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La Venganza De Moriarty

John Gardner

El Profesor James Moriarty, el Napoleón del crimen, el ilustre archienemigo de Sherlock Holmes, regresa de los Estados Unidos con una fortuna conseguida a fuerza de estafas, fraudes y todo tipo de pillajes. También trae un minucioso y diabólico plan de venganza para quitarse de en medio a sus enemigos, los líderes de los bajos fondos de Europa: Wilhelm Schleifstein, de Berlín; Jean Grisombre, de París; Luigi Sanzionare, de Roma, y Esteban Segorbe, de Madrid. La venganza ha de alcanzar también al inspector Crow, de Scotland Yard, y, sobre todo, al más odioso de sus enemigos: el señor Sherlock Holmes, de Baker Street.

John Gardner

La Venganza De Moriarty

Título original: The Revenge of Moriarty

Traducción: José & Esperanza Lozano Canora ©

© 1975 by John Gardner

Prólogo del autor

En el verano de 1969, tres voluminosos volúmenes encuadernados en piel pasaron de manos en el salón de una pequeña casa en Kensington. Entonces yo no sabía que esos libros, llenos de una escritura indescifrable, de mapas y diagramas, iban a trasladarme -casi de modo físico en algunos momentos- a los oscuros y secretos lugares de los bajos fondos Victorianos.

Ahora es de conocimiento público que esos libros son el diario codificado de James Moriarty, el genial criminal, diabólicamente astuto y enormemente inteligente, de finales del siglo diecinueve.

El conocido criminal que me ofreció los libros, hace seis años durante una cálida y pesada noche, se llamaba Albert George Spear, y dijo que los había tenido su familia desde la época de su abuelo. Su abuelo había sido uno de los principales lugartenientes de Moriarty.

Ya he contado la historia, en el prefacio de El Retorno de Moriarty, sobre cómo finalmente se descifró el código del diario y cómo mis editores pronto se dieron cuenta de que sería imposible ofrecer al público estos extraordinarios documentos en su forma original. Por una parte, presentan graves problemas legales y, por otra, contienen sucesos de tal maldad que, incluso en este tiempo permisivo, podrían considerarse corruptores.

También existe una pequeña posibilidad de que el diario se haya utilizado como un truco, perpetrado por el mismo Spear, o incluso por su abuelo, quien figura en el documento con cierta frecuencia.

Personalmente no lo creo así. Sin embargo, pienso que es bastante posible que Moriarty, esa genial inteligencia criminal, al escribir el diario hubiera dado la mejor imagen posible de sí mismo y, con gran astucia, no habría contado toda la verdad. En algunos fragmentos, el diario está en fuerte desacuerdo con otros datos, especialmente con los archivos publicados por el doctor John H. Watson, amigo y cronista del gran Sherlock Holmes; en otros casos no coincide con los datos que yo he podido acumular de los escritos privados del último Superintendente Angus McCready Crow, el oficial de la Policía Metropolitana asignado al caso Moriarty durante los últimos años del siglo pasado.

Teniendo todo esto en cuenta, mis editores me aconsejaron muy prudentemente que escribiera una serie de novelas basadas en el Diario de Moriarty, alterando de vez en cuando los nombres, fechas y lugares allí donde me pareciera aconsejable.

Se nos ocurrió que esos libros, modelados a partir del diario, serían de gran interés, y no sólo para los adictos a las memorias de Sherlock Holmes del doctor Watson, sino también para el lector más general a quien podría entretenerle la vida, la época, las aventuras, la organización y los métodos del supremo y maligno criminal al que en una ocasión Holmes llamó el Napoleón del Crimen.

El primer volumen, El Retorno de Moriarty, trataba entre otras cosas sobre la verdadera identidad del Profesor James Moriarty; la estructura de su sociedad criminal; su propia versión de lo que realmente sucedió cuando se encontró con Sherlock Holmes en las cascadas de Reichenbach (descrito por Watson en El Problema Final)-, su lucha por mantener el dominio sobre todo el hampa londinense de principios de la década de los noventa; su alianza con cuatro de los más importantes criminales europeos -Wilhelm Schleifstein de Berlín; Jean Grisombre de París; Luigi Sanzionare de Roma y Esteban Segorbe de Madrid-; y los detalles, hasta ahora inéditos, del miserable complot contra la familia Real Británica.

El actual volumen es una continuación de la historia, aunque puede leerse, por supuesto, como una entidad separada.

De nuevo tengo que agradecer a la señorita Bernice Crow, de Cairndow, Argyllshire, bisnieta del Superintendente Angus McCready Crow, por haber podido utilizar el diario de su bisabuelo, los cuadernos, correspondencia personal y apuntes.

También debo agradecer a los numerosos amigos y colegas que me han dado un verdadero apoyo en esta empresa de tantos modos que aquí sería imposible exponer. En particular doy las gracias a Enid Gordon, Christopher Falkus, Donald Rumbelow, Anthony Gould-Davies, Simón Wood, Jonathan Clowes, Anne Evans, Dean y Shirley Dickensheet, John Bennett Shaw, Ted Schultz, Jon Lellenberg y muchos otros que prefieren, en ocasiones por razones obvias, permanecer anónimos.

John Gardner,

Rowledge, Surrey, 1975

Cuando se entorpece o amenaza un triunfo personal, o su estatus o su reconocimiento, suele pensar en alguna persona o personas que entorpecen su triunfo, o amenazan su estatus, o desaprueban su reconocimiento. De esta forma, intentará vengarse removiendo la causa, en este caso, la persona en cuestión.

Principios de Criminología

Edwin H. Sutherland & Donald R. Cressey.

Si alguna vez dispone de uno o dos años libres, le recomiendo el estudio del Profesor Moriarty.

Sherlock Holmes en El Valle del Terror.

LONDRES Y AMÉRICA

Viernes 25 de mayo de 1894 -Viernes 22 de agosto de 1896

(Crow sobre la pista)

Un poco antes de las cinco en punto de un viernes por la tarde de finales de mayo, en esa fría primavera de 1894, un cabriolé subió hasta el 22IB de Baker Street y dejó a un hombre alto y tosco, de porte erguido, y con esa estampa autoritaria que muestra que esa persona ha pasado su vida con los militares o con la policía.

En este caso era la policía, ya que no era otro sino el Inspector Angus McCready Crow del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard.

Aproximadamente una hora antes, Crow estaba junto a la ventana en su oficina de la policía, mirando a lo largo del bullicioso río, y con un telegrama bien extendido entre sus manos.

El mensaje era breve e iba al grano.

Le agradecería que me llamara hoy a las cinco en punto.

La firma era de Sherlock Holmes y, mientras leía la misiva, Crow reflexionó que sólo había un asunto que deseaba discutir con el gran detective.

Sus manos temblaron ligeramente: una reacción emocional de esperanza. Crow recelaba con esta emoción, sobre todo cuando le dominaba. Sus casos salían adelante o fracasaban de acuerdo a los hechos, la lógica y la ley. Ahora le decía la lógica, a pesar de que Holmes deseara verle, que lo más probable es que no hablaran del Profesor James Moriarty.

Durante la última ocasión en que ambos hablaron, Holmes había despachado ese asunto con mucha rapidez.

– Mi enemistad con el Profesor Moriarty finalizó hace mucho tiempo en las cascadas de Reichenbach -dijo con claridad-. Desde entonces no se sabe más.

Eso sucedió hace algunas semanas: antes de que Crow hubiera probado que Moriarty todavía vivía y dirigía su imperio criminal desde sus cuarteles generales en Limehouse; antes de que se hubiera enterado de la reunión de los líderes del crimen europeo, con Moriarty a la cabeza; antes del triste asunto en Sandringham, cuando Crow estuvo a punto de meter al maldito Profesor entre barrotes.

Ahora estaba delante de la fachada de la casa de Baker Street, con la mano acercándose al llamador. Moriarty se había ido: había desaparecido como si nunca hubiera existido y el sentimiento de fracaso y frustración al haber perdido por tan poco a este canalla no se alejaba de la mente de Crow, hasta hacer que olvidara otros asuntos, incluyendo su inminente matrimonio.

La fiel señora Hudson respondió a la llamada de Crow, le dijo que le estaban esperando y le condujo escaleras arriba, donde encontró a un gran hombre que le aguardaba con el ánimo excitado.

– Pase y siéntese, querido compañero. Aquí, en la silla de mimbre -dijo Holmes con gran alegría, conduciendo a Crow hasta la chimenea de su desordenado cuarto de estar.

Después de haber pedido a la señora Hudson si sería tan amable de traer algo de té, el detective esperó a que la puerta se cerrara antes de sentarse en su lugar favorito y clavar firmemente los ojos en Crow.

– Espero que no tenga inconveniente -comenzó-. Veo que viene directamente de su oficina.

Crow debió mirar con sorpresa, ya que Holmes sonrió con indulgencia.

– No es difícil deducirlo, ya que veo que tiene algunas partículas de papel secante rosa adheridas a su puño -añadió-. Si mis ojos no me engañan, se trata del papel rosa que suele utilizarse en las mesas de las oficinas de la Policía Metropolitana. A través de pequeños detalles como éstos, señor Crow, conducimos a los criminales a su justo destino.

Crow sonrió y asintió con la cabeza.

– Ciertamente, señor Holmes, he venido directamente desde la oficina de Scotland Yard. En cuanto supe que a primera hora de la tarde usted estaría en el Foreign Office.

Ahora le tocaba asombrarse a Holmes.

– Muy astuto, Crow. Por favor, dígame cómo lo ha deducido.

– Me temo que no es una deducción. Resulta que mi sargento, un muchacho llamado Tanner, pasaba por casualidad por Whitehall y le distinguió a usted. Cuando le dije que iría a verle, me lo recalcó.

Holmes parecía un poco contrariado, pero pronto volvió a su buen humor habitual.

– Deseaba verle especialmente a esta hora. Mi buen amigo y colega, el doctor Watson, está ahora mismo realizando una visita en Kensington, con la intención de volver aquí antes de que seamos demasiado viejos. Desde luego, es un visitante habitual y bienvenido, aunque hoy estará ocupado hasta después de las ocho de la tarde y, por tanto, no nos molestará. Ya se habrá dado cuenta de que lo que tengo que decirle es confidencial.

En ese momento la señora Hudson llegó con el té, por lo que se dejó la conversación hasta que se sirvió la infusión y las distintas mermeladas y pasteles que les había ofrecido la señora de la casa.

Una vez que se encontraron solos de nuevo, Holmes continuó con su monólogo.

– Hace poco que he vuelto a Londres -comenzó-. Es posible que piense que durante las anteriores semanas he estado totalmente ocupado con el peligroso asunto del banquero, el señor Crosby. Pero, ¿supongo que no estará muy interesado en las sanguijuelas rojas?

El gran detective se tomó una ligera pausa, como esperando que Crow manifestara un gran interés por el tema, pero, como no se produjo, Holmes suspiró y siguió hablando en tono grave.

– Ha sido esta misma tarde cuando me he enterado del terrible asunto de Sandringham.

Al decir esto, Crow se sorprendió, ya que Holmes no se encontraba entre las personas que tenían acceso al fichero.

– Es muy confidencial. Confío en que…

Holmes hizo un gesto impaciente con su mano derecha.

– Su sargento me vio al salir esta tarde del Foreing Office. Había visitado a mi hermano, Mycroft. Su Alteza Real le había consultado sobre el tema. Mycroft, a cambio, prometió hablar conmigo. Estoy más impresionado y angustiado de lo que podría decirle o incluso admitir ante mí mismo. Recuerdo que durante nuestro último encuentro le conté que mi enemistad con James Moriarty finalizó en las cascadas de Reichenbach. Bien, Crow, eso es lo que debe pensar el mundo, al menos durante muchos años. Pero estos monstruosos actos de anarquía dan un nuevo cariz al asunto -hizo una pausa, como si estuviera a punto de decir una frase trascendental-. No tengo intención de que la opinión pública me asocie con cualquier investigación referente al despreciable Moriarty, pero le ayudaré todo lo que pueda de forma privada y confidencial. Y realmente necesitará ayuda, Crow.

Angus McCready Crow asintió con la cabeza, y apenas creía lo que escuchaban sus oídos.

– Sin embargo, tengo que advertirle -continuó Holmes- que no debe divulgar la fuente de información. Existen razones personales para ello, y cuando llegue el momento serán divulgadas sin ninguna duda. Pero en esta coyuntura necesito su solemne juramento de que no dirá a nadie que tiene acceso a mis ojos, oídos y mente.

– Tiene mi palabra, Holmes. Desde luego que puede contar con mi palabra.

Crow estaba tan impresionado por el repentino cambio de idea de Holmes que tuvo que reprimir el fuerte deseo de bombardearle con una descarga de preguntas. Sin embargo, por fortuna, se contuvo, ya que sabía que ésa no era la forma adecuada.

– Aunque parezca extraño -Holmes continuó atravesando a Crow con una firme mirada-, me encuentro en un dilema. Existen algunas personas a las que tengo que proteger. Sin embargo, también debo cumplir mi obligación como inglés, pido perdón como quien viene del norte de la frontera -sonrió entre dientes durante un segundo de su propia broma; inmediatamente desapareció la risa y Holmes volvió a su anterior seriedad-. Este ultraje contra un personaje real me deja poco margen para maniobrar. Dispongo de poco tiempo para el cuerpo oficial de detectives, como bien debe saber. Sin embargo, querido Crow, mis observaciones me dicen que usted posiblemente es el mejor de una mala cuadrilla, por lo que no me queda otra opción que recurrir a usted.

Se produjo una suave pausa, durante la cual Crow abrió la boca como para objetar las injuriosas observaciones de Holmes. Sin embargo, antes de que pudiera traducir sus pensamientos a palabras, el gran detective estaba hablando de nuevo y de forma más animada.

– Y ahora, a trabajar. Hay dos preguntas que debo hacerle. Primera, ¿ha examinado alguna de las cuentas bancarias? Segunda, ¿ha estado en la casa de Berkshire?

Crow estaba desconcertado.

– No sé nada de cuentas bancarias, y jamás he oído nada de la casa de Berkshire.

Holmes sonrió.

– Lo suponía. Bien, escuche con atención.

Era evidente que Holmes era una mina de información sobre Moriarty y sus costumbres («¿Piensa que no sé nada de los informadores, de la guardia pretoriana, de los matones, de los chantajistas y del control que posee sobre toda la banda?», preguntó en cierta ocasión). La casa Berkshire, tal como la llamaba, era una gran mansión de campo, edificada a principios del siglo anterior, conocida como Steventon Hall, y situada a media milla entre los mercados de Faringdon y Wallingford, a unas cuantas millas del caserío de Steventon. Según Holmes, Moriarty había comprado la casa hace algunos años, y el gran detective había deducido que su finalidad era servir de refugio durante la época de necesidad.

– Si yo estuviera en su pellejo prepararía un grupo para atacarlos -dijo Holmes con un dejo humorístico-. Pero imagino que los pájaros volaron de esas tierras hace mucho tiempo.

Las cuentas bancarias eran otro asunto y Holmes las explicó durante un buen rato. Durante algunos años siguió la pista de una serie de cuentas, con distintos nombres, utilizadas por Moriarty en Inglaterra. También había unas catorce o quince más en el extranjero, sobre todo con el Deutsche Bank y Credit Lyonnais. Había ido anotando los detalles de todas en una hoja de papel para cartas con el membrete «The Great Northern Hotel» de King's Cross. Ofreció este papel a Crow, quien lo aceptó con gratitud.

– No dude en buscarme cuando necesite más ayuda -le dijo Holmes-. Pero le ruego que haga buen uso de su discreción.

Más tarde, cuando el hombre de Scotland Yard estaba a punto de marcharse, Holmes le miró con gravedad.

– Atrape al canalla y fíchelo, Crow. Es mi más ferviente deseo. Es lo que yo mismo haría. Atrápelo.

Angus McCready Crow, un policía radical, se alegró sinceramente de la capacidad y brillantez del gran detective. Este encuentro con Holmes fortaleció su resolución en lo referente al Profesor, y desde ese momento los dos hombres trabajarían en secreta armonía hasta conseguir la caída de Moriarty.

Aunque distraído por su inminente matrimonio, Crow no perdió tiempo. Esa misma noche hizo gestiones en relación a las cuentas bancarias y entró en contacto rápidamente con la policía local de Berkshire.

En un plazo de dos días reclutó a un grupo de detectives y, junto a numerosos policías, hizo una redada en Steventon Hall. Sin embargo, como Holmes había predicho, ya era demasiado tarde. No existía ninguna evidencia de que el Profesor hubiera estado recientemente en la casa, pero después de examinar los edificios y de un interrogatorio intensivo del populacho de la zona, se llegó a la conclusión de que algunos de los secuaces de Moriarty habían habitado el lugar hasta hace poco tiempo.

En realidad, su estancia había sido realmente evidente; su presencia no era ningún secreto, con muchas idas y venidas de hombres de aspecto tosco.

De todo ello, Crow dedujo que al menos cinco personas se habían alojado de forma permanente en Steventon Hall. Dos de ellas se presentaron como futuro matrimonio, de forma bastante abierta, y sus nombres aparecieron como Albert George Spear y Bridget Mary Coyle, y la ceremonia se llevó a cabo en la parroquia local cumpliendo todos los requisitos legales y religiosos. También había un par de hombres «grandes y fornidos». «Elegantemente vestidos pero con aspecto tosco»; y «como un par de hermanos, muy corpulentos». La quinta persona era china, y muy conocida en esa pequeña zona campestre, donde la gente ya se había fijado en sus maneras educadas y su alegre semblante.

Crow apenas tenía dificultad para identificar al chino: un hombre llamado Lee Chow a quien ya conocía. Albert Spear tampoco suponía ningún problema; era un hombre grande con la nariz rota y una cicatriz desigual que bajaba por su mejilla derecha, casi desde el ojo hasta la comisura de la boca. Ambos hombres, como ya sabía el detective, estaban muy próximos a Moriarty y formaban parte del cuarteto al que el Profesor gustaba llamar su «guardia pretoriana». De los otros miembros de la élite de sus guardaespaldas, el grande Pip Paget y Ember, de aspecto de lebrel, no había ni rastro. Crow llegó a la conclusión de que Paget se había escondido después de la derrota de la organización de Moriarty en abril, pero el paradero de Ember le preocupaba.

La corpulenta pareja era otro asunto, ya que podrían haber estado entre las docenas de secuaces del Profesor antes de la escapada desesperada de las garras de Crow.

La despensa de Steventon Hall estaba bien surtida, hecho que hizo pensar a Crow que este quinteto singularmente variado había huido con gran precipitación. No se encontró casi nada de importancia, excepto un fragmento de papel con los horarios del paquebote de Dover con destino a Francia, que estaba lleno de garabatos. Posteriores investigaciones evidenciaron que al menos el chino había estado en el paquebote durante su crucero, y sólo tres días antes de que la policía hiciera la redada en la casa de Berkshire.

En cuanto a las cuentas bancarias de Moriarty en Inglaterra, todas, excepto una, se habían cancelado y los fondos se habían transferido a las dos semanas de la desaparición del Profesor. La única cuenta que quedaba estaba a nombre de Bridgeman en el National Bank situado en el centro financiero de Londres. La cantidad total en depósito era poco más de tres libras y dos chelines.

– Da la impresión de que los huéspedes de Steventon Hall han partido para Francia -dijo Holmes después de que Crow le consultara-. Apostaría que allí se han reunido con su líder. En este momento ya estarán todos cómodos y calientes con Grisombre.

Crow levantó las cejas y Holmes sonrió entre dientes con gran placer.

– Pero todavía hay algo que se me escapa. Ya conozco el encuentro entre Moriarty y sus amigos del continente. ¿Supongo que tendrá todos los nombres?

– Bien -Crow movió los pies con inquietud.

Había supuesto que esos informes sólo eran una prerrogativa de Scotland Yard, ya que entre los hombres que citó Holmes se encontraban Jean Grisombre, el capitán del crimen francés con base en París; Wilhelm Schleifstein, el Führer del hampa berlinesa; Luigi Sanzionare, el hombre más peligroso de Italia, y Esteban Bernardo Segorbe, la sombra de España.

– Parece probable que estén con Grisombre -agregó Crow tristemente-. Sólo desearía que supiéramos el propósito de la reunión en Londres de los más importantes criminales del continente.

– Una desesperada alianza de algún tipo, supongo -Holmes tenía un aspecto serio-. Este encuentro no es sino el presagio de las muchas desgracias que van a producirse. Tengo la sensación de que ya se han visto los primeros resultados con el asunto Sandringham.

Crow pensó de forma instintiva que Holmes tenía razón. Y en realidad así era. Pero si el hombre de Scotland Yard deseaba atrapar a Moriarty, tendría que viajar a París y no había forma de conseguir el permiso para hacerlo. Su boda estaba muy cerca y el Comisario, con la sensación de que durante cierto tiempo el recién casado Crow tendría poco trabajo, le estaba presionando mucho en relación con otros casos que tenía asignados. Crow tenía mucho que hacer, tanto dentro como fuera de su oficina, e incluso cuando volvía a la casa que ya compartía con la propietaria y futura esposa, Sylvia Cowles, en el 63 de King Street, se veía arrollado por los preparativos de la boda.

El Comisario, razonó adecuadamente Crow, no quería más peticiones de autorización especial para visitar París en busca del Profesor que la que él mismo se concedería para una audiencia con el Papa en Roma.

Durante algunos días Crow se preocupó por este problema como el escocés tenaz que era, pero al final, una tarde, mientras Londres estaba cubierta con una llovizna intempestiva acompañada de viento helado y racheado, llegó a una conclusión. Poniendo una excusa a su sargento, el joven Tanner, Crow tomó un coche de alquiler hasta las oficinas de los señores Cook & Son de la plaza Ludgate, donde pasó casi una hora haciendo sus gestiones.

El resultado de esta visita a la agencia turística no fue inmediato. Cuando se hizo evidente, la persona más afectada resultó ser la señora Sylvia Cowles, que por aquel entonces ya se había convertido en la señora Angus McCready Crow.

A pesar de que muchos de sus amigos sabían que Angus Crow había vivido con Sylvia Cowles durante bastante tiempo, pocos eran tan groseros como para sugerir abiertamente que la pareja nunca había tenido relaciones prematrimoniales. Ciertamente, había muchos que lo pensaban y, en realidad, sus deducciones eran correctas. Sin embargo, lo pensaran o no, amigos, compañeros y un gran número de conocidos se reunieron a las dos de la tarde del viernes 15 de junio en la iglesia de St. Paul de Coven Garden, para presenciar, tal como lo decía un policía bromista, como «Angus y Sylvia se desviaban del camino».

Por decoro, Crow se había ido de la casa de King Street dos semanas antes para pasar sus últimas noches de soltero en el hotel Terminus, London Bridge. Pero la pareja volvería a la casa de King Street para el desayuno de bodas, saliendo de nuevo a última hora de la tarde para pasar su primera noche de feliz matrimonio en el cómodo hotel Western Counties de Paddington. En la mañana del sábado, como imaginaba la nueva señora Crow, viajarían a Cornualles en tren para una idílica luna de miel.

Hasta bien entrada la tarde, Crow permitió que su novia siguiera pensando que su luna de miel sería en el oeste del país. Después de la cena, Crow se tomó lentamente un vaso de oporto mientras ella se bañaba y preparaba para la noche que tenían por delante; y por fin, cuando el detective llegó a la cámara nupcial encontró a Sylvia sentada sobre la cama, con un exquisito camisón de encaje.

A pesar de que no eran unos desconocidos en la habitación de matrimonio, el rostro de Crow adquirió un fuerte tono escarlata.

– Aquí tienes a un hombre que está temblando, querida Sylvia -su voz vibraba con el deseo.

– Bien, querido Angus, ven y tiembla sobre mí -replicó coquetamente.

Crow se echó una mano a sí mismo para que ella no siguiera hablando.

– Tengo una sorpresa para ti, cariño.

– No es una sorpresa, Angus, a no ser que hayas ido al cirujano desde la última vez que nos encontramos entre las sábanas.

Crow se sintió desconcertado y excitado al mismo tiempo por los picantes comentarios de su nueva compañera.

– Un momento, querida -respondió casi con brusquedad-. Esto es importante.

– Pero Angus, ésta es nuestra noche de bodas. Yo…

– Esto tiene que ver con nuestra noche de bodas. Es una alegre sorpresa.

– ¿Y nuestras diversiones en la playa de Cornish?

– No va a ser en la playa de Cornish, Sylvia.

– ¿No…?

El sonrió, rogando en su interior que a ella le agradara.

– No vamos a Cornualles, Sylvia. Mañana salimos hacia París.

Esto no agradó a la nueva señora Crow. Se había tomado muchas molestias en todos los preparativos para la boda y, a decir verdad, había llevado la batuta en casi todos los planes, incluyendo la elección del lugar para la luna de miel.

Cornualles era una región a la que se sentía muy vinculada afectivamente y de niña había estado allí en distintos lugares de veraneo a lo largo de la costa. Ahora lo había escogido especialmente como su escondite -hasta la elección del alquiler de una casa cerca de Newquay- debido a esos felices recuerdos. Y ahora, de repente, en la antesala de lo que habría sido la noche más feliz de su vida, se resistían su voluntad y su deseo.

Esto sería suficiente para afirmar que su luna de miel no era un acontecimiento extraordinario. Ciertamente, Crow era atento con su esposa y la llevaba a contemplar las vistas de la gran ciudad, comía con ella en los mejores restaurantes que podían permitirse y la cortejaba con los mejores métodos que ya había comprobado. Pero había períodos en los que, por lo que respecta a Sylvia, su comportamiento dejaba mucho que desear. Había períodos, por ejemplo, en los que desaparecía durante horas enteras, y al volver no daba ninguna explicación de su ausencia.

Estos momentos, como quizá ya se habrá contado, los pasaba con distintas personas en la Policía Judicial; en particular, con un inflexible oficial llamado Chanson, que más bien parecía el dueño de una funeraria que un policía, y que tenía el apodo de L'Accordeur, y era llamado así tanto por los criminales como por su propios compañeros.

Sólo por el apodo uno llega a la conclusión de que, sea cual fuere su aspecto y su comportamiento, Chanson era un buen policía, y con un instinto de oficio muy aguzado. Sin embargo, después de un mes, Crow no sabía mucho más en relación a los movimientos de Moriarty o de su paradero actual.

Existía alguna evidencia de que el líder criminal francés Jean Grisombre le había ayudado a escapar de Londres. Uno o dos indicios más señalaban la posibilidad de que alguno de los hombres del Profesor se hubiera reunido con él en París. Pero también había una fuente de información, entresacada principalmente de los informadores de Chanson, de que Grisombre había exigido que Moriarty saliera de París en cuanto sus compañeros llegaran de Inglaterra. En resumen, que la corta estancia de Moriarty en Francia no había sido demasiado confortable.

Existía una pequeña duda de que hubiera salido de Francia y Crow todavía tenía que guardar en su mente algunas pistas y considerarlas a su regreso a Londres.

Al final de su luna de miel, Crow había hecho las paces con Sylvia y, al llegar a Londres, cayó en tal rutina, tanto en su matrimonio como en su trabajo en Scotland Yard, que los problemas referentes a su promesa contra Moriarty pronto pasaron a un segundo plano.

Sin embargo, sus continuas visitas a Sherlock Holmes le convencieron de algo que ya había sospechado desde hace mucho tiempo y para lo que había trabajado: que detener criminales necesita muchos conocimientos especializados y una buena organización. La Policía Metropolitana era muy lenta en adquirir y asimilar nuevos métodos (por ejemplo, en Inglaterra no se adoptó un sistema de huellas dactilares, entonces muy utilizado en el continente, hasta principios del siglo veinte), por tanto Crow comenzó a desarrollar sus nuevos procedimientos y a reunir sus contactos.

La lista personal de Crow creció con rapidez. Tenía un cirujano, con mucha experiencia en autopsias, en el hospital de St. Bartholomew; en el Guy se encontraba otro médico con la especialidad de toxicología. Por otra parte los Crow solían comer con un farmacéutico de primera categoría en Hampstead, mientras que en el cercano y respetable St. John's Wood, Crow visitaba con frecuencia a un rico ladrón que estaba disfrutando de sus últimos días con las ganancias mal adquiridas. En Houndsditch contaba con la información de un par de carteristas rehabilitados y (aunque la señora Crow no lo sabía) existía una docena, o incluso más, de miembros de una hermandad deshonesta que suministraba información exclusiva a Crow.

Pero también había otras personas: hombres en la City con conocimientos sobre piedras preciosas, tesoros de arte, tallas de oro y plata, mientras que en los cuarteles de Wellington había tres o cuatro oficiales con los que Crow trataba de forma habitual, todos ellos peritos en algún tipo de arma y su utilización.

Angus McCready Crow siguió desarrollando su carrera, con la firme determinación de ser el mejor detective del Cuerpo. Más tarde, en enero de 1896, el profesor salió a la luz una vez más.

Fue un lunes 5 de enero de 1896, cuando circuló una carta del comisario pidiendo explicaciones e informes. Crow fue uno de los destinatarios.

Estaba escrita el pasado mes de diciembre y se expresaba en los siguientes términos:

12 de Diciembre de 1895

De: El jefe de detectives

Cuartel General Policía de Nueva York

Mulberry Street

Nueva York USA

Al: Comisario de la Policía Metropolitana

Estimado señor,

Según los incidentes acaecidos en esta ciudad durante los meses de septiembre y noviembre, creemos que se ha perpetrado un fraude en distintas sedes financieras, así como a algunas personas.

Brevemente, el asunto es el que sigue: en el mes de agosto del año pasado, 1894, un financiero británico conocido como Sir James Madis se presentó a varias personas, compañías comerciales, bancos y empresas financieras aquí en Nueva York. Su negocio era referente a un nuevo sistema para usaren las líneas férreas comerciales. Este sistema se explicó a ingenieros ferroviarios que trabajaban en algunas de nuestras mejores empresas y parecía que Sir James Madis estaba a punto de descubrir un método revolucionario de propulsión por vapor que no sólo garantizaría unas locomotoras más rápidas, sino también condiciones más cómodas para viajar.

Aportó documentos y proyectos donde parecía que este nuevo sistema ya estaba desarrollado, en su país y por su cuenta, en una nueva fábrica de su propiedad cerca de Liverpool. Su propósito era establecer una empresa en Nueva York para que nuestras propias compañías pudieran contar fácilmente con este nuevo sistema, que se desarrollaría en una nueva fábrica construida aquí especialmente por la compañía.

En total, las financieras, bancos, personas individuales y compañías de ferrocarril invirtieron unos cuatro millones de dólares en esta nueva empresa de Madis, bajo la presidencia de Sir James y con un consejo de administración de nuestro mundo del comercio, pero con tres ingleses nombrados por Madis.

En septiembre de este año, Sir James Madis anunció que necesitaba un descanso y dejó Nueva York para pasar una temporada con sus amigos en Virginia. En las siguientes seis semanas los tres miembros británicos del consejo viajaron varias veces entre Nueva York y Richmond. Por último, en la tercera semana de octubre, los tres se reunieron con Madis en Richmond y no esperaban volver hasta dentro de aproximadamente una semana.

Durante la última semana de noviembre, el consejo, preocupado porque no recibían ninguna noticia ni de Madis ni de sus tres colegas, ordenó una auditoría y nos llamaron cuando las cuentas de la compañía presentaron un déficit de más de dos millones y medio de dólares.

La búsqueda de Madis y sus colegas resultó infructuosa, y ahora le escribo para pedir su ayuda y cualquier detalle que nos pueda ofrecer sobre el carácter del anteriormente nombrado Sir James Madis.

A continuación seguía una descripción de Madis y sus codirectores evadidos, junto a uno o dos puntos de menor importancia.

En las oficinas de Scotland Yard, y en las de la Policía Metropolitana había muchos cabezotas. Nadie, por supuesto, había oído hablar de Sir James Madis y hasta los policías se divertían con este descaro tan evidente, sobre todo cuando se había realizado con gran copete, en otro país, y habiéndose burlado de otro cuerpo de policía.

Incluso a Crow se le escapó una sonrisa, aunque en su mente aparecían torvos pensamientos mientras releía la carta y los detalles concernientes a Madis y sus cómplices.

Los nombres de los tres directores británicos de la empresa Madis eran William Jacobi, Bertram Jacobi y Albert Pike, los tres con unas descripciones muy parecidas a los hombres que se alojaron en Steventon Hall. Crow rápidamente señaló la ironía entre el nombre Albert Pike y Albert Spear (el que se casó con Bridget Coyle en Steventon). Este juego de nombres al menos era significativo del tipo de impertinencia que bien podría ser la marca de Moriarty.

Pero no paraba ahí la cosa, ya que la descripción del mismo Madis requiere un examen. Según el Departamento de Policía de Nueva York, era un hombre muy vigoroso, de edad comprendida entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, de altura media, bien formado, con pelo rojizo y escasa vista, por lo que necesita utilizar continuamente sus lentes de montura dorada.

Nada de eso suponía gran cosa, puesto que Crow sabía perfectamente que el Moriarty que había perseguido en Londres podría aparecer con diversos disfraces. Crow ya sabía, por deducción lógica, que el hombre alto y delgado identificado como el famoso Moriarty, autor del tratado del Teorema Binomial y Dinámica de un Asteroide, no era sino un disfraz utilizado por una persona más joven, con toda probabilidad el propio hermano menor del profesor.

Pero una pista más se encontraba en la breve descripción de Sir James Madis. El único hecho que unía a Madis con el infame Napoleón del Crimen. Se investigó en el Departamento de Policía de Nueva York y bajo el encabezamiento de «Hábitos y costumbres» decía: un movimiento lento y curioso de la cabeza de lado a lado: una costumbre que parece incontrolable, a modo de tic nervioso.

– Sé que es él -dijo Crow a Sherlock Holmes.

Había pedido una cita especial con el detective consultor al día siguiente de su primera lectura de la carta, y Holmes, siempre fiel a su palabra, había ideado algún encargo especial a Watson para que ellos estuvieran totalmente en privado. Crow había ido con cierta agitación, ya que durante las dos últimas visitas a sus habitaciones en Baker Street se había alarmado con el estado en que encontró a Holmes. Parecía haber perdido peso, y se le veía cansado e irritable. Sin embargo, durante esa tarde, el maestro de detectives parecía haber recuperado su viejo vigor físico y mental. [1]

– Sé que es él -repitió Crow, golpeando su palma con el puño apretado-. Tengo este presentimiento.

– Apenas es una deducción científica, querido Crow, pero me inclino a pensar como usted -afirmó Holmes con energía-. Parece que encajan las fechas, así como las descripciones de los codirectores en el delito. Usted mismo ha comentado que Albert Pike parece un sinónimo de Albert Spear. Y en relación a los otros dos hombres, puedo sugerirle que examine sus archivos en lo referente a un par de hermanos: de físico corpulento y con el apellido Jacobs. Y en cuanto al Profesor, es el astuto truco de confianza que sólo una diabólica mente es capaz de concebir. Además hay otro punto…

– ¿Las iniciales?

– Sí, sí, sí-Holmes rechazó la pregunta al parecerle obvia-. Más que eso…

– ¿El nombre?

Hubo una corta pausa mientras Holmes observaba a Crow con mirada fija y retadora.

– ¡Así es! -dijo al final-. Es el tipo de juego que divertiría a James Moriarty. Madis es…

– Un simple anagrama para Midas -sonrió Crow.

El semblante de Holmes se congeló en una sonrisa glacial.

– Precisamente -añadió bruscamente-. Da la impresión de que el Profesor está intentando amasar grandes riquezas, por lo que no haré conjeturas como hasta ahora. ¿A no ser…?

Crow sacudió la cabeza.

– No creo que las conjeturas sean lo mejor.

Al volver a su oficina en Scotland Yard, Crow empezó a redactar un largo informe para el Comisario. Junto a éste, unió una petición de autorización para viajar a Nueva York, consultar allí con el Cuerpo de Detectives y ayudar en todo lo que estuviera en su mano para capturar al llamado Sir James Madis e identificarle como el Profesor James Moriarty.

También encargó al sargento Tanner que escudriñara en los informes de dos hermanos con el apellido Jacobs.

Una vez dadas las instrucciones al sargento, Crow le sonrió de forma austera.

– Creo que fue el poeta yanqui, Longfellow, quien escribió: «los molinos de Dios muelen despacio, pero muelen un grano pequeñísimo». Bien, joven Tanner, pienso que nosotros, los del cuerpo de detectives, debemos esforzarnos al máximo para imitar a Dios en este sentido. No trato de blasfemar, pero vosotros me entendéis.

Tanner salió para llevar a cabo su encargo y elevó los ojos al cielo mientras se iba. Tal como resultó después, encontraría en los archivos un par de hermanos que se apellidaban Jacobs. Hace unos dos años ambos habían pasado un período de prisión en la House of Correction, de Coldbath Fields. Dado que esta cárcel se había cerrado, Tanner pensó que probablemente los habrían transferido a Slaughterhouse (House of Correction de Surrey, Wandsworth). Y ahí dejó el asunto, al darse cuenta de que William y Bertram Jacobs habían desaparecido desde hacía tiempo y que ahora mismo estaban dando el primer paso de un complot de venganza que bien podría sacudir los cimientos tanto de los bajos fondos como de toda la sociedad, ya que los hermanos Jacobs habían ascendido hasta ese selecto grupo que estaba en íntimo contacto con James Moriarty.

Sin embargo, el informe de Crow fue muy persuasivo. Dos días más tarde se le pidió que fuera a ver al comisario, y en menos de una semana estaba dando a Sylvia la noticia de que se iría a América en el plazo aproximado de un mes por un asunto policial.

Sylvia Crow no se tomó bien la perspectiva de quedarse sola en Londres. Al principio mantuvo latente un cierto resentimiento sobre el trabajo de su marido, que le obligaba a estar lejos de ella. Pero el resentimiento pronto dio paso a una concienciación de que su querido Angus quizá estuviera en peligro al viajar al lejano continente. Desde aquí, su imaginación tomó la delantera, y durante la semana anterior a la salida de Crow se despertó por la noche en varias ocasiones, ansiosa e histérica, porque había soñado que su marido estaba rodeado por hordas de pieles rojas, cada uno de ellos tratando de conseguir el cuero cabelludo del policía. De una forma confusa, Sylvia Crow no tenía claro lo que en realidad era un cuero cabelludo, confusión que hizo que sus pesadillas fueran aún más terribles, aunque vagamente eróticas.

Angus Crow calmó sus peores temores, asegurándole que no se encontraría con ningún indio. Por lo que podía ver, su temporada en América la pasaría en Nueva York, ciudad que, con toda seguridad, no podría ser tan distinta a Londres.

Sin embargo, desde el momento en que vio las escombreras de madera de los muelles de Nueva York, se dio cuenta de que las dos ciudades eran tan diferentes como el día y la noche. Existían semejanzas, desde luego, pero lo esencial de cada ciudad se movía a diferentes velocidades.

Crow llegó en la primera semana de marzo, después de un tempestuoso crucero, y durante los primeros siete días o incluso más se sintió desconcertado por el bullicio y la extrañeza de esta próspera ciudad. Tal como escribió a su esposa, «a pesar de que supuestamente el inglés es la lengua común, me siento aquí más extranjero que en cualquier otra ciudad de Europa. No creo que a ti te atraiga.»

Era el estilo del lugar, consideró, lo que resultaba tan distinto. Como Londres, Nueva York reflejaba una distancia muy grande entre la opulencia y la pobreza: una extraña amalgama de enorme riqueza, vigoroso mercantilismo y una abyecta pobreza, todo entre una docena de lenguas diferentes y coloreado por una gama de semblantes, como si se hubiera cogido una muestra de toda la población de Europa, se hubiera removido en un recipiente y vertido en este extremo del mundo. Sin embargo, en aquellas zonas de la ciudad donde se huele, y hasta se saborea la pobreza, Crow advirtió una corriente subyacente de esperanza que no se encontraba en zonas similares de Londres. Era como si el vigor y el pulso del lugar sostuvieran la promesa, hasta en los barrios más miserables.

Pronto descubrió que los problemas de la policía de la ciudad eran muy parecidos a los de su propio país, y escuchó con interés, por no decir con comprensión, los relatos de las numerosas bandas criminales que parecían abundar en la ciudad y las historias de la violenta rivalidad entre las distintas facciones raciales. Muchos crímenes eran sólo un espejo de lo que existía en Londres, como lo es el vicio que tan fácilmente se genera. Sin embargo, después de aproximadamente una semana, Crow entró en contacto con otro tipo de personas -financieros, barones del ferrocarril, banqueros y abogados- entre los que tendría que moverse si deseaba encontrar al ilusorio Sir James Madis. Consideraba a este tipo de gente más despiadada en cierta forma que los más conocidos criminales del hampa de Nueva York.

Con su conocimiento de los métodos de Moriarty y de sus colegas en Londres, Crow podía ir recomponiendo el puzzle desde un nuevo ángulo. No tenía a Madis en mente cuando por primera vez interrogó a los que habían capturado en lo que los periódicos ya estaban llamando la gran estafa del ferrocarril, ya que al principio le preocupaban más las descripciones e impresiones de los tres codirectores: Pike y los dos Jacobs. Poco a poco, después de pasar muchas horas preguntando con impaciencia y frustración a distintos hombres de negocios, Crow pudo construir un cuadro físico y mental de los tres hombres y, a través de él, una descripción de Sir James Madis. A finales de mayo ya estaba totalmente convencido de que el Profesor James Moriarty era en realidad el infernal Madis, y que Spear y los otros dos secuaces del profesor eran los codirectores.

Su búsqueda le llevó ahora a lugares más distantes -a Richmond, Virginia-, donde habían estado los cuarteles generales de Madis/Moriarty durante las últimas y cruciales semanas de la conjura. A principios de julio, Crow ya había completado otra parte del puzzle, al seguir desde Richmond los últimos movimientos de la facción de Madis: descubriendo que había llegado hasta Omaha antes de desaparecer. Después la pista se enfrió. Era como si los cuatro hombres hubieran hecho una reserva en el hotel Blackstone de Omaha y luego hubieran desaparecido.

Pero Crow estaba convencido de que Moriarty se encontraba todavía en América y que ahora era un asunto concerniente al Departamento de Interior. Según esto, Crow, junto con el jefe de detectives del Departamento de Policía de Nueva York, viajó a Washington, donde cundió la alarma general entre todos los policías al pedirles que informaran de inmediato si advertían la presencia de algún hombre rico recién llegado, con al menos tres socios y que tuviera predilección por los criminales.

Pasaron algunas semanas y no hubo noticias de dicho hombre o grupo. A mediados de agosto, Crow estaba preparando su viaje de retorno a Liverpool, al hogar y junto a su bella mujer. Pero una tarde llegó un cablegrama del Departamento de Interior que hizo que el detective se apresurara a Washington. Existía un nuevo sospechoso, un francés rico llamado Jacques Meunier, que en un período de tiempo relativamente corto se había introducido en los prósperos bajos fondos de San-Francisco. Ya se había enviado un agente especial.

La descripción de Meunier y de aquellos cercanos a él -entre los que se encontraba un chino- hizo sonar toda una sinfonía de cuerda en el cerebro de Crow. En esta ocasión sí que estaba realmente cerca, con la sangre palpitando por la persecución, y se realizaron las gestiones necesarias para que se reuniera en San Francisco con uno de los agentes del Departamento de Interior. Crow tomó el rápido «Union Pacific's Hotel Pullman» con rumbo a la costa occidental.

No tenía ningún motivo para imaginarse que le estaban vigilando o persiguiendo, y no sabía que durante su largo y maravillo viaje por América se encontraba escondido en otra parte del tren uno de los miembros de la Guardia Pretoriana de Moriarty, uno de los individuos cuyo paradero había que localizar, el pequeño y rastrero Ember.

En San Francisco, Jacques Meunier, o James Moriarty -ya que ambos eran la misma persona- repasó dos veces el cablegrama de Ember y un ligero siseo se escapó entre sus apretados dientes mientras levantaba el rostro para mirar duramente al chino Lee Chow, con esos relucientes ojos temidos por tantas personas debido a su poder hipnótico.

– Crow -susurró suavemente, pero con visible odio-. Ha llegado la hora, Lee Chow. Crow está sobre nuestra pista y me maldigo a mí mismo por no haber acabado con él aquella noche en Sandringham.

Su cabeza se movió de un lado a otro con ese extraño movimiento propio de los reptiles, que era la característica delatora que nunca podía disimular.

– No me quedaré aquí, ni lucharé con ese miserable escocés -a continuación hizo una pausa y sonrió ligeramente mientras echaba la cabeza hacia atrás-. Ha llegado la hora de volver al hogar, y es una verdadera suerte que los Jacobs ya estén en Londres y al acecho. Llama a Spear, Chow. Debemos retirar las inversiones que tenemos aquí: América nos ha ofrecido una inconsciente fortuna. Es el momento de utilizarla y vengarnos de todos aquellos que tienen la intención de traicionarnos. Llama a Spear y luego ve rápidamente. Debemos irnos entre las próximas cuatro y veinticuatro horas. Nuestros amigos de Europa pronto verán lo que supone el contrariarme.

– Profesor -se aventuró a decir Lee Chow-. La última vez en Londres usted…

– Eso fue entonces -cortó el profesor con brusquedad-. Pero esta vez, Lee Chow… esta vez pondremos en cintura a nuestros traidores aliados europeos y Crow y Holmes recibirán su paga. Llama a Spear.

De esta forma, cuando Crow llegó finalmente a San Francisco, no hubo ni rastro del francés Meunier, sólo el hecho de que había desaparecido de la noche a v la mañana haciendo una pequeña fortuna entre los callejones de la costa Barbary y Chinatown.

Angus McCready Crow había fracasado una vez más por los pelos. Casi desesperado, comenzó a hacer sus maletas, y la única estrella en el horizonte era el pensamiento de volver con su esposa en King's Street, Londres.

No sabía que ya estaba marcado, junto con otras cinco personas, como blanco de una ingeniosa y sutil venganza destinada a colocar a James Moriarty en la cumbre del poder criminal.

L IVERPOOL Y LONDRES

Lunes 28 de septiembre – martes 29 de septiembre de 1896

(La reunión)

Moriarty podía sentir el olor de Inglaterra, aunque quedaba la mejor parte del día por delante antes de que entraran en Mersey. Cierto, sólo era una intuición, pero ese olor penetraba por su nariz de forma física, provocando un escalofrío que recorría todo su cuerpo. Se inclinó contra la barandilla mientras miraba hacia la superficie brillante del mar en calma, con el gabán hasta la altura del cuello y totalmente abotonado y con una mano enguantada reposando sobre el salvavidas circular con una inscripción en pintura roja que decía ss aurania. cunard.

No estaba disfrazado, y muchos se habrían sorprendido al ver que esta figura erguida, baja, fuerte y de hombros cuadrados pudiera convertirse tan fácilmente, mediante el maquillaje, en el hombre encorvado, calvo y ojeroso que normalmente se identificaba con ese nombre: el Profesor de matemáticas que se había convertido, el mundo daba crédito de ello, en el más peligroso criminal científico de esta época: un auténtico Napoleón del crimen.

También era difícil creer que fuera el fornido y pelirrojo Sir James Madis, o el poderoso francés de aspecto distinguido, Jacques Meunier.

Pero todos ellos no eran sino una sola persona: viviendo, junto a muchos otros pseudónimos y personalidades físicas, dentro de la astuta mente y del hábil cuerpo de James Moriarty, el más joven de los tres hermanos Moriarty, conocido por los criminales de toda Europa como el Profesor. [2]

La cubierta de madera se movió ligeramente bajo sus pies, ya que el timonel que se encontraba sobre el puente alteró el curso en uno o dos puntos. Moriarty reflexionó que él también alteraría una o dos vidas cuando regresara a suelo británico.

Es verdad que todo sucedió antes de lo que había pensado. En otro año habría visto doblada su riqueza, aunque realmente no podía quejarse, porque ya había cuadruplicado la cantidad que tomó de sus cuentas bancarias en Inglaterra y Europa. Primero con la Compañía Madis en Nueva York y, más tarde, entre los canallas de San Francisco.

Aspiró de nuevo otra bocanada de aire, saboreando la humedad de forma casi sensual. Durante este último período, su segundo exilio desde el asunto Reichenbach del 91, anhelaba Inglaterra, y especialmente Londres, con sus olores a humo y hollín; el ruido de los coches, las voces de los niños vendedores de periódicos y de los comerciantes callejeros, el sonido de la lengua inglesa tal como él la conocía: el argot de su gente, la gente de su banda.

Sin embargo, el tiempo que pasó fuera bien mereció la pena. Dirigió su mirada firmemente a lo largo del horizonte y contempló el mar. De algún modo se concebía a sí mismo como una criatura de las profundidades: quizá un tiburón, enorme y silencioso, al acecho.

Un sentimiento de ira recorrió su cuerpo cuando consideró la forma en que lo habían tratado… esos cuatro señores europeos del crimen con los que tan amablemente se reunió en Londres hacía dos años y medio.

Habían venido por orden suya -Scheifstein, el alto alemán; Grisombre, el francés que andaba como un maestro en el baile; el vigoroso italiano, Sanzionare; y el tranquilo y siniestro español, Esteban Segorbe-. Incluso le ofrecieron regalos, le cortejaron e impulsaron su sueño de crear una gran red europea de actividad criminal. Más tarde, debido a un pequeño error por su parte -y el trabajo del infeliz Crow- todo cambió con rapidez. Sólo unas semanas después se comprometieron a fomentar el caos para sus propios intereses particulares, y le habían rechazado.

En realidad Grisombre le ayudó a salir de Inglaterra, pero poco tiempo antes el francés puso en claro que ni él, ni sus socios de Alemania, Italia y España, estaban preparados para esconderle o aceptar su autoridad.

Por tanto, el sueño había terminado. Les había hecho mucho bien, pensó James Moriarty, ya que toda la información que había recibido desde entonces fue una triste historia de luchas y disputas sin ningún control central.

El plan tomó forma mientras Moriarty estaba forjándose una nueva fortuna como Sir James Madis en Nueva York y Jacques Meunier en San Francisco. Habría sido muy fácil volver, restablecerse a sí mismo en Londres y luego preparar de forma discreta y pulcra cuatro asesinatos simultáneos en París, Roma, Berlín y Madrid. A continuación, y muy fácilmente, despachar a Crow con una bala y al entrometido Sherlock Holmes con un cuchillo, ya que Moriarty pensaba desde hace tiempo que su triunfo final dependía del fallecimiento de Holmes. Pero eso sería una torpe retribución.

Existía un modo mejor. Más astuto y cauteloso. Necesitaba al cuarteto de los secuaces europeos si quería permanecer a caballo entre el hampa occidental. De esta forma ellos tendrían que demostrar, con humillante claridad, que él era el único y auténtico genio criminal. Con cuidado y dedicación saldría adelante el intrincado complot. Y además poseía otros planes, no encaminados a la eliminación de Crow y Holmes, sino para su descrédito ante los ojos del mundo. Sonrió para sí mismo. Esos dos símbolos de la autoridad establecida recibirían su castigo y la ironía estaba en que cada uno se vendría abajo a través de los defectos de su propio carácter.

Pasando la mano enguantada por su abundante melena, Moriarty se marchó de la borda y regresó relajadamente hacia su camarote situado sobre la cubierta de botes. Spear estaba esperándole.

La mayoría de las tardes después de comer -ya que comían a las cuatro en punto sobre cubierta- el lugarteniente de Moriarty se dirigía desde su camarote de tercera clase y entraba sin llamar la atención en las estancias de su maestro. Ahora estaba esperando junto a la litera del Profesor, un hombre fornido y pesado con la nariz rota y un semblante que podría incluso resultar agradable si no fuera por la cicatriz que, a modo de rayo, bajaba por su mejilla derecha.

– Me entretuve un rato en la cubierta de paseo, Spear. Ayúdame a quitarme el abrigo. ¿No te vio nadie? -la voz de Moriarty era totalmente imponente, pero con un tono suave, casi educado.

– Jamás me observa nadie, a no ser que yo lo desee. Eso ya debería saberlo, Profesor. ¿Va todo bien?

– No me importaría detener este condenado barco bajo mis pies.

Spear sonrió brevemente.

– Podría ser todavía peor. La cárcel puede ser peor, se lo aseguro.

– Bien, debería saberlo, Spear, debería saberlo. Me alegra afirmar que jamás tuve trato íntimo con la rutina.

– No, no es probable. Si alguna vez le ponen las manos encima todo se le vendría abajo.

Moriarty sonrió ligeramente.

– No hay ninguna duda, y lo mismo en relación a ti -dejó a un lado su abrigo-. Y ahora otra cosa, ¿está Bridget bien? -parecía un propietario que se interesa por sus inquilinos.

– Está igual. Enferma como una gata desde Nueva York.

– Pronto pasará. Es una buena chica, Spear. Espero que seas atento con ella.

– La tengo engatusada -se rió de modo inexperto-. Algunos días piensa que se está muriendo, y algo debe haber en sus entrañas. El olor allí abajo podría ser más dulce. De cualquier modo, esta noche la he mimado adecuadamente.

– Sí, mi amigo, el matrimonio es algo más que cuatro piernas desnudas en una cama.

– Puede ser-observó el magullado Spear-. Pero cuando te pican las nalgas, conviene rascarse.

El Profesor sonrió con indulgencia.

– ¿Has observado a Lee Chow durante los últimos dos días? -preguntó cambiando bruscamente el curso de la conversación.

Moriarty estaba viajando en primera clase bajo el nombre falso de Cari Nicol, con unas cartas de presentación que decían que era un profesor de derecho de alguna olvidada universidad de la zona medioccidental de América. Spear y su mujer viajaban en tercera clase y daban la impresión de no tener ninguna relación con el líder. Lee Chow se encontraba en la más desventurada de las situaciones, ya que se le obligó a enrolarse como miembro de la tripulación durante el tiempo del viaje.

Spear sonrió entre dientes.

– Ayer le vi fregando en la cubierta de popa y tenía un aspecto tan miserable como una rata en un barril de brea. Un auténtico hijo de un cocinero de mar: parecía uno de los piratas de Stevenson. ¿Recuerda que nos leyó ese libro, Profesor? Bien, me pareció muy divertido, y si cogiera papel y pluma le compararía con Black Spot…

– No haré ese tipo de comparaciones tontas -Moriarty contestó con brusquedad-. Black Spot se merece todo, pero es una mala broma para nosotros.

Spear miró tímidamente a sus pies. Atormentar a Lee Chow era para él casi como un hobby. Les envolvió un silencio durante varios segundos.

– Bien, ésta será la última visita que le haré aquí-dijo finalmente-. Mañana estaremos a salvo y en tierra firme.

Moriarty asintió con la cabeza.

– Más tarde los demás pueden ocuparse de sus asuntos. Rece para que Ember cruce con seguridad y que los Jacobs nos den sus mensajes con claridad. ¿Puedes entablar contacto con Lee Chow antes de atracar?

– Cumpliré con mi obligación.

– Si todo va bien, Ember se reunirá con él en el exterior del astillero una vez que le hayan pagado. Irán directamente al Great Smoke. A partir de ahora los acuerdos se tomarán allí.

– ¿Y nosotros?

– Uno de los Jacobs se reunirá conmigo. El otro te esperará a ti y a Bridget. Vamos todos a pasar la noche cómodamente en Liverpool. Necesitamos tiempo para hablar antes de proseguir y los Jacobs poseen la información más reciente.

– Será conveniente regresar.

– Las cosas han cambiado, Spear. Debes estar preparado para todo esto.

– Ya lo estoy, pero es curioso cómo uno llega a echar de menos los guijarros y la niebla. Hay algo especial en Londres…

– Ya lo sé… -Moriarty se quedó inmerso durante un momento en pensamientos personales, mientras recordaba los sonidos de las calles de la capital, los olores, el tipo de vida de la ciudad-. Dios mío -dijo quedamente-. Hasta mañana, entonces, en Liverpool.

Spear vaciló junto a la puerta del camarote, preparándose para resistir las sacudidas, con un pie adelantado oponiéndose al constante balanceo del barco.

– ¿El botín está seguro?

– Como el banco de Inglaterra.

– Quizás ellos te lo pidan.

– Ellos pueden pedir -los ojos del Profesor se perdieron en dirección al casillero donde se encontraba el gran maletero de piel que habían comprado camino de San Francisco.

Cuando Spear se fue, Moriarty abrió el casillero, evitando el deseo de llevarse el maletín al camarote, lo abrió y se recreó contemplando la fortuna que contenía. No tenía ilusiones en relación a la riqueza. Le proporcionaba poder y era el baluarte contra la mayoría de los peligros que asedian a un hombre en este valle de lágrimas. Si se manejaba con prudencia, la riqueza traería más riqueza. Sus arriesgadas empresas en Londres -tanto las legales como las ilegales- estaban arruinadas y saqueadas: Crow se había encargado de ello. Bien, el contenido de este maletín de piel le serviría para reconstruir su imperio como si fuera una telaraña, para poner en cintura al elemento extranjero recalcitrante y más tarde, a modo de fórmula mágica, volvería a doblar su dinero una y otra vez.

En equilibrio, y encima del maletín de piel se encontraba un segundo piso de equipaje: un baúl hermético charolado con laca japonesa del tipo que utilizaban los funcionarios y gobernantes de la India. Moriarty puso su mano sobre esta caja y sonrió para sí mismo, ya que contenía su almacén de disfraces: ropajes, pelucas, pelo falso, botas, los elementos que utilizaba para conseguir estar permanentemente cargado de espaldas cuando aparecía disfrazado de su hermano mayor, y la faja que le ayudaba a dar ese aspecto ladeado. También estaban las pinturas y los polvos, las lociones y el resto de los artefactos de este arsenal del fraude.

Una vez cerrado el casillero, el Profesor se enderezó y miró a los pies de la litera y la pieza final del equipaje en el camarote: el enorme baúl Saratoga con todas sus divisiones y compartimentos donde llevaba su ropa y otros útiles necesarios. Moriarty quitó la cadena y seleccionó la llave adecuada, la introdujo en la cerradura metálica y levantó la pesada tapa.

En la parte superior de la primera bandeja estaba la pistola automática Borchardt -una de las primeras de su tipo-, que le había dado el alemán Schleifstein en la reunión de la alianza continental de hace dos años. Bajo el arma se encontraban dos libros con los bordes de piel y, encima, una pequeña caja de madera con útiles de escritorio y gran cantidad de papel de cartas (muchos tenían el encabezado de varios hoteles o empresas, todos sisados en cuanto surgía la oportunidad, ya que nunca se sabía cuándo harían falta), papel secante, sobres y un par de plumas estilográficas Wirt montadas en oro.

Sacó uno de los libros y una pluma, cerró la tapa del baúl y caminó mecido por el vaivén del barco hasta el pequeño armario unido al piso del camarote.

Una vez que se acomodó, el Profesor ojeó el libro. Las páginas estaban llenas con una buena escritura caligráfica, con algunos mapas y diagramas entremezclados. El libro estaba escrito en sus tres cuartas partes, y si un extraño lo hubiera leído no le habría sacado mucho sentido. Por ejemplo, sólo existían huecos en el curso de la escritura cuando se requería una letra mayúscula. Además de estas letras mayúsculas, la escritura seguía y seguía, a veces durante más de dos líneas, como si un calígrafo experimentado hubiera realizado un ejercicio de copia. No se encontraban palabras legibles, ni de inglés corriente ni de ninguna otra lengua extranjera. Sin lugar a dudas era el código de Moriarty: un inteligente sistema polialfabético basado en las obras de M. Blaise de Vigenere [3], al que el Profesor había añadido algunas e intrincadas variaciones propias.

En este momento Moriarty no estaba atento al contenido del libro. Dejaba que las páginas se movieran entre sus dedos, dejando pasar el último cuarto de páginas en blanco hasta las últimas diez o veinte hojas. Éstas, al igual que la primera parte del libro, estaban llenas de escritos, aunque incompletas y con una sola palabra que servía de encabezamiento cada tres o cuatro páginas.

Estas palabras, escritas en letras mayúsculas, cuando se transcribían en el texto y se descifraban, eran nombres. Podía leerse: grisombre. schleifstein. sanziona- re. segorbe. crow. holmes.

Durante las siguientes dos horas, Moriarty permaneció absorto en estas anotaciones personales, añadiendo aquí una línea o poniendo allí un pequeño diagrama o dibujo. La mayor parte del tiempo la pasó en las páginas que se referían a Grisombre, y cualquiera que poseyera la habilidad e ingenuidad para descifrar el código se habría dado cuenta de que las notas eran la repetición de varias palabras. Palabras como Louvre, La Gioconda o Pierre Labrosse. También aparecían algunos cálculos matemáticos y algunas notas que daban la impresión de indicar un período exacto de tiempo. Decían así:

Seis semanas para copiar.

Sustituir a la octava semana.

Dejar que pase un mes antes de acercarse a G.

G debe terminar a las seis semanas de aceptar el encargo.

A todo esto, el Profesor añadió una última anotación. Una vez descifrada decía lo siguiente: G debe enfrentarse a la verdad a la semana del éxito. Tener a mano a S y a Js.

Cerrando el libro, Moriarty sonrió. Esta sonrisa se convirtió en una risita sofocada perfectamente audible y más tarde en una carcajada en la que se podía v sentir la disonancia de la perversidad. En su mente ya estaba tramada la conjura contra Grisombre.

La elevada vía de ferrocarril que atravesaba el puerto de Liverpool era conocida en la zona como el paraguas del puerto, dado que protegía a los trabajadores del puerto cuando iban o volvían de sus puestos de trabajo. Esta función secundaria cumplió su papel a la perfección en la mañana del 29 de septiembre de 1896, cuando un largo período de sequía dio paso a una cálida y agradable llovizna.

A pesar de esta inclemencia, el perfil del gigantesco puerto -segundo en importancia después del de Londres- era una visión agradable para los pasajeros del SS Aaurania que abarrotaban la cubierta de botes y la de paseo.

Desde la orilla, el barco de 4000 toneladas parecía estar vivo, arrojando vapor, con su chimenea roja salpicada con la blanca espuma del mar, como si respirara con fatiga y sintiera un alivio al llegar al paraíso después de un arduo viaje.

Llegó al puerto algo después del mediodía. Entonces la llovizna ya había cesado y el cielo estaba surcado por rayos azules, como si alguien hubiera dado un arañazo a las nubes.

Bertram Jacobs llegó al muelle justo a tiempo para ver atracar al Aurania, observando con mal disimulado interés cómo bajaron las escalerillas y cómo salían los primeros equipajes.

El hermano de Bertram, William, también lo estaba observando, pero desde una posición más ventajosa situada a unas ciento cincuenta yardas de distancia, ya que la pareja había llegado por separado de acuerdo a las instrucciones de la última carta de Moriarty.

Eran unos hombres bien dotados, que sin lugar a dudas serían capaces de cuidarse de sí mismos si la ocasión lo requería. Vestidos pulcramente y con algo de extravagancia, habrían pasado fácilmente por miembros de una familia respetable de clase media; e incluso, en alguna circunstancia, como jóvenes ricos de ciudad. Ambos poseían ojos claros e inquietos, y unos rasgos donde no había ni rastro ni herencia de sus antecedentes toscos, pues su ambiente fue la clase criminal más baja: su padre era un falsificador de incomparable talento que murió en la cárcel, y se enorgullecían de tener dos tíos estafadores caracterizados por su enorme brutalidad. En efecto, los Jacobs habían estado muy próximos a la gente de la banda desde su infancia, trabajando primero como fileteadores y, más tarde, como atracadores de cierta importancia. Eran de gran valor para Moriarty, que se encargó personalmente de su entrenamiento y se aseguró de que aprendieran no sólo lo esencial sino también lo menos habitual, desde el uso del lenguaje a la etiqueta, ya que consideró muy útiles a estos muchachos.

Ninguno de los chicos tenía la más ligera duda de la persona en quien depositar su confianza. Si no hubiera sido por el Profesor James Moriarty no habrían tenido un comienzo tan bueno, y quizá todavía estarían en Steel, la Model [4], o Slaughterhouse, donde pensaban los chicos de azul que se encontraban en estos momentos.

Bertram se quedó atrás, a un lado de la multitud, sin mostrar ningún interés cuando el barco comenzó a expulsar a sus pasajeros. Amigos y familiares se saludaban mutuamente, llenos de alegría, con lágrimas en los ojos o, sencillamente, con un sobrio apretón de manos. Un individuo se arrodilló para dar gracias públicamente al Altísimo por haber regresado sano y salvo. Sin embargo, entre toda esta confusión, Bertram Jacobs advirtió con una sonrisa disimulada que no estaban esas jóvenes mujeres que se colocan a los lados de la multitud en busca de prometedores y picaros individuos -pasajeros o tripulación- dispuestos a gastar generosamente. Los jóvenes Jacobs deseaban que el Profesor llevara algo de dinero para gastar con estas mujeres, ya que eran muy atractivas y llamativas.

William Jacobs, alejando la vista de Spear y Bridget, miró a Lee Chow mientras ayudaba a llevar el equipaje a un viajero con un abrigo negro. Sus ojos se encontraron, pero Lee Chow hizo como si no se hubiera dado cuenta.

Ahora venían más pasajeros y con mayor rapidez, y una enorme pila de fardos, maletas y maletines estaba empezando a amontonarse en el muelle. Por todas partes se encontraban marineros y mozos, algunos de los cuales no eran demasiado cuidadosos con los equipajes y no hacían ningún caso de las protestas de las refinadas damas y sus acompañantes. Carros y coches de alquiler, un furgón impulsado a vapor, numerosos carros pesados, algunos cabriolés y carruajes de cuatro ruedas estaban junto al muelle, yendo y viniendo continuamente. Todo era ruido y empujones, gritos, órdenes, bromas y actividad.

Moriarty salió poco después de la una y media y contempló el panorama como un profesional algo perplejo que pone sus pies por primera vez sobre un puerto inglés. Junto a él tenía dos mozos que llevaban el equipaje, y a los que daba continuas instrucciones, diciéndoles que tuvieran cuidado, todo ello con el habla nasal y abreviada de Centroamérica.

Bertram Jacobs se encaminó hacia el pie de la escalera, ofreció su mano y saludó al Profesor con tranquilidad, conduciéndole hasta el carruaje que había estado esperando durante una media hora. Le agradó ver cómo Moriarty lanzaba una rápida sonrisa al conductor, Harkness, el cochero del Profesor de los viejos tiempos.

Los mozos colocaron el equipaje y Moriarty ofreció una elaborada comedia, pretendiendo no conocer el pago correspondiente a sus servicios. Al final, Bertram se unió a la representación y pagó a los mozos de su propio bolsillo.

Hasta que ambos no estuvieron sentados en el interior del carruaje y Harkness empezó a picar a los caballos, el Profesor no se reclinó y habló con su habitual voz.

– Ya estoy de vuelta. -Hizo una pausa, como si estuviera examinando mentalmente la frase-. ¿Dónde tenemos el cuartel general?

– En el Saint George. Ember dijo que usted deseaba algo de lujo y no lugares ruidosos. ¿Ha sido un viaje tranquilo?

Moriarty asintió con la cabeza y sonrió como para sí mismo.

– Mal tiempo en algunos momentos. Bridget Spear pensaba que se moriría antes de que llegáramos aquí. El Saint George es bueno y algo de comodidad nunca viene mal. Tenía ganas de pisar la tierra y tener un buen brandy.

– ¿Y una cama sin movimiento?

– No tan inmóvil, como te habrás dado cuenta -el Profesor sonrió entre dientes-. Siempre me resulta difícil dormirme después de un viaje por mar. ¿Ember está seguro?

– Él llevará a Lee Chow hasta Londres. Todo está preparado.

– ¿Y tu hermano?

– Llevando a Spear y a su mujer al hotel. Tienen una habitación en el mismo piso que usted. Bill y yo estamos cruzando el pasillo, por lo que todos estaremos muy juntos esta noche. No he oído ni siquiera un susurro sobre usted en todos los sitios que están a mi alcance. Y no había marineros cuando salió del barco. Todo está bastante tranquilo.

– ¿Harkness?

– Alojado cerca de los establos del hotel. Él se irá a Londres esta misma noche. Nosotros saldremos mañana en tren.

Moriarty, con su cuerpo balanceándose por el movimiento del coche, observaba todo por la ventana como una persona que coge muestras de lo que ve en un nuevo país.

– Este lugar cambia poco. -Lo dijo de forma tan queda que los Jacobs apenas pudieron oírle-. Juraría que ya he visto a una docena de muchachas que hacían la calle cuando estuve aquí de joven.

Estaban saliendo rápidamente de la zona del puerto con sus numerosas tabernas y grupos de putas, que eran la delicia de los marineros de todo el mundo.

– Una buena inversión, la propiedad de esta zona -dijo Jacobs.

– Solía decirse que un acre de terreno alrededor del puerto de Liverpool valía diez veces más que cien acres del mejor suelo de cultivo en Wiltshire.

– Es posible. Y aquí ya hay muchos surcos arados.

– Y otras cosas -reflexionó Moriarty.

Algunos minutos más tarde pasaron por la ancha e imponente Lime Street y se pararon en el exterior del Hotel Saint George, donde los mozos y botones formaron un gran alboroto en el momento de su llegada. Moriarty firmó utilizando su nombre falso y dando como domicilio una dirección de alguna institución académica poco conocida de América central.

Los Jacobs habían reservado para su líder una gran suite con varias habitaciones, que incluía un salón, un gran dormitorio y un cuarto de baño privado, el mejor del hotel, decorado con gusto y con ventanas que daban a la bulliciosa calle.

Los mozos dejaron el equipaje en el dormitorio y se fueron empujando sus carros, mientras Moriarty pasaba la palma de la mano sobre el maletín de piel como si fuera un objeto de gran belleza.

– Tengo una pequeña sorpresa para usted, Profesor-afirmó Bertram una vez que los mozos se habían ido-. Si me perdona un momento.

Moriarty asintió con la cabeza y fue a abrir una botella del buen brandy Hennessy que había traído con el equipaje. Se sintió cansado e indispuesto a consecuencia, según pensaba, de la tensión del viaje.

Su buen humor volvió rápidamente, cuando Bertram abrió la puerta e hizo pasar a Sally Hodges a la habitación.

– Me alegra volver a verte.

Sally Hodges ofreció la mano y se acercó al Profesor, cogiendo sus manos entre las suyas y besándole con ternura en ambas mejillas.

Sally Hodges ocupaba un lugar especial en el grupo de Moriarty, ya que había sido un importante miembro de su banda -su puta encargada de las mujeres de la calle y de los prostíbulos-, incluyendo la famosa casa de Sal Hodges en el West End. También le proveía de mujeres jóvenes para su uso personal, y a intervalos frecuentes también era su querida favorita.

En la actualidad, con treinta y tantos años, era una mujer llamativa con el pelo de color cobrizo y una figura tremendamente proporcionada que siempre hacía resaltar al máximo, como ahora, que llevaba un vestido de terciopelo azul que agraciaba su cuerpo de forma más que insinuante.

Moriarty retrocedió, como examinándola, y una breve sonrisa se dibujó en sus labios.

– Bien, Sal, entonces me has sido fiel.

– No ha sido fácil, James. -Ella era uno de los pocos confidentes que podía 1 llamarle por su nombre propio con total impunidad-. Los viejos tiempos ya pasaron. Ya lo sabes. Ahora sólo tengo una casa en Londres y no existe ningún control de las chicas de la calle desde que te fuiste.

– ¿Pero…?

– Sin embargo, estaré orgullosa de calentar tu cena la noche que desees.

Dio un paso hacia el Profesor, que retrocedió un poco, ya que no le gustaba demostrar excesiva prodigalidad hacia las mujeres en presencia de sus lugartenientes. En ese momento se produjo una gran conmoción en el pasillo, que anunciaba la llegada de William Jacobs y los Spear.

Hubo numerosos apretones de manos y algunos besos y susurros entre las mujeres. A continuación se sirvieron unas buenas dosis de brandy.

Cuando todo estuvo más tranquilo, y Bridget Spear se sentó, todavía con mala cara, Bert Spear elevó su vaso hacia el Profesor.

– Le deseamos un buen comienzo -brindó.

Cuando cesó el murmullo de asentimiento, Moriarty observó los rostros de su pequeña banda.

– Por un buen comienzo -repitió él-. Y triunfar sobre todos los que se han cruzado en nuestro camino.

– Amén a todo -susurró Spear.

– Confusión para ellos -dijo Bertram Jacobs mientras agitaba el vaso.

– Hagamos que desaparezcan -desembuchó William Jacobs.

Las mujeres movieron la cabeza en señal de asentimiento y todos bebieron un trago de brandy como si sus vidas dependieran de ello, mientras que Bertram volvía a llenar los vasos en cuanto se vaciaban.

En ese momento, Sal Hodges, siguiendo la indicación de Moriarty, llevó a Bridget Spear a un lado y le sugirió que debían dejar solos a los hombres para que trataran sus negocios.

Cuando salieron las mujeres, Moriarty miró a los hermanos Jacobs, primero a uno y después al otro.

– Bien -comenzó-. ¿Qué gestiones habéis realizado?

Bertram Jacobs actuaba como portavoz.

– La casa está preparada: ésa es la mejor noticia que puedo darle. Es lo que llaman una atractiva residencia, cerca de Ladbroke en Notting Hill, es decir, está bien situada. Hay mucho espacio para todos, y un pequeño jardín y un invernadero en la parte trasera. Hemos hecho correr la voz de que usted es un profesor americano a quien no le agrada el trato con las personas. Está aquí para estudiar, aunque pasará bastante tiempo en el continente.

– Bien -la cabeza de Moriarty se movió lentamente-. ¿Y el mobiliario está completo?

– Todo lo que necesita.

– ¿Y mi cuadro?

– El Greuze estaba exactamente donde Ember nos dijo. Está colgado en su nuevo estudio y podrá verlo mañana mismo.

Moriarty asintió con la cabeza.

– ¿Y qué hay de nuestra gente?

La mirada de los hermanos Jacobs se volvió grave y sus sonrisas se desdibujaron.

– Sal ya le ha informado de lo suyo -Bertram frunció el ceño-. Las chicas se han dispersado o están trabajando en grupos de dos o tres. Y lo mismo para el resto de los negocios. Nuestros antiguos demandantes se han levantado contra ellas; las chicas de la calle van por libre. Sin nadie que controle todo esto, los mejores ladrones realizan sus robos y los peristas hacen los negocios directamente. Ya no hay orden.

– Entonces, ¿nadie ha tomado el control? -la voz de Moriarty se fue apagando hasta convertirse casi en un susurro.

– Existen varios grupos, pero ninguno grande, no como en nuestros tiempos, Profesor. Ahora no hay nadie que vaya abriendo camino.

– ¿Quieres decir que realmente nadie lo está planificando? [5]

Ahora llegaba el turno de William Jacobs.

– Algunos asuntos concretos sí que están planeados. Los peristas lo hacen de vez en cuando. Pero no es…

– ¿Y quién más?

– Se hablaba del francés planeando una estafa en Mesopotamia [6] hace algunos meses.

– Y el alemán… -comenzó a decir Bertram.

– ¿Schleifstein? -su voz se volvió cortante y enfadada.

– Sí, se dice que está tramando algo que despierte su imaginación.

– Buitres, carroñeros. ¿Qué hay de nuestros informadores?

Los informadores eran un gran ejército de mendigos y vagabundos que formó Moriarty para que le sirvieran de fuente de información.

– La mayoría están al acecho por su cuenta.

– Cuánto tiempo nos llevará volver a regularizarlos.

Bertram se encogió de hombros.

– Si se les paga de forma regular, conseguiremos que vuelva la mitad en el plazo de un mes.

– ¿Sólo la mitad?

– Ya no es lo que era, Profesor. Algunos han muerto, otros han desaparecido. Y los policías…

– Crow y sus hombres.

– No es sólo el inspector Crow. Los polis también han sido más activos. Se han producido muchos arrestos. Incluso algunos de nuestros mejores cacos han comenzado a llevar una vida respetable.

– ¿Y los matones?

– Sólo han servido para una cosa: para estafar.

– Oh, son buenos para atemorizar a la gente y para beber y estar en compañía de putas. -Moriarty lo dijo sin ningún sentido del humor.

– Va con la profesión, Profesor. -Fue la primera vez que Spear habló durante el intercambio entre los hermanos y el líder.

– ¿Y sobre Terremant?

– Terremant está trabajando en unos baños turcos. -Bertram respondió mientras se iluminaba su rostro. El fuerte y duro como el acero Terremant era quien había colaborado en la huida de la cárcel de los hermanos-. El resto hace trabajos casuales para cualquiera que pague por sus servicios. Me imagino un grupo de asaltadores por cuenta propia. Yo conozco un chulo más abajo de Dilly que utilizó a dos de ellos contra tres de sus chicas. Deseaban organizarse por propia cuenta. Las chicas, quiero decir. Ellos las disuadieron.

Moriarty se sentó y permaneció en silencio casi durante un minuto. Cuando habló lo hizo como si se dirigiera a sí mismo.

– Debe existir orden entre nuestra propia gente, entre la gente de la banda, si deseamos salir adelante. Y también debe haber desorden, caos, en la sociedad.

El panorama pintado por los hermanos Jacobs era malo.

Moriarty se levantó, se estiró y caminó hacia la ventana. El sol se había ido otra vez, y ahora estaba cubierto por nubes y oscuridad. Apareció de nuevo la llovizna, y el aire cálido, tangible y pesado, presagiaba un trueno inminente.

Como si de repente algo se estuviera forjando en su mente, Moriarty dio una vuelta y miró directamente a Spear.

– Cuando regresemos a Londres tu primer encargo será echar una bronca a Terremant y a cuatro o cinco más. Veremos lo que son capaces de hacer por una paga regular. Más tarde encargaré a Ember que se ocupe de los informadores. Londres era mi ciudad y volverá a serlo de nuevo, y no tendré a gente como Grisombre y Schleifstein involucrándose en mis raterías o metiéndose con mi gente. Y tampoco tendré a Crow marcándome la pauta -su cabeza se movió hacia Bertram Jacobs-. ¿Qué hay acerca de Holmes?

– Sigue con su trabajo.

Moriarty permaneció inmóvil, como un peligroso reptil preparado para saltar.

– Si llegamos a un acuerdo con determinadas personas, el resto vendrá a nuestros pies. He regresado con un propósito y dentro de poco lo revelaré -dijo a continuación, lentamente.

Sally Hodges ayudó a Bridget Spear en su baño, poniendo una enorme toalla alrededor de los hombros de la muchacha. No había nada anormal en el apetito sexual de Sally, sin embargo era capaz de apreciar el atractivo físico de una mujer, ya que tenía mucha experiencia en eso debido a su negocio. Ahora estaba observando a Bridget mientras se secaba con la toalla y comenzaba a vestirse.

Un bonito rostro, pensó Sal Hodges, buen cabello y buenos dientes, un color de piel inadecuado, pero fuertes caderas y atractivas piernas. Bert Spear había conseguido una mujer resistente que le haría feliz durante mucho tiempo. La muchacha poseía una voluptuosidad natural, ahora más evidente a medida que se ponía las bragas cortas de seda, las medias y la falda.

Sal Hodges no tenía ilusiones en relación a Bridget. No era una chiquilla superficial, carne para la cama de un hombre o compañía para una tarde fría. Era tan dura como unas viejas botas y, si la ocasión lo requería, no dudaría dos veces en matar por su hombre. Sal lo supo inmediatamente después del primer encuentro con la muchacha, cuando ayudó a salvar a Spear de los rivales de Moriarty.

Todo daba la impresión de haber sucedido hace cientos de años, ahora Bridget parecía más madura y confiada cuando hablaba sobre las fruslerías que atraían a las dos mujeres. Según dijo, el vestido de color óxido que se había puesto lo habían comprado en Nueva York.

– Entonces, ¿te gusta América, Bridget?

– Bastante. Las últimas semanas han sido muy duras. Pero con un hombre como Bert sólo puedes esperar eso.

Sally sonrió.

– No te gustó el viaje por mar, según creo.

– Oh, no sólo fue el viaje-contestó mientras daba la espalda a Sal Hodges-. ¿Me podrías abrochar? No demasiado apretado. No, lo habría pasado mal en cualquier lugar donde estuviéramos. Pero todavía no digas una sola palabra a nadie. Antes tengo que decírselo a Bert.

Sally pensaba que sus pechos estaban más hinchados que nunca.

– ¿Desde cuándo? -preguntó como si no fuera una sorpresa.

– Calculo que desde hace unos dos meses. Pronto estará claro. ¿Se enfadará el Profesor?

– ¿Por qué ha de enfadarse? Tener niños es algo natural en la vida de una mujer.

– Sin embargo, están sucediendo muchas cosas. Todo irá bien mientras estemos con el Profesor, pero yo conozco a Bert y sé que sólo es el principio de una prole. No quiero que ellos acaben como mis hermanos y hermanas y los de los demás: viviendo en los huesos, amontonándose en los rincones para mantener el calor, vestidos de harapos y muriendo muy jóvenes por no tener zapatos en sus pies. No, Sal, deseo que mis niños se eduquen bien. Bert es un buen hombre, pero ¿cuánto tiempo durará esto?

– Conozco al Profesor desde hace muchos años, Bridget, y siempre ha sido generoso con los que le son francos y fieles.

– No tengo ninguna duda al respecto. Pero tú no has tenido que huir, Sal. Nosotros salimos de Limehouse; luego de la casa Berkshire. Pensaba que nos estableceríamos en Francia, pero no fue así. Huimos de Nueva York y pensé otra vez que permaneceríamos seguros en San Francisco. Me gustaba estar allí, pero tuvimos que escapar de nuevo. Ahora volvemos a Londres y, con algo de suerte, tendré aquí el niño -se dio unos ligeros golpecitos en el estómago-. Pero, ¿cómo acabará todo esto?

– Conozco al Profesor y acabará provocando la desgracia de los extranjeros. Y también acabará con Crow y Holmes.

LONDRES

Miércoles 30 de septiembre – Jueves 29 de octubre de 1896

(Una deseable residencia)

North Kensington estaba mezclado con pequeños reductos de pobreza. Suciedad y franjas superpobladas llenas de miseria se encontraban junto a opulentas edificaciones que se habían extendido en hileras ordenadas durante el último medio siglo. En las anteriores cuatro décadas florecieron muchas grandes plazas a lo largo de High Road, desde Notting Hill hasta Shepherds Bush, cambiando el aspecto de toda la zona.

La más impresionante de todas era Ladbroke Estate -«el frondoso Ladbroke», tal como lo llamaban-, seguro y autosatisfecho con su centro en la iglesia de St. John y sus simétricas villas con amplias y ricas fachadas y grandes jardines. La influencia natural de este tipo de construcción se extendía hacia el este y constituía una red de buenas residencias alrededor de Holland Park y Notting Hill, lugares con direcciones como Chepstow Villas o Pembridge Square. Fue a un callejón sin salida en medio de esta erupción de respetabilidad, Albert Square [7], donde un par de carruajes llevaron a Moriarty y a sus partidarios a primera hora de una cálida tarde del miércoles 30 de septiembre de 1896.

Habían llegado en tren desde Liverpool, y la mente de Moriarty zumbaba con las relaciones y recuerdos mientras el coche le transportaba por Londres. Era un día caluroso, y olores conocidos invadieron el interior del vehículo de forma punzante, aumentando la nostalgia del Profesor. Las calles estaban tan abarrotadas como las recordaba, incluso más, ya que ahora podían verse más vehículos con movimiento autónomo. En las principales vías, los pobres rozaban sus hombros con los ricos, los negocios, rebosantes de mercancías, todavía vituperaban a los menos afortunados y hasta podría pensarse que el pulso de todo el Imperio palpitaba de forma audible. Moriarty también pensó que estaba sintiendo los latidos de su propio imperio: que todavía no estaba muerto.

Con mucho calor y cansancio, pero con una sensación de gran bienestar, Moriarty echó un primer vistazo a su nuevo hogar: el número 5 de Albert Square, una de las diez villas adosadas situadas alrededor de un pequeño terreno cercado, con césped y árboles, muy polvoriento en verano, y con el pavimento tachonado a intervalos regulares por renuevos de fresno. Un barrio deseable. Un pequeño mundo, autónomo y presumido con su digna calma, con las doloridas espaldas de las doncellas y el frío servilismo de los cocineros, los mayordomos y las nodrizas; estaba tan lejos del mundo real de Moriarty como el castillo de Windsor de los talleres donde se explota al obrero, de las cocinas y de los bares.

Las casas de Albert Square eran pretenciosas en muchos aspectos. No eran tan grandes como las de Ladbroke Estate y, sin embargo, ostentaban fachadas más amplias que la mayoría de las casas de Londres, aunque las entradas porticadas y sus cinco pisos tenían un aspecto algo recargado.

– La casa de ciudad del Duque de las Siete Esferas, ¿eh? [8]-cloqueó Moriarty.

Apenas a medio camino se encontraban patios con una sola bomba de agua para una docena de casuchas, y no podía verse un sólo árbol. Pero a la buena gente de Albert Square no le agradaba recordar ese otro mundo.

Durante esa tarde, un observador oculto habría visto los carruajes que se acercaban y habría advertido la presencia de dos mujeres en el grupo: una alta, con el cabello dorado cobrizo bien arreglado bajo un gran sombrero de verano, y otra más pequeña, pero vestida a la moda. Ambas salieron de los carruajes sin dudarlo, subieron rápidamente los escalones y fueron bajo el pórtico. En el exterior, dos hombres permanecieron sobre el pavimento para echar un vistazo, observando la fachada, intercambiando una o dos palabras mientras sonreían y asentían con la cabeza. Una de las mujeres iba vestida de negro y con el sombrero en la mano. Una buena cabellera echada hacia atrás. El profesor americano va a venir al número cinco («he oído que es un hombre brillante, pero muy recluido. Ha viajado por Europa y ha realizado algunos nuevos e importantes estudios en Londres. ¿Será médico?») La otra era más alta, con un semblante moreno y una lívida marca. Un diamante en bruto. ¿Compañera de viaje? ¿O quizá una asistente de clínica?

Durante todo este tiempo, otras dos figuras, muchachos corpulentos, ayudaban a los cocheros a descargar el equipaje y llevarlo hacia los escalones donde otro hombre más pequeño esperaba en mangas de camisa. Entre el equipaje se encontraba un gran baúl Saratoga, una caja japonesa y otro gran baúl de piel que era tratado con sumo cuidado, como si contuviera las joyas de la corona, y en realidad, de algún modo, eso era correcto.

El vestíbulo tenía un aspecto frío mientras la última luz del día se reflejaba en los paneles de la puerta formados por vidrios de colores, con manchas rojas y azules que temblaban contra el muro. Lee Chow permanecía de pie sonriendo para recibir al grupo, inclinándose y ofreciendo su constante sonrisa al Profesor. Las mujeres, que sabían cuál era su lugar, desaparecieron en las entrañas de la casa.

– Su estudio está aquí, totalmente preparado. -La mano del chino se alargó hacia la puerta situada a la derecha de la escalera. En la otra pared se encontraba una pequeña mesa con un jarrón de flores, los últimos retazos del verano entremezclados con las primeras hojas secas del otoño. Lee Chow, pensó el Profesor para sus adentros, nunca dejaría de impresionarle. El chino habría matado sin ningún remordimiento de conciencia o escrúpulo; podría dormir como un niño después de someter a una persona a las torturas más insoportables; y, sin embargo, cocinaba tan bien como cualquier mujer, y era especialmente bueno en habilidades como los arreglos florales.

El Profesor James Moriarty cruzó la puerta de su nuevo estudio, la habitación desde la que planearía y dirigiría los asuntos en curso: la ruina de los cuatro villanos continentales y de los dos guardianes de la ley.

Era una habitación alargada, de techos altos y con dos grandes ventanas que daban a la plaza. Por encima de la chimenea, situada en la pared de enfrente de la puerta, se elevaba un sobremanto adornado que enviaba los reflejos de sus siete u ocho espejos situados entre los estantes y en las enroscaduras y flautas de madera. En el otro lado, altas librerías llegaban hasta el raíl de colgar cuadros: hileras de libros, callada erudición con los lomos de piel. A los pies un Axminster de color beige y marrón oscuro. Entre los muebles se incluían cuatro sillas con brazos, cubiertas con piel marrón abotonada, mientras que el centro era un enorme escritorio color caoba que conjuntaba con algunas sillas, también con brazos. Sobre la pared de detrás del escritorio colgaba un solo cuadro: una mujer joven, reservada, con la cabeza sobre las manos: un trabajo de Jean Baptiste Greuze. Era la posesión favorita de Moriarty.

Permaneció mirando el cuadro durante tres minutos, con los ojos relucientes y la boca firme. Era como un éxtasis, ya que no había contemplado el cuadro desde que Ember lo escondió para ponerlo a salvo antes de que escaparan, en el año 94, del cuartel general de Limehouse.

Sally Hodges entró con los efectos de escritorio del Profesor y juntos, en compañía de Spear, pasaron una hora examinando la casa: el salón de estar, las cocinas en la planta baja (Bridget Spear ya estaba haciendo listas y enviando a William Jacobs a hacer algunos recados, ya que ella iba a dirigir el cotarro como ama de llaves del Profesor); el salón en el primer piso; los nueve dormitorios; los dos cuartos de baño; los vestidores y los habituales despachos. Y de nuevo abajo, el invernadero. Más tarde regresaron al estudio.

– Lo hará muy bien -Moriarty dijo a Spear-. Estaremos cómodos y calientes como chinches -vaciló mientras se oyeron las carcajadas de los niños provenientes de la plaza.

– Calientes como chinches, mientras no nos molesten demasiado los vecinos y sus críos.

Mandó que llamaran Bridget y que dijera a todo el mundo que se iban a reunir en su estudio a las ocho en punto.

– Podemos cenar tarde, por variar.

Pasó media hora con Bridget, escuchando su información sobre las instalaciones de la cocina y sobre la ayuda que necesitaría para el mantenimiento de la casa. Más tarde pasó una hora con Sal Hodges, desempaquetando la ropa personal y otros artículos necesarios. El gran baúl de piel ya se había llevado al dormitorio del jefe y estaba en medio de la habitación sin que nadie lo hubiera tocado.

– ¿Deseas que venga aquí esta noche? -preguntó Sally.

– A menos que tus asuntos te reclamen.

El Profesor estaba preocupado porque tenía que encontrar los estantes y armarios adecuados para los disfraces.

– Siempre que pueda hacerlo mañana.

– Mañana algunos estarán fuera y a primera hora. Algunos estarán en las calles esta noche -se volvió y la sonrió, mientras movía la cabeza con un ligero tambaleo propio del movimiento de los reptiles-. Pero nosotros no, Sal, nosotros no.

A las ocho en punto se cerraron las cortinas, se encendieron los manguitos incandescentes, se prepararon las lámparas y se sirvió buen jerez para la reunión que iba a tener lugar en el estudio.

Con pocas palabras, Moriarty felicitó a los hermanos Jacobs por la elección de la casa y luego pasó inmediatamente a los asuntos.

– Vosotros sabéis lo que deseo respecto a los matones -recordó a Spear-. Sigue con ello cuando lo estimes conveniente. Ellos no van a venir aquí durante el día. Hablaré con ellos mañana a las diez de la noche. En todos los casos, recordad que demasiada prisa y agitación hace que la gente vuelva la cabeza y mire atentamente. Demasiada conmoción, un cambio repentino, siempre hace que los mirones se agrupen. Por tanto, debemos movernos con suavidad, pero no como tortugas. No tenemos todo el tiempo del mundo. Nadie lo tiene.

– Estarán aquí -Spear no necesitó dar más explicaciones.

Ahora iba a dirigirse a Ember.

– No quiero que me mencionéis directamente, ¿entendéis? -les advirtió Moriarty después de dar sus órdenes en relación al nuevo alistamiento de los informadores-. La tuya posiblemente es la misión más importante, ya que no podemos trabajar sin ojos ni oídos. Habrá trabajo para ellos directamente y quiero calidad más que cantidad. Tú serás el responsable de ellos, Ember, tú sólo. Y tú siempre me darás cuenta a mí.

– Estarán en las calles entre cuatro y veinticuatro horas. -Ember se sorbió las narices, era un hombre pequeño bastante desagradable, un roedor, pero en quien Moriarty confiaba.

– ¿Lee Chow?

El silencioso chino levantó la cabeza y sus grandes ojos respondieron como los de un perro ante la llamada de su amo.

– Antes de irnos, había un farmacéutico que nos era muy útil. Un farmacéutico en Orchard Street.

Una leve sonrisa abrió la boca de Lee Chow. En la pequeña caverna apareció un diente dorado.

– ¿Ese que es un buen amigo del señor Sherlock Holmes, Profesor?

– Exactamente ése. Un constructor de sueños. Es uno de tu gente especial, Lee Chow. -El chino siempre había sido el comandante de Moriarty en ese mundo crepuscular de las medicinas, inhalaciones y pociones, tan necesario para los cientos de drogadictos de Londres-. ¿Le recuerdas?

– Charles Bignall -Lee Chow pronunció con sumo cuidado, por lo que el nombre surgió como tres palabras.

Moriarty sonrió entre dientes.

– Charlie Cocaine.

– Como siempre le llama.

– Como el resto de nuestra gente en ese campo, imagina sin duda que ahora trabaja para otros. O incluso para él mismo. Quítale esas ideas, querido Chow. Algo de dinero o un poco de sufrimiento. Cualquiera de las dos cosas bastará. Debo saber si todavía asiste al astuto señor Holmes. Sea cual fuere la situación, deseo tener sus servicios. Exclusivamente. ¿Entiendes?

– Comprendo. ¿Debo buscar también a otra gente?

– Con delicadeza, con sumo cuidado.

– Sí. Yo me encargo de todo. Pero primero el señor Bignall.

– Haz eso. Necesito a Bignall para mi plan contra Holmes, así como matones e informadores para otros proyectos.

Un perro ladró en algún lugar lejano a Albert Square. La cabeza de Moriarty se movió peligrosamente de un lado para otro.

– Y ahora, a todos vosotros. Necesitamos información en relación a Crow. El sucio inspector Angus McCready Crow.

– Todavía no ha vuelto de América -la sonrisa de Ember fue poco limpia y llena de autofelicitación.

– Es muy probable -el Profesor no sonrió-. Sin embargo, necesito algo más que eso. Necesito saber cuándo piensa volver; cómo va su matrimonio; detalles sobre su casa; relaciones con sus superiores y subalternos -señaló todos estos asuntos con sus dedos-. Su pasado también me interesa. Su expediente como policía y su carrera como hombre.

Sal Hodges soltó una breve carcajada, como un súbito resplandor de luz sobre la superficie del agua.

– Sin embargo -continuó el Profesor-, todavía tengo que reunirme con el hombre que piensa que no tiene nada que esconder de su pasado. La fragilidad humana es el arma más mortífera que tenemos a nuestra disposición. Vale por cien hombres, por doscientos sabuesos. Vale tanto como una mujer virtuosa, mucho más que los rubíes.

– Yo conozco un Rubí -dijo William Jacobs-. Es una puta que está más abajo de Whitechapel y su precio es lo suficientemente bajo.

Moriarty le echó una mirada glacial.

– Descúbreme el punto débil de Crow.

William Jacobs se miró los pies y hubo un rápido intercambio de miradas entre las dos mujeres. Todo era silencio menos el silbido de las lámparas incandescentes.

Sal se aclaró la garganta.

– Creo que te darás cuenta de que ya hemos puesto los ojos en Crow -sonrió a Moriarty con unos ojos casi retadores.

– Bien. Habla conmigo más tarde. Y ahora, hablemos de nuestro viejo amigo alemán, Wilhelm Schleifstein -el Profesor pronunció su nombre como si fuera amargo para su boca-. Sé que está preparando un buen robo. Bien, siempre he intentado ser útil para mis hermanos políticos. Desearía encontrarle algo que fuera un reto para él. Una estafa que le proporcione buenos beneficios. La avaricia es nuestra segunda arma mortal. Atrapa a un hombre con su propia avaricia y será tuyo para siempre. Y, recuerda Ember, cuando tus informadores estén situados, quiero saber dónde se esconde Schleifstein.

Ember hizo una señal con la cabeza y Moriarty pasó con suavidad a tratar otros asuntos. Primero con Sal Hodges, a quien había confiado la búsqueda de dos buenas chicas que ayudaran a Bridget Spear con la casa.

– Pero ninguna de tus sucias o valientes palomitas, Sal. Quiero chicas sin pasado y con muy poco futuro. Y que estén preparadas para la formación.

– Mañana tendrás unas esclavas -replicó Sal. Estaba acostumbrada a solucionar las distintas situaciones con las mujeres adecuadas.

– Entonces, mañana -Moriarty asintió con la cabeza-. Y mañana, Bertram, necesito que estés junto a mí para trabajar con los peristas. William, echa una mano a Spear y Ember en caso de que te necesiten. Pero antes de que anochezca, hay un nombre más que quiero daros. El nombre es Irene Adler. Quizá hayáis oído hablar de ella: es una señorita de origen americano sobre la que hice algunas investigaciones en Nueva York. Está, al menos en apariencia, en Europa, y quizá esté viajando con su nombre de casada, que es Norton, aunque su matrimonio no duró mucho. Tiene unos treinta y ocho años de edad. En su época fue una contralto de ópera. Pero posee otros talentos. El chantaje es su especialidad. Ésta es una tarea de la máxima importancia y tiene que ver con todos vosotros. Tener en cuenta a Irene Adler. [9]

La reunión terminó y Moriarty dejó caer a su manera que esa noche no quería preguntas. Sus instrucciones fueron claras y concisas y el grupo dejó el estudio para prepararse para la cena que Bridget serviría dentro de una media hora.

Moriarty, ya solo, cogió el periódico de la tarde que Lee Chow le había llevado. Galdstone había vuelto a dar su opinión. Sonrió entre dientes, el viejo político había estado en Liverpool, hablando sobre las masacres de los armenios y pretendiendo que Gran Bretaña llevara a cabo una acción aislada. El viejo loco, pensó. [10]

Sin embargo, el periódico no le llamó la atención durante un buen rato. Giró su silla y miró durante algunos momentos a su querido cuadro, contento con el pensamiento de que a las pocas horas de su regreso a Londres ya estaba de nuevo contemplándolo. La contemplación del Greuze le impulsaba a la acción. Había otro cuadro en su punto de mira: famoso en todo el mundo y de valor incalculable. Apuntó algunas cifras en un trozo de papel. Ese cuadro estaba en París, como Jean Grisombre. La avaricia de este último podría unirse a ese cuadro de valor incalculable y así provocar la caída del francés. Cogiendo una hoja, Moriarty comenzó a escribir una carta. Una vez terminada, leyó dos veces la misiva antes de meterla en el sobre que iba a dirigir a M. Pierre Labrosse. La dirección era Rué Gabrielle, Montmartre, París. Ya se había tejido otra hebra.

Sally Hodges estaba agotada. James Moriarty siempre había sido un apasionado y experto amante, pero esa noche, de vuelta a Londres, era como si una nueva determinación se hubiera liberado dentro de él. Saciado después de hacer el amor, el Profesor yacía a su lado con una respiración profunda, rítmica, como la de un hombre que se dirige a una meta desconocida. Sal Hodges no era una de esas mujeres con miedo a los hombres, ni de las que se asustan por caprichos violentos. Sin embargo, esa noche tuvo problemas para dormirse. Era como si hubiera sentido algo de maldad en su amante: una obsesión que podía resumirse en una sola palabra. Venganza.

Aunque la casa de Albert Square era silenciosa, Sal Hodges no era la única que no podía dormir. Bridget Spear también yacía, sola en una habitación que le resultaba poco familiar, deseando que su marido volviera de la misión en la que se había embarcado poco después de cenar.

Estaba ansiosa y frustrada, ya que había planeado darle la noticia esa misma noche. Había ensayado cada palabra y reunido todo el coraje. Pero, de repente, la oportunidad se esfumó. Hasta había intentado disuadirle para que no se marchara. Mañana -argumentaba- habrá tiempo de sobra. Pero ella lo sabía perfectamente, porque Bert Spear siempre había dado prioridad a los asuntos del Profesor por delante de cualquier otra cosa.

– Vete a la cama, cariño. Trataré de no despertarte cuando regrese.

La abrazó estrechamente antes de salir y ella sintió el duro bulto de la pistola que tenía en el bolsillo que presionaba contra su pecho. Esto hizo que se preocupara todavía más. Su marido en la ciudad, entre los habitantes de los barrios más oscuros: y el estado de ella, que todavía no le había revelado. Ambas frustraciones hicieron que la noche pasara muy lentamente.

En otra zona de la ciudad, Sylvia Crow también permanecía despierta, al abrigo del número 63 de King Street. Sus pensamientos, sin embargo, eran felices y estimulantes. Al día siguiente se reuniría con su marido, ya que en este momento Angus McCready Crow estaba llegando a Mersey. Cuando llegara por la mañana, él podría echar un vistazo al SS Aurania, olvidándose de que había estado a punto de atrapar a Moriarty. Sin embargo, los pensamientos de Sylvia Crow estaban muy lejos del trabajo de su marido y de los criminales que tan devotamente perseguía. Mañana por la noche, soñaba, Angus estaría de vuelta y tenía muchas sorpresas preparadas para él.

El nombre de Faulkner era bien conocido en Londres. En algunos círculos, los Baños Faulkner eran conocidísimos. En realidad, Faulkner dirigía tres establecimientos. El de Great Eastern Railway Station era el más sencillo: simples baños y duchas, tanto fríos como calientes. En el número 26 de Villiers Street todo era más elaborado: los baños de agua marina «Brill» eran la especialidad, así como los baños de vapor sulfuroso, de vapor ruso y los baños del sultán. El establecimiento de Faulkner del número 50 de Newgate Street se encontraba a medio camino entre la sencillez del Great Eastern y la opulencia del Villiers Street. Aquí uno podía bañarse por un chelín, darse una zambullida por nueve peniques, una ducha fría o caliente por un chelín y un baño turco completo por dos peniques y seis chelines.

Bert Spear pagó un baño turco, pero sólo llegó a las habitaciones para cambiarse, ya que allí vio al dependiente, la única razón de esta visita. El dependiente era un enorme boxeador, sordo de un oído y unas manos del tamaño de palas.

– Qué alegría -dijo Spear con una deliciosa sonrisa.

– Bert Spear. Qué sorpresa. No esperaba…

– Bien, aquí me tienes. Una sorpresa. ¿Todavía estás conmigo para conseguir una buena tajada?

Terremant no tuvo que pensarlo.

– Dime.

– Te necesito a ti y a otros cinco hombres de confianza. Hombres con los que hayamos trabajado antes. Diestros y fuertes.

– Eso está hecho. ¿Es para…?

Spear mantuvo alzada la mano en señal de precaución.

– ¿Recuerdas la dirección?

– Mi memoria sólo me falla con los imbéciles.

– Mañana por la noche. A las diez en punto. En grupos de dos y tres, no en masa. Albert Square, número 5, más allá de Notting Hill.

– ¿Un trabajo?

– Estás contratado. Permanentemente.

En el rostro de Terremant apareció una amplia sonrisa y un gran puño sacudió suavemente los hombros de Spear.

– Como en los viejos tiempos.

– Exactamente como en los viejos tiempos. Encontrarás a muchos de los viejos amigos. Pero quiero tu silencio. Si abres la boca morirás.

– Soy sordo y mudo, ya lo sabes.

Spear le miró duramente. Terremant podría haberle levantado y aplastado con una sola mano, pero este enorme hombre sabía que Spear era muy respetado. A pesar de su reputación de matón sin escrúpulos, Terremant nunca se buscaría problemas con alguien de la Guardia Pretoriana de Moriarty.

– Entonces, mañana por la noche.

Spear sonrió, asintió con la cabeza y se fue hacia otras guaridas que no eran tan saludables como los baños turcos de Faulkner.

Desde la década de 1850 el rostro de Londres había sufrido un sutil cambio. Nuevas construcciones habían cambiado muchas de las numerosas colonias de ladrones, esas sentinas del mal; sin embargo, a pesar de la reforma y la nueva planificación, todavía existían calles y negros callejones parecidos a laberintos donde la policía sólo se atrevía a entrar en parejas y el extraño sólo accedía por temeridad.

En estas zonas, Ember no tenía ningún miedo. Había recorrido durante más de treinta años las calles más oscuras y más notorias de la ciudad con la particular inmunidad de aquéllos que gozan de una especial y útil prebenda dentro de los bastiones del mundo criminal.

No importaba que Ember hubiera estado ausente de las viejas guaridas durante dos años o incluso más. De alguna forma, este hecho sólo aportaría más interés al viaje de esa noche mientras se deslizaba, como una delgada sombra, de una calle a otra, a los bodegones, a las pensiones y a las oscuras cocinas. En todos los sitios donde entró y en todas las frías calles había hombres y mujeres que le saludaban, a veces como a un igual, pero más frecuentemente como a una persona de rango.

Se movía con rapidez, sin quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio, manteniendo breves conversaciones con distintos individuos andrajosos. En algunas ocasiones el dinero cambiaba de manos, resbalando subrepticiamente de palma a palma con un acompañamiento de guiños y señales con la cabeza.

Cuando llegó el amanecer anunciando otro brillante día en ese veranillo de San Martín de 1896, Ember salió del humo, la podredumbre y el aire saturado de ginebra de los bajos fondos con la convicción de que había establecido los cimientos de la trama que en un tiempo fue el orgullo y la alegría del Profesor James Moriarty: esa invisible cadena de información que recabaría los informes más recientes y detallados, tanto de los enemigos como de los defensores de los bajos fondos.

El sol comenzó a elevarse, y a las diez en punto de esa misma mañana, un grupo de pilluelos andrajosos se presentó en la puerta del 22IB de Baker Street para ser conducidos, más tarde, en presencia del mismo Sherlock Holmes. Quince minutos más tarde salieron estos nómadas de las calles, felices y apretando chelines de plata, lo que suponía su recompensa por los chismes pasados a Holmes, quien, durante la siguiente hora, se sentó en sus habitaciones para tocar el violín y reflexionar seriamente sobre la información que había recibido.

A medida que pasaba la mañana, se produjeron diversos eventos relacionados. Algo más tarde de las diez, Moriarty salió de Albert Square en compañía de Bertram Jacobs y Albert Spear para una serie de reuniones que cambiarían el contenido del gran baúl de piel en moneda del reino.

Visitaron a tres personas: el viejo judío, Solly Abrahams, con quien el Profesor realizó negocios en anteriores ocasiones, y las espaciosas habitaciones traseras de dos casas de empeños. Una en High Holborn y otra cerca de Aldgate.

A las once en punto Sal Hodges -que había salido temprano- regresó a Albert Square acompañada de dos chicas que no tendrían más de catorce o quince años.

A pesar de su apariencia escuálida y estropeada, ambas chicas -un par de huérfanas llamadas Martha y Polly Pearson- estaban hablando atropelladamente con gran interés mientras Sal las empujaba hacia las escaleras y hacia la cocina, donde Bridget Spear se enfadaba al intentar cientos de tareas al mismo tiempo.

– Bien, tenéis que engordar, y eso es seguro -dijo Bridget después de que las chicas se hubieran quitado sus chales. Sin embargo, había algo de amabilidad en la voz del ama de llaves, ya que era capaz de recordar la noche en que fue llevada al servicio del Profesor: delgada, sucia e intimidada-. Sois de la calle, ¿verdad?

– No -negaron ambas con la cabeza.

– Bien, lo más seguro es que nunca hayáis servido, y supongo que tendré que enseñaros todo. ¿Vais a trabajar?

Ellas asintieron con la cabeza, llenas de entusiasmo.

– Os enteraréis si no lo hacéis. De acuerdo, coged vosotras mismas un plato con caldo y algo de pan. Ahí mismo. Sentaros en la mesa y veremos qué se puede hacer.

Orchard Street se encuentra entre la bulliciosa Oxford Street y la grave respetabilidad de Portman Square: un tranquilo afluente que va desde un río comercial hasta un plácido y saludable lago.

A medio camino y a la derecha, según se viene desde Oxford Street, se encuentra una pequeña farmacia, toda muy limpia, cubierta de pintura blanca y con un armario acristalado con grandes frascos de boticario de cuello delgado llenos de líquidos de colores: rojo, amarillo, azul y verde.

Cuando entró el chino, en los alrededores había poca gente y nadie en el interior de la farmacia; a continuación cerró firmemente la puerta y, con un movimiento rápido, giró la llave y bajó la persiana gris de modo que la palabra cerrado pudiera verse desde el exterior.

El farmacéutico era un hombre pequeño de mediana edad, de apariencia desordenada y pelo sutil, y un par de semianteojos que se balanceaban sobre su nariz. Había estado cambiando un frasco etiquetado como Pumiline Essence sobre un estante lleno de botellas y preparados. Elixir de grajo. Píldoras de Diente De León del Rey, Jarabe Tranquilizante de Johnson, y uno que hizo mucha gracia a Lee Chow llamado Bálsamo de Segador de Marrubium Vulgare.

– ¿Cómo está, señor Bignall? -dijo Lee Chow con una sonrisa permanente sobre su cara y una pronunciación que dividía meticulosamente el nombre del farmacéutico en dos partes iguales.

Durante algunos segundos Bignall permaneció de pie con la boca abierta y una gran expresión de asombro en su rostro, como un hombre que acaba de recibir malas noticias.

– ¿Está usted bien, señor Bignall?

– No quiero verle en esta tienda.

Si el farmacéutico trató de reaccionar de forma amenazadora, no hizo un discurso convincente, ya que su tez adquirió un tono color ceniza semejante al de una hoja que lleva el viento.

– No le veo desde hace mucho tiempo, señor Bignall.

– Debe marcharse. Váyase ahora. Antes de que llame a la policía.

Lee Chow sonrió como si hubiera sido una buena broma.

– No llamará a la policía. Más bien creo que me escuchará.

– Yo dirijo un negocio respetable.

– ¿Todavía tiene algunos de los clientes que yo le proporcioné?

– No quiero ningún tipo de problemas.

– Ya se ha metido en problemas, señor Bignall. Ha ganado mucho dinero en los dos últimos años, desde que yo no estoy aquí.

– No tiene nada que ver con usted.

El chino pareció pensar durante un minuto. Los farmacéuticos eran su especialidad. Ellos podían ofrecer muchas cosas difíciles de conseguir y mucha gente pagaba muy bien por los servicios privados de un farmacéutico. Al final se encogió de hombros y se volvió hacia la puerta.

– De acuerdo. Le dejaré solo, pero debe visitar pronto a los amigos. Buen día, señor Bignall.

– ¿Qué quiere decir?

– Sólo que debe visitar a los amigos. Agradable. Bonita tienda. Ahora todo está limpio. En perfecto orden. Las manzanas se pudrirán pronto y la policía vendrá. ¿Lo entiende?

Bignall lo entendió. Era un hombre con una vivida imaginación.

– Espere -dijo a continuación-. Espere un momento. Le daré dinero.

– Tengo dinero, señor Bignall. Tengo dinero para ofrecérselo si sigue haciendo favores como antes. Favores a amigos especiales.

– Yo…

Lee Chow se acercó muy despacio hacia el mostrador y se inclinó hacia el farmacéutico.

– ¿Todavía suministra polvo blanco al señor Holmes?

Bignall asintió de forma cansada.

– ¿Y todavía le oculta la verdad a su amigo, el doctor Watson?

El farmacéutico suspiró, como si sintiera de algún modo cierto alivio al compartir la información con otra persona.

– Sí.

– ¿Todavía obtiene el opio que mi gente envía?

Volvió a asentir con la cabeza.

– ¿Tiene a todos los antiguos clientes?

– Sí.

– ¿Y quizá alguno nuevo?

– Uno o dos.

– ¿Y todavía lleva a cabo operaciones quirúrgicas? ¿Sigue haciendo abortos?

– Sólo cuando es necesario.

– Bien. Ahora hablaremos sobre cómo deben ser las cosas.

Había pasado media hora desde que Lee Chow salió de Orchard Street, y ya volvía a Albert Street con felices noticias para su jefe. Se había producido otro movimiento en el gran juego de la venganza y del justo castigo.

Esa misma tarde, tanto Lee Chow como Ember informaron de todo al Profesor. Muchos de los informadores que anteriormente habían trabajado para ellos ahora se encontraban fuera del grupo de Moriarty: oídos atentos, ojos a la búsqueda de palabras, indicios, signos, ya que sabían que habría una pequeña recompensa para ellos a cambio de cualquier fragmento o cuchicheo que pudieran arañar.

En particular, había hombres y mujeres a la búsqueda de noticias en la calle St. George, durante algún tiempo la notoria Ratcliffe Highway, centrando la mayor parte de su actividad alrededor de Preussische Adler, la guarida favorita de los marineros alemanes y de otro tipo de gente que no contaba con la policía entre sus amigos más íntimos. Su tarea era buscar noticias sobre Wilhelm Schleifstein.

Pero en todos los sitios a los que fueron en esas malditas calles -hasta el Rose and Crown o el Bell, o en cualquiera de los espectáculos de baile y music hall-, sus preguntas fueron prudentes. Entre los nombres que guardaban en su mente se incluían Irene Adler, el policía -Crow-, el mismo Holmes, así como otros criminales extranjeros sobre los que el Profesor estaba concentrando la mayor parte de sus esfuerzos.

Durante todo el día Spear se movió entre Albert Square y una docena de lugares secretos en el interior de la metrópolis. Más tarde, después de la cena -servida por las nerviosas gemelas, Martha y Polly, y con mucha ayuda por parte de Bridget Spear- tuvo también algunas palabras en privado con Moriarty. Entonces Spear ya había asumido de forma tácita el mando de la Guardia Pretoriana y le dijo que durante las dos últimas horas había estado hablando con una docena de profesionales: cacos, carteristas, pequeños y grandes estafadores y chantajistas, que ahora estaban trabajando por su cuenta. Su acercamiento había sido cuidadoso, prudente y había tenido éxito.

Cuando Spear le dejó, Moriarty permaneció junto a la ventana del salón, con un vaso de brandy en una mano y mirando hacia la plaza. Allí fuera, pensó el Profesor, su reinado ya estaba en camino; su banda comenzaba a obtener el éxito merecido, tal como sucedió hasta la derrota poco digna del 1894. Ahí fuera también se encontraban las llaves que abrirían las puertas del desastre para los seis enemigos que continuamente le atormentaban.

Una ligera brisa sacudió los árboles de la plaza, como si estuvieran atemorizados ante la amenaza proveniente de la ventana del salón.

Volviendo su atención hacia el interior de la habitación, Moriarty miró tiernamente al piano, que ocupaba una posición de cierta importancia, un piano de cola de salón de la marca Collard & Collard, que los Jacobs compraron a un tratante que tenía acceso a estos instrumentos, de gran calidad, pero de bajo precio. El piano era un lujo del que el Profesor había prescindido durante mucho tiempo. De niño, la música fue el telón de fondo de su cotidiana vida hogareña. ¿Acaso su madre no le enseñó? Ciertamente, podía recordar ese sentimiento de satisfacción que ya poseía a muy temprana edad al ser capaz de tocar con gran talento. Solía pensar con frecuencia que era la única cosa que sus hermanos le envidiaban («Señora Moriarty, el joven Jim debería dedicarse profesionalmente y comenzar a dar conciertos. Es tan diestro». Era un comentario pasajero que todavía recordaba).

Sin embargo, habían pasado muchos años desde la última vez que se sentó ante un teclado, y ahora, desde que llegó a la casa, siempre aprovechaba la ocasión. Se acercó al instrumento con cautela, como si fuera un animal que necesitara domesticación. Una vez sentado, cerró sus ojos y trató de recordar aquella época en que tocar el piano era tan fácil como respirar. Si Holmes pudiera tocar el violín, él entonces podría obtener una desgarrada melodía de las teclas negras y blancas. Lentamente, sus largos dedos comenzaron a moverse por encima del teclado sin tocarlo y, más tarde, como si hubiera adquirido una rápida confianza, encontró las notas y comenzó un estudio de Chopin: el doceavo, el «Revolucionario», como es conocido.

No fue una interpretación ordinaria, sino que tuvo un sentimiento único, como si la música fuera el desagüe de todos los deseos y frustraciones enjaulados, de todas las glorias y maldades. Con la música vino una especie de paz temporal, y Moriarty siguió redescubriendo su talento hasta que el clamor de abajo anunció la llegada de Terremant y del primer matón.

Arriba, en su confortable habitación, Bridget Spear se enfrentaba a su marido.

– El señor Knap ha estado aquí -dijo con brusquedad con una mano sobre su estómago. Para ella era mucho más fácil utilizar esta vieja frase, que daba a entender el embarazo, que cualquier otra expresión más formal y halagadora con la que las mujeres jóvenes dan la noticia a sus maridos de que «están esperando a un pequeño extraño.»

La boca de Albert Spear se abrió y luego volvió a cerrarse.

– Bridget, nunca soñé…

– Deberías haberlo hecho, Bert. Entonces, ¿qué pensabas que estábamos haciendo?

– Entonces, ¿voy a ser padre?

Confía en él, pensó la chica. Su primer pensamiento fue que iba a ser padre.

– Y yo madre -dijo ella con frialdad.

El rostro de Bert Spear se ensanchó con una sonrisa burlona.

– Apuesto a que vendrá al mundo agarrando el anillo de boda de la comadrona. Son buenas noticias, Bridget. El comienzo de nuestra familia. Realmente buenas noticias. Espera a que el Profesor lo sepa. Estará orgulloso como un viejo perro Colé.

– ¿De verdad lo estará?

– Por supuesto, pequeña. Porque es un niño de la banda. El Profesor será con mucho gusto su padrino.

– ¿Bert? -ella se acercó a él colocando suavemente una mano sobre su brazo-. Sólo deseo lo mejor para el niño. Él no llevará la vida que nosotros tuvimos cuando éramos ladronzuelos, ¿no te parece?

– El Profesor estará junto a él. No, pequeña, le querrá de modo desinteresado.

Se oía desde abajo el sonido líquido del piano; a continuación, y mucho más lejos, el sonido de la campanilla de una puerta.

Mientras el Profesor James Moriarty se sentaba para tocar a Chopin, Angus McCready Crow iba a reunirse con su mujer en la casa de King Street.

El detective le había pedido de forma especial que no se reuniera con él en la estación de ferrocarril. En parte porque no veía bien que las mujeres casadas estuvieran solas y, sobre todo, porque era pesimista en relación con los horarios y sabía bien que en un abrir y cerrar de ojos allí aparecían todo tipo de peligros, deslices, codazos y empujones.

Pero luego, de hecho, llegó a su casa prácticamente a la hora calculada, más tranquilo por haber sobrevivido durante todo este viaje. Mientras llamaba al picaporte de bronce, desaparecieron de su mente todas las frustraciones referentes al fracaso con Moriarty y se presentaron otros pensamientos que llenaron todo su cuerpo, ya que no podía negar que deseaba abrazar el abundante cuerpo de Sylvia, y algo más. Sus deseos, sin embargo, no eran sólo de naturaleza lujuriosa. Una de las cosas que más había echado de menos en sus viajes era la cocina de Sylvia Crow. Para él, nadie hacía el filete y el pastel de riñón como ella, ni cocinaba mejor tartas y pasteles, y además, el guisado de liebre, según afirmaba Crow, era un placer del paraíso en la tierra.

Mientras esperaba que su mujer abriera la puerta, a Crow le asaltó una auténtica ráfaga de deseos. Aromas que recordaba bien y sabores suculentos combinados con las sensualidades escondidas del dormitorio y todos los estremecimientos que Sylvia utilizaba con tanto aplomo. El aroma de sus pechos y muslos mezclado de forma atractiva con imágenes de patatas asadas y cordero.

La puerta se abrió y Angus Crow, sobrecogido por la imaginación de sus sentidos, se adelantó para abrazar a la señora Crow. Hogar para el marinero, hogar desde el mar y la casa del cazador desde la colina.

– Sylvia, querida -canturreó en voz baja, con los ojos medio cerrados y el acento aumentado, tal como siempre hizo en épocas de estrés emocional.

Sus manos apenas tocaron a la mujer antes de que sintiera una gran conmoción.

Crow abrió los ojos y vio, no a su querida Sylvia, sino a una mujer joven de aspecto anguloso, vestida de negro y con un delantal blanco y un gorrito. Su primera reacción fue mirar nerviosamente a la puerta para asegurarse de que no se había equivocado de número. Pero ahí estaba, claro y limpio, algo más arriba del picaporte. Sesenta y tres.

La mujer joven recuperó la compostura un poco antes que Crow.

– Buenas noches, señor -dijo, toda temblorosa-. ¿A quién anuncio?

– Inspector Crow.

Rápidamente se lo imaginó. Sylvia siempre había tenido ideas. Antes de la boda, ella siempre había dirigido su pequeña casa, contenta al tener que cocinar y hacer las camas, limpiar, quitar el polvo y hacer la compra sin disponer siquiera de un momento de ocio. Era evidente para Crow que, en su ausencia, su esposa había quebrantado la tranquilidad de ambos al contratar criados.

– Angus -ella había esperado a que la chica abriera la puerta para recibirle y, a continuación, incapaz de seguir las más correctas reglas sociales, se abalanzó sobre él dentro del diminuto recibidor-. Oh, Angus, otra vez en casa -le abrazó rápidamente y le besó en ambas mejillas, antes de que le sujetara por los brazos y se dirigiera a la criada-. Rápido, Lottie, el equipaje del señor. Pásalo, chica, antes de que salgan todos los vecinos para echar un vistazo.

– ¿Qué es esto, Sylvia? -susurró Crow.

– Pas devant les domestiques -afirmó Sylvia mientras aparecía en su boca una sonrisa de bienvenida-. Oh, ¡qué agradable es volver a verte! Lottie, sube el equipaje. Querido, ven al salón y déjame verte -continuó en voz alta.

Crow, abrumado por los acontecimientos, se dejó empujar hasta el pequeño salón que, tal como pudo observar, estaba algo cambiado.

– Sylvia, ¿quién es esa mujer? -dijo con fuerza casi antes de que se cerrara la puerta.

– Una sorpresa, Angus. Pensé que te agradaría. Es Lottie, nuestra cocinera y criada.

– ¿Cocinera? ¿Qué significa eso en una casa?

– Es nuestra sirvienta. Después de todo somos un matrimonio de cierta posición, y tú estás esperando un importante puesto en Scotland Yard…

– ¿Qué puesto importante?

– Bien, estás destinado a ser ascendido y…

– No tienes ninguna razón para pensar, ni siquiera por un momento, que seré ascendido. Si lo que deseas es la verdad, he fracasado miserablemente en mi actual misión, y tendré suerte si no me castigan la próxima semana. ¿Por qué has traído a alguien más a nuestro pequeño hogar? ¿Nuestro pequeño…? -dudó- ¿Nuestro pequeño nido de amor?

Sylvia comenzó a llorar. Era algo que normalmente funcionaba.

– Pensaba que te agradaría. Nos da más categoría -se sorbió la nariz-. Lleva a cabo algunas de las tareas domésticas -volvió a sorberse la nariz y, al llamar alguien a la puerta, desaparecieron todas sus lágrimas-. Adelante -no había ningún temblor en su voz.

– La cena está servida -proclamó la geométrica Lottie.

La cena consiguió que el humor de Crow fuese todavía peor. Antes de pasar al salón, intentó consolar a su esposa diciéndole que no deseaba que fuera una esclava y que él se encontraba un poco cansado, por el viaje y por todo. Sin embargo, la cena fue una experiencia poco afortunada, ya que era obvio que Sylvia no había tomado parte ni en la cocina ni en los preparativos. La sopa estaba aguada, el filete de ternera demasiado hecho y las hortalizas caladas, y el pastel de manzana era algo indescriptible.

Después de la cena Crow bebió un poco y escuchó con paciencia el monólogo de su esposa en lo referente a los problemas que había tenido que afrontar durante su ausencia. Al final, incapaz de soportarlo durante más tiempo, Crow anunció que ya era el momento de irse a la cama, sin dejar ninguna duda sobre su significado e intenciones. Al menos, sacó la conclusión, ella no puede tener una criada que la sustituya en el lecho conyugal. Ni tampoco lo desearía. Sylvia siempre había sido entusiasta y experta en ese aspecto.

Los ojos de la señora Crow se volvieron a llenar de lágrimas. -Angus, no es culpa mía -se lamentó la mujer-. No tengo ningún dominio sobre las fases de la luna. Lo siento, querido, pero hay un candado en el jardín del placer.

Angus Crow habría llorado. Su fracaso al seguir la pista del Profesor había sido lo suficientemente desagradable, y había conseguido disimular la realidad con los pensamientos de su hogar. Se retiró a su silla favorita en el salón y comenzó a clasificar el montón de cartas que habían llegado durante su estancia en América.

Sobre todo eran cuentas de comerciantes y breves notas de familiares, pero en la parte superior del montón se encontraba una nota que el mensajero entregó esa misma mañana. Reconoció inmediatamente a la persona que la escribió, y la rasgó. Su deducción era correcta, ya que el encabezado mostraba que provenía del número 221B de Baker Street. Decía así:

Querido Crow:

No sé si ya habrá regresado de nuestras antiguas colonias. Si no es así, esta carta le esperará. Usted, obviamente, tendrá noticias más recientes que yo. Sin embargo, hoy me han revelado ciertos asuntos que tienen relación con nuestro amigo. Por tanto, le agradecería que entrara en contacto conmigo lo antes posible.

Su sincero colega

Sherlock Holmes

– ¿Conoce la llamada Guardia Pretoriana de Moriarty? -Holmes permanecía de pie de espaldas a la chimenea mientras observaba a Crow sentado en la silla de mimbre.

– Ciertamente.

Crow Hizo rápidamente todas sus gestiones al día siguiente. Holmes iba a estar solo a última hora de la tarde y, algo antes de las cinco, se presentó en la puerta principal.

La señora Hudson le pidió perdón en nombre de su señor, diciendo que Sherlock Holmes había salido durante un momento y le había dado instrucciones para que el inspector estuviera cómodo hasta su vuelta.

Cuando apareció Holmes, unos quince minutos más tarde, Crow estaba junto a una bandeja con té, muffíns y abundante mermelada de fresa hecha en casa por la señora Hudson.

– Le ruego que no se levante, Crow -afirmó Holmes mientras entraba en la habitación-. Le agradezco que me haya esperado. Me da la impresión de que está un poco delgado de cara. Confío en que no haya perdido su apetito por la hospitalidad americana.

Crow observó que estaba ligeramente sonrojado y que llevaba una serie de pequeños paquetes que depositó sobre la mesa. Uno de ellos, según podía apreciar el policía, estaba sellado con cera y tenía una etiqueta de un farmacéutico. Charles Bignall, APS, Orchard Street.

Holmes parecía cansado y algo nervioso mientras explicaba que le habría gustado regresar a las cinco. Sin embargo, ahora estaban juntos los dos y el detective consultor deseaba escuchar los progresos que Crow había hecho en América.

Angus Crow pasó por cada etapa de su investigación, finalizando con su intento abortado de atrapar al Profesor en San Francisco, y del gran estrés y frustración al estar tan cerca, y no obstante tan lejos, de su captura. Hasta que no hubo terminado su monólogo, Holmes no le preguntó si tenía conocimiento de la Guardia Pretoriana.

– Al principio -continuó Holmes- había cuatro hombres que formaban esta particular y diabólica banda. Un chino feroz llamado Lee Chow; un miserable tipejo, pequeño y baboso, conocido como Ember; un bandolero llamado Albert Spear y un bribón llamado Paget. Desde la primavera del 94, sólo hay tres.

– Tengo noticias de Paget -afirmó Crow secamente-. Parece que ahora hay otros dos. Dos a los que todavía no he puesto los nombres. También tengo la Pequeña duda de si Johnny Chinaman, Ember y Spear han estado todos con nuestro hombre, en uno u otro momento, en América.

– Bien -Holmes observó al detective con una expresión de gravedad-. Sé de buena fuente que Ember, al menos, ha vuelto a Londres. Anteayer por la noche le vieron en distintos lugares donde usted y yo tendríamos que luchar para defender nuestras vidas. Dispongo de métodos algo irregulares para echar un vistazo en esos sitios. Ha, ha. Su risa era poco genuina.

– Entonces…

– Según mi experiencia, el Profesor aparece pronto en cualquier sitio donde se encuentre un miembro de la llamada Guardia Pretoriana.

Crow no podía hacer otra cosa que asentir, con sus frustraciones cada vez más evidentes, ya que Holmes no había hecho ningún comentario en relación con la aventura americana y era evidente que había servido de bien poco. Sin embargo, Angus Crow salió de Baker Street con alegría. Quizá su persecución estaba más cerca ahora de lo que había soñado. Mañana se enfrentaría a todo lo sucedido, cuando informara a Scotland Yard. Y ahora, en un estado de ánimo que iba disminuyendo, debía volver a King Street y afrontar las pretensiones sociales de su esposa. Tendría que ser más agradable si deseaba que ese pequeño problema se solucionara sin demasiadas fricciones.

Los días siguientes fueron de intensa actividad en Albert Square. La reconstrucción de la banda criminal del Profesor era una tarea lenta y cuidadosa, pero no pasaba ningún día sin hacer algún progreso o descubrir a un antiguo seguidor y hacerle volver al grupo. Todo se llevaba a cabo con mucha cautela y sin mencionar jamás en voz alta el nombre del Profesor.

Durante este período crucial, Moriarty dejó los asuntos diarios en las competentes manos de sus lugartenientes -ahora asistidos por la fuerza muscular de Terremant y sus matones- mientras él pasaba el tiempo dando órdenes y vigilando sus finanzas: visitando a los peristas y abriendo nuevas cuentas bancarias con nombres hasta ahora desconocidos. Todas las tardes tocaba un rato el piano, leía los periódicos, maldecía a los políticos tratándolos como imbéciles y, de vez en cuando, se dedicaba a su otro hobby, el arte de la conjura.

Todas las noches se sentaba durante casi una hora frente al espejo con un ejemplar del famoso libro del Profesor Hoffman, Magia Moderna, abierto sobre sus rodillas y con una baraja de cartas en la mano. Consideraba que su aprendizaje era bueno, ya que dominaba la mayoría de los trucos de prestidigitación que venían en el libro. Era capaz de hacer desaparecer las cartas de cinco maneras diferentes, cambiarlas, hacerlas aparecer y escamotearlas con gran destreza. Cuando Sally Hodges pasaba la noche en Albert Square tuvo que acostumbrarse a actuar como conejillo de indias con los nuevos trucos de cartas antes de pasar a los viejos trucos entre las sábanas [11].

Dado que el aspecto financiero de los planes de Moriarty había progresado, se encargó de tratar varios asuntos urgentes, en los que Sal Hodges tenía un especial papel. Compraron dos casas más en el extremo occidental y, durante la segunda semana de octubre, Sally supervisó la lujosa decoración y reclutó el personal, compuesto por mujeres jóvenes, elegantes y llenas de entusiasmo. El Profesor tenía total seguridad en que a finales de año estas inversiones darían sus beneficios.

Moriarty también pasó largas horas con las anotaciones que había tomado sobre los cuatro individuos del continente, y sobre Crow y Holmes. Los informadores localizaron rápidamente a Irene Adler y descubrieron a través de sus homólogos extranjeros que estaba viviendo sola, y con muy poco dinero, en una pequeña pensión en la orilla del lago Annecy. Al Profesor le agradó mucho que tuviera muy poco dinero, y al día siguiente del descubrimiento ordenó que se buscara a un hombre en quien pudiera confiar y que pasara tanto por francés como inglés. Aunque primero iba a ser utilizado en otros asuntos no relacionados con esta mujer llamada Adler.

Durante las siguientes veinticuatro horas, Spear trajo a dicha persona: un maestro de enseñanza primaria que había tenido una mala racha y que incluso llegó a pasar un período en la Modelo por ladrón. Su nombre era Harry Alien, y el resto de los miembros de Albert Square se sorprendieron al ver que el Profesor insistía en que se trasladara de inmediato a la casa. Era un individuo joven y bien parecido que pronto fue útil para la casa y parecía tener una gran simpatía por Polly Pearson.

En una o dos ocasiones, Spear intentó descubrir la finalidad de Harry Alien, dentro del plan general del líder, ya que el hombre tenía poco que hacer, excepto hablar durante mucho tiempo con el Profesor a puerta cerrada. Sin embargo, cuando su lugarteniente tocaba el tema, Moriarty se limitaba a sonreír y decía que cuando llegara el momento todo sería revelado.

Pronto fue evidente que, entre los líderes europeos, Grisombre, Sanzionare y Segorbe estaban al abrigo de sus respectivas ciudades. Existía información de que Sanzionare había visitado París en verano durante aproximadamente una semana, y se le había visto con Grisombre, pero el gran plan de Moriarty de crear una sociedad criminal europea parecía haber quedado en nada.

Pero Schleifstein, el alemán, no se encontraba en su nativo Berlín. Los informadores lo localizaron, viviendo con un puñado de dudosos criminales de distintas nacionalidades en una tranquila villa de Edmonton, no lejos de Angel. Se colocó a un observador en este lugar y pronto fue evidente que el alemán estaba preparando un enorme e impresionante golpe.

Moriarty ya estaba uniendo toda la información referente a un suceso especialmente lucrativo en el centro de la ciudad, un cebo para que el avaricioso criminal se humillara. -

Las últimas hojas de los árboles de Albert Square caían como si fueran trozos de papel quemado; los vientos eran gélidos y los días mucho más cortos. Se utilizaban abrigos y bufandas, descartados durante el verano, y en las monótonas callejuelas frecuentadas por la gente del hampa todos parecían hacerse un ovillo ante la embestida del invierno.

Cada día, las nieblas ascendían antes sobre el río y se mezclaban con el hollín de las fábricas y las chimeneas de las casas, mientras la humedad característica del otoño invadía la ciudad. Durante la última semana de octubre hubo tres días en los que todo el mundo estuvo aislado de sus semejantes, ya que un manto espeso, característico de Londres, cubrió las principales calles, callejones y caminos apartados. Lámparas de nafta resplandecían en las esquinas y la gente llevaba linternas y antorchas, mientras que los lugares más conocidos se desvanecían en medio de la oscuridad para volver a aparecer de forma inesperada, como si fueran barcos en movimiento. Aumentó el número de robos y los carteristas y timadores hicieron buenos beneficios, la muerte acechó a las personas de los barrios bajos cercanos al río, donde los viejos y los enfermos con dolencias respiratorias crónicas morían como moscas. Al cuarto día una ligera brisa fue levantando esta densa niebla y el sol, débil y rasgado como una fina muselina, iluminó otra vez la gran metrópoli. Pero todos los que conocían bien el clima de la ciudad predijeron un largo y duro invierno.

En la tarde del jueves 29 de octubre Moriarty tuvo una visita. Salió del tren en la estación Victoria, era un hombre alto envuelto en un largo abrigo negro que había visto días mejores. Sobre su cabeza llevaba un sombrero de ala ancha y aspecto clerical, y su barba daba la impresión de haber sido roída por las ratas. Portaba un gran baúl de viaje y hablaba inglés con un fuerte acento francés.

Una vez fuera de la estación, tomó un ómnibus hacia Notting Hill, y luego caminó el resto del camino hasta Albert Square. Su nombre era Pierre Labrosse. Venía de París como respuesta a la carta del Profesor y, con su llegada, la venganza del Profesor ya se estaba poniendo en práctica.

LONDRES

Jueves 29 de octubre – Lunes 16 de noviembre 1896

(El arte del robo)

– Claro que soy capaz de hacerlo. ¿Qué otro podría hacerlo? No hay nadie en toda Europa que pueda hacer una copia tan bien como yo. ¿Por qué me ha buscado si esto no fuera verdad?

Pierre Labrosse le miró de forma macabra, como una marioneta espantapájaros movida por un cómico borracho y desconocido. Se recostó sobre una silla situada en el lado contrario a Moriarty, con un vaso de ajenjo en una mano -que parecía ser su dieta habitual-, mientras que con el otro brazo gesticulaba de forma grandilocuente.

Ambos habían cenado en privado, y ahora Moriarty empezaba a cuestionarse si había hecho una sabia elección al llamar a Labrosse. Había muchos otros artistas en Europa que harían una copia tan bien como él, incluso mejor. Por ejemplo, Reginald Leftly, un retratista continuamente insolvente y aspirante a académico, por citar sólo a uno a quien podrían localizar fácilmente.

El Profesor había elegido a Labrosse después de pensárselo mucho, habiéndose reunido con él sólo una vez durante su período de soledad en Europa, durante el asunto Reichenbach. En aquella ocasión ya se dio cuenta de la inestabilidad de este hombre, al tiempo que reconoció sus grandes cualidades. Para decir la verdad, Labrosse era un genio con un estilo propio que, de haberse aplicado a la creación original, posiblemente se habría hecho con un gran nombre. Sea como fuere, el único nombre que poseía era el de Süreté.

La carta que el Profesor le había dirigido cuando regresó a Londres había sido pensada cuidadosamente, dándole pocas pistas de lo que pedía y, sin embargo, diciendo lo suficiente para hacer que el pintor viniera a Inglaterra. En particular, se hacían alusiones a la gran habilidad y reputación del pintor, y se daban indicios de las grandes riquezas que ganaría. Pero ahora que Labrosse ya estaba en Albert Square, Moriarty no podía evitar tener otros pensamientos en relación a su elección. En el tiempo que había pasado desde su último encuentro, la inestabilidad de Labrosse era aún más pronunciada, las ilusiones de grandeza más marcadas, como si el veneno del ajenjo cada día profundizara más en su cerebro.

– Verá, querido amigo -continuó Labrosse-, mi talento es único.

– No le habría mandado buscar si no fuera así -afirmó Moriarty con suavidad, mintiendo al decirlo.

– Es un auténtico don de Dios. -Labrosse tocó su flamante corbata de seda a la altura del cuello. No hacía falta ser un detective para darse cuenta de que el hombre era un artista-. Un don de Dios -repitió-. Si Dios hubiera sido pintor, habría revelado su verdad al mundo a través de mí. Con toda seguridad yo habría sido Cristo el artista.

– Estoy seguro de que tiene toda la razón.

– Mi don es que cuando copio un cuadro lo realizo con la máxima atención a los detalles. Es como si el artista original hubiera pintado dos cuadros al mismo tiempo. Esto es algo difícil de explicar, es como si yo fuera el artista original. Si copio un Tiziano, entonces yo soy Tiziano; si copio un Vermeer, pienso que soy alemán. Hace sólo unas semanas realicé un buen cuadro moderno. Del impresionista Van Gogh. Me dolieron los oídos durante todo el tiempo. Esta capacidad es aterrorizadora.

– Puedo apreciar que posee un enorme respeto hacia sí mismo. Sin embargo, no realiza esta tarea por dinero.

– No sólo de pan vive el hombre.

Moriarty frunció el ceño, intentando seguir el razonamiento del francés.

– ¿Cuánto pagaría por una copia de La Joconde?

– Anteriormente no habíamos hablado de dinero, pero ahora que pregunta, le ofreceré alimento, un ayudante para que le asista en el trabajo y una suma final de cien libras.

Labrosse hizo un ruido, como el de un gato a quien le pisan la cola.

– No necesito ayudante. ¿Cien libras? Yo no copiaría un Turner por cien libras. Estamos hablando de un Leonardo.

– Tendrá el ayudante. Cocinará para usted y me informará de los progresos que vaya haciendo. Quinientas libras. Y por esto exijo mucha calidad. Debe comprender que es para una trampa muy elaborada. Tiene que ser convincente.

– Mi trabajo siempre es convincente. Si yo hago La Joconde, entonces será La Joconde. Los expertos no serán capaces de notar la diferencia.

– En este caso sí que lo harán -dijo Moriarty con firmeza-. Habrá una imperfección oculta.

– Nunca. Y nunca por unas miserables quinientas libras.

– Entonces debo buscar en otro sitio.

Era dudoso si Labrosse se dio cuenta de la voz glacial que adquirió el Profesor.

.-Al menos mil libras.

Moriarty se levantó y se acercó a la campanilla.

– Llamaré a la sirvienta para que traiga a uno de mis sirvientes más musculosos. Te echarán fuera, junto con tu equipaje. Es una noche muy fría, monsieur Labrosse.

– Quizá lo haría por ochocientas libras. Es posible.

– Entonces no me interesa -tiró de la campanilla.

– Desea una buena ganga. Quinientas.

– Quinientas y algunos extras. Incluyendo la inscripción de una palabra en la madera; dispongo de una pieza de madera de chopo viejo que he comprado para este fin. Marcará una palabra antes de que empiece, en el ángulo inferior derecho.

– Sólo hay un punto en el que no estoy de acuerdo. Debo estar solo. Sin ayudante.

– Sin ayudante, sin dinero. Sin comisión.

El francés se encogió de hombros.

– Llevará mucho tiempo. Para conseguir las grietas exactas se requiere mucha cocción durante todo el proceso.

– No tendrá más de seis semanas.

En esta ocasión Labrosse captó la amenaza, incluso a través de la niebla de sus ilusiones. Polly Pearson estaba en la puerta y Moriarty le ordenó que hiciera subir a William Jacobs y que buscara a Harry Alien para que fuera al salón. Polly, ya más rellena por la buena alimentación y las horas de trabajo, se sonrojó al oír el nombre de Alien.

Jacobs condujo a Labrosse a la habitación de huéspedes, con la estricta orden de no permitir que el artista vagara mientras él dormía. Harry Alien se presentó en el salón, y allí, a puerta cerrada, el Profesor le dio instrucciones en relación a su próxima estancia en París con el artista francés.

– Profesor, cuando esto acabe, ¿habrá otro trabajo para mí? -preguntó el maestro de escuela primaria mientras se despedía.

– Si el trabajo está bien hecho, se te considerará como uno de la casa, como alguien de la familia. Bert Spear siempre tiene trabajo para muchachos como tú.

Diez minutos más tarde, Moriarty bajó al estudio y sacó el trozo de chopo viejo de un cajón cerrado de su escritorio, girándolo entre sus manos y sonriendo. Dentro de pocas semanas este simple pedazo de madera se convertirá en la eterna y valiosa Mona Lisa. Entonces el cebo ya estará preparado para Grisombre, el francés. Mientras tanto, Spear y Ember estaban ocupándose del asunto que haría caer al arrogante Wilhelm Schleifstein.

Spear estaba con Ember y dos de los hombres de Terremant en el centro de la ciudad. Estaban agachados, en silencio, en una oscura habitación de un piso bajo, mirando el cruce de calles formado por Cornhill y Bishopsgate, con la atención puesta en el edificio de la esquina, una joyería. Dicho edificio parecía estar en completa oscuridad, excepto por dos diminutos haces de luz situados a la altura de los ojos en la ventana que daba a la calle Cornhill y por otra hendidura parecida en la ventana de Bishopsgate.

– Aquí vuelve de nuevo -susurró Ember-. Sube hacia Bishopsgate.

– Un buen cronometrador -sonrió Spear en medio de la oscuridad-. Regular como un reloj suizo. ¿Nunca cambia?

– No. Cada quince minutos. Lo he comprobado con el reloj durante tres semanas -siseó Ember-, Se reúne con su sargento a las diez y luego otra vez a la una. En algunas ocasiones también lo hacen a las cinco de la mañana, aunque no siempre.

– Llevan el mismo paso y hacen la ronda de la misma forma.

Permanecieron en silencio mientras el policía uniformado se dirigía hacia el cruce con Bishopsgate y se paraba para comprobar los puños de cada puerta, como un sargento de instrucción haciendo la revisión en una parada militar, con la linterna sorda colgada de su cinturón, que brillaba con una luz apagada.

Llegó hasta la esquina, se paró y echó un vistazo por la hendidura de la ventana de la calle Bishopsgate, comprobó las contraventanas y se paseó hacia la esquina de Cornhill, donde realizó la misma operación. Se escuchó un traqueteo de cascos por la zona de Leadenhall Street, mientras un solitario cabriolé pasaba ruidosamente, encaminándose hacia Cheapside.

El policía apenas se paró, echó un vistazo por ambas hendiduras del lado de Cornhill, comprobó el resto de los tiradores de las puertas, y luego siguió su camino, mientras el eco de sus pisadas resonaba en la calle vacía, hasta que de nuevo se restableció el silencio en toda la zona.

– Daré una vuelta y echaré un vistazo -dijo Spear, confiado y en voz más alta, ahora que el policía ya se había marchado.

La habitación desde la que habían estado mirando olía a rancio, como si estuviera habitada por ratas, y las tablas del suelo sonaron mientras Spear se dirigía a la puerta, sorteando los montones de escombros que los obreros habían dejado en el lugar. Sólo llevaba un mes vacío y Moriarty, bajo nombre falso, lo alquiló por poquísimo dinero. Como la tienda de enfrente, ésta también había sido una joyería -como muchos locales de Cornhill- y ahora estaba en «completa remodelación», tal como testimoniaba el tablón colocado en la puerta de la calle.

Spear se paró en la calle vacía, con los oídos preparados para captar el sonido más débil. Era extraño, pensó al cruzar, cómo esta calle podía ser tan bulliciosa durante el día y tan desierta por la noche. Pocos tenderos vivían en sus locales y preferían vivir en casas adosadas más cómodas situadas a una hora de distancia en tren u ómnibus. El señor Freeland, cuyo nombre aparecía junto al de su hijo, en letras cuadradas y blancas, sobre la parte superior de las ventanas del lado de Cornhill y Bishopsgate, tenía una residencia coquetona en St. John's Wood. Spear sonrió para sí mismo. Esta gente parece que no aprende nunca. Un robo los hace cautelosos sólo durante cierto tiempo. Preparan nuevos cierres e incluso contratan vigilantes nocturnos. Pero en uno o dos años el temor pasa y vuelven a sus viejos métodos. Los fabricantes de cajas fuertes diseñan nuevos modelos, pero los viejos siguen utilizándose en toda la ciudad.

Spear llegó a la fachada de John Freeland & Son de la calle Cornhill. No se oía nada ni se veía a nadie, la calle relucía bajo la luz de los faroles como si estuviera cubierta de hielo. Toda la fachada de la tienda tenía contraventanas de hierro, que cubrían las ventanas, excepto unas pequeñas ranuras que quedaban a unos cinco pies y medio de la acera: con nueve pulgadas de largo y dos de profundidad. Spear metió el ojo en la primera ranura. En el interior, la tienda estaba bien iluminada, ya que las lámparas incandescentes estaban encendidas y abiertas al máximo: eran perfectamente visibles el mostrador y las vitrinas vacías de la parte más externa de la tienda. La auténtica finalidad de estos agujeros no era la vigilancia de la primera habitación, donde todos los días los clientes compraban anillos y relojes, collares y prendedores, o bien hacían pedidos de piedras engastadas en chucherías de diseños complicados, sino la habitación trasera donde se llevaba a cabo la verdadera artesanía.

Un muro separaba las dos habitaciones, que se mantenían unidas mediante un amplio arco, y los agujeros estaban especialmente diseñados para que un observador pudiera ver directamente a través de esta abertura el único objeto de importancia: una gran caja fuerte de hierro, pintada de blanco, que se encontraba en el centro de la trastienda.

Spear se movió hacia la derecha y echó un vistazo a través del segundo resquicio. De nuevo, lo que se veía era la caja fuerte blanca, esta vez desde un ángulo ligeramente distinto, pero de forma muy clara. Todavía con los oídos atentos al ruido de las botas del policía, Spear dio la vuelta a la esquina y echó otro vistazo. La ranura de Bishopsgate ofrecía otra perspectiva de la caja fuerte, esta vez con la ayuda de un espejo hábilmente situado en un rincón. Movió la cabeza para sí mismo y comenzó a volver hacia la tienda vacía. Si la información de Ember era correcta, no le importaría realizar este robo, ya que el botín podría servir para el rescate de un rey.

– ¿Estás seguro de la entrada por la parte trasera? -preguntó a Ember cuando ya estaban de nuevo en la tienda vacía.

– Totalmente seguro. Las únicas entradas que les preocupan son las puertas que se ven desde las contraventanas de hierro; y los tres cierres de seguridad de la caja fuerte. ¿Qué otra cosa debería preocuparles? -Ember sonrió con cierto mosqueo-. Creen que no podremos hacer mucho si conseguimos entrar, ya que está el chico de azul echando un vistazo cada quince minutos.

– ¿Y las fechas son ciertas?

– Totalmente ciertas. Viene para acá…

El policía se acercaba de nuevo tranquilamente hacia Bishopsgate.

Esa noche se produjo un gran murmullo en el rellano del ático de la casa de Albert Square, ya que Polly estaba besuqueándose con Harry Alien a altas horas.

Cuando finalmente se introdujo en la cama que compartía con su hermana, con los ojos llenos de lágrimas, se sorbió tanto la nariz que despertó a Martha.

– Poli, no deberías hacer esto; ambas tendremos problemas con la señora Spear si te llegan a atrapar. Y Harry entrará en la lista negra del Profesor. Precisamente ahora, que tenemos una buena situación.

– No tienes motivo para preocuparte. -Polly se sorbió la nariz todavía más fuerte-. No habrá problemas durante mucho tiempo. A Harry le han mandado fuera.

– ¿Qué? ¿Ha sido despedido?

– No. Oh, Martha, le echaré mucho de menos. Se va a Francia con ese extraño caballero que vino esta noche.

– ¿Qué? ¿Ese viejo en los huesos? Vaya broma, irse a Francia.

– Para varias semanas. Dice que no volverá hasta después de navidades.

– De buena nos libramos -contestó Martha, sinceramente preocupada por su hermana-. Es la mala influencia que ha ejercido Harry sobre ti, mi niña. Un poco más y te metería en serios problemas. Y entonces, ¿dónde estaríamos?

– Harry no es así…

– Dime dónde hay un hombre que no sea así.

– Dice que me traerá buenos regalos cuando regrese de París.

– Estás haciéndote planes que sobrepasan tu posición, Poli. No olvides que hace algunas semanas teníamos frío, vestíamos con andrajos y removíamos todo en busca de comida. Conseguir entrar en este lugar ha sido un milagro y no quiero que los gustos de Harry Alien acaben con todo esto.

– Es un caballero.

– Un inútil, diría yo.

Polly comenzó a llorar.

– Bien, mañana te librarás de él -gritó con enorme frustración-, y no tendrás que preocuparte por mí.

– Por Dios, cierra ya la boca, Poli. Vas a despertar a toda la puñetera manzana.

Harry Alien metió el trozo de madera de chopo en su maleta cuando salió a la mañana siguiente con Labrosse. También llevaba una pistola.

Durante el día, Polly Pearson lloró a lágrima viva cuando alguien le hablaba con brusquedad, situación que agravó Bridget Spear al amenazar a la desafortunada chica con una azotaina si no era capaz de recobrar la calma por sí sola.

– Mira lo que has hecho -siseó Martha a su hermana mientras estaban en el fregadero-. Nos azotarán a las dos, y no puedo ni imaginármelo.

Los ojos de Polly volvieron a llorar.

– Yo puedo soportarlo -lloriqueó-, si es por él.

Polly todavía tenía mucho que aprender de los hombres.

Por la tarde, Ember y Spear se reunieron en el estudio con el Profesor, y los hermanos Jacobs recibieron instrucciones para que no se les molestara. Incluso a Sal Hodges, que vino a casa algo después de la una en punto, le dijeron que tendría que esperar.

– ¿Y estás seguro del material?

Moriarty se sentó detrás de su escritorio, con los papeles apilados ordenadamente delante de él y una pluma en su mano derecha. Ember y Spear acercaron dos sillas al escritorio y se sentaron, en posición erguida, frente a su líder. Los tres tenían un aire de hombres de negocios que encaraban un importante problema para su empresa: Ember, con su pequeña cara de hurón hacia delante, como oliendo; Spear estaba muy serio, con la luz de la ventana dando en la parte izquierda de su cara y remarcando su cicatriz como en relieve.

– Más seguro que nunca -afirmó Ember.

– ¿Lo conseguiste de un trabajador?

– Mientras estaba fanfarroneando con uno de los nuestros, Bob el Nob, en una esclusa durante un día de cobro. Presumiendo del material tan valioso que manejaban. Nuestro sujeto lo dejó una semana y luego volvió por más. Le dijo: «supongo que tendrás los Diamantes de la Reina para pulirlos.» «No tengo los de la Reina -dijo el trabajador- pero sí un material muy atractivo de Lady Scobie y la Duquesa de Esher.» Nuestro individuo compró algo más y echó un vistazo a la lista. Tengo una copia.

El papel apareció entre los pliegues de su ropaje y se lo dio al Profesor.

Moriarty echó un vistazo a la lista y empezó a leer, medio en voz alta, y algunas veces hasta convertirse en un murmullo, para subir más tarde otra vez de tono al pronunciar las palabras extrañas, como para acentuar su valor.

– Se llevará el lunes, 16 de noviembre, y se recogerá el 23, también lunes. El trabajo debe estar totalmente terminado para el viernes 20.

– Allí no hay nadie durante el sábado -dijo Spear-. Todo estará en la caja fuerte, con el resto del material habitual, desde la noche del viernes, para abrirse el lunes.

Moriarty asintió con la cabeza y continuó leyendo.

– Duquesa de Esher: una diadema de diamantes: limpiar y pulir, también comprobar los engastes. Un par de pendientes de diamantes: reparar los enganches. Medallón de diamante, cadena de oro: reparar una unión ligeramente dañada de la cadena, colocar un nuevo anillo. Ensartar el collar de perlas. Cinco anillos. Uno de oro con un grupo de cinco diamantes: limpiar y asegurar los engastes de dos piedras más pequeñas. Dos, de oro con una gran esmeralda: reengastar. Tres, de oro blanco con seis zafiros: reengastar de acuerdo al diseño proyectado. Cuatro, de oro con tres grandes diamantes: limpiar. Cinco, sello de oro: limpiar y volver a grabar.

– Quieren las joyas antes de los bailes y fiestas de navidad. Serán invitadas de las funciones más solemnes.

Moriarty parecía no haber oído.

– Lady Scobie -continuó leyendo-, diadema, oro blanco con treinta y ocho diamantes: limpiar y comprobar los engastes. Un collar de rubí y esmeralda (de la herencia Scobie): nuevas uniones entre la tercera y cuarta piedra, reparar el cierre. Pendientes con rubí: nuevos enganches. Un anillo de diamante, de oro con un gran diamante y diez piedras más pequeñas (el Diamante Scobie): limpiar y apretar los engastes de una piedra grande. Una auténtica fortuna si todo esto es cierto.

– Es totalmente cierto -Ember lamió sus labios como si estuviera saboreando un bocado de buccino.

– Y además están el resto de las existencias -dijo Spear dulcemente-. Relojes, anillos y de todo. Por un valor de unas tres mil libras. Todo el lote dentro de la caja fuerte durante todo el fin de semana.

– ¿Y la caja fuerte?

– De gran tamaño. Triple cerradura de gran grosor. Anclada al suelo y asegurada a una base de hierro. Es viejo -añadió con una sonrisa algo afectada.

– Entonces, ¿es de madera?

– Suelo ordinario.

– ¿Qué más se ve a través de los resquicios? -las preguntas eran rápidas, como las de un abogado en la sala de justicia.

– Sólo la caja fuerte. Apenas algo del suelo.

– ¿Y qué hay abajo?

– El sótano. Ahí no hay ningún problema.

– ¿No hay timbres u otros dispositivos modernos?

– Quizá existan, pero sólo hay que cortar los cables cuando encontréis las baterías. Habrá mucho tiempo.

– ¿Cuenta Schleifstein con un buen especialista en cerraduras? -le dijo a Ember.

– No lo suficientemente bueno para esto. Todos sus chicos son fuerza bruta e ignorancia.

– Tú posees mucha experiencia, Ember. ¿Podrías hacerlo?

– Podría -respondió Spear.

La cabeza de Moriarty se movió peligrosamente, como la de un reptil agresivo listo para saltar.

– Estaba preguntando a Ember. Schleifstein no conoce a Ember.

Spear asintió con la cabeza, sin ningún tipo de vergüenza por el tono brusco de Moriarty. Dentro de la mente del Profesor apareció la imagen de un perro inquietando a una rata; después vino el proceso lógico y las preguntas. ¿Podrían tentar al alemán? ¿Podría ese hombre despreciable llevarlo a cabo sin que le atraparan? -Eso sería hasta que él, Moriarty, estuviera preparado para atraparle.

– Por otro lado -continuó dirigiéndose a Spear-, te necesitaré para los policías. Y tú, Ember, ¿podrás hacerlo?

– Llevará bastante tiempo. No se puede trabajar durante el día. Entraré el viernes por la noche y cortaré el suelo, luego saldré de nuevo y reza para que nadie entre durante el sábado. Volveré a entrar el sábado por la noche y levantaré la caja por el lado de las bisagras. Habrá que trabajar diez minutos de cada quince, eso hará que sea más difícil una vez que hayamos quitado la puerta.

– ¿Podrás manipular un triple cierre de gran grosor? ¿No tendrías que cortarlo con un soplete?

– Pienso que sí. Es un modelo viejo.

Moriarty asintió.

– No obstante, las bisagras son resistentes.

– Puedes incluso quitar la puerta siempre que haya espacio para meter las cuñas. Una vez que se introduzcan las cuñas en las rendijas, se abrirá con un gato como si fuera una lata. Siempre que tengas paciencia. Y con la condición de que no dobles demasiado la puerta y luego no pueda apuntalarse. Si el hombre que hace la ronda ve algo, tocará la alarma de inmediato.

– Deja al hombre de la ronda para Spear -el Profesor hizo una mueca, como una gárgola-. Ya verás, Ember, vas a caer en una trampa cuando salgas con el botín.

Ember volvió a sonreír.

– Desde luego, jefe… Lo había olvidado totalmente.

– ¿Sabes dónde está haciendo Schleifstein sus ofertas fraudulentas?

– En uno o dos sitios.

– ¿Puedes acercarte?

Ember asintió con la cabeza, sin sentirse del todo contento por tener que trabajar en el campo enemigo.

Moriarty, que advirtió una cierta sensación de cobardía, le miró con dureza, demostrando su fuerza al pequeño villano a través de sus profundos ojos. Cuando habló, lo hizo con una voz rítmica y tranquila, llena de suavidad, como una niñera hablaría a un bebé.

– Acércate y véndete a ti mismo. Haz que se sienta a gusto, pero debes estar atento a su hombre, Franz, el grande. Si llega a sospechar de ti, te aplastará con su dedo pequeño.

Cuanto todos se fueron y le dejaron solo, Moriarty empezó a hacer algo de aritmética. Había hecho bien al concentrarse en meter en cintura a los extranjeros y a ese par de detectives, dejando que los demás reconstruyeran su honor y rango. Estaba satisfecho, tanto intelectual como estéticamente, por haber tramado una conjura que acabaría con los poderes que le amenazaban; deseaba ponerlo todo en práctica y ansiaba ver los resultados. Había algo divino en su realización. Su habilidad, pensaba, radicaba en planificar y guiar y, si hubiera reconocido la verdad, se habría dado cuenta de que el funcionamiento día a día de su sociedad criminal era un tanto monótono. Este era el supremo reto. Movió nerviosamente la nariz, ya que Grisombre y Schleifstein estaban predestinados y los acontecimientos estaban produciéndose. Por otra parte, Crow y Holmes desconocían la trama que se cruzaría en sus caminos.

Pero volvamos a lo básico. ¿Qué le estaba costando de la fortuna que había traído de América? A los informadores, los matones y otros criminales que ahora volvían con él les estaba pagando todas las semanas, pero ya recibía una recompensa por su dinero: comenzaba a fluir un tributo por parte de los chantajistas; carteras, relojes, pañuelos de seda y monederos que le traían los carteristas y los fileteadores. También pagaba al joven Harry Alien. Se ganaban hasta el último penique, ya que Harry parecía ser un buen chico. La gestión de la casa de Albert

Square, la adquisición de la tienda en Cornhill. Los dos nuevos locales para Sal. Como respuesta a sus pensamientos, Sal Hodges apareció en la puerta, tocó suavemente y pasó sin esperar la respuesta del Profesor.

– Creo que tengo una tentación para ti, James -miró casi con modestia, mostrando los cordones de sus botas por debajo de la larga y estrecha falda, con una blusa blanca hasta el cuello que hacía que la textura de su bonito pelo fuera más impresionante de lo habitual-. El tipo de tentadora que necesitas -sonrió como una gata que ha engullido toda la crema de la despensa-. La tentación de una tigresa.

– Bien, Sal, ¿es una tigresa? ¿Una tigresa italiana?

Había hablado con ella hacía unas noches -entre los arrebatos de pasión en el viejo juego-, sobre la necesidad de una chica italiana. Sus instrucciones, como siempre, fueron claras. Prefería una chica italiana nacida en Inglaterra. Una chica que nunca hubiera visto su verdadero país de origen. Y, sobre todo, una chica que fuera una tigresa entre las sábanas.

– Apasionadas, las italianas -murmuraba todo el rato.

– ¿Eso quiere decir que nosotras, las inglesas, no somos ardientes?

Ella le tomaba el pelo, a modo de reto, mientras empezaba a acariciar con sus muslos los de Moriarty.

– Todas no son como tú, Sal.

En este momento, ella cerró la puerta y se acercó a él, inclinándose para besarle suavemente en la frente.

– Esta tigresa… -empezó Moriarty.

– ¿Piensas probar tú mismo a la tigresa? -la sonrisa que apareció en su boca exageró las curvas que tenía en la cara, a ambos lados de los labios, como dos paréntesis, que le habían salido al reírse.

Lentamente, casi de forma grave, el Profesor movió la cabeza.

– Forma parte de mi gran plan, Sal. Es necesario. No es una falta de respeto hacia ti, niña, pero yo mismo tengo que adiestrarla.

– Entonces, lo mejor es que te la traiga. ¿Te parece bien esta noche, o ya tienes otros planes?

– Tengo mucho que hacer. Quédate tú esta noche, Sal. ¿Y sobre esta chica? ¿Es inteligente? ¿Posee un ingenio rápido?

– Servirá. Cualquiera que sea tu propósito, ella servirá.

Sabía que ella estaba intentando pescarle, pero el propósito de la chica italiana formaba parte del proyecto global diseñado en su mente y no caería en el cebo que Sal le tendía. La italiana estaba destinada al libertino Sanzionare. Echó un vistazo al papel que Ember le había dado. Había un collar de rubíes en esa lista, que también podría servir para Sanzionare. La mano de Moriarty se apretó como si estuviera tirando de unas cuerdas invisibles.

Envió a Sal a buscar a Bertram Jacobs, que se presentó al cuarto de hora. Había que soltar más dinero. Otra vez en propiedades. Esta vez para un lugar seguro situado dentro de una zona dura. Moriarty se había fijado en un lugar cerca del río, un antiguo lugar de su predilección. Quizá en Bermondsey, sugirió. Tendría que ser seguro, donde pudieran observar bien y nadie pudiera caer sobre ellos de sopetón. Bertram Jacobs lo comprendió bien y salió para cumplir el encargo de su jefe.

Esa noche, Spear le habló sobre el estado de Bridget. Sin embargo, Moriarty mostró poco interés, excepto para decir que esperaba que Bridget adiestrara bien a las dos chicas, ya que deseaba que fueran leales mientras ella estuviera de parto.

– No puedo permitir que se altere el ritmo ordinario de la vida en esta casa -dijo, y más tarde Spear volvió a su zona de la casa con un vago desasosiego.

Mientras tanto, Labrosse y Harry Alien se encontraban en el tren francés, cerca de París: Labrosse completamente borracho de ajenjo, y Alien cumpliendo con su cometido, es decir, hacer de vigilante. De regreso a Londres, Ember vagó ruidosamente por los distintos mesones que sabía que eran las guaridas de los hombres del alemán. Después de unas cuantas horas de búsqueda se dio una vuelta por Lawson's en la escabrosa St. George Street. El local estaba dirigido por un alemán, aunque su clientela la componían principalmente marineros noruegos y suecos. La primera persona que encontró al entrar fue el guardaespaldas de Schleifstein, Franz. De unos siete pies de altura.

Franz se sentó en una mesa del rincón, junto a un hombre llamado Wellborn: nombre que desmentía su linaje. Ambos estaban bebiendo whisky barato y lo tragaban como si hubiera un fuego en sus gargantas y tuvieran que sofocarlo.

El lugar era muy ruidoso y totalmente lleno de humo, con varias putas jóvenes trabajando allí todo el tiempo, tratando que los hombres soltaran su dinero. Ember rechazó a una chica de aspecto gitano de unos quince años, que había alargado la mano hacia él antes de que diera tres pasos entre la multitud.

Ember simuló no darse cuenta de la presencia de Franz y Wellborn y se dirigió directamente al bar, donde pidió ginebra, luego volvió sobre sus pasos hasta el mostrador para observar un poco a través del ambiente cargado, intentando no hacer caso del estrépito que le rodeaba. Había visto a Franz en algunas ocasiones, pero nunca tan cerca. Y lo mismo en relación a Wellborn, que debía trabajar para alguien: un ladrón de gran talento que tenía como profesión robar a los huéspedes de los hoteles mientras dormían, astuto y de poca confianza. Si el alemán tuviera a muchos como ése en su banda, no tendría muchas posibilidades de salir adelante, pensó Ember.

Captó la mirada de Wellborn y asintió con la cabeza, viendo cómo se inclinaba y susurraba algo a Franz. El hombre grande se puso rígido y luego miró directamente a Ember. Era un hombre duro con ojos fríos y fuertes músculos, y vestía una chaqueta de terciopelo. Ember afirmó con la cabeza fríamente, levantó su vaso y comenzó a andar a empujones.

– Hola, señor Ember. ¿Qué le trae por aquí? -Wellborn poseía una voz tosca y un tono casi sarcástico.

– Estoy intentando saber de dónde viene este hedor, y creo que ya lo he averiguado -dijo Ember volviéndose hacia el alemán-. ¿Habla inglés? -preguntó con indiferencia, usando este truco que aprendió durante su carrera.

– Naturalmente -dijo con un acento recortado lleno de desconfianza.

Ember se volvió hacia Wellborn.

– ¿Trabajas con él?

– Es una manera de decirlo. Sólo le dije que hace tiempo estabas con el Profesor. Entonces, ¿no te fuiste al extranjero con su banda?

Ember aclaró su garganta y escupió en el suelo.

– Ahora trabajo por mi cuenta, por la culpa del maldito Moriarty…

– Era un hombre inteligente -dijo Franz con idéntico tono cortante-. Pero no lo suficientemente inteligente.

– He oído que su jefe está tramando algo…

– ¿Sí? ¿Quién se lo ha dicho?

– Estoy al corriente. Tengo amigos que también conoce él. He estado por aquí algún tiempo, señor…

– Llámame Franz. ¿Qué sabes sobre lo que mi jefe está tramando?

Ember necesitaba tiempo para pensar, pero el tiempo se había esfumado. Se precipitó.

– Tengo lo que necesita. A condición de que yo lo lleve a cabo. No es algo fácil.

– ¿Un golpe? -preguntó Wellborn.

– Eso sólo le interesa al jefe.

– ¿Tienes una propuesta?

– Creo que tú lo presentarías así -bajó el volumen de su voz-. Es algo grande, Franz. Requiere una buena banda. Es el asunto adecuado para el señor Schleifstein.

– Herr Schleifsten -iba implícita una corrección- está buscando algo realmente grande.

– Esto es excepcional.

– El botín…

– Será muy grande, lo sé. Tiene que serlo. Demasiado grande para que yo pueda manejarlo. Y tiene que protegerse en el otro lado del Canal. Quiero verle, Franz. Dile la verdad, estoy esperándole.

– ¿No puedes decirme de qué se trata?

– Sólo a tu jefe.

– Ven conmigo. Ahora.

– Yo prefiero marcharme. -Wellborn comenzó a levantarse, pero Franz se inclinó y le empujó suavemente hacia el asiento.

– El señor Wellborn vendrá con nosotros.

– Creo que eres inteligente, Franzy. Wellborn tiene una reputación…

– Un momento, Ember.

– Vendrás con Franz y conmigo. Ya he dicho demasiado, y no quiero que vayas por todo Londres diciendo que Ember tiene un buen golpe.

– Yo no haría eso. Sólo…

– El señor Ember tiene razón. Volverás con nosotros. -Franz sacudió sus pies y una sonrisa apareció en su rostro lleno de pústulas-. Vendrás, o te rompo los brazos.

Ember ya había visto la casa de Edmonton cuando estaba colocando a los informadores. Cuando bajaron del ómnibus en Angel y caminaron unos cientos de yardas hasta la casa, Ember vio a dos de su banda, el ciego Fred vendiendo cerillas al otro lado de la calle, al que seguía su pequeña y delgada hija, y Ben Tuffnell, que tiritaba entre una carnicería y una sombrerería. El ciego Fred dio tres golpes con su bastón para indicar a Ember que le había visto, lo que no fue de gran ayuda. Si Franz hubiera estado atento, habría roto el cuello a Ember y aplastado a Fred, metido en su disfraz, en un abrir y cerrar de ojos. Aunque no se sentía muy seguro, al menos estaba contento porque los informadores estaban haciendo su trabajo.

La casa era pequeña y ordenada: de piedra gris con dos largos arcos empotrados a ambos lados de la puerta, y altas ventanas entre los arcos del primer y segundo piso. Una pequeña puerta de hierro dio paso a un sendero, y cinco escalones de piedra se encontraban ante la puerta principal. A la derecha, había una ridícula campanilla metálica que, a media luz, tenía un aspecto sucio y de color verde. Franz tenía su propia llave, pero en cuanto pasaron al interior, Ember comprobó que todo el lugar estaba desvencijado. El mobiliario era de poca calidad y el recibidor necesitaba un nuevo papel pintado. También podían encontrase manchas de grasa sobre la alfombra. Aquí no hay mujeres, pensó. Schleifstein estaba haciendo todo esto del modo más barato.

Franz los condujo a un comedor situado a la derecha, donde encontraron a dos alemanes que comían sopa grasienta en un cuenco. Uno era rechoncho y estaba sin afeitar, de aspecto sucio; el otro era un individuo más joven de aspecto bastante diferente, muy limpio y presentable. Ambos movieron la cabeza e intercambiaron algunas palabras con Franz en su propia lengua.

– Espere. -Franz tomó precauciones y dejó la habitación.

Ember escuchó sus pisadas al subir por las escaleras y el sonido de una puerta que se abría.

A continuación, voces que venían de arriba. Luego otra voz que provenía de la puerta.

– Hola, Ember. ¿Estás buscando trabajo?

El recién llegado era un hombre grande, un sobornador de Houndsditch que había mejorado su situación, y uno de los hombres del Profesor en los viejos tiempos. Se llamaba Evans, y era una persona a la que Ember ni siquiera habría confiado el gato de su hermana.

Ember levantó la cabeza hacia el techo.

– Entonces, ¿trabajas para el tío Prooshan?

– Cuando está por aquí. No es lo mismo que estar con Moriarty, pero hay muy poco en estos tiempos. ¿No es así? ¿Tú trabajas por tu cuenta?

Franz bajaba de nuevo por las escaleras. Miró pausadamente mientras estaba en la puerta. Ember se dio cuenta de que Evans, el sobornador, le trataba con deferencia.

– Te recibirá. Arriba. Ven conmigo.

Los ojos de Franz se encontraron con los del resto de la banda, y Ember tuvo la sensación de no estar entre amigos.

Schleifstein habría pasado fácilmente por gerente de un banco provincial, lo que podría haber llegado a ser de haber seguido por el camino estrecho y recto. Aquí, en su viejo dormitorio, con su pequeña cama de hierro, la mesa de madera barata y el papel de las paredes que se caía a tiras, tenía un aspecto absurdo. Ember se preguntó si todo esto realmente era una apariencia o si, por alguna razón, Schleifstein había sido expulsado de una mejor posición en Berlín.

Gozaba de una figura imponente, vestido con ropa oscura y profesional; era un hombre con el aura del que ha nacido para guiar; un hombre muy distinto a los que le seguían.

En realidad, Wilhelm Schleifstein comenzó su carrera en la banca, lo que le llevó al desfalco y al fraude, y más tarde al robo y al comercio de mujeres. Ember conocía su reputación como hombre sin escrúpulos, pero su actual situación no podía compararse -con la rendida banda que tenía abajo- con el criminal legendario que fue en Berlín. En segundo lugar se preguntaba la razón por la que el Profesor había concebido un plan tan elaborado sólo para tenderle una trampa.

– Buenas tardes, señor Ember. He oído hablar mucho de usted. Franz me dijo que tenía una proposición. -Hablaba un inglés muy bueno, sólo con un ligero acento ts en vez de ds. Sus grandes manos estaban inmóviles sobre la mesa y sus pequeños ojos miraban fijamente-. Sólo puedo ofrecerle la cama para que se siente, y ya veo que se está preguntando por qué vivo en una pocilga.

– No parece que sea su estilo.

Ember decidió que un acercamiento algo engreído, aunque peligroso, sería el mejor método. Hablarle con los mismos términos, pensó para sí mismo.

– El colapso del orden anterior ha dejado a Londres sumido en el caos y se necesita una mano fuerte que lo reorganice. Su anterior jefe llevaba bien la disciplina, tal como lo hago yo en mi elemento natural: Berlín.

– Ya lo he oído.

– Aquí es diferente. Esto ahora es algo así como un mercado abierto. Y yo lo puedo volver a hacer funcionar. Pero no deseo llamar la atención. Si yo hiciera mis planes en uno de los mejores hoteles, la policía estaría olfateando, como perros alrededor de una perra en celo. Si me coloco en una baja posición y me doy a conocer de forma discreta, entonces quizá la gente venga a verme. Gente que conoce mi reputación. Gente como tú.

– Es lógico. Yo estoy aquí, ¿no es así?

– Si me preparo para un gran golpe, utilizando tipos como los de abajo, probablemente atraeré a gente de primera clase. Es mejor comenzar desde abajo, Ember, y luego crecer, en vez de ponerse manos a la obra sin la debida preparación. ¿Cuál es su propuesta?

Ember miró hacia Franz, que todavía estaba junto a la puerta. Se produjo una incómoda pausa durante la cual se escuchó un canturreo, de alguien borracho, que provenía de la calle. Probablemente era Ben Tuffnell, para hacerse notar y demostrar que seguía vigilando.

Schleifstein pronunció una rápida frase en alemán. Franz asintió y, con una rápida y suspicaz mirada a Ember, salió de la habitación y sus pasos por las escaleras se oyeron como golpes de tambor.

– Ahora-Schleifstein se relajó-. Sé algo sobre usted. Sé que trabajaba para Moriarty y que ocupaba un puesto de cierta importancia. Habrá que ver si puedo confiar en usted. Su propuesta.

Ember tenía un duplicado de la lista de las joyas que estarían en la caja fuerte de Freeland & Son durante el fin de semana del 20 al 23. En la lista no aparecía el nombre de la empresa ni la dirección, ni tampoco los nombres de Lady Scobie o de la Duquesa de Esher. Las fechas también se omitieron.

Schleifstein leyó dos veces la lista. Una vez más era la visión de un gerente de banco mientras examinaba una cuenta delicada.

– Una lista de gemas. ¿Entonces?

– Estarán todas juntas en un determinado lugar y en un determinado momento. Y además hay más cosas.

– ¿Dónde?

– En Londres. Esto es todo por el momento.

– ¿Y se puede entrar?

– Bueno, no será como abrir una casa de muñecas, pero es posible hacerlo con un buen grupo.

– Uno de cuyos miembros será usted…

– Yo seré el más importante.

– ¿Es un ladrón? No había oído nada al respecto.

– He hecho un poco de todo. Puedo hacer esto con la adecuada planificación.

Schleifstein no parecía muy convencido.

– Entonces, ¿por qué no lo hace, amigo Ember? ¿Por qué viene precisamente a mí?

– Son piezas grandes, algunas muy conocidas. Necesito ocultarlas en Francia u Holanda. Quizá en Alemania -añadió.

– Con toda seguridad, tiene que haber alguien con quien haya trabajado anteriormente.

– Mucha gente. Pero cuando desaparezcan estas relucientes piedras, los polis visitarán a todos los peristas de Londres. Usted podría tenerlas muy lejos antes de que se echen en falta.

– ¿Y qué opina de la división del botín?

– Usted se quedaría con la mayor parte. Luego vengo yo. Y el resto se dividiría entre los demás.

– ¿Cuántas personas en la banda?

– Sería un trabajo para cuatro. Una tarea para realizar en dos noches, un trabajo duro.

– Déme el nombre del lugar y las fechas.

– Lo siento, Herr Schleifstein. Tiene que confiar en mí y yo en usted.

El alemán miró la lista una vez más.

– ¿Está seguro de que todo esto estará allí?

– Estará allí. Y puede llevarse a cabo.

– Dígame cómo.

Por primera vez Ember detectó el brillo de la avaricia en los ojos de este hombre. Le explicó el plan, evitando dar cualquier pista que pudiera servir para que localizara la situación exacta.

– Será más seguro si lo hacen entre cinco hombres -dijo Schleisfstein cuando finalizó-. Un individuo más para vigilar. ¿Lo haría con Franz y otros tres?

– Depende de los otros tres.

– Ya ha visto abajo a dos de mis alemanes.

– Sí.

– Ellos y un hombre llamado Evans que también está en la casa.

– También cuenta con un ladrón de hoteles, Wellborn, que está abajo. Es demasiado locuaz. Si lo voy a hacer con él, quiero que tenga la boca cerrada.

– Eso no es problema.

– Y después de que hayamos cortado el piso en la noche del viernes habrá un día de espera hasta que volvamos el sábado. Quiero que estemos todos juntos durante ese tiempo. Nadie por su cuenta.

– Podréis meteros todos aquí arriba. Es lo suficientemente seguro.

– ¿Cuánto tiempo necesitará por adelantado? Para arreglar lo referente al transporte.

– Cuatro días. Mis hombres están entrando y saliendo de Londres continuamente.

– Entonces lo haré.

– Bien -Schleifstein pronunció la palabra como si estuviera mordiendo un pastel de mermelada-. ¿Cuándo se llevará a cabo?

– Todavía falta un poco. Volveré dentro de tres días y hablaré con Franz y sus hombres. Deles las órdenes.

– Entonces, cerremos el trato.

Ember estaba a punto de darle la mano.

– En realidad todavía no hemos hablado de las condiciones. Dijo que la mejor parte sería para mí. La mitad para mí y el resto lo dividiéramos en otras dos partes: la mitad para usted y lo demás para mis hombres. ¿Le parece bien?

– Será un considerable botín.

– Entonces, choquemos las manos.

La palma de Schleifstein parecía como un pedazo de tripa. Ember se dio cuenta que Schleifstein se frotó con un pañuelo después de haberle dado la mano.

El ciego Fred había desaparecido en el exterior y Ember no podía ver a Tuffnell, pero presumía que estaba vagando entre las sombras por cualquier lugar. Ya no se veía a mucha gente, pero cuando llegó a Angel observó a Hoppy Jack sobre sus muletas, apoyado contra la pared y con un vaso en la mano. Había dos o tres granujas andrajosos por los alrededores, algunos dando sorbos a una botella de ginebra.

Ember empezó a cantar, con las manos metidas hasta lo más profundo de sus bolsillos, cantaba en voz baja pero muy contento:

«Un caballeroso soldado, que estaba en una garita,

Se enamoró de una doncella rubia,

e intrépidamente cogió su mano,

Amablemente la saludó, la besó de broma,

La penetró en la garita, prendada de su capote militar.»

Hoppy Jack no prestó atención mientras pasaba, pero la canción indicaba que alguien le iba a seguir, alguien que tenía algo más que un interés pasajero en Ember.

Ya no había omnibuses por ningún sitio, por lo que decidió caminar un rato. A los cinco minutos sabía que alguien le seguía. Dos veces se paró rápidamente, en calles desiertas, y el eco de otras pisadas continuó durante un segundo. Más tarde se paró en una esquina y vislumbró una figura que daba la vuelta por un callejón.

El momento para escapar, pensó Ember, y comenzó a cruzar y volver a cruzar su propio camino, escabullándose por los callejones y volviendo por el lado contrario de las calles. Pero no consiguió dar el esquinazo al perseguidor. Todo siguió así durante una media hora, hasta que ya casi estaba en Hackney. Holly Jack ya había perdido sus muletas y era lo suficientemente ágil. Sin embargo, eso no era suficiente. Ember estaba intrigado y un poco receloso.

Llegó a la esquina de un callejón estrecho y desierto que se extendía a unas trescientas yardas de Dalston Lañe. A medio camino, un soporte de un farol arrojó una pequeña y difusa luz. Ember se paró un momento y luego huyó atropelladamente por Alston Lane. Sus pies golpeaban fuertemente los guijarros de la calle, mientras el sonido rebotaba en las sucias paredes de ambos lados. Pasó la luz y ahora se encontraba en la oscuridad y lejos de cualquier calle principal. Más tarde se metió en una zona de oscuridad más profunda y pisó suavemente, escuchando el rápido ruido de las pisadas que se acercaban.

Ember no era un hombre violento por naturaleza. No tenía el cuerpo adecuado para ello, pero su ingenio no tenía igual. Su mano derecha encontró el objeto que deseaba en el bolsillo de su abrigo: un par de porras metálicas que siempre llevaba encima. Permaneció pegado al muro, vuelto hacia la fuente luminosa. La otra figura se acercaba hacia él, podía oír el jadeo, y cuando el extrañó estuvo a su altura, Ember le golpeó en el pie.

Soltando un taco, el hombre cayó al suelo, y dio la vuelta hacia una zona algo iluminada. Ember dio un rápido paso hacia la figura tendida y su bota encontró un objetivo. Se produjo un resplandor blanco en la oscuridad cuando el rostro de la víctima acusó el impacto. El golpe le había dejado sin sentido.

Ember levantó la cabeza y silbó suavemente. Hoppy bajaba por el callejón.

– Aquí -le llamó Ember, usando el tacón de su bota para dar la vuelta a lo que tenía a sus pies. El rostro apareció bajo la luz del farol. Era Evans, el sobornador, insensible y dormitando sobre el suelo.

Moriarty escuchó en medio de un silencio concentrado el relato de Ember sobre los sucesos de la tarde anterior.

– Wilhelm ha sido muy prudente -dijo cuándo su astuto lugarteniente acabó el relato-. En muchos aspectos es admirable. Yo habría hecho lo mismo. Sin embargo, estoy inquieto. Estaría más contento si Franz te hubiera seguido. Recuerdo al amigo Evans. Músculo y pelotas, pero muy poca inteligencia constructiva. Tenía, si recuerdo bien, una cierta facilidad con las palabras. Alguien que podría estafar. El hecho de escogerle para que te siguiera demuestra que tiene confianza en él y que es capaz de oler a los ladrones, Ember. Debemos actuar como gatos sobre una capa delgada de hielo.

– El ciego Fred me dio un mensaje a primera hora. -Ember parecía cansado. No era un buen estado para alguien que va a tomar parte en un peligroso golpe-. Dice que Evans regresó a Edmonton un par de horas después de que yo le dejara. Se movía despacio. Después de media hora, Franz y los otros dos prusianos estaban en las calles.

La cabeza de Moriarty se movió de un lado para otro.

– Actúa de forma inocente -le consoló-. Sí, alguien saltó sobre ti, pero no te paraste a mirar.

Ember miró tristemente.

– Creo que Hoppy le quitó la cartera.

Spear, que estaba sentado en silencio en un rincón del estudio, levantó la vista.

– Tú no podías saber quién se acercó a husmear una vez que le dejaste allí.

– Hay dos cosas -dijo Moriarty, que habló como un hombre que utiliza extremo cuidado al elegir las palabras: un hombre buscado por la policía-. Primero, es posible que te estén buscando. Tú debes buscarles. Si llega el momento de la verdad, di que algún ladrón callejero te estaba persiguiendo y tú pensabas que era mejor no decírselo a ellos. Si ellos no disimulan el hecho de que era Evans, tú debes sentirte ultrajado. No deseas que haya hostilidad en tu banda. Todos sabemos lo que sucede en esos casos. Segundo, si ellos han decidido vigilarte, no debes conducirlos aquí. Debes estar ojo avizor.

– Pondré a unos informadores vigilando mi culo -sonrió Ember de modo burlón.

– Sería lo mejor. Asegúrate de que son de confianza…

– Dos que no hayan estado cerca de la casa de Edmonton. Slowfoot y una de las mujeres, la viuda Winnie será mejor que cualquiera.

– No será por mucho tiempo, menos de tres semanas, pero debemos vigilar todos los rincones. -Moriarty empezó a ponerse con ahínco manos a la obra, siempre dando lo mejor de sí mismo cuando movía los peones del juego criminal-. Necesitamos informadores en cada extremo, en Cornhill, escondidos, y a lo largo de todo el camino de vuelta desde Edmonton. Sería una cruel desgracia descubrir que el amigo Wilhelm cambia de planes en el último momento. ¿Qué hay sobre los policías, Spear?

– Todo es normal durante la noche del viernes. Meteremos a nuestro hombre el sábado, lo más tarde posible.

– ¿Y el sable?

– Parecerá real; y los uniformes serán también totalmente convincentes.

– ¿Dispone de herramientas, Ember?

– Las pediré prestadas. Acabadores dobles, cruces de soporte, ensambladores y brocas, sierras, palanquetas. Lo habitual. Se las pediré prestadas al viejo Bolton. Vive más arriba de St. John's Wood. Siempre deseoso de echar una mano, el viejo Bolton.

– No te fíes de nadie, ni siquiera de tu sombra -Moriarty se levantó de su escritorio y se dirigió a la ventana-. Conviene que digas que las pides prestadas para un amigo. ¿No tenemos herramientas propias en la banda?

– Usted dijo que es mejor que tengamos un material que no haya sido usado durante años.

El Profesor asintió con la cabeza. Personalmente no le agradaba Ember, pero era un hombre fiel y auténtico. En su interior, el entusiasmo por la banda se estaba convirtiendo en una especie de placer sensual, ya que sabía que muy pronto sus afilados dientes atraparían las piernas de Schleifstein. El pensamiento era indiscutiblemente erótico. Tengo que decir a Sal que me baje a la chica italiana -reflexionó.

Ember subió hasta St. John's Wood y fue a ver al viejo Bolton, el ladrón retirado, en su pequeña y coqueta villa comprada con los beneficios de toda una vida dedicada a robar. El motivo de la visita era recoger las herramientas.

– Son para un amigo -explicó-. Para un pequeño golpe en una vieja caja fuerte en el campo.

– Son unas herramientas muy buenas -dijo el viejo. Sus ojos eran acuosos y ahora ya tenía que moverse con la ayuda de un par de bastones; se había esfumado toda su agilidad anterior, él, un hombre que podía deslizarse a través de las ventanas más difíciles e introducirse por las azoteas como una serpiente. No hay nada de vuestro novedoso material, sabes -parecía estar poco dispuesto a dejarlo-. Nada de sopletes y ese tipo de cosas.

– No serán necesarias -replicó alegremente Ember-. Ya digo que es una vieja caja fuerte.

– No es que me importe prestártelas -sin ninguna duda sí que le importaba-. Sin embargo, me gustaría saber quién las utilizará.

– Es un amigo mío prusiano. Le están buscando por toda Alemania y ahora no dispone de dinero. Sólo con este golpe tendrá para una buena temporada. Un buen tipo. El mejor.

– Bien.

– A ti te corresponden cien guineas.

– Eso es mucho dinero, Ember. No puede ser un robo tan pequeño.

– No hagas preguntas, Tom. Cincuenta ahora. El resto más tarde.

A regañadientes, el ladrón retirado tiró de sí mismo hacia arriba. Ember escuchó que se movía ruidosamente en el dormitorio.

– Están en el rellano de la escalera -dijo Bolton cuando volvió a aparecer-. Yo no consigo bajarlas. La edad y el reúma son cosas terribles. En una ocasión me llevé algunas herramientas y cuarenta libras de un botín a ocho azoteas de altura, con los polis persiguiéndome todo el tiempo. Ahora necesito una hora para prepararme el té. Un prusiano, ¿dijiste? ¿Le conozco yo?

– Lo dudo. -Ember dejó caer los soberanos de oro sobre la mesa de la cocina y subió las escaleras para recoger la bolsa de herramientas, lo que llamaban una pequeña bolsa de cuero marrón. No se arrepentirá -replicó al viejo Bolton-. Las tendrá otra vez aquí antes de que acabe el mes.

Tom Bolton tenía una mujer que le ayudaba y le hacía la compra. No era caridad, ya que le pagaba una buena suma y además sabía que ella le sisaba de la compra, pero era necesario tenerla. Cuando ella entró de sopetón a la mañana siguiente, le pidió que enviara una carta que le había llevado mucho tiempo escribir, hasta el punto de que se hincharon sus nudillos. La llevó hasta el buzón mientras iba de camino a la compra. La carta estaba dirigida a D. Angus McCready Crow, a su domicilio particular.

Tal como había prometido, Ember volvió a la casa de Edmonton a la tercera noche después de su primera visita. Durante estos tres días sólo vislumbró a Franz y a otro de los alemanes, al más limpio. Ellos no le vieron, y los informadores, Slowfoot y la viuda Winnie, estaban seguros de que no le habían seguido.

Franz le abrió la puerta y Ember sintió de forma inmediata el ambiente. En el comedor, Wellborn estaba sentado junto al rechoncho y sucio alemán. Evans se encontraba junto al fuego, con un vendaje en la cabeza.

– ¿Qué tal? -preguntó Ember lo más alegre que pudo.

– Cierra el pico -dijo Evans de forma desagradable.

– ¿Tuvo problemas para llegar a casa la otra noche, señor Ember? -afirmó Franz con un tono de pocos amigos.

– Bien, ahora que lo mencionas, algún gorila lo intentó, a este lado de Hackney.

– Por la noche hay mucha gente desagradable. Debes cuidarte.

– Ya lo hago, Franz. Nunca he sido un vago a la hora de defenderme.

La casa olía a verduras rancias y este aroma omnipresente resultaba familiar a Ember, que no estaba de acuerdo en pensar que la falta de limpieza iba unida a la piedad.

Evans susurró algo desde la chimenea.

– ¿Cuándo daremos el golpe? -preguntó Franz.

– Cuando yo lo diga, y no antes.

– ¿No confías en nosotros?

– Yo no confío en nadie, simpático. Confiaré en ti, Franz, cuando todo esté hecho y estemos en lugar seguro.

Schleifstein entró y olfateó el ambiente rancio.

– Me gustaría hablar con usted arriba, amigo Ember.

Schleifstein estaba tan pulcro como siempre, y lleno de autodominio, aunque a Ember le dio la impresión de que el alemán pensaba que sus ropas ya tenían algo de olor.

– ¿Hizo pasar a Evans un mal trago? -preguntó Schleifstein cuando ya estaban solos.

– ¿Evans? ¿Un mal trago?

– Vamos, vamos, Ember. Pedí a Evans que viera el lugar donde vive. Usted le golpeó por Dalston Lane.

Ember ya sabía que estaba fuera de toda sospecha, en casa y seguro. Podía permitirse atacar.

– Era Evans, ¿no? Con todos los respetos, jefe, no vuelva a hacerme esto otra vez. No sin decírmelo. No me agrada que me vigilen por las calles. Me pone nervioso. Suelo atacar cuando estoy nervioso.

– Yo sólo quería protegerle -lo dijo de forma suave, hasta creíble-. Sin embargo, no se han producido daños. Excepto en el rostro de Evans, pero eso pronto pasará. Su orgullo está herido, téngalo en cuenta. No creo que sea prudente decirle quién fue.

– No. Supongo que no.

– Ni tampoco creo que sea bueno coger su cartera.

– Yo no cogí ninguna cartera.

– Si dice que no, entonces será que no. Evans mejorará en una semana. ¿Hay tiempo suficiente o necesitaremos a otra persona?

– Hay suficiente tiempo.

– Bien. Entonces si Peter forma parte, lo mejor es que les ponga al corriente sobre el plan.

– Una cosa -Ember hizo como si tirara de la manga de Schleifstein-. Quiero que quede claro que mientras estemos en el interior, yo soy el jefe.

– Algo así será.

Ember pensó que eso no sonaba demasiado prometedor.

Peter era el más limpio de los dos alemanes. Había regresado cuando ellos ya estaban abajo, aunque nadie dijo dónde había estado o qué había hecho. Pero también se encontraba otra persona en el salón: un muchacho de unos diecisiete años, alto y desgarbado, con un pelo tan grasiento que se podría freír pan sobre él.

– Sólo hablaré a la banda -dijo Ember, dirigiendo su mirada a algún sitio situado entre Schleifstein y Franz.

Mandaron fuera a Wellborn y al muchacho y Ember comenzó a explicar el plan. Les hizo saber que se llevaría a cabo aproximadamente dentro de una semana y que habría dos visitas, aunque no dio ninguna pista sobre el tamaño y la disposición del lugar, el trabajo que debería realizarse y quién haría cada cosa. Más tarde, Franz intentó preguntar algunas cosas, pero Ember sólo respondió a las que sabía que no le iban a descubrir.

Todos parecían más amistosos cuando se disponía a salir, aunque Ember no bajó la guardia.

– En el plazo de las próximas tres semanas; por tanto, manténgalos unidos -dijo a Schleifstein en el recibidor, consciente de que ahora le tocaba a él dar las órdenes-. Volveré el lunes o el martes anterior a la fecha del golpe. Así tendrá tiempo suficiente para dar las últimas instrucciones. Que no me siga nadie esta noche, jefe. De verdad que puedo arreglármelas por mi cuenta -dijo junto a la puerta.

Ben Tuffnell todavía estaba en la calle como algo permanente y no les llamaba la atención más que un muro de ladrillo. Doscientas yardas más abajo, en la misma acera que la casa, Sim el Espantajo estaba pidiendo limosna en la cuneta. Ember pensó que ahora tenía más llagas que la última vez que le observó. Tenían un aspecto muy real y la buena gente de Edmonton parecía que soltaba mucho dinero para tranquilizar su conciencia.

A fin de tranquilizar a la italiana, Moriarty le estaba enseñando un truco de cartas que se hacía con los cuatro ases. Pones los dos ases negros en el centro de la baraja y los ases rojos encima y debajo. A continuación lo barajas todo bien y ya está, los ases negros aparecen por encima y por debajo, y los rojos juntos en el centro. La italiana estaba impresionada.

Su nombre era Carlotta y poseía un talle lo suficientemente estrecho para poder abarcarse con las dos manos; el pelo suelto y una tez oscura, casi negra, que intrigaba mucho al Profesor. También tenía unos bonitos tobillos, y su cuerpo se movía bajo su vestido de tal forma que hacía que la sangre corriera velozmente por las venas del Profesor.

Sal la había educado y le había dicho que el Profesor tenía que contarle unas cuantas cosas bonitas; que debía ser buena con él y que no tenía que tener miedo.

Moriarty vio a Sal Hodges junto a la puerta del salón y le lanzó una sonrisa satisfecha y susurró: «Sapos, salamandras y lagartos. Ya hablaremos, James. Espero que ella sea adecuada».

El Profesor la aseguró que pensaba que Carlotta sería admirable para lo que tenía pensado. Más tarde habló a la muchacha, tocó algo de Chopin para ella y realizó el truco de cartas de los cuatro ases.

Ella parecía muy joven, quizá de diecinueve o veinte veranos, y su forma de ser era muy tranquila, sin ningún signo del fogoso temperamento que Moriarty asociaba a las mujeres latinas. Bridget Spear había preparado una colación fría: jamón cocido, lengua y uno de los pasteles de carne de cerdo del señor Bellamy. También había dos botellas de Moet & Chandon, Dry Imperial del 84, y se bebieron una botella antes de irse a la cama, donde Carlotta demostró que era mucho más que una tigresa.

– Sé por la señora Hodges -dijo Moriarty durante una pausa para recuperarse- que nunca has estado en tu Italia natal.

Ella puso mala cara.

– No. Mis padres no querían volver y yo nunca he tenido ni la ocasión ni el dinero necesario. ¿Por qué me lo pregunta?

Le miró con descaro y le incitó con los ojos. Con algo de maquillaje y la ropa adecuada -estaba vestida muy llamativamente- la morena Carlotta podría pasar por una condesa.

– Estoy pensando en hacer un pequeño viaje a Italia en primavera. Roma es muy agradable en esa época del año.

– Es usted muy afortunado -se inclinó y le acarició por detrás de esa manera tan descarada propia de su profesión-. Afortunado por más de un motivo -añadió coquetamente.

– Creo que podría arreglarse todo para que me acompañaras a Roma. Si es que te apetece.

Carlotta emitió algunas frases en italiano que sonaron como una mezcla de adoración y placer.

– No carecerías de nada. Vestidos nuevos. Todo -sonrió a través de la almohada, astuto y reservado-. Y un collar de rubíes para ponerte en tu bonito cuello.

– ¿Auténticos rubíes?

– Desde luego.

La mano de la chica llevó a cabo algunos trucos verdaderamente exquisitos, cosas de las que una chica tan joven no debería tener ningún conocimiento ni experiencia.

– ¿Podré tener una criada propia? -arrulló en los oídos de Moriarty.

Al anochecer, Angus Crow solía llamar al ladrón retirado y dócil. Nunca hablaban de su acuerdo, aunque era algo habitual entre ellos, dado que era la señal que el viejo le proporcionaba. Si estaba solo, las cortinas del salón delantero se corrían al hacerse de noche (en verano, la ventana se dejaba cerrada). Si había alguien, siempre aparecía una franja de luz entre las cortinas.

Crow sospechó que esta señal también la utilizaba para otras personas, ya que Tom Bolton invariablemente cojeaba hasta el salón siempre que él llegaba. Ellos siempre se sentaban y charlaban en la diminuta cocina trasera.

Era un alivio para Crow tener una excusa para salir de King Street por la tarde. Sylvia parecía estar perdiendo el sentido. La desdichada criada, Lottie, todavía estaba en casa, constantemente a sus pies mientras él se encontraba allí. Como remate, Sylvia estaba planeando todo tipo de nuevas diversiones y las cenas eran su última obsesión. Crow reflexionó, con algo de felicidad, que lo más probable era que los amigos que cenaban una vez con ellos no volvieran a hacerlo nunca más. Al menos si Lottie seguía en la cocina.

Con un sentimiento de alivio estaba ahora sentado en la vieja cocina trasera de Bolton, con un ponche caliente ante él sobre el rojo mantel bordado, el cálido fuego en la cocina, la olla chorreando vapor sobre el quemador y la lámpara encendida. Reflexionó, como lo había hecho en otras ocasiones, que la loza, colocada ordenadamente sobre un pequeño aparador, era de buena calidad; ¿quién, se preguntó, habría sido su antiguo dueño?

Bolton, fumando tranquilamente en su pipa, le contó la historia de las visitas de Ember y de sus propósitos de forma muy concisa, y Crow le dejó hablar sin interrupción hasta que finalizó su exposición.

– Entonces, ¿le dejó que se las llevara? -le preguntó cuándo hubo finalizado, con una voz que reflejaba la disconformidad que sentía sobre la debilidad de los criminales.

– No me quedó otro remedio, ya sabe cómo es esa gente, señor Crow. Yo sé que soy un viejo inútil, pero todos nos aferramos a la vida. Ese grupo trabaja en la sombra. Se arrastran por las sentinas. Levantas una piedra y allí los encuentras.

Crow emitió un fuerte gruñido. No había forma de saber si implicaba simpatía, comprensión o reprensión.

– En mis tiempos hice algunas cosas malas, pero nunca estuve involucrado en un asesinato. No quiero ser ahora una víctima.

– ¿Dice que es alemán?

– Me dijo que era alemán. Un individuo buscado en su propio país y que ha tramado aquí este golpe. Un robo que hará que se mantenga durante cierto tiempo.

– ¿No será para toda la vida? -Crow detectó el cinismo de su voz-. Es la historia de siempre, Tom. ¿No es así? Un buen golpe para establecerse. Más tarde, es el momento de retirarse y llevar una vida sin tacha.

– Eso es lo que dicen muchos de ellos, jefe. Realmente es cierto, yo ya lo había dicho antes.

– ¿Será un golpe utilizando ganzúas y llaves, o se abrirá mediante el uso de la fuerza?

– Dios mío, Crow, no hay mucha diferencia. Usted ha escuchado demasiados cuentos. Los muchachos que roban forzando se consideran mejores que los que lo hacen mediante llaves. ¿No le he enseñado eso? Si vas a un lugar donde piensas que puedes quitar las bisagras de la puerta y ves que no puedes, entonces la fuerzas con la palanqueta. Cualquier ladrón que se gana el pan que come ha hecho de todo: forzar, romper, levantar el suelo, cortar, barrenar, doblar los barrotes. Recuerdo cuando era más joven… -y comenzó uno de sus numerosos y largos recuerdos, ya que Tom Bolton había comenzado como deshollinador a los ocho años.

Crow le escuchó antes de lanzarle la siguiente pregunta.

– Ember solía trabajar para el Profesor, ¿verdad? ¿Para Moriarty?

Era increíble, pensó Crow, cómo sólo el nombre provocaba una reacción en los criminales más endurecidos. Las manos hinchadas del viejo se apretaron -movimiento que debe causar gran dolor- y sus ojos se movieron nerviosamente. Su rostro se volvió gris, como papel seco.

– No sabía eso -refunfuñó con voz cansada, como si su garganta se hubiera secado de repente.

– Hace tiempo que se fue, Tom. No hay nada que temer.

Hubo un momento en que no se escuchó nada, excepto el crepitar del fuego y el tic-tac del reloj.

– Mire, señor Crow -parecía que respirar le suponía un gran esfuerzo-. Le he enseñado algunas cosas, pero ésta es la primera vez que he soplado a alguien. No es algo propio de mí. Sólo lo hice por mis herramientas. No me gusta pensar que va a utilizarlas un extraño.

– Debe ser algo grande, Tom. Para que ellos quieran sus herramientas, quiero decir. Ya no se hacen herramientas como las suyas.

– La forma de utilizarlas es lo que cuenta.

– Un alemán -murmuró Crow, como volviendo al punto delicado mientras intentaba poner cada pieza en su lugar dentro de su cerebro-. ¿Nuestro Ember ha sido ladrón en alguna ocasión?

– Le he conocido desde que era un muchacho. Pequeño y nervioso. Ha hecho un poco de todo. Él sabrá cómo. Sin embargo, yo no haría que se enfadara. Mantiene una cierta posición, tal como usted dice.

– El Profesor.

– No puedo escucharle.

– ¿Le creyó? ¿En lo referente al alemán?

– Él lo creyó.

– Entonces, le dejaste las herramientas. Tan sencillo como eso.

Bolton había omitido hacer mención al pago. Era una cantidad muy grande por el alquiler de un equipo de herramientas, aunque fueran de muy buena calidad. Durante un segundo, y no más, le remordió la conciencia al viejo.

– No quería que me aporreara ni que me rajara. No me gusta meterme en todo esto.

Tiene que ser algo muy gordo. Crow no podía quitarse a Moriarty de la cabeza, ya que Ember era un hombre enteramente del Profesor. Cuando todos los extranjeros se reunieron en el año 94 en Londres, había un alemán con Moriarty. Crow se preguntaba muchas cosas en relación a esto. Tendría que haber algo escrito en los informes de Scotland Yard. De cualquier modo, había muchos alemanes en Inglaterra.

– Veré si podemos hablar un rato con Ember -dijo en voz alta.

– ¿No dirá nada?

– ¿Sobre usted, Tom? Quédese tranquilo, viejo amigo, su nombre no se mencionará. Buscamos a Ember por algo más que pedir prestadas una serie de herramientas. De cualquier modo, gracias por su ayuda. Y ahora, ¿necesita algo?

– Me voy arreglando. Siempre salgo adelante, a pesar de que algunas semanas me cuesta un poco.

Crow depositó cuatro soberanos de oro sobre el mantel rojo.

– Hagamos un pequeño trato, Tom. Y cuídese mucho.

– Dios le bendiga, señor Crow. Tenga mucho cuidado con ese tal Ember, es muy astuto… ¿Señor Crow?

Cuando ya estaba en la puerta el detective se volvió. -¿Sí?

– Sígale la pista. Ese Ember apesta.

– Lo tendré en cuenta.

Había muy poca gente en Scotland Yard y nadie en esta parte del edificio. Crow encendió el gas y se dirigió a la habitación del sargento Tanner, abrió el armario y miró las carpetas. La que quería no era demasiado gruesa. La llevó a su mesa y se sentó, en medio del silencio, pasando las páginas y tratando de encontrar la inspiración en las entradas más claras, elementos extranjeros entre los asociados a james moriarty, decía el encabezado.

Contenía unos veinte o treinta dossiers, y entre los de origen germánico había un perista llamado Muller que dirigía una casa de empeños cerca de Ludgate; otro se llamaba Israel Krebitz, un pez gordo llamado Solly Abrahams y un hombre conocido como Rutter. También podían encontrarse algunas notas de Tanner sobre los hermanos Jacobs.

Con mucha diferencia, el dossier más largo era el de Wilhelm Schleifstein. Lugar de origen: Berlín. Allí era muy conocido: robos, bancos, prostíbulos, un poco en todos los sitios. Ciertamente ya había sido identificado como uno de los que iban con Moriarty en 1894. También se encontraba un gigante que solía acompañarle, Franz Bucholtz, también muy conocido y bastante peligroso.

Mañana, pensó, le pediré permiso al Comisario para telegrafiar a Berlín y preguntar si conocen el paradero de Herr Schleifstein y de su amigo Bucholtz.

Sylvia estaba despierta, sentada en la cama con un ejemplar de Lady Hester, and the Danvers Papers de Charlotte M. Yonge, y con una caja de pasteles de vainilla Cadbury.

– Angus -comenzó a hablar, dejando el libro-. Angus, tengo una increíble idea.

– Bien, bien.

Sus pensamientos todavía estaban concentrados en Ember y en la posibilidad de un robo planeado por el alemán. Dejó que el parloteo de su mujer siguiera adelante, como el ruido del agua entre las rocas. Le habría gustado hablar con Ember, por lo que mañana haría circular el rostro de la pequeña rata por todas las divisiones. Entonces oyó el nombre del comisario, que provenía de los labios de su mujer.

– Lo siento, cariño. No te he entendido.

– Angus, deberías escucharme cuando te hablo. Decía que espero que no tengas ningún compromiso para la noche del día 21.

– ¿El día 21? ¿Qué es ese día, cariño?

– Un sábado.

– No, a no ser que tenga un caso… -«a no ser que Ember se vuelva contra el alemán y yo tenga que dar la alarma», pensó. «O que el alemán utilice las herramientas de Bolton para abrir el Banco de Inglaterra y la Policía Metropolitana requiera mis servicios. A no ser que…»-. ¿Por qué el día 21, querida?

– He enviado una nota de nuestra parte al Comisario y a su mujer para que vengan a cenar esa noche.

Hasta Lottie, encerrada en su ático, pudo escuchar el grito de rabia.

– ¿Qué has…? ¿Qué has pedido… al Comisario? ¿A mi Comisario? -Crow se hundió en una silla con el rostro lleno de asombro-. Sylvia, estás loca. Dios mío. Un inspector no presume de invitar a cenar a un comisario. Sobre todo si se le va a ofrecer la cena de Lottie. Por Dios, mujer, imaginará que me estoy arrastrando.

Angus Crow ocultó su rostro con las manos y pensó que bien podría estar ocupado durante esa noche del día 21. En una celda de la policía esperando el juicio por el asesinato de su mujer, Sylvia.

– Estarás aquí hasta que sea el momento de volver a la casa de Edmonton. Hay espacio en el ático, en la habitación de Harry Alien. Él no la necesitará hasta mediados de diciembre -dijo el Profesor a Ember.

Los informadores estaban siendo más precisos en sus disposiciones. Al ciego Fred le había llegado el soplo, de un observador llamado Patchy Dean, de que los polis estaban haciendo preguntas sobre un tal Ember y envió a un mensajero para localizar a Ember y darle la noticia: un muchacho joven que a veces estaba pidiendo en un punto de Regent Street, más arriba del Quadrant. Este muchacho, Saxby, puso al corriente al taimado lugarteniente más allá de Bermondsey, donde estaba buscando propiedades junto a los hermanos Jacobs. Ember tuvo el estómago delicado durante todo el viaje de vuelta hacia Albert Square. Más tarde Spear le confirmó que estaban haciendo preguntas y que la poli había ordenado su detención.

– No habrás estado hablando donde no debías -le preguntó Moriarty.

– Usted me conoce, Profesor. Ni siquiera una palabra. Sólo al prusiano y a su banda, y sólo lo que les convenía saber. Pero si ellos han dejado salir a Wellborn, entonces ya está todo claro.

– Wilhelm ha mantenido a Wellborn encerrado. Si está adecuadamente enganchado, no hará nada para perjudicarse. ¿Qué hay de ese Bolton donde has conseguido las herramientas?

– Él no sabía nada.

– Excepto que te pondrías en contacto para los instrumentos. Sabía que eras tú.

– Bolton no…

– Yo no me fío. Es mejor tener los ojos bien abiertos. Lee Chow se encargará de él si se va de la lengua. -Moriarty hizo una pausa, pero Ember movió la cabeza, rechazando pensar que el viejo Bolton hubiera podido decírselo a los polis-. Todo está preparado, ¿no es así? ¿No se ha olvidado nada?

– Tendré que utilizar a uno de los mensajeros como cochero, si es que no se me permite subir. Dije al alemán que el coche de alquiler estaría listo a partir de las tres de la mañana.

– Eso puede hacerse. ¿Tienes a un informador escuchando a los trabajadores en el lugar?

– El mejor. Spear tiene vigilado el lugar desde la tienda de la acera de enfrente y Bob el Nob está escuchando a los trabajadores de los que obtuvimos la primera información.

– ¿Has preparado alguna señal? ¿Y si no está despejado el camino?

– Ben Tuffnell todavía está en Edmonton. Si hay peligro antes de que salgamos, él estará cantando borracho alrededor de la casa. Cantará The Mower.

Moriarty asintió con la cabeza a modo de despedida, pero cuando Ember llegó a la altura de la puerta le dio un último mandato.

– Báñate Ember, si vas a quedarte aquí. No quiero tener esta casa con olor a pedos y al último pescado del verano.

El Profesor debería haber dado otras órdenes, ya que en cuanto Ember llegó a la habitación que anteriormente ocupaba Harry Alien, allí estaba Martha Pearson para decirle que su baño estaba preparado y la señora Spear le había traído toallas limpias, una pastilla de jabón Sunlight y un cepillo para que se restregara.

A la mañana siguiente llegó una carta de París del profesor Cari Nicol, el estudioso caballero americano del número 5 de Albert Square.

Estimado señor -decía la carta,

Estamos aquí muy bien establecidos. Pierre está bebiendo como una esponja, pero al menos trabaja unas cuatro horas al día. Trata continuamente de buscar excusas y se queja con frecuencia de la luz, dice que no está lo suficientemente bien, pero veo que va haciendo progresos. Es un auténtico placer verle pintar y estoy seguro que usted estará contento con los resultados. La madera ha sido marcada según sus instrucciones.

También me he encargado de que no salga nunca solo. He ido con él en todas sus visitas para ver el original. Puede descansar tranquilo con la seguridad de que todo está saliendo tal como lo ha ordenado.

Le saluda atentamente Su obediente criado

H. Alien

LONDRES

Lunes 16 de noviembre – Lunes 23 de noviembre de 1896

(El robo en la joyería de Cornhill)

Los hermanos Jacobs acababan de encontrar el lugar en Bermondsey. Este edificio se había utilizado en parte como almacén y también como oficinas de una pequeña cadena de ultramarinos que había caído en bancarrota hace un año.

Se puso a la venta durante algún tiempo, pero nadie lo cogió, ya que el lugar era húmedo y poco adecuado para la ampliación. Y tampoco había sido nunca un lugar muy adecuado para el almacén de productos alimenticios, ya que la parte trasera daba a un basurero. Sin embargo, estaba algo alejado de las hileras más cercanas de cabañas; las cerraduras y los barrotes eran muy seguros, y contaba con un pequeño patio y un establo en la parte trasera.

Después de algún regateo, Bertram Jacobs pagó 200 libras del dinero del Profesor y la transferencia se realizó en la mitad de tiempo. Lee Chow reunió a algunos de sus hermanos amarillos y, en unos cuantos días, el lugar estuvo completamente limpio; se dieron unas capas de pintura aquí y allá, mientras Harkness, el conductor del Profesor, hizo un par de viajes con muebles baratos que.colocó en la parte trasera de un coche de alquiler.

Durante la semana anterior Ember volvió a la casa de Edmonton y Spear se aseguró de que el coche negro, que luego utilizarían como si se tratara de uno de policía y que habían estado construyendo en unos establos cercanos, se pusiera en el patio, para que el Profesor, cuando les visitara el sábado, le diera el visto bueno, siempre que los que tenían que quedarse allí pudieran aguantar el hedor de las curtidurías y las tiendas de pieles cercanas.

En esta fecha Terremant ya había reclutado más matones y ya existían instalaciones para cocinar en Bermondsey, junto a abundantes provisiones.

Todavía se mantenía la vigilancia de la calle Cornhill desde la antigua joyería y Spear se las había apañado para conseguir uniformes de policía.

Durante la noche del lunes 16, Ember, llevando el pequeño paquete que contenía las herramientas de Bolton, se dirigió hasta Angel en cabriolé y luego caminó un poco hasta la casa de Schleifstein. Llegó a vislumbrar a Hoppy en Angel, Slim el Espantajo todavía estaba lleno de heridas; el ciego Fred y Ben Tuffnell se encontraban al acecho. Aparte de ellos, ahora Ember estaba por su cuenta. Mientras tiraba de la sucia campanilla metálica pensó brevemente en Bob el Nob vagando por la City y en la red invisible de informadores que le alertaría de cualquier peligro. También pensó en las últimas palabras que Moriarty le dijo antes de que saliera de Albert Square.

– Si me atrapas a Schleifstein, no volverás a necesitar dinero contante y sonante. Si fracasas, no necesitaras nada de nada.

Franz abrió la puerta.

– Entonces, ¿será esta semana?

– Viernes por la noche -dijo Ember mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.

El viernes 20 de noviembre estuvo lloviendo todo el día. No era la llovizna con niebla propia de Londres en esa época del año, sino una lluvia torrencial que provocó riadas por las principales calles e inundó los callejones más estrechos y escondidos de la metrópolis. Los canales se convirtieron en arroyos impetuosos y desde los tejados y azoteas caía el agua en forma de cascada hasta llenar los desagües, provocando estragos e inundaciones donde las calles estaban sin adoquinar o mal construidas.

El tráfico iba muy lento y se produjeron los peores embotellamientos, mientras que los peatones se abrían camino entre las calles, luchando a brazo partido con las bayonetas de agua.

A última hora de la tarde el aguacero remitió un poco, aunque en aquel momento todos los que habían estado fuera ya estaban totalmente empapados. Pero no Bob el Nob.

Bob el Nob era conocido por otros de sus muchos seudónimos, Robert Lamb, Robert Betterton y Robert Richards; un solo hombre pero con tres nombres diferentes, aunque Bob el Nob era el nombre por el que le conocía la gente de la familia. Un individuo de unos cuarenta años, delgado, de pelo gris y aspecto bastante distinguido, que solía frecuentar las tabernas y los hostales de todas las zonas de la capital y, sin embargo, no era cliente «fijo» en ningún sitio. Si bebía en Brixton, por ejemplo, hablaba de sus negocios en Bethnal Green; y si pasaba la tarde en alguna taberna de Camden Town hablaba sobre el pequeño local que tenía en Woolwich.

Su memoria era muy buena y gozaba de un olfato especial para descubrir los lugares bien surtidos. Cuando bebía en los pubs de la City se le conocía como un sujeto alegre que tenía un pequeño negocio de alimentación en alguna parte de Clapham. De hecho, Bob vivía en dos habitaciones situadas encima de una carnicería en Clare Market, desde donde salía todos los días con la firme resolución de captar la mejor información. Era elegante, casi un caballero, y de temperamento plácido. El viernes 20 lo pasó casi todo el día en la cama, escuchando el ruido de la lluvia al mojar las calles, al golpear contra su ventana y sobre la fachada de la carnicería que tenía debajo.

El fue el informador que olfateó las posibilidades que ofrecía Freeland & Son. Su trabajo de esta noche era muy fácil: tomarse unos cuantos vasos en Dirty Dick's, el pub construido sobre las viejas bodegas de vino y licores de Bishopsgate. Allí era donde los trabajadores de Freeland & Son se dirigían los viernes después de salir del trabajo y había prometido que se reuniría con un par de ellos sobre las ocho de la tarde. Si algo iba mal, el joven Saxby estaría esperando en la casa relámpago de Whitechapel. Lo que se hacía con los mensajes que transmitía era algo que no interesaba a Bob el Nob.

Cuando llegó, el salón del bar estaba lleno de agitación, sobre todo con oficinistas que charlaban después de su jornada de trabajo. Muchos de ellos no volverían el sábado y algunos pasarían la noche antes de volver con sus mujeres con lo que quedaba de su paga.

A las ocho y media no había aparecido nadie del personal de la joyería y Bob comenzó a sentir los primeros síntomas de preocupación. A las nueve seguía sin haber ni rastro. No fue hasta las nueve y media cuando se les vio venir a los cuatro, cansados y con aspecto melancólico.

Saludó a sus particulares amigotes con gran alegría y con algún comentario en tono jocoso sobre su tardanza. El viejo Freeland les había retenido, dijeron, lo ' cual no les hacía mucha gracia. El trabajo que tenía que estar acabado el lunes, para ser recogido, llevaba un retraso considerable. No tenían la obligación de ir a trabajar el sábado, pero ahora todo había cambiado. Mañana sería un día completo de trabajo.

Para salvar las apariencias, Bob permaneció en el bar hasta un poco después de las diez, quedándose junto a la puerta para intercambiar alguna palabra con otro conocido antes de salir a la oscuridad. Había comenzado a llover de nuevo. No con la misma fuerza que anteriormente, pero lo suficiente para bañar los hombros de su gabán y salpicar su cara, hasta caer por sus cejas y obligarle a pestañear y pasar su mano por los párpados. Con la cabeza gacha, se fue a grandes zancadas hacia Cornhill y Leadenhall Street, las piernas moviéndose automáticamente, las manos hundidas en los bolsillos de su gabán y con la mente ocupada en cumplir la sencilla tarea de pasar la información a Saxby para Ember. «Ellos estarán mañana trabajando», era todo lo que tenía que decir. Más tarde a casa, quizá con una de las compañeras que se encuentran cerca de Clare Street. Una noche pasada horizontalmente le haría mucho bien.

El Nob estaba cruzando Aldgate cuando un cabriolé le golpeó.

Fue una combinación de mal tiempo y peor suerte. Principalmente el tiempo, ya que la lluvia era tan fuerte que los ojos del conductor vislumbraron la figura en la calle cuando ya era demasiado tarde. Pudo tirar de la rienda de su caballo hacia la derecha, una rápida acción que salvó a Nob de ser atrapado bajo los cascos, pero no lo suficientemente rápida para parar las ruedas, que le dieron un buen golpe, empujándole y derribándole sobre la húmeda calle donde ahora yacía inmóvil: como muerto.

Todos vestían sus ropas oscuras con las tirantes chaquetas, tal como Ember les había ordenado. Sentados en el pequeño salón de la casa de Edmonton, los cinco hombres realizaron sus habituales trabajos por última vez. Evans, todavía con aspecto malhumorado; Franz, el pulcro y cabezacuadrada alemán; Peter y su corpulento compañero despeinado llamado Claus; y Ember, por supuesto, que era el que más hablaba.

Wellborn y el muchacho del pelo lleno de grasa se encontraban en algún lugar de la casa, y Schleifstein se había ido a la cama. El cochero debería recogerles en su coche de cuatro ruedas a la una en punto y traerles más tarde. Mañana, cuando forzaran la caja fuerte, dejaría preparado el coche para que Evans lo tomara para cargarlo con el botín y luego alejarse lo más rápidamente posible del lugar. Todo estaba preparado.

Evans, el matón, iba a darles las señales y también se encargaría de conducir el coche a la noche siguiente; Peter y Claus eran los currantes y harían el trabajo duro. Franz actuaría como intermediario entre Ember y Evans y viceversa.

– No tenemos ninguna necesidad de precipitarnos -les dijo Ember por vigésima vez en tres días-. Eso es lo bonito: nos tomaremos nuestro tiempo en las dos noches. Esta noche veremos el estado de las cosas, entraremos en la tienda; más tarde, mañana, la forzaremos adecuadamente.

En la calle no había un sonido fuera de lo normal y Ember se sintió confiado. Ninguna señal. Todo estaba despejado. Spear y Terremant estarían mirando desde la tienda de la calle Cornhill y no necesitarían más de un par de horas para cortar el suelo. Probablemente menos. Lejos de Edmonton a la una. De regreso a las cinco. Todo en la oscuridad.

Buscó en su bolsillo el frasco de brandy y echó un trago. Un último vistazo a las herramientas de Bolton, todas empaquetadas y envueltas en un paño para evitar el ruido. Escoplos; cuatro palanquetas; taladros americanos, una sierra corta y hojas, arañas; un cortador y varias cabezas; cuerda y un gato metálico. En la parte superior, la oscura linterna que sería la única luz dentro del lugar [12].

Al cochero se le había pagado por adelantado. Siempre era así: el honor entre los ladrones no se extendía a asuntos de dinero. Él no tenía ni idea del lugar donde se iba a producir el golpe. Ni tampoco deseaba saberlo. Les dejaría en Bishopsgate y a las cuatro y media de la mañana realizaría una ruta de vuelta. Primero recogería a Ember con sus herramientas, y luego a los demás, en distintos intervalos: a dos en Houndsditch y a la otra pareja en Minories. Y luego de regreso, por un camino tortuoso hasta Edmonton.

Mientras bajaba los escalones hacia el coche, Ember pensó que había visto el rostro blanco de Tuffnell en la oscuridad del muro al otro lado de la carretera. Ninguna señal. Todo seguro. Justo antes de salir de casa había sacado su reloj de cadena, que marcaba la una en punto.

Nob sintió frío, humedad y dolor. Estaba oscuro. Había voces. Algunas personas le llevaron en coche y el dolor recorrió su cuerpo en forma de indescriptibles convulsiones. A continuación recordó una especie de carro. Pero sólo fue por breve tiempo, ya que volvió una vez más a la oscuridad.

Más tarde, el dolor apareció de nuevo, como si alguien estuviera aplastando su hombro. El tiempo no importaba y toda una vida habría pasado, como un sueño febril, mientras su mente sufría un conocimiento confuso y un sueño lleno de pesadillas. Luego, luces, el olor a desinfectante y algo que sujetaba su brazo derecho y su hombro. Más luz. Despertar en un ambiente extraño y… ¿ángeles? Blancos ángeles volando.

– Ahí, estás bien -dijo uno de los ángeles inclinándose hacia él-. Estás bien.

– ¿Qué…? -su boca estaba seca y quería vomitar.

– Has tenido un accidente -dijo el ángel-. La policía te trajo aquí.

Al oír mencionar a la policía, Bob el Nob se despertó completamente. Se encontraba tendido en una habitación de azulejos blancos, sobre un sofá de piel. Los ángeles eran mujeres. Enfermeras.

– Estás en el hospital St. Bartholomew -dijo la enfermera, con la cara muy cerca de su rostro-. Tu hombro se ha roto, pero el cirujano lo ha vuelto a colocar. Vivirás para poder enfrentarte de nuevo a los cabriolés.

Todo volvió de nuevo y Bob el Nob se movió, intentando sentarse, pero el dolor permanecía, como una lanza al rojo vivo.

– ¿Qué hora es? ¡Es muy importante! -preguntó cuándo el dolor empezó a ser menos violento.

– Algo más de medianoche. Has estado inconsciente durante bastante tiempo.

Ahora se sintió más delicado y volvió el dolor, esta vez en forma de pequeñas punzadas.

– No puedo quedarme aquí -respiró con dificultad-. No puedo permitírmelo. No en un hospital.

– No te preocupes. Por la mañana te hablarán sobre ese tema. Realmente tuviste un atropello horrible.

Era una mujer de rostro anguloso, toda llena de almidón. Almidón por todas partes, pensó el Nob. Almidón por todas partes, no daba crédito.

– Deseo dar un mensaje -respiró profundamente.

– ¿A tu mujer?

– Sí -se aferró a la idea.

– Bien, tendré que llamar a tus familiares antes de que te levantes y veremos lo que se puede hacer en relación a tu esposa. De cualquier modo, la policía querrá todos los detalles. Yo realmente no lo sé. Eres el cuarto accidente que hemos tenido esta noche, pronto tendrán que hacer algo con el tráfico. Estos coches de caballos van demasiado rápido y hay demasiada gente en las calles. No están preparadas, ya lo sabes -ella tocó suavemente su cabeza, como para ver si tenía fiebre-. Descansa aquí, volveré en unos minutos.

Se fue por el suelo de baldosas, como un susurro de autoridad almidonada.

El dolor era terrible, pero consiguió ponerse de pie, sintiendo cómo la habitación daba vueltas y se paraba de nuevo. A continuación, más náuseas. El empapado gabán estaba sobre una silla, pero no fue capaz de ponérselo, ya que su brazo derecho y su hombro estaban tirantes.

– No importa -pensó el Nob-. Si necesito otro tratamiento, les contaré una historia en el dispensario oriental en Whitechapel. Agarrando su gabán con la mano izquierda y apretando los dientes por el dolor que le suponía cada paso, Bob caminó arrastrando los pies hasta la puerta. En el exterior había un amplio hall y algunas puertas de cristal. Un gran bullicio, ya que parecía que estaban trayendo dos nuevos casos en unas camillas. Bob pudo entrever a su enfermera echando una mano.

El camino hacia la salida estaba libre, por lo que, a su máxima velocidad, Nob se tambaleó hacia las puertas de cristal y salió. En el exterior la lluvia todavía seguía cayendo y parecía que, por un momento, se aclaraba su mente. Más tarde volvieron las náuseas y el dolor hacía que cada paso fuera una agonía.

No fue hasta después de la una cuando llegó a la casa relámpago en Whitechapel. Allí se habían producido varios accidentes y un par de sujetos se jactaban de un robo a mano armada que acababan de llevar a cabo en la parte occidental. Saxby estaba dormido sobre un banco de una esquina. El Nob le dio el mensaje y Saxby se fue, preocupado y pálido, con unos círculos oscuros bajo los ojos. Aún le quedaba un buen camino hacia Edmonton.

El Nob vio cómo se marchaba Saxby, luego se sintió enfermo y uno de los individuos le ayudó a apoyarse en una esquina y le dio un trago de su brandy.

A la entrada trasera de Freeland & Son se accedía a través de un estrecho callejón que salía de Bishopsgate y conducía a un diminuto patio. La puerta trasera era lo suficientemente segura, protegida por planchas de hierro, pero a la derecha de esta zona unos escalones descendían hasta la puerta de un sótano del que nadie se preocupaba.

El patio estaba cubierto de desperdicios y trastos: cajas viejas, cajones de embalaje y otro tipo de cosas, como si se tratara del vertedero común de la zona.

El policía de la ronda no estaba cuando bajaron del coche de alquiler. Ember susurró instrucciones al cochero y descendieron por el callejón y entraron al patio en sólo un par de minutos, dejando a Evans en el extremo de Bishopsgate, ya que era un punto privilegiado y oscuro. Ember pensó que tendrían unos diez minutos para entrar antes de que el policía bajara de nuevo por Bishopsgate.

La oscura linterna sólo ofrecía un círculo de luz, pero lo suficiente para utilizar una palanqueta en la cerradura simple.

– Siempre hay una forma de entrar -musitó Ember mientras trabajaba en los seguros-. Algunos tienen cajas fuertes con puertas inexpugnables, pero por detrás parecen de hojalata. Algunos protegen las puertas principales y se olvidan de los sótanos que están por debajo o de las oficinas de arriba.

La cerradura pareció seguir esta sencilla deducción y la puerta se abrió. Chirrió ligeramente y se produjo un crujido oxidado de uno de los goznes. En el interior, el lugar olía a polvo, humedad y al descuido de muchos años.

Hizo girar el pequeño círculo de luz alrededor del sótano, mirando todo para que sus ojos se adaptaran más rápidamente a la oscuridad. Al igual que el patio del exterior, el sótano estaba lleno de basura: un par de cajones de embalaje, una pila de cajas viejas, un cartel descamado (Dorado, plateado y grabado en el mínimo plazo. Reparaciones realizadas por especialistas con toda prontitud), que formaba parte de una vieja reja, ahora obsoleta por las contraventanas de hierro que rodeaban la parte delantera de la tienda.

– Quédate junto a la puerta -Ember susurró a Franz-. Escucha bien.

A continuación, como en un espectáculo mudo, señaló a Peter y Claus para que se acercaran a él mientras se movía hacia el sótano, mientras aparecía una rendija de luz en las vigas y en las tablas de arriba.

El sótano era largo y estrecho, y ahí estaba, a unos cuatro pasos y justo enfrente de sus cabezas, el cuadrado revelador de fuertes cerrojos que marcaba el soporte de hierro sobre el que la caja fuerte se mantenía en el interior de la tienda. Hizo la señal a los dos alemanes para que acercaran uno de los cajones de embalaje justo delante del cuadrado. Después, con cuidado y sin precipitación, Ember abrió la pequeña bolsa de herramientas y sacó el taladro americano, en el que colocó la broca más grande.

A continuación pasó la linterna a Peter, se subió sobre el cajón de embalaje y comenzó a taladrar hacia arriba a través del techo de madera, poniendo su rostro a un lado para evitar el serrín y las astillas.

Su finalidad era taladrar cuatro series de siete agujeros, cada una de ellas en ángulo recto, hasta formar las esquinas de un cuadrado delante de la zona de los cerrojos, dejando unos tres pies de separación en cada serie. De esta forma, si se unían los ángulos, cada uno de los lados tendría tres pies de longitud. Había taladrado dos agujeros, muy juntos, cuando oyeron el doble ladrido de un perro. Era la primera señal de Evans. La siguiente sería un silbido bajo, más tarde el sonido de una ave nocturna y luego de nuevo el ladrido.

Franz cerró la puerta con suavidad, inclinándose pesadamente contra ella. Ember se quedó rígido y quitó el taladro americano de la madera. Peter y Claus permanecieron sentados en cuclillas, silenciosos, cubriendo la linterna. En el exterior, sabían que Evans se habría retirado al patio y se habría agazapado detrás de los escombros.

Habían calculado que estarían cinco minutos sin trabajar cada vez que pasara el policía: a no ser que decidiera echar un vistazo en el patio, lo que solía hacer una vez cada noche. Esta vez no pasó. A continuación se relajaron y prosiguieron su trabajo.

Las planchas de madera del techo eran fáciles, la broca las cortaba como mantequilla y, de vez en cuando, ofrecía algo más de resistencia, cuando llegaba al suelo de linóleo que lo revestía. Después de tres paradas para dejar pasar al vigilante, Ember había completado las cuatro series de agujeros.

En el cuarto descanso, el policía pasó al patio. Podían escuchar el sonido de sus pasos sobre los guijarros mientras se alejaba por el callejón. Y más tarde, el resplandor de su linterna sorda a través de la mugrienta ventana del sótano. Alcanzó la puerta trasera y se paró en la parte superior de la zona de escalones: el corazón de Ember golpeaba como si fuera el martillo de un peón. Pero no bajó y pronto volvieron a respirar con facilidad a medida que retrocedía.

– Evans ya está de vuelta -susurró Franz, y Ember se inclinó hasta el pequeño paquete para coger el escoplo más grande y quitar la madera entre los agujeros hasta conseguir, finalmente, cuatro pequeñas hendiduras en ángulo recto.

A continuación, escogió la mejor hoja de sierra, atornilló bien las tuercas de mariposa y se las pasó al corpulento Claus. Ahora tocaba hacer el trabajo duro al par de alemanes, que consistía en serrar la madera, separando los ángulos, y conseguir un agujero cuadrado para acceder al taller de arriba.

Se necesitó una hora, con las pausas adecuadas para dejar pasar al vigilante. De cualquier modo, sólo cortaron tres lados. Peter y Claus tiraron de las planchas y las rompieron por el cuarto lado, hasta que se vinieron abajo con un estruendo capaz de despertar a un muerto. El ruido fue tan fuerte en las cercanías del sótano que Ember les aconsejó que permanecieran atentos, a la espera de escuchar los pasos del policía que volvía hacia la tienda.

Al arrancar violentamente las tablas, resplandecieron las luces de gas de la tienda e iluminaron todo el sótano. Por primera vez Ember se dio cuenta de que tendrían que idear algún modo de unir otra vez las tablas antes de dejar el lugar. Si el vigilante volvía al patio, desde ese momento hasta su próxima ronda por la mañana, se alertaría inmediatamente por esta extraña fuente de luz que se veía desde la ventana del sótano.

– Voy a subir para echar un vistazo -susurró Ember, haciendo un gesto a Peter y Claus para que le ayudaran a subir a través del agujero.

Lo habían hecho perfectamente. El agujero estaba justo enfrente del lecho metálico sobre el que se apoyaba la caja fuerte, resplandeciente en el centro del piso del taller. Un primer vistazo le dijo a Ember que, a pesar de su pulcra apariencia debida a la capa de pintura blanca, la caja tenía unos cuarenta años de edad. Dio una vuelta, se puso en cuclillas junto a la puerta en el lado de las bisagras y sonrió. Había espacio más que de sobra para insertar las cuñas entre la puerta y la caja.

Se enderezó y sacó su reloj. Marcaba las cuatro menos cuarto. Disponían de mucho tiempo y estarían de vuelta en Edmonton antes de las cinco, a pesar de tener que volver a colocar las tablas del suelo.

Ember echó un vistazo por todo el taller, limpio y ordenado con un largo banco de trabajo apoyado contra una pared; herramientas para los artesanos y sus propios instrumentos colocados en estantes de madera por encima del banco: cuatro juegos. En la parte externa de la tienda, los estantes de vidrio se encontraban vacíos y resplandecientes; por un momento, Ember se preguntó si debía asomarse por una de las hendiduras de las contraventanas y hacer una señal a Spear, que sin ninguna duda estaría observando desde el local de enfrente.

Su reconocimiento fue más largo de lo que se imaginó, ya que se produjo el susurro urgente de Franz desde la parte de abajo. El policía se estaba acercando una vez más.

– Basta de ruido -siseó, alejándose de la caja y fuera de la línea de visión de los resquicios de observación. Su respiración era pesada y se inclinó contra el banco de trabajo, consciente de las sordas pisadas de las botas del policía sobre el suelo del exterior, tan cercanas, mezclándose de vez en cuando con otros ruidos de la calle.

Volviendo la cabeza, Ember vislumbró algo blanco cerca de su mano sobre el banco de trabajo. Justo delante de una de las herramientas, y sujeto con un trozo de metal, se encontraba un papel. Una florida escritura a mano con buena caligrafía bajo el encabezado de John Freeland & Son. La fecha podía apreciarse muy claramente en la parte superior: vienes, 20 de noviembre de 1896. Luego, decía más abajo:

Axton. En relación a nuestra conversación de esta tarde, creo que quizá sea un poco tarde entrar para abrir la caja por la mañana. Es algo inevitable, aunque molesto, dada la urgencia del trabajo. Quizá utilice este tiempo para decir a los empleados que serán recompensados por venir a terminar el trabajo para Lady S y Su Majestad. La reputación de la firma depende de ello. Atentamente, etc. John Freeland.

Pasaron algunos segundos antes de que Ember comprendiera el completo significado de la anotación. Era consciente de las pisadas del policía al otro lado de las ventanas de la tienda exterior, pero su mente estaba dando vueltas por toda la complejidad del asunto. Los empleados vendrían dentro de unas horas. Quizá a las siete y media o a las ocho en punto. Si deseaban tener éxito en el robo, la caja fuerte tendría que abrirse ahora. Esta noche. Inundado por todos estos pensamientos, y junto a los pasos siniestros del policía, sabía que sería imposible abrir la caja mientras el muchacho de azul estuviera por los alrededores. Demasiado ruido y ninguna posibilidad de disimular la puerta destrozada. Eso era una parte del plan que había ocultado cuidadosamente a Schleifstein. Todo el asunto dependía del policía, que sería sustituido por uno de los matones de Terremant.

Incluso si lo conseguían por algún milagro, el núcleo interno de la intriga de Moriarty no serviría para nada: el falso coche de policía, los matones disfrazados de polis atrapándoles mientras salían, la redada en la casa de Schleifstein en Edmonton y el desenlace final, todo demostraría a Schleifstein que el Profesor todavía llevaba las riendas. Todo se perdería. Peor aún, el Profesor le culparía a él. Podría incluso imaginar que Ember le había traicionado y habría una sola conclusión a todo esto.

Los pasos del policía se estaban desvaneciendo y Ember sabía que ahora debía tomar la decisión más importante de toda su vida criminal.

El muchacho, Saxby, llegó a Edmonton justo después de las dos en punto y encontró a Ben Tuffnell en su lugar habitual, hecho un ovillo junto a la puerta situada enfrente de la casa de Schleifstein. Estaba durmiendo con un ojo abierto y miró con expectación cuando el muchacho le sacudió.

– Ellos no deben ir.

– ¿Quién lo dice?

– El Nob ha tenido un accidente. Le ha atropellado un coche de caballos. Pero v no deben ir.

– Ya se han ido, joven Saxby. Hace más de una hora que se han ido.

– Entonces, ¿qué hay que hacer?

– ¿Viste al Nob?

– Le vi. Una terrible confusión. Recibió un golpe en un hombro.

– ¿Qué fue lo que dijo? ¿Cuáles fueron sus palabras exactas?

Ben Tuffnell agarró al muchacho por la solapa de la chaqueta y sus ojos adquirieron una mirada salvaje.

– Dijo que no debían ir esta noche porque la tienda va a abrirse mañana.

– Dios nos ampare -afirmó Tuffnell-. Realmente no sé qué hacer, muchacho. Francamente. No lo sé.

Spear habría preferido estar en la cama con su Bridget en vez de pasar la noche junto a la tienda de Freeland & Son de la calle Cornhill. Ahora, a altas horas de la noche, sintió añoranza del calor de su esposa junto a él, a pesar de que ya había empezado a engordar: el fruto de la unión ya se estaba desarrollando en su interior.

Pero estaba de acuerdo en que esa noche había que vigilar, aunque mañana se ocuparía de los verdaderos asuntos. Echando un vistazo en la oscuridad, Spear tuvo la sensación de que Terremant y el otro matón llamado Betterridge estaban tan fatigados como él.

Todo parecía que iba como la seda. Anteriormente habían visto al coche entrar en Bishopsgate y, desde entonces, nada había roto la rutina de la noche. El policía seguía haciendo su ronda y el tráfico que solía haber a estas horas era escaso, con esos extraños furgones y algunos cabriolés aislados que todavía seguían circulando.

Justo después de las dos, la lluvia cesó; media hora más tarde, dos caballeros jóvenes, con un par de maravillosas chicas, bajaban alegremente hacia Cornmarket, con el eco de sus risas, que luego fue desapareciendo poco a poco, y que era la demostración de que la juventud echaba una cana al aire hasta en los sobrios límites de la sagrada milla cuadrada de la City de Londres.

Un poco antes de las cuatro y media, el coche de caballos vacío había subido lentamente desde la zona de «Royal Exchange» y entró silenciosamente en Bishopsgate. Aunque él no podía verlo desde su lugar de observación, Spear estaba seguro de que iría bajando lentamente y se pararía cerca del callejón que conducía a la parte trasera del local de Freeland, donde recogería a Ember. Luego ganaría velocidad y con gran estruendo recogería a los dos miembros de la pandilla que, en ese momento, ya estarían andando hacia Houndsditch.

A medida que reflexionaba en todo esto, algo le preocupó.

– No hemos visto a la pareja que pasó hacia Minories -susurró a Terremant.

– Sin ninguna duda habrán tomado otro camino -replicó el enorme matón.

Spear lo estuvo pensando un momento y se dio cuenta de que era la única explicación posible. Sin embargo, no le agradó mucho, ya que quería decir que cuatro hombres podrían estar tomando la misma dirección hacia Bishopsgate, incluso durante un breve período de tiempo.

El policía volvió a aparecer de nuevo, solemne e imponente, sin duda pensando en el desayuno que le estaba aguardando dentro una hora y media, pero realizando los mismos movimientos que había hecho desde la medianoche: el vigilante de la ley y el orden durante la guardia de una noche sin nada especial.

– Es el momento de escabullirse -Spear se dirigió a los otros hombres, que ya estaban recogiendo sus posesiones y listos para salir.

A continuación, la cabeza de Spear se inclinó ante el sonido de cascos y ruedas. Un coche de caballos venía de Cheapside, deteniéndose como para dejar a un pasajero, y luego siguió su camino. Cuando hubo pasado, Spear tuvo la sensación de que era el mismo coche que Ember había utilizado. Un cierto malestar comenzó a producirse en su interior. El coche entró en Bishopsgate y una pequeña figura cruzó rápidamente por la ventana de la tienda. Spear conocía a la sombra y su forma de andar le era familiar. Ember. Algo más tarde, unos golpecitos muy suaves sobre la puerta de la tienda confirmaron sus observaciones.

– Algo pasa arriba -dijo a Terremant, que ya estaba saltando para fugarse a toda velocidad.

Ember escuchó los pasos del policía que se iban apagando poco a poco hasta que sólo quedó el ruido de las lámparas incandescentes en la tienda principal. Miró a la caja fuerte y se preguntó cuánto tiempo le llevaría arrancar la puerta; miró su reloj para cerciorarse del tiempo. Las cuatro menos diez. Quedaba algo menos de media hora antes de que dos de ellos se dispersaran a Houndsditch; cinco minutos más tarde otros dos a Minories, dejando a Ember solo, vulnerable con su pequeño paquete de herramientas, a la espera del coche.

Ember puso orden en su mente en la mitad de tiempo, se arrodilló y a través del agujero del sótano dijo a Franz que se subiera sobre el cajón de embalaje.

– Ha habido un cambio de planes -dijo en voz baja, para que los otros no pudieran oírlo-. Este maldito lugar abrirá mañana, por lo que tendré que abrir ahora la caja.

Franz murmuró algún juramento en alemán.

– No lo haré -añadió a continuación muy enfadado-. El Jefe no podrá desembarazarse de las joyas hasta el domingo.

– Bien, tendrá que quedarse con ellas. Súbeme la bolsa y avisa a Evans que no vamos a abrirla como estaba programado. Quiero que estéis al tanto del reloj. Yo saldré fuera a las cuatro y media, daré una vuelta por esta zona en el coche y le daré instrucciones. Vosotros os quedaréis aquí.

– Evans puede dar las instrucciones -Franz estaba alerta, incluso receloso.

– Yo no le permitiré aproximarse al coche. Es mi vida…

– Él nos ha dado una buena información sobre los golpes.

– Dar información es una cosa. Llevar a cabo un plan es otro asunto. Yo seré el responsable, no él. Sube aquí las herramientas y déjame que siga. Saldré a las cuatro y media y volveré en diez minutos, pero voy a abrir esta caja antes de que amanezca, por lo que debemos movernos.

Franz no parecía muy contento, pero se encogió de hombros y le pasó la pesada bolsa. Ember se colocó cerca del lado de las bisagras de la caja fuerte, cogió una palanqueta delgada y plana, y el gato, y se puso manos a la obra. Insertó la palanqueta en la grieta entre la puerta y la cubierta de la caja y comenzó suavemente, quitando todos los restos de pintura, polvo y suciedad, justo por debajo de la bisagra superior, abriendo su apertura natural al máximo. A continuación realizó una operación similar por debajo de la bisagra inferior. Cuando hubo terminado todo esto, el policía iba a hacer la ronda una vez más y Ember tuvo que quitarse de la vista y pegarse a la pared, llevando consigo todas las herramientas.

Cuando se le avisó de que no había moros en la costa, dejó el pequeño paquete de herramientas donde estaba y se acercó de nuevo a la caja, armado sólo con una llave de horquilla y el gato. La herramienta era pesada, de metal de buena calidad, con la parte de abajo de forma circular, como un tambor alargado, sobre el que iba un fuerte tornillo, puntiagudo en un extremo y cuadrado en el otro a fin de que pudiera colocarse la llave inglesa. Normalmente solía utilizarse como un taladro, el extremo puntiagudo se metía en una cerradura y luego se desatornillaba desde el otro extremo con la llave inglesa, de forma que la cerradura se abriera. Era un método poco sutil, pero muy seguro, para abrir las cerraduras.

Sin embargo, era la parte superior de la herramienta lo que preocupaba a Ember. Era un simple torno, pero con aberturas que iban hacia arriba como si fueran dos labios. Cuando estaba cerrado, era como un par de escoplos extraordinariamente grandes apretados el uno contra el otro. El torno se accionaba mediante una fuerte tuerca en un lateral, en cuyo extremo había una bola metálica, y donde el orificio encajaba en el extremo de la palanca de la llave inglesa.

Ember insertó los labios del gato en la hendidura situada por debajo de la bisagra superior, poniendo la palanca en su lugar. Lentamente comenzó a girar la llave hasta que los dos labios comenzaron a presionar hacia fuera a ambos lados de la hendidura. Al empujar con gran fuerza, se conseguía una enorme presión sobre la puerta y los principales revestimientos de la caja, con lo que literalmente se rompía en dos partes. [13]

Ember jadeaba, descansaba y volvía a jadear, empleando toda su fuerza en cada empuje sobre la palanca, y más tarde paró para descansar y recuperar el aliento. Al sexto intentó notó que la puerta se movía ligeramente en las bisagras. A continuación llegó la señal de que debían parar el trabajo. Rápidamente recogió la palanca y se retiró a su rincón hasta que el policía se alejó.

Urgía el tiempo y necesitaba que el policía estuviera fuera de su ronda. También tenía que estar seguro del cochero. Dejando la palanca junto a la pequeña bolsa en la pared, Ember se deslizó por el agujero y se dejó caer con suavidad en el interior del sótano. Ya eran las cuatro y veinte minutos.

– Cuando vuelva necesitaré ahí arriba algo de fuerza bruta -dijo a Franz-. ¿Has avisado a Evans?

– Ya está hecho, pero te aviso, Ember, si me das de lado, te veré en el infierno -le amenazó con un acento entrecortado y verdaderamente en serio.

– ¿Por qué te iba a dar de lado? Estamos todos juntos en esto y compartiremos el botín. [14]

– Te aconsejo que no me hagas ninguna faena, Ember.

Franz se presentaba difícil, pero pasó por la mente de Ember que si el Profesor estaba satisfecho con los resultados de esta noche de trabajo -si acababa con Scheifstein- Franz no sería alguien por quien preocuparse en el futuro.

Salió silenciosamente por la puerta del sótano, subió los escalones y atravesó el patio hasta llegar al final.

– No hay rastro ni del policía ni del cochero -susurró Evans-. ¿Qué debo hacer?

– Vuelve al sótano y espérame. No tardaré mucho. Sólo quédate quieto.

Evans salió, como una sombra silenciosa, trepando por el muro. Ember se colocó en el extremo de la finca, mientras esperaba al policía y sus oídos estaban atentos a la llegada del cochero. Un par de minutos después llegó el coche desde Cornhill y, cuando paró al lado del callejón, Ember se abalanzó, abriendo la puerta y diciendo al conductor «lléveme a Oíd Broad Street y aléjeme del camino de cualquier poli.»

El cochero salió, pasó por el cruce de Threadneedle Street y continuó hasta el siguiente giro a la derecha, hasta que llegaron a Oíd Broad Street, que era una calle paralela a Bishopsgate.

Se pararon justo antes de la Oficina de Recaudación, en la acera de la izquierda. No había ni un alma, sólo las sombras que arrojaban las lámparas de gas sobre las húmedas calles. La noche estaba llegando a su fin; eran las últimas horas antes del amanecer.

– ¿Puede permitirse una mentira por esta noche? -preguntó Ember al conductor-. Ha habido un cambio. Quiero que deje el coche como si fuera mañana.

– ¿En Helen's Place?

– Eso es.

Saint Helen's Place era el lugar que se había fijado como punto de reunión para la noche siguiente. Estaba situado en el lado opuesto a Bishopsgate y muy lejos del lugar del robo. También era un lugar que no presentaría sospechas.

– Si el precio es el adecuado -susurró el cochero entre dientes.

– Otras veinte guineas -afirmó Ember.

– Me parece bien. ¿Cuándo?

– Con el resto, tal como lo acordamos. Ya me conoce.

El cochero asintió con la cabeza

– ¿Lo dejo allí ahora? -dijo.

– Lléveme a Cornhill y déjeme en el lado derecho de la calle. Yo le diré dónde. A continuación vaya a Helen's Place lo más rápido que pueda.

– En un momento, jefe.

Cuatro minutos después Ember estaba dando pequeños golpecitos sobre la puerta de la tienda situada enfrente de Freeland & Son.

– Es mejor que cojas al ciego Fred -dijo Ben Tuffnell al joven Saxby después de un largo movimiento de cabeza.

– ¿Dónde? -preguntó el muchacho. Tenía frío y estaba muy cansado. También tenía hambre. Demasiado licor y pocos alimentos sólidos mientras estaba esperando al Nob en Whitechapel.

– En esta ocasión él estará por la mañana cerca de Angel. Iría yo mismo, pero… -Tuffnell no dijo el resto. No era una excusa. Su tarea era permanecer vigilando en la casa del alemán.

Saxby tardó una hora en encontrar al ciego Fred, que estaba jugando a las cartas en una especie de taberna, que no era otra cosa que un sótano. El muchacho le llamó aparte y le susurró en su oído lleno de cera que el asunto era urgente. Fred se sintió incómodo cuando comprendió perfectamente el mensaje.

– Ben Tuffnell dijo que tenía que decírselo -Saxby parecía apologético-. Me dijo que usted ya sabría lo que tenía que hacer.

– Tengo que acudir a la propia fuente -susurró el ciego Fred-. Nada más al respecto. Tengo que ir con Bert Jacobs. No con Ember, porque tendrá que hacer. La chica está durmiendo -movió la cabeza hacia la esquina del pequeño y húmedo sótano donde se encontraba un fardo de trapos, la joven hermana del ciego Fred, que se encargaba de guiarle por las calles para que su ceguera pareciera real.

– Tendrás que llevarme a Notting Hill, muchacho.

Saxby se estremeció y se sintió resignado ante la tarea de llevar al ciego Fred donde él quisiera ir. A los cinco minutos ya estaban de nuevo en las calles.

Ember contó con brusquedad el embuste a Spear, cuyo malestar fue más aparente.

– ¿Qué desgracia le ha sucedido a Nob? Le romperé los huesos si ésa es su manera de hacer las cosas.

– Tengo que regresar antes de que me sigan la pista -Ember comenzaba a sonar patético-. Y quiero que ese policía esté fuera de mi camino.

– No temas por el muchacho de azul. Le mandaremos a dormir. Yo estoy preocupado porque tú puedas llevarte limpiamente las joyas y no podamos echaros la vista encima.

Terremant estaba junto a Spear.

– Tendremos que atraparlos en Edmonton, eso es todo -añadió.

Spear asintió con la cabeza:

– Betteridge, ponte un traje azul y harás la ronda; reza para que al sargento no se le antoje darse una vuelta a primera hora de la mañana. Y tú vuelve a tu trabajo -dijo a Ember.

En cuanto Ember salió de la habitación, vio a Betteridge subir por un pequeño montón de uniformes que se habían dejado preparados para la noche siguiente.

Spear observó al pequeño criminal mientras se escabullía por la calle y desaparecía en Bishopsgate. Sintió en su bolsillo, mientras enrollaba sus dedos alrededor de la piel de anguila, el alargado bulto de lona lleno de arena que le había tocado llevar. Intercambió algunas palabras con Terremant e hizo una mueca a Betteridge, que ya se había puesto todo el uniforme, con el casco de ala ancha sobre la cabeza. A continuación hizo un gesto de asentimiento a Terremant y salieron de la tienda.

– Oh, policía, no me arreste. Tengo mujer y seis niños que mantener -sonrió Terremant mientras seguía a Spear por la puerta.

Betteridge esperó junto a la puerta, incómodo con este disfraz, a la espera de acontecimientos.

Spear y Terremant bajaron corriendo hasta el estrecho St. Peter's Alley y esperaron donde no podían ser vistos y sin dejar de observar la esquina de Bishopsgate. A los cinco minutos apareció el policía y apenas había dado la vuelta a la esquina cuando Terremant se acercó corriendo hacia él con voz estridente, gritando y gesticulando.

– Un asesinato -vociferó-. Un sangriento asesinato, ayuda.

El policía, alejándose de su ruta ordinaria, comenzó a correr hacia Terremant y, en cuanto se encontraron, el enorme matón comenzó a balbucear:

– ahí… ahí… en el callejón… es una mujer… Dios mío, es terrible… un asesinato…

Con estos gritos casi condujo al desventurado policía hasta St. Peter's Alley, y a las garras de Spear, que le estaba esperando.

Terremant hizo saltar su casco por el impacto mientras Spear le golpeaba con la porra de piel de anguila en la base del cráneo. El policía se arrugó como si fuera una concertina, y emitió un breve sonido que se llevó el viento.

Terremant volvió a la tienda, guiñando un ojo a Betteridge, que se deslizó a la calle y comenzó a marcar el paso de la ronda.

De vuelta en St. Peter's Alley, arrastraron al policía hasta la barandilla de la iglesia, le pusieron el gabán hasta la altura de los codos, le quitaron las botas y le ataron el cinturón alrededor de las rodillas. A continuación, levantándolo, colocaron sus muñecas entre los huecos de la barandilla. Spear entró en el patio de la iglesia mientras Terremant le quitaba los cordones a una de sus botas. Utilizando estos cordones, Spear aseguró las muñecas. Más tarde le amordazaron con uno de sus propios calcetines.

– Es la primera vez que un policía prueba el sabor de su propio pie -Spear se echó a reír.

Luego volvieron a la entrada del callejón para seguir vigilando, advertidos del peligro de este engaño, sobre todo porque Betteridge tenía que pasar por delante del departamento de policía en Bishopsgate. Cuanto más rápido lo hiciera Ember, sería mucho mejor. Una vez que estuvieran a salvo, los hombres con uniforme tendrían que salir de la tienda y buscar otro lugar seguro. No como Bermondsey. En cualquier caso, tendrían que utilizarse con mucha elegancia, y a plena luz del día; esto era algo que tenía que ver con Spear, ya que hay mucha diferencia entre llevar a cabo un engaño y atrapar a una banda en la oscuridad o hacerlo a pleno día. Especialmente si se trataba de un ataque frontal a la casa de Edmonton.

Mientras tanto, Betteridge caminaba por las calles como policía, Ember trabajaba en la caja fuerte, y Spear, junto con Terremant, esperaban resultados.

En cuanto volvió al sótano, Ember hizo subir a los dos alemanes, Peter y Claus, por el agujero de la tienda. Evans volvió a su puesto de vigilancia y Franz se quedó junto a la puerta.

Trabajaban en filas por estricto orden, cada uno ejerciendo la máxima presión sobre la palanca y luego dando paso al siguiente. A los diez minutos la bisagra superior estaba comenzando a moverse y a salir. A continuación Franz hizo una llamada en voz baja, dando a entender que el vigilante estaba de nuevo haciendo la ronda. Un minuto después apareció por el agujero la enorme cabeza del alemán.

– Evans dice que está trabajando al otro lado de la calle -afirmó.

– Cambiar es tan bueno como descansar, es lo que se dice -sonrió Ember mientras pensaba que Betteridge estaba espabilándose.

La bisagra superior se rompió cinco minutos más tarde. Claus estaba manejando la palanca cuando cedió, de forma rápida y con bastante ruido, ya que cogió por sorpresa al sucio bribón, haciendo que se cayera y arrojara la palanca, que rodó hacia la pared y cayó al sótano provocando un sonido metálico.

Franz la recuperó y empezaron a trabajar en la bisagra inferior, colocando la palanca dentro de la hendidura situada justo debajo de la bisagra. No se movió durante media hora, y durante todo ese tiempo pararon una sola vez por orden de Franz al oír la señal de Evans.

Durante los pocos minutos que pasaron mientras esperaban, Ember maldijo una y otra vez, ya que estaba pensando en las peores cosas que podrían sucederles. Betteridge descubrió que algo iba mal. Podía olerse a sí mismo mientras estaba en cuclillas cerca del muro, y no era su mal olor habitual, sino el hedor del miedo que surgía de los poros de su piel y de sus entrañas, odiándose a sí mismo por esta prueba evidente de su cobardía. Más tarde, el momento pasó y volvieron a la caja, trabajando con la palanca hasta que sus músculos les dolieron por la enorme tensión y su respiración se volvió entrecortada debido al esfuerzo.

En el exterior, el día comenzaba a abrirse paso a través de las nubes, y la primera luz apareció sobre los tejados. En las calles, la vida comenzaba, los coches y los furgones empezaban a moverse y se veía caminar a los primeros trabajadores. En las casas, las luces oscilaban en las ventanas.

Eran casi las seis menos veinte cuando cedió la bisagra inferior.

Junto a la iglesia de St. Peter, el policía gemía y se movía. Spear, en la parte superior del callejón, susurró a Terremant que no se arriesgarían a esperar durante más tiempo. Tenían que salir de la tienda los hombres de uniforme. Tenían que abandonar las cosas ahora o arriesgarse a ser vistos cerca del policía.

– Enviaremos de nuevo un informador una vez que veamos el campo libre -murmuró mientras se apresuraba hacia Cornhill-. Tendrás que vencer los obstáculos hasta Bermondsey mientras yo comunico al Profesor todo lo sucedido.

Mientras tanto, el Profesor dormía solo y de forma ruidosa. Había tenido los nervios de punta durante la tarde anterior y decidió prescindir de los servicios de Sal o de Carlotta. Después de todo, si algo iba mal no quería tener mujeres que le confundieran.

Después de cenar se sentó en el salón, tocó algo de Chopin y luego se llevó al dormitorio una botella de brandy, una baraja de cartas y su ejemplar del profesor Hoffman: Magia Moderna. Deseaba practicar los seis métodos de cambiar una carta por otra, de modo que se sentó durante un buen rato delante del gran espejo de su habitación y realizó los juegos de manos una y otra vez. Esto le calmó enormemente y, al final, cuando se terminó la mitad de la botella de brandy, Moriarty se desvistió, se metió en la cama y cayó en un sueño profundo, en el cual soñó que realizaba increíbles trucos con una baraja hecha de retratos: Schleifstein, Grisombre, Sanzionare, Segorbe, Crow y Holmes eran las figuras más importantes y él las movía a toda velocidad, las manipulaba y hacía que aparecieran y desaparecieran a voluntad con sus diestras manos. El sonido de la campanilla a primeras horas no llegó a penetrar en su inconsciencia.

Estaba todo allí, las diademas, pendientes, collares, reluciente fuego dentro de sus cajas cubiertas de terciopelo o bolsas de terciopelo negro. Incluso bajo la luz de gas y sintiendo en sus bocas el amargo sabor de la primera hora de la mañana, los tres hombres alrededor de la caja fuerte no podían dejar de sentir la belleza de su botín.

Ember llamó a Franz y le dijo que saliera Evans para recoger el coche en St. Helen's Place y que luego volviera.

– Como si le llevara el viento -añadió.

Franz lanzó hacia arriba el saco de lona que había traído para el botín y desapareció para ir a buscar a Evans. Ahora todo se hacía deprisa, y los alemanes estaban tan excitados como chicos que salen de la escuela. Ember, que se había educado bajo la férrea disciplina del Profesor en lo referente a los atracos, tuvo que hacerlos callar con amenazas. A pesar de la prisa, tuvo gran cuidado en la selección de los artículos de la caja y en su colocación dentro de la bolsa, asegurándose de tener todas las joyas de gran valor antes de tocar las bandejas de relojes y anillos del surtido del señor Freeland. Al final volvió a colocar la pesada puerta, apoyándola contra la caja fuerte, sólo para que pasara la revisión de cualquier policía auténtico que echara un vistazo por las rendijas de las contraventanas. A continuación, con un rápido movimiento de cabeza, dejó que los otros dos bajaran gateando hasta el sótano, luego cogió la pequeña bolsa de herramientas y el saco de las joyas y realizó su último descenso por el suelo.

Estaba a medio camino, bajando por el callejón hacia Bishopsgate, cuando escuchó los silbatos de la policía en el otro lado de la calle.

Betteridge no tenía otra opción. Estaba subiendo despacio por Threadneedle Street desde la dirección del Royal Exchange, cuando vio al sargento acercándose a él desde el extremo de Bishopsgate. Bill Betteridge tenía mucha experiencia sobre la policía y no poca de las cárceles. No estaba dispuesto a pelearse con este sargento, por lo que no tenía otra opción: se dio media vuelta y echó a correr por donde había venido.

El sargento, pensando que se habría cometido algún crimen, o que Betteridge estaba en plena persecución de algún delincuente, tiró de la cadena de su silbato, dio tres soplidos y siguió a quien pensaba que era su policía.

Los silbatos de Treadneedle Street llegaron hasta Bishopsgate, y allí los oyeron una pareja de policías que llegaban a la estación para el turno de las seis en punto. Al ser hombres de carácter, contestaron con otros silbatos de respuesta y comenzaron a correr. En ese mismo momento, Evans salió con el coche desde St. Helen's Place.

Los silbatos de la policía llenaron de pánico a Evans. Convencido de que la policía estaba encima de él, azuzó a los caballos y puso el coche a toda velocidad calle abajo. Acción que hizo que la pareja de policías acelerara el paso, mientras usaban los silbatos y echaban mano de las porras.

Evans hizo girar el coche a lo largo de la calle y dio rienda a los caballos, que avanzaban muy próximos a la acera, para dirigirse al callejón que conducía a la parte trasera de Freeland & Son. Se equivocó, ya que pasó y se detuvo unas diez yardas más adelante, de modo que los cuatro hombres que estaban agachados en el callejón tuvieron que salir corriendo, calle abajo, para aferrarse a la puerta.

Ember fue el último en entrar, arrojando el saco delante de él antes de saltar al coche, mientras gritaba a Evans que azuzara a los caballos. Evans no necesitaba ninguna orden y, a continuación, se produjo un tirón tan fuerte que Ember casi cayó hacia atrás en medio de la calle. Sus dedos estaban fuertemente asidos a la puerta, lo que hizo que soltara la bolsa y se cayera en mitad de la calle por dónde Venían los dos policías, mientras uno de ellos lanzaba su porra sobre el vehículo que escapaba.

Ember estaba soltando maldiciones dentro del abarrotado coche. Sabía que deberían haber usado un canario -una mujer que cogiera tanto las herramientas como el botín y se fuera en la dirección contraria-. Ahora ya estaban marcados en el coche. Pronto tendrían que abandonarlo y volver a Edmonton por separado con el saco de las joyas: a él no le dejarían que fuera solo, al menos no con el botín. Franz se le pegaría como si fueran hermanos.

Dejaron a los dos hermanos cerca de Finsbury Square y a continuación abandonaron el coche en una calle perpendicular a City Road. Evans se fue por su cuenta para llevar instrucciones a Edmonton utilizando las escondidas callejuelas que pudiera encontrar. Ember tenía razón. Franz estaba junto a él como si estuvieran esposados.

Bertram Jacobs despertó personalmente al Profesor algo antes de las seis. Polly Pearson había estado limpiando la parrilla -entre las cinco y las cinco y media- cuando sonó la campanilla de la puerta de servicio, que se encontraba bajo la zona de los escalones. Martha estaba en la cocina realizando las primeras tareas de la mañana, preparando el desayuno de Bridget Spear y alimentando el fuego del horno.

Se quedó desconcertada, y no sin razón, ante la presencia del andrajoso ciego Fred y el pequeño y escuálido muchacho que se encontraban de pie junto a los escalones. Pensando que eran mendigos, iba a darles un portazo cuando Fred puso su blanco palo sobre la jamba de la puerta.

– Bert Jacobs, y hazlo rápido, muchacha, o te prometo que no oirás el final en boca de tu jefe.

Un olor desagradable emanaba del cuerpo del mendigo ciego. El hedor de la carne que no se ha lavado; de la grasa rancia en el pelo y de licores fuertes en el aliento. Un olor que trajo malos recuerdos a Martha Pearson, al recordar las noches anteriores al momento de su salvación por Sal Hodges, cuando, junto a su hermana, pasaba horas de pesadilla en las peores pensiones.

Sin embargo, el ciego Fred utilizó el tono adecuado y Bertram Jacobs, despeinado y con sueño, apareció en la cocina. Cuando hubo escuchado todo el relato, en el lugar que un día fue la despensa del carnicero, Jacobs ordenó al informador y a Saxby que esperaran mientras hablaba con el Profesor.

A las siete menos cuarto, Moriarty se reunió en su estudio con los hermanos Jacobs, Lee Chow, el ciego Fred y Saxby. Esta última pareja se sentía intranquila ante el austero lujo de aquella habitación.

Moriarty habló poco, como si una especie de ira ardiente consumiera sus más íntimos pensamientos. Hizo algunas preguntas detalladas, tanto a Saxby como al ciego Fred, antes de mandar al muchacho de nuevo a Cornhill para reconocer el estado de las cosas y recoger rumores y sucesos sobre el terreno.

A las siete y veinte llegó Spear, sofocado y molesto. El robo se había realizado completamente, con su cooperación en lo referente al policía de ronda. Todo el grupo había escapado limpiamente, aunque había habido algunos momentos desagradables y una especie de persecución. Betteridge estaba perdido. Aparte de eso, lo único que podían hacer era esperar acontecimientos.

– No se hable más -ahora Moriarty estaba serio y en su comportamiento podían observarse indicios de determinación-. Si esperamos acontecimientos, entonces perderemos la oportunidad de atrapar a Schleifstein y se irá a su muladar de Berlín con el botín.

Su cabeza osciló lentamente, con ese movimiento reptiliano que hizo recordar a Spear algunas palabras de la Sagrada escritura: Y se aferró al dragón, esa vieja serpiente, que es el Diablo, y Satán, y le confinó durante mil años: un vivido retrato que recordaba de alguna antigua escuela dominical.

– ¿Cuánto tiempo necesitan tus matones para ir a Bermondsey? -Moriarty miró ceñudamente a Spear.

– Terremant estuvo buscándoles después de esconder los uniformes.

– Hazlo lo más rápido que puedas. Reúnelos. Vístelos tal como lo hubieras hecho para nuestro plan original, luego llévalos a toda velocidad hasta Edmonton y desafía a ese prusiano cazador furtivo en su propio escondite.

– Es peligroso…

– Desde luego que es peligroso, Spear. ¿Crees que te pago por sentarte en casa y hacer calceta? Te pago para que cumplas mis órdenes. Si a alguien no le gusta, puede amargarse en el Asilo de Pobres con mis mejores deseos.

– Los cascos son de la Policía…

– Precisamente por eso tratará de recuperarlos. Ahí está tu respuesta. Tendrás que enfrentarte tanto a la policía como a los alemanes. Por Dios, Spear, nunca te había visto tan precavido. -Moriarty se rió profundamente, con un sonido gutural que no denotaba ningún compromiso y se dirigió a los hermanos Jacobs-; Spear os dirigirá. Coged a esos locos rápidamente, con el falso coche de policía en la puerta y llevarlos a Bermondsey, sin ningún tipo de preguntas -añadió con una risa sin el más mínimo sentido del humor.

Los hermanos Jacobs asintieron con la cabeza.

– Entonces, manos a la obra -Moriarty levantó la mano para indicar que la entrevista había terminado-. Decid a Harkness que quiero que traiga aquí mi cabriolé dentro de una hora. Yo también iré a ver a nuestros amigos cuando les atrapéis. Es un placer que he estado esperando.

Spear sabía que no se podía razonar con él, ya que Moriarty había arriesgado demasiado en la trampa para que ahora todo se fuera a pique. De forma solemne se despidieron, quedándose solos el Profesor y Lee Chow.

– ¿Desea que vaya a Berdmonsey? -preguntó el chino.

– Podría ser -una astuta sonrisa apareció tímidamente en los labios del Profesor-. Iré disfrazado con mi aspecto más familiar. Ármate, Lee Chow y permanece atento a Harkness y al coche.

A continuación el Profesor subió a su habitación para ponerse el disfraz que había utilizado en los viejos tiempos: se puso el corsé que le ayudaba a parecer más delgado y los aparatos para simular la permanente carga de espaldas, las botas con suelas altas que le proporcionaban una altura extra y la increíble peluca calva para tener la frente abovedada.

Después de ponerse las ropas negras de hombre de profesión, James Moriarty se sentó ante el espejo, armado con cepillos, colores y otros materiales para disfrazarse. Luego, con unos cuantos retoques,, se convirtió en su desaparecido hermano: el profesor de Matemáticas a quien el mundo conocía como el auténtico James Moriarty, Profesor del Mal, Napoleón del Crimen.

A las nueve y media, seis matones, sin contar a Terremant, se encontraban reunidos en el almacén de Berdmonsey. Spear trató de que fueran lo más elegantemente posible con los uniformes que llevarían para prender a los ladrones de Cornhill. En el primer plan, los hermanos Jacobs tenían que haber ido, junto a Terremant, disfrazados de polis de paisano para atrapar a Schleifstein. Ahora todos estaban involucrados.

A Spear no le agradó nada ver los cascos de esos uniformes de policía, con la cresta del dragón del cuerpo de la ciudad, un símbolo que inmediatamente levantaría sospechas si tuvieran que realizar una tarea dentro del territorio de la Policía Metropolitana. Spear era un criminal sensible y lo último que deseaba era utilizar la violencia contra un miembro de la policía.

Bertram Jacobs iba a encargarse del asalto, ya que Schleifstein conocía demasiado bien a Spear para aparecer cerca de la casa de Edmonton, y quizá diera la impresión de que el «arresto» no era lo que ellos pensaban.

– Tratad a Ember de forma algo brutal -les aconsejó Spear-. Sólo por el efecto. Supongo que no desearéis una reyerta en la parte trasera del furgón durante el recorrido. Podría llamar la atención más de lo normal.

Bertram asintió con la cabeza mientras levantaba su chaqueta para que apareciera la larga culata curvada del revolver de doble acción del servicio francés, que sobresalía de su cinturón.

– Usarlo solamente si hay que silenciar a alguien a quien no podéis coger.

– No hay ningún problema. Sabemos lo que hay que hacer.

– ¿Os habéis aprendido bien el plano del lugar?

– Ember nos habló al respecto. Suelen estar en el salón situado a la derecha del recibidor. La habitación del jefe está en el primer piso. Yo mismo lo atraparé.

Iban a subir al coche, situado en el patio junto a los edificios, cuando llegó Betteridge, sofocado y cansado, que ya se había desembarazado de su uniforme de policía en la tienda de una muchacha en Gilí Street, cerca de los puertos West India. Spear decidió que Betteridge ya había cumplido con la farsa lo suficiente durante aquel día y decretó que se quedara en Bermondsey a la espera de los prisioneros.

Ember estaba dentro, nervioso y agitado. Durante todo el camino de vuelta a Edmonton había estado esperando que le apuntaran con un arma: la bolsa de las joyas era muy llamativa y Franz enormemente suspicaz. Sin embargo, Schleifstein estaba muy contento después de su primer malestar y consternación al escuchar que el golpe se había llevado a cabo en una sola noche.

El alemán subió la bolsa a su dormitorio, mientras a Wellborn y al muchacho del pelo lleno de grasa les ofrecían bacon y pan y les daban de beber un té del color de la cerveza negra. Esto ayudó mucho a reavivar el ánimo de Ember, aunque Franz seguía observándole con miradas cautelosas.

Peter y Claus regresaron a pie, algo después de las ocho, y anunciaron que no había habido ningún tipo de problemas. Evans, muy asustado después de su penosa experiencia con el coche, llegó unos quince minutos después.

Muy lentamente, la tensión de la noche dio paso a una atmósfera más relajada, llena de bromas, a la que Ember le costó mucho unirse, sabiendo como él sabía, que lo más seguro era que se produjera una refriega antes de que acabara el día.

Algo después de las nueve, Schleifstein llamó al muchacho y algunos minutos más tarde Ember escuchó al chico que bajaba y salía por la puerta principal. Cinco minutos más tarde, el líder alemán entró en el salón y pidió a Ember que se reuniera con él arriba.

La bolsa estaba por el suelo y las gemas se encontraban sobre la cama, colocadas con sumo cuidado y orden. El rostro de Schleifstein mostraba buen humor.

– Ha mantenido su palabra, señor Ember. Es el mejor botín que he visto en toda mi vida. Una vez que saquemos las joyas del país, no tengo ninguna duda de que se comentará por ahí que yo planeé el trabajo de esta noche. Supongo que mejorará mi reputación entre la gente del hampa de Londres.

– Muchísimo.

– No quiero que las piedras estén aquí durante mucho tiempo -no podía separar la vista de la cama con su precioso cargamento. Era la colcha más valiosa en toda la historia del crimen-. Habría preferido que no lo trajeran aquí hasta mañana por la mañana, pero ya está hecho. El muchacho había ido a buscar a uno de los magnates que se encargaría de transportar estos preciosos objetos.

El corazón de Ember se hundió. Después de todo todavía el Profesor podría perder la presa.

– Aquí estarán lo suficientemente seguras -dijo Ember-, ¿Confía en ese hombre?

En el rostro de Schleifstein apareció una ligera y breve sonrisa.

– Su mujer y sus hijos están en Berlín. Estoy seguro de que no me hará ninguna faena.

Abajo, la campanilla sonó suavemente, un campanilleo que en la cabeza de Ember sonaba como una docena de diminutas cajas musicales. El alemán sólo prestó un interés pasajero.

– Se llevará sólo las piezas más grandes -continuó-. Las diademas y los collares.

Abajo se oyeron unas fuertes voces. Después se escuchó un grito seguido del sonido de un disparo de pistola.

Ben Tuffnell había observado todas las idas y venidas de la casa de Edmonton desde su puesto en el exterior y estaba completamente alerta bajo una apariencia de desinterés. No había mucho movimiento en la calle mientras subía el coche, justo alrededor de la esquina, y muy poca gente le prestó atención. Tuffnell vio a los hermanos Jacobs y a Terremant trepando por la parte trasera, embozados en sus gabanes, y caminando tranquilamente hacia la casa del alemán. Los otros matones, vestidos de policías, permanecían junto al furgón en la esquina, y no continuarían hasta que Bertram Jacobs subiera los escalones y moviera el sucio tirador metálico de la puerta. Los hombres uniformados caminaban en fila, sin ninguna prisa, y el individuo sobre el coche tampoco azuzaría a los caballos hasta que recibiera la señal de que la puerta había sido abierta.

Bertram Jacobs se quedó de pie en lo alto de los escalones con una mano dentro de su abrigo, descansando sobre la culata del revólver. Su hermano y Terremant estaban en el otro lado, algo más abajo que él, sobre los escalones.

El enorme Franz abrió la puerta.

– Somos oficiales de policía -dijo Bert Jacobs, empujando hacia delante.

Franz intentó dar un portazo sobre su rostro para regresar al recibidor, pero tanto los Jacobs como Terremant utilizaron su fuerza para empujar hacia delante, hasta que entraron en el hall, mientras Franz retrocedía, tambaleándose y gritando en alemán que había llegado la policía. Los matones uniformados ahora estaban corriendo y subían los escalones de dos en dos mientras Franz metía la mano en la parte interna de su chaqueta, sacaba un gran revólver y disparaba una sola vez.

La bala dio a uno de los matones -un boxeador bajo y fuerte de nombre Pug Parsons- en el pecho y lo derribó por las escaleras, donde permaneció quejándose con todo el uniforme azul empapado de sangre. Hubo algunos gritos que provenían de la calle mientras Terremant saltaba hacia delante y con su porra -una pequeña y ligera porra que llevaba- golpeaba fuertemente sobre las muñecas de Franz; y luego volvió a darle otra vez en un lado de la cabeza.

Los dos Jacobs subieron las escaleras, al tiempo que sus colegas uniformados irrumpieron en el salón para prender a los que ya estaban intentando escapar por la ventana delantera.

Cogieron a Schleifstein bastante desprevenido; su rostro reflejaba una mezcla de confusión y enfado, y sus ojos demostraron que no comprendió lo que sucedía hasta que se encontró a medio camino del cajón de su mesa.

– Le cogeremos vivo -afirmó Bertram Jacobs enseñando el revólver, con el brazo tendido, mientras su hermano agarraba a Ember, le daba la vuelta y le ponía las esposas en las muñecas, antes de empujarle contra la pared sin ningún tipo de miramientos.

Bertram hizo lo mismo con el alemán, que ahora estaba hablando alternativamente en inglés y alemán. Se necesitó menos de un minuto para pasar el botín desde la cama al saco de lona, mientras William miró a través de la ventana y observó a una multitud que se reunía en la calle mientras los hombres uniformados metían a los otros en la parte trasera del furgón.

Un minuto después, hicieron bajar a Schleifstein y a Ember por la estrecha escalera y los llevaron fuera, bajando por los escalones de piedra. En la parte inferior uno de los matones levantó la cabeza de Pug Parsons para ver qué es lo que podía hacer.

– Está muerto -gruñó el matón a Bertram mientras pasaban junto al cuerpo.

– Entonces, déjale -susurró Jacobs empujando a Schleifstein por detrás con el cañón de su revólver.

La operación había llevado menos de seis minutos desde el principio al final y, mientras el falso coche de policía hizo un gran estruendo, Terremant se asomó por la ventana trasera cubierta de barrotes: sus prisioneros estaban todos encerrados en sus pequeñas jaulas, que se encontraban a ambos lados del interior del furgón. A través de la multitud, pudo observar a una pareja de policías mientras corrían hacia el bullicio.

– Vámonos como el viento -dijo quedamente Terremant-. Los polis ya están de camino.

Justo antes de que Lee Chow y el Profesor salieran hacia Bermondsey, Saxby regresó a Albert Square con la noticia de que se había producido una gran alarma en los alrededores de Bishopsgate y Cornhill. Ya habían encontrado al policía que estaba haciendo la ronda, atado y amordazado en la barandilla de la iglesia de St. Peter, y era evidente que la banda de ladrones se había dejado las herramientas. Puesto que las herramientas de un buen ladrón se consideran como su «firma», la policía confiaba en que no tardaría mucho en atrapar a los culpables.

El Profesor permaneció en silencio mientras escuchaba las noticias. Al final se volvió hacia Lee Chow, como para decir algo de importancia.

Lee Chow habló antes que él.

– ¿Desea que vaya a St. John's Wood?

De nuevo Moriarty sopesó el asunto antes de hablar.

– No. Primero vendrás conmigo a Bermondsey. No me gusta salir en la situación actual sin que me acompañe al menos un miembro de la Guardia Pretoriana. Cuando veas que estoy seguro allí, te irás y arreglarás los asuntos en St. John's Wood.

El viaje de vuelta de Bermondsey dentro del furgón de la policía fue accidentado y poco cómodo. Sólo había seis compartimentos para los prisioneros, por lo que Ember tuvo que quedarse en el estrecho pasillo junto a los matones. De cualquier modo, seguía habiendo muy poco espacio y el vehículo se balanceó peligrosamente y crujió debido al peso excesivo.

Nadie les desafió, y al fin, con gran alivio, llegaron al patio situado detrás del almacén y de las oficinas.

Se habían preparado seis habitaciones y un gran vestíbulo. Las sillas y las mesas se colocaron en el hall y unas pobres camas en las habitaciones, con las ventanas adecuadamente cubiertas de barrotes. Mientras que las ventanas ya eran seguras en el momento de la compra de la casa, las puertas sólo estaban equipadas con cerraduras baratas, por lo que durante la semana anterior tuvieron que añadirse nuevas cerraduras y planchas de hierro. Se había limpiado y blanqueado toda esta parte del edificio, por lo que Schleifstein y sus seguidores podrían haber pensado que no se les había llevado a un centro oficial.

Ahora estaban allí todos, bastante dóciles, aunque el enfado era visible en todos los rostros, aparte de cierta agresividad en el caso de Franz, a quien se le había dicho durante todo el viaje que estaba destinado al manzano de Jack Ketch: todos ellos fueron testigos de su disparo en los escalones de la casa de Edmonton.

Spear permaneció escondido hasta que se dividió a todos los prisioneros, se les cacheó por segunda vez y se les encerró bajo llave. Recibió muy mal la noticia de la muerte de Pug Parson, y no sólo porque Parson era un viejo camarada, sino también por el hecho de que tuvo que dejarse el cuerpo a plena vista en Edmonton. Pero estuvo de acuerdo en que no tuvieron otra elección.

Se pusieron vigilantes en la calle y Spear se encargó del saco de lona. En este mismo instante, Harkness metía en el patio el coche personal de Moriarty.

Todos cogieron aliento de forma audible, tanto los matones como los miembros de la Guardia Pretoriana, cuando el Profesor entró en el edificio, ya que ésta era la primera vez desde su llegada de América en que el Profesor aparecía con el disfraz de su famoso hermano.

Era una de las leyendas que James Moriarty había creado: su habilidad para convertirse rápidamente en dos personas. Con su particular sentido teatral, se quedó en el umbral durante un momento para que sus seguidores comprendieran bien su transformación. Una figura alta y delgada con los hombros cargados y el rostro chupado, con ojos profundos y finos labios: era un disfraz completo y realmente magistral y, para darle mayor veracidad, el mismo Moriarty era perfectamente consciente de su transformación cada vez que la realizaba: ¿acaso no había eliminado a su hermano académico con su propias manos para poseer totalmente su carácter, junto con el aura de respeto que le rodeaba?

– ¿Todo está hecho? -preguntó. Hasta su voz parecía algo alterada, más vieja y en consonancia con el cuerpo que la sostenía.

Spear avanzó.

– Todos están aquí. Y también el botín.

Moriarty asintió con la cabeza.

– ¿No ha habido dificultades?

Spear le contó cómo se había producido la muerte de Parsons, y la mirada del Profesor, mientras escuchaba la noticia, adquirió un aspecto filosófico.

– Traedme al berlinés -dijo al final.

Los hermanos Jacobs desaparecieron en la habitación donde se dejó a Schleifstein y uno o dos segundos más tarde se vieron cara a cara los dos líderes del hampa.

La conmoción de Schleifstein fue evidente desde el momento en que vio al Profesor, su curtida piel se secó repentinamente y adquirió ese quebradizo color amarillento del papel. Ambos se chocaron las manos, y por un momento pareció como si le hubiera dado un ataque epiléptico.

– ¿Qué es este juego? -al final refunfuñó mientras trataba de apoyarse sobre la mesa para no caerse.

– Buenos días, querido Wilhelm -habló el Profesor con suavidad, sin dejar de mirar a los ojos de Schleifstein ni siquiera por un segundo-. ¿No me esperaba? -elevó el tono de voz por un instante-. ¿Realmente pensaba que le dejaría tramar un buen golpe en mi propio jardín? ¿Me habría concedido el mismo privilegio en Berlín, aun cuando le hubiera pedido permiso?… lo cual usted no hizo.

– Usted estaba… -la voz de Schleifstein se desvaneció poco a poco. Dijo algo más pero era algo muy confuso y no pudieron escucharlo el resto de los presentes.

– ¿Fuera? ¿En el extranjero? ¿En América? Yo era un arrendatario ausente. ¿Es eso lo que pensaba? ¿Cuándo el gato está lejos? Pero yo estaba… y usted y sus compinches de Francia, Italia y España se desdijeron de todo lo que habíamos acordado, ¿verdad?

– Querido Profesor -el alemán parecía haber recobrado el color-. Estaba cercado y la ley asaltó su imperio.

– Y por tanto decidió que usted debía asaltarlo desde el interior. En vez de permanecer juntos, decidió dividir. Para tirarme por la borda como un saco de ratas. Y usted se llama a sí mismo un líder; piensa que ha realizado un buen golpe, ¿no es así? Bien, como puede ver ni lo habría olido si no fuera por mí. ¿Cómo cree que se realizó en realidad? Sólo por mí, Wilhelm. ¿Cómo cree que se vigiló el lugar y se planeó lo de los policías?

– ¿Qué es lo que quiere?

– ¿Qué cree?

– El botín.

La risa de Moriarty fue un grito de mofa.

– El botín. No, señor. Ya lo tengo. Lo que deseo es el respeto que se me debe. El reconocimiento de que soy el líder de todas nuestras bases, aquí y en el continente. Deseo restablecer la alianza de modo que se lleve adecuadamente y no a la buena de Dios, que es como se encuentra en este momento… esto es así porque que le agrada la confusión, que es peor que el caos de la sociedad establecida.

Schleifstein extendió las manos.

– Hablaré con los demás. Yo…

– No hablará con nadie que no sea yo. Se verá lo de los demás cuando llegue el momento. Nadie se escapará y todos deben comprender que, en los asuntos referentes a la familia, yo soy su jefe y su líder. ¿Afirma esto, Wilhelm Schleifstein?

El rostro de Schleifstein se retorció de rabia.

– En Berlín le habría aplastado como un escarabajo.

– Pero estamos en Londres, Wilhelm -dijo el Profesor con tranquilidad-. Con usted aquí, a mi merced. Desearía saber si puedo conseguir poder sobre su gente de Berlín. Quizá lo haga.

Hubo una larga pausa. Los ojos de Schleifstein se movían de un lado a otro, como una bestia atrapada que busca algún sitio para salir.

Moriarty se rió fuertemente.

– Wilhelm, usted tramó un admirable golpe, sólo que fui yo quien realmente manejó todo el asunto: mi gente, mi plan. ¿Y si corro la voz de que…? -dejó la sentencia en el aire.

Todas las miradas se volvieron hacia el alemán.

– Podría haber sido más duro. Hasta podría ser inmisericorde -Moriarty no sonrió-. Yo solamente le pido que me acepte como su líder. Vamos, ya lo he probado, y también lo probaré con los demás.

El silencio parecía interminable; a continuación, Schleifstein miró largamente y de modo estremecedor, entre irritado y vencido.

– Sé cuándo estoy vencido -dijo con una voz baja y temblorosa-. Nunca me he dado fácilmente por vencido, Moriarty, pero me ha detenido bruscamente -creo que ésta es la expresión-. Podría seguir luchando, pero ¿de qué servirá? -en este intento de mantener la dignidad en la derrota, el alemán sólo consiguió parecer un hombre todavía más vencido-. Yo siempre pensé que el gran proyecto de los criminales de Europa era lo suficientemente sólido. Fue su derrota en Sandringham y la fuga desordenada de la gente de su familia lo que me hizo ilusionarme.

– Ya no tiene que hacerse ningún tipo de ilusiones, porque he vuelto. Las cosas volverán a ser lo que eran.

– Ya me ha demostrado que soy su inferior. Le ayudaré a convencer a los demás.

– Yo mismo les convenceré mientras usted se pudre aquí durante un tiempo. Mi propósito es el que siempre fue. Controlar todo el hampa de Europa y, para este fin, urdiré tramas que, a simple vista, son invisibles. Usted es la prueba de esto.

Angus McCready Crow había pasado uno de los días más difíciles de su carrera y sabía que la noche quizá sería todavía peor: aunque en otro sentido. Para su sorpresa, el Comisario había aceptado la poco razonable invitación de Sylvia para cenar la noche del sábado 21 de noviembre y, en cierto modo, Crow había razonado, esto suponía un gran honor. Había sido muy firme con Sylvia al pedirle, o más bien exigirle, que se encargara de la preparación de la comida con sus propias manos. Al principio discutieron un poco, y Sylvia se quejó de que al no tener un perro él mismo tenía que ladrar. Angus Crow se vengó diciendo que ella ladraría más fuerte si el perro fuese una perra indócil, y de este modo ganó en la pelea.

Sin embargo jamás habría esperado lo que el día le depararía. Comenzó muy tranquilamente, en su oficina de Scotland Yard, cuando Tanner entró con la noticia de un gran robo de joyas realizado con gran audacia en el centro.

– Miles de libras, creo entender. El vigilante de la zona atado como un pollo y forzada la puerta de la caja fuerte. Freeland & Son. Los muchachos de la City están corriendo de un lado a otro como gatos escaldados. Estoy contento porque es algo que a nosotros no nos compete.

Crow aguzó los oídos al escuchar la noticia de un robo de gran magnitud. Desde que escuchó el relato del viejo Bolton, había estado qué vive en asuntos como éste. Bien podría ser el caso. Preguntó a Tanner sobre todos los detalles, pero lo único que su sargento pudo añadir fue que alguien había mencionado que a los ladrones se les habían caído las herramientas.

Crow todavía consideraba el teléfono como una invención del diablo -una extraña actitud en relación a una de sus ideas fijas y radicales-, pero en esta ocasión no tuvo más remedio que usarlo. Inmediatamente se puso en contacto con uno de sus pocos amigos en la Policía Metropolitana, un inspector llamado John Clowes, hombre reservado, aseado, con barba y muy astuto en todos los asuntos referentes a la fraternidad criminal.

Clowes, como pronto se dio cuenta, estaba muy susceptible por el asunto del robo, y bien podía estarlo, ya que su cuerpo había quedado desprestigiado. Finalmente admitió a Crow que se habían dejado un juego de herramientas, que se cayeron cuando los ladrones volaron de Bishopsgate.

– ¿Me haría el honor de dejarme echar un rápido vistazo a esas herramientas? -preguntó Crow-. Tengo mis razones. Quizá pueda identificarlas, y si así fuera también podría dar el nombre del bribón que las tuvo en sus manos por última vez.

De mala gana, Clowes dijo que pediría el permiso para que su colega pudiera ir a examinar la prueba.

Una sola mirada dijo a Crow que el pequeño paquete y los distintos materiales eran los que había visto en tantas ocasiones en casa de Tom Bolton en St. John's Wood.

– Están buscando a un individuo que posiblemente esté en los archivos -dijo de forma inflexible-. Sin ninguna duda está en los nuestros. Nick Ember, un pequeño y sucio peón que suele trabajar para un tal James Moriarty, del que sin ninguna duda habrá oído hablar.

– Ah, el omnívoro Profesor. -Clowes, sentado en su escritorio, juntaba los extremos de los dedos de ambas manos y parecía estar contándolos, separando una vez cada par y luego volviéndolos a juntar-. Todos nosotros conocemos el asunto que tuvo con el Profesor, Angus. También conozco a Ember, aunque me sorprende que se haya vuelto ladrón. Estas herramientas son viejas, y de muy buena calidad.

Crow indicó con un guiño y una mirada certera que había algo más en las herramientas de lo que podía observarse a simple vista.

– Yo lo pasaré al lugar adecuado, Angus -Clowes se levantó y se acercó hacia la puerta-. Sin duda nos mantendrá informados si es usted quien le detiene primero. Nos gustaría esa información.

– Lo que sea con tal de complacerle -destelló Crow. Había una escondida rivalidad entre los dos cuerpos-. Mientras tanto, yo haré más preguntas respecto a las herramientas. Buenos días, John y mis respetos para su esposa.

Crow se sintió indebidamente presuntuoso durante su viaje de regreso en ómnibus a Scotland Yard. Pero ahí se terminó, ya que se había producido una refriega en Edmonton y el Comisario le estaba llamando a voz en grito.

Tanner ya estaba en el lugar cuando Crow llegó a Edmonton, los policías de la comisaria de la zona se apiñaban en las cercanías, recogiendo declaraciones y examinando el terreno.

Como lo del hombre muerto, era un asunto asombroso.

– Me he puesto en contacto con la Policía Metropolitana -le dijo Tanner-. No hay ningún policía con esa identificación, por lo que parece que tenemos un policía que nunca fue policía.

Crow escuchó la exposición de todo el relato, sobre una redada policial mientras pasaban los transeúntes; dispararon a un policía y se llevaron a unos cuantos hombres dentro de un furgón policial. Su número variaba según los testigos, algunos decían seis o siete, otros afirmaban que eran tres y en muchos casos declaraban que su número era superior a diez.

Los vecinos servían de poca ayuda.

– Siempre evitaban tener contacto con los demás vecinos -dijo a Crow la señora de la casa vecina-. Yo estaba orgullosa por todo esto. Me parecían personas sin educación. La mayoría extranjeros.

– ¿Qué quiere decir con la mayoría?

– Bien -no estaba seguro de ello-. Les oí hablar en inglés, pero sobre todo escuché un idioma extranjero. Alemán, creo que me dijo mi esposo.

Crow entró en la casa con Tanner a sus talones. Había muestras de que allí abajo se había producido una pelea y una mesa aparecía volcada en el primer piso, enfrente del dormitorio. Crow tomó notas y volvió a Scotland Yard, preocupado, con varias hipótesis que sólo eran briznas en el viento, y ninguna tomaba forma. El Comisario quería verle en cuanto volviera a su oficina. Crow le encontró envalentonado y muy poco agradable.

– Personas disfrazadas de oficiales de la policía, Crow. Es lo último, aunque fueran camuflados bajo uniformes de la Policía Metropolitana. O llega al fondo de todo esto o volveré a verle hacer la ronda.

Era una afrenta al orgullo de Crow, sobre todo porque tendría que cenar con él esa misma noche. Se puso colorado.

– ¿De qué pistas dispone? -le dijo el Comisario de sopetón-. ¿Qué indicios?

– Sólo una o dos posibles ideas. Estas cosas llevan algo de tiempo, señor, usted lo sabe bien.

– Se ha producido una protesta general. Ya he informado a los periódicos de que usted está al mando y no me sorprendería si ponen el grito en el cielo en las ediciones de última hora. Sin ninguna duda, el Times tratará el asunto.

– Bien, señor, quizá lo mejor es que siga con mis investigaciones.

– Sí. Desde luego, Crow. No era mi intención ser duro con usted, pero va a haber un gran escándalo con todo esto.

Crow se desahogó riñendo a Tanner, diciéndole que debería tener todas las declaraciones de Edmonton en su poder a última hora de la tarde. El Comisario estaba exigiendo un arresto inmediato. Más tarde, se sentó para pensar en alguna explicación lógica. Era obvio que existía alguna relación entre el robo y el asunto de la policía, a no ser que fuera una desafortunada coincidencia: puesto que él sabía, por Clowes, que había aparecido un mítico policía haciendo la ronda Cornhill- Bishopsgate a primeras horas de la mañana.

En caso de que existiera esa conexión, sería de enorme importancia. ¿No le había dicho Bolton que Ember había hablado con un ladrón alemán? Después de comer se pasaría por St. John's Wood y hablaría con Bolton. Quizá con la noticia de que sus herramientas se habían utilizado en un robo, el viejo soltaría alguna afirmación imprudente.

Cuando salió de Scotland Yard para ir a comer, había cuatro hombres de la prensa esperando a Crow. Respondió a sus preguntas con educación y les dijo, de modo bastante creíble, que estaba siguiendo una particular línea de investigación. Esto pareció agradarles, y más tarde el detective reflexionó sobre el asunto mientras tomaba una pinta de cerveza y una empanada de cerdo en el bar de un mesón cercano.

Era un caso para Holmes, decidió. ¿Cómo lo habría llamado Watson? ¿La Aventura del Falso Policía? Crow acabó su empanada y salió: primero a enviar una nota a Holmes mediante un mensajero de la oficina de correos; luego cogería un cabriolé hasta St. John's Wood, donde se bajaría, como solía ser habitual, a unas cien yardas de la residencia del viejo Tom Bolton.

Ya era media tarde y empezaba a hacer mucho frío, mientras el humo de las chimeneas ofrecía un aspecto nuboso sobre los tejados. Había algo de brisa y le dolía un poco la cabeza, ya que el frío penetraba por su nariz y sus oídos. Nieve, pensó, nieve en el aire.

No hubo respuesta a su doble llamada; ningún sonido. Volvió a llamar. Más fuerte, el sonido parecía retumbar por la calle. Pasó una mujer con un niño pequeño colgado de la mano. En el otro lado de la carretera, un pilluelo andrajoso chapoteaba en los canales llenos de agua como si estuviera buscando un tesoro entre el lodo y las hojas. Pasaron de largo un par de cabriolés. Seguía sin haber ningún ruido dentro de la casa.

Repentinamente, Crow notó que se le erizaban los pelos del cuello y le sacudió un súbito presentimiento. Dejó la puerta delantera y dio la vuelta a la casa hasta la entrada trasera, la de la cocina. Empujó la puerta y cedió inmediatamente. Todo parecía muy acogedor, como siempre.

– Tom -dijo Crow, pero el silencio era todavía más intenso que antes. Atravesó la habitación y abrió la puerta que daba al recibidor delantero.

El viejo Tom Bolton yacía de espaldas en medio del recibidor. Una de sus muletas estaba a cierta distancia del cuerpo, mientras que la otra todavía seguía en su mano. La parte delantera de la camisa estaba empapada de sangre. Crow se arrodilló para examinar el cadáver, no necesitaba la evidencia médica para saber que estaba muerto, ya que había tenido oportunidad de ver muchos cadáveres. Este todavía estaba caliente y el cuchillo que había hecho el trabajo aún sobresalía por la tráquea de Bolton.

De esta forma, Angus Crow comenzó una nueva investigación de asesinato, además del disparo y del extraño asunto de Edmonton. Todo en un solo día.

Había llegado tarde y se encontraba nervioso y cansado cuando regresó a King Street, donde todo era agitación para la inminente cena. Apenas puso un pie en el interior Sylvia empezó a parlotear: le dijo que llegaba tarde, que tendría que darse prisa para estar preparado a tiempo, que había mucho ajetreo en la cocina, que el carnicero había mandado la carne equivocada, que sólo tenía dos botellas de vino de sobra y no sabía si sería suficiente, que si su crespón amarillo era el adecuado para el vestido o si la seda azul iría más con la ocasión.

Crow dejó que siguiera hablando durante un momento y luego levantó la mano para pedir silencio.

– Sylvia -dijo con una firmeza que sólo demostraba cuando estaba frente a sus subordinados-, hoy me ha tocado investigar sobre dos desdichadas criaturas, ambas con una muerte violente y repentina. No deseo enfrentarme a una tercera.

La tarde fue pasando con algunas dificultades. Cierto, Crow estaba preocupado con lo sucedido durante el día y estaba esperando que llamaran a la puerta, pues había pedido a Holmes que le enviara una nota a su casa. Pero no llegó ningún mensaje. El Comisario fue algo más afable, diciendo que cenar con los Crow había sido una excelente idea, ya que le permitía ver cómo vivían sus oficiales. Sylvia se irritó un poco cuando la esposa del Comisario se refirió a su hogar como «vuestra pequeña y curiosa casa». Pero la irritación fue muy pequeña.

La comida, sin embargo, fue de las mejores de Sylvia -sopa juliana, tajadas de bacalao en salsa alemana, cuarto trasero de cordero, tarta de manzana- y cuando las mujeres se retiraron, dejando solos a los caballeros, el Comisario retomó la conversación sobre los sucesos de aquel día.

Crow sólo le habló de los hechos -cómo el asesinato de Tom Bolton estaba relacionado con el robo de la joyería-, alejando todas las oscuras sospechas que tenía en su mente. Algo después de que volvieran las mujeres, Lottie, que durante toda la tarde se las había arreglado para no tirar nada, anunció que el señor Tanner estaba en la puerta con un mensaje para Crow.

El detective se excusó, deseando la respuesta de Holmes. En vez de eso, Tanner, que había estado trabajando durante todo este tiempo, ya tenía la identificación definitiva del hombre que murió por disparo en Edmonton.

– Pug Parsons -anunció, como si fuera un nombre que apenas sale en los periódicos-. Le hemos atrapado en varias ocasiones, señor. Hace algunos años era un conocido guardaespaldas de las prostitutas de Haymarket: se ocupaba del dinero de alguna de las chicas de Sal Hodges.

El rostro de Crow se iluminó.

– Por tanto, por asociación, tiene relación con el amigo Moriarty.

– Así lo parece. Todavía hay más si desea oírlo. Creo entender que Sal Hodges ha vuelto muy fuerte al negocio, con dos casas nuevas, al menos se la ha visto en dos lugares recientemente abiertos.

– Entonces, es probable que el dinero sisado por Madis y Meunier ya esté moviéndose por Londres.

– Otro punto de gran interés. El cuchillo que mató al viejo Bolton.

– Sí.

– De origen chino, no se vende en este país, pero puede conseguirse en muchos establecimientos de San Francisco.

– Ember, Lee Chow y Spear -susurró Crow para sus adentros, completamente seguro de que existía una pauta perfectamente distinguible detrás de todo lo que estaba sucediendo.

– Apostaría a que el alemán, Schleifstein, se encontraba en la casa de Edmonton -dijo en voz alta-. Tiene sentido. Todo tiene sentido. Si Moriarty fue rechazado por sus amigos extranjeros, después del asunto Sandringham, quizá ahora esté preparando una gran venganza. Demos por supuesto, Tanner, que

Schleifstein estaba involucrado, no puedo asegurarlo todavía: en ese caso es muy probable que surjan más intrigas en relación a los otros tres. ¿Cuáles son sus nombres? Sanzionare, el francés Grisombre y Segorbe. ¿Cuál será el siguiente?, me pregunto.

– Señor, si es una venganza, entonces es posible añadir otro nombre.

– ¿Quién? -preguntó Crow de forma cortante.

– ¿Por qué no usted mismo, señor Crow? Usted también podría estar en la lista.

Casi en el mismo instante en que se estaba llevando a cabo esta conversación, James Moriarty estaba pasando las páginas de uno de los libros encuadernados en piel de su diario codificado.

Estaba incorporado, apoyado sobre almohadones, en su cama y con el libro abierto sobre sus rodillas. Sal Hodges estaba en el tocador completando su aseo.

El Profesor fue a la parte final del libro, a las anotaciones codificadas que tenía sobre las seis personas a las que tenía pensado infligir un astuto castigo. Cogiendo su estilográfica, Moriarty trazó una débil línea diagonal sobre las páginas que había dedicado a Wilhelm Schleifstein.

Cerró el diario y miró hacia arriba mientras su rostro se retorcía con una malvada sonrisa. Sal Hodges estaba luchando con su corsé.

– Sal -dijo el Profesor-. Dentro de unas semanas pasaré una temporada en París. ¿No te enfadarás si no te invito a venir conmigo?

LONDRES Y PARÍS

Sábado 28 de noviembre de 1896 – Lunes 8 de marzo de 1897

(El robo de la obra de arte)

El último sábado de noviembre fue un día de mucho movimiento para los tenderos de Oxford Street y sus alrededores. No sólo tenían que tener contentos a sus clientes ese día, sino que además tenían que encargar todos los suministros para cubrir las próximas semanas. Siempre era igual cuando se acercaban las Navidades.

– Parece que las compras empiezan antes cada año -se decían unos a otros.

No es que se quejaran, sino que, sin ningún respeto por la gran celebración navideña, algunos adoptaban expresiones irónicas y expresaban sus maravillas como si se tratara de un festival, que cada vez se convertía más en una excusa para la glotonería y embriaguez, por no mencionar la completa extravagancia que lo precedía.

Incluso en Orchard Street, Charles Bignall, el farmacéutico, afirmó estar bien equipado con esas pequeñas cosas extra que se demandaban mucho más durante las semanas anteriores a la festividad cristiana del solsticio de invierno.

Estaba muy ocupado revisando sus pedidos: píldoras antibiliares, dosis Blue & Black, píldoras hepáticas, Cáscara Sagrada, cuando entró la dama en la tienda para realizar una pequeña compra: una simple botella de dos onzas de Jarabe de Buey.

Era una mujer atractiva, cliente habitual, y hasta que se marchó Bignall no se dio cuenta de que había otro cliente; el chino que vestía tan bien, casi como un hombre de negocios y no como algunos de los rufianes de su raza que a veces se veían en el West End.

– No dispongo de mucho tiempo -dijo Bignall secamente.

– Entonces tendrá que buscarlo, señor Bignall -los ojos del chino eran severos y relucían como cristal-. ¿Todavía suministra al caballero de Baker Street? -preguntó.

– Sabe que sí. Y a los demás que usted me envió.

– Bien, señor Bignall. Tendrá una recompensa. Estamos muy agradecidos con usted. Paga a tiempo y dudo que no esté contento con los beneficios que obtiene de nuestras transacciones.

– Habrá otros clientes dentro de poco. Por favor, atienda sus negocios.

– Sólo un pequeño aviso. Sólo cuando esté preparado.

– ¿Y entonces?

– Dentro de algún tiempo -parecía que el chino escogía con cuidado sus palabras-. Dentro de algún tiempo. Quizá pronto, quizá dentro de pocas semanas o meses, le daremos instrucciones.

– ¿Y?

– Instrucciones para dejar de suministrar a nuestro mutuo amigo de Baker Street.

Bignall mostró su malestar con un ligero tic bajo su ojo izquierdo.

– Pero es su medicina. Puede ponerse muy enfermo si…

– Si se le niega su medicina, se pone extremadamente nervioso. Se vuelve depresivo. Con mal genio. Suda mucho. Estará dispuesto a hacer todo lo que le pidamos a cambio de su medicina.

La cara de Bignall mostraba de forma patente su repugnancia.

– No se preocupe, señor Bignall. Recibirá un buen dinero. Haga lo que se le dice, o de otra forma… de otra forma… -el chino hizo una pantomima gráfica que indicaba una desagradable y decisiva solución a todos los problemas que Charles Bignall tuviera en la tierra-. No se preocupe, señor Bignall -repitió-. Ya se ha hecho antes. Ya se le ha hecho antes a ese hombre. Es un hombre muy listo, pero todos los hombres tienen un precio. Su precio es el polvo blanco. Por tanto, cuando reciba el mensaje, haga lo que se le ha dicho.

Bignall asintió con la cabeza para dar su conformidad, un gesto realizado de mala gana, pero inevitable, de todo su cuerpo. Moriarty había realizado otro movimiento en el mortal juego.

Ember fue llevado desde Bermondsey a Albert Square por la noche, la misma noche que convocaron en la casa a Bob el Nob, con el brazo todavía dolorido y en cabestrillo.

Ambos hombres permanecieron treinta y seis horas, la mayor parte del tiempo con Moriarty en su estudio, antes de salir hacia el continente, a orillas del lago Annecy. Su marcha mataba dos pájaros de un tiro: la conveniencia para Moriarty de que estos dos hombres estuvieran fuera del país y al mismo tiempo utilizarlos de forma que sirvieran para sus fines últimos. A partir de este momento, la mujer,

Irene Adler, estaría vigilada de cerca, su rutina diaria se exploraría con cuidado, se anotaría con detalle y se informaría al Profesor cada tres o cuatro días.

Gran parte del disgusto de Sal Hodges era que la chica italiana, Carlotta, estaba ahora instalada en Albert Square y, aunque Sal estaba más a menudo que nunca en compañía del Profesor en su dormitorio, ella también fue requerida para instruir a la «Tigresa latina» -como la llamaba Moriarty- en materia de etiqueta, comportamiento y moda.

Respecto a otros asuntos, no había nada encubierto en relación a Crow, cuya vida parecía haber sido completamente intachable y sin rastro de soborno o corrupción en su carrera dentro del cuerpo de policía.

Polly Pearson todavía suspiraba por Harry Alien, Bridget Spear engordaba a diario a medida que el niño iba creciendo dentro de ella. Spear se encargó del control diario del rejuvenecido imperio del crimen, informando con regularidad al Profesor; poseía una habilidad especial y era capaz de dirigir su Departamento de Personal -ya que Spear había llegado a eso- con infalible criterio. Schleifstein y su banda estaban retenidos, con razonable comodidad, incomunicados en Bermondsey. Por la noche, durante sus horas libres, Moriarty ensayaba los trucos y juegos de manos entresacados de la Magia Moderna del profesor Hoffman; y durante una hora cada noche, antes de retirarse, se sentaba frente a su tocador con los materiales de disfraz, perfeccionando una nueva imagen que utilizaría dentro de pocos meses.

En la segunda semana de diciembre, Harry Alien volvió a Albert Square.

Harry Alien nunca había sido un maestro de escuela, ni instintivo ni servicial. Había sido el hijo mimado de un pequeño potentado rural, su disciplina había sido, como la de muchos otros, brutal; durante el corto tiempo que pasó en la Universidad de Oxford destacó sólo por el excesivo libertinaje y la pérdida de tiempo.

Era, en efecto, un tanto derrochador, y cuando su padre murió le dejó poco, excepto sus propias deudas y las de su hijo. Harry se encontró al principio con muy pocos recursos. Un joven de constitución vigorosa con predilección por las damas, bebedor y jugador, por ese orden, encontró rápidamente un puesto como portero en una pequeña escuela privada en Buckinghamshire. Allí, a pesar de tener un temperamento mejor, practicó en los alumnos las mismas brutalidades que había sufrido hacía pocos años.

Su caída ocurrió cuando descubrió que su pequeño sueldo no era suficiente para costear sus placeres naturales. Como muchos otros antes que él, Harry Alien se aficionó a realizar pequeños robos a sus alumnos, y cuando no sacaba todo lo que necesitaba, recurrió a la simple extorsión, un abuso relativamente fácil desde su posición.

El director y propietario de la escuela era un amable clérigo ya mayor, interesado en sus alumnos, pero influenciable en materia de disciplina. Durante mucho tiempo hizo la vista gorda en cuanto al modo de vida de su portero, pero, como con todas las cosas, al final tuvo que enfrentarse con el día del ajuste de cuentas. El justo castigo para Harry Alien llegó con la repentina e inesperada llegada de tres parejas de padres, preocupados por las sumas de dinero que sus vástagos pedían continuamente. La verdad salió a la luz, y al menos dos de los padres se inclinaron por llevar al portero ante los magistrados locales sin ninguna dilación.

Con su talento natural, Alien se dedicó a una vida de villanía, con su talento natural, en la capital y fue falsificador, ladrón de poca monta y muy popular durante casi tres años -incluido el año que pasó en la Model- cuando Spear le encontró y le llevó al Profesor.

Ahora Harry Alien había regresado de París, elegante y ágil, con una gran maleta y con un porte que mostraba claramente que había cumplido el mandato de Moriarty, y que lo había cumplido bien.

Martha Pearson llevó las noticias a la cocina y, al escucharla, su hermana Polly cayó en tal frustración que Bridget Spear tuvo que amenazarla con un horrible castigo si no ponía interés en el trabajo.

– Si pudiera levantarme y verle tan sólo durante un momento -se lamentó la encaprichada Polly-. Luego volvería con las verduras y lo haría mejor que nadie.

– Bajará dentro de poco -le contestaron-. El amo ha ordenado que se quede recluido en el estudio. Ha estado ocupado en París y tiene mucho que contar.

En realidad, era mucho lo que Harry tenía que contar a Moriarty, pero cuando los dos hombres se encontraron, detrás de la puerta del estudio cerrada con llave y con William Jacobs de pie vigilando en el exterior, el Profesor tuvo un solo pensamiento en su mente.

– ¿Lo tiene? -preguntó en cuanto se cerró la puerta tras él.

– Naturalmente, señor, y no creo que le desagrade.

Y dicho esto, Alien abrió la valija y, revolviendo en el fondo, entre una pila de ropa blanca, sacó un panel de madera de álamo de treinta pulgadas de largo por doce de ancho. Dio la vuelta a la pieza de madera para ponerla delante de Moriarty.

El Profesor respiró con dificultad. Era muchísimo mejor de lo que nunca, incluso en los momentos de mayor optimismo, había soñado. Tenía enfrente a la

Gioconda, la Mona Lisa, sonriendo enigmáticamente desde la madera, decolorada, con grietas, mal barnizada, todavía inolvidable: la dama con sus risueños ojos marrones, mirando desde un fondo de peñascos rocosos y lagos que parecían acentuar la belleza humana. Serenidad frente al abrupto paisaje.

Durante un momento, Moriarty no se atrevió siquiera a tocar la pintura. Labrosse no se había enorgullecido en vano. No sólo había captado el genio de Leonardo en su creación, sino que también, milagrosamente, la pintura había alcanzado una edad de casi cuatrocientos años en cuestión de semanas.

– Una extraordinaria obra maestra del fraude -susurró Moriarty, todavía con respeto y temor.

– Bastante increíble -respondió Alien-. Observe, hasta las grietas están reproducidas exactamente.

Moriarty asintió con la cabeza, cerca del cuadro, examinando la tracería de grietas que daban fe de su edad.

– ¿Todo lo demás está en orden?

– Bajo la obra, en el ángulo inferior izquierdo -apuntó Harry Alien-. Raspe la pintura y aparecerá claramente.

– ¿Y Labrosse?

– No le molestará más.

– Infórmame sobre eso, Harry. ¿No se sirvió de nadie más?

– Todo como usted ordenó. Lo hice todo yo solo. Fue muy difícil al final del trabajo; cada vez iba más despacio y sólo quería pasar más y más tiempo bebiendo y con chicas. Tuve que ser bastante firme con él -sonrió como si pensara en divertidos recuerdos-. De todos modos, acabó la semana pasada y dijo que le tendría que dar una semana de plazo antes de poder verle. Yo lo acepté y hace tres días le sugerí que debíamos tener una verdadera noche de fiesta para celebrarlo. Expresó su deseo de ir al Moulin Rouge. A la gente de buen tono le gusta ir allí a bailar y a codearse con gente de la banda, hay en ello un elemento de peligro que parece tirar de ellos: eso y el canean-. Dios mío, Profesor, ese baile, y las chicas. Hay que verlo para creerlo. Creo que debería…

– Hábleme de la lascivia más tarde, Alien. Yo ya he visto todo. Supongo que mi vieja amiga, La Goulou, está bien… Pero es en Labrosse en quien estoy realmente interesado.

Alien estaba sudando visiblemente.

– Bien, fuimos al viejo Moulin Rouge y pasamos una buena noche. Todo el mundo estaba allí, hasta el pequeño y achaparrado pintor Lautrec. Yo vigilaba mi bebida, pero Labrosse no prestaba atención. Era como darle una fiesta de despedida. Le llevé de vuelta al estudio, donde le disparé, con habilidad suficiente, por la parte posterior de la cabeza, como si durmiera. Después le envolví con las ropas de la cama, le puse rápidamente en el baúl y viajé de vuelta con él -y depositó un billete de equipaje sobre el escritorio-. Ahora espera en la estación Victoria a que le recojan. Convendría recogerle cuanto antes… antes de que empiece a descomponerse.

– Me ocuparé de ello en seguida. William Jacobs bajará con otro hombre. ¿Tiene alguna información más para mí?

Alien sacó otro papel de su bolsillo.

– El cuadro, como ya sabe, está colgado en el Salón Carré del Louvre. He estado allí y lo he observado durante largos períodos de tiempo en las últimas semanas, y aquí están los últimos detalles en cuanto a la forma de colgarlo. Cada vez que he visitado el Louvre he visto que siempre hay momentos en los que el Salón está vacío, una vez incluso durante media hora. He podido examinarlo con tiempo. Las sujeciones utilizadas en el marco son sencillas y pienso que pueden quitarse y sustituir la pintura -asintió mirando hacia la réplica de la Mona Lisa- en cuestión de cinco o seis minutos.

Moriarty estudió el esquema que mostraba cómo se mantenía en su sitio la pintura por la parte posterior del marco mediante unos broches: unos catorce. Echó una mirada rápida a Alien, pensando que éste era el tipo de hombre del que tendría que valerse con frecuencia -muy inteligente, casi tan frío y despiadado como un animal predador-, que no había mostrado ni el más ligero remordimiento o emoción al deshacerse de Pierre Labrosse. Sería un buen compañero para Lee Chow.

Moriarty abrió el cajón superior de su escritorio, cerrado con llave, y sacó un pequeño monedero, con unas doscientas libras, que ofreció por encima del escritorio.

– Una gratificación por un trabajo bien acabado -dijo, con los labios curvados, con una sonrisa que podría pasar por amistosa-. Ahora, Harry, lo mejor es que bajes. Sé que una de las muchachas de abajo se propone tenerte dentro de poco.

Alien tuvo la decencia de ruborizarse.

Moriarty refunfuñó con una nota de semiaprobación.

– Tenga cuidado, joven Harry, no me importa que ella haga un pudding caliente para la cena, siempre que no deje la médula dentro de su panza.

En cuanto Harry Alien hubo salido de la habitación y Moriarty echado el último vistazo a la notable falsificación, llamó a William Jacobs, le dio el billete del equipaje e instrucciones para que fuera, con otro hombre, a recoger el baúl de la estación Victoria y desde allí llevarlo en el furgón a Romney Marsh, donde tendrían que deshacerse de él de forma que el cadáver de Labrosse no volviera a ver la luz del día nunca más.

Esa misma noche, más tarde, se sentó en el salón -Sal estaba con Carlotta enseñándole las primeras nociones sobre buena educación- y estuvo jugando con una baraja de cartas, practicando cómo escamotearlas, una cada vez, de la parte superior de la baraja. Se estaba haciendo bastante hábil en estas artes y descubrió que estar una hora con las cartas le ayudaba mucho a concentrarse. Ahora su instinto le decía que el complot contra Grisombre en París tenía todas las señales de éxito. Sólo dos cosas podrían salir mal. Si, por ejemplo, los expertos decidían que finalmente la Mona Lisa debía limpiarse, existiría un obvio peligro. El otro problema concernía al propio Grisombre. Moriarty se preguntaba si el pequeño francés podría encontrar a otro artista con capacidad para hacer una copia de la pintura tan espléndida y exacta.

Allí sentado, junto al fuego, con las lámparas de aceite apagadas, el Profesor rozaba suavemente en sus palmas la reina de corazones, y luego barajó las cartas de forma que quedara en la base: a continuación, con un rápido movimiento, la cambió por la reina de espadas. La sencilla prestidigitación le divirtió. Cambiar una dama por otra era parte del complot, y hacerlo sin que nadie lo descubriera. Se rió al pensarlo, y las sombras de las paredes parecían bailar al son de su risa.

Mañana, pensó Moriarty, saldré y compraré algún equipo fotográfico. Probablemente en la Stereoscopic Company de Regent Street, ya que dan lecciones gratuitas sobre fotografía y son también los proveedores de Su Majestad. Eso completaría la segunda fase del plan contra Jean Grisombre.

Hasta el 1 de diciembre, Crow no tuvo noticias de Holmes: un telegrama al mediodía que le pedía que fuera a Baker Street a las cuatro.

– Siento que haya tenido que esperar tanto tiempo mi respuesta a su nota -se disculpó Holmes casi antes de que Crow se hubiera instalado junto al fuego en la gran habitación del detective-. El día que llegó su mensaje yo no estaba libre. Siempre sucede lo mismo, largos períodos de inactividad seguidos de montones de interesantes trabajos. Watson y yo nos encontrábamos fuera de Londres ese domingo. En Sussex, siguiendo la pista de un vampiro -se rió-. Un antipático y joven vampiro.

Crow refirió los hechos concernientes al robo de Cornhill y los extraños negocios en Edmonton, sin darle tiempo a Holmes para que sacara sus propias conclusiones. Por último, le informó del crimen de Bolton.

– Puede estar seguro de que Moriarty está detrás de todo esto -Holmes se levantó y comenzó a pasear nerviosamente por la habitación-. Detecto las manos de ese malvado en muchas de las cosas que están sucediendo últimamente. ¿No es verdad que ha habido un aumento de crímenes en las últimas semanas?

Crow tuvo que admitir que las cosas parecían seguir ese camino: robos en las calles, allanamientos de morada, hurtos en las tiendas, todo iba en aumento, mientras que existían más falsificaciones que nunca pasando tanto por manos de comerciantes como de banqueros.

– Sin ninguna duda ha regresado -Holmes continuó paseando-. Y casi estoy seguro de que nuestro viejo amigo alemán, Wilhelm Schlefstein está involucrado. ¿Ha llegado usted a alguna conclusión?

Crow aventuró su teoría de que el Profesor estaba relacionado con una serie de intrigas y vendettas.

Holmes asintió con la cabeza.

– Ni yo mismo lo podría haber dicho mejor. Entiéndame bien, estaremos atentos a otros extraños sucesos. Sea precavido, Crow, ya que usted también podría ser un candidato a la malevolencia de Moriarty.

– Usted también, Holmes, sobre todo si se entera de que hemos vuelto al trabajo.

Holmes inmediatamente quedó sobre aviso.

– ¿Se lo ha dicho a alguien más?

– A ningún alma viviente.

– Bien. Yo he tenido mucho cuidado en mantener nuestra asociación en la sombra. ¡Santo cielo!, hasta el buen Watson sigue creyendo en la muerte de Moriarty.

– Parece que el Profesor tiene ojos hasta en el papel de la pared de nuestras habitaciones.

Holmes pensó durante un momento.

– Es muy inteligente. Pero yo también tengo mis métodos. Y, Crow, estoy decidido a atraparle, gracias a su mediación.

Como se acercaban las Navidades, los secuaces de la familia criminal de Moriarty comenzaron a intercambiarse felicitaciones, ofreciéndose regalos, además del habitual tributo que pagaban una vez más por su protección y patronazgo.

Bertram Jacobs, que durante la ausencia de Ember estuvo a cargo de los informadores, llevó el regalo más valioso -intangible pero de gran importancia para el Profesor: noticias de que Crow se sentía todavía frustrado con su mujer, inquieto y molesto en la casa de King Street-. Moriarty, preocupado sobre la forma de enfrentarse al policía escocés, sabía que esto, y sólo esto, podía ser el único punto débil en la imponente armadura de este hombre. Inmediatamente mandó buscar a Sal Hodges, quien le encontró en su estudio jugando con el equipo fotográfico que había adquirido.

Sal Hodges se sentía molesta, aunque no a causa de la misteriosa Carlotta. Había otros asuntos en su mente que todavía no había revelado a Moriarty.

– Gracias a Dios, James -exclamó al descubrirle encorvado tras el trípode de la cámara, con la cabeza envuelta en una tela negra-. Verdaderamente, estos días eres un hombre lleno de hobbies. Si no son los trucos con las cartas, es el piano. Y ahora esto.

– Ah, querida, pero esto es un medio para conseguir un fin. En lo que se refiere a fotografía, el click del obturador es el resorte de la trampa. Pero lo que quiero es hablar de una mujer, Sal, o más que una mujer.

– ¿Te ha arañado la Tigresa? -los párpados de Sal se movieron rápidamente, su elegante boca se torció en una sarcástica sonrisa.

– No se trata de la Tigresa, y te ruego que recuerdes que ella, como esta cámara, no es más que un medio. Un cebo.

– Bien, ten cuidado de no caer en el lazo de su trampa de miel. ¿La hiciste feliz anoche?

– ¿Y si fue así?

– Mi intuición femenina me dice que la tienes contenta cada vez que yo no estoy.

Moriarty se rió.

– Bien, deja que tu intuición femenina trabaje en otro problema. La chica que tenemos en casa de Crow.

– ¿Lottie?

– Sí, si es ése su nombre.

– Lo es. Lo vi en las instrucciones de Bertram Jacobs antes de que regresaras a Inglaterra.

– Quiero quitarla y reemplazarla por alguien con un brío diferente.

– Carlotta sería buena. ¿Puedo utilizarla?

– Carlotta sería demasiado evidente. -Moriarty tuvo la gracia de sonreír-. No, quiero alguien un poco más sutil. Una chica que derrita la sangre de Crow.

– Ya veo lo que quieres, James, pero podría fallar. La generosa Sylvia no es idiota, aunque esté loca.

– La generosa Sylvia, como tú sueles llamarla, está muy interesada en mejorar su situación de vida, según me parece entender. Obséquiala con un fait accompli, una chica servicial y con buenas maneras que enseñará a Crow su bello tobillo. Está cansado de la actitud de su mujer. Sólo hay que verlo, Sal. Escoge a la chica adecuada, saca a Lottie y coloca a la otra antes de Navidad. Es un riesgo, lo sé, pero ya ha funcionado en otras ocasiones. Muchas bellas criadas han llevado a sus amos a la cama y les han proporcionado un feliz año lleno de placer ante las narices de sus esposas.

Sal se rió.

– Verdaderamente, James, es un viejo truco, y puede resultar una buena intriga. Me temo que la madre de la pobre Lottie se va a poner enferma repentinamente y su prima va a ser enviada para reemplazarla. Creo que puedo encontrar a la chica adecuada para este trabajo. Una mariposa que ha aprendido el arte de la inocencia, de forma que podría tentar hasta a un santo.

Como policía, Angus McCready Crow se jactaba de su especial intuición para olfatear el ambiente. Este sexto sentido fue utilizado más intensamente durante los cuatro días anteriores a la Navidad, cuando regresó a King Street. Esa noche estaba bajo de ánimo, ya que no se había podido encontrar a Ember, y Lee Chow -cuya descripción estaba en todas las comisarías de policía del área metropolitana- parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. No había ni rastro de Schleifstein y sus compañeros, aunque ahora Crow había probado que verdaderamente se trataba del alemán que había estado viviendo en la casa de Edmonton. Además, conocidos ladrones habían vuelto ahora a ese viejo e inquebrantable silencio en cuanto se mencionaba el nombre de James Moriarty.

– Se han vuelto ciegos, sordos y mudos -dijo Tanner, después de una incursión entre los criminales que normalmente estaban acostumbrados a vender a sus propios padres por una botella de vino.

– Como los tres monosabios -comentó Crow tristemente, sabiendo demasiado bien que eso sólo podía significar una cosa-. El Profesor había reclamado su autoridad sobre la violencia de Londres.

En el instante en que abrió la puerta del número 63 de King Street, la sutil atmósfera le golpeó como el puño de un boxeador en el estómago. Había una tranquilidad nueva, acompañada por unos aromas más delicados y tangibles que se filtraban desde la cocina.

Sylvia, sin embargo, seguía estando susceptible. Apenas había entrado en el salón cuando empezó: «hoy hemos tenido aquí mucho ajetreo».

Crow no dijo nada, una táctica que, durante las últimas semanas le había parecido mejor adoptar cuando se enfrentaba a las afirmaciones de Sylvia.

– Con todos los preparativos para la Navidad -apuntó ella-. Con las idas y venidas, los preparativos y los planes. Demasiado mal. Demasiado mal… -dejó la frase sin acabar, como si su marido pudiera averiguar el significado mediante algún método para leer la mente.

Crow se alegró. Quizá, pensó, los dos tíos de Sylvia y sus mujeres no vengan a pasar las vacaciones después de todo, una posibilidad que alegraba la vida de Crow de forma considerable. Los tíos y sus mujeres eran indecibles alpinistas sociales de gran diligencia.

– Un telegrama -dijo Sylvia misteriosamente.

– Ah.

– Para Lottie, ¿tú te crees?

– El servicio postal es para todo el mundo, querida.

– No te das cuenta. De nada. Debe recoger todas sus cosas y marcharse esta tarde. Su madre, según parece. La gente es tan poco considerada, ponerse enferma en esta época del año.

La cara de Crow adoptó una sonrisa de las dimensiones de un gato de Cheshire.

– ¿Quieres decir que Lottie nos deja? ¿Se va?

– Ya le he dicho, ¿qué voy hacer? Se lo he dicho. -¿Y?

– Y la señora ya lo tenía todo dispuesto. No hubo opción. Parece que una prima suya ha llegado recientemente a Londres. De una pequeña familia muy buena, pero que cayeron en una mala situación y esperaba encontrar algún empleo. Llegó antes de la hora, así que aquí está. Lottie fuera. Harriet dentro.

Crow se quejó. Lottie había sido lo suficientemente mala. Una prima venida a menos podía resultar aún peor.

– Es todo el trabajo extra -protestó Sylvia, como si la pequeña casa de King Street fuera una especie de mansión-. Enseñarle el oficio, enseñarle a hablar.

En ese instante, un golpecito en la puerta anunció la llegada de la recién instalada Harriet -fresca, morena, guapa, con redondeadas caderas y sonriente, incluso delante de la ceñuda Sylvia Crow- anunciando que la cena estaba servida.

Al principio, Angus Crow se inclinó a pensar que su mujer había cocinado la cena, estaba riquísima. Pero al preguntar, entre el pastel de gallo (uno de sus platos favoritos, que no solía comerse en King Street) y el excelente pudding de limón, se dio cuenta de que toda la cena la había preparado Harriet. Las cosas, consideró, estaban mejorando.

Era ciertamente más animada que la austera Lottie, y mucho más agradable a la vista: sobre todo cuando entró más tarde para cubrir el fuego del salón, mostrando durante el proceso gran parte del tobillo y algo más que un poco de la pantorrilla.

Será un placer tener a Harriet en King Street, pensó el detective. Reflexionó sobre el doble significado de esto, muy sorprendido al encontrar que el viejo Adán resurgía dentro de él, rejuvenecido por la deslumbrante sonrisa de la chica, su manera de andar y la coqueta forma en que le preguntaba si había algo más que pudiera hacer por él.

Las Navidades llegaron y se marcharon de la casa de Albert Square con un genuino sentido de celebración. Para Martha y Polly Pearson fue un momento inolvidable, pero su amo se tomó la alegría de estos días de una forma más seria: permitiendo a todo el mundo que se uniera como si se tratara de una gran familia.

En Nochebuena se reunieron todos en el salón, alrededor de un árbol que habían traído dos días antes, y que la señora Hodges y la señorita Carlotta habían adornado con guirnaldas y bolas. Había jerez para beber, y el propio Profesor repartió pequeños regalos para todo el mundo. Un medallón para Polly y un broche de oro para Martha.

El día de Navidad Bridget Spear las mantuvo muy ocupadas, preparando un banquete en el que participarían casi todos; Harry Alien se ofreció para hacerles ' compañía y compartir su porción abajo.

Sin embargo, después, por la tarde, se les indicó que sirvieran el té con el gran pastel helado en el salón y, cuando apenas habían cogido las bandejas y los dulces, les dijeron que se quedaran y tomaran parte en la celebración, que incluía algunas divertidas canciones alrededor del piano, juegos, que dieron a Polly y a Harry aún mayor oportunidad para entrelazarse por los oscuros rincones de la casa, y una exhibición de increíbles trucos de magia realizados por el Profesor. Una extraña y desordenada Navidad, y enigmática para las chicas, que eran más conscientes de las barreras que la sociedad decretaba entre amos y sirvientes.

El día acabó con la cabeza de Martha dando vueltas por el exceso de vino que había tomado, tumbada sola en la habitación del ático, y Polly sacando el valor necesario para traspasar el límite del sexo femenino y acostarse cómodamente en la cama de Harry Alien.

Dos días después, el Profesor se marchó para realizar una corta excursión a París.

Ninguna de las chicas le vio marcharse, ya que salió a primera hora. Harkness le llevó a Dover y sólo se despidió del leal Albert Spear.

Aunque Polly o Martha le hubieran visto salir de la casa, es dudoso que hubieran podido reconocerle. En lugar de la familiar, y a veces severa persona, habrían observado a un larguirucho hombre de mediana edad, con el pelo gris, ralo y fino, y tan despeinado que el menor soplo de viento lo habría azotado como a un tejado de paja. Su nariz era ligeramente aguileña, y los ojos parpadeaban de incertidumbre. Las ropas de este hombre no eran tan inmaculadas como las que normalmente se veían en el Profesor. Por unas partes se ajustaban, por otras no: el pantalón era un poco largo, y las mangas de su chaqueta y de su gabán un poquitín cortas. Llevaba un baúl de viaje y una caja fotográfica, grande y oblonga, colgada de sus hombros con una banda. En realidad era James Moriarty, pero ahora llevaba en su cartera documentos que le presentaban como Joseph Moberly, extraordinario artista y fotógrafo.

Moriarty disfrutaba al viajar, sobre todo cuando usaba algún disfraz, ya que no había nada que le agradara más que saber que se estaba burlando de los que se encontraban a su alrededor. Su regla general era que un buen disfraz le ayuda a uno a mezclarse y a pasar desapercibido entre los demás. Como Joseph Moberly, sin embargo, siguió una línea de ataque diferente. Moberly era el compendio del artista distraído, despistado y muy nervioso, que tiene interés en todos los seres humanos que encuentra en su camino. Una voz fuerte y de tono agudo y una risa a carcajadas anunciaban su llegada a cualquier sitio, y unas extrañas características -como un raro chasqueo con la lengua y labios- revelaban, quizá, una falta de confianza.

Le dijo a todo el mundo que le miraba -tanto si les importaba como si no- que ésta era su primera visita a París y que planeaba fotografiar algunas de las pinturas más importantes del Museo del Louvre. También podría, exclamó, realizar algunas fotografías de las calles de la gran ciudad, que se proponía exhibir el próximo verano en la galería de Bond Street.

Los pasajeros del paquebote de la tarde desde Dover, y después, los del tren hacia París, estaban bastante hartos de él mucho antes de llegar a la Gare du Nord. Sonriendo para sus adentros, ya que el día había sido un juego -una diversión para pasar el viaje- Moriarty tomó un coche de alquiler para ir a una tranquila y modesta pensión cercana a la Plaza de La Ópera, donde cenó bien y descansó durante la noche. El día siguiente podría ser crucial.

A la mañana siguiente desayunó con tiempo, requiriendo constantemente los servicios del preocupado camarero con su execrable francés, antes de dirigirse, aproximadamente a las diez y media, al museo del Louvre, cargado con la gran maleta fotográfica.

Hasta este momento, toda la intriga y el complot contra los que había jurado dominar o vengarse había sido dirigido por Moriarty, pero lo habían llevado a cabo sus leales secuaces. Por fin, él, la mayor inteligencia criminal de la época, iba a realizar un acto fuera de la ley. Cuando el coche llegó cerca de la Rué de Rivoli, Moriarty sintió en su sangre la vieja agitación, esa sensación entre miedo y emoción que hace que se estremezca el cuerpo y la mente al estar al borde de una gran aventura criminal. Iba a ser llamado el crimen del siglo. Era una pena, pensó, que no pudiera ser reconocido públicamente. Eso era, quizá, parte del brillante e incisivo genio del proyecto. Que él dirigía la gran familia criminal de Londres era de dominio público; que había sido capaz de evadirse de la policía en una docena de países podía ser la envidia de otros miembros de la jerarquía del hampa, así como de causar grandes problemas a las fuerzas de seguridad; pero esto, el robo de una de las mejores obras maestras, no debía conocerse. Después de que éste hubiera sido consumado, lo que le tenía guardado a Grisombre sería una de sus glorias supremas. Lo triste era que también tenía que permanecer en la sombra y, por consiguiente, sólo podría convertirse en un rumor dentro del mundo del crimen.

Era un día luminoso, aunque frío, cuando Moriarty cruzó la Plaza du Carroussel para llegar al gran edificio, con sus largos brazos alargados como si quisiera dar un abrazo al visitante. Fue primero a las oficinas de administración, donde estuvo media hora solicitando el permiso para realizar fotografías en la Galería Principal y en el Salón Carré. Después pasó otra media hora esperando que le entregaran el permiso.

Desde luego, si Moriarty deseaba llamar la atención sobre su persona como Joseph Moberly, sus acciones no fracasaron. El conserje y los demás encargados del museo no tenían ninguna duda de que el fotógrafo inglés era un verdadero excéntrico. Cuando la despeinada figura entró en el vestíbulo principal y mostró su pase al encargado, la gente se volvió para mirarle, mientras otros se cubrían la boca para ocultar la sonrisa ante su pésimo acento y su aún peor gramática.

Pero el francés siempre ha apreciado a aquellos que llevan una vida de loco inconformismo. Los encargados le cogieron cariño y, durante los días siguientes, se referían a él con afectuosas sonrisas como Monsieur Plique-Plaque, por su costumbre de chasquear la lengua y los labios cuando trabajaba con sus fotografías en la Galería Principal del primer piso del museo.

Comenzaba a trabajar relativamente pronto todos los días y acababa antes de las tres de la tarde, a causa de la luz. Durante los dos primeros días, Moriarty estuvo haciendo fotografías de los cuadros de la Galería Principal -con seiscientas yardas de paredes abarrotadas de cuadros-, situada entre el Salón Carré y la Sala Van Dyck, y con vista sobre el Quai du Louvre. Habría preferido ir a trabajar directamente al Salón Carré, donde la Mona Lisa estaba colgada ocupando el primer puesto, pero, para su frustración, dos fotógrafos oficiales ya estaban instalados allí por encargo del Director.

Pasaba parte del tiempo con este par de artistas, que iban de vez en cuando a la Galería Principal para ver si podían aprender algo nuevo de las técnicas del inglés.

El Profesor cada vez se sentía más y más irritado en su interior. Había esperado poder ocuparse de sus asuntos rápidamente, pero los dos fotógrafos oficiales pusieron fin a eso, y él se vio forzado a improvisar, a obrar de acuerdo con las reglas: realizar algunas fotografías del San Sebastián de Vanucci, del Hombre con un guante de Tiziano, y de dos Leonardos -San Juan Bautista y Baco-. Todavía se inquietó más cuando, durante la tercera mañana, un estudiante entró en la Galería Principal y colocó su caballete para empezar una copia de la Sagrada Familia de Andrea del Sarto.

El cuarto día los dos fotógrafos oficiales no estaban allí, aunque el artista principiante seguía trabajando en su copia. El excéntrico inglés comentó la ausencia de sus amigos a uno de los encargados que pasaba, haciendo la habitual ronda por la Galería Principal. Ya han terminado aquí, le dijo, y ahora están trabajando abajo, en el Salón du Tibre.

Moberly asintió con la cabeza con entusiasmo, usando además todo su cuerpo, y le dijo al encargado que ahora podría hacer algunas fotografías en el Salón Carré, destacando que tendría que ir abajo a ver a sus colegas más tarde, como si él también tuviera que marcharse hoy. A continuación, comenzó a doblar su trípode, a guardar su equipo en la gran maleta oblonga y se dirigió hacia el Salón Carré.

Había varias personas en la gran galería, dos mirando al estudiante, todavía realizando laboriosamente un esbozo sobre su lienzo para preparar la copia de la Sagrada Familia, los otros deambulaban y se paraban, casi al azar, delante de cuadros que despertaban su imaginación entre el amplio mosaico de lienzos que cubría las paredes. Un grupo -madre, padre (con quevedos sobre su nariz) y dos hijas de aspecto tísico- se pararon delante de un gran Murillo, normalmente llamado La cocina de los ángeles. Moriarty echó un vistazo rápido a sus caras, que estaban fijas con esa mirada que la gente tiene cuando cree que la contemplación del arte les dará algún bien espiritual.

Cretinos, pensó el Profesor cuando pasó junto a ellos. El arte es solamente bueno por dos cosas: su valor económico o el profundo conocimiento secreto de que uno posee algo único que nadie más puede tener en un millón de años. El gran arte puede compararse con el gran poder, sobre todo si se utiliza de la forma que él había planeado.

Pasó a través del arco para entrar en el Salón Carré y comenzó a colocar su cámara delante de la Mona Lisa, observando todos los ángulos desde los que él podría ser visto. Había tres entradas al pequeño salón: una desde la Galería

Principal, a través de la que él había pasado; otra justo enfrente, en la Galería d'Apollon, que guardaba lo que había quedado de las Joyas de la Corona de Francia [15] y denominada así por el panel de Delacroix en el techo, que representa a Apolo asesinando a la Pitón: la tercera entrada era a través de la puerta de la pequeña habitación que contenía La virgen y los donantes de Hans Memling, y los frescos de Luini.

Moriarty pensó que sólo podría ser visto desde escasas zonas de la Galería Principal y de la Galería d'Apollon, aunque también era posible que los visitantes o los encargados entraran sigilosamente desde la habitación del fresco sin que él se diera cuenta. Cuando llegara el momento, tendría que trabajar rápidamente y con gran sigilo.

Permaneció allí, ajustado su cámara, mirando a través de las lentes y observando la pintura durante casi diez minutos. Durante ese tiempo sólo entraron dos visitantes en el Salón, sin prisa, de camino hacia la Galería Principal. Fue el momento más importante. Sus oídos estaban pendientes de cualquier sonido, tos, pasos o cualquier ruido inesperado. Estaba tan concentrado en escuchar que podía detectar hasta la vibración más pequeña. Por fin, se agachó y abrió la oblonga caja fotográfica que tenía a sus pies, sin apenas mirarla, ya que sus ojos intentaban visualizar las peligrosas entradas y salidas.

Palpando con la punta de los dedos, Moriarty encontró la cerradura oculta en el lateral derecho más largo de la caja. Presionó hacia abajo y el lateral se retiró, mostrando un escondrijo en el que se encontraba la copia de Labrosse acolchada entre terciopelo, que encajaba perfectamente excepto en una pequeña zona que contenía unas tenacillas de punta larga.

Agarrando las tenacillas con fuerza, con sus sentidos en tensión hasta el límite, Moriarty empezó a cruzar la pequeña área que quedaba entre su cámara y el trozo de pared que contenía la pintura. Estaba a punto de asir el reborde inferior del marco cuando le llegaron los apagados sonidos de lejanas voces en el otro extremo de la sala adyacente, en la Galería d'Apollon.

Tres zancadas y de nuevo se encontraba junto a la caja, colocando las tenazas en su lugar y cerrando el lateral partido antes de volver a adoptar su posición detrás de la cámara.

Las voces se iban elevando y cada vez estaban más cerca: un constante monólogo puntuado por una especie de gruñido de una segunda parte; el golpeteo de un bastón y el sonido de al menos cuatro pares de pies.

El Profesor escondió su cabeza bajo el paño negro detrás de su cámara justo cuando el cuarteto entró en el Salón.

– Sé que mi vista casi ha desaparecido, Monsieur le Directeur -una voz parloteaba incansablemente-. Pero incluso en este nublado otoño de mi vista, puedo ver la verdad.

Moriarty levantó su cabeza, preparado para dar a los intrusos el completo tratamiento de Moberly. Un impresionante cuadro atrajo su mirada. La figura central llevaba gafas con gruesas lentes y caminaba con precisión con un bastón que iba golpeando delante de él. A su lado, la figura de barba gris del director del Louvre se inclinaba con respeto. Detrás de ellos, les seguían dos acompañantes.

– Sé que soy una molestia para usted, Directeur-continuó el hombre de corta vista-. Pero, como otros artistas, sólo estoy interesado en preservar la verdad fundamental y la belleza.

– Me doy cuenta de eso -sonrió indulgentemente el director-. De la misma forma que me doy cuenta de que tiene de su lado a un gran número de artistas de peso y de gran influencia. Sin embargo, yo tengo que enfrentarme a los testarudos, Degas [16].

– Testarudos, imbéciles, locos, todos los que no son capaces de distinguir óleos de acuarelas. Todo lo que quieren son bonitas pinturas colgadas en sus paredes. Cuadros que parezcan limpios y recién barnizados.

– Parece que estamos interrumpiendo a uno de nuestros fotógrafos -intervino el director.

Uno de sus acompañantes tosió, el otro caminó hacia Moriarty arrastrando los pies, como para proteger a los dos hombres importantes.

– No importa, Monsieur le Directeur -le lisonjeó Moriarty, y se inclinó en una reverencia.

– Un inglés -lanzó Degas-. Tiene que venir a París para poder ver inapreciables trabajos ¿eh?

– Tengo el privilegio de realizar fotografías, señor, de algunas de las mejores pinturas del mundo -Moriarty tomó aliento, como para emprender una de las charlas de Moberly.

– Espero que sus fotografías sean mejores que su francés -dijo rápidamente Degas. Y luego, más lentamente, a beneficio de Moriarty-: ¿y está fotografiando La Joconde? ¿Es, quizá, un experto en esta pintura?

– Conozco su incalculable valor. De la misma manera que soy consciente del gran honor que supone el estar hablando con un artista como usted, Monsieur Degas -se burló para sus adentros: un mal pintor, un pintor de bailarinas, de bailarinas borrosas y poco nítidas, y de mujeres realizando su aseo.

Degas se rió.

– Estoy irritado. A punto de una pequeña tormenta. Los idiotas de aquí, del Louvre, quieren La Joconde limpia. ¿Qué piensa usted sobre esto, inglés?

– He leído los argumentos, señor -lanzó una mirada de soslayo al director, que estaba empezando a estar involucrado sin querer-. En mi humilde opinión, usted y sus colegas llevan razón al luchar contra tal decisión. Limpiar la Mona Lisa es arriesgarse a un gran daño. Límpienla y se arriesgarán a algo más que a dañarla, se arriesgan a una transformación.

– Ya ve -gritó Degas, golpeando con su bastón en el suelo-. Hasta los fotógrafos ingleses lo entienden. Límpienla y se hará irreconocible. Mírela, Directeur. Yo no puedo verla tan claramente como quisiera, pero puedo sentirla. Limpiar y volver a barnizar La Joconde sería como desnudar a la mujer más fascinante de la tierra. Se puede desear todavía a una mujer que se ha visto desnuda, pero la sensación de misterio siempre se aleja con el revoloteo de la última prenda. Eso sucedería con La Joconde. La fascinación pasaría a la historia. Sería lo mismo quemarla que limpiarla.

– Bravo -la carcajada en tono alto que emitió Moriarty resonó por todo el Salón y el director, barruntando una embarazosa charla por parte de este desconocido visitante, agarró a Degas del brazo.

– Debemos dejar que nuestro amigo inglés continúe con su trabajo. Usted ya ha dado su opinión y podrá volverla a dar ante el Comité esta tarde.

El gran artista se dejó llevar lentamente de vuelta hacia el Salón d'Apollon.

– Estoy casi ciego, fotógrafo -volvió a decir-. Pero no completamente ciego, como esos cretinos que cuidan la herencia de la humanidad.

Moriarty dio un suspiro, todavía detrás de su cámara, con los ojos fijos en la pequeña obra maestra de Leonardo. Por tanto, aún siguen pensando en limpiarla. Era un riesgo que tenía que correr.

La familia, que había quedado tan impresionada con La cocina de los ángeles, estaba ahora regresando al Salón; también había entrado otro visitante, junto con un encargado. Miraba como si fuera a instalarse y examinar cada cuadro hasta en el detalle más insignificante.

– ¿Entonces, vio a ese hombre importante? -le preguntó el encargado.

Moriarty asintió con la cabeza.

– Un honor, un considerable honor.

– Hace las cosas agradables para el director y el Comité -se rió entre dientes el encargado-. ¿Yo? Yo no sé si deberían limpiarla o no. Yo sólo trabajo aquí. No sé nada de arte -y se encogió de hombros y se dirigió hacia la Galería d'Apollon.

Cinco minutos después no había moros en la costa. Para su sorpresa, Moriarty descubrió que estaba sudando abundantemente. Levantó las manos y vio que temblaban ligeramente. ¿Seguro que sus nervios no le iban a fallar? Echó un vistazo a su alrededor, escuchó una vez más hasta el límite, a la vez que alcanzaba la caja de la cámara y volvía a abrir la parte oculta. Percibía un olor seco y, en el arco entre el Salón y la Galería d'Apollon, observó cómo caían las motas de polvo que se veían con la luz. Más lejos, alguien dejó caer algo con un ruido seco. Ahora estaba junto al cuadro, sus manos en el marco, levantándolo de los ganchos de la pared, su corazón latiendo con golpes pesados en sus oídos, quizá distorsionando los sonidos de otras partes del museo. El marco era pesado, mucho más pesado de lo que esperaba, aunque lo quitó de la pared con bastante facilidad.

Moriarty lo dejó en el suelo, inclinado contra la pared, le dio la vuelta, dejando visible la parte posterior, donde los catorce broches mantenían en su sitio la pintura original. Dejó de trabajar durante un instante al escuchar algo extraño en el aire, y se dio cuenta de que sólo era su propia respiración. Después, las tenazas fueron hasta los broches, girando cada uno de ellos hacia el exterior, hacia el marco, uno a uno, hasta que el panel de álamo del Leonardo quedó libre. Agarrando la parte superior del marco, el Profesor lo inclinó hacia delante desde la pared, con la otra mano detrás de la pintura, dejando que se separara del marco.

Sostenerlo fue casi como una experiencia sexual. Tenía que moverse rápidamente, dando las tres zancadas de vuelta hacia la caja fotográfica; sujetar la verdadera Mona Lisa con una mano mientras sacaba la versión de Labrosse de su escondrijo, e introducir el Leonardo en el lugar secreto, con un ajuste perfecto.

Ahora estaba contando para retroceder hasta el marco, colocando el borde inferior de la copia sobre el reborde. Durante un segundo, Moriarty sintió una opresión en la garganta, ya que la copia parecía no ajustar perfectamente. Luego, un ligero movimiento y encajó en su lugar. Las tenacillas otra vez sobre los broches y el esfuerzo para dejar todo el conjunto otra vez colgado en su sitio.

Cuando iba a colocar de nuevo las tenacillas en su nicho de la caja fotográfica, sintió unos pasos que venían de la habitación del fresco. Cerró el falso lateral, se agachó sobre una rodilla y comenzó a revolver en la caja. Un encargado se encontraba detrás de él. ¿Cuánto tiempo llevaría ese hombre allí?, se preguntó. ¿Cuánto tiempo había tardado en realizar el cambio? Las motas de polvo seguían flotando en el aire y los ruidos del fondo todavía llegaban distantes.

– Charlot me dice que mañana ya no viene -dijo el encargado.

Moriarty trató de respirar lentamente, controlándose, luchando contra las palpitaciones que sentía en sus oídos.

– No, no -replicó con la estrepitosa risa de Moberly-. He terminado mi trabajo aquí.

Permaneció un poco más de tiempo en el Salón Carré, sin apresurar su salida, antes de salir del Louvre con la caja fotográfica negra colgada al hombro. Nadie que hubiera visto su larguirucha figura, ladeada por el peso de su equipo, cruzando la Plaza du Carroussel, podría haber imaginado que llevaba consigo uno de los más importantes legados de Leonardo da Vinci.

Dos días más tarde, Moberly se marchó de Francia -en realidad desapareció de la faz de la tierra- y Moriarty regresó a la casa de Albert Square para colocar el tesoro en un lugar secreto y oculto. Notaba una extraña sensación al sentarse en el estudio y contemplar la pintura original, sabiendo que ahora era suya. Todavía existía una sensación de anticlímax. Ahora sólo él sabía la localización de la Gioconda, la Joconda, la Mona Lisa… como quiera llamarse. También sabía que nadie excepto él pondría los ojos sobre ella hasta su acuerdo final con Jean Grisombre, quien le había traicionado tan vilmente. Sin embargo, para continuar con el complot en acción tenía que regresar a París, y rápidamente. Esta vez regresaría como otro personaje de su repertorio de disfraces -un caballero americano de indiscutible riqueza [17].

El americano no era cursi ni ostentoso en ningún sentido. Llevaba sus riquezas con la naturalidad del que ha nacido con ellas, sin las maneras agresivas ni presuntuosas de muchos de los que en estos días vienen a Europa desde el continente americano, y que han adquirido su fortuna rápidamente con oro o líneas férreas, y derrochan, tiranizan y ordenan como si su reciente opulencia fuera la clave de la vida, como, por desgracia, suele suceder.

Era un hombre corpulento de cuarenta y muchos años, mofletudo, de semblante rojizo, pelo oscuro y voz suave. Era una de las transformaciones más simples de Moriarty, lograda con un hábil relleno bajo sus ropas y sus carrillos, una preparación cosmética para aumentar el color de piel y tinte para el pelo. Añadió unas gafas con montura de asta, su propio y considerable talento para adoptar diferentes acentos, y documentos, entre los que se incluían letras de crédito que mostraban que era Jarvis Morningdale, de Boston, Mass. Con él viajaba un secretario al que llamaba Harry. Ambos tenían reservada una suite en el Crillon.

La reputación de París como ciudad del placer había partido desde la zona de Montmartre a principios de siglo, y ahora se extendía hasta las calles y callejones alrededor de Pigalle, donde los turistas y visitantes iban a ver los escandalosos espectáculos que habían sido las habladurías de occidente desde finales de 1880. Durante su primera noche en París, Jarvis Morningdale, de Boston, se dirigió directamente a Montmartre, buscando, más que pecado, a una persona que sabía casi con certeza que estaría donde el pecado florece más prolíficamente.

Era un frío y severo invierno de 1897, los cabarets y cafés estaban todavía atestados hasta las puertas. Aproximadamente a las once, el americano se sentó en una mesa junto a la pista de baile del Moulin Rouge, viendo cómo las chicas bailaban el canean con atlético entusiasmo; dando vueltas rápidamente, lanzando sus faldas hacia lo alto, girando en el port d'armes y dando desacordes y salvajes gritos en el gran écart.

Jarvis Morningdale, dando pequeños sorbos a su champán y con la cara más sonrosada de lo habitual, se volvió hacia su secretario y le habló en voz baja.

– Mi querido Harry, deberías haber estado aquí hace algunos años -sonrió-. Ahora todo es espectáculo. En aquellos días era sexo. Incluso estas chicas llevan ropa interior decente y apenas puedo entrever un muslo desnudo. Cuando Zidler dirigía este lugar, las mujeres eran mujeres: La Goulue, Jane Avril, Cri-Cri, Rayón d'Or, La Sauterelle y Nini Patte-en-l'air. Podías ver su femineidad en sus gotas de sudor y olería por toda la habitación [18].

– A mí todavía me parece bastante exagerado -replicó Harry Alien, sin quitar los ojos de los traseros con encajes blancos que iban a ser presentados a la audiencia como la charanga para un llamativo final.

Se unieron al aplauso con tanto vigor como el resto de la multitud, y Moriarty dio un codazo a su acompañante.

– Ahora viene una de las genuinas -susurró, moviendo la cabeza hacia una delgada y morena chica con aspecto de gitana, que se deslizaba y abría camino con las caderas entre las mesas como si estuviera buscando a alguien. Los ojos de Moriarty siguieron a la chica, como si deseara atraerla para que mirara hacia él-. La conozco de otras veces -murmuró a Alien-, aunque creo que ella no me reconocerá en mi actual persona.

La chica se paró, mirando directamente a Moriarty, quien hizo una inclinación de cabeza. Ella sonrió, con una luz en sus oscuros ojos, y luego se acercó con largas y sensuales zancadas hacia la mesa. Iba vestida de un modo algo bohemio, una falda suelta que no llegaba al suelo y una blusa ceñida que revelaba que llevaba poca ropa interior.

– ¿Le gustaría invitarme a beber algo, Monsieur? -la voz era áspera, como si hablara el idioma con acento extranjero.

El americano contestó afirmativamente con la cabeza y replicó con un fluido francés.

– Siéntese, ¿champán?

– ¿Hay alguna otra bebida?

Un camarero había llegado a la mesa incluso antes de que Moriarty hubiera levantado la mano.

La chica examinó a ambos hombres con desprecio.

– ¿Desearía usted…? -comenzó ella.

– Lo que yo desee no es asunto tuyo -la suave voz hacía alusión a un posible peligro-. Eres Suzanne ¿verdad?

Su nariz se hinchó.

– Nunca le he visto aquí antes. ¿Cómo es que me conoce?

– Eso es cosa mía. No tienes por qué preocuparte. Igual que tú, estoy aquí para hacer negocios. -¿Sí?

– Sea cual sea tu precio, yo lo doblaré, y llévate a este amigo mío a tu casa.

Suzanne miró a Harry Alien como si estuviera examinando a un caballo semental.

– ¿Y qué más?

– He hecho un largo viaje para hacer una proposición a un amigo tuyo, no importa de qué le conozco, pero es famoso hasta en América. ¿Dónde puedo encontrar a Grisombre?

– ¿Eso es todo? A Grisombre le encontrará fácilmente. En la Rué Veron hay un cabaret, uno pequeño, como todos los de por allí. Se llama La Maison Vide. Grisombre suele estar allí a esta hora, en realidad creo que el local le pertenece, como muchos en Montmartre. -Y sin mostrar mayor interés se volvió hacia Harry Alien-. Tiene un gran amigo si le compra un regalo como yo.

El americano, Morningdale, sonrió calladamente, casi regresando con sigilo a su propia persona, ya que su cabeza se movió de un lado para otro con esa familiar y reptiliana costumbre.

– Adelante, Harry. Yo no se lo diré a tu pequeña fregona de Albert Square. Todos me han dicho que Suzanne la Gitana vale todo lo que se paga -se rió de su comentario y depositó unas monedas en la mesa con un pequeño tintineo, dejó su champán y se preparó para salir.

– ¿Podrá arreglárselas solo? -Alien lanzó una disimulada e inquieta mirada a su jefe.

– Harry, me las he arreglado solo en lugares más peligrosos y corruptos que Montmartre. Pásatelo bien y mañana por la mañana te veré en el hotel.

En el exterior, en la Plaza Blanche hacía un frío enorme. Al otro lado de la carretera, un grupo de cocheros pataleaban en el suelo y calentaban las manos alrededor de los braseros de los vendedores de castañas. Una prostituta se separó de un pequeño corrillo de mujeres de la calle que estaba en una esquina y trató al Profesor de forma natural.

– Hola, chéri -comenzó animadamente-. Puedo hacerte pasar el mejor momento de tu vida -su pequeña nariz estaba azulada por el frío y sus dientes castañeaban.

Durante un momento, Moriarty abandonó un poco el papel de Jarvis Morningdale.

– Tócame, ramera, y tendré tu corazón -pronunció con afectación.

La chica le escupió directamente y Moriarty alargó la mano, agarró con el puño su barato abrigo y tiró de ella hacia sí, habiéndola en un francés bastante rápido, en el argot de las callejuelas y callejones.

– Ferme ton bec, ma petite marmite, ou je casse ton aileron [19].

La empujó por la espalda, de forma que se balanceó y cayó en la cuneta. Los modales de Moriarty, más que sus palabras, la hicieron callar. Cuando ella se hubo levantado, él ya se encontraba en un coche, ordenando al conductor que le llevara a la Rué Veron.

La Maison Vide tenía una pequeña fachada, una puerta con un diseño oriental en el porche, una ventana decorada desde el interior con una lamparilla de vidrio rojo y varios carteles que anunciaban a las artistas que actuaban en ese momento o que habían actuado anteriormente en ese lugar.

Un hombre de vigorosa mandíbula cogió la pequeña propina que le dio Moriarty al solicitar su entrada y le condujo hasta un camarero con pajarita y un manchado y arrugado traje de noche. El interior no era distinto a los demás cabarets de su tipo: mesas rústicas agolpadas, separadas de la pista de baile por una barandilla de madera. En el extremo más alejado se encontraba una banda, con los músicos muy apretados en una esquina junto al pequeño escenario. El local estaba abarrotado, obviamente estaba de moda, y Moriarty tuvo que parpadear una o dos veces para acostumbrarse a la densa capa del humo de cigarros. El camarero, con extraordinaria precisión, le acompañó entre las mesas, con un complicado y encadenado baile, hasta un lugar que acababan de desalojar un hombre y una mujer. La silla todavía estaba caliente por el trasero de la mujer, y el vaso que estaba delante del Profesor podría haber sido el que ella acababa de utilizar, los desperdicios tirados por el suelo. No tuvo necesidad de pedir, ya que el camarero sacó una botella como por arte de magia, la descorchó y llenó una copa, antes de tener oportunidad de pedir otra cosa. El champán no tenía gas.

Ahora que estaba sentado, tendría tiempo para mirar alrededor. La banda tocaba un fuerte acorde, el tambor, con un pequeño redoble, sonaba como una lata de galletas, y las cortinas del pequeño escenario se dividían y revelaban un pequeño diván. Con otro redoble del tambor, apareció una regordeta y coqueta chica por detrás de las cortinas, guiñando el ojo y mirando de forma incitadora a los clientes, quienes, por sus gritos y silbidos, mostraban que estaban totalmente predispuestos para su actuación.

La chica, que estaba completamente vestida, caminó con pasos menuditos hasta llegar abajo del escenario, avanzando con una exagerada cojera. Se paró. Guiñó un ojo y, de repente, reaccionó como si algo le picara o mordiera junto a su pecho derecho. La audiencia, obviamente muchos ya habían visto la actuación, se rió a carcajadas. Sin duda, a la chica le estaba causando grandes molestias una pulga. Como las molestias iban en aumento, y ella se rascaba cada vez más, se vio obligada a quitarse el vestido para atrapar al molesto y diminuto insecto. Cuando se hubo quitado el vestido, el imaginario insecto cambió de lugar, y así sucesivamente, siempre siendo necesaria la eliminación de alguna prenda interior, hasta que se quedó, con coquetería, con muy poca ropa [20].

El desvestimiento final fue tan inevitable como que la noche siga al día, y la actuación terminó con un estrepitoso aplauso. La banda empezó a tocar de nuevo y el Profesor comenzó a mirar alrededor.

Jean Grisombre estaba sentado en una gran mesa colocada junto a la pista de baile, dispensando hospitalidad a dos tíos de aspecto duro que bien podrían haber sido banqueros. Grisombre era un hombre bajo y ágil, que se movía como un bailarín, pero con una cara que no tenía ninguno de los encantos necesarios para esa profesión. Era poco expresivo y rara vez sonreía abiertamente, sólo su boca se movía en un reflejo casi simulado. Estaba sentado enfrente de los dos hombres de negocios, flanqueado por sus dos omnipresentes guardaespaldas, los dos con aspecto de apaches: delgados, con caras muy morenas y moviendo los ojos constantemente.

Al cabo de unos diez minutos, el par de serios hombres de negocios se levantó. Grisombre les estrechó la mano con una solemne despedida. Algún tipo de unión se había sellado con el vino. Moriarty se preguntó quién sería traicionado o a quién robarían, estafarían o peor aún. Uno de los guardaespaldas acompañó a los invitados hasta la puerta, mientras Grisombre hablaba tranquilamente, como si estuviera dando órdenes, con el otro.

El Profesor estaba observando el movimiento de sus labios y casi podía oír la voz de Grisombre durante el último de sus encuentros. «Lo siento -dijo-. Es la decisión de todos. Si uno de nosotros hubiera fracasado y se encontrara en una comprometida situación con la policía, usted haría lo mismo sin ninguna duda. Nos ha fallado como líder, Profesor, y tengo que pedirle que deje París y se marche de Francia cuanto antes. No hay nada más que decir, excepto que yo no le puedo garantizar su protección aquí durante más tiempo.»

Bien, pensó Moriarty, pronto olfatearás mi cebo y suplicarás de nuevo mi liderazgo. Levantó la mano para llamar la atención del camarero que se encontraba más próximo, que fue rápidamente, preocupado, pero inclinándose de forma zalamera.

– ¿Otra botella, señor?

– Desearía hablar con Monsieur Grisombre.

La actitud del hombre cambió, la sonrisa se desvaneció y la sospecha alanceó sus ojos.

– ¿Quién debo decirle…?

– Mi nombre no significa nada para él. Será suficiente con que le dé esto.

La mano de Moriarty se hundió en el bolsillo de su abrigo y sacó una carta que él personalmente había dictado a Wilhelm Schleifstein. M. Jean Grisombre. En mano, decía en el sobre. El mensaje del interior era simple. Querido Jean: el motivo de esta carta es presentarle a un amigo americano, Jarvis Morningdale. Es extremadamente rico y tiene una proposición que, creo, usted merece más que yo. Esté seguro de que pagará cualquier precio. No bromea con el dinero. Su obediente amigo, Willy.

Grisombre rasgó el sobre casi antes de que el camarero se lo entregara, lanzando una rápida mirada en dirección a Moriarty. Examinó el contenido lentamente, como si se tratara de un difícil texto latino, y luego levantó la cabeza. Esta vez observó al Profesor con más interés. Moriarty levantó su vaso. Grisombre dijo algo al guardaespaldas, éste asintió con la cabeza e hizo señas al Profesor para que se acercara a la mesa.

– ¿Usted es Jarvis Morningdale? -le preguntó en francés.

– En efecto. Herr Schleifstein me recomendó a usted.

– Tiene un buen acento para ser americano.

– Es bastante sorprendente. Mi madre era de Nueva Orleans. El francés es mi segunda lengua.

– Bien.

Grisombre le invitó a sentarse. Uno de los guardaespaldas le sirvió una copa de champán. Esta vez no estaba muerto.

– Tengo la sensación de que ya le conozco -Grisombre le miró fijamente, pero Moriarty mantuvo la mirada del francés sin vacilar, seguro de su disfraz.

– No creo -dijo el Profesor-. Mis visitas a París han sido, hasta ahora, bastante raras.

Grisombre seguía mirándole de forma severa.

– Willy Schleifstein dice que probablemente puedo servirle de ayuda.

Moriarty se permitió una sonrisa.

– No sé, pero me gustaría pensar que así es.

– Dígame entonces.

Las chicas estaban dando alaridos en la pista, alineadas para el canean. Probablemente esto era así en la mitad de los cabarets de París, pensó Moriarty.

– Lo que tengo que decirle sólo puede ser en privado -dijo en voz alta.

Grisombre señaló a sus guardaespaldas.

– Sea cual sea su negocio puede discutirse delante de ellos.

Moriarty se encogió de hombros.

– Lo siento. Es un plan demasiado importante. Hay una gran cantidad de dinero por medio.

Parecía que Grisombre estaba pensando y Moriarty tomó las medidas exactas del hombre: el dinero era lo más importante en su reflexión.

– De acuerdo -dijo el francés finalmente-. Aquí hay una habitación que podemos utilizar. Arriba.

Luego susurró una palabra al guardaespaldas, que ya había regresado de acompañar a los anteriores invitados. El hombre inclinó la cabeza y se marchó, sin importarle las salvajes cabrioladas del baile de las chicas.

– ¿Le gustan las chicas, señor Morningdale? -Grisombre sonrió de forma adusta, como siempre.

– Con moderación, señor Grisombre. Encuentro esta danza demasiado extravagante para mis gustos.

– Usted es americano. Quizá pueda arreglarle una cita con una chica que sé que le gustará, una mulata que ha vivido en París durante la mayor parte de su corta vida. Es muy discreta y, ¿cómo podría explicarlo?: ¿impaciente e ilusionada?

Una mujer era el último enredo que Moriarty necesitaba: especialmente con este disfraz que, en un dormitorio, se descubriría sin ninguna dificultad.

– Creo que no. Verá, voy detrás de una dama de excepcional cuna.

– Si desea ser tan melindroso -y se encogió de hombros.

– Su nombre -dijo Moriarty lentamente- es Madonna Lisa, esposa de Zanobi del Gioconda.

Grisombre parpadeó nerviosamente.

– Entonces, creo que sí lleva razón. Debemos hablar en privado.

La utilización habitual de la habitación a la que subieron no era difícil de definir. Una gran cama de latón ocupaba casi todo el espacio; también había un vistoso tocador y muchos espejos, incluido uno en el techo. Grisombre y Jarvis Morningdale se sentaron uno enfrente del otro en un par de sillones de nogal con bellas patas talladas, los asientos, los brazos y los respaldos estaban ricamente tapizados de rojo con brocados dorados. Eran buenas reproducciones, como las chicas que, suponía Moriarty, utilizaban esa habitación.

Los guardaespaldas dejaron una botella de brandy y dos copas, aunque Moriarty habría apostado a que los dos hombres estaban en la puerta, por si había que llamarlos rápidamente. Él habría hecho lo mismo.

– Cuénteme más sobre Madonna Lisa -dijo Grisombre, fingiendo divertirse. Las comisuras de sus labios se levantaron, pero sus ojos permanecían muertos, como los ojos de un cordero degollado.

– Hay poco que contar. Meramente le estoy exponiendo un asunto abstracto, Monsieur Grisombre. Si usted deseara obtener un tesoro sin que los propietarios se dieran cuenta de que ha desaparecido, ¿qué haría?

– Comprendo que el método usual es cogerlo y dejar alguna copia en su lugar. Así se ha hecho en numerosas ocasiones, a menudo por personas que debían conocerlo bien. Se ha hecho con joyas, creo. Pero usted está hablando de un cuadro. Un trabajo de gran valor y antigüedad.

– La pintura está expuesta en el Museo del Louvre. En el Salón Carré. Seré sincero con usted. Había pensado llevar a cabo todo el plan yo solo. He investigado sobre ello, pero, desgraciadamente, hace falta experiencia en ciertas artes, como el robo, por ejemplo. Dígame, ¿sería difícil robar tal pintura?

Grisombre sonrió brevemente.

– El robo sería sencillo. Por lo que yo recuerdo no es una pintura grande, y el Louvre no tiene ni idea de proteger sus tesoros. ¿Por qué iban a hacerlo? ¿Quién iba a ser tan idiota de robar tales obras? No pueden venderse.

– Si se pudiera ocultar el robo, podrían venderme el cuadro a mí

Grisombre permaneció en silencio durante un minuto.

– ¿Y cuánto estaría dispuesto a pagar por semejante objeto? ¿Cuál es su valor, señor Morningdale?

– Se dice que es incalculable, pero a todas las cosas de la tierra se les puede calcular un precio. Yo tenía un pariente… ya se ha marchado, que era un matemático nada despreciable. Calculó el precio por mí. Fue hace algunos años, le advierto. Se dijo que Francisco I compró la pintura de Leonardo por 4.000 florines de oro.

– Conozco la historia -Grisombre se inclinó como si husmeara dinero.

– Bien, si lo considera como una inversión inicial realizada a principios del siglo XVI, y calcula el tres por ciento de interés compuesto, en la actualidad esa inversión valdría algo así como novecientos millones de dólares. Once millones de libras esterlinas.

– ¿En francos? -preguntó el francés.

– No me interesan los francos. Solamente dólares o libras esterlinas y, para ser honesto con usted, señor, no tengo gran fe en la moneda de las naciones.

– ¿No? -Grisombre levantó sus cejas burlonamente.

– ¿No lo nota en el ambiente? Es lo mismo en América que en Europa. Por un lado, existe gran riqueza, poder. Por el otro, gran pobreza, inquietud. Entre los dos hay una increíble evolución. Invenciones que se forman en las mentes. Pero la pobreza y la riqueza al final deben enfrentarse. Es inevitable. Las semillas de la revolución y del caos están a nuestro alrededor, querido amigo: las bombas, los anarquistas, los trabajadores organizándose por sí solos. Al final heredarán la tierra, pero olvidarán la corrupta influencia del poder. Quizá suceda dentro de cinco años, o diez. Quizá no suceda hasta dentro de setenta u ochenta años, no durante nuestra vida. Pero cuando la corrupción sea completa, el mundo regresará a un sistema feudal. Será como en las Edades Bárbaras, y desde ahora hasta ese momento sólo sobrevivirá el más fuerte. Creo que nosotros debemos proteger las cosas de valor permanente contra el tiempo. Las cosas que verdaderamente no tienen precio, como ese trozo de madera cubierto con pintura por un artista del siglo dieciséis. Por eso, ahora pagaré un razonable precio en la moneda actual, que al final no tendrá valor.

– ¿Cuánto? -dijo sencillamente. La pregunta que Moriarty había estado esperando.

– Yo soy un hombre rico, monsieur. Seis millones de libras esterlinas. Pero con una condición.

– Sí.

– Que no se descubra el robo.

– ¿Que se sustituya la verdadera pintura por una reproducción?

– Algo así. ¿Conoce a alguien que le pueda proporcionar un buen trabajo, que pase hasta la inspección más minuciosa?

– Posiblemente sólo hay tres hombres con ese talento.

– También yo me he informado. ¿Sus nombres?

– ¡Oh, no, señor Morningdale! Le doy los nombres y, quizá, usted gane una gran suma de dinero.

La cabeza de Moriarty comenzó a oscilar de un lado a otro. Tenía que utilizar gran fuerza de voluntad para controlar la acción nerviosa.

– Muy bien -dio un sorbo a su brandy-. Un hombre de París llamado Pierre Labrosse; un inglés, Reginald Leftly; y un artista que vive en Holanda y se llama a sí mismo Van Eyken, aunque ése no es su verdadero nombre.

La voz de Grisombre decayó hasta convertirse en casi un susurro.

– Estoy impresionado, señor Morningdale. Debe tomarse muy en serio todo esto.

– Deseo ser el propietario de esa pintura: la Mona Lisa, la Madonna Lisa, La Joconde, la Gioconda. La dama con la sonrisa esperando sentada en el Salón Carré. Naturalmente, yo soy serio y quiero decirle algo más. Labrosse no es bueno. Bebe demasiado y sé que ahora se ha marchado de París. El denominado holandés es viejo y de poca confianza, aunque probablemente sería el que hiciera la mejor imitación. Reginald Leftly es el único candidato posible. De la misma forma que usted es el único hombre con valor y recursos para cambiar la pintura.

El francés movió la cabeza para indicar que estaba de acuerdo. Era como un pez con la boca abierta, deslizándose rápidamente por el agua para alcanzar el cebo y el anzuelo.

Moriarty ahora tenía que jugar con discreción.

– Le pagaré cinco mil libras ahora, para cubrir sus gastos. Después, tendrá que moverse rápidamente. Yo estaré en Londres durante una semana: del 8 al 13 de marzo. En el Hotel Grosvenor. Si desea llevar a cabo este encargo, envíeme un telegrama durante esos días. Dirá, La dama espera verle. Lo firmará Georges, y eso querrá decir que ya ha cambiado la pintura. Yo esperaré en el Hotel Grosvenor, todas las noches de ocho a nueve hasta el día 13, la llegada de ese telegrama. Me llevará la pintura allí. A cambio, le pagaré los millones restantes.

– Es una gran suma de dinero -la voz de Grisombre era gutural, ronca, como si pensar en tal riqueza fuera demasiado.

Jarvis Morningdale sonrió y extendió su mano en un acto casi humilde.

– Tengo muchísimo dinero -dijo.

Al cabo de veinticuatro horas, Jean Grisombre ya había llamado al americano del Crillón y recogido las cinco mil libras esterlinas. A las cuarenta y ocho horas, Jarvis Morningdale y su secretario habían salido de Francia y James Moriarty había regresado a Albert Square. Pasaron ocho semanas hasta que Morningdale resucitó.

Ocho semanas de crudo tiempo invernal, hielo y nieve que iban dando paso gradualmente a los primeros indicios de la primavera.

Hacia finales de enero, Angus McCready Crow estaba ocupado en el rastreo y detención de James Moriarty.

Su idea sobre el asunto había sido clara. Aproximadamente una semana después de las Navidades, Crow se dio cuenta de que había muy pocas esperanzas de que algún policía, o detective, detuviera a Ember o Lee Chow o a cualquiera de los demás nombres asociados al Profesor.

Ahora estaba seguro de que Moriarty estaba relacionado con una serie de vendettas y, como una de las víctimas, Schleifstein, parecía haber desaparecido, la respuesta estaba en salir y vigilar a los otros.

Según parecía, Holmes tenía gente en el continente que le informaba de cualquier cosa inusual concerniente a Grisombre, Sanzionare o Segorbe. Pero el detective tenía claro que no se debía tener demasiada confianza en estos espías. Crow, sin embargo, tuvo que hacer algunos movimientos solo. Comenzó escribiendo a su viejo amigo Chanson, de la Policía Judicial, indicándole que le sería de gran ayuda cualquier información actual sobre Jean Grisombre -contactos, gente extraña, repentinos movimientos, incidentes inusuales-. Al mismo tiempo, Crow escribió cartas similares a algunos policías de Roma y Madrid. Estas cartas estaban dirigidas a hombres que no conocía -el capitán Meldozzi de los Carabinieri y el capitán Tomaro de la Guardia Civil-, aunque ambos eran muy conocidos en sus propias fuerzas. Ambos respondieron a su carta, asegurándole, con frases casi poéticas, que le ayudarían de cualquier forma posible, pero sin aportar nada sustancioso en cuanto a Sanzionare o Segorbe. Solamente Chanson le proporcionó información, aunque escasa. Grisombre, dijo, se había mantenido apartado, pero había notado un pequeño detalle a comienzos de año. Se refería a una visita que el líder francés de la banda había hecho al hotel Crillon, en el número 10 de la Place de la Concorde, la noche del 4 de enero.

Un detective del primer Distrito, que abarcaba los números del 1 al 8 -el Crillón estaba situado en el 8-, se encontraba en el hotel la noche en cuestión, haciendo unas preguntas relacionadas con una queja de poca importancia, cuando reconoció a Grisombre en el vestíbulo. Ver a Grisombre en el Crillón puso al detective en guardia. Inmediatamente preguntó por las joyas que estaban guardadas en la caja de caudales del hotel y preguntó al conserje que se encontraba trabajando sobre Grisombre. Mediante estas preguntas, el detective sacó la conclusión de que Jean Grisombre había sido invitado por un huésped americano, el señor Jarvis Morningdale. También obtuvo una descripción de Morningdale con una nota que explicaba que había llegado a Francia desde Dover el 3 de enero, viajando directamente a París, y que había salido por la misma vía dos días más tarde.

Chanson no pudo resistir una disimulada indirecta al final de la carta, diciendo que esperaba que esas fechas de entrada y salida fueran útiles, ya que la policía británica no tenía ninguna pista de los movimientos del americano, al permitir, como hacían, que los visitantes recorrieran el país a voluntad.

El detective francés sabía que Crow había sido partidario del sistema de la cai te d'identité (y el Meldewesen alemán) para mantener vigilados a los visitantes [21]. Crow estaba irritado por esta interrupción y decidió que era el momento de enviar otra memoria sobre este asunto al jefe de policía, aunque quizá no sirviese de nada.

Sin embargo, Angus Crow tenía otros pensamientos en la cabeza. El número de crímenes que estaba investigando había aumentado considerablemente durante las Navidades, y a este incremento de trabajo no le ayudaba la situación doméstica en el número 63 de King Street. No era fácil para él resignarse a las numerosas veladas y cenas que Sylvia concertaba, por no mencionar aquéllas a las que estaban invitados. Repetidas veces, Crow volvía tarde a King Street, cansado por las investigaciones que le habían llevado a horribles zonas de la capital, o incluso más lejos, para encontrar a Sylvia con un ánimo quisquilloso y susceptible. Los invitados estaban a punto de llegar en cualquier momento o sólo disponía de media hora para ir a algún lugar, normalmente a casa de personas con las que Crow tenía muy poco en común. Pero nada podía parar a Sylvia, que estaba determinada a elevarse en sociedad, y Crow se sentía bastante incapaz de hacer comprender a su obsesionada mente que sólo se estaba mezclando con gente que tenía las mismas pretensiones que ella: un estrato medio dentro de la clase media que vivía en las nubes.

Esta eterna y cómica tarea de cenas y veladas musicales estaban también arruinando los placeres del dormitorio, y Crow estaba empezando a descubrir que las desenfrenadas pasiones que había tenido antes de su matrimonio ahora se estaban apagando y, a veces, ni existían.

Sylvia le apartaba con excusas de lo que ella denominaba «actos conyugales» -con dolores de cabeza, fatiga o simplemente mal humor-, por lo que la frustración de Crow iba en aumento. Era un hombre sano, en la flor de la vida, que siempre había estado acostumbrado a los placeres de la carne. Ahora parecía que se le habían negado. Se inquietaba, meditaba tristemente y, cada vez más y más, se fue dando cuenta de la trabajadora y atractiva Harriet, cuya luminosa sonrisa y su constante buen humor impresionaban profundamente al detective.

Por tanto, una noche a principios de febrero, después de una fiesta con cena de intenso aburrimiento, Sylvia, quejándose de dolor de cabeza y principios de un resfriado, se marchó a la cama con inusual precipitación, dejando a Crow tomando en el salón su tisana.

Un golpecito en la puerta, unos quince minutos después de que Sylvia saliera, anunció la llegada de Harriet, sonriendo y preguntando si necesitaba algo más.

– ¿Está la señora entre las sábanas, Harriet? -preguntó Crow, el inconcebible y oscuro pensamiento formándose ya en su mente.

– Así es, señor. Y con todas las lámparas apagadas. Creo que esta noche está mucho más resfriada. Antes de retirarse, me hizo prepararle su leche templada y la aspirina.

– Bien -Crow tragó saliva-. Harriet, ¿le importaría tomar una copa de brandy conmigo?

– ¿Yo, señor? Yo, yo no sé. ¿Qué diría…? Bien, si es eso lo que desea el señor -y se acercó hacia el sofá en el que estaba arrellanado Crow.

– Es lo que deseo, Harriet. Coja una copa y acérquese y siéntese junto a mí -sólo podía pensar que era el exceso de vino que había tomado en la cena lo que le hacía tan atrevido.

– Sí, señor -replicó ella con una ligera voz.

Permaneció de pie mientras ella se acercaba, con la copa en la mano. En realidad, la medida de Crow era mala -o impecable, como desee mirarse-, ya que los dos sufrieron una ligera colisión. Crow sintió los blandos senos de Harriet contra su pecho.

– ¡Oh, señor! -ella respiró con dificultad, poniendo una mano en el hombro de él para sujetarse a sí misma-. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué pensará la señora?

Crow apenas podía creer lo que luego dijo.

– Al diablo con lo que piense la señora.

Pasó sus brazos alrededor de la chica y la estrechó contra él.

– ¿Señor? -todavía con una débil y jadeante voz, como de un pajarillo, preguntándose por la atrevida acción, pero sin resistirse. Más bien apretándose contra él, con la mano que sujetaba la copa buscando un lugar por detrás donde poder dejarla.

– Harriet, ¿sabes que eres terriblemente atractiva? -la voz de Crow ahora estaba casi sin aliento.

La mano de Harriet buscó el borde de una mesa, sobre la que dejó la copa.

– Ha habido hombres que me han dicho eso, señor. Pero todos son unos aduladores -cuando habló, Crow la notó todavía más cerca, con sus muslos apretados contra él.

Crow cedió al deseo que ardía en ambos. Sus labios se encontraron, era como si quemaran y nada pudiera apagar la sed que ardía en sus bocas, tan cálido era el ímpetu de labio sobre labio, lengua sobre lengua.

Crow apenas se dio cuenta de que fue Harriet quien le empujó hacia el sofá, y que fue ella misma quien se desabrochó la blusa y le presentó su busto sin corsé.

– ¡Que bonitas y pequeñitas! -jadeó Crow-. Diminutas flores con los pétalos carmesí.

– ¡Oh, señor Crow, qué poético! -jadeó ella, moviéndose hacia arriba para precipitarse sobre su boca y tirando de su larga falda negra, y ayudándole a él a quitársela.

– Angus -gimió Crow, entre sorbo y sorbo de sus pechos. -

– ¿Señor?

– Angus -sorbió-. Cuando estemos como ahora llámame Angus, chiquilla.

En momentos de drama y tensión, Crow siempre volvía a su acento escocés.

– ¡Oh! -gimió de nuevo, tocando con la mano el borde de sus bragas-. Y, ¡qué delicado seto hay en el jardín! Harriet, querida.

– Profundice más, señor… Angus. Profundice más.

En ese momento de su unión, Crow tuvo una repentina visión. Era como si Sherlock Holmes estuviera de pie detrás de su hombro, agitando la cabeza y chasqueando la lengua en señal de desaprobación.

A la mañana siguiente, Angus Crow estuvo acosado por un gran sentimiento de culpa. Tanto que le resultó difícil mirar a Sylvia y a Harriet a los ojos. Esto, sin embargo, no le frenó a que por la noche buscara a la sirvienta en la cocina, cuando Sylvia se hubo retirado, y la poseyera enérgicamente sobre la mesa con la pasión de un hombre mucho más joven.

Entre Año Nuevo y primeros de marzo, sucedieron muchas cosas de importancia en Albert Square; entre ellas, la más singular fue la revelación de Sal Hodges al Profesor de que estaba esperando un niño. Desde antes de Navidad ella había estado buscando el momento adecuado para comunicarle la noticia y había decidido que debía ser cuando regresara de su viaje a París.

Moriarty se encontraba, afortunadamente, con buen humor la primera noche de su vuelta, sabiendo que todas las cosas le habían ido bien en Francia. Se había encargado un ganso para la cena y Bridget estuvo vigilando en la cocina a las chicas de Pearson para asegurarse de que la comida fuera un banquete digno.

Un poco antes de las seis, Sal ordenó bruscamente a Carlotta que saliera de la habitación y se propuso desafiar a Moriarty en el salón, donde estaba tomándose una copa de jerez.

– No es fácil decir lo que tengo que decirte -comenzó, echándole una rápida mirada, casi con timidez, mientras él permanecía de pie, sonriendo, delante del acogedor fuego que acababan de preparar con unos troncos.

– Por qué, Sal, tú nunca has sido vergonzosa conmigo. Venga, dímelo.

Ella se acercó, poniendo una mano sobre su manga.

– James, casi no podrás creerlo, pero vas a ser padre.

Por un segundo, pensó que se lanzaría sobre ella con rabia.

– Estúpida lagarta -rugió Moriarty-. Iba a tener cuidado. Es su sangre latina, Sal, maldita sea si no es eso. Es la fecundidad de los climas cálidos, aunque ella no haya estado nunca en Italia. Se reproducen más rápidamente. Maldita mujer, ahora todos mis planes para Sanzionare en Roma van a estallar como un globo.

Ella dejó que estallara la tormenta, controlando su propia paciencia y temperamento como sólo una mujer de carácter puede hacerlo.

– No, James, no has entendido lo que te he dicho. No es la Tigresa quien está embarazada. Soy yo.

La aturdida expresión de Moriarty permaneció durante tres segundos.

– Ah, eso es un alivio, Sal -se rió-. Si hubiera sido Carlotta, el tiro habría salido por la culata, ya que ella lo está haciendo bien. Estará lista para la primavera, ¿verdad?

– Sí, James, estará preparada y entrenada como tú deseas. Pero yo voy a criar a tu hijo.

– Sí, sí, Sal. Como digas. ¿Esperas casarte entonces? No conseguirás eso de mí.

– No, James, sólo un poco de comprensión y la promesa de que reconocerás al niño.

– Si es un chico será mi orgullo, Sal. Ningún chico estará mejor cuidado, eso te lo prometo. Irá a la Harrow School y a la Universidad de Cambridge, y eso te lo garantizo. Luego, cuando tenga una buena educación, los de mi familia le instruirán en nuestros asuntos -su cara se envolvió con una gran sonrisa, una sonrisa que Sal Hodges nunca había visto en él-. Será mi heredero, Sal. Piensa en ello, el heredero del Imperio criminal de Europa.

La levantó en brazos y comenzó a dar vueltas con ella como un joven sentimental.

– Esto, Sal, es la fundación de una dinastía y me hace muy feliz. Esto se llenará de niños gateando con Bridget y contigo. Esperemos que Harry Alien tenga más cuidado con la joven Polly.

– ¿Y si es una niña, James?

– Tonterías. Lo prohíbo. Procura que sea un chico, Sal, de lo contrario os rechazaré a las dos. ¿Cuándo realicé este maravilloso acontecimiento?

– Según mi calendario, sucedió en nuestra primera noche aquí, en Londres.

– El mejor momento. Aliméntalo bien, Sal -y puso su mano suavemente en el estómago de ella-. Llevas dentro de ti mi esperanza para el futuro.

Sal sabía que era mejor no discutir o intentar que el Profesor pensara de una forma más realista. Si era una niña, ya saltaría el obstáculo a su debido tiempo. James Moriarty estaba demasiado metido en sus complots y planes de venganza para escuchar otros argumentos; y si la posibilidad de un hijo le daba mayor poder de concentración, ella se sentía satisfecha. Aceptando la situación, -Sally Hodges bajó a la cocina a dar la noticia a Bridges Spear, que le sirvió de gran consuelo.

El propio Bert Spear estaba resultando ser un excepcional Jefe de Personal y Moriarty no tenía necesidad de molestarle con asuntos familiares. El pago venía de forma regular y cada vez a un mayor ritmo. Las joyas del robo de Cornhill estaban ahora -todas excepto una pieza- en manos de peristas de Holanda y Alemania, la recompensa de la estafa llenaba los cofres. También Spear, con la ayuda de los hermanos Jacobs, estaba capacitado para manejar temas de disciplina y tomar decisiones relacionadas con los robos y asaltos que otros malhechores le sugerían.

Cada semana, Harkness conducía a Moriarty a Bermondsey para ver a Schleifstein. El alemán estaba siendo razonable y aceptaba la derrota, no sólo de forma psicológica, sino también de una manera que le dejaba sitio para futuros planes. Moriarty había probado que era el líder y él lo aceptó y ahora se comprometía, junto con los que le seguían, a cooperar en el gran plan del Profesor.

Moriarty, sin embargo, renunció a mostrar ningún síntoma de debilidad, insistiendo en que Schleifstein y su lugarteniente debían permanecer cerca de este lugar de Bermondsey. Le permitió -a modo de concesión- que enviara algunos telegramas a Berlín, para que el alemán pudiera tener a su gente controlada. Hablarían todas las semanas y Moriarty le prometió la compañía de Jean Grisombre dentro de poco, explicándole exactamente qué estaba haciendo para meter de nuevo al líder francés en el redil.

– Muy inteligente, Profesor -Schleifstein se rió a carcajadas cuando le reveló todo el complot-. Su cara. Me gustaría ver su cara cuando le dé las noticias. Pero ¿qué carta tiene guardada en la manga para nuestro amigo italiano?

– ¿Para Luigi, o Gee-Gee, como ellos le llaman? Tengo un plan para golpearle en su talón de Aquiles en todo momento. Todos los hombres tienen sus puntos débiles, Willy. Todos los hombres. Y quizá Sanzionare tiene más que la mayoría.

– ¿Cuáles?

– Su avaricia es mucho más acusada que en la mayoría de nosotros. Como a Grisombre, le encantan las joyas bellas. También le encantan las mujeres en las que poder colgarlas. Y de todas sus mujeres, la que más Adela Asconta. Una dama celosa. Sanzionares es, como muchos de su raza, un hombre supersticioso. La iglesia latina ha explotado las características naturales de los italianos y españoles. ¿Creerías que Gee-Gee Sanzionare, un criminal despiadado, todavía cumple con sus obligaciones con la Madre Iglesia con la misma piedad que un inocente? Las cláusulas de excepción de su religión están escritas con esa sutileza que normalmente sólo está reservada para los inteligentes estafadores de la ley. Pero utilizando todos estos elementos, le traeré de nuevo a la gran familia europea del crimen. Un cebo es lo que tengo preparado para Sanzionare.

– ¿Y dice que todos tenemos debilidades, Profesor? -Schleifstein adoptó una suave mirada de inocencia, una de sus expresiones favoritas con las que solía hacer caer en el lazo a sus víctimas.

La cabeza de Moriarty osciló ligeramente.

– No me atraparás con preguntas, Willy. Para conquistar en nuestro precario oficio tenemos que ser conscientes de nuestro propio punto débil; nuestros principales pecados. Yo conozco el mío y, por tanto, lo protejo.

En el camino de vuelta hacia Albert Square, Moriarty reflexionó sobre su.actual debilidad -ese gran deseo de querer dominar a todos los líderes del crimen europeo y ver a Crow y a Holmes caer en desgracia-. Los deseos le abrumaban, a veces de una forma tan exagerada que se sentía como cuando un hombre se está ahogando e intenta alcanzar una tabla donde asirse. Saber eso no siempre era suficiente.

De igual forma que el tributo y la mayor tajada de los robos, pequeños y grandes, las demás mercancías comerciales llegaban con regularidad a Albert Street: la información, entresacada casi entre los guijarros de las calles, entre el maderaje de los cuatro bares de cerveza y del rancio goteo del canalón. Esa gran red de informadores, que habían estado en su cénit antes de que Moriarty les forzara al exilio, fueron una vez más preparados y reclutados para que las noticias llegaran en suaves susurros, primero a Bert Spear y luego al mismo Profesor. A finales de enero, por ejemplo, hubo noticias de que Grisombre había pasado dos días en Londres y había regresado a Francia con una particular compañía, el excéntrico pintor de retratos Reginald Leftly, un hombre bajo y con abundante barba. El corazón de Moriarty latió de alegría con estas noticias, ya que significaban que el complot estaba eclosionando como los huevos debajo de una buena gallina. Siempre era así. Uno sólo tenía que hacer sugerencias, colocar a la gente en yuxtaposición y la naturaleza humana, con sus flaquezas, deseos, lujuria y caprichos, haría el resto.

A principios de febrero, Sal Hodges apareció con más noticias, las cuales provocaron en el Profesor un estado de diabólica alegría.

– Nuestra bella dama en la casa de Crow nos ha informado -le dijo ella, casi con indiferencia, cuando se estaban desnudando para irse a la cama.

– En efecto -hizo una pausa, con una mano en los botones de su chaleco.

– Las noticias no pueden ser mejores -Sal comenzó a reírse entre dientes-. El hombre está totalmente encaprichado con ella. Dice que apenas puede alejar las manos de su corpiño, aunque su mujer esté cerca.

– Un prisionero de la lascivia -el Profesor se unió a la risa-. Un hombre en ese estado no tiene conciencia. Muchos hombres han sido derribados por un par de bellos ojos, un suave busto y el dulce aliento del deseo carnal.

Sal, desabrochándose con coquetería la bata, le miró con los párpados medio cerrados.

– ¿Tampoco tú tienes conciencia, James? Me gustaría saber qué piensas sobre eso. Vamos, antes de que esté demasiado hinchada con tu cachorro, muéstrame eso del dulce aliento.

En medio de todas las idas y venidas, el Profesor encontró tiempo para pasar algunas horas tranquilas con sus cartas. También seguía una fuerte disciplina consigo mismo -probablemente más que en otros momentos de su vida- para trabajar con sus disfraces. Algunos eran fáciles, sobre todo la transformación, que ahora podía realizar en cuestión de minutos, que le convertía en la viva imagen de su flaco y ascético hermano académico, calvo y de ojos hundidos. Pero todas las noches trabajaba en lo que iba a ser su mejor imitación. Delante del espejo, tras las puertas de su dormitorio cerradas con llave, Moriarty empleó sus artes, alterando su cuerpo y fisonomía para convertirse en un hombre bien conocido en todas las esferas de la vida, reconocido igualmente por ricos y pobres y famoso en todo el mundo. Hacia finales de febrero había conseguido una semejanza asombrosa.

El 7 de marzo, un día antes de lo que le había dado a entender a Jean Grisombre, el americano Jarvis Morningdale, junto a su secretario, llegó con un gran equipaje al Hotel Grosvenor. No le esperaba ningún mensaje, aunque en esa primera noche como huésped recibió al menos tres visitas.

Al día siguiente, 8 de marzo, llegó un telegrama de París. Lo llevaron en mano a la suite de Morningdale a las diez de la mañana, justo cuando el americano estaba desayunando. El mensaje decía: La dama está deseando verle. Y estaba firmado, Gorges. Media hora después de que llegara el telegrama, el secretario de Morningdale salió del hotel. Si alguien le hubiera seguido habría visto que llamaba a un coche en la esquina entre Victoria Street y Buckingham Palace Road, y se ponía en camino en dirección a Notting Hill. Finalmente, el secretario llegó a Albert Square y entró en el número cinco. Permaneció en la casa unas dos horas, saliendo para volver a reunirse con su jefe en Grosvenor. Esta vez, llevaba una larga maleta plana.

Durante este tiempo Morningdale había bajado al vestíbulo principal del hotel. Estaba, se lo dijo al empleado del mostrador, esperando a un tratante de arte de París. Posiblemente compraría algunas pinturas y deseaba que el hotel le proporcionara y enviara a su suite un par de caballetes.

Por la tarde enviaron a las habitaciones los caballetes y el mismo Morningdale supervisó su montaje a ambos lados del salón.

Por la tarde, el director del Hotel Grosvenor, en su despacho privado de arriba, echó un vistazo a la lista de los invitados actuales. El nombre de Jarvis Morningdale le llamó la atención. Era un nombre que había visto recientemente: no sólo cuando el secretario de Morningdale había reservado el alojamiento. Había visto el nombre en alguna circular de la policía. El director se quedó preocupado por ese nombre durante el resto de la tarde.

Un poco después de las cinco, tres hombres preguntaron por el señor Morningdale en el mostrador de recepción. El empleado les preguntó si el señor Morningdale les estaba esperando y ellos le aseguraron que así era.

– ¡Oh, usted debe ser el caballero de París! -dijo el recepcionista con una aduladora sonrisa.

El hombre más grande -con una amenazadora figura y una dentada cicatriz que bajaba por una de sus mejillas y dividía la comisura de su boca- le devolvió la sonrisa.

– No -dijo-. Nosotros somos de la Agencia de Detectives Donrum. El señor Morningdale espera ver algo más que valiosas pinturas en este hotel en algún momento de esta semana. Nosotros hemos sido contratados para que ciertas obras de arte no sufran daños. Le interesa a usted tanto como a él.

El empleado estuvo de acuerdo en que así era y envió a un muchacho para que mostrara a Albert Spear y a los hermanos Jacobs la suite que Jarvis Morningdale ocupaba.

Cuando se estaba preparando para bajar a cenar, el director del Hotel Grosvenor repentinamente recordó donde había visto el nombre de Jarvis Morningdale. Corrió a su oficina, abrió su escritorio cerrado con llave y comenzó a hojear los ficheros de correspondencia. Unos minutos después tenía una carta en sus manos. Era un documento oficial con el sello de la Policía Metropolitana en la parte superior y un encabezamiento impreso de las oficinas de policía de New Scotland Yard.

Esta carta -leyó-, va dirigida a todos los hoteles de la metrópoli. No se refiere a un crimen específico, ni a un criminal específico. Estamos, sin embargo, muy ansiosos por hablar con un caballero americano, un tal señor Jarvis Morningdale. Si, por tanto, el señor Morningdale reserva alojamiento en su hotel, o se presenta personalmente con objeto de ser su huésped, les rogamos que contacten inmediatamente y en persona con el Inspector Angus McCready Crow del Departamento de Investigación Criminal de New Scotland Yard. Si hacen esto evitarán gran cantidad de problemas al señor Morningdale y a ustedes mismos. La carta estaba firmada por el propio Inspector Crow y con fecha de principios de febrero, y el director nunca sabría cómo se le podía haber ido de la cabeza. Inmediatamente telefoneó a las oficinas de la policía, donde le dijeron que el Inspector Crow ya había salido y no volvería hasta la mañana siguiente. El director supuso que todo iría bien si lo dejaba hasta entonces, aunque tuvo la ligera sospecha de que debía haber preguntado la dirección privada del inspector. Sin embargo, aunque lo hubiera hecho, habría sido en vano. Sylvia Crow estaba sola en King Street esa noche. Su marido, estaba segura, estaría trabajando hasta bastante tarde y era la noche libre de Harriet.

El Hotel Grosvenor lindaba directamente con el lateral de la estación Victoria y tenía su entrada principal en la transitada Victoria Street, llena de tráfico, desde cabriolés y carros pesados hasta los numerosos omnibuses amarillos y verdes, que iban y venían constantemente a la estación desde primera hora de la mañana hasta media noche.

Como hotel, el Grosvenor era quizá el más conocido entre los dirigidos en asociación con las compañías de ferrocarril y, por tanto, estaba orgulloso de su servicio y cocina.

Durante la noche del 8 de marzo de 1897, el Grosvenor estaba vigilado desde casi todos los ángulos. Hombres y mujeres bien vestidos, escondidos y al acecho, se turnaban para patrullar Buckingham Palace Road, desde donde se observaba la mayor parte del hotel, mientras que un pequeño grupo de hombres disfrazados, que se hacían pasar por mendigos, mozos de estación o viajeros, vigilaban la entrada del hotel y las distintas zonas de aproximación desde la estación de trenes. Moriarty había escogido el lugar de reunión suponiendo que Grisombre desearía entregar las pinturas lo antes posible en cuanto llegara a Inglaterra, y la estación Victoria era la estación terminal principal para las líneas de ferrocarril de Londres, Chatham y Dover. Grisombre acababa de bajar del tren y se dirigía hacia el hotel para deshacerse del tesoro, a cambio de una inmensa fortuna ofrecida por Jarvis Morningdale.

Moriarty también fue prudente al sugerir que estaría a su disposición en el hotel a partir de las ocho durante todos los días del plazo fijado, ya que uno de los trenes costeros que conectaban con el paquebote que cruzaba el Canal llegaba todas las noches un poco antes de las ocho.

El Profesor también tuvo en cuenta que Grisombre, hambriento por la recompensa, dejaría pasar poco tiempo desde su llegada. En realidad, le esperaba la primera noche. Y no se equivocó con esta suposición; cuando el tren de Dover llegó, uno de los informadores que llevaba un uniforme de mozo de estación fue quien primero se acercó a Grisombre y a su pareja de guardaespaldas y, colocando sus cuatro baúles de viaje en un carro, siguió las instrucciones de llevarlos al Hotel Grosvenor. Ninguno de los franceses se dio cuenta de que el mozo hacía un movimiento afirmativo con su cabeza a un par de chicos que distraídamente miraban cómo llegaba el tren, ni vieron que uno de los chicos se marchó rápidamente del andén e hizo una señal a un grupo de tres hombres y a otro chico -esta vez con un uniforme de la oficina de correos- que paseaba tranquilamente al final del andén. Unos segundos después, este mismo chico del uniforme estaba entregando un telegrama con su sobre amarillo en el mostrador de recepción del Grosvenor. El telegrama pasó a otro mozo del hotel que rápidamente lo llevó al tercer piso, donde se encontraba la suite de Jarvis Morningdale.

El sobre estuvo en las manos de Morningdale antes de que el trío francés hubiera llegado siquiera al mostrador del vestíbulo.

– Ya está aquí, entonces -el Profesor tenía el sobre levantado para que todos pudieran verlo, Harry Alien, Spear y los hermanos Jacobs. Todos estaban reunidos en el salón, donde una puerta daba directamente al pasillo, y las otras dos a los dormitorios ocupados respectivamente por Alien y Moriarty-. Todavía tardarán un momento, pero es mejor estar preparados. Harry trae a la dama.

Harry Alien fue directo a la habitación del Profesor, donde estaba la verdadera Mona Lisa sobre la cama, cubierta con un trapo negro. También sobre la cama se encontraban, como preparadas para alguna fiesta, las ropas que Moriarty utilizaba para disfrazarse de su difunto hermano académico: los pantalones rayados, una camisa y cuello blancos, el largo abrigo negro y los demás adornos. En el suelo estaban las botas con suelas elevadas, mientras que el resto del disfraz se encontraba sobre el tocador.

Sobre el tocador había otras cosas. El arma favorita del Profesor, una pistola automática Borchardt que Schleifstein le había dado hacía tres años, cuando se reunieron en Londres para establecer la alianza. Delante de la pistola había una botella de trementina Winsor & Newton, un cuchillo de hoja plana y un trapo seco.

Harry Alien cogió la pintura, meciéndola en sus manos, apenas permitiendo que sus dedos tocaran la obra, y la llevó al salón, donde el propio Moriarty había ayudado en la colocación del caballete en el lugar más próximo a la puerta de su dormitorio. Después, Alien fue a buscar el trapo negro con el que cubrían el Leonardo, comprobando que colgara bien por la parte posterior para que no hubiera posibilidad de que al tocarlo se pudiera caer.

– Sin duda, se lavarán y prepararán en sus habitaciones -Moriarty se dirigió al cuarteto reunido-. No me cogerán desprevenido. A sus puestos. Esperaremos preparados.

Los cuatro hombres dieron su asentimiento, Bertrán Jacobs y Albert Spear fueron a la habitación de Harry Alien, mientras William Jacobs, con una sonrisa maliciosa, salió de la habitación por la puerta principal.

Fuera, se paró para escuchar cualquier sonido de crujidos o pasos sobre la gruesa alfombra. En el pasillo, a unas quince yardas, había un armario de retama. William Jacobs se dirigió directamente hacia su escondite, se deslizó dentro y tiró de la puerta hasta cerrarla casi sobre él.

Tuvieron que esperar unos cuarenta minutos hasta que Grisombre y su par de estafadores llegaron al tercer piso; uno de los gorilas llevaba una maletín plano. Tuvieron que preguntar en el vestíbulo por el señor Morningdale y, al escuchar su acento francés, el recepcionista les informó de que les estaban esperando. Después de pasar por los trámites necesarios de la reserva en el hotel, Grisombre ordenó que debían deshacerse de las pinturas cuanto antes. No deseaba permanecer en Londres más tiempo del necesario y, aunque tenían habitaciones en el Grosvenor, era clara su intención de coger el tren de la noche a Dover, y estar en París otra vez, como un hombre más rico, a la mañana siguiente.

Harry Alien respondió a la llamada en la puerta y Morningdale se levantó para recibir a sus huéspedes.

– Adelante, caballeros, tengo el presentimiento de que no me harán perder el tiempo.

La puerta se cerró detrás de los visitantes, se dieron la mano, tomaron unas copas de brandy y hubo sonrisas por todas partes. En el exterior, en el pasillo, William Jacobs salió del armario de retama y ocupó su lugar delante de la puerta de la suite de Morningdale.

– Entonces, lo tiene -la mirada de Morningdale parecía no dejar de observar el maletín que la zarpa del guardaespaldas francés agarraba fuertemente.

– Lo tengo -Grisombre hizo un pequeño gesto señalando hacia el maletín-. No hay que alarmarse, puede ser suyo, Monsieur Morningdale, si tiene el dinero.

Morningdale chasqueó impacientemente la lengua.

– El dinero, el dinero, eso no es problema. Está aquí, naturalmente. Pero, permítame verla. Déjeme ver qué es lo que me ha traído.

Grisombre se mostró indeciso.

– Monsieur, esta transacción se ha realizado a cambio, yo…

– El cambio fueron cinco mil libras. Apenas puede llamar a eso un simple cambio. El cuadro.

Su chasquido, él lo sabía, se acercó peligrosamente a su voz normal y a su propia personalidad. Pero pasó desapercibido. Después de otra vacilación, Grisombre asintió con la cabeza hacia el hombre con la maleta, quien la depositó en el suelo, sacó la llave y apareció la pintura, envuelta en terciopelo. Harry Alien se acercó para coger la pieza de madera y colocarla en el caballete vacío que estaba junto a su propio dormitorio.

– Sujétalo -Morningdale caminó en círculo ante la pintura que aún estaba sin desenvolver-. Miraré por detrás antes de colocarla. No soy nada experto, Monsieur Grisombre. Hay ciertas marcas de identidad.

La cara de Grisombre se ensombreció, su ira amenazaba como una tormenta a punto de estallar.

– ¿Está sugiriendo que yo voy contra usted?

– Shush-shush – Morningdale hizo ademanes de apaciguar la situación-. No es necesario enfadarse conmigo, Grisombre. Una simple precaución. Existen marcas en el lado derecho del panel; y otras cosas: grietas específicas, ciertas manchas en la parte posterior derecha; abrasiones alrededor de la boca; marcas en el dedo índice de la mano derecha y, naturalmente, esa red de grietas por toda la pintura. Parece un informe médico, ¿verdad? Existen, como usted ve, en la parte posterior derecha del panel -la pintura estaba ahora desenvuelta y las marcas se veían claramente-. Colócalo ya en el caballete, Harry.

Harry Alien cogió el panel de madera que sostenía el guardaespaldas y comenzó a colocarlo en el caballete. Como si se diera cuenta por primera vez, Grisombre gesticuló señalando el otro caballete.

– ¿Y eso qué es?

– Un simple pintarrajo -Morningdale levantó las cejas-. Un tratante está intentando hacerlo pasar por un desconocido Rembrandt. Se lo mostraré más tarde. ¡Ah! -retrocedió para admirar a la Mona Lisa, que ya estaba en su lugar-. ¿No es hermosa? El misterio. Lo conocido aún sin conocer. La atemporalidad. Una tangible unión con el verdadero genio.

Era, sin duda, la copia que Lambrosse había hecho para él, y Moriarty se preguntaba cómo sería la reproducción de Leftly. Esperaba que fuera de similar categoría. Fuera como fuera, sonrió para sus adentros, el Louvre nunca permitiría que se supiera que ése no era el original, aunque lo descubrieran. Se acercó a la pintura, como para examinar hasta el más mínimo detalle.

– ¿Quién hizo la copia? -preguntó, casi hablando consigo mismo.

– Quien sugirió. Reginald Leftly -Grisombre estaba muy cerca.

– ¿Es buena?

– Son como dos gotas de agua.

– Y Leftly, ¿no se irá de juerga y contará la verdad en algún bar?

– El señor Leftly -dijo Grisombre suavemente- permanecerá en silencio como una tumba.

Morningdale hizo un movimiento afirmativo.

– ¿Por qué iba a compartir la comisión, eh?

– ¿Qué me dice del dinero?

– Un momento. ¿Cómo se… realizó el cambio?

– Como le dije, fue fácil. Por desgracia, ocurrió un pequeño accidente en una de las ventanas. Un cristalero tuvo que ir a arreglarlo, en el Salón Carré. Después de que cerraran el museo. El hombre estuvo trabajando allí.

– Ya veo.

– Muy triste lo que sucedió luego, señor Morningdale, muy triste. Al día siguiente estaba muerto. Un accidente cuando se dirigía a trabajar. Un caballo desbocado. Muy triste. Y ahora, ¿qué hay del dinero?

– Ha hecho un excelente trabajo -Morningdale le miró directamente a los ojos. Esta proposición había costado tres vidas-. Excelente. Sí, es hora de pagarle, Monsieur Grisombre. Caballeros, si no les importa esperar unos momentos. Mi secretario les ofrecerá otra copa. Siéntense, mis queridos amigos -se dio la vuelta y caminó lentamente hacia su dormitorio.

Tardó seis minutos y algunos segundos. Cuando regresó fue como el Profesor James Moriarty, el que fue matemático hace algún tiempo, autor del Tratado sobre el Teorema Binomial y la Dinámica de un Asteroide. Los tres franceses estaban alineados sobre el sofá entre los dos caballetes, y Harry Alien permanecía de pie junto a la puerta de Moriarty. Cuando el Profesor entró, Harry Alien sacó la mano de su chaqueta con una pistola. La puerta del otro dormitorio se abrió y Spear y Bertram Jacobs entraron rápidamente en la habitación, con sus revólveres apuntando fijamente al trío francés, mientras, en ese mismo momento, se abrió la puerta principal y apareció William Jacobs igualmente armado.

Grisombre y sus compañeros se movieron un poco, sus manos intentaron alcanzar las armas ocultas, luego se quedaron inmóviles al sentir en el aire el peligro potencial de la situación.

– ¡Qué agradable verle de nuevo, Jean! -la voz de Moriarty era casi un susurro, su cabeza tenía esa familiar oscilación reptiliana-. El señor Jarvis Morningdale le envía sus saludos, pero le resulta imposible ayudarle durante más tiempo.

Parecía que Grisombre había perdido la voz. La pareja de guardaespaldas miraban ceñudos y Bert Spear se acercó hacia ellos para quitarles las armas que llevaban encima.

– Realmente tengo que felicitarle, monsieur Grisombre -Moriarty habló con su acento de Jarvis Morningdale-. Es hora de pagarle.

– Sabía que había algo. Sabía que le había visto antes -el gruñido de Grisombre salió como de la parte posterior de su garganta-. Esa primera noche en La Maison Vide.

– ¡Qué pena que no me identificara entonces, Jean! Pero, cálmese, amigo mío. No soy un hombre rencoroso. Conozco su valor para mi gran estrategia. ¿Recuerda eso? ¿Nuestro plan de unión para Europa? La alianza conmigo a la cabeza. No sufrirá ningún daño. Sólo deseaba hacerle saber quién es superior.

Grisombre hizo un ruido de disgusto.

– Yo robé La Joconda para usted, ¿no es así? Sin dejar ninguna pista a la policía.

Moriarty le miró fijamente y de modo burlón.

– Me temo que en eso está equivocado, amigo mío. Es sólo en ese punto donde yo apoyo mi caso. Harry -su cabeza se inclinó hacia la puerta del dormitorio.

Harry Alien se dio la vuelta y entró en la habitación, volviendo a aparecer casi inmediatamente con una botella de trementina, la paleta y el trapo.

Moriarty, que tenía agarrada su automática Borchardt, la pasó a su cinturón y cogió los materiales que le ofrecía Alien.

– Sólo mire, Jean. Observe y aprenda.

Fue hacia la pintura que los franceses habían traído y procedió a empapar el trapo con trementina. Devolviendo la botella a Alien, Moriarty comenzó a frotar con fuerza en la esquina inferior derecha de la Mona Lisa. Uno de los guardaespaldas franceses ahogó un grito. Grisombre respondió con una afilada blasfemia.

– Moriarty. El Leonardo, lo destruirá… -pero una punzada en los riñones con el revólver de Spear le impidió continuar.

– ¿Cree que no sé lo que estoy haciendo?

El Profesor había cogido la botella otra vez para añadir más trementina al paño. La pintura estaba comenzando a ablandarse bajo su presión y ahora se ayudaba con unos pequeños golpes con la paleta. La zona oscura debajo del brazo izquierdo de la Mona Lisa estaba desprendiéndose con bastante rapidez.

– Ahí.

Moriarty se movió hacia atrás. Debajo de la pintura podía verse con toda claridad una palabra grabada en el panel de álamo, moriarty.

Grisombre miraba completamente paralizado, dirigiendo su mirada hacia el Profesor y, un segundo después, hacia el nombre grabado bajo la gran pintura que él mismo había dispuesto que se robara del Louvre.

– No puede… -empezó a decir.

Moriarty, con gran teatralidad, se volvió y señaló dramáticamente la pintura despojada.

– Ésta es la pintura que me trajo de Francia Grisombre. La pintura que estaba colgada en el Salón Carré. La que yo reemplacé por una copia. Ya ve, amigo, yo ya me había ocupado de la dama, mucho antes de que le encargara el robo -dos pasos y se colocó junto al caballete cubierto con un paño negro-. Ha robado un trozo de madera y óleo sin valor, Grisombre. El verdadero Leonardo ya estaba aquí -y con estilo, quitó el paño para revelar la obra maestra de Leonardo da Vinci.

La cara de Grisombre era una mezcla de asombro y temor.

– Tengo que admitir que mi farsa ha sido un poco dramática -Moriarty soltó una risa sofocada-. Pero creo que muestra bien mi poder y prueba mi argumento. Seguramente estará de acuerdo en que soy yo quien debe dirigir la alianza de nuestra gente en el continente europeo.

Lentamente, Grisombre se levantó, caminando como un hombre que se recobra de una grave enfermedad, dirigiéndose primero hacia la verdadera Mona Lisa y luego hacia la que él había traído de París. Los dos guardaespaldas permanecieron sentados, con los revólveres apuntándoles. William Jacobs se había acercado también, permaneciendo junto a Grisombre.

– ¿Qué hará ahora? -preguntó el francés.

– Me ha traicionado, amigo. Como los demás, ha rechazado mi liderazgo en una sociedad con un enorme potencial para el saqueo desconocido desde los tiempos de Atila el Huno. ¿Qué cree que debo hacer?

– No me quedaré quieto y dejaré que me mate como a un perro -gritó Grisombre, levantando su mano derecha y agarrando el caballete que sostenía la falsa Mona Lisa. Después lo giró alrededor de él formando un círculo completo y dispersó a los hombres de Moriarty, que perdieron el equilibrio por el repentino movimiento, debido a la rápida y enorme fuerza con que el francés estaba balanceando el marco de madera. Cuando dio un círculo completo, Grisombre dejó el caballete, gritó a sus guardaespaldas, y se abalanzó hacia la puerta mientras Moriarty gritaba.

– Grisombre, estás loco, para. No quiero hacerte daño. Grisombre.

Pero él ya se había marchado, corriendo atropelladamente por el pasillo.

Uno de los guardaespaldas intentó seguirle, pero William Jacobs, recuperándose rápidamente del impulso que le había hecho caer al suelo, obstaculizó su camino, amartilló su revólver y apuntó una pulgada por encima de la cabeza del hombre.

– Bertram. William -dijo con brusquedad el Profesor-. Id tras él. No disparéis. La menor violencia posible. Cogedle. Si no es aquí, entonces a Bermondsey.

Tenía su Borchardt fuera, apuntando al par de franceses, mientras los hermanos Jacobs, ocultando sus revólveres, salieron precipitadamente de la habitación para la persecución.

Spear volvió hacia la puerta y la cerró de una patada, mientras Harry Alien comenzaba a limpiar. Las maletas se volvieron a llenar con precipitación, se eliminaron todas las huellas de las habitaciones y se escondieron las pinturas, mientras Moriarty volvía a su disfraz de Morningdale.

Al cabo de veinte minutos había recogido el equipaje de las habitaciones de los franceses y Spear, con Harry Alien como acompañante, salió del hotel con los guardaespaldas de Grisombre. Un poco más tarde, Moriarty bajó y pagó todas las facturas. En ese momento ya se había avisado a Harkness para alejar al Profesor, sin dejar ninguna pista, excepto para la invisible presencia de los informadores que rodeaban el hotel. Ellos todavía seguían allí cuando llegó la policía.

Grisombre llegó al final de la escalera y aminoró la marcha. Se pasó la mano por el pelo y arregló sus ropas para deambular tranquilamente por el vestíbulo sin llamar la atención. Quizá podría encontrar algún tipo de protección en la estación de ferrocarril. Probablemente ocultarse hasta que saliera el próximo tren a Dover, y cogerlo en el último momento. En su mente, la lógica le dijo que no confiara en Moriarty. Si él estuviera en lugar del Profesor, no tendría compasión de alguien que le hubiera traicionado en un momento de necesidad. ¿Por qué iba a ser el Profesor diferente?

Cuando llegó a las puertas del hotel, miró hacia atrás y vio dos corpulentas figuras que bajaban corriendo por las escaleras. No se molestaron en los detalles, no disminuyeron su paso ni intentaron dar una impresión de normalidad. Cruzaron el vestíbulo hacia él como sabuesos persiguiendo a un zorro.

Con pánico en todo su cuerpo, Grisombre empujó las puertas y salió al exterior, al frío aire nocturno. Indeciso, corrió por el patio que separaba el hotel y la estación de Victoria Street, luego, con mucha precaución, se metió entre el tráfico para llegar a la acera de enfrente.

La calle era un burbujeante y ruidoso río de confusión humana. En las aceras, la gente regresaba de sus trabajos, algunos paseaban, disfrutando de la barahúnda, otros, con caras inexpresivas, se dirigían rápidamente a sus últimas citas, aburridas cenas, citas que no esperarían y podrían cambiar el curso de las historias personales, trenes que tenían que coger, mensajes que llevar, horas que tenían que ocuparse con una manifestación externa de actividad, esposas mirando el reloj, empresarios satisfechos, conciencias que se tenían que apaciguar. Había parejas charlando, conmovedores amantes paseando, silenciosos matrimonios, mendigos pidiendo, pillos y tramposos, borrachos y abstemios, chicos que gritaban para vender sus periódicos y admirados visitantes.

En la calzada, el tráfico pasaba lentamente bajo la brillante iluminación de las farolas de gas: las parpadeantes lámparas de los cabriolés, las paradas totalmente iluminadas de los omnibuses, cada uno pintado con su particular y vivo color -el piso superior abierto para que los pasajeros tuvieran vistas panorámicas-, los anuncios en movimiento lanzando sus mensajes en blancos, rojos, verdes y amarillos: Sanitas Disinfectant, non-poisonous and fragant; Tomato Soup 57 Heinz varieties Baked Beans, los largos carteles debajo del pretil superior pidiendo que utilicen Okley's Knife Polish, Fry's Cocoa, Pears' Soap.

Grisombre intentó llamar a un cabriolé que pasaba, pero el conductor le gritó: «Me largo a cenar, jefe», así que se dio la vuelta e intentó avanzar entre la muchedumbre de las aceras y, quizá, retirarse por alguna calle lateral. Echó un vistazo a la estación y el hotel, no muy lejos en esa misma calle, y estaba seguro de que los hombres de Moriarty estaban en algún lugar entre el tráfico.

Estaba a punto de marcharse cuando uno de los omnibuses verdes Favourite aminoró. Los peldaños abiertos y en curva que se dirigían hacia el piso superior parecían ser una invitación tan atrevida como su modesto cartel anunciador de Ogden's «Guinea Gold» Cigarettes.

– ¿Dónde va, compañero? -le gritó el conductor cuando entró.

– A cualquier parte donde vaya -Grisombre apenas pudo balbucir.

– ¿Todo el trayecto, compañero? Seguro. Hornsey Rise, seis peniques.

Grisombre no tenía ni idea del valor real del dinero inglés y tenía muy poco en su bolsillo, así que puso un florín en la mano del hombre, cogió el cambio y su billete y subió las escaleras, prestando poca atención a lo que le decía el conductor.

– Vaya con cuidado. Agárrese fuerte.

En el piso de arriba, al aire libre, el autobús parecía balancearse y se vio obligado a agarrarse a los respaldos de los asientos mientras caminaba por el estrecho pasillo hacia la parte delantera, donde había un sitio doble vacío a la derecha. Mientras hacía su corto y precario viaje, pudo oír una conmoción abajo, en la plataforma: el sonido de una particular voz flotando en el aire. Los hombres de Moriarty estaban sin duda en el vehículo.

Ellos le esperarían abajo. Eso era todo lo que tenían que hacer: permanecer en la plataforma con el conductor o sentarse en el interior. Finalmente, Grisombre tendría que bajar y, cuando lo hiciera, estarían esperándole allí.

El ómnibus iba ahora un poco más rápido, el conductor abriéndose paso con sus caballos entre el tráfico, de forma que las ruedas iban casi rozando con los cabriolés, las carretas, los carros pesados y los omnibuses que se movían en dirección contraria, de vuelta hacia la estación. Pasaron dos omnibuses a un par de pies de distancia y los conductores, desde abajo, se saludaban o insultaban a gritos.

Grisombre miró hacia delante. Hacia ellos venía otro ómnibus, uno amarillo, Camden, con el piso superior medio lleno, los ocupantes embozados y abrochados para protegerse contra el frío aire de la noche, hablando y señalando, riéndose, y una pareja ajena a todo, excepto a ellos mismos.

Los omnibuses ahora se encontraban casi al mismo nivel. No podía vacilar por más tiempo. Los asientos de la parte trasera estaban vacíos y, cuando se encontraban de frente, Grisombre se levantó, se agarró al pretil y saltó aproximadamente un pie entre los dos vehículos, cayendo sobre la barandilla del Camden, con los pies en uno de los asientos; fue consciente del chillido de una mujer que viajaba cerca y el gruñido de protesta de su compañero.

Deslizándose en el asiento, miró hacia atrás. Uno de sus perseguidores le había visto y saltó de la plataforma del Favourite, corriendo y esquivando el tráfico para dirigirse al ómnibus en que él había aterrizado.

– Ya está bien. No quiero bromas en mi ómnibus -el conductor estaba asomando la cabeza por las escaleras, sólo a unos pies de distancia-. Eh, muchacho, deberías comportarte mejor a tu edad. Te harás daño tú solo. La semana pasada casi se mata un muchacho por jugar al ratón y al gato. Se está convirtiendo en una moda. Venga, estate quieto antes de que llame a la poli.

El hombre de Moriarty estaba detrás del conductor, en las escaleras, diciéndole algo. El conductor mostró sorpresa, luego deferencia, y comenzó a aminorar para que el enorme sujeto pudiera subir las escaleras.

Grisombre miraba a su alrededor frenéticamente. Otro ómnibus verde -el Harverstock-Hill- estaba casi al lado, el piso superior vacío, pero el hueco entre los dos omnibuses era ancho, de casi tres pies.

El hombre de las escaleras estaba llegando arriba. Grisombre se volvió hacia el hueco que quedaba entre los dos vehículos que se movían en direcciones opuestas. Podía ver el otro cartel que anunciaba la eficacia de Grape Nuts. Se agarró al pretil, colocando un pie encima para darse el impulso necesario, y se lanzó hacia el otro bus.

Se dio cuenta de que su salto no había sido bueno, ya que parecía que los dos omnibuses se separaban, se distanciaban uno de otro mientras saltaba, asiéndose con sus manos como si fueran ganchos.

Sus dedos engancharon momentáneamente el pretil del Harverstock-Hill, luego se escurrieron. Vio el anuncio -la N de Nuts en su nariz y en sus ojos- durante una fracción de segundo, antes de que cayera entre las fustas de un cabriolé que caminaba entre los omnibuses. Hubo gritos, sonido de cascos, otros ruidos. Luego oscuridad.

Crow regresó a King Street un poco antes de las once y encontró a Sylvia con una cara inexpresiva y un duro semblante parecido al de las gárgolas que habían visto en la catedral de Notre Dame en París durante su luna de miel.

– Angus, han estado aquí, buscándote. De Scotland Yard -su inflexión era más de lo que se hubiera esperado de una gárgola.

– ¿Sí?, querida -la cabeza de Crow daba vueltas, esforzándose por dar las respuestas correctas a las preguntas que todavía no se habían pronunciado.

– Dijeron que tú no estabas trabajando anoche. ¿Puedes explicarme eso?

– No -dijo Crow con firmeza-. Hay algunas cosas relacionadas con el trabajo que no tengo que explicar. De ninguna manera te aburriría con el recital de esas extrañas cosas que un detective está obligado a hacer para ganar su sueldo.

– ¿De verdad? -era evidente que ella no le acababa de creer.

– ¿Y qué es lo que querían los de la oficina de policía, querida?

– Dijeron que debías ir cuanto antes al Hotel Grosvenor… algo sobre un tal Morningdale.

Crow ya estaba volviendo a coger el sombrero que acababa de quitarse.

– ¿Jarvis Morningdale?

– Eso parece.

– ¡Por fín! -exclamó, con una mano en la puerta de la calle.

– Estuvo allí antes, según parece. También ha habido una especie de refriega cerca de Victoria Street. En cualquier caso, se requiere tu presencia con urgencia.

– No me esperes, Sylvia. Esto puede llevar su tiempo.

En la esquina se chocó con Harriet, que regresaba de su noche libre. Crow levantó su sombrero para saludar a la chica, su corazón palpitaba alegremente y su estómago se revolvía con su sonrisa, que era tan cálida como la que ella le había ofrecido una hora antes cuando se separaron.

El paso de Crow era ligero, casi danzaba sobre el reluciente pavimento, en busca de un cabriolé que le llevara a Grosvenor. El mundo, le parecía, le sonreía. Crow creía que por fin había encontrado en Harriet la respuesta a todos sus secretos pensamientos y ocultas ansias. Porque ella, una simple jovenzuela, le hacía sentirse como un joven muchacho otra vez, un aturdido muchacho lleno de sentimiento. Hasta el hollín de la ciudad olía como el aromático brezo de su juventud. Al tocarla sentía un delirio, y tenerla cerca, en sus brazos, era como estar en el paraíso.

En el Grosvenor decayó su estado de ánimo. Morningdale había estado allí, pero se había marchado. Un grupo de franceses también había estado allí. También se habían ido. El personal contaba confusas e insustanciales historias sobre uno de los franceses, que había salido precipitadamente perseguido por dos detectives consultores de la Agencia Donrum.

También le informaron de una historia que contó uno de los policías que hacía la ronda. Un asunto ridículo, un extranjero perseguido entre el tráfico, saltando desde el piso superior de un ómnibus a otro, que finalmente cayó entre las fustas de un cabriolé y fue recogido en estado inconsciente.

– Sus dos amigos dijeron que lo llevarían al hospital, señor -le dijo el policía-. En realidad, todo era muy extraño y yo tardé algo en cortar el tráfico. Debía ir un poco bebido, creo. Supongo que no será nada grave, pero les dije que llamaría al Western Dispensary en cuanto pudiera.

Crow habría apostado cien soberanos a que no había ni rastro del caballero extranjero lesionado, ni de sus amigos, en el Western Dispensary. Ni en ningún otro hospital. Se sentó en el despacho del director de Grosvenor e intentó ir atando cabos sobre lo que podía estar relacionado con la visita de Jarvis Morningdale al hotel, la presencia de los ficticios empleados de la igualmente ficticia Agencia de Detectives Donrum, y el trío de visitantes franceses. Al cabo de una hora estaba convencido de que otra vez había perdido a James Moriarty. Una negra desesperación se posó sobre Angus McCready Crow mientras volvía a King Street. Era una desesperación que sólo podría desaparecer, él lo sabía, con los delicados servicios de Harriet.

Grisombre se dio cuenta de que continuaba vivo por el dolor de cabeza, el dolor a lo largo del brazo y las voces que venían de las borrosas figuras que le rodeaban. Parecía recordar que había viajado de forma poco confortable en una especie de coche. También tenía una viva imagen del lateral del ómnibus, el espantado bufido de los caballos y esa terrible sensación de caída.

Su vista se fue aclarando y comenzó a luchar. James Moriarty estaba inclinado sobre él y al fondo estaban los demás. Entre ellos, Wilhelm Schleifstein.

– Está seguro, Grisombre -le arrulló Moriarty-. Fue una tontería por su parte salir corriendo. Nadie desea hacerle daño.

Él seguía debatiéndose, pero tuvo que hundirse en la almohada con gran debilidad.

– Es verdad lo que dice el Profesor, Jean -Schleifstein se acercó-. Tiene un brazo roto, algunos cardenales y sin ninguna duda el orgullo herido. Sé que el mío también lo estuvo cuando el Profesor me condujo a ese divertido baile, pero lo que dice es verdad. Sólo desea probarse a sí mismo que tiene el dominio. Hemos hablado mucho y estoy convencido. La alianza continental entre nosotros debe permanecer, con James Moriarty a la cabeza.

– No se preocupe ahora por esto -hasta Moriarty parecía preocupado-. Aquí está seguro y permanecerá durante algún tiempo, y mis hombres le tratarán bien. Duerma, yo volveré mañana.

Grisombre asintió con la cabeza y cerró los ojos, cayendo en un profundo y curativo sueño durante el cual soñó con los pisos superiores de cien omnibuses que descendían a toda velocidad por una iluminada calle. Todos los pasajeros eran mujeres, sus ojos y caras reflejaban una sonrisa burlona. Las mujeres eran todas idénticas y sabía el nombre de todas. Madonnae Lisas.

Moriarty sacó el diario encuadernado en cuero y abrió las últimas páginas, que contenían notas clave sobre los seis hombres a los que iba dirigida su venganza. Cogió su pluma y dibujó una fina línea diagonal en las páginas que trataban de Grisombre.

LONDRES Y ROMA

Martes 9 de marzo – Lunes 19 de abril de 1987

(Un interludio romano)

– La medida del tiempo es de gran importancia-dijo Moriarty-. Pero Spear se encargará de esa parte del asunto. Lo que yo realmente necesito saber, querida Sal, es si tú piensas que nuestra Tigresa italiana está preparada.

– Está preparada de sobra -parecía que Sal Hodges estaba algo desconcertada, como tímida ante la pregunta del Profesor. Se volvió para mirar su cuerpo medio desnudo en el gran espejo que adornaba la pared del dormitorio-. Estas bragas francesas nuevas, James, ¿excitan tu imaginación?

– Perifollos, Sal, es como escarchar un pastel que ya es lo suficiente bueno en cualquier momento.

– ¿Una mezcla tan buena como Carlotta?

– Más sabrosa. Háblame sobre la preparación de Carlotta.

– Ya lo he hecho. Está mejor preparada que nunca -se acercó donde el Profesor estaba tumbado-. Tus preguntas me dan a entender que estás a punto de marcharte a Roma, James.

Él afirmó en silencio.

– La Semana Santa es el único momento en que todo puede realizarse con seguridad.

– La chica está bien instruida. Sólo hay que preocuparse de que no le enseñes otras cosas mientras está contigo.

– ¿No voy a ser su padre?

– Entonces, no tengo duda de que será un asunto incestuoso.

– Ella no es más que un cebo, Sal, y… hablando de cebos, es el momento de dar otros pasos. ¿Dijiste que Crow está bien enganchado?

– Harriet me dice que no puede vivir sin ella.

– Excelente, suena como si hubiera caído en esa locura en que caen los hombres de su edad.

– ¿Qué es lo que planeas?

– Cuando un hombre tiene un hábito y las circunstancias repentinamente se lo niegan, Sal, el hombre suele hundirse en su propia destrucción. He visto cómo sucede una y otra vez. Crow ha sembrado sus propias semillas. Ahora debe recoger su cosecha. Avisa a Harriet. Debe marcharse ahora, con sigilo, sin una sola palabra, sin explicaciones. Hoy aquí. Mañana ya se ha marchado. Nosotros no tendremos que hacer más, la naturaleza humana lo hará por nosotros.

– Y tú, ¿te marchas a Italia?

– Con dos engaños, el collar de rubíes que resulta tan bello en la garganta de Lady Scobie… la Herencia Scobie, creo que lo llaman así, y nuestra joven y bella señorita Carlotta.

La inesperada partida de Harriet hirió profundamente a Crow. Por la mañana, cuando se marchó a New Scotland Yard, ella estaba allí, con su sonrisa de siempre y su belleza. Hasta le dio su especial contraseña secreta, que les recordaba la bella, aunque ilícita, experiencia que compartían. Cuando regresó por la noche, cansado y pensando en la entrevista que había tenido con el Comisario, se había marchado.

Sylvia no paró de hablar.

– Sólo una nota en la mesa de la cocina, Angus. Una nota clara. Me marcho, firmado H. Barnes. Ninguna explicación. Nada. Me marcho. H. Barnes… ni siquiera sabía que tenía otro nombre. Los sirvientes ya no saben dónde está su sitio… -y así siguió, con el mismo humor, hasta que la cabeza de Crow estuvo a punto de estallar.

No había ninguna nota para él. Ningún mensaje. Ninguna pista. Después de cenar -este inesperado suceso les hizo reunirse… -se sentó en el salón, con su mujer todavía parloteando, y se hundió en tal melancolía que estuvo a punto de llorar.

A la hora de acostarse, todavía fue peor, ya que su mente empezó jugarle malas pasadas, imaginándose grandes fantasías sobre lo que le podía haber sucedido. Era ella, en realidad, lo único que permanecía en la cabeza de Crow, que casi desterraba todo lo demás. Así, cuando el Comisario mandó buscarle la tarde siguiente -por segunda vez en dos días-, el detective se sintió muy presionado para dar una información razonable sobre las actividades del día.

El Comisario no estaba contento.

– Hay tres robos sobre los que no parece que haya hecho muchos progresos -le reprendió, irritable y picante como el curry-. Por no mencionar ese desagradable asunto en Edmonton y el asesinato del viejo Tom Bolton. Ahora es el asunto de Morningdale.

– Morningdale -repitió Crow como si escuchara el nombre por primera vez.

– Mi querido amigo, necesito explicaciones, no repeticiones. Parece que su mente ha estado en otra parte durante estas últimas semanas. Si no hubiera visto su vida privada con mis propios ojos, pensaría que tiene algún trastorno doméstico. O peor aún, que está liado con alguna mujer -hizo que esta última palabra fuera como una terrible serpiente.

Crow se mordió la lengua y tragó con dificultad.

– Ahora, el asunto de Morningdale. Usted, y sólo usted, Crow, ha hecho circular ese nombre y una descripción por los mejores hoteles de Londres, pidiendo que le informaran si ese tipo aparecía como huésped. Ayer me dijo que tenía algo que ver con el antiguo Profesor Moriarty. Todavía no me ha dado ningún detalle.

– Yo… -empezó Crow.

– Ni siquiera su sargento sabía quién era Morningdale, ni para qué se le buscaba. El resultado fue que cuando el director de un hotel informó de su presencia, no había nadie para entrar en acción, y a usted no se le encontró. Esa no es forma de dirigir un cuerpo de detectives, Inspector, deje que lo haga la policía. Ahora, dígame sobre Morningdale.

Crow le habló, de forma falseada, sobre su correspondencia con Chanson y sus sospechas en relación a las extrañas apariciones en el Grosvenor y sus alrededores. Era consciente de que no había dicho toda la verdad.

– Todo es mera suposición, Crow -gruñó el Comisario-. Ni siquiera tiene sentido. Está buscando a un hombre llamado Morningdale porque se le ha visto hablando con un antiguo asociado de Moriarty en París. Ahora aparece en el Grosvenor. También aparecen unos impostores que se hacen pasar por detectives; también, tres franceses. El director intenta buscarle pero no le encuentra. Usted no deja ningún mensaje diciendo dónde encontrarle. Hay una especie de riña en el hotel. Dos de los llamados detectives persiguen a uno de los franceses fuera del hotel. Morningdale se marcha, pagando todas las facturas de modo correcto. El director intenta de nuevo buscarle a usted. Se envía incluso a un oficial a buscarle a su casa y ni su buena esposa sabe que está fuera de servicio. Cuando por fin llega al Grosvenor, los pájaros han volado. No da ningún tipo de explicación sobre lo que cree que estaban tramando y ni siquiera hay evidencia de que se haya incumplido la ley, excepto por una pequeña pelea amistosa en un transporte público: un delito menor como máximo. Ese tipo de cosas se ven en el juzgado todos los días o las soluciona el policía que se encuentra en el lugar. O quizá, ¿no está enterado del peligroso juego del ratón y el gato del joven que corría a toda velocidad por los pisos superiores de los omnibuses? Quizá, Inspector Crow, un período de vuelta al uniforme, enfrentándose otra vez con los problemas de cada día, le familiarizaría más con las dificultades de este cuerpo.

Era una amenaza directa y Crow lo sabía. Lo que el Comisario le estaba diciendo era, en efecto, que hiciera su trabajo adecuadamente o volvería a alguna comisaría de policía divisional a enfrentarse con el papeleo y la rutina, con una gran pérdida en su estatus social por añadidura. Un destino peor que la muerte para el ambicioso Crow.

Incluso sabiendo esto, no podía salir del horrible letargo, soledad e insomne deseo que ahora le poseía. Todos sus pensamientos giraban en torno a Harriet. ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había marchado? ¿Le había causado él algún problema? Durante las semanas siguientes, el trabajo de Crow comenzó a ir hacia abajo de forma alarmante. Su mente no podía asimilar ni las evidencias más simples; tomar decisiones le resultaba más y más difícil; estaba distraído a la hora de dar órdenes; siguió pistas equivocadas en dos ocasiones y una vez hizo un arresto tan injustificado que tuvieron que liberar al hombre con serviles disculpas por parte de todos los que estaban implicados. El problema más mortificante era que no tenía a nadie en quien confiar. Durante la semana anterior a la Semana Santa, era evidente, incluso para Crow en su estado de ánimo, que el hacha iba a caer de un momento a otro. El Comisario se le echaría encima como el proverbio del montón de ladrillos. Pero él seguía añorando a Harriet; soñaba con ella como un adolescente enfermo de amor; suspiraba por ella; no dormía por ella.

Como acto final de desesperación, Crow envió un mensaje a Holmes para tener una entrevista con él, de forma privada, como habían mantenido desde la primavera del 94.

– Querido colega -le saludó Holmes con buen humor-, parece que no se encuentra muy bien. Si no estuviera tan empeñado en mantenerles apartados a usted y a Watson, le pediría al buen doctor que le echara un vistazo. ¿Qué va mal? ¿Ha perdido el apetito, o qué le pasa?

– Peor que eso, señor Holmes -replicó el triste oficial de policía-. Me temo que tengo un gran problema y yo soy el único culpable.

– Ha venido a contármelo todo a mí, entonces -dijo Holmes, sentándose en su silla favorita y encendiendo su pipa-. ¿Una imprudencia, quizá?

Crow contó su afligida historia, sin ocultar nada, incluyendo incluso los embarazosos detalles de su intriga con la gentil Harriet.

Holmes escuchaba con gravedad y, cuando acabó la historia, dio una fuerte chupada a su pipa.

– La historia que me ha contado es tan vieja como el tiempo, Crow. Las mujeres, lo he visto en todas partes, se meten entre el hombre y la claridad de sus pensamientos, yo personalmente he renunciado a su compañía como si se tratara de una plaga, aunque comprendo los problemas. En realidad, hubo una sola mujer que podría… -su voz se desvaneció, como si su corazón hubiera tomado momentáneamente el control de su incisiva mente-. Si uno puede permanecer soltero, disfrutando sin llegar a tener complicaciones sentimentales, todo irá bien. Usted parecía pensar así durante mucho tiempo. Hasta que llegó la señora Crow, ¿eh?

Crow asintió tristemente.

– Por su matrimonio, usted es suficientemente viejo para saber que el arte de un buen matrimonio no está tanto en el amor como en el control. Hay un viejo proverbio árabe que dice que la mujer descontenta pide nieve asada. Usted decide. ¿Le proporciona nieve asada o sigue siendo el amo de su propia casa? No ha hecho ninguna de las dos cosas. Ha buscado refugio en una mujer que está por debajo de su posición social, y que sólo ha sido un capricho.

– Es difícil con Sylvia -dijo Crow sin convicción.

– Yo estoy totalmente en desacuerdo con usted, Inspector Crow, ya que ha cometido uno de los pecados más horribles. Ha permitido que sus emociones afecten a su trabajo y ese podría ser su final.

– Creo que el Comisario me llamará cualquier día.

– Debe centrarse en el trabajo y borrar de su cabeza a esa miserable Harriet.

– No es tan fácil.

– Entonces, inténtelo con todas sus fuerzas, señor. Debe hacerlo. ¿Qué hay de nuestro pacto contra Moriarty? Adelante, cuénteme más sobre los asuntos de Morningdale y Grisombre, ya que estoy totalmente seguro de que no se equivoca en sus deducciones. Morningdale es Moriarty.

Crow habló durante unos cinco minutos sobre sus teorías en relación al Profesor Moriarty y la venganza que estaba tramando contra los que imaginaba que eran sus enemigos.

– Ya ve -dijo Holmes con júbilo-. Es absolutamente capaz de tener pensamientos lógicos, incluso en medio de su tristeza. No ha habido ninguna señal del alemán desde el asunto de Edmonton, y dudo que vayamos a oír mucho más sobre el francés. Ambos estarán en el fondo del río, si conocemos los diabólicos métodos de Moriarty -de repente se paró en medio del torrente de palabras-. Descríbame otra vez a esa criatura llamada Harriet. ¿De unos veinticinco años, dijo?

Angus Crow describió el objeto de su aflicción con gran detalle, aunque con cierto dramatismo, como suele suceder en el caso de los que están afligidos por la flecha de Cupido.

– Veo que le ha afectado mucho esta detestable enfermedad -señaló Holmes-. Pero, hágame un favor y alargue el brazo hasta aquel gran volumen de allí. ¿Dice que su apellido es Barnes? Me suena que hay algo que podría borrar sus penas.

Crow le pasó un gran volumen que contenía un índice en el que Holmes tenía todas las referencias sobre todas las materias y personas que le resultaban de interés.

– Barnes… -Holmes pasó las páginas-. Baker… Baldwin… Balfour-mal negocio éste, Crow, catorce años de trabajos forzados [22]… Banks, Isabella, una sombra antes de mis trabajos, pero interesante como todos los doctores asesinos [23].

Ah, aquí está, ya me lo figuraba, Barnes, Henry: nacido en Camberwell en 1850. Delincuente común. Vagabundo en 1889, aunque con algunos recursos. Véase Parker. Una hija, Harriet, criada en centros públicos. Prostituta en 1894, trabajaba en una casa propiedad de la señora Sally Hodges. ¿No le quita esto un peso de encima, Crow?

– Yo no…

– ¿De veras? Parker, como ambos sabemos, dirigió la red de espías de Moriarty durante bastante tiempo. Barnes trabajó para él, y si no tiene idea de quién es Sally Hodges, entonces no tiene ningún derecho a su actual ocupación. El Profesor ya está sobre usted, Angus Crow, y ha caído en la trampa como un conejo. Moriarty es diabólicamente listo. Le he visto hacer este juego una y otra vez. Captura a la gente por la cintura, los atrapa por su punto más débil. La señorita Harriet estaba encargada de llevarle hacia la trampa y… -se había levantado y estaba paseando por la habitación de forma agitada-. Una pena no poder meter a Watson en esto. A usted tenemos que darle un respiro para que pueda recuperar sus sentidos y librarse de la cólera que le va a invadir. Le sugeriría un buen doctor que le ordenara descansar durante una semana o dos. En ese tiempo bien podremos atrapar a ese endiablado hombre por los talones. Le aseguro que ahora se está tramando un trabajo sucio en Italia o España -dejó de pasear y dirigió la vista hacia Crow-. Conozco a uno bueno en Harley Street. ¿Irá a verle?

– Haré cualquier cosa para llevar una nueva vida. Y acabar con Moriarty.

La furia de Crow, al haber sido engañado por una mujer empleada por el Profesor, podía apreciarse en su cara y en la tensión de su cuerpo.

– El doctor Moore Agar le pondrá bien -Holmes sonrió inexorablemente-. Aunque probablemente esté desesperado conmigo. Hace poco me prescribió una cura de reposo que, de algún modo, he interrumpido. Debe recordarme que le cuente a usted alguna vez el Horror de Cornualles [24].

– Entonces iré a su doctor Agar.

Luigi Sanzionare, el hombre más peligroso de Italia, era una persona de costumbres cuando se trataba de religión. Iba a misa dos veces al año -en Semana Santa y el día de su santo- y se confesaba todos los Sábados Santos, en el mismo confesonario de Il Gesü, la iglesia jesuita de Roma.

No importaba qué asuntos estuvieran pendientes, qué robos se estuvieran preparando, qué órdenes tuvieran que darse a los numerosos hombres y mujeres criminales que le tenían como líder, Luigi Sanzionare siempre hacía del período pascual un tiempo sagrado, asegurando su alma, por tanto, contra el infierno y la condenación.

Su amante, Adela Asconta, que tenía poca fe religiosa, no se preocupaba por la forma en que Luigi se marchaba de su villa de Ostia cada Viernes Santo, y no volvía hasta el Domingo de Resurrección, después de la Misa Solemne en la Basílica de San Pedro, dentro de los muros del Vaticano. Ella bien podría haber permanecido en la gran casa de Via Banchi Vecchi, pero Adela Asconta no soportaba la ciudad en esa época del año: había demasiados forasteros y el lugar se hacía insoportable con tanta gente. Comprendía que esto era bueno para el negocio de su amante, ya que los visitantes eran muy evidentes, sobre todo para los carteristas y los ladrones de hoteles, que tenían sus propios días festivos con los peregrinos de la Ciudad Eterna.

Sin embargo, siempre era lo mismo en Semana Santa. Adela Asconta se inquietaba en Ostia, preocupándose, no por el alma inmortal de Luigi Sanzionare, sino por su posible traición. Luigi tenía atractivo para las mujeres y la Signorina Asconta era extremadamente celosa. Este año todo iba peor que nunca a causa del telegrama de Inglaterra.

El telegrama había llegado el Jueves Santo, cuando Luigi se estaba preparando para ir a la ciudad, le necesitamos aquí urgentemente, asegurado gran beneficio, habitación reservada para usted solo en hotel langham. Willy y jean.

– Willy Schleifstein y Jean Grisombre -le explicó Luigi.

– Ya sé quiénes son. ¿Crees que soy tan idiota como tú? -Para su belleza y encanto, Adela Asconta tenía un temperamento muy fuerte, y el mofletudo Luigi Sanzionare era dueño completo del mundo, excepto cuando se trataba de mujeres. Sobre todo era esclavo de su amante-. ¿Irás a verlos, Gee- Gee? -continuó ella escupiendo fuego-. Son ellos los que deberían venir a ti.

– No me llamarían si no hubiera un gran beneficio, cara mía. Un gran beneficio para comprarte las cosas que más te gustan.

– Y que también te gustan a ti. ¿Irás solo?

– Eso parece. Mi corazón no estará tranquilo hasta que vuelva contigo, Adela. Tú lo sabes.

– Yo no sé nada. También hay mujeres en Londres. ¿Solo, Luigi? ¿Tú crees que eso es seguro, de verdad?

Ella habría preferido que alguno de sus hombres más próximos, Benno o Giuseppe, hubieran ido con él. Ellos la informarían sobre cualquier indiscreción.

– Benno puede venir como mucho hasta París. Después continúo solo.

– ¿Y vas a dejar tu preciada Semana Santa en Roma?

– Nunca. Me marcho el lunes. ¿Crees que me perdería nuestra tarde del Domingo de Resurrección juntos?

– Sí, si eso significa más poder, más dinero.

– Me marcharé el lunes. Hay una dirección de correos aquí -dio unos golpecitos en el telegrama-. Les telegrafiaré hoy.

Tras haber delatado su furia al pensar que iba a separarse de su protector, ahora Adela intentó acercarse de forma mimosa.

– Tráeme algo bonito. Algo realmente especial.

– El regalo de toda una vida.

En realidad, Luigi Sanzionare ya estaba deseando tomarse un respiro de los trabajos del crimen en Roma. La ciudad era un desagradable lugar en ese momento. La política del año pasado todavía reverberaba por las calles. Vivían una época de desorden en Italia, y la derrota del ejército en Adowa el mes de marzo anterior había causado la caída del gobierno. Ahora, un año después, los heridos y prisioneros estaban empezando a regresar, trayendo con ellos su propia humildad, recordando a la gente la inestabilidad.

Sanzionare recordó su encuentro con el Profesor Moriarty en su último viaje a Londres. Moriarty había dicho que deberían pedir el caos, demandar un estado de caos en el que sus propios negocios prosperarían. Ahora se preguntaba si Il Professore tenía razón. No había demasiada prosperidad en recoger la basura de un ejército derrotado. Pero entonces Moriarty había probado su utilidad. Un fracaso. Sí, sería bueno salir de Italia un poco. La primavera pronto se convertiría en verano y Adela nunca había estado en su mejor momento con el calor.

Viajó hacia la ciudad, con Benno, un hombre atezado, con ojos de lince, siempre en un lugar próximo en caso de que los enemigos -y había muchos, sobre todo entre los sicilianos- decidieran que era el momento de un cambio en la estructura de poder.

El Viernes Santo, Sanzionare se dirigió a cumplir con su religión, encaminado a los rituales del día: el descubrimiento de la cruz, la veneración y el canto solemne cuando se quita y lava el altar, como el cuerpo de Cristo después de la crucifixión. Rezó por las almas de sus padres y amigos que habían muerto a su servicio. También rezó por su propia alma y reflexionó sobre la maldad que estaba provocando tantos disturbios en este valle de lágrimas.

Después de la liturgia del día, Sanzionare regresó a su casa de Via Banchi Vecchi y recibió varias visitas: dos hombres a los que les iba a encargar el inicio de un fuego en una conocida tienda de la Via Veneto. El aumento de los precios estaba afectando a todo el mundo. El propietario de este establecimiento no quería pagar más por el honor de estar protegido por la gente de Sanzionare.

– Sólo un pequeño fuego -dijo al par depiromani-. Con eso lo entenderán.

También recibió a un hombre joven para que diera una paliza al propietario de un café.

– No hasta después de Pasqua -recomendó Sanzionare-. Y no quiero que muera, ¿entiendes?

– Sí, Padre mió -era un tipo atractivo con fuertes músculos y hombros como una estatua-. No habrá muertes.

Sanzionare sonrió y le indicó que se marchara. Estaba contento, ya que no quería quitar a la gente la vida… sólo cuando era inevitable. Por un momento pensó en la confesión que iba a hacer al día siguiente. Se confesaría culpable de ser un ladrón, lo que cubriría multitud de pecados, desde robo a asesinato, ya que un asesino era en realidad un ladrón de vidas: un pecado mortal que sería perdonado por la gracia de Dios, investido en su sirviente sacerdotal, y el sincero acto de contrición que Sanzionare haría en su penitencia.

Benno entró en la alta y espaciosa habitación con una bandeja que contenía una cafetera y unas tazas de plata.

– ¿Muchos más? -preguntó Sanzionare fatigadamente.

– Sólo dos. Carabinieri. Capitano Regalizzo de los Ludovisis y Capitano Meldozzi.

Sanzionare suspiró.

– Sabemos qué es lo que quiere Regalizzio, un poco más de aceite de oliva, ¿eh? -frotó su mano derecha sobre los dedos haciendo un movimiento circular-. Pero el otro, ¿le conocemos?

Benno negó con la cabeza.

– Que pase Regalizzo. Dile a Meldozzi que no le haremos esperar mucho.

Regalizzo era un dandy y su uniforme probablemente le habría costado la mayor parte del salario de un mes. Era educado, atento en lo relacionado con la Signorina Asconta y hablaba de lo triste que estaba con los prisioneros de la batalla etíope que ahora se encontraban por las calles; y lo exagerados que eran los precios. Estaba apenado, pero había dos firmas -«Usted las conoce, creo»- que le estaban causando demasiados problemas. Pensaba que debería haberlas cerrado.

Sanzionare encendió un cigarro y se volvió a sentar para esperar al otro policía. Llevaba ropas sencillas y no le había visto nunca.

– ¿Es usted, quizá, un amigo del Capitano Regalizzo? -preguntó Sanzionare una vez que se hubieron sentado.

– Le conozco -dijo Arnaldo Meldozzi-. En realidad, le conozco bastante bien, pero no estoy aquí para hablar de sus problemas, sino de los suyos, Signore.

Sanzionare se encogió de hombros y levantó su mano derecha, con la palma hacia arriba, con un gesto de permiso.

– No sabía que yo tuviera problemas.

– No son serios. Al menos pueden convertirse fácilmente, como si dijéramos, en algo inofensivo.

– Hábleme de mis problemas.

– La policía de Londres ha estado preguntando por usted.

Se produjo un desconcertante soplido que Sanzionare sintió como un dolor físico.

– ¿En Londres?

– Sí. He recibido esta carta. ¿Conoce al Inspector Crow? -y le pasó el documento por encima de la mesa.

Sanzionare lo devoró, sus ojos corrían a toda velocidad por la página.

– ¿Qué gana usted con esto, Capitano? -preguntó, frotándose la parte superior de una mano con la otra. Sus palmas estaban húmedas.

– Yo no saco nada de nada, Signore. Simplemente pensé que debería saberlo, cuando las fuerzas de policía de otros países muestran tanto interés en un ciudadano tan renombrado como usted.

– Dígame -hizo una pausa, inspeccionando la manicura de sus uñas como si buscara algún defecto-. Dígame, ¿ha contestado a esa extraordinaria petición?

El policía sonrió. Era joven y quizá, razonó Sanzionare, ambicioso.

– He informado de que la he recibido. Nada más.

– ¿Y qué piensa hacer? ¿Le han pedido información sobre cualquier visitante o incidente inusuales relacionados conmigo?

– No sé nada de lo que informar-los ojos se abrieron, manteniendo la mirada con los de Sanzionare-. No tengo nada de qué informar. Hasta ahora.

– Capitano -empezó, como si abordara un asunto difícil-. ¿Qué es lo que más necesita en la vida en este momento?

El Capitano Meldozzi hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– Esperaba que me preguntara eso. Tengo mujer y tres hijos, Eccellenza. Sé que es una calamidad que acontece a la mayoría de los hombres. Mi salario no es bueno. Me estaba preguntando, quizá, si usted podría darme de alguna forma un empleo extra.

– Puede arreglarse -dijo Sanzionare con un tono cansado, pensando que estaba ahí otra boca que alimentar, u otras cinco bocas que alimentar, y quizá también que alguna de las chicas perdiera su tiempo una vez a la semana. Siempre era así para tener una vida en paz.

Sin embargo, las noticias se referían a él. La policía de Londres preguntando por él no era una buena señal, sobre todo cuando estaba a punto de viajar hacia Inglaterra. ¿Era adecuado? Reflexionó durante largo rato. Schleifstein y Grisombre vendrían a él si les llamaba. Sería mejor no mencionar el incidente a Adela. Tendría que ir él.

Durante el Sábado Santo, la ciudad parecía estar esperando la gran celebración cristiana, ardiendo con el deseo de hacer sonar sus campañas y gritar «Christus Surrexit. Hallelluja». El día era claro y cálido, agradable, sin el terrible y agobiante calor que más tarde se producía. Luigi Sanzionare se preparó para su confesión anual y luego salió de casa. Tenía uno o dos pequeños asuntos que atender antes de ir a II Gesü. Comprar los billetes para el viaje. Hacer algunas pequeñas compras.

La primera vez que la vio fue aproximadamente a media mañana en los escalones de la Piazza di Spagna. Alta, morena, encantadora con su vestido amarillo limón y su amplio sombrero, con una sombrilla que llevaba con elegancia. Casi podría jurar que ella dejó de hablar a su acompañante y volvió sus oscuros ojos para mirarle a medida que se iba acercando. Tenía la misma cualidad que poseía Adela cuando fijó en ella los ojos por primera vez -esa mirada, no de promesa, sino de posibilidad-. Notó una sensación muy especial con esa mirada y Sanzionare sintió un sudor frío que bajaba por su espalda. La chica, que no debía tener mucho más de veinticinco años, estaba con un hombre de casi el doble de edad, quizá más -con cincuenta y muchos o casi sesenta años, pensó Sanzionare-, una persona alta y cargada de espaldas, con pelo corto y negro, quevedos dorados y modales estudiados, muy atentos hacia la chica: casi paternales. En algunos aspectos este hombre le recordaba al delincuente inglés Moriarty, pero el parecido era sólo superficial.

Volvió a verlos a la hora de comer. Estaban sentados a unas pocas mesas de distancia de la suya en su trattoria favorita de la Piazza Cavour, junto al castillo de San Angelo. Ella parecía comportarse tímidamente hacia el hombre, hablaba poco y picaba la comida. Sanzionare ahora estaba convencido de que su acompañante era un pariente y no un amante. En varias ocasiones, al mirarla, se dio cuenta de que ella le buscaba con la vista por la habitación. Todas las veces bajaba la mirada con una coquetería disimulada y todas las veces Sanzionare sentía el mismo sudor frío que descendía desde su cuello. Según avanzaba la comida el frío se transformó en un calor vivo, y al final en fuego, un calor súbito que se extendía hacia abajo.

Volvió a levantar la vista y descubrió que la chica le estaba mirando con una especie de adoración en los ojos. El sonrió, inclinando ligeramente la cabeza. Por un momento, ella pareció confusa, luego sonrió también, sus labios se separaron y su mirada fue más obvia que antes. Era el tipo de adulación visual que a Sanzionare le encantaba, un indicio de que todavía tenía el poder magnético que le daba esa gran confianza.

El acompañante de la chica dijo algo, inclinándose sobre la mesa, y ella respondió, agitando de forma nerviosa su servilleta y sonriendo de manera forzada, como en una mala pintura. Poco después salieron del restaurante, pero, en la puerta, la chica se paró y lanzó una rápida mirada hacia atrás en dirección a Sanzionare.

Una hora después, Luigi Sanzionare, con gran piedad, entró en la suntuosa iglesia barroca de Il Gesü -iglesia madre de la Compañía de Jesús- para mantener su cita anual con el perdón de Dios.

Hacía frío en el interior, algo de humo debido a las numerosas velas titilantes, agrupadas delante de los numerosos altares y estatuas. Susurros, toses y pisadas retumbaban en las paredes, como entrometiéndose en los reprimidos rezos de los fieles, guardados en los pilares y piedras durante más de tres siglos.

Sanzionare respiró profundamente, captando la esencia del persistente incienso y el olor acre del humo que flotaba en el aire -el olor a santidad-. Se persignó con agua bendita del pilón de la entrada, hizo una genuflexión hacia el altar mayor y se unió a un grupo de penitentes arrodillados junto al confesonario en el lateral derecho de la nave.

Sanzionare no sabía que el Padre Marc Negratti SJ, que debía estar en este confesonario, y cuyo nombre aparecía en el exterior, había sufrido un desafortunado y leve accidente. Sus superiores no sabían siquiera esto. Ni conocían al cura que estaba sentado tranquilamente proporcionando consuelo y absolución en ese lugar.

El cura tenía una voz suave y convincente. Nadie habría podido imaginar que sólo esperaba escuchar una única voz a través de la fina rejilla de alambre. Escuchó las repetidas listas de pecados con una ligera sonrisa en las comisuras de sus labios, aunque, cuando le susurraban al oído un gran pecado, la cabeza del cura se movía ligeramente de un lado a otro.

En su regazo, donde nadie podía verlo, el cura tenía una baraja de cartas. Sin mirar hacia abajo, permanecía en silencio realizando una serie de trucos y prestidigitaciones como si fuera un experto.

– Bendígame, Padre, por haber pecado -Sanzionare presionó sus labios junto a la rejilla.

Moriarty sonrió para sus adentros, ésta era la mayor ironía que había planeado. Moriarty, el mayor criminal de Europa, escuchando la devota confesión del malvado más importante de Italia. Es más, dando la absolución y sembrando la semilla de la caída de este hombre, para así erigirse él de nuevo.

Sanzionare había faltado a Dios, dejado de rezar regularmente, perdido la paciencia, utilizado un lenguaje blasfemo y obsceno, timado, robado, cometido fornicación y codiciado los bienes ajenos, por no mencionar a la mujer del vecino, a quien había deseado.

Cuando terminó la lista y el penitente hizo un acto de contrición y pidió la absolución, Moriarty empezó a hablar sosegadamente.

– ¿Se da cuenta, hijo mío, que su mayor pecado es haber faltado a Dios?

– Sí, Padre.

– Pero necesito saber más sobre sus pecados veniales.

Sanzionare frunció el entrecejo. Los jesuitas rara vez indagaban. Este no era su cura habitual.

– Dice que ha robado. ¿Qué es lo que ha robado?

– Las posesiones de otras personas, Padre.

– ¿En particular?

– Dinero, y cosas.

– Sí. Y fornicación. ¿Cuántas veces ha fornicado desde la Semana Santa anterior?

Esto era imposible.

– No le podría decir, Padre.

– ¿Dos o tres veces? ¿O muchas veces?

– Muchas veces, Padre.

– La carne es débil. ¿Está casado?

– No, Padre.

– ¿No se abandonará a prácticas antinaturales?

– No, Padre -casi escandalizado.

– La fornicación debe acabar, hijo mío. Debería casarse. Con la fuerza del Sacramento del matrimonio será más fácil controlar la carne. El matrimonio es la respuesta. Debe pensar seriamente sobre esto, ya que continuar fornicando sólo le llevará a las llamas de la condenación eterna. ¿Entiende?

– Sí, Padre.

Estaba preocupado. Este cura le estaba poniendo los nervios de punta. ¿Matrimonio? Nunca podría casarse con Adela. Si se casara, ella nunca le dejaría en paz. Podría incluso entrometerse en sus asuntos. Sin embargo, la condenación eterna era un precio muy alto.

– Muy bien. ¿Hay algo más que quiera contarme?

No fue una confesión demasiado buena. Había engañado al cura sobre la cuestión del robo. ¿Le negaría eso la absolución? No. Había confesado. Él sabía lo que quería decir y también Dios y la Virgen.

– Como penitencia tendrá que rezar tres Padrenuestros y tres Avemarias -Moriarty levantó la mano para dar la absolución-. Ego te absolvo in nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. -Ésta fue la última blasfemia en la carrera del Profesor.

En el exterior, con el sol de la recién estrenada primavera, Sanzionare sintió necesidad de beber. No, debía tener cuidado. No debía caer en pecado antes de tomar la comunión por la mañana. Pasearía durante un rato. Quizá iría a los Jardines Borghese. Debían ser maravillosos esa mañana. Sería agradable estar allí. Benno iba detrás de él, observando, con la vista al acecho.

Entonces, la vio otra vez. Sólo una fugaz visión del vestido y el sombrero amarillos. Era como una especie de muñeca de papel, pensó.

Muy apesadumbrado por el consejo del cura, Sanzionare caminó, dando vueltas en su cabeza a los asuntos. Era verdad, suponía que lo natural para un hombre como él era casarse, pero sus apetitos siempre habían sido muy variados. De cualquier forma, él era un buen marido. Adela se comportaba como una esposa. Le daba la lata tanto como una esposa. La chica del vestido amarillo limón, qué esposa sería. Qué esposa. Quizá, cuando acabase la Semana Santa y estuviera de camino hacia una nueva aventura en Londres podría pensar adecuadamente. Eso era, necesitaba estar lejos de esta empalagosa atmósfera de Roma.

Aproximadamente a las seis, Sanzionare regresó hacia Via Veneto. Un pequeño trago antes de volver a casa por la noche. Sólo uno para vencer la sequedad de su garganta.

Ella estaba sentada en una mesa en la acera de uno de los cafés más grandes, con su acompañante masculino, mirando la procesión que pasaba y dando sorbos en un vaso alto. Casi se vieron al mismo tiempo. Sanzionare rechazaba los instintos que habían surgido en su cuerpo y en su mente, pero no podía controlar el impulso de hacer algún avance. El café estaba lleno de gente, camareros con delantales blancos iban casi corriendo entre las mesas con los pedidos, balanceando sus bandejas cargadas con cafés y bebidas por encima de sus cabezas, realizando proezas que no habrían estado fuera de lugar en el circo.

Las aceras estaban atestadas de gente en su paseo casi ritual: mujeres, jóvenes y viejas, cogidas del brazo entre ellas o del de sus maridos, parejas severamente vigiladas, peregrinos de otras partes de Europa e, incluso, de lugares tan lejanos como América, chicos jóvenes que echaban el ojo a grupos de chicas: un feliz e inseguro bullicio, lleno de charla y color.

En la mesa donde estaba sentada la chica había una silla metálica libre, apoyada e inclinada por la parte posterior formando un ángulo contra la mesa. No era el mejor momento, pero Sanzionare estaba decidido. Se acercó a la mesa, mirando durante un segundo hacia detrás para asegurarse de que Benno no estaba lejos.

– Perdonen -se inclinó hacia la pareja-. Hay poco sitio, ¿les molestaría si me uno a ustedes?

El hombre levantó la vista.

– En absoluto. Nosotros nos vamos a marchar dentro de un momento.

– Gracias, es usted muy amable.

Su tono era serio y nada efusivo. Luego, llamó a un camarero que pasaba y le pidió un vermut Torino.

– ¿No me acompañan? -preguntó a la pareja.

– No, gracias -el hombre alto no sonrió y la chica agitó la cabeza con un movimiento negativo, aunque sus ojos le decían a Sanzionare que le gustaría poder decir sí.

– Permítanme presentarme -prosiguió Sanzionare-. Luigi Sanzionare, de esta ciudad.

– Mi nombre es Smythe, con y griega -el acompañante de la chica habló en italiano, con la pronunciación lenta y poco acentuada de un inglés-. Mi hija, Carlotta.

– ¿No es italiana? -mostrando una agradable y halagüeña sorpresa.

– Mi madre era italiana -el acento de la chica era puro napolitano-. Pero -sonrió- ésta es mi primera visita a su país.

– Ah. Es bello, ¿verdad?

– Mucho. Me gustaría vivir aquí, pero mi padre dice que debemos regresar a Inglaterra a causa de su trabajo.

Sanzionare se volvió hacia Smythe.

– ¿No está su mujer con usted en Roma?

– Mi mujer, señor, murió hace un año.

– Oh, perdone. No podía saberlo. Entonces, ¿es ésta una peregrinación?

– Deseaba mostrarle a Carlotta la tierra natal de su madre. Hemos querido pasar algunos días en Roma antes de regresar a Londres.

– A Londres. Ah, una bella ciudad, la conozco bien -mintió Sanzionare-. Entonces, ¿van a pasar la Semana Santa?

– Sólo hasta que acabe. -Carlotta se estaba acercando imperceptiblemente hacia él-. Yo soy el que está más triste por tener que marcharnos.

– Una pena. Me habría gustado enseñarles las mejores vistas. Nadie puede mostrar Roma tan bien como un romano.

– Hemos visto todo lo importante -el padre de Carlotta estaba decididamente malhumorado.

Sanzionare permaneció imperturbable.

– Quizá, ¿podrían hacerme el honor de cenar conmigo?

– Eso sería… -empezó a decir Carlotta.

– Imposible -contestó bruscamente Smythe-. Tenemos mucho que hacer esta noche. Muy amable por pedírnoslo, pero es imposible.

– Pero seguramente, Padre…

– No hay más que hablar. Carlotta, debemos marcharnos. La cena nos espera en el hotel.

– Lo siento. Mis modales son escasos -rezumó Sanzionare, levantándose-. No quería entrometerme.

Smythe estaba pagando la cuenta, examinando la factura como si el camarero fuera a timarle.

– Espero que volvamos a encontrarnos otra vez, Signorina -Sanzionare se inclinó hacia la mano de Carlotta.

– Me encantaría -sus ojos eran casi suplicantes, como si necesitara gran ayuda. En la cabeza de Sanzionare se formaron fantásticos pensamientos. Una dama en apuros. Se vio a sí mismo como un caballero, cabalgando hacia el rescate-. Me gustaría mucho -repitió Carlotta-. Pero me temo que no será posible.

Smythe hizo una rígida inclinación, cogió a su hija del brazo y se marcharon, perdiéndose entre el tumulto de paseantes.

Sanzionare, de repente, vio a uno de sus carteristas, moviéndose entre la muchedumbre, que se dirigía hacia Smythe. Miró alrededor buscando a Benno, haciéndole señales frenéticamente para que se acercara a él, y le dio unas rápidas instrucciones para que interceptara al carterista.

– Que no toque a ese inglés. Si lo hace le aplastaré las manos.

Benno asintió con la cabeza y se dirigió hacia la muchedumbre sin rumbo.

Era uno de esos extraños encuentros en la vida, reflexionó Sanzionare. Un momento en el que, si las circunstancias hubieran sido diferentes, se podría haber convertido en una nueva forma de vida, una vida con salvación eterna. Obviamente, no era así, por tanto tendría que continuar en los bajos fondos de esta parte de Italia, presumiblemente con Adela como consorte. Quizá, mientras estuviera en Londres podría ver otra vez a la bella Carlotta. No, este período de separación de Adela y de Roma convendría usarlo para pensar en su futuro estado. Si fuera necesario, podría incluso casarse con su amante. Una apasionada aventura con una mujer como Carlotta -ya que sería muy apasionada- podría ser su fin, al menos exigiría demasiados esfuerzos.

El Domingo de Resurrección asistió temprano a misa y luego fue a la Misa Solemne en San Pedro, confundiéndose con la muchedumbre en el exterior para recibir la Bendición Papal antes de regresar a Ostia con la llorona Adela, ahora muy susceptible por su inminente viaje.

Moriarty, sin su disfraz de Smythe, se sentó en el escritorio de su habitación en el Albergo Grande Palace, para escribir una carta. Carlotta, que estaba aburrida y había venido de su habitación contigua, se tumbó en la cama mientras comía suculentas uvas rojas.

Signorina -escribió Moriarty con una letra bien diferente a la suya-, debo advertirle de que su protector, Luigi Sanzionare, ha partido hoy en tren hacia París en compañía de una mujer mucho más joven que usted. Se trata de la señorita Carlotta Smythe, mitad inglesa y mitad napolitana. Me temo que están planeando casarse en secreto en Londres, que es su destino final. Un partidario de usted.

Sonriendo para sí mismo, el Profesor repasó la nota dos veces antes de doblarla y meterla en un sobre. Luego dirigió la epístola a la Signorina Adela Asconta, a la casa de Sanzionare de Ostia. A la mañana siguiente se la entregaría en mano al mozo antes de coger el tren hacia París. Con suerte, sería una dulce bomba para la hembra Asconta.

Se levantó y caminó hacia el espejo colocado sobre la pesada cómoda, que se encontraba entre las dos ventanas, y se miró la cara desde numerosos ángulos. Desde el año pasado había sido numerosas personas diferentes, con distintos comportamientos, hablas, idiomas y edades. Madis; Meunier; el profesor americano, Cari Nicol, del número cinco de Albert Square; el fotógrafo Moberly; el corpulento americano Morningdale; el cura jesuita; y, el viudo Smythe. Cada papel se ajustaba como un guante, pero había uno que debía interpretar cuando regresaran a Londres. El papel de su vida. Se encogió de hombros con una especie de modestia burlona. Durante un poco más de tiempo sería Smythe.

– ¿Acabaré quedándome con los rubíes? -preguntó Carlotta desde la cama.

Moriarty cruzó hacia ella, mirando a la chica con esa extraña mirada que solía lanzar.

– No, querida hija. Eso de ninguna manera. Quizá encuentre alguna otra chuchería para ti.

– Eso sería maravilloso -hundió su cabeza en la almohada y se rió de forma sofocada-. ¿Vamos a realizar incesto otra vez, Papá?

Holmes había cumplido con lo prometido. El doctor Moore Agar, de Harley Street, examinó a Crow y le indicó que debía tomarse al menos un mes de descanso, preferiblemente en un balneario. Podría hacer algunos trabajos ligeros, pero no le recomendaba trabajar la jornada completa en el Cuerpo. Escribiría al Comisario esa misma noche, explicándole la situación y diciéndole que cuando Crow estuviera listo para regresar, le garantizaba que sería un hombre sano al cien por cien y con su antigua seguridad.

Crow se atormentaba mentalmente por la lucha con Sylvia.

– ¿Le darás la nieve asada? -le había preguntado Holmes-. ¿O seguirás siendo el amo de tu propia casa?

El camino estaba bastante claro, su mente estaba decidida, ¿no había ya herido bastante su orgullo con la intrigante Harriet? Tenía que aceptar el hecho de que no sólo había hospedado en su casa a una de las personas de Moriarty, sino que también había perdido el juicio por ella. Eso no sería fácil de olvidar. Esta ausencia le proporcionaría dos oportunidades: poner en orden su casa y hacer otro enérgico esfuerzo, con la ayuda de Sherlock Holmes, y coger a Moriarty por las solapas y entregarlo a la justicia.

Sylvia estaba lamentándose por la escasez de buenas sirvientas cuando Crow regresó a King Street.

– He entrevistado a docenas en el día de hoy -dijo con mal humor desde su silla junto a la chimenea-. Es imposible. Hay dos que podrían servir. No sé.

– Yo sí -dijo Crow plantando firmemente su espalda ante el fuego.

– Angus, ¿podrías apartarte de ahí? Me estás quitando el calor -gruñó Sylvia.

– No me moveré, ni de aquí ni de ninguna otra parte, y si vamos a hablar del calor de la gente, considere entonces, madam, qué calor me da a mí.

– Angus.

– Sí, Sylvia. Nosotros éramos totalmente felices cuando yo estaba aquí como tu huésped y tú cocinabas, limpiabas y eras sincera conmigo. Ahora que estamos casados, todo es juerga, bullicio, afectación y melindres, con su permiso, sí señora, no señora. Estoy cansado de todo esto.

Sylvia Crow abrió la boca para protestar.

– Silencio, mujer -Crow gritó como un sargento de instrucción.

– Nadie me hablará así en mi casa -se enfadó Sylvia.

– En nuestra casa, señora Crow. Nuestra casa. Ya que lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Es más, yo soy el amo ahora. Sylvia, estaba tan deprimido que esta misma tarde he tenido que ir a ver a un médico en Harley Street.

– ¿Harley Street? -los humos empezaron a bajar.

– Sí, señora, Harley Street. Me ha dicho que debo descansar durante algún tiempo, y que si tú me niegas los placeres de una vida familiar decente y ordenada, bien podrías causarme la muerte.

– Pero yo te he dado una vida decente, Angus -ahora había preocupación en su voz.

– Me has dado afectación y melindres. Sirvientas que queman la carne y dejan aguada la col. Me has dado dolores de cabeza, cenas y fiestas, y te has comportado como si fueras la Gran Duquesa. No quiero saber más de todo esto, Sylvia. Nada más. Ahora me voy a la cama y me gustaría una de tus sabrosas comidas en una bandeja. Servida por ti. Después subirás y actuarás como debe hacerlo una esposa.

Dicho esto, Angus Crow, sin saber si era el ganador o no, salió del salón pisando fuerte y subió las escaleras hacia el dormitorio, dejando a Sylvia, con la cara roja y la boca abierta, mirando cómo se cerraba la puerta sin comprender nada.

Sanzionare tenía un compartimento de primera clase en coche cama en el Expreso Roma-París. Benno estaba en el coche siguiente y, a medida que el tren iba adquiriendo velocidad al dejar los barrios de las afueras de la ciudad, el jefe de la banda italiana se relajó. Echaría una siestecita antes del almuerzo en el elegante coche restaurante. Quizá tomaría algún vaso de vino más de lo usual, ya que podría pasar la tarde durmiendo. Luego, como era costumbre, se vestiría para la cena. Quizá habría alguna mujer sola a bordo. También podría aprovechar el tiempo que pasara lejos de Adela.

A mediodía fue al coche restaurante, donde encontró una agradable, y no totalmente apagada, atmósfera. Los camareros eran elegantes, la comida excepcional. La primera parte del viaje iría bien.

No sabía, sin embargo, que en el vagón próximo a éste había dos compartimentos de coche-cama reservados con los nombres de Joshua y Carlotta Smythe.

La pareja había subido al tren a primera hora en la estación de Roma y, desde la salida, nadie había asomado la nariz del compartimento de Joshua Smythe. Ni pensaban hacerlo hasta la noche, ya que Moriarty mantenía que el impacto más enérgico se produciría si hacían una espectacular entrada en la cena. Sería entonces cuando Carlotta podría exhibir mejor la Herencia Scobie y, si Moriarty era conocedor de la naturaleza humana, Luigi Sanzionare caería en la telaraña que le habían preparado.

Cuando el tren les había alejado de la Ciudad Eterna, Moriarty mandó buscar al director del coche restaurante e hizo algunos preparativos para la noche. El resto del día lo pasó con buen humor, y con razón, ya que de todos sus planes, éste contenía un elemento de absurdo que habría deleitado a los más grandes exponentes del arte teatral. Carlotta, adormilada, curioseaba las copias de los periódicos y revistas que Moriarty le había dejado para combatir el aburrimiento.

Esa noche, mucho más tarde, llegarían a Milán, donde se engancharía el tren francés que unía esa ciudad con París. El menú de la cena era, por tanto, completamente italiano, como para saborear por última vez el país antes de arrojar a los pasajeros a las extravagancias de la cocina francesa. En el restaurante, los preparativos de la cena se realizaban con la solemnidad de una festividad religiosa, las lámparas se encendieron pronto, las mesas se cubrieron con manteles limpios, y la reluciente cubertería brillaba con el reflejo de la luz, todo ello bastante alejado del ambiente más modesto de los pasajeros de segunda clase y de las condiciones notoriamente espartanas de la tercera clase.

Un poco antes de las siete sonó el gong en los pasillos de primera clase y Sanzionare, vestido impecablemente, con el pelo acicalado con aceite perfumado y la humedad de sus mejillas tapada con polvos cosméticos, ocupó su lugar en el coche restaurante unos minutos después de la llamada para la cena.

Cuando llegaron los Smythe, él se encontraba ante una importante decisión, si escoger la pasta o una de las cuatro sopas que había, o, quizá, el Melone alia Roma, para preceder a la Anguilla in Tiella ai Piselli y al Pollo in Padella con Peperoni. Absorto en sus pensamientos, sintió, más que observó, su entrada.

Cuando Sanzionare levantó la vista, parecía como si alguna invisible autoridad hubiera dado el alto a toda actividad. Los camareros que iban con los pedidos parecían helados como figuras de cera; las damas se callaron en medio de sus cursis conversaciones; los caballeros que iban a elegir los vinos perdieron todo el interés por las uvas; los vasos medio levantados que iban en busca de los labios quedaron suspendidos en el aire. Hubo una ilusión de gran quietud, el murmullo normal cayó en un silencio que excluía hasta el más mínimo susurro y daba la sensación de que el carruaje había dejado de andar.

Carlotta Smythe permaneció en el marco de la puerta, su padre ligeramente detrás de ella. Llevaba un sencillo vestido blanco de exquisito gusto, mostrando su color de piel y contrastando a la perfección con su pelo. Era lo suficiente modesto, pero de alguna manera este sencillo estilo quitaba la respiración a todos los hombres que había delante.

Estaba maravillosa para todos los gustos y, para realzar el cuadro, la garganta de Carlotta estaba rodeada por un collar de rubíes y esmeraldas unidos con cadenas de plata, dispuestas en tres círculos que caían formando un triángulo hacía arriba y en cuyo vértice colgaba un medallón de rubí de un brillante color oscuro. Era como si la garganta de la chica estuviera en llamas, el resplandor que emitían las piedras era como de pequeñas lenguas de llamas rojas y verdes.

Lo llevaba como si supiera que tenía una fortuna alrededor del cuello: el par -la mujer y las joyas- formaba una combinación de completo deseo.

Sanzionare, como cualquier otro hombre del vagón, clavó en ella la vista durante un segundo, sin saber qué codiciaba más: la mujer o el collar. El conjunto encerraba todo lo que él siempre había deseado: riqueza, elegancia, la belleza de un tesoro y la sensual promesa del cuerpo de la chica envuelto en seda blanca. Por esto valdría la pena arriesgar la vida y la libertad, el honor, el poder e incluso la sensatez.

El efecto y el impacto de la entrada de los Smythe pareció durar una eternidad. En realidad sólo pasaron unos pocos segundos -suspendidos todavía en la eternidad- hasta que el tren y sus ocupantes volvieron a sus funciones normales.

El encargado del restaurante estaba delante de la pareja, inclinándose como si pertenecieran a la realeza, disculpándose, parecía, porque no había ninguna mesa libre para que la pareja cenara sola. Estuvo mirando alrededor a los distintos grupos de clientes, como esperando que se produjera algún milagro de repente. Luego, para mayor alegría de Sanzionare, que todavía miraba completamente paralizado, el empleado les acompañó hacia su mesa.

Se inclinó hacia Sanzionare con medio cuerpo, de forma que la otra mitad estuviera todavía hacia los Smythe, un acto de zalamería casi acrobática.

– Mil perdones -susurró el encargado-. No hay sitio para esta dama y este caballero. ¿Podría hacerles el honor de permitirles compartir su mesa? -todo esto muy bajo.

Sanzionare se levantó y se inclinó, sonriendo y asintiendo con la cabeza.

– Será un honor compartir la mesa con ustedes, señor y señora Smythe -cuando pronunció el apellido, inclinó aún más su cabeza a modo de reverencia-. Por favor, siéntense conmigo, por favor.

– Mire, padre -Carlotta abrió mucho los ojos, contenta de volver a verle-, es el Signor Sanzionare, a quien conocimos el sábado. ¿Recuerda?

– Sí, sí, me acuerdo -Smythe dejó perfectamente claro que preferiría no recordar ese encuentro-. ¿No hay otra mesa? -dijo al encargado.

– Ninguna, milord. Ninguna -una enigmática expresión nubló su sonrisa.

– Entonces no tenemos elección. -Smythe se encogió de hombros, mirando de forma desagradable a Sanzionare, que estaba, en este momento, frotándose las manos y sujetándose con todas sus fuerzas para no saltar de placer.

– Vamos, padre -Carlotta ya había ocupado el asiento frente a Sanzionare-. Debería agradecer al Signor Sanzionare su amabilidad. Esta es la segunda vez que nos muestra su generosidad, señor. Padre, por favor, no sea grosero.

Con un gran despliegue de falsa elegancia, Smythe se sentó.

– Es una desgracia. Pero si tenemos que compartir su mesa, Signore, entonces debo darle las gracias.

– Por favor -dijo con efusión el italiano-. Por favor, es un verdadero honor. La otra noche les pedí que cenaran conmigo y no fue posible. El destino nos ha echado una mano. Este encuentro estaba obviamente predestinado. Confío mucho en el destino.

– Oh, sí, también yo -dijo Carlotta con una deslumbrante sonrisa-. ¡Qué agradable es encontrar a un amigo en este tedioso viaje!

– No quisiera ser rudo -cortó pomposamente su padre-. Signore, no se ofenda, por favor, pero yo no estoy de acuerdo en que mi hija se mezcle demasiado con personas de su raza. Lo siento, pero así es. Perdone mi franqueza.

– Pero, señor, usted mismo me dijo que su madre era napolitana. No lo entiendo.

Carlotta se inclinó hacia delante, sus pechos tocaron la mesa y la sangre subió a la cabeza de Sanzionare.

– Lo que dice mi padre es verdad -adquirió un tono de profundo pesar-. La familia de mi madre la trató muy mal después de que se casara y se marchara a vivir a Inglaterra. Mi padre, por desgracia, lo asocia a todo el país y a toda la raza. Por este motivo, he tenido que insistir durante años para que permitiera esta corta visita.

Smythe aclaró su garganta ruidosamente.

– Estaré más contento cuando regresemos a Inglaterra y a su buena comida -y miró con gran desdén el menú.

Su hija intentó hacerle callar, ya que estaba hablando muy alto.

– La comida de aquí me recuerda mucho a mamá -dijo Carlotta en tono confidencial-. Me entristezco con mucha facilidad.

– Y mi estómago se entristece con todo el aceite que ponen en los alimentos -gruñó Smythe.

– Yo también voy a hablar con franqueza, señor -Sanzionare estaba un poco irritado por el arrogante comportamiento del inglés hacia su hija-. Yo no me siento atraído por la comida inglesa. Tiene demasiada agua. Pero, cuando soy un visitante no me quejo a los habitantes del país. Podría aconsejarle que fuera discreto en la elección de su comida. Un poco de melón y quizá algo de carne fría.

– Sus carnes frías, para mi gusto, están completamente llenas de ajo y demasiado rancias por la grasa.

– Entonces alguna pasta.

– Fécula. Llenan y sin nada de sabor -dejó caer el menú sobre la mesa con un irritado «¡bah!»- No es una cosa decente. Ni siquiera un buen caldo o Brown Windsor, o un filete bien hecho. Y estamos obligados a compartir. Esto no habría sucedido en el Great Western.

La comida continuó con inquietud, con Carlotta reluciente como el collar de su garganta y su padre gruñendo y quejándose durante todo el tiempo. En realidad, la situación se hizo tan difícil que Sanzionare dejó de dirigirse a Smythe cuando llegaron al plato principal, prestando toda su atención a la hija, que parecía tener ojos sólo para él.

En el postre, de repente, Smythe se inclinó y preguntó bruscamente al italiano qué hacía para vivir, con un tono tan ofensivo que Sanzionare se quedó totalmente desconcertado.

– Tengo una buena posición en Roma, como debería saber, señor -replicó.

– ¿Política? -preguntó Smythe con cautela-. Yo no apruebo demasiado a los políticos. Parece que siempre quieren meter mano a tus bolsillos o inmiscuirse en tus asuntos.

Sanzionare deseó haber podido decir a ese hombre que en su negocio era él quien metía mano en los bolsillos de los políticos, igual que en los de todos los demás hombres.

– Trato con objetos de valor, señor Smythe.

– ¿Dinero? ¿Se ocupa de asuntos financieros? -Moriarty sonrió secretamente. Sanzionare no era el payaso que parecía.

– Dinero, sí, y otras cosas también. Piedras y metales preciosos, objetos de arte, antigüedades.

– ¿Piedras preciosas como las que están alrededor del cuello de mi hija, por ejemplo?

– Es un collar muy bello.

– ¿Bello? -dijo Smythe a gritos, de forma que todo el vagón pudo oírlo-. /Bello? ¡Dios mío!, si fuera un verdadero experto podría decir algo más. Vale el rescate de un rey. Una fortuna. ¿Y usted negocia con piedras preciosas? Más bien diría carbones preciosos. Dudo que pueda distinguir el vidrio del granate.

Sanzionare sintió asco. En Roma podría haber despachado a este inglés de tan mal temperamento en cuestión de minutos.

– Si es tan valioso, señor-su voz era fría- entonces debería vigilarlo. Viajar con joyas tan valiosas es peligroso. En cualquier país.

Smythe se puso de color carmesí.

– ¿Me está amenazando a mí, señor?

Varias personas de las mesas de al lado pudieron oír la conversación, a pesar del traqueteo del tren, y estaban mirando con escandalizado interés.

– Yo simplemente le ofrezco un consejo. Sería una pena perder semejante chuchería -la gente que realmente conocía a Sanzionare se habría estremecido de miedo con su tono.

– ¿Chuchería? Tú oyes a este hombre, Carlotta. ¿Chuchería? -el inglés empujó hacia atrás su silla-. Ya he tenido suficiente con esto. Ya es bastante malo estar obligado a comer en la misma mesa con un tipo como usted. No me quedaré aquí para que me amenacen -agitó un dedo a una pulgada de la nariz del italiano-. Y también he visto cómo ha estado mirando a mi hija. Todos ustedes son iguales, con su sangre latina. Piensan que una chica rica es carne fácil, estoy seguro. Una chica inglesa rica.

– Señor -Sanzionare se levantó, furioso, pero Carlotta le puso la mano para refrenarle.

– Perdone a mi padre, Signor Sanzionare -ella sonrió, incómoda por el revuelo que estaban causando-. Para él es una gran tensión volver a Italia. Tiene muy malos recuerdos, y también está el constante recuerdo de mi madre, a la que amaba locamente. Por favor, perdónele.

– Debería tener más cuidado -la voz del italiano temblaba-. Con alguien de naturaleza menos comprensiva, podría tener serios problemas.

– Carlotta -Smythe se encontraba ahora alejado unos pasos-. Vamos. No te dejaré aquí sola.

Ella se inclinó, su voz bajando hasta convertirse en un susurro.

– Mi compartimento es el número cuatro, coche D. Venga después de medianoche, así podré ofrecerle una satisfacción por esta terrible escena -y se marchó, siguiendo a su padre y con las mejillas sonrosadas por la vergüenza.

Sanzionare se dejó caer hacia atrás en su silla. Seguramente Smythe estaba trastornado. No había ningún motivo para una escena como ésta. Por regla general, el inglés es muy reservado, pensó. Luego cambió sus pensamientos hacia la chica. Espléndida, encantadora, un premio. Pero, qué precio había que pagar, cargar con su padre también. No, pensó Sanzionare, es mejor asociarse con un diablo conocido. Al menos Adela Asconta no tenía parientes apoplécticos. Casarse, o incluso cortejar, a la atractiva Carlotta sería como enfrentarse al juez, al jurado y al público ejecutor. Sanzionare era un hombre muy bravo en todo lo relacionado con crímenes, pero anhelaba la paz familiar. Sin embargo, ella le había ofrecido algún tipo de compensación. Pidió una copa de brandy y pensó en las delicias privadas que Carlotta le podría proporcionar en la intimidad del compartimento. Mientras daba un sorbo del brandy, Sanzionare saboreó la idea de una aventura nocturna.

Le gustaría dar una lección a Smythe. ¿Sería suficiente el precio del cuerpo de Carlotta? Un tren tenía tantas restricciones. Quizá cuando llegaran a Londres podría persuadir a Schleifstein y a Grisombre para realizar un espectacular robo. Así, podría incluso regresar junto a Adela con el collar. Eso era negocio, y la llama de la pasión, la cálida lascivia que había sentido por Carlotta estaba casi apagada por la idea de un robo en Londres para llenar sus propias arcas y castigar a Smythe por sus insultos.

Esperó en su compartimento hasta después de la medianoche antes de hacer un movimiento. Benno había ido a ver si todo marchaba bien algo después de que Sanzionare abandonara el coche restaurante.

– ¿Desea que me ocupe del inglés? -preguntó Benno.

– No seas estúpido, la escena fue en público, y por nada.

– Pero él le insultó. Yo he visto cómo ha matado a hombres por cosas mucho más insignificantes.

– Si sufre algún daño aquí en el tren, no perderán tiempo para ir a buscarme. Calma, Benno. No deseo llamar la atención. Tengo otros planes para él.

– ¿Y para su hija también? -sonrió burlonamente Benno.

Sanzionare no dijo nada. Un subordinado como Benno no tenía por qué saber demasiado sobre su vida privada. En el mundo secreto italiano ya había suficiente intriga y competencia. Hasta este momento, los talones de Aquiles ya habían sido utilizados como fulcros para derribar a muchos hombres de sus posiciones de poder.

No había nadie en el pasillo cuando Sanzionare se deslizó de su compartimento y se dirigió por el inestable suelo hasta el siguiente coche. La iluminación era tenue, pero encontró el número del compartimento sin dificultad.

Ella le estaba esperando, tal y como él había imaginado, vestida sólo, por lo que pudo ver, con una ligera bata y poco más.

– Estoy tan contenta de que haya venido -su voz era ronca, casi sin aliento.

Una buena señal, juzgó Sanzionare.

– ¿Cómo podría rechazar una invitación como ésta? -y le puso una mano sobre el brazo.

– Mi padre fue imperdonablemente rudo. Y usted excepcionalmente paciente. Yo desearía que todos los hombres fueran así con él. Ha habido veces durante este viaje que he temido por su seguridad. Por favor, siéntese -señaló hacia el asiento que se había preparado como cama.

– Querida Carlotta -se esforzaba por buscar las palabras correctas-. ¿Qué puedo hacer por usted, para calmar su apesadumbrado pecho? -su mano giraba en torno a la zona adyacente a esa parte de su cuerpo-. Su padre la trata de una forma muy presuntuosa. Yo no hablaría ni a mi perro de la forma en que él le ordena a usted.

Ella se retiró ligeramente.

– ¿Tiene un perro, Signor Sanzionare? ¡Qué maravilla! Yo siempre he deseado tener un perro.

– Es una forma figurada de hablar, querida. Sólo deseo ayudarla.

Él se hundió en la cama, una mano todavía alrededor del brazo de Carlotta, intentando suavemente recostarla a ella también.

Ella se resistió.

– No necesito ayuda, Signore. Ninguna ayuda. Simplemente deseaba agradecerle en privado el haber sido tan comprensivo.

Sanzionare asintió con la cabeza.

– Lo sé, cara mía. Sé lo que es eso para una mujer como usted, privada de la compañía de un verdadero hombre. Dominada por un padre enfermo. Es un bruto.

Ella dio un paso hacia atrás

– Oh no, señor. Nada de eso. Admito que todavía está aturdido por el dolor de la muerte de mi madre, pero eso pasará.

En el pasillo, Moriarty, con la oreja pegada a la puerta, sonrió, asintió con la cabeza y se dirigió hacia el compartimento de Sanzionare. Carlotta tendría al italiano allí durante un buen rato.

No había nadie en el pasillo, ninguna señal de vida mientras el tren avanzaba en la noche. En el oscuro exterior de las ventanas, el Profesor veía de forma ocasional el brillo de luces de algunas casas, en las que la gente se quedaba hasta bastante tarde.

No había actuado mucho durante la cena, reflexionó. Italia no era uno de sus lugares favoritos y no le gustaba de verdad la comida. En realidad, Roma era una bella ciudad, con sus fuentes, estrechas calles y avenidas bajo la sombra de los cipreses. Pero nada, consideró, podía compararse con su Londres. Sólo el placer de coger en una trampa a Sanzionare compensaba esas privaciones particulares que estaba obligado a soportar.

Moriarty llegó al compartimento de Sanzionare. Seguía sin verse a nadie en el oscuro y ruidoso pasillo. Suavemente, giró el picaporte, puso sus hombros sobre la puerta y avanzó hacia el interior.

– La primera vez que la vi en Roma sentí que éramos espíritus afines -seducía Sanzionare.

– Es bueno saberlo -Carlotta permanecía en el extremo más alejado de la cama. Sanzionare iba avanzando poco a poco hacia ella, sus palmas húmedas, casi sin aliento en la garganta-. Es bueno saber -repitió ella- que una tiene un amigo.

– Yo puedo ser más que un amigo, Carlotta. Mucho más.

– Hable bajo -con un dedo sobre los labios-. No quisiera que mi padre le encontrara a usted aquí. No estoy acostumbrada, como usted sabrá, a entretener a los hombres de esta manera.

– Créame, yo lo entiendo -ya había alcanzado el extremo de la cama, medio levantado, como si quisiera inmovilizarla contra la ventana-. No tiene nada que temer. No si no hay ninguna razón para sentirse culpable. Estos impulsos suelen ser más fuertes que nuestra voluntad. Ven a mí, Carlotta -sus brazos estaban completamente extendidos.

El cuerpo de Carlotta estaba presionado contra la oscura ventana.

– ¿Signor Sanzionare…?

– Luigi, bambina, Luigi. No tienes que ser tímida conmigo.

– No soy tímida -la voz de Carlotta se elevó hasta alcanzar una estridencia inusual-. Creo que ha confundido mis intenciones. Oh… -su boca formó de repente un ancho círculo, sus ojos se abrieron como si se hubiera dado cuenta por primera vez de su propósito.

Sanzionare arremetió contra ella; una mano, durante un fugaz segundo, unida al suave pecho, pero ella forcejeó hacia los lados y le dejó abrazando el aire, arrodillado en el suelo, mientras ella avanzaba rápidamente hacia la puerta, dejando escapar un corto y agudo grito.

– Pensaba que le había invitado aquí para… -gritó con un elevado tono.

– Silencio, Carlotta, silencio. Tu padre nos oirá… cara.

– Quizá debería oírnos. Pensaba…

– ¿Qué otra cosa debería pensar un hombre?

– Pero usted es viejo -su boca se torció hacia abajo, como si hubiera bebido leche agria-. Imaginaba que lo hacía todo simplemente por amabilidad y generosidad hacia dos viajeros en una tierra extranjera. Mi padre está en lo cierto sobre los hombres italianos, sólo buscan una cosa. Solamente desean su placer. Tienen una cruel forma… -ahora ella estaba histérica, las lágrimas empezaban a formarse en sus ojos: la actuación para la que el Profesor la había entrenado con la ayuda de Sal Hodges.

Sanzionare trató de tranquilizarse. Ella había dicho que era viejo y eso le había partido el corazón. La inocencia. Ella le estaba ofendiendo. A él. A Luigi Sanzionare, a quien las mujeres se disputaban a golpes en oscuros lugares de la Ciudad Eterna. Pero todavía su sentido común le hizo contenerse pensando en la venganza. Sería una tragedia que el escándalo circulara por el tren. Tenía necesidad de ella.

Escarbó con sus pies.

– Mil perdones, Signorina. La he interpretado mal.

– Por favor, márchese -parecía estar sujetándose a sí misma, jadeando y apoyándose contra la puerta.

– No puedo.

– Si me toca, gritaré para pedir ayuda. Márchese.

– Carlotta, no puedo irme. Por favor.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Voy a ser violada? -parecía provenir de una gran ópera.

– No puedo irme -casi gritaba.

– ¡Oh! -ella caminó hacia un lado, con lágrimas corriendo por sus carrillos, mientras la rolliza mano de Sanzionare iba hacia la puerta.

– Lo siento. Perdóneme. Por favor, perdóneme -sintiéndose un poco ridículo, y bastante frustrado, salió tambaleándose hacia el pasillo.

Carlotta se inclinó hacia atrás, con las lágrimas todavía manando y sus hombros muy pesados. Pero ahora no era con histeria ni terror. Todo su cuerpo se agitó por la risa al ver la imagen del hombre más peligroso de Italia batiéndose en retirada, con terror, por una situación que no era capaz de manejar. Moriarty se lo agradecería. Todo había ido exactamente como él había dicho.

La humillación de esta situación abrasaba a Sanzionare, no sólo en su orgullo sino también en el honor de la familia. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, meditaba tristemente, entonces la zorra se habría enterado, con gritos o sin ellos. Su historial, los valores por los que había crecido y vivido, todo le decía que esta chica medio italiana lo pagaría con algún tipo de castigo, y su padre también. En realidad, su padre sólo había sido un panadero, pero todavía recordaba el momento, cuando sólo tenía siete años, en que la hija del carnicero rechazó a su hermano mayor. Había echado chispas con tanto odio que nadie en la ciudad quiso saber nada de ello, ni siquiera ahora.

Sin embargo, mezclado con la humillación, había un persistente horror por las palabras de Carlotta -«pero usted es viejo»-. Muchas mujeres le encontraban cada vez más atractivo; por qué si no, incluso Adela -una joya de mujer-estaba constantemente celosa. ¿Sería esto el principio del fin? ¿Acaso la virilidad y el encanto de Luigi Sanzionare estaban empezando a marchitarse como una planta vieja, secándose y muriendo?

Se tumbó en la oscuridad de su compartimento, acosado por la frustración y la desesperación ocasionadas por el rechazo de Carlotta. Dio vueltas y vueltas en la cama, era consciente de cada uno de los movimientos del tren; podría haber contado las traviesas de madera por las que pasaban; cada variación de velocidad; todos los estridentes silbatos de la locomotora de vapor. Pensó que cuando llegaran a Milán, ya sin movimiento, quizá podría descansar, pero hubo tantos golpes y sacudidas mientras los coches maniobraban para engancharse al tren francés que fue imposible.

Con los ojos rojos, llamó a Benno al aparecer la primera luz del día y le dio instrucciones para que le llevaran la comida a su compartimento. No tenía deseos de encontrarse cara a cara ni con Carlotta ni con su padre durante el resto del viaje.

En la villa de Ostia, ya tarde, la sirvienta le llevó a Adela su desayuno en la cama y, con él, los periódicos de la mañana y una sola carta.

La amante de Sanzionare se incorporó sobre los almohadones y se preparó para pasar un día mimándose a sí misma aprovechando la ausencia de su amante. Dio un sorbo de café y miró con atención el sobre, como si intentara identificar la escritura, antes de abrirlo con un abrecartas plateado.

Unos segundos después estaba gritando con un lenguaje adornado con las expresiones más coloristas de los barrios bajos de la ciudad, pidiendo que fuera Giuseppe, que su sirvienta comenzara a hacer el equipaje y que prepararan los caballos. Al cabo de una hora, nadie en la villa habría dudado que Adela Asconta estaba a punto de emprender un viaje a Londres.

Spear estaba esperando en Albert Square cuando Carlotta y el Profesor regresaron con muy buen humor.

– ¿Ha sido un éxito? -preguntó, una vez que estaba encerrado a solas con su jefe.

– Magnífico. Necesitaría ver a Sal para que nos bendiga con su presencia. Nuestra pequeña Tigresa italiana debería estar actuando en el teatro. Tenemos a nuestro amigo romano atado con cuerdas como si fuera un pavo de Navidad, aunque él no lo sabe todavía.

– Aquí también hay buenas noticias -Spear se rió entre dientes. -¿Sí?

– Crow.

El Profesor levantó la vista severamente.

– Tiene excedencia en su trabajo -dijo Spear con gran énfasis.

– ¿Entonces? -la sonrisa apareció sobre la cara de Moriarty una vez más, con la cabeza oscilando ligeramente-. Entonces ya lo tenemos. Son precavidos estos policías. ¿Te das cuenta de que pocas veces permiten que un escándalo llegue a ser del dominio público? Excedencia -se sentó detrás de su escritorio, dando muestra de confianza-. Verdaderamente es una buena noticia, Spear, saber que hemos acabado con el entrometido Crow. Ahora, ¿está todo lo demás preparado?

– Los informadores están vigilando las estaciones de ferrocarril para localizar a la dama, Profesor. Las noticias estarán aquí pocos minutos después de su llegada.

– Bien. No habrá tiempo que perder una vez que ella esté en Londres. Ten también preparado a Harry Alien. ¿Sabe su papel?

– Se le ha entrenado como dijo y es lo bastante bueno para representar las obras de Ibsen.

– ¿Y la nota?

– Ya se ha entregado, y está esperando a la italiana como indicaste.

– Y el Langham, ¿está vigilado?

– Noche y día.

– Bien, ahora que todo está preparado, Spear, dime qué más ha sucedido durante mi visita a Roma. Cuáles han sido las tarifas del resto de los criminales de mi familia, qué plagios y robos se han realizado y cuántos bolsillos se han vaciado.

Después, cuando Spear hubo referido los numerosos acontecimientos que eran los asuntos diarios del imperio reunido del Profesor, Moriarty cogió su diario y fue a la página de notas donde se encontraba Angus McCready Crow. Como tenía ahora por costumbre, trazó una línea diagonal sobre las páginas, cerrándolo de esta manera como si se tratara de una cuenta saldada. Durante un momento, curioseó las páginas que contenían información sobre Luigi Sanzionare, con su pluma suspendida en el aire, pero sin hacer todavía la línea final. Ese placer llegaría bastante pronto.

Sherlock Holmes de Baker Street mandó llamar a Crow al cabo de una semana.

– ¿Ya está recuperado, mi buen amigo Crow? -preguntó con prontitud, frotándose las manos.

– Todavía me siento como un bobo recordando lo que ha sucedido -replicó Crow-. Haberme convertido en semejante loco por el detestable Moriarty no es para estar con buen humor.

– Y, según parece, sus asuntos domésticos se han arreglado solos.

– ¿Cómo puede saber eso, señor Holmes? -Crow miró alarmado.

– Por simple observación. Ahora tiene un aspecto como una patena, el aspecto de un hombre que está bien atendido. Apostaría a que ha puesto los pies en el suelo.

– Sí, lo he hecho.

– Bien, bien -Holmes estaba ocupado llenando su gran pipa con tabaco-. Espero que no tendré ninguna objeción por su parte en cuanto a las nocivas cualidades de la nicotina -sonrió.

– Desde luego que no. Siento gran respeto por las perjudiciales propiedades del tabaco -Crow sacó su propia pipa del bolsillo y siguió el ejemplo del gran detective.

– Magnífico -Holmes encendió la pipa y empezó a formar grandes nubes de humo, con gran contento en su cara-. No hay mejor amigo en el mundo que Watson, pero tiene la facilidad de recordarme, con demasiada frecuencia, mis debilidades. Aunque quizá tenga razón al hacerlo.

– Estoy deseando ver al doctor Watson -se atrevió a decir Crow.

– No, no -Holmes agitó la cabeza con un movimiento negativo-. Eso nunca. Hay algunas cosas que yo no deseo. Déjele permanecer en la ignorancia en cuanto a nuestros ocasionales encuentros y al particular propósito de nuestros esfuerzos. Watson nunca debe saber que Moriarty vive.

– ¿Dónde está ahora, entonces?

– Si yo lo supiera -Holmes se quedó absorto en sus pensamientos durante un momento-. Ah, se refiere al doctor Watson, ¿no?

– Sí, desde luego.

– Por un momento pensé que se refería al Profesor. No. He enviado a Watson a Cornualles otra vez. Sin duda tendré que trasladarme allí en breve, o será difícil asistir al final del asunto. Creo que le he dicho que Moore Agar me había ordenado descanso.

– ¿Y no lo está haciendo?

Holmes asintió con la cabeza.

– Le he pedido un poco de tiempo bajo el pretexto de ordenar algunos libros y tomar algunas notas en el Museo Británico. Una treta inofensiva, ya que Watson sabe que estoy interesado en el lenguaje de Cornualles y que pretendo publicar un artículo sobre ello a su debido tiempo. Servirá para dirigir su atención hacia otro lugar. Ahora, Crow, ¿está preparado para un viaje?

– ¿Un viaje? Pero ¿adonde?

– A París. ¿A qué otro lugar podría ser, mi querido colega? Sabemos que Moriarty ha vuelto a su viejo juego. Sólo por lógica, los dos estamos convencidos de que está implicado en el asunto de Cornhill y el asesinato del viejo Bolton. También sabemos que sus miras estaban puestas sobre su cabeza, Crow, y usted casi se vino abajo. Por ahora, lo único definitivo que tenemos es que el criminal francés Grisombre se ha reunido con Morningdale.

– Exacto.

– Usted está de acuerdo conmigo en que Morningdale y Moriarty son la misma persona.

– Estoy convencido.

– Tenemos una descripción de Morningdale, y todavía nadie ha estimado conveniente hacer indagaciones más profundas sobre este hombre. No ha podido permanecer en sus habitaciones del hotel Crillón durante toda su estancia en París. Alguien debe haberle visto, incluso haber hablado con él. Debemos hablar con ellos, Crow.

La simple, aunque divina lógica, capturó la imaginación de Crow. Naturalmente, Holmes tenía razón. París tenía las únicas pistas posibles en este momento.

El Hotel Langham, en Langham Place -donde también se encontraba la famosa iglesia de Todas las Almas- era una magnífica estructura gótica, que ocupaba aproximadamente un acre de terreno, y poseía más de seiscientas habitaciones y comedores para más de dos mil personas. Sobre todo, era un punto de reunión de los viajeros americanos, aunque el personal estaba bien acostumbrado a agradar a los extranjeros de cualquier tipo, por lo que Luigi Sanzionare no se sintió fuera de lugar.

Había estado preocupado por miedo a que algo hubiera ido mal en los planes de sus colegas, ya que nadie fue a recibirle a la estación. Después de todo, él había telegrafiado para comunicar sus intenciones por adelantado.

Sin embargo, estos temores se desvanecieron pronto, cuando llegó al gran vestíbulo del hotel y firmó en el registro de huéspedes, ya que allí había una nota, escrita en papel de escritorio del Langham, firmada por Grisombre en representación de él mismo y de Schleifstein, diciendo a Sanzionare que se acomodara, descansara bien después de un viaje tan duro y no se preocupara por nada. Ellos se pondrían, decía la nota, en contacto con él en un futuro muy próximo, cuando estuvieran preparadas todas las cosas.

Sanzionare se preguntó si le dejarían suficiente tiempo para hacer algunas preguntas sobre la residencia del señor Joshua y su hija. El insultante comportamiento de ambos Smythe le había calado hondo, asunto sobre el que había meditado tristemente durante todo el viaje. Había tenido cuidado, sin embargo, de mantenerse alejado de su camino. Tanto cuidado que no les había visto ni siquiera un momento en París, donde había pasado la noche para no viajar en el mismo vapor hacia Inglaterra.

Cuando se estableció en las lujosas habitaciones que habían sido reservadas para él, Sanzionare decidió que lo mejor sería dejar a los Smythe en paz, al menos hasta que tuviera el apoyo de sus amigos francés y alemán.

Dando permiso al ayuda de cámara para que se marchara, quien educadamente había preguntado si debía desempaquetar el baúl y la pequeña bolsa de viaje del italiano, Sanzionare se dispuso a hacerlo él mismo. No podía soportar que algún extraño revolviera entre su ropa. Benno y Giuseppe, incluso Adela algunas veces, se ocupaban de estas cosas en Roma. Aquí podría hacerlo él mismo.

En el dormitorio, abrió la llave del baúl de viaje y comenzó a sacar sus camisas, cuellos y otras ropas. Había colocado las camisas bien ordenadas en un cajón de una cómoda, y justo cuando iba a sacar un par de pantalones recién hechos, notó algo duro y desconocido en la parte inferior entre las ropas. Metió la mano más profundamente entre los distintos artículos hasta que sus dedos tocaron el objeto. Una sorprendida mirada apareció en sus ojos y sacó la mano, ceñudo.

Estaba agarrando un pequeño paquete de papel de seda. Desenvolvió el paquete y casi tiró el objeto, ya que allí, en sus manos, estaban los rubíes y esmeraldas, unidos por la cadena plateada, con el magnífico rubí colgando. El collar de Carlotta que él tanto había codiciado en esa desastrosa primera noche del viaje.

Sanzionare se vio a sí mismo en el gran espejo del dormitorio, sin reconocer apenas lo que veía: un hombre gordo, de mediana edad, con la cara blanca como si estuviera conmocionado, y con unos dedos temblorosos que agarraban el preciado collar.

Miró el collar y luego al espejo otra vez. ¿Era un sueño? No creía. Las piedras preciosas que estaban en sus manos eran suficientemente reales. Había estado muy cerca de él durante la cena en el tren y había manejado muchas joyas para estar equivocado. Pero, ¿cómo? ¿Por qué? Había tenido las llaves de su equipaje durante todo el viaje. ¿Benno? Era la solución más probable. Benno, en contra de todas las instrucciones, podría haber robado el collar antes de llegar a París. Era bastante fácil que tuviera unas llaves del equipaje y podría haber colocado las joyas en el baúl. ¿Un complot? ¿O simplemente un acto de irreflexiva venganza en nombre de su jefe? Bien, Benno estaba ahora de vuelta a Roma.

Sanzionare se dejó caer pesadamente en la cama, mientras sus manos agarraban todavía el collar que caía sobre su regazo. Era una pieza muy peligrosa para conservar. Pero demasiado valiosa para dejar que se fuera.

Comenzó a pensar lógicamente. Los Smythe podrían no haber echado de menos la pieza antes de París. Si hubieran descubierto entonces su pérdida, lo más probable es que se hubieran detenido en Francia, antes de coger el barco a Inglaterra. O, si se hubieran dado cuenta de su desaparición más tarde, a él se le habría interrogado a su llegada al puerto o en Londres.

¿Había mencionado este hotel cuando habló con los Smythe? Creía que no. Veinticuatro horas. Daría un día. Quizá unas horas más. Si Grisombre y Schleifstein no llegaban al hotel al cabo de ese tiempo, se marcharía con el collar. Entonces, el largo viaje al menos habría merecido la pena. Sí, no podía arriesgarse a quedarse más tiempo.

Sanzionare, con los dedos todavía temblando, terminó de sacar su ropa y miró alrededor para buscar un sitio seguro donde esconder las joyas. Hace tiempo había descubierto que normalmente el lugar más obvio era el lugar más seguro. Su bolsa de viaje estaba llena de los objetos usuales, incluyendo cinco frascos y botellas de cristal con tapas de plata de ley en forma de cúpula. El más grande contenía agua de colonia y, en ese momento, estaba medio vacío. Sanzionare abrió la bolsa, sacó el frasco, desenroscó la tapa y, sujetando el collar por el broche, lo sumergió en el líquido.

Los informadores tenían bien vigiladas las estaciones de Charing Cross y Victoria, y un equipo de chicos jóvenes estaban colocados a pequeños intervalos entre ambas estaciones y Albert Square, para servir como correos. Llevaban, como era habitual, distintos disfraces y todos habían recibido cuidadosas instrucciones.

El Hotel Langham también era el objetivo de una docena de pares de ojos. Harkness, con el vehículo privado del propio Profesor, permanecía preparado, y Terremant, el gran matón, estaba interpretando un nuevo papel, el de conductor de un cabriolé, que iba desde las dos estaciones hasta el Hotel Langham en un coche muy especial, uno que, curiosamente, no recogía a ningún pasajero.

Adela Asconta llegó con un séquito formado por una sirvienta y el atezado Giuseppe, exactamente como había predicho Moriarty, unas veinticuatro horas después de que Sanzionare hiciera su aparición.

Estaba cansada y sucia por el viaje, y con un genio áspero hacia los mozos que sacaban su equipaje del cabriolé, conducido por Terremant, quien la ayudaba en el interior, junto con su sirvienta. A Giuseppe se le habían dado instrucciones para que la siguiera en un segundo cabriolé.

La cadena de chicos, colocados en las esquinas de las calles y en las puertas de entrada, comenzó a hacer su trabajo y, al cabo de un corto espacio de tiempo, un harapiento corredor llegó a la puerta del número cinco de Albert Square.

Moriarty -disfrazado como su hermano académico- llevaba preparado y esperando una hora, y Sal Hodges había levantado de la cama a Carlotta tres horas antes de su horario habitual. Harry Alien estaba en el recibidor, vestido de forma respetable, con su traje cubierto con un impermeable Chesterfield y con un bombín marrón en sus manos. Harkness tenía el cabriolé en la puerta y Moriarty dio las últimas instrucciones a Harry Alien y Carlotta antes de que la pareja saliera en dirección a Langham. Harkness les dejaría allí y regresaría por el Profesor, de forma que el Profesor pudiera representar el último acto de la trampa de Sanzionare en el momento oportuno.

Adela Asconta no tenía habitaciones reservadas en el Hotel Langham, pero el hotel tenía sitio de sobra, por lo que se mostró muy agradecida con el personal, que le asignó una suite en el segundo piso, con alojamiento al lado para su sirvienta y una pequeña habitación para el criado, como describió a Giuseppe.

Permaneció con calma, aunque un poco irritada, durante las formalidades de registro, y sólo cuando se estaba marchando, seguida por el botones y dos mozos hacia la gran escalera, se paró y preguntó, «creo que se hospeda un pariente en este hotel: Signor Luigi Sanzionare». Le dijeron que el Signor Sanzionare se había registrado el día anterior y que su habitación era la 227, en el mismo piso que ella.

Una vez que llegó a su habitación, Adela Asconta sólo se detuvo para quitarse la capa de color burdeos que llevaba puesta, antes de encaminarse con gran decisión hacia la habitación 227.

Sanzionare había decidido que si Grisombre y Schleifstein no habían llegado, o enviado algún mensaje a las diez, se marcharía, cogería el primer barco disponible y regresaría a Roma. Era de sentido común. Había desayunado solo en su habitación, examinado cada una de las columnas del Times en busca de alguna información relacionada con el collar de Carlotta Smythe. Nada. Todavía se sentía intranquilo, como si una suerte predestinada se acercara hacia él con la inevitable fuerza de una avalancha.

Dio un sorbo de café y a las diez menos cuarto decidió que se marcharía esa misma mañana. A las diez menos cinco alguien llamó a la puerta. ¿El francés o el alemán?

Adela Asconta estaba de pie en el pasillo, con su pequeño pie dando golpecitos con un impaciente tamborileo y sus carrillos sonrosados por la ira reprimida durante el viaje.

– ¿Dónde está ella? -empujó a Sanzionare para apartarle de su camino y entró en la habitación con paso airado, volviendo la cabeza de un lado a otro y con el puño cerrado agresivamente-. La mataré. Y a ti también.

– ¡Adela! Estás en Londres. ¿Qué? -tartamudeó Sanzionare.

– Estás en Londres, estás en Londres -imitó Adela-. Naturalmente que estoy en Londres -dijo con un rápido italiano-. ¿Y dónde esperabas que estuviera? Sentada tranquilamente en Ostia mientras tú me traicionas?

– Traicionarte, cara. Yo nunca te traicionaría, ni siquiera con mis pensamientos. Ni por un segundo.

– ¿Dónde está esa puta?

– Aquí no hay putas. ¿Quién…?

– Esa mujer. Esa Carlotta.

Eso le indicó a Sanzionare que estaba metido en un gran lío.

– ¿Carlotta? -repitió huecamente.

– Carlotta -gritó Adela-. Lo sé, Luigi. Lo sé todo sobre Carlotta.

– Qué sabes, ¿qué? No hay nada que saber.

Un montón de posibilidades se amontonaron en su cabeza; que Benno le hubiera traicionado, llenándole la cabeza con una serie de invenciones; o que Carlotta, al descubrir el robo del collar, se hubiera puesto en contacto con la policía en Roma. Estaba tan aturdido que ni siquiera se dio cuenta de que esto último era imposible.

– ¿Nada? ¿Niegas entonces que has viajado a Londres con Carlotta Smythe?

– Claro que lo niego.

– Ella estaba en el tren. Tenía su reserva en Roma.

– Sí, había una Carlotta Smythe en el tren. Viajando con su padre. Cenaron conmigo la primera noche. No les he vuelto a ver desde entonces, sólo viajé con ellos.

– ¿No está contigo?

– Por supuesto que no. Te tengo a ti, ¿qué iba a querer con esa Carlotta? ¿Me tomas por loco, Adela?

– Te tomo por un hombre. ¿Me estás diciendo la verdad?

– Por la tumba de mi madre.

– No confío en ti. Y tampoco en la tumba de tu madre.

– Adela, cálmate. ¿Qué es esto? ¿Por qué me has seguido?

Ella permaneció de pie, con los hombros caídos, mientras su perfecto pecho subía y bajaba rápidamente, y los puntos rojos de sus mejillas aparecían de un color más carmesí que antes.

– Una carta -dijo con una voz más indecisa que en cualquiera de las frases anteriores.

– ¿Una carta?

– Esta -tenía el papel preparado en la manga.

Sanzionare examinó rápidamente el documento, mirando con detenimiento la fecha. Terribles posibilidades comenzaron a surgir en su ya aturdida mente. La carta había sido escrita como muy tarde durante la mañana de la partida. El autor sabía que los Smythe irían en el tren. Carlotta le había provocado, él ya se había dado cuenta de eso. Luego, de repente, aparece en su baúl el collar. ¿Una trampa? No podía ser otra cosa excepto una trampa. ¿Quién, y por qué, se burlaba de él?

– Adela-procuró que su voz hablara con calma-. No puedo explicarte todo ahora, pero hemos sido engañados, los dos. Por qué, no puedo decírtelo, pero sé que debemos marcharnos de aquí rápidamente.

La gente, pensó con prontitud, tiene que levantarse muy temprano para superar a Luigi Sanzionare. Se lo demostraría a quien intentara engañarle. Incluso se marcharía intacto con el collar.

Se precipitó por la habitación, sus dedos manejaban torpemente la cadena de llaves para abrir la bolsa de viaje y romper el frasco de cristal.

Después rápidamente metió algo de dinero en uno de sus bolsillos mientras derramaba el contenido del frasco en una palangana, donde había realizado hacía poco sus abluciones matinales. Recuperó el brillante trofeo de la jabonosa agua fría, lo frotó con una toalla de manos y apareció en el salón de su suite mirando a Adela con aire triunfal, cuando de repente la puerta se abrió.

– Ése es el hombre, Inspector -gritó Carlotta, señalándole con un dedo acusador. Detrás de ella, apareció un joven fuerte con un bombín marrón encasquetado en la cabeza.

– Es el hombre que intentó violarme, y quien robó mis joyas. Mire, las tiene allí -Carlotta avanzó gritando.

El hombre joven cerró la puerta tras de sí y se acercó a Sanzionare.

– Si yo fuera usted, me estaría quieto, señor. Ahora, deme el collar.

– ¡Luigi! ¿Quién es esta gente? -el color carmesí de Adela ahora se había reemplazado por el blanco.

– Yo soy el Inspector Alien, señora, si usted habla inglés.

– Sí, hablo.

– Bien, esta dama es la señorita Carlotta Smythe.

– Sanguisuga -silbó Adela-. Sanguijuela.

– Pertenezco al cuerpo oficial de detectives de la Policía Metropolitana -continuó Alien.

– Vecchia strega -escupió Carlotta-. Vieja bruja.

– Yo puedo explicarlo -se ofreció Sanzionare sin convicción, mirando el collar, luego lo alejó otra vez, como si pretendiera que no estuviera allí.

– La señorita Smythe demanda, señor…

– Entró a la fuerza en mi compartimento del coche cama e intentó violarme. Después descubrí que mi collar de rubíes y esmeraldas había desaparecido. Él lo tiene ahora, en sus manos.

Adela tomó aire: era como el bufido de una bestia salvaje a punto de saltar. Sanzionare abrió los dedos y dejó que el collar cayera en la alfombra, levantando los brazos para proteger su cabeza.

– Monstro informe! -Adela se lanzó hacia él.

– ¿Qué es todo esto? -el Inspector Alien fue a separar a la pareja que luchaba-. Luigi Sanzionare -continuó diciendo mientras le aferraba-, queda detenido por el robo de este collar de rubíes y esmeraldas, tiene derecho a guardar silencio y todo lo que diga puede ser tomado en su contra.

– Scandalo! -gritó Sanzionare, sabiendo que éste era el resorte de una trampa. Adela gemía y de vez en cuando salían obscenos improperios de sus labios.

A continuación, de repente, todo quedó tranquilo. Sanzionare vio a Adela Asconta mirar fijamente hacia la puerta. El apretón de Alien se relajó ligeramente.

Luigi Sanzionare levantó la cabeza. En la puerta estaba la alta y delgada figura del Profesor James Moriarty.

– Luigi. Qué agradable es volverle a ver -la cabeza de Moriarty se movía lentamente de un lado a otro.

Carlotta estaba satisfecha, con una risa sofocada.

– Cállate, niña -dijo con brusquedad el Profesor-. Crees que esto es ahora cosa de risa.

– ¿Qué…? -Sanzionare notó cómo sus piernas se volvían de una consistencia de spaguetti bien cocidos y sintió un ruido sordo en la cabeza. La habitación giró una vez más ante sus ojos, luego se paró. Parpadeó, mirando fijamente a Moriarty, temiendo que le diera un violento ataque en cualquier momento. Débilmente, percibió su completa perdición-. Moriarty -dijo en voz baja.

– El mismo -la boca del Profesor formó una severa línea.

– Es usted quien ha hecho todo esto.

– Se creía astuto en su chochez, Sanzionare.

– Me habían dicho que estaba acabado. Después de los acontecimientos de Sandringham.

– Entonces, fue una locura creerlo, querido amigo.

El italiano miró alrededor, como si no estuviera en su sano juicio.

– Pero, ¿por qué? ¿Por qué esto?

– ¿Tiene su cabeza tanta vanidad que no puede ver por qué? -Moriarty caminó hacia el desventurado criminal italiano-. Es para darle una lección práctica, Luigi. Para mostrarle varias cosas. Para informarle de la mejor manera posible que yo soy el maestro del crimen en Europa; que en cualquier momento puedo alargar la mano y apartarle de la tierra como a un excremento -su voz era baja, como el susurro del viento en los árboles.

Sanzionare temblaba.

– ¿Entonces…?

– Sí, le he ajustado las cuentas, como dicen. Si esto hubiera sido real, y no la farsa que planeé, en este momento estarían a punto de juzgarle.

– ¿Farsa? -el italiano refunfuñó débilmente, mirándole con unos ojos llenos de terror.

Moriarty se permitió una pequeña sonrisa.

– Trabaja con piedras preciosas, ¿eh? -dijo, utilizando la voz de Smythe-. Carbones preciosos más bien. Dudo que sea capaz de distinguir un vidrio de un granate.

– Usted era Smythe -la voz de Sanzionare era débil y sin música.

– Naturalmente que yo era Smythe -el Profesor se volvió hacia Adela-. Signorina Asconta, debe perdonar a Luigi. Es muy difícil resistirse a Carlotta. Creo que podría tentar hasta al mismo San Pedro.

Adela Asconta hizo un ruido disgustado.

– ¿El Inspector? ¿Es…? -Sanzionare tragó saliva.

– Mi hombre. En realidad, como todos vosotros, mis hombres y mujeres. Sólo deseo probarle, Luigi, que en cualquier momento y en cualquier lugar, puedo controlarle, doblegarle a mi voluntad, vencerle y eliminar su insignificante poder. Ya se lo he demostrado a Grisombre y Schleifstein. Han visto sus errores y ahora están conmigo. Sólo tiene que pronunciar la palabra.

Sanzionare susurró una blasfemia.

– La vieja alianza -la voz de Moriarty se elevó-. He tomado la determinación de que vuelva a formarse la vieja alianza. Juntos, conmigo una vez más al timón, podemos dominar a los habitantes del crimen en toda Europa. Es su oportunidad. Aún tiene Italia. Pero, por su cuenta, no piense que va a durar mucho tiempo.

Más tarde, después de ofrecer a Sanzionare un brandy y tranquilizar a Adela, el italiano preguntó.

– Pero, ¿qué pasaría si yo hubiera luchado? ¿Si hubiera intentado escapar?

– Poco probable -sonrió el Profesor-. Soy capaz de confundir tanto a mis víctimas que hasta pierden el sentido de la realidad. Sin embargo, en el caso de ese infeliz acontecimiento, habría utilizado algunos métodos más fuertes. Asómese a la ventana.

Permanecieron de pie juntos, mirando la Plaza Langham, mientras Moriarty señalaba a Terremant y su cabriolé.

– Él le habría visto y no llegaría muy lejos. Si yo lo hubiera considerado necesario, le habría matado.

Algunas horas más tarde, después de haber llevado a Sanzionare a Bermondsey para que se reuniera con sus viejos compañeros del crimen, Moriarty se sentó y se dispuso a realizar su ritual de cancelar la cuenta en la parte posterior de su diario. Sólo dos más. Segorbe y Holmes. Los otros tres servirían de lección para Segorbe. Se acercaría a él directamente, y si esto fallara, entonces Segorbe serviría de lección para los otros tres.

Llamó a Spear y le dictó un sencillo telegrama dirigido al tranquilo español en Madrid. Decía: debemos hablar con usted urgentemente en Londres, por favor, infórmenos de la hora y lugar de llegada.

Estaba firmado por Grisombre, Schleifstein y Sanzionare. La dirección del remite era Poste Restante, oficina de correos de Charing Cross, Londres.

LONDRES, ANNECY Y PARÍS

Martes 20 de abril – Lunes 3 de mayo de 1897

(La lección española)

– Hay que admitir que París es una ciudad especialmente atractiva -señaló Sherlock Holmes mientras viajaban, bajo un brillante sol, desde la Gare du Nord.

– Yo también pienso así -dijo Crow.

– El problema es -continuó Holmes- que tanta belleza, unida al hecho de que es conocida como la ciudad del placer, la convierte en un lugar prolífico para la ociosidad. Y la ociosidad, Crow, como he observado en mi propia persona, es la madre de todos los vicios. Mire allí -señaló hacia abajo, a una de las numerosas bocacalles-, el venenoso Lachette tiene su casa a unos cuatro minutos desde esa esquina. No es del dominio público que yo colaboré en su captura final. El pescado japonés más tóxico que fue introducido en la bouillabaisse.

Crow intentó volver a llevar la conversación a los asuntos que tenían entre manos.

– ¿Cree realmente que encontraremos aquí alguna pista importante sobre el paradero de Moriarty?

– Sin ninguna duda -Holmes parecía indiferente y falto de confianza en sí mismo, como si Moriarty fuera la última persona que le interesara-. Esa pensión que acabamos de pasar -se volvió hacia atrás para señalar una pequeña esquina del edificio-. La recuerdo bastante bien. Fue allí donde Ricoletti, el que utilizó su pie zopo para un diabólico propósito, permaneció durante un corto tiempo mientras se dirigía a Inglaterra después de escapar de Italia. Creo que su abominable mujer le tomó la delantera. Pero eso sucedió durante mi juventud, Crow.

Holmes había insistido en probar los lujos del Crillon durante esta visita.

– Si tenemos que interrogar al personal sin llamar demasiado la atención, nuestro mejor disfraz será como huéspedes -había dicho a Crow, que lo consideraba una extravagancia algo por encima de sus recursos.

Sin embargo, una vez que se hubieron instalado en los apartamentos, en cierto modo palaciegos, que Holmes había reservado, Crow se dio cuenta de que estaba disfrutando bastante en este viaje. La única nube que vislumbraba en el horizonte era el pensamiento de que Sylvia estuviera sola en King Street. La última vez que la dejó sola, le entró la manía de la mejora social. Ahora él rogaba fervientemente que las lecciones que había intentado enseñarla desde que tomó su resolución no fueran desatendidas. Crow temía pelearse de nuevo con su mujer.

El detective escocés se dio un baño, se vistió tranquilamente y cuando salió descubrió que Holmes ya estaba ocupándose de sus asuntos. Una lacónica nota estaba pegada al espejo de la cómoda. He refrescado la memoria a los sirvientes, decía. Por favor, reúnase conmigo para cenar en cuanto se sienta totalmente purificado para exponerse a la perversidad de la ciudad.

Crow bajó rápidamente y encontró a Holmes sentado cómodamente entre los elegantes clientes del gran restaurante.

– Ah, Crow -hizo un amplio gesto-. Siéntese y pruebe un poco de este excelente pato, es sin lugar a dudas el mejor que he probado.

Durante la cena, Crow intentó sacar el tema, pero el gran detective permaneció completamente en silencio en lo referente a la investigación de Morningdale, charlando sólo sobre París y, en particular, sobre la cocina francesa y los buenos vinos del país.

No fue hasta el café cuando por fin habló de su empresa.

– El amigo Morningdale es bien recordado aquí. Parece ser que daba muy buenas propinas, y para comenzar está claro que su único propósito era algún tipo de encuentro con Grisombre, el famoso líder criminal francés.

– Ya estábamos bastante seguros de eso -dijo Crow, con algo de desacuerdo.

– Desde luego que lo estábamos, pero por la charla que he tenido con el mozo y alguno de los empleados podemos estar seguros de que Morningdale era Moriarty. Por una cosa: este Morningdale decía ser natural de Boston, Massachusetts. Mediante algunas prudentes preguntas he podido averiguar que su acento era el de un hombre que ha vivido bastante tiempo en California. Como usted sabe, soy algo experto en los dialectos americanos. Hace algunos años publiqué una breve monografía sobre los sonidos de las vocales naturales entre las personas nacidas y criadas en varios estados.

– ¿Y su caso se apoya sólo en esto?

– Oh, no, hay otras razones con las que no voy a aburrirle en este momento. Pero, Crow, debemos ocuparnos de nuestros asuntos. Parece que Morningdale pasó algún tiempo, junto con su secretario, de jarana por la zona de Montmartre. Una sórdida parte de la ciudad en el mejor de los casos, pero donde nosotros debemos echar un vistazo.

De esta forma, Crow y Holmes pasaron la primera noche juntos deambulando por los bares y cafés de Montmartre. Todo fue en vano, por muy sutiles que fueron las preguntas de Holmes, sólo tropezó con miradas vagas y movimientos negativos de cabeza.

Pasaron tres días hasta que dieron con alguien que recordaba al americano y a su secretario inglés, y Crow juzgó que la depresión de Holmes iba en aumento, el estado jovial que tenía a su llegada a la capital se iba convirtiendo en una irritabilidad nerviosa.

A la tercera noche, cuando ya casi habían abandonado, después de haber visitado una docena de sospechosas guaridas de placer, fue cuando Holmes sugirió que visitaran el Moulin Rouge.

– No estoy ansioso por volver a ver esta noche ese pagano espectáculo de mujeres en una salvaje orgía, Crow -contestó en tono áspero-. Pero me temo que tendremos que soportarlo una vez más en atención a la ciencia criminal.

En el Moulin Rouge encontraron a un camarero que creía recordar al americano y a su acompañante, pero no estaba completamente seguro.

– Estoy seguro de que una buena propina soltaría su lengua -dijo Holmes-. Pero sólo me rebajo a esos métodos de soborno como último recurso.

Un poco antes de la una de la madrugada, los dos detectives abandonaron el establecimiento y, mientras esperaban un coche de alquiler en la Place Blanche, se acercó a ellos una chica que, ineludiblemente, ejercía el lascivo comercio en las calles de esa zona.

Crow estaba a punto de despedir a la chica -como había hecho en numerosas ocasiones desde que se dedicaban a las peregrinaciones nocturnas- cuando Holmes detuvo su mano.

– Usted bien podría ayudarnos, querida dama -Holmes se dirigió a la chica con un encanto poco habitual-. Estamos haciendo algunas investigaciones sobre un amigo americano al que hemos perdido de vista. Sabemos que estuvo divirtiéndose en estos antros nocturnos de su ciudad a principios de año. Me pregunto si usted le habrá visto. Y si no a él, a sus amigos.

– Por aquí pasan muchos caballeros americanos, Monsieur -replicó la chica-. No tengo tiempo para discutir en las calles. Yo estoy aquí para sacar dinero.

– No perderá nada -declaró Holmes sacando algunas monedas de plata de su bolsillo-. Permítame describirle a este hombre en concreto.

La chica cogió las monedas con enfado, escuchando atentamente cómo Holmes le hacía un conciso cuadro del robusto y colorado Morningdale.

– Salaud -pronunció la chica con unos exagerados movimientos de los labios-. Le recuerdo. Me tiró a la cuneta. Casi me rompe un brazo.

– Cuénteme qué pasó -Holmes tenía los ojos fijos en ella, los cuales, observó Crow, no estaban tan claros como de costumbre.

La chica le habló de la noche en que se acercó al americano y de sus amenazas.

– Era muy extraño -dijo ella-. Hablaba bien nuestro idioma, el argot, si sabe lo que quiero decir.

Holmes asintió con la cabeza.

La chica gesticuló en dirección al Moulin Rouge.

– Estuvo allí, hablando con Suzanne la Gitana. Uno de los camareros es un buen amigo, me dijo que estuvieron hablando durante algún tiempo -sonrió amargamente-. Ella se marchó con su amigo.

– ¿Quién? ¿Esa Suzanne?

– Eso es.

– ¿Y dónde podríamos encontrarla?

– En cualquier parte -abrió completamente los brazos-. Suzanne obra por cuenta propia. No la he visto por aquí durante dos, o quizá tres semanas.

– Lo primero que debemos hacer por la mañana es buscar a Suzanne la Gitana -aconsejó Holmes cuando regresaban al Crillon-. La pista empieza a ser más clara, Crow. Ella habló con el hombre y supongo que pertenece a ese tipo de mujeres que sueltan la lengua con una pequeña recompensa económica. Como ha visto, ahora es el momento del soborno.

Pero a la mañana siguiente, Crow se inquietó al encontrar a Holmes en un estado muy deprimido. No se levantó a su hora habitual y parecía estar muy trastornado, sudando abundantemente y con una especie de agonía que atormentaba su cuerpo a frecuentes intervalos.

– Me temo que tendré que regresar a Londres -dijo débilmente el gran detective-. Esto es lo que me temía y la razón por la que Moore Agar me aconsejó que descansara en algún lugar agradable. Me temo que hay un solo lugar donde puedo obtener la medicina que acabará con este estado, y se encuentra en Londres. Crow, tendrá que continuar sin mí, encuentre a esa Suzanne y hable con ella. Yo todavía tengo tiempo antes de que usted regrese a Scotland Yard. Cogeré el próximo tren a Calais.

Crow sintió mucha pena al ver cómo el detective regresaba en tren en busca de lo que necesitaba.

Durante las semanas que habían pasado desde que Moriarty adquirió los edificios de Bermondsey, se habían realizado numerosas mejoras. Incluso desde que Schleifstein se había convertido en el principal huésped en este escondrijo, grupos de hombres de la familia -principalmente ladrones de casas que se hacían pasar por albañiles, decoradores y pintores- se habían trasladado para agrandar los edificios y hacerlos más confortables y seguros contra las personas que podían tener interés desde el amplio y decente mundo exterior.

El mismo Moriarty y los miembros principales de su Guardia Pretoriana habían amueblado agradables alojamientos, sin mencionar un gran dormitorio para la gente de la familia que iba de paso. Había habitaciones para almacenar mercancías, para encarcelar y, en realidad, muchas instalaciones con las que ya contaban desde hacía algunos años en el convertido almacén, muy cerca de los muelles junto a Limehouse.

Bridget Spear, sólo unas semanas antes del parto, había sido trasladada a una de las propiedades de Sal Hodges, junto con una comadrona para que todo fuera bien. Sal Hodges, que se sentía ahora como un «galeón a toda vela», como ella lo describía, usaría la misma habitación y comadrona cuando llegara el momento.

Martha Pearson, que había probado su capacidad para el puesto en la casa de Albert Square, se ocupaba ahora de las tareas de Bridget Spear -con la ayuda de una fregona llevada por Bert Spear-, mientras la pequeña Polly, todavía en éxtasis por el atractivo Harry Alien, fue, bajo las órdenes del Profesor, instruida en todas las materias necesarias y nombrada ama de llaves y cocinera en la guarida de Bermondsey, donde también se había trasladado el mismo Alien.

Carlotta había desaparecido del círculo inmediato de Moriarty una vez que Sanzionare hubo vuelto al redil, y ahora ganaba un buen dinero en la segunda casa de Sal Hodges, donde había sido nombrada señora.

Durante la última semana de abril, se recibieron noticias de Segorbe, desde España, diciendo que llegaría a Londres el 2 de mayo y que le agradaría reunirse con Grisombre, Schleifstein y Sanzionare en un lugar de su conveniencia. Había reservado habitaciones para él en un pequeño hotel de Upper George Street, cerca de Oíd Tyburn, donde tantos criminales habían encontrado su fin.

En la tarde del martes 27 de abril Moriarty convocó un cónclave en Bermondsey. Los tres líderes reconvertidos estaban allí, junto con algunos acompañantes que todavía tenían a su lado. La gente de Moriarty: Spear, Lee Chow, los hermanos Jacobs, Terremant y Harry Alien se unieron al grupo.

El Profesor habló durante algún tiempo sobre los planes que ya había concebido para la nueva alianza, y luego continuó hablando de la visita de Segorbe.

– No pretendo perder tiempo con él -dijo misteriosamente-. Todos conocemos su poder en Madrid, y qué puede ofrecernos como contribución. Considero que es mejor no traerle aquí, a Bermondsey, inmediatamente, por lo que sugiero que nos reunamos con él en un lugar que yo ya he seleccionado, una casa relámpago en la esquina de South Wharf Road con Praed Street, cerca de la Great Western

Railway Terminus de Paddington. Podemos hablar claramente con él. Ustedes, caballeros -indicó a los tres continentales- pueden corroborar mi idea. Creo que no tienen ninguna duda en cuanto a si yo soy la persona adecuada o no para dirigir esta unión. Cualquier disensión que pueda persistir todavía en sus mentes, a causa de acontecimientos pasados, pronto se desvanecerá. No veo dificultades.

Más tarde, a solas con Spear, Lee Chow y Terremant, hizo posteriores planes.

– Conviene asegurarse -miró seriamente a Terremant-. ¿Todavía tienes el mecanismo que teníamos reservado para Sanzionare?

– Todo en orden, Profesor.

– Bien. Tú llevarás al español para que se reúna con nosotros y te lo llevarás otra vez. Si fuera necesario…

– Se hará todo -sonrió Terremant-. Será algo más que chamuscar las barbas a este rey de España.

– Y tú, Lee Chow -el Profesor se volvió hacia el pequeño chino-. Te hemos mantenido en lugar seguro y aislado desde la desafortunada muerte del viejo Bolton. Ahora debes salir otra vez. Estoy a punto de alcanzar mi objetivo. Una vez más, el amplio espectro del crimen europeo está a punto de quedar completamente bajo mi control. Desde ahora nuestros movimientos sólo irán hacia delante. Pero estoy decidido, antes de proceder, a acabar con Holmes de una vez por todas.

– ¿Quiere que yo…? -comenzó Spear.

La cara de Moriarty adoptó una expresión de pena.

– Spear, ¿no has aprendido nada de mí durante las últimas semanas? ¿No te he enseñado que es mejor moverse con astucia? ¿Acabar con los hombres a través de sus propias debilidades y no con pistola, cuchillo o cachiporra? En realidad, sólo puede llevarse a cabo de la manera más cruda con nuestra gente vulgar y tosca, o con los enemigos que sólo entienden los métodos violentos. Para Holmes tengo un tipo de muerte mejor. El ostracismo social, una pérdida completa de su prestigio. Lee Chow lo entenderá. Tú tienes una particular inclinación hacia los métodos de tu tierra natal, ¿no?

Lee Chow sonrió con una mueca de diablo amarillo y sacudió la cabeza de arriba a abajo, como un Buda.

– Es el momento, Lee Chow. Ve y retira eso que Holmes tanto necesita. Es muy parecido a los viejos tiempos. ¿Recuerdas cuando lo hicimos antes del fiasco de Reichenbach.

Spear se rió.

– Creo que ahora le sigo, señor.

– Una pequeña vuelta de tuerca -Moriarty no sonrió-. También es hora de traer a nuestros viejos amigos, a Ember y al informador conocido como Bob el

Nob. Traerán a una de las amigas del señor Entrometido Holmes con ellos. Y con ella en Londres, creo que puedo organizar un baile en el West End que arruinará la reputación de ese denominado gran detective.

Al cabo de una hora ya se había enviado un telegrama a Ember, que estaba todavía vigilando a la dama conocida como Irene Adler, en Annecy. El telegrama decía -trae el águila- a casa.

Esa misma noche, Lee Chow entró en la farmacia de Charles Bignall justo cuando estaba cerrando. Notó con satisfacción la repentina expresión, mezcla de miedo y de inquietud, que se extendía como una mancha por la cara del hombre.

El chino estaba de espaldas, sujetando la puerta a una dienta que se marchaba, quien le dio las gracias de modo arrogante.

– ¿Otra dosis de opio? ¿O quizá láudano para que esté contenta? -preguntó Lee Chow cuando cerró la puerta y corrió los cerrojos.

– ¿Qué es lo que quiere? -Bignall no disimuló su repulsa hacia el chino.

– ¿Pensaba que ya se había deshecho de mí? ¿Creía que no me volvería a ver, señor Bignall?

– Sus amigos ya son lo suficientemente perversos sin tener que mandarle a usted aquí. He hecho todo lo que me han indicado.

– Oh, estoy seguro de eso, señor Bignall -todavía lo pronunciaba como si fueran dos palabras separadas-. Habría recibido una rápida paliza si no hubiera sido así. Vengo en persona con el mensaje especial. ¿Recuerda? Lo que hablamos la última vez que nos vimos.

– Lo recuerdo.

– Bien. Eso está muy bien, señor Bignall. Entonces, hágalo ahora. Es sobre nuestro amigo Sherlock Holmes, a quien suministra cocaína. Cuando venga la próxima vez, dígale que ya no es posible, nunca más.

– ¿No tiene compasión por la gente? ¿No puedo darle siquiera algunos granos? ¿Por qué? El hombre sufrirá una agonía.

– Ni una pizca siquiera. Nada de cocaína para el señor Holmes. Me daré cuenta si no obedece, ya que su querido amigo, el doctor Watson, ha cerrado el resto de sus fuentes de suministro. Sí, el pobre Sherlock Holmes estará en un buen apuro. Si no lo está, señor Bignall, entonces prometo que le colgaré por los pulgares y le despellejaré vivo. No es una vaga amenaza. Yo cumplo lo que digo. Ya lo he hecho con otros.

– ¡Canalla! -exclamó con grandes gestos el farmacéutico-. Es un completo canalla.

Esteban Segorbe normalmente viajaba solo. Su control sobre el moreno populacho de su soleada zona del continente era tan completo, tan total, que no temía a ningún hombre. Sobriamente vestido, bajo y de apariencia casi mediocre, Segorbe era siempre uno a quien había que tener en cuenta. Era el menos conocido de los antiguos aliados de Moriarty, excepto por el hecho de que era despiadado y firme cuando se enfrentaba a una aventura. El Profesor también tenía gran cantidad de indicios de que el español obtenía una vasta suma de dinero cada año de las numerosas actividades criminales en las que estaba implicado.

Vigilado como siempre por los informadores secretos, Segorbe llegó a su pequeño y poco atractivo hotel poco después de las ocho de la noche del sábado 2 de mayo, justo cuando muchas familias que vivían en el vecindario de Upper George Street regresaban de las oraciones de la tarde.

Media hora después, los mozos del vestíbulo le entregaron una nota, diciéndole que los otros tres criminales continentales le verían a- las dos en punto del día siguiente, y que iría a recogerle un cabriolé, un cuarto de hora antes de la hora de la cita, para llevarle al lugar del encuentro.

Segorbe asintió con la cabeza y le dijo al hombre que no habría respuesta. Desde 1894, y la derrota de Moriarty en la alianza, Segorbe había hecho pequeños, pero lucrativos negocios con los tres hombres con los que iba a reunirse ahora. No había ninguna razón para pensar que su presencia terminara esta vez con otros beneficios que no fueran económicos. Se retiró pronto, pero no apagó las luces hasta que completó un resumen de los gastos del día en el pequeño libro de contabilidad que siempre llevaba. Esteban Segorbe era un hombre muy avaricioso. Esperaba que esta visita empezara pronto a dar algún beneficio.

Al día siguiente, un cuarto de hora antes de las dos, Segorbe estaba preparado esperando el coche, que llegó rápidamente con Terremant en el pequeño asiento elevado del cochero en la parte posterior.

Terremant se bajó y, tratando con gran deferencia al visitante español, le ayudó a entrar en el coche antes de volver a su asiento y avivar a los caballos en dirección a Edgware Road.

South Wharf Road se extiende -como en la actualidad- diagonalmente entre Praed Street y la Great Western Terminus de Paddington, y se llamaba así porque terminaba directamente en la dársena de Paddington del Grand Junction Canal. La mayoría de sus casas eran tristes, con cargadores, gabarreros y hombres de la compañía de ferrocarril. No era una calle en la que uno viviría permanentemente, pero sí por la que uno pasaba; la casa relámpago que el Profesor había señalado como lugar del encuentro era una guarida favorita de pequeños peristas, hombres que robaban en los carruajes y coches de alquiler, y de aquéllos que atacaban los cargamentos del canal, por no mencionar los carteristas que actuaban entre la muchedumbre de la estación de ferrocarril.

La tarde anterior, el propietario de este sórdido limbo -un tal Davey Tester- había recibido la visita de Bert Spear. El dinero cambió de manos y, a mediodía del lunes, el propietario había corrido la voz de que iba a cerrar durante el resto del día.

A la una llegaron cuatro de los matones de Terremant par