, corre prisa.» Sí, date prisa y luego espérate. -Traté de parecer despreocupado-. Da gusto ver que no soy el único que trabaja hasta tarde.

Pero el guardia no cambiaba de tema.

– Tío, creo que nunca he visto un pony Fastback en Highland Green. Fuera de una peli, quiero decir. Este parece el mismo que usó Steve McQueen para sacar de la carretera al malvado Dodge Charger negro y obligarlo a meterse en la gasolinera. Volaban los tapacubos, tío. -Soltó una risita suave y dulce, una risa de cigarrillos y alcohol-. Bullitt. Mi peli favorita. La he visto mil veces.

– Sí -dije-. El mismo.

Se acercó más. De repente me di cuenta de que había una gigantesca estatuilla dorada sobre el anaquel, junto al marco plateado de la foto. Sobre la base de la estatua, en letras negras e inmensas, se leía: mujer del año, 1999. EN RECONOCIMIENTO A NORA SOMMERS. Rápidamente rodeé el escritorio y me puse frente al premio como si también yo inspeccionara la fotografía.

– Tiene el alerón trasero y todo -siguió el hombre-. Doble tubo de escape, ¿correcto?

– Correcto.

– ¿Con los bordes chapados y todo?

– Por supuesto.

Sacudió de nuevo la cabeza.

– ¿Y lo restauró usted mismo?

– No, no. Ojalá tuviera el tiempo.

Volvió a reír, una risa grave y sorda.

– Sé a qué se refiere.

– Se lo compré a un tío que lo guardaba en su establo.

– ¿Trescientos veinte caballos de fuerza?

– Exacto -dije como si lo supiera.

– Mira la cubierta de los intermitentes de esta criatura. Yo tuve una vez un 68 de cubierta dura, pero tuve que venderlo. Mi mujer me obligó cuando tuvimos nuestro primer hijo. Desde entonces no hago más que soñar con él. Pero a ese Mustang GT Bullitt no lo voy ni a mirar, no señor.

Negué con la cabeza.

– Por nada del mundo.

No tenía la menor idea de a qué se refería. ¿Acaso en esta empresa todos estaban obsesionados con los coches?

– Corríjame si me equivoco, pero parece que sus neumáticos son GR setenta, montados sobre llantas American Torque Thrust de quince por siete. ¿Correcto?

Dios mío, ¿no podíamos cambiar de tema?

– La verdad, Luther, es que no tengo ni puta idea de coches Mustang. Ni siquiera merezco tenerlo. Mi esposa me lo acaba de regalar por mi cumpleaños. Claro que seré yo el que pague el préstamo durante los próximos setenta y cinco años.

Rió de nuevo.

– Le entiendo. He pasado por lo mismo.

Noté que miraba el escritorio, y enseguida me di cuenta de lo que estaba observando.

Era un gran sobre de papel manila con el nombre de Nora escrito con rotulador rojo en letras mayúsculas grandes y gruesas, NORA SOMMERS. Busqué en el escritorio algo para que poner encima, algo con qué cubrirlo, por si el guardia no había alcanzado a leer el nombre, pero el escritorio de Nora era impecable. Tratando de disimular, cogí una página del bloc de notas y la arranqué suavemente, la dejé caer sobre el escritorio y la deslicé encima del sobre con la mano izquierda. Qué sangre fría, Adam. Sobre el papel amarillo había unas cuantas notas con mi letra, pero nada que tuviera sentido para nadie.

– ¿Quién es Nora Sommers? -dijo.

– Ah, es mi mujer.

– Nick y Nora, ¿eh?

– Se rió.

– Sí, así nos llaman. -Sonreí de oreja a oreja-. Por eso me casé con ella. Bien, mejor vuelvo a mis ficheros. Si no, voy a quedarme aquí toda la noche. Encantado de conocerle, Luther.

– Igualmente, Nick.

Para cuando se fue el guardia, estaba tan nervioso que no pude hacer mucho más que terminar de copiar los correos electrónicos, apagar las luces y volver a cerrar con llave la puerta de Nora. Al regresar al cubículo de Lisa McAuliffe para devolver el llavero, noté que alguien caminaba no muy lejos de allí. Otra vez Luther, pensé. ¿Qué quería? ¿Más charla sobre los Mustang? Yo sólo quería dejar las llaves sin ser visto y después largarme de allí.

Pero no era Luther; era un tío barrigón con gafas de carey y cola de caballo.

La última persona que hubiera esperado encontrar en la oficina a las diez de la noche, pero también era cierto que los ingenieros trabajaban a horas extrañas.

Noah Mordden.

¿Me había visto cerrando el despacho de Nora, me había visto dentro del despacho? ¿O acaso la vista no le alcanzaba para verme? Tal vez ni siquiera estaba atento; tal vez estaba en otro mundo. Pero ¿qué estaba haciendo allí?

No dijo nada, no me saludó. Ni siquiera estaba seguro de que me hubiera visto. Pero yo era la única persona presente, y él no era ciego.

Giró por el siguiente pasillo y dejó una carpeta en el cubículo de alguien. Disimulando, me acerqué al cubículo de Lisa y deposité el llavero en la planta, en la tierra donde lo había encontrado: un movimiento ágil antes de seguir mi camino.

Estaba a medio camino entre el cubículo y los ascensores cuando oí:

– Cassidy.

Me di la vuelta.

– Y yo que pensaba que sólo los ingenieros eran animales nocturnos.

– Sólo trato de ponerme al día. Antes de que me pillen -dije de manera poco convincente.

– Ya veo -dijo. Y la forma en que lo dijo me causó escalofríos. Enseguida preguntó-: ¿Haciendo qué?

– ¿Perdona?

– ¿En qué van a pillarte?

– No estoy seguro de entender -dije. El corazón se me iba a salir.

– Trata de recordarlo.

– ¿Cómo dices?

Pero Mordden ya estaba de camino al ascensor, y no respondió.

Tercera Parte. Fontanería

Fontanería: Jerga del oficio que designa diversos bienes de apoyo tales como pisos francos, lugares para entregas secretas y similares, pertenecientes a una agencia de inteligencia clandestina.

Diccionario internacional del espionaje.

Capítulo 23

Cuando llegué a casa me sentía completamente destrozado. No estaba hecho para este tipo de trabajos. Quería salir a emborracharme de nuevo, pero tenía que irme a la cama y dormir un poco.

El piso me pareció más pequeño y escuálido que nunca. Ganaba un salario de seis cifras, de manera que podía permitirme uno de esos pisos de los edificios altos y nuevos del muelle. No había razón para que me quedara en esta ratonera, excepto el hecho de que era mi ratonera, el memorando del vago delincuente, del fracasado que era en realidad, y no el impostor bien vestido en que me había convertido. Además, no tenía tiempo de buscar otro sitio.

Le di al interruptor que había junto a la puerta y la habitación siguió a oscuras. Maldita sea. Eso quería decir que la bombilla de la lámpara grande y fea que había junto al sofá, la principal fuente de luz del lugar, se había fundido. Siempre tenía la lámpara conectada para poder encenderla y apagarla desde la puerta. Ahora tendría que atravesar dando traspiés el piso oscuro hasta el pequeño armario donde guardaba las bombillas de repuesto. Por fortuna conocía cada centímetro de mi diminuto piso, y lo podía recorrer literalmente con los ojos cerrados. Tanteé el interior de la caja de cartón ondulado, buscando una bombilla nueva y esperando que fuera una de cien vatios y no de veinticinco o algo así, y luego avancé a través de la habitación hacia el sofá, desatornillé el chisme que mantiene la caperuza en su sitio y puse la bombilla nueva. Seguía sin haber luz. Joder: era el final más apropiado para un día de mierda. Encontré el pequeño interruptor en la base de la lámpara y lo encendí, y la habitación se iluminó.

Estaba de camino al baño cuando caí en la cuenta: ¿cómo se había apagado la lámpara? Yo nunca la apagaba desde ahí, nunca. ¿Me estaba volviendo loco?

¿Había entrado alguien a mi piso?

La sensación era escalofriante, un atisbo de paranoia. Alguien había estado aquí. ¿De qué otra forma se podía haber apagado la lámpara desde la base?

Yo no compartía mi piso con nadie ni tenía novia, y nadie más tenía llave. La sórdida empresa que administraba la finca en nombre del sórdido y ausente propietario de estos tugurios nunca entraba a los pisos. Ni siquiera aunque uno les rogara que mandaran a alguien para arreglar los radiadores. Nadie entraba nunca en mi piso, excepto yo.

Al mirar el teléfono que había justo debajo de la lámpara, uno de esos Panasonic viejos y negros con el contestador automático incorporado (que yo había dejado de usar desde que la compañía telefónica me había proporcionado un buzón de voz), noté que algo más estaba fuera de su sitio. El cable negro del teléfono estaba sobre el teclado, en lugar de enrollado a un lado del aparato como siempre. Cierto, se trataba de detalles sin importancia, pero cuando uno vive solo se da cuenta de estas cosas. Traté de recordar cuándo había llamado por última vez, dónde había estado, lo que hacía en ese momento. ¿Tan distraído estaba que había colgado mal el teléfono? Pero tenía la certeza de que el teléfono no había quedado así cuando salí de casa esa mañana.

Definitivamente, alguien había estado allí.

Volví a mirar el teléfono y me di cuenta de que algo más estaba incuestionablemente fuera de lugar, y esto no era ni siquiera sutil. El contestador que yo nunca usaba tenía uno de esos sistemas de cinta doble, un microcasete para el mensaje de saludo, otro para grabar los mensajes entrantes.

Pero el casete que grababa los mensajes entrantes había desaparecido. Alguien se lo había llevado.

Alguien, presumiblemente, que quería conocer de mis mensajes.

O alguien -la idea me llegó de repente- que quería asegurarse de que yo no utilizara el contestador para grabar llamadas que hubiera recibido. Tenía que ser eso. Me levanté y comencé a buscar la única grabadora que tenía además de aquélla, un aparato de microcasete que había comprado en la universidad por razones que ya había olvidado. Recordaba vagamente haberlo visto en el último cajón de mi escritorio semanas antes, mientras buscaba un encendedor. Saqué el cajón, hurgué en el interior, pero no estaba allí. Ni estaba tampoco en ninguno de los demás cajones. Y mientras más buscaba, más seguro me sentía de que había visto la grabadora en el último cajón. Cuando busqué otra vez, encontré el adaptador de corriente que venía con ella, lo cual confirmó mis sospechas. También la grabadora había desaparecido.

Ahora tenía la certeza: quienquiera que hubiera registrado mi piso buscaba cualquier grabación que yo hubiera podido hacer. Le pregunta era: ¿Quién lo había hecho? Si había sido la gente de Wyatt y Meacham, el asunto resultaba totalmente exasperante, abusivo.

¿Y si no eran ellos? ¿Y si era Trion? Eso era tan terrible que ni siquiera quise considerarlo. Recordé la pregunta que Mordden me había hecho con expresión vacía: «¿En qué van a pillarte?»

Capítulo 24

La casa de Nick Wyatt estaba en el más pijo de los suburbios, un lugar del que todo el mundo ha oído hablar, tan rico que se hacen bromas sobre él. Era posiblemente el lugar más grande, lujoso y elitista de una ciudad conocida por sus propiedades grandes, lujosas y elitistas. Indudablemente, para Wyatt era importante vivir en la casa de la que todo el mundo hablaba, la casa que había salido en la portada de Architectural Digest, la casa que obligaba a los periodistas locales a inventar continuamente excusas para entrar y escribir sobre ella. Les encantaba asumir poses atemorizadas y boquiabiertas frente a este san Simeón de Silicon Valley. Les encantaba la cosa japonesa: la falsa serenidad, la falsa sencillez y sobriedad Zen que chocaba de forma tan grotesca con la flota de descapotables de Wyatt y su estridencia totalmente anti-Zen.

En el Departamento de Relaciones Públicas de Wyatt Telecommunications había un tío cuyo trabajo consistía exclusivamente en llevar la publicidad personal de Nick Wyatt, colocando artículos en People y en USA Today o donde fuera. Cada cierto tiempo hacía circular historias acerca de la casa de Wyatt, y así es como llegué a saber que había costado cincuenta millones de dólares, que era mucho más grande y elegante que esa casa a orillas del lago que Bill Gates tenía en Seattle, que era una réplica de un palacio japonés del siglo XIV y que Wyatt la había mandado construir en Osaka y la había traído por piezas a Estados Unidos. La rodeaban cuarenta acres de jardines japoneses llenos de especies raras de flores, de jardines rocosos y provistos de una cascada artificial, una laguna artificial y puentes de madera antiguos y traídos desde el Japón. Hasta las piedras irregulares del sendero de entrada habían sido importadas de Japón.

Por supuesto, no vi nada de esto mientras conducía por la interminable entrada de piedra. Vi una especie de caseta de piedra y un alto portón de hierro que se abría automáticamente, vi lo que parecían ser miles de bambúes, un garaje con seis descapotables Bentley de colores distintos (el Bentley era su coche favorito: que no le vinieran con deportivos americanos) y una inmensa casa de madera rodeada por una pared alta de piedra.

Había recibido la orden de presentarme a esta cita a través de un correo electrónico seguro: un mensaje enviado por «Arthur» a mi cuenta privada a través de un «anonimizador» finlandés, un servidor de reenvíos que lo volvía imposible de rastrear. Había toda una codificación del lenguaje que lo hacía parecer la confirmación de un pedido a una tienda on-line, pero que en realidad me indicaba dónde y cuándo y todo eso.

Meacham me había dado instrucciones precisas acerca de cómo y por dónde llegar. Debía ir al parking de un restaurante Denny's y esperar un Lincoln azul oscuro, al cual seguiría a casa de Wyatt. Supongo que el objetivo era asegurarnos de que nadie me siguiera. Eran un poco paranoicos al respecto, pensé, pero ¿quién era yo para discutir? Después de todo, era yo el que estaba en el banquillo.

Tan pronto como salí del coche, el Lincoln se alejó. Un hombre filipino me abrió la puerta y me pidió que me quitara los zapatos. Me condujo a una sala de espera amueblada con biombos shoji, tatamis, una mesa baja y negra y laqueada, y un sillón bajo rectangular con aspecto de futón. Nada demasiado cómodo. Hojeé las revistas artísticamente desplegadas sobre la mesa negra: The Robb Report, Architectural Digest (incluyendo, naturalmente, el número con la casa de Wyatt en portada), un catálogo de Sotheby's.

Finalmente reapareció el mayordomo o lo que fuera y me hizo una señal con la cabeza. Le seguí por un extenso vestíbulo y caminamos hacia otra habitación casi vacía en la cual estaba Wyatt, sentado en la cabecera de una mesa de comedor larga y negra.

Al acercarnos a la entrada del comedor de repente estalló una alarma aguda e increíblemente fuerte. Miré alrededor, perplejo, pero antes de que pudiera darme cuenta de lo que sucedía, el filipino y otro tipo que apareció de la nada me agarraron y me echaron al suelo. «¿Qué coño?», dije, e intenté zafarme, pero estos tíos eran tan fuertes como luchadores de sumo. El segundo tío me sostenía mientras el filipino me registraba. ¿Qué esperaban encontrar, armas? El filipino encontró mi reproductor iPod MP3, y de un tirón me lo sacó de la mochila. Lo miró, dijo algo en cualquiera que sea el idioma que se habla en las Filipinas, se lo entregó al otro, que lo miró, le dio vueltas, y dijo algo brusco e indescifrable. Me incorporé.

– ¿Así es como dais la bienvenida a los huéspedes del señor Wyatt? -dije. El mayordomo se llevó el iPod y, al entrar al comedor, se lo entregó a Wyatt, que observaba la acción. Wyatt se lo devolvió al filipino sin molestarse en mirarlo.

Me puse de pie.

– ¿Acaso sus sirvientes no han visto nunca una cosa de éstas? ¿O es que la música del exterior está prohibida en este lugar?

– Sólo tratan de ser cuidadosos -dijo Wyatt. Llevaba una camisa estrecha y negra de manga larga que parecía hecha de lino, y probablemente costaba más de lo que yo ganaba en un mes, incluso ahora que trabajaba en Trion. Wyatt parecía aún más bronceado que de costumbre. Debe dormir en una cámara de rayos UVA, pensé.

– ¿Tiene miedo de que esté armado?

– No «tengo miedo» de nada, Cassidy. Me gusta que todos cumplan las reglas. Si se comporta con inteligencia y no trata de pasarse de listo, todo saldrá bien. Y ni se le ocurra tratar de conseguir una «póliza de seguros», porque le llevamos mucha ventaja.

Curioso: la idea ni siquiera se me había ocurrido hasta que él la mencionó.

– No le entiendo.

– Le digo que si intenta algo estúpido como grabar nuestras reuniones o cualquier llamada que reciba de mí o algún representante mío, las cosas no le van a salir bien. Usted no necesita seguros, Adam. Yo soy su seguro.

Una bella japonesa en kimono apareció con una bandeja en las manos y con unas pinzas de plata le entregó a Wyatt una toalla enrollada y caliente. Él se limpió las manos y se la devolvió. De cerca se podía ver que Wyatt se había hecho un estiramiento facial. Su piel era demasiado tensa, y le daba a sus ojos un aspecto casi esquimal.

– El teléfono de su casa no es seguro -continuó-. Ni tampoco su buzón de voz, ni su ordenador ni su móvil. Deberá ponerse en contacto con nosotros sólo en caso de emergencia, excepto si responde a una solicitud nuestra. Por lo demás, lo contactaremos mediante correos electrónicos cifrados y protegidos. Ahora sí: ¿puedo ver lo que me ha traído?

Le entregué el CD que había bajado de la página web con las más recientes contrataciones de Trion, y un par de hojas de papel cubiertas de notas mecanografiadas. Mientras las leía, la japonesa regresó con otra bandeja y comenzó a desplegar ante Wyatt una serie de sushis y sashimis perfectos y esculturales sobre cajas de caoba laqueada, con pequeños montículos de arroz blanco y wasabi verde pálido y hojas de jengibre rosa. Wyatt no levantó la cabeza; estaba demasiado absorto en las notas que le había traído. Tras unos minutos levantó un pequeño teléfono negro que había sobre la mesa y del que no me había percatado antes, y dijo algo en voz baja. Me pareció oír la palabra «fax».

Finalmente me miró.

– Buen trabajo -dijo-. Muy interesante.

Apareció otra mujer, de mediana edad y remilgada, de rostro arrugado y pelo gris, con gafas de lectura colgándole del cuello. Sonrió, cogió los papeles de manos de Wyatt y salió sin decir una palabra. ¿Acaso tenía secretarias las veinticuatro horas del día?

Wyatt levantó un par de palillos y se llevó un bocado de pescado crudo a la boca, mascando, pensativo, mientras me miraba fijamente.

– ¿Entiende la superioridad de la dieta japonesa? -me dijo.

Me encogí de hombros.

– Me gusta la tempura y esas cosas.

Se burló, sacudió la cabeza.

– No estoy hablando de tempura. ¿Por qué cree usted que Japón es líder mundial en expectativa de vida? Una dieta baja en grasas, alta en proteínas, rica en vegetales, alta en antioxidantes. Comen cuarenta veces más soja que nosotros. Durante años se negaron a comer animales de cuatro patas.

– Vale -dije-. Y eso quiere decir que…

Tomó un bocado más.

– Debería pensar seriamente en mejorar su calidad de vida, Adam, de verdad. Usted tiene, qué, ¿veinticinco?

– Veintiséis.

– Tiene décadas enteras por delante. Cuide su cuerpo. El cigarrillo, la bebida, los Big Macs y toda esa mierda… tiene que ponerle punto final a todo eso. Yo duermo tres horas por noche. No necesito más. ¿Se divierte, Adam?

– No.

– Bien. No está allí para divertirse. ¿Está usted cómodo con su nuevo papel en Trion?

– Voy aprendiendo los entresijos. Mi jefa es una zorra de mucho cuidado…

– No hablo de su fachada. Hablo de su verdadero trabajo: la penetración.

– ¿Cómodo? No, todavía no.

– Hay mucho en juego. Lo comprendo muy bien. ¿Sigue viendo a sus viejos amigos?

– Claro que sí.

– No espero que los abandone, eso puede levantar sospechas. Pero más vale que se asegure de mantener la boca callada, o se verá metido en un montón de mierda.

– Entendido.

– Asumo que no necesita que le recuerde las consecuencias de su fracaso.

– No necesito que me las recuerde.

– Muy bien. Su trabajo es difícil, pero el fracaso es mucho peor.

– La verdad es que estar en Trion me empieza a gustar.

Le estaba diciendo la verdad, pero sabía también que lo tomaría como una puñalada. Wyatt levantó la cara, sonrió de medio lado mientras masticaba.

– Es un placer escuchar eso.

– Dentro de poco, mi equipo hará una presentación frente a Augustine Goddard.

– El bueno de Jock Goddard, ¿eh? Bien, se dará usted cuenta de que no es más que una cotorra pedante y sentenciosa. Me parece que de verdad cree lo que dicen esos artículos lameculos, toda esa mierda estilo «la conciencia de la alta tecnología» que aparece constantemente en Fortune. El tío cree de verdad que su mierda es la única que no apesta.

Asentí; ¿qué esperaba que dijera? No conocía a Goddard, así que no podía estar de acuerdo ni en desacuerdo, pero la envidia de Wyatt me parecía transparente.

– ¿Cuándo se presentan ante el viejo pesado?

– En un par de semanas.

– Tal vez pueda ayudarle.

– Cualquier ayuda me sirve.

Sonó el timbre del teléfono y Wyatt contestó.

– ¿Sí? -dijo. Escuchó durante cosa de un minuto-. Muy bien -dijo entonces, y colgó-. Ha encontrado algo valioso, Adam. En una o dos semanas le daremos un informe completo sobre esta Alana Jennings.

– Claro. Como los que recibí sobre Lundgren y Sommers.

– No. Esto tendrá detalles de otra magnitud.

– ¿Por qué?

– Porque va usted a seguirle los pasos. Ella es su entrada. Y ahora que ha encontrado un código, quiero que me traiga los nombres de todos los trabajadores relacionados con Aurora. Todos, desde el director del proyecto hasta el conserje.

– ¿Cómo?

Me arrepentí tan pronto como lo dije.

– Arrégleselas. Ese es su trabajo. Y lo quiero para mañana.

– ¿Mañana?

– Así es.

– Está bien -dije, con un mínimo asomo de desafío en la voz-. Pero entonces tendrá usted lo que estaba buscando, ¿verdad? Y nuestros negocios habrán terminado.

– Nada de eso -dijo Wyatt. Sonrió, deslumbrándome con sus dientes blancos e inmensos-. Esto es tan sólo el comienzo, tío. No hemos hecho más que rasgar la superficie.

Capítulo 25

En ese momento estaba trabajando como un desquiciado. Estaba hecho polvo. Además de mi jornada normal en Trion, pasaba largas horas, hasta muy tarde por la noche, investigando en Internet, o repasando los archivos de espionaje industrial que Meacham y Wyatt me enviaban, los que me hacían parecer tan inteligente. Un par de veces estuve a punto de quedarme dormido en mitad del largo y atascado trayecto entre la oficina y mi casa. Abría de repente los ojos, me despertaba con una sacudida, y lograba evitar en el último segundo que mi coche invadiera el sentido opuesto o se incrustara en el que había delante. Generalmente era después de comer cuando comenzaba a desvanecerme, y necesitaba infusiones masivas de cafeína para no cruzar los brazos y caer dormido sobre mi escritorio. Mi fantasía era irme temprano a casa y meterme bajo las sábanas en mi tugurio y quedarme profundamente dormido en mitad de la tarde. Me alimentaba a base de café y Coca-Cola Light y Red Bull. Tenía círculos oscuros debajo de los ojos. Los adictos al trabajo, al menos, de todo esto sacan una especie de placer enfermizo; yo me sentía simplemente apaleado, como el caballo azotado de cierta novela rusa.

Pero trabajar como un loco ni siquiera era mi peor problema. Lo grave era que comenzaba a perder la noción de lo que mi trabajo «verdadero» implicaba y lo que implicaba mi trabajo «tapadera». Estaba tan ocupado yendo de reunión en reunión, tratando de cumplir con mi trabajo para que Nora no oliera sangre y se echara sobre mí, que apenas si tenía tiempo de merodear para recoger información acerca de Aurora.

De vez en cuando me encontraba con Mordden, en las reuniones del Maestro o en el comedor de empleados, y él se detenía un instante para conversar conmigo. Pero nunca mencionó esa noche en que me vio (o no me vio) saliendo del despacho de Nora. Tal vez no me había visto. O tal vez sí, y por alguna razón había decidido no decir nada al respecto.

Además comencé a recibir cada dos noches un correo electrónico de «Arthur» preguntando cómo iba la investigación, cómo marchaban las cosas, por qué demonios estaba tardando tanto.

Me quedaba hasta altas horas casi todas las noches, y apenas paraba en casa. Seth dejó varios mensajes para mí en el contestador, y después de una semana se dio por vencido. La mayoría de mis otros amigos también me habían desahuciado. Yo trataba de sacar media hora aquí o allá para pasar por casa de mi padre y ver cómo estaba, pero cada vez que lo hacía, lo encontraba tan cabreado conmigo por el hecho de que lo evitara, que apenas si me miraba. Entre mi padre y Antwoine se había instalado una suerte de tregua, una especie de Guerra Fría. Al menos Antwoine no amenazaba con largarse. No todavía.

Una noche regresé a la oficina de Nora y quité el aparato de las pulsaciones, rápidamente y sin problemas. Mi amigo, el guardia de los Mustang, solía pasar de ronda entre las diez y las diez y veinte, así que lo hice antes de que se presentara. Me tomó menos de un minuto, y Noah Mordden no andaba por allí.

Aquel diminuto cable contenía ahora cientos de miles de pulsaciones hechas por Nora, incluyendo todas sus contraseñas. Sólo era cuestión de conectar el sistema a mi ordenador y bajar el texto. Pero no me atreví a hacerlo allí mismo, en mi cubículo. ¿Quién podía saber qué clase de programas de detección tendrían aquí en Trion? No era un riesgo que valiera la pena correr.

Preferí conectarme una noche, desde casa, al sitio web de la empresa. En la ventanilla de búsqueda tecleé Aurora, pero nada apareció. Qué sorpresa. Pero tenía algo más en mente, y escribí el nombre de Alana Jennings y encontré su página. No había foto -la mayoría tenía su foto colgada, aunque algunos no-, pero había cierta información básica, como su extensión telefónica, el nombre de su puesto (directora de Marketing, Unidad de Investigación de Tecnologías Disruptivas) y el número de su departamento, que era el mismo que el de su correo interno.

Este pequeño número era una información extremadamente útil. En Trion, igual que en Wyatt, a uno le daban el mismo número de departamento que tenían todos los que trabajaban en la misma parte de la compañía. No tenía más que introducir el número en la base de datos para sacar una lista de todos los que trabajaban directamente con Alana Jennings, es decir, que trabajaban en el proyecto Aurora.

Lo cual no significaba que fuera a conseguir la lista completa de empleados de Aurora, que podían formar parte de departamentos distintos dentro de la misma planta, pero al menos conseguí un buen número de nombres relacionados: cuarenta y siete, en total. Imprimí la página de cada persona, metí los papeles en una carpeta y la carpeta en mi maletín. Supuse que eso mantendría a los de Wyatt satisfechos durante un buen rato.

Cuando llegué a casa esa noche, a eso de las diez, pensando en sentarme frente al ordenador para bajar las pulsaciones, algo más me llamó la atención. En mitad de la mesa de la cocina -un chisme recubierto de formica que había comprado por cuarenta y cinco dólares en un almacén de muebles usados- había un sobre de papel manila sellado, grueso y bien lleno.

El sobre no estaba allí por la mañana. Una vez más, alguien de Wyatt se había introducido en mi piso, casi como si intentaran dejar claro que eran capaces de entrar a cualquier parte. Vale, lo habían logrado. Tal vez pensaban que era la forma más fácil de entregarme algo sin ser vistos. Pero a mí me parecía casi una amenaza.

El sobre contenía un grueso dossier sobre Alana Jennings, tal y como me lo había prometido Nick Wyatt. Lo abrí, vi cantidades de fotos de la mujer, y de repente perdí todo interés en las pulsaciones de Nora Sommers. Esta Alana Jennings, hablando claro, estaba buenísima.

Me senté en el sillón de lectura y empecé a revisar el informe.

Era evidente que se había invertido una buena cantidad de tiempo y dinero en él. Alana había sido espiada por detectives privados que habían tomado buena nota de sus idas y venidas, sus costumbres, los recados que hacía. Había fotos de ella entrando en el edificio de Trion, en un restaurante con un par de amigas, en una especie de club de tenis, haciendo ejercicios en uno de esos clubes de fitness sólo para mujeres, saliendo de su Mazda Miata azul. Tenía el pelo negro y lustroso y los ojos azules, un cuerpo esbelto (eso era bastante evidente a juzgar por sus trajes de lycra). Algunas veces usaba gafas de montura negra y gruesa, del estilo que usan algunas mujeres para dar a entender que son inteligentes y serias y, sin embargo, tan bellas que pueden usar gafas feas. Eso, en realidad, la hacía más sexy. Tal vez ésa era su intención.

Después de una hora leyendo el archivo, sabía más sobre ella que sobre cualquier novia que hubiera tenido. No sólo era bella, era rica: doble amenaza. Había crecido en Darien, Connecticut, asistido al Instituto Miss Porter de Farmington, y enseguida a Yale, donde estudió Filología Inglesa y se especializó en Literatura Norteamericana. También había tomado algunas clases de informática e ingeniería eléctrica. Según sus informes universitarios, había obtenido sobresalientes en todo, y en sus primeros años de carrera fue elegida por Phi Beta Kappa. Vale, así que además era inteligente: triple amenaza.

El equipo de Meacham había conseguido todo tipo de información financiera acerca de su familia. Tenía una renta de varios millones de dólares, pero su padre, director ejecutivo de una pequeña compañía manufacturera de Stamford, tenía un portafolio que valía mucho más que eso. Alana tenía dos hermanas menores: una de ellas todavía estaba en la universidad, en Wesleyan, la otra trabajaba en Sotheby's, en Manhattan.

Dado que llamaba a sus padres casi cada día, podía intuirse que tenía una buena relación con ellos. (En el informe se incluía un año entero de recibos telefónicos, pero por fortuna alguien ya los había digerido por mí, y había seleccionado las llamadas más frecuentes.) Alana era soltera, no parecía estar saliendo con nadie actualmente, y era propietaria de su piso en un lugar de muy alto nivel, no muy lejos de los cuarteles generales de Trion.

Todos los domingos hacía la compra en un supermercado naturista; parecía ser vegetariana, porque nunca compraba carne, ni siquiera pollo o pescado. Comía como un pajarito, pero un pajarito de la selva tropical: muchas frutas -fresas, frambuesas, moras- y muchos cereales. No frecuentaba bares ni happy hours, pero sí recibía pedidos ocasionales de una tienda de licores del barrio, así que tenía por lo menos un vicio. Su vodka de todos los días parecía ser Grey Goose; su ginebra era Tanqueray Malacca. Salía a cenar una o dos veces por semana, y no precisamente a Denny's o Applebee's o Hooters; parecía gustarle lo fino, lugares gourmet con nombres como Chakra y Alto y Buzz y Om. También iba con frecuencia a restaurantes Thai.

Por lo menos una vez por semana iba al cine, y acostumbraba comprar las entradas con anticipación en Fandango; de vez en cuando veía la típica peli de chicas, pero la mayoría eran filmes extranjeros. Aparentemente, era una mujer que prefería ver El árbol de los zuecos que Porky's. Allá ella. Compraba muchos libros por Internet, en Amazon y Barnes and Noble, la mayoría ficción moderna de corte serio, cosas latinoamericanas y una buena cantidad de libros sobre cine. También, más recientemente, algunos libros sobre budismo y sabiduría oriental y mierda así. También había comprado películas en DVD, incluyendo toda la serie de El padrino y clásicos noir de los cuarenta como Perdición. De hecho, había comprado Perdición dos veces, una hace años, en vídeo, y otra, más recientemente, en DVD. Era obvio que había comprado su reproductor de DVD en los últimos dos años; y era obvio que aquella vieja peli de Fred McMurray y Barbara Stanwyck era una de sus favoritas. Parecía haber comprado todos y cada uno de los discos de Ani DiFranco y Alanis Morissette.

Guardé bien estos datos. Comenzaba a hacerme una idea de Alana Jennings. Y comenzaba también a diseñar un plan.

Capítulo 26

El sábado por la tarde, vestido con ropa deportiva blanca (que había comprado esa misma mañana: normalmente juego a tenis en vaqueros cortados y camiseta) y llevando en la muñeca un reloj de buzo, italiano y ridículamente caro, que había sido uno de mis despilfarros recientes, llegué a un lugar estirado y exclusivo llamado Tennis & Racquet Club. Alana Jennings era socia, y de acuerdo con mi informe, jugaba allí todos los sábados. Confirmé la hora de su pista llamando el día anterior y diciendo que se suponía que debíamos jugar juntos y que había olvidado la hora, no lograba encontrarla, ¿a qué hora era aquello, por favor? Fácil. Tenía un partido de dobles a las cuatro y media.

Media hora antes de su partido tuve una cita con el director de admisiones del club para que me enseñara el lugar. Eso requirió de cierta estrategia, porque se trataba de un club privado y no se podía entrar en él así como así. Le dije a Arnold Meacham que le pidiera a Wyatt mover sus fichas para que algún ricachón -el amigo de un amigo de un amigo, alguien que estuviera a cierta distancia de Wyatt- contactara a los del club y me recomendara. El tío resultó ser parte del comité de admisiones, y era obvio que su nombre tenía peso en el club, porque el director de admisiones, Josh, parecía encantado de enseñarme el lugar. Hasta me dio un pase para que pudiera ver las pistas (eran de tierra batida, las había cubiertas y también al aire libre) y tal vez consiguiera un partido.

El lugar era una extensa mansión estilo «shingle» que parecía una de esas «casitas» de Newport. Se levantaba en medio de un mar esmeralda de césped perfectamente recortado. En el café, finalmente me quité a Josh de encima fingiendo que saludaba con la mano a un conocido. Se ofreció a conseguirme un partido, pero le dije que no se preocupara por mí, yo conocía a muchos de los socios, no tendría problemas.

La vi un par de minutos después. Era imposible no ver a una tía tan buena. Llevaba una camiseta Fred Perry, y tenía (por alguna razón, esto no se veía en las fotos de vigilancia) un magnífico par de tetas. Sus ojos azules eran deslumbrantes. Entró en el café con otra mujer de su edad, y ambas pidieron Pellegrino. Encontré una mesa cerca de la suya, pero no demasiado cerca, y detrás de ella, fuera de su campo visual. La idea era observar, escuchar y, sobre todo, no ser visto. Si me veía, la próxima vez que tratara de merodear a su alrededor lo iba a tener más difícil. No es que yo sea un Brad Pitt, pero tampoco soy el tío más feo del mundo; las mujeres tienden a fijarse en mí. Tendría que ir con cuidado.

No pude saber si la mujer con la que estaba Alana Jennings era una vecina o una amiga de la universidad o qué, pero estaba claro que no hablaban de negocios. Se podía fácilmente concluir que no era una de sus compañeras del proyecto Aurora. Mala suerte: no iba a escuchar nada útil.

Pero entonces sonó su móvil.

– Soy Alana -dijo.

Tenía una voz aterciopelada, como de colegio privado, culta sin resultar afectada.

– ¿Eso hiciste? -dijo-. Pues bien, me parece a mí que lo has resuelto.

Mis oídos se abrieron.

– Keith, acabas de reducir el tiempo de producción a la mitad, es increíble.

Estaba definitivamente hablando de trabajo. Me acerqué un poco para oír mejor. Había risas en el ambiente, y platos chocando, y el top top de las bolas de tenis, todo lo cual hacía más difícil entender lo que Alana decía. Alguien pasó junto a mi mesa, un tipo corpulento con una tripa inmensa que sacudió mi vaso de Coca-Cola. Reía escandalosamente, y su risa cubría la conversación de Alana. Muévete, gilipollas.

Pasó de largo caminando como un pato, y entonces escuché otro fragmento de la conversación. Ahora Alana estaba hablando en voz baja, y tan sólo me llegaban trozos aislados. La oí decir:

– … pues sí, ésa es la pregunta de los sesenta y cuatro mil millones de dólares, ¿no es cierto? Ojalá supiera la respuesta. -Y luego, un poco más fuerte-: Gracias por avisarme. Es genial. -Sonó un pequeño bip y Alana colgó-. Es trabajo -le dijo a la otra mujer en tono de disculpa-. Lo siento, me gustaría apagar este aparato, pero estos días debo estar disponible las veinticuatro horas. ¡Ahí está Drew!

Un tío alto y fornido se acercó a ella -recién entrado en la treintena, bronceado, el cuerpo ancho y liso de un remero- y le dio un beso en la mejilla. No besó a la otra mujer.

– Hola, nena -dijo.

Genial, pensé. Así que los matones de Wyatt ni siquiera se habían dado cuenta de que Alana estaba saliendo con alguien.

– Hola, Drew -dijo ella-. ¿Dónde está George?

– ¿No te llamó? -dijo Drew-. Vive en la luna. Se le olvidó que este fin de semana le tocaba su hija.

– ¿Así que no tenemos cuarto?

– Ya encontraremos a alguien -dijo Drew-. No puedo creer que no te haya llamado. Qué lata.

Una bombilla se encendió en mi cabeza. Echando por la borda mi cuidadoso plan de observación anónima, tomé una decisión más arriesgada en una fracción de segundo. Me puse de pie y dije:

– Disculpad.

Todos me miraron.

– ¿Necesitáis un cuarto?

Me presenté con mi nombre verdadero, les expliqué que estaba viendo el lugar, no mencioné nada de Trion. Mi presencia pareció aliviarlos. Me parece que asumieron, al ver mi raqueta Yonex de titanio, que debía de ser muy bueno, aunque les aseguré que no lo era tanto, que no había jugado en mucho tiempo. Lo cual era cierto.

Nos dieron una de las pistas exteriores. Hacía sol, un poco de calor y mucho viento. Los equipos fueron Alana y Drew contra la otra mujer, cuyo nombre era Jody, y yo. Jody y Alana tenían un juego similar, pero Alana era de lejos la más elegante. No era particularmente agresiva, pero tenía un buen revés cortado, siempre devolvía el servicio, siempre llegaba a la bola, no desperdiciaba ni un movimiento. Su servicio era simple y preciso, y le entraba casi siempre. Jugaba con tanta naturalidad como respiraba.

Desafortunadamente, subestimé al Niño Bonito. Era un jugador serio. Comencé con un juego débil, oxidado, y, para visible disgusto de Jody, hice doble falta en mi primer servicio. Sin embargo, pronto recuperé mi juego; Drew, mientras tanto, jugaba como si estuviera en Wimbledon. Cuanto más mejoraba yo, más agresivo se ponía él, hasta que la cosa se puso ridícula. Empezó a golpear voleas agresivas, cruzando la pista para llegar a bolas que eran de Alana, acaparando las jugadas. Ella le hacía muecas. Comencé a intuir que tenían un pasado en común, y que había entre ellos una tensión bastante importante.

Y al mismo tiempo tenía lugar lo otro: la batalla de los machos Alpha. Drew comenzó a servirme contra el cuerpo; sus servicios eran muy fuertes y a veces demasiado largos. Aunque eran terriblemente rápidos, Drew no lograba controlarlos, así que Alana y él comenzaron a perder. Al mismo tiempo comencé a reconocer su juego, a anticipar cuándo iba a atacar en la red, y, disfrazando mis golpes, comencé a pasarlo. El Niño Bonito había oprimido mi botón de competencia; yo sólo quería ponerlo en su lugar. Yo querer mujer de otro cavernícola. Muy pronto comencé a sudar. Me di cuenta de que me estaba esforzando demasiado, de que estaba siendo demasiado agresivo para este partido que era meramente social; aquello no tenía buen aspecto. Así que me calmé y empecé a jugar puntos más pacientes, manteniendo la bola en juego, dejando que Drew cometiera sus errores.

Al final, Drew subió a la red y me dio la mano. Luego me dio una palmada en la espalda.

– Juegas muy bien -dijo en tono de falsos compinches-. En todos los aspectos.

– Tú también.

Se encogió de hombros.

– Tuve que cubrir mucha pista.

Alana lo oyó, y sus ojos azules relampaguearon de fastidio. Se dio la vuelta hacia mí:

– ¿Quieres tomar algo?

En el «porche», como lo llamaban (era una inmensa plataforma de madera), sólo estábamos Alana y yo: Jody se había excusado y había dicho que debía marcharse, como si hubiera entendido, a partir de no sé qué diálogo en clave, que Alana no quería estar en grupo. Entonces Drew se dio cuenta de lo que ocurría, y también se disculpó, aunque no con la misma elegancia.

La camarera se acercó, y Alana me dijo que pidiera yo primero, porque no se había decidido todavía. Pedí una Tanqueray Malacca G &T. Ella me miró, sobresaltada, apenas una fracción de segundo, y enseguida recuperó la compostura.

– Igual para mí -dijo.

– Veré si nos queda -dijo la camarera, una estudiante de instituto rubia y caballuna. Minutos después regresó con las bebidas.

Hablamos un rato del club, de los socios («estirados», dijo Alana), de las pistas («las mejores de por aquí, de lejos»), pero era demasiado sofisticada para pasar por el aburrido tú-a-qué-te-dedicas. No habló de Trion, así que tampoco lo hice yo. Ese aspecto de la conversación comenzó a darme miedo, porque no estaba seguro de cómo haría pasar el hecho curioso de que ambos trabajáramos en Trion, y qué te parece, ¡eras tú la que tenía mi puesto! Ahora no podía creer que me hubiera presentado para jugar con ellos, que me hubiera catapultado hacia su órbita en lugar de mantener un perfil bajo. Lo bueno era que nunca nos hubiéramos visto en el trabajo. Me pregunté si la gente de Aurora usaba una entrada distinta. De cualquier manera, la ginebra se me había subido rápidamente a la cabeza, y el día era bello y soleado, y la conversación fluía con naturalidad.

– Siento mucho lo de Drew -dijo-, no sabe controlarse.

– Juega bien.

– Puede llegar a ser un gilipollas. Tú representabas una amenaza, debe ser cosa de machos. Batalla con raquetas.

Sonreí.

– Es como esa línea de Ani DiFranco, ¿sabes?: «'Cause every tool is a weapon if you hold it right.» [6]

Sus ojos se iluminaron.

– ¡Exacto! ¿Te gusta Ani?

Me encogí de hombros.

– «Science chases money, and money chases its tail»…

– «And the best minds of my generation can't make baih [7] -completó-. A muy pocos hombres les gusta Ani.

– Supongo que soy un tío sensible -dije de forma inexpresiva.

– Supongo que sí. Deberíamos salir algún día, ¿no? -dijo ella.

¿Había oído bien? ¿Me estaba invitando a salir, ella a mí?

– Buena idea -dije-. ¿Te gusta la comida Thai?

Capítulo 27

Llegué a casa de mi padre tan estimulado por la minicita con Alana Jennings que me sentía como si llevara puesta una armadura. Ya nada de lo que hiciera o dijera podría afectarme.

Iba subiendo la escalera de madera astillada cuando los oí discutir: el tono agudo de mi padre, ese chillido nasal que sonaba cada vez más como un pájaro, y las respuestas graves de Antwoine, profundas y resonantes. Los encontré en el baño de la planta baja; el lugar estaba lleno del vapor que salía de un vaporizador. Mi padre estaba boca abajo sobre un banco, con la cabeza y el pecho apoyados sobre un montón de almohadas. Antwoine, con su uniforme azul pálido completamente empapado, masajeaba la espalda desnuda de mi padre golpeándole con sus enormes manos. Levantó la cara cuando abrí la puerta.

– Ey, Adam.

– Este hijo de puta está tratando de matarme -chilló mi padre.

– Así es como se suelta la flema de los pulmones -dijo Antwoine-. Esa mierda se queda pegada allá adentro. Es por las cilias dañadas.

Y volvió a su labor dando un golpe hueco en la espalda. La espalda de mi padre era enfermizamente pálida, blanca como el papel, floja y escurrida. No parecía tener la más mínima tonificación muscular. Recordé el aspecto que tenía la espalda de mi padre cuando yo era niño: tensa, nervuda, casi intimidante. Esta, en cambio, era la piel de un anciano; habría preferido no verla.

– Este hijo de puta me ha mentido -dijo mi padre con la voz ahogada por las almohadas-. Me ha dicho que solamente me iba a poner a respirar vapor. No me ha dicho que me iba a romper las costillas a golpes, coño. Dios mío, estoy tomando esteroides, tengo los huesos frágiles. ¡Negro de mierda!

– ¡Ya basta, papá! -grité.

– ¡Esto no es la cárcel, negro, y yo no soy tu esclavo!

Antwoine no mostró reacción alguna. Siguió palmoteando sobre la espalda de mi padre, continua, rítmicamente.

– Papá -dije-, este hombre es bastante más grande y más fuerte que tú. No creo que insultarle sea una buena idea.

Antwoine levantó la cara y me dijo con ojos adormecidos y hasta divertidos:

– Mire, mientras estaba preso tuve que lidiar cada día con los de Nación Aria. Créame, un inválido un poco bocazas no es gran cosa.

Me estremecí.

– ¡Maldito hijo de puta! -gritó mi padre. Noté que no había usado la palabra «negro».

Más tarde, papá estaba estacionado frente al televisor, conectado al aparato de las burbujas y con el tubo en la nariz.

– Este acuerdo no está funcionando -dijo, frunciendo el ceño hacia la pantalla-. ¿Has visto la mierda para conejos que me da en vez de comida?

– Se llama «frutas y hortalizas» -dijo Antwoine, sentado un paso más allá-. Sí, ya sé que preferiría otra cosa, ya he visto lo que hay en la despensa. En el bote grande, estofado de res. Salchichas, embutidos de hígado. Pues nada de eso mientras yo esté aquí. Uno necesita comida saludable, Frank, para construir defensas. Si llega a coger un resfriado, terminará en el hospital con neumonía, ¿y entonces qué haré yo? A mí no me necesitará cuando esté en el hospital.

– Dios mío.

– Y nada de Coca-Cola, esa mierda se acabó. Necesita líquidos, adelgazar esas mucosidades, nada con cafeína. Necesita potasio, necesita calcio. Por lo de los esteroides.

Al hablar, Antwoine se clavaba el dedo índice en la palma de la mano como si fuera el entrenador del campeón mundial de los pesos pesados.

– Haz toda la mierda para conejos que quieras -dijo mi padre-. No me la comeré.

– Pues se está usted matando. Respirar le cuesta diez veces más energía que a un tío normal, así que necesita alimentarse, mejorar su energía, su masa muscular, todo eso. Si se muere en mi turno, que no sea culpa mía.

– Como si te importara una mierda -dijo mi padre.

– ¿Qué cree, que he venido para ayudarle a morir?

– Pues eso parece.

– Si quisiera matarle, ¿por qué iba a hacerlo tan despacio? -dijo Antwoine-. A no ser que piense que todo esto me divierte. Que disfruto con esta mierda.

– Es que es divertidísimo, ¿o no? -dije.

– Ey, ¡mira el reloj de este tío! -dijo de repente Antwoine. Me había olvidado de quitarme el Panerai. Tal vez creí, inconscientemente, que ni él ni mi padre se fijarían-. Déjeme ver -se acercó y lo inspeccionó, maravillado-. Tío, esto debe costar cinco mil dólares -dijo. Casi adivinó. Me sentí avergonzado: era más de lo que él ganaba en dos meses-. ¿Es uno de esos relojes de buzo italianos?

– Sí -me apresuré a decir.

– No me jodas -dijo mi padre con voz como de gozne oxidado-. No me lo creo. -Ahora también él tenía la mirada fija en mi reloj-. ¿Te has gastado cinco mil dólares en un reloj de mierda? ¡Qué imbécil! ¿Tienes alguna idea de cómo tuve que romperme la espalda trabajando para conseguir cinco mil dólares mientras te pagaba la universidad? ¿Y eso te has gastado en un puto reloj?

– El dinero es mío, papá -dije. Y añadí débilmente-. Es una inversión.

– Por Dios santo, ¿me crees idiota? ¿Una inversión?

– Mira, papá, me acaban de subir el sueldo. Ahora estoy trabajando para Trion Systems, y me están pagando el doble de lo que ganaba en Wyatt, ¿de acuerdo?

Me miró con expresión sagaz.

– ¿Cuánto te pagan, para que puedas tirar cinco mil de esa manera? Dios mío, ni siquiera soy capaz de hacerme una idea.

– Me pagan mucho, papá. Y si quiero tirar mi dinero, puedo hacerlo. Me lo he ganado yo.

– Sí, te lo has ganado -repitió con sarcasmo-. Bueno, cuando quieras devolverme los no sé cuántos miles y miles de dólares que tiré a la basura contigo, bienvenido.

Estuve cerca de explicarle cuánto dinero había tirado a la basura con él, pero me contuve justo a tiempo. Esa victoria momentánea no valía la pena. En vez de hacerlo me dije una y otra vez: éste no es tu padre. Es una mala caricatura de tu padre, animada por Hanna-Barbera, distorsionada por la prednisona y una docena más de sustancias capaces de alterar la mente, desfigurada hasta hacerla irreconocible. Por supuesto, sabía que eso no era cierto: era el mismo gilipollas de siempre, sólo que con el volumen un poco más alto.

– Vives en un mundo de fantasía -continuó mi padre y enseguida respiró hondo-. Te crees que sólo por el hecho de comprar trajes de dos mil dólares y zapatos de quinientos y relojes de cinco mil serás uno de ellos, ¿no es cierto? -respiró-. Pues déjame que te diga algo. Llevas puesto un disfraz de Halloween, eso es todo. Te estás disfrazando. Te lo digo porque eres mi hijo y nadie más te lo va a decir a la cara. No eres más que un mono vestido con un puto esmoquin.

– ¿Y eso qué quiere decir? -murmuré. Antwoine salió prudentemente de la habitación. La cara se me puso colorada.

Es un hombre enfermo, me dije. Tiene enfisema crónico. Se está muriendo. No sabe lo que dice.

– ¿Crees que alguna vez llegarás a ser como ellos? Caramba, te gustaría creértelo, ¿no? Crees que van a darte la bienvenida, que van a dejarte entrar en sus clubes privados y tirarte a sus hijas y jugar a polo con ellos -tomó una pequeña bocanada de aire-. Saben quién eres, hijo, y de dónde vienes. Tal vez te dejen jugar un rato en su cajón de arena, pero tan pronto como comiences a olvidar quién eres en verdad, alguien va a recordártelo.

No pude contenerme más tiempo. Me estaba volviendo loco.

– En el mundo de los negocios no funciona así, papá -dije con paciencia-. No es como un club. Se trata de ganar dinero. Si les ayudas a ganar dinero, estás satisfaciendo una necesidad. Yo estoy donde estoy porque me necesitan.

– Ah, así que te necesitan -repitió él, acentuando la palabra y asintiendo-. Esa sí que es buena. Te necesitan como el que caga necesita papel higiénico, ¿me entiendes? Luego, cuando hayan acabado de limpiarse la mierda, tiran de la cadena. Déjame que te lo diga, a ellos sólo les importan los triunfadores, y saben que tú eres un fracasado y no te dejarán olvidarlo.

Puse los ojos en blanco. Negué con la cabeza, pero no dije nada. Una vena me palpitaba en la sien. Mi padre respiró hondo.

– Y eres tan estúpido y tan prepotente que ni siquiera te das cuenta. Vives en un mundo de fantasía, igual que tu madre. Ella siempre se creyó demasiado para mí, pero no valía una mierda. Soñaba. Y tú tampoco vales una mierda. Fuiste un par de años a un instituto fino, y tienes un diploma que te sirve para cobrar mucho sin hacer nada, pero aún así no vales ni una mierda.

Respiró nuevamente y su voz pareció suavizarse un poco.

– Te lo digo porque no quiero que te jodan como me jodieron a mí, hijo mío. Como ocurrió en ese puto instituto de pijos de mierda, los padres ricos que me miraban por encima de hombro, como si yo no fuera uno de ellos. Pues bien, adivina qué. Me ha tomado un buen rato darme cuenta, pero tenían razón. No era uno de ellos. Ni tú tampoco, y cuanto más pronto te des cuenta, mejor te irá.

– ¿Mejor cómo, como a ti? -dije.

Simplemente se me escapó. Él me miró con ojos llorosos.

– Al menos sé quién soy -dijo-. Tú no tienes ni puta idea de quién eres.

Capítulo 28

A la mañana siguiente era domingo, mi única oportunidad de dormir hasta tarde, así que, como es evidente, Arnold Meacham insistió en que nos viéramos temprano. Yo había contestado a su correo diario usando el nombre «Donnie», lo cual significaba que tenía algo que entregarle. Me respondió de inmediato diciéndome que estuviera en el aparcamiento de un almacén de materiales a las nueve en punto de la mañana.

Cuando llegué ya había mucha gente allí -no todos dormían hasta tarde los domingos- comprando vigas y tejas y herramientas eléctricas y bolsas de semillas de hierba y fertilizantes. Esperé una media hora metido en el Audi.

Un BMW 745i se estacionó en el espacio a mi lado. Se veía un poco fuera de lugar entre las furgonetas y los pick-ups. Arnold Meacham llevaba un suéter de punto color azul bebé y parecía que estuviera de camino a jugar al golf o algo así. Me hizo señales de que entrara en su coche, obedecí, y le entregué un CD y una carpeta de archivos.

– ¿Y qué tenemos aquí? -preguntó.

– La lista de empleados del proyecto Aurora.

– ¿Todos?

– No lo sé. Al menos unos cuantos.

– ¿Por qué no todos?

– Hay cuarenta y siete nombres ahí. Es un buen comienzo.

– Necesitamos la lista completa.

Suspiré.

– Veré qué puedo hacer -dije. Me detuve un instante, dividido entre el deseo de no decir más de lo necesario (cuanto más dijera, más me presionaría) y el de presumir de lo mucho que había progresado. Finalmente dije-: Tengo las contraseñas de mi jefe.

– ¿Qué jefe? ¿Lundgren?

– Nora Sommers.

Asintió.

– ¿Usó el software?

– No, el Keyghost.

– ¿Y qué hará con ellas?

– Buscar en sus correos archivados. Tal vez entrar en su MeetingMaker y averiguar con quién se reúne.

– Eso es una mierda -dijo Meacham-. Creo que ya es hora de entrar en Aurora.

– Demasiado riesgo todavía -dije.

– ¿Por qué?

Un tío pasó junto a la ventana de Meacham empujando un carro lleno de bolsas verdes de fertilizante Scott. Cuatro o cinco chicos corrían a su alrededor. Meacham lo miró, subió la ventanilla eléctrica y volvió a mirarme.

– ¿Por qué? -repitió.

– Las identificaciones de acceso son distintas.

– Pues siga a alguien, por Dios, robe una identificación, lo que sea. ¿Quiere que lo devuelva a entrenamiento básico?

– Cada acceso queda registrado y todas las entradas tienen sistema giratorio. No se puede entrar allí de hurtadillas.

– ¿Y los encargados de la limpieza?

– También hay un circuito cerrado de televisión que vigila todas las entradas. No es tan fácil. Para ustedes es mejor que no me cojan. No todavía.

Pareció ceder.

– Caramba. El sitio está bien protegido.

– Sí. Ustedes mismos podrían aprender alguna que otra cosilla.

– Váyase a la mierda -ladró-. ¿Y los archivos de Recursos Humanos?

– Recursos Humanos también está muy bien protegido -dije.

– No tanto como Aurora. Eso debería ser relativamente fácil. Consíganos los archivos personales de toda la gente relacionada con Aurora. Al menos los que estén en esta lista -dijo levantando el CD.

– Puedo intentarlo la próxima semana.

– Hágalo esta noche. La noche del domingo es buen momento.

– Mañana tengo un día importante. Tenemos una presentación con Goddard.

Pareció enojado.

– Qué, ¿la tapadera le está quitando demasiado tiempo? Espero que no haya olvidado para quién trabaja realmente.

– Tengo que estar a la altura. Es importante.

– Razón de más para que vaya a trabajar esta noche -dijo, e hizo girar la llave del encendido.

Capítulo 29

Llegué a las oficinas de Trion a primera hora de la noche. El parking estaba casi completamente vacío; tal vez las únicas personas presentes eran los guardias de seguridad, los que supervisaban los centros operativos las veinticuatro horas y los ocasionales empleados a quienes el trabajo ha vuelto locos: yo fingiría ser uno de éstos. No reconocí a la recepcionista, una mujer latina que no parecía muy contenta de estar allí. Cuando entré, apenas si me miró; pero me obligué a saludarla y a parecer sumiso, o avergonzado, o algo así. Subí a mi cubículo, hice un poco de trabajo de verdad: unas hojas de cálculo para las ventas del Maestro en la zona del mundo que llamaban EMOA, es decir, Europa/Medio Oriente/Asia. Las tendencias no parecían demasiado buenas, pero Nora quería que manipulara los números para sacar cualquier dato que pudiera ser estimulante.

La mayor parte de la planta estaba a oscuras. Hasta tuve que encender las luces de mi área. Era intimidador.

Meacham y Wyatt querían los archivos personales de toda la gente de Aurora. Querían tener la historia laboral de cada uno de los empleados, que les diría de qué compañía venían y qué habían hecho en su anterior trabajo. Era una buena manera de averiguar de qué iba lo de Aurora.

Pero uno no podía entrar en Recursos Humanos como Pedro por su casa y abrir los archivadores y sacar los archivos que quisiera. El Departamento de Recursos Humanos de Trion, a diferencia de otras partes de la compañía, tomaba muchas precauciones de seguridad. Primero, sus ordenadores no eran accesibles a través de la base de datos principal de la empresa; la suya era una red completamente separada. Supongo que eso era razonable: los registros personales contenían todo tipo de información privada, como las evaluaciones del rendimiento de la gente, el valor de sus 401(k) [8] y opciones de compra de acciones, todo eso. Tal vez Recursos Humanos tenía miedo de que los trabajadores se enteraran de la diferencia de salarios entre un alto ejecutivo y cualquier otro empleado de Trion, y hubiera motines en los cubículos.

Recursos Humanos quedaba en la tercera planta del ala E: había que caminar un buen trecho desde Marketing de Nuevos Productos. En el camino había una buena cantidad de puertas cerradas, pero lo más probable era que mi tarjeta de acceso las abriera todas.

En ese momento recordé que en algún lugar quedaba registrado quién pasaba por qué controles y a qué hora. La información quedaba guardada, lo cual no significaba necesariamente que alguien la mirara o hiciera algo con ella. Pero si las cosas llegaban a complicarse más tarde, no se vería bien que yo hubiera estado caminando desde Nuevos Productos hasta Personal un domingo por la noche, dejando por todo el camino migas de pan digital.

Así que salí del edificio: bajé por el ascensor y salí por una de las puertas traseras. Lo curioso de estos sistemas de seguridad es que sólo registraban las entradas, no las salidas. Al salir no había que usar la identificación. Tal vez era disposición del Departamento de Bomberos, no lo sabía. Pero eso quería decir que yo podía salir del edificio sin que nadie lo supiera.

En ese momento, afuera ya estaba oscuro. El edificio de Trion estaba totalmente iluminado, su piel cromada brillaba y las ventanas eran azul medianoche. Allí fuera todo estaba relativamente en silencio, sólo se oía el shush de los coches que pasaban cada cierto tiempo por la autopista.

Rodeé el edificio hasta llegar al ala E, donde parecían ubicarse muchas de las funciones administrativas -Central de Adquisiciones, Dirección de Sistemas, ese tipo de cosas- y vi a alguien saliendo de la entrada de servicio.

– Oye, ¿me puedes tener la puerta? -grité. Le enseñé la tarjeta de acceso de Trion; el tipo parecía parte del personal de limpieza o algo así-. La maldita tarjeta no me funciona bien.

El tío me sostuvo la puerta sin mirarme siquiera, y yo entré apresuradamente. Nada quedó registrado. Hasta donde el sistema central podía saber, yo seguía arriba, en mi cubículo.

Subí por la escalera a la tercera planta. La puerta no estaba cerrada con llave. También esto era norma del Departamento de Bomberos: en edificios de una cierta altura, en caso de emergencia, se tenía que poder ir de una planta a la siguiente por la escalera. Probablemente algunos pisos tenían un puesto de control de identificaciones apenas uno entraba por la puerta de la escalera. Pero la tercera planta no. Entré directo al área de recepción, justo afuera de Recursos Humanos.

El área de espera tenía el perfecto aspecto de Recursos Humanos: mucha caoba muy majestuosa, para decir somos serios y es tu carrera la que está en juego, y sillas acogedoras de apariencia cómoda que te decían: cuando vengas a Recursos Humanos, vas a tener que esperarte durante horas y horas.

Miré alrededor, tratando de encontrar cámaras de circuito cerrado, y no vi ninguna. No esperaba que hubiera; esto no era un banco, ni la sección de trabajos subterráneos, pero simplemente quería asegurarme. En todo caso, asegurarme tanto como fuera posible.

Las luces estaban bajas, lo cual hacía que el lugar pareciera más majestuoso. O espeluznante. No pude decidirme.

Me quedé allí unos segundos, pensando. No había alrededor nadie del personal de limpieza que pudiera abrirme; probablemente venían a últimas horas de la noche o temprano por la mañana. Ésa hubiera sido la mejor forma de entrar. En vez de eso, tendría que volver a usar el viejo truco de mi-tarjeta-no-funciona que me había traído hasta donde estaba. Volví a bajar por la escalera y entré en la recepción por la parte de atrás, donde encontré a una recepcionista de pelo rojo cobrizo que estaba viendo un episodio repetido de Survivor en una de las pantallas de seguridad.

– Y yo que me creía el único obligado a trabajar en domingo -dije.

Levantó la cara, sonrió educadamente y siguió viendo su programa. Yo tenía todo el aspecto de ser de allí, tenía la tarjeta de acceso colgada del cinturón y venía desde dentro, así que era normal que estuviera allí, ¿no? La mujer no era muy conversadora, y tanto mejor: sólo quería que la dejara sola para seguir viendo Survivor. Haría lo que fuera para deshacerse de mí.

– Oiga -le dije-, siento molestarla, pero ¿no tiene una de esas máquinas para arreglar tarjetas? No es que me muera por entrar al despacho, pero tengo que hacerlo o me echarán, y el maldito lector de tarjetas no me deja entrar. Es como si supiera que debería estar en casa, viendo el fútbol, ¿sabe?

Sonrió. Probablemente ni siquiera estaba acostumbrada a que los empleados de Trion se percataran de su existencia.

– Sí, lo entiendo muy bien -dijo-. Pero lo siento, no hay máquina hasta mañana.

– Joder, ¿y cómo voy a entrar? No puedo esperar a mañana. Me han jodido.

Asintió, levantó el teléfono.

– Frank -dijo-, ¿nos puedes echar una mano?

Un par de minutos después llegó Frank, el guardia de seguridad. Era un tipo pequeño, enjuto y moreno de unos cincuenta años, que llevaba un evidente peluquín de pelo negro sobre el pelo de verdad, que estaba echando canas. Nunca he logrado entender por qué alguien se molesta en ponerse un peluquín si no va a actualizarlo cada cierto tiempo para darle un aspecto más o menos convincente. Cogimos el ascensor hasta el tercer piso. Empecé a parlotear acerca de cómo Recursos Humanos tenía un sistema de tarjetas jerárquicamente distinto, pero él no parecía muy interesado. Quería hablar de deportes, y yo eso podía hacerlo, no hay problema. Estaba deprimido por lo de los Broncos de Denver, y yo fingí estarlo también. Cuando llegamos a Recursos Humanos, sacó su tarjeta de acceso, que probablemente le permitía entrar a todas partes en esta zona del edificio. La movió frente al lector.

– No se quede hasta demasiado tarde -dijo.

– Gracias, jefe -dije.

Se dio la vuelta para mirarme.

– Será mejor que se haga ver esa tarjeta -dijo.

Estaba dentro.

Capítulo 30

Tan pronto como uno pasaba del área de recepción, Recursos Humanos tenía el mismo aspecto que cualquier otro departamento de Trion: el mismo despliegue genérico de cubículos. Sólo las luces de emergencia estaban encendidas, y no los fluorescentes del techo. Por lo que pude ver mientras daba un paseo, todos los cubículos estaban vacíos, al igual que todos los despachos. No me tomó demasiado tiempo descubrir dónde estaban los archivos. En el centro de la planta había una cuadrícula inmensa hecha de largos corredores de archivadores horizontales de color beige.

Había pensado hacer todo el espionaje por medio de la red, pero eso no hubiera funcionado sin una contraseña de Recursos Humanos. Ya que estaba aquí, pensé, podía aprovechar para dejar uno de mis sistemas de almacenamiento de pulsaciones. Después podría volver a por él. Era Wyatt Telecom quien pagaba por estos juguetitos, no yo. Encontré un cubículo e instalé el aparato.

Por ahora, pensé, lo que tenía que hacer era hurgar en los archivadores y encontrar a la gente de Aurora. Y tenía que darme prisa: cuanto más tiempo me quedara, más posibilidades tenía de ser descubierto.

La pregunta era: ¿cómo estaban organizados? ¿Alfabéticamente, por apellido? ¿Por orden del número de empleado? Cuanto más miraba las etiquetas de los archivadores, más desalentado me sentía. Qué, ¿acaso creía que iba a entrar bailando, abrir una puerta y sacar las carpetas que necesitaba? Había filas y filas de cajones con etiquetas como administración de beneficios y pensiones/rentas/jubilaciones y enfermedad, sabáticos y otros permisos; cajones etiquetados como solicitudes, compensación laboral y solicitudes, en litigio; un área llamada registros de inmigración y nacionalización… y así una tras otra. Era abrumador.

Por alguna razón, en mi cabeza estaba sonando una cancioncilla ñoña, un viejo éxito: Band on the run, de la desafortunada época de Paul McCartney con los Wings. Es una canción que de verdad detesto, más que cualquier cosa de Celine Dion. La tonada es molesta pero pegajosa, como una conjuntivitis, y la letra no tiene ningún sentido. «A bell was ringing in the village square for the rabbits on the run.» [9] Eh, si, vale.

Probé con uno de los cajones, y, obviamente, estaba cerrado con llave; todos lo estaban. Cada archivador tenía una cerradura en la parte superior, y todos debían estar igualmente cerrados. Busqué un escritorio de asistente, y mientras tanto la maldita canción me seguía dando vueltas en la cabeza… «The county judge… held a grudge»… [10] también mientras buscaba en el escritorio. Por supuesto, la llave de los archivos estaba allí, en un llavero que había en el cajón superior del centro. Meacham tenía razón: la llave siempre es fácil de encontrar.

Me decidí por el orden alfabético.

Tras escoger un nombre de la lista de Aurora -Yonah Oren-, empecé a mirar por la O. No había nada. Busqué otro nombre -Sanjay Patel- y tampoco encontré nada allí. Lo intenté con Peter Daut: nada. Curioso. Sólo por ser concienzudo, busqué esos nombres en los cajones de pólizas de seguros, accidentes. Nada. Lo mismo con los archivos de pensiones. De hecho, al parecer, no había nada en ninguno de los cajones.

«The jailer man and the Sailor Sam…» [11] Esto era como una de esas torturas chinas con agua. ¿Qué coño significaba esa insípida letra? ¿Alguien lo sabía?

Lo extraño era que en los lugares donde debían estar los registros parecía a veces haber pequeños vacíos, fichas sueltas, como si alguien hubiera retirado las carpetas. ¿O me lo estaba imaginando? Justo cuando estaba a punto de darme por vencido, recorrí de nuevo las filas de archivadores, y en ese momento vi un nicho separado, una habitación separada junto a la cuadrícula de archivadores. En la entrada del nicho había un letrero:

REGISTROS CONFIDENCIALES DE PERSONAL

Acceso permitido sólo bajo autorización

de James Sperling o Lucy Celano

Entré al nicho y sentí un gran alivio al ver que allí las cosas eran simples: los cajones estaban organizados según el número del departamento. James Sperling era él director de Recursos Humanos, y Lucy Celano era su asistente administrativa. Me tomó un par de minutos encontrar el escritorio de Lucy Celano, y unos treinta segundos encontrar su llavero (cajón inferior derecho).

Enseguida regresé a los archivadores restringidos y encontré el cajón que; contenía los números de departamento, incluyendo el proyecto Aurora. Le di la vuelta a la llave y abrí el cajón. Soltó un sonido metálico y hueco, como si alguna rueda de la parte trasera del cajón se hubiese desprendido. Me pregunté con qué frecuencia los empleados abrían estos cajones. ¿Trabajaban básicamente con registros informáticos, y conservaban copias de seguridad tan sólo por razones legales y para las auditorías?

Y en ese momento vi algo verdaderamente raro: todas las carpetas del Departamento Aurora habían desaparecido. Quiero decir que había un vacío de medio metro de largo, tal vez setenta centímetros, entre el número anterior y el siguiente. La mitad del cajón estaba vacía.

Alguien se había llevado los archivos de Aurora.

Durante un instante me pareció que se me había parado el corazón. Me sentía mareado.

Por el rabillo del ojo vi una luz blanca que comenzaba a lanzar destellos. Era una de esas luces estroboscópicas de emergencia, y estaba montada en lo alto de la pared, cerca del techo, justo fuera del nicho. ¿Para qué diablos servía? Y unos segundos después comenzó el ruido increíblemente ronco y sonoro de una sirena: uh-ah, uh-ah.

De alguna manera había disparado el sistema de detección de intrusos que probablemente protegía los archivos confidenciales.

La sirena era tan fuerte que seguramente se podía oír a lo largo de toda el ala.

Capítulo 31

Los de Seguridad llegarían en cualquier momento. Tal vez la única razón por la cual no se habían presentado todavía era que los domingos había menos guardias trabajando.

Corrí a la puerta, me lancé con todo mi peso contra la barra, y la puerta no se movió. El impacto me dolió horriblemente.

Lo intenté de nuevo; el cerrojo estaba echado. Dios mío. Lo intenté con otra puerta, y también ésta estaba cerrada por dentro.

En ese momento entendí lo que había sido aquel sonido hueco y metálico de hacía un rato: al abrir el cajón del archivador, debí accionar algún mecanismo que cerraba automáticamente todas las puertas de la zona. Corrí al otro lado de la planta, donde había otro grupo de puertas de salida, pero tampoco pude abrirlas. Incluso la pequeña puerta de emergencia para casos de incendio estaba cerrada con llave: eso tenía que ir contra las regulaciones.

Estaba atrapado como un ratón en un laberinto. Los de Seguridad llegarían en cualquier momento, y registrarían el lugar entero.

La cabeza me iba a mil por hora. ¿Podría tal vez engañarles, fingir ser un empleado que «por accidente» había abierto el cajón equivocado? Frank, el guardia de seguridad, me había permitido la entrada: tal vez podría convencerle de que había entrado accidentalmente en el área equivocada, había abierto el cajón equivocado. Me había parecido caerle bien, así que eso podría funcionar. Pero ¿qué pasaría si llegaba a hacer su trabajo como era debido, me pedía que le enseñara mi identificación y veía que no pertenecía a ningún lugar ni remotamente cerca de allí?

No, no podía arriesgarme. No tenía opción: debía esconderme. Estaba encerrado.

«Encerrado entre cuatro paredes», me gimieron los Wings empalagosamente. ¡Dios mío!

La luz estroboscópica seguía palpitando, luminosa, cegadora, y la alarma sonaba uh-ah, uh-ah, como si aquello fuera un reactor nuclear durante una fusión accidental.

Pero ¿dónde podía esconderme? Supuse que lo primero que debía hacer era crear alguna forma de distracción, una explicación inocente y plausible para el estallido de la alarma. ¡Mierda, se acababa el tiempo!

Si me cogían allí, todo habría terminado. Todo. No sólo perdería mi empleo en Trion: sería mucho peor. Era un desastre, una completa pesadilla.

Agarré el cubo metálico más próximo. Estaba vacío, así que cogí un pedazo de papel de un escritorio vecino, lo arrugué, saqué mi encendedor y lo encendí. Regresé corriendo al nicho de los registros confidenciales y lo recosté contra la pared. Luego saqué un cigarrillo de mi cajetilla y lo arrojé también dentro del cubo. El papel se quemó en una llamarada y despidió una gran nube de humo. Tal vez, si llegaban a encontrar parte del cigarrillo, le echarían la culpa a la vieja colilla. Tal vez.

Oí pasos sonoros, voces que parecían venir de la escalera trasera.

Dios mío, no, por favor. Todo ha terminado. Todo ha terminado.

Vi lo que parecía ser una puerta de armario. No tenía seguro. Era un armario de materiales de oficina; no era demasiado ancho, pero tendría unos cuatro metros de profundidad, y estaba atiborrado por filas altas de estanterías llenas de resmas de papel y cosas así.

No me atreví a encender la luz, así que no se veía gran cosa; pero pude distinguir un espacio entre dos estanterías en la parte de atrás, un espacio en el cual quizá podría deslizarme.

Tan pronto como cerré la puerta tras de mí, escuché otra puerta que se abría, y luego gritos ahogados.

Me quedé inmóvil. La alarma seguía chillando. La gente corría de un lado al otro, gritando más y más fuerte, más y más cerca.

– ¡Aquí! -bramó alguien.

El corazón me tronaba en el pecho. Contuve la respiración. Cada vez que me movía, aunque sólo fuera levemente, el estante que tenía detrás soltaba un chirrido. Al girarme un poco, toqué con el hombro una caja, y sonó un crujido de papel. No creí que alguien que pasara por allí pudiera oír los pequeños ruidos que estaba haciendo, tanto era el escándalo que había allá afuera, los gritos y las sirenas y todo lo demás. Pero me obligué de todas formas a permanecer completamente quieto.

– ¡Maldito cigarrillo! -escuché con gran alivio.

– ¡Extintor! -replicó alguien.

Durante un largo rato -pudieron ser diez minutos, media hora, no tenía ni idea, porque no podía mover el brazo para ver el reloj- me quedé allí, retorciéndome incómodamente, acalorado y sudoroso, en un estado de inmovilidad total y con los pies dormidos por la graciosa posición en que estaba.

Esperé a que se abriera la puerta del armario, a que me invadiera un chorro de luz, a que se acabara el espectáculo.

No sabía qué podría decir entonces. En realidad, nada. Me habrían cogido, y no tenía la menor idea de cómo podría salirme de ésa. Tendría mucha suerte si tan sólo me despedían. Lo más probable era que me esperara una demanda de Trion: simplemente, no había explicación satisfactoria para mi presencia en ese lugar. Y no quería ni pensar en lo que me haría Wyatt.

¿Y qué había conseguido a cambio de todo ese esfuerzo? Nada. Todos los registros de Aurora habían desaparecido.

Oía el ruido de una especie de manguera, el sonido de un chorro, evidentemente el chorro de un extintor, y para ese momento los gritos habían cesado. Me pregunté si los de Seguridad habían llamado a los bomberos de la empresa o a los del cuerpo oficial de bomberos. Y si el incendio del cubo de basura había explicado suficientemente la alarma. ¿O seguirían registrando el lugar?

Así que me quedé allí, con los pies transformados en bloques de hielo hormigueante, mientras el sudor me corría por la cara y los hombros y la espalda se me cubrían de calambres. Y esperé.

De vez en cuando oía voces, pero parecían más tranquilas, para nada alteradas. Oía pasos, pero ya no eran frenéticos.

Tras un tiempo interminable, todo quedó en silencio. Traté de levantar el brazo izquierdo para ver la hora, pero se me había dormido. Lo retorcí, moví el brazo derecho para pellizcarme el izquierdo hasta que pude acercármelo a la cara y mirar el dial iluminado. Eran poco más de las diez, aunque había pasado allí tanto tiempo que hubiera asegurado que era más de medianoche.

Lentamente abandoné mi posición de contorsionista, me acerqué en silencio a la puerta del armario. Allí me quedé unos instantes escuchando atentamente. No se oía ni un solo ruido. Lo más probable era que se hubieran ido: habrían apagado el fuego, se habrían asegurado de que no había entrado nadie. Los seres humanos, y en especial los guardias de seguridad que deben sentir rencor contra aquellos ordenadores que los han dejado sin trabajo, no confían demasiado en las máquinas. Le echarían la culpa de todo a un error del sistema de alarmas. Tal vez, con mucha suerte, nadie se preguntaría por qué la alarma de detección de intrusos había sonado antes que la alarma de humos.

Respiré hondo y abrí la puerta.

Miré a ambos lados, miré al frente, y el área parecía vacía. No había nadie. Di un par de pasos, me detuve, miré alrededor de nuevo.

Nadie.

El lugar olía fuertemente a humo, y también a algún químico, probablemente por la espuma del extintor.

Avancé en silencio a lo largo de la pared, lejos de las ventanas y las puertas de cristal, hasta que llegué a uno de los conjuntos de puertas de salida. No eran las puertas principales de la recepción, ni tampoco las puertas de la escalera trasera por donde habían entrado los tíos de seguridad.

Y estaban cerradas con llave.

Todavía estaban cerradas con llave.

Dios mío, no.

No habían desactivado el cierre automático. Moviéndome un poco más rápido ahora, con la adrenalina volviendo a fluir, regresé a las puertas del área de recepción y presioné las barras, pero también estas puertas estaban cerradas.

Todavía estaba encerrado.

¿Y ahora qué?

No tenía opción. No había manera de quitar el cierre desde dentro, o al menos no me la habían enseñado. Y no podía precisamente pedir ayuda a los de Seguridad, en especial después de lo que acababa de ocurrir.

No. Tendría que quedarme allí dentro hasta que alguien me dejara salir. Lo cual podría no ocurrir hasta la mañana siguiente, cuando llegara el personal de limpieza. Peor aún: cuando llegara el personal de Recursos Humanos. Y entonces tendría que dar muchas explicaciones.

Además estaba exhausto. Encontré un cubículo lejos de las puertas y ventanas y me senté. Estaba hecho polvo. Necesitaba dormir con urgencia. Así que doblé los brazos, y, como un estudiante reventado en la biblioteca de la universidad, me quedé dormido.

Capítulo 32

A eso de las cinco de la mañana me despertó un ruido metálico. Me incorporé de un salto. El personal de limpieza había llegado, llevando grandes cubos de plástico amarillo y fregonas y esas aspiradoras que uno puede echarse al hombro con una cinta. Había dos hombres y una mujer que conversaban rápidamente en lo que parecía ser portugués. Yo había dejado una minúscula piscina de saliva sobre el escritorio de quien fuera. Lo limpié con la manga, y enseguida me puse en pie y caminé despreocupadamente hacia las puertas de salida, que se mantenían abiertas con una cuña.

– Bom dia, come vai? -dije. Moví la cabeza con aire avergonzado, me miré el reloj ostentosamente.

– Bem, obrigado, e o senhor? -replicó la mujer. Al sonreír, me enseñó un par de dientes de oro. Pareció comprenderlo: un pobre oficinista, ha pasado la noche trabajando, o tal vez ha llegado ridículamente temprano: ella no lo sabía y no le importaba.

Uno de los hombres estaba mirando el cubo de basura de metal chamuscado y diciéndole algo al otro. ¿Qué coño ha pasado aquí?, o algo por el estilo.

– Cançado -le dije a la señora: estoy cansado, así es como me siento-. Bom, até logo. -Hasta luego.

– Até logo, senhor -dijo la mujer mientras yo salía por la puerta.

Pensé por un instante en ir a casa, cambiarme de ropa y regresar de inmediato. Pero no iba a ser capaz de aguantarlo, así que preferí salir del ala E -en ese momento la gente comenzaba a llegar-, volví a entrar por el ala B y subí a mi cubículo. Muy bien: si alguien revisaba los registros de entradas, vería que había entrado al edificio el domingo, a eso de las siete de la noche, para regresar el lunes a eso de las cinco y media de la mañana. Un trabajador entusiasta. Tan sólo esperaba, con el aspecto que debía de tener, no encontrarme a nadie conocido: tenía toda la pinta de haber dormido vestido… lo cual, por supuesto, era lo que había hecho. Por fortuna, no vi a nadie. En la sala de descanso cogí una Coca-Cola de vainilla y bebí un buen sorbo. A esas horas de la mañana me supo bastante mal, así que me hice una taza de café y fui a lavarme al baño de hombres. Tenía la camisa un poco arrugada, pero en términos generales iba presentable a pesar de estar hecho una mierda. Hoy era un gran día y tendría que dar lo mejor de mí.

Una hora antes de la gran reunión con Augustine Goddard, nos reunimos en Packard, una de las salas de conferencias más grandes, para el ensayo general. Nora llevaba un bello vestido azul y parecía haberse hecho algo especial en el pelo para la ocasión. Tenía los nervios de punta; crepitaba como un cable de energía. Sonreía con los ojos bien abiertos.

Chad y ella ensayaban en la sala mientras los demás nos acomodábamos. Chad representaba a Jock. Repetían lo mismo una y otra vez, como un matrimonio que reconstruye una vez más una vieja disputa, y en ese momento sonó el móvil de Chad. Tenía uno de esos Motorola de tapa; yo estaba convencido de que los prefería porque con ellos podía terminar una conversación cerrándolo con un movimiento brusco.

– Sí, soy Chad -dijo. Su tono se hizo abruptamente más dócil-. Hola, Tony.

Levantó el dedo índice para pedirle a Nora que esperara, y se fue a una esquina de la habitación.

– ¡Chad! -lo llamó Nora, molesta. Él se dio la vuelta, asintió y levantó el dedo otra vez. Un minuto después lo escuché cerrar la tapa del teléfono y acercarse a Nora hablando rápido y en voz baja. Todos los observábamos; estaban en el centro del ring.

– Era un amigo que tengo en la oficina del director financiero -dijo suavemente, con expresión amarga-. Ya han tomado la decisión sobre el Maestro.

– ¿Cómo lo sabes?

– El director financiero acaba de ordenar la cancelación definitiva del Maestro y de su deuda de cincuenta millones de dólares. La decisión se ha tomado desde arriba. La reunión con Goddard no es más que una formalidad.

La cara de Nora se llenó de un rubor escarlata. Se dio la vuelta y caminó hacia la ventana, y se quedó allí, mirando hacia fuera y sin decir nada, durante un minuto entero.

Capítulo 33

El Centro de Reuniones Ejecutivas quedaba en el séptimo piso del ala A, a pocos pasos del despacho de Goddard. Llegamos en grupo y con el ánimo bastante bajo. Nora dijo que se nos uniría en unos minutos.

– ¡Hombres, al patíbulo! -cantaba Chad mientras caminábamos-. ¡Hombres, al patíbulo!

Asentí. Mordden miraba cómo Chad caminaba a mi lado y mantenía la distancia, pensando, sin duda, toda clase de cosas malvadas acerca de mí, e intentando imaginar por qué no le hacía el vacío a Chad, qué estaba yo tramando. Desde la noche en que entré a la oficina de Nora, había dejado de pasar por mi cubículo con tanta frecuencia. Era difícil saber si se estaba comportando de un modo raro, porque raro era la opción que escogía por defecto. Además, no quería sucumbir a la paranoia circunstancial: me está mirando mal, ese tipo de cosas. Pero no podía dejar de preguntarme si no habría echado a perder la misión entera con un simple acto de descuido, si Mordden me causaría serios problemas en el futuro.

– Bien, campeón -murmuró Chad-, la manera de sentarnos es crucial. Goddard siempre ocupa la silla del centro del lado de la mesa que da a la puerta. Si quieres ser invisible, lo mejor es sentarse a su derecha. Si quieres que te preste atención, o te sientas a su izquierda o frente a él.

– ¿Y quiero que me preste atención?

– Eso no lo sé. El jefe es él.

– ¿Has estado en muchas reuniones con él?

– No muchas. -Se encogió de hombros-. Un par.

Tomé nota mentalmente: me sentaría en cualquier lugar que según Chad no fuera recomendable, como a la derecha de Goddard. Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos, etcétera.

El CRE era impresionante. Una gigantesca mesa de conferencias, hecha de una madera de aspecto tropical, ocupaba la mayor parte de la habitación. Un extremo de la sala estaba totalmente cubierto por una pantalla para presentaciones. Había pesadas persianas acústicas que, según se veía, bajaban eléctricamente del techo, probablemente no sólo para bloquear la luz sino para impedir que alguien oyera desde fuera lo que se hablaba dentro. Había pequeños altavoces incorporados a la mesa, y frente a cada silla pantallas que se levantaban cuando uno oprimía un botón en alguna parte.

Había muchos susurros, risas nerviosas, bromas dichas en voz baja. Me sentía impaciente por ver al famoso Jock Goddard en vivo y en directo, aunque nunca llegara a estrecharle la mano. No tenía que hablar ni encargarme de ninguna parte de la presentación, pero me sentía un poco nervioso, de todas formas.

A las diez menos cinco, Nora no se había presentado todavía. ¿Se habría tirado por una ventana? ¿Estaría llamando aquí y allá, tratando de presionar, haciendo esfuerzos de última hora para salvar su precioso producto, moviendo todas las palancas que tenía?

– ¿Se habrá perdido? -bromeó Phil.

A las diez menos dos minutos, Nora entró en la habitación. Se veía calmada, radiante, de alguna manera más atractiva. Parecía que se hubiera puesto maquillaje nuevo, delineador de labios y todo eso. Tal vez hasta había estado meditando, porque se veía transformada.

Enseguida, a las diez en punto, entraron Jock Goddard y Paul Camilletti, y todos se callaron. Camilletti el Degollador, vestido con blazer negro y una camiseta de seda color aceituna, se había peinado hacia atrás y se parecía a Gordon Gekko en Wall Street. Tomó asiento muy lejos, en una esquina de la mesa inmensa. Goddard, con su acostumbrado suéter de medio cuello debajo de un abrigo marrón de tweed, se acercó a Nora y le susurró algo que la hizo reír. Nora le puso una mano en el hombro y la otra encima de la mano, y la dejó allí unos segundos. Actuaba como una niña, con coquetería; era un lado de Nora que yo no había visto nunca.

Goddard se sentó en la cabecera de la mesa, frente a la pantalla. Gracias, Chad. Yo estaba a su derecha, al otro lado de la mesa. Lo podía ver, y me sentía de todo menos invisible. Tenía los hombros redondos y un poco caídos. Tenía el pelo blanco y rebelde y lo llevaba peinado con la raya a un lado. Sus cejas eran tupidas y blancas, y parecían la cumbre de una montaña nevada. Su frente tenía marcas profundas y en sus ojos había una mirada pícara.

Hubo unos instantes de silencio incómodo, y luego Goddard miró alrededor de la mesa.

– Parecéis nerviosos -dijo-. Tranquilos, que no muerdo.

Su voz era agradable y un poco quebrada, un barítono dulce. Miró a Nora y le guiñó un ojo.

– Por lo menos, no con frecuencia.

Ella rió; otras dos personas soltaron risitas educadas. Yo sonreí, como diciendo: gracias por intentar hacernos sentir cómodos.

– Sólo cuando te sientes amenazado -dijo Nora, y él sonrió, y sus labios formaron una «V»-. Jock, ¿te importa que empiece?

– Por favor.

– Jock, hemos estado trabajando tan duro en la remodelación del Maestro que a veces nos cuesta simplemente dar un par de pasos atrás y tomar cierta perspectiva. Durante las últimas treinta y seis horas, no he hecho otra cosa que pensar en eso. Y me resulta muy claro que hay varias formas en las que el Maestro se podría actualizar, mejorar, hacerlo más atractivo, incrementar la franja de mercado, tal vez de manera significativa.

Goddard asintió, juntó los dedos formando una «V» invertida y miró sus notas. Nora le dio un golpecito al cuaderno laminado.

– Se nos ha ocurrido una estrategia, una muy buena estrategia, que añade doce nuevas funciones al Maestro y lo pone al día. Pero tengo que decirte, con toda honestidad, que si estuviera sentada donde tú estás, no dudaría en matar el proyecto.

Goddard se giró repentinamente para mirarla con sus grandes cejas blancas levantadas. Todos la mirábamos, escandalizados. Yo no podía creer lo que escuchaba. Nora estaba prendiendo fuego a su propio equipo.

– Jock -continuó-, si hay algo que me hayas enseñado es que a veces un líder debe sacrificar lo que más quiere. Me duele mucho decirlo. Pero no puedo simplemente ignorar los hechos. Maestro fue muy importante en su momento. Pero su tiempo ha llegado y ha pasado. Es la Regla de Goddard: si tu producto no tiene potencial para ser el primero o el segundo del mercado, mejor abandona.

Goddard se quedó callado unos instantes. Parecía sorprendido, impresionado, y después de unos segundos asintió con una sonrisa tipo me-gusta-lo-que-veo.

– ¿Estamos… estamos todos de acuerdo en esto? -dijo arrastrando las palabras.

Poco a poco la gente comenzó a asentir, subiéndose al tren mientras éste salía de la estación. Chad asentía mordiéndose el labio como solía mordérselo Bill Clinton; Mordden asentía vigorosamente, como si por fin pudiera expresar lo que siempre había opinado. Los otros ingenieros soltaban gruñidos: «Sí», y «De acuerdo».

– Debo decir que me sorprende escuchar esto -dijo Goddard-. Definitivamente, no es lo que esperaba escuchar esta mañana. Esperaba encontrarme con una habitación llena de resistencia. Me habéis impresionado.

– Lo que es bueno a corto plazo para nosotros como individuos -añadió Nora- no necesariamente es lo mejor para Trion.

No podía creer la forma en que Nora lideraba esta inmolación, pero tenía que admirar su astucia, su talento maquiavélico.

– Muy bien -dijo Goddard-, pero espera, antes de que apretemos el gatillo. Usted. No lo he visto asentir.

Parecía mirarme directamente.

Miré alrededor, luego volví a mirarlo. Definitivamente me estaba mirando a mí.

– Usted -dijo-. Joven, no le he visto asentir como los demás.

– Es nuevo -se apresuró a intervenir Nora-. Acaba de comenzar.

– ¿Cuál es su nombre, joven?

– Adam -dije-. Adam Cassidy.

El corazón me empezó a latir con fuerza. Mierda. Era como salir a la pizarra. Me sentía como si estuviera en la escuela primaria.

– ¿Tiene algún problema con la decisión que estamos tomando, Adam? -dijo Goddard.

– ¿Eh? No.

– ¿Está de acuerdo en matar el proyecto?

Me encogí de hombros.

– ¿Lo está o no lo está? ¿Qué?

– Puedo entender la opinión de Nora -dije.

– ¿Y si estuviera sentado donde estoy yo? -me animó Goddard.

Respiré hondo.

– Si estuviera en su lugar, no mataría el proyecto.

– ¿No?

– Y tampoco añadiría esas doce funciones nuevas.

– ¿No lo haría?

– No. Sólo una.

– ¿Y cuál sería, si puede saberse?

Miré a Nora de pasada, y tenía la cara del color de la remolacha. Me miraba como si un extraterrestre me estuviera saliendo del pecho. Los ojos le brillaban. Me giré hacia Goddard.

– Un protocolo de seguridad de datos.

Goddard, de repente, bajó las cejas.

– ¿Seguridad? ¿Por qué diablos iba a atraer a los consumidores?

Chad se aclaró la voz y dijo:

– Vamos, Adam, mira las investigaciones de mercado. La seguridad de datos está en el puesto setenta y cinco de la lista de prioridades de los consumidores -sonrió-. A menos que pienses que el consumidor promedio es Austin Powers, Hombre Internacional del Misterio.

Hubo risillas en el extremo lejano de la mesa. Sonreí con amabilidad.

– No, Chad, tienes razón: al consumidor medio no le interesa la seguridad de datos. Pero no hablo del consumidor medio. Hablo de los militares.

– Los militares -Goddard ladeó una ceja.

– Adam -interrumpió Nora con voz plana, de advertencia.

Goddard movió una mano hacia ella.

– No, quiero oír esto. ¿Los militares, dices?

Respiré hondo, traté de no parecer tan asustado como estaba.

– Mire, el Ejército, la Fuerza Aérea, los canadienses, los ingleses, todas las instalaciones de defensa de Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá, acaban de revisar su sistema de comunicaciones, ¿no es cierto?

Saqué recortes de Defense News, Federal Computer Week -esas revistas que siempre tengo a mano en mi piso, ¿no?- y las sostuve en el aire. Sentía que me temblaba la mano y esperé que nadie lo notara. Wyatt me había preparado para esto, y esperé tener detalles correctos.

– Se llama Sistema de Mensajes de Defensa, SMD. El sistema de mensajes de alta seguridad para millones de funcionarios de defensa de todo el mundo. Todo se hace vía ordenadores personales, y el Pentágono está desesperado por algo inalámbrico. Imagínese la diferencia que eso haría: acceso inalámbrico, remoto y seguro a datos confidenciales y a comunicaciones, con autentificación de remitentes y destinatarios, cifrado de principio a fin, protección de la información, integridad de los mensajes. ¡Nadie posee todavía este mercado!

Goddard inclinó la cabeza, escuchando con atención.

– Y el Maestro es el producto perfecto para este espacio. Es pequeño, robusto, prácticamente indestructible y totalmente fiable. De esta forma tomamos algo negativo y lo convertimos en positivo: el hecho de que el Maestro sea tecnología anticuada, heredada, es un plus para los militares, pues es totalmente compatible con esos protocolos de transferencia inalámbrica suyos, que tienen ya cinco años. Sólo necesitamos añadir seguridad de datos. El costo es mínimo, y el mercado potencial es inmenso, realmente gigantesco.

Goddard me miraba fijamente, aunque yo no lograba saber si le había causado buena impresión o si pensaba que me había vuelto loco. Continué:

– Así que en lugar de intentar maquillar este producto viejo y francamente inferior, le cambiamos el mercado. Le ponemos encima una cubierta rígida, le metemos cifrados de seguridad, y nos hacemos de oro. Si nos movemos con rapidez, seremos los dueños de este nicho del mercado. Olvídense de la cancelación de cincuenta millones. Ahora estamos hablando de cientos de millones en ingresos adicionales al año.

– Dios mío -dijo Camilletti desde su extremo de la mesa. Estaba garabateando notas sobre un bloc.

Goddard comenzó a asentir, primero despacio, luego con más fuerza.

– Muy intrigante -dijo. Se dirigió a Nora-. ¿Cómo dices que se llama? ¿Elijah?

– Adam -dijo Nora con brusquedad.

– Gracias, Adam -dijo-. Eso no ha estado nada mal.

No me lo agradezcas, pensé. Dale las gracias a Nick Wyatt.

Y entonces sorprendí a Nora mirándome con expresión de puro y manifiesto odio.

Capítulo 34

La decisión oficial nos llegó por correo electrónico antes de la comida: Goddard había ordenado una suspensión de la sentencia contra el Maestro. Se le ordenaba al equipo del Maestro que presentara una propuesta de reforma y reembalaje que cumpliera los requerimientos del Ejército. Mientras tanto, Relaciones Gubernamentales de Trion comenzaría a negociar un contrato con el Departamento de Adquisición y Logística de Sistemas de Información para la Defensa del Pentágono.

Traducción: la habíamos clavado. No sólo habían sacado el producto de Cuidados Intensivos, sino que le habían hecho un trasplante de corazón y una completa transfusión sanguínea.

Y la mierda había llegado hasta el techo.

Estaba en el baño de hombres, parado frente al urinario y bajándome la bragueta, cuando entró Chad, caminando con desparpajo. Me había dado cuenta de que Chad parecía entender, por una especie de sexto sentido, que yo era un orinador tímido. Siempre me seguía al baño para hablar del trabajo o de deportes, y efectivamente se me cerraba el chorro. Esta vez llegó hasta el urinario de al lado con la cara iluminada, como si le diera gusto verme. Oí cómo se bajaba la bragueta y la vejiga se me quedó atornillada. Volví a poner la mirada sobre los azulejos que había encima del urinario.

– Buen trabajo, campeón -dijo-. ¡Así se suben puestos! -Sacudió lentamente la cabeza, hizo un ruido como de escupitajo. Su orina salpicó ruidosamente el pequeño rombo del fondo del urinario-. Dios mío.

Rezumaba sarcasmo. Había cruzado una línea invisible: ni siquiera se molestaba en disimular.

Pensé: ¿Podrías irte ya, para que pueda hacer mis necesidades?

– He salvado el producto -señalé.

– Sí, y al hacerlo has quemado a Nora. ¿Valía la pena, a cambio de marcarte unos cuantos puntos ante el presidente, a cambio de un poco de protagonismo? Aquí no funciona así, tío. Acabas de cagarla.

Se sacudió, se subió la bragueta y salió del lugar sin lavarse las manos.

Cuando regresé a mi cubículo, me había llegado un mensaje de Nora.

– Nora -dije al entrar a su oficina.

– Adam -dijo suavemente-. Siéntese, por favor.

Estaba sonriente: una sonrisa triste, amable. Era un mal presagio.

– Nora, ¿puedo decir…?

– Adam, como usted sabe, una de las cosas que nos enorgullece en Trion es tratar de adecuar el trabajador a su trabajo: asegurarnos de que nuestra gente de más alto potencial siempre reciba las responsabilidades que mejor le convengan. -Sonrió de nuevo y sus ojos brillaron-. Es por eso que acabo de solicitar una transferencia, y le he pedido a Tom que le dé prioridad.

– ¿Una transferencia?

– Estamos muy impresionados con su talento, su inventiva, la profundidad de sus conocimientos. La reunión de esta mañana lo ilustró todo muy bien. Creemos que alguien de su calibre podría hacer mucho bien en nuestro complejo RTP. Allí, un jugador como usted, un jugador con espíritu de equipo, le sería muy útil a la unidad de administración de suministros.

– ¿RTP?

– Nuestra oficina satélite en el Research Triangle Park. [12] En Raleigh-Durham, Carolina del Norte.

– ¿Carolina del Norte? -¿Era posible lo que estaba oyendo?-. ¿Está usted hablando de transferirme a Carolina del Norte?

– Adam, lo dice como si fuera Siberia. ¿Ha estado alguna vez en Raleigh-Durham? Es una zona bellísima, de verdad.

– Yo… Pero no me puedo mudar, tengo responsabilidades aquí, tengo…

– Reubicación Laboral lo coordinará todo por usted. Cubrirán todos los gastos de la mudanza, dentro de límites razonables, claro. Ya he puesto el asunto en marcha con los de Recursos Humanos. Toda mudanza es un poco problemática, por supuesto, pero ellos lo hacen de forma sorprendentemente indolora. -Sonrió de oreja a oreja-. ¡Le va a encantar ese sitio, y usted les va a encantar a ellos!

– Nora -dije-, Goddard me pidió mi más honesta opinión, y a mí me gusta mucho todo lo que usted ha hecho con la línea Maestro, no iba a negarlo. Lo último que quería era contrariarla.

– ¿Contrariarme? -dijo-. Al contrario, Adam: agradecí mucho su intervención. Sólo que hubiera preferido que compartiera sus ideas conmigo antes de la reunión. Pero todo eso es cosa del pasado. Se nos aproximan cosas mejores y más grandes. ¡Y a usted también!

La mudanza debería tener lugar dentro de las tres semanas siguientes. Yo estaba en completo pánico. Las instalaciones de Carolina del Norte se destinaban estrictamente a asuntos menores, y quedaban a millones de kilómetros de Investigación y Desarrollo. Yo dejaría de ser útil para Wyatt, y Wyatt me culparía por el error. Prácticamente alcanzaba a oír la hoja de la guillotina bajando deprisa sobre sus rieles.

Es gracioso: sólo cuando hube salido del despacho de Nora pensé en mi padre, y entonces sí que lo entendí. No podía mudarme. No podía dejar al viejo aquí. Pero ¿cómo podía negarme a ir adonde Nora me enviaba? Aparte de «escalar» -pasarle por encima, o al menos tratar de hacerlo; pero seguro que me saldría el tiro por la culata-, ¿qué opción tenía? Si me negaba a ir a Carolina del Norte, tendría que renunciar a Trion, y entonces la tierra se abriría bajo mis pies.

Me parecía como si el edificio entero estuviera dando vueltas lentamente; tuve que sentarme, tuve que ponerme a reflexionar. Al pasar junto a su despacho, Noah Mordden me llamó agitando un dedo en el aire.

– Ah, Cassidy -dijo-. Nuestro propio Julien Sorel. Trata bien a Madame de Renal, por favor.

– ¿Disculpa? -dije. No tenía la menor idea de a qué se refería.

Vestido con su camisa hawaiana de marca y sus gafas de montura negra, gruesa y redonda, Mordden parecía cada vez más una caricatura de sí mismo. Sonó su teléfono interno, pero, como es natural, no era un timbre ordinario. Era un archivo de sonido sacado de «Suffragette City», de David Bowie: «Oh! wham bam thank you ma'aval.»

– Sospecho que has causado buena impresión a Goddard -dijo-. Pero al mismo tiempo debes intentar no fastidiar a tu superior inmediato. Olvida a Stendhal. Deberías leer a Sun Tzu -dijo y frunció el ceño.

La oficina de Mordden estaba decorada con todo tipo de cosas raras. Había un tablero de ajedrez abandonado con gran esfuerzo en mitad del juego, un póster de H. P. Lovecraft, una muñeca grande de pelo rubio y rizado. Apunté al tablero de manera inquisitiva.

– Tal-Botvinnik, 1960 -dijo, como si eso quisiera decir algo para mí-. Una de las grandes jugadas de todos los tiempos. Sea como sea, lo que quiero decir es que uno no debe sitiar ciudades amuralladas si puede evitarlo. Además, y esto es sabiduría no de Sun Tzu sino del emperador romano Domiciano, si atacas al rey, debes matarlo. Tú, en cambio, lanzaste un ataque contra Nora sin preparar un colchón de seguridad.

– No era mi intención atacarla.

– Fuera cual fuese tu intención, calculaste muy mal, mi amigo. Te destruirá, puedes estar seguro.

– Me va a transferir al Research Triangle Park.

Levantó una ceja.

– Podía haber sido peor, ¿no crees? ¿Has estado alguna vez en Jackson, Mississippi?

Sí que había estado, y el sitio me agradaba; pero estaba deprimido y no me sentía con ánimos para una larga conversación con este tío tan raro. Me ponía nervioso. Señalé la muñeca fea de la pared y pregunté:

– ¿Es tuya?

– Quiéreme, Lucille -dijo-. Un fracaso, pero un fracaso que, debo decirlo, fue iniciativa mía.

– ¿Eras ingeniero de… muñecas?

Alargó un brazo y apretó la mano de la muñeca, y la muñeca cobró vida: sus ojos espantosamente verosímiles se abrieron y enseguida se entrecerraron con la animación de un ser humano. Su boca en forma de arco de Cupido se abrió y luego hizo una mueca aterradora.

– A que nunca has visto a una muñeca hacer eso.

– Y no creo que quiera volver a verlo.

Mordden se permitió una leve sonrisa.

– Lucille tiene una completa gama de expresiones humanas. Es completamente robótica, muy impresionante, la verdad. Se queja, se pone exigente y molesta, como un bebé de verdad. Necesita eructar de vez en cuando, gorjea, susurra, hasta se hace pis en los pañales. Exhibe alarmantes síntomas de cólico. Le da de todo salvo alergia a los pañales. Tiene localizador de voz, lo que significa que mira a quien le esté hablando. Puedes enseñarle a hablar.

– No sabía que hicieras muñecas.

– Oye, aquí hago lo que me da la gana. Soy Ingeniero Distinguido. La inventé para mi sobrina menor, que luego se negó a jugar con ella. Le pareció escalofriante.

– Es un poco fea, la verdad.

– El esculpido quedó mal. Pero ahora puedes comprarla por diecinueve noventa y nueve en KB Toys y Toys 'R' Us.

Se dirigió a la muñeca.

– ¿Lucille? Saluda a nuestro presidente.

Lucille giró la cabeza hacia Mordden. Se oía un leve zumbido mecánico. Parpadeó, frunció el ceño y empezó a hablar en la voz profunda de James Earl Jones, formando cada palabra con los labios:

– Que te joroben, Goddard.

– Dios mío -espeté.

Lucille se giró hacia mí, parpadeó de nuevo y sonrió con dulzura.

– Los intestinos tecnológicos de este espantoso trol eran demasiado avanzados para su tiempo -dijo Mordden-. Desarrollé un sistema operativo de trama múltiple que funciona con un procesador de ocho bits. Inteligencia artificial de última generación sobre un código muy apretado. La arquitectura es muy astuta. Hay tres ASIC separados en su panza, y yo los diseñé.

ASIC era como se llamaba en jerga de freak un chip de ordenador diseñado a medida y capaz de hacer varias cosas distintas.

– ¿Lucille? -dijo Mordden, y la muñeca se giró parpadeando-. Vete a la mierda, Lucille.

Lucille entrecerró lentamente los ojos, su boca se estiró hacia abajo y emitió un angustioso buuu. Una lágrima solitaria le bajó por la mejilla. Mordden le levantó la parte superior del pijama, dejando al aire una pequeña pantalla de cristal líquido.

– Papá y mamá pueden programarla y ver la programación en esta pantallita patentada por Trion. Uno de los ASIC controla esta pantalla, otro controla los motores, otro controla el habla.

– Increíble -dije-. Y todo esto para una muñeca.

– Correcto. Y luego la compañía de juguetes con la que nos asociamos echó a perder el lanzamiento. Que te sirva de lección. El embalaje era terrible. La distribución no se hizo hasta la última semana de noviembre, es decir, unas ocho semanas demasiado tarde, porque para entonces mamá y papá ya han hecho sus listas de Navidad. Además, el precio era una mierda. En esta economía, a mamá y papá no les gusta gastar más de cien dólares en un juguetito. Y por supuesto, los genios de marketing de Consumo Educativo Trion creyeron que yo había inventado el próximo Beanie Baby [13] así que acumulamos una reserva de varios cientos de miles de chips hechos a medida, manufacturados en China a un costo enorme e inútiles para cualquier otra cosa. O sea que Trion quedó en poder de casi medio millón de muñecas feas que nadie quería, además de trescientos mil componentes de repuesto que no llegaron a ensamblarse y que a día de hoy descansan en un depósito de Van Nuys.

– Ay.

– No pasa nada. Nadie puede tocarme. Tengo criptonita.

No dijo a qué se refería, pero así era Mordden, siempre al filo de la locura, de manera que no seguí adelante con la conversación. Regresé a mi cubículo, donde encontré que tenía varios mensajes de voz. Cuando escuché el segundo, reconocí la voz, con sobresalto, aun antes de que se identificara.

– Señor Cassidy -dijo la voz áspera-, yo quisiera… Ah, sí, soy Jock Goddard. Me gustaron mucho sus comentarios de la reunión de esta mañana, y me gustaría saber si puede usted pasar por mi oficina. ¿Podría llamar a Flo, mi asistente, y arreglar una cita?

Cuarta Parte. Compromiso

Compromiso: La detección de un agente, un piso franco o una técnica de inteligencia por parte de alguien del otro bando.

Diccionario internacional del espionaje.

Capítulo 35

El despacho de Jock Goddard no era más grande que el de Tom Lundgren o el de Nora Sommers. Me impresionó. El despacho del maldito presidente ejecutivo era apenas unos metros más grande que mi patético cubículo. La primera vez seguí recto, convencido de que estaba en el lugar equivocado. Pero ahí estaba el nombre -Augustine Goddard- en una placa de bronce puesta sobre la puerta, y de hecho él mismo estaba fuera, hablando con su asistente. Llevaba uno de sus suéteres de medio cuello, sin chaqueta, y llevaba unas gafas de lectura de montura negra. La mujer a la que le hablaba (asumí que era Florence) era una negra grande vestida con un magnífico traje sastre plateado. El pelo le caía a ambos lados de la cabeza, atravesado por franjas grises como una mofeta, y tenía un aspecto formidable.

Ambos me miraron cuando me acerqué. Ella no tenía idea de quién era yo, y Goddard tardó un minuto reconocerme, pero al fin lo logró -era el día siguiente a la gran reunión- y dijo:

– Ah, Señor Cassidy. Genial, gracias por venir. ¿Puedo ofrecerle algo de beber?

– Estoy bien, gracias -dije. Recordé el consejo de la doctora Bolton y dije-: Tal vez un poco de agua.

De cerca, Goddard se veía más pequeño y sus hombros más caídos. Su famosa cara de duende -los labios delgados, los ojos brillantes- era exactamente como las máscaras con su rostro que una de las unidades comerciales había mandado fabricar para la fiesta de Halloween del año anterior. Yo había visto una de ellas colgada de un alfiler en la pared de algún cubículo. Todos los de la unidad se habían puesto la máscara y habían montado una especie de parodia o algo así.

Flo le alcanzó un sobre de papel manila -era mi expediente de Recursos Humanos- y él le dijo que no le pasara llamadas, y me invitó a su despacho. Yo no sabía qué quería de mí, así que mi sentimiento de culpa se exacerbó: había estado merodeando por la empresa de este tío, jugando a los espías. Había tenido cuidado, por supuesto, pero un par de veces había cometido errores.

Aun así, ¿podía tratarse de algo malo? El presidente nunca levanta el hacha él mismo, deja que lo hagan sus verdugos. Pero no pude evitar preguntármelo. Estaba ridículamente nervioso, y no tenía demasiado éxito a la hora de disimularlo.

Goddard abrió una pequeña nevera escondida en un armario y me alcanzó una botella de Aquafina. Luego se sentó detrás de su escritorio -en realidad, no había otro lugar- y de inmediato se recostó en su silla de cuero. Yo me senté en una de las sillas del otro lado de la mesa. Miré alrededor y vi una foto de una mujer poco atractiva que tomé por su esposa, ya que tenían aproximadamente la misma edad. Tenía el pelo blanco, era simple y estaba sorprendentemente arrugada (Mordden la había llamado shar-pei) y llevaba un collar de perlas de tres vueltas a lo Barbara Bush, probablemente para disimular los pliegues del cuello. Me pregunté si Nick Wyatt, consumido como estaba de envidia por Jock Goddard, tenía la menor idea de la mujer que esperaba al envidiado por las noches. Las bellezas tontas de Wyatt cambiaban o rotaban cada dos noches, y todas tenían las tetas como si fueran modelos de revista; ése era uno de los requisitos del empleo.

Había una estantería llena de reproducciones de latón de coches clásicos, deportivos con grandes alerones y líneas terminadas en punta, y unos cuantos camiones de leche Divco. Eran modelos de los cuarenta o los cincuenta, probablemente de cuando Jock Goddard era un niño o un jovencito.

Me sorprendió mirándolos y dijo:

– ¿Qué coche tiene usted?

– ¿Qué coche tengo? -Por un instante no supe a qué se refería-. Ah, un Audi A6.

– Audi -repitió como si fuera una palabra extranjera. De acuerdo, tal vez lo sea-. ¿Le gusta?

– Está bien.

– Hubiera pensado que sería un Porsche 911, o al menos un Boxster, o algo por el estilo. Un tipo como usted.

– En realidad, no soy un fanático de los coches -dije. Era una respuesta calculada, lo admito, deliberadamente contradictoria. La consigliere de Wyatt, Judith Bolton, había dedicado parte de una sesión a hablar de coches, para que yo pudiera encajar en la cultura empresarial de Trion. Pero el instinto me decía que en un cara a cara no iba a lograrlo. Mejor evitar el tema por completo.

– Yo creía que en Trion todos eran fanáticos de los coches -dijo Goddard. Me hablaba con picardía: con esa frase, lanzaba un derechazo contra el servilismo de sus imitadores. Eso me gustó.

– Los ambiciosos, por lo menos -dije, sonriendo.

– Bueno, usted sabe, los coches son mi única extravagancia, y eso tiene una razón. A principios de los setenta, cuando Trion salió a bolsa y empecé a ganar más dinero del que podía gastar, salí un día y me compré un barco de veinte metros de eslora. Estaba feliz con mi barco, hasta que vi uno de veintitrés metros en el puerto deportivo. Tres metros más largo. Y sentí una punzada, ¿me entiende? Se me despertó el instinto competitivo. Y de repente sentí que sí, que era infantil, pero necesitaba comprarme un barco más grande. ¿Y sabe lo que hice?

– Se compró un barco más grande.

– No. Podría haberme comprado un barco más grande sin el menor esfuerzo, pero siempre habría algún idiota con un barco todavía más grande. ¿Y quién es el idiota entonces? Yo. Así no hay forma de ganar.

Asentí.

– Así que vendí el maldito barco. Al día siguiente. Lo único que mantenía la nave a flote era la fibra de vidrio y la envidia. -Soltó una risita-. Esa es la razón por la que mi despacho es pequeño. Pensé que si el despacho del jefe es del mismo tamaño que el de los demás ejecutivos, al menos en esta compañía no habrá tanta envidia profesional. La gente nunca dejará de competir para ver quién la tiene más grande. Mejor que se concentren en otra cosa. De manera, Elijah, que usted es de contratación reciente.

– En realidad, me llamo Adam.

– Mierda, lo he vuelto a hacer. Lo siento. Adam, Adam. Entendido. -Se inclinó sobre su escritorio, se puso sus gafas de lectura y hojeó mi archivo de Recursos Humanos-. Lo hemos sacado de Wyatt. Usted salvó al Lucid.

– No «salvé» al Lucid, señor.

– Aquí no necesita falsas modestias.

– No es modestia. Es exactitud.

Sonrió, como si le divirtiera.

– ¿Cómo ve a Trion comparada con Wyatt? No, olvide que se lo he preguntado. Prefiero que no me responda.

– No pasa nada, no me importa contestar -dije, con toda franqueza-. Me gusta este lugar. Es emocionante. Me gusta la gente. -Reflexioné un instante, me di cuenta de lo lameculos que sonaba eso-. Bueno, la mayoría.

Sus ojos de duende se arrugaron.

– Aceptó el primer paquete salarial que le ofrecimos -dijo-. Un tipo con sus credenciales podría haber negociado un poco más.

Me encogí de hombros.

– La oportunidad me interesaba.

– Puede ser, pero sugiere que estaba usted ansioso por largarse de allí.

Todo eso me estaba poniendo nervioso, y, de todas formas, sabía que a Goddard le gustaría que fuera discreto.

– Trion es más mi estilo, me parece.

– ¿Le están dando las oportunidades que esperaba?

– Sí.

– Paul, mi jefe de servicios financieros, me habló de su intervención sobre el GoldDust. Es obvio que usted tiene fuentes.

– Me mantengo en contacto con mis amigos.

– Adam, me gusta su idea de reformar el Maestro, pero me preocupa el tiempo que nos tome añadir el protocolo de seguridad. El Pentágono querrá tener prototipos para ayer.

– No es problema -dije. Tenía los detalles tan frescos como si me hubiera preparado para un examen final de química-. Kasten Chase ya ha desarrollado un protocolo de seguridad de acceso protegido a datos. Tienen su tarjeta encriptadora Fortezza, el módem de seguridad Palladium… las soluciones a nivel de hardware y software ya están. Incorporar todo eso al Maestro podría tomarnos dos meses. Estaríamos listos mucho antes de que nos concedan el contrato.

Goddard negó con la cabeza. Parecía aturdido.

– El maldito mercado ha cambiado mucho. Todo es «e-esto», «i-aquello», toda la tecnología converge hacia un mismo punto. Es la era del todo-en-uno. Los consumidores no quieren tener una televisión y un aparato de vídeo y un fax y un ordenador y un equipo de sonido y un teléfono y un largo etcétera -dijo. Me miró con el rabillo del ojo. Era obvio que estaba soltando la idea sólo para ver qué opinaba yo-. El futuro está en la convergencia, ¿no cree usted?

Puse cara de escepticismo, respiré hondo y dije:

– La respuesta larga es… no.

Tras unos segundos de silencio, sonrió. Yo había hecho mis deberes. Había leído la trascripción de unos comentarios informales que Goddard había hecho el año anterior, en Palo Alto, en una de esas conferencias sobre tecnología del futuro. Había soltado una diatriba contra la «fiebre de las prestaciones», como la llamaba, y yo había memorizado sus palabras, pensando que podría usarlas en alguna reunión.

– Explíquese.

– No es más que una inflación de prestaciones. Echar capas de policromado a costa de la facilidad de uso, de la simplicidad, de la elegancia. Creo que todos nos estamos cansando de tener que presionar treinta y seis botones de veintidós mandos a distancia sólo para poder ver las noticias de la tarde. Creo que ahora mismo hay gente que se enfurece cada vez que enciende el coche y sale la señal de revise el motor, porque uno no es capaz de abrir el capó, simplemente, y revisarlo, no, uno tiene que llamar a un mecánico especializado que viene con su ordenador de diagnósticos y su título de ingeniero del MIT.

– Incluso si uno es fanático de los coches -dijo Goddard con sonrisa sarcástica.

– Así es. Además, todo este asunto de la convergencia es un mito, la palabra de moda, muy peligrosa si uno se la toma en serio. Mal negocio. El teléfono-fax de Canon fue un fracaso: un fax mediocre y un teléfono aún peor. Nadie ha visto una lavadora que converja con la secadora, ni un microondas que converja con el horno de gas. Nadie quiere una combinación microondas-nevera-cocina-televisión si lo único que desea es tener frías las Coca-Colas. Cincuenta años después de la invención del ordenador, ¿con qué ha convergido? Con nada. En mi opinión, toda esta basura de la convergencia es una nueva versión de la liebrélope.

– ¿La qué?

– La liebrélope. La creación mítica de un taxidermista chiflado, mezcla de una liebre y un antílope. Hay tarjetas postales por todo el oeste.

– Usted no tiene pelos en la lengua, ¿verdad?

– No cuando creo tener la razón, señor.

Dejó el archivo sobre la mesa y se recostó dé nuevo en su silla.

– ¿Y qué me dice de la vista cenital?

– ¿Señor?

– Trion en conjunto. ¿Tiene alguna otra opinión contundente?

– Varias, seguro.

– Bien, oigámoslas.

Wyatt solía pedir análisis competitivos de Trion, y yo me los había aprendido de memoria.

– Pues bien, Trion Medical Systems es un portafolio bastante robusto, tecnologías de primera clase en resonancia magnética, medicina nuclear y ultrasonidos, pero es un poco débil en servicios, como información para el paciente y gestión de activos.

Sonrió, asintió.

– De acuerdo. Continúe.

– La unidad de Soluciones Empresariales obviamente es una porquería, no tengo que decírselo, pero ahí están las piezas necesarias para una penetración en el mercado en toda regla, especialmente en servicios basados en teléfono Internet, en voz activada por circuito, en ethernet. Sí, soy consciente de que la fibra óptica pasa por un mal momento, pero el futuro está en los servicios de banda ancha, de manera que tenemos que aguantar. La división de Aeroespacio ha tenido un par de años bastante duros, pero sigue siendo un magnífico portafolio de productos informáticos.

– ¿Y la Electrónica de Consumo?

– Obviamente es nuestra principal área, razón por la cual vine a trabajar aquí. Es decir, nuestros reproductores de DVD de gama más alta vencen a los de Sony sin esfuerzo. Los teléfonos inalámbricos son sólidos, siempre lo han sido. Los móviles son los reyes: el mercado nos pertenece. Tenemos la marca, podemos cobrar hasta un treinta por ciento más por nuestros productos sólo por el hecho de que ponga Trion en la etiqueta. Pero lo cierto es que hay demasiados puntos débiles.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, es absurdo que no tengamos una forma de acabar con Blackberry. Los sistemas de comunicación inalámbrica deberían ser terreno nuestro. En cambio, estamos cediendo espacio a RIM y a Handspring y a Palm. Necesitamos un sistema inalámbrico de última generación.

– Estamos trabajando en ello. Hay un producto bastante interesante en la sala de espera.

– Buena noticia -dije-. La verdad, me parece que se nos está escapando el tren en cuanto a tecnología y productos para transmitir música y vídeo digital a través de Internet. Deberíamos concentrarnos en Investigación y Desarrollo, tal vez con empresas asociadas. Veo ahí un inmenso potencial de generación de ingresos.

– Creo que tiene razón.

– Y perdóneme por decirlo, pero me parece casi patético que no tengamos una línea seria de productos para niños. Fíjese en Sony: la consola PlayStation puede hacer la diferencia entre números rojos y números negros en según qué épocas. La demanda de ordenadores y electrodomésticos parece bajar cada dos años, ¿no? Aquí luchamos contra fabricantes de Taiwán y Corea del Sur, libramos guerras de precios en artículos como monitores de cristal líquido, vídeo digital y teléfonos móviles: todo eso es parte de la vida. Así que deberíamos vender para niños, ya que a los niños no les importa la recesión. Sony tiene su PlayStation, Microsoft tiene su Xbox, Nintendo tiene GameCube, pero ¿qué tenemos nosotros en el área de videojuegos? Cero coma cero. En una línea de productos orientada al consumidor, esto es una debilidad de talla mayor.

Otra vez se había erguido sobre su asiento, y había una sonrisa críptica en su cara arrugada.

– ¿Qué le parecería hacerse cargo de la reforma del Maestro?

– Nora manda ahí. Francamente, no me sentiría cómodo.

– Usted estaría a sus órdenes.

– No sé si le gustaría.

Su sonrisa se torció.

– Se le pasaría en un par de días. Nora sabe cuál es la mano que la alimenta.

– Por supuesto que no voy a oponerme, señor, pero creo que sería malo para la moral.

– Bien, y entonces ¿qué le parecería venir a trabajar para mí?

– ¿No es eso lo que hago?

– Quiero decir aquí, en el séptimo piso. Asistente especial del presidente en Estrategias de Nuevos Productos. Responsable con firma ante la unidad de Tecnologías Avanzadas. Le daría una oficina en este corredor. Eso sí, no más grande que la mía. ¿Le interesa?

No podía creer lo que oía. Creí que iba a estallar de excitación nerviosa.

– Claro que sí. ¿Estaría a sus órdenes?

– Así es. ¿Trato hecho?

Sonreí lentamente. Ya que estamos, pensé.

– Creo, señor, que a más responsabilidad, más dinero, ¿no es así?

Soltó una carcajada.

– ¿Ah, sí?

– Me gustaría recibir los cincuenta mil adicionales que debí haber pedido cuando entré a trabajar aquí. Y quisiera recibir cuarenta mil más en opciones de compra de acciones.

Se rió de nuevo: un jo-jo robusto, casi al estilo Papá Noel.

– Qué cojones, jovencito.

– Gracias.

– Le diré lo que haremos. No le voy a dar los cincuenta mil más, porque no creo en los «incrementos». Voy a doblar su sueldo. Más los cuarenta mil en opciones. Así se sentirá obligado a ir de culo por mí.

Me mordí el labio para no soltar un grito. ¡Dios mío!

– ¿Dónde vive? -preguntó.

Se lo dije, y negó con la cabeza.

– No es lo más apropiado para alguien de su nivel. Además, con el tiempo que va a pasar trabajando, no quiero que tenga que conducir cuarenta y cinco minutos por las mañanas y cuarenta y cinco por las noches. Tendrá que trabajar hasta tarde, así que quiero que viva cerca. ¿Por qué no se muda a uno de esos pisos que hay en Harbor Suites? Ahora se lo puede permitir. Tenemos a una señora que trabaja con el personal externo, se especializa en alojamiento empresarial. Ella le conseguirá algo bonito.

Tragué saliva.

– Suena bien -dije, tratando de controlar una risita nerviosa.

– Ahora, ya sé que no es fanático de los coches, pero este Audi… ¿Por qué no se hace con algo más divertido? Yo creo que cada persona debería estar enamorada de su coche. ¿Por qué no lo intenta? Quiero decir, no se compre un jet, pero sí algo divertido. Flo puede encargarse de los detalles.

¿Quería decir que iba a darme un coche? ¡Dios santo!

Se puso de pie.

– ¿Y bien? ¿Está usted conmigo? -Estiró la mano, y yo se la estreché.

– No soy idiota -dije.

– No, eso es evidente. Vale, bienvenido al equipo, Adam. Me encantará trabajar con usted.

Salí dando tumbos de su despacho y seguí hacia los ascensores con la cabeza en las nubes. Apenas podía tenerme en pie.

Y en ese momento me contuve, recordé por qué estaba allí, cuál era mi verdadero trabajo: cómo había llegado allí, incluso cómo había llegado al despacho de Goddard. Me acababan de dar un ascenso que estaba mucho más allá de mis capacidades.

Pero, obviamente, yo ya no recordaba para qué sí estaba capacitado.

Capítulo 36

No tuve que darle a nadie la noticia: el milagro del correo electrónico y los mensajes instantáneos ya se había hecho cargo de eso. Para cuando regresé a mi cubículo, el rumor se había propagado por todo el departamento. Goddard era obviamente un hombre de acción inmediata.

No había terminado de entrar al servicio para una meada urgente cuando Chad se había desabrochado la bragueta en el urinario de al lado.

– ¿Qué, es cierto lo que se dice, tío?

Yo miraba la pared de baldosas, impaciente. Necesitaba orinar con urgencia.

– ¿Qué se dice?

– Supongo que debo felicitarte.

– Ah, eso. No, felicitarme sería prematuro. Pero gracias de todos modos.

Miré fijamente el chisme de desagüe automático que había sobre el urinario American Standard. Me pregunté quién lo habría inventado, y si se habrían vuelto ricos, y si la familia haría bromitas cursis sobre el hecho de que su fortuna se fuera por el desagüe. Tan sólo quería que Chad se largara.

– Te subestimé -dijo, soltando un chorro poderoso. Mientras tanto, mi río Colorado amenazaba con romper la presa Hoover.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Sabía que eras bueno, pero no sabía cuánto. No te di el crédito que merecías.

– He tenido suerte -dije-. O tal vez sólo tengo una boca muy grande, y por alguna razón eso le gusta a Goddard.

– No, no lo creo. Tienes una especie de fusión telepática con el viejo. Es como que sabes dónde hay que darle. Juraría que ni siquiera necesitáis hablar. Así de bueno eres. Estoy impresionado, campeón. No sé cómo lo has hecho, pero me has impresionado de verdad.

Se subió la bragueta y me dio una palmada en el hombro.

– Comparte el secreto, ¿quieres? -dijo, pero no esperó la respuesta.

Cuando volví a mi cubículo, Noah Mordden estaba inspeccionando los libros que había sobre el archivador. Sostenía un paquete envuelto en papel de regalo que parecía ser un libro.

– Cassidy -dijo-, nuestro chico guay, demasiado guay para quedarse entre nosotros.

– ¿Perdón? -Joder, le encantaban las referencias crípticas.

– Quiero regalarte algo -dijo.

Le di las gracias y abrí el paquete. Era un libro, un libro viejo que olía a moho. Sim Tzu y el arte de la guerra eran las palabras estampadas sobre la tapa de tela.

– Es la traducción de Lionel Giles, 1910 -dijo-. La mejor, creo yo. No es una primera edición, que ya son imposibles de encontrar, pero una de las primeras reimpresiones, al menos.

Me conmovió.

– ¿Cuándo tuviste tiempo para comprar esto?

– La semana pasada, en realidad lo pedí por Internet. No esperaba que fuera a ser un regalo de despedida, pero en fin. Al menos ahora no tendrás excusas.

– Gracias -le dije-. Lo leeré.

– Por favor, hazlo. Sospecho que ahora lo necesitarás todavía más. Recuerda el kotowaza japonés, «el clavo que sobresale recibe un martillazo». Tienes suerte de salir de la órbita de Nora, pero subir demasiado rápido es peligroso en cualquier organización. Es cierto que los halcones vuelan, pero las ardillas no se enredan con las hélices.

Asentí.

– Lo tendré en mente -dije.

– La ambición es una cualidad útil, pero siempre debes borrar tu rastro -dijo.

Definitivamente estaba aludiendo a algo -tuvo que haberme visto saliendo de la oficina de Nora- y logró que me cagara de miedo. Estaba jugando conmigo, con sadismo, como un gato con un ratón.

Nora me citó en su despacho por correo electrónico, y yo me preparé para una tormenta de mierda.

– Adam -me dijo, sonriendo, al verme llegar-, me acabo de enterar. Siéntese, siéntese. Me alegro tanto por usted. Y tal vez no debería revelar estas cosas, pero me encanta que se hayan tomado en serio mi entusiasmo por usted. No siempre hacen caso, ¿sabe?

– Lo sé.

– Pero les aseguré: si me escuchan, no se arrepentirán. Adam tiene lo que hace falta, les dije, ese tío llegará hasta el final. Les doy mi palabra. Lo conozco.

Claro, pensé, crees que me conoces. No tienes la menor idea.

– Me di cuenta de que le preocupaba lo de la reubicación, así que hice un par de llamadas -dijo-. Me alegra tanto que las cosas le salgan bien.

No respondí. Estaba demasiado ocupado pensando en lo que diría Wyatt cuando se enterara.

Capítulo 37

– ¡Mierda! -dijo Nicholas Wyatt.

Su armadura de arrogancia -tan contenida, tan bronceada- se agrietó durante una fracción de segundo. Me lanzó una mirada que casi rozó un cierto respeto. Casi. Sea como sea, me encontré frente a un Wyatt completamente nuevo, y disfruté viéndolo.

– Me está tomando el pelo -dijo y me siguió mirando-. Más le vale que esto no sea una broma. -Acabó por quitarme la mirada de encima, y fue un alivio-. Joder, es increíble.

Estábamos en su avión privado, pero el avión no se movía. Esperábamos a su tontita de turno para que los dos despegaran hacia la isla de Hawái, donde Wyatt tenía una casa en el complejo Hualalai. Los tres: Wyatt, Arnold Meacham y yo. Yo nunca había estado en un avión privado, y éste era hermoso, un Gulfstream G-IV, cabina interior de cuatro metros de ancho, veintitantos metros de envergadura. Nunca había visto tanto espacio libre en un avión. Prácticamente se podía jugar a fútbol allí dentro. No había más de diez asientos, una sala de conferencias separada y dos baños enormes con duchas.

Por supuesto, yo no los acompañaría a la Isla Grande. Aquello no era más que una provocación. Meacham y yo nos bajaríamos antes de que el avión fuera a ninguna parte. Wyatt llevaba una especie de camisa de seda negra. Deseé que tuviera cáncer de piel.

Meacham le sonrió a Wyatt y le dijo en voz baja:

– Brillante idea, Nick.

– Tengo que reconocérselo a Judith -dijo-. Originalmente, la idea fue de ella -sacudió lentamente la cabeza-. Pero dudo que siquiera ella se lo esperara.

Cogió su móvil y oprimió dos teclas.

– Judith -dijo-. Nuestro chico está trabajando para el Señor Don Jefe en persona. El Pez Grande. Asistente ejecutivo especial del señor presidente -hizo una pausa y le sonrió a Meacham-. No, no bromeo -otra pausa-. Judith, querida, quiero que hagas un curso intensivo con nuestro jovencito -pausa-. Ya, vale, obviamente esto es prioridad número uno. Quiero que Adam conozca a ese tío como la palma de su mano. Quiero que sea el mejor asistente especial que ese tío ha contratado en su puta vida. Correcto. -Y terminó la llamada con un bip. Me miró de nuevo y dijo-: Acaba usted de salvar el pellejo, mi amigo. ¿Arnie?

Parecía que Meacham hubiera estado esperando su turno.

– Revisamos todos los nombres de Aurora que nos dio -dijo de forma siniestra-. Ni salió nada de ningún puto nombre.

– ¿Y eso qué quiere decir? -pregunté. Dios mío, cómo odiaba a ese cabrón.

– No tienen números de seguridad social, no tienen nada.

No nos toque los cojones, amigo.

– Pero ¿de qué habla? Los bajé directamente del directorio de Trion en la página web.

– Bueno, pues no son nombres verdaderos, gilipollas. Los nombres de los asistentes son verdaderos, pero los de la división de investigación son falsos. Así de escondidos están: ni siquiera ponen sus nombres reales en la web. Nunca había visto nada parecido.

– Eso no tiene lógica -dije, sacudiendo la cabeza.

– ¿Nos está diciendo la verdad? -dijo Meacham-. Porque si no, le juro que lo aplastaremos -se dirigió a Wyatt-. La cagó completamente con los registros de personal. No sacó ni una mierda de ahí.

– Los registros no estaban, Arnold -le espeté-. Los habían cambiado de sitio. Así de cuidadosos son.

– ¿Qué sabe de la hembra? -interrumpió Wyatt.

– Veré a «la hembra» la semana que viene -dije sonriendo.

– ¿En plan chico-chica?

Me encogí de hombros.

– Le intereso. Ella forma parte de Aurora. Línea directa con los trabajos secretos.

Para mi sorpresa, Wyatt se limitó a asentir.

– Muy bonito.

Meacham pareció comprender de qué lado soplaba el viento. Se había quedado con el error de la operación Recursos Humanos, con el hecho de que los nombres de Aurora que salían en la página de Trion fueran falsos, y mientras tanto su jefe se concentraba en lo que estaba saliendo bien, en el sorprendente giro de los acontecimientos, y Meacham no quería que le pillaran con el pie cambiado.

– Ahora tendrá acceso al despacho de Goddard -dijo-. Hay un sinfín de artefactos que puede poner allí.

– Es que lo veo, coño, y no lo creo -dijo Wyatt.

– No creo que necesitemos seguir pagándole el salario de Wyatt -dijo Meacham-. No con lo que gana ahora en Trion. Mierda, este maldito cometa gana más que yo.

Wyatt parecía divertido.

– No, hicimos un trato.

– ¿Cómo me ha llamado? -le pregunté a Meacham.

– Transferir fondos a la cuenta de este chico implica un riesgo, aunque pase por miles de filtros -le dijo Meacham a Wyatt.

– Me ha llamado «cometa» -insistí-. ¿Qué significa eso?

– Pensé que era imposible de rastrear -le dijo Wyatt a Meacham.

– ¿Qué es un «cometa»? -dije.

Yo era un perro con un hueso: no iba a dejarlo caer, y no me importaba cuánto molestara a Meacham. Pero Meacham ni siquiera me escuchaba; Wyatt me miró y murmuró:

– Es jerga de espionaje empresarial. Un cometa es un «asesor especial» que va y hace labores de inteligencia por los medios que sea, simplemente cumple con su trabajo.

– ¿Cometa? -dije.

– Uno vuela una cometa, y si la cometa se enreda en un árbol, corta la cuerda -dijo Wyatt-. El desmentido plausible, ¿no ha oído hablar de eso?

– Uno corta la cuerda -repetí débilmente. En cierto modo no me importaría, pensé, porque la cuerda era en realidad una cadena. Pero sabía que al hablar de cortar la cuerda se referían a dejarme a mis expensas.

– Eso es si las cosas salen mal -dijo Wyatt-. No deje que salgan mal y nadie tendrá que cortar la cuerda. Y bien, ¿dónde se ha metido esta zorrita? Si no está aquí en dos minutos, me largo sin ella.

Capítulo 38

Luego hice algo completamente demencial pero que me resultó muy agradable. Salí y me compré un Porsche de ochenta mil dólares.

Hubo un tiempo en que hubiera celebrado una buena noticia emborrachándome, derrochando en champán o en un par de CD. Pero ahora estaba en otro nivel. Me gustaba la idea de cortar lazos con Wyatt cambiando el Audi por un Porsche, y todo por cortesía de Trion.

¿Habéis estado alguna vez en un concesionario Porsche? No es lo mismo que comprarse un Honda Accord, que eso quede claro. No es cuestión de entrar por la puerta y pedir que te dejen dar una vuelta. Hay que pasar por mucho coqueteo: hay que llenar un impreso, luego te preguntan por qué has venido, qué haces, cuál es tu signo del zodiaco.

Además hay tantas opciones que uno podría volverse loco. ¿Quieres faros Bixenón? ¿Panel de instrumentos Arctic Silver? ¿Quieres cuero, o cuero flexible? ¿Quieres ruedas Sport Design o Sport Classic II o Turbo-Look?

Lo que yo quería era un Porsche, y no quería esperar de cuatro a seis meses para que lo construyeran en Stuttgart-Zuffenhausen. Quería coger uno y llevármelo puesto. Lo quería ya. En el almacén sólo tenían dos cupés 911 Carrera, uno color rojo escarlata y otro negro basalto. Todo se reducía al estampado del cuero. El coche rojo tenía cuero negro que parecía de imitación, y además el estampado era rojo, como de película del oeste, era muy desagradable. En cambio, el modelo negro basalto tenía un maravilloso interior de cuero natural, flexible y marrón, con volante y palanca de cambio recubiertos de cuero. Apenas terminé de probarlo, dije: éste es. Tal vez el vendedor me tenía por uno de esos tíos que van sólo mirando, que al final no son capaces de apretar el gatillo, pero lo hice, y me aseguró que tomaba una buena decisión. Incluso ofreció encargarse de devolver el Audi alquilado a su concesionario sin coste alguno.

Era como pilotar un jet; cuando aceleraba a fondo, hasta sonaba como un 767. Trescientos veinte caballos de fuerza, de cero a sesenta en cinco coma cero segundos, una potencia increíble. Palpitaba y rugía. Puse mi CD favorito (uno de los últimos que había pirateado) y le subí el volumen a The Clash, Pearl Jam y Guns N' Roses de camino al trabajo. Por un momento creí que todo estaba sucediendo como tocaba.

Incluso antes de que me mudara a mi nuevo despacho, Goddard quería que encontrara un sitio nuevo donde vivir, algo más próximo al edificio de Trion. Y yo no iba a protestar: hacía mucho tiempo que habría debido hacerlo.

Su gente me ayudó a dejar el basurero en que había vivido durante tanto tiempo y a mudarme a un piso nuevo: planta veintinueve, Torre Sur, Harbor Suites. Cada una de las dos torres tenía como ciento cincuenta apartamentos en treinta y ocho plantas, desde estudios hasta pisos de tres habitaciones. Las torres se alzaban sobre uno de los hoteles más pijos de toda el área, cuyo restaurante aparecía en los primeros puestos de Zagat.

El piso parecía salido de una sesión fotográfica de Architectural Digest. Tenía unos ciento ochenta y cinco metros cuadrados, techos de cuatro metros de alto, parqué de madera noble y suelos de piedra. Había una «suite principal» y una «biblioteca» que también podía ser usada como cuarto de invitados, un comedor formal y un salón gigantesco.

Había ventanas que iban desde el techo hasta el suelo y que daban a las vistas más sorprendentes que jamás hubiera visto. El salón mismo daba por un lado a la ciudad, esparcida allá abajo, y por el otro al agua.

La cocina con comedor incorporado parecía una vitrina de exhibición en una de esas tiendas de cocinas pijas, y tenía todos los nombres que había que tener: nevera Sub-Zero, lavaplatos Miele, horno Viking de doble alimentación, armarios Poggenpohl, encimeras de granito, hasta una «cava» de vino incorporada.

Claro, que no iba a necesitar la cocina. Si querías «cenar en casa», no tenías más que coger el teléfono de la pared y apretar un botón para recibir la cena de manos del servicio de habitaciones del hotel; podías incluso pedir, sin tener que planearlo con anticipación, que un cocinero del restaurante del hotel subiera y cocinara una cena para ti y tus invitados.

Había un inmenso club deportivo con instalaciones de última generación, dos mil metros cuadrados donde muchos ricos que no vivían allí hacían ejercicio o jugaban a squash o hacían Pilates o yoga taoísta y tomaban saunas e ingerían proteínas en forma de exquisiteces en la cafetería.

Ni siquiera tenías que aparcar coche. Lo dejabas a la entrada del edificio, y el mozo se lo llevaba a algún lado y lo aparcaba él mismo, y luego podías llamar para que te lo devolvieran.

Los ascensores viajaban a velocidad supersónica -tan rápido que los oídos se te tapaban-, tenían paredes de caoba y suelos de mármol y eran más o menos del mismo tamaño que mi anterior piso.

La seguridad también era muchísimo mejor aquí. Los matones de Wyatt no podrían entrar tan fácilmente y registrar mis cosas. Eso me gustó.

Ninguno de los pisos de Harbor Suites costaba menos de un millón, y el mío pasaba de los dos millones, pero todo era gratis -muebles incluidos- como cortesía de Trion Systems, una especie de beneficio extra.

La mudanza fue indolora, porque no conservé nada de mi viejo piso. Goodwill y el Ejército de Salvación vinieron y se llevaron el sofá grande y horrible, la mesa de formica de la cocina, la cama y el colchón de muelles y toda esa basura, hasta mi viejo escritorio de mierda. Del sofá cayó toda la basura del mundo cuando lo levantaron para llevárselo: papeles de Zig-Zag, toda la parafernalia del drogadicto. Conservé mi ordenador, mi ropa y la cacerola de hierro negro de mi madre (por razones sentimentales, porque nunca la usaba). Lo metí todo en el Porsche, lo cual da una idea de lo poco que había, porque en el maletero de un Porsche hay cero espacio. Todos los muebles los mandé traer de esa tienda de muebles lujosos, Domicile (fue sugerencia del agente): sofás grandes, acolchonados y demasiado rellenos en los cuales uno podía ahogarse, con sus sillones a juego, y una mesa de comedor con sillas que parecían venir de Versalles, una cama gigantesca con cabecera de hierro, tapetes persas. Colchones Dux, supercaros. Todo. Un ojo de la cara, pero no era yo quien pagaba.

De hecho, los de Domicile estaban trayéndome los muebles cuando el portero, Carlos, me llamó para decirme que abajo me esperaba un visitante, un señor Seth Marcus. Le dije que lo hiciera pasar.

La puerta principal estaba ya abierta para los del almacén, pero Seth llamó al timbre y se quedó parado en el vestíbulo. Llevaba una camiseta de Sonic Youth y vaqueros Diesel rotos. Sus ojos marrones, que normalmente se veían tan llenos de vida, casi maníacos, parecían muertos. Estaba apagado, y no supe si se sentía intimidado o celoso o cabreado -o una combinación de las tres cosas- por el hecho de que yo hubiera desaparecido de su radar.

– Hola, tío -dijo-. Te he encontrado.

– Hola -le dije y le di un abrazo-. Bienvenido a mi humilde morada.

No sabía qué más decir. Por alguna razón me sentía avergonzado. No quería enseñarle el lugar. Él se quedó en el vestíbulo.

– ¿No ibas a decirme que te mudabas?

– Ha sido una cosa repentina -dije-. Iba a llamarte.

Sacó una botella de champán barata de esa mochila de lienzo que llevaba como si fuera un cartero. Me la dio.

– He venido a celebrarlo. He pensado que una caja de cerveza era poco para ti.

– ¡Genial! -dije, recibiendo la botella e ignorando el ataque-. Pasa, pasa.

– Joder, esto es magnífico -dijo con voz plana y poco entusiasta-. Inmenso, ¿no?

– Ciento ochenta y cinco metros. Ven, te lo enseño.

Le hice el tour. Seth dijo cosas graciosas como «Si eso es una biblioteca, ¿no necesitas libros?» y «lo único que te hace falta para amueblar la habitación es una chati». Dijo que mi piso era «una mierda» y «que apestaba», lo cual era su forma falsamente gangsteril de decir que le gustaba.

Me ayudó a quitarle el plástico y la cinta a un sofá para que pudiéramos sentarnos. Lo habían puesto en medio del salón, cómo flotando allí, de cara al océano.

– Guay -dijo, hundiéndose en él. Parecía como si quisiera poner los pies sobre algo, pero todavía no me habían traído la mesa de centro, lo cual estaba bien, porque no quería verle poner sus Doc Martens llenas de barro sobre mi mesa.

– ¿Ahora te haces la manicura? -dijo con suspicacia.

– De vez en cuando -admití con voz tímida. No podía creer que se diera cuenta de detalles tan pequeños como mis uñas. Dios mío-. Tengo que tener pinta de ejecutivo, ¿sabes?

– ¿Y qué le pasa a tu pelo?

– ¿Qué le pasa?

– ¿No crees que es, digamos, un poco mariposa?

– ¿Mariposa?

– Como demasiado elegante, ¿sabes? ¿Te pones mierdas en el pelo, gomina o espuma o algo así?

– Un poco de gomina -dije en tono defensivo-. ¿Y qué tiene eso de malo?

Achicó los ojos y sacudió la cabeza.

– ¿Te has puesto colonia?

Quise cambiar de tema.

– Creía que trabajabas hoy por la noche -dije.

– ¿Te refieres a lo del bar? No, lo he dejado. Resultó ser una mierda.

– Parecía un sitio guay.

– No para el que trabaja allí, tío. Te tratan como a un puto camarero.

Solté una carcajada.

– Ahora tengo algo mucho mejor -dijo-. Estoy en el «equipo móvil de energía» de Red Bull. Te dan un coche genial para ir por ahí repartiendo muestras y hablando con gente, cosas así. El horario es totalmente flexible. Puedo hacerlo después de lo del bufete.

– Suena perfecto.

– Completamente. Me deja tiempo libre para trabajar en mi himno empresarial.

– ¿Himno empresarial?

– Todas las grandes compañías tienen uno. Un rock mediocre, o un rap, o algo. «¡Trion! ¡Cambia tu mundo!» -cantó-. Algo así. Si Trion no tiene uno, tal vez puedas hablarle de mí a la persona indicada. Te apuesto a que me pagarán royalties cada vez que uno de vosotros lo cante en un picnic de empresa.

– Veré qué puedo hacer -dije-. Hostia, no tengo copas. Estoy esperando un envío, pero no ha llegado. Dicen que en Italia el vidrio se sopla con la boca, me pregunto si todavía se alcanza a oler el ajo.

– No te preocupes. Lo más probable de todas formas es que el champán sea una mierda.

– ¿Sigues trabajando en el bufete?

Eso pareció avergonzarlo.

– Es mi única paga fija.

– Oye, eso es importante.

– Créeme, tío, hago lo menos posible. Hago justo lo necesario para sacarme a Shapiro de encima: faxes, copias, búsquedas, lo que sea, y me queda tiempo suficiente para navegar por la web.

– Guay.

– Gano veinte dólares a la hora por jugar a videojuegos y piratear CD y hacer como si trabajara.

– Genial -dije-. Los tienes bien engañados.

Pero la verdad es que era patético.

– Ya lo creo.

Y en ese momento, no sé por qué, se me escaparon las palabras.

– ¿Y a quién crees que engañas más, a ellos o a ti mismo?

Seth me miró de un modo extraño.

– ¿De qué hablas?

– Quiero decir que haces el gilipollas, haces trampas trabajando lo menos posible, ¿y alguna vez te has preguntado por qué lo haces? ¿Qué sacas de todo eso?

Sus ojos se encogieron, hostiles.

– ¿De qué vas?

– Llegará un momento en que tengas que comprometerte con algo, ¿sabes?

Se quedó en silencio.

– Lo que tú digas -dijo al fin-. Oye, ¿quieres salir, ir a alguna parte? Esto es demasiado adulto para mí, me pone los pelos de punta.

– Vale.

Había estado pensando en llamar al hotel y pedir que nos mandaran a un cocinero para hacer la cena, porque creí que Seth se sentiría impresionado o le parecería guay, pero de inmediato recapacité. No habría sido buena idea. Habría sacado a Seth de casillas. Aliviado, llamé al mozo y le pedí que trajera mi coche.

Me estaba esperando cuando bajamos.

– ¿Es tuyo? -balbuceó-. ¡No es posible!

– Es posible -dije.

Su compostura cínica y desapegada acabó por descomponerse.

– ¡Esta criatura debe de costar unos cien mil!

– Menos -dije-. Mucho menos. De todas formas, la empresa lo alquila para mí.

Se acercó al Porsche lentamente, sobrecogido, igual que se acercaban los simios al monolito en 2001: Odisea del espacio, y acarició el reluciente negro basalto de la puerta.

– Bueno, tío, ¿cuál es tu chanchullo? -exigió-. Quiero mi tajada.

– Ningún chanchullo -dije, incómodo, mientras subíamos al coche-. Me cayó en las manos.

– Vamos, tío, que soy yo, Seth. ¿Te acuerdas de mí? Qué, ¿vendes drogas? Porque si es eso, más vale que me metas.

Solté una risa hueca. Mientras salíamos vi un coche absurdo que debía de ser el suyo: sobre un cochecito de mala muerte había una gigantesca lata de Red Bull, azul, roja y plateada. Era como de broma.

– ¿Eso es tuyo?

– Sí. Guay, ¿no? -dijo. No sonaba muy entusiasmado.

– Simpático -dije. Era ridículo.

– ¿Sabes cuánto me ha costado? Nada. Sólo tengo que conducirlo por ahí.

– Buen trato.

Se recostó en el asiento de cuero flexible.

– Qué máquina -dijo. Respiró una bocanada del olor a coche nuevo-. Esto es genial, tío. Creo que prefiero tu vida. ¿Cambiamos?

Capítulo 39

Volver a encontrarme con la doctora Bolton en las oficinas de Wyatt, donde podría ser visto al llegar o al salir, era, por supuesto, impensable. Pero ahora que había entrado en el club de los grandes cazadores, necesitaba una sesión en profundidad. Wyatt insistió, y yo no me mostré en desacuerdo.

Así que el sábado siguiente nos dimos cita en un Marriott, en una suite destinada a reuniones de negocios. Me habían mandado por correo electrónico el número de habitación. Cuando llegué, ella ya estaba allí, con su ordenador conectado a un monitor de vídeo. Qué raro: esta mujer todavía me ponía nervioso. En el camino había parado para darme otro de mis cortes de pelo de cien dólares, y llevaba ropa decente, no mi acostumbrado atuendo de fin de semana.

Había olvidado lo intensa que era -los gélidos ojos azules, el pelo rojo cobrizo, el rojo reluciente de labios y uñas- y al mismo tiempo lo dura que parecía. Le di un firme apretón de manos.

– Llega muy puntual -dijo, sonriendo.

Me encogí de hombros, medio sonriendo para hacerle saber que sí, que entendía el comentario, pero la verdad es que no me pareció divertido.

– Tiene buen aspecto. El éxito le sienta bien.

Nos sentamos frente a una elegante mesa de conferencias que parecía salida del comedor de alguien -del mío, tal vez- y me preguntó cómo iba todo. Le informé de lo bueno y de lo malo, incluyendo a Chad y a Nora.

– Tendrá enemigos -dijo-. Eso es de esperar. Pero esos dos son amenazas: usted ha dejado una colilla en el bosque, y si no la apaga puede encontrarse con un incendio.

– ¿Y cómo la apago?

– Ya hablaremos de eso. Por ahora, quiero que nos concentremos en Jock Goddard. Y aunque acabe por olvidar todo lo que voy a decirle hoy, quiero que recuerde por lo menos esto: Goddard es patológicamente honesto.

No pude evitar una sonrisa. Aquello venía de la consigliere de Nick Wyatt, un hombre tan tramposo que haría trampas en un examen de próstata.

Sus ojos relampaguearon de irritación. Se inclinó hacia mí:

– No es una broma. Goddard no le ha escogido porque le guste su cabeza, sus ideas (que por supuesto no son para nada suyas), sino porque su honestidad le resulta refrescante. Usted dice lo que piensa. Eso le gusta.

– ¿Eso es «patológico»?

– La honestidad es prácticamente un fetiche para él. Cuanto más directo sea usted, cuanto menos calculador parezca, mejor será el resultado. -Me pregunté si Judith veía la ironía de lo que estaba haciendo: aconsejándome sobre cómo engañar a Jock Goddard fingiendo honestidad. Cien por cien honestidad sintética, cero por ciento fibras naturales-. Si llega a detectar algo sospechoso, obsecuente o calculador en su comportamiento, si llega a pensar que trata de lamerle el culo o de seguirle el juego, Goddard se echará atrás. Y una vez perdida, su confianza no es recuperable.

– Entendido -dije, con impaciencia-. De ahora en adelante, nada de seguirle el juego.

– Cariño, ¿en qué planeta vives? -me espetó-. Por supuesto que le seguimos el juego al viejo. Lección número dos del arte del peloteo. Usted lo manipulará, pero tendrá que hacerlo con mucho arte. Nada obvio, nada que pueda olerse. Igual que los perros pueden oler el miedo, Goddard puede oler la mentira. Así que usted se presentará como el tipo más directo del mundo. Las malas noticias que le oculten los demás, se las dará usted. Le mostrará un plan que le guste, pero será usted mismo quien señale los puntos débiles. La integridad es un bien escaso en nuestro mundo: cuando aprenda a fingirla, Adam, irá por buen camino.

– Que es por donde quiero ir -dije con sequedad.

Judith no tenía tiempo para mis sarcasmos.

– La gente siempre dice que a nadie le gustan los lameculos. Pero la verdad es que a la inmensa mayoría de presidentes ejecutivos les encanta que les laman el culo, aun cuando saben que se lo están lamiendo. Se sienten poderosos, confiados, un lameculos reafirma sus frágiles egos. Jock Goddard, en cambio, no tiene esa necesidad. Créame, Goddard tiene una opinión bastante buena de sí mismo. Ni la necesidad ni la vanidad lo han enceguecido. No es un Mussolini que necesite rodearse de hombres que siempre le den la razón.

¿Como alguien a quien conocemos?, pensé.

– Mire el tipo de gente de la que se rodea: gente inteligente, ingeniosa, que pueda ser brusca y franca.

Asentí.

– Quiere decir que no le gustan los halagos.

– No, eso no es para nada lo que quiero decir. A todo el mundo le gustan los halagos. Pero Goddard tiene que sentir que son de verdad. Una vez Napoleón salió a cazar en el Bois de Boulogne con Talleyrand, que quería desesperadamente impresionar al gran general. El bosque estaba repleto de conejos, y Napoleón mató cincuenta. Pero cuando descubrió que no eran conejos salvajes, que Talleyrand había mandado a uno de sus sirvientes a comprar docenas de conejos en el mercado y a soltarlos en el bosque, se enfureció. Nunca volvió a confiar en Talleyrand.

– Lo tendré en mente la próxima vez que Goddard me invite a cazar conejos.

– Lo importante -me ladró- es que cuando halague, lo haga de forma indirecta.

– Pero yo no estoy tratando con conejos, Judith. Más bien con lobos.

– Muy bien. ¿Sabe mucho de lobos?

– Un poco.

– Es muy simple. Siempre hay un macho Alfa, por supuesto, pero lo interesante es que la jerarquía se pone a prueba constantemente. Es muy inestable. A veces un macho Alfa suelta un pedazo de carne justo en frente de los otros y se echa un par de pasos para atrás, y se pone a mirar. Los reta a que se atrevan siquiera a olerlo.

– Y si lo hacen, pueden darse por muertos.

– Error. Por lo general, el Alfa no hace más que mirar. Tal vez posar un poco. Levantar la cola y las orejas, gruñir, verse grande y fiero. Y si estalla una pelea, el Alfa atacará las partes más vulnerables de su agresor. Su intención no es herir de gravedad a un miembro de su propia manada, ni mucho menos matar a alguien, por supuesto. El lobo Alfa necesita a los demás. Los lobos son animales pequeños, y ningún lobo es capaz de matar a un alce, a un caribú, sin la ayuda de la manada. Lo importante es que están constantemente poniéndose a prueba.

– Es decir, que me van a poner a prueba constantemente.

Así era: para entender a Goddard, no necesitaba un máster. Necesitaba un diploma de veterinario. Judith me miró de soslayo.

– El asunto, Adam, es que las pruebas son siempre muy sutiles. Pero al mismo tiempo el líder de una manada quiere que su equipo sea fuerte. Por eso se aceptan ocasionales muestras de agresividad: demuestran la resistencia, la fuerza, la vitalidad de la manada entera. Por eso es importante la honestidad, la franqueza estratégica. Cuando halague, hágalo de manera sutil e indirecta, y asegúrese de que Goddard piensa que de usted siempre recibirá la pura verdad. Jock Goddard sabe lo que muchos otros presidentes ignoran: que la franqueza de sus asistentes es vital a la hora de saber qué ocurre realmente en su empresa. Porque si pierde contacto con lo que realmente ocurre, está muerto. Y déjeme que le diga algo más que necesita saber. En toda relación mentor-protegido entre hombres hay un componente padre-hijo, pero yo tengo la sospecha de que en este caso la relación es aun más cercana. Es probable que usted le recuerde a su hijo Elijah.

Recordé que Goddard me había llamado así un par de veces, por error.

– ¿Tiene mi edad?

– La habría tenido. Murió hace un par de años, a los veintitrés. Hay quienes piensan que desde la tragedia Goddard no ha sido el mismo, que se ha vuelto demasiado blando. El asunto es que igual que usted puede llegar a idealizar a Goddard como el padre que le habría gustado tener -y aquí sonrió: de alguna manera sabía lo de mi padre-, es probable que usted le recuerde al hijo que le gustaría tener todavía. Y usted debería ser consciente de ello, porque es algo que tal vez pueda usar. Y es algo que debe tener en mente, porque Goddard puede mostrarse a veces inmerecidamente laxo con usted, pero otras veces puede ser más exigente de lo normal.

Presionó algunas teclas de su portátil.

– Ahora necesito toda su atención. Vamos a ver algunas entrevistas que a lo largo de los años Goddard ha dado por televisión: una vieja, de Wall Street Week With Louis Rukeyer, varias de CNBC, una que hizo con Katie Couric en The Today Show.

En la pantalla apareció, paralizada, una imagen de un Jock Goddard mucho más joven, aunque ya pícaro y con aires de duende. Judith giró sobre su silla para ponerse de cara a mí.

– Adam, ésta es una excelente oportunidad. Pero es también una situación mucho más peligrosa que la que ha experimentado hasta ahora en Trion, porque se encontrará más constreñido, menos libre de pasar desapercibido por la compañía o simplemente de andar con gente normal y trabajar con ellos. Paradójicamente, su trabajo de inteligencia acaba de volverse mucho más difícil. Necesitará todas las municiones que pueda cargar. Por eso quiero que hoy, cuando terminemos de trabajar, usted conozca a este tipo como la palma de su mano. ¿Me sigue?

– La sigo.

– Bien -dijo, y sonrió con una de sus sonrisitas atemorizadoras-. Sé que es así -luego bajó la voz y habló casi en susurros-. Escuche, Adam, tengo que decírselo por su propio bien: nuestro Nick se está impacientando, quiere resultados. ¿Cuántas semanas lleva usted en Trion? Y todavía no sabemos lo que ocurre con los trabajos secretos.

– La agresividad tiene un límite -dije-, y…

– Adam -me dijo en voz baja y en un inconfundible tono de amenaza-. Con Nick no hay que jugar.

Capítulo 40

Alana Jennings vivía en un dúplex ubicado en uno de esos edificios de ladrillo rojo, a poca distancia de las oficinas de Trion. Lo reconocí de inmediato gracias a la foto.

Cuando empiezas a salir con una chica y te das cuenta de todo por primera vez, dónde vive y cómo viste y el perfume que usa, todo parece nuevo y distinto, ¿no es así? Pues bien, lo extraño era que yo sabía mucho de ella, más de lo que algunos maridos llegan a saber de sus mujeres, y no había pasado con ella más de un par de horas.

Aparqué el Porsche en la entrada de la casa -¿no es en parte para eso que están los Porsches, para impresionar a las chicas?-, subí la escalera y toqué el timbre. Su voz alegre habló por el interfono: bajaba, dijo.

Llevaba una blusa campesina blanca y bordada y mallas negras, tenía el pelo recogido y no llevaba esas gafas negras que tanto miedo me daban. Me pregunté si los campesinos usaban jamás blusas campesinas, y si había campesinos aún en el mundo, y, en caso de que los hubiera, si se veían a sí mismos como campesinos. Alana iba demasiado bella. Olía muy bien, diferente de las demás chicas con las que acostumbraba salir. Una fragancia floral llamada Fleurissimo; recordé haber leído que la compraba en un lugar llamado Casa del Credo cada vez que iba a París.

– Hola -dije.

– Hola, Adam.

Llevaba pintalabios brillante y cargaba un diminuto bolso negro y cuadrado colgado del hombro.

– Mi coche está aquí -dije, tratando de ser sutil acerca del Porsche recién comprado y negro y reluciente que teníamos enfrente. Alana lo evaluó de una mirada pero no dijo nada. Probablemente su cabeza lo relacionaba con mi americana Zegna y mis pantalones y mi camisa negra de cuello abierto, y tal vez también con el reloj italiano de cinco mil dólares. Llevaba una blusa campesina; yo llevaba Hermenegildo Zegna. Perfecto. Ella fingía ser pobre, mientras yo trataba de parecer rico y tal vez me esforzaba demasiado.

Le abrí la puerta del pasajero. Antes había echado hacia atrás su asiento, para que hubiera suficiente espacio para sus piernas. El aire del interior estaba cargado con el aroma del cuero nuevo. Había una pegatina del parking de Trion en la parte trasera izquierda del coche; ella no la había visto todavía. No la vería tampoco desde dentro del coche, pero quizá lo hiciera en algún momento, y no había problema: tarde o temprano iba a enterarse, de una forma o de otra, de que yo también trabajaba en Trion, y de que me habían contratado para ocupar su puesto. La coincidencia sería un poco rara, dado que nunca nos habíamos visto en el trabajo, y cuanto más pronto saliera a la luz, mejor sería. De hecho, yo había preparado un discursito típico: «¡Estás de broma! ¿En serio? ¡Yo también! ¡Qué increíble!»

Hubo algunos instantes de silencio incómodo en el trayecto hacia su restaurante Thai favorito. Lanzó una mirada al velocímetro y volvió a fijarse en la calle.

– Será mejor que tengas cuidado por aquí -dijo-. Es una trampa para corredores. Los policías esperan a que pases de ochenta y de inmediato te echan el guante.

Sonreí, asentí, y de inmediato recordé una escena de una de sus películas favoritas, Perdición, que yo había alquilado la noche anterior.

– ¿A cuánto iba, oficial? -dije en esa especie de voz plana de cine negro a lo Fred MacMurray.

Lo cogió de inmediato. Qué chica tan lista. Sonrió.

– A unos noventa, diría yo -imitaba perfectamente la voz de vampiresa de Barbara Stanwyck.

– Suponga que se baja de la moto y me pone una multa.

– Suponga que le permito que se vaya con una simple advertencia -respondió, jugando el juego, con ojos traviesos.

Yo tardé unos segundos en recordar la siguiente línea.

– Suponga que la advertencia no hace efecto.

– Suponga que le doy un manotazo en los nudillos.

Sonreí. Alana era buena, y estaba metida en el papel.

– Suponga que me pongo a llorar y me recuesto sobre su hombro.

– Suponga que lo intenta sobre el hombro de mi marido.

– Eso lo estropea todo -dije. Fin de la escena. Corten, grabado. Toma completa.

Alana rió, encantada.

– ¿Cómo es que conoces eso?

– Demasiado tiempo perdido viendo películas en blanco y negro.

– ¡Yo también! Y Perdición es una de mis favoritas.

– Me la sé de memoria, junto a El crepúsculo de los dioses. -Era otra de sus favoritas.

– ¡Exacto! «Yo soy grande. Es el cine el que se ha vuelto pequeño.»

Quise retirarme mientras iba ganando, porque ya se me había agotado mi reserva de datos inútiles sobre cine negro. Llevé la conversación al tema del tenis, que era más seguro. Luego me detuve frente al restaurante, y los ojos de Alana se iluminaron de nuevo.

– ¿Conoces este sitio? ¡Es el mejor!

– En cuanto a comida Thai, no hay otro igual, al menos para mí.

Un mozo aparcó el coche -no podía creer que le estuviera dando las llaves de mi Porsche nuevo a un chico de dieciocho años que probablemente lo sacaría a dar una vuelta cuando no hubiera mucho trabajo-, de manera que Alana nunca llegó a ver la pegatina de Trion. Pronto tendría que sacar a colación el viejo tema de «y tú a qué te dedicas». Mejor que fuera yo, pensé, y no que ella tuviera que sacármelo a la fuerza.

La verdad es que durante un buen rato fue una velada magnifica. Lo de Perdición parecía haberla puesto cómoda, parecía haberle hecho creer que estaba con una alma gemela. Un tío que escuchaba a Ani DiFranco, además: ¿qué más podía pedir? Tal vez un poco de profundidad: a las mujeres les suele gustar la profundidad, o al menos algún que otro momento de reflexión, y yo eso lo tenía bajo control.

Pedimos ensalada de papaya verde y rollitos primavera vegetarianos. Llegué a pensar en decirle que era vegetariano como ella, pero luego pensé que eso sería demasiado, y además no estaba seguro de ser capaz de sostener la farsa durante más de una cena. Así que pedí pollo Masaman al curry y ella pidió un curry vegetariano sin leche de coco -recordé haber leído que era alérgica a las gambas- y ambos bebimos cerveza Thai.

Del tenis pasamos al Tennis & Racquet Club, pero me apresuré a alejarnos de esos peligrosos precipicios que nos llevarían a la pregunta de cómo y por qué me encontraba allí ese día. Luego hablamos de golf y de las vacaciones de verano. Alana usaba «verano» como verbo. Se dio cuenta muy rápidamente de que veníamos de distintos lados del muro, pero eso le pareció bien. No iba a casarse conmigo ni presentarme a su padre, y yo no quería falsear también mi historia familiar, porque eso sería demasiado trabajo. Además no parecía necesario: yo parecía gustarle. Le conté historias de cuando trabajaba en el club de tenis, de los turnos nocturnos en la estación de servicio. En realidad, debió de sentirse un poco incómoda con su educación privilegiada, porque dijo una mentirijilla sobre cómo sus padres la obligaban a pasar parte del verano haciendo trabajos menores «en la empresa donde trabaja papá», evitando mencionar que papá era el presidente ejecutivo. Yo sabía, además, que Alana nunca había trabajado en la empresa de su padre. Sus veranos los había pasado en un rancho de Wyoming, en un safari en Tanzania, viviendo con otro par de chicas en un piso del VI de París (pagado por papá), o de interna en la Peggy Guggenheim, en el Gran Canal de Venecia. No poniendo gasolina, precisamente.

Cuando mencionó la empresa en que «trabajaba» su padre, me preparé para el inevitable tema de «y tú a qué te dedicas, dónde trabajas». Pero no llegó; llegaría más tarde. Me sorprendió cuando lo mencionó de una manera extraña, como armando un juego alrededor del tema. Suspiró.

– Bien, supongo que ahora tendremos que hablar de nuestro trabajo, ¿no?

– Bueno, pues…

– Para poder hablar sin parar de lo que hacemos durante el día, ¿no es cierto? Bueno, pues yo estoy en el área tecnológica, ¿vale? Y tú… espera, no me digas, yo lo sé.

El estómago se me cerró.

– Eres granjero. Tienes pollos.

Reí.

– ¿Cómo lo sabes?

– Sí. Un granjero que conduce un Porsche y lleva ropa Fendi.

– En realidad es Zegna.

– Da igual. Lo siento, tal vez a ti lo único que te interese sea hablar del trabajo, como a todos los tíos.

– La verdad es que no -modulé la voz para lograr un tono de sinceridad avergonzada-. La verdad es que prefiero vivir el presente, ser tan consciente como pueda. En Francia hay un monje budista vietnamita, Thich Nhat Nanh, se llama, y dice…

– Dios mío -dijo ella-, esto es lo más raro del mundo. ¡No puedo creer que conozcas a Thich Nhat Nanh!

En realidad no había leído nada de lo escrito por este monje, pero después de ver cuántos libros suyos había comprado Alana en Amazon, investigué un poco en un par de sitios web budistas.

– Claro que lo conozco -dije, como si todo el mundo hubiera leído las obras completas de Thich Nhat Nanh-. «El milagro no es caminar sobre el agua, el milagro es caminar sobre la verde tierra.»

Estaba bastante seguro de haberla clavado, pero en ese instante el móvil vibró en el bolsillo de mi americana. «Disculpa», dije, sacándolo y mirando el número que llamaba.

– Un segundo -me disculpé y cogí la llamada.

– Adam -dijo la voz profunda de Antwoine-. Venga ahora mismo. Se trata de su padre.

Capítulo 41

Apenas nos habíamos comido la mitad de nuestros platos. La llevé a su casa, disculpándome profusamente durante todo el trayecto. Alana no hubiera podido ser más comprensiva. Incluso se ofreció a acompañarme al hospital, pero no podía exponerla a mi padre, por lo menos no tan pronto. Eso hubiera sido demasiado truculento.

Después de dejarla, conduje el Porsche a ciento treinta y llegué al hospital en quince minutos, por fortuna sin que me pararan. Llegué a la sala de urgencias corriendo y en un estado de conciencia alterada: hiperalerta, asustado y con la mirada perdida. Tan sólo quería llegar a donde estaba mi padre para verlo antes de que muriera. Estaba convencido de que cada segundo de espera frente al mostrador de urgencias podía ser el segundo en que mi padre muriera, y no había tenido tiempo de decirle adiós. Prácticamente le grité el nombre de mi padre a la enfermera encargada de filtrar a los visitantes, y cuando me dijo dónde estaba, salí disparado. Recuerdo haber pensado que si mi padre estuviera muerto la enfermera me habría dicho algo al respecto, así que debía de seguir vivo.

Primero vi a Antwoine, parado junto a las cortinas verdes. Tenía la cara rasguñada y sucia de sangre y parecía asustado.

– ¿Qué pasa? -grité-. ¿Dónde está?

Antwoine señaló las cortinas verdes tras las cuales se alcanzaban a oír voces.

– De repente empezó a respirar con dificultad, luego la cara se le puso oscura, como azul. Los dedos se le pusieron azules. Y entonces llamé a la ambulancia. Parecía estar a la defensiva.

– ¿Está…?

– Sí, está vivo. Joder, para ser un viejo inválido tiene todavía mucha fuerza.

– ¿Él te ha hecho eso? -dije señalando su cara.

Antwoine asintió, sonriendo con inocencia.

– Se negaba a entrar en la ambulancia. Decía que se encontraba bien. Me estuve peleando con él media hora, cuando debería haberlo levantado simplemente y arrojado dentro del coche. Espero no haber tardado demasiado en llamar a la ambulancia.

Un joven pequeño de piel oscura y guantes verdes se me acercó.

– ¿Es usted el hijo?

– Sí -dije.

– Soy el doctor Patel -dijo el hombre. Tenía mi edad, más o menos, y era un residente o un interno o una cosa de ésas.

– Ah. Hola -dije-. Eh… ¿Va a ponerse bien?

– Parece que sí. Su padre tiene un resfriado, eso es todo. Pero no tiene reservas respiratorias, así que un resfriado menor es una amenaza mortal para él.

– ¿Puedo verlo?

– Claro que sí -dijo, dando un paso hacia la cortina y abriéndola. Una enfermera conectaba una bolsa de suero al brazo de mi padre. Tenía una máscara de plástico traslúcido sobre la nariz y la boca y me miraba fijamente. Básicamente se veía igual, sólo que más pequeño, y su cara estaba más pálida que de costumbre. Lo habían conectado a varios monitores.

Se arrancó la máscara de la cara con una mano.

– Mira este escándalo -dijo. Su voz sonaba débil.

– ¿Cómo se siente, señor Cassidy? -dijo el doctor Patel.

– Oh, de maravilla -dijo mi padre, enfatizando el sarcasmo-. ¿No se nota?

– Me parece que está usted mejor que su enfermero.

Antwoine se había acercado para echar un vistazo. De repente, mi padre parecía sentirse culpable.

– Ah, eso. Siento lo de tu cara, Antwoine.

Antwoine, que debió darse cuenta de que ésta sería la disculpa más elaborada que obtendría de mi padre, pareció de repente más tranquilo.

– He aprendido la lección. La próxima vez pelearé con más fuerza.

Mi padre sonrió como un campeón de pesos pesados.

– Este hombre le ha salvado la vida -dijo el doctor Patel.

– No me diga -dijo mi padre.

– Ya lo creo.

Mi padre movió ligeramente la cabeza para mirar fijamente a Antwoine.

– ¿Para qué tenías que hacer esto? -le dijo.

– Para no tener que buscar otro trabajo -respondió Antwoine.

El doctor Patel me habló en voz baja.

– Las radiografías del pecho salieron normales para alguien en su estado, y sus glóbulos blancos están en ocho coma cinco, lo cual también es normal. Sus gases sanguíneos indican que estuvo en fallo respiratorio inminente, pero ahora parece haberse estabilizado. Lo tenemos en tratamiento de antibióticos intravenosos, algo de oxígeno y esteroides también intravenosos.

– ¿Qué es la máscara? ¿Oxígeno?

– Es un nebulizador. Albuterol y Atrovent, que son broncodilatadores. -Se inclinó sobre mi padre y volvió a ponerle la máscara-. Es usted todo un luchador, señor Cassidy.

Mi padre se limitó a parpadear.

– Eso es quedarse corto -dijo Antwoine, riendo con voz ronca.

– ¿Nos disculpan? -El doctor Patel volvió a cerrar la cortina y dio un par de pasos. Lo seguí, mientras Antwoine se quedaba con mi padre.

– ¿Todavía fuma? -preguntó bruscamente el doctor Patel.

Me encogí de hombros.

– Tiene manchas de nicotina en los dedos. Es una locura, ¿sabe?

– Lo sé.

– Se está matando.

– Se morirá de una u otra forma.

– Ya. Pero está acelerando el proceso.

– Tal vez eso es lo que quiere -dije.

Capítulo 42

Comencé mi primer día de trabajo para Jock Goddard después de haber pasado la noche en vela.

Me había ido del hospital a mi piso nuevo a eso de las cuatro de la madrugada; pensé en tratar de lograr una hora de sueño y luego rechacé la idea, porque estaba seguro de que me quedaría dormido, y ésa no era la mejor manera de comenzar con Goddard. Así que me di una ducha, me afeité y pasé un rato leyendo en Internet acerca de los competidores de Trion, pasando por News.com y Slashdot para las últimas noticias sobre tecnología. Me vestí con un jersey negro y ligero (lo más parecido que tenía a los medios cuellos negros de marca que usaba Goddard), unos caquis y una americana marrón de pata de gallo, uno de los pocos artículos de vestimenta «informal» que la exótica asistente de Wyatt había escogido para mí. Ahora parecía un miembro de ley del círculo más íntimo de Goddard. Luego llamé al mozo y le pedí que hiciera traer mi Porsche.

El portero que parecía estar de turno en las madrugadas y las tardes, los momentos en que yo solía entrar y salir, era un hispano de unos cuarenta años llamado Carlos Ávila. Tenía una voz extraña y estrangulada, como si se hubiera tragado un objeto punzante y no pudiera terminar de digerirlo. Yo le caía bien, sobre todo, me parece, porque no lo ignoraba como hacía el resto de la gente de aquí.

– ¿Trabajando duro, Carlos? -dije al pasar. Normalmente, éstas eran sus palabras cuando era yo quien llegaba, hecho polvo y a unas horas ridículas.

– A duras penas trabajando, señor Cassidy -dijo con una sonrisa y volvió a fijarse en las noticias de la tele.

Conduje un par de manzanas hasta el Starbucks, que acababa de abrir, y compré un café con leche triple, y mientras esperaba a que el muchacho, ese fracasado proyecto de rockero grunge, esa víctima múltiple del piercing, me pusiera vapor en medio litro de leche al dos por ciento de grasa, cogí un Wall Street Journal y el estómago se me encogió.

Ahí, justo en primera página, había un artículo sobre Trion. O, tal como decían, «las miserias de Trion». Había un dibujo con aspecto de grabado de Goddard, que parecía inopinadamente alegre, como si estuviera fuera de juego, como si no entendiera nada. Uno de los titulares pequeños decía: «¿Están contados los días del fundador Augustine Goddard?» Tuve que leerlo dos veces. El cerebro no me funcionaba a tope, y necesitaba mi café con leche triple, que al parecer le estaba dando problemas al chico grunge. El artículo era un documento implacable y agudo de un colaborador habitual del Journal, William Bulkeley, que evidentemente tenía buenos contactos en Trion. Lo esencial parecía ser que las acciones de Trion estaban bajando, sus productos habían quedado desfasados, la compañía («por lo general considerada líder en la electrónica de consumo del campo de las telecomunicaciones») estaba en problemas, y Jock Goddard, fundador de Trion, parecía no darse cuenta. Ya no le ponía corazón a su empresa. Había toda una parte acerca de la «larga tradición» de fundadores de compañías de alta tecnología que eran reemplazados cuando sus empresas llegaban a un cierto tamaño. Se preguntaba si Goddard era la persona adecuada para liderar el periodo de estabilidad que sigue a un periodo de crecimiento económico explosivo. Había mucho acerca de la filantropía de Goddard, sus esfuerzos caritativos, su afición de coleccionar y reparar coches clásicos americanos, cómo había reconstruido por completo su deportivo Buick Roadmaster modelo 1949. La caída de Goddard, decía el artículo, parecía avecinarse.

Genial, pensé. Si cae Goddard, adivinad quién cae con él.

Enseguida recordé: un momento, Goddard no es mi verdadero jefe. Goddard es el objetivo. Mi verdadero jefe es Nick Wyatt. Con las emociones del primer día, me había olvidado fácilmente de a quién debía lealtad.

Por fin, mi café con leche estuvo listo. Le añadí un par de sobres de azúcar Turbinado, removí, bebí un buen sorbo que me quemó el fondo de la garganta, y le puse la tapa de plástico. Me senté para terminar el resto del artículo. El periodista parecía tener toda la información sobre Goddard. La gente de Trion le había dado información. El viejo estaba entre la espada y la pared.

De camino al despacho traté de escuchar un CD de Ani DiFranco que había conseguido en Tower como parte de mi proyecto Alana, pero lo quité después de unos minutos. No lo soportaba. Dos de las canciones no eran siquiera canciones, sólo trozos hablados. Si de eso se trataba, mejor poner Jay-Z o Eminem. No, gracias.

Pensé en el artículo del Journal y traté de diseñar una opinión en caso de que alguien me preguntara al respecto. ¿Diría que era un pedazo de mierda puesto allí por uno de nuestros competidores para hacernos daño? ¿Diría que el periodista había pasado por alto la verdadera historia (fuera la que fuese)? ¿O que había sacado a colación cuestiones importantes que valía la pena tratar? Decidí ir con una versión modificada de esta última: que poco importaba la verdad de las acusaciones, que lo que contaba era lo que pensaran nuestros accionistas, y todos leían el Wall Street Journal, así que tendríamos que tomarnos el artículo en serio, fuera verdad o mentira.

Y en secreto me pregunté quiénes podrían ser los enemigos de Goddard, los que creaban problemas; me pregunté si Jock Goddard estaba de verdad en problemas y yo estaba a bordo de un barco que se hundía. O, para ser más precisos, si Nick Wyatt me había puesto a bordo de un barco que se hundía. Pensé: Este tío debe de estar muy mal: al fin y al cabo me ha contratado a mí, ¿no es cierto?

Bebí un sorbo de café, pero la tapa no estaba bien cerrada y el cálido líquido marrón y lechoso me cayó sobre el regazo. Parecía como si hubiera tenido un «accidente». Qué manera de comenzar el nuevo trabajo. Debería haberlo tomado como una advertencia.

Capítulo 43

Al salir del lavabo de hombres, donde hice lo mejor que pude para borrar la mancha de café (mis caquis quedaron empapados y arrugados), pasé por el pequeño quiosco de la recepción del ala A, en el edificio principal, que vendía todos los diarios locales y además el USA Today, The New York Times, el Financial Times -el de color salmón- y el Journal. La pila de Wall Street Journals, que normalmente se alzaba como una torre, ya estaba reducida a la mitad, y eran apenas las siete de la mañana. Era obvio que todos en Trion lo estaban leyendo. Me imaginé que para este momento habría copias del artículo, sacadas del sitio web del Journal, en todos los correos electrónicos de la empresa. Saludé a la recepcionista y tomé el ascensor hacia el séptimo piso.

Flo, la asistente principal de Goddard, ya me había mandado por correo electrónico los detalles de mi nuevo despacho. Así es: no era un cubículo, sino un despacho de verdad, del mismo tamaño que el de Jock (y, ya que estamos, del mismo tamaño que los de Nora y Tom Lundgren). Quedaba a un par de puertas del de Goddard, que estaba a oscuras como los demás despachos del corredor ejecutivo. En el mío, sin embargo, la luz estaba encendida.

Sentada frente a su escritorio, justo fuera de mi despacho, estaba mi nueva asistente, Jocelyn Chang, una china-americana cuarentona y de aspecto imperial vestida con un inmaculado traje azul. Tenía las cejas perfectamente curvadas, pelo corto y negro y una boca diminuta en forma de arco decorada con pintalabios húmedo de color melocotón. Estaba etiquetando un clasificador de correspondencia. Al oírme llegar, me miró con la boca fruncida y estiró la mano.

– Usted debe de ser el señor Cassidy.

– Adam -dije. ¿Fue aquél mi primer error? No lo sé. ¿Se suponía que debía mantener cierta distancia, ser formal? Me parecía ridículo e innecesario. Después de todo, casi todo el mundo se refería al presidente ejecutivo como «Jock». Y Jocelyn me doblaba la edad.

– Soy Jocelyn -dijo. Tenía un cierto acento plano y nasal, como del área de Boston, que no me esperaba-. Encantada.

– Igualmente. Flo dice que llevas toda la vida aquí. Me alegro de que así sea.

Ups. A las mujeres no les gusta oír eso.

– Quince años -dijo cansinamente-. Los últimos tres con Michael Gilmore, su predecesor inmediato. A él lo reasignaron hace un par de semanas, así que he estado esperando.

– Quince años. Excelente. Necesitaré toda la ayuda posible.

Asintió, sin sonreír, sin decir nada. Entonces vio el Journal que yo llevaba bajo el brazo.

– No irá usted a mencionárselo al señor Goddard, ¿o sí?

– En realidad iba a pedirle a usted que lo enmarcara para regalárselo. Para que lo ponga en su despacho.

Me lanzó una mirada larga y espantada. Luego una lenta sonrisa.

– Es broma -dijo-. ¿No es cierto?

– Cierto.

– Lo siento. El señor Gilmore no era conocido por su sentido del humor.

– No pasa nada. Yo tampoco.

Asintió sin saber cómo reaccionar.

– Ya, ya. -Miró el reloj-. Tiene una reunión a las siete y media con el señor Goddard.

– Pero no ha llegado.

Volvió a mirar el reloj.

– Ya llegará. De hecho, apuesto a que acaba de llegar. Lleva un horario muy metódico. Ah, espere -me entregó un documento muy elegante, de unas cien páginas fácilmente, con tapas azules de cuero sintético en las que decía BAIN & COMPANY-. Flo ha dicho que el señor Goddard esperaba que usted tuviera esto leído antes de la reunión.

– La reunión que hay dentro de dos minutos y medio.

Se encogió de hombros.

¿Era ésta mi primera prueba? No había forma de que pudiera leer una página siquiera de esa basura incomprensible antes de la reunión, y por nada del mundo iba a llegar tarde. Bain & Company es una preciada firma global de consultoría que coge a tíos de mi edad, tíos que saben aun menos de lo que yo sé, y los trabaja hasta transformarlos en idiotas babosos, haciéndolos visitar compañías y escribir informes y cobrar cientos de miles de dólares por su falsa sabiduría. Éste llevaba el sello trion, confidencial. Lo hojeé rápidamente, y todos los clichés y las palabras de moda me saltaron a la cara -«gestión del conocimiento racionalizada», «ventajas competitivas», «excelencia de las operaciones», «ineficacias de costes», «deseconomías de escala», «minimización del trabajo estéril», bla bla bla- y me di cuenta de que no tenía que leerlo para saber de qué trataba.

Despidos. Cosecha de cabezas en la granja de cubículos.

Genial, pensé. Bienvenido a la vida en la cumbre.

Capítulo 44

Cuando Flo me hizo pasar al despacho auxiliar de Goddard, él ya estaba sentado frente a una mesa redonda con Paul Camilletti y otro tío. El tercer tío tenía unos cincuenta años, era calvo con pelo canoso en las sienes y en la nuca, llevaba un traje gris a cuadros (pasado de moda) y una camisa y una corbata que parecían acabadas de salir de unos grandes almacenes, y en la mano derecha llevaba el voluminoso anillo de su promoción universitaria. Lo reconocí: Jim Colvin, director de operaciones de Trion.

La habitación era del mismo tamaño que el despacho principal de Goddard, tres metros por tres, y sólo con cuatro personas y la gran mesa redonda, el lugar parecía atestado. Me pregunté por qué no nos habríamos reunido en una sala de conferencias, algún sitio un poco más amplio, más acorde con el poder de aquellos ejecutivos. Saludé, sonreí nerviosamente, me senté cerca de Goddard y puse sobre la mesa mi documento de Trion y la taza de café que Flo me había dado. Saqué un bloc amarillo y un bolígrafo y me preparé para tomar notas. Goddard y Camilletti estaban en mangas de camisa, sin chaqueta y sin jerséis de medio cuello negros. Goddard parecía más viejo y más cansado que la última vez que lo vi. Llevaba un par de gafas de medialuna con un cordón negro alrededor del cuello. Sobre la mesa había varias copias del artículo del Wall Street Journal, una de ellas subrayada con rotuladores amarillo y verde.

Camilletti frunció el ceño al verme llegar.

– ¿Y éste quién es? -dijo. No era exactamente un «bienvenido al equipo».

– ¿Recuerdas al señor Cassidy?

– No.

– ¿El de la reunión del Maestro? ¿La cosa militar?

– Tu nuevo asistente -dijo sin entusiasmo-. Ya. Bienvenido a Control de Daños, Cassidy.

– Jim, te presento a Adam Cassidy -dijo Goddard-. Adam, Jim Colvin, director de operaciones.

Colvin saludó con la cabeza.

– Hola, Adam.

– Estábamos hablando de este maldito artículo -dijo Goddard-, y de cómo manejarlo.

– Es sólo un artículo -dije con aire sabihondo-. Lo olvidarán en un par de días.

– Y una mierda -ladró Camilletti, mirándome con una expresión tan terrible que pensé que me iba a quedar de piedra-. Es el Journal. Es primera página. Todo el mundo lo lee. Los miembros de la junta, los inversores oficiales, los analistas, todo el mundo. Esto es una puta catástrofe.

– No son buenas noticias, en efecto -reconocí. Me dije que sería mejor guardar silencio. Goddard exhaló ruidosamente.

– Lo peor que podemos hacer es forzar el swing -dijo Colvin-. No hay que mandar señales de pánico a la industria.

Me gustó lo de «forzar el swing». Jim Colvin era obviamente golfista.

– Quiero ver aquí a los de Relaciones con los Inversores y a los de Comunicaciones Empresariales, quiero que redactemos una carta al director -dijo Camilletti.

– Olvida el Journal -dijo Goddard-. Creo que me gustaría ofrecer un cara-a-cara exclusivo al New York Times. Les hablaré de la oportunidad de referirme a temas de amplio interés para la industria entera. Ellos lo entenderán.

– Lo que tú digas -dijo Camilletti-. En todo caso, no protestemos demasiado fuerte. No hay que obligar al Journal a responder con un artículo de seguimiento, a seguir echando mierda sobre el asunto.

– Me da la impresión de que el periodista del Journal ha debido hablar con gente de dentro -dije, olvidando mi decisión de callarme la boca-. ¿Tenemos alguna idea de quién pudo haberles informado?

– Recibí un correo de voz del periodista hace un par de días, pero estaba de viaje -dijo Goddard-. Así que aparezco como «no desea hacer comentarios».

– Puede que me haya llamado, no lo sé, puedo revisar mi correo de voz -dijo Camilletti-. Pero estoy seguro de que no le devolví la llamada.

– No puedo imaginar que alguien de Trion haya participado conscientemente en una cosa así -dijo Goddard.

– Uno de nuestros competidores -dijo Camilletti-. Wyatt, tal vez.

Nadie me miró. Me pregunté si los otros dos sabían que yo venía de Wyatt.

– Aquí hay muchas declaraciones de nuestros revendedores -continuó Camilletti-. British Tel, Vodafone, DoCoMo… Dicen que los nuevos móviles no funcionan. Los perros no se están comiendo su comida para perros. ¿Y cómo se le ocurre a un periodista, alguien que sólo tiene informaciones de Nueva York, llamar a Japón? Tiene que haber sido Motorola o Wyatt o Nokia, tienen que haberle pasado el dato.

– De cualquier forma -dijo Goddard-, ya todo es cosa del pasado. Mi trabajo no es manejar los medios, sino dirigir esta maldita empresa. Y este artículo necio, por más sesgado e injusto que sea, ¿hasta qué punto es tan terrible, en realidad? Aparte del desalentador titular, ¿qué hay de nuevo en este texto? Antes nuestras cifras daban en el blanco siempre, cada trimestre, nunca fallábamos, tal vez les ganábamos a los demás por un par de centavos. Éramos la niña mimada de Wall Street. Vale, los beneficios se han estancado, pero Dios mío, la industria entera pasa por un mal momento. No lo puedo evitar: detecto en el ambiente algo de alegría por la miseria ajena. Nadie es perfecto.

– ¿Cómo? -dijo Colvin, confundido.

– Pero estas chorradas -dijo Goddard-, lo de que nos enfrentamos al primer trimestre de pérdidas en quince años, todo eso es pura invención…

– No -dijo Camilletti en voz baja y sacudiendo la cabeza-. Es mucho peor que eso.

– ¿De qué hablas? -dijo Goddard-. Acabo de regresar de nuestra conferencia de ventas en Japón, y allá todo era miel sobre hojuelas.

– Anoche, cuando recibí el correo electrónico que me advertía de este artículo -dijo Camilletti-, escribí inmediatamente a los vicepresidentes financieros de Europa y Asia/Pacífico. Les dije que quería ver las cifras de ingresos, actualizadas a esta semana, y también las cifras de ventas de los balances trimestrales, discriminadas por cliente.

– ¿Y? -lo apuró Goddard.

– Covington, de Bruselas, me respondió hace una hora. Brody, de Singapur, me respondió en mitad de la noche. Las cifras son una mierda. Las ventas a distribuidores van bien, pero las ventas a consumidores son terribles. Un sesenta por ciento de nuestros ingresos vienen de Asia/Pacífico y EMOA. Estamos en la cuerda floja. La verdad, Jock, es que este trimestre vamos a perder. Es un verdadero desastre.

Goddard me miró.

– Obviamente todo esto es información confidencial, Adam, seamos claros, ni una palabra…

– Por supuesto.

– Tenemos -comenzó Goddard, luego titubeó, luego siguió-, por Dios, tenemos lo del Aurora…

– Todavía faltan varios trimestres para los ingresos del Aurora -dijo Camilletti-. Tenemos que ocuparnos del ahora. De las operaciones en curso. Y déjame que te lo diga, cuando salgan estas cifras, las acciones en Bolsa van a verse muy dañadas -siguió Camilletti, hablando en voz baja-. Nuestros ingresos para el cuarto trimestre tendrán un desfase del veinticinco por ciento. Tendremos que aceptar descuentos considerables por exceso de inventario.

Camilletti hizo una pausa y le lanzó a Goddard una mirada elocuente.

– Calculo una pérdida de cerca de quinientos millones de dólares antes de impuestos.

Goddard hizo un gesto de dolor.

– Dios mío.

Camilletti continuó.

– Sé por ejemplo que el Credit Suisse First de Boston ya está a punto de bajarnos de categoría. De «sobrepeso» a «peso de mercado». Es decir, de «comprar» a «esperar». Y eso antes de que todo esto salga a la luz.

– Dios santísimo -dijo Goddard, quejándose y sacudiendo la cabeza-. Es tan injusto, si pensamos en lo que estamos desarrollando…

– Y por eso mismo debemos darle otra mirada a esto -dijo Camilletti, golpeando con el índice su copia del documento azul de Bain.

Los dedos de Goddard tamborilearon sobre el documento de Bain. Sus dedos eran regordetes, el dorso de sus manos tenía manchas de vejez.

– Caramba, esto sí que es un informe bien empastado -dijo-. ¿Cuánto nos ha costado esto?

– Ni preguntes -dijo Camilletti.

– ¿Ah, no? -Hizo una mueca, como si su observación hubiera quedado clara-. Paul, yo juré que nunca haría estas cosas. Di mi palabra.

– Por favor, Jock, si se trata de tu ego, tu vanidad…

– Se trata de ser fiel a mi palabra. También se trata de mi credibilidad.

– Pues bien, nunca debiste haber hecho esa promesa. Nunca digas nunca jamás. En todo caso, estabas hablando de una economía distinta, eran tiempos prehistóricos. La era mesozoica, para hablar claro. La era del cohete Trion, creciendo a máxima velocidad. Somos una de las pocas empresas de alta tecnología que todavía no ha tenido despidos masivos.

– Adam -dijo Goddard, dirigiéndose a mí por encima de sus gafas-, ¿has tenido tiempo de zambullirte en esta verborrea?

Negué con la cabeza.

– Lo recibí hace apenas un par de minutos. Lo he hojeado.

– Quiero que eches un vistazo a las proyecciones para electrónica de consumo. Página ochenta y algo. Tú entiendes un poco de esas cosas.

– ¿Ahora mismo? -pregunté.

– Ahora mismo. Y dime si te parecen realistas.

– Jock -dijo Colvin-, es casi imposible recibir proyecciones honestas de los jefes de división. Todos protegen su personal, su territorio.

– Para eso tenemos a Adam -replicó Goddard-. Él no tiene territorio que proteger.

Repasé frenéticamente el informe Bain, tratando de simular que sabía lo que hacía.

– Paul -dijo Goddard-, ya hemos pasado por esto. Me dirás que tenemos que eliminar ocho mil empleos si queremos conservar la línea.

– No, Jock, si queremos seguir siendo solventes. Y estamos más cerca de los diez mil que de los ocho mil.

– Correcto. Explícame algo, entonces. En ninguna parte de este maldito tratado se dice que una compañía que se reduzca o se recorte o como quieras llamarlo tendrá mejores resultados a largo plazo. Sólo se habla de corto plazo -pareció que Camilletti iba a responder, pero Goddard siguió hablando-. Sí, ya lo sé, todo el mundo lo hace. Es como un acto reflejo. ¿Te van mal los negocios? Pues echa a unos cuantos. Echa los lastres por la borda. Pero ¿es que los despidos llevan realmente a un incremento sostenido en el precio de las acciones, o en el precio de mercado? Demonios, Paul, tú sabes tan bien como yo que apenas vuelva a salir el sol estaremos contratándolos a todos de nuevo. ¿Realmente vale la pena toda esta agitación?

– Jock -dijo Jim Colvin-, es lo que llaman regla de Ochenta-Veinte: el veinte por ciento de la gente hace el ochenta por ciento del trabajo. Tan sólo se trata de quemar la grasa.

– La «grasa» se compone de devotos empleados de Trion -repuso Goddard-. La gente a la que damos esas tarjetitas que hablan de lealtad y dedicación. Y eso también nos afecta a nosotros, ¿no es cierto? En lo que a mí respecta, tomar este camino es perder algo más que personal. Es perder el sentido fundamental de la confianza. Si nuestros empleados han honrado su mitad del acuerdo, ¿cómo es que nosotros no estamos obligados a hacerlo? Eso es abrir una grieta, una maldita grieta en la confianza.

– La realidad, Jock -dijo Colvin-, es que en los últimos diez años tú has hecho muy ricos a muchos empleados de Trion.

Mientras tanto, yo pasaba a la carrera por las tablas de ingresos proyectados y trataba de compararlos con las cifras que había visto en las últimas dos semanas.

– No es momento para altruismos, Jock -dijo Camilletti-. No podemos permitirnos ese lujo.

– Pero no soy altruista -dijo Goddard, tamborileando los dedos sobre la mesa una vez más-. Soy brutalmente práctico. No tengo ningún problema con usar los despidos para librarme de los vagos, los remolones, los gandules de vocación. Que se jodan. Pero los despidos a esta escala sólo conducen a un aumento en el absentismo, a bajas por enfermedad, a gente de pie junto a la fuente de agua comentando el último rumor. Para decirlo de modo que lo puedas entender, Paul, se llama «descenso de productividad».

– Jock -comenzó Colvin.

– Yo os daré una regla de Ochenta-veinte. Si hacemos esto, el ochenta por ciento de mis trabajadores serán incapaces de concentrar más del veinte por ciento de sus facultades mentales en su trabajo. Adam, ¿qué te parecen esas proyecciones?

– Señor Goddard…

– El último que me llamó así acabó despedido.

Sonreí.

– Jock. Mire, no voy a andarme con rodeos. No conozco la mayoría de estas cifras, y en algo tan importante no voy a hablar improvisando. Pero sí que conozco las cifras del Maestro, y puedo decirle que éstas me parecen, francamente, demasiado optimistas. Hasta que comencemos a hacer envíos al Pentágono, y eso asumiendo que cerremos el negocio, estos números son demasiado altos.

– Lo cual quiere decir que la situación puede ser aun peor de lo que nos dicen nuestros consultores de los cien mil dólares.

– Sí, señor. Al menos si partimos de las cifras del Maestro.

Asintió.

– Jock, déjame que te lo ponga en términos humanos -dijo Camilletti-. Mi padre era profesor de escuela, ¿vale? Mandó a sus seis hijos a la universidad con un salario de profesor de escuela, no me preguntes cómo, pero lo hizo. Ahora mi madre y él viven de sus míseros ahorros, sus ahorros de toda la vida, la mayoría de los cuales están invertidos en acciones de Trion, y eso porque yo les dije que ésta era una gran empresa. Según nuestros estándares, no es mucho dinero; pero mi padre ya ha perdido más o menos un veintiséis por ciento de sus ahorrillos, y está a punto de perder mucho más. Olvídate de la fidelidad y de los fondos de pensiones. La inmensa mayoría de nuestros accionistas son Tony Camilletti, ¿y qué coño les vamos a decir a ellos?

Tuve la clara sensación de que Camilletti estaba inventándolo todo, de que en realidad su padre era un inversor bancario y vivía en un complejo de Boca Ratón y jugaba al golf todos los días, pero los ojos de Goddard parecían haber comenzado a brillar.

– Adam -dijo Goddard-, tú entiendes lo que quiero decir, ¿no?

Durante un instante me sentí como un ciervo paralizado frente a un par de faros. Era obvio lo que Goddard quería escuchar. Pero después de unos segundos negué con la cabeza.

– Para mí -dije lentamente-, si no se hace ahora, se tendrán que eliminar aun más empleos dentro de un año. Tengo que decir que estoy de acuerdo con el señor… con Paul.

Camilletti alargó una mano y me dio una palmada en el hombro. Retrocedí un poco. No quería que pareciera que me ponía de lado de nadie, y menos contra mi jefe. No era la mejor forma de comenzar mi nuevo empleo.

– ¿Qué términos propones? -dijo Goddard con un suspiro.

– Cuatro semanas de indemnización.

– ¿Sin importar cuánto tiempo lleven con nosotros? No. Dos semanas de indemnización por cada año que hayan estado con nosotros, más dos semanas adicionales por cada año por encima de diez años.

– Eso es una locura, Jock. En algunos casos pagaremos un año de indemnización, tal vez más.

– Eso no es indemnización -murmuró Jim Colvin-, eso es seguridad social.

Goddard se encogió de hombros.

– O despedimos en estos términos, o no despedimos -dijo, y me miró con expresión acongojada-. Adam, cuando vayas a cenar con Paul, no dejes que escoja el vino. -Luego se dirigió al jefe de servicios financieros-. Quieres que los despidos sean efectivos el 1 de junio, ¿no?

Camilletti asintió con recelo.

– Me parece recordar vagamente -dijo Goddard- que firmamos un contrato de indemnizaciones de un año de duración con la división de CableSign que compramos el año pasado, y ese contrato expira el 31 de mayo. El día antes.

Camilletti se encogió de hombros.

– Pues bien, Paul, estamos hablando de casi mil trabajadores que recibirían un mes de salario más un mes de paga por cada año de trabajo… si los despedimos un día antes. Una indemnización bastante decente. Ese día de diferencia significará mucho para esa gente. Tal como están las cosas, recibirían dos semanas. Una miseria.

– El 1 de junio es el primer día del trimestre…

– No lo admito. Lo siento. Que sea el 30 de mayo. Y en cuanto a los empleados que no hayan ejercido su derecho a comprar acciones, les daré doce meses para hacerlo. Y aceptaré una reducción de mi salario. A un dólar. ¿Y tú, Paul?

Camilletti sonrió nerviosamente.

– Tú tienes más opciones de compra que yo.

– Lo vamos a hacer una sola vez -dijo Goddard-. Lo haremos una sola vez y lo haremos bien. No recortaré dos veces.

– Entendido -dijo Camilletti.

– Bien -dijo Goddard con un suspiro-. Como digo siempre, algunas veces simplemente hay que subirse al autobús, seguir con el programa. Pero quiero discutirlo con todo el equipo de gestión, así que convoca a tantos como sea posible reunir. También quiero ponerme al teléfono y hablar con nuestros inversores. Si se lleva adelante, como me temo que se hará, grabaré un anuncio para que se emita en la web de la empresa -dijo Goddard-, y lo emitiremos mañana, después del cierre de las operaciones. Y haremos el anuncio público al mismo tiempo. No quiero que se escape ni una palabra antes de tiempo, es desmoralizante.

– Si lo prefieres, yo haré el anuncio -dijo Camilletti-. Así tú te lavas las manos.

Goddard lo miró intensamente.

– No voy a achacarte esto a ti. Me niego. Es decisión mía: para mí son el crédito, las portadas de revistas, y también la culpa. Es lo justo.

– Lo digo pensando en que has hecho tantas declaraciones en el pasado. Van a clavarte…

Goddard se encogió de hombros, pero parecía triste.

– Supongo que comenzarán a llamarme La Sierra Goddard o algo así.

– Creo que «Jock de Neutrones» suena mejor -dije, y por primera vez Goddard sonrió de verdad.

Capítulo 45

Salí del despacho de Goddard sintiéndome a la vez aliviado y oprimido.

Había sobrevivido a mi primera cita con él, había logrado no quedar demasiado como un imbécil. Pero estaba en poder de un secreto industrial serio, información confidencial que cambiaría la vida de mucha gente.

Pero había decidido que no iba a darles esto a Wyatt y compañía. Esto no formaba parte de mis tareas, no estaba en la descripción de mi empleo. No tenía nada que ver con los trabajos secretos. No era mi obligación hablarles de esto a mis adiestradores. Y ellos, de todas formas, no sabían que yo lo sabía. Que se enteraran de los despidos de Trion a la vez que el resto del mundo.

Preocupado, bajé del ascensor en el tercer piso del ala A para comer algo, aunque fuera tarde, cuando vi un rostro familiar que caminaba hacia mí. Un tío alto, delgado, de poco menos de treinta años y pelo mal cortado, gritó «¡Ey, Adam!» al entrar al ascensor.

En esa fracción de segundo que pasó antes de que pudiera ponerle un nombre a la cara, el estómago se me cerró. Mi instinto animal había percibido el peligro antes de que mi cerebro lo comprendiera.

Asentí, seguí caminando. La cara me ardía.

Su nombre era Kevin Griffin, un tío afable aunque de aspecto atontado, y bastante buen jugador de baloncesto. Solíamos hacer unos tiros en Wyatt Telecommunications. Él estaba en la División Empresarial, en routers. Según lo recordaba, había un tío muy astuto y muy ambicioso detrás de ese porte relajado. Siempre obtenía los mejores resultados, y solía bromear conmigo, sin ninguna mala intención, acerca de mi actitud informal frente al trabajo.

En otras palabras, sabía quién era yo en realidad.

– ¡Adam! -insistió-. ¡Adam Cassidy! Oye, ¿qué haces tú aquí?

No podía precisamente seguir ignorándolo, así que me di la vuelta. Kevin tenía una mano sobre las puertas del ascensor para evitar que se cerraran.

– Ah, hola, Kevin -dije-. ¿Ahora trabajas aquí?

– Sí, en Ventas -parecía emocionado, como si esto fuera una reunión de la escuela o algo así. Bajó la voz-: ¿No te despidieron de Wyatt por esa fiesta? -Soltó una risita, no desagradable ni nada parecido, sino conspiradora.

– No, qué dices -dije, titubeando un instante, tratando de sonar desenfadado y divertido-. Fue todo un gran malentendido.

– Ya -dijo con recelo-. ¿Y aquí en qué trabajas?

– En lo mismo de siempre -dije-. Oye, tío, me alegro de verte, pero tengo que irme. Lo siento.

Me miró con curiosidad mientras las puertas del ascensor se cerraban.

Esto no pintaba nada bien.

Quinta Parte. Quemado

Quemar: Poner al descubierto a una persona, una instalación (como un piso franco) u otros elementos de una organización o actividad clandestina. Un agente quemado es aquel cuya identidad conoce la oposición.

El libro del espía:

Enciclopedia del espionaje.

Capítulo 46

Me habían jodido. Kevin Griffin sabía que yo no había formado parte del proyecto Lucid en Wyatt, sabía también que yo no era ninguna superestrella. Conocía la verdadera historia. Probablemente ahora mismo estaba de vuelta en su cubículo buscándome en el intranet de Trion, sorprendido de verme aparecer como asistente del presidente ejecutivo. ¿Cuánto tardaría en empezar a hablar, a contar cosas, a hacer preguntas? ¿Cinco minutos? ¿Cinco segundos?

¿Cómo diablos podía haber pasado esto, después de los cuidadosos planes, de todo el trabajo preliminar por parte de la gente de Wyatt? ¿Cómo pudieron permitir que Trion contratara a alguien capaz de sabotear el plan entero?

En el mostrador de la cafetería miré alrededor, aturdido. De repente, había perdido el apetito. Tomé un sándwich de jamón y queso, de todas formas, porque necesitaba proteínas, y una Pepsi Light, y regresé a mi nuevo despacho.

Jock Goddard estaba en el corredor, cerca de mi despacho, hablando con otra persona con pinta de ejecutivo. Me hizo señas, sostuvo en el aire un dedo índice para hacerme saber que quería hablarme, así que me quedé allí, a cierta distancia, sintiéndome incómodo, mientras él terminaba su conversación.

Después de un par de minutos Jock le puso una mano en el hombro al otro tipo, solemnemente, y me condujo a mi propio despacho.

– Usted -dijo, al sentarse en la silla de los visitantes. El otro lugar era detrás de mi escritorio, y me pareció raro, porque después de todo él era el presidente, pero no tuve opción. Me senté y le sonreí, vacilante; no sabía qué esperar de aquella situación-. Creo que ha pasado con matrícula de honor. Enhorabuena.

– ¿En serio? Pensé que había metido la pata -dije-. No me siento demasiado cómodo poniéndome del lado de otro.

– Para eso lo he contratado. No para que se ponga en mi contra, claro. Para que se dirija al poder con la verdad, por así decirlo.

– No ha sido la verdad -dije-. Ha sido la opinión de un tío cualquiera.

Tal vez eso fue ir demasiado lejos. Goddard se frotó los ojos con una mano regordeta.

– Lo más fácil para un presidente -dijo-, y también lo más peligroso, es perder el contacto. Nadie quiere nunca decirme la verdad. Me quieren contar cuentos. Todo el mundo tiene sus propias prioridades. ¿Le gusta la historia?

Nunca se me había ocurrido que a uno le pudiera «gustar» la historia. Me encogí de hombros.

– Un poco -dije.

– Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill puso una oficina fuera de la cadena de mando cuyo trabajo era decirle la verdad, directa y franca. Me parece que la llamó Oficina de Estadística, o algo así. El asunto es que nadie quería darle malas noticias, pero él supo que tenía que recibirlas o no podría hacer su trabajo.

Asentí.

– Fundas una compañía, tienes un par de rachas de suerte y enseguida te conviertes en una especie de figura de culto para quienes no han visto nada mejor en su vida -continuó Goddard-. Pero yo no necesito que me besen el, eh, el anillo. Necesito franqueza. Ahora más que nunca. En este negocio hay un axioma: las compañías tecnológicas crecen más que sus fundadores. Sucedió con Rod Canion en Compaq, Al Shugart en Seagate. Apple Computer llegó a despedir a Steve Jobs, recuérdelo, hasta que él mismo volvió cabalgando su caballo blanco para salvarlos a todos. Lo cierto es que ya no hay fundadores viejos y aguerridos. Mi junta directiva siempre ha tenido toda la fe del mundo en mí, pero sospecho que esos días comienzan a desaparecer.

– ¿Por qué dice eso, señor?

– Eso de «señor» tiene que terminarse -dijo bruscamente Goddard-. El artículo del Journal fue un cañonazo de advertencia. No me sorprendería que viniera de algunos miembros de la junta, gente descontenta para la cual ya es hora de que deje el puesto, de que me retire a mi casa de campo y me dedique solamente a jugar con mis cochecitos.

– Y usted no quiere hacerlo, ¿verdad?

Frunció el ceño.

– Yo haré lo que sea mejor para Trion. Esta maldita empresa es mi vida entera. De todas formas, los coches no son más que un hobby: si uno se dedica al hobby a tiempo completo, el hobby deja de ser divertido. -Me entregó un grueso sobre de papel manila-. En su correo electrónico hay una copia de esto en Adobe PDF. Nuestro plan estratégico para los próximos dieciocho meses: nuevos productos, actualizaciones, el paquete completo. Quiero que me dé su opinión más pura y franca: hágame una presentación, o como quiera llamarla. Una perspectiva general, un paseo en helicóptero.

– ¿Para cuándo lo quiere?

– Tan pronto como sea posible. Y si le interesa involucrarse especialmente en algún proyecto, como emisario mío, por favor hágalo. Verá que hay varias cosas interesantes entre los proyectos. A algunos los llevamos con las riendas muy cortas. Hay algo en curso, por ejemplo, el llamado proyecto Aurora, que puede cambiar completamente nuestra suerte.

– ¿Aurora? -dije, tragando con fuerza-. Me parece que lo ha mencionado antes, en la reunión, ¿no es cierto?

– Le he encargado a Paul que lo lleve. Es algo absolutamente alucinante. Hay algunos problemillas que hay que solucionar en el prototipo, pero ya está casi listo para salir a la luz.

– Suena interesante -dije, tratando de parecer despreocupado-. Me encantaría echar una mano en eso.

– Lo hará, ya lo creo que sí. Pero todo a su debido tiempo. No quiero distraerlo aún de las tareas domésticas, porque una vez se meta en Aurora… bueno, no quiero mandarlo en demasiadas direcciones a la vez, no quiero dispersarlo demasiado. -Se levantó, se frotó las manos-. Ahora debo ir al estudio para grabar el anuncio. No es algo que me entusiasme demasiado, tengo que decirlo.

Sonreí con comprensión.

– En fin -dijo Goddard-, siento haberlo metido tan bruscamente en todo esto, pero tengo la sensación de que le va a ir muy, muy bien.

Capítulo 47

Llegué a casa de Wyatt al mismo tiempo que Meacham, que soltó una broma acerca de mi Porsche. Nos condujeron al completo gimnasio de Wyatt, que estaba al nivel del sótano, pero, debido al diseño del paisaje, no quedaba bajo tierra. Wyatt estaba levantando pesas -setenta kilos- sentado en una silla reclinable. Llevaba sólo un par de brevísimos shorts: no llevaba camiseta, y parecía más fornido que nunca. El tío era un camión.

Terminó la serie sin decir una palabra, se puso de pie y se pasó una toalla por el cuerpo.

– ¿Qué, lo han despedido ya?

– No todavía.

– No, Goddard tiene otras cosas en qué pensar. Como el hecho de que su empresa esté cayéndose a pedazos. -Miró a Meacham, y ambos soltaron una risita-. ¿Qué dijo san Agustín al respecto?

La pregunta no me pareció imprevista, pero me llegó tan abruptamente que no estaba del todo preparado.

– No mucho -dije.

– Y una mierda -dijo Wyatt, acercándose a mí, mirándome fijamente e intentando intimidarme con su presencia física. Un aire cálido y húmedo salía de su cuerpo, maloliente como el amoniaco: el olor de los levantadores de pesas que ingieren demasiadas proteínas.

– No mucho mientras yo estaba presente -corregí-. Creo que el artículo los asustó, porque hubo revoloteos por todas partes. Más actividad que de costumbre.

– ¿Qué sabe usted sobre lo que se acostumbra? -dijo Meacham-. Es su primer día en el séptimo piso.

– Eso fue lo que me pareció -dije sin convicción.

– ¿Cuánto del artículo es cierto?

– ¿Quiere decir que no lo ha colocado usted?

Wyatt me miró.

– ¿Van a tener pérdidas este trimestre o no?

– No tengo ni idea -mentí-. No me paso el día en el despacho de Goddard.

No sé por qué estuve tan reticente a la hora de revelarles las desastrosas cifras trimestrales o las noticias de los despidos inminentes. Tal vez sentí que Goddard me había confiado un secreto y habría estado mal traicionar esa confianza. Por Dios, yo era un topo, un espía, ¿de dónde habían salido mi altivez y mi arrogancia? ¿Por qué estaba de repente marcando fronteras, esto te lo digo, esto no? Al día siguiente, cuando salieran las noticias de los despidos, Wyatt se pondría hecho una furia conmigo por no habérselo dicho. No creería que no me hubiera enterado. Así que empecé a dar rodeos.

– Pero algo sucede -dije-. Algo grande. Van a anunciar algo.

Le entregué a Wyatt una carpeta con una copia del plan estratégico que Wyatt me había pedido revisar.

– ¿Qué es esto? -dijo Wyatt. Lo dejó en el banco, se puso una camiseta sin mangas y comenzó a hojear el documento.

– El plan estratégico de Trion para los próximos dieciocho meses. Incluyendo descripciones detalladas de todos los nuevos productos.

– ¿Incluyendo Aurora?

Negué con la cabeza.

– Sin embargo -dije-, Goddard me lo ha mencionado ya.

– ¿Cómo?

– Sólo dijo que había un gran proyecto llamado Aurora, y que le daría un vuelco a la compañía. Dijo que se lo había encargado a Camilletti.

– Ajá. Camilletti está a cargo de las adquisiciones, y mis fuentes me han dicho que el Aurora se montó a partir de una serie de compañías que Trion ha comprado en secreto durante los últimos años. ¿No dijo de qué se trataba?

– No.

– ¿Y usted no preguntó?

– Claro que sí. Le dije que me interesaba hacer parte de algo tan importante.

Wyatt hojeó en silencio la totalidad del plan estratégico. Sus ojos recorrían las páginas rápida, excitadamente. Mientras tanto le pasé a Meacham una tira de papel.

– El número del móvil privado de Jock.

– ¿Jock? -dijo Meacham, disgustado.

– Todos lo llaman así. Eso no quiere decir que andemos cogidos de la mano. De todas formas, esto ayudará a que rastreen sus llamadas más importantes.

Meacham lo recibió sin agradecimiento alguno.

– Algo más -le dije a Meacham mientras Wyatt seguía leyendo, fascinado-. Hay un problema.

Meacham me miró fijamente.

– Cuidado. No nos toque los cojones.

– Hay un nuevo empleado en Trion, un tío llamado Kevin Griffin, está en Ventas. Lo contrataron de aquí, de Wyatt.

– ¿Y?

– Éramos amigos.

– ¿Amigos?

– Más o menos. Jugábamos a baloncesto.

– ¿Se conocían de la empresa?

– Sí.

– Mierda -dijo Meacham-. Esto sí que es un problema.

Wyatt levantó la cara del documento.

– Sácalo -dijo.

Meacham asintió.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Que nos encargaremos de él -dijo Meacham.

– Esto es información muy valiosa -Wyatt dijo al fin-. Muy útil. ¿Qué se supone que debe usted hacer con esto?

– Goddard quiere mi opinión general sobre el portafolio de productos. Lo que promete, lo que no, lo que puede tener problemas. Todo eso.

– Eso no es muy preciso.

– Me dijo que quería un paseo en helicóptero sobre el terreno.

– Pilotado por Adam Cassidy, genio del marketing -dijo Wyatt, divertido-. Pues bien, saque lápiz y papel y comience a tomar notas. Voy a lanzarlo al estrellato.

Capítulo 48

Estuve despierto la mayor parte de la noche: desafortunadamente, me empezaba a acostumbrar.

El detestable Nick Wyatt se había pasado más de una hora dándome su opinión completa sobre la línea de producción de Trion, incluyendo todo tipo de informaciones confidenciales, cosas que muy pocos podían saber. Era como recibir la opinión de Rommel sobre Montgomery. Obviamente sabía una barbaridad sobre el mercado, dado que él era uno de los principales competidores de Trion, y tenía todo tipo de informaciones valiosas a las que estaba dispuesto a renunciar sólo para tener a Goddard contento conmigo. Su pérdida estratégica a corto plazo sería su ganancia a largo plazo.

Regresé a Harbor Suites a medianoche y me puse a trabajar con el PowerPoint, arreglando mis diapositivas para la presentación frente a Goddard. Para ser honesto, estaba bastante excitado. Sabía que no podía relajarme; que debía mantener mi rendimiento al máximo. Mientras siguiera recibiendo información confidencial de Wyatt, seguiría causándole buena impresión a Goddard, pero ¿qué pasaría cuando eso ya no sucediera? ¿Qué pasaría si me preguntaba mi opinión sobre algo y yo revelaba mi personalidad verdadera, mi personalidad ignorante? ¿Qué ocurriría entonces?

Cuando no pude seguir trabajando en la presentación, me tomé un descanso y revisé mi correo electrónico personal en Yahoo y Hotmail y Hushmail. La basura acostumbrada: «Viagra Online cómprelo aquí, viagra sin prescripción», y «La mejor página xxx» y «Su hipoteca concedida». Nada de parte de «Arthur». Enseguida entré en la página de Trion.

Un correo me llamó la atención: era de KevinGriffin@trionsystems.com. Lo abrí.

Asunto: Tú

De: KevinGríffin

Para: Acassidy

¡Tío! ¡Cómo me alegro de haberte visto! Qué gusto verte tan elegante y que te vaya tan bien, ¡enhorabuena! Muy impresionado por tu carrera aquí. ¿Qué has bebido? ¡Dame un poco! Estoy tratando de conocer a la gente de Trion y me encantaría comer contigo o algo así. ¡Dime algo!

Kev

No contesté: antes tenía que decidir cómo manejar ese asunto. Era obvio que el tío me había buscado, había visto mi nuevo cargo y no lograba entenderlo. Quería que nos viéramos, y ya fuera para pasar un rato juntos o para husmear, el asunto era grave. Meacham y Wyatt habían dicho que lo «sacarían» (yo no sabía qué podía significar eso), pero hasta que hicieran lo que planeaban hacer tendría que ser más cuidadoso que de costumbre. Kevin Griffin era una bomba montada y lista para estallar. Sería mejor que ni siquiera me acercara a él.

Salí de la página y volví a entrar usando la identificación y lo contraseña de Nora. Eran las dos de la madrugada, y supuse que no estaría conectada. Era un buen momento para tratar de entrar en sus correos archivados, revisarlos y bajar cualquier cosa relacionada con el Aurora, si es que había algo.

Pero me salía contraseña inválida, por favor reintente.

Volví a escribir su contraseña, con más cuidado esta vez, pero volvió a salirme contraseña inválida. Esta vez estaba seguro de no haberme equivocado.

Había cambiado su contraseña.

¿Por qué?

Cuando por fin me fui a la cama, mientras repasaba las posibles razones por las que Nora hubiera cambiado su contraseña, la cabeza me iba a mil por hora. Tal vez el vigilante, Luther, había pasado una noche por su despacho; esperaba encontrarse conmigo para hablar de Mustangs, y en cambio se había encontrado con Nora, que se había quedado a trabajar hasta tarde. Se habría preguntado qué hacía ella en ese despacho, e incluso -no era del todo improbable- la habría interrogado. Y luego le habría dado una descripción y ella lo habría comprendido todo; no habría tardado ni dos segundos.

Pero si era eso lo ocurrido, Nora no se habría limitado a cambiar su contraseña, ¿o sí? Habría hecho mucho más. Habría querido saber qué hacía yo en su despacho sin su permiso. No quise imaginar adónde podía llevar todo aquello.

O tal vez no hubiera malicia alguna en ello. Tal vez ella cambiaba su contraseña rutinariamente, como debían hacerlo cada sesenta días todos los empleados de Trion.

Tal vez no fuera más que eso.

No dormí bien, y tras un par de horas de dar vueltas en la cama, decidí levantarme, darme una ducha e irme al trabajo. El asunto Goddard estaba terminado; era el asunto Wyatt, el espionaje, lo que iba muy, pero muy atrasado. Si llegaba al trabajo suficientemente temprano, tal vez podría averiguar algo acerca del Aurora.

Me miré al espejo al salir. Estaba hecho polvo.

– ¿Levantado ya? -dijo Carlos, el conserje, mientras mi Porsche se detenía frente a la acera-. No puede seguir con este horario, señor Cassidy. Va a ponerse malo.

– Qué va -dije-. Me mantiene en forma.

Capítulo 49

Poco después de las cinco, el parking de Trion estaba prácticamente vacío. Era raro estar allí a esas horas en que el lugar estaba poco menos que desierto. Las luces fluorescentes zumbaban y lo bañaban todo con una especie de niebla verdosa, y olía a gasolina y a aceite de motor y a las demás cosas que gotean de los coches: líquido de frenos, anticongelante, acaso un poco de soda, una Mountain Dew derramada. Mis pasos hacían eco.

Cogí el ascensor del fondo para subir a la séptima planta, que también estaba desierta, y caminé hacia mi despacho por la oscuridad del corredor ejecutivo, pasando frente al despacho de Colvin, el de Camilletti, los de otra gente a la que aún no había conocido, hasta llegar al mío. Todos los despachos estaban cerrados, las luces apagadas. No había nadie todavía.

Mi despacho era un mero futurible: por ahora no tenía más que un escritorio desnudo, sillas y un ordenador, una alfombrilla para el ratón con el logo de Trion, un archivador sin nada archivado, una cómoda de oficina con un par de libros. Parecía el despacho de un itinerante, un nómada, alguien que podría levantarse e irse en mitad de la noche. Necesitaba con urgencia un toque de personalidad, fotos enmarcadas, artículos deportivos coleccionables, algo jocoso o gracioso, algo inspirador y serio. Necesitaba una impronta. Tal vez cuando hubiera recuperado un poco de sueño haría algo al respecto.

Escribí mi contraseña, me conecté a la red, abrí el correo por segunda vez. En algún momento de las últimas horas habían enviado un correo general a los empleados de Trion en todo el mundo, pidiéndoles que a las cinco de la tarde, hora Este, se conectaran al sitio web de la empresa, «para ver un anuncio importante del presidente ejecutivo Augustine Goddard». Eso bastaría para poner en marcha la fábrica de rumores. Los correos electrónicos irían de un lado a otro. Me pregunté cuánta de la gente de arriba sabía la verdad (el grupo, curiosamente, me incluía a mí). No mucha, eso seguro.

Goddard había mencionado que Aurora, el proyecto alucinante del que se negaba a hablar, era territorio de Paul Camilletti. Me pregunté si había algo en la biografía oficial de Camilletti que pudiera echar un poco de luz sobre Aurora, así que introduje su hombre en el directorio de la compañía.

Su foto estaba allí, severa y adusta y, sin embargo, era más apuesto que en persona. Una pequeña biografía: nacido en Geneseo, Nueva York, educado en escuelas públicas del norte del estado -traducción: probablemente no era de familia adinerada-, Swathmore, Harvard Business School, carrera meteórica en una empresa de electrónica de consumo que en su momento fue rival importante de Trion pero luego fue adquirida por Trion. Vicepresidente sénior de Trion en menos de un año, antes de ser nombrado jefe de servicios financieros. Todo un hombre en alza. Hice clic en los enlaces para ver quiénes eran sus subordinados y apareció un pequeño arbolito que mostraba todas las divisiones y unidades que estaban debajo de él.

Una de las unidades era la de Investigación de Tecnologías Disruptivas, que dependía directamente de él. Alana Jennings era la directora de marketing.

Paul Camilletti supervisaba directamente el proyecto Aurora. De repente, este hombre se había vuelto muy, muy importante.

Pasé por su despacho con el corazón latiéndome a mil por hora y no había, por supuesto, ni rastro de él. No a las cinco y cuarto de la mañana. También me di cuenta de que el personal de limpieza ya había pasado por allí: había una bolsa de basura nueva en la papelera de su asistente, y sobre la alfombra se veían las líneas del aspirado, y el lugar olía todavía a productos de limpieza.

Y no había nadie en el corredor; probablemente no había nadie en toda la planta.

Estaba a punto de cruzar la línea, de tomar un riesgo mucho más elevado.

No me preocupaba tanto que apareciera un guardia de seguridad. Diría que era el nuevo asistente de Camilletti. ¿Qué iban a saber ellos?

Pero ¿qué pasaría si la asistente de Camilletti llegaba temprano para adelantar trabajo? O, lo que era más probable, ¿qué pasaría si el mismo Camilletti decidía comenzar temprano? Después de un anuncio tan importante, era posible que tuviera que empezar a hacer llamadas, escribir correos electrónicos, mandar faxes a las sedes europeas de Trion, que estaban seis o siete horas por delante. A las cinco y media de la mañana, era mediodía en Europa. Cierto, Camilletti podría escribir sus correos desde casa; pero yo no podía desestimar la posibilidad de que hoy llegara a su despacho más temprano que de costumbre.

Me di cuenta de que introducirme en su despacho, hoy, era asumir un riesgo descabellado.

Pero por alguna razón decidí hacerlo de todas formas.

Capítulo 50

Pero la llave del despacho de Camilletti no aparecía por ninguna parte.

Busqué en los lugares habituales: todos los cajones del escritorio de su asistente, dentro de las plantas y el bote de clips, incluso en los archivadores. Su mesa estaba en el pasillo, totalmente desprotegida, y empecé a ponerme nervioso mientras fisgoneaba en un lugar con el que no tenía nada que ver. Miré detrás del teléfono. Bajo el teclado, bajo el ordenador. ¿Estaba escondida en la parte inferior de los cajones? No. ¿Bajo el escritorio? Nuevamente, no. Había una pequeña sala de espera junto al escritorio: en realidad no era más que un sofá, una mesa baja y un par de sillas. Eché una mirada por allí, pero nada. La llave no aparecía.

Tal vez no era demasiado ilógico que el jefe de servicios financieros de la compañía tomara precauciones, tratara de evitar que alguien se introdujera en su despacho. ¿No era algo digno de encomio?

Después de diez minutos de buscar por todas partes, diez minutos que me destrozaron los nervios, decidí que aquello no estaba escrito en mi destino; y en ese momento recordé un detallito curioso de mi nuevo despacho. Como todos los despachos de la planta ejecutiva, estaba equipado con un detector de movimiento, algo menos sofisticado de lo que parece. En realidad es una característica de seguridad muy común en los despachos más importantes: una forma de asegurarse de que nadie se quedará encerrado en su propio despacho. Mientras haya movimiento en un despacho, la puerta no se cierra. (Otra prueba de que los despachos del séptimo piso eran un poco más igualitarios.) Si me apresuraba, podría aprovecharme de aquello…

La puerta del despacho de Camilletti era de caoba sólida, muy pulida, pesada. No había espacio entre la puerta y la alfombra tupida; ni siquiera podía deslizar una hoja de papel por debajo. Eso haría las cosas un poco más difíciles… pero no imposibles.

Necesitaba una silla para encaramarme, pero no la silla de la asistente, que tenía ruedas y no era estable. Encontré una silla plegable en la salita de espera y la puse junto a la pared de vidrio del despacho de Camilletti. Luego regresé a la sala de espera. Dispersos sobre la mesa de centro estaban los diarios y las revistas habituales: Financial Times, Institutional Investor, JSF, Forbes, Fortune, Business 2.0, Barron's…

Barron's. Sí. Eso serviría. La cogí, y tras mirar alrededor -para confirmar que nadie fuera a sorprenderme haciendo algo que sería inútil tratar de explicar- me subí en la silla y empujé uno de los paneles acústicos del techo.

Metí el brazo en el espacio que hay encima del techo falso, ese lugar oscuro y polvoriento atiborrado de alambres y cables y cosas así, y tanteé la zona para encontrar el siguiente panel, el que quedaba justo encima del despacho de Camilletti, y lo levanté también, dejándolo apoyado en la rejilla metálica.

Bajé la mano con el Barron's y empecé a agitarlo al otro lado. Bajé la mano hasta donde alcanzaba, lo agité un poco más, pero nada ocurrió. Tal vez los detectores de movimiento no llegaban tan alto. Finalmente me puse de puntillas, doblé el codo tanto como pude y me las arreglé para bajar el periódico otro par de palmos, agitándolo con fuerza hasta que sentí que me dolían los músculos.

Oí un clic.

Un débil, inconfundible clic.

Saqué el Barron's y devolví el panel a su lugar, lo dejé bien ajustado en su sitio. Luego me bajé de la silla y la puse donde estaba.

Y probé a abrir la puerta de Camilletti.

La puerta se abrió.

En mi mochila había traído un par de herramientas que incluían una linterna. Inmediatamente cerré las persianas y la puerta, y encendí el poderoso rayo de luz.

El despacho de Camilletti era tan carente de personalidad como los demás: la colección genérica de fotografías familiares enmarcadas, las placas y los premios, la misma fila de libros sobre negocios que todos fingían leer. La verdad es que el despacho fue una gran desilusión. No era un despacho esquinero, no tenía ventanas del techo al suelo como en Wyatt Telecom. No había vistas de ningún tipo. Me pregunté si a Camilletti le disgustaría traer invitados importantes a un despacho tan humilde. Éste era el estilo de Goddard, pero no era para nada el de Camilletti. Tacaño o no, Camilletti parecía un tío presuntuoso. Yo había oído decir que en el ático del ala A del edificio había una suite en la que se recibía a los invitados elegantes, pero nadie que yo conociera la había visto nunca. Tal vez era allí donde Camilletti recibía a los gerifaltes.

Había dejado encendido el ordenador, pero cuando le di a la barra de espacio de aquel moderno teclado negro, y se encendió el monitor, apareció la pantalla escriba su contraseña y el cursor titilando. Sin su contraseña, por supuesto, no podría entrar en los archivos de su ordenador.

Si había escrito su contraseña en alguna parte, lo cierto es que yo no logré encontrarla: ni en los cajones, ni bajo el teclado, ni pegada con celo a la parte posterior del gran monitor plano. Nada. Sólo por probar tecleé su nombre de usuario (Camilletti@trionsystems.com) y enseguida la misma contraseña, Camilletti.

Nada. Era demasiado precavido para algo así, y después de unos segundos me di por vencido.

Tendría que conseguir su contraseña a la manera antigua: furtivamente. Pensé que no se daría cuenta si cambiaba el cable que había entre su teclado y su disco duro por un Keyghost. Y eso hice.

Admito que estaba más nervioso allí, en el despacho de Camilletti, que en el de Nora. Se podría pensar que en ese momento yo ya era un completo profesional en eso de meterme en despachos ajenos, pero no era así, y en el de Camilletti había ciertas vibraciones que me dejaron muerto de miedo. El mismo me parecía aterrador, y ni siquiera me atrevía a pensar en las consecuencias de ser sorprendido. Además, tenía que asumir que las precauciones de seguridad de la planta ejecutiva serían más exhaustivas que en el resto de Trion. Tenían que serlo. Cierto, me habían entrenado para vencer la mayoría de medidas de seguridad. Pero siempre había sistemas de detección que no activaban alarmas ni luces. Esa posibilidad me asustaba más que ninguna otra.

Miré alrededor buscando inspiración: por alguna razón, el despacho parecía más ordenado, más espacioso que los otros que había visitado en Trion. Enseguida supe por qué: aquí no había archivadores. Por eso parecía tan despejado. ¿Y bien? ¿Dónde estaban todos los archivos?

Cuando entendí por fin dónde debían estar, me sentí como un idiota. Por supuesto. No estaban aquí porque no había espacio suficiente, y. no estaban en el área de su asistente porque habrían quedado demasiado expuestos al público, demasiado vulnerables.

Tenían que estar en la habitación auxiliar. Al igual que Goddard, cada ejecutivo de alto nivel de Trion tenía un despacho doble, con una sala de conferencias auxiliar del mismo tamaño que la principal. Era así como se manejaba en Trion el asunto de la igualdad de espacio: oye, todo el mundo tiene despachos del mismo tamaño. Simplemente, los de arriba tienen dos.

La puerta de la sala de conferencias no estaba cerrada con llave. Barrí la habitación con la linterna: había una fotocopiadora pequeña; todas las paredes estaban cubiertas de archivadores de caoba. En el centro de la habitación había una mesa redonda, como la de Goddard, pero más pequeña. Todos los cajones estaban meticulosamente etiquetados con lo que parecía caligrafía de arquitecto. La mayoría parecía contener registros financieros y contables; en ellos encontraría cosas interesantes, pensé. Ojalá supiera por dónde empezar a buscar.

Pero cuando vi los cajones con la etiqueta desarrollo corporativo trion, el resto dejó de interesarme. Desarrollo corporativo no es más que una expresión de la jerga empresarial para referirse a fusiones y adquisiciones. Trion era conocida por absorber nuevas empresas y compañías pequeñas o medianas. Eso era más habitual en los años milagrosos, a finales de los noventa, pero aún adquirían varias compañías al año. Supuse que los archivos estaban allí porque Camilletti supervisaba las adquisiciones concentrándose principalmente en temas de costes, calidad de la inversión, todo eso.

Y si Wyatt tenía razón, y el proyecto Aurora se componía de un grupo de empresas que Trion había adquirido secretamente, la solución al misterio Aurora tenía que estar aquí.

También estos archivos estaban abiertos: otro golpe de suerte. Supongo que la idea era: si no puedes entrar al despacho auxiliar de Camilletti, no podrás tener acceso a los archivos, así que cerrarlos era una molestia sin sentido.

Había muchos archivos: empresas que Trion había adquirido totalmente o de las cuales había comprado un buen trozo, empresas que había examinado de cerca y en las cuales había decidido no involucrarse. Reconocí algunas, pero la mayoría me resultaron desconocidas. Hojeé una carpeta de cada empresa para tratar de descubrir a qué se dedicaban. Era una labor lenta; ni siquiera sabía qué estaba buscando en realidad. ¿Cómo podía saber si una nueva empresa formaba parte de Aurora, si ni siquiera sabía lo que era Aurora? Parecía completamente imposible.

Pero entonces se resolvieron todos mis problemas.

Uno de los cajones de desarrollo corporativo llevaba la etiqueta proyecto Aurora.

Y allí estaba. Así de simple.

Capítulo 51

Abrí el cajón conteniendo la respiración. Casi esperaba encontrar el cajón vacío, como el archivador de Aurora en Recursos Humanos. Pero no estaba vacío. Estaba repleto de carpetas clasificadas por colores según un sistema que no entendí; todas llevaban el sello trion, confidencial. Estaba claro que el material interesante se encontraba allí.

Por lo que pude ver, estas carpetas hablaban de varias nuevas empresas -dos de Silicon Valley, California, y otras dos de Cambridge, Massachusetts- que recientemente habían sido adquiridas por Trion en condiciones de estricta confidencialidad. «Modo furtivo», se leía sobre ellas.

Sabía que aquello era grande, importante, y el pulso se me aceleró. Cada página llevaba el sello de secreto o confidencial. Aun tratándose de archivos secretos que se mantenían en el despacho cerrado del jefe de servicios financieros, el lenguaje era oscuro, velado. Había frases como «Se recomienda adquirir a mayor brevedad» y «Mantener bajo vigilancia».

Así que aquí estaba el secreto de Aurora.

En realidad, por más que pasé y repasé las páginas, no lo comprendí. Una compañía parecía haber desarrollado una forma de combinar componentes ópticos y electrónicos en un circuito integrado. No supe qué quería decir aquello. Una nota decía que la compañía había resuelto el problema del «bajo rendimiento de las láminas».

Otra compañía había encontrado la manera de producir circuitos fotónicos en masa. Vale, pero ¿qué quería decir eso? Otras dos eran firmas de software. ¿Qué hacían? Imposible saberlo.

Una compañía (ésta parecía interesante, de hecho), llamada Delphos Inc., había desarrollado un proceso para refinar y manufacturar un compuesto químico llamado fosfato de indio, hecho de «cristales binarios de elementos metálicos y no metálicos», fuera lo que fuese aquello. Esta sustancia tenía «propiedades de absorción y transmisión ópticas incomparables», según se leía en el documento de descripción. Aparentemente, se utilizaba para construir un cierto tipo de láser. Por lo que pude entender, Delphos Inc. dominaba efectivamente el mercado del fosfato de indio. Seguro que una mente más privilegiada que la mía podría comprender para qué servirían cantidades masivas de fosfato de indio. Quiero decir, ¿cuántos láseres puede necesitar una persona?

Pero aquí estaba lo interesante: el archivo de Delphos llevaba la etiqueta de adquisición pendiente. De manera que Trion estaba en negociaciones para comprar la compañía. El archivo estaba lleno de informes financieros, que para mí eran incomprensibles. Había un documento de diez o doce páginas, una lista de condiciones para la adquisición de Delphos por parte de Trion. Lo primordial era que Trion ofrecía quinientos millones de dólares por la compañía. Parecía que los directivos de la compañía, un grupo de científicos de Palo Alto, al igual que una firma de capital empresarial con sede en Londres que era dueña de la mayor parte de la empresa, se habían mostrado de acuerdo con los términos. Vale, quinientos millones de dólares ayudan a decidirse, ¿no? Sólo estaban terminando de arreglar los detalles. Se había programado tentativamente un anuncio para una semana después.

Pero ¿cómo se suponía que debía copiar esos documentos? Me tomaría todo el tiempo del mundo, horas y horas frente a una fotocopiadora. En ese momento eran las seis de la mañana; si Goddard llegaba a las siete y media, uno podía estar seguro de que Camilletti lo hacía antes. Así que debía largarme de allí. No tenía tiempo de hacer copias.

No se me ocurría otra manera: tenía que llevármelos. Tal vez llenar los espacios con archivos sacados de otra parte, y luego…

Y luego despertar todo tipo de alarmas tan pronto como Camilletti o su asistente trataran de acceder a los archivos de Aurora.

No. Mala idea.

En vez de eso, cogí una o dos páginas de cada uno de los ocho archivos, encendí la fotocopiadora y las fotocopié. En menos de cinco minutos ya había devuelto las páginas a los archivos y puesto las copias en mi cartera.

Asunto terminado: había llegado el momento de largarse. Levantando una sola lámina de las persianas del despacho, eché una mirada para confirmar que no viniera nadie.

A las seis y cuarto de la mañana ya estaba de vuelta en mi despacho. Durante el resto del día debería llevar conmigo las páginas confidenciales del Aurora, pero eso sonaba mejor que dejarlas en el escritorio y correr el riesgo de que Jocelyn las encontrara. Sé que suena a paranoia, pero tuve que actuar sobre la base de que Jocelyn podría registrar los cajones de mi escritorio. Tal vez ella era «mi» asistente administrativo, pero no era yo quien le pagaba, sino Trion.

Jocelyn llegó a las siete en punto. Se asomó a mi despacho con las cejas levantadas y dijo, con cadencia sorprendida y elocuente:

– Buenos días.

– Buenos días, Jocelyn.

– Qué pronto ha llegado.

– Sí -gruñí.

Entrecerró los ojos.

– ¿Lleva mucho rato aquí?

Solté un resoplido.

– Ni me pregunte -dije.

Capítulo 52

Mi gran presentación ante Goddard seguía posponiéndose y posponiéndose. Se suponía que iba a ser a las ocho y media, pero diez minutos antes recibí un correo instantáneo de Flo en el que me decía que la reunión del equipo ejecutivo de Jock se estaba alargando, ¿lo dejábamos para las nueve? Luego, otro correo: la reunión no da señales de terminarse, digamos mejor nueve y media.

Me imaginé que los principales directores habían llegado a las manos mientras decidían quién se llevaría el menor número de recortes. Probablemente todos estaban a favor de los recortes en general, sólo que no en su propia división. Trion no era distinta de las demás corporaciones: cuanta más gente hubiera debajo de ti en el organigrama, tanto más poder tenías. Nadie quería perder soldados.

Me moría de hambre, así que devoré una barra de proteínas. Estaba también exhausto, pero demasiado excitado para hacer otra cosa que trabajar en mi presentación de PowerPoint y tratar así de pulirla un poco más. Incluí un fade animado entre las diapositivas. Metí, sólo para relajar la tensión, ese monigote del tío rascándose la cabeza con un signo de interrogación flotando encima. Recorté el texto una y otra vez. En alguna parte había leído acerca de la Regla de Siete: no más de siete palabras por línea y siete líneas por página. ¿O era la Regla de Cinco? También de eso se hablaba. Supuse que Jock no andaría muy bien de paciencia ni atención, dado el momento por el que atravesaba, así que seguí cortando mi texto, haciéndolo más directo.

Cuanto más esperaba, más nervioso me ponía, y más minimalistas se volvían mis diapositivas PowerPoint. Pero los efectos especiales se volvían más y más guays. Había logrado hacer que las barras de los gráficos se encogieran y crecieran ante el espectador. Goddard quedaría muy impresionado.

Finalmente, a las once y media recibí un mensaje de Flo: me decía que ya podía dirigirme al Centro de Reuniones Ejecutivas, pues la reunión ya estaba tocando a su fin.

Cuando llegué, la gente comenzaba a irse. Reconocí a algunos: Jim Colvin, el director de operaciones; Tom Lundgren; Jim Sperling, el jefe de Recursos Humanos, y un par de mujeres de aspecto imponente. Ninguno se veía muy feliz que digamos. Goddard estaba rodeado por una bandada de gente más alta que él. Hasta ese momento, no me había dado cuenta realmente de lo pequeño que era. Además, tenía un aspecto terrible: tenía los ojos rojos, inyectados en sangre, y las ojeras parecían más grandes que de costumbre. Camilletti estaba de pie, junto a él, y parecían discutir. Yo sólo alcanzaba a oír pedazos.

– … necesitamos acelerar el metabolismo de este lugar -estaba diciendo Camilletti.

– … toda clase de resistencia, desmoralización -murmuró Goddard.

– La mejor forma de lidiar con la resistencia es con un hacha ensangrentada -dijo Camilletti.

– Yo suelo preferir el viejo truco de la persuasión -dijo Goddard cansinamente. Los demás formaban un círculo alrededor de ellos y los observaban.

– Es como dijo Al Capone -dijo Camilletti, y sonrió-: se logra más con una palabra amable y una pistola que sólo con una palabra amable.

– Ya. Y ahora vas a decirme que para hacer una tortilla antes hay que romper los huevos.

– Cuando yo voy, tú ya vuelves -dijo Camilletti, dándole una palmadita en la espalda antes de irse.

Mientras tanto conecté mi ordenador portátil al proyector, que estaba incorporado a la mesa de conferencias. Oprimí el botón que bajaba las persianas electrónicamente.

Ahora, en la habitación a oscuras, sólo quedábamos Goddard y yo.

– ¿Qué tenemos aquí? ¿Una matinée?

– No, lo siento. No son más que diapositivas.

– No sé si será una buena idea apagar las luces -dijo Goddard-. Corremos el riesgo de que me quede profundamente dormido. He pasado la noche en blanco, angustiado por estas meteduras de pata profesionales. Estos despidos son para mí un fracaso personal.

– No lo son -dije, y enseguida me avergoncé: ¿quién era yo para reconfortar al presidente ejecutivo?-. De todas formas -añadí rápidamente-, seré breve.

Comencé con un gráfico animado espectacular del Trion Maestro: todas las piezas salían volando de los márgenes de la pantalla y llegaban a encajar perfectamente. A esto seguía el monigote que se rascaba la cabeza con el signo de interrogación notándole encima.

– La única cosa más peligrosa que formar parte del mercado actual de la electrónica de consumo -dije-, es no formar parte del mercado actual de la electrónica de consumo. -Ahora estábamos en un coche de carreras Fórmula Uno, y nos movíamos a la velocidad de la luz-. Porque si no conduces, corres el riesgo de que te atropellen -luego salió una diapositiva que decía: electrónica de consumo trion: lo bueno, lo feo y lo malo.

– Adam.

Me di la vuelta.

– ¿Sí?

– ¿Qué diablos es esto?

La nuca me empezó a sudar.

– Sólo es una introducción -dije. Obviamente había sido demasiado larga-. Ahora entro en materia.

– ¿Le ha dicho a Flo que pensaba hacer una de estas cosas, cómo se llaman, Power… PowerPoint?

– No, pero…

Se puso de pie, se dirigió al interruptor y encendió la luz.

– Ella se lo habría advertido: odio esta basura.

La cara me ardía.

– Lo siento, nadie me dijo nada.

– Por Dios, Adam, usted es un joven inteligente, creativo, original. ¿Cree que me interesa verlo perder el tiempo decidiendo si pone Arial de cuerpo dieciocho o Times New Roman de cuerpo veinticuatro?, ¡por todos los cielos! ¿Por qué no me dice su opinión, simplemente? No soy un crío. No necesito que me dé a cucharaditas esta maldita papilla.

– Lo siento -dije, y empecé de nuevo.

– No, perdone. No quise saltar así. Tal vez tengo bajo el azúcar. Es hora de comer, y me muero de hambre.

– Puedo bajar y conseguir un par de sándwiches.

– Se me ocurre algo mejor -dijo Goddard.

Capítulo 53

El coche de Goddard era un Buick Roadmaster deportivo, modelo 1949, perfectamente restaurado, de color marfil crema, de hermoso diseño aerodinámico, y con una parrilla cromada que parecía la boca de un cocodrilo. Tenía neumáticos blancos y un magnífico interior de cuero rojo y relucía como un coche de película. Goddard bajó la capota de tela antes de que abandonáramos el parking y saliéramos a la luz del sol.

– Esto corre -dije, sorprendido, cuando entramos en la autopista.

– Cinco mil centímetros cúbicos, ocho cilindros en línea -dijo Goddard.

– Qué belleza.

– Lo llamo mi Barco de Teseo.

– Ah -dije, sonriendo como si supiera a qué se refería.

– Tendría que haberlo visto cuando lo compré: era un montón de basura. ¡Dios mío! Mi mujer pensó que había perdido la chaveta. Me habré pasado cinco años en total, cinco años de tardes y fines de semana, reconstruyendo esta cosa desde los puros huesos. Lo cambié todo. Todo es cien por cien auténtico, por supuesto, pero no creo que haya una sola pieza del coche original.

Sonreí, me recosté. El cuero del coche era suave como la mantequilla y tenía un agradable olor a viejo. El sol me daba en la cara, el viento envolvía el coche. Ahí estaba yo, sentado en aquel hermoso deportivo clásico con el presidente ejecutivo de la compañía a la cual espiaba… no supe si la sensación era agradable, como si hubiera alcanzado la cima de la montaña, o repulsiva y sórdida y deshonesta. Ambas, tal vez.

Goddard no era un simple coleccionista adinerado, como lo era Wyatt con sus aviones y sus yates y sus Ferraris. O como Nora, con su Mustang, o como cualquiera de los clones de Goddard que había en Trion y que compraban coches de colección en subastas. Era un fanático genuino y chapado a la antigua, de los que de verdad se manchaban los dedos de grasa.

– ¿Ha leído las Vidas de Plutarco?

– Ni siquiera terminé Matar a un ruiseñor -admití.

– Y no sabe a qué diablos me refiero cuando hablo del Barco de Teseo, ¿no es cierto?

– Es cierto, señor.

– Bien, pues hay un famoso enigma de identidades sobre el cual les encantaba discutir a los griegos. Aparece por primera vez en Plutarco. Tal vez reconozcas el nombre de Teseo, el gran héroe que mató al Minotauro en el Laberinto.

– Claro. -Recordaba algo de un laberinto, eso sí.

– Los atenienses decidieron preservar el barco de Teseo como monumento. Con el paso de los años, por supuesto, comenzó a pudrirse, y los atenienses empezaron a cambiar cada pieza de madera podrida por una nueva, una y después otra y después otra. Hasta que todas las planchas del barco habían sido reemplazadas. Y la pregunta que los griegos se hacían (era una especie de acertijo para filósofos) era ésta: ¿Realmente se trata del Barco de Teseo?

– O simplemente de una actualización -dije.

Pero Goddard no estaba para bromas. Parecía hablar muy en serio.

– Apuesto a que conoces a gente que es exactamente como ese barco, ¿no, Adam? -Me miró, luego volvió a mirar al frente-. Gente que sube de nivel en la vida y comienza a cambiar todo de sí misma hasta que uno ya no puede reconocer el original.

Los intestinos se me cerraron. Dios mío. Ya no estábamos hablando de Buicks.

– Ya sabes, pasas de llevar vaqueros y zapatillas a llevar trajes finos y zapatos elegantes. Te vuelves más refinado, más hábil socialmente, más pulido en tus modales. Cambias la forma de hablar. Consigues nuevos amigos. Antes bebías Budweiser, ahora tomas sorbos de Pauillac Gran Reserva. Antes comprabas Big Mac para llevar, ahora pides la lubina a la sal. Cambia la manera de ver las cosas, cambia lo que piensas -hablaba con terrible intensidad, con la mirada fija en la autopista, y de vez en cuando, al girar la cabeza para mirarme, sus ojos relampagueaban-. Y llega un momento, Adam, en que te preguntas si eres la misma persona. Tu vestuario ha cambiado, han cambiado tus símbolos de estatus, conduces un coche de lujo, vives en una casa grande y elegante, vas a fiestas elegantes, tienes amigos elegantes. Pero si tienes algo de integridad, sabes, en el fondo, que sigues siendo el mismo barco.

Tenía un nudo en el estómago. Goddard hablaba de mí; me embargó una desasosegante sensación de vergüenza, de bochorno, como si me hubieran sorprendido haciendo algo vergonzoso. Goddard me leía como un libro abierto. ¿Lo hacía? ¿Cuánto alcanzaba a ver, en realidad? ¿Cuánto sabía?

– Todo hombre debe respetar la persona que ha sido. No puedes ser prisionero del pasado, pero tampoco deshacerte de él. Es parte de ti.

Estaba buscando cómo responderle cuando anunció con voz alegre:

– Bien, hemos llegado.

Era el coche de comidas de un tren de pasajeros, un vagón antiguo y de líneas finas, hecho de acero inoxidable; tenía un letrero de neón azul en redondilla: la cuchara azul. Debajo, en letras de neón rojo, ponía: aire acondicionado. Otra enseña en neón rojo rezaba abierto y desayuno todo el día.

Aparcó y nos bajamos.

– ¿Nunca ha venido aquí?

– No, nunca.

– Le encantará. Es genuino. No una de esas cosas falsamente retro. -La puerta se cerró con un golpe satisfactorio-. No ha cambiado desde 1942.

Nos sentamos en un banco tapizado con cuero sintético de color rojo. La mesa era de fórmica imitación mármol con el borde en acero inoxidable y tenía su propia máquina de discos. Había un largo mostrador con taburetes giratorios atornillados al suelo y tortas y pasteles debajo de vitrinas de plástico. Nada de objetos de los años cincuenta, por fortuna; no había canciones de los Sha-Na-Na en ningún jukebox. Había una máquina de cigarrillos de esas que tienen palancas y hay que tirar de ellas para que caiga la cajetilla. Servían desayunos todo el día (desayuno campesino: dos huevos, patatas fritas caseras, salchicha o bacon o jamón y además rosquillas, todo por 4,95 dólares), pero Goddard le pidió un sloppy joe [14] sobre pan de hamburguesa a una camarera que lo conocía y lo llamaba Jock. Yo pedí una hamburguesa con patatas fritas y una Coca-Cola.

La comida era algo grasienta pero bastante buena. Yo había comido cosas mejores, pero hice de todas formas todos los ruidos de placer adecuados. Junto a mí, sobre el asiento de cuero sintético, estaba mi maletín con los archivos hurtados del despacho de Camilletti. Su simple presencia me ponía nervioso, como si a través del cuero salieran rayos gamma.

– Bien, veamos cuáles son sus opiniones -dijo Goddard a través de un bocado de comida-. No me dirá que no es capaz de pensar sin un ordenador y un proyector sobre su cabeza.

Sonreí, bebí un sorbo de Coca-Cola.

– Para comenzar, creo que distribuimos pocos televisores de pantalla plana -dije.

– ¿Pocos? ¿Para una economía como ésta?

– Un amigo mío trabaja en Sony, y me dice que tiene graves problemas. Resulta que NEC, que fabrica el visualizador de plasma para Sony, tiene una especie de problema técnico de producción. Les llevamos una ventaja considerable. De seis a ocho meses, fácilmente.

Puso su sloppy joe sobre el plato y concentró en mí toda su atención.

– ¿Y usted confía en su amigo?

– Completamente.

– Me niego a tomar una decisión de productividad tan importante basándome en rumores.

– Y no lo culpo -dije-. Aunque la noticia se conocerá en cosa de una semana. Pero podría interesarnos cerrar un trato con otro fabricante antes de que se dispare el precio de esos visualizadores de plasma. Y se disparará.

Las cejas de Goddard se levantaron.

– Por otro lado -continué-, lo del Gurú me parece una cosa inmensa.

Sacudió la cabeza, volvió a fijarse en su comida.

– Bueno, no somos los únicos fabricantes de un comunicador nuevo y de moda. Nokia tiene la intención de arrollarnos en este tema.

– Olvídese de Nokia. Nokia no es más que un espejismo. Su diseño está tan enredado en luchas internas de poder que no nos darán nada nuevo en los próximos dieciocho meses o más, y eso si tienen suerte.

– ¿Y esto se lo ha dicho el mismo amigo de antes? ¿O un amigo distinto? -Goddard parecía escéptico.

– Espionaje industrial -mentí. Nick Wyatt, ¿quién si no? Pero él mismo me había dado garantías sobre esa información-. Puedo mostrarle el informe, si quiere.

– Ahora no. Para que lo sepa, el Gurú se ha topado con un problema de producción tan serio que puede que ni siquiera lo despachemos.

– ¿Qué clase de problema?

Suspiró.

– Es demasiado complicado para meternos en eso ahora. Aunque usted podría comenzar a asistir a las reuniones del Gurú. Tal vez pueda ayudar en algo.

– Por supuesto -dije. Pensé en ofrecerme de nuevo para trabajar en el Aurora, pero desistí: demasiado sospechoso.

– Ah, mire, el sábado es la barbacoa anual en mi casa del lago. No está toda la compañía, como es obvio, sólo unas setenta y cinco personas, cien como máximo. En otras épocas solíamos invitar a todo el mundo, pero eso ya no es posible. Así que invitamos a los más veteranos, algunos altos ejecutivos y sus esposas. ¿Cree que pueda alejarse un par de horas de su espionaje industrial?

– Me encantaría. -Traté de parecer despreocupado, pero aquello era un gran paso. La barbacoa de Goddard era de verdad el círculo de los íntimos. Dado el reducido número de invitados, la fiesta en la casa del lago generaba importantes rivalidades en la compañía, según había sabido: «Hostia, Fred, lo siento, no puedo ir el sábado, tengo una… una especie de barbacoa ese día, ya sabes.»

– Nada de lubina a la sal ni de Pauillac, ay de mí -dijo Goddard-. Más bien hamburguesas, frankfurts, ensalada de macarrones: nada elegante. Traiga su traje de baño. Bueno, pasemos a cosas más importantes. Aquí tienen el mejor pastel de pasas que jamás haya usted probado. El de manzana también está muy bien. Todo casero. Pero mi favorito es el pastel de chocolate y merengue -le hizo señas a la camarera, que andaba cerca de la mesa-. Debby -le dijo-, tráele uno de manzana a este chico, y para mí lo de siempre.

Se dirigió a mí.

– Si no le importa, prefiero que no le hable de este sitio a sus amigos. Que sea nuestro secreto. -Arqueó una ceja-. ¿Sabe guardar un secreto?

Capítulo 54

Regresé a Trion excitado por mi comida con Goddard, y no era por la hamburguesa mediocre, ni siquiera por el hecho de que mis ideas hubieran fluido tan bien, sino por el hecho de contar con la atención completa del gran hombre y tal vez con su admiración. Vale, quizás eso fuera exagerar un poco. Pero me tomaba en serio. El desprecio que Nick Wyatt me tenía parecía infinito: me hacía sentir como una ardilla. Con Goddard me parecía que su decisión de escogerme como asistente ejecutivo estaba justificada de verdad, y me daban ganas de trabajar como una mula para él. Era curioso.

Camilletti estaba en su despacho, reunido a puerta cerrada con alguien de aspecto importante. Alcancé a verlo por la ventana: se inclinaba hacia delante, resuelto. Me pregunté si tomaría notas de sus reuniones cuando el visitante se marchara. Cualquier cosa que introdujera en su ordenador sería mía muy pronto, contraseñas incluidas, e incluida cualquier cosa del proyecto Aurora.

Y entonces sentí mi primera punzada de… ¿de qué? De culpa, tal vez. El legendario Jock Goddard, un ser humano bueno, me acababa de llevar a un restaurante de mierda, pequeño y sucio, y había escuchado mis ideas (ya no eran de Wyatt, sino mías, al menos estaban en mi cabeza), y aquí estaba yo, espiando en sus suites ejecutivas y poniendo mecanismos de vigilancia en beneficio de ese mafioso barato que era Nick Wyatt.

Algo andaba mal, muy mal, en todo esto.

Jocelyn levantó la cabeza, dejó de fijarse en lo que hacía.

– ¿Ha comido bien? -preguntó. No había duda de que la red de asistentes cotillas estaba al tanto de mi comida con el presidente.

Asentí.

– Gracias. ¿Y usted?

– Sólo un sándwich en mi escritorio. Mucho trabajo.

Estaba entrando en mi despacho cuando dijo:

– Ah, sí, ha venido alguien a verlo.

– ¿Ha dejado un nombre?

– No. Ha dicho que era amigo suyo. En realidad, ha dicho que era «colega» suyo. Rubio, guapo…

– Creo que sé de quién se trata -dije. ¿Qué podía querer Chad?

– Ha dicho que usted le había dejado algo sobre su escritorio, pero no le he dejado entrar a su despacho, usted no me había avisado nada al respecto. Espero no haberme equivocado. Parecía ofendido.

– Perfecto, Jocelyn. Gracias.

Era Chad, definitivamente, pero ¿por qué trataba de meterse a husmear en mi despacho?

Me conecté, busqué mis correos electrónicos. Uno de ellos me saltó a la cara: una nota que Seguridad Empresarial enviaba a «Nivel C y personal de Trion».

Alerta de seguridad

A finales de la semana pasada, después de un pequeño incendio en el Departamento de Recursos Humanos de Trion, una investigación rutinaria descubrió la presencia de un sistema de vigilancia colocado de manera ilegal.

Un error de seguridad de esta naturaleza en un área sensible es motivo de gran preocupación para todos nosotros. Por ello, Seguridad ha emprendido un rastreo preventivo en todas las áreas sensibles de la empresa, incluyendo despachos y terminales de trabajo, en busca de señales de intrusión o colocación de sistemas. Usted será contactado en breve. Apreciamos su cooperación en esta vital campaña de seguridad.

Inmediatamente empecé a sentir sudor en el cuello y bajo los brazos.

Habían encontrado el aparato que estúpidamente había colocado durante mi abortada intrusión en Recursos Humanos. Dios mío. Ahora los de Seguridad revisarían ordenadores y despachos en las zonas «sensibles» de la compañía, que de seguro incluían el séptimo piso.

¿Y cuánto tardarían en descubrir el aparato que yo había puesto en el ordenador de Camilletti?

De hecho, ¿no era posible que hubiera cámaras de seguridad en el vestíbulo, frente al despacho de Camilletti, y hubieran grabado mi intrusión?

Pero ¿cómo podían haber encontrado el Keyghost?

Algo no andaba bien. Ninguna «investigación rutinaria» habría podido descubrir el cable trucado. Faltaba un dato; había un eslabón de la cadena que no habían hecho público.

Salí del despacho y le dije a Jocelyn:

– ¿Ha visto el mensaje de Seguridad?

– ¿Mmm? -Levantó la vista del ordenador.

– ¿Tendremos que comenzar a cerrar todo con llave? ¿Qué está realmente ocurriendo aquí?

Negó con la cabeza. No parecía demasiado interesada.

– Pensé que tal vez usted conocería a alguien de Seguridad. -Le dije-. ¿No es así?

– Querido -me dijo-, conozco a alguien en cada departamento de esta compañía.

– Pff -dije, me encogí de hombros y me fui al lavabo.

Cuando regresé, Jocelyn estaba hablando por teléfono a través del micro de sus auriculares. Me hizo señas, sonrió y asintió como si quisiera decirme algo.

– Creo que es hora de que Greg nos diga adiós -dijo por el teléfono-. Querida, tengo que irme. Un placer hablar contigo -me miró-. Típicas tonterías de Seguridad -dijo con gesto de persona curtida-. Se pondrían medallas por el sol y la lluvia si se los permitieran. Es lo que pensé: se están poniendo medallas por un momento de suerte. Después del incendio, uno de los ordenadores de Recursos Humanos dejó de funcionar bien, así que llamaron a Soporte Técnico, y uno de los técnicos vio algo raro conectado al teclado, algo así, un cable extra, no lo sé. Créame, los chicos de Seguridad no son los genios del barrio, ni mucho menos.

– ¿Así que lo del «error de seguridad» es mentira?

– Pues mi amiga Caitlin dice que sí que encontraron una especie de cosilla de espías, pero los Sherlock Holmes de Seguridad no lo hubieran descubierto sin un golpe de suerte.

Resoplé, con aire divertido, y regresé a mi despacho. Los intestinos se me habían congelado. Al menos mis sospechas eran correctas -Seguridad había estado de suerte- pero el asunto era que habían descubierto el Keyghost. Tendría que regresar al despacho de Camilletti para recuperar el cable antes de que lo descubrieran.

En mi ausencia, una ventana de mensaje instantáneo había aparecido en la pantalla de mi ordenador.

Para: Adam Cassidy

De: ChadP

Hola Adam: He tenido una comida muy interesante con un viejo amigo tuyo de WyattTel. Estaría bien que me llamaras.

C.

Ahora me sentía como si las paredes se me vinieran encima. Seguridad estaba haciendo un rastreo, y ahora estaba lo de Chad.

Chad, cuyo tono era definitivamente amenazador, como si acabara de enterarse de lo que yo no quería que se enterara. La parte en que ponía «muy interesante» era preocupante, al igual que la parte del «viejo amigo», pero lo peor de todo era «Estaría bien que me llamaras», que parecía decir: Te tengo en mis manos, gilipollas. No iba a ser él quien llamara; no, quería que yo me retorciera, sudara, lo llamara muerto de pánico… y sin embargo, ¿cómo podía no llamarlo? ¿No lo llamaría por simple curiosidad acerca de un «viejo amigo»? Tenía que llamarlo.

Pero en ese momento necesitaba un poco de ejercicio. No es que tuviera tiempo que perder, pero necesitaba estar despejado para lidiar con los últimos acontecimientos. Cuando salí del despacho, Jocelyn me dijo:

– Me había pedido que le recordara la emisión del anuncio de Goddard. A las cinco.

– Cierto. Gracias. -Miré el reloj: faltaban veinte minutos. No quería perdérmela, pero podía verla, mientras hacía ejercicio, en los pequeños monitores de la zona cardiovascular. Matar dos pájaros, etcétera.

Entonces recordé el maletín y su contenido radioactivo. El maletín estaba en mi despacho, junto a mi escritorio, sin llave. Cualquiera podría abrirlo y ver los documentos que había robado del despacho de Camilletti. ¿Y ahora qué? ¿Meterlos en uno de los cajones de mi escritorio y cerrarlo con llave? Pero Jocelyn tenía una llave de mi escritorio. De hecho, no había un solo lugar donde pudiera guardarlos sin que ella tuviera acceso a ellos si así lo deseaba.

Regresé rápidamente al despacho, cogí los documentos de Camilletti de mi maletín, los puse en un sobre de papel manila y me los llevé al gimnasio. Tendría que llevar estos malditos documentos encima hasta llegar a casa, y sólo entonces podría mandarlos por fax de seguridad y enseguida destruirlos. No le dije a Jocelyn adónde iba; ella tenía acceso a mi Gestor de Citas, y sabía que no tenía ninguna programada.

Pero era demasiado educada para preguntármelo.

Capítulo 55

Pocos minutos antes de las cinco, en el gimnasio de la compañía no había demasiada gente. Me senté en una elíptica y me puse los auriculares. Mientras calentaba, di un repaso por los canales de cable -MSNBC, CSPAN, CNN, CNBC- y alcancé a ver el cierre de mercado. Tanto el NASDAQ como el Dow eran bajos: otro día de perros. A las cinco cambié al canal de Trion, que normalmente pasaba cosas tediosas como presentaciones, publicidad, etcétera.

Apareció el logo de Trion, luego un fotograma de Goddard en el estudio; vestía una camisa azul marino de cuello abierto, y su franja de pelo blanco, tan indisciplinada normalmente, estaba bien peinada esta vez. El fondo era negro con puntos azules y parecía el plato de Larry King en la CNN, salvo por el logo de Trion notoriamente ubicado encima del hombro izquierdo de Goddard. Me di cuenta de que estaba nervioso: ¿por qué? Esto no era en directo, Goddard lo había grabado el día anterior y yo sabía exactamente lo que iba a decir. Pero quería que lo hiciera bien. Quería que presentara el argumento de los despidos de forma convincente y poderosa, porque sabía que la noticia molestaría a mucha gente de la compañía.

No tuve que preocuparme. Su discurso no fue simplemente bueno; fue alucinante. En los cinco minutos no hubo una sola nota en falso. Goddard abrió con sencillez: «Hola. Soy Augustine Goddard, presidente y director ejecutivo de Trion Systems, y hoy me corresponde la difícil labor de transmitirles una mala noticia.» Habló de la industria, de los problemas recientes de Trion. Dijo: «No voy a andarme con rodeos, no voy a llamar estos despidos "desgaste involuntario" ni "cese voluntario".» Dijo: «En este negocio, nadie quiere admitir que las cosas no le van bien, que el líder de una compañía ha juzgado mal, o la ha pifiado, ha cometido errores. Pues bien, estoy aquí para decirles que la hemos pifiado. Hemos cometido errores. Como presidente de la compañía, yo mismo he cometido errores.» Dijo: «Considero la pérdida de empleados valiosos, de miembros de nuestra familia, como un grave fracaso.» Dijo: «Un despido es como una herida terrible: causa dolor en todo el cuerpo.» A uno le daban ganas de abrazar a este tío y decirle tranquilo, no es culpa tuya, te perdonamos. Dijo: «Quiero decirles que acepto la responsabilidad por este contratiempo, y haré todo lo que esté a mi alcance para que esta compañía vuelva al buen camino.» Dijo que a veces veía esta compañía como un trineo gigantesco, pero que él era el perro que va delante, no el hombre que va en el trineo con el látigo en la mano. Dijo que durante años se había opuesto a los despidos masivos, como sabía todo el mundo, pero bueno, algunas veces había que tomar la decisión más difícil, seguir la corriente. Juró que su equipo administrativo cuidaría bien de todas y cada una de las personas afectadas por los despidos; dijo que las indemnizaciones ofrecidas eran las mejores de la industria; que eran lo menos que la empresa podía hacer para echar una mano a empleados leales. Terminó hablando de la manera en que se había fundado Trion, de cómo los veteranos de la industria habían predicho una y otra vez su desaparición y, sin embargo, había salido de cada crisis más fuerte que antes. Cuando terminó, yo tenía los ojos llenos de lágrimas y me había olvidado por completo de mover los pies. Estaba allí, sentado en la máquina elíptica, observando la pantalla como un zombi. Había voces fuertes alrededor, y al mirar vi grupos de gente reunida que hablaban animadamente y con aspecto sorprendido. Entonces me quité los auriculares y seguí con mi rutina de ejercicios mientras el lugar comenzaba a llenarse.

Pocos minutos más tarde, alguien ocupó la máquina que había a mi lado, una mujer con mallas de lycra, muy buen culo. Conectó los auriculares al monitor y estuvo un rato manipulándolos, y luego me dio un golpecito en el hombro.

– ¿Tienes sonido en tu equipo? -preguntó. Reconocí la voz incluso antes de ver la cara de Alana. Sus ojos se abrieron-. ¿Qué haces tú aquí? -dijo, a la vez asombrada y acusadora.

– Dios mío -dije. Estaba de verdad sobresaltado; no tuve que fingir-. Yo trabajo aquí.

– ¿Tú? Yo también, es alucinante.

– ¡Qué dices!

– No me dijiste… bueno, también es cierto que no te pregunté, ¿o sí?

– Es increíble -dije. Ahora sí que fingía, y no con el entusiasmo suficiente. Me había sorprendido con la guardia baja, aunque supiera que esto podía ocurrir; lo irónico era que estaba demasiado nervioso para sonar realmente sorprendido.

– Qué coincidencia -dijo ella-. No me lo puedo creer.

Capítulo 56

– ¿Hace cuánto… hace cuánto que trabajas aquí? -dijo, bajándose del aparato. No pude interpretar su expresión. Parecía divertida pero contenida.

– Acabo de comenzar. Hace un par de semanas. ¿Y tú?

– Hace años. Cinco. ¿Dónde trabajas?

No creí que el estómago se me pudiera cerrar más, pero lo hizo.

– Me contrató la División de Productos de Consumo. Marketing de nuevos productos, ¿te suena?

– Me estás tomando el pelo.

– No me digas que estás en la misma división que yo. Eso lo sabría, te habría visto.

– Pues lo estuve.

– ¿Lo estuviste? ¿Y ahora dónde estás?

– Hago marketing para algo llamado Tecnologías Disruptivas -dijo con reticencia.

– ¿En serio? Qué guay. ¿Y qué es eso?

– Es aburrido -dijo, pero no sonó convincente-. Muy complicado. Asuntos especulativos, cosas así.

– Mmm -dije. No quería sonar demasiado interesado-. ¿Has visto el discurso de Goddard?

Asintió.

– Qué fuerte, ¿no? -dijo-. Yo no sabía que estábamos tan mal. Es que despidos masivos… siempre piensas que los despidos masivos son para los demás, nunca para Trion.

– ¿Cómo te parece que lo ha hecho?

Quería prepararla para el momento inevitable en que me buscara en el Intranet y descubriera cuál era mi verdadero trabajo. Al menos podría decir después que no le había ocultado nada; simplemente había tanteado el terreno en nombre de mi jefe. Como si yo hubiera tenido algo que ver con el discurso de Goddard.

– Me ha sorprendido, por supuesto. Pero la forma en que lo ha presentado tenía sentido. Claro, para mí es fácil decirlo, porque tengo ciertas garantías por mi trabajo. Pero tú, como contratación reciente…

– No creo que vaya a tener ningún problema, pero quién sabe. -De verdad quería que nos saliéramos del tema de mi trabajo actual-. Goddard ha sido bastante directo.

– Así es él. Un tío genial.

– Sí, su talento es innato -dije. Hice una pausa-. Oye, siento mucho la forma en que terminó nuestra cita.

– ¿Lo sientes? No, no hay nada que sentir -su voz se hizo más dulce-. ¿Y cómo está tu padre?

A la mañana siguiente, le había dejado un mensaje en el contestador, diciendo que mi padre había sobrevivido.

– Ahí, tirando. En el hospital tiene un nuevo elenco de personas a las que amenazar e intimidar, así que tiene nuevas razones para vivir.

Sonrió educadamente, como si no quisiera reírse a expensas de un hombre moribundo.

– Pero si te parece, me gustaría tener una segunda oportunidad.

– Sí, a mí también. -Volvió a la máquina y comenzó a mover los pies mientras le daba a los números de la consola-. ¿Todavía tienes mi número? -Enseguida sonrió de forma genuina y su rostro se transformó. Era hermosa, de verdad, sorprendentemente hermosa-. Pero ¿qué digo? Me puedes buscar en la web de Trion.

Aun después de las siete Camilletti seguía en su despacho. Estaba claro que era un momento de mucho trabajo, pero quería que el tío se fuera a casa para poder entrar en su despacho antes de que lo hicieran los de Seguridad. También quería llegar a casa y dormir un poco, porque estaba a punto de irme a pique.

Estaba intentando imaginar la forma de meter a Camilletti en mi «lista de contactos» sin que él se diera cuenta, para así saber cuándo estaba conectado y cuándo no, y de repente apareció en la pantalla de mi ordenador una ventana de mensaje instantáneo. Era Chad.

ChadP: No llamas, no escribes. L No me digas que te has vuelto demasiado importante para tus viejos amigos.

Escribí:

Lo siento, Chad, ha sido un día de locos.

Hubo una pausa de medio minuto, más o menos. Enseguida:

Seguro que sabías lo de los despidos desde antes, ¿eh? Qué suerte tienes de ser inmune.

No supe cómo responder, así que durante uno o dos minutos dejé de escribir, y luego sonó el teléfono. Jocelyn se había ido a casa, así que todas las llamadas me llegaban a mí.

– Cassidy -contesté.

– Ya lo sé -dijo la voz de Chad, llena de sarcasmo-. Sólo que no sabía si estabas en casa o en el despacho. Pero me imaginé que un tío tan ambicioso como tú llega temprano y se va tarde, tal como aconsejan los libros de autoayuda.

– ¿Qué tal, Chad?

– Aquí, lleno de admiración por ti, Adam. Más que nunca, de hecho.

– Eres muy amable.

– Especialmente después de comer con tu viejo amigo Kevin Griffin.

– En realidad, apenas si nos conocíamos.

– Pues él tiene una idea bien distinta. Es muy interesante, ¿sabes? El tío no estaba demasiado impresionado por tu trayectoria en Wyatt. Me ha dicho que eras un juerguista de cuidado.

– Cuando era joven e irresponsable, fui joven e irresponsable -dije, tratando de imitar lo mejor posible a George Bush júnior.

– Tampoco recordaba que hubieras formado parte del Lucid.

– Está en… en Ventas, ¿no es así? -dije, pensando: si vas a sugerir que Kevin no era importante, al menos hazlo sutilmente.

– Estaba. Hoy fue su último día. Por si no te has enterado.

– ¿Qué, no ha ido bien? -Había en mi voz un pequeño temblor, y lo disimulé carraspeando y luego tosiendo.

– Tres días enteros en Trion. Luego Seguridad recibió una llamada de alguien de Wyatt, diciendo que el pobre Kevin tenía la mala costumbre de hacer trampa en sus informes de Pruebas y Evaluaciones. Tenían todo tipo de evidencias y las mandaron por fax inmediatamente. Les parecía que era su deber comunicárselo a Trion. Y claro, Trion se lo quitó de encima como una patata caliente. Él lo negó hasta el final, pero ya sabes cómo funcionan estas cosas. No es exactamente un tribunal de justicia, ¿no?

– Dios mío -dije-. Increíble. No tenía la menor idea.

– ¿No sabías que iban a hacer esa llamada?

– No sabía lo de Kevin. Quiero decir que apenas lo conocía, como te digo, pero parecía un buen tío. Joder. Bueno, pues supongo que nadie puede hacer ese tipo de cosas y salirse siempre con la suya.

Se rió con tanta fuerza que tuve que alejar el teléfono de mi oreja.

– Esa sí que es buena. Eres bueno, campeón -y siguió riendo, una risa sonora y desbordante, corno si yo fuera el mejor comediante que hubiera visto-. Tienes razón. Nadie puede hacer esas cosas y salirse con la suya. -Y entonces colgó.

Cinco minutos antes hubiera querido recostarme en la silla y dormitar un poco, pero ahora no podía, estaba demasiado asustado. Tenía la boca seca, así que fui a la sala de descanso a por una botella de Aquafina. Escogí la ruta más larga, la que pasaba frente al despacho de Camilletti. Se había ido, su despacho estaba a oscuras, pero su asistente seguía allí. Cuando regresé, media hora más tarde, ambos se habían ido.

Eran poco más de las ocho. Esta vez entré en el despacho de Camilletti fácilmente; ya dominaba la técnica. No parecía haber nadie alrededor. Cerré las persianas, recuperé el Keyghost y levanté una tablilla para mirar alrededor. No vi a nadie, aunque supongo que no fui tan cuidadoso como debí ser. Levanté las persianas y abrí la puerta lentamente, mirando primero a la derecha, luego a la izquierda.

Recostado en la pared del área de recepción de Camilletti, con los brazos cruzados, había un hombre corpulento con una camisa hawaiana y gafas de carey.

Noah Mordden.

En su rostro había una sonrisa peculiar.

– Cassidy -dijo-. Nuestro Phineas Finn, [15] genio y figura.

– Ah, hola, Noah -dije. El pánico me inundó el cuerpo, pero mantuve una expresión indiferente. No tenía la menor idea de a qué se refería, pero supuse que se trataba de una pulla literaria de algún tipo-. ¿Qué haces?

– Podría hacerte la misma pregunta.

– ¿Vienes de visita?

– Debo de haberte buscado en el despacho equivocado. He ido a uno que ponía «Adam Cassidy». Qué tonto soy.

– Me tienen trabajando para todo el mundo -dije. Fue la mejor excusa que pude encontrar, y era patética. ¿De verdad me pareció posible que me creyera? ¿Que creyera que era parte de mis obligaciones estar en el despacho de Camilletti a las ocho de la noche? Mordden era demasiado astuto y suspicaz para eso.

– Tienes muchos dueños -dijo-. Debes perder la noción de para quién trabajas.

Se me heló la sonrisa. Por dentro, me estaba muriendo. Mordden lo sabía. Me había visto en el despacho de Nora, ahora en el de Camilletti, y lo sabía.

Todo se ha terminado, pensé. Mordden me ha descubierto. ¿Y ahora qué? ¿A quién se lo contaría? Tan pronto como Camilletti se enterara de que había estado en su despacho, me despediría, y no iba a ser Goddard quien se lo impidiera.

– Noah -dije. Respiré hondo, pero mi mente seguía en blanco.

– Quería felicitarte por tus trajes -dijo-. Estás moviéndote mucho estos días, y siempre para arriba.

– Gracias, supongo.

– La camisa de punto negro y la chaqueta de tweed… muy Goddard. Cada día te pareces más a nuestro intrépido líder. Una versión Beta, más rápida, más estilizada. Con muchas nuevas prestaciones que no acaban de marchar bien -sonrió-. He visto que tienes un nuevo Porsche.

– Sí.

– Es difícil escapar de la cultura automovilística de este lugar, ¿no es cierto? Pero tal vez quieras hacer una pausa, Adam, salirte por un instante de la autopista de la vida, y reflexionar. Cuando todo viene directo hacia ti, tal vez sea porque vas contra dirección.

– Lo tendré en mente.

– Interesante lo de los despidos.

– Sí, bueno, pero tú estás a salvo.

– ¿Es una pregunta o una proposición? -Había algo de mi persona que parecía divertirlo mucho-. No te preocupes. Tengo criptonita.

– ¿Qué quieres decir?

– Digamos que no me han nombrado Ingeniero Distinguido sólo por mi distinguida carrera.

– ¿De qué criptonita hablamos? ¿Dorada? ¿Verde? ¿Roja?

– Por fin, un tema del que sabes algo. Pero si te la muestro, Cassidy, perderá su poder, ¿no es así?

– ¿Eso crees?

– Sólo te digo una cosa: oculta tus huellas y cúbrete la espalda, Cassidy -dijo, y desapareció por el corredor.

Sexta Parte. Punto de contacto

Punto de contacto: Lugar de entrega, escondite. Jerga del oficio para referirse a un emplazamiento físico secreto usado como lugar de comunicaciones entre un agente y un correo, un supervisor del caso u otro agente, en el marco de una operación o red de inteligencia.

Diccionario internacional de inteligencia.

Capítulo 57

Llegué a casa temprano, a las nueve y media, hecho un manojo de nervios; necesitaba tres días de sueño ininterrumpido. Mientras me alejaba de Trion, repasaba una y otra vez la escena con Mordden, tratando de comprenderlo todo. Me pregunté si planeaba contárselo a alguien, si iba a delatarme. Y si no era así, ¿por qué no? ¿Me amenazaría de alguna manera? Lo peor era que no sabía cómo manejarlo.

Y me sorprendí fantaseando acerca de mi nueva cama con el colchón Dux, y pensando en cómo caería en ella tan pronto llegara a casa. ¿En qué se había transformado mi vida? Mi gran fantasía de ese momento era dormir un poco. Patético.

De todas formas no podía irme directamente a la cama, porque todavía tenía trabajo por hacer. Tenía que sacarme de encima los documentos de Camilletti y enviárselos a Meacham y Wyatt. No quería quedarme con esos documentos ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

Así que usé el escáner que Meacham me había dado, los convertí en documentos PDF, los codifiqué y los envié por correo electrónico seguro a través del servicio «anonimizador».

Después, saqué el Keyghost, lo conecté a mi ordenador y comencé a bajarme la información. Cuando abrí el primer documento sentí un espasmo de irritación: era un bloque de incoherencias. Era obvio que la había cagado. Pero miré más de cerca y noté que había un cierto patrón; tal vez no lo había hecho mal, después de todo. Distinguí el nombre de Camilletti, una serie de números y letras y luego frases completas.

Páginas y páginas de texto. Todo lo que aquel tío había escrito en su ordenador durante el día, y era mucho.

Primero lo primero: había descubierto su contraseña. Seis números terminados en 82: tal vez era la fecha de nacimiento de uno de sus hijos. O la de su matrimonio. Algo así.

Pero eran mucho más interesantes los correos electrónicos. Había muchos, llenos de información confidencial acerca de la compañía, acerca de la adquisición de otra compañía, que Camilletti supervisaba. Esa compañía, Delphos, la había visto en sus archivos. Era aquélla por la que estaban dispuestos a pagar toneladas de dinero en efectivo y en acciones.

Había un intercambio de correos -marcados con la frase trion, confidencial- acerca de un nuevo método secreto de control de inventarios que habían desarrollado para combatir la falsificación y la piratería, especialmente en Asia. Todo equipo fabricado por Trion, ya fuera un teléfono o un inalámbrico o un escáner médico, llevaba ahora el logo de Trion y un número de serie impresos con láser en alguna de sus partes. Estas marcas de identificación, minúsculas y hechas mecánicamente, sólo podían verse con microscopio: no podían ser falsificadas, y eran la prueba de que el aparato había sido fabricado por Trion.

Había una buena cantidad de información sobre fabricantes de chips de Singapur que Trion había comprado o en los cuales había hecho grandes inversiones. Interesante: Trion se proponía entrar en el mercado de la fabricación de chips, o al menos había comprado un buen trozo del pastel.

Me sentí raro leyendo todo aquello. Era como husmear en un diario ajeno. También me sentí muy culpable, no por ningún tipo de lealtad hacia Camilletti, por supuesto, sino hacia Goddard. Casi podía ver su cabeza de gnomo flotando en una burbuja en el aire, observándome con desaprobación mientras yo revisaba los correos de Camilletti y las notas enviadas al mismo Goddard. Tal vez fuera por lo agotado que estaba, pero me sentí fatal. Suena extraño, lo sé: robar cosas del proyecto Aurora y pasárselas a Wyatt había estado bien, pero darles cosas que no tenía por qué darles me parecía un acto de traición categórica contra mis nuevos jefes.

Las letras WSJ me saltaron a la cara. Tenían que significar Wall Street Journal Quise ver cuál había sido la reacción de Camilletti al artículo del Journal, así que me concentré en la secuencia de palabras y estuve a punto de caerme de la silla.

Por lo que pude ver, Camilletti usaba diversas cuentas de correo fuera de Trion: Hotmail, Yahoo y una compañía local de acceso a Internet. Éstas parecían ser para asuntos personales, como los tratos con su corredor de Bolsa, las notas a su hermano y su hermana y su padre, cosas así.

Pero los mensajes de Hotmail me llamaron la atención. Uno de ellos estaba dirigido a BulkeleyW@WSJ.com. Decía:

Bill,

La mierda empieza a salpicar por aquí. Recibirás muchas presiones para revelar tus fuentes. No cedas. Llámame a casa esta noche, 9:30 h.

Paul

Ahí estaba. Paul Camilletti era -tenía que ser- la filtración. Él le había pasado al Journal la información dañina sobre Trion, sobre Goddard.

Ahora todo cobraba sentido; de manera espeluznante, eso sí. Con la ayuda de Camilletti, el Wall Street Journal infligía daños serios a Goddard, retratándolo como una persona anticuada que ya estaba para el arrastre. Goddard debía dimitir. La junta directiva de Trion, igual que todos los analistas e inversores financieros, lo sabrían por las páginas del Journal. ¿Y a quién nombraría la junta directiva para sustituir a Goddard?

Era obvio, ¿no es cierto?

Aun tan exhausto como estaba, tardé un buen rato en quedarme dormido, y eso después de dar vueltas y más vueltas en la cama. Y fue un sueño irregular, atormentado. Seguí recordando a Augustine Goddard, pequeño y de hombros caídos, sentado en su triste restaurante masticando un pedazo de pastel, o de pie, fuera de la sala de conferencias, con aspecto demacrado y vencido, mientras su personal ejecutivo pasaba caminando a su lado. Soñé con Wyatt y Meacham, que intimidaban, me amenazaban hablando del tiempo que pasaría en la cárcel; en el sueño me enfrentaba a ellos, les insultaba, la emprendía contra ellos, perdía el control. Soñé que entraba en el despacho de Camilletti y era sorprendido por Chad y Nora al mismo tiempo.

Y cuando sonó la alarma de mi reloj, a las seis de la mañana, y levanté de la almohada la cabeza palpitante, supe que debía hablar con Goddard acerca de Camilletti.

Y enseguida me di cuenta de que estaba atrapado. ¿Cómo diablos podía contarle lo de Camilletti a Goddard si había conseguido la evidencia entrando ilegalmente en su despacho?

¿Y ahora qué?

Capítulo 58

El hecho de que Camilletti el Degollador -que había fingido estar tan cabreado con lo del artículo del Wall Street Journal- estuviera en realidad detrás de todo el asunto me tocó los cojones. Ese tío era más que un simple gilipollas: le era desleal a Goddard.

Tal vez fuera un alivio tener una convicción moral sobre algo después de semanas enteras de comportarme como un gusano falso y mentiroso. Tal vez sentir que protegía a Goddard me hacía sentirme mejor conmigo mismo. Tal vez cabrearme por la deslealtad de Camilletti me permitiera, oportunamente, ignorar la mía. O tal vez sentía simple gratitud hacia Goddard por haberme escogido, por hacerme sentir especial de alguna forma, mejor que el resto. Es difícil saber hasta qué punto la ira que sentía hacia Camilletti era realmente altruista. A veces una puñalada de angustia se me clavaba en la espalda, y pensaba que en realidad yo no era mejor que Camilletti. Eso era yo: todo un fraude capaz de fingir que caminaba sobre el agua mientras me metía en despachos ajenos y robaba documentos e intentaba robar hasta el alma de la empresa de Goddard mientras daba vueltas por la ciudad montado en su Buick clásico…

Era demasiado. Estas sesiones de sudor a las cuatro de la madrugada me habían desgastado. Eran dañinas para mi salud mental. Mejor no pensar, operar en piloto automático.

Tal vez era cierto: tenía tanta conciencia como una boa constrictor. Pero aún así quería coger al cabrón de Camilletti.

Al menos, yo no había tenido opción. Me habían puesto contra las cuerdas. Mientras que la traición de Camilletti era de otro orden: él estaba conspirando activamente contra Goddard, el tío que lo había traído a la compañía, que había depositado en él toda su confianza. ¿Y quién sabe qué más estaría haciendo?

Era necesario que Goddard lo supiera. Pero yo, por mi parte, tenía que cubrirme las espaldas, encontrar una forma plausible de saber lo que sabía, una forma distinta de la intrusión en el despacho de Camilletti.

De camino al trabajo, mientras disfrutaba del motor de reacción y el rugido del Porsche, mi mente se esforzaba por resolver este problema, y cuando llegué al despacho ya tenía una idea decente.

Trabajar con el presidente ejecutivo me daba gran influencia. Si llamaba a alguien y me identificaba simplemente como Adam Cassidy, lo más probable era que no me devolvieran la llamada. Pero al Adam Cassidy que llamaba «del despacho del presidente ejecutivo» o «del despacho de Jock Goddard» -como si estuviera sentado junto a él y no veinte metros más allá- le devolvían todas las llamadas, y a la velocidad de la luz.

Así que cuando llamé al Departamento de Tecnologías de la Información de Trion y les dije que «queríamos» copias de todos los correos electrónicos recibidos o enviados desde el despacho del director de servicios financieros en los últimos treinta días, recibí cooperación instantánea. Preferí no señalar con el dedo a Camilletti, así que hice como si Goddard estuviera preocupado por informaciones filtradas desde el despacho del director de servicios financieros.

Una de las cosas intrigantes que averigüé fue que Camilletti tenía la costumbre de borrar las copias de algunos correos «delicados», ya fuera él remitente o destinatario. Era obvio que no quería conservar esos correos en su ordenador. Astuto como era, debía saber que en algún lugar de los bancos de datos de la compañía se guardaban copias de todos los mensajes; por eso prefería usar correos externos para la correspondencia más delicada, incluyendo la del Wall Street Journal. Me pregunté si sabía que los ordenadores de Trion capturaban todos los mensajes que pasaban por la red de fibra óptica de la compañía, ya vinieran de Yahoo o de Hotmail o de quien fuera.

Mi nuevo amigo en TI, que parecía convencido de que le estaba haciendo un favor personal al mismísimo Goddard, me consiguió también los registros de llamadas telefónicas hacia y desde el despacho del jefe de servicios financieros. Ningún problema, dijo. Por supuesto que la compañía no grababa las conve